© Libro N° 8871. Rehenes De La Precariedad Laboral. Maquiladoras.
Vigna, Anne. Emancipación. Julio 24 de 2021.
Título original: © Rehenes
De La Precariedad Laboral. Maquiladoras.
Anne Vigna
Versión Original: © Rehenes De La Precariedad Laboral. Maquiladoras.
Anne Vigna
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REHENES DE LA PRECARIEDAD LABORAL
Maquiladoras
Anne
Vigna
Rehenes De La Precariedad Laboral
Maquiladoras
Anne Vigna
Rehenes de la precariedad
laboral. Maquiladoras.
Las plantas de ensamblaje, símbolo de condiciones laborales de otra era,
atormentan a las poblaciones, incluso cuando cierran o funcionan ralentizadas,
como en el caso de Tijuana. La selección para la contratación laboral se torna
cada vez más despiadada, sobre todo para los trabajadores de edad avanzada, al
mismo tiempo que las filas de espera para obtener un trabajo por el día siguen
alargándose.
por Anne Vigna*, enviada especial. http://www.eldiplo.com.pe/rehenes-de-la-precariedad-laboral
“¿La crisis? ¿Cuál crisis? ¡Ah! ¿Hay una nueva crisis? ¡Tenemos que
decir que aquí en Tijuana nunca salimos de ella!”, señala con una sonrisa Jaime
Cotta. A pesar de todas las miserias que pasan por su oficina, el hombre trata
de conservar el sentido del humor. Sin ninguna duda, en Tijuana él es quien
mejor conoce las condiciones de vida en las “maquiladoras”, esas plantas de
ensamblaje establecidas en México desde los años 1960, a lo largo de los 3.000
kilómetros de frontera con Estados Unidos. ¿Qué las atrajo a México? Una mano
de obra barata, impuestos casi inexistentes, autoridades poco cuidadosas, y
todo eso al lado de la primera economía mundial (1). Gracias a las maquiladoras
somos una economía de pleno empleo, pudieron repetir, durante años, los sucesivos
gobiernos del Estado de Baja California.
Jaime Cotta fue primero obrero, y luego investigador. Hoy es abogado. Su
Centro de Información para los Trabajadores y Trabajadoras (CITTAC) (2) es el
único que ayuda a quienes esas fábricas rechazan desde hace veinte años:
obreros despedidos, accidentados en el trabajo, trabajadores temporarios sin
derechos ni contratos… Pasan por el Centro cuando los abusos son demasiado
flagrantes. Cotta los aconseja y a veces les propone iniciar un proceso
judicial. Entonces, es en esos locales donde se puede medir la temperatura
social de esta ciudad de frontera que tiene 1,4 millones de habitantes.
Hoy tres obreras han pedido una cita. Una de ellas fue suspendida dos
días por una pieza mal hecha entre las setecientas que produce en diez horas de
trabajo cotidiano. “Me quieren despedir, están siempre atrás mío, y me inventan
cualquier cosa”, dice con la mirada baja. En el papel que le tiende a Cotta,
está escrito que ella “ha perjudicado intencionalmente a la empresa”. Ella
agrega que, en esta maquiladora, los “paros técnicos” ahora tienen lugar todas
las semanas. Un día sin paga que reduce un poco más un salario ya ridículo (de
755 pesos por semana, apenas 40 euros).
Los “paros técnicos” figuran entre los últimos descubrimientos de los
dueños de esas fábricas. Felipe Calderón, el presidente mexicano, los promueve
en nombre de la lucha contra los despidos masivos. El gobierno federal paga un
tercio de los salarios, la maquiladora otro tercio y el trabajador… pierde el
último tercio durante esos días no trabajados. A cambio, las fábricas se
comprometen a no despedir más que a una cantidad de trabajadores proporcional
–y no superior– a la caída de la producción (o de las ventas). Pero, como lo
explica la presidenta de la Asociación de la Industria Maquiladora de Tijuana
(3), Magnolia Pineda, “pocas empresas aceptaron entrar en ese programa porque
para ellas resulta imposible renunciar a la libertad total para despedir. Es
una restricción inaceptable”. Entonces, de todas maneras proceden a los “paros
técnicos”, pero sin pagar el salario, con total ilegalidad. Por lo demás,
agrega la presidenta de esta organización patronal, “los trabajadores
comprenden muy bien la situación; no ha habido ninguna huelga”.
