© Libro N° 6235.
Breve Historia De La Medicina. Gargantilla, Pedro. Emancipación. Julio 20 de 2019.
Título
original: © Breve Historia De La Medicina. Pedro Gargantilla
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
BREVE HISTORIA DE LA MEDICINA
Pedro Gargantilla
CONTENIDO
La
prehistoria: los orígenes de la medicina
La
Edad Antigua: la enfermedad como castigo divino
La
medicina grecorromana: hacia una medicina racional
La
Edad Media: una época de contrastes
Edad
Moderna: cuando la medicina se convierte en ciencia
Edad
Contemporánea: tecnología aplicada al conocimiento médico
Bibliografía
A
mis hijos, Andreas, Alejandro y Arturo; a mi mujer, Berta, porque todo lo hace
posible.
Capítulo
1
La prehistoria: los orígenes de la medicina
Contenido:
Paleopatología
Trepanaciones
Paleomedicina
La figura del chamán
La
enfermedad es tan antigua como la vida misma, ya que no es más que una
manifestación de la propia vida. Podríamos definir una enfermedad como la
respuesta que tiene un organismo frente a un estímulo anormal. Cuando queremos
estudiar las enfermedades que afectaron a los primeros seres humanos, aquellos
que vivieron en la prehistoria, nos encontramos con dos grandes dificultades:
de un lado, los restos de que disponemos son mayoritariamente esqueletos, ya
que los demás tejidos se descomponen; y, de otro, cuanto más nos remontamos en
el tiempo menos esqueletos tenemos. Por este motivo se nos presentan serios
problemas para estudiar enfermedades que no afecten a los huesos.
Pero,
antes que nada, hagamos un poco de memoria en torno a los conocimientos que
tenemos con respecto de la periodización de nuestro más remoto pasado. La
prehistoria es el período de tiempo previo a la historia, el que transcurre
desde el inicio de la evolución humana hasta que aparecen los primeros
testimonios escritos. La prehistoria, a su vez, ha sido tradicionalmente
dividida en dos grandes períodos: la Edad de Piedra y la Edad de los Metales.
La
Edad de Piedra se divide, a su vez, en Paleolítico y Neolítico; el Paleolítico
es el período más antiguo y su comienzo se remonta a hace unos dos millones
quinientos mil años. Durante esta etapa el ser humano fue nómada y se
alimentaba de la caza, de la pesca y de la recolección. Fue precisamente
durante aquellos tiempos, hace aproximadamente un millón quinientos mil años,
cuando empezó a utilizar el fuego. ¿Qué fue lo que marcó el paso del
Paleolítico al Neolítico? El descubrimiento de la agricultura, a pesar de que
es difícil fijar una fecha de arranque, ya que diferentes grupos humanos
llevaron a cabo la denominada revolución agrícola en diferentes momentos, se
suele utilizar como punto de partida para datar una época que se remonta unos
cinco mil años antes de la era cristiana. En ese momento aparecieron los
primeros asentamientos humanos y surgió el tejido y la cerámica.
Al
período más reciente de la prehistoria se le denomina Edad de los Metales,
dividido en tres grandes etapas, cada una de las cuales recibe el nombre del
metal que se utilizó: Edad del Cobre, Edad del Bronce y Edad del Hierro.
§. Paleopatología
¿Cómo
podemos acercarnos a los conocimientos médicos y a los remedios que utilizaron
los hombres de la prehistoria? A través de dos herramientas de conocimiento, la
paleopatología y la paleomedicina. La paleopatología es la rama de la medicina
que estudia las enfermedades que se pueden estudiar en restos fósiles y en
momias. A pesar de que los conocimientos que nos aporta son limitados y
fragmentarios, se ha podido deducir gracias a ella que la enfermedad existía
desde antes de que apareciera el hombre. Así, se ha documentado la existencia
de enfermedades en restos de animales y plantas que precedieron al hombre en
millones de años. Sabemos, por ejemplo, que los reptiles que vivieron durante
el Cretácico sufrieron artrosis, enfermedades infecciosas óseas y fracturas; y
que los caballos que vivieron durante el Mioceno padecieron enfermedades
dentarias.
Sí,
pero ¿qué tipos de enfermedades tuvieron los hombres prehistóricos? Las
enfermedades que afectaron a nuestros antepasados las podemos agrupar en cinco
grandes grupos: traumatismos, artritis y artrosis, enfermedades
infectocontagiosas, dentarias y tumorales.
Los
traumatismos no son propiamente una enfermedad, ya que consisten en la acción
de un objeto, animado o inanimado, contra nuestro organismo. Las consecuencias
de los traumatismos tienen una elevada presencia en los restos óseos
procedentes de la prehistoria, debido a las condiciones de vida, a las luchas
entre los grupos tribales, a los accidentes y a los ritos sacrificiales. Por
este motivo, los hallazgos de fracturas y contusiones son frecuentes en los
esqueletos. La mayoría de las lesiones fueron causadas por objetos romos, y es
que las lesiones óseas producidas por objetos punzantes o afilados no
aparecieron hasta el Calcolítico (entre el 2500 y el 1800 a. C.), período
intermedio entre el Neolítico y la Edad del Cobre, durante el cual se
introdujeron el arco y la flecha. Durante esa época se produjo un aumento
demográfico y, con él, la necesidad de expansión, que se tradujo en la lucha
entre diferentes grupos de seres humanos.
Por
su parte, la amputación se llevó a cabo con fines rituales o sacrificiales y
debió de existir en el hombre prehistórico, tal y como actualmente se observa
en los bosquimanos o en los indios de Estados Unidos. Entre estos últimos, por
ejemplo, existe actualmente la costumbre de amputarse un dedo o una falange
cuando muere un familiar en señal de duelo. En las representaciones pictóricas
en donde aparecen manos pintadas en negativo (Cueva de las Mil Manos, en la
provincia argentina de Santa Cruz; cuevas del Tassili, situadas en Argelia, a
unos dos mil kilómetros al sur de la capital, Argel; La Pasiega, en el
municipio español de Puente Viesgo, en Cantabria…) podemos comprobar cómo en
algunas de ellas faltan dedos o falanges, habitualmente el dedo meñique, lo
cual indica que las manos que sirvieron de modelo habían sido mutiladas.
La Cueva de las Mil Manos se encuentra en el cañón del río Pinturas, en la
provincia argentina de Santa Cruz. Los hombres prehistóricos nos legaron
numerosas representaciones rupestres, con una antigüedad de 7350 a. C. Desde el
punto de vista médico es interesante observar la amputación digital que aparece
en algunas manos
En
los restos óseos procedentes del Mesolítico, la etapa de transición entre el
Paleolítico y el Neolítico, se ha encontrado un elevado porcentaje de artritis
(inflamación de las articulaciones) y artrosis (degeneración del cartílago
articular). Estas dos enfermedades reumatológicas eran especialmente frecuentes
(hasta en un 70 % de los hallazgos) en personas jóvenes, de edad inferior a
treinta años y de sexo femenino. Hay que tener en cuenta que durante esta época
era la mujer la encargada de moler el grano, y que los molinos prehistóricos
consistían en losas de piedra sobre las que las mujeres se agachaban y
realizaban su trabajo con la ayuda de un canto rodado. Así pues, fueron las
duras condiciones de vida las que aceleraron la aparición de estas enfermedades,
que actualmente se diagnostican en personas de edad más avanzada.
De su lado, las enfermedades infectocontagiosas más frecuentes se debieron
fundamentalmente a infecciones en las heridas cutáneas, lo cual podía provocar
una infección generalizada (sepsis) que facilitaba la diseminación de la
infección y que pondría en peligro la vida del enfermo. También durante
aquellos tiempos remotos fueron frecuentes las infecciones por parásitos, lo
que en términos médicos se conoce como infestación.
Las
infestaciones se debieron a la ingesta de alimentos en mal estado, el consumo
de animales infectados por parásitos (por ejemplo gusanos como la tenia) o la
convivencia entre animales y personas.
Ahora
bien, ¿cuáles fueron los primeros gérmenes causantes de enfermedades? Los
paleopatólogos han encontrado bacterias fosilizadas en formaciones geológicas
que se remontan a más de tres mil quinientos millones de años. La diversidad de
bacterias en ese momento debió ser enorme y es bastante probable que no fuesen
patógenos (gérmenes capaces de producir enfermedades). Es fácil pensar que su
patogenicidad se puso de manifiesto cuando tuvieron que enfrentarse unas
especies con otras, y fuera en ese momento cuando se hiciera necesario luchar y
establecer mecanismos de defensa. Dado que la datación de los virus es bastante
posterior, se puede afirmar que hubo un tiempo en el que no hubo enfermedades
virales, pero sí bacterianas.
Al igual que los huesos, las piezas dentarias se conservan bastante bien con el
paso del tiempo, por lo que su análisis nos puede aportar gran información, no
sólo desde el punto de vista médico, sino también desde el punto de vista
social (por ejemplo en relación con el tipo de alimentación). Las pérdidas
dentarias debieron ser muy frecuentes en esa época, con la posterior atrofia de
los alvéolos dentarios y el desplazamiento de las piezas vecinas.
Llama
la atención el hecho de que no se hayan encontrado dientes con caries en el
hombre del Paleolítico, probablemente los cambios de alimentación que se
produjeron durante el Neolítico favorecieron la aparición de esta enfermedad.
Esto no quiere decir que el hombre del Paleolítico no tuviera problemas
dentarios, que los tenía y además eran muy importantes. La dureza de la carne
cruda y la presencia de restos minerales en los vegetales favorecieron la
abrasión dentaria y el desgaste de las encías. Las mandíbulas encontradas están
dañadas en su mayoría hasta la raíz, lo cual hace pensar que las infecciones
debieron ser bastante frecuentes. Hay que tener presente otro hecho importante;
si se produce una degradación excesiva de las mandíbulas y los dientes se
reduce de forma importante el consumo de alimentos, debido a que no se pueden
masticar correctamente, lo cual puede poner en peligro la propia subsistencia
del individuo. En el año 2009 la antropóloga española Teresa Delgado ha dado a
conocer los resultados de un estudio realizado en los hallazgos dentarios
prehistóricos del barranco de Guayadeque (Gran Canaria), los cuales han
permitido conocer hechos muy interesantes y acercarnos más a la sociedad
prehistórica. Teresa Delgado ha descubierto que las mujeres tenían mucha mayor
incidencia de caries que los hombres, lo cual hace suponer que la dieta de los
hombres prehistóricos contenía menos cantidad de azúcares y más proteínas que
las mujeres. Los hombres consumían mayor cantidad de carne que las mujeres, lo
cual provocaba mayor incidencia de sarro y periodontitis, enfermedades que se
han hallado en las piezas dentarias.
Por
último, la patología tumoral tiene una presencia muy escasa durante la
prehistoria, ya que la esperanza de vida durante esta época estaba en torno a
los veinte o treinta años y los tumores suelen aparecer a edades más avanzadas.
§. Trepanaciones
No
es infundado el temor que tienen los pacientes del siglo XXI a ser sometidos a
una cirugía cerebral, ya que un pequeño error quirúrgico puede provocar
dramáticas consecuencias para el paciente. A pesar de todo, la cirugía craneal
ya era practicada por los hombres prehistóricos. El término cirugía deriva
del griego cheiros, que significa «mano», y de ergon,
«trabajo». Literalmente, la cirugía es el arte de trabajar con las manos. El
nacimiento de la cirugía se puede fijar a lo largo del Neolítico, durante el
cual aparecieron unos «profesionales» que con técnicas y adminículos muy
rudimentarios practicaron las primeras trepanaciones (del griego trypanon,
«perforar»). Así pues, la trepanación es una técnica quirúrgica que consiste
básicamente en perforar el cráneo de un paciente. Es uno de los enigmas más
fascinantes de la antropología, que a día de hoy sigue teniendo numerosas
preguntas sin resolver.
El
arte de trepanar, que no es específico de una región geográfica concreta, es
una técnica quirúrgica que fue realizada por multitud de pueblos prehistóricos
de nuestro planeta y se han encontrado cráneos trepanados en prácticamente
todos los continentes. Este tipo de cirugía debió ser una práctica
relativamente frecuente a lo largo de la prehistoria. En un estudio realizado
en Francia en un grupo de más de ciento veinte cráneos, con una antigüedad de
ocho mil quinientos años, cuarenta de ellos mostraban señales de haber sido
trepanados en vida. Además, y esto es todavía más curioso, se han encontrado
cráneos en los que se practicaron varias trepanaciones. Uno de los más
estudiados es un cráneo con dos trepanaciones realizadas en diferentes momentos
y que fue encontrado en un yacimiento de Alsacia, en Francia. Tiene una
antigüedad de cinco mil años y el análisis realizado ha demostrado que el
individuo murió varios años después de la cirugía.
Este
tipo de prácticas no se detuvieron en la prehistoria y se continuaron haciendo
a lo largo de siglos, eso sí, utilizando procedimientos operatorios más
complejos y ampliando el número de orificios trepanadores. El récord, en cuanto
a trepanaciones en un mismo cráneo se refiere, lo tiene un cráneo encontrado
cerca de la antigua capital incaica de Cuzco y que data del siglo XI de nuestra
era. Se realizaron siete perforaciones, algunas de las cuales fueron
practicadas en diferentes períodos de tiempo.
¿En qué zona del cráneo se solían realizar las trepanaciones? No deja de ser
asombroso que en prácticamente todos los lugares en los que se han hallado
cráneos trepanados el perfil de la persona en la que se realizó sea
prácticamente el mismo: en la mayoría de los casos los cráneos pertenecían a
varones jóvenes, era excepcional que se hiciese en mujeres o niños. Los
orificios se localizan preferentemente en el lado izquierdo del cráneo,
probablemente la localización no es casual, ya que es la ubicación que resulta
más cómoda para una persona diestra en el momento de realizar la trepanación.
Actualmente disponemos de más de diez mil cráneos trepanados. El área
geográfica de las trepanaciones prehistóricas es extraordinariamente amplia. En
el continente americano son especialmente abundantes los cráneos procedentes de
Perú a partir del segundo milenio antes de nuestra era. En España se han
encontrado cráneos neolíticos trepanados en casi todas las regiones, siendo
especialmente numerosos los de la cultura talayótica balear y de las islas
Canarias prehispánicas.
En
cuanto al hueso en el que se realizaba, generalmente la cirugía se practicaba
en los huesos temporal y occipital, y con menos frecuencia en el hueso parietal
o frontal. La forma de la trepanación es prácticamente la misma en todas las
áreas geográficas, solía ser la de un óvalo o un cuadrado, y sus dimensiones
eran reducidas (3-4 cm por cada lado).
Los científicos han identificado dos tipos de trepanaciones: las llevadas a
cabo en vida y otras hechas tras la muerte de un individuo (post mórtem). Poder
distinguir entre una trepanación realizada en vida y otra post mórtem no
plantea grandes problemas para los investigadores, pues basta con analizar si
en el hueso se pueden identificar áreas de cicatrización (callo de fractura) y,
en tal caso, la trepanación se realizó en vida.
En la perforación de los huesos craneales (calota) los cirujanos empleaban
cuchillos o trépanos realizados con obsidiana o sílex. Los resultados de esta
práctica son todavía más asombrosos si tenemos en cuenta que no se utilizaba
ningún anestésico; el paciente soportaría estoicamente los diez o quince
minutos que podía durar la intervención. La técnica llevada a cabo era muy
rudimentaria, como no podía ser de otra manera, y consistía bien en el raspado
del hueso o en la perforación del mismo, girando para ello, de forma
alternativa, los instrumentos. De esta forma se conseguía que los orificios
fueran de bordes regulares. En otros casos se procedía a realizar cortes
limpios y longitudinales, de forma que formasen un ángulo recto y cruzado,
dando lugar a un paralelepípedo.
Es posible que los incas hayan sido los trepanadores más entusiastas de todos
los tiempos, en una época correspondiente a la Edad Media europea,
concretamente en el siglo XV. Pueden ser considerados unos cirujanos
sofisticados, que mejoraron considerablemente la técnica y emplearon un
cuchillo de obsidiana denominado tumi, realizado mediante una
aleación de oro, plata y cobre. Durante este período era costumbre que los
incas, una vez terminada la intervención, recogiesen el polvo del hueso y lo
guardasen, ya que le atribuían propiedades mágicas.
Cuando uno piensa durante unos segundos la suerte que correrían los pacientes,
sin duda sospecha que la tasa de mortalidad sería elevadísima. Sin embargo, los
investigadores han constatado que más de la tercera parte de los sujetos que se
sometían a una trepanación conseguían sobrevivir, y la posibilidad de que
hubiese complicaciones postquirúrgicas, del tipo de las infecciones, era baja.
¿Qué impulsó a nuestros ancestros a perforar la bóveda craneana? El motivo para
excavar un cráneo debía ser distinto si se realizaba en un cadáver o en un
vivo. En las trepanaciones post mórtem es posible que su finalidad fuera
obtener un fragmento óseo (rondelle), una especie de amuleto al que
se atribuirían poderes mágicos. Las rondelles serían poderosos
talismanes para ahuyentar a los espíritus. También es posible, como se observa
actualmente en los kayaks de Borneo, que el foramen practicado fuese para
colgar el cráneo en la pared de la cueva, asimismo como una finalidad mágica,
más que decorativa, o que el cráneo se utilizase en los rituales a modo de
vaso.
La trepanación es una de las hazañas médicas más notables de nuestros
antepasados, siendo verdaderamente asombroso que los pacientes sobrevivieran a
esta intervención. La existencia de cuerpo calloso en los bordes irregulares
del orificio es una prueba irrefutable de supervivencia
¿Cualquier
cráneo valdría para este fin? Probablemente no, ya que no deja de ser curioso
que se haya constatado que las trepanaciones post mórtem se realizaban casi
siempre en cráneos en los que se había realizado una trepanación en vida. ¿Por
qué razón se elegían estos cráneos y no otros? Es posible que los hombres
primitivos considerasen a los supervivientes de una trepanación una especie de
santones y, por este motivo, su cráneo tenía un mayor valor mágico.
En cuanto a las trepanaciones realizadas en vivo, podían tener un fin
quirúrgico o médico. En el primer caso, la trepanación se realizaría para
retirar los fragmentos óseos aplastados tras una contusión craneal. En cuanto a
los fines médicos, es posible que la trepanación fuese el tratamiento de la migraña,
la epilepsia o la locura. La cuestión que surge a continuación es si estas
enfermedades eran frecuentes durante la prehistoria. La epilepsia es un síntoma
frecuente cuando existe déficit de vitamina D, enfermedad que era frecuente en
el Neolítico. Sobre la locura no podemos especular con cierta solidez
científica porque nos es imposible conocer su incidencia. En relación con la
migraña, si extrapolamos lo que sucede actualmente, es más frecuente en mujeres
jóvenes y, como hemos visto, las trepanaciones se realizaban mayoritariamente
en varones jóvenes; por lo que es poco probable que se hiciesen para tratar a
estos enfermos. Todo esto nos hace sospechar que la finalidad de las
trepanaciones con fines médicos debía tener una fuerte influencia mágica, pues
sólo a través de la trepanación se podría eliminar el demonio que había
invadido al paciente. El espíritu maligno saldría del cuerpo a través del
agujero realizado en su cráneo.
Una vez finalizada la cirugía, la herida se dejaba al descubierto, sería una
seña de identidad para el resto de su vida. Es fácil imaginar las
complicaciones que se podrían derivar de esta situación mientras cicatrizase la
herida. Una de las mejores colecciones de cráneos trepanados se encuentra en el
Museo de Ica (Perú) y procede de la cultura Paraca Cavernas (en torno al año
700 a. C.), que se desarrolló en Tajahuana, a orillas del río Ica. En algunos
de los cráneos que allí se conservan se ha podido comprobar que en ellos se
aplicó bálsamo de Perú, mentol, taninos, alcaloides, saponinas o resina,
probablemente para acelerar la cicatrización y reducir la posibilidad de
infecciones en la herida quirúrgica.
§. Paleomedicina
Como ya señalamos anteriormente, la otra herramienta que nos permite acercarnos
a los aspectos médicos de la prehistoria es la paleomedicina. Consiste,
básicamente, en analizar la acción médica a través del estudio de fósiles,
momias y restos arqueológicos, por este motivo los testimonios que podemos
obtener son menores que los aportados por la paleopatología.
Los hombres primitivos tuvieron, al igual que nosotros, hambre, dolor,
cansancio, fiebre, frío o sueño. Fue su instinto de conservación lo que hizo
que pudieran luchar y vencer estas situaciones. El hambre les hizo buscar
plantas, raíces, frutos y todo aquello que le proporcionase alimento. Como eran
seres omnívoros alternaron esta alimentación con la pesca y la caza. El
hallazgo de grandes flechas y arpones nos hace sospechar que el hombre
primitivo no se contentaba con pequeñas presas sino que aspiraba a cazar
animales de gran tamaño. Su contacto con el reino vegetal le permitió conocer,
por el método de ensayo y error, qué plantas eran comestibles y cuáles
venenosas. No tardarían en conocer cuáles producían vómitos o diarrea
pudiéndolas utilizar, si la situación lo requería, como purgantes.
¿Cómo reaccionaba el hombre primitivo frente al dolor y la enfermedad? La
medicina prehistórica se caracterizó por ser intuitiva, mágica y religiosa.
Para penetrar en la mente del hombre primitivo hay que recurrir a la analogía.
Probablemente, el hombre primitivo respondió de la misma forma que reaccionan
los animales domésticos y los salvajes. Si un animal se clava una espina en una
de sus patas siente dolor y es probable que se lama su extremidad; si se
lastima una pata después de una caída tiende a cojear y a quedarse inmovilizado
en un rincón. Lo mismo le sucedería al hombre primitivo, pero ¿qué hacía este
para aliviar el dolor? Nuestros antepasados, como respuesta al dolor, a una
hemorragia o a una herida reaccionarían seguramente de una forma instintiva
friccionando la región anatómica, chupando la herida o comprimiendo la
hemorragia. A esto se añadiría la frotación y el masaje. En el caso de que
tuviera una fractura permanecería en reposo o bien procedería a entablillarse
la zona lesionada con restos de ramas, para evitar que el movimiento
intensificara su dolor.
Los hombres, como sucede en el reino animal, se prestarían ayuda unos a otros,
y no es descabellado pensar que en los primeros grupos humanos debieron de
destacar algunos individuos que demostrasen una habilidad especial para extraer
espinas o para crear útiles de entablillamiento. Estos primeros manitas no
tardarían en convertirse en los sanadores del grupo, a los que se recurriría
tras una caída o después de sufrir un traumatismo.
El sentido maternal y la higiene corporal son instintivos. Los monos se
espulgan entre ellos quitándose piojos y pulgones; y las aves se quitan con su
pico los parásitos que hay debajo de las alas. Es probable que nuestros
ancestros recurriesen a estas prácticas para desparasitarse.
Cuando el hombre primitivo sintiera que la temperatura de su organismo era
superior a lo normal, es decir, lo que ahora llamamos fiebre, acudiría a las
orillas de ríos o lagos a refrescarse, exactamente el mismo comportamiento que
siguen los animales. Del mismo modo que al frío respondieron cubriéndose con la
piel de los animales que cazaban y mediante el empleo del fuego.
§. La figura del chamán
¿Qué fue lo que propició que surgiesen dentro de las primeras comunidades la
figura de un curandero o sanador? Siguiendo con la hipótesis del párrafo
anterior, no es descabellado imaginar que hubo una serie de elementos naturales
que debieron causar un especial pavor a los hombres primitivos: las tormentas,
con sus rayos y truenos, las erupciones volcánicas, las ventiscas, las
inundaciones, las sequías y, por qué no, la simple contemplación del sol y la
luna, con sus desapariciones periódicas. A todo esto habría que añadir el mundo
de los sueños, otra dimensión incontrolable y que conectaba al hombre
prehistórico con un mundo incomprensible.
¿Qué explicación podía dar a todos estos fenómenos? Ninguna. Dado que el hombre
no podía controlarlos supuso que debía de existir una fuerza superior
desconocida, y, así, poco a poco fue surgiendo un pensamiento mágico. Con el
paso del tiempo atribuirían a los fenómenos naturales voluntades
sobrenaturales, que podrían castigar a su antojo a los hombres, por lo que era
preciso rendirles reverencia. La enfermedad pasó a ser entendida como un
castigo de espíritus malignos. Mediante una serie de prácticas, el hombre
podría congraciarse con todos estos elementos y, de esta forma, protegerse
frente a la enfermedad y las fuerzas del mal, habida cuenta de que los
espíritus le podrían privar de la salud, del bienestar y, en último término, de
la felicidad.
Más importante aún, si cabe, es preguntarnos qué actitud adoptaba el grupo
frente a un enfermo. Intuimos que las reacciones eran muy variadas, si la
enfermedad era leve se le administraba un tratamiento, pero si la enfermedad
era grave o de causa incomprensible se consideraba que el paciente había
sufrido un castigo divino, y, en tal caso, podría ser abandonado a su suerte o
ser sacrificado a los dioses.
En la medicina primitiva no existía distinción entre enfermedades orgánicas y
psicológicas, debido a que el concepto que primaba era el mágico. En la
mentalidad reduccionista de aquellos seres humanos, las causas que podían
propiciar una enfermedad se resumían al azar (como, por ejemplo, los
traumatismos) o a los elementos mágicos. Los pueblos primitivos que conviven
actualmente con nosotros distinguen cinco situaciones que pueden producir una
enfermedad: la infracción de un tabú, un hechizo maligno, la pérdida del alma,
la posesión por un espíritu maligno o la intrusión de un cuerpo extraño. Es de
suponer que en la prehistoria estos conceptos también estuvieron presentes.
La infracción del tabú se produce cuando se rompen las normas sociales que
intentan preservar al individuo de las impurezas. Habitualmente suele guardar
relación con el consumo de determinados alimentos (comidas o bebidas que estén
prohibidas, etc.), la conducta sexual (por ejemplo, mantener relaciones
sexuales durante el período menstrual o entre personas que compartan lazos
sanguíneos) y las relaciones del individuo con la familia y el grupo social
(desobediencia a los padres y a los jefes del grupo…). Para obtener nuevamente
la pureza lo primero que debía reconocer el enfermo era su culpabilidad, a
continuación debía realizar una serie de ritos de purificación (agua, ayuno,
purgantes…).
La inducción de la enfermedad por un hechizo dañino es muy característica de
algunos pueblos africanos y de algunos grupos étnicos de las Antillas. Consiste
en fabricar efigies de madera, arcilla o cera, y traspasarlas con clavos o
realizar en ellas mutilaciones, con la idea de que se repitan en los enemigos
de la tribu. Esta concepción de la enfermedad explica su rechazo a dejarse
fotografiar, ya que piensan que su imagen podría ser utilizada para provocarles
una enfermedad.
Hay una creencia ancestral de que existen espíritus buenos y malos que se
encuentran localizados en objetos inanimados y en seres vivos. Es necesario
realizar determinados rituales a estos espíritus para no ofenderles, puesto que
en tal caso podrían invadir al individuo y ocasionarle enfermedades. La
intrusión de un cuerpo extraño dentro del organismo es la base de su rechazo a
recibir inyecciones y transfusiones.
En todas las culturas primitivas existe la creencia universal de que el alma es
la parte esencial del individuo, la que le hace diferente al resto de los
miembros del grupo, la que le otorga unas señas de identidad propia; por este
motivo es muy importante no perderla. En todas las culturas primitivas hay una
serie de situaciones que pueden ocasionar el rapto o la pérdida del alma como,
por ejemplo, después de un susto, tras un accidente imprevisto o por un temor
desencadenado de forma súbita. En este supuesto el enfermo perdía lo más
importante de su ser, debiendo recurrir a un especialista, el chamán, para que
saliera a buscar su alma y la obligase a regresar a su sitio. ¿En dónde
ubicaban el alma? La localización del alma varía de unas culturas a otras, en
algunas se encuentra en las uñas, en otras en el pelo o, incluso, puede
localizarse en los excrementos.
Todas estas supersticiones fueron el caldo de cultivo ideal para que apareciera
la figura del sanador o chamán, ante la necesidad de buscar intermediarios
entre los dioses y los hombres, que terminaran con la acción maléfica de los
espíritus. Se trataba de un miembro del grupo con poderes especiales, que era
capaz de diagnosticar, tratar y dar el pronóstico de una enfermedad. Para el
diagnóstico recurrirían a métodos mágicos, que le permitieran identificar la dolencia.
Para ello entraba en trance (después de inhalar polvos de semillas alucinógenas
o consumir plantas con estas propiedades, como por ejemplo la Amanita
muscaria) o bien examinaba las vísceras de animales sacrificados. El poder
curativo se ponía de manifiesto por su capacidad para liberar la fuerza
psíquica maligna: podía transferir el maleficio a otra persona o a un animal
doméstico (cabra, pollo) o bien proyectar el mal hacia un objeto inanimado,
habitualmente un utensilio de madera creado para este fin. Posteriormente, el
objeto debía ser llevado lejos del poblado, bien al interior de la selva o bien
enviándolo al mar en una pequeña embarcación. En otras ocasiones se recurría a
ritos y conjuros (mediante el ruido de sonajeros o tambores se trataba de
asustar al espíritu y hacerle huir).
Una de las cuestiones que más han preocupado a los investigadores era conocer
el aspecto de los chamanes. El documento gráfico más antiguo que nos ha llegado
al respecto es el de la famosa gruta de Les Trois Frères, en las proximidades
de Montesquieu-Avantès, en la región francesa de Midi-Pyrenèes. Se trata de una
extensa red de cavernas del Paleolítico superior, concretamente del período
Magdaleniense (17.000-10.000 a. C.), en donde aparecen numerosos grabados y pinturas
rupestres. Una de ellas, el llamado «hombre-bisonte», podría corresponder a la
representación de un chamán en trance. Se trata de un grabado situado en un
lugar inaccesible, a unos cuatro metros de altura, que representa a un ser
antropomorfo, con piernas humanas, patas de oso, cola de caballo, astas y
orejas de ciervo y barba de bisonte.
|
|
La cueva francesa de Les Trois Frères se encuentra situada en
Ariege y es uno de los yacimientos prehistóricos de mayor relevancia de ese
país. Fue descubierta en el año 1912 por los tres hijos del conde Bégouen, de
ahí su nombre (trois fréres quiere decir «tres hermanos»), y alberga pinturas
que pertenecen cronológicamente al período Magdaleniense. Sin lugar a dudas,
es la figura del «hombre-bisonte» bailando la más célebre de todas ellas |
Así pues, los chamanes deben ser considerados los primeros médicos de la
humanidad, que a través de diferentes terapias (hierbas, raíces, sugestión,
rituales…) cumplían con la función de curanderos y sanadores de la tribu. Su
papel era sumamente importante en las sociedades prehistóricas, hasta el punto
de que los antropólogos han establecido que estos hombres además presidían los
llamados ritos de transición de una persona (pubertad, fecundidad y muerte), en
donde ayudaban a vencer las posibles crisis, y los ritos de intensificación
(sucesos que marcaban la vida de la comunidad), con los que se trataba de
vencer etapas de hambruna, epidemias o desastres naturales. A lo largo de los
siguientes milenios veremos cómo la figura del chamán se fue definiendo y adoptó
un papel mucho más definido en las culturas de la Antigüedad.
Capítulo 2
La edad antigua: la enfermedad como castigo divino
Contenido:
Civilización
mesopotámica: cuando los enfermos iban a la plaza
Escritura cuneiforme
Antiguo Egipto: el arte del embalsamamiento
Medicina hebrea: la prevención es lo que importa
Medicina hindú: la cirugía se convierte en arte
China antigua: una manera diferente de entender la enfermedad
§.
Civilización mesopotámica: cuando los enfermos iban a la plaza
En una región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates, conocida como
Mesopotamia y que se ubica en el actual Irak, tuvieron lugar hacia el séptimo y
el sexto milenios antes de Cristo una serie de asentamientos neolíticos. Mesopotamia,
que significa etimológicamente «región entre ríos» (del griego mesos,
«entre», y potmós, «río»), es una región fértil que permitió el
devenir de las primeras sociedades humanas organizadas que alcanzaron cierto
grado de desarrollo, constituyendo las primeras ciudades-estado de las que
tenemos noticia.
Esta región estuvo gobernada inicialmente por el pueblo sumerio (4000 a. C.),
al que siguieron el acadio (2600-2400 a. C.) y otros pueblos semíticos, entre
ellos los amorritas o babilonios, que fijaron su capital en Babilonia (1800 a.
C.). El soberano más importante de este último período fue Hammurabi (1730-1686
a. C.), al que nos referiremos detalladamente más adelante. A su vez, los
babilonios fueron invadidos y gobernados por los asirios, que convirtieron a
Nínive en su centro cultural (siglos VI-V a. C.).
Tanto el río Tigris como el Éufrates nacen en Turquía y su cauce crece tras
el deshielo de los montes de Armenia entre los meses de mayo y septiembre,
inundando la llanura situada entre ellos. El río Tigris fue denominado por los
sumerios como Idigna o Idigina, que significa «el río que fluye», en alusión a
la velocidad que tienen sus aguas, en contraposición con las del Éufrates, que
avanzan más lentamente.
La
riqueza natural de Mesopotamia siempre ha atraído a pueblos procedentes de las
regiones vecinas más pobres, y su historia es la de las continuas migraciones e
invasiones.
§. Escritura cuneiforme
En
poco tiempo, en Mesopotamia tuvo lugar un rápido desarrollo científico que se
tradujo en la aparición de un elevado número de inventos, tales como la rueda,
la polea, la palanca, el arado, el arco, la carroza y el cálculo sexagesimal.
También a los mesopotámicos debemos la división del año en 12 meses, la semana
en siete días y la hora en sesenta minutos. Pero, sin lugar a dudas, el invento
más trascendental se produjo hace unos cinco mil años, cuando los sumerios
utilizaron por primera vez un sistema de escritura, que al principio tan sólo
se usaba con fines administrativos, y cuyo soporte era la arcilla. El análisis
de excavaciones realizadas en las ciudades de Ur y Uruk ha puesto de manifiesto
que la primera escritura era pictográfica e ideográfica, y que los sumerios
dibujaban preferentemente seres vivos y objetos.
Con el paso del tiempo la escritura evolucionó, desde el valor ideográfico se
pasó al fonético y apareció la escritura cuneiforme, que se seguía realizando
en tablillas de arcilla con la ayuda de un estilete. En las ciudades de Mari,
Nínive y Babilonia se han encontrado miles de tablillas con este tipo de
escritura. En ellas se escribieron, por ejemplo, el célebre Poema de la
creación o Enuma Elish y el Poema de
Gilgamesh.
Fue precisamente la escritura cuneiforme la que se empleó para escribir los
documentos médicos más antiguos de que tenemos noticia, que datan del tercer
milenio antes de Cristo, y que fueron encontrados por arqueólogos de la
Universidad de Roma en la biblioteca del Palacio Real de Ebla (hoy
Tell-Mardikh, en Siria) en el año 1974. Se encontraron más de quince mil
tablillas cuneiformes, que estaban cuidadosamente almacenadas en estanterías de
madera y apiladas de canto. En la actualidad se conservan unas ochocientas
tablillas relacionadas directamente con cuestiones de índole médica. Gracias a
su análisis hemos podido saber, por ejemplo, que en la cultura mesopotámica
persistieron ideas prehistóricas en cuanto a la medicina y a la enfermedad se
refiere. Por ejemplo, los antiguos mesopotámicos siguieron conservando la idea
de que las enfermedades eran causadas por los dioses, pues esa era la forma con
la que estos manifestaban su desagrado ante cualquier transgresión de un código
moral. Como curiosidad cabe señalar que el parisino Museo de Louvre alberga una
tablilla que debió pertenecer a Ur-Lugal-Edin, un cirujano mesopotámico, a
juzgar por los dos cuchillos que aparecen representados junto a su nombre. En
la tablilla además se puede apreciar la imagen de dos dioses y la siguiente
inscripción: «Oh dios Edin-Mugi, ministro del dios Gir que asiste a las madres
durante el parto, Ur-Lugal-Edin, el médico es tu servidor». Los expertos
coinciden en afirmar que es probable que se trate de una tarjeta de visita, la
más antigua de la que tenemos constancia.
Dioses
y enfermedades
El
hecho de que aparezcan nombres de dioses junto al nombre del cirujano no es
casual ni anecdótico, ya que el ejercicio de la medicina mesopotámica se
asentaba en tres pilares: teúrgico, astrológico y aritmético. Cuando un sumerio
enfermaba se daba por hecho que bien el propio paciente o bien alguno de sus
familiares había cometido un pecado y que la dolencia era la expresión del
castigo divino.
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Estatuilla de bronce asiria que representa a Pazuzu, un ser
maligno, dios del viento del suroeste, que traía las tormentas y portaba la
peste y las plagas, así como el delirio y la fiebre. A pesar de todo, su
imagen era utilizada frecuentemente en amuletos, ya que existía la creencia
de que era capaz de rechazar a Lamashtu, un demonio femenino que se
alimentaba de parturientas y recién nacidos. |
No deja de ser curioso que el vocablo que utilizaban para referirse a una
enfermedad fuera shertu, que al mismo tiempo significaba pecado,
castigo, impureza moral y cólera de los dioses. El enfermo era considerado una
persona impura, hasta el punto de que las leyes sumerias prohibían a los
enfermos participar en las ceremonias religiosas, en este sentido.
En todo momento nos estamos refiriendo a divinidades en plural, ya que el
panteón sumerio era politeísta. Los sumerios adoraban a una tríada superior o cósmica
(Anu, dios del cielo; Enlil, dios de la tierra; y Ea, dios de las aguas), una
triada astral (Sin, dios de la luna; Shamash, dios del sol; Ishtar, diosa del
amor, de la maternidad y de la fecundidad), dioses secundarios, genios buenos
(Lamassu) y demonios (Utukku). En su concepción religiosa tenían divinidades
que estaban directamente relacionadas con la salud y las enfermedades; así, por
ejemplo, Ea además de ser el dios de las aguas, era también la divinidad
relacionada con la purificación, con los oráculos y los exorcismos, por lo que
puede ser considerado el primer dios de la medicina. Ninib era hijo de Enlil y
era considerado el dios de la salud. Uno de sus dioses, Ningishzida, estaba
también relacionado con la salud y se le representaba con una serpiente de dos
cabezas, y fue precisamente a partir de su imagen de donde derivó el caduceo.
Además de divinidades protectoras, había espíritus capaces de producir
enfermedades, se estima que había unos seis mil espíritus malignos, algunos de
los cuales estaban especializados en ocasionar determinadas dolencias. Algunos
de los más citados en las tablillas sumerias son Urugal, relacionado con las
fiebres y las epidemias; Tin, el espíritu causante de las cefaleas; Labartu, al
que se hacía responsable de las muertes de niños y embarazadas, o Namtaru, que
era la que provocaba el dolor de garganta.
En cuanto a la astrología se refiere, los mesopotámicos pensaban que los astros
ejercían una extraordinaria influencia sobre ellos y que estaban directamente
relacionados con la aparición de algunas enfermedades, así como en la
exacerbación de ciertas afecciones o en el destino del hombre.
Tabla
N° 1
El caduceo
El
caduceo, también llamado bastón de Asclepio, simboliza la profesión médica y
está formado por un tronco o maza (alegoría de poder), con nudos (dificultades
de la ciencia), en el cual se enrosca una serpiente con la cabeza erguida y
separada del tronco. La serpiente es un reptil que todos los años muda su piel,
por lo que se le atribuye rejuvenecimiento, sabiduría, fertilidad, salud y
prosperidad. Habitualmente todo el conjunto está rodeado por dos palmas
diferentes, la de la izquierda es de laurel (propiedades narcóticas) y la de la
derecha de roble (árbol sagrado en la antigua Grecia).
En 1948, en la I Asamblea Mundial de la Salud, la Organización Mundial de la
Salud (OMS) escogió la vara con la serpiente enroscada y las dos palmas como
emblema de la organización. Este emblema había sido adoptado en 1898 por el
ejército inglés y un año después la armada belga lo incluyó en sus uniformes.
También consideraban que los números ejercían una función directa en la
aparición y curación de enfermedades, no en balde los mesopotámicos
consideraban que había días favorables y días adversos para visitar a los
enfermos y para administrar medicamentos. Uno de los días más aciagos para
estos menesteres eran aquellos que eran divisibles por siete.
Médico-sacerdote
Hemos
visto que la salud estaba íntimamente relacionada con la religión, por este
motivo la medicina era un arte sagrado para los mesopotámicos, y el
médico-sacerdote era uno de los personajes más doctos de la ciudad-estado,
sabía leer y escribir, estaba versado en ciencia, religión, literatura,
adivinación y astrología.
Los médicos sacerdotes podían pertenecer a cuatro categorías: baru,
ashipu, asuy gallup. El baru era
el encargado de realizar el interrogatorio ritual y el que se ocupaba del
diagnóstico, de las causas de la enfermedad y del pronóstico. El método que
utilizaba siempre era el mismo, un minucioso interrogatorio en el que además de
indagar en cuestiones relacionadas con la enfermedad, lo hacía para conocer
cuál era el pecado que había cometido el paciente, responsable en último
término de la enfermedad. No era infrecuente que el médico realizase las
siguientes preguntas: « ¿Has dicho sí, cuando querías decir no? ¿Has dado
falsas cuentas? ¿Has pisado agua sucia? ¿Has enfrentado a un amigo contra un
enemigo? ¿Has usado falsas balanzas? ¿Has excitado al padre contra el hijo?».
A continuación, el baru intentaba llegar al diagnóstico y
establecer el pronóstico de la enfermedad, para lo cual se ayudaban de la
adivinación, utilizando numerosos métodos entre los que se encontraban la
empiromancia (a través del fuego y la llama), la lecanomancia (mediante el
comportamiento de los polvos vertidos en el agua de una taza) o la oniromancia
(a través de los sueños).
De todas las formas de adivinación que empleaba un baru, la que más
información le proporcionaba, además de ser la más costosa, era la
hepatoscopia. Esta técnica consistía en la adivinación mediante la inspección
del hígado de un animal sacrificado, generalmente un cordero o un cabrito. Los
médicos sacerdotes estudiaban la forma, el volumen, el color, los surcos… del
hígado del animal sacrificado. ¿Por qué estudiaban con tanta minuciosidad esta
víscera y no otra? Porque para los mesopotámicos el hígado era el asiento del
alma y el centro de la vida, suponían que la sangre se originaba en este órgano
y que desde ella era distribuida al resto del organismo.
Los médicos sacerdotes mesopotámicos estudiaron con tanta meticulosidad el
hígado de los animales que llegaron a describir una extensa geografía hepática
(montículos, ríos, caminos, un palacio con sus puertas, una mano, una oreja, un
diente, un dedo, etc.), y en los templos se conservaban modelos de arcilla de hígados
normales para facilitar el proceso de adivinación, lo que correspondería,
salvando la distancia, a los atlas de anatomía que utilizan actualmente los
estudiantes de medicina.
Por su parte, el ashipu era un sacerdote-exorcista al que
correspondía la labor de expulsar los demonios causantes de la enfermedad,
función que realizaba siempre junto a la cama de los enfermos.
El asu era el médico-sacerdote que, utilizando las coordenadas
actuales, consideraríamos el verdadero médico, ya que entre sus funciones se
encontraba la de facilitar los tratamientos más adecuados y realizar las
intervenciones quirúrgicas. El asu era conocedor de un gran
arsenal terapéutico, pues del análisis de las tablillas cuneiformes se deduce
que conocía, al menos, unas doscientas cincuenta variedades diferentes de
plantas medicinales (cáñamo, amapola, mandrágora, mostaza, belladona…) y unas
ciento ochenta sustancias de naturaleza animal (procedentes básicamente de
vísceras y excrementos). En cuanto a la cantidad que debía administrar a cada
paciente, no deja de ser curioso que no hubiese ningún criterio de
dosificación, ya que el fármaco realizaba su función a través de mecanismos
mágicos.
Habitualmente, los tratamientos se administraban por vía oral, en la mayoría de
los casos acompañados con cerveza (tenían cinco variedades diferentes), con la
intención de paliar el sabor desagradable que tenían; pero también se podían
administrar en forma de vapores inhalados, pomadas, enemas o ungüentos. En
cuanto al momento del día en que se debía realizar la administración del
fármaco eran muy meticulosos, ya que estaban fuertemente influidos por
creencias astrológicas, por lo que en muchos casos el médico-sacerdote esperaba
a administrarlo hasta que los astros habían adoptado una posición favorable.
En cuanto a las intervenciones quirúrgicas se refiere, el asu podía
realizar, entre otras, una cirugía de cataratas, extracciones dentales o
evacuar abscesos, y para ello disponía de un material quirúrgico muy elemental,
constituido básicamente de cuchillos y lancetas de bronce.
Además de administrar fármacos o realizar intervenciones quirúrgicas, los
médico-sacerdotes solían recomendar baños purificadores, indicación cuya
justificación, más que por aspectos higiénicos, estaba estrechamente ligada a
aspectos mágicos más que a sanitarios.
Por último, se encontraba el gallup, el médico situado en un
escalafón inferior, que tan sólo atendía a las clases más humildes realizando
funciones básicas de cirujano y dentista.
El
Código de Hammurabi
Es
lógico pensar que las intervenciones quirúrgicas de los asu no
siempre terminaban de forma satisfactoria para el paciente y que esto
conllevaría que, en algunos casos, no se quisiesen abonar los honorarios
fijados. Este hecho unido a que durante la época babilónica hubo una tendencia
a la desacralización y, poco a poco, la medicina adquirió cierta independencia
como actividad, favoreció que se promulgase un código de principios que
regulasen el ejercicio profesional. Esta labor fue llevada a cabo durante el
reinado de Hammurabi (1730-1686 a. C.), el sexto rey de los babilonios. Durante
su gobierno se recopilaron leyes y costumbres de épocas anteriores y se
promulgó el famoso código que lleva su nombre y que fue descubierto en las
ruinas de Susa en 1901, bajo los escombros del antiguo palacio real.
La copia del Código de Hammurabi que disponemos en la actualidad se encuentra
en el Museo del Louvre, en París. Se trata de un bloque de diorita negra, cuyas
medidas son de 2,25 metros de altura y 1,90 de circunferencia en su base, en la
cual se encuentra grabado el texto oficial del código. En la parte superior
aparece el rey Hammurabi recibiendo las leyes del dios Shamash, dios del sol y
de la justicia, sentado en un trono con escabel y con una tiara de cuernos
sobre la cabeza; detrás de él aparecen dos llamas simbólicas. La divinidad
dirige su mano derecha, armada de cetro, hacia Hammurabi, que se encuentra de
pie, en actitud hierática y reveladora. De las 2.540 líneas originales tan sólo
conservamos 1.114 y se compone de tres partes: introducción, texto propiamente
dicho y conclusión. La introducción consta de pomposas frases que hacen
relación al establecimiento de «la justicia y la felicidad» para todos los
súbditos. El texto jurídico contiene 282 artículos en los cuales se abordan
aspectos relacionados con los delitos, la familia, la propiedad, la herencia o
relativos a la esclavitud. Desde el punto de vista médico, hay trece normas
breves relacionadas con la práctica médica y nueve reglas referidas a los honorarios
que deben recibir los médicos, según la intervención efectuada y la clase
social a la que pertenece el enfermo, o los castigos en caso de error. Es
bastante llamativa la severidad con la que se condenan los errores médicos: en
algunos casos se castigaba al médico cortándole la mano y en otros, incluso,
con la muerte. Algunos aspectos médicos que aparecen en el Código de Hammurabi
son los que refleja la tabla 1.
Por todo ello, por la minuciosa reglamentación del acto médico de este código
hace que resulte extraño y sorprendente el relato que en el siglo V a. C.
recogerá el historiador griego Heródoto cuando señale que los mesopotámicos «no
tienen médicos, cuando un hombre está enfermo se le deja en la plaza pública y
los transmutes se acercan y si han padecido la misma dolencia o conocen a
alguien que la ha sufrido, aconsejan los remedios más adecuados.
El Código de Hammurabi recoge, entre otros aspectos legislativos, las
disposiciones legales de los médicos babilonios. Fija las sanciones que se
deben imponer en caso de negligencia y la cantidad de siclos de plata que el
médico debe recibir en concepto de honorarios, fijados en función del trabajo
realizado y del nivel social del paciente.
No
está permitido pasar en silencio por delante de un enfermo sin enterarse de su
padecimiento».
Algunos
aspectos médicos del Código de Hammurabi
215.
Si un médico opera con un punzón de
bronce a un hombre noble por una herida grave y le salva la vida, o si abre con
una lanceta de bronce la nube de un ojo de un hombre noble y salva el ojo del
hombre, recibirá 10 sidos de plata.
216.
Si se trata de un plebeyo recibirá 5
sidos de plata.
217.
Si fuera un esclavo, el dueño del
esclavo entregará al médico 2 sidos de plata.
218.
Si un médico ha tratado a un noble de
una herida grave con el punzón de bronce y le ha causado la muerte, o si ha
abierto la nube de un ojo de un noble con el punzón de bronce y le ha reventado
el ojo, se le cortarán las manos.
219.
El médico que opere con el cuchillo de
bronce al esclavo de un hombre libre y le provoque la muerte, restituirá
esclavo por esclavo.
220.
Si le abre un tumor del ojo con el
punzón de bronce y destruye el ojo, pagará en plata la mitad del precio del
esclavo.
221.
Si un médico ha curado un miembro roto
de un hombre libre o ha hecho revivir una víscera enferma mediante una
operación, el enfermo entregará al cirujano 5 sidos de plata.
222.
Si es un plebeyo, le dará 3 sidos de
plata.
223.
Si se trata del esclavo de un noble, el
dueño del esclavo entregará al cirujano 2 sidos de plata.
Poco a poco, como hemos visto, la medicina babilónica y, posteriormente, la
asiria, intentan dar una explicación a los acontecimientos empíricos y, con
ello, elevar la medicina a la categoría de ciencia. La influencia que ejercerán
en otras civilizaciones, como tendremos oportunidad de comprobar a lo largo del
libro, será enorme.
§. Antiguo Egipto: el arte del embalsamamiento
No existe ninguna civilización en la que el nacimiento, apogeo y fin abarquen
un período tan extenso como en el caso de Egipto, al que Heródoto definió como
«un don del Nilo». Fue hacia el 4000-3500 a. C. cuando los primeros pobladores
se asentaron en la cuenca de este río, en pequeños poblados llamados nomos,
que eran regidos por monarcas independientes. Al igual que la civilización
mesopotámica dependía de sus ríos, los egipcios necesitaban al Nilo.
No sería hasta el cuarto milenio antes de Cristo cuando uno de ellos, el rey
Menes, unificó todos los nomos bajo su persona, iniciando en el 3100 a. C. la
primera de las treinta dinastías que perduraron durante casi cuatro mil años.
Este primer soberano erigió la capital de su reino en Menfis, una ciudad
próxima al actual El Cairo.
Aunque inicialmente, tanto en Mesopotamia como en Egipto, el conocimiento
científico fue esencialmente de naturaleza práctica, poco a poco los sabios del
antiguo Egipto fueron adquiriendo un enorme prestigio y alcanzaron un elevado
nivel de conocimientos. Fue tal su esplendor que no era infrecuente que los
griegos viajaran hasta Egipto para ampliar sus conocimientos científicos. De
todas las ramas de la ciencia fue, sin duda, la medicina la que mayor
desarrollo alcanzó, hasta el punto de que la fama de los médicos egipcios
rebasó las fronteras y en más de un caso los reyes de otros países solicitaron
su ayuda para solventar enfermedades a las que sus propios médicos no habían
encontrado respuesta.
