© Libro N° 8873. El Surgimiento Del Cerebro Desde Un Punto Marxista. Garcia Colin Carrillo, David Rodrigo. Emancipación. Julio 24 de 2021.
Título original: ©
El Surgimiento Del Cerebro Desde Un Punto
Marxista. David Rodrigo Garcia Colin Carrillo
Versión Original: © El Surgimiento Del Cerebro Desde Un Punto Marxista.
David Rodrigo Garcia Colin Carrillo
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EL SURGIMIENTO DEL CEREBRO DESDE UN PUNTO MARXISTA
David
Rodrigo Garcia Colin Carrillo
El Surgimiento Del Cerebro Desde Un Punto
Marxista
David Rodrigo Garcia Colin Carrillo
EL SURGIMIENTO DEL CEREBRO
DESDE UN PUNTO MARXISTA
Por David Rodrigo Garcia Colin Carrillo
A los seres humanos nos gusta suponer que lo que nos define como especie
está en nuestro cerebro enorme y sofisticado. Es natural quedarse maravillado
por un órgano de menos de kilo y medio que contiene cerca de cien mil millones
de neuronas, capaz de cobrar consciencia de sí mismo. Pero se trata de un
prejuicio idealista que pone la realidad patas arriba. El cerebro no es tanto
lo que nos hace humanos sino uno de los resultados de lo que nos hizo humanos.
El cerebro es producto del trabajo y aunque es cierto que el desarrollo de este
órgano interactuó e impulsó al trabajo en una relación dialéctica, debe verse
como una relación en donde el órgano es lo subordinado, el resultado. La prueba
de ello está en el hecho de que los primeros homínidos que fabricaron
herramientas prelíticas hace más de cuatro millones de años –y podemos
asegurarlo porque incluso los chimpancés llegan a elaborarlas en situaciones
límite- tenían el cerebro del tamaño de un bonobo. Por lo tanto, primero fue la
transformación material y luego vino la evolución de nuestros cerebros. Así, no
es verdad lo que dice Juan en La Biblia de que “al principio fue el verbo y el
verbo estaba en Dios”, sino al contrario “al principio fue la acción”, la
acción creó el cerebro, el cerebro cre el verbo (el lenguaje) y –en uno de sus
muchos extravíos- a Dios.
Lo que compartimos con los primates. Necesario pero no suficiente
Los seres humanos compartimos con el resto de los primates, orden al que
pertenece nuestra especie, algunas características generales que, aunadas a la
locomoción bípeda propia de los homínidos, posibilitaron la creación de
herramientas, lo que nos transformaron en lo que somos. Es necesario señalar
las más importantes para comprender las condiciones que transformaron al “mono”
en hombre.
El origen arbóreo de los primeros primates –que seguramente se
alimentaban de insectos y frutas- nos ha legado algunas características
esenciales. La visión estereoscópica que permite ver en tres dimensiones, los
ojos situados al frente y la capacidad de percibir cierta escala cromática
fueron características que les permitieron a los pequeños primates originales,
de los que desciende el homo sapiens –como también nuestros primos los
chimpancés, los bonobos (chimpancés pigmeos), los gorilas y orangutanes- diferenciar
las clases de frutos y su grado de madurez, además de permitir enfocar presas
pequeñas como insectos. En relación con otros mamíferos, como los canes, los
primates poseemos un área cerebral dedicada a la visión de mayor tamaño que el
área olfativa. Sin estas características visuales, junto con unas manos capaces
de cierta destreza, sería imposible la selección de materiales y, sobre todo,
la precisión y delicadeza que requiere la fabricación de herramientas.
