© Libro N° 9530. Una Cristiana. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Enero 29 de 2022.
Título original: © Una Cristiana. Emilia Pardo Bazán
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UNA CRISTIANA
Emilia Pardo Bazán
Una Cristiana
Emilia Pardo Bazán
Title: Una Cristiana
Author: Emilia Pardo Bazán
Release Date: August 19,
2019 [EBook #60137]
Language: Spanish
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[p. 1]
OBRAS COMPLETAS
DE
EMILIA PARDO BAZÁN,
CONDESA DE PARDO BAZÁN
UNA CRISTIANA
[p. 3]
EMILIA PARDO BAZÁN,
CONDESA DE PARDO BAZÁN
OBRAS COMPLETAS.—TOMO XVIII
UNA CRISTIANA
ADMINISTRACIÓN:
LIBRERÍA DE PUEYO
ARENAL, 6
[p. 4]
ES PROPIEDAD.
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
QUE MARCA LA LEY.
Imp. Gráfica
Universal.—Princesa, 14. Madrid
[p. 5]
UNA CRISTIANA
I
Verán ustedes las asignaturas que el Estado me
obligó a echarme al cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la Escuela de
Caminos. Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que Geometría. A más,
Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva y Cálculo diferencial.
Luego (prendidito con alfileres, si he de ser franco) idioma francés; y cosido
a hilván, muy deprisa, el inglés, porque al señor de alemán no quise meterle el
diente ni en broma: me inspiraban profundo respeto los caracteres góticos. A
continuación, los infinitos «dibujos»: el lineal, el topográfico y también el
de paisaje, que supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la
mira, pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su
álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las mises cuando
viajan.
Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en
diminutivo para que no nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas
para hacer boca: Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante
el año del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente (que es el
primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban —aparte de pro[p.
6]fundizar los Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la Geología y
la Estereotomía— dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma, «de sólidos», y el «lavado».
Yo no fuí de los alumnos más exageradamente empollones,
pero como tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo), supe
machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir a la paciencia y a
la tenacidad en asignaturas donde no bastando el ejercicio del entendimiento
hay que forzar el automatismo de la memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es
fácil evitarlos al seguir una carrera en que deliberadamente se aprietan las
clavijas a los alumnos, con el fin de sacar el número justo para cubrir las
plazas vacantes. Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que
costeaba mi carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa
resignación, cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no
eran muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo
los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que pueden
evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año estuve enfermo
de anemia, complicada después con viruelas locas; y este incidente y otros que
no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama de joven estudioso y persona
medianamente culta, hube de encontrarme a los ventiún años cursando el segundo
de la carrera; es decir, faltándome tres para terminarla.
El año anterior, o sea el primero de la carrera
propiamente dicha, me ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes
de Septiembre. Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la influencia
maléfica de cierta posada donde me alojé por tentación del diablo. El tiempo
pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen risa a los labios y
vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuan[p. 7]do los evoco. Algo referiré
de esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería capaz de estudiar
en semejante madriguera.
Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas
—verbigracia, la de los Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame
Roque— muy semejantes a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el
vecindario de un mediano poblachón; tenía sus tres patios con balconada, sobre
la cual se abrían las puertas de los cuchitriles o tabucos, numeradas en los
dinteles; y no faltaban sus inquilinas desvergonzadas y reñidoras, sus ciegos
entonando coplejas al son de destemplado guitarrillo, sus gatos atacados de
neurosis correteando de bohardilla a bohardilla y de baranda a baranda —ya a
impulsos de amorosas emociones, ya en virtud de algún tremendo ladrillazo—, sus
tiestos de clavellinas y albahaca, sus pañales puestos a secar en compañía de
desflecados refajos y remendadas camisas; en fin, todo lo que abunda en este
género de guaridas de la villa y corte, mil veces retratadas por los novelistas
y los pintores de costumbres. El cuarto tercero de la derecha había sido
alquilado a Josefa Urrutia, vizcaína, ex doncella de la Marquesa de
Torres-Nobles, y ex doncella en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De
los devaneos de la Josefa había resultado lo de costumbre: al principio muchas
carantoñas, luego frutos de bendición sin la del cura, luego hastío del
seductor, lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de venganza y planes de
exterminio, escándalos callejeros con presentación de rorro en mantillas,
reclamación ante el juez, y providencia de éste a favor de la ofendida,
señalando una pensión de seis reales diarios a cada vastaguito. Sólo que ¡vaya
por Dios! de pago andábamos muy mal. Por fas o por nefas, hoy que el papá se
encuentra en Montevideo y la letra no ha llegado; mañana que el cambio sobre
España está por las nubes y no se puede girar, ello es que la des[p. 8]dichada
Pepa no hubiera conseguido valerse y sacar adelante a los dos críos, si no
tiene la feliz ocurrencia de arrendar el consabido piso tercero, arañar unos
cuantos muebles en las prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de
desecho, regalo de la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes, nido de
estudiantes y de chinches.
Al principio el negocio se presentó medianito:
trampeando, trampeando. Por fin adquirió la Urrutia clientela, y cuando yo
entré a morar en «la alcoba del comedor», estaba en su apogeo el
establecimiento: ni una habitación desocupada, y todos huéspedes que pagaban
honradamente (si podían) aparte de ciertas quiebras, cuyo origen descubriré en
gran secreto. Habitaba la sala, lo mejorcito del cuarto, un cierto D. Julián,
valenciano jaranero y alegre, derrochador sempiterno, amigo de francachelas y
bromas y jugador empedernido. Decía que estaba en Madrid pretendiendo un
destino, destino que no llegaba nunca; pero el pretendiente vivía como un
príncipe y en vez de ayudar con los dineros de su pupilaje a sostener el
negocio de Pepa, se susurraba entre nosotros que comía gratis y aun recibía de
tiempo en tiempo tal cual doblilla destinada a derretirse en el peligroso
faldellín de la sota de copas. Estas interioridades y flaquezas de Pepa Urrutia
no hubieran trascendido (como ahora se dice) a no ser por el monstruo
de verdes ojos, los empecatados celos. Teníalos rabiosos la vizcaína, de
una vecinita guapa y fácil en tomar varas de los huéspedes fronterizos, según
puedo atestiguar. Aguijada por la desesperación, Pepa gritaba sin reparo, y
había lo de «pillo, estafador» por aquí, y lo de «si vergüenza tuviese usted,
lo que me chupa y lo que me debe me pagaría volando» por allá. D. Julián, en
casos tales, envainaba las manos en los bolsillos, apretaba los dientes, y
callado como un muerto paseaba de arriba abajo por la sala. Aquel silencio
encendía más el[p. 9] furor de la mujer, que a veces se deshacía en crisis
nerviosa de llanto; y después de abofetear al valenciano con los últimos
denuestos, salía pegando un portazo que retumbaba en todo el edificio. Entonces
solía asomarse al pasillo un hombre grueso, rubio, calvo, como de cincuenta y
tantos años, de semblante afable y complaciente, quien con marcado acento
portugués preguntaba a la colérica patrona:
—Pepiña, ¿qui tiene?
—Nada tengo yo... —respondía ella metiéndose de
estampía en la cocina y mascullando en vascuence terribles imprecaciones. La
oíamos lidiar a porrazos con sartenes y cacerolas, y a poco el chirrido
consolador del aceite nos anunciaba que, a pesar de todo, se freían patatas y
huevos y el almuerzo no andaba muy lejos ya.
El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del
patio», llamada así por tomar luz del principal de la casa, era un médico
portuense, venido a España con el fin de entablar un litigio contra la
Administración, por no sé qué infundios referentes a un patronato. Admirador
entusiasta, como los portugueses en general, de la música popular española,
pasábase el santo día en una silleta cerca del balcón, vestido lo más
ligeramente posible, en calzoncillos y elástica (he de advertir que esto
ocurría en el mes de Junio), cubriendo su calva una gorrita escocesa con dos
cintas flotantes atrás, y rascando una guitarra, a cuyo compás gatuno y
desafinado entonaba la letra siguiente:
«Quiérimi sivillana — niña lousana — cándida flor
qui al son di mi guitarra — pur ti palpita — mi
corasaun...»
Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el
ventanuco de una chica planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y
comunicativa. Ella estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un
suspiro el portugués, exclamaba en voz estentórea[p. 10] «Moy bunita», y
con dobles bríos martirizaba el guitarro, continuando la letra:
«Ay qui plaser — is il amor — si s’halla un alma
angilical. — Y qui dolor — si hay falsidad — no,
no, no, no,
no, no, no, no — ¡huye di mí — duda fataaaal!»
Terminada la canción, sacaba de la abertura de la
elástica una petaca de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros.
Aún no había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del
portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también, a quien
por largo tiempo consideré genuina personificación del artista. Llamábase de
apellido Botello —nunca pensé en averiguar su nombre de pila—; era muy apuesto,
de cumplida estatura; gastaba melena, no excesivamente larga, pero abundante y
rizosa; tenía el tipo mulato, a lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y
rojos, bigote diminuto, ojos brillantes y piel morena finísima, y nosotros le
mareábamos diciéndole Dumillas a cada momento. ¿Por qué nos
habíamos empeñado los huéspedes de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy
no lo entiendo. Botello no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una
sonata, ni emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama, ni siquiera
un juguete en un acto, y sin embargo, teníamos metido entre
ceja y ceja que Botello no podía ser sino artista y artista consumado. Sospecho
que era una convicción nacida —más aún que de su original y simpática
fisonomía, y su género de vida especial— de su modo de vestir derrotado y
mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo entallado de paño azul, que él
nombraba el gabán del toisón, porque tenía en cuello y solapas
ancho collar de mugre, con su borrego de manchas delante. Esta prenda estaba
tan adherida a su cuerpo, que con ella salía a la calle, con ella se lavaba y
afeitaba y hasta la echaba sobre la cama para dormir. Los pantalones[p.
11] lucían orla de flecos; las botas eran de tacón torcido, y la piel rota
ya descubría el calcetín, embadurnado de tinta por Botello a fin de que no
asomase su indiscreto blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de Dumillas,
embutidas en atavío semejante, no habían conseguido perder todo su encanto,
antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante torso, adquirían misteriosa
nobleza.
Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse
al tipo artístico, y era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio
del trabajo, su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un
magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el padre de
Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual le daba casa y comida
y le entregaba sus cinco mil reales anuales de alimentos, exigiéndole
únicamente que se retirase a las doce de la noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo
por darle educación, y cuando hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba
todas las veladas en la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las
tantas y tenía llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y
en vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente. Sin
oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal, Botello rodó
de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor y más desastrada, hasta
que en un garito trabó conocimiento con el insigne D. Julián, tirano del
corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por esta amistad se vino a nuestro
albergue. Desde entonces Botello tuvo curador ejemplar en el valenciano.
Encargábase D. Julián de cobrar la mesada del mozo, y acto continuo, a la timba
a probar fortuna. Si venía una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno
de Botello se le entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna
propineja. Si la suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio de
difuntos. Como necesitaba la guita, el pu[p. 12]pilo solía armar con su curador
unas zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?» Y
entonces —aparición providencial— surgía la Pepa en defensa de su caro
estafador, y chillaba amenazando a Botello.
—Usted calla... Usted calla... Yo me espero...
—¡Sí! —respondía el mísero—; pero el caso es que ni
para tabaco me ha dejado un real.
La Pepa echaba mano a la faltriquera, y sacando una
peseta roñosa:
—Usted tome... Una cajetilla compre...
Cuando las pesetas de la Pepa escaseaban —y aunque
no escaseasen— Botello recurría a colarse en la habitación del portugués, no
bien le oía restallar el fósforo para encender el cigarro; y entre bromas y
veras, la mitad de la cajetilla pasaba al bolso del bohemio. Acostumbrado el
portugués al carácter y modos de Dumillas (de quien aseguraba con profunda fe
que era muito artista), no se formalizaba jamás ni por sus guasas,
ni por sus merodeos y depredaciones. Al contrario, diríase que las travesuras
de Botello despertaban en el médico guitarrista afecto y benevolencia
inexplicables. Y cuidado que a veces las jugarretas del bohemio pasaban de
castaño obscuro. Citaré una para muestra.
Obligado el portugués a hacer visitas y presentar
recomendaciones para activar el despacho de su asunto, encargó un ciento de
tarjetas muy satinadas y litografiadas, donde en preciosa letra cursiva se leía
su nombre: «Miguel de los Santos Pinto». Acertó a verlas Botello, y nos las fué
enseñando por todos los cuartos, asombrándose de que tuviese tan pocos
apellidos un portugués. Él quería añadir cuando menos: «Teixeira de
Vasconcellos Palmeirim Junior de Santarem do Morgado das Ameixeiras», para que
estuviese en carácter. Se lo quitamos de la cabeza; pero fué todavía peor lo
que se le ocurrió después. Escamoteándome la pluma topográfica y[p. 13] la
tinta china que yo usaba para mis planos y mis dibujos, escribió delicadamente
debajo del «Miguel de los Santos Pinto» esta coletilla: «Corno de Boy». A fin
de no molestarse en añadirlo a todas las tarjetas, hízolo sólo con veinticinco,
escondiendo las restantes. Al otro día justamente salió de visiteo el lusitano,
y repartió diez o doce de las tarjetas adicionadas por Botello. El domingo
siguiente encontrose en la calle del Arenal a un conocido, que le detuvo y le
preguntó sofocando la risa:
—Pero don Miguel, ¿usted se llama
efectivamente Corno de Boy? ¿Hay en su país de usted ese apellido?
—¿Yo? —respondió amoscado el lusitano—. Yo mi llamo
Santos Pinto nada más.
—Pues mire usted esta tarjeta.
—A ver... a ver... —murmuró el pobre hombre—. ¡Y
dis eso! —exclamó atónito al leer la coletilla.
—Será alguna equivocación del litógrafo —indicó
maliciosamente el amigo. Pero don Miguel no se la tragó, y apenas llegado a
casa enseñó la tarjeta a Botello, pidiéndole estrecha cuenta del desaguisado.
Tan calurosas protestas de inocencia hizo el grandísimo truhán, que logró
convertir hacia mí las sospechas.
—¿No ve usted —decía— que la tinta y la pluma con
que eso se escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las
mosquitas muertas. El que parece más formal...
De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en
la vida me metía con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él
miraba con prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria,
pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más leve.
Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para encasquetarle
una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que se desternillase de
risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto en la habitación ocurría. Otra
vez le prendió rabitos de papel en los faldones, y así salió Pinto a la calle,
sien[p. 14]do la irrisión de los granujas. No obstante, la indulgencia del
portugués hacia el bohemio no se desmintió jamás. Cuando a Botello le faltaba
parné con que pagar la entrada en algún baile, a D. Miguel acudía en demanda de
medio duro. Después agotaba la elocuencia para convencerle de que debía echar
una cana al aire y acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués, que
alegaba no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello
llamándole panoli; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y
se mostrase algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el medio
duro.
—Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo
—exclamaba el muy lagarto—. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien
me ve con malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado?
—Yo con usted no mi puedo enfadar nunca —declaró el
portugués metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia
los que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad que
nunca he visto en rostro humano—: Este rapaz... ¡muito artista!— Después se
volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo.
Vamos, convengan ustedes en ello: no hay
posibilidad de consagrarse a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa
donde a cada instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las
risotadas alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las
continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a matar el
tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la irregularidad en
las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda con que todos nos
metíamos a vivir en las habitaciones de los demás; el trasnochar y el
despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares para las tareas de la
Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio de la broma y de la cháchara es
inevitable en mi edad. Allí había otros estudian[p. 15]tes de la Universidad,
de Montes, de Arquitectura; ninguno era un prodigio de aprovechamiento. Yo
quizás les vencía a todos; pero como mis asignaturas ofrecían mayores
dificultades, el caso es que aquel año me quedé colgado hasta Septiembre, y
hube de pasarme las vacaciones en Madrid sin gozar las frescas brisas de mi
tierra. Sería aquel un verano aburrido, interminable, a no rodearme gente tan
levantisca y retozona, y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del
inagotable buen humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había
modo de entretener la tarde, Dumillas castañeteaba los dedos y
nos decía, sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena
negrísima que le sofocaba:
—Vamos a hacerle una sarracinada a
Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a coger chinches?
—¿A coger chinches?
—Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais
de chinches gordas, bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera
magnitud.
Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan
extraña caza. Por desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos
en nuestros jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran
esfuerzo una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo al
inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las chinches de
todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués, a oscuras, descalzos
y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta de su cuarto. Así que don
Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba suavemente el pestillo, y como la
cabecera de la cama estaba contigua al marqueado de la puerta, no necesitaba el
diablo del artista más que destapar el cucurucho y desparramar
las chinches contenidas en el papelón sobre la cara y cabeza del durmiente.
Terminada esta operación, cerraba Botello con mucha[p. 16] cautela, y
nosotros, hechos una piña y pellizcándonos mutuamente de puro excitados,
aguardábamos a que se iniciase la campal batalla.
No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos
rebullirse al portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles,
luego claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición
azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando si estaba
enfermo, si le ocurría algo.
—¡Credo! —respondía el buen hombre—. ¡Credo!
¡Persevejos por aquí, persevejos por allí! ¡Credo! ¡Irra!
Al día siguiente le proponíamos variar de cuarto, y
así lo hacía, esperando hallar remedio a sus males; sólo que, como repetíamos
la caza, repetíase también el sainete. Con semejantes chanzas pesadas fuímos
engañando la canícula; y lo que más me asombra es que al bendito portugués,
blanco de todas ellas, no se le ocurriese ni remotamente cambiar de hospedaje,
ni plantarle un día un bofetón de cuello vuelto a su verdugo.
Cuando aprobé en Septiembre las asignaturas que me
faltaban, necesité hacer un enérgico llamamiento a la potencia superior del
alma, o sea a la voluntad, para resolverme a poner por obra lo que en mi
opinión convenía al lusitano; mudar de alojamiento. El cebo de la pereza y de
la vida alegre; lo entretenido del trato de Botello, a quien era imposible no
profesar cierta lástima muy análoga a la ternura; los mismos defectos e
inconvenientes de aquella posada iban apegándome a ella más de lo justo. Sin
embargo, venció mi razón en la contienda. «La vida es un tesoro y no hemos de
despilfarrarla en chiquilladas y en insulsas bromas», pensaba yo al arreglar
mis bártulos para irme con la música a otra parte. «Si ese infeliz de Botello
es un sonámbulo y se ha propuesto morir en el hospital, yo, en cambio, estoy[p.
17] determinado a tener una carrera, tomarla por lo serio y ser libre y
dueño de mis acciones. Aquí no hay más que ilusos y gente predestinada a la
miseria anónima. Vámonos a donde se pueda trabajar.» No obstante, la despedida
me oprimió unas miajas el corazón. La Pepa lloraba a lágrima viva por tan buen
huésped, que pagaba religiosamente y nunca «daba que sentir ni así tanto.» Mis
ojos no se humedecieron, pero, lo repito, sentí pena, como si me apartase de
seres muy queridos, al abrazar a Botello y apretar la mano del bonachón
portugués. Según iba andando detrás del mozo de cuerda que cargaba mi baúl,
hice las siguientes reflexiones para explicarme mi emoción:
«Esta irregularidad pintoresca, este predominio del
sentimiento y del humorismo, y este desprecio de la realidad que noto en la
casa y en los huéspedes de Pepa Urrutia, son atractivos, porque constituyen una
forma del romanticismo innato en nuestra raza, romanticismo que yo padezco
también. La tal casa parece un familisterio, basado no en la comunión
socialista, sino en la falta de hiel y de sal en la mollera. Me he encontrado
ahí con varias personas que, a fuerza de ser excelentes, no tienen ni tendrán
nunca un adarme de juicio ni de sentido común. Por lo mismo, sospecho que las
echaré muy en falta los primeros tiempos; que siempre las recordaré con
nostalgia, y que, al ir corriendo años, se me figurará poético y precioso hasta
lo de las chinches. Sin embargo, yo valgo más que lo que dejo, pues soy capaz
de dejarlo.» Y me consolaba el orgullo de tenerme por más formal y positivo que
los pupilos de la vizcaína.
[p. 18]
II
Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér
prefiere su elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la
posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un cuarto
cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen ser las que se
ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína la patrona, porque lo
son la mitad de las patronas de España; pero bien distinta de la Pepa Urrutia:
limpia como los chorros del oro, excelente guisandera de bacalao con tomate,
callos, paella y demás sabrosas porquerías de la cocina nacional, y exenta de
pasiones devastadoras, al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos
los huéspedes saldaban sus cuentas o salían pitando.
En la casa de doña Jesusa —por ser de edad madura
le aplicábamos el doña— las camas, aunque empedernidas y angostas, eran
aseadas; la criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de
la cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía sopa
de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de humilde
bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y justo: de
ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos a la mesa, nos
levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía tasadita. No quiero
murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado de ladrillo; ni de la tortilla
coriácea; ni de las manzanas y peras del postre, que parecían contrahechas en
cera, según la abstención que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera
el postre de los sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano
Luis Portal, que era, a[p. 19] lo serio, bastante guasón. Pasaré también
por alto la eterna monotonía de la sopa de pasta, calificada por Luis de
«alfabética» o «astronómica», según representaba letras o estrellitas.
Prescindiré de la penuria del cocido, con su tocino oculto detrás de un
garbanzo y partido ya en raciones para que un huésped solo no se engullese las
de los demás; y no delataré las gusaneras del pescado, ni las flacideces de la
carne. A mi edad es raro que el sibaritismo y la gula den mucha guerra. Por
otra parte, los días del santo de cada pupilo o de fiestas muy señaladas y de
repique gordo, doña Jesusa nos obsequiaba con algún guisote en que había puesto
los cinco sentidos, y entonces nos desquitábamos. Siempre observaba doña Jesusa
los días clásicos, y los distinguía con algún refinamiento en la mesa, y estos
extraordinarios ayudaban a conllevar la habitual estrechez, remedando las
gratas alternativas del hogar doméstico.
Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense
y muy regalón y habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café
mañana y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas;
por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café tostado y
sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los gastos a prorrata,
resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje. Si pudiésemos llegar a la
media copita de fine o de mono... Pero ahí nos
estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac era ruinoso.
Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo del baúl; nos impusimos
la obligación de estirarla, bebiendo sólo un dedalito, y la consigna se observó
tan bien, que al cabo de dos días le vimos el fondo a la botella.
Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña
Jesusa se podía estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez
nuestra patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto no
alcanzaba a distraernos. Cada cual según la ex[p. 20]tensión de sus facultades,
empollábamos todos, procurando no tener que excusarnos cuando
los profesores nos preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba un poquillo de
miedo, por su gran afición a salir de pesca, o sea a alterar el
orden establecido para preguntar la lección. Ya he dicho que yo no sobresalía
entre mis compañeros por extremar la asiduidad, ni Luis Portal tampoco: ambos
nos dábamos maña para poner en ejercicio el entendimiento, sacándole a flote
hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo el peso de la memoria, porque temíamos
la depresión especial que causan estos estudios áridos y rigurosos en los
cerebros pobres, y que Luis llamaba «la guilladura matemática». En cambio, dos
chicos de los que vivían con nosotros estaban tan rendidos y agotados, que
recelábamos que al acabar la carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio.
Era el uno de ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda de esta
facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte cubre las faltas
del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre que no se tratase de
discurrir, ni de poner o quitar al texto, se presentaba con admirable
brillantez. Sólo que la más mínima objeción, la interrupción más leve,
cualquiera circunstancia de esas que obligan a apelar a la inteligencia, le
mataban; aturrullábase todo y no había manera de que contestase derecho ni a la
cosa más sencilla. Portal le llamaba «el lorito», y se reía mucho de su calma,
de su dejo lánguido, de verle siempre tiritando, hasta encima del brasero.
Cuando soltaba los libros, era el antillano lo mismo que pájaro a quien le
desprenden un collar de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario
para manejar garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias
exactas, mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante fantasía, toda
luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas y fuegos fatuos. En boca
suya, la frase más vulgar revestía[p. 21] forma poética; rimaba sin
sentirlo y al sonsonete; era capaz de estarse una hora hablando en verso bien
medido y armonioso; pero el satírico Portal decía que los versos del cubano
tenían exactamente tanto valor artístico como la música que componemos y
tarareamos al extender distraídamente por los carrillos el jabón para
afeitarnos, y que hacían el mismo sentido leídos de arriba abajo que de abajo
arriba. «Vamos a llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía cada vez que
el cubano nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de vidrio, lo cual solía
ocurrir después que se atiborraba de café.
El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente
y obtuso magín, huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas de
una abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: «No quiero
morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los estudios y asegurado
el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo a la viejecilla, y el mozo lo
había comprendido y desplegaba una energía silenciosa y feroz. Así como el
cubano araba con la memoria, el zamorano lo hacía con la voluntad en tensión
perpetua. Sus escasas facultades le obligaban a trabajar doble; para él no
había noches de sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con
novias, ni nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación
viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento, sin una
falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese animal, que no
pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero antes que nosotros...
si no deja la piel. Porque está muy flaco y a veces tiene las manos
acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo que ya el estómago no rige. Claro,
ni ejercicio, ni distracción... Salustiño, bueno es salir avante, pero también
hay que mirar por el número uno.»
Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando
a contraer estrecha amistad, aunque nuestras[p. 22] ideas y aspiraciones
eran muy diferentes. Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y
práctico, o al menos daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en
que se fija la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en
nuestro criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba
partidario del self-help; aborrecía tutelas e imposiciones; creía
que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años de la
juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad viril. «No
parecemos gallegos —me decía a veces— por la actividad que desplegamos en
todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y aventurero que se ha
desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá. «Desengáñate —repetía con
obstinación—, tenemos más de catalanes que de gallegos, chacho.» Si en el modo
de entender la dirección de la vida nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así
en la apreciación del fin principal de la misma vida. Portal acostumbraba
exponer el programa siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni
papando moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años
entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro en puño;
no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de muchas cositas buenas.
No sé si por las vías de la profesión estoy en camino de catarlas; se me figura
que, en cuanto a sacar partido, los políticos y los negociantes la aciertan
mejor que los científicos: verdad que lo uno no está declarado incompatible con
lo otro, y que Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos
libres, y me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo
la gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de porvenir se
diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas buenas» el comer
opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios tabacos, acaso sostener
a[p. 23] una bella pecadora, quizás casarse con una señorita linda y bien
acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no aspiraba concretamente a ninguno
de ellos, sino sólo a la libertad, presintiendo que con ella vendría algo muy
hermoso y merecedor de ser saboreado y gozado, pero no en el sentido
descarnadamente material: algo que podía ser gloria, celebridad, pasión,
aventura, millones, mando, hogar, hijos, viajes, luchas, hasta infortunio; pero
que al fin sería vida, vida completa y digna del ser racional, que no ha de
reducirse a vegetar ni a golosear los placeres, sino que debe recorrer toda la
escala del pensamiento, del sentimiento y de la acción. No podía definir en qué
consistían mis esperanzas; pero me parecería que las rebajaba si las redujese a
algo positivo y sensual, como mi amigo Luis. No por esto me creía un
visionario, un entusiasta ni un soñador. Comprendía, al contrario, que si mi
frente se alzaba a veces hacia la región de las nubes, mis pies permanecían
firmes en la tierra, y que todas mis acciones eran propias de hombre resuelto a
abrirse camino sin dejarse embaucar por la sirena del entusiasmo.
Si nuestro credo individualista tenía ciertos
puntos de contacto, en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo.
Los dos republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista,
casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de Pí,
convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto con lo pasado;
al contrario, debemos entrar resueltamente y de una vez por la senda de la
transformación honda y progresiva. «Esas transacciones nos pierden, son
funestas —objetábale yo—. Transacción, en este caso, equivale a engañifa. Se
dice transacción, por no decir capitulación y derrota. Si nuestros abuelos,
aquella gente honrada del 12 al 40, hubiesen andado con paños calientes y
contemplaciones, bonitos estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un
lobanillo, y[p. 24] se producen perturbaciones en la economía, pero el
lobanillo extirpado queda. No comprendo esa manía de contemporizar con el ayer,
con la España absoluta y fanática. Tu ilustre jefe —a Castelar
le llamábamos así— es un vividor, amigo de agradar a las duquesas, a las testas
coronadas, y a eso llama él conservar la tradición. Palabrería. Por fortuna ni
los franceses en 93, ni nosotros más adelante, hemos seguido ese método. Déjeme
de historias. Al paso que vamos, dentro de pocos años España volverá a poblarse
de conventos. Es absurdo tolerar semejante artimaña, y hasta protegerla, como
nuestro liberalísimo Gobierno hace. Los jesuítas tienen vuelta a tender la red;
a cada rato aprietan un poquito más la malla. Cualquier día nos envuelven del
todo. Claro que a los pájaros gordos, como ellos saquen su escote, les importa
un pepino lo que venga detrás. En pos de mí el diluvio, que decía aquel peine
de Luis XV. No cabe en cabeza medianamente organizada eso de que para debilitar
y desarraigar una institución como la Monarquía se empiece por afianzarla,
halagarla, implantarla suavemente en el corazón del pueblo. Yo no trago ese
anzuelo de la transacción. A mí que no me vengan con ese choyo.»
