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© Libro N° 6232. El Cuento Del Antepasado II. Dawkins, Richard. Emancipación. Julio 20 de 2019.

Título original: © The Ancestor’s Tale: A Pilgrimage to the Dawn of Life

                                  

Versión Original: © El Cuento Del Antepasado. Richard Dawkins   

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://biologia.utalca.cl/wp-content/uploads/2018/01/El-Cuento-del-Antepasado.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CUENTO DEL ANTEPASADO II

Richard Dawkins

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con su incomparable ingenio, claridad e inteligencia, Richard Dawkins, uno de los biólogos evolutivos más famosos del mundo, ha iniciado a un sinfín de lectores en las maravillas de la ciencia mediante libros como El gen egoísta. Ahora, en El cuento del antepasado, Dawkins nos brinda una obra maestra: un emocionante viaje marcha atrás a través de la evolución. El autor imagina que todas las especies de la tierra emprenden un viaje simultáneo de regreso al pasado, algo así como un peregrinaje a sus orígenes. A lo largo del viaje, el biólogo cuenta una serie de historias entretenidas y perspicaces que ayudan a entender temas como la diversificación de las especies, la selección sexual y la extinción. El cuento del antepasado es una lección imprescindible sobre la evolución y, al mismo tiempo, una lectura fascinante.

 

«En este extenso libro, Dawkins, el famoso biólogo evolutivo, nos ofrece un elocuente tratado sobre la evolución que no soslaya ni los últimos descubrimientos ni sus provocativas opiniones».

Scientific American

 

«Alegre y atrevido, El cuento del antepasado logrará con toda seguridad embarcar al lector en la aventura —y controversia— de la ciencia».

Bryce Christensen

 

«Una de las mejores obras de Dawkins: un compendio enorme, casi enciclopédico, rebosante de información e ideas».

Kirkus Reviews

 

«El más modesto y encantador de sus ocho libros».

Discover

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Richard Dawkins

El cuento del antepasado

ePub r1.0

rafcastro 03.11.2017

 

 

Título original: The Ancestor’s Tale: A Pilgrimage to the Dawn of Life

Richard Dawkins, 2004

Traducción: Víctor V. Úbeda

Editor digital: rafcastro

ePub base r1.2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A John Maynard Smith

(1920-2004)

que leyó el borrador y tuvo la deferencia de aceptar esta dedicatoria que ahora, por desgracia, ha de ser

IN MEMORIAM

«No te preocupes de las ponencias ni de los “talleres”; manda al diablo las excursiones en autocar a los bellos parajes de los alrededores; déjate de refinadas herramientas audiovisuales y de micrófonos inalámbricos; lo único que de verdad importa en una conferencia es que John Maynard Smith esté presente y que haya un bar espacioso donde poder conversar. Si no le vienen bien las fechas que tenías previstas, cámbialas… Maynard Smith cautivará y divertirá a los jóvenes investigadores, escuchará lo que tengan que contarle, los estimulará, levantará el ánimo a quienes anden de capa caída y los mandará de vuelta a sus laboratorios, o al barro de sus respectivos campos de investigación, alegres, llenos de energía y ansiosos por poner a prueba las nuevas ideas que tan generosamente les habrá sugerido».

Las conferencias no son lo único que jamás volverá a ser lo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Encuentro 21

Tiburones  y semejantes

 

 

 

 

 

 

«Surgido de la inocencia asesina del mar...». El contexto del poema de Yeats era otro completamente, pero ese verso siempre me trae a la mente un tiburón: una criatura asesina, sí, pero inocente por cuanto la suya no es una crueldad deliberada, sino un rasgo más de la que tal vez sea la máquina de matar más efectiva del mundo. Conozco perso- nas para las que el jaquetón o tiburón blanco es la peor de las pesadi- llas Si el lector es una de esas personas, quizá no le agrade saber que Carcharocles megalodon, el tiburón del Mioceno, era el triple de grande que el jaquetón y tenía unas mandíbulas y unos colmillos proporcio- nados a su tamaño.

Como tengo la misma edad que la bomba atómica, la pesadilla que me persigue no es un tiburón sino con un enorme cazabombardero negro y futurista, erizado de lanzamisiles de última generación, que oscurece el cielo con su silueta y llena mi corazón de malos presagios. A decir verdad, tiene casi exactamente la misma forma que una man- ta raya. La mancha oscura y rugiente que, con sus dos torretas tan enig- máticas como amenazadoras, sobrevuela las copas de los árboles de mis sueños, viene a ser una especie de primo tecnológico de Manta birostris. Siempre me ha costado aceptar el hecho de que esos mons- truos de siete metros son unos seres inofensivos que se alimentan del plancton que criban con sus agallas. Además, son bellísimos.

¿Qué decir, entonces, del pez sierra o del pez martillo? De vez en cuando, los peces martillo atacan a personas, pero no es ésa la razón por la que podrían infestar nuestras pesadillas; es por la estrafalaria

 

Incorporación de los tiburones  y

semejantes. Los peces cartilaginosos, que se nos unen en el Encuentro 21, incluyen a los tiburones y las rayas. Los fósiles no dejan lugar a dudas en cuanto a la temprana división de los gnatóstomos en peces óseos y peces cartilaginosos. Sólidas pruebas recientes  corroboran  este  esquema de relaciones entre las cerca de 850 especies de peces cartilaginosos.

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: tiburón gris (Carcharhinus amblyrhynchos); manta o pez diablo (Manta birostris); quimera elefante (Callorhynchus milii).

 

 

 

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tiburones y semejantes

 

cabeza en forma de T y por ese par de ojos más separados que los de un alienígena de ciencia ficción, como si este tiburón fuese el fruto de la imaginación de un artista ebrio. ¿Y qué decir de Alopias, el zorro marino? ¿No es otra obra de arte, otro candidato a ingresar en la fau- na onírica? El lóbulo superior de la cola es casi tan largo como el res- to del cuerpo. Los zorros marinos usan esas prodigiosas cuchillas, primero, para acorralar a las presas, y después, para matarlas de un tajo. En cierta ocasión, uno de estos tiburones, hostigado por unos pescadores en un barco, decapitó a uno de ellos con un solo latigazo de su espléndida cola.

Los tiburones, las rayas y otros peces cartilaginosos o condrictios se nos unen en el Encuentro 21, hace 460 millones de años, en los mares que bañan los gélidos yermos del Ordovícico medio. La diferencia más llamativa entre los nuevos peregrinos y todos los demás es que los tibu- rones no tienen huesos. Su esqueleto es de cartílago. Los seres huma- nos también usamos el cartílago para determinadas funciones como, por ejemplo, recubrir las articulaciones y en estado embrionario todo nuestro esqueleto comienza siendo de cartílago flexible. Posterior- mente, casi todo ese cartílago se osifica como consecuencia de la incor- poración de cristales minerales, en su mayoría de fosfato cálcico. Salvo los dientes, el esqueleto de los tiburones nunca experimenta esta trans- formación; así y todo, es lo bastante rígido como para amputarnos una pierna de un bocado.

Los tiburones carecen de la vejiga natatoria que contribuye al éxi- to de los peces óseos, y muchos de ellos están obligados a nadar cons- tantemente para mantenerse a la profundidad deseada. Controlan el empuje hidrostático gracias a la retención de úrea en la sangre y a un gran hígado rico en aceite. Dicho sea de paso, algunos peces óseos usan aceite en lugar de gas en sus vejigas natatorias.

Si alguien fuese tan imprudente como para acariciar a un tibu- rón, se encontraría con que toda la piel parece de lija (al menos si la acariciase a contrapelo). El motivo es que está cubierta de dentículos dérmicos, minúsculas escamas afiladas que parecen dientes. De hecho, la temible dentadura de los tiburones es en sí misma una modifica- ción evolutiva de los dentículos dérmicos.

Casi todos los tiburones y rayas viven en el mar, aunque unos pocos géneros se aventuran por estuarios y ríos. En Fiji solían darse ataques

 

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el cuento del antepasado

de tiburones de agua dulce a seres humanos, pero eso era en la épo- ca en que los nativos eran antropófagos. Tras comerse los cortes más suculentos, tiraban los despojos al río y, según parece, el olor de las sobras de los festines caníbales atraía a los tiburones. Cuando llega- ron los europeos, pusieron fin al canibalismo, pero, al mismo tiem- po, introdujeron enfermedades contra las que los fijianos no habían desarrollado inmunidad. Como los cadáveres de las víctimas de las nuevas dolencias también se arrojaban al río, los tiburones siguieron sintiéndose atraídos por la carne humana. Hoy en día, nadie arroja cadáveres al río y, consecuentemente, han disminuido los ataques de tiburón. A diferencia de los peces óseos, ninguna especie de tiburón ha mostrado inclinación por salir a tierra firme.

Los peces cartilaginosos se dividen en dos grupos principales: las quimeras, unas criaturas de aspecto extraño que no son lo bastante numerosas como para constituir una parte significativa de la fauna; y los tiburones y las rayas. Las rayas son tiburones aplanados. Las miel- gas son tiburones pequeños, aunque tampoco tanto: no existen tibu- rones tamaño chanquete. Squaliolus laticaudus, el tiburón enano, mide unos 20 centímetros. El diseño corporal de los tiburones parece pres- tarse a grandes tamaños. El mayor de todos los escualos, el tiburón ballena (Rhincodon typus), puede llegar a medir 12 metros de largo y a pesar 12 toneladas, pero, al igual que el segundo más grande (el tibu- rón peregrino, Cetorhinus maximus), es estrictamente planctívoro. En cambio, Carcharocles megalodon, el monstruo del Mioceno al que ya hemos tildado de bestia de pesadilla, no se alimentaba precisamente de plancton: armado de dientes tan grandes como la cara de un hom- bre adulto, era un depredador tan voraz como la mayoría de los tibu- rones actuales, que llevan cientos de millones de años en lo más alto de las cadenas alimenticias marinas sin haber cambiado apenas.

Si el papel de bombarderos de pesadilla corresponde a las manta- rrayas, el de cazas de despegue vertical podrían interpretarlo las qui- meras, también conocidas como tiburones fantasma. Estos extraños peces de las profundidades conforman la clase de los holocéfalos, mientras que todos los demás peces cartilaginosos, esto es, los tiburones y las rayas, pertenecen a la de los elasmobranquios. A las quimeras se las reconoce por los insólitos opérculos branquiales, que cubren por com- pleto cada agalla por separado y cuentan con una sola apertura para

 

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tiburones y semejantes

 

todas ellas. A diferencia de los tiburones y las rayas, las quimeras no tienen la piel cubierta de dentículos dérmicos, sino que están desnu- das. Tal vez por eso parecen fantasmas. Su semejanza con un avión de pesadilla se debe a que no tiene una cola prominente y nadan volan- do con sus grandes aletas pectorales. En la actualidad existen unas 35 especies de quimeras.

A pesar del éxito innegable de los tiburones (cosechado, además, durante un periodo larguísimo), los peces teleósteos suman 30 veces más especies. Ha habido dos grandes radiaciones evolutivas de tibu- rones. La primera prosperó en los mares del Paleozoico, sobre todo durante el Carbonífero y llegó a su fin a comienzos de la era Mesozoica (la época en que los dinosaurios dominaban la tierra). Tras un parén- tesis de unos cien millones de años, los tiburones resurgieron en el Cretácico y su hegemonía continúa hasta nuestros días.

Si se hiciese un test de asociación de palabras que incluyese el tér- mino tiburón, es muy probable que muchas personas lo asociasen a la palabra mandíbulas, no en vano el Contepasado 21, que tal vez sea nues- tro tatarabuelo número 200 millones, es el gran antepasado de todos los vertebrados dotados de verdaderas mandíbulas: los llamados gna- tostomos. Gnathos significa «mandíbula inferior» en griego, y eso es pre- cisamente lo que los tiburones y todos los demás peregrinos tenemos en común. Uno de los mayores éxitos de la anatomía comparativa clásica fue demostrar que las mandíbulas evolucionaron a partir de elementos modificados del esqueleto branquial. Los próximos pere- grinos que se incorporarán a nuestras filas en el Encuentro 22 son los vertebrados sin mandíbulas, los agnatos, que tienen branquias pero carecen de mandíbula inferior. En su día, eran numerosos, variados y provistos de impresionantes corazas, pero, hoy en día, se reducen a dos peces con forma de anguila: las lampreas y los mixinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Encuentro 22

Lampreas  y  mixinos

 

 

 

 

 

 

 

El Encuentro 22, donde nos reunimos con las lampreas y los mixinos, tiene lugar en los mares cálidos de principios del Cámbrico, es decir, hace unos 530 millones de años, y calculo que el Contepasado 22 fue nuestro tatarabuelo número 240 millones. Las lampreas y los mixi- nos son insignes representantes de la época en que surgieron los vertebrados. Aunque lo más práctico es colocarlos juntos en virtud de su carencia de mandíbulas y de aletas, he de reconocer que muchos morfólogos consideran a las lampreas parientes más cercanos del ser humano que de los mixinos. Según esta escuela de pensamiento, deberíamos reunirnos con las lampreas en el Encuentro 22 y con los mixinos en el 23. En cambio, los biólogos moleculares insisten en que ambas especies se nos unen en el mismo punto de encuentro y ésta es la opinión que adoptaremos provisionalmente en estas páginas. Sea como fuere, debo aclarar que ni las lampreas ni los mixinos hacen justicia al conjunto de los peces agnatos, la mayoría de los cuales están extintos.

Las lampreas y los mixinos guardan un parecido superficial con las anguilas y tienen el cuerpo blando; sin embargo, cuando los peces agnatos dominaban los mares, en la era de los peces del Devónico, muchos de ellos, denominados ostracodermos, tenían el cuerpo cubier- to de una dura coraza ósea y algunos, a diferencia de las lampreas y los mininos, tenían aletas pares. Esto desmiente la hipótesis de que los huesos son un rasgo avanzado de los vertebrados, que habría sustitui- do al cartílago. Los esturiones y algunos otros peces óseos poseen, al

 

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el cuento del antepasado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Incorporación de los peces agnatos. Siguen siendo controvertidas las relaciones evolutivas en la base de la línea ancestral de los vertebrados, sobre todo por lo que respecta a los peces agnatos actuales: las 41 especies de lamprea y las 43 de mixino. Según los fósiles, los primeros en divergir de los demás vertebrados fueron los mixinos, de los que posteriormente divergirían a su vez las lampreas. Los datos moleculares, sin embargo, indican que lampreas y mixinos forman un mismo grupo, tal y como aparecen representados aquí.

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: mixino de Nueva Zelanda (Eptatretus cirrhatus); lamprea marina (Petromyzon marinus).

 

 

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lampreas y mixinos

 

igual que los tiburones y a las lampreas, un esqueleto compuesto casi exclusivamente de cartílago, pero descienden de antepasados mucho más óseos, es más, de peces dotados de gruesas corazas, aunque no hay que descartar que los tiburones y las lampreas también descien- dan de esa clase de peces.

Corazas todavía más duras tenían los placodermos, un grupo com- pletamente extinto de peces mandibulados con aletas, criaturas de parentesco poco claro, que también vivieron en el Devónico, con- temporáneos de algunos ostracodermos agnatos que probablemente descendían de agnatos más antiguos. Algunos de los placodermos esta- ban tan acorazados que hasta sus extremidades poseían un exoes- queleto tubular y articulado, parecido a la pinza de un cangrejo. Si alguien con imaginación se topase con uno de esos placodermos en un lugar con poca luz, no sería de extrañar que lo tomase por un extra- ño cangrejo o langosta. En mis años de joven universitario, igual que otros sueñan con marcar un gol en la final del mundial, yo soñaba con descubrir un placodermo vivo.

¿Por qué tanto los placodermos grnatostomos como los ostracoder- mos agnatos desarrollaron semejantes corazas? ¿Qué había en esos mares del Paleozoico que exigía una protección tan formidable? La respuesta más lógica sería: depredadores igual de estupendos. Los can- didatos más probables, aparte de otros placodermos, eran los eurip- téridos, o escorpiones marinos, algunos de los cuales medían más de dos metros de largo: los mayores artrópodos que jamás han existido. Tanto si poseían aguijones venenosos como si no (las pruebas más recientes indican que no), los euriptéridos tuvieron que ser depreda- dores terroríficos, capaces de obligar a los peces devónicos, con o sin mandíbulas, a desarrollar costosas corazas.

Las lampreas no poseen esas corazas y, para desgracia del rey Enrique I, son fáciles de comer (los libros de texto ingleses nunca se olvidan de recordarnos que el monarca murió de una indigestión de lampre- as). La mayoría de las lampreas son parásitos de otros peces. En lugar de mandíbulas tienen una ventosa redonda alrededor de la boca, un tanto similar a las ventosas de los pulpos, sólo que provista de dimi- nutos dientecillos dispuestos en anillos concéntricos. Las lampreas se adhieren a otros peces por medio de esa ventosa, les roen la piel con los dientecillos y les chupan la sangre como sanguijuelas, de ahí que

 

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el cuento del antepasado

 

causen graves perjuicios a la industria pesquera en diversas regiones, por ejemplo, en los grandes lagos norteamericanos.

Nadie sabe cómo era el Contepasado 22, pero teniendo en cuen- ta que probablemente vivió en el Cámbrico, mucho antes de la era de los peces del Devónico y de los terribles escorpiones marinos, lo más probable es que no tuviese coraza como los ostracodermos que vivieron en la edad de oro de los agnatos. No obstante, parece ser que los ostracodermos son parientes más cercanos de nosotros los gna- tostomos que de las lampreas. Dicho de otro modo, antes de que nues- tros peregrinos se unan a las lampreas en el Encuentro 22, los ostra- codermos ya se han sumado a nuestra peregrinación. El contepasado que compartimos con los ostracodermos, al que no hemos asignado un número por cuanto están todos extintos, carecía casi con toda segu- ridad de mandíbulas.

Los mixinos modernos se parecen a las lampreas en su aspecto anguiliforme, en la ausencia de mandíbula inferior y de aletas pares, en la hilera de opérculos branquiales a ambos lados del cuerpo y en el notocordio que conservan hasta la fase adulta (en la mayoría de los vertebrados, este cordón macizo que les recorre todo el dorso sólo está presente en el embrión). Pero no son parásitos. Escarban con la boca en los fondos marinos en busca de pequeños invertebrados o hurgan los cadáveres de peces y ballenas, a menudo introduciéndose en ellos para comerse las entrañas. Son sumamente viscosos –de ahí que en español también se les conozca como peces moco– y, cuando se infiltran en los cadáveres, aprovechan su asombrosa habilidad de anu- darse como método de sujeción.

En su día, se pensaba que los vertebrados habían surgido mucho después del Cámbrico; tal vez fuese consecuencia de nuestro presun- tuoso deseo de organizar el reino animal en forma de escala hacia el progreso. Nos parecía correcto y apropiado que existiese una era duran- te la cual la vida animal se hubiese limitado exclusivamente a los inver- tebrados, lo que habría sentado las bases para la ulterior aparición    de los poderosos vertebrados. A los zoólogos de mi generación nos enseñaron que el primer vertebrado conocido era un pez agnato lla- mado Jamoytius (derivación, un tanto libre, de J. A. Moy-Thomas) que vivió a mediados del Siluriano, 100 millones de años después del Cámbrico, periodo en que surgieron casi todos los filos invertebrados.

 

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lampreas y mixinos

 

En el Cámbrico, obviamente, también tuvieron que vivir antepasados de los vertebrados, pero se suponía que eran precursores invertebra- dos de los vertebrados auténticos: los llamados protocordados. Al pikaia1 se le ha dado mucho bombo como el protocordado fósil más anti- guo. Qué grata sorpresa nos llevamos algunos cuando en China empe- zaron a aparecer auténticos fósiles vertebrados del Cámbrico, y del Cámbrico inferior, además. Esto privó al pikaia de parte de su halo de misterio: antes de él ya hubo vertebrados auténticos, en concreto peces agnatos. Los vertebrados tienen su origen en las profundidades del Cámbrico.

Dada su extraordinaria antigüedad, no es de extrañar que estos fósiles, llamados Myllokunmingia y Haikouichthys (aunque podrían tra- tarse de una misma especie) no se encuentren en perfecto estado de conservación: es mucho lo que aún se ignora de estos peces pri- migenios. Poseían casi todas las características que cabría esperar de un pariente de las lampreas y de los mixinos, incluidas las agallas, los segmentos musculares y el notocordio. Tal vez sea Myllokunmingia, con el que volveremos a encontrarnos en «El Cuento del Gusano Aterciopelado», el que más se aproxima a un modelo verosímil de Contepasado 22.

El Encuentro 22 es un hito de capital importancia. De ahora en adelante, por primera vez, todos los vertebrados marcharán juntos en un solo grupo de peregrinos. Se trata de un gran acontecimiento porque, tradicionalmente, los animales se han dividido en dos gru- pos principales, los vertebrados y los invertebrados. A efectos prácti- cos, la distinción siempre ha sido útil. Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente cladístico, esto es, basado en las relaciones filo- genéticas, la distinción entre vertebrados e invertebrados resulta extra- ña, casi tan forzada como la clasificación de la humanidad que los anti- guos judíos hacían entre ellos mismos y los gentiles (literalmente, todos los demás). Por muy importantes que nos creamos los vertebrados, ni siquiera constituimos un filo entero. Somos un subfilo del filo de los Cordados, un filo que debería considerarse al mismo nivel que,

 

1. Este fósil del Cámbrico, clasificado en un primer momento como gusano ané- lido, fue identificado posteriormente como protocordado, en calidad de lo cual tuvo un papel estelar en el libro La vida maravillosa, de S. J. Gould.

 

 

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el cuento del antepasado

 

pongamos por caso, el de los Moluscos (caracoles, lapas, calamares, etc.) o el de los Equinodermos (estrellas de mar, erizos, etc.). El filo de los Cordados incluye criaturas que parecen vertebrados pero care- cen de espina dorsal como, por ejemplo, el anfioxo, con el que nos reuniremos en el Encuentro 23.

Sin querer desmerecer el riguroso criterio cladístico, lo cierto es que los vertebrados tienen algo especial. El catedrático Peter Holland me ha señalado convincentemente que existe una enorme diferen- cia en complejidad genética entre (todos) los vertebrados y (todos) los invertebrados. «A nivel genético, tal vez haya sido el mayor cam- bio registrado en toda nuestro pasado metazoario».2 Holland consi- dera necesario recuperar la división tradicional entre vertebrados e invertebrados, y lo entiendo.

Los cordados deben su nombre al ya mencionado notocordio, el cordón de cartílago que recorre el lomo del animal en su fase embrio- naria cuando no también en la adulta. Otra característica de los cor- dados (incluidos los vertebrados) que en el caso del ser humano sólo se manifiesta en el embrión, son las aperturas branquiales a ambos lados del extremo anterior y una cola que se prolonga más allá del ano. Todos los cordados tienen un notocordio dorsal (a lo largo de la espalda), a diferencia de muchos invertebrados, que lo tienen ven- tral (a lo largo del vientre).

Todos los embriones vertebrados tienen un notocordio que en los adultos se sustituye, en mayor o menor medida, por una espina dor- sal segmentada y articulada. En la mayoría de los vertebrados el noto- cordio propiamente dicho persiste en la fase adulta sólo de forma frag- mentaria, como por ejemplo los discos intervertebrales cuya tendencia a desplazarse nos causa tanto dolor. El caso de las lampreas y los mixi- nos es insólito entre los vertebrados por cuanto conservan el noto- cordio más o menos intacto en la fase adulta. En este sentido, supon- go que se trata vertebrados fronterizos, pero, en cualquier caso, todo el mundo los considera vertebrados.

 

 

 

2.        Metazoo significa animal pluricelular. Volveremos a encontrarnos con el térmi- no en una etapa posterior de la peregrinación.

 

 

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lampreas y mixinos

 

EL CUENTO DE LA LAMPREA

 

La razón por la que corresponde a la lamprea contar este cuento se revelará al final. Es una repetición de un tema que ya hemos aborda- do con anterioridad: existe una visión de la ascendencia y del pedigrí desde el punto de vista de los genes que es completamente indepen- diente de la que tradicionalmente asociamos a los árboles genealógicos. Todo el mundo sabe que la hemoglobina es una molécula de vital importancia que transporta oxígeno a los tejidos y confiere a la san- gre ese color tan llamativo. La hemoglobina de un humano adulto es, en realidad, un compuesto de cuatro cadenas proteínicas entrelaza- das que reciben el nombre de globinas. Las secuencias de ADN demues- tran que las cuatro globinas son muy afines pero no idénticas. Dos de ellas se llaman globinas alfa (sendas cadenas de 141 aminoácidos), y las otras dos globinas beta, (sendas cadenas de 146 aminoácidos). Los genes que codifican las globinas alfa están en nuestro cromosoma 11; los de las beta, en el 16. En cada uno de estos cromosomas hay un grupo de genes de globina dispuestos en hilera, con tramos intercalados de ADN basura que nunca se transcriben. El grupo alfa, en el cromoso- ma 11, contiene siete genes de globina. Cuatro de ellos son seudoge- nes, versiones desactivadas de globina alfa que presentan errores en su secuencia y que, por tanto, nunca se traducen en proteínas, y dos son verdaderas globinas alfa, usadas en el organismo adulto. El séptimo gen se llama zeta y sólo se usa en la fase embrionaria. El grupo beta, en el cromosoma 16, tiene seis genes, algunos desactivados y uno que sólo se usa en el embrión. La hemoglobina adulta, como ya hemos visto, contiene dos cadenas alfa y dos beta enrolladas una en torno a

la otra para formar un paquete que funciona a las mil maravillas.

Al margen de toda esta complejidad, lo fascinante del asunto es que un análisis cuidadoso letra por letra indica que los diferentes tipos de genes de la globina son en realidad primos, es decir, miembros de la misma familia. Pero estos primos lejanos todavía coexisten dentro del lector y de mí; todavía coexisten en el interior de todas las células de todos los jabalíes, los uómbats, los búhos y los lagartos.

En la escala de los organismos íntegros, ni que decir tiene que todos los vertebrados también son primos unos de otros. El árbol de la evo- lución de los vertebrados es el árbol filogenético que todos conoce-

 

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el cuento del antepasado

 

mos, aquél cuyos puntos de bifurcación representan episodios de espe- ciación, esto es, la división de una especie en especies hijas. Vistos al contrario, se trata de los puntos de encuentro que jalonan esta pere- grinación. Pero hay otro árbol filogenético que ocupa el mismo mar- co temporal y cuyas ramas no representan episodios de especiación sino duplicaciones de genes dentro de los genomas. La pauta de rami- ficación del árbol de la globina es muy diferente de la pauta de ramifi- cación del árbol filogenético evolutivo, siempre que lo dibujemos de la manera habitual y ortodoxa, con especies que se ramifican para for- mar especies hijas. No existe un único árbol evolutivo en el que las especies se dividen y dan origen a especies hijas: todos los genes tie- nen su propio árbol, su propia crónica de escisiones, su propio catá- logo de parientes cercanos y lejanos.

La docena aproximada de globinas diferentes que todos llevamos dentro han llegado hasta nosotros después de recorrer todo el linaje de nuestros antepasados vertebrados. Hace unos 500 millones de años, en un pez agnato tal vez similar a la lamprea, un gen de globina ances- tral se dividió accidentalmente y las dos copias resultantes permane- cieron en partes diferentes del genoma del pez. En consecuencia, todos sus descendientes también albergaron, en diversas partes del genoma, dos copias de ese gen. Una copia terminaría dando origen al grupo alfa, situado en lo que con el tiempo se convertiría en el cromosoma 11 de nuestro genoma; la otra, al grupo beta, en nuestro actual cromosoma 16. Es inútil tratar de adivinar qué cromosoma ocu- paban en los antepasados intermedios. La ubicación de las secuencias de ADN reconocibles, e incluso el número de cromosomas en que se divide el genoma, cambia caprichosamente. De ahí que los sistemas de numeración de cromosomas no se puedan aplicar a todos los gru- pos animales.

Con el paso de las eras se produjeron más duplicaciones y también, sin duda, algunas supresiones. Hace unos 400 millones de años, el gen alfa ancestral volvió a duplicarse, pero esta vez las dos copias perma- necieron cerca una de otra, formando parte de un grupo en un mis- mo cromosoma. Una de ellas se convertiría en el gen zeta de nues- tros embriones; la otra, en los genes de globina alfa de los seres humanos adultos (posteriores escisiones dieron origen a los seudo- genes no funcionales ya mencionados). En la rama beta de la familia,

 

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lampreas y mixinos

 

la historia fue parecida, sólo que las duplicaciones ocurrieron en otros momentos del devenir geológico.

Pero he aquí un hecho fascinante. Dado que la división entre el grupo alfa y el beta tuvo lugar hace 500 millones de años, el genoma humano no puede ser,  desde luego, el único que presente tal divi- sión y que posea genes alfa y beta en diferentes lugares de su estruc- tura. Si examinamos el genoma de cualquier otro mamífero, o de cual- quier ave, reptil, anfibio o pez óseo, deberíamos apreciar la misma división, habida cuenta de que el antepasado que tenemos en común con todos esos animales vivió hace menos de 500 millones de años. Siempre que se ha hecho la prueba, se ha confirmado esa hipótesis. Nuestra mayor esperanza de encontrar un vertebrado que no tenga   en común con nosotros la antigua división alfa-beta se cifra en un pez agnato como la lamprea o el mixino, puesto que de todos los ver- tebrados vivos son nuestros parientes más lejanos y los únicos cuyo antepasado en común con el resto de vertebrados es lo bastante anti- guo como para haber vivido antes de la división alfa-beta. Efectivamente, estos peces agnatos son los únicos vertebrados conocidos que care- cen de la división alfa-beta. Dicho de otro modo, el Encuentro 22 es tan antiguo que tuvo lugar antes de la escisión en globinas alfa y glo- binas beta.

Algo parecido a «El Cuento de la Lamprea» podría contarse de cada uno de nuestros genes, pues todos ellos, si retrocedemos lo bas- tante en el tiempo, deben su origen a la escisión de un gen ancestral. Y de todos ellos podría escribirse un libro como éste. Hemos decidi- do arbitrariamente que la peregrinación que nos ocupa fuese huma- na y hemos definido sus hitos como puntos de encuentro con otras líneas ancestrales, lo que en el sentido inverso, o sea, hacia delante, significa especiaciones en las que los antepasados humanos se sepa- raron de los demás. En su momento, ya hice la observación de que podríamos haber iniciado perfectamente nuestra andadura desde un manatí o un mirlo modernos y haber hecho un recuento distinto de contepasados hasta llegar a Canterbury. Pero ahora estoy plante- ando algo más radical. Podríamos escribir una peregrinación hacia el pasado a partir de cualquier gen.

Podríamos llevar a cabo la peregrinación de la hemoglobina alfa, o del citocromo c, o de cualquier otro gen conocido. El Encuentro 1

 

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el cuento del antepasado

 

sería el hito en que el gen escogido se hubiese duplicado por última vez para engendrar una copia de sí mismo en cualquier otro lugar del genoma. El Encuentro 2 sería la duplicación previa, etcétera. Cada uno de los encuentros tendría lugar en el interior de un animal o plan- ta concretos, de la misma manera que en este «Cuento de la Lamprea» hemos explicado que la división entre la hemoglobina alfa y la beta se produjo casi con toda seguridad en el interior de un pez agnato del Cámbrico.

El estudio de la evolución desde el punto de vista del gen no deja de reclamar nuestra atención por todos los medios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Encuentro 23

Peces lanceta

 

 

 

 

 

 

 

He aquí un pequeño y atildado peregrino que llega totalmente solo para unirse a nuestra peregrinación: el anfioxo o pez lanceta. Su nom- bre en latín era Amphioxus pero las normas de la nomenclatura le impu- sieron el de Branchiostoma. Para entonces, sin embargo, el nombre de Amphioxus ya se había hecho tan conocido que perdura en nuestros días. El anfioxo o pez lanceta no es un vertebrado, sino un protocor- dado, pero está claramente relacionado con aquéllos y se le clasifica en el mismo filo, el de los Cordados. Existen unos cuantos géneros relacionados, pero son todos muy parecidos a Branchiostoma, por lo que no haré distinciones entre ellos y me referiré a todos de manera informal con el nombre de anfioxos.

Digo que el anfioxo es atildado por la elegancia con que exhibe los rasgos que proclaman su condición de cordado. Parece un diagrama de manual, sólo que vivo y coleando (bueno, más que coleando, en- terrado en la arena). Ahí está el notocordio, que le recorre todo el cuerpo de punta a punta, pero no hay rastro de una espina dorsal. Encontramos también el cordón nervioso dorsal, aunque no un cere- bro, salvo que contemos como tal el pequeño bulto en el extremo ante- rior del cordón nervioso (donde también hay una mancha ocular), ni una caja craneana ósea. Vemos las hendiduras branquiales a ambos lados, que emplea para filtrar el alimento, y los bloques musculares segmentados a lo largo del cuerpo, pero ni rastro de extremidades. Y, por último, la cola, que se prolonga más alla del ano, a diferencia de los gusanos, que tienen el ano en el extremo posterior del cuerpo. El

 

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el cuento del antepasado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Incorporación de los peces lanceta. Los parientes más cercanos de los vertebrados son las 25 especies conocidas de unos animales parecidos a los peces llamados lancetas. Sobre esto no hay mayores discrepancias. A partir de aquí, sin embargo, las fechas de los encuentros suelen ser objeto de discusión (véase el «Epílogo al Cuento del Gusano Aterciopelado»).

 

Ilustración: especie Branchiostoma (anteriormente conocida como Amphioxus).

 

 

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peces lanceta

 

anfioxo también se diferencia de los gusanos en que, al igual que muchos peces, no es cilíndrico, sino que tiene forma de hoja en posi- ción vertical. Nada como un pez, contoneando el cuerpo de lado a lado mediante los citados bloques musculares, que también son típi- cos de los peces. Las hendiduras branquiales forman parte del apara- to digestivo: su principal función no es respiratoria, ni mucho menos. El agua entra por la boca y pasa por las agallas, que actúan como fil- tros para cribar partículas alimenticias. Lo más probable es que el Contepasado 23 también usase las hendiduras branquiales para ali- mentarse, lo que significaría que la función respiratoria de las bran- quias fue una idea posterior. En ese caso, la posterior evolución de la mandíbula inferior gracias a la modificación de una parte del apara- to branquial podría considerarse una curiosa vuelta a los orígenes.

Estamos llegando a un punto en el que la datación se vuelve tan difícil y controvertida que me falta valor para afrontarla. Si me obliga- sen a dar una fecha para el Encuentro 23, me arriesgaría a fijarlo hace 560 millones de años, la época de nuestro tatarabuelo número 270 millo- nes. Pero perfectamente, podría estar equivocado, motivo por el cual a partir de ahora me abstendré de describir cómo era el mundo en la épo- ca del ancestro en cuestión. En cuanto al aspecto del Contepasado 23, creo que nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero es probable que se pareciese bastante a un pez lanceta. Esto equivaldría a decir que los peces lanceta son primitivos, pero semejante afirmación exije inme- diatamente un cuento con moraleja: «El Cuento del Pez Lanceta».

 

 

EL CUENTO DEL PEZ LANCETA

 

Si un solo toque más de luz

las gónadas de la lanceta inflara, su pretendido abolengo

al instante se quedaría en nada.

 

WALTER GARSTANG (1868-1949)

 

 

Ya hemos conocido a Walter Gargstang, el ilustre zoólogo que tenía  la manía de expresar sus teorías en verso. Si he traído a colación ese

 

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el cuento del antepasado

 

poema no es para exponer su idea, que, si bien era lo bastante inte- resante como para constituir el tema de «El Cuento del Ajolote», no tiene nada que ver con lo que pretendo contar ahora.1 Lo que me inte- resa son los dos últimos versos, sobre todo la frase «su pretendido abo- lengo». Branchiostomus, el anfioxo o pez lanceta, tiene tantos rasgos en común con los verdaderos vertebrados que durante mucho tiempo se le ha considerado pariente vivo de algún antepasado lejano de los vertebrados, o incluso –y éste es el objeto de mis críticas– el mismísi- mo antepasado.

Estoy siendo injusto con Gargstang, que sabía perfectamente que el pez lanceta, en tanto que especie viva en la actualidad, no podía ser literalmente ancestral. Así y todo, lo cierto es que esa forma de hablar suele inducir a error. Cuando miran un animal moderno que consideran primitivo, los estudiantes de zoología se engañan hasta el punto de creer que están viendo un antepasado remoto. Este engaño queda de manifiesto en expresiones como «animal inferior» o «en la base del escalafón evolutivo», que no sólo son presuntuosas sino absur- das desde el punto de vista evolutivo. A todos debería servirnos la adver- tencia que Darwin se hizo a sí mismo: «No usar jamás las palabras “infe- rior” ni “superior”».

Los peces lanceta son criaturas vivas, nuestros exactos contempo- ráneos: animales modernos que han tenido exactamente el mismo tiempo que nosotros para evolucionar. Otra frase reveladora es «una ramificación lateral con respecto a la línea evolutiva principal». Todos los animales modernos son ramificaciones laterales. Ninguna línea evolutiva es más principal que otra, salvo que uno se deje llevar por la vanidad retrospectiva.

Así pues, nunca deberíamos venerar a animales modernos tales como los peces lancetas como si fuesen nuestros antepasados, ni tra- tarlos con condescendencia considerándolos inferiores, ni con favori- tismo calificándolos de superiores». Más sorprendente quizás resulte el segundo concepto importante de «El Cuento de la Lanceta», a saber, que ni siquiera los fósiles deberían tratarse como antepasados. En teo-

 

 

1. En el poema de Gargstang, lo de «sus gónadas» no se refiere a las del pez lan- ceta sino a las del amocete, la larva de las lampreas.

 

 

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peces lanceta

 

ría, podría darse el caso de que un determinado fósil fuese realmen- te el antepasado directo de algún animal moderno, pero es estadísti- camente improbable que lo sea, puesto que el árbol evolutivo no es un abeto navideño ni un álamo de Lombardía, sino un tupido ma- torral lleno de ramas. El fósil que estamos mirando probablemente no sea nuestro antepasado, pero podría ayudarnos a entender las fases intermedias por las que pasaron nuestros verdaderos antepasados, al menos en lo relativo a determinadas partes del cuerpo, como el oído o la pelvis. Un fósil, por tanto, viene a tener el mismo estatus que un animal moderno: los dos pueden servirnos para arrojar luz sobre algu- na etapa evolutiva ancestral. En condiciones normales, sin embargo, no deberíamos considerar a ninguno de los dos nuestro antepasado. En general, tanto a los fósiles como a las criaturas actuales lo mejor es tratarlos como parientes, no como progenitores.

En este tema, los representantes de la escuela taxonómica cladís- tica se muestran verdaderamente intransigentes y niegan el carácter especial de los fósiles con el fervor de un puritano o de un inquisidor español. Algunos se pasan de la raya: toman un aserto tan razonable como el éste: «Es improbable que un fósil concreto sea el antepasado directo de alguna especie actual» y lo interpretan así: «Nunca hubo ningún antepasado». En este libro, naturalmente, no vamos a suscri- bir una idea tan absurda. En cualquier momento dado a lo largo de la historia ha tenido que existir al menos un antepasado del hombre (contemporáneo de, o idéntico a, como mínimo, un antepasado de los elefantes, un antepasado de los vencejos, un antepasado de los pul- pos, etcétera), por más que ninguno de los fósiles hallados sea, casi con toda certeza, uno de esos antepasados directos.

La conclusión es que los contepasados que nos hemos ido encon- trando en nuestra peregrinación hacia el pasado no eran, en gene- ral, fósiles concretos. Normalmente, lo máximo a que podemos aspi- rar es a reunir una lista de los probables atributos del antepasado en cuestión. No disponemos del fósil del antepasado que tenemos en común con los chimpancés, y eso que vivió hace menos de diez millo- nes de años, pero sí podemos conjeturar, con algún recelo, que se trataba, por usar la famosa expresión de Darwin, de un cuadrúpedo peludo, toda vez que el ser humano es el único simio que camina sobre las extremidades posteriores y tiene la piel desnuda. Los fósiles pue-

 

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el cuento del antepasado

 

den ayudarnos a especular y deducir, pero casi siempre de la misma forma indirecta como nos ayudan a hacerlo los animales actuales.

La moraleja de «El Cuento del Pez Lanceta» es que resulta muchí- simo más difícil encontrar a un antepasado que a un pariente. Si que- remos saber cómo eran nuestros antepasados de hace 100 millones de años, o de hace 500, no podemos esperar encontrar el estrato rocoso correspondiente y extraer un fósil con un letrero que ponga «ante- pasado», como si sacásemos un regalo sorpresa de una cesta de obje- tos del Mesozoico o del Paleozoico. Lo máximo que podemos espe- rar hallar es una serie de fósiles que, unos con respecto a una parte, otros con respecto a otra, nos den una idea aproximada de cómo eran los antepasados. Un fósil podrá revelarnos algo sobre la dentadura de nuestros ancestros, y otro, unos cuantos millones de años más recien- te, darnos una pista sobre los brazos. Es casi imposible que un fósil concreto haya sido nuestro antepasado, pero, con suerte, algunas de sus partes podrían parecerse a las partes correspondientes del antepa- sado, del mismo modo que el omóplato de un leopardo actual es una aproximación razonable al omóplato de un puma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Encuentro 24

Tunicados

 

 

 

 

 

 

 

A primera vista, los tunicados no parecen candidatos probables para una peregrinación antropocéntrica como la nuestra. Hasta el momen- to, los peregrinos no han sido demasiado diferentes de los que ya integraban la marcha. Ni siquiera el pez lanceta, que perfectamente podría considerarse la versión rudimentaria de un pez (de acuerdo, carece de algunas de las características importantes de los peces, pero cualquiera puede visualizar el sendero evolutivo por el que una cria- tura semejante podría convertirse en pez). Un tunicado, en cambio, ya es otra cosa. No nada como un pez. Ni como ningún otro animal. De hecho, no nada. No está nada claro por qué merece el ilustre nombre de Cordado. El típico tunicado es una bolsa llena de agua sala- da adherida a una piedra y dotada de un intestino y unos órganos repro- ductores. En la parte superior de la bolsa hay dos sifones, uno para absorber agua y otro para expulsarla. El agua entra continuamente por un sifón y vuelve a salir por el otro, pasando por el camino a través de la cesta faríngea, un filtro reticular que criba partículas de alimento. Algunos tunicados se agrupan en colonias, pero todos los individuos hacen básicamente lo mismo. Ningún tunicado recuerda por lo más remoto a un pez ni a vertebrado alguno, ni siquiera al anfioxo.

Ningún tunicado adulto, mejor dicho. Porque lo cierto es que, por mucho que difieran de los cordados en su fase adulta, las larvas de los tunicados parecen renacuajos. O larvas de lamprea (los amocetes del verso de Gargstang que hemos citado en el cuento anterior). Al igual que muchas otras larvas de animales sésiles y bentónicos que se

 

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el cuento del antepasado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Incorporación de los tunicados. Los animales provistos de un rígido notocordio cartilaginoso se engloban en el grupo de los Cordados (los seres humanos conservamos vestigios de ese cordón en los discos que tenemos entre las vértebras). Es un hecho aceptado desde hace tiempo que, dentro de los Cordados, los tunicados y sus semejantes (que suman unas

2.000 especies conocidas) son los que guardan un parentesco más lejano con todos los demás, algo que también se ha visto corroborado por recientes datos moleculares.

 

Ilustración: ascidia azul (Rhopalaea crassa).

 

 

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tunicados

 

alimentan filtrando el agua, las larvas de los tunicados nadan entre el plancton. Se impulsan moviendo una cola postanal de un lado a otro. Tienen notocordio y cordón nervioso dorsal, y su aspecto es, como mínimo, el de un cordado rudimentario. Cuando están listas para metamorfosearse en adultos, se adhieren con la cabeza a una roca (o a cualquiera que vaya a ser su asentamiento en la fase adulta), pierden la cola, el notocordio y la mayor parte del sistema nervioso, y se tor- nan sedentarias de por vida.

Las larvas de los tunicados reciben incluso el nombre de larvas renacuajo. El mismo Darwin reparó en su importancia y les dedicó la siguiente introducción (poco halagadora, la verdad) bajo el  nom-  bre de ascidias:

 

Casi no parecen animales. Consisten en un simple saco duro y correoso con dos pequeños orificios protuberantes. Pertenecen a los moluscoides de Huxley, una subdivisión del gran reino de los Moluscos, aunque últi- mamente algunos naturalistas los sitúan entre los gusanos. Las larvas se parecen un poco a los renacuajos y son capaces de nadar a voluntad.

 

He de decir que ya no existe ni el grupo de los moluscoides ni el de los gusanos, y que los tunicados ya no se consideran cercanos a los moluscos ni a los gusanos. Darwin menciona lo contento que se puso al descubrir una de esas larvas en las Malvinas, en 1833, y prosigue así:

 

El señor Kovalevsky ha señalado recientemente que las larvas de las asci- dias están relacionadas con los vertebrados en cuanto a desarrollo, a la posición relativa del sistema nervioso y al hecho de poseer una estructu- ra muy parecida al chorda dorsalis de los animales vertebrados... Tendríamos, pues, motivos justificados para creer que, en épocas remotísimas, debió de existir un grupo de animales, semejante en muchos aspectos a las lar- vas de las actuales ascidias, que se escindió en dos grandes ramas: la que sufrió un retroceso y dio lugar a la clase de las Ascidias, y la que subió a lo más alto del reino animal y dio origen a los Vertebrados.

 

Pero ahora nos encontramos con una división de opiniones entre expertos. Existen dos teorías de lo que ocurrió: la que aventuró Darwin y la que en «El Cuento del Ajolote» hemos atribuido a Walter Garstang.

 

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el cuento del antepasado

 

Recordará el lector el mensaje de dicho cuento, la cuestión de la neotenia: en ocasiones, los órganos sexuales se desarrollan en la fase larvaria y el organismo madura sexualmente aunque en otros aspec- tos continúe siendo inmaduro. Ya hemos aplicado las enseñanzas del ajolote a los perros pequineses, a los avestruces e, incluso, a nosotros mismos: según algunos científicos, los humanos seríamos simios neo- ténicos que hemos acelerado nuestro desarrollo reproductivo y eli- minado la fase adulta de nuestro ciclo vital.

Garstang aplicó esta misma teoría a los tunicados. A su modo de ver, la fase adulta de nuestro remoto antepasado era una ascidia sésil que desarrolló la larva renacuajo como adaptación para dispersarse, del mismo modo que las semillas de diente de león cuentan con un pequeño paracaídas para que la siguiente generación arraigue lejos del emplazamiento de su progenitor. Según Garstang, los vertebrados descendemos de larvas de tunicados que no llegaron a crecer; o dicho de otro modo, de larvas cuyos órganos reproductores se desarrolla- ron, pero que nunca llegaron a convertirse en tunicados adultos.

Si Aldous Huxley levantase la cabeza, podría escribir una novela en la que la longevidad humana fuese tan grande que un super Matusalén podría terminar sentando la cabeza y metamorfoseándose en una asci- dia gigantesca, anclada de por vida al sofá delante de la televisión. La trama cobraría mayor fuerza satírica gracias al mito popular de que las larvas de ascidia, cuando abandonan la actividad pelágica para tornar- se adultos sésiles, se comen su propio cerebro. Se ve que, en su día, alguien debió de ofrecer una versión algo pintoresca del proceso, mucho más prosaico, por el cual las larvas de tunicado, al igual que las orugas dentro de la crisálida, descomponen sus tejidos y los reciclan para cons- truir el cuerpo adulto. Esto incluye la desintegración del ganglio de la cabeza, que era útil cuando la larva nadaba activamente entre el planc- ton. Prosaico o no, lo cierto es que una metáfora tan prometedora como ésa no podía pasar desapercibida: era inevitable que un meme tan fecun- do se propagase. Más de una vez me he topado con la afirmación de que las larvas de los tunicados, cuando les llega el momento de optar por una vida sedentaria, «se comen su propio cerebro, como los pro- fesores adjuntos cuando consiguen la plaza fija».

Dentro del subfilo de los tunicados existe un grupo de animales lla- mados larváceos que, aunque desde el punto de vista reproductivo sean

 

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tunicados

 

adultos, se asemejan a las larvas de que venimos hablando. Garstang, viendo en ellos una reedición más reciente de su antiguo guión evo- lutivo, les echó el guante: a su modo de ver, los larváceos descendían de tunicados sésiles que vivían en el fondo del mar y tenían una fase larvaria planctónica. Desarrollaron la capacidad reproductora en la fase larvaria y eliminaron la fase adulta de su ciclo vital. Todo esto podría haber sucedido en épocas bastante recientes, lo cual nos da una fascinante idea de lo que tal vez les ocurrió a nuestros antepasa- dos hace 500 millones de años.

La teoría de Garstang es, sin duda, atractiva y durante muchos años gozó de un notable predicamento, sobre todo en Oxford, gracias a la influencia de Alister Hardy, el persuasivo yerno de Garstang. En fechas recientes, sin embargo, los análisis genéticos han inclinado la balan- za del lado de la teoría original de Darwin. Si los larváceos consti- tuyen una recreación reciente del antiguo escenario descrito por Garstang, deberían estar más relacionados con algunos tunicados modernos que con otros. Por desgracia, no es así. La ramificación más antigua dentro de todo el filo es la que separó a los larváceos de todos los demás. Esto no demuestra tajantemente que Garstang estuviese equivocado pero, tal y como me ha señalado Peter Holland, el actual titular de la cátedra de Alister Hardy, resta solidez a sus argumentos (y de un modo que ni Garstang ni Hardy podrían haber previsto).

La fecha que he adoptado para la antigüedad del Contepasado 24 es hace 565 millones de años, lo cual lo convierte en nuestro tatara- buelo número 257 millones, pero estas cifras son cada vez más apro- ximativas. Puede que se pareciese a una larva de tunicado, pero, en contra de lo que sostenía Garstang, lo más probable es que los tuni- cados adultos evolucionasen después, tal y como sugirió Darwin. Éste dio tácitamente por supuesto que el adulto de esa remota especie se parecía a un renacuajo. Una rama de sus descendientes conservó el aspecto de renacuajo y evolucionó hasta dar origen a los peces, mien- tras que la otra rama obtuvo una plaza fija, se asentó en el fondo del mar y se convirtió en un filtrador sésil, conservando su antigua forma adulta únicamente en la fase larvaria.

 

 

 

 

 

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Encuentro 25

Ambulacrarios

 

 

 

 

 

 

 

Nuestra partida de peregrinos es ya una horda bulliciosa compuesta por todos los vertebrados más sus parientes, los cordados primitivos, los anfioxos y los tunicados. Resulta un tanto sorprendente que los siguientes peregrinos en incorporarse a nuestras filas, nuestros parien- tes más cercanos entre los invertebrados, sean unas criaturas tan extra- ñas (no tardaré en calificarlas de marcianas) como la estrella de mar, el erizo de mar, la ofiura o el pepino de mar. Todos ellos, junto con un grupo extinguido en su mayor parte, los llamados crinoideos o lirios de mar, constituyen el filo de los Equinodermos, o animales «de piel espinosa». Antes de agregársenos, los equinodermos se habían unido a unos cuantos grupos de criaturas vermiformes a los que, a falta de pruebas moleculares, se solía clasificar en otros lugares del reino ani- mal. Los balanoglosos y semejantes (Enteropneustos y Pterobranquios) se consideraban, como los tunicados, miembros del grupo de los Protocordados. En la actualidad, los análisis moleculares los vinculan a los equinodermos, de los cuales no están tan alejados, en un super- filo llamado Ambulacrarios.

Entre los Ambulacrarios también se incluye ahora a un curioso gusa- nito llamado Xenoturbella. Nadie sabía dónde colocar al pequeño Xenoturbella, que no posee casi nada de lo debe tener cualquier gusa- no que se precie, como un verdadero sistema digestivo y excretor. Los zoólogos se dedicaron a mover a esta oscura criatura de filo en filo hasta que, en 1997, cuando ya lo habían dado por imposible, alguien anunció que, a pesar de las apariencias, se trataba de un molusco bival-

 

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Incorporación de las estrellas de mar y semejantes

 

 

 

ambulacrarios

 

vo pariente de los berberechos que había sufrido un proceso dege- nerativo. La rotunda afirmación se basaba en pruebas moleculares.   El ADN de Xenoturbella se parece mucho al de un berberecho y, ade- más, como para zanjar la cuestión de forma categórica, en varios espe- cimenes del gusanito de marras se encontraron huevos de molusco. Pero, ¡atención! Como si estuviésemos ante la clásica pesadilla del moderno detective forense (la contaminación del ADN del presunto asesino por el de la víctima), resulta que la razón por la que Xenoturbella contiene ADN y huevos de moluscos es... que se alimenta de molus- cos. Lo que queda de Xenoturbella auténtico cuando se extrae el ADN de molusco revela una afinidad más sorprendente si cabe: Xenoturbella es un miembro de los Ambulacrarios, posiblemente el último que se les unió antes de que nos encontremos con ellos en el Encuentro 25. Otras pruebas moleculares sitúan este encuentro a finales del Precámbrico, tal vez hace unos 570 millones de años. Calculo que el Contepasado 25 es nuestro tatarabuelo número 280 millones. No tene- mos ni idea de cómo era, pero no cabe duda de que se parecía más a un gusano que a una estrella de mar. Todo apunta a que los Equino- dermos desarrollaron su simetría radial a partir de antepasados con simetría bilateral: los llamados Bilaterios o Bilaterales.

Los Equinodermos constituyen un gran filo que engloba unas seis mil especies modernas y un registro fósil muy respetable que se remon- ta hasta el Cámbrico. Entre esos fósiles arcaicos figuran algunas cria- turas con una asimetría de lo más extraña. De hecho, tal vez sea ése el primer adjetivo que le viene a uno a la cabeza cuando contempla un equinodermo: extraño. Un colega mío calificó en cierta ocasión a los moluscos cefalópodos (pulpos, calamares y sepias) de marcianos. No le faltaba razón, pero mi candidato para dicho calificativo sería la

 

Incorporación de las estrellas de mar y semejantes. Los Cordados pertenecemos a una gran rama de animales conocidos como Deuteróstomos. Recientes estudios moleculares dan a entender que las aproximadamente 8.100 especies de Deuteróstomos forman un mismo grupo. Este nuevo grupo, al que se ha dado el nombre de

 

 

Ambulacrarios, parece bastante sólido, aunque hay dudas en cuanto a la inclusión dentro de los Xenoturbélidos de un par de especies un tanto amorfas.

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: pepino tropical o manzana de mar (Pseudo- colochirus violaceus); erizo de mar (Echinus esculentus); estrella de mar común (Asterias rubens); ofiura (especie Ophiothrix); Cenometra bella; enteropneusto.

 

 

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el cuento del antepasado

 

estrella de mar. En este contexto, un marciano es aquella criatura cuya extrañeza, al mostrarnos lo que no somos, nos ayuda a ver con más cla- ridad lo que somos.

La mayoría de los animales terrestres poseen simetría bilateral: tienen un extremo anterior y un extremo posterior, un lado izquier- do y un lado derecho. La simetría de las estrellas de mar, en cambio, es radial: tienen la boca justo en medio del lado inferior y el ano jus- to en medio del superior. La mayoría de los Equinodermos son simi- lares, aunque los erizos de mar y los dólares de la arena han redescu- bierto hasta cierto punto la simetría bilateral para excavar en la arena y presentan una parte delantera y otra trasera bien diferenciadas. En el supuesto de que las marcianas estrellas de mar tengan lados, ten- drán cinco (o, en algunos casos, un número mayor), no dos, como la mayoría de los animales terrestres. Éstos, además, tienen sangre; las estrellas de mar, en cambio, tienen agua de mar. Los animales terres- tres se mueven, en su mayoría, gracias a la acción mecánica de los mús- culos sobre los huesos o algún otro elemento esquelético. Las estre- llas de mar se mueven mediante un sistema hidráulico único que funciona a base de agua bombeada. Sus verdaderos órganos locomo- tores son los cientos de minúsculos piececillos tubulares o pedicelos dispuestos en hileras en el lado inferior a lo largo de los cinco radios. Cada uno de los pedicelos se asemeja a un tentáculo delgado con una pequeña ventosa redonda en la punta. Por separado son dema- siado pequeños para poder mover al animal, pero todos juntos le permiten un movimiento lento pero seguro. Cada pedicelo tiene en su extremo una diminuta ampolla; cuando ésta se comprime, ejerce una presión hidráulica que hace que el pedicelo se estire. El ciclo de actividad de cada pedicelo se asemeja al de una minúscula pata: una vez ejercida la fuerza de arrastre, libera la ventosa, se levanta y vuelve a alargarse hacia delante para fijar la ventosa en un nuevo punto de apoyo y dar otro paso.

Los erizos de mar se desplazan de la misma manera. Los pepinos de mar, que tienen forma de salchichas verrugosas, también se despla- zan así, aunque los que se entierran en la arena se mueven igual que los gusanos, esto es, primero comprimen el cuerpo para que se pro- longue hacia delante, y acto seguido tiran del extremo posterior. Las ofiuras, que (normalmente) tienen cinco brazos esbeltos y ondulan-

 

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ambulacrarios

 

tes que nacen de un disco central casi circular, se desplazan remando con los brazos enteros, no arrastrándose mediante pedicelos. Las estre- llas de mar también poseen músculos capaces de mover los brazos. Los usan, por ejemplo, para atrapar presas y abrir las conchas de los meji- llones.

El término delantero es arbitrario cuando se trata de estos marcianos, y esto vale tanto para las estrellas de mar como para las ofiuras y la mayoría de los erizos de mar. A diferencia de casi todas las formas de vida terrestres, que poseen un extremo anterior representado por la cabeza, las estrellas de mar pueden «encabezar la marcha» con cual- quiera de sus cinco brazos. De algún modo, los centenares de pedice- los se las arreglan para seguir al «brazo conductor», pero este papel de liderazgo pasa de un brazo a otro. La coordinación se logra median- te un sistema nervioso, pero se trata de un sistema nervioso diferen- te de los otros que conocemos. La mayoría de los sistemas nerviosos se basan en un largo cable troncal que va de delante a atrás, ya sea a lo largo de la cara dorsal (como nuestra médula espinal) o de la ven- tral, en cuyo caso suele ser doble, con una trama de conexiones entre el lado derecho y el lado izquierdo (como en los gusanos y en todos los artrópodos). En la típica criatura terrestre, el cable longitudinal tiene ramificaciones neurales, a menudo dispuestas por parejas en seg- mentos (los llamados metámeros) que se repiten en serie de delante a atrás. Y por lo general posee ganglios, unos nódulos que cuando son lo bastante grandes reciben un nombre más respetable: cerebro. El sistema nervioso de las estrellas de mar es completamente diferente. Como cabía esperar, está dispuesto en forma de radios. Consta de un anillo completo, justo alrededor de la boca, del que salen cinco cables (o tantos como brazos posea el animal), uno a lo largo de cada bra- zo. Como es lógico, los pedicelos de cada brazo están controlados por el cable que recorre el brazo.

Además de los pedicelos, algunas especies también poseen cente- nares de los llamados pedicelarios dispuestos por la cara inferior de los cinco brazos. Dotados de minúsculas pinzas, los pedicelarios sirven para coger comida o como defensa contra pequeños parásitos.

Por muy marcianos que parezcan, lo cierto es que las estrellas de mar y sus semejantes son parientes relativamente cercanos del hom- bre. De todas las especies animales, sólo menos de un cuatro por

 

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el cuento del antepasado

 

ciento guarda con nosotros un parentesco más cercano que las estre- llas de mar. La mayor parte del reino animal todavía no se ha incor- porado a nuestra peregrinación y casi toda esa inmensa horda de pere- grinos llegará de golpe en el Encuentro 26. Los protóstomos están a punto de apabullar incluso a la multitud de peregrinos que ya está en marcha.

 

 

 

 

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Encuentro 26

Protóstomos

 

 

 

 

 

 

 

A estas alturas, sumidos como estamos en las profundidades del tiem- po geológico y cada vez más privados del respaldo irrebatible de los fósiles, nos vemos obligados a depender por completo de la técnica que en el «Prólogo General» denominé telemetría molecular. La parte buena es que esta técnica cada vez más refinada y ha venido a confir- mar una convicción que los anatomistas o, mejor dicho, los embrió- logos comparativos, tenían desde hace mucho tiempo: que la mayor parte del reino animal se halla dividida en dos grandes subreinos, los deuteróstomos y los protóstomos.

Y aquí es donde entra en escena la embriología. En el inicio de su  vida embrionaria, los animales, en general, experimentan un aconte- cimiento decisivo llamado gastrulación. El ilustre embriólogo Lewis Wolpert, voz discordante del mundo científico, dijo:

 

El momento más importante de nuestras vidas no es del nacimiento, ni el del matrimonio ni el de la muerte, sino el de la gastrulación.

 

La gastrulación es algo que todos los animales hacen en las primeras etapas de su vida. En general, antes de la gastrulación, el embrión de un animal consiste en una bola de células hueca llamada blástula cuyas paredes están formadas por una sola capa del grosor de una célula. Durante la gastrulación, la bola se invagina para formar una cavidad de dos capas de grosor. La apertura de la cavidad se cierra hasta for- mar un pequeño orificio llamado blastoporo. Casi todos los embriones

 

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Incorporación de los protóstomos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

protóstomos

 

animales pasan por esta estapa, luego cabe presumir que es una carac- terística antiquísima. Lo lógico sería suponer que una apertura tan fundamental se convierta en uno de los dos orificios principales del cuerpo, y con razón. Pero he aquí la gran división del reino animal, entre los Deuteróstomos (todos los peregrinos anteriores al Encuentro 26, incluidos nosotros) y los Protóstomos (la ingente multitud que se nos une en el Encuentro 26).

En la embriología de los Deuteróstomos, el destino del blastopo- ro es convertirse en el ano (o, como mínimo, el ano se desarrolla cer- ca del blastoporo). La boca aparece después, un orificio diferente en el extremo opuesto del intestino. Los Protóstomos lo hacen de otra forma: en unos, el blastoporo se convierte en la boca, y el ano apare- ce después; en otros, el blastoporo es una hendidura que posterior- mente se fusiona en el medio: uno de los extremos todavía abiertos se convierte en la boca, y el otro en el ano. Protóstomo significa «la boca en primer lugar». Deuteróstomo significa «la boca en segundo lugar».

Esta clasificación embriológica tradicional del reino animal se ha visto confirmada por los modernos análisis moleculares. Efectivamente, hay dos grandes tipos de animales, los deuteróstomos (nuestro gru- po) y los protóstomos (todos los demás). Ahora bien, los revisionistas moleculares (en cuyo criterio me baso) han colocado en el subreino de los Protóstomos algunos filos que solían incluirse en el de los Deuteróstomos. Se trata de los tres filos conocidos como lofoforados

 

Incorporación de los protóstomos. En este Encuentro, las aproximadamente 60.000 especies conocidas de deuteróstomos se unen a más de un millón de especies conocidas de protóstomos. La filogenia de los protóstomos aquí representada es consecuencia de una de las reorganizaciones más radicales propiciadas recientemente por la genética. Ahora todos los taxónomos dan por buena la división entre los dos grandes grupos (protóstomos y deuteróstomos) pero el orden de ramificación dentro de los mismos es sumamente dudoso. En particular, existe bastante incertidumbre en cuanto al orden de las siete líneas ancestrales de la izquierda (los Lofotrocozoos).

 

 

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: arenaria o gusano de cordel (especie Arenicola); caracol (Helix aspersa); briozoo desconocido; grastrotrico (Chaetonotus simrothi); planaria (Pseudocerus dimidiatus); rotífero bdeloideo (Philodina gregaria); nematodo desconocido; hormiga cortadora de hojas (especie Atta); gusano aterciopelado (Peripatopsis moseleyi); tardígrado desconocido.

 

 

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(los foronídeos, los braquiópodos y los briozoos), que ahora se agru- pan junto con los moluscos y los anélidos en la división de los Lofotrocozoos, dentro de los Protóstomos. Que no se le ocurra al lec- tor memorizar el nombre de lofoforados; lo he mencionado simplemen- te porque puede que a los zoólogos más veteranos les sorprenda no encontrárselos entre los Deuteróstomos. Asimismo, existen algunos animales que no son ni Protóstomos ni Deuteróstomos, pero ya nos ocuparemos de ellos más adelante.

El Encuentro 26 es el mayor de todos; más que un encuentro, es una gigantesca concentración de peregrinos. ¿Cuándo tiene lugar? Es difícil calcular una fecha tan remota. Calculo que hace unos 590 millo- nes de años, con un amplio margen de error tanto por arriba como por abajo. Lo mismo vale para la afirmación de que el Contepasado 26 es nuestro trescientosmillonésimo tatarabuelo. Los Protóstomos representan el grueso del contingente de peregrinos animales. Como nuestra especie pertenece a la rama de los Deuteróstomos, les he concedido una especial atención en este libro; a los Protóstomos, en cambio, los presento a todos de golpe, incorporándose a la peregri- nación todos juntos, en un mismo punto de encuentro. Los Protósto- mos no son los únicos que lo verían a la inversa: cualquier observa- dor imparcial también.

Los Protóstomos comprenden muchos más filos que los Deuterós- tomos, entre ellos los mayores de todos. Engloban a los Moluscos, que poseen el doble de especies que los Vertebrados, a los tres gran- des filos de Gusanos (nematodos, platelmintos y anélidos) y, por enci- ma de todos, a los Artrópodos: insectos, crustáceos, arañas, escorpio- nes, ciempiés, milpiés y varios otros grupos menores. Por sí solos, los insectos constituyen, como mínimo, tres cuartas partes de todas las especies animales del planeta, y puede que más. Como dice Robert May, el actual presidente de la Royal Society, en la práctica todas las especies son insectos.

Antes de la llegada de la taxonomía molecular, los animales se agru- paban y dividían en función de su anatomía y embriología. De todas las categorías clasificatorias –especie, género, órden, clase, etc.–, el filo gozaba de un estatus especial, casi místico. Los animales que perte- necían al mismo filo estaban claramente relacionados entre sí. Los que pertenecían a filos diferentes eran demasiado distintos como para

 

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protóstomos

 

poder tomarse en serio cualquier posible relación entre ellos. Los filos estaban separados por un abismo prácticamente insalvable. Hoy en día, la comparación molecular indica que los filos están mucho más conectados de lo que se creía. En cierto modo, era algo obvio: nadie pensaba que los filos animales hubiesen surgido del limbo primor- dial por separado. Tenían que estar relacionados entre sí según el mis- mo modelo jerárquico de los elementos que los constituyen. Lo úni- co que ocurría es que esas conexiones se perdían en la noche de los tiempos y eran difíciles de apreciar.

