© Libro N° 9520. La Veleta De Gastizar. Baroja, Pío. Emancipación. Enero 22 de 2022.
Título original: © Memorias De Un Hombre De Acción. La Veleta De
Gastizar. Pío Baroja
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Original: © Memorias De Un Hombre De Acción. La Veleta De Gastizar. Pío
Baroja
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Memorias De Un Hombre De Acción
LA VELETA DE GASTIZAR
Pío Baroja
Memorias De Un Hombre De Acción
La Veleta De Gastizar
Pío Baroja
Title: Memorias de un Hombre
de Acción: #8 La Veleta de Gastizar
Author: Pío Baroja
Release Date: September 7, 2016 [eBook #53003]
Language: Spanish
Character set encoding: ISO-8859-1
***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE
UN HOMBRE DE ACCIóN: #8 LA VELETA DE GASTIZAR***
E-text prepared by Carlos Colón
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MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA VELETA DE GASTIZAR
Copyright by Rafael Caro Raggio—1918.
Es propiedad.
Prohibida la reproducción.
Imp. de Alrededor del Mundo, Martín de los
Heros, 65.
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA VELETA DE GASTIZAR
NOVELA
RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
Calle de Ventura Rodríguez, 18
1918
PRÓLOGO
Era un dragón, una sierpe, una salamandra, un
monstruo hórrido, difícil de clasificar, con una corona de tres picos en la
cabeza y un dedo de su mano derecha en los labios como para imponer silencio.
¿A quién? No lo sabemos.
Este dragón se hallaba encaramado sobre el mundo,
una bola de hierro negra, sujeta en un vástago y tenía la humorada de señalar
el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, cosa no difícil de comprender si se
añade que el grifo, basilisco o dragón, formaba parte de un pequeño y simpático
artefacto que llamamos veleta.
Esta veleta coronaba la torre de la casa solariega
de un pueblo labortano.
Era un monstruo rabioso, aquel monstruo indefinido
que dominaba su mundo, un monstruo rechinador, malhumorado, que giraba desde
hacía muchos años, no se sabía cuantos, en la vieja torre de Ustariz que tenía
Gastizar por nombre.
Sus garras amenazaban alternativamente a los cuatro
puntos cardinales, de su boca salían llamas que por arte mágico se convertían
en una flecha, sus orejas estaban atentas a todo cuanto se hablaba y se
murmuraba en el pueblo.
Para neutralizar la perversidad y la iracundia de
aquella furia super-terrestre, para dulcificar su pérfida malicia, el artífice
que le dió forma mortal le fijó para siempre en la cola el anagrama de
Jesús-Cristo: J. H. S.
Así este dragón tosco y quimérico representaba el
dualismo de las cosas humanas y divinas: por la cabeza al diablo y por la cola
a Dios; por delante la ciencia, el materialismo, la duda; por detrás el
misticismo, y la piedad; por un lado todo[11] malicia,
ironía y desprecio para los mortales por el otro todo benevolencia y
resignación cristiana.
En aquella peligrosa altura, en aquella posición
incómodamente ambigua, Ormuz y Ariman en una misma pieza, tenía que girar a
todas horas el pobre y lastimero dragón de Gastizar. No era extraño que su
genio se hubiese agriado y que rechinase con tanta frecuencia.
La soledad le había hecho melancólico. Las alturas
aislan. Aquel viejo basilisco no tenía amigos; únicamente una lechuza parda se
posaba en el remate de la veleta y solía estar largo tiempo contemplando desde
allí arriba el pueblo.
¿El dragón roñoso y la lechuza de plumas suaves y
de ojos redondos se entendían? ¿Quién podía saberlo? ¿Venía ella—el pájaro
sabio del crepúsculo—a recibir órdenes de aquel basilisco chirriante e infernal
agobiado por su apéndice cristiano? ¿O era el basilisco el que recibía las
órdenes de la lechuza?
Si alguien traía órdenes era indudablemente la
lechuza. ¿De donde? Lo ignoramos.
El viejo dragón velaba sobre el pueblo. El dirigía
los fantasmas de la noche, él hacía avanzar las nubes obscuras que pasaban
delante de la Luna, él irritaba y calmaba los ábregos y los aquilones con sus
movimientos bruscos y sus chirridos agudos.
En los días de tempestad mientras el vendaval
soplaba con fuerza, el dragón mugía y chillaba escandalosamente; en las
tormentas, a la luz de los relámpagos, se presentaba terrible e iracundo, en
cambio en los días de sol, cuando la claridad dorada se esparcía por las
colinas verdes del Labourt, ¡qué humilde! ¡qué domesticado! ¡Qué buenazo
aparecía el dragón de Gastizar vencido por el anagrama cristiano de su cola!
Aun en estos días tranquilos miraba con cierta
sorna a la gente que, sin duda, desde su altura le parecía pequeña, a veces se[13] volvía despacio como para dirigir al espectador
una cortesía amable, a veces le daba la espalda con un marcado desprecio.
A pesar de su maldad, de su energía y de su furia,
el dragón de Gastizar desde hacía algunos años se movía con dificultad para dar
sus órdenes.
¿Era que su aditamento cristiano le iba dominando y
adormeciendo?
¿Era que sus articulaciones se entorpecían con el
reumatismo y la gota?
¿Era solamente la edad?
Fuese lo que fuese era lo cierto que durante largas
temporadas el dragón quedaba inmóvil, sin poder inclinarse ni a la derecha ni a
la izquierda, furioso, amenazando con un ademán de cómica impotencia al
universo.
A veces una ráfaga de aire le infundía un momento
de vida y sus garras se agitaban estremecidas en el aire y su lengua de llamas
vibraba con saña, pero al poco tiempo volvía a su inmovilidad con el aspecto
triste de un paralítico.
Alguien, probablemente algún burlón había echado a
volar la especie de que la anquilosis de la veleta coincidía con la
tranquilidad de la villa y en cambio sus movimientos bruscos con los
conflictos, con las guerras, con las pestes, con las revoluciones...
LIBRO PRIMERO
LA FAMILIA DE ARISTY
I.
LOS VIAJEROS
Habían salido los tres viajeros de Bayona, a
caballo, por la puerta de Mousserolles, una tarde de otoño. Uno de los jinetes,
ya viejo, con el pelo gris, tenía un aplomo al caer en la silla, propio de un
militar; el otro, un joven rubio, montaba como el que ha tomado lecciones de
equitación en un picadero, y el último, un muchacho moreno y de ojos negros
brillantes, apenas sabía más que sostenerse sin caer sobre su cabalgadura.
Afortunadamente para él llevaba una yegua blanca vieja y pacífica que a duras
penas salía del paso.
Los tres jinetes eran españoles. Tomaron poco
después de salir de Bayona por la carretera que corre al lado del río Nive y
fueron charlando.
El tiempo estaba hermoso, la tarde tranquila y
apacible; las hojas iban amarilleando en los árboles de ambos lados del camino
y el follaje de los robledales en la falda de los montes comenzaba a enrojecer.
Había nubarrones en el cielo en la dirección de la
costa.
Al pasar los jinetes por delante de Villefranque
les sorprendió una turbonada; las nubes comenzaron a invadir rápidamente el
cielo y lo encapotaron en poco tiempo; unos minutos después gruesas gotas
redondas como monedas cayeron en la carretera.
El chaparrón fué arreciando y los jinetes tuvieron
que picar la espuela a sus caballos, cosa un tanto comprometida para el joven
moreno de los ojos brillantes, a quien se vió inclinarse a derecha e izquierda
como un saco mal atado, a los movimientos del trote brusco de su yegua.
Llegaron los viajeros en el instante en que más
arreciaba la lluvia a las proximidades de Ustariz, y se detuvieron enfrente de
una gran cruz pintada de rojo con los instrumentos de suplicio.
—¿Qué hacemos?—preguntó el viejo.—¿Estamos ya en el
pueblo?
—Ahí se ve la iglesia—advirtió el joven rubio.
Efectivamente, por encima de un grupo de árboles se
destacaba el campanario de la iglesia en medio de la bruma.
—El pueblo creo que está desparramado por el
valle—indicó el muchacho moreno;—voy a preguntar en una de estas casas por la
posada.
—Yo voy contigo—dijo el joven rubio y bajó del
caballo.
El moreno hizo lo mismo, y los dos llevando los
caballos de las riendas pasaron un portillo y se acercaron a una casa que se
veía a unos doscientos pasos de la carretera.
El muchacho moreno dió las riendas a su compañero y
entró en el caserío. Un campesino viejo y flaco que fumaba una pipa de barro se
le acercó.
—¿Esto es Ustariz?—le preguntó en vascuence el
muchacho moreno.
—Sí, señor.
—¿Está lejos una casa que se llama Chimista?
—Sí, bastante lejos.
—¿Y la posada está también lejos?
—No, ahí cerca. Sigan ustedes por el camino, pasen
ustedes la iglesia y pregunten por la Veleta.
El campesino salió al portal de la casa a indicar
el sitio aproximado en donde estaba la posada.
Los dos jóvenes volvieron a salir a la carretera y
se unieron con el viejo compañero. Pasaron por delante de la iglesia y se
detuvieron al par de una casa que tenía una muestra recién pintada con la
bandera tricolor, en donde podía leerse:
A LA VELETA DE USTARIZ
CAFÉ. POSADA
El jinete viejo saltó de la silla rápidamente, le
siguieron los dos jóvenes y entraron todos en el gran zaguán de la posada.
Había allí un tilburí y dentro un señor esperando el paso de la tormenta.
—¿Qué hacemos?—preguntó el viejo español.
—Nos quedaremos aquí—contestó el muchacho moreno.
—Sí, si no van ustedes a ponerse perdidos—advirtió
el posadero que se presentó para llevar los caballos a la cuadra.
—Yo me voy—dijo el caballero del tilburí al
posadero,—porque hay lluvia para rato;—y sa[21]liendo del
portal a la carretera hizo tomar el trote largo a su caballo.
El viejo y los dos jóvenes españoles quedaron en el
zaguán. Al volver el posadero el viejo español le preguntó:
—¿Hay mucho de aquí a un caserío que se llama
Chimista?
—Más de una hora.
—¿Buen camino?
—No muy malo. Ahora no pueden ustedes ir. Suban
ustedes.
Los viajeros subieron hasta una sala del piso
principal, donde se sentaron.
—¿Quieren ustedes algo?—preguntó el posadero.
—Tomaremos sidra—dijo el muchacho moreno.
—¿Van ustedes a cenar?
—Si escampa seguiremos la marcha—advirtió el viejo.
—Ya me parece que no escampa—replicó el joven
rubio.
—Entonces lo dejaremos para mañana.
—Y yo mandaré hacer la cena—dijo el posadero.
—Bueno.
Los viajeros se sentaron a la mesa y esperaron a
que el posadero viniera con unos vasos y dos[22] botellas.
Era el posadero hombre de treinta a cuarenta años, corpulento, de cara redonda
y expresión tranquila y burlona. Vestía grandes botas con polainas, pantalones
anchos de pana azul, faja encarnada, blusa negra adornada con bordados y boina
muy grande.
Estando sirviendo la sidra le llamó la muchacha y
el posadero salió de prisa del cuarto.
Poco después se oyó que hablaba con unas señoras.
Los dos españoles jóvenes salieron, movidos por la
curiosidad, a la puerta de la sala y vieron en el pasillo a una señora ya de
edad, con el pelo blanco, y a otra de unos treinta años, las dos muy elegantes.
A juzgar por sus palabras habían entrado en la posada huyendo de la lluvia, y
el posadero iba a mandar inmediatamente a la criada a casa de estas damas por
dos paraguas. Las señoras fueron a descansar al comedor, que estaba en el
extremo opuesto del pasillo adonde daba la sala en que se encontraban los españoles.
La muchacha volvió pronto con los paraguas y las
señoras se dispusieron a salir.
El joven moreno, como si tuviera algo que hacer,
salió de la sala y se cruzó con ellas. La más joven le echó una mirada viva y
sonrió.
Al volver el posadero a la sala el muchacho le
preguntó:
—¿Éstas señoras son de aquí?
—No; son españolas como ustedes.
—¡Españolas! ¿Cómo se llaman?
—Son la condesa de Vejer y su hija.
—¿Y viven aquí?
—Sí; viven en el chalet de las Hiedras, que les
alquila madama de Aristy, la dueña de la casa de Gastizar. Madama de Aristy es
la madre de este caballero que estaba antes en el portal con un tilburí.
El joven se asomó a la ventana y vió alejarse por
la carretera a las dos damas.
II.
LA POSADA DE LA VELETA
Dos establecimientos de Ustariz rivalizaban en
la obra de misericordia de dar posada al peregrino: uno la Veleta, el otro el
Caballo Blanco.
Los dos representaban épocas distintas y enemigas;
los dos simbolizaban un régimen político y social diferente: la Veleta de
Ustariz era la posada de la monarquía de Julio; el Caballo Blanco había sido la
de la Restauración Borbónica. Las posadas del Imperio y las anteriores no
habían llegado en el pueblo al alto honor de tener nombre y enseña.
El Caballo Blanco había sido el primero que
disfrutó estas mercedes en Ustariz. El Caballo Blanco, como casi todas las
posadas y tabernas de Fran[26]cia que tenían este nombre,
intentó transformarse después de la Revolución de 1830 en la posada del Héroe
de ambos mundos en honor del general Lafayette; pero esta transformación la
llevó a cabo el posadero de Ustariz con tan poca fe y tan poca pintura, que el
letrero antiguo se transparentaba por debajo del nuevo.
En los pueblos en donde el entusiasmo republicano
era grande, y en vista de que Lafayette parecía aburguesarse y consideraba a
Luis Felipe como la mejor de las Repúblicas, los Caballos Blancos tuvieron una
segunda transformación y quedaron convertidos en los Caballos Tricolores. Para
que los Caballos Blancos se convirtieran en Tricolores se añadía a los
hipógrifos pintados en la muestra una escarapela o una bandera francesa.
El Caballo Blanco de Ustariz no era un caballo de
pura sangre ni un caballo revolucionario; le faltó la energía para esta nueva
carrera; no pudo transmigrar a su tercer avatar y se quedó durante algún tiempo
en un Caballo Blanco vergonzante, hasta que, hostigado y mareado por su enemiga
la Veleta, desapareció años después yendo probablemente a parar su muestra al
cielo de los caballos pintados y de los demás animales fa[27]bulosos
y reales de las enseñas de las tabernas.
La Veleta de Ustariz rivalizó durante mucho tiempo
con el Caballo Blanco y acabó por vencerlo; fué para el Caballo Blanco lo que
Luis Felipe para la rama mayor de los Borbones.
En esta época de 1830 la Veleta no había conseguido
aún su triunfo definitivo; no había conseguido que la diligencia se detuviera
delante de su puerta, y por una tradición que a Esteban Irisarri, el posadero
de la Veleta, le parecía irritante el coche correo seguía hasta el Caballo
Blanco.
Había entonces en el pueblo dos servicios de coches
públicos; la diligencia que se llamaba La Bayonesa y el Cuco, que tenía por
nombre La Nivelle. La Bayonesa con sus carteras del correo paraba en el Caballo
Blanco y el Cuco en la Veleta.
La Veleta de Ustariz se hallaba establecida en la
carretera, en una casa grande de dos pisos, oculta en el verano, por la parte
de atrás, por una parra.
Esta posada tenía en el piso bajo una tienda, mitad
café y mitad taberna, con las paredes recién pintadas de color de sangre de
toro muy brillantes.
En una esquina, el dueño había mandado poner un
banderín de madera con los tres colores na[28]cionales y
en medio el letrero: A la Veleta de Ustariz.
En la planta baja había café, taberna, la bodega,
la cuadra y una cocina espaciosa con chimenea de gran campana, dos mesas largas
con bancos y el techo lleno de jamones y chorizos colgados y de quesos puestos
sobre estantes de madera.
Desde el zaguán, enlosado con grandes piedras,
partía una escalera de castaño carcomida y recompuesta hasta el rellano del
primer piso.
De aquí se pasaba, por una puerta de cristales, a
un corredor algo oscuro que tenía alcobas a un lado y a otro. En uno de los
extremos del pasillo, hacia la carretera, estaba la sala, y en el otro lado,
hacia la huerta, el comedor.
En la sala, tapizada con un papel verde aceituna,
casi siempre con las ventanas entornadas, se veían algunos muebles descabalados
de estilo Imperio, un espejo sin brillo y lleno de puntitos blancos y varias
litografías de colores detonantes con las hazañas de Mazzepa y del príncipe
Poniatowski.
Este salón de la Veleta de Ustariz pasaba en el
pueblo por un salón elegante y confortable, digno de un hotel de Bayona.
Hacia el lado de la huerta el comedor de la po[29]sada daba a un balcón, en verano siempre en sombra por
el follaje de una parra que hacia de cortina verde y tupida.
El comedor tenía un papel nuevo que Esteban
Irisarri, el posadero de la Veleta, consideraba uno de los mayores atractivos
de la casa. Representaba la catarata del Niágara, al natural, como decía él.
Cerca de la catarata paseaban caballeros elegantes en briosos corceles, y
señoras reclinadas en fastuosos landós con lacayos negros y perros de aguas.
Rompiendo una parte de la catarata había un
ventanillo que comunicaba con un cuarto por el que se bajaba a la cocina, y por
este ventanillo la mujer de Esteban, la Juana Mari, sacaba la comida para que
la sirviera la criada. En el centro del comedor había una mesa ovalada donde
podían sentarse quince o veinte personas. En este comedor de la Veleta de
Ustariz se servía únicamente a los forasteros distinguidos por un módico
sobreprecio. La gente del pueblo y los campesinos iban siempre a comer a la
cocina.
Esteban Irisarri, el dueño de la Veleta, era hombre
reformador y progresivo. Había sido sargento de Artillería y se había casado
con la hija de un tratante de lana de Ustariz. Por entonces[30] regentaba
la posada y seguía con los negocios de lana.
Los tres viajeros que acababan de entrar en la
Veleta de Ustariz eran constitucionales españoles; el viejo con aire de militar
se llamaba don Juan López Campillo, había sido guerrillero en la guerra de la
Independencia y estaba emigrado desde 1823; de los jóvenes, el rubio con
aspecto enfermizo era Eusebio Lacy, hijo del general Lacy, fusilado en Bellver,
y el moreno, un muchacho navarro ex seminarista llamado Manuel Ochoa.
Campillo había interrogado a Esteban el posadero en
un mal francés pidiéndole informes acerca de las familias de aquel pueblo, y
sobre todo del militar español que vivía en la casa llamada Chimista.
El posadero había soslayado la cuestión con el
maquiavelismo espontáneo de un vasco; pero al dirigirle claramente la pregunta
no tuvo más remedio que hablar.
—No tenga usted cuidado, hombre—le dijo Ochoa, el
joven de los ojos negros, en vascuence—, no somos de la Policía; todo lo
contrario.
Esteban el posadero valoró aquel todo lo
contrario con una sonrisa significativa, y dió los datos que sabía
acerca del viejo militar por quien[31] le
interrogaban. Después invitó a los huéspedes a pasar al comedor.
Precediéndolos fué por el pasillo, encendió la
lámpara, y aunque no estaba del todo oscuro cerró las maderas del balcón. Los
tres españoles se sentaron alrededor de la mesa.
—Se ha colocado usted en medio de la catarata del
Niágara, mi coronel—dijo Ochoa a Campillo señalando el papel del comedor—. Se
va usted a mojar.
—Sí—dijo el viejo sonriendo—. En cambio usted ha
buscado buen sitio en ese bosquecillo.
—Lacy se nos ha ido con las damas—indicó Ochoa
mostrando un grupo de damiselas pintado en el papel—. Este siempre tan galante.
El posadero explicó dónde había comprado aquel
papel, que era una de las grandes atracciones de la casa, y como tenía que
ocuparse de sus menesteres posaderiles, dijo:
—Si no desean ustedes otra cosa, me marcho. Si
tienen que llamar, den ustedes una patada en el suelo. Así.
—Está bien—indicó Ochoa—; conocemos el
procedimiento.
Lacy había abierto las maderas del balcón del
comedor que daba a la galería de la parra.
El tiempo estaba desecho. El cielo violáceo se
deshacía a torrentes y la lluvia caía en rayas negras y oblicuas. Un canalón
del tejado vomitaba agua, formando un gran chorro en arco que iba a caer sobre
unas coles.
—Cierra, que viene viento—exclamó Ochoa.
—Me gusta ver el temporal—dijo Lacy, y saliendo del
comedor y recorriendo el pasillo bajó al zaguán y se asomó a la puerta.
La tarde estaba tibia; el aire, blando.
Un olor de raíces y de tierra húmeda venía del
suelo. A veces había ráfagas de viento huracanado. El follaje amarillo y rojizo
de los árboles se desprendía dejando las ramas desnudas; algunas hojas grandes
al volar por el aire parecían murciélagos de vuelo tortuoso o nubes de
mariposas que al agitarse daban el vértigo.
La hojarasca seca del camino corría de aquí para
allí como en un sábado de brujas, galopando en frenéticos escuadrones, volando
por encima de las copas de los árboles, aplastándose sobre los troncos y
quedando inmóviles en los charcos.
—Dejan la vida en la inmovilidad para irse a la
libertad y a la muerte—se dijo Lacy a sí mismo—. Así hacemos nosotros los
hombres; unos[33] para caer en el fango como ellas,
otros para quedar olvidados en la cuneta del camino.
Largo tiempo estuvo el joven Lacy embebido en
pensamientos melancólicos, mirando las nubes que marchaban rápidamente por el
cielo. En esto la muchacha de la posada se acercó al joven absorto, y le dijo
que iba a subir la cena.
Volvió Lacy al comedor y se sentó a la mesa.
Esteban el posadero, de pie, apoyado en el respaldo
de una silla, amenizó la velada hablando.
Se había internado de lleno en una de las
narraciones que a él le parecían más interesantes; la lucha de la Veleta de
Ustariz con el Caballo Blanco.
Preguntó Ochoa, mientras mondaba el hueso de una
chuleta, por qué le había dado este nombre a su establecimiento, y el posadero
charló por los codos.
Se trataba, según dijo, de una veleta vieja que
había en Gastizar, una de las mejores casas de Ustariz, propiedad de los
señores de Aristy. Gastizar era una de las curiosidades de la villa y competía
con Urdains, la finca del convencional Garat, el hombre ilustre del pueblo que
todavía vivía en otoño de 1830, época en que comienza esta historia.
Al decir de Esteban el pasadero, la villa entera
había dado en decir que la veleta de Gastizar era una veleta misteriosa y
simbólica, que anunciaba o por lo menos coincidía con los grandes trastornos
políticos y con las convulsiones que agitaban el país.
Esta veleta de la torrecilla de Gastizar se hallaba
desde hacía tiempo mohosa y no giraba con el viento; sin embargo, cuando los
acontecimientos políticos eran grandes, sin duda la fuerza de la historia le
hacía girar, quieras que no.
Así, la veleta de Gastizar se había movido en la
época del Terror, después de las matanzas de Septiembre, cuando Domingo Garat
fué designado por Danton para ministro de Justicia; también se había movido el
día del suplicio de los Girondinos, día en que el mismo Garat era ministro del
Interior; luego la veleta misteriosa cambió de rumbo el 18 de Brumario, y
volvió a cambiar cuando las tropas de Wellington pasaron por Ustariz y el lord
Duque se alojó en casa de Garat. Las dos últimas agitaciones de la veleta habían
coincidido con Waterloo y con la restauración Borbónica.
La revolución de Julio no había conseguido conmover
la veleta de Gastizar, quizás no consi[35]deraba a Luis
Felipe y a sus ministros de bastante importancia, quizás los vientos del verano
no habían sido lo suficientemente fuertes para sacarla de su inercia.
La Veleta de Gastizar dependía de la política
francesa, que a su vez en Ustariz dependía de Garat.
Garat, la veleta y la Revolución eran la trinidad
política de Ustariz.
Esteban el posadero, como hombre partidario de las
reformas, había tenido la idea feliz de bautizar su posada con el nombre de la
Veleta, dando a entender que el establecimiento y su amo patrocinaban los más
atrevidos cambios y las más radicales modificaciones sociales.
Muchos aseguraban, según dijo Esteban el posadero,
que no había de tardar la veleta en moverse. No era la revolución de Julio un
acontecimiento tan insignificante para que una veleta, por muy alta que
estuviera, lo despreciara.
Esteban al explicar la cuestión con detalles se
reía; pero estaba inclinado a creer que algún misterio existía en la veleta de
Gastizar, aunque no fuera más que para amenizar la vida, algo insípida, del
pueblo.
Mientras Esteban charlaba animadamente, los[36] viajeros cenaban y la muchacha de la posada iba y
venía mirando al joven Lacy con el rabillo del ojo.
Después de la cena Esteban se retiró y los viajeros
se enfrascaron en una larga conversación política.
Estaban los tres metidos en la gran aventura que
los constitucionales españoles iban a emprender por aquellos días. Campillo era
amigo del coronel Valdés, y pensaba acompañarle; Ochoa se decía partidario de
Mina, y el joven Lacy se hallaba dispuesto a seguir a cualquier caudillo que
marchase adelante, a la victoria o a la muerte.
Después de una larga conversación en la que se
discutieron ideas y personas, Campillo dijo:
—Bueno, vamos a la cama, que mañana tendremos que
levantarnos temprano.
Ochoa llamó con el procedimiento de la patada en el
suelo, y se presentó Esteban, que condujo a cada uno a su cuarto.
—Me parece que la veleta de Gastizar esta noche se
va a mover—dijo el posadero frotándose las manos.
Lacy entró en su cuarto, dejó la palmatoria en la
mesilla de noche y se sentó en una vieja butaca. La alcoba tenía en el techo
grandes vigas pin[37]tadas de azul. En medio estaba la
cama de madera, grande, ancha, con cuatro o cinco colchones y del techo
colgaban cortinas pesadas que la envolvían. Más que una cama, aquello parecía
un altar.
Sobre una cómoda, brillante y ventruda, se veía en
un fanal un ramillete hecho con conchas. Lacy estuvo un momento pensativo;
luego se acercó a la ventana. Se había levantado un viento terrible,
huracanado.
Las ráfagas de aire daban alaridos, mugidos,
silbidos; zarandeaban los árboles, cuyo follaje seco se estremecía y producían
un rumor como el del mar en un robledal lejano. Algunas ramas golpeaban el
cristal de la ventana como si fueran manos que llamaran.
Los relámpagos aclaraban el campo con su luz
cárdena y resonaban los truenos largos en todas las concavidades del valle. Un
momento la lluvia se convirtió en granizo y quedó todo el campo cubierto de
perlas brillantes. Caía el granizo con un repiqueteo como el de un tambor.