Portal se atufaba y me replicaba no menos
enérgicamente.
«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los
que piensan como tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús
volvíamos a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha un hervidero
de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que sucedería con vuestra
federación famosa. A los dos meses de establecido el cantón gallego, ni los
rabos: todos habíamos de querer mandar y nadie obedecer. Si empiezas por herir
y lastimar los sentimientos de una nación, tiene que producirse el desbarajuste
que siguió a la Revolución de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy
largo.[p. 25] Esto es la minoría de una República, no la de un Rey. Que
nos caiga la República por su peso, como una perita madura...»
«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí
todos es seguir mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es
necesario que lo resucitemos, créeme...»
«Déjame de ideales y de monsergas —replicaba Portal
enojándose—. Por los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más
ideal que la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».
Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me
andaba con chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la
anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero a
Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca Monarquía, y
asentir a la «federación ibérica».
—No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese
cochino ideal sólo veinticuatro horas —exclamaba Luis—. Lo que
es en Galicia, como se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una
cosa: en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con
propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú le llamas,
hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales hacen dos mil; los
alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un millón... Afortunadamente
hablar de la independencia galáica es como si hablásemos de la mar con peces y
arenas.
—¿De modo que, según tú, las provincias no tienen
derecho a decir, como los individuos, cada cual para sí?
—Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en
esta materia, es echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy
capaz de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que su
nieto la usurpa el trono. En política racio[p. 26]nal no hay derechos ni
mojigangas, hay lo que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo
desacertado, hay un olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en qué
consisten, pero que se manifiestan en los resultados. Con las ideas radicales
se va a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a la política. Y
déjate de independencias. Es una realidad indiscutible la patria española,
aunque tú creas que no.
Irritado por esta contradicción, solía exclamar:
—Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los
grandes pensadores se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás.
—Diles a esos grandes pensadores, que vayan a
pensar a un pesebre. Si suprimen poco a poco los resortes por que se ha movido
siempre la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes que
no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia, que maldito si
se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para quererla y defenderla
hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar el Cristo de la antigualla. Pues
las antiguallas son inevitables, y precisas, y convenientes. De antiguallas
vivimos. Y no es esta antigualla de la patria la única que llevamos en la masa
de la sangre. Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte
siglos. Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las
antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras razas; todos los que nos
ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!...
A veces por estas metafísicas nos liábamos y
pegábamos grandes voces, de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por
lo regular nos infundían estas disputas mayor afán de comunicación y roce
intelectual; insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el uno al otro, por
el convencimiento de que, aun profesando opiniones distintas, éramos capaces de
entendernos y de darnos mutuamente un[p. 27] poquillo del alma. Habíamos
llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio; paseábamos juntos,
hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta novia cursi que se había
echado; juntos nos sentábamos a la mesa del café de Levante; juntos íbamos,
cuando danzaban en nuestro bolsillo algunos realejos, a nuestra distracción
favorita, el paraíso del Teatro Real. Todos los estudiantes alojados en casa de
doña Jesusa éramos filarmónicos, todos nos perecíamos por la Africana o
los Hugonotes, especialmente el cubano, melómano furioso, que
padecía accesos de epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para
la notación que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver,
haciéndole tararear la ópera enterita.
—Trinidad —le decíamos, porque el cubano se llamaba
así—, anda, cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika.
—Trinidad, los puñales.
—Trini, el o paradiso.
—Trinidad, aquello del coprefuoco.
—Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la
entrada de los violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo.
El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo
con pasmosa exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último,
cansado ya, nos decía en tono suplicante:
—Déjenme acostar, que esto ya parece songa.
III
Una mañana, o mejor dicho una tarde, casi a fin de
curso, salimos disparados de la Escuela, y como siempre pegamos la gran carrera
desde la calle del Turco hasta la del Clavel, porque conviene advertir[p.
28] que desde las ocho, hora en que nos desayunábamos con el chocolate de
barro cocido, hasta la una y media, que terminaba la de dibujo, las clases se
empalmaban, no permitiendo sostener el cuerpo sino con alguna ensaimada que a
hurtadillas comprábamos al portero, o algún mendrugo que escamoteábamos en casa
para llevarlo de provisión. Olfateando el almuerzo, subimos dos a dos las
escaleras. Al entrar en el comedor me sorprendió encontrarme frente a frente
con mi tío Felipe, el cual me dijo sin preámbulos:
—Hoy te vienes conmigo a almorzar a Fornos. Se me
figura que aquí anda medianamente lo de bucólica.
—Iría con mucho gusto... Pero hay tanto que
estudiar estos días... —contesté haciéndome de pencas.
—¡Bah! Por un día de asueto no pierdes año. Anda,
que tenemos que charlar... de muchas cosas —añadió con cierto misterio.
La verdad es (y no me serviría disfrazarla, pues
tiene que resaltar en el curso de esta narración), que yo no sentí jamás por mi
tío Felipe no digamos simpatía o respeto; ni siquiera algo de afecto: ni aun
gratitud por los beneficios que me dispensaba; ¡al contrario! Sé que declaro
contra mí, y que la ingratitud es el vicio más feo; pero sé también que no soy
ingrato por naturaleza; y a fin de justificarme o al menos de explicarme,
dibujaré la silueta física y moral de mi tío Felipe, para lo cual necesito referir
antecedentes, que algunos tienen visos de secreto de familia.
Mi nombre de pila es Salustio; mis dos apellidos
paternos, Meléndez Ramos; los maternos, Unceta Cardoso. El Unceta dice a las
claras que el padre de mi madre fué vascón, guipuzcoano por más señas; y el
Cardoso... En el Cardoso está el intríngulis. Parece que estos Cardosos de
Marín —yo nací en Pontevedra, y la familia de mi madre, en el puertecito de
Marín residía— eran rama desgajada del[p. 29] tronco portugués de Cardozo
Pereira, israelita de origen. ¿Cómo llegó a mis oídos el rumor de que eran judíos los
progenitores de mi abuelita materna? ¡Vaya usted a averiguar quién entera a los
niños! Un día, teniendo yo nueve o diez años, no pude contenerme, y pregunté a
mi madre: «Mamá ¿es cierto que somos de casta de judíos tú y yo?» Ella, echando
lumbres por las pupilas, alzó la mano y me atizó un soplamocos, exclamando:
«¡Negro de ti como vuelvas a decir eso! Te estampo contra la pared.» La
impresión que me causó el correctivo fué que eso de la casta de judíos era
mancha; y dos o tres años más adelante, como uno de mis condiscípulos en el
Instituto de Pontevedra me lo echase en cara gritando: «Cardoso, Cardoso, judío
tramposo,» enarbolé la pizarra que llevaba debajo del brazo y se la rompí en la
pelona.
Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí
lo que llaman crisis religiosa, o sea ese período en que los
muchachos examinan sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las
arrojan, sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una
muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales agonías de
la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar una iglesia gótica.
Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en el ateismo, al menos en la
indiferencia, como terreno propio. No me «pervirtió» la lectura de ningún libro
en especial, ni la conversación con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió
los ojos»; imagino que ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos
jóvenes les sería imposible especificar en qué circunstancias perdieron la
inocencia del espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en
que mi fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca
muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista.
Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el[p.
30] insulto de «judío tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera
de envenenado hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi
presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo olvidé.
Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya espigado y
talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal, ente estrafalario, pero
sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito en menudencias estrambóticas, y al
corriente de mil cosas raras de arqueología, epigrafía e historiografía
gallegas. Este tal me prestaba libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por
las inmediaciones de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios
ruinosos. Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde
se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión hebraica,
y armándome de resolución, le dije:
—Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay
familias que descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso?
—En efecto —contestó apaciblemente el bibliómano,
que ni notó el afán con que yo preguntaba—. Son familias oriundas de Portugal.
En Marín les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que aún siguen el
rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los domingos, y que no comen
un pedazo de tocino aunque los desuellen.
—¿Y usted cree eso?
—Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo,
lo de seguir ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos
esa gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos papelotes
antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño, natural de Marín, a
quien la Inquisición de Santiago administró unas vueltas de mancuerda y algunos
cientos de azotes por judaizante. Era además «leproso y gafo». Ya ves tú si
estoy en pormenores, rapaz. Yo buscaré...
[p. 31]—No, no, no hace falta. Si era sólo... por
saber. Una curiosidad tonta. No se moleste, D. Wenceslao.
Por espacio de un mes temí que el condenado buscase
y le tentara el diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de
los que ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato
inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo reino de
Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de los judaizantes de
Marín, y esta precaución demuestra que no acababa yo de conformarme con la
azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más adelante, cuando hube de dejar a
Pontevedra por Madrid, con objeto de empezar los estudios preparatorios al
ingreso en la Escuela de Caminos, me acordé a menudo de la «mancha» y traté de
mirarla a la luz de un criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir
importancia a lo que en nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía
histórica, los judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la
concepción religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de
la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran
importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social, tampoco era
lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad Media se ha borrado
de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se enlazan hoy con lo más linajudo
de la aristocracia francesa, y dan lucidas fiestas y convites, a que concurre
la española. Si dejando aparte estas consideraciones externas, me fijaba en
otras de mayor elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador
Baruch o Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el
poeta Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que no
hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a no ser la
sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones hereditarias. No
cabía[p. 32] duda: la sangre de cristiano viejo que giraba por mis venas
era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse con gotas de sangre
israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más íntimo de nuestro ser resista a
la voluntad y a los dictados del entendimiento, y que exista en nosotros, a
despecho de nosotros, un fondo autónomo, instintivo, donde reina la tradición y
triunfa el pasado.
Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he
dicho que era hermano de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este
relato, frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por «buen
mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con abundantes cabos
de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe de vista, mi tío ofrecía
patentes los rasgos de la raza hebraica. No se parecía ciertamente a las
imágenes de Cristo, sino a otro tipo semítico, el de los judíos carnales, que
en pinturas y esculturas de escenas de la Pasión corresponde a los escribas,
fariseos y doctores de la ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes
a la del tío Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos
fuertes, sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada
suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el craso
pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío, pero
caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan de hacer de
mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de deicida del
hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la niñez aquella repulsión
airada, fría, invencible, cual la que inspira el reptil que no nos infiere
ningún daño: repulsión que no pudieron desarraigar ni mis ideas racionalistas,
ni mi positivismo científico, ni la protección y amparo que debí a tan
aborrecido ser.
«Estas son —calculaba yo— jugarretas del arte. De
quinientos años acá se dedican los pintores a juntar[p. 33] en media
docena de fisonomías la expresión de la codicia, la avaricia, la gula, la
crueldad, la hipocresía y el egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante
el tipo judaico. Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y adherente,
moho que se nos cría en el alma, es más fuerte que la cultura y que el
progreso. En vez de pensar, sentimos; y más bien son los muertos quienes
sienten por nosotros.»
Había momentos en que por no reconocerme culpable
de aprensiones tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi
tío Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado en
el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas no vestían de
claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También redoblaba mi malquerencia
el notar que mi tío, sin mérito alguno, sin condiciones morales ni
intelectuales, había sabido labrarse una posición. No afirmaré que fuese un malvado
ni un imbécil, sino más bien uno de esos productos híbridos de las regiones
intermediarias, un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos
y sin ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado a la
sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo le condenaba, con
la inflexibilidad propia de los pocos años, a las gemonías del desprecio.
Aunque no le veía tan encumbrado como a otros caciques conterráneos suyos, su
injustificada prosperidad bastaba para herir en mí la fibra de la indignación,
muy sensible en la juventud.
Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un
patrimonio compuesto de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra:
no llegaría a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. Cómo
esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada en acciones
del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. Mi tío no ejerció su
profesión: la abogacía fué para él lo que suele ser[p. 34] para los
españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte. Politiqueó cautamente,
sin principios, agarrado a personas, nadando y guardando la ropa. Salió
diputado provincial con frecuencia, y picó a su sabor en el cesto de brevas de
las comisiones. A fin de no derrochar en batallas electorales, se contentó con
venir a las Cortes una vez sola, en una de esas vacantes que ocurren en
vísperas de elecciones generales, y que suelen beneficiar los periodistas. Con
el favor de D. Vicente Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la
ganga, saliendo sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de
cerrarse la legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar a
gobernador, y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado o de
Instrucción pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces interino, otras
en propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en Pontevedra se habló
bastante de la expropiación de ciertos ranchos de mi tío, pagados por el
Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón. Don Felipe se contaba en el
número de los políticos cucos de tercera fila, olvidados, y que donde meten la
cuchara sacan tajada de carne. Su método consistía en restar pérdidas y sumar
provechos. Decíase de él, en son de elogio, que era muy largo. A mí la tal
longitud me parecía otra señal de hebraismo, apreciación en la que acaso pequé
de injusto, porque hartos caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no
son más cortos.
A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería
a mi pariente. Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que
recibía. Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte de
los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él me demostraba
afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el teatro; dos o tres veces en
la temporada me llevaba a almorzar o comer en Fornos; jamás se mostraba severo
conmigo; me[p. 35] trataba como se trata a los muchachos, bromeando y
riendo; me preguntaba por mis trapicheos y líos, por las travesuras de mis
compañeros de hospedaje, por las vecinas de enfrente que eran graciosas, y
hasta se metía en vedado, echándola de doctor y maestro en todas las
asignaturas del amor licencioso y venal. De sobremesa, cuando el vino, el café
y los licores le arrebataban la sangre a las mejillas, lucía su ciencia
tratando puntos intrincados que a veces me sublevaban el estómago. No me
atrevía a protestar, porque los hombres nos avergonzamos de no parecer
corrompidos; pero la verdad es que mi paladar juvenil rechazaba aquella
pimienta rabiosa. De noche las torpes imágenes evocadas por la conversación me
importunaban y me ponían febril, hasta que con la jarra llena de agua fría me
propinaba duchas por el espinazo abajo. Este remedio heróico despejaba mi
cerebro y me permitía enfrascarme otra vez en los libros. El odio es un resorte
tan poderoso como el amor, y yo veía en el término de mi carrera el fin de un
protectorado para mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con qué vivir,
resarcir a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía a sus alas para no
caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la Construcción y la Topografía.
Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que
cuando nos vimos en el obscuro saloncito bajo de Fornos —ante la mesa donde el
mozo iba depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca,
bollos de Viena, y luego los platos del almuerzo— el anfitrión me dijo, dándome
una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:
—Adivina lo que tengo que participarte.
—¿Cómo quiere usted que adivine?
—Pues no sé de qué sirve tanto estudio —observó con
pretensiones festivas.
Me encogí de hombros, y él añadió:
—Es que me caso.
[p. 36]
IV
Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido
que nos sirviesen una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa,
y más cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera madrileña.
Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco oro líquido, y al
oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y derramé una cascadita sobre
el mantel.
El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se
clavaban en su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y
afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me observaba.
Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:
—Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu
madre... y también la tuya.
Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este
tenía algún tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la
prole... A los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía
decir algo, pregunté con insegura voz.
—¿Mamá lo sabe?
—Ayer se lo escribí.
—¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?
—¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de
tu madre! Ya ves qué coincidencia...
Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea
vaciar el saco.
—Imposible parece que no te hagas cargo. El verano
pasado tu madre y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña
Aldao... de Pontevedra.
[p. 37]—No la conozco. El nombre me suena. Mi madre
me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo
vacaciones...
—¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija
del dueño de aquella finca bonita que se llama el Teixo, por un
árbol enorme...
—¿Es única esa señorita? —pregunté incisivamente,
pensando que tal vez el interés era el móvil de la boda.
—Única, no... Tiene un hermano, establecido en
Pontevedra también.
—Nada; pues no la conozco —repetí—. Pero si se casa
con usted ya tendré tiempo de tratarla.
—¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la
boda, muchacho. Te vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el
día del Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla...
conque ya ves.
—¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?
—Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes.
Nos casaremos en el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que
gasta un genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que
no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...
—No le pregunto a usted semejante cosa —exclamé; y
por segunda vez tembló en mi mano la copa de Champagne.
—Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de
qué. Soy dueño de mis acciones, y al casarme a nadie ofendo.
—¿Quién habla de ofensas? —prorrumpí sintiéndome
palidecer a impulsos de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre
aquel hombre.
—Como lo tomas así...
—No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si
algo hace usted por mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se
promoviese esta con[p. 38]versación, para decirle que el dinero que con mi
carrera está usted gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir.
Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y
sus pupilas destellaron una chispa de cólera.
—Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de
responderte una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más
desagradecido y descastado no lo hubo.
—Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi
padre, porque no lo aguantaré —repliqué conteniéndome para no arrojarle una
botella a la cara.
—No saco a tu padre sino para decir que uno siempre
tratando de seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había
de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo, paciencia.
No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo —añadió hiriendo con el
cuchillo la copa.
Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas
algunos rezagados volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró
vergüenza, y ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de
levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de la nota
depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa de mi sangre
desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo (puerilidades) cuando ví
que del billete devolvieron bastante plata. Sentiría haber hecho mucho gasto. Con
la uña del índice, mi tío empujó hacia el mozo dos realillos, y levantándose,
descolgó su sombrero de la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a
la luz del sol desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió
sobre sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y
enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:
—Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo
ganas de enseñarte el retrato de tu futura tía.
Me recogí a mi posada de un humor perro, descon[p.
39]tento de mí mismo, y sin poder interpretar las causas de mi desazón
profunda. Toda la tirria que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer
que, en aquella ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó
Luis, cuando a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la
descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente. Que algún
día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»
—¡Si me importa un pepino que se case! —exclamé
dolorido—. ¿Qué me va ni me viene en eso?
—¡Algo te va y te viene, corcho! —replicó el sesudo
orensano—. Algo le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal,
solterón, único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba
el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo buena
cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige, rapaz, que
vivir es transigir.
—Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!
—Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y
a congraciarse con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.
—¿Tú la has visto?
—Verla no. Pero estando en Villagarcía el año
pasado, cuando tomé los baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de
Cambados. Me acuerdo perfectamente.
—¿Y qué te dijeron?
—Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano
muy bien, y que a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El
padre tiene monises.
—Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica,
guapa, joven? ¿Cómo no prefiere un convento?
—Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es
mozo de cuenta: influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha
desempeñado puestos; va para[p. 40] personaje. Déjate de chiquilladas.
Asiste a la boda, sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te
saldrá peor.
—¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter
pensaría que yo estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al
ver que se me escapan...
—¡No se trata de eso, corcho! —insistió mi amigo
formalizándose—, no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por
interés; si es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es
que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y como me
figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir! ¡Mucho ojo!
Así que trascurrieron algunas horas empecé a
sospechar que mi amigo tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren
cuando los cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en
capacidad y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de
leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la letra del
sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que venía preñado de
quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del labio en momentos críticos,
al choque de inesperados sucesos. Para no ser interrumpido en la lectura, me
fuí en busca de la paz y sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales
horas. El mozo, después del consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica
alemana y me dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y
saboreando el grato amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres
pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de
menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia del
carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con párrafo aparte
o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a este género de cartas
iracundas y femeniles cierta enér[p. 41]gica monotonía y rapidez que duplica su
efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la boda del tío
Felipe, exornada con datos históricos, algunos enteramente nuevos para mí.
Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni
desenredar la gramática, ni quitar repeticiones.
«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una
pobre madre y sin más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas
alguien hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el
fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese
conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la
boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no digo ningún disparate pues has de
saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima de mi papá que
mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien
bonita, y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no sé
como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron cuatro corroscos
duros y él se comió la miga bien blanda, no sé como me dejó la Ullosa fué un
milagro, él arrebató las casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el
Ayuntamiento un buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que
cuando murió tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado
del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras
pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces le dije
con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra pedir limosna,
yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle yo te hablo muy claro,
voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a
dar carrera al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no te
abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos
que son la ruina de las casas y[p. 42] el engordar de la curia calla boba
que para quien ha de ser lo que yo tenga al otro mundo no me lo he de llevar y
casar no me caso cásese el demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que
así dijo tu tío que yo no mudo ni una palabra.»
Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los
signos de puntuación se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no
hacer a medias las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos
admiraciones reunidas.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin
rreligión y sin conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le
entró derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y salud
poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé bastantes malos
ejemplos su padre metido con la doncella que fué de su madre desde hace mil
años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si hijas o sobrinas de la
pindonga tanto que la chica dicen que carga con tu tío sólo por salir de aquel
infierno que la tratan a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío
Felipe como la tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en
la procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya ya por algo
lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate de lo que digo que yo me
entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver la
preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el diablo a
traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo
que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si te deja
plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos y culebras de mi no se
burla tu tío soy capaz de pleitear hasta soltar la camisa.»
Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la
carta. Su lectura obró en mí efectos contrarios a los[p. 43] que se
proponía mi madre. Los manejos del tío para mermar mi herencia; aquello de
la partijita, en vez de causarme justificada indignación, me sosegó
el espíritu. Me alegré de tener contra el tío motivos de queja y no de
gratitud, y enterado ya de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la
punzada dolorosa de mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su
acreedor. Podía detestarle menos.
Sin dilación escribí a mi madre una misiva
prudentísima. Encargaba moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi
tío, habiéndonos ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados,
e indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones. Los
hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la ruina. Era
insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de la edad, se
mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras al aire no podían
obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no asistir a la ceremonia...
ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma.
Leí la carta a Portal, que la aprobó con
encomiásticas frases. «Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los
escollos... Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos
exteriormente; el interior nadie lo ve...»
—¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa
que mi tío se case! ¿Cómo se dicen las cosas? —exclamé lastimado. Portal, a
medio convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí—: Mamá asegura que es fea la
novia de mi tío.
—¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es
peligrosa una parienta tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me
seduce: ¡Carmiña Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el
cariño de esa señora —aconsejó Portal después de unos minutos de silencio—. Es
la gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que te quiera
como[p. 44] a un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé la
gana! En fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con habilidad, sin
ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros. La edad de ella encaja
mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres así... romanticón, a lo joven
Werther... Cuidadito, no haya drama de familia. ¡Nada de asuntos para
Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la patalallana.
V
Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes,
pues al lector que más se interese por mis futuros destinos le bastará saber
que aquel año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El
zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas fueron
perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia; Portal en
cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza del profesor, a
recomendaciones e influencias manejadas por otros alumnos, y cuyo resultado práctico
era jorobarle a él. «Me han partido por el eje, me han triturado», repetía el
infeliz, totalmente fuera de quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de
los acomodamientos, las transacciones, las conformidades y las esperas. Su
pachorra se convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle
aquel demontre de año!
Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío
con el fin de participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción
a la vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre el
detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D. Felipe en el
Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de persona bien
informada:[p. 45] «A estas horas suele estar en la casa nueva... Lo que es
aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene alquilada... sólo
que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues Claudio Coello, número...»
Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del
barrio, y descendí casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un
segundo que tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un
tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta estaba
de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo moro, cosía con
inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi tío, que se paseaba en
una salita bastante espaciosa y muy desmantelada de muebles, le sorprendió
gratamente mi presencia.
—¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa,
que lo verás todo.
—Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a
participarle a usted...
—Pero entra, con mil pares; quiero que des tu
opinión... A ver, ¿qué te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el
precio. Como la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado
de la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las
colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba ya están
más adelantados. Pasa, pasa...
Miré distraídamente el gabinete, que era
archivulgar, con su chimenea de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de
borra de seda recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su
tocador muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos del
tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea no tenía marco
dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas y sofá. El tío quiso que
yo me fijase en tanta elegancia: como todos los cicateros, cuando se decidía a
un gasto extraordinario, gustaba de que lo notase la gente.[p. 46] «Ya ves
el espejito...», me decía. «Ahora se forran así... Caprichos de la moda. Y no
creas que cuesta más barato, ¡quiá!... más caro, hijo. Ese hueco que queda
frente a la ventana, para el piano... La novia es una profesora.» Del gabinete
pasamos al nido, o sea la alcoba, que era de columnas, espaciosa, estucada, y
en su centro el anchísimo tálamo, de madera, muy bajito y de tallado copete.
«Faltan el sommier y el colchón», susurró mi tío con sonrisa
de complacencia. «Figúrate que al tapicero se le había metido en la cabeza
hacerlos de raso. Yo le dije que damasco de algodón era bastante. Si no tengo
la precaución de poner la casa a tu futura tía, que no conoce lo que es Madrid,
la envuelven, la explotan, la saquean... Mira las mesas de noche: ¿creerás que
me costaron veinticinco pesos las dos? Se ha desarrollado el lujo de una
manera... Ven, ven a ver mi despacho...»
Por una puerta de escape salimos al pasillo, y
registramos el despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran
biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos libros de
administración y media docena de noveluchas obscenas, todas desencuadernadas y
llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas puertas, y cogiendo a dos manos
el derrotado grupo en que se mezclaban Paul de Kock, Amancio Peratoner y el
chino Da-gar-li-kao, me lo presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo
regalo, chico... No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los
casados no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por
ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de
profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían.
Después del despacho, hubo que visitar el comedor,
ya provisto de aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina
y despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana sobre el
horizonte despejado de unos desmontes y[p. 47] solares. «Este sobra;
podremos tener un huésped», indicó mi tío.
Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho
y mi tío sacó un puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no
fumo, se lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra
persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año
aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres veces
le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz atascada por
sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien... Con que otro añito,
otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!... a ese paso pronto echarás
puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te empujaremos en las obras de la
Diputación... Hay que saber tocar los registros. Tú entenderás de problemas de
álgebra, y mucha ecuación por aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo
conozco el teclado.» Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la
mano, no en el chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una
carterita, de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo
observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de D.
Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o extremadamente
agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta sin percibir el esfuerzo
y la angustia interior del ánimo, la despedida llena de nostalgia que daba a
sus monises. Era evidente que la razón le imponía el gasto, pero siempre
riñendo batallas con el genio. Para observadores superficiales, si mi tío no
pasaba por espléndido, tampoco era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba
con la perspicacia cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de
lechuza, pero recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la
civilización a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa
individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un[p. 48] avariento
frustrado; la sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha desarrollado
la sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque actualmente el avaro
a la antigua se pondría en ridículo; no podría alternar. Pero bajo el hombre de
nuestra época, que sabe adquirir para gozar, yo veía al hebreo de la Edad
Media, de ávidos y ganchudos dedos, ahorrador hasta la demencia. Siempre que
aflojaba alguna suma, las mejillas de mi tío palidecían un poco, su boca se
hundía y sus ojos vagaban por el suelo, como si quisiese ocultar la expresión
de la mirada.
En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a
mi boda. Ahora hay unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se toma
el billete por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta arregladísimo.
Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa muy mal. Ya puedes
escribirle a tu madre el día que piensas salir. Cuanto más pronto mejor, porque
respiras aire de campo, y te ahorras posada. Tu madre está en la Ullosa. Desde
allí a Pontevedra y al Teixo... un paso. Preséntate días antes de la boda...
que, no sé si te lo dije, será el día del Carmen. En el Teixo hay habitación
para todo el mundo; es un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No
estorbarás. Anima a tu madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.»
Caía la tarde y el esterero daba su faena por
terminada; mi tío, embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos
calle abajo y nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del
Sol; y en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce a
la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo el hebreo. «Ya
que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la distracción. ¡Vas a ver
género fino!»
Aunque me sospechaba lo que podía ser el género
fino, no dejé de sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la
puerta de un tercero, en la ex[p. 49]traviada calle del Rubio. La hermosa
vestía bata de percal granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba
ese peinado de exageradas peteneras sujetas con goma, que las
mujeres del pueblo bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo
puntiagudo. Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus mejillas, en
que una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz, ordinarios y dados
aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero dulces a la sombra de las
pobladas pestañas, claváronse en los míos, y me dijeron algo a que
inmediatamente respondí con el propio lenguaje mudo. Detrás de este bello
ejemplar del tipo madrileño, asomó la cabeza una mocita más joven, menos guapa,
desmedradilla, burlona, tan repeinada y empolvada como su hermana mayor. Mi tío
entró con fueros de conquistador y amo. «A ver... inmediatamente... aquí todo
el mundo... Hoy os traigo un pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis».
