© Libro N° 9491. Manifiesto De La Mujer Futurista (Respuesta A Marinetti). De
Saint-Point, Valentine. Emancipación. Enero 15 de 2022.
Título original: © Manifiesto
De La Mujer Futurista (Respuesta A Marinetti). Valentine De Saint-Point
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Original: © Manifiesto De La Mujer Futurista (Respuesta A Marinetti).
Valentine De Saint-Point
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Miranda
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MANIFIESTO DE LA MUJER
FUTURISTA
(Respuesta A Marinetti)
Valentine De Saint-Point
Manifiesto De La Mujer Futurista
(Respuesta A Marinetti)
Valentine De Saint-Point
Manifiesto De
La Mujer Futurista
(Respuesta A
Marinetti)
Valentine De
Saint-Point
Glorificamos
la guerra, única higiene
del mundo, el militarismo, el patriotismo,
el gesto destructivo portador de felicidad,
las bellas ideas por las que vale la
pena morir, y el desprecio a la mujer.
Marinetti: Manifiesto fundador del
futurismo
La humanidad es mediocre. La mayoría de las mujeres
no son ni superiores ni inferiores al hombre. Son iguales. Ambos merecen el
mismo desprecio.
La humanidad entera no es sino fermento de
culturas, fuente de genios y héroes de ambos sexos. Pero en la humanidad, como
en la naturaleza, hay momentos más propicios para un florecimiento así. En los
veranos de la humanidad, cuando la tierra es caldeada por el sol, los genios y
los héroes abundan.
Estamos en el comienzo de una primavera. Falta
efusión solar, es decir, una gran cantidad de sangre proyectada.
Las mujeres no son más responsables que los hombres
por el enlodazamiento que padece lo joven, rico en savia y sangre.
Es absurdo dividir a la humanidad en hombres y
mujeres, pues la humanidad está compuesta de feminidad y masculinidad.
Cada superhombre, cada héroe, independientemente de su grandeza, genio o poder,
es la prodigiosa expresión de una raza y una época en la medida en que está
compuesto a la vez de elementos masculinos y femeninos, de feminidad y
masculinidad, o sea, es un ser completo. Un individuo exclusivamente viril no
es otra cosa que una bestia; un individuo exclusivamente femenino no es otra cosa
que una hembra. Y al igual que con los individuos, sucede con cualquier
colectivo y momento de la humanidad. Los períodos fecundos, cuando la mayor
parte de los héroes y genios surgen de la tierra en toda su ebullición, son
ricos en masculinidad y feminidad.
Los períodos bélicos con héroes infatuados por el
hálito marcial fueron exclusivamente períodos viriles; aquellos que negaban el
instinto heroico y, retornando al pasado, se aniquilaban a sí mismos en sueños
de paz, fueron períodos en los que la feminidad era dominante.
Vivimos el final de uno estos períodos. Lo que
verdaderamente les falta a los hombres y mujeres de hoy es virilidad. De ahí
que el Futurismo, con todas sus exageraciones, esté acertado. Para restaurar
algo de virilidad en nuestras razas atrofiadas por lo femenino, tenemos que
entrenarlas en masculinidad incluso hasta el punto de un salvajismo animal.
Tenemos que imponer sobre cada cual, hombre y mujer igualmente débiles, un
nuevo dogma de energía para llegar a un período superior de la humanidad.
Cada mujer debe poseer no solo cualidades femeninas
sino también viriles, sin las cuales es simplemente una hembra. El hombre que
esgrime únicamente la potestad del macho sin intuición alguna, es una bestia
bruta. Sin embargo, en el período de feminidad en que estamos viviendo, solo la
exageración opuesta a la feminidad es saludable: tenemos que tomar a la bestia
bruta como modelo.
¡Cómo deben ser temidas por los soldados las
innumerables mujeres cuyos “brazos descansan en sus senos con ramos de flores
la mañana de la partida”! ¡Demasiadas mujeres perpetuando como enfermeras el
dolor y la vejez, domesticando a los hombres para su placer personal o sus
necesidades materiales! ¡Demasiadas mujeres que crean hijos solo para ellas
mismas, evitándoles el peligro o la aventura, es decir, la alegría; evitando a
la hija el amor y al hijo la guerra! ¡Demasiadas mujeres, pulpos del hogar, cuyos
tentáculos sorben la sangre de los hombres y crían niños anémicos, mujeres de
amor carnal que agotan cualquier deseo para que no pueda ser renovado!
Las mujeres son Furias, Amazonas, Semiramis,
Juanas de Arco, Juanas Hachettes, Judiths y Charlottes Cordays, Cleopatras y
Mesalinas: mujeres combativas que luchan más ferozmente que los machos, amantes
excitadas, destructoras que abaten lo más débil y ayudan a seleccionar a través
del orgullo o la desesperanza, “desesperanza con la que el corazón gana su
retorno completo”. Que la próxima guerra nos traiga heroínas como Catalina
Sforza, la cual, durante el saqueo de su ciudad, viendo desde las almenas a sus
enemigos amenazar la vida de su hijo para forzar así su rendición, señalando
heroicamente sus genitales, gritó: “¡Mátenlo! ¡Aún tengo el molde para hacer
uno más!”.
