© Libro N° 8887. Algo Tan Feo En La Vida De Una Señora Bien. Moreno, Marvel. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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Algo Tan Feo En La Vida De Una Señora Bien. Marvel
Moreno
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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ALGO TAN FEO EN LA VIDA DE UNA SEÑORA BIEN
Marvel Moreno
Algo Tan Feo En La Vida De Una Señora Bien
Marvel Moreno
Laura de Urueta terminó de tomarse el último Librium y alargando el
brazo encendió el aparato de aire acondicionado. En el cuarto se insinuaba una
leve oscuridad, rezago del tiempo de agua que había estado amenazando toda la
tarde sin transformarse en lluvia; se oía el zumbido de una mosca y de abajo,
confusamente, venían los ruidos que el nuevo chofer hacía al cerrar la puerta
del garaje. Todos se habían ido ya, Eucaris, la cocinera. Así pues, estaba
sola.
Por primera vez en mucho tiempo, recordó Laura de Urueta abandonando el
cigarrillo en un cenicero de cristal. Sola en aquella casa demasiado grande,
donde había vivido desde su matrimonio sin haber podido nunca sentirla suya. El
cuarto, su cuarto, era distinto: le pertenecía, lo había arreglado a su gusto
poniendo cosas que hacían sonreír a Ernesto, un diván de líneas simples que con
frecuencia le servía de cama, el viejo escritorio de su padre y cojines,
multitud de cojines regados por el suelo, amontonados bajo la lámpara con sus
colores vivos y aquellas figuras que ella misma dibujaba en papel pergamino
antes de pasarlas a la tela de bordar. Ernesto sólo subía allí para darle las
buenas noches cuando ella se retiraba temprano pretextando una jaqueca. No le
gustaban los afiches que cubrían las paredes, decía, pero sobre todo, así lo
creía ella, no le gustaba encontrar sus cuadros; las cuatro acuarelas que había
logrado terminar alguna vez, el día que quiso volver a la pintura recordando
que en La Enseñanza la madre Ana María alababa sus dibujos, y aprovechando un
viaje de Ernesto había comprado cartones y pinceles y trabajado semanas
enteras, sin descanso, locamente, hasta que él regresó y con una frase, una
sola, no recordaba cuál, la había hecho sentir ridícula, vagamente absurda. En
cierta forma tenía razón. Nadie pinta si sus cuadros no han de ser nunca vistos
y la ciudad se habría caído de espaldas si un buen día se hubiera anunciado la
exposición de la esposa de Ernesto Urueta, expresidente del Country y del
Rotario, el eminente hombre de empresa, como lo llamaban los periódicos, en
todo caso una persona discreta que prefería mantenerse al margen de cualquier
publicidad y ni siquiera había permitido a su hija participar en concursos de
belleza ni reinados de carnaval. Algo de eso había dicho aquella vez mirando
fríamente sus acuarelas. Pero, a pesar de concederle razón, ella, para sus
adentros, se había sentido humillada. Porque en ningún momento había tenido el
propósito de exhibirse en público, por arte de magia no se convierte una en
pintora a los cuarenta años. En el rechazo de Ernesto había habido ciertamente
un proceso de intención, una manifestación más de su hiriente y eterna
desconfianza. Desde entonces, hacía ya tres años, sólo pintaba para hacer
bordados sobre los cojines. No es que le importara demasiado, no le había
importado mayormente si bien recordaba; sin embargo, aquellos cuadros se habían
vuelto un símbolo, no sabía muy bien de qué. Lo había descubierto cuando
resolvió tomar aquel cuarto para ella y se sorprendió clavándolos con una
emoción extraña en la pared: allí estaban todavía así no los viera nadie, así
Ernesto fingiera ignorarlos cada vez que entraba a preguntarle por sus
jaquecas. Igual le daba: al fin y al cabo eran suyos, expresaban, si algo
expresaban, un sentimiento no definido, no razonado, eso que sin palabras le
trajinaba la cabeza día y noche, que aparecía claramente en sus sueños y al
despertarse olvidaba con una impresión de cansancio, de cansancio asociado a
figuras gris y malva. Había empezado a dibujar aquellas figuras, explicó una
vez a su hija, para ver si así sus sueños le resultaban más coherentes, o
quizás (eso no se lo dijo), porque creía que el simple hecho de recrearlas con
colores y pinceles podía liberarla de la angustia inexplicable que la anudaba
cuando volvía de esas pesadillas sin sentido y sin memoria. Pero sólo había
logrado inquietar a Lilian. Espero que se te pase, le había dicho por todo
comentario mirándola con un cierto recelo. Y ella, aunque más o menos
resentida, había comprendido su temor. Lo había compartido, incluso. Hablar de
esas cosas podía ser el primer paso de ponerse al desnudo, de contarse a sí
misma, y nada la crispaba tanto como las personas que se abrían a los demás con
el aire de estar abrumadas por dudas insondables, por penas metafísicas.
Sonriendo de lo que acababa de pensar, Laura de Urueta miró a su
alrededor. Allí seguían las acuarelas, sí, y la mosca volvía a zumbar entre la
ventana y la cortina. El sueño, la paz que había buscado al tomar el puñado de
tranquilizantes tardaba en venir. Esperaría media hora más antes de comenzar
con los somníferos. De todos modos era preferible estar despierta cuando
Ernesto la llamara de Nueva York; lo haría sin lugar a dudas, como siempre que
partía de viaje. Una llamada telefónica cada tres días, de Miami, Nueva York o
Chicago, donde lo llevara la necesidad de negociar patentes, contratar un nuevo
técnico o comprar repuestos para la maquinaria de la fábrica. Era tan gentil al
ocuparse así de ella, siempre interesado en su salud, en sus pequeños problemas.
Por fortuna no estaría allí su madre pendiente de lo que hablara por teléfono.
La actitud complaciente de su madre, sus frases convencionales, eso sí que no
lo podía tolerar. No soportaba esa manera que tenía de inmiscuirse en su vida,
de recordarle a cada instante la suerte que había tenido al encontrar a
Ernesto. Desde que había venido a vivir con ella, dos años antes, tenía que
hacer un esfuerzo continuo para no estallar en su presencia. Y sin embargo la
quería, le daba lástima verla tan vieja y fatigada, una persona que jamás había
conocido el cansancio ni la enfermedad, que había trabajado toda su vida
duramente, por ella, por conservarle, repetía entonces, la posición social a la
que su apellido le daba derecho. Lo había logrado, era verdad; a costa de
sacrificios había mantenido las apariencias y ella había podido ir a un buen
colegio, y frecuentar el Country, y disponer siempre de una casa presentable
para recibir a sus amigas, aunque de la vieja casa de Olaya Herrera prefería no
acordarse. Mejor que la hubieran echado abajo, que sobre sus ruinas se alzara
un edificio. Ernesto había conseguido venderla bien y con el dinero recibido su
madre le había regalado a Lilian la cuota inicial del apartamento, ese había
sido su regalo de matrimonio. Era de esperarse, su madre adoraba a Lilian.
Viéndolas juntas, advirtiendo lo mucho que se parecían, ella tenía a veces la
impresión de no ser más que un eslabón entre dos generaciones, alguien que
había existido solamente para que su madre se reconociera en su hija, para que
la casa de una se convirtiera en el apartamento de otra, sin que ni una ni otra
tuvieran particularmente necesidad de ella.