Diciendo así guió por el pasillo de desencajados baldosines a una salita
estrecha, sin otro mobiliario más que un sofá y dos butacas resguardadas por
camisones de percal, una barnizada consola de caoba, algunos cromos «de
frailes», un veladorcito donde se destacaban varios frascos de goma, platos
desportillados, pinceles y tijeras. Por sillas, sofá, piso, consola y hasta
creo que por el techo y las paredes, andaban esparcidos infinidad de retales de
gró, raso y felpa, azules, morados, verdes, rosa, de todos los colores del arco
íris, mezclados y revueltos con tiras de cartón, redondeles de lo mismo,
recortes de papel dorado y plateado, esterillas y galones, cromos y estampas,
florecitas y otros mil accesorios pertenecientes a la graciosa industria de
cubrir y guarnecer cajas de dulces «para bodas y bautizos»: que este era el
oficio oficial de aquellas barbianas.
Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de
ojos muy tiernos, se ocupaba en decorar una espe[p. 50]cie de saquito de
tafetán lila, pegándole en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel,
que recortaba de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco jardines y
diez legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices» bastante seco y
continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi tío, volviéndose hacia las
muchachas que nos seguían, las agarró consecutivamente por la barbilla y me las
presentó. «La señorita Belén... La señorita Cinta...» Después, acercándose al
velador, exclamó en tono chancero: «Está tan ocupado esto... Qué barricada... A
ver si lo desembarazáis un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino».
Intervino la vieja, exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la tarde
tocan! Cuando venga la de entregar la labor, le decimos al de la fábrica que
hubo palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay aquí ná, sino una
pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi tío sufrieron aquella
contracción especial que precedía a un gasto; pero fué instantáneo el
estremecimiento, y sacando del bolsillo del chaleco algo que abultaba más que
un billete, se lo puso en la mano a la mozuela, diciendo: «Cintita, súbete
Jerez y pasteles... y también aceitunillas y naranjas». El argumento fué
convincente para la vieja. «Amos, me largaré al otro cuarto con la música de
pegar estos muñecos. Pa que desocupen el velador y estén ustés a gusto».
Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron
algunos vasos verdosos, traídos de las profundidades del antro de la cocina, y
se animó la escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó no sé qué,
con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la paloma, y con el salero
de su belleza meridional, luciendo el pie tentador y curvo apoyado sobre las
barras de la silla. Cinta trajo una pandereta, y se la puso a guisa de calañés,
sacudiendo la cabeza, riendo a borbotones y divirtiéndose en arrojarnos
cáscaras de naranja: después desenterró de un cajón[p. 51] un viejo
mantoncillo de Manila, con flecos y bordado charro, y empezó a hacer
contorsiones declarando que quería matar la culebra. Hubo olés,
empujones, carreras, butacas volcadas y recortes de seda volando por los aires;
después nos obligaron a nosotros a rascar la guitarra y a jalear, mientras
bailaban las señoritas. Armóse la juerga, y el Jerez corría que era una
bendición de Dios. Por falta de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la
arista del velador de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente,
mandó a Cinta subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi
tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...» Intervino la
señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí estamos necesitando
horror de cosas, y en la tienda no les da la gana de fiarnos por nuestra cara
bonita... Cállese usted, cuentacominos, miserable». Entre regaños y monerías,
aflojó el pagano otros dos pesos; y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La
cara de mi tío echaba chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una
gota de sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad;
en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de beatitud, el
regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo también advertía los
efectos del licor, que con no ser muy auténtico, se subía al piso alto, y entre
esta excitación y otras muy naturales en la mocedad y en presencia de dos ninfas
—la una arrogante y la otra picante y salada, pero ambas capaces de volver
tarumba a un ermitaño, cuanto más a un estudiante—, encontrábame fuera de
quicio.
No sería justo decir que me achispé. El innoble
embrutecimiento por la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar
nunca. Con frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando
aquí y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba el
espectáculo de aquella her[p. 52]mosa criatura convertida en bestia,
profiriendo absurdos o llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre del
justo medio en el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para sacar partido,
hay que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado: debe conservarse
cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los borrachines». Observé esta
máxima, y pude mantenerme en el límite de la animación sin embriaguez; hice
disparates comprendiendo que los hacía, y saboreando el placer de hacerlos.
La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a
soltar otros tres pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por
una ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora,
sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa comida-cena.
La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la cazuela de arroz con
almejas que pensaban cenar todas, pues este plato casero no salió a relucir.
De aquella madriguera diabólica no nos evadimos
hasta las tres y media. Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá,
amparando con la mano un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa
luz: y cuando nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente
puro me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don Felipe, se
relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se gasta por nuestra
tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es de órdago! ¡Qué esto, y qué
aquello, y qué lo otro tiene la indina! ¡Por supuesto, me figuro que tú eres un
hombre formal, y... chitón! De estas pavas que uno corre por aquí no conviene
que se enteren allá; son guasas inocentes, que a nadie perjudican. Hay que
pasar el rato, chico, por lo mismo que va uno a entrar en otro estado muy
diferente... Una cana al aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no
son de las más exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno
chorreando pesetillas».
[p. 53]—¿Por qué no les dió usted desde luego un
billete o dos? Mejor fuera eso que regatear el duro ahora y el duro después.
—¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso?
Pues con estas pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la
cartera... Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede
ocurrir...
Se detuvo de repente, completamente disipados los
vapores del Jerez, alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán,
exclamó:
—Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va
aquí... ¡Demonios coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la
habrán cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que
no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!
—Mire usted bien... —murmuré disimulando a duras
penas el asco—. Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura
que abulta el sobretodo...
Respiró profundamente: la cartera había parecido.
La palpó gozoso y se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el
contenido estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los
rincones de la cartera añadió:
—Y para más, iba con el dinero el retrato de mi
novia. Buena se armaba si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los
ojos con un alfiler de a ochavo.
Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y
ví un rostro juvenil, un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y
convexa, y unos ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió,
pues yo me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a todas las
imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué tan fea como aseguraba
mi madre. Tenía una de esas caras que, sin irradiación de belleza, atraen la
mirada segunda vez.
[p. 54]Dejé a mi tío a la puerta de su hotel y me
recogí a horas ya no muy distantes de la del alba. ¡Lo que me mareó Portal al
día siguiente! Me olfateaba la ropa y luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah
trucha, perdis, apunte! ¡Odor di femina!» De repente soltó la
carcajada. «¿Qué es esto?»
En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas
dos cabecitas de angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué
atributos más. No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción
fiel, circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.
VI
¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En
Madrid calor asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres
aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones resecos
necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas normales, aquellas
partículas de humedad deliciosa. No soy de los gallegos que sienten la morriña;
sin embargo, el primer grupo de castaños que se perfiló en el horizonte me
pareció un amigo que con acento de bienvenida me saludaba.
Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho,
parte por el coche de línea, parte a pie, según exige la situación de la finca.
Llegué a la puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio
agarrados de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que separa a la
Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado el rocío que siempre
asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo después de año y medio de
ausencia, empezó el fuego graneado:
—¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la[p.
55] amuebla a todo lujo? Así hace el que puede y no el que quiere. ¿La
cama dicen que es preciosa? ¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad,
porque en ese Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada?
Milagro será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos?
Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas
porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de mí.
—Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso?
—exclamé cuando pude meter baza— ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?
—Como me escribiste que hacía bien... —me respondió
deteniéndose para respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los
niños cuando les entra coragina.
—No parece sino que por lo que yo dijese iba a
guiarse el tío. Es preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es
posible evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por
conveniencia propia.
Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que
el tío Felipe y se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la
vida higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de
meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro y a una
facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía la bilis y fustigaba
su sangre, aligerándola. Esta volubilidad, esta incapacidad de elevarse a la
región de las ideas generales y abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza
para la acción. Era su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio
del elemento afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín
voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus ojos
nunca distraídos.
Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo
de frío riguroso, o en Semana Santa y Pascua,[p. 56] para cumplir con la
Iglesia. La huerta de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto
renegar de la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad,
la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza hebrea. ¡Lo
que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la lógica! Estas
condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme virtudes en mamá, y lo
eran en efecto, si es virtud acomodarse a la necesidad. Con tristes ocho o
nueve mil realitos, que a lo sumo y exprimiéndolo bien podría rentar nuestro
patrimonio, era gran milagro vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no
pequeña parte de los gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un
colchón cuatro o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer
cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar trajes, claro
está; del lino que producían sus heredades hacía tejer lienzo, ese lienzo
gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para camisas y sábanas; de una viña
de uvas agrias sacaba vinillo clarete para dármelo a beber en las vacaciones;
del centeno de su renta amasaba el pan que comía; con un par de cerdos, engordados
en casa, armaba puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos;
recogía leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la
feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con sus
caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía guindas en
conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, realizando esos
prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la mujer cuando vive sola.
Obligada por su sexo a limitar la esfera de su actividad, se desquitaba no
perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, animosa, infatigable, todas las
horas del día las empleaba en algo útil, y hasta sospecho que en más de una
ocasión bordó o cosió para fuera secretamente.
—El día que acabes la carrerita y salgas ganando[p.
57] ya tu sueldo, estaré hecha una reina —decíame cuando me admiraba de
verla tan atareada y afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos
años de mi madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease
el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta vida; era
un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de la existencia,
que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia a los que habitamos mucho
en nosotros mismos y acabamos por hacer de nuestra imaginación cárcel celular.
El carácter de mi madre es de los que constituyen a los individuos felices,
fuertes y armados contra los rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo
no veía a mi madre, la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y
debilidades propias de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me
empeñaba en suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me
sucedió contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer
una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si comía
carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin oir misa,
pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a pesar de su hábito
del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial de los mandamientos de la
Iglesia, sin que le importase gran cosa el estado de mi espíritu.
No por eso carecía de creencias aquella gallega
briosa. Sin duda por transmisión hereditaria de la rama israelita, la
concepción religiosa más arraigada en mi madre era la de un Dios airado,
rencoroso e implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres
en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que Dios
lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas
venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor dispuestísimo a ejercerlas
contra todos cuantos le molestasen a ella, Benigna Unceta,[p. 58] por
cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias a aquella incapacidad suya de
generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales
interesaban muchísimo a la divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que
nos separaba de la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo
el sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio.
—Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin
palo ni piedra: ya lo verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.
Protesté contra tan peregrina suposición, y como si
alguna voz descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no
fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el Ángelus con
tristeza resignada y argentino y poético doble.
Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:
—¿Tú vas a la boda?
—Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una
campanada que usted no vaya.
—Déjame de historias, que no se me antoja
presenciar semejante esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá.
¡Quiera Dios que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que
eso busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?
Bregué con aquella obstinación invencible, alegando
que mi tío contaba muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos
desairado papel enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento
—replicaba mamá furiosa—. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y
sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las cuarenta. No
creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás! Y la muchacha que se
casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu tío no le quería yo ni cubierto
de oro, y si no fuese mi hermano...»
Dióme de cenar mi madre un plato regional que[p.
59] sabía me agradaba mucho. Eran papas o puches de
harina de maíz con leche fresca. Sacaba las papas hirviendo,
las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo un agujero en medio de la
pasta, derramaba allí la leche riquísima contenida en un puchero de barro.
Mientras yo despachaba este manjar de homérica sencillez, ella no cesaba de
hablar, de preguntarme, y siempre volvía al punto inicial... mi tío.
—Ahora está metido en una, que no sé cómo va a
salir... Una trifulca atroz, en que me parece a mí que le van a dar el
escarmiento... Otro chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos...
¡y cuidado que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza de
abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las ganancias, y
que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no ha cumplido ninguna
condición, absolutamente ninguna, y el Municipio le pone pleito. Y hoy el Municipio
no es lo que era el año pasado: tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería
al Santo... Si don Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la
protección de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de
esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid, le van a
alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro guisado. Bonitos
andamos. En estos tiempos es preciso que todo el mundo se despabile. Yo no soy
hombre, que si lo fuese, iría también en peregrinación al Santuario. Esto te lo
digo yo aquí; pero por fuera, cuidadito con lo que hablas... No conviene que te
cojan tirria estos enredadores: con el tiempo te podrán servir.
Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la
besé en el pescuezo y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:
—Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito
de decoro, me es indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será
lo que gustes, y nos[p. 60] habrá jugado mil perradas, pero al fin está
sufragando mucha parte de los gastos de mi carrera.
—Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a
reclamar nosotros lo que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en
adelante sigue pagando.
—Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no
pague. El regalito.
—¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se
fabrica moneda? Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.
—Bueno —respondí con resolución—. Entonces no hay
más que hablar: mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo
ha de haber... No me dejes en vergüenza.
A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme.
Traía bajo del brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para
que me desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a la
altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.
—¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar
esto! Anda, vé y derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que
digas que tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.
La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro
besos chilreados, mientras ella se defendía mal exclamando:
—Payaso... sobón... que te pego, insolente.
Con los diez duros adquirí en la metrópoli un
imperdible o cosa parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un
cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa la moda
y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con las manos
vacías.
[p. 61]
VII
De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta
de Tejo, es jornada recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una
lancha alquilada en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba
andar a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca que
soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la huella del pie y
rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los senderos cuajados de
madreselva y los campos de maíz susurrantes al soplo del viento, todo me
pareció un oasis, y mi espíritu se inundó de esa vaga felicidad que en la
juventud nace de la excitación de los sentidos y de una especie de
presentimiento inexplicable, nuncio del porvenir: presentimiento que sin
augurarnos sucesos felices, nos anuncia emociones, derroches de vida.
Situada en un alto la quinta del futuro suegro de
mi tío, la ví desde la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo
único que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las
ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto del
edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos modos, para
orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el pueblo, advirtiendo que
ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y emprendí la caminata.
Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara
que empuñaba los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas
las mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente la
vista de un hombre sentado en una pie[p. 62]dra... La sorpresa no se explica al
pronto, pero el caso es que el hombre era un fraile.
Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en
carne y hueso. Me admiré como si creyese que los frailes ya no podían
encontrarse más que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la
Academia; de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del
duque de Rivas Don Álvaro o la fuerza del sino, se derivaban todos
mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile sentado en
la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo estatuario sobre
sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano uno de esos sombreros de
abate francés, de alas abarquilladas, con el cual se abanicaba la frente
sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó el sombrero en el suelo, y
volviendo hacia fuera los codos y apoyando en los muslos las manos abiertas, se
quedó meditabundo. Yo le observaba con ardiente curiosidad, imaginándome que
por el hecho de ser fraile había de meditar aquel hombre en cosas o
estrambóticas o sublimes. Él alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda,
sacó de la especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo
enorme, a cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se
incorporó, recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.
No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o
adelantarme y darle las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin
motivo ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin
embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo de Ortego,
picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza asomado a una ventana
de paño», por otro el fraile de las novelas y los poemas, tétrico, exaltado,
visionario, con la mente enflaquecida por el ayuno y los nervios desequilibrados
por la continencia, huyendo de las mujeres, evitando[p. 63] a los hombres,
lleno de flato, de tentaciones y de escrúpulos. Y quería saber a qué sección de
estas dos pertenecía el caminante.
Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al
sentir mis pasos se detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento
imperioso:
—Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que
le haga una pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va
usted a la Torre de los señores de Aldao?
—Sí señor, allá voy —contesté un tanto sorprendido.
—Pues si usted no tiene inconveniente iremos
juntos. Sé ir, porque estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a
usted esta proposición, figurándome que en el campo no molesta...
—¡Molestar! Al contrario —respondí, agradado de la
marcialidad del Padre.
Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se
ensanchaba, y permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile
iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine dejando
libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como los de las
esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme preguntas.
—Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza
y de que la gente se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?
—No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino
carnal.
—¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en
Madrid. El hijo de Benigna.
—Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?
—Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con
bastante confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué
tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y joven de
gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en[p. 64] conocerle; se lo digo de
corazón; gasto pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta de que
todavía no sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no necesita
presentarse, que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre Moreno, para servirle.
—Yo Salustio...
—Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.
—Veo que no hay cosa que usted ignore.
—Eso quisiera —repuso el fraile riendo de muy buena
gana; y de pronto, deteniéndose bruscamente:
—¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito
de papel?
—No fumo —contesté con cierta prosopopeya, que
después me pareció ridícula.
—Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo
¡caramelo! estoy tan viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo,
paciencia.
—¿Desde cuándo no ha fumado usted?
—¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra
paré en casa de una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como
usted comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me
afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la señora fué
tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que corta el pensamiento,
finísima... aquí la llevo —añadió señalando a la manga—: no la he estrenado
todavía. Ya ve usted que después de este obsequio, que debe de haberle costado
algunas pesetillas, yo no iba a ser tan gorrón que le pidiese cuartos para
tabaco...
—Pero —exclamé contagiado por la franqueza del
fraile— ¿es que no lleva usted consigo un céntimo?
—Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni
medio tampoco.
—¿Y cómo es posible?
—¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?
—Siento muchísimo no fumar —exclamé— para este caso
tan solo.
[p. 65]—No se apure usted, amigo, que los frailes
no nos apuramos tampoco porque nos falte una mala costumbre. Además que en
cuanto lleguemos al Tejo... ya verá usted el señor de Aldao cómo se despepita a
ofrecerme cigarros.
Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el
camino con buen ánimo y gentil determinación, andando más listo que un servidor
de ustedes. Una pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.
—¿No le molesta el ir descalzo?
Volvióse sorprendido el fraile.
—No, señor —contestó, recapacitando como para
recordar si en efecto le molestaba la descalcez—. Al principio eché de menos,
no los zapatos, sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre me
las calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas por mi
madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda finísima; para
que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile no he gastado de esos
lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte. Viniendo a lo de la descalcez, que
es lo que usted me pregunta, y a que yo quiero contestar categóricamente, sepa
que desde que voy descalzo, nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni
ojos de gallo, ni cosa parecida. —Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto,
era contorneado y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la bota—.
Y mire usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece que estoy más
limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado no consiguen más que
archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo lleva los pies realmente
sucios, por mucho que trajine y mucho calor que haga, sobre todo si tiene la
manía que tengo yo...
Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y
llegándose al regatillo que corría al borde del sendero, entre cañas y
mimbrales, dejó en tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un
pie tras otro[p. 66] en el agua corriente. Después que hubo secado las
plantas en la hierba, se volvió a poner sus sandalias y miró con aire
victorioso. Yo sonreí impulsado por una idea, o más bien por un sentimiento
cordialísimo, que podía traducirse en esta forma:
—¡Qué fraile más raro y más simpático!
—Vamos —me dijo—: adivino lo que está usted
pensando, caballero.
—Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.
—Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo...
que los frailes gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy
ajenos a los estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.
—No, señor, no era eso. Yo pensaba...
—Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le
es igual. Lo de «señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.
—Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero
temo que si lo digo le moleste.
—Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la
franqueza.
—Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de
ser así... tan partidarios de la limpieza corporal como usted. —Al decir esto
le miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas, su
cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud—. Hasta creí que condenaban
ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que el mérito de algunos
santos ascetas consistía en poseer un millón de habitantes y llevar el pelo y
la barba... colonizados.
En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el
Padre soltó la carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.
—¿Conque usted creía eso? —me dijo cuando la risa
le permitió hablar—. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que
decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego exclamaba:[p.
67] «Señor, mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes todos los
frailes éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto habrá pasado al
verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su servidor y capellán?
—A la verdad es usted el primero que veo en mi
vida, es más; pensé que no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien
que en España se están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero
francamente, me figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros,
en los retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.
—Pues ya los ve usted en realidad. Entre los
frailes sucede igual que en el siglo, porque hay genios y gustos muy
diferentes, aunque se rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se
acicalan más; pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite
andarnos con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas.
Estaría bonito un religioso usando la velutina Fay y el Kananga o ganga...
o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila tanto.
—¡Vaya que está usted enterado, padre! —exclamé
riendo a mi vez.
—Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy
majas... Y no extrañe usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos
frailes de la mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo
Patriarca era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza suya unos
versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo a usted con el
corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero ciertos extremos de
pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen empalagosos. ¡Caramelo! Eso de
que un señorito pierda media hora en recortarse y pulirse las uñas... pase en
las mujeres; lo que es en quien peina barbas...
Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se
vol[p. 68]vió hacia mí como queriendo respirar y descansar un poco. A la luz
rojiza del poniente, que tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba
armonía con aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar a grueso, y
de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez tostada y cetrina revelaba
complexión biliosa y curtientes fatigas de viajero por regiones de sol. Los
ojos los tenía vivos, alegres, negrísimos, bien delineados y abiertos sobre el
alma de par en par. Su cuello, descubierto por la tonsura del cerquillo,
indicaba vigor, y lo mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así
servían para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar, caso de
necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones no desmerecían de
las manos: acentuadas como por el palillo de hábil escultor, tenían la mezcla
de calma y de firmeza que se advierte en ciertas esculturas de retablo. Entre
la boca y la nariz, así como en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos
indicadores casi siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del
carácter. Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de
confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha fisonomía,
según suelen tenerlas los eclesiásticos.
—¡Caramba con el fraile, y qué terne parece!
—discurría yo sorprendido.
Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima
la quinta de Aldao, pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía
plácidamente. Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los perros,
asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con mayor furia;
oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio de la luna, fino como
un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de la ría. El fraile manifestó con
una exclamación trivial que sentía la belleza del sitio y de la hora.
—¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este[p.
69] país! Cuanto más se ve más hermoso parece. ¡Y tan fresco! Para mi
gusto ya es demasiado; prefiero el clima del África.
—¿Ha estado usted mucho tiempo en África?
—¡Toma! Pues si soy medio moro.
—¿Y ha viajado usted por el desierto?
—¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de
provisiones, ni escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores
al uso. ¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla;
bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las estrellas,
he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más lances y más
aventuras!
De buena gana le hubiese preguntado sobre las
correrías africanas: pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo
despertó en mí el ver blanquear la cerca del Teixo y negrear
sobre la cerca y bajo la torre la que me parecía mancha enorme de arbolado.
Quise contrastar la exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una
persona que ya se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera.
—Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la
futura familia de mi tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá?
—Claro es que les conozco —respondió el fraile
aplicando sobre su abierto rostro una máscara de discreción absoluta—. Es una
familia muy apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena.
—¿Y... es bonita?
No se espantó el fraile de la pregunta, antes
respondió con desahogo:
—Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que
no me parece... así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea,
pero tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que me
falten motivos para entender: porque allá en[p. 70] Tánger, Tetuán y
Melilla hay judías y moras que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros
tan amigos, que alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre ellos es una
prueba de estimación grandísima.
—¡Ah!... —murmuré sin poder reprimir una expresión
maliciosa—. ¿Conque franca la entrada del harem?
—Sí —afirmó alardeando de naturalidad el fraile—. Y
¿quiere usted que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta
de este moro amigo mío, que era un ricachón de allí?
—¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora?
—Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo
describirle exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda
riquísima, abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas
gordas y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la mujer.
En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la novela del Cautivo...
¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines, cojines y más cojines; unos
debajo de los brazos, otros debajo de las caderas, otros detrás de la cabeza: y
los cojines eran para impedir que se rozase, porque la mujer estaba reventando
de gorda, que es el secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía
menear. ¿Y sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no
se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo largo
así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con dulces y
bebidas.
—¡Ah socarrón de fraile!— discurrí yo—. Te finges
muy corriente y muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas.
Me estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda respecto
a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta exclamé—: Padre Moreno,
usted que tan perfectamente describe a las moras, mejor sabrá retratar a una
cristiana. Bien puede usted decirme, al[p. 71] menos, si la novia de mi
tío está cebada con bolas de pan, o si tiene un talle como la palmera del desierto.
Vamos Padre...
Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la
cerca del Tejo. Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y
se encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo del sol,
como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus ojos cuando me
respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y solemnidad entusiasta:
—Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre
fraile que se exprese como lo manda el hábito que viste y la regla a que
obedece. De una mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si
Dios se lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya
que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo ha dicho
que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta que merece ese nombre
tan... dispense si me expreso con demasiada vehemencia... iba a decir ese nombre
tan sublime. De una cristiana, lo primero y acaso lo único que merece
ensalzarse es el alma, y en mi boca sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que
encierra un alma redimida con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a
alabar a usted con palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a
usted que su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que
decir.
—¿Tan buena es, padre Moreno?
—Excelente, excelente, excelente.
En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no
dejaba lugar a insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin
embargo, cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra
preguntita insidiosa:
—¿Y usted, padre Moreno... viene a la boda por pura
amistad?
[p. 72]—¡Naranjas! —exclamó con el tono recio que
suele darse a las interjecciones más castizas—. ¡Si vengo a echar las
bendiciones!
VIII
Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo
poblado de arbustos y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del
caserón, sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y arbustos
estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese perfume divino,
inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente destila en sus
misteriosos alambiques la Naturaleza.
Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas,
tomando la luna, vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar
nosotros y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como
sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme bien de la
composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido de dril claro,
próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta elegante y airosa, que
al ver al Padre exhaló un chillido de gozo. A la izquierda un señor ya machucho,
calvo, con bigotes... el suegro; un curita sumamente joven, casi un niño; una
muchachona espigada como de diez y seis años, y una chiquilla que no pasaría de
doce. Todos se apiñaban alrededor del Padre, dándole la bienvenida. Por fin se
acordaron de mi existencia, y mi tío hizo la presentación:
—Señor de Aldao, el hijo de Benigna, mi sobrino...
Carmiña, Salustio...
La futura tiíta me miró distraídamente. Absorbía
toda su atención el Padre. Sin embargo, pasados algunos momentos, se volvió
hacia mí para preguntarme «si vendría Benigna, que ella lo deseaba mucho».[p.
73] Disculpé lo mejor que supe la ausencia de mi madre, y la señorita de
Aldao porfió en obsequiar al fraile. «¿Quería agua, naranjada, cerveza, Jerez?
¿Una copa de leche? ¿Chocolatito?»
—¡Hija! —gritó el Padre empujándola familiarmente,
como quien se sacude una mosca—. ¡Si quieres darme algo que estime... caramelo!
dame medio cigarrito, aunque sea de paja.
Chac... Rissch... Dos petacas, la del suegro y la
del novio, se abrieron a la vez, e inmediatamente se encendieron varias
cerillas. Se llevó la palma un habano de mi tío.
—Puede usted fumarlo con satisfacción —advirtió
éste, que era muy dado a encomiar lo que regalaba—. Procede nada menos que de
don Vicente Sotopeña...
—¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas
con él!
—¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar!
—suplicaron todos.
Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó
a satisfacer al pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y
cómo quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un poco
aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de embriaguez
psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas se tendían como
tapiz de seda verde las ramas de una enredadera magnífica, la datura o
trompeta del juicio final; no se requería imaginación muy poética para
comparar sus gigantescas flores blancas a copas llenas de esencia fragantísima.
Entretejido con la datura se esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos
olores, columpiados por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro,
hacían bullir la savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de
amor, pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo y
resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas.
[p. 74]Cuando mudamos de residencia —aunque nuestra
suerte no cambie—, cuando penetramos en un círculo de gente nueva y
desconocida, se nos exaltan la fantasía y la vanidad, y aquellas personas ayer
indiferentes nos interesan de pronto, preocupándonos mucho la opinión que de
nosotros pueden formar y los sentimientos que les inspiramos. El empleado, el
militar a quien destinan a lejana provincia lleva una idea vaga del lugar donde
va a residir: apenas sienta el pie en él, lo pasado se borra y lo presente le domina,
con la poderosa fuerza de lo actual y el estímulo de la novedad y de lo
ignorado. Así yo, excitado por los nuevos horizontes, algo mortificado porque
mi presencia pasaba totalmente inadvertida, me figuraba que de aquella gente,
apenas entrevista, extraña para mí pocos momentos antes, tenía que salir algo
decisivo para mi corazón.
Empecé por creer que en el seno de aquella familia
pacíficamente reunida tomando la luna, se desenvolvía un drama
moral muy extraño, cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes
—fantaseaba yo borracho de esencia de jazmín— hay sus dramitas de entre
bastidores y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el
drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la suerte
y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático. Aquí, el
conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se casa esta
señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de mi tío? ¿Será verdad
que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la apremié, confesó que eso es un
dicho sin fundamento. Y estas mocitas que veo aquí ¿qué papel componen? Y la
concubina del señor de Aldao ¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros
esposos, reunidos en un sitio tan propio para excitar la fantasía y los
nervios, ¿hay amor? y si no hay amor, ¿por qué hay boda?»
