© Libro N° 6231.
Captando Genomas. Margulis, Lynn Y Sagan, Dorion. Emancipación. Julio
20 de 2019.
Título
original: © Captando Genomas. Dorion Margulis, Lynn Y Sagan
Versión Original: © Captando Genomas. Dorion Margulis, Lynn Y Sagan
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CAPTANDO GENOMAS
Dorion Margulis, Lynn Y Sagan
CONTENIDO
Prólogo
Prefacio
I.
La evolución como imperativo
Darwinismo
sí, Neodarwinismo, no
El
dilema de Darwin
Individualidad
relativa
Selector
natural
Principios
de novedad evolutiva
II.
Los microbios en la evolución
Células
y especies
La
historia de lo heredable
III.
El legado planetario
El
planeta de Gaia
Eucariosis
en un mundo anóxico
IV.
Consorcios
Alianzas
marinas
Proclividades
vegetales
El
baile de los cromosomas: La teoría de la fisión
Darwin
de nuevo: Las especies en el diálogo evolutivo
Glosario
Referencias
Agradecimientos
Cualquiera
a quien su disposición le conduzca a atribuir más peso a las dificultades no
explicadas que a determinado número de hechos, rechazará sin duda mi
teoría.
CHARLES DARWIN
El
origen de las especies, 1859
Figura FM. 1 Origen bacteriano de las células nucleadas
Cuando
me licencié en la Universidad de Berlín, hace ya casi más de ochenta años, la
biología constaba de dos ramas: zoología y botánica. Todo lo relacionado con
animales era zoología; el resto —incluyendo hongos y bacterias— era botánica.
Desde entonces las cosas han ido mejorando, particularmente a partir del
descubrimiento de la utilidad de levaduras y bacterias para la investigación
molecular. No obstante, la mayoría de estos estudios no consiguieron más que
reforzar el planteamiento reduccionista, promoviendo consecuentemente el desdén
por los principales actores de la evolución: individuos, poblaciones y
especies, así como las interacciones entre ellos.
Los autores de Captando genomas contravienen esta tendencia,
demostrando la descomunal importancia de las interacciones entre individuos de
especies distintas. Gran parte del progreso de la evolución se debe al
establecimiento de consorcios entre dos organismos con genomas completamente
diferentes. Los ecólogos han comenzado apenas a describir estas interacciones.
Entre
los millones de interacciones posibles —incluyendo el parasitismo—, los autores
han seleccionado una como objeto principal de su trabajo: la simbiosis. Éste es
el nombre que recibe la interacción mutua que involucra la asociación física
entre «organismos denominados de forma diferente». Los líquenes constituyen el
ejemplo clásico de simbiosis. En ellos, un hongo se asocia con un alga o con
una cianobacteria. Considerada inicialmente la simbiosis como algo excepcional,
con el tiempo se descubrió su naturaleza prácticamente universal. Por ejemplo,
los microbios que viven en una de las cavidades del estómago de la vaca,
proporcionando las enzimas necesarias para la digestión de la celulosa, son
simbiontes de la vaca. Desde hace tiempo, Lynn Margulis se encuentra en la
vanguardia del estudio sobre la simbiosis. Consiguió convencer a los citólogos
de que las mitocondrias son simbiontes de las células, tanto vegetales como
animales, del mismo modo que los cloroplastos lo son de las primeras. El
surgimiento de una nueva forma a partir de esta clase de simbiosis es conocida
bajo el nombre de simbiogénesis.
Durante
muchos años Margulis ha liderado la interpretación de entidades evolutivas como
productos de la simbiogénesis. El acontecimiento de esta índole más asombroso
—y para muchos aún increíble— consiste en el origen de las eucariotas[1] mediante
la fusión de una arqueobacteria con alguna eubacteria. Ambos progenitores
contribuyeron al resultado con importantes capacidades fisiológicas, lo que
garantizaría el extraordinario éxito evolutivo de las células eucariotas, que
constituyen los elementos de construcción de la totalidad de animales, plantas
y hongos.
La
simbiogénesis constituye el tema central de la presente obra. Los autores
demuestran en ella, de forma convincente, que una proporción sorprendentemente
elevada de linajes evolutivos tuvo sus orígenes en la simbiogénesis. En esos
casos, la combinación de dos genomas totalmente distintos forma un consorcio
que se convierte en un objetivo de selección como entidad única. Por la
estabilidad mutua de la relación de este modo establecida, la simbiosis difiere
de otras clases de interacción como el carnivorismo, el herbivorismo y el
parasitismo.
La
adquisición de un nuevo genoma puede ser tan instantánea como el acontecimiento
cromosomático que conduce a la poliploidía [2]. Los autores
nos incitan a la sugerencia de que esta clase de acontecimiento pudiera
contradecir el principio darwiniano de evolución gradual. En realidad, la
incorporación de un nuevo genoma puede muy bien constituir un proceso muy
lento, que se extienda a lo largo de numerosas generaciones. Pero aun en el
caso de que fuera instantáneo, nunca sería más brusco que cualquier otro suceso
conducente a la poliploidía.
Los
autores se refieren al acto de la simbiogénesis como ejemplo de especiación.
Algunas de sus afirmaciones tal vez puedan conducir al lector poco informado a
la conclusión errónea de que la especiación se debe en todos los casos a la
simbiogénesis. La realidad es otra: la especiación —la multiplicación de
especies— y la simbiogénesis son dos procesos independientes y sobrepuestos. No
existe indicio alguno de que ninguna de las 10.000 especies de aves o de las
4.500 especies de mamíferos se hayan originado por medio de la simbiogénesis.
Otra
de las interpretaciones evolutivas contenidas en la presente obra es igualmente
vulnerable. Sus autores sugieren que la incorporación de nuevos genomas en
casos de simbiogénesis restituye la validez del venerable principio de herencia
de caracteres adquiridos, conocido como «herencia lamarquiana». Eso no es
cierto. Ambos procesos son enteramente diferentes. La herencia lamarquiana
consiste en la transmisión de fenotipos modificados, mientras que la
simbiogénesis implica la transferencia de partes de genomas incorporadas.
Tal
vez el mayor mérito de la presente obra resida en su capacidad para introducir
al lector en el mundo de los microbios. No puede negarse que el estudioso medio
de animales y plantas sabe más bien poco — ¡o casi nada!— de este mundo.
Margulis y Sagan no limitan su trabajo a la simbiogénesis, sino que nos ofrecen
asimismo una apasionante descripción de protistas y bacterias. ¿Qué biólogo es
sabedor de que, mientras que los animales disponen de un conjunto único de
itinerarios metabólico, diversas clases de bacterias tienen más de veinte a su
disposición, todos ellos fundamentalmente diferentes entre sí? Mientras que los
especialistas dedicados al estudio de la fisiología de los vertebrados se
cuentan por millares, las fisiologías de las bacterias, mucho más diversas,
constituyen el ámbito de estudio de tan sólo un puñado de microbiólogos.
Los
capítulos 9, 10 y 11 están dedicados a fascinantes descripciones de docenas de
consorcios inusuales de plantas y animales con microbios (protistas, hongos
inferiores y bacterias). No deja de ser admirable el modo en que la selección
natural ha tenido éxito en la fusión en consorcios de las combinaciones más
improbables. Ninguna ficción podría resultar más fascinante que algunos de
estos casos de simbiogénesis.
Habida cuenta de la dedicación de los autores a su campo específico, no resulta
sorprendente que, en ocasiones, lleguen a interpretaciones que algunos podamos
considerar discutibles. El lector sabrá pasar por alto aquellas que contradigan
claramente los descubrimientos de la biología moderna. En cambio, podrá
concentrarse en otras interpretaciones brillantes y novedosas contenidas en
este texto, agradeciendo a sus autores que hayan llamado nuestra atención sobre
manifestaciones de vida que, a pesar de su importancia en el conjunto del
edificio de la Naturaleza, suelen ser sistemáticamente ignoradas por la mayoría
de los biólogos.
No
olvidemos pues nunca la importante lección que Margulis y Sagan nos transmiten:
el mundo de la vida no consiste únicamente en especies independientes, sino que
cada individuo de la mayoría de las especies es, en realidad, un consorcio de
varias de ellas. Las relaciones entre organismos superiores y microbios son
infinitas en número y, en la mayoría de los casos, constituyen una contribución
indispensable para el bienestar de ambos progenitores. Algún conocimiento
acerca de esta vasta rama de la biología debería ser parte ineludible de la
educación de todo biólogo. La biología es mucho más que ratas, Drosophila,
Caenorhabditis y Escherichia coli. El estudio de la
simbiogénesis puede contribuir a una comprensión más profunda del universo de
la vida. Para avanzar en su conocimiento, nada mejor que adentrarse en las
páginas de Captando genomas.
ERNST
MAYR
Bedford, Massachusetts
Febrero del 2002
Prefacio
En
medio del reciente interés general por la complejidad, abundan quienes señalan
que el futuro de la ciencia pertenece más a la biología, al estudio de sistemas
complejos, que a la física. Pocos seres, querido lector, son más complejos que
tú. En este libro argumentamos que, para comprender la verdadera complejidad de
la vida —esa fuente principal de novedad evolutiva que buscara Charles Darwin—,
hace falta entender cómo los organismos se unen de formas nuevas y fascinantes,
cómo adquieren y transfieren sus genes. Este será, pues, el relato sobre cómo
las especies y la propia especiación evolucionaron a través de la adquisición
de genomas. Tras más de un siglo de observación y experimentación a cargo de
científicos de todo el mundo, a las que hay que añadir una intensa comunicación
entre ellos, ha llegado el momento de explicar cómo surgieron nuevas especies.
Nada
tienen que ver con ello ni ninguna deidad omnipotente ni ninguna fantástica
cantidad de buena suerte. La historia que comienza con la aplicación de Jean
Baptiste Lamarck, los datos recopilados por Charles Darwin, los guisantes de
Gregor Mendel, el tesón de James Watson y la falta de humildad de Francis Crick
termina, con una especie de ironía romántica, en el humus y en el lodo. Sus
protagonistas son bacterias rápidas y decididas, junto con expertos arquitectos
protistas sobre una Tierra tectónicamente activa bajo un Sol energético.
Guerras, alianzas, extraños encuentros sexuales, uniones, treguas y victorias
constituyen los dramas de esta historia. Mutaciones aleatorias de ADN, de
consecuencias originalmente destructivas, dan cuenta tan sólo de sus inicios.
El papel de la aleatoriedad ha sido exagerado a lo largo de la saga de la
evolución. Fármacos, compuestos químicos y otras moléculas no son más que
estimulantes y componentes. Los seres vivos, por el contrario, son sus
verdaderos protagonistas.
Al
igual que el disco duro del ordenador, la molécula de ADN almacena información
evolutiva pero no la crea. Puesto que no son “entidades” en un sentido
coherente, los genes egoístas pueden ser comparados a invenciones de una
imaginación hiperactiva, inicialmente anglófona. El verdadero ser es la célula
viva, entidad que no puede evitar crear copias de sí misma. Ella es el
personaje central. El motor de la evolución se mueve gracias a seres diminutos
de cuya existencia apenas somos conscientes. Les tememos y los maldecimos, pero
las bacterias, estos seres vivos y diminutos, escapan a nuestra atención salvo
en esas ocasiones temibles en que nos alarman o nos amenazan. Ignoramos o
desdeñamos el hecho de que tienen vida propia. Pero la tienen. Las acciones de
las bacterias y de otros seres invisibles perpetúan y generan especies viejas y
nuevas.
Tanto
si es sábado noche como si es cualquier otra, sucede algo espectacular. Este
espectáculo ha estado en escena al menos durante 3.000 millones de años. Sus
primeros actos son demasiado importantes como para que los ignoremos. Tan sólo
muy al final de esta larga historia adquiere protagonismo ese simio social que
anda erguido y que charla sin cesar. Ese simio desprovisto casi por completo de
pelo, que corta selvas tropicales con soltura, se engaña con visiones de su
propia importancia. Su sentido de unicidad y sus intereses egoístas, combinados
con su prolijidad tecnológica, han conducido a una explosión demográfica de
primates sin precedentes. Pero esta historia no trata de este simio, de sus
cópulas, de sus convecinos ni de sus víctimas, sino más bien de sus antepasados
no humanos. Mucho antes de las hogueras de campamento, de las proclamas de
independencia, de las ciudades y de la expansión urbana, la Tierra giraba ya
alrededor del Sol habitada por innumerables variedades de vida superficialmente
distinta. La saga evolutiva entera sobre cómo las especies se originaron y se
extinguieron puede constituir la narración más grande jamás contada. Después de
todo, es la historia de todos y cada uno de nosotros.
Parte
I
La evolución como imperativo
Capítulo 1
Darwinismo si, neodarwinismo, no
Contenido:
La
evolución de Darwin
La simbiosis como fuente de variación hereditaria
El mito del individuo independiente
Irónicamente, El
origen de las especies —obra fundamental de Charles Darwin—, que
presentaba a la comunidad científica y al gran público por igual pruebas
abrumadoras de la teoría de la selección natural, no explica en ningún momento
de dónde proceden las nuevas especies.
Las
especies son denominaciones que se otorgan a organismos extremadamente
parecidos, sean éstos animales, plantas, hongos o microorganismos. Habida
cuenta de nuestra necesidad de identificar venenos, predadores, materiales
útiles para construir cobijos, combustible, alimento y demás necesidades, desde
antaño hemos venido adjudicando nombres a objetos vivos u otrora vivos. Los
nombres de especies de organismos que probablemente conozcas están relacionados
en la tabla 1.1. Hasta el Renacimiento, no obstante, los nombres de seres vivos
variaban de lugar en lugar y raramente estaban definidos con precisión. Esta
confusión generalizada de nombres locales y descripciones inconsistentes llevó
al naturalista sueco Carolus von Linneo (1709-1789) a tratar de incorporar
rigor y comprensibilidad internacional a esas descripciones. Desde que Linnaeus
(su nombre en latín; Linneo en castellano) impusiera orden sobre unas 10.000
especies de seres vivos, los científicos utilizan un primer nombre (el género o
grupo mayor, más inclusivo) seguido de un segundo nombre (el de la especie o
grupo más reducido y menos inclusivo) para referirse a los organismos, sean
éstos vivos o fósiles.
La
mayoría de nombres linneanos son latinos o griegos. Según las reglas actuales
de procedimiento, las especies y los géneros son introducidos en la literatura
científica junto con un “diagnóstico”, consistente en una breve descripción de
las propiedades más notables del organismo en cuestión: su tamaño, su forma y
otras características de su cuerpo (es decir, su morfología); su hábitat y su
modo de vida, y aquello que tiene en común con los demás miembros de su género.
Ese diagnóstico aparece entonces en forma de publicación científica, que
describe a ese organismo ante la ciencia por primera vez. Además del
diagnóstico, el documento incluye otros detalles, recogidos en lo que se
denomina “descripción”. Para que un nombre pueda ser validado, no tan sólo deberán
ser publicados el propio nombre, el diagnóstico y la descripción, sino que una
muestra del organismo en cuestión deberá ser depositada en un museo de historia
natural, en alguna colección, en algún herbario o en cualquier otro depósito
reconocido de especímenes biológicos.
Los
fósiles son restos muertos, pruebas de vida pasada. La palabra procede del
francés fosse, que significa zanja, excavación [3]. Como sucede
en el caso del enigmático trilobite Paradoxides paradoxismus,
también lo fósiles reciben nombres y son agrupados en base a sus semejanzas y
diferencias morfológicas.
Al igual que “espectáculo” o “especial”, la palabra “especie” procede del
latín speculor (ver, mirar). A sabiendas o no, todos
utilizamos el concepto morfológico de especie: los perros tienen aspecto de
perro, son perros y están todos ellos clasificados como Canis
familiaris. Los problemas surgen cuando tratamos de nombrar a los coyotes (Canis
latrans), a los lobos (Canis lupus o lobo gris; Canis
rufas o lobo rojo), o a otros animales estrechamente relacionados.
Los zoólogos, cuya profesión consiste en estudiar a animales, han impuesto un
concepto distinto de especie, que denominan «concepto de especie biológica». En
estado natural, coyotes y perros no se aparean para producir descendencia
plenamente fértil, sino que se encuentran «reproductivamente aislados». La
definición zoológica de las especies se refiere a organismos que pueden
hibridar, es decir, que pueden aparearse y producir descendencia fértil. Así
pues, los organismos que se aparean (personas, toros y vacas, etc.) pertenecen
a la misma especie. A los botánicos, que se ocupan del estudio de las plantas,
esta definición también les resulta útil.
Está actualmente en boga un tercer concepto de especie, el “filogenético”,
“evolutivo” o “cladístico”. Según este concepto, los grupos de organismos
(personas, plantas de maíz o gallinas) considerados como descendientes de unos
mismos antepasados (“clades”) son clasificados como miembros de una misma especie.
Estos organismos reciben la calificación de “monofílicos” por el hecho de
descender de «un mismo y único antepasado».
Todos
tenemos un fuerte sentido de la especie; para sobrevivir, nuestros antepasados
necesitaban poder reconocer el alimento, la pareja potencial, la paja, las
serpientes venenosas y muchos otros organismos. A los críos de dos años les
encanta reconocer animales domésticos, pájaros e incluso peces, no hay más que
ver el éxito de los ositos de peluche y los dinosaurios de juguete. Para la
supervivencia, tanto de nuestra propia especie como de otras muchas, ha sido
crucial cierta cognición evolutiva instintiva.
La evolución, el estudio de los cambios de la vida a lo largo del tiempo,
consiste en gran medida en el seguimiento de las huellas de los orígenes de las
especies. Argumentaremos aquí por qué creemos que, de estos tres conceptos de
especie, el morfológico tradicional sigue siendo el más adecuado. Como
demostraremos, la especie morfológica constituye la manifestación externa de la
especie simbiogenética.
La asignación de animales similares de géneros compatibles a una misma especie,
a condición de que puedan emparejarse y producir descendencia viable en el
medio natural, resulta adecuada para mamíferos y muchos otros animales, pero no
es general. Ampliaremos aquí el concepto de especiación para dar cabida en él a
la totalidad de los organismos. He aquí nuestra definición simbiogenética de
las especies: sugerimos que, si el organismo A es de la misma especie que el
organismo B, ambos tienen que estar compuestos por los mismos conjuntos de
genomas integrados, tanto cualitativa como cuantitativamente. Todos los
organismos que puedan ser asignados a una única especie son productos de la
simbiogénesis; en otras palabras, que A y B son asignados a la misma especie
porque comparten la misma cantidad de las mismas diferentes clases de genomas
integrados. Las bacterias carecen de especies porque ninguna de ellas (ni
siquiera las eubacterias o las arqueobacterias) evolucionó a partir de la
integración simbiótica de células anteriormente independientes. El proceso de
especiación se inicia con las primeras eucariotas (los primeros protistas u
organismos con núcleo). El concepto de que todas las bacterias son fértiles
entre sí —es decir, que pueden transferirse genes de una a otra por muy
distintos que sean los individuos recombinantes implicados en la transmisión—
ha quedado ampliamente demostrado a lo largo de más de treinta años, siendo de
nuevo explicado por Sonea y Matthieu en el 2000, en su libro Prokaryotology.
Irónicamente, el popular punto de vista evolucionista consistente en que los
organismos evolucionan por la acumulación de mutaciones aleatorias, resulta más
adecuado para describir el proceso evolutivo de las bacterias. Todos los demás
organismos superiores, más conocidos, se originaron por medio de integraciones
simbióticas que dieron lugar a asociaciones permanentes. Los componentes
simbióticos, previamente separados, se integraban biológicamente para originar
individuos completamente nuevos, siempre en poblaciones. Como podemos comprobar
en el Capítulo 12 con el trabajo de fisión cariotípica, los anteriores simbiontes
quedaron tan desfigurados en su morfología y en sus capacidades, que su
verdadera naturaleza tan sólo puede ser revelada tras una minuciosa
investigación. Sea cual fuere el origen de la variación evolutiva objeto de
estudio, es la selección natural la que incesantemente elimina los seres cuya
forma, cuya fisiología, cuyo comportamiento y cuya química no resultan
adecuados para un medio dado en un tiempo y en un lugar determinados, sean
cuales fueren sus detalles. Las células bacterianas tienen un único genoma que
adquirió sus conjuntos de genes —habitualmente mil o más— de procariotas, de
uno en uno o de dos en dos. Los eucariotas adquieren e integran genomas
completos para formar “individuos”. Por ejemplo, todas las células vegetales
tienen como mínimo cuatro genomas integrados:
1. las
eubacterias móviles y
2. las
arqueo-bacterias sintetizadoras de proteínas que formaron la célula nucleada
(el primer protista) seguidas de
3. las
protobacterias respiradoras de oxígeno que se convirtieron en el mitocondrio y
4. las
cianobacterias que se transformaron en el cloroplasto.
La
condición de “hibridación” de los biólogos (la «definición biológica de
especie») es extremadamente útil, pero mayoritariamente para mamíferos
terrestres, para otras formas de vida próximas como pájaros y serpientes, y
para numerosas plantas. El requerimiento de emparejamiento potencial
(hibridación) está probablemente relacionado con el modo en que los animales
han evolucionado por medio de la fisión cariotípica, objeto de estudio en el
Capítulo 12. Sin embargo, todo esto no es de aplicación a las cuatro quintas
partes de las formas de vida, como mínimo. El concepto biológico de especie
debería ser renombrado como «concepto zoológico-botánico de especie». En
zoología el concepto es sin duda indispensable, mientras que en botánica es
útil.
Sin embargo, el concepto de especie “filogenético”, “evolutivo” o “cladístico”
está completamente mal enfocado, y su adopción interfiere con la capacidad para
comprender el surgimiento de las especies. La simbiosis a largo plazo, que
conduce al origen de las especies por simbiogénesis, requiere la integración de
al menos dos organismos de denominaciones distintas. Ningún organismo o grupo
de organismos visibles «desciende de un único antepasado común».
El propósito de esta obra consiste en explicar, mediante pruebas abundantes
acumuladas por científicos de todo el mundo, este nuevo concepto sobre cómo las
nuevas especies llegaron realmente a la existencia.
§. La evolución de Darwin
“Evolución”
es un término que Charles Darwin nunca utilizó. En lugar de ello se refirió a
«descendencia con modificaciones». Aún así, el concepto básico moderno de
evolución es sin duda atribuible a él. Si levantamos la mano para jurar que
somos darwinistas, estamos jurando también, con idéntico fervor, que no estamos
de acuerdo con sus seguidores neodarwinistas ni con otros evolucionistas
modernos. Es necesario distinguir los puntos de vista originales de Darwin de
los de sus sucesores. Pero habida cuenta de que, tanto el neodarwinismo como la
“síntesis moderna” que atribuye el cambio evolutivo a la mutación aleatoria,
fueron desarrollados entre 1930 y 1960, mucho después de la muerte de Darwin en
1881, de ningún modo pudo él tener relación alguna con ambas posturas, del
mismo modo que tampoco podía saber nada acerca de la “biología evolutiva”. La
“síntesis moderna” fue la ciencia inventada para unificar la idea de Darwin
acerca del cambio gradual de organismos y poblaciones, con el concepto de
Gregor Mendel de estasis genética.
¿Cuáles
son las diferencias entre el darwinismo y las ideas modernas predominantes? ¿En
qué difieren los conceptos aquí presentados con las ideas de los neodarwinistas
actuales?
Comencemos por las ideas en las que todos coincidimos. Darwin admite que todos
los organismos, sean éstos animales domésticos, lombrices de tierra cuyas
deposiciones producen «moho vegetal», o percebes (todo lo cual estudió),
producen constantemente más descendencia de la que puede sobrevivir. De un modo
u otro, nacen, se empollan, se crían y se producen más individuos de los que
conseguirán llegar a la madurez. Tan sólo una fracción de los organismos
potenciales —en ocasiones tan reducida como uno por cada cien mil, en otras tan
cuantiosa como un cincuenta por ciento— llegará a tener descendencia que, a su
vez, pueda sobrevivir para tener su propia descendencia. Tan sólo una mínima
parte seguirá produciendo descendientes. Darwin reconoció este hecho y le puso
por nombre «selección natural». Fundamentalmente, la «selección natural» constituye
un modo de expresar el concepto de que la mayor parte de la vida no logra
perdurar en el tiempo. De lo que realmente se trata es de «supervivencia
diferencial». Podríamos expresarlo del modo siguiente: las poblaciones de todas
las especies crecen potencialmente de forma exponencial. En términos de
descendencia por generación (o por unidad de tiempo), la tendencia del
crecimiento de población se denomina «potencial biótico», refiriéndose al
número máximo de descendientes posibles para una especie dada. La selección
natural se refiere al hecho de que ese potencial biótico raramente es
alcanzado. El potencial biótico de los seres humanos es de veinte descendientes
por pareja y generación (o veinte descendientes cada veinticinco años). El
potencial biótico del hongo de bosque Alternaría es
aproximadamente de 105 (cien mil) esporas por minuto durante
seis meses. El del perro salchicha es de once cachorros por camada en tres
camadas al año durante diez años o, lo que es lo mismo, 333 cachorros por
pareja y generación. Y así sucesivamente. El potencial biótico es específico
para cada especie y puede ser expresado en términos del mayor número posible de
descendientes nacidos, empollados, criados, germinados a partir de las
semillas, o cualquier otra posibilidad de producto de descendencia por cada
generación.
Figura 1.1 Anastomosis subdivisible en la filogenia del escarabajo.
Darwin
se percató claramente de que los organismos descendientes difieren entre sí,
así como de que algunas de estas diferencias —aquéllas, según él, «importantes
para nosotros»— son heredadas. Darwin unió ambas constataciones: las
variaciones tienen lugar, y tan sólo algunos descendientes sobreviven y pueden
producir su propia descendencia. Las diferencias entre organismos son
seleccionadas por el medio a través de la supervivencia diferencial.
Llegó
así a la conclusión de que los organismos están conectados en el tiempo y que
todos descienden de antepasados comunes. Denominó a su idea descendencia con
modificaciones. Perros y palomas le proporcionaron algunos de sus mejores
ejemplos. Observó también que quienes criaban gallinas para comérselas
seleccionaban aquéllas con los músculos pectorales más grandes así como que
quienes criaban perros para la caza elegían los que tuvieran los sentidos más
aguzados. Se dio cuenta de que la selección producía, de este modo, diferencias
en la descendencia de forma relativamente rápida, diferencias que, por ejemplo
en el caso de los perros, se codificaban como razas distintas.
El
concepto básico de Darwin, tal como ha sido modificado, ampliado y verificado
en el siglo XX, ha quedado resumido por Ernst Mayr (2001) en su libro What
Evolution Is[4]. Esta
accesible introducción al gran espectro de la ciencia evolutiva, de la mano de
uno de sus participantes en activo, expande el breve resumen que aquí
presentamos.
De forma abreviada, el argumento de Darwin es el siguiente: es patente por
doquier la abundante producción de descendencia de demasiados organismos,
mientras que tan sólo unos pocos sobreviven para reproducirse a su vez. Todos
los descendientes varían con relación a sus progenitores. Algunas de estas
variaciones son hereditarias. Por consiguiente, en la historia de la vida
ocurren variaciones. Sin embargo, lo que tenía perplejo a Darwin era el origen
de estas variaciones heredadas. ¿Por qué causa los organismos no eran siempre
iguales que sus progenitores o —puestos en ello— que su único progenitor
inicial? ¿Cuál era la fuente de la variación evolutiva? Darwin no lo sabía,
pero observó que gran parte de las variaciones nunca eran hereditarias: los
varones circuncidados, los ratones sin cola y las plantas con hojas
amarillentas no daban lugar a niños sin piel en el glande, a ratoncitos sin
cola o a plantones amarillentos. Darwin escribió a menudo que tan sólo las
variaciones heredadas son importantes para la «descendencia con
modificaciones», es decir, para la evolución. La longitud del pelo, en cuanto a
variación, carecería de interés puesto que no era heredada. Sin embargo, la
longitud máxima que llegara a alcanzar ese pelo, si se le dejara crecer sin
límite, podría ser de interés como ejemplo de variación hereditaria.
En resumen, toda población exhibe un grado mensurable de variación, gran parte
del cual es absolutamente irrelevante por lo que a la evolución se refiere. Sin
embargo, esta misma población exhibe también ciertas variaciones heredadas,
relevantes para el cambio evolutivo. Esta clase de variación puede ser
detectada y medida en cualquier grupo. Por consiguiente, nuestra pregunta se
resume en la misma que Darwin se planteaba a sí mismo: ¿Cuál es la fuente de la
variación hereditaria observable?
§. La simbiosis como fuente de variación hereditaria
La
idea general entre los neodarwinistas, básicamente zoólogos que en la
actualidad se autodenominan “biólogos evolucionistas”, consiste en que la
variación heredada deriva de los cambios aleatorios en la química de los genes.
Las variaciones heredables son causadas por mutaciones, y éstas son aleatorias.
Impredecibles e independientes del comportamiento, de las condiciones sociales,
del alimento o de cualquier otro elemento, las mutaciones son cambios genéticos
permanentes. A medida que estos cambios genéticos aleatorios van acumulándose
con el paso del tiempo, determinan el curso de la evolución. Tal es la visión
presentada por la mayor parte de la literatura evolucionista.
Sin duda estamos de acuerdo en que los cambios aleatorios heredables, o
mutaciones genéticas, ocurren. Coincidimos también en que estas mutaciones
aleatorias quedan expresadas en la química del organismo. La existencia de
proteínas alteradas, cuyo origen puede remontarse a mutaciones genéticas en
organismos vivos, ha quedado ampliamente demostrada. La diferencia principal
entre nuestro punto de vista y la doctrina oficial neo darwinista actual trata
de la importancia de la mutación aleatoria en la evolución. Opinamos que la
trascendencia de la mutación aleatoria como fuente de variación hereditaria
está siendo enormemente exagerada. Las mutaciones —los cambios genéticos en
organismos vivos— pueden ser inducidas; es algo que puede hacerse con rayos X o
añadiendo compuestos químicos muta génicos en el alimento del organismo. Se
conocen numerosas formas de inducir mutaciones, pero ninguna de ellas conduce a
la aparición de nuevos organismos. La acumulación de mutaciones no desemboca en
el surgimiento de nuevas especies, ni siquiera de nuevos órganos o nuevos
tejidos. Si el óvulo o la esperma de un mamífero son sometidos a mutación,
ocurrirán efectivamente cambios hereditarios pero, como ya señalara
tempranamente Hermann J. Muller (1890-1967), premio Nobel que demostró sobre la
mosca de la fruta la capacidad muta génica de los rayos X, el 99,9 por ciento
de las mutaciones son dañinas. Incluso los biólogos evolucionistas
profesionales tienen serias dificultades para encontrar mutaciones, ya sean
inducidas experimentalmente o espontáneas, que contribuyan de forma positiva al
cambio evolutivo.
Demostraremos aquí que la fuente principal de variación hereditaria no es la
mutación aleatoria, sino que la variación importante transmitida, que conduce a
la novedad evolutiva, procede de la adquisición de genomas. Conjuntos enteros
de genes, e incluso organismos completos con su propio genoma, son asimilados e
incorporados por otros. Es más, demostraremos también que el proceso conocido
como simbiogénesis es el camino principal para la adquisición de genomas.
¿Qué es la simbiogénesis y cómo está relacionada con la simbiosis? La simbiosis
es, simplemente, la vida en común de organismos distintos entre sí. Definida
originalmente por Heinrich Anton de Bary (1831-1888), la simbiosis consistía en
la cohabitación de «organismos de denominación distinta». Las simbiosis son
asociaciones de largo recorrido. Organismos de tipología distinta se unen y dan
pie a un tercer organismo. Esta fusión no es aleatoria; las relaciones
simbióticas ocurren bajo condiciones del medio específicas. En algunas de estas
asociaciones, una de las partes alimenta a la otra incluso a costa de su propio
detrimento o de su muerte. Esta clase de asociaciones explotadoras se conocen
como “parasitarias” o “patogénicas”. Tienden a ser extremadamente sensibles al
estrés medioambiental. El parásito que invariablemente y de forma virulenta
mata a su anfitrión se mata a sí mismo. Con el tiempo y las circunstancias, la
naturaleza de las asociaciones tiende a cambiar. Las relaciones que aquí nos
interesan principalmente son la coexistencia modulada entre anteriores
predadores, así como entre patógenos y sus anfitriones, sus cobijos y sus
fuentes de alimento. En la medida en que, con el paso del tiempo, los miembros
de dos especies distintas responden a la presencia del otro, las relaciones
explotadoras pueden llegar a transformarse en convivencia, hasta el punto en
que ninguno de los dos organismos pueda ya existir sin el otro.
La simbiosis estable a largo plazo que desemboca en cambio evolutivo recibe el
nombre de “simbiogénesis”. Estas asociaciones, verdaderas fusiones biológicas
que se inician en forma de simbiosis, constituyen el motor de la evolución de
las especies. Veamos cómo esclarece esta cuestión un ejemplo muy específico de
simbiogénesis en organismos vivos. Vamos a presentarte a los animales fotosintéticos,
verdaderos híbridos entre vegetal y animal. Las babosas, esos conocidos
moluscos sin cáscara que se comen las plantas de tu jardín, tienen unos
parientes fotosintéticos completamente verdes. Los antepasados de esas babosas
verdes comieron años a ciertas algas verdes que no llegaron a digerir, por lo
que éstas pasaron a formar parte de los tejidos del animal, quedándose allí.
Todos los miembros de esta especie (por ejemplo la Elysia viridis)
son siempre verdes. Estas babosas subacuáticas no tienen que preocuparse por la
comida. Desde que llegan a la etapa adulta, dejan de comer. Para alimentarse se
arrastran hasta la orilla donde, igual que a las plantas, a los miembros de esa
nueva familia de animales verdes les basta con tomar el sol. Son permanente y
discontinuamente distintos de sus antepasados grises, comedores de algas. Tal
vez esta adquisición, utilización y herencia permanente de genomas enteros de
alga pueda parecer anecdótica, pero, de hecho, ha sucedido en numerosas
ocasiones a lo largo de la historia de la evolución. La existencia de distintos
linajes de animales verdes ha quedado acreditadla, al menos cuatro o cinco
veces, a través de videos o de publicaciones específicas. Los animales verdes
nos proporcionan ejemplos gráficos de simbiosis que desembocan en
simbiogénesis.
El liquen, ese verdor en forma de planta que crece sobre las rocas y los
troncos de los árboles, es otro buen ejemplo. La mayoría de biólogos no se
percatan de que son schwendeneristas. Un schwendenerista es un científico
—habitualmente un botánico— que cree que los líquenes no son plantas. La
cuestión schwendeneriana tuvo su apogeo a finales del siglo XIX. Simón
Schwendener (1829-1919) explicó, en un tratado largo y complejo escrito en
alemán, la naturaleza compuesta de las manchas de líquenes y por qué ningún
liquen era una planta. Sin embargo, todos los investigadores modernos aceptan
el origen simbiogenético de los líquenes. Se sabe ya que una cuarta parte de la
totalidad de los hongos documentados están “liquenizados”, es decir, necesitan
vivir fotosintéticamente en asociación con algas o con cianobacterias. Este
hecho abarca por sí solo unas 25.000 especies de líquenes. Los organismos
fusionados actúan como una única entidad: producen tejidos altamente
organizados y estructurados de tallos, hojas y protuberancias bulbosas. Las
células de hongos y de algas (o de cianobacterias) de los líquenes se propagan
juntas. Ningún biólogo riguroso se atrevería hoy a afirmar que algún liquen es
una planta verdadera. Todos están de acuerdo en que los líquenes parecen
plantas y foto sintetizan como tales, aun cuando un análisis morfológico
superficial demuestre que difieren fundamentalmente de ellas.
Los líquenes nos proporcionan un ejemplo característico de simbiogénesis. Es
más, el individuo liquen es algo diferente de sus dos componentes. No es ni un
alga verde o una cianobacteria, ni un hongo. Es un liquen. Los líquenes,
novedades evolutivas surgidas por medio de la adquisición de genomas de alga o
de cianobacteria, tomaron su propio camino y exhiben características distintas
a las de sus antepasados. Aunque estudiados tradicionalmente dentro de la
botánica, los líquenes han sido fundamentales para los conceptos de simbiosis y
simbiogénesis en el pensamiento evolutivo, a pesar de lo cual su naturaleza
simbiótica ha hecho que se los considerara como fenómenos evolutivos
marginales. Tal vez hayan sido aceptados como un ejemplo del poder de la
simbiogénesis para generar novedad evolutiva, debido únicamente a que ambos
asociados son del mismo tamaño. Tanto las algas como los hongos pueden
observarse con facilidad, simplemente con la ayuda de un microscopio de pocos
aumentos, de modo que no es posible estudiar las unas sin estudiar
simultáneamente los otros. En cambio, en algunos animales verdes (como en el
caso de la especie de lombriz plana Convoluta roscoffensis) los
respectivos tamaños de los componentes difieren enormemente. La lombriz mide
centímetros, mientras que los diminutos organismos fotosintéticos —las algas—
son microscópicos. Tales discrepancias de tamaño hacen que, tanto la simbiosis
como la correspondiente simbiogénesis, resulten menos evidentes.
La actitud habitual consiste en decimos: «Bueno, la simbiosis es aceptable para
la evolución de esas cosas microbianas que os interesan a vosotros (como si
tuviésemos alguna clase de extraña fijación con los microorganismos), pero no
creemos que la simbiogénesis sea un mecanismo evolutivo verdaderamente
importante para los organismos “superiores” (principalmente mamíferos), que son
los que nos interesan a nosotros realmente». Sin embargo, este libro rebosa de
ejemplos en los que la simbiogénesis sirve como fuente de novedad evolutiva en
animales bien conocidos, como por ejemplo las vacas. Según sir David
C. Smith (Smith y Douglas, 1987), las vacas son «tanques de fermentación de
ciento cincuenta litros sobre cuatro patas». Las vacas ingieren hierba, pero
nunca la llegan a digerir porque no pueden descomponer la celulosa. La
digestión ocurre en el interior de la vaca gracias a sus simbiontes microbianos
alojados en el rumen o panza, una cavidad especial del estómago —en realidad un
esófago superdesarrollado— que ha ido evolucionando con el tiempo. No existen
vacas sin rumen; las vacas o los toros privados de sus simbiontes microbianos
no pueden vivir.
Los cambios aleatorios en la base de ADN juegan, sin duda, un papel en el
proceso evolutivo. Son como errores de imprenta que se multiplican en cada
ejemplar del libro. Raramente contribuyen a clarificar o ampliar el sentido del
texto. Tales pequeños cambios aleatorios son casi siempre inconsecuentes —o
incluso dañinos— para el conjunto de la obra. No es que estemos negando aquí la
importancia de las mutaciones. Únicamente insistimos en que, siendo tan sólo
una pequeña parte de la saga evolutiva, la mutación ha estado siendo
dogmáticamente sobrevalorada. La parte mucho mayor de la historia de la
innovación evolutiva, correspondiente a la unión simbiótica de organismos de
linajes distintos, parecida —por seguir con la analogía— a la fusión de textos
mediante el plagio o la antología, ha estado siendo sistemáticamente ignorada
por los autoproclamados biólogos evolutivos (Sapp, 2002).
En el árbol filogenético corriente, la adquisición de genomas heredables puede
ser descrita como anastomosis o fusión de ramas. La principal proposición que
aquí formulamos, a saber, la fusión de linajes evolutivos, es en ocasiones
descrita como una alternativa al darwinismo clásico. Sin embargo, la
adquisición simbiogenética de nuevos rasgos por medio de la herencia de genomas
adquiridos constituye más bien una extensión, un refinamiento y una
amplificación de la idea de Darwin. Esta evolución requiere nuevos procesos de
pensamiento, hacen falta nuevas metáforas que reflexionen sobre las
asociaciones permanentes. La simbiosis, la unión, la fusión de cuerpos, no
pueden ser reducidas a la sustitución de la “competición” por la “cooperación”
como principal fuerza motriz de la evolución. En última instancia, un término
antropocéntrico como “competición” está obviamente fuera de lugar en el diálogo
científico. En lugar de ello nos conviene proponer una búsqueda en las ciencias
sociales para dar con términos nuevos que reemplacen a las viejas y caducas
metáforas sociales de Darwin. Si la supervivencia se debe efectivamente a la
simbiosis, más que a las sobrevaloradas pugnas competitivas entre especies,
¿cuáles son entonces las consecuencias de ello para los no biólogos interesados
en la evolución?
En la presente obra hemos evitado escrupulosamente utilizar los términos “competición”
y “cooperación” para describir fenómenos biológicos o evolutivos de otra
índole. Estas palabras tal vez resulten adecuadas para el baloncesto, la
industria informática o las instituciones financieras, pero en cuanto a la
evolución, pintan con una brocha demasiado gorda. Con demasiada frecuencia
olvidan las complejas interacciones que se dan entre los seres vivos, entre los
organismos que cohabitan. La competición implica un acuerdo previo, una serie
de acciones que se ciñen a determinadas reglas. En el juego de la vida real,
sin embargo, las “reglas” —basadas en la química y en las condiciones del
medio— cambian con los jugadores. Para competir, por ejemplo en equipos
opuestos, las personas tienen que cooperar básicamente en cierta medida.
“Competición” es un término con significado científico limitado, habitualmente
carente de referencia alguna a las unidades en las que pueda ser medida. ¿Cómo
evalúan la lombriz verde o el hongo liquen su estatus competitivo? ¿Añadiendo
puntos a su calificación, o en dólares o en francos suizos? Ciertamente que no.
¿Cuáles son entonces las unidades de competición? Si nos preguntas por las
unidades de medición de la biomasa te podemos responder en gramos u onzas. Si
nos interrogas acerca de la forma de medir el potencial lumínico o biótico te
responderemos en luxes o bujías y en número de descendientes por generación.
Pero si nos preguntas «cuáles son las unidades de competición» te contestaremos
que tu visión no es científica. Términos en boga como “competición”, “cooperación”,
“mutualismo”, “beneficio mutuo”, “costes energéticos” y “ventaja competitiva”,
han sido importados de las empresas humanas e impuestos a la ciencia desde la
política, el mundo de los negocios y la reflexión social. Toda la panoplia de
términos neodarwinistas refleja un mismo error filosófico, un ejemplo del siglo
XX del fenómeno que acertadamente Alfred North Whitehead denominara «la falacia
de la concreción mal atribuida». La terminología de la mayoría de
evolucionistas modernos no es tan sólo falaz, sino también peligrosa, puesto
que conduce a la gente a creer que entiende de la evolución de la vida cuando,
en realidad, está confundida y mal informada. El «gen egoísta» es un buen
ejemplo de ello. ¿Qué es ese gen egoísta de Richard Dawkins? Para comenzar, un
gen nunca puede ser un ego. Un gen aislado es tan sólo un fragmento de ADN
capaz de tener una función. El gen por sí sólo no es nada; aunque lo
conservemos en un congelador o en una disolución salina, el gen aislado nunca
tendrá actividad por sí mismo. No hay vida en un gen, no es un ser, en ningún
caso puede reunir los criterios mínimos para ser una entidad, un sistema vivo.
Ha llegado el momento de que la biología seria deje de lado términos como
competición, cooperación y genes egoístas, para reemplazarlos con otros tales
como modalidades metabólicas (quimioautotrofia, fotosíntesis), relaciones
ecológicas (epibiotas, polinizadores) y cantidades mensurables (luz, calor,
fuerza mecánica). Demasiadas de las metáforas evolutivas en uso no son más que
dicotomizaciones superficiales, procedentes de engañosas claridades de
lenguaje. Lejos de producir comprensión científica, la impiden.
¿No sería pues mejor para la sociedad que adoptáramos metáforas simbióticas en
lugar de competitivas? Pues no, lo mejor para la sociedad no es que
reemplacemos una ristra de metáforas sobre simplificadas por otra, sino que
avancemos en la exactitud de la comprensión científica. Ciertamente, los
organismos compiten entre sí de diversas formas por espacio y alimento. No obstante,
esta pugna (o competición) entre miembros de la misma especie no conduce a la
emergencia de nuevas especies. Para ello es necesaria una fuente de novedad
genética, que habitualmente es la simbiogénesis. Tan sólo sobrevive una pequeña
porción de cualquier población. ¿No es eso entonces competición? ¿No es eso una
«lucha por la supervivencia»? No realmente. Cuando Darwin hablaba de lucha, se
refería a la tendencia de todo organismo a crecer, a reproducirse y a tratar de
dejar tras de sí su propia descendencia. No se refería a que Dios luche con
ángeles o que las concubinas del rey se peguen puñetazos unas a otras. En el
sentido de la tendencia de algunos organismos —pero no de todos— a dejar
descendencia, el término darwiniano adecuado es selección natural. Su “lucha”
consiste en el crudo hecho de que, como regla de vida, el potencial biótico
nunca es alcanzado. Tan sólo unos pocos de entre nosotros producen descendencia
que seguirá produciendo descendencia que, a su vez, produzca también descendencia
fértil. Llamar “competición” a la tendencia general a dejar descendencia tras
de sí, como suelen hacer los biólogos, es un error.
Como especie elevadamente social que somos, preocupada frecuentemente por las
relaciones entre nosotros mismos, tendemos a olvidar nuestras relaciones con
las demás especies. Biológicamente, por ejemplo, no existe cosa tal como una
simbiosis entre una madre y su hijo aún no nacido. La simbiosis es siempre una
estrecha relación física entre organismos de distinta especie.
Los humanos tenemos una relación simbiótica con los ácaros de las pestañas. La
mayoría de nosotros ignoramos el hecho de que vivimos simbióticamente con estos
organismos, o con las bacterias de las axilas o de los intestinos, o con las
espiroquetas del tejido de nuestras encías. Pero lo cierto es que tenemos esos
ácaros en las pestañas y esas bacterias en las axilas y en los intestinos. No
prestamos atención a nuestras inmensas poblaciones de espiroquetas orales,
hasta el día en que nos sangran las encías o nos duelen las muelas. Todos
nosotros albergamos en nuestros intestinos bacterias que producen vitamina K y
B que son absorbidas por las paredes intestinales. Parece que nos cuesta
aceptar a nuestras bacterias simbióticas, aun cuando podamos verlas
perfectamente a través del microscopio electrónico. Disfrutamos todos de
relaciones silenciosas e inconscientes con microbios.
Nadie de nosotros tiene, en cambio, una relación simbiótica con su suegra, con
su padre o con su hijo adolescente. ¿Por qué? Porque todas las personas
pertenecen a una misma especie, la del Homo sapiens. “Simbiosis” es
un término de ecología[5] que
describe a dos o más organismos de especies distintas, en contacto físico
prolongado. Incluso las abejas y las flores, a pesar de su íntima asociación en
la ecología de la polinización, no tienen entre sí una relación simbiótica. Los
ácaros de las pestañas y los seres humanos son, en cambio, simbiontes. El olor
que emana de tus calcetines procede de algunas de las bacterias y de los hongos
que viven entre los dedos de tus pies, donde tienen su hábitat específico. Se
estima que el diez por ciento del peso en seco de cualquier persona corresponde
a simbiontes. La mayor parte de estos simbiontes, por cuanto a peso se refiere,
se compone de los numerosos tipos de bacterias que medran en el colon o
intestino grueso. Nuestra relación con esos microbios es de asociación:
Nada
de “beneficios”, “costes”, “cooperación” o “competición”. La simbiosis y su
consecuencia evolutiva, en algunos casos la “simbiogénesis”, son simplemente
una realidad de la vida.
En resumen, gran parte de la terminología de los evolucionistas (no de los
extraños darwinistas) modernos debería ser descartada. Tanto en la cultura
popular como particularmente en la subcultura científica de la «biología
evolutiva», la terminología no es científica, sino engañosa hasta el punto de
ser destructiva. Los críticos sinceros del pensamiento evolucionista que se
atreven a señalar los problemas del dogma de los biólogos, junto con su
terminología indefinible, son a menudo desdeñados como si de fundamentalistas
religiosos o xenófobos se tratara. Sin embargo, la parte de la tesis defendida
en este libro, que insiste en que dicha terminología (ver tabla 1.2) interfiere
con la verdadera ciencia, demanda un debate abierto y profundo acerca de la
veracidad de las afirmaciones formuladas por los evolucionistas zoocéntricos.
§. El mito del individuo independiente
Tal vez te sorprenda la sugerencia de que los organismos no son tan
individuales como solemos creer. La idea de que en realidad somos montajes
ambulantes, seres que han integrado diversas clases de organismos extraños, de
que cada uno de nosotros es una especie de comité anárquico, abre la puerta a
demasiadas especulaciones retadoras. Por ejemplo, cuando el comité cae enfermo,
¿es un único animal el que ha enfermado, o esa enfermedad es más bien un
desajuste entre los miembros que lo componen? Imaginamos que los microbios
patógenos nos atacan pero, si resulta que estos patógenos forman parte de ese
comité que nos hace ser lo que somos, ¿no será la salud una cuestión de
relaciones ecológicas entre los miembros del comité, más que de resistencia a
las invasiones procedentes del exterior? Sin duda que sí.
Como cualquier otro organismo, los seres humanos vivimos inmersos en
comunidades ecológicas. Cuando, como individuos, sentimos que nos estamos
derrumbando, ello se debe probablemente a que, efectivamente, ese edificio
compuesto de múltiples elementos que somos se está viniendo
abajo. Cada persona, cada perro, cada árbol, se compone de numerosas partes
vivas diferentes que pueden ser detectadas e identificadas. Las relaciones
entre las partes vivas que nos componen son absolutamente cruciales para
nuestra salud y, por consiguiente, para nuestra felicidad. El “individuo”
absolutamente auto contenido constituye un mito que necesita ser reemplazado
por una descripción más flexible. Sin embargo, los simbiontes del ser humano
son difíciles de estudiar, y ello por numerosas razones: complejidad debida a
la disparidad de tamaños, incapacidad de llevar a cabo experimentaciones con la
herencia humana, política y prejuicios sociales. Por todo ello, los líquenes
nos proporcionan más facilidades para el estudio de los simbiontes. Si privamos
de luz a ciertos líquenes, el miembro fotosintético o fotobionte (habitualmente
una cianobacteria como la Nostoc o un alga verde como la Trebouxia)
no puede vivir en la oscuridad. Entonces el hongo suele crecer sin parar,
digiriendo a su anterior socio. Si, por el contrario, sumergimos al liquen
durante largo tiempo bajo el agua pero con luz, el hongo termina por ahogarse,
mientras que el alga crece continuamente. Por consiguiente, los líquenes son
organismos compuestos que requieren luz variada: no pueden sobrevivir en
condiciones persistentes de todo-luz o nada-luz. Del
mismo modo, tampoco pueden vivir en condiciones de sequedad o de humedad
absolutas, sino que precisan de un ciclo entre ambos extremos. Son estos
ciclos, estas alternancias entre humedad y sequedad y entre luz y oscuridad,
las que mantienen la composición viva, el liquen con apariencia de individuo.
Para que la mayoría de seres vivos puedan persistir y propagarse son necesarias
determinadas ratios de cambios.
Es necesario que comencemos a pensar en los organismos en términos de
comunidades, de colectivos. Las comunidades son entidades ecológicas.
Para ir más allá de los animales, hay que pensar en las plantas. Plantamos sus
semillas o sus esquejes en el suelo del huerto y nos maravillamos al verlas
hacer su parte. La mayoría de las raíces viven en la rizosfera, esa zona
ecológica en la que medran numerosos organismos distintos que crecen y
metabolizan al mismo tiempo. Algunos de sus moradores proporcionan nutrientes a
eso que vemos como una planta que es, generalmente, lo que está por encima del
suelo. Pero, al igual que los animales, las plantas son también confederaciones
de organismos de distintas clases, otrora separados. Como veremos, se sabe que
las simbiosis en las raíces, en las hojas, e incluso en los tallos, han dado
lugar a nuevas formas de vida vegetal, siendo tal vez responsables del origen
de esos crecimientos, en su día monstruosos, sin los que la humanidad nunca
hubiera evolucionado en lo que hoy conocemos como tal: los frutos.
El libro ¿Qué es la vida? (Margulis y Sagan, 2000) incluye una
fotografía tomada a distancia por Connie Barlow de un bosque de álamos en
Colorado. Cualquiera puede contar los árboles. Hay centenares, si no miles de
ellos. Sin embargo, y aunque consta de numerosas partes, ese bosque es en
realidad un único organismo. Bajo la superficie del suelo, el “árbol” es uno
continuo. Constituye una estructura interconectada con múltiples tallos que
surgen del suelo, cuestionando nuestra noción común de árbol como organismo
aislado. Ese “individuo”, cuyas raíces son enteramente continuas, se extiende
lateralmente durante kilómetros, se hunde varios metros en el suelo y se eleva
en el aire en vertical. Se cree que esta plantación de álamos es uno de los
mayores “organismos” vivos de nuestros días.