Ahora el sol empezaba a brillar. El cuarto se había llenado de repente
de una luz rosada tan intensa que el gris y el malva de las acuarelas parecía
haberse diluido. La mosca danzaba, dando topetazos contra el vidrio de la
ventana y ningún ruido llegaba de la casa desierta. Qué difícil realmente
quedarse sola, reflexionó Laura de Urueta. Era increíble todo lo que había
tenido que intrigar y planear para conseguirlo: darle al servicio los cuatro
días del carnaval, convencer a su madre de que fuera a pasar una semana con
Lilian y su marido a Santa Marta. Pero, ¿quién te va a acompañar?, las
sirvientas, mamá, no te preocupes, y, ¿quién se va a quedar con usted?, mamá
piensa regresar mañana, Eucaris, salga a divertirse. Cualquiera diría una
inválida, un recién nacido. La gente tendía siempre a protegerla, y no era que
su comportamiento despertara esa actitud, por lo menos así lo creía. Sólo que
su madre y Ernesto la habían considerado toda la vida incapaz, incapaz y
frágil; las sirvientas, claro, no hacían más que seguir la pauta. En el fondo
no le había dado nunca ni frío ni calor la debilidad que le atribuían, le
servía para escurrirse, para resguardarse de ellos; si no estaba de acuerdo con
sus opiniones, se callaba, no se sorprendían de su silencio; si querían que los
acompañara aquí o allá, no podía, estaba indispuesta; si sentía que no llegaba
a aguantarlos más, la jaqueca le permitía encerrarse en su cuarto. Qué buena
idea haber conseguido aquel cuarto, aislarse en él, hacerlo suyo. Y ver
simultáneamente dos o tres médicos sin que nadie lo supiera. De ese modo podía
comprar todos los tranquilizantes y somníferos que deseaba y morirse de risa de
la depresión. Porque ahora sabía que esa total falta de ánimo, ese deseo de no
moverse, de dormir, de hundirse en el vacío, se llamaba depresión. Y era tan
intolerable, tan intolerable tener que levantarse de la cama a afrontar la
rutina de cada día, y encontrar a Ernesto y su madre comentando las noticias
de El Heraldo, y asistir a la reunión de las Damas Rosadas,
las Azules, las Católicas, que resultaba un verdadero alivio saber que por lo
menos pondría fin al día con cuatro, cinco somníferos, para de un golpe ir
hasta el fondo de la nada, a la blanca región donde todo dejaba de existir y el
sueño se convertía en un denso, profundo olvido. Qué alegría, qué placer
sentirse libre, disponer de sí misma a su antojo, no ver, no escuchar a nadie.
El recuerdo de las cajas y frascos escondidos en su cuarto la hacía más
tolerante, menos vulnerable; un Librium, un Tranxene, un Valium, todos juntos
al desayuno y la vida era una fiesta. Lástima no haberlo descubierto antes.
Pensar que había pasado un año completo desde el matrimonio de Lilian,
sí, un año, embrutecida por el insomnio y la tristeza, llorando a escondidas,
llevando a toda hora lentes negros, no fuera a ser que Ernesto advirtiera su
estado de ánimo y empezara a abrumarla con la lógica que le servía para
comprenderlo todo menos a ella. El matrimonio de Lilian había sido un
detonador, el despertar. De casos así está lleno el mundo: una se deja envolver
por la rutina, se somete a un marido anulándose hasta perder cualquier asomo de
personalidad, hasta desarticularse, extraviarse en el personaje que él le
impone; hace eso, sí, sin darse cuenta, porque es más fácil y la facilidad
produce una especie de somnolencia; mientras tanto el tiempo pasa, el tiempo y
la posibilidad de construirse una vida más conforme consigo misma, de ser lo
que alguna vez quiso, vagamente, confusamente ser. Y he aquí que de repente
alguien se casa, alguien se muere. O no ocurre nada grave, sino que salen las
primeras canas, o se lee un libro, o se formula una pregunta cuya respuesta no
es posible eludir más. Entonces hay un crujido y en la perfecta estructura algo
falla, algo se viene al suelo.
Eso había sentido con el matrimonio de Lilian, que se quebraba, que se
rompía el mecanismo que hasta entonces le había permitido evadir la realidad
engañándose a sí misma. Qué más engaño que imaginar a Lilian capaz de escoger
una vida diferente a la suya. Lilian tratando siempre de mimetizarse, pendiente
siempre del qué dirán. Como ella, al fin y al cabo. Sólo que ella había cargado
toda su infancia la vergüenza de ser la hija de un hombre indigno, ¿no lo
llamaba así su madre?, ¿no se lo repetía una y mil veces? Además Lilian, y eso
era importante, no tenía nada de qué arrepentirse, no había cometido su error.
Error, divertido. ¿Qué diría su madre si supiera que ahora reducía a error lo
que ella había calificado siempre de infamia? En fin, ni valía la pena pensar
en ello.
Laura de Urueta encendió un cigarrillo y cerrando los ojos buscó a
tientas un cojín por el suelo. Empezaba a sentirse adormecida y tenía ganas de
reír, unas ganas locas de echarse a reír. Infame, hágame el favor, y sólo
contaba diez y ocho años. Cierto era que para su madre no había términos
medios, ni matices, ni límites; nada frenaba su crítica, su horrible necesidad
de abrir la boca y ponerse a calificar lo habido y lo por haber, sin humor, sin
compasión alguna. Ella, al menos, se había abstenido siempre de criticar a los
demás. Porque no tienes derecho, le había dicho su madre no hacía mucho tiempo,
a raíz de ya no sabía qué discusión; algo a propósito de tía Edith, la
detestada tía Edith. Ah, sí, a propósito de aquella historia que toda la vida
había oído referir sin comentar nada, tía Edith que había matado al hermano de
su madre porque lo obligaba a hacer cada noche el amor. De pronto había sentido
deseos de abofetear la cara seca de su madre, su boca sin labios, sus ojos
sufridos, que se callara de una vez por todas, que dejara en paz a la única
mujer normal de la familia. No había dicho mayor cosa, apenas comenzaba a
hablar, recordaba, cuando su madre soltó aquello. Triunfante, excitada,
dispuesta otra vez a hundirla bajo el peso de su virtud, de su vida ejemplar. A
punto había estado de decirle cuán ridícula le parecía su vida, o algo más
hiriente aún, decirle, por ejemplo, que le fastidiaba ser insultada en su
propia casa. Lo peor con su madre era que la hacía volverse innoble. Había
gente así, que lo llenaba a uno de vergüenza por los sentimientos que en uno
despertaba. Y eso era lo más difícil de perdonar.
Laura de Urueta pensó que algún día tendría que poner en claro las cosas
con su madre: explicarse, hablarle objetivamente. Pero algo le decía que no
había vueltas que darle, frente a ella llevaría siempre las de perder. El
problema del servicio, sin ir más lejos: apenas instalada en la casa, su madre
había comenzado a pelearse con el mundo entero y desde entonces cambiaban de
cocinera y de chofer cada dos meses. ¿Qué decirle? ¿Que ella se las había
arreglado muy bien sola durante veintiún años?, ¿que su manera de tratar a las
sirvientas resultaba humillante? ¿Decirle eso para que adoptara su actitud de
reina ofendida y pasara una semana sin pronunciar una palabra en la mesa? Y
luego, Ernesto le daba razón, decía que nunca la casa había estado mejor
atendida, que al fin las sirvientas marchaban al paso. Lo mismo había ocurrido
con Maritza; tanto había insistido su madre en que no debía verla, tanto había
hablado de su vida disipada en Nueva York, que Ernesto había tomado cartas en
el asunto y se puso a hacer averiguaciones por su cuenta hasta descubrir la
verdad y pedirle que no volviera a recibirla. Ella, claro, la había seguido
viendo a escondidas, faltaba más. Pero a su edad era ridículo.