La civilización egipcia se desarrolló a lo largo del valle del Nilo, una
vasta región geográfica de unos treinta y cinco mil kilómetros cuadrados
habitables entre desiertos de piedra y arena. El auge de esta cultura comenzó
con la unificación de los reinos Alto y Bajo Egipto (3400-3000 a. C.).
Papiros
médicos
Este
ambiente de esplendor cultural propició el desarrollo de la escritura; ahora
bien, cuando nos referimos a la escritura egipcia rápidamente asumimos que nos
estamos refiriendo a la jeroglífica, sin embargo, en la historia de Egipto se
desarrollaron tres tipos diferentes de escritura: jeroglífica, hierática y
demótica. La primera que apareció fue la escritura jeroglífica, que se empleaba
sobre todo en los templos y que constaba de unos seis mil signos, aunque los
que se utilizaban habitualmente no superaban el millar. La escritura hierática
era la forma abreviada y cursiva de la escritura jeroglífica, y se empleaba de
forma rutinaria para escribir en los papiros. Por último, la escritura demótica
se utilizaba para los asuntos públicos y representaba una evolución del
lenguaje hablado, se escribía en líneas de derecha a izquierda y estaba formada
por una combinación de sílabas y sonidos de letras, carente de vocales. Era
precisamente este último tipo de escritura la que utilizaban los egipcios para
escribir en sus papiros.
La mayoría de los conocimientos de que disponemos de la medicina egipcia los
hemos obtenido a través de papiros de contenido exclusivamente médico. Su
antigüedad data de entre los años 1900 y 1200 a. C. y, en un principio,
pertenecieron a los treinta y dos Libros Herméticos (sagrados), que estaban
dedicados al dios Tota, el protector del arte caligráfico. Los Libros
Herméticos están constituidos por largas tiras enrolladas que se elaboran con
el tallo de la planta del papiro (Ciperas papiros) y se
escribían de derecha a izquierda, con tinta de color negro para el texto y de
color rojo para los títulos. Se conservaban en los templos y se sacaban en
momentos muy especiales, como las procesiones sagradas. En la actualidad se
conservan quince papiros médicos que se encuentran localizados, en su mayor
parte, en Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. En esta obra haremos una
mención a los tres más importantes: el papiro de Smith, el papiro de Webers y
el papiro de Nahúm. Los nombres de los dos primeros hacen alusión a los
arqueólogos que los descubrieron, el egiptólogo estadounidense Edwin Smith
(1822-1906) y el alemán George Ebers (1837-1898), respectivamente, mientras que
el tercero tomó el nombre del poblado en el que se halló, en el área de El-Fayum.
Los dos primeros fueron escritos hacia el 1600 a. C., durante la decimoctava
dinastía, el primero tiene una longitud superior a los 4,5 metros de largo,
mientras que el segundo supera los 20 metros. El contenido del papiro de Smith
está escrito, aproximadamente, hacia el siglo XVII a. C., es fundamentalmente
de tipo quirúrgico, está incompleto y consta, en su mayor parte, del Libro
de las heridas, donde se abordan con una extraordinaria precisión
descripciones de heridas, fracturas, luxaciones, quemaduras, abscesos y
tumores, así como el instrumental quirúrgico que se utilizaba para este tipo de
prácticas.
El papiro de Ebers fue escrito hacia el año 1500 a. C., es el más extenso de
todos ellos y es un compendio completo de medicina, constituye una recopilación
de las más diversas disciplinas médicas e incluye una extensa farmacopea y la
descripción de numerosas enfermedades.
El más antiguo es el papiro de Kahum, que fue encontrado por el arqueólogo
británico W. M. Flinders Petrie (1853-1942) en el año 1890 y se ha datado en
torno al año 1800-1900 a. C., durante el final de la duodécima dinastía. Entre
otros temas aborda el tratamiento de las enfermedades ginecológicas, así como
los métodos que utilizaban los egipcios para el diagnóstico del embarazo y la
determinación prenatal del sexo. En este papiro aparecen las recomendaciones
anticonceptivas más antiguas de la historia: la administración vía vaginal de
excrementos de cocodrilo mezclados con carbonato sódico o un ungüento fabricado
con resina de acacia, leche agria y espigas de acacia. No deja de ser curioso
que investigaciones recientes hayan puesto de manifiesto que los derivados de
la acacia tienen poder anticonceptivo ya que in vitro son
capaces de inmovilizar a los espermatozoides. ¿Cómo pudieron deducirlo los
egipcios? Es posible, tan sólo es una hipótesis, que los pastores observaran
que en aquellos animales que se alimentaban de estas plantas se reducía su
capacidad de reproducción, y de ahí extendieran su uso a los humanos.
El
corazón, centro del pensamiento
A
través del estudio de estos papiros sabemos que los médicos egipcios
clasificaron las enfermedades en tres grandes grupos: las que eran atribuidas a
espíritus malignos, las provocadas por traumatismos y aquellas de causa
desconocida, atribuidas a los dioses. Uno de los hechos más sobresalientes de
la medicina egipcia es que se separaron los elementos mágicos de los religiosos
y de los empíricos.
Los egipcios utilizaban para referirse a los médicos el vocablos wnw,
que significa «el hombre de los que sufren o están enfermos», y se representaba
con un símbolo en forma de flecha, que ha sido interpretado como una evocación
de la lanceta quirúrgica.
El papiro de Ebers lo descubrió en Tebas el egiptólogo alemán Georg Moritz
Ebers (1837-1898) y actualmente está archivado en la Universidad de Leipzig.
Recoge gran número de remedios y recetas, así como el método para prepararlas y
prescribirlas. Entre las numerosas sustancias que se citan destacan el apio, la
trementina, el aceite de ricino, la orina humana y los excrementos de animales.
Hombres
cultos, los médicos del antiguo Egipto estaban relacionados con las élites
sacerdotales y con los escribas de la época.
El médico más brillante de la medicina egipcia fue Imhotep, que vivió en
torno al 3000 a. C. Su figura es equivalente a la de Asclepio en Grecia. Se
sabe que fue visir del rey Zoser, de la tercera dinastía, y que tuvo
conocimientos de astronomía y de arquitectura, no en vano a él se debió la
construcción de la pirámide escalonada de Sakkara.
En
varios Libros Herméticos se recoge que dentro de los swnw existía
todo un sistema jerárquico, de tal forma que, de menor a mayor rango, se
situaban: el médico, el médico jefe, el médico inspector y el médico
superintendente. Además, había médicos de palacio y dos médicos que se
encontraban por encima de todos ellos, en una situación equivalente a la de los
actuales ministros de Sanidad: el médico mayor del Alto Egipto y el médico
mayor del Bajo Egipto. Dentro de cada uno de estos escalafones había especialistas
y, a través de los papiros, se han llegado a identificar hasta 82 tipos
diferentes de ellos. Sabemos que los egipcios tenían especialistas de los ojos,
de la dentadura, del vientre, de los fluidos internos e incluso había «un
curador o guardián del ano».
Todo egipcio que desease llegar a ser un swnw debía acudir a
unas dependencias que se encontraban junto a los templos y que recibían el
nombre de Casa de la Vida (Per-Ankh), donde se aseguraba la formación de
médicos y sacerdotes. Las más conocidas eran las de Sais, Tebas y Heliópolis.
En realidad no se trataba de escuelas médicas en un sentido estricto, pues más
bien cabría pensar que se trataba de centros de documentación, ya que en estos
lugares se copiaban y se archivaban textos. Se puede decir que eran, en este
sentido, verdaderos centros del saber, colegios iniciáticos que constituían
verdaderos templos de la sabiduría. Uno de los hechos que más llama la atención
es que, en contra de lo que pudiera creerse, la profesión no era privativa del sexo
masculino, y es que había mujeres médicos.
A través del papiro de Ebers sabemos que existían tres categorías diferentes de
sanadores a los que se podía recurrir: los médicos, que empleaban medicamentos
en sus tratamientos; los cirujanos, llamados también sacerdotes de Sekhmet; y
los magos o conjuradores de enfermedades. Sekhmet era, dentro del panteón
egipcio, la diosa leona, una divinidad con poderes sanadores, conocida como
la señora de la pestilencia, a la que se imploraba en un gran
número de enfermedades y ante la aparición de epidemias. Tan sólo podían ser
cirujanos aquellos sacerdotes consagrados al culto de esta diosa.
La asistencia médica en el antiguo Egipto se llevaba a cabo, generalmente, en
el domicilio de los pacientes, si bien en algunas ocasiones los enfermos
acudían a los templos en busca de remedios para sus enfermedades. Así, por
ejemplo, en el templo hallado en Denderah (capital del nomo VI del Alto Egipto,
a unos setenta kilómetros al norte de Luxor) se ha encontrado una especie de
sanatorio adosado a las habitaciones dedicadas al culto.
Al igual que sucedía en la medicina babilónica, un médico estaba sujeto a
represalias en caso de que hubiera fracaso terapéutico y este se acompañase de
fallecimiento del paciente. En ese caso el médico podía ser castigado incluso
con la pena de muerte. En cuanto a los honorarios, se cree que la práctica
médica egipcia era gratuita o bien que el trabajo médico era retribuido con
especias.
En el papiro de Smith está incluido el Tratado del corazón, donde
se recoge que este órgano es el más importante del cuerpo y, por tanto, al que
mayor atención había que prestar. Su latido se percibe en el pulso, motivo por
el cual los médicos egipcios dedicaban bastante tiempo a explorar el pulso de
los pacientes. Para ellos el pensamiento y los sentimientos residían en el
corazón; hasta el punto de que pensaban que este órgano tenía la capacidad de
poder hablar, de poder comunicarse, si bien no era entendido por todas las
personas, y únicamente los médicos podían escuchar sus palabras.
Además, el corazón era el centro de un complicado sistema de canales, en número
de treinta y seis, que recibían el nombre de met, a través de los
cuales circulaban fluidos y aire. Una persona enfermaba cuando se producía un
«atasco» en alguno de estos canales. Para los médicos egipcios el estreñimiento
o la infertilidad eran el resultado de una obstrucción en uno de los canales. ¿Cómo
podían restablecer el flujo? Mediante la realización de sangrías, práctica que,
como veremos, será copiada por otras culturas y estará vigente durante siglos.
Las sangrías consistían básicamente en realizar una punción en una de las venas
del paciente y extraerle una pequeña cantidad de sangre.
Medicina
mágico-sacerdotal
Nos
hemos referido con anterioridad a la estrecha relación que existía entre
medicina y religión, hasta el punto de que en el panteón egipcio, al igual que
sucedía en Mesopotamia, había dioses sanadores y divinidades malignas
productoras de enfermedades. Los médicos egipcios dividían al cuerpo humano en
36 áreas o regiones, cada una de las cuales estaba tutelada por una divinidad
diferente: Duau era la encargada de velar por los ojos; Bes, Tauret y Hathor
eran los dioses protectores de las parturientas; a Horus se le invocaba en caso
de sufrir una picadura venenosa; Isis era la responsable de velar por la salud
del hígado; Neftys, por la de los pulmones… Una de las divinidades médicas más
queridas era el dios Toth, patrón de los escribas, al que se solía representar
como un ibis. A esta divinidad se la relacionaba con la personificación de la
inteligencia divina y se la consideraba inventora de la escritura, de la
gramática y de las matemáticas. A Toth le estaba encomendado el cuidado del
dios Horus, hijo de Osiris e Iris, el cual estaba reencarnado en la tierra en
la figura del faraón. Tenía, además, un importante papel sanador, puesto que
los egipcios pensaban que cuando se ponían un enema era realmente el pico del
ibis el que se introducía por el ano del paciente y le devolvía la salud.
Esta concepción mágica de la salud y la enfermedad propició la aparición de
numerosos talismanes que protegían a los egipcios de todo tipo de males. Las
imágenes más utilizadas fueron el udyat («ojo de Horus») que
protegía a los niños; las de la diosa Tauret («hipopótamo preñada»), que
ayudaba a las mujeres a concebir; una rana, que evitaba los abortos; y el dios
enano Bes, que protegía a niños y embarazadas por igual (habitualmente se
representa con una expresión horripilante y con la lengua fuera de la boca, con
el objeto de espantar a los espíritus malignos). El ojo de Horus era el símbolo
por excelencia del poder curativo; según la mitología egipcia el dios halcón
Horus (hijo de Isis y Osiris) sufrió el robo de uno de sus ojos por el malvado
Seth. En ese instante se apagó la luz celeste y se hizo la noche; su madre Isis
acudió a socorrerle y tras devolverle la vista se hizo nuevamente de día. Esta
historia se repitió a intervalos constantes, lo cual explica la existencia de
días y noches, por lo que en este sentido el ojo de Horus es una alegoría del
triunfo de la vida sobre la muerte.
Uno de los amuletos más apreciados en el antiguo Egipto era el udyat, que
simbolizaba el poder curativo y que los médicos egipcios anteponían en sus
prescripciones. En la Edad Media evolucionó a la letra latina R (Recipe) que se
escribía en las recetas. Al final del Medievo los médicos prefirieron utilizar
RR (Responsum Raphaelis), para eliminar todo culto pagano. En la actualidad, RR
ha derivado en Rx (abreviatura que significa «recétese»), grafía que aparece en
nuestras recetas.
El
arte del embalsamamiento
Como
vemos, la egipcia era una cultura con unas precisas creencias religiosas, que
no sólo marcaban la vida sino también la muerte de cada miembro. Pensaban los
egipcios que la muerte no era el fin del alma, ya que para ellos los seres
humanos constan del Ka (espíritu que abandona el cuerpo por la
nariz en el momento de la muerte) y del Ba (elemento
vivificador del alma, que después de la muerte debe ir al más allá para buscar
al Ka, en cuya unión hará que el cuerpo recupere una vida eterna).
Para no perder el Ba era fundamental que el cadáver no se
descompusiese, y con este fin, desde el año 3400 a. C. y hasta el final del
siglo III d. C. se practicaron los embalsamamientos.
Esta escena se conoce como el pesaje de las almas o psicostasis y aparece en
numerosas representaciones del Libro de los Muertos, una especie de manual que
ayudaba a los difuntos a afrontar las pruebas a las que se iban a someter en el
más allá. En el supuesto de que el resultado fuese favorable, el difunto era
recompensado con la vida eterna, en caso contrario era devorado por Ammit, un
monstruo híbrido de león, hipopótamo y cocodrilo.
A
pesar de todo, el embalsamamiento no fue una práctica generalizada, pues
sabemos que estaba reservado a los faraones y a los nobles. Era un
procedimiento complejo, en el que se distinguían varios procesos. En primer
lugar, y con la ayuda de un gancho que se introducía por las fosas nasales, se
extraía el cerebro, al que no se consideraba de especial importancia y que era
desechado. Seguidamente, la cavidad craneal se rellenaba con agua salada. Con
un cuchillo de piedra se realizaba una incisión lateral en el flanco izquierdo
del abdomen y se vaciaban las vísceras toraco-abdominales, dejando únicamente
en su lugar el corazón, ya que, como ya se ha señalado, para los egipcios en él
residía el entendimiento y la inteligencia. A continuación, se lavaba la cavidad
abdominal con vino y hierbas aromáticas, para rellenarla posteriormente con
mirra y arena. Posteriormente, se cosía la incisión y se sumergía al cadáver en
un baño de sosa durante setenta días. El cuerpo se cubría con una envoltura de
fibra untada con goma y se introducía en el ataúd.
Una vez que las vísceras abdominales eran extraídas, se lavaban con vino de
palma y especias y se introducían en cuatro vasos (vasos canopos) que casi
siempre eran de alabastro y representaban a unas divinidades llamadas Hijos de
Horus, las cuales protegían el contenido de la destrucción. Las divinidades
eran: Amset (vasija con tapa en forma de cabeza humana que albergaba el
hígado), Hapy (cabeza en forma de papión donde se guardaban los pulmones),
Kebehsenuf (con forma de halcón, contenía los intestinos) y Duamutef (tapa en
forma de chacal que albergaba el estómago del difunto). Cada vaso estaba
protegido a su vez por una diosa titular: Isis, Neftis, Selkis y Neit, y cada
uno de los vasos debía estar orientado hacia uno de los cuatro puntos
cardinales (el hígado al sur, los pulmones al norte, los intestinos al oeste y
el estómago al este).
Tras el embalsamamiento, el cuerpo ya estaba preparado para afrontar el juicio
de Osiris, el acontecimiento más importante de un difunto. El espíritu del
fallecido era guiado por Anubis (dios con cabeza de chacal) ante el tribunal de
Osiris. Allí, Anubis extraía mágicamente el Ib (el corazón) y lo depositaba
sobre uno de los platillos de una balanza. El Ib del difunto era contrapesado
con la pluma de Maat, símbolo de la verdad y de la justicia universal. Mientras
tanto un jurado formado por diferentes dioses le realizaba al espíritu del
fallecido una serie de preguntas acerca de su vida; en función de cómo fuesen
las respuestas el corazón disminuía o aumentaba su peso. El dios Dyehuty hacía
las veces de escriba y anotaba los resultados, para luego entregárselos a
Osiris, el cual dictaminaría su sentencia: si era afirmativa, el Ka («fuerza
vital») y el Ba («fuerza anímica») podían ir a encontrarse con
la momia, conformarían el Aj y el difunto viviría eternamente.
Por el contrario, si el veredicto era negativo, el Ib sería arrojado al Ammit,
un ser con cabeza de cocodrilo, melena, torso y brazos de león, y piernas de
hipopótamo, para que lo devorase.
§. Medicina hebrea: la prevención es lo que importa
La cultura hebrea antigua se puede dividir en dos grandes períodos, uno que
abarca la época del Antiguo Testamento (siglo XIII a. C. - siglo II a. C.) y
otro, posterior, que recibe el nombre de talmúdico (siglo II a. C. - siglo VI
d. C.). Los aspectos médicos de la civilización hebrea estuvieron enormemente
influenciados, en sus inicios, por la medicina mesopotámica, hasta el punto de
que los judíos pensaban que la enfermedad estaba relacionada con un castigo
divino y que, por tanto, era la manifestación externa del pecado. En la
civilización hebrea hubo una estrecha relación entre enfermedad y religión, por
este motivo para acercarnos al conocimiento de las prácticas médicas hebreas es
necesario recurrir a la lectura de los textos bíblicos, en especial al Antiguo
Testamento y al Talmud.
El judaísmo asienta sus raíces en el Tanaj o Antiguo
Testamento, un compendio de veinticuatro libros que cuenta la historia del
hombre y de los judíos, desde la Creación hasta la construcción del Segundo
Templo. Sus cinco primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio)
reciben el nombre de Pentateuco o Torá, se considera que fueron escritos por
inspiración divina y que, por tanto, son sagrados. Por su parte, el Talmud está
formado por la Mishná (tratado de leyes judías) y un voluminoso corpus de
interpretaciones y comentarios que reciben el nombre de Guemará.
Medidas
higiénicas
Una
de las grandes aportaciones de la civilización hebrea al campo de la medicina
fue la introducción de medidas higiénicas como prevención en la transmisión de
enfermedades. En el Antiguo Testamento se hace referencia a numerosas leyes y
rituales relacionados directamente con la prevención de enfermedades, como
puede ser la recomendación de aislar a las personas enfermas para evitar el
contagio (Levítico 13, 45-46), lavarse las manos después de haber manipulado
cadáveres (Números 19, 11-19) o la recomendación de enterrar los excrementos en
lugares alejados de las viviendas (Deuteronomio 23, 12-13), prácticas de las
que no tenemos evidencia en ninguna otra civilización hasta ese momento. En
esta línea, Semuel Aba Hakohén (165-257 d. C.), uno de los maestros del Talmud,
escribió: «El lavado matutino de manos y pies es más eficaz que todos los
colirios del mundo».
También la higiene sexual tuvo un papel destacado en la cultura hebrea, los
médicos consideraban que la mujer era impura durante todo el tiempo que duraba
la menstruación y que, por lo tanto, el hombre debía abstenerse de mantener
relaciones sexuales con ella. Una vez finalizada la menstruación la mujer debía
tomar un baño ritual para poder reanudar su vida sexual.
La
figura del médico
Como
es bien sabido, la religión judía es monoteísta, pues considera que Yahvé es el
único dios, responsable de todo lo creado, de la función sanadora y, al mismo
tiempo, de todos los males, que envía para expirar las culpas. En definitiva,
dado que para ellos Dios es el médico del alma y del cuerpo, los judíos
entienden que la salud es un don divino y que la enfermedad es el castigo por
haber cometido un pecado (se recupera la salud mediante la conducta moral, la
oración y los sacrificios). Por este motivo, los médicos son un mero
instrumento divino y es a través de ellos que Yahvé es capaz de realizar su
voluntad y devolver la salud a los enfermos.
En el Talmud se menciona la existencia de dos tipos de médicos: rophe y rophe
umman, que equivalían a los médicos no quirúrgicos y los cirujanos,
respectivamente. La atención de los enfermos se realizaba en las casas de los
pacientes o bien en ciertas dependencias de las sinagogas habilitadas para tal
fin. En cuanto a los honorarios, la legislación judía establecía que debían
adecuarse a la práctica médica y a los recursos económicos del paciente.
Normas
alimentarias
Otro
de los aspectos más significativos de la civilización hebrea son las cuestiones
relacionadas con la alimentación. La legislación hebrea es muy estricta al
respecto y recoge una amplia normativa alimentaria, directamente influida por
la religión (Levítico 11,13-20). Clasifican los alimentos en dos grandes
grupos: puros e impuros. Consideran que todo alimento es puro si se puede
acercar a Dios y, por el contrario, un alimento es impuro si al hombre le
parece repugnante o malo, o si cree que desagrada a Dios. Los legisladores
hebreos permitían el consumo de animales terrestres que tuviesen la pezuña
partida, hendida en mitades y que además rumien, por este motivo se prohibía el
consumo de carne de camello, liebre y cerdo.
La prohibición de comer carne de cerdo pudo estar relacionada con la
competitividad que hubo entre el hombre y este animal en la utilización del
agua y el consumo de grano, hecho que no ocurría con el ganado vacuno y ovino,
animales que consumen menor cantidad de agua y que se alimentan de forraje.
Gracias a esta prohibición los hebreos no sufrieron ciertas enfermedades
parasitarias que se transmiten mediante el consumo de carne porcina.
La prohibición de comer animales también se extendía a los animales acuáticos
(estaba permitida la alimentación de aquellos que tienen aletas y escamas) y a
las aves (no podían alimentarse de águilas, quebrantahuesos, cuervos,
avestruces, gaviotas, cigüeñas ni abubillas).
La
lepra, una enfermedad maldita
En
la Biblia se mencionan numerosas enfermedades, entre ellas las hemorroides, la
hidropesía o las enfermedades gástricas (Lucas 14, 2; 1 Timoteo 5, 23), pero de
todas ellas la que más veces se repite es, sin duda, la lepra, a la que se
consideraba un castigo del Señor.
El Levítico, que es el libro del Antiguo Testamento en el que se aborda de
forma más exhaustiva esta enfermedad, describe en su capítulo 13 las diferentes
formas en las que se manifiesta y que permiten su identificación, así como las
medidas que se deben adoptar ante toda persona sospechosa de padecer esta
enfermedad. Más adelante, aparecen recogidas las recomendaciones para
combatirla y las medidas que se deben adoptar para evitar su propagación.
Hay que tener en cuenta que el vocablo que se utiliza en los textos sagrados
para definir la lepra es un vocablo griego que significa además escamoso o
áspero. Este hecho, unido a que según el Levítico se puede manifestar de formas
muy distintas (desde una simple hinchazón hasta una mancha brillante, pasando
por una costra), hace sospechar que la «lepra bíblica» no se corresponde
estrictamente con la «lepra actual»; es bastante probable que muchas
enfermedades cutáneas, como la psoriasis o el acné, fueran etiquetadas
erróneamente como lepra por los médicos judíos.
La
circuncisión, un pacto divino
Los
métodos de tratamiento más utilizados por los médicos judíos eran la dieta, la
aplicación de compresas calientes y frías, las curas de reposo, los baños, los
cambios de clima, la hidroterapia, la psicoterapia, los masajes y el ejercicio
físico. Las medidas quirúrgicas jugaban un papel secundario, pero entre ellas
destacaba especialmente una, la circuncisión, es decir, la ablación del
prepucio. Es bastante probable que la circuncisión fuese adoptada por los
judíos durante el cautiverio egipcio (1280 a. C.), ya que parece ser que los
egipcios la practicaban hace unos cuatro mil años.
Para los hebreos, la circuncisión representaba un pacto entre los hombres y
Yahvé: «Esta es la alianza entre Yo y tú y tu descendencia, y debes obedecerla:
todos los varones de tu pueblo serán circuncidados» (Génesis 17, 1-2, 10-14).
Sus leyes establecían que debía realizarse el octavo día de vida del recién
nacido por un miembro de su comunidad que recibía el nombre de mohel.
§. Medicina hindú: la cirugía se convierte en arte
Los comienzos de la civilización aria en India se remontan de 25 a 45 siglos
anteriores a nuestra era, cuando la invasión del pueblo ario desplazó a los
antiguos habitantes que había en esta región. Hacia el tercer milenio antes de
Cristo es cuando aparecen las llamadas civilizaciones de Mohenjo-Daro, en el
Indo, y de Harappa, en el río Ravi. Desde el punto de vista médico, los dos
períodos más importantes fueron el védico (desde el siglo XV hasta el VIII a.
C.) y el brahmánico (desde el siglo VIII a. C. hasta el siglo X d. C.).
Hacia el 1500 a. C. los arios invadieron India por Asia central y a ella
llevaron el idioma sánscrito. Por este motivo fue durante el período veda
(sabiduría) cuando se escribieron los libros sánscritos más antiguos, el
Rig-Veda (el libro de los himnos o rezos) y el Atarva-Veda (libro del
conocimiento y de las fórmulas mágicas), en el cual hay capítulos que tratan
aspectos médicos. En torno al año 800 a. C. se escribió el Ayur-Veda (el libro
de las enseñanzas para tener una vida prolongada), en el que se abordan temas
relacionados con las ciencias naturales. Los libros médicos adolecen de tener
pocos aspectos racionales ya que la medicina que se practicó durante ese
momento era eminentemente religiosa (las enfermedades son producidas por
espíritus malignos). Abundan los encantamientos contra las brujas y los
demonios; era frecuente que los médicos intentasen traspasar la fiebre de sus
pacientes a la rana y la ictericia a los papagayos, para así poder curarles.
Los hindúes creían que Takman, el demonio del fuego, era el responsable de la
fiebre, por ese motivo utilizaban el siguiente conjuro: « ¡Venerado sea el
febril, el tembloroso, el irascible, el impetuoso Takman! […] Quiera él marchar
al amanecer […] pasar del impío a la rana». No sería hasta el período
brahmánico cuando la medicina hindú alcanzó su máximo esplendor y la concepción
teúrgica pasó a un segundo plano.
Durante el período brahmánico fue cuando se formuló el llamado Código de Manú,
que estableció el sistema de castas que dividía a la población en cinco grandes
grupos: brahmanes (sacerdotes), chatrias (guerreros y gobernantes), vaisyas
(artesanos, comerciantes y campesinos libres), sudfras (sirvientes) y parias
(no tienen casta y son intocables). Además, durante el período brahmánico se
desarrollaron dos filosofías que acabarían convirtiéndose en religiones: el
budismo y el jainismo. Esta fue la época de mayor brillo y esplendor de la
medicina hindú, la cual se encontraba en manos de sacerdotes y letrados;
Benarés se convirtió en el centro del saber y educación de la medicina.
Elementos
corporales
Fue
durante el período brahmánico cuando se sentaron las bases de un complejo
sistema médico (en el siglo V a. C. se fundan las universidades de Taxila y
Benarés) y en el que destacaron tres grandes médicos: Sushruta (s. VII a. C.),
Caraka (s. II d. C.) y Vagbhata (s. VII d. C.). Se concebía al cuerpo humano
como un microcosmos, construido a imagen y semejanza del macrocosmos del
universo. Caraka escribió una serie de tratados en los que se recoge una
doctrina cuyo fundamento es que tanto el hombre como el universo estaban
constituidos, a su vez, por los cinco elementos básicos: espacio, tierra,
viento, fuego y agua.
El concepto básico de salud consistía en el perfecto equilibrio de los tres
elementos corporales: aire (prana), flema (kapha) y
bilis (pitta). Estos elementos son físicos corporales, por lo tanto
no son espirituales, pero no pueden verse; y cada uno de ellos tiene una misión
perfectamente definida.
El aire (prana) regula la zona corporal situada por debajo del
ombligo, además circula por el cuerpo y es el responsable de los sonidos
vocales y de que la digestión y la evacuación fecal se realicen correctamente.
La flema (kapha) es el elemento más estable, se encarga de
controlar el correcto funcionamiento de la región anatómica situada por encima
del corazón; y es el elemento que mantiene unidos los órganos del cuerpo y
regula los movimientos. Por último, la bilis (pitta)se relaciona
con el fuego y es la encargada de controlar la región comprendida entre el
ombligo y el corazón. La bilis prepara el alimento para que sea digerido,
controla los deseos del corazón y mantiene el brillo de la piel en perfecto
estado.
La enfermedad se produce como consecuencia de un desequilibrio entre los tres
humores y cada uno de ellos es el responsable de enfermedades de diferente
índole. Caraka distinguió ochenta dolencias producidas por desórdenes del prana,
cuarenta por alteraciones de la pitta y veinte por trastornos
de la kapha.
Las enfermedades eran entendidas por los hindúes de la Antigüedad tanto como un
castigo de los dioses como el resultado natural de las propias acciones del
alma del individuo, tanto en la vida presente como en las precedentes. El
padecimiento de una enfermedad ayudaba al desarrollo del alma en su larga
evolución progresiva y ascendente.
A pesar del componente mágico-religioso, la medicina hindú hizo grandes
aportaciones a la medicina en general: así, el descubrimiento de que la orina
de los pacientes diabéticos es más dulce que la de los pacientes no diabéticos
y que el paludismo se transmite mediante la picadura de determinados mosquitos.
El
desarrollo de la cirugía
Para
llegar al diagnóstico de las enfermedades, los médicos hindúes realizaban una
exploración minuciosa a los pacientes, en la cual se incluía la inspección,
palpación y auscultación. Además empleaban el sentido del olfato (olores
corporales y aliento) y del gusto (probaban la orina del paciente). Una vez
realizado el diagnóstico, el médico emitía una serie de recomendaciones
higiénico-dietéticas, entre las que se incluía el consumo de alimentos
vegetales, el culto religioso y los baños. Hacia el año 2000 a. C., en la
ciudad de Mohenju-Daro, en Indostán, casi todas las casas disponían de baño y,
muchas de ellas, también de letrinas. Su suelo estaba inclinado para poder
conducir el agua a una abertura practicada en una esquina, en donde se
conectaba, a su vez, a un complejo sistema de desagüe. Esta urbe puede ser
considerada una de las más avanzadas de la historia, en cuanto a higiene se
refiere.
Si a pesar de este tipo de medidas no se conseguían los resultados esperados,
el médico recurría a realizar sangrías o administraba fármacos que favorecían
el vómito o irrigaciones vaginales y uretrales.
En cualquier caso, donde sobresalió notablemente la medicina hindú fue en el
campo de la cirugía, pues los médicos hindúes contaban con un gran arsenal
quirúrgico (escalpelos, sierras, tijeras, ganchos, sondas, fórceps…), con el
que practicaban durante su proceso de aprendizaje haciendo incisiones en sacos
o calabazas y pepinos o seccionando las venas de animales muertos.
Previo al acto quirúrgico, los médicos hipnotizaban a los enfermos con fines
anestésicos. En el Sushruta Samhita, un libro escrito en el siglo
VII a. C. y al que nos referiremos más adelante, aparece recogida con todo lujo
de detalles la primera descripción de la cirugía de cataratas. Se señala que
era frecuente que los médicos perforasen las orejas de los niños para poder
sujetar en ellas amuletos que les protegiesen frente a los espíritus malignos.
Así mismo, en este libro se describen ocho posiciones fetales anómalas y los
métodos que Sushruta recomienda para girar al feto y colocarlo en una posición
más favorable, si bien recomienda realizarlas únicamente si el feto está muerto
y es necesario salvar la vida de la madre. También se describe cómo realizar
una cesárea, intervención que tan sólo se practicaba en aquellos casos en los
que la madre fallecía durante el parto, nunca cuando la madre estaba viva, ya
que con esta intervención se producía irremediablemente el fallecimiento de la
progenitora.
Sin embargo, la operación por excelencia de la cirugía hindú fue la rinoplastia
(reconstrucción nasal), que se realizaba para reparar la amputación nasal, un
castigo frecuente entre los adúlteros y los ladrones. El método que utilizaban
los médicos hindúes consistía básicamente en la colocación de un colgajo de
piel procedente de la frente.
Sushruta describió 121 instrumentos quirúrgicos y señaló que se debían
mantener limpios, envueltos en una franela y dentro de una caja. Aclaró que el
más importante de todos los adminículos que usaba un cirujano era el que
ocupaba el número 101: la mano del cirujano. Pionero en el uso de anestésicos
para evitar el dolor quirúrgico, generalmente empleaba cannabis o Hiosyamus
niger.
El
cirujano hindú de la Antigüedad más prestigioso fue Sushruta, que vivió en el
siglo VII a. C. y que es considerado el padre de la cirugía plástica. En
su Sushruta Samhita (en sánscrito, Samhita significa
‘colección’), además de describir numerosos instrumentos quirúrgicos, enfatiza
que los individuos que deseen estudiar medicina y cirugía, además de ser de
buena familia, deben poseer fuerza, autocontrol, buena memoria, pureza de mente
y cuerpo, así como una comprensión simple y clara. Sushruta subraya de forma
repetida la importancia de la limpieza durante la intervención, una medida que
tardó muchos siglos en generalizarse en Europa.
Si bien en la actualidad se piensa que gran parte del contenido del Sushruta
Samhita pudo proceder de textos más antiguos, lo que es indiscutible
es que tuvo una enorme influencia en cirujanos de épocas posteriores.
§. China antigua: una manera diferente de entender la enfermedad
El origen de la medicina china se pierde en las leyendas y su fundamento se
atribuye a tres emperadores legendarios: Fu-Hsi (2900 a. C.), Shen Hung (2700
a. C.) y Huang-Ti (2697-2597 a. C.). Durante el reinado del emperador Fu-Hsi se
sentaron las bases de la filosofía china, los principios de dualidad del yin
(lado de la sombra) y el yang (lado del sol). El emperador Shen Hung propició
la creación de la medicina herbal y de la acupuntura, dos de las bases del
arsenal terapéutico. Y Huang-Ti, el llamado Emperador amarillo, fue
el autor del texto más antiguo de la medicina china, el Nei King o Canon
de la medicina interna, un tratado escrito a mediados del cuarto milenio
antes de Cristo en forma de diálogos entre el emperador y su primer ministro
Ch’i Po transmitido oralmente durante generaciones.
Yin
y yang
Desde
el siglo V a. C., el saber médico chino se basa en la teoría cosmológica que
considera al hombre un microcosmos que participa de las cualidades del
macrocosmos o universo, formado por el dios Pan Ku e integrado por dos
principios opuestos (yin y yang). El yin representa el principio femenino y se
asocia con la luna, la tierra, la oscuridad, la debilidad… El yang, por su
parte, es un principio masculino, asociado con el cielo, la luz, la fuerza, la
dureza, el calor… Mientras que el yang es todo lo activo, el yin simboliza lo
pasivo.
De la relación dinámica de ambos principios opuestos se genera el curso cíclico
de la naturaleza y la salud; el bienestar resulta del perfecto equilibrio entre
estas dos fuerzas antagónicas. Simbólicamente se representan como un círculo
con dos mitades, una de color blanco y otra de color negro, donde a su vez
están contenidas pequeñas porciones circulares del principio opuesto. Los dos
principios se distribuyen por el cuerpo a través de doce canales
energéticos (chin), a modo de autopistas, por los que circula y
fluye la energía del organismo (chi), la cual se concentra en unos
núcleos o nudos generadores y propulsores de energía. Básicamente, las
enfermedades se producen cuando alguno de estos canales se obstruye.
Las doctrinas médicas chinas conceden gran importancia a dos principios
opuestos, el yin (lo frío, lo húmedo) y el yang (lo cálido y seco). En
condiciones normales, ambos principios se distribuyen por los chin en armonía y
perfecto equilibrio. Un modo de vida incorrecta crea un desequilibrio entre el
yin y el yang.
Además
de la dualidad del yin y el yang, la filosofía china gira en torno al simbólico
número 5: así hay cinco ciclos, cinco planetas, cinco tonos, cinco sabores,
cinco colores y cinco elementos componentes del universo (tierra, madera,
fuego, metal y agua). Como el hombre es un pequeño microcosmos, nuestro
organismo también está presidido por el número 5: hay cinco vísceras
principales (corazón, pulmones, riñones, hígado y bazo) a las cuales están
subordinadas otras cinco vísceras secundarias (estómago, intestino delgado,
intestino grueso, uréter y vejiga). Además, todos los órganos principales se
corresponden con un elemento, un planeta, una estación, un color, un sonido y
un sabor.
Los médicos chinos de la Antigüedad consideraban que en nuestro cuerpo había un
continuo equilibrio entre las fuerzas cósmicas del yin y del yang. Para ellos,
al igual que sucedía con los médicos egipcios, el corazón era el órgano
principal, el cual era a su vez una copia en miniatura del universo que se
correspondía con el fuego. El corazón era, a su vez, enemigo del riñón, órgano
relacionado con el agua, y amigo del hígado, que se relacionaba con la madera.
Por este motivo, los médicos interpretaban que si la lengua, que es roja, por
tanto fuego, se ennegrecía en los pacientes con enfermedades cardíacas, debía
ser traducido como la victoria del agua sobre el fuego, y ser interpretado como
un signo de mal pronóstico.
La medicina tradicional china considera que el cuerpo humano es sagrado y, por
tanto, está prohibida la realización de autopsias, veto que, evidentemente,
propició que sus conocimientos anatómicos permaneciesen estancados y que se
cometiesen grandes errores. Creían que los hombres nobles tenían siete
cavidades cardíacas, cinco los hombres de talento, dos los hombres normales y
tan sólo una los idiotas. Pero, como no podían realizar autopsias, no podían
salir de su error.
La
importancia del pulso
Quienes
ejercían la medicina en la China antigua eran unos verdaderos expertos en
diagnosticar y pronosticar mediante el examen del pulso, un arte que llevaba un
largo y tedioso aprendizaje ya que eran capaces de distinguir unos doscientos
tipos de pulsos diferentes. La exploración se practicaba acompañada de un
solemne ceremonial, según el cual en primer lugar el médico tomaba el pulso en
el brazo derecho y después de analizarlo concienzudamente pasaba a compararlo
con el pulso del lado izquierdo. Seguidamente, el médico lo comparaba con el
suyo, anotaba la hora, el día y la estación. En este lentísimo proceso se
estima que un médico necesitaba más de una hora para poder examinar a un
paciente.
Si el paciente era de sexo femenino el proceso era bastante diferente, ya que
la mentalidad china no permitía que un hombre pudiera explorar a una mujer,
razón por la que para poder subsanar este problema el médico mostraba a la
paciente una figura de cerámica o madera para que ella señalase el punto de su
organismo que estaba enfermo. Es fácil imaginar el elevado número de errores
que se derivarían de este método.
Acupuntura
El Nei
King distingue cinco tipos de tratamientos diferentes: aquellos que
curan el alma, la dieta, los fármacos, la acupuntura y la moxibustión. Como se
puede comprobar, la cirugía no estaba incluida entre los tratamientos, debido a
que la práctica quirúrgica estaba muy limitada por la ética de la doctrina de
Confucio (551-479 a. C.), que imponía la obligación moral de mantener intacto
el cuerpo recibido de los padres.
Lo primero era la cura del espíritu: el médico debía ayudar al paciente a
reencauzar su vida y liberarle de ideas perturbadoras; en este sentido pensaban
que las ideas libertinas podían provocar en un paciente la aparición de
enfermedades pulmonares y, por tanto, había que ayudarle a eliminarlas.
En segundo lugar, se ocupaban de alimentar al cuerpo, mediante una dieta
equilibrada, basada en los cinco sabores elementales (agrio, amargo, dulce,
picante y salado); y trataban de restablecer el equilibrio entre el yin y el
yang. Al estimar que había ciertos alimentos que tenían mayor cantidad de yang
que otros, prescribían a sus pacientes complejas combinaciones dietéticas. Como
vemos, hay una reiterada presencia del número cinco en todo lo referente a sus
tradiciones culturales y médicas.
En el siglo II a. C., durante la época del emperador Shen Ning, aparecieron
los Pent-Tsáo, grandes tratados farmacológicos (constaban de más de
cuarenta volúmenes) en los que se recogían 365 medicamentos vegetales, animales
y minerales, con los cuales se pretendía restablecer el equilibrio entre el yin
y el yang.
La acupuntura consiste, básicamente, en introducir finísimas agujas en los
chin. Esta práctica fue iniciada en el Nei-King, escrito por el emperador
Huag-Ti a mediados del cuarto milenio antes de Cristo y perfeccionada durante
los siglos siguientes. En el siglo X se introdujo en Corea y Japón, y durante
el siglo XVII en Europa.
En
estos libros, que pueden ser considerados los primeros vademécum de la historia
de la farmacología, las drogas se clasificaban en tres categorías: superior
(imperial o tónica), media (ministerial y nutriente) e inferior (asistente o
venenosa). Entre los preparados de origen vegetal destacan especialmente dos
sustancias: la efedra (cola de caballo) y el ginseng. La efedra se usaba
habitualmente como estimulante o como remedio de enfermedades respiratorias; en
tanto que el ginseng, que tiene raíz con forma humana, se consideraba casi
milagroso y era empleado por los médicos chinos para prolongar la vejez y
recuperar la potencia sexual. Si nos referimos a los remedios de procedencia
animal, hemos de citar sin duda que se incluía cualquier sustancia que pudiera
obtenerse de un ser vivo, desde la orina hasta los órganos, pasando por los
excrementos. Utilizaban tinta de pulpo mezclada con vinagre para tratar
enfermedades cardiacas, piel de elefante para las llagas persistentes o
caballitos de mar pulverizados como remedio contra la gota.
El ginseng tiene las hojas divididas en cinco lóbulos y su raíz es carnosa y
gruesa, y con el paso del tiempo puede adoptar una forma que recuerda a la de
la figura humana. La medicina tradicional china le otorgaba numerosas
propiedades curativas. En 1610, esta planta fue introducida por los holandeses
en Europa.
Los
minerales más empleados por los médicos chinos de la Antigüedad eran los
derivados del arsénico y del mercurio para las enfermedades cutáneas, el hierro
para el tratamiento de la anemia y el sulfato sódico, que empleaban como
laxante. Pero fue la acupuntura la que, sin duda, puede ser tenida como la
aportación más importante de la medicina china. Esa técnica, ese tratamiento,
consiste en introducir en distintas partes del cuerpo agujas muy finas (hasta
388), de una longitud diversa, que variaba entre los 3 y los 24 centímetros.
Las agujas pueden estar calientes o frías, y ser de oro, plata o hierro; con
ellas se pretende penetrar en uno de los doce canales energéticos (meridianos)
por los que circulan los dos principios vitales, con el fin de facilitar el
flujo de energía vital y resolver las posibles obstrucciones, restaurando así
el equilibrio orgánico total. La técnica es muy compleja y requiere un
prolongado adiestramiento.
En cuanto al quinto de los tratamientos señalados más arriba, la moxibustión es
un remedio terapéutico asociado a la acupuntura, ya que multiplicaba sus
efectos terapéuticos por medio del calor. Etimológicamente, la palabra deriva
de moxa, que significa «hierba ardiente», pues básicamente dicho
tratamiento consiste en quemar en distintos lugares de la piel pequeños conos
de hojas pulverizadas de Artemisa vulgaris mezclados con
incienso.
Como ya se ha señalado anteriormente, las contribuciones de la medicina china
al campo de la cirugía fueron muy exiguas, ya que sus conocimientos anatómicos
eran asimismo muy escasos. Eso sí, debido a que desde la corte había una
constante demanda de eunucos, una de las intervenciones más conocidas por los
cirujanos chinos de la Antigüedad fue la castración. Después de la operación,
los testículos tenían que ser conservados, pues era de obligado cumplimiento
que fuesen enterrados con su propietario cuando falleciese.
El cirujano más destacado de esta época fue, sin duda, Hua-T’o (136-208), al
cual se le atribuye la introducción de métodos anestésicos previos a la
cirugía, que solían ser mezclas de hachís y vino, así como la práctica de
incisiones abdominales. Desgraciadamente desconocemos el tipo de intervenciones
que realizó, ya que ordenó que todas sus notas fuesen destruidas cuando
falleciese, instrucciones que su viuda siguió fielmente.
Con la medicina tradicional china termina nuestro recorrido por las
civilizaciones antiguas. A continuación, se producirá un gran salto en la
historia de la medicina y se pasará de la concepción mágico-religiosa que hemos
venido mostrando a un entendimiento más racional de la práctica médica.
Capítulo 3
La medicina grecorromana: hacia una medicina racional
Contenido:
De
Asclepio a la teoría de los cuatro humores
Roma: de la terma al hospital
§.
De Asclepio a la teoría de los cuatro humores
La medicina de las civilizaciones antiguas, como ya hemos visto, se caracterizó
por fundamentarse en aspectos sobrenaturales, otorgando un papel muy importante
a los dioses en la aparición y curación de las enfermedades. Con el paso del
tiempo, y en el seno de la civilización griega, fue surgiendo una medicina, a
la que denominaremos prehipocrática —esto es, anterior a Hipócrates de Cos
(460-377 a. C.), considerado el padre de la medicina, al que nos referiremos
más adelante—, en la que coexistirán prácticas sobrenaturales con prácticas
empíricas, dicho de otra forma: durante un tiempo convivirán lo mitológico con
lo científico.
La
cesárea en la mitología griega
La
civilización griega desarrolló una elaborada y compleja mitología, con
abundantes leyendas y tradiciones, en la que se daba rienda suelta a las
pasiones, los odios y los amores. Muchos de los episodios amorosos terminaban
en gestaciones no deseadas y en algunas de ellas se tuvo que recurrir a la
cesárea, como ahora veremos, para extraer al feto del útero materno. En efecto,
la cesárea: la intervención quirúrgica más emblemática de la ginecología.
En sus escritos, el geógrafo e historiador Estrabón (63 a. C. - 19 d. C.)
recoge el nacimiento del dios Asclepio; narra cómo Corónide, hija de Felgias,
rey de Tesalia, en donde habitaban los lapitas, tenía por costumbre bañarse a
orillas del lago Beobes. Cierto día fue sorprendida por el dios Apolo, hijo de
Zeus, que inmediatamente se prendó de su belleza y no tardó en cortejarla,
seducirla y convertirla en su amante. El fruto de esta pasión no se hizo
esperar y, poco tiempo después, Corónide estaba embarazada. Su nuevo estado no
fue óbice para que, aprovechando la ausencia de Apolo, mantuviera relaciones
con su antiguo novio, el bello Isquis, hijo de Arcadio de Elato. Corónide no
podía imaginar que el dios había encargado a un cuervo, de bello plumaje
blanco, que la vigilase. Este animal voló hasta Delfos, en donde se encontraba
Apolo, para informarle de lo sucedido. El dios encolerizó y lo primero que hizo
fue condenar al cuervo y a todos sus descendientes a ser de color negro, por
haber permitido que Isquis yaciese con su amada Corónide. A continuación se lo contó
a su hermana gemela, Artemisa, la cual se presentó ante Corónide y, para vengar
la afrenta de su hermano, la hirió mortalmente con una de sus flechas
envenenadas. Cuando Corónide se encontraba en la pira funeraria acertó a pasar
por allí Hermes, el dios del comercio, que se apiadó de la criatura que llevaba
en sus entrañas y, con la ayuda de una daga, abrió su vientre y extrajo con
vida a un niño. Se trataba de la primera cesárea post mórtem de la que se tiene
referencia en la cultura europea, aunque sea dentro de la mitología griega. Al
niño le impusieron por nombre Asclepio, quien, debido a que Apolo no se podía
hacer cargo ni de su manutención ni de su educación, fue entregado al centauro
Quirón, que anteriormente se había encargado de educar a Aquiles. Quirón le
cuidó como si de un hijo se tratara y le enseñó el noble arte de la medicina.
Este no es el único caso de nacimiento por cesárea dentro de la mitología
griega. También nació así Dioniso, el dios Baco de los romanos, hijo de Zeus y
de la mortal Sémele. Al parecer la joven reclamaba insistentemente a su amante
que le mostrase la auténtica naturaleza de su fuerza, que no era otra que el
rayo divino; cuando Zeus satisfizo su curiosidad Sémele quedó totalmente
carbonizada. Tal y como había sucedido con Corónide, Sémele se encontraba
embarazada en el momento de su fallecimiento, y también fue Hermes el que abrió
el vientre de la fallecida, extrayendo una criatura viva y prematura, ya que
según la mitología griega cuando Dioniso nació no tenía nada más que seis
meses.
Según la mitología griega, Hermes, el dios del comercio y de los inventos,
realizó dos cesáreas divinas mediante las cuales consiguió extraer con vida a
Asclepio, el futuro dios de la medicina, y a Dioniso, el dios del vino. Uno de
los símbolos de Hermes era el caduceo, una vara sobre la que se enroscaban dos
serpientes enfrentadas; con el paso del tiempo se convirtió en el emblema de la
medicina, ya que se pensaba que el médico era el «anunciador» de la salud.
Dado
que el niño era inmaduro, Hermes lo cosió al muslo de Zeus, su padre, donde
permaneció hasta completar los tres meses que le quedaban de gestación. Así
pues, el muslo de Zeus fue la primera incubadora divina de la Historia; al cabo
de los tres meses Hermes extrajo a Dioniso del muslo, marcando el inicio de su
vida. Dionysos, literalmente, significa «nacido dos veces», hecho
que sucedió realmente, como hemos visto.
Mitologías aparte, estos dos episodios nos reflejan algunos aspectos
ginecológicos que eran conocidos por los médicos griegos prehipocráticos: la
realización de cesáreas post mórtem para salvar al feto y la inmadurez que
tenían los niños nacidos antes de los nueves meses.
El nombre de cesárea (del apelativo caeso, «cortar») procede de una
ley romana que obligaba a los médicos romanos a abrir el vientre materno
inmediatamente si la madre fallecía a partir del séptimo mes de gestación, con
el fin de salvar la vida fetal. A pesar de que se piensa que el político, general
y escritor romano Julio César nació por cesárea esto no es cierto, ya que su
madre, Aurelia Cota, murió cuarenta y seis años después de haberle alumbrado, y
en esa época no se realizaban cesáreas a mujeres vivas.
En cualquier caso, hay que tener presente que las cesáreas de la mitología
griega no fueron las primeras. Aunque también tengan un origen digamos divino,
en el libro sagrado de los Vedas (2000 a. C.), al que nos hemos referido al
hablar de la medicina hindú, se cuenta que Indra, el señor del cielo, del aire
y de los rayos, se negó a nacer de forma convencional y prefirió hacerlo a
través de una apertura abdominal que él mismo practicó en el vientre materno.
El nacimiento de Buda (453 a. C.), seguimos con las creencias religiosas y
culturales asiáticas, también está adornado por una leyenda. Se cuenta que
cuando su madre Maya Levi estaba a punto de dar a luz, en el bosque Lumbini, se
apoyó sobre una acacia para descansar. Al momento se le acercó un bello
elefante blanco que se apoyó en su vientre ejerciendo una fuerte presión y,
segundos después, Maya expulsó a Buda a través de su abdomen.
En estos casos, cronológicamente anteriores, no obstante, vemos una notable
diferencia con respecto a la mitología griega: la cesárea no fue post mórtem,
puesto que la gestante no había fallecido.