Nuestro concepto de proceso evolutivo necesita incorporar íntegramente a los
vegetales. Como ya hemos señalado, el problema con los “biólogos
evolucionistas” modernos consiste en que sus ejemplos derivan casi siempre de
los humanos o de otros animales, particularmente mamíferos foráneos. En escasas
ocasiones, el catálogo se extiende a la mosca de la fruta o a algún otro insecto
que les resulte de utilidad para su explicación de la evolución. Cuando hablan
de «organismos inferiores» suelen referirse a los animales que no son
mamíferos. Como zoólogos que son, tienden a desconocer el mundo microbiano,
ignorando a menudo a las bacterias, a los hongos y a la miríada de esos otros
microbios “mayores” denominados protistas. Los zoólogos tienden a estudiar muy
poca botánica, escasa protistología y ninguna bacteriología. Escriben sobre
“individuos” pero habitualmente se refieren a personas, mascotas y animales de
granja o de zoo. Ocasionalmente tal vez incluyan algún vegetal agrícola en sus
análisis, pero a menudo lo hacen de forma limitada y científicamente
inadecuada. Aunque el zoocentrismo pueda resultar apto para la clase de mamíferos
empleados para la cría de poblaciones mayores, no deja de ser una burda
aproximación —una especie de alucinación apolínea— de lo que realmente sucede
en la vida como un todo.
Sigue con nosotros la pregunta decimonónica de si existe o no un progreso evolutivo.
¿Debe entenderse como tal la complejidad creciente a gran escala evolutiva?
La evidencia de expansión evolutiva es fácil de demostrar. Abundan en los
registros fósiles las pruebas de la expansión de nuevas formas de vida. La vida
—incluyendo por supuesto a la vida humana— gusta de estar donde el agua, en
forma de océano o lago, está en contacto tanto con el aire como con el suelo.
Todos sabemos, por el valor inmobiliario de esos suelos, que las franjas
costeras son lugares apetecibles. A la vida le gustan los hábitats donde
coinciden agua, tierra y aire. La mayor parte de la vida ocurre a pocos
milímetros de las superficies del agua y del suelo.
Aparentemente, la vida evolucionó a partir de su propagación en la costa
marina, expandiéndose tan sólo después a las regiones polares, a los lagos de
alta montaña y a los abismos oceánicos. Únicamente a partir de la era
cenozoica, que comenzara hace 64 millones de años, comienzan los animales y las
algas a dejar registros fósiles en el alto Ártico y en la Antártida (para una
escala geológica temporal simplificada ver tabla 9.1). El continuo núcleo
central de la vida sobre el planeta se ha expandido y ha extendido su espectro.
¿Es eso progreso? Se han hallado fósiles de reptiles que exhiben más vértebras
y mayor complejidad morfológica que cualquier otro ser vivo conocido. Habida
cuenta de su extinción, su testimonio contradice el concepto mismo de progreso
evolutivo. El propio término “progreso”, con sus connotaciones morales, denota
una cantidad compleja inmensurable e inestimable. Los descendientes de esos
reptiles perdieron complejidad, son parientes simplificados de sus antepasados,
pero tampoco podemos decir por ello que hayan “retrocedido”. Simplemente
evolucionaron hasta tener menos vértebras, eso es todo. Que algún progreso
direccional nos haya encumbrado a nosotros, Homo sapiens, a una
supuesta cima olímpica, constituye una idea absolutamente insostenible. A
medida que la Tierra se iba cubriendo de más y más vida, ésta se expandía, pero
que “progresara” o no es un tema cuestionable. Como veremos en el capítulo
siguiente, el aparente progreso de la vida se entiende mejor en el contexto de
su conformidad con la segunda ley de la termodinámica. En dicho capítulo
seguiremos el rastro de la vida desde el Precámbrico hasta el presente,
manteniendo nuestra atención sobre la pregunta, « ¿cómo evolucionan las nuevas
especies?» Remoldearemos los conceptos de “progreso evolutivo” en términos de
la nueva termodinámica, que unifica e integra, de forma distinta pero complementaria
a la genética y a la biología molecular, la ciencias de la física y de la
biología.
Capítulo 2
El dilema de Darwin
Contenido:
Darwinistas
de última hora
Herencia y salud
Células, microbios, propágulos y entidades autopoiésicas
Termodinámica, «propósito» y «progreso» evolutivo
Los
1.200 ejemplares publicados inicialmente de El origen de las especies
por medio de la selección natural, o la preservación de las razas aventajadas
en la lucha por la vida de Charles Darwin, se vendieron al librero el
mismo día de su publicación, el 24 de noviembre de 1859. Los lectores eran
conscientes de los rumores que circulaban: el autor del popular Viaje
del Beagle iba a explicar de qué modo el ser humano descendía del
mono, por qué la risa y las muecas eran expresiones faciales comunes a reyes y esclavos,
y de qué modo se había retirado Dios Todopoderoso de su trabajo como productor,
presidente y director general ejecutivo del mundo conocido. Por fin, el aislado
académico, que había ido construyendo su teoría laboriosamente a lo largo de
tantos años, tras su empleo juvenil como naturalista en el Beagle,
iba a contar toda la verdad. Todos sabían que aquel Darwin era cuidadoso y
merecedor de toda confianza y que, habida cuenta de que la fortuna de su
familia y de la de su esposa, Emma Wedgwood, le permitían dedicarse por
completo a la búsqueda de la verdad, el contenido de su nuevo libro no podía
ser más que exacto y fiable.
Lo más probable es que el libro fuera mucho más comprado que leído. Tras un
siglo de exégesis por la sabiduría establecida y numerosas traducciones al
lenguaje común, las autoridades competentes han decretado que las intuiciones
de Darwin fueron tan numerosas como valiosas. Sin embargo, el contenido de la
aludida obra está repleto de dudas, de contradicciones y de posibles prevaricaciones.
En ella, el autor deja claro que el ser humano, como todos los demás seres
vivos, ha sobrevivido hasta el presente precedido por un historial inmenso y
sobrecogedor. Ningún dios es responsable de la construcción del ser humano,
como tampoco de la del tomate. Ninguna otra forma de vida fue tampoco creada
por separado en siete días o menos. No obstante, Darwin, probablemente por
razones principalmente de índole política, dejaba la puerta abierta a la
posibilidad de un origen divino de la vida en su inicio.
Sorprendentemente, tras todas las explicaciones acerca de la «grandiosidad de
esta nueva visión de la vida» (una de las frases de Darwin en su gran obra),
queda claro que, en las 500 páginas de tipografía menuda apretada, la obra en
cuestión se olvida por completo de su propio título —el origen de las
especies—, que queda abandonado y relegado al olvido. Como señalara tan
acertadamente el biólogo australiano George Miklos.
La
«lucha por la supervivencia» ha sido aceptada incuestionadamente por
generaciones de biólogos evolucionistas, que citan el Origen de las especies
como si de las Sagradas Escrituras se tratara, a pesar de que el origen de las
especies sea, precisamente, de lo que la obra de Darwin no trata.
Tanto
para quienes hayan hojeado el libro, como para quienes hayan leído los otros
numerosísimos trabajos de su autor, o sepan de él por persona interpuesta, lo
que Charles Darwin estableció en última instancia en su famoso libro, para
mayor satisfacción de sus coetáneos científicos y de sus seguidores, fue una
idea fundamental que sigue siendo enteramente válida en nuestros días. Toda
especie viva desciende de otra anterior relacionada con ella. Toda forma de
vida, haya sido o no creada por una supuesta deidad en su inicio, está
conectada a través del tiempo con otras formas de vida preexistentes,
probablemente similares a ella. Hoy en día, con la mejor comprensión de la
evolución cósmica y de la química de los orígenes de la vida de que disponemos,
la necesidad de un origen divino debe remontarse aún más, hacia el misterioso
nacimiento del cosmos en el Big Bang.
Darwin demostró claramente que los seres vivos “engendran” descendientes que,
inevitablemente, difieren ligeramente de sus progenitores. Observó que muchas
de estas diferencias identificables son heredadas. Puede comprobarse la
transmisión de rasgos, a menudo distinguibles aunque ligeramente cambiados, en
cachorrillos de perro, en potrillos, en pollitos, en temeros, en hijos y en
nietos. Darwin no hizo más que divulgar un hecho que todos podían ver por sí
mismos: del gran número de descendencia que llega a surgir de semillas, huevos
y úteros, tan sólo un pequeño número sobrevive y consigue engendrar su propia
descendencia. Tal vez sean muchos —bellotas y cachorros por igual— los que
estén al principio alrededor de la madre pero, si se sigue el rastro de su vida
como individuos, se comprueba que son bien pocos los que consiguen sobrevivir,
madurar y dejar descendencia fértil. Por lógica —argumentó Darwin— los
sobrevivientes tienen que tener rasgos que sean más favorables a la
supervivencia en ese entorno concreto, que sus congéneres que no lograron
sobrevivir. Como ya ha quedado dicho, es a ese proceso de supervivencia y
reproducción diferenciales al que Darwin aludía con la denominación de
«selección natural».
Esa «selección natural» de Darwin no implicaba de ningún modo ni un lúgubre,
anciano y poderoso morador de un cielo tormentoso, ningún «Seleccionador
Natural». Su expresión denotaba la supervivencia y la reproducción de unos
pocos elegidos, parientes de un prodigioso número inicial de descendientes.
Darwin admitía que, por sí sólo, ese proceso de selección natural no parecía
ser capaz de crear novedad, limitándose simplemente a eliminar, del inmenso
catálogo de diferentes organismos presentes en la Naturaleza, aquellos
individuos incapaces de reproducirse. Pero, ¿dónde se originaba esta variación
intrínseca y heredada, postulada por Darwin?
Parecería como si Darwin quisiera hacernos creer que el concepto entero de
evolución comienza con él. Consistentemente deja de hacer honor a su vital
abuelo paterno, Erasmus Darwin, médico y poeta progresista cuya contribución
en Zoonomia (1794-1796) acerca de la selección natural, no
parece haber sido tomada demasiado en serio por su nieto. Jean Baptitste
Lamarck (1774-1829) fue el primer naturalista moderno en publicar un gran
Corpus de bibliografía argumentando la evolución de toda forma moderna de vida
a partir de antecesores ancestrales. En los círculos anglófonos, se habla de
Lamarck como del francés responsable de una contribución negativa a la ciencia,
con su afirmación errónea de que las características adquiridas por un animal o
una planta pueden ser heredadas por los descendientes del adquiriente.
La «herencia de características adquiridas», expresión inseparable ya del
nombre de Lamarck, se conoce como “lamarckismo” y se equipara con error. Sin
embargo, y al igual que Lamarck, el propio Darwin se debatió con el problema de
la fuente primigenia de la variación heredable, llegando también a conclusiones
erróneas. Al parecer se prefiere olvidar que, como señala Mayr en su libro
(1982), Darwin acabó por inventarse una explicación lamarckiana —su hipótesis
“pangenética”— para explicar el origen de las variaciones heredables. Según
esta teoría las “gémulas”, supuestas partículas de las que todo ser vivo
estaría dotado y sujetas a la experiencia durante la vida de sus portadores,
mandan representantes a la siguiente generación. El punto de vista de Darwin,
difícilmente diferenciable del de Lamarck, constituye una declaración formal en
favor de la «herencia de características adquiridas». En última instancia, sin
embargo, Darwin se equivocó en el origen de esas “cosas”, de esos “mutantes”,
de esas “variaciones heredables”. Simplemente, lo desconocía.
§. Darwinistas de última hora
Partiendo de Inglaterra después de su muerte y habiéndose extendido por
Alemania y los Estados Unidos en gran parte del mundo alfabetizado, el legado
de Darwin sigue hoy en boga en infinidad de textos y aulas como —en nuestra
opinión— el sistema de creencias idiosincrásico de la mayor parte de los
“evolucionistas modernos”. De forma abreviada este sistema diría lo siguiente:
por medio de la selección natural, todos los organismos derivan de antepasados
comunes. Las mutaciones aleatorias (los cambios heredables) aparecen en los
genes —en el ADN— de los organismos. En comparación con los demás, los mejores
“mutantes” —individuos que soportan las mutaciones— son naturalmente
seleccionados para sobrevivir y perdurar. Los descendientes poco adecuados
—frecuentemente denominados “no aptos”— mueren. La “aptitud” —término técnico—
se refiere al número relativo de descendientes que cada individuo deja en la
generación siguiente. Por definición, la mejor aptitud produce el número de
descendientes más elevado. Las variaciones mutantes dejan así más descendencia
y la población evoluciona, es decir, cambia con el paso del tiempo. Cuando el
número de cambios en la descendencia se acumula hasta proporciones reconocibles
en poblaciones geográficamente aisladas, emergen gradualmente nuevas especies.
Cuando se acumula un número suficiente de cambios en la descendencia, aparecen
gradualmente taxones superiores, en el sentido de más inclusivos. A lo largo de
períodos geológicos de tiempo, las nuevas especies y los taxones superiores
(géneros, familias, órdenes, clases, filums, etc.) son fácilmente
distinguibles de sus antepasados.
Estamos de acuerdo en que muy poca de la descendencia potencial consigue
sobrevivir y tener descendencia, así como en que las poblaciones cambian con el
paso del tiempo y que, por consiguiente, la selección natural es de una
importancia crítica en el proceso evolutivo. Sin embargo, la explicación
darwiniana sobre la totalidad de la evolución es una verdad a medias, cuya
carencia de poder explicativo sólo puede ser compensada con la ferocidad
religiosa de su retórica. Aun cuando las mutaciones aleatorias hayan alterado
el decurso de la evolución, su influencia se debe principalmente a la pérdida,
a la alteración y al refinamiento. Una mutación puede conferir resistencia a la
malaria, pero también puede convertir a los glóbulos rojos sanos en los
deficientes transportadores de oxígeno de la anemia falciforme. Otra mutación
convierte a un espléndido recién nacido en víctima de la fibrosis quística, o
de una diabetes prematura. Es una mutación la que le impide volar a la mosca de
la fruta de ojos rojos. Sin embargo, ninguna mutación ha conseguido que
aparezcan alas, que nazca un fruto, que brote un tallo o que surja una uña. En
general, las mutaciones tienden pues a generar enfermedades, deficiencias o
muerte. No existe, en toda la vasta literatura sobre el cambio hereditario,
prueba alguna que demuestre de forma indiscutible que, ni siquiera en el caso
de poblaciones geográficamente aisladas, la mutación aleatoria conduzca a la
aparición de nuevas especies. Siendo ello así, ¿cómo aparecen las especies?
¿Cómo llegaron las coliflores a descender de unas pequeñas plantas
mediterráneas en forma de col? ¿Cómo evolucionó el cerdo a partir del jabalí
salvaje?
Sucesores de Darwin han regresado a las islas volcánicas del archipiélago de
las Galápagos, frente a las costas del Ecuador, para observar a la evolución en
acción. Tal vez el caso real más convincente de estudio del cambio evolutivo
sin interrupciones sea el trabajo realizado por los profesores Rosemary y Peter
Grant, exactamente con los mismos pinzones que Darwin y sus sucesores hicieran
famosos. La escasez de otros pájaros en aquellos remotos lugares, junto con la
severidad de sus condiciones ambientales, condujo de algún modo a una rápida y
rampante especiación partiendo de antepasados comunes. Como describe Jonathan
Wiener en su libro The Beak of the Finch (1999), el estudio de
la variación y de los cambios en estos pájaros, aislados del continente
sudamericano durante un millón de años, nos proporciona el mejor punto de vista
tradicional posible acerca del modo en que debería funcionar el proceso de
especiación.
Los ornitólogos actuales reconocen trece especies de pinzones de las Galápagos,
que clasifican en cuatro géneros. Los seis pinzones terrestres, que tienden a
volar únicamente como parte de sus ritos de apareamiento, pasan el resto de su
tiempo saltando por ahí. Estas aves terrestres se agrupan en los géneros Geospiza: G.
fortis (fuerte) o pinzón terrestre mediano, G. magnirostris (pico
grande) o pinzón terrestre grande, G. difficilis o pinzón
terrestre de pico agudo (el más difícil de distinguir), G fuliginosa (el
que huye) también denominado pequeño pinzón terrestre, y G conirostris o
gran pinzón del cactus, denominado así probablemente a causa de su masivo pico
en forma de cono, apto para quebrar grandes semillas de cactus, cuyo nombre
común es peligrosamente parecido al pinzón común del cactus o G.
scandens.
Las otras siete especies de pinzones se dividen en tres grupos: los que viven
en los árboles alimentándose de frutos e insectos, los arbóreos estrictamente
vegetarianos y los que habitan entre las ramas de los árboles y muestran
“evolución convergente”, puesto que cantan, se comportan y se alimentan de
forma tan parecida a las currucas, que al principio se les tomó por tales.
Desde el año 1978, los Grant han estado acampando en la isla Genovesa, cerca de
una laguna sin tiburones ni sanguijuelas que lleva por nombre el del afamado
Darwin. Allí han estado tomando datos sobre cantos, patas, huevos y picos de
pinzones. La totalidad del archipiélago de las Galápagos sufrió una extremada
sequía en 1977, año en que probablemente no cayera sobre aquellas islas ni una
sola gota de lluvia. El árido verano de 1985 fue igualmente seco. Sin embargo,
en el año de “el Niño” de 1982-1983, probablemente la temporada más húmeda de
la historia del archipiélago, el registro de precipitaciones rozó los 200
milímetros, con efectos drásticos sobre los pájaros y sus fuentes de
alimentación. El fluir de lodos volcánicos determinó una explosión de vegetación.
Las parras se enroscaban en los postes de las tiendas de campaña y el crotón
floreció siete veces en lugar de una. El número de semillas sobre el suelo fue
siete mayor que el del año anterior. Las orugas multiplicaron su población por
cinco y estaban más gordas que de costumbre. Los grandes cactus, sin embargo,
no lograron sobrevivir. Los héroes del desierto quedaron inundados y
desbordados por las pequeñas plantas. En unas orgías nunca antes vistas, los
pájaros copulaban, ponían sus huevos y volvían a copular. Este amplio cambio
ambiental de seco a húmedo y de nuevo a seco generó un festín de números para
los científicos. Las poblaciones experimentaron grandes fluctuaciones, desde
los apuros de los grandes comedores de semillas de cactus y de sus retoños
famélicos, hasta el baby boom entre los pájaros de menor
tamaño.
En casi treinta años de trabajo, los Grant han registrado algunos cambios
extraordinarios en la estructura de la población y en su morfología, habiendo
documentado extensamente significativas respuestas, tanto al nivel de población
como al de especie, ante las evidentes presiones de selección debidas a un
entorno con cambios tan drásticos. Registraron cambios en el tamaño de los
picos y en su capacidad para romper semillas.
Las diferencias entre dimensiones del pico entre dos grupos de pinzones
altamente especializados van desde ninguna (0 por cien) al 6 por ciento. Los
nuevos trabajos sobre pájaros de Mayr y Diamond (2001), realizados en islas de
Melanesia, evidencian una correlación inequívoca de las especies de pájaros con
el aislamiento geográfico. Sin embargo, he aquí la cuestión crucial: ni en el
Ecuador ni en Melanesia se ha registrado ningún caso de
aparición de especiación, ninguno de los detalles que acompañan a la aparición
de una nuevaespecie de pájaro.
Las diferencias en el tamaño del pico entre las seis especies distinguibles de
pinzones terrestres oscilan alrededor del 15 por ciento. Ningún cambio de tal
magnitud, relacionado con otros rasgos que permitieran hablar de una nueva especie
de pinzón de las Galápagos, fue detectado ni por los Grant ni por ninguna otra
persona. Así pues, el paradigma darwiniano funciona exactamente según lo
previsto: los distintos rasgos (ya sea dentro de una misma especie o entre
especies distintas) varían en prevalencia, de acuerdo con las exigencias el
entorno. Obviamente, los genes que determinan esos rasgos cambian también. Sin
embargo, no existe prueba alguna de que este proceso conduzca a la aparición de
nuevas especies.
La ruta directa que nos permita remontar el curso de la especiación, sea ésta
en las remotas Galápagos, en los cubículos de los drosophilósofos, o entre los
montones de sedimentos de los paleontólogos, sigue por desvelar. Lo más próximo
en ciencia a la observación y el registro de verdadera especiación en animales,
consiste en el trabajo de Theodosius Dobzhansky sobre la mosca de la
fruta Drosophila paulistorium. Pero incluso en este caso, no
apareció ninguna especie nueva, sino tan sólo el aislamiento reproductivo, que
tuvo lugar cuando una población plenamente fértil, que vivía entre temperaturas
moderadas, se dividió en dos: una que prefirió vivir en el frío y otra que optó
por el calor.
En nuestra opinión, la mejor prueba directa de especiación es también la menos
conocida. Trata de seres asexuados y se oculta en la literatura profesional
arcaica. Para comprobar directamente cómo una población de organismos da lugar
a nuevas especies, hay que buscar entre los moradores del microcosmos. Para
estudiar la especiación deberemos seguir el rastro de la simbiosis y bucear en
la bibliografía sobre simbiogénesis. La inmensa mayoría de quienes escriben
sobre evolución, tanto zoólogos como otros biólogos, tienden a ignorar la
literatura existente acerca de la simbiosis y de la ecología de las comunidades
de microbios u otros organismos.
La limitación intrínseca de la literatura darviniana fue analizada en 1999 por
Douglas Caldwell, comenzando por el propio libro de Darwin de 1859. Entre los
términos utilizados por Darwin y la cantidad de veces en que lo hace se
encuentran: “batir” —diecisiete; “muerte” —dieciséis; “destruir (destruido,
destrucción)” —setenta y siete; “exterminar (exterminación)” —cincuenta y ocho;
“individuo” —doscientas noventa y ocho; “matar (muerto, matando)” —veintiuna;
“perfecto (perfección)” —doscientas setenta y cuatro; “carrera (carreras)”
—ciento treinta y dos; “seleccionar (selecciona, selección)” —quinientas
cuarenta; “especies” —mil ochocientas tres. Como contraste, los siguientes
términos están ausentes en El origen de las especies: “asociación,
afiliación, cooperar, cooperación, colaborar, colaboración, comunidad,
intervención, simbiosis”. Ciento cincuenta años más tarde persiste la costumbre
de ignorar las asociaciones metabólicas y físicas entre organismos. En Análisis
evolutivo (2001), un influyente libro de texto para universitarios
escrito por Freeman y Herrón, los términos “combate”, “competición” y
“conflicto” aparecen en al menos dieciocho páginas, mientras que “simbiosis” y
“simbiogénesis” no se mencionan ni una sola vez en sus 700 páginas. Análisis
eruditos sobre los «árboles de la vida», muchos de ellos calculados por
ordenadores de alta velocidad, muestran masivamente ramas divergentes. Tan sólo
en contadas ocasiones aparecen uniones de ramas para simbolizar alguna
simbiogénesis. Tal vez esos gráficos de ordenador puedan ser muy
impresionantes, pero no reflejan en absoluto ni la historia real de la vida
sobre la Tierra, ni la evolución de las especies.
§. Herencia y salud
A lo largo de la mayor parte de la historia de la Humanidad, médicos, chamanes
y herbolarios han venido practicando el arte de la curación en un estado de
ignorancia bien educada. Si bien no existía nada parecido a la ciencia de la
genética, los practicantes más astutos de este arte sabían que, en ciertas
familias, prevalecían determinadas enfermedades. Por ejemplo, entre los hebreos
de los tiempos bíblicos se consideraba imprudente circuncidar a un muchacho
cuyo tío —exclusivamente por parte de madre— hubiera sangrado en exceso en su
propia circuncisión. Para predecir la calvicie de una mujer o la enfermedad del
«grito del gato» (Tay-Sachs) de su hijo, los galenos buscaban pistas en los
antecedentes familiares de ambas ramas familiares. Durante más de cien años, la
gran dinastía europea de los Habsburgo fue identificable por las mandíbulas
prominentes de sus miembros.
Figura 2.1. El Árbol de la Vida.
Sin
embargo, todo ese conocimiento genético se transmitía culturalmente en forma de
folklore aprendido, careciendo de cualquier cuerpo de conocimiento lógico como
base. Hasta principios del siglo XX no se sabía absolutamente nada acerca de
las causas de las enfermedades heredadas —ni de su fisiología ni de las razones
por las que asociaban a determinadas familias—, debido a que, tanto dentro como
fuera del ámbito médico, el desconocimiento acerca de los genes y de la química
del ADN era absoluto.
Tanto las comadronas como los galenos meticulosos sufrían suficiente peste,
fiebre puerperal, sífilis y demás formas de “virulencia” como para poder
asimilar firmemente el concepto de “contagio”. Sin embargo, una filosofía
coherente de la enfermedad contagiosa seguía mostrándose evasiva. Los hombres
de medicina y los médicos forenses conocían bien la noción de enfermedad
iatrogénica (causada por el galeno, según la raíz griega del término),
convirtiendo la lealtad corporativa en un objetivo superior incluso al de no causar
daño a sus pacientes. Los hospitales seguían siendo en muchos casos esa última
parada que habían venido siendo a lo largo de la historia de Europa. Hasta que
los trabajos de Louis Pasteur y de Robert Koch en el siglo XIX aportaran las
pruebas de la identidad de los culpables de los contagios, ni los profesionales
de la medicina ni el público en general sabían de la existencia de un
microcosmos, de un universo de lo diminuto. Sólo después de que Pasteur
descubriera las costumbres de las bacterias y los fermentos, y Koch
desarrollara sus famosos postulados demostrativos de que «los gérmenes causan
las enfermedades», comenzó a calar en nuestra herencia cultural la consciencia
de la existencia de una presencia microbiana imperceptible a simple vista. No
sería hasta la primera mitad de siglo XX, en parte gracias a una obra
influyente escrita por Paul de Kruif, periodista que trabajaba en la Fundación
Rockefeller de la ciudad de Nueva York, que la palabra “microbio” se
convertiría en un término de uso corriente. La curiosidad científica está muy
bien, pero son el temor y la codicia las que mueven a las masas. Al menos en
los Estados Unidos, hasta que Cazadores de microbios de Kruif
se convirtiera en el primer best-seller científico de la
historia y los folletos gubernamentales comenzaran su campaña de consejos
antisépticos, las madres jóvenes y los médicos octogenarios no comenzaron a
tomarse realmente en serio que había que erradicar de nuestras vidas a las
bacterias o “gérmenes”.
Al igual que “maleza” y “hongos”, “gérmenes” era un término indefinido pero
claramente comprendido, que denotaba a formas minúsculas de vida, portadoras de
enfermedades y por consiguiente indeseables. Considerados como «el agente
enemigo», la conclusión lógica era —como sigue siendo aún para muchas
mentalidades— que todo microbio debe ser derrotado. Ninguna diferenciación
entre germen, virus, infección, microbio o bacteria era respetada. La recién
nacida ciencia de la «microbiología» seguía sin saber nada acerca de las
distintas fases del parásito de la malaria ( Plasmodio) o del
intercambio nutricional entre la E. coli y su hábitat
intestinal humano. Los médicos debían limitarse a clasificar por síntomas y
prescribir un tratamiento seguro: humo, infusiones, aspirina, morfina, cocaína
y extirpación, entre muchos otros “remedios”, constituían los recursos de sus
maletines negros. A la desesperada, los pacientes eran sometidos a aplicación
de ventosas, compresas, cataplasmas, cánticos o imposición de manos. Desde
tiempos inmemoriales, el mejor antídoto consistía en la confianza dispensada a
precio de oro por especialistas de autoridad, habitualmente hombres de gran
tamaño y presencia imponente.
La teoría de la evolución estrena el siglo XXI en una posición muy parecida a
la de la medicina de hace cien años. La búsqueda de nuevo conocimiento está
inevitablemente embebida en la cultura. Los teóricos profesionales de la
evolución tienden a ser abismalmente ignorantes en lo relativo a las tres
ciencias —microbiología, paleontología y simbiosis— más relevantes para su
trabajo. Pero la situación actual en relación con la evolución es incluso peor
que su equivalente en la medicina del siglo XIX. La diferencia consiste en que,
mientras que los datos de los que precisaban los galenos de finales del XVIII y
principios del XIX no existían aún en sus días, las bases fundamentales para la
ciencia de la evolución sí que existían a finales del siglo XX y principios del
XXI, pero se prefiere ignorarlas sistemáticamente.
A pesar de que la mayor parte de los científicos parezca no querer darse cuenta
de ello, la ciencia ha venido documentando la evolución en acción. La mayoría
de la información significativa para la comprensión de la evolución sigue
durmiendo entre la bibliografía oculta. Las noticias no llegan ni a los
profesionales ni al gran público. Existe sin embargo un corpus de literatura
fragmentado, detallado pero aún desorganizado, que documenta el modo en que se
originan las especies y que recoge casos para el estudio de su evolución. Los
fascinantes detalles acerca de cómo una especie conduce a otra, o sobre cómo se
extingue para siempre, necesitan de portavoces. ¿Cómo aparece por primera vez
la novedad compleja en seres vivos? ¿Cómo se extiende? ¿Cómo cambian con el
paso del tiempo los cuerpos de plantas, animales y microbios? Se trata de una
historia que aún no se ha escrito, porque la mayoría de sus anotaciones están
registradas en los lenguajes esotéricos de las ciencias de la bioquímica y de
la microbiología, entre otras. El relato del origen de las especies, junto con
su relación con poblaciones aisladas, como explicara en su día Mayr (1942,
1982), ha permanecido en gran medida inaccesible, tanto a los lectores profanos
como a los historiadores naturales y a los diseñadores de museos de ciencia.
Incluso entre los biólogos y los geólogos que escriben acerca de la evolución,
se da una gran pobreza de documentación y explicaciones sobre el historial de
los orígenes de cualquier especie dada. En casos excepcionales, algunos
botánicos llegan a establecer la relación entre diferencias en las células y
los cloroplastos vegetales con la aparición de nuevas especies hortícolas o
agrícolas. Sin embargo, habida cuenta de que estos especialistas no se ocupan
en general de la evolución ni extienden sus explicaciones a los animales, las
algas o las bacterias, sus descripciones tienden a quedar restringidas a un
universo progresivamente disminuido de las «ciencias vegetales». Genetistas,
ecólogos, microbiólogos, fisiólogos y demás gentes de laboratorio, junto con experimentadores,
tienden a evitar el análisis de las implicaciones que de su trabajo se derivan
para la evolución. La mayoría de ellos simplemente no tienen la menor idea
acerca de cómo evolucionó la complejidad de la vida o, si la tienen, se
abstienen de escribir sobre esta cuestión. En algunos casos, la herencia
cultural que absorbieron con su formación académica les enseñó a desdeñar la
historia evolutiva como una mera «especulación». Muchos de estos adeptos del
«ala dura» ni siquiera consideran que los estudios sobre la evolución estén en
el mismo nivel que las «ciencias duras» tales como la biología molecular o la
bioquímica. Casi todos los científicos, por no decir su totalidad, prefieren
habérselas con cuestiones a las que se pueda responder con pruebas directas. La
reconstrucción de la historia de la vida, tarea central para los
evolucionistas, se desprecia a menudo como poco más que un conjunto de
especulaciones no demostrables. En los círculos científicos modernos,
particularmente de los Estados Unidos, la filosofía y la historia son
consideradas desde esta perspectiva como tradiciones cuestionables, como
ocupaciones ociosas e inútiles. Los científicos en activo niegan incluso
frecuentemente tener cualquier filosofía, asegurando que tal cosa interferiría
con su trabajo. Sin embargo, la reconstrucción científica de la historia de la
vida, práctica intrínsecamente filosófica repleta de inferencias y juicios, es
esencial para poder dar respuesta a la pregunta fundamental de cómo se
iniciaron las especies.
El aislamiento de los científicos contribuye asimismo a esta limitación.
Incluso la comunicación entre campos relevantes para el estudio de la
evolución, como pueden ser la paleontología y la biología molecular, se ve
dificultada por diferencias terminológicas. Cualquier científico, por muy
dotado que sea, no puede concentrarse más que en una sola cosa a la vez. En su
quehacer cotidiano, el científico carece de cualquier posibilidad de integrar,
en sus herméticos estudios, la miríada de descripciones idiosincrásicas de
descubrimientos fundamentales sobre los organismos vivos. Es nuestro deseo
conseguir abrir aquí algunas líneas de comunicación, con tan poca distorsión y
sobresimplificación como resulte posible.
El fenómeno de la evolución ocurre sobre la totalidad de la faz de la Tierra,
desde al menos catorce kilómetros bajo la superficie del mar, en los abismos
oceánicos más profundos, hasta al menos ocho kilómetros por encima de su
superficie, en las cimas de las montañas. La vida bacteriana ha sido detectada
en fisuras húmedas de rocas graníticas, en profundidades de al menos tres
kilómetros hacia el interior de la litosfera, así como en las chimeneas de agua
caliente del fondo oceánico. La biosfera —el espacio donde la vida existe—
presenta las dimensiones generales de una esfera hueca de unos veintitrés
kilómetros de ancho lo cual, comparado con su radio de 6.371 kilómetros,
corresponde tan sólo a un 0,0007 por ciento del volumen del planeta.
La vida comenzó probablemente hace algo más de 3.800 millones de años. El
registro detallado de la evolución, conservado en las rocas tanto en forma de
fósiles como de compuestos de carbono de cadena corta y larga extraíbles,
desborda a quienes pretendan estudiarlo. La vida celular refleja su historial
evolutivo. Sin embargo, a pesar de la diversidad de indicios a través de los
que resulta posible reconstruir la evolución de la vida, la mayor parte de los
autoproclamados biólogos evolutivos desdeñan la biología celular, la
microbiología e incluso el registro geológico de las rocas. Muchos de ellos se
encuentran tan ocupados con los animales terrestres que siguen creyendo que no
existe registro alguno de la evolución que pueda remontarse más allá de los
últimos 541 millones de años. El crucial estudio científico de los eones
Arcaico y Paleozoico, la geografía global del metabolismo y sus detalles, junto
con la química, contienen sin duda la respuesta al enigma darwiniano, a pesar
de lo cual estos vastos campos de búsqueda se ven formalmente excluidos de toda
consideración.
En la medida en que la bioquímica, la microbiología y la microscopía
electrónica han ido subdividiéndose, los conceptos evolutivos se han vuelto
necesariamente cada vez más multidimensionales e interconectados. La inmensa
expansión de la bibliografía sobre biología molecular, particularmente en lo
concerniente a los datos sobre las secuencias de las proteínas y los ácidos
nucleídos —moléculas siempre presentes en los seres vivos—, ha aportado nuevas
y sustanciales profundizaciones a la visión de Darwin. Los detalles de la
evolución molecular apoyan la generalización que postula que tanto las
secuencias de aminoácidos en las proteínas como las secuencias nucleótidas en
el ADN y en el ARN están relacionadas por un pasado común. Sin embargo, el
abstracto gen dominante «A» que muta hasta convertirse en su alterno recesivo
(alelo), que propone la teoría neodarwinista, constituye una vasta e incluso
inútil sobregeneralización del verdadero cambio genético en las poblaciones. En
lugar de las idealizadas formalidades de la «síntesis moderna» darwiniana, los
principios organizadores necesarios para la comprensión de la vida requieren
nuevos conocimientos en química y en metabolismo. Desde que Darwin y sus
seguidores publicaran sus estudios al respecto, la profundización en el
conocimiento sobre el funcionamiento de las células ha permitido clarificar las
modalidades de evolución. Los resultados de la nueva ciencia, tanto en el
laboratorio como sobre el terreno, contradicen, rebasan o marginan el
formalismo del darwinismo, excepto en lo relativo a las variaciones en el seno
de poblaciones de mamíferos y otros organismos de reproducción sexual. Los
mamíferos constituyen, probablemente, tan sólo una diezmillonésima parte de las
especies hoy en vida.
Los agentes del cambio evolutivo tienden a ser organismos plenamente vivos
—microbios y sus relaciones ecológicas— y no tan sólo las mutaciones aleatorias
que suceden en su interior. La formación y la diversificación de toda nueva
especie es la manifestación externa de las acciones de formas de vida
subdivisibles: los microbios más pequeños, las bacterias y sus descendientes de
mayor tamaño, microbios más grandes, protistas y hongos, junto con sus legados
intracelulares, orgánulos tales como las mitocondrias y los centriolos. La
evolución surge del hecho de que estos pequeños organismos vivos y su progenie
tienden a rebasar sus perímetros. Esos seres invisibles que diezman nuestras
poblaciones con enfermedades virulentas, pero que también aportan al suelo el
nitrógeno necesario para las plantas de las que nos alimentamos, juegan el
papel principal en la génesis de las nuevas especies.
§. Células, microbios, propágulos y entidades autopoiésicas
La unidad mínima de vida es la célula. Todos los microbios se componen de
células. Pueden ser clasificados inequívocamente en bacterias (sin núcleo) o
protistas y hongos, ambos formados por células con núcleo. Las células de menor
tamaño y menos complejidad, como por ejemplo la Mycoplasma geniticulum,
contienen aproximadamente 500 genes.
Algunas personas, y de hecho algunos autores, presentan a los virus como la
forma menor de vida. Sin embargo, los virus no están vivos e incluso son, en
principio, demasiado pequeños como para ser considerados unidades de vida.
Carecen de los medios necesarios para la producción de sus propios genes y
proteínas. Los virus se comportan como elementos químicos hasta penetrar en las
células vivas adecuadas, donde se aprovechan del entorno celular para
reproducirse. Las células, en cambio, cuando disponen de acceso a materia y
energía utilizables y se bañan en el medio acuoso adecuado, crecen
—habitualmente hasta doblar su tamaño— y se reproducen, generalmente por
división. Las células exhiben metabolismo, es decir, reacciones químicas
interconectadas que mantienen sus procesos. Como los virus, los genes son
incapaces por sí mismos de producir material celular que, en su mayor parte,
consiste en proteínas. Tanto los virus como los genes precisan de células vivas
intactas para su crecimiento, su reproducción y su propagación. Mientras que
las células más elementales pueden tener 500 genes o menos (y por consiguiente
producir 500 proteínas diferentes o menos), la mayor parte de las células
bacterianas contienen entre 2.000 y 5.000 genes. Otras, más complejas y de mayor
tamaño, como las células bacterianas respiradoras de oxígeno, pueden llegar
casi a los 10.000 genes. Tales bacterias se aproximan por consiguiente al
número de genes típico de las células de los organismos nucleados. Las células
nucleadas, componentes básicos de la totalidad de los grandes organismos
(hongos, animales, plantas y sus antepasados protoctistas), contienen
habitualmente de 10.000 a 100.000 genes. Las células humanas suelen tener entre
30.000 y 60.000 genes, mientras que la Saccharomyces cerevisiae, la
levadura que solemos emplear para la confección de pan y cerveza, tiene tan
sólo unos 8.000.
El término “autopoyesis” (literalmente construirse a sí mismo) se refiere a la
química de automantenimiento característica de las células vivas. Ningún objeto
material menos complejo que una célula puede mantenerse a sí mismo y a su
propio perímetro con una identidad que le distinga del resto de la Naturaleza.
Las entidades vivas autopoiésicas mantienen activamente su forma e incluso la
cambian a menudo (se «desarrollan»), pero siempre a través del flujo de materia
y energía. En cualquier organismo, en cualquier entidad autopoyésica, es
posible identificar una fuente específica de energía sustentante (luz visible,
oxidación del metano o del sulfuro), junto con otra de carbono (azúcar,
proteína, dióxido de carbono), nitrógeno u otros elementos químicos necesarios.
A temperaturas próximas a los cero grados, donde el movimiento de las moléculas
se detiene, el metabolismo —la manifestación de autopoyesis— cesa también. Sin
embargo, la estructura material de numerosas células vivas conserva la
capacidad de reanudar el metabolismo cuando la temperatura asciende de nuevo.
Las esporas bacterianas y los embriones cuidadosamente congelados no pierden su
organización intrínseca con la congelación, por lo que al recibir calor de
nuevo son plenamente capaces de reanudar las transformaciones metabólicas que
aseguran su automantenimiento. Podemos, pues, afirmar que, aunque la vida
florezca plenamente únicamente como resultado del flujo de materia y energía,
puede también permanecer durmiente en la organización de la materia viva.
Los microbios son verdaderos especialistas en pasarles su ADN a otros en forma
de genes enteramente funcionales. Estas artimañas sustentan la historia de la
evolución darwiniana. Los microbios abandonados a su suerte, en condiciones de
estrés y privaciones, tienden a unirse a otras formas de vida. Algunas de estas
asociaciones duran una estación, o incluso menos, pero ocasionalmente los
microbios se funden permanentemente con formas de vida superiores. Lamarck
estaba en lo cierto: los rasgos adquiridos pueden serlo no como tales, sino
como genomas. Sin embargo, tanto Lamarck como Darwin, con su idea de
pangénesis, se equivocaron al sugerir que la adquisición pudiera ser el destino
de toda característica. El único «carácter» o rasgo que puede ser transmitido
hacia abajo (por herencia vertical) o adquirido (por herencia horizontal), y
luego propagado de generación en generación, es el que esté codificado en
genes. Ello significa que los «caracteres» susceptibles de ser propagados en el
entorno, por adquisición o herencia de una generación a la siguiente, tenderán
a ser genes completos dentro de genomas. Los genomas son sistemas genéticos
enteros, activos únicamente cuando residen en el interior de la célula. Los
genomas ajenos pueden ser —y de hecho lo son frecuentemente— heredados por
otros. Los seres vivos compuestos por células pueden transmitir —y así lo
hacen— conjuntos de genes a otros seres vivos. ¿Por qué han tenido tanto éxito
los ingenieros genéticos en la transmisión de genes ajenos a vegetales
comestibles y animales domésticos? Porque la Naturaleza lleva eones
refocilándose en esta clase de artimañas de intercambio de genes y de genomas.
El verdadero ingeniero genético es el microbio; los científicos y los técnicos
son meros intermediarios.
Entre los protistas encontramos los mejores ejemplos de que las nuevas especies
se forman gracias a la herencia de microbios adquiridos. Sabemos que el proceso
de herencia de un conjunto de genes ajenos no es continuo ni premeditado. La
Naturaleza no tiende a ser previsora, sino más bien oportunista. Sin embargo,
la adquisición de genomas ha dejado en numerosas ocasiones tantas pruebas de su
paso, que resulta factible seguir sus enrevesadas huellas. La mayoría de
absorciones, de adquisiciones, de fusiones y de uniones genéticas tienen lugar
en condiciones de dificultades medioambientales. La complejidad y la capacidad
de respuesta de la vida, manifestadas particularmente en la aparición de nuevas
especies a partir de fusiones entre antepasados distintos, tan sólo pueden ser
comprendidas a la luz de una peculiar historia de la evolución. En cada caso es
necesario formular las mismas preguntas: ¿Cuándo, dónde y en qué poblaciones de
organismos evolucionó la nueva especie? ¿Con qué frecuencia y en qué grupos de
organismos constituye la adquisición de genomas la modalidad principal de
especiación? Ésta es la clase de cuestiones de investigación que aspiramos a
suscitar.
La saga evolutiva presente, legítimamente vulnerable a la crítica tanto desde
dentro como desde fuera de la ciencia, se vuelve incomprensible cuando se
elimina del escenario a los microbios. Del mismo modo que la química resultaría
incomprensible sin la mención del átomo, la dialéctica evolutiva carece en gran
medida de sentido sin la comprensión previa del microcosmos.
§. Termodinámica, «propósito» y «progreso» evolutivo
La aceleración del cambio se nos lleva por delante. Una semana uno de los
autores (Lynn Margulis) pasaba con su bicicleta, camino del campus como de
costumbre, ante una casa pintada de amarillo, repleta de estudiantes. A la
semana siguiente nada obstruía la vista desde la calle al patio de la escuela
del barrio. En el horizonte, las montañas dibujaban su perfil en la distancia.
La casa amarilla había desaparecido. No quedaba ni rastro de su existencia, a
excepción tal vez de las huellas de su implantación sobre el suelo removido.
Estos cambios espectaculares en nuestro entorno más inmediato se han vuelto
corrientes. Burguer Kings, Toys “R” Us, Wendy’s, MacDonalds y sucursales
bancarias brotan por doquier en nuestras ciudades y en nuestro pueblos. Las
tiendas de la abuela, los campos de trigo y los robledales desaparecen como
monedas en la arena. Los indios americanos prosperan si se unen para formar
asociaciones de juego, los estudiantes graduados reciben subvenciones si dejan
de estudiar las costumbres de los castores en sus madrigueras para ponerse a
investigar sobre el genoma humano. ¿Por qué será que las fuerzas del cambio
parecen prevalecer siempre sobre los tranquilos e inmutables hábitos del
pasado? ¿Por qué parece la evolución de la vida acelerar a medida que avanzamos
desde el presente hacia el futuro? ¿Es la evolución un mero cambio evolutivo?
¿No parece más bien que el propio proceso evolutivo, el origen y la
diversificación de la vida a partir de unos antepasados comunes, estuviera
dirigido? Cuando preguntamos a los biólogos evolutivos y a otros científicos si
la evolución de la vida va en alguna dirección, lo niegan rotundamente. Sin
embargo, nuestra experiencia cotidiana nos sugiere que nuestro entorno social
se vuelve cada día más complejo. Nuestro entorno natural acuático y verde
parece encogerse cada vez más, cediendo paso a un paisaje de acero y hormigón:
luces de neón, señales de tráfico y demás aspectos de la urbanización
reemplazan a bosques y corrientes de agua a una velocidad siempre creciente.
Las personas desplazan de su hábitat a zorros y antílopes; donde antes medraban
oropéndolas y pájaros carpinteros proliferan ahora palomas y gorriones. Las
herramientas digitales substituyen a los ingenios mecánicos a una velocidad
alarmante. La evolución de la vida sí que parece tener una
dirección. Las peculiaridades de la vida y de las tecnologías humanas parecen
expandirse a un ritmo acelerado de cambio, a medida que avanzamos del presente
hacia el futuro.
Aquí puede resultamos de utilidad la termodinámica, una rama de la física
matemática. Los termodinámicos describen las máquinas y la química en
compartimentos estancos. Tradicionalmente han venido trabajando con la energía,
la temperatura y el calor y, como científicos de una disciplina física que son,
han venido evitando deliberadamente a los seres húmedos y sinuosos. Pero nos
encontramos en el umbral de un gran cambio: la unión de la ciencia exacta de la
termodinámica con otras ciencias tales como la biología, la meteorología y el
cambio climático. La Naturaleza sigue su curso y los científicos aprenden,
después de numerosos fracasos y de seguir a tantas estrellas falsas, a
describir adecuadamente a la Naturaleza en términos matemáticos y químicos.
Parece probable que la nueva termodinámica de la vida vaya a ejercer una
influencia perdurable sobre el pensamiento evolutivo, en la medida en que
conecta a la materia viva con la materia inerte de forma comprensible.
Todos sabemos que «la naturaleza aborrece el vacío» y que, por consiguiente, el
aire se precipita a llenar cualquier vacuidad que produzcamos con una bomba.
Una lata vaciada de aire se colapsa inmediatamente. También sabemos que la
gravedad atrae a los cuerpos hacia el centro de la Tierra y que, por
consiguiente, cualquier cuerpo arrojado al vacío caerá hacia abajo. Tomamos esa
caída predecible de la materia al suelo como una ley más de la Naturaleza.
La nueva termodinámica une ambos conceptos en la frase «la naturaleza aborrece
el gradiente». A medida que aprendemos a comprender esa novedosa idea
fundamental se abre ante nosotros una perspectiva radicalmente nueva: la vida
se comporta según las leyes de la Naturaleza, exactamente del mismo modo en que
las moléculas de aire se apresuran a llenar el vacío, o en que los cuerpos caen
irremisiblemente al suelo. Así pues, ¿en qué consiste esta nueva termodinámica
y cómo funciona?
En The Way of the Cell (2001) Franklin Harold escribe:
«Quienes se plantean un vínculo fundamental entre la flecha de disipación de la
energía de la termodinámica y la flecha de la Tierra reverdecida de la biología
son hoy una pequeña minoría… Pero si su visión es acertada, revelaría una
profunda continuidad entre la física y la biología, el manantial de vida
definitivo». Nos encontramos entre quienes opinan que esta visión es certera.
La evolución es la ciencia de la conexión, y ésta no termina con los vínculos
entre humanos y simios, o entre éstos y otros animales, o entre otros animales
y microbios: lo vivo y lo no vivo están también relacionados de formas
fundamentales. Hemos visto que la organización de la vida es material, pero la
energía también se organiza.
Eric D. Schneider, geólogo de la Universidad de Columbia que sirvió en los años
70 en la U. S. Environmental Protection Agency [6], es uno de los
principales visionarios de la nueva termodinámica. Disgustado con el primitivo
nivel de ciencia practicado en la E. P. A., donde se experimentaba con peces
colocados en tarros de pepinillos etiquetados y sometidos a niveles variables
de toxinas para determinar el «grado apropiado de contaminación», Schneider,
que consideraba que la protección del medio ambiente debía estar basada en una
adecuada descripción de los fenómenos ecológicos, dedicó décadas de su vida a
investigar de qué modo lo no vivo está relacionado con lo vivo. Partiendo de
los trabajos de científicos como L. Boltzmann, V. I. Vemadsky, I. Prigogine, J.
E. Lovelock y H. Morowitz, sus descubrimientos son simples y a la vez
reveladores: la vida se encuentra en una clase de sistemas que se organizan en
respuesta a un gradiente. El gradiente se define como una diferencia a lo largo
de una distancia.
Todos estos sistemas, entre los que se cuenta la vida, producen características
sorprendentemente complejas. Los gradientes de temperatura provocan fluidos
altamente organizados, corrientes octagonales conocidas como células de Bénard.
Los gradientes de presión atmosférica producen tomados y patrones climáticos
globales, que desaparecen cuando se nivelan las presiones barométricas. Los gradientes
químicos dan lugar a complejos “relojes” químicos[7]. Se hace
necesario señalar aquí que no tan sólo es la vida coherente con la segunda ley
de la termodinámica —la entropía crece en los sistemas aislados—, sino que los
sistemas complejos (desde los tomados que nivelan gradientes barométricos hasta
los organismos que reducen gradientes de energía solar o química) tienden a
reducir los gradientes en su entorno de forma más rápida y eficaz que si no
existiesen. Un gradiente de presión atmosférica, por ejemplo, tardaría más en
alcanzar el estado de caos aleatorio sin el complejo sistema cíclico del
tomado, cuya función consiste precisamente en alcanzar ese fin natural.
Los gradientes originales descritos por la ciencia se referían a los motores a
vapor. Las diferencias entre calor y frío, que el ciudadano corriente hacía
tiempo que se había dado cuenta de que tendían a igualarse por su propia cuenta
hasta convertirse en tibio, podían ser conveniente transformadas en energía por
la máquina. Las matemáticas necesarias para convertir el calor en trabajo
constituyeron la base de la ciencia de la termodinámica. El término tiene sus
raíces griegas en “calor” y “movimiento”. La termodinámica constituye el
estudio sobre cómo los sistemas manejan y transforman la energía. La
termodinámica clásica se ocupaba de sistemas aislados y más o menos cerrados,
que acababan por perder su funcionalidad y cuyas moléculas constituyentes
terminaban por disponerse aleatoriamente, hasta el punto de no poder seguir
funcionando.
Pero los seres vivos no son máquinas de vapor ni sistemas mecánicos cerrados.
Somos sistemas abiertos, organizados a partir del flujo de materia y energía
que circula incesantemente a través de nosotros. Por consiguiente nosotros (la
vida, en un sentido genético amplio) no estamos destinados a revertir a un
estado final aleatorio, medido ya sea en sistemas químicos aislados o en
máquinas abandonadas a su suerte. La diferencia entre los sistemas vivos
abiertos y los sistemas artificialmente cerrados de la termodinámica clásica
determinó que esta ciencia de la energía fuera considerada en un tiempo como
irrelevante para la vida. Peor aún, en los siglos XIX y XX fueron numerosos
quienes entendieron ingenuamente que la teoría darwiniana de la evolución por
medio de selección natural significaba que la termodinámica contradecía el
fenómeno de la vida. Los sistemas termodinámicos se tomaban aleatorios,
desorganizados y menos complejos con el paso del tiempo, mientras que los
sistemas vivos incrementaban visiblemente sus niveles de organización y
complejidad. La nueva termodinámica ha venido a resolver la aparente
contradicción entre la tendencia a la desorganización de la materia inerte y la
tendencia a la organización de la materia viva. La vida no existe en un vacío,
sino que ocurre en la diferencia muy real que media entre una radiación solar
de 5.800 Kelvin y las temperaturas de 2,7 Kelvin del espacio exterior. Ése es
el gradiente del que se nutre la complejidad de la vida. Como en el caso de las
células químicas de Bénard, que se estabilizan desafiando las tendencias estadísticas
a aproximarse al equilibrio manifestando el improbable gradiente que las rodea,
como los remolinos meteorológicos que mantienen su estructura «para» liberar
una diferencia entre presiones atmosféricas, la vida es también un sistema de
reducción de gradientes. Estas ideas de la termodinámica relacionan lo vivo con
lo no vivo, del mismo modo que la selección natural de Darwin nos relaciona con
los grandes simios y, en último extremo, con los microbios. El poder de la
termodinámica para explicar las características generales de la vida no es en
absoluto cuestión banal, bien al contrario: es parte integrante del futuro de
la ciencia.