Lacy, después de un largo rato de contemplación, se desnudó, apagó la luz y se
metió en la cama...
En las primeras horas de la noche la violencia del
viento aumentó; después comenzó a caer una[38] lluvia
mansa, tranquila; cesó el viento y no se oyó en el silencio del campo más que
el ladrido lastimero de un perro...
Al levantarse los viajeros albergados aquella noche
en la Veleta de Ustariz, el sol brillaba en el cielo y el campo tenía un
aspecto plácido e idílico.
—Saben ustedes—les dijo Esteban el posadero al
saludar a sus huéspedes.
—¿Qué hay?
—La veleta de Gastizar se ha movido esta noche.
Vamos a tener acontecimientos.
III.
USTARIZ Y SU GRANDE HOMBRE
Ustariz es una aldea vasco-francesa que está a
dos leguas o dos leguas y media de Bayona en la orilla izquierda del Nive. Es
uno de esos pueblos cuyo caserío esparcido por el campo y agrupado en barrios
tiene una gran extensión.
Los barrios de Ustariz, muy lejanos unos de otros,
llevan los nombres de Arrauntz, Eroritz, Erribere y Purgonia. De estos grupos
de casas, el de Erribere, el pueblo bajo, núcleo principal de la villa,
conservó hasta la Revolución ciertas prerrogativas.
Entre dos de estas barriadas, que ofrecen a las
miradas del viajero casas muy típicas de aire vasco, está la iglesia moderna y
sin carácter.
Ustariz se encuentra rodeado de robledales. Se[40]gún algunos sabios del lugar, su nombre significa en
vasco círculo de robles.
Ustariz es pueblo de horizonte despejado y de
hermosas vistas. Desde los altos se divisa al Sur, el monte Larrun, a la
derecha, y el pico de Mondarrain a la izquierda; hacia el Norte se extiende la
gran llanura francesa hasta que se pierde de vista. Las cercanías de Ustariz
son frondosas; colinas verdes con prados y bosques.
Ustariz forma parte de la antigua comarca vasca
llamada Labourt. Toda la tierra que lleva este nombre es poética soñolienta,
soleada. El río Nive la cruza de un extremo a otro.
El Nive es un río de rápida corriente, con cascadas
y presas que mueven los molinos en la parte alta, y muy lento en su parte baja.
Mientras cruza la comarca de Suberoa es un río
claro, alegre, saltarín, lleno de espumas; un riachuelo vasco, pequeño y
alborotador, que corre por entre desfiladeros y gargantas poblados de hayas y
de robles.
En su parte baja al entrar en el Labourt, sobre
todo después de Ustariz, el Nive es profundo, oscuro, verde; espejo inmóvil
donde se reflejan los árboles de las orillas y por donde se deslizan las barcas
planas que en el país llaman chalantas.
Todo el estrépito de este río cuando es niño y
navarro, se convierte en silencio y modestia al hacerse labortano y adulto.
Entonces se esconde como avergonzado entre las colinas pobladas de árboles,
pasa sin ruido y sin espumas por debajo de los puentes y marcha a reunirse con
repugnancia en Bayona con el Adour, que es un río lento y turbio que viene de
pueblos de lengua de oc, pueblos encalados y rodeados de tierras blancas y
arenosas.
Ustariz era antiguamente la capital administrativa
del Labourt y celebraba una asamblea todos los años casi tan famosa en el país
vasco como la de Guernica. Esta asamblea, el Bilzaar donde se
reunían los viejos labortanos para resolver los asuntos de la comarca, se
congregaba en el bosque de Haitzea sobre una eminencia poblada de robles a la
que se llamaba Capitolo-erri (lugar del Capitolio).
En 1830 Ustariz estaba en decadencia; muchas de sus
casas se hallaban en ruinas; su pequeña industria no progresaba. Ya no se
celebraba el Bilzaar como en los buenos tiempos; ya los sabios
del país no acudían al bosque de Haitzea.
Ustariz había perdido su capitalidad
administrativa, y las tres comarcas vasco-francesas: el[42] Labourt,
Soule y Suberoa no formaban un departamento como habían pedido los Garat y
otros regionalistas del país al Gobierno revolucionario.
Los vascos de Francia entraban en el mismo montón
que los bearneses y gascones, cosa que desagradaba profundamente a Garat el
menor, vascófilo impenitente, a pesar de llamarse así mismo ciudadano del
mundo.
Muchos de estos regionalistas vasco-franceses
hubieran querido llegar a una aproximación con los españoles y formar una
confederación vasca para defenderse de la presión niveladora de París y
conservar el espíritu de la región; pero no encontraban, ni entonces ni
después, colaboradores en los vascos españoles, tercos y cerrados para todo
cuanto no fuera un estúpido absolutismo y un más estúpido fanatismo religioso.
Por otra parte, la política natural de las grandes nacionalidades tenía que
separar a los vascos de un lado y otro del Pirineo, cortando poco a poco las
fibras sentimentales comunes. En esta época de decadencia de Ustariz quedaban
en el pueblo dos curiosidades: la casa del convencional Domingo José Garat, que
todavía vivía en Urdains y la veleta misteriosa de Gastizar.
Urdains estaba cerca del barrio de Arrauntz y[43] de la colina de Santa Bárbara, desde donde se
divisaba un magnífico panorama; Gastizar se hallaba dentro de Erribere.
Entre Garat y la veleta de Gastizar había grande
semejanza. Los dos eran ornamentales, los dos versátiles; pero Garat había
cambiado con los vientos reinantes mejor que la veleta de Gastizar, que se
hallaba desde hacía tiempo enmohecida. Garat se movía también a impulsos de la
bondad y del reconocimiento.
Los Garat habían tenido el sino de figurar en el
mundo.
Garat el mayor, había sido diputado en los Estados
generales durante la Revolución; Garat el menor, el célebre, fué ministro en
plena efervescencia revolucionaria, y otro hermano más joven había sido uno de
los tenores de más fama de la época.
Las mujeres de la familia también se habían
distinguido, y la hermana de Garat, superiora del convento de la Visitación, de
Bayona, llamaba la atención por su inteligencia y por su belleza
extraordinaria.
Garat, el tenor, alcanzó el máximo de su
popularidad en tiempo del Directorio; había dado antes lecciones de canto a la
reina María Anto[44]nieta; fué el ídolo de los salones, y
puso en boga en París una canción vasca que comenzaba así:
Mendian zori eder
Eper zango gorri.
(¡Qué bonita es la perdiz de patas rojas en el
monte!)
Domingo Garat, el menor, hombre débil, brillante y
versátil, había pasado por los momentos más terribles de la Revolución
francesa, intentando dejar una amable sonrisa allí donde los demás dejaban una
mueca de furor y de amenaza.
No le valió su amabilidad, y en los momentos
trágicos tomó un carácter sombrío. Estuvo también preso y a punto de ser
guillotinado. Garat cumplió la triste misión, siendo ministro de Justicia, de
comunicar a Luis XVI su sentencia de muerte.
El sino del vasco Garat fué parecido al del bearnés
Barere de Vieuzac; las circunstancias hicieron de estos ruiseñores meridionales
tipos odiosos y odiados por la mayoría.
Los periodistas monárquicos que redactaban el
periódico Las Actas de los Apóstoles agrupaban tres nombres
como sinónimos: Carra-Garat-Ma[45]rat, uniendo por la
fuerza del consonante a hombres tan distintos como Marat el sanguinario, Carra
el jacobino sospechoso, y Garat el ideólogo de las frases brillantes.
Garat toujours rempli de frayeur et d'espoir
A toujours le secret de dire blanc et noir.
S'exprimer franchement lui semble par trop bête
Et sauvent son pays il veut sauver sa tête.
(Garat, siempre lleno de miedo y de esperanza,
tiene siempre el secreto de decir blanco y negro; expresarse francamente le
parece muy tonto, y salvando el país quiere salvar su cabeza). Garat, a quien
los monárquicos intentaban pintar como uno de tantos ogros de la Revolución, no
era más que un hombre que había errado el camino. Garat era un hombre ligero y
versátil, retórico y conceptista. Amaba a su pueblo y a su país, era vascófilo,
meridionalista e hispanófilo, y firmaba a veces sus trabajos con el seudónimo
de José de Ustariz.
Era Garat hombre amigo de novedades, y fué uno de
los primeros franceses que antes de la Revolución quiso hacer trabajos para
propagar en Francia la filosofía de Kant. El poeta danés Bag[46]gesen
durante su estancia en París le comunicó el entusiasmo por el filósofo de
Koenigsberg.
A medida que la Revolución francesa evolucionaba,
Garat evolucionó con ella; fué alternativamente dantoniano, thermidoriano,
bonapartista, imperialista, después abandonó la barca de la Revolución, que
naufragaba, y se hizo partidario de los Borbones y devoto.
Messieurs, n'acusez pas Garat
De changer de doctrine.
(Señores, no acuséis a Garat de cambiar de
doctrina) así comenzaba una poesía satírica dedicada a él.
En el Diccionario de las Veletas, publicado en
París en 1814, Garat estaba en el número de las primeras veletas de Francia.
Hasta en Ustariz, su pueblo, donde todo el mundo le
quería, se le motejaba de versátil, y durante la Restauración uno de los
versolaris labortanos le dirigió estos versos:
Gastizarco veleta
Ez du ibiltzen aicea
Ez ifarra, ez igoa
Ez da Garat bezala
Uztaritzco lagun zarra[47]
Bere borondatez eramana
Beti turnatzen al da
Alde guztiyetara
(A la veleta de Gastizar ya no la mueve el viento,
ni el Norte ni el Mediodía. No se parece a Garat, nuestro viejo amigo de
Ustariz, que llevado por su buena intención siempre anda dando vueltas en todos
sentidos.)
Como el abate Swift gritaba en sus ratos de
alegría: ¡Viva la bagatela!, Garat podía decir: ¡Viva la versatilidad!
Su versatilidad le había conservado joven y de buen
corazón y tenía derecho a vitorearla.
Como se ve por estas explicaciones, Ustariz era un
pueblo en 1830 que podía vanagloriarse de sus veletas. La de Gastizar y la de
Urdains tenían fama en muchas leguas a la redonda.
IV.
GASTIZAR Y CHIMISTA
Si van ustedes a Chimista—dijo Esteban el
posadero a sus huéspedes—irán ustedes mejor a pie que a caballo: al dejar la
carretera el camino que hay que tomar estará húmedo y resbaladizo con la lluvia
de esta noche.
—Nos vamos a poner perdidos—dijo Campillo.
—Si usted quiere ir a caballo—observó
Ochoa—nosotros le seguiremos a pie.
—No; iré también a pie.
—Yo les acompañaré hasta dejarles en el camino de
Chimista—indicó Esteban.
Los españoles, precedidos por Esteban, salieron de
la posada y marcharon por la carretera. Al pasar por Gastizar, la casa de la
misteriosa veleta, se detuvieron a contemplarla.
Era Gastizar un caserón grande colocado entre la
carretera y el río, con las paredes de un color[50] amarillento
negruzco, las persianas verdes y el tejado de un tono rojo oscuro herrumbroso.
Una de sus fachadas laterales tenía en un ángulo una ancha torre cuadrada,
centinela en guardia que vigilaba la carretera.
En el país, Gastizar podía llamarse palacio. Eran
sus paredes de mampostería y en las aristas de todo el edificio, como en las de
la torre, ostentaba cintas de piedra rojiza tallada.
Las ventanas y balcones tenían grandes marcos de
arenisca blanca.
Las persianas y puertas verdes estaban ya muy
desteñidas; el alero, artesonado de cerca dos metros de saliente, se hallaba
pintado de manera un tanto bárbara, con las zapatas que le sostenían azules y
los entablamentos amarillos.
Un camino transversal que partía de la carretera
pasaba por delante de Gastizar, cruzaba el río por un puente y seguía hacia
Chimista. A este camino daba la fachada principal del palacio.
Tenía ésta un jardín delante circundado por una
tapia baja, con dos grandes tilos y unos macizos de hierba.
Pasando la avenida se entraba por una portalada por
encima de la cual avanzaba un gran balcón con los barrotes labrados y cuyo
baran[51]dado estaba sujeto a la pared por arcos de
hierro.
Enredándose en ellos se veía una glicina nudosa.
En el segundo piso había cinco balcones sin
saliente con los cristales pequeños y verdosos y en medio del tejado cortando
el alero una mansarda.
Los viajeros contemplaron un momento Gastizar.
Entre la casa y el río se extendía la huerta
orientada al levante con dalias, rosas de todos colores y crisantemos de la
India que hacía poco tiempo se habían introducido en el país y que en aquellos
días de Octubre estaban aún en todo su esplendor.
Gastizar ofrecía distinto aspecto según del lado
desde donde se le mirase.
Por la fachada, orientada al Norte, tenía un aire
sombrío; los musgos verdosos nacían entre sus piedras y los hierbajos crecían
sobre la cornisa de los balcones y en el alero.
Los otros tres lados eran más sonrientes y alegres
y estaban rodeados de jardines; la parte que daba a la carretera con su
torrecilla cuadrada se perfilaba con cierto aire feudal. Esta to[52]rrecilla tenía dos miradores y un tejado plano sobre el
cual se erguía la misteriosa veleta de Gastizar con su dragón con la boca
abierta, sujeto en un vástago de ocho o diez pies de alto terminado en una
punta de lanza.
Esteban el posadero que mostró a sus huéspedes
Gastizar y sus curiosidades dijo que algunos que se tenían por inteligentes
aseguraban que esta veleta debió haber sido traída de otra parte porque parecía
del siglo XV y la construcción de la casa databa del siglo XVI. Esteban añadió
que un viejo del pueblo aseguraba que esta veleta la había visto él en un
torreón de Larresore antes de la época revolucionaria y agregó que un señor
condecorado que había estado en el pueblo dijo que antiguamente la importancia
y nobleza de un castillo se podía medir por el número de veletas. Cuantas más
tenía más noble y más importante era. Durante mucho tiempo los plebeyos no
podían tener estos pequeños aparatos sobre el tejado de sus casas lo que a
Esteban, que era un buen liberal, le parecía el colmo del abuso y una de las
más abominables señales del despotismo del Antiguo Régimen.
Después de hacer gala de sus conocimientos, el
posadero, indicando uno de los dos caminos[53] en
que se dividía el que iban siguiendo, dijo:
—Por ahí en media hora estarán ustedes en Chimista.
Marcharon los viajeros adelante, preguntaron en dos
caseríos hasta detenerse en una casita pequeña y blanca que aparecía en medio
de un robledal, rodeada de campos y a poca distancia del río. Era Chimista.
Tenía la casa que llevaba este nombre dos pisos con
entramado de madera. Era del tipo clásico del país, el primer piso avanzaba un
poco sobre el bajo y el segundo sobre el primero. Se abrían a un lado dos
ventanas góticas del gótico conopial y una puerta en arco apuntado.
La puerta estaba abierta. Entraron en el zaguán y
llamaron dando palmadas. No apareció nadie.
—Ahí al lado había unas mujeres. Voy a preguntarles
si hay alguien en la casa—dijo Ochoa.
Acababa de salir el muchacho navarro cuando se
presentó en el portal una mujer joven con un niño en brazos.
—¿Está don Valentín Malpica?—preguntó Campillo en
castellano.
—¡Mi padre!... Sí...—balbuceó la mujer.—¿Qué le
querían ustedes?
—Queríamos hablarle. Somos amigos suyos.
—Ah, entonces... pasen ustedes, está en la huerta.
Campillo y Lacy cruzaron el zaguán y un establo y
salieron a la huerta.
Contemplando unos árboles frutales había dos
hombres; un viejo canoso y un señor de unos cuarenta años, tipo entre ciudadano
y campesino que llevaba una boina grande. Este señor era el mismo que habían
visto en el zaguán de la fonda de la Veleta al llegar a Ustariz en un tilburí.
Campillo se acercó al viejo.
—¡Malpica!—exclamó.
El viejo se volvió rápidamente y puso la mano
derecha sobre los ojos como pantalla y preguntó en francés a su compañero:
—¿Quién es?
—No sé, no le conozco—dijo el de la boina.
—Soy Campillo, tu camarada. ¿No te acuerdas de mí?
Malpica se acercó al forastero y le estrechó la
mano.
Era don Valentín Malpica un viejo derecho con la
cara sonrosada y los ojos grises. Tenía la tiesura y la rigidez de un militar.
—Venimos a hablarte—dijo Campillo.—Este[55] muchacho que me acompaña es Eusebio de Lacy, hijo
del general.
—¡Es el hijo de Lacy! perdone usted joven que le
abrace.—Malpica le estrechó entre sus brazos.—Le conocí mucho a su padre de
usted, y peleé con él—siguió diciendo.—Era un militar valiente y un liberal de
verdad. Espérenme ustedes un momento. Les presentaré a ustedes... mi hija...,
Miguel Aristy..., el coronel Campillo... Lacy.
Se dieron la mano. Miguel Aristy era el señor de la
boina grande que acompañaba a Malpica.
La hija del coronel invitó a sentarse a los
forasteros en el jardín en un cenador cubierto de enredaderas, entre las que se
destacaban clemátides blancas y azules, campanillas rojizas y rosas tardías.
Un niño de tres a cuatro años salió corriendo de la
casa y se echó en brazos de la hija de Malpica.
—¿Es hijo de usted?—le preguntó Lacy señalando al
niño.
—Sí.
—¡Qué guapo es!
—Lo que es, es muy desobediente.
—¡No!—dijo el chico levantando el dedo en el aire.
—Sí, sí. Su hermanita es mucho mejor que él.
—¿Vive usted todo el año aquí en el campo?—preguntó
Lacy.
—Sí, todo el año, con mi padre y mi marido.
—¿Su marido de usted es este señor?—dijo indicando
al de la boina.
—No, este señor es mi cuñado. Yo estoy casada con
su hermano.
—¡Qué casa más simpática tiene usted!—exclamó
Lacy—aquí parece que debe ser muy fácil ser feliz.
—Yo creo que en todas partes se puede ser feliz si
se contenta uno con poco.
—Sí, quizás sea cierto, pero eso no lo puede saber
usted por experiencia.
—¿Por qué?
—Porque lo tiene usted todo: unos niños tan
bonitos, su padre, el marido, el buen carácter...
—Usted también lo tendrá...
—Será difícil.
—¿No tiene usted familia?
—Sí, mi madre. Mi padre fué el general Lacy
fusilado en Mallorca por liberal.
—He oído hablar mucho de él.
—Mi padre estaba reñido con mi madre. Yo he sido
educado en colegios, siempre separado de la familia.
—¡Qué pena!
—Sí, mi infancia ha sido bastante triste. Mi
juventud tampoco es muy alegre. Estoy enfermo.
—Curará usted.
—No sé; ya veremos.
—Buenos señores—dijo Malpica acercándose al
cenador.—Puesto que tenemos que hablar de asuntos reservados vamos a mi cuarto.
Campillo y Lacy se dispusieron a marcharse de la
huerta y se despidieron del señor de la boina.
—Adiós, señor de Lacy—dijo la hija de Malpica dando
la mano al joven—y no arrastren ustedes a mi padre a ninguna empresa peligrosa.
Abandonaron los dos españoles la huerta y por la
cuadra pasaron al zaguán en donde vieron a Ochoa que hablaba en vascuence con
unas muchachas que al oirle se reían a carcajadas.
Ochoa se unió con sus amigos y los tres subieron
por una escalera al rellano del primer piso. Malpica, que les esperaba, les
condujo a un cuartito pequeño empapelado, adornado con unas estampas de
generales y de guerrilleros de la Inde[58]pendencia
puestos en marcos en las paredes, una mesa, un estante con una docena de libros
y dos sillones.
—Aquí que nadie nos oye—dijo Malpica dirigiéndose a
Campillo.—Puedes hablar a tus anchas.
Campillo que no era hombre de buenas explicaderas
comenzó a embarullarse y a perderse en comentarios y en detalles de tal modo,
que dijo dirigiéndose al joven Lacy:
—Hable usted, porque yo no sé explicarme
rápidamente.
Eusebio Lacy tomó la palabra.
—Ya le ha indicado el coronel Campillo—dijo—que los
liberales españoles han pensado hacer un intento serio para establecer la
Constitución en España. Supongo que estará usted enterado de la marcha en
general de este asunto.
—No, no lo estoy. Vivo aquí apartado y sin
enterarme de nada.
—Entonces haré un resumen de lo que ocurre. Después
de la Revolución de Julio de París, todos los caudillos españoles liberales se
han reunido para hacer un intento en la frontera. El gobierno francés favorece
la empresa y el mismo Luis Felipe ha dado dinero para ella. Entre los[59] jefes están Mina, Gurrea, Chapalangarra, Méndez
Vigo, Jáuregui, López Baños, San Miguel, Milans del Bosch, Valdés... En fin,
todos.
—Los conozco—dijo Malpica.—A unos personalmente, a
otros de nombre.
—Por desgracia—añadió Lacy—hay diferencias entre
los nuestros y se han formado varios bandos capitaneados por Mina, Valdés,
Chapalangarra, Méndez Vigo y Gurrea.
—¡Mal negocio!
—Sí, es defecto de nosotros los españoles, pero en
fin, yo creo que las diferencias se borrarán con el éxito.
—Es de esperar.
—Pues bien, en esto nuestro amigo el coronel
Campillo que es uno de los jefes de la fuerza constitucional, supo por conducto
de algunos agentes liberales que su compañero don Valentín Malpica vivía
ignorado en Ustariz. El coronel Campillo puso la noticia en conocimiento de la
Junta y la Junta comprendiendo la importancia que tendría su valioso concurso
nos designó a nosotros tres para visitarle a usted y para proponerle tomar
parte en la expedición militar que vamos a hacer sobre la frontera española. Este
es nuestro objeto al visitarle.
—Le he oído a usted atentamente, señor de
Lacy—contestó Malpica—me honra mucho que se hayan acordado de mí y estoy
dispuesto a dar mi vida por la libertad y por la patria. No tengo más que decir
con relación a este punto; estaré allí donde me manden: en el sitio del
peligro.
—Lo esperábamos de usted—dijo Lacy.
—Gracias. Ahora sí, tengo que advertir que soy el
coronel más viejo de mi cuerpo y que no aceptaría un destino subalterno.
—Ni nosotros hemos pensado en tal cosa—repuso Lacy.
Campillo replicó con disimulada acritud que él como
todos ocuparía el lugar que le correspondiera en la escala según su antigüedad
y como todos ascendería un grado en el caso de triunfar. Puestos de acuerdo en
este punto, Campillo dijo que avisaría a Malpica cuándo debía presentarse en
Bayona.
Terminada la conferencia los tres viajeros bajaron
al portal y se despidieron de Malpica. Ya iban a salir cuando se presentó la
hija del coronel con sus dos niños. Lacy le dió la mano y ella murmuró en voz
baja:
—Dios quiera que no me traigan ustedes alguna
desgracia.
—Por Dios, señora... no..., balbuceó Lacy.
Unas horas después, los tres viajeros llegaban a la
Veleta de Ustariz, almorzaban, montaban a caballo y se dirigían al trote largo
camino de Bayona.
V.
LA TERTULIA DE GASTIZAR
El mismo día en que Lacy, Campillo y Ochoa
visitaban al coronel Malpica, estaban de tertulia al anochecer, varias personas
en el salón de Gastizar.
Una gran lámpara de aceite, con una pantalla verde,
colgada del centro de la habitación difundía una luz fija y clara, y seis velas
ardían en el piano sobre arandelas de cristal tallado.
El salón de Gastizar era grande y decorativo, con
vigas en el techo negras sobre fondo rojo, suelo de nogal muy oscuro y lustroso
y las paredes tapizadas de terciopelo escarlata.
Este salón tenía dos balcones muy espaciados y una
ventana, ocultos en aquel momento por cortinas espesas, en frente de uno de los
balco[64]nes había una gran chimenea en cuyo hogar ardían
unos gruesos troncos de roble.
Los muebles de este salón eran antiguos; arcas
vascas talladas, espejos biselados, sillones estilo Luis XV. Un reloj alto,
negro, de estos ingleses, de esfera de cobre, colocado entre los dos balcones
parecía presidir la sala.
En algunos espejos, cuadros y en el respaldo de los
sillones se veía esculpido y pintado un escudo con cuatro cuarteles, en los dos
de arriba dos vacas rojas y un roble y en el de abajo otras dos vacas rojas y
una hidra de tres cabezas.
Este escudo era de la casa vasco-francesa de los
Belsunce, familia ilustre en el país, que tenía en Mearin un antiguo castillo
cubierto de hiedras.
Entre los Belsunces había habido un obispo de
Marsella que se hizo célebre en la peste que desoló esta ciudad a principio del
siglo XVIII, un general que se distinguió en el sitio de Maestrich, y el mayor
Belsunce que en tiempo de la Revolución fué muerto en Caen por la plebe y luego
destrozado y despedazado de una manera trágica, llegando una mujer a arrancarle
el corazón y a comérselo.
Cuando Carlota Corday mató a Marat se ase[65]guró por algunos que la heroica homicida había sido la
novia del mayor Belsunce y que había querido vengarle.
Además de estos Belsunces conocidos en la historia
había otro personaje legendario del mismo apellido: Gastón de Belsunce que a
principios del siglo XV peleó con un monstruo que se escondía en una cueva de
San Pedro de Irube y murió en la lucha después de matar a la fiera. De aquí
procedía en el escudo de la familia la hidra de las tres cabezas.
Entre los vascos, que no ha habido nunca grandes
propietarios ni aristocracia cortesana, la familia de Belsunce era la excepción
por su riqueza.
La dueña de la casa de Gastizar era de la familia
de Belsunce y tenía este apellido del cual estaba orgullosa, así que le
agradaba que le escribieran madame d'Aristy (neé Belsunce).
En la sala de Gastizar había en aquel momento
varias personas; alrededor del velador del centro estaban tres señoras, madama
de Aristy, su prima la vieja señorita de Belsunce y madama de Luxe viuda de un
coronel del Imperio.
Madama Aristy era una señora alta, de nariz corva y
ojos claros, el pelo blanco. Madama de[66] Aristy
hacía media y tenía entre ella y el fuego un pequeño biombo porque no le
gustaba el calor de la lumbre.
A su lado leía un número de La Moda, la
vieja señorita de Belsunce. La señorita de Belsunce estaba empeñada en parecer
joven a fuerza de afeites y su sistema pictórico daba a su rostro un aspecto
lamentable.
Su única discreción era buscar los sitios que
estuvieran a la sombra o en la penumbra donde no se le pudiese ver a la luz
plena.
