© Libro N° 9492. Cárcel De Amor. De San Pedro, Diego. Emancipación. Enero 15 de 2022.
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De Amor. Diego De San Pedro
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CÁRCEL DE AMOR
Diego De San Pedro
Cárcel De Amor
Diego De San Pedro
El siguiente tratado fue hecho a petición del señor don Diego Hernandes,
Alcaide de los Donceles, y de otros caballeros cortesanos: llámase Cárcel de Amor. Compúsolo San Pedro. Comienza el prólogo así:
Muy virtuoso señor:
Aunque me falta sufrimiento para callar, no me fallece conocimiento para
ver cuánto me estaría mejor preciarme de lo que callase que arrepentirme de lo
que dijese. Y puesto que así lo conozca, aunque veo la verdad, sigo la opinión.
Y como hago lo peor nunca quedo sin castigo, porque si con rudeza yerro con
vergüenza pago. Verdad es que en la obra presente no tengo tanto cargo, pues me
puse en ella más por necesidad de obedecer que con voluntad de escribir. Porque
de vuestra merced me fue dicho que debía hacer alguna obra del estilo de una
oración que envié a la señora doña Marina Manuel, porque le parecía menos malo
que el que puse en otro tratado mío. Así que por cumplir su mandamiento pensé
hacerla, habiendo por mejor errar en el decir que en el desobedecer, y también
acordé enderezarla a vuestra merced porque la favorezca como señor y la
enmiende como discreto. Como quiera que primero que me determinase estuve en
grandes dudas: vista vuestra discreción temía, mirada vuestra virtud osaba; en
lo uno hallaba el miedo, y en lo otro buscaba la seguridad, y en fin escogí lo
más dañoso para mi vergüenza y lo más provechoso para lo que debía. Podré ser
reprehendido si en lo que ahora escribo tornare a decir algunas razones de las
que en otras cosas he dicho. De lo cual suplico a vuestra merced me salve,
porque como he hecho otra escritura de la calidad de esta no es de maravillar
que la memoria desfallezca. Y si tal se hallare, por cierto más culpa tiene en
ello mi olvido que mi querer. Sin duda, señor, considerando esto y otras cosas
que en lo que escribo se pueden hallar, yo estaba determinado de cesar ya en el
metro y en la prosa, por librar mi rudeza de juicios y mi espíritu de trabajos.
Y parece, cuanto más pienso hacerlo, que se me ofrecen más cosas para no poder
cumplirlo. Suplico a vuestra merced, antes que condene mi falta juzgue mi
voluntad, porque reciba el pago no según mi razón, mas según mi deseo.
Comienza la obra
Después de hecha la guerra del año pasado, viniendo a tener el invierno
a mi pobre reposo, pasando una mañana, cuando ya el sol quería esclarecer la
tierra, por unos valles hondos y oscuros que se hacen en la Sierra Morena, vi
salir a mi encuentro, por entre unos robredales donde mi camino se hacía, un
caballero así feroz de presencia como espantoso de vista, cubierto todo de
cabello a manera de salvaje. Llevaba en la mano izquierda un escudo de acero
muy fuerte, y en la derecha una imagen femenil entallada en una piedra muy
clara, la cual era de tan extrema hermosura que me turbaba la vista. Salían de
ella diversos rayos de fuego que llevaba encendido el cuerpo de un hombre que
el caballero forzadamente llevaba tras sí. El cual con un lastimado gemido de rato
en rato decía: «En mi fe, se sufre todo». Y como emparejó conmigo, díjome con
mortal angustia: «Caminante, por Dios te pido que me sigas y me ayudes en tan
gran cuita». Yo, que en aquella sazón tenía más causa para temer que razón para
responder, puestos los ojos en la extraña visión, estuve quedo, trastornando en
el corazón diversas consideraciones: dejar el camino que llevaba parecíame
desvarío, no hacer el ruego de aquel que así padecía figurábaseme inhumanidad,
en seguirle había peligro, y en dejarle, flaqueza. Con la turbación, no sabía
escoger lo mejor. Pero ya que el espanto dejó mi alteración en algún sosiego,
vi cuánto era más obligado a la virtud que a la vida, y empachado de mí mismo
por la duda en que estuve, seguí la vía de aquel que quiso ayudarse de mí. Y
como apresuré mi andar, sin mucha tardanza alcancé a él y al que la fuerza le
hacía, y así seguimos todos tres por unas partes no menos trabajosas de andar
que solas de placer y de gente. Y como el ruego del forzado fue causa que lo
siguiese, para cometer al que lo llevaba faltábame aparejo y para rogarle
merecimiento, de manera que me fallecía consejo. Y después que revolví el
pensamiento en muchos acuerdos, tomé por el mejor ponerle en alguna plática,
porque como él me respondiese, así yo determinase; y con este acuerdo
supliquele, con la mayor cortesía que pude, me quisiese decir quién era, a lo
cual así me respondió: «Caminante, según mi natural condición, ninguna
respuesta quisiera darte, porque mi oficio más es para ejecutar mal que para
responder bien. Pero como siempre me crié entre hombres de buena crianza, usaré
contigo de la gentileza que aprendí y no de la braveza de mi natural. Tú
sabrás, pues lo quieres saber: yo soy principal oficial en la Casa de Amor.
Llámanme por nombre Deseo. Con la fortaleza de este escudo defiendo las
esperanzas, y con la hermosura de esta imagen causo las aficiones y con ellas
quemo las vidas, como puedes ver en este preso que llevo a la Cárcel de Amor,
donde con solo morir se espera librar». Cuando estas cosas el atormentador
caballero me iba diciendo, subíamos una sierra de tanta altura, que a más andar
mi fuerza desfallecía. Y ya que con mucho trabajo llegamos a lo alto de ella,
acabó su respuesta. Y como vio que en más pláticas quería ponerle yo, que comenzaba
a darle gracias por la merced recibida, súbitamente desapareció de mi
presencia. Y como esto pasó a tiempo que la noche venía, ningún tino pude tomar
para saber dónde guió. Y como la oscuridad y la poca sabiduría de la tierra me
fuesen contrarias, tomé por propio consejo no mudarme de aquel lugar. Allí
comencé a maldecir mi ventura, allí desesperaba de toda esperanza, allí
esperaba mi perdición, allí en medio de mi tribulación nunca me pesó de lo
hecho, porque es mejor perder haciendo virtud que ganar dejándola de hacer. Y
así estuve toda la noche en tristes y trabajosas contemplaciones, y cuando ya
la lumbre del día descubrió los campos, vi cerca de mí, en lo más alto de la
sierra, una torre de altura tan grande que me parecía llegar al cielo. Era
hecha por tal artificio que de la extrañeza de ella comencé a maravillarme. Y
puesto al pie, aunque el tiempo se me ofrecía más para temer que para notar,
miré la novedad de su labor y de su edificio. El cimiento sobre que estaba
fundada era una piedra tan fuerte de su condición y tan clara de su natural
cual nunca otra tal jamás había visto, sobre la cual estaban afirmados cuatro
pilares de un mármol morado muy hermoso de mirar. Eran en tanta manera altos,
que me espantaba cómo se podían sostener. Estaba encima de ellos labrada una
torre de tres esquinas, la más fuerte que se puede contemplar. Tenía en cada
esquina, en lo alto de ella, una imagen de nuestra humana hechura, de metal,
pintada cada una de su color: la una de leonado, la otra de negro y la otra de
pardillo. Tenía cada una de ellas una cadena en la mano asida con mucha fuerza.
Vi más encima de la torre un chapitel sobre el cual estaba un águila que tenía
el pico y las alas llenas de claridad de unos rayos de lumbre que por dentro de
la torre salían a ella. Oía dos velas que nunca un solo punto dejaban de velar.
Yo, que de tales cosas justamente me maravillaba, ni sabía de ellas qué pensase
ni de mí qué hiciese. Y estando conmigo en grandes dudas y confusión, vi
trabada con los mármoles dichos una escalera que llegaba a la puerta de la
torre, la cual tenía la entrada tan oscura que parecía la subida de ella a
ningún hombre posible. Pero, ya deliberado, quise antes perderme por subir que
salvarme por estar; y forzada mi fortuna, comencé la subida, y a tres pasos de
la escalera hallé una puerta de hierro, de lo que me certificó más el tiento de
las manos que la lumbre de la vista, según las tinieblas donde estaba. Allegado
pues, a la puerta, hallé en ella un portero, al cual pedí licencia para la entrada,
y respondiome que lo haría, pero que me convenía dejar las armas primero que
entrase; y como le daba las que llevaba según costumbre de caminantes, díjome:
«Amigo, bien parece que la usanza de esta casa sabes poco. Las armas que
te pido y te conviene dejar son aquellas con que el corazón se suele defender
de tristeza, así como Descanso, Esperanza y Contentamiento, porque con tales
condiciones ninguno pudo gozar de la demanda que pides».
Pues, sabida su intención, sin detenerme en echar juicios sobre demanda
tan nueva, respondile que yo venía sin aquellas armas y que de ello le daba
seguridad. Pues como de ello fue cierto, abrió la puerta y con mucho trabajo y
desatino llegué ya a lo alto de la torre, donde hallé otro guardador que me
hizo las preguntas del primero. Y después que supo de mí lo que el otro, diome
lugar a que entrase, y llegado al aposento de la casa, vi en medio de ella una
silla de fuego, en la cual estaba asentado aquel cuyo ruego de mi perdición fue
causa. Pero como allí, con la turbación, descargaba con los ojos la lengua, más
entendía en mirar maravillas que en hacer preguntas. Y como la vista no estaba
despacio, vi que las tres cadenas de las imágenes que estaban en lo alto de la
torre tenían atado aquel triste, que siempre se quemaba y nunca se acababa de
quemar. Noté más, que dos dueñas lastimeras con rostros llorosos y tristes le
servían y adornaban, poniéndole con crudeza en la cabeza una corona de unas
puntas de hierro, sin ninguna piedad, que le traspasaban todo el cerebro; y
después de esto miré que un negro vestido de color amarillo venía diversas
veces a echarle una bisarma y vi que le recibía los golpes en un escudo que
súbitamente le salía de la cabeza y le cubría hasta los pies. Vi más, que
cuando le trajeron de comer, le pusieron una mesa negra y tres servidores muy
diligentes, los cuales le daban con grave sentimiento de comer. Y vueltos los
ojos a un lado de la mesa, vi un viejo anciano sentado en una silla, echada la
cabeza sobre una mano en manera de hombre cuidoso. Y ninguna de estas cosas
pudiera ver, según la oscuridad de la torre, si no fuera por un claro
resplandor que le salía al preso del corazón, que la esclarecía toda. El cual,
como me vio atónito de ver cosas de tales misterios, viendo como estaba en
tiempo de poder pagarme con su habla lo poco que me debía, por darme algún
descanso, mezclando las razones discretas con las lágrimas piadosas, comenzó en
esta manera a decirme:
El preso al autor
Alguna parte del corazón quisiera tener libre de sentimiento, por
dolerme de ti según yo debiera y tú merecías. Pero ya tú ves en mi tribulación
que no tengo poder para sentir otro mal sino el mío. Pídote que tomes por
satisfacción, no lo que hago, mas lo que deseo. Tu venida aquí yo la causé. El
que viste traer preso yo soy, y con la tribulación que tienes no has podido
conocerme. Torna en ti tu reposo, sosiega tu juicio, porque estés atento a lo
que te quiero decir: tu venida fue por remediarme, mi habla será por darte
consuelo, puesto que yo de él sepa poco. Quién yo soy quiero decirte, de los
misterios que ves quiero informarte, la causa de mi prisión quiero que sepas,
que me liberes quiero pedirte, si por bien lo tuvieres. Tú sabrás que yo soy
Leriano, hijo del duque Guersio, que Dios perdone, y de la duquesa Coleria. Mi
naturaleza es este reino donde estás, llamado Macedonia. Ordenó mi ventura que
me enamorase de Laureola, hija del rey Gaulo, que ahora reina, pensamiento que
yo debiera antes huir que buscar. Pero como los primeros movimientos no se
pueden en los hombres excusar, en lugar de desviarlos con la razón confirmelos
con la voluntad, y así de Amor me vencí, que me trajo a esta su casa, la cual
se llama Cárcel de Amor. Y como nunca perdona, viendo desplegadas las velas de
mi deseo, púsome en el estado que ves. Y porque puedas notar mejor su
fundamento y todo lo que has visto, debes saber que aquella piedra sobre quien
la prisión está fundada es mi Fe, que determinó de sufrir el dolor de su pena
por bien de su mal. Los cuatro pilares que asientan sobre ella son mi
Entendimiento, mi Razón, mi Memoria y mi Voluntad, los cuales mandó Amor
aparecer en su presencia antes que me sentenciase; y por hacer de mí justa
justicia preguntó por sí a cada uno si consentía que me prendiesen, porque si
alguno no consintiese me absolvería de la pena. A lo cual respondieron todos en
esta manera:
Dijo el Entendimiento: «Yo consiento al mal de la pena por el bien de la
causa, de cuya razón es mi voto que se prenda».
Dijo la Razón: «Yo no solamente doy consentimiento en la prisión, más
ordeno que muera, que mejor le estará la dichosa muerte que la desesperada
vida, según por quien se ha de sufrir».
Dijo la Memoria: «Pues el Entendimiento y la Razón consienten, porque
sin morir no pueda ser libre, yo prometo de nunca olvidar».
Dijo la Voluntad: «Pues que así es, yo quiero ser llave de su prisión y
determino de siempre querer».
Pues oyendo Amor que quien me había de salvar me condenaba, dio como
justo esta sentencia cruel contra mí. Las tres imágenes que viste encima de la
torre, cubiertas cada una de su color, de leonado, negro y pardillo, la una es
Tristeza, la otra Congoja y la otra Trabajo. Las cadenas que tenían en las
manos son sus fuerzas, con las cuales tiene atado el corazón porque ningún
descanso pueda recibir. La claridad grande que tenía en el pico y alas el
águila que viste sobre el chapitel, es mi Pensamiento, del cual sale tan clara
luz por quien está en él, que basta para esclarecer las tinieblas de esta
triste cárcel; y es tanta su fuerza que para llegar al águila ningún
impedimento le hace lo grueso del muro, así que andan él y ella en una
compañía, porque son las dos cosas que más alto suben, de cuya causa está mi
prisión en la mayor alteza de la tierra. Las dos velas que oyes velar con tal
recaudo son Desdicha y Desamor: traen tal aviso porque ninguna esperanza me
pueda entrar con remedio. La escalera oscura por donde subiste es la Angustia
con que subí donde me ves. El primer portero que hallaste es el Deseo, el cual
a todas tristezas abre la puerta, y por eso te dijo que dejases las armas de
placer si por caso las traías. El otro que acá en la torre hallaste es el
Tormento que aquí me trajo, el cual sigue en el cargo que tiene la condición
del primero, porque está de su mano. La silla de fuego en que asentado me ves
es mi justa afición, cuyas llamas siempre arden en mis entrañas. Las dos dueñas
que me dan, como notas, corona de martirio, se llaman la una Ansia y la otra
Pasión, y satisfacen a mi fe con el galardón presente. El viejo que ves
asentado, que tan cargado pensamiento representa, es el grave Cuidado, que
junto con los otros males pone amenazas a la vida. El negro de vestiduras
amarillas, que se trabaja por quitarme la vida, se llama Desesperar. El escudo
que me sale de la cabeza, con que de sus golpes me defiendo, es mi Juicio, el
cual, viendo que voy con desesperación a matarme, díceme que no lo haga, porque
visto lo que merece Laureola, antes debo desear larga vida por padecer que la
muerte para acabar. La mesa negra que para comer me ponen es la Firmeza con que
como, pienso y duermo, en la cual siempre están los manjares tristes de mis
contemplaciones. Los tres solícitos servidores que me servían son llamados Mal,
Pena y Dolor: el uno trae la cuita con que coma, el otro trae la desesperanza
en que viene el manjar y el otro trae la tribulación, y con ella, para que
beba, trae el agua del corazón a los ojos y de los ojos a la boca. Si te parece
que soy bien servido, tú lo juzgas; si remedio he menester, tú lo ves. Ruégote
mucho, pues en esta tierra eres venido, que tú me lo busques y te duelas de mí.
No te pido otro bien sino que sepa de ti Laureola cual me viste, y si por
ventura te quisieres de ello excusar, porque me ves en tiempo que me falta
sentido para que te lo agradezca, no te excuses, que mayor virtud es redimir
los atribulados que sostener los prósperos. Así sean tus obras que ni tú te
quejes de ti por lo que no hiciste, ni yo por lo que pudieras hacer.
Respuesta del autor a Leriano
En tus palabras, señor, has mostrado que pudo Amor prender tu libertad y
no tu virtud, lo cual se prueba porque, según te veo, debes tener más gana de
morir que de hablar, y por proveer en mi fatiga forzaste tu voluntad, juzgando
por los trabajos pasados y por la cuita presente que yo tendría de vivir poca
esperanza, lo que sin duda era así. Pero causaste mi perdición como deseoso de
remedio y remediástela como perfecto de juicio. Por cierto, no he habido menos
placer de oírte que dolor de verte, porque en tu persona se muestra tu pena y
en tus razones se conoce tu bondad. Siempre en la peor fortuna socorren los
virtuosos como tú ahora a mí hiciste. Que vistas las cosas de esta tu cárcel,
yo dudaba de mi salvación, creyendo ser hechas más por arte diabólica que por
condición enamorada. La cuenta, señor, que me has dado te tengo en merced, de
saber quién eres soy muy alegre. El trabajo por ti recibido he por bien
empleado. La moralidad de todas estas figuras me ha placido saber, puesto que
diversas veces las vi, mas como no las pueda ver sino corazón cautivo, cuando
le tenía tal conocíalas, y ahora que estaba libre dudábalas.