Así pues, la vida no contradice la bien conocida segunda ley de la
termodinámica, ni hace tampoco falta ninguna ley nueva, una vez que nos hemos
percatado de que el estudio del comportamiento complejo a cargo de la
termodinámica clásica estaba limitado por su uso restrictivo de sistemas
cerrados y aislados. Cuando el ámbito de la termodinámica clásica es extendido
al cosmos abierto, la complejificación se hace comprensible. En lugar de tratar
de acuñar precipitadamente una «cuarta ley» de aplicación a la vida, como
proponía Stuart Kauffman en 1999 en su libro Investigaciones,
podemos aplicar tranquilamente la visión general de la termodinámica a la
totalidad de la materia. La tecnología, sea ésta humana, del ave del Paraíso o
de la bacteria fijadora de nitrógeno, se convierte entonces en una extensión
para los sistemas abiertos de la segunda ley de la termodinámica. Esta segunda
ley, que describe un inexorable incremento en el parámetro conocido como
entropía —formulado inicialmente como «calor dividido por temperatura» y más
adelante convertido en la tendencia estadística a las disposiciones más
probables de materia y energía a lo largo del tiempo— no contradice en absoluto
la tendencia local de la vida a incrementar el orden, sino todo lo contrario.
Los creacionistas se equivocan. El origen de la vida, su organización celular,
su expansión y la evolución de biodiversidad creciente, son enteramente
coherentes con el nuevo pensamiento de la termodinámica [8]. Las
asombrosas —aunque no milagrosas— disposiciones de la materia viva proporcionan
un ejemplo más, junto con los de los huracanes circulares y los relojes
químicos, sobre cómo construye la Naturaleza estructuras destinadas a reducir
gradientes. La mayoría de evolucionistas argumentan que la vida se originó en
la Tierra, tal vez por causa de un determinado gradiente químico entre
compuestos ricos en hidrógeno y otras substancias ricas en carbono y oxígeno.
Se trata de combinaciones combustibles. O tal vez la vida tuvo su origen en la
luz, cuando los fotones solares de alta energía entraron en el ciclo de los
precursores del metabolismo, antes de que éste evolucionara hacia su estado
moderno[9]. La vida
desarrolló la identidad de la célula. La materia viva en forma de células y
organismos constituidos por ellas comenzó a reducir los gradientes químicos y
energéticos de un planeta aún adolescente y turbulento. De hecho, la tendencia
a organizarse localmente «para» liberarse de las anomalías estadísticas
encamadas por los gradientes es profunda y determina la organización de la vida
a todas las escalas. La eficacia superior de los ecosistemas complejos para
reducir gradientes es mensurable y ha sido medida, por ejemplo, por termómetros
aéreos que demuestran la capacidad de las selvas tropicales para refrescarse,
superior a la de los prados y los desiertos, reduciendo así el gradiente solar
electromagnético. No se trata, pues, de una teoría vaga y abstracta, sino de
una hipótesis comprobada: tanto en mediciones por aeroplanos a baja altura como
por satélites, los ecosistemas son más frescos cuanto más maduros y biodiversos
son. Los ecosistemas se inician a partir de especies colonizadoras de crecimiento
rápido y, al principio, su eficacia como reductores de gradientes es escasa.
Sin embargo, a medida que van madurando, sus ciclos de materia y energía van
aumentando el ámbito de acción. Entran en el sistema nuevos organismos que
establecen nuevos hábitats. El crecimiento se enlentece pero, en conjunto, el
ecosistema integrado se vuelve más eficaz en la reducción del gradiente entre
el Sol y el espacio. El hecho de que los ecosistemas tropicales maduros
permanezcan frescos demuestra el poder del sistema para reducir
gradientes [10].
No es tan sólo el desarrollo de los ecosistemas el que viene informado por el
mandato termodinámico, por esa «ley de la Naturaleza» que ordena reducir
gradientes, sino también la dirección de la evolución como un todo. Tanto en
los ecosistemas como en la evolución y en las economías, detectamos un aumento
de la complejidad, por ejemplo, en el número total de extensión de especies
sobre un volumen mayor, en la creciente diferenciación de la «división del
trabajo», en redes informáticas cada vez más desarrolladas y complejas, o en la
creciente integración funcional de flujos de materia y energía en el entorno
urbano tales como el gas, el agua, la electricidad o la red de alcantarillado.
El aumento de las capacidades de los organismos para adaptarse a recursos
actualmente en disminución constituye un ejemplo adicional. A pesar de que
resulte difícil explicar por qué el universo está tan organizado, la comprobada
expansión del espacio desde el Big Bang sigue proporcionando
un «sumidero» (un lugar) hacia el que las estrellas pueden irradiar. La
expansión del cosmos produce de este modo un gradiente cósmico, crisol a su vez
de todos los demás gradientes. Por lo que se refiere al futuro predecible como
mínimo, la geometría de la expansión del universo seguirá generando
posibilidades para la destrucción funcionalmente creativa de gradientes, por
ejemplo en relación con el espacio y con el gradiente electromagnético de las
estrellas. Una vez que comprendemos esta organización, la vida ya no se nos
aparece como un milagro, sino más bien como un sistema cíclico más, con una
dilatada historia, cuya existencia queda explicada por su eficacia en la
reducción de gradientes, superior a la de los sistemas no vivos a los que
reemplazó.
Esta nueva termodinámica —en ocasiones llamada también homeodinámica—
nos permite comenzar a atisbar el camino desde la materia (colapso de
gradiente) a la mente (percepción de gradiente); de la «auto»-organización
energética a la informacional. Escribimos «auto» entre comillas porque, en
realidad, los sistemas complejos son precisamente «otro»-organizados, nunca
organizados por sí mismos. La tendencia de los sistemas a organizarse no
proviene de sus componentes internos, sino de los gradientes presentes en su
entorno inmediato. La estructura informacional de la vida, transportada en el
ADN, se ha vuelto auto sustentadora por conducto de la reproducción. Sin
embargo, la memoria existe igualmente en sistemas completamente no vivos, tales
como los vórtices organizados por gradientes de presión atmosférica rotativos.
Estos sistemas saltan a nuevos estados y nuevos valores que dependen de su
historia. Nos parece pues que, sin necesidad de invocar ninguna clase de
vitalismo, misticismo o espiritualidad, podemos reconocer en nosotros mismos
cierto «propósito», fruto de la tendencia termodinámica a avanzar hacia el
equilibrio. Los sistemas complejos —incluyendo a la vida— tienden a emerger
para aproximar hacia el equilibrio a sus entornos ricos en gradientes.
A los ojos de muchos cristianos, la revolución darwiniana dejó a la Naturaleza
despojada de propósito, al menos sobre el papel. Los darwinianos, enfrentados
ante un Creador personal como única fuente concebible de propósito, se
apresuraron a mostrarse de acuerdo. Pero el propósito físico es mucho más sutil
que todo eso. Desde el ventajoso punto de vista de la termodinámica, el
propósito tiene un aspecto físico. El propósito no es más uniforme que la
memoria —que se manifiesta genéticamente en los cuerpos y neuronalmente en los
cerebros, e incluso magnéticamente en las máquinas— y al igual que ella, el
propósito —con su orientación hacia el futuro— tiene una génesis termodinámica.
La vida es termodinámica. El remolino continuo que desciende más abajo de las
cataratas del Niágara tiene un nombre: «remolino». Les ponemos nombres a las
cosas —como a las especies o a los huracanes— que mantienen una identidad, al
menos durante cierto tiempo. La formación de identidades estables contribuye al
proceso termodinámico de reducción de gradientes. Los miembros altamente
heredables de una especie proporcionan, del mismo modo que otros agentes
termodinámicos cíclicos y complejos, vehículos estables de degradación. Los
seres cíclicos de la vida sobreviven para reducir los gradientes energéticos y
materiales que les mantienen en marcha. Ambicionan esos gradientes y se nutren
de ellos, al menos durante el tiempo suficiente como para reproducirse. En la
medida en que la selección natural filtra a muchos para conservar a unos pocos,
esos pocos utilizan de forma aún más eficiente la energía disponible en el
entorno para reducir «a propósito» sus gradientes. La cuestión crucial radica
en que los «seres», tanto vivos como no vivos, devienen para reducir gradientes
de forma natural. El ser reproductor de la biología es un ciclo de orden
elevado cuyos antecedentes pueden ser inferidos a partir de los ciclos del
mundo no vivo. La replicación nucleótida y la reproducción celular no surgen de
la nada, sino que nacen en un universo energético a partir de las tendencias
termodinámicas inherentes en la Naturaleza.
Capítulo 3
Individualidad relativa
Contenido:
Individualidad
dentro de la comunidad
La fuerza del número
Las especies desconstruidas: la ardisia de miehe y la euplotidium de
rosati
El secreto del borde de la hoja de miehe confirmado
Ciliados defensivos o la revelación de rosati
Comunidades y la lógica de los ecosistemas
Nos
resulta fácil reconocer a los individuos. Denominamos población a un grupo de
individuos de la misma especie, en un mismo lugar al mismo tiempo. Junto a
otras formas de vida, por ejemplo plantas y animales susceptibles de servir
como alimento, decimos que distintas poblaciones al mismo tiempo y en un mismo
lugar forman comunidades. En determinadas ocasiones, puede que los miembros
dominantes de esas comunidades tengan menos de un milímetro en su mayor
dimensión. Cuando esto sucede, decimos que se trata de una comunidad
microbiana. Ninguna manifestación de vida sobre la Tierra consiste —al menos no
durante cierto tiempo— en miembros aislados de una misma población, como
adolescentes encarcelados o como filas de plantas de maíz.
§. Individualidad dentro de la comunidad
Las comunidades son grupos naturales, que podemos reconocer en el mundo natural
fácilmente, sin necesidad de una formación específica: comunidades arborícolas,
comunidades acuáticas, comunidades costeras, comunidades del acantilado o
comunidades del bosque. Como regla general, que empleamos de forma
semiconsciente, decimos que los individuos que parecen tener todo lo importante
en común, que parecen ser «lo mismo» en los principales aspectos de su vida,
pertenecen a una misma especie.
En el siglo XVII, Linneo, algunos naturalistas y otras personas interesadas en
la historia natural, comenzaron a poner nombres a las especies de todo el mundo
y a documentarlas. A medida que los europeos exploraban los trópicos de
América, África y el Sudeste de Asia, comenzó a fluir un verdadero torrente de
documentos y publicaciones al respecto. La tarea linneana de documentar y
nombrar adecuadamente a todos los organismos nunca ha sido completada. Incluso
en nuestros días está teniendo lugar un esfuerzo para animar a las corporaciones
globales a que destinen parte de sus beneficios a la realización de un
«Inventario Total de las Especies». Con la utilización internacional de
ordenadores de alta velocidad, de tecnologías por satélite y de transmisión en
tiempo real de grandes cantidades de datos, el líder de este proyecto, el
naturalista Peter Warshall, argumenta que deberíamos estar en condiciones de
registrar la totalidad de la biodiversidad del planeta antes de que la
destruyamos definitivamente. Como una muerte en la familia, la extinción de
cualquier especie constituye una pérdida irreparable.
Aun cuando el «Conjunto de Datos sobre Todas las Especies del Planeta» dista
mucho de estar completo, de su estado actual comienzan a surgir algunas
características notables. Se estima que hay hoy en vida entre diez y treinta
millones de especies distintas de organismos, mientras que tan sólo han quedado
documentadas en la bibliografía profesional menos de dos millones. El número de
especies de organismos extinguidos, registradas en la literatura paleontológica
basada en las pruebas fósiles de su existencia pretérita, se limita a unas
150.000. La mayoría de los científicos está de acuerdo en que el 99 por ciento
de las especies que en algún momento han existido, están hoy extintas. De ello
se deduce que el número total de especies que han poblado el planeta Tierra
desde que la vida se iniciara sobre él, hace unos 4.000 millones de años,
ascendería a 200 billones. Nadie que conozcamos es capaz de distinguir más de
unos pocos millares de especies y, en realidad, no conocemos prácticamente a
nadie que pueda reconocer a ese número, ni siquiera con la ayuda de los
oportunos textos especializados. Sobre el terreno, particularmente en los
flagrantemente biodiversos trópicos del nuevo mundo, la mayor parte de nosotros
nos sentimos impotentes. Incluso Mayer Rodríguez, consumado guía ecuatoriano de
la rivera tiputini del Napo, afluente del Amazonas, no consigue identificar más
allá de 500 especies. Y nadie conoce la región mejor que él.
Todos los organismos conocidos pueden ser inequívocamente catalogados en uno de
dos grandes grupos, diferenciados por la clase de células que los constituyen.
El primero de ambos grupos, presumiblemente también el de más temprana
aparición, es, con mucho, el más diverso (desde el punto de vista de
modalidades metabólicas) y también el más esencial para el entorno sobre la
superficie del planeta. Se trata de las bacterias, todas las cuales están
compuestas por células que carecen de núcleo, denominadas procariotas. Las formas
de vida que nos resultan familiares (plantas y animales), así como los dos
grupos de seres vivos más pequeños pero visibles (hongos y protoctistas)
pertenecen al segundo grupo, de aparición más reciente. Estas formas de vida
mayores se conocen con el nombre de eucariotas, organismos verdaderamente
nucleados, es decir, cuyas células tienen núcleo.
Así
pues, la vida sobre la Tierra es susceptible de ser clasificada en cinco grupos
que, en la gran tradición de la taxonomía biológica, denominamos reinos (ver
tabla 3.1). Los reinos constituyen los taxones «superiores», en el sentido de
su mayor inclusividad. Esta tradición utiliza toda la información disponible
acerca de un organismo, para ubicarlo en un grupo que refleje lo mejor posible
su historial evolutivo. De forma muy resumida, los miembros del reino de las
bacterias se componen de pequeñas células únicas que contienen hebras de genes,
desvinculadas de proteínas, denominadas cromonemas. Tal como se ven en el
microscopio electrónico, estas estructuras genéticas se denominan nucleoides,
para distinguirlas de los núcleos de las eucariotas. Los otros cuatro grandes
reinos de la vida (los organismos nucleados cuyo ADN, envuelto en proteínas, se
encuentra en el interior de un núcleo delimitado por una membrana y empaquetado
en cromosomas) pueden ser también resumidos. En primer lugar tenemos los grupos
de organismos que producen embriones: las plantas, que crecen en una etapa en
el tejido de su madre y en otra a partir de esporas que contienen un único
conjunto de cromosomas, y los animales, que crecen a partir de la fusión de un
óvulo con un espermatozoide formando un embrión denominado blástula. Los reinos
menos conocidos de eucariotas son el de los hongos (musgos, setas, levaduras y
sus parientes) y el de los protoctistas, microorganismos escurridizos y sus
descendientes de mayor tamaño, que dieron lugar a hongos, animales y plantas.
Estos últimos organismos forman unos cincuenta grupos naturales, de los que la
mayoría de las personas habrán oído hablar de tres o cuatro a lo sumo. Entre
ellos se encuentran las algas verdes marinas, las algas marrones, incluyendo el
kelp gigante, los mohos de lodo y de agua, los foraminíferos con su cáscara,
las delicadas diatomeas, ciliados como los Paramecium, las amebas y
las euglenófítas.
Para las cantidades de especies vivientes de estos reinos disponemos tan sólo
de toscas estimaciones, que podrían ser tremendamente erróneas. Dominan los
animales, probablemente porque la gente sabe distinguir bien a los escarabajos.
Se cree que pueden existir más de 10 millones, tal vez 30. Se sugiere que
pueden estar medrando en los bosques y las aguas de este mundo unas 50.000
plantas, unos 100.000 hongos y unos 250.000 protoctistas. Por lo que se refiere
a las bacterias, aunque miles de ellas han sido nombradas como especies y no
cabe duda de que pueden distinguirse otros tantos millares, no les es de
aplicación el concepto de especie. A pesar de que puedan ser agrupadas según
sus características comunes, estos grupos cambian con tanta rapidez que nunca
resulta posible reconocerlas como en el caso de las especies eucariotas. Las
bacterias intercambian genes libremente. Todas ellas pueden reproducirse por sí
solas, pudiendo así descender en cualquier momento de un solo progenitor. La
intervención del sexo, la formación de una nueva bacteria con genes de más de
una fuente única, constituye una cuestión unidireccional. Los genes pasan de un
individuo donante a otro receptor… pero los donantes pueden convertirse en
recipientes y viceversa en cuestión de minutos. Es más, el intercambio de genes
es completamente opcional. Si una bacteria logra sobrevivir y desarrollarse en
las condiciones en las que se encuentra, puede prescindir en cualquier momento
del sexo. De hecho, las bacterias están dispuestas y capacitadas para
«practicar el sexo» con las moléculas desnudas de ADN que absorben del medio
acuoso en que se bañan.
La vida se originó con las bacterias y, por consiguiente, es lícito afirmar que
el origen de la vida concurre con el origen de las bacterias. Sin embargo,
estamos de acuerdo con el profesor Sorin Sonea y su colega Lucien Mathieu, de
la Universidad de Montreal, en que las bacterias no tienen especies en
absoluto, o en que —lo que equivale a lo mismo— todas ellas en conjunto
constituyen una especie única y cosmopolita. La especiación es una propiedad
exclusiva de los organismos nucleados. Se inició con los primeros protoctistas,
mucho después de que las bacterias hubieran desarrollado la mayoría de los
rasgos metabólicos importantes, desplegados por la vida sobre la Tierra. Por
consiguiente, el origen de las especies no fue en sí mismo concurrente con el
origen de la vida, sino que ocurrió mucho más tarde, en el Eón Proterozoico. La
individualidad no proviene exclusivamente de la diversificación y de la
ramificación de la evolución, como desearían hacemos creer los neodarwinistas, sino
que proviene con igual frecuencia, sino incluso mucho más a menudo, de la
integración y diferenciación de seres fusionados, otrora independientes, pero
con el paso del tiempo individualizados y seleccionados como un todo único. Se
trata simplemente de una forma más de formular el argumento central de nuestra
tesis: la especiación por medio de (y en la resaca de) la simbiogénesis.
La fuerza creativa de la simbiogénesis produjo células eucariotas a partir de
bacterias. Por consiguiente, todos los organismos superiores —protoctistas,
hongos, animales y plantas— se originaron simbiogenéticamente. Sin embargo, la
creación de novedad por medio de la simbiosis no acabó con la evolución de las
primeras células nucleadas, sino que la simbiosis sigue presente por doquier
Son
numerosos los ejemplos de evolución por simbiosis que asombran por su belleza.
Los arrecifes coralinos del Pacífico, tales como la Gran Barrera de Australia,
representan asociaciones entre corales modernos (escleractinios) y
dinomastigotes tales como el Gymnodinium microadriaticum. Los
líquenes de Nueva Inglaterra, las plantas hormigueras de Nueva Guinea, e
incluso las vacas lecheras, sirven de ejemplo del poder de las fusiones entre
seres vivos. Miembros de distintas especies —y en el caso de los corales y las
vacas incluso de reinos distintos— forman, bajo condiciones de estrés
identificables, comunidades íntimamente ligadas, que acaban convirtiéndose por
fusión en individuos. Abundan los detalles que apoyan el concepto de que todos
los organismos visibles —plantas, animales y hongos por igual— evolucionaron
por medio de la «fusión de cuerpos». La fusión a nivel microscópico condujo a
la integración genética y a la formación de individuos cada vez más complejos.
El impulso termodinámico hacia la aparición de sistemas de reducción de
gradientes cada vez más complejos encuentra su expresión en la creación
continua de nuevas y cada vez más intrincadas formas de asociaciones entre
formas de vida, entre las que figura la simbiosis.
§. La fuerza del número
Terry Erwin, profesor de la Universidad de Alabama que hace caer insectos de la
bóveda amazónica para contarlos, nos asegura que, como norma general, dos
tercios de las especies con las que se encuentra son nuevas para la ciencia.
Erwin sugiere que, si hasta la fecha se cuentan diez millones de especies
documentadas en los anales académicos, y si los números que él encuentra
representan a la totalidad del planeta, deberían existir sobre la Tierra al
menos treinta millones de especies de animales vivos. Joseph Leidy, un sabio de
la Filadelfia del siglo XIX y uno de los fundadores de la Academia de Ciencias
Naturales de esa ciudad, resumía así su filosofía de una Buena Vida: ¿Cómo
podría la vida ser aburrida, quedando todavía un rizópodo más por describir? Tanto
si la medimos por los rizópodos (amebas) de Leidy, como por los escarabajos de
Erwin o los millares de especies de orquídeas de las montañas de Colombia, la
diversidad de la vida deja pasmada a la imaginación. La tarea linneana de
clasificar todo lo vivo está tan inacabada en el siglo XXI como lo estuviera en
el XVII, cuando la señora Linneo tuvo que vender toda la colección de su marido
a Londres para poder pagar a sus acreedores y financiar la dote de su hija. Los
especímenes de sus tarros, sus botellas y sus plantas secas siguen reposando
plácidamente en el sótano de la Sociedad Linneana en Burlington House, muy
cerca del bullicioso Piccadilly Circus.
El objetivo de catalogar las especies vivas sobre el planeta sigue siendo
igualmente noble, de hecho más noble y útil si cabe que en tiempos de Linneo,
cuando las especies eran catalogadas y clasificadas de forma práctica, sin
tenerse que preocupar por la conservación de la biodiversidad del planeta.
Linneo nunca creyó que las formas de vida fueran el reflejo de una historia
evolutiva, sino que pensaba que toda aquella abundancia y diversidad biológica
eran obra de una deidad buena y prodigiosa. Su concepto de especie pertenecía a
una categoría fija e inmutable, identificable por sus características aparentes.
La mayor parte de los nombres que puso a sus 10.000 especies siguen en uso hoy
en día.Phantera leoes el nombre que le dio al león yFelis catus el
que le puso al gato común. A las manzanas las llamó Malus deliciosus y
a los exquisitos mejillones de la costa atlántica les puso por nombre Mytilus
edulis. El primer término, siempre en mayúscula, se refiere al grupo mayor
o «clase» de forma viva (personas, perros, manzanas, mejillones, etc.), es
decir al género, mientras que el segundo término o «epíteto específico» indica
la especie (personas sabias, perros cariñosos, manzanas deliciosas, mejillones
comestibles, etc.). Y lo mismo en lo que se refiere a los hongos —Lactarius
deliciosus (exquisita seta lechosa) o Penicillium chrysogenum (pequeño
lápiz dorado)— que, puesto que no eran animales, según Linneo tenían obviamente
que ser plantas.
En resumen, las especies eran y siguen siendo el mínimo denominador común.
Desde los tiempos de Linneo hasta nuestros días, las especies han ido
engrosando el «banco» de la bibliografía: el nombre, el lugar de hallazgo, la
descripción publicada y los datos de su autor se depositan públicamente en un
herbario o en un museo de historia natural. A medida que se generalizaba el uso
del microscopio, proliferaban las especies y las prácticas de dar nombre se
extendían para incluir a las bacterias (como plantas, aunque nadaran) y a otros
organismos unicelulares como plantas si eran verdes o verduscas, o como
animales si nadaban.
Sobre la definición de las especies se han escrito muchos millones de palabras.
Aquí proponemos una idea verificable acerca de lo que las especies son.
§. Las especies desconstruidas: la ardisia de miehe y la euplotidium de
rosati
La existencia y extinción de especies, así como el origen de otras nuevas, constituyen
fenómenos que encontramos únicamente en los organismos nucleados. Este nuevo
concepto no es más que un simple corolario a la idea de Sonea de que las
poblaciones procariotas no forman especies en la Naturaleza. Los procariotas,
por el contrario, tanto si se trata de arqueobacterias como de eubacterias,
pertenecen a una única especie global. ¡El Internet bacteriano precedió al
nuestro en unos 3.000 millones de años [11]! Los
organismos con organización celular bacteriana no son clasificables en
especies. Los organismos nucleados, producto todos ellos de la simbiogénesis,
aparecieron por primera vez sobre la Tierra hace más de 1.200 millones de años.
Su aparición se corresponde enteramente con la de las primeras especies y los
primeros géneros. ¿Por qué? En nuestra opinión porque: Un organismo (A)
pertenece a la misma especie que otro organismo (B) cuando —y sólo cuando— A y
B tienen precisamente los mismos antepasados celulares, es decir, descienden de
los mismos genomas y las relaciones entre esos genomas son idénticas. En otras
palabras, si hacemos una lista con los genomas que constituyen A y otra con los
que constituyen B, ambas listas serán idénticas cuando ambos organismos
pertenezcan a una misma especie, y diferirán si pertenecen a especies
distintas.
Desde hace tiempo, los zoólogos han reconocido la validez del concepto
biológico de especie de Ernst Mayr: dos organismos pertenecen a la misma
especie cuando se reconocen mutuamente, pueden aparearse y pueden producir
descendencia fértil. Estamos de acuerdo con esta definición, que resulta apta
para la mayoría de los animales y para muchas plantas. En realidad, la vemos
como un caso particular de nuestra definición. Únicamente los animales que
comparten un mismo complemento de genomas pueden desarrollar géneros
complementarios que puedan permitirse apareamientos fértiles. Sin embargo,
nuestra definición reconoce la composición heterogenómica de todos los
organismos nucleados, por lo que resulta ser mucho más amplia. Nuestro
planteamiento de «lista de componentes de especies» admite la existencia de
decenas de millares de especies de protoctistas, de hongos, de plantas y de
animales que no se aparean para producir descendencia.
A lo largo de este libro revisaremos algunos ejemplos de nuevas especies y
nuevos taxones que se originaron por medio de la adquisición y la incorporación
de genomas previamente independientes. Veamos a continuación un par de ejemplos
sobre cómo analizar las especies a partir de sus componentes genómicos.
§. El secreto del borde de la hoja de miehe confirmado
Las especies y los géneros nuevos de plantas de flor evolucionaron cuando las
hojas de estas plantas adquirieron e integraron a su historia vital un genoma
bacteriano. En la familia de las plantas de flor denominada mirsináceas se
encuentran tres géneros localizados en Indochina, Formosa, Malaca, la península
de Malaya y las Filipinas. Los miembros del género Ardisia, el más
extendido de los tres, tienen hojas alabeadas (figura 3.1).
Figura 3.1 Borde de hoja de Ardisia, alabeado por la acción de colonias de
bacterias.
El
secreto de la Ardisia se conoce desde los trabajos de von
Hohnel en 1882, habiendo sido confirmado posteriormente por varios
investigadores de primer orden, notablemente Hugo Miehe, del Jardín Botánico de
Buitenzorg, en 1910, así como su sucesor Ph. DeJong, del Instituto Botánico de
Leyden, en 1938. La morfología de las hojas alabeadas de la Ardisia tiene
un origen bacteriano. En las hojas de las tres especies que constituyen el
género Ardisia, así como de sus parientes Amblyanthopsis y Amblyanthus,
viven bacterias específicas. Estas bacterias pueden ser aisladas y cultivadas.
Se trata de simbiontes heterotrópicos heredados a través de la flor y del
embrión de la planta de forma predecible. No son intracelulares —es decir, no
se encuentran en el interior de las células de la planta— sino que están entre
las células de todos los nódulos de sus hojas. En la semilla, las bacterias
viven entre el embrión y el endosperma, material de almacenaje que encapsula al
embrión. Al verse privada de esas bacterias, por ejemplo por un tratamiento de
calor que elimine las bacterias pero no la planta, la Ardisia crece
mutilada. La planta así tratada es absolutamente incapaz de florecer y, por
consiguiente, de reproducirse. También crece enana. Únicamente las plantas muy
jóvenes llegan a recuperarse plenamente de la privación de esas bacterias,
aunque mejora la altura y la proliferación de hojas en plantas de más edad si
se las somete a tratamiento con la suspensión bacteriana específica. Esas
bacterias tienen su propia historia. Aunque no formen esporas, pueden
permanecer durmientes durante más de un año. Si bien son móviles, nadando
presumiblemente por medio de los flagelos rotatorios característicos de las
bacterias, pierden esta movilidad y adoptan un aspecto hinchado («bacteroide»)
cuando se encuentran en los álabes maduros de las hojas, denominados “nódulos”.
La mejor conocida de entre las treinta especies de Ardisia es
la A crispa. Todas ellas, junto con cinco especies de los géneros
menos conocidos, exhiben en sus hojas simbiontes bacterianos regulares. DeJong
sugirió que esta asociación se habría originado a partir de las bacterias
próximas del suelo, tal vez en una única ocasión (monofiléticamente). Según
DeJong, la simbiosis habría arraigado porque las plantas crearon dependencia de
las substancias promotoras del crecimiento generadas por las bacterias. Las
bacterias que forman las hojas alabeadas de la Ardisia crispa están
tan perfectamente integradas en la planta, que se las toma simplemente como la
característica que distingue a las hojas de esta especie.
Sugerimos que esta simbiosis bacteriana integrada se correlaciona tanto con la
morfología de las hojas como con el establecimiento de nuevas especies y nuevos
géneros de Ardisia. La diferenciación de especies entreYa
Ardisia crispa y los demás miembros distintos del subgénero Crispardisia está
directamente relacionada con la adquisición e integración de simbiontes
bacterianos parecidos pero no idénticos.
§. Ciliados defensivos o la revelación de rosati
Veamos otro ejemplo. En las aguas costeras del Adriático medran los ciliados,
protoctistas monocelulares que forman claramente parte de la gran familia de
ciliados denominada «heterotricoides». “Hetero” significa otro y “tricoides”
parecido al pelo. El nombre se debe a las protuberancias móviles de sus cuerpos
(figura 3.2.) al igual que otros ciliados heterotricoides, éstos tienen «bocas»
bordeadas por filas de cilios denominados membránulas, que barren hacia la boca
su alimento bacteriano. El ciliado nadador es asimétrico, su dorso o espalda
está cubierto por menos grupos de cilios (denominados cirros) que su parte
ventral o frontal.
El género de los Euplotidium consta de seis especies, todas
las cuales se cree que evolucionaron a partir de un antepasado común,
denominado Euplotes, género cosmopolita de ciliados heterotricoides
que contiene centenares de especies, todas ellas bacterívoras, es decir, que se
alimentan de bacterias. Los Euplotes son mucho mejor conocidos
que los Euplotidium, aunque ambos sean parecidos en cuanto a
aspecto externo se refiere.
Figura 3.2 Las «granjas corporales» de los Euplotidium, sus órganos
defensivos.
La
característica distintiva del Euplotidium consiste en una
llamativa banda de protuberancias granulares en su superficie externa. A medida
que hacemos zoomsobre estas bandas, salpicadas por centenares de
abultamientos, nos percatamos de que están formadas por bacterias apretadamente
alineadas. Esos bultos, que forman claramente parte tanto del ciliado como de
su descripción, son bacterias vivas, con su propia y compleja historia
individual. En una etapa inicial, las bacterias externamente conectadas o «ectosimbióticas»
se dividen sobre la superficie del ciliado en la típica forma de «fisión
binaria», es decir, que cada bacteria (protuberancia) se divide en dos
descendientes iguales. En la etapa siguiente cada una de esas bacterias se
diferencia, cambiando hasta formar una estructura compleja: en cada
protuberancia bacteriana aparece un ápice rematado por una cúpula que contiene
ADN y proteínas. Esta compleja cúpula alberga asimismo en su interior un
aparato sobresaliente, fácilmente distinguible con la ayuda de un microscopio
potente. Entre las proteínas puede observarse una estructura en forma de cinta,
apretadamente enrollada, que envuelve un objeto central y una red de túbulos.
Aun a pesar de estar alojados en el interior de una célula bacteriana, estos
túbulos —largos, huecos y de veinticuatro nanómetros de diámetro— son
sorprendentemente similares a los microtúbulos característicos de las
eucariotas. Muestran sensibilidad, tanto a los tratamientos que se sabe que
impiden la polimerización de las proteínas micro tubulares en túbulos (tales
como la colchicina o las bajas temperaturas), como a los anticuerpos
antitubulinos. Sin lugar a duda son microtúbulos, las estructuras propias de la
mitosis, la conocida modalidad eucariótica de división celular, universal en
todas las células nucleadas y admitida como su seña de identidad. La presencia
de tales estructuras en células bacterianas es extremadamente rara, casi
desconocida.
La transformación desde la fase primera a la segunda está plenamente
correlacionada con el ciclo celular del ciliado sobre cuya superficie están
embebidas estas bacterias. Cuando el ciliado detecta en las aguas del Adriático
indicios de peligro en forma de presencia de predadores potenciales, tales como
otro ciliado, el Litonotus lamella, se produce una violenta
reacción: el disparo de las cintas enrolladas de la banda de bacterias de la
superficie del Euplotidium. Centenares de bacterias proyectan al
unísono sus peligrosas cintas hacia fuera, alcanzando una longitud de cuarenta
micrones, casi tan grande como la del propio ciliado, a pesar de que la
estructura en la que la cinta estaba enrollada no superara un micrón. Los dos
organismos simbióticos actúan de este modo como uno solo: cuando el ciliado se
siente amenazado por predadores o por otras perturbaciones, un número masivo de
las bacterias que viven en su superficie proyectan sus cintas.
La asociación entre el ciliado Euplotidium, en todas sus seis
especies, y las bacterias disparadoras de cintas es constante. Todos los
miembros del género exhiben esta misma ectosimbiosis protectora. En el
laboratorio es posible retirarles esta protección. Sin sus bandas de bacterias
protectoras, los ciliados nadan, se alimentan y se reproducen por división como
de costumbre. Pero su predador Litonotus lamella permanece
siempre al acecho en busca de un Euplotidium que llevarse a la
boca. Una vez desprovisto de su armadura de bacterias ectosimbióticas
lanzadoras de cintas, el Euplotidium se convierte en presa
fácil para el Litonotus lamella, que no tarda en devorarlo. Cabría
argumentar que la presencia de esas bacterias protectoras sobre la superficie
del Euplotidium impide la selección natural. Sugerimos que la
adquisición de estas bacterias y su integración como orgánulos por algún
antepasado parecido al Euplotes condujo a la aparición de una
nueva especie, el Euplotidium itoi. Puesto que otras cinco especies
de Euplotidium incluyen bacterias protectoras, parece probable
que el género Euplotidium se originara en los Euplotes a
partir de la adquisición y la integración de genoma microbiano. Hoy en día, las
bacterias lanzadoras de cintas del E. itoi son orgánulos
extracelulares, sin los que el ciliado no puede vivir en el medio natural.
Tampoco esas bacterias pueden cultivarse independientemente, sino únicamente en
asociación con el E. itoi, es decir, que su existencia misma
depende del ciliado al que están vinculadas. Los miembros del género Euplotidium existen,
pues, únicamente como entidades simbióticas; ninguno de los dos organismos que
las componen es viable por separado. Nos encontramos, por consiguiente, ante un
ejemplo claro, presumiblemente bastante reciente, de origen de una especie
debido a la herencia de genomas adquiridos.
§. Comunidades y la lógica de los ecosistemas
Los miembros de una misma especie que viven juntos, al mismo tiempo y en un
mismo espacio, constituyen poblaciones. Todos los organismos viven en
comunidades formadas por poblaciones. Todas las comunidades están formadas por
dos o más especies distintas que conviven en hábitats identificables. Esta
organización se relaciona con precisión en la Naturaleza con factores ambientales
tales como el clima y la geografía, entre otros. La taxonomía —la ciencia que
se ocupa de nombrar, identificar y agrupar a los seres vivos— tiende a ignorar
las correlaciones medioambientales y es por tanto artificial, particularmente
en lo relativo a las bacterias. Aun así, en los casos de los protoctistas, los
hongos, las plantas y los animales, los grupos de nivel más fácilmente
identificados y nombrados son los del género y la especie. A pesar de la
advertencia zoológica de que las especies deben establecerse en función de la
capacidad de sus miembros para aparearse y producir descendencia fértil, las
especies se distinguen, se cuentan, se documentan y se nombran principalmente
por cuestiones de apariencia y morfología.
Aunque sean reconocibles diversos tipos de bacterias, éstas son mucho menos
estables que los organismos superiores en cuanto a características se refiere.
Las «especies» bacterianas son tan evasivas e inidentificables que, en
realidad, el concepto de especie no se les puede aplicar. Hay quienes llaman
«ramas» a los grupos bacterianos, dejando la discusión de los detalles para
mejor ocasión. Cualquier bacteria puede pasarle genes a otra. Las restricciones
en este flujo promiscuo de genes, y por consiguiente la posibilidad de
especiación, comenzaron en el Eón Proterozoico inferior, hace unos 2.500
millones de años, cuando las transformaciones de células bacterianas en
consorcios y comunidades condujeron a la integración, a la construcción de
contornos y, finalmente, a las primeras células eucariotas. Estas células, como
hemos explicado en otro lugar, son en sí mismas disposiciones simbióticas.
Partes de las células eucariotas tales como las mitocondrias, e incluso tal vez
los cilios y sus microtúbulos, evolucionaron originariamente a partir de
organismos independientes. Así pues, la simbiogénesis explica el origen de las
especies en dos sentidos: en primer lugar reuniendo las bacterias en el pasado
pretérito para dar lugar a organismos susceptibles de especiación; en segundo
lugar, y como veremos, creando nuevas especies por medio de la incorporación de
otros cuerpos y, finalmente, de genomas.
Contenido:
La
reproducción o la voluntad de poder de Nietzsche
Poblaciones incontroladas
El reconocimiento de Darwin
Gaia como selector natural
§.
La reproducción o la voluntad de poder de Nietzsche
Todos los organismos llevan dentro de sí el equipo químico necesario para la
reproducción. Las bacterias se dividen en dos, dos se convierten en cuatro,
cuatro en dieciséis y así ad infinitum. Los foraminíferos, grandes
protoctistas con cáscara que viven en el océano, se multiplican por centenares.
Un solo progenitor puede engendrar 320 pequeños descendientes nadadores en
cuestión de pocos minutos. En los animales y las plantas, el apareamiento es a
menudo el único juego disponible. Con o sin pareja, la reproducción constituye
el impulso final, el objetivo de la vida. Friederich Nietzsche describió la
tendencia incesante de la vida a seguir su propio curso, a crear y expandirse,
a ver las cosas según cierta interpretación poética que tiende a ser olvidada,
como «la voluntad de poder».
En contraposición a esta fuerza creativa está la selección natural, que no
genera nuevas formas, ni innova ni produce, sino que —como su nombre indica—
simplemente selecciona entre lo previamente creado.
¿Para qué sirve pues la elección de la selección natural? Del mismo modo que
muchos evolucionistas modernos se permiten cierta vaguedad poco científica
acerca del papel de la selección natural en la evolución, también se otorgan
licencia para mostrarse igualmente ambiguos acerca de la identidad del selector
natural. Es demasiado fácil levantar los hombros y afirmar que «el entorno
selecciona; los más aptos sobreviven». Para empezar, ¿qué significa exactamente
“apto”? ¿Qué partes del entorno son las que seleccionan? ¿Hasta dónde llega el
entorno? Las preguntas de esta índole tienden a ser contestadas ambiguamente o
por medio de respuestas puntuales, caso por caso. En seguida asoma una férrea
resistencia a cualquier esfuerzo sistemático de identificación del agente o los
agentes de la selección natural.
Declaramos en este capítulo la sencilla pero importante afirmación de que el
selector natural es Gaia, entendiendo por tal a la biosfera, es decir, todo el
conjunto de interacciones que se dan sobre la superficie de la Tierra junto con
la biota o materia viva, organizadas de forma natural en ecosistemas. La
«biota», o biomasa total, se refiere a la flora, la fauna y la microbiota como
un todo. La selección natural constituye uno de los medios por los que Gaia,
como sistema autorregulador, se mantiene a sí misma como una entidad dinámica y
al mismo tiempo estable.
§. Poblaciones incontroladas
Los constreñimientos medioambientales cotidianos, como la falta de agua, la
masificación o el hambre, previenen la expansión indefinida que las poblaciones
seguirían de por sí. Puesto que cada población tiene sus energías específicas
—carbono, nitrógeno, agua, etc.—, su espacio y otros requerimientos, que nunca
son completamente proveídos por el entorno, la expansión de la población se ve
inevitablemente limitada. La selección natural —proceso netamente sustractivo—
elimina a quienes, por una u otra razón, no logran sobrevivir para
reproducirse. Por definición, los que quedan sobreviven y tienden a transmitir
a su progenie sus rasgos heredables. Habida cuenta de que estos descendientes
retendrán rasgos conducentes a la supervivencia en determinados tiempos y
lugares, la vida sobre el planeta guarda en cierto modo el registro de su
pasado. En sus complejas memorias químicas, los cuerpos vivos almacenan
registros de las limitaciones ambientales del pasado que lograron
superar.
§. El reconocimiento de Darwin
¿Por qué alberga una sola termita treinta especies distintas de protistas y más
de 200 clases distinguibles de bacterias? ¿Por qué en el ecuador de los
trópicos, donde el Sol sale exactamente a las seis de la mañana y se pone
exactamente a las seis de la tarde, donde las condiciones de vida son tan
tremendamente uniformes, son los seres vivos tan espectacularmente diferentes?
¿Por qué en los picos pelados de los volcanes de las islas Galápagos, desoladas
bajo un sol incesante y tan parecidos en tamaño, historia, agresiones físicas y
geografía, son sus habitantes tan profundamente diversos? «Esto se me ha
antojado siempre como una gran dificultad —escribió Darwin hacia el final de suOrigen
de las especies según cita Jonathan Wiener en The Beak of the
Finch— que procede en gran medida del error profundamente arraigado que
consiste en considerar a las condiciones físicas del entorno como lo más
importante para sus habitantes, cuando creo que ya no se puede discutir que la
naturaleza de los otros moradores, con los que cada cual debe competir,
constituye un elemento al menos tan importante, si no más, para el éxito».
Que un nuevo ser vivo empollado, parido o germinado prospere, viva, se
multiplique y sobreviva dependerá en parte, por supuesto, de las condiciones
climáticas y geográficas de su entorno, pero que acabe convirtiéndose en
alimento para otro o en su amigo y aliado en una gran batalla, o que reciba
sombra o calor o sufra por el contrario de la ira de cualquier otro, dependerá
en gran medida de la benignidad o de la agresividad de esos otros seres vivos,
con los que compartirá ese entorno en el que le ha tocado tratar de sobrevivir.
Sea cual fuere su naturaleza, que los seres vivos lleguen o no a reproducirse
depende de los otros seres que vivan en su entorno inmediato, sean éstos de
otra especie o de la suya propia.
§. Gaia como selector natural
Gaia, el nombre de la antigua diosa griega de la Tierra, utilizado ahora como
nombre de una teoría para el planeta vivo, se define tal como describe la
leyenda de la figura i.
El término “biota” se refiere a la totalidad de la flora (plantas), la fauna (animales)
y la microbiota (hongos, protoctistas y bacterias), es decir, equivale a la
suma total de toda la biomasa del planeta; en otras palabras: a toda la materia
viva presente. La biota comienza y acaba dentro de la biosfera, es decir, de la
parte de la esfera terráquea donde mora la vida y que abarca desde la
profundidad de las simas oceánicas hasta la troposfera. En ella viven más de
treinta millones de tipos de organismos, especies y cepas bacterianas,
descendientes todos ellos de antepasados comunes. Todos interactúan entre sí.
Todos producen y eliminan gases, iones, metales y compuestos orgánicos. El
metabolismo, el crecimiento y las interacciones de esta miríada de seres,
particularmente dentro de soluciones acuosas, condujo a la modulación de la
temperatura, la alcalinidad y la composición atmosférica de la superficie
terrestre.
Está, pues, claro que Gaia se refiere a la suma de todos los seres vivos, más
que a un organismo “A” arbitrariamente elegido, inmerso en su propio entorno
sobre la superficie del globo. La visión gaiana de la vida incluye también el
entorno de todas esas otras formas de vida. Es Gaia, como un todo, la selectora
de ese organismo “A” como miembro de la población de “A” dentro de la
Naturaleza. Es Gaia, en general, quien previene que las poblaciones del
organismo “A” desarrollen todo su potencial. Como en toda población, desde las
bacterias del ántrax en un pulmón caliente a las ratas de Nueva York en los
sótanos de las casas viejas, el crecimiento por medio de reproducción seguirá y
seguirá hasta ser detenido… por la selección natural. El hecho de que Gaia
seleccione de forma natural nos ayuda a comprender por qué la Tierra es un
sistema integrado.
Capítulo 5
Principios de novedad evolutiva
Contenido:
Fuentes
de novedad heredable
El
desarrollo de superpoderes a través de mutación debida a la química o a la
radiación, dando pie teóricamente a la aparición de nuevas especies, constituye
un fenómeno fácil de encontrar en muchos cómics. Las mutaciones se
definen como diferencias entre progenitores y descendientes, susceptibles de
ser transmitidas genéticamente a las generaciones posteriores. Pueden ser
espontáneas o inducidas por tratamiento. Al exponer a radiaciones de rayos X a
moscas de la fruta, H. J. Muller contribuyó al descubrimiento de las bases
químicas de la mutación. Muchos otros científicos han aplicado con éxito
agentes mutagénicos, ya sea por radiación o con ayuda de la química, a gran
cantidad de organismos. Si bien se han registrado cambios heredables, nunca se
ha logrado dar pie a una nueva especie. Los fármacos para el tratamiento del
cáncer son mutagénicos, pero en ningún caso han conducido a la aparición de una
nueva especie. Algunos cambios en los pares base del ADN, así como algunas
mutaciones cromosómicas, también han producido pequeños cambios heredables.
En cambio, la mutación por sí misma suele generar organismos enfermos y formas
de vida deficientes. Los cambios mutacionales favorables son siempre pequeños.
Las nuevas mutaciones generan variaciones en miembros de una misma especie
pero, ni en el laboratorio ni sobre el terreno, la acumulación de mutaciones ha
logrado nunca saltar las barreras entre especies. Han tenido lugar muchos
intentos de demostrar los efectos de la mutación sobre la evolución. Tal vez el
más reciente sea el de Barbara Wright con bacterias. Dadas unas condiciones
altamente específicas, las mutaciones no son aleatorias y, en determinados
entornos, son recogidas por las bacterias descendientes (Wright, 2000).
A diferencia de la mutación, la rápida adquisición de rasgos nuevos y refinados
por medio de la adquisición e integración de organismos precedentemente
extraños confiere ventajas inmediatas a sus captores protoctistas, plantas o
animales por igual. A menudo la asociación comienza de forma predatoria: uno de
los organismos trata de ingerir y digerir al otro, que se resiste, la presa
atrapada o la bacteria no digerida dan origen a una población cautiva. La
herencia de poblaciones cautivas, particularmente en forma de genomas
microbianos, crea nuevos linajes evolutivos que exhiben estrategias
genuinamente novedosas merecedoras de estudio. Sin duda ocurren mutaciones
aleatorias —tanto en el predador como en la presa— y por supuesto estas
mutaciones constituyen aspectos importantes del proceso evolutivo. Pero las
mutaciones refinan y aguzan. En los eucariotas, las mutaciones por sí solas no
crean nuevas especies ni variaciones heredadas positivas de importancia. En
cambio, los genomas vienen limpiamente empaquetados con dilatadas historias de
virtuosismos y trucos sintéticos heredables. Proporcionan precisamente lo que
hace falta para que un organismo pueda cambiar drásticamente sin dejar por ello
de seguir siendo coherente y viable. Documentación fiable de la literatura
científica demuestra que la movilidad, la capacidad para transformar alimentos
o la aparición de nuevos rasgos metabólicos (producción de vitaminas,
extracción de nitrógeno a partir del aire, destoxificación del oxígeno) pueden
ser apropiados como un todo, como en el caso de la absorción de los empleados
expertos de una empresa absorbida por otra.
Justamente del mismo modo que tras un casamiento o una fusión empresarial no es
sencillo dar marcha atrás, la evolución por medio de adquisición genómica
constituye un proceso irreversible. Tras la integración de genomas más pequeños
en los genomas del organismo receptor, el genoma anteriormente externo ya no
puede ser liberado de nuevo a la Naturaleza. Llega un punto en la relación en
que la forma de vida que antes vivía libre ya no puede ser voluntariamente
rechazada o «desadquirida». Existen ejemplos de rechazo de socios de largo
recorrido, pero todos ellos tienen como resultado la aparición de nuevos seres
modernizados y alterados, nunca la reversión a las formas pasadas.
Lamarck se equivocaba al afirmar que los cambios de comportamiento en la
generación progenitora conducían a cambios heredados en sus descendientes. En
cambio, a través de la adopción y subsiguiente integración de genomas, en una
sola vida pueden ser adquiridos nuevos y espectaculares rasgos. En nuestro
libro anterior (Microcosmos, 1997) describíamos el único experimento de
laboratorio con resultado de aparición de una nueva «especie»: la infección
permanente de amebas estudiada por Kwang Jeon de la Universidad de Tennessee. En
determinados casos, los cambios en el comportamiento y en el cuerpo pueden ser
heredados cuando son causados por la herencia de un genoma bacteriano o vírico.
He aquí un claro ejemplo: las hojas de la Abutilón pictum thompsonii,
una variedad de planta cuyas manchas son causadas por un virus y que mostramos
en la figura 5.1. En tales casos Lamarck tal vez no estuviera demasiado errado.
El rasgo en sí mismo no es heredado, pero los genomas adquiridos que lo
determinan sí lo son. Frotar o rascarse los genitales promueve la transmisión
de microbios íntimos, como la espiroqueta de la sífilis o el protista ( Trichomonas
vaginalis) que produce picor vaginal. Estornudar disemina organismos y
virus respiratorios. Las lombrices verdes que albergan algas simbiontes buscan
la luz, cosa que no hacían sus antepasados blancos. El efecto de la adquisición
de simbiontes sobre el comportamiento es una cuestión digna de investigación
por los evolucionistas serios.
Figura 5.1 Jaspeado vírico: Abutilón pictum (Malváceas).
§.
Fuentes de novedad heredable
¿Cómo consigue un organismo adquirir nuevos genes completos? Las bacterias
predadoras se tragan a sus presas. Otras bacterias activamente comedoras
producen babaza, polisacáridos blanquecinos que actúan como adhesivo. Otras son
engullidas por protistas. Estos comportamientos conducen a la adquisición, a la
unión y en ocasiones a la fusión. Las simbiosis más recientes, como la de la
bacteria que se alimenta entre las células ( Aeromonas hydrophila)
o los ciliados que recorren las superficies húmedas en busca de bacterias y
otros nutrientes en la Hydra viridis, nos ayudan a comprender cómo
se iniciaron asociaciones más profundas y perdurables. El Streblomastix
strix, un protista que navega por el intestino de las termitas, está
recubierto por pelos sensitivos que reconocen el acetato que le sirve de
alimento. Estos pelos resultan ser bacterias colgantes. Al serle retirados por
medio de antibióticos, el Streblomastix ya no se sentía
atraído por el acetato. En el sentido evolucionista, los protistas tendrían
menos posibilidades de sobrevivir sin sus órganos sensoriales formados por
bacterias heredadas.
Los plástidos verdes envueltos en membranas de las algas fueron otrora
bacterias duras y resistentes que les sirvieron de alimento. Las termitas
caníbales retienen en su propio intestino a los simbiontes de sus compañeras
ingeridas. Los nematocistos —dardos venenosos naturales construidos a partir de
partes de células— de las babosas marinas están tomados de los celentéreos que
se comen, para ser usados como medio de defensa de la propia babosa. Todos
estos ejemplos no tan sólo nos demuestran cómo los simbiontes integrados
tienden a seguir adquiriendo nuevos simbiontes, sino que también ponen de
relieve que la historia simbiótica es destino evolutivo.
Habida cuenta de que la supervivencia diferencial es todo lo que hay, la
selección natural perpetúa pero no crea. ¿Qué es entonces lo que genera
innovación evolutiva? La relación de fuentes de cambio hereditario —mutación,
en el sentido más amplio del término— se hace cada vez más extensa, dentro de
la cual la adquisición e integración de genomas es un apartado más. La novedad
aparece y se acumula por un simple cambio en un par de bases del ADN, sea éste
aleatorio o no. Las mutaciones del ADN pueden inferirse fácilmente a partir del
estudio directo de las secuencias de aminoácidos en las proteínas, ello debido
a que dicha secuencia viene codificada por la de las bases en los genes. No hay
que esperar copias perfectas en un cosmos regido por la segunda ley de la
termodinámica. Los organismos adquieren también nuevos rasgos hereditarios por
acumulación de virus, de plásmidos o de otros fragmentos cortos de ADN. También
pueden hacerse con grandes fragmentos de ADN nuevo —muchos genes a la vez—
mediante apareamiento bacteriano o por relación sexual legítima con parientes
lejanos, es decir, por hibridación. Las modalidades de construcción de variedad
por adquisición no genómica, es decir, por intercambio de genes uno por uno,
son desproporcionadamente importantes en el universo de las bacterias. Tomadas
como un todo, estas modalidades constituyen un serio argumento en la resolución
del dilema de Darwin. La ciencia sí sabe hoy cuáles son las principales fuentes
de novedad evolutiva. La tarea consiste ahora en sacar a este conocimiento de
los tomos de la esotérica y darlo a conocer mejor.
¿Cómo se adquiere el nuevo material genético? ¿Qué cantidad de material
genético nuevo es susceptible de ser adquirido gen por gen, o unos cuantos
genes cada vez, únicamente aquellos que se desee adquirir? La nueva tecnología
de secuenciación del ADN nos permite responder a estas preguntas de forma
directa.