De estas reflexiones me sacó repentinamente el[p.
75] joven curita, que acercándose me dijo en tono pueril y con dejo
gallego que desempedraba:
—Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña
Benigna?
—El mismo.
—¿Uno que estudia para electroimántico
científico?
Como yo no comprendiese al pronto este conato de
chiste, el curilla rectificó:
—Para ingenioso, digo, para ingeniero.
—¡Ah! sí.
—Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo?
¿Está cansado? ¿Fuma?
—¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza?
—le pregunté a mi vez, por decir alguna cosa menos incoherente.
Con la más injustificada familiaridad, el curilla
me puso una mano sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las
rodillas, chilló:
—Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con
clérigo contentaverit mihi... No he pasado por ahora de aprendiz,
es decir, de recluta en la milicia sacra.
Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil
insulseces, a que presté muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en
otras cosas bien distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída
insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen desagradable
en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa, levantándose, nos mandó
entrar y subir a una sala muy adornada de cortinajes de cretona, de donde
pasamos al ancho comedor, en que nos esperaba la cena, servida por dos criados,
el uno con trazas de gañán, el otro algo más pulido, bajo la dirección de una
vieja obesa que arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso
físico, la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas en el
patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la sala.
[p. 76]Sentado frente a la novia, cuyo rostro
iluminaba de lleno la luz de la lámpara, satisfice ansiosamente la curiosidad
de mirarla: bebí su rostro. Al pronto dí la razón al Padre Moreno: ni era fea
ni bonita. Su cuerpo, elegante y cimbrador, valía más que su cara, de las que
se llaman de perfil acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y esa
corrección de facciones que son elementos primarios de la belleza. Pero al
cuarto de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la hermosura, al
menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir sus ojos negros, de
mirar apasionado; al sonreir; al volverse para contestar a una pregunta, la
movible faz se animaba, la vida corría por aquellas facciones que yo imaginé
plácidas y frías, a pesar de haber visto ya en su retrato, a la luz de un farol
madrileño, reflejos del alma. Carmiña Aldao se reía poco, y, sin embargo, no
parecía triste; había en ella la animación de la voluntad. Hasta extremosa me
pareció cuando, terminada la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi
fineza, se deshizo en elogios de la pobre joya.
—¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire
usted... Felipe... Es una monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante!
Vamos, que ya se le pueden hacer encargos. Nada, es precioso.
También el Padre Moreno metió su cucharada en lo
del imperdible.
—¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos.
Los frailes no nos atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más
sencillos...
Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su
único equipaje, que había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y
extrajo de él una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas,
tienen tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría
media vara de altura.
—Es lo único que puedo darte, hija. La cruz
viene[p. 77] tocada a la piedra del Gólgota, donde plantaron la de Nuestro
Señor.
Nada respondió la novia: con movimiento rápido se
inclinó y besó ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El
fraile iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros
de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía.
—De los olivos del monte Olivete —dijo
desenredándolos y repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi
turno debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me preguntó
con hidalga cortesanía:
—¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de
quien vienen; nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de
mayor valor material, caballero D. Salustio.
Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección.
Había venido gente de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la
partida de tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me
brindaron con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y
encontrarme sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su
prometida, pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a
encontrarme entregado al aprendiz de clérigo.
—¿Dónde está mi cuarto? —le pregunté—, ¿usted lo
sabe? De buena gana me recogería.
—No lo sabo... pero el que tiene lengua
va a Roma. Véngase usted. Agárrese a mi dedo meñique.
Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la
vieja presenciaba la operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y
recoger postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo
pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa y el
exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa, regañona y al
par[p. 78] humilde resignada con su papel de escalera abajo. El curilla,
para dirigirla una pregunta, apretó su brazo.
—¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta
más indecentes!
—Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo,
que usted es ya contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias
dormitorio de este señorito?
—Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia
al infeliz para aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra
a estos señores...
Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada
de antes, fresca, rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de
querubín de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba
entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir una
escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados en la parte
alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo estrecho. Estas
habitaciones, a las cuales no había alcanzado la recomposición general dada por
el señor de Aldao a la quinta, tenían aspecto de vetustez, y probablemente en
circunstancias normales sólo servían para almacenar la cosecha de calabazos y
castañas. Los muebles se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un
palanganero. La mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió:
—Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están.
—Aún cabes tú, muliércula —advirtió
desvergonzadamente el aprendiz de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la
carcajada, amenazando con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose
a mí, adoptó continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo.
Contesté que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero.
Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras, alumbrado sólo
por el reflejo de la luna.
Me asomé a la ventana. En primer término ví ex[p.
79]tenderse enorme masa obscura, especie de lago vegetal, que parecía un solo
árbol, aunque lo hiciese dudar su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como
falda de raso gris salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se
multiplicaba en su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje se confundía
con el del viento nocturno que estremecía las ramas próximas. Un aire húmedo y
refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña interrumpió mi contemplación colándose
sin pedir permiso, trayendo en una mano el tintero, que casi rebosaba de tinta;
en otra, además de la luz, papel, sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de
arenillas.
—Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo
viene así... cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice
que en la aldea hay que perdonar.
Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis
Portal; pero la muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada,
contemplándome como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando
se inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el papel,
diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy dulce: «¡Ay, y
va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a mí por la imaginación un
capricho y por los nervios una corriente que reprimí con el esfuerzo relativo que
cuesta desechar las sugestiones puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy
estás muy alborotado... Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la
mozuela, pregunté:
—¿Es un solo árbol eso que se ve desde la ventana?
—¿Pues no sabe que es el Teixo?
—¡Un tejo sólo esa inmensidad! ¡Santa Bárbara!
Cogerá media legua de circuito.
—¡Media legua! ¡Ay qué risa! No sea ponderativo.
Media legua aún no la hay de aquí a San Andrés. Pero mire, tres pisos los
tiene.
[p. 80]—¿Tres pisos un árbol?
—¡Ay! sí, ya lo verá. En uno se baila; en otro se
toma café; desde el otro se ve muchísima tierra... y la ría y todo.
IX
Copia de una carta a Luis Portal:
«Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo,
quinta del papá de la novia de mi tío... ¡sopla! que se llama así, no el tío,
sino la quinta, á causa de un tejo colosal que, según fama, tiene tres pisos,
tantos como la mejor casa de Orense. Acabo de llegar: no puedo decirte aún lo
que opino de la novia y gente que la rodea: esta gente es el papá, una vieja
que tuvo que ver con el papá, y dos niñas, hijas ó sobrinas de esta vieja, una
de ellas ya en sazón, y que aunque se llama Cándida..., punto y aparte. La futura
tiíta es una señorita de aire elegante, con una cara que agrada si se mira
despacio: los ojos buenos, y hasta buenísimos. No sé si está enamorada, pero se
muestra bastante cariñosa con mi tío. Hijo, vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que
una mujer honrada y decente (dicen que lo es mi futura tía) se case así, por
casarse, con tal sujeto? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta?
¿O es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un hombre
se reduce á salir con él del brazo?
»La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he
formado de Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de un
fraile... ¡Admírate! he viajado con un fraile, un fraile de verdad, un
franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en las nubes. Me dijo, que
era el modelo de la mujer cristiana. Esto, en boca de un fraile...
»¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre
More[p. 81]no! Hombre más corriente, más llano, más simpático, no lo ha echado
Dios al mundo. Me tiene atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante, ni
rehuye ninguna conversación de las admitidas en sociedad, ni le trata a uno
despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas, ni hace cosa que no resulte
discreta y oportuna. Por esto te digo no creas que el fraile me la pega. Lo que
es pegármela... Al contrario, me escama terriblemente ese mismo don de captarse
las voluntades, empezando por la mía. Le estudiaré y poco he de poder si no le
arranco la careta. ¿Qué se propondrá ese tío? ¿Catequizar mejor? Porque no hay
duda que con modales como los que gasta, se adquieren amigos. ¿O tal vez
disimular propensiones no muy conformes con el sayal? Porque o es un santo o es
un hipócrita, aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos hasta el
día. ¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir rodeado de sirtes y escollos y
sin tropezar en ellos? Pase el voto de pobreza, porque he visto que en efecto
no llevaba ni con qué comprar un pitillo: pase el de obediencia porque también
los militares obedecen a sus superiores; pero lo que es el de castidad...
¿Verdad que no cuela?
»Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado
que puede. A decir verdad, la novia me parece una ganga para él. Este señor de
Aldao no tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que la
quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sangrías; pero así y todo,
siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado lo que nunca pudo prometerse.
»La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío
duerme en la casa del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo
hospedaje en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme, holgazán. Ahí
estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas con todo Dios y hasta con
el diablo. ¡Eres más trucha! Se me olvidaba. Rompe esta carta...[p.
82] aunque con tus hábitos de prudencia ya habías de hacerlo sin que yo te
lo encargase.»
Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por
fortuna, cuando se metió campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de
clérigo. A no mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no
recordaría yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico in
fieri; pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor,
boquilla sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos,
nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia el meollo
(el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), tez blanca y salpicada
de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, cejas y pestañas rojas. Podía
clasificarse su tipo físico entre el del bobo de comedia y el mico malicioso.
Dudaba yo si era cara de simple o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo
de persistencia de la infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni
sus acciones.
—¿Se baña? —me preguntó hablando en impersonal,
según costumbre.
—¿Que si me baño?
—En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo
todos los días a la playa, y puedo acompañarle.
—Bien, convenido; nos remojaremos.
—Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del
baño. Su tío también se remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por
esas está más fresco. ¡Guí, guí!
—Lo malo es que no tengo traje de baño.
—¡Ay! Yo tampuerco. Si es tan
melindroso... Con irse a un rinconcito detrás de unas peñas...
—¡Hombre!
—O con llevar unos calzoncillos de repuesto...
—Vamos; así, pase.
A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el
monago), se arrellanó en la silla con trazas de no irse[p. 83] en toda la
noche. Comprendí que era preciso hacer como si no existiese, y desnudándome
rápidamente, me deslicé en la cama.
—¿Hay soneca? —preguntóme Serafín
arrimándose al lecho y pegándome, con la mayor confianza, un pellizco monjil en
un hombro y una sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví un
coscorrón formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui guiíi,
gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar experimentalmente si yo tenía
cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente el dedo
meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura de seis años que
de hombre, y particularmente de hombre que aspira al sacerdocio, ejerció sobre
mí el irresistible contagio de un desprecio cómico, y en el fondo indulgente, y
amenacé al monago con tirarle una bota si no se estaba quieto. La amenaza
surtió efecto; Serafín se calmó, y echándose como un perrillo, atravesado a los
pies de mi cama, me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un
poco. Le autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie
de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos, de
inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y rasgos de
malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían, dejando planteado el
problema de si aquel tipo era rematado imbécil o astutísimo truhán.
—Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo
no fuí nunca. No hay cuartos para el ferrancho ferril. ¡Cuartos!
¡Quién los viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles
son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El empiedrado será
de marmole... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo
rabiando o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los
madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para[p.
84] qué estudia? ¿Para esos que hacen ferriles y viraductos y tunantes,
digo toneles? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será
ministro de la ministración y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo sirvo
mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, aunque llegue a
ser más ingeniero que el que discurrió la condenada ingeniería, no hará la
carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío sabe: es peje. Nadie le saca a D.
Vicente Sotopeña la nata como él. Los solares ya fueron buena tajada, y ahora
le alquilan la casa para correo y le pagan de alquiler un millón de duros...
¡gui, gui! Luego, cuando hay eleuciones, nos viene a jonjabar a los
cerdotes... bueno, a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio...
Pero lo que le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, vade retro
exorciso te, que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las
narices la doctrina fundamental de fide, expuesta por el santo
Concilio Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas
mestizas. ¡Gui, gui, gui!...
—¿Y tú cómo piensas en política? —pregunté
resolviéndome a tutear al monillo eclesiástico.
—¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más
que una opinión...
—Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.
—Pues lo diré por boca del que supo lo que se
decía: Nequit idem simul esse et non esse: ¿lo quiere más claro? Yo
no soy partidario de la Iglesia liebre en el Estado galgo. Quod semper,
quod ubique, quod ab omnibus.
—Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres
carcunda?
—Ego sum qui sum; es decir, ¡ojo con las
mesticerías y los distingos y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo
canté muy claro; y también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda
lampando por el título de Marqués del Tejo o al menos por una gran cruz. Dicen
que el yerno se la trae de[p. 85] regalo de boda. Vanitas
vanitatis, gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese
quiere la chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan
mucho las cataplasmas...
—Cállate, que me revuelves el estómago.
—No las catará, que el cuñado le tiene tema. No
hará el caldiño con harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres
enfermos gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y
vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de Candidiña
por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya sabe más que
muchas viejas. Ne attendas fallaciæ mulieris.
—No calumnies a mi tío, miquín —exclamé impulsado
por la curiosidad, pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones,
no dejaba de dar en el clavo—. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar
siguiendo chicuelas?
—Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que
ya no pueden con los calzones ir detrás de la monicaca... Vinum et
mulieres apostatare faciunt sapientes, como dijo el otro. La Cándida les da
cuerda: y no piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde
echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una madrastra.
Me incorporé sorprendido.
—¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?
El monago pegó un chillido.
—¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar
las yemas de los dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra
pequeña son higas de la higuera de doña Andrea... Son
sobrinas... Yo conocí a su papá, que era general... digo, cabo de carabineros.
La vieja cargó con ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza...
acuérdese que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por
la concupiscentia carnis... Esa quiere arrastrar un rabo de seda...
Si vivimos hemos de ver milagros.
[p. 86]
X
A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa
playa, nos paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era
acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial, cogimos
lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el Tejo, dispuestos a
despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos había acompañado: prefería el
baño por la tarde, pues no le gustaba prescindir de su misa. Mi tío no se había
presentado aún, ni vendría hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación
de charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de
confianza y afecto.
—Anoche se retiró usted temprano porque se aburría.
No sabemos realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse
entretenimiento... En el campo...
—No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta
muchísimo. Nunca me aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más
rico...
—¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no
venga! Es muy simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con
más razón.
—Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse.
Nunca falta que hacer por allá...
Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y
yo nos quedamos sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de
cortesía y amabilidad.
—Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere
ver las demás que he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si
no, las chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por aquí.
[p. 87]Echó a andar y yo tras ella: en el bolsillo
de su traje, al compás de sus pasos, sonaban varias llaves, haciendo una
musiquilla graciosa, familiar. Sacó el manojo, y abierta la puerta misteriosa,
descorridas las cortinas, brotaron en todo su esplendor las magnificencias del
equipo.
Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo
en sentido absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y
otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos según
puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome todo. Aquel
vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del novio, como también
los pendientes de la perlita rodeada de brillantes. El papá se había
despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y muy buena combinación de
brochado; y por allí andaban los sombrerillos correspondientes. Otro traje me
pareció muy lindo: de seda blanco hueso, lucía delante una sutil red que
imitaba perlas, se alargaba en majestuosa cola, y se adornaba con azabaches.
Este —declaró Carmiña— era una inutilidad, un capricho de la señora de
Sotopeña, encargada en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado
en que la novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas
por el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche y no sé
qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído con un abanico
riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. El hermano de la novia,
un brazalete feo. Después una serie de joyeros, álbumes, cacharros, las mil
fruslerías inútiles, que sólo se compran o venden a pretexto de santos y bodas.
Detrás de ellos, en un rincón, como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo:
una ratonera enorme...
—¿Pero quién le ha regalado a usted eso? —pregunté
sin contener la risa.
—¿Quién había de ser sino Serafín? —respondió
acompañándome en mi hilaridad.
[p. 88]—¿Pero es posible?
—Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese,
con su ratonera enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve».
—¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es?
—En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su
corazón no es malo, y a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos
minutos se le va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por
ejemplo, en un punto de teología o de moral —esto lo sé porque lo dice el Padre
Moreno— y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que una vez que
le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que despabilase una vela,
las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con saliva, despabiló con ellos, y
abriendo las despabiladeras metió dentro el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien
te entiendo, cajetilla!».
Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos
al jardín. La futura tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los
establos y la huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger
flores y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre
Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de ciertas
personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna; de Serafín, que no
había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo triunfal por San Andrés. A
su vez, no tardó en presentarse el señor de Aldao. Venía atusado, engomado, con
los bigotes teñidos, el cráneo luciente como una bola de billar; pero se me
figuró una ruina, bajo la sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si
«lo había visto todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un
extranjero ha visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida
añadió:
—¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso?
—¡Ah! cosa magnífica, sorprendente.
—¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la[p.
89] escuadra inglesa... entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó
más de diez fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha
asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al hablar de las
bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir el Tejo... Gran orador
Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido.
El señor de Aldao me pareció una de esas personas
que llevan la vanidad (algo escondida en los demás hombres) por fuera y
completamente a la vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de
vanidoso, y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven presumía de
buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos y cejas tiradas a
cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza, y durante una larga temporada
le dió por usar a cada repiquete el uniforme de maestrante de Ronda y soñar con
el marquesado del Tejo. A tal marquesado le hizo una corte platónica,
arrimándose mucho a los gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a
los obispos cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se frustró
enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que ejercía sobre la
provincia y sobre mucha parte de la región gallega don Vicente Sotopeña, habían
hecho comprender al señor de Aldao que en nuestra época la importancia social
no se funda en pergaminos más o menos rancios. «En el día la política —solía
decir él— lo absorbe todo. El que puede repartir con la derecha confites,
latigazos con la izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había
influído bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la
candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde agarrarse a
una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer multitud de
ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya iban avinagrándose; lo
de la gran cruz, la despertadura del expediente de[p. 90] una carretera
que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras menudencias relacionadas
con la Diputación Provincial y la contrata.
Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo
laberíntico llamado el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la
causa de ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y la
emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende que estas
malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor paridad entre el
envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti una tiple de zarzuela, a
la reina una modesta señora de la burguesía? Pues las envidian, no cabe duda; y
desde la penumbra en que viven tratan de echar un rayito de luz que compita con
el del astro. Así don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una
renta mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién? con
don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula de Derecho,
el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista abrumado de negocios,
el poderoso, el millonario, la influencia universal. ¿Y en qué terreno quería
don Román eclipsar a Sotopeña? Pues en el de la residencia de verano. Don
Vicente poseía en las inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real,
descanso de sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor
de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de su bosque
de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de estalactitas, de su
magnífica verja, y de otras mil preciosidades que el Naranjal luce, torcía el
gesto, se contraían sus labios con el mohín de la vanidad mortificada, y
preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo?
Un marino de la escuadra inglesa, entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...»
etc., etc.
Embellecer su finca, a imitación del Naranjal,
constituyó la aspiración irrealizable de don Román[p. 91] Aldao. La
naturaleza era cómplice de este ensueño, porque además de haber criado aquel
Tejo gigante y único, desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de
paraíso llamado las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas,
la vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder
compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre, fuese un oasis.
Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor atractivo de una quinta
pende siempre de la naturaleza. Don Román no lo entendía así. Del campo, no
sentía la inefable dulzura y reposo que infunde olvido de la vida social, sino
al contrario, la apariencia y el bullicio, las glorias de propietario y
anfitrión, y el pugilato con don Vicente. Claro está que Aldao no intentaba
copiar esplendores como la famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por
cronistas y viajeros; pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un
amplio merendero emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un chocolatorio raquítico
todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban estatuas preciosas?
Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de yeso, sus «cuatro Estaciones» o
su grupo de «amorcillos» y me los plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el
Naranjal instalan una estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus
orquídeas? Cátate al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor
cantidad posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato,
atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el Naranjal
había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor de Aldao enseñaba
al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las piñas y a armar con
troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por último... el árbol colosal!
El primer día de mi estancia en el Tejo vino a
comer gente de Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño,
que podría tener enton[p. 92]ces cosa de cuatro años de edad, y un Diputado
provincial llamado Castro Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío, jefe de
la fracción que representaba su política en el seno de la Asamblea
pontevedresa: porque todo es relativo, y en Pontevedra había los de
mi tío, y la «política propia» de mi tío, gobernada por los rígidos principios
que el lector supondrá. Acudió asimismo el director del Teucrense,
periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis meses antes le tiraba a
codillo; pero para tales cancerberos hay tortas mágicas. Hablóse mucho de la
consabida política local, tan menuda, que rayaba en microscópica.
El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé
la atención en aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer
alguna influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente
veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana, soportaba
bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la Ría, según le llamaban
en estilo poético los revisteros de Helenes y los corresponsales de diarios
madrileños cuando venían a veranear. La manera de crecer y extenderse aquel
ramaje, su intenso y obscuro verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era
imposible mirar al Tejo sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza
exuberante y maternal que había producido tan soberana criatura.
Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la
ciñe amoroso con sus olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la
acaricia, y tiende hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves
redondeces de la costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el
aire es más puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional.
Aquel Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y en terreno
fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y pujanza. Él era el
verdadero monumento de la[p. 93] región. Daba nombre a la quinta; servía
de faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse hacia San
Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva, no sólo de los
pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las famosas Casitérides de los
antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada de un mar casi helénico por su
serenidad y belleza. Para construir en el Tejo los tres miradores sobrepuestos
que lo adornaban, no se había requerido gran habilidad ni ciencia arquitectónica,
bastando con aprovechar la gallarda horizontalidad de sus ramas y construir
sobre tan robusto apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor
ligero balaustre.
La escalera, de caracol, encontraba natural sostén
en el mismo tronco del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el
suelo no se distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo piso,
ni a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al tercero,
necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas para admirar la
perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero se llamaba «el salón de
baile», el segundo «el cenador», el tercero «Vistabella». Y en casa de Aldao se
oía a menudo preguntar: «¿Subiste a Vistabella?» «No, me quedé en el salón de
baile». A la verdad, el salón de baile —preciso es reconocerlo, aunque el señor
de Aldao se desazone— no asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar
desahogadamente un rigodón, a los ecos del piano que para estas solemnidades
era llevado al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo el toldo verde,
entre paredes verdes también, que apenas filtraban la luz solar. El salón
retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y columpiarse.
[p. 94]
XI
Aquel día, cuando subimos a tomar café al
«cenador», donde ya a prevención había sillas, bancos y veladores rústicos en
cantidad suficiente, el Tejo estaba más atractivo que nunca. Una brisa fresca,
procedente de la Ría, hacía ondular ligeramente las ramas; el sol, hiriendo de
lleno su copa, la doraba y arrancaba del árbol ese perfume penetrante y algo
resinoso que aumenta en nuestro corazón la embriaguez de la vida. La altura a
que nos hallábamos suspendidos podía persuadirnos de que éramos aves; a mí se me
ocurrió que los pájaros tenían bien grata morada en el seno del coloso; y de
repente, como si la Naturaleza se complaciese en infundirme uno de esos deseos
imposibles de satisfacer con que ilude a los mortales, me entraron ganas, mejor
diré ansias de volar, de perderme en aquellos espacios azules, puros e inmensos
que veíamos al través de las aberturas que siempre ofrece el ramaje. Cuando
noté que estaba envidiando a las gaviotas que allá a lo lejos descendían sobre
los peñascos de San Andrés, me acusé de insensato y, haciendo un esfuerzo
atendí a la conversación.
Llevaba la batuta, como no podía menos de suceder,
el Padre Moreno, afirmando una vez más a su auditorio que él se había
encontrado siempre mejor en Marruecos que en España; mejor entre moros que
entre cristianos «de estos de por acá».
—No crean ustedes —apresuróse a añadir— que en
África hacemos vida regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que
aquella pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto. Yo aprendí
el árabe, aunque no como mi hermano en religión el[p. 95] Padre Lerchundi,
lo bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para
aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su idioma,
santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí!
—Más claro no puede decir el Padre que le agradaría
pasarse al moro —advirtió don Román.
—Moro, ya lo fuí —respondió con viveza el fraile—.
Es decir —rectificó en seguida—, ya supondrán ustedes que no me hice
mahometano, ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino moro, que
significa hijo del África; mauritano.
—Bien entendemos que usted no renegó —exclamó mi
futura tía con el acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al
dirigirse al Padre.
—No, hija, renegar no: por la misericordia divina
no llegué a eso.
—Pues cuéntenos cómo fué moro.
—¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una
historia muy larga... Si hasta anduvo en periódicos: la Revista Popular,
de Barcelona, insertó sobre eso un artículo.
—¡Ay, cuente, por Dios!
No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la
complacencia con que se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que
llevaba en la manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber.
—Pues, verán ustedes... Era poco antes de la
Restauración, cuando andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la
República traía revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque,
como les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos de la
obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar tabletas para
España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que no se podía venir con el
hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para hábitos, señores! Ea, Moreno —dije yo
para mí—, ahora tocan a desenfrailar (por fuera) y con[p. 96]vertirse en un
caballerete... Ya saben ustedes que allí nos dejamos siempre la barba, lo cual
ayuda mucho para la esencia del disfraz, porque una de las cosas en que más se
conoce al eclesiástico vestido de seglar es en la rasuración. La corona la
teníamos bastante descuidadilla: de modo que con abandonarla enteramente los
días que precedieron al viaje e igualar el resto del pelo, estábamos
corrientes. La vestimenta se encargó al mejor sastre. Y los accesorios...
porque el traje de caballero tiene mil accesorios... de esos se ocuparon las
señoras que yo trataba, y en especial las del Cónsul inglés. Estas damas me
querían muchísimo, y eran personas que entendían los perfiles de la elegancia,
y cómo se emperejila un señor. Ellas me prepararon calcetines, ¡de seda,
bordados y todo!, corbatas, camisolas y hasta pañuelos marcados con mi cifra.
Todo el pío era verme puestas las galas. «Padre Moreno, después de vestido
vendrá usted a enseñarse... Padre Moreno, es preciso que nosotras le demos la
última mano, si no irá hecho una visión... No nos quite usted ese gusto, Padre
Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún mico para andar luciendo las habilidades? A
otra puerta, lo que es del fraile no se han de reir. No me verán vestido. Si lo
quieren así, bueno, y si no perdemos las amistades.» Llega el día y me arreglo
de pies a cabeza; no me faltaba ni el más pequeño detalle, incluso gemelos en
los puños, que hasta eso me habían regalado. Me visto en el convento, y por calles
excusadas salgo a tomar un barquichuelo que me lleva a bordo. ¿Pues creerán
ustedes que así y todo aquellas buenas señoras consiguieron verme? Al saber que
iba a zarpar el vapor, se plantaron en los balcones muy armadas de gemelos
marinos, y como yo estaba tan descuidado sobre el puente, me contemplaron.
Dicen que les parecía otro... ¡Claro! ¡pues si llevaba mi cazadora, y mis
pantalones grises, y sombrero ladeado, y guantes!
[p. 97]Hubo una explosión de risa en el auditorio,
al figurarse al Padre Moreno en semejante atavío.
—¿Y después? —preguntó la novia interesadísima.
—Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me
dió ver flotando allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a
Málaga. No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada, y
¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en Canarias, y
que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a sus ojos. Me fuí hacia
él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos explicamos, me convidó al café,
y quedamos citados para ver juntos la Alhambra en unión de algunos compañeros
suyos de fonda. Encargué que no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y
verán ustedes que aún hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos
a la mañana siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos in
fieri y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar
fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!» respondí
comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de Tánger no
esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados le preguntaban al
oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él por no mentir contestó: «Bien
lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?»
«Sí, le conocí en Canarias.» «¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué
dice.» «Corriente.» Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado
desde la víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo:
«Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero temo
causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de ser triste
para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos por sus antepasados y
que ya no pueden habitar;[p. 98] pero que por no desairar su compañía y la
de aquellos señores, iría de buena gana...
—¿Y seguían teniéndole a usted por moro? —preguntó
al señor de Aldao.
—¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con
toda seriedad. A uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza
tiene este moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía
como entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en fin,
lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché mano a la
barba...
—¡Ay, Padre Moreno! —exclamó mi futura tía—. ¡Quién
me diera verle con barba!
—¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? —exclamó
el fraile moro soltando el hilo de la narración—. Aguárdate, mujer... Espera...
—Y rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y pobre, y
de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió toda la sociedad
reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres lanzaban gritos de
admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa bobería: «¡Qué buen mozo era,
Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno, no pude menos de convenir en que efectivamente
resultaba buen mozo. La longitud del cabello y lo poblado de la barba
acentuaban el carácter siempre franco y varonil de la figura del fraile, el
cual, terminado el incidente del retrato, prosiguió:
—Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven
ustedes ahí, y con gran formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino
que ha emprendido desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los caballos
africanos a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del desierto.» Y luego
me volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen, señores, a un hijo de
África; estos conceptos se me han escapado sin yo poderlo remediar...» ¡Vería
usted a aquellos hom[p. 99]bres entusiasmados con mi salida! «No, no, que nos parece
muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro fué cuando empezaron a hacerme
preguntas sobre las que ellos creían mi religión y las costumbres de mi
supuesto país. A uno se le ocurrió interrogarme: «si era cierto que la ley de
Mahoma autoriza para casarse con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de
caballería por más señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la
ley de Mahoma...»