Asclepio
se convierte en dios
Volviendo
a la mitología griega, sabemos que Asclepio, con la ayuda del centauro Quirón,
consiguió hacerse un médico respetable y de reconocido prestigio. Cierto día,
la diosa Atenea le entregó dos redomas llenas de sangre de las Gorgonas, en una
de ellas la sangre estaba envenenada y en la otra la sangre tenía la propiedad
de devolver la vida a los muertos. A partir de ese momento, Asclepio se dedicó
a utilizar este regalo para resucitar a los mortales que fallecían, hasta el
punto de que llegó un momento en que ningún humano moría.
La veneración de Asclepio se extendió por toda Grecia e, incluso, llegó a
Roma, donde su nombre fue latinizado en Esculapio. Habitualmente se le
representa vistiendo un largo manto, con parte del tórax expuesto, y con un
largo báculo de madera con una serpiente enrollada.
Este
hecho disgustó enormemente tanto a Zeus, que pensaba que iba a alterar el orden
del mundo, como a su hermano Hades, el dios del inframundo. Para solucionarlo,
Zeus envió un rayo divino con el que fulminó a Asclepio, recuperando el orden
cosmológico; solución que irritó a Apolo, el padre de Asclepio, que en venganza
mató a los cíclopes, los seres mitológicos que habían regalado los rayos
divinos a Zeus. Además, Apolo premió a su hijo ascendiéndolo al firmamento,
convirtiéndolo en dios y transformándolo en la constelación de Ofiuco.
Antes de este triste desenlace, Asclepio se había casado con Epiona, con la que
tuvo varios hijos: Godalirio, Macaón (que también fue médico y aparece en
la Ilíada), Telésforo, Hygia (de la que deriva el término higiene),
Panacea (que significa «la que todo lo cura»), Egle (quien ejerció como
partera) y Laso (que fue enfermera).
En definitiva, la mitología griega creó un personaje mitad humano mitad divino
que alcanzó un conocimiento muy elevado de la medicina hasta el punto de vencer
a la muerte y conseguir la inmortalidad para los seres humanos, osadía que fue
castigada por los dioses. Este mito no es original de la civilización griega,
tiene sus antecedentes en Imhotep, el dios de la medicina egipcia, a quien ya
conocemos, que también fue un hombre de carne y hueso que se convirtió en dios.
A diferencia de este, Asclepio fue el primero de una gran familia de personajes
relacionados de una u otra forma con la ciencia médica, como veremos.
Siguiendo la corriente sobrenatural, los griegos concebían la enfermedad como
un acto punitivo de los dioses, que a través de sus flechas castigaban una
falta individual (locura, ceguera, lepra) o a un colectivo (epidemias). En el
panteón griego hubo varios dioses sanadores, pero sin duda el más importante
fue el propio Asclepio, al cual se dedicaron numerosos templos, que recibieron
el nombre de asklepeia. El principal de todos ellos estaba
localizado en Epidauro, en el Peloponeso; pero había asklepeia en
muchos otros lugares colonizados por los griegos, como Cos y Pérgamo (ambas en
la actual Turquía), Ampurias (hoy en la provincia de Girona, en España)…
Habitualmente, los asklepeia estaban ubicados en lugares
alejados de las ciudades, rodeados de ríos o manantiales y de una naturaleza
exuberante; hasta ellos llegaban diariamente multitud de peregrinos aquejados
de las más variopintas dolencias. Los sacerdotes consagrados al templo (therapeutes,
que es el origen de las palabras terapeuta y terapéutico que
empleamos actualmente) los recibían y acomodaban en edificios adyacentes al
santuario diseñados para este fin. El paciente recibía un tratamiento ritual,
mediante baños, masajes y unciones, con el cual los sacerdotes les iban
preparando la curación, la cual tenía lugar en la parte más interior del
templo, que recibía el nombre de abaton.
En el siglo IV a. C., en la colonia griega de Ampurias (Gerona) se construyó
un asklepeia, que sería reconstruido dos siglos después e introducido dentro de
los muros de la ciudad. El recinto consagrado al dios Asclepio estaba formado
por un templo en el que se realizaba el sueño sagrado, tres edificios
auxiliares, unas cisternas (para los ritos de purificación) y un pozo, que
albergaba las serpientes consagradas al dios.
En
las proximidades de esta dependencia se ubicaba una estatua de Asclepio y allí
se invitaba al paciente a dormir (incubatio). Los griegos pensaban
que durante el sueño el dios se le aparecería al paciente y le sanaría de su
dolencia o bien le indicaría la forma mediante la cual podía curarse. A la
mañana siguiente, el paciente narraba el sueño a uno de los sacerdotes, el cual
lo interpretaba e indicaba al paciente el tratamiento más adecuado para la
curación (amuletos, oraciones, pociones…).
En ocasiones, los pacientes pasaban varios días en los asklepeia,
durante los cuales los sacerdotes prescribían dietas, ejercicios físicos y
baños, ya que los griegos consideraban que la higiene y la nutrición eran parte
fundamental del tratamiento de cualquier enfermedad.
En el supuesto de que el paciente se curase de su enfermedad mientras duraba su
estancia en el asklepeia, era habitual que dedicara al templo una
ofrenda (anatema), representando en metal o en cera el órgano
afectado, y que en una tablilla votiva relatase la descripción del caso que le
había traído hasta allí.
El culto a Asclepio alcanzó su cénit hacia el 500 a. C., época en la que había
más de trescientos templos consagrados a este dios en el mundo helénico.
Las
primeras escuelas médicas
Al
mismo tiempo que florecía el culto divino a Asclepio surgió una filosofía
médica con un matiz verdaderamente científico. En torno al año 700 a. C. se
fundó en Cnido (Asia Menor, hoy en Turquía) la primera escuela médica, que
rechazaba la medicina sustentada en connotaciones mitológicas y que basaba los
diagnósticos en las observaciones realizadas junto al enfermo, en definitiva,
en la realización de una historia clínica. Esta contribución revolucionó la
medicina hasta el punto de que no ha cambiado sustancialmente, a pesar del
tiempo transcurrido. Sin embargo, no siempre fue así, después de la muerte de
Hipócrates la práctica de las historias clínicas desapareció, los médicos
dejaron de utilizarlas, resurgiendo nuevamente en la Edad Media, gracias a la labor
de la medicina musulmana, tal y como se verá más adelante.
En poco más de cien años, a finales del siglo VI a. C., ya había seis escuelas
médicas de renombre: Crotona (en la península itálica), Agrigento (Sicilia),
Cirene (Libia), Rodas (Grecia), Cnido y Cos (ambas en la actual Turquía).
Es sabido que Alcmeón de Crotona tuvo contacto con los pitagóricos, pero no
todos los investigadores coinciden en afirmar que llegara a ser discípulo de
Pitágoras. En cualquier caso, fue uno de los primeros médicos que trató de
formular una hipótesis relacionada con el sueño: Alcmeón supuso que era el
resultado final de un aumento de la cantidad de sangre que había en nuestro
organismo.
Es
preciso matizar que a pesar de que empleamos la expresión escuela
médica, las instituciones que aparecieron en estas ciudades no eran centros
docentes, en el sentido en que los entendemos actualmente, sino que realmente
eran agrupaciones de profesionales, donde se compartían un lugar de trabajo y
una orientación teórico-práctica. Si utilizásemos el lenguaje moderno,
corresponderían a una especie de clínicas.
Habitualmente el aprendizaje de los médicos griegos de esta época era de tipo
artesanal: el médico pertenecía al grupo de los artesanos y la enseñanza se
realizaba por transmisión oral, habitualmente de padres a hijos.
Los médicos más importantes de este momento fueron Alcmeón de Crotona,
Empédocles de Agrigento e Hipócrates de Cos.
Alcmeón de Crotona, que vivió en el último tercio del siglo VI a. C., es el
autor del primer libro griego médico del que tenemos constancia y el primero en
señalar que el cerebro era el centro vital de nuestro organismo. Defendió que
la enfermedad se produce como consecuencia de un desequilibrio entre principios
opuestos (húmedo y seco, cálido y frío, amargo y dulce); y de él sabemos que
realizó numerosas autopsias a lo largo de su vida, lo cual le permitió
constatar que de forma invariable las venas estaban llenas de sangre y las
arterias vacías. Alcmeón presupuso, basándose en esta observación, que por las
arterias circulaba el aire y por las venas, la sangre; error que se mantuvo
vigente hasta que lo corrigió Galeno.
Empédocles (495-435 a. C.) partió de la idea de que en la naturaleza no hay un
solo elemento, algo que defendían algunos filósofos como Heráclito o
Parménides, y afirmó que, por el contrario, hay cuatro elementos básicos o
«raíces» (fuego, agua, tierra, aire). Esta teoría será la base sobre la cual
Hipócrates elaboraría la teoría de los humores como más adelante tendremos
ocasión de mostrar.
La
medicina hipocrática y la teoría de los cuatro humores
La
primera medicina científica (la llamada medicina hipocrática) estaría vigente
durante aproximadamente trescientos años y su principal hazaña consistió en
sustituir la explicación de la salud y la enfermedad con elementos mágicos y
sobrenaturales por una teoría circunscrita a la esfera del hombre y la
naturaleza.
Hipócrates (460-377 a. C.) fue un médico inquieto que realizó numerosos viajes
durante su juventud antes de establecerse definitivamente en su isla natal para
dedicarse por completo a la enseñanza y a la práctica médica. Considerado el
primer médico que rechazó las creencias populares y los mitos que señalaban a
las fuerzas sobrenaturales o divinas como las causantes de las enfermedades,
Hipócrates defendió que eran la consecuencia de factores dietéticos,
ambientales o estilos de vida, por lo que a partir de ese momento la medicina
se convierte definitivamente en ciencia. A pesar de este avance, no se debe
dejar de tener en cuenta que el de Cos estableció sus teorías a partir de
convicciones anatómicas y fisiológicas incorrectas, pues no olvidemos que la
civilización griega prohibía la práctica de autopsias, por lo que en más de una
ocasión sus conclusiones fueron desacertadas. Así, sin ir más lejos, creía que
la epilepsia era causada por la falta de aire en el cerebro y en las
extremidades.
Nadie pone en duda que Hipócrates fuera un médico con una especial habilidad ni
que trabajara durante algún tiempo en la escuela de Cos, pero no es tan seguro
que fuese el autor del conocido Juramento Hipocrático o de que escribiese en su
totalidad el célebre Corpus hippocraticum. La variedad de temas que
trata esta obra, los diferentes estilos de escritura y las dilatadas fechas en
las que fue escrito (se especula que entre los siglos V y IV a. C.) hacen
sospechar que lo más probable es que su autoría correspondiera tanto a médicos
de la escuela de Cnido como a médicos de la escuela de Cos, en cualquier caso
no a un sólo médico.
Es el único tratado que nos ha llegado de la biblioteca médica de la escuela de
Cos y está constituido por 72 obras, entre las que destacan Sobre la
dieta en las enfermedades agudas; Sobre los aires, las aguas y los lugares;
los Pronósticos; los Aforismos; Epidemias I y II;
Sobre las heridas de la cabeza; Sobre las fracturas o Sobre
las articulaciones.
Así como en todas ellas se repudia a la medicina basada en la religión, resulta
curioso cómo en ellas se clasifican las enfermedades en agudas, crónicas,
endémicas y epidémicas, y cómo se emplean términos como recaída y convalecencia;
clasificaciones aquellas y términos estos que se siguen utilizando actualmente.
Archipiélago del Dodecaneso. Aproximadamente un siglo después de que se
creara la escuela de Cnido, surgió en sus proximidades una escuela competidora,
la escuela de la isla de Cos, situada en el mar Egeo y perteneciente al
archipiélago del Dodecaneso. Uno de los directores de esta escuela fue
Hipócrates (460-377 a. C.), el médico más importante de la Antigüedad y
considerado el padre de la medicina.
El
libro de Aforismos, un verdadero manual médico, contiene centenares
de sentencias sobre cualquier enfermedad, causa, pronóstico y tratamiento.
Además, en él podemos encontrar algunos preceptos éticos y de conducta que
debía seguir todo médico. Algunos de esos preceptos son los siguientes:
1. El
arte es largo, la vida breve.
2. Un
médico honorable jamás deberá envidiar a los otros médicos, ello causaría una
mala impresión en sus pacientes.
3. El
médico es un servidor de la naturaleza.
4. El
médico que también sea filósofo se asemeja a un dios.
5. El
médico debe mantener limpia su persona, vestir ropas decentes y utilizar
perfumes de olor discreto.
Entendimiento
y engreimiento son dos cosas distintas. El primero engendra saber, el segundo
ignorancia.
Los médicos hipocráticos consideraban que el hombre era un «mundo en
pequeño» y que la vida era un continuo cambio de la naturaleza, desde
el nacimiento hasta la muerte, existiendo una mezcla de las cualidades
primarias (krasis) del organismo y una conexión entre las
distintas partes del cuerpo (sympátheia). El mantenimiento de ambas
se debía a tres elementos: al calor innato (un agente interno que residía en el
ventrículo izquierdo del corazón), a los alimentos y al aire (pneuma),
que penetraba en el cuerpo, según los textos hipocráticos, por la nariz, la
boca y por toda la superficie corporal.
La medicina hipocrática se basaba en la idea de que en nuestro cuerpo había
cuatro humores (sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema),
que son activos, constituidos por los elementos de la naturaleza (aire, tierra,
agua y fuego) y cuyo equilibrio y armonía permite que estemos sanos. Los
humores se agrupan en parejas (sangre y bilis negra, flema y bilis amarilla),
con cualidades opuestas, las cuales predominaban en una de las cuatro
estaciones del año. De esta forma, la sangre es caliente y seca como el aire y
aumenta en primavera; la bilis negra, cálida y húmeda como la tierra y aumenta
en otoño; la flema, fría y húmeda como el agua y aumenta en invierno, y la
bilis amarilla, fría y seca como el fuego y aumenta en verano. En definitiva,
lo que en realidad hacía la doctrina hipocrática no era sino asentarse sobre la
teoría de los cuatro elementos de Empédocles de Agrigento.
Cada uno de los humores es producido por un órgano diferente: la sangre se
origina y se renueva en el corazón; la bilis negra, en el bazo; la flema, en el
cerebro, y la bilis amarilla en el hígado. Los humores no son ficticios ya que
pueden verse: la sangre, en las heridas; la bilis negra, en las deposiciones
(cuando hay hemorragia digestiva y las heces adoptan una coloración negruzca);
la flema, en las secreciones nasales y la bilis amarilla, en los vómitos.
La
salud fue concebida como una mezcla perfecta de los cuatro humores (eyctasía),
reflejo de la completa armonía de la naturaleza humana. Si concepto de salud
conlleva fortaleza, justicia, equilibrio y belleza, la enfermedad era la
consecuencia del desequilibrio de estos humores (dyscrasía); por
este motivo los tratamientos debían ir encaminados a restablecer el equilibrio
humoral.
El principio básico de la terapia hipocrática rezaba que la naturaleza (physis) era
la que curaba al paciente y que el médico era un simple mediador (vis
medicatrix naturae) cuya función era facilitar esta tarea, razón por
la cual el reposo, la inmovilidad y la limpieza eran aspectos fundamentales del
tratamiento. Se consideraba que las acciones de los médicos se debían regir por
unos principios elementales: favorecer y no perjudicar, abstenerse de tratar
enfermedades producidas por la «necesidad forzosa» (incurables) y emplear
remedios con cualidades contrarias al desequilibrio tal que se recomendaban
remedios calientes y secos cuando había un exceso de frío y húmedo.
Hipócrates otorgó gran importancia a la dieta como elemento esencial para
retornar a la armonía humoral, por lo que es considerado el precursor de la
dietética; para ello clasificaba los alimentos según sus cualidades en cuatro
grados sobre dos ejes principales: caliente-frío y seco-húmedo. Pensaba que el
calor de la digestión transformaba a los alimentos en linfa, que a su vez se
convertían en humores; por eso consideraba que era fundamental seguir una dieta
adecuada para evitar las enfermedades. Además recomendaba ingerir alimentos en
relación inversa al temperamento y variarlos según la estación del año. El vino
tinto y la carne, a los que atribuía cualidades calientes y secas, eran buenos
para los ancianos, los flemáticos y los melancólicos por ser de naturaleza
fría. Por el contrario, el pescado, las legumbres y las frutas, que son fríos y
húmedos, eran la alimentación ideal para los coléricos y los jóvenes, personas
de naturaleza caliente.
Se oponía a la administración sistemática de sustancias externas a nuestro
organismo (phármacon), aunque en algunas ocasiones reconocía que su
prescripción era necesaria, ya que tenía la capacidad de atraer sustancias
corporales afines a su naturaleza y eliminarlas de nuestro organismo. Los
médicos hipocráticos dieron gran importancia a los purgantes, como elemento de
purificación (kátharsis) del cuerpo y de eliminación de los
humores alterados. Los elementos empleados fueron fundamentalmente de origen
vegetal y aparecen recogidos en los textos procedentes de la escuela de Cnido.
Así mismo, y esto resulta especialmente curioso, los médicos hipocráticos
opinaban que los cambios o movimientos (kínesis) que ocurrían
en la naturaleza podían producirse bien por necesidad (ananke) o
bien por azar. En el primer caso, por necesidad, los cambios son
inexorables (fatum), son superiores a las fuerzas humanas y, por
ese motivo, no pueden ser dominados por el hombre. Hipócrates recomendaba en
tales casos no actuar, no realizar ningún tratamiento porque no iba a ser
efectivo. Se trataría, probablemente, de pacientes en estado terminal. En el
segundo caso, en aquellas situaciones en las que los cambios se habían
producido por azar, era cuando el médico podía intervenir, pero siempre
teniendo presente el principio de «ser útil o no dañar» (opheléin e me
bláptein), precepto que dio origen al célebre primum non
nocere («ante todo no dañar»).
La vida de Hipócrates coincidió con la edad de oro de la antigua Grecia, en la
que destacaron personajes de la talla de Pericles, en política; Sócrates y
Protágoras, en filosofía; Heródoto y Tucídides, en historia; o Esquilo,
Sófocles y Eurípides, en teatro.
Juramento
hipocrático
Toda
persona que quisiera ser médico debía comenzar al lado de un maestro con
prestigio reconocido, al que debía pagarle por sus enseñanzas y prestarle un
juramento de fidelidad. En los textos hipocráticos se recoge el célebre
juramento, que data de finales del siglo V a. C. o de la primera mitad del
siglo IV a. C. Básicamente, se trata de una declaración de carácter
éticoprofesional y de fidelidad hacia la figura del maestro, en la que se
señala, entre otras cosas, que el médico debe ser honesto, calmado, comprensivo
y serio (como podremos ver en la tabla 2).
A pesar de que el juramento pertenece al Corpus hipocraticum, no
existe la certeza absoluta de que fuese redactado por Hipócrates o alguno de
sus discípulos, y más bien se piensa que pudo haber sido obra de los
pitagóricos para posteriormente ser añadido al Corpus. Galeno
pensaba que fue empleado por Hipócrates cuando se dedicó a la enseñanza de la
medicina como una forma de asegurarse que los nuevos médicos fuesen fieles a su
persona y siguiesen unos preceptos éticos.
Su empleo estuvo en desuso hasta el Renacimiento, época caracterizada por la
veneración de la cultura grecolatina, pasando entonces a utilizarse en las
escuelas médicas; costumbre que se generalizó a partir del siglo XIX.
Actualmente, durante la graduación de los licenciados en medicina de nuestro
país se acostumbra a celebrar un acto en el que además de entregar los diplomas
acreditativos, entonar el Gaudeamus igitur, el himno universitario,
se pronuncia simbólicamente el llamado Juramento hipocrático.
Además, en los tratados hipocráticos se recogen las cualidades que debía tener
un joven para poder ejercer la profesión: «Habilidad natural, instrucción, un
lugar favorable para el estudio, intuición desde la niñez, amor al trabajo,
tiempo. Ante todo, se requiere una habilidad natural porque si la naturaleza se
opone, todos los esfuerzos serán vanos».
El médico, en su quehacer, debía estar guiado por dos principios básicos: el
amor al hombre y el amor a su arte. Se exigía que el médico cumpliese sus
deberes frente a la ciudad (polis), frente al enfermo y frente a
otros médicos.
Tabla
N° 2
Juramento hipocrático
Juro
por Apolo, médico, por Esculapio, Higias y Panacea, y por todos los dioses y
diosas, a quienes pongo por testigos de la observancia del presente juramento,
que me obligo a cumplir lo que ofrezco, con todas mis fuerzas y voluntad.
Tributaré a mi maestro de medicina el mismo respeto que a los autores de mis
días, partiendo con ellos mi fortuna, y socorriéndoles si lo necesitasen;
trataré a sus hijos como a mis hermanos y, si quisieren aprender la ciencia, se
la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.
Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis
hijos, a los de mi maestro, y a los discípulos que se me unan bajo el convenio
y juramento que determina la ley médica, y a nadie más.
Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechoso,
según mis facultades y mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No
accederé a pretensiones que se dirijan a la administración de venenos, ni
induciré a nadie sugestiones de tal especie; me abstendré igualmente de aplicar
a las mujeres pesarios abortivos.
Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la
talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla. En cualquier
casa que entre no llevaré otro objeto que el bien de los enfermos, librándome
de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras, y
evitando, sobre todo, la seducción de mujeres y jóvenes, libres o esclavos.
Guardaré secreto acerca de lo que oiga o vea en la sociedad y no sea preciso
que se divulgue, sea o no del dominio de mi profesión, considerando el ser
discreto como un deber en semejantes casos.
Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida
y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy
perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.
La idea moral culminaba en que el médico debía ser «bello y bueno» (calós
cagathós), es decir, debía cuidar su imagen (tenía que visitar siempre a
los pacientes perfectamente aseado, bien vestido y perfumado) para que fuese
agradable al paciente. Además, se le exigía que gozase de buena salud, para que
pudiera inspirar confianza a los pacientes; así mismo, debía hablar con
corrección, serenidad y moderación. En los textos hipocráticos se señala que
cuando un médico consiga alcanzar todas estas premisas se habrá convertido en
noble (aristos).
Aristóteles nació en Estagira (Tracia) y era hijo de un médico macedonio. A
los 17 años se incorporó a la Academia de Platón, donde permaneció hasta el
fallecimiento del filósofo, y posteriormente se convirtió en el tutor de
Alejandro Magno.
Una
vez que el aprendiz había adquirido los conocimientos suficientes se
independizaba de su maestro y se disponía a ejercer la profesión, habitualmente
para ello debía trasladarse de una ciudad a otra en busca de trabajo.
Cuando el médico llegaba a una ciudad, lo primero que hacía era alquilar una
casa que utilizaría como consulta (iatreion, palabra que procede del
griego iatros, que es el que se usaba para referirse a los médicos
griegos), una de cuyas habitaciones dedicaría al quirófano.
Del término iatreion derivó la palabra iatrogénico,
que utilizamos actualmente para designar las enfermedades derivadas de la
práctica médica. En tanto que los pacientes que requerían la valoración de un
médico debían acudir a esta consulta, únicamente aquellos pacientes con elevado
poder adquisitivo podrían ser atendidos en su casa.
Medicina
posthipocrática
La
figura médica más importante de la civilización griega tras la muerte de
Hipócrates fue Aristóteles (348-322 a. C.), el fundador del Liceo, la academia
en la que, en un jardín con columnas (peripatos), enseñó la
filosofía peripatética. El padre de Aristóteles, Nicómaco, fue médico personal
del abuelo de Alejandro Magno, lo cual influyó en que recibiese nociones de
medicina. Como es bien sabido fue un pensador creativo que abordó numerosos
campos del saber, entre ellos aunque este sea menos conocido que su labor como
destacado filósofo, el médico. Sus principales aportaciones en este sentido
fueron anatómicas y embriológicas, utilizando para ello embriones de pollo.
§. Roma: de la terma al hospital
Entre la civilización griega clásica y la romana hubo una etapa histórica de
enorme esplendor cultural denominada helenística o alejandrina, cuyos límites
cronológicos se pueden fijar por dos hechos políticos de enorme interés: la
muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) y el suicidio de Cleopatra VII de Egipto
y Marco Antonio, después de ser vencidos en la batalla de Accio (30 a. C.).
Desde el año 336 a. C., en el que Alejandro Magno conquistó Tebas, hasta el año
30 a. C., en el cual Egipto pasaría a ser provincia romana, la ciudad
norteafricana de Alejandría experimentó un enorme florecimiento, consolidado
cuando Ptolomeo I Sóter (367-283 a. C.), uno de los generales del conquistador
macedonio, fundó la dinastía de los Lágidas, más conocida como de los
ptolomeos, que se mantuvo en el trono de Egipto durante tres siglos. Durante el
reinado de Ptolomeo I, Alejandría se convirtió en la capital de Egipto y
desbancó a Atenas como foco cultural, se construyó el Museion (280
a. C.), el principal centro de difusión de la medicina, cercano a la Biblioteca
de Alejandría. El Museion contaba con aulas en donde se
enseñaba, un zoológico, un jardín botánico y un observatorio astronómico, y
estaba dividido en cuatro sectores, cada uno para una disciplina diferente:
literatura, astronomía, matemáticas y medicina.
En la llamada escuela de Alejandría de medicina, el médico dejó de ser un
filósofo especulativo y se convirtió en un médico-científico que tenía
formación anatómica y fisiológica. Esta escuela alcanzó su mayor esplendor en
el siglo III a. C., período en el que destacaron dos grandes médicos: Herófilo
de Calcedonia (335-280 a. C.) y Erasístrato de Ceos (304-250 a. C.).
Herófilo, que es considerado el primer anatomista de la historia de la
medicina, tuvo la oportunidad de realizar numerosas disecciones de cadáveres
humanos a lo largo de su vida, así como vivisecciones en los condenados a
muerte; un hecho totalmente novedoso que le permitió descubrir campos
inexplorados y realizar importantes aportaciones en el estudio del sistema
nervioso y del globo ocular, y fue, de hecho el primer médico en distinguir la
córnea y la retina.
Erasístrato, por su parte, se opuso con firmeza a la teoría hipocrática de los
cuatro humores y postuló que el mecanismo más importante que conduce a la
aparición de enfermedades era la plétora, es decir, el exceso de
sangre y de materias alimentarias en las venas. Esta situación, según
Erasístrato, propiciaba que las venas se hinchasen y acabasen rompiéndose; así
mismo, pensaba que cuando un órgano se volvía «pletórico» impedía que entrase
el aire (pneuma) en las arterias, lo cual conllevaba a un
funcionamiento deficiente de este órgano. Todavía hoy en día empleamos el
término pletórico, si bien es cierto que con un significado
diferente al de Erasístrato.
Poco a poco, y como consecuencia de las conquistas romanas, la cultura
alejandrina comenzó a apagarse y los científicos tuvieron que buscar nuevos
horizontes, y creyeron encontrarlos en Roma. En el siglo I a. C. surgió una
corriente migratoria que propició la aparición de una colonia de médicos a
orillas del Tíber.
Antes de que la civilización romana heredase los conocimientos griegos y
alejandrinos se consolidó en la región itálica del Lazio, donde se encuentra la
ciudad de Roma, la herencia etrusca, tanto en sus aspectos laicos como
religiosos, siendo estos últimos los que ejercieron una influencia más duradera
en la medicina romana. El legado etrusco se refleja en la confianza que
tuvieron los romanos en la adivinación a partir de las cartas pronósticas
etruscas y en el análisis de las entrañas de animales sacrificados, así como en
las ofrendas que ofrecían los enfermos a los dioses como muestra de
agradecimiento por su curación. Estos hechos supusieron, en cierto modo, un
retroceso, pues los avances científicos conseguidos por las escuelas de Cnido,
de Cos y la medicina alejandrina se retrotrajeron de alguna manera con los
orígenes de la medicina romana basada en aspectos mitológicos. En el panteón
romano se incluyeron una serie de divinidades sanadoras que ya tenían los
etruscos: Febril, la diosa de las enfermedades de los pantanos; Mefitis, dios
de la fetidez, Scabies, diosa de la sarna… Según una leyenda, en el año 293 a.
C. una plaga asoló Roma, alarmados por la situación los ciudadanos buscaron en
los libros sibilinos (los libros proféticos de la antigua Roma relacionados con
la Sibila de Cumas) el modo de vencerla, la respuesta que encontraron es que
una delegación debía trasladarse hasta Epidauro en busca del dios griego
Asclepio. Los romanos mandaron un navío hasta la ciudad griega, allí debieron
establecer contacto con los sacerdotes encargados del culto al dios. A través
de ellos supieron que Asclepio aceptó ayudarles a vencer la epidemia, para ello
debían llevarse de Epidauro una serpiente. Cuando los romanos regresaron a Roma
con la serpiente la epidemia cesó y los romanos, en agradecimiento,
construyeron en el año 295 a. C. un templo dedicado a Asclepio. A partir de ese
momento, su culto fue en aumento hasta el punto de que se latinizó su nombre,
pasó a llamarse Esculapio y se convirtió en el dios de la salud más destacado
de la mitología romana.
Poco a poco fueron llegando médicos de diferentes puntos del Mediterráneo, la
mayoría procedían de Grecia, que llegaban a Roma en calidad de esclavos. Con el
paso del tiempo, los médicos griegos fueron demostrando una habilidad y
eficacia con la que consiguieron ganarse la aceptación de los romanos. Sin
embargo, hubo voces críticas hacia este sector. Al político romano Catón el
Censor (234-149 a. C.) le irritaba especialmente el control que ejercían los griegos
en la vida intelectual romana, consideraba que la civilización griega era
decadente y deshonesta. Por esta razón arremetió de modo especial contra los
médicos griegos en un intento de restaurar las que él consideraba las útiles
prácticas romanas, basadas fundamentalmente en la medicina etrusca. Catón
aconsejó el uso de la col y el vino para mantener la salud y tratar las
enfermedades, y acompañó sus tratamientos con fórmulas mágicas y
encantamientos.
Julio César era totalmente contrario a las ideas de Catón el Censor, de hecho
concedió la ciudadanía romana a todo aquel médico que probara su eficacia. Este
premio se debió fundamentalmente a la actividad que ejerció el médico
Asclepíades de Prusa (124-40 a. C.), que vivió en el siglo I a. C. y fue amigo
del orador y político romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) y médico de la
aristocracia romana. Asclepíades consideraba que nuestro organismo estaba
integrado por una serie de partículas invisibles (átomos) por entre las cuales
circulaban los humores. Según este médico la salud y la enfermedad estaban
directamente relacionadas con la correspondencia que existía entre estas
partículas. Además, Asclepíades tiene el honor de haber sido el primero en
utilizar el vocablo oncos o «masa» para describir los órganos
enfermos, término que daría lugar al vocablo oncología, la rama de
la medicina encargada del estudio de los tumores.
No contento con esta medida, Julio César, en el año 46 a. C., en nuevo edicto,
concedió la ciudadanía romana a todos los médicos extranjeros libres (medici
liberti), lo cual provocó que no tardase en aparecer una terrible
competencia entre los médicos nativos y los griegos.
Durante el Imperio romano, la situación de los médicos mejoró
considerablemente. En el año 117 d. C. el emperador Publio Elio Adriano
promulgó un edicto por el que los médicos estaban exentos de pagar los tributos
municipales y de realizar el servicio militar; posteriormente, en el siglo II,
durante el mandato del emperador Antonio Pío, se limitaron estos derechos a un
determinado número de médicos.
Durante esta época los médicos recibieron el nombre de valde docti y
para obtener tal rango debían acreditar conocimientos y experiencia; lo que
motivó que fuera necesario que poco a poco se fuesen regularizando los estudios
de medicina y que se exigiese, para poder ejercer la profesión, presentar
certificados de buena conducta.
Un aspecto importante de la civilización romana fue la importancia que poco a
poco fue adquiriendo la mujer dentro de la medicina. Los griegos no
reconocieron la figura femenina en el contexto socio sanitario, por lo que no
hubo enfermeras en la antigua Grecia, de hecho en el Corpus
hippocraticum no se menciona en ningún momento que las mujeres
prestasen algún tipo de ayuda a los médicos: «Deja al cuidado del enfermo a uno
de tus ayudantes, a quienes darás todas las instrucciones pertinentes sobre la
administración del tratamiento y la vigilancia de la enfermedad». La única
acción en la que participaron las mujeres de la antigüedad helena fue en el
acto de cortar el cordón umbilical, por este motivo a las comadronas griegas se
las denominaba onphalotamai (del griego onphalo,
«ombligo»). Esta situación cambió en época romana, las mujeres disfrutaron de
un estatus distinto, algunas de ellas (las diakonissae) acudían a
los templos para atender a los enfermos, tradición que ya aparece recogida en
la Biblia. En el Nuevo Testamento se utiliza el vocablo griego diakonia para
referirse al servicio que se presta a los demás, dentro del cual se incluye la
ayuda física; de esta forma surgió el término diaconisa en
relación con las mujeres que se dedican al cuidado de los enfermos. La primera
diaconisa (del griego diáconos, «ministro» o «servidor») conocida
fue Febé, una diaconisa de la iglesia de Cencreas (Corinto, en Grecia) que
vivió en el siglo I d. C. a la que hace referencia San Pablo en una de
sus Cartas a los romanos (Ro 16:1-2.).
Sin embargo, las primeras enfermeras de la historia habían surgido en la India,
hacia el siglo VI a. C. En el Sushruta Samhita, del que ya hemos
hecho mención en el capítulo anterior, se describen cuáles son las cualidades
que debe tener toda enfermera: limpia, inteligente, simpática, debe inspirar
confianza, no debe ser propensa al enfado, debe saber controlar su genio y debe
tener una absoluta fidelidad hacia el médico.
Si, como sabemos, en la Grecia clásica la asistencia médica se llevaba a cabo
en los iatreion, una especie de clínicas privadas, en Roma los
médicos realizaban su trabajo en las tabernae o tiendas. Se
trataba de unos edificios que se encontraban localizados en la zona oeste de
los foros romanos. Además existían establecimientos o estancias (apotheca) donde
se almacenaban las sustancias con propiedades farmacológicas, las cuales eran
preparadas y despachadas en otras dependencias (medicatrinas) que,
a semejanza de las actuales farmacias, estaban rotuladas a la entrada y
adornadas con los símbolos de Esculapio, para facilitar su localización. En
ellas se elaboraban los fármacos y se preparaban moldes para hacer píldoras y
cápsulas, mesas de mármol para confeccionar pomadas, balanzas de brazos iguales
y de brazos desiguales, y una serie de pesos medicinales. En esta época se
introdujeron dos formas farmacéuticas nuevas: los sinapismos, medicamentos
elaborados con semilla de mostaza negra que se utilizaban como revulsivo, y los
esparadrapos.
Sin embargo, no todos los médicos preparaban medicamentos, ya que en la
civilización romana se produce una separación entre aquellos que se dedican a
la cirugía (medici chirurgici) y los médicos clínicos (medici
clinici), situación que se consolidaría durante la Edad Media. Uno de los
cirujanos más famosos de esta época fue Aulio Cornelio Celso (25 a. C. - 50 d.
C.), que dividió la terapéutica en dietética, farmacéutica y cirugía, tradujo
al latín los términos griegos y otorgó a la cirugía una posición privilegiada.
Señaló las cualidades que debía tener todo cirujano: «Debe ser joven o cuando
menos no muy viejo, su pulso debe ser firme y seguro, sin que jamás le tiemble.
Debe poder usar la mano izquierda con igual destreza que la derecha, su visión
debe ser aguda y clara, su mente intrépida y debe sentir la piedad necesaria,
no a tal grado que se sienta conmovido por las lágrimas, no debe ni apresurar
la operación más de la cuenta, ni cortar menos de lo que fuere necesario, sino
hacer todo exactamente como si los gritos del otro no le impresionaran».
Entre sus aportaciones más originales se encuentra la primera descripción de la
apendicitis. Es sabido que abogó por la práctica de disecciones como una fase
muy importante en el proceso de aprendizaje y, en cierta ocasión, llegó a
afirmar: «El arte de la medicina debe ser racional […] abrir los cuerpos de los
muertos es una necesidad para los que han de aprender». De Aulio Cornelio Celso
tan sólo conservamos uno de sus tratados, titulado De re medica (Sobre
la medicina) que formaba parte de su obra enciclopédica De artibus (Sobre
las artes). Se trata del libro médico más completo, coherente y homogéneo que
se conserva de la Antigüedad.
A él debemos la descripción de los signos de la inflamación: «En verdad los
signos de la inflamación son cuatro: tumor y rubor con calor y dolor» (rubor
et tumor, cum dolore et calore).
Una página del libro De re medica (Sobre la medicina). Cornelius Celsus es
considerado uno de los mejores médicos de la civilización romana, en su libro
hay capítulos como «De la cura de la dificultad de orinar», dedicados a las
enfermedades urológicas y describe dos métodos para reconstruir el prepucio
después de una cirugía de fimosis.
La
teriaca, un remedio milagroso
Dioscórides
(40-90) fue un médico de origen griego que ejerció de cirujano en los ejércitos
del emperador Nerón, de tal forma que pudo estudiar la flora y la fauna de los
distintos países que formaban parte del Imperio romano. Al parecer, cuando las
circunstancias se lo permitían, preguntaba a los nativos las virtudes
medicinales y los usos terapéuticos de los vegetales que por allí había. Fue el
primer médico que se ocupó de la botánica médica, entendida como una ciencia
aplicada al servicio de la medicina. Dioscórides llegó a clasificar unas
seiscientas plantas de acuerdo con las enfermedades que curaban en su Sobre
materia médica, una obra que alcanzó una gran difusión y se convirtió en el
principal manual de farmacopea que se utilizaba durante la Edad Media y el
Renacimiento. Recomendó la mandrágora mezclada con vino como anestésico, el
américo en los trastornos gástricos, la manzanilla para «entrar en calor» y
adelgazar, la acadia como astringente, el eneldo como diurético, la cicuta en
forma de cataplasma para el tratamiento de los herpes…
Dioscórides fue uno de los primeros en tener un gran control de las plantas
medicinales, el botiquín de la humanidad durante siglos. En su libro Sobre
materia medica no sólo se limitó a describirlas y enumerar sus usos
terapéuticos, sino que también dibujó la planta para que fuese más fácil
identificarla.
Un
contemporáneo de Dioscórides fue Andrómaco el Anciano, médico romano que vivió
en el siglo I d. C., sirvió asimismo al emperador romano Nerón y fue el primero
que recibió el título de arquiatra (jefe de los médicos). Andrómaco sería
recordado durante siglos porque perfeccionó uno de los antídotos más potentes,
la teriaca, un remedio que había sido elaborado en el siglo I a. C. por
Mitrídates VI Eupátor, rey del Ponto, al que añadió nuevos ingredientes (sangre
de pato, veneno de víbora, vino y miel) aumentando su efectividad. Durante
siglos, la teriaca de Andrómaco se usó como remedio universal contra cualquier
tipo de veneno, así como en el tratamiento de algunas enfermedades (cefalea,
epilepsia…).
Galeno,
el emperador de los médicos
El
más importante de todos los médicos romanos fue, sin duda, Galeno, hasta el
punto de que actualmente su nombre es sinónimo de médico. Vino al
mundo en el año 130 en Pérgamo, una ciudad que, a pesar de localizarse
geográficamente en la actual Turquía, en aquel momento formaba parte del mundo
helénico, ya romanizado, pero con influencia directa de la antigüedad griega.
Nació en el seno de una familia adinerada, su padre era arquitecto, lo cual le
permitió tener una sólida educación. Durante diez años estudió en las mejores
escuelas de su tiempo, entre las que se encontraban las de Esmirna (también en
la actual Turquía), Corinto (Grecia) y, por supuesto, la de Alejandría
(Egipto). A orillas del Mediterráneo estudió la anatomía ósea sobre esqueletos
humanos, pero no la anatomía de partes blandas, puesto que estaban prohibidas
las disecciones en cadáveres humanos, aunque sí en cerdos y monos. De aquí
deriva el gran error de Galeno, que se perpetuaría durante varios siglos: el
hecho de considerar los órganos humanos como análogos a los de estos animales.
Tras ejercer durante cuatro años como médico de gladiadores en Pérgamo, etapa
en la que aumentó sus conocimientos de anatomía y traumatología, se trasladó a
Roma, en donde alcanzó gran prestigio y llegó a disfrutar de la protección de
los familiares del emperador Marco Aurelio. Hacia el año 166 abandonó la
capital imperial para volver tres años después, como médico personal de Cómodo,
hijo de Marco Aurelio.
Escribió numerosas obras, que comprenden más de cuatrocientos volúmenes, las
cuales constituyen la cumbre de la medicina antigua y el legado más importante
de esta.
Durante su estancia en Roma fue testigo de importantes acontecimientos, como la
Peste de los Antoninos» (165-170), que describió y relató en sus escritos. El
nombre de la peste deriva del linaje de los antoninos, al cual pertenecía el
emperador Marco Aurelio, una de las numerosas víctimas.
La fama de Galeno se debió a los acertados diagnósticos que realizó en
algunos patricios romanos. Llegó a relacionar que la parálisis de los tres
dedos de una mano de un filósofo con una lesión ubicada en la columna
vertebral, y que el insomnio de una matrona romana era debido al mal de amores
que sufría por un actor famoso.
Durante
siglos se utilizó el término peste para hacer referencia a las
epidemias, independientemente de cuál fuera la causa de la misma; de hecho esta
peste fue en realidad una epidemia de viruela. Actualmente sabemos que se
inició en Roma hacia el año 165 y que, probablemente, el germen fue traído por
los soldados que regresaban de Oriente Próximo después de luchar contra los
partos.
Con enorme rapidez la epidemia se extendió por toda la península itálica y la
Galia. Galeno dejó en sus escritos la sintomatología que manifestaban los
afectados: «Ardor inflamatorio en los ojos; enrojecimiento peculiar de la
cavidad bucal y de la lengua; aversión a los alimentos; sed inextinguible,
temperatura exterior normal que contrasta con una sensación interior de abrasamiento,
piel enrojecida y húmeda, tos violenta…».
Se sabe que, además, Galeno realizó numerosas vivisecciones de animales con el
fin de poder estudiar la función de los riñones y la médula espinal. En este
sentido, puede ser considerado el primer investigador experimental de la
historia: «Corto y hábil es el sendero de la especulación, pero no conduce a
ninguna parte; largo y penoso es el camino del experimento, pero nos lleva a
conocer la verdad».
Galeno, que falleció en el año 200, fue el primero en relacionar el cerebro y
la laringe en la emisión de la voz; describió con detalle los dos párpados y
los seis músculos oculares, así como muchos músculos de la cabeza, cuello,
tronco y extremidades. Afirmó que las arterias y venas se unen entre sí a lo
largo de todo el organismo, intercambiándose la sangre y los humores a través
de pequeños poros. Tiene el honor de ser el primero en corregir el error de
Alcmeón de Crotona, que afirmaba que por las arterias circulaba aire y no
sangre.
Galeno consideraba que la sangre no circulaba sino que estaba sometida a un
vaivén, otro error que se perpetuará durante siglos. Para él las arterias y las
venas tenían funciones diferentes: las venas tenían sangre con sustancias
nutritivas, mientras que las arterias llevaban sangre con «espíritu vital»,
compuesto por sangre y aire.
En cuanto al tratamiento, además de los fármacos, recomendaba la higiene, la
gimnasia, los ejercicios respiratorios y la dieta. A diferencia de Hipócrates,
creía que los fármacos eran parte importante del tratamiento, por ello
recomendaba el empleo de vegetales, minerales y sustancias de origen animal, si
bien se mostró bastante escéptico en cuanto a los efectos beneficiosos de estas
últimas.
Sexualidad
y embarazo
Una
de las aventuras más dolorosas y llena de incertidumbres a las que se sometía
una mujer en la época romana era, sin duda, asumir un embarazo. De forma
convencional, se fijó en doce años la edad mínima para que una mujer romana
pudiera contraer matrimonio, una situación destinada a la procreación y, como
señalaba el médico Sorano de Éfeso (98-138 d. C.), para concebir tan sólo se
necesitaba un «poco de deseo del varón». El poeta y filósofo romano Tito
Lucrecio (99-55 a. C.) recomendaba que la pareja adoptase «la postura de las
fieras», la de los cuadrúpedos, si la relación sexual estaba orientada a la
gestación, puesto que de esta forma «las semillas pueden alcanzar su sede
propia, inclinados los pechos hacia abajo y con los riñones levantados».
Durante esta época los médicos establecieron que el mejor momento para que una
mujer se quedara embarazada era el de los días posteriores a la regla, puesto
que era justo entonces cuando había expulsado el exceso de sangre que había en
su organismo.
Durante el embarazo se recomendaba que la gestante no tuviera relaciones
sexuales, que no hiciese movimientos violentos, que se vendase el vientre y que
cuidase su alimentación. En relación con la dieta, se desaconsejaba tomar
salsas ni alimentos pesados, estando especialmente indicadas las perdices, los
pies y orejas de cerdo, los huevos escalfados y los patos salvajes. Para que el
parto se llevara a cabo con normalidad se consideraba decisiva la ayuda de una
partera experimentada.
El primer libro de ginecología de que tenemos noticia fue el que, escrito por
Sorano de Éfeso, lleva por título De las enfermedades de la mujer,
del cual, desgraciadamente, sólo conservamos fragmentos. La primera parte
estaba dedicada a las comadronas, y hacía referencia a las cualidades físicas y
espirituales que debían tener las mujeres que ejerciesen esta profesión (obstetrix):
«Buena memoria, ser industriosa y paciente, moral para inspirar confianza,
estar dotada de una mente sana y tener una constitución fuerte y, finalmente,
debe poseer dedos largos y delicados, con las uñas cortas». Las parteras de la
Antigüedad eran mujeres autodidactas que no tenían ningún tipo de preparación,
entrenamiento ni educación especial. Ejercían su profesión siguiendo las normas
empíricas que habían recibido por tradición oral de otras parteras, situación
que se perpetuó durante siglos.
Sorano de Éfeso consideró que las comadronas no necesitaban ser madres para
comprender cómo se debía asistir a los partos, pero sí que era necesario que
supiesen leer y escribir: «Esta debe ser capaz de leer y escribir, para poder
comprender el arte a través de la teoría».
A
pesar de todo, las primeras lecciones prácticas que se dieron a estas mujeres
se remontan a los tiempos de Hipócrates, a pesar de que este médico griego
tenía conocimientos anatómicos erróneos y carecía de experiencia. Los romanos
asimilaron la creencia griega de que el feto tendía a abandonar el útero
materno obligado por el hambre y nacía en virtud de sus propias fuerzas;
pensaban que el parto natural era imposible en presentación podálica (de pie),
y que había que intentar girarlo dentro del útero hasta que la presentación
fuera cefálica (de cabeza), en caso contrario aconsejaba provocar la muerte del
feto para salvar la vida de la madre.
El parto en la época romana tenía lugar en las casas y se llevaba a cabo
habitualmente en una silla obstétrica, la cual estaba horadada, abierta al
frente y tenía un asiento en forma de media luna. Tras el nacimiento, la
matrona cortaba el cordón umbilical a cuatro dedos del vientre de la madre,
reconocía al recién nacido y observaba su vitalidad, buscando posibles
anormalidades.
En
la época romana, justo en el momento antes del parto, la partera liberaba a la
parturienta de todo tipo de ataduras, ligaduras o anillos, y a continuación la
mujer se ponía bajo la advocación de la diosa Juno Lucina, la protectora de las
parturientas.
Tras el parto, la partera cogía al recién nacido y realizaba un baño
purificador, ungiéndole en aceite y vendando su cuerpo por completo, para
evitar el frío o que se pudiera dañar sus ojos con las manos. Finalmente, el
bebé era depositado en el suelo, junto a su madre, siempre y cuando esta lo
reconociera como hijo legítimo, pero en caso contrario era expuesto en la
calle.
Sorano de Éfeso diseñó un instrumento que todavía se usa en ginecología: el
espéculo vaginal (speculum mágnum matrices). En esta época se
fabricaba en bronce, tenía tres o cuatro valvas, que se llamaban priapiscos, y
su misión era separar las paredes de la vagina para poder explorar el útero.
Esta exploración debía ser terriblemente dolorosa porque en los escritos se insistía
en que la mujer debía estar «hechizada» o, lo que es lo mismo, previamente
debía recibir sustancias anestésicas. Además Sorano de Éfeso señala que el
espéculo se debe calentar previamente y que el tamaño del mismo ha de estar en
consonancia con la edad y la estatura de la mujer, de lo que se deduce que
había varias medidas. Este tipo de instrumento se siguió utilizando hasta bien
entrada la Edad Moderna prácticamente sin que existieran variaciones.
Hospitales
romanos
Roma
hizo, fundamentalmente, tres aportaciones a la medicina: favoreció un mayor
desarrollo de la cirugía, así como la construcción de los primeros grandes
hospitales y la realización de obras sanitarias.
La sanidad militar fue, sin duda, de gran importancia para el mantenimiento y
expansión del orden romano ya que era vital mantener a las tropas en un
perfecto estado de salud. Por esta razón uno de los mayores avances médicos se
produjo en la cirugía militar; sabemos que cada legión romana (constituida por
unos cinco mil soldados de infantería) estaba asistida por 24 cirujanos. Los
cirujanos disponían de unos doscientos instrumentos quirúrgicos, entre los que
se incluyen fórceps para extraer proyectiles, sondas, espátulas para aplicar
ungüentos, pequeñas palas con una cuchilla en el extremo, horcas para separar
el tejido muscular, pinzas, agujas tanto curvas como rectas, y tablillas para
tratar las fracturas de piernas y brazos.
Todos los cirujanos militares usaron con destreza los torniquetes y las
ligaduras para detener la hemorragia, además sabían que la amputación podía
prevenir gangrenas mortales. Como es fácil de imaginar, este tipo de cirugía
era tremendamente agresiva y dolorosa, por eso los cirujanos utilizaban
anestesia, para lograr la cual hacían beber al paciente de unas esponjas que
previamente habían sido bañadas en mandrágora. A pesar de todo, no fueron los
primeros en usar estos métodos, recordemos que ya se utilizaban desde hacía
siglos por los médicos de las civilizaciones asiáticas.
Pero, sin duda, lo que más sorprende es que estos médicos fuesen de los
primeros en utilizar métodos antisépticos, pues hervían el instrumental antes
de utilizarlo y no lo reutilizaban sin antes haberlo hervido, lo cual no deja
de ser curioso, ya que hay que tener en cuenta que faltarán todavía muchos
siglos para que los gérmenes sean descubiertos. Además, tenemos la certeza de
que lavaban las heridas con acetum, un potente antiséptico.
Durante el Imperio romano se utilizaba la palabra medicus, de la
que derivó el vocablo «médico» (en griego, medeor significaba
«cuidar»), para referirse al oficial médico de las unidades de combate romanas;
por su parte la palabra medicina procede de mederi, «curar», y del
sufijo ina, que significa «materia de», por lo que literalmente
medicina significaría materia de curación.
Inicialmente, el medicus carecía de todo tipo de experiencia y
era escogido de forma aleatoria entre los soldados; imaginamos que trabajaba
sobre la base del ensayo-error y que entre los diferentes medicus se
transmitían los conocimientos que iban adquiriendo. Con el paso del tiempo, la
enseñanza médica militar se reglamentó, y ya a principios del siglo I d. C. se
exigía a todos los médicos del ejército la asistencia a la Escuela de Medicina
Militar, donde recibían una formación específica.
Maqueta de un valetudinarium. El personal de los hospitales militares
romanos estaba compuesto por médicos, farmacólogos, escribas e inspectores. La
responsabilidad de los valetudinaria recaía sobre el optio valetudinarii, un
delegado del praefectus castrorum, que solía ser un oficial perteneciente al
consejo de este. El valetudinarium más antiguo fue el de Aliso, en Haltern (hoy
en la alemana Westfalia), y fue construido antes del año 14 d. C.