El mínimo cambio genético heredable consiste en el cambio de uno de los pares
de bases del ADN, de A-T a G-C o a la inversa. A su vez, el máximo cambio
genético heredable posible consiste en la adquisición de la serie completa de
genes que regulan el funcionamiento de un organismo —su genoma—, junto con el
resto de ese organismo en buen estado de salud, de forma que el genoma
adquirido siga teniendo un funcionamiento que regular. Entre ambos extremos
existe un sinnúmero de modos en que los organismos consiguen y retienen novedad
heredable. Cuando, a principios del presente milenio, fue anunciada la
secuencia completa del genoma humano, fueron numerosos quienes se sorprendieron
de saber que cerca de 250 de los más de 30.000 genes humanos procedían
directamente de bacterias. El origen bacteriano de estos genes, largas
secuencias de ADN que codifican las proteínas, es tan fácilmente reconocible
como lo pueda ser el de una pluma de ave frente a, por ejemplo, la boca de un
tiburón.
Nadie
conoce hoy por hoy cómo pasaron las bacterias sus genes a los seres humanos,
pero la transmisión vía virus parece una apuesta razonable. El albergue y el
transporte de virus a otros lugares, incluyendo a otras bacterias, es una
característica notable y bien conocida de estos organismos.
El genoma de la levadura Saccharomyces cerevisiae ha sido
completamente secuenciado, con el resultado de una buena sorpresa para los
científicos. Eligieron secuenciar esta levadura como representante del reino de
los hongos, porque la vida de su versátil y pequeña célula está relacionada con
la nuestra de múltiples formas. Esta levadura es la que monta la masa y, por
consiguiente, la mayoría de alimentos cocidos al horno —pan, pasteles,
brioches…— dependen de ella. Es asimismo la responsable de la fermentación la
cerveza, por lo que cualquier cerveza con alcohol depende de su feliz
desarrollo. Abunda igualmente en el yogur y en otros productos lácteos. En el
laboratorio crece bien y rápidamente, habiendo sido por ello, desde hace
tiempo, la favorita para el estudio del sexo de los hongos, de los virus
fúngicos, del comportamiento, crecimiento y supervivencia de los cromosomas, y
de la formación de esporas. Como es bien conocido, la célula de la Saccharomyces
cerevisiae es «haploide», es decir, tiene una sola copia de cada uno
de sus diez cromosomas (los humanos somos diploides, lo cual significa que cada
uno de nosotros tiene dos copias de cada uno de los veintitrés cromosomas: un
juego procede de la madre y el otro del padre). La sorpresa a la que nos
referíamos consistió en el descubrimiento de que la levadura tiene dos copias
de casi todos sus genes.
La historia de la levadura añade otro capítulo a nuestra colección de formas de
adquirir material genético nuevo: la duplicación. Cada uno de los organismos
que han sido estudiados presenta algún grado detectable de duplicación de
genes: una parte de un gen antiguo, un solo gen completo, un conjunto de genes
nuevos, un cromosoma entero, o —como en el caso de la levadura— casi todos los
genes contenidos en el cuerpo de la pequeña célula. Del mismo modo que las
copias extra de manuscritos originales o de libros de instrucciones aseguran
que el original no difiera de sus copias, los conjuntos de genes extra han
demostrado ser muy útiles cuando las levaduras u otros organismos han
evolucionado hacia mayor tamaño o creciente complejidad.
Parte
II
Los microbios en la evolución
Darwin
declaró, y así nos lo enseñaron, que la evolución procede por etapas graduales,
casi imperceptibles. «Los límites entre especies son tan fluidos y adaptables,
tan sensibles a los cambios y a las presiones, como la configuración de las
olas en alta mar», escribió Jonathan Wiener en The Beak of the Finch.
«Y el viento puede partir las olas, partiendo en dos la montaña o poniendo por
encima del resto a una nueva montaña o a un archipiélago… Cualquier detalle
puede marcar la diferencia. Incluso un detalle sin importancia adaptiva puede
significar toda la diferencia del mundo. En otras palabras, el origen de las
especies puede residir en la clase de pequeñas decisiones y revisiones
subjetivas que, en nuestra especie, caen bajo el título genérico de lo novelesco».
Reflexionando sobre el consenso entre los evolucionistas de nuestros días,
Wiener trata de resumir un problema que el propio Darwin enfrentó con confusión
y ambivalencia: la relación entre la selección sexual y la selección natural.
Wiener propone como ejemplos a dos prominencias humanas: la primera, la
fatalmente atractiva nariz de Cleopatra (seguida, por supuesto, del resto de su
rostro y de su cuerpo), que condujo a hombres como Julio Cesar y Marco Antonio
a acciones que determinarían cambios en la estructura de los pueblos del
Mediterráneo. La segunda, la nariz del propio Darwin, descrita por
Robert
FitzRoy, primer oficial ejecutivo del Beagle, como la de un hombre
perezoso. Si el Capitán FitzRoy se hubiera abstenido de enrolar aquel joven
naturalista en la aventura del Beagle hacia las costas
sudamericanas, el resto de los mortales no estaríamos hoy debatiendo
sobre El origen de las especies. Tal vez en lugar de ello
estaríamos ponderando el trabajo seminal de Alfred Russel Wallace o de T. H.
Huxley. Incluso el impulso erótico de algún marinero británico, inspirado por
los senos colgantes y el escaso y tieso vello púbico de las nativas de las
islas Salomón, puede tener repercusiones evolutivas, si esa atracción tiene
como resultado la aparición de una nueva subespecie de nativos de las islas del
Pacífico. Como también las puede tener un huracán brutal, si como resultado no
quedan vivos más que dos adolescentes de piel oscura y nariz achatada para
repoblar las cimas de esos conos volcánicos que los nativos polinesios llaman
su hogar. La selección sexual y la selección natural son variaciones de un
mismo tema: tan sólo una ínfima porción de entre una gran diversidad sobrevive
para propagar su estirpe.
El obstáculo, la dificultad, la causa de desasosiego y de exceso de verborrea,
no es otra que la afirmación —o suposición tácita, o «dato» de libro de texto—
de Darwin y sus seguidores de que esta clase de selección conduce a la
aparición de nuevas especies. La pesada mano de la selección puede ejercer y
ejerce cambios tremendos en la proporción de huevos fértiles, de gallinas
ponedoras, de tomates grandes o pequeños, o de pinzones terrestres de pico
largo. Pero nadie ha podido nunca demostrar que este proceso haga algo más que
cambiar las frecuencias genéticas en las poblaciones. La variación
intraespecífica no parece haber desembocado nunca, por sí sola, en nuevas
especies.
Como estudiante en los años 60, Niels Eldredge, que con el tiempo se
convertiría en el responsable de zoología invertebrada del Museo de Historia
Natural de la ciudad de Nueva York, se dedicó a buscar en los registros fósiles
pruebas directas de especiación. Estudió con ahínco colecciones enteras de
trilobites cámbricos primorosamente conservados, en busca de transiciones
graduales de una especie a sus especies descendientes. Tanto en Marruecos como
en el estado de Nueva York, peinó cuidadosamente los sedimentos en secuencias
estratigráficas. Halló, de capa en capa, algunas variaciones en el tamaño y en
la forma del caparazón, pero en ningún caso encontró alguna tendencia clara que
indicara una lenta transición entre una especie y otra. Más bien parecía que la
presencia de la misma especie proseguía, con pequeñas variaciones aleatorias, a
lo largo de 800.000 años. De repente aparecía otra, que superaba a la anterior
en 1,3 millones de años. La búsqueda de formas intermedias y de cambio
evolutivo gradual entre ambas demostró ser siempre fútil. Las rocas
sedimentarias en las que duermen los gloriosos registros fósiles no mienten ni
engañan. El registro era puntuado, las diferencias entre especies de animales
extintos atrapadas en el tiempo eran claras y perfectamente distinguibles. Las
pequeñas variaciones dentro de una misma especie, indicativas de cambios en la
frecuencia de sus genes, oscilaban arriba y abajo sin dirección aparente
(«equilibrio» dentro del «equilibrio puntuado»). La aparición de especies y
géneros nuevos, así como la pérdida de otros por extinción demostraban ser
siempre discontinuas (ahí reside la «puntuación»).
Las conclusiones de Eldredge con sus trilobites, confirmadas más tarde por
Richard Fortey y sus colegas, se repitieron con caracoles de las Bahamas en su
trabajo sobre la «teoría del equilibrio puntuado», realizado junto con Stephen
Jay Gould. El mismo registro fósil ha aparecido en yacimientos de moluscos y de
dinosaurios, así como en la historia reconstruida a partir de los restos óseos
de animales marinos gigantescos que aterrorizaron a otros pobladores de los
mares del Devónico. Cualquiera que haya sido testigo de las dificultades de
lograr descendencia entre una hembra dachshund y un pastor alemán macho, sabrá
lo que son las variaciones intraespecíficas. Sin embargo, nadie que haya
estudiado cuidadosamente los organismos de ambos animales en su estado natural
habrá podido detectar ningún cambio gradual de una especie a otra, ni en sus
poblaciones vivas ni en sus restos fósiles. Cuando las investigaciones se
aproximan a los límites entre especies, los abismos genuinos —entre rábanos y
coles, entre asnos y caballos, o entre bonobos y chimpancés— siguen ahí. Al
menos entre animales fácilmente reconocibles, los límites están claros.
§. Las bacterias como especie única
Las bacterias no forman especies. Sus diferentes tipos cambian constantemente
con fluidez y rapidez. Comparado con las plantas o con los animales, el
repertorio metabólico de las bacterias es inmenso. En sus descendientes
protoctistas, el metabolismo es más limitado, pero aún así sigue siendo más
extenso que el de plantas, animales y hongos. Mucho antes de la aparición de
formas de vida fúngicas, animales o vegetales, el universo bacteriano había ya
refinado exquisitamente la elección, el desarrollo, la modalidad de
apareamiento, la inmunidad, la formación de minerales, el movimiento, la
fotosíntesis, la predación, la muerte celular programada, la sexualidad y un
montón de otros atributos de vida «superiores». Tan sólo recientemente hemos
comenzado a apreciar las verdaderas dimensiones del pasmoso repertorio
metabólico, así como de la enorme diversidad morfológica del reino de las
bacterias. (En nuestro caso, hemos llegado incluso a argumentar que, tanto en
el mundo de las bacterias como en el de sus descendientes protoctistas, se
habría originado algo parecido a la libre elección, lo cual nos valió que el
biólogo celular y premio Nobel Christian Duve nos acusara en las páginas de la
revista Nature de «biomisticismo»).
Una prodigiosa bibliografía técnica demuestra que las bacterias constituyen la
mayor reserva de diversidad evolutiva. Todo el reino animal emplea
esencialmente una misma modalidad de metabolismo: la utilización del oxígeno
para respirar moléculas orgánicas de alimento. Esta modalidad se conoce con el
nombre de heterotrofia. Las plantas utilizan dos modalidades: la heterotrofia
vía oxígeno —como los animales— y la fijación de dióxido de carbono y la
fotosíntesis productora de oxígeno, utilizando para ello la radiación solar,
que se conoce con el nombre de fotoautotrofia. Además de estas dos modalidades
—heterotrofia y fotoautotrofia—, las bacterias disponen como mínimo de veinte otras
modalidades metabólicas no accesibles a ningún animal o planta, a menos de que
las adquiera por medio de la simbiosis. Algunas bacterias respiran arsénico o
azufre en lugar de oxígeno. Otras brillan en la oscuridad gracias a la
producción de «luz fría», fruto de la reacción luminiscente entre la luciferina
y la luciferasa. Otras bacterias medran en comunidades pestilentes, donde sus
miembros nadadores transforman los iones metálicos de las aguas en precipitados
metálicos tales como óxidos de manganeso o de hierro, o incluso oro. Algunas
bacterias azuladas o verdosas fotosintetizan y expelen oxígeno cuando están
expuestas a la luz, mientras que cuando se hallan en la oscuridad aspiran
oxígeno como los animales y los hongos. Otras utilizan la luz del sol para
fotosintetizar de formas que o bien impiden la liberación, o bien la absorción
de oxígeno. Otras bacterias, denominadas metanógenas, convierten el C02 y
el hidrógeno en gas de los pantanos. En total ausencia de gas oxígeno y de
alimento, producen metano (CH4), exactamente el mismo gas que
empleamos en nuestros quemadores de «gas natural». El metano desciende hasta
las fisuras donde otra bacteria (metilótrofa) lo quema. Las metilótrofas
respiran metano y sacan de él la energía necesaria para medrar y crecer. Otras
aún viven y se desarrollan en las profundidades marinas, gracias a reacciones
químicas en miniatura basadas en la luz, que los científicos más avezados aún
no han conseguido ni explicar ni imitar.
Comprender los entresijos de la evolución requiere comprender el verdadero
espectro de las posibilidades de la vida. En la flexibilidad, el virtuosismo
cosmopolita y las sutiles estrategias de las bacterias, podemos comenzar a
apreciar la complejidad de la evolución en su verdadero esplendor. La mayor
parte de las bacterias rechazan la compañía de los humanos. Mucho antes de que
el primer animal comenzara a deambular por la Tierra, ellas ya se reproducían,
exploraban, conquistaban, intercambiaban genes, se deleitaban en sus
sorprendentes formas de encuentro sexual y erosionaban rocas. Sin duda han
orbitado alrededor de la Luna y han alunizado sobre su suelo muchas más
bacterias que seres humanos. Que las bacterias se dupliquen, transfieran genes,
digieran y ganen o pierdan genes de formas muy diversas, constituye a no dudar
un aspecto esencial en la saga de la evolución. La velocidad, el volumen y la
antigüedad de las actividades bacterianas de intercambio de genes subyacen en
la evolución de todas las demás formas de vida sobre el planeta. La Humanidad
es una mota de polvo en la biosfera, un experimento sin acabar de verificar,
susceptible de extinguirse por autoconsunción. La célula nucleada constituyó el
resultado más espectacular de las maquinaciones bacterianas. A diferencia de la
Humanidad, ella sí que ha sido plenamente verificada.
§. Incorporaciones: donde la especiación comienza
Constituyendo equipos que se integraban para formar las primeras células
nucleadas, las bacterias iniciaron el proceso de especiación. Algunas de
aquellas células nuevas se convirtieron en descendientes protistas,
evolucionando nuevos paquetes de capacidades que les permitieron abandonar el
reino bacteriano. Fue ahí donde se iniciaría el proceso de especiación, en el
mundo del Proterozoico inferior, hace unos 2.000 millones de años.
Los protoctistas ampliaron el mundo de las bacterias. Del mismo modo que los
animales formadores de embriones que les sucedieron, desarrollaron nuevas
estrategias tróficas y sociales. Fue ahí, en el mundo protoctista, donde los
primeros ingenieros y diseñadores crearon estructuras tales como delicadas
cajitas de sílice o plataformas de caza de carbonato cálcico. Otros inventaron
la agricultura. Los foraminíferos unicelulares, representativos de unas 60.000
especies distintas y que incluyen células de tamaño relativamente grande,
atrapaban y cultivaban algas que expelían por las ranuras de su cuerpo y
almacenaban en los pesebres de sus cáscaras. Esas algas, bien entrenadas,
absorbían durante el día la luz solar y producían alimento a partir de ella.
Luego, abrigadas durante la noche en los orificios de la cáscara de su
anfitrión, respiraban el oxígeno que habían producido a lo largo del día.
Algunos parientes lejanos de estos agricultores construyeron nuevas cáscaras a
partir de mezclas multicolores. Estos «aglutinadores» pegaban piedrecillas a su
cuerpo. Otros foraminíferos incluso reúnen minerales diversos para construir
con ellos torres de vigilancia, por las que ascienden para cazar animales mucho
mayores que ellos, tales como rotíferos y crustáceos. Los protoctistas incluyen
grandes «ambigüedades acuáticas», organismos que no son ni animales ni plantas
como el kelp, un fotosintetizador de cien metros de longitud que sigue presente
en nuestros días. El registro fósil de los foraminíferos y las diatomeas es
inmenso, incluso si lo comparamos con el de los animales marinos con cáscara,
tales como los bivalvos y los trilobites. Sin embargo, escasean las
descripciones de protoctistas debido a la carencia de paleontólogos y
protistólogos vivos que se ocupen de ello. A no dudar, podríamos aprender mucho
de sus tecnologías en miniatura y de sus asociaciones simbióticas si nos lo
propusiéramos.
§. Ecuaciones celulares y definiciones de especies
Hace unos 450 millones de años, los hongos y las plantas se unieron a las
bacterias, a los protoctistas y a los animales. Mientras que las plantas
pertenecen al mundo de lo fácilmente visible, la mayoría de hongos, como las
levaduras y los mohos, encajan en la descripción de los microbios. A pesar de
que las setas y algunos mohos grandes y complejos son fácilmente reconocibles
para el ojo del profano, incluso en su caso —al igual que sucede con la
totalidad de los microbios— se les puede observar y comprender mejor con la
ayuda del microscopio. A simple vista, la mayoría de hongos no son más que un
polvillo blancuzco. Los micólogos profesionales y los aficionados ocasionales
—cuyo número disminuye año tras año— son en la práctica las únicas personas
capaces de distinguir una especie de otra.
Algunos
hongos se enrollan sobre sí mismos y se convierten en trampas de muelle para
los gusanos nematópodos, que atrapan y estrangulan como hacen las pitones con
un ratón. Otros disfrutan de extrañas vidas sexuales. Por ejemplo, no se conoce
macho y hembra del Schizophillum commune y otras especies de
setas de bosque, sino más bien miles de géneros intermedios.
En resumen, los microbios (bacterias procariotas, protoctistas eucariotas y
hongos) evolucionaron para actuar de formas que van mucho más allá de las
prácticas y los estilos de vida relativamente uniformes de los animales y las
plantas. Para comprender las artimañas del proceso evolutivo de animales y
plantas necesitaremos profundizar en el conocimiento del microcosmos y de los
talentos, las necesidades, los exudados y las peculiaridades de género y
reproducción de sus miembros. Los microbios tienen genomas completos de
capacidad única. Son ellos, y no los genes egoístas ni los mamíferos
combativos, los verdaderos motores del cambio evolutivo.
En la tabla 6.1 se incluyen las ecuaciones abreviadas de los sistemas genómicos
integrados de la mayoría de grandes formas de vida complejas.
Capítulo 7
La historia de lo heredable
Los
genomas —la suma de todos los genes de un mismo individuo— no existen aislados
en la Naturaleza, sino que están siempre embebidos profundamente en las
células. El genoma mínimo de una bacteria muy pequeña ya secuenciado arrojó un
total de 500 genes, mientras que los de las plantas y los animales pueden
llegar a ser cien veces mayores, conteniendo aproximadamente unos50.000 genes.
Para que dos genomas distintos puedan unirse y formar otro nuevo, los
organismos a los que pertenecen tienen que tener una buena razón para juntarse.
Sus razones pueden ser diversas. Tal vez al organismo A le parezca delicioso el
B, por lo cual trate de tragárselo. Alternativamente, quizás A necesite el
derivado químico del nitrógeno que B excreta como residuo. Al principio, tal
vez A se ponga al abrigo de B, o B secuestre de madrugada el rocío alcalino que
exudan los poros de A. Se trata de cuestiones ecológicas repletas de sutilezas,
pero que constituyen la base de la transferencia y la fusión final de genomas
hacia formas mayores de vida. ¿Cómo ha sido transferida la creatividad de los
microbios a las plantas, a los animales y a las formas mayores de vida? ¿Con
qué frecuencia ha sido adquirida esta creatividad por esas formas mayores de
vida? Muchas veces y de múltiples formas distintas. El maldecido eslogan
lamarquiano de la «herencia de características adquiridas» no debe ser relegado
al olvido, sino más bien cuidadosamente refinado.
Bajo estrés, distintas clases de individuos, con orígenes y capacidades muy
diversas, tienden a asociarse físicamente. Frente a un estrés continuado y
predecible, frecuentemente cíclico o estacional, estas asociaciones se vuelven
íntimas y se extienden más allá de un encuentro ocasional. Para convertirse en
significativos para el proceso evolutivo, los anteriores extraños deben
interactuar con la suficiente frecuencia como para llegar a formar una relación
única y estable, que acabe por desembocar en una relación permanente, o al
menos firmemente estacional. Para expresarlo de forma resumida, en los casos
importantes para la evolución, las asociaciones condujeron a simbiosis que
desembocaron en nuevas clases de individuos, formados por simbiogénesis. En
cualquier momento esas asociaciones pueden disolverse, sus miembros pueden
cambiar e incluso destruirse entre sí, o simplemente perder a su simbionte. Los
resultados de la interacción de organismos vivos muy distintos no son
plenamente predecibles. En ese contexto, los términos de “coste” y “beneficio”
no resultan demasiado útiles. Las asociaciones pueden hacerse tan íntimas que
se llegue a producir literalmente una incorporación. De la asociación casual y
de su inevitable cambio metabólico (donde los residuos de uno de los
organismos, en un sistema termodinámico abierto, se convierten en alimento, protección
o lubricante para el otro) surgen entonces nuevos cuerpos mutuamente
incorporados. Los organismo otrora independientes pasan a ser reconocidos como
componentes de nuevas fusiones, sin perder del todo los vestigios de su
anterior estado autónomo. Los cloroplastos verdes de las hojas siguen
subdividiéndose. Los bordes batientes de las espiroquetas siguen nadando dentro
de la Mixotricha, sólo que no se escapan nadando. Tras dilatados
períodos de vida complementaria, asociación íntima o dependencia metabólica,
los extraños compañeros de cama terminan a menudo por fundir sus sistemas
genéticos. Es la etapa final consistente en la adquisición de genomas, la clave
de la «herencia de genomas adquiridos». Los socios otrora separables y
distintamente nombrados se convierten ahora en una nueva y única entidad, en un
individuo nuevo situado en un nivel superior de tamaño y complejidad. Están
documentadas numerosas fusiones de esta índole en la totalidad de los cinco
reinos de la vida.
Las asociaciones que más nos interesan para lo que aquí nos ocupa son aquellas
que espolearon innovaciones discontinuas y evidentes en la evolución, tan
notables que las huellas de su historial quedaron claramente impresas en los
registros fósiles. Estos ejemplos sobresalientes incluyen por igual a los
animales de los arrecifes coralinos y a sus algas, a los bivalvos
fotosintéticos, a los gusanos tubiformes oxidadores de azufre, de dos metros de
largo, de los abismos oceánicos, a las termitas urbanizadas y a las vacas
lecheras.
Las plantas jaspeadas llaman nuestra atención. Nuestra mirada se siente atraída
por las manchas de color, las franjas o los dibujos sobre hojas, frutos, flores
o tallos. Las razones por las que las plantas exhiben estas decoraciones son
diversas, pero entre ellas se cuenta sin duda la infección vírica. En
principio, los virus son demasiado pequeños como para poder funcionar por sí
solos, pero sus genomas penetran por igual en las células de plantas, animales,
protoctistas, bacterias y hongos, para aprovecharse del metabolismo de sus
anfitriones. Manchas imperceptibles pueden convertirse en bellas decoraciones
cuando virus específicos son introducidos en plantas nuevas mediante injertos
de la rama o el tallo infectados procedentes de otra planta. Por ejemplo, los
virus en los tulipanes híbridos o en determinada especie de Abutilón
(Abutilón pictus) causan hermosas franjas o hermosas manchas de color
crema y amarillo brillante. Los virus no perjudican a la planta en absoluto, y
la gente selecciona y propaga esas plantas por su valor estético. He aquí otro
ejemplo de adquisición de genomas como fuente de variación heredable, provocada
dentro de una especie por un virus y mantenida en la población por los
jardineros (Marcotrigiano 1999, figura 5).
§. Presentamos a los escarabajos. El gorgojo de Heddi
El gorgojo, pesadilla del hombre neolítico a medida que sus huertos de grano se
iban extendiendo, sigue con nosotros hoy en día. Ese escarabajo minúsculo, del
que abundan las variedades, vive enteramente entre las gramíneas y las poáceas,
miembros ambas de la familia de las hierbas. Las segundas constituyen la
herencia de la expansión global de nuestras especies alimenticias del trigo, el
maíz, la cebada y la avena. El mejor estudiado de estos insectos es el Sitophilus
oryzae, conocido como gorgojo del arroz pero perfectamente capaz de
destruir el grano almacenado de otras clases. Todo su ciclo vital tiene lugar
dentro de un grano de arroz o de trigo. Hay quienes opinan que ese escarabajo
evoluciona con nosotros. Aparentemente ello se debe a que descarta los genes
que no necesita a medida que le proporcionamos los productos genéticos que ya
no tiene que producir por sí mismo.
Durante setenta años, la presencia de esos escarabajos de tejido bacteriano
—otrora denominados micetomas porque se creía que su origen era fúngico— ha
sido objeto de investigación. Un órgano larval, situado en el ápice del ovario
de la hembra y denominado bacterioma, está repleto de bacteriocitos. Estas
células hinchadas del escarabajo albergan una enterobacteria que presenta una
similitud genética del 95 por ciento con la bacteria común del colon, la Escherichia
coli. Detectable tan sólo en tres partes del organismo del insecto —en el
bacterioma larval, tanto en hembras como en machos, en el bacterioma del ovario
de la hembra y en los huevos o células germinales de la misma—, esta bacteria,
al igual que nuestras mitocondrias, es heredada por parte de madre. Ello
implica que los descendientes del gorgojo, tanto si son machos como si son
hembras, hereden de sus madres las células que formarán el bacterioma. El
esperma no tiene nada que ver en todo ello. ¿Qué proporcionan esas bacterias?
Al menos una parte de la respuesta, extraída de la Naturaleza gracias al
trabajo ingente de numerosos investigadores, consiste en vitamina B. El genoma
bacteriano está repleto de genes que codifican estos suplementos cruciales en
la nutrición, entre los que se cuenta la riboflavina, el ácido pantoténico y la
biotina. Cuando se eliminan esas bacterias de los tejidos del escarabajo, ya
sea con antibióticos o por otros medios, la tasa de crecimiento del gorgojo se
ve marcadamente reducida. Los escarabajos privados de bacterias maduran más
tarde que los que mantienen su dotación de simbiontes. Más importante aún,
habida cuenta de que su suministro de energía mitocóndrica se ve alterado, los
gorgojos privados de sus simbiontes bacterianos no pueden volar, metáfora muy
indicada para la importancia de la simbiogénesis en la Naturaleza.
Expertos en el gorgojo, como Abdelazziz Heddi y su mentor, el profesor Paul
Nardon, del Institute des Sciences Appliquées de Lyon, denominan EPSO
(Endosimbionte Primario del Sitophilus oryzae) [12] a esta
bacteria altamente integrada. Desde China o Guadalupe a su huerto de Lyon o a
Italia, donde Umberto Pierantoni (1876-1959) lo descubriera por primera vez,
todas las ramas del gorgojo Sitophilus oryzae contienen la
misma numerosa población de esa bacteria, siguiendo un mismo patrón. Es
probable que la adquisición e integración de la bacteria simbiótica en el
metabolismo del gorgojo coincida con el origen de la especie oryzae.
Pero eso no es todo. Heddi y sus colaboradores encontraron a finales de los 90
otra clase de bacterias asociadas con el gorgojo. De entre el par de docenas de
linajes en todo el mundo, que representan a tres especies de Sitophilus
(oryzae, granarías y zeamais), el 57 por ciento
demostraron albergar en sus tejidos a una bacteria más. A diferencia de la
EPSO, cuando se «curó» (por medio de antibióticos) a los gorgojos de esta
segunda bacteria, no apareció ningún efecto en la fisiología de los
escarabajos, ni en su metabolismo del nitrógeno ni en su capacidad para volar.
Más bien parecía que esa bacteria, parecida al linaje Wolbachia,
fuera mucho menos regular en lo relativo a sus costumbres. El nuevo simbionte
bacteriano se encuentra en número variable en todo el cuerpo del insecto, salvo
una excepción: abunda en los tejidos germinales (sexuales), particularmente
allí donde puede interactuar con núcleos de esperma en desarrollo. Algunos
investigadores sospechan que la nueva bacteria se adhiere a las peculiares
proteínas fijadoras de cromatina de los tejidos productores de esperma. Sean
cuales fueren los detalles de su acción, esta bacteria incide sobre la
fertilidad de esos prolíficos comedores de granos. Al aparear a machos dotados
de la bacteria parecida a la Wolbachia con hembras que
carecían de ella, la fertilidad decreció espectacularmente. El cruce inverso,
es decir, entre hembras con la bacteria y machos sin ella, produjo también un
descenso en la fertilidad, aunque menos notorio. Para gran ventaja de la bacteria
oportunista, el número de descendientes era el máximo cuando ésta estaba
presente en ambos progenitores. El efecto de la simbiosis consiste, por
consiguiente, en promover el aislamiento reproductivo. Los apareamientos entre
gorgojos no infectados son por supuesto fértiles, y aquéllos producidos entre
consortes infectados también lo son. Sin embargo, los apareamientos mixtos lo
son menos. El aislamiento reproductivo constituye, por supuesto, uno de los
elementos clave de la especiación.
El concepto de que el aislamiento reproductivo —y por consiguiente la
especiación incipiente— pueda ser inducido por la presencia de simbiontes
microbianos no es nuevo en la bibliografía biológica. La idea fue bien
argumentada por Theodore Dobzhansky y sus colegas, que se dedicaron al estudio
de la Drosophila en poblaciones en cautiverio. Aparearon
moscas de la fruta que habían sido sometidas a diferentes temperaturas (frío y
calor) durante un par de años. Los apareamientos anteriores habían sido
plenamente fértiles, pero al aparear luego a moscas criadas en el frío con
otras criadas en el calor, los resultados fueron menos fértiles. La causa
probable de esta merma en la fertilidad era la presencia de micoplasmas
(bacterias sin paredes celulares) en las condiciones de frío, así como la
pérdida de este invasor de tejidos a temperaturas superiores en las poblaciones
incubadas con calor. Nardon, Heddi y muchos otros autores han documentado esta
misma observación: si macho y hembra de la misma especie llevan en sus tejidos
las mismas bacterias, su apareamiento produce descendencia fértil normal. Los
problemas comienzan cuando un miembro de la pareja las lleva y el otro no.
Dobzhansky y los demás, aun estando en lo cierto, nunca fueron suficientemente
explícitos. Tomaron nota de la presencia y la ausencia de la bacteria, así como
de sus efectos sobre la fertilidad, pero nunca llegaron a elevar esta
observación a la categoría de mecanismo general de promoción de la especiación.
Cuando los micoplasmas o las proteobacterias eran adquiridos por uno de los dos
géneros de insectos, impidiendo la fertilidad normal a menos que el otro
insecto incorporara también el nuevo microbio, las consecuencias eran el
«aislamiento reproductivo» y la especiación. La atracción de las bacterias al
tejido reproductivo tanto en hembras como en machos, particularmente en los insectos,
fue abundantemente documentada por Paul Buchner (1886-1978) y sus sucesores.
De nuevo definimos a las especies como sigue:
Dos
seres vivos pertenecen a la misma especie cuando el contenido y el número de
genomas integrados, previamente independientes, que los constituyen, son los
mismos. El concepto de especie de E. Mayr en 1948, que afirma que los
organismos pueden ser asignados a una misma especie cuando, por naturaleza
propia, se aparean y producen descendencia fértil, se convierte así en un
ejemplo de nuestra regla general. El concepto de Mayr resulta particularmente
aplicable a los animales, que ingieren cada día bacterias susceptibles de pasar
de su intestino a sus gónadas o a otros tejidos grasos reproductivos. Esos
minúsculos forasteros pueden nadar por sus tejidos, hallar un nicho, permanecer
en él e influir en el futuro de lo que podría ser una nueva especie, con un conjunto
enteramente nuevo de genes útiles: el genoma adquirido de la antes talentosa,
pero ahora perezosa, bacteria incorporada.
§.
Diálogo microcósmico: integración de socios
La pregunta de Darwin sobre cómo se originan las especies puede ser reformulada
como sigue: « ¿qué pasa de progenitores a descendientes, que pueda ser
detectado como novedad evolutiva?» Una respuesta directa consiste en:
«poblaciones y comunidades de microbios». Recordemos que las poblaciones son
grupos de individuos del mismo tipo que viven en el mismo lugar al mismo
tiempo. Sin embargo, lo que prevalece en la Naturaleza son las comunidades, es
decir, las agrupaciones de poblaciones de organismos diversos. Cuando miembros
de una comunidad —diferentes formas de vida conviviendo (o meramente
sobreviviendo) en un mismo lugar al mismo tiempo— se fusionan y transfieren
genes entre sí, evolucionan «individuos» nuevos y más complejos.
Invariablemente, los biólogos asignan nuevos nombres de especie a esos
individuos novedosos, mayores y más complejos.
Las historias acerca de cómo los microbios tienden a unirse entre sí, así como
de las múltiples interacciones entre ellos y con organismos mayores, han sido
contadas varias veces en los lenguajes especializados de las ciencias.
Inevitablemente, esas historias son poco conocidas, debido en parte a la gran
fragmentación de la propia ciencia. Incluso aquellos de entre nosotros que
comprendemos cuánto se conoce ya realmente acerca de los orígenes de las
especies, nos vemos limitados a trabajar sobre nuestros minúsculos
descubrimientos, habitualmente sobre una sola especie cada vez. En otros
tiempos, los departamentos académicos de biología reunían a zoólogos y
botánicos. Las plantas y los animales se estudiaban conjuntamente. Relegado a
los resquicios de las instituciones de las artes liberales, el estudio de los
microbios quedaba restringido a sus propios departamentos, denominados de
microbiología, todos los cuales residían en escuelas de medicina o de
agricultura. El objetivo principal del conocimiento sobre los microbios —vistos
como agentes patológicos o como contaminantes alimentarios— consistía en
descubrir el mejor modo de destruirlos.
Desde los años 80, numerosos departamentos de ciencia biológica se han dividido
aún más entre biología molecular frente a biología organísmica, tendencia que
no hace más que exacerbar la incomprensión. La información relevante sobre los
orígenes de las especies se halla dispersa en más de una docena de campos de
estudio distintos, dotado cada uno de los cuales de su propio lenguaje o
lenguajes esotéricos. A veces, organismos idénticos se ven repartidos entre
disciplinas diferentes. Las cianobacterias, por ejemplo, se estudian dentro de
la ficología (o algalogía, una rama de la botánica) y no en la bacteriología,
simplemente porque antaño fueron erróneamente denominadas «algas
verdeazuladas». Para el descifrado del origen de las especies son relevantes la
bioquímica, la biología celular, la geología, la zoología invertebrada, el
metabolismo, la evolución molecular, la ecología microbiana, la nutrición, la
paleontología, la protistología, la geología sedimental y la virología. La
mayoría de esos campos, verdaderas cajas negras tanto para el gran público como
para los graduados, siguen siendo un misterio, incluso para muchos de los
científicos que practican la biología evolutiva en la actualidad.
Es frecuente que muchos de los famosos pero mal encaminados seguidores de
Darwin, interpreten erróneamente incluso las partes de la ciencia que conocen
bien. Las revelaciones de gran parte de la ciencia más allá de su siglo,
ampliadas por la biología molecular y la paleontología, son completamente
coherentes con la intuición de Darwin. Sin embargo, estas revelaciones
demuestran que la lujuriante diversidad viva que nos rodea no evolucionó
de forma gradual, como no se cansan de repetimos quienes se dedican al estudio
del registro fósil. Son muy escasos los restos en rocas sedimentarias que
acrediten la existencia real de una serie de pequeños pasos, que conecten
gradualmente a una especie con sus descendientes. Las «huellas de biosferas
pasadas», por utilizar la frase inmortal de Vladimir Vernadsky, proclaman
exactamente lo contrario. El equilibrio puntuado está ahí bien patente para
quien lo quiera ver. El registro discontinuo de la vida pasada demuestra
claramente que la transición de una especie a otra ocurre en saltos discretos.
En trilobites, caracoles, esporas, peces dipnoos, tiburones y bivalvos, abundan
las pruebas de cambio puntuado. A pesar de la queja del propio Darwin acerca de
lo incompleto del registro y su postulado de un «paso» desde una a otra forma
de vida, por ejemplo en las palomas, los percebes o los perros, la vida animal
y vegetal ha evolucionado en pasos del tamaño del genoma microbiano. Lo que
aparece como «magia», «complejidad irreductible» o «gran plan» —la imagen de la
retina del ojo del vertebrado, el vuelo de abejorro, el canto de la ballena
jorobada que cruza el océano o el de los Tres Tenores (Luciano Pavarotti, José
Carreras y Plácido Domingo)— no es ni más ni menos que el legado de
interacciones repetidas. El diálogo metabólico y la proximidad física
condujeron a la incorporación, a la acomodación y al reajuste. Los organismos conocidos
no son única y simplemente individuos, sino que surgen del submundo microbiano.
¿Cómo hacen entonces los organismos independientes y separados para fusionarse
y formar individuos nuevos? ¿Cómo logran estos individuos retener y perpetuar
sus seres compuestos? ¿A qué nos referimos cuando hablamos de «adquisición e
integración» de genomas? En unos pocos casos específicos, las respuestas a
estas preguntas son conocidas porque podemos encontrar en la Naturaleza a los
organismos independientes de distintas clases, podemos reconocer formas
intermedias (más o menos integradas) y con todo ello nos aventuramos a
reconstruir la historia del organismo compuesto.
Ivan Emmanuel Wallin (1890-1967), profesor de anatomía en la Escuela de
Medicina de la Universidad de Colorado, escribió en 1927, cuando era aún
bastante joven y vivía en Nueva York, Symbionticism and the Origin of
Species. La de Wallin era por aquel entonces una voz solitaria que
proclamaba la importancia capital de la simbiosis en el proceso evolutivo.
Wallin inventó su propio nombre para la simbiogénesis microbiana, que denominó
formación de «complejos microsimbióticos». Apodó «simbionticismo» al proceso de
integración simbiótica en la evolución, sin percatarse de que en Europa y desde
1860 se había estado desarrollando una extensa bibliografía sobre el mismo
concepto. Nunca supo, por ejemplo, del trabajo de Konstantin Merezhkousky o de
Andrey Faminstyn. La bibliografía europea, publicada en ruso, francés y alemán,
escapaba a Wallin porque, al igual que la mayor parte de los científicos
estadounidenses, sólo sabía inglés. Desde finales del siglo XIX, en el mundo
científico europeo la adquisición y herencia de simbiontes microbianos se había
venido denominando «simbiogénesis». El darwinismo en general era desdeñado. Se
decía que, desde un principio, la selección natural no podía producir «buenos»
cambios evolutivos. La simbiogénesis era considerada como crucial para la
generación de novedad biológica. La bibliografía rusa, interpretada por el
historiador de la ciencia Liya N. Khakhina, no estuvo disponible en inglés
hasta el año 1922. Fueron necesarias dos generaciones de académicos para
resumir la gran bibliografía de los botánicos rusos. Parece hoy como si esta
bibliografía fuera ignorada por esta misma razón. La literatura antigua escrita
por botánicos rusos carece de atractivo para el mercado anglófono. No obstante,
los científicos rusos (principalmente Faminstyn, Merezhkousky y Kozo-Polyansky,
cada uno de ellos con distinto énfasis) presentaron la misma tesis que Wallin:
las simbiosis y sus consecuencias, particularmente la simbiosis microbiana,
generan cambio evolutivo.
Wallin desarrolló primero una teoría de «prototaxis» para responder a su
pregunta acerca de cómo estas simbiosis íntimamente integradas pudieron llegar
a iniciarse. Como todos quienes nos dedicamos a este campo de la ciencia,
Wallin se percató de que todos los organismos son producto de su historia
altamente específica. La prototaxis, según Wallin, precedía a la simbiosis en
cualquier asociación de más de un único tipo de vida. Con el término
“prototaxis” Wallin se refería a la tendencia innata de una clase de célula u
organismo a responder de un modo específico a otra clase de organismo (Wallin
1927, pág. 8).
Los ejemplos incluyen la tendencia del ratón a huir del gato, del tiburón a
tragarse el pez, del conejo a comer lechuga o de la mosca a poner sus huevos en
el tejido muscular sanguinolento del jabalí recién abatido. Como demuestran
estos ejemplos, la prototaxis puede ser tanto positiva como negativa, tanto
asociativa como disociativa. Lo sabemos bien por experiencia propia.
Instintivamente huimos del enjambre de abejas y nadamos hacia el macizo de
lirios acuáticos. La prototaxis está en el inicio de cualquier caso de
simbiogénesis.
La fotosíntesis, el fenómeno químico natural que transforma la luz y el dióxido
de carbono del aire en energía y alimento, es enteramente bacteriana. Todos los
organismos fotosintéticos, ya sean bacterias o descendientes de bacterias,
extraen compuestos orgánicos a partir del botín de su luz cosechada. El
comportamiento prototáctico de numerosas formas de vida no fotosintéticas hacia
los fotosintetizadores resulta fácilmente comprensible. La motilidad, ya sea
nadando, gateando, resbalando o arrastrándose, sirve para garantizar que los
seres hambrientos, incapaces de realizar por sí mismos la fotosíntesis, accedan
a las zonas bien soleadas imperativas para los organismos fotosintetizadores.
La tendencia prototáctica de los «heterótrofos» a absorber los productos de la
fotosíntesis, o bien a ingerir a los propios organismos fotosintetizadores, ha
conducido a la explosión de prósperas comunidades de comedores en las zonas
soleadas de las superficies de agua dulce y salada. Los organismos
secundariamente fotosintéticos —aquellos que adquirieron la fotosíntesis por
haber ingerido las bacterias adecuadas sin lograr sin embargo digerirlas—
incluyen a la totalidad de eucariotas fotosintéticos. Ningún alga o planta
evolucionó nunca la fotosíntesis por sí sola. Todas comparten algún antepasado,
reciente o remoto, que ingirió pero que no digirió algún fotosintetizador
bacteriano verde, rojo o verde-azulado. En este caso, la prototaxis es la
tendencia hacia el hambre por parte del comedor y hacia la resistencia a la
digestión por la del comido. En resumen, el hambre a la luz del sol y la
resistencia a ser digerido han conducido, una y otra vez, a organismos
fotosintéticos pigmentados permanentes: algas, líquenes, plantas, lombrices
verdes, corales marrones, hidras verdes y bivalvos gigantes (Tridacna)
—cuyas inmensas cáscaras permanecen abiertas para enfocar la luz hacia los
cloroplastos de sus algas simbióticas— constituyen tan sólo unos pocos de los
muchos ejemplos de los que depende nuestra vida. Las prototaxis, estas
tendencias orgánicas, pueden constituir las versiones iniciales de esa clase de
propósito que, en nuestro propio caso, denominamos «elección consciente». Sin
embargo, todos los seres tienen una relación con el tiempo que es más compleja
que la simple duración: están orientados, por sus acciones asociativas o
disociativas, hacia las consecuencias futuras.
Los socios simbióticos se integran a diferentes niveles. El primero y más
superficial de ellos consiste en el comportamiento. Para que cualquier
asociación permanente pueda iniciarse, es indispensable que ambos candidatos
potenciales se encuentren en el mismo lugar al mismo tiempo. ¿Qué les lleva a
ese charco iluminado, a la copa de ese árbol, a la caverna sombría o a perderse
en la niebla? El pasado y la contingencia determinan el comportamiento
inmediato de todo organismo. Algunas asociaciones simbióticas estables están
integradas únicamente al nivel del comportamiento. No obstante, otras muchas
alcanzan niveles de integración más íntimos, desde lo conductual a lo
metabólico. Frecuentemente el producto metabólico, el exudado o el residuo de
uno de los miembros de la asociación se convierte en alimento para el otro.
Probablemente todos los animales verdes que han sido estudiados (tales como la
lombriz plana Convoluta roscoffensis, o la Hydra viridis de
los estanques), así como todos los líquenes, estén integrados a este nivel. Los
«fotosintatos», es decir, los azúcares u otros productos de fotosíntesis
elaborados por el socio verde, pasan a ser engullidos como alimento por el otro
socio. Puede suceder que el fotosintato sea vertido directamente en el cuerpo
del recipiente. Éste, a su vez, inevitablemente orina, defeca o produce sus
propios residuos a su manera, a menudo ricos en nitrógeno, que se convierten
también en un nutriente necesario para el fotosintetizador. Esta clase de
integración al nivel metabólico es bastante corriente. Cuando los miembros de
la asociación tienen una dilatada historia en común, su integración no resulta
fácilmente reversible y sus individualidades se diluyen. El parásito de la
malaria (Plasmodium vivax) necesita conseguir su alimento del
torrente sanguíneo de su víctima. En este caso, el protista y el mamífero (Homo
sapiens) están claramente integrados al nivel metabólico. Los líquenes lo
están también claramente. Los productos de la fotosíntesis fluyen desde el
socio verde o verdeazulado hacia el socio translúcido. Raramente se percibe
que, en las asociaciones íntimas, los metabolitos fluyen en ambas direcciones.
El socio animal o fúngico también libera materiales para el fotosintetizador.
Las simbiosis son intercambios de doble sentido. La amabilidad del extraño, el
flujo de presentes metabólicos, hace que resulte menos extraño hasta que,
finalmente, se convierte en parte integrante de un ser biológico único y
co-dependiente. Ver Brodo et al., 2001.
Las asociaciones metabólicas pueden integrar aún más estrechamente. El
siguiente nivel de asociación se conoce con el nombre de «asociación productora
de genes». En ella, las proteínas (o incluso moléculas de ARN) de uno de los
miembros son necesarias para el funcionamiento del otro. En las plantas de
alubias y guisantes encontramos un excelente ejemplo de esta clase de
integración. Si arrancas un trébol, una arveja o una planta de judías, verás en
sus raíces unas pequeñas protuberancias rosáceas. Se trata de nódulos fijadores
de nitrógeno, en cuyo interior medra determinado tipo de bacteria. Otrora
bacterias nadadoras con forma de bastoncito, todas ellas han acabado por
convertirse en «bacteroides» hinchados. Estos bacteroides sobredimensionados,
llenos de agujeros, ya no pueden dividirse ni crecer. El color rosáceo de los
nódulos resulta de una proteína denominada hemoglobina, la misma clase de
proteína —aunque diferente en los detalles— que hace que nuestra sangre sea
roja. En nuestra sangre, la hemoglobina transporta el oxígeno de los pulmones a
los tejidos que precisan de él. En el caso de las plantas de judías y
guisantes, la hemoglobina se ocupa de alejar el oxígeno de donde están las enzimas
fijadoras de nitrógeno, ya que este gas las envenenaría. Desde el punto de
vista de la simbiosis entre la planta y las bacterias fijadoras de nitrógeno,
el punto crucial estriba en que la molécula de hemoglobina es en sí misma
quimérica. Tanto en las plantas como en los seres humanos, las hemoglobinas
tienen dos componentes: uno es la proteína (la globina), mientras que el otro
es la parte que le da color. Este segundo componente, una molécula no
proteinácea mucho más pequeña, recibe el nombre de heme. En las plantas con
nódulos, la heme es producida por el socio bacteriano, mientras que la proteína
globina es producto de la planta. He aquí una historia de integración de
productos genéticos en una simbiosis. El producto final —la molécula de
hemoglobina perfectamente constituida— no llegaría a existir sin las
respectivas contribuciones de la bacteria y de la planta.
El grado máximo de intimidad entre socios implica la integración al nivel
genético. Cuando un gen de un organismo se incorpora y permanece entre los
genes de otro —por ejemplo, cuando un gen pasa de una bacteria viva al núcleo
celular de una planta—, la integración es completa. No se conoce mayor grado de
intimidad que la adquisición permanente de los genes del socio. Para cuando
ocurre esta clase de intimidad, lo más probable es que ya estén presentes las
integraciones a los niveles de comportamiento, metabolismo y productos
genéticos. Cuando las asociaciones perduran, se vuelven íntimas y comparten
historias dilatadas. Asimismo, los factores que impiden su disolución son
numerosos. Lo más frecuente es que los miembros de semejante asociación no
puedan ya volver jamás a su estado anterior.
Si le das la vuelta a una estrella de mar de la costa de California verás
multitud de pequeñas lombrices negras alrededor de su boca. A través de este
orificio, el animal ingiere gran cantidad de alimento, pero las lombrices no
son ni dañadas ni engullidas. Si separas a estas lombrices de la boca de la
estrella, rápidamente se volverán a colocar a su alrededor. Las estrellas de
mar son agresivas. Las lombrices se alimentan de restos y fragmentos de comida,
justo en la misma boca del lobo. Esta asociación simbiótica entre lombriz y
estrella de mar es exclusivamente conductual. Dos sustancias producidas por la estrella
afectan a las lombrices. La primera (fácilmente destructible por el calor y,
por consiguiente, probablemente una proteína) hace alejarse rápidamente a las
lombrices. La segunda (un compuesto estable ante el calor) las atrae hacia los
aledaños de la boca de la estrella. Combinados el uno con el otro, ambos
compuestos logran mantener a las lombrices dentro de su ámbito de alimentación.
Debe estar también presente alguna otra complejidad química, puesto que la
estrella de mar no se come a esas lombrices, pero sí a sus parientes y a todo
lo que caiga al alcance de su temible boca. Probablemente algún compuesto
inhibidor previene la ingestión de estas vulnerables lombrices negras en
concreto que, con su frenético picoteo de restos de comida, mantienen el área
de la boca escrupulosamente limpia, proporcionando a su anfitrión una versión
natural de higiene bucal.
Asociaciones laxas, de índole conductual, como la que acabamos de ver, pueden
llegar a volverse indefinidamente estables. Nos encontramos con esta clase de
asociación en determinadas situaciones, tales como inviernos fríos que provocan
la formación alternativa de charcas húmedas y suelos helados y secos, en las
que organismos no asociados dejan más descendencia por separado que la que
dejarían juntos. En otra época del año, las circunstancias favorecen la
asociación simbiótica. El resultado consiste en que la simbiosis conductual
persiste, pero no crece en intimidad. La integración completa e irreversible de
dos seres diferentes para formar otro nuevo ocurrirá cuando, en cualquier
situación, los organismos físicamente asociados producen más descendientes que
si no lo estuvieran. Por ejemplo, los centenares de mitocondrias de cada una de
nuestras células nunca las abandonan. ¿Por qué? Porque el universo de los
tejidos animales está repleto de oxígeno y requiere que este gas fluya
continuamente a cada célula. En el Proterozoico, rico en oxígeno, las células
que retuvieron a las mitocondrias de forma permanente debieron ser
«seleccionadas naturalmente» sobre aquellas que dejaron retomar a las
mitocondrias a su mundo bacteriano. Por consiguiente, es necesario preguntarse
en todos los casos cómo están integrados los miembros de la asociación, si
siempre lo están, y qué condiciones ambientales influyen sobre su integración.
Sustituir esta clase de detalles de flujo metabólico y transferencia de
productos genéticos entre organismos íntimos, precedentemente extraños, por
términos neodarwinianos tales como “cooperación”, “coste” o “beneficio”, es
completamente absurdo y representativo de «la falacia de la concreción mal
atribuida». Semejante terminología impide la verdadera comprensión del pasado
evolutivo inevitablemente rico y complejo del mundo simbiótico que creó a los
animales, a las plantas y a sus compañeros de viaje nucleados. Como dulce
azucarado, que nos sacia temporalmente pero que al mismo tiempo nos impide
alimentamos correctamente, el neodarwinismo sacia la curiosidad intelectual con
abstracciones ajenas a los detalles reales, sean éstos metabólicos, bioquímicos
ecológicos o pertenecientes a la historia natural.
§. Agricultores fúngicos
Desde el Mesozoico, desde hace probablemente 100 millones de años, las termitas
han venido viviendo en los troncos de árboles caídos, entre cuya madera se han
alimentado y han construido sus nidos. Todas las termitas son insectos,
clasificadas dentro del filum animal de los artrópodos y
pertenecientes al orden de los isópteros (iso = igual; ptera =
alas).
Figura 7.1 Gamba roja limpiadora Lysmata grabhami en la boca de la morena
verde Gymnothorax funebris.
La
mayoría de entomólogos se muestran de acuerdo en que el grupo, en el que se
cuentan ya unas 6.000 especies, evolucionó a partir de cucarachas comedoras de
madera, parecidas a la Cryptocercus punctulatus, que aún existe.
Esta opinión es lógica por dos razones. En primer lugar, las cucarachas
anteceden a las termitas en el registro fósil. Por otro lado, las pocas
cucarachas comedoras de madera aún vivas en nuestros días siguen albergando en
sus intestinos a comunidades de protistas y bacterias evidentemente
relacionadas con las que se encuentran en los intestinos de las termitas
«inferiores», es decir, que se alimentan de madera (figura 7.2).
Todas las demás termitas, con mucho la mayor parte del taxón, se consideran
«superiores», es decir, evolucionadas con posterioridad, lo cual no significa
más que los antepasados de estas termitas abandonaron a sus fascinantes ninfas
microbianas simbióticas intestinales, digestoras de madera, evolucionando
estrategias de búsqueda de alimento más eclécticas. Algunas de estas termitas
llamadas superiores ensancharon sus gustos, disfrutando actualmente de ricas
dietas orgánicas. Otras siguen totalmente restringidas al antiguo régimen de
madera. La lignina y la celulosa son sus únicas fuentes de carbono.