En efecto, la agitación social no afectó a estas fábricas de
subcontratación que reexportan sus productos en cuanto están ensamblados hacia
Estados Unidos. Según el estudio más completo que se ha llevado a cabo, en
Tijuana el 82% de las maquiladoras no tiene ningún sindicato (4). Y el 18%
restante tiene organizaciones denominadas por los obreros “sindicatos
fantasmas”. Pineda no se expresaría así pero, aunque “busca en su memoria”,
constata que en cincuenta años de maquiladoras nunca hubo un conflicto. Un detalle:
no se trata de la “comprensión” de los trabajadores, sino del miedo a las
represalias lo que hace que la paz social reine siempre en esta ciudad
fronteriza. Basta ir temprano por la mañana a los parques industriales para
comprenderlo.
Desde hace varios meses han aparecido colas de desempleados que esperan,
con la esperanza de encontrar un empleo por el día. Algunos duermen en el
lugar, para tener más posibilidades. A las cinco de la mañana, aunque no haya
ningún reclutador presente, todos se muestran aterrorizados: “No me hable, no
se acerque –murmura uno–. No puedo decirle nada, no tengo derecho a hacerlo”. Y
otro: “Usted no puede estar aquí, está prohibido. Sí, es verdad, es la calle,
pero estamos frente a la fábrica y la calle también es de ‘ellos’”. A las
siete, nadie ha sido contratado y se calientan bebiendo un café de mala
calidad, a quinientos metros de la fábrica, pero todavía tienen miedo: “Ellos
tienen cámaras y usted tiene una lapicera, es demasiado peligroso”. Sólo una
mujer acepta contar que busca trabajo desde hace meses y que “no hay nada”.
Pero no quiere decir su nombre, ni su edad, ni su origen.
Reivindicaciones “fuera de lugar”
Las maquiladoras instalaron desde siempre los cerrojos necesarios para
amordazar la información. “He tratado por todos los medios, y desde hace años,
pero nunca me dejaron entrar, aunque nos invitan a todas sus conferencias de
prensa en los grandes hoteles de la ciudad”, explica un periodista local
especializado en economía (5). Entonces, hay que ir a los locales de CITTAC
para conocer un poco más sobre ese mundo tan secreto. Aquí, los que un día
empujaron la puerta para entrar y aprendieron sus derechos, ya no tienen miedo
de hablar.
Desde hace años se repite el mismo discurso: trabajar en las
maquiladoras es un infierno; pero con la crisis se ha franqueado un nuevo
círculo, porque las condiciones de vida se degradan todavía más. Rogelio, a los
cuarenta años, ha pasado por varias empresas desde que tenía veintiuno y tiene
mucho para decir sobre sus prácticas: “Yo vengo de Michoacán, y apenas llegué
trabajé primero para la japonesa Takubi, donde se ensamblaban marcos de bafles;
después para Tabushi, también japonesa, donde se hacían cables para Canon; y
después en la estadounidense Sohnen, la peor de todas, donde se reparaban
aparatos electrónicos”.
En Sohnen, Rogelio hizo cursos para convertirse en técnico: dos horas a
la tarde después de diez horas de trabajo. Fue promovido, con lo que su salario
era casi decente (1.700 pesos por semana, es decir unos 90 euros), pero el
ritmo del trabajo era agotador. “Teníamos veinte minutos para reparar un
aparato; y si no lo lograbas tenías que terminarlo a la tarde y, obviamente,
sin paga suplementaria”.
Según su capataz, Rogelio no era suficientemente rápido. En realidad,
estaba comenzando a organizar un sindicato con otros obreros. Se habían reunido
varias veces en un parque y distribuían folletos a la salida de la fábrica. Los
supervisores le preguntaron a los demás obreros si Rogelio era el instigador.
Considerado por la dirección como “el jefe”, una mañana lo despidieron. Rechazó
el cheque de la irrisoria indemnización que pretendían darle después de años en
la empresa. Gracias a una batalla judicial llevada a cabo por CITTAC, pudo
cobrar una indemnización más decente. Pero desde entonces figura en la lista
“negra” (6).
Sharp lo incorporó durante algunas semanas, antes de darse cuenta y lo
despidió inmediatamente. Desde entonces, en toda la península de Baja
California, tuvo vedado el acceso al sector electrónico. En 2007 debió buscar
trabajo en Unipolar Ovonics, una maquiladora estadounidense que ensambla
paneles solares. “El trabajo no es fácil. Hay dieciséis hornos y ningún
extractor de aire: el calor es agobiante. La zona de recorte es la más
peligrosa porque todo el día se respira el polvo de la fibra de vidrio, que también
se pega a la piel. Al final de la jornada tienes ese polvo en todo el cuerpo.”