Un cerebro relativamente grande en comparación a otros mamíferos permite
a los primates depender menos de los instintos que del aprendizaje, ésta
características, propia de la mayoría de las especies de nuestro orden, no
sería posible sin una dieta omnívora que alimentara adecuadamente a este
órgano. Veremos que el trabajo y la producción de alimentos –especialmente el
consumo de carne– crearon al cerebro humano y que la estructura y organización
cerebral es más importante que el tamaño para explicar al pensamiento
complejo (el recientemente descubierto Homo Floresiensis es prueba de ello),
sin embargo, un cerebro de ciertas dimensiones debió haber implicado otro punto
crítico que, entre otros, fungió como factor de retroalimentación para
transformar y crear al cerebro humano. Adicionalmente, los primates son
animales relativamente más sociales, ésta dependencia social –expresada, por
ejemplo, en el periodo de crianza dilatado de las crías– habrá de aumentar y
hacerse más compleja conforme surjan especies homínidas más sofisticadas
culturalmente.
Pero ninguna de estas características por sí mismas es suficiente para
explicar el surgimiento de nuestra especie. El elemento central en este proceso
dialéctico fue la mano. Las manos sensibles y prensiles con pulgares oponibles
son una cualidad que a los primates les sirve para asirse a los árboles, para
tomar frutos y para cazar insectos –y a las indefensas crías aferrarse al pelo
de sus madres- y a nosotros nos posibilitó la fabricación de herramientas.
Vestigio curioso de ello es que aún los bebés humanos menores de nueve meses se
aferran instintivamente –con manos y sorprendentemente lo intenta hacer con los
pies- de cualquier objeto asible (reflejo prensil plantar y palmar
respectivamente), esto debió ser muy útil para sujetarse de las ramas, del pelo
de las hembras y no caer de los árboles con fatales resultados.
Desde un comienzo la mano jugó un papel central, incluso antes de que
fuera la mano del hombre. La coordinación mano-ojo- cerebro debió haberse
desarrollado complementariamente como interrelacionada es su función en el
trabajo. La clavícula y muñeca propia de los primates fue esencial para
balancearse de rama en rama usando los brazos – locomoción arbórea llamada
braquiación- y para nosotros es fundamental para mover los hombros hacia
arriba, abajo, atrás y adelante; sin ello no podríamos fabricar herramientas,
lanzar una jabalina y ni siquiera girar un picaporte. Los primates tienen manos
prensiles, esta característica resultará esencial para la fabricación de las
primeras herramientas; el trabajo es producto de la mano tanto como la mano es
producto del trabajo. La oposición del pulgar llega a su perfección en la mano
humana porque lo es con respecto al resto de las falanges, creando un órgano
delicado y preciso capaz de tocar en el piano una pieza de Chopin o de esculpir
una Venus de Milo. Pero el trabajo no sólo creo la mano, es justo decir que, en
última instancia, la mano creo al hombre; aunque no haya sido la mano de Dios
–como sostiene la religión- sino la mano del hombre mismo en su proceso de
transformación.
Un contexto ecológico adecuado, más la posición bípeda –además de las
características generales de los primates que ya hemos señalado- permitieron el
punto de ruptura que se requería para el salto evolutivo que nos lleva de la
biología a la cultura; proceso que abrió el camino que nos lleva a la senda
humana.
La mano que transformó todo
Investigaciones recientes de los fósiles de los huesos que componen la
muñeca del Australopithecus han revelado cómo este antecesor usaba su
mano. Los patrones de fuerza ejercidos sobre el tejido esponjoso de un hueso de
la muñeca permiten hacerse una idea de cómo usaba sus dedos. De esta
manera se ha mostrado que el Australopithecus ya no usaba su mano para trepar
árboles y que, por el contrario, usaba el pulgar de una forma similar al de la
mano humana moderna, es decir: la usaba para trasportar alimentos, útiles
y fabricar toscas herramientas de las cuales no nos han llegado ejemplares.