A pesar de su manía de pintarse y de pintarse mal
que parecía denotar cierta falta de sentido, en otras cuestiones la señorita de
Belsunce discurría con una gran claridad.
Esta vieja señorita era romántica, no del
romanticismo entronizado por los escritores y poetas del año 1830 sino del
anterior. Tenía una traducción de Ossian que leía con tanto entusiasmo como
Napoleón, tocaba el arpa y libaba el monarquismo y la melancolía en las obras
llenas de catacumbas y de pompas fúnebres del Vizconde de Chateaubriand.
La otra señora que estaba en el salón, madama Luxe,
viuda de un coronel del Imperio, era una mujer rubia, corpulenta, de unos
treinta y cinco[67] a cuarenta años, de ojos claros,
vestida de una manera vistosa.
Madama Luxe había sido poco feliz en su matrimonio
y como todavía se consideraba joven esperaba casarse en segundas nupcias.
Algunos pensaban que no le hubiera disgustado Miguel Aristy como marido.
Al lado del piano había dos muchachas y un joven.
De ellas, la mayor era Alicia de Belsunce, la otra
Fernanda Luxe. Alicia tendría unos diez y ocho años, el pelo rubio y unos
colores de manzana. Fernanda era pálida, morena y melancólica y estaba todavía
de corto.
Alicia, en aquel momento sentada al piano tocaba y
cantaba mientras un joven, Luis Larralde-Mauleón, pasaba las hojas de la
partitura del "Barbero de Sevilla".
Al lado del fuego, dentro de la campana de la
chimenea se encontraban Miguel de Aristy, el hijo mayor de la casa, hundido en
una butaca, el caballero de Larresore, anciano muy estirado y peripuesto, y el
ex intendente Darracq, pariente del marido de madama Aristy.
Miguel y Larresore hablaban en aquel momento de don
Valentín Malpica, Darracq escu[68]chaba y arreglaba a
cada paso el fuego con las tenazas.
—Es un hombre tosco, sin formas corteses—decía
Larresore—la primera vez que me vió me dijo: nosotros los viejos...
—Ja... ja...—rió Miguel—la verdad es que no podrán
ustedes hacer buenas migas los dos.
El señor Darracq rió también aunque
silenciosamente.
—Otro día—siguió diciendo Larresore—le vi llevando
un haz de leña al hombro. Coronel, le dije: ¡Por Dios! ya le enviaremos a usted
un mozo para que le acarree la leña.
—¿Y qué le contestó a usted?
—Me dijo que el soldado debe bastarse a sí mismo.
—Sí, es una de sus grandes razones. Don Valentín es
un buen hombre sencillo y honrado. Es el militar sin cultura. Como fanático que
es, ha exagerado los beneficios de la disciplina y cree que el hombre debe ser
una máquina que marche al paso. Para don Valentín las dos normas superiores de
la vida son la disciplina y el honor. La disciplina tiene sus ordenanzas
militares, respecto al honor él supone que sus leyes son tan exactas como las
de la gravedad. Yo no creo[69] en nada de esto, pero
reconozco que es un excelente corazón franco y noble.
—Cierto, cierto—repuso Larresore—pero es de una
insociabilidad horrible. Estando en su compañía yo no puedo encontrar un motivo
de conversación. Le pregunté una vez por su familia y sus antepasados y me dijo
que él no había conocido más que a su padre, y añadió que había encontrado en
su casa un árbol genealógico en pergamino pero que lo había echado al fuego
porque el soldado no debe de pensar en estas tonterías; para él todo lo que es
lujoso es inútil. ¡Qué espíritu más lamentable!
—Sí, hay esa misma idea en todos estos militares
españoles que andan por aquí. Son gentes sencillas.
—Es falta de civilización—exclamó Larresore—poca
sensibilidad. ¿Y estos tres españoles que han estado a ver al coronel Malpica,
quiénes son? ¿Algunos revolucionarios?
—Sí.
—¿Y a qué han venido? ¿Quizás a proponerle que se
una a ellos?
—Sí.
—¿Y él habrá aceptado?
—Seguramente.
—¿Es tan liberal?
—No, liberal no es; pero las circunstancias le han
puesto más cerca del campo de los liberales y con poco que halaguen su amor
propio irá.
—¿Tú conoces bien su historia, Miguel?
—Sí.
—¿Qué hay de cierto en eso que se ha dicho de que
mató al amante de su mujer?
—Lo que hay de cierto es que tuvo un duelo con un
amigo suyo y que le mató.
—¿Y no era el amante de su mujer?
—No, no. Parece que había otra mujer entre ellos.
En esto Alicia se levantó y dirigiéndose a madama
de Aristy dijo:
—Tía, no tocaré más. Miguel y el caballero de
Larresore están hablando entretenidos y no hacen caso de mi música.
—No, hija mía—dijo Larresore siempre
amable—estábamos haciendo comentarios sobre tu música.
—¡Bah, bah!, no me engaña usted, siempre están
ustedes hablando.
—Tienes razón, hija mía—saltó madama de Aristy con
enfado—yo no sé de qué hablan. Esta noche pasada—y se dirigió a madama Luxe—han[71] estado hasta las dos dale que dale hablando. ¡No
se cansarán! pensaba yo.
—Los hombres...—comenzó a decir madama Luxe, pero
sin duda no se le ocurrió nada y se calló.
—Es que tienes un hijo muy inteligente, prima
mía—repuso Larresore—y a mí me gusta oir sus opiniones.
—Miguel es inteligente para todo menos para mi
música—saltó Alicia.—Ayer que no estaba el señor de Larresore para hablar con
él se sentó en la butaca y se quedó dormido.
—No, no; estaba soñando.
—Ya, ya. Bueno, ¿y de qué estaban ustedes
hablando?—dijo Alicia tomando una silla pequeña y sentándose con los piececitos
al fuego.
—Estábamos hablando de estos españoles que han
venido al pueblo a visitar al suegro de mi hermano León—dijo Miguel.
—Los he visto—agregó Alicia—uno de ellos un joven
moreno con un aire muy enérgico. Muy buen tipo.
—A mí me ha parecido mejor el rubio—saltó Fernanda.
—Yo no les he encontrado nada de particular a
ninguno de los dos—dijo el joven Larralde-Mauleón despechado.
—Ya tenemos la eterna discrepancia—exclamó Miguel
con su seriedad burlona.—Alicia dice que el moreno, Fernanda que el rubio y el
joven Larralde que ninguno de los dos. ¿Quién tiene razón?
—Déjese usted de bromas. ¿Quiénes son?—preguntó
Alicia.
—El viejo es un guerrillero español...
—¿Y los jóvenes?
—El rubio es el hijo del general español Lacy que
fué fusilado en la isla de Mallorca por liberal. El otro es un muchacho que se
llama Ochoa.
—¿Y qué venían a hacer aquí?
—Venían, sin duda, a invitar a este viejo coronel,
suegro de mi hermano, a alguna empresa revolucionaria.
—Y ese Ochoa, ¿quién es?—dijo Alicia.
—No sé de él más que lo que tú sabes, que es un
muchacho guapo y al parecer revolucionario, pero si te interesa tomaremos
informes.
—Entonces tome usted también informes del
rubio—dijo Fernanda.
—Vous êtes mon lion superbe et genereux—recitó
Alicia con énfasis.
Esta frase de doña Sol de "Hernani" en
aquel momento produjo marcada molestia en el joven[73] Larralde-Mauleón
que se acercó a las señoras y se puso a hablar con ellas.
Poco después, madama de Luxe se levantó y se
despidió de madama de Aristy y de la señorita de Belsunce, el joven
Larralde-Mauleón saludó inclinándose ceremoniosamente y besó la mano a las
señoras.
Madama de Aristy llamó a la campanilla y preguntó
si estaba la cena, la criada que apareció en la puerta dijo que sí, y las tres
señoras y los tres caballeros pasaron al comedor.
Después de cenar charlaron un rato, las señoras se
retiraron, y Miguel y el caballero de Larresore volvieron a la chimenea al lado
del fuego, apagaron la luz y estuvieron largo tiempo hablando.
VI.
DON VALENTIN DE MALPICA
Al quedarse solos Larresore y Miguel, el
anciano caballero pidió a su sobrino le contara con detalles la historia del
viejo coronel español que vivía en Chimista. Miguel la contó pero como no era
el Mayorazgo de Gastizar hombre a quien interesaran sólo los hechos, sino que
le gustaba bucear en la psicología de los tipos, investigar el origen de los
motivos y las características del temperamento, se hundió en un mar de
comentarios y de consideraciones filosóficas.
La historia escueta que contó Miguel a su tío fué
la siguiente:
Don Valentín de Malpica nació en un pueblo de la
Rioja.
Escapado de su casa sentó plaza y comenzó a[76] servir de soldado en la guerra de España con la
República francesa en 1793. Estuvo en Navarra a las órdenes de don Juan Ventura
Caro y del conde de Colomera, y después fué trasladado a Cataluña donde
ascendió a sargento.
En la primavera de 1807, Malpica con el grado de
teniente en el regimiento de Asturias, salió de España con la división del
marqués de la Romana camino de Hamburgo.
Malpica asistió con su regimiento al sitio de
Stralsund que se terminó felizmente y donde fué ascendido a capitán.
Poco después Napoleón al entrar en España temiendo
que las tropas españolas del marqués de la Romana se le sublevasen al tener
conocimiento de la invasión de la península Ibérica, las acantonó en las islas
de Fionia, Langeland y en Jutlandia donde quedaron vigiladas por las fuerzas de
Bernardotte.
De los regimientos mandados por la Romana, los de
Asturias y Guadalajara intentaron la fuga antes que los demás, y en varios
barcos pesqueros se embarcaron, tomaron por el estrecho del Gran Belt, dieron
la vuelta a Dinamarca y desembarcaron en las islas de Holanda. Al bajar a
tierra amotinados dieron los gritos de ¡Viva Es[77]paña!
y ¡Muera Napoleón! Algunos oficiales franceses marcharon a contenerlos y fué
muerto un ayudante del general Fririon. Las tropas danesas rodearon a los
amotinados y les hicieron rendirse.
Malpica que estaba reunido con los oficiales de su
regimiento no quiso quedarse en la isla de Walcheren y en una lancha pesquera
pasó a Inglaterra desde donde le trasladaron a la Península. Destinado a la
guarnición de Zaragoza tomó parte en el segundo sitio de esta ciudad. Luchó con
su amigo el coronel Renovales, y rivalizó con él en valor y en audacia.
Renovales y Malpica, éste herido gravemente, cayeron prisioneros de los
franceses. Renovales se escapó y Malpica fué llevado al castillo Viejo de Bayona.
En esta ciudad estuvo recomendado a una familia vasco-francesa, acomodada, los
Doyambere y acabó casándose con la hija de la casa.
Al terminar la guerra, Malpica con su mujer entró
en España. Como los militares que volvían de la emigración, en vez de ser
considerados en su país eran por el contrario mal mirados y tenidos por
levantiscos, Malpica, que había heredado algún dinero, compró una finca a
orillas del Ebro y se fué a vivir allí con su mujer y su hija.[78] Pronto
se cansó de la vida del campo y dijo a su mujer que iba a solicitar la entrada
en el servicio activo e ir a América. La mujer quiso convencerle de que no
fuera, pero Malpica no era de los que se avienen a razones.
Malpica recomendó a uno de sus amigos, a un tal
Ramón Lanuza a su mujer y a su hija, y él pasó siete años en América luchando a
las órdenes del general Morillo y alcanzó el grado de coronel.
En 1822 Malpica volvió a España y a su finca. Le
dijeron al llegar y notó también él que su amigo Ramón tenía mucha confianza
con su mujer, cosa nada rara, pues que el amigo llevaba siete años visitando
asiduamente la casa.
El coronel que había traído costumbres y hábitos de
factoría de su vida americana, estaba fuera de su centro en el círculo de su
mujer y de sus amistades, y para encontrarse entre los suyos iba de caza,
andaba entre los jayanes, y se enamoró de una muchacha zafia hija de un
labrador.
Las relaciones fueron públicas y produjeron la
indignación de la mujer de Malpica que reprochó a su marido su conducta.
—No hay que hacer caso de lo que hablan las[79] malas lenguas—parece que dijo Malpica
sentenciosamente a su mujer—también dicen de ti que estás enredada con mi amigo
Ramón y yo no lo creo.
La mujer contó esto a Lanuza quien pidió cuentas a
Malpica.
Riñeron los dos violentamente y Lanuza le dijo:
—Todo el mundo sabe que yo no tengo nada que ver
con tu mujer. Es una calumnia que repites de una manera innoble, en cambio todo
el mundo sabe que tú tienes relaciones con esa muchacha hija de un aperador.
—Es falso también.
—No, no es falso—y Lanuza añadió con sorna.—Esa
muchacha es la querida de tu asistente y el dinero que tú le das a ella, ella
se lo entrega a él.
—¡Mientes!
—Esta noche lo podremos ver si quieres. Ella irá a
buscar al asistente al cuarto próximo a la cuadra donde duerme él como todas
las noches.
Se apostó Malpica para ver si era verdad lo dicho
por su amigo y pudo comprobar que la cosa era cierta.
Lanuza le acompañaba.
Malpica exasperado y loco de furor dijo a su amigo
que uno de los dos sobraba.
—Nos batiremos cuando quieras—le contestó Lanuza
con frialdad.
Malpica entró furtivamente en su casa, tomó dos
pistolas, una botella con pólvora y balas y salió al campo.
—¿Adónde vamos?
—Vamos a la isla del río.
En el río había una isla de arena que tendría
treinta o cuarenta varas de largo. Llegaron a la orilla, entraron en la barca y
bajaron en la isla. Era al amanecer.
Cargaron las pistolas y jugaron a cara y cruz la
pistola que correspondería a cada uno y quién daría la voz de mando. Le tocó a
Lanuza. Se colocaron en sus puestos, en los dos extremos de la isla al borde
del río. En este momento Malpica gritó:
—¡Lanuza!
—¿Qué?
—Confieso que no tengo razón.
Lanuza contestó con una carcajada irónica.
—¿Eres cobarde también? No lo creía.
—No, no soy cobarde, pero comprendo que te[81] he ofendido sin razón. Te daré las explicaciones
que quieras.
—No hay explicaciones que valgan. ¡Prepárate! Sino
disparo.
—¿Qué más pretendes de mí?—gritó Malpica. ¿No te
confieso que no tengo razón?
—No me basta. Quiero tu sangre. Quiero verte ahí
muerto.
—¡Ah, quieres matarme! ¿Quieres quitarme de en
medio para casarte con mi mujer?
—Tú lo has dicho.
—Bien. Veremos si lo consigues. De todas maneras
ten en cuenta que te he ofrecido la paz.
—No hay paz. ¿Estás en guardia?
—Sí.
—Una... dos... tres.
Una bala pasó silbando por encima de la cabeza de
Malpica.
Lanuza cayó. Malpica se acercó de prisa al otro
extremo de la isla. La pistola estaba en el suelo al borde mismo del agua cerca
de un reguero de sangre.
Lanuza había desaparecido. Malpica entró en la
barca y fué por el río mirando por sí aparecía el cuerpo de su amigo. Sin duda
había caído para atrás y la corriente le había arrastrado.
Malpica volvió a la orilla, entró en su casa, montó
a caballo y unos días después llegaba a Barcelona.
En tanto los franceses de Angulema habían entrado
en Cataluña. Malpica se incorporó a las fuerzas de Mina.
Peleó con gran valor durante tres meses y poco
antes de la capitulación de Mina, cayó herido de un tiro en el pecho cerca de
Figueras.
Los franceses le dejaron por muerto en el campo.
De noche un merodeador fué a quitarle la ropa y al
moverle, Malpica comenzó a quejarse. El ladrón iba a huir, Malpica le dijo que
tenía dinero guardado y que se lo daría si le salvaba.
El merodeador le llevó al hombro a una cueva y el
coronel pasó días entre la vida y la muerte hasta que se curó.
Cuando ya se encontró bueno y con fuerzas para
andar se dirigió a la frontera, la atravesó y entró en Francia.
En Perpiñán pidió informes del coronel Malpica de
quien dijo era amigo y le mostraron un boletín francés en donde se citaba su
muerte.
No podía decir que era él Malpica a trueque de ser
tomado por un falsario.
Decidió cambiar de nombre y trabajar. Al prin[83]cipio su vida fué miserable, tenía que dedicarse a
faenas humildes, pero como era duro y fuerte no le molestaban.
Lo que sí le preocupaba era encontrarse con
antiguos compañeros que le conocían.
Decidido a abandonar esta parte de Francia escribió
a un hermano suyo diciéndole lo que le había ocurrido, cómo pasaba por muerto,
pidiéndole una pequeña suma y encargándole que no dijera a nadie que vivía. El
hermano le contestó enviándole la cantidad, le decía cómo se había encontrado a
Lanuza muerto en una presa y que unos suponían que se había suicidado y otros
que había sido víctima de un crimen.
El hermano de Malpica comunicó la noticia de que el
coronel vivía a su mujer y a su hija.
La mujer vendió la finca próxima al Ebro y vino a
establecerse a Bayona. La hija de Malpica, Dolores, trajo a su padre a vivir a
Ustariz...
Al acabar de contar Miguel Aristy la historia del
coronel, el caballero de Larresore movió la cabeza de un lado a otro.
—¡Qué mentalidad!—exclamó.—¡Qué cabeza! Ir así
arrastrado por los acontecimientos sin pararse a reflexionar... es lastimoso.
—¿Qué quiere usted? Los hombres que han nacido para
la acción son así. Cuando se comprende demasiado se ejecuta poco. Nosotros,
usted y yo somos razonadores. El es un impulsivo, un español a la antigua. El
se cree liberal y no lo es, se cree el colmo de la inteligencia y ya ve usted
lo que da de sí.
—Es de una incomprensión y de una suficiencia
cómicas.
—Pues se figura ser el hombre más discreto y más
juicioso del mundo; en cambio no se tiene por valiente, y es valiente como un
león.
—Es la barbarie.
—Todo lo que le sale de la cabeza le parece
maravilloso. Lo que no comprende para él no existe, y si de una cosa comprende
una parte supone que la parte que no comprende sobra. Al hombre le gustaría
recortar todas las ideas hasta que entraran bien en las casillas de su cabeza.
—Tendría mucho que recortar.
—Sí; probablemente Malpica se cree infalible. Lo
que ha juzgado ya no quiere volver a juzgarlo. Si se equivoca son las cosas las
que se han equivocado, al no estar conformes con lo que él ha dicho de
antemano.
—¡Oh! ¡Qué estupidez!
—El se considera el definidor de todo. El prototipo
de todo. Cuando dice: El honor es lo primero después la patria, ya no hay
necesidad de volver sobre esto.
—¡Lamentable, lamentable!—murmuró Larresore.
—Lleva la cabeza rapada, como habrá usted notado, y
le parece que un melenudo es un insulto a sus ideas. Es uno de los motivos de
odio que tiene contra su yerno, mi hermano León.
—¿De verdad?
—Sí. Los pelos largos le irritan. El soldado no
necesita esos tufos, suele decir. No hay manera de convencerle de que un
escritor o un artista no tiene la aspiración de ser soldado. Muchas veces a mi
cuñada, su hija, le dice despóticamente: El soldado debe levantarse más
temprano. Pero yo no soy soldado, papá, le contesta ella con gracia. No
importa, replica él. En la vida todo es como el ejército.
—¡Qué vulgaridad! ¡Qué horror!—exclamaba el
caballero de Larresore.—El soldadismo se ha metido por todas partes. ¡Esa
Revolución! ¡Esa Revolución! ¡Qué pena! Destruir tan bellas cosas para dejar el
mundo convertido en un cuartel.
VII.
RETRATOS DE FAMILIA
La familia de Aristy estaba formada en Ustariz
por la madre y sus dos hijos Miguel y León. Madama Aristy tenía también una
hija casada con un rico propietario de Bayona.
El marido de madama Aristy no había sido conocido
en Ustariz ni vivido en Gastizar. Se decía de él que era un gascón que en
tiempo del Terror tomó parte en las jornadas revolucionarias, y que después,
deportado a Cayena, desapareció.
Madama Aristy era una señora de más de sesenta
años, mujer enérgica, autoritaria y despótica; creía que todo el mundo tenía
que pensar como ella, y no aceptaba otras opiniones. En su casa mandaba como un
coronel.
Madama de Aristy era la severidad más completa;
pensaba que todo lo que hacía lo hacía bien y que discurría con una cordura sin
ejemplo.
Se creía el prototipo del buen sentido; pensaba que
cuando a ella se le había ocurrido una cosa, el mundo entero debía aceptarla
casi como un descubrimiento científico.
A veces levantaba la voz cuando se discutía algo,
como diciendo: No admito la posibilidad de que nadie me contradiga.
Madama de Aristy estaba muy en desacuerdo en ideas
con su hijo. Ella era aristócrata, él un demagogo.
A pesar de esto, la señora de Aristy trataba a
Miguel de potencia a potencia, porque éste era el que dirigía en Gastizar las
siembras, las podas, las demás labores campestres, y ella creía que en tales
asuntos entendía mucho.
Miguel era un caballero de cuarenta años, solterón,
escéptico, que estaba dispuesto a vivir oscuramente en Ustariz cultivando sus
tierras sin ambiciones ni cuidados. Su madre le había querido casar con la
señorita Angelina Girodot, la hija de un notario de Bayona, una señorita de
alguna edad, rica y poco agraciada; pero Miguel dijo:
—No, no; prefiero no casarme. Estoy tan con[89]vencido de mis imperfecciones, que no me decido a buscar
una compañera.
Algunos aseguraban que estaba enamorado de Alicia
Belsunce, su prima, que podía ser hija suya; pero si lo estaba no se le notaba
gran cosa.
Miguel era una buena persona; inteligente, amable,
muy comprensivo; había pasado los cuarenta años y llegado a un período en que,
por escepticismo no quería colocarse en ninguna cuestión en primera fila.
—Antes me dolía un poco no ser nada—solía
decir.—Ahora, no. Me siento hermano de la glicina de Gastizar, me he enredado
aquí, en estas piedras viejas, y aquí estoy viviendo como una col.
Aquella vida del campo, inmóvil, sin estímulo para
la ambición que a muchos embrutece, a él le había convertido en un filósofo.
Miguel se consolaba leyendo y tocando el
violonchelo. Se recordaba que una vez una señora de Bayona, que había venido a
Gastizar con su hija con un plan matrimonial, al ver a Miguel poco admirado
ante las gracias de la niña y más bien distraído y aburrido, había dicho a
madama de Aristy en un momento de mal humor: Señora, su hijo de usted es un
idiota. Este recuerdo regocijaba a Miguel y le hacía reir con malicia.
Miguel reconocía ingenuamente sus defectos; pero
con la misma ingenuidad aseguraba que no tenía el menor deseo de corregirlos.
El caballero de Larresore reprochaba a Miguel lo
poco que se cuidaba de la sociedad.
—Te abandonas, Miguel—le decía;—estás hecho un
rústico.
—¡Pse! ¿Para qué preocuparse de la
sociedad?—exclamaba él;—con la gente casi siempre sale uno perdiendo. Si a
fuerza de molestias y preocupaciones llega uno a saber una cosa y la comunica a
los demás, le contestan con un lugar común.
—La sociedad no puede estar regida por un libro de
cuentas—decía Larresore, que era un hombre que nunca había dado nada a nadie.
—Sí, es cierto—contestaba Miguel sonriendo, porque
tenía la idea de que su tío era uno de los hombres más egoistas del mundo;—pero
no es cosa de perder siempre.
El segundo hijo de madama Aristy, León, estaba
casado con Dolores, la hija de Malpica. León era pintor y se hallaba por
entonces en París.
Su matrimonio, su profesión y su estancia en París
se había llevado a cabo en contra de la voluntad de su madre.
Al ir a vivir a Bayona la mujer de Malpica y[91] su hija, ésta en aquella época una muchachita de
catorce a quince años, había impulsado al coronel su padre a que se instalase
cerca de ella, y Malpica fué a parar a la casa de un guardabosque de Ustariz
conocido por el tío Juan, viejo revolucionario recomendado por Garat y que
vivía allí olvidado.
Dolores iba siempre que podía a visitar a su padre.
La mujer del coronel Malpica sabía que su marido estaba oculto en Ustariz y que
su hija le veía con frecuencia.
En uno de estos viajes Dolores conoció a León de
Aristy, joven pintor, que se había hecho amigo de Malpica en sus excursiones de
paisajista.
León habló varias veces a Dolores, y a poco de
conocerla la hizo una fogosa declaración de amor.
Dolores era una mujer afectuosa, tierna, muy
religiosa y de no mucha energía, que tenía siempre las lágrimas a punto.
León, muy romántico en sus ideas era de un egoismo
perfecto; no pensaba más que en sí mismo y se preocupaba poco de la
conveniencia de los demás.
León riñó con su madre para casarse con Dolores;
fueron los casados a vivir a Chimista, y al año Dolores tuvo un niño.
El coronel Malpica al ver a su nietecillo se sintió
emocionado y se trasladó también a Chimista. El trabajaría en la huerta para no
ser gravoso a nadie, dijo.
El matrimonio hubiera podido ser feliz; pero pronto
León se cansó del sosiego de la casita campestre y de los paisajes de los
contornos, y decidió ir a pasar temporadas a París. Todos los años hacía un
viaje a la capital, cada vez más largo, y volvía huraño y fosco lamentándose de
que no se le considerase, creyéndose siempre postergado por las intrigas de los
demás artistas.
Dolores no sabía qué hacer para contentar a su
marido; el pintor era un hombre vanidoso y de poco carácter; había vivido
dominado por la energía de su madre, y al dirigir él su vida se encontraba
perdido.
Dolores era una mujer poco enérgica, pero buena y
resignada. No comprendía lo que le pasaba a su marido. Veía que vivía con el
espíritu en otra parte. Ella se consolaba jugando con sus hijos, arreglando sus
flores. Iba también con frecuencia a ver a su madre a Bayona, y dejaba a sus
hijos al cuidado de una vecina recién casada a quien llamaban Fanchon.
Dolores tenía amor por su padre y lo compren[93]día, a pesar de la tosquedad y de la rigidez del
coronel. Malpica trabajaba por ella y la proporcionaba todas las comodidades
posibles, fingiendo siempre estar malhumorado. Para el viejo militar, las
mujeres eran como niños caprichosos que había que vigilar y atender.
Respecto a Julia de Aristy, la hermana de León y
Miguel, casada con un propietario rico de Bayona, intentaba convencer a sus
hermanos de que debían salir de aquel rincón de Ustariz.
León estaba camino de hacerlo, no así su madre ni
su hermano mayor. Ambos vivían entusiasmados en Gastizar.
