© Libro N° 9525. Salambó. Flaubert, Gustavo. Emancipación. Enero
22 de 2022.
Título original: © Salambó. Gustavo Flaubert
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SALAMBÓ
Gustavo Flaubert
Salambó
Gustavo Flaubert
Title: Salambó
Author: Gustavo Flaubert
Translator: Ciro Bayo
Release Date: September 13,
2021 [eBook #66285]
Language: Spanish
Character set encoding:
UTF-8
Produced by: Ramón Pajares
Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net. (This
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Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)
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GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ ***
Nota de transcripción
· Los errores de imprenta y de traducción han sido
corregidos, a la vista del original francés.
· La ortografía del texto original ha sido
actualizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia
Española.
· Se han puesto tildes a las mayúsculas, se han
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· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
(Cubierta del libro)
p. 1
SALAMBÓ
p. 2
Librería y Editorial RIVADENEYRA
EDICIONES SELECTAS
COLECCIÓN DE OBRAS MAESTRAS
DE LA LITERATURA UNIVERSAL
Dirigida por José Toral
TOMOS PUBLICADOS
Fray Luis de León: Poesías completas.
Cervantes: Poesías completas.
G. Flaubert: Salambó.
SEIS PESETAS EL VOLUMEN
GUSTAVO FLAUBERT.
p. 3
EDICIONES SELECTAS
Novelistas
GUSTAVO FLAUBERT
· 1821-1880 ·
SALAMBÓ
Traducción de CIRO BAYO
p. 4
LIBRERÍA y EDITORIAL RIVADENEYRA
MADRID Conde Peñalver, núm. 8.
La presente traducción es propiedad
de la Librería y Editorial Rivadeneyra.
Sucesores de Rivadeneyra, SA
Paseo de S. Vicente, 20 MADRID
p. 5
I
EL FESTÍN
La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en
los jardines de Amílcar.
Los soldados que este había capitaneado en Sicilia
celebraban con un gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente
el jefe, los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas.
Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se
habían situado en el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de
oro que se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del
palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que se veían
una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros, almacenes,
panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos para las bestias
feroces y una prisión para los esclavos.
p. 6Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un
bosque de sicomoros se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las
granadas resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas
cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de rosas
florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se balanceaban
las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral, cubría los
senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de un extremo a otro
como una doble columnata de obeliscos verdes.
El palacio, hecho de mármol númida, con vetas
amarillas, elevaba en el fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con
azoteas. Con su gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los
ángulos de cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas
puertas cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de
tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas doradas, que
cerraban lasp. 7 aberturas en lo alto, se ofrecía a los soldados, con su
feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el rostro de Amílcar.
El Consejo había señalado la casa de Amílcar para
este festín; los convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían
puesto en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada
instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos, como
torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los árboles a los
esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las gacelas, balando, huían
de los prados; el sol declinaba, y el perfume de los limoneros hacía más pesadas
aún las emanaciones de aquella multitud sudorosa.
Hallábanse representadas allí todas las naciones:
ligures, lusitanos, baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado
dialecto dórico, resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los
carros de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes del
desierto, parecidasp. 8 a gritos de chacales. Se reconocía al griego por
su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por sus gruesas
pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas de su casco; los arqueros
de Capadocia se habían pintado en el cuerpo, con el zumo de hierbas, anchas
flores, y algunos lidios, vestidos con traje femenino, comían con zapatillas y
luciendo en las orejas grandes pendientes. Otros, que para más gala se habían
pintado de bermellón, parecían estatuas de coral.
Extendíanse a lo largo de los corredores; comían
agrupados junto a las mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos
de carne, y se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los
leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto a los
árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los tapices de
escarlata, y aguardaban su turno.
No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo
había enviado esclavos, vajilla y lechos; en medio del jardínp. 9 lucían,
como en un campo de batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en
que se asaban bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes
quesos, más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua
hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de flores. La
alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los ojos, y aquí y acullá
empezaban las canciones.
Se les sirvió primero aves con salsa verde, en
platos de roja arcilla, decorados con dibujos negros; luego, todas las especies
de moluscos que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada
y caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo.
En seguida se cubrieron las mesas con carnes:
antílopes con sus cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros
cocidos con vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de
azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera de
Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa.p. 10 Todo
cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se desmoronaban
sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran olvidado servir algunos
de los perritos ventrudos y de lana rosada, que se engordaban con caldo de
aceitunas, manjares cartagineses de que abominaban otros pueblos. La sorpresa
de los nuevos manjares excitaba la avidez de los estómagos. Los galos de largos
cabellos recogidos encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los
limones, que comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de
mar, se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más
blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato, en tanto
que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban silenciosamente su
ración, sin apartar de ella los ojos.
Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que
sombreaba la avenida de los cipreses y encendidas las antorchas.
Los vacilantes resplandores del petróleo,p.
11 que ardía en vasos de pórfido, asustaron a los monos encaramados en los
cedros y consagrados a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados.
Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las
corazas de bronce y arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de
piedras preciosas.
Las cráteras, de bordes de espejos convexos,
multiplicaban la imagen agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en
torno, mirándose embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las
mesas se arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban
los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en ánforas,
los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los vinos de azufaifo,
de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido el piso estaba resbaladizo.
El humo de las viandas subía hasta el follaje, mezclado al vapor de los
alientos. Oíase a un mismo tiempo el crujido de las mandíbulas, el ruido de las
palabras, de las canciones, de las copas, el estrépito de los vasos campaniosp.
12 rotos en mil pedazos o bien el limpio sonido de las fuentes de plata.
A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados
se acordaban mejor de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la
guerra, había dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de
mercenarios. Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando
poco a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en que
acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la imposibilidad
de pagarles.
Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con
los tres mil doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los
mercenarios eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto
estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por solicitar
permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias, y el partido de
la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor de la guerra. Esta había
terminado, contra todos sus esfuerzos, si bienp. 13 temiendo por Cartago
había entregado a Giscón el mando de los mercenarios. Designar su palacio para
recibirlos era atraer sobre él algo del odio que los bárbaros despertaban.
Además, el gasto era exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo.
Orgullosos de haberse impuesto a la República,
creían los mercenarios que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de
su sangre en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su
embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se enseñaban
unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus viajes y las cazas de
su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos de las fieras. Recordaron
después a los inmundos reclutadores, y hundían la cabeza en las ánforas, dándose
a beber sin tregua, como dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante,
que llevaba un hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego
por las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas,
saltaban pesadamente. Algunosp. 14 avanzaban como mujeres, haciendo gestos
obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los
gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el que
estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que golpeaba un
negro con un hueso de buey.
Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto
sonoro y apacible, que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro
herido.
Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los
soldados se levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para
volver trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida.
Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro; calzaban todos
sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo, como las carretas en
marcha.
Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se
perdieron entre la multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado
de pie, apartado de los demás. A través de los desgarronesp. 15 de su
túnica, se veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa
miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados, deslumbrado
por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los soldados le molestaba,
dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las lágrimas que bañaban su rostro;
luego, tomando por las asas un cántaro lleno, lo levantó en el aire con sus
brazos cargados de cadenas, y mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija,
exclamó:
—¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador,
llamado Esculapio por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las
fuentes, de la luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las
montañas y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de
relucientes armaduras, que me habéis libertado!
Y dejando caer la vasija contó su historia. Le
llamaban Espendio. Los cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de
los Egineses. Como hablaba griego, ligur y púnico, pudop. 16 una vez más
dar las gracias a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó
felicitándoles por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas
de la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda en cada
una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente a una milicia formada
de jóvenes patricios, escogidos entre los de más estatura. Constituían las
copas un privilegio, casi un honor sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios
las codiciaban entre todos los tesoros de la República. Detestaban a la Legión
por las copas, y se había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible
placer de beber en ellas.
Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban
depositadas en poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían
reunidos. Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los
Sisitas.
—¡Que los despierten! —gritaron los mercenarios.
Después del segundo recado, supieronp. 17 que
los Sisitas se hallaban encerrados en su templo.
—¡Que lo abran! —replicaron.
Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que
las copas estaban en poder del general Giscón, gritaron:
—¡Que las entregue!
Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con
una escolta de la Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por
una mitra de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el
caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la noche. No
se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su triple collar de
anchas placas azules que le golpeaban el pecho.
Al verle los soldados, saludáronle con una gran
aclamación, gritando todos:
—¡Las copas! ¡Las copas!
Giscón empezó por declarar que las merecían,
atendiendo a su valor. Con esto la turba aulló de alegría y aplaudió.
Nadie mejor que él podía decirlo,p. 18 porque
los había capitaneado y había venido con la última cohorte en la última galera.
—¡Es verdad! ¡Es verdad! —respondían todos.
—Sin embargo —siguió diciendo Giscón—, la República
ha respetado vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros
cultos; sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son
de propiedad particular.
De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó,
por encima de las mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos
espadas.
El general, sin dejar de hablar, le dio en la
cabeza con su bastón de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y
transmitían su furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas
palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos salvajes
exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde, valiéndose de algún
ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y fuese lentamente. Al llegar a la
puerta sep. 19 volvió a los mercenarios, gritándoles que se arrepentirían.
Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y
cercando el arrabal, que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos
contra las paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la
gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de pronto, con
sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más feroces aún que su
pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el puerto y las luces del
templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde estaba? ¿Por qué les abandonaba,
hecha la paz? Sus disensiones con el Consejo serían sin duda un pretexto para
perderlos. Su odio cayó entero sobre él y le maldecían, exasperándose unos a
otros con su cólera. En este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era
para ver a un negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros,
inmóviles las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien
gritó que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también.p.
20 Cayeron sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un
vértigo de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso,
destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada; otros,
inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a flechazos; los más
atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo abatirles la trompa y comer el
marfil.
Sin embargo, los honderos baleares, que para
saquear más cómodamente, habían doblado el ángulo del palacio, se vieron
detenidos por una alta barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus
puñales las correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que
miraba a Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados.
Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada largas
parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales exhalaban olores
cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados de cinabrio, que parecían
columnas sangrantes. En el centro, docep. 21 pedestales de cobre sostenían
grandes bolas de vidrio; rojizas luces fulguraban en aquellos globos huecos,
como enormes pupilas palpitantes. Los soldados se alumbraron con antorchas,
tambaleándose en los declives del terreno, profundamente labrado.
Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en
muchos estanques por paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan
clara, que las llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por
guijas blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de
brillantes escamas subieron a la superficie.
Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las
agallas y los llevaron a las mesas.
Eran los peces de la familia Barca. Todos
descendían de esos rapes primordiales que habían puesto el místico huevo en el
que se ocultaba la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería
de los mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en
ver cómo los hermososp. 22 peces se debatían en el agua hirviente.
Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a
beber. Los perfumes que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus
túnicas hechas jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como
navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la vista lo
que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando entre los platos
sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés los escabeles de marfil y
las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse las canciones al estertor de los
esclavos agonizantes entre las copas rotas. Pedían más vino, comida, oro.
Gritaban queriendo mujeres. Se deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se
creían en los baños, a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien,
mirando al follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a
bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los altos
macizos de verdura, de los que se escapaban largas espiralesp. 23 blancas,
parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el clamoreo; los leones
heridos rugían en la obscuridad.
De repente se iluminó la azotea más alta del
palacio; abriose la puerta del centro y apareció en el umbral una mujer vestida
de negro: la hija de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba
oblicuamente el primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la
última terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la
cabeza baja, contempló a los soldados.
Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas
filas de hombres pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que
caían rectas sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus
manos, deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban con
voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes eunucos del
templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a su casa.
Al fin, la joven bajó la escalera dep. 24 las
galeras, siguiéndola los sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y
anduvo lentamente por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al
verla pasar.
Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada
en forma de torre, a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más
alta de lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las
comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba sobre el
pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus variados colores,
las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados con diamantes, salían
desnudos de una túnica sin mangas, constelada de rojas flores, sobre un fondo
negro. Anudada a los tobillos llevaba una cadeneta de oro para regular el paso,
y su gran manto de púrpura sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba
colgante, describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía.
A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de
acordes casi ahogados, y enp. 25 los intervalos se oía el pequeño ruido de
la cadeneta de oro con el chasquido acompasado de las sandalias de papiro.
Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía
retirada en prácticas piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo
alto del palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de
pebeteros encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de
los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar a lo
lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza inclinada, y
en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano.
La oyeron murmurar:
—«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más,
obedientes a mi voz, como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la
boca pepitas de sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros
ojos, más límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que
eran los de los meses —Siv, Siyan,p. 26 Tamuz, Elul, Tischri, Schebar—.
¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!»
Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se
apiñaban a su alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre
todos una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los
hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces:
—¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais,
para hartaros, pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había
hecho traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto!
Subía el tono de su voz, sus mejillas se
coloreaban, y añadió:
—¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el
palacio de un amo? ¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los
Baales! Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha
apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa dirigir
mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio están obstruidosp.
27 por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me llevaré conmigo el
Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme allá arriba, sobre hojas de
loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si embarco en mi galera, correrá sobre la
estela de la nave, entre la espuma de las olas.
Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas
contra la pedrería de su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió:
—¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes
para defenderte los hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a
levantar templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y
las llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas.
La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart,
dios de los Sidonios y padre de su familia.
Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia,
el viaje a Tarteso y la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las
serpientes.
—Él perseguía en el bosque al monstruop.
28 hembra, cuya cola ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de
plata; él llegó a una pradera en que las mujeres de grupa de dragón estaban
alrededor de una gran hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de
color de sangre resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata,
hendidas como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde
de la llama.
Sin interrupción, Salambó fue contando cómo
Melkart, después de haber vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la
cabeza cortada de este:
—A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas;
pero el sol la embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban
de llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.
Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma
cananeo, que no entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que
ella diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos
alrededorp. 29 de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las
ramas de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban
de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a través de
la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes.
Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a
Salambó. Temblaban sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las
que de vez en cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas
mujeres, temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban
los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la virgen
cantora.
Pero nadie la miraba como un joven capitán númida,
que estaba en la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura
estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado a las
sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros ensombrecía su
rostro, del que no se veían másp. 30 que las llamas de sus dos ojos fijos.
Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden de su padre vivía con los
Barcas, según la costumbre de los reyes, que enviaban sus hijos a las grandes
familias, a fin de preparar futuras alianzas; pero hacía seis meses que
Narr-Habas vivía allí, y aún no conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y
con la barba tocando las astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las
ventanas de la nariz, como leopardo agazapado en los bambúes.
Al otro lado de las mesas hallábase un libio de
colosal estatura y de cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo
militar, cuyos adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el
vello de su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro
salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza abierta,
sonreía a la cantora.
Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó
simultáneamente todos los idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlosp.
31 con aquella delicadeza de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego
se dirigía a los ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al
escucharla, hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los
recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma; y ellos
aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas espadas; gritaba con
los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y apretándose el corazón con
las dos manos, quedó por algunos momentos con las pupilas cerradas, saboreando
la agitación de todos aquellos hombres.
El libio Matho estaba junto a ella.
Involuntariamente, la joven se acercó a él, e impulsada por el conocimiento de
su orgullo, le echó en una copa de oro un gran chorro de vino, para
reconciliarse con el ejército.
—¡Bebe! —dijo Salambó.
Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios
cuando un galo, el mismo que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él
con aire jovial, bromeandop. 32 en la lengua de su país. Espendio, que
allí estaba, se ofreció a traducir las palabras.
—Habla —le dijo Matho.
—¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo
es la boda?
—¿Qué bodas?
—Las tuyas; porque entre nosotros —explicó el
galo—, cuando una mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el
tálamo.
No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas
dio un salto, y sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho
en el borde de la mesa, lo lanzó contra Matho.
Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el
brazo del libio, lo clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura
temblaba en el aire.
Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas:
estaba desnudo. Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró
a Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta tal
punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar las espadas.
Mathop. 33 avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando se irguió,
Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y entonces vio que
Salambó también se había ido.
Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo
alto que la puerta roja de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella.
Viéronle todos correr entre las proas de las
galeras; aparecer luego a lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja,
que empujó de un empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer.
Un hombre le había seguido, y en medio de la
obscuridad, porque las luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por
el ángulo del palacio. Matho reconoció a Espendio.
—¡Vete! —le dijo.
El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes
su túnica; arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente,
palpándoselo para dar con la herida.
A la luz de un rayo de luna que rompió entre las
nubes, Espendio viop. 34 en medio del brazo una enorme herida. La cubrió
con un ancho vendaje; pero el otro, irritado, decía:
—¡Déjame! ¡Déjame!
—¡Oh, no! —dijo el esclavo—. ¡Tú me has librado de
la ergástula: te pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda!
Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la
terraza, aguzando el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las
cañas doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo,
desesperado.
—Óyeme —le dijo el esclavo—, no me desprecies por
mi debilidad; he vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme
por las paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro
debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas.
—¡Bah! ¿Qué me importa? —repuso Matho.
Espendio se calló.
Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía
ante ellos; los manchones de la sombra parecíanp. 35 enormes olas de un
negro mar petrificado.
En este instante se advirtió una franja luminosa
por el lado del Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de
Megara empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los
jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras, las
terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del alba; y en torno
de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de blanca espuma, en tanto que
el mar, color de esmeralda, parecía como cuajado con el frescor de la mañana. A
medida que el rosado cielo iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas
inclinadas en las vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras
negras que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse; las
palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las paredes, estaban
quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban escudos de plata perdidos
en los patios; empezaba a palidecerp. 36 el faro del promontorio Hermeo.
En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de cipreses, los caballos de Eschmún,
al surgir la luz, ponían los cascos sobre el parapeto de mármol y relinchaban
del lado del sol.
Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos,
dio un grito.
Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como
si el Dios se desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus
venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón parecía
irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los templos, cuyas puertas
empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas de la campiña rechinaban en las
losas de las calles; los dromedarios, cargados de bagajes, bajaban las rampas.
Los cambistas ponían en las encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban
las cigüeñas y palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el
tamboril de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a
humear losp. 37 hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla.
Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los
dientes, y repitió:
—¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas
ahora el saqueo de la casa.
Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas
palabras; pero no que las entendiera. Espendio continuó:
—¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las
guardan ni hierro tienen para defenderlas!
Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que
bordeaban el muelle por la arena, para buscar lentejuelas de oro:
—Mira —añadió—, la República es como esos
miserables: encorvada al borde de los mares, hunde en todas las playas sus
ávidos brazos, y el ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe
tras ella la pisada de un amo.
Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y
mostrándole el jardín, en el que resplandecían las espadas de los soldados,
colgadas de los árboles:
p. 38—Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el
odio. ¡Nada les liga a Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus
dioses!
Matho seguía apoyado en la pared; acercándose
Espendio, siguió diciéndole en voz baja:
—¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos
cubiertos de púrpura, como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré
esclavos, a mi vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber
vinagre de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es
verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a los
buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y débil, vayas
de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a los niños y a las
vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias de tus jefes, de los
campamentos en la nieve, de las carreras al sol, de las tiranías de la
disciplina y de la eterna amenaza de la cruz. Después de tantas miserias, te
han dado un collar de honor, asíp. 39 como se cuelga del pecho de los
asnos una collera de cascabeles para aturdirlos en su marcha y que no sientan
la fatiga. ¡Un hombre como tú, más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras!
¡Ah, qué feliz serías en las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado
sobre flores, con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es
imposible! ¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes
de Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los
ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En cambio,
tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es nuestro!:
¡lancémonos!
—No —dijo Matho—; la maldición de Moloch pesa sobre
mí. La he sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que
reculaba.
Y añadió, mirando en torno suyo:
—¿Dónde está ella?
Comprendió Espendio la inmensap. 40 inquietud
que le obsesionaba, y no se atrevió a hablarle más.
Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de
sus ennegrecidas ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio
quemados, en medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca
abierta al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza,
deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los elefantes
balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas trompas. En los
graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos, y bajo la puerta, una línea
espesa de carretas amontonadas por los bárbaros. Los pavos reales subidos en
los cedros hacían la rueda y empezaban a gritar.
Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a
Espendio. Estaba más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo
en el horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó
Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de oro brillaba
a lop. 41 lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era el cubo de un
carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón, las llevaba de las
riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las crines de los animales formaban
bucles entre las orejas, a la usanza persa, bajo una red de perlas azules.
Las conoció Espendio y contuvo un grito.
Por detrás del carro flotaba al viento un gran
toldo.
p. 43
II
EN SICCA
Dos días después, los mercenarios salieron de
Cartago.
Se les dio a cada uno una moneda de oro, a
condición de que fueran a acampar en Sicca; se les había halagado, además, con
toda clase de lisonjas.
—Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo
en ella la reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde
esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se completará
vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a vuestros países.
No había nada que contestar a tales promesas.
Aquellos hombres acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una
ciudad; no costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para
verlos partir.
p. 44Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta
de Cirta, todos mezclados en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con
soldados, lusitanos con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las
losas sus pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas,
y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos salían de
las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas, entrechocaban con los
pomos de las espadas, y por los agujeros del cobre, se veían los miembros desnudos,
espantosos como máquinas de guerra. Los montantes, las hachas, los venablos,
los gorros de fieltro y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo
movimiento. Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las
murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre altas
casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de hierro o de
cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en silencio a los
bárbaros.
p. 45Las azoteas, las fortificaciones, las
murallas, desaparecían bajo la multitud de cartagineses, vestidos de negro, que
las llenaban. Las túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre
aquella sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con
brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en las ramas
de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas de las torres, y de
trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en actitud soñadora, parecía de
lejos, en el fondo del cielo, un fantasma, tan inmóvil como las piedras.
Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud:
se temía que los bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de
permanecer en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses
se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con juramentos y
apretones de mano. Había quien les incitaba a que no abandonaran la ciudad, por
ardid de política y audacia de hipocresía. Se les echaba perfumes,p.
46 flores y monedas de plata. Se les daba amuletos contra las enfermedades;
pero no sin haber escupido antes tres veces encima de ellos, para atraer la
muerte, o encerrado tres pelos de chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se
invocaba a grito herido el favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición.
Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y
de rezagados. Los enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban,
renqueando, en el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los
voraces, con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de
higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano y loros
en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras. Las mujeres de
raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras que abandonaban por los
soldados los lupanares de Malqua; muchas daban de mamar a criaturas colgadas
del pecho con una correa de cuero. Las mulas, aguijoneadas con la punta de las
espadas, hundíanp. 47 el lomo bajo el peso de las tiendas; y había
innumerables criados y portadores de agua, macilentos, amarillos por las
fiebres y llenos de sabandijas, escoria de la plebe cartaginesa que seguía a
los bárbaros.
Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin
que el pueblo dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la
anchura del istmo.
La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las
lanzas, al alejarse, parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se
desvaneció en una densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para
mirar a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el
horizonte sus almenas vacías.
Entonces los bárbaros oyeron un gran grito.
Creyeron que algunos de sus compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían
en saquear cualquier templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino.
Se sentían alegres de encontrarse, como antes,
marchando juntos en campo abierto; los griegos cantabanp. 48 la vieja
canción de los mamertinos:
—Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy
el amo de la casa. El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y
Gran Rey.
Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban
cuentos; se había acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos
observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían lejos, sin
duda, y no se preocuparon más de ellos.
Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al
pie de las murallas, y la gente de la población vino a hablar con los soldados.
Durante toda la noche viéronse fogatas que
iluminaban el horizonte, del lado de Cartago; lumbreras como antorchas
gigantes, que se agrandaban en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía
decir qué fiesta se celebraba con aquellas luminarias.
Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña
cultivada. Las granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes
del camino; lasp. 49 acequias corrían entre palmerales; los olivos
formaban largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de las
colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento caliente. Los
camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas.
Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud.
Se disgregaron en destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos
intervalos. Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba,
miraban estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente
torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los
barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los arados, como
anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio. Les deslumbraba esta
opulencia de la tierra y esos inventos de la sabiduría.
Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin
desplegarlas, y dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de
Amílcar.
p. 50Al mediodía siguiente se hizo alto a orillas
de un río, entre matas de adelfas. Aquí se apresuraron a dejar lanzas, escudos
y cinturones. Se lavaban a gritos, llenaban sus cascos de agua y otros bebían
de bruces, entremezclados con las acémilas, a las que se les caía la carga.
Espendio, sentado en un dromedario robado al parque
de Amílcar, vio de lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la
cabeza y la mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El
esclavo se abrió paso a través de la turba, llamándole:
—¡Amo! ¡Amo!
Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse
por ello, Espendio siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los
ojos inquietos hacia donde estaba Cartago.
Era hijo de un retórico griego y de una prostituta
campania. Al principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado
por un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores delp.
51 Samnio. Le cogieron prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y
entonces trabajó en las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los
suplicios, conoció muchos amos y todo género de miserias. Un día, al fin,
desesperado, se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que bogaba. Marineros
de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en la ergástula de Megara.
Pero como los tránsfugas debían ser devueltos a los romanos, aprovechó el
desorden del festín para huir con los soldados.
Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le
llevaba comida, le ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la
tienda. Matho acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue
haciéndose comunicativo: contó al esclavo su historia.
Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le
llevó en peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los
bosques de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le
nombraron tetrarcap. 52 en la toma de Drepanum. La República le debía
cuatro caballos, veintitrés medimnas de trigo y la soldada de
un invierno. Temía a los dioses y deseaba morir en su patria.
Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y
templos que había visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar
sandalias, venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos.
A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su
garganta un grito ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se
apresuraban a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por
su angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día.
Iban juntos, a la derecha del ejército, por el
flanco de una colina. Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de
la noche. Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían
ondulaciones en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno
alumbradas por la luna; entonces temblaba una estrella en lap. 53 punta de
las picas, espejeaban por un instante los cascos; desaparecía todo y otros
seguían haciendo lo mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y
algo, de una infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra.
Espendio, doblada la cabeza y con los ojos
entornados, aspiraba a bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía
los dedos para sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se
ilusionaba con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para
contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su dromedario,
que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su tristeza; sus piernas
colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al restregarse en sus coturnos,
producían un chirrido continuado.
Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse
nunca. Al extremo de una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda;
luego se bajaba a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte
parecían deslizarsep. 54 conforme iban acercándose a ellas. A trechos
surgía un río entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se
erguía una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un coloso
derribado.
Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños
templos cuadrangulares, que servían de estaciones a los peregrinos que iban a
Sicca. Estaban cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran,
golpeaban con fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro.
Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba
en un terreno arenoso erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros
ramoneaban entre las piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un
vellón azul, y que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los
soldados.
Seguía el camino por una especie de corredor
bordeado por dos cadenas de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo
hirió el olfato de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en
lo alto de unp. 55 algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza
de león.
Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz
por los cuatro miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el
pecho, y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las
melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro. Apuntábanse sus
costillas, una a una, por debajo de la piel distendida; sus patas traseras,
clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas; la negra sangre, que manaba
entre los pelos, formaba estalactitas bajo la cola que colgaba recta a lo largo
de la cruz. Los soldados rieron el encuentro: llamaron al león cónsul y
ciudadano de Roma y le tiraron guijarros a los ojos para quitarle los
mosquitos.
Cien pasos más adelante vieron otros dos y en
seguida una larga fila de cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos
tanto tiempo, que solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos;
otros, medio roídos, torcían las fauces con una horriblep. 56 mueca; los
había enormes, que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que
sobre sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así
procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera, creyendo atemorizar
a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando de reír, quedaron
asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se entretiene crucificando
leones.»
Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte,
sobre todo, vagamente inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las
puntas de los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería
empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían perderse y
entrar en el desierto, la región de las arenas y de los espantos. No querían
seguir adelante y muchos tornaron al camino de Cartago.
Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido
largo rato la base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y
apareció una líneap. 57 de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose
con ellas. No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y
amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las
sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban alineadas a
lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, agitando crótalos; y
los rayos del sol poniente, por las montañas de Numidia, pasaban por entre las
cuerdas de las arpas que recorrían los brazos desnudos de las vírgenes. A
intervalos, cesaba la música y estallaba un grito estridente, precipitado,
furioso, continuado; especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la
lengua los dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla
en la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al
ejército que iba subiendo.
Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía
contener tanta multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad.
Los bárbaros se establecieron en la llanada;p. 58 unos disciplinados como
tropas regulares, otros por naciones o según su capricho.
Los griegos plantaron en líneas paralelas sus
tiendas de pieles; los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela;
los galos construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los
negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no
sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche se
acostaban en tierra envueltos en sus mantos.
La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada
de montañas. Aquí y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena;
abetos y encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como
una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el resto
de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento tibio lanzaba
torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de las alturas de Sicca, en
las que se levantaba, conp. 59 su tejado de oro sobre columnas de cobre,
el templo de Venus cartaginesa, dominadora de la comarca, a la que parecía
infundir su alma. Por estas convulsiones de la tierra, por estas alternativas
de la temperatura y por esos juegos de luz, la diosa manifestaba la
extravagancia de la fuerza junto con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas
de las montañas tenían unas la forma de una luna creciente; otras parecían
pechos de mujer mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre
sus fatigas un abatimiento lleno de delicias.
Espendio, con el dinero de su dromedario se había
comprado un esclavo. La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la
tienda de Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las
correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices de sus
piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se dormía.
Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía,
Espendio le escoltabap. 60 como un lictor, armado con un espadón; o bien
Matho se apoyaba en su espalda, porque Espendio era de baja estatura.
Una tarde que atravesaban juntos las calles del
campamento, vieron unos hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a
Narr-Habas, el príncipe de los númidas. Matho se estremeció.
—¡Dame tu espada! —exclamó—; ¡Quiero matarle!
—Todavía no —contestó Espendio, conteniéndole,
porque ya Narr-Habas venía a su encuentro.
Besó el númida sus dos pulgares en señal de
alianza, acallando la cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló
extensamente contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los
bárbaros.
¿Era para traicionarlos, o en bien de la
República?, se preguntaba Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los
desórdenes, suponía también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias.
El jefe de los númidas se quedóp. 61 con los
mercenarios. Parecía querer intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas,
polvo de oro y plumas de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos,
no sabía si corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho
se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de invencible
sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de ocasionar la muerte.
Una mañana que salieron los tres a caza de un león,
Narr-Habas ocultó un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y
volvieron sin que el númida sacara el arma.
Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los
confines de su reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que
había perdido el rumbo; Espendio lo halló.
Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un
augur, saliera, no bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se
echaba en la arena y permanecía inmóvil hasta la noche.
Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del
ejército; a los que observanp. 62 la marcha de las serpientes, a los que
leen en las estrellas, a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó
gálbano, seselí y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras
cantando, a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con
estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora a
Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus de los
griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la arena, en el
dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo.
Una noche entró.
Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado
boca abajo sobre una piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara
suspendida alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la
tienda.
—¿Sufres? —le preguntó el esclavo—. ¿Qué necesitas?
Dímelo.
Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces:
—¡Amo! ¡Amo!
Al fin, Matho le miró con ojos turbados.
p. 63—¡Escucha! —dijo en voz baja, con un dedo en
los labios—. ¡Es una maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar!
Tengo miedo, Espendio —y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un
fantasma—. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de algún
dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible?
—¿Para qué? —preguntó Espendio.
Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos
puños:
—¡Para librarme del hechizo!
Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos
intervalos:
—Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que
ella habrá prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si
ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; oigo su
voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi alma.
»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las
olas invisibles de un océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El
esplendor de su hermosurap. 64 forma a su alrededor un nimbo de luz; a
veces creo que no la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño...
Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros
dormían. Espendio, mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de
oro en las manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades
su tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:
—¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no
implores más a los dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los
hombres! ¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir
tanto?
—¿Acaso soy un niño? —contestó Matho—. ¿Crees que
me enternezco por la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en
Drepanum, y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y
cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...
El esclavo le interrumpió:
—Si no fuera la hija de Amílcar...
p. 65—No —repuso Matho—. Ella no se parece a las
otras hijas de los hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes
cejas, como soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció
palidecieron todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar,
resplandecía su pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y
algo se escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible
que la muerte.
Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas
fijas.
—¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero.
Pensando que la estrecho en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin
embargo, la odio. Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de
venderme para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de
ella! Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las
piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse para
verla!
Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido.
p. 66Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque
el monstruo hembra, de cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo
de plata.» Y arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos
hacían como que pulsaban las cuerdas de una lira.
A todos los consuelos de Espendio contestaba con
los mismos discursos: pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones.
Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez
aumentaba su tristeza. Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una
las placas de oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la
Diosa; pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral.
Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido
y alegre. Veíasele en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados.
Componía las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo
para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo; los
bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios,p. 67 y él se hacía querer
de todos.
Se esperaba a un embajador de Cartago que había de
traerles en mulas canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos
dibujaban con los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado
un nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros,
esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, los
caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e infantes,
bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las mujeres.
Todos los días llegaban tropeles de hombres casi
desnudos, con hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores
de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que se declaraban
en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por los impuestos, desterrados y
malhechores. Luego venían mercaderes, vendedores de vino y de aceite, furiosos
porque no se les pagaba y vociferando contra la República. Espendio les hacía
coro. Muy prontop. 68 disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa
sobre Cartago y de llamar a los romanos.
Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos
lentos y sordos que se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que
aparecía y desaparecía en las ondulaciones del terreno.
Era una gran litera de púrpura, con penachos de
plumas de avestruz en las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban
sartas de cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían
sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con armadura
de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los talones.
Detuviéronse a trescientos pasos del campamento,
para sacar de la valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha
espada y su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron
adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos bastones de
madera azul, terminados en cabezasp. 69 de caballo o piñas de pino. Todos
los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se precipitaron a los
guardias de la Legión, besándoles los pies.
Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que
andaban acompasados, a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al
acaso, embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y
por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una mano
cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba palabras
injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego tomaban otro camino a
través del campo.
Al fin se levantaron las cortinas de la litera y
apareció sobre un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada.
Las cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas;
lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan
descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del cuerpo
desaparecíap. 70 bajo los vellones que llevaban la litera.
Los soldados reconocieron en este hombre así
acostado, al Sufeta Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a
hacer perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de
Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por codicia
—pensaban los bárbaros—, porque vendió por su cuenta todos los cautivos,
declarando a la República que habían muerto.
Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a
los soldados, hizo una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos
esclavos, puso los pies en tierra, tambaleándose.
Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas
de plata. Envolvían sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne
entre los lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le
cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho, como papada
de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar bajo los sobacos;
llevabap. 71 banda, cinturón y amplio manto negro con dobles mangas
enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de piedras azules, los broches
de oro y los pesados pendientes servían solo para hacer más horrible su
deformidad. Se le hubiera tomado por un ídolo ventrudo tallado en un bloque de
piedra; porque una lepra pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la
apariencia de una cosa inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de
buitre, se dilataba con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas
pegadas, brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de
áloe, para rascarse los pies.
Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se
apaciguó el tumulto y Hannón empezó a hablar.
Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la
República; los bárbaros debían felicitarse de haberla servido. Pero había que
mostrarse más razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que
tres olivos,p. 72 ¿no es justo que guarde dos para él?»
De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su
discurso con apólogos y proverbios, haciendo signos con la cabeza para
solicitar aprobación.
Hablaba en púnico, y los que le rodeaban —los más
alertas a tomar las armas— eran los campanios, los griegos y los galos, y
ninguno de ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y
balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.
Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes.
Los heraldos gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía
para el mando en los ejércitos cartagineses.
Los guardias apartaron a latigazos la turba de
soldados, y pronto llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los
jefes de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su
nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; brillaban
hogueras aquíp. 73 y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se
preguntaban:
—¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el
dinero?
Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas
de la República. Su tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:
—¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...
A ratos se frotaba los miembros con la espátula de
áloe, o bien se interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un
esclavo, una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en
vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, y
continuaba diciendo:
—Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres
sekels de oro, y los cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada.
Nuestras pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan
exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio de los
dioses. En cuanto a cosas de comer,p. 74 no quiero hablar: es una
calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse de
silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La Sicilia, de la
que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. Todavía ayer, por un
bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más dinero que antes por dos
elefantes.
Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin
pasarse un número, todos los gastos hechos por la República para reparaciones
de templos, enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de
coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de las minas
en el país de los cántabros.
Pero los capitanes, así como los soldados, no
entendían el púnico, aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se
acostumbraba poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales
cartagineses que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se
habían ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlosp.
75 consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento.
Los griegos, apretados con su cinturón de hierro,
aguzaban el oído, esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los
montañeses, cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o
bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, distraídos,
sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del desierto escuchaban
inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana gris. Llegaban otros por
detrás: los guardias, empujados por la turba, vacilaban en sus monturas; los
negros tenían en las manos teas de abeto ardiendo, y el gordo cartaginés
continuaba su arenga, subido en un cerrillo de césped.
Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos
y apóstrofes. Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer
silencio gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.
De pronto, un hombre de pobre aparienciap.
76 saltó a los pies del Sufeta, arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en
ella, y Espendio —pues era él— anunció que iba a decir algo importante. Ante
esta declaración, rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina,
gala, libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados,
contestaron:
—¡Habla, habla!
Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los
libios, que eran los más, les dijo:
—¿Habéis oído las horribles amenazas de este
hombre?
Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y
continuando Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los
bárbaros.
Estos se miraron asombrados; todos, en seguida,
como por tácito acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en
señal de asentimiento.
Entonces Espendio dijo con voz robusta:
—Ha empezado diciendo que los dioses de los otros
pueblos no eranp. 77 sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha
llamado cobardes, ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros,
la República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos; por
vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de esclavos y de
silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de la frontera de Cirene.
Pero los culpables serán castigados. Ha leído la enumeración de sus suplicios:
se les hará trabajar en el empedrado de las calles, en el armamento de los
bajeles, en el ornato de los Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la
tierra en las minas del país de los cántabros.
Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los
campanios y a los baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que
habían herido sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el
Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el tumulto
de los demás. Espendio añadió:
—¿No habéis visto que ha dejadop. 78 fuera del
campamento una reserva de sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a
todos.
Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como
entonces se separó la turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud
de fantasma, un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta
las caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de espinas.
Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos de paja, harapos de
tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus miembros descarnados como
andrajos de las ramas secas; sus manos temblaban con un estremecimiento
continuo, y andaba apoyado en un bastón de olivo.
Al llegar junto a los negros que llevaban las
antorchas, una especie de risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras
con ojos asustados contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.
Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de
ellos, escudándose en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquíp. 79 están! ¡Aquí
están!» Señalando a los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas
armaduras. Piafaban los caballos, deslumbrados por el resplandor de las
antorchas que chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía
ululando:
—¡Los han matado!
A estas palabras, dichas en balear, los baleares se
acercaron y le reconocieron. Él repitió:
—¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los
hermosos jóvenes, los honderos, mis compañeros, los vuestros!
Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó
hablando.
Espendio no podía reprimir su alegría mientras
explicaba a griegos y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que
venían tan a propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus
compatriotas.
Era una tropa de trescientos honderos,
desembarcados en la víspera, y que habiéndose dormido, cuando llegaron a la
plaza de Kamón, como los bárbaros habían partido ya, sep. 80 encontraron
indefensos por haber puesto en los camellos sus balas de arcilla, con el resto
de los bagajes. Se les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de
encina forrada con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra
ellos.
Los soldados recordaron ahora haber oído un gran
grito, grito que Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.
Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los
dioses Pateque, que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los
crímenes de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus
desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron
horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin de
atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; a algunos les
arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se encendieron hogueras en
las esquinas.
Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre
el lago. Habiéndose incendiadop. 81 algunas casas, se tiró por encima de
las murallas el resto de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado
oculto en los cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro
del ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las
cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, hambriento,
enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; hasta que un día vio unas
lanzas en el horizonte y las siguió instintivamente, porque ya tenía turbado el
juicio con tantos terrores y miserias.
La indignación de los soldados, contenida mientras
él habló, estalló ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al
Sufeta. Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si
serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les contestó
que lo traía consigo.
Corrieron a las avanzadas y, empujados por los
bárbaros, llegaron losp. 82 bagajes del Sufeta en medio de las tiendas.
Sin esperar a los esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de
jacinto, esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para
pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos
acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un camello una
gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse en el camino, porque
había tomado toda suerte de precauciones, incluso la de llevar en jaulas
comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba vivas para hacer la tisana.
Como su enfermedad le aumentaba el apetito, traía además gran cantidad de
comestibles y de víveres, de salmuera, de carnes y pescados con miel, en
tiestecitos de Comagen y grasa de oca fundida, cubierta de nieve y de paja
picada. La provisión era considerable. A medida que se iban destapando las
cestas, aparecían más víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan.
p. 83El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos
serones de esparto. En uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la
República se servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran,
Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los Ancianos no
habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les enviaba esto.
Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera,
provisiones y bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para
apedrear a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose
de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la maldición
de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta las orejas.
Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que llevaba, y de lejos,
gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, cloaca de Moloch; suda tu oro y
tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La escolta, en desorden, galopaba a sus
lados.
p. 84Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con
esto. Se acordaron de que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían
vuelto; sin duda, se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó;
arrancaron las estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los
caballos: cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo
dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas.
Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se
lanzaban a las calles. «Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto
por la comarca.
Surgían hombres de cada camino, de cada barranco.
Hasta los pastores bajaban corriendo de las montañas.
Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la
vuelta a la llanada, montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que
llevaba un tercer caballo.
Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en
ella.
p. 85—¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos!
—¿Dónde? —preguntó Matho.
—A Cartago.
Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la
puerta.
p. 87
III
SALAMBÓ
La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban
en la ciudad, cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza
de un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una pared
o el collar de oro en el pecho de un dios.
Las bolas de vidrio de los techos de los templos
irradiaban aquí y allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los
montones de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la
obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores de una
casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las alas. Ya no se
oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban el agua al último piso
de los palacios; en medio de las terrazas descansaban tranquilamente los camellos,
acostados sobrep. 88 el vientre, al modo de los avestruces.
Los ostarios o porteros dormían en las calles, en
el dintel de las casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas
plazas; a lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda
se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los perfumes de
los aromas, los olores de la marina y el vaho de las murallas calentadas por el
sol.
Alrededor de Cartago resplandecían las ondas
inmóviles, porque la luna desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido
de montañas y sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas
líneas rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las
catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata. La bóveda
del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en la polvareda de los
llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre la cima de la Acrópolis, los
cipreses piramidales cercaban el templo de Eschmún, balanceándose y murmurando
como las olas que batíanp. 89 lentamente, acompasadamente, a lo largo del
muelle, por debajo de las fortificaciones.
Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en
un plato de hierro carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio.
En medio de este recinto había un pequeño lecho de
marfil, cubierto de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal
fatídico consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban altos
pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La esclava encendió los
perfumes. Salambó miró la estrella polar; saludó lentamente los cuatro puntos
cardinales, y se arrodilló en el suelo, entre el polvo de azul sembrado de
estrellas, a imitación del firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los
antebrazos extendidos y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo:
—¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! —y su voz
era quejumbrosa como si llamara a alguien—. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto!
¡Astoreth! ¡Mylitha!p. 90 ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos
ocultos, por los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno
silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de las
cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud!
Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió
la frente en el polvo, alargando los brazos.
Su esclava la levantó despacio, porque era
menester, según los ritos, que alguien viniera a alzar al suplicante de su
actitud prosternada. Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos.
La nodriza de Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso.
Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron
de niña a Cartago, y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar
a sus amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho agujero. Una
saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando hasta los tobillos,
donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La cara, algo aplastada, era tan
amarilla como su túnica. Agujasp. 91 de plata, muy largas, formaban como
un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la nariz un botón de coral, y se
mantenía erguida como un Hermes y con los ojos bajos cerca del lecho.
Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un
momento oteó el horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó
sus senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba en
torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas encorvadas
desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en desorden henchían
una redecilla de hilo de púrpura.
A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y
mezclando con sus palabras fragmentos de himno, murmuró:
«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter
impalpable! El aire se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación
distribuye los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas, se
alargan op. 92 se achican los ojos de los gatos y las manchas de las
panteras. ¡Las esposas te invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas los
mariscos, haces hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las perlas en el
fondo del mar!
»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en
las obscuras profundidades de la humedad.
»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las
flores se cierran, las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el
pecho hacia ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu cara como
en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, auxiliadora,
purificante, serena!»
La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces
sobre la montaña de las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del
otro lado del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo
pálido. Salambó añadió:
«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los
monstruos, los horriblesp. 93 fantasmas, los mentirosos sueños; tus ojos
devoran las piedras de los edificios y enferman los monos cada vez que tú te
rejuveneces.
»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu
forma? Tan pronto, pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin
mástil; o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su
rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la rueda de un
carro.
»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he
mirado tanto! Pero no; tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra
inmóvil.»
—¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la
cuerda de plata, porque mi corazón está triste!
La esclava levantó una especie de arpa de ébano,
más alta que ella, y triangular como una delta, fijó la punta en un globo de
cristal, y con los dos brazos la tañó.
Los sones se sucedían, sordos y precipitados como
zumbido de abejas, y cada vez más sonoros volaban en lap. 94 noche con la
queja de las olas y el estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la
Acrópolis.
—¡Cállate! —exclamó Salambó.
—¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que
corre, todo te inquieta ahora y te agita.
—No lo sé.
—Te fatigas con plegarias demasiado largas.
—¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor
en el vino!
—Quizás consista en el aroma de tus perfumes...
—No —dijo Salambó—: el espíritu de los dioses
habita en los buenos olores.
Entonces la esclava la habló de su padre. Se le
creía de viaje al país del ámbar, detrás de las columnas de Melkart.
—Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger
un esposo entre los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá
en los brazos de un hombre.
—¿Por qué? —preguntó Salambó.
Todos los que ella había visto lep.
95 causaban horror con sus risas de animal salvaje y sus miembros
groseros.
—Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi
ser como cálidos alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que
me llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me ahoga, voy
a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis pies, pasa por mi
carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me siento aplastada como si un
dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera perderme en la bruma de las noches,
en el chorro de las fuentes, en la savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no
ser más que un soplo, que un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre!
Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el
talle, pálida y ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a
echarse en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un
collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y Salambó
dijo con voz casi apagada:
p. 96—Tráeme a Schahabarim.
Su padre no había querido que ella entrara en el
colegio de las sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit
popular. La reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó
vivía sola, porque su madre había muerto.
Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las
purificaciones, rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de
perfumes, el alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido
carne, ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto.
Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque
cada dios se manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo
contradictorios, atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a
la diosa en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta
influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se
debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por lap. 97 noche.
En un eclipse, estuvo a punto de morir.
Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta
virginidad sustraída a sus sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones,
tanto más fuertes cuanto que eran avivadas por una fe sincera.
Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por
Tanit. Había aprendido sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que
repetía ella sin que les diera significado distinto. A fin de penetrar en las
profundidades de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo
ídolo con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago; porque
la idea de un dios no puede desprenderse de su representación; y conocer su
simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto modo, dominarle.
Salambó se volvió porque había oído las campanillas
de oro que Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura.
Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel
de la terraza, con los brazos cruzados.
p. 98Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de
un sepulcro; sobre su largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que
hacían pesada los cascabeles que alternaban en sus talones con granos de
esmeralda. Tenía los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla
puntiaguda; su piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por
profundas arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza.
Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a
Salambó.
—Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
—Yo esperaba... Me habías casi prometido...
Salambó se turbaba, pero en seguida repuso:
—¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los
ritos? Tú eres mi maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto
de la diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre?
Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y
respondió:
—No; nada tengo que enseñarte.
p. 99—Un genio me empuja a este amor. He subido las
gradas de Eschmún, dios de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo
el olivo de oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las
puertas de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros
subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los ríos y de las
montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son insensibles, ¿comprendes?
Mientras que a Ella la siento mezclada con mi vida; llena mi alma y me
estremezco con angustias interiores como si ella saltara para escaparse.
Paréceme que voy a oír su voz, a ver su rostro; me deslumbran sus rayos y luego
caigo en las tinieblas.
Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la
mirada. Por fin hizo una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza
cananea. Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire,
dijo:
—Antes que nacieran los dioses, estaban solas las
tinieblas y flotaba un soplo, pesado e indistinto, como lap.
100 conciencia de un hombre que sueña. Este soplo se contrajo, creando el
Deseo y la Nube; y del Deseo y de la Nube salió la materia primitiva. Era un
agua fangosa, negra, helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes
incoherentes de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared
de los santuarios.
»Después, la Materia se condensó: se convirtió en
un huevo que se abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol,
la luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se
despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió en la
estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su brazo, le empujó
detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes, y Rabbet, como una
nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz, como una leche, y su noche
como un manto.
—¿Y después? —inquirió Salambó.
Le había contado el secreto de los orígenes para
distraerla con más altas perspectivas; pero el deseo de lap. 101 virgen se
avivó con aquellas últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias,
añadió:
—Después inspiró y gobernó los amores de los
hombres.
—¿Los amores de los hombres? —repitió Salambó,
soñadora.
—Ella es el alma de Cartago; bien está en todas
partes, habita aquí bajo el velo sagrado.
—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—, yo le veré, ¿no es
verdad? Tú me llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora.
¡Piedad! ¡Socórreme! ¡Vamos!
Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de
orgullo.
—¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los
Baales hermafroditas no se descubren más que a nosotros solos, hombres por el
espíritu, mujeres por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con
la ciencia que posees.
Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus
orejas, en señal de arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del
sacerdote, llena a lap. 102 vez de enojo contra él, de terror y de
humillación. Él la miraba de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible
que las piedras de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir
por su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros
cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo pálido.
De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás
de Túnez, como ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego
se alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y en los
torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de dromedarios, lanzas
y escudos. Era el ejército de los bárbaros que venía sobre Cartago.
p. 103
IV
BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO
Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los
aldeanos montados en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La
soldadesca había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con
propósito de exterminarlo todo.
Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban
los bárbaros, quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.
Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos
se acercaban con palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal
era el terror que inspiraban!
Por la mañana y a la caída de la tarde, los
merodeadores vagaban algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre
ellos un hombre pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara
tapada por unap. 104 visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el
acueducto, con tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses
acerca de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de
gigante, con la cabeza destocada.
Cartago estaba defendida en toda la longitud del
istmo; en primer lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último
término por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y
doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes para sus
caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para cuatro mil caballos
con las provisiones de cebada y los arneses; y cuarteles para veinte mil
soldados con las armaduras y todo el material de guerra. Las torres se levantaban
en el segundo piso, provistas de almenas, y a la parte de afuera había escudos
de bronce, colgados de garitos.
Esta primera línea de murallas defendía en primer
lugar a Malqua, barrio de la gente de la marina y de losp. 105 tintoreros.
Veíanse los mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las
últimas azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera.
Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus
altas casas de forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de
cañas, de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban
como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente coloreados. Las
plazas públicas estaban niveladas a distancias desiguales; innumerables
callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en sentido longitudinal. Se veían los
recintos de tres viejos barrios, ahora confundidos, destacándose como grandes escollos,
en los que se alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores,
ennegrecidos, anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las
calles por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.
La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa,
desaparecía bajo un desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con
capiteles dep. 106 bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas
de azur, cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y
obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban a los
frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; las murallas de
granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, encima una cosa de otra,
ocultándose a medias, de un modo maravilloso e incomprensible. Se sentía la
sucesión de las edades y como el recuerdo de patrias olvidadas.
Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el
camino de los Mapales, cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la
ribera a las catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este
tercer barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la costa,
en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las noches.
Así se desplegaba Cartago ante los soldados
acampados en la llanura.
De lejos divisaban los mercados, las esquinas de
las calles, y discutían sobrep. 107 el emplazamiento de los templos. El de
Kamón, enfrente de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de
Eschmún, tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba entre
palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de las cisternas del
lado del faro. En el ángulo de los frontispicios, encima de las murallas, en
los rincones de las plazas, en todas partes, se veían divinidades de cabeza
horrible, colosales o ventrudas, con vientres enormes o desmesuradamente
aplanados, con las fauces abiertas, separados los brazos y en las manos horcas,
cadenas o jabalinas. El azul del mar, destacándose en el fondo de las calles,
parecía hacer a estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas.
Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche;
los mancebos, agitando campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban
las tiendas de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los
yunques; los gallos blancos, consagrados al sol,p. 108 cantaban en los
terrados; mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían
los esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos
aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos los pies,
con el gorro puntiagudo.
Este espectáculo de Cartago irritaba a los
bárbaros. La admiraban y la execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir
en ella. Pero ¿qué había en el puerto militar, defendido por una triple
muralla? Detrás de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la
Acrópolis, aparecía el palacio de Amílcar.
A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se
subía a los olivos y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los
jardines se hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre
cerrada.
Más de veinte veces dio la vuelta a las
fortificaciones, buscando alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo
y durante tres horas nadó sin descansar. Llegó al final de losp.
109 Mapales y quiso trepar por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas,
se rompió las uñas y luego cayó en el agua y se volvió.
Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa
Cartago que guardada a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su
enervamiento sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas,
los ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo
traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón. Tiraba
flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras furiosas.
—Deja correr tu cólera como un carro que rueda —le
decía Espendio—. Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con
sangre, y, ya que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te
sostendrá.
Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les
hacía maniobrar implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo,
por su fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche
hablabap. 110 con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su
ejemplo, y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus
casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los
bárbaros se acercaron.
Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado
dos ejércitos que pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno
desembarcando en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las
Aguas Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo más,
de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían juntarse con
los númidas e interceptar el camino de Cirene y el comercio del desierto; si se
replegaban al Occidente, se levantaría la Numidia. Finalmente, la falta de
víveres les haría devastar, tarde o temprano, como la langosta, las campiñas
vecinas. Los ricos temblaban por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus
cultivos.
Hannón propuso medidas atroces e impracticables,
tal como prometer unap. 111 fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que
con barcos y con máquinas se incendiara su campamento. Por el contrario, su
colega Giscón quería que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los
Ancianos le detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor
a la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la podía
restablecer.
Fuera de las fortificaciones había gente de otra
raza y de origen desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos
y de serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se
divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara, por entre
las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas estaban junto a los
cantiles de la costa, como nidos de golondrinas. Allí vivían sin Gobiernos y
sin dioses, todos mezclados, completamente desnudos; a un tiempo débiles y feroces,
y desde muchos siglos execrados por el pueblo a causa de sus inmundos
alimentos. Una mañanap. 112 advirtieron los centinelas que todos se habían
ido.
Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una
resolución. Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias,
como particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o bien
parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba arreglado y que
harían justicia a sus reclamaciones.
Muchos de estos consejeros visitaban por primera
vez un campo de mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban,
admiraron en todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de
tierra encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de
las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca; por los
agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que brillaban en la
sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas los deslumbraban como
espejos. Se hablaba en voz baja;p. 113 temían volcar algo con sus largas
togas.
Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a
pagarlos con el dinero que se les debía.
Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas
secas y altramuces, más cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que
Cartago exportaba al extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los
magníficos animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el
valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los comedores de
cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los engañaban. Entonces
echaban mano a la espada y amenazaban con matar.
Los comisarios del Gran Consejo escribieron el
número de años que se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora
cuántos mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de la
suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la reserva de
silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnezp. 114 estaba ya con
ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los reproches de su
colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien conocía a algún bárbaro
fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y entretenerlo con buenas palabras.
Esta confianza les calmaría.
Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias
enteras se trasladaron al campamento bárbaro.
Los soldados dejaban entrar a los cartagineses,
pero por un solo paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro
hombres en fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar
cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando encontrar
alguien que hubiese visto en casa de Salambó.
El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío
y la animación. Las dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la
una vestida de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra
vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes,
circulabanp. 115 mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles
maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas por
marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas, tomadas en el saqueo
de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las abrumaba de amor y cuando
llegaban a viejas se las tundía a golpes, y que morían en los viajes, al borde
de los caminos, entre los bagajes, con las acémilas abandonadas. Las mujeres
númidas se balanceaban sobre sus talones, vestidas de túnicas de pelo de
dromedario, cuadradas y de color rabioso; las músicas de la Cirenaica,
envueltas en gasas violetas y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las
esteras; negras viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego,
estiércol de animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de
oro en la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de
lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos, daban a
los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegandop. 116 por
detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos.
Los cartagineses se paseaban por el campamento,
sorprendidos de la multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban
tristes, y los otros disimulaban su inquietud.
Los soldados les golpeaban en el hombro,
excitándolos a la alegría. No bien veían un personaje, le invitaban a sus
diversiones. Cuando jugaban al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y
en el pugilato, al primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos
asustaban a los cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los
jinetes, con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba
en sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose
valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba hachas para
rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se les encerraba en una
armadura y los hacían rodar como toneles por las calles del campamento. Y
cuando se disponían a marcharse, los mercenarios se tirabanp. 117 de los
pelos con contorsiones grotescas.
Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a
todos los cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran
alguna cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un
cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés,
despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos contestaban: «Tu
mujer.» Otros decían: «Tu vida.»
Fueron remitidas a los capitanes las cuentas
militares, leídas a los soldados y aprobadas definitivamente. Entonces
reclamaron tiendas, y se las dieron. Después los polemarcas de los griegos
pidieron algunas de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el
Gran Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes
entendían que era justo que la República les indemnizara de sus caballos: uno
afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en tal marcha, otro
catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones dep. 118 Hecatompila;
pero ellos prefirieron dinero.
A continuación pidieron que se les pagara en plata,
no en moneda de cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que
se hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida de harina
cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal injusticia exasperó,
pero hubo que pasar por ella.
Entonces los delegados de los soldados y los del
Gran Consejo se reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses
de los bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas
y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba de
amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con la
República.
Hízose como que no se les comprendía, y se
explicaron más claramente, pidiendo la cabeza de Amílcar.
Muchas veces al día salían de su campamento para
pasearse al pie de las murallas. Gritaban que se les dierap. 119 la cabeza
del Sufeta y extendían los sayos para recibirla.
Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser
por una última exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en
matrimonio para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue
una idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar.
Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó al pueblo:
se les significó rotundamente que no les darían ninguna. Entonces gritaron que
se les había engañado y que si antes de tres días no llegaba su paga, irían
ellos mismos a tomarla en Cartago.
La mala fe de los mercenarios no era tan completa
como pensaban sus enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes,
vagas, es verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar en
Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían sus tesoros; y
cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la desilusión hirió su
orgullo tanto como su codicia.
p. 120Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de
Alejandro, ¿no habían dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de
Hércules, que los cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte
de los ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el
ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en su bosque
de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un pueblo dispuesto a
utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su tribu, el parricida errante
en los caminos, el sacrílego perseguido por los dioses, todos los hambrientos,
todos los desesperados procuraban llegar al puerto donde el agente de Cartago
reclutaba soldados. En general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el
exceso de su avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas,
los libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba
libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por asesinos,
la República sentía la muerte rondar en torno de ella.
p. 121Convenía, pues, recurrir a Giscón; los
bárbaros aceptaron su intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del
puerto y entrar en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la
Tania.
A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de
este, y a más altura que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con
anillos parecidos a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes,
peinados como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y
esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros. Las tres
barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las aclamaciones de los
soldados, que las estaban mirando.
Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a
su encuentro. Con sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no
se iría sin haberles pagado íntegramente.
Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo
hablar.
Luego censuró las faltas de la Repúblicap.
122 y las de los bárbaros, que con sus violentos motines tenían asustada a
Cartago. La mejor prueba de las buenas intenciones de la ciudad era que le
enviaban a él, el constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los
mercenarios suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes,
ni la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por los
libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se sirvió de
ellas.
Iban desfilando todos por naciones y abriendo los
dedos para significar el número de años; se les marcaba sucesivamente en el
brazo izquierdo con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el
cofre abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo.
Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la
pesadez de un buey.
—Sube a mi lado —le dijo el Sufeta, sospechando
algún fraude—. ¿Cuántos años has servido?
—Doce —respondió el libio.
p. 123Giscón le pasó los dedos por debajo de la
mandíbula, porque el barboquejo del casco producía a la larga callosidades.
«Tener callos» era tanto como acreditarse de veterano.
—¡Ladrón! —exclamó el Sufeta—, lo que te falta en
la cara debes tenerlo eh las espaldas.
Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto
de llagas sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue
decapitado.
En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a
despertar a los libios, y les dijo:
—Cuando los ligures, los griegos, los baleares y
los hombres de Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en
África, esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se
vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los dos
Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de Xantippo, al
que enviaron a Esparta en una galera podrida...
—¿Qué haremos? —le preguntaban.
p. 124—¡Reflexionad! —contestaba Espendio.
Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a
la gente de Magdala, de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.
—Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a
los baleares, a los asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se
os dará nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán
para ahorrar la comida.
Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita,
aquel a quien Giscón golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue
rechazado por los esclavos y desapareció, jurando vengarse.
Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los
más obstinados entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban
las manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las
cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los que lo
habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos, los
desterrados, tomandop. 125 las armas de los soldados, decían que se les
olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas crujían,
se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del campamento oscilaba,
con grandes gritos, desde las puertas hasta el centro. Cuando el tumulto era
muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su cetro de marfil y, mirando al mar,
permanecía inmóvil, con los dedos hundidos en la barba.
Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar
con Espendio; luego se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente
sus pupilas como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se
le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto
continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.
Los griegos quisieron armar camorra por la
diferencia de las monedas; Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron
conformes. Los negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio
en el interior dep. 126 África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y
como los demás, aceptaron moneda.
A los baleares se les había prometido algo mejor:
mujeres. El Sufeta les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de
vírgenes; el camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que
estas doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las
enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.
De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó
como un batelero sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:
—¿Has reservado algo para los muertos? —y señalaba
la puerta de Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía
con sus placas de cobre, de arriba abajo.
A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro
sangriento. Cada vez que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó
lentamente y se encerró en su tienda.
Cuando al amanecer volvió a salir,p. 127 no se
movieron sus intérpretes, que dormían al exterior, y a los que se veía de
espaldas, fijos los ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca.
Salían de sus narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como
si les hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello
una lazada de juncos.
Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza
de baleares, contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por
Espendio. Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era
forzoso concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda
ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita blandía su
recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros puñales. Los más
fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos iracundos pedían que
continuara la distribución. Nadie abandonaba las armas, y todas las iras se
concentraban en Giscón, con odio tumultuoso.
Algunos se pusieron a su lado. Mientrasp.
128 vociferaban injurias, se les escuchaba con paciencia; pero a la menor
palabra en favor suyo, eran apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les
cortaba la cabeza. El montón de sacos estaba más rojo que un altar.
Después de la comida, cuando habían bebido vino, se
volvían terribles. Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los
ejércitos púnicos, y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como
burlándose de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el
dinero, y seguía la matanza. La palabra ¡mata!, aunque distinta en
cada idioma, era comprendida de todos.
Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba;
pero, a pesar de su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que
se les había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a
sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la multitud
en señal de juramento.
Entonces los africanos reclamaronp. 129 el
trigo prometido por el Gran Consejo. Giscón extendió las cuentas de los
Sisitas, hechas con pintura violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que
había entrado en Cartago, mes por mes y día por día.
A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si
entre los números leyera su sentencia de muerte.
En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente
reducido, y el trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a
una tasa tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.
—¡Habla! —le dijeron—. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que
trata de engañarnos! ¡Desconfiemos del cobarde!
Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó
su tarea. Los soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por
buenas las cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en
Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro y vieron
que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto salir de ella tales
sumas quep. 130 la creían inagotable; Giscón, sin duda, las había
escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por Matho, y como gritaran
«¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al fin: «Que os lo dé vuestro
general.»
Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus
grandes ojos amarillos y su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha,
detenida por las plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su
oreja, y un hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.
A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio,
con un nudo corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta
desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos.
Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas
más indispensables para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en
una piel de mono, una piedra negra caída de la luna.
Muchos cartagineses habían queridop.
131 acompañarle; eran personajes partidarios de la guerra.
Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en
el foso de las inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre
a sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.
Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con
invectivas; como ellos no las entendían, nada contestaban. El galo se
entretenía en tirarles guijarros a la cara para hacerles gritar.
Una especie de inquietud se apoderó del ejército al
siguiente día. Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las
inquietudes. Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente
había ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de su
persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los gemidos de los
prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su corazón estaba lleno.
Los libios eran los únicos pagados,p. 132 y
todos se lo echaban en cara. Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías
nacionales con los odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque
después de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había que
precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los conciliábulos, las
arengas; hablaban todos y nadie era escuchado; Espendio, locuaz de ordinario,
se encogía de hombros ante todas las proposiciones.
Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el
interior de la ciudad.
—Ninguna —contestó Matho.
Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.
—¡Amo! —dijo el antiguo esclavo—, si tu corazón es
intrépido, yo te guiaré a Cartago.
—¿Cómo?
—Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como
una sombra.
Matho, levantando el brazo hacia el planeta de
Chabar, dijo;
—¡Lo juro, por Tanit!
—Mañana —repuso Espendio—, al ponerse el sol, me
esperarás al pie delp. 133 acueducto, entre el noveno y el décimo arco.
Provéete de un pico de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero.
El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente
todo el istmo y era una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No
obstante su desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento,
lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos superpuestos, de
abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y cabezas de león en las
cimas, extendiéndose por la parte occidental de la Acrópolis, iban a hundirse
debajo de la ciudad, para derramar casi un río en las cisternas de Megara.
A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató
una especie de arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y
fijado que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.
Así que llegaron al primer piso, como se caía el
arpón cada vez que lo echaban, tuvieron que andar por elp. 134 borde de la
cornisa para descubrir alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada
hilera de arcos. La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse.
Llegaron finalmente a la plataforma superior.
Espendio, de tiempo en tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano.
—¡Allí es! —dijo—. Empecemos.
Y forcejeando con la palanca que trajo Matho,
consiguieron apartar una de las losas.
Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban
en caballos sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus
vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de avestruz y
galopando con una lanza en cada mano.
—¡Narr-Habas! —exclamó Matho.
—¿Qué importa? —repuso Espendio.
Y saltó al agujero que había dejado la losa
separada.
A una orden suya, Matho probó empujar uno de los
bloques; pero por falta de espacio, no podía mover los codos.
p. 135—Volveremos —dijo Espendio—; ponte delante —y
los dos se aventuraron en el conducto de las aguas.
Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron
de nadar, tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy
estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban el
rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que el de un
sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para resguardar la cabeza
y pegadas las piernas, que alargaban lo más que podían, pasaron como flechas en
la obscuridad, jadeantes, casi muertos. De pronto, todo se hizo negro delante
de ellos y se redobló la velocidad de las aguas. Cayeron.
Así que volvieron a la superficie se mantuvieron
durante algunos minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el
aire. Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que
separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una especie de
cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas delp. 136 techo dejaban
pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en el agua como
discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban sobre las paredes
indefinidamente. El más insignificante ruido producía un gran eco.
Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por
la abertura de los arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras
series de depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los
dos hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus talones:
era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas.
Entonces, avanzando con grandes precauciones,
palparon la muralla en busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían
para volver a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se
disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban.
Espendio dio con la mano contra los barrotes de una
reja. La sacudieron y cedió, dando paso a una escalera cerradap.
137 arriba por una puerta de bronce. Con la punta de un puñal apartaron la
barra que la abría por fuera; y respiraron el aire libre.
La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de
una altura desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas.
La ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas
brillaban como estrellas perdidas.
Espendio, que había pasado tres años en la
ergástula, no conocía bien los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para
ir al palacio de Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales.
—No —dijo Espendio—; llévame al templo de Tanit.
Matho quiso objetar.
—Acuérdate —dijo el esclavo; y alzando el brazo,
señaló al planeta de Chabar, que resplandecía.
Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la
Acrópolis.
Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales
que bordeaban los caminos. Corría el agua de sus cuerposp. 138 sobre el
polvo de la tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio,
con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso los
matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas de puñales,
sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de cuero.
p. 139
V
TANIT
Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos
por la cerca de Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y
pasaron.
El terreno, al descender, formaba como un valle muy
ancho. Se hallaron en un sitio descubierto.
—¡Escucha! —dijo Espendio—, y nada temas...
Cumpliré mi promesa.
Se interrumpió, como pensando en lo que iba a
decir...
—¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al
salir el sol, desde la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes,
pero tú no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo
misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa!
—Lo sé —dijo Matho.
—Es un velo divino porque forma parte de la deidad.
Los dioses ejercenp. 140 su poder donde residen. Porque lo posee Cartago,
Cartago es poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo!
Matho retrocedió horrorizado.
—¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa
acción execrable.
—Tanit es tu enemiga —replicó Espendio—. Ella te
persigue, y tú mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás
inmortal e invencible.
Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió:
—Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No
tenemos ni escapatoria, ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes
temer, si tienes su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la
derrota, miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la
plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los colegios de
los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de Tanit te pesa, lo
devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo!
Un ansia terrible devoraba a Matho.p.
141 Hubiera querido poseer el velo sin cometer el sacrilegio. Se decía que
quizás podría adquirir su virtud sin necesidad de robar el velo; pero sin
llegar al fondo de su pensamiento, deteniéndose en el límite que le espantaba.
—¡Vamos! —dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos
y sin hablarse.
El terreno iba subiendo y las casas se juntaban.
Los dos hombres torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de
esparto que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los
camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de una
galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto el espacio se
ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la Acrópolis. Por bajo de
Byrsa se erguía una negra mole: era el templo de Tanit, conjunto de monumentos y
jardines, de patios y antepatios, ceñido por un pequeño muro de piedras secas.
Espendio y Matho lo franquearon.
Este primer recinto encerraba unp. 142 bosque
de plátanos, plantados como precaución contra la peste y la infección del aire.
Aquí y acullá estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas
depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes de la
diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de alabastro.
Nada tenían que temer, porque en las noches en que
el astro estaba oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba
y se detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo recinto.
—¡Adelante! —dijo Espendio.
Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles
como follaje de bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de
guijarros azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas en
toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, cerrado por una
verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a Espendio:
—Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las
Aguas amargas.
p. 143—Yo he visto todo esto —contestó el antiguo
esclavo— en Siria, en la ciudad de Mafug.
Por una escalera de seis gradas de plata subieron
al tercer recinto.
Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más
bajas desaparecían bajo montones de estofas y de collares colgados por los
fieles. Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo.
Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban
en gruesos pilares, flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su
plataforma por una luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en
las cuatro esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos.
Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos, losanges y
líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de filigrana de plata
formaba un ancho semicírculo ante la escalera de marfil que bajaba del vestíbulo.
A la entrada había, entre una estela de oro y otra
de esmeralda, un conop. 144 de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó
la mano derecha.
La primera habitación era muy alta, con
innumerables aberturas en la bóveda, de modo que al levantar la cabeza se
podían ver las estrellas. En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en
cestas de mimbre, barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio
del departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer, cubierta
de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire sonriente y las
manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre, pulido por los besos de la
multitud.
Después se hallaron al aire libre, en un corredor
transversal, en el que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una
puerta de marfil que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo
no era un sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una
divinidad.
—¡La empresa es imposible! —decía Matho—.
¡Volvámonos!
Espendio examinaba las paredes.p. 145 Quería
el velo, no porque tuviera confianza en su virtud —Espendio no creía en el
oráculo—, sino porque estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin
él, caerían en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando
alguna salida.
Veíanse edículos de formas diferentes, bajo
bosquecillos de terebintos. Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban
tranquilamente grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían
caído de las copas de los árboles.
Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías
paralelas, con pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de
cedro pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras fuera
de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban olor a especias
y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de tatuajes, de collares, de
anillos, de bermellón y de antimonio que, sin el movimiento del pecho, se las
hubiera tomado por ídolos tendidos en el suelo. Los lotosp. 146 rodeaban
una fuente en la que nadaban peces parecidos a los de Salambó; luego, en el
fondo, junto a la muralla del templo, se desplegaba una viña de sarmientos de
vidrio y racimos de esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían
juegos de luz entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes.
Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que
irradiaban los tabiques de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos
perfumes y estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos,
soñaba con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento,
como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de las
aguas.
Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en
otro tiempo vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los
collares de oro.
El templo era tan impenetrable por este lado como
por el otro. Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio
husmeaba, Matho,p. 147 prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit,
suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla con
palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada.
Espendio advirtió una abertura estrecha encima de
la puerta.
—¡Levántate! —dijo a Matho.
Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo
un pie en sus manos y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del
ventanal, y por allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda
de nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de
aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se encontró al
lado de Espendio en una gran sala llena de sombra.
Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que,
por lo mismo, apenas se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más
que las paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía
muerto.
En el fondo de las tinieblas brillabap.
148 una luz. Se acercaron. Era una lámpara que ardía en una concha, sobre
el pedestal de una estatua tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga
túnica azul sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo
las losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito:
—¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí!
Espendio cogió la lámpara para alumbrarse.
—¡Qué impío eres! —murmuró Matho.
Pero le siguió. El departamento en que entraron no
tenía más que una pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas
subían hasta lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de
su ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra pared,
con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las que hincaba sus
dedos puntiagudos.
Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero
sopló el viento y la lámpara se apagó.
p. 149Anduvieron errantes, perdidos en las
complicaciones de la arquitectura. De repente, notaron bajo sus pies una cosa
de una extraña suavidad. Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego.
Espendio tocó el suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de
lince; luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada,
fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar tenues
rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin vieron una gran
serpiente negra, que desapareció rápidamente.
—¡Huyamos! —dijo Matho—. ¡Es ella; la oigo; ella
viene!
—¡No! —repuso Espendio—. El templo está vacío.
Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos.
Vieron luego en contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando
las garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que daba
espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con cabezas humanas
comiendop. 150 frutas, flores que se abrían en las fauces de cocodrilos, y
elefantes con la trompa alzada volando por el cielo como águilas. Un terrible
esfuerzo distendía sus miembros incompletos o multiplicados. Parecían querer sacarse
el alma alargando la lengua; y todas las formas se encontraban allí, como si el
receptáculo de los gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera
vaciado sobre las paredes de la sala.
Doce globos de cristal azul la rodeaban
circularmente, soportados por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas
brillaban como ojos de caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían
hacia el fondo donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema,
la Omnifecunda, la última creada.
Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta
el vientre; le servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre
sus mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra luminosa,
engarzada en su frente en un símbolop. 151 obsceno, alumbraba toda la
sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre rojo.
Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus
talones, y las esferas empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una
música melodiosa y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de
Tanit se desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los
brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los globos de
cristal dejaron de girar.
Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el
aire, hasta que al fin se extinguió.
—¿Y el velo? —dijo Espendio.
No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba?
¿Cómo descubrirlo? ¿Lo habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un
desgarro del corazón, y como una decepción en su fe.
—Por aquí —murmuró Espendio, guiado por una
inspiración.
Llevó a Matho detrás del carro, en donde una
hendidura, ancha de unp. 152 codo, cortaba la muralla de arriba abajo.
Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta,
que parecía el hueco de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra
semiesférica, a modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se
levantaba un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos.
A distancia, les pareció una nube cuajada de
estrellas; se veían figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con
los Kabiros, algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los
babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la mirada
del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a los ángulos,
ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o bien purpúreo como el
sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de la diosa, el zaimph santo que
no se podía mirar.
Los dos hombres palidecieron.
—¡Tómalo! —dijo al fin Matho.
Espendio no vaciló, y apoyándosep. 153 en el
ídolo, desprendió el velo, que cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima,
metió la cabeza por la abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los
brazos para verlo mejor.
—¡Vámonos! —dijo Espendio.
Matho permanecía con los ojos clavados en las
losas. De pronto exclamó:
—¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su
hermosura? ¿Qué puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por
encima de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado.
¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo!
Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro
hombre de estatura más alta y transfigurado.
Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un
hombre, un sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo,
Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados. La
cabeza sonó sobre el pavimento.
Inmóviles como el cadáver, quedaronp.
154 atentos durante un rato; pero solo se oía el murmullo del viento, por
la puerta entreabierta.
Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él,
seguido de Matho, y llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales,
donde estaban las habitaciones de los sacerdotes.
Detrás de las celdas debía haber un camino más
corto para salir. Diéronse prisa para encontrarlo.
Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó
sus manos ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda.
Se pusieron en marcha.
Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás
de ellos; y Matho, que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban
suavemente por abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en
el recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba al
manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus gritos; de
pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el cuerpo, con sus
largosp. 155 brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un salto se subió
a una palmera.
Así que salieron del último recinto, se dirigieron
al palacio de Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a
Matho de su propósito.
Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de
Mutumbal, el mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim.
—¡Esconde el zaimph! —dijo Espendio.
Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin
divisaron las casas de Megara.
El faro, levantado por la parte de atrás en la
cumbre del acantilado, iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra
del palacio, con sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines
como una monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las
ramas con los puñales.
Aún se advertían los rastros del festín de los
mercenarios. Los parquesp. 156 estaban pisoteados; los regatos, secos; las
puertas de la ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las
bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el bramido de
los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar de la hoguera de
áloe que ardía en el faro.
Matho repetía:
—¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame!
—¡Es una locura! —decía Espendio—. Llamará a sus
esclavos y, a pesar de tu fuerza, morirás.
Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó
Matho la cabeza y creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y
suave. Quiso contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba.
Al encontrarse en los sitios donde la viera, el
recuerdo de los días transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando
cantaba en las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata.
Sobre su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias;p. 157 la mar
llenaba el horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más
ancha, y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños.
El ruido del velo rozando contra las piedras le
recordó su nuevo poder; pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que
tenía que hacer; esta incertidumbre le intimidó.
De vez en cuando se asomaba a las celosías
cuadrangulares de los aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos
personas dormidas.
El último piso, más estrecho, formaba como un dado
encima de las terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente.
Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que
tapaban las pequeñas aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas,
parecían en las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta
cuartelada con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso
huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió.
En el fondo de la habitación ardía,p.
158 suspendida, una lámpara en forma de galera; tres rayos de luz de su
carena de plata temblaban en los altos artesonados pintados de rojo con franjas
negras. El techo era un conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio
amatistas, y topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho
aposento aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda
aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún vestido que
colgaba hasta el suelo.
Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque
ovalado, en cuya orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un
jarro de alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se
aspiraban aromáticos olores.
Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de
nácar y de vidrio; y no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se
hundían sus pies como si caminara por arena.
Detrás de la lámpara de plata había divisado un
gran cuadrado dep. 159 azur, suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a
él se acercó Matho, medio agachado y con la boca abierta.
De cuernos de antílope colgaban anillos y
brazaletes; vasos de arcilla refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en
la hendidura de la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo
tenía desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie de
aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz sembrado de
flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al escabel de ébano que
servía para subir a él.
Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran
cortina, no dejaba ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba
la punta de un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor.
Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y
tendido el otro brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que
parecía acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegabap.
160 blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo se
veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas,
perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y el
movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía columpiarla.
Zumbaba un mosquito.
Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de
plata; en el mosquitero prendió la llama, y Salambó despertó.
La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos.
La lámpara de Matho proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.
—¿Qué es esto? —dijo Salambó.
—Es el velo de la diosa —contestó Matho.
—¡El velo de la diosa! —repitió ella.
Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula.
Matho prosiguió:
—¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades
del santuario! ¡Mira!
El zaimph deslumbraba con su juego de luces.
p. 161—¿Te acuerdas? —dijo Matho—. Una noche te
apareciste en mis sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la
hubiera comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido
de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al reino de las
Sombras...
Salambó pisaba ya el escabel de ébano.
—¡Perdóname! —añadió Matho—. Eran montañas que
pesaban sobre mí y, sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado.
¡Sin los dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o
si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu aliento!
¡Aplástense mis labios besando tus manos!
—¡Déjame ver! —decía ella—. ¡Más cerca! ¡Más cerca!
Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas
de talco de las paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del
lecho.
—¡Te amo! —gritaba Matho.
p. 162Ella balbuceó:
—¡Dámelo!
Y se acercaron.
Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos
arrobados puestos en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los
esplendores de su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en
un abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se quedaron
mirándose absortos.
Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió
un terror súbito y empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras
de cobre que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame!
¡Maldito! ¡A mí, Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!
Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la
cara asustada de Espendio, el cual dijo estas palabras:
—¡Huye! Vienen aquí.
Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada
de gente, entrep. 163 mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la
habitación con estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como
paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos como en
un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.
Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto
en el zaimph, como un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a
arrojarse sobre él. Salambó los contuvo.
—¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!
Y dando un paso hacia él, alargando su brazo
desnudo, prorrumpió:
—¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y
dolor! ¡Que Gurcil, dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de
los muertos, te ahogue! ¡Y que el Otro —el que no se puede nombrar— te queme!
Matho dio un grito, como si le hiriera una espada.
Salambó repitió muchas veces:
—¡Vete! ¡Vete!
Se apartó la turba de criados, yp. 164 Matho,
baja la cabeza, pasó lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se
detuvo porque la franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas
de oro que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.
Espendio, saltando de terraza en terraza y por
encima de setos y de acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro.
En este sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de
espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el cabo de
las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el campamento de los
bárbaros.
Había salido el sol, y como un león que se retira,
Matho se alejó mirando el camino con ojos terribles.
Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del
palacio, seguía a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían
robado el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de un
sacerdote asesinado. Corría el rumor de que losp. 165 bárbaros habían
entrado en la ciudad.
No sabiendo Matho cómo franquear los recintos,
seguía en línea recta. Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo
que había pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.
Del fondo de los Mapales, de las alturas de la
Acrópolis, de las catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de
gente. Salían los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas;
las mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas y
bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué modo
recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los mismos dioses, y
su contacto ocasionaba la muerte.
En el peristilo de los templos, los sacerdotes,
desesperados, se retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al
acaso; había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las gavias
de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que daba aumentaba la
ira, perop. 166 también el terror. Vaciábanse las calles al aproximarse
él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por los dos lados hasta encima
de las murallas. No se veían más que ojos muy abiertos, como para matarlo con
la vista; dientes que rechinaban, puños que amenazaban; se oían las
imprecaciones de Salambó, que se multiplicaban.
De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y
una lluvia de piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al
zaimph, pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en
escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia adelante y
hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de ataque. Andaba cada
vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al encontrarlas interceptadas con
cuerdas, carros o trampas, se volvía atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón,
donde murieron los baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a
muerte. Estaba perdido; la multitud batía palmas.
p. 167Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy
alta, de robusta encina, con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la
empujó. El pueblo, gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó
una sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad
aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, febril,
como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, reparó en la larga
cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la báscula de la puerta. De un
salto se agarró a ella de pies y manos, y, forcejeando, logró abrir las hojas
de la puerta.
Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran
zaimph y lo puso sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por
el viento del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura
de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las tiendas
de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, veía desaparecer
la fortuna de Cartago.
p. 169
VI
HANNÓN
—¡Debí habérmela traído! —decía por la noche Matho
a Espendio—. Debí haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.
Espendio no le escuchaba. Echado de espalda,
descansaba a sus anchas, al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la
que metía a menudo la cabeza para beber más abundantemente.
—¿Qué hacer? —preguntaba Matho—. ¿Cómo volver a
entrar en Cartago?
—No lo sé —contestaba Espendio.
Su impasibilidad exasperaba a Matho.
—¡Tú tienes la culpa! —añadió este—; tú me llevaste
y me abandonaste como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi
amo? ¡Ah, prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!
p. 170Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio
con su ancha mano.
El griego no contestaba. Ardía una lámpara de
arcilla colgada del palo de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado
de una panoplia.
De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el
peto de hojas de cobre y el casco.
—¿Adónde vas? —preguntó Espendio.
—Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente,
los aplastaré como víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo
verás: la mataré.
Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó
en un rincón, poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron
antorchas y entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.
Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales,
collares de cuero, pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de
hiena; parados en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que
descansan. Narr-Habas era el más hermoso de todos;p. 171 ceñían sus
delgados brazos correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que
sostenía por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de
avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía enseñar los
dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su persona tenía un sello
de distinción.
Declaró que venía a juntarse con los mercenarios,
porque la República amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar
a los bárbaros y les podía ser útil.
—Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis
florestas, de vino, aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios;
de veinte mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque
la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo demás, somos
antiguos amigos.
Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las
pieles de carnero, hacía señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo
por testigos a losp. 172 dioses y maldiciendo a Cartago. En sus
imprecaciones rompió una azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho,
transportado por estas demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.
Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos
del día y de la noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se
llenó de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso su
mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. Repitieron
estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche comiendo, y se quemó
el resto de la comida, juntamente con la piel, los huesos, los cuernos y las
uñas de las reses sacrificadas.
Una inmensa aclamación había saludado a Matho
cuando apareció con el velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la
religión cananea, estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara
un genio. Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa
con que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su
posesión.p. 173 Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros,
cuyo odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, se
hubieran marchado en seguida.
Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a
todas las tribus del territorio púnico.
Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con
impuestos exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos
y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a la
República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un arma; cuando
se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. Los gobernadores eran
estimados como lagares, según la cantidad que producían. Más allá de las
regiones sometidas a Cartago, estaban los aliados, que solo pagaban un módico
tributo; detrás de los aliados vagaban los nómadas, que podían concitarse
contra ellos. Por este sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las
plantaciones soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón,p.
174 maestro en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa
y dos años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la
exclamación de un celo codicioso.
Durante la última guerra, habían redoblado las
exacciones, por lo que las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían
entregado a Régulo. Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte
mil bueyes, trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes
de tribus fueron crucificados o echados a los leones.
Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más
antigua que la metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía
frente a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un
animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la
debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto de armas
a los «Comedores de cosas inmundas».
Aún no habían partido los correos de los bárbaros y
ya en las provinciasp. 175 estalló un regocijo universal. Sin esperar a
más, se estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los
funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que estaban
escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas; los niños aguzaban
en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus collares, sortijas y
pendientes y todo cuanto podía servir para la destrucción de Cartago. Todos querían
contribuir a ella de algún modo. Los paquetes de lanzas se amontonaron en los
poblados, como garbas de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó
pronto a los mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio
fue nombrado general en jefe o schalischim de los bárbaros.
Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres:
primero, la gente de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas
las caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que iban a
Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. Llegabanp.
176 sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis veíase cómo
aumentaba el ejército.
Los guardias de la Legión hacían centinela en la
plataforma del acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se
levantaban cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el
llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la
incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas.
Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias
fenicias, como Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la
República hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo,
respetaban a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que
un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos serían
exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas.
Pero su posición las hacía indispensables. Útica,
en el fondo de un golfo, era el conducto por donde llegaba ap. 177 Cartago
el socorro de fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa,
haría sus veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.
Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente
el sitio; Narr-Habas se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era
la opinión de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que
Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo del
ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, encargándose de
esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino para traer elefantes, y
con su caballería limpiar los caminos.
Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque
codiciaban las joyas de las damas púnicas. También protestaron los libios,
porque se les llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente
partieron los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los
iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos los que
hablabanp. 178 griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del ingenio
que veían en él.
Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron
moverse el ejército, el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por
el camino de Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el
resto desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del
bosque, en donde se internó.
Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades
tirias no resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército
considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto perecería
por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio de las provincias,
ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, no pagaban contribuciones. A
Cartago le faltaba genio político. Su eterno afán de ganancia le privaba de la
prudencia que da más altas ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía
a fuerza de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en tornop. 179 de
ella; la menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina.
El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por
todo lo que se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se
necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. Tolomeo le
había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les descorazonaba, como
lo había previsto Espendio.
Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba
contra su pecho el oro y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la
misma constitución de su Gobierno.
En primer lugar, el poder dependía de todos, sin
que nadie fuera lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares
eran consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían el
monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería con los de
la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y los pobres, se
labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar a las magistraturas; y
sip. 180 bien el poder y el dinero se perpetuaban en las mismas familias,
se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la esperanza de alcanzarla.
Las sociedades de comerciantes, en las que se
elaboraban las leyes, escogían los inspectores de hacienda, quienes al
abandonar el cargo, nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos,
dependientes a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos.
Los dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían el
mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase de odios,
para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar sobre la guerra, y
en caso de vencimiento, eran crucificados por el Gran Consejo.
De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los
Sisitas, es decir, de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde
según la tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado
el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños aposentos
dep. 181 arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas de piedra
y separadas unas de otras para recibir aisladamente las diferentes compañías.
Los ricos se amontonaban allí todo el día para debatir acerca de sus intereses
y los del Gobierno, desde la busca de la pimienta hasta el exterminio de Roma.
Tres veces en cada luna hacían subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba
el muro del patio, y desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin
coturnos y sin mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las
viandas, y con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los
jarros; fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en
pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.
Pero al presente no podían disimular su inquietud y
estaban harto pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba
hasta sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas
las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciabanp. 182 en
seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo deliberaba
todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en la plaza de Kamón y se
resolvió llamar a Hannón, el vencedor de Hecatompila.
Era un hombre devoto, astuto, implacable para la
gente de África; un verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca.
Nadie tenía como él experiencia tan probada en cosas de administración.
Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos
útiles, puso catapultas en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas
y ordenó la construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía
llevar al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su gran
litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata de la
Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para prepararse para
la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de guerra.
Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía
belicoso. Los ricos, alp. 183 canto del gallo, se alineaban a lo largo de
los Mapales, y remangándose las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica.
Pero faltos de instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento
sobre las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un régimen;
unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, se ponían
ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con ayunos para
adelgazar.
Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de
Cartago.
Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un
tornillo a la máquina de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento
doce elefantes que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo;
el pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos.
Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el pecho,
dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura hermosos
caparazones bordados con pesadas franjas. Enp. 184 fin, como sus
conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de aquella
parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto es, con un
rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de viso, que formaba
con sus pliegues transversales, como dos valvas de una concha aplicada sobre
los muslos.
El ejército de Autharita seguía delante de Túnez,
oculto detrás de un muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por
espinosa maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles
figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de chacal o de
serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de amedrentarle; y
estimándose invencibles por este medio, los bárbaros bailaban y hacían
juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría en sucumbir. Otro que no fuera
Hannón, hubiera aplastado fácilmente esa multitud, estorbada por ganados y
mujeres. Además, no comprendían ninguna maniobra, y Autharita, desalentado,
nada les exigía.
p. 185Se hacían a un lado cuando este pasaba
mirándoles con sus ojazos azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo
de piel de foca, desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta
en el agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del
templo de Erix.
A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía
de pronto, y el golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido.
Una nube de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino;
se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las piedras
en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados a los agujeros
de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento. Soñaba con el olor de
los pastos en las mañanas de otoño, con los copos de nieve, con los bramidos de
los uros perdidos en la niebla, y, entornando los párpados, creía ver los
hogares de las cabañas, cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo
del boscaje.
Otros, a más de él, añoraban la patria,p.
186 si bien no estaba tan lejana. Los cartagineses cautivos podían
distinguir más allá del golfo, en los declives de Byrsa, los toldos de sus
casas extendidos en los patios. Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y
se les tenía atados a una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro,
y la multitud no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus
hijos sus hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus
flácidos miembros.
Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba
de la injuria que este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el
juramento que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda,
tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado, para
despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible.
Matho sitiaba a Hippo-Zarita.
Esta ciudad estaba protegida por un lago que
comunicaba con el mar. Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban
se extendía un murop. 187 con torreones. Jamás se había visto Matho en
tales empresas. Además, el recuerdo de Salambó le obsesionaba, y soñaba con los
encantos de su belleza, como en las delicias de una venganza que le
transportaba de orgullo. Era una necesidad de verla, acre, furiosa, permanente.
Pensaba en ofrecerse como parlamentario, confiando que una vez en Cartago,
llegaría a su lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin esperar a más, se
lanzaba sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba las piedras con las
manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su espada. Los bárbaros se
precipitaban en montón; se rompían las escalas con estrépito y se despeñaban
racimos de hombres al agua, que rompía en olas sangrientas contra las murallas.
El tumulto se debilitaba y los soldados concluían por alejarse, para volver a
empezar después.
Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se
enjugaba con el brazo su cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago,
miraba el horizonte.
Frente a él, entre olivares, palmeras,p.
188 mirtos y plátanos, se desplegaban dos anchos estanques que se unían a
otro lago, del que no se veían los contornos. Por detrás surgía una montaña
entre otras montañas, y en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra
y de forma piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo, montones
de arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que el mar, plano
como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente hasta el borde del cielo.
El verdor de la campiña desaparecía en algunos sitios bajo largas placas
amarillas; las algarrobas brillaban como botones de coral; caían pámpanos de la
cima de los sicomoros; oíase el murmullo del agua; saltaban las alondras
crestadas, y los últimos rayos del sol doraban el caparazón de las tortugas,
que salían de los juncos para aspirar la brisa.
Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca
abajo; hundía las uñas en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz,
abandonado. No la poseeríap. 189 jamás, ni tampoco podría apoderarse de la
ciudad.
Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el
zaimph. ¿De qué le servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el
pensamiento del bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la
diosa pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que un
aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba gimiendo y se
lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de estar cerca de ella.
Otras veces huía de repente. A la luz de las
estrellas daba zancadas entre los soldados, que dormían envueltos en sus
mantos; y al llegar a las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos
horas después se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio.
Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido
sino para aliviar su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que
fuera cuerdo.
—¡Rechaza de tu alma estas miserias que te
degradan! ¡Antes obedecías;p. 190 ahora mandas un ejército, y si no
conquistamos Cartago, al menos se nos darán provincias y seremos reyes!
Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la
victoria? Según Espendio, era cuestión de tiempo.
Se imaginaba Matho que el velo pertenecía
exclusivamente a los hombres de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se
decía: «El zaimph no hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco
hará nada por ellos.»
En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo
de ofender a Moloch adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba
tímidamente a Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un toro.
—¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo.
Matho, que no comprendía esta indiferencia,
sospechó que el griego tenía un Genio del que no quería hablar.
Todos los cultos, como todas las razas, se
encontraban en estos ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses
ajenos, porque también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religiónp.
191 nativa prácticas extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o
bien siendo tal constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios; un
amuleto desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se convertía en
divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se repetía sin tratar
de comprender lo que podía significar. A fuerza de haber saqueado templos, de
ver sinnúmero de naciones y de degüellos, muchos concluían por no creer más que
en el destino y en la muerte, y todas las noches dormían con la placidez de las
bestias feroces. Espendio había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y,
sin embargo, temía hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca
calzarse primero el pie derecho.
Frente a Útica levantaba una gran terraza
cuadrangular; pero a medida que esta subía, también se agrandaba la
fortificación; lo que unos derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado
por los otros. Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar
las estratagemasp. 192 que había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no
volvía Narr-Habas? Todo eran inquietudes.
Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una
noche sin luna hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, el golfo
de Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes para esquivar a
Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez de sorprender a los
bárbaros por la mañana, como había calculado el Sufeta, se llegó ya muy entrado
el tercer día.
Útica tenía del lado del Oriente un llano que se
extendía hasta la gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo
recto un valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los
bárbaros estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el
puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército cartaginés,
dando un rodeo a las colinas.
Los honderos estaban repartidos en las dos alas.
Los guardias de lap. 193 Legión, con sus armaduras de escamas de oro,
formaban la primera línea, con sus pesados caballos sin crines, sin pelo y sin
orejas y en mitad de la frente un cuerno de plata para parecerse a los
rinocerontes. Entre estos escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño
casco, blandían en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería
de línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en sus cuerpos
el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un tiempo lanza, hacha,
maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines, estaban erizados de dardos y
ceñían corazas con láminas de cuerno o placas de hierro. En último término iban
los armatostes de las máquinas de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y
escorpiones, oscilando en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes.
A medida que el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e
izquierda, comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los
intervalos.p. 194 Aquellos de los Ancianos que mandaban, habían acudido
con cascos de púrpura, cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas de
los coturnos. Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo enormes cascos
rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil esmaltado de piedras
preciosas, parecían soles que pasaban por murallas de cobre.
Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que
los bárbaros, por irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían
pronto a vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles
beber hierro.
En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de
la tienda de Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El
ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de címbalos, de
flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los bárbaros habían
saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes estaban cara a cara, a tiro
de las azagayas.
Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su
honda una bola dep. 195 arcilla y remolineó el brazo: enfrente se rompió
un escudo de cobre, y los dos ejércitos se mezclaron.
Los griegos, pinchando a los caballos en las
narices con las puntas de las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus
jinetes. Los esclavos encargados de disparar piedras las habían cogido tan
grandes que no podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando mandobles
con sus espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros adelantaron sus
líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y cadáveres, cegados por la
sangre que les llenaba la cara. Este montón de picas, cascos, corazas, espadas
y miembros dispersos giraba sobre sí mismo, ensanchándose o estrechándose con
contracciones elásticas. Las cohortes cartaginesas se vaciaban cada vez más;
sus máquinas no podían salir de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta,
con arambeles de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre
los soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada.p. 196 ¿Habría
muerto Hannón? Los bárbaros se vieron solos.
El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a
cantar victoria cuando he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante.
Iba desnuda la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás de
él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica negra;
círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la boca, blandía
una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y más brillante que un
espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los bárbaros aparecer en una sola línea
todos los elefantes de Cartago, con sus colmillos dorados, las orejas pintadas
de azul, cubiertos de bronce y sacudiendo por encima de sus caparazones de
escarlata las torres de cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran
arco abierto.
Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y
estaban formados al acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos.
De lo alto de las torres venían losp.
197 tiros de las jabalinas, de las flechas, de las faláricas y masas de
plomo; algunos, para subir, se agarraban a las franjas de los caparazones, pero
les cortaban las manos con cuchillos y caían de espaldas con sus espadas.
Quebrábanse las picas, y los elefantes atravesaban las falanges como jabalíes
entre matas de hierba. Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento y
lo recorrían de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus pechos. Todos
los bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que rodeaban el valle por
donde vinieron los cartagineses.
Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de
Útica. Hizo sonar la trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en
las almenas de una torre.
Los habitantes de Útica no querían admitir
huéspedes tan bien armados. Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron
en recibirle con una pequeña escolta.
Las calles eran demasiado estrechasp. 198 para
que pasaran los elefantes, y hubo de dejarlos fuera.
Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables
vinieron a saludarle. Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus
cocineros.
Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el
aceite de cinamomo que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una
piel de buey, lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados con miel.
A su lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica amarilla, hacía
calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las gradas del baño, frotaban
las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de su cuerpo no obstaban al amor de
la cosa pública, y al mismo tiempo dictaba una carta para el Gran Consejo, al
cual consultaba qué castigo terrible se daría a los prisioneros.
—Espera —dijo al esclavo amanuense que escribía de
pie, en el hueco de su mano—. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos!
Del fondo de la sala, llena de un vaporp.
199 blanquecino, manchado por el resplandor de las antorchas, empujaron a
tres bárbaros: un samnita, un espartano y un capadocio.
—Continúa —dijo Hannón, dictando al esclavo.
«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha
exterminado a los perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad
preces en acción de gracias.»
Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes
risotadas:
—¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis
tan fuerte! Soy yo. ¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois
unos hombres terribles!
Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo.
—Me pedíais caballos, mujeres, tierras,
magistraturas y sacerdocios, quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré
tierras de las que no saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas!
¿Vuestra soldada? Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en
altos puestos, muy altos, entrep. 200 las nubes, para que se os acerquen
las águilas.
Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de
harapos, le miraban sin comprender lo que él les decía. Heridos en las
rodillas, se les había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus
manos arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad.
—¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos,
miseria, excrementos! —Los infelices no chistaban—. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se
les desuelle vivos, ahora mismo!
Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El
perfumado aceite desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas
de su piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas.
Siguió diciendo:
—Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro
días. En el paso de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del
valor extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómop. 201 sufro! ¡Que se
calienten los ladrillos y que se pongan al rojo!
Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más
fuerte el incienso en las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente
desnudos, sudando como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta
compuesta de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano y
estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla no cedió a
este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba un caldo de víbora:
—Bebe —le dijo—, para que la fuerza de las
serpientes, nacidas del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor,
¡oh, reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún
observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu
enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú no debes
morir!
—¡Oh, sí —repitió el Sufeta—: yo no debo morir!
Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento
más nauseabundo que el olor de un cadáver.p. 202 Dos carbones encendidos
parecían sus ojos, que no tenían cejas; le colgaba de la frente un montón de
rugosa piel; sus orejas, separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las
arrugas profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban
un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz alterada
parecía un rugido.
—¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis
úlceras empiezan a cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro.
Y menos por gula que por ostentación, y para
demostrarse a sí mismo que tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de
orégano, pescados sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos,
calabacines, trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros se
deleitaba pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se acordaba de
Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en injurias contra los
tres bárbaros.
—¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me
ultrajasteis, a mí,p. 203 el Sufeta! ¡Sus servicios, el precio de su
sangre, como ellos dicen! ¡Ah! ¡Sí, su sangre, su sangre! —Luego, hablando
consigo mismo: «¡Morirán todos! ¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos a
Cartago...; pero no he traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan! ¿Cuántos
son? Que vayan a preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de piedad! ¡Que me
traigan en cestas todas las manos cortadas!»
A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la
sala, ahogando la voz de Hannón y el ruido de los platos que le servían.
Redoblaron aquellos, y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes,
como si empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad.
Los cartagineses no habían intentado perseguir a
los bárbaros. Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes,
sirvientes y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas
tiendas de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios parecía
un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobradop. 204 su
valor. Envió a Zarxas que se avistara con Matho, recorrió los bosques, juntó
hombres (las pérdidas no habían sido considerables), y rabiosos de haber sido
vencidos sin combatir, reformaban sus líneas, cuando descubrieron una cuba de
petróleo, abandonada sin duda por los cartagineses. Espendio hizo traer cerdos
de las granjas, los untó de betún, les prendió fuego y los lanzó sobre Útica.
Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron.
El terreno era en subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los
colmillos y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y
aplastándolos. Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo púnico, que
estaba sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y los cartagineses se
vieron aplastados contra las puertas, porque los de Útica no quisieron abrirlas
por miedo a los mercenarios.
Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron
llegar los infantes de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de
Narr-Habas. Saltandop. 205 por sobre torrentes y maleza perseguían a los
fugitivos, como cazadores que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió
al Sufeta. Gritó para que vinieran a ayudarle a salir del baño.
Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro,
el mismo que en la batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído.
—¡Bueno! —respondió el Sufeta—. ¡Mátalos!
El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las
tres cabezas cayeron. Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue
a saltar en la tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los ojos
fijos. La luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; los tres
cuerpos manaban como tres fuentes una sangre que cubría los mosaicos, arenados
con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este fango caliente y se frotó las
rodillas. Era un remedio.
Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta
y se retiró a la montañap. 206 para reunirse con el ejército, cuyos restos
logró encontrar.
Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de
un desfiladero, cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte
buenas lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido
fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos. Hannón
reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas se inclinó para
saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no comprendió.
Regresó a Cartago con mil terrores, andando
únicamente de noche y ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían
algunos, y todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde
los recogieron los bajeles.
Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre
todo por la pérdida de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar
de una vez. Ya se veía crucificado.
Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se
habían perdido cuatrocientos mil novecientos setentap. 207 y dos siclos de
plata, quince mil seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho
elefantes, catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil
ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las máquinas
de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a empezar los dos
sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de Túnez a Radés. Desde lo
alto de la Acrópolis se veían en la campiña largas humaredas que subían al
cielo; eran las granjas de los ricos que estaban ardiendo.
Solo un hombre hubiera podido salvar la República.
Todos se arrepentían de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó
los holocaustos para el regreso de Amílcar.
La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó.
Creía oír de noche los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando
gritos. Enviaba todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba
cumpliendo sus órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado.
p. 209
VII
AMÍLCAR BARCA
El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las
noches desde lo alto del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las
agitaciones del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a
un pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.
Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en
la proa un caballo esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se
puso la mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo
sobre Cartago.
Salió gente de todas las casas; no creyendo en las
palabras, disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida
la trirreme de Amílcar.
Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena,
abombada la vela en toda la longitud del mástil, hendiendo lap. 210 espuma
alrededor de ella; sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a
intervalos aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y
bajo el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil,
enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del mar.
Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y
se vio al lado del piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él,
¡el Sufeta Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro
relucientes; rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos
perlas muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le
llegaba hasta el pecho.
La galera iba sorteando los escollos, costeaba el
muelle, y la multitud la seguía a lo largo de la escollera, gritando:
—¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos.
La culpa es de los ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!
p. 211Este no contestaba, como si el clamor de los
mares y de las batallas le hubieran dejado completamente sordo; pero así que
estuvo bajo la escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los
brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al cielo puro;
con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la trirreme, arañó el
ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener las tempestades, y en el
puerto comercial, lleno de inmundicias, de astillas de madera y de cortezas de
frutas, echaba atrás, embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y
rematados por mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a
nado. La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó
esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.
El puerto militar estaba completamente separado de
la ciudad. Cuando venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por
un corredor que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran
plazap. 212 de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en
los que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de estas
subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo que constituía
una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, en una isla, se levantaba
la casa del Sufeta del mar.
El agua era tan limpia que se veía el fondo,
pavimentado con guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta
allí; a su paso veía Amílcar las trirremes que antes había mandado.
Ya no quedaban arriba de una veintena de estas,
varadas o con la quilla al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas,
cubiertas de dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus
alas; los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y todas
medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia y exhalando aún
el olor de los viajes, como soldados mutilados que volvían a ver a su jefe y
parecían decirle: ¡Somos nosotras, somosp. 213 nosotras!; ¡y tú también eres
un vencido!
Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en
la casa-almirante. En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le
consideraba siempre como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe
más; con respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.
El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A
cada paso encontraba armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo,
le extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, la
ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a Melkart. ¡No
esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto hiciera y cuanto vio:
asaltos, incendios, legiones, tempestades, Drepanum, Siracusa, Lilibea, el
monte Etna, la planicie de Erix, cinco años de batallas hasta el funesto día en
que, deponiendo las armas, se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques
de limoneros, los pastores con cabras en las montañas grises,p. 214 y su
corazón brincaba al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus
proyectos, sus recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del
bajel; le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de
acercarse a los dioses.
Para esto subió al último piso de la casa, y
sacando de una concha de oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida
con clavos, abrió una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por
delgadas rodajas negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio.
Entre las filas de aquellos discos iguales, había
agujeros parecidos a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una
piedra redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu
superior eran las únicas que adoraban estas abadires caídas de
la luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su
color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas
terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arenap.
215 marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta,
blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. Amílcar,
con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la cara con un velo
de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en el suelo con los brazos
extendidos.
La luz del día penetraba por los vidrios negros;
arborescencias, montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se
dibujaban en la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin
embargo, como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las
creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento todas las
formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin de recoger el
espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de las vitalidades
planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia la muerte y hacia todos
los azares un desdén más sabio y más intrépido. Al levantarse, estaba lleno de
un valor sereno, invulnerable a la misericordiap. 216 y al temor, y como
sentía oprimido el pecho, subió a la torre que dominaba a Cartago.
La ciudad se extendía ahondándose en una larga
curva, con sus cúpulas, sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus
palmares, sus bolas de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus
fortificaciones, que constituían como la gigantesca orla de este cuerno de
abundancia que se abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las
plazas, el interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres
parecían muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado
demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite del
horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos.
La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En
la plaza de Kamón se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban
poblando de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de
excitar más la impaciencia del pueblo.
Amílcar encontró en la sala a losp.
217 hombres más importantes de su partido: Istatten, Subeldia, Hictamon,
Jeubas y otros, los cuales le contaron todo lo que había pasado desde la firma
de la paz: la avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta,
sus exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida y
luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos que le
concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la Asamblea de los
Ancianos, en el templo de Moloch.
Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto
a la puerta. A pesar de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido
aumentase, Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.
Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada,
temblorosa, de aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos
azules. Se adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar
se estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces,
haciéndole una señalp. 218 para que anduviera con precaución, él la llevó
por el brazo a una habitación apartada.
La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él
la levantó brutalmente.
—Iddibal, ¿dónde le dejaste?
—¡Allá abajo, amo!
Y quitándose los velos, se frotó la cara con la
manga, y el color negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron.
Era un robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el
mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como el moño
de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en el suelo.
—Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que
sospeche?
El viejo le juró por los Kabiros que el secreto
estaba oculto. No abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla
poblada de tortugas, con palmeras en la duna.
—Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a
lanzar la azagaya y guiar equipos.
p. 219—¿Es fuerte?
—Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de
las serpientes, ni del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies
desnudos, como un pastor, al borde de los precipicios.
—¡Habla! ¡Habla!
—Inventa trampas para las bestias feroces. La otra
luna sorprendió a un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en
anchas gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con su
batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave agonizaba,
redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de espadas.
Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos
presagios de grandeza.
—Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto.
Contempla a lo lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el
pan, se informa de los dioses y quiere conocer Cartago.
—¡No, no; todavía no! —contestó el Sufeta.
p. 220El viejo esclavo pareció conocer el peligro
que asustaba a Amílcar, y añadió:
—¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he
venido a Cartago para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de
perlas.
En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la
terraza, se hizo pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas
del puerto le franqueasen la entrada.
Amílcar quedó un rato pensativo.
—Mañana —dijo al esclavo— te presentarás en Megara,
al ponerse el sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el
grito del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada
luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.
El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos
salieron juntos de la casa y del puerto.
Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque
las reuniones de los Ancianos eran siempre secretas en circunstanciasp.
221 extraordinarias, y a ellas se iba misteriosamente.
Primeramente atravesó la parte oriental de la
Acrópolis; pasó en seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y
el arrabal de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más
anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que resbalaban en
las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y todas se dirigían del
lado de los Mapales.
El templo de Moloch estaba edificado al pie de una
garganta escarpada, en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que
altas murallas que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa
tumba. La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que
azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las sombras
desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de los muros.
Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en
un vasto patio cuadrangular,p. 222 con soportales. En medio se levantaba
una masa arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se
apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie de
rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por una bola.
Ardían fuegos en los cilindros de filigrana,
adheridos a varales llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las
borrascas del viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus
cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a los
Ancianos.
Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges
enormes leones, símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio
cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban
lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; se
frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, y el vapor
de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la agitación, se
cerraronp. 223 las puertas, huyeron todos los sacerdotes y desaparecieron
los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo vestíbulo alrededor del
templo.
Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran
por sus rangos circulares, comprendidas las unas en las otras, el período
saturniano con los años, los años con los meses, los meses con los días,
tocándose al fin con la muralla del santuario.
Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de
cuernos de narval, porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte
al que entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde
del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para demostrar así
que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían cuidado de sus vestidos;
y esta prueba de aflicción impedía que el rasgón se hiciera más grande. Otros
guardaban su barba cerrada en un saquito de piel violeta, colgado de las orejas
por dos cordones. Todos se juntaron, abrazándose,p. 224 pecho con pecho.
Rodeaban a Amílcar y le felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que
volvían a ver a otro hermano.
Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz
encorvada como la de los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más
salientes, su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen
africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en el
fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada en ellas
algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban en los dedos de sus
manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse los navegantes en el balanceo
de su andar, en tanto que los hombres agrícolas olían a lagar, a hierbas secas
y a sudor de mulo. Estos viejos piratas hacían labrar los campos; estos
acaparadores de dinero equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían
esclavos que desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina
religiosa, expertos en estratagemas,p. 225 implacables y ricos. Tenían
aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de llamas,
miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, del tráfico y
del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de violencia y de cierta
brutalidad discreta y convulsiva. La influencia del Dios les ponía sombríos.
Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía
la forma de huevo. Siete puertas, correspondientes a los siete planetas,
describían en la muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando
otra gran cámara entraron en otra sala parecida.
Un candelabro, enteramente cubierto de flores
cinceladas, brillaba en el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba
en un cáliz de diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última
de las gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre. Dos
escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las piedras; era
como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba lentamente encima.p.
226 Más alto que el candelabro y mucho más arriba que el altar, se erguía
Moloch, forrado en hierro, con pecho humano horadado de aberturas. Sus alas
abiertas se desplegaban en la pared, sus manos alargadas llegaban hasta el
suelo; tres piedras negras, incrustadas en un círculo amarillo, representaban
tres pupilas en su frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro,
como para mugir.
En torno de la estancia había asientos de ébano, y
detrás de cada uno de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras,
sostenía una antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de
nácar que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus
paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres ojos
del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche.
Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano,
poniendo encima de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las
manos cruzadas enp. 227 sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía
un río luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies
desnudos.
Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la
espalda, formando cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de
Eschmún, con túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de
lana obscura, y el de Moloch, de púrpura.
Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta,
miró las mechas que ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que
hizo aparecer llamas violáceas en el extremo de los brazos.
Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y
los cien Ancianos, los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron
un himno, repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían
sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron.
Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando
del pecho una estatuita con tres cabezas y azul como elp. 228 zafiro, la
puso delante de él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego
la volvió a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:
—¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame!
¿Vuelves para vernos morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!
Así se vengaban de la limitación a que poco antes
les había obligado el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de
Amílcar, ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más
bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.
Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de
Moloch se levantó.
—Nosotros te preguntamos por qué no volviste a
Cartago.
—¿Qué os importa? —contestó desdeñosamente el
Sufeta.
Redobló la gritería.
—¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra?
Vosotros habéis visto el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis
bárbaros...
—¡Basta, basta!
p. 229Siguió Amílcar en voz baja, para que le
escucharan con más atención.
—¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de
los Baales, hay valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!