Había excepciones. Basándose en la embriología, los taxónomos admitían el agrupamiento Protóstomos-Deuteróstomos por encima del nivel del filo. Y dentro de los Protóstomos se aceptaba mayorita- riamente que los Anélidos (las lombrices segmentadas, las sanguijue- las y los poliquetos) estaban relacionados con los Artrópodos en tan- to que ambos tenían un plan corporal segmentado. Como veremos más adelante, esta conexión en particular parece ser errónea: hoy en día los Anélidos se asocian con los moluscos. A decir verdad, siempre resultó desconcertante que la larva de los anélidos marinos se pare- ciese tanto a la de muchos moluscos; no en vano se las conoce por el mismo nombre: larva trocófora. Si es correcto colocar a los anélidos en la misma categoría que los moluscos, eso significa que lo que se inventó dos veces fue la segmentación (por los anélidos y los artrópo- dos), no la larva trocófora (por los anélidos y los moluscos). El paren- tesco entre los anélidos y los moluscos, y su separación de los artró- podos, es una de las mayores sorpresas que la genética molecular ha deparado a los zoólogos que crecimos estudiando una taxonomía basa- da en la morfología.

A partir de los análisis moleculares, los filos de los protóstomos se agrupan en dos, o puede que tres, grupos principales que, supongo, podríamos llamar superfilos. Algunos expertos se resisten a aceptar esta clasificación, pero yo, sin dejar de reconocer que podría ser errónea, voy a seguir utilizándola. Los dos primeros superfilos se llaman Ecdisozoos y Lofotrocozoos. El tercer superfilo, que no goza de tanta aceptación pero que prefiero considerar como tal en lugar de agruparlo con los lofotrocozoos, como hacen algunos, es el de los Platizoos.

Los Ecdisozoos deben su nombre a su característico hábito de cre- cer por muda: la llamada ecdisis (voz griega que más o menos signifi-

 

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ca «desvestirse»). De esto se deduce inmediatamente que los insec- tos, los crustáceos, las arañas, los milpiés, los ciempiés, los trilobites y otros artrópodos son Ecdisozoos, lo que quiere decir que la facción ecdisozoaria de los Protóstomos es realmente enorme, superando de largo las tres cuartas partes del reino animal.

Los artrópodos dominan tanto la tierra (principalmente los insec- tos y las arañas) como el mar (los crustáceos y, en épocas pasadas, los trilobites). A excepción de los euriptéridos, los escorpiones1 del Paleozoico que, según conjeturamos, debían de aterrorizar a los peces de aquel entonces, los artrópodos no han alcanzado un tamaño tan grande como el de algunos vertebrados. Esto suele atribuirse a las limi- taciones impuestas por el exoesqueleto acorazado y los rígidos tubos articulados que les recubren el cuerpo y las extremidades, lo cual les obliga a crecer por ecdisis, esto es, despojándose periódicamente de la cutícula y desarrollando una nueva y mayor. Lo que no acabo de tener claro es cómo se las arreglaban los euriptéridos para eludir esta supuesta limitación al tamaño.

La clasificación de las diferentes clases de artrópodos sigue sien- do motivo de discordia. Algunos zoólogos mantienen la antigua opi- nión de que los insectos deben ir con los miriápodos (ciempiés, mil- piés y similares), separados de los crustáceos, pero la mayoría agrupa a los insectos con los crustáceos, dejando fuera a los miriápodos y a los arácnidos. Unos y otros coinciden en que las arañas y los escorpio- nes, además de los terroríficos euriptéridos, pertenecen al grupo de los quelicerados. Limulus, el fósil viviente conocido con el desafortu- nado nombre de cangrejo de las Molucas, también se incluye entre los quelicerados, a pesar de su aparente semejanza con los extintos trilo- bites, que constituyen por sí mismos un grupo aparte.

 

 

1. En el Paleozoico también había escorpiones gigantes terrestres de un metro de largo, dato éste en el que no puedo pensar con impasible objetividad (uno de mis primeros recuerdos infantiles, antes de desmayarme, es la imagen de un moderno escorpión africano picándome). El mayor trilobite que se conoce, Isotelus rex, alcanza- ba 72 centímetros de longitud. En el Carbonífero prosperaron libélulas con una enver- gadura de hasta 70 centímetros. El mayor artrópodo de la actualidad, el cangrejo gigan- te del Japón, Macrocheira kaempferi, tiene un cuerpo de 30 centímetros, y el espacio que abarca con sus larguísimas extremidades rematadas en pinzas puede llegar hasta los cuatro metros.

 

 

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Afines a los artrópodos dentro de los Ecdisozoos, y en ocasiones conocidos como panartrópodos, hay dos pequeños contingentes de pere- grinos, los onicóforos y los tardígrados. Ahora, los onicóforos o gusa- nos aterciopelados, como Peripatus, se clasifican en el filo de los Lobopodios, que, como veremos en «El Cuento del Gusano Aterciope- lado», cuenta con un importante registro fósil. Peripatus se parece un poco a una oruga con una cara muy simpática, aunque, en este senti- do, los que se llevan la palma son los tardígrados: siempre que veo uno me dan ganas de quedármelo como mascota. También conocidos como osos de agua, los tardígrados tienen, efectivamente, el adorable aspec- to de un osezno. De un osezno muy pequeño, eso sí, pues sin micros- copio cuesta mucho verlos agitando sus ocho patitas regordetas con una torpeza infantil encantadora.

El otro gran filo dentro del superfilo de los Ecdisozoos es el de los gusanos nematodos, que también son numerosísimos, como señaló de forma memorable hace mucho tiempo el zoólogo estadouniden- se Ralph Buchsbaum:

 

Si desapareciese toda la materia del universo salvo los nematodos, nues- tro mundo seguiría siendo vagamente reconocible... Encontraríamos las montañas, colinas, valles, ríos, lagos y océanos representados por una capa de nematodos... Los árboles seguirían en pie, formando fantasmales hile- ras que representarían nuestras calles y autopistas. Sería posible localizar las diversas plantas y animales, y, en muchos casos, si tuviésemos el sufi- ciente conocimiento, hasta el nombre de las diferentes especies, exami- nando los nematodos que las parasitaban.

 

La primera vez que leí el libro de Buchsbaum me entusiasmó esa imagen, pero ahora he de confesar que, después de releerlo, tengo mis dudas. Digamos, simplemente, que los gusanos nematodos son sumamente numerosos y omnipresentes.

Otros filos de menor entidad dentro de los Ecdisozoos compren- den diversos tipos de gusanos, como los priapúlidos o gusanos fáli- cos. El nombre es bastante adecuado, aunque el campeón en este sen- tido es la seta cuyo nombre latino es Phallus (de la que hablaremos en el Encuentro 34). A primera vista, sorprende que en la actualidad los priapúlidos se clasifiquen tan alejados de los anélidos.

 

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Los peregrinos lofotrocozoos pueden verse superados en núme- ro por los ecdisozoos, pero hasta ellos son mucho más numerosos que nosotros los deuteróstomos. Los dos grandes filos dentro de los lofo- trocozoos son los moluscos y los anélidos. No cabe confundir a los gusanos anélidos con los nematodos, ya que los primeros son segmen- tados (al igual que los artrópodos, como acabamos de ver). Esto sig- nifica que su cuerpo está constituido por una serie de segmentos que se repiten a lo largo del cuerpo, como los vagones de un tren. Muchas partes del cuerpo, como, por ejemplo, los ganglios nervio- sos y los vasos sanguíneos que rodean el intestino, se repiten en cada uno de los segmentos a lo largo de todo el cuerpo. Lo mismo ocurre con los artrópodos; el caso más evidente es el de los milpiés y ciem- piés, cuyos segmentos son todos prácticamente iguales. En las langos- tas, o, más aún, en los cangrejos, muchos de los segmentos son dife- rentes entre sí, pero así y todo salta a la vista que tienen el cuerpo segmentado longitudinalmente. Seguro que sus antepasados tenían segmentos más uniformes, como las cochinillas de humedad o los mil- piés.2 En este sentido, los gusanos anélidos son como los milpiés o las cochinillas, aunque son parientes más cercanos de los moluscos no segmentados. Los anélidos más conocidos son las lombrices comu- nes. En Australia tuve el privilegio de ver lombrices gigantes (Megascolides australis), que, según se dice, pueden alcanzar los cua- tro metros de longitud.

Dentro de los lofotrocozoos hay más filos vermiformes, como, por ejemplo, los gusanos nemertinos, que no deben confundirse con los nematodos. La semejanza del nombre es desafortunada y no ayuda mucho que digamos, pero para mayor confusión existen otros dos filos de gusanos llamados nematomorfos y nemertodermátidos. Nema, o nematos, significa «hilo» en griego, mientras que Nemertes es el nombre de una ninfa marina: una desafortunada coincidencia. En una excur- sión a la costa de Escocia con nuestro profesor de biología, el entu- siasta I. F. Thomas, encontramos un nemertino gigante, Lineus longis- simus, una especie legendaria capaz de crecer hasta los 50 metros de

 

2. Existen unos milpiés maravillosos (la especie Glomeris marginata) que se pare- cen a las cochinillas de humedad y se comportan exactamente igual. Son uno de mis ejemplos favoritos de evolución convergente.

 

 

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longitud. Nuestro espécimen medía como mínimo diez metros, pero no recuerdo la cifra exacta, y como, por desgracia, el señor Thomas ha perdido la fotografía con que inmortalizó tan memorable hallaz- go, éste quedará en la memoria como una versión nemertiana de las típicas mentiras de los pescadores.

Hay varios otros filos más o menos vermiformes, pero el más gran- de y más importante de todos los filos de los lofotrocozoos es el de los moluscos: caracoles, ostras, amonites, pulpos y semejantes. Aunque la mayoría de los peregrinos moluscos se arrastran a paso de caracol, los calamares están entre los nadadores más rápidos del mar, gracias a una especie de propulsión a chorro. Ellos, y sus primos los pulpos, son capaces de llevar a cabo los cambios de coloración más especta- culares del reino animal, con muchísima más pericia que el prover- bial camaleón, y mucho más rápido. Los amonites eran unos parien- tes de los calamares dotados de unas caracolas con forma de espiral que les servían de órganos de flotación, como es el caso del moderno Nautilus. En su día, los amonites infestaban los mares, pero termina- ron extinguiéndose a la vez que los dinosaurios. Me figuro que tam- bién cambiaban de color.

Otro gran grupo dentro de los moluscos es el que forman los bival- vos: ostras, mejillones, almejas, vieiras, etc. Los bivalvos tienen un solo músculo, pero sumamente fuerte, el aductor, cuya función es cerrar las dos valvas que les dan nombre y mantener la concha cerrada como defensa contra los depredadores. Cuídese mucho el lector de meter el pie dentro de una almeja gigante (Tridacna), porque no lo sacaría jamás. Entre los bivalvos figura la llamada broma o teredo, que usan las valvas para perforar el casco de los barcos de madera y los pilones de los muelles y embarcaderos. Es probable que el lector haya visto algu- na vez la huella de sus andanzas: unos agujeros perfectamente circu- lares. Las barrenas ovaladas, de la familia de los foládidos, hacen algo parecido, sólo que en las rocas.

Superficialmente similares a los bivalvos son los braquiópodos, que también forman parte del enorme contingente lofotrocozoico de los peregrinos protóstomos, pero no son parientes cercanos de los bival- vos. En «El Cuento del Pez Pulmonado» ya nos hemos encontrado con uno de ellos, Lingula, uno de los famosos fósiles vivientes. En la actua- lidad sólo quedan unas 350 especies de braquiópodos, pero en el

 

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Paleozoico competían de tú a tú con los bivalvos.3 El parecido entre ambos es superficial: las dos valvas de los moluscos son laterales, izquier- da y derecha, mientras que las de los braquiópodos son una superior y otra inferior. El estatus de los peregrinos braquiópodos, así como el de dos grupos afines de lofotrocozoos llamados forónidos y briozoos, sigue siendo objeto de discusión. Como ya he mencionado anteriormente, al colocarlos dentro de los Lofotrocozoos (a cuyo nombre, de hecho, han contribuido) me estoy guiando por la escuela de pensamiento dominante en la actualidad. Algunos zoólogos los dejan donde solí- an estar, esto es, no entre los Protóstomos sino entre los Deuteróstomos, pero me temo que la suya sea una batalla perdida.

Según algunos expertos, el tercer gran grupo del superfilo de los Protóstomos, los Platizoos, debería unirse al de los Lofotrocozoos. Plati significa «plano», y el nombre de Platizoos procede de uno de los filos que lo componen, los Platelmintos o gusanos planos. Helminto signi- fica «gusano intestinal», pero, si bien algunos platelmintos son pará- sitos (las tenias y los trematodos), también hay un gran grupo de pla- telmintos de vida libre: los turbelarios, que suelen ser bellísimos. Recientemente, los taxónomos han sacado de los Protóstomos a algu- nas de las especies que tradicionalmente se clasificaban dentro de los platelmintos, como, por ejemplo, los acelos, de los que nos ocupare- mos enseguida.

Otros filos se colocan provisionalmente dentro de los Platizoos, pero por la sencilla razón de que no hay otro lugar más seguro don- de ponerlos y, en general, ni siquiera son planos. Aunque pertenez- can a la categoría de los filos menores, son fascinantes por derecho propio y, en un manual de zoología invertebrada, cada uno de ellos merecería un capítulo entero, pero, por desgracia, tenemos una pere- grinación que completar y hemos de apretar el paso. De todos ellos me limitaré a mencionar a los rotíferos, que tienen un cuento que con- tarnos.

Los rotíferos son tan pequeños que en un primer momento se les clasificaba junto a los llamados animálculos, protozoos unicelulares. Lo

 

 

3. Stephen Gould los comparó en un estupendo ensayo titulado «Barcos que pasan en la noche».

 

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Ceci n’est pas une coquille. Braquiópodo fósil (Doleorthis) del Silúrido.

 

 

 

cierto, sin embargo, es que son pluricelulares y bastante complejos. Un grupo de rotíferos, los bdeloideos, destaca por un hecho sorpren- dente, y es que nadie ha visto jamás a un macho de la especie. De esto trata su cuento, al que no tardaremos en llegar.

De manera que la inmensa riada de peregrinos Protóstomos, que recibe afluentes de todo tipo y que sin duda constituye la corriente dominante del reino animal, confluye en este punto de encuentro con los Deuteróstomos, el contingente subalterno (comparativamente hablando) cuyo progreso hemos seguido hasta ahora por la podero- sa razón de que es el nuestro.

El gran antepasado de ambos, el Contepasado 26 desde el pun- to de vista humano, es tremendamente difícil de reconstruir a una distancia temporal tan enorme. Lo más probable es que fuese una especie de gusano. Pero esto equivale simplemente a decir que era una cosa alargada, de simetría bilateral, con un lado izquierdo y otro derecho, un lado ventral y otro dorsal, y una cabeza y una cola. De hecho, algunos científicos se refieren a todos los animales que des- cienden del Contepasado 26 con el nombre de bilaterios, término que yo también usaré. ¿Por qué es tan común la forma de gusano? Los miembros más primitivos de los tres subgrupos de Protóstomos, así como los Deuteróstomos más primitivos, tienen en común esa estructura que en general podríamos denominar vermiforme. Así que escuchemos un cuento que nos explique lo que supone ser un gusano.

 

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Mi intención inicial era poner «El Cuento del Gusano» en los labios grisáceos y fangosos de una arenaria o gusano de cordel4 pero, por desgracia, las arenarias pasan la mayor parte del tiempo en una gale- ría con forma de U, que, como enseguida veremos, es justamente lo menos indicado para nuestro cuento. Lo que nos hace falta es el típi- co gusano que se arrastre o nade con decisión hacia delante, un gusa- no para el que los términos delante y detrás, izquierda y derecha, arriba y abajo, tengan un sentido claro y evidente. Así que vamos a adjudicar el papel de narrador a un pariente cercano de la arenaria: Nereis, la miñoca de mar o gusana del fango. Un artículo publicado en 1884    en una revista de pescadores decía así: «El cebo que se utiliza es el ciempiés acuático llamado gusana del fango». La gusana, naturalmen- te, no es un ciempiés, sino un poliqueto que vive en el mar, por cuyo fondo suele arrastrarse, aunque, llegado el caso, también es capaz de nadar.

 

 

EL CUENTO DE LA GUSANA DEL FANGO

 

Todo animal que se mueva, esto es, que se traslade de A a B en lugar de permanecer en un mismo lugar agitando los brazos o bombean-   do agua a través del cuerpo, necesitará con toda probabilidad una extremidad anterior especializada. De alguna forma habrá que lla- marla, así que llamémosla cabeza. La cabeza es la primera en recibir las novedades. Parece lógico ingerir la comida por el extremo que pri- mero se la encuentra y concentrar ahí los órganos sensoriales: tal vez un par de ojos, algún tipo de antenas, órganos del gusto y el olfato.   Lo mejor es que la mayor concentración de tejido nervioso –el cere- bro– esté cerca de los órganos sensoriales y cerca del extremo delan- tero, donde se encuentra el aparato encargado de la ingestión de ali- mentos. Así pues, podríamos definir la cabeza como el extremo

 

 

4. Una arenaria cantó con su boca grisácea y fangosa que en algún lugar, al norte, al sur o al oeste, moraba una raza amable, exultante y jovial...

W.B. YEATS (1865-1939)

 

 

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principal, el que aloja la boca, los principales órganos sensoriales y el cerebro (si lo hay). Otra buena idea es evacuar los excrementos por algún lugar cercano al extremo posterior, lejos de la boca, para evi- tar volver a ingerir lo que se acaba de expulsar. Dicho sea de paso, he de recordar al lector que, por muy lógico que resulte todo esto cuan- do hablamos de gusanos, en el caso de los animales de simetría radial, como las estrellas de mar, es evidente que el argumento no sirve. No tengo ni la menor idea de por qué las estrellas de mar y sus semejan- tes se desentendieron de este modelo; por cosas así los califiqué de marcianos.

Volvamos a nuestro gusano primigenio. Hemos hablado de su asi- metría antero-posterior, pero ¿qué decir de la asimetría supero-infe- rior? ¿Por qué tiene que existir un lado dorsal y un lado ventral? El argumento es parecido al anterior, sólo que esta vez sirve tanto para los gusanos como para las estrellas de mar. Dada la ley de la gravedad, es inevitable que existan muchísimas diferencias entre arriba y abajo. Abajo es donde está el fondo del mar, donde se produce la fricción; arriba es de dónde procede la luz solar, la dirección de donde nos caen las cosas encima. Es muy poco probable que los peligros nos amena- cen por igual desde abajo que desde arriba; en cualquier caso, serán peligros cualitativamente distintos. Así pues, nuestro gusano primiti- vo ha de tener dos lados especializados, uno superior o dorsal y otro inferior o ventral, y no simplemente desentenderse de cuál de los dos lados mira al suelo y cuál al cielo.

Si juntamos la asimetría antero-posterior con la dorso-ventral, habre- mos definido automáticamente un lado izquierdo y un lado derecho. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con los otros dos ejes, no hay ninguna razón para distinguir entre el lado izquierdo y el dere- cho: no hay motivos para que uno no sea reflejo idéntico del otro. No amenazan más peligros por la izquierda que por la derecha, ni vice- versa. Tampoco se encuentra más comida por la izquierda que por la derecha, aunque tal vez sí se encuentra más por arriba que por aba- jo, o al contrario. Cualquiera que sea la disposición idónea para el lado izquierdo, no hay ninguna razón general para que la del lado derecho sea diferente. Si los músculos o extremidades no se repitiesen exacta- mente a ambos lados, el animal se movería en círculos en lugar de en línea recta hacia algún objetivo.

 

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el cuento del antepasado

 

Quizá resulta significativo que la única excepción que se me ocu- rre es ficticia. Según una leyenda escocesa (que probablemente se inventó para divertir a los turistas, muchos de los cuales por lo vis- to se la creen), el haggis es un animal salvaje que vive en las tierras altas de Escocia. Tiene las patas de un lado mucho más cortas que las del otro, como corresponde a su costumbre de correr en senti- do único por las laderas de las empinadas colinas de aquella región. El ejemplo real más hermoso que se me ocurre es del calamar joya, un cefalópodo australiano que tiene el ojo izquierdo mucho más grande que el derecho. Nada en un ángulo de 45°, con el ojo izquier- do, grande y telescópico, apuntando hacia arriba en busca de comi- da, y el derecho apuntando hacia abajo, atento a los posibles depre- dadores. El chorlito piquituerto es un pájaro limícola de Nueva Zelanda con el pico sensiblemente torcido hacia la derecha. Lo utiliza para levantar guijarros en busca de pequeñas presas. Igualmente asombrosa es la asimetría manual de los cangrejos vio- linistas, que poseen una pinza enorme para luchar, o, mejor dicho, para demostrar que son capaces de luchar. Pero el caso más sorpren- dente de asimetría en el reino animal tal vez sea el que me contó Sam Turvey. Los fósiles de trilobites suelen presentar marcas de mor- discos, señal de que escaparon por los pelos del ataque de algún depredador. Pues bien, lo fascinante es que cerca del 70% de esas marcas son en el lado derecho, es decir, que o bien los trilobites ado- lecían de asimetría a la hora de advertir a sus enemigos, como el calamar joya, o que sus enemigos tenían una estrategia de ataque asimétrica.

Pero todo esto son excepciones. Si las he mencionado es como curiosidad y porque ofrecen un contraste significativo con el mundo simétrico de nuestro gusano primitivo y sus descendientes. Nuestro rastrero arquetipo tiene el lado izquierdo y el derecho exactamente iguales. Los órganos tienden a surgir por parejas, y cuando se da algu- na excepción, como en el caso del calamar joya, la advertimos y comen- tamos al instante.

¿Y los ojos? ¿Tendrían ojos los primeros bilaterios? No basta con decir que todos los descendientes actuales del Contepasado 26 tie- nen ojos. No basta porque hay muchos tipos diferentes de ojos, tan- tos que se calcula que el ojo ha evolucionado de forma independien-

 

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te más de 40 veces en diversos ámbitos del reino animal.5 ¿Cómo pode- mos compatibilizar este dato con la afirmación de que el Contepasado 26 tenía ojos?

Para dar una pista, permítaseme aclarar que lo que ha evoluciona- do 40 veces por separado no es la sensibilidad a la luz en sí, sino la ópti- ca capaz de formar imágenes. El ojo tipo cámara fotográfica de los ver- tebrados y el ojo compuesto de los crustáceos evolucionaron su óptica (que se basa en principios radicalmente diferentes) cada uno por su cuenta. Pero los dos descienden de un mismo órgano del antepasa- do común (el Contepasado 26), que probablemente fuese una espe- cie de ojo.

Las pruebas son de tipo genético, y muy convincentes. La mosca     del vinagre, Drosophila, tiene un gen llamado eyeless, «sin ojos». Los genetistas tienen la perversa manía  de  poner  a  los  genes  el  nombre del efecto negativo de sus mutaciones. Por regla general, el gen eye-     less contradice dicho apelativo fabricando ojos. Cuando  muta  y  no  tiene su efecto normal sobre el desarrollo, la mosca se queda sin ojos,    de ahí el nombre. Es una convención terminológica ridículamente equívoca. Para evitar la confusión, en lugar de llamarlo eyeless, me refe- riré a él con la abreviatura ey. Lo normal es que el gen ey haga ojos.      Lo sabemos porque cuando no funciona bien,  las  moscas  nacen  sin ojos. Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Resulta que los mamí- feros tenemos un gen muy parecido llamado Pax6, aunque en los rato-  nes también se conoce como ojo pequeño, y en los humanos aniridia  (que significa «sin iris», de nuevo por el efecto negativo de su forma mutante).

La secuencia de ADN del gen aniridia de los humanos es más pare- cida al gen ey de la mosca del vinagre que a otros genes humanos. Ambos deben de ser herencia del antepasado común, que, por supues- to, fue el Contepasado 26. Voy a seguir llamándolo ey. El suizo Walter Gehring y sus colegas llevaron a cabo un experimento absolutamen-  te fascinante. Introdujeron el equivalente del gen ey de los ratones   en embriones de moscas del vinagre, y los resultados fueron asom-

 

5. En el capítulo «Las cuarenta sendas hacia la iluminación» de mi libro Escalando el monte improbable ya analicé detenidamente este tema, y volveré a hacerlo al final de esta obra.

 

 

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brosos. Los genes insertados en la parte del embrión de Drosophila encargada de hacer una pata provocaron que la mosca adulta desa- rrollase un ojo ectópico en la pata. El ojo era de mosca, por cierto; un ojo compuesto, no un ojo de ratón. Nada demuestra que la mosca viese con él, pero tenía todas las propiedades inconfundibles de un  ojo compuesto. La instrucción transmitida por el gen ey parece ser:

«Haz que crezca un ojo aquí, igual a los que harías crecer normalmen- te». El hecho de que el gen no sólo sea parecido en moscas y ratones, sino que induzca la formación de ojos en ambas especies, es una prue- ba irrebatible de que se hallaba presente en el Contepasado 26 e indica que el Contepasado 26 era capaz de ver o, cuando menos, de distinguir la luz de la oscuridad. Tal vez, cuando se investiguen más genes, se podrá hacer extensivo este argumento a otras partes del cuer- po. A decir verdad, en cierto modo, ya se ha hecho; nos ocuparemos de ello en «El Cuento de la Mosca del Vinagre».

El cerebro, situado en el extremo delantero por las razones expues- tas, tiene que mantener contactos neurales con el resto del cuerpo. En un animal vermiforme, lo más sensato es que el contacto se esta- blezca mediante un cordón principal, un tronco nervioso que recorra el cuerpo de punta a punta y que probablemente tendrá periódicas ramificaciones laterales para ejercer un control puntual en determi- nadas zonas y captar información en las mismas. En un animal de sime- tría bilateral como la gusana del fango o un pez, ese tronco nervioso deberá pasar por encima o por debajo del tracto digestivo, y aquí reside una de las principales diferencias entre nosotros los deuterós- tomos y los protóstomos que se nos acaban de unir en masa. Los pri- meros tienen la médula espinal situada a lo largo de la espalda; los protóstomo típicos, como, por ejemplo, la gusana del fango o el ciem- piés, tienen el cordón nervioso en el lado ventral del intestino.

Si el Contepasado 26 era una especie de gusano, podía tener una estructura neural dorsal o ventral. No puedo llamarlas estructura deu- terostómica y estructura protostómica respectivamente porque las dos cate- gorías no coinciden del todo. Los enteropneustos (esos Deuteróstomos bastante oscuros que llegaron acompañados de los Equinodermos en el Encuentro 25) son un tanto enigmáticos, pero hay quien opina que poseen un cordón nervioso ventral, como los Protóstomos, aun- que por otros motivos se les clasifica como Deuteróstomos. En lugar

 

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de eso, permítaseme dividir el reino animal en dorsocordados y ven- tricordados. Los dorsocordados son todos Deuteróstomos. Los ventricor- dados son en su mayoría Protóstomos, además de algunos Deuterósto- mos primitivos, como, quizás, los enteropneustos. Los Equinodermos, con su sorprendente regresión a la simetría radial, no encajan en esta clasificación ni por asomo. Es probable que los Deuteróstomos, después del Contepasado 26, siguiesen siendo ventricordados duran- te algún tiempo.

La diferencia entre los dorsocordados y los ventricordados atañe a otras cuestiones además de la posición del cordón nervioso princi- pal. Mientras que los dorsocordados tienen un corazón ventral, los ventricordados lo tienen dorsal, como dorsal es también la arteria prin- cipal por la que bombean la sangre. En 1820, éstos y otros detalles llevaron al insigne zoólogo francés Geoffroy St. Hilaire a considerar a los vertebrados como artrópodos o lombrices, invertidos. Después de Darwin, una vez aceptada la idea de la evolución, algunos zoólo- gos han avanzado la hipótesis de que el diseño corporal de los verte- brados habría evolucionado a partir de un antepasado vermiforme que se volvió literalmente del revés.

Ésa es la teoría que pretendo defender en estas páginas, con mesu- ra y cierta cautela. La tesis alternativa, según la cual un antepasado ver- miforme habría redispuesto gradualmente su anatomía interna mien- tras permanecía boca arriba, me parece menos verosímil, pues habría supuesto un trastorno orgánico mucho mayor. Estoy convencido de que primero tuvo lugar un súbito cambio de comportamiento (súbi- to según los parámetros evolutivos) y, a continuación y como conse- cuencia, toda una serie de modificaciones evolutivas. Como tantas otras veces, hay equivalentes modernos que nos brindan un gráfico ejem- plo de la idea en cuestión. La artemia salina es uno de ellos, así que oigamos lo que nos cuenta.

 

 

EL CUENTO DE LA ARTEMIA SALINA

 

Las artemias o gambas de las salinas son unos crustáceos que nadan de espaldas y que, por tanto, tienen el cordón nervioso en el lado que mira al cielo (el verdadero lado ventral). El pez gato invertido, Synodontis

 

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nigriventris, es un Deuteróstomo que hace lo propio sólo que al revés: nada de espaldas y, en consecuencia, tiene el tronco nervioso en el lado que mira al fondo del río (el verdadero lado dorsal). Las artemias salinas no sé, pero los peces gato invertidos nadan boca abajo porque buscan comida en la superficie o debajo de las hojas que flotan en el agua. Puede que algunos individuos descubriesen que ésas eran unas buenas fuentes de alimento y aprendiesen a darse la vuelta. Mi teo- ría6 es que, con el paso de las generaciones, la selección natural favo- reció a aquellos individuos que mejor hacían ese truco, sus genes se adecuaron al aprendizaje, y ahora ya sólo nadan así.

La inversión de la artemia salina es una repetición reciente de algo que, a mi modo de ver, ocurrió hace más de 500 millones de años. Un animal antiquísimo y perdido en la noche de los tiempos, una espe- cie de gusano con un cordón nervioso ventral y un corazón dorsal como los de cualquier otro protóstomo, se dio la vuelta y se puso a nadar, o a arrastrarse, boca arriba como las artemias. Si un zoólogo hubiese estado presente a la sazón, habría preferido morirse antes que tener que cambiar de nombre al cordón nervioso y llamarlo «dorsal» sólo porque ahora estaba situado en el lado que miraba al cielo. Toda su sapiencia zoológica le diría que, «evidentemente», seguía tratándo- se de un cordón nervioso ventral que cuadraba con todos los demás órganos y rasgos que cabe encontrar en la superficie ventral de un pro- tóstomo. No menos evidente se le haría a este zoólogo del Precám- brico que el corazón de nuestro gusano invertido era, en el sentido más preciso del término, un corazón dorsal, por más que latiese en el lado más próximo al fondo del mar.

Sin embargo, dado un espacio de tiempo lo bastante prolongado (o sea, dados los suficientes millones de años nadando o arrastrándose boca arriba), la selección natural reconfiguraría todos los órganos y estructuras del cuerpo para adaptarlos a la posición invertida. Con el tiempo, a diferencia de nuestra artemia salina actual, que se ha dado la

 

6. Basada en la idea conocida como el efecto Baldwin. A simple vista, puede sonar a lamarckianismo, a herencia de características adquiridas, pero no es así. El aprendi- zaje no se graba en los genes. Lo que la selección natural favorece es la propensión genética a aprender ciertas cosas. Al cabo de generaciones y generaciones sometidas   a dicha selección, los descendientes evolucionados aprenden tan rápido que el com- portamiento deviene instintivo.

 

 

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vuelta hace poco, las huellas de las homologías dorso-ventrales origina- les terminarían borrándose por completo. Y las futuras generaciones de paleozoólogos, cuando se encontrasen con los descendientes de ese innovador pionero, después de que el hábito de la inversión llevase varias decenas de millones de años arraigado, comenzarían a redefinir sus con- ceptos de dorsal y ventral. Todo ello porque habrían sido muchos los cambios anatómicos producidos a lo largo del tiempo evolutivo.

Otros animales que también nadan de espaldas son las nutrias mari- nas (sobre todo cuando se entregan a su peculiar hábito de cascar con piedras los caparazones de sus presas apoyándoselos en la barriga) y los remeros. Los remeros, también conocidos como zapateros, son unos insectos que habitan en los riachuelos y que apenas rozan la superfi- cie del agua al desplazarse. Los girínidos, unos coleópteros, hacen otro tanto, sólo que sin nadar al revés.

Imaginemos que los descendientes de nuestros actuales remeros o artemias salinas, por un lado, y de nuestro actual pez gato inverti- do, por otro, mantuviesen la costumbre de nadar boca arriba duran- te los próximos 100 millones de años. Lo más probable es que cada uno de los tres linajes diese origen a todo un nuevo subreino cuyo dise- ño corporal habría sufrido tales modificaciones como consecuencia de la inversión que los zoólogos que no conociesen la verdadera his- toria de lo ocurrido dirían que los descendientes de las artemias tie- nen un cordón nervioso dorsal y los del pez gato, un cordón nervio- so ventral.

Como hemos visto en «El Cuento de la Gusana del Fango», el mun- do presenta importantes diferencias prácticas entre arriba y abajo, importancias que, selección natural mediante, empezarían a dejar su respectiva impronta en el lado que mira al cielo y en el que mira al suelo. Lo que en su día fue el lado ventral empezaría a parecerse cada vez más al lado dorsal, y viceversa. Estoy convencido de que fue exactamente esto lo que pasó en algun momento de la línea evoluti- va que dio origen a los vertebrados, y de que por eso ahora tenemos una espina dorsal y un corazón ventral. Hoy en día, la embriología molecular ofrece algunas pruebas del funcionamiento de los genes que definen el eje dorso-ventral (y que se parecen un poco a los genes Hox que analizaremos en «El Cuento de la Mosca del Vinagre»), pero los detalles del asunto sobrepasan el ámbito de este libro.

 

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Dale la vuelta al pez. Pez gato invertido (Synodontis nigriventris) en posición típica.

 

El pez gato invertido, por más que su inversión sea, sin lugar a dudas, reciente, ya ha dado un significativo paso en esa dirección evolutiva.7 Su nombre en latín es Synodontis nigriventris. Nigriventris significa «de vientre negro», dato éste que da pie a una interesante reflexión al final de «El Cuento de la Artemia Salina». Una de las principales diferen- cias entre arriba y abajo es la dirección predominante de la luz. Aunque los rayos del sol no sean siempre verticales, suelen venir de arriba, no de abajo. Si levantamos la mano, incluso en un día nublado, veremos que tenemos el dorso más iluminado que la palma. Este hecho resul- ta clave por cuanto nos permite, a nosotros y a muchos otros anima- les, reconocer objetos sólidos y tridimensionales. Un objeto curvo de color uniforme, como un gusano o un pez, parece más claro por arri- ba y más oscuro por debajo. No me refiero a la sombra que proyecta su cuerpo, sino a un efecto más sutil. Un degradado de tonos, desde los superiores, más claros, hasta los inferiores, más oscuros, revela deli- cadamente la curvatura del cuerpo.

La cosa también funciona a la inversa. La fotografía de los cráte- res de la luna está colocada al revés. Si el ojo del lector (o, mejor dicho, el cerebro) funciona igual que el mío, los cráteres le parecerán coli- nas. Basta dar la vuelta al libro para que la luz parezca venir de otra dirección y las colinas se conviertan en los cráteres que realmente son.

 

7. Como también lo ha hecho el molusco nudibranquio (babosa de mar) Glaucus atlanticus. Esta hermosa criatura flota boca arriba, se alimenta de fragatas portuguesas (Physalia physalis) y, al igual que los peces gato, presenta un contrasombreado inverso.

 

 

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Dale la vuelta al libro. Cráteres en el lado más alejado de la luna.

 

Uno de mis primeros experimentos en la universidad fue una demos- tración de que los pollitos recién salidos del cascarón son víctimas de la misma ilusión visual. Si se les pone delante una fotografía de gra- nos simulados, muestran una clara preferencia por las que están ilu- minadas desde arriba. Si se le da la vuelta a la foto, la rechazan. Al pare- cer, esto demuestra que los pollitos saben que en el mundo que les espera la luz normalmente procede de arriba. Ahora bien, ¿cómo es posible que lo sepan, si acaban de salir del cascarón? ¿Lo han apren- dido durante sus tres días de vida? Sería perfectamente factible, pero hice un experimento para probarlo y descubrí que no. Crié unos polli- tos y los introduje en una jaula especial donde la única luz que perci- bían venía de abajo. La experiencia de picotear granos en ese mun- do patas arriba les habría enseñado, como mucho, a preferir las fotografías de granos sólidos colocadas al revés. Sin embargo, se com- portaban exactamente igual que los pollitos criados en condiciones normales, o sea, con la luz procedente de arriba. En virtud de una pro- gramación genética, todos los pollitos prefieren picotear las fotogra- fías de objetos sólidos iluminadas desde lo alto. La ilusión de solidez (y, por ende, si no me equivoco, el conocimiento de la dirección predo- minante de la luz en el mundo real) parece estar programada gené- ticamente en los pollos. Es, como se suele decir, algo innato, no fru- to del aprendizaje, como (me figuro) nos ocurre a nosotros.

 

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Aprendida o no, la ilusión de solidez basada en las sombras de la superficie es poderosa y ha dado lugar a una sutil forma de mimetis- mo llamada contrasombreado. Si nos fijamos en un pez normal y corrien- te, fuera del agua y colocado encima de una piedra, veremos que tie- ne el vientre de color mucho más claro que el dorso. Mientras que el dorso puede ser marrón o gris oscuro, el vientre es gris claro o, en algunos casos, incluso rayano en blanco. ¿Qué sentido tiene? No cabe duda de que se trata de un tipo de camuflaje basado en contrarrestar   el degradado tonal que normalmente delata la presencia de objetos curvos y sólidos como los peces. En un mundo ideal, un pez contra- sombreado bajo una luz normal procedente de arriba parecería total- mente plano. El lógico degradado tonal causado por la luz (tonos claros arriba y oscuros debajo) se vería exactamente contrarrestado por el degradado del pez (tonos claros debajo y oscuros arriba).

Los taxónomos suelen bautizar a las especies con el nombre de espe- címenes muertos expuestos en museos.8 Tal vez eso explique el apela- tivo de nigriventris, en lugar de invertus o como se diga «invertido» en latín. Si examinamos un pez gato invertido fuera del agua, veremos que esta contrasombreado a la inversa. El vientre, que apunta hacia el cie- lo, es más oscuro que el lomo, que apunta al fondo del río. El contra- sombreado inverso es una de esas maravillosas excepciones que confi- man con elegancia la regla. El primer pez gato que empezó a nadar de espaldas tuvo que llamar la atención de forma escandalosa. El color de la piel debió de confabularse con los tonos de la luz cenital para dar- le un aspecto tremendamente sólido. No es de extrañar, pues, que, con el correr del tiempo evolutivo, el cambio de hábito natatorio propi- ciase la inversión del habitual degradado cromático de la piel.

Los peces no son los únicos animales que se sirven del contrasom- breado para camuflarse. Antes de salir de Holanda para afincarse en Oxford, mi viejo maestro Niko Tinbergen tuvo un alumno llamado Leen De Ruiter al que propuso llevar a cabo una investigación sobre el contrasombreado en las orugas. Muchas especies de oruga despis- tan a sus enemigos (los pájaros) con el mismo truco con que los peces

 

8. Aunque debo reconocer que el hábito del pez gato invertido se conoce desde hace mucho tiempo: en murales y grabados del Antiguo Egipto ya aparece represen- tado en su posición característica.

 

 

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burlan a los suyos: poseen un bello contrasombreado que, en condi- ciones lumínicas normales, les hace parecer planas. De Ruiter cogió las ramitas sobre las que estaban posadas las orugas y les dio la vuel- ta. Inmediatamente se hicieron más llamativas porque de repente pare- cían más sólidas. Y los pájaros las cazaban a mansalva.

Si de pronto llegase un De Ruiter y obligase a los peces gato a dar- se la vuelta y a nadar como peces normales y corrientes, con el lado que los zoólogos consideran dorsal hacia arriba, llamarían mucho más la atención porque parecerían mucho más sólidos. El contrasombreado inverso de un pez gato invertido es un ejemplo puntual de una altera- ción derivada de un cambio de hábito. Imagínese el lector cuánto podría llegar a cambiarles el cuerpo dentro de otros cien millones de años. Las posiciones dorsal y ventral no tienen nada de sagrado. Pueden inver- tirse y, de hecho, pienso que se invirtieron en los inicios de la línea ancestral que vino a dar en los dorsocordos actuales. Apuesto a que el Contepasado 26 tenía, como todos los Protóstomos, el cordón nervio- so situado a lo largo del lado ventral. Somos gusanos modificados que nadamos de espaldas, los descendientes de un equivalente ancestral de la artemia salina que, por lo que fuera, decidió darse la vuelta.

En un sentido más general, la moraleja de «El Cuento de la Artemia Salina» es la siguiente. A veces los grandes cambios evolutivos empie- zan siendo cambios de conducta, tal vez incluso no genéticos sino adquiridos por aprendizaje, que sólo después dan pie a la evolución genética. Un cuento como éste se podría contar del primer antepasa- do de las aves que echó a volar, del primer pez que salió del agua y del primer antepasado de las ballenas que volvió al mar (como teori- zaba el propio Darwin a propósito del oso que cazaba moscas). Un cambio de conducta por parte de un individuo aventurero desenca- dena un largo proceso evolutivo de puesta al día y depuración: he ahí la enseñanza más importante del Cuento de la Artemia Salina.

 

 

EL CUENTO DE LA HORMIGA CORTADORA DE HOJAS

 

Al igual que hizo la humanidad en la época de la Revolución Agrícola, las hormigas han inventado, de manera autónoma, la ciudad. Un solo nido de hormigas Atta, las hormigas arrieras o cortadoras de hojas,

 

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Transportadas por obreras, forman un ancho y rumoroso río verde. Hormigas cortadoras de hojas (de la especie Atta) vuelven al hormiguero cargadas de trozos   de hojas. Nótese la pequeña obrera encaramada a uno de ellos.

 

 

supera la población del gran Londres. Se trata de una complicada cáma- ra subterránea, de hasta seis metros de profundidad y 20 de circunfe- rencia, coronada en la superficie por una cúpula algo más pequeña. Esta metrópolis de hormigas, dividida en cientos e incluso miles de cámaras conectadas entre sí por un entramado de túneles, se susten- ta, en última instancia, con las hojas que las obreras cortan en trozos manejables y acarrean hasta el hormiguero formando anchos y rumo- rosos ríos verdes. Las hojas, sin embargo, no son ingeridas directamen- te por las propias hormigas (que sí chupan, sin embargo, parte de la savia) ni por las larvas, sino que son pacientemente masticadas y con- vertidas en una papilla que sirve de abono para los huertos de hon- gos del hormiguero. Lo que las hormigas comen y, sobre todo, dan de comer a las larvas, son las pequeñas protuberancias redondeadas de los hongos, las llamadas gongylidia. Esta poda que llevan a cabo las hormigas impide que los hongos completen su desarrollo y alcancen la fase de producción de esporas (como las setas que conocemos), lo que significa, no sólo que los micólogos carecen de indicios para iden- tificar de qué especie se trata, sino que los propios hongos dependen de las hormigas para propagarse. Por lo visto, han evolucionado de tal modo que sólo se dan bien en el interior de los hormigueros, es decir,

 

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que estamos ante un verdadero ejemplo de aclimatación por parte de una especie agrícola distinta de la especie humana. Cuando una joven hormiga reina sale volando para fundar una nueva colonia, lleva con- sigo un preciado cargamento: un cultivo de hongo con el que sem- brar la primera cosecha del que vaya a ser su nuevo hormiguero. Esto me recuerda una anécdota sobre el que tal vez sea el más importante de todos los hongos. Cuando, en plena Segunda Guerra Mundial, Florey, Chain y sus colegas de Oxford tuvieron a punto la penicilina, viendo que (para variar) no lograban despertar el interés de las compañías far- macéuticas, se fueron a Estados Unidos, donde (para variar) cosecha- ron un gran éxito. Y, al igual que las hormigas reinas, llevaron consigo un cultivo del valioso hongo. En una ocasión anterior, cuando la inva- sión alemana parecía inminente, Florey y un colega más joven llama- do Heatley decidieron que la mejor manera de conservar el cultivo en secreto era infectándose deliberadamente la ropa con el hongo.

En última instancia, la energía necesaria para el funcionamiento de la colonia de hongos y hormigas proviene del sol a través de las hojas utilizadas para fabricar el abono. En los hormigueros más gran- des, la superficie total de hojas acumuladas llega a medirse en hectá- reas. Un hecho fascinante es que las termitas, el otro gran grupo de insectos sociales fundadores de ciudades, también han descubierto por separado la micocultura. En su caso el abono está hecho de made- ra masticada. Como ocurre con las hormigas y sus hongos, la especie de hongos de las termitas (Termitomyces) sólo se da en los termiteros y parece haber sido domesticada. En los casos en que un Termitomyces llega a dar frutos, éstos brotan por uno de los flancos del termitero y por lo visto son deliciosos: en los mercados de Bangkok se venden como un manjar. Una especie africana, Termytomices titanicus, figura en el libro Guinness de los Récords como la seta más grande del mundo gracias a un sombrerete que llega a medir un metro de diámetro.

Varios grupos de hormigas han desarrollado de forma indepen- diente el hábito de criar pulgones como animales domésticos. A dife- rencia de otros animales simbióticos que también viven dentro de los hormigueros y no benefician a las hormigas, los pulgones pastan en el exterior, succionando la savia de las plantas como hacen normal- mente. Como ocurre con el ganado mamífero, los pulgones tienen una capacidad de procesamiento muy elevada y apenas obtienen una

 

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pequeña cantidad de nutrientes de cada bocado. El excremento que los pulgones vierten por el extremo posterior de su cuerpo, una solu- ción azucarada llamada melaza, sólo es un poco menos nutritivo que la savia vegetal de que se nutren. Toda la melaza que las hormigas no se comen cae de los árboles infestados de pulgones y hay fundados motivos para pensar que esto sea el famoso maná bíblico. No es de extrañar que las hormigas, por la misma razón que los seguidores de Moisés, la recojan del suelo. Algunas hormigas, sin embargo, van más allá y ofrecen protección a los pulgones a cambio de dejarse ordeñar, esto es, dejarse estimular el ano con las antenas para segregar melaza y que las hormigas puedan comérsela directamente según la excretan. Algunas especies de pulgones han evolucionado en respuesta a su existencia doméstica. Han perdido parte de sus habituales reacciones defensivas y, según una fascinante teoría, algunos han modificado el ano para que se asemeje a la cara de una hormiga. Las hormigas tie- nen la costumbre de pasarse líquido unas a otras con la boca; la idea es que los pulgones que hayan modificado el ano para que parezca la cara de una hormiga estarán facilitando el ordeño y granjeándose la

correspondiente protección contra enemigos y depredadores.

«El Cuento de la Hormiga Cortadora de Hojas» nos enseña que la recompensa diferida constituye el fundamento de la agricultura. Los cazadores-recolectores comen lo que cazan y lo que recolectan. Los agri- cultores, en cambio, no se comen las semillas del maíz; las entierran   y esperan unos meses a que fructifiquen. No se comen el abono con que fertilizan el suelo ni se beben el agua con que lo irrigan, y todo ello, como decimos, a cambio de una gratificación diferida. A la hor- miga cortadora de hojas se le ocurrió primero. Observemos su proce- der y seamos sabios.9

 

 

EL CUENTO DEL SALTAMONTES

 

El cuento del saltamontes aborda el controvertido y delicado tema de la raza.

 

9. El autor parafrasea Proverbios, 6:6: «Vé a la hormiga, oh perezoso; observa sus caminos y sé sabio». [N. del t.]

 

 

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Dos especies de saltamontes, Chorthippus brunneus y Chorthippus bigut- tulus, son tan parecidas que ni siquiera los entomólogos consiguen dis- tinguirlas, pero en estado natural, aun cuando suelen encontrarse, nunca se reproducen entre sí. Esto demuestra que son especies de ver- dad. Los experimentos, sin embargo, han demostrado que basta con hacer que una hembra oiga el reclamo nupcial de un macho de su propia especie desde una jaula cercana para que se aparee tranquila- mente con un macho de la especie equivocada, creyendo (dan ganas de decirlo así) que se trata del cantor. Cuando esto ocurre, el resultado son híbridos sanos y fértiles. En libertad normalmente no sucede, por- que no es normal que una hembra se encuentre cerca de un macho   de su misma especie que emita un reclamo audible sin ser visto, justo cuando la está cortejando un macho de la otra especie.

Los grillos también han sido objeto de experimentos parecidos, sólo que usando como variable la temperatura. Cada especie de gri- llo chirría en una frecuencia distinta, pero la frecuencia del chirrido también depende de la temperatura. Si se tienen identificados unos cuantos grillos, pueden usarse de termómetro con una precisión razo- nable. Por suerte, lo único que depende de la temperatura no es el chirrido del macho sino también la percepción del mismo por parte de la hembra: ambos varían a la par, lo que normalmente evita el mestizaje. Si a una hembra, en un experimento, le damos la opción de escoger entre dos machos que chirrían cada uno en una frecuen- cia, escogerá al que lo hace a su misma temperatura y tratará al otro como si perteneciese a otra especie. Si calentamos a la hembra, opta- rá por un chirrido más caliente, aunque eso la lleve a escoger al macho de la especie equivocada. Lo normal es que esto tampoco se dé en la naturaleza. Si una hembra oye a un macho es porque no anda muy lejos, con lo cual estará más o menos a su misma temperatura.

El chirrido de los saltamontes también depende de la temperatu- ra. Utilizando saltamontes del mismo género de los que hemos men- cionado al inicio del cuento (Chorthippus, aunque de distinta espe- cie), unos científicos alemanes llevaron a cabo una serie de experimentos muy ingeniosos desde el punto de vista técnico. Lo que hicieron fue acoplar a los insectos unos minúsculos termómetros y calentadores eléc- tricos, tan diminutos que les permitían calentar la cabeza de un salta- montes sin calentarle el tórax, o al contrario, calentarle sólo el tórax

 

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sin calentarle la cabeza. A continuación evaluaron la preferencia de las hembras en cuanto a los chirridos que los machos producían estridu- lando10 a diferentes temperaturas, y descubrieron que lo que determi- na la preferencia de las hembras es la temperatura de la cabeza. Sin embargo, lo que determina la frecuencia de estridulación es la tem- peratura del abdomen. Por suerte, en la naturaleza, donde nadie se dedica a hacer experimentos con calentadores eléctricos en miniatu- ra, lo normal es que la cabeza y el tórax estén a la misma temperatura, con lo cual el sistema funciona y no se producen hibridaciones.

Es muy habitual encontrar parejas de especies relacionadas que nunca se cruzan en condiciones normales pero que pueden hacerlo cuando el ser humano interviene. El caso de Chorthippus bruneus y Chorthippus bigotulus es sólo un ejemplo. En «El Cuento del Cíclido» hemos visto un caso similar: la luz monócroma impedía la distinción entre dos especies de peces, una rojiza y otra azulada. Y también ocu- rre en los zoológicos. Los biólogos suelen catalogar como especies dis- tintas a los animales que se aparean en condiciones artificiales, pero que se niegan a hacerlo en libertad, como ocurre con los saltamon- tes. Pero a diferencia de, pongamos por caso, los tigres y los leones, que también pueden cruzarse en cautividad y dan lugar a ligres y tigro- nes (ambos estériles), dichos saltamontes son idénticos: aparentemen- te, lo único que los diferencia son los chirridos. Eso, y sólo eso, es lo que les impide reproducirse entre sí y, por tanto, lo que nos lleva a considerarlos especies diferentes. Los seres humanos somos todo lo contrario. Hace falta un esfuerzo sobrehumano de celo político para pasar por alto las notorias diferencias entre nuestras razas o pobla- ciones, pero los miembros de una raza nos reproducimos tranquila-

 

 

10. La estridulación es la manera que tienen los grillos y los saltamontes de produ- cir sonido. Los saltamontes se frotan las patas contra las coberturas de las alas. Los grillos se frotan las coberturas de las alas una contra otra. Los dos suenan parecido, aunque el chirrido de los saltamontes es más zumbón y el de los grillos más musical. De cierto grillo arborícola se ha llegado a decir que si se pudiese oír la luz de la luna, sonaría así. Las cigarras son muy diferentes. Producen ruido desplazando hacia den- tro y hacia fuera parte de la pared torácica, como cuando de niños hacíamos ranitas apretando rápida y repetidamente con el pulgar una tapa de lata de conservas. El resul- tado es un zumbido continuo y por lo general muy estridente que suele presentar modulaciones de enorme complejidad, características de cada especie.

 

 

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mente con los de otra y todos nos definimos, sin lugar a dudas ni a controversias, como miembros de la misma especie. «El Cuento del Saltamontes» trata de las razas y las especies, de la dificultad de defi- nir ambos conceptos, y de cómo atañe todo esto a las razas humanas.

El término raza no tiene un significado preciso. El de especie, como ya hemos visto, es diferente. Existe un método plenamente aceptado para determinar si dos animales pertenecen a la misma especie: ¿son capaces de cruzarse? Ni que decir tiene que si los dos son del mismo sexo, si son demasiado jóvenes o viejos, o si uno de los dos es estéril, no podrán cruzarse. Pero eso son tiquismiquis fáciles de sortear. En el caso de los fósiles, que evidentemente no pueden reproducirse entre sí, también aplicamos el criterio del cruzamiento y nos planteamos la siguiente pregunta: ¿consideramos probable que si estos dos anima- les no fuesen fósiles sino seres vivos, fértiles y del sexo opuesto, serí- an capaces de cruzarse?

El criterio del cruzamiento confiere a las especies un estatus úni- co en el escalafón taxonómico. Por encima del rango de especie está el de género, que no es más que un grupo de especies bastante pare- cidas entre sí. No existe ningún criterio objetivo para determinar cuán parecidas han de ser, y lo mismo cabe decir de todos los niveles supe- riores: familia, orden, clase, filo y todos los rangos sub- y super- inter- medios. Por debajo de la categoría de especie, los términos raza y subes- pecie se usan más o menos indistintamente y tampoco existe un criterio objetivo que nos permita determinar si dos personas deben conside- rarse de la misma raza o no, ni cuántas razas hay. Además, por supues- to, de una dificultad añadida que no se presenta por encima del ran- go de especie y es la de que las razas se cruzan, con lo cual hay muchos individuos de raza mestiza.

Es de suponer que las especies, dentro del proceso que las torna lo bastante distintas como para ser incapaces de cruzarse, pasan por una fase intermedia en la que constituyen razas diferentes. Cabría con- siderar a las diversas razas como especies en ciernes, sólo que esto no implica necesariamente que el proceso continúe hasta el final, esto es, hasta la especiación.

El criterio de cruzamiento funciona bastante bien y en el caso de los seres humanos y sus presuntas razas dicta un veredicto inapela- ble: todas las razas humanas se cruzan entre sí. Todos los humanos

 

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somos miembros de la misma especie y ningún biólogo serio diría lo contrario. Con todo, permítame el lector llamar su atención sobre un dato interesante y puede que hasta un tanto inquietante. Si bien los miembros de razas diferentes nos cruzamos alegremente unos con otros, produciendo una gama continua de razas intermedias, nos mos- tramos extrañamente reacios a abandonar la terminología racial que constata las divisiones. ¿No sería lógico que, teniendo siempre a la vista toda esa gama de razas intermedias, abandonásemos el afán de clasificar a la gente en uno u otro extremo y reparásemos en lo absur- do de semejante empresa, algo que se pone continuamente de mani- fiesto miremos donde miremos? Por desgracia, lejos de abandonar- lo, el afán perdura, lo cual no deja de ser significativo.

Algunos de los individuos que en Estados Unidos son unánime- mente considerados negros puede que no tengan ni un 10% de ascen- dencia africana, y a menudo su color de piel no desentona en absolu- to del de muchas personas que todo el mundo considera blancas. De los cuatro políticos estadounidenses que aparecen en la fotografía, dos son calificados de negros en todos los periódicos y los otros dos, de blancos. ¿Acaso un marciano que desconociese nuestras convencio- nes pero fuese capaz de distinguir los tonos de piel no los dividiría en tres y uno? Seguro que sí. En nuestra cultura, sin embargo, casi

 

 

 

 

¿Acaso un marciano no los dividiría entre tres y uno?

 

 

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todo el mundo ve inmediatamente a Colin Powell como negro, inclu- so en esta fotografía concreta, donde aparece con la piel más clara incluso que Bush o Rumsfeld.

Una fotografía como ésta, que muestra a Powell junto a unos hom- bres blancos bien conocidos (tiene que estar cerca de ellos para que las condiciones lumínicas sean las mismas para todos), se presta a un ejercicio muy interesante. Si recortamos un pequeño rectángulo de cada uno de los rostros, por ejemplo, de la frente, y los colocamos todos juntos, veremos que hay poquísima diferencia entre el rectángulo de Powell y el de los hombres blancos que aparecen a su lado. Podrá ser más claro o más oscuro, según el caso. Pero si abrimos el foco y volve- mos a contemplar la fotografía original, de inmediato Powell nos pare- cerá negro. ¿En qué indicios basamos nuestra apreciación?

Para dejar claro el concepto, hagamos el mismo ejercicio de com- parar pedazos de frente usando la foto en la que Powell aparece jun- to a un negro verdadero como Daniel Arap Moi, el presidente de Kenia. En este caso, la diferencia entre los dos trozos será espectacular. Sin embargo, cuando abrimos el foco y volvemos a contemplar todo el ros- tro, vemos un Powell negro. El artículo que acompañaba a la fotogra- fía, publicado con motivo de la visita de Powell a Moi en mayo de 2001, da a entender que en África rigen las mismas convenciones:

 

Siendo el primer secretario de estado afroamericano en la historia de Estados Unidos, los africanos han recibido a Powell casi como un mesías.

 

 

Junto a un negro de verdad. Colin Powell con Daniel arap Moi.

 

 

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Y quizá porque es negro, sus severas críticas han tenido un amplio eco entre...

 

¿Por qué la gente se traga sin el menor reparo la evidente contradic- ción (y hay muchos ejemplos parecidos) entre el aserto «es negro» y  la fotografía que lo acompaña? ¿Qué pasa aquí? Pues varias cosas. La primera es que mostramos un curioso afán por clasificar racialmente   a los demás, incluso cuando se trata de individuos cuyos padres son  de distinta raza (lo cual torna absurda la clasificación), y cuando (como aquí) carece de la menor importancia.

La segunda es que tendemos a no calificar a nadie de mestizo. En lugar de eso, nos decantamos por una u otra raza. Algunos estadou- nidenses son de origen cien por cien africano y otros, cien por cien europeo (dejando a un lado el hecho de que, en el fondo, todos somos de origen africano). Quizá para determinados fines sea más práctico llamarlos negros y blancos respectivamente; no estoy formulando nin- guna objeción de principio a tales designaciones. Pero mucha gente, probablemente más de la que nos imaginamos, tiene antepasados tan- to negros como blancos. Puestos a usar una terminología cromática, muchos de nosotros nos encontramos en algún lugar intermedio del espectro. La sociedad, sin embargo, insiste en encasillarnos en un extremo u otro. Es un ejemplo de la tiranía de la mente discontinua, que, recordemos, fue el tema de «El Cuento de la Salamandra». A los ciu- dadanos estadounidenses se les pide constantemente que rellenen for- mularios en los que han de marcar una de las siguientes cinco casi- llas: caucásico (que no sé lo que significará; natural del Cáucaso, desde luego, no), afroamericano, hispano (que no sé lo que significará; espa- ñol, desde luego, no), nativo americano u otro. No hay casillas que pon- gan «mitad y mitad». Pero la mera idea de marcar una casilla con una cruz es, por principio, incompatible con la verdad, esto es, que muchas personas, si no todas, son una compleja mezcla de esas cinco categorías y de otras. Por eso lo que suelo hacer es negarme indigna- do a marcar ninguna de las casillas, o bien añado una más en la que pongo «ser humano». Sobre todo cuando el formulario emplea el moji- gato eufemismo de «etnia».

En tercer lugar, en el caso concreto de los afroamericanos, nuestro uso del lenguaje presenta un equivalente cultural de la dominancia

 

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genética. Cuando Mendel cruzó guisantes rugosos con lisos, todos  los guisantes de la primera generación salieron lisos. Liso era dominan- te y rugoso, recesivo. La primera generación tenía un alelo de la lisura y uno de la rugosidad, pero los guisantes en sí eran idénticos a los guisantes que no tenían genes de la rugosidad. Cuando un inglés se casa con una africana, el color y la mayoría de los rasgos de los hijos que engendren serán intermedios. Es un caso distinto, pues, al de los guisantes. Pero todos sabemos que la sociedad indefectiblemente lla- mará negros a esos niños. La negrura no es un verdadero dominante genético como la lisura de los guisantes. Pero la percepción social de los negros sí que actúa como un dominante. Un dominante meméti-  co o cultural. El perspicaz antropólogo Lionel Tiger lo atribuye a  una metáfora de la contaminación, una concepción racista que existiría dentro de la cultura blanca. Y también existe, qué duda cabe, un deseo vehemente y comprensible por parte de muchos descendientes de esclavos de identificarse con sus raíces africanas. En «El Cuento de Eva» ya analizamos este particular, a propósito del documental televi- sivo en el que unos emigrantes jamaicanos se reunían emotivamente con sus supuestos parientes en África occidental.

En cuarto lugar, existe un gran consenso entre todos los observa- dores en cuanto a las categorías raciales que empleamos. Un indivi- duo como Colin Powell, mulato y de rasgos intermedios, no es califi- cado de negro por unos observadores y de blanco por otros. Puede que una pequeña minoría lo califique de mulato, pero todos los demás sin excepción dirán que es negro, y lo mismo vale para cualquier per- sona que exhiba la más mínima huella de ascendencia africana, por mucho que su porcentaje de antepasados europeos sea abrumador. Nadie califica a Powell de blanco, a menos que lo que se pretenda sea poner de relieve el estridente contraste entre esa definición y la opi- nión pública.

Existe una técnica muy útil denominada correlación entre observado- res que se suele usar en el ámbito científico para determinar si real- mente existe una base fidedigna sobre la que fundar un juicio, aun cuando nadie sea capaz de definirla. La lógica, en el caso que nos ocu- pa, es la siguiente: quizá no sepamos cómo hace la gente para decidir si alguien es negro o blanco (espero haber demostrado que no es por- que sea blanco ni negro), pero algún criterio fiable debe de haber

 

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puesto que dos jueces cualesquiera escogidos al azar llegarían a la mis- ma conclusión.

El hecho de que la correlación entre observadores se mantenga elevada, incluso en un amplísimo espectro interracial, es un testimo- nio impresionante de algo profundamente arraigado en la psicolo- gía humana. Si se manifiesta en culturas diferentes, sería un caso análogo al hallazgo de la percepción cromática por parte de los antro- pólogos. Los físicos nos han enseñado que el arcoiris, esa gama de colores que va del rojo al violeta pasando por el naranja, el amarillo, el verde y el azul, es una simple secuencia continua de longitudes de onda. Los motivos por los que seleccionamos determinadas longitu- des de onda dentro del espectro físico y les asignamos un nombre con- creto no son físicos, sino biológicos y/o psicológicos. Hay un nom- bre para el azul y otro para el verde, pero para el azul-verde no. La interesante conclusión de los experimentos de los antropólogos (y no de algunas teorías antropológicas muy influyentes, dicho sea de paso) es que varias culturas coinciden sustancialmente a la hora de categorizar los colores. En el ámbito de las apreciaciones raciales, pare- cer ser que se da el mismo tipo de concordancia, tal vez, incluso, más sólida y evidente que en el caso del arcoiris.

Como ya he dicho, los zoólogos catalogan de especie a todo grupo cuyos miembros se reproduzcan entre sí en estado natural. Si sólo se reproducen en los zoológicos, o si requieren inseminación artificial o si hay que engañar a las hembras con machos cantores enjaulados (como en el experimento de los saltamontes), por muy fértil que resulte ser  la prole fruto de estos apareamientos, las dos especies se considerarán distintas. Se podrá discutir si ésta la única definición sensata de espe- cie, pero, sea como fuere, es la que usa la mayoría de los biólogos.

Ahora bien, si quisiéramos aplicar dicha definición a los seres huma- nos, nos encontraríamos con una dificultad muy peculiar: ¿cómo dis- tinguimos las condiciones de reproducción naturales de las artificia- les? No es una pregunta fácil de responder. En la actualidad, todos los seres humanos pertenecemos a la misma especie y, de hecho, nos reproducimos tranquilamente unos con otros. Pero el criterio, recor- demos, es si deciden cruzarse en condiciones naturales. ¿Cuáles son las condiciones naturales para los humanos? ¿Acaso siguen existien- do? Si en épocas ancestrales, tal y como a veces ocurre hoy día, dos

 

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tribus vecinas practicaban religiones diferentes, hablaban idiomas dife- rentes, tenían costumbres alimenticias y tradiciones culturales dife- rentes, y estaban continuamente en guerra la una con la otra; si a los miembros de ambas tribus se les inculcaba la convicción de que los  de la otra tribu eran bestias infrahumanas (como ocurre incluso en la actualidad); si sus religiones les enseñaban que el sexo con miem- bros de la otra tribu era tabú o impuro, es perfectamente posible que nunca se reprodujesen entre sí. Sin embargo, desde el punto de vista anatómico y genético eran completamente idénticas. Y bastaría un cambio de costumbres religiosas o de otro tipo para romper las barre- ras al cruzamiento. ¿Cómo se podría, pues, aplicar el criterio de cru- zamiento a los seres humanos? Si Chorthippus brunneus y Chorthippus biguttulus se consideran especies distintas de saltamontes porque pre- fieren no cruzarse aunque físicamente puedan hacerlo, ¿no habría sido posible en su día separar a los humanos de la misma forma, al menos en épocas pretéritas de exclusión tribal? No olvidemos que Chorthippus brunneus y Chortippus biguttulus son idénticos en todo salvo en el chi- rrido y que, cuando se les engaña para que se apareen (algo fácil de conseguir), los híbridos resultantes son completamente fértiles.