Sobrevivieron a su pasado paleolítico, pero siguen alimentándose exclusivamente
de madera de todas clases. Estas termitas inventaron una agricultura con la que
cultivan un socio digestor de madera, un hongo (o tal vez varios hongos
similares) al que se puso el lógico nombre de Termitomyces. Las
termitas socialmente «superiores» domesticaron estos hongos, que siembran y
recogen.
Los micólogos experimentan cierto sonrojo y tal vez deberían sentirse
genuinamente incómodos, ante su torpeza en lograr cultivos puros de Termitomyces,
si comparamos sus resultados con la habilidad demostrada por las termitas
agricultoras, dotadas de mucha más experiencia. Las activas termitas superiores
labran y preparan el suelo, lo fertilizan, podan los brotes malsanos de hongos
denominados hifas, y limpian el cultivo de malezas tales como hongos no
deseados u otros restos. Finalmente, al final de la temporada recogen su
cosecha. ¡Ni siquiera el más experimentado micólogo logra aproximarse a la
habilidad demostrada por las termitas en el cultivo de Termitomyces!
«El
efecto de la poda y el cultivo se entiende mejor al comparar un huerto de
hongos bien cuidado con un cultivo de laboratorio de los mismos hongos —escribe
nuestro amigo Moselio «Elio» Schaechter en su encantador libro titulado En
compañía de las setas (1997) —.
Figura 7.2 Pterotermes occidentis (parecida a Heterotermes tenuis).
En
el cultivo artificial, los hongos desarrollan largos filamentos (hifas),
mientras que bajo los cuidados de las termitas los extremos de los hongos
quedan redondeados en forma de garrotes y esferas (estafilos), formas no vistas
en ningún otro lugar. El abandono del huerto resulta en el sobre crecimiento de
los hongos, “se convierten en semillas”» (Schaechter se refiere a que comienzan
a producir estructuras reproductivas denominadas esporas).
Figura 7.3 Pterotermes occidentis, simbiontes intestinales de una termita
comedora de madera.
Los
pueblos comedores de hongos y las termitas tropicales se muestran aparentemente
en total acuerdo sobre qué hongos son deliciosos y valen la pena de cultivar.
Milenios, en realidad millones de años de práctica y selección evolutiva, han
desembocado en enormes colonias de termitas que viven en montículos denominados
termiteros. Las ciudades de la Macrotermes natalensis, una
constructora de rascacielos de Sudáfrica, albergan típicamente de entre uno a
dos millones de individuos en cada una de sus grandes estructuras cónicas
dotadas de aire acondicionado, que se elevan a más de tres metros por encima
del nivel del suelo. El propio nido, construido sobre un espacioso sótano, está
apuntalado con columnas. De aproximadamente dos metros de ancho, está construido
de tal modo que unas dos terceras partes quedan por debajo del nivel del suelo.
El «nido» o recinto donde residen las termitas y sus prósperos huertos de
hongos, se encuentra próximo al nivel del suelo y ocupa menos de un tercio del
volumen total del termitero. El nido está conectado con el exterior mediante
túneles radiales, conductos verticales y por último, por una chimenea central
cerrada por su extremo superior. A través de la ciudad de la Macrotermes fluyen
unos nueve litros y medio de oxígeno cada hora, de los cuales tan sólo uno y
medio son atribuibles a las termitas. Los ocho litros por hora restantes
corresponden a la respiración de los hongos en los huertos interiores. El
termitero como un todo genera cincuenta y cinco vatios de calor, de los cuales
aproximadamente cuarenta y siete son atribuibles al metabolismo de los hongos y
tan sólo ocho a las transformaciones químicas en los cuerpos de las propias
termitas.
Las termitas suprimen la sexualidad de los hongos, al mismo tiempo que
estimulan la producción de «brotes» jóvenes comestibles. Mientras estas
macrotermitas se ocupan de podar y cuidar sus huertos de hongos, la formación
de setas queda completamente inhibida. Las setas son manifestaciones externas
de la vida sexual secreta de los hongos. Tan sólo cuando las termitas
agricultoras mueren llegan a brotar setas de los termiteros. Las consecuencias
del abandono de sus responsabilidades agrícolas por parte de las termitas son
profundas para los humanos. En los termiteros abandonados aparecen exquisiteces
tales como la Termitomyces titanicus, una seta de más de un metro
de diámetro. Schaechter incluye a las setas termiteras recolectadas en las
«ciudades fantasma» de las termitas «entre las más preciadas de los mercados de
Nigeria, Zambia y países tropicales de Asia del Sur». De hecho, es tan sólo
debido a que las termitas abandonen eventualmente el cuidado de sus huertos
como hemos llegado a saber que el hongo Termitomyces, del que
aparentemente cabe distinguir numerosas clases, pertenece a los basidiomicetes
u hongos productores de setas. Los brotes hinchados y asexuados, el crecimiento
en forma de estafilos, están inducidos por la actividad colonial frenética de
las termitas. Esta forma túrgida, de extremo hinchado, es única y distinta de
los patrones corrientes del crecimiento fúngico. Si esta asociación agrícola
entre hongos y termitas fuera realmente permanente y las termitas no
abandonaran su residencia, nos veríamos obligados a clasificar a los hongos
como «imperfecti». Por razones que no comprendemos, miles de especies de
« fungi imperfecti» carecen por completo de fases sexuales.
Cultivando esporas antes de la madurez sexual, el experto en hongos Paul
Stamets y sus compañeros de Washington State descubrieron un medio que podría
liberar a los hogares de termitas y hormigas carpinteras. (Lo ha patentado, ver
en la red). Los insectos coleccionan esporas pero, cuando éstas maduran, el
efecto fúngico actúa a modo de insecticida natural letal para toda la
población. Aquí vemos la razón, al menos de forma superficial, de la comunidad
de termitas más activa en agricultura: estas termitas suprimen por completo la
actividad sexual de los hongos. Mantienen a los hongos en un constante estado
asexual, produciendo alimentos. Resulta interesante observar que también los
agricultores humanos suprimen la sexualidad en algunas especies de plantas. Las
ramas se injertan antes de florecer, o se seleccionan frutos sin semillas.
Las termitas obreras discurren por los corredores y las grietas de la ciudad
fúngica y sus notables propiedades, y salen al exterior para cosechar madera y
otras formas de vegetación. Utilizando sus propios intestinos como dilatadas
bolsas de transporte, penetran con su cargamento en el termitero por sus
múltiples pasadizos y canales. Cuando dan con el huerto adecuado, regurgitan la
pasta de madera y hongos, parcialmente digerida. Al principio, naturalmente,
esta masa en bruto contiene toda clase de hongos en putrefacción, junto con
otros microbios intestinales, pero, de algún modo, el trasero de la termita se
convierte en una especie de trasplantador vivo inocuo, o cuanto menos aséptico.
La obrera arroja la pasta a medio digerir sobre el suelo de la cámara interior
del nido. «Una vez excretado, el micelio fúngico es moldeado en pequeñas esferas,
del tamaño de la cabeza de un alfiler pequeño —escribe Schaechter—, Estas
esferas, abarrotadas de esporas fúngicas, constituyen la característica más
prominente de los huertos de hongos. Para las termitas, la escena debe causar
la misma impresión que para nosotros un campo repleto de bejines gigantescos».
Esas esferas en forma de cabeza de alfiler constituyen el abundante alimento
fúngico que mantiene viva a una ciudad de dos millones de obreros y a sus
gobernantes. La reina sedentaria, los soldados de mandíbulas imponentes y las
termitas jóvenes recién salidas del huevo deben ser alimentadas
«proctodialmente» o «estomatodialmente» (es decir, por medio de contacto de ano
a ano o de boca a boca) por las obreras. Las esferas fúngicas son ávidamente
devoradas como desayuno, almuerzo y cena.
Los termiteros son ciudades dinámicas y elevadas, construidas y mantenidas por
cientos de miles, a menudo millones, de insectos en comunicación constante unos
con otros. Cámaras de nacimiento, incubadoras, el equivalente de escuelas,
hospitales, salas de luna de miel, talleres y depósitos de cadáveres, todo ello
debidamente abastecido de flujos gaseosos y líquidos, actúan a modo de pólizas
de seguro con clima controlado para los individuos que sustentan. Al ser
atacados por un cerdo hormiguero hambriento o batidos por una torrencial
tormenta veraniega, los ciudadanos de estas aglomeraciones de macrotermitas
sudafricanas responden con rapidez para restaurar el estado de sus conjuntos
residenciales de lujo. El oxígeno circula vivamente por su aire saturado de
vapor de agua. El nivel de dióxido de carbono se mantiene entre un dos y un
cinco por ciento. Este valor de CO2 es muy superior al 0,032
por ciento de media habitual en la atmósfera terrestre. En la estación seca, la
humedad de los huertos de hongos es mantenida gracias a la humedad general del
interior del termitero.
Cuando estas fortalezas amuralladas y rematadas por chimeneas se ven amenazadas
por un potencial desastre, sus ciudadanos responden como es de esperar: suenan
las campanas, aúllan las sirenas y los equipos de especialistas se movilizan.
Se pone en marcha una estrategia de realimentación positiva llamada
«estigmergia» (de stigma = señal y ergy =
energía, literalmente «movido por la señal»). La termita que se encuentra ante
el peligro responde de modo reflejo, coge un grano de arena y lo pega en el
lugar con una secreción bucal pegajosa.
A esta acción se le denomina «embarrar». Luego libera una alarma química en
forma de feromona. Esta sustancia recorre rápidamente los canales y los
conductos de toda la ciudad. Las termitas situadas en el lugar del peligro
golpean rápidamente las paredes del termitero con sus cabezas. De este modo, la
alarma producida en el lugar del problema se difunde rápidamente por la
comunidad, desde los pocos individuos afectados hasta las multitudes. Cuando
otras termitas detectan el residuo del embarrado de su compañera, embarran
también como respuesta. El embarrado simpático se multiplica. La señal
feromónica y el golpeteo con las cabezas viaja desde el origen del problema a
través de los grandes pilares, de las salas, de las cámaras y de los huertos de
la gigantesca morada. Es la estigmergia en acción. La repuesta del grupo es
inequívoca: todos sus miembros acuden al lugar del problema. En pocas horas
está en marcha la reconstrucción y el boquete queda sellado. Equipos de
termitas obreras construyen nuevos canales, nuevas galerías, nuevas columnas y
nuevas salas. En palabras de J. Scott Tumer en su fascinante libro The
Extended Organism (2000), toda su arquitectura es una «estructura
adaptativa». Tumer denomina «homeostasis social» al comportamiento que subyace
en el dinamismo de la Ciudad de las Termitas. Describe como sigue la vuelta a
la normalidad tras la conmoción: «Una perturbación en la atmósfera de la
colonia desencadena una respuesta que la reintegra a su estado anterior a esa
perturbación». La tendencia natural de bacterias, protistas, hongos y termitas
a unirse para producir estructuras emergentes es igual que la nuestra, sólo que
la suya lleva 80 millones de años actuando sobre centenares de especies,
mientras que nuestras pretenciosas uniones comenzaron hace tan sólo 8.000 años.
Esas fusiones y uniones que creemos exclusivas del género humano tienen, en
realidad, numerosos precedentes en el mundo no humano. Las termitas
agricultoras no son más que un ejemplo entre otros muchos.
§. Los orígenes independientes de la agricultura
En varias ocasiones a lo largo de la historia del planeta Tierra, los animales
sociales han domesticado sus fuentes de alimento. La agricultura se desarrolló
entre las termitas, las hormigas y los seres humanos. «Domesticar» significa
«llevarse a casa». Algunas asociaciones agrícolas se hicieron aún más íntimas.
En ellas las fuentes de alimento no son ya cultivadas muy cerca de casa, sino
en el propio cuerpo del consumidor. Narraremos aquí una historia sobre el
origen del huerto familiar, y luego describiremos brevemente la relación aún
más íntima de la «agricultura corporal». La primera asociación, que ya hemos comentado,
entre termitas y hongos sitúa la escena, mientras que la segunda, entre
bacterias y protistas de las termitas, atestigua la adquisición de genomas
externos. Bacterias alimenticias, algas alimenticias, e incluso ciliados
almacenadores de almidón, son criados, respectivamente, en el interior de los
cuerpos de algunos protistas, de lombrices verdes y de vacas.
A la lujuriante selva tropical que rodea a la Estación de Biodiversidad del
Tiputini sólo se puede llegar bajando por el río desde Coca, tras un viaje de
seis horas de duración en canoa, una embarcación fluvial a motor sin ninguna
protección. Las termitas, incluyendo la frenética especie subterránea Heterotermes
tenuis, abundan en la región, particularmente entre los árboles caídos.
Como todos los miembros de la familia Rhinotermitidiae, estas
virtuosas de la digestión de la celulosa albergan una dotación muy activa de
microbios en sus abultados abdómenes. En su intestino nos encontramos con
madera en estado de degradación. A través de los cuerpos traslúcidos de células
hipermastigotes, tales como la Trichonympha y algunos de los
pirsonínfidos, pueden distinguirse directamente trozos de madera.
Unos centenares de miembros de la atareada colonia de termitas fueron llevados
al laboratorio pero sin retirarles de su hogar, un tronco en descomposición.
Dos semanas más tarde, de la madera en descomposición emergía lo que parecía
ser centenares de gotas de agua perdurables, de medio milímetro de diámetro…
sólo que no era agua. La observación mediante microscopio demostró que aquellas
«gotas de agua» eran en realidad esporodoquias, término que tuvimos que buscar
en el diccionario micológico. Se trataba de paquetes de tejido de un oscuro «fungus
imperfectus» de presencia limitada al hemisferio sur. Con la ayuda de
algunos amigos conseguimos localizar la escasísima bibliografía existente
acerca del misterioso hongo. La presencia de las esporodoquias nos hizo
sospechar alguna clase de cultivo agrícola fúngico, tan bien documentado en el
caso de las termitas «superiores». ¿Acaso se estaba iniciando el cultivo de
hongos entre las termitas comedoras de madera de los trópicos de Sudamérica?
¿Nos encontrábamos ante un nuevo origen independiente de la agricultura?
Andrew Wier, un estudiante graduado, microscopista electrónico y buceador,
regresó de pasar dos semanas en la Estación de Biodiversidad del Tiputini
durante el invierno del primer año del nuevo milenio. Volvió al laboratorio
Margulis extasiado con las maravillas de la selva tropical ecuatoriana. Creía
haber reconocido entre los grandes árboles con «contrafuertes» en el tronco
algunos representantes de la especie Iriartea, de la familia de las
aracáceas. De las ramas y los troncos de muchos Iriartea brotan
epifíticamente numerosas bromelias. Algunas cianobacterias de la corteza tiñen
de verde su tronco, mientras que hongos blanquecinos les dan la apariencia de
pájaros de papel. La diversidad de las palmas lujuriantes es maravillosa. A
Wier no le sorprendió demasiado comprobar que el Tiputini estaba a una altura
demasiado baja como para poder albergar a la Guanera manicata, una
enorme planta simbiótica que encontraremos de nuevo en el capítulo 11. Quedó
maravillado con la Avenida Arbórea Amazónica de Bart Bouricious, a cuarenta
metros por encima del suelo. Bouricious se gana la vida en un campo
extremadamente libre de competencia: construye paseos arbóreos en la cúpula
amazónica. El acceso de Bouricious a las copas de los árboles ha sido exhibido
incluso en las zonas templadas de Hampshire y en las universidades Williams de
Massachusetts. Subir hasta el final de la escalera y observar a los macacos y a
los monos araña desde el corredor horizontal, entre la lujuriante vegetación de
la selva tropical, constituye una experiencia inolvidable.
En su condición de avezado científico de campo, Wier identificó a los actores
—al menos en líneas generales— del escenario ecológico del Tiputini. El
reconocimiento de los taxones superiores —palmas, hierbas, cigarras,
filodendros, bejucos, líquenes, orquídeas, higos, coníferas, helechos, gusanos
poliquetos, crustáceos isópodos, ranas arbóreas, escarabajos, nematodos, peces
hueso— no es, por supuesto, demasiado complicado. Sin embargo, la
categorización general dista mucho de la identificación precisa de la especie,
indispensable para la investigación. Todo cuanto Wier necesitaba para comenzar
era el conocimiento general suficiente como para identificar troncos húmedos
repletos de termitas comedoras de madera. Para cuando visitó Ecuador estaba
estudiando un organismo denominado Staurojoenina, un protista de
exuberante complejidad que evita el oxígeno.
Figura 7.4 Arqueoprotistas: arqueoamebas, diplomónadas, parabasálídas
(devescovínidos, Calonínfidos) e hipermastigotes.
Este
nadador unicelular, denominado «ninfa» (o hipermastigote), cultiva sus propias
partes corporales bacterianas. Wier había descubierto grandes cantidades de
esta magnífica ninfa comedora de madera nadando en el abultado intestino de una
termita maderera, a la que tentativamente identificó como Neotermes
mona, que su compañero naturalista Sean Werle se había traído de Trinidad.
Wier exploró la ninfa de la termita como parte de sus investigaciones sobre un
hongo llamado Cryphonectria, en la preparación de su master.
Este hongo blancuzco está asociado con el color de los manglares cerca de La
Parguera, la estación biológica de la Universidad de Mayagüez, así como en la
costa de la Bahía Fosforescente de Puerto Rico.
El mundo de las termitas, los hongos y los manglares se había ido convirtiendo
en el de Wier a lo largo de sus cuatro viajes a Puerto Rico. Justo antes de
partir de Ecuador decidió que «su» nuevo protista Staurojoenina pertenecía
a la misma especie de otro bien establecido en la bibliografía sobre termitas,
llamado Staurojoenina assimilis (figura 7.5) utilizando un
microscopio electrónico escáner, Wier descubrió que el protista estaba
recubierto por un gran manto de bacterias en forma de bastoncito, una multitud
de abigarrados epibiontes. Estas bacterias se extendían por toda la superficie
anterior de la ninfa. Wier dedujo que se trataba probablemente de la misma
bacteria que la revelada en los espectaculares micrográficos por transmisión de
electrones de Staurojoenina, realizados por David Chase a principios
de los 80. Wier envió en un vial con alcohol unas cuantas de las termitas
soldado muertas de Werle a Rudi Scheffrahn, del Centro de Investigación y
Educación de la Universidad de Miami, para su identificación. Scheffrahn es un
fenómeno en el reconocimiento de termitas «inferiores» (comedoras de madera),
aun cuando se estime que existan una 400 especies vivas e incluso más
extinguidas. En su laboratorio, Scheffrahn llegó a la conclusión de que se
encontraba ante ejemplares de Heterotermes tenuis, una termita
inferior común en los trópicos del nuevo mundo.
Al cabo de una semana aparecieron las pequeñas gotas translúcidas en
disposiciones irregulares, alrededor de la madera podrida en las que vivían las
termitas. A las dos o tres semanas las gotas alcanzaron el tamaño de cabezas de
alfiler, y así permanecieron durante meses. A esta colonia de H. tenuis no
parecía importarle la «lluvia» (en este caso de agua destilada), a diferencia
de las otras termitas inferiores que conocíamos. El exceso de agua produce
inevitablemente que las termitas sucumban a la invasión por hongos y mueran.
Cuando examinamos las gomosas «gotitas de lluvia», nos percatamos al punto de
que eran lo más parecido que habíamos visto nunca en la Naturaleza a un cultivo
de esporas fúngicas.
Figura 7.5 Staurojoenina: hipermastigote individual compuesto.
Es
más, aquellas esporas eran de gran tamaño y con tres celdas, en lugar de ser
compactas y estar listas para viajar. Estaban hinchadas y turgentes, más
apetitosas que los propágulos. Ante la ausencia de órganos sexuales de mohos y
setas, de asci y de basidios, asumimos que se trataba de hongos imperfecti,
es decir, deuteromicotes, pero no conseguimos encontrar aquellas esporas de
formas grandes y bien visibles en nuestros textos de consulta. Tampoco nuestros
compañeros podían ayudarnos. Sólo después de que le enviáramos información y
observaciones al fenomenal micólogo Kris Pirozynski en Ottawa, conseguimos el
indicio crucial. «Reconozco esas esporas —respondió Pirozynski—, Se trata
de Delortia palmicola, el mismo hongo que registré en mi censo
micológico de Kenia hace casi sesenta años». Luego nos preguntó si la madera en
la que las habíamos hallado podía proceder de una palmera. Nos explicó que ese
hongo había sido descubierto por monsieur N. Patouillard en la
Guayana Francesa. Patouillard publicó descripciones de los hongos de las
palmeras, incluyendo dibujos que encajaban a la perfección con nuestras
observaciones… en el año 1888. Por lo que Pirozynski sabía, este Delortia estaba
completamente circunscrito a la madera de palmera del hemisferio sur. Opinaba
que habría evolucionado en el Paleozoico, en el gran continente meridional de
Gondwana, sin llegar nunca más hacia el norte, hasta Laurasia. Pirozynski había
visto esporodoquias secas y encogidas en más de una ocasión sobre troncos de
palmeras caídos. Siempre sospechó que tenían que estar asociadas a algún
insecto, pero nunca vio ninguno sobre los restos encogidos de los hongos.
Cuando unimos nuestras respectivas observaciones llegamos a la conclusión de
que aquellas «gotas de lluvia permanentes» en forma de cabeza de alfiler
encajaban con la definición de esporodoquias. Era muy probable que la madera
gravemente deteriorada de nuestra muestra perteneciera a una palmera, puesto
que el área de recolección de Tiputini estaba atestada de ellas.
La evidencia se acrecentó cuando uno de nosotros (Lynn Margulis) tuvo la
fortuna de poder visitar la Estación de Biodiversidad del Tiputini a principios
de junio del 2001, invitada por la Universidad de San Francisco de Quito,
Ecuador. Con la ayuda del guía nativo Mayer Rodríguez y del profesor de
microbiología Gabriel Trueba, pudo visitar a las Heterotermes en
hábitat natural de madera empapada. La madera de la palmera Asterocaryum
chambina, un majestuoso gigante de entre treinta y cinco y cuarenta metros
de altura en su pleno desarrollo, proporcionaba, una vez desplomada, los
materiales necesarios para la alimentación y el hogar de las colonias húmedas
de las termitas subterráneas comedoras de madera. Allí estaban ellas,
gozosamente ocupadas en masticar trozos de palmera, cuando sacrificamos a
algunas obreras para indagar en sus secretos. La presencia de una triconínfida,
una espirotriconínfida y algunos protistas pirsonínfidos bastó para confirmar
que las Heterotermes tenuis de Wier o bien se habían
desarrollado entre madera de palmera, o bien lo podían haber hecho
perfectamente. Se trataba claramente de termitas «inferiores» comedoras de
madera, que vivían en las máximas condiciones de humedad que jamás habíamos
visto soportar a ninguna otra termita. Los naturales del país suelen decir que
la región del río Napo y de su afluente el Tiputini tiene dos estaciones: la
lluviosa y la lluviosa.
Pirozinsky argumentó que, en África, el hongo Deloria palmicola crecía
probablemente en la madera húmeda de palmera, particularmente en
descomposición. También allí era probable que el Deloria sirviera
de alimento a las termitas, aunque él mismo no lo hubiera podido presenciar.
Todas las observaciones iban encajando. Un nuevo descubrimiento nuestro vino a
sumarse a la evidencia: la abundancia de esporas de Deloria en
los intestinos de nuestras Heterotermes. Junto con ninfas
digestoras de madera y miríadas de bacterias, sus entrañas estaban repletas de
las inconfundibles esporas de tres celdas del hongo Deloria palmicola.
Nuestra dilatada experiencia nos ha demostrado que el cuidado de la humedad es
crucial para las colonias de termitas en el laboratorio. Demasiada agua
estimula el crecimiento de hongos en los isópteros cautivos. Un pequeño error
de un estudiante demasiado voluntarioso que humedezca demasiado la colonia o
que no se percate de algún poso de agua, puede significar la muerte de toda la
colonia en el fin de semana. Por ello nos sorprendió sobremanera que aquellas
colonias de Heterotermes tenuis inundadas de «lluvia»
continuaran medrando. Al parecer eran capaces de responder con una estrategia
de recuperación al estilo de «el negocio como de costumbre» que, ante nuestra
mirada inexperta, se nos antojaba comparable a la descripción de «estigmergia»
de J. Scott Tumer. Las agitadas termitas movían sus antenas y, por lo visto,
durante el húmedo fin de semana se dedicaban a parchear las partes hundidas de
su residencia, aún húmeda. Las inundaciones y las lluvias torrenciales
—inferimos— debían ser cosas corrientes en su hábitat ecuatoriano.
La prototaxis es de aplicación a la totalidad de las complejas relaciones entre
hongos, termitas, protistas y madera. Estas relaciones comienzan de forma
casual, luego se vuelven íntimas y, finalmente, evolucionan a individuos nuevos
y únicos.
Tal vez el proverbio de que «la mejor defensa es el ataque» haya sido el primer
paso de la estrategia de estas termitas. Los hongos y la lluvia habrían
constituido sin duda amenazas constantes para los antepasados de la Heterotermes
tenuis de la selva tropical. Sin embargo, aquellas colonias que
supieron manejarse entre la constante humedad y comenzaron a comerse a los
hongos invasores, lograron sobrevivir y prosperar. Presumiblemente, el
hongo Deloria lleva consigo al menos algunas de las enzimas de
celulasa necesarias para la descomposición de la lignina. Cuando una Heterotermes
tenuis come Deloria se hace con dos por el precio de
uno: toma prestados del hongo vivo el nitrógeno consumible, procedente de la
quitina, y la proteína de la pared celular del hongo, junto con sus enzimas de
celulasa.
Es igualmente probable que las termitas de la selva del Tiputini estén o no hoy
en día en camino de convertirse en termitas «superiores». Cuando las
examinamos, todas ellas estaban aún repletas de ninfas digestoras de madera.
Pero quizás entre estas ecuatorianas se encuentre algún nuevo agricultor de
hongos, vacío de protistas celulósicos, listo para dar inicio a la arquitectura
urbana. O tal vez no. Estas termitas amantes del agua parecen extremadamente
similares a sus antepasados del Mesozoico, que eligieron el cultivo externo de
hongos comestibles, al cultivo interno de microbios digestores de madera. Es
probable que, durante un tiempo, esos antepasados se alimentaran de las dos
formas. Este posible itinerario, desde lo inferior a lo superior, implica tanto
a la especiación como a la simbiogénesis. Antes de que las termitas superiores
se dedicaran a cultivar hongos en gran escala, en termiteros de medioambiente
controlado, algunas termitas inferiores, infestadas de protistas, se
defendieron del asalto fúngico domesticando e ingiriendo a sus atacantes.
Aquellas termitas aprendieron el truco del crecimiento de hongos en «cultivo
puro», promoviendo la formación de esporodoquias gutiformes en cantidades
masivas sobre la superficie de sus nidos. Podaron, plantaron y comieron esporas
procedentes de esos huertos, exactamente del mismo modo que nuestros
antepasados cazadores-recolectores dieran los primeros pasos hacia la
agricultura cuidando de (y defecando cerca de, es decir, fertilizando)
manchones naturales de vegetales comestibles. Inferimos que las técnicas de
cultivo fúngico de las termitas tuvieron que preceder a sus construcciones
elevadas. Ese cultivo tuvo lugar primero sobre troncos caídos, en el interior
de las umbrías selvas tropicales y en terrenos húmedos, antes de que ese linaje
de termitas comenzara a construir sus ciudades criaderos de hongos.
La dependencia de las termitas de la agricultura fúngica superó el punto de no
retorno cuando esos insectos perdieron sus simbiontes protistas digestores de
madera. Las celulasas —las enzimas degradadoras de la madera— son raras o
inexistentes en las bacterias de las termitas.
Figura 7.6 La ciudad de las termitas.
Por
esta razón, nunca podrían subsistir a base únicamente de la disolución
bacteriana de la madera. Sospechamos que perderían sus protistas digestores de
la madera después de haber logrado domesticar a hongos tales como el Deloria
palmicola. Lo más probable es que esta domesticación tuviera lugar en el
hemisferio sur, habida cuenta de que es ahí donde parecen subsistir las mayores
colonias de termitas superiores. Es gracias a que los enemigos fúngicos se
convirtieran en aliados como podemos contemplar hoy paisajes como el que
muestra la figura 7.6, fotografiado por Reg Morrison en el interior de
Australia. El éxito inmobiliario de estos macrotermítidos se debe, en última
instancia, a su maestría adquirida en el dominio de los hongos. Los protistas
amitocondriados, un gran grupo de simbiontes digestores de celulosa, fue
sustituido por los hongos, otro grupo microbiano con éxito en la digestión de
la celulosa. Éstos últimos son más modernos que las ninfas protistas: viven al
aire libre, resisten la sequedad y no se escapan. Como nuestro maíz, nuestro
trigo y nuestra cebada, son susceptibles de domesticación, de ser llevados «a
casa».
En los estudios sobre las termitas —un mundo dentro de otro mundo— no aparece
ninguna bacteria digestora de madera. La solución a la fuerte presión selectiva
de conseguir extraer alimento del entorno inmediato, particularmente a partir
de madera sólida y resistente, condujo a las termitas a la agricultura. Un
grupo de ellas abandonó la madera. Aunque ésta abundaba, la nutrición a partir
de ella era demasiado inaccesible. Otro grupo optó por convertir a sus
intestinos en una guardería de protistas nadadores, cada uno de ellos
recubierto o relleno por genomas bacterianos perfectamente distinguibles,
bacterias sea en forma de bastoncitos, de filamentos o de esferas (o los tres
tipos juntos), completas con sus genomas intactos. En el caso de estos
protistas, que nunca caen en la tentación del sexo, fue la adquisición e
integración de simbiontes bacterianos permanentes lo que condujo a la aparición
de nuevas especies.
Parte
III
El legado planetario
En
el proceso de desarrollo de las ciudades a partir de las tribus humanas
ancestrales han ido apareciendo numerosos oficios y especialidades. A lo largo
de la historia de 100.000 años de la migración humana desde el África central,
la tendencia más generalizada ha consistido en que pequeños grupos de cazadores
de animales y de recolectores de plantas fueran formando núcleos de población.
Los patrones migratorios estacionales fueron siendo sustituidos por huertos
permanentes y campos extendidos para la domesticación de plantas y animales.
Hace unos 11.000 años, las principales modalidades económicas de sustento
habían coevolucionado junto con el ex africano parlanchín: perros, gatos y
vegetales habían pasado al servicio de familias, bandas y tribus de tamaño
creciente. Los huertos de vegetales de raíz y de flores y hojas comestibles,
fueron cultivados en las zonas tropicales y subtropicales de todo el mundo. En
la Europa y el Asia templadas, ovinos, vacunos y gallinas contribuyeron en gran
medida a la consolidación de los asentamientos humanos.
En los tiempos de la caza, que en muchos lugares duraron desde los albores de
la Humanidad hasta todo el siglo XIX, eran principalmente los machos humanos
quienes corrían durante días en busca de presas que abatir. La pérdida efectiva
de calor por medio del sudor se vio favorecida por la pérdida de pelo corporal.
Los hombres cazaban en grupos comunicados, mientras que las mujeres se ocupaban
principalmente de cosechar plantas y frutos y de cuidar de la progenie. Tal vez
algunas de entre ellas (selectas «farmacéuticas ancestrales») se hicieron
expertas en el reconocimiento de plantas con propiedades medicinales. En
determinados momentos y lugares, algunos machos, frecuentemente en linajes de
descendencia directa, fueron preparados para actuar como «padres» de la tribu.
Vista retrospectivamente, podríamos decir que esta figura se correspondería con
un político-sacerdote-chamán, todo en uno. En nuestros días proliferan los
roles sociales, a medida que crece el número de especialidades. Tenemos
carniceros, panaderos, candeleros, jugadores de béisbol, mecánicos del
automóvil, agentes de seguros y reparadores de televisión. Nuestras escuelas y
nuestras universidades registran una creciente diversidad de «campos»
académicos. Las ciencias biológicas, por ejemplo, se dividen en un número
enorme de grandes subespecialidades: anatomía y ultra estructura,
microbiología, biología celular, paleontología, fisiología, genética, biología
molecular, etc. Sin embargo, todas ellas estudian evidentemente aspectos de un
mismo planeta vivo. Al igual que sucede en la sociedad moderna con la
emergencia de un número creciente de oficios, la territorialidad académica
refleja el crecimiento inexorable de las poblaciones humanas, junto con la
creciente eficacia derivada de la división del trabajo. La especialización
forma parte de la respuesta a la pregunta sobre cómo acabó la filosofía
convirtiéndose en la ciencia moderna: unos teorizan y otros observan, y las
áreas de observación se hacen más pequeñas con cada nueva década, a medida que
crece el número de buscadores de datos.
Esa tendencia hacia una creciente especialización no es exclusiva de los
humanos. La especialización también aumenta en los ecosistemas, a medida que
éstos van desarrollándose.
Cuando un ecosistema boscoso o ribereño crece de nuevo tras un incendio, una
inundación o cualquier otra perturbación, su recuperación comienza con
poblaciones de crecimiento rápido de organismos del mismo tipo. Todos estos
organismos pioneros (determinadas bacterias, algas o hierbas, según el
ecosistema de que se trate) se comportan de forma muy parecida: sus poblaciones
crecen rápidamente para ocupar cuanto antes el espacio-nicho disponible. Pero,
inevitablemente, acaban por enfrentarse a limitaciones del entorno que
restringen su crecimiento ilimitado. La falta de espacio, de agua, de fósforo o
de otros nutrientes impide que avance el crecimiento de su población. Llegado
ese momento, otras especies de crecimiento más lento, que no hubieran podido
establecerse en las condiciones iniciales del entorno, se unen a las de
crecimiento rápido para hacer un uso más eficiente de los nutrientes, de las
fuentes de energía, del agua o de cualquier otra variable del entorno
disponible con limitaciones. Estas comunidades de organismos de crecimiento más
lento y más estables en un lugar concreto, denominadas ecosistema clímax,
acaban por substituir a las pioneras, a veces tras una larga sucesión de etapas
intermedias. Estos grupos clímax de plantas, animales y microbios tienden a
presentar la máxima diversidad de especies, las interacciones más complejas y
los máximos niveles de eficiencia energética en comparación con las comunidades
precedentes.
La especialización, sea ésta de ecosistemas, de investigadores científicos o de
oficios urbanos modernos, genera organización dentro de poblaciones de grandes
números de individuos. Consideremos un ejemplo próximo a nuestro hogar. Una de
las poblaciones humanas más densas sobre el planeta se encuentra justamente en
nuestra pequeña y bucólica ciudad de Amherst, en Massachusetts. La densidad de
la población estudiantil en el área residencial del sudeste de la Universidad
de Massachusetts es de 5.400 personas por cuarto de milla cuadrada [13]. La ciudad
de Nueva York tiene «tan sólo» 1.500 residentes por la misma unidad de
superficie. La razón es simple: las ciudades como Nueva York están densamente
pobladas por su configuración en rascacielos de oficinas y bloques de
apartamentos, gran parte de todo lo cual se queda vacío por la noche. Los
dormitorios de la ciudad estudiantil en cambio, el más alto de los cuales no
supera los veintidós pisos, soportan un enorme número de estudiantes porque
éstos viven apretados. Las habitaciones de dos camas carecen de cocina, de baño
privado y de espacio abierto. Los neoyorquinos, en cambio, gozan de varios
parques —particularmente del Central Park— así como, en general, de más de
medio dormitorio per capita. En los enormes y elevados bloques de
dormitorios en forma de U, edificios especializados están dedicados a
proporcionar los servicios de comedor a centenares de estudiantes. El conjunto
como un todo no dispone de espacio abierto, de campos de deporte ni de salas
comunes. En cambio, los alojamientos de Manhattan suelen tener baño, cocina y
áreas comunes en cada unidad, y no hay edificios especializados en servicios.
La especialización tiene efectos contrapuestos. Aunque indudablemente eficaz
para la organización de grandes cantidades de individuos, la especialización
nos aleja del sentido de la totalidad. Puede que la ciencia, en cuanto
actividad internacional, sea hoy más eficaz que en el pasado, pero los
académicos multidisciplinares al estilo de los del Renacimiento, familiarizados
con la práctica totalidad del conocimiento, son cada vez más escasos, cuando no
completamente inexistentes. Nadie puede ya estar familiarizado con todas las
ramificaciones de la cultura. Sin embargo, tal vez sea posible contemplar el
todo. Quizás sea ésta una de las razones del crecimiento de la ciencia popular,
que le permite al ciudadano corriente una visión general, al menos desde el
punto de vista de las ciencias naturales, y obliga al científico o al escritor
científico a describir adecuadamente ése todo. Probablemente ésta sea también
la razón del atractivo de la ciencia de la evolución: la evolutiva es una
ciencia de conexión.
Antes de que esta ciencia comenzara a dar sus primeros pasos en la comprensión
humana, la noción funcional de la totalidad era una cuestión más bien reservada
a las religiones: el dios único de las religiones monoteístas, tales como la
cristiana, la judía o la islámica. Se daba por sentado que cada forma de vida,
cada especie nombrada, había sido creada individualmente por Dios, reflejando
en sí misma una variación más del plan divino. El intérprete humano de ese
diseño, fuera éste sacerdote o santo, ocupaba un lugar de observación
privilegiado. Pero Lamarck y Darwin plantearon una totalidad más realista.
Sentaron la base para la comprensión del vínculo entre todas las especies y
todos los organismos, no ya a través de una deidad omnipoiética, sino
simplemente a través del tiempo. El genio de Darwin, así como de tantos otros
historiadores naturales, criadores y geólogos, cuyo trabajo tanto él como sus
sucesores sistematizaron, consistió en demostrar que todos los organismos hoy
vivos están conectados, a través del tiempo, por antepasados comunes.
Las personas más cultas creen comprender las plenas implicaciones de esta
visión conectiva. Nos permitimos sugerir que algunas de las consecuencias del
concepto darwiniano de evolución han pasado desapercibidas. Vemos una relación
entre el crecimiento de un animal a partir de un óvulo fecundado y el
desarrollo de la biosfera a partir de las primeras células. Ambas entidades se
desarrollan y evolucionan por medio del cambio a través del tiempo. Tanto el
niño que crece como la biosfera que evoluciona se parecen en que son la
expansión de distintos ecosistemas. El cambio de los seres vivos a través del
tiempo requiere el incremento del número de células, acompañado de la muerte
celular. Aunque numerosas personas cultas parezcan sentirse a gusto con la idea
de que evolucionamos a partir de especies parecidas a los simios actuales, la
idea de que, en última instancia, somos descendientes de bacterias —es decir,
gérmenes— no parece ser tan popular. Que nuestro propio cuerpo esté masivamente
poblado por abigarradas aglomeraciones de células, clones naturales de células
nucleadas que nacen y mueren sin cesar, es una realidad que pocas veces se
señala. Pero, a pesar de ello, provenimos de microbios simbióticos, de células
nucleadas especializadas, de animales en forma de gusanos y de peces dipnoos,
de reptiles y de insectívoros, de protosimios y de monos antropoides, en suma,
de una forma de vida tras otra. Desde que ocurriera la primera manifestación de
vida sobre el planeta, en ningún momento se ha interrumpido nuestro linaje ni
se ha detenido el sistema.
§. El espacio de Vernadsky, el tiempo de Darwin
Establecer la relación entre nosotros mismos y el panorama general de la
historia del planeta requiere una visión que se extienda más allá de nuestros
antepasados simiescos, e incluso de los mamíferos y los reptiles que les
precedieron. Los microbios fueron la primera forma de vida, los cambios en sus
comunidades constituyeron la base de la primera evolución. La transformación de
multitudes de células en organismos individuales mayores, aunque omitida de la
teoría evolutiva zoocéntrica clásica, forma parte del legado darwiniano, que no
es otro que la conexión de todo lo vivo a través del tiempo.
El legado de Vernadsky consiste en la conexión de todo lo vivo a través del
espacio.
Vladimir I. Vernadsky (1863-1945) fue un individuo notable, cuya contribución a
las ciencias —incluyendo la extensión de la biología a otras ciencias— es mucho
más apreciada en el Este que en el Oeste. En la desaparecida Unión Soviética
existen unas catorce instituciones que llevan su nombre. Su rostro barbudo
puede verse en sobres aéreos y sellos de correos. Tal vez el ateísmo de la
Unión Soviética facilitó el clima científico e intelectual adecuado para que
las ideas de Vernadsky fueran fácilmente asimilables. En su visión de que la
vida constituye con mucho la fuerza geológica más importante, así como de que
el planeta Tierra es una entidad única sustentadora de vida, Vernadsky iba
muchos años por delante de su tiempo. A pesar de que fuera el geólogo suizo
Edouard Suess quien acuñara el término «biosfera» (literalmente, esfera de
vida) para complementar a la «hidrosfera» (parte acuática de la Tierra) y la
«atmósfera», fue Vernadsky, con su obra La biosfera (1926 [14]), quien
llevó el término a su uso generalizado. Esta obra fundamental fue traducida al
francés en 1929, pero su versión completa no estuvo disponible en inglés hasta
1998. Vernadsky, químico especializado en cristalografía, mantuvo un interés
constante por la estructura de los minerales. Era sin duda un científico
monista con intuiciones novedosas. A diferencia de los vitalistas, que
mantenían que tenía que haber alguna propiedad especial, exclusiva de la vida,
que le confiriera capacidad para pensar y actuar por sí misma, Vernadsky
contemplaba la vida como un producto natural de un universo químicamente
activo. Los primeros vitalistas argumentaban que la vida tenía que estar
constituida por una sustancia particular, que la distinguiera de la materia no
viva. Sin embargo, después de que en 1828 Wohler consiguiera sintetizar en su
laboratorio la urea, relacionada químicamente con el ácido úrico de la orina
—compuesto químico que contiene nitrógeno, oxígeno y carbono—, el argumento de
que la vida estuviera constituida por una sustancia especial ya no podía
defenderse. Vernadsky llevó el concepto un paso más allá: contempló la vida
como un fenómeno global enteramente natural. De hecho, la propia palabra «vida»
contiene una connotación vitalista, la de una entidad particular, que no puede
ser reducida ni a la química ni a la física. Para evitar esta connotación
Vernadsky utilizó decididamente la expresión «materia viva» en lugar de «vida».
Influido por el trajín de armas, hombres, carros de combate y aeroplanos a escala
global, con motivo de la primera guerra mundial, Vernadsky veía la vida
(incluyendo la humana) como un mineral complejo. La materia viva era para él
una especie de «agua animada». A modo de un fluido multicompuesto casi sólido,
la vida era una forma de materia altamente cargada de potencial, rica en
energía y creativa. Con impurezas minerales y en una fase concreta, la vida es
en su mayor parte, sin duda alguna, agua salada. A lo largo del tiempo
evolutivo —argumentaba Vernadsky— se fueron implicando cada vez más elementos
químicos en la circulación global de materia viva, tendiendo a incrementarse
los niveles de circulación de carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, azufre y
fósforo. Ese mineral complejo que es la vida, es también transportable (por el
viento o el agua, por ejemplo) y auto transportable. Las langostas, por
ejemplo, caen sobre los cultivos de grano y los devoran, y luego se elevan de
nuevo transportando en horizontal sobre la Tierra su cargamento de agua salada
rica en materia orgánica. Esta clase de poblaciones masivas móviles de insectos
eran, en la visión de Vernadsky, «montañas voladoras».
Según Vernadsky y Andre Lapo (1987), su paladín moderno, la materia viva
constituye la fuerza geológica más poderosa. La parte activa de la biosfera,
una fina capa de vida de veinte a treinta kilómetros de espesor, abarca desde
las esporas microbianas de la atmósfera a los ecosistemas de los abismos
oceánicos. La parte activa de la superficie terrestre se asemeja a la corteza
de un árbol en crecimiento. La madera del árbol no está realmente muerta, sino
formada por tejido otrora vivo, integrado en el sistema aún activo de
transporte de agua y azúcar del corazón del árbol. La parte del paisaje que
percibimos como mineral —arena, escombros, mineral de hierro— fue otrora
moldeada por las actividades de la vida, o pasó por una fase de producción en
el interior de alguna célula. Es el testigo mudo de «biosferas pasadas». Al
igual que gran parte del granito de todo el planeta, los acantilados blancos de
Dover son microbios formadores de esqueletos fosilizados. El suelo fértil, uno
de los primeros objetivos de interés para Vernadsky (que también interesaría a
Darwin, que escribió una monografía sobre cómo las lombrices contribuían a su
formación), no existiría de no ser por la intensa actividad biológica.
No existe suelo[15]sobre la
superficie de Marte o de Venus, sino un escombro denominado «regolita».
Húmedos, fértiles y repletos de células protistas y de otros organismos, los
suelos son una clase de tejido exclusivo de nuestro planeta vivo. Su
composición viene determinada por la circulación global de elementos clave.
Habida cuenta de que ningún organismo individual es inmortal, así como de que
los materiales de los que estos organismos están compuestos son limitados, los
elementos químicos cruciales (carbono, oxígeno, azufre, fósforo y nitrógeno)
son constantemente reciclados por todos los ecosistemas, a escala global. Los
modelos informáticos de geoquímicos y bioquímicos demuestran la circulación de
carbono, oxígeno, agua y otros compuestos químicos sobre la superficie del
planeta. La construcción de modelos lo más exactos posible se ha convertido en
los años recientes en un objetivo para geoquímicos y bioquímicos, después de
que Vernadsky y Lapo centraran el interés sobre la íntima relación entre vida
terrestre y geología. La tendencia hacia la vinculación entre biología y
geología se ha ido reforzando, particularmente después de la publicación del
original trabajo de James Lovelock. Su brillante presentación de la «hipótesis
Gaia» fue un llamamiento al despertar de la comunidad científica a la
consideración de «la vida y el medio ambiente como un sistema único,
estrechamente acoplado», en palabras del propio Lovelock. Completamente
independiente del legado de Vernadsky, Lovelock, químico atmosférico, midió
discrepancias asombrosas en la atmósfera terrestre, cuyas anomalías vinculó a
las actividades de la vida sobre el planeta. Desde finales de los 50, Lovelock
ha ido refinando, expandiendo y perfeccionando descripciones de nuestro planeta
acuático y único. De forma creciente, los constructores de modelos se han ido
percatando de lo que la especialización académica tiende precisamente a
oscurecer: la vida —parte integrante del «medio ambiente»— no puede ser
ignorada en ninguno de esos modelos. La materia circula alrededor de la
biosfera el mismo modo que lo hace por nuestro cuerpo. Tanto la biosfera como
el vertebrado contienen partes duras minerales —huesos, dientes, escamas, pelo—
que no están, en sí mismas y por sí mismas, vivas.
Esta analogía entre huesos de mamíferos, árboles y el planeta vivo se extiende
más allá de lo que pueda parecer a simple vista. Si bien la vida no puede
seguramente reclamar influencia alguna sobre el núcleo terrestre en fusión,
probablemente juegue un papel prominente en fenómenos aparentemente tan geológicos
como la presencia de agua sobre la Tierra —mantenida gracias a que las
bacterias, las plantas y las algas se encargan de retirar de la atmósfera los
gases de invernadero—, la meteorización —debida a que bacterias y hongos
pulverizan y digieren las rocas sujetas a erosión— o incluso la tectónica de
placas, como veremos más adelante.
La hipótesis Gaia de James Lovelock ha representado un gran avance desde que
Vernadsky reconociera a la vida como fuerza geológica. Lovelock postula que
tanto la composición química de la atmósfera, como su temperatura global, la
salinidad de sus océanos y la alcalinidad de la superficie de éstos (pH 8,2),
no son parámetros aleatorios, sino que presumiblemente vienen regulados por el
metabolismo de la suma de la vida sobre la Tierra. Esta clase de modulación
global no significa que la superficie de nuestro planeta sea el equivalente a
un organismo, porque, a diferencia de la biosfera, no puede sobrevivir de sus
propios residuos ni respirar sus propias excreciones gaseosas. Sin embargo, la
superficie de la Tierra sí presenta algunos rasgos propios de los organismos.
Está construida en gran medida a base de células que se reproducen, toma sus
nutrientes del agua y produce incesantemente residuos. Ambos entran en
asociaciones ecológicas, en ocasiones simbióticas, absolutamente necesarias
para el reciclado de residuos, lo cual determina que el reino celular se
expanda. El resultado consiste en que, con el paso del tiempo, el medio
ambiente se vuelve cada vez más organizado, diferenciado y especializado.
Partes del medio ambiente pueden acabar finalmente organizadas dentro del
cuerpo o como extensión del mismo. No solemos considerar al calcio de nuestros
huesos como parte del «medio ambiente», sin embargo, así es exactamente como se
originaron los huesos y muchas otras partes duras en la historia de las células
nucleadas. El calcio, residuo tóxico sobreabundante en el agua de mar, tenía
que ser retirado de algún modo. Metabolizado en forma de carbonato cálcico
(CaCO2) o de fosfato de calcio, sustancias que se iban acumulando en
las células, acabó siendo usado para la construcción de protecciones y
estructuras de refuerzo. Entre las colonias para las que estas partes duras
resultaron ser de utilidad, se cuentan nuestros antepasados acuáticos. Entre
otros estaba también los antepasados de los moluscos, los artrópodos, un
planctónico con cáscara dura conocido con el nombre de diatomea, foraminíferos
y cocolitofóridas cuyas cáscaras, precipitándose en una lluvia constante sobre
el fondo marino durante millones de años, acabaron por crear los lechos
arenosos y cretáceos que, con el paso del tiempo, se convertirían en las rocas
blancas de Dover (para más detalles ver el famoso ensayo de T. H. Huxley
titulado «Sobre un trozo de yeso»).
Figura 8.1 La Tierra de los astronautas del Apolo, vista desde la Luna.
Este
proceso tuvo dos efectos: creó una configuración común a todo el planeta
(sedimentos de creta o granito y arena) y, al enterrar cantidades ingentes de
calcio y de carbono, redujo los niveles de estos elementos en la atmósfera y en
los océanos.
El proceso de incorporación o reutilización de residuos, de crecimiento y
reciclaje, de utilización económica de unos recursos limitados en un espacio
cerrado, reúne el concepto de Gaia de que el planeta Tierra tiene una
fisiología, con el énfasis de Vernadsky sobre la materia viva como extensión de
la geología. Mientras que Vernadsky demuestra la naturaleza mineral de la
materia viva, desconstruyendo así la jerarquía entre la vida y la no vida
terrenales, Lovelock hace otro tanto sacando a la luz diversos comportamientos
fisiológicos de la biosfera como un todo. Los puntos de vista de ambos
científicos reflejan la interconexión espacial de los sistemas
termodinámicamente abiertos, que denominamos materia viva, con el medio
ambiente del que obtienen su energía. La química de nuestra atmósfera no es en
absoluto aleatoria. Está directamente relacionada con la respiración —la
absorción y expulsión de gases— de muchos trillones de células. Cada célula,
cada cuerpo, cada ciudad, intercambian gases con la atmósfera las aguas y los
suelos del planeta.
La revolución de los 60 y los 70 demostró, sin lugar a dudas, que la Tierra
está cubierta por placas litosféricas enormes, húmedas y móviles. Con
anterioridad a la definición de la teoría de placas tectónicas como explicación
para la deriva continental, se daba por cierto lo evidente: que bajo nuestros
pies la Tierra era sólida, que el suelo estaba donde siempre había estado y
que, a excepción de los terremotos, mares y tierras mantenían inmutable su
distribución. Compuestas básicamente por basalto, más pesado, y granito, más
ligero, sabemos hoy que estas placas inmensas de roca sólida se crean en los
bordes en recesión y se destruyen donde sus bordes colisionan o se sumergen
violentamente.
La tendencia de las placas continentales a desplazarse lateralmente sobre el
manto en fusión, también puede relacionarse con la vida. La presencia de agua
líquida sobre la Tierra durante centenares de millones de años ha sido
tradicionalmente atribuida a la buena suerte de nuestro planeta. Sin embargo,
el agua de la Tierra podría muy bien haberse disipado al espacio hace mucho
tiempo, como parece haberles sucedido a nuestros vecinos Marte y Venus. En
ausencia de las actividades recicladoras de los seres vivos y de su trabajo en
la retirada de dióxido de carbono de la atmósfera, la Tierra también podría
haberse quedado sin agua. El metabolismo, el crecimiento y la reproducción de
células la retuvo. La fotosíntesis utilizó parte del gas de invernadero dióxido
de carbono de la atmósfera para producir toda clase de compuestos orgánicos,
manteniendo así al planeta en una temperatura suficientemente fresca como para
que su vapor de agua no escapara al espacio. Sin agua que lubricara el
movimiento de las placas tectónicas, tal vez éstas se habrían detenido. La
superficie húmeda viva del planeta mantuvo, pues, las condiciones
medioambientales características de un Sistema Solar primigenio. Tal y como
Vernadsky apuntara y Lovelock corrobora, la vida es un fenómeno planetario.