Esta casa la había comprado el abuelo materno de
madama de Aristy, que era un bearnés, en tiempo de la Revolución. No se sabrá
de quién era primitivamente ni se conocía su historia; únicamente le quedaba el
nombre de Gastizar que en vascuence quiere decir castillo viejo.
Madama de Aristy y sus hijos habían ido a vivir a
Gastizar al finalizar el Imperio.
El propietario anterior debía de haber sido hombre
de cierta fantasía.
En un extremo de la huerta había pretendido
instalar un jardín con plantas tropicales, tentativa que indicaba en él un
entusiasmo por la Botánica,[94] puesto en boga por
Juan Jacobo Rouseau y por Bernardino de Saint Pierre. En medio del jardín
tropical había un chalet rústico oculto entre árboles. Este chalet rústico, al
que llamaban el chalet de las hiedras porque se hallaba tapizado y cubierto por
ellas, estaba alquilado a dos señoras españolas.
Madama de Aristy al ocupar la casa mandó quitar las
plantaciones tropicales y dejó los campos al modo del país.
Hubiera derribado el chalet de las hiedras, pero su
hijo León lo quería para estudio y lo respetó.
Durante todo el año madama Aristy y su hijo mayor
vivían en Ustariz. Algunas veces solían ir a Bayona, y el rigor del verano
pasaban algunos días en Biarritz. Tenían un landó para sus viajes y Miguel
solía usar un tilburí que él mismo dirigía.
Madama de Aristy era de estas personas que trabajan
y hacen trabajar a los demás sin descanso.
Tenía a sus órdenes dos criadas, un muchacho y un
hortelano.
Además de las dos criadas había un ama de llaves,
algo pariente de madama Aristy, que era una solterona fea, desgarbada y torpe.
Se llama[95]ba Benedicta. La Benedicta siempre estaba
distraída y hacía las cosas mal, pero si la reñían las hacía peor.
—Dejadle—decía Miguel,—no la riñáis.
Madama de Aristy no podía dejar el placer de
refunfuñar y de echar largos discursos agrios a Benedicta. Las señoritas de
Belsunce solían ir acompañadas de una doncella.
Un elemento importante de Gastizar era el criado y
hortelano Ichteben, un tipo curioso; Ichteben tenía muchas ocupaciones, pero
ninguna cumplía bien; poseía una nariz como un pico, roja, una expresión
suspicaz; llevaba pantalones azules, blusa negra y un chaleco de Bayona en
invierno como en verano.
Ichteben hacía lo que le encargaban bastante mal y
además era un poco borracho, pero tenía una fidelidad a Gastizar a toda prueba.
Madama de Aristy decía muchas veces que lo iba a
despachar, pero esto parecía tan difícil como cambiar el orden de los planetas.
Ichteben era muy malicioso, muy ladino; únicamente
Miguel le inspiraba confianza para contarle sus cuitas. Miguel le escuchaba muy
serio y después celebraba a carcajadas su malicia.
VIII.
LOS PARIENTES Y LOS AMIGOS DE LA CASA
Casi siempre había en Gastizar parientes de
madama de Aristy que iban a Ustariz a pasar una temporada.
De los más constantes eran la señorita de Belsunce
y su sobrina Alicia.
La señorita de Belsunce, una dama mustia que había
tenido en su juventud amores contrariados y falta de ácido en el estómago,
hubiera querido ser, como la mariscala de Luxemburgo, una autoridad en materias
de elegancia y dar el placet a la gente con un ¡oh! o con un
¡ah! colocado a[98] tiempo, como dió la mariscala a
monsieur de Talleyrand.
La señorita de Belsunce se cansaba de la soledad de
Gastizar, y muchas veces decía a su sobrina:
—No sé para qué estamos en este desierto.
Alicia tenía cariño por Gastizar. Era Alicia una
linda muchacha, un poco pequeña de estatura, rubia, tirando a roja, con la boca
chiquita, los ojos verdosos y la nariz un poco corva. Estaba orgullosa de su
figura y de su familia.
Alicia era efusiva, cariñosa, muy económica y algo
egoista. A pesar de esto sabía hermanar su egoismo con su tendencia romántica.
Era de estas vírgenes prudentes que miran a su alrededor estudiando el hombre
que les conviene.
Alicia adulaba un tanto a su tía madama Aristy, y
esta señora consideraba mucho a su sobrina. Estaban siempre de acuerdo. Se
creían las dos de distinta pasta que los demás y que lo hacían todo bien. Se
consideraban casi siempre en el fiel de la balanza.
Alicia tenía un poco de desdén por su primo Miguel,
a quien suponía que ella agradaba y que, sin embargo, no le hacía la menor
indicación en este sentido considerándose sin duda como viejo.
Alicia vivía el invierno en Pau y hablaba el patois,
cosa cómica para un vasco.
—No comprendo cómo se habla el patois—decía
Miguel a su prima.
—¿Por qué no?
—Es como tener dos trajes para la ciudad. Nosotros
los vascos no, tenemos el traje de pastor, de la aldea: el vascuence, y el de
la ciudad, el francés.
—Nosotros no tenemos nada de pastores—replicaba
ella;—somos más civilizados.
—Un idioma latino. ¡Pse! ¡Qué cosa más
ridícula!—exclama Miguel.
—Ustedes han resuelto que hay una superioridad de
los vascos sobre los bearneses y los gascones, y ya basta.
—¡Ah, claro! Es una superioridad que no necesita
explicación.
—¿Es que han hecho más cosas los vascos?
—No.
—¿Es que han tenido más grandes hombres?
—No, tampoco. Nosotros los vascos formamos un
pueblo pequeño, misterioso, con un concepto de la vida especial. ¿Cómo nos van
a comparar con un provenzal o con un gascón?
—Pero los provenzales y los gascones tienen[100] más historia, hay entre ellos familias más
antiguas.
—Respecto a eso te diré, prima mía, lo que un vasco
dijo al duque de Guisa. Discutían los dos acerca de su respectiva nobleza, y el
duque de Guisa dijo: Sabed que los Guisas datan del siglo X, y el vasco le
contestó: Nosotros los vascos no datamos.
—No comprendo, la verdad, este orgullo.
—No es orgullo. Cada cual tiene sus condiciones y
desea conservarlas. ¿Por qué no? Yo no quiero vivir en comunidad con el vecino,
aunque sea más fuerte o más rico que yo. Que estas comarcas que nos rodean, que
han hablado dialectos latinos, tienen más cultura que nosotros por el uso de un
idioma más civilizado que el nuestro. ¿Y eso qué importa? Nosotros queremos
vivir en nuestro país, sin tener gran cosa que ver con los que hablan esas
jergas latinas.
—¿Y por qué no?
—Nosotros somos otra clase de gentes; no nos
parecemos en nada a ellos.
—¿Más serios?
—Claro.
—¿Más constantes?
—Sin duda alguna.
—Ahí está el grande hombre del pueblo, Garat,
prodigio de consecuencia...; no ha sido más que de todos los partidos...
—Bueno; es posible que en la política...—decía
Miguel riendo.
—Y en todo. Ustariz es un pueblo de veletas;
¿cuántas novias ha tenido usted, primo mío?
—¿Yo? De verdad... ninguna.
—¿No ha tenido usted bastante tiempo para
enamorarse de ellas?
Alicia y Miguel solían discutir y pelear con
frecuencia; ella terminaba sus reyertas con un gesto de altivez y desdén, y él
se reía.
Otro de los huéspedes de Gastizar era Víctor
Darracq, ex intendente del ejército de Napoleón y primo del marido de madama de
Aristy. Víctor Darracq había sido de la Administración militar durante el
Imperio y había llegado a general de brigada. Darracq no tenía espíritu
militarista; en cambio era de estos hombres curiosos que allí por donde van
recogen algo. No conservaba de la guerra más que un recuerdo de crímenes, de
robos y de bestialidades.
El ex intendente había llegado hacía años a
Gastizar con el objeto de pasar una temporada, y se había quedado allí.
El ex intendente era solterón, hombre servicial
capaz de sacrificarse por sus amigos.
Tenía su centro de operaciones en la biblioteca de
Gastizar.
Era de estos hombres ordenados y clasificadores, y
todo lo que había reunido en su vida de intendente lo guardaba catalogado en
sus armarios; tenía mucha afición a los pájaros y una canariera que cuidaba con
todas las reglas del arte.
Al instalarse en Gastizar, el ex intendente vió que
la biblioteca era bastante buena. El antiguo propietario había querido sin duda
rivalizar con Garat, sobre todo en conocimientos vascos, y desde Oihenart a
Astarloa, y desde Larramendi a Zamacola, no faltaba autor que se ocupara del
país.
El ex intendente tenía mucho cariño por sus
sobrinos, sobre todo por León el pintor.
No se explicaba la gente cómo madama de Aristy le
había aceptado definitivamente en su casa, con la poca amistad que tenía por
los parientes de su marido.
El tío Víctor era un hombre moreno de aspecto un
poco sombrío, una cara de esas cetrinas y atormentadas; vestía redingot
abotonado hasta arriba de aire militar y color oscuro, polainas y cuello de
camisa alto y tieso, que dibujaba so[103]bre la mejilla
atezada un triángulo de tela blanca y almidonada que salía de la corbata.
Darracq vivía en el cuarto de la torrecilla que
daba a la carretera, y solía allí trabajar haciendo barcos o esferas armilares.
Estaba suscrito a varios periódicos extranjeros, y las noticias interesantes
que encontraba en ellos las recortaba y las pegaba en un libro.
El tío Víctor tenía como asistente a un vasco
aventurero que había rodado por el mundo, a quien llamaba Ali.
Ali había estado durante algunos años alistado
entre los mamelucos de Egipto y había sido corsario. Ali al llegar a Ustariz
tenía todas las trazas de un turco; usaba unos bigotes largos, gorra roja y
pantalones bombachos.
Al querer instalarse Darracq en Gastizar madama de
Aristy puso el veto a Ali; dijo que mientras usara aquellos bigotes y aquella
indumentaria no estaría en su casa.
Ali, suspirando, se afeitó y se puso una blusa azul
y pareció un aldeano como otro cualquiera, más moreno.
Ali era hombre con éxito en el pueblo; cuando
contaba sus aventuras en Egipto y en Grecia tenía a todos pendientes de sus
labios.
Otro de los huéspedes que solía pasar largas
temporadas en Gastizar era el caballero de Larresore, constante compañero de
charlas de Miguel.
Larresore era soltero, de más de sesenta años, muy
atildado y elegante; tenía las mejillas sonrosadas, las melenas largas y bien
peinadas, las patillas cortas. Vestía a la inglesa. Su traje ordinario era
casaca de color pardo claro, chaleco blanco bordado, pantalón corto de piel de
seda y polainas negras.
En el chaleco llevaba dos cadenas de reloj con
algunos dijes.
Larresore vivía en invierno en Bayona, y cuando
llegaba el buen tiempo iba a pasar temporadas a las casas de sus parientes y
amigos.
Larresore era muy egoista, con una gran perfección
maquiavélica en su egoismo. Preparaba las cosas que le convenían muy de
antemano con todo detalle y daba mil rodeos para conseguir lo que se proponía.
Larresore había estado en Inglaterra durante la
Revolución.
La Revolución vino a cogerle en un momento en que
pensaba hacer un buen matrimonio y un buen negocio. Al caballero le quedó
siempre el[105] odio por este movimiento inoportuno
que vino a estropear su porvenir.
Larresore se pintaba así mismo como un realista
arruinado por la Revolución, cosa que a juzgar por los que le conocían no era
cierta, porque, según éstos, el caballero nunca había tenido fortuna.
Larresore cultivaba su personalidad de realista;
hacía valer sus amistades y escribía cartas a los hombres ilustres del partido,
y si le contestaban exhibía sus respuestas por todo el pueblo.
Larresore en Inglaterra se había aficionado a las
costumbres inglesas, al té y a los vinos de España.
En Londres conoció al vizconde de Chateaubriand, a
quien consideró como un fatuo hasta que vió que se hacía célebre, y entonces
hablaba constantemente del vizconde como de un amigo íntimo a quien había
adivinado.
El caballero de Larresore encontraba la sociedad
del siglo XIX egoista y desprovista en absoluto de sensibilidad.
Es necesario tener el espíritu saturado de egoismo
para reconocerlo al momento en los demás y en sus más pequeñas partículas.
Larresore lo reconocía en seguida, lo olfateaba.
El tenía la costumbre de decir cuatro o cinco[106] frases de cajón cuando ocurría una desgracia;
creía a la gente dura y seca de espíritu sin efusiones ni poesías.
Ya no se sabía ser galante con las damas; no se
amaba el campo. El caballero de Larresore no había sido muy platónico, ni era
capaz de mirar un paisaje un momento.
Larresore se lamentaba de las transformaciones de
la época. Contaba su vida de cuando había ido a París antes de la Revolución
recomendado a Garat.
—¡Qué sociedad aquella!—exclamaba.—Alegre, social,
cortés. Como ha dicho mi ilustre amigo monsieur de Talleyrand, el que no ha
vivido antes de la Revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir.
Y contaba anécdotas de su tiempo parecidas a las de
todos los tiempos, y recitaba los madrigales enviados por él a las cómicas, que
firmaba con notas musicales La... re... sol... re.
El caballero creía que estos rasgos de ingenio no
podían volver a darse.
Larresore hablaba de Garat el menor, su amigo, con
mucha lástima, por haber tenido que convivir con los tigres de la Revolución.
—Hoy, el hombre en Francia—decía el caba[107]llero—está descontento de sí mismo y de la sociedad.
He aquí a mis dos sobrinos León y Miguel. León quiere ser pintor, pero no se
contenta con ser un pintor como hubiera sido un gentil hombre de mi tiempo,
pintor para mostrar sus cuadros entre sus amigos, no; quiere ser un gran
pintor, y que hablen de él los periódicos. El papel impreso... ¡Qué cosa más
lamentable! Respecto a Miguel, está perdiendo en absoluto sus condiciones
físicas de caballero; se ha dejado la barba, se corta el pelo al rape.
—Es más cómodo, tío. Va uno siendo viejo.
—¡Viejo a los cuarenta años! En mi tiempo no había
viejos.
—¿Habían encontrado ustedes la fuente de Juvencio?
—No; es que nadie se retiraba voluntariamente. Se
vivía para la sociedad. Entonces había verdadera fraternidad.
—Sí, entre ustedes; pero no entre ustedes y la
gente pobre.
—¿Y ahora la hay de esa?
—No, es verdad; ahora tampoco la hay.
—Entonces reinaban las mujeres. El hombre estaba
educado por ellas. Se sabía ser amable, galante. La Revolución ha acabado con
todo esto.
Madama de Aristy y las dos señoritas de Belsunce
cuando le oían daban la razón a Larresore; el ex intendente Darracq movía la
cabeza como indicando que habría que pesar el pro y el contra de la cuestión, y
Miguel se reía.
Todas las formas de vivir exclusivamente sociales
hacen del hombre un cómico que representa un papel, y Larresore era un
comediante completo. Eso sí. El quería el teatro adornado y los actores
caracterizados con perfección.
Muchas veces en confianza decía de la vieja
señorita de Belsunce: Yo comprendo que se pinte, pero que se pinte bien.
Además de los parientes solían ir amigos a pasar
temporadas a Gastizar.
De los contertulios del pueblo, los más asiduos
eran madama Luxe con su hija, las señoras de Darneguy, el vicario Dostabat y el
organista de la iglesia, Harismendy.
Algunos suponían que a madama de Aristy no le
hubiese disgustado casar a su hijo con madama Luxe, que era rica; otros decían
que era la viuda la que miraba con buenos ojos a Miguel, y otros que era a
Miguel a quien le gustaba la viuda.
También solían ir a Gastizar con frecuencia la
señora Darneguy y su sobrina. Madama de Aristy[109] las
estimaba mucho. La señora Darneguy vivía con una pequeña pensión, y era muy
severa; la sobrina Carolina, ya de cierta edad y con algunos cabellos de plata,
trabajaba haciendo bordados. Madama de Aristy las enviaba con frecuencia
regalos; pollos y frutos de la huerta.
El vicario Dostabat iba a Gastizar todas las
semanas un día. Era Dostabat un hombre alto, de vientre abultado, la cara roja,
los ojos pequeños y claros y la nariz larga. Tenía de cincuenta a sesenta años.
Era tipo de cura del antiguo régimen; muy aficionado a las buenas comidas y a
los vinos excelentes.
Los vinos de mesa eran su especialidad; los miraba,
los olía, los cataba como un verdadero conocedor. También le gustaban las
cartas y era maestro en todos los juegos. El padre Dostabat era cura de manga
ancha, y creía que la mayoría eran pecadillos que Dios perdona sin esfuerzo.
El organista de la iglesia, el abate Harismendy era
un hombre de unos cuarenta años, moreno, los ojos negros, muy vivos. Harismendy
tenía gran afición a la música y enseñaba solfeo a los chicos del pueblo.
En Gastizar solía acompañar a Alicia al piano.
A veces había concierto; Alicia cantaba, el jo[110]ven Larralde-Mauleón tocaba el violín. Harismendy el
piano y Miguel el violonchelo.
Larresore, que no era muy aficionado a la música,
intentaba siempre monopolizar a Miguel y llevarlo al campo de sus discusiones.
Los dos rompían la frialdad y el aire ceremonioso de la tertulia de Gastizar
con sus observaciones, a veces de un atrevimiento chocante.
IX.
CHORIBIDE EL VERSÁTIL
Al contemplar el paisaje de Ustariz, al ver
sus casitas blancas con sus enredaderas y sus parras, el río con sus meandros
bordeados por arboledas, se pensaba involuntariamente en la vida idílica y
pastoril.
Parecía que los habitantes del pueblo debían vivir
al estilo de los héroes de Teócrito y de Virgilio; pero por debajo de esta
bucólica apariencia aparecía, como no podía menos, el fondo de pasiones y
deformidades de todo núcleo de población humana.
Ustariz estaba dividido en pequeños grupos; unos
indiferentes, otros enemigos. Era el primer grupo el de Garat.
Garat había hecho muchos favores en el pue[112]blo y tenía grandes amigos. En sus últimos años el
viejo convencional enfermo, y retirado no quería intervenir en los asuntos de
la villa, aunque la Revolución de Julio le dejaba en condiciones para tomar
parte en la política. Garat estaba cansado y tenía bastante con sus recuerdos.
Otro grupo se reunía en el barrio de Eroritz en la
casa de los Darralde llamada Jaureguia. La tertulia de Gastizar no era enemiga
de la de Jaureguia aunque había entre ellas cierta disimulada hostilidad.
Los Darraldes eran ricos, pero tenían aire de
advenedizos.
Su riqueza trascendía a especulaciones recientes.
Darralde, el viejo, había comenzado a enriquecerse en tiempo de la Revolución.
Guardaba en su casa muebles, tapices y alfombras que había comprado por casi
nada en Dax, Auch y Bayona a los agentes de Barere, Cavaignac y Dartigoite.
Darralde, después de negociar durante el Imperio
por toda Francia, había formado parte de una sociedad que compraba las grandes
propiedades de los castillos antiguos para venderlas en parcelas y derribar las
ruinas.
Esta banda negra, como la llamaban los
ar[113]queólogos, los artistas y los poetas, había
operado en el mediodía a la par que otras hacían sus negocios en el centro y en
el norte.
Uno de los Darraldes había casado con una señorita
de la familia de Mauleón, lo que le había hecho subir en categoría social.
Otro punto de cita menos distinguido que las casas
de los Aristy y de los Darralde era el Bazar de París, tienda que tenían dos
hermanas, las señoritas de La Bastide con su abuela. Estas dos hermanas,
Delfina y Martina, daban mucho que hablar al pueblo por sus amores.
—Las señoritas de La Bastide no llevan una vida
honorable—decía madama de Aristy de una manera dogmática.
La abuela, por lo que aseguraban algunos viejos
había sido igual. Después de dar varios escándalos en el pueblo, marchó a
Bayona y luego a Auch en la época del Terror, donde fué una de las favoritas de
Dartigoite, este dictador que predicaba la inmoralidad por las calles y
terminaba sus discursos poniéndose desnudo ante el público. Se aseguraba que se
le había visto a la abuela del Bazar de París, en su juventud, vestida de Diosa
Razón, y algunos la llamaban así en broma.
La Diosa Razón del Bazar de París tenía una cara
del siglo XVIII, una cara de enciclopedista, la frente despejada, la nariz
respingona y corta que sostenía unas antiparras, los ojos claros. Un señor del
pueblo afirmaba que la hubiera tomado por el mismo Diderot.
Las dos señoritas del Bazar, Martina y Delfina eran
unas mujeres guapas. La mayor, Martina, era alta, de ojos negros hermosos, de
aire arrogante y un poco desdeñoso. La pequeña era morena, pálida, de una
palidez mate con los ojos lánguidos y tristes, y muchos lunares y muchos rizos.
Martina, por lo que se decía, tenía como amante al
ingeniero de montes; la Delfina, que siempre caía más bajo, estaba enredada con
un perdido que trabajaba en un molino a quien llamaban Marcos el gascón, pero
no le guardaba fidelidad ninguna y tenía citas con algunos muchachos que
entraban de noche en su casa por la huerta.
Estas dos muchachas, Martina y Delfina, atendían la
tienda y llevaban las cuentas; la una siempre altiva y orgullosa, la otra como
una pálida flor de lujuria viviendo en una somnolencia erótica.
Antigua rival de la Diosa Razón era una[115] vieja a quien llamaban la Estéfana y que tenía
otra tiendecita. La Estéfana era una vieja sonrosada y sin dientes, con los
ojos claros y vivos, que murmuraba de todo el mundo. Solía estar detrás del
mostrador, envuelta en un chal y ganaba explotando la afición de las viejas
borrachas del pueblo al aguardiente, pues a cambio de la copita les tomaba
huevos y maíz a muy bajo precio.
La Estéfana salía poco de casa y cuando salía se
ponía un traje negro muy elegante, de tafetán, que por la humedad olía como las
telas de los paraguas.
En casa de la Estéfana jugaban a las cartas tres o
cuatro viejas y reñían y se insultaban cuando perdían algunos suses.
Tras de la reunión del Bazar de París y de la
tienda de la Estéfana venían ya las tabernas y reuniones de la gente campesina.
Había un señor que frecuentaba todas las tertulias
del pueblo las altas y las bajas. Este señor era monsieur Choribide a quien
llamaban en Ustariz el Muscadin.
Choribide era un viejecito flaco, canoso, con unos
ojillos claros, una cara afilada, alegre y burlona. Choribide había vivido
durante mucho tiempo entre la canalla de París; tenía el acento del[116] pueblo bajo parisiense cuando hablaba francés, y
cuando hablaba vascuence parecía un campesino vasco.
Ya el uso de un idioma u otro le daba una
personalidad distinta. Si hablaba el francés era el hombre de la gran ciudad
depravado y corrompido, en cambio si se expresaba en vasco era el campesino de
una malicia inocente.
Choribide, viejo currutaco, vestía como en su
juventud. Llevaba casaca oscura, medias de seda blancas, grandes botas,
pantalón de paño de color de canela, chaleco a lo Robespierre y corbata de
muchas vueltas. Usaba en los días de gala peluca que tiraba a roja, sombrero de
copa y varios dijes en el chaleco.
El nombre de Choribide, en vasco camino de pájaros,
se había prestado entre los vascófilos a algunas disquisiciones y a algunos
chistes.
Garat había dicho que el apellido verdadero no era
Choribide con b, sino Chorivide con v, palabra híbrida de chori, en vascuence
pájaro, y de vide en francés vacío, lo que valdría tanto como
pájaro vacío, pero si Choribide tenía algo de pájaro no tenía nada de vacío.
Choribide y Garat solían soltarse pullas. Una vez
un amigo común dijo a Garat:
—Este Choribide es un granuja. Vendería su alma por
dos pesetas.
—Claro que sí—contestó Garat—y saldría ganando.
La historia de Choribide el Muscadin era una
historia curiosa.
Había salido de un caserío de Ustariz a estudiar
para cura en el seminario de Larresore, pero en el camino se le había pesado y
no atreviéndose a volverse a su casa se fué a Bayona. Allí entró en una tienda
de dependiente, y como el oficio no le gustaba tomó el camino y se marchó a
París a pie.
Choribide que tenía mucha afición al teatro hizo
amistades entre cómicos y cómicas y vivió medio de agente y medio de criado.
Durante algún tiempo fué el parásito del tenor
Garat, de este trovador del Directorio y rey de los Muscadines.
Choribide lo había hecho todo. Había comenzado su
carrera histriónica tomando parte en las representaciones patrióticas de la
época del Terror y había figurado como comparsa en la Sansculotide haciendo
de ciego.
Choribide había vagado por París durante los
tumultos y las matanzas terroristas.
Al iniciarse la reacción de Thermidor se había[118] convertido en Muscadin, en elegante enemigo de
los revolucionarios violentos y astrosos. De esta época le venía el apodo.
Después fué especialista de muchos oficios
innobles, hizo el agiotaje de los asignados, sirvió de gancho en las casas de
juego, y durante algún tiempo fué agente de la policía diplomática organizada
por el ministro Tondu-Lebrun. En las malas épocas estuvo asociado con una banda
de monederos falsos.
No ocultaba que parte de su vida había vivido
haciendo delaciones que las cobró bien.
Choribide estaba acostumbrado a la caza del
político y a la caza del incauto.
La intriga era uno de sus elementos. Para él no
había moral, ni derecho, ni nada, sólo había necesidades que engendraban
combinaciones en que se salía ganando o perdiendo. La moral no contaba en sus
cálculos.
Ya machucho Choribide llegó a Ustariz con un
pequeño retiro a cobrar una herencia. Allí conoció a una solterona muy
religiosa, sobrina del antiguo párroco y dueña de una finca que se llamaba
Archa-baita, y se casó con ella.
El ex terrorista iba todos los domingos a la
iglesia con su mujer.
—¿Es usted religioso?—le preguntaron alguna vez.
—No—replicó él—pero hay que contentar al pueblo.
Hago como su excelencia el duque de Otranto en otro tiempo el ciudadano
Fouché—añadía.—Yo le he visto a Fouché cuando se inauguró el busto de
Lepelletier Saint-Fargeau hablar de que había que destruir las cruces y signos
religiosos y poner en los cementerios un letrero que dijese: la Muerte es el
sueño eterno. Años después pasamos por sus tierras unos cuantos cómicos en
coche y vimos a un señor que se descubría con gran respeto al pasar delante de
unas cruces. ¿Quién es? preguntamos. Es Su Excelencia el duque de Otranto.
Choribide era un cínico.