Con independencia de lo que pensemos los meros observadores de apariencias superficiales, para un genetista la especie humana actual es particularmente uniforme. Si consideramos toda la variación gené- tica de la población humana y medimos la fracción asociada a las divisiones regionales que denominamos razas, el resultado es un por- centaje muy pequeño del total: entre un 6 y un 15% dependiendo del tipo de medición empleado; mucho menor, en cualquier caso, que en muchas otras especies en las que se reconoce la existencia de razas. La conclusión de los genetistas, por lo tanto, es que la raza no es un aspecto muy importante de las personas. Hay otras formas de expre- sar este concepto. Si con excepción de una sola raza todos los seres humanos se extinguiesen, la mayor parte de la variación genética de la especie humana quedaría a salvo. La idea no es fácil de captar a bote pronto y puede que a mucha gente le sorprenda. Si los calificativos raciales tuviesen tanto fundamento como pensaba, por ejemplo, casi toda la sociedad victoriana, sería necesario conservar una amplia mues- tra de todas las razas para conservar la mayor parte de la variación genética de la especie humana; sin embargo, no es así.

 

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Quienes sin duda se habrían sorprendido habrían sido los biólo- gos victorianos, habida cuenta de que, salvo raras excepciones, con- templaban la humanidad bajo un prisma racista. Este punto de vista persistió hasta bien entrado el siglo XX. Lo único insólito de Hitler fue que se hizo con el poder necesario para convertir unas ideas racis- tas en un programa de gobierno; muchas otras personas, no sólo en Alemania, pensaban igual, sólo que no tenían poder. Ya he citado en alguna ocasión cómo imaginaba H. G. Wells que debería ser su Nueva República (Anticipaciones, 1902) y vuelvo a hacerlo ahora porque viene bien recordar las cosas tan horripilantes que, hace tan sólo un siglo y sin apenas llamar la atención, podía decir un destacado intelectual británico a la sazón considerado un progresista de izquierdas.

 

¿Y cómo tratará la Nueva República a las razas inferiores? ¿Cómo lidiará con el negro... con el amarillo.... con el judío... con todas esas hordas negras, morenas, aceitunadas, amarillas, que no tienen cabida en las nuevas exigencias de eficacia? Bien, un mundo es un mundo, no una casa de beneficencia, luego entiendo que tendrán que desaparecer... Y el sistema ético de los hombres de esta Nueva República, el sistema ético que dominará el estado mundial, se estructurará de manera que favorezca la procreación de todo cuanto la humanidad tiene de bueno, eficiente y bello: cuerpos hermosos y fuertes, mentes despejadas y poderosas... Y el método que hasta ahora ha seguido la naturaleza para forjar el mundo, el método en virtud del cual se impedía que los débiles engendrasen más debilidad... es la muerte... Los habitantes de la Nueva República... se guia- rán por unos ideales que harán oportuno el homicidio.

 

El cambio experimentado por nuestras actitudes en estos cien años debería, supongo, servirnos de consuelo. Quizá parte del mérito de este cambio corresponda –en sentido negativo– a Hitler, puesto que nadie quiere que lo pillen diciendo lo mismo que él. Pero me pre- gunto lo siguiente: ¿cuáles de nuestras proclamas actuales citarán horro- rizados nuestros descendientes del siglo XXII? ¿Tal vez algo relacio- nado con nuestra forma de tratar a otras especies?

Pero esto ha sido un paréntesis. Estábamos diciendo que, pese a las apariencias superficiales, la especie humana presenta una uniformi- dad genética muy elevada. Si extraemos muestras de sangre y compa-

 

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ramos las moléculas de proteína o directamente, si secuenciamos los genes, veremos que hay menos diferencias entre dos seres humanos cualesquiera oriundos de cualquier parte del mundo que entre dos chimpancés africanos. Una posible explicación de esta uniformidad es que nuestros antepasados, pero no los de los chimpancés, pasaron por un cuello de botella genético hace no mucho tiempo. La especie humana quedó reducida a un número exiguo y estuvo a punto de extinguirse, pero logró recuperarse y salir adelante. Hay indicios de un drástico descenso de la población, hace unos 70.000 años, que habría sido consecuencia de seis años de invierno volcánico seguido por una glaciación de un milenio, y que habría reducido la población mun- dial a unos 15.000 individuos. Como los hijos de Noé en el mito bíbli- co, todos los humanos descendemos de esa pequeña población, y por eso somos tan uniformes genéticamente. Unas pruebas simila- res, sólo que de una uniformidad genética todavía mayor, indican que los guepardos pasaron por un cuello de botella aún más estrecho en una época más reciente, hacia el final de la última glaciación.

Puede que a algunas personas no les convenza el testimonio de la genética bioquímica porque no cuadra con su experiencia cotidiana. Al contrario que los guepardos, nuestro aspecto no es uniforme.11 A simple vista, las diferencias entre un noruego, un japonés y un zulú son realmente espectaculares. Aun con la mejor voluntad del mundo, cues- ta trabajo dar crédito a lo que, de hecho, es la pura verdad, a saber, que, en realidad, esas tres personas son más similares entre sí que tres chim- pancés, por más que éstos nos resulten mucho más parecidos.

Ni que decir tiene que, socialmente, se trata de un tema delicado, aunque recientemente, en un encuentro al que asistimos unos vein- te científicos, fui testigo de cómo un investigador médico del África occidental se lo tomaba a guasa. Al inicio de la conferencia, el presi- dente nos pidió a todos los ponentes reunidos alrededor de la mesa que nos presentásemos. El africano, que era el único negro y que además, a diferencia de muchos afroamericanos, era muy negro, ter- minó su presentación, bromeó: «Me recordarán fácilmente. Soy el úni-

 

11. El de los leopardos, a decir verdad, tampoco. Pero las panteras negras, que en el pasado se pensaba constituían una especie distinta, se diferencian de los leopardos en un solo locus genético.

 

 

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co que lleva corbata roja». Con ello se burló de una forma simpática de los esfuerzos sobrehumanos que hace la gente para fingir que no percibe las diferencias raciales. Creo recordar que los Monty Python tenían un sketch parecido. No obstante, no podemos descartar la evi- dencia genética que indica que, en contra de lo que parece, somos una especie excepcionalmente uniforme. ¿Cuál es la solución de este conflicto entre la apariencia y la realidad de los datos científicos?

Es absolutamente cierto que, si se calcula la variación total de la especie humana y se divide entre un componente interracial y un com- ponente intrarracial, el primero resulta ser una fracción muy peque- ña del total. Casi toda la variación entre los seres humanos puede hallar- se tanto dentro de las razas como fuera de ellas; lo que diferencia a unas razas de otras es tan sólo una mínima porción de variación adi- cional. Todo eso es correcto. Lo que ya no es correcto es inferir que el concepto de raza carece de sentido. Esta idea la acaba de expresar claramente el ilustre genetista de Cambridge, A. W. F. Edwards, en un artículo titulado «Diversidad genética humana: la falacia de Lewontin».

R. C. Lewontin es otro genetista de Cambridge (Massachusetts) no menos ilustre, famoso por la firmeza de sus convicciones políticas y la manía de sacarlas a relucir en cualquier discusión científica a la míni- ma oportunidad. Su concepción de la raza se ha convertido en un dog- ma poco menos que universal en los círculos científicos. En un céle- bre artículo de 1972 escribió:

 

Es evidente que si comparamos nuestra percepción de las diferencias relativamente grandes entre las razas y subgrupos humanos con la varia- ción existente dentro de esos mismos grupos, dicha percepción resulta ser fruto de un prejuicio, como también es evidente que, si nos basa- mos en diferencias genéticas escogidas al azar, las razas y poblaciones humanas son extraordinariamente similares, pues la mayor parte de toda la variación humana, corresponde, de largo, a las diferencias entre individuos.

 

Ésta es, punto por punto, la idea que he dado por buena más arriba y es lógico que así sea teniendo en cuenta que la mayor parte de mi exposición está basada en Lewontin. Pero veamos cómo prosigue el genetista:

 

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La clasificación racial del ser humano no tiene ningún valor social y des- truye efectivamente las relaciones sociales y humanas. Teniendo en cuen- ta, además, que carece de toda relevancia tanto en sentido genético como taxonómico, no hay justificación posible para seguir empleándola.

 

Todos estamos más que de acuerdo en que la clasificación racial del ser humano no tiene ningún valor social y que destruye efectivamen- te las relaciones sociales y humanas. Es uno de los motivos por los que me niego a marcar casillas en los formularios y me opongo a la discriminación positiva en la selección de candidatos a un puesto de trabajo. Pero eso no significa que la raza carezca «de toda relevancia tanto en sentido genético como taxonómico». Edwards, en cambio, razona su postura de la siguiente manera: por muy pequeña que sea la fracción racial del total de la variación, si esas características racia- les están estrechamente correlacionadas con otras, serán, por defini- ción, informativas y, en consecuencia, relevantes desde el punto de vis- ta taxonómico.

El término informativo tiene un significado muy preciso. Un enun- ciado informativo es aquél que nos da a conocer algo que hasta enton- ces ignorábamos. El contenido informativo de un enunciado se cal- cula como reducción de la incertidumbre previa. A su vez, la reducción de la incertidumbre previa se calcula como cambio de probabilidades. Esto permite que el contenido informativo de un mensaje sea mate- máticamente preciso, aunque ahora no vamos a entrar en detalles.12 Si nos dicen que Evelyn es un varón, al instante sabremos un montón de cosas sobre él. Nuestra incertidumbre previa sobre la forma de los genitales de Evelyn se ve reducida (aunque no disipada por comple- to). Ahora nos constan datos que antes desconocíamos acerca de sus cromosomas, sus hormonas y otros aspectos de su bioquímica, y tam- bién se ha producido una considerable reducción de nuestra incerti- dumbre previa en cuanto al tono de voz de Evelyn, la distribución de su vello facial, de su grasa corporal y de su musculatura. En cambio,

 

12. Da la casualidad de que el propio Lewontin fue uno de los primeros biólogos que hicieron uso de la teoría de la información, y, de hecho, la empleó en ese artículo sobre la raza, aunque con otra finalidad: la utilizó como herramienta estadística para calcular la diversidad.

 

 

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en contra de los viejos prejuicios victorianos, nuestra incertidumbre previa acerca de la inteligencia de Evelyn o su capacidad de apren- der, no se ha visto alterada por la información sobre su sexo. La incer- tidumbre sobre su capacidad de levantar peso o de sobresalir en la mayoría de deportes se ha reducido cuantitativamente, pero solo un tanto. Muchas mujeres son capaces de derrotar a muchos hombres en cualquier modalidad deportiva, aunque lo normal es que los mejores hombres venzan a las mejores mujeres. Nuestra confianza a la hora de apostar, pongamos por caso, por la velocidad en carrera de Evelyn o la potencia de su saque en el juego del tenis, ha aumentado ligeramen- te al enterarse de su sexo, pero tampoco es del todo plena.

Pasemos al tema de la raza. Si nos dicen que Suzy es china, ¿en qué medida se reducirá nuestra su incertidumbre previa? Ahora esta- remos bastante seguros de que tiene el pelo negro y liso (o lo tenía originalmente), ojos con epicanto, y dos o tres cosas más. Si nos dicen que Colin es negro, no nos están comunicando, como ya hemos visto, que sea negro. No obstante, está claro que el enunciado tampoco deja de ser informativo. La elevada correlación entre observadores indica que existe una constelación de características que la mayoría de la gente reconocería, de modo que la afirmación «Colin es negro» realmente reduce la incertidumbre previa sobre su persona. Hasta cierto punto, también funciona al contrario. Si nos dicen que Carl es campeón olím- pico de los cien metros lisos, la incertidumbre previa con respecto a su raza se verá reducida. Es más, podemos estar casi seguros de que es negro.13

Hemos iniciado estas disquisiciones preguntándonos si el concep- to de raza era, o había sido alguna vez, un método informativo de clasificar a la gente. ¿Cómo podríamos aplicar el criterio de correla- ción entre observadores para evaluar esta cuestión? Bien, supongamos que escogemos al azar a veinte nativos de cada uno de los siguientes países, Japón, Uganda, Islandia, Sri Lanka, Nueva Guinea Papúa y Egipto, y les sacamos a todos una fotografía de rostro entero. Si a cada una de esas 120 personas le diésemos una copia de las 120 foto-

 

13. Hace pocos años sir Roger Bannister se metió en un buen lío por decir algo parecido. Los motivos se me escapan, salvo que se trate de la susceptibilidad exacer- bada de la gente cuando se toca el tema de la raza.

 

 

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grafías y le pidiésemos que las clasificasen en seis categorías diferen- tes, calculo que todos conseguirían un 100% de aciertos. Es más, si les dijésemos el nombre de los seis países en cuestión, los 120 indivi- duos, a poco que tuviesen un nivel cultural razonable, asignarían correc- tamente las 120 fotografías al país correspondiente. No he hecho el experimento, pero estoy convencido de que el lector coincidirá con- migo sobre cuál sería el resultado. Podrá parecer poco científico por mi parte que no me haya molestado en llevarlo a cabo, pero lo que tra- to de expresar es precisamente eso: que estoy convencido de que el lector, como ser humano que es, coincidiría conmigo sin necesidad de ponerlo en práctica.

Si se fuese a hacer el experimento, no creo que Lewontin espera-  se un resultado diferente del que he predicho. Sin embargo, para ser coherente con esa afirmación suya de que la clasificación racial care- ce de toda relevancia tanto taxonómica como genética, debería emi-  tir una predicción opuesta a la mía. Si no tiene ninguna relevancia ni taxonómica ni genética, la única explicación de que se registre una correlación tan elevada entre observadores sería la existencia, a nivel mundial, de un prejuicio cultural parecido, pero me parece que Lewontin tampoco estaría por la labor de predecir algo semejante. En resumidas cuentas, opino que Edwards tiene razón y que Lewontin, y no es la primera vez, está equivocado. Lewontin, faltaría más, hizo bien los cálculos porque es un brillante genético matemático: el porcenta- je de la variación total de la especie humana que corresponde a la divi- sión racial es, efectivamente, bajo. Pero como la variación interracial, por más que constituya un porcentaje bajo de la variación total, es corre- lacionada, es informativa en aspectos que se podrían demostrar fácil- mente midiendo la concordancia entre las apreciaciones de los obser- vadores.

Llegados a este punto, debo reiterar que me opongo rotunda- mente a que me pidan que rellene formularios donde haya que mar- car una casilla detallando mi raza o etnia y suscribo enérgicamente la afirmación de Lewontin de que la clasificación racial puede destruir las relaciones sociales y humanas, sobre todo cuando se emplea para tratar a unas personas de un modo y a otras de otro, ya sea mediante discriminación negativa o positiva. Asignar una etiqueta racial a una persona es informativo en el sentido de que nos revela varias cosas

 

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acerca de la misma. Puede reducir nuestra incertidumbre acerca del color de su pelo, el color de su piel, la lisura de su cabello, la forma de sus ojos, la forma de su nariz y su estatura. Sin embargo, no hay motivos para creer que nos revela algo sobre su idoneidad para un puesto de trabajo determinado. Además, en el caso improbable de que redujese la incertidumbre estadística sobre su probable idoneidad para un puesto de trabajo concreto, seguiría siendo una perversidad usar etiquetas raciales para discriminar a un candidato. Hay que elegir en función de la aptitud y, si después de hacerlo, terminamos con un equi- po de velocistas formado íntegramente por atletas negros, que así sea. Pero no habremos incurrido en ninguna discriminación racial para llegar a esa conclusión.

Un famoso director, cuando sometía a los potenciales miembros de su orquesta a una audición, siempre les hacía tocar detrás de una cortina. Les prohibía abrir la boca y hasta tenían que descalzarse para que el ruido de los tacones no revelase su sexo. Aun en el supues- to de que estadísticamente las mujeres, pongamos por caso, tocasen el arpa mejor que los hombres, eso no significaría que, a la hora de escoger un arpista, hubiese que discriminar a los candidatos masculi- nos. Considero que discriminar a un individuo simplemente en virtud del grupo al que pertenece es una perversión. Hoy en día, casi todo el mundo está de acuerdo en que el régimen sudafricano del apartheid era algo perverso. En mi opinión, la discriminación positiva a favor de los estudiantes minoritarios en las universidades estadounidenses pue- de, en buena ley, condenarse por los mismos motivos que el apar- theid. Ambos tratan a las personas como representantes de grupos y no como individuos por derecho propio. La discriminación positiva sue- le justificarse aduciendo que se trata de reparar una injusticia de siglos. Ahora bien, ¿cómo va a ser justo desquitarse hoy con un individuo de los agravios cometidos hace un montón de tiempo por miembros de un grupo al que da la casualidad que pertenece?

No deja de ser interesante que este tipo de confusión entre el singu- lar y el plural se ponga de manifiesto en una forma de hablar que es un síntoma muy revelador del fanatismo: «el judío», en lugar de «los judíos».

 

El sudanés es un guerrero excelente, pero no sabe ni dónde tiene la cabeza. En cambio, el pastún...

 

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protóstomos

 

Las personas son individuos y como tales son diferentes, mucho más diferentes de otros miembros de su propio grupo de lo que los gru- pos lo son entre sí. En este tema no cabe duda de que Lewontin tie- ne toda la razón.

El acuerdo entre observadores indica que la clasificación racial algo tiene de informativa, pero ¿de qué nos informa? Pues de nada más que las características a que se refieren los observadores cuando concuer- dan, detalles como la forma de los ojos o el tipo de cabello: nada más, salvo que se nos den más motivos para creerlo. Por alguna razón, parece ser que son los rasgos superficiales, externos y triviales los que se correlacionan con la raza; sobre todo los rasgos faciales. Pero, ¿por qué son tan distintas las razas humanas tan sólo en esas característi- cas aparentemente llamativas? ¿O es que, como observadores, estamos predispuestos a reparar en ellas? ¿Por qué otras especies parecen uniformes comparadas con la nuestra y los humanos, en cambio, exhi- bimos diferencias que, si nos las encontrásemos en cualquier otro lugar del reino animal, nos harían sospechar que estamos ante especies distintas?

La explicación más aceptable políticamente es que los miembros de cualquier especie tienen una agudizada sensibilidad a las diferen- cias entre sus congéneres. Según esta tesis, se trata simplemente de que los humanos advertimos las diferencias entre nosotros con más facilidad que las que se dan entre los miembros de  otras especies. Los chimpancés, que nos resultan casi idénticos, son tan diferentes para los propios chimpancés como para nosotros un kikuyo y un holan- dés. Con la esperanza de confirmar esta hipótesis a nivel intrarracial, el eminente psicólogo estadounidense H. L. Teuber, experto en los mecanismos cerebrales del reconocimiento facial, le pidió a un estu- diante universitario chino que estudiase la cuestión de por qué los occidentales piensan que los chinos son más parecidos entre sí que los occidentales. Al cabo de tres años de intensa labor investigadora, el universitario dio a conocer su conclusión: «¡Es que los chinos son real- mente más parecidos que los occidentales!». Teniendo en cuenta  que Teuber me contó esta historia con muchos guiños y mucho enar- camiento de cejas, lo que en su caso es señal de que se avecina un chis- te, no sé si será verdad o no, pero no tengo inconveniente en creér- mela y desde luego no me parece que nadie deba molestarse.

 

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el cuento del antepasado

 

Nuestra (relativamente) reciente salida de África y consiguiente diáspora nos ha llevado a una variedad extraordinariamente amplia de hábitats, climas y modos de vida. Es probable que las diferentes con- diciones ambientales hayan ejercido fuertes presiones selectivas, sobre todo en las partes externamente visibles, como la piel, que son las más castigadas por el sol y el frío. No se me ocurre ninguna otra espe- cie que prospere igual de bien desde los trópicos hasta el Ártico, des- de las costas hasta las cumbres de los Andes, desde los desiertos más áridos hasta las junglas más húmedas, y en todas las regiones inter- medias. Unas condiciones tan diferentes han de ejercer diferentes pre- siones selectivas, y sería muy extraño que las poblaciones autóctonas no divergiesen en consecuencia. Los cazadores de las intrincadas sel- vas de África, Sudamérica y el Sudeste asiático han reducido todos ellos, de forma independiente, su tamaño, porque la altura supone una desventaja en entornos de vegetación densa. Los habitantes de latitudes elevadas, que necesitan el máximo de sol posible para fabri- car vitamina D, tienden a tener la piel más clara que los que se enfren- tan al problema opuesto de protegerse de los rayos cancerígenos del sol tropical. Es muy probable que esa selección geográfica afectase en especial a rasgos externos tales como el color de piel, dejando intac- ta y uniforme la mayor parte del genoma.

En teoría, ésa podría ser la explicación cabal de nuestras diferen- cias superficiales y visibles, que esconden una profunda similitud. Pero me resulta insuficiente. Creo que no vendría mal añadirle, como míni- mo, una hipótesis complementaria que voy a proponer de forma pro- visional. La hipótesis nace de nuestra discusión previa sobre las barre- ras culturales a la reproducción. Si contamos la totalidad de los genes, o si tomamos una muestra totalmente aleatoria de los mismos, es ver- dad que somos una especie muy uniforme; pero tal vez existan moti- vos especiales para que en esos mismos genes que nos hacen advertir las diferencias y distinguir a nuestros congéneres con facilidad, se regis- tre un volumen desproporcionado de variación. Esto incluiría a los genes responsables de «etiquetas» externas y visibles, como el color de piel. Y una vez más, según mi hipótesis, esta agudizada capacidad de diferenciación habría evolucionado por selección sexual, expresamen- te en nuestra especie por lo condicionados que estamos por nuestra cultura. Debido a la enorme influencia de la tradición cultural a la

 

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hora de escoger con quién nos apareamos y a que nuestras culturas y,  a veces, nuestras religiones, sobre todo en lo tocante a la elección de la pareja sexual, fomentan el rechazo a los forasteros, esas diferencias superficiales que ayudaron a nuestros antepasados a preferir a sus con- géneres antes que a los forasteros se habrían visto reforzadas de una manera totalmente desproporcionada respecto de las verdaderas dife- rencias genéticas existentes entre los humanos. Un pensador de la cate- goría de Jared Diamond sustenta una idea parecida en su libro El ter- cer chimpancé. Y el propio Darwin, aunque de forma más general, apelaba a la selección sexual para explicar las diferencias raciales.

Quiero proponer dos versiones de esta teoría: una fuerte y una débil. La verdad podría consistir en cualquier combinación de ambas. Según la teoría fuerte, el color de la piel y otras marcas genéticas lla- mativas evolucionaron como herramienta de discriminación a la hora de escoger pareja sexual. Según la teoría débil, que podemos consi- derar antesala de la fuerte, las diferencias culturales tales como el lenguaje y la religión desempeñan en las etapas iniciales de la espe- ciación el mismo papel que la separación geográfica. Una vez que las diferencias culturales propiciaron esa separación inicial, con el con- siguiente efecto de que ya no habría flujo génico que mantuviese unidos a los grupos, éstos comenzaron a evolucionar por separado y a distanciarse genéticamente, como si estuviesen separados en sen- tido geográfico.

En «El Cuento del Cíclido» vimos cómo una población ancestral podía escindirse en dos poblaciones genéticamente distintas simple- mente a raíz de una separación accidental que suele presuponerse geográfica. Una barrera física como, por ejemplo, una cordillera mon- tañosa, reduce el flujo de genes entre las poblaciones de dos valles y los respectivos acervos génicos se distancian. Lo normal es que la sepa- ración se vea estimulada por presiones selectivas diferentes; uno de los valles, por ejemplo, puede ser más húmedo que su vecino trans- montano. Pero la separación inicial accidental, que hasta ahora he supuesto geográfica, es imprescindible.

Con esto no estoy insinuando que dicha separación geográfica sea deliberada. No es eso ni mucho menos lo que significa imprescin- dible. Significa, simplemente, que si no se diese por casualidad una separación geográfica (o equivalente) inicial, los diversos compo-

 

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nentes de la población seguirían vinculados genéticamente como resul- tado de la interacción sexual. Sin una barrera inicial no puede haber especiación. Una vez que las dos supuestas especies, que en un primer momento son razas, comienzan a distanciarse en sentido genético, pueden llegar a distanciarse más todavía, aun cuando la barrera geo- gráfica desaparezca con el tiempo.

Es aquí donde surge la controversia. Hay quien piensa que la sepa- ración inicial ha de ser geográfica; otros, en especial los entomólogos, hacen hincapié en la denominada especiación simpátrica. Muchos insec- tos herbívoros sólo se alimentan de una especie de planta, y se apare- an y desovan en su planta predilecta. Posteriormente las larvas reci- ben la impronta de la planta que comen desde que nacen, de manera que, cuando lleguen a adultas, escogerán plantas de la misma espe- cie para desovar.14 Así pues, si una hembra adulta se equivoca y des- ova en una especie distinta, las hijas recibirán la impronta de la plan- ta equivocada y, cuando les toque desovar a ellas, escogerán una planta de esa misma especie. Sus hijas recibirán la impronta equivocada y cuando sean adultas frecuentarán plantas de esa especie, se aparea- rán con machos que frecuenten esas mismas plantas y terminarán des- ovando en ellas.

En el caso de estos insectos, podemos apreciar cómo el flujo géni- co con el tipo progenitor puede cortarse abruptamente en el plazo de una sola generación. Teóricamente, podría surgir una nueva espe- cie sin necesidad de aislamiento geográfico. O, dicho de otro modo, para estos insectos la diferencia entre dos especies de plantas equiva- le a una cordillera o un río para otros animales. Hay quien sostiene que la especiación simpátrica es más frecuente entre insectos que la especiación geográfica, en cuyo caso, como la mayoría de las espe-

 

 

14. La impronta, cuyo descubrimiento suele atribuirse a Konrad Lorenz, es el proce- so por el cual ciertos animales jóvenes, como por ejemplo los patitos, sacan una especie de fotografía mental de un objeto que ven durante una fase temprana de su existencia y se dedican a seguirlo mientras son jóvenes. Lo normal es que el objeto sea uno de los progenitores, pero también podrían ser las botas de Konrad Lorenz. En una fase más tardía, la fotografía mental influye en la elección de pareja sexual; ésta suele ser un miem- bro de la propia especie, pero, dependiendo de la impronta, los animales en cuestión también podrían tratar de aparearse con las botas de Lorenz. La historia de los patitos no es tan simple, pero espero que la analogía con los insectos haya quedado clara.

 

 

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cies son insectos, podría resultar incluso que la mayoría de especiacio- nes fuesen simpátricas. Sea como fuere, lo que quiero decir es que la cultura humana propicia una situación especial en la que el flujo géni- co también puede verse bloqueado, configurando un marco análogo al de los insectos que acabó de esbozar.

En el caso de los insectos, la preferencia por una planta concreta  se transmite de padres a hijos por una doble vía: las larvas reciben la impronta de dicha planta y los adultos se aparean y desovan en ella. En efecto, las líneas ancestrales establecen tradiciones que se propagan longitudinalmente de generación en generación. Las tradiciones huma- nas son similares, aunque más elaboradas. Como ejemplos cabe citar el lenguaje, la religión, las costumbres y las convenciones sociales. Los niños suelen adoptar el idioma y la religión de sus padres, aunque, como en el caso de los insectos y las plantas, se producen los suficien- tes errores como para que la vida resulte interesante. Del mismo modo que los insectos se aparean en las inmediaciones de sus plantas favo- ritas, la gente tiende a emparejarse con quienes hablan su misma lengua y rezan a los mismos dioses. En consecuencia, los diversos idiomas y religiones pueden desempeñar el mismo papel que las plan- tas o las cadenas montañosas en la especiación geográfica tradicio- nal. Los idiomas, religiones y costumbres sociales diferentes pueden poner barreras al flujo génico. A partir de ahí, según la variante débil de nuestra teoría, las diferencias genéticas aleatorias simplemente se acumularían a ambos lados de una barrera lingüística o religiosa, igual que lo harían a ambos lados de una cordillera. Posteriormente, según la versión fuerte de la teoría, las diferencias genéticas así fraguadas se irían consolidando a medida que los individuos usasen las diferen-  cias de aspecto más ostensibles como marcadores de discriminación   a la hora de escoger pareja, reforzando con ello las barreras cultura- les que propiciaron la separación original.15

No estoy insinuando, ni mucho menos, que haya más de una espe- cie de seres humanos. Todo lo contrario. Lo que quiero decir es que

 

15. Un problema potencial que habría que resolver si se pretende continuar pos- tulando esta idea es que, según la teoría de la genética matemática, tanto en el caso de la separación geográfica como, implícitamente, en el de la cultural, la separación ha de ser poco menos que absoluta para que la diferenciación genética se mantenga.

 

 

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el cuento del antepasado

 

la cultura humana, que nos aleja del apareamiento aleatorio para encauzarnos en direcciones determinadas por la lengua, la religión y otras herramientas culturales de selección, ha tenido, en el pasado, efectos muy extraños sobre nuestra genética. Es verdad que si toma- mos en cuenta la totalidad de nuestros genes somos una especie muy uniforme, pero algunos de nuestros rasgos superficiales exhiben una variedad pasmosa, rasgos que son triviales pero notorios, o sea, carne de discriminación. Una discriminación que se practica no sólo a la hora de elegir pareja sexual, sino a la hora de elegir enemigos y vícti- mas de prejuicios xenófobos o religiosos.

 

 

EL CUENTO DE LA MOSCA DEL VINAGRE

 

El 1894 el genetista William Bateson, pionero en la materia, publicó un libro titulado Materiales para el estudio de la variación, con especial aten- ción a la discontinuidad en el origen de las especies. Lo que hizo Bateson fue recopilar una lista fascinante, casi macabra, de anormalidades gené- ticas y reflexionar sobre cómo podrían servir para arrojar luz sobre la evolución. Hay caballos de pezuña hendida, antílopes con un solo cuerno, personas con tres manos y un escarabajo con cinco patas en  un lado. En el libro, Bateson acuñó el término homeosis para designar una extraordinaria modalidad de variación genética. Homoio en grie- go significa «mismo», así que una mutación homeótica (que es como hoy la llamaríamos, aunque en la época de Bateson aún no se había acu- ñado el término mutación) es aquélla que provoca que una parte del cuerpo aparezca en otro lugar.

Entre los ejemplos recabados por Bateson figuraba una avispa por- tasierra que tenía una pata donde debería tener una antena. Ante una anormalidad de ese calibre lo lógico es sospechar, como Bateson, que podría ofrecernos indicios importantes sobre el desarrollo de los ani- males en circunstancias normales y, efectivamente, así es; precisamen- te ése es el tema del presente cuento. Posteriormente, se descubrió que esa misma homeosis, una pata en lugar de una antena, también afectaba a las moscas del vinagre o Drosophila, y se le dio el nombre de antennapedia. Drosophila («amante del rocío») es desde hace mucho tiem- po el animal favorito de los genetistas. No se deberían confundir nun-

 

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ca embriología y genética, pero, en los últimos tiempos, las moscas del vinagre vienen desempeñando un papel estelar tanto en la embriología como en la genética, y en este cuento vamos a hablar de la primera.

El desarrollo embriónico está controlado por los genes, pero este control, en teoría, puede darse de dos formas muy diferentes. Las hemos presentado en «El Cuento del Ratón»: el plano y la receta. Un albañil construye una casa colocando ladrillos en los lugares especifi- cados en un plano, mientras que un cocinero hace una tarta, no colo- cando migas y pasas de corinto en lugares específicos, sino añadien- do ingredientes por procedimientos específicos, como tamizar, remover, batir y calentar.16 Los autores de los libros de texto de biología se equi- vocan cuando describen el ADN como un plano. Los embriones no siguen, ni muchísimo menos, las indicaciones de un plano. El ADN no es una descripción, en ningún lenguaje, de cómo debería ser final- mente el cuerpo. Tal vez en otro planeta los seres vivos se desarrollen por embriología planificada, pero me cuesta creer que pueda funcio- nar: tendría que tratarse de un tipo de vida muy diferente. En nues- tro planeta, los embriones siguen recetas. O, por recurrir a otra ana- logía que tampoco tiene nada que ver con los planos y que en cierto modo es más apropiada que la de la receta, los embriones se constru- yen a sí mismos siguiendo una secuencia de instrucciones para la rea- lización de una figura de origami.

La analogía del origami cuadra mejor con las fases iniciales de la embriología que con las tardías. La estructura fundamental del cuer- po se empieza a construir mediante una serie de pliegues y evagina- ciones de capas de células. Una vez sentadas las líneas maestras del plan corporal, las siguientes fases del desarrollo consisten principal- mente en crecer, como si el embrión se inflase, por todas sus partes, como un globo. Se trata, sin embargo, de un globo muy especial, porque las diferentes partes del cuerpo se inflan a un ritmo diferen- te, y todos esos ritmos están sometidos a un riguroso control: se trata del importante fenómeno conocido como alometría. «El Cuento de la Mosca del Vinagre» versa principalmente sobre la fase inicial, origá- mica, del desarrollo, no sobre la posterior, la inflacionaria.

 

16. Casualmente, el primero que formuló esta analogía fue sir Patrick Bateson, pariente de sir William.

 

 

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el cuento del antepasado

 

Las células no se colocan como ladrillos con arreglo a ningún pla- no, sino que es su comportamiento lo que determina el desarrollo embrionario. Las células atraen o repelen a otras células. Cambian de forma de diversas maneras. Segregan sustancias químicas que pue- den difundirse e influir a otras células incluso a cierta distancia. A veces mueren selectivamente, modelando formas por sustracción, como un escultor. Al igual que las termitas que cooperan para construir un termitero, las células saben lo que han de hacer gracias a la referencia de sus vecinas, con las que están en contacto, y en respuesta a sustan- cias químicas de diversas concentraciones. Todas las células de un embrión contienen los mismos genes, luego no pueden ser los genes los que distinguen el comportamiento de las diferentes células. Lo que distingue a una célula de las demás es el tipo de genes activados en su interior, algo que a su vez se refleja en los productos génicos (pro- teínas) que contiene.

En los estadios iniciales del embrión, toda célula tiene que saber dónde está situada con respecto a dos ejes principales: delantero-tra- sero (eje antero-posterior) y superior-inferior (eje dorso-ventral). ¿Qué significa saber? En principio significa que el comportamiento de una célula está determinado por su posición a lo largo del gradiente quí- mico de cada uno de esos dos ejes. Esos gradientes comienzan nece- sariamente en el propio huevo y están, por consiguiente, bajo el con- trol de los genes de la madre, no de los genes nucleares del huevo. Por ejemplo, en el genotipo materno de Drosophila hay un gen denomi- nado bicoide que se expresa en las células nodriza que fabrican los hue- vos. La proteína fabricada por el gen bicoide es enviada al interior del huevo, en uno de cuyos extremos queda depositada para, desde allí, extenderse hacia el otro extremo. El gradiente de concentración resultante (y otros como él) define el eje antero-posterior. Mecanismos similares en ángulo recto definen el eje dorso-ventral.

Estas concentraciones que definen los ejes persisten en la sustan- cia de las células producidas como consecuencia de las subsiguientes divisiones del huevo. Las primeras divisiones se producen sin que se añada ningún material nuevo, pero no son completas: se forman multitud de núcleos, pero sin separarse completamente por particio- nes celulares. Esta célula multinucleada se llama sincitio. Posteriormente, tienen lugar las particiones y el embrión se convierte en célula propia-

 

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mente dicha. Durante todo este proceso, como ya digo, persisten los gradientes químicos originales. El resultado es que los diferentes núcle- os celulares del embrión estarán bañados en diferentes concentra- ciones de sustancias químicas clave, correspondientes a los gradientes bidimensionales originales, y esto hará que en cada célula se active un gen diferente (estamos hablando, por supuesto, de los genes del embrión, no de los de la madre). Así es cómo empieza la diferencia- ción de las células. En estadios más avanzados del desarrollo, las pro- yecciones de este principio aumentan la diferenciación. Los gradien- tes originales creados por los genes de la madre dan paso a otros gradientes más complejos creados por los genes del propio embrión. Posteriores bifurcaciones en los linajes de las células embrionarias generan más diferenciaciones.

En los artrópodos el cuerpo experimenta una división a gran esca- la, pero no en células sino en segmentos. Los segmentos están dispues- tos en línea, desde la cabeza hasta el extremo del abdomen. La cabe- za de los insectos consta de seis segmentos; las antenas están en el segundo segmento, y las mandíbulas y otras partes de la boca, en los siguientes. En los adultos, los seis segmentos están comprimidos en un espacio reducido, por lo que el alineamiento antero-posterior no se aprecia con tanta claridad como en los embriones. Los tres segmen- tos torácicos (T1, T2 y T3) presentan un alineamiento evidente, con un par de patas cada uno. El T2 y el T3 suelen portar alas, aunque en Drosophila y otras moscas sólo tiene alas el T2.17 En el T3 el segundo par de «alas» se ha transformado en los llamados halterios, unos peque- ños órganos vibrátiles con forma de alfileres que funcionan como girós- copos en miniatura para estabilizar el vuelo de la mosca. Algunos insec- tos fósiles primitivos tenían tres pares de alas, un par en cada uno de los tres segmentos torácicos. Detrás de los segmentos torácicos hay unos cuantos segmentos abdominales (algunos insectos tienen 11, Drosophila tiene 8, dependiendo de cómo se consideren los genitales, situados en el extremo trasero). Las células saben (en el sentido ya

 

17. Otros insectos, como las cucarachas y los escarabajos, vuelan únicamente con alas T3, habiendo transformado las alas T3 en unas láminas duras y rígidas de protec- ción llamadas élitros. Como hemos visto, los saltamontes y los grillos han modificado posteriormente los élitros, convirtiéndolos en órganos estridulantes.

 

 

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explicado) en qué segmento se encuentran y actúan en consecuencia. Y lo saben gracias a la mediación de unos genes de control especiales llamados genes Hox, que se activan en el interior de la célula. «El Cuento de la Mosca del Vinagre» trata en su mayor parte de estos genes.

Todo sería muy sencillo y estaría muy claro si ahora pudiese decir- le al lector que hay un gen Hox para cada segmento y que en todas las células de un segmento cualquiera sólo se activa ese gen Hox corres- pondiente. Estaría más claro todavía si los genes Hox estuviesen dis- puestos a lo largo de un cromosoma en el mismo orden que los seg- mentos en los que influyen. Bien, la cosa no está tan clara, pero casi. Los genes Hox están dispuestos, efectivamente, en el orden correcto a lo largo de un cromosoma, lo cual es estupendo (y gratuito, tenien- do en cuenta lo que sabemos de cómo funcionan los genes). Pero no hay bastantes genes Hox para todos los segmentos: sólo existen ocho. Y hay otra complicación más peliaguda que hemos de sortear. Los seg- mentos del adulto no corresponden exactamente con los llamados parasegmentos de la larva. No me pregunte el lector por qué (quizá el Diseñador se tomó ese día libre), pero cada uno de los segmentos del insecto adulto consiste en la mitad posterior de un parasegmen- to de larva más la mitad delantera del siguiente. A partir de ahora y salvo que especifique lo contrario, cuando use la palabra segmento me estaré refiriendo a un parasegmento larvario. En cuanto a la cues- tión de cómo logran ocho genes Hox en línea controlar 17 segmen- tos en línea, la respuesta es, de nuevo, el truco del gradiente quími- co. Cada uno de los genes Hox se expresa fundamentalmente en un segmento determinado, pero también se expresa en otros posterio- res a éste, aunque en concentración decreciente a medida que se avan- za hacia atrás. Una célula sabe en qué segmento se encuentra com- parando el caudal de las sustancias químicas producidas por los genes Hox situados más adelante. El mecanismo, en realidad, es un poco más complicado, pero no hace falta que entremos en tantos detalles. Los ocho genes Hox se hallan dispuestos en dos agrupamientos de genes situados a lo largo del mismo cromosoma aunque físicamente separados: los llamados «complejo Antennapedia» y «complejo Bithorax». Estas denominaciones son desafortunadas por partida doble. En pri- mer lugar, un grupo de genes toma el nombre de uno de sus miem- bros, que no es más importante que los demás. Y, peor aún, los genes

 

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propiamente dichos suelen llevar por nombre, no su función normal, sino el efecto negativo que provocan sus mutaciones. Sería mejor lla- marlos complejo Hox delantero y complejo Hox trasero, o algo por el estilo, pero nos toca apañarnos con las denominaciones al uso.

El complejo Bithorax consiste en los tres últimos genes Hox, que, por motivos históricos que no voy a entrar a analizar, se llaman Ultra- bithorax, Abdominal-A y Abdominal-B. Estos genes afectan al extremo pos- terior del animal de la siguiente manera. Ultrabithorax se expresa des- de el segmento 8 hasta el mismo extremo posterior; Abdominal-A se expresa desde el segmento 10 hasta el final, y Abdominal-B, desde el 13 hasta el final. Los productos de estos genes presentan un gradien- te de concentración que decrece a medida que nos desplazamos hacia el extremo posterior del animal. Así pues, comparando las concen- traciones de los productos de estos tres genes Hox, las células situa- das en la parte posterior de una larva pueden saber en qué segmen-    to se hallan y actuar en consecuencia. Algo parecido ocurre en el extremo delantero, sólo que ahí los que están a cargo son los cinco genes del complejo Antennapedia.

Un gen Hox, por tanto, es un gen cuya misión es saber en qué lugar del cuerpo se encuentra e informar de ello a otros genes situados en la misma célula. Con esto ya estamos preparados para entender las muta- ciones homeóticas. Cuando un gen Hox no funciona bien, las células del segmento correspondiente reciben una información errónea sobre su emplazamiento y fabrican el segmento en el que creen estar. Por eso, por ejemplo, nos encontramos con que, en el segmento donde debe- ría haber una antena, crece una pata. Es perfectamente lógico, por- que las células de cualquier segmento son capaces de fabricar un com- ponente anatómico de cualquier otro segmento. ¿Por qué no habrían de ser capaces? Todas las células de todos los segmentos contienen las instrucciones para la elaboración de cualquier otro segmento. Son los genes Hox los que, en circunstancias normales, dan las instrucciones correctas para fabricar la anatomía apropiada en cada segmento. Como bien sospechaba William Bateson, las anormalidades homeóticas arro- jan luz sobre el funcionamiento normal del sistema.

Recordemos que las moscas sólo tienen un par de alas, algo insó- lito entre los insectos, más un par de halterios o balancines giroscópi- cos. La mutación homeótica Ultrabithorax hace creer a las células del

 

 

Las células «creer» estan en un segmento pero están en otro. Mutante homeótico de la mosca del vinagre.

 

 

 

tercer segmento torácico que se hallan en el segundo. Éstas, en con- secuencia, en lugar de un par de halterios, fabrican conjuntamente un par de alas de más (véase fotografía adjunta). Hay una versión mutante del escarabajo rojo de la harina (Trilobium) en la que todos y cada uno de los 15 segmentos desarrollan antenas, es de suponer que porque las células creen hallarse en el segmento 2.

Esto nos lleva a la parte más maravillosa de este cuento. Después de que se descubriesen en las moscas del vinagre, los genes Hox empe- zaron a aparecer por todas partes, no sólo en otros insectos como los escarabajos sino en casi todos los animales que se examinaban, inclui- dos nosotros. Y resulta que, en muchos casos (casi es demasiado boni- to para ser verdad), desempeñan la misma labor, incluida la de infor- mar a las células del segmento en que se encuentran, además de presentar la misma disposición a lo largo del cromosoma. Pasemos aho- ra a los mamíferos, cuyo caso se conoce a fondo gracias a los estudios con ratones de laboratorio, auténticos Drosophila de la clase mamífera. Los mamíferos, al igual que los insectos, tenemos un diseño corpo-

ral segmentado o, al menos, un plan modular repetido que influye en la espina dorsal y en las estructuras asociadas. Cada una de las vér- tebras correspondería a un segmento, aunque los huesos no son lo único que se repite periódicamente según avanzamos desde el cuello hasta la cola. Los vasos sanguíneos, los nervios, los bloques muscula- res, los discos cartilaginosos y las costillas, allí donde estén presentes,

 

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siguen esa estructura modular repetitiva. Como ocurre con Drosophila, los módulos, aunque todos obedecen un mismo plan general, se dife- rencian en ciertos detalles. Si los segmentos de los insectos se dividen en cabeza, tórax y abdomen, las vértebras se agrupan en cervicales (cue- llo), torácicas (parte superior de la espalda, junto con las costillas), lumbares (parte inferior de la espalda, sin las costillas) y caudales (cola). Como en Drosophila, las células, ya sean óseas, musculares, cartilaginosas o de cualquier otro tipo, necesitan saber en qué segmen- to se encuentran y, como en Drosophila, lo saben gracias a los genes Hox, los cuales corresponden de manera reconocible a genes Hox concretos de Drosophila si bien, como era de esperar dada la enormi- dad de tiempo transcurrida desde el Contepasado 26, distan mucho   de ser idénticos. Como en Drosophila, los genes Hox están dispuestos en orden a lo largo del cromosoma. La modularidad de los vertebra- dos es muy diferente de la de los insectos y no hay motivos para pen- sar que su antepasado común, en el Encuentro 26, fuese un animal segmentado. No obstante, la evidencia de los genes Hox indica, como mínimo, una profunda semejanza entre el plan corporal de los insec- tos y el plan corporal de los vertebrados, similitud que también pre- sentaba el Contepasado 26 y que, de hecho, se observa en otras estruc- turas corporales, inclusive aquéllas que no están segmentadas.

En el caso de los ratones, no existe una sola serie de genes Hox en un cromosoma, sino cuatro: la serie a en el cromosoma 6, la b en el cromosoma 11, la c en el cromosoma 15 y la d en el cromosoma 2. Las semejanzas entre las series demuestran que han surgido durante el proceso evolutivo por duplicación: la a4 hace juego con la b4, con la c4 y con la d4. También ha habido algunas supresiones, pues en cada una de las cuatro series faltan los mismos puestos: la a7 y la b7 hacen juego, pero ni la serie c ni la d tienen un representante en la posición

7.        Cuando dos, tres o cuatro versiones de un gen Hox actúan sobre un mismo segmento, sus efectos se combinan. Asimismo, como ocurre en Drosophila, todos los genes Hox ejercen su efecto con más fuerza en el primer segmento (el más adelantado) de su área de influencia, creando un gradiente de expresión que afecta de forma decreciente a los segmentos posteriores.

Y falta lo mejor. Salvo excepciones insignificantes, cada uno de los ocho genes Hox de Drosophila se parece más a su homólogo en la

 

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el cuento del antepasado

 

serie del ratón que a los otros siete genes de su misma serie. Y están colocados en el mismo orden a lo largo de sus respectivos cromoso- mas. Cada uno de los ocho genes de Drosophila tiene, como mínimo, un representante en la serie de 13 genes del ratón. Esta precisa coin- cidencia entre los genes de Drosophila y los del ratón sólo puede indi- car herencia compartida: la herencia del Contepasado 26, el gran pro- genitor de todos los Protóstomos y todos los Deuteróstomos. Esto significa que la inmensa mayoría de animales descendemos de un ante- pasado que tenía genes Hox dispuestos en el mismo orden lineal que las actuales Drosophila y los vertebrados modernos. El dato es increí- ble: el Contepasado 26 no sólo tenía genes Hox sino que los tenía colo- cados en el mismo orden que nosotros.

Como ya he dicho, eso no significa que el Contepasado 26 tuviese el cuerpo dividido en segmentos discretos. Es más, probablemente no lo tenía, pero seguro que presentaba un gradiente longitudinal des- de la cabeza hasta la cola transmitido por la serie homóloga de genes Hox dispuestos correctamente a lo largo de un cromosoma. Habida cuenta de que los contepasados están muertos y, por tanto, lejos del alcance de los biólogos moleculares, la búsqueda de genes Hox en sus descendientes actuales se convierte en una cuestión de sumo inte- rés. El Contepasado 26 es el antepasado que tenemos en común con los peces lanceta. Dado que Drosophila, que es un pariente más leja- no, tiene la misma serie anteroposterior que los mamíferos, sería muy preocupante que no la tuviesen los peces lanceta. Mi colega Peter Holland y su equipo de investigación han estudiado el tema y los resul- tados son muy satisfactorios. El diseño corporal modular de los peces lanceta está efectivamente regulado por genes Hox (14 en total) y estos están correctamente alineados a lo largo del cromosoma. A diferen- cia de los ratones, pero al igual que las moscas del vinagre, sólo tie- nen una serie, no cuatro paralelas. Parece ser que todo el conjunto se ha duplicado cuatro veces a lo largo de la línea evolutiva que va del Contepasado 26 a los mamíferos actuales, seguido de pérdidas esporádicas de algunos genes concretos.

¿Qué ocurre con otros animales, escogidos estratégicamente en función de lo que puedan revelarnos sobre otros contepasados en par- ticular? Menos en los ctenóforos y las esponjas (véanse los Encuentros 29 y 31, respectivamente), se han encontrado genes Hox en todos los

 

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animales examinados, entre ellos erizos de mar, cangrejos de las Molucas, gambas, moluscos, gusanos anélidos, enteropneustos, tuni- cados, gusanos nematodos y platelmintos. Era de esperar, teniendo en cuenta que todos esos animales descienden del Contepasado 26 y que probablemente éste, al igual que sus descendientes el ratón y la mosca del vinagre, poseía genes Hox.

Los cnidarios como, por ejemplo, Hydra (que no se nos unirán has- ta el Encuentro 28) tienen simetría radial y carecen tanto de eje ante- roposterior como de eje dorsoventral. Lo que tienen es un eje oral- aboral (o sea, desde la boca hasta lo opuesto a la boca). No está claro qué es lo que correspondería a su eje longitudinal, si es que tienen algo que corresponda, luego la pregunta sería: ¿qué función cabe espe- rar de sus genes? Deberían servir para definir el eje oral-aboral, pero por ahora no está claro que sea así. En cualquier caso, la mayoría de los cnidarios sólo tiene 2 genes Hox, contra los 8 de Drosophila y los 14 de los peces lanceta. Me agrada que uno de esos dos genes se parez- ca al complejo anterior de Drosophila y el otro al posterior. Es de supo- ner que el Contepasado 28, el que tenemos en común con los cnida- rios, tuviese los mismos genes. Posteriormente uno de los dos se duplicó varias veces en el curso de la evolución y dio lugar al complejo Antennapedia, mientras que el otro se duplicó dentro de la misma línea ancestral y dio lugar al complejo Bithorax. Exactamente así es como aumentan los genes en el genoma (véase «El Cuento de la Lamprea»), pero harán falta más investigaciones para averiguar qué función des- empeñan esos dos genes, si es que desempeñan alguna, en la planifi- cación del cuerpo de los cnidarios.

Los Equinodermos, al igual que los Cnidarios, poseen simetría radial, pero la adquirieron en una segunda fase de su evolución. El Contepasado 25, el que tienen en común con nosotros los vertebra- dos, tenía simetría bilateral, como los gusanos. Los equinodermos cuentan con un número variable de genes Hox (10 en el caso de los erizos de mar). ¿Qué función desempeñan estos genes? ¿Hay vestigios latentes del ancestral eje anteroposterior en el cuerpo de una estre- lla de mar? ¿O es que los genes Hox ejercen su influencia consecuti- vamente a lo largo de los cinco brazos de la estrella? Esta última posi- bilidad parece la más razonable. Sabemos que los genes Hox se expresan en los brazos y en las patas de los mamíferos. No estoy dicien-

 

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do que los trece grupos de genes Hox se expresen en orden del 1 al 13, desde los hombros a los dedos de los pies. La cosa es más compli- cada, porque las extremidades de los vertebrados no están compues- tas de módulos que se sucedan unos a otros a lo largo del miembro. En lugar de eso, primero hay un hueso (el húmero en el brazo, el fémur en la pata), luego dos huesos (el radio y el cúbito en el brazo, la tibia y el peroné en la pata), y por último un montón de hueseci- llos que culminan en los dedos de manos y pies. Esta disposición en abanico, heredada de las aletas ostensiblemente flabeladas de nues- tros antepasados peces, no se presta al sencillo acomodo lineal de los Hox. Con todo, los genes Hox participan en el desarrollo de los miem- bros de los vertebrados.

No sería de extrañar, por analogía, que los genes Hox también se expresasen en los brazos de las estrellas de mar o de las ofiuras (inclu- so los erizos de mar pueden considerarse estrellas de mar que han enros- cado los brazos hasta formar un arco con cinco puntas que se encuen- tran en el extremo y están soldadas por los lados). Además, los brazos de las estrellas de mar, a diferencia de los nuestros y de nuestras patas, presentan una estructura modular y seriada. Los piececillos tubulares o pedicelos, con sus correspondientes mecanismos hidráulicos, son uni- dades que se repiten en dos hileras paralelas dispuestas a lo largo de cada brazo, o sea, el marco idóneo para la expresión de genes Hox. Los brazos de las ofiuras hasta parecen gusanos y actúan como tales.

Según decía T. H. Huxley, «la gran tragedia de la ciencia es el ase- sinato de una bella hipótesis a manos de un horrible dato». Puede que los datos reales sobre los genes Hox de los Equinodermos no sean horribles, pero tampoco cuadran con el bonito modelo que acabo de esbozar. En realidad, sucede otra cosa, algo que, a su manera, tam- bién resulta bello y sorprendente. Las larvas de los equinodermos son unas criaturas diminutas de simetría bilateral que nadan entre el planc- ton. El equinodermo adulto, bentónico y de simetría radial, no se des- arrolla por metamorfosis de la larva, sino que comienza siendo un minúsculo adulto en miniatura dentro del cuerpo de aquélla y va cre- ciendo hasta que al final se deshace de los últimos restos de la larva. Los genes Hox se expresan en el orden lineal correcto, pero no a lo largo de cada brazo; en lugar de eso, el orden de expresión sigue una ruta más o menos circular alrededor del adulto en miniatura. Si visua-

 

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lizamos el eje Hox como un gusano, no hay cinco gusanos, uno para cada brazo, sino uno solo, enroscado dentro de la larva. El extremo anterior del gusano produce el brazo número 1; el extremo posterior produce el brazo número 5. Lo lógico, por tanto, sería que las mutaciones home- óticas de las estrellas de mar generasen muchos brazos, y efectivamen- te, se conocen estrellas de mar mutantes con seis brazos, como el pro- pio Bateson consignó en su libro. También hay ciertas especies que tienen un número mucho mayor de brazos y que probablemente han evolucionado a partir de antepasados mutantes homeóticos.

No se han encontrado genes Hox en las plantas ni en los hongos, ni tampoco en los organismos unicelulares que solíamos llamar proto- zoos. Pero ahora nos topamos con una complicación terminológica que hemos de resolver antes de seguir adelante. Aunque el término Hox es una contracción de homeobox, los genes Hox no son lo mismo que los genes homeobox, son un subconjunto. Las plantas y los hon- gos tienen genes homeobox pero carecen de genes Hox. Para adqui- rir la forma correcta deben de tener sistemas de genes controladores y gradientes químicos. Los llamados «genes MADS box» determinan la embriología de las flores y pueden producir mutaciones homeóti- cas del mismo modo que los genes Hox en los animales.

Homeo viene del término homeosis, acuñado por Bateson, y box, se refiere a la «caja» de 180 letras que todos los genes denominados home- obox tienen en algún punto de su extensión. El término homeobox pro- piamente dicho designa la secuencia diagnóstica de 180 letras, y un gen homeobox es un gen que contiene la secuencia homeobox en algún punto de su extensión. El nombre Hox no se aplica a todos los genes homeobox, sino únicamente a los grupos de genes dispuestos en línea que determinan la posición de las partes del animal a lo largo de su cuerpo y que han resultado ser homólogos en casi todos los animales. La familia Hox de los genes homeobox fue la primera que se descu- brió, pero hoy se conocen muchas otras. Por ejemplo, existe una fami- lia llamada ParaHox que se identificó por primera vez en los anfioxos, pero que también está presente en todos los animales a excepción (por ahora) de los ctenóforos y las esponjas. Los genes ParaHox pare- cen ser parientes de los Hox, en el sentido de que guardan correspon- dencia con éstos y están colocados en el mismo orden. No cabe duda de que surgieron por duplicación del mismo conjunto ancestral de genes

 

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que los genes Hox. Hay otros genes homeobox que no están tan empa- rentados con los Hox y ParaHox, pero también forman sus propias fami- lias. La familia Pax se halla presente en todos los animales. Un miem- bro particularmente notable es Pax6, que corresponde al gen conocido como ey en Drosophila. Ya he mencionado que Pax6 es el responsable de ordenar a las células que fabriquen ojos. El mismo gen fabrica los ojos de animales tan dispares como las moscas del vinagre y los rato- nes, a pesar de que se trata de ojos radicalmente diferentes. Como ocu- rre con los genes Hox, el gen Pax6 no les dice a las células cómo fabri- car un ojo. Tan sólo les indica el lugar donde han de hacerlo.

Un ejemplo bastante similar es el de una pequeña familia de genes llamados tinman. De nuevo, estos genes también están presentes tan- to en Drosophila como en los ratones. En Drosophila, son responsables de ordenar a las células que hagan un corazón y normalmente se expre- san en el lugar apropiado. Como el lector habrá adivinado, los genes tinman también son los encargados de ordenar a las células de los rato- nes que fabriquen un corazón de ratón en el sitio apropiado.

Los genes homeobox, en conjunto, engloban un número muy eleva- do de genes que, al igual que los propios animales, se dividen en familias y subfamilias. Es un caso análogo al de la hemoglobina. Como hemos visto en «El Cuento de la Lamprea», la globina alfa humana está más emparentada con la globina alfa de, pongamos, un lagarto, que con la globina beta humana (que a su vez está más emparentada con la globina beta de los lagartos). Del mismo modo, los tinman huma- nos guardan una relación más estrecha con los tinman de las moscas del vinagre que con el Pax6 humano. Es posible construir un frondo- so árbol filogenético de los genes homeobox paralelo al árbol filogené- tico de los animales que los contienen. Los dos son verdaderos árbo- les genealógicos, compuestos de ramificaciones ocurridas en momentos concretos de la historia geológica. En el caso del árbol de los anima- les, las ramificaciones son las especiaciones. En el caso del árbol de los genes homeobox (o de los genes de las globinas), las escisiones son dupli- caciones de los genes dentro de los genomas.

El árbol de los genes homeobox se divide en dos grandes clases, la clase AntP y la clase PRD. No voy a explicar lo que significan dichas abre- viaturas porque son a cada cual más confusa. La clase PRD engloba a los genes Pax y a varias subclases más. La clase AntP comprende a los Hox

 

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y ParaHox, y varias otras subclases. Además de estas dos grandes clases de genes homeobox animales, hay varios genes homeobox, de parentesco más lejano y denominados (de manera equívoca)  divergentes,  que no se encuentran en los animales sino en las plantas, hongos y protozoos.

Sólo los animales tienen genes Hox auténticos, y los genes Hox siempre se emplean para lo mismo: para especificar posiciones con- cretas en el cuerpo, tanto si éste se encuentra dividido en segmentos discretos como si no. De momento, no se han descubierto genes Hox ni en las esponjas ni en los ctenóforos, pero eso no quiere decir que  no vayan a descubrirse. No sería de extrañar que todos los animales los tuviesen. Semejante hallazgo animaría a mis colegas de Jonathan Snack, Peter Holland y Christopher Gram propusieron una nueva defi- nición del mismísimo concepto de animal. Hasta entonces, los ani- males se definían por oposición a las plantas, en un sentido negativo   y bastante insatisfactorio. Snack, Holland y Gram, los tres por aquel entonces en Oxford, sugirieron un criterio positivo y específico que tiene la virtud de unir a todos los animales y excluir a todos los que  no lo son, como las plantas y los protozoos. La historia de los genes Hox demuestra que los animales no son un fárrago de filos dispares    e inconexos, cada uno de los cuales con su particular plan corporal adquirido y conservado en completo aislamiento. Si nos olvidamos   de la morfología y nos fijamos exclusivamente en los genes, resulta que todos los animales no son sino variaciones menores sobre un tema muy concreto. Da gusto ser zoólogo en estos tiempos.

 

 

EL CUENTO DEL ROTÍFERO

 

Se dice que el brillante físico teórico Richard Feynman dijo en una ocasión: «Si crees que entiendes la teoría cuántica, es que no la entien- des». Estoy tentado de formular el equivalente evolucionista: «Si cre- es que entiendes el sexo, es que no lo entiendes». John Maynard Smith,

W. D. Hamilton y George C. Williams, los tres darvinistas modernos que, a mi modo de ver, más cosas pueden enseñarnos, dedicaron una parte sustancial de sus dilatadas carreras a la ardua tarea de analizar la cuestión del sexo. Williams inició su libró Sex and Evolution, publi- cado en 1975, desafiándose a sí mismo: «Este libro está escrito desde

 

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la convicción de que la preponderancia de la reproducción sexual en animales y plantas superiores no se compadece con la moderna teo- ría de la evolución [...] Se avecina una crisis en la biología evolutiva [...]». Maynard Smith y Hamilton sostuvieron cosas por el estilo. Estos tres héroes del darvinismo, junto con otros de la siguiente generación, lucharon incansablemente para resolver esta crisis. No voy a hacer aquí la crónica de sus esfuerzos, ni, desde luego, estoy en condiciones de ofrecer la solución al problema. En lugar de eso, lo que voy a hacer en este cuento es exponer una consecuencia de la reproducción sexual que no se ha estudiado como es debido pero que atañe a nuestra idea de la evolución.

Los bdeloideos son una nutrida clase del filo de los rotíferos (véa- se página 515). La existencia de los rotíferos bdeloideos constituye un escándalo evolutivo. (La ocurrencia no es de mi cosecha: tiene el esti- lo inconfundible de John Maynard Smith.) Muchos rotíferos se repro- ducen sin recurrir al sexo. En este sentido, se parecen a los pulgones, insectos palo, varios escarabajos y unos pocos lagartos, y no son espe- cialmente escandalosos. Lo que sacaba de quicio a Maynard Smith es que toda la clase de los bdeloideos al completo se reproduzca exclusi- vamente de forma asexual: todos y cada uno de ellos. Esto demuestra, evidentemente, que descienden de un antepasado común que debió de vivir hace lo bastante como para haber dado lugar a 18 géneros y 360 especies. Unos restos que se han encontrado encapsulados en ámbar indican que esta matriarca que no quería cuentas con los machos vivió, como mínimo, hace 40 millones de años, y muy probablemente más. El grupo de los bdeloideos, muy próspero e increíblemente numero- so, constituye una fracción dominante de las faunas dulceacuícolas de todo el mundo. Jamás se ha encontrado un solo macho.18

 

 

18. Para ser escrupulosamente exactos, en 300 años de investigación científica tan sólo ha habido noticia de un rotífero bdeloideo macho, el descubierto por el zoólo- go danés C. Wesenberg-Lund (1866-1955). «Con gran inquietud, me atrevo a anun- ciar que en un par de ocasiones, entre los millares de filodínidos (Rotifer vulgaris), he visto una pequeña criatura que sin lugar a dudas era un macho... pero en ninguna de las dos ocasiones conseguí aislarlo. Se mueve entre las hembras con enorme rapidez» (no me extraña). Antes incluso de las fehacientes pruebas de Mark Welch y Meselson (véase página 570), la observación jamás confirmada de Wesenberg-Lund no se con- sideraba prueba suficiente de la existencia de bdeloideos machos.

 

 

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¿Qué tiene eso de escandaloso? Bien, supongamos que tenemos delante un árbol filogenético de todo el reino animal. Las puntas de  las ramitas, que salpican toda la superficie del árbol, representan espe- cies. Las ramas más grandes representan clases o filos. Hay millones de especies, lo que significa que el árbol evolutivo es mucho más intrin- cado que cualquier otro árbol que hayamos podido ver,  por frondo-  so que fuera. Apenas hay unas pocas decenas de filos, y las clases no son mucho más numerosas. Una de las ramas de este árbol es el filo  de los rotíferos, que se divide en cuatro subramas, una de las cuales   es la clase de los bdeloideos. Esta clase, a su vez, se subdivide una y otra vez hasta dar lugar a 360 ramitas, cada una de las cuales representa una especie. Lo mismo ocurre en todos los demás filos, que también se subdividen en clases, etcétera. Las ramitas exteriores del árbol sim- bolizan el presente, aquéllas un poco más internas el pasado recien-   te y así sucesivamente hasta llegar al tronco del árbol, que represen-  ta una época remota, pongamos por caso, mil millones de años.

Una vez entendido esto, pasamos a colorear las puntas de deter- minadas ramas de nuestro grisáceo árbol invernal para definir carac- terísticas concretas. Podemos pintar de rojo todas las ramas que repre- sentan animales voladores (me refiero a vuelo propulsado por el movimiento de las alas, no a un planeo pasivo, que es mucho más común). Si damos un paso atrás y volvemos a contemplar todo el árbol, veremos que hay grandes zonas de color rojo separadas por zonas grises aún más grandes que representan los principales grupos de ani- males que no vuelan. La mayoría de las ramas de los insectos, las de las aves y las de los murciélagos son rojas y están cerca de otras ramas rojas. Ninguna de las demás ramas es roja. Salvo escasas excepciones, como las pulgas y los avestruces, hay tres clases compuestas exclusiva- mente de animales voladores. El árbol presenta grandes manchas rojas sobre un uniforme fondo gris.

¿Qué significa eso en términos evolutivos? Las tres manchas rojas tuvieron que empezar a formarse hace mucho tiempo cuando tres ani- males ancestrales descubrieron la técnica del vuelo: un insecto primo- genio, un ave primigenia y un murciélago primigenio. Es evidente que el vuelo, una vez descubierto, resultó ser una buena idea, como demues- tra el hecho de que se haya difundido por todas las ramas subsiguien- tes a medida que las tres especies primigenias daban lugar a tres gran-

 

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des grupos de especies derivadas, casi todas de las cuales conserva- ban la capacidad voladora de sus antepasados: la clase de los insec- tos, la clase de las aves y el órden de los quirópteros.

Ahora vamos a hacer lo mismo pero no con el vuelo sino con la reproducción asexual, sin machos. (Nunca sin hembras, por cierto. A diferencia de los óvulos, los espermatozoides son demasiado peque- ños para valerse por sí solos. Entre los animales, reproducción asexual significa prescindir de los machos.) Se trata de pintar de azul las ramas de todas las especies que se reproducen asexualmente. Percibimos una configuración completamente diferente. Así como el vuelo se mani- festaba en grandes franjas rojas, la reproducción asexual se refleja en minúsculas motas azules desperdigadas. Una especie de escarabajo asexuado se manifiesta como una ramita azul totalmente rodeada de gris. Un grupo de tres especies del mismo género pueden ser azules, pero los géneros vecinos son grises. ¿Qué significa esto? Pues que la reproducción asexual surge de vez en cuando, pero se extingue rápi- damente, antes de que tenga tiempo de convertirse en una rama grue- sa con muchas ramitas azules. Al contrario que el vuelo, el hábito de reproducirse asexualmente no persiste lo suficiente como para dar lugar a toda una familia, órden o clase de criaturas asexuadas.