Podemos ya comenzar a ver cómo el espacio de Vernadsky y el tiempo de Darwin
están conectados al resto del universo físico. A través del metabolismo y de la
reproducción, la vida sobre la Tierra tiende a mantener unos estados
medioambientales característicos de las primeras etapas del desarrollo del
planeta. Nuestro propio cuerpo orgánico y acuoso, al igual que el de los
animales, las plantas y los microbios, es una especie de cápsula del tiempo que
contiene el entorno químico de la Tierra tal como era hace tres mil millones de
años. El pasado pretérito está preservado gracias a los prodigiosos flujos de
energía solar, capturados por la fotosíntesis y por profundas reacciones
químicas calientes en las entrañas del planeta. El medio ambiente en el que
ocurre la evolución es dinámicamente estable y autorregulador. Mantenida en
gran medida por las interacciones químicas y biológicas de los miembros de las
comunidades microbianas, la estabilidad fisiológica de la biosfera azulada
requiere un flujo incesante de energía procedente del exterior del sistema. La
vida está ligada al planeta Tierra y a la célula, pero es también un fenómeno
geológico y solar.
§. Las edades de Gaia: arqueozoico, proterozoico y fanerozoico
Ponerle por nombre Gaia a su hipótesis fue otro de los golpes de genio de James
Lovelock. El nombre (tomado de la diosa Tierra de la antigua Grecia), sugerido
a Lovelock por el novelista William Golding, vecino suyo en Cornualles, resulta
sin duda mucho más atractivo que el de «La Tierra como sistema químico
homeostático». El planeta Tierra es un sistema fisiológico —argumenta Lovelock—
y, como en cualquier sistema fisiológico, los parámetros de su regulación
—temperatura, flujo y composición de gases, sal, concentraciones ácidas y
alcalinas— pueden ser detectados. Son dinámicos y estables. La fisiología es
fácilmente inferible a partir de mediciones. Al darle al planeta el nombre de
la diosa griega, Lovelock, en un verdadero acto de bautismo, convirtió a su
idea en memorable, tanto para la ciencia como para sus enemigos. Logró personalizar
el objeto de estudio y centrar la atención de sus colegas en sus
características sobresalientes. En la mente de muchos, «Gaia» quedó reducida a
un eslogan: «la Tierra es un organismo gigante», de hecho un organismo
«femenino». ¿Cómo —protestábamos ante Lovelock— podría ser la Tierra un
«organismo», cuando ningún organismo puede vivir de sus propios residuos? ¿Por
qué insistes en promover la imagen de la Tierra como un ser único y gigantesco
—le recriminábamos— alejándote de la ciencia y atrayendo hacia a ti la
potencial enemistad de respetables colegas? ¿Por qué no decir que Gaia es un
ecosistema gigante, que reconoce la pluralidad de los seres que lo componen?,
le sugeríamos. Pero él insistía. El término «ecosistema» le parece engorroso,
difícil de definir y completamente opaco para quienes no estén familiarizados
con la ecología. Es más, se atreve a defender su metáfora de la diosa. «Si
consigo que piensen en la Tierra como en un ser vivo —explica— aprenderán a
respetarla y a amarla. Si el planeta no es más que un montón de rocas, no hay
inconveniente en darle puntapiés y maltratarlo. A nadie le importa. Por
supuesto, Gaia no es un organismo único ni ninguna diosa, pero está viva y
merece nuestra comprensión y nuestra reverencia». Las edades de Gaia (1988),
el mejor libro de Lovelock, explica de forma cautivante el desarrollo de la
hipótesis Gaia —ahora desarrollada ya como teoría Gaia—, así como el desarrollo
del propio planeta. Desde el nacimiento del Sistema Solar al que pertenece, a
través de su adolescencia y hasta su madurez, podemos seguir de la mano de
Lovelock el desarrollo de nuestro planeta como sistema vivo. La ciencia y los
científicos nos explican cómo fueron desvelados sus secretos más íntimos. Se
nos presenta el historial médico de los 4.000 millones de años de edad de la
Tierra, el seguimiento de sus numerosos cambios y de sus etapas de maduración,
e incluso un atisbo de su probable envejecimiento y muerte. La analogía que
Lovelock establece entre nuestras propias secuencias de desarrollo y sus
sensibilidades predecibles, y los sistemas reguladores que él denomina la
fisiología de Gaia, funciona realmente. Aunque «geofisiología» suena más
científico, lo cierto es que «Gaia» ha arraigado. «Gaia» es y «Gaia» seguirá
siendo. Gaia es el sistema interactivo de la superficie terrestre, alimentado
por la energía solar y por gradientes de energía geotérmica, que mantiene la
temperatura alrededor del los 18º C. Frente a las amenazas ácidas, mantiene su
alcalinidad en un pH de 8,2. La presión atmosférica de sus gases reactivos (por
ejemplo del oxígeno, al 21%) está lejos del equilibrio. La nueva ciencia
gaiana, en gran parte bajo el manto de la denominación CST Ciencia del Sistema
Tierra)[16] es
sólida. Para más detalles ver «Gaia y la colonización de Marte», «Gaia y
filosofía» y «Una buena palabra de cuatro letras» en la Parte III de Slanted
Truths (1999), donde explicamos con detalle la hipótesis Gaia y sus
implicaciones para nuestra vida.
Inicialmente, la teoría Gaia incluía a tres sistemas activamente mantenidos: la
temperatura, la composición química de los gases reactivos (en particular del
oxígeno) y la acidez y alcalinidad. Los nuevos avances en la misma tratarán de
dar respuesta a las preguntas que la Gaia de Lovelock ha planteado, entre las
que se cuentan la «Gaia acuática» o « ¿Ha sido el agua retenida sobre la Tierra
(a diferencia de Marte y Venus) debido a la presencia de vida sobre ella?», el
tamaño de Gaia (« ¿Hasta dónde llegan la vida y sus compuestos orgánicos hacia
el interior de la Tierra?») Y « ¿Es la concentración de sal (y de otros
minerales) un fenómeno exclusivamente gaiano?». Acuden igualmente a la mente
otras preguntas, como si el granito es o no una roca gaiana, o si la
distribución en el tiempo y el espacio de las grandes formaciones férricas está
o no directamente relacionada con la génesis y el desarrollo de la vida. Como
el propio Lovelock ha señalado en más de una ocasión, el poder de una buena
teoría científica consiste menos en aquello que explica definitivamente, que en
las preguntas, las observaciones oportunas y los experimentos que suscita. Bajo
este criterio, Gaia es una buena teoría científica. La personificación de Gaia
en el libro de Lovelock sobre sus «Edades» no es una argucia editorial, es una
ayuda a la diseminación de los principios básicos de una idea compleja.
La metáfora de Gaia como una antigua diosa de carácter fuerte le permitió a
Lovelock escribir sobre la historia de la Tierra de forma accesible al gran
público. Tal vez algunos de nuestros lectores no estén familiarizados con la
«división entre tiempo y rocas», la gran escala temporal que organiza
cantidades inmensas de datos geológicos. En este caso resultará de utilidad la
visión gaiana del tiempo remoto. Los «eones» son las divisiones de mayor tamaño
dentro de esta escala temporal. Tras el eón Hadeano (infernal) [17], anterior a
la existencia de la vida, siguen sólo tres eones: el Arqueozoico, el
Proterozoico y el Fanerozoico. Necesitaremos estar familiarizados con ellos
para poder comprender los orígenes de las especies. Como sistema vivo, Gaia
nació al principio del eón Arqueozoico, hace unos 4.000 millones de años. Este
eón fue una época de enorme actividad tectónica y meteórica, en la que la
corteza de la Tierra fue solidificándose a partir de rocas en fusión y la
liberación de gases del interior del planeta creó su atmósfera. Este eón duró
1.500 millones de años. La mayoría de las rocas del eón Arqueozoico son
basálticas y sus organismos son bacterias.
Durante este eón la Tierra tenía poco oxígeno en sus rocas, en su aire y en su
agua. Hace unos 2.500 millones de años se produjo un gran incremento en el
oxígeno, que marca el inicio del eón Proterozoico. Unos 1.800 millones de años
atrás el oxígeno abundaba, las rocas graníticas continentales dominaban la
escena y aparecieron las primeras células nucleadas. Desde el punto de vista
biológico, el Proterozoico es la época de las bacterias aeróbicas y de los
protoctistas. Estos dos primeros eones, los eones del microcosmos, terminaron
hace 541 millones de años, en la base del período geológico Cámbrico. El eón
Fanerozoico, el más breve de los tres y el más conocido, comienza en la
frontera entre el Precámbrico y el Cámbrico. Esta frontera está ahora
oficialmente establecida en Mistaken Point, en la península de Avalon, en
Terranova, Canadá. Este lugar, en el que los fósiles del Cámbrico (eón
Fanerozoico) aparecen sobre una plétora de fósiles del eón Proterozoico (la
biota ediacárea), es relativamente accesible. Una localidad fosilífera aún más
espectacular, como el río Aldan, en Siberia, resulta inaccesible para quienes carezcan
del tiempo, del dinero, de las embarcaciones grandes y de las habilidades
técnicas de escalada necesarios. En muchos otros yacimientos rocosos de
frontera entre el Precámbrico y el Cámbrico, la conservación es deficiente,
faltan las secuencias de sedimentación o el acceso es prácticamente imposible.
El eón presente comenzó con la famosa explosión de las partes duras de los
animales: placas quitinosas, cáscaras, caparazones de los trilobites, algas
cubiertas de carbonato cálcico y pellas fecales. En museos de todo el mundo se
presenta erróneamente al Fanerozoico inicial como el inicio de la vida. Entre
las divisiones de este eón, bien conocidas, se incluyen el Paleozoico, la era
de los animales marinos con cáscara, el Mesozoico o era de los reptiles, y el
Cenozoico o era de los mamíferos. Sin embargo, Gaia era ya toda una matrona
madura cuando comenzó el Fanerozoico. Unos 450 millones de años atrás había
desarrollado su manto verde: bosques y plantas bajas habían comenzado a decorar
un paisaje antes dominado exclusivamente por algas y cianobacterias.
Para cuando aparece el eón Fanerozoico, hace unos 541 millones de años, Gaia
muestra ya muchas huellas de envejecimiento. Ya ha sufrido la mayor amenaza a
su supervivencia desde su tumultuoso nacimiento, en los inicios del eón
Arqueozoico. Ese acontecimiento fue muchísimo más grave que la desaparición de
los dinosaurios y de gran parte de los pobladores vivos del planeta, tras el
impacto del meteorito de Chibchulub de hace 65 millones de años y su subsiguiente
cambio climático. Incluso la desaparición del 75 por ciento de los principales
taxones, hace 225 millones de años en la llamada frontera P/T —extinción
permotriásica—, se queda en nada al compararla con esta otra amenaza. La propia
vida de Gaia, el sistema fisiológico planetario entero, se vieron amenazados de
muerte cuando la mayor de todas las glaciaciones se enseñoreó del planeta: la
«Tierra Bola de Nieve» de hace unos 600 millones de años, de la que existen
pruebas de finales del Proterozoico en todo el mundo. Los glaciares llegaron a
penetrar incluso en las regiones ecuatoriales. Las rocas de carbonato se
amontonaban en enormes estratos y el dióxido de carbono se acumulaba bajo los
hielos hasta que, debido a la acumulación de gases de invernadero, fruto a su
vez de la escasa fotosíntesis, la atmósfera se fue calentando y los hielos se
fueron fundiendo. Este ciclo se repitió varias veces, hasta que Gaia lograra
finalmente prevalecer.
Unos cien millones de años más tarde, es decir, hace unos 541 millones de años,
la Tierra bullía con formas de vida de mayor tamaño, más diversas y más
sorprendentes. La gran ecóloga anglo-estadounidense G. Evelyn Hutchinson
describió la historia de Gaia como una obra evolutiva en el teatro de la
evolución. El teatro —el planeta de Gaia— sigue ahí, pero los actores del drama
ecológico van cambiando. Unos se van por su propio pie, otros son despedidos.
Otros nuevos se forman por medio de combinaciones y alianzas entre los
antiguos. Mutaciones aleatorias y otros cambios genéticos aguzan y refinan esas
nuevas alianzas. La obra ecológica sobre el escenario evolutivo sigue en marcha
con jóvenes actores noveles y con veteranos reubicados, cambiando
incesantemente sus papeles en escenas escritas por autores y poetas siempre
nuevos. Merece la pena tanto observar la acción sobre Gaia como participar en
ella. Tal vez siga en escena durante otros 4.000 millones de años, cuando
finalmente morirá porque el Sol también habrá muerto. Hasta que caiga ese telón
final, la obra seguirá desplegándose y Gaia seguirá prosperando.
Capítulo 9
Eucariosis en un mundo anóxico
Contenido:
El
Thiodendron de Dubinina y la sangre de Dennis
La quimera de Gupta
La liberación del núcleo
Denominamos
«eucariosis» a la transición desde las bacterias a nuestras células eucariotas.
En la historia de las células vivas con núcleo, las células eucariotas aparecen
por primera vez en los registros fósiles del eón protorozoico. La primera
evolución de seres vivos formados por una sola célula nucleada —protistas— dejó
descendencia tras de sí: amebas, euglenas y ciliados tales como los euplotas o
los paramecios. Todos los organismos visibles —plantas, animales y microbios
«grandes»— están compuestos por muchas de estas células. Expresado de forma
simple, la eucariosis se refiere a la mayor etapa evolutiva jamás ocurrida en
la historia registrada de la vida. Entre bacterias y eucariotas no hay
eslabones perdidos, ni en los fósiles ni en la propia vida. La repentina
aparición de las eucariotas en la escena de la evolución no fue gradual, sino
genuinamente discontinua. ¿Cómo sucedió? ¿Cómo se relaciona el origen de las
células nucleadas con nosotros, los humanos?
La mayoría de personas suscriben de forma inconsciente cierta clasificación
entre seres vivos. La vida en el mundo se divide en tres grandes categorías:
animales, plantas y gérmenes. (Algunas personas suponen, al menos tácitamente,
cuatro categorías: animales, plantas, gérmenes y personas, aunque no es
probable que quienes niegan la naturaleza animal de las personas estén leyendo
este libro). Toda persona con cierto nivel de cultura apoya la investigación
médica que demuestra que los humanos somos mamíferos como las ratas o los
ratones. Cualquiera que eche un vistazo estará de acuerdo con que los humanos
tenemos un esqueleto óseo con vestigios de cola, pulgares opuestos, visión
tridimensional, dientes y otras características que nos sitúan inequívocamente
entre los mamíferos primates. Incluso con conocimientos científicos escasos, el
lector reflexivo reconocerá instantáneamente la naturaleza cordada (espina
dorsal, sistema nervioso y cerebro), mamífera (pelo, glándulas mamarias) y
primate (manos de chimpancé, dientes, postura y conducta social) de los humanos.
Por supuesto, todos los humanos pertenecemos hoy a la especie Homo
sapiensporque todos nosotros —al menos en principio— podemos aparearnos y
producir descendencia potencialmente fértil.
Los microbios (las bacterias, los protoctistas y los hongos más pequeños)
fueron descubiertos por Antony van Leeuwenhoek, un tapicero holandés que se
construía sus propios microscopios allá por el año 1675. El químico francés
Louis Pasteur reveló un mundo microbiano muy distinto del ordinario de los
organismos mayores. Las prácticas de Pasteur determinaron la emergencia de una
nueva ciencia, donde la relación de bacterias y levaduras con los humanos fue
estudiada intensivamente. ¿Tenía algo que ver la presencia de aquellas pequeñas
manchas crecientes (poblaciones de bacterias) con la fiebre infantil? ¿Sería
acaso un virus el causante de la glosopeda? ¿Estaba tal vez relacionada la
aparente capacidad de aquellas burbujitas para producir alcohol, con la
tendencia del jugo de uva a convertirse en vino? Incluso hoy en día, no es
fácil encontrar en la bibliografía médica, biológica y de nutrición, un
conocimiento básico acerca de la vida de los microbios. Los «datos» se enseñan
en una base de necesidad-de-conocer. La Spirulina, por ejemplo, es
un aditivo nutricional común. Aunque se trata inequívocamente de una bacteria
fotosintética productora de oxígeno, lo cierto es que se comercializa bajo el
nombre de «alga». La sinceridad no es siempre la mejor de las políticas
posibles: promocionar deliberadamente la bebida de una solución bacteriana
podría ser una locura comercial.
La similitud entre plantas y animales no es intuitivamente evidente, pero están
mucho más relacionados entre sí que cada uno de ellos con las bacterias. Existe
en la Naturaleza una discontinuidad mucho mayor entre las bacterias y ambos que
entre cualquier planta y cualquier animal. Se trata de un concepto difícil
incluso para los naturalistas y otros científicos que conocen la existencia del
mundo microbiano, aunque desde finales del siglo XIX, el trabajo de centenares
de científicos ha ido convergiendo sobre esta idea relativamente nueva. La
mayor discontinuidad sobre el planeta no es la que media entre animales y
plantas, sino la que separa a procariotas (bacterias sin núcleo encerrado en
membrana celular) y eucariotas (todos los demás seres vivos formados por
células nucleadas). La historia detallada de esta enorme discontinuidad está
relacionada con los orígenes de las especies.
El relato de la historia de las células es el del modo en que las células comenzaron
a generar especies. Para entender por qué, revisemos con mayor detalle una
cuestión profundamente relacionada con el origen de las especies: el aumento de
descendencia en las bacterias, paralelo al aumento de la aparición de especies.
En el caso de organismos que se reproducen por medio de apareamientos fértiles,
las especies constituyen entidades reales fácilmente reconocibles. Los
chimpancés se aparean con chimpancés, los ovarios de las flores del maíz son
fertilizados por el polen de maíz, el esperma de rana fluye sobre los huevos de
rana y los convierte en huevos fértiles de los que nacen renacuajos. Únicamente
los miembros de una misma especie copulan, fertilizan, fecundan o lo que sea,
para producir nuevos miembros de esa misma especie. Pero, antes de las primeras
células nucleadas, el planeta albergaba únicamente a bacterias, y con ellas,
las reglas aparentemente simples del juego amoroso son distintas. En primer
lugar, tanto si se trata de bacterias unicelulares como si son multicelulares, todas
ellas se reproducen en cualquier caso sin ninguna intervención del sexo. Es
más, la mayoría de bacterias existentes en la Naturaleza —por no decir todas
ellas— son organismos multicelulares. En segundo lugar, cuando las bacterias se
implican en el sexo se comportan de forma promiscua. Todas ellas pueden
aparearse en cierto modo (dar y recibir genes) con bacterias de linajes
completamente diferentes. Y toda esta cópula y todo este intercambio de genes
involucran recombinación genética, pero no reproducción.
Y ésa es la cuestión. Para comprender el origen de las especies debemos antes
ponernos de acuerdo sobre qué son, y en eso no somos nada coherentes. Los
zoólogos y los botánicos se muestran normalmente satisfechos con la norma
general de que los miembros de una misma especie producen descendencia fértil,
mientras que los de especies distintas no. Pero con demasiada frecuencia,
botánicos, zoólogos y otros biólogos asignan alegremente organismos a tal o
cual especie basándose en la morfología, en la apariencia y el comportamiento
de los cuerpos. Los bacteriólogos pueden utilizar la morfología únicamente en
el caso de las bacterias más grandes, más visibles o más distintivas, como las
mixobacterias, las espiroquetas y muchas cianobacterias. En los demás casos
emplean una regla general distinta: cuando dos bacterias comparten el 85 por
ciento de sus rasgos mensurables, se considera que pertenecen a la misma
especie. Los bacteriólogos en activo son conscientes de la arbitrariedad de
esta definición, habida cuenta de la rapidez con la que las bacterias cambian
sus rasgos. Según esta norma general, las bacterias cambian todo el tiempo. Si
comparten únicamente el 84 por ciento de sus rasgos mensurables, se considera
que pertenecen a especies distintas. Colocadas en una nevera o en una
incubadora, las bacterias pueden cambiar de «especie» en pocas semanas. Ningún
zoólogo, botánico, micólogo o protistólogo estaña de acuerdo en que un mes en
una nevera bastara para cambiar de una especie a otra.
Nuestra nueva definición de especie, en la que postulamos que los organismos
con un mismo número y una misma clase de genomas integrados en común pertenecen
a la misma especie, depende del reconocimiento de que todos los organismos
nucleados son organismos compuestos. Todos ellos son el producto de simbiontes
integrados. La idea consiste en que, para que dos organismos (individuos) sean
miembros de la misma especie, tienen forzosamente que estar compuestos
exactamente por el mismo conjunto de simbiontes. Puesto que las bacterias no
están formadas por medio de la integración de simbiontes, en su universo no
puede haber especies. La ventaja de nuestro análisis estriba en que todos los
organismos nucleados son asignables a alguna especie, tanto si se implican en
relaciones sexuales como si no. Si dos protoctistas comparten el mismo conjunto
de genomas, bacterianos u otros —es decir, si comparten los mismos antepasados,
si están construidos por conjuntos únicos de genes—, pertenecen por definición
a la misma especie. Lo mismo puede aplicarse a los hongos, los animales o las
plantas.
La «eucariosis» se refiere a la propia obra, al origen evolutivo de las
primeras células nucleadas. Las primeras eucariotas fueron protoctistas. Los
protistas —los miembros más diminutos del reino protoctista— evolucionaron por
medio de la adquisición e integración de antepasados bacterianos específicos.
Los primeros protoctistas deben haber sido protistas anaeróbicos en entornos
libres de oxígeno. Antes de las eucariotas, es decir, antes de que evolucionara
cualquier protista, el mundo era anóxico y enteramente bacteriano. No existía
especie alguna en el eón Arqueozoico. Las primeras eucariotas, los primeros
protoctistas, fueron las primeras especies sobre el planeta, aunque no —ojo al
matiz— los primeros organismos. La adquisición e integración de genomas ajenos
por primera vez no tuvo como resultado únicamente las primeras eucariotas, sino
también la aparición de las primeras especies en la historia de la vida.
En la medida en que las relaciones entre bacterias con capacidades distintas se
volvían irreversiblemente íntimas, estos complejos bacterianos acabaron
generando la célula protoctista. Las eucariotas más pequeñas, los primeros
protoctistas, condujeron a los antepasados microbianos de todas las formas de
vida mayores.
Muchos de los protoctistas más pequeños, protistas por definición, viven tan
felices sin nada de oxígeno. De hecho, este gas es para ellos un veneno letal
instantáneo. Entre estos seres que evitan el oxígeno están los arqueoprotistas,
los «protistas amitocondriados». Este filum de centenares de
especies vive en hábitats tales como los intestinos de mamíferos e insectos, o
en lodos ricos en sulfuro. Opinamos que estos protistas amitocondriados son
representantes vivos de los antepasados de todos los organismos nucleados (ver
figura 9.1). No pueden metabolizar el oxígeno ni reproducirse sexualmente, pero
constituyen claramente especies. Por ejemplo, las dos especies nadadoras
halladas en las termitas comedoras de madera seca —Metacoronympha kirbyii y
Trichonimpha ampia— pueden distinguirse fácil y coherentemente.
Si aceptamos la idea de que las especies se originaron en las eucariotas, antes
de la aparición de la respiración del oxígeno o de la meiosis (la clase de
división celular implicada en la fertilización sexual), podremos resolver el
dilema de Darwin sobre el origen de las especies desde el principio del
fenómeno mismo de especiación. Una vez que nos ponemos de acuerdo en que tanto
las especies como el proceso de especiación no existen en el mundo de las
bacterias, las especies estables conocidas pueden ser nombradas, identificadas
y clasificadas.
Figura 9.1 Metacoronympha y Trichonimpha, protistas digestores de madera en
las termitas.
La
especiación en sí misma es, pues, un resultado de la evolución. No tan sólo no
son las especies formas platónicas ideales y perdurables, sino que comenzaron a
existir tan sólo en los últimos dos mil millones de años, después de la
aparición de la célula nucleada.
Existen bacterias con millones de formas distintas. Algunas fotosintetizan,
muchas convierten pequeños compuestos orgánicos en miríadas de otros más
complejos. Algunas acumulan hierro para producir imanes en sus propios cuerpos.
Otras nadan hacia la luz o lejos de los ácidos. El mundo de las bacterias posee
prácticamente todos los talentos que asociamos con la vida animal y vegetal.
Las nuevas especies no aparecen cuando los organismos heredan «características
adquiridas», sino cuando adquieren otros genomas, organismos completos con sus
propias series enteras de genes, que determinan las características en
cuestión. Jean-Baptiste Lamarck estaba en lo cierto: la herencia de
características adquiridas ocurre, pero tan sólo cuando dichas características
están determinadas por los genomas de organismos adquirióles. Charles Darwin
también tenía razón: las nuevas especies aparecen cuando los organismos
nuevamente adquiridos son integrados, dejan descendencia, y son perpetuados por
la selección natural. El origen simbiogenético de las especies se basa
firmemente en el trabajo de ambos, Darwin y Lamarck.
§. El Thiodendron de Dubinina y la sangre de Dennis
A pesar de que muchos estén en desacuerdo con nuestras conclusiones, los
capítulos precedentes se basan en ciencia bien establecida. Relataremos ahora
una historia peculiar en la que la ciencia está en progreso y en la que todos
los detalles no están aún verificados.
¿Cómo evolucionó el núcleo, esta característica definitoria de las células de
todos los organismos eucariotas? Probablemente no por mutación. El origen de la
célula que constituye el antecesor común de toda la vida especiada tuvo, con
toda seguridad, que involucrar «consorcios de bacterias», bacterias viviendo
con y dentro de otras bacterias.
Érase una vez, hace unos 2.000 millones de años, en el eón Proterozoico, un
organismo denominado Thiodendron latens medraba en zonas
costeras de todo el mundo. Todavía se le puede encontrar hoy en día aquí y
allá. (Ver en la tabla 9.1) un resumen de las divisiones en «tiempo geológico»,
la escala temporal completa.) Este Thiodendron, que tiene la
apariencia de masas blancas de filamentos y huele a azufre, fue estudiado por
el ecólogo microbiano ruso S. A. Perfiliev a mediados del XX. De hecho, fue
este científico quien le puso por nombre Thio (azufre) dendron (árbol) latens (escondido),
a la vista de sus células filamentosas, repletas de bolas amarillas y
repartidas a intervalos regulares a lo largo de su cuerpo.
Algunos
de esos filamentos entreverados, muy enjutos y de tan sólo un cuarto de
micrómetro de ancho, llegaban incluso a un metro de longitud. Perfiliev había
sido pionero en la colocación de capilares de cristal en sedimentos de lodo, no
sólo para extraer muestras de las capas de bacterias, sino también para medir
los intercambios gaseosos entre los microbios residentes. Al cultivar en su
laboratorio grandes cantidades de Thiodendron, Perfiliev se percató
de su capacidad no tan sólo para producir el sulfuro de hidrógeno, con su
característico olor a huevos podridos, sino también para oxidar el sulfuro y
convertirlo de nuevo en gránulos de azufre elemental. Cuando el oxígeno
penetraba en el enmarañado cultivo, los glóbulos amarillos de azufre cambiaban.
Aparentemente, las bacterias tenían capacidad para oxidar el azufre hasta
convertirlo en sulfato (químicamente hablando, el ion soluble de azufre, SO=4),
que entraba en el agua al dispersarse en solución.
Según registró Perfiliev, de las células bacterianas filamentosas brotaban
frecuentemente pequeñas células mótiles, nadadores flagelados que participaban
en la producción del sulfuro de hidrógeno. Resumiendo, Perfiliev insistió en
que el Thiodendron, como muchas otras bacterias tales como la Caulobacter y
la Chondrococcus, acumulaban una historia vital dilatada y
compleja, en la que los filamentos se alternaban con los organismos
unicelulares flagelados. Sin embargo, y a diferencia de los otros dos géneros,
el Thiodendron transformaba el azufre del ion SO=4 en
la forma elemental (S), en forma de tiosulfato (HSO−4), o
en su estado reducido (H2S). Pero ante la presencia de oxígeno, este
organismo transforma el azufre disponible en el estado oxidado SO=4.
La forma de azufre que el organismo produce depende, pues, de su disponibilidad
de oxígeno.
Perfiliev murió antes de que se generalizaran las potentes técnicas del
microscopio electrónico de corte fino. Le sucedió su discípula G. A. Dubinina
quien, en el año 2002 y hacia el final de su carrera como microbióloga, seguía
aún trabajando en el Instituto de Ecología Microbiana de la Universidad de
Moscú.
Dubinina tenía interés por desvelar, mediante la alta ampliación, las etapas de
la historia vital del desarrollo del Thiodendron latens de
Perfiliev. Cosechó sus especímenes en los mismos lugares en que lo había hecho
su maestro, en el mar Blanco por encima de San Petersburgo y también en los
baños de barro del balneario de Staraya, en el lago Nijni, cerca de Moscú.
Durante varios años, Dubinina y sus compañeros buscaron una descripción moderna
del Thiodendron, basada en el análisis por medio del microscopio
electrónico y en ensayos fisiológicos de producción de sulfuro, así como en
otros trabajos de laboratorio. En líneas generales, tanto la propia Dubinina
como varios estudiantes y diversas investigaciones postdoctorales confirmaron
la descripción original de Perfiliev. Pero imaginémonos su sorpresa cuando, al
tratar de cultivar Thiodendron en el laboratorio, colocaron
las filamentosas masas sulfurosas bajo condiciones de anoxia completa y los
filamentos, aunque no sus bastoncillos nadadores, se transformaron en hebras
largas y enjutas. Los bastoncitos nadadores, identificados como Desulfobacter,
la conocida bacteria reductora del azufre, continuaron nadando, manteniendo su
aspecto y produciendo H2S como de costumbre. Los largos filamentos,
en cambio, se fraccionaron en hebras helicoidales más cortas, indistinguibles
de las espiroquetas típicas. Para que este cambio se produjera, era necesario
retirar del medio absolutamente todo el oxígeno. Expuestos a una minúscula
parte de oxígeno, los filamentos seguían oxidando el azufre elemental, que
depositaban en el interior de sus células. Si la cantidad de oxígeno presente
aumentaba, las espiroquetas se enderezaban. Sus células seguían siendo muy
finas, pero se hacían cada vez más largas. Incapaces de dividirse, simplemente
se alargaban. Tan sólo tras sobrevivir largo tiempo en su estado alargado acababan
muriendo, presumiblemente debido a la exposición al oxígeno.
El grupo de Dubinia siguió trabajando, descubriendo al menos otros cuatro
grandes grupos de Thiodendron marino, compuestos todos ellos
por bacterias nadadoras reductoras de azufre muy parecidas y espiroquetas
ligeramente distintas. Por ejemplo, en el océano Pacífico, en la isla Yankich
de la bahía de Kraternaya, o en Papúa y Nueva Guinea, se encontró al Thiodendron en
matas blanco azuladas de veinte milímetros de grosor. Al ser colocadas en el
medio adecuado, sin oxígeno, todas las muestras produjeron terceras poblaciones
de espiroquetas independientes. Los autores invalidaron el nombre de Thiodendronal
comprobar que no se trataba de una única bacteria con un ciclo vital complejo,
sino que habían conseguido aislar dos tipos de bacterias distintas: un
bastoncito corto nadador que producía sulfuro de hidrógeno y una espiroqueta
formadora de filamentos que medraba en presencia del sulfuro de hidrógeno que
ella misma no podía producir. Las asociaciones estables entre bacterias
completamente distintas se conocen bajo el nombre de «consorcios bacterianos».
Como señalaron Dubinina y sus colegas, se había dado la denominación única
de Thiodendron a lo que en realidad era un consorcio entre dos
bacterias. El paso siguiente consistió en describir a cada uno de los miembros
de ese consorcio. La primera de ellas, corta y con flagelos, es la Desulfobacter,
la productora de sulfuro de hidrógeno que degrada el azúcar a medida que
respira azufre y lo convierte en sulfuro. La otra, la Spirochaeta oxidante
del sulfuro, lo convierte en glóbulos de azufre que almacena en su cuerpo. La
espiroqueta vive de la energía y el alimento que extrae de las largas moléculas
de celulosa procedentes de las paredes celulares de las algas en proceso de
degradación, que son fragmentadas por las enzimas de celulasa en un azúcar
denominado celobiosa. Muchos caracoles, hongos y bacterias costeras producen
enzimas de celulasa. Las espiroquetas formadoras de filamentos viven, como casi
todas, de la celobiosa, proporcionando al mismo tiempo subproductos de la
fragmentación del azúcar a su socia reductora de azufre.
El trabajo de Dubinina fue publicado por primera vez en inglés en el año 1993,
en la publicación rusa científica Mikrobiologiya, en donde el
equipo de Dubinina señalaba que las espiroquetas pueden claramente ser
geoquímicamente importantes para la transformación del azufre en áreas del
litoral marítimo. Tan sólo después de recibir de la profesora Dubinina un
paquete de fotografías nos dimos cuenta al momento de que habíamos visto a
la Thiodendron numerosas veces, sólo que siempre la habíamos
tomado por una bacteria costera ordinaria oxidante del oxígeno, como la Thiothrix,
la Vitrioscilla o la Beggiatoa, todas las cuales
tienden a crecer en forma de masas blancuzcas (figura 9.2).
Figura 9.2 Thiodendron latens en cultivo pobre en oxígeno.
Ningún
antecedente evolutivo de importancia se ha extinguido sin dejar rastro.
Opinamos que el Thiodendron es un legado vivo de los primeros
pasos en el origen simbiogenético de las células nucleadas. Lo que comenzó como
un consorcio, extremadamente parecido pero no idéntico al Thiodendron,
se convirtió luego en una quimera, en un individuo nuevo. Se unieron bacterias
muy distintas, una que oxida el sulfuro en azufre y otra que lo vuelve a
reducir a sulfuro. La fusión simbiogenética convirtió a las dos en una sola. La
quimera resultante sería el antepasado de todos nosotros.
Durante muchos años, nuestro compañero en la Universidad de Massachusetts
Dennis Searcy ha venido defendiendo que el «citoplasma básico» de todas las
células nucleadas habría evolucionado a partir de un microbio libre, sin
paredes, comparable a la Thermoplasma acidophilum que cultiva
en su laboratorio. Se trata de un organismo limitadamente mótil. A diferencia
de la Desulfobacter, no tiene flagelos, ni siquiera está rodeado
por una membrana celular. Puesto que el citoplasma no está limitado por ninguna
pared rígida, la Thermoplasma cambia de forma con facilidad.
Dennis y su equipo han recopilado pruebas de que este microbio producen
proteínas de «motilidad». Estas proteínas son la base del fenómeno del
movimiento. Permiten que las células se extiendan lentamente sobre los glóbulos
de sulfuro que Dennis les ha proporcionado como medio en el laboratorio. La
principal diferencia entre la Thermoplasma y la Desulfobacter,
miembro del consorcio de Dubinina, estriba en que el organismo de Dennis vive
en agua dulce caliente. Se hiela a temperatura ambiente, no soporta el agua
salada y crece en acideces de un pH 2,5 más o menos, muy inferior al pH 8,0 de
las aguas en las que fuera descubierto el Thiodendron. No obstante,
la Thermoplasma acidophilum produce grandes cantidades de
sulfato de hidrógeno. De hecho, le encanta vivir colgada de glóbulos de azufre
elemental, alejada del oxígeno. Se pega a la superficie de esos glóbulos, e
incluso los envuelve con su cuerpo. A diferencia de la Desulfobacter,
clasificada como eubacteria, la Thermoplasma acidophilum pertenece
al subreino arqueobacteriano de los procariotas. Contrariamente a casi todas
las demás bacterias, produce proteínas similares a la histona con las que
envuelve su ADN. Dennis sospecha que estas proteínas protegen su ADN del fuerte
ácido y del elevado calor que, de otro modo, degradarían rápidamente su genoma
por «hidrólisis ácida». El Thiodendron, por su parte, no necesita
tales medidas extremas, habida cuenta de que este consorcio amante del azufre
vive bañado por las aguas frías y neutras de los océanos.
Pero, ¿de qué modo se relacionan estas bacterias sulfurosas con la historia de
las primeras eucariotas?
Dennis Searcy, quienes aquí escribimos y tal vez algún que otro converso más,
sugerimos que el primer consorcio que se convertiría en la quimera que, a su
vez, se convertiría en la primera eucariota, fue una asociación parecida
al Thiodendron, Postulamos que una arqueobacteria del tipo de la Thiodendronproductora
de sulfuro de hidrógeno (más que una Desulfobacter) y una
eubacteria gramnegativa, un organismo muy parecido a la Spirochaeta de
nuestros días, ávida del sulfuro de hidrógeno para protegerse del oxígeno,
formaron una alianza. Sin duda tuvo que haber mucho forcejeo y mucha
destrucción antes de que la asociación se hiciera permanente. La selección
natural por la natación rápida y la obtención de alimento forzó a ambos
organismos a una estrecha asociación. Juntos degradaron azúcares y otros
carbohidratos bajo condiciones anóxicas, ricas en azufre. Probablemente, la
asociación prosperó durante milenios en aguas de dulces a saladas y de tibias a
calientes, manteniendo la Thermoplasma la misma
producción de sulfuro de hidrógeno que su socia Spirochaeta oxidaba
de nuevo en azufre elemental.
Dean Soulia, un alumno de Searcy, se propuso producir un consorcio del
tipo Thiodendron en el laboratorio, utilizando para
ello el Thermoplasma acidophilum de Searcy y
espiroquetas procedentes de nuestras colecciones de campo. En la primavera del
2002 el trabajo seguía en marcha. No tenemos noticias sobre si ha tenido éxito.
La idea consiste en colaborar con Antonio Lazcano y Arturo Becerra de la Universidad
Autónoma de México (UNAM), junto con el laboratorio del profesor Searcy. Hasta
ahora, Soulia ha empleado los métodos que utilizara Louis Pasteur para cultivar
organismos anaeróbicos en el laboratorio. Imita las reglas de selección natural
descritas por Charles Darwin, colocando a sus organismos en agua caliente y
ácida, desprovista de oxígeno, de modo que tan sólo los más «aptos» prosperen y
tengan descendencia. El objetivo consiste en obtener un consorcio estable
de Spirochaeta y Thermoplasma en un medio
creado en el laboratorio.
Tan convencido está Dennis Searcy de que todas las eucariotas llevan consigo el
legado de sus antepasados, que decidió someter su idea a la comprobación en el
laboratorio. Buscó para ello células en las que pudiera estudiar la capacidad
residual para producir sulfuro de hidrógeno al suministrarles azufre elemental.
Finalmente optó por las células de su propia sangre, porque las células
sanguíneas rojas de los mamíferos carecen tanto de núcleo como de mitocondrias.
También se parecen a los termoplastos en otro aspecto: como todas las células
animales, nunca tienen paredes celulares. De este modo —razonó Searcy— no
podría confundirse con otros orgánulos celulares y podría centrar su atención
en verificar la capacidad del propio citoplasma eucariótico para metabolizar
azufre, capacidad que nadie tenía el menor motivo de esperar que ese citoplasma
tuviera. No tan sólo descubrió Searcy que su propio citoplasma genera copiosas
cantidades de sulfuro de hidrógeno cuando se le suministra azufre elemental,
sino que extendió su observación a los cuatro reinos eucarióticos. Suministró
azufre a levaduras y mohos y demostró que también los hongos producen sulfuro
de hidrógeno (H2S). El sulfuro tenía que ser retirado en cuanto era
producido, puesto que tendía a acumularse en forma de residuo tóxico, pero una
vez tomada esta precaución, Searcy pudo demostrar fácilmente que todas las
células nucleadas, sean éstas vegetales, animales, fúngicas o protoctistas,
producen sulfuro de hidrógeno. Naturalmente, no podía retirar de estas células
el núcleo y las mitocondrias para comprobar directamente la capacidad del
citoplasma, como había hecho con las células rojas de su propia sangre, pero
aún así, el resultado de su trabajo resulta convincente. Searcy mantiene (y
nosotros le apoyamos) que nuestras células remotamente antepasadas comenzaron
como anaerobios, en medios ricos en azufre. Aún recuerdan sus orígenes porque
su medio original forma parte del metabolismo. El consorcio original podría
perfectamente haber sido el de una Thermoplasma con una Spirochaeta,
unidas por la oxidación y la reducción de azufre, que acabaron permanentemente
pegadas y cada vez más integradas. La célula eucariótica se formó por alianza
simbiótica, por medio de la adquisición de genomas bacterianos muy distintos
entre sí.
El siguiente eslabón de la cadena —creemos— es la quimera de Radhey
Gupta.
§. La quimera de Gupta
El profesor Radhey Gupta ya no conduce. Sus antebrazos han quedado tan
desgastados con su trabajo en el ordenador, que ya no se fía de tomar el
volante. Formado en el prestigioso Tata Institute of Science, en las hermosas
colinas de las afueras de Bombay, Gupta llegó a Canadá en los 80 como profesor
auxiliar de bioquímica de la Escuela de Medicina de la Universidad McMaster de
Hamilton, Ontario. Su interés se centra en descifrar las relaciones entre
formas de vida microbianas, en cuyo esfuerzo su principal herramienta consiste
en la comparación entre las largas cadenas de moléculas que toda célula precisa
para vivir: las proteínas y los ácidos nucleicos. Gupta centra principalmente
su atención sobre las largas series de residuos de aminoácidos en las
proteínas, básicamente de las bacterias. Tras una detallada comparación entre
las secuencias proteicas de unos 300 tipos de bacterias distintas con proteínas
parecidas, procedentes de protistas anóxicos, Gupta comenzó a indagar en la
historia de la propia célula protista. Al igual que a nosotros, le interesan
particularmente las células nucleadas que carecen de mitocondrias. Opinamos que
algunas de estas protistas descienden de antepasados que nunca las tuvieron.
Escritor prolífico, Gupta es autor de numerosos trabajos, en los que se
incluyen resultados y opiniones que contradicen la corriente principal en
microbiología. Esta corriente científica general insiste, por ejemplo, en que
todos los eucariotas evolucionaron directamente a partir de arqueobacterias. No
habría estado involucrada ninguna clase de simbiosis o de simbiogénesis. Cal
Woese, profesor de microbiología en la Universidad de Illinois, Urbana, y su
equipo de colaboradores, han llegado incluso a rebautizar como «arqueas» a las
células arqueo bacterianas, negando así su naturaleza bacteriana y elevando el
grupo de las «arqueas» a un estatus paralelo al de otras bacterias y de todas
las eucariotas, e insistiendo en la existencia de tres grandes grupos de formas
de vida. Gupta no está de acuerdo con eso. Todas las eucariotas —argumenta—,
incluso las que carecen de mitocondrias en alguna etapa de su vida, tienen un
pedigrí dual, dos clases distintas de antepasados. Todas las células nucleadas
contienen algunas secuencias proteicas que se parecen a las de las
arqueobacterias (como la Thermoplasma) y otras secuencias proteicas
que recuerdan a las de las eubacterias (como las espiroquetas). Gupta insiste
en que no hay razón alguna para suponer que el antepasado eubacteriano de la
célula nucleada fuera más parecido a una espiroqueta que a otra eubacteria
cualquiera (aunque no está de acuerdo con nosotros acerca de qué grupo
eubacteriano fue el antepasado de todas las eucariotas no dispone, hoy por hoy,
de alternativa válida a la Spirochaeta). Con todo, le corresponde a
Gupta en exclusiva el mérito de la utilización del término «quimera», así como
de la afirmación de que todas las eucariotas son quimeras. Las quimeras eran
bestias míticas de la antigua Grecia, con cabeza de león, cuerpo de camero y
partes de cuerpos de otros animales. Eran compuestos de partes reconocibles de
orígenes diversos. Gupta opina que esta descripción encaja con las células
cuyas secuencias proteicas estudia. Todas las eucariotas —afirma—, incluyendo a
las que carecen tanto de mitocondrias como de cloroplastos, y viven sin oxígeno
o sin luz, son quiméricas. Las células que hoy consideramos como parientes
cercanos a las primeras eucariotas son compuestas, tienen antecedentes tanto
eubacterianos como arqueo bacterianos.
Aunque, como bioquímico que es, Gupta no utilice los términos «simbiosis» y
«socio simbiótico», eso es precisamente lo que está describiendo a nivel
molecular. Su quimera se formó cuando dos simbiontes —uno eubacteriano y el
otro arqueobacteriano— se fundieron en una unión permanente. Todos estamos de
acuerdo en que uno de los simbiontes fue una eubacteria (fuera ésta una
espiroqueta, como la socia del Thiodendron, u otra), así como en
que el otro simbionte fue una arqueobacteria (fuera ésta una productora de
sulfuro, como la socia del Thermoplasma, u otra). Creemos —aunque
no necesariamente lo crea Gupta— que la quimera tuvo que ser una buena
nadadora. Por ello opinamos que la espiroqueta es un antepasado probable,
habida cuenta de que está provista de propulsión propia. Las espiroquetas que
aportaron motilidad al interior de las células nucleadas, propulsaban a su
termoplasma asociado hacia aguas dulces, ácidas y ricas en azufre. El
termoplasma, a su vez, con su producción de sulfuro de hidrógeno (H 2S)
altamente reducido, que «barre» el oxígeno, protegía a la espiroqueta de este
gas que, en aquel momento de la historia del planeta (hace unos 2.500 millones
de años), se estaba convirtiendo en una toxina medioambiental cada vez más
importante.
A medida que la ágil espiroqueta nadadora se iba vinculando cada vez más a
su Thermoplasma amante del azufre, evolucionó la célula
compuesta, la quimera. En su interior evolucionó un nuevo sistema de orgánulos,
denominado cariomastigonte, en respuesta al imperativo de la integración
simbiótica. En la historia de la vida sobre el planeta, las asociaciones que
mantienen unidas a células distintas en alianzas permanentes, han evolucionado
en numerosas ocasiones. Pero aun aceptando la idea del consorcio bacteriano (Thermoplasma y Spirochaeta),
¿cómo imaginar la transición de aquella quimera bacteriana hasta convertirse en
un protista genuino, con su núcleo bien desarrollado? La clave está en la
estructura misma de esta célula, bien conocida desde principios del siglo XX.
El cariomastigonte, el núcleo, su conector proteináceo con el cilio o «látigo»
(undulipodio), y el propio undulipodio, comprenden un sistema de orgánulos
presente en muchas células y habitualmente ignorado. Su importancia evolutiva
no ha sido reconocida hasta hace poco, y gracias a nuestro colega Michael
Dolan, anteriormente estudiante de doctorado en la Universidad de
Massachusetts. Dolan explica claramente por qué y cómo las primeras células
eucarióticas contenían el cariomastigonte con su «conector nuclear». Esa parte
del cariomastigonte es una cadena proteica que liga al orgánulo de motilidad
—la anterior espiroqueta eubacteriana— al resto de la célula. En opinión de
Radhey Gupta y Dennis Searcy, el resto de la célula era anteriormente una arqueobacteria
independiente. Searcy, que señala el modo como el ADN está ligado a las
proteínas, así como el modo en que sus células se mueven y se adhieren al
azufre, declara, basándose en estos y otros argumentos, que el antepasado
arqueobacteriano se parecía a la actual Thermoplasma. Estamos de
acuerdo.
Tal como lo vemos, el propio núcleo envuelto en membrana evolucionó a partir de
una fusión del ADN de la quimera. La unión entre los ADNs de la Thermoplasma y
la Spirochaeta, otrora independientes, ocurrió como cualquier otro
apareamiento entre bacterias: con la bien conocida transferencia de ADN de una
procariota a la otra. La arqueobacteria Thermoplasma y la
eubacteria Spirochaeta, al estilo típico de recombinación
bacteriana, unieron sus ADNs creando un único genoma. Las células dentro de
células proliferaron membranas. El nuevo núcleo, que definía a la nueva
quimera, estaba rodeado por membranas y unido, desde el principio, al orgánulo
de motilidad, la anterior espiroqueta. Ésta evolucionó hasta convertirse en el
undulipodio, una estructura con muchos alias: cilios, flagelos eucarióticos,
colas de esperma. Esta estructura celular móvil presenta un patrón
característico y bien conocido de túbulos minúsculos [9(2)+2] sobre cuyo pasado
común todos parecen estar de acuerdo. El sistema de orgánulos (núcleo, conector
nuclear, undulipodio compuesto por cinetosomas y sus tallos axonémicos) fue
nombrado «cario mastigonte» (de karyo = semilla y mastigont =
látigo) por quienes lo vieron por primera vez. En 1933, el microscopista alemán
Robert Janicki lo incluyó en la descripción de sus diminutos protistas mótiles,
pero no sería hasta que Harold Kirby (1900-1952), zoólogo de la Universidad de
California y presidente del Departamento de Zoología de Berkeley hasta su muerte,
trabajara sobre el cariomastigonte, cuando llegaríamos a comprender lo que hace
realmente.
Creemos ahora que comprendemos cómo evolucionó el núcleo, principalmente
gracias al trabajo pionero de Kirby. El núcleo se originó como parte del
cariomastigonte, pero luego quedó en libertad. La razón por la que creemos
comprender los orígenes del núcleo consiste en que algunos de los organismos
hoy en día vivos se comportan del mismo modo en que creemos que lo hicieron sus
antepasados. Debemos reconstruir la historia evolutiva a partir de indicios
vivos que consideremos representativos. La novedad evolutiva consistente en la
célula nucleada se comprende mejor cuando se la considera como el producto
histórico de asociaciones y simbiosis, de fusiones bacterianas de ADN cuyos
productos (proteínas, ARN, lípidos) interactuaron, generando estructuras
emergentes. Las mutaciones aleatorias tan sólo refinan y alteran el cambio a
nivel de especie, pero no lo provocan. Las simbiosis dilatadas condujeron a la
simbiogénesis, al origen de nuevos orgánulos, nuevos sistemas organulares,
nuevos tejidos, nuevos órganos, nuevos organismos y nuevas especies. La
simbiogénesis —la herencia de genomas adquiridos—, principalmente entre
bacterias u otros microbios, constituye la fuente mayoritaria de innovación
evolutiva. La selección natural dirige la evolución a través de la propagación
y eliminación de lo que ya tiene. Sin embargo, la simbiogénesis —como en el
caso de la fusión de una arqueobacteria y una eubacteria en la quimera de Gupta—
constituye el principal proveedor de materia prima, entre la que la selección
natural se encarga de elegir.
§. La liberación del núcleo
El cariomastigonte, ese extraño sistema organular común a los protistas y al
esperma, se compone de un undulipodio (al menos un cinetosoma-centriolo
[9(3)+0] y su correspondiente tallo [9(2)+2], el axonema) conectado al núcleo
por el rizoplasto o «conector nuclear». Ver una versión simplificada en la
figura 9.3.
Figura 9.3 Un cariomastigonte (izquierda) comparado con un acariomastigonte
(derecha). (Protistas seleccionados útiles para la reconstrucción de la
evolución del cariomastigonte, aquí descrita).
Para
comprender cómo evolucionó el núcleo celular necesitamos comprender antes el
cariomastigonte y dos de las estructuras con él relacionadas: el
«acariomastigonte» (mostrado en la figura 9.3) y la «paradesmosa», de la que
hablaremos más adelante. No se trata de términos que hayamos inventado con el
objetivo de ahuyentar a los lectores o desanimar a los biólogos celulares en
potencia sino que, creados por los esforzados biólogos de antaño para tratar de
describir lo que veían, dichos términos datan de principios del siglo XX. Por
aquellos tiempos, los investigadores trataban de comprender el crecimiento de
los cuerpos compuestos por células, cómo éstas se «multiplicaban por división».
Seguimos necesitando de esos términos para comprender, en primer lugar, cómo
surgió esta clase de células. Janicki, Harold Kirby, D. H. Wenrich y sus
coetáneos crearon estas etiquetas para describir las estructuras móviles que
distinguían en las células vivas y en sus preparaciones tintadas. Aquellos
investigadores las consideraban como requisitos previos a la comprensión de la
individualidad, la reproducción, la sexualidad, el género y otros procesos
fundamentales de la vida de nuestros antepasados unicelulares. Tan sólo ahora,
casi un siglo después, podemos encontrar el sentido para la evolución del
cariomastigonte, del acariomastigonte y de la paradesmosa, de esa plétora de
túbulos, fibras, membranas, orgánulos y sistemas organulares completos de
humildes protistas.
La cuestión fundamental es nuestra idea de que el cariomastigonte
(cinetosoma/centríolo-conector nuclear-núcleo) constituye una estructura
«emergente» que se formó por primera vez en la primera de las eucariotas. ¿Por
qué? El sistema organular fue seleccionado con el objetivo de prevenir la
pérdida del látigo celular, del orgánulo nadador que la quimera necesita, tanto
para evitar con rapidez el oxígeno como para obtener alimento. Tuvo que existir
una fenomenal presión evolutiva para que los genes de la arqueobacteria
original (como la Thermoplasma) se adhirieran a los de su
eubacteria asociada (como la Spirochaeta) tan fuertemente, que ni
siquiera la muerte pudiera separarlos. En resumen, el cariomastigonte
constituye el legado del imperativo original, para los miembros de toda
asociación simbiótica, de permanecer unidos y de ser heredados juntos. El
cariomastigonte comenzó con su bolsa membranosa en la que sus dos socios
bacterianos depositaron sus genes: el núcleo. En algunos linajes, el
cariomastigonte se atrofió y dejó tras de sí a cinetosomas proliferando en el borde
de la célula. En otros el cariomastigonte entero se reprodujo mucho más deprisa
que su citoplasma, generando nuevas especies de células con ocho, treinta o
incluso mil cariomastigontes.