Mándasme, señor, que haga saber a Laureola cuál te vi, para lo cual
hallo grandes inconvenientes, porque un hombre de nación extraña, ¿qué forma se
podrá dar para negociación semejante? Y no solamente hay esta duda, pero otras
muchas: la rudeza de mi ingenio, la diferencia de la lengua, la grandeza de
Laureola, la gravedad del negocio… Así que en otra cosa no hallo aparejo sino
en sola mi voluntad, la cual vence todos los inconvenientes dichos. Que para tu
servicio la tengo tan ofrecida como si hubiese sido tuyo después que nací. Yo
haré de grado lo que mandas. Plega a Dios que lleve tal la dicha como el deseo,
porque tu deliberación sea testigo de mi diligencia. Tanta afición te tengo y
tanto me ha obligado amarte tu nobleza, que habría tu remedio por galardón de
mis trabajos. Entre tanto que voy, debes templar tu sentimiento con mi
esperanza, porque cuando vuelva, si algún bien te trajere, tengas alguna parte
viva con que puedas sentirlo.
El autor
Y como acabé de responder a Leriano en la manera que es escrita,
informeme del camino de Suria, ciudad donde estaba a la sazón el rey de
Macedonia, que era media jornada de la prisión donde partí. Y puesto en obra mi
camino, llegué a la corte y después que me aposenté, fui a palacio por ver el
trato y estilo de la gente cortesana, y también para mirar la forma del
aposentamiento, por saber dónde me cumplía ir, estar o aguardar para el negocio
que quería aprender. E hice esto ciertos días por aprender mejor lo que más me
conviniese. Y cuanto más estudiaba en la forma que tendría, menos disposición
se me ofrecía para lo que deseaba, y buscadas todas las maneras que me habían
de aprovechar, hallé la más aparejada comunicarme con algunos mancebos
cortesanos de los principales que allí veía. Y como generalmente entre aquellos
se suele hallar la buena crianza, así me trataron y dieron cabida, que en poco
tiempo yo fui tan estimado entre ellos como si fuera de su natural nación, de
forma que vine a noticia de las damas. Y así de poco en poco hube de ser
conocido de Laureola, y habiendo ya noticia de mí, por más participarme con
ella contábale las cosas maravillosas de España, cosa de que mucho holgaba.
Pues viéndome tratado de ella como servidor, pareciome que le podría ya decir
lo que quisiese, y un día que la vi en una sala apartada de las damas, puesta
la rodilla en el suelo, díjele lo siguiente:
El autor a Laureola
No les está menos bien el perdón a los poderosos cuando son deservidos,
que a los pequeños la venganza cuando son injuriados. Porque los unos se
enmiendan por honra y los otros perdonan por virtud, lo cual, si a los grandes
hombres es debido, más y mucho más a las generosas mujeres, que tienen el
corazón real de su nacimiento y la piedad natural de su condición. Digo esto,
señora, porque para lo que te quiero decir halle osadía en tu grandeza, porque
no la puedes tener sin magnificencia. Verdad es que primero que me determinase
estuve dudoso, pero en el fin de mis dudas tuve por mejor, si inhumanamente me
quisieses tratar, padecer pena por decir que sufrirla por callar.
Tú, señora, sabrás que caminando un día por unas asperezas desiertas, vi
que por mandado del Amor llevaban preso a Leriano, hijo del duque Guersio, el
cual me rogó que en su cuita le ayudase, de cuya razón dejé el camino de mi
reposo por tomar el de su trabajo. Y después que largamente con él caminé, vile
meter en una prisión dulce para su voluntad y amarga para su vida, donde todos
los males del mundo sostiene: Dolor le atormenta, Pasión le persigue,
Desesperanza le destruye, Muerte le amenaza, Pena la ejecuta, Pensamiento le
desvela, Deseo le atribula, Tristeza le condena, Fe no le salva. Supe de él que
de todo esto tú eres causa. Juzgué, según le vi, mayor dolor el que en el
sentimiento callaba que el que con lágrimas descubría, y vista tu presencia, hallo
su tormento justo. Con suspiros que le sacaban las entrañas me rogó te hiciese
sabedora de su mal. Su ruego fue de lástima y mi obediencia de compasión. En el
sentimiento suyo te juzgué cruel, y en tu acatamiento te veo piadosa, lo cual
va por razón que de tu hermosura se cree lo uno y de tu condición se espera lo
otro. Si la pena que le causas con el merecer se la remedias con la piedad,
serás entre las mujeres nacidas la más alabada de cuantas nacieron. Contempla y
mira cuánto es mejor que te alaben porque redimiste, que no que te culpen
porque mataste. Mira en qué cargo eres a Leriano, que aun su pasión te hace
servicio, pues si la remedias te da causa que puedas hacer lo mismo que Dios,
porque no es de menos estima el redimir que el criar, así que harás tú tanto en
quitarle la muerte como Dios en darle la vida. No sé qué excusa pongas para no
remediarlo, si no crees que matar es virtud. No te suplica que le hagas otro
bien sino que te pese de su mal, que cosa grave para ti no creas que te la
pediría, que por mejor habrá el penar que serte a ti causa de pena. Si por lo
dicho mi atrevimiento me condena, su dolor del que me envía me absuelve, el
cual es tan grande que ningún mal me podrá venir que iguale con el que él me
causa. Suplícote sea tu respuesta conforme a la virtud que tienes, y no a la
saña que muestras, porque tú seas alabada y yo buen mensajero, y el cautivo
Leriano libre.
Respuesta de Laureola
Así como fueron tus razones temerosas de decir, así son graves de
perdonar. Si, como eres de España, fueras de Macedonia, tu razonamiento y tu
vida acabaran a un tiempo. Así que, por ser extraño, no recibirás la pena que
merecías, y no menos por la piedad que de mí juzgaste. Como quiera que en casos
semejantes tan debida es la justicia como la clemencia, la cual en ti ejecutada
pudiera causar dos bienes: el uno, que otros escarmentaran, y el otro, que las
altas mujeres fueran estimadas y tenidas según merecen. Pero si tu osadía pide
el castigo, mi mansedumbre consiente que te perdone, lo que va fuera de todo
derecho. Porque no solamente por el atrevimiento debías morir, mas por la
ofensa que a mi bondad hiciste, en la cual pusiste duda. Porque si a noticia de
algunos lo que me dijiste viniese, más creerían que fue por el aparejo que en
mí hallaste que por la pena que en Leriano viste, lo que con razón así debe
pensarse, viendo ser tan justo que mi grandeza te pusiese miedo, como su mal
osadía. Si más entiendes en procurar su libertad, buscando remedio para él
hallarás peligro para ti. Y avísote, aunque seas extraño en la nación, que
serás natural en la sepultura. Y porque en detenerme en plática tan fea ofendo
mi lengua, no digo más, que para que sepas lo que te cumple lo dicho basta. Y
si alguna esperanza te queda porque te hablé, en tal caso sea de poco vivir si
más de la embajada pensares usar.
El autor
Cuando acabó Laureola su habla, vi, aunque fue corta en razón, fue larga
en enojo, el cual le impedía la lengua. Y despedido de ella comencé a pensar
diversas cosas que gravemente me atormentaban. Pensaba cuán alejado estaba de
España, acordábaseme de la tardanza que hacía. Traía a la memoria el dolor de
Leriano, desconfiaba de su salud, y visto que no podía cumplir lo que me
dispuse a hacer sin mi peligro o su libertad, determiné de seguir mi propósito
hasta acabar la vida o llevar a Leriano esperanza. Y con este acuerdo volví
otro día a palacio para ver qué rostro hallaría en Laureola, la cual, como me
vio, tratome de la primera manera, sin que ninguna mudanza hiciese, de cuya
seguridad tomé grandes sospechas. Pensaba si lo hacía por no esquivarme, no habiendo
por mal que tornase a la razón comenzada. Creía que disimulaba por tornar al
propósito para tomar emienda de mi atrevimiento, de manera que no sabía a cuál
de mis pensamientos diese fe.
En fin, pasado aquel día y otros muchos, hallaba en sus apariencias más
causa para osar que razón para temer, y con este crédito aguardé tiempo
convenible e hícele otra habla, mostrando miedo, puesto que no lo tuviese,
porque en tal negociación y con semejantes personas conviene fingir turbación.
Porque en tales partes el desempacho es habido por desacatamiento, y parece que
no se estima ni acata la grandeza y autoridad de quien oye con la desvergüenza
de quien dice. Y por salvarme de este yerro hablé con ella no según
desempachado, mas según temeroso. Finalmente, yo le dije todo lo que me pareció
que convenía para remedio de Leriano. Su respuesta fue de la forma de la
primera, salvo que hubo en ella menos saña, y como, aunque en sus palabras
había menos esquividad para que debiese callar, en sus muestras hallaba
licencia para que osase decir. Todas las veces que tenía lugar le suplicaba se
doliese de Leriano, y todas las veces que se lo decía, que fueron diversas,
hallaba áspero lo que respondía y sin aspereza lo que mostraba. Y como traía
aviso en todo lo que se esperaba provecho, miraba en ella algunas cosas en que
se conoce el corazón enamorado. Cuando estaba sola veíala pensativa, cuando
estaba acompañada no muy alegre. Érale la compañía aborrecible y la soledad
agradable. Más veces se quejaba que estaba mal por huir los placeres. Cuando
era vista, fingía algún dolor, cuando la dejaban, daba grandes suspiros. Si
Leriano se nombraba en su presencia, desatinaba de lo que decía, volvíase
súbito colorada y después amarilla, tornábase ronca su voz, secábasele la boca.
Por mucho que encubría sus mudanzas, forzábala la pasión piadosa a la
disimulación discreta. Digo piadosa porque sin duda, según lo que después
mostró, ella recibía estas alteraciones más de piedad que de amor. Pero como yo
pensaba otra cosa, viendo en ella tales señales, tenía en mi despacho alguna
esperanza, y con tal pensamiento partime para Leriano, y después que
extensamente todo lo pasado le reconté, díjele que se esforzase a escribir a Laureola,
ofreciéndome a darle la carta, y puesto que él estaba más para hacer memorial
de su hacienda que carta de su pasión, escribió las razones, de la cual eran
tales:
Carta de Leriano a Laureola
Si tuviera tal razón para escribirte como para quererte, sin miedo lo
osara hacer, mas en saber que escribo para ti se turba el seso y se pierde el
sentido, y de esta causa antes que lo comenzase tuve conmigo gran confusión: mi
fe decía que osase, tu grandeza que temiese; en lo uno hallaba esperanza y por
lo otro desesperaba; y en el cabo acordé esto. Mas, ay de mí, que comencé
temprano a dolerme y tarde a quejarme, porque a tal tiempo soy venido, que si
alguna merced te mereciese no hay en mí cosa viva para sentirla, sino sola mi
fe. El corazón está sin fuerza, el alma sin poder y el juicio sin memoria. Pero
si tanta merced quisieses hacerme que a estas razones te pluguiese responder,
la fe con tal bien podría bastar para restituir las otras partes que destruiste.
Yo me culpo porque te pido galardón sin haberte hecho servicio, aunque si
recibes en cuenta del servir el penar, por mucho que me pagues siempre pensaré
que me quedas en deuda. Podrás decir que cómo pensé escribirte: no te
maravilles, que tu hermosura causó la afición, y la afición el deseo, y el
deseo la pena, y la pena el atrevimiento… y si porque lo hice te pareciere que
merezco muerte, mándamela dar, que mucho mejor es morir por tu causa que vivir
sin tu esperanza. Y hablándote verdad, la muerte, sin que tú me la dieses, yo
mismo me la daría por hallar en ella la libertad que en la vida busco, si tú no
hubieses de quedar infamada por matadora; pues malaventurado fuese el remedio
que a mí librase de pena y a ti te causase culpa. Por quitar tales inconvenientes,
te suplico que hagas tu carta galardón de mis males, que, aunque no me mate por
lo que a ti toca, no podré vivir por lo que yo sufro, y todavía quedarás
condenada. Si algún bien quisieres hacerme, no lo tardes; si no, podrá ser que
tengas tiempo de arrepentirte y no lugar de remediarme.
El autor
Aunque Leriano, según su grave sentimiento, se quisiera más extender
usando de la discreción y no de la pena, no escribió más largamente, porque
para hacer saber a Laureola su mal bastaba lo dicho: que cuando las cartas
deben alargarse es cuando se cree que hay voluntad para leerlas quien las
recibe como para escribirlas quien las envía. Y porque él estaba libre de tal
presunción no se extendió más en su carta, la cual, después de acabada, recibí
con tanta tristeza de ver las lágrimas con que Leriano me la daba, que pude
sentirla mejor que contarla. Y despedido de él, partime para Laureola, y como
llegué donde estaba, hallé propio tiempo para poderle hablar, y antes que le
diese la carta, díjele tales razones:
El autor a Laureola
Primero que nada te diga, te suplico que recibas la pena de aquel
cautivo tuyo por descargo de la importunidad mía, que dondequiera que me hallé
siempre tuve por costumbre de servir antes que importunar. Por cierto, señora,
Leriano siente más el enojo que tú recibes que la pasión que él padece, y este
tiene por el mayor mal que hay en su mal, de lo cual querría excusarse. Pero si
su voluntad, por no enojarte, desea sufrir, su alma, por no padecer, querría
quejar. Lo uno le dice que calle y lo otro le hace dar voces. Y confiando en tu
virtud, apremiado del dolor, quiere poner sus males en tu presencia, creyendo,
aunque por una parte te sea pesado, que por otra te causará compasión. Mira por
cuántas cosas te merece galardón: por olvidar su cuita pide la muerte; porque
no se diga que tú la consentiste, desea la vida; porque tú la haces, llama
bienaventurada su pena; por no sentirla, desea perder el juicio; por alabar tu
hermosura, quería tener los ajenos y el suyo. Mira cuánto le eres obligada que
se precia de quien le destruye. Tiene su memoria por todo su bien y le es
ocasión de todo su mal. Si por ventura, siendo yo tan desdichado, pierde por mi
intercesión lo que él merece por fe, suplícote recibas una carta suya, y si
leerla quisieres, a él harás merced por lo que ha sufrido y a ti te culparás
por lo que has causado, viendo claramente el mal que le queda en las palabras
que envía, las cuales, aunque la boca las decía, el dolor las ordenaba. Así te
dé Dios tanta parte del cielo como mereces de la tierra, que la recibas y le
respondas, y con sola esta merced le podrás redimir. Con ella esforzarás su
flaqueza, con ella aflojarás su tormento, con ella favorecerás su firmeza,
pondrasle en estado que ni quiera más bien ni tema más mal. Y si esto no
quisieres hacer por quien debes, que es él, ni por quien lo suplica, que soy
yo, en tu virtud tengo esperanza que, según la usas, no sabrás hacer otra cosa.
Respuesta de Laureola al autor
En tanto estrecho me ponen tus porfías que muchas veces he dudado sobre
cuál haré antes: desterrar a ti de la tierra o a mí de mi fama en darte lugar
que digas lo que quisieres; y tengo acordado de no hacer lo uno de compasión
tuya, porque si tu embajada es mala, tu intención es buena, pues la traes por
remedio del querelloso. Ni tampoco quiero lo otro de lástima mía, porque no
podría él ser libre de pena sin que yo fuese condenada de culpa. Si pudiese
remediar su mal sin amancillar mi honra, no con menos afición que tú lo pides
yo lo haría. Mas ya tú conoces cuánto las mujeres deben ser más obligadas a su
fama que a su vida, la cual deben estimar en lo menos por razón de lo más, que
es la bondad. Pues si el vivir de Leriano ha de ser con la muerte de esta, tú
juzga a quién con más razón debo ser piadosa, a mí o a su mal. Y que esto todas
las mujeres deben así tener, en mucha más manera las de real nacimiento, en las
cuales así ponen los ojos todas las gentes, que antes se ve en ella la pequeña
mancilla que en las bajas la gran fealdad. Pues en tus palabras con la razón te
conformas, ¿cómo cosa tan injusta demandas? Mucho tienes que agradecerme porque
tanto comunico contigo mis pensamientos, lo cual hago porque si me enoja tu
demanda, me aplace tu condición, y he placer de mostrarte mi excusación con
justas causas por salvarme de cargo. La carta que dices que reciba fuera bien
excusada, porque no tienen menos fuerza mis defensas que confianza sus porfías.
Porque tú la traes pláceme de tomarla. Respuesta no la esperes ni trabajes en
pedirla, ni menos en más hablar en esto, porque no te quejes de mi saña como te
alabas de mi sufrimiento. Por dos cosas me culpo de haberme tanto detenido
contigo: la una porque la calidad de la plática me deja muy enojada, y la otra
porque podrás pensar que huelgo de hablar en ella y creerás que de Leriano me
acuerdo, de lo cual no me maravillo, que como las palabras sean imagen del
corazón, irás contento por lo que juzgaste y llevarás buen esperanza de lo que
deseas. Pues por no ser condenada de tu pensamiento, si tal lo tuvieres, te
torno a requerir que sea esta la postrimera vez que en este caso me hables. Si
no, podrá ser que te arrepientas y que buscando salud ajena te falte remedio
para la tuya.
El autor
Tanta confusión me ponían las cosas de Laureola, que cuando pensaba que
más la entendía, menos sabía de su voluntad; cuando tenía más esperanza, me
daba mayor desvío; cuando estaba seguro, me ponía mayores miedos. Sus desatinos
cegaban mi conocimiento. En el recibir la carta me satisfizo, en el fin de su
habla me desesperó. No sabía qué camino siguiese en que esperanza hallase, y
como hombre sin consejo partime para Leriano con acuerdo de darle algún
consuelo, entre tanto que buscaba el mejor medio que para su mal convenía, y
llegado donde estaba comencé a decirle:
El autor a Leriano
Por el despacho que traigo se conoce que donde falta la dicha no
aprovecha la diligencia. Encomendaste tu remedio a mí, que tan contraria me ha
sido la ventura que en mis propias cosas la desprecio, porque no me puede ser
en lo porvenir tan favorable que me satisfaga lo que en lo pasado me ha sido
enemiga, puesto que en este caso, buena excusa tuviera para ayudarte, porque si
yo era el mensajero, tuyo era el negocio. Las cosas que con Laureola he pasado
ni pude entenderlas, ni sabré decirlas, porque son de condición nueva. Mil
veces pensé venir a darte remedio y otras tantas a darte la sepultura. Todas
las señales de voluntad vencida vi en sus apariencias, todos los desabrimientos
de mujer sin amor vi en sus palabras. Juzgándola me alegraba, oyéndola me entristecía.