Cómo sentía que Maritza no estuviera ahora allí; la llamaría por
teléfono, se sentarían en el salón y hablarían sin parar durante horas; era la
única persona que realmente la divertía, la única que la hacía reír. A lo mejor
se le ocurría alguna extravagancia, que se fueran, por ejemplo, de capuchones a
recorrer los bailes. Eso sí que sería muy propio de ella. Maritza, increíble,
no había cambiado, ni siquiera físicamente; seguía siendo la misma, larga,
flaca, un flequillo en la frente y dos ojos admirables. Había regresado de
Nueva York y desde el aeropuerto la había telefoneado, que si podía verla, qué
pregunta. Pero en el acto, le había dicho casi ahogada por la alegría. Había
sentido ganas de correr, de saltar, de contarle a todo el mundo que Maritza estaba
allí. Sólo entonces había comprendido cuánto la quería; tenían tantas cosas en
común, tantos recuerdos. Recuerdos, mejor dicho, porque en común, poco tenían.
Ya habría querido ella parecerse a Maritza, importarle un comino la gente, ser
consecuente con sus ideas. Maritza había triunfado, aunque para los otros su
vida fuera un fracaso; aunque hubiera llegado a los cuarenta años sin lugar
alguno donde caerse muerta, como había dicho riendo, mirando el salón que
Ernesto se había obstinado en arreglar con sofás de cuero y tapices persas (si
no marchaba el aire acondicionado se ahogaba uno literalmente). Amigos, viajes,
un hijo de quince años, me entiendo con él de maravillas. Eso y el trabajo, una
esclavitud, te lo acepto, pero el único modo de mantenerse libre.
Libre lo era, lo había sido siempre; fue lo primero que la sorprendió al
conocerla. En el bus del colegio, se acordaba, con un maletín cubierto de
calcomanías. Las monjas se lo van a quitar, había pensado. Pero no se lo
quitaron. Y después de las calcomanías fueron los llaveros, los cuadernos
adornados, los mapas en papel pergamino. Desde entonces la había copiado con
una admiración ofuscada, sin condiciones. Desde entonces, también, su madre le
había puesto el ojo. Qué de discusiones, Dios mío; por primera vez se había
atrevido a llevarle la contraria, sin írsele de frente, claro, no quería que en
un estallido de autoridad le prohibiera rotundamente volver a verla. Pero ella
se había mantenido en sus trece (el único acto de afirmación que recordaba) y
Maritza había seguido yendo a su casa todos los sábados por la tarde. Jugaban
ludo, estudiaban comiendo mango verde con sal. Su madre no hacía más que
vigilarlas; entraba una y otra vez al cuarto, llegaba a la terraza que si a
regar los helechos, que si a ofrecerles helado. Inútil: Maritza y ella habían
aprendido a entenderse por señas, tenían un verdadero código secreto que les
permitía eludir sus preguntas insidiosas o cambiar de tema apenas la adivinaban
escuchando sigilosamente tras una puerta.
Qué años aquellos, pensó Laura de Urueta llenando de humo a la mosca que
volaba frente a ella, los mejores de su vida, lo comprendía ahora. Con Maritza
se atrevía a cualquier locura; con ella había fumado el primer cigarrillo,
había robado fotografías de actores en el Metro, había visto todas las
películas que su madre le prohibía aprovechando que tía Edith trabajaba en la
alcaldía y les daba cada año su tarjeta para entrar gratis en los cines.
Fue así como pudo respirar un poco, escapar a la asfixiante centinela de
su madre, le había dicho a Maritza la vez que se quedaron hablando toda la
tarde frente a la piscina del Hotel del Prado. No se había caído todavía el
gran Pivijay y era diciembre; sentía las manos frías y una vaga nostalgia. De
pronto Maritza le preguntó por Horacio. Me cansé de esperarlos en Miami, dijo.
Y repentinamente ella, que se creía ya al margen de todo, había tenido que
sacar un kleenex de la cartera. Después de veinticuatro años,
parecía mentira. Pero lo había olvidado, le dijo a Maritza, créeme, lo había
olvidado por completo. Y ninguna razón tenía para llorar. La vida había sido
generosa con ella, dijo. Le había dado todo cuanto una mujer podía desear, un
marido que la quería, una hija adorable, una casa maravillosa. ¿No era eso lo
que soñaban de adolescentes? No, no era eso, Maritza se lo recordaba sin decir
una palabra. ¿Entonces, qué era? ¿Es que habían buscado algo concreto? En
aquellos días su rebeldía no expresaba más que rechazo: no ser como sus madres,
no aceptar sus prejuicios, no envejecer jugando bridge en el Country. Muy
bonito, sí. Siempre y cuando se tuviera el coraje de Maritza para irse de allí
y mandarlo todo al diablo. ¿Pero, y si una se quedaba, qué salida había? ¿Iba a
hundirse en el aburrimiento de la clase media? ¿Matarse trabajando de sol a
sol? ¿Ser otra tía Edith a la que sus amantes trataban públicamente de puta?
Ah, no; tal vez en otra época la vida ofreciera otras alternativas. O las
ofrecía a personas diferentes a ella, menos ineptas, menos cobardes.
Tembló la mosca en la cortina, se dividió en dos, se deshizo. Afiches y
acuarelas parecieron borrones desleídos sobre un fondo agua. Laura de Urueta se
había puesto a llorar. Qué idiotez, Dios mío, ¿por qué lloraba? Buscó la caja
de kleenex bajo los cojines. Por pensar tonterías, sólo por
eso. Lástima que Maritza no estuviera allí. Aquella tarde, frente a la piscina,
le había levantado el ánimo, le había concedido razón en todo. Como siempre,
debía admitirlo, Maritza siempre había aceptado su debilidad. La conocía mejor
que nadie, tanto, que aunque su madre no lo creyera se había opuesto a sus
relaciones con Horacio. Te vas a meter en un lío, le había dicho la misma noche
que lo encontraron. Tú no estás preparada, no lo vas a resistir. ¿Resistir?
Claro que hubiera resistido lo que fuera: una fuerza insólita le había llegado
de repente, una fuerza que la hacía sentirse capaz de afrontarlo todo, de
desafiarlo todo. Y que así como había venido, se fue apenas vio a su madre
aparecer con los dos policías en el muelle. Después, sí, había vuelto a ser la
misma; se había tirado a morir en una cama; se había negado a comer y un día,
se había tomado un frasco entero de calmante para las neuralgias; tuvieron que
llevarla a la clínica del Prado a hacerle transfusiones. Eso por lo menos, la
ambulancia, los reproches de los médicos, había callado a su madre. Porque
desde el momento en que su madre la encontró en el muelle y la llevó a la
fuerza a la casa, y en la casa la abofeteó y cogiéndola del pelo le dio en la
cabeza contra la pared hasta hacérsela sangrar, desde ese momento, sí, no había
cesado de insultarla. Y había seguido insultándola en la cama sin importarle
que no comiera y sólo se levantara para ir al baño. Días y días, incluso cuando
ya no se levantaba y apenas si oía su voz perdida en un letargo algodonoso y
blanco. De no haber llegado por casualidad tía Edith, justo el día que tomó el
calmante, se hubiera muerto a lo mejor. Eso dijeron los médicos a su madre. Más
habría valido así, no exageraba. Haber amado, haber conocido aquella sensación
de plenitud, haber descubierto la importancia de que el cielo sea azul, de que
el aire huela a mar, de que haya cangrejos en la playa, conocer todo eso para
perderlo de golpe, para nunca más encontrarlo, hacía de la vida sí, algo sin
sentido, algo irrisorio.