Algazara general provocó esta parte del relato. Mi
tío se apretaba la frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba;
Carmiña reía de muy buen corazón y yo le hacía el dúo.
—Oigan ustedes —prosiguió el fraile cuando se hubo
calmado la hilaridad—. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural:
«Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer los
defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la constitución
íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada me encanta tanto como
una familia de un solo varón y una sola mujer, consagrados a amarse mutuamente
y a protejer al fruto de sus amores. Ni el corazón del hombre, ni el reposo y
tranquilidad de la familia, ni la dignidad de la mujer se realzan y consolidan
con la poligamia.»
—¡Bravo, padre!
—¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos?
—Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y
abría una boca de a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo
recobrar su aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted,
Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?»
El auditorio rió de nuevo.
—¡Ay qué lance!
—¡Arre, ese se iba al bulto!
—¿Y usted qué contestó?
—A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió
una idea. «El señor (señalando a mi amigo) co[p. 100]noce mis gustos. Soy
hombre que no quiere sacrificar su afición a los viajes y su independencia a la
obligación de sostener una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y
por eso he formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme nunca.»
—¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más?
—De eso nada —respondió el fraile—. La conversación
cesó de girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino más
expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran más liberales
que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la revolución. Entonces les
dije que ese concepto de libertad acaso lo entendía yo, moro, de distinta
manera que ellos. «Dispénsenme, que al fin soy extranjero aquí, y explíquenme
cómo es que habiendo tanta libertad para todo el mundo, me han asegurado que no
consienten ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una
especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies casi
descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito: «¡Frailes!
Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre moros...» Sin hacerle
caso, continué: «Allá en Marruecos se les respeta, y contribuyen a infundirnos
cariño a esta tierra española que consideramos nuestra segunda patria... Me
admiro de que aquí (según refiere la historia de ustedes que he leído, porque
soy amigo de leer) les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué
así? Esto no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y
hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un codazo y
le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha jeringado.»
—replicó el otro. Así dijo: jeringado.
—¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería?
—¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró.[p.
101] Al regresar a Granada y meternos por las callejuelas tortuosas, cerca
ya de mi posada, me volví hacia aquella gente, y dije con mucha seriedad:
«Señores, lo de moro ha sido una broma. No soy sino un pobre fraile
franciscano, que gracias a la libertad reinante ha tenido que disfrazarse de
moro para venir a su país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí
media vuelta y me largué dejándolos aturdidos.
Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba
la novia tan radiante de animación, comentando tan alegremente el relato del
Padre, que cruzó por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal.
Procuré desecharla; pero se formuló así:
—Del padre no será, pero lo que es del futuro...
tampoco, tampoco.
XII
Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué
dolorosa o grata. Sé que hizo en mí una especie de revolución interna,
renovando aquel sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío,
y reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez me
preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?
Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que
sólo mi madre podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea
apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy antigua,
versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de su trabajo. Creo que
el único privilegio que disfrutaba doña Andrea en calidad de odalisca retirada,
era el de sostener conversación más frecuente de lo debido con la bota del vino
añejo del Borde o con la damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba
cariñosamente a la señorita[p. 102] de Aldao, y ella, a su vez, mostraba
confianza e indulgencia a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de
su esfera propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni
manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio. Allí la
única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni era señorita que
pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni fregatriz que viviese entre
los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo otro, y no se explicaba bien su
presencia y su ambigua personalidad admitida en la sala y excluída de la mesa.
Su hermanita pequeña ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la
diferencia se justificase.
Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida
de Cenicienta, ni al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de
reinar en su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que
las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a la
desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía menos. Se
casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al menos porque no es
razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque el modo de proceder de la señorita
de Aldao no se pasaba de sublime, tampoco era lícito censurarlo.
Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero
móvil de los actos de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla
diariamente, en la intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y
la vida del campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos
que le atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento
que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos, palpitaban las
ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba en aquel rostro soñador
de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que debajo de la superficie debía de
haber fuego, y mucho fuego, oculto.
[p. 103]Como no soy novelista, no he menester
preparar hábilmente las transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de
consignar algo que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que
casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer —hombre en mis
circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa— es mirada de curiosidad
amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a mí? ¿Cómo sería si
me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni hacer a la humanidad peor de
lo que Dios la hizo: es indicar solamente que el instinto sexual, como todos
los instintos, no descansa, aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío
cariño y respeto, hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del
instinto. Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma
secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento análogo,
me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que iba derecha
hacia el enamoramiento.
Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la
cosa me sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo
a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y me propuse
insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó de mí con tanta
mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado todavía el matrimonio, ni
aun se libró en mi alma el breve combate interior, entre el deseo y las
conveniencias.
Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse
no fué seducir a la futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo seducir indica
una fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis
Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar si eran
ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a mí podía verme
con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido esto, se calmaría mi
inquietud.
[p. 104]La vida en el Tejo se prestaba a estrechar
intimidades. De vuelta del baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada
cual; libertad sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento,
por el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr este
propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado afición y se me
agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo periódicos, o jugando a
las damas con don Román, o cogiendo cerezas y fresas con Candidiña, y yo me
escurría en busca de Carmen. Generalmente la sorprendía al salir de la capilla,
donde había oído la misa del Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la
ofrecía flores y la daba palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una
muchacha soltera: de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la
Peregrina, de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de
las amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla
disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo bonito de su
pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo para andar, alegando
que no podía fatigarme tan grata pesadumbre. A estas insinuaciones mi tía no
opuso jamás la cara feroce de la virtud. Acogía los requiebros
con graciosa sonrisa de malicia, como si dijese: «Bueno, quedamos enterados: es
muy amable mi futuro sobrino.» A los ofrecimientos respondía apoyándose en
efecto, sin recelo alguno, con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo
melancólico que adopté un día por variar de registro, dió ella en suponerme
enfermo y cuidarme con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos,
cuando yo afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha
abierta por donde atacar aquel corazoncito.
Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo,
hecho ya el conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le
demostraba, al par que sumi[p. 105]sión y solicitud complaciente, formalidad y
corrección excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia,
pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me parecieron
síntomas de frialdad absoluta.
Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un
impulso de simpatía hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el
mismo desvío que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso
ella misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su
delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta: «¿Y
entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»
Mientras me proponía este enigma, continuaba mi
respetuoso asedio. Parecíame que lo único indispensable para lograr mis
propósitos era el tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que
aspirando a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de
aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora diese
su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de agua el tallo, las
arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó. «Naturalmente,» discurría yo al
verla tan amable, pero tan reservada en cuanto toca a los asuntos del corazón,
«esta mujer no va a entregarme de buenas a primeras la llave del tesoro. No es
fácil que yo sepa de su boca las razones que tiene para aceptar al tío.»
Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades
corteses, procurando ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué
llamarla tiíta. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se
resolvió a tratarme, chanceándose también, de sobrino. Así que oí
de sus labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso para
llamarla tití Carmen. Estos dos nombres, el primero tierno e
infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y[p.
106] belleza me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé
en la señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.
Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen
había entrado ya en ese período en que deliberada o indeliberadamente
reflejamos algo del ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a
nuestro lado se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés,
sino en Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo
que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román dispuso que
saliésemos a pescar panchos en las aguas tranquilas de la ría.
Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación muy despacio, y
echando anzuelos cebados con carnada de miñocas o lombrices de
tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más dulce que se puede
disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una lancha. Tití, sentada a mi lado,
me embromaba porque en mi liña no se sentía jamás el nervioso
tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba de atirantarse y traer a la
superficie pesca menuda. Propúsele cambiar de liña, y aceptó el cambio, pero
los peces no se dejaron engañar y siguieron desairándome. Aprovechándome de que
Candidiña se peleaba con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me
infundía temor, pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a
decir a la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió
sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar sino
diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical travesura. Si
aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada de rosas y sazonada con
la dulce sal de la cariñosa risa. De repente, me pareció que los ojos de gloria
se velaban con profunda tristeza; que de aquel pecho salía un suspiro...
suspiro hondo, el cual no expresaba ni podía expresar más que esto:[p.
107] «Muy bien, futuro sobrino, pero yo por desgracia ya estoy ligada al
antipático de tu tío y resulta que no podemos entendernos. Déjate de niñadas, o
tendré que decirte tarde piache.»
Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos
al Tejo a pie, por el camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el
campo parece más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades.
Tití iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para
hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por sembrados,
y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un mastín que quería
probar el sabor de nuestra carne.
Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde
alrededor de la gran lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que
entraban por las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación:
«¡Ay! ¡Al pasar la era me he llenado de amores!» Comprendí
perfectamente el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas
esas florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se
adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y empecé a
quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se agarraban al paño de
mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos hacia la novia murmurando: «Se
me pegan». Mi actitud debió de expresar mucho. Hay movimientos que delatan la
pasión.
De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un
murciélago alevoso. Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales
avechuchos, giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde
menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo, cuando más
descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y grito viene, nos
armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos, cubiertas de las
sillas... y dimos[p. 108] caza al feo monstruo. Serafín fué el primero que
le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos que exhalaba al verse
preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres y extendiéndole de punta a
punta las alas membranosas, lo clavó contra la madera de una ventana. Después
le introdujo en el hocico un cigarro hecho de un rollo o flecha de papel,
encendiéndolo con un fósforo; y mientras el animal se estremecía agonizante y
convulso, su verdugo le hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para
desternillarse de risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia
preguntar impaciente:
—¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?
La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose
a la ventana, exclamó:
—¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que
hemos cazado...
Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román
Aldao, y el vejete entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo.
El suplicio del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por
la víctima.
—¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno;
pero atormentarlo no... No seas judío!
XIII
Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a
hacer la corte a su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso
imaginarias, de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase
en la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos
domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir que
Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo andaba molestado
de unos cólicos biliosos, y ca[p. 109]balmente se preparaba a salir para las
aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus asuntos e importantes
ocupaciones le permitiese diferir o modificar sus planes ni veinticuatro horas.
Fué esta negativa un parchazo para mi tío, cuya influencia en la provincia
crecería al recibir pública muestra de amistad del tutelar de la región, del
hombre que alcanzaba popularidad hasta entre sus conterráneos de las Antillas y
la América del Sur. El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo
que no les visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del Naranjal
acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de conservación de la
vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D. Román el recelo de que
Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de las bolitas tornasoladas donde
se reflejaba el paisaje, de los bustos de yeso, de los cristales de colorines
de la capilla, del gran escudo de boj que dibujaba las armas de los Aldaos, del
invernáculo hecho con vidrieras, y, por último, de todo pormenor y requisito de
la boda y convite.
A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban
regalitos de amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de
dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por barreras
inaccesibles.
En cambio advertía ya claramente la frialdad
glacial de la tití hacia su futuro. Lo que es en esto sí que no podía
equivocarme, como se equivocaría otra persona menos interesada en la
observación. Dos o tres veces percibí movimientos de desvío, gestos de
impaciencia nerviosa, en momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca
del que quiere, se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba
mayor complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era
respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta efusión,
imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su[p. 110] luz y la
voz con sus inflexiones, la mostraba tití al hablar con el Padre Moreno: en
vista de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El frailecito no me engaña a
mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan resuelto, ese carácter tan explícito
y esos retratos barbudos... ¡Ay, ay! El tal Aben-Jusuf...»
Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre
el Padre moro y mi tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya
rápidas, ya largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia
trataban de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez, en la
huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán de noche?» me
atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa, comprendí que era
imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor habitación, exceptuando la
destinada a los novios; este dormitorio del Padre comunicaba con el del señor
de Aldao, de manera que no podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo
sintiese. Al lado de mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar
escapatoria nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi
bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda de
que se entendían el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a
caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en distintas
ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables, que después de haber
tomado el café intentaban escurrirse al jardín; noté que por la mañana, a la
hora del chocolate, procuraban secretear en algún rincón de la galería. Siempre
interrumpían su coloquio, o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de
Candidiña, o majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román.
Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre disimulaba
mejor.
Reflexionando en lo que haría yo en el caso de
ellos, vine a comprender que sólo les quedaba una[p. 111] hora hábil para
verse de ocultis: la madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En
efecto, cuando el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los
habitantes de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a
mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes
madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con el
aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún no clareaba
la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal despabilado me
lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso de frescura, regado por
el rocío nocturno, lleno del estremecimiento misterioso del follaje al
despertarlo la aurora, y embalsamado por los ligeros olores venidos del jardín
de daturas, resedas y heliotropos. El ruidito de la fuente era más que nunca
melodioso, dulce y alternativo, como si cayese del cielo en un tazón de cristal.
Todos estos encantos me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi
acecho. A la segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y
madrugaba por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis
hábiles emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan
deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al respirar
con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió cuán bonito sería
subir al Teixo y presenciar desde allí la salida del sol en el
mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón de baile, ascendí
hasta el cenador, y de allí a Vistabella.
Me detuve sorprendido ante el panorama que se
desarrollaba a mis pies. Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se
asienta San Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías,
algunos molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches
de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer aún.
Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta ho[p. 112]guera, sobre la
parte del horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba la mancha
negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a la primer mirada
incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren. La niebla la velaba
todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo empezaron a encender el mar
prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa estremeció la superficie de las
olas, que se tiñeron de opulentos colores, como si la mano de algún mago
esparciese en ellas oro, zafiro y derretido carmín. Al mismo tiempo el paisaje
se animaba, espejeaban ya las aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y
Portomouro surgían blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el
plateado tono de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las matas
de grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus penachos
amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido coral. De repente,
como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo, la vela latina de una
lancha sardinera brotó del infinito azul de la ría, al pie de San Andrés, y
tras ella fueron saliendo otras muchas, apiñadas como bando de palomas. Me
quedé embelesado.
No sé qué aviso interior hizo variar la dirección
de mis miradas, convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a
tal hora. El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates de
rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el pilón, parecían,
desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico, trazado sobre el fondo de un
tapiz. Los cristales de la silenciosa casa rebrillaban. De improviso...
Un suceso muy previsto por la imaginación y que
racionalmente nos parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no
pueda importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron las manos
cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y casi a un tiempo al
Padre Moreno y a la tití.[p. 113] Indudablemente competían en exactitud;
habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de Carmiña ni el cronómetro
cebolla del Padre, regalado por la señora del Cónsul inglés, discrepaban un minuto.
La señorita y el fraile, al verse, se acercaron
aprisa, como personas que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y
tienen algo muy importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga
del Padre. Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios y
animados; y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al Tejo.
Yo sabía que no podían verme. Por instinto de
prudencia me había agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el
significado de aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos
charlar tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué todo
uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación criminal o
inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné que lo primero que
harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar el árbol, aunque a tales
horas no podían suponer razonablemente que estuviese habitado. En consecuencia,
miré alrededor buscando un escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido,
sólido, cerrado y adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se
clareaba. No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome
al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen a aquella
altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la barandilla y
perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la más fuerte y resistente.
Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres pequeñas, gimió la espesura, y algunos
pajarillos salieron azorados y revoloteando para huir de mi supuesta agresión.
Por fortuna el fraile y la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del
espaller, y ni era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque
mirasen.[p. 114] De otro modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable
al de un estanque cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún
susurraban y se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de tití y
las reverendas pisadas del Padre Moreno.
Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían
colocado tan bien en lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un
poco de abajo arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad,
me permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el
sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del asiento
de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien habló primero,
celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo de refugiarse donde era imposible
que nadie sorprendiese su diálogo confidencial.
—Verdad —afirmó la señorita satisfecha—. También a
mí me parecía que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad
completa. En la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y
ya imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al Tejo no
se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son?
XIV
—Particularmente tu futuro sobrino —respondió el
Padre—. No sé qué tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos
espía. A veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos
atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos de estos
tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden dar lugar a
interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que parecerlo también.
[p. 115]—Es cierto; pero yo, si no desahogaba con
usted, creo que me moría. En el confesionario no se pueden explicar bien
ciertas cosas.
—Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien
de este fregado... Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el
padre Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo. Lo
soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio.
—Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted:
mi mala sombra es tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que
consulte, porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que
ya usted se lo sospecha.
El padre se cogió la barbilla con la diestra,
reflexionando.
—Según me dijiste te casas por evitar mayores
males... Se me figura que he comprendido...
—No, padre, no es eso... Mire usted: los males que
aquí sobrevengan, no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he
podido; me he convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo
que una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy
convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda, y que
los caprichos de los señores mayores son más difíciles de combatir que los de
los niños. Mi...
La tití vaciló un poco.
—Mi papá —dijo al fin con resolución— está como en
sus quince. Ciego por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las
burlas y cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien
sabe Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...
—Tú querrías que se casase...
—Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió
la vida... y a todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve
en favor de doña[p. 116] Andrea. Mientras ella y mi padre vivieron...
así... yo aspiré únicamente a que se casasen. Tendría por madrastra a la
doncella de mi madre; pero papá viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una
infeliz, créame usted, de pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama
una desazón; me ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo que no
tiene... ¿cómo diré?
—Sentido moral.
—Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo
de lo bueno.
—A eso llamo yo —dijo el padre— ser idiota de la
conciencia.
—Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y
hecha una calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa
chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía sobre mi
padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan honorífico.
—Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar
claro para que nos entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña
Andrea, y ahora... ya no.
—Cabal. Ahora no.
—Pues entonces... no importa mucho que se case o no
se case con ella tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma
casa, el escándalo continúa.
—No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan
horrible, que no escandaliza a nadie—. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto
maliciosa la tití.
—Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para
escandalizarse no mira si las caras son bonitas o feas.
—Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto
otra piedra de escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente
nada... Ni tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que
alguien repara en ciertas cosas...
—Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las ver[p.
117]güenzas, para ti no se han hecho —murmuró el fraile con acento tan
halagüeño y cariñoso, que mi tía se ruborizó un poco, creo que de placer.
—No lo puedo remediar —balbució—. Es tan sagrado un
padre, que usted no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos
respetarle como corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el
respeto a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera:
hay momentos en que imagino volverme loca.
—¡Tururú! —exclamó festivamente el fraile—. ¡Loca
nada menos! Te lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo
que Candidiña...?
—Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete.
Yo no sé a qué santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se
domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy detalles;
hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena que a la noche me
eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por Dios y por la Virgen que o
se casase de una vez con la chiquilla o la enviase fuera a servir.
—Y la chiquilla, ¿le da cuerda?
—Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en
las cosas graves... se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En
fin... yo no estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la he
regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación: su madre no
hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y créame usted: no sabe por
dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de remate. Perdido por la chica. En eso me
fundaba yo para rogarle que se casara; pero me sale con el mundo... y la
gente... y su categoría... ¡Ah, Padre, yo no puedo resistir más! No puedo.
—¡Válgame Dios! —suspiró el fraile—. Qué ceguera...
y permíteme la frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!
[p. 118]—Figúrese usted que ha llegado al extremo
de decirme: «No me caso porque es un desatino; pero si Cándida sale por una
puerta saldrás tú por otra...» Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas
lloré entonces que si mi padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en
gracia! ¡Ojalá! ¡Mil veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando sus
canas!
Al decir esto la señorita de Aldao me pareció
hermosísima. Sus ojos centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían
palpitar las alas de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El
fraile la miraba consternado.
—¡Tienes razón que te sobra! —exclamó al fin—.
¡Cuánto mejor sería morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la
ley natural: todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no
paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que nos
engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas se pierde! El
pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero siquiera no es sucio y
nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el movimiento del que retrocede viendo un
bicho asqueroso.
—Por desgracia —añadió la señorita, tratando de
serenarse—, aquí hay de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si
no fuese por la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el
seso, la gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni
vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha costado...
y además... no tendría...
Aquí titubeó, decidiéndose al fin.
—No tendría necesidad de casarme yo.
La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile
se quedó suspenso, moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice
para sí: «Malo, malísimo».
[p. 119]—De modo que tú... Sin empacho, Carmiña,
que aquí en cierto modo estamos en el confesonario. Tú no te casas gustosa.
—Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto,
y cuando yo resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me
dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y ver lo que
tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el respeto filial me ata
las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de mi presencia... ¡eso no!
—¿Y tu hermano? —preguntó vivamente el fraile.
—Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo...
Necesita dinero... mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta
me ha regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama necia
porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi hermano; pero
su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de meterme donde no tienen
gana de mí.
El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo
fruncido y las manos ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su
fisonomía revelaba la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de
resolverse a tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese sumamente
importante y decisivo.
—Pues chiquilla... —pronunció al fin—, mi consejo
aquí no puede ser otro sino el que te daría cualquier persona de mediano
criterio. El casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso
más decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la
misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna?
—Repugnarme...
Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo
contenía hasta la respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me
incrustaban en las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a
dormirse.
[p. 120]Al fin se oyó nuevamente la voz alterada de
la novia.
—Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento
por él ni cariño, ni nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo
entusiasmo... amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo quisiera,
al casarme, considerar al marido que he de recibir delante de Dios, como a una
persona digna de la estimación de todo el mundo... Padre, ¿usted cree que don
Felipe es... así?
—Hija, con el corazón en la mano... No he oído
contar de él ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos
políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he de
decir.
—Lo de las pocas simpatías —advirtió con rara
sagacidad la novia— no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en
eso el que menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha
reparado usted la cara de Felipe?
—Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!
—Es de judío —afirmó
terminantemente la novia—. Le parecerá a usted extraño que lo diga... No me
atrevo a decirlo sino a usted. Es de judío; sí; clavada. Por eso, al
preguntarme usted si me repugna... me he quedado indecisa. Esa cara... me ha
costado bastante trabajo acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni
eso me importaría gran cosa, si no fuese...
Oía yo con toda mi alma, cuando, por una
circunstancia ajena a la conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es
el caso que creí sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a
crujir con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de
mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.
—Pues, mujer —decidió el Padre—, con esa antipatía
o repulsa, porque en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al
menos, consulta tus[p. 121] fuerzas... Medita bien lo que es el estado de
casada. Considera que el marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de
toda tu vida, el único hombre a quien te es lícito querer, el que va a ser
contigo en una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él será el padre
de tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... ¿entiendes?: te lo voy
a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, ahora que todavía estás a tiempo.
No te apures: ya sé que sería un alboroto deshacer el casamiento; pero mientras
no exista indisoluble lazo... ¡pch! son cosas que dan pábulo a las lenguas de
los necios un par de días, y luego se las lleva el aire. Lo otro, hija... la
muerte, sólo la muerte de uno de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo
de lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un esposo
para la mujer cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas luego que tu amigo
Moreno no te avisó.
Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja,
empezó a asomarse a mis sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el
peligro de una caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me
fatigaba la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno espionaje.
Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi curiosidad una
ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos de la madera seca, aquel
sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían en su lengua obscura y truncada: «Impertinente
entrometido, novelero, mamarracho.» Y creía escuchar la voz recia y
despreciativa del Padre, abofeteándome con estas palabras categóricas: «Ya le
había yo calado a usted. Ya noté que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que
todos éramos esclavos complacientes de la materia, y que esta señorita y yo...
Habrá usted visto con rubor que existen personas decentes.»
Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé
a escurrirme por la rama abajo, cabalgar en otra,[p. 122] y, de rama en
rama, descender hasta el salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como
gimnasia, no era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído
que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar al punto
mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir la distancia
causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único arbitrio: tener calma,
aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios y esperarlo todo de la firmeza y
complacencia de la rama... Con este propósito hice por no apoyarme fuerte, y me
quedé medio en el aire, en posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba
era no poder atender bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No
sé si habré oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos,
habló la novia:
—Claro que no podemos prescindir de la gracia de
Dios: pero creo que no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los
deberes que me impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del
deber!... Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a
él andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi
marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré
contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las
circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas seré
buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se hunda el mundo.
Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco
de entusiasmo, hasta hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para
aplaudir, tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por inevitable
movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse un estallido formidable,
que me sonó como el fragor de la más desencadenada tormenta; y sin dilación
comprendí que caía, que caía despacio, sirviéndome de paracaídas el extenso y
tupido ramaje, pero[p. 123] causándome contusiones y arañazos sin número los
picos de las ramas menudas y los gallos de las gruesas. La
caída se me figuró que duraba un siglo: y en medio de mi trastorno, creí oir
arriba, en lo alto del árbol, exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.
Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué
prenda de mi ropa y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé
cuál fué más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una pelota de
goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo pretendía era
esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi delito y mi ridículo
fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió alas y hasta creo que aguzó mi
instinto llevándome a meterme en la calle de frutales, entoldada toda, refugio
el más seguro, pues no me verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había
un paso: y del bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A
él me subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar las
consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el muro, y fuera ya
de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos y veredas, a escape,
llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba bañándome.»
Y me desnudé en un periquete.
XV
El día de la boda, dos después de este episodio, me
desperté con la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja
torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños del árnica
que compré secretamente en la botica de San Andrés, había conseguido que no se
marcasen las contusiones y erosiones que tenía en la cara y manos. De mi ropa
se había rasgado tan sólo el forro de la americana;[p. 124] menos mal. Los
dos únicos testigos de la escena sin duda se habían puesto de acuerdo para
callar; pero me miraban de vez en cuando, y yo sentía desagradable impresión al
encontrar la mirada de Carmiña, triste y severa, o los ojos del franciscano, en
que me parecía notar mezcla humillante de enojo y desdén.
Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado,
«¿A que me he resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el
pastel por fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual
de bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta a
Luis:
«Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He
sorprendido los secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido
de que es un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba el
fraile que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana. Es indudable que
en una mujer así hay algo que impone veneración, algo de celestial. Hice mal en
dudarlo y en imaginar siquiera que no fuese una santa. ¡Y si vieses qué
desgraciada, qué abnegación la suya! Te referiré lo que sucede... y me dirás si
cabe mayor heroismo, ni más dignidad. Estoy absorto desde que he penetrado los
móviles de su conducta...»
Se los explicaba largamente, encomiando la
resolución admirable de tití, y añadía para concluir de descargar mi
conciencia:
«También el fraile me parece bueno... Me voy
inclinando a que cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la
virtud, ¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento: no sé si
desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá muy refinado, o si ya
no me importa como mujer. Lo seguro es que mi tío no merece el tesoro. ¡No
encontraré yo mujer semejante, si llego a casarme andando el tiempo!»
Esta epístola la escribí la víspera del día fatal.
Al[p. 125] amanecer éste, me encontré, según iba diciendo, molido y con
los huesos hechos harina, y unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado
boca arriba, sin moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito
monaguillo entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas.
—¿Qué tiene? —preguntaba—. Está como los gatos
cuando se tumban al caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy
unas friegas?
Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño
cerrado, exclamé:
—Como hables de caídas...
—Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... ¡Ne
in furore tuo arguas me!
—Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...
—Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya
están poniéndole cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real,
Imperial y Botánico? Pues toca que se las pela.
En efecto, del patio subían notas ligeras,
campesinas, que parecían danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros
afinando y preludiando la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió
el corazón. Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una
especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho peso,
un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor que supe, y
bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de los convidados a la
boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto, y supe que su inquietud
provenía de una carta recién llegada del Naranjal. Escribíala, en nombre de don
Vicente Sotopeña, su ahijado y protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de
muchas y muy corteses felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi
tío se declaraba comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que
no a la ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, teme[p.
126]roso de que no hubiese todos los perfiles que requería la presencia de tan
importante persona. Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas con el
mismo Santo. Este al fin era la quinta esencia de la llaneza, y en dándole
platos regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta repararía. En cambio el
ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón, acostumbrado a los festines de la
corte...
Despachado el chocolate entramos en la sala, se
oyeron en el pasillo voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia
rodeada de varias amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida
de Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por
contemplarla mejor.
Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos
negros tenían el cerco cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el
traje blanco de red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de
azahar natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y
rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos días
algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué hacer, plantada
en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao, a un movimiento de
cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos», la señorita se adelantó y
con sencillez y viveza se acercó a su padre: «Perdóname si en algo te he
ofendido», le dijo en voz vibrante aunque contenida, «y dame tu permiso, para
que sea feliz.» Al pronunciar estas palabras, clavó en su padre una mirada
elocuente, profunda, casi terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao
volvió la cabeza murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas
cierto brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron
a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado, algunas
de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo, en formación
desordenada, nos encaminamos a la capilla.