A las veces creía que lo hacía de sabia, y a las veces de desamorada. Pero con
todo eso, viéndola movible, creía su desamor, porque cuando amor prende, hace
el corazón constante, y cuando lo deja libre, mudable. Por otra parte pensaba
si lo hacía de medrosa, según el bravo corazón de su padre. ¿Qué dirás?: que
recibió tu carta y recibida me afrentó con amenazas de muerte si más en tu caso
le hablaba. Mira qué cosa tan grave parece en un punto tales dos diferencias.
Si por extenso todo lo pasado te hubiese de contar, antes fallecería tiempo
para decir que cosas para que te dijese. Suplícote que esfuerce tu seso lo que
enflaquece tu pasión, que según estás, más has menester sepultura que consuelo.
Si algún espacio no te das, tus huesos querrás dejar en memoria de tu fe, lo
cual no debes hacer, que para satisfacción de ti mismo más te conviene vivir
para que sufras, que morir para que no penes. Esto digo porque de tu pena te
veo gloriar. Según tu dolor, gran corona es para ti que se diga que tuviste esfuerzo
para sufrirlo. Los fuertes en las grandes fortunas muestran mayor corazón.
Ninguna diferencia entre buenos y malos habría si la bondad no fuese tentada.
Cata que con larga vida todo se alcanza; ten esperanza en tu fe, que su
propósito de Laureola se podrá mudar y tu firmeza nunca. No quiero decirte todo
lo que para tu consolación pensé, porque, según tus lágrimas, en lugar de matar
tus ansias, las enciendo. Cuanto te pareciere que yo pueda hacer, mándalo, que
no tengo menos voluntad de servir tu persona que remediar tu salud.
Responde Leriano
La disposición en que estoy ya la ves, la privación de mi sentido ya la
conoces, la turbación de mi lengua ya la notas. Y por esto no te maravilles si
en mi respuesta hubiere más lágrimas que concierto, las cuales, porque Laureola
las saca del corazón, son dulce manjar de mi voluntad. Las cosas que con ella
pasaste, pues tú, que tienes libre el juicio, no las entiendes, ¿qué haré yo,
que para otra cosa no le tengo vivo sino para alabar su hermosura? Y por llamar
bienaventurada mi fin, estas querría que fuesen las postrimeras palabras de mi
vida, porque son en su alabanza. ¿Qué mayor bien puede haber en mi mal que
quererlo ella? Si fuera tan dichoso en el galardón que merezco como en la pena
que sufro, ¿quién me pudiera igualar? Mejor me es a mí morir, pues de ello es
servida, que vivir, si por ello ha de ser enojada. Lo que más sentiré cuando
muera será saber que perecen los ojos que la vieron y el corazón que la
contempló, lo cual, según quien ella es, va fuera de toda razón. Digo esto
porque veas que sus obras, en lugar de apocar amor, acrecientan fe. Si en el
corazón cautivo las consolaciones hiciesen fruto, la que tú me has dado bastara
para esforzarme. Pero como los oídos de los tristes tienen cerraduras de
pasión, no hay por donde entren al alma las palabras de consuelo. Para que
pueda sufrir mi mal, como dices, dame tú la fuerza y yo pondré la voluntad. Las
cosas de honra que pones delante conózcolas con la razón y niégolas con ella
misma. Digo que las conozco y apruebo, si las ha de usar hombre libre de mi
pensamiento; y digo que las niego para conmigo, pues pienso, aunque busque
grave pena, que escogí honrada muerte. El trabajo que por mí has recibido y el
deseo que te he visto me obligaban a ofrecer por ti la vida todas las veces que
fuere menester. Mas, pues lo menos de ella me queda de vivir, séate
satisfacción lo que quisiera y no lo que puedo. Mucho te ruego, pues esta será
la final buena obra que tú me podrás hacer y yo recibir, que quieras llevar a
Laureola en una carta mía nuevas con que se alegre, porque de ella sepa cómo me
despido de la vida y de más darle enojo. La cual, en esfuerzo que la llevarás,
quiero comenzar en tu presencia, y las razones de ella sean estas:
Carta de Leriano a Laureola
Pues el galardón de mis afanes había de ser mi sepultura, ya soy a
tiempo de recibirlo. Morir no creas que me desplace, que aquel es de poco
juicio que aborrece lo que da libertad. Mas ¿qué haré, qué acabará conmigo la
esperanza de verte? Grave cosa para sentir. Dirás que cómo tan presto, en un
año ha o poco más que ha que soy tuyo, desfalleció mi sufrimiento: no te debes
maravillar que tu poca esperanza y mi mucha pasión podían bastar para más de
quitar la fuerza al sufrir. No pudiera pensar que a tal cosa dieras lugar si
tus obras no me lo certificaran. Siempre creí que forzara tu condición piadosa
a tu voluntad porfiada, como quiera que en esto, si mi vida recibe el daño, mi
dicha tiene la culpa. Espantado estoy cómo de ti misma no te dueles: dite la libertad,
ofrecite el corazón, no quise ser nada mío por serlo del todo tuyo, pues ¿cómo
te querrá servir ni tener amor quien supiere que tus propias cosas destruyes?
Por cierto, tú eres tu enemiga. Si no me querías remediar porque me salvara yo,
debiéraslo hacer porque no te condenaras tú. Porque en mi perdición hubiese
algún bien, deseo que te pese de ella. Mas si el pesar te había de dar pena, no
lo quiero, que pues nunca viviendo te hice servicio, no sería justo que
muriendo te causase enojo. Los que ponen los ojos en el sol, cuanto más lo
miran más se ciegan, y así, cuanto yo más contemplo tu hermosura, más ciego
tengo el sentido. Esto digo porque de los desconciertos escritos no te
maravilles. Verdad es que a tal tiempo, excusado era tal descargo, porque, según
quedo, más estoy en disposición de acabar la vida que de disculpar las razones.
Pero quisiera que lo que tú habías de ver fuera ordenado, porque no ocuparas tu
saber en cosa tan fuera de su condición. Si consientes que muera porque se
publique que pudiste matar, mal te aconsejaste, que sin experiencia mía lo
certificaba la hermosura tuya. Si lo tienes por bien porque no era merecedor de
tus mercedes, pensaba alcanzar por fe lo que por desmerecer perdiese, y con
este pensamiento osé tomar tal cuidado. Si por ventura te place por parecerte
que no se podría remediar sin tu ofensa mi cuita, nunca pensé pedirte merced
que te causase culpa. ¿Cómo había de aprovecharme el bien que a ti te viniese
mal? Solamente pedí tu respuesta por primero y postrimero galardón. Dejadas más
largas, te suplico, pues acabas la vida, que honres la muerte, porque si en el
lugar donde van las almas desesperadas hay algún bien, no pediré otro si no
sentido para sentir que honraste mis huesos, por gozar aquel poco espacio de
gloria tan grande.
El autor
Acabada el habla y carta de Leriano, satisfaciendo los ojos por las
palabras con muchas lágrimas, sin poderle hablar despedime de él, habiendo
aquella, según le vi, por la postrimera vez que lo esperaba ver. Y puesto en el
camino, puse un sobrescrito a su carta porque Laureola en seguridad de aquel la
quisiese recibir. Y llegado donde estaba, acordé de dársela, la cual creyendo
que era de otra calidad, recibió, y comenzó y acabó de leer. Y como en todo
aquel tiempo que la leía nunca partiese de su rostro mi vista, vi que cuando
acabó de leerla quedó tan enmudecida y turbada como si gran mal tuviera. Y como
su turbación de mirar la mía no le excusase, por asegurarme, hízome preguntas y
hablas fuera de todo propósito. Y para librarse de la compañía que en semejantes
tiempos es peligrosa, porque las mudanzas públicas no descubriesen los
pensamientos secretos, retrájose y así estuvo aquella noche sin hablarme nada
en el propósito. Y otro día de mañana mandome llamar y después que me dijo
cuantas razones bastaban para descargarse del consentimiento que daba en la
pena de Leriano, díjome que le tenía escrito, pareciéndole inhumanidad perder
por tan poco precio un hombre tal. Y porque con el placer de lo que le oía
estaba desatinado en lo que hablaba, no escribo la dulzura y honestidad que
hubo en su razonamiento. Quienquiera que la oyera pudiera conocer que aquel
estudio había usado poco: ya de empachada estaba encendida, ya de turbada se
tornaba amarilla. Tenía tal alteración y tan sin aliento el habla como si esperara
sentencia de muerte. En tal manera le temblaba la voz, que no podía forzar con
la discreción al miedo. Mi respuesta fue breve, porque el tiempo para alargarme
no me daba lugar, y después de besarle las manos recibí su carta, las razones
de la cual eran tales:
Carta de Laureola a Leriano
La muerte que esperabas tú de penado, merecía yo por culpada si en esto
que hago pecase mi voluntad, lo que cierto no es así, que más te escribo por
redimir tu vida que por satisfacer tu deseo. Mas, triste de mí, que este
descargo solamente aprovecha para cumplir conmigo, porque si de este pecado
fuese acusada no tengo otro testigo para salvarme sino mi intención, y por ser
parte tan principal no se tomaría en cuenta su dicho. Y con este miedo, la mano
en el papel, puse el corazón en el cielo, haciendo juez de mi fin Aquel a quien
la verdad de las cosas es manifiesta. Todas las veces que dudé en responderte
fue porque sin mi condenación no podías tú ser absuelto, como ahora parece, que
puesto que tú solo y el llevador de mi carta sepáis que escribí, ¿qué sé yo los
juicios que daréis sobre mí? Y digo que sean sanos, sola mi sospecha me
amancilla. Ruégote mucho, cuando con mi respuesta en medio de tus placeres
estés más ufano, que te acuerdes de la fama de quien los causó. Y avísote de
esto porque semejantes favores desean publicarse, teniendo más acatamiento a la
victoria de ellos que a la fama de quien los da. Cuánto mejor me estuviera ser
afeada por cruel que amancillada por piadosa. Tú lo conoces, y por remediarte
usé lo contrario. Ya tú tienes lo que deseabas y yo lo que temía. Por Dios te
pido que envuelvas mi carta en tu fe, porque si es tan cierta como confiesas,
no se te pierda ni de nadie pueda ser vista, que quien viese lo que te escribo
pensaría que te amo y creería que mis razones antes eran dichas por
disimulación de la verdad que por la verdad, lo cual es al revés, que por
cierto más las digo, como ya he dicho, con intención piadosa que con voluntad
enamorada. Por hacerte creer esto querría extenderme, y por no ponerte otra
sospecha acabo. Y para que mis obras recibiesen galardón justo había de hacer
la vida otro tanto.
El autor
Recibida la carta de Laureola acordé de partirme para Leriano, el cual
camino quise hacer acompañado, por llevar conmigo quien a él y a mí ayudase en
la gloria de mi embajada. Y por animarlos para adelante llamé los mayores
enemigos de nuestro negocio, que eran Contentamiento, Esperanza, Descanso,
Placer, Alegría y Holganza. Y porque si las guardas de la prisión de Leriano
quisiesen por llevar compañía defenderme la entrada, pensé de ir en orden de
guerra, y con tal pensamiento, hecha una batalla de toda mi compañía, seguí mi
camino. Y allegado a un alto donde se parecía la prisión, viendo los
guardadores de ella mi seña, que era verde y colorada, en lugar de defenderse,
pusiéronse en huida tan grande, que quien más huía más cerca pensaba que iba
del peligro. Y como Leriano vio a sobrehora tal rebato, no sabiendo qué cosa
fuese, púsose a una ventana de la torre, hablando verdad más con flaqueza de
espíritu que con esperanza de socorro. Y como me vio venir en batalla de tan
hermosa gente, conoció lo que era, y lo uno de la poca fuerza y lo otro de
súbito bien, perdido el sentido cayó en el suelo de dentro de la casa. Pues yo,
que no llevaba espacio, como llegué a la escalera por donde solía subir, eché a
Descanso delante, el cual dio extraña claridad a su tiniebla. Y subido a donde
estaba el ya bienaventurado, cuando le vi en manera mortal pensé que iba a buen
tiempo para llorarlo y tarde para darle remedio. Pero socorrió luego Esperanza,
que andaba allí la más diligente, y echándole un poco de agua en el rostro
tornó en su acuerdo, y por más esforzarle dile la carta de Laureola. Y entre
tanto que la leía, todos los que llevaba conmigo procuraban su salud: Alegría
le alegraba el corazón, Descanso le consolaba el alma, Esperanza le volvía el
sentido, Contentamiento le aclaraba la vista, Holganza le restituía la fuerza,
Placer le avivaba el entendimiento, y en tal manera lo trataron que cuando lo
que Laureola le escribió acabó de leer, estaba tan sano como si ninguna pasión
hubiera tenido. Y como vio que mi diligencia le dio libertad, echábame muchas
veces los brazos encima ofreciéndome a él y a todo lo suyo, y parecíale poco
precio, según lo que merecía mi servicio. De tal manera eran sus ofrecimientos
que no sabía responderle como yo debía y quien él era.
Pues después que entre él y yo grandes cosas pasaron acordó de irse a la
corte, y antes que fuese estuvo algunos días en una villa suya por rehacerse de
fuerzas y atavíos para su partida. Y como se vio en disposición de poderse
partir, púsolo en obra; y sabido en la corte como iba, todos los grandes
señores y mancebos cortesanos salieron a recibirle. Mas como aquellas
ceremonias viejas tuviese sabidas, más ufanía le daba la gloria secreta que la
honra pública, y así fue acompañado hasta palacio. Cuando besó las manos a
Laureola pasaron cosas mucho de notar, en especial para mí, que sabía lo que
entre ellos estaba: al uno le sobraba turbación, al otro le faltaba color; ni
él sabía qué decir, ni ella qué responder, que tanta fuerza tienen las pasiones
enamoradas que siempre traen el seso y discreción debajo de su bandera, lo que
allí vi por clara experiencia.
Y puesto que de las mudanzas de ellos ninguno tuviese noticia por la
poca sospecha que de su pendencia había, Persio, hijo del señor de Gavia, miró
en ellos trayendo el mismo pensamiento que Leriano traía. Y como las sospechas
celosas escudriñan las cosas secretas, tanto miró de allí adelante las hablas y
señales de él, que dio crédito a lo que sospechaba, y no solamente dio fe a lo
que veía, que no era nada, mas a lo que imaginaba, que era el todo. Y con este
malvado pensamiento, sin más deliberación ni consejo, apartó al rey en un
secreto lugar y díjole afirmadamente que Laureola y Leriano se amaban y que se
veían todas las noches después que él dormía, y que se lo hacía saber por lo
que debía a la honra y a su servicio. Turbado el rey de cosa tal, estuvo dudoso
y pensativo sin luego determinarse a responder, y después que mucho durmió
sobre ello, túvolo por verdad, creyendo, según la virtud y autoridad de Persio,
que no le diría otra cosa. Pero con todo eso, primero que deliberase, quiso
acordar lo que debía hacer, y puesta Laureola en una cárcel, mandó llamar a
Persio y díjole que acusase de traición a Leriano según sus leyes, de cuyo
mandamiento fue muy afrentado. Mas como la calidad del negocio le forzaba a
otorgarlo, respondió al rey que aceptaba su mando y que daba gracias a Dios que
le ofrecía caso para que fuesen sus manos testimonio de su bondad. Y como
semejantes actos se acostumbran en Macedonia hacer por carteles, y no en
presencia del rey, envió en uno Persio a Leriano las razones siguientes:
Cartel de Persio para Leriano
Pues procede de las virtuosas obras la loable fama, justo es que la
maldad se castigue porque la virtud se sostenga. Y con tanta diligencia debe
ser la bondad amparada que los enemigos de ella, si por voluntad no la obraren,
por miedo la usen. Digo esto, Leriano, porque la pena que recibirás de la culpa
que cometiste será castigo para que tú pagues y otros teman: que, si a tales
cosas se diese lugar, no sería menos favorecida la desvirtud en los malos, que
la nobleza en los buenos. Por cierto, mal te has aprovechado de la limpieza que
heredaste: tus mayores te mostraron hacer bondad y tú aprendiste obrar
traición. Sus huesos se levantarían contra ti si supiesen cómo ensuciaste por
tal error sus nobles obras. Pero venido eres a tiempo que recibieras por lo hecho
fin en la vida y mancilla en la fama. ¡Malaventurados aquellos como tú que no
saben escoger muerte honesta! Sin mirar el servicio de tu rey y la obligación
de tu sangre, tuviste osada desvergüenza para enamorarte de Laureola, con la
cual en su cámara, después de acostado el rey, diversas veces has hablado,
oscureciendo por seguir tu condición tu claro linaje, de cuya razón te reto por
traidor y sobre ello te entiendo matar o echar del campo, o lo que digo hacer
confesar por tu boca; donde cuanto el mundo durare seré en ejemplo de lealtad,
y atrévome a tanto confiando en tu falsía y mi verdad. Las armas escoge de la
manera que querrás y el campo yo de parte del rey lo hago seguro.
Respuesta de Leriano
Persio, mayor sería mi fortuna que tu malicia, si la culpa que me cargas
con maldad no te diese la pena que mereces por justicia. Si fueras tan discreto
como malo, por quitarte de tal peligro antes debieras saber mi intención que
sentenciar mis obras. A lo que ahora conozco de ti, más curabas de parecer
bueno que de serlo. Teniéndote por cierto amigo, todas mis cosas comunicaba
contigo, y, según parece, yo confiaba de tu virtud y tú usabas de tu condición.
Como la bondad que mostrabas concertó la amistad, así la falsedad que encubría
causó la enemiga. ¡O enemigo de ti mismo! que con razón lo puedo decir, pues
por tu testimonio dejarás la memoria con cargo y acabarás la vida con mengua.
¿Por qué pusiste la lengua en Laureola, que sola su bondad bastaba, si toda la
del mundo se perdiese, para tornarla a cobrar? Pues tú afirmas mentira clara y
yo defiendo causa justa, ella quedará libre de culpa y tu honra no de
vergüenza.
No quiero responder a tus desmesuras porque hallo por más honesto camino
vencerte con la persona que satisfacerte con las palabras. Solamente quiero
venir a lo que hace al caso, pues allí está la fuerza de nuestro debate.