Además de ello contamos con los estudios de los fósiles de parte del rostro de
un infante de cuatro años de edad que muestran que -a diferencia de los
chimpancés- un aferensis de 4 años aún no había terminado de desarrollar su
cerebro y presumiblemente tampoco su proceso de aprendizaje infantil. Esto
último confirma que la creación cultural de herramientas tiende a dilatar el
periodo en el cual los infantes deben aprender su legado cultural.1
Las causas se convirtieron en efectos y los efectos en causas: la
posición erguida liberó la mano y facilitó la fabricación regular de
herramientas y con la fabricación de herramientas se fue desarrollando la
posición erguida; la diferencia entre manos y pies; la reducción de tamaño de
dientes rostro y mandíbulas y sobre todo las tendencias hacia el crecimiento
del cerebro, junto con la concomitante transformación de la pelvis, el fémur,
la columna vertebral, etc.; fueron una muestras asombrosa de que al fabricar no
fabricábamos nosotros mismos. Engels ya había subrayado las implicaciones
revolucionarias de la posición erecta cuando señaló que “la acción de trepar
asigna distintas funciones a las manos y los pies, y cuando su modo de vida
implica la locomoción en suelo llano, estos monos olvidaron poco a poco la
costumbre de usar la manos para caminar y adoptaron una postura cada vez más
erguida. Este fue el paso decisivo de la transformación del mono en hombre”.2
La mano así liberada se transformó así misma al mismo tiempo que
modificaba su entorno y al propio Australopithecus creando el instrumento de
producción más increíble sobre la faz de la tierra: la mano humana. Así pues,
nos señala Engels en un pasaje clásico que conserva todo su valor después de
más de 100 años de haber sido escrito:
La mano no es sólo el órgano del trabajo, sino también el producto del
trabajo. Trabajo, adaptación a operaciones siempre renovadas, herencia de
músculos, ligamentos y, a lo largo de prolongados periodos, huesos que pasaron
por un desarrollo especial y el siempre renovado empleo de ese refinamiento
heredado en operaciones nuevas, cada vez más complicadas, otorgaron a la mano
humana el alto grado de perfección necesario para crear los cuadros de un
Rafael, las estatuas de Thorwaldsen, la música de un paganini.3
Pero no sólo la mano es el producto del trabajo, sino, lo más asombroso,
el órgano que representa a la materia más altamente organizada en el universo
conocido, la materia que ha cobrado conciencia de sí misma: el asombroso
cerebro humano. Resultó una sorpresa cuando los antropólogos descubrieron
que los Australophitecus tenían el cerebro de un chimpancé (alrededor de
450-550 Cc -se ha demostrado que los Ardipithecus contaban con una capacidad
cerebral similar-).
Sabemos por medio del registro de fósiles que otros cambios físicos
importantes como la ampliación del tamaño del cerebro, la modificación de la
pelvis femenina para permitir el alumbramiento de crías con mayor cerebro y la
reducción de la cara, dientes y mandíbulas no se produjeron hasta hace unos dos
millones de años, tras la aparición del bipedalismo. También
pueden haberse producido en esa época otras características humanas, como el
aumento del tiempo de dependencia de las crías jóvenes respecto de sus
padres y el aumento de la ingesta de carne en la dieta habitual.4
Un terrible error filosófico: El vergonzoso Hombre de Piltdown
Este hecho, que Engels había señalado con cien años de anticipación, es
ahora universalmente reconocido por los antropólogos. Pero durante un lapso de
cien años después de que Engels escribiera El papel del trabajo en la
transformación del mono en hombre los antropólogos siguieron una pista falsa en
función de una posición filosófica idealista; Alan Woods comenta este
hecho:
Desde aproximadamente cien años, el estudio de los orígenes del hombre
fue completamente socavado por la filosofía idealista prevaleciente. Siguiendo
la noción idealista de que el cerebro lo determina todo, se asumió que nuestros
primeros antepasados deberían por necesidad tener un cerebro grande. La
búsqueda del “eslabón perdido” se redujo, por lo tanto, a la búsqueda de un
fósil humanoide que exhibiera ese rasgo.