Inicialmente,
los soldados heridos eran trasladados hasta las ciudades y se alojaban en las
casas de los ricos, en donde eran atendidos. Más tarde se erigieron tiendas de
campaña separadas de los barracones y, finalmente, se construyeron
hospitales (valetudinaria) en todas las guarniciones situadas
a lo largo de las fronteras del imperio. Los hospitales romanos fueron los
primeros del mundo occidental y no tuvieron parangón en toda la Antigüedad, se
denominaron así porque en latín valetudo significa «estado de
salud» y «enfermedad». Eso sí, los hospitales más antiguos fueron construidos
en el siglo III a. C. en la India, dos siglos antes que los hospitales romanos.
Los restos arqueológicos más antiguos encontrados de los hospitales romanos
corresponden al período que va desde el año 9 a. C. hasta el año 50 d. C. Todos
los hospitales tenían la misma tipología, eran de planta rectangular y fueron
edificados con piedra y madera, y estaban dotados de instrumental, provisiones
y medicamentos. Se accedía a las instalaciones a través de un vestíbulo que
conducía a una sala. En el centro había un patio interior cuadrado rodeado por
salas de columnas y de edificios, en los cuales, a lo largo de una sala mediana
se hallaban dispuestas unas celdas individuales alineadas. Además, disponían de
baños e inodoros para evitar las epidemias entre los enfermos.
Termas
romanas
Una
de las señas de identidad del imperio fue la construcción de grandes
acueductos, de los que en Roma llegó a haber en funcionamiento catorce que
sumaban entre todos una longitud de 2.000 kilómetros y que proporcionaban,
teóricamente, a cada persona el consumo de 500 litros diarios de agua.
Durante el mandato del emperador Nerva (30-98), Sexto Julio Frontino (40-103)
fue nombrado curator aquarum, esto es, el responsable de la
administración de las aguas. Este patricio elaboró un informe donde describía
la situación en la que se encontraba el abastecimiento de la ciudad, realizando
así la primera auditoría ambiental de la historia.
Junto al abastecimiento de agua, muchas de las ciudades romanas disponían de un
sistema de eliminación de las aguas residuales, tenían complejos sistemas de
alcantarillado y tuberías colocadas en las galerías subterráneas (cuniculi).
En Roma se construyó hacia el año 600 a. C. la Cloaca Máxima, una espectacular
obra de alcantarillado, por la que podían circular carros y hombres a caballo,
que se mantuvo en perfecto estado durante todo el imperio.
Letrina romana comunitaria del teatro romano de Mérida (s. I a. C.). Los
asientos estaban situados directamente por encima de una cloaca que evacuaba
los residuos, sistema que aseguraba una higiene correcta y que preservaba de
los malos olores. A los pies de los usuarios, discurría un pequeño canal de
agua. Con la ayuda de una esponja fijada al extremo de un bastón se limpiaban a
través de la abertura practicada en el asiento.
Las
casas romanas (domus) disponían de letrinas, como las que aún
hoy pueden visitarse en Éfeso, que consistían en una plancha agujereada sobre
dos soportes de mampostería, si bien, en ocasiones era un simple orificio. Así
mismo, los romanos podían acudir a las letrinas públicas, que a pesar de ser de
uso colectivo eran más lujosas, un espacio comunitario en donde se podía
conversar mientras se satisfacían las necesidades corporales. Habitualmente
disponían además de una pequeña pila, situada en un rincón, en donde podían
lavarse las manos; y estaban equipadas con estufas (hipocaustos) para
combatir los fríos invernales.
Los romanos descubrieron la relación existente entre lugares pantanosos y
ciertas enfermedades. Ya en el siglo I a. C.
En el caldearium se producía la transpiración de los cuerpos, y allí solía
haber unos servidores que, armados con un strigile, como el que se ve en la
imagen, se dedicaban a limpiar el sudor. Vitrubio, un destacado arquitecto que
vivió en el siglo I a. C., describió los efectos beneficiosos de las fuentes de
agua caliente: «Las fuentes que contienen azufre […] restituyen la función de
los nervios, calentando la humedad que daña la salud y secándola del organismo
con ayuda del calor».
Marco
Terencio Varrón (116-27 a. C.), lugarteniente del general romano Pompeyo,
advirtió de los peligros que conllevaba para la salud edificar en zonas
próximas a los pantanos: «Porque allí nacen ciertas diminutas criaturas que no
pueden verse con los ojos, que flotan en el aire y entran en el cuerpo por la
nariz y la boca, causando graves enfermedades».
Por último, otra de las grandes aportaciones romanas a la higiene fue la
construcción de baños públicos, un lugar de encuentro entre los patricios
romanos. En las antiguas villas romanas los baños se denominaban balnea o balneum (de
donde procede el término balneario), y en el caso de que fueran
públicos recibían el nombre de thermae o therma.
El nombre de termas se aplicó por primera vez a unos baños que
mandó construir Agripina la Mayor, nieta del emperador Octavio Augusto, en el
año 25 d. C. Con el paso del tiempo el número de baños y termas creció
enormemente, hasta el punto de que, para que nos hagamos una idea, en el siglo
III d. C. en Roma había 15 termas y 856 baños.
Reconstrucción de las termas romanas de Murcia. Para mantener la temperatura
de todas estas estancias y del agua de las piscinas de agua caliente se
empleaba un complejo sistema (hypocaustum) de túneles y tubos de agua caliente
y vapor que se extendía por debajo de los suelos de las estancias y piscinas, y
que era alimentado por una serie de hornos situados bajo los sótanos.
Los
baños romanos siempre seguían la misma disposición; en la entrada existían unas
dependencias llamadas apodyterium, a modo de vestuarios, donde los
usuarios se despojaban de sus túnicas, que eran confiadas a los guardarropas
o capsarii. A continuación pasaban al tepidarium, una
habitación con agua tibia, le seguía el caldearium, con agua
caliente, y finalmente el frigidarium, con agua fría.
Cuando los romanos salían del frigidarium solían pasar a otra
sala (unctorium) en la que tractatores o
masajistas se encargaban de distender los músculos, preparándose para que
los unctores los untaran con aceites perfumados. Finalmente,
el bañista se cubría con su manto y se frotaba la frente con un pañuelo de
lino, para eliminar los excedentes de estas sustancias; con frecuencia este
pañuelo había sido ungido en un preparado a base de cañas aromáticas, miel,
canela, azafrán y mirra.
Además de estas salas solía haber un natatorium, una piscina al
aire libre, una palestra, un solarium, para tomar el sol, e incluso
una biblioteca.
Capítulo 4
La Edad Media: una época de contrastes
Contenido:
Bizancio:
el primer trasplante de la historia
El mundo islámico: la asistencia al enfermo se revoluciona
La Europa medieval: del monasterio a la universidad
§.
Bizancio: el primer trasplante de la historia
En el año 395 se produjo el fallecimiento del emperador Teodosio el Grande, el
último que gobernara todo el mundo romano; tras cuya muerte se separó
definitivamente la parte occidental, con capital en Roma, y la oriental, con
sede en Constantinopla, la antigua Bizancio.
Desde sus orígenes, el Imperio bizantino se erigió como un bastión del
cristianismo, contribuyendo pronto a defender la Europa occidental de la
expansión islámica, y asimiló todo el saber grecolatino, al mismo tiempo que
entraba en contacto con el conocimiento árabe de su entorno geográfico, por lo
que la cultura bizantina tiene singularidades cristianas e islámicas. La
religión católica dominó todas las facetas culturales del Imperio bizantino,
incluyendo la medicina, como más adelante veremos.
El más importante de los médicos bizantinos fue Oribasio de Pérgamo (325-403),
que lo fue del emperador Juliano y escribió asimismo La gran sinagoga,
una verdadera enciclopedia de medicina, constituida por 70 volúmenes, en la que
recopiló gran parte del saber grecolatino. Su principal contribución médica fue
convencer al emperador para que legislara la obligación de poseer una
licencia (symbolon) si lo que se pretendía era poder ejercer
la medicina en cualquier punto del imperio.
Además de Oribasio de Pérgamo, destacaron en época bizantina Alexandro de
Tralles (525-605), Etión de Amida (527-565) y Pablo de Egina (607-690).
El primero de ellos, Alexandro de Tralles, hermano de Artemio de Tralles, uno
de los arquitectos de la basílica de Santa Sofía, fue seguidor devoto de la
medicina galénica y un gran enciclopedista que recopiló la mayor parte de la
tradición médica anterior. Fue el autor de un enorme tratado titulado Therapeutica,
en donde recogió los síntomas, el diagnóstico y el tratamiento de numerosas
enfermedades. Como curiosidad, merece la pena señalar que en su libro cita una
receta que se utilizaba en ese momento en Hispania como tratamiento de la
epilepsia que, elaborada tras machacar los huesos del cráneo de un asno, el
paciente debía tomar en ayunas.
En lo que respecta a Etión de Amida, destacó, especialmente, por sus
conocimientos quirúrgicos y por generalizar el uso del espéculo vaginal, cuyo
empleo recomendaba de forma generalizada para explorar el aparato genital de
las mujeres. Debido a que se trataba de una prueba muy dolorosa para las
pacientes, Etión aconsejaba que previamente se hubiese frotado la región
genital con esponjas impregnadas de ciertas sustancias con poder anestésico. Su
nombre, Etión, fue utilizado en el siglo XX para bautizar a un fármaco que se
utiliza en el tratamiento de la tuberculosis (etionamida).
Por último, Pablo de Egina fue el autor de una enciclopedia médica de siete
volúmenes, titulada Epitome, hypomnema o memorandum, que durante la
Edad Media se empleó como libro de texto en algunas universidades europeas.
El Imperio bizantino durante el mandato del emperador Justiniano I
(482-565). En este período el emperador se propuso restaurar las fronteras del
antiguo Imperio romano por lo que, una vez consolidada la política interna,
inició una campaña militar en el Mediterráneo occidental. En el año 543 se
desató una epidemia en todo el imperio —la llamada Peste Justiniana— que fue
responsable del fallecimiento de una tercera parte de la población.
Hospitales
para peregrinos
Basilio
el Grande, obispo de Cesárea, ordenó en el año 372 la creación y mantenimiento
de una serie de fundaciones que recibieron el nombre de basleiaso xenodoquias,
destinadas a ayudar a los enfermos que careciesen de recursos económicos. La
primera se creó en Cesárea de Capadocia (en la actual Turquía). Con el paso del
tiempo, estas instalaciones recibieron el nombre de hospital,
término que derivaba de los términos latinos hospes («huésped»)
y hospitium(«albergue»). La filosofía de ingreso en estos edificios
distaba mucho de los actuales hospitales, ya que eran centros de acogida para
aquellos extranjeros cristianos que enfermasen y no tuviesen recursos, mientras
se encontraban en suelo bizantino.
Los
santos Cosme y Damián
En
la medicina bizantina se entremezclaron los adelantos técnicos, procedentes de
la medicina grecolatina, con la superstición popular, mediada fundamentalmente
por la religión ya que la sociedad era profundamente cristiana. Este hecho dio
origen a la veneración de reliquias cristianas y a la adoración de santos
milagreros; y los más reverenciados durante esta época fueron los hermanos
médicos Cosme y Damián, procedentes de Cilicia, en el sur de Anatolia (en la
actual Turquía). Según la tradición habían sido martirizados en Egea (hoy
Arabia Saudí) en el año 303, durante el mandato del emperador romano
Diocleciano.
En muy poco tiempo, la tumba de los hermanos se convirtió en lugar de
peregrinación, de manera que hasta Egea viajaban enfermos aquejados de las más
diversas dolencias, hasta el punto de que entre los peregrinos destacaría uno
especialmente, el emperador bizantino Justiniano I (482-565).
Jacobo de la Vorágine (1230-1298) es el autor de la Leyenda áurea,
una recopilación de relatos hagiográficos, en uno de los cuales aparece
recogida la vida de Cosme y Damián, que fueron dos médicos que nunca cobraron
por su trabajo, lo cual les valió el sobrenombre de anágyroi («sin
dinero», en griego) y que realizaron numerosos milagros a lo largo de su vida.
Entre las milagrosas curaciones destacaba especialmente una; llegaron a
injertar con éxito una pierna, caso que de ser cierto nos diría que estamos
ante el primer trasplante de la historia. Al parecer atendieron a un paciente
aquejado de un tumor en una de sus piernas y que, a pesar del tratamiento
médico que recibía, no había forma de quitarle el dolor. Los hermanos
decidieron trasplantarle el miembro inferior de uno de sus criados que acababa
de fallecer. La intervención fue un éxito, a la mañana siguiente el paciente se
despertó sin dolor y comenzó a caminar con perfecta normalidad. Obviamente, con
la perspectiva de la ciencia actual este trasplante es imposible que se llevase
a cabo, pues en la época en que presuntamente se realizó no había ningún tipo
de desarrollo tecnológico que lo hubiese hecho viable, desde medidas higiénicas
hasta avances de microcirugía o fármacos inmunosupresores, que eviten el
rechazo del órgano trasplantado.
El artista castellano Fernando del Rincón Figueroa (1460-1529) pintó en 1517
este óleo sobre tabla expuesto actualmente en el Museo del Prado y titulado
Milagro de San Cosme y San Damián. Se representa en él el momento en el que los
santos están realizando un trasplante de una pierna, utilizando como donante a
un hombre que acaba de fallecer.
La
localización geográfica de este milagro es muy discutida, algunos la sitúan en
Egea, el donante sería entonces etíope y el receptor un mercader; otros en
París, aquí el donante era musulmán y el receptor un presbítero; y otros en
Roma, donde el donante sería negro y el receptor un sacerdote. En cualquier
caso, el milagro tuvo una gran difusión en los siglos posteriores y aparece
representado en numerosas obras pictóricas de los siglos XV y XVI.
§. El mundo islámico: la asistencia al enfermo se revoluciona
El mundo islámico surgió paralelamente a la cultura bizantina, constituyendo
uno de los escenarios más importantes de la ciencia de la Edad Media; la
medicina islámica estuvo, como más adelante veremos, íntimamente ligada tanto a
la religión como a los usos y costumbres de la sociedad.
Medicina
del Profeta
El
calendario musulmán da comienzo en el año 622 con el viaje (hégira) del
profeta Mahoma (570-632) a La Meca, en la actual Arabia Saudí, momento
fundacional de una cultura dominada por lo religioso que habrá de llegar hasta
nuestros días. Con enorme rapidez, las enseñanzas mahometanas se difundieron
desde la India hasta la península ibérica. El Corán es el libro sagrado para
los islámicos, en él se recogen las palabras reveladoras de Alá a Mahoma y en
él se encomienda explícitamente a los médicos el cuidado de los enfermos. El
segundo libro más importante para los islámicos es la Sunna, que significa
‘tradición’ y que agrupa los hadices, breves relatos con hechos,
asentimientos y dicho de Mahoma.
Hay que destacar que el islam y la salud son dos conceptos que
están intrínsecamente relacionados; de hecho de la raíz árabe s-l-m derivan
términos como salam («paz»), salamh («salud»), salim («sano»), islam («sometimiento»)
o muslim («musulmán»). El islam, más que una religión es una
conducta, una serie de normas que se han de seguir para alcanzar la felicidad
y, como no hay felicidad sin salud, la medicina disfrutó de un papel muy
importante dentro de la sociedad islámica. La enfermedad se entendía, y se
entiende, no sólo entre los musulmanes ortodoxos, como una transgresión, una
ruptura del equilibrio, motivo por el cual tanto en el Corán como en la Sunna
se incluyen aforismos médicos. Estas sentencias fueron reunidas y comentadas en
tratados que forman parte de la llamada Medicina del Profeta (Al-Tibb
Al-Nabauí), la cual ejerció una notable influencia en la medicina islámica.
Quizás el aspecto más destacado de la Medicina del Profeta es
su vertiente preventiva o profiláctica: la mayoría de las normas que allí se
recogen tienen como objetivo la prevención de enfermedades. Es preciso matizar
que Mahoma no hizo una descripción pormenorizada de la medicina, ya que su
objetivo no era abordar la salud física sino la espiritual. En los libros
sagrados se distinguen dos tipos de enfermedades: las del corazón y las del
cuerpo. Las enfermedades del corazón se dividen, a su vez, en dos tipos: la de
la incertidumbre y la duda, y las de la concupiscencia y el error. El islam
entiende la salud como un estado de armonía y bienestar, no sólo físico sino
también psíquico.
Lucernario del hamman de El Bañuelo (Granada), construido en el siglo XI. El
hamman o casa de baños seguía el modelo romano: una sala cálida, una templada y
una fría, con hornos por debajo del suelo, para mantener la temperatura. En el
siglo X había en Bagdad unos tres mil baños públicos y más de trescientos en
Córdoba.
El
Corán prescribe de forma estricta una serie de reglas de higiene personal
(aseo, uso de ropa limpia…), por lo que los baños(hammanes) tuvieron
un gran desarrollo que hoy día es de manifiesta presencia en los países
islámicos, así como una enorme importancia cultural e higiénica. Los médicos
islámicos recomendaban la asistencia frecuente a los baños porque contribuían a
aliviar el cansancio y la apertura de los poros del cuerpo, por donde saldrían
los humores superfluos.
La enseñanza médica se llevaba a cabo en escuelas consagradas al estudio de la
religión que recibían el nombre de madrasa, que estaban ubicadas
dentro de las mezquitas, y en ellas tenían además su residencia los estudiantes
de medicina.
Entre los años 637 y 651 los musulmanes se apoderaron de la ciudad sasánida de
Gundishapur, en el suroeste del actual Irán, sobre el río Karún. En aquel
momento esta ciudad se encontraba en su mayor apogeo cultural, pues hasta allí
habían llegado los médicos griegos en el año 529, cuando Justiniano decidió cerrar
la escuela de Atenas. Llegaron también algunos de los médicos cristianos que
fueron expulsados por los bizantinos de Edesa (en la actual Turquía). De esta
forma, en la escuela de Gundishapur se produjo la confluencia del saber griego
y helenístico, a los que se añadieron las experiencias persas e hindúes; se
tradujeron los escritos de Hipócrates, Aristóteles, Dioscórides y Galeno del
griego al árabe, y se creó uno de los centros de enseñanza más importantes de
la Antigüedad. Cuando los árabes conquistaron Gundishapur adquirieron todos los
avances científicos griegos, y así durante casi dos siglos esta ciudad se
convirtió en el centro de estudios más elevado del mundo islámico. Se trataba
de una verdadera ciudad universitaria, la primera del mundo en el sentido
amplio de la palabra.
En el año 832, el califa al-Mamuun, de la dinastía Abbasí, fundó la Casa de la
Sabiduría (Bayt l-Hikma) en Bagdad, un centro intelectual que
perduró hasta el siglo XIII y que se convirtió en referente cultural en
materias tan variadas como matemáticas, astronomía, medicina, química, zoología
y geografía. A Bagdad llegaron profesores y alumnos procedentes de la escuela
de Gundishapur, por lo que poco después esta última perdió la hegemonía
científica que había tenido tiempo atrás en beneficio de la Casa de la
Sabiduría.
Bimaristan
Una
de las grandes aportaciones de la medicina islámica fue la creación del
hospital civil tal y como lo entendemos en la actualidad, que recibía el nombre
de bimaristan (del persa bimar, «enfermo», y stan,
«casa»). Se trataba de edificios perfectamente organizados, abiertos las 24
horas del día, como nuestros hospitales actuales, y con unas condiciones
higiénicas que no existían en la Europa occidental del momento, hasta el punto
de que disponían, por ejemplo, de baños y agua corriente. En el bimaristan convivían
en armonía médicos y cirujanos, se atendía a pacientes de ambos sexos,
separados en distintos departamentos. Además, al igual que sucede en la
actualidad, había diferentes pabellones en los que se agrupaba a los pacientes
en función de la dolencia, de tal manera que había pabellones de medicina
interna, oftalmología, cirugía y ortopedia. Una parte del bimaristan estaba
destinada a la administración, había además un dispensario, una farmacia (se
elaboraban recetas), almacenes, huertos, una mezquita y, en ocasiones, incluso
una biblioteca. En el hospital los maestros enseñaban a los estudiantes tanto
teoría como práctica, basada en la observación clínica, retomando de esta forma
las enseñanzas de Hipócrates.
A través de los escritos de la época sabemos que cuando un paciente ingresaba
en el hospital su nombre era anotado en una lista para tener constancia de su
llegada; sería el primero de los servicios de admisión de enfermos de la
historia de la medicina; así mismo en el historial del paciente se registraban
el nombre de los alimentos y medicamentos que debía recibir durante su «ingreso
hospitalario».
La jornada de los médicos estaba totalmente regulada. Por la mañana pasaban
visita a los pacientes y prescribían los tratamientos, los médicos jefes iban
acompañados por los médicos subordinados y los estudiantes.
Plano de un bimaristan. La práctica de la medicina islámica estaba regulada
por una oficina religiosa supervisora de profesiones y costumbres, llamada
hisba, que curiosamente además de vigilar la buena práctica de boticarios y
cirujanos, supervisaba a los vendedores de perfumes. Al terminar los estudios
los alumnos debían aprobar un examen para obtener una licencia que les
permitiese ejercer.
La
tarde la dedicaban a enseñar a los estudiantes, había docencia clínica con
lecciones y disputatio, que eran demostraciones clínicas con enfermos. El
método de aprendizaje consistía en interpretar los textos con el maestro,
memorizarlos y recitarlos, además se discutían mediante un sistema práctico de
preguntas y respuestas.
Las recetas prescritas por los médicos se elaboraban en farmacias ubicadas en
los propios bimaristan y, como en esta época era relativamente
frecuente que los medicamentos fueran adulterados y se sustituyesen algunas
sustancias por otras de menor precio, fue preciso crear la figura de un
inspector farmacéutico (muhtasib). La función del muhtasib era
controlar la calidad de los medicamentos y detectar los posibles fraudes
farmacéuticos.
El primer bimaristan se creó en el año 707 en Damasco (la
capital de la actual Siria), bajo el mandato del califa al-Walid Mansura, y
actualmente sigue en funcionamiento. A comienzos del siglo IX este hospital
tenía ya 24 médicos en plantilla.
En 1284 se fundó un hospital en El Cairo, el bimaristan al-Mansuri,
uno de los más prestigiosos, que con una capacidad asistencial de 8.000
pacientes ingresados disponía de una mezquita y de una biblioteca para los
pacientes y los médicos en formación.
Los médicos árabes también fueron los primeros en construir manicomios: el
primero del que se tiene noticia se fundó en Alepo (en el norte de Siria) hacia
el año 1157. Se encontraba dividido en tres secciones: inicio, tratamiento y
crónicos. Posteriormente, se fundaron otros manicomios: Divrigi (1228), en la
actual Turquía, y Edime (1488-1498), donde se utilizaba ya la musicoterapia
para tratar a los enfermos (el murmullo del agua o las melodías que un músico
ejecutaba con el laúd o la flauta de caña tenían efectos beneficiosos en
algunos pacientes).
Mientras la Europa cristiana se encontraba sumida en las tinieblas de la
ignorancia, la medicina árabe disfrutaba de una etapa de esplendor científico.
Los tres médicos más destacados de este período histórico fueron Rhazes,
Avicena y el cordobés Averroes, a los cuales nos referiremos a continuación.
Rhazes
Abu
Bakú Muhammed ibn Zakkariya (850-923), más conocido como Rhazes o Razi, en
alusión a su ciudad natal, Raj, próxima a Teherán, en el actual Irán, fue el
gran clínico de la medicina árabe. De su biografía apenas se conocen datos, su
vocación por la medicina fue tardía, inició sus estudios médicos a los 30 años,
inicialmente había estudiado filosofía y música, llegando a ser un gran
guitarrista.
Durante un tiempo fue director del hospital de Bagdad. Cuando se le preguntó
sobre el mejor emplazamiento para construirlo, lo primero que hizo fue colocar
trozos de carne fresca en varios lugares de la ciudad. Al cabo de unos días
comprobó la ubicación del trozo que se encontraba en mejores condiciones y allí
recomendó la construcción del hospital por considerar aquel lugar como el más
saludable. Entre las contribuciones de Rhazes a la medicina árabe destacó la
utilización de tripas de animales como hilos para suturas (catgut).
Además fue el primero en introducir el uso sistemático de preparados químicos
en la terapéutica.
Las obras de Rhazes versaron sobre filosofía, matemáticas, física, química y
medicina. Es célebre su Kitab-el-Mansuri (El libro de Mansur), un
manual de medicina, en donde destacó especialmente la monografía sobre la
viruela y el sarampión, la primera sobre esta materia: «En cuanto que se
observen las viruelas, especialmente cuando son intensas y numerosas, y
contengan gran cantidad de agua, hay que preocuparse de inmediato de las
articulaciones. Hay que frotarlas con sándalo, arcilla armenia, rosas,
alcanfor, vinagre y agua de rosas…».
Por último, sobre Rhazes es digno de saberse a modo de aval de su polifacética
curiosidad que dominó la cítara, que destacó como cantante y que recomendaba a
los melancólicos escuchar canciones para aliviar su congoja, tener ante sí
objetos muy costosos y dormir muchas horas.
Avicena
Avicena
(980-1037), apodado El príncipe de los médicos, escribió su primera
obra a la edad de 20 años, una enciclopedia médica compuesta por 20 volúmenes
en la que se aborda, de forma ejemplar, la medicina general, los medicamentos,
la patología de la cabeza a los pies (a capite ad calcem), la
cirugía, la ciencia de la fiebre y la farmacología. En el siglo XII fue
traducida al latín por el erudito Gerardo de Cremona, facilitando su difusión
por toda Europa. Para que nos hagamos una idea de la trascendencia de su obra,
tan sólo baste tal vez citar un dato: fue impresa 36 veces entre los años 1400
y 1600. Dejó un gran número de títulos, el más importante de los cuales es
el Canon de medicina, una obra de 50 volúmenes en la que aborda la
teoría médica. Se estima que contiene, aproximadamente, un millón de vocablos,
y fue el tratado médico que mayor influencia tuvo hasta el siglo XVIII.
Avicena fue un niño prodigio que con tan sólo diez años recitaba de memoria
el Corán y las obras de los clásicos. Primero estudió filosofía, derecho y
matemáticas, mostrando especial predilección por la geometría euclidiana. A los
16 años comenzó a estudiar medicina y tan sólo dos años después ya era famoso
por sus conocimientos médicos.
Su
sepulcro se encuentra en la actualidad en Hamacan, en el actual Irán, y es un
lugar de culto y peregrinación entre los enfermos, que acuden allí buscando
curaciones milagrosas. Despidamos al gran Avicena con uno de sus aforismos más
famosos: «El médico ignorante es el esbirro de la muerte».
Medicina
andalusí
Entendemos
por al-Ándalus la parte de la península ibérica que estuvo sometida al dominio
musulmán durante la Edad Media cuyos límites cronológicos son el año 711
(entrada de los conquistadores islámicos) y 1492 (toma de su último bastión,
Granada, por los Reyes Católicos).
Durante la primera etapa (711-821) hubo un cierto vacío en lo que a ciencia se
refiere y se recurrió a los humildes conocimientos visigodos. Posteriormente,
durante el gobierno de Abd al-Rahman II (821-852), se inauguró la ciencia
andalusí que duró hasta la caída del Califato de Córdoba (1031). Durante los
gobiernos de Abd al-Rahman III y al-Hakam II llegaron a Córdoba los textos
médicos de Galeno y Dioscórides, de forma que la medicina cordobesa ganó altura
en comparación con la que se practicaba en los reinos cristianos de la
península ibérica, al tiempo que se arabizaba. Los médicos andalusíes no sólo
fueron el puente entre Europa y Oriente, pues los hubo que brillaron con luz
propia y que realizaron importantes aportaciones a la ciencia de la Edad Media.
Uno de los médicos de Abd al-Rahman III fue Abu Yusuf Heysday ben Shaprut, que
destacó especialmente en tratamientos dietéticos y regímenes de adelgazamiento.
Ibn Yuyal, médico de cámara de los califas cordobeses Al-Hakam II y Al-Haksam
II, fue autor del Libro de la explicación de los nombres de los
medicamentos simples tomados del libro de Dioscórides, en el cual realizó
una tarea titánica, al indicar al lado del nombre de los medicamentos el mayor
número posible de sinónimos, así como la traducción al árabe, latín, persa,
siríaco e hindú. También escribió una obra en la que hacía una exposición de
los errores más comunes cometidos por los médicos de su época.
En cualquier caso, la madurez científica llegó durante el período de los reinos
de taifas (1031-1086), una verdadera era dorada para la medicina y la ciencia
andalusí en general. Posteriormente, los médicos y científicos andalusíes
migrarán hacia el norte de África, de forma que fueron los magrebíes los
herederos de sus saberes. En el siglo IX destacó la figura de Ibn Habib, médico
de Granada al que se le atribuye el Mujtasar fi I-tibb (Compendio de
medicina), uno de los primeros documentos médicos de prestigio de la
medicina andalusí, a caballo entre la Medicina del Profeta y
la medicina racional.
Ya en el siglo X, Arib ib Saìd escribió el famoso Calendario de Córdoba,
en el que recopilaba nociones de dietética; y el primer tratado andalusí de
obstetricia y ginecología, al que bautizó con el nombre de Libro de la
generación del feto, el tratamiento de las mujeres embarazadas y de los recién
nacidos. El máximo representante de este siglo fue Abu-l-Qasim al-Zahrawi
(936-1003), más conocido como Abulcasis, médico de la corte de Al-Hakam II que
se hizo célebre por sus tratados de cirugía. Sus obras fueron traducidas a lo
largo de la Edad Media al latín, hebreo y provenzal, y serían impresas en
varias ocasiones durante el Renacimiento. La más importante de ellas es Al-Tasrif
(Libro de la práctica médica), una enciclopedia médica de 30 libros en la
que se recopiló un enorme abanico de temas médicos de épocas anteriores. En
ella se recogen numerosos aforismos: «No debe usarse la cirugía antes de tener
la prueba de que todos los demás remedios no producen efectos. De ningún modo
se debe realizar una operación por desesperación, ya que la cirugía sólo es
admisible cuando el estado general del enfermo hace probable el deseado éxito
de la misma». A Abulcasis, que propugnó el uso de vendajes y la realización de
curas impregnadas en vino, se le debe la adopción de sujetar las piezas
dentales con un hilo de oro, un método que ya habían empleado con anterioridad
los etruscos, pero que él perfeccionó. Fueron especialmente ilustrativas sus
descripciones sobre la técnica de la litotomía (intervención para extraer
cálculos de la vejiga urinaria) y la litotripsia (eliminación de los cálculos
renales).
Hasta Córdoba acudió el rey leonés Sancho I el Gordo para que Abu Yusuf
Heysday ben Shaprut le pautase un régimen dietético. El tratamiento del médico
cordobés le fue bastante bien, puesto que después de cuarenta días —durante los
cuales la alimentación del monarca estuvo constituida básicamente por
infusiones hechas de agua de sal, de toronjas, de menta, arrope de saúco y
otros líquidos que le hacían vomitar y tener diarrea—, consiguió eliminar el
sobrepeso, aunque eso sí, tal condumio a punto estuvo de costarle la vida.
En
el siglo XI, tras la caída del califato cordobés, se produjo una dispersión de
la producción intelectual y hubo diferentes focos de intelectuales en los
diferentes reinos de taifas. En esa época sobresalió la figura de Ibn Wadif,
que vivió en la taifa toledana y destacó en el campo de la farmacología.
Desde finales del siglo XI hasta mediados del siglo XIII se asiste a la etapa
de los grandes filósofos-médicos, en la cual destacan especialmente Ibn
al-Baytar, Avenzoar, Maimónides y Averroes.
Ibn al-Baytar, nacido en Málaga en 1248, ordenó alfabéticamente 1.400
medicamentos y alimentos, explicando en cada uno de ellos sus cualidades
físicas, la forma de prepararse y administrarse sus dosis y sus funciones
terapéuticas. Se trata del primer vademécum realizado en la península ibérica.
A finales del siglo XI, al-Ándalus se convirtió en una provincia del Imperio
almorávide cuya capital estaba en Marrakech. Dentro de la península ibérica, el
gobernador residía en Sevilla, de esta forma el poder y la hegemonía que
Córdoba había tenido durante la época Omeya lo perdió en favor de aquella
ciudad. Fue precisamente en este momento histórico cuando en Sevilla se
estableció la familia Banu Zhur, procedente de Játiva y con una larga tradición
médica. Aquí nació uno de sus miembros, Abu Marwán ibn Zhur (1073-1162), más
conocido como Avenzoar, uno de los más destacados médicos andalusíes del siglo
XII. A pesar de que disponemos de pocos datos biográficos, sabemos que Avenzoar
fue médico personal de algunos de los más altos dignatarios de la corte
almorávide y uno de los pocos que tuvo el valor de oponerse al galenismo. De su
producción científica merece destacar su obra Theizir (Asistencias).
A pesar de que durante los últimos años de su vida residió en Marrakech,
falleció en Sevilla en 1162.
El discípulo más aventajado de Avenzoar fue Averroes, que nació en Córdoba, y
que vivió entre 1126 y 1198. Destacó especialmente por su doctrina filosófica,
la cual era un peligro para la ortodoxia católica, ya que negaba la
inmortalidad del alma. Fue tenido por el hombre más sabio de la península
ibérica de su tiempo. Cuando la enseñanza de la medicina árabe se disponía de
forma similar a la de la escuela alejandrina, es decir, se empezaba por las
enfermedades de la cabeza y se progresaba hasta llegar a las enfermedades de
los pies; Averroes adoptó una forma de afrontarla totalmente original, en su
obra Colliget (Libro sobre las generalidades de la medicina) agrupó
los estudios en diferentes apartados: Anatomía, Fisiología, Patología, Sintomatología,
Farmacología y Dietética, Conservación de la salud y Terapéutica, un plan de
estudios que puede ser considerado el antecesor del que se enseña actualmente
en las universidades de Medicina.
La obra médica más célebre de Maimónides (1135-1204), más conocido todo hay que
decirlo como filósofo que como médico fue Fusul Musa (Aforismos de
Moisés), una colección de 1.500 refranes extractados de los escritos de
Galeno. Además escribió un tratado sobre las hemorroides, un libro de venenos y
antídotos, una disertación sobre el asma y una obra en la que abordó las
relaciones sexuales.
Para Maimónides el asma era una enfermedad relacionada con el cerebro y los
pulmones que se manifestaba como cefalea y ataques asmáticos. Pensaba que las
causas que propiciaban la aparición de la enfermedad eran los malos hábitos, el
ambiente y la exacerbación de los sentimientos.
Si
en el siglo XIII se produjo la gran culminación de la tradición farmacológica
andalusí que se había iniciado en el siglo X, el XIV supuso el esplendor de la
medicina de la Granada nazarí, al tiempo que el comienzo de la decadencia. La
medicina granadina fue capaz de mostrar rasgos de creatividad, como la que
surgió en los tres tratados escritos por Ib Jatima, por al-Saquri y por Ibn
al-Jatib al afirmar que la propagación de la peste negra de 1348 se debía al
contagio por contacto, una idea novedosa para la época que sitúa a estos tres
médicos en las más altas cotas de la medicina medieval.
En la Granada nazarí se construyeron dos bimaristan, el primero,
destinado a los enfermos mentales se edificó entre 1365-1367, y el segundo,
llamado de Moriscos, destinado a cualquier clase de enfermos, tras
la conquista de Granada por los Reyes Católicos se convirtió en leprosería.
En la medicina andalusí había diferentes términos para determinar el nivel de
experiencia en el ejercicio de las tareas médicas. De esta forma se distinguían
tres tipos de médicos, en función de sus conocimientos: el hakim,
sabio por antonomasia, que curaba por similitud; el tabib, que era
el profesional con una inclinación más evidente hacia la cirugía; y el mutatab,
el ayudante de los anteriores.
§. La Europa medieval: del monasterio a la universidad
Habitualmente, los historiadores tienden a considerar que la Edad Media se
extiende desde la caída del Imperio romano en el 476 hasta mediados del siglo
XV, cuando Constantinopla es conquistada en 1453 por los turcos. A pesar de que
abarca un largo período de tiempo, la medicina progresó lentamente y las
enfermedades se propagaron con enorme rapidez, ya que el ser humano tan sólo
podía confiar en su sistema inmunológico para defenderse de los microorganismos.
Por otra parte, la falta de organización sanitaria en las ciudades y el
hacinamiento de los hogares propiciaron que las enfermedades infecciosas se
extendieran de unas localidades a otras. De las numerosas epidemias que hubo en
el medievo destaca especialmente una, la peste.
De
la peste de Justiniano a la peste negra
Las
epidemias de peste bubónica de la Edad Media no fueron las primeras de la
historia, de hecho, el patógeno fue probablemente el responsable de la elevada
mortalidad que acabó con gran parte de los filisteos hacia el año 1320 a. C. y
de la epidemia que hubo en Egipto hacia el año 100 a. C. En ambos casos se
trató de epidemias localizadas, en ningún caso de pandemias (es decir,
epidemias que afectan a varios países o territorios geográficos
simultáneamente), como en la Edad Media.
Actualmente sabemos que la bacteria responsable de la peste bubónica es
la Yersinia pestis, la cual fue aislada por vez primera en Hong
Kong en 1894. Se adquiere a través de la picadura de la pulga Xenopsylla
cheopis, que se encuentra en la rata negra (Rattus rattus). Las
pulgas son más resistentes en los humanos que en las ratas, de forma que puede
producir el contagio en las personas que han estado en contacto con una persona
fallecida por esta infección. Recibió el calificativo de «negra» porque entre
sus manifestaciones estaba la aparición de bubones, unas lesiones cutáneas de
color azul oscuro que sangraban con facilidad.
A lo largo de la historia hemos asistido a cuatro pandemias de peste: la de
Justiniano (s. VI), la peste negra (s. XIV), la gran plaga (1660) y una
pandemia que se inició en Asia en 1855 (llegó a Hong Kong en 1894 y a Estados
Unidos en 1898), de las que nos ocuparemos a lo largo del libro, de tal forma
que a las dos primeras las veremos ya en este mismo capítulo.
La peste de Justiniano se inició en el año 541 en Pelusium (Egipto), y al año
siguiente, a través de Palestina, llegó a Constantinopla, en donde pereció el
40 % de la población. Las mejores descripciones de los síntomas, que eran
siempre los mismos, aparecen en los textos del historiador bizantino Procopio
de Cesarea, en donde se nos cuenta cómo se iniciaba con fiebre súbita, de gran
intensidad, a la que seguían los bubones, es decir, la inflamación de los
ganglios (adenopatías) localizados en axilas, ingles y detrás de las orejas.
Los pacientes tenían inapetencia, algunos quedaban sumidos en un estado
comatoso, otros tenían vómitos con sangre y otras lesiones cutáneas de color
negro (pústulas) que supuraban pus. Entre los afectados estuvo el propio
emperador Justiniano, que tuvo bubones a nivel inguinal y estuvo gravemente
enfermo, hasta el punto de que sus médicos temieron por su vida.
Dado que en aquellos tiempos no se disponía de los suficientes medios clínicos
para conocer cuál era la causa de esa elevada mortalidad, el terror se adueñó
de las conciencias y se buscaron explicaciones sobrenaturales. Se consideró que
era un castigo del Señor y había que buscar culpables y víctimas que calmaran
la ira divina. Al principio se acusó a judíos, extranjeros y leprosos de ser
los responsables y de haber envenenado los pozos de las ciudades, lo cual se
tradujo en focos de violencia contra estos grupos. El 7 marzo de 544, durante
la Cuaresma, el emperador Justiniano promulgó una novella en
la que instaba a los homosexuales de Constantinopla al arrepentimiento, ya que
se creía que su pecado de lujuria era el responsable de aquella plaga divina.
Como se esperaba que los pecadores no se arrepintieran de sus culpas, el
emperador, en su posición de delegado de Dios en la Tierra llevó a cabo planes
coercitivos para que los culpables fuesen castigados de forma adecuada.
A pesar de que resulta difícil señalar el límite cronológico de esta epidemia,
se piensa que finalizó hacia el año 590 y durante este tiempo devastó buena
parte de Egipto, Siria, el norte de África y el Imperio bizantino y se propagó
por el Mediterráneo occidental. La enfermedad llegó también a la península
itálica, a las Galias y a Hispania. Los puertos mediterráneos fueron los
enclaves más afectados de la península ibérica ya que mantenían relaciones
comerciales fluidas con el norte de África.
La segunda gran pandemia, la llamada peste negra, debió surgir en algún lugar
al norte de la India, probablemente en las estepas del Asia central y, desde
allí, con la ayuda de los ejércitos mongoles, alcanzó Crimea y una colonia que
los genoveses tenían en Khaffa, en la actual Feodosiya, una ciudad portuaria
del mar Negro. En el año 1348 los genoveses fueron sitiados por los tártaros y
en vista de que no podían asaltar sus fortificaciones decidieron catapultar
cadáveres de apestados por encima de las murallas. Algunos de ellos habían
fallecido a consecuencia de la infección por la Yersinia pestis.
Cuando los tártaros abandonaron el sitio, los genoveses embarcaron con destino
a Italia, de forma que, a través de los puertos italianos de Génova, Mesina y
Venecia, la enfermedad se diseminó por toda Europa. La sintomatología de los
enfermos era similar a la de los apestados del siglo VI, la única diferencia
era que en esta ocasión, sin que sepamos con certeza la causa, la mortalidad
era mucho más elevada. La mayoría de las fuentes citan que la mortalidad
alcanzó incluso las tres cuartas partes de la población y que murieron unos
veinticinco millones de personas sólo en Europa. Algunas zonas acabaron
totalmente despobladas y los escasos supervivientes huyeron a otras,
expandiendo aún más la enfermedad. Ciudades como Florencia, Venecia o París
perdieron alrededor de la mitad de sus habitantes. Boccaccio, el autor
florentino del Decamerón, nos explica en las primeras páginas de su
libro por qué los protagonistas huyen de sus casas: «Esta peste cobró una gran
fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como
ocurre con el fuego a las ramas secas cuando se les acerca mucho […] Casi todos
tendían a un único fin: apartarse y huir de los enfermos y de sus cosas;
obrando de esta manera creían mantener la vida. Algunos pensaban que vivir
moderadamente y guardarse todo lo superfluo ayudaba a resistir tan grave
calamidad y así, reuniéndose en grupos, vivían alejados de los demás,
recogiéndose en sus casas […] A la vista de la cantidad de cadáveres que día a
día y casi hora a hora eran trasladados, no bastando la tierra santa para
enterrarlos, ni menos para darles lugares propios, según la antigua
costumbre…».
La pandemia de peste conocida como la peste negra también llegó a la
península ibérica, especialmente al reino de Castilla. Los muertos se contaban
por millares, entre ellos hay que citar al propio rey Alfonso XI, que enfermó y
murió, en 1350, durante el sitio de Gibraltar.
Muchos
interpretaron que la peste era el cuarto caballo del Apocalipsis: «Cuando abrió
el cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía: “Ven”. Miré entonces
y había un caballo verdoso; el que lo montaba se llamaba Muerte, y el Hades le
seguía» (Apocalipsis 6, 8). La plaga fue interpretada como un castigo divino,
al igual que sucedió con la peste de Justiniano, por la corrupción de las
costumbres, los pecados y el apartamiento de la vida recta. Entre las medidas
que se llevaron a cabo en toda Europa para calmar el castigo divino destacaron
las «procesiones flagelantes», que duraban 33 días y un tercio. La primera de
estas procesiones tuvo lugar en 1260, a petición del ermitaño Raniero Fasani,
coincidiendo con una época de hambruna. Ese año estaba cargado de connotaciones
apocalípticas ya que según las profecías pseudojoaquinistas (similares a la
herejía que surgió en el siglo XIII en el norte de Italia) la tercera edad de
la humanidad había llegado a su fin. Con las procesiones se intentaba generar
el remordimiento social e incrementar el número de adeptos para la causa
cristiana. Masas de hombres y mujeres caminaban de noche y día, con velas
encendidas, iban descalzos, cargados de cruces, cubiertos de ceniza y sometidos
a las más duras disciplinas, debían cruzar regiones y países en actitud
penitencial.
A finales del siglo XIII Roma se convirtió en una ciudad peligrosa, era un nido
de odio y rencor, por este motivo el papa Benedicto XI abandonó la Ciudad
Eterna y se estableció en la ciudad de Perugia, en donde murió. En 1305 su
sucesor, Clemente V, aceptó la invitación del monarca francés Felipe II para
trasladarse a Aviñón, un territorio papal adjunto a Francia. De esta forma el
papado fijó su residencia, de forma temporal, en Aviñón.
En la primavera de 1348 el papa Clemente VI convocó en Aviñón una nueva
procesión flagelante, grandes masas de ambos sexos se lanzaron a las calles y
recorrieron ciudades. Sin embargo, aquello no tardó en degenerar, el movimiento
religioso se convirtió en un cortejo de saqueadores y sus integrantes se
alejaban de las buenas costumbres sociales. Por este motivo, tan sólo un año
después, en 1349, el papa los declaró herejes e hizo todos los esfuerzos que
estuvieron en su mano para eliminarlos. A pesar de todo, las procesiones de
flagelantes existieron hasta comienzos del siglo XV, cuando el Concilio de
Constanza (1414-1418) decretó su condena más absoluta.
Además, tal y como había sucedido en la peste de Justiniano, se buscaron chivos
expiatorios, y dado que la comunidad judía fue tachada de haber provocado la
ira divina se retomaron encarnizadas persecuciones contra los hebreos. Los
datos sobre las masacres contra los judíos son escalofriantes: en Estrasburgo
(Francia), en un solo día de 1349 quemaron vivos a unos dos mil judíos; en
Maguncia (Alemania), donde residía la mayor comunidad judía de la Europa
medieval, fueron quemados vivos unos seis mil y en el cantón suizo de Basilea
sabemos que consiguieron llevar a unos cuatro mil quinientos a una de las islas
sobre el Rin para luego quemarles. En definitiva, la Europa cristiana se
convirtió en una verdadera hoguera en la que masas histéricas demostraban su
xenofobia quemando a miles de judíos. Peor, como ya se ha señalado, estos no
fueron el único objetivo de estas turbas enloquecidas, también lo fueron los
árabes que guerreaban en la península ibérica y los leprosos.
Pero, y esto es lo que aquí nos interesa saber: ¿qué hizo la comunidad
científica? Los médicos adoptaron una serie de medidas higiénicas (bañarse en
orina humana, colocar vapores hediondos —animales muertos— en el hogar, beber
el líquido que emanaba de los bubones…), además del aislamiento, destinadas a
evitar el contagio. Creían que había «algo», pero no sabían qué era, con la
capacidad de pasar desde el enfermo hasta al sano. Intuyeron que los objetos
inanimados que habían estado en contacto con los afectados también eran fuente
de contagio; por este motivo, cuando un apestado moría se ordenaba quemar todos
los objetos que hubieran estado en contacto con él y se hacían enjalbegar las
paredes de los edificios en los que había estado albergado. Estas medidas
motivaron que se perdiesen muchas obras de arte que tenían por soporte los
muros de los edificios. Además se prohibió abandonar la región, para evitar el
contagio a otras zonas, se recomendaba la purga con aloes y purificar el aire
con fuego. Los médicos recomendaban que los bubones de los enfermos se
madurasen con cebollas e higos cocidos, y que a continuación se abriesen y se
curasen.
Evidentemente, los médicos tenían un riesgo muy elevado de contraer la
enfermedad, de modo que para disminuirlo adoptaron un vestuario peculiar: una
amplia capa con mangas hasta las manos, guantes, altas botas, un sombrero de
ala ancha y una «careta» que cubría todo el rostro y que se prolongaba en una
especie de largo pico de ave en cuyo interior se depositaban hierbas aromáticas
y medicinales, para combatir los malos olores.
Simultáneamente, las ciudades comenzaron a tomar medidas preventivas de
aislamiento. El 17 de enero de 1374 el vizconde italiano Bernabé de Reggio
promulgó un decreto contra la propagación de la peste, dictaminando un período
de diez días de observación ante toda persona sospechosa de estar enferma que,
durante ese tiempo, debía abandonar la ciudad y permanecer en el campo. Así
mismo, todas las personas que le hubiesen atendido debían permanecer
incomunicadas también diez días. Tres años más tarde las autoridades de la
ciudad siciliana de Ragusa elevaron el aislamiento a treinta días. En 1383 en
la ciudad francesa de Marsella se estableció por primera vez el aislamiento de
cuarenta días, dando origen al término cuarentena, vocablo que se
sigue empleando para referirnos al período de observación al que se somete a
una persona para detectar signos o síntomas de una enfermedad infecciosa. Sin
embargo, actualmente sabemos que pocas enfermedades tienen un período de
incubación (desde que el paciente tiene el germen dentro de su organismo hasta
que aparecen los primeros síntomas) de cuarenta días.
La peste negra asoló Europa entre 1348 y 1400, no sólo influyó en los órdenes
sociales, económicos, demográficos y políticos de la Edad Media, sino también
en los culturales. A lo largo del siglo XIV se desarrolló en toda la literatura
europea un tema macabro y recurrente: la danza de la muerte. Con él
se pretendía reflejar el terror ante la pérdida de los placeres terrenales, la
muerte en definitiva era la peste, que no respetaba a papas, obispos,
emperadores o sacristanes.
La
lepra, muerte social y marginación
Además
de la peste hubo otras epidemias en la Edad Media que merecen una cierta
consideración por el número de pacientes al que afectaron y por los remedios
que se utilizaron. De todas ellas destacan especialmente dos: la lepra y el
fuego de San Antón.
Una de las primeras enfermedades que fueron descritas ya desde la Edad Antigua
fue la lepra, en la cual además de las lesiones cutáneas había afectación de
los nervios y destrucción de los cartílagos nasales y auriculares, lo que
provocaba una deformidad facial típica que durante el medievo llamaron «cara de
leño» y que consistía básicamente en que el paciente tenía un aspecto leonino,
un estigma imborrable.
Como ya se ha señalado en otro capítulo, el término lepra aparece
recogido en numerosas ocasiones en la Biblia, especialmente en el Levítico
(capítulos 13 y 14), pero hay que desconfiar de que realmente se refieran a la
lepra tal y como la entendemos en la actualidad, pues probablemente englobaba
numerosas enfermedades de la piel (psoriasis, vitíligo, dermatitis seborreica,
eczema…). El nombre lepra procede de la palabra griega lepein,
que significa «pelar», y guarda relación con uno de los síntomas más graves de
la enfermedad, ya que en ocasiones la piel se «caía a tiras».
Se cree que los orígenes de la enfermedad hay que buscarlos en el continente
africano y que desde allí se extendió a India, China y Europa. Con la ayuda de
la paleopatología hemos podido saber que ya existía la lepra en Europa en el
siglo III d. C.
A lo largo de la Edad Media, el diagnóstico de lepra lo hacían tanto los
médicos como los sacerdotes, y para ello se recurría a inspeccionar la orina,
el cuerpo y, si era necesario, a efectuar una sangría para inspeccionar la
sangre. Si se pensaba que el paciente tenía lepra, era conducido a una iglesia
en procesión, se le acostaba ante el altar, se entonaban cantos funerarios y se
le vestía con el traje de Lázaro. Antes de abandonar la iglesia el sacerdote le
imploraba: «Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios». Si el enfermo
estaba casado, su matrimonio se consideraba disuelto y todos sus bienes pasaban
a manos de sus parientes o de la Iglesia. Así pues, la lepra fue causa legal de
divorcio y de la pérdida de todos los bienes.