Con una escandalosa excepción. A diferencia de los demás punti- tos azules, los rotíferos bdeloideos constituyen una notable mancha ininterrumpida de color azul. Al parecer, lo que esto significa en tér- minos evolutivos es que un bdeloideo ancestral descubrió la reproduc- ción asexual, exactamente igual que el escarabajo del párrafo ante- rior. La diferencia es que los escarabajos y demás centenares de especies asexuadas desperdigadas por el árbol se extinguieron mucho antes de que pudieran evolucionar y dar origen a un grupo más amplio como, por ejemplo, una familia o un órden, no digamos ya una clase. Los bdeloideos, en cambio, perseveraron en la asexualidad y prospera- ron evolutivamente, dando lugar a una clase íntegramente asexuada que, en la actualidad, comprende 360 especies. Para los rotíferos bdeloideos, al contrario que para cualquier otro animal, la reproduc- ción asexual es como el vuelo: una innovación provechosa. En otras partes del árbol, en cambio, supone un pasaporte a la extinción.

La afirmación de que existen 360 especies de bdeloideos plantea un problema. La definición biológica dice que especie es «un grupo de

 

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individuos que se reproducen entre sí y no con otros». Los bdeloide- os, al ser asexuados, no se reproducen con nadie: cada uno de ellos es una hembra aislada y cada uno de sus descendientes sigue su propio camino aislado genéticamente de todos los demás individuos. Así pues, cuando decimos que hay 360 especies, lo único que pretendemos decir es que existen 360 tipos que, a nuestros ojos humanos, parecen lo bas- tante diferentes como para suponer que, si se reprodujesen sexualmen- te, evitarían cruzarse con los miembros de las demás especies.

No todo el mundo está de acuerdo en que los rotíferos bdeloide-   os sean realmente asexuados. Desde el punto de vista de la lógica, entre la frase «nunca se han visto machos» y la conclusión de que no hay ninguno media un abismo. Como cuenta Olivia Judson en su encan- tadora y sofisticada comedia zoológica Consultorio sexual para todas las especies, los naturalistas ya han caído en esa trampa con anterioridad. Por lo visto, es frecuente que las especies tengan machos escondidos. Los machos de ciertas especies de rape son unas criaturas diminutas que pasan la mayor parte del tiempo pegados a las hembras cual pará- sitos. Si fuesen más pequeños, tal vez ni habríamos reparado en ellos, como casi ocurrió en el caso de ciertas cochinillas cuyos machos, en palabras de mi colega Lawrence Hurst, son «unas cositas minúsculas que se pegan a las “patas” de las hembras». Hurst me citó textual- mente un agudo comentario de su mentor, Bill Hamilton:

 

¿Cuántas veces vemos a seres humanos realizando el acto sexual? Si fue- ses un marciano y mirases alrededor, juzgarías que la especie humana es asexuada.

 

Así pues, sería de agradecer que alguien aportase más pruebas positi- vas de que los rotíferos bdeloideos son realmente asexuados desde hace mucho tiempo. Los genetistas son cada vez más ingeniosos en el arte de leer las pautas de distribución génica en los animales moder- nos y sacar conclusiones acerca de su historia evolutiva. En «El Cuento de Eva» presentamos el método ideado por Alan Templeton para reconstruir las primeras migraciones humanas a base de captar seña- les en los genes de personas vivas. No es una lógica deductiva. No dedu- cimos de los genes modernos que la historia evolutiva haya seguido un determinado rumbo. Lo que decimos es que, si el devenir históri-

 

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co ha sido éste o aquél, cabe esperar que la pauta de distribución géni- ca actual sea de tal o cual forma. Eso es lo que hizo Templeton con las migraciones humanas, y algo similar han hecho David Mark Welch y Matthew Meselson con los rotíferos bdeloideos. Mark Welch y Meselson se han valido de señales genéticas para sacar conclusiones no sobre la migración, sino sobre la reproducción sexual. La lógica que aplican tampoco es de tipo deductivo. Simplemente, razonan que si los bdeloideos hubiesen sido completamente asexuados durante muchos millones de años siendo, los genes de sus descendientes actua- les deberían presentar una determinada pauta.

¿Qué pauta? El razonamiento de Mark Welch y Meselson es de lo más ingenioso. Lo primero que hay que tener en cuenta es que los rotíferos bdeloideos, aún siendo asexuados, son diploides, es decir, que al igual que todos los animales que se reproducen sexualmente, poseen dos copias de cada cromosoma. La diferencia es que mientras que todos los demás animales nos reproducimos mediante óvulos o espermato- zoides que sólo contienen una copia de cada cromosoma, los bdeloide- os producen óvulos que contienen las dos copias de cada cromosoma. Así pues, una célula ovular de bdeloideo es igual que cualquiera de sus otras células, y una hija es una gemela de la madre, idéntica en todo, a excepción de alguna que otra mutación. Son estas mutaciones ocasio- nales las que, a lo largo de millones de años, han ido generando de for- ma paulatina, y casi con toda seguridad por selección natural, linajes divergentes que han desembocado en las 360 especies de hoy.

Una hembra ancestral, a la que llamaré ginarca, mutó de tal suer- te que pudo prescindir de los machos y sustituir la meiosis por la mito- sis como método para producir óvulos.19 A partir de ahí, en toda la población de hembras clónicas se hizo irrelevante el hecho de que en su origen los cromosomas fuesen pareados. En lugar de cinco pare- jas de cromosomas (o el número que fuese, que en el ser humano es 23), ahora había diez cromosomas distintos, cada uno de los cuales sólo seguía vinculado a su antigua pareja por medio de una especie

 

19. Meiosis es el tipo especial de división celular en que el número de cromosomas se reduce a la mitad para producir células sexuales. Mitosis es la modalidad normal de división celular en que el número de cromosomas contenidos en una célula se dupli- ca para producir células corporales.

 

 

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de recuerdo cada vez más difuminado. Las parejas de cromosomas solían reunirse e intercambiar genes cada vez que un rotífero produ- cía óvulos o espermatozoides. Pero durante los millones de años que transcurrieron desde que la ginarca expulsó a los machos y fundó la ginodinastía bdeoleidea, todos los cromosomas se han ido distan- ciando genéticamente de sus homólogos a medida que sus genes muta- ban por separado. Y esto ha ocurrido pese que seguían teniendo célu- las en común y compartiendo los mismos organismos. En cambio, en los viejos tiempos en que aún había machos y sexo, las cosas no fun- cionaban así. En cada generación, cada cromosoma se emparejaba con su homólogo e intercambiaba genes con él antes de producir óvu- los o espermatozoides. Esto mantenía vinculadas a las parejas de cro- mosomas en una especie de unión intermitente que impedía a los homólogos que las integraban diferir en el contenido genético.

Tanto el lector como yo tenemos 23 pares de cromosomas. Tenemos dos cromosomas 1, dos cromosomas 5, dos cromosomas 17, etcétera. A excepción de los cromosomas sexuales X e Y, no hay diferencias sustanciales entre los miembros de una pareja. Teniendo en cuenta que intercambian genes cada generación, los dos cromosomas 17 son simplemente cromosomas 17 y no tiene sentido llamarlos, por ejemplo, cromosoma 17 derecho y cromosoma 17 izquierdo. Pero en el momento en el que la ginarca rotífero congeló su genoma, todo eso cambió. Su cromosoma 5 izquierdo y su cromosoma 5 derecho se trans- mitieron intactos a todas las hijas y los dos no volvieron a emparejarse más durante cuarenta millones de años. Las centésimas tataranietas de la ginarca todavía tenían un cromosoma 5 izquierdo y un cromo- soma 5 derecho. Aunque para entonces ya habrían acumulado sin duda algunas mutaciones, todos los cromosomas izquierdos habrían podido identificarse por sus recíprocas semejanzas, heredadas del cro- mosoma 5 izquierdo de la ginarca.

Actualmente existen 360 especies de bdeloideos, descendientes todas ellas de la ginarca y separadas de ésta por el mismo periodo de tiempo. Todos los individuos de todas las especies conservan una copia izquierda y una copia derecha de cada cromosoma, heredadas con muchas mutaciones a lo largo de la línea ancestral, pero sin ninguna transferencia génica entre la derecha y la izquierda. Las parejas dere- cha e izquierda dentro de cada individuo diferirán mucho más de lo

 

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que habrían diferido si se hubiese producido cualquier actividad sexual en cualquier punto del tiempo transcurrido desde la época de la ginar- ca. Puede incluso que dentro de poco ya no sea posible percibir que originalmente constituían una pareja.

Pero ahora vamos a suponer que comparásemos dos  especies  moder- nas de rotíferos bdeloideos: Philosina roseola y Macrotrachela quadricor- nifera. Las dos pertenecen al mismo subgrupo de bdeloideos, los filo- dínidos y, sin duda, poseen un antepasado común que vivió en épocas mucho más recientes que la ginarca. Habida cuenta de la agamia, los cromosomas izquierdo y derecho de cada individuo han dispuesto del mismo tiempo para  divergir:  el tiempo transcurrido  desde  que la ginar- ca inauguró la reproducción asexual. El cromosoma izquierdo de cual- quier individuo será muy diferente del derecho. Sin embargo, si com- paramos, por ejemplo, el cromosoma 5 izquierdo de Philosina roseola con el cromosoma 5 de Macrotrachela quadricornifera, descubriremos bastantes similitudes, toda vez que no han dispuesto de mucho tiem-      po para experimentar mutaciones independientes. Y  la  comparación entre los cromosomas derechos de ambas tampoco arrojaría muchas diferencias. Estamos, por tanto, en condiciones de formular una nota-    ble predicción: la comparación entre los cromosomas que en su día formaban pareja en el interior de un individuo arrojará diferencias mayores que la comparación entre los cromosomas derechos o izquier- dos de especies distintas. Cuanto más tiempo haya pasado desde la épo- ca de la ginarca, mayores serán las diferencias.  Si  la  reproducción fuese sexual, la predicción sería justamente la contraria, fundamen- talmente porque no existe de hecho una identidad derecha o izquierda entre especies, y sí  una  abundante  transferencia  génica  entre  parejas de cromosomas dentro de una misma especie.

Mark Welch y Meselson emplearon estas predicciones de signo opues- to para verificar la hipótesis de que los bdeloideos llevan muchísimo tiempo siendo ágamos y cosechando un éxito increíble. Los científicos analizarom los bdeloides actuales para ver si era cierto que los cromo- somas pareados (los cromosomas que en su día formaron pareja) dife- rían mucho más de lo que deberían hacerlo, gen por gen, si la recombi- nación sexual los hubiese mantenido juntos. Como grupo de control para la comparación recurrieron a bdeloideos no rotíferos que se repro- ducen sexualmente. Y la respuesta fue afirmativa. Los cromosomas de

 

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los bdeloideos difieren de sus homólogos mucho más de lo que deberí- an, y en un grado que invita a pensar que renunciaron al sexo no ya hace cuarenta millones de años, que es la antigüedad del bdeloideo más anti- guo que se ha encontrado encapsulado en ámbar, sino hace ochenta millones de años. Mark Welch y Meselson se esforzaron por encontrar- les otras explicaciones a sus resultados, pero son todas demasiado rebus- cadas; a mi modo de ver no se equivocan al concluir que los rotíferos bdeloideos han sido animales asexuados de manera continuada, uná- nime y muy provechosa desde hace muchísimo tiempo. Efectivamente, no hay duda de que constituyen un escándalo evolutivo, toda vez que durante, quizás, 80 millones de años han prosperado haciendo algo que ningún otro grupo de animales ha logrado hacer, a no ser durante perio- dos brevísimos de tiempo que se saldaron con la extinción.

¿Por qué es lícito predecir que la reproducción sexual conduce a la extinción? La pregunta es comprometedora, ya que equivale a pre- guntar por qué funciona tan bien el sexo, un interrogante que cien- tíficos más capaces que yo han tratado en vano de responder en nume- rosos libros. Me limitaré a señalar que los rotíferos bdeloideos son una paradoja dentro de otra paradoja. En cierto sentido, son como aquel soldado que desfilaba con su pelotón y cuya madre exclamó: «Ahí va mi hijo, el único que lleva el paso». Maynard Smith los tildó de escán- dalo evolutivo, pero también fue él quien subrayó que, aparentemen- te, el verdadero escándalo evolutivo era el sexo en sí. En efecto, según una lectura ingenua de la teoría darviniana, la selección natural debe- ría castigar el sexo, y la reproducción asexual debería superar a la sexual. En este sentido, los bdeloideos, lejos de ser un escándalo, serían el único soldado que llevaría bien el paso.

Permítaseme explicarlo. El problema viene dado por aquello que Maynard Smith denominó «el doble coste del sexo». El darvinismo, en su versión moderna, prevé que los individuos tratarán de transmi- tir a su descendencia el mayor número de genes posibles. Entonces,

¿no resulta un poco estúpido que, con cada óvulo o espermatozoide que producimos, nos deshagamos de la mitad de nuestros genes para mezclar la otra mitad con los de otro individuo? ¿No sería doblemen- te eficaz el comportamiento de una hembra mutante que, al igual que los rotíferos bdeloides, transmitiese a su prole no el cincuenta por ciento, sino el cien por cien de sus genes?

 

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Según Maynard Smith, ese argumento se viene abajo si el macho trabaja duro y aporta los bienes económicos que permiten a la pare- ja criar el doble de hijos que un solo individuo asexuado.En ese caso, el doble coste del sexo se ve amortizado por un número doble de hijos. En una especie como el pingüino emperador, en la que el padre y la madre contribuyen casi por igual al nacimiento del polluelo y a los diversos aspectos de la cría, el doble coste del sexo queda anulado, o por lo menos, reducido considerablemente. En aquellas especies en las que las aportaciones económicas y de compromiso individual son desiguales, es casi siempre el padre el que se escaquea para dedicar todas sus energías a pelearse con los otros machos. Esto hace que aumente el coste del sexo, hasta ese nivel doble con que hemos inicia- do el razonamiento. Por eso es mejor usar la otra definición que pro- puso el propio Maynard Smith: «el doble costo de los machos». A la luz de este argumento (una luz que sobre todo encendió Maynard Smith), es evidente que no son los rotíferos bdeloideos los que cons- tituyen un escándalo evolutivo sino todo lo demás, y, más concreta- mente, el sexo masculino. Sólo que el sexo masculino existe y, de hecho, está presente en casi todo el reino animal. ¿Cómo se explican estas contradicciones? Como escribió Maynard Smith, «da la sensación de que se nos escapa algún detalle primordial del asunto».

El tema del coste doble es el punto de partida de innumerables reflexiones de Maynard Smith, Williams, Hamilton y muchos biólogos más jóvenes. La existencia generalizada de machos que como padres dejan bastante que desear ha de significar, por fuerza, que la recom- binación sexual produce sustanciales beneficios darvinianos. No es difícil imaginar cuáles podrían ser en términos cualitativos, y muchas son las hipótesis que se barajan en este sentido, unas obvias, otras más peculiares. El problema es concebir un beneficio lo bastante gran- de como para contrarrestar la enorme carga del doble coste.

Para exponer como es debido las diversas teorías haría falta un libro entero, y, de hecho, son varios los que se ya han publicado sobre el tema, entre ellos las obras fundamentales de Williams y Maynard Smith que he mencionado más arriba, y The Masterpiece of Nature, un análisis soberbio y de bella factura, escrito por Graham Bell. El veredicto definitivo, sin embargo, no se ha dictado todavía. Un buen libro para profanos es The Red Queen, de Matt Ridley. Si bien Ridley muestra

 

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preferencia por la teoría de W. D. Hamilton, según la cual el sexo cum- pliría la función de librar una continua carrera de armamentos con- tra los parásitos, no por ello deja de exponer el problema general y las demás hipótesis que se han propuesto. Por lo que a mí respecta, des- pués de recomendar encarecidamente la lectura del libro de Ridley y de las otras obras citadas, paso a ocuparme del propósito fundamen- tal de «El Cuento del Rotífero», que es el de llamar la atención sobre una consecuencia infravalorada, en el terreno evolutivo, de la inven- ción del sexo. El sexo dio origen al acervo génico, dotó de significa- do a las especies y modificó todo el fenómeno de la evolución.

Piénsese en cómo debe de ser la evolución desde el punto de vis- ta de un rotífero bdeloideo. Piénsese en lo diferente que debió de ser la historia de esas 360 especies respecto del modelo normal de evo- lución. En general decimos que el sexo propicia la diversidad y, en cierto sentido, es cierto; ésta es la base de casi todas las teorías según las cuales los beneficios del sexo superan las desventajas del coste doble. Sin embargo, paradójicamente, el sexo también produce el efecto contrario: lo normal es que suponga una especie de barrera a la divergencia evolutiva. Sin ir más lejos, un caso especial de este efecto de barrera constituyó la base de la investigación de Mark Welch y Meselson. En una población de ratones, por ejemplo, cualquier ten- dencia a emprender una nueva y audaz dirección evolutiva se ve fre- nada por el efecto inhibitorio de la recombinación sexual. Los genes del osado individuo que pretendiese seguir una nueva dirección se ven arrastrados por la masa inercial del resto del acervo génico. Por eso el aislamiento geográfico es tan importante para la especiación. Sólo una cordillera o un mar difícil de cruzar permiten que un nue- vo linaje evolucione a su manera sin que se vea arrastrado de vuelta a la norma inercial.

Pensemos en lo diferente que debe de ser la evolución para los rotí- feros bdeloideos. No es que no se vean atrapados en la normalidad del avervo génico, es que ni siquiera tienen un acervo génico. El propio concepto de acervo génico carece de significado si no existe el sexo.20

 

20. A veces, la gente confunde acervo génico con genoma. El genoma es el con- junto de genes dentro de un individuo. El acervo génico es el conjunto de todos los genes de una población que se reproduce sexualmente.

 

 

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La expresión «pool génico», como también se denomina al acervo géni- co, es una metáfora acertada por cuanto los genes de una población sexuada están continuamente mezclándose y difundiéndose, como en el líquido de un pool, de un charco. Si se añade la dimensión tempo- ral, el charco se convierte en un río que discurre a lo largo del tiem- po geológico (una imagen que desarrollé en mi libro El río del Edén). Es el efecto vinculante del sexo lo que proporciona al río sus orillas, que, encauzando las especies en una dirección evolutiva determina- da, impiden que se desborde. Sin el sexo, no habría un cauce defini- do sino una difusión amorfa hacia el exterior: más que un río sería como un olor que se difunde desde un punto de origen en todas las direcciones.

Es probable que entre los bdeloideos también haya selección natu- ral, pero debe de ser muy distinta de la que opera en el resto del rei- no animal. Allí donde existe recombinación sexual de genes, la enti- dad resultante de la acción de la selección natural es el acervo génico. Los genes buenos tienden estadísticamente a ayudar a sobrevivir al cuerpo en que se encuentran; los genes malos lo hacen morir. En los animales que se reproducen sexualmente, la muerte y la reproducción del individuo constituyen el acontecimiento selectivo inmediato, pero la consecuencia a largo plazo es una modificación del perfil estadísti- co de los genes del acervo génico. Así pues, como ya he dicho, el acervo génico es el centro de atención del escultor darviniano.

Asimismo, los genes se ven favorecidos por su capacidad de coo- perar con otros genes en la fabricación de cuerpos. Por eso los cuer- pos son unas máquinas de supervivencia tan armoniosas. Es correcto pensar que, en un régimen sexuado, la eficacia de los genes se pone continuamente a prueba en diverentes contextos genéticos. En cada generación, cada uno de los genes se ve incluido en un nuevo equi- po de compañeros, esto es, los otros genes con los que, en un momen- to determinado, comparte un cuerpo. Los genes que son buenos com- pañeros, que encajan bien en el grupo y que cooperan con los demás, tienden a integrar equipos ganadores, es decir, organismos indivi- duales que tienen éxito y que transmiten dichos genes a la prole. Los genes que no son buenos cooperantes tienden a integrar equipos que se revelan perdedores, esto es, cuerpos que mueren antes de repro- ducirse.

 

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El conjunto de genes con los que un gen ha de cooperar en pri- mera instancia es el de aquéllos con los que comparte un cuerpo concreto. Pero a largo plazo, el conjunto de genes con los que habrá de cooperar es el compuesto por todos los genes del acervo génico, pues son éstos los que se encuentra repetidamente, al pasar de un cuer- po a otro, generación tras generación. Por eso digo que el acervo géni- co de una especie es la obra que esculpen los cinceles de la selección natural. En sentido proximal, la selección natural es la supervivencia y reproducción diferencial de individuos completos, los individuos que el acervo génico produce como ejemplos de lo que es capaz de hacer. Una vez más, esto no vale para los bdeloideos rotíferos; en su caso, la selección natural no esculpe el acervo génico, por la sencilla razón de que no hay ningún acervo génico que esculpir. Un rotífero bdeloideo tan sólo posee un gen grande y único.

Lo que acabo de subrayar es una consecuencia del sexo, no una teoría de las ventajas ni de los orígenes del sexo. Pero si tuviese que aventurar una teoría sobre las ventajas del sexo, si tuviese que definir seriamente ese «detalle primordial que se nos escapa», empezaría por aquí. Y escucharía una y otra vez «El Cuento del Rotífero». Quizá estos minúsculos y oscuros habitantes de charcas y musgos húmedos posean la clave de la gran paradoja de la evolución. ¿Qué tiene de malo la repro- ducción asexual, si los rotíferos bdeloideos la practican desde hace tan- tísimo tiempo? Y si les ha ido tan bien, ¿por qué no la practicamos todos los demás y nos ahorramos el cuantioso coste doble del sexo?

 

 

EL CUENTO DEL PERCEBE

 

Cuando estaba en el colegio, a veces tenía que disculparme ante el director del internado por llegar tarde a cenar. Le decía: «Lo siento, señor, tenía ensayo con la orquesta», o cualquier otra disculpa que viniera al caso. En aquellas ocasiones en que no había ninguna excu- sa válida y teníamos algo que esconder, murmurábamos: «Perdón por llegar tarde, señor: los percebes». El director asentía amable- mente, pero no sé si alguna vez llegaría a preguntarse qué misteriosa actividad extraescolar era aquélla. Quizá nos inspirásemos en Darwin, que durante años y años se dedicó a los percebes con tal determina-

 

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ción que sus hijos, un día que fueron a visitar unos amigos y les ense- ñaron la casa, preguntaron con ingenuo asombro: «Pero ¿dónde hace vuestro padre los percebes?». No sé si por aquel entonces ya conocí- amos esta anécdota darviniana; es más probable que inventásemos la excusa de los percebes porque sonaba demasiado inverosímil como para despertar las sospechas de que se tratase de un farol. Los perce- bes no son lo que parecen. Lo mismo cabe decir de otros animales, y ése es precisamente el tema central de «El Cuento del Percebe».21

En contra de lo que parece, los percebes son crustáceos. Los abun- dantes bálanos, que cubren las rocas como lapas en miniatura, impi- diendo que nos resbalemos si vamos calzados e hiriéndonos los pies si vamos descalzos, son completamente diferentes por dentro de las lapas. Dentro de la concha son como gambas deformes tumbadas de espal- das con las patas al aire. Los pies están provistos de cestillos o peines fila- mentosos con los que el balano filtra el agua en busca de partículas ali- menticias. Los percebes canadienses (Pollicipes polymerus) hacen lo mismo, pero en vez de refugiarse bajo una concha cónica como los balanos, se posan en el extremo de un pedúnculo coriáceo. Deben su nombre inglés, goose barnacles, «percebes ganso», al enésimo error en cuanto a la verdadera naturaleza de los percebes. Los cirros, esos apén- dices filamentosos semejantes a plumas con los que filtran el agua, hacen que parezcan un pollito dentro del cascarón. En la época en que la gente creía en la generación espontánea, surgió la creencia popu- lar de que esta clase de percebes, una vez adultos, se convertían en gan- sos, más concretamente en Branta leucopsis, la barnacla cariblanca.

Los más engañosos de todos, los que tal vez sean, de todos los ani- males, los menos parecidos a lo que los zoólogos saben de ellos, son los percebes parásitos como Sacculina. Sacculina no es ni remotamen-

 

 

21. El insigne científico J. B. S. Haldane escribió un cuento del percebe completa- mente diferente del mío, una parábola en la que unos percebes contemplaban filosó- ficamente el mundo que les rodeaba. La realidad, concluían, era todo lo que lograban alcanzar con sus brazos filtradores. Eran vagamente conscientes de ciertas «visiones», pero dudaban de que fuesen reales toda vez que los percebes situados en otras partes  de la roca discrepaban en cuanto a la distancia y forma de las mismas. Esta brillante alegoría de los límites del pensamiento humano y del desarrollo de la superstición religiosa es obra de Haldane, no mía, por lo cual me limito a recomendar su lectura y paso a otra cosa. Se encuentra en el ensayo que da título a Possible Worlds (1927).

 

 

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¿Un espécimen estrambótico? ¿Un nuevo plan corporal? Hembra de Thaumatoxena andreinii.

 

te lo que parece. De no ser por su larva, los zoólogos jamás habrían sabido que se trata de un percebe. El adulto es un saco blando que se adhiere a la cara ventral de un cangrejo y le introduce largas raíces ramificadas similares a las de las plantas para absorber nutrientes de sus tejidos. El parásito no sólo no se parece a un percebe, es que no se parece en nada a un crustáceo. Ha perdido todo vestigio del capa- razón y de la segmentación corporal propia de casi todos los demás artrópodos. Podría perfectamente ser una planta u hongo parásitos. Sin embargo, en términos de parentesco evolutivo, es un crustáceo, y no un simple crustáceo sino, más concretamente, un percebe. Los per- cebes no son, desde luego, lo que parecen.

Lo que resulta fascinante es que el desarrollo embriológico del cuerpo de Sacculina, que de crustáceo no tiene absolutamente nada, está empezando a descifrarse en términos similares a los de los genes Hox (véase «El Cuento de la Mosca del Vinagre»). El gen abdominal- A, que normalmente controla el desarrollo del típico abdomen de crustáceo, no se expresa en Sacculina. Por lo visto, para transformar un animal que nada y patalea en un hongo amorfo, basta con supri- mir los genes Hox.

Dicho sea de paso, las raíces ramificadas de este parásito no inva- den los tejidos del cangrejo de forma indiscriminada. Primero se diri- gen a los órganos reproductores, con la consiguiente castración del can- grejo. ¿Se trata, simplemente, de un efecto colateral fortuito? Lo más probable es que no. La castración no se limita a esterilizar al huésped. Como ocurre con los bueyes gordos, el cangrejo castrado, en lugar de

 

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¿Cómo debería ser una mosca? Megaselia scalaris (Loew). Dibujo de Arthur Smith.

 

 

convertirse en una máquina reproductora enérgica y fibrosa, concentra todos sus esfuerzos en engordar, o sea: más comida para el parásito.22

Voy a introducir la última parte de este cuento con una pequeña fábula ambientada en el futuro. Quinientos millones de años des- pués de que la vida de los vertebrados y los artrópodos quedase com- pletamente destruida por el espantoso impacto de un cometa, la vida inteligente ha terminado evolucionando de nuevo en los remotos des- cendientes de los pulpos. Unos paleontólogos pulpos descubren un rico yacimiento fósil que data del siglo XXI d.C. Si bien no les brinda un panorama completo de la vida en aquella época, el generoso yaci- miento deja asombrados a los paleontólogos con su variedad y diver- sidad. Analizando escrupulosamente los fósiles con óctuple ecuanimi- dad y aguda captación de los detalles, uno de los expertos octópodos llega a aventurar la hipótesis de que la vida, en la remota era anterior a la catástrofe, se entregaba con desenfreno a la experimentación más insólita y producía nuevos planes corporales extraños y maravillosos. La conclusión se antoja lógica si pensamos en los animales actuales e imaginamos que sólo se fosiliza una pequeña muestra de los mismos. Piénsese en la hercúlea tarea que le espera a un paleontólogo del futu- ro y en las dificultades que habrá de superar a la hora de deducir afi- nidades a partir de restos fósiles esporádicos e incompletos.

 

22. En el capítulo sobre parásitos de The Extended Phenotype dediqué un amplio espa- cio a los animales que manipulan sutilmente la fisiología interna de sus huéspedes.

 

 

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Por poner un ejemplo, ¿cómo diantres definiríamos al animal de la ilustración? ¿Como una «maravillosa rareza» digna de que se cree un nuevo filo en su honor? ¿Cómo un nuevo plan corporal hasta aho- ra desconocido para los zoólogos?

Pues no. Regresando desde nuestra fantasía futurista al presente, la maravillosa rareza, es, en realidad, una mosca, Thaumatoxena andrei- nii. No sólo eso: es una mosca que pertenece a la respetabilísima familia de los fóridos. La siguiente ilustración representa a un miem- bro más común de los fóridos, Megaselia scalaris.

Lo que le pasó a Thaumatoxena, la «maravillosa rareza», es que esta- bleció su residencia en un termitero. Las exigencias de la vida en ese mundo claustral eran tan diferentes que, en un periodo de tiempo probablemente breve, Thaumatoxena perdió toda semejanza con una mosca. Al extremo anterior en forma de bumerán, que es cuanto res- ta de la cabeza, le sigue el tórax; en el espacio entre éste y la zona pelu- da del dorso pueden apreciarse los vestigios de las alas.

La moraleja es la misma del percebe. Pero la parábola de la pale- ontólogo del futuro cautivado por la retórica de las maravillosas rare- zas que pueblan alegremente el morfoespacio no la he incluido por puro placer narrativo sino para allanar el terreno al siguiente cuen- to, que trata de la explosión del Cámbrico.

 

 

EL CUENTO DEL GUSANO ATERCIOPELADO

 

Si para los zoólogos modernos hay algo vagamente equiparable a un mito de los orígenes, ese algo es la explosión del Cámbrico. El Cámbrico es el primer periodo del Eón Fanerozoico, los últimos 545 millones de años, en el que de repente aparecen en el registro fósi- les de animales y vegetales tal y como los conocemos. Antes del Cámbrico, los fósiles se presentaban en forma de restos minúsculos o envueltos en un enigmático misterio. Del Cámbrico en adelante ha habido una clamorosa explosión de vida pluricelular que, de mane- ra más o menos plausible, vaticinaba la nuestra. Fue precisamente la naturaleza repentina de la aparición de organismos pluricelula- res fosilizados, que señala el comienzo de periodo, lo que inspiró la metáfora de la explosión.

 

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Los creacionistas adoran la explosión Cámbrica porque, privados como están del tipo de imaginación que no les interesa, la conciben como una especie de orfanato paleontológico habitado por filos caren- tes de progenitores: animales sin antecedentes, materializados súbi- tamente de la nada, con calcetines agujereados y todo.23 En el otro extremo, los zoólogos con acusadas inclinaciones románticas adoran la explosión Cámbrica por su aura de paraíso arcádico, de edad zoo- lógica de la inocencia en la que la vida bailaba a un ritmo evolutivo frenético y radicalmente distinto: una bancanal edénica de gozosa improvisación, antes de que todo cayese en el rígido utilitarismo que ha predominado desde entonces. En mi libro Destejiendo el arco iris cité el siguiente comentario de un ilustre biólogo que, a estas alturas, tal vez se haya desdicho:

 

Poco después de la invención de las formas de vida pluricelulares, se pro- dujo una enorme explosión de novedades evolutivas. Casi da la sensa- ción de que la vida pluricelular exploraba alegremente todas las posibles ramificaciones en una danza salvaje de tentativas desenfrenadas.

 

Si hay un animal capaz de soportar más que cualquier otro esta exal- tada definición del Cámbrico, es Hallucigenia. ¿Soportar he dicho? Salvo que se sufra una alucinación, cuesta creer que una criatura tan impro- bable fuese capaz siquiera de soportar su propio peso. Y con razón. Parece ser que, en un primer momento, Hallucigenia (un nombre sabia- mente escogido por Simon Conway Morris) se reconstruyó al revés: por eso se sostiene sobre esos zanquitos improbables. Según la interpreta- ción más reciente, que ha dado la vuelta a la originaria, los tentáculos del dorso, dispuestos en una sola hilera, eran patas. Una única hilera de patas: ¿acaso el animal se desplazaba guardando el equilibrio como un funambulista? No. Una serie de fósiles descubiertos en China invi- tan a pensar que debía de existir una segunda hilera y, a juzgar por la reconstrucción moderna, da la impresión de que Hallucigenia sería per- fectamente capaz de desenvolverse en el mundo actual. Hoy en día ya no se tiene a Hallucigenia por una maravillosa rareza de afinidades incier-

 

 

23. La frase es de Bertrand Russell, por supuesto.

 

 

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Hallucigenia. Reconstrucción actual.

 

tas que se pierden en la noche de los tiempos, sino que, con muchos otros fósiles cámbricos, se coloca provisionalmente en el filo de los lobó- podos, que cuenta con representantes actuales como Peripatus y los demás onicóforos o gusanos aterciopelados con los que nos hemos reuni- do en el «Encuentro 26».

En la época en que se creía que los anélidos eran parientes cerca- nos de los artrópodos, los onicóforos solían definirse como el «esta- dio intermedio» que «salvaba la distancia» entre aquéllos, aunque, teniendo en cuenta como funciona realmente la evolución, ese con- cepto no es muy útil. Ahora los anélidos se sitúan dentro de los lofo- trocozoos, mientras que los onicóforos son considerados, junto con los artrópodos, ecdisozoos. Dadas sus antiquísimas afinidades, Peripatus es, de todos los peregrinos modernos, el más capacitado para contar la historia de la explosión Cámbrica.

Los onicóforos modernos se hallan ampliamente difundidos por los trópicos y sobre todo en el hemisferio austral. Todos viven en tierra firme, entre la hojarasca y los terrenos húmedos, donde se ali- mentan de caracoles, gusanos, insectos y otras pequeñas presas. En el Cámbrico, Hallucigenia y los remotos antepasados de Peripatus y Peripatopsis vivían, naturalmente, como todos los demás animales, en el mar.

Todavía se discute si Hallucigenia está o no emparentado con los onicóforos modernos; no olvidemos que hace falta echarle mucha ima- ginación para reconstruir en un papel, tal vez incluso con llamativos colores, un fósil que en la roca no es sino un borrón aplastado. Hay quien ha aventurado incluso la hipótesis de que Hallucigenia no sea un animal entero, sino parte de una criatura desconocida. No sería la primera vez que se comete un error semejante. Algunas de las pri-

 

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meras reconstrucciones de escenas cámbricas representaban a una criatura marina similar a una medusa, que parecía inspirada en una rodaja de piña en almíbar y que después resultó ser parte integrante de las mandíbulas del misterioso depredador Anomalocaris. Otros fósiles del Cámbrico, como Aysheaia, parecen versiones marinas de Peripatus, lo cual nos reafirma en el convencimiento de que Peripatus, tenía todo el derecho de relatar esta historia del Cámbrico.

En cualquier era geológica, casi todos los fósiles son los restos de partes duras de los animales: los huesos en los vertebrados, los capa- razones en los artrópodos y las conchas en los moluscos o braquiópo- dos. Pero en tres yacimientos fósiles del Cámbrico, situados uno en Cánada, otro en Groenlandia y otro en China, las insólitas condicio- nes atmosféricas permitieron que también se conservasen las partes blandas: una suerte casi milagrosa... para nosotros. Los tres yacimien- tos son Burguess Shale, en la Columbia Británica, Sirius Passet, en el norte de Groenlandia, y Chengjiang, en el sur de China.24 El yacimien- to de Burguess Shale se descubrió en 1909 y saltó a la fama 80 años después gracias a la descripción que hizo Stephen Jay Gould en su libro La vida maravillosa. Sirius Passet fue descubierto en 1984, pero hasta ahora no se ha estudiado tanto como los otros dos. Ese mismo año, Hou Xian-guang descubrió los fósiles de Chengjiang. El doctor Hou es uno de los autores de una monografía maravillosamente ilus- trada, The Cambrian Fossils of Chengjiang, China, publicada en 2004 (para mi suerte, poco antes de dar a imprenta este libro).

Los fósiles de Chengjiang datan de hace 525 millones de años. Son más o menos contemporáneos de los de Sirius Passet, y unos 10 o 15 millones de años más antiguos que los de Burguess Shale, pero toda la fauna de estos extraordinarios yacimientos es similar. Muchos son lobópodos y muchos parecen versiones marinas de Peripatus. Hay algas, esponjas, varios tipos de gusanos, braquiópodos casi iguales a los modernos y animales enigmáticos de ascendencia incierta. Son innumerables los artrópodos, entre ellos crustáceos, trilóbites y muchos otros que recuerdan vagamente a crustáceos o trilobites pero que quizá perteneciesen a sus propios grupos. El gran Alocaris, un pre-

 

24.      En un cuarto yacimiento, Obsten («piedra maloliente»), en Suecia, las partes blandas se conservan de manera diferente.

Los famosos cinco ojos. Opabinia regalis, hallada en Burges Shale, Canadá. Dibujo de Marianne Collins.

 

 

sunto depredador que en ocasiones superaba el metro de longitud, se encuentra junto con sus semejantes tanto en Burguess Shale como en Chengjiang. Nadie sabe muy bien lo que es (tal vez un pariente leja- no de los artrópodos), pero debía de ser un espectáculo. No todas las

«rarezas maravillosas» de Burguess Shale se han encontrado también en Chengjiang; Opabinia, por ejemplo, con sus famosos cinco ojos, sólo se halla presente en el primero.

Entre la fauna groenlandesa de Sirius Passet figura un hermoso ani- mal llamado Halkieria. Se considera un molusco primigenio, pero Simon Conway Morris, que ha descrito muchas de las singulares cria- turas del Cámbrico, cree que tiene afinidades con el filo de los molus- cos, el de los braquiópodos y el de los anélidos. Esto me alegra por- que contribuye a echar por tierra la reverencia cuasi mística con que los zoólogos contemplan los grandes filos. Si nos tomamos en serio la evolución, no cabe duda de que, según retrocedamos en el tiempo y nos avecinemos a los puntos de encuentro de los filos, éstos irán sien- do cada vez más parecidos y guardarán un parentesco más cercano. Tanto si Halkieria reúne las condiciones para el cargo como si no, sería preocupante que no hubiese un animal primigenio que uniese a los anélidos, los braquiópodos y los moluscos. Obsérvense las conchas situadas a ambos extremos de la ilustración.

Como hemos visto en el Encuentro 22, en el yacimiento de Chengjiang hay fósiles que parecen vertebrados auténticos y que son anteriores a Pikaia, la criatura parecida a un anfioxo descubierta en Burguess Shale, y a otros cordados del Cámbrico. La zoología clásica enseñaba que ningún vertebrado había aparecido en fechas tan tem-

 

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Se acabó la veneración mística por los grandes filos. Halkiera evangelista, de Sirius Passet, Groenlandia. Data del Cámbrico inferior. Dibujo de Simon Conway Norris.

 

pranas, sin embargo, Myllokunmingia, del que en Chengjiang se han encontrado más de 500 ejemplares, recuerda mucho a un pez agna- do, esto es, a un animal del que siempre se pensó que no había apa- recido hasta cincuenta millones de años después, en pleno Ordovícico. En un primer momento se describieron dos nuevos géneros, Myllokunmingia, que se definió como bastante parecido a la lamprea, y Haikouichtys (que, por desgracia, no debe su nombre a los haikus, los breves poemas japoneses), considerado semejante a los mixinos. En la actualidad algunos taxónomos revisionistas agrupan los dos en una misma especie, Myllokunmingia fengjiaoa. La polémica actualiza- ción del estatus de Haikouichthys refleja lo difícil que resulta discernir la verdadera naturaleza de los fósiles muy antiguos. Compárese en la página siguiente la fotografía de un ejemplar de Myllokunmingia con el dibujo, hecho con cámara lúcida, que hemos colocado debajo. Profeso una enorme admiración por la paciencia necesaria para recons- truir animales como éstos.

Adelantar la aparición de los vertebrados hasta mediados del Cámbrico no hace sino corroborar la hipótesis de la explosión súbita sobre la que se fundamenta el mito. Parece, efectivamente, que los fósiles de la mayor parte de los grandes filos animales de la actuali-

 

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Se suponía que los vertebrados no eran tan antiguos. Fósil de Myllokunmingia fengjiaoa, de Chengjiang. De D-G Shu et al. [264]

 

 

dad aparecen por primera vez en un reducido lapso temporal del Cámbrico. Esto no significa que antes del Cámbrico no hubiese repre- sentantes de esos filos, sino que no se fosilizaron. ¿Cómo podemos interpretar este fenómeno? Vamos a exponer las tres hipótesis prin- cipales, que son similares a las tres hipótesis formuladas para expli- car la explosión de los mamíferos tras la extinción de los dinosau- rios, para, posteriormente, alcanzar un compromiso entre las tres.

 

1. NO HUBO TAL EXPLOSIÓN. Según esta teoría, no hubo una explosión de evolución propiamente dicha, sino sólo de fosilización. Los filos datan en realidad de mucho antes del Cámbrico, con antepasados distribuidos a lo largo de cientos de millones de años en el Precámbrico. Sostienen esta hipótesis algunos biólogos molecula- res que han utilizado la técnica del reloj molecular para datar contepasados clave. Por ejemplo, en un famoso artículo de 1996,

G. A. Wray, J. S. Levinton y L. H. Shapiro calcularon que el conte- pasado que vinculaba a Vertebrados y Equinodermos vivió hace mil millones de años y el contepasado que vinculaba a vertebrados y moluscos doscientos millones de años antes, es decir, más del doble de la antigüedad de la llamada explosión del Cámbrico. En general,

 

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los cálculos hechos con el reloj molecular sitúan estas ramificacio- nes remotas en el Precámbrico, mucho antes de lo que le gustaría a la mayor parte de los paleontólogos. Según esta hipótesis, los fósi- les, por motivos desconocidos, no se formaban fácilmente antes del Cámbrico. Puede que no hubiese partes duras, como conchas, capa- razones y huesos, fácilmente fosilizables. Al fin y al cabo, Burguess Shale y Chengjiang son de lo más insólito entre todos los yacimien- tos geológicos por cuanto albergan fósiles de partes blandas. Quizá los animales del Precámbrico, por más que existiesen desde hacía mucho tiempo en una amplia gama de planes corporales comple- jos, eran demasiado pequeños para fosilizarse. Como abono a este argumento existen algunos pequeños filos animales que no han dejado fósiles después del Cámbrico, al punto de que hoy pare- cen huérfanos vivos. ¿Por qué esperar, entonces, que aparezcan fósi- les antes del Cámbrico? Sea como fuere, algunos de los fósiles precámbricos descubiertos, como la fauna de Ediacaran (véase pági- na 594) y algunos fósiles de huellas y madrigueras, revelan la pre- sencia de metazoos precámbricos verdaderos.

 

2. EXPLOSIÓN DE MECHA LENTA. Los contepasados que vinculan los diver- sos filos vivieron efectivamente en épocas relativamente cercanas unos de otros, pero siempre esparcidos en un periodo de varias decenas de millones de años antes de la explosión de fósiles que hoy apreciamos. Vista desde el presente, la fauna de Chengjiang, que data de hace 525 millones de años, se parece bastante a un potencial contepasado de, pongamos, hace unos 590 millones, pero entre una y otro median 65 millones de años, el mismo periodo de tiempo que nos separa de la extinción de los dinosaurios: el periodo durante el que los mamíferos modernos se han irradiado una y otra vez hasta producir la gama increíblemente diversa que vemos hoy. Incluso diez millones de años son mucho tiempo, habi- da cuenta de la frenética explosión evolutiva que analizamos en «El Cuento de los Cíclidos» y en «El Cuento del Pinzón de las Galápagos». A toro pasado, es muy fácil convencerse de que dos fósiles muy antiguos, claramente pertenecientes a distintos filos modernos, eran tan diferentes como los representantes actuales de dichos filos. No hay ninguna razón válida para pensar que un taxó-

 

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nomo del Cámbrico que tuviese la suerte de no verse condiciona- do por 500 millones de años de prejuicios retrospectivos, habría colocado los dos fósiles en filos distintos. Quizá los habría coloca- do en órdenes distintos, por más que sus descendientes, algo que el taxónomo no podía haber previsto, terminasen divergiendo has- ta el punto de hacer necesaria su clasificación en filos separados.

 

3. EXPLOSIÓN SÚBITA. Esta tercera corriente es, a mi modo de ver, una chaladura o, dicho en términos un poco más diplomáticos, una idea tan poco realista que, de puro disparatada, raya en lo irres- ponsable. Pero debo dedicarle un poco de atención porque, siguien- do la retórica de esos zoólogos que he definido como «de inclina- ciones románticas», se ha hecho inexplicablemente popular.

Según esta tercera hipótesis, los nuevos filos aparecieron de la noche a la mañana, en un único salto macromutacional. Voy a citar algunos pasajes de científicos por lo demás respetables que ya tra- je a colación en Destejiendo el arcoiris.

 

Fue como si, al terminar el Cámbrico, aquella facilidad para dar saltos evo- lutivos, la facilidad que trajo consigo las fundamentales innovaciones funcionales que representaron la base para el surgimiento de nuevos filos, se hubiese agotado. Fue como si el muelle de la evolución hubiese perdi- do parte de su potencia... Así pues, mientras que en los organismos del Cámbrico la evolución podía dar saltos de mayor alcance, como los que dieron origen a nuevos filos, posteriormente estaría más limitada y daría saltos más modestos, sin rebasar el nivel representado por las clases.

 

O este otro, del mismo científico ilustre que he mencionado al comien- zo de «El Cuento del Gusano Aterciopelado»:

 

Al comienzo del proceso de ramificación, encontramos una gran varie- dad de saltos de largo alcance que difieren notablemente tanto del pun- to de partida como entre sí. Estas especies presentan suficientes diferen- cias morfológicas como para considerarlas fundadoras de filos distintos. Estas fundadoras también se ramifican, pero lo hacen por medio de varian- tes que constituyen saltos de un alcance algo más reducido, dando lugar a ramas de especies hijas diferentes, las fundadoras de las clases. Según

 

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avanza el proceso, las variantes más adaptadas van ocupando áreas cada vez más próximas, surgiendo así, de manera sucesiva, las especies funda- doras de órdenes, familias y géneros.

 

Estas afirmaciones tan absurdas me llevaron a replicar que es como si un jardinero, al contemplar su viejo roble, dijese intrigado lo siguiente:

 

Qué raro que en todos estos años no haya aparecido ninguna rama grue- sa nueva. Hoy en día, parece que todo el crecimiento está limitado a las ramitas.

 

He aquí otra afirmación censurable, sólo que esta vez daré el nom- bre del autor porque es posterior a Destejiendo el arco iris y, por tanto, no la incluí en dicho libro. En In the Blink of an Eye, Andrew Parker se dedica casi exclusivamente a propugnar una interesante y original teo- ría de su cosecha, según la cual la explosión Cámbrica habría venido provocada por el repentino descubrimiento de los ojos por parte de  los animales. Pero antes de exponer esta tesis, Parker se deja traicio- nar por la versión disparatada e irresponsable del mito de la explosión Cámbrica. Para empezar ofrece la versión más explosiva del mito que yo jamás haya leído:

 

Hace 544 millones de años había tres filos animales con su correspondien- te variedad de formas externas, mientras que hace 538 millones de años había 38, el mismo número de hoy en día.

 

A continuación aclara que no se refiere a una evolución gradual rapi- dísima, comprimida en un periodo de seis millones de años, es decir, una versión extrema (y difícilmente aceptable), de la hipótesis núme- ro 2; ni tampoco afirma, como diría yo, que poco antes de que dos (futuros) filos comenzasen a divergir, no habrían sido muy diferen- tes sino que habrían ido completando sucesivas etapas, pasando de dos especies a dos géneros, etcétera, hasta llegar a ser tan distintos que quepa clasificarlos en filos separados. No, Parker tiene toda la pinta de considerar que sus 38 filos de hace 538 millones de años eran filos en toda regla que surgieron de un día para otro en un abrir y cerrar de ojos macromutacional:

 

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En la Tierra han evolucionado 38 filos. Así que solamente han tenido lugar 38 acontecimientos genéticos capitales, que se han traducido en 38 orga- nizaciones internas diferentes.

 

Los acontecimientos genéticos capitales no son imposibles. Los genes de control de las diversas familias Hox que hemos conocido en «El Cuento de la Mosca del Vinagre» son sin duda capaces de experi- mentar drásticas mutaciones. Pero hay acontecimientos capitales y acontecimientos capitales. Una mosca del vinagre con dos patas en lugar de antenas es un acontecimiento capital, pero no está ni mucho menos claro que pueda sobrevivir. Hay una poderosa razón general para esto y voy a explicarla en pocas palabras.

Un animal mutante tiene ciertas probabilidades de estar mejor como consecuencia de la mutación. Mejor significa «mejor compara- do con el tipo parental previo a la mutación». El progenitor debía de ser bastante capaz de sobrevivir y reproducirse, de lo contrario no habría sido padre. Es fácil de entender que cuanto más pequeña sea la mutación, más probabilidades tendrá de representar una mejora.

«Es fácil de entender» era una de las expresiones favoritas del gran estadístico y biólogo R. A. Fisher, y no pocas veces la usaba cuando para el común de los mortales el asunto en cuestión era cualquier cosa menos fácil de entender. Creo, sin embargo, que el razonamiento de Fisher es de veras fácil de seguir en el caso concreto de una mutación relativa a una simple característica métrica, algo como, por ejemplo, la longitud de un muslo, que varía en una sola dimensión: tantos milímetros más o menos.

Imaginemos una serie de mutaciones de magnitud creciente. En un extremo, la mutación de magnitud cero es, por definición, tan bue- na como el gen parental, que, como hemos visto, tuvo que ser lo bas- tante bueno como para sobrevivir a la infancia y reproducirse. Ahora imaginemos una mutación fortuita de pequeña magnitud: la pierna, pongamos por caso, aumenta o disminuye un milímetro. Suponiendo que el gen parental no sea perfecto, una mutación que suponga una diferencia infinitesimal con respecto a la versión parental tendrá un 50% de probabilidades de ser mejor y un 50% de probabilidades de ser peor: será mejor si representa un paso en la dirección correcta con respecto a la condición parental, y será peor si representa un paso en

 

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la dirección contraria. Pero una mutación muy grande será, con toda probabilidad, peor que la versión parental, aun cuando represente un paso en la dirección correcta, por la sencilla razón de que es excesi- va. Por poner un ejemplo extremo, imaginemos un hombre, por lo demás normal, con unos muslos de dos metros de largo.

El razonamiento de Fisher era más general. Cuando hablamos de saltos macromutacionales en el territorio de un nuevo filo, ya no esta- mos hablando de simples características métricas como la longitud de una pierna, por lo se hace necesario recurrir a otro tipo de razo- namiento. Como ya he explicado anteriormente, la idea esencial es que hay muchas más formas de estar muerto que de estar vivo. Imaginemos un paisaje matemático integrado por todos los animales posibles. Debo denominarlo matemático porque es un paisaje en cen- tenares de dimensiones que comprende una gama casi infinita de monstruosidades concebibles, además del número (relativamente) pequeño de animales que realmente han existido. Lo que Parker lla- ma un acontecimiento genético capital equivaldría a una macromutación que tendría enormes consecuencias no sólo en una dimensión, como en el caso del muslo más largo o más corto, sino en cientos de dimen- siones simultáneamente. Ésa es la escala del cambio del que estamos hablando al imaginarnos, como hace Parker, un tránsito brusco e inme- diato de un filo a otro.

En el paisaje multidimensional de todos los animales posibles, las criaturas vivas son islas de vida viable separadas de otras islas por inmen- sos océanos de deformidad grotesca. Partiendo de una isla cualquie- ra, se puede evolucionar paso a paso, alargando un centímetro de pier- na por aquí, limando la punta de un cuerno por allá, oscureciendo una pluma por acullá. La evolución es una trayectoria en el espacio multidimensional en la cual cada etapa debe representar un cuerpo capaz de sobrevivir y reproducirse igual de bien que el tipo parental de la etapa previa. En un periodo de tiempo suficiente, una trayecto- ria lo bastante larga abarca desde un punto de partida viable a un destino viable tan remota que cabe clasificarla como un filo distinto, por ejemplo los moluscos. Una trayectoria diferente que parta del mis- mo punto puede conducir paso a paso, a través de estadios interme- dios siempre viables, a otro destino viable que se puede clasificar como otro filo, por ejemplo los anélidos. Algo así debió de ocurrir en cada

 

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una de las bifurcaciones que, partiendo de los contepasados respecti- vos, condujeron a cada pareja de filos animales.

El punto al que quiero llegar es el siguiente: una mutación fortuita lo bastante «capital» como para dar origen de un plumazo a un nuevo filo sería tan grande, en cientos de dimensiones simultáneas, que le haría falta una suerte inconcebible para aterrizar en otra isla de vida viable. Es casi inevitable que una macromutación de esa envergadura aterrice en medio del océano de la inviabilidad: lo más probable es que ni siquie- ra se pudiese reconocer como animal al mutante en cuestión.

Los creacionistas afirman estúpidamente que la selección natural darviniana es como un huracán que, soplando en un depósito de chatarra, tuviese la suerte de ensamblar un Boeing 747. Huelga decir que están equivocados, ya que ni por asomo alcanzan a captar la natu- raleza gradual y acumulativa de la selección natural. Sin embargo, la metáfora del depósito de chatarra se ajusta estupendamente a la hipo- tética invención de un nuevo filo de un día para otro. Que pueda darse un tránsito evolutivo tan grande como para pasar de repente de la lombriz al caracol es tan probable como que un huracán cons- truya un Boeing soplando chatarra.

Así pues, podemos rechazar con toda confianza la tercera hipóte- sis, la disparatada. Nos quedan las otras dos, o un compromiso entre ambas, y llegado a este punto me declaro agnóstico y necesitado de más datos. Como veremos en el epílogo de este cuento, cada vez son más los científicos que coinciden en que los primeros cálculos realizados con la técnica del reloj molecular exageraban al adelantar cientos de millo- nes de años los principales puntos de ramificación, haciendo que data- sen del Precámbrico. Por otro lado, el mero hecho de que no haya fósiles de la mayor parte de los filos animales antes del Cámbrico no debe incitarnos a creer que esos filos tuvieron que evolucionar con suma rapidez. El razonamiento del huracán en el depósito de chata- rra nos enseña que todos los fósiles del Cámbrico a la fuerza debie- ron tener antecedentes en continua evolución. Esos antecedentes sin duda existieron, pero no se han descubierto. Fuesen cuales fue- sen los motivos, fuese cual fuese la escala temporal, el caso es que no se fosilizaron; pero existieron. A simple vista, resulta más difícil creer que toda una gama de animales permanezca invisible durante 100 millones de años que durante apenas 10 millones de años; por eso hay

 

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quien se decanta por la teoría de la explosión súbita del Cámbrico.  Por otro lado, cuanto más corta sea la mecha temporal de la explo- sión, más trabajo cuesta creer que toda la diversificación tuviese lugar en tan breve espacio de tiempo. De manera que este razonamiento    es de doble filo y no permite escoger con garantías ninguna de las   dos hipótesis restantes.

El archivo fósil no está completamente desprovisto de vida meta- zoica anterior a Chengjiang y Sirius Passet. Unos 20 millones de años antes, casi en el límite exacto entre el Cámbrico y Precámbrico, empie- za a aparecer una variedad de fósiles microscópicos que parecen con- chitas diminutas y a los que, en conjunto, se conoce con el nombre   de fauna tommotiense o pequeña fauna con concha. La mayoría de los pale- ontólogos se llevó una sorpresa cuando se descubrió que algunas de estas conchitas eran, en realidad, placas de lobópodos, los parientes  de los onicóforos. Esto significa que las divergencias entre diferentes grupos de protóstomos tuvieron que darse en el Precámbrico, antes   de la explosión visible.

Hay otros indicios de diversidad animal más antigua. 20 millones de años antes de comenzar el Cámbrico, en el periodo Ediacarano del Precámbrico superior, prosperó en todo el mundo un misterioso gru- po de animales llamado fauna ediacarana, por las colinas Ediacara de Australia meridional, el lugar donde fueron encontrados por prime- ra vez. Cuesta trabajo averiguar qué eran realmente, pero no cabe duda de que se trata de los primeros animales grandes que se fosilizaron. Algunos puede que sean esponjas, otros parecen medusas, y otros recuerdan a las anémonas marinas o a las plumas de mar (parientes de las anémonas que parecen péñolas). Algunos se asemejan un poco a gusanos o babosas, y podrían ser perfectamente bilaterios; otros son un misterio puro y duro. ¿Qué decir de Dickinsonia, la criatura de la fotografía? ¿Es un coral, un gusano, un hongo, o algo completamen- te diferente de las criaturas que viven en la actualidad? Existe incluso un fósil australiano parecido a un renacuajo del que todavía no exis- te descripción formal pero se sospecha que se trata de un cordado (recordemos que el de los Cordados es el filo al que pertenecen los vertebrados). Si esto se confirma sería muy emocionante, pero, de momento, hay que esperar. A pesar de tan sugerentes indicios, los zoó- logos coinciden en que la fauna ediacarana, por intrigante que sea,

 

¿Qué se supone que es esto? Dickinsonia costata, parte de la fauna ediacarana.

 

 

no sirve de mucha ayuda a la hora de averiguar los orígenes de los ani- males modernos.

Existen también icnofósiles (fósiles de huellas o túneles) de anima- les precámbricos. Estas huellas demuestran que en un pasado remo-  to existieron criaturas lo bastante grandes como para producirlas, aun- que, por desgracia, no nos revelan gran cosa en cuanto a la apariencia de tales criaturas. En Doushanto, China, se han encontrado fósiles aún más antiguos, en su mayoría microscópicos, que parecen ser embrio- nes, aunque no está claro en qué tipo de animal podrían haberse convertido. Más antiguos todavía son unas pequeñas impresiones en forma de disco que se han encontrado en el noroeste de Canadá, y  que datan de hace entre 600 y 610 millones de años, pero estos ani- males son, si cabe, más enigmáticos que la fauna de Ediacara

Este libro se basa en una serie de 39 puntos de encuentro y me pare- cía apropiado tratar de calcular la fecha de cada uno. La mayor par- te se puede fechar con ciertas garantías empleando una combina- ción de fósiles susceptibles de datarse y relojes moleculares calibrados en función de dichos fósiles. Naturalmente, cuando llegamos a los puntos de encuentro más antiguos los fósiles nos dejan plantados. Esto significa que los métodos moleculares ya no pueden calibrarse de manera fiable, con lo cual entramos en una selva de datos inciertos. Por no dejar cabos sueltos me he obligado a fechar del modo que fuese los contepasados de esta selva incierta, que van desde el núme- ro 23 hasta el 39. Las pruebas más recientes parecen corroborar, siquie- ra ligeramente, la hipótesis de la explosión de media mecha. Este dato con- trasta con  mi  inicial propensión a  descartar que  hubiese habido

 

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explosión alguna. Cuando se encuentren, como espero, más prue- bas, no me sorprenderé lo más mínimo si, en nuestra búsqueda de los contepasados de los grandes filos animales modernos, nos vemos de nuevo empujados en la dirección opuesta, hacia las profundida- des del Precámbrico. O también podríamos vernos nuevamente ante la perspectiva de una explosión casi súbita a consecuencia de la cual los contepasados de la mayoría de los filos animales estuviesen com- primidos, a comienzos del Cámbrico, en un periodo de 20 o incluso 10 millones de años. En este caso, estoy convencido de que, aunque situemos correctamente dos animales del Cámbrico en filos distintos en función de su semejanza con animales modernos, en el Cámbrico habrían sido mucho más parecidos de lo que los son sus modernos descendientes. Los hipotéticos zoólogos del Cámbricos no los habrí- an colocado en filos distintos sino simplemente, pongamos por caso, en subclases distintas.

No me extrañaría ver confirmada cualquiera de las dos primeras hipótesis. No me atrevo a pronunciarme, pero si un día se encuentra alguna prueba a favor de la tercera hipótesis, me como el sombrero. Hay sobrados motivos para pensar que en el Cámbrico la evolución era sustancialmente el mismo tipo de proceso que en la actualidad. Toda esa palabrería histérica sobre el resorte de la evolución y cómo se habría quedado sin energía después del Cámbrico; toda esa canti- nela eufórica sobre danzas salvajes de creatividad desenfrenada, con nuevos filos que habrían aparecido de un día para otro en un amane- cer dichoso de irresponsabilidad zoológica... En fin, sobre esto sí que me atrevo a pronunciarme: es un puro disparate.

Que conste que no tengo nada en contra de la prosa poética ins- pirada en el Cámbrico, pero, por favor, que sea como la de Richard Fortey en su hermoso libro La vida: una biografía no autorizada:

 

Me imagino de pie en una costa del Cámbrico al atardecer, como cuan- do estuve en la costa de Spitsbergen y reflexioné por primera vez sobre la historia de la vida. El mar que me lamería los pies sería muy parecido, y me proporcionaría las mismas sensaciones. Justo donde se encuentran tierra y agua hay una alfombra de estromatolitos redondeados y ligera- mente viscosos, supervivientes de los vastos bosques del Precámbrico. El viento silba sobre las llanuras rojizas que se extienden a mi espalda, don-

 

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de no hay rastro de vida, y noto como la arena barrida por el viento me aguijonea las piernas. Pero a mis pies, en la arena fangosa, distingo mol- des de gusanos, pequeños surcos ensortijados que me resultan familia- res. Veo el rastro de las huellas ondulantes que dejaron los correteos de animales parecidos a crustáceos... Salvo el silbido de la brisa y el fragor de las olas que van y vienen, reina un absoluto silencio y no hay una sola criatura que lance su grito al viento...

 

 

EPÍLOGO A EL CUENTO DEL GUSANO ATERCIOPELADO

Escrito en colaboración con Yan Wong

 

Durante buena parte de este libro he venido soltando fechas tranqui- lamente e incluso he osado hablar de «nuestro tatarabuelo número seis millones» o «nuestro tatarabuelo número 240 millones». Las fechas se basaban en su mayor parte en fósiles que, como veremos en «El Cuento de la Secuoya», pueden datarse con una precisión acorde con la vas- tedad de la escala temporal. Los fósiles, sin embargo, no son de gran ayuda a la hora de buscar los antepasados de animales desprovistos de partes duras, como los platelmintos. En el registro fósil de los últi- mos 70 millones de años faltaban los celacantos, por eso el descubri- miento de un celacanto vivo en 1938 suscitó tanto estupor y entusias- mo. Pero el registro fósil no deja de ser, ni siquiera en el mejor de los casos, un testimonio voluble; y ahora que en nuestro peregrinar hemos llegado al Cámbrico, estamos, por desgracia, a punto de agotarlo. Independientemente de cómo interpretemos la explosión, todo el mun- do coincide en que, por motivos poco claros, casi ningún predecesor de la fauna del Cámbrico logró fosilizarse. Cuando nos ponemos a bus- car contepasados que daten de épocas anteriores al Cámbrico, ya no encontramos en las rocas nada que nos sirva de ayuda. Por suerte, los fósiles no son nuestro único recurso. En «El Cuento del Ave Elefante», en «El Cuento del Dipnoo» y en otras partes, hemos recurrido a la ingeniosa técnica del reloj molecular. Ha llegado el momento de expli- carla detalladamente.

¿No sería maravilloso que las variaciones evolutivas mensurables o computables ocurriesen a un ritmo fijo? En ese caso la evolución podría servir de reloj de sí misma. Y no hay riesgo de incurrir en razona-

 

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mientos viciados, porque lo que haríamos sería calibrar el reloj evo- lutivo con arreglo a partes de la evolución bien documentadas en el registro fósil para después extrapolar los datos y aplicarlos a las par- tes mal documentadas. Pero ¿cómo se mide el ritmo evolutivo? Y, aun suponiendo que pudiésemos medirlo, ¿por qué un aspecto cualquie- ra del cambio evolutivo habría de seguir un ritmo fijo como si fuese un reloj?

Es absurdo suponer que la longitud de una pierna, el volumen de un cerebro o el número de bigotes de un animal evolucionan a un ritmo fijo. Se trata de rasgos fundamentales para la supervivencia y el ritmo al que evolucionan será, sin duda, inconstante. Como los relo- jes, están condenados por los principios mismos de su propia evolu- ción a no funcionar regularmente. Sea como fuere, cuesta trabajo ima- ginar un criterio común de medida del ritmo de la evolución visible.

¿Cómo se mide la evolución de la longitud de una pierna, en milíme- tros por cada millón de años, como variación porcentual por cada millón de años, o cómo? J. B. S. Haldane propuso una unidad de tasa evolutiva, el darwin, que se basa en una variación proporcional por generación. Cada vez que se ha aplicado a fósiles reales, nadie se ha extrañado de que los resultados oscilasen entre milidarwins, kilodar- wins y megadarwins.

El cambio molecular es un reloj bastante más prometedor, en pri- mer lugar, porque está claro qué es lo que se ha de medir. Dado que el ADN consiste en información textual escrita en un alfabeto de cua- tro letras, hay una forma completamente natural de medir su tasa de evolución. Basta contar las diferencias entre las letras, o, si se prefie- re, analizar los productos proteínicos del código genético y contar las sustituciones de aminoácidos.25 Hay motivos para esperar que la mayor parte del cambio evolutivo a nivel molecular no esté goberna- da por la selección natural sino que sea neutra. Neutro no significa

«inútil» ni «carente de función»: significa, simplemente, que versio- nes diferentes del mismo gen son igual de buenas, por lo que el paso de una a otra pasa desapercibido para la selección natural. Esto es una ventaja para el reloj.

 

25.      Cuando Emile Zuckerkandl y el gran Linus Pauling propusieron por prime-   ra vez el reloj molecular, ése era el único método disponible.