[p. 127]Esta estaba fragante de flores, toda
tapizada de helecho y anís, iluminado el altar con infinitos cirios. La
ceremonia fué larga, porque se casaron y velaron a un tiempo. Escuché el
claro sí de la esposa y el opaco del esposo. Oí leer la que
todo el mundo llama epístola de San Pablo, aunque no lo sea. Allí el marido era
asimilado a Cristo, la mujer a la Iglesia; y en confirmación de esta
superioridad viril, la bordada estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez
que sobre el cuello del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el
pecho, inclinó la frente sometiéndose al yugo.
Había entre el concurso de espectadores aldeanos y
aldeanas, venidos por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso,
a fin de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo
terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron oir su
ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en tropel, la novia
rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y gromos de azahar y la
besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde ir, qué hacer, con qué entretener
a la reunión? Castro Mera, que era joven y animado, propuso que nos
trasladásemos al Tejo, que sacasen el piano al jardín y que armásemos baile,
mientras los novios y el Padre Moreno se desayunaban, pues por la misa y la
comunión no habían podido hacerlo.
Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile,
cuando volvió a aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de
chocolate y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo tocó
ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y Castro Mera lo
bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una señorita de San Andrés
propuso un vals de vueltas. Yo había bailado los rigodones arrastras, sólo
porque no cayesen en la cuenta del molimiento y dolor de mis costillas; pero
apenas oí vals, me pasó por la mente un verteriano relámpago. «La abrazaré
antes que la hayan tocado los bra[p. 128]zos de su novio». Y levantándome con
ímpetu, olvidado ya de la caída, la propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero
las amiguitas la empujaron, y entonces, haciendo un gesto que podría significar
«así como así ya es la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y
dejó que con el derecho rodease su cintura.
Al estrecharla comprendí por repentina intuición
que estaba prendado de aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre.
El tenerla así enlazada —en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de
oro por el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una juguetona
estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia— me volvía loco. Notaba las
delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña; sentíame bañado en su aliento, y
la disparatada idea se convirtió en sentimiento tan vehemente, que necesité
reprimirme para no estrechar a mi pareja, haciéndola daño. Mi arrebato era, no
obstante, de lo más puro y elevado que se ha visto en esto de transportes
amorosos. Sentía una ilusión celestial (si me es dado expresarme así), una
ilusión divina, noble en su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era
pensar que tenía allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la tierra, y
que esta mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía virgen, intacta,
como el cáliz de una azucena, como el propio azahar que llevaba prendido aún en
el pecho, y que al empezar a marchitarse despedía aroma fuerte y embriagador.
Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y
vuelta, creo que la dije: «Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?».
—Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de
usted con mucha política.
—¿Te enfadarás?
—No. ¿Por qué?
Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda
me acariciaban las rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del
vals, latir fuertemente.
[p. 129]Entonces, con impulso invencible, ascendió
la verdad a mis labios.
—Tití—murmuré—, perdóname; yo me he portado mal
contigo. ¿No sabes? Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque
ahora conozco todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de
mí. ¿No lo ves?
—Calla, bobo —articuló ella, algo acortada de
respiración por el movimiento del vals—. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres
que te diga? Hiciste muy mal. ¡Muy mal!
—Ya lo sé —respondí compungido—. Por eso te pido
que me perdones. Anda. ¿Me perdonarás?
—Bueno —murmuró ella como el que accede al antojo
de un niño.
—¡Qué santa eres! —exclamé con delirio en voz baja
y honda.
Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en
aquel sitio tan estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:
—Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?
—No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.
—¿El último?
—De seguro.
—Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito
de azahar. Dámelo.
—¿Para qué lo quieres?
—Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.
—¡Toma, sobrino! —exclamó deteniéndose— y no
vuelvas a esconderte en los árboles.
Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y
miré a mi tití, calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció
notar en ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de
haber sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus
pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y la animación
de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por mi[p. 130] gusto,
el tal baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la fuerza de mis
sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto cielo, incapaz de
reprimirme, debí de apretar convulso la delgada cintura... pues de improviso se
detuvo mi tití, y con rostro demudado y voz firme, pronunció:
—Basta.
XVI
No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la
tarde. En el comedor apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en
forma de herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes
de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la boda: los
convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío de San Andrés, mucho
cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o tres propietarios rurales,
alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos políticos de mi tío, y hasta el buen
D. Wenceslao Viñal, que se colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar
de sus chifladuras arqueológico-históricas.
Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente
Sotopeña, ocupaba el puesto de honor a la derecha de la novia. Era apuesto,
correcto, bien hablado, cordial y bromista al modo que lo son los políticos de
este período actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios
con la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que empezó
la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a aquel auditorio,
a aquellos elementos, como diría él. Tendió la vista en derredor, e
inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la novia, le oí que
murmuraba:
—Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?
[p. 131]—Verá usted... —respondió mi tío—. Le
tenemos tan de esquina con nosotros...
—Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el
amigo Calvete le ponga entre los convidados —añadió señalando al director
del Teucrense, que se inclinó lisonjeadísimo.
Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:
—Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por
fuerza si es preciso. Con que llegue a los brindis...
Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante
de Marina, y bajo un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de
traernos el elemento refractario.
Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo
hablaba a media voz con el novio, pero de manera que sus palabras produjesen
impresión en el público.
—Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a
la opinión sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación
conservadora no sería viable...
Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los
presentes no comprendían el sentido de la palabra viable; pero en
fin, se daban cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado
sumo para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido utópico,
eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de aprobación a la redonda.
Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando,
sintiendo a cada vuelta cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el
ramaje verde... Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el
aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de
pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que Pimentel
decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso los dos vasitos de
rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa, estimularon su empobrecida
san[p. 132]gre y le sacaron de su infantil sosera, convirtiéndolo en satírico
mordaz: lo que afirmo es que al par de los codazos y pisotones, dió en soltarme
observaciones tremendas, dignas de un Juvenal con sotana.
—Mire —me decía pasito—, ¿qué le parece, Salustio?
¿Qué me dice de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el
templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... ¡Fecerumque sibi deos
aureos! No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y van al
Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón... Van todos, ni
uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted no escapa. Ya le rezará
al Santiño milagroso. Y si no le reza... más que invente puentes
imánticos o carreteras eléctricas... maldito el caso que
sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo también, tonto?
Afortunadamente la extensión de la mesa, el número
de los convidados y el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los
disparates que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa
al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha. Acababa
el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado arqueólogo,
otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la Diputación, y el terror más
profundo se pintaba en sus espantados ojos. ¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas
y se las atribuía a él! A pesar del habitual sonambulismo de los ratones de
biblioteca, Viñal aguzaba las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían
sus benditos seis mil reales...
—Salustio —suplicó angustiado—, haga callar a ese
majadero... Está poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...
La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la
contraria al pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura
agria y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando
satis[p. 133]facción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia;
brindándole la función, «¡Gente rastrera! —pensaba yo—, si queréis inclinaros,
inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa el sacrificio de la
vida en aras de una idea; ante esa recién casada, que personifica la virtud y el
deber, pero no ante el que reparte la sopa boba... También a mí me entran ganas
de desahogar. Serafín no va descaminado.»
No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin
hacer caso de Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura
para contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías y
de las cosas viables o no viables. Causó general
asombro el que me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi
tío me miró con una expresión que redobló mis bríos.
—¿Que no es viable la república
aquí? ¿Y por qué, vamos a ver? Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa
en que vivimos... Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos
sus ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas han llegado
a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que aspira a dar ejemplo de
moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene convicciones, ídem.
Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con
calma y cortesía:
—Lo que usted desea, y que en el fondo todos
deseamos, en otras razas, en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí,
con la sangre árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina...
¡oh! imposible, imposible...
Nadie más ardiente defensor de las libertades que
él, conocidos eran sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no
confundamos, señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con
la libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres de
Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades políticas,
es una transmisión heredita[p. 134]ria, digámoslo así; hereditaria. Y si no,
vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...
No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers
como quien se agarra a un clavo ardiendo.
—Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted
no ignorará que Thiers...
Hice de propósito una pausa durante la cual mi
adversario me miró con cierta ansiedad.
—Que Thiers era francés.
El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó
tímidamente:
—Claro que era francés. Como que fué el que
pacificó a Francia después de la Commune.
Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del
efecto de mis palabras, ví el rostro del señor de Aldao que expresaba
desaprobación y sorpresa; el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre
Moreno, alegrado por una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:
—Desde luego que era francés... No se trataba de
eso, me parece... Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda,
Inglaterra es el país del self... del self governement,
como demostró con mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros...
nuestra idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No
resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las
tendencias ingénitas de la raza...
—Todo eso es palabrería —argüí—. Generalidades que
nada prueban. Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la
república española, con la cual el que más y el que menos de los que hoy mandan
tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta dineros como Judas.
¿Harían otro tanto si la Restauración no les hubiese abierto el presupuesto de
par en par?
Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al
oir a Serafín que, batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:
[p. 135]—Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí
duele!
Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta,
se volvió hacia mí, y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.
—Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la
Restauración al aceptar los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que
acaso en otras circunstancias...
Interrumpió el período la llegada del alcalde de
San Andrés; a quien traían medio arrastras los dos comisionados del joven
personaje. Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían
sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas con un
pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no se consideraba
llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho un azúcar, le apretó la
mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando medio de captarse la voluntad del
adversario político.
Yo no sabré decir cómo era el menú de
aquella pesada comida. Me parecía que iban saliendo todos los platos que en
libros de cocina figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en
servir, prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a
inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos pasteles,
los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas por Fulanito y
Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía desairar.
Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me
produjeron otro efecto sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me
había inducido a provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, quijotesco,
deseoso de armarla con todos y contra todos. Y bajo aquella efervescencia
singular, notaba el latido sordo de una pena muy recóndita, especie de
nostalgia de algo que me parecía haber perdido. No acertaría a explicarlo: era
de esos sentimientos sutiles y[p. 136] punzadores que a veces no corresponden
a las necesidades profundas de nuestra alma, sino a ciertos antojos de la
fantasía, defraudados por la realidad. La novia —a quien miraba de cuando en
cuando a hurtadillas— tenía el semblante abatido y fatigado; probablemente no
era sino cansancio del largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza,
la amargura del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no?
¿No existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le
inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber moral,
el imperativo categórico de su fe, se había acercado al ara,
verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en su alma, ver
por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué esperará? ¿Qué temerá la
blanca novia?
Entretanto el champaña, que a mí sólo me había
exaltado la imaginación, surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras
sofocadas, ojos que echaban chispas, voces algo descompasadas e injustificadas
locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto diapasón y efusiones
sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender las excelencias del derecho;
un señorito de San Andrés desafiaba a otro de Pontevedra a quién se bebía más
curasao; el ayudante de Marina disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca
prohibidos; Serafín reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón
que él poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes, y
hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar enterrado. El
señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a los convidados que no se
molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel la finca y a tomar un poco el
fresco. Fuéronse la novia del brazo de Pimentel y el novio y suegro muy
compinches.
Con su marcha, la animación de la mesa subió de
punto, y la algarabía fué tal, que allí no se entendía[p. 137] nadie. Unos
disputaban, otros reían, otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya
manchando de vino y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las
tartas o de pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos
de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo se bebía,
haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El señorito de San
Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a tomar el fresco en la
ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a pesar de la prodigiosa
cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora en sacar de sus casillas a
Serafín. Ya le había hecho beber cantidad de anís del Mono, y ahora se
entretenía en echarle, por un barquillo puesto a manera de embudo, Jerez y
Pajarete, todo mezclado.
El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en
su rostro pálido y desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un
momento en que se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la
gana, cebolla, piñones, quoniam, ¡que no soy esponja!» rechazó la
mano y el Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su
palidez se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla,
dió en perorar.
—Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien
empleado que me ahoguen con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal.
Ustedes son liberales; la primera se prueba per se... per se...
—¡Per só! —chillaron Castro Mera y el
ayudante.
—El ser liberal constituye un pecado mayor que ser
homicida, adúltero o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres
de la Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... ¡estoy
incurso en excomunión mayor latæ setentiæ! ¿No sabéis lo que dijo
un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, piñones? ¡Gui,
gui! Pues dijo: «Cum ejus modi nec cíbum sumere». ¿Eh?[p. 138] Me
parece que bien claro lo cantó. «Cum ejus modi nec Pajaritum su... sum...»
Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por
momentos aquel escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su
pecho a borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un
apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus gritos
fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus ojos, como dos bolas
blancas, salieron de sus órbitas. Después de una gesticulación frenética,
pasando de la elocuencia que demuestra a la violencia que contunde, enarboló la
botella que tenía delante y nos amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que
encendía su furor eran ciertos proyectos de procesión cívico-política de
Pimentel. Aquello le sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la curda!
Tan borrego como parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en
su estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan
belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos dijo a
todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el instante en
que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera, algo alumbradillo,
también, emprendió a voces y manotadas la defensa de las ideas políticas que
atacaba el cleriguín; y como éste respondiese con desaforadas invectivas, o por
mejor decir, injurias manifiestas, de repente le ví espumar por la boca, oí su
risa timbrada por la insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus
dedos errantes buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo.
Refrené a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia como
una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos de los que
pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con formidable tensión
nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme, a patadas, a mordiscos, a
puñadas, defendíase lo mismo[p. 139] que una fiera, y hubo momentos en que
creímos que podría más que todos nosotros juntos. Al fin logramos atarle las
manos con una servilleta; le inundamos de colonia, de agua fría, de vinagre; le
cojimos por los pies y por los hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre
y le echamos sobre su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían
a veces cortos espasmos.
XVII
Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal
la brisa para despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de
lo que por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso que
notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de mí, a los
efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio, cayendo en el alma
como piedras en la hondura de un pozo. Aquella gente alborotada, alegre,
bromista, que tomaba la boda por fausto acontecimiento, me producía fastidio y
aborrecimiento inexplicable: parecíame no haber tropezado nunca con personas
tan antipáticas. Se esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré
quedar a solas con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación
se me ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí.
Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la puertecilla
carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu, hambriento de
silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció: «¿Adónde va usted,
caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre Moreno. El fraile estaba
sentado en un banco de piedra, apoyado contra la tapia, y leía en un libro,
ocupación que suspendió al verme.
—Aquí me vine —dijo— buscando sitio a propósi[p.
140]to para hacer mis rezos de costumbre. Ya estaba concluyendo. Y usted... ¿se
puede saber si también sale de la huerta para rezar?
—No —contesté en uno de esos ímpetus de franqueza
súbita que suelen proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes
entre pecho y espalda—. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla,
tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría bestial
y sin motivo.
—¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted
razón. A mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo
insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero a
usted...
—Padre Moreno, crea usted que hay días en que,
convicciones aparte, le entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el
mundo.
El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos
poderosos, serenos y perspicaces.
—¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no
extrañará usted si un pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted
a la entrada del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde
cabe en la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es
egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie... y en
cambio compadezco a mucha, a muchísima gente.
El orgullo laico no se me encabritó al oir tales
palabras. Después he reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del
fraile, compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera de
pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación absurda que para mí
tenían los votos monásticos, era yo quien debía compadecer a Moreno, y como se
compadece a las víctimas del absurdo y del sacrificio inútil. Únicamente se
explica mi extraña aquiescencia a las palabras del Padre Moreno, suponiendo que
existe en el fondo de nuestro espíritu una tendencia perpetua a la abnegación,
a la renuncia[p. 141]ción, por decirlo así, tendencia que se deriva del
subsuelo cristiano sobre el cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me
ocurría en aquel momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir
estudiando, acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir
las impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que
forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y peleas, o
pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se viene a rezar al
bosque?»
—Sí que compadezco a muchos —prosiguió el Padre
cogiéndose de mi brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta
un pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores silvestres—.
A las gentes que juzguen... así, nada más que por la superficie, les parecerá
que hoy, en medio del bullicio, puedo experimentar algo de envidia,
considerando mi estado, tan diferente del de los casados ¿eh?... Pues le
aseguro (y usted no creerá que le digo una cosa por otra, pues ya sabe que mi
carácter es muy franco) que más bien parece como si me inspirasen los novios
una especie de lástima, al pensar en... vamos, los trabajos que les esperan,
por más felices que usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos
llenas cuanto se entiende por dichas.
Los sentimientos del fraile estaban en aquel
momento tan conformes con los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y
cediendo por segunda vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el
vallado:
—A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro
disparate; o mucho me engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña
es un ángel, una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo
mis motivos para conocerle.
Mudó repentinamente de aspecto la cara del Pa[p.
142]dre. Sus ojos se tornaron severos: su entrecejo se frunció: recogióse su
boca pasando de la amabilidad a la seriedad, a la austeridad casi. Ví en su
fisonomía una expresión que tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara:
eran el fraile y el confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés,
comunicativo, humano.
—Habla usted con ligereza —declaró— y perdone que
le ate corto. Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento
que me obligue a recordar eso... Quería olvidar que fué usted más
imprudente y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación
y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a todos. Ya
sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo me presenta la ocasión
no la desperdiciaré. Creo que obró usted así por aturdimiento natural en los
pocos años; que a ser otra cosa... ¡caramelo!
—¿A qué se refiere usted? —dije sintiendo
despertarse mi amor propio y mirando al fraile con aire de desafío.
—¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy
amigo de medias palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al
batacazo que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía.
—Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a
todo... Yo...
—Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas.
—Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con
ánimo...
—Con ánimo de oir la conversación.
—No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me
podrá usted vencer en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco;
pero en pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en eso...!
Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre honrado.
[p. 143]—Admito, y no es poco admitir —murmuró
reposadamente el fraile—, que eso sea verdad; y lo admito, porque me ha sido
usted simpático desde el primer momento, porque me ha parecido conocer y
discernir bien su carácter, y no veo en usted malicia diabólica, ni corazón
dañado, ni perversidad ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en
el caso de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo
impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de ese
prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que no nos
importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar.
—Es que la boda de mi tío...
—Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus
intereses; pero si por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es
mala... En eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador
de la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular pretender, por
medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un espíritu y en los
repliegues de una conciencia.
—Padre —contesté con firmeza, porque me estimulaba
el enojo de la reprimenda y la misma certeza de mi culpa—, usted dirá lo que
quiera del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y
que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad con que
usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente entrometido, y
cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la razón cuando auguro mal de
una boda hecha en ciertas condiciones y circunstancias. Ya que no ignora usted
que tengo motivos para estar enterado, pues reconozco el delito del espionaje,
no me niegue que lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un
desastre horrible...
El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de
ceño. En otras circunstancias acaso me con[p. 144]tendría su desagrado
evidente; pero en aquel instante, no había quien pudiese reducirme al silencio:
le así del brazo y le dije con fuerza:
—Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados
son muy fáciles de deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá
usted. Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una
desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao y la
diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido, pero estás a
tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo a rodar. No quieras
completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En tu inocencia no puedes imaginarte
lo que es ser esposa de mi tío. Un horror... mira que te lo aseguro. No llegue
yo a verlo. Antes cieguen mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te
aconseja lo mismo. Anda valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el
Padre Moreno, y todos... ¡Ánimo!»
—Lo que juro —afirmó el fraile— es que está usted
loco o va camino de ello. Y si no... ¡Tate!...
Dióse una palmada en la frente, y añadió:
—¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero?
—¿Me supone usted borracho? —grité irguiéndome en
fiera actitud.
—Le doy a usted mi palabra —declaró con
espontaneidad— de que no creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso.
Únicamente quiero decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa
perturbación moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates
ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a nuestro
modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios.
—Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el
matrimonio... ¿qué respondería?
—Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente[p.
145] en estos términos: «Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un
horno.»
—Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno?
—exclamé con vehemencia y dolor—. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y
sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce a mi tío?
¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter, de la pequeñez y
vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa mujer incomparable, a quien
usted debe respetar como a la Virgen María, porque es tan bue...?
No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de
cólera, con todo el empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile
me tapó la boca apoyando en ella su ancha mano.
—¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de
mandarle a usted bien sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado
anormal en que se encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la
humareda en los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que
fuese jumera lo de usted; mas si se me va por los cerros de
Úbeda, el mayor favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado.
Retrocedí ofendido.
—¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no
herir...
Pasando sin transición del enfado a la cordialidad,
él me dió una palmada en el hombro.
—No se formalice, ¡caramelo! Óigame con
tranquilidad, si puede. Es la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo
sublime, lo cual revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de
buenos sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de
sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, ex
abundantia cordis. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad propia
de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda con repulgos. Más le
voy a conce[p. 146]der. Pudiera suceder que usted, en medio de su...
alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta al sostener que este
matrimonio ha sido, humanamente hablando, un desacierto. Pero usted prescinde
del auxilio de la gracia y de la Providencia, que no falta nunca a los buenos,
a los sencillos de corazón, a los que cumplen sus deberes y fían en la palabra
de Cristo. La paz del alma es un bien real entre los muchos bienes falsos que
ofrece el mundo. No compadezca usted a su tía, ni a mí, ni a nadie que ande derecho
y sepa reirse de la materia... La bienaventuranza no existe por acá, y
nosotros, los que aparentamos mortificarnos, somos realmente unos egoistones:
sacamos más partido de la vida que nadie.
Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como
el hierro en la herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono
de convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me
produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que
infunden las jumeras «por lo fino y lo sublime», como decía el
Padre. Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos de
dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas ilusiones: y
reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé:
—¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién
tuviera sus creencias y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en
el convento un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más
triste...! ¡Parece que se me acaba la vida!
El fraile me miró con singular perspicacia. Sus
ojos eran dos escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los
tejidos. Su acento adquirió inflexiones duras al decirme:
—¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la
vergüenza, ni el propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien
mirado, siempre que no se les acabe a los demás..., haga usted lo
que quiera.
[p. 147]No torcí la cabeza, no entorné los
párpados, no me sonrojé. Si las pupilas del fraile acusaban, las mías
confesaban explícitamente: retaban casi: «Conformes: tú me adivinas, yo no me
oculto. Ante mi ley moral, lo que siento no es ningún crimen. El crimen es
haber bendecido ese matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me
interné en las tierras.
XVIII
No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por
deseo de mayor soledad, me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya.
La luna, que se había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender al cielo
su serena placidez, y las olas del mar, dormidas también y arrulladoras, venían
a estrellarse a los pies del peñasco donde me senté aturdido de pena, dispuesto
a entregarme a todos los sueños y quimeras de la imaginación, recalentada por
el trasabor del champaña. El blando rumorcillo de la encalmada ría; el trémulo
rebrillar de la luna sobre la superficie del agua, y la misteriosa efusión de
la Naturaleza, me predisponían al monólogo siguiente: «Si hoy nos hubiésemos
casado ella y yo, despacharía a los importunos y
me la traería aquí del brazo; la sentaría junto a mí, en esta misma peña, que
parece hecha a propósito para escena tan inolvidable. Ciñendo su cintura,
reclinando su frente sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir su pudor, iría
preparándola suavemente a compartir el arrebato de la pasión; a transigir
gustosa con el fatal desenvolvimiento del amor humano. Y los instantes más
bonitos, los instantes deliciosos en que pensaríamos toda la vida... serían
estos, estos. ¡Qué gozo callado y profundo nos abrumaría! ¡Qué silencio el
nuestro tan dulce! Tal vez una ventura así será demasiado grande para que la
resista el corazón.[p. 148] Pesa tanto, que no hay quien pueda con ella.
Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y —decía yo prosiguiendo en mi
soliloquio— el caso es que esa felicidad ya no la catas nunca, hijo mío. Tití
Carmen es como todas las mujeres, que sólo tienen una inocencia.
Hoy la perderá; hoy otro hombre corta la azucena; hoy profanan lo que más
respetas en el mundo. Por muchos años que transcurran y muchos favores que
consigas de esa mujer, no te será posible traértela a una playa, con luna, de
noche, por caminos donde a un lado y a otro crecen madreselvas, a probar
emociones no sentidas, a entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En
substancia, y sin duda en más desordenada forma y con mayor viveza de imágenes,
ved aquí lo que se me ocurría durante el paroxismo de la pena, mientras luchaba
con el abatimiento que causa la semiembriaguez. Un pensamiento flotaba
confusamente dominando a los restantes. «Si el dueño de Carmen no fuese mi tío,
yo no estaría tan llevado de los diablos. Mi entusiasmo romántico por ella es
la eterna prevención contra él, que adquiere otra forma.»
Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase
alguna tribulación real y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con
furia la rama de azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer
mayores extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí derecho al
dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar o revolcarme o
aletargarme vencido por el cansancio.
Al subir la escalera de la torre, se me vino a la
memoria que llevaba en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era
preciso ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando esa
calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la luz de la
palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre borrachín. Según
miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido, a mis pies,[p.
149] del suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como un jimio,
riendo y enseñándome la fea dentadura.
—Mostrenco, ¿qué haces ahí? —le dije—. Buena la
armaste hoy. Lástima de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama
inmediatamente, o te doy una mano de nalgadas.
Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna
fosforescencia; la cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo
completaba lo extraño y diabólico de su catadura.
—No me da la gana de dormir... —contestó rechinando
los dientes—. Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de
preferencia.
—¿Qué dices, escuerzo?
—Lo que es verdad. Mire por ahí.
Repentina luz me alumbró, y arrodillándome
presuroso, apliqué la vista al punto que señalaba el monago.
El cuarto de los novios caía exactamente debajo de
la torre: yo lo sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con
súbita lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y
pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese iluminada
la habitación inferior, veíase perfectamente, con total claridad, cuanto en
ella ocurría.
Una crispación me contrajo los nervios, al
convencerme de que, en efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era
verdad, la veía, la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y
permanecer inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia
cólera.
Por fortuna, por casualidad, por disposición de
Dios, en aquella alcoba no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y
desierta.
A ambos lados del tocador ardían, en sendos
candelabros de latón con colgantes de cristal, velas co[p. 150]lor de rosa.
Detrás de la gran cama de bronce dorado, encima de la mesa de noche, otra vela,
en menuda palmatoria de porcelana. Por el tocador, sobre la mesa, sobre el
escritorio, en jardineras pendientes de la pared... flores, flores, flores,
particularmente rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas para aquella noche
nupcial!
La propia soledad del sitio, el misterioso
silencio, de tal manera iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el
olor de las rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila.
Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a horas
semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en las enredaderas
del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas; la dulce paz de la
habitación; la gracia del tocador de muselina y encajes, cuyos pliegues caían
vaporosos hasta el suelo, todo me causaba exaltación y furia, acrecentando el
desconcierto de mi alma. Mis sienes latían, y sentía en los oídos como el
retumbar de un borrascoso oleaje: la posición en que me había colocado agolpaba
a la cabeza la sangre, y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico
me tocó en el hombro.
—¡Eh, monsiú, compañero... que eso no
es lo tratado! —gruñó—. ¡Yo también soy de Dios y tengo los ojos para ver!
—¡Si no callas, te trituro! —respondí con
ferocidad.
—¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!
—¡No se ve nada, cernícalo! —respondí—. ¡Nada,
nada, nada!
—¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado
el telón? ¿No toca la orquesta?
—¡He dicho que te calles inmediatamente! —grité con
ira.
Desde aquel instante el intransigente guardó
silencio, aunque luego comprendí que no era por prudencia ni por virtud.
Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito.
La[p. 151] cámara nupcial continuaba vacía, sugestiva, tentadora. Veía con
desesperante claridad los detalles menores: sobre un plato de cristal,
horquillas; en un acerico, alfileres; en el centro de las almohadas un escudo
enorme, ricamente bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté
las falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté las
lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón se me rajaba
cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de despedida; se alzó el
pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso ligero y algo azorado, una
persona sola; tití Carmen...
¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no
desfallecer... Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas,
venía hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si le
faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y yo distinguía la
línea bonita de su espalda, y comprendía o creía comprender sus pensamientos.
Luego se quitó de la ventana y se miró un rato al espejo, a mi entender con más
curiosidad que coquetería. Parecíame que la consulta al espejo respondía a la
idea siguiente: «Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta
mañana.» Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la
doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches, alfileres,
dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con aquel inteligente
reposo que caracterizaba sus movimientos puramente mecánicos, donde no entraba
la pasión. Y subiendo los brazos, se desprendió una por una las horquillas del
pelo. Entonces ví suelto y en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil.