Y paseando la grada del altar, con los párpados
medio cerrados, como si buscara a alguno, repitió:
—¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te
defenderán! ¿Pero dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus
hijos, mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la
patria le ha dado!
Los Ancianos se encogían de hombros, como
flagelados por azotes.
—¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o
muerto!
Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al
abandonar al Sufeta habían abandonado a la República. La misma paz romana, por
ventajosa que les pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas.
Aplaudieron algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse
hacia elp. 230 pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los
Sisitas y administradores, triunfaban por el número; los más significados de la
reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro extremo de
la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de color jacinto.
Se había pintado con afeites las úlceras de la
cara; pero el polvo de oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda,
formando placas brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como
vellones. Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento,
envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, porque sus
ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería ver, tenía que
doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y odiosa, dijo:
—¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos
sido vencidos. Cada cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!
—Dinos más bien —contestó sonriendo Amílcar— de qué
modo gobernastep. 231 tus galeras contra la flota romana.
—Me empujaba el viento —respondió Hannón.
—¡Haces como el rinoceronte, que patea en su
estiércol: te obstinas en tu necedad! ¡Cállate!
Y empezaron a recriminarse por la batalla de las
islas Egates. Hannón le acusaba de no haber venido a su encuentro.
—Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que
tomar el lago. ¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen
miedo al mar.
Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con
grandes risotadas, que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.
Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su
enfermedad le sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de
Hecatompila; y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una
muralla en ruinas.
Amílcar replicó:
—Si me hubierais querido tanto comop. 232 a
este, ahora reinaría la alegría en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi
ayuda! ¡Y siempre me rehusasteis el dinero!
—¡Nos hacía falta! —dijeron los jefes de los
Sisitas.
—¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor,
bebíamos orines de mulas y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando
yo quería que cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la
podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!
—¡No podíamos arriesgarlo todo! —respondió
Baat-Baal, dueño de minas de oro en la Getulia Daritiana.
—¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas,
al amparo de las murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar;
cananeos en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban
embajadores a Tolomeo...
—¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto
te han dado para que los defiendas?
—¡Preguntádselo a las llanuras delp.
233 Brucio, a las ruinas de Locres, de Metaponto y de Heraclea! Yo he
incendiado todos sus árboles, he saqueado sus templos y matado hasta a los
nietos de sus nietos...
—¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! —dijo Kapuras
(comerciante muy ilustrado)—. ¿Qué es lo que quieres?
—Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible.
Si el África entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no
sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres
atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los libios que
están en el Oriente se entiendan con los númidas que están en el Occidente, y
los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte...
Un grito de horror se alzó.
—¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os
revolcaréis en el polvo y rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir
a dar vuelta a la muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.
p. 234Los contrarios se daban palmadas en el muslo
derecho para significar su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban
como grandes alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera,
continuaba de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible;
levantaba los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le
pasaban entre los dedos como dardos de oro.
—Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros
campos, vuestros carros, vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os
frotan los pies. Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará
vuestras tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú
caerás, Cartago!
Los cuatro pontífices extendieron las manos para
apartar el anatema. Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar,
magistrado sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no
fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo.
Retrocedieron.
p. 235Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con
el semblante más pálido que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de
sí mismo y con el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que
estaba, todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona
de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de la
bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que se oía el
ruido del mar a lo lejos.
Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus
intereses, sus vidas, estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía
vencer sin el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo,
les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo
reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no quería
formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar de idea; se lo
suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, se sulfuró. El único
traidor era el Gran Consejo,p. 236 porque expirando el contrato de los
soldados con la guerra, quedaban libres terminada esta; exaltó la valentía del
ejército y todas las ventajas que se podrían sacar interesándoles a favor de la
República con donaciones y privilegios.
Entonces Magdasan, antiguo gobernador de
provincias, dijo, revolviendo sus ojos amarillos:
—Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has
vuelto griego, o latino, o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos
hombres? ¡Mueran diez mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!
Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:
—Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios
en todo tiempo.
—Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se
les abandona, como hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que
habían de tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en
medio del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.
p. 237—¡Qué desgracia! —dijo imprudentemente
Kapuras.
—¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo?
—decían otros.
Amílcar respondió:
—¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los
llamasteis a Cartago? Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número,
en medio de vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para
debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus hijos,
sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para ahorraros el dolor
de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque son fuertes, y a mí también
porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido ahora, cuando me besabais las manos y
os conteníais para no mordérmelas.
Si los leones que dormían en el patio hubieran
entrado rugiendo, el clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de
Eschmún se levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:
—Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando
general de las fuerzasp. 238 púnicas contra los mercenarios.
—Rehúso —contestó Amílcar.
—¡Te daremos plena autoridad! —dijeron los jefes de
los Sisitas.
—No.
—Sin limitación de ningún género, sin copartícipes,
con todo el dinero que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta
«zerets» de tierra por cada cadáver enemigo.
—¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.
—¡Tiene miedo!
—Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y
locos.
—¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos
—agregó alguien— y volverse contra nosotros.
Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló:
—¡Quiere hacerse rey!
Entonces todos botaron, derribando los asientos y
las antorchas; lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de
las mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo hacia
adelante, encendidos los ojos y apretados losp. 239 dientes, los desafió
inmóvil bajo el candelabro de oro.
Resultaba que todos, por precaución, habían llevado
armas, lo cual era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se
tranquilizaron, y volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de
humillación. Por vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de
pie. Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o se
los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando Amílcar oyó
estas palabras:
—¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su
hija!
Y una voz más alta, que añadió:
—No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre
los mercenarios.
Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente
a Schahabarim. Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto,
y Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia cara. A
medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de ellos, y en mediop.
240 de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:
—¡Le han visto salir de su habitación!
—¡Una mañana del mes de Tamuz!
—¡Es el ladrón del zaimph!
—¡Un hombre muy hermoso!
—¡Más grande que tú!
Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su
dignidad, su tiara de ocho rangos místicos, que llevaba en medio una concha de
esmeralda, y con las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los
círculos de oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas.
Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se agitaba
como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió una de las
escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; lo cual era
ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su manto agitaba las
luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el fino polvo que levantaban
sus pasos le envolvía como una nube, hastap. 241 el vientre. Se detuvo
entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en sus manos dos puñados de este
polvo, cuya sola vista hacía estremecer de horror a todos los cartagineses, y
dijo:
—¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias!
¡Por los ocho fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los
volcanes! ¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del
mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el
exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de vuestros
abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, los Ciento de
Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y yo, Amílcar Barca,
Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del pueblo, juro ante Moloch, de
cabeza de toro!...
Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo,
con voz más alta, pero más calmosa:
—¡Que ni yo mismo la hablaré!
Entraron los servidores sagradosp. 242 de los
peines de oro, unos con esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la
cortina de jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo
se vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía
continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. Subía el
sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho del dios de
cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, le hizo abrir las fauces
de rojos dientes, con horrible bostezo y dilatar sus enormes narices. La luz
del día le animaba, le daba un aire terrible e impaciente, como si quisiera
saltar afuera para mezclarse con el astro y recorrer juntos las inmensidades.
Las antorchas esparcidas por el suelo seguían
ardiendo, alargándose aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los
Ancianos vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría
el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se oían. Pero
su cólerap. 243 contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de
despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar.
—Mañana por la noche, Barca, en el templo de
Eschmún.
—Iré.
—Te haremos condenar por los ricos.
—Y yo a vosotros por el pueblo.
—Ten cuidado no mueras en la cruz.
—Y vosotros destrozados en las calles.
Así que salieron del patio, recobraron todos la
calma.
A la puerta les esperaban sus cocheros y criados.
La mayor parte se fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó
las riendas; los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia
las piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el buitre
de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal era la
velocidad del vehículo.
El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos,
como pirámides,p. 244 con una mano abierta tallada en medio, como si el
muerto enterrado debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían
luego cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos,
todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de guijarros,
por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales y que se
amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. Pero la mirada
de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres pisos formaban tres
monstruosos cilindros: el primero construido de piedra, el segundo de ladrillos
y el tercero enteramente de cedro, soportando una cúpula de cobre sobre
veinticuatro columnas de enebro, de donde caían, a modo de guirnaldas,
cadenetas de oro entrelazadas. Tan alto edificio dominaba los que se extendían
a la derecha, los almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de
las mujeres se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de
bronce.
Cuando el resonante carro entróp. 245 por la
estrecha puerta, paró en un ancho cobertizo, donde los caballos, trabados,
comían montones de heno.
Acudieron todos los criados, que eran una multitud,
porque por miedo a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo.
Los labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas sujetas a
los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían rojos los brazos,
como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; los pescadores, collares
de coral, y la gente de Megara vestía túnicas blancas o negras, calzón de cuero
y gorros de paja, de fieltro o de tela, según su servicio o la industria que
ejercían.
Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos;
eran los que vivían sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de
noche en las huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que
vegetaba a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que
por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en la oreja;
muchosp. 246 de ellos no habían visto nunca al Sufeta.
Unos hombres, tocados como esfinges y con largos
bastones, se lanzaron sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a
fin de contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera
atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.
Todos estos se echaron boca abajo en el suelo
gritando: «Ojo de Baal, florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados
en la avenida de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra
blanca, se adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.
Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras.
Detrás de ella venían todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas
de las negras formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas
de oro que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas
de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban en soles.
Sobre estasp. 247 vestiduras blancas, amarillas y azules, resplandecían
los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se oía el ruido de las sandalias
juntamente con el de los pies desnudos que hollaban el entarimado de las
gradas, y un eunuco, tan alto que sobresalía sobre los hombros de las mujeres,
sonreía complacido. Así que se calmó la aclamación de los hombres, ellas,
tapándose las caras con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al
aullido de una loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano,
llena de mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira.
El viento levantaba sus velos y los menudos tallos
de papiro se balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno.
Los granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las
ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre la bruma.
Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido
después de habérsele muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se
considerabap. 248 como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses
le enviaron un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de
su esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado contra
Salambó. Esta seguía andando.
Perlas de variados colores colgaban en largas
sartas de sus orejas sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba
rizada simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de oro,
cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones empinados, y su
traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El bermellón de sus labios
hacía resaltar la blancura de los dientes, así como el antimonio de los
párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, hechas con plumas de pájaro, tenían
los tacones muy altos. Salambó estaba extraordinariamente pálida, sin duda a
causa del frío.
Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin
levantar la cabeza, le dijo:
p. 249—¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna!
¡Triunfo, placer, satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste
y mi casa lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu
mirada, ¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas.
Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo
en el que humeaba una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:
—Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por
tu servidora.
Él contestó:
—¡Bendita seas! —y tomó maquinalmente el vaso de
oro que ella le brindaba.
Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que
Salambó, temblorosa, balbució:
—Te han dicho, oh, señor...
—¡Sí, lo sé! —dijo Amílcar en voz baja.
¿Era esto una confesión, o se refería a los
bárbaros? Amílcar añadió algunas palabras vagas sobre los asuntosp.
250 públicos que esperaba arreglar solo.
—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—; ¡no podrás reparar
lo que es irreparable!
Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este
asombro; porque ella no se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía
obsesionada. El hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía
ella, le asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible
iba a acontecer, y exclamó:
—¡Perdón!
Amílcar bajó lentamente la cabeza.
Por más que ella quería culparse, no osaba abrir
los labios, y sin embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada.
Amílcar reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor
concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para leer en
el fondo de su corazón.
Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre
los hombros, intimidada por esta mirada tan persistente.p. 251 Él estaba
seguro ahora de que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la
amenazó con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres,
que se agruparon en torno de ella.
Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le
siguieron. Se abrió la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala
redonda, a la que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos
que llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, con
balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices.
El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando
ruidosamente, pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las
moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la
perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de más
tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de hierro
alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por el mar
Tenebroso; gomasp. 252 del país de los negros desbordaban en sacos de
corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba
insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, sacados
de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, de Trapobana y
de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban al pie de las paredes,
y un olor indefinible se exhalaba de los perfumes, de los cueros, de las
especias y de las plumas de avestruz atadas en grandes manojos en lo alto de la
bóveda. Delante de cada corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical,
se reunían por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.
Amílcar subió al disco de piedra. Todos los
intendentes estaban con los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que
Abdalonim ostentaba orgulloso su mitra puntiaguda.
Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo
piloto de párpados comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como
si llevara con él lap. 253 espuma de las tempestades. Contestó que había
enviado una flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber,
doblando el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas.
Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro
lunas, sin encontrar orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas,
el horizonte resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas
sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes
adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque tenían
turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río de los Escitas,
penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los Estienos, raptado en el
Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido todos los bajeles extranjeros
que navegaban más allá del Cabo Estriava, para que el secreto de las rutas no
fuera conocido. El rey Tolomeo acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El
Atia, Córcega y las demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba
la voz para anunciarp. 254 que habían tomado los númidas una trirreme en
Rusicada, «porque están con ellos, amo».
Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que
hablara el Jefe de los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se
envolvía la cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le
caía por detrás sobre la espalda.
Las caravanas habían partido con regularidad en el
equinoccio de invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la
extrema Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas
pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de fatiga o
enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber visto, más allá
del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes y de los monos grandes,
reinos inmensos en los que los más ínfimos utensilios eran de oro; un río color
de leche, ancho como un mar; bosques de árboles azules, de colinas de plantas
aromáticas; monstruos con cara humana vegetaban enp. 255 las rocas y sus
pupilas se secaban como flores. Detrás de los lagos infestados de dragones,
unas montañas de cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con
pavos reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar
calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda
perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana
suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía por ahora
a equipar otras.
Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios
ocupaban la campiña. Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe
de las granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no
obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, roma como
la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; ceñía un cinturón
de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos formidables cuchillos.
No bien se volvió Amílcar a él, gritóp.
256 invocando a todos los Baales. La culpa no era suya, ¡nada podía hacer!
Había observado las temperaturas, los terrenos y las estrellas; hecho las
plantaciones en el solsticio de invierno, las podas de los árboles en el curso
de la luna, inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...
A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el
hombre de los cuchillos siguió diciendo atropelladamente:
—¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres
mil pies de árboles han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en
Ubada y cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores
de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños, quemado la
casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas en el verano. Los
esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron a las montañas; y los
asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes de Taormina y los caballos oringes
fueron todos robados, sin que quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré
a ella —yp. 257 añadía llorando—: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que
estaban los graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos
carneros! ¡Ah, los hermosos toros!
A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:
—¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la
verdad! ¡Quiero saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el
último cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las caravanas,
las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia está turbada, ¡ay de
vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!
Todos los intendentes salieron a reculones y
encorvados hasta el suelo.
Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared
cuerdas con nudos, bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de
señales escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de
madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, de plata
y de cuerno, y empezó diciendo:
—Ciento noventa y dos casas en losp.
258 Mapales, alquiladas a los cartagineses nuevos a razón de un beka por
luna.
—No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás
los nombres de aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son
adictos a la República. ¡Después!
Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad.
Amílcar le arrancó de las manos las bandas de tela.
—¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a
doce kesitath al mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.
El intendente de los intendentes, después de un
largo saludo, añadió:
—Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación,
dos kikar al tres por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos
siclos, con la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las
marismas.
—¡Porque no eran robustos! —dijo riendo el Sufeta—.
No importa: si necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto
interés, según la riqueza de las personas.
p. 259Entonces el servidor se apresuró a leer todo
lo que habían producido las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral,
las fábricas de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados,
la exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las
capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la Diosa.
—¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!
Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus
dedos.
—¡Basta! ¿Qué has pagado?
—A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes
de Alejandría, por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y
doce talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte
nimes de oro al mes por cada trirreme.
—Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?
—Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo.
Respecto a las naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se
han repartido las pérdidas entre los asociados.p. 260 Por cuerdas tomadas
a los arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido
ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica.
—¡Siempre ellos! —dijo Amílcar, pensativo,
quedándose así algún tiempo, como abatido por el peso de todos los odios
concitados contra él—. No veo los gastos de Megara...
Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro
casillero unas tablillas de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.
Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles
domésticos y sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y
Abdalonim se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró al
suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de un condenado.
Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y quedó estupefacto al ver que
el gasto en un solo día llegaba a un exorbitante consumo de carne, pescados,
pájaros, vinos y aromas; más platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos.
p. 261Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del
festín de los bárbaros. No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además,
Salambó quiso que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados.
Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de
un salto; rechinando los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las
franjas con las uñas.
—¡Levántate! —dijo, y salió.
Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta
que cogiendo una barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas.
Saltó un disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de
estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el grano.
—¡Ya lo ves, Ojo de Baal! —dijo el servidor—, ¡no
se lo llevaron todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos
y está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones así,
en los arsenales, en las huertas, en todas partes.p. 262 Tu casa está
repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría.
Amílcar se sonrió:
—Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la
Etruria, del Brucio, de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena.
Es preciso que yo solo posea todo el trigo de Cartago.
No bien llegaron al extremo del corredor,
Abdalonim, con una de las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran
habitación cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de
oro, de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a lo
largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes rimeros de
piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras de sacos más
pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el suelo, y aquí y allá,
alguna demasiado alta, al romperse, daba la impresión de una columna rota.
Las grandes monedas de Cartago, que representaban a
Tanit a caballo, debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias,
marcadas conp. 263 un toro, una estrella, un globo o una luna en
creciente. Luego se veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los
valores, de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas de
Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes que la mano;
botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas cortas de la antigua
Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho o de cardenillo, o ennegrecidas
por el fuego por haber sido cogidas con redes o en los saqueos, entre los
escombros de las poblaciones. Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo
aquel dinero era proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó
en tres jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal
de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra.
Atravesando más corredores y salas, llegaron ante
una puerta guardada por un hombre atado por el vientre a una larga cadena
sujeta a la pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían
crecido extraordinariamentep. 264 su barba y sus uñas, y se balanceaba de
derecha a izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No
bien reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando:
—¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años
hace que no veo el sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!
Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se
presentaron tres hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas,
sacaron de los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una
antorcha y desapareció en las tinieblas.
Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de
la familia; pero no se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a
los ladrones y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada,
y por la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en
forma de cono.
Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio,
sobre un pedestal de granito, se levantaba la estatua de unp. 265 kabiro,
Aletes de nombre, inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban
cruz anchas rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y
por tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes
cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos.
Con la antorcha encendió una lámpara de minero,
fija en el birrete del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes,
amarillas, azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba
llena de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como
lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de las
paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de honda,
carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras caídas de la luna,
tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres clases de rubíes, las
cuatro clases de zafiro y las doce clases de esmeraldas. Todas ellas fulguraban
a modo de salpicaduras de leche, de hielos azules,p. 266 de polvo de
plata, y lanzaban sus destellos en ondas, en rayos y en estrellas. Las
ceraunias, engendradas por el trueno, brillaban junto a las calcedonias, que
curan los peces. Había topacios del monte Zabarca para prevenir los terrores,
ópalos de la Bactriana, que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se
ponen en los lechos para tener sueños.
Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara
se reflejaban en los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los
brazos cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia de
sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un genio
subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su corazón algo de su
eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y los grandes rayos luminosos que
herían su rostro, se le antojaban la extremidad de una red invisible que, a
través de los abismos, le ligaban al centro del mundo.
Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto
detrás del ídolo, fuep. 267 directamente hacia la pared. Entre los
tatuajes de su brazo examinó una línea horizontal con otras dos
perpendiculares, que en cifras cananeas expresaban el número trece. Contó hasta
la decimotercera de las placas de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y
con la mano derecha extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más
complicadas, paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira.
Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró como
una sola pieza.
Disimulaba una especie de cava que contenía cosas
misteriosas, sin nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas;
tomó en un cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro,
y volvió a subir.
Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes
en el pavimento con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y
gritando, al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y
bendiciones.
p. 268En la galería circular a la que afluían todos
los corredores, estaban acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de
algumín, sacos de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de
perlas. A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los
gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los rayos del
sol.
Surgió una nube de vapor.
—¡Empuja la puerta!
Entraron.
Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban
hierbas, agitaban carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban
pequeñas celdas ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que
aquello parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán
y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, redomas de
vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían asfixia, no obstante
los torbellinos del estoraque, que humeaba en un trípode de cobre.
El Jefe de los olores suaves, pálidop.
269 y larguirucho como un cirio de cera, salió a recibir a Amílcar para
aplastar en sus manos un rollo de metopión, en tanto que otros dos hombres le
frotaban los talones con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran
cirineos de costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus
secretos.
Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al
Sufeta, en una cuchara de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó
tres bezares indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno
de bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica;
apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y sin
decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.
Por indignado que estuviera por las falsificaciones
cometidas en perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para
los países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más.
Tras esto preguntó dónde estabanp. 270 tres
cajas de psagas destinadas para su uso.
El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque
habiendo entrado soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.
—¿De modo que los temes más que a mí? —gritó el
Sufeta, y a través del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al
hombrón pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima—. Abdalonim,
antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen bien.
Esta pérdida, menor que las otras, le había
exasperado; porque a pesar de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros,
los tenía siempre en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían
con la vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó bajo
los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de betún, de
madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes de paño, las
reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el granero del silfio.
p. 271Fue a inspeccionar al otro lado de las
huertas, en sus cabañas, a los artesanos domésticos, cuyos productos se
vendían. Los sastres bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban
cojines y cortaban sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros;
chirriaba la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros.
Amílcar les dijo:
—¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán
falta!
Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en
venenos, para que se le cortase una coraza más sólida que las de cobre e
inatacable por el hierro y por la llama.
Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin
de desviar su cólera, procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus
trabajos:
—¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es
demasiado bueno.
Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.
Se desanimó porque grandes árboles, enteramente
calcinados, como en un bosque donde han acampado pastores,p.
272 estorbaban el camino; las empalizadas estaban rotas, se perdía el agua
de las acequias y entre linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de
monos.
Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y
flores podridas formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los
criados lo habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.
A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre
y una prueba de aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes
de púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante sí, a
tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase humillado por
haberlos defendido; era un engaño, una traición, y como no podía vengarse ni de
los soldados, ni de los Ancianos, ni de Salambó, ni de nadie, y su cólera
necesitaba víctimas, mandó a las minas a todos los esclavos de las huertas.
Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a
los parques; perop. 273 Amílcar tomó el camino del molino, en donde se
dejaba oír una melopea lúgubre.
En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es
decir, dos conos de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual
giraba sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los brazos
empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como animales. El roce
de las barras había formado alrededor de sus sobacos costras purulentas, como
se observa en el crucero de los asnos, y el andrajo negro y deshilachado que
apenas cubría sus riñones colgaba de sus piernas como una larga cola. Los ojos
estaban rojos, sonaban los hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a
un tiempo. Tenían en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que
les impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus manos
para que no la pudieran coger.
A la entrada del amo las barras de madera sonaron
con más fuerza. Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeronp. 274 sobre
las rodillas; los demás siguieron, pasándoles por encima.
Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos,
y compareció este personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido;
porque su túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos
colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus piernas,
subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una serpiente enroscada
a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas, llevaba un collar de granos de
piedras negras para conocer los hombres sujetos al mal sagrado.
Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los
bozales. Entonces, todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre
la harina, devorándola con la cara metida en el montón.
—¡Los tienes extenuados! —dijo el Sufeta.
Giddenem alegó que esto era necesario para
domarlos.
—No valía la pena de enviarte ap.
275 Siracusa, a la escuela de los esclavos. ¡Haz venir a los demás!
Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores,
porteadores de literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se
alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio hasta el
parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos contenían el
aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de las catacumbas.
Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento.
—¿Qué haré de estos viejos? —dijo—. Véndelos. Hay
demasiados galos: son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos.
Cómprame capadocios, asiáticos y negros.
Quedó extrañado del poco número de niños.
—Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos
nacimientos. Dejarás de noche todas las habitaciones abiertas para que se
junten con libertad.
Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos
y los amotinadores. Dictó castigos, con reproches a Giddenem;p. 276 y
este, como un toro, bajaba la cabeza frunciendo las cejas.
—Mira, Ojo de Baal —dijo, señalando a un libio
robusto—, a este le han sorprendido con una cuerda al cuello.
—¡Ah! ¿Quieres morir? —preguntó desdeñosamente el
Sufeta.
Y el esclavo, con voz intrépida:
—¡Sí! —contestó.
Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario,
Amílcar dijo a los criados:
—¡Lleváoslo!
Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como
una desgracia que se infligía para prevenir otras más terribles.
Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de
los otros; Amílcar los vio.
—¿Quién te ha cortado el brazo?
—Los soldados, Ojo de Baal.
A un samnita, que vacilaba como una garza herida:
—Y a ti, ¿quién te ha hecho esto?
Fue el gobernador, que le había roto una pierna con
una barra de hierro.
p. 277Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y
arrancando de manos de Giddenem el collar de piedras, dijo:
—¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño!
¡Estropeas esclavos, bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo
ahoguen en el estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado
como a los soldados?
Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas
las mujeres. Los esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos;
Giddenem besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía
levantados los brazos sobre él.
Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte
de las batallas, recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había
apartado; y a la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía
de un golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos
habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos le
engañaban; se contenía demasiado tiempo.
—¡Que los traigan! —gritó—. ¡Quep. 278 los
señalen en la frente con hierro encendido, como a los cobardes!
Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín
grilletes, argollas, cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos
que apretaban las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados
con garfios de cobre.
Los condenados fueron puestos de cara al sol, del
lado de Moloch devorador, echados en tierra en posición supina, y los que
habían de ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones:
uno que daba los azotes y otro que los iba contando.
Silbaban las correas, arrancando la corteza de los
árboles. La sangre mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se
retorcía un cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados,
se arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera,
resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del lado de las
cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas, unos hombres con
soplillosp. 279 avivaban los carbones, y apestaba el olor a carne quemada.
Desfallecían los flagelados; pero sujetos por los brazos, doblaban la cabeza,
cerrando los ojos. Los espectadores gritaban asustados; los leones, acordándose
tal vez del festín, se desperezaban bostezando, al borde de los fosos.
Viose entonces a Salambó en la plataforma de la
terraza, corriendo asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que
levantaba los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de
horror, se perdió en el parque de los leones.
Estos animales constituían el orgullo de las
grandes casas púnicas. Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las
guerras, y eran venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más
fuertes de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim el
juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados, quedando
únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos de su comida.
Conocieron a Amílcar y se le acercaron.p.
280 Uno tenía las orejas horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida
en la pierna; el tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como
personas; y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las
corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado.
Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre
Abdalonim.
—¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!
Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.
Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas
humaredas subían al cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.
Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le
hubiera tocado un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida
continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo haberse
apaciguado tan pronto.
Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la
ergástula: un caserónp. 281 de piedra negra rodeado de un foso cuadrado,
con un camino alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas.
Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda,
la noche. «No corre prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le
gritaron: «Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron.
El viento agitaba la puerta abierta; entraba el
crepúsculo por los estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas
en las paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.
Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron
apoyarse con una mano en la pared para no caer.
El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar
levantó la cabeza, y cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de
nopales.
A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el
templo de Eschmún, dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de
las fuerzas púnicas contra los bárbaros!»
p. 283
VIII
LA BATALLA DEL MACAR
Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos
veinte y tres mil kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre
los ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo que
era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a los
colegios de los sacerdotes a que dieran dinero.
Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de
todas las armas. A los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los
bienes, y para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta
armaduras y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del
Marfil.
Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil
montañeses acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis
meses, a razón de quince minas diarias.
p. 284Le hacía falta un ejército; pero no aceptó,
como Hannón, a todos los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de
ocupaciones sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime;
admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de los
bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses nuevos el
derecho completo de ciudadanía.
Su primer cuidado fue la reforma de la Legión.
Estos arrogantes jóvenes, considerados como la majestad militar de la
República, se gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a
todos rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de
Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus familias
venían a verles y les compadecían.
Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más
fuertes. Fijó el número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban
en el templo de Moloch trescientos pilums romanos,p. 285 los tomó, a pesar
de las reclamaciones del Pontífice.
Con los que habían vuelto de Útica y otros de
particulares organizó una falange de setenta y dos elefantes, que hizo
formidables. Armó a sus conductores con un martillo y un escoplo para que
rompieran el cráneo a estos animales en caso de que huyeran.
No consintió que sus generales fueran nombrados por
el Gran Consejo. Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no
les hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la
violencia de su genio.
Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de
la hacienda; y con el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus
cuentas al Sufeta Hannón.
Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener
piedras derribó las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La
diferencia de fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo
separados los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patriciosp.
286 vieron irritados la destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin
darse cuenta, se regocijaba sin saber por qué.
Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por
las calles, y a cada momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros
pasaban escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de
mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor; el alma
de Amílcar llenaba la República.
Dividió sus soldados en números pares, cuidando de
poner a lo largo de las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que
lo era menos, para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y empujado
a la vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y los mejores
cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de cuatro mil noventa
y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y que manejaban picas de
fresno de catorce codos de largo.
Dos mil hombres iban armados conp. 287 un
puñal, reforzados con ochocientos jóvenes más, con escudo redondo y espada a la
romana.
La caballería pesada estaba compuesta de mil
novecientos guardias que quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce
bermejo, como los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos
arqueros a caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel de
comadreja, hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos negros del
arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, que debían correr al
lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo estaba dispuesto y, sin
embargo, Amílcar no empezaba la campaña.
A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se
perdía en la embocadura del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los
mercenarios? Los ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su casa.
Los temores de los Ricos parecieron justificados
cuando se vio un día a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El
Sufeta les abrióp. 288 las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su
jefe por temor o por fidelidad.
La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los
mercenarios; este hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir
sus promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el abismo
entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables; se habían
olvidado del festín.
Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue
un triunfo para los exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además,
los dos sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una
batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la noticia
de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría:
—¡Al fin! ¡Al fin! —exclamó.
El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió
contra Amílcar. Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más
fácil de concebir, la creía segura; la idea lep. 289 deleitaba. Al mismo
tiempo, estaba dominado por una más alta ternura; devorado por un deseo más
agrio. Se veía en medio de los soldados, llevando en su pica la cabeza del
Sufeta, y después, en el cuarto del lecho de púrpura, apretando a la virgen
entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos, acariciando sus largos cabellos
negros; estos sueños, que sabía eran irrealizables, constituían para él un
suplicio. Se juró a sí mismo, ya que sus camaradas le habían nombrado
schalischim, dirigir la guerra; la certidumbre de que no volvería, le impulsaba
a ser implacable.
Fue a ver a Espendio, y le dijo:
—Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a
Autharita. Estamos perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate!
Espendio quedó estupefacto ante este decreto
autoritario. Matho, por costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los
arrebatos; pero ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una
voluntad soberbiap. 290 fulguraba en sus ojos, como la llama de un
sacrificio.
El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba
una de las tiendas cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en
copas de plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio
con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no quería
partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos días. Narr-Habas,
que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba ahora cerca de él. Apoyó su
opinión y llegó a acusar al libio de querer abandonar la empresa, por exceso de
valor.
—Vete, si tienes miedo —contestó Matho—; nos
prometiste pez, azufre, elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están?
Narr-Habas le recordó que había exterminado las
últimas cohortes de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en
los bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y el
númida, acariciando la pluma de avestruz quep. 291 le caía por la espalda,
giraba los ojos como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho no
sabía qué contestarle.
Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso,
asustado, sangrando los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su
flaco pecho como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto
ininteligible, abría los ojos como si contara una batalla. El rey se echó
afuera y llamó a sus jinetes.
Formaron en el llano un círculo alrededor de él.
Narr-Habas, a caballo, bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó
sus hombres en dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto
imperioso se llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, por el
lado de las montañas.
—¡Señor! —dijo Espendio—: no me gustan estas cosas
extraordinarias; el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va...
—¡Bah! ¿Qué importa? —contestó desdeñosamente
Matho.
p. 292Era una razón más para unirse a Autharita;
pero si se abandonaba el sitio, saldrían los sitiados, los atacarían por
retaguardia, y al frente tendrían a los cartagineses. Después de mucho hablar,
se resolvió lo siguiente, que fue inmediatamente ejecutado:
Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente
del Macar, a tres millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres
enormes, con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de
espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas de las
montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería para señales, y
pastores acostumbrados a otear de lejos.
Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la
montaña de las Aguas Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior,
le cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña le
perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos los
mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería enp. 293 él una
imprudencia, contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según todas
las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a la izquierda
para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al puerto, donde Matho
le esperaría.
Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las
antorchas; iba a Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no
descansaba. Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su
compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de centinelas, al
arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no hablaban de Salambó:
Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una especie de pudor. A menudo iba
del lado de Cartago, para ver de lejos las tropas de Amílcar. Flechaba con sus
ojos el horizonte, se echaba de bruces, y en los latidos de sus arterias creía
oír el rumor de un ejército.
Dijo a Espendio que si antes de tres días no
llegaba Amílcar, iría con todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos
días; Espendio lep. 294 contenía; pero en la mañana del sexto, partió.
No menos que los bárbaros estaban los cartagineses
impacientes por la guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo deseo,
la misma angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a Amílcar. En
ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y al lado del
Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte.
Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio
bajar de la Acrópolis a pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales.
Bien pronto se llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto
de las mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de Kamón. No se
les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las fortificaciones; durante
algunos minutos, la ciudad entera permaneció silenciosa como una inmensa tumba;
los soldados, apoyados en sus lanzas, y los demás, angustiados.
Al ponerse el sol, salió el ejércitop. 295 por
la parte de Occidente; pero en vez de tomar el camino de Túnez o ganar las
montañas en dirección a Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna,
en la que las salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados
en la ribera.
Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era
cada vez más blando y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la
cabeza, y su caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el
fango haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. Vino la
noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; el caudillo les
quitó las armas y las entregó a los criados. El fango se hacía cada vez más
hondo; fue preciso montar en los animales de carga o bien agarrarse a la cola
de los caballos; los robustos ayudaban a los débiles, y la Legión empujaba a la
infantería con la punta de las lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían
extraviado; todos hicieron alto.
Los esclavos del Sufeta siguieronp.
296 adelante para encontrar las balizas plantadas por orden de este, de
distancia en distancia. Gritaban en las tinieblas, y el ejército les seguía de
lejos.
Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó
vagamente una curva blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del
frío, no se encendió fuego.
A media noche se levantaron ráfagas de viento.
Amílcar hizo despertar a los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo
que los capitanes les golpearan en la espalda.
Entró en el agua un hombre de alta estatura, y
aquella no le llegaba a la cintura; señal de que se podía pasar.
El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se
colocaran en el río, cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían
las líneas de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre
la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había observado que
el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el río y formaba en toda su
anchura una calzada natural.
p. 297Este alarde de genio entusiasmó a los
soldados y les infundió una confianza extraordinaria. Querían acometer en
seguida a los bárbaros, pero el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien
salió el sol, los desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes,
detrás la infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange.
Los bárbaros acampados en Útica y en las quince
millas alrededor del puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El
viento, que soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como arrancados
del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se rompían para volver
a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el ejército púnico. Comoquiera
que los cartagineses adornaban con cuernos la punta de los cascos, unos
mercenarios creyeron ver una tropa de bueyes, en tanto que otros, engañados por
el vaivén de los mantos, pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de
sabio atribuyera despreciativamente todo estop. 298 a una ilusión de
espejismo. Sin embargo, algo enorme continuaba avanzando. Pequeños vapores,
sutiles como alientos, corrían sobre la superficie del desierto; el sol, ahora
más alto, brillaba con más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar entre la
profundidad del cielo y los objetos, hacía la distancia incalculable. La
inmensa llanura se desplegaba por todos lados, hasta perderse de vista, y las
ondulaciones del terreno, casi insensibles, se prolongaban hasta el extremo
horizonte, cerrado por la gran línea azul del mar. Los dos ejércitos, fuera de
sus tiendas, se miraban; la gente de Útica, para ver mejor, se amontonaba en
los baluartes.
Al fin, se vieron muchas barras transversales
erizadas de puntas, que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros
que se balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes.
—¡Los cartagineses! —exclamaron los bárbaros.
Y los soldados de Útica y los del puente salieron
en montón, a la desordenada,p. 299 para caer juntos sobre Amílcar.
Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar!
¡Amílcar!» Matho no estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La
sorpresa, el miedo al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución
inmediata, le desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado,
muerto. Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra
sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que
Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón, apretó sus
grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió hacia su tropa, que
se unía a la de Útica.
Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta
celeridad, que el Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los
elefantes se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de
avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa.
En el fondo de los claros que dejabanp. 300 se
veían las cohortes de los vélites; más lejos, los grandes cascos de los
clinabaros, con hierros que brillaban al sol, y corazas, penachos y banderas
desplegadas. Pero el ejército cartaginés, compuesto de once mil trescientos
noventa y seis hombres, parecía ser inferior a este número porque formaba un
largo cuadrado, estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo.
Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más
numerosos, sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría
allí? No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes
avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la habían
comprendido y la estaban ejecutando.
Desplegáronse en una gran línea recta, que
desbordaba las alas del ejército púnico, a fin de envolverlo completamente.
Pero cuando estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar,
retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los siguieron;
aumentó lap. 301 sorpresa de los mercenarios el ver que todos los demás
hacían lo mismo. Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba formidable
estalló en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de su dromedario, gritaba:
—¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante!
Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de
honda. Los elefantes con la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa;
les envolvía una gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron.
Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran
ruido de pasos, dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con
furia. Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y de
tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron cohortes de
infantería y jinetes al galope con otros peones a la grupa.
En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que
rompiera sus secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos
intervalos, parap. 302 que cubrieran prontamente los flancos; calculó tan
bien la distancia de los bárbaros, que en el momento en que estos llegaban
allí, el ejército cartaginés formaba en masa una gran línea recta.