¿Pero, realmente, lo había amado? ¿Había amado a aquel hombre cuya cara
ni siquiera recordaba? Jamás había vuelto a pensar en él, le dijo a Maritza, y
era verdad. Desde que se despertó en la clínica con tubos por todas partes y un
terrible dolor en el brazo, había tomado la decisión de no pensar más en él. O
después, quizás, porque lo primero que sintió al despertar fue rabia, una rabia
sorda de ser arrojada otra vez a la vida. Cuando sólo briznas de recuerdos
quedaban en su mente, cuando en un viaje vertiginoso descendía a lo más
profundo de su infancia, verse bruscamente regresar a la sonrisa de los
médicos, al odio contenido de su madre. ¿Odio? No, era injusta con su madre.
Nunca había entendido muy bien sus sentimientos, pero no debía juzgarla así;
fue la decepción lo que la llevó a reaccionar con tanta dureza, eso había sido.
Para una mujer que había perdido a sus padres, que en cinco años de matrimonio
había visto a su marido dilapidar su herencia montándole apartamentos a sus
queridas; era normal que desconfiara de los hombres y considerara el sexo un
elemento destructor, negativo; normal que al quedar viuda lo apostara todo
sobre su hija. Y he aquí que la hija seguía los pasos del padre, que de repente
tiraba por la borda sus años de lucha, sus últimos sueños.
¿Pero, por qué?, preguntaba Maritza. ¿Por qué siempre te metes en la
piel de los demás? ¿Y tú no cuentas? Difícil de responder, más difícil ahora
que los años la hacían mirar las cosas de otro modo. No, no se trataba de
generosidad, sino de, reconocimiento, tal vez. Sí, eso era. Finalmente no
vivíamos en el aire, había un contexto, personas que nos querían. Incluso, si
en lo más profundo de cada sentimiento humano asomaba sus orejas el egoísmo,
ese egoísmo nos ayudaba, en algún momento nos había servido. Cuántas veces, de
niña, había buscado refugio en las piernas de su madre, y había encontrado su
apoyo, su ternura. Después, sí, su madre había cambiado, apenas ella empezó a
acercarse a la adolescencia. Se había vuelto amenazante, desconfiada; la
enfurecía cualquier tentativa de independencia, cualquier gesto que insinuara
su feminidad: allí habían comenzado los problemas, ¿pero, qué podía esperarse
de una buena señora que todavía, antes de ir al cine, llamaba por teléfono a su
confesor para preguntarle en qué categoría clasificaba la película?
El campanario de La Inmaculada tocó pausadamente las seis de la tarde.
Laura de Urueta se estiró sobre los cojines. En algún lugar del cuarto la mosca
había cesado de revolotear; a lo mejor, pegada a un vidrio, intentaba salir al
jardín. Por lo general les abría la ventana (que se fueran a buscar a otras
moscas) llevada por el viejo impulso de su infancia que la hacía juntar los
objetos temiendo que sufrieran de estar separados. Pero esa noche la mosca
dormiría con ella, se sentía incapaz de levantarse del suelo. Incapaz de hacer
otra cosa que girar entre recuerdos y frases, y la quieta modorra que le
cerraba los párpados. Bien pronto estaría durmiendo, y no como todos los días,
sino como lo había hecho durante el último viaje de Ernesto. Veinte píldoras bien
escogidas (ahí las veía alineadas junto a la jarra de agua) y otra vez,
lentamente volvería a deslizarse en una sensación que era, ¿que era qué?
Alegría, aunque dicho así parecía banal. ¿Pero, de qué otro modo llamar esa
oleada de gozo, esa impresión de flotar entre nubes? Veinte y estaba liberada,
treinta y era el fin. Bobadas, ninguna razón tenía para suicidarse. Ni
problemas, ni temores, ni sentimiento alguno de culpabilidad. Gracias a Dios
había aprendido a ir por el mundo sin pisarle los pies a nadie. Su matrimonio
con Ernesto, un libro abierto. ¿Su madre?, hasta donde pudo la había resarcido.
Allí estaba, viviendo en su casa, imponiendo sus opiniones (ni de lejos ni de
cerca sabía lo que pasaba por su mente). Contenta, más o menos, sintiendo acabar
sus días con la satisfacción del deber cumplido, decía. Sus angustias habían
terminado cuando ella conoció a Ernesto, el hombre que te conviene, había dicho
de inmediato. Y tres meses después ella estaba casada a aquel industrial de
ojos tranquilos, que había calculado su matrimonio con la misma perspicacia que
le servía para comprar negocios en quiebra y en un año sacarlos a flote.
Ernesto, si lo sabría ella, no se equivocaba nunca; en veinte años de vida en
común, no le había visto jamás cometer un error. Su habilidad principal
consistía en detectar la posibilidad de éxito, justamente donde los otros sólo
imaginaban el fracaso. ¿Quién, por ejemplo, en aquella ciudad, se hubiera
casado con ella?, ¿después de aquel escándalo? Nadie. Y eso que nadie sabía la
verdad. Porque los médicos y tía Edith habían sido como tumbas. Y si alguien
habló de una ambulancia, lo único que se supo a ciencia cierta fue que había
intentado fugarse con un desconocido. Por fortuna, tocaba madera, hasta el día
de hoy se había ignorado la identidad del desconocido; su identidad y su
oficio, a Dios gracias. Pero la gente se olía las cosas y nadie puso en duda
que habiendo clínica de por medio había perdido la virginidad. Eso bastó; ni
más amigas, ni más invitaciones; y los muchachos, hasta entonces correctos con
ella, comenzaron a tratarla como un numerito. Tuvo que quedarse encerrada en la
casa de Olaya Herrera, cuatro años; sin salir a ninguna parte; absteniéndose
incluso de contestar al teléfono por miedo a los anónimos. De aquel encierro,
Ernesto la sacó. Y en menos de nada la había llevado al Country, a casa de sus
padres, adonde todo el mundo pudiera verlos. La gente había cambiado, claro; en
un abrir y cerrar los ojos sus antiguas amigas resucitaron y para su matrimonio
le ofrecieron más de veinte despedidas de soltera. Radiante, maravillada, su
madre hablaba de milagro, naciste con suerte, decía. Ella se dejaba llevar por
la corriente, también sorprendida, era verdad, dichosa de arreglar su vida, de
volver a ser como las otras. Y sin embargo inquieta. Una inquietud a la que no
quiso hacerle frente durante el noviazgo temiendo que su inconsciente (su
tendencia autodestructiva, decía) le jugara una mala pasada. Ya me equivoqué
una vez, pensaba, ya bastante es que quiera casarse conmigo. Y por eso, porque
Ernesto parecía perdonar su pobreza, su mala fama, porque se había mostrado tan
indulgente el día que le habló de Horacio (pintándoselo con los peores colores,
como su madre le aconsejó), no hizo caso de la alerta que en algún lugar de su
cuerpo sonaba; de su cuerpo, no de su mente; no tenía entonces suficiente
experiencia para saber que la debilidad de la gente, su vergüenza, puede ser
utilizada; ni siquiera era capaz de imaginarlo. Y luego, Ernesto, ¿qué reproche
podía hacerle? El mejor de los novios; discreto, afable. La llamaba a las doce,
a las ocho iba a visitarla; le consiguió a su madre un préstamo en el banco
(que después él mismo pagó) para que preparara el ajuar y la boda. El novio
ideal, sí; sólo que ella lo encontraba a veces hiriente, un poco esquivo. Había
descubierto ya que si estaba en desacuerdo con sus ideas, despertaba en él una
agresividad que le enfriaba el alma. No debía contradecirlo, ni mostrarse
demasiado, demasiado ¿qué?, excesiva, decía él alejándola suavemente de sus
brazos. Nada de besos prolongados, de caricias en la oscuridad del automóvil.