Figura 9.4. Snyderella tabogae (muchos núcleos libres y aún más
acariomastigontes).
Este
último caso implica como mínimo cuatro mil cinetosoma/centríolos, mil
conectares nucleares y mil núcleos. Cada cariomastigonte está unido a su núcleo
por su correspondiente conectar nuclear. En otras líneas de descendencia el
cariomastigonte se reprodujo más deprisa de lo que podía hacerlo su núcleo. De
ahí evolucionaron nuevas especies con centenares de «acariomastigontes» por
célula. El acariomastigonte es el mismo sistema organular que el
cariomastigonte, pero con un gran espacio redondo en el interior de la célula,
rodeado de túbulos y fibras, allí donde tendría que haber estado el núcleo.
En otros linajes celulares protistas, como el que desembocaría en la Snyderella(figura
9.4), el núcleo se desvinculó de su cariomastigonte original, permitiendo la
proliferación de acariomastigontes. En este linaje, los acariomastigontes —cada
uno con su correspondiente undulipodio— proporcionaron presumiblemente mayor
poder natatorio a sus células portadoras. El resultado fue la evolución de una
célula gigante cargada de núcleos libres y de aún más acariomastigontes.
Nuestro relato evolutivo, en el que el cariomastigonte (el núcleo amarrado)
precede al núcleo liberado, queda reforzado con la observación de laGyronympha.
Este género de multinucleados, pariente de la Snyderella, contiene
numerosos acariomastigontes y núcleos libres (sin atar, excepto en la división
celular). Casi como si se hubiera olvidado de desprenderse de ellos, la Gyronympha retiene
también unos pocos cariomastigontes (núcleos amarrados). Una vez que se ha
conseguido evolucionar buenos planos corporales, ¿para qué prescindir de ellos?
Investigadores pioneros, como Janicki, Kirby y Lemuel Roscoe Cleveland,
estudiaron lo que ellos denominaban animales primitivos o protozoos, para
tratar de averiguar cómo había evolucionado la vida animal. Describieron al
cariomastigonte con su núcleo vinculado, así como los cambios que se producían
a medida que aquellas «células animales simples» crecían y se dividían. Primero
se reproducía el «centro de la célula», el cinetosoma/centríolos en la base del
undulipodio. Dos se convertían en cuatro y cuatro en ocho. La mayoría de
células de algún interés estaban relacionadas con la Trichomona
vaginalis, causa de un picor vaginal muy molesto. Éstas tendían a presentar
cuatro cinetosomas/centríolos en la base de cuatro tallos. En la división
celular, estos cuatro se convertían a menudo en ocho, con una fina fibra que
separaba los viejos de los nuevos. Esta fibra se prolongaba en una línea que
los primeros biólogos denominaron «paradesmosa» (de para =
junto a, a lo largo de, y desmosa = conector). El modo en que
el cariomastigonte se convierte en la paradesmosa cuando la célula se divide
fue bellamente demostrado por Kirby. Los núcleos, a veces centenares en una
sola célula, adoptaban forma de pesa de gimnasia. Se estrechaban para
duplicarse. Luego, el núcleo viajaba hasta la paradesmosa y se montaba en ella
a medida que ésta se iba estirando hasta que, finalmente, ésta transportaba a
cada uno de los dos núcleos descendientes a ambos lados opuestos de la célula,
que iban a convertirse en dos. En ausencia de la paradesmosa alongada, los
núcleos se dividían pero no se separaban. Eso hizo que Kirby considerara a la
paradesmosa como una especie de huso mitótico. Al igual que sucede con el huso
mitótico de los animales, la paradesmosa duplica sus cinetosomas/centríolos,
crece, se alarga y se disuelve. Como el huso, también la paradesmosa actúa
separando sus núcleos descendientes durante la división celular.
El microscopio electrónico confirma la visión de Kirby. Demuestra que la
paradesmosa está compuesta por microtúbulos de una media de 240 micrómetros de
diámetro (24 nanómetros), exactamente igual que el huso. La estructura consiste
en una delgada y primera versión del huso mitótico. Consideramos que el
cariomastigonte de la célula que no se divide y la paradesmosa que forma
durante la división, son herencias de la fusión simbiótica entre
arqueobacterias y eubacterias. La paradesmosa es la estructura proteica que
garantiza que los genomas de las bacterias asociadas, antes independientes,
sean heredados juntos. Fue precisamente esta distinción la que convirtió en
permanente a la alianza entre eubacterias y arqueobacterias.
Parte
IV
Consorcios
Contenido:
Ladrones
de nematocistos
Un calamar luminoso
Los olénidos de Fortey
Donald
I. Williamson, de la Universidad de Liverpool, ha pasado toda su vida
profesional en el Laboratorio Marino de Port Erin de la isla de Man. Allí,
desde el aislamiento de su banco marino, ha formulado «un proceso a saltos en
la evolución animal, que opera con independencia de la acumulación de
mutaciones y de la selección».
Resumida a su esencia, lo que la declaración de Williamson nos dice es que los
cambios evolutivos importantes en los invertebrados —y casi todos los animales
lo son— emanan de la herencia de genomas adquiridos. Williamson argumenta que
los genomas que determinan las formas animales larvales difieren de las que
determinan su forma adulta y no proceden del mundo microbiano, sino que su
origen debe buscarse en otros animales. A diferencia de los genomas ajenos
llamativamente coloreados —habitualmente en verde—, que delatan la presencia de
bacterias fotosintéticas en algas y plantas, la transferencia entre animales de
genomas acuosos e incoloros que defiende Williamson tiende a ser pasada por
alto.
Williamson explica que el origen de las larvas —formas inmaduras de insectos,
estrellas de mar y de tantos otros moradores de los acantilados y los lodos
marinos— habla de extrañas y arcanas simbiosis tan integradas, que de ella
quedan tan sólo oscuros indicios. «Discuto la presuposición, ampliamente
aceptada, de que las larvas y sus correspondientes adultos han evolucionado
siempre dentro de un mismo linaje, y presento mi hipótesis alternativa de
transferencia larval —escribía en el 2001 en el Zoological Journal
ofthe Linnean Society—. [Mi] hipótesis nació de la convicción de que la
evolución enteramente dentro de linajes separados resulta inadecuada para
explicar la distribución de tipos larvales en el reino animal, así como de que
los métodos de metamorfosis que vinculan las fases sucesivas del desarrollo no
podrían haber evolucionado simplemente por selección natural y mutaciones
aleatorias. Subrayo, sin embargo, que no propongo la transferencia larval como
substituto de la selección natural. Adultos y larvas han evolucionado
gradualmente por medio de “descendencia con modificación” pero, de forma
sobrepuesta a este proceso, genomas enteros han sido transferidos por
hibridación».
Williamson postula que los encuentros sexuales, ya sea por fertilización
externa (huevos puestos y fertilizados en el agua) o interna (entrada de
esperma en el cuerpo de la hembra con ayuda del pene del macho), ocurrieron en
ocasiones entre individuos de clase y filum muy distintos con
un éxito espectacular en algunas ocasiones. Estos apareamientos exitosos entre
animales muy distantemente emparentados se dieron con muy poca frecuencia, unas
treinta o cincuenta veces en 541 millones de años. Esto significa que un
apareamiento exitoso y fértil ocurre aproximadamente tan sólo una vez cada 10
millones de años. Williamson toma la sucesión, dentro de un mismo proceso de
desarrollo, de dos o más formas corporales distintas (larvas de una clase que
se convierten en adultos de otra) como prueba directa de la presencia de genomas
distintos pero integrados (heterogenomas).
Los datos que llevaron a Williamson a esta sugerencia radical ocupan mucho
espacio en la bibliografía de la zoología marina. Adultos extremadamente
diferentes (erizos, estrellas) comparten tipos de larva casi idénticos
(denominados plúteos), mientras que adultos próximamente emparentados (una
segunda especie de erizo de mar u otra estrella) se desarrollan a partir de
larvas completamente distintas (bipinnarias). Williamson cita a la gran zoóloga
Libby Hyman, de la Universidad de Chicago, y a su obra de cuarenta volúmenes
sobre los cincuenta filia de animales, publicada en el año
1940. Al describir a los miembros del filum de los
celentéreos, Hyman escribió: «Hidroides a menudo próximamente emparentados
producen medusas muy diferentes y viceversa, de modo que las medusas pueden ser
clasificadas en familias distintas a partir del hidroide del que proceden».
Los encuentros sexuales fértiles entre animales adultos de linajes muy
distintos han sido presenciados al menos en una ocasión: machos de erizo marino
(Echinus esculentus, animal del filum de los
equinodermos) fueron vistos por Williamson fertilizando huevos de cordado. (El
de los cordados es nuestro supetfilum. En la actualidad, los
animales conocidos con cráneo están ubicados en el filum de
los craneados, dentro del supetfilumde los cordados. Este incluye
toda la «megafauna carismática»; tigres, caimanes, tortugas de las Galápagos,
elefantes, tiburones, cóndores gigantes, etc.). El cordado madre cuyos huevos
fueron fertilizados por erizos de mar era el Ascidia mentula. No
sólo los huevos fertilizados sobrevivieron a aquella extraña unión, sino que se
convirtieron en larvas completamente fértiles, en formas inmaduras denominadas
plúteos. Sin embargo, y a diferencia de los erizos de mar normales, la mayoría
de estas larvas nacidas de los huevos anómalos de cordado no consiguieron
desarrollar órganos adultos normales. En lugar de brazos larvales produjeron
esferoides: se convirtieron en animales redondeados, cada uno de ellos con un
disco adhesivo. Este comportamiento es desconocido en el desarrollo normal de
los huevos de Echinus fertilizados. El Ascidia, en
cambio, produce siempre discos adhesivos, que le permiten al animal adulto
adherirse a la roca u otro sustrato sólido, tras superar la fase larval en
forma de renacuajo. Algunos de estos híbridos entre filiasobrevivieron
hasta noventa días después de salir del huevo. Unas pocas larvas desarrollaron
órganos rudimentarios típicos de su padre erizo y, transcurrido un plazo de
entre treinta y siete a cincuenta días, se convirtieron en erizos de aspecto
enteramente normal, como si su herencia cordada hubiera desaparecido
definitivamente. Cuatro años más tarde, los tres erizos supervivientes
produjeron huevos. Williamson fertilizó estos huevos de híbrido con esperma de
erizo marino en libertad. De esa fecundación resultaron larvas plúteas
normales. Incluso su ADN ribosómico y mitocóndrico era típico del Echinus.
Aparentemente, en los animales que habían desarrollado la forma de erizo adulto
únicamente había sobrevivido el genoma equinodermo paterno. Sin embargo, en la
mayoría de descendientes esferoides, había prevalecido el genoma de la Ascidia
méntula. Este extraño cruce de filia es análogo a los
experimentos ordinarios de cruce de Mendel dentro de una misma especie, donde
el rasgo que aparece en el híbrido no refleja el gen recesivo, sino el
dominante. Sólo que, en el caso del cruce de filia entre
el Echinus y el Ascidia, un genoma haploide
completo, cruzado con otro genoma haploide completamente distinto, revela cuál
de los genomas completos domina en primer lugar: el del erizo de mar. El
desarrollo posterior se produce de tal modo que la «dominancia genómica» se
relaciona con el estado en la historia de la vida.
En el caso de este cruce entre erizo marino macho y hembra de Ascidia,
el genoma haploide paterno predomina y el materno desaparece. Aunque se intentó
el cruce genómico inverso, es decir, de un padre Ascidia con
una madre Echinus, nunca prosperó. Una gran oportunidad para
estudiar el apareamiento ilegítimo, es decir, la hibridación entre distintos
yifia, espera al genetista zoólogo (¿o tal vez deberíamos decir genomicista?)
animoso que se decida a emprender esta línea de investigación.
La realidad del cruce genómico está clara para Don Williamson. Ha sido testigo
de la hibridación entre animales que no solamente no pertenecen a la misma
especie, sino tampoco al mismo género, a la misma familia, al mismo orden, a la
misma clase, ni siquiera al mismo filum. La gran inferencia
consiste en que, hace unos 225 millones de años, ocurrieron fusiones de este
tipo entre equinodermos tales como ciertas estrellas de mar. Algunas de ellas
carecen, aún hoy, de estado larval, desarrollándose como adultas directamente
desde el huevo. Otras en cambio, como atestigua Williamson, adquirieron genomas
completamente nuevos por medio de la fusión. Fueron adquiridas algunas clases
de nadadores de plancton adultos, y éstos dieron pie a formas larvales en
estrellas de mar que antes carecían de ellas. De hecho y según Williamson,
todos los equinodermos carecían de larvas hasta inmediatamente después de la
mayor extinción de especies de la historia de la vida, la permotriásica que
ocurrió hace 225 millones de años. Al comenzar el Mesozoico, los equinodermos
supervivientes fértiles de diversas clases adquirieron y retuvieron de forma
independiente a adultos con los que se habían apareado ilegítimamente. Como
Williamson ha demostrado, esta tendencia hacia la promiscuidad y los gustos
exóticos no ha desaparecido del todo. Los equinodermos hoy existentes podrían
muy bien seguir siendo capaces de adquirir larvas de urocordados como la Ascidia,
con su simpática forma de renacuajo del que brotan discos adhesivos cuando
llega el momento de pasar a la vida adulta.
Williamson ha ampliado su teoría. En su libro de 1992 sobre larvas
incongruentes, teorizaba que tan sólo determinadas especies, distribuidas en
ocho filia, habrían adquirido sus fases larvales por transferencia.
Ahora, en cambio, asegura que todas las especies productoras de larvas, incluso
las orugas y otros animales terrestres, adquirieron genomas ajenos en algún
momento de su historia. Williamson cita itinerarios de desarrollo altamente
complejos desde larvas múltiples hasta la fase adulta, por ejemplo en la gamba
decápoda de la familia de los sergéstidos. Este crustáceo metamorfosea cuatro
veces durante su desarrollo desde el huevo hasta un animal adulto con diez
patas. Las cuatro larvas son planctónicas, lo que dificulta la comprensión
sobre cómo se acumularon las mutaciones que las generaron en un medio uniforme
(los protoctistas y los animales bentónicos, es decir, que viven en el suelo
del océano, tienden a ser mucho más variados que sus parientes planctónicos,
tanto en el presente como en el registro fósil). Numerosas gambas decápodas
mueren durante la metamorfosis, lo que denota una intensa selección en los
híbridos, pero las que sobreviven se transforman de huevo a naupliomorfo, a
plenocárido, a misidáceo, a mastigopoido y a adulto sergéstido. Esta plétora de
transformaciones larvales en una misma gamba decápoda le sugiere a Williamson
la persistente presencia del pasado. La gamba sergéstida —sugiere— adquirió,
integró y puso a trabajar al menos cuatro genomas intactos. Para Williamson, la
herencia de estos genomas adquiridos —que no mutaciones aleatorias— determina
el éxito evolutivo de esta gamba hasta nuestros días.
En sus seminarios, Williamson gusta de mostrar una transparencia del conocido
árbol de las familias animales de Ernst Haeckel, del siglo XIX. Este árbol
expresa únicamente diversificación, ramas que se subdividen en otras. No se
describe en él ninguna fusión y mucho menos ningún cruce entre animales
asignados a distintos filia. Por supuesto —admite Williamson—,
Haeckel demostró ser un científico esforzado y muy creativo, « ¿Pero por qué
—se pregunta Williamson—, habida cuenta de que Haeckel diseñó su filogénesis
basándose en datos recopilados antes de 1880, debería seguir estando hoy en lo
cierto?». La pregunta planea en la sala junto con la transparencia de la
zoología haeckeliana. «Échenle un buen vistazo a esta filogenia —le dice
Williamson a su reducida y atenta audiencia— porque está a punto de
extinguirse».
Tras estudiar a las larvas en el mar, en el laboratorio y en la biblioteca,
Williamson ha acumulado numerosas razones para dudar de que animales marinos de
tipos ampliamente distintos, hayan evolucionado por mutación aleatoria a partir
de larvas extraordinariamente parecidas, cuando no idénticas. Williamson
rechaza el árbol de Haeckel y el estilo de pensamiento neodarwinista. En su
lugar postula la adquisición, integración y herencia de genomas entre
supervivientes, como la norma general en la evolución de animales con larvas
anómalas. Las fuentes de las diversas larvas —concluye Williamson— son varias.
Incluyen rotíferos, que dieron lugar a las larvas trocóforas de anélidos y
moluscos. Los onicóforos adultos, conocidos como «gusanos de terciopelo», se
parecen sospechosamente a las orugas. Tal vez —sugiere Williamson—
proporcionaron sus genomas larvales a lepidópteros (polillas y mariposas), a
algunos neurópteros (como las moscas-escorpión) y a la mayoría de himenópteros
(abejas, avispas) asignados al suborden de sínfitos (ver figura
10.1).Presumiblemente los demás subórdenes de himenópteros, con larvas
completamente distintas, no eligieron las mismas parejas. Miembros de distintos
órdenes de insectos adquirieron genomas onicóforos por hibridación.
Los renacuajos expanden el catálogo de Williamson. Los larváceos
(apendicularios) de nuestro superfilum de los cordados,
clasificados con los ascidios como urocordados (cordados con cola), no
metamorfosean en absoluto, sino que permanecen como renacuajos toda su vida,
incluyendo la fase reproductora de la misma. Las larvas renacuajo —argumenta
Williamson— fueron adquiridas cuando larváceos adultos consiguieron donar con
éxito sus genomas, probablemente por hibridación, a los ascidios, que presentan
larvas peculiares en forma de pez. En general y según Williamson, los metazoos
adultos que se desarrollaron directamente a partir del huevo precedieron en la
evolución a cualquier forma larval. Esta opinión es verificable: de ser
correcta, el registro fósil debería revelar, de forma rutinaria, que los
adultos precedieron a las larvas. Es más, puesto que las mismas clases de
larvas se han interpuesto entre diferentes linajes en distintos momentos del
eón Fanerozoico, algunas larvas deberían haber sido adquiridas por linajes
ajenos incluso muy recientemente.
Figura 10.1 Las «larvas transferidas» de Williamson.
Williamson
urge a que, mediante del estudio de estas adquisiciones genómicas por medio de
la biología molecular, los investigadores verifiquen su teoría de transferencia
larval. En nuestra opinión, estas ideas «radicales» merecen un escrutinio
cuidadoso e intenso. De resultar acertadas, las ramas de los árboles evolutivos
no tan sólo se bifurcarían sino que también se fusionarían, se anastomizarían
como en el caso de líquenes y animales fotosintéticos, decididamente
simbiogenéticos. La evolución animal se parece a la de las máquinas, en la que
las máquinas de escribir y las pantallas de tubos catódicos se unieron para dar
pie al ordenador, o los motores de combustión interna y los carruajes
desembocaron en el automóvil. El principio es él mismo: partes bien
desarrolladas se unen para formar un todo completamente nuevo, como en el caso
de los seis estados distintos del desarrollo de la gamba decápoda, desde el
huevo hasta el animal adulto.
§. Ladrones de nematocistos
Examinaremos tan sólo dos ejemplos más de herencia de genomas adquiridos en
animales marinos. En ambos casos, los detalles de la fusión nos ayudarán a
comprender el potencial de la evolución a saltos, de la especiación rampante y
de la apariencia de taxones genuinamente novedosos. Observaremos los
hidramedusoides del filum cnidarios y, dentro de los moluscos,
a los cefalópodos que se desarrollan directamente a partir del huevo y brillan
en la oscuridad: Euprymna scolopes.
Al filum de los cnidarios pertenecen las hidras de agua dulce,
la fisalia o carabela portuguesa, los sifonóforos de las chimeneas de las
profundidades marinas y las anémonas en forma de flor de los charcos de marea.
Todos los miembros de esta antigua división animal tienen células urticantes
activadas por disparadores, que dan muy mala fama a todo el filum.
Estas células urticantes, denominadas nematocistos, son complicados sistemas de
orgánulos empaquetados dentro de células especializadas denominadas
cnidocistos. Durante muchos años, los ctenóforos estuvieron agrupados junto con
los hidromedúseos en el filum único de los cnidarios,
fundamentalmente por la semejanza de sus respectivos nematocistos. Puesto que
los ctenóforos, con sus largas extensiones repletas de cilios densamente
apretujados, tienen muy poco más en común con los hidromedúseos de generación
alterna, aparte de sus células urticantes, los dos filia han
sido separados de nuevo en celentéreos (hidromedusoides) y ctenóforos.
Elie Metchinikoff, descubridor ruso de las células macrófagas comedoras de
bacterias en la sangre de los cangrejos, solía pasar sus veranos en el sur de
Italia, en el estrecho de Messina, que separa a Reggio di Calabria de Sicilia.
En la última parte del siglo XIX había allí una excelente base naval construida
por la armada del zar. Como muchos otros biólogos prosoviéticos, Metchinikoff
podía llevar a cabo sus investigaciones en un enclave vacacional europeo. Antes
de la Gran Guerra, muchos científicos rusos o de otros países del Norte
contribuyeron enormemente a las investigaciones biológicas marinas desde esta
clase de emplazamientos veraniegos privilegiados.
La brillante contribución a la ciencia de Metchinikoff, derivada principalmente
de su estudio de las células fagocíticas del cangrejo, incluye no tan sólo la
teoría celular de inmunidad, sino también su insistencia sobre la sorprendente
falta de correlación en la clasificación de los hidrozoos. Estos celentéreos se
parecen a la Hydra aunque, sin embargo, su historial incluye
también una fase de «cuenco invertido», al estilo de las medusas. La fase
hidroide de algunos de ellos se correlaciona perfectamente con la fase medusa
del mismo animal, mientras que en otros las dos etapas no tienen la menor
relación entre sí: la medusa que se les parece pertenece a una especie
completamente distinta. Williamson sugiere que esta incongruencia entre
clasificación adulta y larval no es más que otro caso de adquisición de un
conjunto de genomas (los hidroides) por otro conjunto (los medusoides). La
alternancia de generaciones hidroides con medusoides es enteramente diploidea:
en todos los historiales, tanto del hidroide con tentáculos, como de su
alternativa medusoide de cuenco invertido, son diploides. En otras palabras,
todas las células de su cuerpo tienen dos conjuntos de cromosomas. Williamson
afirma que su idea de que estas historias personales no siempre estuvieron
unidas ayuda a explicar por qué algunos hidrozoos carecen totalmente de estado
medusoide, mientras que otras «hidromedusas» no tienen ninguno. Explicaría
también por qué, en un mismo individuo celentéreo (con ambas etapas en su
desarrollo) se puede comprobar que los medusoides se mueven por separado de los
hidroides. Este comportamiento independiente implica separación de conexiones
nerviosas, como si estuvieran presentes simultáneamente, en el mismo individuo,
dos sistemas nerviosos completamente distintos. «Las dos formas corporales se
originaron como los genomas de dos animales originariamente independientes»,
escribió Williamson. Mientras que la construcción de una forma corporal única
de hidroide o medusoide implica el habitual genoma único diploide, la
ocurrencia de dos formas corporales distintas durante el desarrollo,
particularmente con movimientos musculares no relacionados, es considerada por
Williamson como un argumento en defensa de la fusión de dos genomas
anteriormente separados.
Mientras que esta tesis acerca del doble origen de los celentéreos es aún
debatible, la probabilidad de que las células urticantes —los nematocistos— de
los celentéreos fueran otrora organismos vivos autónomos, cuyos genomas fueron
adquiridos independientemente por ctenóforos e hidromedusoides, nos parece muy
plausible. El candidato a urticante independiente adquirido es un
microsporidio, bien descrito por Stan Shostak y Victor Kolluri en 1995.
En estos «animales gelatinosos» la especiación, e incluso el origen de taxones
más inclusivos, parece entenderse mejor como un efecto más de la herencia de
genomas adquiridos.
Las superficies de los hidroides que carecen de etapas medusoides, como los
tubulados, están típicamente recubiertas de urticantes. El término nematocisto
se refiere a la célula urticante allí donde resida. Los nematocistos ovales
tienen púas aguzadas con un tubo envenenado enrollado en su interior. Cada
célula está armada, lista para disparar. Cuando el disparador es estimulado
mecánicamente, los dardos con su veneno son proyectados para desgracia, y a
menudo muerte, de la presa o del predador potencial. La mayoría de criaturas
marinas se cuidan mucho de molestar a los bien protegidos hidroides.
Sin embargo, las babosas desnudas, moluscos sin cáscara denominados
nudibranquios eólidos, se alimentan sin peligro de hidroides armados de células
urticantes. En realidad casi no comen otra cosa. A menudo su color se asemeja
al de su alimento. Los miembros eólidos de esta familia de babosas hacen
ostentación de los bienes robados o, mejor dicho, de los genes robados. Estos
caracoles sin cáscara ingieren partes de los hidroides y digieren lo que no
necesitan guardar. Devoran todo el cuerpo de su presa menos las células
urticantes. Luego desactivan estas células de modo que nunca lleguen a
dispararse, algo así como tragarse una pistola cargada. Los nematocistos
completos viajan por el tracto digestivo como cualquier otro alimento, sólo que
de algún modo resisten a la digestión.
Figura 10.2 La nudibranquia Hermissenda, una ladrona de nematocistos.
Acaban
depositados en bolsas externas del intestino de la babosa, almacenados en
porciones distales transparentes del tracto intestinal, en forma de
protuberancias bien visibles. Estos «depósitos de nematocistos» altamente
modificados reciben la denominación de cerastes. Por supuesto, los nematocistos
desactivados nunca se disparan en el interior de sus bolsas. Nadie sabe con
seguridad cómo consiguen las babosas almacenar estas armas ajenas en su
interior sin que se disparen accidentalmente, o cómo eligen el tipo de
nematocisto que quieren coleccionar. Lo que sí está claro es que los brillantes
colores de las babosas, junto con sus cerastes ondulantes, son suficiente
advertencia para quien trate de comérselas. Las cerastes color naranja de
la Hermissenda crassicomis (figura 10.2), las protuberancias
color beige de la Cratena, o las manchas marrones de la Eubranchia son
instantáneamente reconocibles. Dentro de los gasterópodos, todos los miembros
del suborden de los eólidos juegan al juego del nematocisto. Todos ellos se
alimentan exclusivamente de hidroides cargados de nematocistos que nadie más se
atreve a comerse. Ninguna acumulación paulatina de mutaciones puede explicar
semejante adaptación. Más bien parece que el motor evolutivo haya sido la
adquisición y la retención cíclica de un genoma ajeno, el de las armas del
hidroide.
La subclase de moluscos opistobranquios, dentro de los que se ubica el suborden
de los eólidos, parece particularmente adaptada para sustraer genomas ajenos.
Los ascoglossa, otro orden de moluscos gasterópodos, tienden a ser
de color verde. Roban sus genomas a fotosintetizadores en lugar de
nematocistos. La observación de ochenta y seis especies probó que un 82% eran
ladrones de genomas teñidos de verde. Natural de las marismas saladas desde el
sur de Florida hasta Nueva Escocia, la Elysia chlorotica retiene
plástidos fotosintéticos de la Vaucheria litorea. Si le falta el
alimento externo, esta babosa puede vivir foto autotróficamente durante meses.
La Elysia tímida se alimenta exclusivamente de jóvenes Caulerpa,
un alga grande, verde y monocelular, reteniendo sus cloroplastos. Según el
investigador que la estudió, la supervivencia de esta Elysia«depende
por completo de su adaptación al ciclo vital del alga clorofícea Acetabularia
acetabulum». La Elysia tuca toleras las algas calcificadas
y recolecta sus cloroplastos de partes no calcificadas de la Halimeda
incrassata. Nos encontramos aquí de nuevo con la correlación entre especies
reconocidas y la clase de genomas que retienen.
§. Un calamar luminoso
La adquisición de un genoma ajeno —el de la gammaproteobacteria Vibrio
fischeri— convierte a un pequeño calamar en una estrella reluciente del
espectáculo nocturno (figura 10.3) en este caso, la relación genética es
poderosa: ningún calamar de esa especie carece de su complemento completo de
bacterias bioluminiscentes (luz fría).
Figura 10.3 El pequeño calamar luminoso Euphryma scoleps
Sin
embargo, hablar en este caso de «herencia» de bacterias adquiridas sería ir
demasiado lejos, habida cuenta de que la asociación es cíclica.
Los calamares nacen de huevos sin las bacterias. Excretan cada día el 90% de
sus habitantes bacterianos. Lo que realmente heredan de sus progenitores son
unos genes animales que controlan el desarrollo de un curioso tejido: un enorme
proyector de dos lóbulos, alojado en el vientre del calamar, una corteza
epitelial especial, un músculo translúcido modificado y un reflector oscuro que
dirige la luz fría. Con el paso del tiempo evolutivo, el cuerpo de este calamar
ha sufrido una transformación masiva para convertirse en receptáculo de sus
moradores bacterianos. Sin embargo, si no está presente en el medio la cepa adecuada
de bacterias vivas, potencialmente huéspedes, todo el órgano luminoso del
animal queda sin formarse.
Margarett McFall-Ngai y Ned Ruby mantienen una colonia de entre diez y doce
parejas de calamares en su laboratorio de la Estación Marina de Kewalo de la
Universidad de Hawaii. Estas parejas cautivas ponen unos 30.000 huevos al año.
En caso de que ocurra algún percance en los tanques, McFall-Ngai y Ruby no
tienen más que salir a la playa por la puerta del Pacific Biomedical Research
Center y coger ejemplares directamente del océano.
A diferencia de muchos de los moluscos de Williamson, el Euprymna
scolepscarece de etapas larvales. Los embriones se desarrollan durante unos
veinte días en las aguas del océano y, sin cuidados parentales, los calamares
salen del huevo al anochecer. Todos los recién nacidos exhiben órganos
luminosos tan sólo inmaduros.
El órgano luminiscente de la cría de calamar está recubierto de cilios. Un
anillo de cilios batientes empuja el agua hacia una serie de poros, tres a cada
lado del órgano. Cada poro lleva a un conducto y de allí a una cripta donde se
alojan las bacterias. El órgano luminoso del calamar está así dispuesto, con su
anillo de cilios, para sus residentes bacterianos, desde el momento en que el
animal sale del huevo. A las doce horas, la respiración del calamar y la
actividad de los cilios han capturado suficientes bacterias, que se alinean en
el espacio intercelular. La población de bacterias comienza entonces a crecer
por división hasta llenar el órgano. Tan sólo la adecuada cepa de Vibrio
fischeri puebla el órgano luminoso del Euprymna scoleps.
De algún modo, el calamar parece ser más apto que el mejor de los microbiólogos
para identificar y cultivar las bacterias adecuadas a partir de la mezcla
confusa de las aguas oceánicas. Unas doce horas después de haberse mudado a su
nuevo hogar, las bacterias envían un mensaje de muerte masivo e irreversible al
tejido del calamar que las alberga. Las células epiteliales de la superficie
ciliada mueren bajo esta orden. Unos cuatro días después de salir del huevo, no
queda sobre el calamar huella alguna de su anterior dispositivo de
«bienvenida». La señal es sutil e indirecta. Las bacterias tienen que penetrar
en la cripta nadando. Deben inducir un incremento cuádruple en el volumen de
las células epiteliales de la superficie del calamar. La cantidad de microvello
o pequeñas proyecciones de las superficies superiores de la cripta tiene que
incrementarse espectacularmente. Si los simbiontes bacterianos son eliminados
mediante calor o antibióticos, el juego termina de inmediato. El órgano
luminoso vuelve a su estado anterior, parecido al que tenía el calamar al salir
del huevo. Los genes bacterianos que codifican la proteína «adhesina» de la
membrana celular de la bacteria parecen ser los promotores del mantenimiento
del órgano luminiscente.
¿Por qué están los sistemas del calamar y de su bacteria residente tan bien
sintonizados para el desarrollo de ese enorme órgano luminoso? Aparentemente,
la razón es la «contrailuminación», una especie de camuflaje. Desde abajo,
tanto los predadores como las presas potenciales del calamar luminoso ven lo
que parece ser el cielo de la noche, en lugar del apetitoso vientre del
calamar. La luz ventral generada por las bacterias es de la misma intensidad, color
y distribución angular que la de la Luna y las estrellas. Mientras que durante
el día el calamar relleno de bacterias duerme en la arena del fondo, en sus
correrías nocturnas en busca de alimento revolotea iluminado a contraluz por
sus simbiontes bacterianos. La experimentación ha demostrado que los calamares
desprovistos de su apéndice luminoso son presa fácil de sus predadores
naturales. Aunque estos animales desprotegidos puedan sobrevivir sin problemas
en el laboratorio, en su medio natural no puede existir ningún Euprymna
scoleps sin la compañía de sus simbiontes.
§. Los olénidos de Fortey
Aún disponiendo de organismos vivos para su estudio, la inferencia de la
especiación y la evolución de taxones superiores por simbiogénesis está cargada
de dificultades. Esta dificultad es aún mayor cuando se trata de detectar la
simbiogénesis en el registro fósil cámbrico. Sin embargo, eso es precisamente
lo que ha hecho el paleontólogo británico Richard Fortey. Los trilobites de la
familia olénidos dejaron abundantes caparazones (recubrimientos corporales) en
los esquistos negros de finales del Cámbrico y del Ordoviciense (figura 10.4).
Los trilobites, una clase dentro del filum de los artrópodos, tenían patas con
articulaciones pero, a diferencia de sus parientes, los insectos y los
crustáceos actuales, no estaban recubiertos por quitina. Sus caparazones
estaban formados principalmente por carbonato cálcico. Estos animales llenaron
los mares del Paleozoico de una fascinante variedad. Algunos eran tan pequeños como
moscas, mientras que otros tenían el tamaño de una langosta grande; algunos
apenas se movían, otros eran asesinos rápidos y feroces. Hacia el período
Pérmico, hace 260 millones de años, todos se habían extinguido, tras haber
permanecido en escena durante unos gloriosos 300 millones de años, cien veces
más que nuestra especie, al menos de momento.
Figura 10.4 de Richard Fortey: Olenus en sus yacimientos
«No-hay-nadie-en-casa».
Los
trilobites olénidos medraron en los fondos marinos de todo el planeta durante
unos 60 millones de años. Se han clasificado sesenta y seis géneros distintos y
un total de más de cien especies. Sus restos fósiles más intensamente
investigados se hallan entre los sedimentos de Noruega y Suecia. Los restos de
los olénidos nos dicen que estos animales debieron cubrir el fondo marino en
manadas, desde lo que hoy es el norte de Francia hasta el de Noruega.
Prácticamente todos los trilobites exhiben una placa ventral denominada
hipostoma, que actuaba durante la manipulación del alimento. El primer y más
simple olénido, el mismísimo Olenus, tenía una hipostoma normal. En
una de las familias, la de los pelturinos, esta placa bucal se degeneró
completamente. Abundan las mudas articuladas intactas. Éste y otros indicadores
sugieren que los olénidos prosperaron en un entorno de aguas tranquilas. Es
más, sus mudas indican que se trataba de animales más bien aplanados, con
músculos axiales débiles. Al parecer vivían en lugares donde las corrientes de
fondo eran escasas. Los caparazones olénidos se encuentran piritizados, es
decir que el carbonato cálcico que los formó fue posteriormente embebido en
sulfuro de hierro —pirita—, también conocido como “el oro de los tontos”. La
pirita se forma inmediatamente cuando el sulfuro (gas H2S) entra en
contacto con agua rica en hierro. Fortey imagina que los trilobites olénidos
debían nadar en aguas tranquilas, ricas en sulfuro y pobres en oxígeno.
A diferencia de la mayoría de los demás trilobites, los olénidos tienen
cutículas extremadamente finas. Exhiben estructuras lamelares en forma de peine
denominadas «salidas». Algunos paleontólogos interpretan estas estructuras como
«ramas branquiales», como protecciones de las extensiones (branquias) que
«respiran» o intercambian gas disuelto en los peces con agallas parecidas. A no
dudar, estas extensiones incrementaron en gran medida la superficie de contacto
con aquel agua rica en sulfuro. Fortey, que trabaja desde muy pronto por la mañana
hasta bien entrada la noche con estos fósiles en el departamento de Historia
Natural del Museo Británico en Kensington, Londres, sugiere que todos los
trilobites olénidos tenían simbiontes bacterianos. Como sucede con las actuales
lombrices tubiformes de las chimeneas submarinas (vestiminíferas), diversos
géneros de anélidos (lombrices segmentadas) y moluscos bivalvos con
asociaciones simbióticas extremadamente desarrolladas, en el caso de los
trilobites podemos tomar los cambios morfológicos como indicadores de
simbiotrofia. Los animales vivos que cultivan tales simbiontes bacterianos en
sus tejidos muestran signos distintivos de su asociación. Como en el caso de
los fósiles de Fortey, muchos han modificado su boca u otras partes de su
aparato digestivo. Algunos portan trofosomas (órganos para almacenar bacterias)
hipertrofiados o lámelas branquiales. Por otro lado, los animales asociados a
bacterias tienden a reproducirse en grandes números.
Algunos olénidos tienen bolsas de incubación espectacularmente grandes. Fortey
sugiere que las larvas (crías) de trilobite eran protegidas dentro de tales
bolsas, hasta que hubieran cultivado suficientes simbiontes bacterianos
fijadores del dióxido de carbono y oxidantes del sulfuro, como para poder vivir
de forma independiente. En la Gran Cantera de Andrarum, Suecia —los «esquistos
de alumbre» del Cámbrico superior, hace 505 millones de años—, la que se conoce
como zona Olenus ha sido investigada con detalle por Euan N.
K. Clarkson, de la Universidad de Edimburgo. A lo largo de un metro y medio de
una sección de esquisto, puede verse una clara correlación entre la presencia
de pirita —sulfuro de hierro— y dos especies de olénidos: O. truncatus y O.
wahlenbergi. Cuando la pirita desaparece, los olénidos también, y les
sustituye un fósil ostrácodo. Cabe deducir que el Cyclotron, una
especie de crustáceo marino, evitaba las aguas ricas en sulfuro y vivía allí
donde el oxígeno hacía la vida soportable. Al parecer, dominaba allí donde
podía respirar oxígeno. Los olénidos, en cambio, huían de cualquier fuga de
este gas. Fortey cree que estos antiguos trilobites construyeron sus
caparazones gracias a los favores autotróficos de las bacterias fijadoras de dióxido
de carbono que vivían en su cuerpo. Los olénidos cultivaban bacterias, del
mismo modo que la Staurojenina de Andrew Wier (ver capítulo 7)
y los calamares hawaianos luminosos de Margaren McFall-Ngai y Ned Ruby. Las
bacterias oxidantes del sulfuro fijan el carbono como lo hacen las plantas y
las algas, pero no crecen en presencia de oxígeno gaseoso. En los olénidos de
Fortey, estas bacterias pudieron incluso existir en cultivo puro dentro del
cuerpo de los trilobites. De este modo, 500 millones de años antes de Louis
Pasteur y sin siquiera la ventaja del lenguaje, los artrópodos marinos olénidos
parecen haber desarrollado la capacidad de cultivar bacterias. Aquel arreglo
conveniente les ahorró a los trilobites el engorro de buscar comida. Las
bacterias oxidantes de sulfuro parecen haber servido bien al imperativo
reproductor de los olénidos, puesto que este gran suborden generó sesenta y
cinco géneros y tal vez un centenar de especies. Bajo aquellas condiciones de
abundancia de azufre y escasez de oxígeno, los otros trilobites, carentes de
simbiontes bacterianos, se habrían asfixiado y muerto de hambre.
Capítulo 11
Proclividades vegetales
Contenido:
El
paraguas del pobre
La vida secreta del Geosiphon
Nichos fijadores de nitrógeno
§.
El paraguas del pobre
Las relaciones parasexuales fértiles con apareamientos extraños y teóricamente
estériles han sucedido a lo largo de la historia de la vida entre organismos
terrestres de diferentes especies… y siguen sucediendo hoy. La Gunnera
manicata, una herbácea de hojas enormes, crece en la selva bajo las nubes
que cubren los Andes. En Ecuador, a unos seis mil metros sobre el nivel del
mar, esta planta, a la que se conoce popularmente como «paraguas del pobre»,
mantiene una asociación con la cianobacteria Nostoc (figura
11.1).Esta bacteria contribuye a distribuir nitrógeno, siempre escaso, al resto
de miembros de la comunidad de la planta, infectando las glándulas de su tallo
e introduciendo sus filamentos en túneles especiales a lo largo de los pecíolos
de sus hojas. Allí, en colaboración con la planta, esta cianobacteria realiza
una fijación simbiótica del nitrógeno dentro de sus heterocistos. La Gunnera no
es, ni mucho menos, el único morador sedentario del planeta fertilizado de este
modo por cianobacterias; bien al contrario, esta clase de acoplamientos es
abundante.
Existen en la actualidad unas 10.000 cianobacterias distintas, identificables
tan sólo por unos pocos expertos. Es probable que, antes de que evolucionara
cualquier alga o planta, existieran muchos más tipos de cianobacterias que,
lamentablemente y al igual que tantos otros organismos del pasado, hoy están
extintas.
Figura 11.1 La Gunnera manicata y su cianobacteria simbionte.
Cuando
una o varias clases de cianobacterias quedaron sin digerir en los antepasados
de las plantas actuales, convirtiéndose en sus cloroplastos, dejaron fuera a la
mayoría de su parentela. Las cianobacterias internalizadas o bien perdieron, o
bien nunca tuvieron la capacidad de «fijar» el nitrógeno, de extraer del aire
el gas N2, químicamente refractario, e incorporarlo a los compuestos
orgánicos de su cuerpo. Para conseguir nitrógeno, los humanos comemos judías o
carne. Absorbemos nuestro nitrógeno fijado de los alimentos que ingerimos. Si
no comemos bien, sufrimos carencia de nitrógeno. A pesar de vivir bañados por
una atmósfera que es nitrógeno casi en el 80% de su composición, no hay forma
en que podamos compensar la carencia de nitrógeno en la dieta mediante su
absorción a partir del aire que respiramos. Esta capacidad de incorporar el
nitrógeno gaseoso en los compuestos químicos ricos en carbono del cuerpo,
pertenece exclusivamente a las bacterias. El metabolismo, el «saber cómo» a
nivel corporal, queda sencillamente fuera de nuestro alcance. Nunca evolucionó
en ningún otro reino de organismos pero, en cambio, son varios los tipos de
bacterias no fotosintéticas que lo poseen. Todas ellas contienen el conjunto de
genes «nitrogenasa», que permiten la fijación del gas nitrógeno, extremadamente
refractario, en compuestos aminoácidos solubles en agua.
Los 30 millones de especies de hongos, animales, plantas y protoctistas se
vieron forzados a adquirir el nitrógeno de sus proteínas por otros medios.
Algunos superaron su permanente deficiencia de nitrógeno uniéndose literalmente
a bacterias fijadoras de nitrógeno y adquiriendo sus genomas de forma temporal
o permanente. La consecuencia de este comportamiento condujo a nuevos taxones,
nuevas especies, nuevos géneros y, en algunas ocasiones, a familias y clases
nuevas. Describiremos aquí tan sólo algunas de las consiguientes novedades
evolutivas para apoyar nuestra propuesta de que la innovación evolutiva no
depende nunca exclusivamente de la acumulación de mutaciones aleatorias, ni
siquiera de la duplicación de genes bien desarrollados. En los casos que aquí
mencionaremos, el taxon en cuestión (plantas y hongos nuevos) evolucionó cuando
el hongo o la planta adquirieron e integraron de forma estable, a tiempo parcial
o completo, el genoma de una bacteria fijadora de nitrógeno.
§. La vida secreta del Geosiphon
El Geosiphon pyriforme, de unos pocos milímetros de altura, fue
descubierto a principios del siglo XIX en Neustadt, Alemania, por un profesor
de ciencias de educación secundaria, que recogió la «planta» en la tierra
empapada de la ribera del río y la registró en el herbario con el nombre de
«Botrydium». Estas diminutas vejigas en forma de pera, que suelen estar
reunidas en grupos de a tres a diez, son hoy en día extremadamente difíciles de
encontrar. Carecen de registro fósil y, de hecho, sólo han sido estudiadas en
Alemania y en la Europa Central. Nadie las ha visto nunca ni en América del
Norte o del Sur, ni en el Pacífico. Fritz von Wettstein, un excelente botánico,
volvió a etiquetar y rebautizó el organismo en el registro herbario cuando se
percató de su verdadera naturaleza. Ahora, tras muchos años de estudio tanto en
el laboratorio como en el campo, D. Mollenhauer ha conseguido por fin desvelar
la vida secreta del Geosiphon. Se trata de un organismo doble,
parecido a un liquen, con dos tipos distintos de antepasados. Uno de ellos es
un hongo que se parece al Endogone, al Glomus y a
otros miembros bien conocidos del filum fúngico zigomicetes.
El otro es la cianobacteria Nostoc, fijadora del nitrógeno. El
hongo se vuelve verde, aumenta hasta un tamaño «monstruoso» (para un hongo) de
unos cuarenta y cuatro milímetros y produce unas peculiares vejigas,
desconocidas en ningún otro caso descrito por la literatura botánica.
Tanto el hongo como la Nostoc cambian radicalmente en la
asociación. Fijan los dos gases atmosféricos de importancia para su cuerpos: el
dióxido de carbono (vía fotosíntesis) y el nitrógeno (vía nitrogenasa). Estas
útiles fijaciones ocurren únicamente en el organismo integrado «parecido a una
planta». Bajo la influencia del hongo, los resbaladizos propágulos de la
cianobacteria, denominados «hormogonias», quedan atrapados. Se hinchan y se
detienen. Una vez que la inmovilización de la cianobacteria está asegurada,
tiene lugar una transformación mágica. La pared celular del hongo se rompe y
sus membranas se abren al exterior. En la brecha se forman luego una nueva
pared y una nueva membrana. El hongo se traga las bacterias a través de la
abertura y luego la cierra por completo. En una notable metamorfosis, la nueva
asociación madura hasta convertirse en algo parecido a una planta. Las
vesículas fijan activamente nitrógeno y carbono durante unas semanas hasta que,
finalmente, los organismos se disocian y comienza de nuevo la extraña
fertilización. Como género y especie, el Geosiphon se originó
—como tantos otros— por simbiogénesis. Tanto desde el punto de vista evolutivo
como del desarrollo, el Geosiphon es enteramente un producto
de interacciones simbióticas.
§. Nichos fijadores de nitrógeno
Otros géneros y especies de plantas se originaron también simbiogenéticamente
por la razón de costumbre: el hambre de nitrógeno. Los campos de arroz tienden
a ser de un color verde brillante. Los manchones verdes que aparecen bajo los
tallos del arroz parecen ser algas. Los tallos no parecen tener tronco, hojas
ni raíces. Un examen cuidadoso demuestra que se trata de plantas; lo que
parecen ser los talos aplanados de un alga son en realidad hojas. Estos
moradores de los arrozales son diminutos helechos acuáticos. En bolsas de la
parte posterior de sus hojas vive la Anabaena, otra especie de
bacteria filamentosa adepta a la fijación de nitrógeno. Esta bacteria se
desliza en la cavidad abierta de la hoja inmadura, que luego crece cerrando la
apertura. Se han nombrado y estudiado seis especies distintas de Atolla.
Unas células especiales de este helecho sirven de «estanterías» para mantener a
las bacterias en su lugar.
Las cicadáceas son bien conocidas para cualquiera que visite Miami Beach u
otros lugares de Florida en invierno. Parecen ananás gigantes caídas en el
suelo. Muchas decoran las entradas de los hoteles en enormes macizos
circulares. Son nativas de los trópicos de todo el globo, aunque abundan
particularmente en Cuba y Sudáfrica. Las cicadáceas forman un taxón superior,
un filum o división de plantas que incluye docenas de
especies. Todas ellas son simbióticas con cianobacterias fijadoras de
nitrógeno. No existe en la Naturaleza ninguna que carezca de sus genomas
bacterianos cautivos. Sospechamos que la asociación cianobacteriana inició la
proliferación de especies de las cicadáceas. Las cianobacterias no pueden
encontrarse en las semillas de la planta, sino que penetran en el plantón en
las primeras veinticuatro horas después de que germine. Las cicadáceas del
tamaño de un árbol forman pequeños órganos verticales especializados en el
suelo colindante, denominados «raíces coraloides». Un corte de estas raíces
presenta un anillo verdeazulado, perfectamente integrado, que a la vista del
inexperto podría resultar indistinguible del resto de las células de la planta.
Ahí es donde residen las células procarióticas, adquiridas e integradas en las
células de las raíces de la cicadácea, de las cianobacterias fijadoras de
nitrógeno, que también en este caso son las Nostoc.
La plétora de plantas, árboles, hierbas, viñas, y demás leguminosas del
Cretáceo, miembros todos ellos del orden Leguminosae,
espectacularmente exitoso, evolucionó por simbiogénesis. La historia es
demasiado larga, enrevesada y técnica para ser contada aquí. Basta con que, la
próxima vez que te comas un guisante o una alubia, recuerdes que una de las
razones de que este alimento rico en nitrógeno sea tan bueno para ti, estriba
en que la planta de la que procede alberga en sus raíces un genoma bacteriano.
La intimidad de la relación entre la leguminosa (incapaz por sí misma de
utilizar el nitrógeno del aire) y la bacteria (que por sí misma tampoco fija el
nitrógeno) es notable. Estos socios están integrados simultáneamente en los
niveles genético, de productos genéticos, de genes, metabólico y conductual. La
asociación entre las bacterias rizobiáceas del suelo y las pequeñas raíces
filamentosas de la planta de la habichuela, que se prestan a su invasión
natatoria en fila india, data al menos de 100 millones de años. Es probable que
la simbiosis productiva se encuentre detrás de la proliferación y la
especiación de esta maravillosa familia de plantas florecientes. Los fijadores
de nitrógeno bacterianos no son fotosintetizadores. De hecho, en el caso de las
legumbres dependen de los azúcares y otros productos de fotosíntesis de las
plantas.
En el caso de las legumbres, los detalles de la adquisición de bacterias y su
integración cíclica son bien conocidos, habida cuenta de que la industria trata
de imitar a la Naturaleza. Las empresas agrícolas tratan de enseñar al maíz y
al trigo (miembros de la familia de las herbáceas) a capturar los genomas de
las bacterias rizobiáceas, con el objetivo de producir grano más rico en
proteínas y más barato que otras fuentes de nitrógeno. Hasta la fecha no lo han
conseguido. Las sutilezas de la historia de la integración entre leguminosas y
rizobiáceas son abundantes. En caso de llegar a tener éxito estos esfuerzos
industriales, las especies Zea (maíz), Hordeum (cebada)
o Triticum (trigo), merecerían nombres de especie nuevos: Zeaazotogenica,
Hordeum nitrogenicum o tal vez Triticum nutricium. De
nuevo estaríamos asistiendo al origen de las especies no por mutación
aleatoria, sino por adquisición genómica.
Capítulo 12
El baile de los cromosomas: la teoría de la fisión
Contenido:
La
reproducción cinetócora como legado bacteriano
Nadie
es más consciente de la importancia de los cromosomas que unos futuros padres,
a la espera de los resultados de una amniocentesis. Esperan que se les confirme
que su feto no tiene ni más ni menos que cuarenta y seis cromosomas,
pulcramente alineados en veintitrés pares emparejados. Si desean un varón, sólo
variará el último par (XY). La gran X no se corresponderá con la pequeña Y. Es
ese cromosoma Y, que incluye muy pocos genes (principalmente para la formación
de espermatozoides y de su capacidad para nadar), que determina el sexo
masculino del futuro bebé. Todas las células de las niñas sanas tienen
invariablemente cromosomas emparejados, incluyendo los cromosomas X, de los que
niñas y mujeres tienen dos. La amniocentesis es esencialmente un análisis de
cariotipo. Un axioma de la biología de los mamíferos reza que los miembros de
la misma especie tienden a tener cariotipos idénticos, o al menos muy
parecidos.
El cariotipo se define como el número total y la morfología del cromosoma
completo de un animal o una planta. Las preparaciones carioptípicas proceden de
células del cuerpo en proceso de división mitótica, a partir de las que pueden
prepararse y guardarse preparaciones permanentes. Las células son fijadas
(tratadas con compuestos químicos que mantienen su estructura discernible) y
teñidas con tinturas cromosómicas, que permiten que los detalles de los
cromosomas puedan ser tabulados y fotografiados. Los pares de cromosomas son
entonces numerados y alineados según su tamaño, de mayor a menor. Las imágenes
digitales o las fotografías reales de los cromosomas pueden ser interpretadas.
Para ello, su calidad debe garantizar que pueda leerse el cariotipo. A menudo
está en juego una nueva vida humana.
Los detalles del cariotipo han venido siendo recogidos en más de un millar de
especies de mamíferos y centenares de especies de plantas desde principios del
siglo XX. Puesto que los cariotipos son generalmente específicos para cada
especie, el análisis cariológico es una herramienta de ayuda útil en la identificación
de especies.