En el año 549, durante el Concilio de Orleans, la Iglesia cargó con la
responsabilidad de mantener a los leprosos, decidiendo ocuparse de su
alimentación y vestido. Tras el Concilio de Lyon, que tuvo lugar en el año 583,
las autoridades religiosas dictaron una serie de normas relacionadas con el
aislamiento de los enfermos: se ordenó que cuando una persona fuera
diagnosticada de lepra debía ser expulsada de la sociedad y condenada a vivir
extramuros. Al leproso se le prohibía la entrada a las iglesias, mercados o
molinos; lavar sus manos o su ropa en los arroyos; salir de casa sin usar su
traje de leproso; tocar con las manos cualquier cosa; entrar en una taberna;
tener relaciones sexuales; tocar las cuerdas y postes de los puentes, excepto
si lo hacía con guantes, e incluso tenían prohibido caminar en contra del viento.
La Iglesia tiñó la enfermedad de calificativos morales, de forma que el leproso
era un pecador reprendido por Dios a tiempo, que estaba muerto en vida, pero
que tenía la oportunidad de redimir su alma. Estaba, por tanto, más próximo a
Dios, ya que sus pecados estaban a punto de ser perdonados, siempre y cuando
aceptase su enfermedad y llevase una vida ejemplar, pero fuera de la comunidad.
A partir del siglo XI, para mejorar sus condiciones de vida, se permitió a los
leprosos mendigar para pedir ayuda, pero para ello se les obligaba a usar una
ropa que les distinguiera (de color grisáceo) y, además, llevar un cascabel o
una carraca para advertir de su presencia y evitar el riesgo de contagio.
En 1120 se fundó la Orden de San Lázaro, dedicada al cuidado de los leprosos,
en alusión a Lázaro, uno de los personajes del Nuevo Testamento, al que San
Lucas (16, 19-31) en la parábola del hombre rico describe como un hombre
cubierto de llagas.
Los enfermos eran ingresados en las leproserías en las que además de los rezos
se practicaban sangrías, se les preparaban brebajes preparados con ortigas,
sal, hierbas aromáticas y caldo de víbora, se les aplicaban ungüentos de
mercurio y se les administraba carne de serpiente. La mayoría de las
leproserías estaban localizadas en las principales vías de comunicación y rutas
de peregrinación; contaban con un huerto, un establo, un cementerio y una
capilla, y cada paciente solía tener una habitación o una cabaña individual.
¿Qué tratamiento empleaban los médicos medievales contra la lepra? Uno de los
autores medievales que más testimonios nos ha dejado al respecto ha sido
Jordanus de Turre (1313-1335), profesor de Montpellier, quien en su libro Tratado
de los signos y tratamiento de los leprosos (1313-1320) clasificó y
analizó los diferentes tratamientos para la lepra. Señalaba que el tratamiento
más eficaz es la flebotomía, que consistía en seccionar grandes venas para
«limpiar el hígado y el bazo» de la sangre impura. También recomendaba que el
paciente comiese abundante carne de serpiente, ya que «un veneno expulsa otro
veneno».
En España las leproserías recibieron el nombre de gaferías (el
vocablo gafosignifica «agarrotado», en clara alusión a la postura
de las manos y los pies de estos enfermos). La primera leprosería o gafería
española fue la de Barcelona, en el siglo IX, a la que siguieron otras muchas.
En 1471 los Reyes Católicos crearon la figura de los alcaldes de la
lepra, los cuales debían asumir las prerrogativas que con anterioridad
tenían los jueces eclesiásticos en cuanto a dictaminar el aislamiento de por
vida de los enfermos.
El número de leprosos en la Edad Media aumentó de forma alarmante, se estima
que aproximadamente el 4 % de la población tenía esta enfermedad. Sin que se
conozcan las causas, a mediados del siglo XV la enfermedad fue remitiendo,
actualmente se piensa que pudo ser debido a que la peste negra exterminó a la
mayor parte de los enfermos con lepra.
El
fuego de San Antón
Desde
el siglo IX hasta el XIV hubo numerosas epidemias en las regiones orientales de
Francia, Rusia y Alemania de una enfermedad con unas consecuencias temibles,
incluso peores que las de la lepra. Así por ejemplo, en 1130, se desató una
epidemia en Lorena que causó una gran mortalidad. Esta enfermedad recibió
varios nombres: fuego sagrado, mal de los ardientes, fuego oculto(ignis
sacer) y fuego de San Antón. Este último nombre se dio a partir del
siglo XI, momento en que se fundaron monasterios de San Antonio Ermitaño, para
atender a los enfermos. Este santo fue un ermitaño egipcio que vivió en el
siglo IV, se hizo célebre por sus visiones del demonio y cuya veneración
protegía contra las infecciones, la epilepsia y el fuego.
La enfermedad se presentaba bajo diferentes formas, en algunos casos los
pacientes aquejaban dolor abdominal muy intenso, en otras el dolor se
localizaba fundamentalmente en los miembros. Raul Glaber, un benedictino de la
Orden de Cluny, que vivió en la primera mitad del siglo XI, afirmaba que era
una enfermedad que «atacaba a los miembros y los separaba del tronco después de
haberlos consumido». En el 1089 un monje de Baviera dejó para la posteridad una
dramática descripción: «Las entrañas devoradas por el ardor del fuego sagrado,
con miembros destruidos, ennegrecidos como carbón, seres que o bien morían
miserablemente o bien veían sus pies y sus manos gangrenados separarse del
resto del cuerpo».
Habitualmente la enfermedad se presentaba de forma epidémica a comienzos de la
estación otoñal, en especial cuando en el verano había habido numerosas
tormentas. Los enfermos comenzaban a presentar hormigueos en los dedos de las
manos y los pies, en las orejas y la punta de la nariz; además solían aquejar
náuseas, vómitos y diarrea. Finalmente, aparecían lesiones cutáneas, en forma
de vesículas oscuras terriblemente dolorosas. Los pacientes que sobrevivían al
fuego de San Antón lo hacían a costa de sufrir grandes mutilaciones. La
enfermedad afectaba a las capas sociales más desatendidas y, en muchas
ocasiones, los síntomas mejoraban o remitían tras recibir cobijo y alimentación
en los monasterios de los monjes antonianos, que llevaban una T azul sobre el
hombro de sus túnicas.
Medicina
monástica
Ante
el panorama desolador dejado por el hambre y las enfermedades, la única
institución capaz de salvaguardar la cultura era la religión, por lo que
proliferó en toda Europa la construcción de monasterios. En el año 529, San
Benito de Nursia (480-547) fundó el monasterio de Monte Cassino y ocho años
después redactó su Regula Benedicti, que hacía del cuidado de los
enfermos un deber cristiano. En el capítulo 37 recogía aspectos relacionados
directamente con la medicina: dedicación preeminente a los enfermos, normas
para las celdas de los enfermos y del enfermero, creación de enfermerías como
construcciones anexas a los dormitorios y refectorios, así como creación de
hospitales y jardines botánicos. De esta forma se inicia la medicina monástica,
una de las prácticas más importantes de la medicina durante la Edad Media.
La regla benedictina contiene disposiciones prácticas que afectan al infirmarius(médico)
y al servitor (enfermero), se concedía el permiso a los
enfermos de alimentarse de carne, especialmente a los más débiles, para que
pudiesen recuperarse. En el capítulo 36 podemos leer: «Sobre todo y ante todo
hay que preocuparse de los enfermos. Hay que servirles como al propio Cristo,
pues realmente se le sirve a Él a través de ellos».
Pocos años después se crearon otros centros de práctica y estudio de la
medicina, los más importantes fueron los de Oxford y Cambridge, en Inglaterra;
los de Chartres y Tours, en Francia; y los de Fulda y Sant Gallen, en Alemania.
En ellos había distintas formas de albergues: casa de pobres y peregrinos (hospitale
pauperum), posada para peregrinos ricos (hospitium) y el
hospital para monjes (infirmarium). El monasterio de Sant Gallen,
fundado en el siglo VII, constaba de instalaciones especiales para atender a
los enfermos, pobres y peregrinos. Disponía de una posada para huéspedes de
alto rango (domus hospitum), un albergue para peregrinos (hospitale
pauperum) y un alojamiento para hermanos de la orden procedentes de
otros lugares. El infirmarium estaba destinado a monjes enfermos,
de salud delicada y ancianos. Al lado se levantaba la casa para el médico y una
botica. Además había una casa para sangrías y curas, baños y un huerto de
plantas medicinales(herbularius). En la tabla 3 se recogen algunas de
las plantas que se cultivaban en los monasterios con fines curativos.
Tabla
N° 3
Algunas plantas medicinales medievales y sus remedios terapéuticos
· El
melón refresca las entrañas.
· El
hinojo es útil para los ojos y facilita la digestión.
· El
gladiolo elimina las molestias urinarias.
· La
amapola cura de los eructos amargos.
· La
menta elimina la ronquera y es útil para otras muchas cosas.
· El
rábano cura la tos.
Además de la labor asistencial, la medicina monástica tuvo el mérito de reunir
los documentos clásicos y evitar que los textos de Hipócrates y Galeno fueran
destruidos. Sin embargo, dado que poco a poco los monjes se dejaban llevar por
la creciente demanda médica y abandonaban sus deberes religiosos se produjo una
discusión que estuvo presente en tres concilios: Reims (1131), Tours (1163) y
París (1212). Las conclusiones fueron drásticas, se prohibió a los monjes
realizar cualquier práctica médica y, en especial, la cirugía. Esta sentencia
se vio reforzada en el siglo XIII ante la aparición de dos órdenes (dominicos y
franciscanos) hostiles a la actividad científica. A partir de ese momento la
medicina dejó de enseñarse en los monasterios.
Hildegarda:
una sexóloga medieval
Dentro
de la medicina medieval Hildegarda de Bingen ocupó una situación destacada.
Nacida en 1098, pertenecía a una familia señorial de Bermershein y fue educada
en el convento de Disibodenberg, donde ingresó con tan sólo ocho años y en
donde llegaría a ser abadesa. Todos sus esfuerzos fueron encaminados a
convertir su convento en uno de los centros más importantes de culto y estudio
de Europa, para lo que desarrolló una importante labor religiosa y científica.
Hildegarda se convirtió en una verdadera científica medieval, estudió
astronomía, astrología, botánica, zoología y, por supuesto, medicina.
Los libros de ámbito médico que escribió fueron dos: Liber simplicis
medicinae(donde abordó el uso terapéutico de plantas, minerales y animales)
y Liber compositae (en el cual trató las causas y los síntomas
de las enfermedades).
No deja de sorprender que Hildegarda, una mujer mística del siglo XII,
fallecida en 1179, abordase con naturalidad cuestiones de índole sexual,
describiese el orgasmo o que afirmase que el acto sexual no tiene únicamente
una función reproductiva. Además escribió sobre las enfermedades venéreas, la
higiene del embarazo, el puerperio y dictó una serie de consejos para reprimir
los deseos sexuales. En sus escritos podemos leer: «Cuando la mujer se une al
varón, el calor del cerebro de esta, que tiene en sí el placer, le hace
saborear a aquel el placer en la unión y eyacular su semen. Y cuando el semen
ha caído en su lugar, este fortísimo calor del cerebro lo atrae y lo retiene
consigo, e inmediatamente se contrae la riñonada de la mujer, y se cierran
todos los miembros que durante la menstruación están listos para abrirse, del
mismo modo que un hombre fuerte sostiene una cosa dentro de la mano».
Caballeros
hospitalarios
Entre
1095 y 1291 se libraron las Cruzadas, una serie de campañas militares entre los
cristianos y los musulmanes por el control de Jerusalén. Dentro del contingente
militar cristiano estaban los caballeros hospitalarios que tenían la
peculiaridad de que además de ser guerreros se encargaban del cuidado de
enfermos y atendían obligaciones religiosas. En la Edad Media hubo tres órdenes
de caballeros hospitalarios: la Orden de San Juan de Jerusalén, los Caballeros
Teutónicos y los Caballeros de San Lázaro.
Cuando en el año 1099 los primeros cruzados llegaron a Jerusalén encontraron
que treinta años antes el hermano benedictino Gerardo había fundado un hospital
junto a la iglesia del Santo Sepulcro para auxiliar a los peregrinos que
llegaban a Tierra Santa. Este hospital era atendido por los monjes que se
llamaban a sí mismos los hermanos pobres del Hospital de San Juan.
Los cruzados entregaron a estos monjes algunos edificios, permitiendo que se
pudieran reorganizar y crear una orden religiosa: los Caballeros de San Juan.
Sus miembros adoptaron la regla de San Agustín, el hábito negro y una cruz de
paño blanco con ocho puntas, en alusión a las bienaventuranzas. A los tres
votos del beato Gerardo (pobreza, castidad y obediencia) se añadió un cuarto,
combatir a los infieles, no huir del combate y jamás levantarse en armas contra
un reino cristiano.
Escudo de armas de la Orden de San Lázaro. Los caballeros de San Lázaro
constituían una institución caritativa dedicada principalmente al cuidado de
los leprosos que desapareció en 1244, tras la batalla de Gazza, contra los
soldados del sultán de Damasco, en la que perecieron todos sus miembros.
Cuando
Jerusalén cayó en manos de Saladino (1138-1193), sultán de Egipto y Siria, los
caballeros se trasladaron primero a Tiro, luego a Chipre, y finalmente a Rodas,
en donde se establecieron como Estado soberano y construyeron un enorme
hospital. En 1522 el sultán otomano Solimán el Magnífico capturó la isla y los
expulsó, de forma que acabaron refugiándose en otra isla mediterránea, esta vez
en la de Malta, donde edificaron otro hospital y cambiaron su nombre por el de
Caballeros de Malta. Mucho después, en 1798, el emperador francés Napoleón
Bonaparte conquistó la isla, los expulsó una vez más y se establecieron
definitivamente en Roma, donde actualmente tienen su sede.
Los Caballeros Teutónicos siguieron las normas hospitalarias de los Caballeros
de San Juan y la estructura militar de los Caballeros de la Orden del Temple,
organización que fue fundada en 1118 por nueve caballeros franceses. Divididos
en tres clases: guerreros, enfermeros y hermanos espirituales; se distinguían
por un hábito negro, encima del cual llevaban una casaca blanca con una cruz
negra bordada en oro sobre el hombro.
Hospitales
medievales
El
progreso más importante de la medicina medieval fue, sin lugar a dudas, la
construcción de hospitales, en realidad verdaderos hospicios, lugares
destinados a amparar a peregrinos y pobres, estuviesen enfermos o no, y a
darles además hospitalidad. Fue precisamente de esta última
característica de donde derivó la palabra hospital, si bien no fue
hasta el siglo XIII cuando se produjo la transformación del hospicio en
hospital. Los hospitales se construyeron dentro de las ciudades, junto a
catedrales o iglesias y recibieron el nombre de Hötel de Dieu(«casa
de Dios»).
En la actualidad tan sólo perduran tres hospitales de origen medieval: el
Hospital del Santo Espíritu de Roma, el Hötel Dieu de París y el Hötel Dieu de
Lyon. El Hospital del Santo Espíritu de Roma, el más grande de todos cuantos se
erigieron durante la Edad Media, fue fundado en el año 717 y disponía de
pabellones separados para hombres y mujeres. Por su parte, el Hötel Dieu de
París fue fundado en el 651 y estaba regido por las Hermanas Agustinas, que
vivían en el propio hospital. Las primeras enfermeras del Hötel Dieu de Lyon,
fundado en el 542, fueron mujeres viudas y pecadoras, que trabajaban ayudando a
los enfermos como penitencia.
En la península ibérica, el primer hospital se fundó en el siglo VI a cargo de
Masona, obispo de Mérida. La ocupación musulmana dos siglos después propició
que no hubiese hospitales cristianos hasta tiempos del rey asturiano Alfonso II
el Casto, que fundó uno en el año 802 en Oviedo. Posteriormente, el auge de las
peregrinaciones propició que se construyeran varios a lo largo del Camino de
Santiago, de entre los cuales los más importantes fueron el de Santo Domingo de
la Calzada; el de San Marcos, en León; y el de los Reyes Católicos, en Santiago
de Compostela.
En el siglo XII, con la aparición de la epidemia de lepra se crearon a su vez
los lazaretos, llamados así en honor a Lázaro, el leproso por antonomasia de la
Biblia. En pocos años se construyeron centenares en toda Europa, hasta el punto
de que se calcula que a principios del siglo XIII había unos diecinueve mil.
En la Edad Media la Orden de San Alejo se dedicó al cuidado de los enfermos
psiquiátricos. El manicomio europeo más antiguo del que tenemos noticia es el
de Bethlem, que se fundó en Londres en 1247 y que inicialmente albergaba a
retrasados, marginados, dementes y lunáticos, ya que no había una clara
definición de lo que era una enfermedad mental.
Al hospital londinense seguiría el hospital de los Pobres Inocentes de Valencia
(1409), fundado por el padre Joan Gilabert Joffre (1350-1417). La leyenda
cuenta que cierto día el fraile iba de camino a una de sus parroquias cuando
vio a unos chicos ensañarse con un loco. El padre Joffre desmontó de su burro y
corrió a protegerlo y, conmovido por la escena, decidió crear una institución
benéfica para acoger a los enfermos mentales. El hospital valenciano daba
asistencia a 350 dementes y era atendido por nueve eclesiásticos, cuatro
médicos, un cirujano y cincuenta hermanas de la caridad.
En pocos años se multiplicó su número en la península ibérica: Barcelona
(1412), Zaragoza (1425), Sevilla (1436), Palma de Mallorca (1456), Toledo
(1483), Valladolid (1489) y Granada (1504).
Salerno,
la primera escuela médica medieval
En
el sur de Italia el retroceso cultural que de alguna manera supuso la Edad
Media fue discretamente menor, debido a la ocupación bizantina, en un primer
momento, y a la árabe en una segunda oleada. En el golfo de Pesto, a pocos
kilómetros al sur de Nápoles, se encuentra la ciudad de Salerno. Las bondades
de su clima propiciaron que acudiesen en peregrinación hasta allí enfermos
aquejados de las más diversas dolencias, lo cual desencadenó que en el siglo IX
se fundase una escuela de medicina. La leyenda cuenta que fue fundada por
Elinus, un judío; Pontos, un griego; Adala, un árabe; y Salernus, un latino. No
estamos seguros de que estos personajes existiesen realmente, pero de lo que no
hay duda es que en la escuela de Salerno hubo una convivencia pacífica e
integral de las cuatro culturas.
Esta escuela fue excepcional en varios aspectos: era exclusivamente médica,
laica, entre su profesorado y alumnado había mujeres y la medicina y la cirugía
no estaban separadas.
Desde el siglo X sus médicos estuvieron libres del control clerical, aunque la
mayoría de sus profesores eran médicos clérigos benedictinos y dominicos que
aceptaron la doctrina hipocrática de los humores. La época más gloriosa de la
escuela de Salerno tuvo lugar durante los siglos XI y XII. Durante esta última
centuria adquirió privilegios reales y donativos, y su fama se extendió por
toda Europa, hasta el punto de que Federico II Hohenstaufen, emperador del
Sacro Imperio, ordenó que para ejercer la medicina en el reino de las Dos
Sicilias era necesario haber superado un examen confeccionado por los
profesores de Salerno: «Teniendo en cuenta la gran pérdida y el daño
irreparable que puede venir de la impericia de médicos, disponemos que, a no
ser que, tras haber sido aprobado por un tribunal público de médicos de
Salerno, se presente con documentos testimoniales de rectitud y de suficientes
conocimientos, tanto de los maestros como de las autoridades». Una vez
superadas las pruebas los profesores entregaban públicamente al nuevo doctor o
magíster un anillo, una rama de laurel, un libro y un beso de paz.
Esta escuela estaba centrada en la práctica, no en aspectos teóricos o
especulativos. En los numerosos textos que conservamos hay excelentes
descripciones clínicas e indicaciones terapéuticas (ungüentos con mercurio para
afecciones cutáneas y algas marinas en caso de bocio). Sin lugar a dudas, una
de las principales aportaciones a la medicina de la escuela se Salerno fue la
introducción de la uroscopia (el examen detallado de la orina del paciente),
hasta el punto de que se afirmaba que el médico podía determinar la naturaleza
de la enfermedad observando la orina del paciente. Las enseñanzas sobre la
uroscopia fueron extremadamente prolijas: se analizaba la calidad y cantidad de
orina, la concentración (se distinguían cinco grados diferentes), el color
(había veinte matices), el olor, la transparencia, la presencia o ausencia de
espuma…
Uno de los médicos salernitanos fue Arquimateo, que vivió en el siglo XI y del
que apenas disponemos de datos biográficos, que elaboró reglas deontológicas
que debían seguir los médicos y aconsejaba no fijarse demasiado en la esposa,
las hijas y las sirvientas del enfermo, puesto que esto repugnaba al Señor y no
favorecía la buena disposición del paciente ni mejoraba su estado de ánimo. Así
mismo, recomendaba a los médicos salvaguardar su prestigio personal, para lo
que sugería «hablar de la curación al enfermo, pero de la gravedad de la
enfermedad a sus familiares. Si no cura no podrán decir que no has previsto su
muerte; y si cura, tu gloria crecerá».
Una de las limitaciones de la escuela de Salerno fue la prohibición de la
disección de cuerpos humanos, por lo que los conocimientos anatómicos los
adquirieron a partir de la anatomía del cerdo.
En el siglo XI llegó a la escuela de Salerno una de las figuras médicas más
destacadas, su nombre era Constantino el Africano. Había nacido en torno al año
1020 en Cartago, de ahí su sobrenombre, y su principal aportación fue la
traducción al latín de textos griegos y árabes. De esta forma ayudó a divulgar
el conocimiento médico árabe y clásico en Europa.
Sin lugar a dudas, la obra salernitana más famosa fue Regimen sanitatis
salernitanum, (Regla sanitaria salernitiana) que llegó a tener 1.500
ediciones. El autor de esta obra es aún un misterio y, probablemente, se trate
de una obra colectiva, a pesar de que algunos estudiosos atribuyan su autoría a
Giovanni Da Milano, uno de los discípulos de Constantino el Africano. Este
tratado estaba escrito en verso para facilitar su memorización. Su datación
gira en torno al siglo XII y en él se recogen 350 consejos relacionados con la
higiene, la dieta y el modo de vida, fruto de las observaciones de los maestros
salernitanos que recogemos en la tabla 4. En él se advierte que no conviene
abusar de la fornicación, leer mucho en la cama, esforzarse en exceso para
mover el vientre o beber demasiado.
Ruggiero Frugardi o Roger de Salerno vivió en el siglo XII, fue profesor de la
escuela de Salerno y autor de Chirurgia magistri Rogeri (1170),
la primera obra de cirugía del mundo occidental; donde se abordan las
luxaciones, las heridas y diferentes intervenciones quirúrgicas y cuya gran
aportación fue la técnica de curación de las heridas craneales: desaconsejaba
realizar trepanaciones y defendía la necesidad de examinar rigurosamente toda
herida abierta, ya que se podía complicar con una hemorragia intracraneal, así
como la eliminación de los fragmentos óseos sueltos y clavados en la carne.
Tabla
N° 4
Regimen sanitatis salernitanum
De
las propiedades del vino (capítulo 10)
Prueba del vino el color, el sabor, el olor y el resplandor. Si quieres un vino
bueno y auténtico, deben cumplirse los cinco: energía y color resplandeciente,
son dos, frescura, plenitud de aroma y pelas pequeñas, tres.
De las cervezas (capítulo 17)
No debe ser agria, ha de ser fuerte y pura. Preparada de la mejor malta,
guárdala de manera adecuada. Sea cual sea la forma como bebas la cerveza: bebe
con tragos moderados
La mujer más influyente de la escuela de Salerno fue Trotula de Ruggero
(1150-1160), autora de De passionibus mulierum, un libro dividido
en 60 capítulos en los cuales se atienden temas de ginecología, obstetricia y
cosmética que fue lectura obligada para todos aquellos estudiantes que
quisiesen aprender ginecología y obstetricia hasta bien avanzado el siglo XVI.
Entre las diferentes técnicas que aparecen recogidas se recomienda la
protección perineal durante el parto y la sutura cuando existan desgarros, técnica
que se sigue realizando actualmente, así como suministrar analgésicos
(opiáceos) a las parturientas para mitigar el dolor. Trotula de Ruggero es
considerada la primera ginecóloga de la historia de la medicina.
Con el nacimiento de la Universidad de Nápoles en 1224, la escuela de Salerno
empezó a perder importancia y su prestigio se vio ensombrecido con la gloria de
otras universidades: Bolonia, Padua y Montpellier.
De
las escuelas catedralicias a las universidades
En
el año 800 Carlomagno fue coronado emperador de un vasto imperio europeo, el
que acabaría por ser conocido como Sacro Imperio Romano Germánico. Para
fortalecerlo llevó a cabo una enorme reforma educativa que ejecutó el monje
inglés Alcuino de York (735-804): se estableció que el programa de estudios
debía incluir una enseñanza literaria o trivium (gramática,
retórica y dialéctica) y una enseñanza científica o quadrivium (aritmética,
geometría, astronomía y música). A partir del año 787 se promulgaron decretos
que obligaban a crear escuelas de aprendizaje, bien monásticas (bajo el
auspicio de monasterios), catedralicias o episcopales, municipales (al amparo
de los ayuntamientos) o palatinas (junto a las cortes regias).
Poco a poco los núcleos de conocimiento se trasladaron de los monasterios a las
catedrales o a las grandes sedes episcopales y a las escuelas municipales.
En las escuelas catedralicias el obispo delegó el cometido didáctico al magister
shcolarium, que a partir del siglo XII se llamó cancellarius, y
era la máxima autoridad de la enseñanza superior; por su parte, el preceptor era
el encargado de instruir a los principiantes.
Las escuelas municipales eran organizaciones autónomas en las que los
gremios (universitates) de estudiantes (discipulorum) o
de maestros (magistrorum)regulaban la enseñanza, estableciendo las
costumbres y normas de estudio; en este sentido eran semejantes a otros gremios
de personas del mismo oficio. Con el paso del tiempo las escuelas municipales
originaron las universidades, las cuales estaban inicialmente integradas por
cuatro facultades «mayores» (teología, cánones, derecho y medicina) y una
«menor» (artes liberales). En ellas el profesor realizaba la lectio (lectura
de las autoridades clásicas traducidas al latín), desde su cathedra(«asiento»),
con la aclaración pertinente de palabras y frases, a continuación pasaba a
comentar las quaestiones que planteaba la lectura. El
vocablo facultas, de donde deriva el actual «facultad», determinó
el contenido de la ciencia que se profesaba. Se adjudicó al trabajo manual un
matiz peyorativo, motivo por el cual la cirugía quedó excluida de la enseñanza
universitaria.
Las primeras universidades fueron las de Bolonia (1088), París (1110), Oxford
(1167) y Montpellier (1181). En todas ellas la medicina estuvo inicialmente en
manos del clero. En Bolonia se produjo un avance de enorme importancia en la
medicina: por vez primera se realizó una autopsia. Uno de los anatomistas de
Bolonia, Mondino de Luzzi (1270-1326), escribió en 1316 Anathomia que,
basado en las disecciones que realizó, que se convertiría en el libro de texto
por antonomasia durante casi tres siglos. Supuso dicha obra una verdadera
innovación y debe ser considerada como un manual de disecciones anatómicas que
mostraba a los estudiantes de medicina el interior del cuerpo humano.
Desde Bolonia la práctica de la disección de cadáveres humanos se extendió a
Montpellier y a otras escuelas médicas o quirúrgicas de la Corona de Aragón,
sin embargo en el resto de Europa esta práctica no se realizó de forma regular
hasta el Renacimiento. En la península ibérica alcanzó gran prestigio la Escola
de Cirurgia de Valencia que se creó en 1433, y que a partir de 1478
obtuvo la autorización real para diseccionar cadáveres humanos.
Tabla
N° 5
Aforismos de Arnau Vilanova para conservar la memoria
· En
primer lugar, todo exceso de frío exterior destruye la memoria, y
principalmente el frío nocturno por mala cobertura de la cabeza.
· El
calor intenso o muy grande destruye y mata la memoria.
· El
exceso o superfluidad de comida o bebida perjudica mucho a la memoria.
· El
uso o ingestión de cosas muy cálidas, como ajos, o cebollas, o porros, o queso,
o legumbres, mucho daña a la virtud memorial.
· El
uso de frutos fríos y húmedos, como melocotones, cerezas y otras cosas crudas,
matan la memoria.
· Las
médulas o cerebros de carnero comidos a menudo, por su propiedad, dañan la
memoria y la corrompen.
· Beber
mucho vino o agua muy fríos disminuyen el calor natural del cuerpo y, en
consecuencia, dañan y debilitan la memoria.
· Beber
después de comer, mientras se hace la digestión, cesa la cocción o cocimiento,
por lo que se perjudica la cabeza y la memoria.
· La
ociosidad o reposo adormecen el calor natural, reteniendo y ajustando las
superfluidades y, por eso, daña la memoria.
· Demasiado
dormir y demasiado velar dañan la cabeza y la memoria.
· Dormir
inmediatamente después de comer, antes de que la vianda haya alcanzado el fondo
del vientre, corrompe y castiga mucho la memoria.
· Dormir
con los pies calzados, principalmente con zapatos, envejece la memoria.
La Universidad de Montpellier fue fundada por ex alumnos de la Universidad de
Bolonia y consiguió tener la facultad de Medicina más prestigiosa de la Edad
Media. Entre los médicos que allí se formaron destacaron Tadeo Alderotti, Henri
de Mondeville y Arnau de Villanova. Tadeo Alderotti (1222-1303) fue un médico
florentino que estableció la necesidad de realizar una historia clínica (consilium) a
todos los pacientes. Henry de Mondeville (1260-1320) fue profesor de anatomía y
cirujano del rey francés Felipe IV el Hermoso, en sus escritos recomendaba
lavar y suturar las heridas con sumo cuidado para evitar complicaciones.
Arnau de Villanova (1240-1311) nació en Valencia y estudió en la Universidad de
Montpellier. Después de ejercer durante algún tiempo en su ciudad natal se
desplazó hasta Barcelona, en donde fue médico de cámara de los reyes Pedro III,
Alfonso III y Jaime II. Más adelante, a inicios del siglo XIV, se trasladó
nuevamente a Montpellier para ser allí profesor como dijimos de su muy
prestigiosa universidad. Se caracterizó por mantener una postura de
independencia de la medicina frente a las especulaciones filosóficas,
defendiendo la importancia de la observación clínica. Su producción escrita fue
extensa y merece la pena destacar un libro que escribió sobre
medicamentos (Antidotarium) y uno sobre aforismos (Parabole
medicationis). En la tabla 5 se recogen algunos de sus aforismos para
conservar una buena memoria.
La Edad Media, desde la óptica de la medicina, no fue únicamente un período de
tinieblas y oscurantismo, durante esta época los médicos redescubrieron la
medicina griega, inventaron nuevos métodos diagnósticos, adquirieron los
conocimientos de la medicina musulmana y desarrollaron la enseñanza
universitaria. De esta forma, dejaron allanado el advenimiento de la ciencia
médica moderna.
Capítulo 5
Edad moderna: cuando la medicina se convierte en ciencia
Contenido:
El
Renacimiento: el siglo de los anatomistas
El Barroco: aparece un mundo desconocido
La Ilustración: el siglo de los cirujanos
§.
El Renacimiento: el siglo de los anatomistas
A grandes rasgos, se puede decir que la crisis del siglo XIV, que supuso el fin
del feudalismo y el comienzo del mundo burgués, fue una verdadera revolución de
ideas y una nueva forma de entender la sociedad, la naturaleza y el hombre. El
Renacimiento, término utilizado por vez primera por el literato italiano
Francesco Petrarca, significó un reencuentro con la cultura clásica antigua (en
latín, rinascitasignifica «vuelta a nacer»). Este período se inició
a finales del siglo XIV y comienzos del siglo XV en algunos estados italianos y
se extendió con fuerza por los principales países europeos en la segunda mitad
del siglo XV, y por Hispanoamérica en el XVI.
La ciencia renacentista supone el comienzo de la ciencia moderna, la búsqueda
de la explicación de los fenómenos a partir de la razón y de la
experimentación. Desde el punto de vista médico, hubo tres acontecimientos
históricos que tuvieron una especial relevancia: la conquista otomana de
Constantinopla, la invención de la imprenta moderna y el descubrimiento de
América.
En el año 1453 se produjo la caída de Constantinopla, la capital del Imperio
bizantino, en manos del musulmán Imperio otomano. Los eruditos bizantinos se
vieron forzados a migrar masivamente hacia algunos de los estados italianos
—fundamentalmente a Florencia, Ferrara y Milán— llevándose con ellos los
conocimientos grecolatinos y árabes. De esta forma, se puede afirmar sin miedo
a equivocarse que la toma otomana de Constantinopla favoreció la difusión del
conocimiento médico en la Europa occidental.
Esta propagación del saber científico se vio favorecida asimismo por el
perfeccionamiento de la imprenta, el medio gracias al cual dejaba de ser
necesario copiar los manuscritos a mano, que así permitía que la transmisión se
hiciera mucho más rápida, eficaz y barata, incrementándose el número de
ejemplares de cada libro.
Imagen del Códice Florentino en el que se presta atención médica a un
enfermo. El Códice Florentino es un manuscrito escrito por fray Bernardino de
Sahagún en la segunda mitad del siglo XVI y que se conserva en la Biblioteca
Medicea Laurenciana de Florencia (Italia). En este códice se percibe la
influencia europea en materia médica entre las poblaciones indígenas
precolombinas.
Poco
a poco el trabajo intelectual se convirtió en una labor colectiva, ya que
permitió que los eruditos dispusieran de textos idénticos de forma simultánea.
Las primeras impresiones datan de comienzos del siglo XV y eran muy sencillas,
básicamente representaciones de naipes y estampas con motivos religiosos.
La impresión se realizaba al aplicar una plancha de madera grabada y
embadurnada con tinta grasa, sobre papel o sobre pergaminos. Alrededor del año
1440 el herrero alemán Johannes Gutenberg (1398-1468) perfeccionó en Maguncia,
en la actual Alemania, esta técnica e inventó la imprenta moderna con tipos
móviles.
El tercer gran acontecimiento se produjo en el año 1492 con el descubrimiento
de América, a raíz del cual tuvo lugar el intercambio de nuevas enfermedades y
productos medicinales entre el Viejo y el Nuevo Mundo.
De todos esos productos destacó especialmente uno, la planta del tabaco, que
viajó desde la recién descubierta para los europeos América hasta Europa. Y es
que, por extraño que nos pueda parecer, y como más adelante tendremos ocasión
de demostrar, el tabaco fue utilizado durante mucho tiempo en Europa para
tratar multitud de enfermedades (asma, mordeduras de animales, infecciones
urinarias, trastornos intestinales…).
Los conquistadores europeos introdujeron en los territorios descubiertos una
serie de enfermedades desconocidas hasta aquel momento para los indígenas,
entre ellas destacan especialmente las enfermedades infecciosas (viruela,
gripe, tabardillo…), las cuales produjeron una altísima mortalidad porque el
sistema inmune de los aborígenes no era capaz de responder adecuadamente. Sin
lugar a dudas, los agentes infecciosos fueron los mejores aliados en la
conquista de América.
Sangrías,
purgantes, sinapismos y otros remedios
En
1457 se editó en la imprenta de Gutenberg el primer libro de medicina, de autor
desconocido y titulado Calendario de flebectomía y laxantes para los
meses del año 1457, nombre que se relacionaba con dos de los tratamientos
más empleados por los médicos del siglo XV, las sangrías y los purgantes.
Desde época hipocrática la sangría fue uno de los remedios terapéuticos más
utilizados, pero es durante el Renacimiento cuando alcanzará su mayor apogeo.
Consistía básicamente en desangrar al paciente, bien mediante lancetas,
ventosas escarificadas o sanguijuelas. Mediante el empleo de esta técnica, los
médicos renacentistas intentaban devolver el equilibrio de los cuatros humores
hipocráticos (sangre, flema, bilis amarilla, bilis negra) ya que persistía
todavía la teoría humoral, que postulaba que la enfermedad era consecuencia del
desequilibrio entre aquellos. En los casos en los que se deseaba conseguir una
mayor eliminación de sangre, porque se suponía que el desequilibrio era mayor,
se realizaba la sangría general, también conocida como flebectomía
o flebotomía; para ello se utilizaba una lanceta (formada por un mango y dos
hojas afiladas) mediante la cual se realizaba una incisión quirúrgica en una de
las extremidades o en el cuello. Con esta práctica se trataba la mayoría de las
enfermedades de esa época, desde las infecciones (viruela, neumonía…) hasta las
hemorragias menstruales, pasando por las cefaleas o incluso las convulsiones;
es fácil deducir que con tan variopintas indicaciones médicas en muchas ocasiones
no sólo no se conseguía ningún efecto beneficioso, sino que desangrar al
paciente le colocaba en una situación de salud más precaria, en algunos casos
en la antesala de la muerte.
Los físicos, que con este nombre también se conocía a los médicos de la época,
se reservaban el nombre de sangría local para referirse a
aquellos casos en los que se deseaba extraer menor cantidad de sangre al
paciente, y, por tanto, no se usaban lancetas, sino unos recipientes llamados
ventosas, o bien se aplicaban sobre la piel unos gusanos llamados sanguijuelas.
Las ventosas tenían forma de vasos, eran de diferentes tamaños y se aplicaban
sobre la piel adyacente a la región enferma. Antes de aplicar la ventosa el
médico habría escarificado la piel —haciendo unos diez o doce cortes
superficiales— para favorecer la hemorragia y habría aplicado un trozo de
estopa ardiendo para que, al colocar aquella, se produjese un efecto de vacío
que aumentase el flujo de sangre.
La otra variante de las sangrías locales era la aplicación de sanguijuelas. Se
trataba de usar unos gusanos que viven habitualmente en las orillas de los
arroyos o manantiales y a los que se distingue con relativa facilidad. Hay dos
especies, la más frecuente con líneas amarillas a ambos lados del cuerpo y con
el dorso de coloración oscura (Jatrobdella medicinales) y otra
con el dorso negro y el vientre verdoso llamada Hirudo sanguisuga.
Mediante sus potentes mandíbulas las sanguijuelas se adherían a la piel del
paciente y chupaban la sangre de esa región cutánea hasta que se saciaban, de
esta forma el paciente perdía una cantidad variable de sangre, aunque en
cualquier caso siempre inferior a la de la sangría general.
El segundo recurso terapéutico más empleado durante los siglos XV y XVI fueron
los purgantes y los lavados intestinales, utilizados no sólo para el
tratamiento del estreñimiento sino para otras enfermedades no relacionadas con
el aparato digestivo, ya que, al igual que sucedía con las sangrías, se pensaba
que con este tratamiento se expulsaba el exceso del humor sobrante y con ello
se recuperaba el equilibrio humoral de la teoría hipocrática. En la farmacopea
de los médicos renacentistas había numerosas sustancias naturales con
propiedades purgantes, algunas de las cuales ya se habían utilizado en épocas
anteriores y otras fueron incorporadas durante este período, entre las cuales
figuraban el arraclán o ruibarbo de los pobres, la cuachanca (planta importada
de América) y la mora (Morus rubra). Estas plantas se suministraban
bien con los alimentos o a través de un clíster o enema. Para administrar el
remedio natural a través del clíster era preciso soplar a través de un tubo de
hueso, de caña o barro un líquido o un extracto de plantas desde la boca del
médico hasta el ano del paciente. En otros casos se empleaban calas o
supositorios, compuestos por miel y sal, jabón y sal o jabón solo.
Los médicos renacentistas además de sangrías y purgantes utilizaban otros
remedios, los más empleados eran los sinapismos, las fricciones y los
vejigatorios.
Unos de los más tormentosos eran los sinapismos, que se usaban para numerosas
enfermedades, y que consistían en aplicar sobre la piel una cataplasma
fabricada con harina de mostaza bañada en agua. El contacto de la cataplasma
con la zona de la piel enferma producía un rápido enrojecimiento, picor y dolor
lacerante.
Las fricciones consistían en pasar de forma repetida un lienzo áspero por la
piel, tratando de no romper la capa superficial de la misma, para que el
fármaco penetrase en el organismo desde la epidermis. Aunque este tratamiento
no tenía una indicación clínica concreta, a finales del siglo XV se hicieron
muy populares las fricciones mercuriales como tratamiento de la sífilis,
enfermedad venérea a la que más adelante nos referiremos con detalle.
Por su parte, los vejigatorios se empleaban, fundamentalmente, en el
tratamiento de las gastritis. Se rasuraba la piel de la parte superior del
abdomen (situada encima del estómago) y a continuación se aplicaba un emplasto
formado con polvo de cantárida, ajo o mostaza sobre la zona. Era tal la
irritación que provocaba esta mezcla sobre la piel que a los pocos minutos el
paciente sufría un dolor desgarrante y en su piel surgía gran cantidad de
vesículas de pequeño tamaño, que se llamaban vejiguillas (de
donde proviene el término vejigatorio), las cuales hacían pensar a
los médicos renacentistas que el tratamiento era efectivo.
La lectura de este tipo de tratamientos puede producir una cierta hilaridad en
el lector, pero hay que tener en cuenta que nos separan más de quinientos años
y que en esa época no disponían de las técnicas diagnósticas y terapéuticas que
tenemos actualmente.
El
humo que vino de América
Los
expertos en genética vegetal coinciden en afirmar que la planta del tabaco,
desconocida en Europa hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo, ya existía entre
el año 5000 y 3000 a. C. en una zona geográfica ubicada entre los actuales Perú
y Ecuador, y que con gran rapidez su cultivo se extendió por toda Sudamérica.
El testimonio gráfico más antiguo que tenemos del tabaco se encuentra en un
grabado datado en el siglo V y en el que aparece representado un sacerdote maya
fumando en un templo maya de Palenque, en el actual México.
Luis de Torres y Rodrigo de Jerez fueron dos de los marineros que acompañaron a
Cristóbal Colón en su primer viaje americano en 1492, y que han pasado a los
anales de la historia por ser los primeros europeos en descubrir a unos
indígenas fumando. Según se recoge en el diario de Colón el hecho sucedió
mientras exploraban una isla que los indígenas llamaban Guanahaní y que los
descubridores bautizaron como San Salvador, la cual actualmente pertenece al
archipiélago de las Bahamas, en las Antillas. Allí vieron a unos hombres con
«hojas secas que desprendían una peculiar fragancia». Los isleños,
pertenecientes al pueblo taíno, prácticamente extinguidos a los pocos años de
la llegada de los europeos, les recibieron con cortesía y amabilidad,
ofreciéndoles numerosos presentes entre los que había frutos secos, lanzas de
madera y las plantas que desprendían humo, a las cuales conocían con el nombre
de cohiba. Este hecho sucedía el 28 de octubre de 1492.
Como es fácil imaginar, el tabaco no pasó desapercibido a los marineros
castellanos y muchos de ellos se aficionaron a su consumo, entre ellos Rodrigo
de Jerez. Cuando este regresó a la península ibérica se llevó consigo algunas
hojas de la planta del tabaco y continuó con la costumbre que había adquirido
en el Nuevo Mundo. El humo que desprendía el tabaco causó cierto recelo en
Ayamonte, su pueblo natal en la actual provincia de Huelva, ya que sus
conciudadanos no habían visto nunca una cosa igual, hasta el punto de que su
mujer no dudó en ponerlo en conocimiento de la Inquisición. El Santo Tribunal
calificó esta práctica de pecaminosa e infernal («sólo Satanás puede conferir
al hombre la facultad de expulsar humo por la boca»), y condenó a Rodrigo de
Jerez a siete años de prisión. Rodrigo no pudo imaginar durante su cautiverio
que cuando fuese liberado el hábito de fumar ya no era «obra del diablo» y que
el consumo del tabaco se había extendido por gran parte de la península.
El médico Francisco Hernández Boncalo tiene el dudoso honor de haber sido, en
1559, el primero en introducir la primera semilla del tabaco en Europa y
sembrarla en un cigarral —finca señorial de recreo— de Toledo. Sería
precisamente a partir del término cigarral de donde se originó
el vocablo cigarro. A lo largo de los decenios siguientes las
plantaciones de tabaco se extendieron por distintos puntos de la geografía
castellana.
Sir Walter Raleigh. Con enorme rapidez el tabaco fue llegando al resto de
los países europeos. Francis Drake, por ejemplo, lo introdujo en Inglaterra en
1585 y poco tiempo después sir Walter Raleigh inició la costumbre de fumar en
pipa en la corte isabelina.
En
1560 el embajador francés en Lisboa, Jean Nicot —de donde deriva la
palabra nicotina— introdujo la planta del tabaco en la corte
francesa y recomendó a la reina Catalina de Médicis que la utilizase para
combatir sus jaquecas. Al parecer, y según las crónicas de palacio, al poco
tiempo de iniciado tan curioso tratamiento los dolores de la soberana
desaparecieron, o al menos cedieron temporalmente y la noticia se extendió como
la pólvora por la corte francesa. Este hecho facilitó que poco a poco se
extendiese la costumbre, por todos los países de Europa, de fumar para combatir
cualquier tipo de dolencia, hasta el punto de que en muchos lugares se la llegó
a conocer como «hierba santa».
En el siglo XVII el hábito de fumar se extendió a China, Japón y al norte de
África. Sin embargo, fue precisamente en este último siglo cuando empezaron a
alzarse voces de alarma frente a los potenciales peligros que se derivaban de
su consumo, a pesar tanto de la celebridad que había adquirido la planta del
tabaco como de la consideración de lo beneficioso de su consumo para la salud.
Desde entonces, este hábito fue criticado por reyes, médicos e incluso papas,
como ahora veremos.
El primero en rechazar el hábito de fumar, aunque no por razones médicas, fue
el padre Bartolomé de las Casas, en cuya Historia general de Indias (1520)
se puede leer: «Españoles conocí yo en esta isla Española que los acostumbraron
a tomar que siendo reprendido por ello diciéndoseles que aquello era vicio,
respondían que no era en su mano dejarlos de tomar. No sé qué sabor o provecho
hallaban en ello…». A él le seguiría el rey inglés Jacobo I, que en 1604
aumentó el impuesto sobre el tabaco e incluso llegó a editar una diatriba con
su uso: «Gran vanidad es, y aun menosprecio de los dones del Creador, corromper
deliberadamente con un humo hediondo la frescura del aliento de sus criaturas
[…] una costumbre repugnante a la vista, odiosa para el olfato, dañina al
cerebro, peligrosa para los pulmones, y muy semejante por su humo negro y
apestoso al humo estigio del infierno».
La Iglesia católica también tomó una postura contraria a su consumo y, en 1621,
el papa Urbano VIII dictó una bula según la cual todos aquellos que usasen «una
sustancia tan degradante para el alma como para el cuerpo» fuesen excomulgados.
Poco tiempo después, en 1634, el médico español Francisco de Leiva y Aguilar
publicó Desengaño contra el mal uso del tabaco, la primera obra
científica en la que se alerta de los posibles efectos perjudiciales del hábito
de fumar, entre ellos expectorar sangre. El siguiente gran hito médico en este
sentido se produjo en 1692, cuando el cirujano español Pedro López de León dio
a la luz Práctica y teórica de las apostemas en general y en particular,
donde describe que no era infrecuente que en las autopsias de fumadores las
vísceras adquirieran una coloración negruzca.
La
anatomía, el conocimiento del cuerpo
Durante
la Edad Media las ilustraciones anatómicas se realizaban de forma muy
esquemática, puesto que la intención no era representar de forma fidedigna los
órganos de nuestro cuerpo sino facilitar su memorización. En el tránsito hacia
el Renacimiento se publicó Anatomia, una obra escrita en 1316 por
el médico boloñés Mondino de Luzzi. Este libro puede ser considerado como el
primer manual de anatomía, en el sentido de que su finalidad era mostrar de una
forma veraz las estructuras anatómicas a los estudiantes de medicina. Si bien
supuso una verdadera innovación, estuvo muy lejos de la perfección que
alcanzaron las publicaciones renacentistas.
Durante el Renacimiento los artistas rindieron culto al cuerpo humano,
consideraron que era algo bello y digno de poder ser representado. Venecia,
Milán y Florencia encabezaron este movimiento y en ellas sobresalieron artistas
de la talla de Michelangelo Buonarroti (Miguel Ángel), Luca Signorelli, Andrea
Mantegna o Andrea di Cione, los cuales nos legaron verdaderas joyas pictóricas
con representaciones humanas. Uno de los discípulos de este último artista fue
Leonardo da Vinci (1452-1519), el cual sintió una indudable atracción hacia la
anatomía humana, no sólo desde un punto de vista artístico sino también como
fuente de conocimiento del cuerpo humano y elemento indispensable para entender
los misterios de la vida y la generación de los seres vivos. Leonardo fue el
primero que introdujo la práctica de los dibujos anatómicos en el arte y a lo
largo de su vida realizó más de setecientos dibujos anatómicos de diferentes
partes del cuerpo (corazón, musculatura, huesos, feto dentro del útero
materno…). Tal era su interés por la anatomía que proyectó editar un tratado de
anatomía humana, compuesto por 120 capítulos, en colaboración con el médico
veronés Marco Antonio della Torre (1478-1511), profesor de medicina de las
universidades de Padua y Pavía. Leonardo pretendía que el doctor della Torre
pusiese texto a sus dibujos anatómicos, mas, desgraciadamente, la muerte
prematura del veronés truncó el proyecto, que de haberse llevado a cabo habría
significado un enorme avance científico.
En las universidades europeas surgió un interés desconocido hasta ese momento
por realizar disecciones anatómicas, para analizar desde un punto de vista
práctico los textos de Galeno escritos siglos atrás. El método que utilizaban
era siempre el mismo: el profesor leía los textos de anatomía galénica desde un
estrado al tiempo que un ayudante (cirujano disector) realizaba la disección
del cadáver, señalando a los asistentes aquello que el profesor le indicaba. La
Universidad de Padua se situó en la vanguardia de este tipo de enseñanza
anatómica y de la práctica de las disecciones. Los principales anatomistas del
momento (Alessandro Benedetti, Gabriele Zerbi y Berengario di Capri)
impartieron en la Universidad de Padua sus enseñanzas.
El médico veronés Alessandro Benedetti (1460-1525) mandó construir, en 1490, en
la Universidad de Padua el primer anfiteatro anatómico, un hecho que tuvo una
gran relevancia porque permitía a los alumnos seguir con mayor facilidad las
disecciones. Gabriele Zerbi (1478-1505) tuvo el honor de ser el primero en
agrupar los órganos en sistemas y aparatos, práctica que persiste en la
actualidad. Berengario da Carpi (1460-1530) realizó más de un centenar de
disecciones y descubrió algunos órganos desconocidos hasta ese momento, entre
ellos, por ejemplo, la glándula pineal y la hipófisis. En 1521 escribió Comentaria,
que representó el mayor avance anatómico desde Galeno.
A pesar de todos estos anatomistas de renombre, a los cuales se les conoce con
el calificativo de prevesalianos, la gran figura del momento fue
Andrés Vesalio (1514-1564).
Andrés Vesalio estuvo al servicio de los reyes Carlos I y Felipe II de
España, lo cual favoreció que tuviese contacto con otros anatomistas españoles
y que en Valencia se crease una Escuela de Anatomía. Los artífices de este
proyecto fueron los doctores Luis Collado y Pedro Ximeno, ambos discípulos de
Vesalio.
Este
anatomista nació en Bruselas en el seno de una familia de médicos que durante
generaciones habían estado al servicio de los emperadores del Sacro Imperio
Romano Germánico; muy pronto destacó por sus méritos personales y fue nombrado
profesor de cirugía y anatomía de la Universidad de Padua, donde realizará
personalmente las disecciones de los cadáveres.