Acúsasme de traidor y afirmas que entré muchas veces en su cámara de Laureola
después del rey retraído. A lo uno y a lo otro te digo que mientes, como quiera
que no niego que con voluntad enamorada la miré. Pero si fuerza de amor ordenó
el pensamiento, lealtad virtuosa causó la limpieza de él. Así que por ser de
ella favorecido y no por ál1 lo pensé. Y para más afearte te defenderé no sólo
que no entré en su cámara, mas que palabra de amores jamás le hablé. Pues
cuando la intención no peca salvo está el que se juzga, y porque la determinación
de esto ha de ser con la muerte del uno y no con las lenguas de entre ambos,
quede para el día del hecho la sentencia, la cual fío en Dios se dará por mí,
porque tú retas con malicia y yo defiendo con razón, y la verdad determina con
justicia. Las armas que a mí son de señalar sean a la brida, según nuestra
costumbre. Nosotros, armados de todas piezas, los caballos con cubiertas,
cuello y testera, lanzas iguales y sendas espadas, sin ninguna otra arma de las
usadas, con las cuales, defendiendo lo dicho, te mataré, haré desdecir o echaré
del campo sobre ello.
El autor
Como la mala fortuna, envidiosa de los bienes de Leriano, usase con él
de su natural condición, diole tal revés cuando le vio mayor en prosperidad.
Sus desdichas causaban pasión a quien las vio, y convidaban a pena a quien las
oye. Pues dejando su cuita para hablar en su reto, después que respondió al
cartel de Persio como es escrito, sabiendo el rey que estaban concertados en la
batalla, aseguró el campo. Y señalado el lugar donde hiciesen y ordenadas todas
las cosas que en tal acto se requerían según las ordenanzas de Macedonia,
puesto el rey en un cadalso, vinieron los caballeros, cada uno acompañado y
favorecido como merecía. Y guardadas en igualdad las honras de entre ambos,
entraron en el campo. Y como los fieles los dejaron solos, fuéronse el uno para
el otro, donde en la fuerza de los golpes mostraron la virtud de los ánimos; y
quebradas las lanzas en los primeros encuentros, pusieron mano a las espadas y
así se combatían que quien quiera hubiera envidia de lo que obraban y compasión
de lo que padecían.
Finalmente, por no detenerme en esto que parece cuento de historias
viejas, Leriano le cortó a Persio la mano derecha, y como la mejor parte de su
persona la viese perdida, díjole: «Persio, porque no pague tu vida por la
falsedad de tu lengua, débeste desdecir». El cual respondió: «Haz lo que has de
hacer, que aunque me falta el brazo para defender no me fallece corazón para
morir». Y oyendo Leriano tal respuesta diole tanta prisa que le puso en la
postrimera necesidad, y como ciertos caballeros, sus parientes, le viesen en
estrecho de muerte, suplicaron al rey mandase echar el bastón, que ellos le
fiaban para que de él hiciese justicia si claramente se hallase culpado, lo
cual el rey así les otorgó. Y como fuesen separados, Leriano de tan grande
agravio con mucha razón se sintió, no pudiendo pensar por qué el rey tal cosa
mandase. Pues como fueron separados sacáronlos del campo iguales en ceremonia,
aunque desiguales en fama, y así los llevaron a sus posadas, donde estuvieron
aquella noche. Y otro día de mañana, habido Leriano su consejo, acordó de ir a
palacio a suplicar y requerir al rey en presencia de toda su corte, le mandase
restituir en su honra, haciendo justicia de Persio, el cual, como era maligno
de condición y agudo de juicio, en tanto que Leriano lo que es contado
acordaba, hizo llamar tres hombres muy conformes de sus costumbres, que tenía
por muy suyos, y juramentándolos que le guardasen secreto, dio a cada uno
infinito dinero por que dijesen y jurasen al rey que vieron hablar a Leriano
con Laureola en lugares sospechosos y en tiempos deshonestos, los cuales se
profirieron a afirmarlo y jurarlo hasta perder la vida sobre ello.
No quiero decir lo que Laureola en todo esto sentía, porque la pasión no
turbe el sentido para acabar lo comenzado, porque no tengo ahora menos nuevo su
dolor que cuando estaba presente. Pues tornando a Leriano, que más de su
prisión de ella se dolía que de la victoria de él se gloriaba, como supo que el
rey era levantado fuese a palacio, y presentes los caballeros de su corte,
hízole un habla en esta manera:
Leriano al rey
Por cierto, señor, con mayor voluntad sufriera el castigo de tu justicia
que la vergüenza de tu presencia, si ayer no llevara lo mejor de la batalla,
donde si tú lo hubieras por bien, de la falsa acusación de Persio quedara del
todo libre. Que puesto que a vista de todos yo le diera el galardón que
merecía, gran ventaja va de hiciéralo a hízolo. La razón por que separarnos
mandaste no la puedo pensar, en especial tocando a ti mismo el debate, que
aunque de Laureola deseases venganza, como generoso no te faltaría piedad de
padre, como quiera que en este caso bien creo quedaste satisfecho de su
descargo. Si lo hiciste por compasión que habías de Persio, tan justo fuera que
la hubieras de mi honra como de su vida, siendo tu natural. Si por ventura lo
consentiste por verte aquejado de la suplicación de sus parientes, cuando les
otorgaste la merced debieras acordarte de los servicios que los míos te
hicieron, pues sabes con cuanta constancia de corazón, cuantos de ellos en
muchas batallas y combates perdieron por tu servicio las vidas. Nunca hueste
juntaste que la tercera parte de ellos no fuese. Suplícote que por juicio me
satisfagas la honra que por mis manos me quitaste. Cata que guardando las leyes
se conservan los naturales. No consientas que viva hombre que tan mal guarda
las preeminencias de sus pasados porque no corrompan su veneno los que con él
participaren. Por cierto, no tengo otra culpa sino ser amigo del culpado, y si
por este indicio merezco pena, dámela, aunque mi inocencia de ella me absuelva,
pues conservé su amistad creyéndole bueno y no juzgándole malo. Si le das la
vida por servirte de él, dígote que te será el más leal cizañador que puedas
hallar en el mundo. Requiérote contigo mismo, pues eres obligado a ser igual en
derecho, que en esto determines con la prudencia que tienes y sentencies con la
justicia que usas. Señor, las cosas de honra deben ser claras, y si a este
perdonas por ruegos, por ser principal en tu reino, o por lo que te placerá, no
quedaré en los juicios de las gentes por disculpado del todo, que si unos
creyeren la verdad por razón, otros la turbarán con malicia. Y digo que en tu
reino lo cierto se sepa, nunca la fama lleva lejos lo cierto. ¿Cómo sonará en
los otros lo que es pasado si queda sin castigo público? Por Dios, señor, deja
mi honra sin disputa, y de mi vida y lo mío ordena lo que quisieres.
El autor
Atento estuvo el rey a todo lo que Leriano quiso decir, y acabada su
habla respondiole que él habría su consejo sobre lo que debiese hacer, que en
cosa tal, con deliberación se había de dar la sentencia. Verdad es que la
respuesta del rey no fue tan dulce como debiera, lo cual fue porque si a
Laureola daba por libre, según lo que vio, él no lo estaba de enojo, porque
Leriano pensó de servirla, habiendo por culpado su pensamiento, aunque no lo
fuese su intención. Y así por esto como por quitar el escándalo que andaba
entre su parentela y la de Persio, mandole ir a una villa suya que estaba dos
leguas de la corte, llamada Susa, entretanto que acordaba en el caso, lo que
luego hizo con alegre corazón, teniendo ya a Laureola por disculpada, cosa que
él tanto deseaba.
Pues como del rey fue despedido, Persio, que siempre se trabajaba en
ofender su honra por condición y en defenderla por malicia, llamó los
conjurados antes que Laureola se librase, y díjoles que cada uno por su parte
se fuese al rey y le dijese como de suyo, por quitarle de dudas, que él acusó a
Leriano con verdad, de lo cual ellos eran testigos, que le vieron hablar
diversas veces con ella en soledad. Lo que ellos hicieron de la manera que él
se lo dijo, y tal forma supieron darse y así afirmaron su testimonio que
turbaron al rey, el cual, después de haber sobre ello mucho pensado, mandolos
llamar. Y como vinieron, hizo a cada uno por sí preguntas muy agudas y sutiles
para ver si los hallaría mudables o desatinados en lo que respondiesen. Y como
debieran gastar su vida en estudio de falsedad, cuanto más hablaban mejor
sabían concertar su mentira, de manera que el rey les dio entera fe, por cuya
información, teniendo a Persio por leal servidor, creía que más por su mala
fortuna que por su poca verdad había llevado lo peor de la batalla. ¡Oh Persio,
cuánto mejor te estuviera la muerte una vez que merecerla tantas!
Pues queriendo el rey que pagase la inocencia de Laureola por la
traición de los falsos testigos, acordó que fuese sentenciada por justicia; lo
cual, como viniese a noticia de Leriano, estuvo en poco de perder el seso, y
con un arrebatamiento y pasión desesperada, acordaba de ir a la corte a liberar
a Laureola y matar a Persio, o perder por ello la vida. Y viendo yo ser aquel
consejo de más peligro que esperanza, puesto con él en razón desvielo de él. Y
como estaba con la aceleración desacordado, quiso servirse de mi parecer en lo
que hubiese de liberar, el cual me plugo darle porque no dispusiese con
alteración para que se arrepintiese con pesar; y después que en mi flaco juicio
se representó lo más seguro, díjele lo que se sigue:
El autor a Leriano
Así, señor, querría ser discreto para alabar tu seso como poderoso para
remediar tu mal, porque fueses alegre como yo deseo y loado como tú mereces.
Digo esto por el sabio sufrimiento que en tal tiempo muestras, que, como viste
tu juicio embargado de pasión, conociste que sería lo que obrases, no según lo
que sabes, mas según lo que sientes. Y con este discreto conocimiento quisiste
antes errar por mi consejo simple y libre que acertar por el tuyo natural e
impedido. Mucho he pensado sobre lo que en esta tu grande fortuna se debe
hacer, y hallo, según mi pobre juicio, que lo primero que se cumple ordenar es
tu reposo, el cual te desvía el caso presente.
De mi voto el primer acuerdo que tomaste será el postrero que obres,
porque como es gran cosa la que has de emprender, así con gran pesadumbre se
debe determinar. Siempre de lo dudoso se ha de tomar lo más seguro, y si te
pones en matar a Persio y liberar a Laureola, debes antes ver si es cosa con
que podrás salir; que como es de más estima la honra de ella que la vida tuya,
si no pudieses acabarlo dejarías a ella condenada y a ti deshonrado. Cata que
los hombres obran y la ventura juzga: si a bien salen las cosas son alabadas
por buenas, y si a mal, habidas por desvariadas. Si liberas a Laureola dirase
que hiciste osadía, y si no que pensaste locura. Pues tienes espacio de aquí a
nueve días que se dará la sentencia, prueba todos los otros remedios que muestran
esperanza, y si en ellos no la hallares, dispongas lo que tienes pensado, que
en tal demanda, aunque pierdas la vida, la darás a tu fama. Pero en esto hay
una cosa que debe ser proveída primero que lo cometas y es esta: estemos ahora
en que ya has forzado la prisión y sacado de ella a Laureola. Si la traes a tu
tierra, es condenada de culpa; donde quiera que allá la dejes no la librarás de
pena. Cata aquí mayor mal que el primero. Paréceme a mí para sanear esto,
obrando tú esto otro, que se debe tener tal forma: yo llegaré de tu parte a
Galio, hermano de la reina, que en parte desea tanto la libertad de la presa
como tú mismo, y le diré lo que tienes acordado, y le suplicaré, porque sea
salva del cargo y de la vida, que esté para el día que fueres con alguna gente,
para que, si fuere tal tu ventura que la puedas sacar, en sacándola la pongas
en su poder a vista de todo el mundo, en testimonio de su bondad y tu limpieza.
Y que recibida, entretanto que el rey sabe lo uno y provee en lo otro, la ponga
en Dala, fortaleza suya, donde podrá venir el hecho a buen fin. Mas como te
tengo dicho, esto se ha de tomar por postrimero partido. Lo que antes se
conviene negociar es esto: yo iré a la corte y juntaré con el cardenal de Gausa
todos los caballeros y prelados que hay se hallaren, el cual con voluntad
alegre suplicará al rey le otorgue a Laureola la vida. Y si en esto no hallare
remedio, suplicaré a la reina que, con todas las honestas y principales mujeres
de su casa y ciudad, le pida la libertad de su hija, a cuyas lágrimas y
petición no podrá, a mi creer, negar piedad. Y si aquí no hallo esperanza, diré
a Laureola que le escriba certificándole su inocencia. Y cuando todas estas
cosas me fueren contrarias, he de proferir2 al rey que darás una persona tuya
que haga armas con los tres malvados testigos; y no aprovechando nada de esto,
probarás la fuerza, en la que por ventura hallarás la piedad que en el rey yo
buscaba. Pero antes que me parta, me parece que debes escribir a Laureola,
esforzando su miedo con seguridad de su vida, la cual enteramente le puedes
dar. Que pues se dispone en el cielo lo que se obra en la tierra, no puede ser
que Dios no reciba sus lágrimas inocentes y tus peticiones justas.
El autor
Sólo un punto no salió Leriano de mi parecer, porque le pareció aquel
propio camino para despachar su hecho más sanamente. Pero con todo eso no le
aseguraba el corazón, porque temía, según la saña del rey, mandaría dar antes
del plazo la sentencia, de lo cual no me maravillaba, porque los firmes
enamorados lo más dudoso y contrario creen más fácilmente, y lo que más desean
tienen por menos cierto. Concluyendo, él escribió para Laureola con mucha duda
que no querría recibir su carta, las razones de la cual decían así:
Carta de Leriano a Laureola
Antes pusiera las manos en mí para acabar la vida que en el papel para
comenzar a escribirte, si de tu prisión hubieran sido causa mis obras como lo
es mi mala fortuna, la cual no pudo serme tan contraria que no me puso estado
de bien morir, según lo que para salvarte tengo acordado, donde, si en tal
demanda muriere, tú serás libre de la prisión y yo de tantas desaventuras: así
que será una muerte causa de dos libertades. Suplícote no me tengas enemiga por
lo que padeces, pues, como tengo dicho, no tiene la culpa de ello lo que yo
hice, mas lo que mi dicha quiere. Puedes bien creer, por grandes que sean tus
angustias, que siento yo mayor tormento en el pensamiento de ellas que tú en
ellas mismas. Pluguiera a Dios que no te hubiera conocido, que aunque fuera
perdidoso del mayor bien de esta vida, que es haberte visto, fuera
bienaventurado en no oír ni saber lo que padeces. Tanto he usado vivir triste,
que me consuelo con las mismas tristezas por causarlas tú. Mas lo que ahora
siento ni recibe consuelo ni tiene reposo, porque no deja el corazón en ningún
sosiego. No acreciente la pena que sufres la muerte que temes, que mis manos te
salvarán de ella. Yo he buscado remedios para templar la ira del rey. Si en
ellos faltare esperanza, en mí la puedes tener, que por tu libertad haré tanto
que será mi memoria, en cuanto el mundo durare, en ejemplo de fortaleza. Y no
te parezca gran cosa lo que digo, que, sin lo que tú vales, la injusticia de tu
prisión hace justa mi osadía. ¿Quién podrá resistir mis fuerzas, pues tú las
pones? ¿Qué no osará el corazón emprender, estando tú en él? Sólo un mal hay en
tu salvación: que se compra por poco precio, según lo que mereces, aunque por
ella pierda la vida. Y no solamente esto es poco, mas lo que se puede desear
perder no es nada. Esfuerza con mi esperanza tu flaqueza, porque si te das a
los pensamientos de ella podría ser que desfallecieses, de donde dos grandes
cosas se podrían recrecer: la primera y más principal sería tu muerte; la otra,
que me quitarías a mí la mayor honra de todos los hombres, no pudiendo
salvarte. Confía en mis palabras, espera en mis promesas, no seas como las
otras mujeres, que de pequeñas causas reciben grandes temores. Si la condición
mujeril te causare miedo, tu discreción te dé fortaleza, la cual de mis
seguridades puedes recibir. Y porque lo que haré será prueba de lo que digo,
suplícote que lo creas. No te escribo tan largo como quisiera por proveer lo
que a tu vida cumple.
El autor
En tanto que Leriano escribía, ordené mi camino, y recibida su carta
partime con la mayor prisa que pude. Y llegado a la corte, trabajé que Laureola
la recibiese, y entendí primero en dársela que ninguna otra cosa hiciese, por
darle algún esfuerzo. Y como para verla me fuese negada licencia, informado de
una cámara donde dormía, vi una ventana con una reja no menos fuerte que
cerrada. Y venida la noche, doblada la carta muy sutilmente púsela en una
lanza, y con mucho trabajo echela dentro de su cámara. Y otro día en la mañana,
como disimuladamente por allí me anduviese, abierta la ventana, vila y vi que
me vio, como quiera que por la espesura de la reja no la pude bien divisar.
Finalmente ella respondió, y venida la noche, cuando sintió mis pisadas echó la
carta en el suelo, la cual recibida, sin hablarle palabra por el peligro que en
ello para ella había, acordé de irme, y sintiéndome ir dijo: «Cata aquí el
galardón que recibo de la piedad que tuve». Y porque los que la guardaban
estaban junto conmigo no le pude responder. Tanto me lastimó aquella razón que
me dijo que, si fuera buscado, por el rastro de mis lágrimas pudieran hallarme.