—Dicen que mi mujer ha sido durante quince años la
querida de su tío el párroco—solía decir con indiferencia—es posible, pero no
es nada clerical.
Choribide tenía entusiasmo por su versatilidad.
—El pobre Garat y yo—decía frotándose las
manos—hemos estado en todos los partidos. No podemos echarnos nada en cara.
Hemos salido un poco prostitutas.
Añadía también medio en serio, medio en bro[120]ma que sentía ser viejo y vivir en una aldea, pues le
hubiera gustado probar el sansimonismo.
Choribide tenía influencia y conseguía cosas que
otros con más representación no podían conseguir. A cambio de estos favores
aceptaba lo que le dieran.
—Yo diré como Caillot—decía una vez en la tertulia
del Bazar de París.
Como nadie sabía allá quién era Caillot, la gente
se encogió de hombros hasta que uno preguntó: ¿Y qué decía Caillot?
—Pues Caillot—explicó él—era un cómico excelente y
muy viejo en mi tiempo a quien yo no vi representar. Caillot vivía en Saint
Germain y era muy amigo de Juan Jacobo Rousseau. Un día Juan Jacobo vió a
Caillot con un cuchillo de caza admirable y le dijo que le chocaba que se
permitiera gastos tan excesivos.—No, no lo he comprado yo—contestó Caillot—me
lo ha regalado Su Excelencia, el príncipe de Conti.—¿Es que usted acepta los
regalos de los príncipes?—preguntó Rousseau.—¡Y yo que le tenía a usted por un
filósofo!—Lo soy, dijo Caillot. Usted es un filósofo que rehusa y yo soy un
filósofo que acepta. Yo—terminaba Choribide—soy como Caillot un filósofo que
acepta.
Choribide era inagotable contando anécdotas.
El caballero de Larresore que algunas veces lo
encontraba en el Bazar de las señoritas de La Bastide hubiera querido
despreciarlo, pero la verdad era que le admiraba e iba muchas veces a oirle.
Choribide contaba la vida de París durante el
Terror, la gente marchando por las calles con la mirada baja espiándose con el
rabillo del ojo, y por las noches las familias que se encerraban en las casas
temiendo las visitas domiciliarias.
Choribide explicaba cómo funcionaban los garitos
del Palais Royal, cómo se jugaba, quiénes eran los puntos más fuertes y quiénes
las cortesanas más célebres de aquellos lugares. Un día llegaba y decía:
—Hoy hace cuarenta años estaba yo en el teatro en
París, viendo representar una comedia Los acontecimientos imprevistos.
En aquella noche estuvo a punto de ser presa madama Dugazon por decir unos
versos entusiastas mirando al palco en donde estaba María Antonieta. ¡A la
cárcel! ¡A la cárcel! gritábamos los jacobinos. La cómica no se intimidó, se
acercó más al palco de la reina y recitó con mayor energía los mismos versos.
¡A la cárcel! ¡A la cárcel! seguíamos gri[122]tando
nosotros mientras otra parte del público aplaudía con entusiasmo.
A este viejo currutaco le gustaba contar horrores
vistos por él en la Revolución y hacía temblar a sus oyentes hablándoles del
suplicio de los reyes, de los girondinos y de los dantonianos que había
presenciado. Sobre todo en los detalles era donde el viejo Choribide estaba
extraordinario; cuando hablaba, por ejemplo, del negro Delorme, uno de los
exterminadores de los presos en las matanzas de Septiembre, llegaba a lo
trágico, Choribide describía a este negrazo medio desnudo, con el cuerpo
manchado de sangre, degollando hombres y mujeres entre risas y carcajadas.
Después pintaba el contraste del negro velludo
teniendo en brazos el cuerpo decapitado de la princesa de Lamballe, al que
pasaba un trapo húmedo para quitarle la sangre, mientras la cabeza de la
infortunada princesa estaba en una taberna próxima y un peluquero le rizaba el
pelo. ¡Qué blanca es!—decía la gente al ver el cuerpo de la princesa. Y esta
idea de la blancura de la víctima exasperaba a la plebe, y un bárbaro arrancó
al cadáver el corazón y otro el sexo y las entrañas.
—¿Y era una mujer hermosa?—le preguntaron dos o
tres a Choribide cuando contó esta escena.
—No, tenía más de cuarenta años y el vientre
arrugado.
—¿Y cómo aceptaban ustedes esto?—decía Larresore.
—¿Y qué íbamos a hacer mi querido caballero?
¿Ibamos a decir que éramos moderados cuando al peluquero Basset se le
guillotinó por haber hecho pelucas de aristócratas? Había que ser rojo para
vivir; si no estaba uno perdido. No había más remedio. Fué moda ser filósofo,
fuímos filósofos, luego republicanos, fuímos republicanos, después terroristas,
luego thermidorianos, después bonapartistas, hemos sido realistas y
ultramontanos; ahora aparecemos como liberales. Garat y yo lo hemos sido todo.
Nos acusaran de versátiles, ¡qué tontería! De veletas. Por lo menos no dirán
que somos veletas enmohecidas ni roñosas.
Y Choribide se frotaba las manos riendo.
Le gustaba a este viejo contar casos de apostasía y
de cambios de opinión. Le gustaba también explicar las intrigas de su tiempo y
descubrir las causas bajas y ridículas que habían dado origen a acontecimientos
que se tenían por grandes.
El cínico y extraño personaje era hombre de gran
instinto social; entraba en todas las casas[124] de
Ustariz y entre ellas en Gastizar. ¿Cómo le aceptaba madama de Aristy? Era
difícil comprenderlo.
Choribide visitaba a lo mejor y a lo peor del
pueblo; solía estar en la cabecera de la cama de Garat haciendo compañía al
viejo político y en el salón de madama de Aristy; otras veces convidaba en la
Veleta de Ustariz a un veterano de la Revolución que estaba en el asilo, a
quien los chicos llamaban Cucú el rojo y cantaban los dos la Carmañola,
el Ça, ira y otras canciones desvergonzadas y
terribles, algunas dedicadas a la Sainte guillotinette.
Choribide de tres en tres años iba a París, solía
visitar a sus amigos realistas y a los republicanos que aún vivían. Visitaba
también a los cómicos y cómicas viejas en sus guardillas y se enteraba de todo
y hasta se enternecía, al parecer, aunque para él todo no era más que un dato y
un motivo de conversación.
Desde las jornadas de Julio, Choribide tenía en su
casa un teniente de infantería de la Guardia real que había sido licenciado y
era sobrino de su mujer.
El teniente Rontignon era un tipo de militar de
café, punto fuerte para jugar al billar y al[125] dominó.
Choribide se había propuesto casarle con alguna rica y había echado el ojo a
madama Luxe, pero Rontignon además de haragán era hombre tímido y no se atrevía
a dirigirse a una señorona tan elegante y tan distinguida.
X.
UN SOLITARIO
Además de Garat, de Choribide y de Cucú el
rojo, había otro representante de la Revolución en un guarda del bosque de
Ustariz que vivía completamente aislado en una cabaña rodeada de robles.
Llamaban a este solitario el tío Juan.
El tío Juan era hombre de unos sesenta años,
todavía fuerte, calvo, con la cara inteligente y llena de arrugas y los ojos
brillantes. Solía vérsele rara vez en el pueblo; iba vestido con una casaca de
color castaña, con cuello de terciopelo, medias de lana blancas y zapatones.
Los que le conocían aseguraban que el tío Juan
tenía un entusiasmo fanático por la Revolución, un entusiasmo que huía del
análisis y que prefe[128]ría en los hombres el odio a
sus ideas que la aceptación de ellas a medias.
Al parecer, el tío Juan era de esos hombres que
quieren cuadricular la vida y someterla a una norma lógica y fiera.
El tío Juan tenía el espíritu del fanático que se
da lo mismo en las ideas religiosas que en las humanitarias. El no podía
aceptar lo irregular, lo laxo, no podía comprender que las sociedades necesitan
un margen de benevolencia y de inmoralidad que es muchas veces el refugio de la
libertad y del buen sentido.
Durante la Restauración la policía vigiló varias
veces al tío Juan. Se aseguraba que había sido uno de los más feroces jacobinos
de Burdeos y que había estado en Cayena con Collot d'Herbois y Billaud
Varennes, pues habló una vez del ex cómico Collot que bebía el ron como si
fuera agua, y del ex congregacionista Billaud que mataba su aburrimiento en la
deportación domesticando loros.
Acogido a un indulto y vuelto a Francia el tío Juan
había sido protegido por Basterreche en Bayona, pero deseando vivir en el campo
y en la soledad se dirigió a Garat y por influencia de éste le hicieron
guardabosque.
Se decía que Garat le puso como condición para
estar en Ustariz el que no se hablara de él.
El guardabosque lo prometió y cumplió su promesa.
No tenía amistad ni relaciones con nadie, y si alguna vez le excitaban a
discutir lo rehuía.
El mismo cuidado del tío Juan de no ser advertido
hizo en ciertas épocas de la Restauración el que la policía le siguiera los
pasos y el pueblo se fijara en él.
Se decía que Ali, el asistente de Víctor Darracq
iba con frecuencia a visitarle a su cabaña del bosque y que el solitario se
comunicaba con Garat. Se decía también que algunas veces se habían encontrado
de noche a un jinete que se apeaba cerca de Gastizar y que este jinete era el
guardabosque.
XI.
LOS LOCOS DEL PUEBLO
Para completar el cuadro de Ustariz, en 1830
habría que hablar de los locos y de los excéntricos del pueblo, que abundaban
allí como en todos los pueblos vascos.
Uno de ellos, el más curioso era Muchico.
Muchico tenía los ojos brillantes, unas largas
barbas y llevaba blusa negra. A pesar de su aspecto siniestro de su mirada fija
no tenía nada de agresivo. Los chicos se burlaban de él y le gritaban y le
tiraban piedras. El les amenazaba con el puño y tenía que esconderse en los
portales. A Muchico le entusiasmaban los caballos y los coches, y le asustaban
los perros. El viento sur le intranquilizaba y le ponía exaltado y de mal
humor. Cuando la veleta de Gastizar miraba hacia[132] España
era mala señal para Muchico. Este andaba más excitado y nervioso que de
ordinario.
Otro medio loco que aparecía en el pueblo con
frecuencia era el hermano Ventura.
El hermano Ventura era un viejo místico recogido
por los jesuítas de Bayona, que le pasaban una pequeña pensión. El hermano
Ventura era chiquito, vivo, de más de setenta años. Tenía un ojo con una nube,
la boca torcida, las barbas blancas, el cráneo calvo y la frente deprimida.
Vestía un gaban largo y un sombrero de copa. Después de las jornadas de Julio
el hermano Ventura se presentaba más derrotado que en los años anteriores.
El hermano Ventura echaba largos discursos llenos
de fuego, cuando pronunciaba la palabra Dios se quitaba el sombrero y a veces
se arrodillaba.
En sus discursos hablaba de los castigos del
infierno con tal ardor que asustaba a las mujeres y les quitaba el dinero para
misas.
Algunos decían que el hermano Ventura era sólo un
pillastre, pero había en él mucho de perturbado.
Otro de los tipos del pueblo era Cucú el rojo, o
Cucú gorro rojo como le llamaban los chicos.
Cucú el rojo era un soldado de la República, gascón
de nacimiento que había ido a parar de viejo a un asilo de Ustariz.
Cucú había tomado en los años que llevaba recogido,
las costumbres y las frases de las monjas que cuidaban a los asilados, pero en
ciertos días que le dejaban libre y bebía de más, sacaba un gorro frigio sucio
y lleno de agujeros y comenzaba a perorar en las tabernas.
—Ciudadanos—gritaba con la cara inyectada.—La
patria está en peligro. Los aristócratas de Coblentza nos amenazan. Los espías
de Pitt y de Coburgo nos acechan. ¡A las armas! ¡A las armas!—y cogía el bastón
y se ponía como un soldado en guardia.
Después cantaba con voz ronca el Ca, ira y bailaba
la Carmagnola.
A los realistas del pueblo, que eran casi todas las
personas pudientes, no les molestaba esto del todo, porque veían en ello una
prueba de la plebeyez y de la grosería de las tendencias revolucionarias.
Para ellos la República con sus glorias no podía
servir más que para hacer vociferar a hombres, como Cucú el rojo en las
tabernas o en los caminos.
Algunas veces Choribide había puesto frente a
frente al hermano Ventura y a Cucú el rojo.
Cucú el rojo decía su repertorio, y el hermano
Ventura vociferaba como si estuviera en un bosque:
—¡Vete a confesar desdichado!—le decía—¡Estás en
pecado mortal! El diablo está detrás de ti, ahora mismo dictándote estas
palabras, el diablo que está lleno de ciencia y de razones. Sí... sí... no
hables. Vete a confesar ahora mismo desdichado.
Choribide se reía a carcajadas. El hermano Ventura
quiso llevar un día a Cucú el rojo y a Muchico a la iglesia, pero al acercarse
a la puerta los dos se le escaparon.
Una loca del pueblo, que andaba por los alrededores
y no entraba en las calles, era Grashi Erua.
Grashi Erua era alta, delgada, rubia, envejecida,
con la cara llena de arrugas. Vestía con andrajos de todos colores y como los
chicos la tiraban piedras no quería ir al pueblo.
Muchas veces se la veía en medio del bosque con el
pelo suelto y una corona de flores silvestres, también se le había visto al
lado de un arroyo que formaba un remanso, sentada con un ma[135]nojo
de harapos y cantando como si tuviera un niño en brazos.
Se decía que Grashi Erua era la hija de una
señorita extranjera que la abandonó. La habían dejado de niña en un caserío y
desde entonces los dueños del caserío eran ricos. Por lo que se contaba, estas
gentes del caserío habían despojado a la loca en vista de que su madre no aparecía;
y no la habían puesto a trabajar porque era indómita y salvaje.
LIBRO SEGUNDO
LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830
I.
DOS AMIGOS
Ignacio Iturri, liberal emigrado en Francia
desde los sucesos de 1823, era hijo de un comerciante de buena posición de
Pamplona. Se había visto Iturri al llegar a Bayona sin medios de fortuna, y
como estaba medio enamorado de una muchacha, que servía de cocinera en una casa
rica de la plaza Grammont, se casó con ella y puso una posada en la calle de
los Vascos, a donde fué atrayendo a todos sus paisanos que iban a Bayona por
algún negocio.
La posada de Iturri ocupaba toda una casa de piedra
y ladrillo rojo, con entramado de vigas negras y el tejado de piñón. Esta casa
tenía dos pisos, y en el principal en el balcón muy saliente[140] colgaba
una muestra con un letrero en francés y otro en castellano.
La posada de Iturri era limpia y decente, los
cuartos grandes con el suelo encerado y las ventanas de guillotina, los muebles
modernos; además de esto, tenía el atractivo de ser uno de los sitios en donde
se guisaba mejor en Bayona, pueblo en donde se guisa bien en todas partes.
Un inconveniente tenía la posada de Iturri y era el
olor a bacalao que salía de los almacenes de la calle de los Vascos. A tal
perfume había que acostumbrarse quieras que no; habituándose a ello la posada
de Iturri podía considerarse casi como un lugar de delicias.
Iturri era hombre de unos cincuenta años, fuerte,
rechoncho, de ojos negros, de cara redonda y rasurada de tono azul y expresión
melancólica. Hablaba con mucha calma y circunspección. Cualquiera le hubiera
tomado por un cura o por un exclaustrado, sin embargo, a pesar de su aire
clerical, de su cara dulce y de sus manos blancas y regordetas era hombre de
arrestos.
Su mujer Graciosa, era una vasca de aire de grulla,
de nariz afilada y mejillas sonrosadas, que trabajaba, hablaba y reñía todo al
mismo tiempo sin parar.
Iturri el posadero que no tenía hijos, aceptó en su
casa a un sobrino suyo ex seminarista escapado de Pamplona, llamado Manuel
Ochoa.
Manuel Ochoa era un muchacho hijo de unos
labradores del valle de Ulzama. Considerándolo como chico listo sus padres le
habían puesto a estudiar para cura. Al principio Ochoa marchó bien en el
Seminario, pero luego comenzó a averiguarse que cortejaba a las mozas, después
se supo que se manifestaba liberal y al último que había asistido a una reunión
de militares masones. Ochoa buscado por la policía se metió en Francia y fué a
acogerse a la fonda de su tío. Iturri le trató bien, y como tenía grandes conocimientos
entre los emigrados le presentó a Don Sebastián Miñano que estaba por entonces
trabajando en varias obras y que publicaba desde 1825 la Gaceta de Bayona.
La mujer que vivía con el abate Miñano, y de la que
tenía varios hijos, era algo pariente de Ochoa así que éste fué protegido por
el abate.
Ochoa era muchacho violento, capaz de trabajar con
entusiasmo. En los ratos de ocio se dedicaba a jugar a la pelota, lo que era
para él como un sucedáneo de la acción.
Pronto le disgustó a Ochoa la colaboración con Don
Sebastián Miñano.
Entre los liberales emigrados se decía que la
redacción de la Gaceta de Bayona que estaba en la calle del Pont Neuf bajo los
arcos, en casa de Barandiaran, era un punto de espionaje de Calomarde.
Manuel Ochoa riñó varias veces con Miñano. Ochoa
era de estos hombres tempestuosos, que saltan al menor roce, que arrastran a la
gente y tienen siempre entusiastas por su valor y su energía.
Una señora de Bayona, casada con un propietario
rico, se enamoró de Ochoa y el seminarista tuvo un momento de éxito y de
orgullo. Esta señora que no tenía mucho miedo ni a la opinión ni a su marido,
fué varias veces a cenar con el estudiante a un gabinete reservado de la fonda
del Comercio.
Iturri el fondista, que temía el escándalo, fué a
ver a Miñano y a contarle lo que pasaba, y entre los dos decidieron mandar a
Ochoa con un pretexto a París. Ochoa copiaría documentos en la Biblioteca
Nacional para el abate.
En aquella época, Ochoa hubiera preferido quedar en
Bayona, pero como no encontraba la[143] menor
apariencia de pretexto que oponer tuvo que marcharse.
Ochoa fué a París, conoció a algunos emigrados
españoles y tomó parte en la sublevación de Julio.
Cuando Leguía y Chacón, comisionados por los
liberales de Londres, llegaron a París, Ochoa se unió a ellos en sus visitas y
diligencias. Luego al ir presentándose los emigrados se hizo definitivamente de
su grupo.
Conoció a Mina, a Chapalangarra, a Jáuregui. Como
no tenía ya carrera ni oficio pensó que lo mejor sería unir su suerte a la de
aquellos hombres. Más culto que estos militares, pudiendo hermanar las letras y
las armas, pensó le sería fácil conseguir un éxito con poco que le ayudara la
suerte.
En París trabó amistad con Eusebio de Lacy, con
quien vivió durante algún tiempo.
Eusebio de Lacy era un joven de ojos azules, pelo
rubio y aspecto poco fuerte, aunque tranquilo y noble.
Eusebio había nacido en Holanda, en la isla de
Walcheren, adonde su madre había seguido a Luis de Lacy, que entonces era
capitán en la legión irlandesa que mandaba Arturo O'Connor y que estaba al
servicio de Napoleón.
Eusebio pasó su infancia en Quimper, pueblo de su
madre, que de soltera se llamó la señorita de Guermeur.
Durante la guerra de la Independencia y mientras su
padre don Luis se batía contra los franceses, Eusebio estuvo en un colegio;
terminada la guerra, Lacy, que había sido teniente general del ejército de
Galicia y de Cataluña, fué destituído por Fernando VII, que tenía esta manera
de pagar a los que se sacrificaban por su persona mientras él adulaba de una
manera baja a Napoleón.
Destituído el general Lacy fué a vivir a Vinaroz y
desde allí escribió a su mujer para que viniera con su hijo a reunirse con él,
pero la francesa tenía resentimientos con su marido y no quiso ir a su
encuentro. Entonces se cruzaron entre los dos cartas agrias y recriminaciones
violentas.
El general Lacy era de estos tipos extraños que
aparecen en las naciones en épocas de turbulencia. Su padre era de origen
irlandés; su madre, francesa; él, andaluz de San Roque. Su destino había sido
tan contradictorio y su carácter tan arrebatado, que muchas veces llegaron a
considerarle como loco.
Durante la juventud de Lacy luchó al lado de los
franceses, más tarde peleó contra ellos.
El día 2 de Mayo estuvo a punto de ser muerto por
su uniforme de francés. Lacy era hombre exaltado, atrevido, y pertenecía a la
masonería. Muerto Porlier, todas las esperanzas del partido liberal estaban
puestas en él.
Lacy, con Milans del Bosch, en combinación con La
Bisbal y algunos otros, preparó de una manera aturdida el pronunciamiento que
le perdió. Dejando Vinaroz se presentó en Caldetas con el pretexto de tomar las
aguas y con el fin de ponerse al frente de la sublevación. Al fracasar ésta, el
capitán general de Cataluña, don Francisco Javier Castaños, que estaba en el
secreto de la conspiración y que había dado el permiso a Lacy para trasladarse
de Valencia a Cataluña, sabiendo a lo que iba, mandó en persecución suya al
brigadier Llauder, a Llauder que era masón y había estado protegido por Lacy.
Tanto Castaños como Llauder eran hombres de pocos
escrúpulos, capaces de unirse a Lacy si vencía y de fusilarlo si fracasaba.
Llauder salió en busca de los sublevados camino de
Mataró. Milans del Bosch alcanzó la frontera; Lacy, no se sabe por qué, en vez
de apresurarse a huir, para lo que tenía tiempo sobrado, se detuvo y cayó
preso.
Una Comisión militar le juzgó y le condenó a
muerte; el Gobierno y Castaños, que en este asunto representó un papel muy
ambiguo, ordenaron que Lacy fuera trasladado a Mallorca; hicieron creer al
pueblo que era con el objeto de encerrarlo solamente y al llegar al castillo de
Bellver lo fusilaron.
Al triunfar el movimiento liberal de 1820, los
amigos de Lacy, entre ellos Milans de Bosch, escribieron a la viuda para que
enviara a su hijo a educarse a España; un ayudante fué a buscar a Eusebio a
Quimper y lo acompañó a Barcelona.
Poco después el muchacho asistió en Palma de
Mallorca a la exhumación del cadáver de su padre enterrado en la iglesia de
Santo Domingo, que fué transportado con gran pompa a Barcelona.
Las Cortes, para honrar su memoria nombraron a
Eusebio primer granadero del Ejército español.
Eusebio siguió en el colegio de Barcelona, siendo
un motivo de orgullo para todos, y estuvo viviendo una temporada en Madrid. Los
amigos y camaradas de su padre le hablaban de él con entusiasmo; le contaban
sus proezas y sus rasgos de energía y de valor.
Eusebio llegó a tener por su padre una adoración
ciega, que le llevó a ver con disgusto el comportamiento de su madre.
Al acabar su existencia de tres años el Gobierno
constitucional, Eusebio volvió a Quimper y vivió soñando con España y con los
liberales amigos de su padre, hombres todos que le parecían de un romanticismo
exaltado, de una generosidad extraordinaria.
Creía que en España todos los hombres eran
valientes como el Cid y todas las mujeres seres poéticos e ideales; en cambio,
tenía una profunda antipatía por los parientes y amigos de su madre, que
querían hacerle comerciante y francés.
A los veinte años Eusebio fué a París y poco
después a Londres. Allí se hizo amigo del hijo de Milans del Bosch, conoció a
los emigrados españoles y fué a las tertulias elegantes, en donde se distinguía
por su belleza Teresa Mancha, la hija del coronel don Epifanio.
Lacy llevaba en Londres una vida muy distinta a la
de los demás emigrados; paseaba, leía, escribía un diario. Eusebio era un joven
de espíritu claro y sereno; quería ver las cosas sin apasionamiento, empresa
difícil, intentando al mismo tiempo conservar el entusiasmo.
Estaba enamorado de las cosas grandes y nobles, y
hubiera querido que éstas se hicieran sin trabajo, sólo con abnegación y
sacrificio.
La Revolución de Julio, sorprendió a Lacy en
Londres. Como la mayoría de los liberales, al saber su resultado marchó a
París, donde conoció a Ochoa, de quien se hizo gran amigo.
Al enterarse los dos del proyecto de intervención
por la frontera de los constitucionales se trasladaron a Bayona, y como Lacy no
tenía mucho dinero, fué a vivir con Ochoa a la fonda de Iturri de la calle de
los Vascos.
Mientras llegaba el momento de batirse, Lacy vivía
con mucho método; tenía las horas del día distribuídas y seguía sus costumbres
formadas en el colegio.
En cambio Ochoa se exhibía ante el público, tenía
el prestigio de ser un héroe de la Revolución, había presenciado la muerte de
dos bayoneses en las calles de París, a los cuales se levantó después un
monumento cerca de la Catedral; conocía el francés casi tan bien como el
castellano y hablaba elocuentemente emborrachándose con su oratoria y con los
licores con que le obsequiaban los entusiastas del nuevo régimen.
II.
ESTAMPA DE BAYONA EN 1830
Bayona, como siempre que ha habido trastornos en la
península, estaba en 1830 llena de españoles. Era en esta época la ciudad del
Adour, un pueblo variado, pintoresco y un tanto indefinido. Los franceses del
Norte lo consideraban como una ciudad de aspecto español, para los españoles
del mediodía tenía un carácter completamente francés, para los vascos era un
pueblo poco vasco y para los gascones poco gascón. Las cuatro lenguas, el
francés, el español, el vasco y el patois se oían por las calles de la ciudad
constantemente.
Bayona tenía, como ahora, tres barrios separados
por sus dos ríos; la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit.
Este último barrio era entonces, no solamente un
pueblo separado de Bayona, sino que hasta 1827 formaba parte de otro
departamento.
Los tres barrios tenían sus fortificaciones; la
Gran Bayona el castillo Antiguo, la Pequeña Bayona el castillo Nuevo y Saint
Esprit la Ciudadela.
La grande y la pequeña Bayona, separadas por el río
Nive, estaban encerradas por la misma muralla abierta en cuatro puertas, de las
cuales la más monumental era la puerta de Francia, con sus baluartes, sus fosos
y su puente levadizo.
El barrio de Saint Esprit era un pueblo pobre
habitado por judíos.
Uniendo Bayona con ese barrio había por entonces un
puente de barcas, que ondulaba, se balanceaba y crugía cuando el mar agitaba
las aguas de la ría o cuando el Adour y el Nive venían hinchados por las
lluvias. Este puente tenía dos andenes para los coches, uno de ida y otro de
vuelta, y otro central para los peatones.
El puente sobre el Adour era la galería de todos
los tipos de la vida bayonesa, la calle más concurrida de la ciudad.