Tan convencidos estaban los antropólogos de esta teoría, que fueron
engañados por el llamado Hombre de Piltdown, que más tarde se demostró no era
más que una burda falsificación, en la que el cráneo de un humano fue combinado
con la mandíbula de un simio. De hecho, al basarse en el idealismo, la ciencia
ha estado siguiendo una pista falsa durante cien años. Lo contrario era el
caso. El cerebro de los primeros antropoides era del mismo
tamaño que el de un chimpancé. Esto ya había sido predicho por Engels hace más
de un siglo en su impresionante estudio El papel del trabajo en la
transformación del mono en hombre. Engels explicó que los primeros antepasados
del hombre se separaron primeramente de otros simios al adoptar una
postura erguida, que liberó sus manos para el trabajo. Esta
fue la condición previa al desarrollo de la humanidad. Pero el auténtico salto
cualitativo fue la producción de herramientas de piedra. Esto provocó el
desarrollo de la sociedad, el lenguaje y la cultura que de
forma definitiva nos diferencia del resto de los animales. Stephen Jay Gould
señaló que si los científicos hubieran prestado más atención a lo que Engels
había escrito, se hubieran ahorra cien años de errores.
¿Cuál era el problema aquí? Era un problema filosófico: la mayoría de
los científicos seguía las nociones predominantes del idealismo filosófico y,
por tanto, formularon una hipótesis incorrecta. (…)5
El caso vergonzoso del hombre de Piltdown–supuestamente descubierto en
1912 por un aficionado llamado Charles Dawson- retrasó el estudio del
Homo erectus unos 60 años (y el de la antropología en general unos 100 años).
En 1890 el físico sueco Eugene Dubois descubrió en Java el cráneo de un erectus
al que denominó Pithecanthropus pero el cráneo no encajaba con las
expectativas dominantes puesto que era del tamaño de un chimpancé y se
encontraba en un país que no era del primer mundo, el mismo Dubois se desdijo
de su descubrimiento y éste se consideró como los restos de un primate extinto
que nada tenía que ver con el humano. La farsa del hombre de Piltdown se
sostuvo tanto tiempo porque éste no sólo tenía un cráneo del tamaño de un
hombre moderno – ¡y claro que son nuestras ideas las que nos hace humanos!-
sino que señalaba el origen del hombre en Sussex Inglaterra, ¡es evidente que
el primer ser humano debió haber sido un respetable ciudadano Inglés mucho más
avanzado que los pobladores de Java! Fue hasta 1924 que el antropólogo
australiano Raymond Dart redescubrió al erectus en Transaval África pero nadie
hizo mucho caso a su descubrimiento porque neciamente tenía el cráneo del
tamaño de un chimpancé y, peor aún, estaba en África. No fue sino hasta 1953 que
se descubrió que el famoso hombre de Piltdown –ese respetable primer hombre
inglés- no era sino una burda falsificación, un palimpsesto compuesto de huesos
de un cráneo humano encimados con la mandíbula de un orangután y un canino de
chimpancé, huesos todos hábilmente pintados de color pardo y raspados para
parecer muy antiguos. ¡Esta vergüenza monumental es otro de los grandes logros
del idealismo en la ciencia!
¿Cuál fue el factor que permitió a Engels anticipar la relación entre el
trabajo y el desarrollo del cerebro mientras que la mayoría de los antropólogos
estuvieron atrapados bajo una hipótesis incorrecta durante casi cien años?