En 1543, Vesalio publicó De humani corporis fabrica (Sobre el
edificio del cuerpo humano), una obra revolucionaria en la que, además de
describir la morfología, separaba la forma (anatomía) de la función
(fisiología), algo que no había sucedido hasta entonces. Este texto tenía
además otra particularidad, las descripciones anatómicas se acompañaban de
numerosas ilustraciones, cuya finalidad era favorecer la compresión de los
textos.
De humani corporis fabrica constituye uno de los tratados
fundamentales de la historia de la medicina, pues con él se instauró el método
moderno de la investigación anatómica, basado en la práctica de la disección
sobre el cadáver humano. Con Andrés Vesalio se inició el método y el camino de
la anatomía moderna.
Contemporáneo de Vesalio fue también el anatomista segoviano Andrés Laguna
(1511-1560), que se graduó en París, ciudad en la que publicó Anatomica
methodus(Método anatómico) en el año 1535. Se trata de una obra
revolucionaria en el sentido de que Laguna se atrevió a criticar abiertamente
el método tradicional de enseñar la anatomía.
Los
cirujanos asisten a las universidades
En
la Edad Media los enfermos disponían de tres tipos de profesionales a quienes
acudir en caso de tener una enfermedad: el médico universitario, con
orientación galénica o arabista; el cirujano-barbero, carente de formación
universitaria; y el curandero o charlatán, un embaucador que prestaba sus
servicios de forma itinerante. Los curanderos basaban sus tratamientos en
ungüentos, talismanes, sangrías y realizando cirugía menor. Con el propósito de
conseguir el monopolio de la cirugía y evitar el intrusismo profesional, en el
año 1311 un grupo de nueve cirujanos se reunieron en París y fundaron la
Hermandad de San Cosme. Con ella pretendían excluir a los barberos de las
prácticas quirúrgicas. Su proyecto recibió el apoyo regio, ya que tan sólo un
año después el rey francés Felipe IV el Hermoso publicó un edicto en el que se
señalaba que nadie podría ejercer la cirugía sin haber sido examinado y
aprobado por los miembros de la hermandad.
Los barberos se sintieron amenazados y por eso formaron su propia corporación
que, curiosamente, también obtuvo el apoyo real para poder tratar heridas
menores, úlceras y tumefacciones. En definitiva, se volvió a la situación
inicial, retrocediendo lo que se había avanzado.
A lo largo del siglo XV el pleito entre cirujanos y barberos se mantuvo sin
resolverse, y no fue hasta 1515 cuando se aceptó que los cirujanos podían
cursar estudios universitarios y obtener grados universitarios, de forma que se
podrían equiparar al resto de los médicos y distanciarse de los barberos.
En el siglo XVI su instrucción tenía dos vertientes, por una parte un período
de aprendizaje, que oscilaba entre cinco y siete años, junto a un cirujano
experto; por otra, la asistencia a clases de anatomía, curaciones y vendajes en
las facultades de Medicina. Al final del período de aprendizaje el aspirante a
cirujano debía pagar unas elevadas cuotas y superar un examen para adquirir la
licencia que le facultaba para poder ejercer su profesión.
Uno de los cirujanos más famosos del momento fue el francés Ambroise Paré
(1510-1590), conocido como El padre de la cirugía francesa. Comenzó
siendo aprendiz de barbero y a los 17 años logró ser admitido en el Hötel Dieu
(Casa de Dios), un famoso y viejo hospital parisino fundado en el siglo VII, al
que ya hemos hecho referencia y que, en ese momento, tenía unas condiciones
higiénicas pésimas y en él los enfermos estaban hacinados sin distinción de
sexo, no existían salas de operaciones y en muchas ocasiones las intervenciones
se realizaban en los pasillos. En este inhóspito ambiente Paré aprendió,
durante tres largos años, todo lo que necesitaba antes de pasar a formar parte
del grupo de cirujanos militares de los ejércitos franceses.
En los campos de batalla, Ambroise Paré tuvo la oportunidad de comprobar las
lesiones corporales que provocaban las armas de fuego. Debido a que en esa
época el alcance de las armas era escaso, el disparo se debía realizar a poca
distancia y esto provocaba grandes quemaduras cutáneas. En el Renacimiento se
pensaba que la pólvora envenenaba la herida y, por lo tanto, que el tratamiento
más idóneo era verter aceite de saúco hirviendo sobre la herida para eliminar
el veneno; práctica que, lejos de curar, producía verdaderos destrozos en la
piel de los heridos.
Además de obtener éxitos quirúrgicos, Ambroise Paré también jugó un papel
destacado en el desarrollo de la obstetricia, al demostrar que era posible
girar al feto antes del parto cuando se presentaba en una posición anómala
(nalgas o pies), de esta forma conseguía que la primera zona anatómica en salir
por el canal del parto fuese la cabeza, reduciendo así el número de
complicaciones tanto en la mujer como en el recién nacido.
En
la batalla de Vilaine, en la que en 1537 se enfrentaron los soldados franceses
de Francisco I a las tropas españolas del rey español y emperador Carlos V, los
médicos franceses se quedaron sin aceite de saúco, no pudiendo tratar a los
heridos, motivo por el cual Paré tuvo que improvisar y emplear, de forma
empírica y sin bases científicas en aquel momento, una pomada preparada por él
compuesta de yema de huevo, aceite de rosas y trementina, un remedio
verdaderamente novedoso. El cirujano francés escribió en su diario: «Esa noche
no pude dormir bien pensando que por no haberlos cauterizado encontraría a
todos los heridos en los que no había usado el aceite muertos por
envenenamiento, lo que me hizo levantarme muy temprano para revisarlos. Pero en
contra de lo anticipado, me encontré que aquellos en quienes había empleado el
medicamento casual que había aplicado tenían poco dolor en la herida, no
mostraban inflamación o tumefacción y habían pasado bien la noche, mientras que
los que habían recibido el aceite mencionado estaban febriles, con gran dolor e
inflamación en los tejidos vecinos de sus heridas. Por lo que resolví no volver
a quemar tan cruelmente las heridas de soldados, producidas por arcabuces». A
partir de ese momento se extendió por toda Francia el remedio inventado por
Paré y pocos años después su uso se generalizó al resto de los ejércitos
europeos.
La curación de las heridas por arma de fuego no fue la única contribución
médica de Paré, a él también se debe el diseño de bragueros para contener las
hernias inguinales o la invención de unas rudimentarias prótesis para sustituir
los miembros amputados de los heridos en combate. Paré recogió sus principales
aportaciones al campo de la cirugía militar en un libro aparecido en 1545,
titulado Método de tratar las heridas causadas por arcabuces y otros
bastones de fuego.
En 1549, Paré hizo otro gran descubrimiento, en esta ocasión durante el sitio a
Bolonia: decidió no cauterizar el muñón de los amputados para cohibir la
hemorragia, tal y como se venía haciendo hasta ese momento, y optó por ligar lo
vasos arteriales y venosos seccionados, con lo que impidió que el herido
muriese desangrado y evitó una vez más las complicaciones de la cauterización.
El primer texto ginecológico escrito en castellano, obra del ginecólogo
mallorquín Damián Carbón y de título Libro de arte de las comadres (1541), fue
impreso en Palma de Mallorca y abordaba aspectos relacionados con la
concepción, el parto, la esterilidad y las enfermedades de los niños.
Como
curiosidad, cabe señalar que a pesar de que Paré era un hombre de ciencia,
compartía muchas de las supersticiones de su tiempo, por ejemplo creía que las
brujas eran causas de desgracias, que los astros influían en la aparición de
determinadas enfermedades o que las plagas eran castigos divinos.
Ginecología
y obstetricia
Por
sorprendente que pueda parecer hasta el Renacimiento los médicos tenían
prohibida la asistencia a los partos, campo reservado exclusivamente a las
comadronas. Tan sólo de forma excepcional y cuando se preveía la muerte de la
madre o del niño se solicitaba la ayuda de un cirujano. Sin embargo, los libros
de ginecología eran escritos por médicos que nunca habían atendido a
parturientas e iban dirigidos a comadronas experimentadas. Como es fácil de
imaginar, los autores se copiaban unos a otros, no había aportaciones y las
recomendaciones, tanto para parturientas como para comadronas, eran muy
generales.
En 1513 Eucharius Roesslin, un médico de Fráncfort, escribió Jardín de
rosas, un libro destinado a las comadronas y a las mujeres embarazadas, en
donde, a pesar de que nunca había asistido al nacimiento de ningún ser humano,
añadía una serie de recomendaciones encaminadas a evitar las complicaciones
obstétricas. Así, por ejemplo, insistía en la importancia de lubricar
manualmente el canal del parto o en que para estimular los dolores del parto,
necesarios según las creencias de la época para estimular el nacimiento del
feto, se hiciese estornudar a la madre dándole a oler pimienta molida.
Uno de los lectores de este libro fue el ginecólogo hamburgués Wertt a quien
imaginamos sorprendido por lo que allí leyó, pues comprendió que la única forma
de entender lo que sucedía en realidad durante el parto era asistir a uno. Sin
embargo, su inquietud chocó con la legislación de la época, ya que las leyes no
permitirían el acceso de los hombres a los partos. En 1522, Wertt decidió
disfrazarse de comadrona y asistir de esta forma a lo que la legislación le
prohibía por ser varón, mas desgraciadamente fue descubierto y un tribunal le
condenó a la hoguera, horrible pago por saciar su curiosidad.
Otro de los libros ginecológicos más importantes de la época fue publicado en
1544 por Jacobo Rueff, cirujano y obstetra de Zúrich, y su título se puede
traducir al castellano como Muy alegre librito de aliento relativo a la
concepción y nacimiento del hombre, a sus frecuentes accidentes, estorbos… Dicha
obra añadía un curioso apéndice dedicado a los monstruos y a las deformidades
en los recién nacidos. El autor atribuía las malformaciones al trato carnal que
había existido entre una embarazada y el demonio. En este libro además se
recogía otro hecho curioso: se defendía que las deformidades faciales de los
niños recién nacidos eran provocadas por deficiencias en la calidad del semen
del progenitor.
En Christianismi Restitutio Miguel Servet realizó la primera descripción de
la circulación pulmonar de la sangre. Un gran número de ejemplares de este
libro ardieron con su autor en la hoguera, afortunadamente pudieron salvarse
tres de ellos, uno que se conserva en la Biblioteca Nacional de Austria, otro
en la Biblioteca Nacional de París y un tercero en Edimburgo (Escocia).
Un
médico en la hoguera
En
Villanueva de Sijena, en la actual Huesca, nació Miguel Servet (1511-1553), uno
de los médicos españoles más importantes de toda la historia. Desde bien joven
se interesó por la medicina y la religión. Al finalizar sus estudios de
medicina en París al lado de los grandes anatomistas de la época, comenzó a
impartir clases en la universidad parisina, sin embargo, no tardó en
enfrentarse con la comunidad científica al defender postulados opuestos a los
que allí se aceptaban, como el uso de jarabes para tratar enfermedades. Los
continuos choques con las autoridades académicas provocaron que Servet se viese
obligado a abandonar París y, tras recorrer varias ciudades francesas,
afincarse en Lyon, ciudad en la que escribió la que sería su obra cumbre: Christianismi
restitutio(Restitución del cristianismo). Este libro fue publicado en 1553
y firmado bajo una falsa identidad, Villeneuve. Servet utilizó un seudónimo
porque realmente había escrito un tratado de teología en el que defendía una
postura próxima al panteísmo («Dios está en todas las cosas»). ¿Por qué razón
hacemos alusión a este tratado si realmente aborda temas teológicos? Porque
curiosamente en su Libro V contiene un texto revolucionario desde el punto de
vista médico: Servet describe en él, por vez primera, la circulación pulmonar.
El médico oscense postula que la sangre llega a los pulmones a través de la
arteria pulmonar, en aquellos órganos se liberan los «vapores fuliginosos» y la
sangre adopta una coloración rojiza. A continuación, y a través de la vena
pulmonar, la sangre regresa nuevamente al corazón desde donde saldrá hacia al
resto del cuerpo. Una concepción anatómica-fisiológica que no ha cambiado
sustancialmente desde que Servet la describió. Con sólidos argumentos rebatía
los supuestos fisiológicos de Galeno, negando la existencia de unos poros
interventriculares que conectarían el ventrículo derecho y el izquierdo,
evitando el paso por los pulmones.
¿Por qué esta descripción formaba parte de un libro de teología y no de un
tratado de fisiología, que sería lo esperable? Porque Servet defendía, desde
sus hipótesis teológicas, que el alma era una emanación de la Divinidad que se
encontraba en la sangre, gracias a la cual aquella podía estar en todo nuestro
organismo.
El planteamiento teológico que postuló Miguel Servet en Christianismi
restitutiofue el motivo por el cual fue detenido en la ciudad suiza de
Ginebra, acusado de herejía por los seguidores del teólogo Juan Calvino y,
finalmente, quemado en la hoguera, en donde ardió con numerosos ejemplares de
su atrevida publicación. A título de curiosidad la sentencia que se dictó
contra él fue la siguiente: «Contra Miguel Servet del reino de Aragón, en
España: porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas;
porque contraría a las Escrituras decir que Jesucristo es un hijo de David; y
por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería,
y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el
libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para
seducir y defraudar a los pobres ignorantes. Por estas y otras razones te
condenamos, M. Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te
sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e impreso,
hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que
quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo».
Un
alquimista que hizo historia
Aureolus
Theophrastus Bombastus von Hockenheim (1493-1541) era el verdadero nombre de
Paracelso, el pensador más original del siglo XVI. Desde pequeño ayudó a su
padre, un médico que se dedicaba por completo a la atención de los mineros, en
los tratamientos que realizaba. Aleccionado por él decidió estudiar medicina,
pero en lugar de continuar con la consulta paterna, una vez que obtuvo el
título se dedicó a viajar por gran parte de Europa, adquiriendo vastos
conocimientos médicos, hasta que finalmente se afincó en la península itálica y
se doctoró en Medicina en la Universidad de Ferrara. Tuvo la suerte de atender
a personajes importantes de la época, entre ellos a Erasmo de Róterdam, los
cuales influyeron en las autoridades académicas para que se le concediese un
puesto de profesor en la Universidad de Basilea, en la actual Suiza. Desde el
estrado de las aulas Paracelso se dedicó a exhortar a su audiencia en contra de
la herencia médica de Galeno y Avicena, rechazó abiertamente la teoría humoral
y defendió los tratamientos naturales.
Paracelso murió en Salzburgo y en su epitafio podemos leer: «Aquí yace
Phillipus Teophrastus, distinguido doctor en medicina, que con artes
maravillosas curó horribles heridas, lepra, gota hidropesía y otras
enfermedades contagiosas del cuerpo, y dio a los pobres los bienes que había
obtenido y acumulado. En el año del Señor 1541, a 24 de septiembre dejó la vida
por la muerte».
A
Paracelso debemos la introducción de remedios químicos en la terapéutica
médica: promulgó los valores médicos del azufre, antimonio, plomo, hierro,
cobre y sus derivados. En cierta ocasión afirmó: «El objeto de la alquimia no
es transformar metales innobles en plata u oro, sino crear un remedio contra
todas las enfermedades»
A Paracelso se le atribuye la frase: «en las correas de mis zapatos hay más
sabiduría que en estos libros». Con esta afirmación nos podemos hacer una idea
de su compleja personalidad y de su naturaleza rebelde y provocadora. Como
médico, defendió una terapéutica basada en el estudio de la naturaleza, el
hombre y la astronomía, prefiriendo la experiencia directa al estudio de los
libros.
Una
nueva filosofía de hospital
A lo
largo del Renacimiento las instituciones hospitalarias sufrieron profundos
cambios. A medida que avanzó el siglo XVI, el hospital comenzó a ser un centro
de asistencia exclusiva para enfermos y dejó de prestar cobijo a pobres y
mendigos. Simultáneamente se fomentó la secularización de los hospitales y
cambió su orientación, pues a partir de entonces se atendería al enfermo por
razones médicas y no en función del mandato cristiano de la caridad. A lo largo
del Renacimiento proliferaron tres centros hospitalarios especializados:
nosocomios, hospitales para enfermos incurables y hospitales militares. Los
nosocomios estaban destinados exclusivamente a la asistencia de los enfermos
mentales, dentro de los hospitales monográficos para enfermos incurables tuvo
una especial difusión el destinado a los enfermos de sífilis, por razones que
más adelante abordaremos. Los hospitales militares proliferaron a consecuencia
de las múltiples guerras en las que estaban inmersos los estados europeos, y el
primero que se creó en España fue el de Granada (1484), durante el reinado de
los Reyes Católicos.
Desde un punto de vista arquitectónico el hospital renacentista adoptó el
modelo del palacio florentino, con una estructura cruciforme o cuadrangular con
un patio central. Con esa nueva estructura se concedía una mayor monumentalidad
y capacidad de hospitalización, al tiempo que se mejoraba la ventilación y la
luminosidad.
Sífilis,
la enfermedad con nombre de pastor
Dejemos
por un momento los hospitales y los avances terapéuticos del Renacimiento para
ocuparnos de la sífilis, probablemente la enfermedad más importante de aquellos
tiempos, al menos en cuanto al número de personas a las que afectó. La sífilis o lues,
que significa simplemente «epidemia», es una enfermedad infecciosa de
transmisión sexual que causó estragos en los siglos XV y XVI, hasta el punto de
que se estima que fue la responsable de miles de fallecimientos en toda Europa
durante ese período. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de la
enfermedad, William Cloves, un médico del Hospital San Bartolomé de Londres,
afirmaba en 1585 que uno de cada dos pacientes que acudían a su hospital eran
sifilíticos y creía que a lo largo de los últimos cinco años había tratado a
más de un millar de pacientes aquejados de esa enfermedad, un número muy
elevado de enfermos.
Durante mucho tiempo no se dispuso de un tratamiento eficaz para tratarla,
motivo por el cual el único remedio que tenían los sifilíticos a su alcance era
la plegaria, ya que la enfermedad era considerada, como tiempo atrás lo había
sido la peste, un castigo divino. Para ayudarles en tal menester, el Vaticano
incorporó al santoral uno de los catorce santos de urgencia: San Dionisio, al
que se le otorgó el patronazgo de estos enfermos. A este santo rezaron con
devoción papas como Bonifacio VIII, Alejandro VI, Julio II o León X, y es que
la sífilis afectó a todas las capas sociales, desde mendigos hasta papas nadie
parecía estar libre de sufrir los estragos de esta enfermedad.
Fueron tanto los enfermos sifilíticos que, como ya hemos señalado, fue
necesario crear hospitales monográficos destinados a acogerlos gratuitamente.
Paralelamente algunos personajes pseudocientíficos aprovecharon la situación
para lucrarse de los enfermos, eran los charlatanes y los curanderos que
pertenecían a una categoría especial, los llamados «engrasadores de pústulas».
Al parecer los remedios terapéuticos que ofrecían estos «engrasadores» se
basaban en ciertos emplastos (ungüentos sarracenos) que provocaban un intenso
sudor en el paciente, al cual se le atribuía la eliminación de la causa
responsable de la enfermedad.
La sífilis tenía una sintomatología muy amplia y variada, además cursaba en
diferentes estadios evolutivos, por lo que podía haber muchos enfermos con
diferente sintomatología e incluso el mismo enfermo podía tener a lo largo de
su enfermedad diferentes síntomas. Para complicar aún más la situación durante
las primeras fases, la enfermedad podía pasar inadvertida.
Actualmente sabemos que la sífilis está causada por un microorganismo
llamado Treponema pallidum, una bacteria alargada, pequeña y que
afecta exclusivamente al ser humano, pero en aquella época este hecho se
desconocía totalmente. Sobre el origen de la enfermedad los investigadores no
llegan a ponerse de acuerdo, hasta el punto de que en el momento actual todavía
sigue debatiéndose si la enfermedad estaba presente en Europa antes del
descubrimiento de América o si la trajeron los descubridores en el viaje de
regreso.
La teoría unitaria defiende que el microorganismo produjo los primeros casos de
sífilis en África hace miles de años y que desde allí la enfermedad, conocida
como yaws, se extendió hacia el este y el norte del continente
gracias al tráfico de esclavos. En un momento indeterminado de la historia,
desde Egipto pasó hacia Mesopotamia, desde donde finalmente penetró en Europa
con las Cruzadas.
La otra teoría surgió a comienzos del siglo XVI cuando los médicos europeos
defendieron que si la corteza del guayaco, que se importaba de las Indias,
curaba la enfermedad era porque la sífilis procedía de la zona «en la cual su
remedio crece». De esta forma se extendió la idea de que fueron los marineros
que descubrieron América los que importaron la enfermedad de la isla caribeña
de La Española.
Sea cual sea su origen, lo que no deja lugar a dudas es que surgió en Europa
bruscamente a finales del siglo XV con tres elementos diferenciales de otras
enfermedades: su capacidad para producir epidemias con enorme difusión, la
transmisión por vía sexual y el hecho de que cursaba clínicamente con una
sintomatología aparatosa y grave. La enfermedad alcanzó proporciones epidémicas
en el año 1495 y, tan sólo tres años después, el médico español Francisco López
de Villalobos escribió: «Fue una pestilencia no vista jamás / en metro, ni en
prosa, ni en ciencia ni estoria / muy mala y perversa, y cruel sin compás / muy
contagiosa y muy sucia en demás».
Inicialmente se conoció a la enfermedad con varios nombres: Morbus
italicus, Morbus hispanus, Morbus germanicus o Morbos gallicus, es decir,
«enfermedad de los italianos», «de los españoles», «de los alemanes» o «de los
franceses». El nombre lo atribuían los países vecinos con tintes peyorativos,
así por ejemplo los ingleses la llamaron Morbus gallicus («enfermedad
de los franceses»), los portugueses Morbus hispanus («enfermedad
de los españoles») y los franceses Morbus italicus («enfermedad
de los italianos»). De todos estos nombres el que predominó fue el de Morbus
gallicus, debido a que el primer brote documentado en Europa apareció en
1493-1494 cuando las tropas francesas de Carlos VIII asediaron Nápoles. Durante
el sitio los soldados mantuvieron relaciones con las prostitutas napolitanas,
adquirieron la enfermedad y, una vez que terminó la contienda y regresaron a
Francia, facilitaron la difusión en su país de origen.
El nombre de sífilis lo empleó por vez primera el médico y
poeta veronés Girolamo Fracastoro (1478-1553), quien utilizó este vocablo como
parte del título de un poema que publicó en 1530:Syphilis sive morbus
gallicus (Sífilis o la enfermedad francesa). En la primera
parte de este libro el autor defendía la tesis del origen francés de la
enfermedad y su relación con la contienda en suelo napolitano, y además
rechazaba la tesis de que la epidemia tuviera su origen en el Nuevo Mundo.
Además Fracastoro consideraba que había muchos factores implicados en su
diseminación y pensaba que era posible que hubiese «partículas» responsables
del contagio, que estarían latentes durante siglos esperando las condiciones
óptimas.
Girolamo Fracastoro tiene el honor de haber sido el primer médico que
estableció con claridad el concepto de enfermedad contagiosa, propuso una forma
de contagio secundaria a la transmisión, lo que él denominó seminaria
contagiorum («semillas vivas») y distinguió de forma precisa entre infección
(causa) y epidemia (consecuencia).
En
la segunda parte del libro defendía que la recuperación de la enfermedad estaba
directamente relacionada con llevar una vida reglada y sana, por ello
recomendaba que los enfermos afectados realizasen ejercicios vigorosos, dietas
saludables y frugales, así como que se abstuviesen de mantener relaciones
sexuales. No deja de ser curioso que la última recomendación la relacionase con
el gasto de energía que se produce cuando una persona mantiene relaciones
sexuales y no porque Fracastoro pensase que era realmente la promiscuidad
sexual la fuente del contagio. Además, como complemento terapéutico, el médico
italiano recomendaba la práctica de sangrías, baños de vapor y purgantes.
En ambas partes del libro entremezcla temas mitológicos con aspectos médicos,
entre ellos figura, por ejemplo, la historia de un pastor llamado Syphilis
o Syphilus que durante una cacería mató uno de los venados sagrados de
la diosa Diana. El dios Apolo se enojó por la afrenta cometida y como castigo
envió al cazador un humor, el cual le produjo el Morbos gallicus.
Así pues, inicialmente sífilis no era el nombre de la
enfermedad, sino el del cazador enfermo.
En 1546 Fracastoro reconoció el origen venéreo de la sífilis en su obra De
contagione et contagiosis morbis et eorum curatione (Del contagio y de
las enfermedades contagiosas y su tratamiento). En esta publicación se
disculpaba por algunos de los errores que había cometido en su poema anterior,
alegando que habían sido fruto de su juventud; así mismo describía el modo de
transmisión de la enfermedad —sexual— y señalaba que las madres enfermas
también podían transmitirla a sus hijos (al nacer o bien durante la lactancia).
En su libro se puede leer: «la infección ocurre solamente cuando dos cuerpos se
unen en contacto mutuo intenso como ocurre en el coito». Además, describía los
signos y síntomas de la enfermedad y defendía que era causada por la acción de
unos seres muy pequeños, a los que bautizó con el nombre de semillas (semina).
A Fracastoro además hay que reconocerle el mérito de ser el primero en
establecer claramente el concepto de enfermedad contagiosa, ya que postuló que
las enfermedades infecciosas se debían a la transmisión de seminaria
contagiorum («semillas vivas») que mediante diferentes vías de
infección causaban enfermedades en los humanos. Fracastoro distinguió tres
mecanismos de contagio: por contacto directo, a través de fomites que
transportan los seminaria prima (por ejemplo las ropas de los
enfermos) y por inspiración del aire (miasmas infectados con los
seminaria).
A mediados del siglo XVI la Iglesia católica, basándose en las recomendaciones
de Fracastoro y de otros médicos de la época, propuso como medio más eficaz
para combatir la sífilis la abstinencia sexual. Siguiendo esta recomendación y
para evitar posibles tentaciones el papa Pablo IV decretó en 1556 la expulsión
de todas las prostitutas de Roma y de los Estados Pontificios. Esta medida
levantó acaloradas protestas entre la población romana, acostumbrada a la
presencia y al servicio de estas mujeres que, por ese motivo, fueron realojadas
al otro lado del río Tíber, en la actual Trastevere, en unas casas llamadas «de
tolerancia».
Un
invento revolucionario: el termómetro
Santorio
Santorius (1561-1636) fue uno de los más famosos médicos italianos de su siglo,
tuvo la fortuna de ser discípulo de Galileo Galilei y eso le permitió conocer
de primera mano el método científico hipotético-deductivo. Santorius fue
profesor de las universidades de Padua y Florencia, tarea que compaginó con su
faceta investigadora. En 1614 publicó su obra más conocida: Ars de
statica medicina (Arte de la medicina estática), en la que reunió los
resultados de todas sus experiencias médicas, entre las que destaca
especialmente una, la medición de la temperatura corporal. A Santorius le
corresponde el mérito de haber diseñado el primer aparato para medir la
temperatura corporal, al que denominó instrumentum temperatorum.
Estaba constituido básicamente por una columna de agua graduada en la cual el
paciente tenía que exhalar su aliento, por lo que su precisión dejaba mucho que
desear.
Durante años Sartorius se esforzó por mejorar su invento y diseñó nuevos
aparatos, pero todos ellos con similar precisión. En el siglo XVII el
termómetro fue perfeccionado por el físico holandés Christiaan Huygens, pero a
pesar de todo no fue incorporado a la práctica clínica hasta el siglo XVIII,
cuando el médico holandés Hermann Boerhaave (1668-1738) predicó las bondades de
su utilización en el diagnóstico de determinadas enfermedades.
§. El Barroco: aparece un mundo desconocido
El término barroco es un concepto estilístico de las artes
plásticas que se ha hecho extensivo a la poesía, a la música, a la historia y a
la ciencia, y que se prolongó a lo largo del siglo XVII. Durante este período
se creó un gigantesco escenario sobre el que se terminó con la mayoría de los
dogmas medievales y sobre el que se sentaron las bases políticas, sociales e
intelectuales del mundo moderno.
Circulación
de la sangre
Si
el Renacimiento, desde el punto de vista médico, fue la época gloriosa de la
anatomía, el Barroco será la era de la fisiología, la ciencia que se ocupa del
estudio de la función de los órganos. El mayor descubrimiento en este campo se
lo debemos al médico inglés William Harvey (1578-1657), descubridor de la
circulación mayor de la sangre. Este médico describió por vez primera el
recorrido que realiza la sangre en nuestro organismo: el ventrículo izquierdo
del corazón es el encargado de impulsar la sangre hacia la aorta (la arteria de
mayor calibre de nuestro organismo) y a través de arterias de menor diámetro
consigue llevar la sangre a todas las partes del organismo. Desde los órganos
regresa nuevamente al corazón (a la aurícula derecha) a través de las venas.
Uno de los hechos más relevantes de este hallazgo es que el doctor Harvey no
llegó a ver la circulación de la sangre, simplemente dedujo su existencia a
partir de la experimentación, del análisis crítico y de complicados cálculos
matemáticos. A partir de este descubrimiento se inició una revolución
científica encaminada a solucionar problemas fisiológicos mediante experiencias
físicas, químicas y/o mecánicas.
En cierta ocasión, William Harvey afirmó: «La sangre se mueve constantemente
en sentido circular, como consecuencia de los latidos del corazón». Esta
aseveración, por simple que nos pueda parecer actualmente, fue una verdadera
revolución en el siglo XVII.
En
1628 Harvey divulgó su hallazgo con la publicación de Exercitatioanatomica
de motu cordis et sanguinis in animalibus (Práctica anatómica relativa
al movimiento del corazón y la sangre en los animales), un libro de tan sólo 72
páginas. La comunidad científica no reaccionó como cabría esperar y, en lugar
de alabar su contribución científica, los médicos de la época se dedicaron a
realizar todo tipo de críticas al método empleado y a los resultados obtenidos.
Ello no fue óbice para que Harvey continuara experimentando con serpientes,
ovejas y cadáveres humanos y observase con sus propios ojos que el corazón
seguía latiendo después de haber sido extirpado, lo cual era para él un hecho
irrefutable de que el corazón era el músculo encargado de bombear la sangre a
través de las arterias.
Miguel Servet y William Harvey descubrieron la circulación de la sangre en el
organismo tal y como la entendemos actualmente; el primero describió la
circulación menor (pulmonar) y el segundo, la circulación mayor. No deja de ser
curioso que ninguno de los dos recibiera el reconocimiento que se merecían.
El único enigma que quedaba por resolver era la aparente falta de conexión
entre las arterias y las venas. ¿Qué era lo que conectaba ambas estructuras
anatómicas? Harvey no fue capaz de dar una explicación satisfactoria. El
hallazgo de los capilares —unos finísimos vasos que hacen posible la unión
entre arterias y venas— fue descubierto por Marcello Malpighi, al que nos
referiremos más adelante, cuatro años después de la muerte de Harvey.
Los
fórceps, el secreto mejor guardado
El
fórceps es un instrumento obstétrico utilizado para la extracción del feto y
que está compuesto por dos cucharas (ramas) articuladas entre sí por un
mecanismo a modo de bisagra. Las ramas del fórceps son curvas, de modo que se
puedan ajustar a la cabeza del bebé en aquellos partos en los que se precisa la
ayuda del obstetra para facilitar su paso a través del cuello del útero.
El inventor del primer fórceps fue el doctor Guillaume Chamberlen, un médico
francés que vivió a mediados del siglo XVI. Durante su adolescencia se trasladó
a Inglaterra y se estableció en Southampton, en donde llegó a ser un partero
reconocido, ya que podía «hacer parir a mujeres que nadie más lo podía hacer».
El modelo del fórceps que utilizaba el doctor Chamberlen difería en pequeños
detalles de los que se usaban por aquel entonces.
El hijo mayor del doctor Chamberlen, Peter el Viejo (1560-1631) también fue
obstetra, pero en lugar de seguir con la consulta de Southampton se estableció
en Londres, donde adquirió cierto renombre. Durante toda su vida mantuvo oculto
el secreto de los fórceps y tan sólo se lo transmitió a su dos hijos (Hugh y
Peter), ambos también obstetras y continuadores de la tradición paterna.
Hugh Chamberlen afirmó en cierta ocasión: «Mi padre, mi hermano y yo somos los
únicos que practicamos en Europa un medio de dar a luz que no causa perjuicios
a la madre ni al chico, todo ello gracias a la bendición de Dios y a nuestros
esfuerzos personales».
Fórceps de Chamberlen. El inventor de los fórceps protegía celosamente su
invención: cuando se trasladaba a la casa de una parturienta llevaba una caja
de enormes dimensiones envuelta en paños negros, para despistar a la
concurrencia, y exigía que le dejasen a solas con aquella, a la cual cubría con
una sábana para evitar que pudiera contar cómo era el codiciado instrumental
que utilizaba.
Los
fórceps permanecieron en manos de la familia Chamberlen durante más de un
siglo, hasta que Hugh vendió una de las ramas del fórceps a un obstetra
holandés, el doctor Roonhuysen, quien, a su vez, puso la invención en
conocimiento de un cirujano flamenco, Jean Palfyn (1650-1730), que era profesor
de la Universidad de Gante, en la actual Bélgica. Durante años, Palfyn se
dedicó a perfeccionar el fórceps y, con la ayuda de un herrero, creó la segunda
cuchara, y para unir ambas ramas ideó una mordaza. En 1720, el doctor Palfyn
viajó hasta París y presentó su aportación ante la Academia Francesa de las
Ciencias, atribuyéndose su invención y bautizándolo con el nombre de tire-tête («extractor
de la cabeza»), razón por la cual, durante mucho tiempo, se le atribuyó
erróneamente la paternidad de los fórceps.
Durante unas décadas la utilización de los fórceps fue anecdótica, ya que no se
conocía con exactitud en qué tipo de situaciones debían emplearse. En 1752 el
obstetra inglés William Smellie (1697-1763) dio un paso hacia delante en este
sentido al hacer públicas sus experiencias con los fórceps y describir los
síntomas que hacían recomendable su empleo. Además, Smellie añadió un nuevo
detalle al diseño, al revestir de cuero la empuñadura de los fórceps para que el
sonido metálico no asustase a la madre.
El
primer higienista de la historia
Hasta
el siglo XVII ningún médico se había preocupado por estudiar en profundidad qué
tipo de medidas sociales o urbanísticas se podían llevar a cabo para poder
mejorar la salud de una ciudad o un estado. En 1654 nació en Roma Giovanni
Maria Lancisi, médico personal de los papas Inocencio XI, Clemente XI e
Inocencio XII, y consejero del rey francés Luis XIV; en 1705 se le encomendó
que estudiara cuáles eran las causas de un elevado número de muertes bruscas e
inexplicables que había en Roma en aquel momento. Durante dos años estudió los
historiales clínicos y las autopsias de los fallecidos, y su investigación se
materializó en la publicación De subitantis moribus(Muerte súbita),
en donde relacionaba el hecho de tener un corazón grande (cardiomegalia) con la
posibilidad de fallecer por muerte súbita, esto es, de forma repentina sin
haber padecido ningún tipo de síntomas con anterioridad.
Doce años después publicó De noxiis paludum effluvis (De
los nocivos palúdicos), obra en la cual se asocia por vez primera que en
las zonas con aguas estancadas haya una mayor incidencia de fiebres palúdicas
entre los lugareños. Además, en este libro se baraja la posibilidad de que el
paludismo pueda transmitirse mediante la picadura de los mosquitos (en la
actualidad sabemos que se transmite por la picadura del mosquito Anopheles).
Para evitar esta enfermedad infecciosa, Lancisi insistía en la necesidad de
sanear los terrenos anegados y pantanosos.
Microscopio inventado por Van Leeuwenhoek. Este comerciante fue el primero
en descubrir «pequeños animales» microscópicos, lo que actualmente conocemos
con el nombre de bacterias y protozoos. También hizo visible la estructura
microscópica de las plantas y fue el primero en ver los espermatozoides
humanos.
Los
primeros microscopios
Los
avances conseguidos en el campo de la física posibilitaron que se progresara en
innovaciones diagnósticas médicas y, en este sentido, uno de los inventos más
importantes de esta época fue la aparición del microscopio, que permitió a los
médicos descubrir un mundo desconocido hasta ese momento. Desde la Antigüedad,
se sabía que cuando los objetos se observan a través de una esfera de cristal
parecen de mayor tamaño de lo que son, pero no fue hasta finales del siglo XVI
cuando el óptico holandés Zacharías Janssen (1580-1638) consiguió fabricar el
primer microscopio. Se trataba de un aparato rudimentario que consistía en un
tubo con unas lentes de 8 centímetros, soportado por tres delfines de bronce.
Las lentes que utilizó Janssen eran de tan mala calidad que las imágenes que se
obtenían eran borrosas.
Antón van Leeuwenhoek (1632-1723), un burgués holandés que se dedicaba al
comercio de paños, perfeccionó el primer microscopio utilizando unas lentes de
mejor calidad con las que conseguía 200 veces de aumento. A lo largo de las
décadas siguientes perfeccionó su invento, tallando lentes biconvexas y
consiguiendo imágenes más nítidas. Leeuwenhoek fue el primero que consiguió ver
los espermatozoides, los glóbulos rojos, algunos tipos de bacterias y las
fibras musculares.
Con la ayuda de este invento, un profesor de Medicina de la Universidad de
Pisa, Marcello Malpighi (1628-1694), logró en 1660 ver las uniones entre las
arterias y las venas (capilares) en las alas de un murciélago, de manera que,
con ello, conseguía la respuesta que con tanto ahínco buscó Harvey. Durante los
años siguientes profundizó en el estudio microscópico de los pulmones y riñones
humanos, descubriendo los alvéolos pulmonares y los glomérulos renales (la
unidad anatómica y funcional del riñón). Por todos estos hallazgos, Malphigi es
considerado el fundador de la histología (ciencia de la medicina encargada de
estudiar los tejidos) y la anatomía microscópica.
La
teoría de los miasmas
A lo
largo del Renacimiento pudimos comprobar cómo la teoría humoral de Hipócrates
seguía plenamente vigente, en el siglo XVII se va a producir un gran cambio en
este sentido, un médico inglés, Thomas Sydenham, postula una nueva teoría sobre
la forma de entender las enfermedades, como ahora veremos.
El gran clínico de la medicina barroca fue Thomas Sydenham (1624-1689),
apodado El Hipócrates inglés. Su concepción de la medicina supuso,
como ahora veremos, un cambio radical en la conducta del médico ante el paciente,
ya que retomó la idea hipocrática de lo importante que es realizar un análisis
minucioso de los síntomas del paciente para llegar a un diagnóstico correcto.
En su tratado sobre la gota, Thomas Sydenham escribió: «Ataca en la mayoría
de los casos a aquella gente mayor, que en tiempos anteriores vivió de manera
opulenta, con comidas abundantes acompañadas de vino y otros licores, y que
luego se volvieron más perezosos, dejaron de lado el ejercicio físico, al que
estaban acostumbrados en su juventud…».
Defendía
que unas enfermedades pueden distinguirse de otras a partir de una serie de
síntomas y signos característicos, los cuales constituyen un cuadro clínico, al
que Sydenham denominó especie morbosa. En definitiva, rechazó la
teoría de los cuatro humores y sentó las bases de la actual medicina clínica.
Sydenham desarrolló una teoría en la que distinguía enfermedades agudas y
crónicas, de modo que la separación entre ambas no sólo se basaba en la
duración de la sintomatología, sino también en la evolución clínica de la
enfermedad.
Postulaba que muchas enfermedades se producían por emanaciones fétidas —a las
que denominó miasmas—, procedentes de materia en descomposición, de
aguas estancadas o bien procedentes del cuerpo de personas enfermas. Los
miasmas serían los responsables de que las personas sanas tuviesen
enfermedades. Además fue el primero en distinguir enfermedades tan frecuentes
en aquella época como la gota, el sarampión, la histeria, la viruela, la
neumonía o la escarlatina. Su tratado sobre la gota, titulado Tractatus
de podagra et hydrope(Tratado de podagra e hidropesía) es considerado su
gran obra maestra.
Bachilleres,
licenciados y doctores
Las
principales facultades de Medicina de España durante este período fueron las de
Salamanca, Valladolid, Alcalá de Henares, Barcelona, Zaragoza, Lérida y
Valencia. Únicamente en ellas existían todas las cátedras que se consideraban
imprescindibles para obtener una formación médica completa. La docencia era
fundamentalmente teórica y se impartía leyendo los textos de los autores
clásicos y comentando las cuestiones que se planteaban de su lectura: la
enseñanza práctica se limitaba a las autopsias.
En las universidades españolas se concedían, tras haber superado las pruebas de
evaluación, tres títulos: bachiller, licenciado y doctor. El primero, el de
bachiller, se obtenía después de completar los estudios universitarios, mas era
un título insuficiente para desarrollar la práctica médica. Al bachiller se le
exigía realizar lo que ahora llamaríamos prácticas, que consistían
en acompañar durante al menos dos años a un médico experimentado (que cobraba
por estas enseñanzas). Una vez terminado este proceso de aprendizaje, el
bachiller regresaba a la universidad, en donde era examinado para poder
comprobar su pericia y, si pasaba con éxito la prueba, obtenía una licencia —de
ahí el nombre de licenciado— con la que podía ejercer la medicina.
Si el licenciado estaba interesado podía prolongar sus estudios durante algunos
años más, hasta que, superando un nuevo examen, obtuviese el grado de doctor,
que le permitía acceder a la enseñanza médica.
La palabra doctor originalmente no se refería a un grado
académico sino a un estatus social, ya que deriva del vocablo latino docto,
que hace alusión a la persona que ha adquirido más conocimientos que los
ordinarios. Como ya hemos visto en otros capítulos, los médicos de las
civilizaciones de la Antigüedad poseían conocimientos en muchas otras
disciplinas (aritmética, historia, geometría…) además de los propios de su
profesión, lo que propició que se empezasen a utilizar como sinónimos los
vocablos médico, sabio y docto,
manteniéndose hasta la actualidad el de médico y doctor.
Los
polvos de la condesa
Una
de las enfermedades que hizo estragos en la Europa del siglo XVII fue la fiebre
palúdica, la cual se manifestaba con fiebre intermitente, cefalea y
aletargamiento intenso, y en muchos casos desembocaba en la muerte del
paciente. Esta enfermedad también era conocida con otros nombres: tercianas,
cuartas o fiebres intermitentes. Los médicos de la época no conocían ningún
remedio eficaz para combatirla y tenían que recurrir a las sangrías y a los
purgantes, que en muchas ocasiones no sólo no tenían ningún efecto beneficioso
para el paciente sino que aceleraban su muerte.
En 1638 el rey español Felipe IV envió como virrey del Perú a Luis Jerónimo
Fernández de Cabrera y Bobadilla, cuarto conde de Chinchón. El noble viajó
hasta Sudamérica acompañado de su segunda esposa, Francisca Enríquez de Rivera.
Al poco tiempo de la llegada la condesa se sentía indispuesta, cansada y
fatigada, síntomas que los galenos del virrey atribuyeron al largo y pesado
viaje desde España.
Planta corteza de la quina. En 1742 el botánico sueco Charles von Linneo
(1707-1778) bautizó la planta de la quina con el nombre científico de Chinchona
officinalis, en honor a la condesa de Chinchón.
Sin
embargo, la aparición de fiebres intermitentes no dejó dudas diagnósticas, la
virreina había enfermado de tercianas. A pesar de los esfuerzos del médico
personal del virrey, Juan de la Vega, las fiebres no cedían y la situación se
hacía cada vez más crítica, se temía por la vida de la virreina. El confesor
del virrey, Diego Torres de Vázquez, comunicó a Juan de la Vega que los nativos
empleaban la corteza del árbol de la quina para curar las fiebres tercianas. El
temor de que aquel remedio (unos polvos) pudiese causar daños irreparables en
la salud de la virreina hizo que se probase primero entre los enfermos del
hospital de Lima, para analizar sus efectos. Cuando Juan de la Vega observó que
los enfermos mejoraban espectacularmente no tuvo ninguna duda en
administrárselo a la virreina.
A los pocos días de haber empezado con el tratamiento las fiebres de la
virreina remitieron. De esta forma la condesa de Chinchón se convirtió en la
primera europea en recibir la quina para tratar las fiebres palúdicas. Al año
siguiente, Juan de la Vega regresó a España llevándose algunos ejemplares de la
corteza de quina consigo e introduciendo el tratamiento en Europa, donde fue
conocido como «los polvos de la condesa».
Hay otras versiones que ponen como protagonista de esta historia a Ana de
Osorio, la primera esposa del conde de Chinchón, sin embargo, esta mujer nunca
llegó a viajar al Nuevo Mundo ya que falleció antes de que su marido fuese
nombrado virrey de Perú.
En poco tiempo la difusión de la corteza de la quina como tratamiento
antipalúdico se extendió como la pólvora por los países europeos y fue un
jesuita, el cardenal y filósofo Juan de Lugo, el que la introdujo en Roma. Este
religioso se la regaló al médico del papa Inocencio X, que en ese momento
estaba enfermo de fiebres palúdicas. El pontífice comenzó a restablecerse pocos
días después de empezar el tratamiento y, como muestra de agradecimiento, no
sólo respaldó su administración en los países católicos sino que emitió una
cédula papal en la que se especificaban las instrucciones para su uso y se
concedía a los jesuitas el monopolio de su distribución por Europa. Por este
motivo la quina pasó a llamarse «corteza de los jesuitas» o «polvo de los
jesuitas». Esta nueva denominación fue contraproducente ya que en muchos países
protestantes su uso fue prohibido, tal y como sucedió en Inglaterra. Fue
precisamente Sydenham, al que nos referimos anteriormente, el primero en
utilizarlo en la corte inglesa.
Transfusiones
de sangre
Retrocedamos
algo en el tiempo. El primer intento de transfusión sanguínea del que tenemos
noticia ocurrió en 1492, cuando el papa Inocencio VIII entró en coma y los
galenos romanos pensaron, sin que existiera ningún tipo de evidencia científica
y cuando todos los tratamientos de la época habían fracasado, que lo único que
podría devolverle la salud al pontífice sería la administración de sangre
humana.
Grabado en el que se muestra la transfusión del cirujano francés Jean
Baptiste Denis. En su diario escribió el desenlace del experimento: «Estaba en
el proceso exitoso de recibir la transfusión… pero algunos minutos después… su
brazo se calentó, su pulso aceleró, el sudor brotó sobre su frente, se quejaba
de fuertes dolores en los riñones y en el estómago, su orina era obscura, negra
de hecho… luego murió…».
No
se sabe por qué motivo los médicos pontificios eligieron sangre humana y no la
de cualquier otro animal, suponemos que la elección tendría su fundamento en
que se trataba de un paciente egregio. Como en aquel momento todavía no se
conocía la circulación sanguínea, se decidió desangrar a tres niños de diez
años y se dio a beber la sangre al pontífice. El resultado fue la muerte del
papa y de los tres niños.
Los médicos volvieron a retomar la posibilidad de realizar transfusiones de
sangre cuando William Harvey descubrió la circulación mayor y se dispuso de
jeringuillas para poder canalizar una vena y una arteria. En febrero de 1665,
el anatomista inglés Richard Lower transfundió a un perro la sangre de otro
perro. Pocas horas después de la transfusión ambos animales fallecieron. Este
fracaso no fue óbice para que tan sólo dos años después se administrase a un
paciente la sangre de un cordero, en esta ocasión nuevamente la transfusión fue
un fracaso y el paciente falleció.
En 1667, el cirujano francés Jean Baptiste Denis, médico del rey Luis XIV de
Francia, realizó en la Universidad de la Sorbona una transfusión a un hombre
joven, Antoine Mauroy, aquejado de locura. En esta ocasión el donante fue una
oveja pero el resultado fue el mismo que en los anteriores intentos.
Como quiera que en aquella época no se conocían los grupos sanguíneos no es de
extrañar que en todas las transfusiones falleciera irremediablemente el
receptor de la sangre. Esta falta de éxito provocó que en 1670 se prohibieran
por ley estas prácticas terapéuticas en Francia, prohibición que fue secundada
por el papado y el Parlamento inglés.
Estadística
vital
Una
de las grandes novedades epidemiológicas del siglo XVII fue la aparición de las
estadísticas demográficas. Un ciudadano inglés llamado John Graunt (1620-1674)
publicó en 1662 Natural and political observations (Observaciones
naturales y políticas), en donde recogió datos estadísticos verdaderamente
interesantes: un tercio de los niños nacidos vivos fallecía antes de los 5
años, 2 de cada 9 personas morían por una enfermedad aguda y 70 de cada 229 lo
hacía por una enfermedad crónica. Estamos ante los primeros datos
epidemiológicos sanitarios de la historia. Además, Graunt observó que el 7 % de
la población fallecía a una edad avanzada y que sólo una de cada 4.000 personas
lo hacía a causa del hambre en Londres.
§. La Ilustración: el siglo de los cirujanos
El siglo XVIII fue una época de numerosos avances científicos y de desarrollo
de teorías filosóficas, químicas y físicas que, como más adelante veremos,
repercutirían positivamente en los avances de la medicina.
Período de grandes cambios, en él la moral y la fe fueron sustituidas por la
razón y la ciencia. No obstante, no todo fueron avances y la superstición y el
curanderismo no desaparecieron totalmente. En este sentido, por ejemplo, un
papa, Benedicto XIV (1740-1758), utilizó por vez primera el término influenzapara
referirse a la gripe, ya que tenía la certeza absoluta de que la enfermedad
estaba provocada por la «influencia» de los astros.
En el campo médico se produjeron grandes adelantos en el área social, se
mejoraron las condiciones higiénicas de las ciudades, surgió el concepto de
prevención de enfermedades y las condiciones de vida de las personas empezó a
ocupar un lugar destacado en el estudio de las enfermedades. A lo largo de este
siglo poco a poco el clima —el factor más importante de la medicina
hipocrática— pasó a ocupar un segundo plano. En este sentido, el médico
italiano Bernardo Ramazzini (1633-1714) fue un pionero de la medicina social ya
que ideó y desarrolló la salud ocupacional y la medicina del trabajo. Su
contribución más importante fue la publicación en 1700 de una obra
titulada De morbis artificum diatriba (Enfermedades de los
trabajadores), en la que describió de forma pormenorizada un elevado número de
enfermedades profesionales. Este libro es considerado el primer tratado de
medicina laboral, un hito de la investigación de los factores sociales que
causan y favorecen la aparición de enfermedades. Fue el fruto de un largo
estudio en el que Ramazzini analizó cuáles eran las enfermedades propias de más
de cien profesiones diferentes, entre las que se encontraban los artesanos
sucios (curtidores, queseros, jaboneros, enterradores, comadronas), los
artesanos polvorientos (panaderos, molineros, tabaqueros), los artistas y
artesanos que permanecen de pie, sentados o deambulando, los soldados, los
médicos, los trabajadores del agua (pescadores, navegantes)… El estudio de
Ramazzini abrió las puertas a un campo nuevo, se comprobó cómo al modificar los
factores sociales y laborales se puede disminuir un elevado número de
enfermedades propias de una profesión.
Un
escocés derrota a la peste del mar
Ramazzini
señaló que entre las causas que hacían fracasar las grandes travesías marítimas
se encontraban los peligros del mar, las enfermedades de los marineros y la
hambruna. La dieta de la tripulación de aquella época carecía casi por completo
de vitaminas, especialmente de vitamina C, de manera que a las pocas semanas de
comenzar un viaje transoceánico un gran número de marineros tenía los síntomas
característicos de este déficit: debilidad, sangrado de encías, lesiones
cutáneas, hinchazón de miembros inferiores… Actualmente sabemos que estos
síntomas son debidos a una enfermedad denominada escorbuto y que es producida
por la falta de vitamina C, pero en aquel momento se desconocía cuál era su
causa y, por tanto, la forma de combatirla. El escorbuto provocaba tantas
muertes entre la tripulación que también fue denominada la peste del
mar.