 

 

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Aunque, de manera bastante absurda, tengo fama de ultradarvi- nista (una calumnia a la que opondría con mayor vigor si no me sona- se como un cumplido más que como un insulto), no creo que la mayor parte del cambio evolutivo a nivel molecular se vea propiciado por    la selección natural. Antes al contrario, siempre me ha sido grata la llamada teoría neutral de la evolución asociada al gran genetista japo- nés Motoo Kimura, o la versión denominada casi neutral de su cola- boradora, Tomoko Ohta. El mundo real, naturalmente, no  se  inte- resa lo más mínimo por los gustos ni deseos humanos, pero me encantaría que estas teorías se viesen confirmadas, porque nos ofre- cen una crónica evolutiva distinta, independiente y desvinculada de  las características visibles de las criaturas que nos rodean, y alimen- tan la esperanza de que algún tipo de reloj molecular pueda funcio- nar de verdad.

Para evitar malentendidos, debo añadir que la teoría neutral no menosprecia, ni mucho menos, la importancia de la selección en la naturaleza. En lo tocante a los cambios visibles que afectan a la super- vivencia y a la reproducción, la selección natural es omnipotente. Es el único modo que tenemos de explicar la belleza funcional y la com- plejidad aparentemente diseñada de los seres vivos. Pero si existen cambios que no producen efectos visibles y que, pasando inadvertidos al radar de la selección natural, se acumulan impunemente en el acer- vo génico, serán ellos los que nos proporcionen lo necesario para poner a punto un reloj evolutivo.

Darwin, para variar, estaba muy por delante de sus contemporáne- os en lo que respecta a los cambios neutros. En la primea edición de  El origen de las especies, casi al principio del capítulo cuarto, escribió:

 

He dado en llamar selección natural a la conservación de las variaciones favorables y el rechazo de las variaciones perniciosas. Las variaciones que no sean ni útiles ni dañinas no se verán afectadas por la selección natural  y permanecerán en un estado fluctuante, tal y como observamos en las lla- madas especies polimorfas.

 

En la sexta y última edición, la segunda frase presentaba un añadido que la hacía sonar todavía más moderna:

 

 

 

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...tal y como observamos en ciertas especies polimorfas o, en última ins- tancia, se fijarían...

 

«Se fijarían» es un término genético que, sin duda, no tendría para Darwin el significado que tiene hoy, pero me brinda una estupenda introducción para el siguiente argumento. Una nueva mutación, cuya frecuencia en la población empieza siendo, por definición, práctica- mente cero, se fija cuando alcanza al cien por cien de la población. El ritmo evolutivo que pretendemos medir, a efectos de un reloj mole- cular, es el ritmo al que una sucesión de mutaciones del mismo locus génico se fija en la población. Y la fijación, obviamente, se produce si la selección natural favorece la nueva mutación con respecto al alelo previo no mutado y la induce a fijarse, esto es, a erigirse en la norma, en «el rival a batir». Pero una nueva mutación también podrá fijarse aunque sea igual de buena que su predecesora, es decir, cuando exis- ta una verdadera neutralidad. En este caso, la selección no pinta nada: la mutación se produce por pura casualidad. Se puede simular el proceso tirando una moneda al aire y calculando el ritmo al que se producen las mutaciones. Una vez que una mutación neutral alcanza el cien por cien y se fija, se convertirá en la norma del locus en cues- tión, hasta que otra mutación tenga la suerte de fijarse.

Si existe un fuerte componente de neutralidad, tenemos en poten- cia un maravilloso reloj. Kimura no estaba particularmente interesa- do en la idea del reloj molecular, pero estaba convencido (ahora pare- ce que con razón) de que la mayoría de las mutaciones genéticas son neutras, «ni útiles ni dañinas». Y, mediante una serie de ecuaciones extraordinariamente simples y elegantes que no voy a detallar aquí, calculó que, si de verdad son neutras, el ritmo al que los genes neu- tros deberían «fijarse en última instancia» es exactamente igual al rit- mo al que se generan las variaciones: la tasa de mutación.

Salta a la vista lo útil que es esto para quien quiera fechar los pun- tos de ramificación («puntos de encuentro») con la técnica del reloj molecular. Siempre que la tasa de mutación en un locus génico neutro se mantenga constante a lo largo del tiempo, el ritmo de fijación tam- bién será constante. Probemos ahora a comparar el mismo gen en dos animales diferentes, por un ejemplo un pangolín y una estrella de mar, cuyo antepasado común más reciente fue el Contepasado 25. Para ello

 

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hemos de contar en cuántas letras se diferencia el gen de la estrella de mar del gen del pangolín. Damos por hecho que la mitad de las diferencias se haya acumulada en la línea que va del contepasado a la estrella de mar, y la otra mitad en la línea desde el primero al pango- lín, y obtenemos el número de tictacs que ha dado el reloj desde el Contepasado 25.

Sólo que la cosa no es tan simple como parece y hay unas cuantas complicaciones bastante interesantes. Para empezar, si escucháse- mos el tictac del reloj molecular, notaríamos que no es regular como el de un péndulo o un reloj de cuerda, sino más parecido al de un con- tador Geiger situado cerca de una fuente de radioactividad. Com- pletamente irregular. Cada tic representa la fijación de una nueva mutación. Según la teoría neutral, el intervalo entre dos tics sucesi- vos puede ser, dependiendo del azar, tanto largo como breve: la deri- va genética. En un contador de Geiger, no se puede prever en qué momento sonará el siguiente tic, pero, detalle importantísimo, el inter- valo medio en un gran número de tics, es totalmente predecible. La esperanza es que el reloj molecular sea predecible de la misma mane- ra que el contador de Geiger, y en general lo es.

En segundo lugar, el ritmo del tictac varía de gen a gen dentro de un mismo genoma. Este fenómeno se percibió ya desde el comienzo, cuando los genetisstas sólo podían analizar los productos proteínicos del ADN y no el ADN propiamente dicho. El citocromo c evoluciona a su propio ritmo, que es más rápido que el de los histones, pero más lento que el de las globinas, que a su vez son más lentas que los fibri- nopéptidos. De la misma manera, si se expone un contador de Geiger a una fuente como un pedazo de granito, que es mucho menos radioac- tiva que un pedazo de radio, no se podrá prever el momento exacto   en que sonará el siguiente tic, pero la tasa media del tictac cambia de manera predecible y drástica cuando se pasa del granito al radio. Los histones son como el granito: su tictac es muy lento; los fibrinopépti- dos son como el radio: zumban como una abeja enloquecida. Otras proteínas, como el citocromo c (o, mejor dicho, los genes que la pro- ducen) presentan un ritmo intermedio entre histones y fibrinopépti- dos. Hay todo un espectro de relojes génicos, cada uno con su propia velocidad, cada uno útil para una finalidad de datación diferente y para el control entrecruzado de unos relojes con otros.

 

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¿Por qué genes diferentes tienen diferente velocidades? ¿Qué es lo que distingue a los genes tipo granito de los genes tipo radio? Recordemos que neutro no significa inútil, sino igual de bueno que el gen anterior. Tanto los genes granito comos los genes radio son útiles. Se trata sim- plemente de que los genes radio pueden cambiar en muchos puntos de su extensión y seguir siendo útiles. Un gen opera de tal forma que algunas de sus porciones pueden cambiar tranquilamente sin afectar a su funcionamiento. Otras porciones del mismo gen, en cambio, son muy sensibles a las mutaciones y si experimentan una, compro- meten totalmente el funcionamiento del gen. Tal vez todos los genes tengan una porción del tipo granito que no debe cambiar mucho si se quiere que el gen siga funcionando, y una porción tipo radio que pue- de comportarse a su antojo siempre que no afecte a la primera. Tal vez el gen del citocromo c posea partes de granito y partes de radio; los genes de fibrinopéptido tengan una proporción más elevada de par- tes de radio, y los genes de los histones, una proporción más elevada de partes de granito. Esta explicación de las diferencias en cuanto al ritmo del tictac entre los genes esconde algunos problemas o, por lo menos, complicaciones, pero lo que nos interesa es que los ritmos del tictac varían considerablemente de un gen a otro, mientras que el ritmo de cualquier gen en concreto se mantiene bastante constan- te incluso en especies muy distantes.

Bastante constante pero no constante del todo, lo cual da pie al siguiente problema, que es serio. Los ritmos del tictac no se limitan a ser diferentes e imprecisos. Para cualquier gen dado, son sistemática- mente mayores en unos animales que en otros, y esto introduce un verdadero sesgo. Las bacterias tienen un sistema de reparación del ADN mucho menos eficaz que nuestra sofisticada correcion de prue- bas genética, de modo que sus genes mutan a un ritmo más alto y sus relojes hacen tictac a mayor velocidad. Los roedores también tienen enzimas reparadoras bastante chapuceras, lo que tal vez explique por- que la evolución molecular es más rápida en estos animales que en los demás mamíferos. Los grandes cambios evolutivos, como el tránsito a la sangre caliente, pueden alterar la tasa de mutación, lo que pone en peligro la validez de nuestros cálculos aproximados de las fechas de ramificación hechos con la técnica del reloj molecular. En la actua- lidad, se están desarrollando complejos métodos que tienen en cuen-

 

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ta tasas de mutación diferentes en diversos linajes ancestrales, pero todavía están en mantillas.

Un detalle más inquietante todavía es que el periodo de la repro- ducción es el que mayores oportunidades presenta para la mutación. Así, en las especies con un ciclo vital breve, como las moscas del vina- gre, la tasa de mutación por millón de años es más elevada que en especies como el elefante, donde los intervalos entre una genera- ción y otra son largos. Esto hace pensar que el reloj molecular tal vez mida generaciones y no tiempo real. Sin embargo, cuando los bió- logos moleculares analizaron la tasa de cambio en secuencias, usan- do linajes que contaban con una buena documentación fósil apta para calibrar el reloj, no fue eso con lo que se encontraron. Se encon- traron con un reloj molecular que calculaba el tiempo en años, no en generaciones. Era un resultado muy interesante, pero ¿cómo se explica?

Una hipótesis es que, si bien el recambio generacional en los ele- fantes es lento comparado con las moscas del vinagre, durante todos los años que transcurren entre un acontecimiento reproductivo y el siguiente los genes de los elefantes están igual de expuestos que las moscas al bombardeo de rayos cósmicos y demás eventos causantes de mutaciones. De acuerdo, los genes de Drosophila se transmiten a una nueva mosca cada quince días, pero ¿qué más les da eso a los rayos cós- micos? Los genes que pasan diez años dentro de un elefante se ven golpeados por el mismo número de rayos cósmicos que los genes que, en ese mismo periodo de tiempo, pasan por una sucesión de 250 moscas de la fruta. Puede que esta hipótesis tenga su parte de ver- dad, pero no me parece que baste para aclarar el panorama. Es abso- lutamente cierto que casi todas las mutaciones ocurren cuando está por surgir una nueva generación, luego hace falta algo más para des- pejar la incógnita de por qué el reloj molecular consigue medir el tiem- po en años y no en generaciones.

Tomoko Ohta, la mencionada colega de Kimura, hizo una brillan- te aportación al esclarecimiento del problema: la teoría casi neutral. Como ya he dicho, Kimura, con su teoría neutral, calculó que la tasa de fijación de los genes neutros era igual a la tasa de mutación. Esta conclusión, de una simpleza notable, dependía de una elegan- te «anulación» algebraica y la cantidad que se cancela es el tamaño

 

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de la población. El tamaño de la población es una de las variables de la ecuación, pero termina figurando encima y debajo de la línea, así que, muy oportunamente, desaparece en una nube de humo mate- mático, y la tasa de fijación resulta ser igual a la de mutación. Pero esto sólo ocurre si los genes en cuestión son completamente neutros. Tomoko Ohta repitió los cálculos algebraicos de Kimura sólo que con mutaciones casi neutras en lugar de completamente neutras. El detalle se reveló crucial. El tamaño de la población ya no se anu- laba.

El motivo es que, como bien saben desde hace mucho los genetis- tas matemáticos, en una población grande los genes ligeramente noci- vos tienden a ser eliminados por la selección natural antes de que pue- dan fijarse, mientras que en una población pequeña es más fácil que se fijen antes de que la selección natural repare en ellos. Por poner un ejemplo extremo, imaginemos que una población haya quedado casi completamente destruida por una catástrofe y que sólo sobrevi- van cinco o seis individuos. No sería de extrañar que, por pura casua- lidad, los seis tuviesen ese gen levemente nocivo. Tendríamos, por tan- to, una fijación: el cien por cien de la población. Este es un ejemplo extremo, pero las matemáticas demuestran que a nivel general se regis- tra el mismo efecto. Las poblaciones pequeñas favorecen la tenden- cia a la fijación de genes que resultarían eliminadas en una pobla- ción grande.

Así pues, tal y como señaló Ohta, el tamaño de la población ya no se anula en la ecuación, sino que, antes al contrario, permanece en el lugar perfecto para dar un empujoncito a la teoría del reloj molecular. Volvamos de nuevo a los elefantes y a las moscas del vinagre. Los ani- males grandes con ciclos vitales prolongados, como los elefantes, sue- len tener poblaciones pequeñas. Los animales pequeños con ciclos vitales breves, como las moscas del vinagre, suelen formar grandes poblaciones. No se trata de un efecto poco claro, sino de lo más rigu- roso, que obedece a motivos no difíciles de imaginar. De modo que las moscas de la fruta, a pesar de tener un ciclo vital breve que tende- ría a acelerar el reloj molecular, también tienen una gran población, que lo ralentiza. Los elefantes tienen un reloj lento por lo que res- pecta a las mutaciones, pero sus pequeñas poblaciones aceleran el reloj en el terreno de las fijaciones.

 

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La profesora Ohta ha demostrado que las mutaciones neutras, como en el ADN basura y en las sustituciones sinónimas26, miden las genera- ciones y no el tiempo real: las criaturas con ciclos vitales breves mues- tran, en el tiempo real, una evolución genética acelerada. Y a la inver- sa: las mutaciones que realmente cambian algo y que, por consiguiente, entran en conflicto con la selección natural, miden el tiempo real y   no las generaciones.

Sea cual sea el motivo teórico, en la práctica el reloj molecular ha demostrado ser un instrumento eficaz, con ciertas excepciones cono- cidas que, por lo general, se tienen en cuenta (escogiendo cuidado- samente los genes del reloj y evitando especies, como los roedores, que presentan tasas de mutación altísimas). Para utilizarlo, debemos dibujar el árbol evolutivo que relaciona la serie de especies que nos interesan y calcular el volumen de cambio evolutivo en cada linaje. No es tan simple como contar las diferencias entre los genes de dos espe- cies modernas y dividirlas por dos. Hace falta utilizar las refinadas téc- nicas de probabilidad máxima y de análisis bayesiano que analizamos en

«El Cuento del Gibón». Calibrando el reloj con algunos datos fósiles, se podrá formular una hipótesis válida sobre las fechas de los puntos de encuentro del árbol.

Usado de esta forma tan prudente, el reloj molecular ha arrojado resultados asombrosos. La fecha del antepasado común de humanos y chimpancés, obtenida con esta técnica es de seis millones de años, con una posible desviación de un millón de años arriba o abajo. Cuando el dato se anunció por primera vez, provocó casi indignación entre los paleontólogos, que habían situado la escisión entre ambas especies hace 20 millones de años. Hoy en día, casi todo el mundo acepta la fecha más reciente proporcionada por la técnica molecular. Tal vez el mayor éxito del reloj molecular haya sido la datación de la radia- ción de los mamíferos placentarios, descrita en «La Gran Catástrofe del Cretácico». Después de excluir a los roedores por sus anómalas tasas de mutación, nos encontramos con que, según el reloj molecu- lar, el contepasado de todos los mamíferos se remonta al Cretácico.

 

26. Siendo el ADN un código degenerado, cualquier aminoácido puede venir espe- cificado por más de una mutación sinónima. Un cambio mutacional que produzca un sinónimo exacto no supone ninguna diferencia respecto al resultado final.

 

 

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Por ejemplo, un análisis del ADN de los modernos mamíferos pla- centarios realizado con el reloj molecular sitúa al contepasado hace más de 100 millones de años, en plena hegemonía de los dinosau- rios. Cuando estas fechas se anunciaron por primera vez, contradecí- an las pruebas fósiles, que indicaban una explosión de mamíferos muy posterior, mientras que los fósiles de mamíferos anteriores a esa épo- ca eran muy escasos. Pero las fechas del reloj molecular se han visto corroboradas recientemente por el descubrimiento de unos fósiles de mamífero de hace 125 millones de años, y cada vez son más los cien- tíficos que aceptan la fecha del Cretácico. Hay muchas historias pare- cidas que han permitido fijar las fechas de los puntos de encuentro que jalonan nuestra peregrinación.

Mucho cuidado, sin embargo, con cantar victoria antes de tiem- po. Escuchemos las sirenas de alarma.

En última instancia, los relojes moleculares son eficaces si están calibrados con fósiles. La datación radiométrica de los fósiles se acep- ta con el respeto que la biología profesa, y con razón, a la física (véa- se «el Cuento de la Secuoya»). Un fósil colocado estratégicamente que establezca con garantías el límite inferior de la datación de un impor- tante punto de ramificación se puede usar para calibrar muchos relo- jes moleculares siuados alrededor de los genomas de una gama de ani- males situados en torno a los filos. Pero cuando llegamos a territorio precámbrico, donde las reservas de fósiles se agotan, se hace necesa- rio confiar en fósiles relativamente jóvenes para calibrar los relojes de tatara-tatara-tatarabuelos que después se utilizan para calcular fechas mucho más remotas. Y esto trae problemas.

Para el «Encuentro 16», el punto de intersección entre los mamí- feros y los saurópsidos (aves, cocodrilos, serpientes, etc.), los fósiles indican 310 millones de años. Esta fecha constituye la principal refe- rencia para el calibrado de muchas dataciones moleculares de pun- tos de ramificación bastante más antiguos. Ahora bien, todo cálculo de una fecha conlleva cierto margen de error y, en sus artículos, los científicos normalmente tratan de acordarse de incluir barras de error en cada una de sus estimaciones. Una fecha puede tener, pongamos, un margen de error de 10 millones de años arriba o abajo. Todo mar- cha bien cuando las fechas que intentamos averiguar con el reloj mole- cular son más o menos del mismo orden de magnitud los fechas de

 

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los fósiles que usamos para calibrarlo, pero cuando hay una gran dis- paridad entre órdenes de magnitud, el porcentaje de error aumenta de forma alarmante. La consecuencia de un amplio porcentaje de error es que, si se manipula un pequeño detalle o se modifica míni- mamente una pequeña variable introducida en el cálculo, los efectos sobre el resultado final pueden ser enormes: ya no serían 10 millo- nes de años arriba o abajo, sino, pongamos por caso, 500 mil millo- nes arriba o abajo. Las barras de error anchas significan que la fecha calculada no es lo bastante sólida como para soportar errores de me- dición.

En «El Cuento del Gusano Aterciopelado» hemos visto varios cál- culos moleculares que situaban importantes puntos de ramificación en pleno Precámbrico: por ejemplo, la separación de vertebrados y moluscos, hace 1.200 millones de años. Estudios más recientes, para los que se han utilizado refinadas técnicas que tenían en cuenta posi- bles variaciones en las tasas de mutación, han rebajado esa estimación a fechas mucho más recientes, hace unos 600 millones de años. La diferencia es abismal, y el hecho de que esté dentro de las barras de error del cálculo anterior tampoco sirve de mucho consuelo.

Aunque, en general, soy un firme partidario de la idea del reloj molecular, considero necesario tratar con suma prudencia las fechas aproximadas que esta técnica nos ofrece de los puntos de ramificación muy antiguos. Extrapolar los datos relativos a un fósil que data de hace 310 millones de años para aplicarlos a un punto de encuentro el doble de antiguo entraña muchos riesgos. Es posible, por ejemplo, que la tasa de evolución molecular de los vertebrados (que entra en el cál- culo de calibración) no valga para el resto de seres vivos. Se cree que los Vertebrados han duplicado todo su genoma en dos ocasiones. La repentina creación de innumerables genes duplicados podría influir en la presión selectiva que se ejerce sobre las mutaciones casi neu- tras. Algunos científicos (entre los cuales, como ya he explicado, no me cuento) están convencidos de que el Cámbrico consituyó una revo- lución de todo el proceso evolutivo. Si tuviesen razón, sería necesa- rio recalibrar el reloj molecular de arriba abajo antes de dejarlo suel- to en el Precámbrico.

En general, a medida que retrocedemos en el tiempo y las reser- vas de fósiles se agotan, entramos en un territorio en el que práctica-

 

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mente todo se fía a las conjeturas. No obstante, tengo confianza en los estudios futuros. Los increíbles fósiles de Chengjiang y demás forma- ciones análogas podrían ampliar notablemente la gama de puntos de calibrado, llevándola a regiones del reino animal que hoy nos están vedadas.

Entretanto, sin dejar de reconocer que vagamos en una antigua sel- va de conjeturas, Yan Wong y yo hemos adoptado una tosca estrategia para calcular las fechas de la peregrinación de aquí en adelante: hemos dado provisionalmente por buena la fecha de 1.100 millones de años para el Encuentro 34, la confluencia de los animales y los hongos. Es una fecha comúnmente aceptada en la literatura científica, y es com- patible con la planta fósil más antigua, un alga roja de 1.200 millones de años de antigüedad. A continuación, hemos espaciado los conte- pasados del 27 al 34 según las estimaciones del reloj molecular. Pero como nos hayamos equivocado estrepitosamente con la datación del Encuentro 34, las fechas que iré dando de aquí en adelante resulta- rán «sobreestimadas» por muchas decenas de millones o, incluso, cen- tenas de millones de años. Ruego se tenga presente ahora que entra- mos en esa selva de dataciones imposibles. Tengo tan poca confianza en las fechas de esta zona del pasado que a partir de aquí me absten- dré de incluir el cálculo, ya de por sí bastante arriesgado, del núme- ro de tatarabuelos, cifra que está próxima a rozar los miles de millo- nes. El orden de los sucesivos encuentros es más seguro, aunque hasta eso podría estar equivocado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Encuentro 27

Platelmintos acelomorfos

 

 

 

 

 

 

 

Al hablar de los Protóstomos, descendientes del Contepasado 26, he afirmado tajantemente que los platelmintos pertenecían a ese gru- po. Ahora, sin embargo, se nos plantea un pequeño pero interesante problema. Pruebas recientes hacen pensar seriamente que los platel- mintos son una invención. No digo que no existan, evidentemente, sino que constituyen un conjunto heterogéneo de gusanos que no deberían clasificarse bajo un mismo nombre. La mayoría son Protós- tomos verdaderos y como tales ya los hemos encontrado en el Encuen- tro 26, pero algunos son bastante distintos y sólo se nos unen aquí, en el Encuentro 27, que, según nuestros cálculos, tiene lugar hace 630 millones de años, aunque en estas remotas regiones del tiempo geo- lógico las fechas se van haciendo cada vez más inciertas.

Seiscientos treinta millones de años es una antigüedad muy supe- rior a 590 millones de años, la fecha que hemos adoptado para el Encuentro 26. Quizá este intervalo tan grande se explique con el pla- neta bola de nieve, el periodo de glaciación que, según una teoría muy imaginativa, precedió al Cámbrico. En pocas palabras, por motivos des- conocidos pero, al parecer, relacionados con la teoría del caos, una teo- ría de moda y muy probablemente sobrevalorada, la Tierra entera estu- vo cubierta de hielo desde hace 620 millones de años hasta hace 590 millones de años, un periodo de tiempo prácticamente idéntico al que separa el Encuentro 27 del Encuentro 26. En esa época hubo, efec- tivamente, una enorme glaciación, pero si sepultó el planeta entero o no es una cuestión controvertida en la que no voy a entrar.

 

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el cuento del antepasado

 

 

 

 

 

 

 

Incorporación de los platelmintos acelomorfos. La inmensa mayoría de animales dotados de simetría bilateral son Protóstomos o Deuteróstomos. Sin embargo, recientes estudios moleculares han determinado que dos grupos de platelmintos no son ni Protóstomos ni Deuteróstomos, sino líneas filéticas que se ramificaron con anterioridad. Se trata de la clase de los Acelomados (unas 320 especies descritas) y los Nemertodermátidos (diez especies descritas), agrupadas bajo el nombre común de platelmintos acelomorfos. Es muy probable que los taxónomos acepten enseguida esta clasificación. Todos los datos actuales invitan a pensar que los acelos y los nemertodermátidos, tal y como se muestra aquí, son grupos hermanos.

 

Ilustración: platelmintos acelomorfos desconocidos sobre un coral burbuja (Plerogyra sinuosa).

 

 

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platelmintos acelomorfos

 

¿Qué tienen en común todos los platelmintos, a parte de la forma plana que les da nombre? Pues la ausencia de ano y de celoma. El celo- ma de un animal típico, como el lector, quien esto escribe o una lom- briz, es la cavidad corporal. No me refiero a las tripas: aunque sean una cavidad, las tripas forman parte topológicamente del mundo exte- rior, porque el cuerpo es una rosquilla topológica cuyo agujero está constituido por la boca, el ano y las tripas, que conectan aquélla con éste, mientras que el celoma es la cavidad interna donde se encuen- tran los intestinos, los pulmones, el corazón, etc. Los platelmintos no tienen celoma: en vez de en una cavidad corporal, las vísceras y demás órganos internos se alojan en un tejido sólido llamado parénquima. Puede parecer una distinción irrelevante, pero el celoma está defini- do embriológicamente, y se halla profundamente arraigado en el inconsciente colectivo de los zoólogos.

Si no tienen ano, ¿cómo hacen los platelmintos para expulsar los excrementos? A falta de otra cosa, por la boca. A veces el tubo diges- tivo es un simple saco o, en los platelmintos más grandes, un compli- cado sistema de ramificaciones y callejones sin salida parecidos a los tubos bronquiales de nuestros pulmones. Nuestros pulmones, en teo- ría, también podrían haber tenido un ano, esto es, un orificio distin-   to para liberar el anhídrido carbónico. Los peces hacen algo por el estilo, puesto que en su caso el flujo respiratorio de agua entra por   un agujero, la boca, y sale por otros, las branquias. Nuestros pulmo- nes, en cambio, poseen una única vía de comunicación con el exte- rior, y así es el aparato digestivo de los platelmintos. Los platelmintos no tienen pulmones ni branquias y respiran a través de la piel. También están desprovistos de aparato circulatorio, de manera que su intesti-  no ramificado probablemente sirva para transportar el nutrimento a todas las partes del cuerpo. En algunos turbelarios, sobre todo en aqué- llos dotados de un intestino ramificado muy complejo, el ano (o muchos anos) se ha reinventado después de una larga ausencia.

Como los platelmintos carecen de celoma y casi ninguno tiene ano, siempre se les ha considerado primitivos, los más primitivos de todos los bilaterios. Siempre se dio por hecho que el antepasado de todos los Deu- teróstomos y Protóstomos tuvo que ser una criatura parecida a un pla- telminto, pero, como he explicado al principio de este capítulo, recien- tes pruebas moleculares inducen a pensar que existen dos tipos de

 

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el cuento del antepasado

 

platelmintos no emparentados entre sí y que sólo uno de ellos es real- mente primitivo. El tipo realmente primitivo es el de los Acelos y los Nemertodermátidos. Los primeros deben su nombre a la ausencia de celoma, un rasgo que, tanto en ellos como en los segundos, pero no en los platelmintos propiamente dichos, es primitiva. Se cree que el gru- po principal de platelmintos auténticos, los trematodos, las tenias y los turbelarios, perdieron el ano y el celoma en segundo lugar. Primero pasaron por una fase en la que eran más parecidos a los Lofotrocozoos normales, para posteriormente volver a ser como sus antepasados pri- mitivos, sin ano y sin celoma. Se incorporaron a nuestra peregrina- ción, junto con todos los demás Protóstomos, en el «Encuentro 26». No voy a analizar a fondo las pruebas, pero daré por buena la conclusión de que los Acelos y los Nemertodermátidos son diferentes y se nos unen como si de un pequeño riachuelo se tratase aquí, en el «Encuentro 27». En este punto debería describir estos pequeños gusanos que se incorporan a nuestro viaje, pero, por más que deteste tener que reco- nocerlo, no hay mucho que describir, al menos si se comparan con todas las maravillas que hemos visto hasta ahora. Los acelomorfos viven en el mar, y no sólo carecen de celoma, sino de un intestino propia- mente dicho, algo que sólo es viable en el caso de animales minúscu-

los, y ellos lo son.

Algunos completan su dieta mostrándose hospitalarios con ciertas plantas y beneficiándose así, de forma indirecta, de su fotosíntesis. Los miembros del género Waminoa viven simbióticamente con dinofla- gelados (algas unicelulares) y se sustentan gracias a su fotosíntesis. Otro acelomado, Convoluta, mantiene una relación parecida con un alga ver- de unicelular, Tetraselmis convolutae. Las algas simbióticas probablemen- te permiten a estos pequeños gusanos ser menos pequeños. Los gusa- nos les hacen la vida más fácil a las algas y, por consiguiente, a sí mismos, concentrándose en la superficie para darles el máximo de luz posible. El profesor Peter Holland me ha escrito que Convoluta roscoffensis

 

...son unas criaturas increíbles de ver en su hábitat natural. Parecen limo verde cuando aparecen en ciertas playas de Bretaña, pero ese limo, en rea- lidad, está compuesto de miles de acelos y de sus algas endosimbióticas. Y cuando uno trata de pisar el limo, éste se esconde (desapareciendo bajo la arena). ¡Qué extraño espectáculo!

 

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platelmintos acelomorfos

 

Los acelomados siguen entre nosotros y por tanto deben considerar- se animales modernos, pero su forma y simpleza dan a entender que no han cambiado gran cosa desde la época del Contepasado 27. Es probable que los acelos modernos se parezcan bastante al antepasa- do de todos los animales provistos de simetría bilateral.

Nuestro grupo de peregrinos ya engloba todos los filos recono- cidos como bilaterios, o lo que es lo mismo, el grueso del reino ani- mal. Como hemos visto, el nombre hace referencia a su simetría bila- teral, de modo que no incluye a los dos principales filos dotados de simetría radial, reunidos bajo el nombre de Radiados, que están a punto de incorporarse a la peregrinación: los Cnidarios (anémo- nas marinas, corales, medusas, etc.) y los Ctenóforos. Por desgra- cia, esta terminología tan simple tiene sus desventajas: las estrellas de mar y sus semejantes, que según los zoólogos descienden de los bilaterios, también presentan simetría radial, al menos de adultos. Se cree que la simetría radial de los Equinodermos es secundaria y que la adoptaron cuando se convirtieron en animales bentónicos. Tienen larvas dotadas de simetría bilateral y no están estrechamen- te emparentados con los animales de verdadera simetría radial como las medusas. A decir verdad, no todos los cnidarios (las anémonas marinas y semejantes) poseen (total) simetría radial, y algunos zoó- logos creen que también tuvieron antepasados cuya simetría era bila- teral.

En general, el nombre de «bilaterios» no es el más acertado para designar a los descendientes del Contepasado 27 y distinguirlos de los peregrinos que aún no se nos han unido. Otro posible criterio es la triploblastia (tres capas de células) en contraposición a la diploblas- tia (dos capas). En un estadio crucial de su desarrollo embriológico, los cnidarios y los ctenóforos fabrican su cuerpo a partir de dos capas principales de células (ectoderma y endoderma), mientras que los bila- terios se lo fabrican a partir de tres (añadiendo mesoderma en medio de las otras dos). Pero esta teoría también es objeto de controversia. Según algunos zoólogos, los radiados también tienen células mesoder- mas. Lo mejor será que no nos preocupemos de si bilaterios y radiados son términos apropiados, ni de si deberían sustituirse por diploblásti- cos y triploblásticos, y nos concentremos en la identidad de los próximos peregrinos.

 

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el cuento del antepasado

 

Pero hasta éste es un argumento controvertido. Nadie discute que los cnidarios son un grupo unitario de peregrinos que se han junta- do entre sí antes de juntarse con nadie más; ni nadie discute que lo mismo ocurre con los ctenóforos. La pregunta es: ¿en qué orden se unen entre sí y se unen a nosotros? Se han postulado las tres hipóte- sis posibles desde un punto de vista lógico. Para colmo, existe un filo minúsculo, los Placozoos, que comprende un solo género, Trichoplax, y nadie sabe muy bien dónde colocar a Trichoplax. Voy a seguir la teo- ría según la cual los cnidarios se nos unen los primeros, en el Encuentro 28, después los Ctenóforos, en el Encuentro 29, y, en tercer lugar, Trichoplax, en el Encuentro 30. Todas estas dudas quedarán definiti- vamente resueltas cuando tengamos a nuestra disposición más datos moleculares. Los datos no tardarán en llegar, aunque me temo que no lo bastante rápido como para incluirlos en este libro. Téngase pre- sente, pues, que, en un futuro, podría resultar que los Encuentros 28, 29 y 30 estuviesen en el orden equivocado.

 

 

 

 

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Encuentro 28

Cnidarios

 

 

 

 

 

 

 

Nuestra partida de peregrinos gusanos y sus descendientes ya son legión y ahora, todos juntos, pasamos al Encuentro 28 donde se nos unen  los cnidarios, que comprenden criaturas tan diferentes de los gusanos como la hidra de agua dulce y las conocidas anémonas, corales y medu- sas. A diferencia de los bilaterios, los cnidarios presentan simetría radial en torno a una boca central. No tienen una cabeza propiamente dicha, ni parte anterior ni superior,  ni lado derecho ni izquierdo, solamen-   te un arriba y un abajo.

¿Cuál es la fecha del encuentro? Quién sabe. Para determinar las posiciones relativas de los encuentros en los diagramas que los acom- pañan, hace falta establecer una fecha, pero aquí, en las profundida- des del pasado, la incertidumbre es tal que poco más se puede hacer que aventurar intervalos de 50 o incluso 100 millones de años. Una cifra más pequeña daría una falsa impresión de precisión. Algunos paleontólogos discrepan incluso en cientos de millones de años.

Como los cnidarios están entre nuestros parientes animales más lejanos (a algunos en su día hasta se les confundía con plantas), a menudo se les considera muy primitivos. Naturalmente, esto no se sos- tiene –han dispuesto del mismo tiempo que nosotros para evolucio- nar desde el Contepasado 28–, pero no se puede negar que carecen de muchos de los rasgos que consideramos avanzados en los anima- les. No cuentan con órganos sensoriales para percibir a distancia, el sistema nervioso es una red difusa no urbanizada en forma de cerebro, ganglios, ni cordones nerviosos, y el aparato digestivo consiste en

 

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Incorporación de los cnidarios. El orden de ramificación de cnidarios (medusas, corales, anémonas y semejantes) y ctenóforos no está claro. La mayoría de los expertos clasifican a uno o a otro (o a veces a los dos)  como los parientes más cercanos de los animales dotados de simetría bilateral. Ciertos datos de tipo molecular indican que dicha categoría podría corresponder a los cnidarios. Por desgracia, tampoco hay acuerdo en cuanto a la forma y ramificación de los subgrupos dentro de las aproximadamente 9.000 especies de cnidarios, aunque la mayoría de zoólogos acepta la división fundamental entre líneas filéticas que presentan una fase evolucionada de medusa dentro del ciclo vital y las que no lo poseen (véase el texto).

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: Urticina lofotensis; leptomedusa (especie Aequoerea).

 

 

 

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cnidarios

 

una única cavidad, por lo general simple, con un solo orificio, la boca, que también hace las veces de ano.

Eso sí, no hay muchos animales que puedan jactarse de haber alte- rado el mapa del mundo. Los cnidarios fabrican islas: islas en las que se puede vivir y que son lo bastante grandes como para requerir, y albergar, un aeropuerto. La Gran Barrera de Coral tiene más de 2.000 kilómetros de longitud. Como veremos en «El Cuento del Polipífero», fue el propio Charles Darwin quien averiguó cómo se forman los arre- cifes coralinos. Los cnidarios comprenden también algunos de los ani- males venenosos más peligrosos del mundo,

cuyo ejemplo más extremo es la medusa cono- cida como avispa de mar (Chironex fleckeri), que obliga a los bañistas australianos a usar monos de nylon. El arma que usan los cni- darios es extraordinaria, además de por

su potencia, por varios otros motivos. A diferencia de los colmillos de una ser- piente o del aguijón de un escorpión o de un avispón, el de las medusas emer- ge como un arpón en miniatura del inte- rior de una célula. O, mejor dicho, del inte-

rior de millares de células llamadas cnidoblastos (o, a veces, nematocistos, aunque los nematocistos, en puridad, sólo son una variedad de cnidoblastos), cada una de ellas provista de su arpón. Knide en griego significa

«ortiga»; de ahí les viene el nombre de los cnidarios. No todos son tan peligrosos como la avispa de mar, y muchos ni siquiera pose- en células urticantes. Cuando se tocan los ten-

Tal vez el aparato más complejo que se pueda hallar dentro de una célula. Sección transversal de un

arpón cnidario.

 

táculos de una anémona marina, la sensación pegajosa que se nota en los dedos viene provocada por cientos de arpones diminutos, cada uno de ellos situado en la punta del minúsculo filamento que lo man- tiene unido a la anémona.

El arpón de los cnidarios tal vez sea el aparato intracelular más com- plejo de todo el reino animal o vegetal. En estado de reposo, mientras espera a ser lanzado, es un filamento enroscado dentro de la célula a

 

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causa de la presión (osmótica, por si el lector está interesado en cono- cer los detalles). El gatillo es un pequeño apéndice, un pelito llamado cnidocilio que asoma fuera de la célula. Cuando se aprieta el gatillo, la célula se abre de golpe y la presión proyecta violentamente al exterior todo el mecanismo que aguardaba enroscado, lanzándolo contra la víc- tima e inyectándole el veneno. Una vez «disparado» de esta manera, el cnidoblasto queda inutilizado y no puede recargarse para usarse de nuevo. Pero, tal y como ocurre con la mayoría de las células, conti- nuamente se están produciendo nuevos cnidoblastos.

Todos los cnidarios tienen cnidoblastos y son los únicos, en todo el reino animal, que los poseen. Es otra de sus extraordinarias carac- terísticas: son uno de los poquísimos grupos animales que presentan un rasgo diagnóstico completamente exento de ambigüedad. Si se ve un animal desprovisto de cnidoblastos, no es un cnidario. Si se ve un animal provisto de cnidoblastos, es un cnidario. A decir verdad, exis- te una excepción, un caso ejemplar de excepción que confirma la regla. Las babosas marinas del gupo de moluscos llamados nudibran- quios (que se incorporaron a la peregrinación junto con casi todos los demás en el Encuentro 26) suelen tener en el dorso unos tentá- culos de pintorescos colores que mantienen alejados a los potencia- les depredadores, los cuales hacen bien en no acercarse. En algunas especies, estos tentáculos contienen cnidoblastos idénticos a los de los cnidarios. Ahora bien, ¿no se suponía que era un rasgo exclusivo de los cnidarios? ¿A qué se debe esta anomalía? Como digo, se trata de la excepción que confirma la regla. Las babosas comen medusas, de las cuales reciben los cnidoblastos, que se depositan intactos y com- pletamente operativos en los tentáculos del animal. El armamento con- fiscado a las medusas sigue estando en condiciones de disparar en defensa de las babosas marinas: de ahí los llamativos colores que aler- tan a los depredadores.

Los cnidarios tienen dos planes corporales alternativos: el pólipo y la medusa. Una anémona marina o una hidra son pólipos típicos: sedentarios, con la boca orientada hacia la superficie y el extremo opuesto fijado al fondo, como una planta. Se alimentan agitando los tentáculos, arponeando pequeñas presas y llevándose a la boca el ten- táculo junto con la presa. Las medusas, por su parte, nadan en mar abierto gracias a las contracciones musculares de la campana, en el

 

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centro de cuya parte inferior se encuentra la boca. Se puede, por tanto, considerar la medusa como un pólipo que se ha desprendido del fondo marino y se ha dado la vuelta para nadar o bien, se puede tomar el pólipo como una medusa que se ha posado en el fondo sobre el dorso con los tentáculos hacia arriba. Muchas especies de cnida- rios tienen formas tanto polipoides como medusoides y, al igual que la oruga y la mariposa, las alternan dentro de un mismo ciclo vital.

Los pólipos se reproducen por gemación, como las plantas. La cría del pólipo crece adosado a una hidra de agua dulce hasta que, final- mente, se desprende de ella, convertido ya en un individuo indepen- diente, un clon del progenitor. Muchos parientes marinos de la hidra hacen lo mismo, sólo que el clon no se desprende ni adquiere una existencia independiente, sino que permanece adherido y se con- vierte en una rama, como si fuese una planta. Estos hidrozoos coloniales se ramifican y ramifican, luego no es de extrañar que en su día se les considerase plantas. A veces, sobre la misma forma arborescente cre- cen varios tipos de pólipo, especializados en funciones diferentes, como alimentación, defensa o reproducción. Se podría considerar que for- man una colonia, pero, en cierto sentido, son parte del mismo orga- nismo, toda vez que el árbol es un clon: todos los pólipos tienen los mismos genes. El alimento capturado por un pólipo pueden comer- lo los demás ya que las cavidades gástricas están comunicadas. El tronco y las ramas del árbol son conductos huecos que podríamos con- siderar un estómago compartido o un aparato circulatorio que des- empeña una función análoga a la de los vasos sanguíneos en el cuer- po humano. Algunos pólipos generan por gemación medusas diminutas que se alejan para reproducirse sexualmente y difundir los genes del árbol progenitor en lugares lejanos.

Un grupo de cnidarios llamados sifonóforos han llevado al extremo la formación de colonias. Podemos considerarlos pólipos arbóreos que, en lugar de fijarse a una roca o a un alga, se fijan a una medusa o a un grupo de medusas nadadoras (que, por supuesto, son miem- bros del clon) o a un flotador. La fragata portuguesa o Physalia consis- te en un gran flotador lleno de gas, una vela vertical colocada encima y una compleja colonia de pólipos y tentáculos que cuelgan de ella por debajo. No nada, se desplaza impulsada por el viento. El velero o Velella, una criatura más pequeña, es una balsa plana y ovalada con una vela

 

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en posición diagonal. También  se sirve del viento para moverse y no      es casualidad que, en inglés, se llame Jack-sails-by-the-wind o by-the-wind- sailor, «marino que viaja según sople el viento». A menudo, se encuen- tran las pequeñas «balsas» con sus «velas» secas sobre la playa, donde pierden el color azul y parecen trozos de plástico blanquecino. Velella     se asemeja a la fragata portuguesa en que también se mueve según sople el viento. Ni Velella ni su pariente cercano Porpita son, sin embargo, colonias de sifonóforos sino pólipos individuales, sumamente modi- ficados que, en lugar de estar adheridos a una roca, cuelgan de un  flotador.

Al igual que hacen los peces óseos con la vejiga natatoria, muchos sifonóforos controlan su profundidad en el agua insuflando o liberan- do gas de la vesícula. Algunos presentan una combinación de flota- dores y medusas nadadoras y todos tienen pólipos y tentáculos colgan- do por debajo. E. O. Wilson, padre de la  sociobiología, considera que los sifonóforos son uno de las cuatro cumbres de la evolución social (los otros serían los insectos sociales, los mamíferos sociales y nosotros). Es otra de las características extraordinarias de los cnida- rios. Sin embargo, como los miembros de una colonia son clones gené- ticamente idénticos entre sí, no está claro si les debe llamar colonias o individuos.

Los hidrozoos ven a las medusas como un medio para hacer que de vez en cuando sus genes pasen de un hábitat estable a otro. En cier- to sentido, la medusa es una criatura que se ha tomado en serio la forma medusoide tornándola tan estable como su propio hábitat. Los corales, en cambio, llevan la vida sedentaria al extremo, toda vez que construyen una casa dura y sólida, destinada a permanecer miles de años en el mismo lugar. Vamos a contar primero el cuento de la medusa y después el del coral.

 

 

EL CUENTO DE LA MEDUSA

 

Las medusas siguen las corrientes oceánicas como Jack-sails-by-the-wind, el marinero que navega según el viento. No persiguen a sus presas como las barracudas o los calamares, sino que usan sus largos tentá- culos urticantes para atrapar a las criaturas planctónicas que tienen

 

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la mala suerte de cruzarse en su camino. Nadar sí que nadan, gracias al lánguido latido cardíaco de la campana, pero no siguen ningún rum- bo concreto, por lo menos no en el sentido que solemos atribuir a la expresión. Nuestra concepción espacial, sin embargo, está condicio- nada por la bidimensionalidad: caminamos sobre la tierra firme, e incluso cuando entramos en la tercera dimensión, sólo lo hacemos para ir más rápido en las otras dos. Pero, en el mar, la tercera dimen- sión es la más importante: es aquélla en la que los desplazamientos tie- nen mayores consecuencias. Además del marcado gradiente de la pre- sión, que aumenta con la profundidad, está el gradiente de la luz, que se ve complicado por el gradiente del equilibrio cromático. Pero la luz, en cualquier caso, también desaparece cuando el día deja paso a la noche. Como veremos, la profundidad preferida por los organis- mos planctónicos varía sensiblemente a lo largo del ciclo de 24 horas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los operadores de sónar que buscaban submarinos se quedaban estupefactos cuando se encontra- ban con un falso fondo marino que subía a la superficie todas las tar- des y volvía a bajar a la mañana siguiente. El falso fondo resultó ser una masa de plancton: de noche, millones de minúsculos crustáceos y otras criaturas subían a alimentarse cerca de la superficie, y por la mañana, descendían de nuevo. ¿Por qué se comportan así? La hipó- tesis más probable es que, siendo vulnerables a depredadores que dependen de la vista para cazar, como peces y calamares, los organis- mos planctónicos, durante el día, buscan la seguridad de las oscuras profundidades. De acuerdo, pero ¿por qué suben a la superficie por la noche, emprendiendo un largo viaje que les hace consumir un mon- tón de energía? Un biólogo experto en plancton ha calculado que, en términos humanos, dicho viaje equivale a recorrer a pie 40 kiló-

mentros arriba y otros 40 abajo sólo para desayunar.

La razón por la que el plancton sube a la superficie es que el ali- mento, en última instancia, procede del sol a través de las plantas.  Las capas superficiales del mar constituyen interrumpidas praderas verdes en las cuales las algas unicelulares microscópicas desempeñan el papel de la hierba mecida por el viento. Es sobretodo en la super- ficie donde se encuentra alimento y es allí donde deben estar los que pastan, los que se alimentan de los que pastan y los que se alimentan de los que se alimentan de los que pastan. Pero si moverse por la super-

 

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ficie solamente es seguro de noche, debido a los depredadores que cazan con la vista, de día conviene que los que pastan y sus pequeños depredadores emigren a las profundidades. Y, según parece, eso es precisamente lo que hacen. La pradera en sí no emigra. Si tuviese que hacerlo, debería proceder en sentido contrario a la marea animal habi- da cuenta de que su única razón de ser es capturar la luz del sol en la superficie durante el día y evitar que se la coman.

Sea cual sea el motivo de la migración diaria, casi todos los orga- nismos planctónicos desciende a las profundidades durante el día y vuelve a subir por la noche. Las medusas, o, al menos, muchas de ellas, siguen a las manadas, igual que los leones y hienas siguen a los ñúes en las llanuras del Mara y del Serengeti. Aunque, a diferencia de leo- nes y hienas, las medusas no buscan presas individuales, sólo con arras- trar los tentáculos a ciegas ya se benefician de seguir a las manadas, y éste es uno de los motivos por los que nadan. Algunas especies incre- mentan el ritmo de captura zigzagueando alrededor, no, como he dicho, para dar caza a una presa en particular, sino para aumentar el área que barren con sus tentáculos provistos de arpones letales. Otras especies se limitan a desplazarse arriba y abajo.

En el Lago de las Medusas de Mercherchar, una de las islas Palau (una colonia estadounidense del Pacífico occidental), se ha observa- do una migración en masa diferente. El lago, que se comunica bajo tierra con el mar y, por tanto, es salado, debe su nombre a la enorme población de medusas que alberga. Las hay de varios tipos pero la espe- cie dominante es Mastigias: hay cerca de 20 millones de ejemplares en un lago de dos kilómetros y medio de largo por uno y medio de ancho. Las medusas pasan la noche cerca del extremo occidental del lago. Cuando el sol sale por el este, se ponen todas a nadar en esa direc- ción, esto es, hacia el extremo oriental del lago. Antes de llegar a la orilla se detienen por una razón tan curiosa como simple: los árboles que flanquean la orilla proyectan una densa sombra, bloqueando la luz del sol hasta tal punto que el piloto automático heliotrópico de las medu- sas las encamina hacia el oeste, donde a esas alturas hay más luz. Sin embargo, no bien salen de la zona en sombra, vuelven a dirigirse hacia el este.

Por culpa de este conflicto interno se quedan atrapadas en torno a la línea de sombra, con el resultado (no me atrevo a pensar que sea

 

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otra cosa que pura coincidencia) de que se mantienen a una distan- cia de seguridad de las anémonas marinas, peligrosos depredadores que se agolpan en las orillas. Por la tarde, las medusas siguen el sol hacia el extremo occidental del lago, donde la armada entera se ve de nuevo atrapada junto a la línea de sombra de los árboles. Al caer la noche, comienzan a nadar arriba y abajo, siempre en el lado de poniente, hasta que al amanecer la luz del sol activa sus pilotos auto- máticos induciéndolos a poner rumbo hacia el este. No sé qué ganan con esta doble migración diaria. La explicación oficial no me satisfa- ce lo bastante como para que la repita aquí. De momento, la morale- ja del cuento es, simplemente, que en el mundo de los seres vivos hay muchos fenómenos que todavía no entendemos, lo cual de por sí resul- ta emocionante.

 

 

EL CUENTO DEL POLIPÍFERO

 

Todas las criaturas en vías de evolución revelan cambios en el mun- do: cambios climáticos, cambios de temperatura y precipitaciones atmosféricas y cambios en otras líneas evolutivas, como ocurre con la interacción depredador-presa. Algunas criaturas en vías de evolución modifican con su sola presencia el mundo en el que viven y al que han de adaptarse. El oxígeno que respiramos no existía antes de que las plantas lo introdujesen. En un primer momento representó un vene- no y casi todos los linajes animales primero se vieron obligados a adap- tarse a una alteración tan radical de la atmósfera y, después, se hicie- ron dependientes. En una escala temporal más reducida, los árboles de un bosque maduro habitan un mundo que ellos mismos han cre- ado a lo largo de siglos, el tiempo necesario para transformar la are- na desnuda en un bosque clímax. Éste, naturalmente, también cons- tituye un ambiente rico y complejo al que se han adaptado multitud de otras especies animales y vegetales.

Dado que el término coral designa tanto el organismo como el duro material que produce, en este cuento me he dado el capricho de adop- tar la vieja palabra polipífero, empleada por Darwin. Los corales, o polipíferos, transforman el ambiente en el que viven en un espacio de cientos de miles de años acumulando los esqueletos calcáreos de

 

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sus propias generaciones pasadas hasta construir enormes montañas submarinas, auténticas murallas que resisten las acometidas de las olas. Antes de morir, los corales se combinan con otros corales, innumera- bles cantidades de ellos, determinando así las características del mun- do en que vivirán no sólo los futuros corales, sino las futuras genera- ciones de una inmensa e intrincada comunidad animal y vegetal. El concepto de comunidad es el principal mensaje de esta historia.

En la foto de la página siguiente puede verse la isla de Heron, la única isla de la Gran Barrera de Coral que conozco (he estado dos veces). Las casas situadas en el extremo de la isla dan una idea de la escala. La enorme área de color azul claro que rodea la isla propia- mente dicha es el arrecife, del que la isla tan sólo constituye la punta, cubierta de una arena hecha de coral triturado (y filtrado en su mayor parte por el intestino de los peces) en la que crece una vegetación de variedad limitada que da sustento a una fauna igualmente limitada de animales terrestres. Para haber sido creados íntegramente por seres vivos, los arrecifes coralinos son considerablemente grandes y las per- foraciones muestran que algunas tienen varios hectómetros de pro- fundidad. La isla de Heron es sólo una de las más de mil islas y casi tres mil arrecifes de la Gran Barrera de Coral que circunda como un arco de dos mil kilómetros de longitud las costas nororientales de Australia. Se suele decir, no sé con cuánta exactitud, que la Gran Barrera es la única señal de vida en nuestro planeta que puede verse desde el espacio. También se dice que alberga el 30% de las criaturas marinas del mundo, aunque no sé muy bien lo que significa eso. ¿Cuáles son las criaturas incluidas en el cómputo? Da igual, el caso es que la Gran Barrera de Coral es una obra extraordinaria enteramente construida por esos animalitos parecidos a anémonas marinas llamados corales o polipíferos. Los corales vivos sólo ocupan los estratos superficiales de un arrecife. Debajo de ellos, a una profundidad de hasta cientos de metros según los atolones, se encuentran los esqueletos de sus prede- cesores, tan compactos que se han convertido en formaciones cal- cáreas.

En la actualidad, los únicos que construyen arrecifes son los cora- les, pero en otras eras geológicas no tenían ese monopolio. Según las épocas, los arrecifes han sido obra de algas, esponjas, moluscos y ané- lidos. El éxito de los organismos coralinos tal vez obedezca a su aso-

 

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No hay muchos animales que puedan jactarse de haber modificado el mapa del mundo. Isla de Heron, en la Gran Barrera de Coral australiana.

 

ciación con algas microscópicas que viven dentro de sus células y les benefician notablemente por cuanto llevan a cabo la fotosíntesis en  los bajíos iluminados por el sol. Estas algas, llamadas zooxantelas, pose- en diversos pigmentos colorados para captar la luz, lo que explica  por qué las barreras coralinas son tan luminosas fotogénicas. No es   de extrañar que en su día los corales se considerasen plantas. De hecho, obtienen buena parte de su alimento de la misma manera que las plan- tas y, al igual que éstas, compiten por la luz: es más que lógico, pues, que adopten la misma forma. Además, su lucha por hacer sombra y que no se la hagan les lleva a adoptar en cierto modo la apariencia  del dosel de un bosque. Y, como en todo bosque, el arrecife coralino alberga una gran comunidad de otras criaturas.

Los arrecifes coralinos aumentan en gran medida el ecoespacio de una región. Como señala mi colega Richard Southwood en su libro The Story of Life:

 

Allí donde normalmente habría una superficie rocosa o arenosa con una columna de agua encima, el arrecife proporciona una compleja estruc- tura tridimensional con gran cantidad de superficie adicional, múltiples grietas y pequeñas cuevas.

 

Los bosques hacen lo mismo, incrementan la superficie efectiva dis- ponible para la colonización y la actividad biológica. Un ecoespacio

 

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aumentado es justo lo que cabe esperar encontrarse en las comuni- dades ecológicas complejas. Los arrecifes coralinos dan cabida a una inmensa variedad de animales de todo tipo que anidan en todos los rincones y cavidades del prodigioso ecoespacio disponible.

Algo parecido ocurre en los órganos de un cuerpo. El cerebro huma- no aumenta su propia superficie y, con ello, su capacidad funcional, mediante intrincados pliegues. Quizá no sea casualidad que el coral cerebriforme se le parezca tanto.

Fue el mismísimo Darwin el primero en averiguar de qué estaban hechos los arrecifes coralinos. Su primer libro científico (después de Viaje de un naturalista alrededor del mundo, la crónica de su viaje de explo- ración a bordo del Beagle) fue La estructura y distribución de los arrecifes de coral, que escribió con apenas 33 años. Voy a exponer la cuestión que planteó Darwin tal y como la abordaríamos hoy, aunque él no tuvo acceso a la mayor parte de las informaciones cruciales para el plante- amiento y solución del problema. Hay que reconocer que Darwin,    en su hipótesis sobre los arrecifes coralinos, hizo gala de una lucidez tan extraordinaria como la que demostraría al formular sus dos teo- rías más célebres, la de la selección natural y la de la selección sexual.

Los corales sólo pueden vivir en aguas poco profundas. Dependen de las algas que residen en el interior de sus células y las algas, como es natural, necesitan luz. Las aguas poco profundas también son las predilectas de los organismos planctónicos con los que los corales complementan su dieta. Los corales habitan en zonas litorales y, de hecho, adosados a las costas tropicales pueden verse someros arreci- fes marginales. Pero lo sorprendente de los corales es que también habitan en medio de aguas muy profundas. Las islas coralinas oceá- nicas son cumbres de altísimas montañas submarinas formadas por generaciones y generaciones de corales muertos. Los arrecifes cora- linos representan una categoría intermedia: siguen la línea de la cos- ta, pero se encuentran más alejados de ésta que los arrecifes margi- nales, y están separados de la orilla por aguas más profundas. Ni siquiera en las remotas islas coralinas de alta mar, que están completamente aisladas, dejan los corales de vivir en aguas someras, cerca de la luz donde tanto ellos como sus algas prosperan. Pero las aguas sólo son someras gracias a las generaciones de corales precedentes sobre las que se asientan.

 

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Darwin, insisto, no disponía de toda la información necesaria para formarse una idea cabal del alcance del problema. Sólo después de haber perforado los corales y descubierto estratos compactos a gran profundidad sabemos que los atolones coralinos son las cimas de impo- nentes montañas submarinas hechas de coral antiguo. En la época de Darwin todo el mundo pensaba que los atolones eran incrustacio- nes superficiales de coral encima de volcanes sumergidos que se halla- ban casi a flor de agua. Así pues, nadie consideraba que hubiese que resolver problema alguno. Los corales solo crecían en aguas poco pro- fundas y los volcanes les brindaban la plataforma necesaria para encon- trarlas. Darwin, sin embargo, no comulgaba con esta versión, aun cuan- do no tuviese cómo saber que el coral muerto llegaba a profundidades tan grandes.

Su segundo alarde de clarividencia fue la teoría propiamente dicha, cuando avanzó la hipótesis de que el fondo marino descendía de for- ma continua en las cercanías del atolón (y, en cambio, se elevaba en otros lugares, como sabía por propia experiencia tras haber encontra- do fósiles marinos en los Andes). Ni que decir tiene que esto fue mucho antes de la teoría de la tectónica de placas. Darwin se inspiró en su men- tor, el geólogo Charles Lyell, que estaba convencido de que partes de la corteza terrestre se elevaban y se hundían unas respecto de otras. Darwin sugirió la posibilidad de que el fondo marino, al hundirse, arrastrase consigo la montaña de coral. Los corales crecían sobre la montaña submarina en vías de derrumbamiento y seguían el ritmo del hundimiento creciendo de tal forma que la cumbre de la montaña siempre estuviese cerca de la superficie marina, en la zona de luz y prosperidad. La montaña estaba formada por un estrato tras otro de corales muertos que en su momento habían prosperado al sol. Los más antiguos, situados en la base de la montaña, submarina, proba- blemente fuesen, en un primer momento, un arrecife marginal de algún trozo de tierra olvidado o de un volcán inactivo desde hacía mucho tiempo. Cuando el agua comenzó a invadir paulatinamente la tierra, los corales se convirtieron en un arrecife que cada vez se alejaba más de la costa. Al proseguir el hundimiento, la tierra origi- naria desapareció por completo y, durante todo el periodo en que aquél continuó, el arrecife de coral se convirtió en la base de una prolongada extensión de la montaña submarina. Las remotas islas cora-

 

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linas nacieron en la cima de volcanes cuya base también se hundió len- tamente de la misma manera. En lo esencial, la teoría de Darwin sigue siendo válida, con el añadido de la tectónica de placas para explicar el hundimiento.

El arrecife de coral es un ejemplo clásico de comunidad clímax y éste será el clímax de «El Cuento del Polipífero». Una comunidad con- siste en un conjunto de especies que han evolucionado para prospe- rar unas en presencia de otras. Una selva tropical es una comunidad;   y también lo es una ciénaga, y un arrecife de coral. A veces, allí don- de el clima lo propicia, el mismo tipo de comunidad surge paralela- mente en diferentes partes del mundo. Las comunidades mediterráneas han surgido, no sólo en las orillas del Mediterráneo propiamente dicho, sino también en las costas de California, Chile, suroeste de Australia   y la región sudafricana del Cabo. Las especies vegetales concretas que se dan en estas cinco regiones son diferentes, pero las comuni- dades vegetales que integran son típicamente mediterráneas, igual que Tokio y Los Ángeles son típicas «expansiones urbanas descontrola- das». Y la vegetación mediterránea va acompañada de una fauna igual- mente típica.

Pues con las comunidades de los arrecifes tropicales ocurre lo mis- mo. Varían en los detalles, pero ya se trate del Pacífico Sur, del océa- no Índico, del Mar Rojo o del Caribe, la sustancia es la misma. También hay arrecifes coralinos en las zonas templadas. Son un tanto diferen- tes, pero tienen en común con los primeros un fenómeno muy parti- cular: los peces limpiadores, una maravilla que ilustra la sutil intimidad que puede llegar a crearse en una comunidad ecológica clímax.

Algunas especies de pececillos y algunas gambas ejercen un próspe- ro oficio: recogen el nutrimento –mucosidad o parásitos– de la super- ficie externa de peces más grandes y, a veces, se introducen incluso en sus bocas, extrayendo restos de comida de los dientes y saliendo por las branquias. Esto demuestra que existe un nivel increíble de confianza1, pero aquí lo que me interesa es centrar la atención en los peces lim- piadores como ejemplo del papel que se puede desempeñar en una comunidad. En general, los individuos de esta especie tienen lo que

 

1.        Desde el punto de vista evolutivo, la cuestión de la confianza plantea problemas interesantes, pero ya he abordado el tema en El gen egoísta y debo evitar repetirme.

 

 

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se ha dado en llamar un taller de lavado al que acuden los peces gran- des para que les atiendan. La ventaja para ambas partes tal vez sea un ahorro de tiempo: el limpiador no tiene que andar buscando al clien- te ni el cliente tiene que andar buscando al limpiador. Un taller de lava- do localizado en un lugar fijo también permite encuentros repetidos entre limpiadores y clientes, con el consiguiente establecimiento de la tan necesaria confianza. Estos talleres de lavado se han comparado a las barberías. Se ha llegado a sostener que si desapareciesen todos los limpiadores de un arrecife, la salud general de los peces de la barrera coralina caería en picado, aunque las pruebas de esta afirmación se han puesto en cuestión posteriormente.

Los limpiadores han evolucionado de forma independiente en las diversas regiones del mundo y han surgido a partir de grupos dife- rentes de peces. En los arrecifes del Caribe, el oficio es ejercido prin- cipalmente por miembros de la familia de los gobios, que por lo gene- ral forman pequeños grupos de limpiadores. En el Pacífico, en cambio, el limpiador más conocido es un lábrido (esp. Labroides). Labridus dimi- diatus regenta la barbería de día, mientras Labridus bicolor, según me ha informado George Barlow, un viejo colega de cuando estuve en Berkeley, se ocupa del gremio nocturno de los peces que de día se refu- gian en cuevas. Esta división de trabajo entre especies es típica de las comunidades ecológicas maduras. El libro del profesor Barlow, The Cichlid Fishes, da ejemplos de especies de los grandes lagos africanos que han dado pasos convergentes hacia la práctica de la limpieza.

En los arrecifes tropicales, los niveles casi increíbles de coopera- ción alcanzados por los peces limpiadores y sus clientes muestran de qué modo las comunidades ecológicas simulan en ocasiones la com- pleja armonía de un solo organismo. El parecido, en efecto, es atrac- tivo. Demasiado atractivo. Los herbívoros dependen de las plantas; los carnívoros dependen de los herbívoros; sin depredadores, el tamaño de la población se dispararía vertiginosamente con resultados desas- trosos para todos; sin carroñeros, como los escarabajos necróforos y las bacterias, el mundo rebosaría de cadáveres y el estiércol nunca se reciclaría en las plantas. Sin determinadas especies clave, cuya identi- dad a veces resulta sorprendente, la comunidad al completo se ven- dría abajo. La idea de ver a cada especie como un órgano del supe- rorganismo que es la comunidad, es tentadora.

 

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Decir que las selvas y bosques son los «pulmones» del planeta no tiene nada de malo y hasta puede que sea bueno si anima a la gente     a conservarlos. Pero, a veces, la retórica de la armonía holística dege- nera en un misticismo tan disparatado como el del príncipe Carlos.  En realidad, la idea de un místico equilibrio natural suele cautivar a los mismos idiotas que van a los curanderos a que les armonicen los cam- pos de energía. Pero existen profundas diferencias entre el modo en que los órganos de un cuerpo y las especies de una comunidad inter- actúan en sus respectivos ámbitos para generar la apariencia de un conjunto armonioso.

El paralelismo debe tratarse con suma cautela, pero eso no quiere decir que sea completamente infundado. Existe una ecología en el interior de cada organismo individual, una comunidad de genes en el acervo génico de una especie. Las fuerzas que mantienen el equili- brio entre las partes de un organismo no son totalmente diferentes de las que generan la ilusión de armonía entre las especies de una barre- ra coralina. Existe equilibrio en una selva tropical y estructura en una comunidad de arrecife: un elegante acuerdo entre partes que recuerda a la coadaptación que se da en el interior de un cuerpo ani- mal. Pero ese equilibrio total no se ve favorecido como unidad por la selección darviniana en ninguno de los dos casos. En ambos, el equi- librio es el resultado de la selección a un nivel inferior. La selección no favorece un conjunto armonioso; en todo caso, las partes armonio- sas prosperan en presencia unas de otras hasta que surge la ilusión de un conjunto armonioso.

Los carnívoros prosperan en presencia de los herbívoros y los her- bívoros prosperan en presencia de las plantas. Pero ¿también ocurre lo contrario? ¿Las plantas también prosperan en presencia de los herbívoros? ¿Y los herbívoros en presencia de los carnívoros? ¿Acaso los animales y las plantas necesitan enemigos que se los coman para prosperar? No, no en un sentido tan directo como el que se despren- de del discurso de algunos medioambientalistas militantes. Normal- mente, ninguna criatura se beneficia de que se la coman. Sin embar- go, las hierbas que soportan mejor que otras que se las destine a pasto prosperan efectivamente en presencia de animales que pacen, en fun- ción del principio del «enemigo de mi enemigo es mi amigo». Lo mismo se podría decir, en el fondo, de las víctimas de los parásitos...

 

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y de los depredadores, aunque en este caso la historia ya es más com- plicada. Sigue siendo engañoso afirmar que una comunidad necesita de sus parásitos y depredadores como un oso necesita de su hígado y de sus dientes. Sin embargo, el principio del «enemigo de mi enemi- go» conduce a un resultado bastante parecido. Es correcto considerar una comunidad de especies como, por ejemplo, un arrecife de coral, como una entidad equilibrada que se ve potencialmente amenazada por la eliminación de sus partes.