Engels partía de un punto de vista dialéctico y pudo orientar su atención
en el lugar correcto, de la misma manera los filósofos jonios pudieron
adelantar la teoría de la evolución (Anaximandro) porque su enfoque dialéctico
los orientaba en la dirección correcta. Esto es una muestra sorprendente del
papel de la filosofía en la formulación de hipótesis, en la orientación de la
investigación y en la selección de datos. A diferencia de lo que creen los
positivistas el punto de vista filosófico con el que se aborda una
investigación no es irrelevante. Se puede, como es el caso de los positivistas,
tener disponibles una tecnología muy avanzada pero estar atrapados por métodos
e interpretaciones absolutamente deficientes, mecánicos y rígidos (ya decía
Heráclito que los sentidos son malos consejeros para las personas con almas
bárbaras), actualmente contamos con tecnología y conocimientos a años luz de
distancia de los filósofos jonios pero la ideología dominante (positivista o
posmoderna) está muy por detrás de los primeros filósofos griegos, el
materialismo dialéctico debe combinar el pensamiento dialéctico con los últimos
conocimientos de la ciencia.
Cerebros grandes, partos dolorosos y problemas intestinales
La transformación del entorno por medio de la mano no sólo transformó al
homínido en humano, también creo un cerebro cada vez más sofisticado. Pero
nuestra especie tuvo que pagar el precio: el consumo de energía de este órgano
maravilloso exige el 20 % del total de la energía utilizada por el cuerpo y por
consecuencia unos intestinos sorprendentemente largos –de unos ocho metros y
medio- capaces de absorber toda esta energía, esto no sólo condenó a la
humanidad a padecer de colitis y otros problemas intestinales desagradables;
además condenó a las mujeres a un parto doloroso –que incluye una pelvis
femenina diseñada para luxarse temporalmente durante el alumbramiento- dado el
enorme tamaño de la cabeza de los recién nacidos. La razón de que las mujeres
partan con dolor no está, así, en el castigo divino al pecado original de la
mujer, como sostiene La Biblia en el Libro del Génesis, sino en nuestro proceso
evolutivo, en las complicaciones anatómicas de un cerebro grande. A los
idealistas les gusta pensar que las ideas no tienen nada que ver con la materia
y menos aún con asuntos tan triviales como la digestión, pero una hipótesis
interesante sobre el surgimiento del cerebro en el reino animal, a partir del
tubo neural primitivo, es que el cerebro de los primeros animales con
cabeza –surgidos tras las explosión cámbrica hace unos 500 millones de
años-tuvo la función inicial de regular la digestión, por eso no es de extrañar
la cercanía entre la boca y el cerebro. Como decía Marx, antes de hacer historia
necesitamos alimentarnos.
La dialéctica de la evolución cerebral, el tamaño no lo es todo
La historia del cerebro expresa una dinámica dialéctica. En su evolución
las viejas funciones son negadas por nuevas estructuras cerebrales conservando
las anteriores dentro de una estructura superior. Así, sin uno observa la
estructura interna del cerebro humano verá que en términos generales, mientras
más interna es la estructura más básico y primitivo es su funcionamiento. El
tallo cerebral que conecta con la médula espinal controla la respiración y el
latido cardiaco, uno puede imaginarse esta parte primitiva del sistema nervioso
como el original tubo neural; el tálamo se encarga de la temperatura corporal,
alimentación, agresión y la reproducción; coronando el tallo hay algo parecido
– a decir de Carl Sagan- al cerebro de un cocodrilo: el “complejo R”, sede de
la territorialidad de los animales más rudos; rodeando esta parte primitiva
está el sistema límbico de los mamíferos, sede de los estados de ánimo y
emociones. El neocortex cerebral está presente en los mamíferos dado su
comportamiento social y complejo. De acuerdo a Carl Sagan: “[…] finalmente en
el exterior, viviendo en una tregua incómoda con los cerebros más primitivos
situados debajo, está la corteza cerebral, que evolucionó hace millones de años
en nuestros antepasados primates. La corteza cerebral, donde la materia es
transformada en consciencia, es el punto de embarque de todos los viajes
cósmicos. Comprende más de las dos terceras partes y es el reino de la
intuición y del análisis crítico. Es aquí donde tenemos ideas e inspiraciones,
donde leemos y escribimos, donde hacemos matemáticas y componemos música
[…]”6 El desarrollo embrional repite el mismo patrón evolutivo, desde un
simple tubo neural que se diversifica y especializa en sucesivas capas, hasta
formar el cerebro del recién nacido.