Una de las mejores descripciones de esta enfermedad fue realizada en 1535 por
el navegante francés Jacques Cartier: «Esa enfermedad desconocida empezó a
hacer estragos entre nosotros, bajo una forma muy rara de la que nunca habíamos
oído hablar y que jamás habíamos visto. De tal manera que algunos enfermos
perdieron por completo las fuerzas y no se podían sostener de pie.
Luego se les hincharon las piernas, los músculos se atrofiaron y se pusieron
negros como carbón. Otros tenían la piel cubierta de manchas de sangre púrpura
desde el tobillo hasta la rodilla, en los muslos, hombros, brazos y cuello. Les
apestaba el aliento y las encías estaban tan pútridas que la carne se desprendía
hasta en la raíz de los dientes que se descarnaban casi todos».
En 1753 después de revisar todo lo que se había publicado en torno al
escorbuto, James Lind escribió: «No es sencillo desarraigar los prejuicios […]
resultó esencial mostrar una visión completa e imparcial de lo que hasta ese
momento se había publicado sobre el escorbuto […] De hecho, antes de que el
tema se pudiera explicitar clara y correctamente, fue necesario eliminar una
gran cantidad de basura».
James
Lind (1716-1794) fue un médico escocés que, a bordo del buque Salisbury,
tuvo la oportunidad de observar en 1746 y 1747 cómo el escorbuto hacía estragos
en la armada inglesa, diezmando la tripulación de los barcos: durante dos
travesías que duraron diez y once semanas, respectivamente, contabilizó el
fallecimiento de 280 marineros de los 350 que habían enfermado de escorbuto.
Aquellas experiencias debieron sobrecogerle profundamente y hacerle pensar de
qué forma se podían evitar todas aquellas muertes. Fruto de sus reflexiones fue
la puesta en marcha de un experimento innovador. El hecho sucedió el 20 de mayo
de 1747, día en el cual Lind decidió dar diferentes alimentos a 12 marineros
que habían contraído el escorbuto a bordo del buque Salisbury.
Estamos ante el primer ensayo clínico de la historia de la medicina y se
produjo a bordo del buque Salisbury: « […] todos tenían las encías
podridas, manchas en la piel, laxitud y debilidad de las rodillas y tuvieron la
misma dieta: gachas endulzadas con azúcar, caldo de cordero, budines, galleta
cocida con azúcar, cebada, arroz, pasas y vino. Dos de estos enfermos
recibieron diariamente, de forma extra, un cuarto de galón de sidra tres veces
al día, otros dos tomaron dos cucharadas de vinagre tres veces al día; dos de
los más graves recibieron media pinta de agua de mar; otros dos recibieron dos
naranjas y un limón al día. Dos más recibieron 25 gotas de elixir de vitriolo
tres veces al día. Los dos enfermos restantes tomaron semilla de nuez moscada
tres veces al día y una mezcla de ajo, semilla de mostaza, bálsamo del Perú y
resina de mirra…».
El resultado del estudio fue espectacular: al cabo de seis días de iniciado el
tratamiento uno de los enfermos de los dos que habían recibido naranjas y limón
pudo reanudar su trabajo y el otro que recibió este tratamiento tuvo una
recuperación rápida y completa a lo largo de los siguientes días. El resto de
los marineros empeoraron, a excepción de los dos marineros que habían recibido
la sidra, que tuvieron una leve mejoría. La conclusión que Lind obtuvo de este
experimento fue que los cítricos ayudaban a combatir el escorbuto, si bien es
cierto que desconocía por qué motivo.
El médico escocés dio a conocer sus resultados a la comunidad científica en
1753, seis años después de su primer ensayo, con la publicación de Tratado
sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto, donde recalcó
la efectividad de los jugos de los cítricos contra dicha enfermedad. A pesar de
la eficacia del tratamiento la noticia fue acogida con escepticismo, tanto
entre la clase médica como en el gobierno inglés, y por razones inexplicables
los cítricos no fueron incluidos en la dieta de los marineros hasta 1789. A
partir de ese momento los marineros enfermos por escorbuto disminuyeron drásticamente
a bordo de los barcos ingleses, motivo por el cual la medida fue copiada por el
resto de los países europeos.
La
primera vacuna
El
escorbuto fue una enfermedad que causó numerosas bajas entre la marinería de la
época pero nada comparable con la terrible mortandad que ha ocasionado la
viruela a lo largo de la historia. La viruela es una enfermedad infecciosa que
está causada por el virus variola, el cual, según estudios
paleontológicos, es posible que surgiera hace más de tres mil años en algún
lugar de la actual India, desde donde debió extenderse al resto del planeta.
Sin embargo, la primera prueba tangible de la existencia de esta enfermedad
procede del análisis de algunas momias egipcias pertenecientes a la decimoctava
dinastía (1580-1350 a. C.). El término viruela procede del
vocablo latino varus, que significa «postilla», en alusión a las
costras que aparecían en la piel de los pacientes afectos de esta infección.
Generalmente la enfermedad cursaba con fiebre elevada y con la aparición de
lesiones sobre elevadas en la piel con líquido en su interior (vesículas).
Lejos de ser una enfermedad benigna, durante siglos fue responsable de una
altísima mortalidad, hasta el punto de convertirse en una de las principales
causas de muerte, de tal modo que en algunas civilizaciones de la Antigüedad no
daban nombre a los niños hasta que no contraían la enfermedad y sobrevivían a
ella. Se estima que a finales del siglo XVIII fallecían en Europa unas
cuatrocientas mil personas a causa de viruela todos los años y la mayoría de
los enfermos que sobrevivían a ella quedaban con secuelas para el resto de su
vida, habitualmente en forma de cicatrices faciales que les afeaban el rostro,
pero en otros casos las secuelas eran más graves, llegando a producir ceguera.
A pesar de que en la actualidad es una enfermedad que está totalmente
erradicada del planeta en la India a los recién nacidos todavía hoy se les
llama genéricamente kumará, que en hindú significa «muere con
facilidad» (del hindú ku, «fácil»; y mará, «muerte»),
en alusión a la altísima mortalidad infantil por viruela.
Sin duda, el progreso médico más importante del siglo XVIII que el desarrollo de
una vacuna efectiva y segura contra la viruela, gracias a la cual se redujo de
forma considerable la mortalidad, sin embargo, este tratamiento no fue el
primero que se usó para combatir la enfermedad intentando estimular el sistema
inmune de nuestro organismo. Al parecer el tratamiento se inició en algún punto
no determinado de la actual Turquía hace muchos siglos, algunos estudiosos se
inclinan a pensar que se inició en la época de Mitrídates VI, rey del Ponto,
que vivió en el siglo I a. C., al que ya nos hemos referido en otros lugares de
este libro. El tratamiento recibió el nombre de variolización y
consistía en administrar a personas sanas, y que nunca habían pasado la
enfermedad, una pequeña cantidad del líquido que contenían las vesículas de los
pacientes con viruela. Al parecer las personas inoculadas desarrollaban una
forma leve de viruela, que se caracterizaba por ser menos letal y dejar menos
secuelas, pero que al mismo tiempo las protegía frente a la enfermedad.
Esta práctica era desconocida para los europeos hasta que llegó a
Constantinopla Mary Wortley Montagu (1689-1762) en calidad de embajadora
inglesa. El personal que trabajaba para ella debió de explicarle en qué
consistía y los beneficios que se obtenían, porque cuando regresó en 1718 a Inglaterra
trató de hacerla extensiva. La variolización no obtuvo los adeptos entre los
médicos ingleses de la época que la aristócrata había pensado, ya que no se
conocía cuál era la cantidad idónea de líquido que se requería para conseguir
la protección frente a la enfermedad y porque además existía el riesgo de que
una persona sana desarrollase una forma severa de aquella y falleciese. Por
este motivo este tratamiento cayó en el olvido.
Algunos años después Edward Jenner (1749-1823), un médico rural inglés, observó
que en las manos de las mujeres que ordeñaban las vacas enfermas de una
patología benigna llamada vaccina o vacuna (en
inglés, cow pox), bastante similar a la viruela humana, aparecían
unas erupciones similares a las que había en las ubres de las vacas. Las
lesiones de las manos de las ordeñadoras desaparecían en pocos días y las
mujeres, de forma «milagrosa», quedaban protegidas frente a la viruela.
Jenner, que además conocía la variolización que había tratado de difundir ladyMontagu,
dedujo que la viruela bovina y la viruela humana eran dos afecciones idénticas
y que, por algún motivo que desconocía, cuando el ganado vacuno infectaba al
ser humano la enfermedad era mucho más leve. Por ese motivo, Jenner decidió
realizar un experimento que tendría una trascendencia importantísima en la
historia de la medicina: el 14 de mayo de 1796 inoculó a un niño llamado James
Phipps parte del líquido de una vesícula de una granjera que había adquirido la
enfermedad de las vacas (vaccina). Al principio el niño presentó
fiebre elevada, lesiones cutáneas (vesículas) y malestar general, pero al cabo
de pocos días comenzó a recuperarse hasta que se curó. Era evidente que James
había padecido la viruela de las vacas, pero no de forma directa sino tras el
contagio de un ser humano, ahora a Jenner le quedaba saber si el niño estaba
protegido frente a la viruela humana, para ello algunos días después inoculó a
James líquido procedente de vesículas de un paciente con viruela humana. En
esta ocasión el niño no enfermó, por lo que se podía concluir que estaba
protegido contra la enfermedad, ahora diríamos inmunizado. Jenner repitió
durante los meses siguientes este experimento y obtuvo resultados similares; no
había duda, el tratamiento era efectivo para prevenir la viruela.
La palabra vacunación no fue utilizada por Jenner en sus
publicaciones, sino que fue acuñada en 1880 por el científico francés Louis
Pasteur, al que nos referiremos más adelante.
Edward Jenner. Aunque aparentemente su hallazgo pueda parecer similar a la
variolización, se diferencia en que el líquido que se inocula a la persona sana
no era de vesículas de virus de la viruela humana, sino de virus de la viruela
vacuna.
El
término vacuna deriva del vocablo latino vaccine,
que significa ‘de la vaca’, clara alusión al trabajo realizado por Jenner, que
había inmunizado a personas sanas a partir de la viruela bovina. La efectividad
del método fue reconocida, alabada e incorporada en la práctica totalidad de
los países europeos en muy poco tiempo.
Aparece
la percusión
No
todo fueron adelantos terapéuticos, también los hubo diagnósticos, entre ellos
el más importante fue el de la percusión. Su introducción en la práctica
clínica como método auxiliar para el diagnóstico clínico se lo debemos al
médico austriaco Leopoldo Auenbrugger (1722-1809), hijo de un posadero. Durante
su niñez y adolescencia tuvo la ocasión de ver cómo su padre golpeaba los
toneles de vino para determinar el nivel de la bebida. Cuando acabó sus
estudios médicos aplicó ese sistema para conocer si en la cavidad torácica o en
la cavidad abdominal de sus pacientes había líquido, sus hipótesis eran
confirmadas en aquellos pacientes que fallecían con la autopsia. De esta forma
Auenbrugger pudo desarrollar su teoría y, en 1760, la sintetizó en su
obra Inventum novum (Nuevo invento), un opúsculo de 95 páginas
en donde no sólo se limitó a explicar en qué tipo de enfermedades podría ser
útil, sino que además recomendaba cómo debía realizarse: de forma suave, con
las puntas de los dedos juntas, a manera de martillo, y con el tórax del
enfermo cubierto con la camisa o con un pañuelo. Auenbrugger explicaba en su
libro que el sonido del pecho sano es análogo al de un tambor golpeado a través
de un grueso paño de lana, mientras que si existe algún tipo de enfermedad el
sonido puede ser «más alto, más profundo, más claro, más oscuro o, simplemente,
estar abolido».
A pesar de que se trataba de un método innovador y barato pasó totalmente
inadvertido y no tuvo ningún tipo de interés médico hasta que en 1809 uno de
los doctores del emperador francés Napoleón Bonaparte, Jean Nicolas Corvisart,
al que tendremos ocasión de referirnos más adelante, reconoció su importancia y
facilitó su difusión. En el momento actual la percusión es uno de los métodos
exploratorios más utilizados por los clínicos para el diagnóstico de
enfermedades torácicas y abdominales.
Magnetismo
animal
Como
hemos visto, James Lind, Edward Jenner o Leopoldo Auenbrugger demostraron la
eficacia de tratamientos o herramientas diagnósticas desconocidas hasta ese
momento a partir de experimentos clínicos en los cuales a partir de una
hipótesis de trabajo se analizaban los resultados obtenidos. Sin embargo, no
todos los tratamientos que surgieron a lo largo del siglo XVIII respondían a
este esquema de trabajo.
Las revolucionarias técnicas curativas que propuso el médico austriaco Franz
Anton Mesmer (1734-1815) convulsionaron los círculos médicos de la Europa de
finales del siglo XVIII. Este galeno afirmaba que era capaz de lograr la
curación de numerosas enfermedades únicamente pasando extrañas cubetas sobre el
cuerpo de los pacientes o bien mediante la imposición de sus manos.
En 1775, Anton Mesmer desarrolló un sistema de magnetización colectiva, que
consistía en colocar en el interior de una gran cubeta agua, limaduras de
hierro, azufre, imanes y vidrio molido, unidos por alambres. Los pacientes
debían hundir en ellos unas varillas de hierro y aplicar el extremo libre sobre
sus zonas afectadas. Los resultados que obtenía en los enfermos respaldaban las
hipótesis del galeno austriaco.
En
contra de lo que pudiera pensarse, Mesmer no era un charlatán o una persona sin
formación académica, se había doctorado en Medicina por la Universidad de Viena
en 1766. Durante varios años se dedicó a estudiar y desarrollar su teoría del
magnetismo animal, según la cual afirmaba que las fuerzas de atracción de los
cuerpos celestes influían en el sistema nervioso humano.
En 1774 decidió poner su teoría en práctica y aplicó varios imanes sobre las
piernas doloridas de una paciente, al cabo de unos minutos la enferma refirió
una clara mejoría de su sintomatología, lo cual afianzó su creencia de que en
todos los cuerpos astrales y en todos los seres vivos existe un fluido
universal, una fuerza que se relaciona con el magnetismo terrestre y que
influye en los fenómenos fisiológicos de nuestro organismo.
Mesmer pensaba que si actuaba de forma adecuada sobre esa energía podría curar
numerosas enfermedades. Durante los años siguientes abandonó los imanes y pasó
a aplicar directamente sus manos sobre los pacientes. El éxito que cosechó
Mesmer en su país hizo que ampliase sus miras científicas y, por ello, se
trasladó en 1778 a París en busca de una mayor clientela y de un reconocimiento
internacional. En la capital francesa publicó Mémoire sur la découverte
du magnétisme animal (Memoria sobre el descubrimiento del magnetismo
animal), que fue un verdadero éxito y que convirtió al magnetismo en un
tratamiento de moda. Por la consulta de Mesmer pasaron hombres tan influyentes
como el marqués de La Fayette, el barón de Montesquieu o el rey Luis XVI.
En 1885 la facultad de Medicina de París inició una campaña de desprestigio
contra Mesmer, oponiéndose frontalmente a la falta de experimentación de los
tratamientos del médico austriaco. Lograron que se generara una enorme
oposición por parte de la opinión pública francesa y que sus sesiones fuesen
prohibidas en todo el territorio francés. La comunidad científica emitió un
comunicado en el que afirmaba de forma tajante que no existía ningún fluido
universal y que los resultados obtenidos por Mesmer se debían únicamente a la
imaginación de los pacientes. El médico austriaco se vio obligado a dejar
Francia y sus tratamientos cayeron en el olvido muy poco tiempo después.
Anton Mesmer, lejos de pasar a la historia por ser un curandero o charlatán,
merece tener su reconocimiento por ser uno de los precursores de la moderna
psiquiatría, ya que el mesmerismo sentó las bases de la hipnosis, un
tratamiento con bases científicas, como tendremos ocasión de comprobar en el
próximo capítulo.
Escuelas
para cirujanos
Abandonemos
a los clínicos y pasemos a ocuparnos de los anatómicos y de los cirujanos. El
anatómico más influyente del siglo XVIII fue el francés Marie-François Xavier
Bichat (1771-1802), creador del método anatomoclínico, vigente en la
actualidad, que no era sino una nueva manera de entender las enfermedades
basada en la relación que existe entre los síntomas (cuadro clínico) y las
lesiones que se producen en los órganos. Desarrolló la teoría de que los seres
vivos no son una simple asociación de órganos que están próximos entre sí, sino
que son una intrincada red de tejidos, una forma de entender las enfermedades
que persiste en la actualidad.
A pesar de los numerosos avances clínicos a los que hemos hecho referencia si
algo caracterizó al siglo XVIII en lo que a la medicina se refiere fueron las
innovaciones quirúrgicas. En esta centuria se crearon centros superiores de
enseñanza destinados exclusivamente a la formación de cirujanos, en los que se
impartían unos conocimientos similares a los de las universidades, pero con la
diferencia de que el alumnado estaba formado exclusivamente por futuros
cirujanos. Con esta filosofía se crearon en Francia las Escuelas Prácticas de
Cirugía en París, Chopart y Desault. En España los centros de enseñanza
quirúrgica recibieron el nombre de Reales Colegios de Cirugía, y surgieron en
varias ciudades españolas, el primero que se fundó fue el de Cádiz (1748), al
que siguieron el de Barcelona y el de San Carlos en Madrid. Poco a poco los
cirujanos dejaron de ser considerados médicos de segunda división y se
equipararon al resto de los médicos. En esta época destacaron cirujanos de la
talla de William Cheselden, Percivall Pott, John Hunter, Jean-Louis Petit, y
Antonio Scarpa.
William Cheselden (1688-1752) fue un cirujano británico que defendió a capa y
espada la formación universitaria quirúrgica y consiguió que se separasen
definitivamente los cirujanos ingleses de los barberos. Este médico fue un
verdadero entusiasta de las disecciones anatómicas, consideraba que eran
valiosísimas para la docencia de los futuros cirujanos. Se cuenta que Cheselden
compraba cadáveres para poder realizar en ellos las autopsias e impartir
docencia a los alumnos y que en alguna ocasión las autopsias las realizó en el
comedor de su casa.
El discípulo más famoso y aventajado de Cheselden fue Percivall Pott
(1714-1788) quien, además de ser un excelente cirujano, fue un clínico
observador y meticuloso. En 1775 publicó un ensayo titulado Chirurgical
observations(Observaciones quirúrgicas) en el que relacionó una profesión
(deshollinador) con padecer una mayor incidencia de cáncer de escroto;
establecía por vez primera un vínculo directo entre el alquitrán y un tumor.
John Hunter (1728-1793) nació en Long Carderwood, cerca de Glasgow, en Escocia,
en el seno de una familia de agricultores pobres. Durante su juventud se
trasladó a Londres y se formó en el hospital de Chelsea con los doctores
Cheselden y Pott. Hunter entendía que el cirujano era un profesional que
aspiraba a la concepción científica de su labor manual, por lo que en su
actividad profesional compaginó la investigación anatómica con la cirugía. A lo
largo de su vida publicó artículos sobre hemorragias, coagulación de la sangre,
heridas, aneurismas, inflamaciones arteriales… que tuvieron una enorme
repercusión en la comunidad científica. Se puede decir que ningún cirujano ha
influido tanto y de una forma tan profunda y generalizada a lo largo de toda la
historia de la cirugía.
Uno de los cirujanos franceses más brillantes fue Jean-Louis Petit (1674-1760),
que ejerció como cirujano en el hospital de la Charité de París, en donde
también dio clases de cirugía. Se cuenta que sus clases gozaban de tal fama que
a ellas asistían alumnos extranjeros. Petit fue el primer médico en demostrar
que el cáncer de mama se extiende a los ganglios de la axila cuando la
enfermedad está avanzada. El nombre de Scarpa es familiar para los cirujanos y
anatomistas actuales ya que este apellido se emplea para describir al menos
diez estructuras anatómicas, de las cuales la más conocida es el triángulo
de Scarpa, que se encuentra en la ingle. Esta región anatómica trasciende
de vez en cuando a los medios de comunicación ya que algunos toreros han
fallecido a consecuencia de las lesiones producidas por las astas de toro en la
arteria femoral que pasa por el interior del triángulo de Scarpa. Este nombre
está en relación con un cirujano e investigador italiano, Antonio Scarpa
(1752-1832), que además de describir la anatomía de las hernias amplió la
anatomía ocular.
Las
primeras ambulancias
En
el siglo XVIII se produjo el invento de las ambulancias, una de las
aportaciones médicas modernas que más ha colaborado a disminuir la mortalidad
en los campos de batalla. La primera evidencia que existe de una ambulancia
data del siglo X y fue construida en Inglaterra. Como cabe imaginar era muy
elemental, constaba de una hamaca encajada dentro de un carro que era tirado
por caballos. La ambulancia tenía como única finalidad el transporte de heridos
en el campo de batalla. Durante los siglos siguientes el transporte de heridos
de guerra se realizaba en carretas sin techo, los soldados no eran atendidos en
el campo de batalla sino que eran transportados hasta el hospital más cercano,
habitualmente situado a varios kilómetros de distancia, en donde recibían la
atención médica que precisaban. La demora en el tratamiento, habitualmente de
horas, era la responsable de la elevada mortalidad de los combatientes.
La situación cambió en 1792, cuando el cirujano militar francés Dominique-Jean
Larrey (1766-1842), médico de los ejércitos napoleónicos, diseñó lo que él
denominó ambulancias volantes, que hacía referencia tanto al medio
de transporte como al personal de acompañamiento para prestar una mejor
atención médica a los heridos. Ese año había estallado la guerra contra Austria
y Larrey pudo comprobar con sus propios ojos las numerosas bajas que se
producían en el campo de batalla sin que nada se pudiera hacer: «He descubierto
lo difícil que nos resulta desplazar las estaciones de vendaje u hospitales
militares. Según las ordenanzas, debían mantenerse a unos cinco kilómetros del
ejército. Los heridos debían quedar en el campo de batalla hasta el cese de la
lucha…».
Para afrontar este problema, el cirujano francés decidió formar pequeños grupos
de militares constituidos por tres cirujanos, que iban a caballo, y dos
personas que transportaban canastas para trasladar a los enfermos. En lugar de
esperar a que finalizase la contienda para atender a los heridos los cirujanos
acudían al campo de batalla, realizaban una primera atención médica y a
continuación trasladaban a sus compañeros heridos en carruajes ligeros (una
cámara cerrada unida a un carro de dos ruedas ensambladas por medio de muelles
metálicos). Estos dispositivos recibieron el nombre de ambulancias
volantes y fueron un verdadero éxito, ya que disminuyeron notablemente
el número de muertos en el campo de batalla. Larrey fue premiado por esta
invención y el emperador Napoleón Bonaparte le nombró barón y cirujano
honorífico del cuerpo de guardia del emperador en la guerra y en la paz. Los
resultados de este invento fueron tan brillantes que la idea fue copiada por la
mayoría de los ejércitos europeos, todos los cuales pocos años después
disponían de ambulancias volantes en sus ejércitos, disminuyendo con ello de
forma significativa la mortalidad en los campos de operaciones.
Así pues, las primeras ambulancias surgieron como un invento para disminuir la
mortalidad de los heridos en el campo de batalla. Para disponer de ambulancias
civiles habría que esperar al año 1832, cuando tuvieron que ser utilizadas para
trasladar al hospital al elevado número de enfermos que hubo durante un brote
de cólera que se produjo ese año en Londres.
Ambulancias volantes de Dominique-Jean Larrey. Fue una de las grandes
innovaciones de la medicina militar de la época. Eran tiradas por caballos y su
misión era socorrer y transportar a los heridos con la máxima rapidez. Napoleón
Bonaparte legó a Larrey 100.000 francos y en su testamento se refería a él como
el hombre más virtuoso que había conocido.
Todos
los avances a los que hemos hecho mención sentaron las bases definitivas para
que en la centuria siguiente el ejercicio de la medicina fuese cada vez más
científico, más independiente de la experiencia y de la habilidad del médico.
Así mismo, los avances médicos y quirúrgicos se perfeccionarán en aras de una
medicina más moderna, basada cada vez más en la tecnología, como a continuación
veremos.
Capítulo 6
Edad contemporánea: Tecnología aplicada al conocimiento médico
Contenido:
El
siglo XIX: una época de grandes cambios
El siglo XX: nuevos tiempos, nuevos tratamientos
El siglo XXI: del fonendoscopio a la terapia génica
§.El
siglo XIX: Una época de grandes cambios
En el siglo XIX la medicina siguió el rumbo que había iniciado en la centuria
anterior y se produjeron innovaciones quirúrgicas muy relevantes al conseguir
superar las tres barreras que tenían cercenada su evolución: el dolor, la
hemorragia y la infección. Además, es en ese siglo cuando surgieron nuevas
teorías médicas que dieron lugar a terapias totalmente revolucionarias.
La
célula es la parte más elemental de los seres vivos
En
1837, el botánico alemán Jacob Matias Schleiden (1804-1881) descubrió que las
células eran los elementos fundamentales de todos los vegetales y además
distinguió tres estructuras o regiones características dentro de ellas: núcleo,
membrana y citoplasma.
Este concepto sería ampliado también al reino animal en 1839 gracias a los
estudios de su compatriota Theodor Schwann (1810-1882), el cual llegó a la
conclusión de que la célula también era el constituyente básico de los
animales.
En 1852, el alemán Rudolf Virchow (1821-1902) formuló su teoría de la patología
celular, según la cual las células son las unidades más pequeñas del organismo
capaces de sobrevivir aisladas si las condiciones del medio son favorables.
Además, demostró que cada una de sus partes (núcleo, mitocondria, membrana) no
es capaz de sobrevivir de forma aislada a pesar de que haya condiciones
óptimas. Esto le hizo suponer que el lugar anatómico en el que asienta la
enfermedad es la célula, no el tejido como se pensaba hasta ese momento. Este
concepto se mantendría vigente durante más de un siglo.
La teoría celular tan sólo tenía una excepción: el sistema nervioso central.
Durante la mayor parte del siglo XIX prevaleció la idea de que el cerebro era
un entramado en forma de red que carecía de células. A finales de ese siglo el
español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) demostró que semejante hipótesis era
falsa y que, por el contrario, el sistema nervioso estaba formado por
diferentes células individuales (neuronas) conectadas entre sí a través de una
estructura a la que denominó sinapsis.
El perfeccionamiento de los microscopios no sólo permitió profundizar en
aspectos celulares sino que además posibilitó que se pudieran descubrir seres
invisibles a simple vista.
Se
descubren enfermedades causadas por seres microscópicos
A
pesar de que durante siglos se había sospechado que pequeños seres diminutos e
invisibles a simple vista podían provocar enfermedades, nadie lo había podido
demostrar. El italiano Agostino Bassi (1773-1856) tiene el honor de ser el
primero en comprobar experimentalmente que un agente biológico es capaz de
producir una enfermedad epidémica. Fue la conclusión a la que llegó en 1835
después de estudiar durante veinticinco años cierta enfermedad del gusano de
seda (el llamado mal del segno). Demostró que las manchas
blanquecinas que aparecen en la superficie del gusano se debían a la invasión
del hongo Botrytis bassiana.
Cinco años después, el alemán Jacob Henle (1809-1885) dio otro paso en este
sentido al plantear la teoría de que las enfermedades infecciosas están
causadas por seres vivos invisibles y para que un agente biológico sea
considerado el responsable de una enfermedad es condición imprescindible que se
aísle in vitro a partir de los tejidos afectados.
A mediados del siglo XIX una enfermedad, la pebrina, se diseminó por los
criaderos del gusano de seda de toda Europa y amenazó la producción ya que los
gusanos se morían de forma alarmante y los pocos que quedaban producían muy
poca seda. El químico francés Louis Pasteur (1822-1895) aceptó el reto de estudiar
la causa de esta rara epidemia y, en 1869, con la ayuda del microscopio, llegó
a identificar al protozoo Nosema bombycis como el causante de
la enfermedad. Mediante una serie de medidas de control consiguió que la
epidemia remitiese de forma espectacular. Era otra muestra más de que las
enfermedades infecciosas estaban provocadas por microorganismos vivos.
La aportación definitiva a esta teoría la realizó el médico alemán Robert Koch
(1843-1910) al descubrir nuevas técnicas de estudio y medios de cultivo
microbiológicos más eficaces. A lo largo de su vida realizó numerosas misiones
sanitarias por casi todos los continentes tratando de mejorar el conocimiento
de las enfermedades endémicas y epidémicas. Uno de los logros más importantes
que consiguió fue el descubrimiento en 1882 del vibrión colérico —el
microorganismo responsable del cólera— y el del bacilo de la tuberculosis.
Aparece
el primer estetoscopio
Además
del perfeccionamiento de los microscopios se produjeron otros avances
científicos que mejoraron las posibilidades diagnósticas a lo largo de este
siglo, los dos más importantes fueron el estetoscopio o fonendoscopio y la
radiografía, dos herramientas diagnósticas que se siguen empleando hoy en día.
Hasta el descubrimiento del estetoscopio por el francés René
Théophile-Hyacinthe Laënnec (1781-1826), la única forma que tenían los médicos
de oír los sonidos cardiacos era colocar su pabellón auricular sobre el tórax
de los pacientes, sistema de exploración que recibía el nombre de auscultación
inmediata. En 1819, este médico publicó un libro titulado Traité de
l’auscultation médiate(Tratado de la auscultación mediata) en el que
relataba cómo llegó a este descubrimiento: « […] consultado por una joven que
presentaba síntomas generales de enfermedad del corazón, y en la cual la
aplicación de la mano y la percusión daban poco resultado a causa de su leve
obesidad.
Laënnec descubrió y fabricó los primeros estetoscopios. El primer
estetoscopio (del griego stethos, «pecho», y scopos, «explorar»), construido a
partir de un rollo de papel, evolucionó hacia un cilindro de madera que
mejoraba la audición.
Como
la edad y el sexo de la enferma me vedaban el recurso a la auscultación
inmediata, vino a mi memoria un fenómeno acústico muy común: si se aplicaba la
oreja a la extremidad de una viga se oye muy claramente un golpe de alfiler
dado en el otro cabo. Imaginé que se podía sacar partido, en el caso de que se
trataba, de esa propiedad de los cuerpos. Tomé un cuaderno de papel, formé con
él un rollo fuertemente apretado, del cual apliqué un extremo a la región
precordial. Poniendo la oreja en el otro extremo, quedé tan sorprendido como
satisfecho, oyendo los latidos del corazón de una manera mucho más clara y
distinta que cuantas veces había aplicado mi oído inmediatamente». De esta
forma tan original, mediante un simple rollo de papel consiguió mejorar la audición
de los latidos cardiacos sin necesidad de colocar su pabellón auricular sobre
el pecho de la paciente. El estetoscopio o fonendoscopio, como se conoce
actualmente, no ha dejado de utilizarse desde entonces, hasta el punto de
haberse convertido en el instrumento diagnóstico más empleado actualmente por
la profesión médica.
La
primera radiografía de la historia: una mano
El
otro gran avance diagnóstico al que antes hacíamos referencia fue la invención
de la radiografía y se produjo por azar, como muchas veces sucede en ciencia.
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Radiografía de la mano de la esposa de Röntgen. Además de las
estructuras óseas se puede observar el anillo que llevaba en el dedo anular.
El científico alemán fue premiado por el descubrimiento de los rayos X con el
Premio Nobel de Física en 1901. |
El hecho sucedió el día de Nochebuena de 1895 cuando el científico alemán
Wilhelm Röntgen (1845-1923) se dio cuenta de que una pantalla cubierta con
sales de bario y situada a más de un metro de la emisión de rayos catódicos se
iluminaba. La distancia era muy grande para pensar que fuera producida por los
rayos catódicos. Además observó unos rayos desconocidos hasta ese momento —por
lo que decidió llamarlos x—, capaces de atravesar multitud de
materiales sin desviarse: desde naipes hasta libros, pasando por una escopeta
de caza. ¿Qué sucedería si tuvieran que atravesar una estructura humana? Para
responder a esta pregunta expuso a la radiación de rayos X la mano izquierda de
su esposa Bertha durante 15 minutos. Roentgen se quedó sorprendido al comprobar
que se obtenía una imagen nítida de los huesos de la mano, era la primera
radiografía de la historia.
El
lavado de manos es importante
Sin
duda alguna, estos dos avances diagnósticos permitieron afinar en el
diagnóstico clínico de enfermedades y, por lo tanto, en el tratamiento de la
mismas, disminuyendo la mortalidad. A pesar de todo, esta seguía siendo muy
elevada y no se hubiera podido reducir sin el descubrimiento de la asepsia
(medidas higiénicas que se llevan a cabo para reducir el número de patógenos)
por parte de un ginecólogo húngaro, como veremos a continuación.
Hasta el siglo XIX un elevado número de parturientas tenían fiebre elevada
durante los días siguientes al parto y un número nada despreciable de estas
pacientes fallecían sin que nada se pudiera hacer. La fiebre puerperal, que así
es como se conoce a esta enfermedad, campaba a sus anchas en todo el mundo sin
que se supiera cuál era su causa. El Hospital General de Viena no era una
excepción. Allí trabajaba en la década de 1840 un joven médico húngaro de
origen judío llamado Ignaz F. Semmelweis (1818-1865), el cual había observado
que la fiebre puerperal afectaba a casi el 40 % de las parturientas y que la
mortalidad era mucho más elevada en el pabellón que era atendido por médicos y
estudiantes (18 %) que en el pabellón donde las comadronas eran las encargadas
de atender los partos (3 %). En otras palabras, era tres veces más probable que
una embarazada falleciera después del parto si era atendida por los médicos que
si era atendida por las comadronas. Semmelweis se dedicó a estudiar a qué se
debía esta enorme diferencia y analizó varias hipótesis: estado social,
presencia de miasmas, ropa sucia, influencias climáticas e incluso influencia
de índole religioso (si pasaba el sacerdote para bendecir a las parturientas).
También observó que los médicos y estudiantes que atendían los partos lo hacían
después de realizar las autopsias. Mientras analizaba estos hechos el 13 de
marzo de 1847 se produjo la muerte de uno de sus compañeros, el profesor
austriaco Jacob Kolletschka, que falleció casualmente con los mismos síntomas
que los que tenían las mujeres con fiebre puerperal tras haber sido pinchado
por error por un estudiante mientras realizaba una autopsia.
La conjunción de ambos hechos le hizo sospechar que la causa de la mortalidad
de las parturientas estaba ligada a algún tipo de germen que llevaban los
médicos en las manos y, por eso, el 15 de mayo de 1847 obligó a los miembros de
su equipo a lavarse las manos con cloruro de cal después de realizar las
autopsias y antes de atender los partos. El resultado fue espectacular: la
mortalidad no sólo igualó a la de las matronas, sino que llegó a descender
hasta el 1 %.
A pesar del éxito cosechado y lo sencillo que era combatir la fiebre puerperal
hubo una enorme resistencia y hostilidad entre sus colegas, que no dejaban de
burlarse de él y ridiculizarle, sin reconocerle el mérito de haber sido el
introductor de la asepsia.
Un
nuevo concepto de autopsia
Acabamos
de ver cómo los médicos que realizaban los partos eran los mismos que
practicaban las autopsias, debido a que el interés del examen post mórtem era
exclusivamente estudiar aspectos anatómicos en el cadáver. En el siglo XIX este
concepto cambió radicalmente; mediante la autopsia se trata de obtener
información sobre la causa, la extensión y las complicaciones de la enfermedad
que acabó con la vida de una persona, de forma que se llega a un diagnóstico
médico definitivo, que en muchas ocasiones no fue posible realizar en vida del
paciente.
Semmelweiss con algunos de sus colaboradores en el Hospital de Viena.
Mediante una sencilla recomendación (el lavado de manos antes de atender a una
parturienta) consiguió reducir la mortalidad entre estas pacientes.
Esta
innovación revolucionaria se la debemos al austriaco Carl von Rokitansky
(1804-1878). Durante su vida llegó a realizar unas treinta mil autopsias y
demostró que los hallazgos del cadáver se correlacionaban con los síntomas y
enfermedades que el fallecido había tenido en vida. Este hecho supuso un gran
avance en dos aspectos: por una parte ayudó a comprender cómo se producían
algunas enfermedades y, por otro, abrió el camino hacia nuevos tipos de
tratamientos.
Suturas
con tripas de gato
Además
de estos avances se produjo en aquel siglo XIX otro hecho que disminuyó de
forma drástica la mortalidad quirúrgica: la reducción de las infecciones en las
heridas posquirúrgicas. Hasta este momento las suturas que se realizaban para
cerrar las heridas se hacían habitualmente con seda o hilo y, por regla
general, durante los días siguientes a la intervención quirúrgica la herida de
los pacientes se infectaba y supuraba pus. En 1867 el cirujano inglés Joseph
Lister (1827-1912) utilizó seda que previamente había sido desinfectada con una
solución de ácido fénico y, de esta forma, pretendía eliminar los posibles
gérmenes que en ella pudiera haber. Inicialmente no se atrevió a probar en
humanos y prefirió hacerlo con la herida del caballo al que curó de forma
extraordinaria y no supuró durante los días siguientes. Cuando en lugar de un
animal utilizó este método en un paciente humano el resultado fue similar.
A continuación, Lister empezó a ensayar en sus pacientes el empleo de otro tipo
de material para suturar las heridas: filamentos obtenidos a partir de los
intestinos de los gatos (catgut). Los resultados no se hicieron
esperar y los pacientes en los que se usaba el catgut no sólo se infectaban
menos que en aquellos en los que usaba seda o lino sino que este material era
reabsorbido por el organismo del paciente. Este nuevo tipo de sutura
reabsorbible se usaría durante más de una centuria por cirujanos de todo el
mundo.
Los
guantes del amor
En
el campo quirúrgico, además de emplear el catgut para suturar
heridas se produjeron grandes avances que hoy nos pueden sorprender que hasta
el siglo XIX no se hubiesen incorporado a la práctica diaria. Hasta que los
guantes quirúrgicos de goma no fueron introducidos definitivamente en 1890 por
el cirujano estadounidense William Steward Halsted (1852-1922) su uso era
esporádico y estaban fabricados de algodón. Hasta ese momento los cirujanos
empleaban, de forma esporádica, guantes de algodón, que esterilizaban al vapor
y usaban de forma repetida en varias intervenciones. Halsted pidió a la empresa
estadounidense Goodyear que fabricase unos guantes para que su enfermera
ayudante, Carolina Hampton, pudiera evitar la dermatitis que le salía en sus
manos cada vez que tocaba los antisépticos (bicloruro de mercurio) que en
aquella época se empleaban para esterilizar el material de instrumental
quirúrgico. Gracias a los guantes de goma fabricados por Goodyear, la señorita
Hampton pudo seguir desempeñando su labor al lado de Halsted, que además de su
jefe era su novio.
Durante los meses siguientes a implantar el uso de los guantes de goma Halsted
observó asombrado que las infecciones en los pacientes intervenidos eran menos
frecuentes que cuando se usaban los guantes de algodón o cuando no se empleaba
ningún tipo de guante. Por este motivo, Halsted ordenó que se usasen los
guantes de goma de forma generalizada en todo tipo de intervenciones.
Otro de los grandes adelantos quirúrgicos se produjo en 1897, cuando el cirujano
polaco Johann von Mikulic-Radecki (1850-1905) usó por vez primera una
mascarilla y un gorro durante una intervención quirúrgica para evitar que los
microorganismos de su boca y fosas nasales o bien los pelos de su cuero
cabelludo pudiesen caer en el campo quirúrgico. En el momento actual la
mascarilla, los guantes y el gorro son parte del vestuario de todos los
cirujanos del mundo.
Se
opera sin dolor
Todos
los adelantos tecnológicos a los que nos estamos refiriendo mejoraron
considerablemente las condiciones quirúrgicas, tanto de los profesionales como
de los propios pacientes. Pero, probablemente, el que más agradecieron estos
últimos fue la aparición de la anestesia. En 1799 un auxiliar de farmacia, el
inglés Humphrey Davy (1778-1829), inhaló accidentalmente protóxido de
hidrógeno, un gas descubierto pocos años antes y que se obtenía al calentar a
fuego lento nitrato de amonio. Tras la inhalación, Davy experimentó un estado
de euforia, por lo que no tardó en repetir la inhalación y comprobar que cuando
la exposición al gas era más prolongada quedaba insensibilizado a los golpes.
En 1800 Davy recomendó a la comunidad médica que empleasen este gas, de forma
inhalada, como anestésico. Sin embargo, el protóxido de hidrógeno en lugar de
utilizarse con fines médicos quedó relegado para uso en las reuniones de la
aristocracia, ya que su inhalación producía carcajadas (durante mucho tiempo
fue conocido como el gas de la hilaridad).
Pasarían más de cuarenta años hasta que la anestesia volviese a hacer su
aparición en el campo quirúrgico, si bien en esta ocasión el gas anestésico no
sería el protóxido de hidrógeno. El 11 de diciembre de 1844 el dentista
estadounidense Horace Wells (1815-1848) demostró los beneficios anestésicos del
óxido nitroso en sí mismo, al dejarse extraer uno de sus dientes tras haberlo
inhalado. Durante las semanas siguientes lo empleó como anestésico en 14
pacientes, obteniendo resultados favorables en 12 de ellos, si bien en dos no
consiguió una anestesia completa. A finales de enero de 1845, convencido de los
excelentes resultados logrados, realizó una demostración pública en el Hospital
General de Massachussets, en la ciudad estadounidense de Boston extrayendo un
molar de un paciente. Sin embargo, durante la intervención el paciente se quejó
y la demostración fue considerada un rotundo fracaso.
En 1846 el dentista estadounidense William Morton (1819-1868) utilizó otro gas
—el dietiléter— para anestesiar a un paciente que iba a ser sometido a una
cirugía erradicadora de un tumor cervical en el Hospital General de
Massachussets. En esta ocasión la anestesia fue todo un éxito y durante los
siguientes años su empleo se difundió por diferentes países.
En 1847 un cirujano escocés, James Young Simpson (1811-1870), administró como
anestesia cloroformo a una parturienta momentos antes de alumbrar, reduciendo
de forma significativa sus dolores. La anestesia preparto no fue aceptada por
todos los miembros de la profesión médica y provocó una enorme polémica en su
país. Los más conservadores estaban a favor de que la mujer experimentase dolor
durante el parto ya que se consideraba que era un «mandato celestial». Todavía
hoy, si bien no existe este concepto religioso, sí hay algunos sectores de la
sociedad y de la comunidad científica que abogan por el parto natural, sin
anestesia y sin fármacos estimulantes del parto.
Brotes
de cólera en Londres
A lo
largo del libro hemos visto que en cada época de la historia ha estado
dominada, desde un punto de vista médico, por una enfermedad infecciosa, sobre
la que no se disponía de un tratamiento efectivo y provocaba elevada
mortalidad. En el siglo XIX esa enfermedad recibió el nombre de cólera.
En otoño de 1854 se desató un brote epidémico de cólera en Londres y en menos
de diez días murieron más de quinientas personas. El cólera era una enfermedad
muy temida en esta época ya que producía una elevada mortalidad y no se
disponía de ningún tratamiento capaz de combatirla. La comunidad científica
estaba dividida entre los contagionistas, que afirmaban que el
contagio se producía tras el contacto con otros enfermos, y los que apoyaban la
teoría miasmática, que defendían que el viento llevaba los miasmas contagiosos
de un lado a otro favoreciendo la aparición de la enfermedad. Show establecería
las bases de una tercera teoría que afirmaba que el agente causal de la
enfermedad estaba en las aguas y no en el aire.
Hay que tener en cuenta que por aquel entonces las medidas higiénicas eran muy
deficientes, incluso en la populosa, desarrollada y poderosa Londres, hasta el
punto, por ejemplo, de que los desechos humanos eran vertidos de forma
indiscriminada al río a través de un sistema de alcantarillado.
Después de realizar una encuesta hogar por hogar, el inglés John Snow
(1813-1858) demostró que todos los casos estaban muy concentrados y que los
enfermos utilizaban el agua procedente de un pozo de Broad Street.
Al revisar los certificados de defunción observó que unos días antes de la
epidemia había fallecido una niña de cinco meses y que el agua del lavado de
sus ropas había sido arrojado a un desagüe cercano al pozo, por lo que dedujo
que ambos hechos estaban relacionados. Snow puso en conocimiento de las
autoridades estos hechos y el mango de la bomba de extracción fue retirado y la
epidemia comenzó a descender de forma rápida.
Mapa de Londres en el que se pone de manifiesto la clara relación que
existía entre la bomba de extracción de agua situada en Broad Street y los
fallecidos por cólera durante el brote epidémico que asoló la capital inglesa
en 1854.
Ese
mismo año se desencadenó un segundo brote de cólera en Londres. Conviene saber
que en esta época dos compañías (Lamberth y Sothwark-Wauxhall) se encargaban de
abastecer a la ciudad extrayendo agua del río Támesis mediante bombas de
extracción. Casualmente la compañía Lamberth cambió su ubicación y se trasladó
hacía la zona norte del río, donde las aguas eran más salubres, mientras que su
rival permaneció en la zona habitual. Snow observó que el cambio de extracción
supuso que las muertes por cólera en el área abastecida por la compañía
Lamberth disminuyeron drásticamente, mientras que el número de fallecidos en el
área suministrada por Sothwark-Wauxhall se mantuvo. De esta forma Snow demostró
definitivamente que el cólera se contagiaba a través del consumo de agua
contaminada.
Se
sientan las bases de la herencia
Abandonemos
el campo de las enfermedades infecciosas para entrar en otro totalmente
diferente, el de la herencia. Desde la época del filósofo Aristóteles se
pensaba que el hombre estaba preformado en el semen varonil (el homúnculo)
y que con las relaciones sexuales se depositaba en el útero de la mujer, que
actuaba a modo de incubadora natural y permitía que el ser humano creciese.
En el siglo XVIII se produjo el primer ataque a esta teoría cuando el
científico francés Moreau de Maupertuis (1698-1759) postuló que en la herencia
participan tanto el padre como la madre, aunque no pudo demostrarlo
científicamente.
El punto de partida de la genética moderna lo marcaron los descubrimientos del
monje Gregor Mendel (1822-1884) nacido en Heinzendorf, en la actual República
Checa. Sus célebres experimentos con guisantes los realizó entre los años 1856
y 1863 cuando estudió la forma de transmisión de los caracteres de las semillas
del Pisum sativum: forma (redonda o rugosa), color (verde o
amarillo) y longitud del tallo (gigante o enano). En 1866 publicó sus
conclusiones en los Anales de la Sociedad de Historia Natural de Brün,
donde describió las leyes científicas que llevan su nombre y que todavía siguen
vigentes en la actualidad. No obstante, sus descubrimientos no fueron conocidos
por la comunidad científica hasta 1900, dieciséis años después de su muerte,
cuando el botánico holandés Hugo de Vries (1848-1935) encontró la publicación
de Mendel y la dio a conocer.
De Vries tiene el mérito no sólo de redescubrir las leyes de Mendel sino
también de ser quien introdujo el concepto de mutación, pues
denominó así a los cambios bruscos, repentinos y espontáneos que se producen en
el genoma de una persona.
La
Dama de la lámpara
A lo
largo del libro hemos hecho mención de grandes mujeres que han permitido que la
medicina haya dado pasos de gigante, una de las figuras más relevantes fue
Florence Nightingale (1820-1910). Tenía 34 años cuando estalló la guerra
franco-rusa en la península de Crimea, el conflicto que marcaría el destino de
su vida. Cuando Nightingale supo de las deficientes condiciones sanitarias de
los heridos en el frente de batalla ofreció sus servicios al secretario de
guerra británico.
Tras obtener una respuesta afirmativa partió al frente de batalla acompañada de
otras 38 mujeres con la misión de ayudar a los heridos británicos. Cuando llegó
al Hospital de Üskudar, en la actual Estambul (Turquía), pudo ver con sus
propios ojos cómo los soldados se amontonaban entre barracones, en pésimas
condiciones higiénicas, sin alimentos ni medicinas. Estas mujeres atendieron
durante el tiempo que duró el conflicto a más de cinco mil heridos,
consiguiendo disminuir de forma importante la mortalidad en el ejército inglés.
Durante este tiempo Nightingale recibió el sobrenombre de Dama de la
lámpara, debido a que solía deambular por las noches vigilando la evolución
de los heridos acompañada de una lámpara.
Una vez hubo terminado el conflicto bélico regresó a Londres y en el Hospital
de Santo Tomás fundó una escuela de enfermería y diseñó el uniforme de las
alumnas compuesto de una cofia almidonada, falda ascua y delantal blanco, un
uniforme que tendría una utilidad común hasta tiempos muy recientes. Además
escribió Notas sobre enfermería: qué es y qué no es (1860),
el primer libro de texto escrito por y para enfermeras. Por todo esto,
Nightingale es considerada la madre de la enfermería moderna.
La
Cruz Roja
Medidas
como las de Florence Nightingale redujeron considerablemente la mortalidad en
los campos de batalla, pero no eran suficientes. Las numerosas guerras del
siglo XIX llevaron a muchos hombres de ciencia a alzar su voz ante el potencial
humano que se perdía en cada una de ellas. La gota que colmó el vaso se produjo
en 1859. El 24 de junio de ese año en las cercanías de una pequeña ciudad
italiana de Lombardía llamada Solferino se enfrentaron dos poderosos ejércitos,
de un lado las tropas del Imperio austriaco de Francisco José I, de otro los
soldados del Segundo Imperio francés de Napoleón III y las del reino de Cerdeña
comandados por su rey Víctor Manuel II; todo ello en el contexto de lo que se
ha dado en llamar lucha por la unificación de Italia. Se estima que en tan sólo
nueve horas que duró la contienda fallecieron más de cinco mil soldados y hubo
más de veintitrés mil heridos.
Uno de los testigos de las secuelas de aquella masacre fue el banquero suizo
Henri Dunant (1828-1910). Fue tal el impacto que le produjo aquella guerra que
le llevó a escribir en 1862 un libro titulado Un recuerdo de Solferino,
en el que reclamaba la creación de un cuerpo humanitario que socorriese a los
heridos de guerra. A partir de ese momento, Dunant se dedicó en cuerpo y alma a
viajar por Europa para promocionar esta idea. Sus esfuerzos se vieron
recompensados en 1864 cuando representantes de 14 naciones se reunieron y
celebraron la Conferencia Internacional de Ginebra, el primer paso del
nacimiento de la Cruz Roja. Con la intención de proteger a médicos y enfermeros
que actuaban en el campo auspiciados por este organismo se decidió crear un
símbolo que los identificara como neutrales, y en homenaje a Dunant se optó por
una cruz roja sobre fondo blanco —la bandera suiza invertida—. Desde entonces,
la Cruz Roja no ha dejado de realizar labores humanitarias, tanto en períodos
de paz como de guerra.
Al principio hubo tres emblemas oficiales: la cruz roja, la media luna roja, y
el león y el sol rojos. La media luna roja fue usada inicialmente por el
Imperio otomano en la guerra ruso-turca (1877-1878) y en 1929 resultó
incorporado por la Cruz Roja Internacional como segundo emblema, acordándose
que podía ser utilizado por los países musulmanes en lugar de la cruz roja. El
emblema del león y el sol rojos fue propuesto por Persia, actual Irán, en 1899
y fue usado por la Sociedad Nacional de Irán hasta 1980, año en que pasó a
utilizar la media luna roja.
Actualmente la Cruz Roja está integrada por el Comité Internacional de la Cruz
Roja, Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y la Media Luna Roja y la
Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
Nuevas
formas de curar
No
podíamos abandonar el siglo XIX sin tratar dos formas terapéuticas que
aparecieron en esa centuria y que encontraron su continuidad durante la
siguiente, nos referimos al psicoanálisis y a la homeopatía.