En medio se erizaba la falange compuesta de
sintagmas o cuadrados, con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas
aparecían entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las
seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio, y las diez
hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus compañeros, se ponían
delante. Las viseras de los cascos ocultaban a medias las caras; las grebas de
bronce cubrían todas las piernas derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban
hasta las rodillas; y esta horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo
bloque, viva como un animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos
cohortes de elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas
pegadas a su negra piel. Los indios, agazapadosp. 303 entre los montones
de blancas plumas de avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las
torres, otros hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados con
grandes arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas. A derecha e
izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con una honda ceñida a los
riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la mano derecha. Venían luego los
clinabaros, cada cual con un negro que les alargaba las lanzas entre las orejas
de los caballos enteramente cubiertos de oro como los jinetes. A continuación
se espaciaban soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y
jabalinas en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos
caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de
combatientes.
A la inversa, el ejército de los bárbaros no había
podido conservar su alineación. En todo su enorme frente se habían formado
ondulaciones y vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera.
p. 304La falange se puso en marcha pesadamente,
blandiendo todos las picas; bajo este enorme peso, la línea de los mercenarios
cedió pronto por el centro.
Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para
envolverlos, guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la
falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las alas, a tiros
de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange. Para desprenderse de
esta, faltaba la caballería; a excepción de doscientos númidas que arremetieron
contra los clinabaros, los demás se encontraron cercados y no podían salir de
sus líneas. Inminente era el peligro; urgente una resolución.
Espendio mandó atacar la falange simultáneamente
por los dos flancos, a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas,
replegándose sobre las más largas, se volvieron juntas contra los bárbaros,
mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían los bárbaros con su
hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; en tanto que la falange púnica,
apoyadap. 305 por los elefantes, se apretaba o se ensanchaba, o maniobraba
en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio o en pirámide, de frente, a retaguardia,
se producía continuamente un movimiento interior, porque los que estaban detrás
de las filas corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se
replegaban atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era
imposible avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas
con escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como
espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes, que
luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa. Las lanzas se
bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una agitación de espadas
desnudas, tan precipitada, que solo se veían las puntas; haces de caballería,
ensanchándose en círculos, y que volvían a cerrarse, moviendo torbellinos a su
alrededor.
Dominando las voces de mando, sonaban en el aire
los bélicos clarinesp. 306 y el son de las liras, y las balas de plomo o
de arcilla de las hondas, silbando y haciendo saltar las espadas de las manos y
los sesos de los cráneos. Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su
escudo, tendían la espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de
sangre, se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud era tan
compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era imposible ver
nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera eran oídos. Cuando las
manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a cuerpo; los pechos chocaban con las
corazas y los cadáveres caían hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una
compañía de sesenta umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica
delante de los ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a
retroceder dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón
izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos, volteando
sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron porp. 307 el
llano. Los honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban sorprendidos. La
falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían desolados, los cabos de fila
empujaban a los soldados; los bárbaros, rehechos, volvían a la carga, y la
victoria iba a ser suya.
Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos
de dolor y de rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en
doble línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en
montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal fuego, que
la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos. Las trompas,
pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como rojas serpientes; sus
pechos estaban armados de un venablo, el lomo con una coraza, los colmillos prolongados
con láminas de hierro encorvadas como sables, y, para volverlos más feroces, se
les había embriagado con una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían
sus collares de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductoresp.
308 bajaban la cabeza ante la lluvia de las faláricas que venía de lo alto
de las torres.
Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros
se abalanzaron en masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente
en medio. Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de un
navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del suelo,
entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las torres; con los
colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire, colgando racimos de
entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de cuerdas en los mástiles.
Los bárbaros intentaban reventarles los ojos o desjarretarlos; otros,
metiéndose bajo los vientres, les hundían la espada hasta la empuñadura y
morían aplastados. Los más intrépidos se colgaban a las correas, y entre llamas
o bajo la lluvia de dardos y hondas, no dejaban de cortar cueros para que la
torre de mimbre cayera como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que
estaban en lap. 309 extrema derecha, furiosos por sus heridas, se
volvieron a la segunda línea; los indios, con su martillo y clavija, les dieron
la puntilla a fuerza de puños.
Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas
encima de otras. Fue como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de
armaduras, un elefante monstruoso, que se llamaba el Furor de Baal,
cogido por la pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una
flecha en el ojo.
Sin embargo, los demás, como conquistadores que se
complacen en el exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose
en los muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los manípulos
apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies de atrás con un
movimiento continuo de rotación siempre avanzando. Los cartagineses sintieron
aumentar su vigor, y la batalla volvió a empezar.
Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron
sus armas, y el espantop. 310 se apoderó de los demás. Se vio a Espendio
huir colgado de su dromedario, azuzándolo con dos jabalinas. Todos, entonces,
se precipitaron para entrar en Útica.
Los clinabaros, con los caballos cansados, no
pudieron detenerlos. Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les
llevara al río; pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que
habían sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba; ya
se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció Amílcar.
Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado,
bañado en sudor. Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento
y tenía su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su
pica de tres puntas, se detuvo el ejército.
Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo
al otro, y partieron a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad.
La falange exterminó a placer el resto de los
bárbaros. Cuando llegabanp. 311 bajo las espadas, las víctimas alargaban
el cuello, cerrando los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se
les abrumaba de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado
que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a regañadientes,
por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como tenían mucho calor,
operaban con los brazos desnudos, a manera de segadores; y cuando se interrumpían
para tomar aliento, seguían con la mirada a un jinete que galopaba tras un
soldado huyendo. Conseguía cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y
concluía por derribarle de un hachazo.
Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían
desaparecido. Los elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las
torres incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y
no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río,
engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar.
p. 312Dos horas después llegó Matho. A la luz de
las estrellas vio largos montones desiguales tendidos en tierra.
Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos
estaban muertos; llamó a voces y nadie le contestó.
Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con
sus soldados, en dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir
de Útica, y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos
se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del puente
aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el camino más
corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron por el llano, no
encontró a ninguno.
A su frente, se levantaban en la sombra masas
piramidales, y del lado del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces
inmóviles. Era que los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para
engañar a los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra
orilla.
Matho, avanzando siempre, creyóp. 313 ver
enseñas púnicas, porque las cabezas de caballo que no se movían aparecían en el
aire, fijas en astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran
rumor, un ruido de canciones y de copas que chocaban.
No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a
Espendio, lleno de angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa
por el mismo camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó
la ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas, así
como esqueletos de gigantes junto a las murallas.
Todo reposaba en silencio y en abandono
extraordinarios. Entre sus soldados, al borde de las tiendas, hombres casi
desnudos dormían de espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza.
Algunos llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la
cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo de los
caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o bien mirabanp.
314 el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz.
Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de
tela puesto sobre dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja.
Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin,
Matho murmuró:
—¡Vencidos!
Espendio contestó con voz sombría:
—¡Sí; vencidos!
Y a todas las preguntas respondía con gestos
desesperados.
Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho
entreabrió la tela, y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre
en el mismo lugar, y dijo:
—¡Miserable!, otra vez...
Espendio le interrumpió:
—¡Tampoco tú estabas!
—¡Es una maldición! —exclamó Matho—. ¡Pero yo le
esperaré, le venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!...
La idea de no haberse encontrado en la batalla lo
desesperaba más quep. 315 la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el
suelo.
—Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses?
El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía
estar viéndolas, y se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al
puente, debió ir a atacar a Amílcar por retaguardia.
—¡Lo sé! —dijo Espendio.
—Convenía doblar las filas, no comprometer los
vélites contra la falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se
podía probar otra vez, nunca huir.
Respondió Espendio:
—Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los
brazos levantados, más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de
las cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se
abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró, y yo
sentí en mi corazón como el frío de una espada.
—¿Habrá elegido tal vez el día? —se decía Matho.
Y se hacían preguntas tratando dep.
316 descubrir qué habría traído al Sufeta en las circunstancias más
desfavorables. Hablando de la situación, para atenuar su falta o animarse a sí
propio, Espendio dijo que aún quedaba esperanza.
—¡Aunque no la haya, no importa! —dijo Matho—; yo
solo continuaré la guerra.
—Y yo también —repuso el griego, muy agitado,
brillantes las pupilas y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal.
—¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no
estoy hecho para las batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la
vista: es una enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame
murallas que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres
estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien, alguna
cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque sea la hija de un
rey, y la traeré, si lo deseas, a tusp. 317 pies con prontitud. Me reprochas
de haber perdido la batalla contra Hannón y, sin embargo, la gané. ¡Confiésalo!
Mi piara de cerdos nos sirvió más que una falange de espartanos.
Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de
tomar el desquite, fue enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios.
—¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al
galo! Más tarde, en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República;
Giscón los volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah!
¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a Cartago; yo
he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de ella. ¡Yo haré más
aún!...; ¡ya verás!
Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba
asombrado. Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde
y terrible.
El griego añadió en tono jovial, castañeteando los
dedos:
p. 318—¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He
trabajado en las canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un
palio de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos más
hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los diestros.
¡Ella cederá!
Y tomando del brazo a Matho:
—Amo, los cartagineses están ahora confiados en su
victoria. Tú tienes un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen.
Ponlos delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil
carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se puede formar
toda una falange. ¡Vamos!
Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado
plan alguno para repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de
bronce que ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió
su espada, gritando:
—Sígueme. ¡Vamos!
p. 319Los exploradores volvieron anunciando que los
cartagineses se habían llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y
que Amílcar había desaparecido con su ejército.
p. 321
IX
EN CAMPAÑA
Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían
en Útica o que se revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus
fuerzas para dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla
derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.
Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión,
separar todas las tribus de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos
aislados o en medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.
En catorce días pacificó la región comprendida
entre Tucaber y Útica, con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del
Occidente. Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo;
Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas. Los
habitantes del campo llegaban cargados dep. 322 víveres, implorando su
protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los
bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios muertos
por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado a los cadáveres;
porque muchos se habían perdido en la huida y se les encontraba muertos en los
olivares y en las viñas.
Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día
de la victoria, envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de
batalla. Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos
atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; los
heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás de ellos, los
empujaban a latigazos.
¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían
muerto seis mil bárbaros y que la guerra había terminado porque los demás no la
proseguirían; se abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la
cara de los dioses Pateques en acción de gracias,p. 323 los cuales, con
sus grandes ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros,
parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los ricos
dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de los tamboriles;
de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes de la Diosa, bajando a
Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las principales esquinas, y en ellos
se prostituían. Se concedieron tierras a los vencedores, se hicieron
holocaustos a Moloch, votaron trescientas coronas de oro para el Sufeta, al que
sus partidarios proponían otorgarle nuevos honores y preeminencias.
Había solicitado este entablar nuevas negociaciones
con Autharita, para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por
los bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el ejército de
Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de raza italiana o
griega; y puesto que la República les ofrecía tantos bárbaros a cambio de tan
pocos cartagineses, pensaron que losp. 324 unos no valían nada y los otros
mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.
En vista de esto, los Ancianos decretaron la
ejecución de los cautivos, aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque
contaba incorporar los mejores a sus tropas y excitar por este medio las
deserciones. Pero el odio pudo más que su prudencia.
Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a
los postes de las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta
las mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos a
flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se bajaba el
arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba vociferando. Los
paralíticos se hacían conducir en sus camillas; muchos, por precaución,
llevaban la comida y allí permanecían hasta la noche; otros pernoctaban en el
lugar. Se habían plantado tiendas y se bebía a discreción. Muchos ganaron
bastante dinero alquilando arcos.
Después se dejaron en pie las crucesp. 325 con
los cadáveres, que parecían sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la
exaltación contagió a la gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario
indiferentes a las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que
esta les proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos,
y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el pueblo
en una misma venganza.
No faltó la sanción de los dioses, porque de todos
los lados del cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con
roncos graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba sobre
sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio Hermeo. A veces se
abría de repente y se alargaba en negras espirales; era un águila que había
entre la bandada y luego se iba; en las azoteas, en las cúpulas, en la punta de
los obeliscos y en los frontis de los templos se posaban avechuchos con restos
humanos en el pico enrojecido.
A causa de la pestilencia, los cartaginesesp.
326 se resignaron a desclavar los cadáveres. Quemáronse algunos de estos;
se echaron otros al mar, y las olas, agitadas por el viento norte, los
depositaron en la playa, en el fondo del golfo, ante el campamento de
Autharita.
Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros,
porque de lo alto de Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños,
montar sus bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.
El plan de los bárbaros era moverse
alternativamente de Aguas Calientes a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta
acercarse a las ciudades tirias; contando además con la posibilidad de volver
sobre Cartago.
En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían
llegar al Sur; Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse
los tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no
esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellosp. 327 cargados de betún,
veinticinco elefantes y seis mil jinetes.
El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros,
juzgó prudente entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había
entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. Con el
dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados númidas,
prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el hijo de su
nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el agua de las
cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta más furioso que los
bárbaros.
Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron
de acuerdo acerca del plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.
Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de
los romanos, y se ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que
era, no se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias
griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron de todos
losp. 328 bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos los días
los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se prohibió a los
centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo en la lanza y dormir
en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó a desprenderse de él; todo
debía ponerse a la espalda, a la usanza romana. Como precaución contra los
elefantes, Matho creó un cuerpo de jinetes catafractos, en que hombre y caballo
desaparecían bajo una coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para
proteger el casco de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.
Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los
habitantes de raza no púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó
distribuir los víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres,
porque los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, muchos
se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de invectivas, porque se
quitaban las mujeres por la comida o lap. 329 promesa de su ración. Matho
mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a refugiarse en el campamento
de Autharita, donde los galos y tirios, a fuerza de ultrajes, las obligaron a
irse.
Al fin acudieron a Cartago, implorando la
protección de Ceres y de Proserpina, porque había en Byrsa un templo con
sacerdotes consagrados a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos
en el sitio de Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos,
reclamaron las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en
matrimonio las rubias espartanas.
Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo
al flanco de las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres,
les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les mostraban
sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los bárbaros; era un
estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, ellas volvían; Matho hizo
que las dieran una carga los lanceros de Narr-Habas, y como los bárbarosp.
330 gritaran que necesitaban mujeres, él les respondió:
—Yo no las tengo.
El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A
pesar de las rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas,
imaginándose obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos,
los llenaba de piedras para volverlos estériles.
Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a
Autharita a que se dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran
incomprensibles. Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los
exploradores creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las
fronteras de Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba,
como para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en
otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, el
Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía
dirigirlos.
Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a
los cartagineses;p. 331 las fuerzas de Amílcar no se renovaban y
disminuían de día en día. La gente del campo le suministraba víveres con más
lentitud; encontraba en todas partes una vacilación, un odio callado; y no
obstante sus ruegos al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.
Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o
quejas inútiles; y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle,
exageraban la importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de
las tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. La
guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los patricios de su
facción le apoyaban con tibieza.
Desesperando de la República, levantó por la fuerza
en las tribus todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña,
animales y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos que
atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se encontraba nada,
y unap. 332 espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.
Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las
cisternas e incendiaba las casas. Las chispas, llevadas por el viento,
incendiaban bosques enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había
que esperar, para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas
calientes.
Algunas veces, en los bordes del camino, veían
brillar en un matorral así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado
sobre los talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el
color del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a los
flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían en la
abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies desnudos.
Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres,
porque los mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda.
No atreviéndose a comprometerse, le respondieronp. 333 con vaguedades,
cumplimientos y excusas.
Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar
en una ciudad tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la
costa, con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, y
se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.
El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de
Hippo-Zarita, con prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en
columna para subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol
bajaban los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando
advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que parecían
correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos, oyéndose un canto
formidable al son de flautas. Era el ejército de Espendio; campanios y griegos,
por odio a Cartago, habían adoptado las divisas de Roma.
Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas
picas, escudos conp. 334 piel de leopardo, corazas de lino y espaldas
desnudas. Eran los iberos de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía
el relincho de los caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la
colina; después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y
nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas inmundas»,
por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.
De esta manera, se habían juntado los bárbaros,
combinando sus marchas con exactitud.
Amílcar había amontonado su gente en masa
orbicular, de modo que ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos
escudos puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la
infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, de
trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados de fatiga;
valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, pasaron la noche
comiendo.
Habían encendido fogatas que deslumbrándolos,p.
335 dejaban en la sombra al ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar
hizo cavar alrededor de su campo, como los romanos, un foso ancho de quince
pasos y de diez codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un
parapeto, en el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol,
quedaron pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en
una fortaleza.
En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se
paseaba dictando órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de
pequeñas escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para
señalar algo con el brazo derecho.
Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando
al son de los clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente,
fortaleciéndoles con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una
especie de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta,
deliraban con la alegría de capturarle.
Sin embargo, si todos atacaban a lap. 336 vez,
se encontrarían en un espacio tan reducido que se expondrían a una derrota. Los
númidas podían lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las
corazas, los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los
elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.
—¡Sois todos unos cobardes! —gritó Matho.
Y seguido de los más valientes, se precipitó contra
el atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta había
recogido en el puente sus catapultas abandonadas.
Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible
de los bárbaros. El exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero
arriesgándose lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición
que tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses ahondaron
pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la colina.
Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas,
tierra, estiércol y piedras, que arrancaban del suelo, enp. 337 tanto que
las seis catapultas rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.
Pero las fuentes podían secarse, agotarse los
víveres e inutilizarse las catapultas; los mercenarios, diez veces más
numerosos, acabarían por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para
ganar tiempo; y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de
carnero, cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los
Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él mantenía su
palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a elección de los
mercenarios; terminando por declarar que no los temía, porque tenía traidores
ganados, gracias a los cuales se adueñaría de los otros pronto y fácilmente.
Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un
botín inmediato les hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un
lazo en la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con
desconfianza.p. 338 Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les
desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban a
capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los
cisalpinos, cuya lengua no comprendían.
Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la
tienda de Matho, y agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían
las figuras de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras.
Espendio explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la
ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La guerra
contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen en ella sin
querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que decía, y aplaudía.
Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén; hallaba funestas todas las
medidas, y ya no se sonreía, sino que lanzaba suspiros, como si rechazara el
dolor de un sueño imposible, la desesperación de una empresa fallida.
p. 339En tanto que los bárbaros, dudosos,
deliberaban, el Sufeta aumentaba sus defensas; hacía cavar un segundo foso,
levantar otra segunda muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus
esclavos iban a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los
elefantes, a los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus
trabas. Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a
los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. Se
comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la tristeza en
los días siguientes.
Del fondo del anfiteatro en que se encontraban
encerrados, veían alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de
los mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a la
cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los centinelas,
se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les proporcionaban víveres
enp. 340 abundancia y suponían lo que asustaba su inacción al ejército
púnico.
En el segundo día observaron los cartagineses en el
campo de los númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás.
Eran los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los libios
los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de ellos, disparaban
azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de los cautivos. Apenas se podía
conocer a estos infelices, a causa del estrago que hizo en ellos la miseria y
la inmundicia. Sus cabellos, arrancados a mechones, mostraban al desnudo las
úlceras de la cabeza, y estaban tan flacos y terribles que parecían momias
envueltas en lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros
gritaban a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la
cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos cargadas
de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su corazón, como un
desquiciamiento de la República, reconocieronp. 341 a Giscón. Por más que
el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le habían puesto una tiara
grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de guijarros. Era una ocurrencia
de Autharita, pero que disgustaba a Matho.
Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas,
resuelto a abrirse paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los
cartagineses unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron
repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó afuera,
tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en la garganta;
retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó la sangre a borbotones,
entre retozos de alegría y sobresaltos que le sacudían hasta los talones. Después,
tranquilamente, se sentó encima del cadáver, levantó la cara, volviendo el
cuello para aspirar mejor el aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el
torrente, y con voz aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de
modulaciones prolongadas, interrumpidap. 342 y alternada como los ecos que
se responden en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al
festín; luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza
y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, sobre
todo.
Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no
pensaron en rendirse, seguros de morir en suplicios.
A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres
disminuían de un modo espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez
kolumer de trigo, tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni
aceite, ni salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía
bajar el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas. A
menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna, un perro de
los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en un montón de inmundicias;
le tiraban una piedra y, ayudándose con las correas del escudo, bajaban a
cogerlo, y luego se lo comían.p. 343 Otras veces se oían terribles
ladridos, y el hombre no subía. En la cuarta diloquia de la duodécima sintagma,
tres falangitas se mataron a cuchilladas, disputándose una rata.
Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres,
sus cabañas en forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una
red colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas cuando,
en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el vago rumor de las
calles, junto con el murmullo de los árboles de sus jardines; y para regodearse
con este recuerdo, entornaban los párpados, que la punzada de una herida volvía
a abrir. A cada minuto, ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los
«Comedores de cosas inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las
manos con hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas.
Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los proyectiles. Los
cartagineses se encerraron, y no se movían.
p. 344Todos los días, el sol que trasponía la
colina los dejaba en la sombra desde muy temprano. Al frente y por detrás,
subían las faldas grises del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un
liquen raro; y sobre sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más
liso y frío a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado
contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir contra
ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el pueblo, ni el
Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. La situación era
intolerable, sobre todo por el convencimiento de que llegaría a ser peor.
Al recibirse la noticia del desastre, Cartago
estalló de cólera y de odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si
se hubiera dejado vencer al principio.
Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban
dinero y tiempo. ¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado
todas las armas.p. 345 Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes
estaban ausentes con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta,
iban por las calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló
para hacerlos desaparecer.
Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a
Barca de haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber
aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? Les había
impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su contribución de
catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y tres mil kikar de oro; los
que no habían dado nada se lamentaban como los demás. La plebe estaba celosa de
los cartagineses nuevos, a los que se había prometido el derecho de ciudadanía
completo; y hasta a los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les
confundía con los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser
un crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los
peonesp. 346 de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los
vendedores de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y
los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones
militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y hasta el
último galopín corregía las faltas de Amílcar.
Según los sacerdotes, era el castigo de su
obstinada impiedad; no había ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas,
había rehusado llevar consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba
la violencia de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se
recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto tiempo
soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber dispuesto de su
tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el Sufeta, fuese crucificado.
Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año,
eran otra calamidad. De las orillas del lago venían hedores insoportables, que
se mezclaban en el aire con la humareda de los aromasp. 347 que se
quemaban en las esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en
oleadas, llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban
cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses Pateques, y
la sangre de los camellos degollados en sacrificio, corriendo a lo largo de los
tramos, formaba rojas cascadas sobre las gradas. Un funesto delirio agitaba a
Cartago. De las calles más estrechas, de las más miserables, salían rostros
pálidos, hombres de cara de víbora y que rechinaban los dientes.
Los clamores de las mujeres llenaban las casas y
hacían volverse a los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía
que llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas
Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban,
confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal. Unos
trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el horizonte; otros,
echados de bruces en los baluartes, aguzaban elp. 348 oído. Pasado el
temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la convicción de su
impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que redoblaba cuando, por las
tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban nueve veces, y con un gran grito
saludaban al sol, que se ponía detrás de la laguna lentamente, hundiéndose de
golpe en las montañas, del lado de los bárbaros.
Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que
un águila, saliendo de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la
resurrección del año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un
modo de unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a
Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía
despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las aguas, había
desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para ultrajarla, la tiraban
piedras; pero insultándola, en el fondo, se la deseaba y quería más.
Todas las calamidades venían, pues,p. 349 por
la pérdida del zaimph. Salambó había, indirectamente, contribuido a ello; se la
incluía en el mismo odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el
pueblo la vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba,
sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, joven, virgen,
de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos los días, unos hombres
desconocidos invadían los jardines de Megara; los esclavos, temiendo por ellos
mismos, no se atrevían a oponérseles. Aquellos no pasaban de la escalera de las
galeras, sino que se quedaban abajo, mirando a la última terraza: esperaban a
Salambó; y durante horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a
la luna.
p. 351
X
LA SERPIENTE
Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de
Amílcar.
Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su
gran serpiente, la pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los
cartagineses, un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo
de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies para
recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su temperatura,
las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad, y el círculo que
describe al morderse la cola, el conjunto de los planetas, la inteligencia de
Eschmún.
La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces
los cuatro gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su
hermosa piel, tachonada, como el firmamento,p. 352 de manchas de oro en
fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado ancha para
su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho algodonoso, y en el
ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños puntos rojos. De vez en cuando,
Salambó se acercaba a su canastilla de hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura,
las hojas de loto, el colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más
inmóvil que liana seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su
corazón como una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la
garganta y la estrangulaba.
Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y,
sin embargo, experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se
desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía a los
dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó, horrorizándose a sí
misma, sentía no haberlo quitado.
Casi siempre estaba agachada en el fondo de su
habitación, con las manosp. 353 en la pierna izquierda, replegada;
entreabierta la boca, y pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara
de su padre; quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de
Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la
asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba lo que
era de Amílcar.
Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y
arrastrando sus pequeñas sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba,
se paseaba por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del
artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó volvía la
cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas suspendidas; se
abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía en quemar cinamomo en perlas
ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach retiraba las bandas de fieltro negro que
tapaban las aberturas de la pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las
de Tanit, entraban de golpe, pisando con sus rojos pies las losasp. 354 de
vidrio, entre granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un
sembrador en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el
gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma palabra,
pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de los monos en los
palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través de los pisos, enviaba un
raudal de agua pura a la pila de pórfido.
No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños,
turbios astros que pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este
se presentaba, ella no tenía nada que decirle.
No podía vivir sin el consuelo de ver al gran
sacerdote, pero se sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él,
a un tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a la
singular voluptuosidad que experimentaba a su lado.
Había adivinado en el sacerdote la influencia de la
Rabbet, por su granp. 355 habilidad en distinguir los dioses que enviaban
las enfermedades. Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su
aposento con lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza
apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los pontífices;
empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven en el septentrión
para espantar los genios funestos; y, volviéndose hacia la estrella polar,
murmuraba tres veces el nombre misterioso de Tanit; pero Salambó sufría
siempre, y aumentaban sus angustias.
Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su
juventud, estudió en el colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia;
visitó luego la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos
de los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas del
Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un velo y agitando
antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera de sandaraca, ante elp.
356 pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a las cavernas de Proserpina,
había visto girar las quinientas columnas del laberinto de Lemnos y
resplandecer el candelabro de Tarento, que llevaba tantas lámparas como días
tiene el año; algunas noches recibía a los griegos para interrogarles. No le
inquietaba tanto la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en
las armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios;
acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el cielo
calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento una religión
particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de vértigos y de
ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la creía redonda, rodando
eternamente en la inmensidad, con velocidad tan prodigiosa, que no se advertía
su movimiento.
Por la posición del sol encima de la luna, deducía
el predominio de Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo
que veía enp. 357 la tierra le forzaba a reconocer como supremo un
principio macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio
de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los címbalos,
le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su futura virilidad. Desde
entonces, seguía con vista melancólica a los hombres que se solazaban con las
sacerdotisas en el fondo de las tinieblas.
Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los
vasos de oro, las pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las
túnicas de las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para
rizar los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la viña
de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de las puertas del
santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de rodillas en las mismas
losas, en tanto que a su alrededor circulaba por los corredores una turba de
sacerdotes con los pies desnudos, envueltos en un eterno crepúsculo.
p. 358En la aridez de su vida, Salambó era como una
flor en la hendidura de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la
ahorraba penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos
como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el verla
tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba en seguir su
pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más abandonado, más
solo, más vacío.
Algunas veces se le escapaban palabras extrañas,
que parecían a Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre
todo, cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se
explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las
tinieblas.
El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría
de las almas que bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos
del zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la generación
humana,p. 359 y en Capricornio la de la vuelta a los dioses; Salambó se
esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por realidades; aceptaba
como verdaderos en sí mismos los que eran puros símbolos, y hasta las maneras
del lenguaje obscuro del sacerdote.
—Las almas de los muertos —decía este— se resuelven
en la luna, como los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad;
es un lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades.
Salambó preguntaba lo que sería de ella.
—Al principio languidecerás, liviana como un vapor
que flota sobre las olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al
hogar del sol, la fuente misma de la inteligencia.
Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que
era por pudor de la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que
designaba la luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por
fin él exclamó:
—¡No, no! Ella toma del sol todap. 360 su
fecundidad. ¿No la ves moverse a su alrededor como mujer amante que corre tras
un hombre en el campo?
Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz.
Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba,
por el contrario, y hasta él mismo parecía participar de la alegría de
desconsolarla con revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de
las penas de su amor, se sentía arrobada.
No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim
de Tanit, más quería creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento.
Le faltaba alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza
de obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez su
patria y su creencia.
Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y
las desgracias que se producían hasta en las regiones celestes. Luego, de
repente, le anunció el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que
mandaba Matho; porque Matho, para los cartagineses, era ap. 361 causa del
velo, como el rey de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República
y de su padre dependía solo de ella.
—¿De mí? —exclamó Salambó—. ¿Cómo puedo yo?...
—¡No consentirás nunca! —repuso el sacerdote, con
una sonrisa de desdén—. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el
zaimph!
Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando
con los brazos extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una
víctima al pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos,
veía girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una cosa:
la de que seguramente iba a morir pronto.
Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era
devuelto y Cartago salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba
Schahabarim. Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir.
Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por
la noche la hizo llamar.
Para inflamar mejor su corazón lap. 362 enteró
de todas las invectivas que se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo;
añadiendo que ella había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la
Rabbetna ordenaba el sacrificio.
Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado
clamor que atravesaba los Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y
desde lo alto de la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón,
gritando que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo
inútil este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas. Al
cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch o por un vago
deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de los bosques de los templos,
y encendiéndolos en las antorchas de los Kabiros, los llevaban por las calles,
cantando. Estas llamas monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban
con su luz las bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de
los colosos, los espolonesp. 363 de las naves, rebasaban las azoteas y
formaban como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió
la puerta de Malqua.
—¿Estás pronta? —preguntó Schahabarim—, ¿o bien
ordenaste digan a tu padre que le has abandonado?
Salambó se tapó la cara con los velos, y las
grandes luminarias se alejaron poco a poco por el borde de las aguas.
Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a
Moloch, miedo a Matho. Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del
zaimph, dominaba la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los
mismos fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de
los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella debía
vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su pensamiento y
ambos a dos la perseguían.
Quiso conocer su porvenir y se acercó a la
serpiente; porque se sacaban los augurios por la actitud de las serpientes.p.
364 Pero la canastilla estaba vacía. Salambó se turbó.
La encontró enroscada por la cola en uno de los
balaustres de plata, cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de
la vieja piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba
como espada sacada a medias de la vaina.
En los siguientes días, a medida que Salambó se
dejaba convencer y estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba,
engordaba y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice
era el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó qué
era necesario hacer para que Matho devolviera el velo.
—¡Reclamarlo! —contestó Schahabarim.
—¿Y si él rehúsa?
El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que
ella no había visto nunca en él.
—Sí; ¿qué hacer? —repitió la joven.
Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las
puntas de las tocas quep. 365 caían de su tiara, con los ojos bajos e
inmóvil. Al fin, viendo que ella no comprendía, dijo:
—Estarás sola con él.
—¿Después?
—Sola en su tienda.
—¿Y entonces?
Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una
frase, un rodeo.
—¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas,
no te asustes! Serás humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del
cielo.
—Pero, ¿y el velo?
—¡Los dioses te inspirarán! —repuso Schahabarim.
Salambó dijo:
—¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras!
—¡No!
La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda
alzada y la derecha extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit.
Con imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que el
pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida.
p. 366Le indicó todas las purificaciones y ayunos
que debía hacer y el modo de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un
hombre, conocedor del camino.
Salambó se sintió como libertada. No pensó más que
en la dicha de volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus
exhortaciones.
Era el tiempo en que las palomas de Cartago
emigraban a Sicilia, en la montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus.
Antes de su partida, durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse,
y, por fin, volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube
blanca hendía el cielo, muy alta, por encima del mar.
El horizonte se teñía de color de sangre. Las
palomas parecían bajar a las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y
caídas por sí mismas en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó
la cabeza, y Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura:
p. 367—¡Ama, ellas volverán!
—Sí; lo sé.
—¡Y tú las volverás a ver!
—¡Quién sabe! —contestó Salambó suspirando.
No había confiado a nadie su resolución. Para
realizarla más discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de
Kinvido (en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían
falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La vieja
esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a preguntar nada;
llegó el día fijado por Schahabarim para la partida.
A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los
sicomoros un ciego viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba
delante de él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara
de madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente
apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se preparaba.
p. 368Taanach encendió en los ángulos de la
habitación cuatro trípodes llenos de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes
tapices babilonios, que tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque
Salambó no quería ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos
estaba agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de
caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas se
alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del golfo, las
faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas ondulaban
indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se oía ningún ruido;
una postración indefinible flotaba en el aire.
Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una
grada de ónice; levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó
sus abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.
Taanach le trajo en una redoma de alabastro un
líquido, casi coagulado; era la sangre de un perro negro, degolladop.
369 por mujeres estériles en una noche de invierno, en los escombros de
una sepultura. Con ella se frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano
derecha, que le quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta.
Salió la luna, y en este instante, la cítara y la
flauta tocaron al unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los
brazaletes y el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos
minutos, los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus
ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas, furiosas,
siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la flauta, y Taanach
marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en tanto que Salambó, balanceando
el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le iban cayendo una a una todas sus
vestiduras.
Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la
cuerda que la sostenía asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como
gota de aguap. 370 que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas
esparcidas y luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta,
asaetando a Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos.
El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven;
pero acordándose de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se
aplanó, y dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como
un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a las
caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola después por las
mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de la serpiente, y con los
ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de la luna. La argentada luz parecía
envolverla en una niebla de plata; la huella de sus pasos húmedos brillaba en
el pavimento; palpitaban las estrellas en la profundidad del agua, y la
serpiente apretaba a Salambó con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la
joven con este peso excesivo, doblaba los riñones,p. 371 se sentía morir,
en tanto que la pitón le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola.
Al fin cesó la música y la serpiente se desenroscó y cayó.
Encendió Taanach dos candelabros con luces
encerradas en bolas de cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de
las manos de la virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde
de sus párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y
patas de moscas aplastadas.
Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba
hacer a la esclava. Pero estos toques, no menos que el olor de los perfumes y
los ayunos que había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava
cesó en sus operaciones.
—¡Sigue! —dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para
animarse. Y llena de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa.
—¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando
—repuso la esclava en tono de reproche.
p. 372—Sí —contestó Salambó—; alguien me espera.
Retrocedió sorprendida la esclava.
—Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho
tiempo... ¡Tú sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras
pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los pezones de
mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! —y se golpeaba los pechos secos—. Ahora soy
vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me ocultas tus penas; desdeñas a tu
nodriza.
Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus
mejillas cortadas por los tatuajes.
—¡No —dijo Salambó—; no, sigo queriéndote;
consuélate!
Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un
mono viejo, prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se
vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un tiempo
exquisito e ingenuo.
Encima de una primera túnica, delgada y de color de
fresa, la esclava le puso otra bordada de plumas de pájaro.p. 373 Colgaban
de la cintura escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran
estrellas de plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas
verdes, hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura, con
el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre todas estas
vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a los talones. Al concluir
la tarea, la esclava contempló a su ama, y orgullosa de su obra, no pudo menos
de decir:
—¡No estarás más hermosa el día de tu boda!
—¿Mi boda? —repitió Salambó, pensativa, con el codo
apoyado en la silla de marfil.
Taanach la puso delante un espejo de cobre tan
ancho y tan alto, que Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando
gesto se arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído.
Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro,
encrespada en la frente, y colgando por la espalda, sus largosp.
374 tirabuzones terminados en perlas. Las luces del candelabro avivaban el
afeite de sus mejillas, el oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba
alrededor del talle, en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras
preciosas, que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó,
de pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este
deslumbramiento de su hermosura.
Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo
emplear el tiempo que faltaba para la partida.
De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó
prendió a sus cabellos un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se
calzó unos botines de cuero azul y dijo a Taanach:
—Mira si debajo de los mirtos está un hombre con
dos caballos.
Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la
escalera.
—¡Ama! —exclamó la nodriza.
Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca,
la ordenó discreción.
Taanach anduvo a lo largo de las proas de las
galeras hasta el pie de lap. 375 terraza, y de lejos, a la claridad de la
luna, vio en la avenida de los cipreses una sombra gigantesca que iba a la
izquierda de Salambó y en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte.
La esclava subió a la habitación; se echó en el
suelo, se arañó la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos;
pero comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la
cabeza entre las manos y tendida sobre las losas.
p. 377
XI
EN LA TIENDA DE CAMPAÑA
El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más
allá del faro, hacia las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal
Moluya, lleno de callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando,
las vigas de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la
cabeza. Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la
puerta de Teveste.
Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la
pasaron, y en seguida se cerraron tras ellos.
Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la
altura de las Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla
que separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés.
A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar
ni en el campo. Las olas, de color de pizarra, se agitabanp.
378 suavemente, y el viento que empujaba sus espumas las manchaba con
rasgones blancos. A pesar de sus velos, Salambó temblaba por el frío de la
mañana; el movimiento y el aire libre la aturdían. Después se levantó el sol,
que la mordía en la nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos
caballos trotaban juntos, hundiendo los pies en la muda llanura.
Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes,
siguieron a paso más rápido, porque el piso era más firme.
Los campos, por más que era el tiempo de la siembra
y de la labranza, estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían
manchas de trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las
ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes.
A trechos se levantaban en el borde del camino
lienzos de muralla medio calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se
veían restos de vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo,
un ser cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilasp. 379 ardientes,
salía de estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó
y su guía no se detenían.
Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo
de carbón que levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de
tierra amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que
corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba hojas
mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un respingo ante
el cadáver de un hombre tendido en el suelo.
El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era
uno de los servidores del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones
peligrosas. Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a
los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de un zurrón
colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo, envueltas en hojas
de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de correr.
A mitad del día cruzaron el caminop. 380 tres
bárbaros, vestidos con piel de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros,
en grupos de diez, doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras
o alguna vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de
cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, y
miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, algunos
enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El guía de Salambó
contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía que llevaba a un joven
enfermo a curarse a un templo lejano.
Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la
última luz del crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas,
con una vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le
tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.