Los aguadores iban a llenar sus cubas a una fuente
de Saint Esprit que se consideraba la me[151]jor de los
contornos; filas de judíos de perfil aguileño y de voces graves o agrias
cruzaban el puente para correr sus géneros; muchachas jóvenes artesanas vascas
y gasconas pasaban riendo; alguna dama con miriñaque y crinolina iba a hacer
compras, algún lion lucía su frac y sus melenas, y algún
refugiado español marchaba sombrío embozado en la capa y con el cigarrillo
entre los dedos.
Por las tardes con el buen tiempo los bayoneses
paseaban en la plaza de Armas mientras tocaba la banda militar, los jóvenes
tenientes arrastraban su sable con indolencia y las nodrizas hacían bailar a
los niños en sus brazos.
Cuando llovía se paseaba en las Arcadas.
Al llegar el verano la gente salía al campo, iba
hacia el mar, visitaba el lago de Mouriscot y la Chambre d'Amour, y miraba a lo
lejos las crestas agudas del monte Larrun, en el cielo radiante.
III.
LAS AMISTADES DE LACY
Varias visitas de amigos suyos y de algunos de
su padre tuvo Lacy en su estancia en Bayona. La que más le extrañó fué la de un
antiguo condiscípulo suyo en un colegio de Rennes, que se llamaba Jorge Tilly.
Tilly llegó con una señora inglesa y un abate y
fueron los tres a hospedarse a la fonda de San Esteban.
Tilly fué a visitar a Lacy y estuvieron los dos
charlando largo rato. Tilly hablaba muy mal el castellano.
Lacy se manifestó en el curso de la conversación
como lo que era, un liberal entusiasta; en cambio Tilly estuvo muy reservado;
para él las teorías no tenían importancia, sino los hechos; él[154] creía
que se podía encontrar una posición en que se elogiara a Felipe II y a
Robespierre.
—Dado el papel que un tipo se haya propuesto ver
cómo la cumple.—Esta era la cuestión según Tilly.
—¿Yo cómo voy a medir con la misma medida al que
quiere ser fraile y al que quiere ser un Don Juan?
Como Eusebio Lacy siempre había tenido a Tilly por
un extravagante no quiso discutir con él. Le preguntó por sus proyectos.
Tilly dijo que pensaba ir a España, en viaje de
exploración. Desde allí le comunicaría a Lacy noticias de cómo iba aquello.
Tilly era un joven alto, rubio, de aire cansado, con la cara un poco flácida,
el labio inferior belfo, los ojos claros; tenía un tipo de príncipe degenerado
de la Casa de Austria.
Lacy recordaba a Tilly de su época de colegial,
como un chico algo místico que quería ser fraile. Tilly se mostraba siempre muy
misterioso y no le gustaba hablar de sí mismo y menos de su familia.
—Aquí te tienen por aristócrata—le decía Lacy en el
colegio.
—Sí—contestaba él—; dicen que nosotros des[155]cendemos de los Tilly de Normandía que tenían un
castillo cerca de Caen; pero los Tilly se han dividido en tantas ramas, que la
mayoría de los que llevan este apellido no tienen entre sí parentesco. Hoy hay
Tillys ricos y pobres. Yo soy de los pobres y he nacido en Jersey donde vive mi
familia. Mi padre era español y yo lo soy también, por lo tanto.
Tilly, a quien Lacy hacía diez años que no veía, se
le reveló en Bayona como un muchacho cínico y atrevido, cansado de todo y con
un gran desprecio por los hombres. Pretendía ir a España a hacerse una
posición, y como creía que la tendencia liberal había de triunfar más pronto o
más tarde, quería ponerse de acuerdo con los liberales.
Lacy quedó un poco asombrado de la audacia y del
cinismo con que su condiscípulo se explicaba, y prometió relacionarle con los
emigrados.
Consultó con Milans del Bosch, con Ochoa y otros
amigos, y se tomaron informes de Tilly.
Tilly se había convertido en un muchacho crapuloso,
jugador, de una moral incomprensible para Lacy. Al parecer tenía éxito con las
mujeres, a las que no trataba bien. Su cara pálida, fría e impasible, su aire
elegante y de aburrimiento le hacían un verdadero lion.
Tilly tenía unas tarjetas en donde se llamaba
vizconde, en otras caballero y en otras se anunciaba como viajante de comercio.
A pesar de que quería demostrarlo no tenía
seguridad en sus ideas, y muchas veces caía en unas preguntas candorosas y
absurdas.
—¿Tú no crees en las cartas?—le preguntó una vez a
Lacy.
—No, hombre, no; eso es una tontería.
Tilly tenía también unos proyectos tan poco
lógicos, de una ingeniosidad tan pueril, que dejaban estupefacto a su amigo.
Tilly, en el tiempo que estuvo en Bayona anduvo en
tratos con los judíos de Saint Esprit, a quienes vendió algunas joyas para
jugar o para vivir.
La señora que le protegía y a quien llamaba su
prima en público, era una señora inglesa de unos cuarenta años, que se hacía
llamar Lady Russell. Tilly se la presentó a Lacy. A Eusebio le pareció que esta
dama, por debajo de su máscara indiferente y sonriente, tenía un gran
entusiasmo amoroso por Tilly y al mismo tiempo una profunda desolación.
A Tilly le acompañaba un abate que parecía ejercer
el cargo de capellán de Lady Russell, pues[157] esta
dama era católica. El abate era un hombre de un aspecto selvático y al mismo
tiempo inteligente; tenía el pelo rojo, la frente tempestuosa, las facciones
toscas, groseras, de hombre de campo; el color encendido y los ojos claros y
brillantes.
Tilly y el abate, en los días que estuvieron en
Bayona, dejaron un rastro de desórdenes y de crápula.
Los dos en compañía de un aventurero francés que se
las echaba de muy liberal y se llamaba Husson de Jour frecuentaban todos los
lugares de perdición. Husson se daba por revolucionario y carbonario, que había
peleado con Mina en España en 1823 en compañía de Armando Carrel, y era un tipo
de hombre jactancioso y fanfarrón, de grandes bigotes y de grandes actitudes.
Al prepararse a marchar a España, Tilly se presentó
a Lacy. Este, al verle pálido y desencajado, le dijo:
—¿Para qué haces esa vida de perdido?
—¡Pse! No sé, la verdad, porque ya me empieza a
aburrir.
—Entonces no lo comprendo.
—Yo tampoco. ¿Que quieres? No hay hombre que no sea
un enigma para los demás y para sí[158] mismo.
Unicamente los que tienen una tradición muy fija, como los judíos, saben lo que
son y lo que quieren.
—Tú no tienes la tradición de ser un perdido.
—No; soy un perdido, como dices tú, por abandono y
algo por curiosidad. En mi familia ha habido de todo: ricos, pobres,
revolucionarios, realistas. En mí se han debido mezclar estas diversas
tendencias, y me han hecho un tipo mixto y contradictorio.
—Pero en ti está escoger una línea y seguirla.
—Pienso hacerlo más tarde. Ahora me voy a España.
Desde allí te enviaré algunas cartas con clave y cifra, que te las darán aquí
descifradas.
—Bueno.
Tilly se despidió de Lacy y al día siguiente dejó
Bayona.
IV.
LOS GRUPOS HOSTILES
En una ciudad pequeña como Bayona, que no
pasaba de los quince a diez y seis mil habitantes, todo el mundo se conocía, y
más, como era natural, la colonia española y los que estaban relacionados con
ella.
Al establecerse Lacy en Bayona e intimar con sus
compatriotas, vió con tristeza que no había entre ellos más que odios,
rivalidades y desunión.
Ya durante su estancia en Londres notó las
rencillas de los emigrados; pero, naturalmente, en una ciudad inmensa las
divisiones no se notaban tanto como en un pueblo pequeño, en donde la gente se
veía a cada paso.
En Londres, los constitucionales españoles habían
formado grupos que tan pronto crecían como[160] se
achicaban, casi siempre por un motivo personal.
El primer grupo moderado y aristocrático estaba
dirigido por hombres de cierta cultura, como Argüelles, Alava, etc. Este grupo
se caracterizaba por ser eminentemente civil, y había rechazado, cuando se lo
propusieron, las ofertas de militares como Morillo, Ballesteros y O'Donnell.
El segundo grupo era de los ministas o partidarios
de Mina. Los enemigos les llamaban despectivamente los mineros. Este grupo, el
más extenso y el más fuerte, contaba con elemento civil y militar, pero
predominaban en él los militares. Estaban en él casi todos los oficiales de
mérito refugiados en Inglaterra, Bélgica y América, excepto los que tenían
algún motivo de queja, fundado o no, contra el caudillo navarro. El Gobierno
inglés trataba a este grupo con gran consideración, y según se decía le proporcionaba
fondos para pagar sus agentes.
En España casi todos los liberales esperaban, más
que de ningún otro jefe, de Mina. Era el que tenía más partidarios
incondicionales. Este entusiasmo ciego por Mina parecía odioso a sus rivales.
Mina, según éstos, quería ser un ídolo, un santón a quien se le obedeciera
ciegamente.
Torrijos, San Miguel, Valdés y otros habían roto
con él por este motivo, porque no querían obedecer con pasividad. Es posible
que por dentro hubiera en ellos un fondo de rivalidad próximo a la envidia.
Mina quería dirigir él, sin dar parte a nadie de lo
que hacía, y afirmaba que gracias a su prudencia y a sus precauciones los
espías del Gobierno español no podían averiguar sus manejos.
Mina, mientras estaba en Inglaterra fechaba sus
cartas en Plymouth y vivía cerca de Londres en una casa de campo.
El general llevaba sus asuntos con una gran
cautela; para cada empresa que se le presentaba buscaba el hombre a propósito.
Se había servido varias veces de Sanz de Mendiondo, otras del teniente coronel
Baiges, un gallardo ex guardia de Corps, que tenía fama de conquistador y de
fatuo, y otras de su secretario Aldaz. Algunas cuestiones muy reservadas las
llevaba dictando a su mujer, y otras más secretas aún las seguía él mismo, sin
comunicárselas a nadie.
El zorro navarro ocultaba muy bien sus maniobras y
consideraba el secreto necesario e imprescindible.
El segundo partido militar, colocado enfrente[162] del de Mina, lo capitaneaba Torrijos y tenía
como lugarteniente al coronel don Francisco Valdés. Estos no sentían gran
entusiasmo por la Constitución de Cádiz, como los ministas y deseaban algo más
radical. Méndez Vigo y sus partidarios pensaban en la República.
Otra facción liberal era la de los masones, a cuya
cabeza estaba don Evaristo San Miguel, que no ocultaba su aversión por Mina.
Mina nunca había sido un masón entusiasta: todas
las mascaradas simbólicas de esta secta le producían cierta repulsión y se
había afiliado, como Torrijos, al carbonarismo más activo, más eficaz que la
masonería, y al mismo tiempo, por entonces, más internacional.
Mina, además, había puesto el veto a mucha gente;
según sus enemigos, por celos, según sus amigos, por su natural prudencia.
El partido de los masones tenía relaciones
continuas con las logias de la península y empleaba para ello a los capitanes
de buques mercantes y a los comisionistas.
Otro último grupo era el de los ex comuneros. Estos
tenían como prestigio civil a Flores Estrada y como militares a Milans de Bosch
y a López Pinto.
Los ex comuneros no podían ver a los masones, ni
éstos a los ex comuneros; pero ambos grupos tenían como lazo común el odio a
Mina. Milans el viejo lo detestaba. Había tenido el desencanto de salir de la
isla de Jersey, donde estaba confinado, para avistarse con algunos capitalistas
ingleses liberales, pidiéndoles dinero para una expedición contra la frontera
española, y los capitalistas habían dicho que únicamente si Mina dirigía la
expedición prestarían dinero.
El grupo ex comunero sintió el desdén de esta
negativa, y el grotesco y envidioso Romero Alpuente escribió un folleto contra
el caudillo navarro.
Además de estos núcleos formados en Londres había
los liberales que no querían formar grupo alguno y se consideraban
independientes; tales eran Méndez Vigo, Chapalangarra, Bertrand de Lys, el
padre Asensio Nebot y otros varios.
Cada grupo de los constituídos deseaba el fracaso
del grupo rival; cada hombre que se sentía importante hacía lo posible para
aplastar al compañero y para erigirse él; tenían todos ellos, unos para otros,
esa terrible ferocidad de los ambiciosos, para los cuales no hay amistad ni
comunidad de ideas.
A veces se manifestaban, sobre todo en las cartas,
un afecto entusiasta y efusivo que no pasaba de figura retórica.
Entre gente ambiciosa como aquélla, la amistad
desinteresada era casi imposible...
El hombre de acción es el que cree que obra casi
exclusivamente por sus propias inspiraciones, el que afirma más su albedrio, el
que escoge lo que debe hacer y no debe hacer, y, sin embargo, es el que está
más sujeto a la ley de la fatalidad, el que marcha más arrastrado por la fuerza
de los acontecimientos.
V.
LAS ESTELAS SENTIMENTALES
Muchos de aquellos hombres sin haber repensado
teoría alguna política o social, tenían no sólo la certidumbre de su realidad,
sino el dogmatismo, el fanatismo y hasta la sed de martirio. ¿Quién podrá
afirmar con más fuerza una cosa que el que no la comprende?
Estos hombres se dejaban llevar por la corriente
sentimental del momento y eran capaces de hacer por ella el sacrificio de su
vida.
En nuestro tiempo, más que en ningún otro, después
de la Reforma y de la Revolución se da el caso de los pueblos y de los
individuos que viven con un sentimentalismo distinto y a veces antagónico a sus
ideas.
Las generaciones han ido moldeando nuestros[166] instintos, lo consciente y lo inconsciente, les
han dado una forma, un sentido; pero en este conglomerado de nuestra
personalidad, la inteligencia se ha separado de sus viejos compañeros y ha
comenzado a marchar sola.
Así, nuestra época ha dado, más que ninguna otra,
santos sin ideas religiosas, ateos místicos, mujeres honradas con alma de
cortesanas, y cortesanas con aspiraciones de monja.
Ante esta disociación de su personalidad, el
hombre, que antes que nada quiere creer y poner un pie firme sobre la tierra,
mira a su alrededor y cuando encuentra una ruta la va siguiendo.
Sus antepasados no escogían, se dejaban llevar; los
hombres actuales escogen, de ahí su desgracia.
Unos escogen ciega y brutalmente—la mejor manera de
escoger—, otros miran y remiran a derecha e izquierda, quieren pesar el pro y
el contra ¡los ilusos!
Y cuando se deciden van como los demás a ciegas y
siguen la estela que dejaron las grandes corrientes sentimentales pasadas.
En todas las esferas de la actividad humana, en la
religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas
sentimentales durante largas épocas históricas.
¡Cuántos espíritus religiosos, cuya vida ha sido
una serie de esfuerzos heroicos para creer en el dogma que no creyeron, han
marchado de desilusión en desilusión sugestionados por esa mágica estela!
¡Cuántos grandes revolucionarios marcharon adelante con un ademán gallardo
enardeciendo a las masas, llevando el convencimiento íntimo de que dentro de
sus ideas no había nada!
¡Cuántos millones de soldados muertos sabían
únicamente que su patria era la que llevaba la bandera roja, la blanca o la
azul, la que tenía este himno y nada más! Y, sin embargo, han ido arrastrados
por la corriente sentimental y han hecho ante el caos ciego el sacrificio de la
vida.
En todas las esferas de la actividad humana, en la
religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas
sentimentales. Todos los grandes hechos de la historia, todas las grandes
corrientes han pasado por la inteligencia y por la sensibilidad de los pueblos
dejando una estela.
Ahora, al notar esa estela que queda en el mar de
las ideas; que es la nuestra, la que hemos escogido, quisiéramos avanzar por
ella rápidamente y llegar a su más puro origen. Ya es tarde, el[168] barco ha pasado para siempre y ya no volveremos
a divisar sus velas.
Los astrónomos nos han hablado de que la distancia
de algunos astros es tan grande, que su luz tarda en llegar a la tierra
cincuenta, sesenta, ochenta años. Así puede muy bien suceder que una estrella
haya desaparecido o se haya desplazado, y sin embargo nosotros la sigamos
viendo en el cielo de las noches espléndidas.
¡Qué triste, qué melancólico resulta pensar que una
de esas estrellas que parece que nos guía y nos contempla puede no existir ya y
sin embargo, estarla viendo!
Así en la vida moral y en la vida sentimental cabe
sospechar el carácter mítico de las ideas y de los dioses, y seguir en la
corriente que produjeron ellos cuando todavía eran dioses e ideas.
VI.
LOS PREPARATIVOS
Estaba el partido liberal dividido en grupos
en la emigración cuando llegaron los sucesos de Julio de París, con el
destronamiento de Carlos X, y toda la grey constitucional se conmovió y fué
llamada a Francia por intermedio de los agentes de la masonería y el
carbonarismo.
El gabinete de Fernando VII publicó contra el
Gobierno de Julio un manifiesto injurioso suscrito por Calomarde.
No pudiendo contestar a Calomarde, que en punto a
la legitimidad tenía razón, el ministro de Luis Felipe, decidió asustar a
Fernando VII ayudando a los liberales españoles.
El auxilio del Gobierno francés permitió a los
constitucionales ir y venir por Francia y acercarse libremente a la frontera.
El primer punto de cita de los emigrados se
estableció en París. Allí fueron acudiendo todos ellos desde Londres, desde
Bruselas y de Suiza. Torrijos y algunos de sus partidarios, que tenían
preparada una expedición por Gibraltar, quedaron en Londres dispuestos a
embarcarse para la Península.
Leguía y Chacón, enviados por Mina antes de las
Jornadas de Julio, habían cruzado el Canal de la Mancha en un falucho.
Avanzaron los dos hasta la frontera española, pero fueron presos y llevados con
escolta de gendarmes hasta Calais.
Al triunfar la Revolución los dejaron libres,
Leguía sin recursos fué a París y presenció los acontecimientos de Julio.
En Agosto comenzaron a pasar el Canal de la Mancha
los emigrados. El 11 bajaron en Calais, Bertrand de Lys, Mendizábal, Olegario
Cueto, el brigadier Palarea y Juan Llupius. Pocos días después el coronel
Valdés desembarcó en el Havre.
En París se reunieron Valdés, Leguía, Aldaz el
secretario de Mina, Mendizábal y Chapalangarra. Habían pasado de Inglaterra a
Francia con la idea de ejercer una acción común y no había manera de que se
pusieran de acuerdo.
Leguía, Aldaz y Chapalangarra, los tres nava[171]rros estuvieron a punto de reñir y de pegarse.
Chapalangarra se había separado de Mina, Leguía había hecho lo mismo y ambos
creían tener motivos de queja contra el general. Leguía se creía olvidado y
estaba ofendido. Aldaz defendía a su jefe viniera o no a cuento.
La reunión de los liberales en París no demostró
más que sus divisiones. Se decidió formar una junta en Inglaterra, otra en
Francia y para secundar los trabajos de esta última, los radicales franceses
constituyeron una segunda junta con el nombre de Comité Español.
Se abrió una suscripción y las listas engrosaron
rápidamente. Los banqueros Ardouin, Calvo y Bertrand de Lys aseguraron que
pronto tendrían dinero. La Junta de Francia formada por españoles y dirigida
por Mendizábal escribió a Mina y le preguntó si podía contar con él.
Mina contestó que sí, y desde este momento la Junta
se trasladó a Bayona.
Con los primeros fondos del empréstito comenzaron a
comprarse armas y empezó el alistamiento de los emigrados.
El Comité Español de París, formado por franceses,
buscó el apoyo del Gobierno de Luis Felipe y del mismo rey.
Luis Viardot, uno de los miembros de aquel Comité,
fué a visitar a Guizot y Guizot le dijo:
—Decid a los que os envían que Francia ha cometido
en España un crimen político en 1823 y que le debe una reparación y que esta
reparación se llevará a cabo.
Dupont, Marchais y Loëwe-Weimar, del mismo Comité,
fueron a ver a Luis Felipe. Luis Felipe dijo que Fernando VII era el mayor
bribón que había existido. El rey de los franceses indicó que la tentativa
contra el Gobierno de Fernando le parecía muy bien y dió dinero de su bolsillo.
Algunos amigos de la familia de Orleans aconsejaron
que se ayudara a destronar a Fernando VII y en ese caso se ofreciera la corona
de España al duque de Nemours, hijo de Luis Felipe, a quien se casaría con la
reina doña María de la Gloria de Portugal, con lo cual se reunirían en su
cabeza las coronas de los dos reinos peninsulares.
El rey de los franceses comprendía muy bien que
estas combinaciones no se hacen cuando se quieren y vió en el asunto de los
emigrados españoles únicamente una manera de imponerse al Gobierno de Calomarde
para que le reconociera como rey de Francia.
Con la protección de Luis Felipe y del Gobierno,
los españoles creyeron que el triunfo estaba asegurado. Todos los días grupos
de treinta, de cuarenta, de cincuenta hombres iban hacia la frontera. Hojas de
ruta autorizadas por el prefecto de policía favorecían los viajes. Había
depósitos de armas con el consentimiento expreso de Montalivet y de Guizot.
La imperial de las diligencias de Burdeos a Bayona
estaban siempre retenidas por los agentes españoles para los emigrados. Estos
subían a sus asientos y hablaban, reían y a veces gritaban:
—¡Viva España! ¡Viva la libertad!
—Pronuncian Biba—decía algún francés
con asombro.
Y el señor culto y erudito recordaba la frase de
Escaligero sobre los españoles que parece de algún gran aficionado al vino:
Felices populi quibus vivere est bibere.
VII.
UNA CARTA DE TILLY
Estaba Lacy olvidado de Tilly cuando de la
fonda de San Esteban donde vivía la inglesa Lady Russell le enviaron una carta
de Lacy con anotaciones y entre paréntesis puestos después con otra letra. Era
la carta de una ingeniosidad un tanto pueril como muchas de las cosas pensadas
por Tilly. Estaba redactada en estos términos:
"Querido Lacy: Te escribo como te prometí para
darte noticias de lo que pasa en la corte celestial. Mis informes son malos
para vosotros. Ahí no lo creerán, pero yo veo que en esta comedia el Matemático
(Luis Felipe) se entiende con Calígula (Fernando VII) que se ha
asustado con los preparativos de los ilusos (los liberales). Era lo que
buscaba la gente del Palacio Real de Babilonia (París). El Gobierno
babilónico (el Gobier[176]no francés) va a
prohibir de un momento a otro la salida de los ilusos (liberales) de sus
puntos de acantonamiento, impedirá las reuniones y decomisará los instrumentos
de trabajo (las armas). Los agentes del Matemático (Luis Felipe)
hacen creer a los ilusos (liberales) que estas medidas son para cubrir
el expediente, pero no hay nada de eso.
Calígula y su Caballo (Fernando VII y Calomarde)
al saber por sus hurones (espías) que se estaban organizando grandes
mascaradas (juntas de insurrección) en Babilonia y en Nínive (en
París y en Londres) reunieron el Consejo de familia (Consejo de Estado)
para deliberar con los familiares (los ministros).
Hubo grandes disentimientos en la opinión de los
consejeros.
Un partido aconsejó reunir el Agora de Esparta (las
Cortes de España) publicar una amnistía y dar una carta biagórica (constitución
de dos Cámaras) para neutralizar la acción de los ilusos (liberales),
el otro quería la represión a todo trance aumentando el efectivo de los
mamelucos (voluntarios realistas) y dejando Esparta (España) como
hace siete años.
El Caballo de Calígula (Calomarde) tiene hu[177]rones (espías) entre los ilusos (liberales)
y sabe día por día lo que ocurre entre ellos.
De estos hurones (espías) uno es el
comandante don Antonio Oro. No es oro todo lo que reluce. Los otros son el
francés que andaba conmigo, Husson de Jour, que no sé si seguirá aún en
Villa-aburrida (Bayona) y un español, don Manuel Ruiz, que ha recorrido
con fines de lince (de policía) la frontera babilónico-espartana (franco-española).
El Caballo de Calígula (Calomarde) tiene
hormigas leones (agentes procuradores) en el campo iluso (liberal).
Los tres bajás de la frontera babilónico-espartana
(los capitanes generales de la frontera) han remitido órdenes de
vigilarla estrechamente.
Los jefes de los perros de presa (los tercios)
y los mamelucos (voluntarios realistas) quedarán a las órdenes de los
bajás (capitanes generales).
Va a publicarse un Iradé (Real decreto)
poniendo en vigor otro de 1825 contra los ilusos (liberales) cogidos con
los instrumentos entre los dedos (las armas en la mano) y contra los que
les presten socorro, un asilo, o tenga con ellos correspondencia.
La pena de empalamiento (muerte) alcanzará[178] por la menor cosa, la sospecha de complicidad
bastará para gozar de la hospitalidad económica (ir a presidio).
Al mismo tiempo que el Caballo (Calomarde)
toma estas medidas, hace reclamaciones enérgicas al Matemático (Luis Felipe),
a quien no quiere reconocer, amenazándole con represalias y con formar cuerpos
de camellos babilónicos (realistas franceses) que ataquen a Babel (Francia)
por el mediodía.
El bajá general de la Marca (el capitán general
de Cataluña) y el de Vardulia (Guipúzcoa), los dos babilónicos (franceses)
y los dos elefantinos (absolutistas) trabajan en el reclutamiento de los
emigrados babilónicos (franceses).
Estas medidas según se dice han hecho mella en el
Gobierno babilónico (francés) que os empezará a poner trabas dentro de
poco.
El acuerdo debe estar hecho. Esparta (España)
reconocerá al Matemático (Luis Felipe) y no favorecerá a los elefantinos
babilónicos (absolutistas franceses) y Babel (Francia)
dificultará en cambio los trabajos de los ilusos espartanos (liberales
españoles).
Tu amigo
El Esqueleto"
[179]Eusebio Lacy quedó asombrado al leer esta carta que
tenía entre ingeniosidades infantiles datos que parecían ciertos. La copió,
poniendo los verdaderos nombres y fué a leérsela a sus amigos entre ellos a
Valdés y a Milans del Bosch.
Las noticias de la carta alarmaron a los liberales.
Se buscó al comandante Oro para pedirle explicaciones, pero Oro había
desaparecido. Husson de Jour había salido también de Bayona.
Los de Valdés dijeron que respecto de Oro no les
chocaba nada que fuese traidor, porque era amigo de Mina. Los ministas, en
cambio, dijeron que hacía tiempo que Oro no se trataba con su jefe.
VIII.
LOS JEFES
Con motivo de la carta de Tilly y de sus
denuncias, Lacy habló con los principales jefes de la emigración largamente y
tuvo ocasión de conocerlos.
Los encontró muy distintos de lo que él suponía.