Lo que respondió a Leriano fue esto:
Carta de Laureola a Leriano
No sé, Leriano, qué te responda, sino que en las otras gentes se alaba
la piedad por virtud y en mí se castiga por vicio. Yo hice lo que debía según
piadosa, y tengo lo que merezco, según desdichada. No fue, por cierto, tu
fortuna ni tus obras causa de mi prisión, ni me querello de ti, ni de otra
persona en esta vida, sino de mí sola, que por liberarte de muerte me cargué de
culpa, como quiera que en esta compasión que te hube más hay pena que carga,
pues remedié como inocente y pago como culpada. Pero todavía me place más la
prisión sin yerro que la libertad con él. Y por esto, aunque pene en sufrirla,
descanso en no merecerla. Yo soy entre las que viven la que menos debiera ser
viva. Si el rey no me salva, espero la muerte; si tú me liberas, la de ti y de
los tuyos: de manera que por una parte o por otra se me ofrece dolor. Si no me
remedias, he de ser muerta; si me liberas y llevas, seré condenada. Y por esto
te ruego mucho te trabajes en salvar mi fama y no mi vida, pues lo uno se acaba
y lo otro dura. Busca, como dices que haces, quien amanse la saña del rey, que
de la manera que dices no puedo ser salva sin destrucción de mi honra. Y
dejando esto a tu consejo, que sabrás lo mejor, oye el galardón que tengo por
el bien que te hice. Las prisiones que ponen a los que han hecho muertes me
tienen puestas porque la tuya excusé. Con gruesas cadenas estoy atada, con
ásperos tormentos me lastiman, con grandes guardas me guardan, como si tuviese
fuerzas para poderme salir. Mi sufrimiento es tan delicado y mis penas tan
crueles, que sin que mi padre dé la sentencia, tomara la venganza, muriendo en
esta dura cárcel. Espantada estoy como de tan cruel padre nació hija tan
piadosa. Si le pareciera en la condición no le temiera en la justicia, puesto
que injustamente la quiera hacer. A lo que toca a Persio no te respondo porque
no ensucie mi lengua, como ha hecho mi fama. Verdad es que más querría que de
su testimonio se desdijese que no que muriese por él. Mas aunque yo digo, tú
determina, que, según tu juicio, no podrás errar en lo que acordares.
El autor
Muy dudoso estuve cuando recibí esta carta de Laureola sobre enviarla a
Leriano o esperar a llevarla yo, y en fin hallé por mejor seso no enviársela,
por dos inconvenientes que hallé: el uno era porque nuestro secreto se ponía a
peligro en fiarla de nadie; el otro, porque las lástimas de ella le pudieran
causar tal aceleración que errara sin tiempo lo que con él acertó, por donde se
pudiera todo perder. Pues volviendo al propósito primero, el día que llegué a
la corte tenté las voluntades de los principales de ella para poner en el
negocio a los que hallase conformes a mi opinión, y ninguno hallé de contrario
deseo, salvo a los parientes de Persio. Y como esto hube sabido, supliqué al
cardenal que ya dije le pluguiese hacer suplicación al rey por la vida de
Laureola, lo cual me otorgó con el mismo amor y compasión que yo se lo pedía. Y
sin más tardanza, juntó con él todos los prelados y grandes señores que allí se
hallaron, y puesto en presencia del rey, en su nombre y de todos los que iban
con él, hízole un habla en esta forma:
El cardenal al rey
No a sinrazón los soberanos príncipes pasados ordenaron consejo en lo
que hubiesen de hacer, según cuantos provechos en ello hallaron, y puesto que
fuesen diversos, por seis razones aquella ley debe ser conservada: la primera,
porque mejor aciertan los hombres en las cosas ajenas que en las suyas propias,
porque el corazón de cuyo es el caso no puede estar sin ira, codicia, afición,
deseo u otras cosas semejantes para determinar como debe. La segunda, porque
platicadas las cosas siempre quedan en lo cierto. La tercera, porque si
aciertan los que aconsejan, aunque ellos dan el voto, del aconsejado es la
gloria. La cuarta, por lo que se sigue del contrario, que si por ajeno seso se
yerra el negocio, el que pide el parecer queda sin cargo y quien se lo da no sin
culpa. La quinta, porque el buen consejo muchas veces asegura las cosas
dudosas. La sexta, porque no deja tan fácilmente caer la mala fortuna y siempre
en las adversidades pone esperanza. Por cierto, señor, turbio y ciego consejo
puede dar ninguno a sí mismo siendo ocupado de saña o pasión. Y por eso no nos
culpes si en la fuerza de tu ira te venimos a enojar, que más queremos que
airado nos reprendas porque te dimos enojo, que no que arrepentido nos condenes
porque no te dimos consejo.
Señor, las cosas obradas con deliberación y acuerdo procuran provecho y
alabanza para quien las hace, y las que con saña se hacen con arrepentimiento
se piensan. Los sabios como tú, cuando obran, primero deliberan que disponen, y
sonles presentes todas las cosas que pueden venir, así de lo que esperan
provecho como de lo que temen revés. Y si de cualquiera pasión impedidos se
hallan, no sentencian en nada hasta verse libres. Y aunque los hechos se
dilaten hanlo por bien, porque en semejantes casos la prisa es dañosa y la
tardanza segura. Y como han sabor de hacer lo justo, piensan todas las cosas, y
antes que las hagan, siguiendo la razón, establécenles ejecución honesta.
Propiedad es de los discretos probar los consejos y por ligera creencia no
disponer, y en lo que parece dudoso tener la sentencia en peso, porque no es
todo verdad lo que tiene semejanza de verdad. El pensamiento del sabio, ahora
acuerde, ahora mande, ahora ordene, nunca se parta de lo que puede acaecer, y
siempre como celoso de su fama se guarda de error; y por no caer en él tiene
memoria en lo pasado, por tomar lo mejor de ello y ordenar lo presente con
templanza y contemplar lo porvenir con cordura por tener aviso de todo.
Señor, todo esto te hemos dicho por que te acuerdes de tu prudencia y
ordenes en lo que ahora estás, no según sañudo, mas según sabedor. Así, vuelve
en tu reposo, que fuerce lo natural de tu seso al accidente de tu ira. Hemos
sabido que quieres condenar a muerte a Laureola. Si la bondad no merece ser
ajusticiada, en verdad tú eres injusto juez. No quieras turbar tu gloriosa fama
con tal juicio, que, puesto que en él hubiese derecho, antes serías, si lo
dieses, infamado por padre cruel que alabado por rey justiciero. Diste crédito
a tres malos hombres: por cierto, tanta razón había para pesquisar su vida como
para creer su testimonio. Cata que son en tu corte mal infamados, confórmanse
con toda maldad, siempre se alaban en las razones que dicen de los engaños que
hacen. Pues, ¿por qué das más fe a la información de ellos que al juicio de
Dios, el cual en las armas de Persio y Leriano se mostró claramente? No seas
verdugo de tu misma sangre, que serás entre los hombres muy afeado. No culpes
la inocencia por consejo de la saña. Y si te pareciere que, por las razones
dichas, Laureola no debe ser salva, por lo que debes a tu virtud, por lo que te
obliga tu realeza, por los servicios que te hemos hecho, te suplicamos nos
hagas merced de su vida. Y porque menos palabras de las dichas bastaban, según
tu clemencia, para hacerlo, no te queremos decir sino que pienses cuánto es
mejor que perezca tu ira que tu fama.
Respuesta del rey
Por bien aconsejado me tuviera de vosotros si no tuviese sabido ser tan
debido vengar las deshonras como perdonar las culpas. No era menester decirme
las razones por que los poderosos deben recibir consejo, porque aquellas y
otras que dejaste de decir tengo yo conocidas. Mas, bien sabéis, cuando el
corazón está embargado de pasión que están cerrados los oídos al consejo, y en
tal tiempo las fructuosas palabras, en lugar de amansar, acrecientan la saña,
porque reverdecen en la memoria la causa de ella. Pero digo que estuviese libre
de tal impedimento, yo creería que dispongo y ordeno sabiamente la muerte de
Laureola, lo cual quiero mostraros por causas justas determinadas según honra y
justicia.
Si el yerro de esta mujer quedase sin pena, no sería menos culpable que
Leriano en mi deshonra. Publicado que tal cosa perdoné, sería de los comarcanos
despreciado y de los naturales desobedecido y de todos mal estimado, y podría
ser acusado que supe mal conservar la generosidad de mis antecesores. Y a tanto
se extendería esta culpa si castigada no fuese, que podría mancillar la fama de
los pasados, la honra de los presentes y la sangre de los por venir; que sola
una mácula en el linaje cunde toda la generación. Perdonando a Laureola sería
causa de otras mayores maldades que en esfuerzo de mi perdón se harían, pues
más quiero poner miedo por cruel que dar atrevimiento por piadoso, y seré
estimado como conviene que los reyes lo sean. Según justicia, mirad cuantas
razones hay para que sea sentenciada: bien sabéis que establecen nuestras leyes
que la mujer que fuere acusada de tal pecado muera por ello. Pues ya veis
cuanto más me conviene ser llamado rey justo que perdonador culpado, que lo
sería muy conocido si en lugar de guardar la ley, la quebrase, pues a sí mismo
se condena quien al que yerra perdona. Igualmente se debe guardar el derecho, y
el corazón del juez no se ha de mover por favor, ni amor, ni codicia, ni por
ningún otro accidente. Siendo derecha, la justicia es alabada, y si es
favorable, aborrecida. Nunca se debe torcer, pues de tantos bienes es causa:
pone miedo a los malos, sostiene los buenos, pacifica las diferencias, ataja
las cuestiones, excusa las contiendas, aviene los debates, asegura los caminos,
honra los pueblos, favorece los pequeños, enfrena los mayores, es para el bien
común en gran manera muy provechosa. Pues para conservar tal bien, porque las
leyes se sostengan, justo es que en mis propias cosas la use. Si tanto la salud
de Laureola queréis y tanto su bondad alabáis, dad un testigo de su inocencia
como hay tres de su cargo, y será perdonada con razón y alabada con verdad.
Decís que debiera dar tanta fe al juicio de Dios como al testimonio de los
hombres: no os maravilléis de así no hacerlo, que veo el testimonio cierto y el
juicio no acabado, que, puesto que Leriano llevase lo mejor de la batalla,
podemos juzgar el medio y no saber el fin. No respondo a todos los
apuntamientos de vuestra habla por no hacer largo proceso y en el fin enviaros
sin esperanza. Mucho quisiera aceptar vuestro ruego por vuestro merecimiento.
Si no lo hago, habedlo por bien, que no menos debéis desear la honra del padre
que la salvación de la hija.
El autor
La desesperanza del responder del rey fue para los que la oían causa de
grave tristeza; y como yo, triste, viese que aquel remedio me era contrario,
busqué el que creía muy provechoso, que era suplicar a la reina le suplicase al
rey por la salvación de Laureola. Y yendo a ella con este acuerdo, como aquella
que tanto participaba en el dolor de la hija, topela en una sala, que venía a
hacer lo que yo quería decirle, acompañada de muchas generosas dueñas y damas,
cuya autoridad bastaba para alcanzar cualquier cosa, por injusta y grave que
fuera, cuanto más aquella, que no con menos razón el rey debiera hacerla que la
reina pedirla. La cual, puestas las rodillas en el suelo, le dijo palabras así
sabias para culparle como piadosas para amansarlo.
Decíale la moderación que conviene a los reyes, reprendíale la
perseveranza de su ira, acordábale que era padre, hablábale razones tan
discretas para notar como lastimadas para sentir, suplicábale que, si tan cruel
juicio dispusiese, se quisiese satisfacer con matar a ella, que tenía los más
días pasados, y dejase a Laureola, tan digna de la vida. Probábale que la
muerte de la salva mataría la fama del juez, el vivir de la juzgada y los
bienes de la que suplicaba. Mas tan endurecido estaba el rey en su propósito
que no pudieron para con él las razones que dijo, ni las lágrimas que derramó.
Y así se volvió a su cámara con poca fuerza para llorar y menos para vivir.
Pues viendo que menos la reina hallaba gracia en el rey, llegué a él como
desesperado, sin temer su saña, y díjele, porque su sentencia diese con
justicia clara, que Leriano daría una persona que hiciese armas con los tres
falsos testigos, o que él por sí lo haría, aunque bajase su merecer, porque
mostrase Dios lo que justamente debiese obrar. Respondiome que me dejase de
embajadas de Leriano, que en oír su nombre le crecía la pasión. Pues volviendo
a la reina, como supo que en la vida de Laureola no había remedio, fuese a la
prisión donde estaba y besándola diversas veces decíale tales palabras:
La reina a Laureola
¡Oh bondad acusada con malicia! ¡Oh virtud sentenciada con saña! ¡Oh
hija nacida para el dolor de su madre! Tú serás muerta sin justicia y de mí
llorada con razón. Más poder ha tenido tu ventura para condenarte que tu
inocencia para hacerte salva. Viviré en soledad de ti y en compañía de los
dolores que en tu lugar me dejas, los cuales, de compasión, viéndome quedar
sola, por acompañadores me diste. Tu fin acabará dos vidas, la tuya sin causa y
la mía por derecho, y lo que viviere después de ti me será mayor muerte que la
que tú recibirás, porque mucho más atormenta desearla que padecerla. Pluguiera
a Dios que fueras llamada hija de la madre que murió y no de la que te vio
morir. De las gentes serás llorada en cuanto el mundo durare. Todos los que de
ti tenían noticia habían por pequeña cosa este reino que habías de heredar,
según lo que merecías. Pudiste caber en la ira de tu padre, y dicen los que te
conocen que no cupiera en toda la tierra tu merecer. Los ciegos deseaban vista
por verte, los mudos habla por alabarte y los pobres riqueza por servirte. A
todos eras agradable y a Persio fuiste odiosa. Si algún tiempo vivo, él
recibirá de sus obras galardón justo, y aunque no me queden fuerzas para otra
cosa sino para desear morir, para vengarme de él tomarlas he prestadas de la
enemistad que le tengo, puesto que esto no me satisfaga, porque no podrá sanar
el dolor de la mancilla la ejecución de la venganza. ¡Oh hija mía!, ¿por qué,
si la honestidad es prueba de la virtud, no dio el rey más crédito a tu presencia
que al testimonio? En el habla, en las obras, en los pensamientos, siempre
mostraste corazón virtuoso. Pues ¿por qué consiente Dios que mueras? No hallo
por cierto otra causa sino que puede más la muchedumbre de mis pecados que el
merecimiento de tu justedad, y quiso que mis errores comprendiesen tu
inocencia. Pon, hija mía, el corazón en el cielo. No te duela dejar lo que se
acaba por lo que permanece. Quiere el Señor que padezcas como mártir porque
goces como bienaventurada. De mí no leves deseo, que si fuere digna de ir donde
fueres, sin tardanza te sacare de él. ¡Qué lástima tan cruel para mí que
suplicaron tantos al rey por tu vida y no pudieron todos defenderla, y podrá un
cuchillo acabarla, el cual dejará el padre culpado, la madre con dolor, la hija
sin salud y el reino sin heredera!
Deténgome tanto contigo, luz mía, y dígote palabras tan lastimeras que
te quiebren el corazón, porque deseo que mueras en mi poder de dolor por no
verte morir en el del verdugo por justicia, el cual, aunque derrame tu sangre,
no tendrá tan crueles las manos como el rey la condición. Pero, pues no se
cumple mi deseo, antes que me vaya recibe los postrimeros besos de mí, tu
piadosa madre. Y así me despido de tu vista, de tu vida y de más querer la mía.
El autor
Como la reina acabó su habla, no quiso esperar la respuesta de la
inocente por no recibir doblada mancilla, y así ella y las señoras de quien fue
acompañada, se despidieron de ella con el mayor llanto de todos los que en el
mundo son hechos. Y después que fue ida, envié a Laureola un mensajero,
suplicándole escribiese al rey, creyendo que habría más fuerza en sus piadosas
palabras que en las peticiones de quien había trabajado su libertad, lo cual
luego puso en obra con mayor turbación que esperanza. La carta decía en esta
manera:
Carta de Laureola al rey
Padre: he sabido que me sentencias a muerte y que se cumple de aquí a
tres días el término de mi vida, por donde conozco que no menos deben temer los
inocentes la ventura que los culpados la ley, pues me tiene mi fortuna en el
estrecho que me pudiera tener la culpa que no tengo, lo cual conocerías si la
saña te dejase ver la verdad. Bien sabes la virtud que las crónicas pasadas
publican de los reyes y reinas donde yo procedo; pues, ¿por qué, nacida yo de
tal sangre, creíste más la información falsa que la bondad natural? Si te place
matarme por voluntad, obra lo que por justicia no tienes, porque la muerte que
tú me dieres, aunque por causa de temor la rehúse, por razón de obedecer la
consiento, habiendo por mejor morir en tu obediencia que vivir en tu desamor.
Pero todavía te suplico que primero acuerdes que determines, porque, como Dios
es verdad, nunca hice cosa por que mereciese pena. Mas digo, señor, que la
hiciera, tan convenible te es la piedad de padre como el rigor de justo. Sin
duda yo deseo tanto mi vida por lo que a ti toca como por lo que a mí cumple,
que al cabo soy hija. Cata, señor, que quien crudeza hace su peligro busca. Más
seguro de caer estarás siendo amado por clemencia que temido por crueldad.
Quien quiere ser temido, forzado es que tema. Los reyes crueles de todos los
hombres son desamados, y estos, a las veces, buscando cómo se venguen, hallan
cómo se pierdan. Los súbditos de los tales más desean la revuelta del tiempo
que la conservación de su estado, los salvos temen su condición y los malos su
justicia. Sus mismos familiares les tratan y buscan la muerte, usando con ellos
lo que de ellos aprendieron. Dígote, señor, todo esto porque deseo que se
sustente tu honra y tu vida. Mal esperanza tendrán los tuyos en ti, viéndote
cruel contra mí; temiendo otro tanto les darás en ejemplo de cualquier osadía,
que quien no está seguro nunca asegura. ¡Oh cuánto están libres de semejantes
ocasiones los príncipes en cuyo corazón está la clemencia! Si por ellos
conviene que mueran sus naturales, con voluntad se ponen por su salvación al
peligro: vélanlos de noche, guárdanlos de día. Más esperanza tienen los
benignos y piadosos reyes en el amor de las gentes que en la fuerza de los
muros de sus fortalezas. Cuando salen a las plazas, el que más tarde los
bendice y alaba más temprano piensa que yerra. Pues mira, señor, el daño que la
crueldad causa y el provecho que la mansedumbre procura. Y si todavía te
pareciere mejor seguir antes la opinión de tu saña que el consejo propio,
malaventurada sea hija que nació para poner en condición la vida de su padre,
que por el escándalo que pondrás con tan cruel obra nadie se fiará de ti, ni tú
de nadie te debes fiar, porque con tu muerte no procure alguno su seguridad. Y
lo que más siento, sobre todo, es que darás contra mí la sentencia y harás de
tu memoria la justicia, la cual será siempre acordada más por la causa de ella
que por ella misma. Mi sangre ocupará poco lugar y tu crueza toda la tierra. Tú
serás llamado padre cruel y yo seré dicha hija inocente, que, pues Dios es
justo, él aclarará mi verdad: así quedaré libre de culpa cuando haya recibido
la pena.