Esta idea de una comunidad compuesta de unidades de nivel infe- rior que florecen en presencia unas de otras domina la vida. El prin- cipio se cumple incluso dentro de las células. La mayor parte de las células animales alberga comunidades de bacterias tan exhaustivamen- te integradas en el funcionamiento cotidiano de la célula que sus orí- genes bacterianos sólo se han descubierto en fechas recientes. Las mitocondrias, que en su día eran bacterias en estado libre, son tan esenciales para el funcionamiento de nuestras células como nuestras células lo son para el suyo. Sus genes han prosperado en presencia de los nuestros, como los nuestros han prosperado en presencia de los suyos. Las células vegetales no son capaces, por sí solas, de reali- zar la fotosíntesis. Es magia alquímica la llevan a cabo operarios hués- pedes que en su origen eran bacterias y ahora son cloroplastos recon- vertidos. Los fitófagos, como los rumiantes o las termitas, no son capaces de digerir la celulosa, pero sí de encontrar y masticar plantas (véase

«El Cuento de Mixotricha»). El hueco en el mercado que ofrecen sus entrañas llenas de vegetales lo ocupan microorganismos simbióticos que poseen la pericia bioquímica necesaria para digerir con eficacia la materia vegetal. Las criaturas con capacidades complementarias prosperan en presencia unas de otras.

A esta idea ya sabida quiero añadir que el mismo proceso tiene lugar al nivel de los genes de los genes específicos de cualquier espe- cie. Todo el genoma de un oso polar o de un pingüino, de un caimán o de un guanaco, es una comunidad ecológica de genes que prospe- ran unos en presencia de otros. El escenario inmediato de dicha pros- peridad es el interior de las células de un individuo, pero el escenario a largo plazo es el acervo génico de la especie. Cuando la reproduc- ción es sexual, el acervo génico es el hábitat de todos los genes que se copian y combinan generación tras generación.

 

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Encuentro 29

Ctenóforos

 

 

 

 

 

 

 

Los ctenóforos, que se nos unen en el Encuentro 29, están entre los más hermosos peregrinos de nuestro viaje al pasado. Antiguamente, a causa de un parecido superficial, se los clasificaba erróneamente como medusas. Se los colocaba en el mismo filo, el de los llamados celenterados, porque la cavidad corporal de ambos coincide con el aparato digestivo. Además, se caracterizan por tener una red nervio- sa simple, como los cnidarios, y construyen su cuerpo a partir de dos únicas capas de tejido (aunque esto es objeto de discusión). El análi- sis de los datos actuales, sin embargo, induce a pensar que los cnida- rios son parientes más cercanos nuestros que de los ctenóforos, lo cual es otra forma de decir que los cnidarios se unen a la peregrinación antes que los ctenóforos. Pero no estoy tan seguro de ello como para aventurar la fecha del acontecimiento.

Ctenóforo en griego significa «portador de peine». Los peines son hileras prominentes de células ciliadas que al agitarse propulsan hacia delante a estas delicadas criaturas, desempeñando así la misma fun- ción de las contracciones musculares en las aparentemente similares medusas. No es un sistema muy rápido de propulsión, pero es bas- tante eficaz, si no para perseguir presas, sí para aumentar indirecta- mente el ritmo de captura, como en el caso de las medusas. A causa de su fragilidad gelatinosa y de su parecido con las medusas, los cte- nóforos son conocidos en inglés como comb jellies, literalmente «gela- tinas peine». Sólo hay un centenar de especies, pero el número total de individuos no es pequeño. Se mire por donde se mire, estas cria-

 

Incorporación de los ctenóforos. En ocasiones, los animales con simetría bilateral, así como los cnidarios y los ctenóforos, son denominados eumetazoos. De acuerdo con los resultados de algunos estudios moleculares, hemos representado a las 80 especies conocidas de ctenóforos como los parientes más lejanos del resto de animales, aunque no es una posición definitiva.

 

Ilustración: especie Beroe.

 

 

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ctenóforos

 

 

Demasiado bueno para una diosa. La gaja de Venus (Cestum veneris).

 

turas, cuyos peines emiten una fantasmal iridiscencia mientras ejecu- tan ondulantes movimientos sincronizados, embellecen los océanos de todo el mundo.

Los ctenóforos son depredadores, pero, al igual que las medusas, esperan que las presas se topen con sus tentáculos. Éstos, aunque se parecen a los de las medusas, no están provistos de cnidoblastos, sino de células adhesivas que en lugar de lanzar afilados arpones veneno- sos despiden una especie de pegamento. Tal vez podríamos conside- rar a los ctenóforos una forma alternativa de ser medusas. Algunos, sin embargo, distan mucho de ser campaniformes. El bellísimo Cestum veneris es uno de los pocos animales cuyo nombre común y científico significan exactamente lo mismo, cinturón de Venus. Es una desig- nación de lo más apropiada, dado que el cuerpo es un largo lazo reluciente de etérea belleza, realmente digno de una diosa. Obsérvese que, si bien el cinturón de Venus es estrecho y alargado como un gusa- no, no tiene cabeza ni cola sino que tiene un eje de simetría en el medio, donde se encuentra la boca, lo que sería la hebilla del cintu- rón. Presenta, pues, un tipo de simetría radial (o, más exactamente, birradial).

 

 

 

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Encuentro 30

Placozoos

 

 

 

 

 

 

 

He aquí un enigmático animalillo, Trichoplax adhaerens, la única espe- cie conocida de todo el filo de los Placozoos (lo que, por supuesto, no significa que no haya más). En 1896 se identificó y describió otro placozoo en el golfo de Nápoles, Treptoplax reptans. Sin embargo, no se le ha vuelto a encontrar, y la mayor parte de los expertos cree que en realidad se trataba de Trichoplax. Muy pronto, gracias a las prue- bas moleculares, podrían descubrirse más especies.

Trichoplax vive en el mar, tiene una forma bastante indefinible y, se lo mire desde el ángulo que se lo mire, no parece muy simétrico: es un poco como una ameba, sólo que compuesto de muchas células en vez de una sola. Se parece a un platelminto en miniatura, pero no tiene un extremo anterior ni un extremo posterior, ni un lado izquier- do ni un lado derecho. Es una cosa diminuta de forma irregular, de unos tres milímetros de diámetro. Se mueve por la superficie del mar en una pequeña alfombra invertida de cilios locomotores. Se alimen- ta de organismos unicelulares, en su mayoría algas todavía más peque- ñas que él, que digiere con la superficie interior sin introducírselas en el organismo.

Su anatomía no presenta muchos puntos en común con los demás animales. Al igual que los cnidarios y los ctenóforos, tiene dos capas celulares principales, en medio de las cuales hay algunas células con- tráctiles que funcionan de manera parecida a los músculos. El ani- mal contrae estas células para cambiar de forma. En rigor, las dos capas celulares no deberían llamarse dorsal y ventral. A veces, la superior reci-

 

Incorporación de los placozoos. Como en el caso de los Encuentros 28 y 29, el orden de los Encuentros 30 y 31 dista mucho de estar resuelto. El Encuentro 30 podría ser o bien con los placozoos (representados por una sola especie, Trichoplax) o con las esponjas. En el momento de escribir esto, el orden aquí representado es arbitrario. No sería de extrañar si en el futuro los Encuentros 30 y 31 tuviesen que intercambiar sus posiciones.

Ilustración: Trichoplax adhaerens.

 

 

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placozoos

 

be el nombre de protectora y la inferior de digestiva. Algunos expertos afirman que la segunda se invagina para formar una cavidad tempo- ral a efectos digestivos, pero no es un fenómeno que todos hayan obser- vado y quizás no sea cierto.

Como han explicado T. Syed y B.Schierwater en un reciente artí- culo, la historia de Trichoplax en la literatura especializada es bastante controvertida. La primera vez que se describió, en 1883, fue tildado de muy primitivo; hoy, tras varias vicisitudes, ha recuperado tan hono- rable estatus. Por desgracia, este placozoo guarda una semejanza super- ficial con la llamada plánula, la larva de algunos cnidarios. En 1907, Thilo Krumbach, un zoólogo alemán, creyó ver a Trichoplax donde antes había visto a las plánulas y lo consideró una plánula modificada. No habría tenido mayor importancia de no haber sido por la muerte, en 1922, de W. Kükenthal, editor de la autoritaria obra en varios volúme- nes Handbuch der Zoologie. Por desgracia para Trichoplax, el editor que sucedió a Kükenthal no fue otro que Thilo Krumbach, de modo que en la obra de Kükenthal y Krumbach Trichoplax fue clasificado dentro de los cnidarios y así apareció también en la versión francesa, Traité de Zoologie, editada por P. P. Grassé (un biólogo que, dicho sea de paso, siguió oponiéndose al darvinismo mucho después de que se hubiese demostrado su validez científica). La clasificación del Handbuch tam- bién fue adoptada por Libbie Henrietta Hyman, autora del destacado Invertebrates, una obra estadounidense en varios volúmenes.

Con todos estos tomos sobre sus espaldas, ¿qué posibilidades tenía el pobre y minúsculo Trichoplax, sobre todo teniendo en cuenta que nadie había vuelto a estudiarlo durante más de medio siglo? Languideció como una presunta larva de cnidario hasta que la revo- lución molecular permitió averiguar su verdadero parentesco. Sea lo que sea, lo que está claro es que no es un cnidario. Datos prelimina- res resultantes del estudio del ADNr (véase «El Cuento del Taq») invitan a pensar que Trichoplax está más alejado del resto del reino ani- mal que cualquier otro grupo con excepción de las esponjas; y puede que hasta las esponjas estén más emparentadas con nosotros que él. De todos los animales pluricelulares, es el que tiene el genoma más pequeño y la organización corporal más simple. Sólo posee cuatro tipos de células, en contraposición a las más de 200 nuestras. Y pare- ce ser que sólo tiene un gen Hox.

 

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el cuento del antepasado

 

Las pruebas genéticas moleculares indican de momento que este pequeño peregrino solitario se nos une en el Encuentro 30, hace tal vez 700 millones de años, antes que las esponjas. Pero es una fecha completamente incierta. No se puede descartar que haya que inver- tir el orden de los Encuentros 30 y 31 (esponjas), en cuyo caso, de todos los animales verdaderos, Trichoplax sería nuestro pariente más lejano. Es comprensible, pues, que sean varios los científicos que cla- man por la inclusión de Trichoplax en el selecto elenco de los organis- mos cuyo genoma se ha secuenciado íntegramente. Creo que no tar- dará en hacerse y que entonces sabremos qué es realmente esta extraña criaturilla.

 

 

 

 

 

 

Encuentro 31

Esponjas

 

 

 

 

 

 

 

Las esponjas son los últimos peregrinos metazoos, esto es, los últi- mos realmente pluricelulares. No siempre han tenido el honor de per- tenecer a esta categoría, pues antiguamente se les definía como Parazoos, una especie de ciudadanos de segunda clase del reino ani- mal. Hoy en día rige la misma distinción clasista al colocar a las espon- jas detrás de los Metazoos pero acuñando el término Eumetazoos para todos los demás excepto las esponjas. (Algunos autores también exclu- yen a  Trichoplax, la  pequeña criatura que hemos conocido en el

«Encuentro 30»).

Hay gente que se sorprende al enterarse de que las esponjas son animales, no plantas. Al igual que éstas, no se mueven o, mejor dicho, no mueven todo el cuerpo. Ni las plantas ni las esponjas tienen mús- culos. Existe movimiento a nivel celular, pero también en las plantas. Las esponjas viven haciendo pasar por su cuerpo un flujo incesante de agua del que filtran partículas alimenticias. Por eso están llenas de agu- jeros y por eso son tan útiles para retener agua cuando las usamos en el baño.

Las esponjas de baño, sin embargo, no ayudan a hacerse una idea muy precisa de la forma típica de las esponjas, que es la de un cánta- ro vacío con una boca muy ancha y muchos agujeritos a los lados. Como puede apreciarse fácilmente poniendo un poco de tinte en el agua cerca del cuerpo de una esponja viva, el agua es absorbida a través de esos agujeros y vertida en la gran cavidad interna, de la cual vuelve a salir a través de la apertura principal. El agua es impul-

 

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Incorporación de las esponjas. Desde la época de Linneo, los animales (metazoos) se han clasificado como uno de los reinos biológicos. Las aproximadamente 10.000 especies de esponjas conocidas suelen considerarse una rama que divergió en épocas muy tempranas, una tesis que se ha visto confirmada por datos moleculares (aunque puede que Trichoplax divergiese incluso antes). Una minoría de taxónomos moleculares está convencida de que existen dos linajes de esponjas, uno más estrechamente emparentado con el resto de los metazoos que el otro. Si se hallan en lo cierto, los primeros metazoos habrían sido semejantes a las esponjas y se les clasificaría como tales, pero se trata de una interpretación bastante controvertida.

 

Ilustración: esponja de tubo amarillo (Aplysina fistularis).

 

 

 

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esponjas

 

sada por unas células especiales llamadas coanocitos que revisten las cámaras y canales de las paredes de la esponja. Cada coanocito está provisto de un flagelo móvil (parecido a un cilio sólo que más gran- de) rodeando en su base por un collar. Más adelante nos ocuparemos de los coanocitos, pues tienen su importancia dentro de nuestra his- toria evolutiva.

Las esponjas carecen de sistema nervioso y tienen una estructura interna relativamente simple. Aunque poseen varios tipos de células, éstas no están organizadas, como las nuestras, en tejidos y órganos sino que son totipotentes, es decir, que pueden convertirse en cualquiera de las células específicas del organismo. Las nuestras no son así. Una célula hepática no puede dar origen a una célula renal o a una célu- la nerviosa. Las células de la esponja, en cambio, son tan flexibles que cualquiera puede, por sí sola, generar una esponja completa (y, como veremos en el cuento que lleva su nombre, eso no es todo).

No es de extrañar, por tanto, que las esponjas no distingan entre línea germinal y soma. En los eumetazoos, las células de la línea germi- nal son aquellas que dan origen a las células reproductivas e cuyos genes son, por consiguiente, inmortales. La línea germinal consiste en una pequeña mínoría de células que residen en los ovarios y testí- culos y cuya única función es la reproductiva. El soma es todo lo que no es línea germinal, o sea, aquellas células que no están destinadas a transmitir sus genes a las siguientes generaciones. En eumetazoos como los mamíferos, un subconjunto de células se separan en una fase temprana del desarrollo embrionario y se les asigna la función de línea germinal. Las células somáticas, en cambio, puede dividirse unas cuan- tas veces para fabricar el hígado o los riñones, los huesos o los mús- culos, pero después dejan de dividirse.

Las células cancerosas representan la siniestra excepción. Por algún motivo no consiguen dejar de dividirse, aunque, como señalan Ran- dolph Nesse y George C. Williams, autores de The Science of Darwinian Medicine, no deberíamos sorprendernos. En todo caso, lo sorprenden- te es que el cáncer no sea más habitual. Al fin y al cabo, todas las célu- las del cuerpo descienden de una línea ininterrumpida de miles de millones de generaciones de células germinales que no han parado de dividirse. En toda la historia de los antepasados de la célula, jamás ha sucedido que de repente se le pidiese a una célula que se hiciese

 

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el cuento del antepasado

 

somática como la célula hepática y aprendiese el arte de no dividirse. Que quede claro: los cuerpos que alojaban a los antepasados de las células tenían, naturalmente, hígados, pero, por definición, las célu- las de la línea germinal no descienden de células hepáticas.

Todas las células de las esponjas son células de línea germinal y, por tanto, potencialmente inmortales. Las esponjas, como he dicho, tie- nen varios tipos de células, pero, a lo largo de su desarrollo, estos tipos se utilizan de forma diferente a como se utilizan en la mayoría de los organismos pluricelulares. En los embriones de los eumetazoos se for- man capas celulares que se repliegan e invaginan en complejas papi- roflexias para fabricar el cuerpo. Las esponjas no tienen este tipo de desarrollo embrionario sino que se autoensamblan. Las células toti- potentes muestran afinidad por otras células con las que se juntan, como si fuesen protozoos autónomos con tendencias sociales. No obs- tante, los zoólogos modernos incluyen a las esponjas entre los meta- zoos, y yo voy a seguir esta orientación. De todos los organismos plu- ricelulares, las esponjas son probablemente el grupo más primitivo y, más que ningún otro animal moderno, nos dan una idea de cómo debieron de ser los primeros metazoos.

Como ocurre con otros animales, cada especie de esponja tiene   su propia forma y color característicos. El cántaro sólo es una de las muchas apariencias que pueden presentar. Existen otras variantes sobre ese mismo diseño, como estructuras hechas de vasos comunicantes. Las esponjas en general se endurecen mediante fibras de colágeno (esto es lo que hace esponjosas a las esponjas de baño) y espículas minerales: cristales de silicio o carbonatode calcio cuya forma casi siem- pre permite identificar la especie. A veces, el esqueleto que forman las espículas es bello e intrincado, como el de la regadera de Filipinas (Euplectella).

Según el árbol filogenético, la fecha del Encuentro 31 es hace 800 millones de años, pero una vez más he de repetir que estas antiquísi- mas fechas distan mucho de ser seguras. La evolución de las esponjas pluricelulares a partir de protozoos unicelulares es uno de los hitos de la evolución (el origen de los metazoos), así que vamos a analizarlo en los dos cuentos siguientes.

 

 

 

 

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esponjas

 

EL CUENTO DE LA ESPONJA

 

El número de 1907 del Journal of Experimental Zoology incluye un artí- culo sobre esponjas de H. V. Wilson, de la universidad de Carolina  del Norte. La de Wilson era una investigación clásica y el artículo que la ilustraba está escrito en el estilo claro y divulgativo de la edad de oro de los artículos científicos, una época en que el lector podía imaginar- se a una persona de carne y hueso llevando a cabo experimentos autén- ticos en un laboratorio de verdad.

Wilson separó las células de una esponja viva pasándolas por un fino tamiz, un trozo de esta- meña. Después transfirió las células separa- das a un pequeño plato con agua de mar don- de formaron una nube roja compuesta en

su mayor parte de células sueltas. La nube se depositó en el fondo, y entonces Wilson observó las células con el microscopio. Éstas se comportaban como amebas indi- viduales, arrastrándose por el fondo del plato. Cuando las células ameboides se encontraban con otras de su mismo tipo, se juntaban y formaban agregados de células cada vez más nutridos. En últi- ma instancia, como demostraron Wilson

y otros científicos en una serie de ar- tículos, los agregados crecían hasta con- vertirse en nuevas esponjas. Wilson tam-

 

bién probó a hacer papilla esponjas de dos especies distintas y mezclar los sedimentos. Como cada especie era de un color diferente, pudo ver fácil-

Células sociales. Porción de la

pared de una esponja donde se aprecian los coanocitos, con sus collares y flagelos característicos.

 

mente lo que sucedía. Las células escogieron agregarse a células de su propia especie y no a las de la otra. Curiosamente, Wilson lo defi- nió como un fallo ya que –por razones que no se me alcanzan y que tal vez reflejen los prejuicios teóricos de un zoólogo de hace casi un siglo, diferentes de los actuales– esperaba que se formase una espon- ja compuesta de dos especies distintas.

 

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el cuento del antepasado

 

El comportamiento social de las células de esponja, puesto de mani- fiesto en experimentos similares, tal vez arroje luz sobre el desarrollo embrionario normal de las esponjas individuales. ¿Nos da también alguna pista sobre la evolución de los primeros animales pluricelula- res (metazoos) a partir de antepasados unicelulares (protozoos)? El cuerpo metazoico suele definirse como una colonia de células. De acuerdo con el espíritu del presente libro, donde los cuentos recrean acontecimientos evolutivos, ¿es posible que la esponja, narradora de esta historia, tenga algo que decirnos sobre el remoto pasado evolu- tivo? ¿Acaso las células que se sedimentan y se agregan en el fondo del plato de Wilson nos revelan que las primeras esponjas se originaron como colonias de protozoos?

No cabe duda de que el fenómeno no fue igual en los detalles, pero hay indicios elocuentes. Las células más características de las espon- jas son los coanocitos, que sirven para generar corrientes de agua. El dibujo muestra un trozo de la pared de una esponja, con la cara inte- rior de la pared a la derecha. Los coanocitos son las células que tapi- zan la cavidad. Coano viene del griego y significa «embudo» y, en efec- to, pueden verse los pequeños embudos o collares, compuestos de multitud de pelillos llamados microvellosidades. Cada coanocito está pro- visto de un flagelo móvil que introduce agua en la esponja, mientras  el collar retiene las partículas alimenticias de la corriente. Conviene observar bien el coanocito, porque en el próximo encuentro vamos a vérnoslas con algo bastante parecido. A la luz de estas nociones, el siguiente cuento completará nuestra reflexión sobre el origen de los organismos pluricelulares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Encuentro 32

Coanoflagelados

 

 

 

 

 

 

 

Los coanoflagelados son los primeros protozoos que se incorporan a nuestra peregrinación y lo hacen en el Encuentro 32, que, con mucha prudencia, basándonos en datos moleculares extrapolados a una dis- tancia temporal demasiado grande, podemos fechar hace 900 millo- nes de años. Obsérvese la ilustración. ¿No le recuerdan algo al lector esas pequeñas células flageladas? Efectivamente, se parecen mucho a los coanocitos que tapizan las paredes internas de las esponjas. Hace mucho tiempo que se cree que los coanoflagelados son un vestigio de un antepasado esponja o

que sean los descendientes evolutivos de esponjas dege- neradas, compuestas de una sola célula o poco más. Las pruebas genéticas invitan a decantarse por la primera posibilidad y, por eso, los considero peregrinos dife- rentes que se nos unen en este punto.

Existen cerca de 140 es- pecies de coanoflagelados. Unos nadan libremente y se mueven agitando el flagelo;

 

otros están anclados me-

¿Es así como eran? Colonia de coanoflagelados.

 

 

 

Incorporación de los coanoflagelados. Las cerca de 120 especies conocidas de coanoflagelados se consideran en general parientes cercanos de los animales, tesis que corroboran tanto los datos moleculares como los

32       morfológicos.

Ilustración: Codosiga gracilis

 

 

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coanoflagelados

 

diante un pedúnculo, y, en ocasiones, viven juntos en colonias, como en la ilustración. Usan el flagelo para encauzar agua hacia el embu- do, donde capturan y engullen partículas tales como bacterias, que les sirven de alimento. En este sentido, son diferentes de los coanocitos de las bacterias. En las esponjas, los flagelos no se usan para introdu- cir alimento en el embudo del coanocito sino para, en colaboración con otros coanocitos, provocar una corriente de agua que penetre por los porocitos de las paredes externas y hacerla salir por la apertura principal. Desde el punto de vista anatómico, sin embargo, los coa- noflagelados, formen o no parte de una colonia, son demasiado pare- cidos a los coanocitos de las esponjas como para no despertar sospe- chas. Sobre este hecho y sobre sus consecuencias vamos a detenernos en «El Cuento del Coanoflagelado», que retoma el argumento que iniciamos en «El Cuento de la Esponja»: el origen de las esponjas pluricelulares.

 

 

EL CUENTO DEL COANOFLAGELADO

 

Hace mucho que los zoólogos disfrutan especulando sobre cómo evolucionó la pluricelularidad a partir de antepasados protozoos. Ernst Haeckel, el gran zoólogo alemán del siglo XIX, fue de los primeros en proponer una teoría del origen de los metazoos y una versión de la misma todavía goza de gran predicamento: la que afirma que los pri- meros metazoos habrían sido una colonia de protozoos flagelados.

A Haeckel ya lo mencionamos en «El Cuento del Hipopótamo», cuando dijimos que había vaticinado la relación entre hipopótamos     y ballenas. Era un ardiente darvinista y llegó a peregrinar hasta la casa de Darwin (algo que irritó al insigne científico). También era    un brillante pintor, un ateo convencido (se refería sarcásticamente a Dios como «el invertebrado gaseoso») y un fervoroso partidario de la teoría, hoy ya obsoleta, de la recapitulación, según la cual «la ontogéne- sis sintetiza la filogénesis» o «el embrión en vías de desarrollo trepa a su propio árbol filogenético».

El atractivo de la idea de la recapitulación es evidente: la ontogé- nesis de cualquier animal en vías de desarrollo sería una repetición del recorrido filogenético de la especie (adulta) a que pertenece. Todos

 

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el cuento del antepasado

 

comenzamos siendo una sola célula, que representa a un protozoo.   La siguiente etapa del desarrollo es una bola hueca de células, la blástula. Haeckel sugirió que la blástula representaba un estadio ances- tral que denominó blastea. Acto seguido, en el desarrollo embriona- rio, la blástula se invagina como una pelota cuando se la aprieta hacia dentro, y forma una concavidad revestida de una capa doble de célu- las, la gástrula. Haeckel imaginó un antepasado en el estado de gás- trula y lo llamó gastrea. Al igual que la gastrea de Haeckel, un cnida- rio como la hidra o la anémona marina tiene dos capas de células. Según la teoría de la recapitulación del naturalista alemán, los cnidarios dejan de trepar por su árbol filogenético cuando llegan a la fase de la gástrula, mientras que nosotros seguimos subiendo. Los siguientes estadios de nuestro desarrollo embrionario recuerdan a un pez con branquias y cola. Posteriormente perdemos la cola. Y así sucesiva- mente. Todo embrión se detiene y deja de trepar por su árbol filoge- nético cuando llega al estadio evolutivo apropiado.

Por más que resulte atractiva, la teoría de la recapitulación se ha pasado de moda o, mejor dicho, se considera que puede ser cierta pero sólo en parte. La cuestión fue analizada exhaustivamente por Stephen J. Gould en su libro Ontogeny and Phylogeny. Ahora debemos pasar a otro asunto, pero es importante que entendamos lo que Haeckel se proponía. Desde el punto de vista del origen de los metazoos, el estadio interesante de la teoría de Haeckel es la blastea, la bola hueca de células que, a su modo de ver, constituía el estadio ancestral que en el desarrollo embrionario actual encarnaría la blástula. ¿Qué cria- tura moderna parece una blástula? ¿Dónde podemos encontrar una criatura adulta que sea una bola hueca de células?

Si hacemos salvedad de que son verdes y llevan a cabo la fotosín- tesis, las algas coloniales llamadas volvocales resultan hasta demasiado parecidas a las blástulas para ser verdaderas. El miembro que da nom- bre al grupo, Volvox, es también el más grande y Haeckel no habría podido desear un modelo más asombroso de blástula. Es una esfera perfecta, hueca como la blástula, y con una sola capa de células cada una de las cuales parece un flagelo unicelular (que da la casualidad de que es verde).

La teoría de Haeckel no fue la única. A mediados del siglo XX, un zoólogo húngaro llamado Jovan Hadzi aventuró la hipótesis de que

 

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coanoflagelados

 

el primer metazoo no hubiese sido redondo, sino alargado como un platelminto. Su modelo moderno de metazoo ancestral era un gusa- no acelomorfo como los que nos hemos encontrado en el «Encuentro 27». Hadzi lo hacía derivar de un protozoo ciliado (que conocere- mos en el «Encuentro 37») dotado de muchos núcleos (que algunos de ellos poseen aún hoy). Como algunos platelmintos modernos, se arrastraba por el fondo con los cilios. Cuando entre los núcleos apa- recieron paredes celulares, un protozoo alargado con una sola célu- la pero con muchos núcleos (un sincitio) se transformó en un gusano rastrero dotado de muchas células, cada una con su propio núcleo: el primer metazoo. Según Hadzi, los metazoos redondos como los cni- darios y los ctenóforos perdieron en una segunda etapa la forma alar- gada de los gusanos y adquirieron la simetría radial, mientras que la mayor parte del reino animal siguió evolucionando a partir de la for- ma del gusano bilateral hasta dar origen a las estructuras que hoy vemos a nuestro alrededor.

Hadzi, por tanto, colocaría los encuentros en un orden muy dife- rente del nuestro. Los encuentros con los cnidarios y los ctenóforos vendrían antes que el encuentro con los platelmintos acelomorfos. Por desgracia, las modernas pruebas moleculares desmienten el orden de Hadzi. Hoy en día, la mayoría de zoólogos propugna una versión de la teoría de los flagelados coloniales de Haeckel y no la de los ciliados sincitiales. Pero ahora la atención se ha alejado de las volvocales, por muy elegantes que sean, para centrarse en los protagonistas de este cuento, los coanoflagelados.

Existe un tipo de coanoflagelados coloniales tan parecidos a las esponjas que reciben el nombre de Proterospongia. Los coanoflagela- dos individuales (¿o deberíamos atrevernos a llamarlos coanocitos?) están encajados en una matriz de gelatina. La colonia no es una bola, hecho éste que habría disgustado a Haeckel, aunque apreciaba de veras la belleza de los coanoflagelados, como demuestran los esplén- didos dibujos que les dedicó. Proterospongia es una colonia de células casi indistinguibles de las que predominan en el interior de una espon- ja. Opino que los coanoflagelados son los candidatos más aptos para una reedición reciente del origen de las esponjas y, en definitiva, de todo el grupo de los metazoos.

En su día se habría agrupado a los coanoflagelados junto con todos

 

 

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el cuento del antepasado

 

los demás organismos que todavía no se han unido a nuestra peregri- nación, los protozoos. Protozoos no es el nombre de un filo. Hay muchas maneras diferentes de ser un organismo unicelular (o, como algunos prefieren decir, acelular, o sea, con un cuerpo no dividido en células constituyentes). Varios miembros de los que antiguamente se conocí- an como protozoos van a ir incorporándose al viaje poco a poco, separados del gran contingente de criaturas pluricelulares como los hongos y las plantas. Seguiré empleando el término protozoo para desig- nar de manera informal a los eucariotas unicelulares.

 

 

Encuentro 33

DRIPs

 

 

 

 

 

 

 

Existe un pequeño grupo de parásitos unicelulares, los Mesomicetozo- eos o Ictiospóreos, que son, en su mayor parte, parásitos de peces y otros animales de agua dulce. El nombre mesomicetozoeo indica cierta asociación con hongos y animales, y, en efecto, su encuentro con nos- otros es el último antes de que todos nos juntemos con los hongos. Esto se sabe gracias a una serie de estudios de genética molecular que han permitido unificar los parásitos unicelulares, que hasta enton- ces se tenían por bastante heterogéneos, tanto entre ellos como con  los hongos y los animales.1

Tanto mesomicetozoeos como ictiospóreos son términos bastante difí- ciles de recordar y no hay acuerdo sobre cuál de los dos es preferible. Quizá sea por eso por lo que se ha ido imponiendo la costumbre de designarlos con el acrónimo DRIP, formado por las iniciales de los úni- co cuatro géneros que conocía quien descubrió el grupo. Los géne- ros representados por la D, la I y la P son, respectivamente, Dermo- cystidium, Ichtyophonus y Psorospermium. La R es un pequeño camelo por que no es un nombre latino. Aludía al Agente Rosetta, un parásito comer- cialmente importante del salmón que ahora se conoce con el nom-

 

 

1. Resulta confuso (por no decir algo peor) que el nombre Mesomicetozoos, distin- to de Mesomicetozoeos (¿avierte el lector la diferencia?) se haya usado para un grupo más comprehensivo. Parece hecho aposta para confundir, como los nombres Hominoidea, Hominidae, Homininae, Hominini que vienen usándose para designar a nuestros ante- pasados y que yo he preferido boicotear en bloque.

 

Incorporación de los DRIPs. Los organismos unicelulares más estrechamente emparentados con los animales son los coanoflagelados y los DRIPs. En este momento no está claro si estos dos grupos son los parientes más cercanos uno de otro (con lo cual los Encuentros 32 y 33 confluirían en uno solo) o si las aproximadamente  30 especies de DRIPs conocidas son las que guardan un parentesco más lejano con todos los demás. El estudio molecular más exhaustivo de los realizados hasta la fecha refrenda la segunda alternativa, que es la que hemos adoptado aquí.

 

Ilustración: Ichthyophonus hoferi.

 

 

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drips

 

bre científico de Sphaerothecum destruens. El acrónimo, pues, debería en rigor haberse corregido y rebautizarse DIPs, pero el término DRIP ya ha cuajado, con la ese del plural: DRIPs. Y, recientemente, por una especie de providencia de la nomenclatura, se ha descubierto que tam- bién es un DRIP otro organismo cuyo nombre empieza por erre: Rhinosporidium seeberi, un parásito de la nariz humana. Así que pode- mos decir que las cinco letras del nombre DRIPs forman parte por derecho propio del acrónimo y pasar olímpicamente de la molesta cuestión de si se trata de un nombre singular o plural.

Desde hace tiempo se sabía que Rhinosporidium seeberi, descubier- to por primera vez en 1890, era el causante de la rinosporidiosis,  una desagradable enfermedad de la nariz humana o, mejor dicho, de  la nariz de los mamíferos, pero no se tenía idea de su parentesco. Según las épocas, se le ha considerado un protozoo o un hongo, pero ahora los estudios moleculares demuestran que es el quinto DRIP. Afortunadamente, para quienes no soportan los juegos de palabras, Rhinosporidium seeberi no provoca que la nariz gotee.2 Al contrario, la tapona con excrecencias tipo pólipos. La rinosporidiosis es funda- mentalmente una enfermedad tropical y los médicos sospechan des- de hace mucho tiempo que se contrae bañándose en ríos o lagos. Dado que todos los otros DRIPs son parásitos de peces, cangrejos de río o anfibios, parece probable que los principales huéspedes de Rhinosporidium seeberi también sean animales de agua dulce. El des- cubrimiento de que es un DRIP podría ayudar a los médicos en más sentidos. Por ejemplo, los intentos de curar la dolencia con fungici- das han fracasado y ahora sabemos por qué: Rhinosporidium no es un hongo.

Dermocystidium se manifiesta en forma de quistes en la piel o en las branquias de carpas, salmónidos, anguilas, ranas y tritones. Ichthyophonus causa infecciones sistémicas en más de 80 especies de peces. Psorosper- mium, que, por cierto, fue descubierto por nuestro viejo amigo Ernst Haeckel, infecta a los cangrejos de río y, al reducir sus poblaciones también causa perjuicios económicos. Y, como ya hemos visto, Sphaero- tecum infecta a los salmones.

 

 

2.        En inglés «gotear» se dice drip. [N. del t.]

 

 

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el cuento del antepasado

 

Los DRIPs se considerarían insignificantes de no ser porque, des- de el punto de vista evolutivo, tienen un estatus aristocrático: al fin y al cabo, su punto de ramificación, es el más lejano del reino animal y su encuentro con nosotros, el más antiguo. No sabemos qué aspecto tenía el Contepasado 33: sólo sabemos que, a nuestros fatigados ojos pluricelulares, todos los organismos unicelulares resultan muy pare- cidos. No era un parásito como los DRIPs; desde luego, no de peces, anfibios, crustáceos ni seres humanos, que todavía estaban muy lejos de aparecer.

El adjetivo que siempre se les aplica a los DRIPs es enigmático, y

¿quién soy yo para romper con la tradición? Si un DRIP me contase su enigmática historia, creo que, llegados a encuentros tan distantes en el tiempo, se hace casi arbitrario señalar cuales de nuestros parien- tes unicelulares han sobrevivido hasta nuestros días. También es bas- tante arbitraria la decisión de analizar ciertos organismos unicelula- res en lugar de otros a nivel molecular. Los científicos han examinado los DRIPs porque algunos de ellos son parásitos de peces que provo- can considerables perjuicios económicos y otros, como acabamos de descubrir, nos taponan la nariz. Puede que haya organismos unicelu- lares igual de importantes en el árbol filogenético de la vida, pero nadie se ha molestado en analizarlos porque, pongamos por caso, para- sitan a los varanos de Komodo en vez de a los salmones y a los seres humanos.

A los hongos, en cambio, sería imposible pasarlos por alto. Estamos a punto de encontrarnos con ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Encuentro 34

Hongos

 

 

 

 

 

 

 

En el Encuentro 34 los animales damos la bienvenida a los hongos, el segundo de los tres grandes reinos pluricelulares (el tercero lo cons- tituyen las plantas). A primera vista, puede sorprender que los hon- gos, que son tan parecidos a las plantas, estén más emparentados con los animales que con los vegetales, pero el análisis molecular compa- rativo no deja lugar a dudas. Además, puede que no haya tanto de lo que sorprenderse. Las plantas, al fin y al cabo, importan energía solar. Los animales y los hongos, cada uno a su manera, son parásitos del mundo vegetal.

Los hongos son un grupo de peregrinos muy grande e importan- te, con unas 69.000 especies descritas sobre un total de aproximada- mente millón y medio. Las setas dan una impresión equivocada: esas llamativas estructuras similares a plantas sólo son las puntas (produc- toras de esporas) del iceberg. La mayor parte del organismo propia- mente dicho se encuentra bajo tierra y consiste en una red difusa de filamentos llamados hifas. El conjunto de hifas pertenecientes a un solo individuo se denomina micelio. La longitud total del micelio de un solo hongo alcanza en ocasiones varios kilómetros y puede abar- car una amplia área de terreno.

Una seta es como una flor que crece sobre un árbol, sólo que el árbol, en lugar de ser una estructura alta y vertical, está extendido como una red en las capas superficiales del subsuelo como las cuerdas de una gigantesca raqueta de tenis. Prueba de ello son los llamados corros de hadas, formaciones de setas de diversos tipos que crecen en círcu-

 

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Incorporación de los hongos

 

 

lo. El perímetro del círculo representa la expansión de un micelio, que se extiende hacia fuera a partir del centro (tal vez, en origen, una sola espora). El «bastidor de la raqueta», es decir, el contorno del círculo donde el micelio se nutre y se expande, es la zona donde los productos de la digestión son más abundantes. Éstos son una fuen- te de nutrición para la hierba, que, en consecuencia, crece con mayor exuberancia en torno al corro de hadas. Asimismo, los cuerpos fruc- tíferos (las setas y las docenas de especies emparentadas), cuando los hay, también tienden a crecer en el corro.

Algunas hifas están divididas en células por medio de paredes trans- versales; otras, en cambio, están salpicadas de núcleos que contienen ADN y que forman un sincitio, esto es, un tejido con diversos núcleos no divididos en células (ya hemos hablado de los sincitios al comen- tar el desarrollo inicial de Drosophila y la teoría de Hadzi sobre el ori- gen de los metazoos). No todos los hongos tienen un micelio fila- mentoso. Algunos, como la levadura, han revertido a células únicas que se dividen y crecen en una masa difusa. Lo que hacen las hifas (o las células de la levadura) es digerir todo aquello en lo que anidan: hojas secas y demás materia putrescente (en el caso de los hongos   del suelo), leche cuajada (los hongos que se usan para fabricar que- so), uvas (las levaduras que se usan para hacer vino), o los pies de los viticultores (en el caso de que sufran de pie de atleta).

La clave de una buena digestión es la exposición a la comida de una amplia área de superficie absorbente. Nosotros lo hacemos mas- ticando bien los trozos de comida y haciéndolos pasar por un largo

 

 

Página opuesta: Incorporación de los hongos. La taxonomía molecular revela que los hongos están más cerca de los animales que de las plantas. Los dos grupos más grandes, los ascomicotes (cerca de 40.000 especies descritas) y los basidiomicotes (cerca de 22.000) se suelen considerar parientes cercanos, y, según estudios recientes, las 160 micorrizas arbusculares constituyen su grupo hermano. El agrupamiento y y el orden de ramificación de las otras 3.000 especies de hongos no están del todo claros, en particular el número de ramas separadas que antes se agrupaban bajo el nombre de zigomicotes, y la posición de los microsporidios.

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: colmenilla (Morchella esculenta); falo hediondo (Phallus impudicus); micorriza arbuscular (especie Glomus); jacinto silvestre (Hyacinthoides nonscripta); moho de alfiler (especie Mucor); especie Rhizoclostamium; Enterocytozoon bieneusi.

 

 

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el cuento del antepasado

 

intestino enroscado cuya área, ya de por sí grande, tiene las paredes revestidas con un bosque de pequeñas protuberancias, las llamadas vellosidades intestinales. Cada una de estas protuberancias tiene a su vez el borde cubierto de microvellosidades, de manera que el área total de absorción del intestino humano adulto es de millones de centí- metros cuadrados. Un hongo como Phallus, de nombre muy apropia- do, o Agaricus campestres, el champiñón silvestre, abarcan con el mice- lio una superficie parecida, segregando enzimas digestivas y digiriendo el terreno en el que se encuentran. Los hongos no andan por ahí devo- rando comida para después digerirla dentro del organismo, como hacen las ratas o las palomas, sino que extienden los intestinos, en for- ma de micelios filamentosos, directamente a través de la comida y la digieren en el acto. De vez en cuando, las hifas forman una sólida estructura de aspecto reconocible: una seta (o un champiñón, o un yesquero). Esta estructura produce esporas que son transportadas por el viento a gran distancia y difunden los genes de los que nacerá un nuevo micelio y, a la postre, nuevas setas.

Como cabría esperar de la llegada de un nuevo grupo de 100.000 peregrinos, los hongos ya se han reunido en nutridos subcontingen- tes antes de encontrarse con nosotros en el Encuentro 34. Todos los subgrupos principales tienen nombres terminados en «micetes» o

«micotes», del griego myke, hongo. Ya nos hemos encontrado con el sufijo «micetes» en el nombre Mesomicetozoeos, los DRIPs que repre- sentan, en cierto modo, un estadio intermedio entre los animales y los hongos. Dentro de los «mico-peregrinos», los subcontingentes más numerosos e importantes son los ascomicetes y los basidiomicetes.

Los ascomicetes comprenden algunos hongos célebres y útiles para el hombre, como Penicillium, el moho cuyas propiedades bactericidas Alexander Fleming descubrió por casualidad en 1928 sin prestarles mayor atención hasta que, en 1940, Florey, Chain y sus colegas las redes- cubrieron para producir el primer antibiótico. Por cierto, es una ver- dadera lástima que se haya impuesto el término antibiótico. Estos agen- tes atacan a las bacterias, no a los virus, y sólo con que se les hubiese llamado antibactéricos en vez de antibióticos, tal vez hoy los pacientes dejarían de pedir a los médicos que se los recetasen para las infeccio- nes virales (con resultados nulos y, a veces, contraproducentes). Otro ascomicete ganador del premio Nobel es Neurospora crassa, el moho

 

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hongos

 

con el que Beadle y Tatum formularon la hipótesis «un gen, una enzi- ma». Luego están las levaduras útiles para el hombre que nos permi- ten hacer pan, vino y cerveza, y las levaduras nocivas como Candida, responsable de dolencias tan molestas como la vaginitis. Las colme- nillas comestibles y las apreciadísimas trufas son ascomicetes. Tradicionalmente, las trufas se buscan con la ayuda de cerdas que se ven fuertemente atraídas por el olor similar al del alfa-androstenol, una feromónosa sexual que segregan los cerdos machos. No está cla- ro por qué las trufas despiden este olor tan arriesgado para su inte- gridad, pero tal vez explique la fascinación gastronómica que nos despiertan.

La mayoría de las setas venenosas o alucinógenas son basidiomicetes: champiñones, rebozuelos, boletos, shiitakes, matacandiles, Amanita phalloides, falos hediondos, yesqueros y pedos de lobo. Algunos de sus cuerpos fructíferos alcanzan un tamaño impresionante. Los basidiomi- cetes también provocan importantes perjuicios económicos, en tanto que agentes de enfermedades vegetales como la roya y el tizón. Algunos basidiomicetes y ascomicetes, así como todos los miembros del grupo especializado de los glomeromicetes, establecen con las plantas una estrecha colaboración en la que las raíces vegetales se mezclan con micorrizas: una historia extraordinaria que explicaré sucintamente.

Como hemos visto, las vellosidades de nuestros intestinos y los filamentos del micelio de un hongo son muy finos con el fin de aumen- tar la superficie destinada a la digestión y absorción de alimento. Del mismo modo, las plantas poseen numerosas proyecciones tubulares denominadas pelos radicales que incrementan la superficie de absor- ción del agua y las sustancias nutritivas presentes en el suelo. Por incre- íble que parezca, muchos de los que parecen pelos radicales no for- man parte de la planta, sino que son hongos simbióticos cuyos micelios, las micorrizas, además de parecerse a los pelos radicales auténticos, funcionan como éstos. Un atento análisis revela que el principio de las micorrizas se ha aplicado independientemente, de diversas mane- ras a lo largo de la evolución. Buena parte de la vida vegetal de nues- tro planeta depende por completo de las micorrizas.

En un ejemplo todavía más impresionante de simbiosis, algunos basidiomicetes y algunos ascomicetes, también evolucionados de mane- ra independiente, se asocian con algas o cianobacterias para produ-

 

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el cuento del antepasado

 

cir líquenes, extraordinarias confederaciones que obtienen resulta- dos muy superiores a los que obtendría cada una de las partes por su cuenta, y que generan formas corporales muy diferentes de las de éstas. A veces los líquenes se confunden con plantas, lo cual tampoco es tan descabellado, habida cuenta de que, como veremos en el Gran Encuentro Histórico, las plantas, en su origen, también se asociaban con microorganismos fotosintéticos para procurarse el sustento. En términos generales, se puede decir que los líquenes son plantas en ges- tación, forjadas a partir de dos organismos. Casi se podría decir que el hongo cultiva los organismos fotosintéticos capturados, una metá- fora válida tanto en los casos en que la asociación es fundamentalmen- te cooperativa como en aquéllos en que el hongo es más explotador. La teoría de la evolución predice que en los líquenes en los cuales la reproducción del hongo y la del organismo fotosintético van de la mano se establece una relación de cooperación, mientras que en aqué- llos en los que el hongo se limita a capturar a los organismos fotosin- téticos disponibles la relación será de mayor explotación. Y así pare- ce ser, en efecto.

Lo que me fascina de los líquenes, por encima de todo, es que sus fenotipos (véase «El Cuento del Castor») no se parecen en nada ni a los hongos ni a las algas. Constituyen un caso muy peculiar de fenoti- po extendido, fruto de la colaboración de dos conjuntos de productos génicos. Según mi concepción de la vida, que ya he expuesto en otros libros, dicha colaboración no es diferente, en principio, de la exis- tente entre los propios genes de un organismo. Todos somos colo- nias simbióticas de genes; genes que cooperan para tejer fenotipos alrededor sí mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Encuentro 35

Amebozoos

 

 

 

 

 

 

 

En el Encuentro 35 se nos une una pequeña criatura que en su día tuvo el honor de ser, tanto en la imaginación popular como en la científi- ca, la más primiva de todas, poco más que un puro protoplasma: Amoeba proteus. Según esta concepción, el Encuentro 35 sería el último de nues- tra larga peregrinación. Lo cierto, en cambio, es que aún nos queda un trecho que recorrer y, comparada con las bacterias, Amoeba tiene una estructura bastante compleja y avanzada. Y también muy grande, incluso apreciable a simple vista. La ameba gigante Pelomyxa palustris puede llegar a medir medio centímetro de diámetro.

Como es bien sabido, las amebas no tienen forma fija, de ahí, por ejemplo, el nombre de Amoeba proteus, tocaya del dios griego que cambiaba continuamente de forma. Se mueven ondeando su inte- rior semilíquido como un solo grumo más o menos consistente, o bien desplegando los seudópodos. A veces andan sobre estas patas desple- gadas temporalmente. Engullen las presas sacando los seudópodos, envolviéndolas con ellos y encerrándolas en una burbuja de agua, la llamada vacuola. Para un organismo, ser fagocitado por una ameba debe de ser un trance de pesadilla si no fuese porque es demasiado pequeño como para tener pesadillas. La vacuola puede considerarse un pedazo del mundo exterior, forrado por una parte de la pared exterior de la ameba. Una vez dentro de la vacuola, el alimento pasa a ser digerido.

Algunas amebas viven dentro de las vísceras animales. Entamoeba coli, por ejemplo, se encuentra con muchísima frecuencia en el colon huma-

 

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el cuento del antepasado

 

 

 

 

 

Incorporación de las amebas. El término ameba es más una descripción que una clasificación estricta, pues muchos eucariotas que no están emparentados entre sí tiene forma ameboide. Los Amebozoos engloban a las amebas clásicas, como la Amoeba proetus aquí representada, así como a la mayoría de los mohos  mucilaginosos: en total, unas 5.000 especies conocidas.

 

Ilustración: Amoeba proteus.

 

 

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amebozoos

 

no (no confundir con la bacteria Escherichia coli, mucho más pequeña, de la cual tal vez se alimenta). No es nociva, al contrario de su prima Entamoeba histolytica, que destruye las células de las paredes del colon y provoca la disentería amoébica, la famosa venganza de Moctezuma.

Tres grupos bastante diferentes de amebozoos reciben el nombre de mohos mucilaginosos porque han desarrollado de manera indepen- diente costumbres similares (también se llama así al grupo de los Acrásidos, que no guarda relación con aquéllos y que se nos unirá en el «Encuentro 37»). Dentro de los amebozoos, los más conocidos son los mohos mucilaginosos celulares o dictiostélidos. A ellos ha dedica- do toda su vida profesional el eminente biólogo estadounidense J. T. Bonner y buena parte de lo que sigue está sacado de sus memorias científicas, Life Cycles.

Los mohos mucilaginosos celulares son amebas sociales. Puede afir- marse que anulan por completo la distinción entre un grupo social de individuos y un solo individuo pluricelular. Durante una parte de su ciclo vital, las amebas se arrastran por el suelo alimentándose de bacterias y dividiéndose en dos, que es lo que hacen las amebas para reproducirse; después vuelven a alimentarse de bacterias y de nuevo se dividen en dos. En un momento dado, de manera bastante brus- ca, las amebas pasan a la modalidad social, convergiendo en centros de aglomeración que irradian sustancias químicas atrayentes. Cuantas más amebas afluyen al centro de atracción, más atractivo se torna éste, toda vez que libera más reclamos químicos. El fenómeno se parece un poco al de la formación de los planetas a partir de detritos cósmicos. Cuantos más detritos se acumulan en un determinado centro de atrac- ción, más atracción gravitacional genera; así, pasado un cierto tiem- po, sólo quedan algunos centros de atracción, los cuales se convier- ten en planetas. En última instancia, las amebas de cada centro de atracción unen los cuerpos para formar una única masa pluricelular que se alarga y da lugar a una babosa pluricelular. Esta masa, de un milímetro de longitud, se mueve incluso como una babosa: tiene un extremo delantero y uno trasero bien definidos y es capaz de avanzar en una dirección coherente, por ejemplo hacia la luz. Las amebas han renunciado a su individualidad para forjar un organismo entero.

Después de arrastrarse aquí y allá durante un rato, la babosa ini-  cia la fase definitiva de su ciclo vital: la erección de un cuerpo fructífero

 

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el cuento del antepasado

 

similar a una seta. Primero se yergue sobre la cabeza (el extremo delan- tero, definido por la dirección de sus desplazamientos) y ésta se con- vierte en el tallo de una seta en miniatura. El núcleo interno de éste deviene un tubo hueco hecho de las carcasas de celulosa hinchada pertenecientes a células muertas. A continuación, las células situadas alrededor del tubo se vierten en este último «como una fuente que fluyese al contrario», por usar el símil de Bonner. El resultado es que la punta del tallo se eleva en el aire y cada una de las amebas situadas en lo en origen era el extremo posterior se convierte en una espora encerrada en una espesa envoltura protectora. Entonces se esparcen como las esporas de una seta: cada una de ellas surge de la envoltura en forma de ameba libre devoradora de bacterias, y el ciclo vital comien- za de nuevo.

Bonner ofrece un revelador catálogo de estos microbios sociales: baterias pluricelulares, ciliados pluricelulares, flagelos pluricelulares y amebas pluricelulares, entre ellas sus queridos mohos mucilagino- sos. Estos microbios podrían tal vez representar instructivas recreacio- nes (o prefiguraciones) de nuestra pluricelularidad metazoica, pero me da la impresión de que son completamente diferentes y, por eso, todavía más fascinantes.

 

 

 

 

Encuentro 36

Plantas

 

 

 

 

 

 

 

En el Encuentro 36 nos encontramos con los verdaderos señores de la vida: los vegetales. La vida podría proseguir perfectamente sin los animales y sin los hongos, pero si suprimiésemos las plantas, cesaría al instante. Las plantas son la base indispensable, el verdadero funda- mento, de casi todas las cadenas alimentarias. Son las criaturas más notorias del planeta, los primeros seres vivos en los que un marciano que llegase a nuestro planeta repararía. Los organismos más grandes que jamás han vivido en la Tierra son, de largo, vegetales, y un impre- sionante porcentaje de la biomasa global está encerrada en plantas. Y no por casualidad. El porcentaje es tan alto porque casi1 toda la biomasa procede, en última instancia, del sol a través de la fotosínte- sis, la mayor parte de la cual tiene lugar en las plantas verdes, y las ope- raciones en cada eslabón de la cadena alimentaria apenas tiene una eficiencia del diez por ciento. La superficie de la tierra es verde debi- do a las plantas, y la del mar también lo sería si su alfombra flotante de organismos fotosintetizadores estuviese compuesta de vegetales macroscópicos en lugar de microorganismos demasiado pequeños para reflejar cantidades relevantes de luz verde. Es como si las plan- tas pretendiesen pintar de verde hasta el último centímetro cuadra- do del suelo sin dejarse nada. Y eso, en efecto, es lo que hacen, por un motivo muy lógico.

 

 

1. El porqué de este «casi» quedará claro cuando lleguemos a Canterbury.

 

Incorporación de las plantas. Las plantas engloban unas 13 especies de glaucofitos (algas unicelulares con cloroplastos, de morfología muy similar a las cianobacterias), unas

5.000 especies de algas rojas y unas

30.000 de plantas verdes. Las plantas verdes comprenden muchas algas verdes unicelulares y coloniales, tales como Volvox, además de especies más conocidas como musgos, helechos, coníferas, plantas angiospermas y similares. El orden de ramificación entre estos tres grupos está bastante resuelto, pero la posición de las plantas en la filogenia eucariótica es controvertida (véase el Encuentro 37).

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: rodimenia palmeada o dulse (Rhodymenia palmata); volvox (Volvox aurelia); secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum).

 

 

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plantas

 

Un número finito de fotones procedentes del sol alcanza la super- ficie de nuestro planeta, y cada uno de ellos es sumamente valioso. El número total de fotones solares que un planeta puede capturar vie- ne limitado por la superficie de éste, con la complicación añadida de que en cualquier momento dado, sólo una cara del mismo está orien- tada hacia su estrella. Desde el punto de vista de las plantas, cada centímetro de la superficie terrestre que no sea verde significa desper- diciar una oportunidad de capturar fotones. Las hojas son paneles solares lo más planas posibles para maximizar la cantidad de fotones capturados por coste unitario. Conviene que las hojas se encuentren en una posición tal que no se vean ensombrecidas por otras hojas, sobre todo si éstas son de otra planta: he aquí el motivo de que los árboles de bosques y selvas sean tan altos. Los árboles altos no están en su lugar fuera de los bosques, y su presencia probablemente se deba a la mano del hombre. Es un verdadero desperdicio hacerse alto cuan- do se es el único árbol de los alrededores; más valdría expandirse hori- zontalmente como la hierba, pues de este modo se capturan más fotones por coste unitario invertido en el crecimiento. En cuanto a las selvas, no es casualidad que sean tan oscuras. Cada fotón que logra lle- gar al suelo representa un fallo por parte de las hojas que, en lo alto, no han conseguido atraparlo.

Salvo raras excepciones, como las dioneas atrapamoscas, las plan- tas no se mueven. Salvo raras excepciones, como las esponjas, los ani- males se mueven. ¿Por qué esta diferencia? Porque las plantas se ali- mentan de fotones mientras que los animales (en última instancia) se alimentan de plantas. Hace falta decir «en última instancia» por- que, evidentemente, las plantas en ocasiones se comen de manera indi- recta, a través de animales que comen otros animales. Ahora bien, ¿por qué un organismo que se nutre de fotones sale ganando si se queda quieto con las raíces hundidas en la tierra? ¿Y por qué alimentarse de plantas, y no ser planta, hace aconsejable moverse? Supongo que, en vista de que las plantas se quedan paradas, los animales han de mover- se para comérselas. Pero ¿por qué las plantas no se mueven? Tal vez porque necesitan tener raíces para absorber los nutrientes del suelo. Tal vez porque existe una distancia insalvable entre la forma idónea que debe adoptar un organismo obligado a moverse (sólida y compac- ta) y la que debe adoptar un organismo obligado a exponerse a la

 

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el cuento del antepasado

 

mayor cantidad posible de fotones (superficie muy grande, por con- siguiente difusa e incómoda de manejar). No lo sé. Sea cual sea el moti- vo, de los tres grandes grupos de vida macroscópica que han evolu- cionado en nuestro planeta, dos, los hongos y las plantas, son en su mayor parte inmóviles como estatuas, mientras el tercero, los anima- les, corretea por todas partes realizando casi toda la actividad. Las plan- tas se sirven incluso de los animales para algunos servicios, y las flo- res, con sus llamativos colores, formas y aromas, son el instrumento de dicha manipulación.2

Los peregrinos que recibimos en este punto de encuentro no son todos verdes. Se dividen en tres grupos principales3: las algas rojas de un lado y las plantas verdes (entre las que figuran las algas verdes) del otro. Las algas rojas abundan en las orillas del mar, mientras las algas verdes también son frecuentes en agua dulce. Las algas marinas más conocidas, sin embargo, son las pardas, que son parientes más lejanos y no se nos unirán hasta el «Encuentro 37». De los vegetales que se incorporan a la peregrinación en este punto, las más familia- res e impresionantes son las plantas terrestres, que conquistaron tie- rra firme antes que los animales. Las razones son bastante obvias: sin plantas que comer, ¿qué ventaja obtendría un animal de vivir en la tierra en vez de en el agua? Puede que las plantas no se trasladasen directamente del mar a la tierra, sino que, al igual que los animales, pasasen primero por el agua dulce.

Como siempre que recibimos un gran ejército de peregrinos, nos los encontramos divididos en complejos subgrupos que ya se han unido entre sí antes de engrosar nuestras filas. En el caso de las plan- tas verdes, recomiendo encarecidamente un excelente programa infor- mático llamado Deep Green que, en el momento de escribir esto, se halla disponible en Internet. Cuando se ejecuta, lo que se ve es un árbol filogenético dirigido. Algunas ramas tienen en el extremo el nombre de una planta o grupo de plantas; otras no tienen nombre y parecen

 

 

2.        Habría dedicado un cuento a este asunto si no lo hubiese hecho ya en dos capítulos de Escalando el monte improbable: «Granos de polén y balas mágicas» y «Un jardín cercado».

3.        Aparte de las 13 especies bastante insignificantes de glaucofitos unicelulares que, según parece, constituyen el grupo externo más cercano.

 

 

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plantas

 

 

Si Darwin y Hooker hubiesen tenido un ordenador. El árbol de las plantas verdes sacado del programa Deep Green, http://ucjeps.berkeley.edu/map2.html es válido tanto para Macintosh como para PC (activando Java Script en el navegador). La raíz del árbol está en la base del diagrama.

 

 

salirse de la página. Lo bueno del programa es que se puede arras- trar el árbol con el ratón para ver, del modo más divertido y natural, otra parte del árbol. Al arrastrarlo, van apareciendo ramitas ante los ojos y, cuando se le hace girar, surge toda una nueva serie de nom- bres además de más ramitas nuevas y sin nombre. Se puede explorar el árbol a capricho: parece extenderse hasta el infinito, reflejo de la enorme diversidad de las plantas verdes que han evolucionado en nues- tro planeta. Mientras se sube de rama en rama, trepando casi como un mono darviniano en un árbol evolutivo de ensueño, conviene no olvidar que cada ramificación representa un encuentro verdadero, en el mismo sentido que en este libro atribuimos al término. Sería estu- pendo contar con un árbol similar para todos los animales.

Concluí uno de los cuentos anteriores diciendo: «Da gusto ser zoó- logo en estos tiempos». Habría podido decir, igualmente: «Da gusto ser botánico». Sería magnífico enseñarle Deep Green a Joseph Hooker... en compañía de su amigo íntimo Charles Darwin. Sólo de pensarlo casi se me saltan las lágrimas.

 

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el cuento del antepasado

 

EL CUENTO DE LA COLIFLOR

Escrito en colaboración con Yan Wong

 

Los cuentos de este libro pretenden ser algo más que la crónica de las pequeñas vicisitudes de sus narradores. Como en la obra de Chaucer, aspiran a ser una reflexión sobre la vida en general: en el caso de los Cuentos de Canterbury, de la vida humana; en el nuestro, de la vida bio- lógica. ¿Qué tiene que decir la coliflor al gigantesco contingente de peregrinos reunidos tras el Encuentro 36, en el que las plantas se juntan con los animales? Pues un principio importante que vale para todas las plantas y todos los animales, y que podría considerarse una continuación de «El Cuento del Hábil».

«El Cuento del Hábil» trataba del tamaño del cerebro y ponía gran énfasis en los diagramas logarítmicos de dispersión empleados para comparar las diversas especies. Como recordará el lector, los anima- les más grandes resultaban tener en proporción un cerebro inferior al de los animales pequeños. Más concretamente, la pendiente del dia- grama que comparaba el logaritmo de la masa cerebral con el de la masa corporal era casi exactamente de 3/4. Se recordará que esta pro-

porción caía entre dos pendientes comprensibles de forma intuitiva:

1/1   (masa cerebral exactamente proporcional a masa corporal) y 2/3

(área cerebral proporcional a la masa corporal). La pendiente del dia- grama logarítmico masa cerebral/masa corporal no era ligeramente superior a 2/3 e inferior a 1/1, sino exactamente de 3/4. La precisión del dato exige una teoría igual de precisa. ¿Hay algún motivo lógico que explique la pendiente de 3/4? No es fácil dar una respuesta.

Para complicar aún más el problema, o tal vez para darnos una pis-

ta, resulta que los biólogos percibieron hace mucho tiempo que en muchas otras cosas además del tamaño cerebral se observa esta mis- ma proporción exacta de 3/4. En concreto, en el empleo de energía por parte de varios organismos, es decir, en la llamada tasa metabóli- ca, y en este caso, la proporción se elevó a la categoría de ley natu-

ral, la ley de Kleiber, aunque no se encontraba ninguna justificación lógica para el fenómeno. En el diagrama logarítmico adjunto se con- traponen la masa metabólica y la masa corporal (véase «El Cuento   del Hábil» para la explicación de por qué se emplean gráficos loga- rítmicos).

 

 

Masa

La ley es válida para veinte órdenes de magnitud. Diagrama de la Ley de Kleiber, adaptado de West, Brown y Enquist [304].

 

Lo que de verdad resulta asombroso de la ley de Kleiber es que se cumple tanto en organismos microscópicos (como las bacterias) como en animales gigantescos como las ballenas. Eso son unos 20 órdenes de magnitud. Hace falta multiplicar por diez veinte veces, o añadir veinte ceros, para pasar de la bacteria más pequeña al mamífero más grande, y la ley de Kleiber sigue siendo válida a lo largo de todo el espectro. También rige en el caso de las plantas y los organismos uni- celulares. El diagrama muestra que la mayor aptitud se obtiene con tres rectas paralelas: la primera para los microorganismos, la segun- da para los animales grandes de sangre fría (grande en este contexto, significa cualquier cosa que pese más de una millonésima de gramo) y la tercera para criaturas grandes de sangre caliente (aves y mamífe- ros). Las tres rectas presentan la misma pendiente (3/4)  pero están  a

diferentes alturas: como cabría esperar, a igualdad de tamaño, las cria-

turas de sangre caliente tienen una tasa metabólica más elevada que las de sangre fría.

Durante años nadie logró dar con una explicación convincente de la ley de Kleiber, hasta que el físico Geoffrey West y los biólogos James Brown y Brian Enquist dieron a conocer los resultados de su bri-

 

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Los tejidos tienen un problema de abastecimiento. La compleja red de abastecimiento de la coliflor.

 

llante colaboración. Su explicación de la exacta proporción de 3/4 es un alarde de magia matemática difícil de traducir en palabras, pero tan ingenioso e importante que mere- ce la pena intentarlo.

La teoría de West, Enquist y Brown, que en adelante llamaré WEB, parte del hecho de que los tejidos de los organismos de gran tamaño presentan un problema de suministro. El aparato circulatorio

 

de los animales y el sistema vascular de las plantas sirven precisamen- te para el transporte de sustancias desde y hasta los tejidos. Los orga- nismos pequeños no tienen este problema en la misma medida. Un organismo microscópico tiene una superficie tan grande en compa- ración con el volumen que obtiene todo el oxígeno que necesita a través de las paredes del cuerpo. Aunque sea pluricelular, ninguna   de sus células estará muy lejos de las paredes externas del cuerpo. En cambio, un organismo grande tiene un problema de transporte por- que muchas de sus células, la mayoría, se encuentran lejos de las fuen- tes del suministro que precisan. En consecuencia, tienen que trans- portar el nutrimento de un sitio a otro. Los insectos canalizan aire hacia sus tejidos mediante una estructura tubular llamada tráquea. Nosotros también tenemos tubos profusamente ramificados para trans- portar aire, pero única y exclusivamente en unos órganos especiales, los pulmones, que se valen de un sistema de circulación sanguínea igual de ramificado para llevar oxígeno al resto del cuerpo. Los peces hacen algo parecido con las branquias, unos órganos respiratorios encargados de aumentar la interrelación entre agua y sangre. La pla- centa desempeña una función análoga entre la sangre materna y la  del feto. Los árboles se sirven de sus intrincadas ramas para proveer   a las hojas del agua absorbida del suelo y canalizar los azúcares de las hojas hasta el tronco.

La coliflor de la ilustración, comprada en la tienda de la esquina y cortada por la mitad, muestra cómo es un sistema típico de transpor- te de las sustancias esenciales para la vida. Salta a la vista el esfuerzo

 

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que hace la coliflor para garantizar una red de abastecimiento que lle- gue a todas las inflorescencias que cubren la superficie.4

Se podría pensar, pues, que la red de abastecimiento –conductos para el transporte de aire, sistemas de circulación de sangre o de soluciones sacarinas, etc.– compensa con creces un aumento de las dimensiones corporales. Si así fuese, una célula normal de una coli- flor de tamaño medio estaría tan bien abastecida como una célula nor- mal de secuoya gigante y la tasa metabólica de las dos células sería idén- tica. Teniendo en cuenta que el número de células de un organismo es proporcional a la masa del mismo, el diagrama de dispersión tasa metabólica total/masa corporal proyectaría una recta con una pen- diente de 1, cuando sabemos que, en realidad, la pendiente es de 3/4.