Pero las quejas de los obreros no cambian nada: “Siempre nos repiten que
tenemos suerte de tener trabajo en estos tiempos de crisis.”
Las amenazas de despido se intensificaron a lo largo del año. Junto con
Manuel, un inmigrante hondureño, Rogelio realizó investigaciones sobre la
empresa, con el objeto de redactar un folleto para distribuir discretamente a
los obreros. Así descubrieron que el nuevo presidente de Unipolar Ovonics, Mark
Morelli, fue felicitado recientemente por los buenos resultados del grupo en
2008 (“beneficios con un aumento del 16%”, precisa Manuel) antes de anunciar
perspectivas radiantes para los paneles solares: ¡“la toma de conciencia
ecológica” obliga! “Su lista de pedidos está completa hasta 2012, según el
presidente, ¿entonces por qué nos amenazan constantemente con el despido?”, se
indigna Rogelio. Es cierto que la crisis existe –agrega Cotta–, pero también
constituye un pretexto para mantener los salarios quietos, y olvidar cualquier
aumento”.
Para las organizaciones patronales, este tipo de reivindicación está
verdaderamente “fuera de lugar” “en estos tiempos difíciles para todos”. Pero
esto no es lo más importante. Porque según Claudio Arriola, presidente de la
Cámara Nacional de la Industria Electrónica (CANIETI) en Tijuana, aunque
todavía quedan algunos meses difíciles, la recuperación económica se acerca. El
presidente Calderón dio precisamente el mismo discurso, afirmando que “los
signos de recuperación se multiplican”. En la actualidad, retoma como en un eco
Arriola, “nosotros debemos ir para adelante. La electrónica, tal como la
conocemos ahora, sin duda está terminada aquí, pero seguimos teniendo buenas
cartas de triunfo, en particular la cercanía con Estados Unidos”.
Aunque el optimismo se impone ante la prensa internacional, la admisión es
importante. Así, la electrónica, el sector que todavía emplea a más personas en
la ciudad, ya no está a la orden del día. Hace diez años, los mismos
empresarios se referían a Tijuana como “el sur del Silicon Valley”
californiano; era “la capital mundial de la televisión” y la ciudad del “pleno
empleo”. Los promotores de las maquiladoras no ahorraban en elogios para un
modelo que había atraído millones de dólares de inversiones extranjeras, a tal
punto que siete de cada diez televisores vendidos en Estados Unidos se
fabricaban en Tijuana.
Las fallas del modelo
Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(NAFTA, según su sigla en inglés) en 1994, hasta 2001, hubo una expansión
prodigiosa. El sector electrónico apreciaba particularmente las pequeñas manos
ágiles de las obreras y las autoridades no ponían reparos a la utilización de
productos contaminantes, en particular el plomo.
En las puertas de California, las maquiladoras contrataban a los
migrantes para satisfacer un consumo de “gadgets” electrónicos que parecía que
nunca iba a disminuir. “Desde 1994 a 2000 hemos tenido una economía de pleno
empleo en Tijuana, con un desempleo de apenas el 1%, explica Cuauhtémoc
Calderón, investigador económico en el Colegio de la Frontera Norte de Tijuana.
En toda la zona fronteriza, las maquiladoras se convirtieron en un cordón para
contener la emigración. Pero este modelo de empresa está totalmente aislado del
resto de la economía y no tiene efectos derrame hacia los demás sectores,
porque los productos se importan, se ensamblan y se exportan. Las maquiladoras
no pueden absorber la emigración masiva que hemos tenido. La desregulación
brutal de nuestra economía provoca el desplazamiento de 500.000 mexicanos por
año, un fenómeno que un país sólo suele experimentar en tiempos de guerra”.
Las primeras fallas del modelo aparecieron con el nuevo milenio: la
recesión de 2001 en Estados Unidos provocó la pérdida de 200.000 empleos en las
maquiladoras de la frontera. En 2002, el sector electrónico perdió el 31% de su
mano de obra, y el 27% en Tijuana. Porque, como explica Leticia Hernández,
especializada en cuestiones de inversión, “aquí somos totalmente dependientes
de Estados Unidos. En 2008, el 78% de la inversión extranjera directa destinada
a la zona fronteriza era estadounidense. Entonces, resulta evidente que la
crisis de ese lado de la frontera provocará aquí un desempleo inédito”.