El autor
Después que Laureola acabó de escribir, envió la carta al rey con uno de
aquellos que la guardaban, y tan amada era de aquel y todos los otros
guardadores, que le dieran libertad si fueran tan obligados a ser piadosos como
leales. Pues como el rey recibió la carta, después de haberla leído, mandó muy
enojadamente que al llevador de ella le tirasen delante. Lo cual yo viendo,
comencé de nuevo a maldecir mi ventura, y puesto que mi tormento fuese grande,
ocupaba el corazón de dolor, mas no la memoria de olvido para lo que hacer
convenía. Y a la hora, porque había más espacio para la pena que para el
remedio, hablé con Galio, tío de Laureola, como es contado, y díjele cómo
Leriano quería sacarla por fuerza de la prisión, para lo cual le suplicaba
mandase juntar alguna gente para que, sacada de la cárcel, la tomase en su
poder y la pusiese en salvo, porque si él consigo la llevase podría dar lugar
al testimonio de los malos hombres y a la acusación de Persio. Y como no le
fuese menos cara que a la reina la muerte de Laureola, respondiome que aceptaba
lo que decía, y como su voluntad y mi deseo fueron conformes, dio prisa en mi
partida, porque antes que el hecho se supiese se despachase, la cual puse luego
en obra. Y llegado donde Leriano estaba, dile cuenta de lo que hice y de lo
poco que acabé; y hecha mi habla, dile la carta de Laureola, y con la compasión
de las palabras de ella y con pensamiento de lo que esperaba hacer traía tantas
revueltas en el corazón, que no sabía qué responderme. Lloraba de lástima, no sosegaba
de sañudo, desconfiaba según su fortuna, esperaba según su justicia. Cuando
pensaba que sacaría a Laureola, alegrábase; cuando dudaba si lo podría hacer,
enmudecía. Finalmente, dejadas las dudas, sabida la respuesta que Galio me dio,
comenzó a proveer lo que para el negocio cumplía, y como hombre proveído, en
tanto que yo estaba en la corte juntó quinientos hombres de armas suyos sin que
pariente ni persona del mundo lo supiese. Lo cual acordó con discreta
consideración, porque si con sus deudos lo comunicara, unos, por no deservir al
rey, dijeran que era mal hecho, y otros, por asegurar su hacienda, que lo debía
dejar, y otros, por ser el caso peligroso, que no lo debía emprender. Así que
por estos inconvenientes y porque por allí pudiera saberse el hecho, quiso con
sus gentes solas acometerlo. Y no quedando sino un día para sentenciar a
Laureola, la noche antes juntó sus caballeros y díjoles cuanto eran más
obligados los buenos a temer la vergüenza que el peligro. Allí les acordó cómo
por las obras que hicieron aún vivía la fama de los pasados, rogoles que por
codicia de la gloria de buenos no curasen de la de vivos, trájoles a la memoria
el premio de bien morir, y mostroles cuanto era locura temerlo no pudiendo
excusarlo. Prometioles muchas mercedes, y después que les hizo un largo
razonamiento, díjoles para qué los había llamado, los cuales a una voz juntos
se profirieron a morir con él.
Pues conociendo Leriano la lealtad de los suyos, túvose por bien
acompañado y dispuso su partida en anocheciendo; y llegado a un valle cerca de
la ciudad, estuvo allí en celada toda la noche, donde dio forma en lo que había
de hacer. Mandó a un capitán suyo con cien hombres de armas que fuese a la
posada de Persio y que matase a él y a cuantos en defensa se le pusiesen.
Ordenó que otros dos capitanes estuviesen con cada cincuenta caballeros a pie
en dos calles principales que salían a la prisión, a los cuales mandó que
tuviesen el rostro contra la ciudad, y que a cuantos viniesen defendiesen la
entrada de la cárcel, entretanto que él, con los trecientos que le quedaban
trabajaba por sacar a Laureola. Y al que dio cargo de matar a Persio, díjole
que en despachando se fuese a juntar con él. Y creyendo que a la vuelta, si
acabase el hecho, había de salir peleando, porque al subir en los caballos no
recibiese daño, mandó aquel mismo caudillo que él, y los que con él fuesen, se
adelantasen a la celada a cabalgar, para que hiciesen rostro a los enemigos, en
tanto que él y los otros tomaban los caballos, con los cuales dejó cincuenta
hombres de pie para que los guardasen.
Y como, acordado todo esto comenzase a amanecer, en abriendo las puertas
movió con su gente, y entrados todos dentro en la ciudad, cada uno tuvo a cargo
lo que había de hacer. El capitán que fue a Persio, dando la muerte a cuantos
topaba, no paró hasta él, que se comenzaba a armar, donde muy cruelmente sus
maldades y su vida acabaron. Leriano, que fue a la prisión, acrecentando con la
saña la virtud del esfuerzo, tan duramente peleó con las guardas, que no podía
pasar adelante sino por encima de los muertos que él y los suyos derribaban. Y
como en los peligros más la bondad se acrecienta por fuerza de armas, llegó
hasta donde estaba Laureola, a la cual sacó con tanto acatamiento y ceremonia
como en tiempo seguro lo pudiera hacer, y puesta la rodilla en el suelo, besole
las manos como a hija de su rey. Estaba ella con la turbación presente tan sin
fuerza que apenas podía moverse: desmayábale el corazón, fallecíale la color,
ninguna parte de viva tenía. Pues como Leriano la sacaba de la dichosa cárcel,
que tanto bien mereció guardar, halló a Galio con una batalla de gente que la
estaba esperando, y en presencia de todos se la entregó. Y como quiera que sus
caballeros peleaban con los que al rebato venían, púsola en una hacanea que
Galio tenía aderezada, y después de besarle las manos otra vez, fue a ayudar y
favorecer su gente, volviendo siempre a ella los ojos hasta que de vista la
perdió, la cual, sin ningún contraste, llevó su tío a Dala, la fortaleza dicha.
Pues tornando a Leriano, como ya el alboroto llegó a oídos del rey,
pidió las armas, y tocadas las trompetas y atabales, armose toda la gente
cortesana y de la ciudad. Y como el tiempo le ponía necesidad para que Leriano
saliese al campo, comenzolo a hacer, esforzando los suyos con animosas
palabras, quedando siempre en la rezaga, sufriendo la multitud de los enemigos
con mucha firmeza de corazón. Y por guardar la manera honesta que requiere el
retraer, iba ordenado con menos prisa que el caso pedía, y así, perdiendo
algunos de los suyos y matando a muchos de los contrarios, llegó adonde dejó
los caballos, y guardada la orden que para aquello había dado, sin recibir
revés ni peligro cabalgaron él y todos sus caballeros, lo que por ventura no
hiciera si antes no proveyera el remedio. Puestos todos, como es dicho, a
caballo, tomó delante los peones y siguió la vía de Susa, donde había partido.
Y como se le acercaban tres batallas del rey, salido de paso apresuró algo el
andar, con tal concierto y orden que ganaba tanta honra en el retraer como en
el pelear. Iba siempre en los postreros, haciendo algunas vueltas cuando el
tiempo las pedía, por entretener los contrarios, para llevar su batalla más sin
congoja. En el fin, no habiendo sino dos leguas, como es dicho, hasta Susa,
pudo llegar sin que ninguno suyo perdiese, cosa de gran maravilla, porque con
cinco mil hombres de armas venía ya el rey envuelto con él, el cual, muy
encendido de coraje, puso a la hora cerco sobre el lugar con propósito de no
levantarse de allí hasta que de él tomase venganza. Y viendo Leriano que el rey
asentaba real, repartió su gente por estancias, según sabio guerrero: donde
estaba el muro más flaco, ponía los más recios caballeros; donde había aparejo
para dar en el real, ponía los más sueltos; donde veía más disposición para
entrarle por traición o engaño, ponía los más fieles; en todo proveía como
sabedor y en todo osaba como varón.
El rey, como aquel que pensaba llevar el hecho al fin, mandó fortalecer
el real y proveyó en las provisiones. Y ordenadas todas las cosas que a la
hueste cumplían, mandó llegar las estancias cerca de la cerca de la villa, las
cuales guarneció de muy buena gente, y pareciéndole, según le acuciaba la saña,
gran tardanza esperar a tomar a Leriano por hambre, puesto que la villa fuese
muy fuerte, acordó de combatirla, lo cual probó con tan bravo corazón que hubo
el cercado bien menester el esfuerzo y la diligencia. Andaba sobresaliente con
cien caballeros que para aquello tenía diputados: donde veía flaqueza se
forzaba, donde veía corazón alababa, donde veía mal recaudo proveía.
Concluyendo, porque me alargo, el rey mandó apartar el combate con pérdida de
mucha parte de sus caballeros, en especial de los mancebos cortesanos, que
siempre buscan el peligro por gloria. Leriano fue herido en el rostro, y no
menos perdió muchos hombres principales. Pasado así este combate, diole el rey
otros cinco en espacio de tres meses, de manera que le fallecían ya las dos
partes de su gente, cuya razón hallaba dudoso su hecho, como quiera que en el
rostro ni palabras ni obras nadie se lo conociese, porque en el corazón del
caudillo se esfuerzan los acaudillados. Finalmente, como supo que otra vez
ordenaban combatirle, por poner corazón a los que le quedaban, hízoles un habla
en esta forma:
Leriano a sus caballeros
Por cierto, caballeros, si como sois pocos en número no fueseis muchos
en fortaleza, yo tendría alguna duda en nuestro hecho, según nuestra mala
fortuna. Pero como sea más estimada la virtud que la muchedumbre, vista la
vuestra, antes temo necesidad de ventura que de caballeros, y con esta
consideración en solos vosotros tengo esperanza, pues es puesta en nuestras
manos nuestra salud, tanto por sustentación de vida como por gloria de fama nos
conviene pelear. Ahora se nos ofrece causa para dejar la bondad que heredamos a
los que nos han de heredar, que malaventurados seríamos si por flaqueza en
nosotros se acabase la heredad. Así pelead que libréis de vergüenza vuestra
sangre y mi nombre. Hoy se acaba o se confirma nuestra honra. Sepámonos
defender y no avergonzar, que mucho mayores son los galardones de las victorias
que las ocasiones de los peligros. Esta vida penosa en que vivimos no sé por
qué se deba mucho querer, que es breve en los días y larga en los trabajos, la
cual ni por temor se acrecienta ni por osar se acorta, pues cuando nacemos se
limita su tiempo, por donde es excusado el miedo y debida la osadía. No nos
pudo nuestra fortuna poner en mejor estado que en esperanza de honrada muerte o
gloriosa fama. Codicia de alabanza, avaricia de honra, acaban otros hechos
mayores que el nuestro. No temamos las grandes compañas llegadas al real, que
en las afrentas los menos pelean. A los simples espanta la multitud de los
muchos y a los sabios esfuerza la virtud de los pocos. Grandes aparejos tenemos
para osar: la bondad nos obliga, la justicia nos esfuerza, la necesidad nos
apremia. No hay cosa por que debamos temer, y hay mil para que debamos morir.
Todas las razones, caballeros leales, que os he dicho, eran excusadas para
creceros fortaleza, pues con ella nacisteis, mas quíselas hablar porque en todo
tiempo el corazón se debe ocupar en nobleza, en el hecho con las manos, en la
soledad con los pensamientos, en compañía con las palabras, como ahora hacemos,
y no menos porque recibo igual gloria con la voluntad amorosa que mostráis como
con los hechos fuertes que hacéis. Y porque me parece, según se adereza el
combate, que somos constreñidos a dejar con las obras las hablas, cada uno se
vaya a su estancia.
El autor
Con tanta constancia de ánimo fue Leriano respondido de sus caballeros,
que se llamó dichoso por hallarse digno de ellos, y porque estaba ya ordenado
el combate fuese cada uno a defender la parte que le cabía. Y poco después que
fueron llegados, tocaron en el real los atabales y trompetas, y en pequeño
espacio estaban juntos al muro cincuenta mil hombres, los cuales con mucho
vigor comenzaron el hecho, donde Leriano tuvo lugar de mostrar su virtud, y
según los de dentro defendían, creía el rey que ninguno de ellos faltaba. Duró
el combate desde mediodía hasta la noche, que los despartió. Fueron heridos y
muertos tres mil de los del real y tantos de los de Leriano que de todos los
suyos no le habían quedado sino ciento cincuenta, y en su rostro, según esforzado,
no mostraba haber perdido ninguno, y en su sentimiento, según amoroso, parecía
que todos le habían salido del ánima. Estuvo toda aquella noche enterrando los
muertos y loando los vivos, no dando menos gloria a los que enterraba que a los
que veía. Y otro día, en amaneciendo, al tiempo que se remudan las guardas,
acordó que cincuenta de los suyos diesen en una estancia que un pariente de
Persio tenía cercana al muro, porque no pensase el rey que le faltaba corazón
ni gente, lo cual se hizo con tan firme osadía que, quemada la estancia,
mataron muchos de los defendedores de ella. Y como ya Dios tuviese por bien que
la verdad de aquella pendencia se mostrase, fue preso en aquella vuelta uno de
los réprobos que condenaron a Laureola, y puesto en poder de Leriano, mandó que
todas las maneras de tormento fuesen obradas en él, hasta que dijese por qué
levantó el testimonio, el cual sin apremio ninguno confesó todo el hecho como
pasó. Y después que Leriano de la verdad se informó, enviole al rey,
suplicándole que salvase a Laureola de culpa y que mandase ajusticiar aquel y a
los otros que de tanto mal habían sido causa. Lo cual el rey, sabido lo cierto,
aceptó con alegre voluntad por la justa razón que para ello le requería. Y por
no detenerme en las prolijidades que en este caso pasaron, de los tres falsos
hombres se hizo tal la justicia como fue la maldad.
El cerco fue luego alzado, y el rey tuvo a su hija por libre y a Leriano
por disculpado, y llegado a Suria, envió por Laureola a todos los grandes de su
corte, la cual vino con igual honra de su merecimiento. Fue recibida del rey y
la reina con tanto amor y lágrimas de gozo como se derramaran de dolor. El rey
se disculpaba, la reina la besaba, todos la servían, y así se entregaban con
alegría presente de la pena pasada. A Leriano mandole el rey que no entrase por
entonces en la corte hasta que pacificase a él y a los parientes de Persio, lo
que recibió a graveza porque no podría ver a Laureola, y no pudiendo hacer otra
cosa, sintiolo en extraña manera. Y viéndose apartado de ella, dejadas las
obras de guerra, volviose a las congojas enamoradas, y deseoso de saber en lo
que Laureola estaba, rogome que le fuese a suplicar que diese alguna forma
honesta para que la pudiese ver y hablar, que tanto deseaba Leriano guardar su
honestidad que nunca pensó hablarla en parte donde sospecha en ella se pudiese
tomar, de cuya razón él era merecedor de sus mercedes.
Yo, que con placer aceptaba sus mandamientos, partime para Suria, y
llegado allá, después de besar las manos a Laureola supliquele lo que me dijo,
a lo cual me respondió que en ninguna manera lo haría, por muchas causas que me
dio para ello. Pero no contento con decírselo aquella vez, todas las que veía
se lo suplicaba. Concluyendo, respondiome al cabo que si más en aquello le
hablaba, que causaría que se desmesurase contra mí. Pues visto su enojo y
responder, fui a Leriano con grave tristeza, y cuando le dije que de nuevo se
comenzaban sus desaventuras, sin duda estuvo en condición de desesperar. Lo
cual yo viendo, por entretenerle díjele que escribiese a Laureola, acordándole
lo que hizo por ella y extrañándole su mudanza en la merced que en escribirle le
comenzó a hacer. Respondiome que había acordado bien, mas que no tenía que
acordarle lo que había hecho por ella, pues no era nada, según lo que merecía,
y también porque era de hombres bajos repetir lo hecho. Y no menos me dijo que
ninguna memoria le haría del galardón recibido, porque se defiende en la ley
enamorada escribir qué satisfacción se recibe, por el peligro que se puede
recrecer si la carta es vista. Así que, sin tocar en esto, escribió a Laureola
las siguientes razones:
Carta de Leriano a Laureola
Laureola: según tu virtuosa piedad, pues sabes mi pasión, no puedo creer
que sin alguna causa la consientas, pues no te pido cosa a tu honra fea ni a ti
grave. Si quieres mi mal, ¿por qué lo dudas? A sinrazón muero, sabiendo tú que
la pena grande así ocupa el corazón, que se puede sentir y no mostrar. Si lo
has por bien pensado que me satisfaces con la pasión que me das, porque dándola
tú, es el mayor bien que puedo esperar, justamente lo harías si la dieses a fin
de galardón. Pero, ¡desdichado yo!, que la causa tu hermosura y no hace la
merced tu voluntad. Si lo consientes, juzgándome desagradecido porque no me
contento con el bien que me hiciste en darme causa de tan ufano pensamiento, no
me culpes, que, aunque la voluntad se satisface, el sentimiento se querella. Si
te place porque nunca te hice servicio, no pude subir los servicios a la alteza
de lo que mereces. Cuando todas estas cosas y otras muchas pienso, hállome que
dejas de hacer lo que te suplico porque me puse en cosa que no pude merecer, lo
cual yo no niego, pero atrevime a ello pensando que me harías merced, no según
quien la pedía, mas según tú, que la habías de dar. Y también pensé que para
ello me ayudaran virtud, compasión y piedad, porque son aceptas a tu condición,
que cuando los que con los poderosos negocian para alcanzar su gracia, primero
ganan las voluntades de sus familiares. Y paréceme que en nada halle remedio.
Busqué ayudadores para contigo y hallelos, por cierto, leales y firmes, y todos
te suplican que me hayas merced: el alma por lo que sufre, la vida por lo que
padece, el corazón por lo que pasa, el sentido por lo que siente. Pues no
niegues galardón a tantos que con ansia te lo piden y con razón te lo merecen.