Sí, “la sabiduría pudre el mundo”, porque por
instinto la mujer no es sabia, no es pacifista, no es buena. Puesto que carece
totalmente de medida, está imposibilitada de ser realmente sabia, realmente
pacifista, realmente buena durante los períodos durmientes de la humanidad. Su
intuición, su imaginación son a la vez su fuerza y su debilidad.
La mujer es la individualidad entre la muchedumbre:
hace cuadrarse a los héroes y, si no hay ninguno, a los imbéciles.
Según el apóstol, inspirador espiritual, la mujer,
inspiradora carnal, se inmola o cría, hace correr la sangre o la contiene, es
una amazona o una enfermera. Es la misma mujer que, en semejante período, según
las ideas colectivas emergidas de los sucesos cotidianos, da los pasos
para evitar que los soldados vayan a la guerra o bien corre para abrazar al
campeón victorioso.
Por eso la revolución no puede hacerse nunca sin
ella. Por eso, en lugar de despreciarla, debemos ir a su encuentro. Ella es la
más fructífera conquista, la más entusiasta, la que, en lo que le atañe,
incrementará los seguidores.
Pero sin Feminismo. El Feminismo es un error
político. El Feminismo es un error cerebral de la mujer, un error que su
instinto acabará por reconocer.
No hay que darle a la mujer ninguno de los derechos
que reclama el Feminismo. Concederle esos derechos no produciría ninguno de los
desórdenes anhelados por los futuristas, sino que, por el contrario,
determinaría un exceso de orden.
Imponerle obligaciones a la mujer es hacer que
pierda su poder de fecundación. Los razonamientos y deducciones feministas no
podrán destruir su fatalidad primordial: solo podrán falsificarla, forzándola a
manifestarse por caminos errados.
Durante siglos, el instinto femenino ha sido
sojuzgado. Solo se han apreciado su encanto y su ternura. El hombre anémico,
mezquino con su propia sangre, reclama que la mujer sea solo enfermera.
La mujer se ha dejado domesticar. Pero lánzale un
nuevo mensaje, o un grito de guerra, y entonces, retomando gozosamente su
instinto, caminará delante de ti hacia insospechadas conquistas. Cuando tengas
que usar tus armas, ella las lustrará. Te ayudará a escogerlas. En verdad, si
ella, puesto que transita por caminos trillados, no sabe cómo percibir el
genio, siempre ha sabido cómo confortar al más duro, al victorioso, a aquel que
triunfa con sus músculos y su coraje. No puede equivocarse en reconocer esta superioridad
que se impone a sí misma de manera tan brutal.
¡Devolvámosle a la mujer su crueldad y su
violencia, que la hacen encarnizarse con los vencidos porque han sido vencidos,
hasta el punto de mutilarlos! ¡Dejemos ya de predicarle la justicia espiritual,
que en vano se ha esforzado en conquistar! La mujer se torna sublimemente
injusta una vez más, como todas las fuerzas de la naturaleza.
Liberada del control, con su instinto recuperado,
tomará su lugar entre los Elementos, una fatalidad opuesta a la humana
voluntad consciente. ¡Que sea la egoísta y feroz madre, velando celosamente por
sus hijos! ¡Que tenga lo que llaman privilegios y deberes hacia ellos en la
medida en que necesiten físicamente su protección!
Dejemos al hombre, liberado de la familia, llevar
su vida de audacia y conquista, puesto que él tiene la capacidad física para
ello, más allá de ser un hijo y un padre. El hombre que siembra no se detiene
en el primer surco fecundado.
En mis “Poemas del orgullo” y en “Sed de milagros”,
he renunciado al Sentimentalismo como una debilidad que debe ser despreciada
porque maniata y estanca la energía.
La lujuria es energía porque destruye lo débil,
induce a lo fuerte a ejercer su vigor, y así lo renueva. Las personas
heroicas son sensuales. La mujer es, para ellas, el más exaltado trofeo.
La mujer debe ser madre o amante. Las verdaderas
madres siempre serán mediocres amantes, y las amantes, madres insuficientes,
por su exceso. Aunque ambas están en la vanguardia de la vida, estas dos
mujeres se completan recíprocamente. La madre que amamanta al niño construye el
futuro con el pasado; la amante confiere el deseo, que conduce al futuro.
PARA CONCLUIR:
La mujer que retiene al hombre con lágrimas y
sentimentalismos es inferior a la prostituta que incita a su hombre con la
sensualidad, alentándolo a mantener su dominación sobre las más hondas
profundidades de las urbes, con el revólver listo. Al menos ella cultiva una
energía que puede servir a las mejores causas.
¡Mujer, obnubilada durante tanto tiempo por los
prejuicios, vuelve a tu sublime instinto, a la violencia, a la crueldad!
Como un fatal sacrificio de la sangre, mientras los hombres se entregan a la
guerra y a las batallas, procrea, y, entre tus hijos, como un sacrificio al
heroísmo, ocupa el lugar del Padre. No los críes para ti misma, es decir, para
su disminución, sino mucho mejor, en una libertad total, para una completa
expansión.
En lugar de reducir al hombre a la esclavitud de
sus execrables y sentimentales necesidades, incita a tus hijos y a tus amantes
a alzarse sobre sí mismos. Eres la única que puedes hacerlo. Tienes todo el
poder sobre ellos.
Le debes a la humanidad sus héroes. ¡Hazlos!
FIN
1912


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