Tú no eres una aventurera, le había dicho una tarde. En la playa. No la larga y
desierta playa de Salgar, donde tantas veces había ido con Horacio, sino otra,
¿la de Sabanilla?, ya no se acordaba. Se acordaba, sí, de que descalza, mirando
la arena chupar la espuma de las olas, lo había deseado por primera vez, había
querido que la tomara, que la cubriera con su cuerpo. Y él había dicho, tú no
eres una aventurera. Ni siquiera fue tanto lo que dijo, sino la forma en que la
miró. Eso, el disgusto que encontró en sus ojos la había dejado helada. Sin
embargo se había casado; quizás pensando que Ernesto cambiaría una vez ella
fuera su esposa; porque era joven, y se sabía bonita, y todavía le gustaba
mirarse desnuda en el espejo del baño. Mentira, porque estaba dispuesta a pagar
lo que fuera con tal de casarse. Y Ernesto lo sabía. Él mejor que nadie sabía
que ella iba a someterse a sus ideas, a su ritmo de vida, a su apatía sexual.
¿Apatía?, mejor llamarlo de otro modo, egoísmo. Egoísmo y miedo. Ese miedo
ancestral al sexo que domina y desintegra, a la mujer que puede controlarlo.
Ernesto la había despojado de todo, incluso del poder que a pesar de sí misma
iba a ejercer sobre él por el simple hecho de ser mujer. Y cuando lo logró,
cuando la convirtió en el receptáculo donde él se masturbaba respetablemente,
ella lo había odiado. En cierta forma lo odiaba aún: jamás llegaría a
perdonarle que hubiera usado su cuerpo de aquel modo, ignorando, destruyendo su
feminidad. Pero durante años, durante todos los años que él se había acostado
junto a ella, y de pronto se había volteado, y dándole besos de niño en la
mejilla había obtenido a solas su placer, ella se había negado a formular la rabia
que sentía. Y era como si no existiera porque no la nombraba. Pero existía más
allá del silencio, en el fastidio que le daba oír sus pasos por el cuarto, su
voz en la oscuridad; en la contracción que cerraba su cuerpo cuando la tocaba y
en, ¿qué?, ¿qué era esa idea que ahora le venía? La mirada, sí, el arma de los
débiles. Ella miraba a Ernesto. Mientras él se vestía y comía y hablaba,
mientras interpretaba el personaje que le permitía sentirse seguro y orgulloso
de sí mismo, ella lo estaba analizando implacablemente, sin ternura alguna, sin
el menor asomo de piedad. Y eso, él no lo sabía.
¿Pero, importaba acaso? ¿Le importaba a Ernesto saber lo que ella
sentía? Ah, esos pensamientos de animal en jaula, qué inútiles, qué
inofensivos. Bien podía pensar lo que quisiera, a Ernesto le tenía sin cuidado.
Para él sólo contaban las apariencias, que fuera a misa aunque no creyera en
nada, que lo acompañara a las fiestas así se aburriera a muerte. Tan seguro
estaría de su docilidad que ni siquiera se tomaba el trabajo de concederle
compensaciones a otros niveles. Porque ella, habría sido más fácil engañarla,
mejor dicho, mantenerla en el limbo, si por ejemplo pudiera tener, no sabía
qué, una forma cualquiera de autonomía. Decidir de qué manera vestirse, elegir
libremente a sus amigas. O haber podido arreglar la casa a su modo. O comprar
una porcelana, un cenicero, sin que Ernesto lo mirara con un aire reprobador.
Ni una sola vez, con todo el tiempo que llevaban de casados, le había
preguntado a qué película quería ir. Evidentemente se tenía la culpa, pero,
¿por qué sentía ese temor de contrariarlo? Era así con todo el mundo. Ernesto,
su madre, el que fuera. No se atrevía a agredir, a imponerse; se metía en su
cascarón a la menor ofensa. Claro que a veces resultaba imposible anular la
mala voluntad de los otros, su madre nunca le perdonaría aquella historia, por
ejemplo, y nada habría hecho salir a Ernesto de sus trece. Con él había
ensayado, al principio de su matrimonio, se esforzaba por reír y mostrarse
desenvuelta tratando de romper su distancia. Venciendo no sólo el pudor, sino
también la inquietud de que fuera a considerarla demasiado audaz por haber
tenido otra experiencia. Pero él la había eludido pasando por alto sus
insinuaciones. Y una vez que ella había ido un poco más lejos, una noche que
tomando su mano la acercó a sus piernas, él había dicho asqueado, eso es
anormal. Fue el fin, peor que si la hubiera abofeteado. A partir de esa noche
se había alejado tanto de él, que por momentos lo creía un fantasma; le oía
hablar sin escucharlo, lo sentía hacer el amor imaginándose a sí misma en otro
lugar, en otro tiempo. Parecía una broma, pero aquel juego le había permitido
evadir a Ernesto hasta un punto tal, que si sumaba las horas vividas realmente
a su lado no llegaría a contar más de dos años.
En fin, tampoco había que darle tanta importancia, la tierra no iba a
dejar de girar por eso. Además, cualquier mujer, cualquiera de sus amigas, al
menos, podía contar mal que bien lo mismo. Hacía ya su tiempo, en casa de las
Góngora, aquel almuerzo en que sus amigas se habían emborrachado tirándose
vestidas a la piscina. Con coco-gins habían olvidado el orgullo, la falsa
dignidad del no me importa. Ella, que no bebía, había guardado silencio. Pero
oyéndolas descubrió, no que su caso nada tenía de especial, eso ya lo
imaginaba, sino que era diferente en la medida en que ella contaba con un punto
de referencia. Y comprendió entonces que negándose por escrúpulo a hacer
comparaciones, fiel a su promesa de no pensar más en el pasado, el recuerdo de
Horacio la había perseguido sin embargo toda la vida; como un espectro se había
deslizado cada noche en su cuarto y burlonamente le había señalado los temores
de Ernesto, su torpeza. Qué evidente le había parecido aquella tarde, mientras
sus amigas reían pringándola de agua con el vestido pegado al cuerpo. A la
callada solidaridad, se había sucedido de repente para ella un extraño
sentimiento de liberación. Había sentido su vergüenza volar en pedazos y por
primera vez, en lugar de sufrir su pasado, pudo asumirlo. Con contradicciones,
por supuesto: todavía hoy en día le producía horror que Ernesto llegara a saber
quién era Horacio. Pero no le importaba ya haberlo amado. Más aún, había
comenzado a mirar a la gente de otra manera diciéndose que por mucho poder o
dinero que tuvieran, ella les llevaría siempre la ventaja de haber conocido el
amor a los diez y ocho años. Después era demasiado tarde, la experiencia nos
volvía astutos, escépticos, nos impedía entrar ciegamente en el juego: a esa
edad, en cambio, todo era posible, hasta enamorarse de un hombre como Horacio.