Comparados con los organismos grandes, los organismos pequeños

presentan una tasa metabólica más elevada de la que «deberían» tener habida cuenta de su masa. Esto significa que la tasa metabólica de una célula de coliflor es mayor que la de una célula equivalente de secuo- ya, y la tasa metabólica de un topo, mayor que la de una ballena.

A primera vista parece extraño. Una célula es una célula, y lo nor- mal sería que hubiese una tasa metabólica ideal, la misma para una coliflor y para una secuoya, para un ratón y para una ballena. Quizás la haya. Pero la dificultad de transportar agua, sangre, aire o cualquier otra sustancia necesaria parece poner un límite a la consecución de  ese ideal, y por fuerza se ha de llegar a un compromiso. La teoría WEB explica con precisos detalles cuantitativos en qué consiste ese compro- miso y por qué termina produciendo una pendiente de 3/4.

La teoría consiste en dos puntos clave. El primero es que la estruc-

tura arborescente de conductos que transportan las sustancias nece- sarias a un volumen dado de células también ocupa de suyo cierto volu- men, compitiendo por espacio con las células que abastece. En los extremos de la red de abastecimiento los conductos ya ocupan por derecho propio un espacio considerable. Si se duplica el número de células que hay que aprovisionar, el volumen de la red aumenta más del doble, porque hacen falta más conductos para conectar la red al

 

 

4. Inflorescencias que en este caso han sido modificadas de forma grotesca por la selección artificial resultante de la domesticación, pero el principio sigue siendo válido.

 

 

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sistema principal, conductos que a su vez ocupan espacio. Si lo que se pretende es duplicar el número de células aprovisionadas limitán- dose a duplicar el espacio ocupado por los conductos, hará falta una red con un entramado menos denso. El segundo punto clave es que, ya se trate de un ratón o de una ballena, el sistema de transporte más eficaz, el que menos energía consume para llevar las sustancias de un lugar a otro, es el que ocupa un porcentaje fijo del volumen del orga- nismo. Es lo que dicen las matemáticas, y es, asimismo, un hecho obser- vable empíricamente.5 Por ejemplo, los mamíferos, ya sean ratones, seres humanos o ballenas, tienen un volumen de sangre (es decir, el tamaño del sistema de transporte) que ocupa entre el seis y el siete por ciento del organismo.

Teniendo presentes estos dos puntos, si se quisiera duplicar el volu- men de células abastecidas pero conservando el sistema de transpor- te más eficaz, haría falta recurrir a una red de abastecimiento menos densa; y una red menos densa significa que se distribuyen menos sus- tancias por cada célula, o sea, que la tasa metabólica desciende. Pero

¿cuánto disminuye?

Los autores de la teoría WEB calcularon la respuesta a esa pregun- ta. Resulta que para el diagrama logarítmico de tasa metabólica/ tamaño corporal, las matemáticas predicen, ¡oh, maravilla de las mara- villas!, una recta con una pendiente de exactamente 3/4. Estudios más recientes han refinado la teoría inicial, pero los aspectos esenciales

siguen siendo los mismos. La ley de Kleiber, tanto en plantas como en animales, como incluso al nivel del transporte en el interior de una célula, ha encontrado por fin explicación gracias a la física y a la geo- metría de las redes de abastecimiento.

 

 

EL CUENTO DE LA SECUOYA

 

La gente suele discutir cuál es el lugar que todo el mundo debería conocer antes de morir. En mi opinión es Muir Woods, unos pocos

 

 

5. El porcentaje real puede diferir un poco dependiendo, por ejemplo, de si son animales de sangre fría o de sangre caliente.

 

 

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kilómetros al norte del Golden Gate. O, si se deja para demasiado tar- de y no se llega a tiempo, no se me ocurre mejor lugar para ser ente- rrado (aunque dudo de que esté permitido usarlo como cementerio,    lo cual me parece justo). Es una catedral de verdes, marrones y silen- cio, cuya nave central está formada por los árboles más altos del mun- do, Sequoia sempervirens, las secuoyas del Pacífico, cuya corteza acolcha- da amortigua los ecos que resonarían en una catedral construida por   el hombre. La especie relacionada, Sequoiadendron giganteum, que crece tierra adentro, en las estribaciones de Sierra Nevada, es general- mente un poco más baja pero más maciza. El ser vivo más grande del mundo, el árbol del general Sherman, es un gigante de más de 30 metros de perímetro, 80 metros de altura y un peso aproximado de

1.260 toneladas. No sé sabe bien qué edad tiene pero sí que la espe- cie llega a vivir más de 3.000 años. Si se talase, se podría calcular con total exactitud cuántos años tiene: una ardua tarea, pues sólo la cor- teza ya tiene un metro de anchura. Esperemos que no se haga nunca, aunque según la tristemente célebre frase de Ronald Reagan, pronun- ciada cuando era gobernador de California, «si has visto una, las has visto todas».

¿Cómo se hace para conocer con absoluta precisión la edad de un árbol de gran tamaño, aunque sea tan viejo como la secuoya del gene- ral Sherman? Contando los anillos del tocón. Una forma más refina- da de contar los anillos ha dado origen a la elegante técnica de la Dendrología, con la cual los arqueólogos que trabajan con una esca- la temporal de siglos pueden calcular con exactitud cualquier arte- facto de madera.

Corresponde al narrador de este cuento explicarnos cómo, a lo lar- go de toda nuestra peregrinación, hemos sido capaces de fechar espe- cimenes históricos sobre una escala temporal absoluta. Los anillos de los árboles son muy precisos, pero sólo con respecto a las épocas his- tóricas más recientes. Los fósiles se datan mediante otros métodos, sobre todo el de desintegración radioactiva, del que hablaremos, jun- to con otras técnicas, en el transcurso del cuento.

Los anillos anuales de los árboles se forman por la sencilla razón de que el árbol crece más en unas estaciones que en otras. Pero, del mismo modo, los árboles, tanto en verano como en invierno, crecen más en un año bueno que en un año malo. Los años buenos son muy

 

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frecuentes, y los malos también, así que un solo anillo no sirve para identificar un año concreto. Ahora bien, una secuencia de años pre- senta una pauta característica de anillos anchos y estrechos, que eti- queta a esta secuencia en diferentes árboles de una misma zona. Los dendrocronólogos recopilan catálogos de estas pautas identificables. Así, un pedazo de madera, quizá procedente de un barco vikingo sepul- tado en el barro, puede datarse comparando su pauta de anillos con el archivo de pautas previamente recabadas.

El mismo principio se usa en los diccionarios de melodías. Supongamos que tenemos una canción en la cabeza pero no recor- damos el título. ¿Cómo haríamos para buscarlo? Se emplean varios métodos, el más sencillo de los cuales es el código Parsons. Se transfor- ma la melodía en una serie de notas cada una más alta (A) o más baja

(B)      que la anterior (la primera nota no se incluye porque, obviamen- te, no puede ser más alta o más baja que su precedente, pues no lo tiene). He aquí, por ejemplo, la secuencia de notas de una célebre canción, Londonderry Air, o «Aria del condado de Derry», que introdu- je en la casilla de búsqueda de la página web Melodyhound:

 

AAABAABBBBBAAAAABBBAB

 

El buscador logró dar con la canción (aunque la llama Danny Boy, que es el nombre con el que se la conoce en Estados Unidos a raíz de ciertas modificaciones en la letra de la misma). A primera vista, pue- de sorprender que sea posible indentificar una melodía mediante una secuencia tan breve de símbolos que únicamente indican la direc- ción del movimiento, no la distancia, y que no revelan nada de la dura- ción de las notas. Por el mismo motivo, una serie consecutiva y bas- tante corta de anillos de árbol basta para identificar una secuencia determinada de crecimiento anual.

En un árbol recién talado, el anillo externo indica el presente. El pasado se calcula con toda exactitud contando hacia dentro. De este modo, se pueden datar en términos absolutos las firmas dendrocro- nológicas de árboles recientes cuya fecha de tala consta en el regis- tro. Examinando las superposiciones (series de anillos cercanos al núcleo de un árbol joven que coinciden con la serie de anillos exter- nos de un árbol más viejo) se puede datar en términos absolutos los

 

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anillos del árbol más viejo. Encadenando las superposiciones de árbo- les cada vez más antiguos, sería posible, en teoría, asignar fechas abso- lutas árboles antiquísimos, incluso, por ejemplo, los del Bosque Petrificado de Arizona, sólo con que hubiese una serie continua de estadios intermedios petrificados. Sólo con que hubiese... Con esta técnica de datación cruzada se pueden recopilar y consultar bibliote- cas de huellas digitales para identificar trozos de madera más antiguos que el árbol más viejo que jamás hayamos visto vivo. Dicho sea de paso, las variaciones del espesor de los anillos de los árboles se usan no sólo para datar la madera sino para reconstruir, año por año, el clima y las pautas ecológicas de épocas muy anteriores a los primeros regis- tros meteorológicos.

La Dendrocronología se limita a ámbitos temporales relativamen- te recientes de la arqueología. Pero el crecimiento de los árboles no es el único proceso que se acelera o se ralentiza dentro de un ciclo anual, o de otro ciclo regular o incluso irregular. En teoría, se pue- den llevar a cabo dataciones con cualquier proceso de este tipo y el auxilio del mismo truco ingenioso de enlazar pautas superpuestas. Algunas de estas técnicas funcionan en periodos más largos que el de la propia dendrocronología. Los sedimentos se depositan en el fon- do marino a ritmo inconstante y en franjas que se pueden considerar equivalentes a los anillos de los árboles. Es posible contar estas fran- jas y reconocer las correspondientes firmas en las muestras extraídas por las sondas cilíndricas de profundidad.

Otro ejemplo que ya expusimos en el «Epílogo del Cuento del Ave Elefante» es la datación paleomagnética. Como vimos en aquellas páginas, el campo magnético de la Tierra se invierte de vez en cuan- do. Lo que era el norte magnético se convierte de repente en el sur magnético; al cabo de unos miles de años, la polaridad se invierte de nuevo. Esto ha sucedido 282 veces en los últimos diez millones de años. Aunque haya dicho que se invierte «de repente», en realidad el pro- ceso sólo es rápido en relación a los parámetros geológicos. Por más divertida que pueda resultar la idea de que la inversión de los polos, obligaría a invertir su rumbo a todos los barcos y aviones, no es así como funciona la cosa. En rigor la inversión tarda unos cuantos miles de años y es mucho más complicada de lo que el término da a enten- der. Sea como fuere, el polo norte magnético rara vez coincide exac-

 

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tamente con el verdadero polo norte geográfico (en torno al cual gira la Tierra). En el curso de los años se desplaza de un lugar a otro de la región polar. Actualmente se encuentra próximo a la isla de Bathurst, en el norte de Canadá, a unos 1.600 kilómetros del polo norte real. Durante la inversión tiene lugar un interregno de confusión magné- tica caracterizado por considerables y complejas variaciones de la inten- sidad y dirección del campo magnetico y por la aparición temporal de más de un norte y de un sur magnéticos. Finalmente, pasada la con- fusión, vuelve la estabilidad y puede resultar que lo que era el polo norte magnético se encuentre cerca del polo sur geográfico, y vicever- sa. Durante un millón de años habrá estabilidad y desplazamientos normales, hasta la siguiente inversión.

En términos geológicos, mil años son como una tarde. El tiempo empleado en la inversión es insignificante comparado con el tiempo pasado en las inmediaciones del polo norte o polo sur verdaderos. Como hemos visto previamente, la naturaleza conserva un registro automático de tales acontecimientos. En la roca volcánica fundida cier- tos minerales se comportan como pequeñas agujas de brújula. Cuando la roca fundida se solidifica, las «agujas» minerales se convierten en un registro congelado del campo magnético terrestre en el momento de la solidificación (mediante un proceso bastante diferente, el pale- omagnetismo también se aprecia en la roca sedimentaria). Después de una inversión magnética, las diminutas agujas de las rocas apun- tan en la dirección opuesta a aquella en la que apuntaban antes de la inversión. Es un fenómeno parecido al de los anillos de los árboles, sólo que las franjas no están separadas por un año sino por un millón de años o más. Asimismo, la pauta de las franjas se coteja con otras pautas y se enlazan las sucesivas inversiones magnéticas hasta confor- mar una cronología continua. No se pueden calcular las fechas abso- lutas contando las franjas porque, a diferencia de los anillos de los árboles, las franjas representan duraciones desiguales. Pero pueden observarse las mismas pautas de franjas caraterísticas en lugares dife- rentes, lo que significa que, si para alguno de dichos lugares se dispo- ne de algún otro método de datación absoluta (véanse las páginas siguientes), podrán usarse las pautas de las franjas magnéticas, como el código Parsons de la melodía, para reconocer la misma zona tem- poral en otros lugares. Como ocurre con los anillos de los árboles y

 

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otros métodos de datación, el cuadro completo se elabora a partir de fragmentos recogidos en lugares diferentes.

Los anillos de los árboles sirven para fechar con precisión restos recientes. Para épocas más antiguas se emplea, con una precisión inevi- tablemente menor, la física de la desintegración radioactiva. Para expli- carla, comenzaremos haciendo un inciso.

Toda la materia se compone de átomos. Hay más de 100 tipos de átomos correspondientes a otros tantos elementos, tales como el hie- rro, el oxígeno, el calcio, el cloro, el carbono, el sodio y el hidróge- no. La materia en general no está compuesta de elementos puros, sino de compuestos, es decir, de dos o más átomos de varios elementos enla- zados, como el carbonato cálcico, el cloruro sódico, el monóxido de carbono. El enlace de los átomos en los compuestos viene dado por los electrones, partículas infinitesimales que orbitan (una metáfora útil para comprender su comportamiento, que en realidad mucho más extraño) en torno al núcleo central de cada átomo. El núcleo es enor- me comparado con un electrón, pero minúsculo comparado con la órbita de éste. Nuestra mano, compuesta en su mayor parte de espa- cio vacío, encuentra una fuerte resistencia cuando golpea un trozo de hierro (que a su vez también está compuesto de espacio vacío) por- que las fuerzas asociadas con los átomos en los dos sólidos interactú- an de tal forma que impiden que unos pasen a través de los otros. Dicho de otro modo, el hierro y la piedra nos parecen sólidos por- que nuestro cerebro nos hace el valioso servicio de construirnos una ilusión de solidez.

Se sabe desde hace mucho que es posible dividir un compuesto en sus partes constituyentes y recombinarlas para producir el mismo compuesto o uno diferente, con emisión y consumo de energía. De estas interacciones constantes entre átomos se ocupa la química. Sin embargo, hasta el siglo XX, el átomo propiamente dicho se conside- raba inviolable, la partícula más pequeña de cualquier elemento.Un átomo de oro era una motita diminuta de oro, cualitativamente dis- tinto de un átomo de cobre, una motita diminuta de cobre. La con- cepción moderna es más elegante. Los átomos de oro, de cobre, de hidrógeno, etc. no son más que diferentes disposiciones de las mismas partículas fundamentales, igual que los genes de caballo, de lechuga, de ser humano y de bacteria no tienen un sabor característico a caba-

 

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llo, lechuga, ser humano o bacteria, sino que simplemente son dife- rentes combinaciones de las cuatro letras del ADN. De la misma mane- ra que, como se sabe desde hace tiempo, los compuestos químicos están constituidos por dos o más elementos de un repertorio finito de un centenar de átomos, dispuestos de una manera determinada, así también se sabe que todo núcleo atómico se compone de dos par- tículas fundamentales, los protones y los neutrones, dispuestas de una manera determinada. Un núcleo de oro no está «hecho de oro»; al igual que todos los demás núcleos, está hecho de protones y neutro- nes. Un núcleo de hierro difiere de un núcleo de oro no porque esté compuesto de una sustancia cualitativamente diferente llamada hierro, sino porque contiene 26 protones (y 30 neutrones), en lugar de los 79 protones (y 118 neutrones) del oro. A nivel del átomo individual, no existe una sustancia que tenga la propiedad del oro y del hierro: sólo existen diversas combinaciones de protones, neutrones y elec- trones. Y los físicos nos enseñan que los mismos protones y neutro- nes están compuestos de otras partículas aún más fundamentales, como los quarks; pero no vamos a profundizar tanto.

Los protones y los neutrones son casi del mismo tamaño y mucho más grandes que los electrones. A diferencia del neutrón, que es eléc- tricamente neutro, el protón tiene una pequeña carga eléctrica (defi- nida de manera arbitraria como positiva) que compensa exactamen- te la carga negativa del electrón que orbita en torno al núcleo. El protón se transforma en neutrón si absorbe un electrón, cuya carga negativa neutraliza la carga positiva del protón. Y viceversa: si el neutrón expul- sa una carga negativa, o sea, un electrón, se transforma en protón. Son ejemplos de reacciones nucleares, en contraposición a las reacciones químicas. En las reacciones químicas el núcleo permanece intacto; las reacciones nucleares, en cambio, lo modifican. En las reacciones nucle- ares se producen intercambios de energía mucho mayores que en las químicas, por eso, a igualdad de tonelaje, las bombas nucleares son mucho más devastadoras que las bombas convencionales (fabricadas con explosivos químicos). Los alquimistas fracasaron en su empeño por transmutar un elemento metálico en otro simplemente porque trataban de hacerlo por medios químicos en lugar de nucleares.

Todo elemento posee un número característico de protones en su núcleo atómico, y el mismo número de electrones orbitando alrede-

 

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dor del núcleo: uno el hidrógeno, dos el helio, seis el carbono, 11 el sodio, 26 el hierro, 82 el plomo, 92 el uranio. Es este número, el lla- mado número atómico, el que (actuando por mediación de los elec- trones) determina en gran medida el comportamiento químico de un elemento. Los neutrones tienen un escaso efecto en las propiedades químicas de un elemento, pero influyen en su masa y en sus reaccio- nes nucleares.

En general, el núcleo tiene el mismo número de neutrones que    de protones, o poco más. A diferencia del número total de protones, que es fijo para todo elemento dado, el número de neutrones varía.    El carbono normal tiene seis protones y seis neutrones, lo que da un número de masa 12 (la masa de los electrones es insignificante y los neutrones pesan aproximadamente lo mismo que los protones), por    lo que recibe el nombre de carbono 12. El carbono 13 tiene un neu- trón de más y el carbono 14 dos neutrones de más, pero uno y otro tienen, como el carbono 12, seis protones. Estas versiones diferentes de un mismo elemento se llaman isótopos. La razón de que los tres tengan el mismo nombre, carbono, es que tienen el mismo número atómico y, en consecuencia, las mismas propiedades químicas. Si las reacciones nucleares se hubiesen descubierto antes que las reacciones químicas, puede que los isótopos hubiesen recibido nombres diferen- tes. En algunos casos los isótopos son lo bastante diferentes como para merecer nombres distintos. El hidrógeno normal  no  tiene  neutro- nes. El hidrógeno 2 (un protón y un neutrón) se llama deuterio; el hidró- geno 3 (un protón y dos neutrones) se llama tritio. Desde el punto de vista químico, todos se comportan como el hidrógeno. Por ejemplo,   el deuterio se combina con el oxígeno para producir una forma de agua llamada agua pesada, famosa por su empleo en la fabricación   de bombas de hidrógeno.

Los isótopos, pues, sólo se diferencian en el número de neutrones. Algunos isótopos de un elemento tienen un núcleo inestable, es decir, un núcleo que en un momento imprevisible, aunque con probabili- dad previsible, puede transformarse en un núcleo diferente. Otros isó- topos son estables: su probabilidad de cambiar es igual a cero. Otra palabra que significa lo mismo que inestable es radioactivo. El plomo tie- ne cuatro isótopos estables y 25 isótopos inestables conocidos. Todos los isótopos del uranio, un metal muy pesado, son inestables, o sea

 

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radioactivos. La radioactividad es la clave de la datación en términos absolutos de las rocas y sus fósiles: de ahí la necesidad de este largo paréntesis para explicarla.

¿Qué ocurre realmente cuando un elemento inestable, o sea, radioactivo, se transforma en otro elemento? Hay varias formas en las que esto puede suceder, pero las dos más conocidas son la desinte- gración alfa y la desintegración beta. En la desintegración alfa el núcleo padre pierde una partícula alfa, que es una partícula compuesta de dos protones y dos neutrones adheridos. En consecuencia, el número de masa disminuye en cuatro unidades, mientras que el número atómi- co se reduce sólo en dos unidades (correspondientes a los dos protons perdidos). Por tanto, desde el punto de vista químico, el elemento se transforma en cualquier elemento que tenga dos protones menos. El uranio 238 (con 92 protones y 146 neutrones) se transforma en torio 234 (con 90 protones y 144 neutrones).

La desintegración beta es diferente. Un neutrón del núcleo padre se transforma en un protón y lo hace emitiendo una partícula beta, que  es una simple carga negativa, es decir, un electrón. El número de masa del núcleo sigue siendo el mismo porque el número total de proto- nes más neutrones permanece invariable, y los electrones son dema- siado pequeños para ser relevantes, pero el número atómico aumen-   ta en uno, porque hay un protón de más. El sodio 24 se transforma, por desintegración beta, en magnesio 24: el número de masa sigue siendo el mismo, pero el número atómico ha aumentado, pasando    de 11, exclusivo del sodio, a 12, exclusivo del magnesio.

Un tercer tipo de transformación es la «sustitución neutrón-pro- tón». Un neutrón suelto impacta contra un núcleo y expulsa un pro- tón del núcleo, pasando a ocupar su lugar. En este caso, como en el de la desintegración beta, el número de masa no varía, pero el núme- ro atómico disminuye en uno a causa de la pérdida de un protón. Recordemos que el número atómico no es más que el número de pro- tones presentes en el núcleo. Una cuarta transformación de un ele- mento en otro, que tiene el mismo efecto sobre el número atómico que sobre el número de masa, es la «captura de electrones», una especie de inversión de la desintegración beta. Mientras que en la des- integración beta un neutrón se convierte en un protón y expulsa un electrón, la captura de electrones transforma un protón en un neu-

 

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trón neutralizando su carga. En consecuencia, el número atómico se reduce en uno mientras que el número de masa permanece invaria- ble. El potasio 40 (número atómico 19) se desintegra y se transforma en argón 40 (número atómico 18). Y existen varias otras formas de transformarse radioactivamente un núcleo en otro núcleo.

Uno de los principios cardinales de la mecánica cuántica es que es imposible prever exactamente cuándo se desintegrará un núcleo con- creto de un elemento inestable. Pero se puede calcular la probabilidad estadística de que se desintegre. Esta probabilidad mensurable resulta ser característica única y exclusiva de un isótopo dado. La medida que se suele usar normalmente es el periodo de semidesintegración. Para calcular el periodo de semidesintegración de un isótopo radioactivo se toma una cierta cantidad de isótopo y se calcula cuánto tarda la mitad de esa masa en desintegrarse y dar lugar a cualquier otra cosa. El perio- do de semidesintegración del estroncio 90 es de 28 años. Si se tienen 100 gramos de estroncio 90, al cabo de 28 años se tendrán 50 gramos: el resto se habrá transformado en itrio 90 (que su vez se transforma en zirconio 90). ¿Significa esto que al cabo de otros 28 años no quedará nada de estroncio? Rotundamente no: quedarán 25 gramos. Pasados otros 28 años la cantidad de estroncio de nuevo se habrá reducido a la mitad, quedando en doce gramos y medio. En teoría, jamás se reduce a cero, sino que tan sólo se aproxima a cero mediante una sucesión de divisiones por la mitad. Por eso estamos obligados a hablar de la semivi- da en lugar de la vida de un isótopo radioactivo.

La semivida del carbono 15 es 2,4 segundos, al cabo de los cuales queda la mitad de la muestra original; al cabo de otros 2,4 segundos sólo queda un cuarto de la muestra original; al cabo de otros 2,4 segun- dos, un octavo, y así sucesivamente. La semivida del uranio 238 es de casi 4.500 millones de años, aproximadamente la edad del sistema solar. Así pues, de todo el uranio 238 que existía sobre la Tierra cuan- do ésta se formó, hoy queda aproximadamente la mitad. El hecho de que la semivida de diversos elementos abarque un espectro temporal tan amplio, desde fracciones de segundo a miles de millones de años, es una característica maravillosa y sumamente útil de la radioactividad. Estamos llegando al meollo de toda esta digresión. El hecho de que cada isótopo radioactivo tenga su particular periodo de semidesinte- gración permite datar las rocas. Las volcánicas suelen contener isóto-

 

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pos radioactivos, como el potasio 40, que al desintegrarse se transfor- ma en argón 40, con un periodo de semidesintegración de 1.300 millo- nes de años: he aquí, en potencia, un reloj preciso. Pero de nada sir- ve medir la cantidad de potasio 40 de una roca, porque no se sabe cuánto había inicialmente. Hace falta medir la proporción entre el potasio 40 y el argón 40. Por suerte, cuando el potasio 40 de un cris- tal de roca se desintegra, el argo 40 (un gas) queda atrapado en el cris- tal. Si hay cantidades iguales de potasio 40 y de argón 40 en la sustan- cia del cristal, se entiende que se ha desintegrado la mitad del potasio 40 original, luego habrán transcurrido mil trescientos millones de años desde que se formara el cristal. Si hay el doble de argón 40 que de potasio 40, habrán transcurrido 2.600 millones de años desde que se formara el cristal. Si hay el doble de potasio 40 que de argón 40, el cristal tendrá solamente 650 millones de antigüedad.

El momento de cristalización, que en el caso de las rocas volcáni- cas es el momento en que la lava fundida se solidificó, es el momen- to en que el reloj se puso a cero. A partir de ahí, el isótopo padre se desintegra constantemente, y el isótopo hijo se queda atrapado en el cristal. Lo único que hay que hacer es determinar la proporción entre ambas cantidades y mirar cuál es el periodo de semidesintegración del isótopo padre en un libro de física para calcular la edad del cristal. Dado que, como ya dije anteriormente, los fósiles suelen encontrarse en rocas sedimentarias mientras que los cristales datables se hallan por lo general en rocas volcánicas, los fósiles se datan de manera indirec- ta analizando las rocas volcánicas que rodean sus estratos.

Una complicación habitual es que el primer producto de la desin- tegración suele ser a su vez otro isótopo inestable. El argón 40, el pri- mer producto de la desintegración del potasio, es estable. Pero el uranio 238, cuando se desintegra, pasa por una cadena de nada más y nada menos que 14 estadios intermedios inestables, entre ellos nue- ve desintegraciones alfa y siete desintegraciones beta, antes de trans- formarse finalmente en plomo 206, un isótopo estable. La semivida más larga de la cadena, cuatro mil millones de años, pertenece al pri- mer eslabón, el que va del uranio 238 al torio 234; un eslabón inter- medio, el que va del bismuto 214 al talio 210, presenta un periodo de semidesintegración de apenas 20 minutos, que no es ni siquiera el más rápido (esto es, el más probable). Dado que los siguientes periodos de

 

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plantas

 

semidesintegración son insignificantes respecto del primero, para cal- cular la edad de una roca concreta se compara la proporción obser- vada entre el uranio 238 y el finalmente estable plomo 206 con el perio- do de semidesintegración de 4.500 millones de años.

El método uranio-plomo y el potasio-argón, con sus semividas medi- das en miles de millones de años, se usan para datar fósiles muy anti- guos, pero son demasiado toscos para datar rocas más jóvenes, para las cuales hacen falta isótopos con semividas más breves. Por suerte, hay disponible una serie de relojes con una amplia gama de semividas isotópicas, entre las cuales se escoge la que ofrezca la mejor resolu- ción para las rocas con las que se esté trabajando. Y lo que es mejor, pueden compararse diversos relojes como método de control cruzado. El reloj radioactivo más rápido de los usados habitualmente es el carbono 14, lo que nos lleva de vuelta a la secuoya con la que comen- zamos este cuento, ya que la madera es uno de los principales mate- riales para cuya datación los arqueólogos emplean el citado isótopo. El carbono 14 se desintegra en nitrógeno 14 con un periodo de semi- desintegración de 5.730 millones de años. El reloj del carbono 14 es peculiar por cuanto se usa para datar los propios tejidos muertos en lugar de las rocas volcánicas que los contienen. Dado que la datación con carbono 14 es tan importante para la historia relativamente recien- te, una historia mucho más reciente que la mayoría de los fósiles y que abarca el periodo de tiempo del que generalmente se ocupa la arqueo-

logía, conviene que le dispensemos un tratamiento especial.

La mayor parte del carbono del planeta está compuesta por el isó- topo estable carbono 12. Apenas una millonésima parte de la millo- nésima parte del carbono global está compuesta por carbono 14. Con una semivida de unos pocos miles de años, hace mucho tiempo que todo el carbono 14 de la Tierra se habría desintegrado en nitró- geno 14 si no se renovase. Por suerte, algunos átomos de nitrógeno 14, el gas que más abunda en la atmósfera, se transforman continua- mente en carbono 14 merced al bombardeo de rayos cósmicos. El rit- mo de creación del carbono 14 se mantiene aproximadamente cons- tante. La mayor parte del carbono de la atmósfera, ya sea carbono 14 o el más común carbono 12, se combina con oxígeno para formar anhídrido carbónico. Las plantas absorben este gas, cuyos átomos de carbono sirven para fabricar los tejidos vegetales, sin hacer distincio-

 

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el cuento del antepasado

 

nes entre carbono 12 y carbono 14 (lo único que les interesa es la química, no las propiedades nucleares de los átomos). Las dos varian- tes de anhídrido carbónico son absorbidas en cantidad proporcional a su disponibilidad. Las plantas son alimento de los animales, que a su vez son alimento de otros animales, de modo que el carbono 14, durante un espacio de tiempo breve comparado con su semivida, se difunde por la cadena alimentaria en una proporción conocida en relación al carbono 12. Los dos isótopos coexisten en todos los teji- dos vivos aproximadamente en la misma proporción que guardan en la atmósfera: un millonésimo de millonésimo. Es verdad que de vez en cuando se desintegran en átomos de nitrógeno 14, pero esta tasa constante de desintegración se ve compensada por el intercambio con- tinuo, a través de los eslabones de la cadena alimentaria, con el anhí- drido carbónico que no cesa de renovarse en la atmósfera.

Todo esto cambia en el momento de la muerte. Un depredador muerto es arrancado de la cadena alimentaria. Una planta muerta deja de absorber nuevas reservas de anhídrido carbónico de la atmósfera. Un herbívoro muerto no come más vegetales frescos. El carbono 14 presente en un animal o en una planta muerta sigue desintegrándo- se en nitrógeno 14, pero no se repone con nuevas reservas proceden- tes de la atmósfera, de manera que en los tejidos muertos la propor- ción entre el carbono 14 y el carbono 12 empieza a descender, con un periodo de semidesintegración de 5.730 años. En resumidas cuen- tas, podremos averiguar cuando murió una planta o un animal midien- do la proporción entre el carbono 14 y el carbono 12. Fue así como se demostró que la Sábana Santa de Turín no pudo haber perteneci- do a Jesucristo puesto que data de la Edad Media. La datación con car- bono 14 es un magnífico instrumento para fechar reliquias relativa- mente recientes, pero no sirve para las épocas más antiguas toda vez que casi todo el carbono 14 se ha desintegrado en carbono 12 y los residuos son demasiado exiguos para permitir una medición precisa. Existen otros métodos de datación absoluta y constantemente se inventan otros nuevos. Lo bueno de contar con tantos instrumentos es que se cubre un amplísimo espectro de escalas temporales y tam- bién que se pueden usar para efectuar controles cruzados. Es suma- mente difícil refutar fechas corroboradas según diversos métodos de

investigación.

 

 

 

Encuentro 37

Inciertos

 

 

 

 

 

 

Es el microbio un ser tan diminuto que nadie alcanza a verlo en absoluto, mas mucho optimista espera de propio Llegar a verlo con el microscopio.

Verle la lengua, toda articulada,

tras cien hileras de dientes guardada, las siete colas con siete coletas

llenas de pintas rosas y violetas, cada una de ellas tan sobresaliente con sus cuarenta franjas relucientes. Ni de eso ni de sus verdes ojazos nadie vio jamás ni un solo pedazo, mas los científicos, reyes del saber, juran y perjuran que así ha de ser...

¡Oh, que nadie nunca a dudar se atreva de cosas de las que no existe prueba!

 

HILAIRE BELLOC (1870-1953)

More Beasts for Worse Children (1897)

 

 

Hillaire Belloc era un ingenioso poeta, pero se pasaba de receloso. Convendría no compartir el prejuicio anticientífico que subyace en el poema del encabezamiento. Hay muchas cosas en el terreno cien-

 

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Incorporación del resto de eucariotas

 

inciertos

 

tífico de las que no estamos seguros, pero la ciencia posee una venta- ja con respecto a otras visiones del mundo, y es que es consciente de sus propias dudas y con frecuencia puede calcular su entidad para tra- tar animosamente de disiparlas.

En el Encuentro 37 entramos en el mundo de los microbios y tam- bién en el reino de lo incierto: no tanto en lo tocante a los propios microbios, como al orden en el que deberíamos recibirlos. En un primer momento pensé en arriesgar una hipótesis y atenerme a ella, pero esto habría sido cometer una injusticia con los demás encuen- tros, de los cuales estamos más seguros. Si la publicación de este libro se postergase un año o dos, habría buenas posibilidades de encon- trar una solución, pero por ahora vamos a considerar los versos de Belloc como una advertencia a los científicos. Sabemos con quién nos vamos a reunir en los próximos encuentros, pero no sabemos en qué orden nos reuniremos con ellos, ni cuántos puntos de encuen- tro distintos representan.

Esta incertidumbre afecta a todos los eucariotas que aún deben incor- porarse a la peregrinación. Este término esencial, eucariota, lo expli- caremos en el Gran Encuentro Histórico; por ahora, bastará saber que uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la vida ha sido la formación de la célula eucariota. Las células eucariotas son células grandes y complejas, dotadas de mitocondrias y núcleos ence- rrados en membranas, de las cuales se componen todos los animales, plantas y, de hecho, todos los peregrinos que se nos han unido hasta ahora; en otras palabras, todos los seres vivos menos las bacterias ver- daderas y las Arqueas, antiguamente llamadas arqueobacterias. A estos procariotas (las bacterias verdaderas y las Arqueas) los recibiremos en los dos últimos encuentros, cuyo orden nos ofrece menos dudas. Asignaré arbitrariamente a estos dos encuentros los números 38 y 39,

 

 

Incorporación del resto de eucariotas. La filogenésis en los niveles más altos de las restantes 50.000 especies conocidas de eucariotas todavía no está resuelta (véase texto). Las líneas difuminadas indican el alto grado de incertidumbre actual. La   rama de los Cromoalveolados suele subdividirse en Cromistas (Heterocontes) y Alveolados.

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: Giardia lamblia; Euglena acus; foraminíferas (especie Globigerina); laminaria (Ecklonia radiata).

 

 

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el cuento del antepasado

 

lo que significa que el resto de eucariotas se nos unirán todos juntos en el Encuentro 37, tal y como postula una de las teorías actuales sobre el tema. Pero téngase presente que nos movemos en un terreno muy incierto: el encuentro final con las bacterias verdaderas podría ser cual- quier número entre 39 y 42.

El problema, en parte, se debe a la dirección. Ya analizamos el tema de los árboles dirigidos y no dirigidos en «El Cuento del Gibón». Un diagrama como el de la ilustración es compatible con muchos árbo- les evolutivos distintos, es decir, con muchas formas distintas de orga- nizar los encuentros.

Antes de introducir el argumento principal, le pediría al lector que se fijase, con la debida humildad, en la breve línea denominada ani- males. Si no consigue encontrarla, busque, abajo a la izquierda, la rama de los Opistocontes, donde podrá ver que figuramos como grupo her- mano de los coanoflagelados. A esa pequeña línea pertenecemos el lector, yo, y todo el contingente de peregrinos que se nos unió hasta el Encuentro 31 (inclusive).

Sin lugar a dudas, son muchos los puntos en los que podríamos colocar la raíz del árbol. El hecho de que las dos hipótesis que gozan de mayor predicamento (representadas por las flechas punteadas) se encuentren en extremos tan alejados me desanimó. Pero eso no es lo peor. La posición de la raíz no es más que el primero de nuestros problemas. El segundo problema es que cinco de las líneas convergen en un punto central. Esto no significa que esos cinco grupos surgie- sen de un único antepasado en el mismo momento y sean todos parien- tes cercanos unos de otros. Lo único que aporta es otra incertidum- bre más. No sabemos cuáles de los cinco son parientes más cercanos, de manera que, para no arriesganos a cometer un error y que un futuro Belloc nos ponga, con razón, en evidencia, los dibujamos a todos como si irradiasen de un único punto. El punto en el que las cinco líneas se encuentran debería resolverse finalmente en una serie de líneas de bifurcación, cada una de las cuales sería, en potencia, un lugar donde colocar la raíz.

Ahora ya estará claro porque me he abstenido de especificar los deta- lles relativos a los próximos encuentros. De hecho, si se observa el dia- grama, se verá que incluso he sido un poco arriesgado al afirmar que el «Encuentro 36» era el punto en el que se nos unían las plantas. La

 

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Nótese, con la debida humildad, cuál es nuestra posición. Filograma no dirigido o diagrama de estrella de todos los seres vivos basado en la interpretación más aceptada de los estudios moleculares y de otra índole disponibles actualmente.

Adaptado del de Baldauf [13].

 

línea de las plantas es una de las cinco que surgen del centro de la estrella. Dado que las decisiones siguen siendo tan arbitrarias, decidí tratar a las plantas como si tuviesen un encuentro separado con no- sotros, pero sólo porque representan un grupo de organismos tan gran- de e importante que merecían ser tratadas como un grupo separado de peregrinos. Y lo que hice fue trazar una línea desde el centro del diagrama. Podríamos tomar decisiones igual de arbitrarias para resol- ver la tricotomía restante, pero a tanto ya no me atrevo. Lo voy a dejar todo enterrado en la incertidumbre del Encuentro 37, la cita a ciegas.

En lugar de decir en qué orden se unen a nosotros, me limitaré a enumerar los grupos restantes de eucariotas y ofrecer una breve des- cripción. Los Rizarios comprenden varios grupos de eucariotas unice- lulares, algunos verdes y fotosintéticos, otros no. Entre ellos figuran los foraminíferos y los radiolarios, todos ellos muy hermosos y esplén- didamente retratados por Ernst Haeckel, el ilustre zoólogo alemán que no para de asomarse a las páginas de este libro. Los alveolados

 

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el cuento del antepasado

 

comprenden otras bellísimas criaturas, como los ciliados y los dino- flagelados. Un ejemplo de ciliado, o, al menos eso parece, es Mixotricha paradoxa, cuyo cuento vamos a oír en seguida. El «eso parece» y el para- doxa constituyen la sustancia del cuento, que no voy a destripar aquí. Los heterocontes son otro grupo mixto que comprende otras bellas criaturas unicelulares como las diatomeas, de las que Haeckel también hizo algunos dibujos admirables. Este grupo, sin embargo, también ha descubierto de forma independiente la pluricelularidad, tal y como demuestran las algas pardas. Las algas pardas son las más grandes de todas las algas marinas, con ejemplares que llegan a alcanzar cientos de metros de longitud. Comprenden las algas del género Fucus, cuyas diver- sas especies se separan en estratos sobre la playa, pues cada una está adap- tada a una zona concreta del ciclo de la marea. Fucus tal vez sea el géne- ro en el que está inspirado el caballito de mar folíaceo (véase su cuento). Los discicristados comprenden flagelados fotosintéticos como Euglena viridis, flagelados parasíticos, como Trypanosoma, que provo- ca encefalitis letárgica, y los acrásidos, mohos mucilaginosos que no guardan un parentesco cercano con los dictiostélidos que hemos cono- cido en el «Encuentro 35». Como suele ocurrir en esta larga peregri- nación, nos maravillamos de cómo la vida reinventa formas corpora- les semejantes para estilos de vida semejantes. Los mohos mucilaginosos aparecen en dos o hasta tres grupos distintos de peregrinos, y lo pro- pio ocurre con los flagelados y las amebas. Probablemente debamos considerar la ameba un estilo de vida como el árbol. Los árboles, esto es, plantas muy grandes con tallo duro y leñoso, existen en diversas familias vegetales. Se diría que con las amebas y los flagelados ocurre lo mismo. El caso de la pluricelularidad no deja lugar a dudas: se ha manifestado en animales, hongos, plantas, algas pardas y varios otros

seres vivos, como los hongos mucilaginosos.

El último gran grupo de nuestro diagrama de estrella imposible de resolver es el de los llamados excavados, organismos unicelulares que, en su día, se habrían llamado flagelados, y a los que se habría agrupa- do con Trypanosoma, el parásito causante de la encefalitis letárgica, pero que hoy integran una categoría distinta. Comprenden el desagrada- ble parásito Giardia, el molesto parásito vaginal Trichomonas, y diversas criaturas unicelulares de fascinante complejidad que sólo se encuen- tran en el intestino de las termitas. Y esto da pie al siguiente relato.

 

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inciertos

 

EL CUENTO DE MIXOTRICHA

 

Mixotricha paradoxa significa «insólita combinación de pelos» y en un instante entenderemos el porqué de semejante nombre. Se trata de un microorganismo que vive en el intestino de una termita australia- na, la termita de Darwin, Mastotermes darwinensis. Un detalle simpáti- co, aunque tal vez no para los habitantes humanos del lugar, es que uno de los principales lugares donde la especie abunda es la ciudad de Darwin, en el norte de Australia.

Las termitas están a caballo de los trópicos como el Coloso de Rodas estaba a caballo del puerto homónimo. En las sabanas y en las selvas tropicales, alcanzan densidades de 10.000 individuos por metro cua- drado y se calcula que consumen un tercio de la producción total de madera, hojas y hierbas muertas. Su biomasa por área unitaria es el doble que la de las manadas migratorias de ñúes del Serengeti y del Masai Mara, pero se extiende por todos los trópicos.

La explicación del éxito alarmante de las termitas es doble. En pri- mer lugar, se alimentan de madera, esto es de celulosa, lignina y otros materiales que los intestinos animales normalmente no pueden dige- rir (volveré a esto más adelante). En segundo lugar, son insectos socia- les y obtienen grandes ventajas de la división del trabajo entre espe- cialistas. Un termitero parece un organismo grande y voraz por muchos motivos: posee su propia anatomía, su propia fisiología y sus propios órganos hechos de barro, entre ellos un ingenioso sistema de ventila- ción y refrigeración. Permanece fijo en un mismo lugar, pero tiene una miríada de bocas y de patas, las cuales tienen a su disposición un área de aprovisionamiento del tamaño de un campo de fútbol.

Las legendarias proezas cooperativas de las termitas sólo son posi- bles, en un mundo darviniano, porque la mayor parte de los indivi- duos es estéril, pero, estrechamente emparentada con una minoría fertilísima. Las obreras estériles actúan como madres con sus herma- nas pequeñas, dejando a la reina libre para que pueda convertirse en una fábrica (especializada y sumamente eficaz) de huevos. Los genes del comportamiento obrero se transmiten a las generaciones siguien- tes a través de las pocas hermanas y hermanos de las obreras destina- dos a reproducirse (ayudados por la mayoría destinada ser estéril). El sistema únicamente funciona gracias a que no son los genes los que

 

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el cuento del antepasado

 

deciden si una termita joven será una obrera o una reproductora. Todas las termitas jóvenes tienen una papeleta genética con la que partici- pan en el sorteo ambiental que decide si serán obreras o reproducto- ras. Si existiesen genes de la esterilidad incondicionada, naturalmen- te no podrían transmitirse. En cambio, lo que existen son genes que se activan de manera condicionada. Cuando tales genes se encuen- tran en el interior de reinas o reyes, se transmiten porque sus copias idénticas inducen a los obreros a trabajar por la causa colectiva y olvi- darse de la reproducción.

A menudo, se establecen analogías entre las colonias de insectos y el cuerpo humano, y en el fondo son bastante acertadas. La mayor par- te de nuestras células reprimen su individualidad para ayudar a repro- ducirse a la minoría capaz de hacerlo, esto es, a las células de la línea germinal, cuyos genes están destinados a viajar, a través de los óvulos y de los espermatozoides, hacia el futuro lejano. Pero el parentesco gené- tico no es el único motivo por el que la individualidad se reprime y encauza hacia una división infructosa del trabajo. Cualquier asisten- cia mutua en la que una de las partes corrige una deficiencia de la otra se ve favorecida por la selección natural en ambas. Para mostrar un ejemplo extremo, vamos a introducirnos en el intestino de una ter- mita, ese quimiostato hirviente y, supongo, fétido, que es el mundo de Mixotricha.

Las termitas, como hemos visto, tienen una ventaja con respecto a las abejas, las avispas y las hormigas: una capacidad digestiva prodigio- sa. Prácticamente no hay nada que no puedan comer, desde casas has- ta bolas de billar pasando por incunables de incalculable valor. La made- ra, en potencia, es una rica fuente de alimento, pero es inaccesible a casi todos los animales porque la celulosa y la lignina son imposibles de digerir. Las termitas y ciertas cucarachas representan una notable excepción. De hecho, las termitas están emparentadas con los escara- bajos, y Mastotermes darwinensis, como otras termitas consideradas infe- riores, es una especie de fósil viviente. Se la puede considerar a medio camino entre los escarabajos y las termitas más avanzadas.

Para digerir celulosa hace falta unas enzimas llamadas celulasas. Los animales, en general, no las producen, pero algunos microorga- nismos sí. Como explicaremos en «El Cuento del Taq», desde el pun- to de visto bioquímico las bacterias y las Arqueas son más versátiles que

 

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inciertos

 

todos los demás reinos biológicos juntos. Los animales y las plantas sólo disponen de una pequeña porción del arsenal de trucos bioquí- micos del que disponen las bacterias. Para digerir la celulosa, todos los mamíferos herbívoros dependen de los microbios presentes en sus intestinos. A lo largo del tiempo evolutivo han creado una sociedad con aquéllos: utilizan sus productos de desecho, como el ácido acéti- co, mientras los microbios, por su parte, encuentran un refugio segu- ro en sus intestinos, donde hallan abundantes materias primas para su propia actividad bioquímica, preelaboradas y servidas en peque- ños fragmentos manejables. Todos los mamíferos herbívoros tienen bacterias en el intestino, donde llega la comida después de haber sido atacada por sus jugos gástricos. Los perezosos, los canguros, los colobos y, sobre todo, los rumiantes han desarrollado de manera inde- pendiente el truco de albergar bacterias también en la parte supe- rior del intestino, donde tiene lugar la predigestión.

A diferencia de los mamíferos, las termitas son capaces de produ- cir sus propias celulasas, al menos en el caso de las termitas conside- radas avanzadas, pero hasta un tercio del peso neto de las más primi- tivas (las más parecidas a cucarachas), como Mastotermes darwinensis, consiste en una rica fauna de microbios intestinales: protozoos euca- riotas y bacterias. Las termitas encuentran la madera y la mastican has- ta reducirla a pedacitos manejables. Los microbios viven de esos peda- citos y los digieren gracias a enzimas que no figuran en el arsenal de las termitas. Como ocurre con los bovinos, las termitas viven de los productos de desecho de los microbios. En cierto sentido, podría decir- se que Mastotermes darwinensis y las demás termitas primitivas cultivan microorganismos en el intestino.1 Y esto nos lleva, finalmente, a Mixotricha, el protagonista de este cuento.

 

 

1.        Dos son los principales procesos mediante los cuales se extrae energía del combustible alimenticio: el anaeróbico (sin oxígeno) y el aeróbico (con oxígeno). Los dos son procesos químicos en los cuales el combustible, más que quemarse, se ve indu- cido a liberar energía de forma eficaz para el usuario. La secuencia anaeróbica más común genera como producto principal el piruvato, punto de partida de la cadena aeróbica más común. Las termitas se esfuerzan por privar al intestino de oxígeno libre, obligando así a sus microbios a usar solamente el proceso anaeróbico, esto es, a usar el combustible de la celulosa para producir el piruvato que permite a las termitas liberar energía aeróbica.

 

 

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Mixotricha paradoxa no es una bacteria. Como muchos microbios del intestino de las termitas, es un gran protozoo, de medio milíme- tro de longitud o más y, como veremos, lo bastante grande para con- tener cientos de miles de bacterias. Vive exclusivamente en el intes- tino de Mastotermes darwinensis, donde forma parte de una comunidad heterogénea de microbios que prosperan gracias a pedacitos de celu- losa triturados por las mandíbulas de las termitas. Los microorganis- mos pululan en el intestino de una termita como las propias termi- tas pululan en el termitero, éste bulle de termitas y los termiteros pululan en la sabana. Si el termitero es una ciudad de termitas, el intestino de cada termita es una ciudad de microorganismos; esta- mos, pues, ante una comunidad de dos niveles. Pero he aquí que lle- gamos al meollo del cuento: existe un tercer nivel, y los detalles del mismo son absolutamente extraordinarios. El propio Mixotricha es una ciudad. Lo sabemos gracias a la obra de L. R. Cleveland y A.V. Grimstone, los primeros en descubrirlo, pero fue la bióloga esta- dounidense Lynn Margulis quien llamó la atención sobre la impor- tancia evolutiva de Mixotricha.

Cuando a comienzo de la década de 1930 J. L. Sutherland exami- nó por primera vez a Mixotricha, vio dos tipos de «pelos» ondulando en su superficie. Ésta estaba casi toda cubierta de millares de pelitos diminutos que se movían adelante y atrás. Sutherland vio también, en el extremo anterior del microorganismo, unas estructuras muy largas y finas, parecidas a látigos. Las dos le resultaron familiares, tan- to los pequeños cilios como los alargados flagelos. Los cilios son una presencia habitual en las células animales, por ejemplo en nuestros conductos nasales, y recubren la superficie de esos protozoos llama- dos, no por nada, ciliados. Otro grupo de protozoos, los flagelados, poseen, en cambio, los flagelos, unos apéndices mucho más largos seme- jantes a látigos. Los cilios y los flagelos tienen una ultraestructura idén- tica. Son como cables rellenos de hilos internos que tienen exactamen- te la misma estructura: dos hebras centrales rodeadas de nueve pares de hebras dispuestas en círculo.

Los cilios, por tanto, pueden considerarse flagelos más pequeños   y numerosos. Lynn Margulis llega al extremo de renunciar a esos dos nombres y asignar a ambos el término undulipodio, reservando flage- los para los múltiples apéndices distintos de las bacterias. Según la taxo-

 

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nomía de la época de Sutherland, sin embargo, los protozoos debían tener cilios o flagelos, pero no ambos.

Éste es el contexto en el que Sutherland decidió bautizar al micro- organismo con el nombre de Mixotricha paradoxa, «insólita combina- ción de pelos». A la bióloga le parecía que Mixotricha tenía tanto cilios como flagelos y que, por tanto, violaba el protocolo protozoico. Presentaba cuatro grandes flagelos en el extremo anterior, tres orien- tados hacia delante y uno hacia atrás, igual que un grupo de flagela- dos ya conocidos, los Parabasalios. Pero también tenía un denso reves- timiento de cilios ondulantes. O al menos eso parecía.

Posteriormente se ha descubierto que los cilios de Mixotricha son más inusitados aún de lo que Sutherland imaginaba y, al contrario de lo que ella temía, no violan el protocolo protozoito. Es una pena que la bióloga no haya podido ver un Mixotricha vivo, en vez de sobre el cristal de un microscopio. Mixotricha nada demasiado rápido como para hacerlo con los undulipodios. Según Cleveland y Grimstone, los flagelados normalmente «nadan a diversas velocidades, girándose a un lado y otro, cambiando de dirección y a veces deteniéndose», y lo mismo vale para los ciliados. Mixotricha, en cambio, nada con fluidez y por lo general en línea recta, y no se detiene más que cuando se lo impide un obstáculo físico. Cleveland y Grimstone concluyeron que el movimiento fluido y constante es consecuencia de la batida ondu- lante de los «cilios»; pero gracias al microscopio electrónico pudieron demostrar algo mucho más interesante, a saber, que los «cilios» no son ni mucho menos cilios sino bacterias. Cada uno de los cientos de miles de pelillos diminutos es una espiroqueta, una bacteria cuyo cuerpo es todo él una larga hebra ondulante. Algunas enfermedades graves, como la sífilis, son causadas por espiroquetas. Lo normal es que naden libremente, pero las espiroquetas de Mixotricha están adheridas a las paredes de su cuerpo, exactamente igual que si fuesen cilios.

Ahora bien, no se mueven como cilios, sino como espiroquetas. Los cilios ejecutan fuertes movimientos propulsores, como golpes de remo, y después se pliegan para ofrecer menos resitencia al agua. Las espiroquetas se mueven de manera totalmente diferente y muy carac- terística, la misma que los pelos de Mixotricha. Lo sorprendente es que estos pelos están perfectamente coordinados: el movimiento ondula- torio se inicia en la extremidad anterior del cuerpo y procede hasta

 

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el cuento del antepasado

 

la posterior. Según los cálculos de Cleveland y Grimstone, la longitud de onda (la distancia entre los picos de la onda) es de una centésima de milímetro. Esto mueve a pensar que de algún modo las espiroque- tas están en contacto unas con otras. Quizá lo estén en sentido literal: respondiendo al movimieno de las vecinas de forma directa, con un retraso que determina la longitud de onda. Que yo sepa, se descono- ce por qué las ondas van de delante a atrás.

Lo que sí se sabe es que las espiroquetas no están apiñadas sin ton ni son sobre la superficie de Mixotricha: al contrario, en toda la super- ficie del protozoo hay un complejo aparato que sostiene a las espiro- quetas y, lo que es más, las orienta hacia el extremo posterior con el fin de que su movimiento propulse a Mixotricha hacia delante. Si estas espiroquetas son parásitos, cuesta trabajo pensar en un ejemplo más llamativo de huésped cordial con sus propios parásitos. Cada espiro- queta cuenta, de hecho, con su pequeño soporte, llamado corchete por Cleveland y Grimstone. Cada corchete está diseñado exclusiva- mente para alojar una sola espiroqueta, o, en ocasiones, más de una. Ningún cilio podría pedir más. En estos casos se hace muy difícil tra- zar una línea divisoria entre el cuerpo propio y el extraño, y esto, por anticipar la conclusión, es uno de los principales mensajes de «El Cuento de Mixotricha».

No paran ahí las semejanzas con los cilios. Si se mira con un micros- copio potente la estructura de protozoos ciliados como Paramecium, se descubre que cada cilio tiene en la raíz lo que se llama un corpúscu- lo basal. Pues bien, lo asombroso es que, aunque no sean en absoluto cilios, los cilios de Mixotricha poseen corpúsculos basales. Cada corche- te de espiroqueta tiene en su raíz un corpúsculo basal con la forma de una píldora. Sólo que... Bien, después de haber explicado la for- ma tan peculiar que tiene Mixotricha de hacer las cosas, el lector habrá adivinado que esos corpúsculos basales en realidad son bacterias. Un tipo completamente diferentes de bacterias: no espiroquetas, sino óvalos con forma de píldoras.

En amplias áreas de las paredes del cuerpo se da una correspon- dencia de uno a uno entre corchete, espiroqueta y bacteria basal. Cada corchete sostiene una espiroqueta y tiene en su base una bactería con forma de píldora. Visto lo visto, no es de extrañar que Sutherland creyese ver cilios. Como es natural, dondequiera que hubiese cilios

 

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inciertos

 

 

Disposición de las bacterias con forma de píldora (o), los corchetes (c) y las espiroquetas (e) en la superficie de Mixotricha. De Cleveland y Grimstone [49].

 

 

esperaba ver corpúsculos basales, y cuando miró a Mixotricha allí esta- ban. Poco podía imaginar que tantos los cilios como los corpúsculos basa- les eran bacterias viajando de auto-stop. En cuanto a los cuartos flage- los, los únicos undulipodios que posee Mixotricha, no se usan para la propulsión sino para hacer de timones de una embarcación propul- sada por miles de espiroquetas galeotes. Aunque me habría encanta- do ser quien la acuñase, esa frase tan sugerente no es mía, sino de S.

L. Tamm. Después del trabajo de Cleveland y Grimstone sobre Mixotricha, fue Tamm quien descubrió que otros protozoos del intes- tino de las termitas practicaban el mismo truco, sólo que sus galeo- tes, en lugar de espiroquetas, eran bacterias comunes provistas de flagelos.

¿Qué función cumplen las otras bacterias de Mixotricha, ésas con forma de píldora que parecen corpúsculos basales? ¿Contribuyen a la economía de su huésped? ¿Sacan alguna ventaja de esa relación? Probablemente sí, pero todavía no se ha demostrado de manera feha- ciente. Quizá producen la celulasa que sirve para digerir la celulosa. Porque, naturalmente, Mixotricha se alimenta de la madera que llega al intestino de las termitas después de que éstas la trituren con sus potentes mandíbulas. Nos encontramos, pues, ante una triple depen- dencia, que trae a la mente aquellos versos de Jonathan Swift:

 

Igual que la pulga, según dice la ciencia, tiene pulguitas que la violentan

y éstas de pulgas menores son presa

 

 

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en una eterna sucesión sin tregua, también el poeta, en su propio ambiente, sufre el picotazo de quien lo sucede.

 

Dicho sea de paso, la métrica de Swift en estos versos es tan torpe que no es de extrañar que Augustus De Morgan lo sucediese para darle un picotazo y brindarnos la versión más conocida del mismo poema:

 

A las pulgas grandes las pican pulguitas y a éstas, pulgas aún más pequeñitas.

Las grandes, a su vez, las tienen mayores, a las que pican más grandes picadores...

 

Y con esto llegamos finalmente a la parte más singular de «El Cuento de Mixotricha», el clímax al que se encaminaba la historia. Toda esta disertación sobre bioquímica vicaria, es decir, el hecho de que criatu- ras más grandes tomen prestados los talentos bioquímicos de seres más pequeños que viven en su interior, es un deja vú evolutivo. El mensa- je de Mixotricha al resto de los peregrinos es: «Todo esto ya ha sucedi- do anteriormente». Hemos llegado al Gran Encuentro Histórico.

 

 

El gran encuentro histórico

 

 

 

 

 

 

 

 

En este libro, la palabra encuentro tiene un significado especial, de- terminado por la metáfora central del peregrinaje hacia el pasado; pero hay un acontecimiento cataclísmico, tal vez el acontecimien- to más importante de la historia de la vida, que supuso un auténti- co encuentro histórico y que se produjo en la dirección verdadera que sigue la historia, o sea, hacia delante. Me refiero al origen de la célula eucariota (nucleada), la diminuta y sofisticadísima máqui- na que representa el microfundamento de la vida compleja y a lar- ga escala del planeta. Para distinguirlo de todos los otros encuen- tros metafóricos que simbolizan zambullidas en el pasado, he decidido llamarlo «Gran Encuentro Histórico». En este caso el adje- tivo histórico tiene un doble significado: quiere decir «de fundamen- tal importancia» y también «cronológicamente hacia delante», no hacia atrás.

He definido el Gran Encuentro Histórico como un único aconte- cimiento porque única es también su trascendente consecuencia: la evolución de la célula eucariota, con su núcleo que contiene los cro- mosomas, su compleja ultraestructura de membranas y sus micros- cópicos orgánulos autoreproductores: las mitocondrias y (en las plan- tas) los cloroplastos. Pero, en realidad, los acontecimientos fueron dos o tres, tal vez separados por un largo intervalo de tiempo. En cada uno de estos encuentros históricos se produjo una fusión con célu- las bacterianas para formar una célula más grande. «El Cuento de Mixotricha», que viene a ser una reedición moderna del fenómeno,

 

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el cuento del antepasado

 

nos ha preparado para entender la clase de acontecimiento que tuvo lugar.

Hace unos 2.000 millones de años, un antiquísimo organismo uni- celular, una especie de protoprotozoo, estableció una extraña relación con una bacteria, una relación semejante a la de Mixotricha con sus bacterias. Como en el caso de Mixotricha, lo mismo ocurrió más de una vez con diversas bacterias, y puede que entre uno y otro acontecimien- to mediasen cientos de millones de años. Todas nuestras células son como ejemplares individuales de Mixotricha, llenos de bacterias tan modificadas por generaciones y generaciones de cooperación con la célula huésped que sus orígenes bacterianos casi no se aprecian más. Y más todavía que en el caso de Mixotricha, las bacterias se han inte- grado hasta tal punto en la vida de la célula eucariota que detectar su presencia fue un enorme triunfo científico. A propósito de la convi- vencia cooperativa que elementos en su día independientes mantie- nen dentro de la célula, me agrada que sir David Smith, uno de los mayores expertos en simbiosis, la haya comparado con la sonrisa del gato de Cheshire:

 

En el hábitat celular, un organismo invasor pierde poco a poco las pie- zas, fundiéndose lentamente con el trasfondo general, de forma que su existencia previa sólo se revela por algún vestigio. A uno le viene a la mente el pasaje de Alicia en el País de las Maravillas en que la protagonis- ta se encuentra con el gato de Cheshire. Mientras Alicia lo miraba, «se des- vaneció muy lentamente, empezando por la punta de la cola para termi- nar por la sonrisa, que permaneció visible cierto tiempo después de que el resto del cuerpo hubiese desaparecido». En una célula hay muchos obje- tos parecidos a la sonrisa del gato de Cheshire. Para quienes tratan de remontarse a sus orígenes, la sonrisa supone un desafío y un enigma.

 

¿Cuáles son los trucos bioquímicos que estas bacterias, en su día libres, introdujeron en nuestras vidas, trucos que aún hoy perduran y sin los cuales la vida cesaría al instante? Los dos más importantes son la foto- síntesis, que emplea energía solar para sintetizar compuestos orgáni- cos y, como efecto colateral, oxigena el aire, y el metabolismo oxidativo, que utiliza oxígeno (procedente de las plantas) para quemar lenta- mente los compuestos orgánicos y reutilizar la energía originalmen-

 

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te procedente del sol.1 Estas técnicas químicas las desarrollaron diver- sas bacterias antes del Gran Encuentro Histórico y, en cierto sentido, éstos conservan la exclusiva del producto. Lo único que ha cambiado es que ahora practican sus artes bioquímicas en esas fábricas especia- lizadas que son las células eucariotas.

Las bacterias fotosintéticas solían llamarse algas verdeazuladas, un nombre pésimo dado que ni son algas ni son, en su mayoría, verdea- zuladas. En general, son verdes y es mejor llamarlas bacterias verdes, aun- que algunas sean rojizas, amarillentas, pardas, negruzcas o, a veces, efectivamente, verdeazuladas. El adjetivo verde también se usa a veces como sinónimo de fotosintético, así que, en este sentido, bacterias ver- des también es una buena denominación. El nombre científico es cia- nobacterias. Son bacterias verdaderas, no Arqueas, y parece ser que cons- tituyen un buen grupo monofilético, es decir, que todas ellas (y nadie más) descienden de un solo antepasado clasificable como cianobac- teria.

El color verde de algas, coles, pinos y hierbas se debe a que todos tienen, en el interior de sus células, unos corpúsculos verdes llamados cloroplastos, remotos descendientes de bacterias verdes originalmente libres. Conservan su propio ADN y todavía se reproducen por división asexual, alcanzando una población considerable dentro de cada célu- la huésped. Cada cloroplasto es, en esencia, miembro de una pobla- ción de cianobacterias que se reproduce, y el mundo en que vive y se reproduce es el interior de la célula vegetal. De vez en cuando, cuan- do la célula vegetal se divide en dos células hijas, ese mundo sufre una pequeña conmoción: más o menos la mitad de los cloroplastos se encuentra en una de las células hijas y la otra mitad en la otra. Enseguida, sin embargo, reanudan su existencia normal, que consis- te en reproducirse para poblar de cloroplastos el nuevo mundo. Los cloroplastos usan constantemente su pigmento verde para capturar fotones procedentes del sol y para canalizar provechosamente la ener- gía solar con el fin de que sintetice compuestos orgánicos a partir del anhídrido carbónico y del agua proporcionados por la planta hués- ped. Una parte del oxígeno, producto de desecho, es utilizada por la

 

1. Las baterias (incluidos las Arqueas) tienen también el monopolio (si exceptua- mos a los rayos y a los químicos industriales humanos) de la fijación del nitrógeno.

 

 

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planta y otra parte expulsado a la atmósfera a través de aberturas en la epidermis de las hojas llamadas estomas. Los compuestos orgánicos sintetizados por los cloroplastos son finalmente puestos a disposición de la célula vegetal huésped.

Un detalle interesante que recuerda a «El Cuento de Mixotricha» es que algunos cloroplastos muestran señales de haber entrado en las células vegetales de forma indirecta, a remolque de otras células euca- riotas que probablemente habrían sido llamadas algas. La prueba ven- dría dada por el hecho de que algunos cloroplastos tienen una mem- brana doble; puede que la interna sea la pared de la bacteria original, mientras que la externa sería la pared del alga. Como en el caso de Mixotricha, en muchas algas verdes unicelulares incorporadas a los tejidos de hongos y animales, por ejemplo las algas que habitan en los corales, se aprecian recientes reediciones de esos acontecimientos.

Todo el oxígeno libre de la atmósfera procede de cianobacterias, tanto libres como en forma de cloroplastos. Como he explicado ante- riormente, cuando apareció por primera vez en la atmósfera el oxí- geno era un veneno y, de hecho, hay quien sostiene, pintorescamen- te, que todavía lo es; por eso los médicos nos recomiendan comer antioxidantes. En el curso de la evolución, fue un gran hallazgo quí- mico descubrir la forma de usar oxígeno para extraer energía (en su origen solar) de los compuestos orgánicos. Este descubrimiento, que puede considerarse una especie de fotosíntesis al revés, fue mérito exclusivo de bacterias, aunque de otro tipo. Como en el caso de la foto- síntesis, estas bacterias amantes del oxígeno (hoy conocidas como mito- condrias) siguen ejerciendo el monopolio de esta técnica, sólo que, también como en el caso de la fotosíntesis, se alojan en el interior de células eucariotas como la nuestra. A través de la magia bioquímica de las mitocondrias nos hemos hecho tan dependientes del oxígeno que la idea de que éste sea un veneno sólo se puede expresar con la boca pequeña, como una paradoja. El anhídrido carbónico, el vene- no mortal que sale por los tubos de escape de los coches, nos mata compitiendo con el oxígeno por obtener los favores de las moléculas de hemoglobina que transportan el oxígeno mismo. Privar a alguien de oxígeno es una forma rápida de matarlo. Sin embargo, si no fue- se por las mitocondrias, nuestras células no sabrían qué hacer con este gas; sólo éstas y sus primas bacterianas saben utilizarlo.