Yo soy el más sin ventura de los más desaventurados. Las aguas reverdecen la
tierra y mis lágrimas nunca tu esperanza, la cual cabe en los campos y en las
hierbas y árboles, y no puede caber en tu corazón. Desesperado habría, según lo
que siento, si alguna vez me hallase solo. Pero como siempre me acompañan el
pensamiento que me das, el deseo que me ordenas y la contemplación que me
causas, viendo que lo voy a hacer, consuélanme acordándome que me tienen
compañía de tu parte. De manera que quien causa las desesperaciones me tiene
que no desespere. Si todavía te place que muera, házmelo saber, que gran bien
harás a la vida, pues no será desdichada del todo: lo primero de ella se pasó
en inocencia y lo del conocimiento en dolor. A lo menos el fin será en
descanso, porque tú lo das, el cual, si ver no me quieres, será forzado que
veas.
El autor
Con mucha pena recibió Laureola la carta de Leriano, y por despedirse de
él honestamente respondiole de esta manera, con determinación de jamás recibir
embajada suya:
Carta de Laureola a Leriano
El pesar que tengo de tus males te sería satisfacción de ellos mismos,
si creyeses cuanto es grande, y él sólo tomarías por galardón, sin que otro
pidieses, aunque fuese poca paga, según lo que me tienes merecido, la cual yo
te daría, como debo, si la quisieses de mi hacienda y no de mi honra. No
responderé a todas las cosas de tu carta, porque en saber que te escribo me
huye la sangre del corazón y la razón del juicio. Ninguna causa de las que
dices me hace consentir tu mal, sino sola mi bondad, porque cierto no estoy
dudosa de él, porque el estrecho a que llegaste fue testigo de lo que sufriste.
Dices que nunca me hiciste servicio: lo que por mí has hecho me obliga a nunca
olvidarlo y siempre desear satisfacerlo, no según tu deseo, mas según mi
honestidad. La virtud, piedad y compasión que pensaste que te ayudarían para
conmigo, aunque son aceptas a mi condición, para en tu caso son enemigos de mi
fama, y por esto las hallaste contrarias. Cuando estaba presa salvaste mi vida
y ahora que estoy libre quieres condenarla. Pues tanto me quieres, antes
deberías querer tu pena con mi honra que tu remedio con mi culpa. No creas que
tan sanamente viven las gentes, que sabido que te hablé, juzgasen nuestras
limpias intenciones, porque tenemos tiempo tan malo que antes se afea la bondad
que se alaba la virtud. Así que es excusada tu demanda, porque ninguna
esperanza hallarás en ella, aunque la muerte que dices te viese recibir,
habiendo por mejor la crueldad honesta que la piedad culpada. Dirás, oyendo tal
desesperanza, que soy movible, porque te comencé a hacer merced en escribirte y
ahora determino de no remediarte. Bien sabes tú cuán sanamente lo hice, y
puesto que en ello hubiera otra cosa, tan convenible es la mudanza en las cosas
dañosas como la firmeza en las honestas. Mucho te ruego que te esfuerces como
fuerte y te remedies como discreto. No pongas en peligro tu vida y en disputa
mi honra, pues tanto la deseas, que se dirá, muriendo tú, que galardono los
servicios quitando las vidas; lo que, si al rey venzo de días, se dirá al
revés. Tendrás en el reino toda la parte que quisieres, creceré tu honra,
doblaré tu renta, subiré tu estado, ninguna cosa ordenarás que revocada te sea.
Así que viviendo causarás que me juzguen agradecida, y muriendo que me tengan
por mal acondicionada. Aunque por otra cosa no te esforzases sino por el
cuidado que tu pena me da, lo deberías hacer. No quiero más decirte porque no
digas que me pides esperanza y te doy consejo. Pluguiera a Dios que fuera tu
demanda justa, porque vieras que como te aconsejo en lo uno te satisficiera en
lo otro. Y así acabo para siempre de más responderte ni oírte.
El autor
Cuando Laureola hubo escrito, díjome con propósito determinado que
aquella fuese la postrimera vez que apareciese en su presencia, porque ya de
mis pláticas andaba mucha sospecha y porque en mis idas había más peligro para
ella que esperanza para mi despacho. Pues vista su determinada voluntad,
pareciéndome que de mi trabajo sacaba pena para mí y no remedio para Leriano,
despedime de ella con más lágrimas que palabras, y después de besarle las manos
salime de palacio con un nudo en la garganta, que pensé ahogarme por encubrir
la pasión que sacaba. Y salido de la ciudad, como me vi solo, tan fuertemente
comencé a llorar que de dar voces no me podía contener. Por cierto, yo tuviera
por mejor quedar muerto en Macedonia que venir vivo a Castilla, lo que deseaba
con razón, pues la mala ventura se acaba con la muerte y se acrecienta con la
vida. Nunca por todo el camino suspiros y gemidos me fallecieron, y cuando
llegué a Leriano dile la carta, y como acabó de leerla, díjele que ni se
esforzase, ni se alegrase, ni recibiese consuelo, pues tanta razón había para
que debiese morir, el cual me respondió que más que hasta allí me tenía por
suyo, porque le aconsejaba lo propio. Y con voz y color mortal comenzó a
condolerse. Ni culpaba su flaqueza, ni avergonzaba su desfallecimiento: todo lo
que podía acabar su vida alababa, mostrábase amigo de los dolores, recreaba con
los tormentos, amaba las tristezas: aquellos llamaba sus bienes por ser
mensajeros de Laureola. Y por que fuesen tratados según de cuya parte venían, aposentolos
en el corazón, festejolos con el sentimiento, convidolos con la memoria,
rogábales que acabasen presto lo que venían a hacer, por que Laureola fuese
servida. Y desconfiado ya de ningún bien ni esperanza, aquejado de mortales
males, no pudiendo sostenerse ni sufrirse, hubo de venir a la cama, donde ni
quiso comer ni beber, ni ayudarse de cosa de las que sustentan la vida,
llamándose siempre bienaventurado porque era venido a sazón de hacer servicio a
Laureola quitándola de enojos.
Pues como por la corte y todo el reino se publicase que Leriano se
dejaba morir, íbanle a ver todos sus amigos y parientes, y para desviarle su
propósito decíanle todas las cosas en que pensaban provecho. Y como aquella
enfermedad se había de curar con sabias razones, cada uno aguzaba el seso lo
mejor que podía. Y como un caballero llamado Tefeo fuese grande amigo de
Leriano, viendo que su mal era de enamorada pasión, puesto que quién la causaba
él ni nadie lo sabía, díjole infinitos males de las mujeres, y para favorecer
su habla trajo todas las razones que en difamación de ellas pudo pensar,
creyendo por allí restituírle la vida. Lo cual oyendo Leriano, acordándose que
era mujer Laureola, afeó mucho a Tefeo porque en tal cosa hablaba. Y puesto que
su disposición no le consintiese mucho hablar, esforzando la lengua con la
pasión de la saña, comenzó a contradecirle en esta manera:
Leriano contra Tefeo y todos los que dicen mal de mujeres
Tefeo: para que recibieras la pena que merece tu culpa, hombre que te
tuviera menos amor te había de contradecir, que las razones mías más te serán
en ejemplo para que calles que castigo para que penes. En lo cual sigo la
condición de verdadera amistad, porque pudiera ser, si yo no te mostrara por
vivas causas tu cargo, que en cualquiera plaza te deslenguaras, como aquí has
hecho. Así que te será más provechoso enmendarte por mi contradicción que
avergonzarte por tu perseveranza. El fin de tu habla fue según amigo, que bien
noté que la dijiste porque aborreciese la que me tiene cual ves, diciendo mal
de todas mujeres, y como quiera que tu intención no fue por remediarme, por la
vía que me causaste remedio, tú por cierto me lo has dado, porque tanto me lastimaste
con tus feas palabras, por ser mujer quien me pena, que de pasión de haberte
oído viviré menos de lo que creía. En lo cual señalado bien recibí, que pena
tan lastimada mejor es acabarla presto que sostenerla más. Así que me trajiste
alivio para el padecer y dulce descanso para el acabar, porque las postrimeras
palabras mías sean en alabanza de las mujeres, porque crea mi fe la que tuvo
merecer para causarla y no voluntad para satisfacerla. Y dando comienzo a la
intención tomada, quiero mostrar quince causas por que yerran los que en esta
nación ponen lengua, y veinte razones por que les somos los hombres obligados,
y diversos ejemplos de su bondad.
Y cuanto a lo primero, que es proceder por las causas que hacen yerro
los que mal las tratan, fundo la primera por tal razón: todas las cosas hechas
por la mano de Dios son buenas necesariamente, que según el obrador han de ser
las obras: pues siendo las mujeres sus criaturas, no solamente a ellas ofende
quien las afea, mas blasfema de las obras del mismo Dios.
La segunda causa es porque delante de él y de los hombres no hay pecado
más abominable ni más grave de perdonar que el desconocimiento, ¿pues cuál lo
puede ser mayor que desconocer el bien que por Nuestra Señora nos vino y nos
viene? Ella nos libró de pena y nos hizo merecer la gloria, ella nos salva,
ella nos sostiene, ella nos defiende, ella nos guía, ella nos alumbra: por
ella, que fue mujer, merecen todas las otras corona de alabanza.
La tercera es porque a todo hombre es defendido según virtud, mostrarse
fuerte contra lo flaco, que si por ventura los que con ellas se deslenguan
pensasen recibir contradicción de manos, podría ser que tuviesen menos libertad
en la lengua.
La cuarta es porque no puede ninguno decir mal de ellas sin que a sí
mismo se deshonre, porque fue criado y traído en entrañas de mujer y es de su
misma sustancia, y después de esto por el acatamiento y reverencia que a las
madres deben los hijos.
La quinta es por la desobediencia de Dios, que dijo por su boca que el
padre y la madre fuesen honrados y acatados, de cuya causa los que en las otras
tocan merecen pena.
La sexta es porque todo noble es obligado a ocuparse en actos virtuosos,
así en los hechos como en las hablas, pues si las palabras torpes ensucian la
limpieza, muy a peligro de infamia tienen la honra de los que en tales pláticas
gastan su vida.
La séptima es porque cuando se estableció la caballería, entre las otras
cosas que era tenido a guardar el que se armaba caballero era una que a las
mujeres guardase toda reverencia y honestidad, por donde se conoce que quiebra
la ley de nobleza quien usa el contrario de ella.
La octava es por quitar de peligro la honra: los antiguos nobles tanto
adelgazaban las cosas de bondad y en tanto la tenían que no habían mayor miedo
de cosa que de memoria culpada: lo que no me parece que guardan los que
anteponen la fealdad de la virtud, poniendo mácula con su lengua en su fama,
que cualquiera se juzga lo que es en lo que habla.
La novena y muy principal es por la condenación del alma: todas las
cosas tomadas se pueden satisfacer, y la fama robada tiene dudosa la
satisfacción, lo que más cumplidamente determina nuestra fe.
La decena es por excusar enemistad: los que en ofensa de las mujeres
despenden el tiempo, hácense enemigos de ellas y no menos de los virtuosos, que
como la virtud y la desmesura diferencian en propiedad, no pueden estar sin
enemiga.
La oncena es por los daños que de tal acto malicioso se recrecía, que
como las palabras tienen licencia de llegar a los oídos rudos tan bien como a
los discretos, oyendo los que poco alcanzan las fealdades dichas de las
mujeres, arrepentidos de haberse casado, danles mala vida o vanse de ellas, o
por ventura las matan.
La docena es por las murmuraciones que mucho se deben temer, siendo un
hombre infamado por difamador en las plazas, en las casas y en los campos, y
dondequiera es retratado su vicio.
La trecena es por razón del peligro, que cuando los maldicientes que son
habidos por tales, tan odiosos son a todos, que cualquiera les es más
contrario, y algunas por satisfacer a sus amigas, puesto que ellas no lo pidan
ni lo quieran, ponen las manos en los que en todas ponen la lengua.
La catorcena es por la hermosura que tienen, la cual es de tanta
excelencia que, aunque cupiesen en ellas todas las cosas que los deslenguados
les ponen, más hay en una que loar con verdad que no en todas que afear con
malicia.
La quincena es por las grandes cosas de que han sido causa: de ellas
nacieron hombres virtuosos que hicieron hazañas de digna alabanza; de ellas
procedieron sabios que alcanzaron a conocer qué cosa era Dios, en cuya fe somos
salvos; de ellas vinieron los inventivos que hicieron ciudades, fuerzas y
edificios de perpetua excelencia; por ellas hubo tan sutiles varones que
buscaron todas las cosas necesarias para sustentación del linaje humanal.
Da Leriano veinte razones por qué los hombres son obligados a las
mujeres
Tefeo: pues has oído las causas por que sois culpados tú y todos los que
opinión tan errada seguís, dejada toda prolijidad, oye veinte razones por donde
me proferí a probar que los hombres a las mujeres somos obligados. De las
cuales la primera es porque a los simples y rudos disponen para alcanzar la
virtud de la prudencia, y no solamente a los torpes hacen discretos, mas a los
mismos discretos más sutiles, porque si de la enamorada pasión se cautivan,
tanto estudian su libertad, que avivando con el dolor el saber, dicen razones
tan dulces y tan concertadas que alguna vez de compasión que les han se libran
de ella. Y los simples, de su natural inocentes, cuando en amar se ponen entran
con rudeza y hallan el estudio del sentimiento tan agudo que diversas veces
salen sabios, de manera que suplen las mujeres lo que naturaleza en ellos
faltó.
La segunda razón es porque de la virtud de la justicia tan bien nos
hacen suficientes que los penados de amor, aunque desigual tormento reciben,
hanlo por descanso, justificándose porque justamente padecen. Y no por sola
esta causa nos hacen gozar de esta virtud, mas por otra tan natural: los firmes
enamorados, para abonarse con las que sirven, buscan todas las formas que
pueden, de cuyo deseo viven justificadamente sin exceder en cosa de toda
igualdad por no infamarse de malas costumbres.
La tercera, porque de la templanza nos hacen dignos, que por no serles
aborrecibles, para venir a ser desamados, somos templados en el comer, en el
beber y en todas las otras cosas que andan con esta virtud. Somos templados en
el habla, somos templados en la mesura, somos templados en las obras, sin que
un punto salgamos de la honestidad.
La cuarta es porque al que fallece fortaleza se la dan, y al que la
tiene se la acrecientan: hácennos fuertes para sufrir, causan osadía para
cometer, ponen corazón para esperar. Cuando a los amantes se les ofrece peligro
se les apareja la gloria, tienen las afrentas por vicio, estiman más la
alabanza de la amiga que el precio del largo vivir. Por ellas se comienzan y
acaban hechos muy hazañosos, ponen la fortaleza en el estado que merece. Si les
somos obligados, aquí se puede juzgar.
La quinta razón es porque no menos nos dotan de las virtudes teologales
que de las cardinales dichas. Y tratando de la primera, que es la fe, aunque
algunos en ella dudasen, siendo puestos en pensamiento enamorado creerían en
Dios y alabarían su poder, porque pudo hacer a aquella que de tanta excelencia
y hermosura les parece. Junto con esto los amadores tanto acostumbran y
sostienen la fe, que de usarla en el corazón conocen y creen con más firmeza la
de Dios. Y porque no sea sabido de quien los pena que son malos cristianos, que
es una mala señal en el hombre, son tan devotos católicos, que ningún apóstol
les hizo ventaja.
La sexta razón es porque nos crían en el alma la virtud de la esperanza,
que puesto que los sujetos a esta ley de amores mucho penen, siempre esperan:
esperan en su fe, esperan en su firmeza, esperan en la piedad de quien los
pena, esperan en la condición de quien los destruye, esperan en la ventura.
Pues quien tiene esperanza donde recibe pasión, ¿cómo no la tendrá en Dios, que
le promete descanso? Sin duda haciéndonos mal nos aparejan el camino del bien,
como por experiencia de lo dicho parece.
La séptima razón es porque nos hacen merecer la caridad, la propiedad de
la cual es amor: esta tenemos en la voluntad, esta ponemos en el pensamiento,
esta traemos en la memoria, esta firmamos en el corazón… Y como quiera que los
que amamos la usemos por el provecho de nuestro fin, de él nos redunda que con
viva contrición la tengamos para con Dios, porque trayéndonos amor a estrecho
de muerte, hacemos limosnas, mandamos decir misas, ocupámosnos en caritativas
obras porque nos libre de nuestros crueles pensamientos. Y como ellas de su
natural son devotas, participando con ellas es forzado que hagamos las obras
que hacen.
La octava razón, porque nos hacen contemplativos, que tanto nos damos a
la contemplación de la hermosura y gracias de quien amamos, y tanto pensamos en
nuestras pasiones, que cuando queremos contemplar la de Dios, tan tiernos y
quebrantados tenemos los corazones que sus llagas y tormentos parece que
recibimos en nosotros mismos, por donde se conoce que también por aquí nos
ayudan para alcanzar la perdurable holganza.
La novena razón es porque nos hacen contritos, que como siendo penados
pedimos con lágrimas y suspiros nuestro remedio, acostumbrados en aquello,
yendo a confesar nuestras culpas, así gemimos y lloramos que el perdón de ellas
merecemos.
La decena es por el buen consejo que siempre nos dan, que a las veces
acaece hallar en su presto acordar lo que nosotros cumple largo estudio y
diligencia buscamos. Son sus consejos pacíficos sin ningún escándalo: quitan
muchas muertes, conservan las paces, refrenan la ira y aplacan la saña. Siempre
es muy sano su parecer.
La oncena es porque nos hacen honrados: con ellas se alcanzan grandes
casamientos con muchas haciendas y rentas. Y porque alguno podría responderme
que la honra está en la virtud y no en la riqueza, digo que tan bien causan lo
uno como lo otro. Pónennos presunciones tan virtuosas que sacamos de ellas las
grandes honras y alabanzas que deseamos, por ellas estimamos más la vergüenza
que la vida, por ellas estudiamos todas las obras de nobleza, por ellas las
ponemos en la cumbre que merecen.
La docena razón es porque apartándonos de la avaricia nos juntan con la
libertad, de cuya obra ganamos las voluntades de todos, que como largamente nos
hacen depender lo que tenemos, somos alabados y tenidos en mucho amor, y en
cualquier necesidad que nos sobrevenga recibimos ayuda y servicio. Y no sólo
nos aprovechan en hacernos usar la franqueza como debemos, mas ponen lo nuestro
en mucho recaudo, porque no hay lugar donde la hacienda esté más segura que en
la voluntad de las gentes.