Y ya podían sus amigas reaccionarias santiguarse, y las que teorizaban sobre la
revolución alzarse de hombros, y las hermanas de su madre llevar un registro
donde anotaban malévolamente las fechas de matrimonio y del primer nacimiento
con el fin de compararlas; ella las metía a todas en el mismo saco, le parecía
que ya fuese en nombre de lo blanco o de lo negro, todas eran víctimas de una
misma maquinación. Porque allí o en cualquier parte estarían en desventaja,
mientras tuvieran que avergonzarse de algo que formaba parte de ellas, como la
calidad del pelo o el color de la piel. Ahora todo eso le resultaba claro, tan
claro como la luz del día, sin embargo, qué de años le había llevado
comprenderlo.
Los pasos del chofer sonaron por el sardinel del patio. Un segundo
después, el golpe seco de la puerta del servicio anunció que había partido.
Laura de Urueta apenas si lo advirtió. Había empezado a adormecerse y luchando
contra el sueño trataba de concentrarse en una idea que se abría paso en su
mente con la misma parsimonia que la mosca recorría el borde de la cortina.
Pensaba que siempre llegaba a la comprensión de las cosas demasiado tarde.
Porque incluso sabiendo algo, no era capaz de formularlo; y entonces daba igual
saberlo o no. Y así como uno va mil veces a la misma playa y se baña en el
mismo mar sin advertir la palmera que está junto a la roca, y de repente un día
la ve y comprende hasta qué punto su visión del paisaje había estado siempre
disminuida, así le ocurría de deslizarse entre ideas cuyo verdadero sentido no
podía precisar durante años; que la guiaban, sí, pero confusamente, sin
permitirle actuar con determinación. Y cuando al fin lograba captar lo que
expresaban, ya el tiempo había pasado, ya nada había que hacer. Sólo le quedaba
por delante la conciencia de su error, las mil preguntas del remordimiento. No
se creía masoquista, como la llamaba riendo Maritza, pero realmente, había
cosas que no podía dejar de lado. ¿Cómo olvidar su fracaso con Lilian?, ¿todos
los planes que tenía para ella? Nada definido, no pretendía dirigirla,
simplemente intentaba, bueno, permitirle escoger una vida diferente a la suya;
que pudiera decidir, pero en libertad, anulando en lo posible las presiones del
medio. Desde que nació se había dicho, saldrá adelante. Sin saber muy bien
cómo, pensando, será una buena alumna, irá a la universidad, y luego, que haga
su vida. Todo lo que quería era poder llevar a Lilian hasta una edad en la que
fuera capaz de elegir como un adulto. Que después escogiera casarse o meterse a
monja, no importaba, sería su problema, no el suyo. Eso se decía mirando crecer
a Lilian, tratando de convertirse no en su guía, sino en la persona que estaba
allí para servirle de apoyo y enseñarle a, en fin, a reírse un poco de la
gente, de las cosas, banalizando sus pequeños dramas, sugiriéndole que, por
mucho que contara el medio, una parte de su destino se jugaría en sus manos. Y
Lilian parecía seguirle, de niña, al menos, y no había creído ni en niño Dios
ni en cigüeñas, y más tarde se había interesado en los libros que ella le
prestaba. Hasta que Ernesto empezó a encontrarla demasiado independiente y
resolvió cambiarla de colegio, hacerla ir donde las monjas. Ella se había
opuesto alegando que Lilian no estaba acostumbrada a la disciplina de la
educación religiosa ni a la rigidez de sus conceptos. En vano, Ernesto no quiso
aceptar razones. Y poco a poco, Lilian cambió. Al principio casi no lo notaba,
pero al cabo de un año apenas si podía reconocer en aquella criatura
acomplejada que regresaba a la casa llorando porque sus condiscípulas le
sacaban el cuerpo (me encuentran diferente, decía), a la niña que con tanto
amor sentaba en sus rodillas, que tan respetuosamente había tratado. No quiso
disputársela a Ernesto. Con el corazón oprimido por una tristeza que todavía le
anudaba la garganta, se dijo que más valía evitarle esa elección a Lilian.
Había cedido, y por ceder, perdió la partida. Por segunda vez había perdido la
partida. Absurdo o no, criticable, incluso, se había identificado con su hija.
No para vivir a través de ella, sino que, proyectada en Lilian, quería darle a
esa réplica de sí misma las oportunidades que nunca había tenido. ¿La
comprendía Lilian? No, todavía no a pesar de todo. Algún día, quizás cuando la
noria hubiera dado la vuelta. Entonces sabría cuán desolador era ver a una
criatura, su propia hija, cometer error tras error comprometiendo
definitivamente su destino: comprendería lo que ella había sentido cuando
abandonó sus estudios para seguir aquellos ridículos cursos de puericultura y
cocina que daban las Gómez. Qué tontería, aún ahora le daban ganas de llorar de
sólo recordarlo. Lilian ranchada, volviéndose contra ella con la complicidad de
Ernesto. Había preferido, callarse, callarse, sí. Y tampoco había dicho una
palabra más tarde, cuando Lilian se enamoró de Felipe. Nunca había visto a
Ernesto tan enervado, le prohibió a Lilian que saliera, la acompañaba a todas
partes. Y mientras Lilian, furiosa, se quedaba en la casa pegada horas enteras
al teléfono o se encerraba a soñar en su cuarto, Felipe dejaba de ser el
muchacho con el que a lo sumo deseaba acostarse, para convertirse en el gran
amor de su vida. Ella, de inmediato, había presentido el peligro. Porque aún
entonces guardaba en secreto la esperanza de que Lilian, aburrida de pasarse la
vida en fiestas y juegos de canasta, volviera a sus estudios. Y algo le decía
confusamente que si con tal de encontrarle una salida a su deseo tenía que
pasar por el matrimonio, casarse sería a partir de aquel momento su único
objetivo. No se equivocaba, tampoco Ernesto. ¿Hilaba demasiado fino? No; desde
el comienzo Ernesto había comprendido la situación mejor que nadie, Lilian le
pertenecía, lo mismo que ella, y así como había hecho de ella una señora bien
(eso dijo en aquella horrible disputa), no iba a permitir que su hija lo
avergonzara. Fueron sus palabras textuales. Lo que convenía realmente a Lilian,
eso parecía tenerle sin cuidado siempre y cuando su reputación quedara a salvo.