Una mujer se estaba calentando junto a un montón de
charrascas encendidas, yéndose el humo por los agujerosp. 381 del techo.
Sus blancos cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y
sin decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de
venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses.
El guía registró a derecha e izquierda, y
acercándose a la mujer la pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la
mirada fija en las brasas balbuceaba:
—Los diez dedos están cortados. La boca no come
más.
El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció
animarse la vieja, pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en
la garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo una
ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.
Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió
sobre las mantas de los caballos, tendidas en un rincón de la sala.
Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El
esclavo se le acercóp. 382 callado, y de una sola cuchillada le cortó la
cabeza, y con la sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La
vieja le maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que
llevaba sobre el corazón.
Prosiguieron la marcha.
A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto.
La ruta ondulaba por pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras.
Calentaba el sol la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por
aberturas que iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba
una víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba
envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo manchar
sus hermosos vestidos.
A distancias regulares, se levantaban torres
edificadas por los cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban
en ellas, buscando la sombra, y luego seguían su camino.
La víspera, por prudencia, habían dado un gran
rodeo; pero ahora, no encontraban a nadie; la región era estérilp. 383 y
los bárbaros no habían pasado por ella.
Volvió a verse la devastación: en mitad del campo,
un mosaico, como últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de
lejos parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas casas
estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a lo largo de las
murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas que llenaban las calles.
Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto
de nubes. Subieron durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto
divisaron ante ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro.
Aquí y acullá brillaban placas de oro, que
cambiaban de sitio. Eran las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego
distinguieron en los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas
de los mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.
Salambó hizo un movimiento parap.
384 adelantarse; pero el hombre de Schahabarim la llevó más lejos y
bordearon la terraza que cerraba el campo de los bárbaros. Encontraron una
brecha, y el esclavo desapareció.
En la cima del reducto se paseaba un centinela con
un arco en la mano y la pica a la espalda.
Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se
arrodilló y disparó una flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se
paró ella, gritando, y él la preguntó qué quería.
—Hablar a Matho —contestó ella—. Soy un tránsfuga
de Cartago.
El centinela dio un silbido que se repitió de
distancia en distancia.
Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas,
relinchando.
Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de
ella; pero como la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa
alrededor del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho
contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de la
noche.
Al fin ella le dijo:
p. 385—¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero!
Un recuerdo que no podía precisar atravesó la
memoria del bárbaro. Sentía latir su corazón. Este acento de mando le
intimidaba.
—¡Sígueme! —la dijo.
Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en
el campo de los mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud.
Ardían fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al
iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había gritos y
llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en medio de las
tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de tela; había chozas de
caña y agujeros en la arena, como los que excavan los perros. Los soldados porteaban
faginas, se sentaban en tierra o se envolvían en una manta, disponiéndose a
dormir, y el caballo de Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba
una pierna y daba un salto.
Recordaba ella haberlos ya visto;p. 386 pero
tenían ahora las barbas más largas, sus caras estaban más negras y las voces
eran más broncas. Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del
brazo, que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando
el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él el
verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas estaban
desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, que todos le obedecían.
Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su
tienda estaba en el extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de
Amílcar.
Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le
pareció asomaban caras en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran
cabezas cortadas; pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua
púnica.
Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos
lados de la puerta. Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.
Era una tienda espaciosa, con unp. 387 mástil
en medio. La alumbraba una lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite
amarillo, en el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos
militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un escudo;
látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares se
entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro manchaban una
manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, había un montón de moneda
de cobre, y por entre los rasgones de la tela de la tienda, el viento traía el
polvo de fuera y el olor de los elefantes, a los que se oía comer sacudiendo
sus cadenas.
—¿Quién eres? —preguntó Matho.
Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus
ojos se detuvieron en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había
una cosa azulada y chispeante.
Salambó se adelantó con viveza, dando un grito.
Matho, detrás de ella, se sentía impaciente.
—¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?
p. 388Respondió ella, señalando el zaimph:
—¡Para llevármelo!
Y con la otra mano se arrancó los velos que la
cubrían. Matho retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi
aterrorizado.
Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los
dioses, y mirándole cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con
palabras elocuentes y soberbias.
Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se
confundían para él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor
de su piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los
diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura de las
joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, levantando un
poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía con el pensamiento en
este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo con una placa de esmeraldas,
que se traslucía debajo de una gasa morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas
balanzas de zafiro con una perla huecap. 389 cada una, llena de un perfume
líquido. Por los agujeros de la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre
la espada desnuda, y Matho la miraba caer.
Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que
pone la mano en una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo,
tocó suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió con
resistencia elástica.
Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a
Matho, y fuera de sí mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver,
absorberla, beberla. Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes.
Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente
y se sentó sobre una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel
de león. La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas,
repetía:
—¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa!
Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían
sufrir, y este malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo quep.
390 Salambó se contenía para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se
resignó.
Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de
cuando en cuando, a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de
apartarlas, sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el
perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca, pero que
aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta, a incienso, a
rosas y a otras cosas más.
¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a
discreción suya? ¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el
zaimph? Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino
ensueño.
Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con
voz quejumbrosa:
—¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte?
—¿Tu muerte?
—Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines
que ardían, entre copas humeantes y mis esclavos degollados,p. 391 y tu
cólera era tan fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el
terror se ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades,
el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien los
perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un remordimiento
para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra romana! Las provincias
tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos de cadáveres. Yo he seguido el
rastro de tus devastaciones, como si fuera detrás de Moloch.
Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le
hinchaba el pecho: se veía exaltado como un dios.
Salambó continuó diciendo:
—Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a
mi casa, mientras yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras,
pero comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo.
Matho, retorciéndose los brazos, exclamó:
—¡No!, ¡no! Era para dártelo, parap.
392 entregártelo. Me parecía que la diosa había dejado su vestido para ti,
y que te pertenecía. En su templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú
omnipotente, inmaculada, radiante y bella como Tanit?
Y con una mirada llena de adoración infinita,
agregó:
—¡A menos que seas tú la misma Tanit!
—¿Yo, Tanit?...
No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos.
Balaban los carneros, asustados por la tempestad.
—¡Oh! ¡Acércate —dijo él—, acércate! No temas nada.
Antes yo no era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que
llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago! La
multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus sandalias, y
todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan la envidia que el
frescor de tus labios y el torneado de tus hombros. ¡Si quise derribar sus
murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de poseerte! Entretanto, me vengaba.p.
393 Ahora, aplasto los hombres como conchas y me arrojo sobre las
falanges, aparto las lanzas con la mano, detengo a los caballos por las
narices; no me mataría una catapulta. ¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti,
durante la guerra! El recuerdo de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me
sobrecoge de pronto y me aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de
las faláricas y en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los
címbalos. Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando.
Levantaba el brazo, en el que las venas se
entrecruzaban como lianas en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos
cuadrados, y su respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón
adornado de cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol.
Salambó, acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre.
Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba alrededor
de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba con estupor el grito
intermitentep. 394 de los centinelas, contestándose unos a otros.
Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por
ráfagas de aire caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y
Salambó no veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche.
Estaba persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a
un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el zaimph y
levantó las manos para cogerlo.
—¿Qué haces? —exclamó Matho.
Respondió ella plácidamente:
—Me vuelvo a Cartago.
Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire
tan terrible que Salambó quedó como clavada en el suelo.
—¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo
que has venido para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No,
no; tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he olvidado
la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura de tu belleza!
Ahora me toca a mí; eres mip. 395 cautiva, mi esclava, mi servidora.
Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los Ancianos, a los Ricos, a
toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de trescientos mil soldados! Iré a buscar
más a Lusitania, a las Galias y en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad
y quemaré sus templos; las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero
que quede ni una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los
hombres, llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates
de huir, porque te mato!
Pálido, y con los puños crispados, temblaba como
arpa cuyas cuerdas van a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi
humillándose, añadió:
—¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los
escorpiones, que el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado
por mi cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de un
arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con talp.
396 que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo!
Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con
ambos brazos, con la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de
oro colgados de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas
lágrimas brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un
modo acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves
como un beso.
Salambó sentíase invadida por una laxitud que la
hacía perder la conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una
orden de los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en
el lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la
cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos víboras
furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza de Matho sobre
su seno.
—¡Moloch! ¡Tú me quemas!
Y los besos del soldado, más devoradores que
llamas, la envolvían; sentíase como arrastrada por el huracán,p. 397 como
quemada por la fuerza del sol.
Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos,
los pies y las largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro.
—¡Llévatelo! —la decía—. ¿Qué me importa? Llévame
también contigo. ¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a
veinte días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y de
pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las montañas, como
eternos incensarios; en los limoneros, más altos que cedros, las serpientes de
color de leche hacen caer las frutas en el césped con los diamantes de sus
fauces; el aire es tan suave que impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré!
Viviremos en grutas de cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita
aún, y yo seré el rey de aquella tierra.
Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella
pusiera entre sus labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su
cabeza para hacerle una almohada. Buscaba los mediosp. 398 de servirla, de
humillarse, y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un
sencillo tapiz.
—¿Conservas —la dijo— los cuernecillos de gacela de
que cuelgas tus collares? ¡Me los darás; los quiero!
Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se
sonreía; los mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido
para él. La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una
abertura de la tienda.
—¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me
parecía un velo que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu
recuerdo se mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra.
Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a
lágrima viva.
—¡Es este el hombre formidable que hace temblar a
Cartago! —pensaba Salambó.
Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose
de sus brazos, puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta.
Acostumbraban las vírgenes de alta alcurniap. 399 respetar esta traba como
algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus piernas los
dos trozos de la cadena de oro.
Cartago, Megara, su casa, su habitación y los
campos que había atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes
tumultuosas, y, sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía
lejos de ella, a infinita distancia.
Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían
hacían oscilar el techo de la tienda.
Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un
brazo colgando del borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y
descubría la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su
negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría
silenciosa, casi ultrajante.
Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja
y las manos cruzadas.
A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una
mesa de ciprés; lap. 400 vista de esta hoja brillante la inflamó de un
deseo sanguinario. A lo lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como
genios. Se acercó, cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su
ropa, Matho abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal.
Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba
detrás de la tienda. Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios.
Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos
y estallando entre la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían
correr desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las
cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de la
turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban del
incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la gente que
estaba en la puerta quería entrar.
—¡Ven! —dijo Matho a Salambó—; Amílcar ha
incendiado el campamento de Autharita.
p. 401De un salto se echó afuera, y Salambó se
encontró sola.
Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo
contemplado a su sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había
imaginado. Se quedó melancólica ante su sueño realizado.
Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció
una forma monstruosa. Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga
barba blanca que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por
los andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar, las
dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer. Arrastrándose así,
llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al viejo Giscón.
En efecto: los mercenarios, para evitar que los
antiguos cautivos huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de
cobre, dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias. Los
más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban gritando, y
así es comop. 402 Giscón había visto a Salambó. Había adivinado una
cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en los coturnos, y
presintiendo un gran misterio, auxiliado por los compañeros, consiguió salir
del foso; luego, ayudándose con los codos y las manos, se arrastró veinte pasos
más lejos, hasta la tienda de Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó
desde afuera y lo oyó todo.
—¡Eres tú! —preguntó Salambó medio asustada.
Alzándose sobre sus puños, él replicó:
—¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por
qué los Baales no me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran
evitado la pena de maldecirte.
Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el
miedo que sentía de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible
como un fantasma.
—Pronto cumpliré cien años —continuó Giscón—. He
conocido a Agatocles; he visto a Régulo y las águilasp. 403 romanas pasar
sobre las cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las
batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los bárbaros que
yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como a un esclavo homicida.
Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo a mi lado; el olor de sus
cadáveres me despierta de noche; espanto los pájaros que vienen a picotearles los
ojos; y, sin embargo, ni un solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando
hubiera visto todos los ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del
incendio rebasar la altura de sus templos, todavía hubiera creído en su
eternidad. ¡Pero ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la
execran! ¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina!
Salambó quiso hablar.
—¡Ah, he sido testigo! —le interrumpió Giscón—. Te
he oído gemir de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te
dejabas besar las manos. ¡Ya que el ardor dep. 404 tu impudicia te
empujaba, debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en
sus ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre!
—¡Cómo! —interrumpió ella.
—¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados
sesenta codos uno de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado
frente a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el
sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a tu hija
en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto de la Diosa, y,
al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu nombre, la majestad de los
dioses, la venganza de la patria, la misma salvación de Cartago.
El movimiento de su boca desdentada agitaba su
luenga barba; sus ojos devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante:
—¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita!
Salambó había apartado el velo, yp.
405 teniéndolo levantado en la mano, miraba del lado de Amílcar.
—¿Es por aquí, no es verdad? —preguntó a Giscón.
—¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la
tierra! Es un lugar santo que manchas con la vista.
Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle,
se puso rápidamente sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!»,
desapareció.
Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a
nadie, porque todos habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes
llamas enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo.
Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una
escala, una cuerda, una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo
de Giscón y le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear.
Vio un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la
cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en la
plataforma.
p. 406Un grito sonoro estalló encima de ella, en la
sombra; el mismo que había oído al pie de la escalera de las galeras;
inclinándose, reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro.
Había ido errante toda la noche entre los dos
campos; después, inquieto por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de
ver lo que pasaba en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más
próximo a su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote.
Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se
dejó caer en sus brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo
púnico, para buscar una entrada por cualquier parte.
Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara,
humeante, alumbraba apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó
delicadamente la piel de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió
nadie; arrancó vivamente un pedazo de tela para quep. 407 entrara la luz
del día, y vio que el zaimph había desaparecido.
Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos,
relinchos, choques de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los
clarines tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de
él. Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera.
Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la
montaña, y los cuadrados púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación
pesada y regular. La niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles
que, poco a poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas
de las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno
todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase dicho que
eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y espinosas entre
ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y criados montados en asnos.
En vez de conservar su posición para cubrir la infantería, Narr-Habas diop.
408 un rápido cambio de frente a la derecha, como si quisiera hacerse
aplastar por Amílcar.
Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que
se acercaban, y todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban
con tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente,
Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada, su lanza
y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses.
El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar,
y le dijo, mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia:
—¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos!
Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar
su fidelidad, explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero,
había impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no se
había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de Útica. En
cuanto a las ciudades tirias, estaban en lasp. 409 fronteras de su reino.
Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó expresamente
para eludir la obligación de combatir al Sufeta.
En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse
con usurpaciones de provincias púnicas, ayudando o abandonando a los
mercenarios según venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería
el más fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta
defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor.
El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de
desdeñar el hombre que así se presentaba en un ejército que le debía tantas
venganzas; Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus
grandes proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el
Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué no había
acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras, besó a
Narr-Habas,p. 410 restregando tres veces su pecho contra el suyo.
Había incendiado el campo de los libios para
terminar y por desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los
dioses: disimulando su alegría, contestó:
—¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por
ti la República, pero Amílcar no es ingrato.
Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El
Sufeta se armó al tiempo que hablaba:
—¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería
entre tus elefantes y los míos. ¡Valor! ¡Exterminio!
Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó
Salambó. Saltó rápida de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y
desplegó el zaimph.
La tienda de cuero, levantada en las esquinas,
dejaba ver toda la falda de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en
el centro, se veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un
prolongado grito de triunfo y de esperanza estalló.
Los que estaban en marcha, se pararon;p.
411 los moribundos, apoyándose en los codos, se volvían para bendecirla.
Sabían ahora los bárbaros que ella había recobrado el zaimph; la veían de
lejos, y otros gritos, pero de rabia y de venganza, resonaban entre los
ejércitos de los cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la
montaña, pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó.
Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con
señales de cabeza. Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y
advirtió que tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por
terrible sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a
Narr-Habas, sin volver la cara.
El rey de los númidas se mantenía aparte, en
actitud discreta; llevaba en la frente un poco del polvo que había tocado al
prosternarse. El Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo:
—En recompensa de los servicios que me has
prestado, Narr-Habas, te doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre.
p. 412Narr-Habas hizo un gesto de profunda
sorpresa; luego, le cubrió las manos de besos. Salambó, en calma como una
estatua, parecía no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas
cejas encorvadas sombreaban sus mejillas.
Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales
indisolubles. Puso en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a
Narr-Habas; les ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre
la cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que rebota.
p. 413
XII
EL ACUEDUCTO
Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios
un montón de heridos, de muertos y de moribundos.
Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del
desfiladero, había bajado por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita,
y como el espacio en este sitio era más ancho, allí había atraído a los
bárbaros. Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto,
los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por la
pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron angustia y
debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de batalla, se retiró
algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas desde las cuales los
dominaba.
Se conocían los campos por la forma de las
empalizadas inclinadas. Un gran montón de cenizas humeaba enp. 414 el
sitio del de los libios; el suelo, removido, tenía ondulaciones como el mar, y
las tiendas, hechas jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos.
Corazas, horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo,
paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna falárica, a
punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la tierra, en ciertos
sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas de las caballerías se
sucedían como una serie de montículos; se veían piernas, sandalias, brazos,
cotas de malla y cabezas sin cascos, sostenidas por las carrilleras y que
rodaban como bolas; en lagos de sangre, los elefantes, con las entrañas
abiertas agonizaban echados con sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas
y había barrizales, aunque no había llovido.
Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña,
de arriba abajo. Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos;
agazapados en grupos, se miraban asustados y sin hablar.
p. 415Al extremo de una larga pradera, el lago de
Hippo-Zarita resplandecía al sol poniente. A la derecha, blancas casas
aglomeradas rebasaban un cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose
indefinidamente. Los bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias.
Caía una nube de polvo gris.
Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se
ensancharon; a medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos
abandonaban los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre
las grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los
agonizantes.
Cuando fue completamente de noche, unos perros de
piel amarilla, bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron
calladamente a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los
muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el vientre.
Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como
sombras; las mujeres se atrevieron a volver, pues quedabanp. 416 algunas a
pesar de la matanza que hicieron los númidas.
Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para
encender antorchas; otros guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver,
lo echaban a un lado.
Los encontraban extendidos en largos rimeros, de
espaldas, con la boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en
montón, y a menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el
montón. En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les
habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de sus frentes;
estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula, estrangulados o hendidos
por los colmillos de los elefantes. Aunque muertos al mismo tiempo, no estaban
igualmente corrompidos. Los hombres del Norte aparecían inflados por una
hinchazón lívida; los africanos, más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y
se iban secando. Se reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos;
los veteranos de Antíocop. 417 llevaban un gavilán; los que habían servido
en Egipto, la cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un
hacha, una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil de
una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos enteramente
cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y nuevas heridas.
Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de
raza latina: samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas
con las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a sus
difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los cántabros
los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los doblaban en dos,
con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban en la playa, para que
las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos se entristecían por no poder
encerrar las cenizas en urnas; los nómadas echaban de menos el calor de las
arenas, que momifican los cadáveres; y los celtas,p. 418 tres piedras
bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo de un golfo tormentoso.
Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado
silencio: era para obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían
obstinadamente, a intervalos regulares.
Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos,
como prescribían sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en
períodos infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba,
preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los muertos por
haberse dejado vencer.
El resplandor de las grandes hogueras empalidecía
las caras exangües, entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras
lágrimas, los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos,
más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con boca,
frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran cuando los
enterraban. Se ennegrecían las mejillas,p. 419 se cortaban los cabellos;
se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían cortes a imitación de
las heridas que desfiguraban sus muertos. Estallaban rugidos a través del ruido
de los címbalos. Algunos se arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los
moribundos se contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los
puños mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se mataron
entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las hogueras, se
apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y cansados de gritar,
débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus hermanos muertos; los que
quedaban con vida llenos de inquietudes, y algunos con deseos de no despertar.
Con la luz del alba, aparecieron en los límites de
los bárbaros algunos soldados que desfilaban con cascos en la punta de las
picas, que, saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada
para sus patrias.
p. 420Se acercaron otros, y los bárbaros
reconocieron a algunos de sus antiguos camaradas.
El Sufeta había propuesto a los cautivos que
sirvieran en sus tropas. Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no
alimentarlos ni abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no
combatir más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios
hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los que se
presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad o curiosidad.
Contaban, en primer lugar, el buen trato del
Sufeta, y los bárbaros lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A
las primeras palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les
enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias a que
vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos huyeron, y ya no se
vio en la cima de la montaña sino las puntasp. 421 de las lanzas rebasando
el borde de las empalizadas.
Un dolor más pesado que la humillación de la
derrota abrumó a los bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se
quedaron con los ojos fijos, rechinando los dientes.
A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron
en tumulto sobre los prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no
habían podido descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de
batalla, aún estaban aquellos en el foso profundo.
Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas
hicieron un círculo alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas
de treinta y cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba,
corrían estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los
cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la ropa;
aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas y les reventaron
los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron después los hombres, yp.
422 les atormentaron los pies, cortándoles la piel desde los tobillos
hasta la frente, arrancando tiras, con las que se ceñían la cabeza. Los
«Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil atrocidades: envenenaban las
heridas, echándoles polvos, vinagre y cascos de loza; otros se ponían detrás y
bebían la sangre que corría, como hacen los vendimiadores alrededor de las
cubas de mosto.
A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en
el mismo sitio donde le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada
veía ni oía.
Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la
cabeza y vio ante sí un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo
confusamente cestos, tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se
clavaron en el suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera
hundido en la tierra.
La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus
largas tiras se desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la
huella dep. 423 una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su
alianza. Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos
de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó hacia
las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.
De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde
salía, apareció Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos
astillas de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.
—¡Apártate de aquí! —le dijo Matho—; sé que eres un
valiente.
Estaba tan aplastado por la injusticia de los
dioses, que le faltaban fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le
hizo una señal y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas
y Autharita.
Habían huido como el esclavo, a pesar de su
crueldad y de su valentía. ¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas,
en el incendio de los libios, en la pérdida del zaimph, en elp. 424 súbito
ataque de Amílcar y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de
la montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no confesaba
su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.
Por fin, los tres caudillos y el schalischim
consultaron lo que se debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago;
estaban entre los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las
ciudades tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al
borde del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.
No había medio de evitar la guerra: por el
contrario, era preciso continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender
la necesidad de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía
sangrando de sus heridas?
—¡Yo me encargo! —dijo Espendio.
Dos horas después, un hombre que venía del lado de
Hippo-Zarita, subía corriendo la montaña. Agitaba unasp. 425 tablillas en
el extremo del brazo, y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.
Era un enviado de los soldados griegos de la
Cerdeña, que recomendaban a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás
cautivos, porque un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago,
les había enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que
exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era poderosa.
La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el
resultado que él esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de
excitar su furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en
los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo imprevisto
y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos dejaron las armas, con
el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este se presentara.
Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del
día, se presentó otro correo, más agitado y más lleno dep. 426 polvo.
Espendio le arrancó de las manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el
que se suplicaba a los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes
de Túnez iban a venir con grandes refuerzos.
Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a
hombros de dos capadocios, se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y
arengando a todos por espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba
las promesas del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los
intendentes; a todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un
cebo para perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los
vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún pueblo
querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían, a un tiempo,
libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar mucho tiempo, porque
la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban a socorrerlos. Y enseñaba el
pergamino estirado: «¡Mirad!p. 427 ¡Leed! Aquí están sus promesas. Yo no
miento.»
Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo.
Un sol de fuego quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba
de los cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de
tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que decía, y
concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.
Matho le estaba observando, y Espendio, para
disimular su cobardía, fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando
a los dioses, acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos
era un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás, como
ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus intenciones!
¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión! ¡Se conocerán los
buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza del golpe!»
Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos
alentaban todavía;p. 428 se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o
bien apuñalándolos con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón.
No se le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo
convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron tres
pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la tienda de
Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los demás.
Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas
las rodillas, tenía el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la
respiración movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara
extremadamente pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.
Los bárbaros le miraron al principio con gran
asombro. Durante el tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos
por antiguos recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la
mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban, cuando unp.
429 garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña. Comprendieron
todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»
El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le
cogió por la cabeza y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó,
vertiendo dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas
saltó encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses.
Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón y,
cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó describiendo
una parábola por encima del campo púnico.
A todo esto se alzaron en el borde de las
empalizadas estandartes entrelazados como señal convenida para reclamar los
cadáveres. Cuatro heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con
grandes clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre
cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad, ni dioses, y
que rehusaban porp. 430 adelantado a toda negociación, reexpidiendo a los
parlamentarios con las manos cortadas.
Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita
en busca de víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron
ávidamente, y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de
sus bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de los
heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo la orilla del
río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan.
Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla,
porque necesitaban una ciudad.
Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no
obstante el orgullo que sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente
atacarlos en seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la
guerra. Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a
ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil.p. 431 Tomó la
resolución de ser implacable.
Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un
dromedario cargado de brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles
amenazas que le enviaran otro ejército.
Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer
la victoria experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del
zaimph, anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de
Cartago parecía que le pertenecían ahora.
Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni
una recriminación. Por el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los
otros, antes del término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil
hombres, el cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en
tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían
desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.
Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el
ejército a su teniente Magdasan, para que acaudillara lasp. 432 tropas de
desembarco, en vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su
enfermedad, destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho
agujero; a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se
encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un velo.
Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni
de las de los bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con
víveres en cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias
de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas hacían a
los cartagineses que estaban estacionados en el mar.
Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin
resolverse a correr el riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad
que recibieran dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue
hacia el Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a
los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Susp. 433 celos le
impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus planes,
comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al Gran Consejo pidiéndole
que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago, furioso contra los Ancianos y
contra lo que llamaba cobardía del Sufeta. De este modo, después de tantas
ilusiones, la situación era más desesperada que nunca; pero nadie pensaba en
ella ni de ella hablaban, como si con el silencio alejaran el peligro.
Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se
supo que los mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su
general, tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma
amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades, y,
aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques abarrotados
de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y aprisionaron
quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad hizo naufragar una flotap.
434 con víveres para Cartago. Los dioses estaban, sin duda, contra ella.
Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una
alarma, hicieron subir a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y
estando desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los
que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar.
Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las
órdenes en contrario de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con
mandrágora; cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se
presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas, y las dos
ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas partidarias de sus nuevos
amigos, al par que contrarias a sus antiguos aliados.
Este abandono de la causa púnica era un consejo, un
ejemplo. Ante la posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas
hasta entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo elp. 435 Sufeta, y perdió
la esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.
Despidió a Narr-Habas para que guardara las
fronteras de su reino, y él se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y
continuar la guerra.
Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron
a su ejército cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin
duda les empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían
batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal de
huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se lanzaron en su
persecución.
Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta
vez muy crecido, sin que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y
otros sobre sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron
de vista.
No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que
marcharon más allá con el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los
de Túnez yp. 436 arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el
número, y los cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos
en las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de flechas
que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las montañas del
Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.
Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el
horizonte una cosa verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y
se vieron obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol
para no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!
Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la
última vez que pasó por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le
transportó la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos
que tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las
pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza de un
palacio,p. 437 por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis
iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los brazos,
enviaba besos al aire y murmuraba:
—¡Ven! ¡Ven!
Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como
perlas, cayeron en su barba.
—¿Qué te detiene? —preguntó Espendio—. ¡Date prisa!
¡En marcha! El Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me
miras como un hombre ebrio.
Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con
guiños en los ojos, como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo,
exclamó:
—¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!
Tenía un aire tan convencido y triunfante que
Matho, sorprendido en su sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en
el colmo de su derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un
blanco a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el
cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestrop. 438 y siniestro a los
rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia, como perro
que azuza el ganado.
A su tonante voz, las líneas de hombres se
apretaron; hasta los cojos precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el
espacio entre ambos ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban
pisando las huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a
tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron sus
hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron adentro y se
arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado apretada en sí misma, dejó
de avanzar; chocaban las picas en el aire y las flechas de los bárbaros
rebotaban en las paredes.
En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se
revolvía gritando a su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y
espoleándole con la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio
que se alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillasp.
439 para que subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El
poderoso caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y
embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba dando
saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban de detenerlo,
o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se habían replegado,
cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros la acometían.
La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo
a lo largo de todo el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se
detuvo.
Los cartagineses habían puesto soldados en el
acueducto, y empezaron a tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no
había que obstinarse y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a
Cartago.
El rumor de la guerra había traspasado los confines
del imperio púnico; desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene
pensaban enp. 440 ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las
caravanas de noche, a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora
de los mares, espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba
hombres que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída,
en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas, ciudades
tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos los que la
execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban sus riquezas
deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto se juntaron con los
mercenarios. La derrota del Macar había detenido a los demás; pero ahora habían
recobrado la confianza, y poco a poco se aproximaban; los hombres de las
regiones orientales aguardaban en las dunas de Clipea, al otro lado del golfo,
y así que asomaron los bárbaros, se dieron a conocer.
No eran únicamente los libios de los alrededores de
Cartago (desde hacía tiempo componían el tercer ejército),p. 441 sino los
nómadas de la planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del
promontorio de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el
desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de camello;
los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido en cuadrigas; los
garamantes, tapados con velos negros, sentados en la cola de yeguas pintadas;
otros en asnos, en onagros, en cebras o en búfalos; algunos con sus familias y
sus ídolos y el techo de su cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de
miembros arrugados por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que
maldecían al sol; trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo
enramadas; y los asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides,
que comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de monos.
Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando
una gran línea recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena
levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad delp. 442 istmo, con
los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse de allí.
Después, del lado de la Ariana aparecieron los
hombres de Occidente, el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los
masilianos; aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una
derrota; por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al
primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut Baal y
del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón de sus picas
caballos pequeños y delgados, de largas crines; los gétulos, con corazas de piel
de serpiente; los farusianos, con altas coronas hechas de cera y de resina, y
los caunos, macares y tilabares, llevando cada uno dos jabalinas y una rodela
de cuero de hipopótamo. Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los
primeros charcos de la laguna.
Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el
lugar que usurpaban, y como una nube a ras del suelo, lap. 443 multitud de
negros, llegados del Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile
y aun de la gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y
más lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel les
hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo de corteza,
túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la cabeza, y aullando
como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos y blandían colas de buey
atadas al extremo de un bastón, a manera de estandartes.
Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se
apretujaban unos hombres amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros,
con carcajes de piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como
asnos, y que no ladraban.
Finalmente, como si África no estuviera
suficientemente vaciada, y para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo
más ínfimo de la especie humana, figuraban en último término unos hombres de
perfil dep. 444 bestia y de risa idiota; miserables roídos por
enfermedades asquerosas, pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de
ojos encarnados que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos
ininteligibles y poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían
hambre.
La confusión de armas no era menor que la
indumentaria y las razas. Allí todas las invenciones para matar: desde los
puñales de madera, hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos
sables dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que se
doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo de astas de
antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda, triángulos de hierro,
mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto ocultaban dardos envenenados en sus
cabellos. Muchos cargaban piedras en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban
con los dientes.
Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los
dromedarios, sucios de alquitrán como barcos, derribaban ap. 445 las
mujeres que llevaban los hijos a las ancas. Las provisiones se derramaban de
los sacos; se pisaban al andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles
podridos y nueces; en pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un
delgado cordón algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la
que se podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que quería;
les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que en su vida
habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las murallas.
El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y
esta larga superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una
inundación, se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros,
resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados del
acueducto.
Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de
su llegada, cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como
edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones,p. 446 capiteles
y caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias; sesenta
carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta torreones, doce
arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban pedazos de roca que pesaban
quince talentos. Las empujaban en su base masas de hombres; a cada paso las
sacudía un estremecimiento; así llegaron ante las murallas.
Pero faltaban muchos días para ultimar los
preparativos del sitio. Los mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no
querían arriesgarse con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había
prisas, porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que
resultaría una victoria o un exterminio completos.
Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas
murallas ofrecían una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición
ventajosa para rechazar a los asaltantes.
Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un
lienzo de muralla, y en las noches obscuras, entre losp. 447 bloques
desunidos, se veían luces en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios
dominaban la altura de los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las
mujeres de los mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron
contenerse; agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los
soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo una mañana
que todas habían huido. Unas habían pasado entre las piedras; otras, más
intrépidas, habían bajado con cuerdas.
Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que
la guerra le impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago,
supuso que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los centinelas
del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía falta gente para la
defensa del recinto.
El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días
en disparar flechas a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho
que hiciera encender una gran hoguera de pajap. 448 y que la tropa diera
al mismo tiempo grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino
de Túnez.
A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia
el acueducto; el sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la
base de las piedras.
Los centinelas de la plataforma se paseaban
tranquilamente. Viéronse grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los
soldados de su facción, creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia
Cartago.
Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro
fondo del cielo. Le iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le
daba de lejos el aspecto de un obelisco andando.
Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas
preparó su honda. Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo:
—No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a
mí!
Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y
apoyándolo en el tobillo del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha.
p. 449El hombre no cayó; desapareció.
—Si estuviera herido, le oiríamos —dijo Espendio; y
subió aprisa, de pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una
cuerda y de un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un
pico con su martillo y se volvió.
No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo.
Espendio había removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla
en su sitio.
Calculando la distancia por el número de pasos,
llegó precisamente al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en
las tres horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando
apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia y
creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra enorme,
desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de repente una
catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto, cortado por la mitad, se
desbordaba.p. 450 Era la muerte de Cartago; la victoria para los bárbaros.
En un instante, los cartagineses, despertados,
salieron a las murallas, de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban,
gritando, bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua,
y en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza.
Viose en la cima del acueducto un hombre, con la
túnica rota, hecha jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando
hacia abajo, como asustado de su obra.
En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire
soberbio, como pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros
aplaudieron; los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de
desesperación. Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como
auriga triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba
los brazos.
p. 451
XIII
MOLOCH
Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse
del lado de África, porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los
aproches de las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso.
Matho dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver mejor
a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera línea; detrás de
ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los bagajes, carretas y
caballos; a trescientos pasos de las torres se erizaban las máquinas.
No obstante la variedad infinita de sus nombres
(que cambiaron muchas veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos
sistemas: unas funcionaban como hondas y otras como arcos.
Las primeras, las catapultas, se componían de un
marco cuadrado, conp. 452 dos montantes verticales y una barra horizontal.
En su parte anterior, un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de
una cuchara para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de
hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, yendo a dar
contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.
Las segundas eran de un mecanismo más complicado.
Sobre una pequeña columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que
terminaba en ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño se
elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos vigas sostenían
los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo de la canal, sobre una
tableta de bronce. A favor de un resorte, se desprendía esta placa de metal y
por las ranuras despedía las flechas.
Otro nombre de las catapultas era el de onagros,
como los asnos salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el
de escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándosep.
453 de un puñetazo hacía saltar el resorte.
Su construcción requería sabios cálculos; las
maderas se escogían entre las más duras; los engranajes eran de bronce. Se
movían por medio de palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes
ejes o quicios variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían
avanzar, y los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del
enemigo.
Espendio colocó las tres grandes catapultas en los
tres ángulos principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando
por detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los sitiados y
rellenar primero el foso que las separaba de las murallas.
Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y
cimbras de encina, parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en
pequeñas chozas cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se
abrigaban los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes
de cuerdas,p. 454 mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres
y niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las
llevaban a los soldados.
También se preparaban los cartagineses.
Amílcar los había tranquilizado declarando que
quedaba agua en las cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su
presencia en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas
esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de origen
cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.
Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales;
cada ciudadano tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de
los tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros,
armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que conservaban
los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las repararon bien,
porque eran entendidos en estas obras.
Quedaban inaccesibles los dos ladosp.
455 septentrional y oriental, defendidos por el mar y el golfo. En la
muralla, dando el frente a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas
de molino, vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se
amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de arena las
más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar su espesor.
Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron.
Querían combatir en seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las
catapultas que se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.
Por fin, en el día decimotercero del mes de
Schabar, al salir el sol, resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.
Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas
dispuestas en la base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por
cadenas que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de
cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes dep. 456 hierro la
reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo de un
hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con oscilación
regular al empuje de los desnudos brazos.
Los demás arietes de las otras puertas empezaron a
moverse. En las ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían
de escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las redes
de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de flechas.
Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse a los baluartes,
ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego lanzaban a fuerza de
brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y de fuego pasaba por encima de las
primeras filas, describiendo una curva que iba a caer por detrás de las
murallas. Pero en las cimas de estas se levantaban largas grúas de las que
servían para enarbolar las naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas
en dos semicírculos dentados interiormente. Estas máquinas mordíanp. 457 a
los arietes. Los soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los
cartagineses trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche.
Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a
su tarea, los altos de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos
de algodón, de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los
baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en horquillas
y hoces.
Con esto empezó una furiosa resistencia.
Troncos de árboles, manejados por cables, caían y
volvían a caer alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por
ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de las torres
caían torrentes de pedernal y de tejos.
Los arietes consiguieron romper las puertas de
Kamón y la de Tagarte. Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal
abundancia de materiales,p. 458 que las hojas no se abrieron y quedaron en
pie.
En vista de esto se dirigieron los golpes contra
las murallas abiertas para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas
fueron mejor gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la
mañana hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión
de un bastidor de tejedor.
Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien
movía las madejas de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus
tensiones gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a
la izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual.
Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con suavidad
y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y cuando la lanza de la
catapulta se levantaba, cuando la columna de la ballesta temblaba a la sacudida
del resorte, volaban las piedras, y los dardos caían en montón,p.
459 doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como para seguirlos.
Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban
sus órdenes. Alegres con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de
las máquinas. A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a
las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la vendimia», y
al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea bien!», y a los
escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas burlas, siempre las mismas,
sostenían los ánimos.
Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la
fortificación, formada por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban
la parte superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de
construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra. Se
rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus ruedas, y antes
que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló en el llano, con un solo
movimiento, yp. 460 llegó al pie de las murallas como un mar desbordado.
Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras
rectas y los sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por
palancas, una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando
muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en hilera,
subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un solo cartaginés; ya
los asaltantes llegaban a los dos tercios de la fortificación, cuando se
abrieron las almenas, vomitando, como dragones, fuego y humo; llovía la arena,
entrando por las junturas de las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas;
el plomo líquido rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de
chispas quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas
gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por la
cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles a la cabeza
mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, quedabap.
461 inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos brazos
extendidos.
El asalto continuó durante muchos días, porque los
mercenarios esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.
En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía
un hierro entre las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y
poner un segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban
la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar a cierta
altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo los pies de los vivos,
los heridos, en montón, se mezclaban con los cadáveres y los moribundos. Entre
entrañas abiertas, sesos esparcidos y charcos de sangre, los troncos calcinados
formaban manchas negras; brazos y piernas, saliendo a medias de un montón,
quedaban enhiestos como rodrigón en una viña incendiada.
Encontrándose insuficientes las escalas se
emplearon los tonelones, o sea unos instrumentos compuestos de unap.
462 larga viga puesta transversalmente sobre otra, y llevando al extremo
una cesta cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas.
Matho quiso subir en la primera que estuvo
dispuesta. Espendio le detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se
levantó la gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente
cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, ocultos
hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas de los cascos.
Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, giró de derecha a
izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de gigante que llevara en la
mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de la muralla la cesta llena de
hombres. Saltaron estos adentro, y no se les volvió a ver.
Pronto estuvieron dispuestos los restantes
tonelones; pero hubieran sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad.
En vista de esto, se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en
las cestas, que estabanp. 463 sujetas con cables, disparaban flechas
envenenadas. Los cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a
Cartago, como buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de
la fortificación morir entre atroces convulsiones.
Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas
las mañanas el jugo de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.
En una noche obscura embarcó sus mejores soldados
en gabarras y balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a
desembarcar en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y,
cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados de
cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las obras de los
mercenarios y volvían a subir.
Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su
cólera; hacía cosas terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a
una entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció una
traición, yp. 464 en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su cadáver,
tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas al pie de los
fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la madera de un bosque para
pegarla fuego e incendiar a Cartago como una madriguera de zorras.
Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba
inventar máquinas espantables, como no se habían visto nunca.
Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el
istmo, se aburrían de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de
acción y se precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su
desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran mortandad.
Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. Se originaron
riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba devastada, se disputaban los
víveres. Iban descorazonándose, y se retiraron hordas numerosas.
Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno
quebradizo, se hundió. Probaron hacerlas en otro sitio; perop. 465 Amílcar
adivinaba siempre su dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo,
además, contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera,
y cuando las empujaban se hundían en los agujeros.
Al fin, comprendieron todos que la ciudad era
inexpugnable en tanto que no se levantara a la altura de las murallas una larga
tenaza que permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar
encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir.
La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al
comenzar el sitio, costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de
plata; las provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo
del hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos.
Los cadáveres interceptaban las calles desde la
plaza de Kamón hasta el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano,
unas moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes.p. 466 Los
viejos transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales
ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra. Atravesadas en
las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos y vestidos, que se fundían
al calor de los cirios que ardían junto a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas,
y el llanto por el rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En
todo este tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes
los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las murallas.
La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos
se hinchaban y no cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los
patios. Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes
vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que brota de una
arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba el recinto y
devoraba hasta los cadáveres.
Unos hombres que llevaban en señalp. 467 de
desesperación mantos hechos con harapos desechados, se establecieron en las
esquinas de las calles, declamando contra los Ancianos y contra Amílcar;
prediciendo al pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al
pillaje. Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se
creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para destrozarlos.
Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba la defensa de Cartago.
El Sufeta pagó otros para sostener su política.
Con el objeto de retener en la ciudad el genio de
los dioses, se habían cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos
negros los Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar
el orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte
vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres para que
los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?»
Ansiedad permanente agitaba losp. 468 colegios
de los pontífices. Los de la Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la
restitución del zaimph no había salvado la situación. Se mantenían encerrados
en el tercer recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos
se atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.
Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso,
contemplándola con las pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la
lanzaba eran más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no
perdonaba a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había
adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su impotencia.
La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él, Matho sitiaba a
Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e ironías sobre el bárbaro
que pretendía poseer cosas santas, aunque no era esto lo que el sacerdote
quería decir.
Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de
antes no las experimentabap. 469 ya. Se mostraba muy tranquila, y sus
miradas, menos vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había
caído enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja
Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el malestar de su
ama.
Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de
pieles de buey, arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza
enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió Salambó;
movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava se asombró de su
insensibilidad.
La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con
tanto fervor. Pasaba días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la
balaustrada y distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas,
al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, y las lanzas
de los centinelas venían a formar como un campo de espigas. Salambó veía a lo
lejos, entre las torres, las maniobras de los bárbaros,p. 470 y en los
días que no había asalto, podía enterarse de sus ocupaciones. Remendaban sus
armas, se engrasaban la cabellera, o bien lavaban en el mar los brazos
ensangrentados; las tiendas estaban cerradas; las acémilas comían, y en
lontananza, las hoces de los carros, puestos en semicírculo, parecían una
cimitarra de plata extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los
discursos de Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido,
a pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses, era
ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo.
Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre
almohadones la contemplaba enternecido, como si la vista de ella fuese un
alivio a sus fatigas. La hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los
mercenarios; quería saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le
contestaba que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph.
El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a
pretexto de informes militares.p. 471 No comprendía en qué pudo ella
emplear las horas que pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque
temía que las maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa
de asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado. Contaba
únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que luego se quedó
dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o por exceso de candor, no
dando importancia a los besos del bárbaro; además, que todo esto flotaba en su
mente de un modo melancólico y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no
hubiera podido expresarlo con palabras.
Una noche en que estaban juntos padre e hija,
apareció Taanach muy azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y
deseaba ver al Sufeta.
Palideció Amílcar, y replicó vivamente:
—Que suban.
Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la
mano a un doncel cubiertop. 472 con un manto de piel de macho cabrío, y
quitándole aquel la capucha que le tapaba el rostro, dijo:
—¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!
El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de
la habitación. El niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de
curiosidad que de asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares
de perlas puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía
delante.
Tendría unos diez años, y no sería más alto que una
espada romana. Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase
dicho que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran anchas
las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía el indefinible
esplendor de aquellos que están destinados a grandes empresas. Al derribar su
pesado manto, dejó ver una piel de lince que le envolvía el talle y unos pies
descalzos, blancos por el polvo. Adivinando que se trataba de cosas importantes,
permanecía inmóvil,p. 473 con una mano atrás y otra en los labios, en
actitud pensativa.
Amílcar hizo una señal a Salambó para que se
acercara, y la dijo en voz baja:
—Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie,
ni aun los de casa, sepan de él.
Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro
de que no los habían visto entrar.
—Las calles estaban desiertas —contestó el esclavo.
A causa de la guerra, que repercutía en las
provincias, el esclavo había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde
ocultarle, siguió a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en
el golfo buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche,
viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar cerca del
arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.
Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa
red para impedirp. 474 a los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron
más torres de madera y dieron principio a la terraza artificial. Quedaron
interrumpidas las comunicaciones y empezó a padecerse hambre.
Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos
y los quince elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch
se habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les
alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres todavía
calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del crepúsculo, la
gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las piedras hierbas y flores
que hacían hervir con vino, porque el vino costaba menos que el agua. Otros se
aventuraban hasta las avanzadas del enemigo para robar víveres de las tiendas
de campaña. Asombrados los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin,
llegó el día que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún.
Eran animales sagrados, a los que los pontífices trenzabanp. 475 las
crines con cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne,
cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas las
noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al templo y se
regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un pedazo de carne para
sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos de las murallas, los habitantes
que padecían menos necesidad habían levantado barricadas por miedo a los
vecinos.
Las piedras de las catapultas y la de los derribos
hechos para la defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las
calles. En las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y
de lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura que
el viento agitaba sobre las terrazas.
Las tres grandes catapultas no cesaban en su
destrucción; sus estragos eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre
fue a dar en el frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una
mujer que estabap. 476 pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y
el niño llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más
irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los techos,
en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo una pobre comida,
con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles llevaban letras grabadas que
quedaban impresas en la carne; leyéndose en los cadáveres injurias como puerco, chacal, piojo;
y burlas como «¡Lo tengo bien merecido!»
La parte fortificada desde el ángulo de los puertos
hasta la altura de las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se
encontró entre el bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer
en espesar y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y
murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal esta
crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde guardaba el
trigo, y sus intendentes lo repartieronp. 477 al pueblo, con lo que se
hartaron durante tres días.
Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel
el ver delante la gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y
que, a los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y un
pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el golfo.
Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto,
decisivo, extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del templo
de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, y los transportó
abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a la ribera, para que fueran a
las Galias a contratar mercenarios, a cualquier precio. Lo que más le
impacientaba era no poder comunicarse con el rey de los númidas, a quien
suponía a retaguardia de los bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas,
demasiado débil para hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo
levantar doce palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el
materialp. 478 de los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.
Se empleaban para rollos de las catapultas tendones
de cuello de toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros
ni ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; fueron
sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los Sisitas doscientas
esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución en Grecia e Italia; y sus
cabellos, que se habían hecho elásticos por el uso de ungüentos, se encontraron
bonísimos para las máquinas de guerra. Como la pérdida sería considerable al
vender las esclavas, se decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las
mujeres de los plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas
gritaron desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a
cumplir la orden.
Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos,
se les veía juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les
arrancabanp. 479 las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una
coraza. Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas
por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las serpientes
corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las paredes. Descontentos de
esta invención, los bárbaros la perfeccionaron lanzando toda clase de inmundicias,
excrementos humanos, carroña y cadáveres. Sobrevino la peste. A los
cartagineses se les caían los dientes; tenían las encías descoloridas como las
de los camellos después de un viaje demasiado largo.
Se colocaron las máquinas sobre la terraza
artificial, por más que esta no llegaba todavía a la altura de la
fortificación. Ante las veintitrés torres del recinto se levantaron otras
veintitrés torres de madera. Se remontaron todos los tonelones, y algo más
atrás aparecía la formidable helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido
por Espendio. Piramidal como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta
codos por veintitrés de ancho,p. 480 con nueve pisos que iban disminuyendo
hacia la punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con
puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una catapulta
flanqueada por dos ballestas.
Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar
cruces para aquellos que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron
enroladas. Se dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.
Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el
séptimo día del mes de Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron
las trompetas de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos
paflagonios. Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.
En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas,
picas y espadas que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje
asomaron algunas cabezas de bárbaros.
Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por
largas filas de hombres;p. 481 y en los sitios en que la terraza se
interrumpía, los mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes
cerradas, agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y
apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se veían de pie; en
tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a la cabeza, el más bajo, a la
cola, y todos con el brazo izquierdo, apoyando los escudos encima de los
cascos, los juntaban por el borde tan estrechamente, que hubiérase dicho una
ensambladura de enormes tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de
estas masas oblicuas.
Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas,
cubas, toneles y camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos
acechaban en las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro,
lo cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos
demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran polvareda;
las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, chocaban sus piedrasp.
482 y estallaban en mil pedazos, resultando como una lluvia sobre los
combatientes.
Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa
cadena de cuerpos humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y,
aflojándose en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se
apretujaban echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres
aullaban dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de sus
cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los negros, que les
hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos por la multitud, no caían;
sostenidos por el empuje de los compañeros vivos, iban en pie y con los ojos
abiertos. Algunos, con las sienes atravesadas por una azagaya, movían la cabeza
como osos. Quedaban petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las
manos volaban cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho
tiempo los sobrevivientes.
Venían flechas de las torres de maderap. 483 y
de las de piedra. Los tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como
los bárbaros habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de
los autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso de
las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos de hombres
por el aire, con los brazos extendidos.
Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta
la mitad del día contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y
destruir la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de
paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda, aumentando
el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las sintagmas, compuestas de
hombres robustos, escogidos expresamente, habían hundido tres puertas; les
detuvieron altas barreras de planchas con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente,
y aquellos se precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos.
En el ángulo sudoeste, Autharita y sus hombresp. 484 abatieron la
fortificación, cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno
formaba cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una
segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un tablero
de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos se creyeron en
su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.
De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas,
todo el camino de circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas
remataban a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro
contemplaban abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se
entablaba.
Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban
sin cesar, hasta que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas
acarnanianas, y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de
plomo con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por sus
largos cabellos negros, estaba en todas partes,p. 485 dando saltos y
conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los que metía
continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho como la rueda de un
carro.
Matho se abstuvo al principio de combatir, para
mandar mejor a todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con
los mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del lago, entre
los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las masas de soldados que
llegaban incesantemente contra las líneas de fortificación. Poco a poco fue
acercándose; el olor de la sangre, el espectáculo de la matanza y el estrépito
de los clarines acabaron por inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose
la coraza, se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se
adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; las dos
patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás alargaban las
garras hasta más abajo de sus rodillas.
p. 486Conservaba su grueso cinturón, en el que
brillaba un hacha de doble filo; y con su espadón en las dos manos, se
precipitó impetuosamente sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce
y que trata de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba
segando cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los
lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, los
atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo a su
espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los aplastó. Su
espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de un muro. Entonces
empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás despanzurraba cartagineses
como rebaño de corderos. Se apartaban a su paso, y llegó solo ante el segundo
recinto, al pie de la Acrópolis. Los materiales lanzados de la cima llenaban de
escombros las gradas y desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las
ruinas, se volvió para llamar a sus compañeros.
p. 487Veía sus penachos diseminados entre la
multitud; iban a perecer, y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas
rojas se fue estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole.
Por las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró hasta
fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.
Matho dio una voz de mando; todos los escudos se
pusieron encima de los cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y
poder entrar en Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los
escudos, semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas,
sacudiendo el tridente.
Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de
la fortificación, impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces,
extendía la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó a
pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso intensamente
pálidop. 488 y, levantando sus dos brazos escuálidos, le vociferaba
injurias.
Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón
una mirada tan cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha;
otros se echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas,
agotado.
Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el
ritmo de voces roncas que cantaban con cadencia.
Era el gran helépolis, rodeado por una turba de
soldados. Tiraban de él con las dos manos, con cuerda, y empujando con los
hombros; porque el talud que subía del llano, si bien muy suave, era
impracticable para máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho
ruedas con llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una
manera lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió de
su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, y
aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados acorazadosp.
489 que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos. Algunos de
aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas tocasen al muro;
en medio de la plataforma superior, los tirantes de la ballesta daban vueltas,
en tanto que bajaba el gobernalle de la catapulta.
Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado
de Melkart. Había supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la
muralla más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas.
Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación, en el que
habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que formaban una
especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre la terraza, siendo lo
más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo. Cuando el helépolis estuvo a
unos treinta pasos, mandó poner tablas en las calles de casa a casa, desde las
cisternas hasta los baluartes, y formó cuerdas de gente para que pasaran el
agua de mano en mano, en cascos y ánforas.
p. 490Los cartagineses se indignaban por este agua
perdida. El ariete demolía la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las
piedras separadas, y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil
soldados, empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la
terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el primer
piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, soplando con fuerza
en una bocina de marfil. La gran máquina, como levantada convulsivamente,
avanzó unos diez pasos; pero el terreno se ablandaba cada vez más, el fango
llegaba a los ejes, y el helépolis se paró, ladeándose espantosamente de un
lado. La catapulta rodó hasta el borde de la plataforma, y, llevada por la
carga del timón, volcó con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban
amontonados en las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al
extremo de las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del
helépolis, contribuían a que estep. 491 se desmembrara en todas sus
junturas.
Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los
cartagineses bajaron del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a
discreción. Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa
multitud; pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.
No se veía en el llano más que un hormigueo negro
desde el golfo azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de
sangre, se mostraba como una gran mancha de púrpura.
La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres,
que parecía construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis,
cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos enormes,
como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas se veían los anchos
rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí y acullá ardía una torre de
madera; las casas aparecían vagamente como gradas de un anfiteatrop.
492 en ruinas. Densas humaredas subían, despidiendo chispas que se perdían
en el cielo negro.
Los cartagineses, devorados por la sed, se habían
precipitado a las cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de
agua cenagosa.
¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y
una vez descansados, volverían a la carga.
El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en
las esquinas de las calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los
enfermos y los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia
en otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto
nada.
En este día no se peleó, porque todos estaban
cansados; hasta los que dormían tenían aspecto de muertos.
Reflexionando los cartagineses sobre la causa de
sus desastres, recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a
Melkart tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses,p. 493 indignados
contra la República, iban sin duda a vengarse.
Se les consideraba como genios crueles que se
aplacaban con súplicas y se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles
comparados con Moloch, el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le
pertenecían; y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una
porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente o en la
nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal proporcionaba a los
sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de recomendarla como la más fácil
y menos dura.
Pero esta vez se trataba de la República, de la
nación; por consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una
pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del más
fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al dios,
supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba a su
discreción. Era necesario saciarlo completamente. Losp. 494 ejemplos
probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una
inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también la ferocidad
del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba exclusivamente sobre las
grandes familias.
Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga.
Hannón había venido. Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la
puerta, medio oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el
pontífice de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su
voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran sus
palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba a Amílcar, que
estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El Sufeta se turbó de tal suerte,
que bajó los ojos. Aprobaron todos, sucesivamente, con una inclinación de
cabeza y, conforme a los ritos, hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea
así.» Con esto, los Ancianos decretaron el sacrificio por una perífrasis
tradicional; porque hayp. 495 cosas más arduas de decir que de ejecutar.
La resolución se supo en seguida en toda Cartago.
Se oyeron lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban
sus maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.
Pero tres horas después se supo otra noticia más
extraordinaria: el Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado.
Corrieron allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce,
de la que muchos bebieron echados de bruces.
Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por
disposición de los dioses o el vago recuerdo de una revelación que su padre le
hiciera en otro tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos,
bajó a la playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.
Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del
trigo que guardaba en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le
abrió las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones,p. 496 excepto
la de Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y que
el rey de Macedonia enviaría un ejército.
Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al
tercero, se secaron por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a
la mente de todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.
Hombres vestidos de negro se presentaban en las
casas, muchas de las cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o
de alguna compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían
los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los llevaban
al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de divertirlos y
alimentarlos hasta el día solemne.
Presentáronse en casa de Amílcar, al que
encontraron en sus jardines.
—¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu
hijo!...
Añadieron que se había visto a este, en los
Mapales, en una noche de la otra luna, acompañado de un viejo.
p. 497Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero
comprendiendo que sería en vano toda negativa, accedió, introduciéndoles en la
Casa de Comercio. Los esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.
Entró como un aturdido en la cámara de Salambó;
tomó a Aníbal de la mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que
arrastraba; le ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de
la cama de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.
Hecho esto, daba paseos por la habitación,
accionando con los brazos y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las
pupilas fijas y jadeante como si se fuera a morir.
Llamó tres veces con las palmas de las manos, y
compareció Giddenem.
—¡Oye! —le dijo—. Toma entre los esclavos un niño
de ocho a nueve años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo.
¡Pronto!
Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió
con un niño; un pobre niño delgado y abotargado ap. 498 un mismo tiempo.
Su piel parecía tan gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza
entre los hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las
picaduras de las moscas.
¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba
tiempo para escoger otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de
estrangularlo.
—¡Vete! —gritó.
El intendente de los esclavos se fue más que de
prisa.
La desgracia temida por tanto tiempo iba a
sobrevenir, si no buscaba un medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim
detrás de la puerta. Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se
impacientaban.
Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un
hierro candente, y volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió
al borde de la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la
frente con los puños cerrados.
El tazón de pórfido conservaba un poco de agua
limpia para las ablucionesp. 499 de Salambó. No obstante su repugnancia y
su orgullo, el Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se
puso a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un armario
de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y otro en la
espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de diamantes. Vertió un
perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello un collar de electro, y le calzó
sandalias con tacones de perlas; ¡las mismas sandalias de su hijo! Hacía todo
esto bramando de indignación, y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba
tan pálida como él. El niño sonreía, deslumbrado por estas galas y,
entusiasmado, empezaba a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo,
sujetándole fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El
niño, a quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.
En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera,
oyeron una voz lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»
p. 500Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre
de abyecta apariencia; uno de los miserables parásitos del palacio.
—¿Qué quieres? —le preguntó el Sufeta.
El esclavo, temblando horriblemente, balbució:
—¡Soy su padre!
Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado
y con la cabeza medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia
indefinible, y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de
gritar: «¡Perdón!»
Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en
el codo, diciéndole:
—¿Es que lo llevas para...?
No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.
Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.
Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre
él y el otro algo que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba!
Aquello le parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio.
Contestóp. 501 con una mirada más fría y más pesada que el hacha del
verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar pasó por
encima de él.
Los tres hombres de negro le esperaban en el salón,
de pie, junto al disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró
por el suelo dando agudos gritos:
—¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi
consuelo, mi esperanza, mi vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué
desgracia! ¡Qué desgracia!
Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y
aullaba como las plañideras en un entierro.
—¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos!
¡Matadme como a él!
Los servidores de Moloch se admiraban de que el
gran Amílcar tuviera un corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.
Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello
parecido a la respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la
tercera galería, entrep. 502 los largueros de marfil, apareció un hombre
terrible, que con los brazos extendidos, gritaba:
—¡Hijo mío!
De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y
tapándole la boca con las manos, dijo a su vez:
—¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo!
¡Se volverá loco! ¡Basta, basta!
Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima,
salió con ellos, cerrando en pos, de un golpe, la puerta.
Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo
que volvieran. Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la
seguridad de que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo,
porque si los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de
idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho cabrío,
habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido en mucho tiempo,
se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus lágrimas.
Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó,p.
503 desató las cuerdas de Aníbal. El niño, exasperado, le mordió la mano
hasta hacerle sangre. Su padre le contuvo con una caricia.
Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo
con Lamia, ogresa de Cirene:
—¿Dónde está? —preguntó el niño.
Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y
contestó: «¡Que vengan, y los mataré!»
Cuando Amílcar le contó la horrible verdad,
recriminó a su padre porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al
pueblo. Por fin, rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba
soñando, con la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia
atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció
completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las galeras. Al
pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una jarra de agua; el
niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la cueva de las piedras
preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a lap. 504 luz de los
destellos que le rodeaban.
Amílcar tenía la seguridad de que no podían
quitarle su hijo. Era un lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un
subterráneo que únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de
aire. Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.
Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como
una madre que encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al
niño, llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más
tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por tanta
ternura, se callaba.
Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala
en la que la luna se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella
dormía el esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se
sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo de la
cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que brillaba en el
cielo, yp. 505 se sintió más fuerte que los Baales y los despreció.
Habían empezado los preparativos del sacrificio. En
el templo de Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre,
sin tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo
empujaron hacia la plaza de Kamón.
Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus
hombros rebasaban la altura de las murallas; por lejos que le vieran, se
escondían los cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que
en el ejercicio de su cólera.
Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los
templos se abrieron a un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en
literas que llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban
a los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas puntas
terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.
Eran los Baalim cananeos, desdoblamientosp.
506 del Baal supremo que volvían hacia su principio, para humillarse ante
su fuerza y aniquilarse ante su esplendor.
El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía
una lámpara de petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo
de marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, azules
como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la cola; y los
dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños en pañales, que con
los talones rozaran el suelo.
Venían a continuación las formas inferiores de la
divinidad: Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la
corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes sagrados;
Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; Derceto, en figura de
virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, sobre un catafalco, entre
antorchas y cabelleras. Para que los reyes del firmamento se sujetaran al Sol,
e impedir que sus particulares influenciasp. 507 no dañasen la suya, se blandían
largas perchas con estrellas de metal de distintos colores; desde el negro
Nabo, genio de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo.
Las Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de plata;
bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en canastillas por
los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta orden llevaban sus fetiches
y amuletos. Salieron todos los ídolos olvidados, incluso los símbolos místicos
de los navíos, como si Cartago quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y
de desolación.
Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en
equilibrio, sobre su cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre
cuyas nubes de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los
pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A veces
el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos aprovechaban
esta ocasión para tocar los Baalim con susp. 508 vestidos, que luego
guardaban como cosas venerandas.
La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la
plaza de Kamón. Los Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo
de Megara; los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los
intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes, soldados,
marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales, todos ellos con
las insignias de su magistratura o con los instrumentos de su oficio, se
dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la Acrópolis, entre los colegios
de los pontífices.
Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus
más espléndidas joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras;
los anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada más
lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las frentes
crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas que temblaban
sobre los pálidos rostros.
p. 509Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza.
Sus pontífices hicieron una alambrada para contener a la multitud y formaron un
círculo a sus pies.
Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda,
se alinearon ante su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con
capas de lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la
Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de
Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el de
Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los aulladores
con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los Yidonim, que para
investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso de muerto. Los sacerdotes
de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban apostados en la calle de Sateb,
salmodiando en voz baja un tesmoforión en dialecto megaro.
De cuando en cuando, llegaban filas de hombres
enteramente desnudos, con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por
los hombros. Arrancabanp. 510 de las profundidades del pecho una
entonación bronca y cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en
el polvo y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como
sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer el
orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, con la cara
junto a la alambrada de cobre.
Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la
plaza un hombre vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y
todos reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim.
Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino prevalecía en
este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan olvidada que no se
había advertido la ausencia de sus pontífices. Aumentó el asombro cuando se le
vio abrir uno de los portones de la alambrada, destinados para que entraran los
que iban a ofrecer las víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un
ultraje a su dios; a empellonesp. 511 trataron de rechazarlo. Alimentados
con la carne de los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas
de triple cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones.
La cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.
Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y
atravesando, paso a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le
tocó por ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne
de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por
desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente su
pensamiento decidiéndose por Baal.
Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió
en protestas. Sentía romperse el único lazo que unía las almas con una
divinidad clemente. Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía
participar del culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del
recinto; pero no bien estuvo afuera, dio unap. 512 vuelta alrededor de
todos los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, que
se apartaba al acercarse él.
Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel
entre las piernas del coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en
las llamas; los ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus
miembros de cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies,
los niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los brazos
desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las tiernas criaturas
como para coger esta corona de carne y llevarla al cielo.
Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la
multitud se amontonaba detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas.
Las grandes estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban
inmóviles en el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente
como árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas.
p. 513Muchos de los espectadores se desmayaron;
otros se quedaban inertes y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los
pechos. Se iban apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba
como absorto en el anhelo del terror.
Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano
debajo de los velos de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de
cabellos, que arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron
entonces el himno sagrado.
—¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador
que se engendra, Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!
Las voces se perdían en la explosión de los
instrumentos que tocaban a la vez, con el fin de ahogar los gritos de las
víctimas. Los schemunits de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de
doce, silbaban, tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un
chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y a pesar
del furor de losp. 514 clarines, el solsalim crujía como alas de langosta.
Los hieródulos abrieron con un gancho largo los
siete compartimentos escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron
harina; en el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un
carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el sexto, se
echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito quedó vacío.
Antes de operar, se probaron los brazos del dios.
Delgadas cadenitas que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por
las espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la
altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse le
tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los instrumentos;
crepitaba el fuego.
Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran
piedra, observando a la multitud.
Era necesario un sacrificio individual, una
oblación voluntaria, que erap. 515 considerada como preliminar de las que
venían después; pero nadie se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que
iban de las avenidas al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los
sacerdotes sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro.
Hízose entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de
afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno escogió su
tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban las mejillas y
pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se enlazaron de los brazos y,
rodeando a los niños, formaron otro gran ruedo que se contraía y se ensanchaba.
Llegaron a la balaustrada con estas contracciones, atrayendo a la multitud con
el vértigo de este movimiento sanguinario y clamoroso.
Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas,
arrojando a las llamas perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las
ofrendas eran cada vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se
tambaleaba, unp. 516 hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un
niño; en seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en
la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una gran losa y
prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías de la muerte y los renacimientos
de la eternidad.
Subían las víctimas lentamente, y como la humareda
formaba altos torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube.
Ninguno se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría
tapicería les impedía ver y ser vistos.
Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de
Moloch, estaba al lado de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho.
Cuando trajeron el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto
de horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y miró al
suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía inmóvil como
él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en el pecho la placa dep.
517 oro cubierta de piedras fatídicas, de las que la llama despedía resplandores
irisados. Amílcar inclinaba la frente; y los dos personajes se encontraban tan
cerca de la hoguera que las llamas levantaban las colas de sus mantos.
Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin
pararse. Cada vez que se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían
la mano sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No son
hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» Los devotos
gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, conformándose por miedo
a las necesidades de Cartago, murmuraban la fórmula eleusiaca: «¡Derrama la
lluvia! ¡Engendra!»
Las víctimas desaparecían al borde de la abertura
como gotas de agua en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre
el color escarlata de la estatua.
Pero el apetito del dios no se calmaba: quería
siempre más. Con el objetop. 518 de saciarle mejor, le apilaron las
víctimas en las manos con una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los
devotos quisieron contarlos al principio, para ver si el número de los niños
correspondía a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el
movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; hasta
la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, y entonces se
vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer los restos de las
víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por los cuerpos enteros.
Atardecía y las nubes se amontonaban encima de
Baal. La hoguera, exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las
rodillas del coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con
la cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.
A medida que los sacerdotes se daban prisa,
aumentaba el frenesí del pueblo; como disminuía el número dep. 519 las
víctimas, gritaban unos que se necesitaban más, y otros que había bastante.
Hubiérase dicho que las murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de
los alaridos de espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a
quienes pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores
de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían los gritos
de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los carbones. Los
bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al coloso y rugían como
tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos cantaban con sus labios hendidos;
se había roto la alambrada y todos querían tomar parte en el sacrificio. Los
padres cuyos hijos habían muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus
juguetes y los huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se
precipitaron sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce,
los hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al aire
para que el sacrificiop. 520 se esparciera por la ciudad, hasta la región
de las estrellas.
Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los
bárbaros al pie de las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis,
miraban el espectáculo estremecidos de horror.
p. 521
XIV
EL DESFILADERO DEL HACHA
Apenas habían entrado los cartagineses en sus
casas, se espesaron las nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron
caer gruesas gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.
Siguió lloviendo a cántaros toda la noche;
retumbaba el trueno; era la voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual,
ahora fecundada, abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la
veía en un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las
tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera dormirse.
Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, gritaban para
facilitar su tarea.
La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas,
formando lagos en los patios, cascadas en las escaleras yp.
522 torbellinos en las esquinas de las calles. Vertíase en pesadas y
tibias masas y en hilos apretados; gruesos chorros espumosos saltaban de los
ángulos de los edificios, y los tejados de los templos brillaban con un negro
lavado a la luz de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil
caminos; las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas,
cascote y muebles.
Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos
impermeables para llenarlos de agua, pero las antorchas se apagaban; se
cogieron tizones de la hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás
la cabeza y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la
corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban como
búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo estirando sus
miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa esperanza. Se
olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria renacía.
Sentían los cartagineses una especiep. 523 de
necesidad de hacer pagar a otros el exceso de furor que no habían podido
emplear contra sí mismos. Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si
bien no tenían ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que
da la complicidad en los crímenes irreparables.
Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus
tiendas mal cerradas; al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando
en el barro, buscando sus armas y municiones averiadas.
Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando.
El viejo Sufeta dudó unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al
cabo aceptó.
Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de
una catapulta en cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en
los bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a velas
desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.
Tres días después, cuando se iba a empezar el
ataque, llegaron tumultuosamentep. 524 gentes de la costa de la Libia,
porque Barca había entrado en su territorio, procurándose bastimentos.
Los bárbaros se indignaron, como si Barca les
traicionara. Los más aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en
abandonar el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el
helépolis; Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara,
jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados de Autharita
se fueron, abandonando la parte occidental del campo atrincherado. La desidia
de los sitiadores era tanta que ninguno se cuidó de reemplazarlos.
Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas.
Durante la noche hizo pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la
costa entró en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres,
cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes cargados
de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó a los cartagineses,
no menos que la vista de los fuertes animalesp. 525 consagrados a Baal;
eran como una prenda de ternura; una prueba de que al fin el dios iba a intervenir
en la guerra.
Narr-Habas recibió las felicitaciones de los
Ancianos. En seguida subió al palacio de Salambó.
No la había vuelto a ver desde que en la tienda de
Amílcar, entre los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los
esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, distraído
por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de sus derechos de
esposo: poseerla.
Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su
señor. Aunque todos los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el
libio disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era casi
religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como un reflejo de
la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba haberle conocido antes,
y sin embargo, le cohibía sup. 526 presencia. Mandó que le dijeran que no
podía recibirle.
Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su
servidumbre que no dejasen entrar al rey de los númidas a la residencia de
Salambó, porque retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba
tenerle adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.
En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió
prerrogativas para su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo
que los bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.
Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando
vieron llegar en una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos
prisioneros cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a
los Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes de la
defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, le devolvía ahora
sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los mercenarios en la Cerdeña y
aunp. 527 negándose a reconocer como súbditos a los habitantes de Útica.
Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este
ejemplo. Necesitaba para conservar sus Estados mantener el equilibrio entre
Roma y Cartago; tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo
que se declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y
tres mil rebel de buen trigo.
Una razón de más peso obligaba a socorrer a
Cartago; se comprendía que si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían
desde el soldado hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna
casa podrían resistirles.
En todo este tiempo, Amílcar operaba en las
campiñas orientales. Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron
sitiados a su vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y
contramarchas, renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus
campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo.
p. 528Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en
sus muros; determinación muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía
por la puerta de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los
otros bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta. Este
había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la Cirenaica y
armaduras del Brucio, y continuó la guerra.
Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante
cinco lunas los arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.
Los bárbaros trataron al principio de envolverle
con pequeños destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su
ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces se dieron
el gusto de ver retroceder a los cartagineses.
Lo que más les atormentaba eran los jinetes de
Narr-Habas. Con frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano
soñolientos y abrumadosp. 529 por el peso de las armas, asomaba de pronto
en el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube de
pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, envueltos
en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, apretando con las
rodillas a los encabritados corceles; les hacían dar una vuelta bruscamente, y
luego desaparecían. Tenían siempre, a cierta distancia, provisiones de azagayas
en los dromedarios, y volvían más terribles, aullando como lobos y huyendo como
buitres. Caían los bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la
noche, en que se procuraba ganar las montañas.
Aunque estas eran peligrosas para los elefantes,
Amílcar se aventuró en ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del
promontorio Hermeo a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era
este un medio de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua
incertidumbre en que los mantenía, concluía por exasperarlosp. 530 más que
una derrota. Sin desanimarse, le seguían los pasos.
Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la
Montaña de Plomo, en medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero,
sorprendieron los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo
estaba allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los
cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una llanura en
forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto anfiteatro de peñas
escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites, entre los bueyes que galopaban;
otros cartagineses corrían en tumulto; se vio un hombre de manto rojo, el
Sufeta, y los bárbaros le gritaron con transportes de furor y de alegría.
Muchos, o por pereza o por prudencia, se habían quedado a la salida del
desfiladero. La caballería salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los
empujaban sobre los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de
la llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo,p.
531 se detuvo. No se descubría ninguna salida.
Aquellos que se hallaban más próximos al
desfiladero, volvieron atrás, pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los
que iban delante para hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la
montaña. Sus compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el
camino.
Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres
ocultos en las rocas las empujaron con maderos, las derribaron; como la
pendiente era rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron
completamente la boca del desfiladero.
Al otro extremo de la llanada se extendía un largo
pasadizo, hendido aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que
venía de la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este
paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; protegidos
por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían vuelto a reunir;
allí fueron izados por los compañeros. A los que estabanp. 532 más
atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el terreno en este lugar
era un arenal movedizo, imposible de escalar a pie. Casi en seguida llegaron
los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, alto, de cuarenta codos, hecho a la
medida exacta del hueco, se interpuso entre ellos, como un reducto caído del
cielo.
Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían
surtido sus efectos. Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que
marchaban al frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo
estrechas en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en
el horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus
vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un triunfo
como el obtenido.
Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en
el llano hasta la mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de
aquella encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca,
talladap. 533 a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de
este callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas.
Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre intentaron
el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron escalar la cumbre, pero
aquellas o se desmoronaban o no ofrecían asidero a causa de su forma redonda.
Quisieron hender el terreno a ambos lados de la garganta, pero sus herramientas
se rompieron. Con los palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero
el fuego no podía incendiar la montaña.
Embistieron el rastrillo, claveteado con púas
agudas como las del puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo.
Los primeros entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y
todos cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y
cabelleras ensangrentadas.
Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que
les quedaba de víveres. A causa de haber perdido susp. 534 bagajes, apenas
tenían para dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido
por las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes
abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. Los
mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los pensamientos
fueron menos sombríos.
Al otro día degollaron todas las mulas, unas
cuarenta en junto; rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los
huesos; no desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de
Túnez.
El hambre redobló en la noche del quinto día, y
tuvieron que roer los tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que
cubrían el fondo de los cascos.
Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en
la especie de hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos.
Quiénes se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban
confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos buscaban a
losp. 535 bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.
Se había enterrado aprisa los cadáveres de los
vélites, a causa de la infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.
Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra.
Entre sus líneas, un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones
contra los cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera
inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores hubieran sido
menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban como niños.
Buscaban a los capitanes y les suplicaban les
dieran algo que mitigara sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les
tiraban piedras a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus
cortas provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina,
que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los que
guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más desconfiados,
se manteníanp. 536 de pie, de espaldas contra la montaña.
Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita
no temía dar la cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte
veces al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una
escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, parecía un
oso salido de su caverna, allá en la primavera, para observar si se derritieron
las nieves.
Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de
las grietas; como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban
tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas azuladas. En
la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados sus compañeros
abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, y sus cuerpos blancos
quedaron sobre la arena, expuestos al sol. Entonces, los garamantes se pusieron
a rondar los muertos. Eran seres acostumbrados a la soledad y que no conocían
ningún dios. El más viejo de lap. 537 banda hizo una señal, y echándose
sobre los cadáveres con sus cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre
los talones, los devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos
de horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta
desaprensión.