La trecena es porque acrecientan y guardan nuestros haberes y rentas,
las cuales alcanzan los hombres por ventura y consérvanlas ellas con
diligencia.
La catorcena es por la limpieza que nos procuran, así en la persona como
en el vestir, como en el comer, como en todas las cosas que tratamos.
La quincena es por la buena crianza que nos ponen, una de las
principales cosas de que los hombres tienen necesidad. Siendo bien criados
usamos la cortesía y esquivamos la pesadumbre, sabemos honrar los pequeños,
sabemos tratar los mayores. Y no solamente nos hacen bien criados, mas bien
quistos, porque como tratamos a cada uno como merece, cada uno nos da lo que
merecemos.
La razón dieciséis es porque nos hacen ser galanes: por ellas nos
desvelamos en el vestir, por ellas estudiamos en el traer, por ellas nos
ataviamos de manera que ponemos por industria en nuestras personas la buena
disposición que naturaleza algunos negó. Por artificio se enderezan los
cuerpos, puliendo las ropas con agudeza, y por el mismo se pone cabello donde
fallece, y se adelgazan o engordan las piernas si conviene hacerlo. Por las
mujeres se inventan los galanes entretales, las discretas bordaduras, las
nuevas invenciones. De grandes bienes por cierto son causa.
La diecisiete razón es porque nos conciertan la música y nos hacen gozar
de las dulcedumbres de ella: ¿por quién se sueñan las dulces canciones?, ¿por
quién se cantan los lindos romances?, ¿por quién se acuerdan las voces?, ¿por
quién se adelgazan y sutilizan todas las cosas que en el canto consisten?
La dieciochena, es porque crecen las fuerzas a los braceros, la maña a
los luchadores, y la ligereza a los que voltean, corren, saltan y hacen otras
cosas semejantes.
La diecinueve razón es porque afinan las gracias: los que, como es
dicho, tañen y cantan por ellas, se desvelan tanto, que suben a lo más perfecto
que en aquella gracia se alcanzan. Los trovadores ponen por ellas tanto estudio
en lo que trovan, que lo bien dicho hacen parecer mejor, y en tanta manera se
adelgazan, que propiamente lo que sienten en el corazón ponen por nuevo y galán
estilo en la canción, invención o copla que quieren hacer.
La veintena y postrimera razón es porque somos hijos de mujeres, de cuyo
respeto les somos más obligados que por ninguna razón de las dichas ni de
cuantas se puedan decir.
Diversas razones había para mostrar lo mucho que a esta nación somos los
hombres en cargo, pero la disposición mía no me da lugar a que todas las diga.
Por ellas se ordenaron las reales justas, los pomposos torneos y las alegres
fiestas; por ellas aprovechan las gracias y se acaban, y comienzan todas las
cosas de gentileza. No sé causa por que de nosotros deban ser afeadas. ¡Oh
culpa merecedora de grave castigo, que porque algunas hayan piedad de los que
por ellas penan, les dan tal galardón! ¿A qué mujer de este mundo no harán
compasión las lágrimas que vertemos, las lástimas que decimos, los suspiros que
damos?, ¿cuál no creerá las razones juradas?, ¿cuál no creerá la fe
certificada?, ¿a cuál no moverán las dádivas grandes?, ¿en cuál corazón no
harán fruto las alabanzas debidas?, ¿en cuál voluntad no hará mudanza la
firmeza cierta?, ¿cuál se podrá defender del continuo seguir? Por cierto, según
las armas con que son combatidas, aunque las menos se defendiesen, no era cosa
de maravillar, y antes deberían ser las que no pueden defenderse alabadas por
piadosas que retraídas por culpadas.
Prueba por ejemplos la bondad de las mujeres
Para que las loadas virtudes de esta nación fueran tratadas según
merecen hubiese de poner mi deseo en otra plática, porque no turbase mi lengua
ruda su bondad clara, como quiera que ni loor pueda crecerla ni malicia
apocarla, según su propiedad. Si hubiese de hacer memoria de las castas y
vírgenes pasadas y presentes, convenía que fuese por divina revelación, porque
son y han sido tantas que no se pueden con el seso humano comprender. Pero diré
de algunas que he leído, así cristianas como gentiles y judías, por
ejemplificar con las pocas la virtud de las muchas. En las autorizadas por
santas por tres razones no quiero hablar. La primera, porque lo que a todos es
manifiesto parece simpleza repetirlo. La segunda, porque la Iglesia les da
debida y universal alabanza. La tercera, por no poner en tan malas palabras tan
excelente bondad, en especial la de Nuestra Señora, que cuantos doctores,
devotos y contemplativos en ella hablaron no pudieron llegar al estado que
merecía la menor de sus excelencias. Así que me bajo a lo llano donde más
libremente me puedo mover.
De las castas gentiles comenzaré en Lucrecia, corona de la nación
romana, la cual fue mujer de Colatino, y siendo forzada de Tarquino hizo llamar
a su marido, y venido donde ella estaba, díjole: «Sabrás, Colatino, que pisadas
de hombre ajeno ensuciaron tu lecho, donde, aunque el cuerpo fue forzado, quedó
el corazón inocente, porque soy libre de la culpa; mas no me absuelvo de la
pena, porque ninguna dueña por ejemplo mío pueda ser vista errada». Y acabando
estas palabras acabó con un cuchillo su vida.
Porcia fue hija del noble Catón y mujer de Bruto, varón virtuoso, la
cual sabiendo la muerte de él, aquejada de grave dolor, acabó sus días comiendo
brasas por hacer sacrificio de sí misma.
Penélope fue mujer de Ulises, e ido él a la guerra troyana, siendo los
mancebos de Ítaca aquejados de su hermosura, pidiéronla muchos de ellos en
casamiento; y deseosa de guardar castidad a su marido, para defenderse de ellos
dijo que la dejasen cumplir una tela, como acostumbraban las señoras de aquel
tiempo esperando a sus maridos, y que luego haría lo que le pedían. Y como le
fuese otorgado, con astucia sutil lo que tejía de día deshacía de noche, en
cuya labor pasaron veinte años, después de los cuales venido Ulises, viejo,
solo, destruido, así lo recibió la casta dueña como si viniera en fortuna de
prosperidad.
Julia, hija del César, primer emperador en el mundo, siendo mujer de
Pompeo, en tanta manera lo amaba, que trayendo un día sus vestiduras
sangrientas, creyendo ser muerto, caída en tierra súbitamente murió.
Artemisa, entre los mortales tan alabada, como fuese casada con Manzol,
rey de Icaria, con tanta firmeza le amó que después de muerto le dio sepultura
en sus pechos, quemando sus huesos en ellos, la ceniza de los cuales poco a
poco se bebió, y después de acabados los oficios que en el acto se requerían,
creyendo que se iba para él matose con sus manos.
Argia fue hija del rey Adrastro y casó con Pollinices, hijo de Edipo,
rey de Tebas. Y como Pollinices en una batalla a manos de su hermano muriese,
sabido de ella, salió de Tebas sin temer la impiedad de sus enemigos ni la
braveza de las fieras bestias, ni la ley del emperador, la cual vedaba que
ningún cuerpo muerto se levantase del campo. Fue por su marido en las tinieblas
de la noche, y hallándolo ya entre otros muchos cuerpos llevolo a la ciudad, y
haciéndole quemar, según su costumbre, con amargas lágrimas hizo poner sus
cenizas en una arca de oro, prometiendo su vida a perpetua castidad.
Hipo la greciana, navegando por la mar, quiso su mala fortuna que
tomasen su navío los enemigos, los cuales, queriendo tomar de ella más parte
que les daba, conservando su castidad hízose a la una parte del navío, y dejada
caer en las ondas pudieron ahogar a ella, mas no la fama de su hazaña loable.
No menos digna de loor fue su mujer de Admeto, rey de Tesalia, que
sabiendo que era profetizado por el dios Apolo que su marido recibiría muerte
si no hubiese quien voluntariamente la tomase por él, con alegre voluntad,
porque el rey viviese, dispuso de matarse.
De las judías, Sara, mujer del padre Abraham, como fuese presa en poder
del rey Faraón, defendiendo su castidad con las armas de la oración, rogó a
Nuestro Señor la librase de sus manos, el cual, como quisiese acometer con ella
toda maldad, oída en el cielo su petición, enfermó el rey. Y conocido que por
su mal pensamiento adolecía, sin ninguna mancilla la mandó liberar.
Débora, dotada de tantas virtudes, mereció haber espíritu de profecía y
no solamente mostró su bondad en las artes mujeriles, mas en las feroces
batallas, peleando contra los enemigos con virtuoso ánimo. Y tanta fue su
excelencia que juzgó cuarenta años al pueblo judaico.
Ester, siendo llevada a la cautividad de Babilonia, por su virtuosa
hermosura fue tomada para mujer de Asuero, rey que señoreaba a la sazón ciento
veintisiete provincias, la cual por sus méritos y oración libró los judíos de
la cautividad que tenían.
Su madre de Sansón, deseando haber hijo, mereció por su virtud que el
ángel le revelase su nacimiento de Sansón.
Elisabel, mujer de Zacarías, como fuese verdadera sierva de Dios, por su
merecimiento hubo hijo santificado antes que naciese, el cual fue san Juan.
De las antiguas cristianas, más podría traer que escribir, pero por la
brevedad alegaré algunas modernas de la castellana nación.
Doña María Cornel, en quien se comenzó el linaje de los Corneles, porque
su castidad fuese loada y su bondad no oscurecida, quiso matarse con fuego,
habiendo menos miedo a la muerte que a la culpa.
Doña Isabel, madre que fue del maestre de Calatrava don Rodrigo Téllez
Girón y de los dos condes de Hurueña, don Alonso y don Juan, siendo viuda
enfermó de una grave dolencia, y como los médicos procurasen su salud, conocida
su enfermedad hallaron que no podía vivir si no casase; lo cual, como de sus
hijos fuese sabido, deseosos de su vida, dijéronle que en todo caso recibiese
marido, a lo cual ella respondió: «Nunca plega a Dios que tal cosa yo haga, que
mejor me es a mí muriendo ser dicha madre de tales hijos que viviendo mujer de
otro marido». Y con esta casta consideración así se dio al ayuno y disciplina,
que cuando murió fueron vistos misterios de su salvación.
Doña Mari García, la Beata, siendo nacida en Toledo del mayor linaje de
toda la ciudad, no quiso en su vida casar, guardando en ochenta años que vivió
la virginal virtud, en cuya muerte fueron conocidos y averiguados grandes
milagros, de los cuales en Toledo hay ahora y habrá para siempre perpetuo
recuerdo.
Oh, pues de las vírgenes gentiles que podría decir. Eritrea, sibila
nacida en Babilonia, por su mérito profetizó por revelación divina muchas cosas
advenideras, conservando limpia virginidad hasta que murió. Palas o Minerva,
vista primeramente cerca de la laguna de Tritonio, nueva inventora de muchos
oficios de los mujeriles y aun de algunos de los hombres, virgen vivió y acabó.
Atalante, la que primero hirió el puerco de Calidón, en la virginidad y nobleza
le pareció. Camila, hija de Matabo, rey de los bolsques, no menos que las
dichas sostuvo entera virginidad. Claudia vestal, Cloelia, romana, aquella
misma ley hasta la muerte guardaron. Por cierto, si el alargar no fuese
enojoso, no me fallecerían de aquí a mil años virtuosos ejemplos que pudiese
decir.
En verdad, Tefeo, según lo que has oído, tú y los que blasfemáis de todo
linaje de mujeres sois dignos de castigo justo, el cual no esperando que nadie
os lo dé, vosotros mismos lo tomáis, pues usando la malicia condenáis la
vergüenza.
Vuelve el autor a la historia
Mucho fueron maravillados los que se hallaron presentes oyendo el
concierto que Leriano tuvo en su habla, por estar tan cercano a la muerte, en
cuya sazón las menos veces se halla sentido, el cual, cuando acabó de hablar,
tenía ya turbada la lengua y la vista casi perdida. Ya los suyos, no pudiéndose
contener, daban voces; ya sus amigos comenzaban a llorar; ya sus vasallos y
vasallas gritaban por las calles; ya todas las cosas alegres eran vueltas en
dolor. Y como su madre, siendo ausente, siempre le fuese el mal de Leriano
negado, dando más crédito a lo que temía que a lo que le decían, con ansia de
amor maternal, partida de donde estaba, llegó a Susa en esta triste coyuntura.
Y entrada por la puerta todos cuantos la veían le daban nuevas de su dolor, más
con voces lastimeras que con razones ordenadas, la cual, oyendo que Leriano
estaba en la agonía mortal, falleciéndole la fuerza, sin ningún sentido cayó en
el suelo, y tanto estuvo sin acuerdo que todos pensaban que a la madre y al
hijo enterrarían a un tiempo. Pero ya que con grandes remedios le restituyeron
el conocimiento, fuese al hijo, y después que con traspasamiento de muerte, con
muchedumbre de lágrimas le vivió el rostro, comenzó en esta manera a decir:
Llanto de su madre de Leriano
¡Oh alegre descanso de mi vejez, oh dulce hartura de mi voluntad! Hoy
dejas de decirte hijo, y yo de más llamarme madre, de lo cual tenía temerosa
sospecha por las nuevas señales que en mí vi de pocos días a esta parte.
Acaecíame muchas veces, cuando más la fuerza del sueño me vencía, recordar con
un temblor súbito que hasta la mañana me duraba. Otras veces, cuando en mi
oratorio me hallaba rezando por tu salud, desfallecido el corazón, me cubría de
un sudor frío, en manera que desde a gran pieza tornaba en acuerdo. Hasta los
animales me certificaban tu mal. Saliendo un día de mi cámara vínose un can
para mí y dio tan grandes aullidos, que así me corté el cuerpo y el habla que
de aquel lugar no podía moverme. Y con estas cosas daba más crédito a mi
sospecha que a tus mensajeros, y por satisfacerme acordé de venir a verte,
donde hallo cierta la fe que di a los agüeros. ¡Oh lumbre de mi vista, oh
ceguedad de ella misma, que te veo morir y no veo la razón de tu muerte. Tú en
edad para vivir, tú temeroso de Dios, tú amador de la virtud, tú enemigo del
vicio, tú amigo de los amigos, tú amado de los tuyos! Por cierto, hoy quita la
fuerza de tu fortuna los derechos a la razón, pues mueres sin tiempo y sin
dolencia. Bienaventurados los bajos de condición y rudos de ingenio, que no
pueden sentir las cosas sino en el grado que las entienden, y malaventurados
los que con sutil juicio las trascienden, los cuales con el entendimiento agudo
tienen el sentimiento delgado. Pluguiera a Dios que fueras tú de los torpes en
el sentir, que mejor me estuviera ser llamada con tu vida madre del rudo que no
a ti por tu fin hijo que fue de la sola. ¡Oh muerte, cruel enemiga, que ni
perdonas los culpados ni absuelves los inocentes! Tan traidora eres, que nadie
para contigo tiene defensa. Amenazas para la vejez y llevas en la mocedad. A
unos matas por malicia y a otros por envidia. Aunque tardas, nunca olvidas. Sin
ley y sin orden te riges. Más razón había para que conservases los veinte años
del hijo mozo que para que dejases los sesenta de la vieja madre. ¿Por qué
volviste el derecho al revés? Yo estaba harta de ser viva y él en edad de
vivir. Perdóname porque así te trato, que no eres mala del todo, porque si con
tus obras causas los dolores, con ellas mismas los consuelas llevando a quien
dejas con quien llevas, lo que si conmigo haces, mucho te seré obligada. En la
muerte de Leriano no hay esperanza, y mi tormento con la mía recibirá consuelo.
¡Oh hijo mío! ¿qué será de mi vejez, contemplando en el fin de tu juventud? Si
yo vivo mucho, será porque podrán más mis pecados que la razón que tengo para
no vivir. ¿Con qué puedo recibir pena más cruel que con larga vida? Tan
poderoso fue tu mal que no tuviste para con él ningún remedio, ni te valió la
fuerza del cuerpo, ni la virtud del corazón, ni el esfuerzo del ánimo. Todas
las cosas de que te podías valer te fallecieron. Si por precio de amor tu vida
se pudiera comprar, más poder tuviera mi deseo que fuerza la muerte. Mas para
librarte de ella, ni tu fortuna quiso, ni yo, triste, pude. Con dolor será mi
vivir, mi comer, mi pensar y mi dormir, hasta que su fuerza y mi deseo me
lleven a tu sepultura.
El autor
El lloro que hacía su madre de Leriano crecía la pena a todos los que en
ella participaban. Y como él siempre se acordase de Laureola, de lo que allí
pasaba tenía poca memoria. Y viendo que le quedaba poco espacio para gozar de
ver las dos cartas que de ella tenía, no sabía qué forma se diese con ellas.
Cuando pensaba rasgarlas, parecíale que ofendería a Laureola en dejar perder
razones de tanto precio; cuando pensaba ponerlas en poder de alguien suyo,
temía que serían vistas, de donde para quien las envió se esperaba peligro.
Pues tomando de sus dudas lo más seguro, hizo traer una copa de agua, y hechas
las cartas pedazos echolos en ella. Y acabado esto, mandó que le sentasen en la
cama, y sentado, bebióselas en el agua y así quedó contenta su voluntad. Y
llegada la hora de su fin, puestos en mí los ojos, dijo: «Acabados son mis
males», y así quedó su muerte en testimonio de su fe.
Lo que yo sentí e hice, ligero está de juzgar. Los lloros que por él se
hicieron son de tanta lástima que me parece crueldad escribirlos. Sus honras
fueron conformes a su merecimiento, las cuales acabadas, acordé de partirme.
Por cierto con mejor voluntad caminara para la otra vida que para esta tierra:
con suspiros caminé, con lágrimas partí, con gemidos hablé, y con tales
pensamientos llegué aquí a Peñafiel, donde quedo besando las manos de vuestra
merced.
Acabose esta obra, intitulada Cárcel de amor, en la muy
noble e muy leal ciudad de Sevilla, a tres días de marzo, año de 1492, por
cuatro compañeros alemanes.
FIN
Nota: La ortografía de esta novela ha sido modernizada.


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