Pero ella, ¿por qué fue tan ciega? ¿Por qué no darse cuenta desde el principio
de que todo podía resolverse diciéndole a Lilian, acuéstate con Felipe y olvida
a tu padre? Ni siquiera la vez que discutió con Ernesto (por primera y por
última, a Dios gracias) fue capaz de encontrar un argumento, capaz de sostener
su punto de vista; sólo tenía impresiones, ideas difusas, volvía a las mismas
frases reconociendo en el fondo de sí misma que las razones de Ernesto parecían
más coherentes que las suyas. Y cuando de repente, en plena discusión, con una
súbita lucidez comprendió que Ernesto había frustrado a Lilian en su deseo sólo
para obligarla a casarse, y buscando el mejor modo de expresarlo se lo dijo,
Ernesto había estallado: todo lo que hasta ese día se había reducido a insinuaciones
soterradas y actitudes desdeñosas, salió a luz: ella era esencialmente
corrompida, una mala madre que quería colocar a su hija en la humillante
situación en que él la conoció, sin contar, dijo, con que a lo mejor Lilian no
encontraría después un hombre dispuesto a perdonarle su deshonra. Deshonra, sí,
ni más ni menos. Ernesto no se había equivocado al elegir el insulto. Con tres
frases la había puesto en fuga haciéndola replegarse como un animal herido:
odiándolo, pero incapaz ya de hablarle a Lilian; diciéndose que se case y así
al menos no tendrá que agradecerle nada a nadie. Qué tonta, qué débil había
sido. Nunca se arrepentiría lo suficiente de haberse callado, de no haber
comprendido a tiempo. En silencio, anulada, vencida, había observado los
preparativos de aquel matrimonio que de repente Ernesto resolvió celebrar a
toda prisa. Abandonando la marihuana y el blue jean, Felipe comenzó
a trabajar en la fábrica y a la nada hablaba de rentabilidad con la seriedad de
un ejecutivo que lleva el pelo corto y usa zapatos negros. Tres meses le
bastaron a Ernesto para hacerlo a su imagen y semejanza; hasta el punto de que
el día de su matrimonio Lilian le dijo: tengo la impresión de casarme con un
desconocido. ¿Cómo explicarle que un desconocido se volvía cualquier hombre que
entrara a jugar el papel de marido? ¿Que por una misteriosa razón ella no sería
nunca más Lilian sino su esposa? A aquellas alturas no valía la pena decírselo,
Lilian lo aprendería por su cuenta. Y bien pronto que lo aprendió, por desdicha:
apenas regresó de su luna de miel había ido a contarle lo que ella ya se
imaginaba, utilizando casi las mismas palabras que también ella alguna vez
había empleado para explicarse aquella decepción asombrada y muda, y más tarde,
rencorosamente inhibida, relegada al sótano a donde van a parar los
sentimientos que mejor se olvidan, que mejor se callan. Se había limitado a
vivir ciegamente las manías engendradas por su situación, pasando de la
obsesión por la limpieza a los celos con Felipe, de comprar cuanta cosa veía a
atormentar a las sirvientas, y ahora, convertida en la primera mujer que iba a
dar a luz, preparaba el ajuar del hijo que esperaba y que nacería, así fuera
tan sólo para que un círculo se abriera cuando otro se cerraba.
Laura de Urueta miró la ventana. Incierto, fugaz, un crepúsculo
estallaba en azul y lila y casi al instante comenzaba a morir. Entrecerrando
los ojos intentó localizar a la mosca que hacía rato había cesado de volar. La
mosca o lo que fuera con tal de distraerse. No más volver a esas cosas, no más
amargarse con el recuerdo de Lilian. Hiciste lo que estaba en tus manos, había
dicho Maritza. Para animarla seguramente, porque el día que le habló de Lilian
a duras penas podía contener las lágrimas. Era raro, sólo ahora se daba cuenta,
aquella fue la última vez que había llorado hablando del matrimonio de su hija.
Como si la presencia de Maritza hubiera exorcizado no ya la tristeza, sino
cierta manera de afrontarla. Maritza le había hablado con una simpatía que la
había dejado tranquila, y al mismo tiempo, infinitamente apenada. Quizás porque
a su lado había podido mirar su vida desde otra perspectiva, descubriendo su
terrible banalidad. O tal vez, porque estaban allí, en aquella playa de Salgar
donde de repente había querido volver arrastrando a Maritza que se mostraba
reacia a acompañarla, deja en paz el pasado, decía. Pero ella había insistido,
mira que si no es contigo no la veré nunca más. Y era cierto, no habría osado
ir sola. Temiendo, absurdo, sí, que alguien fuera a reconocerla, diciéndose que
a lo mejor ya había cambiado. Como si pudiera cambiar el mar cruzado de
gaviotas, el promontorio, el viejo y olvidado castillo de Salgar. Habían subido
a lo más alto de las rocas y de espaldas al castillo se habían sentado a
contemplar la puesta de sol. Qué lejano parecía todo, qué perdido en el tiempo.
Le sorprendió no sentir la menor emoción. Recordaba, vagamente, como ahora, no
a Horacio, no su cara, ni siquiera a ella misma, sino la silueta de dos
adolescentes que cogidos de la mano saltaban por las rocas y corrían hacia el
mar. Recordaba una blusa blanca abombada por el viento, una mano acercándose a
la suya, la conciencia de un olor de hombre mezclado al del yodo y de las
algas. Imágenes ligeras, imprecisas, como vistas en un sueño o seguidas por el
ojo de una cámara lenta, ¿era ella esa muchacha con los zapatos en la mano?,
las gaviotas volando a ras del mar. Horacio, su sombra, cargándola en sus
brazos para saltar la oxidada línea del tren que antes llevaba a Puerto
Colombia porque a ella le daban miedo las arañas. Casi no recuerdo nada, le
había dicho a Maritza riendo; no podía ni siquiera acordarse de la forma en que
se vestía Horacio, del color de sus ojos, si tenía o no una sonrisa. Veía su
pelo, negro, ondulado, sus manos largas, eso era todo. No, veía también su
cuerpo, ahora, exigente, ansioso sobre el suyo. Cómo le gustaba su calor, ese
olor que tenía bajo las axilas. Y hundirse en él, perderse, confundirse con la
arena de la playa. Podían hacer mil veces el amor, Horacio inventaba siempre
pretextos para retenerla un momento más; buscaban escondites; habían
descubierto una cueva que el mar cubría apenas subía la marea; allí se quedaban
toda la tarde, qué locos, qué absurdos eran.
Se amaban, al menos lo parecía. Ella lo había amado sin condiciones,
maravillada desde el primer día cuando lo vio aparecer entre los aplausos de la
gente y él, eligiéndola, le había tendido una rosa blanca que llevaba en las
manos; enervada por la intensidad de su mirada, sorprendida de su aplomo, de su
manera de controlar al público. Casi al instante él le había hecho llegar un
billete pidiéndole que se encontraran al final del espectáculo. Vamos, le había
dicho Maritza sonriendo, a lo mejor es el hombre de tu vida. Pero ella no
quería, le parecía que sería un acto indebido. Y entonces, cuando daba la
vuelta para salir, lo había encontrado frente a ella mirándola con aquella
vehemencia apasionada que ya había sorprendido antes en sus ojos. Habían ido a
la Heladería Americana y ella había pedido un Frozomalt que dejó intacto.
Maritza sonreía burlona y él no dejaba de mirarla. Se mostraba tierno,
solícito, le había ofrecido la cereza de su helado y al acercarla a su boca, le
había acariciado suavemente la mejilla.
Laura de Urueta se echó a reír, la cereza de su helado, qué cursi. Pero
tenía una voz extraordinaria y hablaba de su vida con ligereza y una áspera
amargura. Conocía cada rincón de la América del Sur, decía, había hecho todos
los oficios. De niño, en Buenos Aires, había vendido periódicos y más tarde,
había ganado un concurso de tangos en Radio Belgrano. Eso le había permitido
convertirse en locutor, sólo que él no estaba hecho para la rutina, qué querés
che, le gustaban la aventura, los viajes, encontrar gente diferente. A veces se
quedaba sin trabajo y entonces cantaba tangos en cualquier bar de barriada o
servía de camarero. Una existencia dura, che, azarosa, tanto mejor. Así había
aprendido a hacerse hombre y salir adelante como fuera. Ella apenas se atrevía
a alzar los ojos del Frozomalt pensando, mientras él hablaba con aquel acento
arrastrado y dulzón, qué bello es, qué vida tan formidable la suya. Bello, sí,
a pesar de haber olvidado su cara recordaba que Horacio era el hombre más guapo
que había conocido. ¿Su vida?, espulgando por aquí y por allá quedaba reducida
a la de un pobre diablo sin mayor consistencia. Pero, ¿quién hablaba?, ¿la
mujer o la niña que entonces lo escuchaba deseando ya hacerle olvidar tanta
miseria, temblando de emoción porque su pierna se había puesto a presionar la
suya?