Si el gradualismo darwiniano es una explicación para los orígenes de las
especies de animales y plantas, de ello se desprende que las especies
próximamente emparentadas deberían tener cariotipos parecidos. No es así.
Tomemos como ejemplo al ciervo asiático, especie del género Muntiacus.
Estos ciervos se parecen mucho entre sí y, bajo comprobación, son aparentemente
aptos para aparearse y producir descendencia. Las siete u ocho especies
de Muntiacus van desde el este al oeste de Asia, abarcando un
área de varios millones de kilómetros cuadrados. A pesar de que,
indudablemente, no se dispone de todos los datos, el número de cromosomas de
sus diploides (células corporales) varían desde un mínimo de tan sólo tres
pares hasta un máximo de veintitrés.
Neil Todd, un recién licenciado en zoología de la Universidad de Harvard,
desarrolló a principios de los años 70 su teoría sobre la fisión cariotípica,
que relaciona la evolución de los cromosomas con la historia evolutiva de los
mamíferos.
Como señalaron dos comentaristas, Todd le puso por nombre a su concepto Teoría
de fisión cariotípica para «llamar la atención sobre su rechazo
implícito al gradualismo darwiniano en la evolución cromosómica». Todd aplicó
su análisis a tres grupos de animales: carnívoros cánidos, artiodáctilos
(ovinos, vacunos, ciervos y demás ungulados de dos dedos) y (junto con el
estudiante John Giusto) monos del viejo mundo y simios. Sus trabajos fueron
ignorados o rechazados por los evolucionistas de la corriente mayoritaria. M.
J. D. White, en su libro de 1973 titulado Citología animal y evolución,
rechazó la tesis central de Todd con la siguiente observación: «suponer que
todos los cromosomas de un cariotipo sigan ese mismo proceso [fisión en el
centrómero-cinetócoro] de forma simultánea, equivale a creer en los milagros,
lo cual no tiene cabida en la ciencia» (página 401). No resulta, pues,
sorprendente que pocos zoólogos y evolucionistas se sintieran motivados para
tomarse en serio el trabajo de Todd. A diferencia del profesor White, Todd
carecía de laboratorio propio para el estudio de cromosomas. Tampoco era
profesor titular ni autor de un libro ampliamente citado. De hecho, Neil Todd
era —y sigue siendo— numismático y genealogista, toda una eminencia en escudos
de tabernas irlandesas entre los siglos XVII y XIX, así como en genética
gatuna.
Zoólogos y evolucionistas continuaron trabajando bajo las hipótesis,
ampliamente respaldadas por White y otros neodarwinistas, de que los números de
los cromosomas eran muy similares entre las especies emparentadas de mamíferos,
y que las excepciones que Todd había señalado eran triviales. El mantra,
ampliamente repetido, consistía en que el número de cromosomas en los mamíferos
era elevado en las poblaciones antepasadas y fueron descendiendo gradualmente
con el tiempo. La fusión de cromosomas, como ocurre en los humanos con síndrome
de Down, sucedía de forma impredecible y daba cuenta de los cambios
cromosómicos. El mensaje consistía en que Todd, creyente en los milagros, debía
ser ignorado. A excepción de algunas publicaciones esporádicas, la historia
entera de la fisión cariotípica permaneció en letargo hasta 1998.
Sin embargo, ha sido recobrada por razones que atañen la tesis de este libro.
La fisión cariotípica en sí misma no es un proceso simbiogenético, pero
sugerimos que está relacionada en última instancia con el origen simbiogenético
de los cromosomas, como el propio Todd (2001) ha señalado.
Gracias al extraordinario desarrollo de los campos de la biología celular y del
estudio de los cromosomas, al talento de una joven bióloga, Robin Kolnicki, que
ha analizado los datos cromosómicos de los lémures, y al interés renovado del
propio Todd por su gran idea, la situación ha cambiado radicalmente. La visión
de Todd constituye la explicación mejor y más sencilla para los cariotipos
mamíferos y el cambio cromosómico a lo largo del tiempo. La cosecha por parte
de Kolnicki de abundantes pruebas procedentes de otro campo de la ciencia,
demuestra por qué y cómo, sin necesidad de milagros, las ideas de Todd acerca
de las radiaciones adaptativas resultan ser acertadas. «Radiación adaptativa»
se refiere a la proliferación en la diversidad de especies en un momento dado
del registro fósil, que aquí se correlaciona con cambios espectaculares en los
números de los cromosomas de los mamíferos. Los investigadores noveles menos
proclives a aceptar irreflexivamente la hipótesis de esos pequeños pasos
graduales por los que se supone que procede la evolución, pueden aplicar cada
vez más la visión Todd-Kolnicki a murciélagos, roedores, a otros mamíferos e
incluso a pájaros y reptiles. Los orígenes de especies nuevas de mamíferos se
correlacionan con el cambio cariotípico exactamente en el modo a saltos en que
Todd anunció. Aquí tan sólo podemos revisar curiosamente las ideas básicas de
esta visión. La literatura científica sobre ellas es aún limitada y manejable,
habida cuenta de lo reciente de su nacimiento. Como sucede con otros aspectos
del desprecio neodarwinista por la nueva evidencia, el debate ha comenzado
vivamente.
Cuando, a principios de los años 30, comenzó a practicarse el análisis de
cariotipo, espoleado por la teoría cromosómica de la herencia, numerosos
científicos quedaron sorprendidos al encontrarse con que animales similares no
tenían necesariamente cariotipos parecidos. La teoría de fisión de Todd postula
un antepasado mamífero con un número diploide de catorce cromosomas
«mediocéntricos» (el centrómero-cinetócoro se encuentra próximo al centro del
cromosoma). La fisión completa de todos los cromosomas a la vez se toma como
base teórica para explicar los brotes de especiación.
En poblaciones con todos los cromosomas grandes y mediocéntricos, la fisión
generará un conjunto completo de cromosomas más pequeños y acrocéntricos (con
el centrómero-cinetócoro hacia un extremo del cromosoma) y un número diploide
doble del original. En el caso de los lémures, este número va desde veinte a
setenta cromosomas. Los lémures, un suborden de primates nativos de Madagascar,
se agrupan en cinco familias: lepilemúridos, daubentónidos, lemúridos (o
eulémures), queirogálidos e índridos. Un mínimo de cuatro fases evolutivas,
comenzando con el hipotético antepasado (probablemente parecido al actual Lepilemur
ruficaudatus) con un número diploide de veinte, genera en principio
cario-tipos en todas las especies vivas de lémures. Una primera fisión condujo
a una gama de números diploides de entre veinte y treinta y ocho cromosomas. La
siguiente fisión explica los lemúridos (de cuarenta y cuatro a sesenta y dos
cromosomas) y los queirogálidos. En los antepasados de los índridos ocurrió una
fisión secundaria distinta, así como otra fisión posterior independiente en los
lepilemúridos. Quedan detalles por precisar, pero la teoría de la fisión reduce
elegantemente la necesidad de centenares de explicaciones a medida para muy
pocos acontecimientos de fisión seguidos por cambios más pequeños en los
cromosomas de grupos reducidos de descendientes.
§. La reproducción cinetócora como legado bacteriano
Si los términos científicos te aburren, ahórrate esta parte del libro. Basta
con que te digamos que la tendencia de los cromosomas a reproducirse,
fraccionarse, reagruparse y cambiar según su propio plan refleja,
probablemente, su vida pasada como entidades independientes. Los comportamientos
de estas estructuras portadoras de genes influyen profundamente sobre nosotros,
sobre los animales y sobre las plantas, cuyas células en crecimiento no pueden
pasarse sin ellos. Esta sección analiza cómo la Teoría de la
reproducción cinetócoraexplica, en términos biológicos novedosos y de un
solo plumazo, la Teoría de fisión cariotípica de Todd,
basándose en un único acontecimiento plausible y en sus consecuencias.
Los cinetócoro-centrómeros son los puntos de anclaje de cada cromosoma al huso
mitótico, las pistas de microtúbulos sobre las que circulan los cromosomas para
acceder a los extremos opuestos de la célula en fase de división. Ahora se sabe
ya que se trata de estructuras dobles de proteínas (el cinetócoro) que se ligan
a los microtúbulos del huso mitótico, manteniendo la continuidad del ADN (el
centrómero) con el resto de los genes en un solo paquete. Cada vez que un
cromosoma se reproduce, este paquete cinetócoro-centrómero/proteína-ADN se
reproduce también. La reproducción cromosoma-cinetócoro-centrómero ocurre cada
vez que la propia célula se reproduce.
El acontecimiento único plausible consiste en una reproducción extra del
cinetócoro-centrómero seguida por la ruptura entre los pares de cinetócoros.
Esta ronda extra y esta ruptura suceden simultáneamente en todos los
cromosomas.
Por ejemplo, si sucediera en tus células productoras de esperma, ocurriría a la
vez en todos tus veintitrés pares de cromosomas, que tienen sus centrómeros
localizados medio céntricamente. Este sencillo acontecimiento plausible
generaría una nueva célula con cuarenta y seis pares de cromosomas, ahora más
cortos. En cada nuevo cromosoma, el cinetócoro-centrómero estaría ahora situado
en un extremo. Dicho en la jerga del ramo, el suceso de fisión cariotípica
convierte cuarenta y seis mediocéntricos en noventa y dos telocéntricos sin
cambio significativo alguno en la secuencia de los genes (orden de los pares de
bases del ADN), ningún cambio en la dosificación de genes (las ratios entre
genes permanecen intactas) ningún cambio en la cantidad de ADN (la distribución
de los genes en un número mayor de grupos de unión ocurre sin ninguna
alteración en el ADN total) ni ningún otro cambio en el propio animal. La
redistribución de cromosomas y la selección de sus agrupaciones después de la
gran fisión son inevitables, habida cuenta de que, al aparearte, el esperma
fisionado fertiliza un óvulo que, evidentemente, tendrá los normales veintitrés
cromosomas mediocéntricos largos, en lugar de tus cuarenta y seis. ¿Por qué?
Pues porque tanto la parte femenina de la pareja como sus células tendrán el
número típico en nuestra especie.
La naturaleza ha ensayado este experimento muchas veces. Los animales
fisionados y no fisionados son plenamente fértiles hasta que ocurre la
redistribución de cromosomas (inversiones pericéntricas u otras al margen del
ámbito de lo aquí expuesto). La reproducción cinetócora como explicación para
la fisión significa una profundización crucial sobre los cambios (aceleración)
en la secuencia temporal de producción de nuevos cinetócoro-centrómeros. Estos
cambios en el ritmo, este retraso en la reproducción cromosómica en relación
con la de cinetócoro-centrómeros, subyace en gran parte de la diversificación
de especies de mamíferos. En determinados grupos de mamíferos estos cambios han
sido demostrados con detalle para explicar el taxón: carnívoros, mamíferos
artiodáctilos (ovino, vacuno, cérvidos), lémures, monos del viejo mundo y
simios (chimpancés, orangutanes, gorilas, monos cercopi-técidos, babuinos y
demás).
Los cinetócoro-centrómeros son puntos distinguibles en los cromosomas, regiones
estrechadas donde se unen las fibras de los husos (microtúbulos) (figura 12.1).
Los cinetócoro-centrómeros pertenecen a una clase de estructuras denominadas
«centros organizadores de microtúbulos [18]», porque
«capturan» microtúbulos y los atan al resto del huso mitótico. La producción de
nuevos cinetócoro-centrómeros ocurre generalmente entre mitosas, cuando todo el
ADN cromosómico restante también se está reproduciendo. Todo cuanto hace falta
para que empiece a rodar la bola de la fisión cariotípica cuesta abajo hacia
una nueva especie de mamíferos, es una ronda extra de síntesis de ADN
cinetócoro-centrómero en relación con el resto de los cromosomas.
Figura 12.1 La Teoría de la Fisión Cariotípica (reproducción del
centrómero-cinetócoro).
Este
nuevo análisis de la teoría de Todd incorpora datos bioquímicos de reciente
descubrimiento y que establecen la correlación entre la composición de los
cinetócoro-centrómeros con su comportamiento durante la división mitótica de la
célula. Las proteínas que comprenden al cinetócoro son sensibles a la
estimulación mecánica, a la tracción. La adición y sustracción de determinados
compuestos químicos (iones de fosfato), así como la presencia y las actividades
de los microtúbulos, están provocadas por estimulación externa. Al ser
presionados o estirados, los cinetócoro-centrómeros responden. Tienden a hacer
su trabajo, que no es otro que reproducirse. Kolnicki sugiere que esta parte
del cromosoma se reproduce ocasionalmente sin sincronía con el resto de los
cromosomas, lo cual concuerda con nuestras ideas acerca del origen de las
células nucleadas en general.
Escribe, «los simbiontes endocelulares tienden a reproducirse de forma
desincronizada en relación con sus anfitriones, incluso en los casos de
asociaciones simbióticas eubacterianas coevolucionadas como las de mitocondrias
y plástidos. La teoría de la reproducción cinetócora (teoría de fisión
cariotípica), en la que la “partición” del centrómero se entiende como una
reproducción centrómera residual rápida de un genoma otrora ajeno (de
eubacteria espiroqueta), se enteramente coherente con un concepto
“simbiogenético”, y no de “filiación directa”, de la evolución de la célula
eucariota».
Por supuesto, estamos de acuerdo. Y añadimos la visión de la especiación a
saltos, discontinua, de Todd-Kolnicki a otras como la simbiogénesis y la
transferencia larval de Williamson. Éstas son algunas de las formas como se
crea la novedad evolutiva. Las especies se originan por herencia de genomas
adquiridos, junto con sus rebeliones reproductivas dentro de los genomas
anfitriones. Así es como proceden los taxones superiores tales como géneros,
familias y demás. El proceso no es gradual, como tampoco pueden ser ajenos a él
los animales, si tomamos en consideración estos «shocks postraumáticos» en la
fisión de los cromosomas de los mamíferos.
Capítulo 13
Darwin de nuevo: las especies en el diálogo evolutivo
En
este libro hemos cuestionado la idoneidad de la explicación evolucionista al
uso para los orígenes de características nuevas y heredables de vida, así como
de la aparición de nuevas especies en taxones superiores, más inclusivos. Basar
estas cuestiones en las mutaciones aleatorias del ADN resulta menos «erróneo»
que sobre simplificado e incompleto: confunde el bosque simbiogenético con los
árboles genéticos. La inventiva literatura neo darwinista, así como los
esforzados empeños de sus autores por transmutar la estabilidad genética de la
mezcla heterogénea de los factores de Gregor Mendel, en el cambio evolutivo
gradual promovido por la selección natural de Darwin, han sido tan brillantes
como incorrectos. La hegemonía de los R. A. Fischer, J. B. Haldane y Sewall
Wright se ha terminado para siempre, y sus apóstoles de última hora —Richard
Dawkins y J. Maynard Smith, o cuanto menos sus alumnos— tendrán que aprender
algo de química, de microbiología, de biología molecular, de paleontología y
acerca del propio aire. A la luz de los nuevos conocimientos, otros científicos
mejor informados han restituido los conceptos darwinistas —que no
neodarwinistas— de evolución, como los principios organizativos para la
comprensión de la vida. Sugerimos aquí que, al menos algunas de las
«características adquiridas» de Jean Baptiste Lamarck que responden
sensiblemente a las exigencias del medio, son en realidad genomas ajenos
adquiridos. Diminutos maestros consumados en el arte del metabolismo y del
movimiento, están a menudo listos y dispuestos a asociarse con otras formas
mayores de vida cuando las presiones del medio estimulan la unión. El catálogo
de recursos de la evolución demuestra ser, en la realidad, mucho más sensitivo
a las fuerzas medioambientales de lo que el ejército de creyentes en la
«mutación aleatoria» quisiera hacemos creer. Las ramas del árbol de la
evolución se bifurcan, pero también se funden. Los genomas se integran y las
uniones persisten más allá del punto de no retomo. La evolución es
irreversible. Incluso la historia de la evolución del ojo tiene, junto con
otras de mutación aleatoria, un componente simbiótico. Como cualquier otra
novedad evolutiva, también ésta debe ser entendida como la suma de los
resultados de largos itinerarios biológicos, geológicos e históricos. De hecho,
la evolución de órganos vertebrados tan complejos como los ojos ha fascinado
desde siempre a cualquiera que se interese por la innovación genuina. ¿Cómo le
«crece un ojo» a un animal sin ojos? (Samuel Butler señaló que «no recordamos
cómo nos salió el primer ojo»). Los escritores antropocéntricos con cierta
inclinación por los milagros y la intervención divina tienden a atribuir
apariciones históricas como las de los ojos, las alas o el habla, a la
«complejidad irreductible» (como por ejemplo Michael Behe en su libro La
caja negra de Darwin) o al «diseño ingenioso» (en la tradición de William
Paley, que utilizaba los órganos funcionales de los animales como prueba de la
existencia de dios). En nuestro caso, no sentimos la necesidad de recurrir a
hipótesis sobrenaturales. En lugar de ello insistimos en que, hoy más que
nunca, es la creciente comprensión científica acerca de cómo aparecieron rasgos
nuevos, incluso aquéllos tan complejos como pueda ser el ojo de los
vertebrados, la que ha triunfado. ¿Qué hay de nuevo en ello?
La idea fundamental consiste en que las características heredadas de
importancia extraordinaria para la selección natural, tales como frutos, ojos,
alas o habla, tienen siempre en común una dilatada historia precedente. El
reconocimiento de los antecedentes eucarióticos, así como de la genética y el
desarrollo de las eucariotas, convierte a lo que podría parecer intervención
divina en evolución como de costumbre. La aparición evolutiva de ojos no es
ninguna excepción. La capacidad para responder a la luz visible de forma
específica, aparece en muchas moléculas comunes a todas las células. La
capacidad foto sensitiva del tejido retinal humano (y de todos los demás
vertebrados) es una propiedad de los bastoncillos y los conos de las células
retinales. Químicamente, estas células contienen rodopsina, un complejo
pigmento proteínico de color púrpura sensible a la luz. La componente opsina de
la rodopsina es una proteína que cambia de un organismo a otro, pero sin dejar
de compartir unas características comunes, y está presente en una gran variedad
de animales, algunas bacterias y algunos protistas. Las verdaderas reacciones a
la luz ocurren en la otra parte, más pequeña, de la molécula: la retinal. El
nombre rodopsina procede del griego: rhodo, término griego para el
color púrpura, se refiere a la parte retinal, mientras que opsina comparte la
misma raíz optós que óptico, que se refiere al ojo. En una
traducción poco rigurosa, el nombre de la molécula activa significaría pues
proteína púrpura del ojo. La pequeña porción molecular que recibe directamente
la luz data, en la historia de la vida, de mucho antes de que aparecieran los
animales y las plantas. La rodopsina es visiblemente activa en todo el grupo de
arqueobacterias denominado halófilas. Los procariotas, amantes de la sal,
gustan de bañarse en la luz del Sol. Utilizan su rodopsina foto sensitiva para
generar energía en forma de la omnipresente molécula ATP. Los fundamentos de la
fotosensitividad están bien desarrollados en el mundo bacteriano.
Los bastoncillos (utilizados mayoritariamente en la visión nocturna) y los
conos (para la visión diurna) son células alargadas, ricas en membranas, que se
alinean en la retina de los animales. En nuestros ojos, éstas células presentan
los habituales [9(3)+0] cinetosomas micro tubulares que sustentan el tallo
microtubular, el axonema [9(2)+2] que, naturalmente, ya hemos estudiado al
hablar de la motilidad intracelular. El bastoncillo no es más que un
superdesarrollado pliegue interno paralelo de la membrana undulipodial (cilio).
El cono es lo mismo, a diferencia únicamente de que las membranas plegadas
están en capas concéntricas en lugar de paralelas, lo que le da a la célula un
aspecto parecido al de un cono. Así pues, si estamos de acuerdo en que todo el
sistema undulipoidal deriva de espiroquetas simbiontes, también lo estaremos en
que la simbiosis es un requisito previo ineludible para la evolución del ojo.
El patrón de selección natural por ordenador de Richard Dawkins y el estudio
extensivo de la bibliografía de Ernst Mayr y sus colegas, demuestran que toda
población de organismos con fotosensitividad superficial tenderá a refinar y
ampliar esta capacidad en la dirección de un órgano que esté protegido, que se
pueda enfocar y que incluso pueda formar una imagen. Según Mayr, los ojos han
evolucionado en los linajes animales al menos cuarenta veces. Los ejemplos más
aparentes y mejor estudiados son los ojos simples de los vertebrados y los
moluscos (como calamares y almejas), y los compuestos de los insectos. En la
relación de Mayr no estaba incluida la evolución de los ojos tipo cámara de dos
géneros de protistas monocelulares (los dinomastigotes eritrodínidos), en los
que la célula entera se ha transformado en un ojo funcional modificado. De
hecho, el Erythrodiniopsis es completamente análogo a una
lente gran angular de fotografía. Esta célula única, cuyo plástido y demás
membranas recubiertas de pigmento forman el equivalente del retinal, se queda
esperando a que su presa microbiana arroje su sombra sobre ella. Como en
cualquier esfuerzo por buscar el origen de un rasgo complejo y superficialmente
perfecto, también aquí es necesario estudiar —en palabras del propio Darwin—
«las rarezas y peculiaridades» de sus antecedentes.
El lenguaje del cambio evolutivo no son ni las matemáticas ni la morfología
generada por ordenador. Ciertamente, tampoco la estadística. Más bien parece
que la historia natural, la ecología, la genética y el metabolismo necesitan
ser suplementarios con un conocimiento fidedigno sobre los microbios. La
fisiología microbiana, la ecología y la protistología son esenciales para la
comprensión del proceso evolutivo. El comportamiento de los microbios, tanto
dentro de sus propias poblaciones como en sus interacciones con otros,
determinó el curso enrevesado y expansivo de la evolución. El mundo vivo por
debajo de lo visible subyace, en última instancia, al comportamiento, el
desarrollo, la ecología y la evolución del mundo de las formas de vida mucho
mayores, del que formamos parte y con el que coevolucionamos. Tal vez haya
quien se sienta disminuido por esta perspectiva de una evolución puntuada y
movida por las uniones entre microbios pero, haciéndonos eco de las palabras de
Darwin, creemos que en esta visión de la vida hay también grandeza. Aparecen
formas y variaciones innumerables, pero no de forma paulatina y aleatoria, sino
súbitamente y con toda su fuerza, por medio de la seducción de extraños, de la
implicación y la interiorización del otro en sí mismo —vírica, bacteriana y
eucariótica—, en genomas cada vez más complejos y misceláneos. La adquisición
del otro reproductor, del microbio y su genoma, no es un mero espectáculo
anexo. La atracción, unión, fusión, incorporación, cohabitación, recombinación
—tanto permanente como cíclica— y demás acoplamientos prohibidos, son las
fuentes principales de la variación que Darwin echó en falta. Sensibilidad,
seducción, unión, adquisición, fusión, acomodación, perseverancia y demás
capacidades de los microbios, no son en absoluto cuestiones irrelevantes para
el proceso evolutivo, sino todo lo contrario. La incorporación e integración de
genomas «ajenos» —bacterianos u otros— condujo a variaciones heredables
significativas. La adquisición de genomas ha sido crucial en el proceso
evolutivo a lo largo de la dilatada y compleja historia de la vida.
Verdaderamente, y como dijera Wallin en 1927, «no deja de resultar sorprendente
la idea de que las bacterias, esos organismos que popularmente asociamos con la
enfermedad, puedan representar el factor causativo fundamental en los orígenes
de las especies». Estamos de acuerdo.
|
Acariomastigonte |
Complejo organular intracelular que se encuentra en numerosos
mastigotes (células undulipoidales). El sistema mastigonte incluye el tallo
axonémico y las membranas circundantes del undulipodio, el cinetosoma
subyacente del que surge el undulipodio y las fibras asociadas, que pueden
incluir costillas, cuerpos parabasales y axostilos. A diferencia del sistema
cariomastigonte, el sistema acariomastigonte no está conectado con el núcleo
vía conector nuclear o rizoplasto (figura 9.3.) |
|
Amitocondriado |
Un organismo eucariótico anaeróbico que carece de
mitocondrias, tanto primarias (sus antepasados eucarióticos nunca adquirieron
mitocondrias) como secundarias (perdió las mitocondrias que sí tenían sus
antepasados). |
|
Aparato de Golgi |
Dictiosoma, cuerpo de Golgi. Parte del sistema endomembránico
de casi todas las células eucarióticas, visible a través del microscopio
electrónico, con apariencia de estructura membranosa de vesículas aplanadas o
cisternas, a menudo apiladas en grupos paralelos. Implicada en la
elaboración, almacenaje y secreción de productos de la síntesis celular. |
|
Arqueoamebas |
Una de las tres clases (arqueoamebas, metamónadas y
parabasálidas) del filum arqueoprotista, las arqueoamebas incluyen amebas
amitocondriadas microaerofílicas que carecen de undulipodios, así como amebas
mastigo-amebasanaeróbicas que tienen undulipodios en alguna fase de su vida. |
|
Arqueoprotista |
Filum dentro del reino protocista
constituido principalmente de amitocondriados anaeróbicos o en ocasiones
protistas microaerofílicos, incluyendo amebas y mastigotes (organismos
unicelulares undulipodiados) todos ellos con mitocondrias. |
|
Asociación |
Relación ecológica regular de dos o más clases distintas de
organismos. Ver «simbiosis». |
|
Bacterias |
Miembros del reino bacterias (también denominado móneras o
procariotas), uno de los cinco reinos de la vida. Todas las bacterias y
únicamente las bacterias son procariotas, es decir, carecen de un núcleo
envuelto en membrana. En ocasiones se dividen en dos subreinos: eubacterias y
arqueobacterias. |
|
Biólogo evolutivo |
Biólogo que estudia la evolución de la vida, ya sea en general
o en un organismo o unos organismos específicos, a nivel ecosistémico,
ecológico, de comunidad, de población, individual, celular o molecular. El
que estudia la ciencia integrada por la evolución, la ecología, el
comportamiento y la sistemática. |
|
Biosfera |
Todos los lugares de la superficie terrestre, desde sus
límites superiores en la atmósfera hasta las mayores profundidades marinas,
donde existe la vida. |
|
Cariomastigonte |
Complejo organular intracelular distinguible en muchos
mastigotes (células undulipodiadas). Orgánulos asociados con las
undulipodios. El sistema mastigonte puede incluir a los cinétidos con sus
undulipodios, sus membranas ondulantes, sus costillas, sus cuerpos
parabasales y sus axostilos, todos ellos conectados al núcleo vía un conector
nuclear, como el rizoplasto. Comparar con acariomastigonte. |
|
Cariotipo |
Complemento cromosómico total de un animal, una planta, un
hongo o un protoctista, tal como se le puede distinguir en una preparación
tintada de cromosomas condensados, a la luz del microscopio. Cariotipificar
se refiere al proceso de fijar y tintar, utilizado para determinar la
morfología y el número de cromosomas característicos de una especie
determinada. |
|
Centrómero |
Estructura que liga los cromosomas a los microtúbulos del huso
mitótico. Centro capturador de microtúbulos localizado en los cromosomas. Las
conexiones centrómeras al huso son indispensables para la segregación
cromátida. El centrómero, en cuanto región del cromosoma deducida del
comportamiento genético, se distingue en ocasiones del cinetócoro como
estructura observable a través del microscopio electrónico. Algunos autores
consideran al centrómero como sinónimo del cinetócoro. |
|
Cilio |
Undulipodio. Orgánulo de motilidad que sobresale de la célula,
formado por un axonema cubierto por la membrana del plasma. El término se
utiliza para referirse a los undulipodios de los ciliados y de las células de
los tejidos de los animales. Compuesto de [9(2)+2] tallos micro tubulares o
axonemas. |
|
Cinetócoro |
Centro organizador de microtúbulos, localizado habitualmente
en una sección hundida del cromosoma, que mantiene unidos a los cromátidos.
Los cinetócoros, manifestaciones morfológicamente visibles de los
centrómeros, constituyen el punto de anclaje de las fibras que forman el huso
durante la división del núcleo (mitosis y meiosis). Los centrómeros se
deducen del comportamiento genético, mientras que los cinetócoros son
directamente visibles por medio del microscopio electrónico. |
|
Cinetosoma |
Orgánulo intracelular, no delimitado por membrana alguna,
característico de todas las células undulipodiadas. Estructuras micro
tubulares necesarias para la formación de undulipodios. Los cinetosomas
difieren de los centríolos en que a partir de ellos se extiende la tija o
axonema. Sus microtúbulos están organizados según el patrón [9(3)+0]. Todos
los undulipodios están sustentados por cinetosomas. Estos orgánulos básales,
frecuentemente denominados «cuerpos básales» porque generan el axonema, son
necesarios para la formación de todos los undulipodios. Los cinetosomas
difieren de los centríolos en que a partir de ellos se extienden axonemas
tipo [9(2)+2]. Debido a su mayor precisión, el término «cinetosoma» es
preferible al de «cuerpo basal». |
|
Clasificación |
Proceso de establecimiento, definición y clasificación de
taxones en series jerárquicas de grupos, tanto artificiales como naturales.
Un esquema de estas series de grupos o taxones. |
|
Conector nuclear (rizoplasto) |
Banda microfibrilar cruzada, que se extiende desde las bases
de los cinetosomas y se dirige hacia el núcleo o hacia los centros
citoplásmicos organizadores de microtúbulos. Sistema celular organular. |
|
Consorcio |
Grupo de individuos de especies distintas, típicamente de
diferentes filia, que viven en asociación estrecha. En
microbiología, asociación física entre las células de dos o más tipos de
microorganismos distintos, más o menos estable y ventajosa, como mínimo para
una de las partes. |
|
Crecimiento exponencial |
Crecimiento sin obstáculos, de modo que cuanto mayor es la
población más rápidamente crece ésta. Incremento geométrico de una población
que creciera en un entorno ideal, sin limitaciones. |
|
Epibionte |
Término ecológico que describe la topología de la asociación
entre organismos, en la que uno de ellos (el epibionte) vive sobre la
superficie de otro. |
|
Epífito |
Planta que crece en otra planta (forófito) por razones de
apoyo o anclaje, más que para conseguir agua o nutrientes. Cualquier
organismo que viva sobre la superficie de una planta. |
|
Escala temporal geológica |
Escala temporal, establecida por los geólogos, que refleja los
cambios en la historia geológica del planeta. Los eones constituyen sus
divisiones mayores: Hadeano, Arqueozoico, Proterozoico y Fanerozoico. La
paleontología tradicional tiende a centrar su atención únicamente en los
acontecimientos macroscópicos del Fanerozoico (ver tabla 9.1) |
|
Especie |
Grupo de organismos, minerales u otras entidades, formalmente
reconocido como distinto de otros grupos. Uno de los taxones del catálogo de
especies. En la jerarquía de la clasificación biológica, la categoría que
ocupa el lugar inmediatamente inferior al género. Unidad básica de
clasificación biológica. En este libro sugerimos que son miembros de una
misma especie los organismos con la misma clase y el mismo número de genomas
integrados en común. |
|
Eucariotas |
Organismos que tienen células nucleadas, células con al menos
un núcleo envuelto en membrana que sigue algún tipo de mitosis. Todos los
eucariotas (reinos protoctista, animalia, hongos y plantas)
derivan de, e incluyen a, los protoctistas. El reino bacterias (procariotas)
carece de células nucleadas. |
|
Euplotidium |
Protista ciliado (con bacterias proyectables). |
|
Euprymna scolopes |
Denominado comúnmente calamar hawaiano rabicorto. Alberga la
bacteria luminiscente simbionte Vibrio fischeri. La evolución
simbiótica ha conducido a la emergencia del complejo órgano emisor de luz del
calamar, en el que están contenidas las bacterias. |
|
Evolución |
Cualquier cambio acumulativo en las características de
organismos o poblaciones, de generación en generación. Descendencia o
desarrollo con modificaciones. Todos los cambios que han transformado la vida
sobre la Tierra, desde sus inicios hasta la diversidad que la caracteriza en
el presente. |
|
Filogenia |
Secuencia hipotética de ascendencia de grupos de organismos,
tal como la reflejan sus respectivos árboles evolutivos. Comparar con
«sistemática» y «taxonomía»—. |
|
Flagelo |
Flagelo bacteriano: estructura procariótica extracelular,
compuesta de polímeros proteicos homogéneos, pertenecientes a la clase de
proteínas denominadas flagelinas. Se mueve por rotación sobre su base. Tija
relativamente rígida impulsada por un motor rotatorio embebido en la membrana
celular, intrínsecamente no mótil y ocasionalmente enfundado. Término
utilizado a veces erróneamente para referirse al undulipodio eucariótico, o
estructura intracelular intrínsecamente motil, utilizada por los eucariotas para
desplazarse y alimentarse, compuesta por una disposición estándar de nueve
microtúbulos dobles y dos microtúbulos centrales compuestos por tubulina,
dineína y aproximadamente otras 200 proteínas, entre las que no se encuentra
la flagelina. Ningún flagelo (pero sí todos los undulipodios) es sustentado
por un cinetosoma. |
|
Fotoautotrofia |
Modalidad de nutrición en la que la luz constituye la fuente
de la energía. Un organismo obligadamente fotoautotrófico utiliza la energía
de la luz para sintetizar material celular a partir de compuestos inorgánicos
(dióxido de carbono, sales de nitrógeno). |
|
Fotosíntesis |
Proceso por el que se genera energía química a partir de la
luz solar. En él se forman determinados carbohidratos hexosos a partir del
dióxido de carbono y del agua en los citoplastos de las células de los
vegetales vivos, con oxígeno o azufre como residuos resultantes de los
compuestos agua y sulfuro de hidrógeno, que aportan el hidrógeno. |
|
Gérmenes |
Término no científico, utilizado para referirse a microbios
que pueden o no causar enfermedades. Término empleado para referirse a los
microbios como algo sucio, que la gente quiere evitar. «Enemigos» asociados a
las enfermedades contagiosas. No distingue entre virus, bacterias, protistas,
priones, etc. |
|
Gunnera |
Único grupo de angiospermas (plantas con flores) que forma
asociaciones simbióticas regulares con cianobacterias. Existen cuarenta y
tres especies dentro del género Gunnera, todas ellas asociadas
con la bacteria fijadora de nitrógeno Nostoc. La especie mayor
o G. Manicata, se conoce popularmente con el nombre de «paraguas
del pobre». |
|
Hermissenda |
Género de moluscos nudibranquios (babosas marinas) que
presentan asociación simbiótica con cnidarios tubiformes, animales marinos
sésiles que poseen células urticantes denominadas nematocistos. (Medusas,
corales y anémonas de mar pertenecen también al filum Coelenteratá).
Los nudibranquios, que pueden alimentarse de los hidroides tubulares sin ser
picados por sus nematocistos, almacenan estas células urticantes en órganos
especializados, como medio de defensa. |
|
Heterotermes tenuis |
Termita subterránea comedora de madera, perteneciente a la
familia rhinotermitidae. Muy extendida en ambas Américas. Se sabe
que alberga en su intestino protistas simbiontes, tales como el Holomastigotoides,
Pseudotrichonympha y Spirotrichonympha . |
|
Híbrido |
Descendiente de un cruce entre individuos genéticamente
distintos. Restringido a menudo en taxonomía a la descendencia de cruces
interespecíficos. Una comunidad que incluye taxones derivados de dos o más
comunidades distintas. En el metabolismo de ácidos nucleicos, un
polinucleótido de doble hebra, en el que una hebra es ADN y la otra ARN. |
|
Larva |
Forma autónoma, sexualmente inmadura, en el ciclo vital de
algún animal, que puede diferir de la forma adulta en morfología, nutrición y
hábitat. |
|
Mendel, Gregor Johann |
Monje austríaco (1822-1884), padre de la genética de Mendel.
Sus principios estáticos de genética, el de dominancia en un
heterocigoto (un alelo puede ocultar la presencia de otro) y el de segregación en
un mismo heterocigoto (dos alelos diferentes se segregan durante la formación
de los gametos), combinados con la idea darwiniana del cambio a través del
tiempo, formaron la visión de la evolución (neodarwinista) característica de
la genética de poblaciones. |
|
Metabolismo |
La suma de procesos químicos y físicos que ocurren en los
organismos vivos e implican una continua sustitución de sus constituyentes
químicos. |
|
Metamónada |
Una de las tres clases (arqueoamebas, metamónadas y
parabasálidas) del filum arqueoprotista. Las metamónadas son
protistas amitocondriados anaeróbicos con cariomastigontes. Sus núcleos están
ligados a sus undulipodios mediante conectores nucleares. La Giardia es
una metamónada independiente, causante de enfermedades. Muchas viven
simbióticamente en el intestino de los insectos. |
|
Microbios (Microorganismos) |
Seres (habitualmente bacterias, protoctistas y hongos) que se
ven mejor mediante el microscopio. |
|
Modalidad metabólica |
La clase de metabolismo que tiene un organismo, basándose en
si utiliza la luz o los compuestos químicos para obtener energía, tanto si,
como fuente de electrones, utiliza compuestos orgánicos como inorgánicos,
tanto si utiliza el CO2como si ingiere alimentos como fuente de
carbono. |
|
Moluscos |
Filum muy diverso de animales, formado
por organismos de agua salada, de agua dulce y terrestres. La mayoría de
moluscos tiene un cascarón interno o externo, un pie muscular y un cuerpo
segmentado y blando. Incluye a las almejas, a los nautilos, a los calamares,
a los pulpos, a los caracoles, a las babosas y a los nudibranquios. |
|
Monofilia |
Condición o rasgo de un grupo de organismos, considerados como
evolucionados a partir de un único antepasado común. Se dice de los taxones
hermanos que son monofiléticos. |
|
Monoteísmo |
Creencia religiosa en un dios único, sobrenatural y
todopoderoso. El judaísmo, el cristianismo y el islam constituyen ejemplos de
religiones monoteístas. |
|
Nematocisto |
Cnidocisto. Célula modificada con una cápsula que contiene un
aguijón filamentoso utilizado como elemento de defensa, anclaje o captura.
Algunos contienen sustancias venenosas o paralizantes (por ejemplo, en todos
los celentéreos y ctenóforos). Se encuentran orgánulos análogos en algunos
dinomastigotes y ciliados cariorrelictos y suctorios. |
|
Neodarwinismo |
Creencia en que la mutación aleatoria constituye la fuente
principal de cambio evolutivo, sobre la que actúa la selección natural.
Deriva de la fusión entre la genética de Mendel y la “descendencia con
modificación” de Darwin. |
|
Núcleo |
Orgánulo esférico, envuelto por una membrana, que contiene
ADN. Universal en protoctistas, animales, plantas y hongos. Cromatina (ADN y
proteína) organizada en cromosomas. Lugar donde ocurre la síntesis del ADN y
la transcripción del ARN. Órgano definitorio de los eucariotas. |
|
Nucleoide |
Estructura que contiene ADN en los procariotas, no
circunscrita por la membrana celular. No contiene poros nucleares. |
|
Nudibranquio |
Molusco gasterópodo sin cáscara, como la babosa marina. (Los
buccinos y los caracoles terrestres son también moluscos gasterópodos). |
|
Nueva síntesis (Síntesis moderna) |
Teoría comprensiva de la evolución, que enfatiza la selección
natural, el gradualismo y las poblaciones como unidades fundamentales para el
cambio evolutivo. Neodarwinismo. |
|
Olenus , olénidos |
Taxón de trilobites del Paleozoico Inferior que vivió en los
fondos marinos, bajo condiciones de escasez de oxígeno y abundancia de
azufre. Abundante en la región donde actualmente está Escandinavia. Estas
áreas no sustentaron ninguna otra forma de vida macroscópica. Se cree que los
trilobites olénidos pudieron vivir en este medio difícil gracias a bacterias
quimioautotróficas simbiontes. |
|
Parabasálidas |
Una de las tres clases (arqueoamebas, metamónadas y
parabasálidas) del filum arqueoprotista. Las parabasálidas son protistas
simbiontes que viven en los intestinos de los insectos. Aparentemente
digieren la celulosa, a partir de la cual extraen azúcares. Cada parabasálida
tiene al menos cuatro undulipodios, un axostilo y visibles cuerpos básales.
Los dos órdenes de parabasálidas son tricomonádidas e hipermastígidas. |
|
Potencial biótico |
El número de organismos que pueden ser producidos en una única
generación, o unidad de tiempo, característico de determinada especie, medido
en el número máximo de descendientes por generación, número máximo de esporas
producidas por año o términos equivalentes. Ilustra las tendencias de los
organismos a aumentar exponencialmente cuando se dan las condiciones
adecuadas para el crecimiento material. |
|
Procariotas |
Bacterias. Miembros del reino de las Bacterias (reino mónera o
procariota). Organismo celular compuesto de células con nucleoides, con
ausencia de núcleo circunscrito por membrana (ver ejemplo en figura 9.2). |
|
Protista |
Cada célula de los miembros con pocas células, y por
consiguiente microscópicos, del reino protoctista. |
|
Protoctista |
Uno de los cinco reinos en los que se clasifican todos los
organismos vivos. Los protoctistas son los organismos eucarióticos nucleados
(la célula única protista), así como sus descendientes directos
multicelulares. Este reino incluye a todos los organismos eucarióticos, a
excepción de animales, plantas y hongos, por ejemplo, todas las algas, los
mohos del lodo, las amebas, las redecillas del lodo, los mohos acuáticos y
las foraminíferas se encuentran entre las 250.000 especies existentes en unos
cincuenta grupos principales (ver ejemplos en figuras 7.4, 7.5 ,9.1,9.3 y
9.4). |
|
Quimera |
Un organismo que reúne dos o más tipos genéticos, formado por
simbiosis, segregación anormal de cromosomas o implante artificial. Término
utilizado habitualmente en referencia a microorganismos y plantas, raramente
a animales. Un mosaico. |
|
Quimioautotrofia |
Modo metabólico de nutrición por el que un organismo obtiene
energía por medio de la oxidación de substratos inorgánicos tales como el
azufre, el nitrógeno o el hierro, junto con carbono celular a partir de
dióxido de carbono (CO2). |
|
Selección natural |
Proceso resultante de la producción de más organismos de los
que pueden sobrevivir. Se dice que los que sobreviven y tienen descendencia
han sido seleccionados naturalmente. |
|
Simbiosis |
Asociación física prolongada entre dos o más organismos
«distintamente denominados», generalmente de dos o más especies diferentes.
Los niveles de integración asociativa en la simbiosis pueden presentar
diversos grados de intimidad. La integración puede ser por metabolismo, por
productos genéticos o genética. Los miembros de una misma simbiosis son
simbiontes entre sí. |
|
Sistemática |
Subcampo de la ciencia evolutiva que se ocupa de la
denominación, clasificación y agrupación de organismos, en base a sus
relaciones evolutivas. Comparar con «filogenia» y «taxonomía». |
|
Snyderella |
Protista multinucleado, simbionte de la termita. Calonínfido
(figuras 7.4 y 9.4. |
|
Staurojoenina |
Protista hipermastigote simbionte de la termita (ver figura
7.5.) |
|
Taxón |
Grupo de organismos similares, como reino (taxón más
inclusivo), filum, familia, género o especie (taxón menos
inclusivo). |
|
Taxonomía |
Teoría y práctica de descripción, denominación y clasificación
de organismos. Comparar con «sistemática» y «filogenia». |
|
Thiodendron |
Espiroqueta de Dubinina en asociación con una bacteria
reductora del azufre. Consorcio marino originalmente descrito como una sola
bacteria. |
|
TVilobites |
Grupo extinto de animales que vivieron durante el Cámbrico.
Artrópodo segmentado, de cáscara dura. Fósil común. |
|
Undulipodio |
Orgánulo de motilidad cubierto de membrana celular, que exhibe
en ocasiones funciones sensoriales o de alimentación, compuesto por al menos
200 proteínas. Axonema microtubular [9(2)+2], habitualmente cubierto con
membranas de plasma, circunscrito a las células eucarióticas. Incluye cilios
y colas de espermatozoides. Cada undulipodio se desarrolla invariablemente a
partir de su cinetosoma, estructura microtubular simétrica de nueve partes en
la base. Contrasta en numerosos aspectos con el orgánulo de motilidad
procariótico o flagelo, estructura rígida compuesta por una única proteína.
La bibliografía biológica se refiere frecuentemente al undulipodio con el
término desfasado de “flagelo” o “euflagelo”. Sinónimo: flagelo eucariótico. |
|
Zoocentrismo |
Estudio de los animales, incluyendo los humanos, como si los
animales fueran los principales organismos existentes, así como y/o los
únicos merecedores de estudio y de financiación para su investigación. Gran
displicencia para con los otros cuatro reinos de la vida, considerándolos
ignorantemente como propios de formas de vida «menores». Ignora las
influencias fundamentales que los miembros de esos otros reinos ejercen sobre
el reino animal, el medio natural y los ecosistemas planetarios. |
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Ante
todo, Dorion Sagan desea expresar su agradecimiento a Jessica Whiteside por su
preparación del manuscrito, su facilitación, su apoyo y su ayuda en la
investigación. También desea manifestar su reconocimiento a Eric D. Schneider
por su tutoría en lo concerniente a la termodinámica. Esta obra tiene su
principal deuda con los científicos que han dedicado sus vidas al estudio de
los ejemplos citados en la misma. Tan sólo alguno de ellos son mencionados
explícitamente: el Euplotidium de Roseti, los olénidos de
Fortey, las quimera de Gupta, el Thermoplasma de Searcy,
la Gunnera de Bergman, las hojas jaspeadas de Marcotriagiano,
el Geosiphon de Mollenhauer, las larvas de Williamson, las
amebas de Jeon, el calamar Euprymna de McFall-Ngai y Ruby, los
gorgojos de Heddi, y la fisión cariotípica = reproducción cinetócora de Todd y
Kolnicki. Por falta de tiempo y de espacio, muchos otros han quedado relegado a
formar parte de algunas generalizaciones, como en el caso del importante
trabajo evolutivo de Werner Schwemmler sobre las bacterias en los insectos, o
de Peter Atsatt sobre las simbiosis entre hongos y plantas. Algunos de los
trabajos de investigadores ya fallecidos, como el caso de Miehe con su Ardisia fueron
traídos a nuestra atención por el profesor Dr. H. Linkins, de la
Universidad de Nimega, Holanda, a quien deseamos expresar nuestro
agradecimiento por ello.
Entre los colegas de profesión que nos han ayudado con el manuscrito, tanto de
forma directa como indirecta, cabe cita a Marcus Aebi, Jennifer Benson, Peter
G. Brown, Lois Brynes, Emily Case, Michael Chapman, Michael Dolan, Ann
Ferguson, June Girard, Brianne Goodspeed, Jennifer Gotlieb, Ricardo Guerrero,
Jessie Gunnard, Kenneth Hsu, Michael Keston, Alan Kuzerian, Tom Kunz, Wolfgang
Krumbein, James Lovelock, Adam McConnell, Kay Mariea, Hannah Melnitsky, Vanessa
Mobley, Carlos Montufar, Marta Norman, Morriss Partee, Simon Powell, Donna
Reppard, Jan Sapp, Eric D. Schneider, Judith Serrin, Dean Soulia, Crispin
Tickell, Gabriel Trueba, Peter Warshall, Andrew Wier, y Sean Werle. Los
trabajos artísticos de Christie Lyons y Kathryn Delisle, entre otros, adornan
estas páginas, junto con fotografías de artistas como Reg Morrison. Tenemos una
deuda particular para con Judith Herrick (Typro), que mecanografió originales y
revisiones con gran presteza, precisión y alegría. Le agradecemos igualmente a
Bill Frucht sus penetrantes preguntas y sus esclarecedores comentarios, que
contribuyeron a modelar y editar toda la obra, desde su etapa como propuesta
hasta su fase final como libro terminado, así como a Ernst Mayr por su crítica
superior en la hora veinticinco. Las ayudas financieras necesarias, tanto para
nuestros estudios como para nuestras publicaciones, procedieron de la NASA
Space Sciences, la Richard Lounsbery y de la Universidad de Massachusetts
Graduate School.
La hospitalidad del Collegium Helveticum (Zurich) y del Hanse Wissenschaft
Kolleg (Dalmenhorst, Alemania) fueron esenciales para la terminación de esta
obra, como lo fue la ayuda de la Humboldt Foundation, hacia la que nos sentimos
particularmente agradecidos.
Notas:
[1] Células
nucleadas, a diferencia de las procariotas, que carecen de membrana
nuclear y cuyo genoma se encuentra libremente en el citoplasma. (N. del
T.).
[2] Situación
de los núcleos de las células que presentan una dotación genética múltiple de
la básica o normal. (N. del T.).
[3] Procedente
a su vez del latín fossa, femenino de fossus,
participio pasivo de fodere (cavar), del indoeuropeo bhodh-,
de bhed- (cavar). (N. del T.).
[4] Lo
que es la evolución. (N. del T.)
[5] Conviene
aclarar que, al hablar de ecología, los autores se refieren aquí a la parte de
la biología que estudia las interacciones de los organismos entre sí y con su
medio, y no al movimiento ecológico (o de conscienciación ecológica) en
general. (N. del T.).
[6] Agencia
de protección del medio ambiente de los Estados Unidos. (N. del T.).
[7] Para
más detalles sobre estos y otros fenómenos de «orden a partir del caos» ver
Fritjof Capra (1996), La trama de la vida (Anagrama, Barcelona
1998), capítulos 5 y 9. (N. del T.)
[8] Para
un resumen histórico de la expansión del pensamiento que condujo (desde Ludwig
von Bertalanffy en el siglo XIX hasta Ilya Prigogine en nuestros días) a que la
termodinámica pudiera abarcar a los sistemas abiertos, ver Capra (1996), págs.
66-69. (N. del T.)
[9] Sobre
las teorías más recientes acerca de los orígenes de la vida ver el capítulo 1
en Capra (2002),Las conexiones ocultas: implicaciones sociales,
medioambientales, económicas y biológicas de una nueva visión
del mundo. (Anagrama, Barcelona, en preparación.) (N. del T.)
[10] Junto
con el químico atmosférico James Lovelock, Lynn Margulis desarrolló la
Hipótesis Gaia, que demuestra que biosfera y clima cooperan activamente para
mantener unos parámetros aceptables para la vida. Sobre la Hipótesis Gaia en
general ver el capítulo 8 en esta misma obra. Ver también Lovelock
(1991). Guia, una ciencia para curar el planeta (Oasis,
Barcelona 1992. Incomprensiblemente descatalogado por la editorial. Consultar
en bibliotecas públicas y de instituciones académicas.). Ver también Capra (1996). La
ironía de la vida (Anagrama. Barcelona 1998-2000), págs. 117-128. Ver
también el vídeo Gaia Theory with James Lovelock, en el que el
propio Lovelock explica la Hipótesis Gaia. Con la colaboración del biólogo
Stephen Harding, Lovelock desarrolló un modelo matemático de un planeta virtual
llamado «Daisyworld» (Mundo de las margaritas) con el que, jugando con
poblaciones de margaritas claras y oscuras (es decir, con máxima y mínima
reflexión de los rayos solares) se demuestra esta cooperación entre vida y
clima. Sobre Daisyworld ver Lovelock (1991). op. cit., págs. 62-72.
Ver también Capra (1996), op. cit., págs. 125-128. Existe un modelo
informático interactivo de Daisyworld ( iDaisynorld, A Model
Visualisation) que permite jugar con la introducción sucesiva de diferentes
agentes: un Sol que calienta cada vez más (como el nuestro), margaritas de
distintos colores, conejos que se comen a las margaritas, zorros que se comen a
los conejos, etc. Este modelo informático constituye una herramienta pedagógica
fenomenal, tanto para la comprensión inmediata de Gaia como para abrir nuevos
campos de trabajo, estudio e investigación. Tanto el vídeo de Lovelock como el
modelo informático de Daisyworld se pueden conseguir a través de Green Books
Ltd., Foxhole. Dartington, Tones, Devon TQ9 6EB, UK: Teléfono 44 1803 863260 /
863843. Fax 44 1803 863843. (N. del T.).
[11] Ver
a este respecto «Internet o la clave del éxito de las bacterias» en Las
cosas por su nombre, Sempau et al (2002). (N. del
T.).
[12] Acrónimo
en inglés: SOPE, de «Sitophilus oryzae Primary Endosymbiont». (N.
del T.)
[13] El
equivalente de 8.340 personas por kilómetro cuadrado. (N. del T.).
[14] Se
trata de un texto científico y poético al mismo tiempo, que constituye otra
obra indispensable para quien quiera familiarizarse con la visión del planeta
como un gigantesco organismo vivo, compuesto a su vez de infinidad de
subsistemas y organismos.La biosfera. (Fundación Argentaria/Visor,
Madrid, 1997.) (N. del T.).
[15] Manto
fértil. (N. del T.).
[16] Earth
System Science (ESS) en inglés. (N. del T.).
[17] De Hades,
divinidad griega, dios de los muertos; lugar donde éstos habitan. (N.
del T.).
[18] Acrónimo
en inglés: MTOCs, de «microtubule-organizingcentres». (N. del T.).


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