No hay dudas de que el proceso de cerebración humano está íntimamente
relacionado con la fabricación de herramientas. Hemos señalado que el cerebro
del Australopithecus era de unos 400 cm cúbicos, el Homo habilis de poco
más de 500 cm cúbicos, el erectus 850 cm cúbicos; por lo que en menos de 2
millones de años la fabricación de herramientas duplicó el volumen cerebral.
Una evidencia adicional de que el desarrollo cerebral estuvo relacionado
íntimamente con la práctica histórica concreta lo constituye el proceso de
desarrollo intelectual del bebé, que en ocasiones parece repetir a su modo el
proceso de desarrollo de la humanidad; en efecto, mientras una cría chimpancé
presenta el 65% de la capacidad cerebral de un adulto y se calcula que la cría
habilis era del 50% respecto a sus padres, la capacidad cerebral de un bebé
humano es de un 25% en relación al adulto; el resto de su potencial cerebral se
desarrolla durante la infancia, por medio del aprendizaje y la interacción con
el mundo social. Así pues la interacción con el medio conectó las
neuronas en nuevos circuitos, creó las potencialidades cerebrales y también las
realizó.
Hace unos 200 mil años surgieron los primeros especímenes de nuestra especie
con una capacidad cerebral promedio de unos 1200 cm cúbicos quienes convivieron
con el famoso neandertal que superaba a nuestra especie en capacidad craneal
con sus 1550 cm cúbicos. Pero, como suelen afirmar los terapeutas
sexuales, “el tamaño no lo es todo”. Aunque el neandertal tenía un volumen
superior promedio al hombre moderno y el hombre de flores tenía el cerebro del
tamaño del chimpancé, presentando paradójicamente un comportamiento complejo
inalcanzable para éste; es claro que la estructura y organización cerebral
marcaron la diferencia. Las transformaciones cualitativas, estructurales del
cerebro son aspectos más complejos de estudiar en el desarrollo de la evolución
del cerebro humano pero más importantes que el tamaño.
El cortex cerebral, sede de la inteligencia
Una característica cualitativa fundamental en el surgimiento del cerebro
humano está en el desarrollo del cortex cerebral asociado a las capacidades
racionales, lingüísticas y abstractas propias de la mente humana, capa del
cerebro que comprende dos terceras partes de este órgano. La fabricación de
herramientas funcionó como un importante motor cultural en la selección de
todas aquellas mutaciones que favorecen la capacidad de abstracción,
planificación y racionalización, dado que las poblaciones con mutaciones
genéticas que mejoraron estas capacidades tuvieron mayores posibilidades de
sobrevivir. A pesar de que las herramientas del Homo habilis no muestran
prácticamente variedad o especialización, vale la pena reflexionar un poco las
implicaciones de la elaboración de estas herramientas. La fabricación de
herramientas de piedra es una tarea más compleja de lo que se cree, su
fabricación -incluso para un trabajador experto- requiere empeño y precisión;
es imposible separar las lajas de la piedra original si no se golpea ésta con
el instrumento percutor en un ángulo determinado; la transformación de un
pedernal o una roca en un raspador presupone y a la vez impulsa la capacidad
propia del ser humano de abstraer, prever y planificar. La fabricación de
herramientas implica e impulsa –como hemos observado- la capacidad de imaginar,
prever, planificar, medir, simbolizar. Así, la necesidad creó al órgano: las
necesidades sociales que se le presentaron a los homínidos para transformar su
entorno generaron los órganos correspondientes, especialmente el cerebro. Las
necesidades de planificación, ejecución, autocontrol, razonamiento y
abstracción impulsaron el desarrollo de los lóbulos frontales, especialmente de
una fina capa de unos 2 milímetros llamada neocortex –que compartimos los
mamíferos-cuya sofisticación llega a su punto máximo en los seres
humanos; a ello se debe que los humanos modernos tengamos frentes altas, encima
de los ojos y cráneos globulares.