Extraño Horacio, indefinible: un charlatán y al mismo tiempo un hombre
que conocía como nadie los gestos del amor, su ritmo y sus secretos. Sabía
sacar a una mujer de la indiferencia y conducirla hasta donde ni ella misma, en
sus sueños más audaces, se había atrevido a llegar. Un cuerpo en sus manos,
bajo el apremio de su voz, de su mirada, abandonaba cualquier forma de recelo y
sin vergüenza alguna se aceptaba, se descubría. Había sido una verdadera suerte
vivir por primera vez el amor con él. Lo pensaba incluso ahora, sabiendo ya lo
que sabía. Lo que él le había insinuado la noche que iban a escaparse juntos,
cuando cerrando su maleta había dicho: ¿suerte?, a lo mejor, fijate che, sea tu
desdicha. Mucho después, después de haber conocido a Ernesto y de haberse
casado, después del nacimiento de Lilian y de su matrimonio, había seguido
pensando que al decir aquello Horacio se refería a toda la pobreza que irían a
afrontar juntos, los viajes en tercera clase, los hoteluchos de mala muerte. Y
durante años, cada vez que la frase volvía a su memoria, le daba la misma
interpretación sin poder admitir que al hablarle de ese modo, Horacio había
intentado prevenirla de que de allí en adelante encontraría difícilmente un
hombre capaz de amarla como él lo había hecho. Porque aceptar eso habría sido
reconocer lo que su madre le había revelado hacía una semana, cuando ella se
quejó de que Felipe hubiera olvidado el aniversario de Lilian, y colérica, en
un repentino, inexplicable estallido de furia, su madre le había descubierto
que fue el propio Horacio el que la había telefoneado para avisarle su
intención de escaparse juntos y el sitio donde podía encontrarlos. Pero tú, a
lo mejor preferirías para tu hija un miserable como ese hombre, dijo. Y los
ojos de su madre eran fríos, no malévolos, sino fríos. Y al advertir su estupor
había balbuceado algo así como lo siento, Laura, no sé qué me pasó, había
jurado que nunca te lo diría.
Una música se oyó a lo lejos, un tambor sonaba entre la queja alegre de
las gaitas. Laura de Urueta recordó que era sábado de carnaval. Aquella música,
sin embargo, la sorprendió; ya las danzas no subían hasta el Prado y a la hora
que era debían de estar todas en pleno Paseo Bolívar acompañando la carroza de
la reina. Poco importaba finalmente, pero resultaba insólito, aquellos tambores
resonando como si una danza estuviera acercándose a la casa. De pronto se
detuvieron: el teléfono sonaba a su lado. Oyó la voz de Ernesto preguntándole
si se encontraba bien: en plena forma, le contestó encendiendo un cigarrillo.
Ernesto estaba contento, quería saber si deseaba que le llevara algo. Sí, dijo,
un amuleto de coral. ¿Qué?, ¿estaba loca? Es para un regalo que pienso hacerle
al hijo de Lilian, le explicó. Dos frases más y pudo al fin colgar el teléfono.
Entonces sintió que la paz le invadía el corazón. Sirvió el agua de la jarra en
un vaso, reunió en el hueco de su mano las veinte pastillas que tenía
preparadas y las bebió en tres sorbos. Ahora sí reposaría hasta el día
siguiente, tranquila, sin inquietarse más de nada. Cerró los ojos buscando las
imágenes que la ayudaban a dormir. ¿Dónde estaban los tambores? Ya no se oían,
pero la mosca había comenzado otra vez a zumbar. Pobre mosca, quizás tenía
frío, hacía frío en el cuarto. Pensó que debía levantarse a buscar la manta
mexicana del diván. Pensó también que nunca se sentaba en el escritorio de su
padre. Había estado guardado durante años en el garaje de la casa de Olaya
Herrera llenándose de arañas y comején. Lo había limpiado, lo había hecho
traer, pero no lo usaba. Su padre, un hombre indigno. Una vez alguien le había
contado, ¿quién?, alguien, ah, sí, aquel hombre que se había pasado toda su
vida leyendo al Dante, hágame el favor, se lo sabía de memoria. Maritza y ella
lo habían encontrado en la parada del autobús y él se había puesto a contarle
que de joven salía a cazar con su padre, un excelente cazador, dijo. Un día le
disparó a una mica que estaba con su bebé en la rama de un árbol. Nunca supo
por qué. Pero mató al miquito y la madre empezó a seguirlo quejándose y
mostrándole al miquito muerto. Desde esa vez, aseguró el hombre, tu padre no
quiso volver a cazar, lo vendió todo, su fusil, sus escopetas. Sin embargo era
indigno. Tenía queridas, repetía su madre, que lo engañaban y lo ponían en
ridículo. Y ella, ¿qué había sido su padre para ella? Salía a pasear con él al
anochecer; la llevaba al parque Washington y cuando ella caía dando vueltas por
la loma la recogía en sus brazos. La loma, aquella impresión de vértigo, volvía
a sentirla. Como si de la mano de su padre se hundiera en el mar, el mar,
Horacio, ¿por qué no recordaba su cara? En el castillo de Salgar había niños,
huérfanos, les llevaban colombinas, yo también perdí a mis padres, decía
Horacio, sí que se apiadaba de sí mismo. Horacio farsante, ¿cuántas veces
habría repetido toda aquella comedia? Decía que la amaba, locamente, fijate
che, nunca me había ocurrido. Hablaba de los astros y llevaba un amuleto de
coral colgado al cuello. Mejor intentar dormirse, la manta, qué frío hacía. Un
cangrejo aparecía entre las rocas, ¿de nuevo llorando, Laura?, caminas para
atrás como el cangrejo, no llores más, te digo que tu padre se fue para
siempre. Sus piernas, las había perdido, iba a quedarse inmóvil, no, sólo
dormía. ¿Y si tomaba las otras diez? El suicidio es una venganza, ¿dónde lo
había leído? Una venganza, pero, ¿y si las tomaba? Trató de abrir los ojos y a
duras penas divisó el vaso de agua y el frasco, algunas pastillas rodaron al
suelo, bebió las otras. Ahora sí el olvido, no más Ernesto, no más su madre.
Dormir, acabarlo todo, ¿qué era esa nube que giraba en la ventana? Alguien
intentaba entrar al cuarto, la ventana se abría, no podía creerlo, Horacio. Horacio
se acercaba a ella, indiferente a la explosión de risas que desataba su paso
bajo la carpa iluminada del circo. Estallaban los cobres de la banda, trararará,
trará, pon, poropón, ponpón, y en el aura rosada de los reflectores lo vio
al fin, vio sus zapatos de raso negro, vio su traje constelado de piedras
brillantes, vio sus ojos quietos y alucinados mirándola intensamente desde
aquella cara que regresaba ahora del fondo de los años, injuriada por el olvido
y recobrada en el momento mismo en que todo empezaba a ser bruma y silencio, su
triste y remota cara: de payaso blanco.
Marvel Moreno


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