A media noche se reunieron algunos, y disimulando
su asco, se acercaban pidiendo una tajada «para probar», según decían.
Acudieron otros, y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los
labios esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la
comieron con deleite.
Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban
unos a otros, incluso aquellos que al principio rehusaban el trato con los
garamantes. Asaban la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la
salaban con polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de
los tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos.
Solo tenían veinte cartagineses cautivosp.
538 en el último encuentro, y en los que nadie se había fijado aún.
Desaparecieron; fue además una venganza lógica. Después, como había que vivir,
y se tomaba gusto por esta alimentación, se degolló a los palafreneros,
aguadores y peones de los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de
estos; muchos se hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.
También este recurso llegó a faltar. Entonces la
gula pensó en los heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era
preferible librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba
perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían de
astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por descuido se
les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer creer que estaban con
fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse, reír. Había desmayados que
volvían en sí al contacto de la cuchilla que les cortaba un miembro; se
matabap. 539 sin necesidad, por ferocidad y para saciar el furor.
Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones
a fines de invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este
cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió con
rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La llovizna que caía
sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en pudridero la llanura. Se
cernían vapores blanquecinos que penetraban la piel, cegaban los ojos y picaban
en las narices, y en los que los bárbaros creían ver el aliento o las almas de
sus camaradas. Una tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora:
querían morir.
Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a
pasar hambre. Les parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se
revolcaban convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los
brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la sed, porque
no tenían ni una sola gota de agua, pues a partirp. 540 del noveno día se
habían agotado los odres. Para engañar la necesidad, lamían las chapas
metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y las hojas de las espadas.
Los antiguos conductores de caravanas se apretaban el vientre con cuerdas.
Otros chupaban un guijarro. Bebían los orines enfriados en los cascos de cobre.
Y a todo esto, esperando siempre el socorro de
Túnez. Según sus conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su
próxima llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría.
«Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.
Al principio hicieron plegarias, votos y toda
suerte de invocaciones; ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en
venganza se volvían incrédulos.
Los hombres de carácter violento fueron los
primeros en morir; los africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba
tendido a lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un
jugo abundante, yp. 541 declarándola venenosa, a fin de apartar a todos,
se alimentaba con ella.
Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas.
Algunas veces, cuando un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba
hacia él con una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después
de apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba en
torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir su asqueroso
pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado en el polvo. Otros más
afortunados conseguían descubrir camaleones o serpientes; pero lo que les hacía
vivir más que todo, era el amor a la vida; se aferraban a esta idea,
tenazmente, por un esfuerzo de la voluntad.
Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en
rueda, en medio de la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se
abandonaban silenciosamente a su tristeza.
Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de
sus calles más concurridas, con tabernas, baños, teatros yp. 542 tiendas
de barberos, donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando
se pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes suben
las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas soñaban con
cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, con batallas, y en la
somnolencia que les embargaba, todo ello se les representaba con la lucidez y
los éxtasis de un ensueño. Alucinados, buscaban en la montaña una puerta por
donde huir, y querían pasarla al través; otros, creyendo navegar en medio de
una tempestad, mandaban una maniobra marinera; o bien retrocedían espantados,
viendo en las nubes batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose
estar en un festín.
Muchos, por una extraña manía, repetían la misma
palabra o hacían continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza,
mirarse unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los
más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que se habían
salvado. Ap. 543 todos se les representaba la muerte cierta, inminente.
¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para implorar una capitulación
del vencedor, no sabían de qué medio valerse, porque ignoraban dónde estaba Amílcar.
Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo
volcar la arena en cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las
cabelleras de los bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera
enterrarlos vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más
alta.
En ocasiones cruzaban los aires bandadas de
pájaros, que se ponían a tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.
Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían
las uñas, el frío les traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin
exhalar un grito.
Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos
mil asiáticos, mil quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus
completas, los más jóvenesp. 544 de los mercenarios; en total, veinte mil
soldados: la mitad del ejército.
Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban,
iba a dejarse matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la
montaña un hombre frente a él.
Este hombre, a causa de la altura, parecía un
enano; pero Autharita divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el
brazo izquierdo y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura,
ante el rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del
precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.
Espendio cogió una cabeza de buey; con dos
cinturones compuso una diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de
una percha, la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El
cartaginés desapareció. Quedaron todos a la espera.
Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del
tajo, vieron caer un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de
diamante, con el sellop. 545 del Gran Consejo: en el centro, un caballo
debajo de una palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les
enviaba.
Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera
el fin de sus dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban.
Espendio, Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se
ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no sabían
qué camino tomar.
En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y
la más alta de estas, girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que
estaban los bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba
moverlas en un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas
con fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con la luz
del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos como una
escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas. Se les tendió
escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó lap. 546 descarga de
una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez embajadores.
Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las
manos en las grupas de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su
primer transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias
de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.
—Yo seré quien hable.
Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente
para la salvación del ejército.
Detrás de los matorrales encontraban centinelas
emboscados, que se arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado.
Así que los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó
alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una tienda de
campaña.
En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel,
junto a una mesa alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le
rodeaban, puestos en pie.
p. 547Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un
gesto de repugnancia; tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un
gran cerco negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las
orejas; sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas
por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los músculos,
desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se pegaban a unos
dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de tumba entreabierta o de
sepulcro agusanado.
En el centro de la tienda había, sobre una estera
en que los capitanes iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que
miraban los bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una
orden, y entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo
las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con hipos de
alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron arrebañar la
gamella, y cuando hubieron terminado,p. 548 Amílcar mandó con una señal que
hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio tenía miedo,
balbuceaba.
Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un
dedo a un grueso anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí
el sello de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si
fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.
El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los
crímenes de Hannón, porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de
aplacar a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos
servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi violento; hasta
que divagó, arrebatado por el calor de su facundia.
Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se
haría la paz, que por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le
entregaran diez mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.
p. 549Los enviados no esperaban tanta clemencia.
Espendio exclamó:
—¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!
—No; me bastan diez —contestó Amílcar.
Les hicieron salir de la tienda para que
deliberaran. Cuando estuvieron solos, Autharita reclamó por sus compañeros
sacrificados, y Zarxas dijo a Espendio:
—¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada,
junto a él!
—¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! —repuso Espendio—.
¡A Amílcar!
Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa
imposible, como si Amílcar fuera un ser inmortal.
Tal era su postración, que se echaron de espaldas
en tierra, sin saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran.
Consintieron y volvieron a entrar en la tienda.
Amílcar puso por turno una mano en las de los diez
bárbaros, apretando los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras,
porque solo el tocar aquellas pieles viscosas causabap. 550 una picazón
que horripilaba. Luego añadió:
—¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y
prometéis por ellos?
—Sí —respondieron todos.
—¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención
de cumplir vuestras promesas?
Contestaron que volverían junto a sus compañeros
para hacerles cumplir lo pactado.
—Pues bien —replicó el Sufeta—; según la convención
pactada entre yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a
vosotros diez; os guardo en rehenes.
Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros
nueve se apretaron guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una
queja.
Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus
parlamentarios, se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al
Sufeta. Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la
resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jironesp. 551 de ropa, picos
y flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más
débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con el
ejército de Túnez.
En lo alto del desfiladero se abría una pradera
sembrada de arbustos; los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron
con un campo de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas
después llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes.
Entre las ondulaciones de estos montículos
brillaban haces de color de plata, separadas unas de otras; los bárbaros,
deslumbrados por el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas
negras que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes,
horriblemente armados.
Además del espolón del pecho, de los puñales de sus
colmillos y de las rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos,
llevaban al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado el
mangop. 552 de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se
adelantaban paralelamente por cada lado.
Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni
siquiera intentaron huir; se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en
esta masa de hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de
sus colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían con
las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, parecían volcanes
movibles; no se veía más que un ancho montón en que las carnes humanas formaban
manchas blancas; los pedazos de cobre, manchas grises, y la sangre, copos
rojos. Los horribles animales, atropellando por todo, ahondaban surcos negros.
El más furioso iba conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y
lanzaba jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido.
Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería miraban
siempre hacia él.
Poco a poco se iba estrechando elp.
553 círculo; los bárbaros no podían resistir, y en breve los elefantes
llegaron al centro de la llanura. Les faltaba espacio; se amontonaban
alborotados, chocándose con los colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y
volviendo grupas, regresaron al trote a las colinas.
Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la
derecha, en un repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a
las tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y cuando
los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los elefantes.
Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón de elefante
aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo con un movimiento de
ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron todo el recorrido.
El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la
noche. Amílcar se recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto,
se estremeció.
Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos
pasos de allí, a lap. 554 izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran
cuatrocientos de los más robustos: etruscos, libios y espartanos que en un
principio ganaron las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros
resolvieron cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de
un modo magnífico y formidable.
El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo.
Necesitaba soldados, y los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura.
Podían acercarse a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían
víveres.
Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche
comiendo. Pero los cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los
mercenarios.
¿Cedía este a las expansiones de un odio
insaciable, o era esto un refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo,
sin espada, desnuda la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que
siendo mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como
le hacían falta hombres, y no sabía de quép. 555 modo escoger los mejores,
que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su guardia
particular.
Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a
sus soldados, porque los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el
horizonte, les mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando
una línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de
gigantes que llevaran hachas en las cabezas.
Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros.
No era la muerte lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que
se les obligaba.
La vida en común había establecido entre estos
hombres una profunda amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la
patria; viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero;
dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de las
estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos países, de
tantas muertes y aventuras, se habíanp. 556 creado extraños amores;
uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que el más fuerte
defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a franquear precipicios,
limpiaba su frente del sudor de las fiebres, robaba comida para él; y el
protegido, niño recogido al borde de un camino, convertido en mercenario,
pagaba este afecto con mil cuidados y complacencias de esposa.
Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas,
regalos felices, en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos,
pero ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: «¡No;
tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro respondía: «Me
quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón y no te preocupes!» Los
hermanos se miraban con las manos enlazadas; el amante daba a su amado la
despedida eterna derramando lágrimas, abrazándose.
Al quitarse las corazas para que las puntas de las
espadas entraran mejor,p. 557 enseñaron las cicatrices de las heridas
recibidas por defender a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas.
Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de
los gladiadores, y empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado
los ojos, y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo.
Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos cobardes. Los
bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha de un modo furibundo
y precipitado.
A veces, dos hombres se detenían ensangrentados,
cayendo uno en brazos del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía.
Daban el pecho a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses,
de lejos, tenían miedo.
Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus
pupilas fulguraban al través de sus largas cabelleras, que colgaban como
teñidas en un baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos,
vertiginosamente, como panterasp. 558 heridas en la frente; otros estaban
inmóviles, contemplando un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la
cara con las uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el
vientre.
Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les
gritaron que tiraran las espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua.
Mientras estaban bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos
cartagineses los mataron por la espalda con estiletes.
Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer
los instintos de su ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.
Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así
se creía. Matho no resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la
partida.
Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un
convoy por la Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una
vez destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo
importante era tomarp. 559 a Túnez, a la que se dirigió a marchas
forzadas.
Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la
noticia de la victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en
el palacio de Salambó.
Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un
alto sicomoro, entre dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach.
Llevaba sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero
sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la pedrería de
sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas mientras duró la
entrevista, no hizo un solo gesto.
Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros.
Ella le dio las gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca.
El númida le contó entonces toda la campaña.
En torno de los interlocutores, las palomas se
arrullaban lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba:
codornices de Tarteso y pintadasp. 560 púnicas. Trepaban las coloquíntidas
por las ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas;
toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los rayos
de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas en el suelo. Los
animales domésticos, convertidos en montaraces, huían al menor ruido. Los
rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del oleaje. El cielo estaba todo
azul y ni una vela aparecía en el mar.
Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey
númida. Vestía este una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro;
dos flechas de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba
la mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro y
pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a Salambó. Este
hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba por su gracia
personal, y a ella le parecía como una hermana mayor enviada por los Baales para
protegerla. El recuerdo de Mathop. 561 le hizo preguntar por él al númida.
Respondió Narr-Habas que los cartagineses se
dirigían a Túnez con el fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus
probabilidades de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse,
hasta ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó
dijo:
—¡Sí, mátalo; es necesario!
El númida contestó que deseaba ardientemente esta
muerte, porque así, acabada la guerra, sería su esposo.
Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero
prosiguiendo Narr-Habas, comparó sus deseos a las flores que languidecen
después de la lluvia; a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que
ella era más hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el
rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros, cosas
nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio estarían
enarenadas con polvo de oro.
Atardecía; se respiraba un aire perfumado.p.
562 Por algún tiempo, se miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre
los largos pliegues de su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de
una nube. Antes que se pusiera el sol, terminó la entrevista.
Los Ancianos se sintieron inquietos cuando
Narr-Habas salió de Cartago. El pueblo le había recibido con aclamaciones más
entusiastas que la primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban
solos de los mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron,
para debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta
última etapa de la salvación de la República.
Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias
occidentales, a fin de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa
derrota; pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban
ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en la
campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna de hierba; a
los niños y enfermos que encontrabap. 563 los hacía morir entre tormentos;
daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, pero él se hacía llevar a
una litera las más hermosas, porque su atroz enfermedad le tenía inflamado de
impúdicos deseos.
A veces, en las crestas de las colinas se plegaban
las negras tiendas como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes
llantas, que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se
hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de Cartago
iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la victoria de los
mercenarios para volver; pero, sea por terror o por hambre, tomaron todas el
camino de sus hogares, y desaparecieron.
Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero
como le convenía concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de
Túnez. Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las
murallas de aquella ciudad.
Túnez tenía para defenderse su poblaciónp.
564 autóctona, doce mil mercenarios, todos los «Comedores de cosas
inmundas», y con ellos estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el
horizonte de Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó
la resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las palmeras de
los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en cuanto a víveres,
se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos que se alimentaban de
cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, en estado ruinoso por los
celos de Cartago, no podían resistir el empuje de los hombres. Matho tapó los
agujeros con piedras de los edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba,
como no fuese que la fortuna diera una vuelta a la rueda.
Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla
un hombre que de cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía
volar las flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una
bandadap. 565 de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.
Amílcar estableció su campo en el lado meridional;
Narr-Habas, a su derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago;
los tres generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos
a un tiempo al enemigo.
Pero Amílcar quiso primero demostrar a los
mercenarios que los castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez
embajadores, y los puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.
A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.
Matho tenía pensado que si podía pasar entre los
muros y las tiendas de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los
númidas no tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la
infantería cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la
ciudad. En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.
Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del
lago, avisó a Hannón quep. 566 enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era
porque creía a Barca débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una
perfidia o una necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su
afán de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con todo
su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un cambio de
frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y aplastándoles, hasta
que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en ella con treinta de los
Ancianos más ilustres.
Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes.
Avanzaban todos puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y
aquellos que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la
huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. ¡Sálvame!»
Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies no tocaban al suelo.
A los Ancianos se les había ya sacado afuera. Aumentó el terror de Hannón: «¡Me
habéis vencido! ¡Soy vuestrop. 567 cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía,
viéndose llevado a hombros de los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué
queréis? ¡Ya veis que no hago resistencia! ¡Siempre he sido bueno!»
Ante la puerta se había levantado una cruz
gigantesca. Aullaban los bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y
en nombre de los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía
que confiarle un secreto del que dependía su salvación.
Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era
prudente consultar a Matho, fueron a avisarle.
Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía
otras cruces, como si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano;
hacía esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una,
tal vez ninguna. Lo levantaron.
—¡Habla! —dijo Matho.
Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos
en Cartago, y serían reyes los dos.
Matho se apartó, haciendo señal ap. 568 los
demás para que se dieran prisa; porque ya se imaginaba que todo era una astucia
para ganar tiempo.
Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas
crisis en que no se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a
cambio de una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus
soldados.
Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos
tendidos en tierra, con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el
anciano Sufeta que iba a morir, lloró.
Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y
entonces mostró al desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras
cubrían enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los
pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que resbalaban
entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo horriblemente
triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema real, medio desceñida, se
arrastraba por el polvo con sus cabellos blancos.
p. 569No encontraban cuerdas bastante fuertes para
izarlo hasta lo alto de la cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el
madero, a la usanza púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor:
vomitó injurias. Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que
degüellan en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más
cruel, y que sería vengado.
Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde
se escapaban ahora llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los
embajadores de los mercenarios.
Algunos de estos, desmayados al principio, se
habían reanimado con la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el
pecho y colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los
brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre a
goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y Cartago, el
golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que daba vueltas, como una
inmensa rueda. Algunap. 570 nube de polvo que subía del suelo les envolvía
en su torbellino, y sentían correr sobre ellos un sudor glacial juntamente con
el alma que se les escapaba.
Veían, sin embargo, a mucha profundidad los
movimientos de los soldados en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente
el tumulto de la batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que
mueren en las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún
gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; Zarxas, tan
vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a su lado, tenía la
cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la cruz; Autharita, inmóvil,
giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta en una hendidura de la madera, se
mantenía recta sobre la frente, y el ronquido que exhalaba del pecho parecía
más bien un rugido de cólera. En cuanto a Espendio, revestido de un valor
extraño, despreciaba ahora la vida, por la certidumbre que tenía de una
manumisión inmediatap. 571 y eterna, y esperaba impasible la muerte.
En medio de su desfallecimiento, temblaban todos
ante un roce de plumas que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y
graznidos, en el aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se
posó el primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo
lentamente, con sonrisa indefinible:
—¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?
—¡Eran nuestros hermanos! —contestó el galo; y
expiró.
Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y
llegado a la ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las
lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada en la
plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a orillas del
lago, treinta cruces desmesuradas.
En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían
construido con los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los
Ancianos aparecíanp. 572 en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre
sus pechos tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las
flechas que les habían tirado desde abajo.
En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha
cinta de oro, flotando hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar
le costó trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo
aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con los
miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a fragmentos
de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros.
El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante
de él, le ocultaba todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a
los otros dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los
cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta catástrofe, en
medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso de las órdenes de
Amílcar.
p. 573Matho se aprovechó de ello para continuar sus
estragos entre los númidas.
Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre
ellos. Salieron los elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se
precipitaron sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo,
donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había enviado su
caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando los caballos estuvieron
a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, abriéndoles el vientre a
puñaladas. La mitad de los númidas había muerto cuando se presentó Amílcar.
Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente
a estas tropas de refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las
Aguas Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió a
la desembocadura del Macar.
Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de
escombros humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la
mitadp. 574 del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los
cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí como un
archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar.
Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado
mano de todos los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras,
y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio morir a lo
lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las calles, llamándolos por
sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, el Invencible! ¡La Victoria!
¡El Terrible! ¡La Golondrina!» En el primer día no se
habló más que de los ciudadanos muertos; pero al siguiente, se vieron las
tiendas de los mercenarios en la montaña de las Aguas Calientes, y la
desesperación fue tan grande, que mucha gente, las mujeres sobre todo, se
precipitaron de cabeza de lo alto de la Acrópolis.
Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía
solo en su tienda, sinp. 575 más compañía que la de un joven, y nadie
comía con ellos, sin exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin
embargo, miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey de
los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a desconfiar.
La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras.
Con toda suerte de artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los
mercenarios se vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No
bien entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si bebían
en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde se guarecían para
dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían sido sus aliadas o sus
cómplices, los perseguían ahora; en todas estas bandas, veían los bárbaros
armaduras cartaginesas.
Muchos tenían costras y herpes en la cara,
provenientes, según ellos, de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por
haber comido los peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse,p.
576 soñaban con sacrilegios peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a
los dioses púnicos. Hubieran querido exterminarlos.
Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo
de la costa oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los
primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e
Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las dos
ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. Con tanta
miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el sentimiento de una
exasperación que iba en aumento; hasta que un día se encontraron en las gargantas
del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!
La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros
estaban tan excitados, que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran
batalla, con tal de que fuera la última.
Matho tenía deseos de comunicar personalmente al
Sufeta esta propuesta, pero uno de sus libios se ofreció ap. 577 hacerlo.
Todos, al verle partir, tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero
volvió la misma noche.
Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al
amanecer, en el llano de Radés.
Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo
más, y el libio contó:
—Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué
quería. Yo respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás
mañana con tus compañeros!»
Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos
quedaron aterrados, por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al
parlamentario en el campo cartaginés.
Le quedaban todavía tres mil africanos, mil
doscientos griegos, mil quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos
etruscos, quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos
nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil doscientos
diez y nueve soldados, pero ninguna sintagmap. 578 completa. Habían tapado
los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; y reemplazó los
coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de cobre o de hierro hacían
más pesados sus vestidos; las cotas de malla colgaban en andrajos, mostrando en
las carnes las cuchilladas como hilos de púrpura entre los pelos de los brazos
y de las caras.
La rabia por los compañeros muertos les volvía al
alma multiplicando su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un
dios de los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además,
les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de Cartago
en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.
Mataron las bestias de carga y se las comieron para
cobrar fuerzas; luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a
distintas constelaciones.
Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos.
Frotaron el borde de los escudos con aceite, para facilitarp. 579 el
resbalo de las flechas; los infantes que llevaban largas cabelleras se las
cortaron en la frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar
todas las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago lleno.
Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del ejército bárbaro;
pero nunca había experimentado la inquietud que ahora; si sucumbía era la destrucción
de Cartago y moriría crucificado; si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y
los Alpes, caería sobre Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte
veces se levantó en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos
detalles. Los cartagineses estaban exasperados por tanto recelo.
Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas,
aparte de que los bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad,
bebía a cada instante vasos de agua.
De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y
puso en el suelo una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos
con azufre yp. 580 rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba
la novia; una prueba de amor; una especie de invitación.
Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El
recuerdo de Matho la obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la
muerte de este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de
la picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de los
númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir
inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para excitar su
valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya no pensó más que en
la dicha de poseer una mujer tan hermosa.
La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó
en seguida, y concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como
porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu más
elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le parecía claro.p.
581 Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de Espendio.
Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio
puso a los etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban
atrás, y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo
raso, cubiertos de plumas de avestruz.
El Sufeta dispuso los cartagineses en orden
parecido. A distancia de la infantería, junto a los vélites, colocó los
clinabaros; más allá, a los númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban
alineados, dándose las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una
vacilación; pero al fin, los dos ejércitos se movieron.
Avanzaban los bárbaros lentamente, para no
sofocarse, batiendo la tierra con los pies. El centro del ejército púnico
formaba una curva convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al
encontronazo de dos flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se
entreabrió en seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas
y azagayas. La curva dep. 582 los cartagineses iba aplanándose, hízose
recta y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron
paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros,
encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban perdidos. Matho
los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían avanzando, hizo salir
afuera las tres filas interiores de su línea, las cuales desbordaron pronto sus
flancos, apareciendo todo el ejército en triple longitud.
Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos,
aparecían los más débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado
sus carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.
Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha
se componía de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda
cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, fuera de
peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió su caballería por
escuadrones, pusop. 583 entre ellos a los hoplitas y los lanzó contra los
mercenarios.
Estas masas en forma de cono presentaban un frente
de caballos y paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era
imposible que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían
armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta de una
percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la llanta de una
rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al herir, y en el tiempo que
empleaban en enderezarlas con los talones, los cartagineses los acuchillaban cómodamente,
a derecha e izquierda.
Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los
que habían muerto no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta
gruesa línea de bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una
serpiente e inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras
ella, descansando un minuto, y luego volvíanp. 584 a la lucha, con los
pedazos de armas que les quedaban.
A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los
cartagineses, mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo,
se despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, y para
asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas púnicas no se oía
más que la voz del agitador que anunciaba las órdenes; los estandartes repetían
sus señales y cada cual iba llevado por la oscilación de la gran masa que le
rodeaba.
Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se
precipitaron a su encuentro.
Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla
de cabello en la punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte,
manejaban un hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados
de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios precisos,
y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. Furiosos los animales
galopabanp. 585 a través de las sintagmas. Algunos de los camellos que
tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los avestruces heridos.
La infantería púnica cayó en masa sobre los
bárbaros y los cortó. Sus manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros.
Las armas brillantes de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas
de oro; un hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las
espadas chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en
el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían y volvían
al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se metieron en medio de
ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento, o bien refluían y daban
triunfantes clamores que, llevados por el aire, parecía empujarles como el
aliento de una tempestad. Amílcar se desesperaba; todo iba a sucumbir ante el
genio de Matho y el invencible valor de los mercenarios.
En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de
tamboriles. Era unap. 586 turba de viejos, de enfermos, de niños de quince
años y de mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago,
y para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en casa de
Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de la trompa
cortada.
Entonces les pareció a los cartagineses que la
patria, abandonando sus murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron
redoblado su valor, y los númidas arrastraron a todos.
Los bárbaros, en medio del llano, se habían
replegado junto a un montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni
aun de sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes.
La gente de Cartago lanzaba, por encima de los
númidas, asadores, cazos y martillos; aquellos que pusieron espanto en los
cónsules, morían a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a
los mercenarios.
Estos se habían refugiado en lo alto de la colina.
A cada nueva brecha, sup. 587 círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una
sacudida les empujó arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos;
introdujeron las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al
acaso. Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por
ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los tenía hasta
el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; su trompa cortada,
pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando como una enorme
sanguijuela.
Después, se pararon todos. Los cartagineses,
enseñando los dientes, miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros
estaban en pie, hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la
contienda. Los mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se
querían entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida
que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era como una
pirámide que poco a poco se agrandaba.
p. 588Ya únicamente quedaban cincuenta, que se
redujeron a veinte, luego a tres, y por fin a dos: un samnita armado con un
hacha, y Matho, que aún tenía su espada.
El samnita manejaba su hacha, a diestro y
siniestro, advirtiendo a Matho los golpes que le amagaban:
—¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!
Matho había perdido sus espaldares, su casco, su
coraza; estaba completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los
cabellos erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez,
que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la empuñadura; el
samnita había muerto y la ola de cartagineses se estrechaban y se le venía
encima. Entonces levantó al cielo las manos vacías, cerró los ojos y, abriendo
los brazos como un hombre que se lanza al mar desde lo alto de un promontorio,
se lanzó a las picas.
Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se
daba a los enemigos, otras tantas estos retrocedían y separabanp. 589 sus
armas. Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado
de pies y manos, y cayó.
Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún
tiempo, paso a paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que
aprovechó el momento en que Matho se bajaba para envolverle.
Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro
miembros en cruz; todos los que no estaban heridos fueron escoltándole
ruidosamente hasta Cartago.
La noticia de la victoria había llegado a la ciudad
antes de la tercera hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la
quinta cuando llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en
las casas, que la ciudad parecía arder en llamas.
Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y
echado de espaldas, miraba las estrellas.
Luego se cerró una puerta tras él y quedó en
tinieblas.
Al otro día, a la misma hora, moría el último de
los hombres que quedabanp. 590 en el desfiladero del Hacha. El día que
partieron sus compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se
alimentaron por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a
ver a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por tibieza
o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de sitio; pero agotadas
las provisiones, los zuazos se retiraron.
Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo
que no valía la pena de enviar soldados.
Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se
habían multiplicado desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran
batida, y poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado
hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando llegó el
hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban de ellos.
En toda la extensión de la llanura, los leones y
los cadáveres estaban tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y
las armaduras. Ap. 591 casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo;
algunos parecían intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos
polvo llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los
esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, formaban
manchas brillantes en medio de la arena.
Los leones descansaban con el pecho en el suelo y
las dos patas alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la
reverberación de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban
fijamente delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines,
dormían arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban
inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas fajas
rojas rayaban el cielo en el Occidente.
En uno de estos montones que ondulaban
irregularmente el llano, algo menos vago que un espectro se levantó. Uno de los
leones se despejó y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra
en el fondop. 592 del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al
hombre, lo derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el
vientre, le fue desgarrando las entrañas.
Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos
minutos lanzó un largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a
perderse en la soledad.
De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de
rocas. Oyóse un rumor de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de
la garganta, asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran
los chacales que acudían a devorar los restos.
El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del
precipicio, se volvió.
p. 593
XV
MATHO
Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo,
universal, desmesurado, frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las
estatuas de los dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el
incienso en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus
abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol.
El continuo chillido de las voces era dominado por
el grito de los aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar
ofrecían en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos
al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias estaban
conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros. Desaparecía la
Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones de las trirremes, alineados
fuera del muelle, resplandecíanp. 594 como un dique de diamantes; dondequiera
se advertía el orden restablecido, el principio de una nueva vida, la explosión
de una inmensa alegría; era el día del matrimonio de Salambó con el rey de los
númidas.
En la terraza del templo de Kamón estaban
dispuestas tres grandes mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los
sacerdotes, de los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura,
la destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado
Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía esta boda
en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la desposada.
Otro deseo más áspero impacientaba a la
muchedumbre; la muerte de Matho, prometida para la ceremonia.
Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo,
meterle plomo derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle
a un árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido a
Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habíanp. 595 de vengarla. Otros eran
de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado al
cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba la idea del
cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se retorcía quemándose, como
candelabro agitado por el viento.
¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al
suplicio? Lo que se deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la
ciudad; que todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde
las losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar al
reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron que iría de
la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos atados por la
espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin de que viviera más tiempo
y que se le arrancaran los ojos para que la tortura fuera más intensa. No podía
tirársele nada, ni tocársele más que con tres dedos.
Por más que Matho no debía presentarsep.
596 hasta la caída de la tarde, se creyó verle alguna que otra vez, y la
multitud se precipitaba hacia la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para
volver desengañada y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la
víspera, en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se
interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para hundirlas
mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y pálidos, cual si se
tratara de su propio suplicio.
De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron
por encima de las cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que
salía de su palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción.
El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma
lentitud.
Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques;
luego los de Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas
insignias y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de
Moloch pasaban con lap. 597 frente baja, y la multitud, por una especie de
remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la Rabbetna
avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las sacerdotisas con
túnicas transparentes de color amarillo o negro, que lanzaban gritos de pájaro
y se retorcían como víboras; o bien, al son de las flautas, giraban imitando la
danza de las estrellas, esparciendo a su paso las voluptuosas esencias de sus
vestiduras. De estas mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de
párpados pintados, que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad,
perfumadas y vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus
pechos aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo
el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las antorchas
ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía haber una pública
prostitución, con el contingente de las cortesanas traídas de Sicilia en tres
naves, y también del desierto.
p. 598Conforme iban pasando los Colegios
sacerdotales, se iban colocando en fila en los patios del templo, en las
galerías exteriores y a lo largo de las grandes escalinatas adosadas a los
muros y que se juntaban en lo alto. Entre las columnatas se destacaban las
túnicas blancas, como una arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las
de piedra.
Aparecieron después los intendentes, los
gobernadores de provincias y todos los Ricos. En el pueblo se produjo un
tumulto, arremolinándose en las calles afluentes; los hieródulos contenían la
turba a latigazos. En medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una
litera con dosel de púrpura iba Salambó.
Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y
crótalos sonaron más fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de
púrpura atravesó el pórtico para subir al primer piso.
Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza
para ir a sentarse en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga.
Pusieron a sus pies unp. 599 escabel de marfil, con tres gradas: en la
primera se arrodillaron dos niños negros, en cuyas cabezas posaba Salambó
algunas veces sus dos brazos, cargados de ajorcas y brazaletes.
De los tobillos a las caderas iba envuelta en una
red de estrechas mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como
nácar; un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un
escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas. Peinaba
un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras preciosas; un
amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre sus hombros, y con los
codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y con pulseras de diamantes en las
muñecas, se mantenía firme, en actitud hierática.
Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su
padre y su esposo. Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal
gema, de la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como los
cuernos de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con brochesp. 600 de
pámpanos de oro, llevaba al costado su espada de guerra.
En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del
templo de Eschmún, entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran
círculo negro, mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una
columna de cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol
irradiaba resplandores por todos lados.
Detrás de Salambó estaban desplegados los
sacerdotes de Tanit, con túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus
tiaras, formaban una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros
de esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se alineaban los
sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla de púrpura. Los demás
Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La multitud llenaba las calles, las
azoteas de las casas, o bien subía por la Acrópolis. De este modo, teniendo el
pueblo a sus pies, el firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la
inmensidad del mar, el golfo, las montañasp. 601 y las perspectivas de las
provincias, la resplandeciente Salambó se confundía con Tanit, y parecía el
genio mismo de Cartago, su alma, en forma corpórea.
El festín debía durar toda la noche; lampadarios de
muchos brazos estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada
que cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio azul,
cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban entre la doble
hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas con sus pámpanos estaban
enroscados como tirsos a copas de marfil; bloques de nieve fundíanse en platos
de ébano, y limones, granadas, calabazas y sandías formaban montículos bajo las
altas vajillas. Los jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de
las especias; las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las
flores; las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas
simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban palomas.
p. 602Los esclavos, con la túnica arremangada,
andaban de puntillas; a intervalos las liras tocaban un himno o bien se oía un
coro de voces. El rumor del pueblo, como el ruido del mar, flotaba vagamente en
torno del festín, como si lo meciera en más grande armonía; algunos se
acordaban del banquete de los mercenarios; se entregaban a sueños de felicidad;
el sol empezaba a declinar, y la luna, en cuarto creciente, se levantaba ya en
la otra parte del cielo.
Salambó, como si alguno la llamara, volvió la
cabeza, y el pueblo, que la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos.
En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la
puerta del calabozo abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de
este negro agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto
asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da libertad. Le
cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le habían conocido y
contenían la respiración.
p. 603El cuerpo de esta víctima era para ellos una
cosa propia, revestida de un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle,
especialmente las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho
morir a sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una
infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de
remordimientos, que aumentaba la execración.
Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la
sorpresa se desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver.
La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta
peldaños. El hombre las bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una
montaña; por tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos
talones.
Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con
grandes sacudidas; hacía tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le
hinchaban los brazos, cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente.
Del sitio en que estaba, partían muchasp.
604 calles, y en cada una de estas, una triple hilera de cadenas de
bronce, atadas al ombligo de los dioses Pateques, se extendía paralelamente de
un extremo a otro. La turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los
criados de los Ancianos empuñando látigos.
Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este
se puso en marcha.
Todos alargaban los brazos por encima de las
cadenas, quejándose de que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho;
Matho andaba pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba
en otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se daba
prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba en carcajadas.
Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando
de la manga la punta de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de
cabello y tiras de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas
empapadas de inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su
garganta brotóp. 605 un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio.
El último sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante
de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos se vengaban
en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios sufridos. La rabia
del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando; las cadenas, demasiado
tensas, iban a romperse; no hacían caso de los golpes de los esclavos que los
contenían; se colgaban en los salientes de las casas; se asomaban en los
agujeros de los muros, y ya que no le podían herir, vociferaban contra él.
Eran injurias atroces, inmundas, con frases
irónicas e imprecaciones; no les bastaba el tormento que le infligían: le
anunciaban otros más terribles en la eternidad.
Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida
continuidad. Una sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era
repetida a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas
vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndolep. 606 a Matho que
se le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos que le
ahogaban en el aire.
Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión
algo parecido. Era la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la
misma ira; pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios;
y tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante sus
ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir; plegó las
rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento.
Del peristilo del templo de Melkart trajeron
entonces la barra de un trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera
cadena se la aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las
voces del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó.
Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y
otra vez; pero siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con
gotas de aceite hirviente,p. 607 se le ponían cascos de vidrio, y él
seguía andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate de
una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió.
Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus
grandes látigos de cuero de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo,
que sus túnicas estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de
pronto echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle de
Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la plaza de
Kamón.
Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los
esclavos habían apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a
su alrededor y vio a Salambó.
A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto
en pie, y a medida que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la
terraza, y como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En
su alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el
mundo enterop. 608 desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de
un recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía.
A excepción de los ojos, Matho no conservaba
ninguna apariencia humana: era una masa completamente ensangrentada. Rotas las
ataduras, colgaban sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los
tendones de sus puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas
lanzaban llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado
seguía avanzando!
Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó
estaba asomada a la balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban;
sintió que le remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido
por ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía el
talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de volverlas a
oír; no quería que este hombre muriera. En este momento, Matho sufrió un gran
estremecimiento: Salambóp. 609 iba a gritar. Matho cayó de espaldas y ya
no se movió.
Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono
por los sacerdotes que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era
obra de ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su
nombre.
Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el
manto de los sacerdotes de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía
para cortar las carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de oro.
De un solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y lo clavó en
la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y ofreció este
holocausto al sol.
El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían
como largas flechas al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba
desapareciendo, las palpitaciones de la entraña disminuían, y con el último
latido el globo de fuego se extinguió.
En este momento, desde el golfo hasta la laguna y
desde el istmo al faro, en todas las calles, casas y templos,p. 610 resonó
un grito unánime; grito que a veces se interrumpía para redoblar en seguida;
los edificios temblaban; Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de una
alegría titánica y de una esperanza sin límites.
Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo
izquierdo el talle de Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando
una patera de oro, bebió por el genio de Cartago.
Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa
para beber también. Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel
del trono, descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos desatados
colgando hasta el suelo.
Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el
velo de Tanit.
FIN DE SALAMBÓ
p. 611
ÍNDICE
|
|
|
Páginas. |
|
I.— |
El festín |
|
|
II.— |
En Sicca |
|
|
III.— |
Salambó |
|
|
IV.— |
Bajo las murallas de Cartago |
|
|
V.— |
Tanit |
|
|
VI.— |
Hannón |
|
|
VII.— |
Amílcar Barca |
|
|
VIII.— |
La batalla del Macar |
|
|
IX.— |
En campaña |
|
|
X.— |
La serpiente |
|
|
XI.— |
En la tienda de campaña |
|
|
XII.— |
El acueducto |
|
|
XIII.— |
Moloch |
|
|
XIV.— |
El desfiladero del Hacha |
|
|
XV.— |
Matho |
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ ***


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