En el otoño boreal de 2009, la tasa oficial de desempleo en Tijuana (7%)
fue más elevada que el promedio nacional (5%). Y, como en el resto del país, la
economía informal sigue ocupando a la mitad de la población activa. El
despertar resulta amargo: “No hubo transferencia de tecnología y, en cuatro
décadas, la creación de puestos de ingenieros y de técnicos fue muy
decepcionante”, considera la socióloga Cirila Quintero, especialista en
maquiladoras del Colegio de la Frontera Norte de Matamoros. En Tijuana, el 13%
de las maquiladoras no dispone de ningún ingeniero y el 65% sólo emplea entre
uno y diez. De la misma manera, el 73% de las maquiladoras del sector
electrónico no dispone de un centro de investigación y desarrollo. También hay
que decir que, en la mitad de estas empresas, se ensambla un solo producto;
sólo en el 13% de los casos se ensamblan tres productos. “La maquiladora, por
sí sola, no genera desarrollo sino únicamente un crecimiento desequilibrado,
con la consecuencia principal de crear empleos precarios y mal remunerados”,
considera la investigadora.
Esta economía de exportación, totalmente dependiente del gran vecino del norte,
estaba perdiendo velocidad ya antes de la crisis. La entrada de China en la
Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 cambió la situación. “Hace ya
diez años que observamos abusos cada vez más notorios, además de despidos sin
indemnización, constata Cotta. Las fábricas protestan para pagar cualquier
cosa, incluyendo la protección para los productos peligrosos. Pero como ya no
hay trabajo, la gente no dice nada”.
En este momento se habla mucho de una maquiladora, Power Sonic, que
fabrica baterías para aparatos electrónicos. “Antes, nadie quería ir allí
porque hay que manejar plomo durante toda la jornada –explica Rogelio–. Pero
ahora todas las mañanas hay cola frente a la fábrica”. A los 36 años, con dos
hijos y un crédito para su casa, Netzahualcóyotl dice que “no tuvo elección”
cuando perdió su empleo en Sonehen. Ahora prefiere creer en la calidad de su
equipo de protección. “Los jefes dicen que sólo caen enfermos quienes no lo
utilizan bien”. Él hasta ahora no ha sido afectado, por lo menos según los
criterios de la empresa, que realiza pruebas sanguíneas todos los meses. “No
nos dan los resultados, pero si la tasa de plomo en la sangre es demasiado
elevada, nos cambian de puesto. Así es como nos enteramos que estamos
enfermos”.
El plomo, un componente esencial de todo material electrónico, está
omnipresente: en los temores, en las discusiones, en los ríos. En primer lugar
porque, durante diez años, el barrio de Chilpancingo, que se encuentra más
abajo de los parques industriales, luchó contra los desechos de plomo
abandonados en la naturaleza. Gracias a la ayuda de una Organización No
Gubernamental (ONG) ecologista estadounidense –Environmental Health Coalition–,
3.000 toneladas de tierra fueron enviadas en 2008 a Estados Unidos para ser
descontaminadas, y 8.000 toneladas fueron selladas bajo una capa de cemento.
Los que pagaron fueron los gobiernos de ambos países, no las empresas.
“Todos se felicitaron ante la prensa. Pero nosotros, durante años, hemos
gritado en el vacío cuando los niños nacían sin cerebro y morían
inmediatamente. Y además, desgraciadamente, eso no cambió nada, sigue faltando
un control serio de los desechos abandonados por las empresas, y no se controla
la salud de los trabajadores”, recuerda Yesina Palomares, que sigue animando la
organización de Chilpancingo. Nos da una prueba de ello Carmen, que trabajó en
Panasonic. “Yo sellaba plomo sobre las placas electrónicas y sentía claramente
que respiraba humo con cada operación”, nos cuenta. Al cabo de seis años
aparecieron manchas en su cara, una fatiga general y una enfermedad renal. “El
médico de Panasonic aseguraba que no era nada, pero después un clínico me hizo
pruebas y me dijo: ‘O dejas de trabajar, o tendrás una leucemia dentro de
poco’”.
Carmen obedeció, porque en ese tiempo se cambiaba fácilmente de
maquiladora. Hoy, afirma, es diferente: “Somos menos cuidadosos”. En su barrio,
la cantidad de desempleados aumenta desde el cierre de Sony. Incluso algunos de
sus vecinos han vuelto a sus Estados de origen. “Yo llegué de Chiapas, a los 13
años. Y en treinta años, no había visto a nadie volverse al sur”. En un
principio, después de trabajar algunos años en las ciudades fronterizas para
poder pagar el dinero al pasador (o coyote), un emigrante probaba su suerte en
el norte. Ahora eso es demasiado peligroso, dado que la situación es muy
incierta. “En Estados Unidos, los migrantes mexicanos trabajan en general en la
construcción. Pero ahora no es verdaderamente el momento”, nos explican en un
albergue para emigrantes de Tijuana –sostenido por religiosos católicos– que
por primera vez desde hace años está poco poblado.