Eran todos ellos gente de una ambición fuerte y
exaltada, poco inteligentes, nada razonadores, fanáticos, arbitrarios y
devorados por la ambición del mando; tenían en general la actitud orgullosa de
los virreyes de América.
La mayoría eran hombres de poca lectura y de menos
reflexión, aceptaban la ideología liberal porque era la del momento y la del
posible éxito, quizás no la sentían fuertemente ni les importaba gran cosa el
fondo humano encerrado en ella. En[182] su vida
eran austeros; no había entre ellos epicúreos, ni comilones, ni borrachos, su
mayor vicio era el juego. No tenían tampoco efusiones, ni recuerdos
sentimentales, ni recitaban versos, ni cantaban canciones patrióticas.
Había entre esta gente pocas amistades sinceras,
porque cada uno lo quería todo para sí, de ahí las rivalidades, los odios, la
envidia y la eterna suspicacia.
Tenían todos ellos con la fraseología de la
Revolución el instinto del soldado español del siglo XVI. En ellos lo nuevo con
relación a los militares españoles antiguos era el anhelo de pasar a la
historia, de quedar erguidos ante la posteridad. En los antiguos soldados, el
summun era el mandar y el enriquecerse, en éstos el ideal era el mandar y el
pasar a la Historia, pero como buenos españoles no querían pasar a la Historia
por un trabajo largo y persistente, sino por un golpe de mano, por una aventura
de suerte en que se ganase la gloria o se perdiera la vida. El ejemplo de la
fortuna de Napoleón, el teniente de artillería transformado en Emperador había
trastornado el juicio a los militares de la época.
Con la esperanza del momento de fortuna estaban
todos llenos de ansia; la presencia del ri[183]val que
se encontraba en la misma actitud les molestaba.
Eran casi todos ellos gente orgullosa,
individualista, que en vez de ir arrastrados por el pueblo tenían que suponer
que éste les buscaba, lo que no pasaba de ser una ilusión. Eran conspiradores
más que revolucionarios muchos de gustos aristocráticos. Se hubieran reunido
mejor con Catilina que con Danton. No veían posible en España más que el
pronunciamiento y cada uno quería hacer el papel de Riego en 1820 aunque
tuvieran que sufrir el de Riego en 1823.
Como casi toda la gente que toma parte en
movimientos revolucionarios, procedían de distintos campos, venían de los
cuatro puntos cardinales. En una época en que se viajaba poco, el que más y el
que menos había estado en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América, en
Africa y en Oceanía.
Las mujeres de estos militares no intervenían jamás
en las cuestiones políticas; en general la casa de cada uno estaba cerrada para
los amigos de la calle y del café.
Las amistades no eran muy profundas. El exceso de
personalismo les hacía con facilidad hostiles unos para otros. Suponían quizás
que había[184] una cantidad de gloria común y que
si uno cogía mucha a los demás les debía quedar poca o nada.
No había posibilidad entre ellos de diálogos, sino
de una serie de monólogos, cada cual recitaba el suyo con un aire desafiador,
con la mano puesta en el puño de la espada y no quería oir ni enterarse de lo
que los otros decían. De aquí que la Revolución española tuviera tan poco seso.
Era una Revolución de Don Juanes y de Don Juanes sin éxito.
Al irlos tratando a cada uno de ellos, Lacy quedó
un poco asombrado y desencantado. ¿Qué esperan estos hombres?—se preguntó él—.
¿Qué quieren?
La mayoría eran soldados de la guerra de la
Independencia y soñaban con triunfos de espada y aventuras. Algunos habían
absorbido las ideas liberales de Francia y de Inglaterra que no les habían
modificado los instintos ancestrales, en general aceptaban como un dogma el
valor del papel impreso.
Para ellos lo escrito con letras de molde tenía
siempre una virtualidad misteriosa y estaban dispuestos a escribir en los
periódicos protestas, contra-protestas, rectificaciones y vindicaciones.
Ninguno se manifestaba verdaderamente libe[185]ral capaz de benevolencia, de transigencia, todos eran
militaristas y ordenancistas.
El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y
prudente como un zorro en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la
violencia de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones
personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma con una
cólera desesperada y furiosa.
Gaspar de Jáuregui, el Pastor, otro de los jefes,
era un guipuzcoano que unía el valor con la astucia. Zumalacárregui, segundo de
su partida en la guerra de la Independencia, le había enseñado a leer y a
escribir. Jáuregui consciente de su ignorancia no había pretendido salir de
ella y su conformidad de campesino con su incultura le había dejado siempre en
un segundo plano.
Chapalangarra era un solitario, un místico que
tenía la fiebre de la fama y del martirio; San Miguel un retórico, un escritor
mediocre y difuso.
Respecto a López Campillo y a Leguía, los dos
valientes guerrilleros, no tenían condiciones para ser primeras figuras.
Los únicos hombres que podían ponerse frente a
Mina, por su influencia entre los demás, eran don Manuel Gurrea y don Francisco
Valdés.
Méndez Vigo, que pretendía ser jefe, no arrastraba
a nadie y era un motivo de discordia por su radicalismo inoportuno.
Don Pedro Méndez Vigo estaba acusado de haber
mandado dar muerte a los prisioneros realistas de la Coruña en 1823,
haciéndolos naufragar por un procedimiento a lo Carrier. Méndez Vigo era de
ideas audaces y de muchas pretensiones. No servía ni para mandar ni para
obedecer.
Gurrea, el otro rival de Mina, no le había
declarado la guerra y esperaba el momento. No así don Francisco Valdés. El
coronel Valdés había roto las hostilidades con Mina y lo trataba como a un
enemigo.
Valdés pretendía haber tenido la prioridad en la
idea de la expedición a la frontera después de la Revolución de Julio y
consideraba la intervención de Mina como una usurpación.
Valdés era hombre altivo, soberbio, con una
exaltación personal grande, ambicioso, poco inteligente y lleno de
desconfianza.
Valdés era castellano, de Móstoles. En su juventud
había estado en Dinamarca con el marqués de la Romana, había hecho la guerra de
la Independencia y la campaña de 1823 y dirigido el golpe de mano de Tarifa de
1824.
La hostilidad de Valdés contra Mina y de Mina
contra Valdés, procedía de una porción de causas y principalmente de los
respectivos caracteres. Como militar de carrera, Valdés era poco amigo de los
guerrilleros, como hombre que se había distinguido en el Mediodía nada afecto a
la gente del Norte. A Mina le pasaba lo contrario, era guerrillero y nordista.
En los dos caudillos existía un fondo de
patriotismo y un deseo de mando. La comunidad sola de estos sentimientos y el
afán subsiguiente de defender y realzar su figura histórica en Mina y de buscar
el medio de destacarla en Valdés debía hacerlos enemigos y ponerlos frente a
frente.
Tanto el uno como el otro eran valientes, atrevidos
y ambiciosos, pero Mina tenía el valor lleno de audacia y de prudencia; en
cambio Valdés era más rectilíneo y de menos recursos. Mina sabía a las veces
ser soldado y diplomático, Valdés no sabía más que ser soldado y soldado de
filas. Mina tenía un conocimiento innato de la psicología de los hombres, sobre
todo de los suyos, sabía por lo tanto arrastrar y convencer, Valdés no sabía ni
lo uno ni lo otro.
Además de estos motivos hondos y personales[188] existían otros políticos e ideológicos para el
divorcio de ambos jefes.
Mina tenía el entusiasmo por la Constitución de
Cádiz y por los hombres de aquella época, era anglómano, partidario de guardar
las formas y consideraba necesario que hubiera en España una clase directora.
Le quedaba también respeto por Fernando que al fin y al cabo era el Rey y no
quería oir hablar ni en broma de la República.
Valdés creía que el liberalismo de Cádiz había
pasado ya, que era necesario sustituirlo por otro más activo; tenía admiración
por la Francia revolucionaria, era militarista y demagogo, odiaba a Fernando
VII y creía que debía prepararse la posibilidad de la República. Valdés había
llegado tarde a la lucha. Se encontraba entre soldados que representaban más
que él y quería ponerse a su altura.
Los dos jefes, ásperos y orgullosos, no podían
venir a un acuerdo. Valdés veía en Mina un caudillo a la antigua que mandaba
despóticamente como un pater familias romano, le molestaba también verle en la
práctica regionalista, siempre con sus navarros y sus vascos.
Valdés era castellano y por lo tanto más universal,
menos regionalista. Le indignaba y le sor[189]prendía la
suerte de Mina y el éxito que éste había conseguido en Inglaterra. Valdés era
un radical, todos los radicales se unían a él encontrando tibio a Mina. Algunos
de los antiguos ministas como Fermín Leguía se habían pasado a su bando.
El caso de Chapalangarra y su enemistad contra Mina
era de otra clase. Chapalangarra discurría y sentía como Mina, pero creía
vivamente que tenía motivos serios personales de odio contra el general.
Al lado de los militares y oscurecidos ante ellos
estaban los paisanos adictos a la Revolución. Sin tribuna donde perorar y en el
extranjero no tenían prestigio alguno.
Eran en su mayoría literatos, jurisconsultos,
oradores, no bastante fuertes para ser conocidos fuera de España. Entre ellos
había algunos hombres de mérito como Flores Estrada y algunos políticos de
talento como Mendizábal, pero la mayoría era gente sólo brillante, incapaz de
una obra profunda e incapaz también de dominar y de arrastrar a los hombres.
IX.
GESTIONES DE LACY
Unos días después de recibir la carta de Tilly
y de leerla a los amigos y jefes, iba Lacy enviado por la Junta de Francia a
Cambó a ver a Chapalangarra.
Se quería que Chapalangarra se aviniera a razones y
no intentara hacer un movimiento solo y sin contar con los demás jefes. Se
había escogido a Lacy para esta comisión por su juventud y por el prestigio de
su apellido entre los liberales.
Lacy salió de la posada de Iturri y fué a la parada
de la diligencia La Bayonesa que salía para San Juan Pie de Puerto y pasaba por
Ustariz y Cambó.
—El interior está lleno—le dijo el empleado—la
berlina ídem. Tiene usted un puesto en la imperial.
—Bueno.
Lacy subió en la imperial de la diligencia en donde
iban una mujer gruesa, un campesino y dos emigrados españoles. La baca estaba
llena de fardos, de bultos y de cestas.
Pasó el coche por la puerta de Mousserolles, y
comenzó a marchar por la carretera.
El tiempo era de otoño, con un sol claro y
brillante.
El mayoral de La Bayonesa iba magnífico de
seguridad y de petulancia. Era corpulento, rojo, de patillas grises.
Manejaba sus cuatro caballos con una seguridad y un
aplomo dignos del mismo Nerón. Vestía irreprochablemente gran redingot gris,
corbata roja y guantes amarillos.
—¡Eh, Lajeunesse!—le decían. Se llamaba así.—A ver
esa caja, esa sombrerera. Y Lajeunesse cogía los paquetes de la baca, los
lanzaba a los mozos, agarraba los que le enviaban al aire, silbaba, hablaba a
sus caballos, cruzaba las aldeas por callejuelas estrechas, torciendo
rápidamente, siempre grave y solemne hasta detenerse en la posta. Allí hablaba,
bebía y decía: Eh, señores, arriba y se lanzaba de nuevo a la carretera a
correr al compás del estrépito de las campanillas.
Cuando Lacy, después de contemplar el campo, miró a
sus compañeros de viaje de la imperial vió que uno de ellos era un señor grueso
que acababa de conocer días antes y llegaba de Bruselas. Se llamaba don Juan
Olavarría. El otro español Eusebio Lacy sabía que era emigrado, pero no lo
conocía de nombre.
Olavarría entabló conversación con Lacy y se
manifestó muy pesimista acerca de la empresa liberal.
—Para mí no cabe duda—dijo—que hay un acuerdo entre
el Gobierno francés y el español. Por eso nuestra situación empeora.
—Yo no lo veo así—dijo Lacy.
—Pues no cabe duda. Luego nuestros recursos van
mal. El empréstito negociado por las casas Ardouin y Calvo que había comenzado
tan brillantemente se agota. Los reclutamientos, los envíos de armas y de
municiones se dificultan y son detenidos por la policía francesa, las hojas de
ruta y los pasaportes que se habían acordado a los refugiados españoles y a los
voluntarios extranjeros se han suprimido. Muchos al verse así abandonados por
unos y vigilados por el Gobierno comienzan a maldecir de Francia y a volverse a
sus casas.
—Yo no veo que esto vaya tan mal—dijo Lacy.
—No le quepa a usted duda. Va muy mal—replicó
Olavarría—la unión que produjo entre los emigrados el entusiasmo y la esperanza
se ha roto. Esto toma ya mal aspecto, el aspecto de la descomposición.
Después de exponer las mil dudas que le sugería la
expedición liberal, el señor Olavarría habló de sus proyectos. Era el buen
señor un arbitrista; quería transformar el comercio, la economía, la raza y
hasta la geografía de España. Para todas sus utopías tenía un precedente.
—No crea usted que esto es un absurdo. Esto se ha
intentado en Escocia, en el Canadá, en Bélgica y en Australia, y lo han
preconizado hombres tan ilustres como tal, cual (y aquí citaba ocho o diez
nombres extranjeros).
El español desconocido que al principio de la
conversación iba muy fosco, miraba después sonriendo al arbitrista.
Al llegar la diligencia a una venta del camino de
Villefranque, el señor Olavarría y el campesino francés bajaron a tierra.
El coche echó a andar y quedaron en la imperial el
emigrado desconocido y Lacy.
—Conserve usted el entusiasmo con gente así[195]—exclamó el emigrado y soltó después un par de ternos.
—¿Es usted de los nuestros?—le preguntó Lacy.
—Yo soy Fermín Leguía.
—¡Ah! Le conozco a usted de nombre. Yo soy Lacy.
Se dieron la mano.
—¿Va usted a Cambó?—preguntó Lacy.
—No; voy a San Juan Pie de Puerto, a ver a Jáuregui
y a Fermín Sarasa que están allá. A la vuelta me detendré en Cambó a hablar con
Chapalangarra.
—¿Tiene usted buenas impresiones, señor Leguía?
—Buenas, sí. Hay que seguir adelante. De otra
manera no se puede hacer nada. Lo malo es la vacilación. Hay que elegir un
plan, y a él con los ojos cerrados.
Esto lo dijo Leguía asociándolo con toda clase de
ternos y de interjecciones.
—¿Usted no es ahora amigo de Mina, don Fermín?
—No. Me ha abandonado de mala manera. A pesar de
eso, yo le tengo cariño al general; pero es demasiado absolutista. ¿Que riñe
con Chapa[196]langarra o con Valdés? Pues ya no se puede
hablar de Chapalangarra o de Valdés. Son unos necios, soberbios y ridículos. No
tanto. Todos tenemos un poco de culpa en lo que pasa.
—Mina debe ser muy exclusivista...
—Sí, mucho; pero aquí lo malo no es que sea
exclusivista, sino que no se decide. Hay unos que dicen que basta acercarse a
la frontera para que todos los españoles de nuestras ideas se levanten; otros
dicen que no, que es necesario tener apoyo en la península. De éstos es Mina.
Pero si lo creía así, ¿para qué ha aceptado el proyecto de la expedición si no
le gustaba? Valdés, Gurrea, Chapalangarra, Jáuregui y yo con ellos, tomamos en
París la iniciativa esta. Si no le gustaba a Mina, ¿para qué tomó parte en ella?
Podía habernos dejado a nosotros la responsabilidad y la dirección.
—Es que le escribieron, le instaron...
—Ya lo sé; pero podía no haber aceptado.
—Hubieran dicho que era una cobardía.
—Sí, es verdad. En fin, veremos a ver qué sale de
esto.
Al llegar a Cambó, Lacy se despidió de Leguía y
bajó de la imperial.
Chapalangarra vivía en una posada del barrio[197] bajo de Cambó. El bajo Cambó era entonces una
pequeña aldea escondida entre árboles, al pie de una colina poblada de robles;
sus casas, antiguas y negras, estaban en parte ocultas por emparrados verdes.
Lacy preguntó por la posada que le habían indicado
y entró en ella. Era un fonducho solitario, con un comedor en la parte baja y
una taberna.
En el comedor de este fonducho paseaba
Chapalangarra de arriba a abajo, mirando al suelo, con las manos en la espalda.
En un rincón de la mesa jugaban a las cartas cuatro
muchachos, y un joven melenudo, el poeta Espronceda, leía sentado en un sofá.
Al presentarse Lacy, Chapalangarra le invitó a
salir para hablar libremente. Tenía miedo de los espías y no confiaba gran cosa
en los jóvenes que le acompañaban.
Chapalangarra era hombre serio, fuerte, grave, de
unos cincuenta años; un tipo oscuro, ceñudo y sombrío. Tenía la piel
ennegrecida por el sol, los ojos grandes, negros; iba afeitado, con tufos sobre
las orejas. Se le hubiera podido tomar por un cura. Hablaba a trompicones y era
desaliñado en el vestir.
Durante más de una hora fué Chapalangarra[198] hablando, accionando, quejándose de la frialdad
y de la falta de entusiasmo de la gente...
La tarde de otoño estaba tan espléndida, el campo
tan lleno de aromas, de colores, de pájaros, que Lacy miraba a veces al
guerrillero preguntándose si no dejaría un momento sus resquemores para echar
una mirada a las maravillas de la Naturaleza; pero Chapalangarra no veía más
que su mundo interior de violencias y de pasiones.
Era el coronel de Pablo, apodado Chapalangarra, de
la Ribera de Navarra, de Lodosa, tierra áspera, fea y caliente.
Había peleado en la guerra de la Independencia a
las órdenes de Mina; después, en los años de 1820 al 1823, concluyó su campaña
defendiendo como gobernador militar, la ciudad de Alicante hasta lo último.
En la época de su emigración en Londres, de Pablo
se presentó a Mina, y en la primera entrevista riñó con él. Chapalangarra
quería ir a España inmediatamente a levantar partidas liberales para
restablecer la Constitución.
Mina intentó convencerle de que era imposible, de
que faltaba dinero y medios de todas clases. Chapalangarra se indignó y acusó a
Mina de tibio y de indiferente.
Ya para aquella época Torrijos había formado su
partido radical entre los emigrados, en contra del de Mina que era más
conservador. Chapalangarra fué invitado por los amigos de Torrijos a entrar en
él; pero no quiso y se decidió a vivir solo, separado de todo el mundo, sin
amigos ni partidarios.
Chapalangarra tenía la preocupación de Mina y
hablaba constantemente de él.
Por entonces, en un periódico inglés, salió un
artículo en el que se acusaba a Chapalangarra de actos de tiranía y de rapiña
cometidos en el año 1823 cuando gobernaba Alicante.
Chapalangarra denunció ante los tribunales al autor
del artículo, y éste, temeroso de ser condenado, propuso retractarse en el
periódico y darle al guerrillero una cantidad como indemnización.
Aceptó Chapalangarra el trato, cogió el dinero e
inmediatamente fué a casa de Mina.
—Ya hay dinero para la Revolución—le dijo, y le
entregó todo lo que le habían dado.
Mina aceptó la cantidad por no defraudar las
esperanzas de su paisano; pero éste al ver que pasaban los días y no le
avisaban sintió redoblar su furor contra el caudillo, a quien acusaba de
egoismo, de frialdad y de falta de entusiasmo.
Chapalangarra entonces pensó formar rancho aparte
con Gaspar de Jáuregui (el Pastor) y que éste rompiera con Mina; pero Jáuregui
creía en la estrella de Mina y no quería abandonarle por ningún motivo.
Era muy monorrima la reconvención de Chapalangarra
contra los políticos para un hombre como Lacy, que creía que en el mundo había
algo más que guerras y revoluciones. Lacy se cansó pronto de las quejas del
guerrillero y pretextó tener prisa.
Volvieron los dos a Cambó, y al llegar cerca del
puente Lacy vió que un señor le saludaba. Era Miguel Aristy que iba a montar en
un tilburí.
—¿Quiere usted venir a Ustariz?—le dijo.
—Muchas gracias, señor Aristy.
—Si no ha traído usted coche, tiene usted que
esperar hasta mañana.
—¿No le estorbaré a usted?
—No, no; de ninguna manera. Contentísimo en tener
compañía.
Lacy se despidió de Chapalangarra y montó en el
cochecito de Aristy.
—Me han dado dos horas de política
aburridísimas—exclamó Lacy.—Tenía ganas de mirar el campo. ¡Qué tarde más
espléndida!
—Mal político—exclamó Miguel Aristy dando una
palmada a Lacy.—¡Un político que quiere mirar los montes y las flores! No será
usted un Richelieu, ni un Pitt.
—Pse. No me importa.
Y Miguel Aristy y Eusebio Lacy dejaron el bajo
Cambó, y al trotecillo del caballo fueron bordeando el río hasta llegar a
Ustariz.
LIBRO TERCERO
LAS DAMAS DEL CHALET DE LAS HIEDRAS
I.
VELADA EN GASTIZAR
¿Va usted a quedarse en Ustariz?—preguntó
Miguel.
—Sí, iré a la Veleta.
—No, no; si se queda usted en Ustariz, tiene usted
que parar en mi casa.
—No me gusta molestar.
—¡Molestar! ¡Ya se conoce que no vive usted en el
campo! Si viviera usted aquí, ni en broma diría usted eso.
—¿Por qué?
—Una persona nueva, cualquiera, en uno de estos
pueblos vascos, tan quietos, tan inmóviles, es un acontecimiento; y cuando no
se trata de un cualquiera, sino de un joven distinguido como usted, es un
motivo de conversación para un par de semanas.
—Creo que exagera usted.
—No. Ciertamente que no. Quédese usted esta noche.
—Bueno; me quedaré.
Al parar delante de Gastizar y bajar del tilburí
pasaron dos señoras, a quienes saludaron Aristy y Lacy.
—Son dos damas españolas—dijo Lacy.
—Sí. ¿Las conoce usted?—preguntó Aristy con viveza.
—No. El otro día, cuando vinimos aquí a ver al
coronel Malpica, las encontramos en la posada, que se habían refugiado por la
lluvia, y el posadero nos dijo quiénes eran.
—¡Ah!
Miguel Aristy dejó el coche y el caballo al cuidado
de Ichteben, a quien preguntó:
—¿Dónde están las señoras?
—Ahí, en el prado.
—Bueno. Entonces vamos por aquí, amigo Lacy. Tú
desengancha el coche.
—No—replicó Ichteben.
—¿No? ¿Pues qué hay?
—Está la mujer de tu hermano, y la tengo que llevar
a Chimista.
—Bien. Está bien.
Miguel y Lacy cruzaron la huerta y subieron a un
prado en cuesta con un manzanal. En lo más alto había un bosquecillo de robles
y a su sombra estaban madama Aristy, madama Luxe y su hija Fernanda, las dos
señoritas de Belsunce y Dolores Malpica, con los chicos.
Dos mozos, con la cabeza cubierta por grandes
sombreros de paja, estaban segando hierba con la guadaña.
Miguel presentó a Lacy, que fué muy bien acogido
por las damas. Madama Aristy le trató con gran amabilidad, y Alicia Belsunce y
Fernanda Luxe quisieron averiguar poco después si el muchacho presentado a
ellas estaba enamorado o no.
Lacy tenía deseos de hablar con la hija de Malpica,
y le preguntó por el coronel. Ella le contestó que le inquietaba su llegada;
temía que viniera a llevarle a su padre.
Miguel, que se había tendido en la hierba, dijo:
—Oiga usted, Lacy; si quiere usted le traerán aquí
algo para beber: vino, sidra o leche.
—Tomaré un vaso de leche.
—¿La quiere usted cocida o recién
ordeñada?—preguntó madama Aristy.
—Es igual.
Madama Aristy llamó a uno de los mozos que[208] cortaba la hierba, que vino al poco tiempo con
dos vacas, una de ellas seguida de un ternero recental que corría dando saltos
y enroscando la cola.
Alicia Belsunce se levantó y ordeñó a la vaca en
una jarra de madera que dejó en la hierba.
—¡Oh, Bucólicas de Teócrito! ¡Geórgicas de
Virgilio! ¡pastorales de Longus! ¡Bergeries de Racan!—exclamó Miguel—. Alicia,
al mirarte me figuro a María Antonieta en el Petit Trianon. El mejor día
querrán cortarnos a nosotros la cabeza, y lo más triste es que tendrán razón.
—¡Qué tonterías!—dijo madama de Aristy haciendo un
gesto de impaciencia.—Parece mentira que mi hijo diga estas tonterías.
—Y eso que tiene tanto talento—exclamó Fernanda.
—¡Gracias, hija mía!—exclamó Miguel.
—El talento de Miguel es como los fantasmas, no se
presenta más que a los que los temen—dijo Alicia.
—Alicia se nos va a convertir en la señorita La
Rochefoucault.
Alicia hizo un gesto de desdén. Bebieron leche Lacy
y Fernanda Luxe. Miguel dijo que prefería fumar una pipa. Efectivamente, la
encendió; de[209] pronto, señalando el torreón de
Gastizar, dijo:
—Nuestra veleta está terrible estos días; se agita
con nerviosidad. ¿Sabe usted, Lacy que tenemos una veleta misteriosa?
—Sí; ya he oído hablar de ella.
—¿Ha llegado su fama hasta España?
—No, todavía no.
—¿Pero usted cree que llegará?
—Es posible.
—La verdad es que ese viejo dragón tiene actitudes
cómicas. Luego, como está desnivelado, eso le hace más gracioso.
—Meterá mucho ruido al girar.
—Sí, bastante.
—Van ustedes a llegar a tenerle miedo.
—Sí, sí, es muy posible.
Dolores, la hija de Malpica, tenía que marcharse
con sus chicos y se despidió de todos. Los demás decidieron volver a casa y
fueron despacio hacia Gastizar.
Gastizar en el interior estaba restaurado en tiempo
del Imperio. Casi todas las habitaciones se hallaban tapizadas con papeles con
figuras pseudoclásicas. Los muebles eran de caoba, y se veían en las paredes
cuadros medianos de la escuela de David y de Gerard.
Algunas habitaciones, como el salón, las había
arreglado Miguel Aristy, más severamente, al gusto antiguo, con muebles de su
madre y cuadros oscuros de la escuela de Claudio Lorena. El zaguán amplio de la
casa, enlosado de piedra, tenía unas estatuas toscas que debían de haber salido
de alguna iglesia o convento desmantelado en 1793.
Además de los campos tenía Gastizar una huerta muy
grande y un jardín. Cruzando esta huerta, desde la parte de atrás de la casa
iba hacia el río, una calle de perales en arco que terminaba en un cenador con
una mesa y unos bancos rústicos. De esta plazoleta del cenador se bajaba al
Nive, a cuya orilla había un árbol donde solía estar atado un bote.