Destrenzado, cayó con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta
cerca de la corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El
destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias de tocado
íntimo que iba a presenciar... y[p. 152] que sólo con imaginarlas ya me
encendían la sangre en furor doloroso. Por fortuna —me pondría otra vez de
rodillas para dar gracias—, ví que la emancipación del pelo no era lo que yo
suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó en pasarse el batidor
y recoger toda la mata en moño bajo, con gran sencillez. Terminada esta
operación, puso el codo en el tocador y apoyó la mejilla en la palma de la
mano, apretando los labios y moviendo de alto abajo la cabeza, como el que
lucha con graves reflexiones. En su rostro distinguí una contracción penosa:
tenía la cara del que, ya a solas, se entrega libremente a la preocupación y
permite al semblante expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron;
inclinó la cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello
sí que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las
entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los ojos en
un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente respiró fuerte
y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva y firme. Y en el mismo
instante...
¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra
en la cámara, furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el
poder de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto,
carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana se dibujó
la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las bujías alumbraban
de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba de cobre, sus ojos impíos,
que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás de mí sonó clara y distinta una
risa necia y burlona. Me volví, me incorporé y divisé al monago, a gatas,
inclinando sobre otra rendija del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la
había ensanchado.
Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas:
temblando de rabia ceñí con mis manos la garganta[p. 153] de Serafín, y
cortándole el resuello, grité: «Te parto, te deshago, te ahogo ahora mismo si
vuelves a mirar. ¿Lo oyes, escuerzo? ¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos
a esas rendijas! Te asesino, sin remordimiento ninguno».
—Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! —chilló
el infeliz, casi hipando, cuando le permití resollar—. ¡Vaya unos modos!
¡Pateta! ¡Me ha clavado los dedos en la nuez!
—Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos
brutos... Si tuviésemos decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de
mirar. Serafín, Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!
—Ahora lloras... Estás loquito, vamos —exclamó el
aprendiz de teólogo.
—Tú serás el loco y el energúmeno —contesté,
haciendo un esfuerzo para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban
ardiendo entre los párpados—. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de
haberme arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú
no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.
—No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! —gritó
el intransigente, aterrado—. No me amarre, que doy palabra de honor de no
mirar...
—¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para
honores... No hay confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya
verás cómo no te hago daño.
Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con
un pañuelo, el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para
desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se rebulló. Sólo
gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién dormiría en mi caso?
Transcurrieron las horas de aquella interminable noche, y las entretuve
volviéndome y revolviéndome, ocultando la faz en el hueco de la almohada,
cubriendo con[p. 154] las manos, oídos y ojos, como si unos y otros se viesen
obligados a sufrir el martirio de los sonidos y de las imágenes que envenenan
los celos. Al amanecer salté del potro, me lavé, me arreglé; no dí suelta a
Serafín; recogí mi ropa, y sin despedirme de nadie, sin ver a nadie, bajé a San
Andrés, y de allí a Pontevedra y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar
donde se ha cometido un crimen.
XIX
Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor,
conoció al punto que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te
han dado algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías,
de seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca
del tobo, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a
tu mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino
atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio... Yo lo
sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve que referirle
punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal, ella fué quien se
adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de menudencias que me
asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía. Era condición de su
inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía de la vida, y desconocer, en
cambio, sus leyes eternas, hondas, visibles sólo para los espíritus superiores:
las que han de regirla hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por
falta de amor...
Los primeros días de estancia en la aldea sentí
gran alivio. Aquel frenesí del día de la boda se había calmado con la falta
de especies sensibles que lo reavivasen, y me parecía que el
entusiasmo por la tití,[p. 155] el furor celoso y las meditaciones
poéticas en la playa, fueron no más travesura de la imaginación, la cual gusta
de fingir sentimientos profundos donde no hay sino antojos, efervescencias y
espejismos.
Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal,
que vino desde Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y
tales atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación hicieron
su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar asentimiento a
razones por el estilo de las que siguen:
«Lo que te sucede a ti —me decía Luis en ocasión de
estar los dos tumbados al pie de un castaño, donde habíamos escotado la
siesta— es un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de
buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado, y somos
siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos llamemos
republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu tío Felipe es
precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a tus convicciones y a tu
modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales con que la señorita de Aldao
realiza el ideal de la mujer cristiana. Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué
encontramos de bonito en ese ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal
para nosotros debiera ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una
hembra que nos comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que
no existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos antes
de nacer.
»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que
atribuyes a la tití y que tanto admiras? A mí me parecen negativas,
irracionales, brutales. No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un
hombre repulsivo, entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no
autorizar con su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más acciones
que las propias?[p. 156] Esa señorita o está demente o es tonta de remate;
y al fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se me
iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se compromete:
ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo que el frailecito...
¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile; y nosotros, que pretendemos
innovar la sociedad, en algo hemos de diferenciarnos de él.
»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad
nueva se pondría a servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien
en la casa paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su
libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido.
»Te entró la manía del cristianismo. Hay que
dejarte. ¡Una perfecta cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana?
¿Eres acaso perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada
marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo racionalista?
»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a
enamorarte de una mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está
soltera; que te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida
la antorcha de la fe... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu
tío, que para él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño,
cúrate de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le
hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto. Si te gusta
¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado, para evitar dramas...
Los dramas, en el teatro Español... y aun allí, la mayor parte salen hueros. En
fin... sin drama... ya me entiendes. Pero como vuelvas a contarme novelas de
cristianas y judíos... te doy bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más
perdigón, ni por la diosa Venus que venga a hacerme garatusas.»
No dejaron de persuadirme las observaciones del[p.
157] discretísimo orensano. Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el
problema de mis entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití,
eran radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que ella
reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra deber en
nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me atraía más
hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae a veces el color
cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado cabello del inglés.
¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos sin hembra propia y nos
convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen para que nos comprendiese y su
cerebro funcionase a compás del nuestro? O al contrario, ¿era mayor atractivo
la picante oposición de las almas y el tener yo en la mía cámaras obscuras
donde, como en la de Barba Azul, le estaría a ella siempre vedado
penetrar? ¿Por qué exaltaba yo a aquella mujer, viendo en ella la perfección
misma del tipo femenil? ¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo,
en ella se me antojaba sublime?
«En lo que acierta Luis», resolvía yo
definitivamente, «es en que conviene estudiar, y que el drama interior es
enemigo del trabajo». En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando
el ocio de las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las
inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal
batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la guerra entre las
rectas y las curvas. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios, los
teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras semejantes;
las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas y toda la pícara
ebullición de mi fantasía moza. Al principio las curvas llevaron la mejor
parte, pero la táctica y precisión de las rectas acabó por imponerse a aquel
indisciplinado ejército, que se replegó en el peor orden posible hacia el
corazón, último refugio.
[p. 158]Ya se acercaban a su término las vacaciones
cuando recibimos una visita inesperada. El intransigente Serafín vino en
persona, sin asomo de hiel ni de rencor, sobón y pegajoso lo mismo que un
perrito, a instalarse en la Ullosa: yo no pude recordar que le hubiese
convidado, y mamá juraba que tampoco. Le acogimos sin ceremonia, y desde el
primer día le dedicó mi madre a recortar espalleres, recoger fruta y echar
pitanza a los pollos, tareas que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos
hablamos sin testigos, lejos de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un
estrecho abrazo, me hizo cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de
orate. «¿No sabe?» preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo me
desaté. Si me pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de mirar no
estaba bien. Pero era guasa, era pavita. El Pajaritum tenía la
culpa. Los novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por allá
muy majaderos, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado con
una gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente fritos; y cola de
litigante en escabeche... De postres, turrón; como que ya la casa de su tío
está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh? ¡Guí, guí! Al señor de Aldao le ha
venido no sé qué cruz, con mucho tratamiento de perliquitencia...
¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de la irrisión, digo, de la procesión de la
Divina Peregrina? Me pasmo de que no cayese sobre ella fuego del cielo, según
dijo el otro: Pluit super Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a
Domino de cœlo. Hombre, ¿cómo no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni
en veinte años. Hasta los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que
sí. Y luego el Teucrense le llamó a la procesión festival.
¿Qué es festival? A modo de saturnal, sin duda». Después, bajando
la voz, añadió: «También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la
Peregrina... Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constan[p.
159]tinopla. ¿Y quién promovió el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de
Inglaterra, sino otro gorrino de obispo hereje que se llamaba Crémor o
Cremer...? Déjeme de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar solitos el
Papa y los clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y unos cuantos
laicos de agallas... mande lo que guste la Encíclica Cum multa».
Le aseguré que no sabía lo que podía mandar
semejante Encíclica, y le pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena
pieza... guí, guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés».
Hablóme también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus
baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.
En breve se confirmó el anuncio y apareció el
Padre, todo empolvado de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le
quería mucho, le recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el
haber bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado
poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha deshinchado el
sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro! Lo mismo que quien se
aplica un remedio para curar una neuralgia, y lo consigue. Mi dolor de muelas amoroso
ya cesó. Me parece increíble haber sido aquel que por poco se desnuca
arrojándose de un árbol, se envilece espiando, se tira al mar en una noche de
bodas o le pide a usted el hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho
formal, alumno de Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica.
Estoy sano». Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un paseíto
que el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él se mostró
sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán ustedes.
«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del
corazón no duran como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por
culpa nuestra, que[p. 160] nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan
aproximaciones. No aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario. Si hace
usted otra cosa, no le tendré por hombre honrado».
Mutatis mutandis, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los
primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos
hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien y a todas
horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase cómicamente. «No más
pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto... ¡Qué señora! Alma de almirez,
corazón de dátil, ¿quiere que yo reviente aquí? Usted mande en su polisón,
señora, que yo mando en mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico;
a los dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran vacío.
Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso del superior
para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal se volvía resignadamente
a su tétrico retiro de Compostela, donde, a fuerza de humedad, sudaban los
muros y verdeaban las junturas de las piedras. A pesar de la entereza con que
el fraile afirmó que iba satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que
aquel español medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir
mucho en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris.
Le ví marchar recordando con sorpresa que le había
envidiado aquel sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he
padecido este verano una especie de psicalgia. Ahora que estoy
convaleciente lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida
hacia Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en la
lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía, entre
ellas la Crítica de la razón pura, de Kant. Exento, a mi parecer,
de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza, ¡con qué puro
deleite[p. 161] se empapaba mi inteligencia, docilitada por el estudio de
las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué dulce firmeza sentía
penetrar en las últimas casillas de mi cerebro aquellas verdades del
criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica negación, nos infunden sereno
convencimiento de la vanidad de nuestras tentativas para conocer el mundo
exterior, y nos encierran en el benéfico egoismo del estudio de nuestras
propias facultades!
Cuando después de una lectura de Kant salía yo a
recorrer el soto, la pradería, las modestas dependencias de la granja
patrimonial, y la paz del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me
encontraba venturoso, salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta.
«Entiende y serás libre», repetía para mí con juvenil orgullo.
XX
Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del
Norte, divisé lo primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe,
que me alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl.
Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su casa:
«Claudio Coello, número tantos...»
—¿No vamos a mi posada? —pregunté sorprendido.
—Verás... —respondió el hebreo con aquella
dificultad de frase y contracción de rostro que acompañaban en él a la
manifestación de la avaricia—. Es una tontería andar con cumplidos entre
parientes... En mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban
unos trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás,
chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras.
[p. 162]Comprendí el mezquino cálculo. Pagarme el
pupilaje tenía que costarle más, por barato que fuese, que hospedarme en su
casa. Pero yo allí... En el primer momento no sé qué efecto me
produjo la idea. Lo cierto es que exclamé:
—Mi tía no verá con gusto ese arreglo.
—Te diré —respondió el marido—. Al principio se le
figuró que para tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un
poco... Pero la he convencido... Ya está conforme y te espera.
Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable
que se experimenta al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire
frío. La vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie
de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a la agitación y
a la fantasmagoría, precisamente en el momento de reanudar los estudios, de
necesitar toda mi voluntad y fuerza mental para consagrarla a mis arduas
tareas, me desquiciaba. Y con todo, la juventud ama tanto el riesgo, la marejada
y la tormenta, que sentí un estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el
disco de cobre de la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual
estaba Carmiña Aldao.
¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda
giró por el cuerpo precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua
llama, y mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el saludo.
La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar ni despego ni
cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de casa, me instaló en mi
cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me mostró varios muebles donde podía
colocar libros, ropa, me dió consejos prácticos para aprovechar mejor las
cuatro paredes... «Aquí pones tus camisolas... En esta percha cuelgas la
capa... La mesa aquí, junto a la ventana, que podrás estudiar mejor... Mira,
este es el lavabo... Ten aquí siempre las toallas... Te[p. 163] he buscado
este quinqué de pantalla verde, que no te echará a perder la vista...»
Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo
la miraba con tal sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen
querida. Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo
rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era feliz.
Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino de pena oculta. Su
boca no se dilataba para la risa o el halago; se recogía como la de todo
luchador que mortifica solitariamente la carne o el espíritu. Sus sienes estaban
un tanto marchitas. Su talle era más plano: no había adquirido la redondez
graciosa y majestuosa que se advierte en las desposadas a los pocos meses de
vida conyugal, aunque no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi
fantasía sobre la base de esta suposición!
Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la
convivencia con tití, y fué no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es
siempre incentivo, pero la convivencia, quitando interés dramático y novedad a
las ocasiones de encontrarse, tal vez disminuye el riesgo.
Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero
distan mucho de ser tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van
allanándose a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a ocupar
mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía, que viviendo
bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de las horas de comer. Por
la mañana salíamos los dos, yo a mis clases, ella a compras y a devociones muy
largas. Al almuerzo yo observaba en Carmiña cierta animación, contento inexplicable.
Venía de la iglesia: era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de
zapatillas y sin corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las
noticias de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el salón de
confe[p. 164]rencias y en los pasillos del Congreso, sobre el cariz de la
política, las insinuaciones de los periódicos, la última conversación
confidencial de la Regente con el Embajador de Austria, que persona bien
enterada había repetido en el Casino de pe a pa. Sin duda yo provocaba la
locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a su vez, me contaba la gaceta de
Pontevedra, los inocentes chismes que la escribían sus amigas, y detalles
relativos a las vecinas del principal y del entresuelo, a las cuales solía
visitar de noche, según la costumbre mesocrática madrileña, que organiza en
cada casa una tertulia de vecindad. Por la tarde mi tío salía, ya solo, ya con
su mujer; yo necesitaba bien el tiempo para trabajar o pasear con Luis, y
¡adiós hasta la comida! Esta era más triste que el almuerzo: mi tía estaba
nerviosa y excitada, o aplanada y distraída, sin que lograse disimularlo. De
noche, ella subía a sus tertulias caseras o hacía labor junto a la chimenea, y
mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a algún teatrillo por horas.
Ningún peligro. El engranaje de mis tareas me salvaba de las sugestiones de la
ociosidad. El diablo no sabía cuándo tentarme.
Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para
qué están en el mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para
oir confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión
plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran latigazos
que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi espíritu.
—Chacho —díjome un día el formal amigote—, ya he
adivinado lo que padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto
de hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: espuma de la mocedad
comprimida. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama... Belén.
—¿Belén? ¡Qué absurdo!
—Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de ne[p.
165]gros ojos, la que pegaba angelitos en cajas de cartón. ¿Tan olvidada la
tenías? ¡Descastado! Pues yo la he seguido la pista... Chico, transformación de
comedia de magia. Verás a la prójima en su apogeo. Coche no lo arrastramos
aún... pero todo se andará.
—¿De veras? ¿Ha encontrado su gran Paganini?
—pregunté con indiferencia.
—No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti
mismo... Quedarás absorto.
De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una
buena casa, en la calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El
portal era decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo a
que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales
relucientísimos.
Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de
negro, mestiza de doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis
dijo que pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora».
—¿Eh? ¿Qué tal? —exclamó mi amigo—. ¿Qué te parece?
«La señora» por arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón
de oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta...
cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un costurero
incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de paraguas... Me parece
que el bolsista no se queda corto.
—¡Qué metamorfosis!
—Ahí verás tú... Los tiempos cambean.
Por otra parte, la metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar
cromos en cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de
tu tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por
céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto a sacarla
de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo primero que pidió la
infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los dedos fuera... Estas de Madrid
tienen su vanidad[p. 166] en el pie... ¡Ahora hay cada zapatito...!
(Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte serio.
Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne.
¡Diantre! Era verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica
modestia de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las
orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la holganza,
relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los zapatitos famosos,
estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par de monerías. Me pareció más
gruesa, de movimientos más tranquilos y lánguidos, de tez aún más pálida y
fresca que antes, comparable sólo al satinado de la hoja de magnolia.
—¿Venimos a mala hora? —preguntó Portal.
Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló
de alegría...
—¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala
persona? Una sola vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo...
Veraneando ¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y
sofoquines. ¿Cuándo llegaste? —añadió apeándome el tratamiento.
—Hace dos días —atajó Portal—, y siempre suspirando
por echar la vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a
saludar a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga
maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la veo... Lo
dicho, me da un ataque de... algo...»
—¡Ande usted, gallego trapacero! —contestó la
hermosa, que, clavando en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en
una mirada fogosa y humilde a la vez—. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas...
Ná; después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y yo...
claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba tu tío...
¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida es[p. 167]tará la mujer...
En fin, ahora me encuentro como la propia rosa... Estos son otros López. ¡Ea! —añadió
sin dar tiempo a que nos sentásemos— a ver mi casita; es la gran casa...
Gabinete con chimenea y todo... Hoy no han encendido, porque todavía no hace
frío, ¿sabes tú? pero voy a mandar que enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por
aquí... el comedor, chiquito, pero no se dan banquetes,... una cocina
hermosa... cuarto para baules... Entra ahí... alcoba de columnas y todo...
—Hija —advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus
casillas—, no me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro
hipócrita. Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido
los muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo que es
el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a mi padre. Andan
por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas en su carruaje. ¿De qué
te sirven los trajes ricos ni los aretitos de piedras, si no puedes ir al
Retiro a quitar moños?
—Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me
marea —respondió la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo
remediar—. ¿Qué te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo
pediré. Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no como
aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío verdadero
suyo. Puede que la abuela...
Después trazó una semblanza de su bolsista.
—Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta
que cierra el... el bolsín —repitió, afirmándose en lo dicho—. Y hay días que
ni aporta. Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en grande...
—¿Y si se le antoja presentarse de repente?
—¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene
llave. Si te digo que mejor pasta de hombre... Como[p. 168] yo grite
«coche», va a contestar «un mail de seis caballos». Pues si
viene... mañana le digo que había salido con la Fausta, a ver a mi madre y a
Cinta... Lo cree a puño cerrado.
—¿Y esas? —preguntó Portal.
—¿Quién? ¿Las otras? Pues... hijo,
insufribles. Si las doy el Perú, me piden el Potosí. No hago más que
sacudírmelas, porque me chupan la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no
sabes? A Cinta le ha entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que
ella, antes de sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse la
vida... Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que tiene que
aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que me alquile un piano
y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a dar lecciones. Hay que
estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico, a ver? Pues nada, hoy os quedáis
aquí; hoy hacéis penitencia en esta casa... Verás qué vajilla tan mona y qué
cubiertos de plata... Es decir, de plata Meneses: porque no era cosa de
exponerse a un robo. Me pondré el vestido bueno de faya francesa, que me regaló
ahora poco, día de su santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas.
Estrenaré el reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene
que hacer: ¡lo que es tú no te vas...!
Algunos días después del convite de Belén, paseando
con Luis por Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso:
—Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca
por ti: mujer más encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos
consejos para que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a
fin de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de
Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó y
regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado! Ni un
misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado,[p. 169] trucha.
¡Cuidado que entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué, aún no
estás contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te parto un alón...
—Párteme lo que gustes —contesté francamente,
condensando en un suspiro mis desilusiones—. Chachiño, en el mundo hay algo más
que las satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia
no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de Belén...
nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo de allí más
espiritualista que un diablo.
—No puedo oirte desatinar así —gritaba Portal
furioso—. ¿Qué espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé
perdigón. ¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más
que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa es que
te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera de hipocresía y
de estupidez en que vives, te va secando el magín poco a poco. ¿Por qué no te
vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te sacaríamos inmediatamente del cuerpo
los demonios. Trinito, este año más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos
canta no solamente las óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón
Romero? Nos tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es
que piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a las
narices, porque nos rompió el tímpano con La muerte de Iseo. Anda
memo, arrímate a nosotros.
—Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no
puedo resistir a esa muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así
todo... Vamos, que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo
desarmas. El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco, lo cual sería
una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la desvergüenza podrán entretener
un rato, pero hastían.
[p. 170]—Bobalicón, ¿dónde están semejantes
desvergüenzas ni semejantes vicios? ¡Pues si Belén, moralmente, vale un tesoro!
Belén te quiere de verdad; Belén daría por ti la plata Meneses y los zapatos de
raso... Belén posee un corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale
con las mujeres virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de yeso, que
ni siente ni padece.
—¿Qué sabes tú —murmuré dejando, como a pesar mío,
que se desbordase la esperanza—, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si
existiera?
Portal se quedó repentinamente preocupado y serio.
Su entrecejo se frunció, y con voz algo alterada me dijo:
—No permita Dios que exista. He pensado sobre el
caso, y te juro que lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo
oyes? ¡Loco de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití
te quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse y de
quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces? Sepámoslo. ¡Venga
ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La pones un piso? ¿Profanas el
hogar paterno de tu tío con toda frescura? ¡Contesta, guillado!
Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me
miraban con cólera, igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo
manejando una navaja.
—Yo no sé qué responderte... —dije meditando—. Lo
que comprendo es que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me
quisiese esa mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al
Polo Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La
respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera.
—Que me quiera, que me quiera —tatareó Portal
remedándome la voz y el gesto—. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y
no puedo aguantar[p. 171] que la digas. Excuso advertirte que no hablo así
por el aquel de la moralidad ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad...
que cada uno se la arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una
institución caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de la patria.
No es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu conveniencia propia.
Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año, ¿por qué? Por un fantasma. A
nuestra edad todos soñamos con la mujer, y es bien natural que soñemos; pero
debiéramos soñar con la mujer cortada para nosotros, y no precisamente con la
que nos haría infelices si nos uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy
pura, muy santa! Bondad pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se
acabó, se acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la
dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el tiempo
posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al otro. Divorcio
de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes ilusiones bobas.
¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura y lleno de
preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en ella consideras
virtud, en el neocatólico te parece mojigatería.
—Luis —exclamé— ¿te atreves a negar el heroismo de
una mujer que por no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud
y se casa con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y
me subleva que no estimes acción tan noble y tan rara.
—¡Pues por eso, pues por eso! —vociferó Portal ya
fuera de sí—. Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de
virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y no prefiere
salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos como la alcarreña que
nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué se distingue tu soñado[p.
172] ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a un protector antipático,
porque le conviene... porque así gasta y triunfa... Y tu señora tía...
—Cállate, cállate —grité levantándome furioso a mi
vez—. Si dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te
abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña después
de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato...
—Tú eres quien buscas camorra, retal...
—Recual, a mí no me...
—Bueno, pues anda a freir espárragos...
—Y tú a escardar cebollinos...
Etcétera. No añado más, porque el discreto lector
supondrá fácilmente lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días no
le miré a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba algo: la
razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía quijotesca. No me
hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos y sus lecciones. A la hora
de ir a buscarle a su posada, me entraba desazón e inquietud y hasta nostalgia
indecible. Echaba de menos el hábito inveterado, la dulce costumbre de la
comunicación, del chispazo intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en
que llegué a figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el
sueño amoroso. «Maldito si sabía yo —pensé— que necesitaba tanto a este hombre.
Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y vino, vino,
probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo trato el buen
sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar a esa cualidad grata y
modesta que quita énfasis a nuestros actos y nos enseña a no amargar la vida
con necios tesones y quisquillosidades dramáticas. La reconciliación se
verificó con la mayor naturalidad: un día, al salir de clase, Luis me empujó el
codo, y preguntóme risueño: «¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las
paces?» Me[p. 173] abracé a él, lo confieso, con toda el alma,
tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi vida!» Y él se reía, diciéndome: «Quita,
memo... parece que vuelves de América después de veinte años de emigración».
Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella
tarde charlamos más que nunca. «Ya no te llevaré la contraria —advirtió mi
amigo con resignación burlona—. Enamórate como un dromedario africano o como
Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte. Para
ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como nosotros y que nos
entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se te ha puesto en el periquito que
nos convienen las damas del siglo XIII o las santas góticas pintadas
sobre fondo de oro... Adelante. Caerás del burro, Aparte de que la tití...
chacho, ni esto. La lucha con lo imposible acabará por cansarte. No te atufes.
Dime cómo andan tus amores; abre ese corazoncito.»
—Luis —murmuré con misterio—, yo no sé si me quiere
o no me quiere a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede
sufrir a su marido.
—En eso demuestra buen gusto.
—No me equivoco, no. La observo, Luisiño, la
observo. Está la pobre descolorida; apenas come: por las mañanas, cuando va a
la iglesia, y sobre todo los días que comulga, manifiesta cierta serenidad;
pero por las noches... ¡Ay! Yo creo que tiene la fiebre cuotidiana de la
aversión.
—¿Y el marido? ¿Se distrae por ahí?
—Me parece que no. Se retira a horas razonables,
aunque salga a conferenciar con Sotopeña o al Círculo. A Belén no intenta
verla: me consta. Mi tío es avaro, ya lo sabes, y por economía capaz es de
contentarse con lo de casa... Luis, yo trago mucha saliva, pero me consuela
saber que ella está triste y padece.
—Bonito consuelo. Y sabe Dios si te engañarás, y si
esa mujer se entenderá perfectamente con su marido.
[p. 174]—Es que si yo la viese hecha una tórtola
con él... no sé qué me sucedería.
—Que se te quitaría el viento de la cabeza. ¡Los
diablos carguen contigo!
Pasábamos esta conversación a tiempo que, saliendo
de la calle Mayor, penetrábamos en el famoso Viaducto o suicidadero. La tarde,
de magnífica serenidad, convidaba a arrimarse al alto enverjado y admirar al
través de sus huecos el punto de vista, acaso el más hermoso de Madrid. Sin
entretenernos en revolver los libros viejos, de texto la mayor parte,
mugrientos y maltratados casi todos, que vendía al aire libre y sobre el santo
suelo un vejete con facha de maniático, aproximamos la cara a los hierros y nos
embelesamos en mirar primero el grandioso panorama de la izquierda, el rojo
palacio de Uceda con sus blancos escudos a que sirven de tenantes fieros
leones; las mil cúpulas y rotondas de templos y casas que domina, esbelta como
la palmera, la torre mudéjar de San Pedro. Luego nos volvimos hacia la derecha,
encantados por la fresca verdura del jardinete que a gran distancia debajo de
nosotros extendía un tapete de coníferas y arbustos en flor. Allá a lo lejos,
el Manzanares trazaba sobre las verdes praderas una ese de
metal blanco, y el Guadarrama erguía su línea blanca y refulgente detrás de los
severos y escuetos contornos de las sierras próximas. Pero lo que nos
fascinaba, la nota sublime de aquel conjunto, era la calle de Segovia, a
pavorosa profundidad, abajo, abajo... Luis me apretó la muñeca diciéndome:
—Hijo, este Viaducto explica todas las muertes que
han ocurrido en él.
—Como que convida a arrojarse —respondí sin dejar
de contemplar el abismo del empedrado y sintiendo ya en la planta de los pies
el hormigueo del vértigo.
—Mira un suicida, chacho —exclamó súbitamente
Portal, señalándome a un hombre de muy derrota[p. 175]das trazas, apoyado en la
barandilla también. Lo que es ese se tira de un momento a otro.
Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se
volvió... ¡cuánto tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros,
su apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello! Experimenté
alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio social, inofensivo
e inútil.
—¿Ibas a matarte? —le pregunté sonriendo, pasadas
las primeras efusiones y los primeros abrazos.
—¡Hombre! no... —respondió el huésped de Pepita—.
Sólo por entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me
tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces. Así se
acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis? Pepa casi me ha
plantado en la calle... Diariamente me insulta... Apenas fumo... Tengo un
cuarto donde duermo, pero eso de comer es un lujo que desconozco. La vizcaína
anda rabiosa porque don Julián hizo la del humo, y se niega a mantenerme. Me
han embargado mi pensión. ¿Me pagáis un bisté?
Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en
instalarnos en un figón, delante de unas chuletitas esparrilladas muy
apetitosas. El perdis nos dijo melancólicamente.
—Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta
se me ocurre trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas
absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo una peseta
la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia del trabajo. Quédese
para los negros. Y después, siempre le salen a uno buenos amigos que no niegan
un duro a quien se le pide. No creáis que vivo del sable, hijos, no; sablazo es
cuando ofrece uno pagar... y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me
presta me regala. ¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos
Carna[p. 176]vales? ¿Les conocéis? Uno de arquitectura, y otro de minas. Están
de huéspedes en casa de Pepa Urrutia. Pues nada, que nos vino una huéspeda de
buen trapío... una viuda cordobesa, ¡más salada...! y yo... la miraba un poco.
Una noche supe que iba al baile del Real... ¡Y yo sin un real! Mauricio y Pepe
me animan y me toman la entrada... van conmigo... Se nos acerca la mascarita...
que la conocí perfectamente... «Tengo sed... ¿Me convidas? ¿Vamos al buffet?»
Ví el cielo abierto... y el infierno, porque no tenía un cochino ochavo. Echo
la mano atrás, y con ella hago señas a Mauricio y Pepe... Siento que me
introducen en el hueco de la mano una moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un
duro... aunque parecía algo chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo tan
intrépido... Ella se pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo temblando
que la cuenta pasase del duro... Nunca acababa de engullir la buena señora...
Al fin se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo la moneda y le digo al mozo
con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.» «¡Pero, caballero, si me da usted un
perro grande!» ¡Hijos, la que allí se armó! Creí que me llevaban a la
prevención derechito... ¡Y qué chacota! Pues así, así vive uno, y así está
siempre: más arrancado hoy que ayer, y más mañana que hoy. Ya supondréis que mi
portuguesiño se ha vuelto a Portugal; en cambio tengo a un diputado provincial
conquense, que se le ha puesto en la cabeza ser autor dramático, y le acompaño
entre bastidores, porque se le antoja que debo conocer íntimamente a los
actores y actrices; y en efecto les conozco; ¿quién no conoce aquí a todo
género humano? pero no sé qué papel compongo en Lara, en Eslava y en Apolo; el
caso es que los acomodadores me toman por actor, los actores por autor tronado,
y yo allí de coronilla con mi diputado provincial, empeñado en que le
representen su apropósito, o juguete, o revista, o lo que sea...
—¿No lo sabes a punto fijo?
[p. 177]—No. Cien veces intentó leérmelo; pero por
ahora voy parando el golpe. Veremos si lo consigo hasta el fin. Adiós,
salvadores míos... Mis ideas de muerte ya se han disipado. Gracias.
«Hoy el cielo y la tierra me sonríen;
Hoy llega al fondo de mi alma el sol;
Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas!
Hoy creo en Dios.»
Declamando así, Dumillas nos estrechó las manos con
las suyas puercas y enlutadas, y se fué...
—Ahí tienes al romanticismo —murmuró desdeñosamente
Luis alzando los hombros—. ¡Qué falta tan grande les hace a este y a los que
son como él un curso de sentido-comunología!
XXI
Que dijese lo que gustase Portal: yo estudiaba la
fisonomía y las acciones de Carmiña, y con la doble vista de la pasión
comprobaba un desvío cada vez más acentuado y profundo... Dramaturgos que
prodigáis venenos y puñales en vuestras espeluznantes creaciones; poetas que
cantáis tragedias horribles; novelistas que realizáis tantos asesinatos como
capítulos, decidme si hay conflicto más tremendo que aquel cuyas peripecias se
desarrollan en el fondo del alma de una mujer unida, sujeta, enlazada día y
noche al hombre cuya presencia basta para estremecer de horror todas sus
fibras. Y dirán los que creen que la psicología es —como las positivas,
exactas, físicas y naturales— una ciencia de hechos: ¿pues por qué ha de
repugnarle tanto a su mujer ese marido? No hay razón suficiente. En nada la
ofendió. Reina y señora en su casa, su esposo no comete infidelidades, antes
bien se muestra asiduo, aficionado al hogar y a la[p. 178] joven esposa
que allí le aguarda. ¡Ah! la antipatía era irrazonada, y por lo mismo más fuerte,
más honda, más imposible de combatir. Se combate al adversario cuando tiene
cuerpo, no cuando es impalpable sombra, proyectada en la caverna del espíritu.
Maridos hay que maltratan a sus mujeres, que las traicionan, que las arruinan,
y sin embargo son amados, o al menos no repugnan. ¿Quién puede precisar de
dónde sopla esa aura llamada repulsión?
No es odio. El odio tiene por qué, se funda en
motivos, se razona y se justifica: y si a veces me he dejado decir que yo
odiaba a mi tío, me he expresado mal, inexactamente. No era odio lo que
sentíamos hacia él su mujer y yo. El odio puede convertirse en amistad, hasta
en amor; como nace de causas positivas, otras causas positivas lo anulan; pero
la repugnación misteriosa, la sublevación de las profundidades de nuestro ser,
esa no acaba, ni se extirpa, ni se transforma: contra la sinrazón no hay raciocinio,
ni lógica contra el instinto, el cual obra en nosotros como la naturaleza,
intuitivamente, en virtud de leyes cuya esencia es y será para nosotros, por
los siglos de los siglos, indescifrable arcano.
Convengamos en que tití Carmen no odiaba a mi tío
Felipe. En su bondad no cabía el odio. Mi tío le había dado su nombre, su
posición, tal cual era; mi tío no la maltrataba, ni siquiera notaba yo que
escatimase mucho el dinero, aunque bien veía que la esposa, a ser dueña de su
voluntad, aumentaría el renglón de limosnas... El matrimonio de mis tíos era,
pues, como tantos que se ven hoy, en apariencia tranquilos y hasta dichosos,
unidos por esa concordia burguesa que está de moda en nuestra sociedad, donde
las costumbres, lo mismo que las calles, se tiran a cordel, cada día más rectas
y simétricas. Pero así como dentro de las casas de esas calles tiradas a cordel
se desarrollan trágicos episodios, y laten el amor, el vicio y el crimen, así
bajo la capa de buena armo[p. 179]nía y mutua consideración de aquella pareja
yo adivinaba el mal maridaje, la predisposición tiránica y mezquina del marido
y la repulsión inconsciente, fría, tremenda, de la mujer.
A veces decíame a mí mismo: «Cuidado que tiene
razón Luis y que soy tonto. Poco debiera dárseme de la repugnancia que advierto
en Carmen. Lo que podría preocuparme, serían los sentimientos que la inspiro.
Si me quisiese como yo la quiero, ¿importaría que, a semejanza de ciertas
heroínas de dramas y novelas, sin dejar de amarme con locura, consagrase
también a su marido un tiernísimo cariño y una veneración y respeto filiales, o
fraternales, o conyugales, etc.? Correspóndame ella, y lo demás es humo. Bastante
saco en limpio de que mire con malos ojos a su legítimo dueño, si a mí no me
mira.»
Pues yo no sacaría nada: pero el caso es que notaba
los indicios de antipatía con intenso gozo. Al sospechar si la mujer querida
pagará nuestro amor, acechamos con afán una ojeada, una sonrisa, un rubor
fugitivo, el paso de una emoción que rasgando el velo en que se envuelve el
alma femenina, descubre la recóndita hoguera; yo, menos dichoso, estudiaba la
chispa mal amortiguada de los ojos, el temblor apenas perceptible de los
labios, delatores del desvío que inspiraba mi rival.
A las horas de comer espiaba tenazmente, haciéndome
el distraído, jugando con el tenedor o siguiendo con mi tío conversaciones de
política, discusiones casi siempre. Estoy convencido de que todo puede
fingirse, todo puede sujetarse a la voluntad; todo, hasta la expresión de la
cara; la voz, nunca. Tití llegaba a mandar en sus músculos, a apagar sus
pupilas, a inmovilizar las ventanas de su nariz fina y palpitante; no conseguía
que su voz, de notas graves, pastosas y bien timbradas cuando se dirigía a otras
personas, no fuese mate y sorda al hablar a su marido. Y aparte de esto, había
mil indicios. El más claro,[p. 180] su afán de prolongar la velada. Por su
gusto, aquella mujer no se recogería. ¡Ah, qué deliciosa impresión para mí —las
pocas veces que logré acompañarla de noche— verla retrasar la hora con mil
pretextos, enfrascarse en su labor, alegar que se había puesto tarea, que no se
acostaría hasta que la terminase, que tenía aún que escribir dos letras a su
padre o a sus amigas de Pontevedra! Estas observaciones no podía yo hacerlas
sino la noche de algún sábado; las restantes de la semana tenía que acostarme
temprano, por mis clases. Solía ponerme al lado de la chimenea, en el gabinete
contiguo a la alcoba, cuyas columnas adornaba un pabellón de felpa y damasco
verde musgo, dejando entrever el mueblaje de la odiosa cámara donde diariamente
se celebraba el inicuo misterio de la absoluta intimidad de dos seres que ni se
querían, ni tal vez se estimaban, ni tenían más punto de contacto que haberles
echado a un tiempo la misma estola el fraile moro.
Una mañana recibí carta de mi madre, escrita en el
estilo precipitado e incoherente de costumbre, sin puntuación, no hay para qué
decirlo, y consagrada toda a participarme cierta extraña noticia. «No sabes la
carnavalada el viejo chocho de Aldao cayó con la mocosa de Candidiña lo
envolvió lo mareó lo volvió tarumba le hizo rabiar hasta que consintió en
casarse pero no en público sino de ocultis muy a cencerritos tapados el cura
cuando le preguntan lo niega el viejo lo mismo pero yo lo sé por quien lo vió y
lo presenció con sus ojos y en Pontevedra corren unas coplas muy indecentes
sobre el fenómeno parece las escribió el director de El Teucrense es
cosa de risa lo que no logra una chiquilla descarada dice que le regaló
mantilla y vestido de seda negra Dios nos conserve el juicio y nos libre de
chochear no sé si la hija está enterada si no cállate que se sepa por fuera que
ya se lo escribirán a Felipe sus paniaguados buena la hizo ya tiene madrastra
me alegro por haberse burlado de nosotros».
[p. 181]Excusado parece decir que apenas pude coger
a la tití sola, me apresuré a leerle la rara nueva, no sin grandes preámbulos y
trasteos. Lejos de asustarse o de afligirse, la hija del señor de Aldao reveló
satisfacción.
—Dios me ha oído —dijo vivamente—. Dios me premia,
Salustio. A la edad de mi padre más vale estar casado que... de otra manera.
Por su dignidad, me alegro: puedes creer que me alegro, aunque preferiría que
hubiese tenido distinta elección. ¿Ya lo hizo? ahora... que resulte bien.
—No quiero darte mal rato —respondí— pero, Carmiña,
a la edad de tu papá, un hombre se expone bastante, en el terreno de la
dignidad misma, casándose con chicuelas de diez y seis años.
—Allá ella y su conciencia —repuso tití—.
Probablemente, ahora que está casada, se mirará muy mucho. Antes podía
excusársele alguna informalidad.
—Y era una veleta, tití... y seguirá siéndolo
porque lo tiene de condición. ¡Cuidado con la rapaza! ¡Llevar a ese señor hasta
tal extremo! Te aseguro que es pájara de cuenta tu señora madrastra. No veo
claro el porvenir.
—Bueno, pues Dios sobre todo. Dejemos que haga su
oficio la gracia del Sacramento.
—¿Crees tú en la gracia del Sacramento? —pregunté
acordándome de Luis y sonriendo a pesar mío de un lenguaje que de tal modo
contrastaba con mis ideas y convicciones, y que no obstante, en labios de mi
tía me estaba pareciendo la esencia de la belleza moral.
—¡Qué pregunta! ¿Pues no he de creer? Lucida estaba
si no creyese. Cuando Dios instituyó el Sacramento, se obligó a ayudar con su
gracia a los que lo contraen. Sin semejante ayuda no habría matrimonio posible.
—La gracia consiste en quererse, Carmen —murmuré
llegándome a ella un poco y clavando mis ojos[p. 182] en los suyos. No
deseaba convencerla, bien lo sabe Dios, ni seducirla, sino al contrario, que
ella desplegase todas las monerías de su ciencia teológica, y luciese ante mí,
como amazona aguerrida, las armas bien templadas con que escudaba su virtud.
Pero me salió la pascua en viernes, porque tití no estaba para controversias.
Sólo contestó con afabilidad:
—Es natural que pienses así siendo muchacho y
teniendo las ideas que tienes, por desgracia no muy religiosas. Los años te
desengañarán y juzgarás mejor. Ya sentarás la cabeza.
—Bueno, Carmiña; si para sentarla bastara una
palabrita tuya... ¿Dices que eso de quererse es un disparate? Pues lo creo.
Pero al menos no me negarás que para ser felices, por muy santos que me los
supongas, los cónyuges necesitan profesarse algún afecto; vamos, al menos no
aborrecerse, no repugnarse. ¿Me engaño?
Carmiña palideció y sus párpados aletearon
ligeramente. Me miró severa y dolorida, como diciendo: «Esa es conversación
vedada, y extraño que la toques».
Me llevé de aquel breve diálogo, interrumpido por
la llegada de mi tío, provisión mayor de esperanza. Don Felipe entró
apresuradamente, mal engestado y azoradísimo. Apenas vió a su mujer, sacó del
bolsillo una carta.
—¡Carmen!... ¿qué es esto? ¿Sabías algo tú? ¡Porque
me escribe Castro Mera diciendo que en todo el pueblo está corrido que tu padre
se ha casado secretamente con la sobrina de su ama de llaves!
Tití afirmó la voz antes de contestar y lo hizo sin
miedo.
—Debe de ser verdad, porque también a Salustio se
lo escribe Benigna.
—¡Y me lo dices así... con esa flema! —gritó el
marido.
Hay momentos en que se corre la cortina, se sor[p.
183]prende el alma desnuda, y se contemplan sus formas misteriosas, por muy
aprisa que las quiera cubrir. En aquel grito ví patente el alma de don Felipe,
seca y dura, interesada y vil, semejante a otras muchas que andan por ahí
metidas en cuerpos de aspecto menos judaico.
—¡Me hace gracia cómo lo tomas! —prosiguió
desatinado—. ¿No te importa que se haya vuelto loco tu padre? Porque eso es
locura senil, y tu hermano y yo nos uniremos para anular la boda e incapacitar
al lelo. ¡Casarse! Pues hombre, ¡tiene chiste! ¡Eso se llama reirse del mundo y
dar la castaña a los incautos!
Sus ojos despedían chispas; su nariz corva
acentuaba la expresión de rapacidad y codicia de su rostro, dilatándose; su tez
se había inyectado, igualándose casi en matiz con su barba; y su mano convulsa
agarraba y soltaba, con estremecimiento maquinal, el cuchillo, el tenedor, la
servilleta, de encima de la mesa preparada para el almuerzo.
—¡Qué quieres! —respondió con firmeza la esposa,
ocupando su sitio como si fuésemos a almorzar pacíficamente—. Mi padre es dueño
de sus acciones, por lo mismo que le autoriza la edad. No es cierto que esté
chocho, y el respeto que le debemos nos prohibe intentar nada contra sus
resoluciones. Paciencia. Peor sería que viviese dando escándalo.
—Eres una tonta —exclamó el marido,
descomponiéndose por primera vez, dispuesto a echarlo todo a rodar—. A la edad
de tu padre, hija mía, ya no hay escándalo, ni Cristo que lo fundó: lo que hay
es disparates y locuras y ridiculeces, y la mayor de todas, esa de casarse con
una muchacha de pocos años, ¡una criada!, para encontrarse, a la vuelta de un
mes, con que la cabeza no le cabe en el sombrero. Las mujeres no entendéis de
nada, ni sabéis lo que decís. Falta de experiencia y de mundo, que ni lo conocéis,
ni tenéis motivo para conocerlo. Por eso la mayor parte de las veces obraríais
muy bien en callaros, ¡pateta![p. 184] Y tu papá —ya que lo quieres oir—,
antes de casar a su hija, procedería mejor si dijese al futuro yerno: «Felipe,
aunque se me caen los calzones, no hay que fiarse; estoy animoso, y no tardaré
en contraer segundas nupcias. Y como a mi edad siempre se tienen hijos, vendrán
dos o tres muchachos que dejarán a mi hija aspergis». Qué bonito,
¿eh? ¡Qué bonito!
Mi tía, callada. La lividez de sus mejillas, el
anhelar de su pecho y el resplandor de sus ojos, indicaban la interior
indignación y el hervor de la protesta... Pero en vez de abrir la válvula, se
reprimió, cogió el vaso de agua que tenía cerca, y sentí el choque del cristal
contra sus dientes al beber, indicando el temblor del pulso... Mi tío sin tomar
en cuenta aquel valeroso silencio, exaltándose con sus propias palabras,
continuó:
—Ahora mismo voy a ponerle una cartita caliente,
diciéndole lo que viene al caso... Me ha de oir, te lo juro. Ha de salirle por
cara la trastada esa, o no me llamo Felipe. Le crearé tales dificultades, que
ha de acordarse del santo de mi nombre... ¿Se imaginará que voy a consentir que
tú te trates con esa preciosidad de madrastra?
—En primer lugar —respondió lentamente mi tía,
haciendo un esfuerzo—, creo que la boda, por ahora, es secreta; y en segundo,
me trataba con ella cuando estaba allí... expuesta a cosas peores. ¿Por qué no
he de tratarme, hoy que es la mujer de mi padre, si se porta bien?
—¡Portarse bien! ¡Eche usted portes! —exclamó
irónicamente mi tío—. ¡Portarse bien! Ya te lo dirán de misas los señoritos de
Pontevedra y de San Andrés... En fin, a mí eso me tiene sin cuidado...
—Pues a mí, eso será lo único que me importe
—contestó mi tía con vehemencia, no pudiendo reprimirse ya—. Que no tenga mi
padre que avergonzarse de su elección, y lo demás sea como Dios quiera, que al
fin y al cabo, así ha de ser.
[p. 185]¡Oh dureza empedernida de los hebreos, con
cuánta razón te fustigó Cristo! Aquellas palabras, dictadas por el ímpetu de la
fe, hubiesen conmovido a una peña; pero mi tío era peor que las peñas mismas, y
se levantó de la mesa, arrojando la servilleta, bufando entre dientes.
—Sobre que uno aguanta la mecha, le salen con
estupideces y ñoñerías. ¡Tiene alma, hombre! ¡Mire usted que casarse ahora
aquel estafermo! ¡Oir defenderle aquí, en mi cara!
Salió del comedor. Yo fuí tras él, quería saber
adónde se dirigía; llevaba mi objeto al dejar a Carmen sola. Oí a don Felipe
cerrarse en su despacho, sin duda para escribir al suegro la carta «caliente».
Entonces retrocedí, y entrando de repente en el comedor, me acerqué a Carmiña,
y murmuré con ternura:
—No llores, tití... Anda, no llores... Tontiña, no
hagas caso.
No me había engañado en mi suposición. Volvió la
cabeza, y ví los ojos arrasados, que secó instantáneamente la enérgica
voluntad. En voz temblona, me contestó, desviándome un poco:
—Gracias, Salustio; ya pasó... No se puede remediar
a veces. Tiene una tonterías así...
—Es que te habla de un modo que me indigna. Trabajo
me costó no saltar. Y tú, ¿cómo resistes...?
—No, no, eso no; no digas eso siquiera. Es mi
marido y no ha de andar escogiendo las palabras.
—Sí que debe escogerlas. A una mujer como tú, que
es la santidad, la bondad en persona, se la habla en esta postura... así...
¿ves? —suspiré hincando la rodilla en tierra.
—Si no te levantas, me enfado, y si vuelves a decir
eso, también —contestó poniéndose en pie resueltamente—. No te agradezco estos
consuelos, Salustio: más bien parecen lisonjas, y lisonjas a mí... tiempo
perdido. ¿Quieres que te diga la verdad?[p. 186] Pues la culpa de esta
desazón es mía, mía sólo. No debí llevarle la contraria a Felipe, sino dejar
que se apaciguase el primer enfado, y después hacerle reflexiones. Al pronto se
comprende que le haya molestado el casamiento de papá. Pongámonos en lo justo. Ningún
marido se irrita contra una mujer que no le contesta. Por la lengua vienen
todas las disensiones matrimoniales. Nuestro papel es callar.
—No, bobiña, vuestro papel es hablar cuando tenéis
razón; lo mismo que nosotros hablamos muchísimas veces sin tenerla. De modo que
si tu marido suelta una barbaridad enorme... que no hay Dios, supongamos, ¿tú
no debes chistar?
—Mientras esté irritado, no... porque, ¿qué
conseguiré? echar leña al fuego, nunca persuadir. Pero así que se aplaque, con
suavidad y con cariño, le puedo hacer mis objeciones, lo mejor que sepa... y
entonces sí que me oirá y se convencerá.
No supe qué replicar, pues aun cuando se me
ocurrían mil reparos, el criterio de tití me subyugaba enteramente,
pareciéndome el único digno de ella. Era un día nubladísimo; el comedor daba al
patio, y las espesas cortinas, retasando la luz, contribuían a hacerlo más
lóbrego. Los pliegues de aquellas cortinas, de color parduzco y tela tupida, se
me antojaron, por repentino capricho de la imaginación, el plegado de un hábito
de fraile, contribuyendo bastante a la semejanza el grueso cordón que las ceñía
y sujetaba al alzapaño. Los arabescos de la cortina, a cierta altura, me figuré
que dibujaban con suma propiedad la cara de un hombre. Era un fenómeno de
autosugestión, que evocaba allí, oyendo nuestro diálogo y burlándose de mí con
sandunga, la sombra del P. Moreno. «¡Maldito fraile! —dije mentalmente a la
cortina—. Te has de llevar chasco. Porque nada violento y absolutamente
contrario a la naturaleza humana es durable, y esta abnegación heróica y esta
fuerza que hace mi tía a sus sentimientos no pueden llegar hasta[p.
187] un límite indefinido. Vendrá ocasión en que salte el resorte... y yo
la atisbaré, te lo juro, fraile tontín, que no has probado la única felicidad
verdadera de esta vida». Por casualidad mi tití fijaba la mirada en el
cortinaje, con esa intensidad de las personas que miran sin ver y a quienes
distrae una idea triste. Me figuré que veía lo mismo que yo en las arrugas, y
que también para ella se destacaba allí, callada pero elocuente en su actitud,
la figura del fraile...
¡Qué ansia la mía de penetrar en los secretos
camarines de aquel cerebro femenil, y leer la proclama revolucionaria que en
ellos estaba escrita, de seguro, por invisible mano! La esposa no dejó salir
nada al exterior. Levantándose, pasó a la cocina y se enteró de cómo andaba lo
del almuerzo. «Porque tú ya tendrás hambre, Salustio», dijo, volviendo a
entrar, serena y dueña de sí.
XXII
¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de
divina alegría, de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al
que supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las
tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles
insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades, tan
inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las segundas, ni
puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del sujeto que las percibía
en mi propia representación, para mí mismo la verdad suprema.
Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico,
habiendo recibido cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin
ton ni son ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas las cosas;
y entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a[p. 188] butacas del
Real para ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada de
antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad de este
derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el paraíso, entre niñas
cursis y guapas y aficionados competentes en el divino arte. Pero
él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a jalear el estreno de cierto
frac, se hizo el sordo y nos arrastró a Portal y a mí hacia el coliseo: el
zamorano, ni hecho pedazos consintió en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos
frac; sólo que nos dejamos de chiquitas y nos encajamos la levita —el fondo del
baúl— esperando que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían
para el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo traje
de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino, y la estrecha
solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la pechera blanquísima. El
hombre, a fin de no perdonar detalle, se había gastado su pesetita en una olorosa
gardenia, que lucía en el ojal con irreprochable corrección. Clac no se lo
compró por falta de tiempo; pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el
capote, a fin de no estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros
ocupamos nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase
ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la orquesta,
sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose la mano, desnuda
de guantes, por el cabello bien atusado, parecía un gomoso de los más
cargantes. Aunque el sentido de la vista, en el cubano, andaba tan expedito
como el del oído, se había alquilado los grandes gemelos, y los clavaba
alternativamente en los palcos, entresuelos y plateas y en las filas de butacas,
pasando revista a las beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal,
muy encogido y acurracado, se divertía en decirle sotto voce que
doña Cristina le flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta
Isabel hacía[p. 189] señas a la infanta Eulalia para que se fijase en
aquel nuevo dandy tan desconocido como fascinador.
Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a
Trinito un acceso de epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la
cual, por espacio de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y de
Donizetti a Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo y español.
Trinito, en su exaltación o con la implacabilidad de su retentiva música, no
nos dejaba vivir.
—¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el
hombre el largo assai de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda,
anda, pues si se ha calzado enterito el allegretto de la
introducción del Don Juan! Toma... eso es de la Flauta
encantada: quince compases lo menos hay igualitos, calcados al pie de la
letra... ¡Este maestoso está en El barco fantasma o
en Parsifal!...
—O en las Habas verdes —añadía
Portal con sorna.
—No, pues no reirse, que hay algo de Habas
verdes, o cosa parecida: porque esa especie de tango yo lo he oído en
zarzuela... Ahora saltamos a la sinfonía en ut menor del sordo
sublime... Camaraditas, estoy indignado. Voy a protestar. De esto a salir a
los caminos con trabuco...
Al segundo acto la indignación de Trinito fué en
un crescendo no menos estrepitoso que el del concertante
final; al tercero nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias
y plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los
espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla de
Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su indignación
adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió oir el final de la
obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a ese monedero falso. Yo
silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar escándalo aquí. Vámonos, pues:
prudencia. Estoy tan atufado, que no sé lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la
calle».[p. 190] Admirados de aquel arrechucho, no menos sorprendente en el
dulce y manso cubano que en un canario o un cordero, nos resignamos a salir
antes que nadie, y echamos, por el salón de descanso, hacia la puerta.
Sin transición, desde la atmósfera recaliente,
vibrante, zumbadora de la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por
estar desierto, pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una
corriente de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta
para reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un pinchazo.
—Taparse la boca, señores —advirtió el práctico
Luis—. Vamos a pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio,
no seas aturdido.
Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay!
sentía ya ese aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que
traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro descuido, a
manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la oportunidad de registrar
el arca.
—Creo que ya la he pescado —murmuré con alguna
inquietud.
—No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un
ponche. Anda, verás qué calentito y qué bueno —dijeron mis compañeros, a tiempo
que salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos el
ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de nuevo una
monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos tarareó su
indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez se resolvía a
escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba a triturar al
compositor, o mejor dicho, al rata cogido infraganti
visitándole a Wagner la faltriquera.
Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté
con inexplicable fatiga y desaliento, con esa especie[p. 191] de marasmo
que precede a los graves desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy
mala cara y me rogó que me acostase, regañándome suavemente por las horas
imposibles a que me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía tan
rendido, que como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo me quería
bien. Al retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono:
—¿Irás a verme?
—¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una
taza de flor de malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un
resfriado. Locuras que habrás hecho.
Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente
la calentura, y la fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé
a divagar, a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí
una especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las
regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de mis
facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la angustia de la
disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje verde obscuro, que se recortaba
sobre el azul divino del cielo y sobre el luminoso y pálido verdor de la ría;
oí cánticos de labradoras, gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes
de piano, y hubo instantes en que juraría que un negro murciélago entraba
revoloteando por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi
vista... Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía
de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que de buena
gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el trastorno de la
fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar fórmulas y plantear problemas
de ciencia matemática. Lo que sé es que por cima del delirio, de la calentura,
de la horrible opresión, de la constricción de mis bronquios y pul[p.
192]mones, revoloteaba una sensación encantadora. Tití no salía de mi cuarto;
tití me aplicaba los remedios, me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en
todo; y cuando en un movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió
echarle los brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer
fuerte, inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de
mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me miraban
con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban como se halaga y
acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases de miel, cuyo sonido era
música del corazón... Y dejándome llevar de mi fantasía, pensé al adormecerme
bajo la acción de un enérgico medicamento:
—Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me
muero voy a ser muy dichoso!
Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en
palabras el sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría:
—Aunque me muera.
FIN
La segunda parte de esta obra se titula:
LA PRUEBA
Nota de transcripción
· Los errores de imprenta han sido corregidos sin
avisar.
· Se ha respetado la ortografía del original, que
difiere ligeramente de la actual —especialmente en el uso de tildes—,
normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
· No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas
que las necesitan, se ha completado el emparejamiento de los signos de
admiración e interrogación y se han espaciado las rayas —o guiones largos—.
· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
End of the Project Gutenberg EBook of Una
Cristiana, by Emilia Pardo Bazán
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA
CRISTIANA ***


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