Los antecedentes del psicoanálisis hay que buscarlos en el magnetismo animal
que propugnó Mesmer, al cual ya hicimos mención anteriormente. El cirujano
escocés James Braid (1795-1861), conocedor de esta teoría, realizó algunas
experiencias con su mujer y ayudante que le llevaron a afirmar que la fijación
sostenida en la mirada de una persona era capaz de paralizar los centros
nerviosos de los ojos y producir un estado de sueño en la otra persona. A esta
situación Braid la denominó hipnosis.
Esta nueva terapia fue empleada en el Hospital de la Salpêtrière de París por
el francés Jean Martin Charcot (1825-1893) como tratamiento de la histeria. Su
experiencia le llevó a afirmar que por medio de la hipnosis podía inducir la
parálisis propia de los pacientes histéricos en sujetos normales.
En el año 1880 el austriaco Joseph Breuer (1842-1925) utilizó la hipnosis para
tratar a una de sus pacientes, una joven de 21 años que ha pasado a la Historia
con el pseudónimo de Anna O —su verdadero nombre era Bertha
Papenheim—. Con la hipnosis pretendía hacerla recordar cuál había sido el
inicio de su extravagante sintomatología (anorexia, alteraciones del lenguaje,
parálisis y disminución de la visión). Breuer descubrió que cada vez que
recordaba la paciente que todo había empezado cuando su padre se había puesto
enfermo —lo cual era el origen de la enfermedad— la sintomatología desaparecía
y la paciente quedaba liberada emocionalmente. A este innovador tratamiento el
doctor Breuer lo denominó catarsis, que en griego significa
«purgación». Anna O ha pasado a la historia por ser la primera paciente tratada
mediante la catarsis, el germen del psicoanálisis.
Uno de los colaboradores de Breuer fue el neuropsiquiatra vienés de origen
judío Sigmund Freud (1856-1939). Freud aplicó la catarsis a sus pacientes y
descubrió que en ocasiones la causa de los problemas radicaba en los deseos y
fantasías reprimidas e inconscientes, y que en muchos casos estas eran de
naturaleza sexual y, por tanto, inaceptables desde el punto de vista social. De
esta forma Freud fue modelando la teoría del psicoanálisis; según él el
inconsciente se encuentra formado por los recuerdos olvidados y reprimidos del
consciente, lo que en ocasiones puede provocar la aparición de una florida
sintomatología.
El psicoanálisis trata de ahondar en la mente del sujeto, en el subconsciente,
mediante la asociación libre y la interpretación de los sueños para ayudarle a
comprender cuáles son las causas de su comportamiento. El psicoanálisis supuso
una verdadera revolución sobre las teorías de la sexualidad y se convirtió en
una de las herramientas diagnósticas por excelencia de la psiquiatría moderna.
La otra novedad terapéutica del siglo XIX fue, como adelantamos, la homeopatía,
cuyas bases fueron establecidas por el alemán Samuel Friderich Christian
Hahnemann (1755-1843), quien descubrió que al aplicar el extracto de la quinina
—el remedio que se empleaba para tratar la malaria— en su propio organismo se
producía una sintomatología similar a la malaria, es decir, lo que para algunos
era la base del tratamiento para él supuso la génesis de una enfermedad. Esto
le llevó a concluir que diferentes sustancias químicas (procedentes de
minerales, animales o plantas) pueden ser curativas y, al mismo tiempo,
producir enfermedades. El término homeopatía deriva de las palabras griegas homoios («similar»)
y pathos («enfermedad»): se trata de un método terapéutico que
utiliza como tratamiento —pero en cantidades ínfimas— las mismas sustancias que
han producido la enfermedad, esto es, se basa en el principio de la similitud,
que asegura que lo similar se cura con lo similar.
§. El siglo XX: nuevos tiempos, nuevos tratamientos
A lo largo del siglo XX la medicina consiguió mayor número de progresos que los
conseguidos desde los tiempos de Hipócrates hasta ese momento, todo ello, como
había sido hasta entonces pero ahora en una progresión geométrica, gracias al
apoyo constante de las demás ciencias.
La creación de los seguros sociales y la existencia de una medicina
socializada, en la órbita de la extensión de lo que el avance propiciado por el
movimiento obrero y auspiciado por el auge de las políticas socialdemócratas
había logrado, fueron otros de los rasgos singulares de la medicina del siglo
pasado.
El 24 de octubre de 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, 51 países
firmaron la Carta de las Naciones Unidas y fundaron la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) con sede en Nueva York.
James Watson y Francis Crick. Dos de los científicos más importantes del
siglo XX gracias a su descubrimiento de cómo se dispone la información genética
a nivel celular, y cómo esta puede pasar de una generación celular a otra.
Tres
años después se creó la Organización Mundial de la Salud (OMS), con sede en la
ciudad suiza de Ginebra, cuyo fin sería el de promover la cooperación técnica
en materia de salud entre diferentes países, aplicar programas para prevenir y
erradicar enfermedades y, además, mejorar la calidad de vida de las personas.
Se
descubre el ADN
Uno
de los grandes logros médicos de este período fue el descubrimiento del ADN, el
soporte físico de la herencia y su disposición en el interior del núcleo
celular. Anteriormente se habían hecho tímidos avances en este campo, siendo el
más relevante el que hizo el biólogo suizo Johan Friedrich Miescher
(1844-1895). Este investigador realizó trabajos en glóbulos blancos y a partir
de ellos logró aislar una sustancia química que denominó nucleína.
En 1952 dos científicos estadounidenses Alfred Hershey y Martha Chase después
de realizar una serie de experimentos en virus llegaron a la conclusión de que
el soporte físico de la herencia se encuentra en los núcleos de las células,
tal y como había supuesto Miescher, pero no en las proteínas sino en un ácido
nucleico, el ácido desoxirribonucleico (ADN). Sin embargo, no supieron explicar
cómo el ADN conformaba los genes. Para responder a esta pregunta hubo que
esperar un año más. En efecto, en aquel 1953 el científico estadounidense James
Watson y el biólogo británico Francis Crack publicaron un complejo modelo de
interpretación de cómo se dispone el material genético dentro de las células
que sigue vigente hoy y que supuso una verdadera revolución.
Avances
en la psiquiatría
Si
consideramos la historia en su conjunto, el concepto de enfermedad
mental es muy reciente. En la Edad Antigua los médicos pensaban que se
trataba de una maldición divina, durante el Medievo se pensó que los pacientes
estaban endemoniados y durante la Edad Moderna, que eran alienados sociales.
Dependiendo de la cultura y de la época los enfermos psiquiátricos fueron
castigados, aislados, marginados o recibieron exorcismos.
En 1934 el húngaro Ladislas Meduna asoció por vez primera esquizofrenia y
epilepsia, al observar que un elevado porcentaje de sus pacientes epilépticos
acababan teniendo esquizofrenia y a la inversa, que muchos pacientes
esquizofrénicos mejoraban su sintomatología después de un ataque epiléptico.
Por este motivo, Meduna comenzó a tratar a sus pacientes esquizofrénicos con un
fármaco, el metrazol, que provocaba ataques epilépticos.
Cuando el tratamiento con metrazol estaba en pleno auge, un italiano, Ugo
Cerletti, observó que en el matadero de Roma se empleaba la corriente eléctrica
para provocar ataques epilépticos en los cerdos, antes de degollarlos. Cerletti
sustituyó el metrazol por descargas eléctricas —lo que se ha denominado electroshock—
para inducir crisis epilépticas en los pacientes esquizofrénicos. El método era
sencillo —mediante electrodos colocados en las sienes— barato y rápido, por lo
que rápidamente empezó a generalizarse su uso.
Ugo Cerletti, el inventor del electroshock. Durante las décadas de 1940 y
1950 se usó sin relajante muscular, por lo que algunos pacientes tuvieron
graves efectos secundarios. En 1951 se comenzó a administrar un sedante, un
barbitúrico anestésico.
Con
el electroshock se trató de dar respuesta terapéutica a la
esquizofrenia, pero aún quedaba toda una amplia gama de enfermedades sin
solución. En 1949, el psiquiatra australiano John Cade empezó a utilizar con
éxito las sales de litio en el tratamiento de la fase maníaca de enfermos con
trastorno maníaco-depresivo. Cade administró orina de pacientes maníacos a
cobayas y observó que los animales de laboratorio enfermaban y que cuando se
les administraba urato de litio se atenuaban los efectos, lo cual sugería un
efecto protector del litio. No tardó en comprobar que las sales de litio
producían efectos similares cuando se administraban a los pacientes.
Tan sólo tres años después los psiquiatras franceses Jean Delay y Pierre G.
Deniker emplearon por vez primera la clorpromazina en el tratamiento de la
psicosis. Su descubrimiento fue totalmente accidental ya que estaban buscando
un fármaco que pudiese antagonizar los síntomas del electroshock,
cuando observaron que la clorpromazina producía somnolencia y disminuía las
reacciones ante estímulos ambiéntales sin provocar pérdida de conciencia. Muy
poco tiempo después el psiquiatra estadounidense Nathan Schellenberg Kline
publicó las virtudes de otro neuroléptico, la reserpina, una sustancia que se
aisló a partir de una planta procedente de India llamada Rauwolfia
serpentina que significa «hierba contra la locura» y que desde tiempos
inmemoriales era usada por los médicos hindúes para tratar la locura.
El descubrimiento de los antidepresivos también fue casual y se produjo en la
década de 1950, cuando un grupo de científicos observó que la iproniazida
además de tener efectos positivos en el tratamiento de la tuberculosis mejoraba
notablemente el estado anímico de los pacientes.
Una
«extraña» enfermedad cerebral
Continuamos
con las enfermedades mentales. Y la patología sobre la que más se ha publicado
e investigado es, sin duda, la enfermedad de Alzheimer. Su nombre hace alusión
a su descubridor, Alois Alzheimer, nacido en 1894 en Marktbreit, una ciudad de
Baviera (Alemania). En 1883 inició sus estudios de medicina en Berlín y cinco
años después comenzó a trabajar como asistente en el sanatorio municipal para
dementes de Fráncfort, una institución reconocida por su labor investigadora en
aquellos momentos.
En 1903 el doctor Emil Kraepelin, un conocido psiquiatra alemán, fue nombrado
director de la clínica psiquiátrica de Múnich y ofreció al doctor Alzheimer el
puesto de jefe de anatomía patológica. Uno de los pacientes que allí estaban
ingresados era Augusta Deter, una mujer de 51 años que sufría una enfermedad
caracterizada por una rápida y progresiva pérdida de memoria, alucinaciones,
desorientación en tiempo y espacio y trastornos de la conducta. Durante los
cinco años que estuvo ingresada hasta su fallecimiento ninguno de los médicos
que la atendieron pudo llegar a un diagnóstico clínico. A través del estudio
post mórtem del cerebro de la paciente, Alzheimer observó que había padecido lo
que él pensaba en aquellos momentos que era una rara enfermedad, y que luego
resultó ser la causa más frecuente de demencia, caracterizada por una
disminución del número de neuronas en el nivel de la capa más externa del
cerebro, el córtex cerebral. A pesar de todos los esfuerzos científicos
realizados hasta el momento no disponemos de un tratamiento curativo ni
preventivo de la enfermedad.
Otro padecimiento neurológico que hizo su aparición en el siglo XX fue la enfermedad
de las vacas locas, llamada así porque el daño neurológico que se produce
en el cerebro del animal hace que se comporte de forma anómala, como si
estuviera loco. El primer caso se detectó en 1985, y los veterinarios que
trataron al animal no consiguieron llegar a un diagnóstico preciso. Nadie podía
imaginar que aquella extraña enfermedad llegaría a detectarse en más de ciento
ochenta mil reses y que su origen estuviera en las harinas de engorde.
El nombre científico de esta enfermedad es encefalopatía espongiforme bovina,
que como su propio nombre indica afecta al sistema nervioso central de las
vacas produciendo daños irreversibles. Actualmente sabemos que esta enfermedad
es producida por una proteína defectuosa que se denomina prion y que provoca
que las proteínas normales modifiquen su estructura y se vuelvan defectuosas.
En 1995 falleció Stephen Churchill, una joven de 19 años, a consecuencia de la
variante humana de la enfermedad de las vacas locas, también conocida como
enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. Desde ese momento y hasta finales del siglo XX
murió casi un centenar de personas en Gran Bretaña y tres en Francia, la
mayoría de ellas con edades comprendidas entre los 14 y los 55 años.
En el momento actual esta enfermedad no tiene curación y el tratamiento
consiste en aliviar la sintomatología del paciente.
Un
descubrimiento revolucionario: la insulina
Afortunadamente
no en todas las enfermedades existe un nihilismo curativo y, contrariamente, en
muchas de ellas se producen avances en el arsenal terapéutico con relativa
regularidad, como sucede en la diabetes, la enfermedad por antonomasia del
campo endocrinológico.
Frederik Grant Banting y Charles Best. Sus experimentos en perros diabéticos
les llevaron a descubrir la insulina, la hormona que se encuentra disminuida en
los pacientes con diabetes mellitus, propiciando que poco tiempo después se
pudiera empezar a utilizar en el tratamiento de esta enfermedad.
En
1902, los británicos William Bayliss (1860-1924) y Ernest Henry Starling
(1866-1927) descubrieron la secretina, la primera sustancia que recibió el
nombre de hormona —derivado del griego hormon, que
significa «impulsar»—, esto es, una sustancia producida por una glándula del
organismo que realiza su acción en un lugar anatómico diferente.
Bayliss y Starling realizaron un experimento que consistía en perforar el
intestino de un perro anestesiado y observar cómo al mezclarse el ácido
clorhídrico con la comida se formaba inmediatamente una sustancia (la
secretina), que al entrar en contacto con el páncreas estimulaba la secreción
de otras sustancias en el conducto pancreático.
En el verano de 1921 los canadienses Frederik Grant Banting (1891-1941), un
médico de 30 años de edad, y Charles Best (1899-1978), un estudiante de segundo
año de medicina, realizaron un experimento en el laboratorio de Toronto que
consistió en administrar a perros diabéticos insulina obtenida del páncreas de
perros sanos. Comprobaron que tras la administración de insulina descendían los
niveles de azúcar en sangre y orina y además desaparecían los síntomas típicos
de la enfermedad.
Para finalizar con este revolucionario avance cabe decir que, en 1926, Johan
Jacob Abel (1857-1938), profesor de farmacología del Hospital Johns Hopkins de
Baltimore (Estados Unidos), sintetizó la insulina y poco tiempo después comenzó
a usarse como tratamiento de la diabetes.
La
peor pandemia de todos los tiempos
La
gripe es una de las enfermedades más frecuentes en todo el mundo, anualmente se
infectan miles de personas y la gran mayoría se recuperan sin ningún tipo de
secuelas. Sabemos que hay tres tipos de virus de la gripe (A, B y C) y que cada
uno de ellos tiene varios subtipos, los cuales se diferencian entre sí por unas
proteínas que se denominan H y N.
A pesar de que la pandemia que ha causado el mayor número de muertos de la
historia se conoce con el nombre de gripe española, el primer caso
del que se tiene noticia ocurrió el 11 de marzo de 1918 en la base miliar
estadounidense de Fort Roley, en Kansas. En una semana ingresaron en el
hospital de la base 522 hombres aquejados de la misma enfermedad. Durante las
siguientes semanas se produjeron brotes similares en otros estados, en todos
ellos curiosamente parecía afectar más a los militares que a la población
civil.
Las tropas estadounidenses enviadas a combatir en la Primera Guerra Mundial
llevaron consigo el virus a Europa y la enfermedad se extendió con la misma
virulencia en todos los ejércitos que participaron en el conflicto.
Enfermos con gripe española en un hospital de Kansas (Estados Unidos). Es
difícil calcular el número de muertos como consecuencia de esta pandemia, en la
actualidad se estima que entre 25 y 39 millones.
La
censura de la guerra hizo que se restringiera la información sobre el número de
fallecidos para que el enemigo no pudiera aprovechar las cifras en beneficio
propio. Los periódicos españoles, que no estaban censurados, informaban
abiertamente de los miles de españoles que habían fallecido como consecuencia
de la gripe, lo que propició el nombre con el que ha pasado a la historia. Esta
pandemia estuvo ocasionada por el subtipo H1N1, el mismo que originará la
pandemia del año 2009, a la que tendremos ocasión de referirnos más adelante.
El primer paso que se dio en la prevención de la gripe se produjo en 1944,
cuando el estadounidense Thomas Francis Jr. descubrió que el virus de la gripe
se debilitaba y perdía virulencia cuando se cultivaba dentro de huevos de
gallina. Esta observación permitió a un grupo de investigadores estadounidenses
desarrollar la primera vacuna antigripal que estuvo disponible tan sólo un año
después. Desde entonces, las compañías farmacéuticas fabricantes de vacunas
desarrollan anualmente una vacuna que contiene las variedades del virus que
creen que causarán la próxima temporada de gripe.
Dado que la gripe está producida por un microorganismo viral, el tratamiento
con antibióticos —fármacos diseñados para el tratamiento de enfermedades
bacterianas— carece de efectividad.
Los
primeros antibióticos
Precisamente
la aparición de los primeros antibióticos fue otro de los grandes avances
terapéuticos del siglo XX. Su descubrimiento se lo debemos al químico alemán
Paul Ehrlich (1854-1915), quien, a comienzos de la centuria, sintetizó unos
compuestos químicos que eran capaces de atacar de forma selectiva a
microorganismos infecciosos sin dañar los tejidos humanos. A estos compuestos
novedosos los denominó balas mágicas, una de ellas fue el
salvarsán, que en ese momento era el único tratamiento efectivo contra la
sífilis.
En 1928 un bacteriólogo del hospital Saint Mary de Londres, Alexander Fleming
(1881-1955), descubrió accidentalmente la penicilina en el curso de unas
investigaciones que estaba realizando sobre la gripe. Fleming observó que el
moho que contaminaba una de sus placas de cultivo había destruido una bacteria
(estafilococo) cultivada en ella. A pesar de la magnitud del descubrimiento
tuvo que pasar más de una década para que el bioquímico británico Ernst Boris
Chain (1906-1979) y el patólogo Howard Florey (1898-1968) descubrieran la forma
de producir penicilina en grandes cantidades. En 1941 Albert Alexander, un
contador de Oxfordshire, se convirtió en la primera persona en recibir una
inyección de penicilina. Este descubrimiento revolucionó la medicina
permitiendo el tratamiento a gran escala de enfermedades infecciosas que hasta
mediados de siglo no tenían curación.
A comienzos de la década de 1930 el investigador alemán Gerhard Domagk
(1888-1964) descubrió que un tinte rojo (prontosil) protegía al ratón de una
bacteria (estreptococo). El prontosil era el primero de una familia de
antibióticos que recibieron el nombre se sulfamidas y que todavía se utilizan
en el tratamiento de algunas infecciones.
El siguiente avance importante en el campo de los antibióticos se produjo en
1944, cuando el médico ucraniano Selman Abraham Waksmann (1888-1973) obtuvo la
estreptomicina, el primer fármaco eficaz frente a la tuberculosis.
A lo largo de las siguientes décadas del siglo XX aparecían nuevas familias de
antibióticos y se perfeccionarían las ya existentes.
Sida,
la epidemia del siglo XX
La
aparición de los antibióticos permitió el control de las enfermedades
bacterianas, pero no de las víricas. El paradigma de este tipo de infecciones
es el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida).
En el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, el gobierno de los Estados
Unidos creó la Oficina Nacional para el Control de la Malaria, con sede en la
ciudad de Atlanta (Georgia). Durante las décadas siguientes, este organismo
recibió diferentes denominaciones hasta que en 1980 pasó a llamarse Centro para
el Control de las Enfermedades (CDC), nombre que se mantuvo hasta 1992. Desde
entonces se denomina Centro para el Control y Prevención de Enfermedades,
manteniendo las mismas siglas que en su anterior denominación. El CDC es una
agencia federal estadounidense cuya función es prevenir y controlar las
enfermedades, especialmente las de carácter infeccioso, de los estadounidenses.
La era del sida se inició de una forma explosiva el 5 de junio de 1981, cuando
el CDC convocó una rueda de prensa para describir cinco casos de neumonía en
pacientes hospitalizados en tres hospitales de Los Ángeles por un germen muy
infrecuente(Pneumocystis carinii) en este tipo de infecciones. Los
tres pacientes tenían en común que eran homosexuales activos. Durante los días
siguientes dos de los pacientes fallecieron a consecuencia de la infección.
Tan sólo un mes después se constataron varios casos de un tumor también muy
infrecuente y conocido con el nombre de sarcoma de Kaposi. En agosto de 1981 se
informó al CDC de la existencia de 111 casos de neumonía por Pneumocystis
carinii por lo que se decidió llevar a cabo un registro nacional en
Estados Unidos. Se comprobó que la mayoría de los pacientes eran drogadictos
haitianos, homosexuales, hemofílicos o heroinómanos, por lo que la enfermedad
pasó a denominarse la enfermedad de las 4H.
En 1982 el CDC decidió referirse a ella con el más científico nombre de
síndrome de inmunodeficiencia adquirida y en diciembre de ese mismo año el
gobierno de los Estados Unidos anunció que se había detectado el primer caso en
un paciente que había sido transfundido, alertando del riesgo de enfermedad en
pacientes que tenían contacto con productos derivados de la sangre.
En ese momento empezaron a barajarse varias hipótesis sobre el origen de la
enfermedad, una de las más aceptadas fue la promiscuidad y el consumo de poppers,
una droga muy usada en ambientes homosexuales.
Dos años después, en 1984, se aisló por vez primera el virus responsable de la
enfermedad, lo hicieron de forma independiente el estadounidense Robert Gallo
(lo llamó HTLV-3) y el francés Luc Montagnier (lo bautizó con el
nombre de LAV). Posteriormente se comprobaría que HTLV-3 y LAV eran
el mismo virus. En 1986 un equipo de investigadores decidió unificar los
criterios y bautizar al virus causante del sida con el nombre de virus
de la inmunodeficiencia humana (VIH).
A mediados de la década de 1980 aumentó la alarma social y se extendió la
creencia de que la enfermedad se contagiaba en fuentes, lavabos públicos y
restaurantes, y aparecieron los primeros casos de discriminación, debido a que
la mortalidad era muy elevada y no se disponía de un tratamiento para combatir
la enfermedad (hasta 1987 no estuvo disponible el primer fármaco antiviral, el
AZT).
El lazo rojo fue creado en 1991 por el grupo Visual AIDS en Nueva York y
actualmente es el símbolo internacional de la toma de conciencia frente al VIH.
El día 1 de diciembre se celebra el Día Mundial contra el sida ya que el primer
caso de sida fue diagnosticado en este día de 1981.
A
pesar de que nunca hubo pruebas científicas de que una sola persona hubiera
podido generar la enfermedad, durante un tiempo Gaetan Dugas fue considerado el
Paciente 0, esto es, el origen de la epidemia. Dugas era un auxiliar de vuelo
canadiense, homosexual y extremadamente promiscuo, que reconoció haber tenido
más de mil compañeros sexuales. A partir del VIH aislado en su sangre se
consiguió identificar a más de cuarenta casos de pacientes infectados con VIH
de idénticas características en diferentes países del mundo, lo cual ponía de
manifiesto que la enfermedad era muy contagiosa y que ciertas prácticas de
riesgo facilitaban su difusión. En 2007 se pudo comprobar que la infección se
produjo por vez primera en 1969 en un joven estadounidense de 16 años —conocido
como Robert R. —, que sufrió un sarcoma de Kaposi.
En la actualidad disponemos de tratamientos efectivos frente al VIH —fármacos
antirretrovirales— que frenan el progreso de la enfermedad y previenen la
aparición de enfermedades asociadas al sida, lo cual ha cambiado el concepto de
la enfermedad y la ha convertido en una patología crónica y compatible con una
vida casi normal.
La
era de los trasplantes
El
ser humano siempre ha estado interesado en trasplantar partes del cuerpo humano
con la intención de sustituir un órgano enfermo por otro. Ya explicamos en su
momento el milagro de los santos Cosme y Damián y su difusión en el arte. Sin
embargo, esto no fue tecnológicamente posible hasta el siglo XX. El arsenal
antimicrobiano, que permitía tratar las infecciones, las mejores técnicas
anestésicas y los adelantos tecnológicos se tradujeron en grandes avances en el
campo quirúrgico y posibilitaron la aparición de los primeros trasplantes.
El primer trasplante que se realizó fue el de riñón y lo llevó a cabo en 1902
el austriaco Emerich Ullmann (1861-1937): extirpó un riñón a un perro y, por
cuestiones técnicas, se lo injertó en el cuello del mismo animal. El trasplante
fue un fracaso y el animal falleció pocos días después.
Durante los siguientes años se realizaron otros intentos en animales, hasta que
en 1933 el ruso Yuri Voronoi llevó a cabo en la ciudad de Kherson, en la actual
Ucrania, el primer trasplante renal en humanos, el receptor fue una joven y el
riñón procedía de un donante varón de 60 años. Pocos días después del
trasplante la paciente falleció. Aunque a este siguieron otros trasplantes
durante los meses inmediatos, en todos los casos se observó que un fenómeno
biológico desconocido hasta ese momento provocaba el rechazo de los órganos y
el fallecimiento de los pacientes. No fue hasta catorce años después cuando un
equipo de cirujanos de la ciudad de Boston consiguieron realizar con éxito el
primer trasplante renal, que por razones técnicas tampoco se implantó en su
lugar anatómico, sino que se eligió el codo del paciente.
Hasta este momento los resultados eran bastante insatisfactorios, ya que por
razones no todavía esclarecidas el organismo reaccionaba contra el órgano y
provocaba el rechazo. La situación cambió en 1951, cuando el británico Peter
Brian Medawar descubrió que la cortisona tenía funciones inmunosupresoras, esto
es, que era capaz de disminuir la actividad del sistema inmune. Al administrarse
cortisona a un paciente que iba a ser trasplantado aumentaban las posibilidades
de éxito y disminuían las de rechazo.
Durante las siguientes décadas la investigación farmacológica se centró en
descubrir fármacos inmunosupresores más potentes y de esta forma aparecieron la
6-mercaptopurina, la azatioprina y la ciclosporina. El arsenal inmunosupresor
propició afrontar el trasplante de otros órganos más complejos, el siguiente
fue el de hígado. En 1963 el cirujano Thomar Starzl, de la estadounidense Universidad
de Miami, realizó el primer trasplante hepático a un niño de tres años con una
malformación en la vía biliar. Tan sólo cuatro años después, en Ciudad del Cabo
(Sudáfrica), Christian Barnard realizó el primer trasplante cardiaco en el ser
humano. La donante fue una joven que presentaba lesiones cerebrales muy graves
tras sufrir un atropello y el receptor fue un varón de 54 años con una
enfermedad cardiaca (miocardiopatía isquémica) en estado terminal. El
trasplante fue un éxito y a los diez días de la intervención el paciente que
había recibido el corazón caminaba por la habitación, sin embargo, una
infección respiratoria acabaría con su vida pocos días después.
A estos órganos seguirían los de páncreas, pulmón, intestino delgado, manos,
pene e incluso cara, como veremos más adelante. Pero ¿para cuándo el trasplante
de cerebro? Actualmente este trasplante es inviable por motivos técnicos, ya
que es imposible conectar el cerebro a la médula espinal y, en el caso de que
se pudiera conseguir, estaría por ver qué sucede con la información cerebral.
Cirugía
plástica
A lo
largo de la historia hemos visto cómo las guerras han favorecido algunos de los
más importantes avances médicos, especialmente en el campo quirúrgico, y las
grandes guerras del siglo XX no fueron menos.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) marcó una etapa crucial en la evolución
quirúrgica de las heridas de guerra. Hasta ese momento se pensaba que las
lesiones producidas por las balas eran poco destructivas y tenían una escasa
tendencia a la infección, por este motivo la actitud más común entre los cirujanos
era esperar a que la herida curase por sí misma, siendo excepcional que se
interviniese a los heridos. Durante la Primera Guerra Mundial los médicos
militares franceses comprobaron que esta conducta era totalmente inapropiada y
que cuando los heridos eran introducidos en quirófano y sometidos a una
intervención de urgencia en donde se extraían los proyectiles y se limpiaban
las heridas el número de muertos descendía sensiblemente.
Los progresos en el arsenal bélico (granadas, minas…) propiciaron que
aparecieran heridas desconocidas hasta ese momento y que los destrozos faciales
de los soldados hiciesen necesaria la aparición de un nuevo tipo de cirugía: la
plástica.
Etimológicamente el nombre de cirugía plástica deriva de dos
vocablos griegos: girurguiki («cirugía», «mano», «obra»)
y plastikos («moldear»), por lo que literalmente significaría
«moldear con las manos». Sir Harold Gillies (1882-1960), un
otorrinolaringólogo neozelandés afincado en Londres, y destinado al hospital
francés de Rouen durante aquel horrible conflicto, perfeccionó los instrumentos
que se empleaban hasta ese momento en la cirugía plástica y los injertos
cutáneos. Gillies además fue el primer cirujano en realizar los registros
pictóricos pre y postoperatorios de reconstrucción facial.
Durante el período entre las dos grandes guerras mundiales nació una nueva
especialidad quirúrgica, la cirugía estética, gracias a los esfuerzos del
estadounidense Vilray Papin Blair (1871-1955), creador del primer servicio de
cirugía plástica del mundo en el Hospital Barnes de Washington.
Las transfusiones sanguíneas se habían iniciado en la Primera Guerra Mundial,
pero de forma rudimentaria. Es a continuación, en el citado período de
entreguerras cuando se perfeccionaron enormemente y de hecho llegó a ser una de
las medidas que más contribuyó a salvar vidas durante la Segunda Guerra Mundial
(1939-1945). Al comienzo de este conflicto bélico estaba claramente establecido
que los heridos en el campo de batalla debían recibir el tratamiento lo más
precoz posible, que había que administrarse sueroterapia por vía venosa y
preparar al herido para una adecuada evacuación. Gracias a las investigaciones
en transfusiones del estadounidense Charles Drew (1904-1950), el empleo de
plasma se masificó y se administró en el mismo campo de batalla, disminuyendo
de forma llamativa la mortalidad. Y uno más de los grandes avances que
contribuyeron a mejorar el pronóstico de los heridos fue el empleo de los
antibióticos, descubiertos pocos años antes, como hemos tenido ocasión de
analizar anteriormente.
Cirugía
sin puntos de sutura en la piel
Otro
de los avances quirúrgicos del siglo, en esta ocasión no relacionado con la
medicina militar, fue la cirugía laparoscópica, técnica que mediante un sistema
visual permite ver el abdomen sin necesidad de realizar una cirugía abierta.
Inicialmente se utilizó únicamente con fines diagnósticos, y más adelante se
amplió a fines terapéuticos.
El nacimiento de esta técnica se produjo en 1929 gracias a los trabajos del
alemán Heinz Kalz, que aprovechó el gran desarrollo de la industria alemana del
vidrio y desarrolló un complicado laparoscopio que introducido dentro del
cuerpo del paciente permitía una visión de 135 grados. En 1951 publicó su
enorme experiencia: había realizado 2.000 laparoscopias con fines diagnósticos
y ninguno de los pacientes había fallecido.
El cirujano holandés Henk de Kok comenzó en 1971 a utilizar la laparoscopia con
fines terapéuticos, realizando inicialmente pequeñas intervenciones
quirúrgicas. Seis años más tarde publicó un artículo en donde presentaba los
resultados de sus 30 primeros casos de apendicectomía (extracción del apéndice)
mediante cirugía laparoscópica. De Kok demostró que a través de una cirugía
mínimamente invasiva era posible quitar el apéndice sin necesidad de realizar
incisiones en la pared abdominal, de forma que se reducía considerablemente el
número de complicaciones posquirúrgicas.
En 1987 se dio un paso más cuando el francés Phillipe Mouret realizó la primera
extracción de vesícula biliar (colecistectomía) por laparoscopia. Ese mismo año
se repitió con éxito este tipo de intervención en otras ciudades francesas y
norteamericanas.
Avances
ginecológicos
En
el siglo XX se produjeron grandes avances en el campo de la ginecología, dos
brillan con luz propia: la aparición del primer anticonceptivo oral y el
desarrollo de métodos de fecundación in vitro.
La píldora, como pronto pasó a ser denominada, debido a su pequeño tamaño,
contiene unas hormonas que inhiben la producción de óvulos. Su origen fue fruto
del azar, cuando en la década de 1930 el estadounidense Russel Marker, profesor
de química de la Universidad Estatal de Pensilvania, descubrió en las selvas tropicales
de México que un grupo de esteroides vegetales (sapogeninas) se podía
transformar en la hormona sexual femenina (progesterona), encargada de inhibir
la ovulación.
Puerto Rico fue durante décadas el laboratorio de pruebas de los
anticonceptivos orales estadounidenses. Con el paso del tiempo se utilizaron
dosis más bajas, pero con igual efectividad, lo que permitió disminuir los
efectos indeseables de estos fármacos.
Marker
comprobó además que el ñame silvestre mexicano (un tubérculo comestible) era
una rica fuente de sapogeninas.
Entre 1955 y 1956 el químico estadounidense Gregory Pincus (1903-1967) probó,
sin apenas garantías, los efectos de una píldora anticonceptiva en 1.308
mujeres puertorriqueñas. Los resultados fueron totalmente satisfactorios y el
23 de junio de 1960 la píldora fue aprobada por la Food and Drug Administration
(FDA) norteamericana (Agencia para el Control de Alimentos y Fármacos) aprobó
la comercialización del primer anticonceptivo de la Historia (Enovid®).
Se trataba de todo un hito en la sexualidad, ya que de esta forma la mujer
podía mantener relaciones sexuales y controlar su fecundidad.
Como ya hemos señalado, el otro campo en el que la ginecología evolucionó
considerablemente fue en el de la fertilidad: conseguir que parejas infértiles
pudieran tener descendencia. El 26 de julio de 1978 nació en Oldham
(Lancashire), al norte de Londres, Louise Brown, gracias a los esfuerzos de dos
médicos británicos, el ginecólogo Patrick Steptoe y el fisiólogo Robert
Edwards. Lesley, la madre de Louise, llevaba nueve años intentando tener un
hijo pero una obstrucción en las trompas de Falopio se lo impedía.
Fecundación in vitro. Esta técnica ha permitido conseguir embarazos en
parejas cuya esterilidad parecía definitiva e irreversible, si bien ha
despertado un cúmulo de interrogantes y objeciones éticas y morales.
Los
médicos fecundaron en un laboratorio un óvulo de la madre de Louise Brown y lo
devolvieron al útero de la mujer, dando lugar al nacimiento del primer bebé
probeta de la historia, un auténtico hito en la historia de la humanidad, y por
supuesto en la de la medicina. A partir de ese momento numerosos países
desarrollados llevaron a cabo fecundaciones similares, hasta el extremo de que
en la actualidad la fecundación in vitro ha dejado de ser
noticia en los medios de comunicación.
Angioplastia
y antitumorales
El
desarrollo de los antibióticos y la mejora de las condiciones sanitarias fueron
determinantes para que las enfermedades infecciosas resultaran desplazadas, en
los países occidentales, como la causa más frecuente de mortalidad. Esa
posición fue tomada por las enfermedades cardiovasculares y las tumorales, lo
cual propició enormes avances en ambos campos.
El primer intento para combatir la enfermedad coronaria fue la cirugía. En la
década de 1960, el argentino René Gerónimo Favaloro (1923-2000) llevó a cabo la
primera cirugía coronaria de revascularización (bypass), que
consistía en utilizar la vena safena de los miembros inferiores para «puentear»
(eso quiere decir bypass) la obstrucción.
Las complicaciones de la cirugía, habitualmente el cierre de la vena, hicieron
necesario buscar otras técnicas alternativas. En 1977, el suizo Andreas
Gruentzig realizó en Zúrich la primera angioplastia con balón: procedimiento
por el cual se inserta un balón en la arteria coronaria y se dilata hasta
restablecer el flujo de sangre. Durante los años siguientes se observó que un
elevado número de angioplastias acababan cerrándose, por lo que fue necesario
perfeccionar la técnica mediante la colocación de un soporte a modo de
«muelle» (stent). De esta forma se ha incrementado notablemente la
eficacia de la técnica.
En cuanto a los tumores, es evidente que los seres humanos han batallado contra
ellos a lo largo de toda la historia, pero no ha sido hasta el siglo XX cuando
se han tenido las armas terapéuticas capaces de combatirlo. El primer
medicamento antineoplásico —dirigido frente a las células tumorales— no fue
fabricado con este fin: se trata del gas mostaza y fue empleado como arma
biológica durante la Segunda Guerra Mundial. Los científicos observaron que
disminuía considerablemente la cifra de los glóbulos blancos de la sangre en
los soldados que estaban expuestos al gas mostaza, y se pensó que esta
sustancia podía tener el mismo efecto sobre las células tumorales. A finales de
la década de 1940 se empezó a administrar en el tratamiento de linfomas
—tumores derivados de las células sanguíneas— con beneficios evidentes. A lo
largo de las siguientes décadas el arsenal de quimioterapia —tratamiento
antineoplásico mediante fármacos— fue aumentando y, en la actualidad, supera la
centena, existiendo fármacos dirigidos contra tumores específicos, algunos
capaces de curar determinados tipos de tumores.
La radioterapia, el otro tipo de tratamiento antitumoral, se basa en la
administración de determinados tipos de radiaciones para destruir las células
tumorales. Para encontrar el origen de esta disciplina hay que remontarse hasta
1898, cuando la polaca Marie Curie descubrió el radio. Los dos grandes avances
que se han producido en este campo aparecieron en la década de 1950, a raíz del
invento del acelerador lineal para emitir radiaciones, y se empezó a utilizar
el cobalto. En el siglo XXI han aparecido sistemas de radioterapia 4D o guiada
por imagen, que tienen la capacidad de analizar los movimientos fisiológicos de
los órganos, mejorando la eficacia del tratamiento.
Un
fármaco contra la impotencia
No
podíamos terminar el recorrido histórico del siglo XX sin referirnos a uno de
los fármacos sobre el que se han escrito ríos de tinta: el Viagra®.
En 1985 dos químicos de la empresa farmacéutica estadounidense Pfizer, Simon
Campbell y David Roberts, emprendieron la tarea de encontrar un fármaco para
controlar la tensión arterial. Comprobaron siete años después que el fármaco
estudiado no satisfacía las expectativas deseadas en los pacientes con
hipertensión arterial, pero que en un elevado número de casos provocaba
erecciones peneanas prolongadas, por lo que decidieron cambiar la línea de
investigación. Tan sólo cuatro años después el fármaco fue patentado con el
nombre de sildenafilo —más conocido por su nombre comercial:
Viagra®— y en marzo de 1998 fue aprobado por la FDA estadounidense para el
tratamiento de la disfunción eréctil, convirtiéndose en uno de los fármacos más
empleados en el siglo XX (entre 1999 y 2001 sus ventas anuales excedieron el
billón de dólares).
§. El siglo XXI: del fonendoscopio a la terapia génica
Los avances médicos más importantes de la primera década del siglo XXI se han
producido fundamentalmente en el campo de la biología molecular y, aunque
muchos de ellos carecen todavía de aplicaciones clínicas, se espera que se
produzcan en un futuro no muy lejano. Estamos asistiendo a una verdadera
revolución médica hasta el punto de que es posible que en no muchos años se
reestructure la clasificación de las enfermedades tomando como base la
genética. Se prevé que enfermedades tan diferentes como son, por ejemplo, el
asma (enfermedad respiratoria), la diabetes (patología endocrinológica) o la
psoriasis (enfermedad cutánea) entren a formar parte de un mismo grupo. Y, a la
inversa, enfermedades que cursan con síntomas muy parecidos y que ahora se
encuentran clasificadas dentro de un mismo grupo pueden diversificarse: así, es
posible que las enfermedades respiratorias sean separadas en diferentes grupos
puesto que las alteraciones moleculares que las producen son muy diferentes.
Por otra parte, la revolución informática está modificando de forma importante
la relación médico-paciente, y es que actualmente la telerradiología —sistema
de envío informático de imágenes en tiempo real— permite emitir un diagnóstico
sin que el médico tenga una relación directa con el paciente.
Se
desvela el secreto de la vida
El
siglo XXI no podía comenzar de mejor forma cuando el 6 de abril de 2000 la
comunidad científica anunció que el primer borrador del genoma humano ya estaba
terminado. Tan sólo un año después se publicó en dos revistas científicas de
gran impacto su secuenciación definitiva con un 99,9 % de fiabilidad.
La terapia génica, en síntesis, consiste en insertar una copia normal de un
gen en el lugar exacto del genoma en el que existe un gen defectivo o ausente
y, de esta forma, restaurar la función normal del organismo y eliminar los
síntomas de la enfermedad. Se prevé que la terapia génica esté disponible
dentro de unos años y sea la solución de casi cualquier enfermedad.
El
genoma humano es la secuenciación del ADN contenido en los 23 pares de
cromosomas que forman parten de nuestras células, en otras palabras, es lo que
hace a un ser humano diferente del resto de los seres humanos. Para comprender
la complejidad del genoma baste señalar que cada persona tiene entre 20.000 y
25.000 genes. La consecución de este proyecto supuso un enorme avance médico al
permitir que en un futuro no muy lejano cada paciente pueda recibir un
tratamiento totalmente a su medida.
Bacterias
asesinas
Desgraciadamente
no todo han sido buenas noticias en este siglo, en el año 2000 la Organización
Mundial de la Salud (OMS) alertó de la aparición de un número elevado de
resistencias bacterianas (capacidad que tiene un microorganismo para evitar ser
destruido por los antibióticos). Esta modificación microbiológica es una
verdadera amenaza para la humanidad y podría llegar a ser una catástrofe
sanitaria, puesto que podría suceder que no tuviéramos fármacos para combatir
algún tipo de enfermedad infecciosa.
En este sentido ya hemos sufrido las consecuencias de brotes infecciosos de lo
que se ha dado en llamar «bacterias asesinas», que realmente son bacterias
multirresistentes a la mayoría del arsenal terapéutico. De todas las bacterias
asesinas destaca especialmente una, el Staphiloccocus aureus meticilin
resistente (SAMR), que ya se ha cobrado numerosas vidas.
Amenaza
sanitaria: el bioterrorismo
Además
del problema de las multirresistencias, los microorganismos pueden ser origen
de otro problema de enorme magnitud: el bioterrorismo, que consiste,
básicamente, en el empleo de microorganismos dotados de gran capacidad invasiva
en el ser humano, los cuales pueden provocar la aparición de graves
enfermedades con tendencia a manifestarse en forma de epidemias.
Si los microorganismos que se pueden emplear en bioterrorismo son varios, de
todos ellos hay dos que preocupan especialmente por su elevada mortalidad: el
bacilo del carbunco o ántrax y el virus de la viruela.
Pocos meses después del terrible atentado múltiple de las Torres Gemelas de
Nueva York y otros en territorio estadounidense, que tuvieron lugar el fatídico
11 de septiembre de 2001, un caso de bioterrorismo mantuvo en alerta a Estados
Unidos durante semanas. Lo que inicialmente se creía que era un grupo
terrorista islámico envió siete cartas con esporas de ántrax a diferentes
lugares del país norteamericano. Uno de los primeros casos se detectó en Boca
Ratón, en Florida, y el enfermo falleció de forma fulminante. En total hubo 22
personas infectadas, de las cuales cinco fallecieron. Poco a poco la sensación
de pánico se fue generalizando y se temió que se pudieran producir nuevos casos
en otros puntos del planeta. Afortunadamente estos augurios no llegaron a
cumplirse y la alerta por ántrax desapareció tal y como había surgido.
La viruela es otra de las enfermedades a las que se alude cuando se piensa en
bioterrorismo, se trata de una enfermedad erradicada en todo el planeta desde
1977 y que, por tanto, no figura en las campañas de vacunación de ningún país.
Sin embargo, el virus responsable de la enfermedad no ha sido erradicado, se
guardan cepas del microorganismo en dos laboratorios, uno en Siberia (Rusia) y
otro en Atlanta (Estados Unidos). Existe la duda razonable de que el virus haya
sido «adquirido» por otros países y que pueda ser utilizado como arma
biológica. La magnitud de esta alerta sanitaria hizo que en el año 2005 la OMS
ampliase a 2,5 millones la producción de dosis de vacuna contra la viruela, una
cifra muy elevada teniendo en cuenta que la enfermedad no existe.
Una
nueva enfermedad aterroriza al mundo
Siguiendo
en la línea de las enfermedades víricas, en marzo de 2003 el infectólogo
italiano Carlo Urbani identificó una enfermedad desconocida hasta ese momento
en un empresario estadounidense que había sido ingresado en un hospital de
Hanoi (Vietnam). Durante las siguientes semanas detectó nuevos casos y alertó a
la OMS. La enfermedad fue catalogada con el nombre de neumonía atípica o
síndrome respiratorio agudo severo (SARS) y, posteriormente, se pudo saber que
estaba causada por un tipo de virus (coronavirus). El brote epidémico se había
iniciado en noviembre de 2002 en Foshan, una pequeña ciudad industrial de la
provincia de Guangdong (China) desde donde se propagó a las vecinas Vietnam y
Hong Kong. El 12 de marzo del 2003 la OMS emitió la Alerta Global (máximo nivel
de alerta) de la enfermedad, ya que se había convertido en una pandemia. Al
final de ese año se cifró en más de setecientas personas las fallecidas en todo
el mundo por la nueva enfermedad, entre ellas su descubridor, el doctor Urbani.
Resfriados
mortales
A
finales de 2003 y comienzos de 2004, mientras los medios de comunicación se
hacían eco de que el peligro del SARS había pasado, la OMS alertó de que el
virus de la gripe H5N1 había aumentado de forma alarmante su virulencia. Al año
siguiente este virus se hizo resistente frente a la mayoría de los fármacos
antivirales, lo cual parecía presagiar que una pandemia estaba próxima.
A comienzos de 2006 su capacidad infectiva en humanos era muy alta y se
comprobó que a través de las migraciones de las aves el virus era capaz de
llegar a zonas muy alejadas, por este motivo la enfermedad pasó a
denominarse gripe aviar.
Desde ese momento ha habido un total de 394 infectados y 250 fallecidos, una
cifra muy baja en comparación con los miles de casos que hay en el mundo de
gripe estacional.
En el año 2009 hubo un nuevo brote pandémico del virus de la gripe, en este
caso del tipo H1N1, el mismo que causó la pandemia de 1918 (la gripe
españolaque vimos un poco antes). Se trataba de un patógeno con un genoma
muy variopinto, ya que había mezcla de genes del virus de la gripe porcina, del
virus de la gripe aviar y del virus de la gripe humana. La pandemia comenzó el
21 de abril cuando Estados Unidos alertó de que se había detectado un brote de
gripe procedente de México. En tan sólo tres semanas hubo casi un millar de
personas infectadas y 18 muertes.
Desde Estados Unidos y México la enfermedad se diseminó por todo el planeta y,
de forma sorprendente, y esto es lo que más preocupaba a las autoridades
sanitarias, las formas más graves se producían en personas jóvenes, si bien es
cierto que en la mayoría de los casos afectaba a personas que tenían otras
enfermedades añadidas. Como sucedió con la pandemia del virus de la gripe aviar
la mortalidad fue mucho menor de la esperada.
La alarma social que ha generado la gripe A puso de manifiesto una vez más, de
forma palmaria, si cabe, lo susceptible y manipulable que es una sociedad mal
informada y sobreinformada como la que vivimos. Los mensajes de intranquilidad
y el exceso de información pueden generar más perjuicios (automedicación,
medidas profilácticas injustificadas…) que la propia pandemia.
A lo largo de 2009 se trabajó a ritmo frenético, y al final se consiguió tener
preparada una vacuna frente al virus de la gripe A (H1N1) a final de año. Este
avance terapéutico estuvo acompañado de una enorme polémica, debido a los
posibles efectos secundarios que podría derivarse de su utilización.
Vacunas
para combatir el cáncer
Las
vacunas no sólo se pueden utilizar para prevenir la aparición de enfermedades
infecciosas, como en el caso de la gripe, sino también para tratar algunos
tipos de cáncer, bien para tratar cánceres ya existentes (vacunas terapéuticas)
o bien para evitar la aparición de algún tipo de cáncer (vacunas
profilácticas).
Dentro del grupo de las vacunas profilácticas, en el año 2006 la FDA de Estados
Unidos aprobó la primera vacuna frente al virus causante de la mayoría de los
casos de tumores de cuello uterino (el virus del papiloma humano.
Las vacunas terapéuticas constituyen una novedosa estrategia pues, con ellas,
se pretende potenciar la respuesta del organismo frente a las células
tumorales. Hasta la fecha la FDA todavía no ha aprobado ninguna vacuna
terapéutica pero existen más de un centenar de ensayos clínicos con resultados
prometedores en tumores tan diferentes como el de piel, el renal o el pulmonar.
Sangre
artificial
Abandonemos
el mundo de las enfermedades infecciosas para ocuparnos de las transfusiones.
En el año 2007, el químico británico Lance Twyman, un investigador de la
Universidad de Kent, anunció que había desarrollado unas moléculas huecas de
forma cuadrada a las que denominó porfirinas, y que eran
extremadamente similares a la hemoglobina, la proteína que se encarga de
transportar el oxígeno en la sangre. Este descubrimiento posibilitará que se
pueda transfundir sangre artificial de forma rápida y en grandes cantidades sin
tener que depender de campañas de donación de sangre. Además este tipo de
transfusiones tiene otras ventajas, como son su esterilidad, la ausencia de
riesgo de contraer enfermedades infecciosas y la posibilidad de almacenarla de
forma fácil, ya que se puede mantener a temperatura ambiente.
Nuevos
trasplantes
En
otro orden de cosas, en el caso de las mejoras relativas a los trasplantes, en
la primera década del siglo XXI se ha conseguido obtener éxitos en dos nuevas
regiones anatómicas: cara y pene. En noviembre de 2005, Isabelle Dinoire, una
ciudadana francesa nacida en 1967, se convirtió en la primera persona en
recibir un trasplante de cara, después de que años atrás un perro le hubiera
desfigurado el rostro. La intervención fue realizada por un equipo dirigido por
Bernard Devauchelle, jefe del Servicio de Cirugía Oral y Maxilofacial del
hospital de Amiens. Isabelle Dinoire recibió los pómulos, la nariz y los labios
de una mujer en estado de muerte encefálica. Tan sólo tres años después, en el
Hospital de Cleveland (Estados Unidos), la doctora Maria Siemionow llevó a cabo
un trasplante de cara del 80 % en una mujer de 46 años que había sido disparada
por su marido y tenía el rostro totalmente deformado.
El primer trasplante de pene fue realizado por el chino Weilie Hu, cirujano del
Hospital General de Guangzhou, en el año 2006. El receptor fue un hombre de 45
años al que se le trasplantó el órgano de un joven de 22. A pesar de que la
cirugía fue un éxito, días después de la intervención fue necesario extirpar
nuevamente el órgano por problemas de índole psicológica.
No podíamos terminar este libro sin señalar que en la primera década del siglo
XXI han sido varios los grupos de investigadores que han trabajado en el
desarrollo in vitro de un nuevo sistema terapéutico, la nanotecnología, que
permite transportar los medicamentos por el organismo (protegidos por una
membrana que impida su destrucción) y liberar su contenido de forma gradual en
el punto deseado. En un futuro no muy lejano asistiremos a la aparición de
nuevas familias de fármacos que permitirán tratar enfermedades de una forma más
óptima y con menos efectos secundarios.
En ningún momento de la historia de la medicina el futuro fue tan esperanzador
como el que se nos plantea en este momento, por la enorme cantidad de avances
que se espera que se produzcan en los próximos años.
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