La señora de Aristy no quería ir al cenador, porque
encontraba que era sitio húmedo y malsano. Miguel, en cambio, solía pasar
muchas horas en aquel rincón y pescaba barbos y anguilas.
Después de pasear por la huerta fueron al salón, en
donde Alicia tocó el piano. Habían llegado el caballero de Larresore, el padre
Dostabat y el joven Darralde Mauleón, a quienes presentó Miguel a Lacy.
Madama Luxe y su hija, Larresore y el padre[211] Dostabat se quedaron a cenar y fueron en la mesa
diez personas.
Se habló largo rato, y después de las diez se
retiraron madama Luxe y su hija con Darralde Mauleón y el padre Dostabat.
—¿Usted se acuesta temprano, Lacy?—preguntó Miguel.
—No; porque me suelo dormir tarde.
—Entonces quédese usted. Charlaremos al lado del
fuego.
Quedaron, cerca de la chimenea, Miguel, Lacy,
Darracq y el caballero de Larresore.
Hicieron Miguel y el caballero varias preguntas
acerca del propósito de los emigrados españoles, y en el curso de la
conversación hablaron de las dos señoras del chalet de las Hiedras, a quien
había visto Lacy por primera vez en la posada de la Veleta.
—Yo tengo mis dudas acerca de estas damas—dijo
Miguel—. Sería desagradable que tuviéramos aquí dos intrigantes.
—¿Qué título llevan esas damas?—preguntó Lacy.
—La tía se hace llamar condesa de Vejer.
—¿Y de dónde es?
—Del mismo Vejer, que debe ser un pueblo de la
provincia de Cádiz.
—Yo preguntaré en Bayona a algún gaditano—dijo
Lacy.—¿Y qué vida hacen?
—Las dos son muy devotas; van todos los días a misa
con un aire muy compungido. En su casa tienen muchas imágenes religiosas; pero
nada de esto me convence. Hay en ellas algo sospechoso. Son unas españolas que
no hablan nunca español. Luego, un criado de aquí de casa dice que un día las
oyó discutir a tía y sobrina insultándose con palabrotas. Es un poco extraño.
—Sí, muy raro es. ¿Y ustedes no las conocían de
antes?
—No.
—Estuvisteis bastante torpes en aceptarlas en la
casa—indicó Larresore.
—Yo no estaba aquí—dijo Miguel—cuando mi madre les
alquiló el chalet de las Hiedras. Si yo estoy, no les alquilo. Parece que
traían una recomendación de Bayona. Al principio, mi madre parecía contenta;
luego estuvo diciendo que las iba a echar, que debían ser dos intrigantes, y
después de repente ha cambiado y no quiere oir hablar de despedirlas. Yo estoy
convencido de que es mala gente. La vieja, la que se hace llamar condesa, tiene
todo el aire de una cortesana, aduladora, con gran tendencia a la tercería; la
joven es de mala índole.
—¿Y usted no ha preguntado a nadie quiénes
son?—dijo Lacy.
—Sí; he preguntado a los amigos de Bayona, pero no
las conocen. Algunos han oído hablar de ellas como de unas señoras españolas, y
nada más.
—¿Tienen acento español?
—Ninguno. Pero eso no significa nada; usted tampoco
tiene acento español.
—Es que yo me he educado en Bretaña, lo que no es
corriente en un español. ¿Y tienen relaciones esas señoras?
—Aquí tienen las relaciones que han hecho por
mediación de mi madre. Mi madre tiene fama de severa; las ha aceptado a las
dos, y todos los conocidos las han aceptado también.
—¿Y qué vida hacen?
—Muy recogida. La condesa viene aquí algunas veces,
y se muestra muy ceremoniosa y muy aduladora con mi madre. Su sobrina Simona
dicen que es viuda; no sé. Conmigo comenzó a coquetear descaradamente, y
supongo que ha tenido que ver algo con mi hermano.
—¿Y por qué viven en Francia?
—No sé. Esto me parece poco explicado; ellas dan a
entender que por cuestiones políticas.
—¿Son liberales?
—No; por su conversación parecen lo contrario. ¿No
hay un partido en España que se llama apostólico?
—Sí.
—Pues dan a entender que son de ese partido.
—Es posible. ¿Y suele venir alguien a verlas?
—Muy poca gente. Ahora, desde hace un mes o cosa
así, viene con frecuencia un señor del pueblo, un tal Choribide, un cínico.
Están tramando algo, no sé qué.
—¿Y ellas no salen de casa?
—Hasta hace poco, casi nada. Ahora, la sobrina va
con frecuencia al Bazar de París, de dos muchachas del pueblo de una fama un
tanto equívoca.
—¿Y viajan?
—Antes iban muy a menudo a Bayona y tenían mucha
correspondencia; ahora van mucho menos.
—¿Y desde cuándo han dejado de ir?
—Desde Agosto.
—Es decir, desde la Revolución de Julio—dijo Lacy.
—Tiene usted razón. No me había fijado en esa
coincidencia.
—El señor de Lacy haría un gran juez—dijo el
caballero de Larresore.
—No, no—replicó Lacy—; como siempre ando entre
políticos, tengo la costumbre de relacionarlo todo con la política, y esas
señoras dan la impresión de que tienen algo que ver con la política.
—¡Cierto!—exclamó Miguel.—Es una idea que la
llevaba dentro, pero de una manera oscura. Ahora me parece indudable. Cuando
vaya usted a Bayona, pregunte usted a algún español por ellas. A ver si las
conocen.
—Lo haré, no tenga usted cuidado.
Después de la larga charla ya cerca de la una, se
levantó Lacy y Miguel de Aristy le acompañó hasta su cuarto.
—No se preocupe usted de la hora del coche. Si no
lo coge usted, yo le llevaré en el tilburí.
—No, no; preferiría que me llamaran para la hora de
la diligencia.
—Bueno, se le llamará. Adiós, querido Lacy—le dijo
Miguel estrechándole la mano.
—Adiós.
Lacy se levantó por la mañana y salió a la
carretera. El sol de un día de otoño comenzaba a dorar la tierra, cantaban los
pájaros en las ramas, murmuraba el río en su cauce. La sierra de la serrería
mecánica comenzaba a rezongar como un moscardón; el herrero martilleaba en el
yunque;[216] algunas mujeres pasaban en sus
carruchos, y la panadera repartía el pan en las casas.
Lacy contempló con simpatía este comienzo de la
vida de la aldea. Al llegar la diligencia subió a ella, que marchó al trote de
sus cuatro caballos camino de Bayona.
Al día siguiente, al llegar Lacy a su fonda, por
indicación del patrón, se dirigió a un italiano, empleado en la subprefectura,
amigo de Iturri. A las primeras palabras el italiano sonrió maliciosamente.
—¿Por qué se sonríe usted?—preguntó Lacy.
—Esas dos mujeres que viven en Ustariz han sido
hasta ahora de la Policía—contestó el italiano.
—¿De verdad?
—Y tan de verdad.
—¿Pero hay mujeres policías?
—Ya lo ve usted. No sólo hay misterios en los
folletines y en los melodramas.
—¿Y éstas están reconocidas?
—Sí; están fichadas y se tienen que presentar todos
los meses aquí. Se las conoce por la fille Carolina y la fille Simona.
—¿Y desde cuándo han dejado de ser de la Policía?
—Desde la Revolución de Julio.
—¿Y ahora qué hacen?
—Ahora creo que trabajan para el Gobierno español.
Lacy inmediatamente escribió a Miguel Aristy lo que
le habían dicho, y contó a sus amigos de la Junta lo que ocurría en Ustariz.
II.
LA POLICÍA
Varias veces había corrido por Ustariz la
noticia de que la condesa de Vejer y su sobrina eran dos espías.
De dónde pudo nacer el rumor, no se sabía; pero no
cabía duda de que había algún dato, algún indicio más o menos claro para tal
suposición.
Ya desde hacía tiempo se hablaba de mujeres que
practicaban el espionaje en beneficio de los partidos.
La Policía de la Restauración fué la que comenzó a
emplear a las mujeres en sus maquinaciones y sus intrigas. El Gobierno de
Carlos X veía peligros en todas partes.
Por un fenómeno extraño, la Policía de Francia se
había reclutado siempre entre los tránsfu[220]gas de los
partidos vencidos. Así, el Poder tenía en la Policía su defensor y su enemigo.
En plena Revolución, gran parte de los jefes de la
Policía de París eran monárquicos. Sometidos en el período del Terror
trabajaron con los thermidorianos en dominar la Revolución. Durante el Imperio
la Policía francesa estaba formada por ex revolucionarios y dirigida por
Fouché, que se impuso a Napoleón como luego se impuso a Luis XVIII amenazándole
con su ejército de agentes ex terroristas y ex bonapartistas.
En el Imperio, todas las autoridades civiles y
militares eran policíacas. El ministro Fouché dió el tono a la política
imperial; Napoleón tenía una policía particular, Fouché otra; al mismo tiempo
el prefecto Dubois contaba con sus agentes especiales y Talleyrand con los
suyos.
Las delaciones eran constantes. Al hundirse el
Imperio el mundo policíaco sobrevivió a la ruina y se pasó al servicio de los
triunfadores. Los gobiernos de la Restauración comprendieron que debajo de las
cenizas quedaba aún fuego revolucionario, y para descubrirlo los hombres de la
policía inventaron algo más perfecto y canallesco que los delatores del
Imperio: los agentes provocadores.
Los agentes provocadores no se contentaban con
traficar con las confidencias sorprendidas a las gentes de buena fe, o con las
calumnias lanzadas contra los hombres proscritos por sus ideas liberales; los
agentes provocadores urdían ellos mismos conspiraciones, excitaban a los locos,
a los ilusos y los empujaban al cadalso o la prisión. Era llevar a la práctica
la máxima jesuítica de que el fin justifica los medios. Así se hicieron la
conspiración de Belfort y las algaradas de las calles de Saint Denis y de Saint
Martín de París en 1827, en donde la tropa disparó contra la gente pacífica.
La Policía del Gobierno reaccionario de París se
correspondía con la de Madrid, la de Roma, la de Nápoles y la de Viena.
Durante la Restauración, el partido clerical sirvió
con su espionaje al Gobierno.
Las iglesias, los conventos, las Asociaciones
jesuíticas eran agencias de noticias y de informes, que iban de acá para allá y
terminaban en Roma.
Al acentuarse la política clerical con el Gobierno
de Luis XVIII, sucedió al conde de Anglés como prefecto de Policía Mr. Guy
Delavau, magistrado, hombre político que después fué del[222] Consejo
de Estado y que desapareció en la vida privada a raiz de la Revolución de
Julio.
Con la dirección de Delavau, la Policía dirigida
por gentes de chanchullo como Freret, Vidocq y otros jefes, algunos salidos de
presidio, comenzó el espionaje en las familias y en los talleres.
Todo se hacía a fuerza de intrigas y de espías.
Mucha gente se vengaba denunciando a la Policía a su amo, a quien odiaba, a un
enemigo, o a un rival por amor.
Cualquier procedimiento era bueno. En 1821 la
Policía quiso saber el paradero del general Bertón. Se intentó corromper hijos,
parientes, amigos. En vista de que no se obtenían resultados se echó mano de
otro recurso. Se averiguó que la hermana del ayudante del general tenía una
criada algo ligera de cascos, y se pidió un agente de policía joven y guapo y
de buen aspecto, para que intentara tener relaciones íntimas con la criada y
arrancarla a ella las noticias que se deseaban.
En esta época de Mr. Delavau, la fille Carolina
y la fille Simona, que se hacían llamar en Ustariz la condesa
de Vejer y su sobrina, habían comenzado a practicar el espionaje. Era un
momento en que las mujeres intervenían activamente en la Policía.
Al mismo tiempo que al Gobierno francés las dos
mujeres servían a los apostólicos de España, con quienes tenían relaciones.
Al estallar la Revolución de Julio, los confidentes
y espías del anterior Gobierno habían quedado la mayoría destituídos y
vigilados.
La Carolina y la Simona, metidas en su rincón de
Ustariz, sabiendo que les convenía no mostrarse en público, hicieron durante
algún tiempo una vida muy retirada en su chalet de las Hiedras.
III.
CAROLINA Y SIMONA
Miguel Aristy, que había sabido por la carta
de Lacy qué clase de mujeres eran las dos a quienes tenía su madre alquilado el
chalet de las Hiedras, quiso cerciorarse y enterarse con mayores detalles y fué
a Bayona. Se presentó en la fonda de Iturri a ver a Lacy, y éste le llevó al
italiano empleado en la subprefectura.
El italiano no conocía en detalles la vida de las
dos damas que vivían en Ustariz; únicamente sabía lo que había dicho ya, e
indicó que el jefe de la Policía de Bayona podría dar una información más
completa.
El jefe de la Policía de Bayona, el señor Fouquier,
había llegado a la ciudad después de la Re[226]volución
de Julio y no estaba enterado de los hechos anteriores a la época de su cargo.
El señor Fouquier le dió a Miguel un buen consejo.
—Vea usted a Masson—le dijo—que ha sido el jefe
anterior a mí. Masson le cobrará a usted la consulta, pero le dará datos.
El señor Masson vivía en una casita de campo a
orillas del Adour, cultivando su huerta y sus frutales. Miguel Aristy lo
encontró con una blusa azul larga y un sombrero de paja, podando frutales.
Miguel Aristy le explicó un caso fingido, le dijo que un amigo suyo estaba
enamorado de una tal Simona que vivía en Ustariz con una señora llamada
Carolina, y que él desconfiando de ellas había tomado informes y que los
informes eran malos.
El señor Masson era un hombre de una cara
reluciente y carnosa, de color cetrino, los ojos chiquitos y brillantes, el
pelo rizado y la cara picada de viruelas. Había sido militar durante el Imperio
y un explotador de su cargo de policía en tiempo de la Restauración.
Masson escuchó las explicaciones de Aristy, y
comenzó a reir con una risa sarcástica.
—¿De manera que la Carolina y la Simona[227] hacen tan bien su papel de grandes damas que se
las tiene por condesas auténticas? Ja... ja... ja... ¿Y hay un hidalguillo de
Ustariz enamorado de una de ellas?... Ja... ja... ja... Es delicioso. Sí son
buenas cómicas.
—¿De modo que son unas aventureras?—preguntó
Miguel.
—¿Aventureras?... Dos prostitutas... Voy a ver sus
fichas.
Masson cogió un legajo y lo desató.
—Vamos a ver la Carolina—dijo—y leyó luego:
Carolina Michu, ha nacido en París, de familia obrera. Se casó en 1805 con un
oficinista que era alcohólico completo. Cansada de su casa se marchó de ella
con un amigo del marido. Después tuvo varios amantes, militares y empleados, y
ya vieja se enredó con uno de la policía y se fué a Madrid. Allí se relacionó
con la antigua querida del ministro Macanaz que vendía empleos. Se dedicó a
negocios ilícitos de toda clase e intrigó a favor del general Bessieres. A
consecuencia de esto fué expulsada de España y vino a Bayona empleada en la
policía francesa y a sueldo de Calomarde para espiar a los liberales españoles.
La Carolina Michu se hace pasar por la condesa de Vejer, dice que su marido el
conde, murió de oi[228]dor en el Perú. Carolina en
Bayona es muy religiosa, va a todas las fiestas de iglesia y tiene una reunión
a la que suelen ir el abate Miñano y otros tipos igualmente sospechosos.
—¡Buena pieza!—exclamó Aristy.
—Sí, recomendable para la dirección de un colegio
de señoritas. Vamos a ver la otra. Aquí está: Simona Busquet ha nacido en
Perpiñán. Hija de padre desconocido. A los diez y siete años tuvo un amante de
buena posición y quedó embarazada. Simona se presentó a los padres del amante
dándose de víctima, e hizo que le entregaran dinero para la educación del niño,
y se fué a París. Aquí dejó el niño en la Maternidad y vivió hoy con uno y
mañana con otro. Es mujer áspera, sensual y de mal carácter. Sus amantes le cansan
en seguida, y ella cansa a sus amantes con su genio violento. Un viejo, rico
comerciante de Burdeos, le instaló en una casa de los alrededores de la ciudad,
pero ella harta de esta vida sacó dinero al viejo con amenazas y se fué a
Madrid, donde conoció a la Carolina. Ha tenido relaciones íntimas con el señor
Regato, que es ahora agente del Rey de España para hacer jugadas de Bolsa.
Estos eran los antecedentes de aquellas dos[229] mujeres que tenían fama en Ustariz de
aristócratas y de piadosas.
Miguel Aristy pagó la consulta al señor Masson y se
fué pensando que su madre se haría cruces al saber la clase de gente que eran
las damas del chalet de las Hiedras.
Madama Aristy oyó la relación que le contó su hijo
con marcado disgusto.
—¿Qué habrá que hacer?—preguntó ella.
—Tendremos que echarlas—dijo Miguel.
—Sí, pero es un escándalo y no conviene. ¡Si la
gente se entera! Habrá que buscar una ocasión.
Miguel notó que su madre se hallaba muy preocupada
con este asunto.
Una mañana que estaba Miguel pescando vió que
Ichteben iba con una carta al Chalet de las Hiedras y que volvía al cabo de
media hora a Gastizar con otra carta en la mano.
Al entrar en el portal Aristy vió dos o tres
pedacitos de papel rotos, sin duda de la carta de las damas del Chalet. Los
cogió por curiosidad. En un trozo ponía: No se atreverá usted a echarnos... en
el otro: la mujer de un regicida...
—¡Qué novela habrán inventado estas mujeres!—pensó
Miguel.
Pasaron unos días. Las damas del Chalet de las
Hiedras no parecían dispuestas a marcharse.
—¿No se van esas mujeres?—preguntó Miguel a su
madre.
—Me han pedido un plazo y habrá que esperar.
IV.
CHORIBIDE EN ACCIÓN
Una mañana poco antes de la hora de comer, el
señor Gastón Choribide se presentó en el Chalet de las Hiedras. Llamó a la
campanilla y al salir la criada le dijo:
—Señorita, quisiera saludar a la señora condesa de
Vejer. Haga usted el favor de decirle que el caballero Gastón de Choribide
pregunta por ella.
La criada indicó a Choribide que subiese una
escalera y le hizo pasar a un saloncito. Choribide aprovechó el momento para
arreglarse la corbata y echarse una mirada en el espejo y permaneció inmóvil
apoyado en el bastón y con el sombrero de copa en la mano en una actitud
estudiada.
Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y
apareció la condesa de Vejer.
—Señora—dijo Choribide juntando los pies para hacer
la reverencia—perdone usted que sin tener el honor de conocerla tenga el
atrevimiento de presentarme en su casa.
—Caballero—replicó la dama con aire altivo—usted
dirá lo que le trae por aquí.
—Voy en seguida.
La condesa de Vejer era una mujer alta, pintada,
voluminosa, de ojos grandes y sombreados. Vestía de negro, con cierto aire de
dama de teatro, llevaba los dedos llenos de sortijas y el pelo empolvado de
blanco.
—Es un poco largo lo que tengo que decir—dijo
Choribide.
—Está bien. Le escucho a usted.
—Usted me perdonará que me siente—y Choribide
levantó los faldones de la casaca y se sentó en un sillón que tenía los brazos
terminados en dos cabezas de pato doradas.
La condesa se sentó en un canapé.
—Señora—dijo Choribide con el sombrero de copa en
las rodillas—lo que tengo que decirle a usted es bastante reservado y no
quisiera que nos interrumpieran.
—Cuántos preámbulos, caballero—exclamó la dama
impacientada.
—Son necesarios, indispensables. Yo soy un hombre
que no me ha gustado nunca mortificar a nadie. Mi viejo amigo Garat suele decir
de mí: Quizás se pueda acusar a Choribide de tener una moral oscura y todavía
inédita, pero nadie podrá dudar de su sensibilidad. Pues bien, señora condesa,
para facilitar mis explicaciones le contaré a grandes rasgos mi vida.
—¿Es necesario, caballero?
—Es necesario hasta cierto punto. Yo, señora, de
joven he sido una bala perdida. No he sido de esos hombres fríos, de esos
moluscos sin sangre y sin nervios que pueden vivir en un rincón. Yo necesitaba
dinero, necesitaba mujeres, un poco de lujo y de comodidad, y tomaba todo esto
de donde podía; comprenderá usted que no con los procedimientos de los
caballeros de la Tabla Redonda sino con los procedimientos de otros caballeros.
Así que he sido jugador de ventaja, he estado asociado con gentes que hacían
asignados falsos y he sido de la policía. Es lo más sucio que he sido en toda
mi carrera. ¿Comprende usted señora condesa de Vejer por qué tiene algún
interés que cuente mi vida?
—No, no lo comprendo—dijo con inquietud madama
Carolina.
Choribide hizo un gesto de resignación irónico,
dejó el sombrero y el bastón en un velador y cruzó una pierna sobre otra con
abandono.
—Ya que no lo comprende usted fácilmente, voy a
contarle la historia de una tal Carolina y de una tal Simona según aparecen en
los registros de la policía.
—¿Y usted pretende?...
—Yo no pretendo nada. Es la policía que pretende
que la tal Carolina se hace pasar en Ustariz por la condesa de Vejer. Ahora
señora—y Choribide se levantó con aire de joven y tomó su sombrero y su
bastón—le voy a plantear la siguiente disyuntiva: ¿Conoce usted a la tal
Carolina? Espere usted. No me conteste usted todavía. Si me dice usted: Sí la
conozco, habrá entre nosotros paz y será usted para mí la condesa de Vejer. Si
me dice usted no, habrá entre nosotros guerra y yo me retiraré al momento.
La Carolina azorada por completo vaciló en
decidirse.
—¿La conoce usted sí o no?—preguntó de nuevo
Choribide con un acento sarcástico y duro.
—Sí la conozco—murmuró ella humildemente.
—Está bien, señora condesa. Tiene usted desde[235] ahora en mí un servidor incondicional, un
asociado. Conozco el país mejor que ustedes. Sé al dedillo la historia de las
gentes. Mis conocimientos los pongo a la disposición de usted.
—¿Y qué pretende usted en cambio?
—Yo soy como he tenido el honor de decirle antes,
señora condesa, un hombre de vida borrascosa. Al llegar aquí me casé con una
mujer de algún capital. Dicen que había sido la querida de su tío el vicario.
No sé, es cosa que no me preocupa. Mi mujer tiene un sobrino, el teniente
Rontignon que es ex oficial de la Guardia Real. Rontignon es un hombre sin
energía, un hombre de café, tonto y tímido a pesar de su jactancia; a mí en su
estado actual me estorba y he pensado en casarlo con madama Luxe.
—Madama Luxe es una mujer riquísima—observó
Carolina.
—Sí, es verdad. Mi sobrino no es rico, pero es
joven, guapo, y lleva uniforme. Yo he pensado que usted que tiene buenas
relaciones con el Gobierno español, podría conseguir para mi sobrino a cambio
de los servicios que yo le prestaré, una condecoración, una gran cruz que en un
realista como él vendrá muy bien.
—Sí, sí, se conseguirá. Escribiré a mi amigo el[236] señor de Calomarde y no tendrá inconveniente en
otorgarle una gran cruz. ¿Y a usted, Choribide, no le gustaría tener una
condecoración?
—No, a mí no—dijo Choribide con una claridad
irónica en sus ojillos grises—parecería lógico que yo que he sido un pillo
sintiera la necesidad de tener algún prestigio social, pero no; soy un pillo
filósofo.
—¡Qué bromista!
—No, no es broma, condesa. Lo que digo es el
Evangelio.
—Y con la cruz ¿cree usted que su sobrino Rontignon
convencerá a madama Luxe?
—Ya veremos.
—Hum ¡qué sé yo!
—La gran cruz es el adorno. Lo esencial es que
Rontignon es joven, guapo y estúpido. ¿Qué más puede pedir una mujer?
—¡Qué opinión tiene usted de nuestro sexo!—dijo
madama Carolina tomando un aire tierno y sentimental.
Choribide sonrió.
—No es una opinión. Es una convicción—dijo.
—¿Tan mal le han tratado las mujeres?
—Ha habido de todo—contestó el pillo filósofo.
—¿Y sus datos, Choribide?
—Cuando los necesite usted. Usted me manda una nota
o un aviso de que venga, lo que usted prefiera. Para algunas investigaciones
quizás se necesite algún dinero.
—Lo hay. El señor de Calomarde me ha escrito que
gastemos el dinero necesario sin miedo. El asunto es de transcendencia y es
indispensable que de cualquier modo la expedición liberal tenga un fracaso
ruidoso.
—Lo tendrá.
—Muy bien. Ahora le voy a presentar a mi sobrina.
La condesa salió del salón seguida de Choribide,
bajó hasta un cenador del huerto donde Simona estaba leyendo.
—Simona—dijo madama Carolina—el señor Choribide; un
amigo y un aliado.
Choribide hizo la reverencia echando un pie hacia
atrás a la moda antigua, una reverencia digna de un pisaverde del Palais Royal
del tiempo de madama Tallien, y después de unas cuantas galanterías se despidió
de las dos aventureras besándoles la mano.
Mientras cruzaba la huerta de la casa sus labios
finos sonreían y en sus ojos había una claridad alegre y burlona.
Al llegar a la puerta del jardín, Choribide echó
una mirada a la torrecilla de Gastizar. El viento andaba revuelto, el viejo
dragón cambiaba de rumbo a cada paso y rechinaba agriamente. Aquel malvado
basilisco, aquella furia super-terrestre estaba en un momento de inquietud. Sin
duda, tenía que anunciar catástrofes y calamidades sin cuento.
La Caleta, Noviembre, 1917.
FIN DE LA VELETA DE GASTIZAR
ÍNDICE
|
Páginas. |
||
|
9 |
||
|
LIBRO PRIMERO |
||
|
I. |
17 |
|
|
II. |
25 |
|
|
III. |
39 |
|
|
IV. |
49 |
|
|
V. |
63 |
|
|
VI. |
75 |
|
|
VII. |
87 |
|
|
VIII. |
97 |
|
|
IX. |
111 |
|
|
X. |
127 |
|
|
XI. |
131 |
|
|
LIBRO SEGUNDO |
||
|
I. |
139 |
|
|
II. |
149 |
|
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III. |
153 |
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IV. |
159[242] |
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V. |
165 |
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VI. |
169 |
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VII. |
175 |
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VIII. |
181 |
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IX. |
191 |
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LIBRO TERCERO |
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I. |
205 |
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II. |
219 |
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III. |
225 |
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IV. |
231 |
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Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.
***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE
UN HOMBRE DE ACCIóN: #8 LA VELETA DE GASTIZAR***


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