La transformación del medio natural fue un asunto social,
colectivo; algunos investigadores han encontrado una relación directa entre el
tamaño del necortex y la complejidad de las relaciones sociales que unen a los
individuos de la clase de los mamíferos. En concordancia, mientras avanzamos en
la sucesión de especies homínidas y llegamos al género Homo observamos un
desarrollo progresivo del cortex cerebral que llega a su punto álgido con
nuestra especie. El estudio de las impresiones cerebrales dejadas en los
cráneos del homo habilis demuestran un desarrollo del cortex cerebral,
especialmente de la áreas encargadas de la imitación de gestos orales y
manuales, reforzando la idea de que la fabricación de herramientas y el
lenguaje (aunque fuera una tosca comunicación gestual) se desarrollaron de
forma paralela. En un fascinante estudio se establece una hipótesis sobre la
antigüedad de la capacidad cerebral para el lenguaje abstracto “diversos
autores (Kay, Catmill y Ballow) estimaron que el tamaño del nervio que controla
los músculos de la lengua está relacionado con la capacidad de ésta para
pronunciar distintos sonidos del habla. A su vez, el nervio pasa por el canal
hipoglosal del cráneo y éste es 1,8 veces mayor en los seres humanos que en los
simios. Además en los Australopitiecus, el canal mide igual que en los simios,
pero hace 300.000 años alcanzó el tamaño que hoy se advierte en los seres
humanos, lo que da a entender que el habla humana tiene al menos esta
antigüedad”.7 Hace 300 mil años surgieron los primeros humanos arcaicos,
pero sabemos que el neanderthal tenía dificultades para un lenguaje articulado
dado el tamaño de su laringe y el menor desarrollo de su corteza prefrontal, de
ser cierto la hipótesis antes citada se demostraría que la capacidad cerebral
para un lenguaje complejo estuvo latente antes del desarrollo de este
potencial, potencial que se actualizó con nuestra especie hace unos 200 mil
años mediante la acción.
La creciente complejidad de la producción de herramientas y de los lazos
sociales implicaba, no sólo el desarrollo del neocortex, también la necesidad
de desarrollar mejores sistemas de comunicación, ello produjo áreas cerebrales
específicas para dichas funciones. Así, por ejemplo, fue probablemente una
mutación en el gen FOXP2 el que catalizará un potencial oculto en el cerebro y
realizará las capacidades lingüísticas y asociativas del cerebro, con el
desarrollo áreas corticales conocidas como “de Wernike” y el “de Broca” que se
relacionan con la comprensión del lenguaje abstracto y la formación de
oraciones complejas. Con la complejidad creciente de las actividades sociales
la corteza del cerebro se especializó generando una lateralización hemisférica;
aunque cada hemisferio realiza actividades simétricas –controlando el lado
opuesto del cuerpo- también se especializa en una suerte de actividades
polares, como explica Carl Sagan: “El mundo del pensamiento está dividido más o
menos en dos hemisferios. El hemisferio derecho de la corteza cerebral se ocupa
principalmente del reconocimiento de formas, la intuición, la sensibilidad, las
intuiciones creadoras. El hemisferio izquierdo preside el pensamiento racional,
analítico y crítico. Estas son las fuerzas duales, las oposiciones esenciales
que caracterizan el pensamiento humano. Proporcionan conjuntamente los medios
tanto para generar ideas como para comprobar su validez. Existe un diálogo
continuo entre los dos hemisferios canalizado a través de un haz inmenso de
nervios, el cuerpo calloso, el puente entre la creatividad y el análisis, dos
elementos necesarios para comprender el mundo”.8
En síntesis, aunque el cerebro de los Neandertales tenía un volumen
mayor al de nuestra especie, sus lóbulos frontales y su cortex prefrontal
estaban menos desarrollados. Desafortunadamente para los neandertales, los
“dados” de la evolución estaban “cargados” para que el sapiens-sapiens pudiera
superar la prueba del final de la última glaciación con nuevas herramientas,
sistemas de comunicación más abstractos y complejos, y formas más flexibles de
adaptarse a los inevitables cambios, superando su animalidad al subordinarse a
nuevas leyes culturales. Adicionalmente, aunque el cerebro del hombre de flores
fuera del tamaño del de un chimpancé es seguro que las circunvoluciones de su
cerebro estuvieron organizadas de distinta manera, como lo sugieren los estudios
hechos en sus cráneos.