Los candidatos a la emigración toman conciencia de la situación. ¡A
algunos metros de la frontera! Esperando días mejores, llaman a las puertas de
las casas y ofrecen sus servicios. Provistos de algunas herramientas se
convierten en plomeros, jardineros, electricistas, “porque las maquiladoras no
contratan, contrariamente a lo que nos habían dicho”, relata uno de ellos.
Algunos renuncian, otros perseveran, pero todos viven la crisis antes de tocar
suelo estadounidense. Se aprietan el cinturón para no gastar aquí el dinero que
necesitarán para entregar al coyote.
Excluidos de la demanda laboral
En Tijuana, la crisis se percibe sobre todo en los mayores de cincuenta
años. Desde siempre, las maquiladoras piden personal joven. “De menos de
treinta y cinco años”, exige la mayoría de las demandas de empleo. Al llegar a
la fatídica edad de la cincuentena comienza una lucha cotidiana para no ser
despedido. “Las personas que llegan a esa edad dan verdaderamente pena –explica
Netzahualcoyotl–. Trabajan como locos para que no se les diga ‘tu no mantienes
el ritmo’. Tienen la mejor productividad de la empresa, pero son demasiado
caros; por más que trabajen duro, nada cambiará: serán despedidos”.
Es lo que le pasó a Delfina, justo a los 54 años. “Recuerdo que al final
hacía el trabajo de tres personas, tenía dolor de cabeza, me sangraba la nariz
y el capataz estaba todo el tiempo atrás de mí, diciéndome que me apurara. Al
final, decidieron hacernos trabajar parados, porque sentados éramos menos
eficaces. No podíamos hablar, no podíamos ir al baño, y ni siquiera mascar
chicle”.
Delfina fue despedida sin explicaciones en noviembre de 2008. No le
pagaron ni la semana ni la indemnización. Hizo una demanda y ahora espera que
el Consejo de Conciliación dé su opinión. Actualmente sólo dispone de 200 pesos
semanales (10,5 euros) que le envía una de sus hijas que tiene un almacén. Pero
son tres los que deben vivir con esa suma. “Sólo hacemos dos comidas al día”,
dice enojada, cuando se le pregunta cómo se las arregla con tan poco. Después
de 25 años en la maquiladora y después de haber criado sola sus siete hijos,
Delfina no tiene jubilación ni ahorros. Como muchas madres solas, trabajó de
noche durante años y “pasó por malas experiencias”.
En la empresa de juguetes Mattel tuvo que pelear por sus derechos.
“Cuando Mattel compró la empresa [donde trabajaba], me querían despedir sin
indemnización; como me negué, me secuestraron”. Pasó una noche entera encerrada
en una oficina con un guardia. Y a la mañana siguiente debió aceptar un cheque
de 2.000 pesos (106 euros) para poder salir. “Ustedes comprenden, mis hijos me
esperaban”. Con la ayuda de Cittac, denunció estos hechos en la televisión y en
la radio. Pero Mattel no quiso saber nada. Por otra parte, la justicia
consideró que no se trataba de un secuestro, porque nadie había pedido rescate…
Hoy en día Delfina sabe que nunca más encontrará empleo en una
maquiladora. “Es imposible a mi edad, porque ni siquiera toman a los jóvenes
–dice mostrando a su yerno, un desempleado de 20 años–. Hay quienes tratan de
vender algunos objetos, pero aquí somos todos pobres, y no podemos comprar gran
cosa”. Su barrio se parece a muchos otros de Tijuana: al principio era ilegal,
pero luego fue regularizado. Sin embargo, las autoridades nunca construyeron
caminos. Y los habitantes tuvieron que organizarse para conseguir agua y
electricidad. Cuando la casa de su hijo se quemó, los bomberos no acudieron.
“No es normal –se indigna Delfina–, ¿pero a quién quejarse?”. La familia de su
hijo perdió todo. “La maquiladora donde trabaja no le dio nada, sólo sus
compañeros de trabajo aportaron algo. La solidaridad es lo único que todavía
funciona aquí”. ♦


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