Conclusión
Es la evolución la que ha posibilitado que la materia cobre consciencia
de sí misma, que ha hecho surgir la materia más altamente organizada conocida
en el universo: nuestro cerebro. Pero la capacidad cerebral del primer Homo
sapiens que surgió en África hace 200 mil años y la del hombre contemporáneo es
idéntica, tanto por su volumen como por su estructura. Lo que explica las
diferencias culturales abismales entre el hombre del paleolítico y el del
capitalismo no se encuentra, por tanto, en el cerebro sino en el contexto, en
la evolución histórica y ya no en la evolución natural. La evolución social
avanza mucho más rápido que la evolución biológica, por lo que las leyes de
Darwin han dejado de operar en nosotros en forma decisiva por lo menos durante
los últimos 200 mil años; si bien es cierto que nuestro cerebro ha dejado de
crecer, hemos podido expandirlo culturalmente con herramientas asombrosas como
los procesadores y el internet, hemos dilatado nuestra memoria con bibliotecas,
hemerotecas y fonotecas; nuestra capacidad de comunicación, con la televisión y
los celulares; mucho más allá de la capacidad natural de nuestro cerebro. Hasta
ahora ha sido el contexto el que configura al cerebro y en mucho menor medida a
la inversa. Es éste el que desarrolla o limita las potencialidades cerebrales
latentes, presentes en todos los seres humanos. Pero el contexto mismo ha dado
la oportunidad para que el cerebro humano desentrañe los misterios de la
naturaleza y la sociedad, para que un Einstein arranque a la naturaleza sus
secretos, para que un Darwin descubra los procesos de evolución de las especies
y para que un Marx descubra el funcionamiento del capitalismo. Por tanto, el
desarrollo histórico que nos ha hecho lo que somos nos da la oportunidad, por
primera vez en la historia, de que el cerebro domine conscientemente el
contexto, no sólo natural sino, sobre todo, el social. El dominio del hombre
sobre sus propias relaciones sociales pasa, necesariamente, por la liquidación
del capitalismo para que la planificación democrática socialista nos dote de la
capacidad para que las ideas colectivas, los cerebros de los hombres, controlen
finalmente su propio destino y desarrollen plenamente todas sus
potencialidades, liberando las capacidades ocultas de nuestros cerebros,
llevándolas a nuevas cimas, expandiéndolas con inventos ahora inimaginables.
Fuente: La Izquierda Socialista
[www.laizquierdasocialista.org/node/3324 ]
_______________________
NOTAS
1.- “Preshistoric Autopsy” BBC Documentary,
2.- Federico Engels, El Papel del Trabajo en la Transformación del Mono en
Hombre, en Dialéctica de la Nturaleza,, p. 138.
3.- Ibid. p. 139.
4.- Carol R. Ember, et al. Antropología, p.103
5.- Alan Woods, Marxismo o revolución, Marxismo y socialismo del siglo
XXI (respuesta a Heinz Dietrich), p. 48.
6.- Car Sagan, Cosmos, Planeta, Barcelona, 1985, pp. 276-277.
7.- Cf. Morgan, J El cerebro en evolución. Barcelona. Ariel, 2003.
8.- Carl Sagan, op cit. p. 278


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