 

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el gran encuentro histórico

 

Al igual que ocurre con los cloroplastos, la comparación molecu- lar nos revela de qué grupo de bacterias proceden las mitocondrias. Derivan del llamado subgrupo de proteobacterias alfa y están, por tanto, relacionadas con las especies de Ricketssia que causan el tifus y otras graves enfermedades. Las mitocondrias han  perdido  gran  parte  de su genoma original y están plenamente adaptadas a la vida en el inte- rior de las células eucariotas, pero, al igual que los cloroplastos, siguen reproduciéndose autónomamente por división, dando origen a pobla- ciones dentro de cada célula eucariota. Si bien han perdido la mayo- ría de sus genes, no los han perdido todos, lo cual, como hemos podi- do constatar a lo largo de estas páginas, es una suerte para los genetistas moleculares.

Lynn Margulis, la bióloga que primero formuló la hipótesis, hoy casi universalmente aceptada, de que las mitocondrias y los cloro- plastos eran baterías simbióticas, ha tratado de hacer otro tanto con los cilios. Basándose en posibles reediciones de pasados acontecimien- tos como los descritos en «El Cuento de Mixotricha», Margulis ha supues- to que los cilios fuesen espiroquetas. Por desgracia, a pesar de lo her- moso y persuasivo del paralelismo con Mixotricha, casi todos los científicos que juzgaron convincentes las pruebas aportadas por la bió- loga en el caso de las mitocondrias y los cloroplastos, han considera- do poco convincentes las aducidas en pro del origen bacteriano de los cilios (undulipodios).

Debido a que el Gran Encuentro Histórico es un verdadero encuen- tro en la dirección histórica que discurre hacia delante, nuestra pere- grinación, a partir de aquí, estará rigurosamente dividida. En teoría, deberíamos seguir las distintas peregrinaciones regresivas de los diver- sos miembros del grupo eucariota hasta que se reuniesen en el remo- to pasado, pero creo que eso sería complicar inútilmente el viaje. Tanto los cloroplastos como las mitocondrias tienen afinidades con las eubac- terias, no con el otro grupo procariótico de las Arqueas, pero nues- tros genes nucleares están ligeramente más emparentados con las Arqueas y es con éstas con quienes vamos a reunirnos en el próximo encuentro de nuestro viaje marcha atrás.

 

 

 

 

 

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Encuentro 38

Arqueas

 

 

 

 

 

 

 

Después de las dudas acerca de lo que sucede en el «Encuentro 37» y del número de encuentros que se ocultan bajo la hoja de parra de un epígrafe, es un alivio volver a un punto de encuentro en torno al cual ya existe un consenso casi unánime. Todos  los peregrinos eucariotas, o al menos sus genes nucleares, reciben ahora la incorporación de   las arqueas, antiguamente llamadas arqueobacterias. Quien quiera, que decida si esto tiene lugar en los Encuentros 38, 39, 40 o 41 (o, mejor dicho, que lo decida la investigación de los próximos dos años); lo importante es que todo el mundo está de acuerdo en que los pro- cariotas, o, como algunos siguen llamándolos, las bacterias, son de dos tipos muy diferentes: eubacterias y arqueas. La idea dominante es que las arqueas están más estrechamente emparentadas con nosotros que con las eubacterias, razón por la cual he situado los dos encuentros en este orden; pero no debemos olvidar que, a causa de las extrañas cir- cunstancias expuestas en el Gran Encuentro Histórico, algunos frag- mentos de nuestras células son más afines a las eubacterias, a pesar   de que nuestros núcleos son más afines a las arqueas.

Tom Cavalier-Smith, un colega mío de Oxford cuya concepción de la evolución inicial de la vida refleja su enorme conocimiento de la diversidad microbiana, ha acuñado el término neomuros para englobar a las arqueas y los eucariotas, dejando fuera a las eubacterias. Asimismo, emplea el término bacterias para aludir a las eubacterias y a las arqueas, pero no a los eucariotas. Para él, por tanto, bacteria designa un grado, mientras que neomuro designa un clado. El clado al que pertenecen las

 

Incorporación de las Arqueas. La mayoría de expertos considera que las Arqueas son el grupo hermano de los eucariotas basándose en datos del ADN nuclear y en ciertos detalles de bioquímica y morfología celular. Sin embargo, si se usase ADN mitocondrial, los parientes más cercanos serían las proteobacterias alfa porque eso es lo que fueron inicialmente las propias mitocondrias (véase el Gran Encuentro Histórico). Las Arqueas se suelen dividir en dos grupos: crenarqueotas y euriarqueotas. Las secuencias de ADN extraídas de fuentes termales sugieren la existencia de otra rama que habría divergido antes, las coriarqueotas, aunque hasta  ahora no se ha visto ninguna. No hay datos relativos al número de especies: en el ámbito de los organismos asexuales no está claro cuál es el significado de especies.

 

Ilustraciones, de izquierda a derecha: Desulfurococcus mobilis; Methanococcoides burtonii.

 

 

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arqueas

 

eubacterias es simplemente la vida, ya que incluye tanto a las arqueas como a los eucariotas.

Cavalier-Smith considera que los Neomuros aparecieron hace sola- mente 850 millones de años, una fecha más reciente de la que me habría atrevido a aventurar. Está convencido de que las Arqueas de- sarrollaron sus peculiares características bioquímicas en el ámbito de las bacterias como adaptación a la termofilia. Termofilia en griego sig- nifica «amor por el calor», un amor que, en la práctica, consiste en vivir en fuentes termales. Mi colega considera que, posteriormente, las bac- terias termófilas se dividieron en dos grupos: unas se hicieron hiperter- mófilas (amantes de fuentes termales de temperatura muy elevada) y dieron origen a las modernas arqueas; otras abandonaron las fuentes termales y, en un entorno menos caliente, se convirtieron en eucario- tas absorbiendo otras procariotas y usándolas de la manera expuesta en «El Cuento de Mixotricha». Si Cavalier-Smith estuviese en lo cierto, sabríamos en qué marco ambiental tiene lugar el Encuentro 38: una fuente termal caliente o quizás una chimenea submarina. Claro que, naturalmente, también podría estar equivocado, y lo cierto es que su hipótesis no cuenta con un respaldo unánime.

Fue el gran microbiólogo estadounidense Carl Woese, de la uni- versidad de Illinois, quien descubrió y definió las Arqueas (a la sazón denominadas Arquebacterias) a finales de la década de 1970. En un primer momento la nítida separación respecto de otras bacterias fue muy discutida porque contradecía las teorías precedentes, pero aho- ra la aceptan casi todos los científicos y Woese ha conquistado mere- cidamente diversos honores y galardones, como el prestigioso premio Crafoord y la medalla Leeuwenhoek.

Las Arqueas engloban especies que prosperan en diversas condi- ciones extremas, como temperaturas altísimas o aguas muy ácidas, muy alcalinas o muy saladas. Como grupo, «fuerzan los límites» de lo que la vida puede tolerar. No se sabe si el Contepasado 38 fue uno de estos «extremistas», pero es una posibilidad fascinante.

 

 

 

 

 

 

 

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Encuentro 39

Eubacterias

 

 

 

 

 

 

 

Cuando iniciamos la peregrinación, la máquina del tiempo arrancó en primera y pensábamos en decenas de miles de años. Después fui- mos metiendo otras marchas, estimulando la imaginación para con- cebir primero millones y luego centenares de millones de años mien- tras acelerábamos hasta el Cámbrico recogiendo peregrinos por el camino. Pero el Cámbrico es sumamente reciente. Durante la mayor parte de su carrera en el planeta, la vida ha sido solamente procario- ta. Los animales somos un producto reciente. Para recorrer el tramo final que nos conducirá a Canterbury, la máquina del tiempo tendrá que andar en hyperdrive para evitar que el libro caiga en un tedio inso- portable. Con una prisa que podrá parecer casi indecente, nuestros peregrinos, que ahora engloban a los eucariotas y a las arqueas, corren hacia el pasado en dirección al Encuentro 39 con las eubacterias, el último según mi hipótesis. Sin embargo, puede que haya más de uno y que estemos más emparentados con unas bacterias que con otras. Es debido a esta incertidumbre por lo que el árbol filogenético de la página siguiente carece de raíz.

Las bacterias, como ya hemos visto y como confirmará «El Cuento del Taq», son unos químicos muy versátiles. Que yo sepa, también son las únicas criaturas no humanas que han inventado ese ícono     de la civilización humana que es la rueda. Nos lo va a contar Rhizobium.

 

 

 

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el cuento del antepasado

 

 

 

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eubacterias

EL CUENTO DE RHIZOBIUM

 

La rueda es un invento típicamente humano. Si desmontamos cual- quier máquina mínimamente complejo, nos encontraremos ruedas. Hélices de barco y de avión, taladros giratorios, tornos, ruedas de alfarero: nuestra técnica se basa en la rueda y sin ella se pararía en seco. La rueda se inventó probablemente en Mesopotamia en el cuar- to milenio a.C. Sabemos que el concepto de rueda no era obvio, sino que tenía que ser inventado expresamente porque las civiliza- ciones del Nuevo Mundo todavía no la conocían en la época de la conquista española. La presunta excepción (los juguetes precolom- binos que, según algunos testimonios, tenían ruedas) es demasiado extraña como para no despertar sospechas. ¿No será uno de esos mitos que se propagan sólo porque resultan sorprendentes, como  el tópico de que los esquimales tienen 50 palabras para designar la nieve?

Los zoólogos ya están acostumbrados a encontrarse las buenas ideas de los seres humanos anticipadas por el reino animal. Este libro rebosa de ejemplos de este fenómeno: sonares (murciélagos), electro- localizadores (ornitorrincos), diques (castores), reflectores parabóli- cos (lapas), sensores de infrarrojos para captar el calor (algunas ser- pientes), jeringas hipodérmicas (avispas, serpientes y escorpiones), arpones (cnidarios) y propulsión a chorro (calamares). ¿Por qué no la rueda?

 

Incorporación de las eubacterias. Árbol no dirigido (véase «El Cuento del Gibón») con dos posibles posiciones de la verdadera raíz señalizadas por las cruces. La punta de cada rama representa la época actual. Tradicionalmente se ha considerado a las eubacterias el grupo hermano del resto de seres vivos, lo que equivaldría a situar la raíz en el punto A. Sin embargo, a falta de grupos externos, no hay pruebas fehacientes que corroboren esta tesis. Otra posibilidad es que la raíz se halle dentro de las eubacterias (por ejemplo en la cruz B), en cuyo caso habría que añadir más puntos de encuentro. Los taxonomistas mantienen serias discrepancias en cuanto a las relaciones filogenéticos dentro de las eubacterias. En general se aceptan los grupos representados en este árbol, pero no las relaciones entre los mismos. Es el caso, particularmente, de las cianobacterias.

 

Ilustraciones, desde arriba en el sentido de las agujas del reloj: Escherichia coli 0111; especie Chlamydia; Leptospira interrogans; cloroplasto de una planta desconocida; Thermus aquaticus; Staphylococcus aureus.

 

 

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el cuento del antepasado

 

Es posible que la rueda nos impresione sólo porque contrasta con nuestras anodinas piernas. Antes de la invención de motores alimen- tados por combustibles (energía solar fosilizada), los animales nos superaban fácilmente en carrera. No es de extrañar que Ricardo III ofreciese su reino por un medio de transporte de cuatro patas que lo sacase del aprieto en que se hallaba. Quizá la mayoría de los anima- les no se beneficiaría de las ruedas porque ya corren bastante rápido con sus propias patas. Al fin y al cabo, hasta hace muy poco tiempo, todos nuestros vehículos de ruedas eran arrastrados por la potencia de las patas. Inventamos la rueda no para movernos más rápido que un caballo, sino para que el caballo nos transportase a su velocidad, o a una velocidad un poco inferior; desde el punto de vista de un caba- llo, una rueda es algo que te hace ir más despacio.

Hay otro factor que nos puede hacer sobrevalorar la rueda. Para alcanzar la máxima eficacia posible, la rueda depende de una inven- ción anterior: la carretera (u otra superficie lisa y dura). Un motor potente permite que un coche corra más que un caballo, un perro o un guepardo en una carretera plana y resistente, pero si la carrera se disputase en un terreno accidentado o en un sembrado, o en un terre- no lleno de setos y zanjas, sería una derrota aplastante: el caballo humi- llaría al automóvil.

Entonces quizás haya que replantear la pregunta. ¿Cómo es que los animales no han inventado la carretera? Las dificultades técnicas no parecen excesivas: una carretera es un juego de niños comparada con los diques del castor o las churriguerescas estructuras que cons- truye el pájaro pergolero para cortejar a las hembras. Existen hasta unas avispas cavadoras que apisonan el terreno con útiles de piedra. Es de suponer que animales de mayor tamaño también podrían usar técnicas análogas para allanar una carretera.

Pero entonces surge un problema inesperado. Por más que sea téc- nicamente posible construir una carretera, ponerse a ello supone una actividad peligrosamente altruista. Si yo, como individuo, construyo una buena carretera que vaya de A a B, el lector podría beneficiarse de ella tanto como yo. ¿Y por qué habría de importarme? Pues porque el darvinismo es un juego egoísta. Construir una carretera de la que cualquier otro podría sacar partido sería una actividad penalizada por la selección natural. Un adversario mío se beneficiaría de mi carrete-

 

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ra tanto como yo y, además, sin coste alguno. Los gorrones que usa- sen mi carretera sin molestarse en construirse la suya tendrían tiem- po de dedicar todas sus energías a la labor de reproducirse más que yo, mientras yo me empeñaba en mi actividad constructora. A menos que se tomasen medidas especiales, florecerían tendencias genéticas hacia un uso holgazán y egoísta que se ejercitaría a expensas de los industriosos constructores de carreteras. El resultado es que no se cons- truyen carreteras. Nosotros, gracias a nuestra capacidad previsora, nos damos cuenta de que todos saldrán perdiendo; pero la selección natu- ral, al contrario que los seres humanos, que estamos dotados de un gran cerebro de evolución reciente, no es capaz de prever nada.

¿Qué tiene de especial el ser humano, que ha logrado superar los instintos antisociales y construir carreteras de las que todos se benefi- cian? Pues muchas cosas. Ninguna otra especie ha desarrollado nada que se parezca ni remotamente a un estado del bienestar, una orga- nización que cuida de los ancianos, de los enfermos y de los huérfa- nos, y pone en funcionamiento instituciones benéficas. A simple vis- ta, son creaciones que parecen desafiar al darvinismo, pero no es éste el momento ni el lugar para abordar esta cuestión. Tenemos un gobierno, una policía, unos impuestos, unas obras públicas a las que todos, nos guste o no, contribuimos. Aquél que escribió «Muy Sr. Mío, es usted muy amable, pero preferiría no tomar parte en su sistema de recaudación del impuesto sobre la renta» seguro que recibió una res- puesta oficial del Ministerio de Hacienda. Por desgracia, ninguna otra especie ha inventado los impuestos, pero muchas han inventado la valla (virtual). Un individuo puede asegurarse el uso exclusivo de un recurso defendiéndolo activamente de sus adversarios.

Muchas especies animales son territoriales: no sólo las aves y los mamíferos, sin también los peces y los insectos. Defienden un área para impedir el acceso de adversarios de la misma especie, a menudo con el fin de asegurarse un pasto privado, o un escenario de corte- jo privado, o una zona privada de nidificación. Un animal que con- trolase un vasto territorio se beneficiaría de la construcción de una red de buenas carreteras aplanadas de las que se viesen excluidos sus adversarios. No es algo imposible, pero estas carreteras animales se- rían demasiado locales para viajes largos a gran velocidad. Con inde- pendencia de su calidad, estarían limitadas a la pequeña área que un

 

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el cuento del antepasado

 

individuo puede defender de las incursiones de sus rivales genéticos. No es un punto de partida muy favorable que digamos al desarrollo de la rueda.

Pero finalmente hemos llegado al protagonista de este cuento. Mi premisa inicial presenta una significativa excepción. Algunas criatu- ras microscópicas han inventado la rueda en el sentido más amplio   de la palabra. Puede incluso que la rueda sea el primer sistema loco- motor jamás inventado, habida cuenta de que durante la mayor par-   te de sus primeros 2.000 millones de años, la vida consistió única- mente en bacterias. Muchas bacterias, de las que Rhizobium es un ejem- plar típico, se mueven gracias a hélices filiformes, cada una de las cuales es accionada por un árbol de transmisión de rotación continua. En su día se pensaba que estos flagelos se agitaban como colas y que la aparente rotación en espiral se debía a la onda del movimiento ser- penteante que los atravesaba. La verdad es mucho más sorprenden-   te. El flagelo bacteriano1 esta adherido a un árbol que rota libre e inde- finidamente en una cavidad que atraviesa la pared celular. Es un verdadero eje, un cubo que gira propulsado por un minúsculo motor molecular que funciona según los mismos principios biofísicos de un músculo. Pero el músculo es un motor de pistones que, después de contraerse, tiene que estirarse de nuevo para prepararse para la siguien- te contracción, mientras que el motor bacteriano sigue moviéndose   en la misma dirección: es una turbina molecular.

El hecho de que sólo unas criaturas microscópicas hayan de- sarrollado la rueda invita a especular sobre el motivo más probable   de que criaturas de mayor tamaño no hayan hecho lo propio. El moti- vo es bastante prosaico y práctico, pero no por ello menos impor- tante. Una criatura grande necesitaría ruedas grandes que, al contra- rio de las fabricadas por el hombre, no podrían estar hechas de materiales inertes y después incorporadas, sino que tendrían que cre- cer in situ. Para que un órgano grande crezca in situ hace falta san-  gre o algo equivalente, y puede que también algo equivalente a los

 

1. Como hemos visto, el flagelo bacteriano es una estructura completamente dife- rente del flagelo eucariota (o protozoito), el undulipodio que hemos descrito en «El Cuento de Mixotricha». A diferencia de los eucariotas, que tienen 9 + 2 microtúbulos, el flagelo bacteriano es un tubo hueco compuesto de la proteína flagelina.

 

 

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Un eje alineado y un cubo de rotación libre impulsados por un minúsculo motor molecular.

 

nervios. El problema de dotar a un órgano rotatorio de una red de vasos sanguíneos (por no hablar de la red nerviosa) que no se enma- rañen es demasiado evidente como para que me entretenga a expli- carlo. Tal vez haya una solución, pero no me extraña que no se haya encontrado.

Los ingenieros humanos quizá sugerirían una serie de conductos concéntricos para transportar sangre a través del eje hasta el centro de la rueda, pero para llegar a una estuctura semejante, ¿qué esta- dios evolutivos intermedios habrían sido necesarios? Las mejoras evo- lutivas son como la ascensión a una montaña. No se puede pasar de un solo sato desde el pie hasta la cima. Un cambio brusco y repenti- no es posible para los ingenieros, pero en la naturaleza la cima de la montaña evolutiva sólo puede alcanzarse subiendo gradualmente des- de el punto de partida. Puede que la rueda represente uno de esos casos en los que la solución técnica se divisa claramente pero no se logra traducirla en realidad evolutiva porque se encuentra al otro lado de un profundo valle: inalcanzable para los animales de grandes dimen- siones pero al alcance de las bacterias gracias a su tamaño infinite- simal.

El escritor de literatura juvenil Philip Pullman, en su épica trilo- gía La materia oscura, resuelve el problema de los animales de gran tamaño con un ingenioso alarde de imaginación creativa, completa- mente inesperado pero biológicamente correcto. Pullman inventa un benévolo animal con trompa, la mulefa, que ha evolucionado como

 

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simbionte de un árbol gigantesco que da vainas duras y circulares, pare- cidas a ruedas. La mulefa tiene pies dotados de una espuela dura y pulida que, encajándose en un orificio en el centro de la vaina, lo hace funcionar como una rueda. Los árboles sacan partido de la simbiosis porque cuando con el tiempo, como inevitablemente ocurre, una rue- da se desgasta y es desechada, la mulefa dispersa las semillas que se hallan dentro de la vaina. Los árboles han evolucionado para poder devolver el favor, ya que producen vainas perfectamente circulares, provistas de un orificio en el centro para el eje de la mulefa, en el que además segregan un aceite lubricante de alta graduación. Las cua- tro patas de la mulefa están dispuestas formando un diamante: las dos situadas en sentido longitudinal a lo largo de la línea media del cuerpo se insertan en las ruedas, mientras las otras dos, colocadas una a cada lado a la altura de la mitad del cuerpo, no tienen ruedas y se usan para empujar al animal como si fuese uno de aquellos velo- cípedos primitivos sin cadena ni pedales. Pullman señala hábilmente que el sistema entero sólo es posible gracias a una característica geo- lógica del mundo en que viven tales criaturas: en la sabana hay largas formaciones basálticas que sirven como carreteras naturales.

A falta de la ingeniosa simbiosis ideada por Pullman, podemos acep- tar provisionalmente que la rueda es uno de esos inventos que, por muy buenos que sean de por sí, no pueden desarrollarse en los ani- males de gran tamaño, ya sea porque presuponen la existencia de una carretera, o porque la red de vasos sanguíneos se enmarañaría irre- mediablemente, o porque los estadios intermedios respecto a la solu- ción final no servirían para nada. Las bacterias desarrollaron la rue- da porque el mundo de los seres microscópicos es muy diferente y presenta problemas técnicos muy diferentes.

Recientemente, esos creacionistas que se hacen llamar «teóricos del diseño inteligente» han elevado el motor flagelar bacteriano a ico- no de una supuesta imposibilidad evolutiva. Como es innegable que el motor existe, ellos llegan a una conclusión diferente de la mía: mien- tras yo propongo que la rueda no ha evolucionado en los animales grandes por los problemas expuestos más arriba, los creacionistas ven en la rueda flagelar bacteriana un ejemplo de algo que, existien- do a pesar de que es imposible que exista: ¡debe de haberse creado por medios sobrenaturales!

 

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Se trata del viejo razonamieto del diseño, también llamado razonamien- to del relojero de Paley o razonamiento de la complejidad irreductible. Yo, con menos condescendencia, lo llamo razonamiento de la incredulidad per- sonal porque siempre adopta la siguiente forma: «Personalmente no consigo imaginar una secuencia natural de hechos que haya llevado    a la aparición de X, luego X tiene que haber surgido por medios sobre- naturales». Los científicos han respondido una y otra vez que ese mismo razonamiento describe, más que la naturaleza, la falta de ima- ginación de quien lo formula. El razonamiento de la incredulidad perso- nal nos induciría a apelar a lo sobrenatural cada vez que viésemos a  un buen mago realizar un número cuyo truco no fuesemos capaces   de adivinar.

Es perfectamente legítimo proponer el razonamiento de la com- plejidad irreductible para explicar por qué no existe algo que no existe, como acabo de hacer yo con la cuestión de por qué no hay mamíferos con ruedas. Es algo muy diferente de rehuir la responsa- bilidad, propia de un científico, de explicar algo que sí existe, como las bacterias con ruedas. No obstante, en honor a la verdad, se pue- den imaginar situaciones en las que fuese válido emplear alguna ver- sión del razonamiento del diseño o del de la complejidad irreducti- ble. Unos futuros visitantes alienígenas que llevasen a cabo excavaciones arqueológicas en nuestro planeta seguramente darían con la forma de distinguir máquinas diseñadas, como un avión o un micrófono, de máquinas evolucionadas, como las alas y orejas de los murciéla- gos. Es interesante reflexionar sobre cómo podrían llevar a cabo esa distinción. Puede que, en determinados casos, tuviesen problemas ante la caótica superposición de evolución natural y diseño humano. Si examinasen no sólo vestigios arqueológicos sino también ejempla- res vivos, ¿qué pensarían de los delicados e hipersensibles galgos y caballos de carreras, de bulldogs que jadean al respirar y sólo pue- den nacer por cesárea, de pequineses de ojos legañosos que parecen sustitutos de bebés, de esas ubres con patas que son las vacas frisonas, de jamones ambulantes como los cerdos Landrace, de jerseys de lana vivientes como las ovejas merinas? Las máquinas moleculares (la nano- tecnología), construida en beneficio del hombre a la misma escala que el motor flagelar bacteriano, podrían resultarles a los científicos alie- nígenas aún más difíciles de descifrar.

 

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En el libro Life Itself, Francis Crick elucubró, medio en serio medio en broma, que las bacterias tal vez no se hubiesen originado en la Tierra, sino que hubiesen llegado del espacio. Según su hipótesis, unas criaturas alienígenas deseosas de propagar su forma de vida, pero no de afrontar el problema técnicamente más difícil de transportarse a sí mismos, habrían colocado las bacterias en la ojiva de un cohete para enviarlas a la Tierra confiando en que, una vez se produjese la infec- ción bacteriana, la evolución natural se encargaría de completar el tra- bajo. Crick y su colega Leslie Orgel, que también participó en la for- mulación de esta hipótesis, dieron por supuesto que las bacterias habrían evolucionado por procesos naturales en su planeta natal, pero, en vista de que no le hacían ascos a la ciencia ficción, podrían perfec- tamente haber añadido al cóctel unas gotitas de nanotecnología, como una rueda dentada molecular o el motor flagelar observable en Rhizobium y en muchas otras bacterias.

El propio Crick –difícil saber si con pena o con alivio– no ha encon- trado muchas pruebas que digamos para respaldar su teoría de la

«panespermia dirigida». Pero los vastos territorios que se extienden entre la ciencia y la ciencia ficción son un útil cuadrilátero mental en el que uno puede enfrentarse a cuestiones verdaderamente importan- tes. Una vez aceptado el hecho de que la ilusión de diseño provoca- da por la selección natural darviniana es extraordinariamente fuerte,

¿cómo se distinguen, en la práctica, los productos de la selección natu- ral de los artefactos diseñados deliberadamente? Jacques Monod, otro ilustre biólogo molecular, se planteó una pregunta parecida al inicio de El azar y la necesidad. ¿Existen ejemplos realmente convincentes de complejidad en la naturaleza, por ejemplo organizaciones complejas hechas de muchas partes, en las que la pérdida de cualquiera de esas partes resultase fatal para el conjunto? Si existiesen, ¿sería lícito pen- sar en un verdadero diseño fruto de una inteligencia superior, como, pongamos por caso, una civilización de otro planeta, más antigua y más evolucionada?

Podría darse el caso de que finalmente se descubriesen ejemplos de semejante complejidad, pero, ay, el motor flagelar bacteriano no es uno de ellos. Como muchas otras supuestas complejidades irredu- cibles, como el ojo y otros órganos, el flagelo bacteriano resulta ser absolutamente reducible. Kenneth Miller, de la Universidad de Brown,

 

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afronta esta cuestión con un riguroso análisis expositivo. Según demues- tra, no es cierto que, tal y como afirman algunos, las partes compo- nentes del motor flagelar no cumplan ninguna otra función. Un ejem- plo cualquiera: muchas bacterias parásitas poseen un mecanismo llamado SSTT (sistema de secreción de tipo III) mediante el cual inyec- tan sustancias químicas en células huéspedes. El SSTT emplea un sub- conjunto de las mismas proteínas utilizadas en el motor flagelar. En este caso no se usan para proporcionar movimiento rotatorio a un cubo circular, sino para practicar un agujero circular en las paredes celulares del huésped. Así lo resume Miller:

 

En pocas palabras, el SSTT lleva a cabo su ingrata labor utilizando algu- nas proteínas de la base del flagelo. Desde el punto de vista evolutivo, esta relación no tiene nada de sorprendente. Efectivamente, es natural que el oportunismo de los procesos evolutivos combine y acople prote- ínas para dar lugar a funciones nuevas y originales. En cambio, según la doctrina de la complejidad irreductible, esto no sería posible. Si el fla- gelo de veras fuese irreductiblemente complejo, eliminar una sola par- te, no digamos ya cinco o diez, inutilizaría lo restante «por definición». El SSTT, en cambio, funciona perfectamente aunque falten casi todas las partes del flagelo. El SSTT podrá ser dañino para los seres huma- nos, pero para las bacterias que lo poseen es un valiosísimo mecanismo bioquímico.

El hecho de que esté presente en una amplia variedad de bacterias demuestra que una pequeña porción del «irreductiblemente complejo» flagelo puede desempeñar una función biológica importante. Teniendo en cuenta que dicha función se ve claramente favorecida por la selec- ción natural, afirmar que el flagelo tenga que estar completamente ensam- blado antes de que sus componentes puedan ser útiles es, sin lugar a dudas, incorrecto. Por lo tanto, el argumento de que el flagelo es fruto de un dise- ño inteligente no es válido.

 

A Miller la teoría del diseño inteligente le resulta tanto más indignante por cuanto –curioso detalle– es un hombre de profundas conviccio- nes religiosas, de las cuales habla más extensamente en Finding Darwin’s God. El Dios de Miller (si no el de Darwin) es el Dios que se revela en las leyes fundamentales de la naturaleza y que, tal vez incluso, se iden-

 

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tifica con éstas. Cuando los creacionistas se empeñan en demostrar    la existencia de Dios a través de la vía negativa del razonamiento de la incredulidad personal lo que están haciendo, como Miller señala, es pre- suponer que Dios viola caprichosamente sus propias leyes. Y eso, para aquéllos que como Miller profesan una meditada fe religiosa, es un degradante y vulgar sacrilegio.

Yo, que no soy creyente, suscribo y apoyo el argumento de Miller con un paralelismo de mi cosecha. Si no sacrílego, el argumento basado en la teoría del diseño inteligente denota pereza mental. Lo he ridiculizado mediante una conversación imaginaria entre sir Andrew Huxley y sir Alan Hodgkin, en su día presidentes de la Royal Society y ganadores de un Nobel conjunto por haber descrito la biofísica mole- cular de los impulsos nerviosos.

 

–Le digo, Huxley, que es un problema dificilísimo. No entiendo cómo fun- ciona el impulso nervioso, ¿y usted?

–Yo tampoco, Hodgkin, y estas ecuaciones diferenciales son práctica- mente imposibles de resolver. ¿Por qué no desistimos y decimos que el impulso nervioso se propaga por energía nerviosa?

–Me parece una idea excelente, Huxley. Vamos a escribir corriendo una carta al Nature, bastará con un renglón. Después nos ocuparemos de algo más fácil.

 

Julian, el hermano mayor de Andrew Huxley, ironizó de un modo pare- cido cuando, hace mucho tiempo, señaló que la teoría de que los fenó- menos se explicaban con el vitalismo, a la sazón encarnado por el élan vital de Henri Bergson, equivalía a afirmar que lo que propulsa la locomotora de un tren es un élan locomotif.2 En cambio, no conside- ro fruto de la pereza mental, ni Miller considera sacrílega, la idea de la panespermia dirigida. Crick hablaba de un diseño sobrehumano, no sobrenatural: una diferencia muy importante. Según la visión del mundo de Crick, los diseñadores sobrehumanos de las bacterias o

 

 

2. Resulta deprimente que, entre los cien premios Nobel de Literatura, el que más se acerque la ciencia sea Henri Bergson. El único que podría rivalizar con él en men- talidad científica es Bertrand Russell, que, sin embargo, obtuvo el Nobel por sus escri- tos de inspiración humanitaria.

 

 

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del medio de propagarlas por la Tierra habrían evolucionado origi- nalmente en su planeta por un equivalente local de la selección dar- viniana. El detalle crucial es que Crick siempre ha buscado un recur- so teórico como el que Daniel Dennet denomina grúa: nunca ha recurrido a un «gancho colgado del cielo».

Se puede responder al razonamiento de la complejidad irreducti- ble sobre todo demostrando que las presuntas entidades irreduc- tiblemente complejas, como el motor flagelar, la secuencia del meca- nismo de coagulación de la sangre, el ciclo de Krebs, etc. son en realidad reductibles. La incredulidad personal se revela, pues, erró- nea. Además, no se puede olvidar que, en los casos en que no todavía no se ha logrado imaginar una posible vía evolutiva gradual para la complejidad, el afán de presuponer que ésta sea, por tanto, sobrena- tural denota una mentalidad sacrílega o perezosa, según el gusto de cada uno.

Pero hace falta mencionar otra objeción, la del «arco y el anda- mio», formulada por Graham Cairns-Smith. El contexto era diferen- te, pero su razonamiento vale para el discurso que venimos haciendo aquí. Un arco es irreductible en el sentido de que, si se retira una par- te, se derrumba; sin embargo, se puede construir gradualmente por medio de andamios. La posterior retirada del andamio, que dejará de ser visible para quien contemple el resultado final, no nos autori- za a atribuir, con ánimo mistificador y oscurantista, poderes sobrena- turales a los albañiles.

El motor flagelar es común entre las bacterias. He escogido a Rhizobium porque además nos ofrece un segundo ejemplo de versati- lidad bacteriana. En la mayor parte de las rotaciones de cultivos efi- caces, los agricultores siembran leguminosas por un motivo indiscu- tible: las leguminosas utilizan el nitrógeno natural de la naturaleza (es de largo el gas más abundante en la atmósfera) en lugar de absorber compuestos nitrogenados del suelo. Pero no son ellas las que fijan el nitrógeno atmosférico y lo transforman en compuestos utilizables: son las bacterias simbiontes, en concreto Rhizobium, alojadas en nódulos radicales que las plantas, con una solicitud al parecer totalmente invo- luntaria, les proporcionan ex profeso.

Eso de contratar ingeniosos mecanismos químicos a bacterias quí- micamente mucho más versátiles es un modelo muy extendido en el

 

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reino animal y vegetal. Y es, también, el principal mensaje de «El Cuento del Taq».

 

 

EL CUENTO DEL TAQ

(Escrito en colaboración con Yan Wong)

 

Ahora que hemos llegado al encuentro más alejado en el tiempo y recogido a lo largo de nuestra peregrinación todas las formas de vida que conocemos, estamos en condiciones de analizar su diversidad. Al nivel más profundo, la biodiversidad es química. Los diferentes

«segmentos de mercado» que explotan nuestros compañeros de via- je representan una amplia gama de aptitudes en el arte de la quími- ca. Y, como acabamos de ver, son las bacterias, incluidas las Arqueas, las que despliegan un espectro más amplio de habilidades químicas. Como grupo, las bacterias son los mayores químicos del planeta. Incluso nuestras células deben buena parte de sus actividades quími- cas a la labor de «operarios» bacterianos huéspedes, actividades que sólo constituyen una pequeña parte de lo que las bacterias son capa- ces de hacer. Desde el punto de vista químico, somos más parecidos a algunas bacterias de lo que otras bacterias lo son entre sí. Desde ese mismo punto de vista, se si eliminase de la faz de la Tierra toda la vida excepto las bacterias, la mayor parte de la gama biológica perma- necería intacta.

La bacteria que he escogido para narrar esta historia es Thermus aquaticus, a la que los biólogos moleculares llaman afectuosamente Taq. Las bacterias nos parecen extrañas por múltiples razones. Como se deduce del nombre, Thermus aquaticus gusta del agua caliente; mejor dicho, del agua muy caliente. Como hemos visto en el Encuentro 38, muchas Arqueas son termófilas e hipertermófilas, pero no son las úni- cas que prefieren esa forma de vida. Ni termófilas ni hipertermófilas son categorías taxonómicas, sino algo más parecido a gremios o pro- fesiones, como el estudiante, el molinero y el médico de Chaucer. Viven en lugares en los que ningún otro ser podría vivir: las fuentes de agua hirviente de Rotorua y Yellowstone o las chimeneas submari- nas de las dorsales oceánicas. Thermus es una eubacteria hipertermó- fila. Sobrevive sin problemas en aguas cercanas al punto de ebullición,

 

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aunque prefiere una temperatura en torno a los 70°. No ostenta, sin embargo, el récord mundial de termofilia, pues hay Arqueas abisales que prosperan a 115°, una temperatura superior a la del punto de ebu- llición normal del agua.3

Thermus es famoso entre los biólogos moleculares porque es la fuen- te de la enzima de duplicación del ADN llamada Taq polimerasa. Naturalmente, todos los organismos tienen enzimas de duplicación  del ADN, pero Thermus ha tenido que desarrollar una que resistiese temperaturas cercanas al punto de ebullición. Esta característica es útil para los biólogos moleculares porque la forma más fácil de pre- parar el ADN para la duplicación es hervirlo, dividiéndolo en las dos hebras que lo componen. Si se hierve y enfría repetidamente una solu- ción que contenga tanto ADN como Taq polimerasa, se duplican, o amplifican, hasta las cantidades más infinitesimales del ADN origi- nal. Este método se denomina reacción en cadena de la polimerasa, o RCP, y es sumamente ingenioso.

Gracias a la reputación que se ha labrado como mago del labora- torio bioquímico, Thermus está más que autorizado para narrarnos este cuento. Pero hay un segundo factor que lo coloca en una posición inmejorable para ilustrar el peculiar, y para nosotros instructivo, pun- to de vista de las bacterias, y es que pertenece al restringido grupo de las hadobacterias. En su esquema taxonómico, mencionado en el Encuentro 39, Tom Cavalier-Smith sostiene que las hadobacterias, jun- to con sus primas las bacterias verdes no sulfúreas, fueron el primer grupo bacteriano en ramificarse. Si esto fuese cierto, dicho grupo sería el pariente más lejano de todas las demás formas de vida.

Según está hipótesis, Thermus y sus parientes estarían aislados. Todas las demás bacterias tendrían un antepasado común entre sí y con el resto de los seres vivos, pero Thermus no. Si la hipótesis se confirma- se, las consecuencias serían que, así como cualquier bacteria vería al resto de seres vivos agrupado en una única rama cadete, dentro de las bacterias, Thermus vería al resto de bacterias agrupado en una úni- ca rama de la familia bacteriana. Esto, unido a su afición a las aguas

 

3. Puede resultar extraño que haya agua tan por encima del punto normal de ebu- llición, pero no hay que olvidar que el agua hierve a temperaturas más altas cuando la presión es más elevada.

 

 

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hirvientes, es el motivo por el que le he adjudicado el papel de narrar la historia de la diversidad de la vida. Pero mientras que las pruebas del estatus especial de Thermus no son definitivas, no cabe duda de que la inmensa mayoría de la biodiversidad a nivel químico es microbia- na y que una sustancial mayoría de ésta es bacteriana. La historia de la diversidad de la vida, en la medida en se trata de una diversidad mayormente química, merece ser narrada por una bacteria, y esa bacteria puede ser perfectamente Taq.

Tradicionalmente, lo cual es comprensible, el cuento de la biodi- versidad se narraba desde la óptica de los animales de gran tamaño, en especial del ser humano. La vida se dividía en reino animal y rei- no vegetal, y la diferencia parecía muy clara. Los hongos se clasifica- ban como vegetales porque los más conocidos estan enraizados en el suelo y no se alejan cuando uno se acerca a examinarlos. Antes del siglo XIX ni siquiera se sabía que existiesen las bacterías y cuando se las vio por primera vez a través de potentes microscópicos los biólo- gos no sabían en qué categoría situarlas. Unos las consideraron plan- tas en miniatura; otros, animales microscópicos; otros, incluso, juzga- ron que aquellas que capturaban luz (las cianobacterias) eran plantas y todas las demás, animales. Lo mismo sucedió con los «protistas», eucariotas unicelulares mucho más grandes que las bacterias: los ver- des recibieron el nombre de Protofitos y los demás de Protozoos. Un ejemplo conocido de protozoo es Amoeba, al que en su día se conside- raba muy cercano del gran progenitor de todas las formas de vida: un error garrafal toda vez que, a los «ojos» de una bacteria, Amoeba apenas se distingue de Homo sapiens.

Todo eso sucedía en la época en que los organismos vivos se clasi- ficaban con arreglo a su anatomía visible; las bacterias, en consecuen- cia, resultaban mucho menos diversas que los animales y las plantas  y, comprensiblemente, se las tenía por animales o plantas primitivas. Todo cambio cuando se empezó a clasificar a los seres vivos en fun- ción de informaciones mucho más ricas proporcionadas por sus molé- culas y a analizar la gama de «oficios» químicos ejercidos por los micro- bios. Veamos a continuación como está el panorama actualmente.

Si los animales y las plantas se consideran dos reinos distintos, según ese mismo criterio existen docenas de «reinos» microbianos que, en virtud de su singularidad, tienen derecho a reclamar el mismo esta-

 

Las principales divisiones de la vida. Árbol de la vida basado en recientes estudios moleculares que muestra la división en tres dominios fundamentales. Adaptado del de Grimaldo y Philippe [113].

 

 

tus que animales y plantas. El diagrama muestra la punta del ice- berg. No sólo he omitido algunas ramas de las categorías filogenéti- cas superiores, sino que sólo he incluido los microbios que viven en lugares accesibles y pueden cultivarse en el laboratorio. De hecho, buscando aquí y allá nuevas ubicaciones del ADN sin molestarse en averiguar de qué organismos proceden, se pueden encontrar reinos microbianos enteros completamente inéditos. El incombustible Craig Venter y su equipo afirman haber descubierto al menos 1.800 nuevas especies microbianas gracias a una secuenciación de tipo shotgun del ADN que flota en el mar de los Sargazos. Animales, plantas y hongos sólo son tres pequeñas ramas del árbol de la vida. Lo que distingue a estos tres reinos que nos son tan familiares de todos los demás es el tamaño de los organismos que los integran, compuestos todos ellos

 

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por muchas células. Los otros reinos están casi exclusivamente for- mados por microbios. ¿Por qué, entonces, no los reagrupamos en un único reino microbiano, al mismo nivel que los tres grandes reinos pluricelulares? Uno de los motivos, muy razonable además, es que a nivel bioquímico muchos reinos microbianos difieren entre sí y con respecto a los tres reinos pluricelulares tanto como éstos difieren unos de otros.

No tiene sentido entrar en disquisiciones bizantinas sobre si real- mente son 20, 25 o 100 los reinos que presentan tal diversidad. Lo que está claro viendo el diagrama es que todos estos reinos están compren- didos en tres superreinos principales o dominios, por usar la termino- logía de Carl Woese, que es quien ideó la nueva clasificación. Los tres dominios son los eucariotas –las criaturas en cuya compañía hemos recorrido la mayor parte del viaje–, las Arqueas –los microbios con que nos hemos reunido en el Encuentro 38 y que el viejo sistema de cla- sificación habría incluido en el tercer dominio– y las eubacterias, que son precisamente ese tercer dominio y consisten en las bacterias verdaderas. Son los miembros de este tercer dominio los que se nos han unido en la etapa definitiva de nuestra peregrinación. Es un honor compartir el último capítulo del libro con los propagadores de ADN más omnipresentes y eficaces que jamás hayan existido.

Es evidente que el diagrama de estrella no se basa en característi- cas morfológicas que podamos ver o tocar. Si se quieren comparar organismos, deben escogerse características que todos ellos compar- tan aproximadamente. No se pueden comparar patas si la mayoría de especies no poseen patas. Patas, cabezas, hojas, clavículas, raíces, corazones, mitocondrias: cada uno de estos elementos está limitado a un subconjunto de seres. El ADN, en cambio, es universal y existe un puñado de genes particulares que todas las criaturas vivas com- parten, con tan sólo diferencias mínimas y cuantificables. Éstas son las características que debemos usar para una comparación a gran esca- la. Tal vez el mejor ejemplo lo representan los códigos que sirven para la fabricación de ribosomas.

Los ribosomas son mecanismos celulares que leen las informaciones contenidas en el ARN (que a su vez son transcritas a partir de genes del ADN) y fabrican proteínas. Son vitales para todas las células y están universalmente presentes. Compuestos en gran parte de ácido ribo-

 

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nucleico (ARN), reciben el nombre de ARN ribosómico (ARNr) y son completamente diferentes de las cintas de información ribonucleica que ellos mismos leen y traducen en proteínas. El ARNr viene codifi- cado por genes del ADN. La secuencia de ARNr se puede leer direc- tamente o en los genes del ADN que la codifican: el llamado ADN ribo- sómico (o ADNr). Tanto en un caso como en otro, lo llamaré ADNr. El ADNr es muy útil para comparar directamente una criatura con otra, porque todos lo poseen, pero no se utiliza no sólo por su omnipresencia. Un hecho igual de importante es que presenta la cantidad justa de variación genética: es lo bastante similar en las diver- sas especies vivas como para permitir comparaciones, pero no tan simi- lar como para impedir la cuantificación de las diferencias. Recurriendo al método de «El Cuento del Gibón», podemos usar el ADNr para dibu- jar todo el árbol de la vida y determinar las enormes distancias evolu- tivas entre los principales dominios y dentro de los mismos. Hace fal- ta tener presente que el ADNr es muy vulnerable a la atracción de ramas largas y otros escollos similares, pero, con la ayuda de otros genes y usando alteraciones inusuales del genoma (inserciones y supresio- nes de grandes tramos de ADN) se puede construir un árbol provi- sional, y eso es lo que tenemos en la página precedente. Bien es ver- dad que algunas ramas de este árbol provisional son inciertas, sobre todo dentro de las eubacterias, y esto podría reflejar su tendencia a intercambiarse ADN, un problema que no hemos advertido en nin- gún eucariote; sin embargo, los investigadores han identificado un grupo fundamental de genes bacterianos que casi nunca se inter- cambian, de modo que quizá un día se llegue a un acuerdo general sobre un orden indiscutible de ramificaciones del árbol de la vida.

No veo la hora de que llegue ese día.

La distancia taxonómica, que se mide comparando los genomas, es uno de los métodos para analizar la diversidad. Otro consiste en mirar la variedad de modos de vida, la gama de oficios que nuestros peregrinos ejercen. A primera vista puede parecer que diferentes bac- terias son más parecidas, bajo este prisma, que un búfalo y un león, o que un topo y un koala. Para animales de gran tamaño como nosotros, vivir excavando túneles bajo tierra en busca de gusanos es muy dife- rente de vivir masticando hojas en lo alto de un eucalipto. Sin embar- go, desde el punto de vista de nuestro narrador bacteriano, topos, koa-

 

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las, leones y búfalos hacen todos lo mismo: obtener energía de la des- composición de moléculas complejas que han sido fabricadas gracias a la energía solar captada por las plantas. Los koalas y los búfalos se alimentan directamente de plantas, mientras que los leones y los topos obtienen la energía de manera indirecta, alimentándose de otros animales que (en última instancia) comen plantas.

La fuente primaria de energía externa es el sol. A través de bacte- rias verdes simbiontes contenidas en las células vegetales, el sol es el único productor de energía para toda la vida que podemos apreciar a simple vista. Esta energía es capturada por paneles solares verdes (las hojas) y empleada para llevar a cabo la síntesis de compuestos orgánicos como los azúcares y el almidón de las plantas. Mediante una serie de reacciones químicas, el resto de la vida recibe la energía so- lar que en un primer momento captaron las plantas. La energía flu- ye por toda la economía biológica, del sol a las plantas, de las plantas a los herbívoros, de los herbívoros a los carnívoros, de los carnívo- ros a los saprófagos. Cada uno de esos pasos, de una criatura a otra pero también dentro de las propias criaturas, conlleva un gasto a nivel de economía energética. Inevitablemente, parte de la energía se disi- pa en forma de calor y jamás se recupera. Sin la inmensa afluencia de energía solar, la vida, solían decir en su día los manuales, se deten- dría en seco.

Esto, en gran medida, sigue siendo cierto, pero dichos manuales no tenían en cuenta a las bacterias ni a las Arqueas. Si uno es un quí- mico lo bastante ingenioso, podrá concebir para este planeta mode- los alternativos de flujos energéticos que no derivan del sol. Y cuan- do se habla de trucos químicos útiles, lo más probable es que una bacteria ya se nos haya adelantado, puede que antes incluso de que se descubriese el truco de la fotosíntesis, hace más de 3.000 millones de años. Siempre ha de existir, por fuerza, una fuente de energía, pero eso no quiere decir que tenga que ser el sol. Muchas sustancias encie- rran energía química, una energía que puede liberarse por medio de las reacciones químicas adecuadas. Desde el punto de vista económi- co, a los seres vivos les sale rentable extraer de las profundidades de la tierra hidrógeno, ácido sulfhídrico y algunos compuestos de hierro. Cuando lleguemos a Canterbury nos ocuparemos de la vida en las entrañas de la tierra.

 

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Aunque, en general, nuestros cuentos no sean narraciones en pri- mera persona, en este caso voy a hacer una excepción y dar la pala- bra a Thermus aquaticus:

 

Si probaséis a mirar la vida desde nuestro punto de vista, vosotros, euca- riotas, dejaríais inmediatamente de daros tantos aires. Vosotros, simios bípedos, tupayas rabonas, sarcopterigios desecados, gusanos vertebra- dos, esponjas con exceso de genes Hox; vosotros, eucariotas recién llega- dos, congregaciones apenas reconocibles de una parroquia monótona y exigua, sóis poco más que una extravagante espuma sobre la superficie de la vida bacteriana. Al fin y al cabo, las mismísimas células de que estáis compuestos son colonias de bacterias que repiten los mismos viejos tru- cos que nosotras descubrimos hace mil millones de años. Estábamos aquí antes de que llegáseis y aquí seguiremos cuando os hayais ido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Canterbury

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como corresponde al destino final de una peregrinación de cuatro mil millones de años, nuestro particular Canterbury está cubierto por una pátina de misterio. Se trata de la peculiaridad conocida como el ori- gen de la vida, aunque mejor sería llamarla el origen de la herencia biológica. La misma definición de la vida no está clara, lo cual pare- ce contrario al sentido común. En el capítulo 37 del Libro de Ezequiel, el profeta, llamado a descender al valle de los huesos, identifica vida con aliento. No me resisto a transcribir el pasaje («cada hueso con su hueso», qué prodigio de concisión):

 

Profeticé, pues, como se me ordenó; y mientras yo profetizaba, hubo un ruido. Y he aquí un temblor, y los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso. Miré, y he aquí que subían sobre ellos tendones y carne, y  la piel se extendió encima de ellos. Pero no había aliento en ellos. Entonces me dijo:

Profetiza al espíritu. Profetiza, oh hijo de hombre, y di al espíritu que así ha dicho el Señor Jahvé: «Oh, espíritu, ven desde los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que vivan.»

 

Y eso hizo el espíritu, faltaría más. Un ejército enorme recobró el alien- to y se puso en pie. Para Ezequiel, lo que define la diferencia entre estar vivo y estar muerto es el aliento. El propio Darwin insinuó lo pro- pio en uno de sus pasajes más elocuentes, las últimas palabras de El origen de las especies (las cursivas son mías):

 

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canterbury

 

Es así como de la guerra natural, del hambre y de la muerte resulta el obje- to más elevado que concebirse pueda, a saber, la creación de los anima- les superiores. Hay algo grandioso en esta idea de que la vida, con sus múl- tiples facultades, fue alentada originalmente por el Creador en unas pocas formas o incluso en una sola, y que, mientras este planeta ha seguido giran- do conforme a la inmutable ley de la gravedad, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, innúmeras for- mas bellísimas y portentosas.

 

Darwin invirtió atinadamente el orden de los acontecimientos narra- dos por Ezequiel. Lo primero fue el aliento vital, que creó las condi- ciones adecuadas para la posterior evolución de huesos, tendones, car- ne y piel. A propósito, las palabras «por el Creador» no figuran en la primera edición de El origen de las especies, sino que se añadieron en la segunda, probablemente como concesión a las camarillas religiosas. Darwin se arrepentiría de ello más adelante, como manifestó en una carta a su amigo Hooker:

 

Llevo mucho tiempo arrepentido de haberme sometido a la opinión públi- ca y usado el término creación, propio del Pentateuco, cuando lo que en verdad quise decir fue que la vida apareció en virtud de algún proceso abso- lutamente desconocido. En el momento actual es un puro despropósito pensar en el origen de la vida es; tanto daría ponerse a pensar en el ori- gen de la materia.

 

Es probable que Darwin considerase (a mi modo de ver, con toda la razón) que el origen de la vida era un problema relativamente fácil (y subrayo lo de relativamente) comparado con el que él había resuelto, a saber: cómo la vida, una vez iniciada, pudo alcanzar una diversidad y com- plejidad tan sorprendentes, una ilusión de diseño eficaz tan poderosa. No obstante, Darwin aventuraría posteriormente (en otra carta a Hooker) una conjetura sobre ese «proceso absolutamente desconocido» que dio comienzo a todo. Se vio llevado a reflexionar sobre ello cuando se pre- guntó por qué no veíamos originarse la vida una y otra vez.

 

A menudo se oye decir que en la actualidad se dan todas las condiciones para la génesis de un organismo vivo y que tal vez se hayan dado desde

 

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siempre. Pero si (¡y cuán grande es este si!) aceptamos que en algún peque- ño estanque tibio en el que hubiera toda clase de sales amónicas y fosfó- ricas, luz, calor, electricida, etc. podría formarse químicamente un com- puesto proteínico preparado para sufrir transformaciones aún más complejas, en la actualidad dicha materia sería absorbida al instante, lo cual no habría ocurrido antes de que existiesen seres vivos.

 

Por aquel entonces la doctrina de la generación espontánea sólo se había visto rebatida por los experimentos de Pasteur. Desde hacía mucho tiempo se creía que la carne podrida creaba de la nada gusa- nos, que los percebes canadienses generaban espontáneamente pollue- los de barnacla, e incluso que la ropa sucia mezclada con trigo engen- draba ratones. Contra toda lógica, la teoría de la generación espontánea contaba con el respaldo de la Iglesia (por fidelidad a Aristóteles, como en tantas otras cuestiones). Digo «contra toda lógica» porque, al menos vista a posteriori, la generación espontánea atentaba contra la doctri- na de la creación divina tanto como la mismísima teoría de la evolu- ción. La idea de que las moscas o los ratones puedan surgir por gene- ración espontánea supone un tremendo menosprecio de un logro tan formidable como sería el de la creación de moscas o ratones y repre- senta un verdadero un insulto al Creador. Pero quien posee una men- talidad acientífica no alcanza a captar cuán complejo e intrínsecamen- te improbable es un ratón o una mosca. Darwin fue el primero en apreciar cabalmente este error.

Aún en 1872, Darwin, en una carta a Wallace, el codescubridor de la selección natural, seguía juzgando necesario manifestar sus dudas acerca de que «los rotíferos y los tardígrados» se generasen «espontá- neamente», tal y como se insinuaba en un libro, The Beginnings of Life, que por lo demás admiraba. Su escepticismo, como de costum- bre, iba bien encaminado. Los rotíferos y los tardígrados son formas complejas maravillosamente adaptadas a sus respectivos modos de vida. Que hubiesen podido surgir por generación espontánea implicaría que se tornaron adaptados y complejos «por una afortunada casuali- dad, algo que me resisto a creer». A Darwin, las casualidades afortu- nadas de esta magnitud le resultaban intolerables, como también debe- rían haberle resultado intolerables a la Iglesia, aunque por motivos diferentes. El fundamento de la teoría darviniana era, y sigue siendo,

 

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que la complejidad adaptativa se conforma de manera lenta y gradual, paso a paso, no de un único golpe que solamente quepa explicar recu- rriendo a una intervención del ciego azar. La teoría de Darwin, al repar- tir la intervención del azar entre los pequeños pasos necesarios para generar las variaciones que dan pie a la selección, proporciona la úni- ca escapatoria realista a la explicación de que la vida es pura chiripa. Si los rotíferos pudiesen originarse sin más ni más, no habría hecho falta que Darwin dedicase toda una vida a este asunto.

Con todo, la selección natural tuvo que empezar de alguna mane- ra. En este sentido, y sólo en éste, debió de darse algún tipo de gene- ración espontánea, siquiera una sola vez. Lo bueno de la contribución de Darwin es que esa única generación espontánea que nos vemos obligados a postular no tuvo que sintetizar nada tan complicado como un gusano ni un ratón, sino tan sólo producir... Bien, nos vamos acer- cando al quid de la cuestión. Si no fue el aliento, ¿cuál fue el ingre- diente esencial que puso en marcha la selección natural, la cual, tras auténticas epopeyas de evolución acumulada, terminó dando lugar a los gusanos, los ratones y los hombres?

Los detalles permanecen enterrados, tal vez sin posibilidad de recu- peración, en nuestro antiguo Canterbury, pero podemos poner un nom- bre minimalista a ese ingrediente esencial que al menos exprese qué tipo de cosa debió ser, y ese nombre es herencia. No deberíamos buscar el origen de la vida, que es algo vago e indefinido, sino el origen de la herencia, de la verdadera herencia, que tiene un significado muy pre- ciso. Anteriormente he recurrido al fuego para explicarlo.

El fuego compite con el aliento como símbolo visual de la vida. Cuando morimos, el fuego de la vida se apaga. Es muy probable que cuando nuestros antepasados lograron dominar por primera vez el fuego, lo considerasen un ser vivo, incluso un dios. Mientras observa- ban fijamente las llamas o las brasas, sobre todo de noche, cuando la hoguera los calentaba y protegía, ¿se sentirían en íntima comunión con un espíritu resplandeciente y danzarín? El fuego se mantiene vivo mientras se le dé pábulo. Respira aire, así que se le puede asfixiar cortándole el suministro de oxígeno o ahogar echándole agua. Los incendios naturales devoran los bosques y ponen a los animales en fuga con la misma rapidez despiadada que una manada de lobos per- siguiendo una presa. Como hicieron con los lobos, nuestros antepa-

 

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sados podían capturar un cachorro de fuego, domarlo, alimentarlo con regularidad y limpiar las cenizas, que venían a ser sus excremen- tos. Antes de que se descubriera el arte de encender el fuego, seguro que la sociedad humana valoraba mucho el arte menor de conservar un fuego capturado. Puede que hasta se transportasen, dentro de vasi- jas, algunas crías vivas del fuego comunal para ofrecérselas, a cambio de algo, a cualquier grupo vecino que hubiese sufrido la desgracia de ver cómo se le apagaba el suyo.

Algunos hombres repararían en que los incendios naturales engen- draban fuegos menores al escupir chispas y rescoldos candentes que aterrizaban a cierta distancia y germinaban en la hierba seca. ¿Llegarían a teorizar los filósofos Ergaster que el fuego no puede generarse espon- táneamente, sino que siempre habrá de nacer de un fuego progeni- tor, ya sea de un incendio natural en el llano o de la lumbre del hogar?

¿Pusieron fin, pues, los primeros palitos de encender fuego a toda una visión del mundo?

Puede incluso que nuestros antepasados imaginasen una población de incendios procreadores, o una estirpe de fuegos domésticos descen- dientes de un flamígero antepasado que compraron a un clan remoto y después canjearon a otros. Pero aun así no habría habido herencia en sentido estricto. ¿Por qué no? ¿Cómo se puede tener reproducción y estirpe, y no tener herencia? Esto es precisamente lo que va a ense- ñarnos el fuego.

La verdadera herencia significaría la transmisión no sólo del fue- go en sí sino de las variaciones entre fuegos distintos. Unos fuegos son más amarillos, otros son más rojos. Unos rugen, otros chisporrotean, otros silban, crepitan o humean. Unos tienen matices azulados; otros, verdosos. Si nuestros antepasados hubiesen prestado atención a sus lobos domesticados, apreciarían la diferencia entre los linajes caninos y los linajes ígneos. En el caso de los perros, de tal palo tal astilla: al menos una parte de lo que distingue a un perro de otro le viene de familia. Otra parte, por supuesto, le viene por otras vías: la alimenta- ción, las enfermedades y el azar. En el caso de los fuegos, todas las varia- ciones se deben al entorno, ninguna proviene de la chispa origina- ria. Las variaciones se deben a la calidad y humedad de la leña, a la dirección y fuerza del viento, al tiro de la chimenea, al tipo de suelo, a los restos de cobre y potasio que puedan dar un toque verde-azula-

 

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do y violeta al amarillo de la llama de sodio. Al contrario de lo que sucede con los perros, ninguna de las características de un fuego adul- to procede de la chispa que dio vida a las llamas. Los fuegos azules  no engendran fuegos azules. Los fuegos crepitantes no han hereda-   do su crepitar del fuego paterno del que saltó la chispa inicial. Los fue- gos se reproducen sin herencia.

El origen de la vida fue el origen de la herencia real; se podría decir incluso que del primer gen. Que conste que cuando digo «pri- mer gen» no me refiero a la primera molécula de ADN. Nadie sabe si el primer gen estaba hecho de ADN; yo apostaría a que no. Cuando digo primer gen quiero decir primer replicador, es decir, una enti- dad, por ejemplo una molécula, que crea líneas ancestrales de copias de sí misma. Teniendo en cuenta que en el proceso de copiado siem- pre se producirán errores, la población irá adquiriendo variedad. La clave de la herencia verdadera es que todo replicador se parece más a aquél del que es copia que a cualquier miembro aleatorio de la población. El origen del primer replicador no fue un acontecimien- to probable, pero bastó con que ocurriese una sola vez. A partir de ahí, sus consecuencias se autoalimentaron automáticamente y ter- minaron dando lugar, por medio de la evolución darviniana, a todos los seres vivos.

Un segmento de ADN o, en determinadas condiciones, su molécu- la pariente, el ARN, es un replicador verdadero. Como también lo son un virus informático o una carta en cadena. Todos estos replicadores requieren un complicado aparato de asistencia. El ADN requiere una célula equipada con abundante maquinaria bioquímica preexis- tente, perfectamente adaptada a la lectura y copiado de códigos gené- ticos. El virus informático requiere un ordenador que esté conectado de alguna manera a otros ordenadores, todos ellos diseñados por inge- nieros humanos para obedecer instrucciones codificadas. La carta en cadena requiere un nutrido contingente de idiotas dotados de un cerebro lo bastante evolucionado como para, al menos, saber leer. Lo que hace único al primer replicador que encendió la chispa de la vida es que no tenía a su disposición ningún aparato evolucionado, ni diseñado ni instruido. El primer replicador tuvo que operar de novo, ab initio, sin ningún precedente y sin más ayuda que la de las leyes nor- males y corrientes de la química.

 

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Una poderosa fuente de ayuda a las reacciones químicas son los catalizadores; en el origen de la replicación a buen seguro participó algún tipo de catalizador. Se trata de agentes que aceleran la reac- ción química sin consumirse en ella. Toda la bioquímica consiste en reacciones catalizadas y los catalizadores suelen ser grandes molécu- las de proteína llamadas enzimas. La típica enzima ofrece las cavida- des de su estructura tridimensional como receptáculos donde conte- ner los ingredientes de una reacción química. Los alínea, establece una relación química temporal con cada uno de ellos y los emparen- ta con una precisión que muy difícilmente podrían alcanzar sin su ayuda.

Por definición, una reacción química no consume los catalizado- res que la propician, pero a veces los produce. Una reacción autoca- talítica es aquélla que fabrica su propio catalizador. Como podrá ima- ginar el lector, una reacción de este tipo se resiste a comenzar, pero, una vez iniciada, despega por sí sola y enseguida se dispara; al igual que un incendio, por cierto, pues no en vano el fuego posee algunas de las propiedades de las reacciones autocatalíticas. El fuego no es un catalizador en sentido estricto, pero se genera a sí mismo. Desde el punto de vista químico, es un proceso de oxidación que despren- de calor y requiere una temperatura elevada para rebasar un umbral e inflamarse. Una vez encendido, continúa y se propaga como una reacción en cadena toda vez que genera el calor necesario para rege- nerarse. Otro famoso ejemplo de reacción en cadena es la explosión atómica, que no es una reacción química sino nuclear. La herencia fue el afortunado inicio de un proceso autocatalítico o cuando menos autorregenerativo. Enseguida tomó vuelo y se propagó como un incen- dio que terminaría dando origen a la selección natural y a todo lo que vino después.

Nosotros también oxidamos combustible carbónico para generar calor, pero no nos incendiamos por la sencilla razón de que llevamos a cabo nuestra oxidación de manera controlada, paso a paso, encau- zando lentamente la energía por conductos útiles en lugar de dilapi- darla sin ton ni son en forma de calor. Esta química controlada, el llamado metabolismo, es una propiedad de la vida tan universal como la herencia. Toda teoría sobre el origen de la vida ha de tener en cuen- ta tanto la herencia como el metabolismo, pero algunos autores han

 

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equivocado el orden de prioridades y se han dedicado a buscar una teoría del origen espontáneo del metabolismo, confiando en que, al igual que otros mecanismos útiles, la herencia vendría a renglón segui- do. Sin embargo, como veremos, esta última no se puede considerar un mecanismo útil. La herencia tiene que surgir en primer lugar por- que, antes de ella, el concepto de utilidad carece de significado. Sin herencia, y, por consiguiente, sin selección natural, no habría nada para lo que ser útil. La noción misma de utilidad no puede existir en tanto no lo haga la selección natural de información hereditaria.

Las teorías clásicas sobre el origen de la vida que aún merecen respeto en nuestros días son la del ruso A. I. Oparin y la del inglés

J.B.S. Haldane, formuladas en la década de 1920 sin que sus autores tuviesen noticia uno del otro. Ambos científicos concedían mayor importancia al metabolismo que a la herencia. Y los dos repararon en un detalle importante: la atmósfera terrestre previa a la aparición de la vida tuvo que ser reductora para que ésta surgiese. Este término técnico (no muy útil que digamos) designa una atmósfera sin oxíge- no libre. En presencia de oxígeno libre, los compuestos orgánicos (compuestos de carbono) son vulnerables a la combustión o cuando menos a la oxidación y transformación en dióxido de carbono. A los humanos, que moriríamos en cuestión de minutos si nos faltase el oxí- geno, nos resulta extraño, pero la vida no podría originarse en nin- gún planeta cuya atmósfera contuviese oxígeno libre. Como ya he explicado, el oxígeno habría sido un veneno mortal para nuestros remotos antepasados. Todo lo que sabemos de otros planetas confir- ma casi plenamente que la atmósfera original de la Tierra era reduc- tora. El oxígeno libre vino después. Se trataba de un residuo conta- minante de las bacterias verdes que al principio flotaba libre y más tarde se incorporó a las células vegetales. En un momento dado nues- tros antepasados adquirieron evolutivamente la capacidad de lidiar con el oxígeno y posteriormente se hicieron dependientes del mismo. Por cierto, decir sin más que el oxígeno es un producto de las plan-

tas y las algas es simplicar demasiado. Es cierto que las plantas despren- den oxígeno, pero cuando una planta muere, su descomposición, una suma de reacciones químicas equivalente a quemar todos sus ingre- dientes carbónicos, consume una cantidad de oxígeno idéntica a todo el oxígeno liberado por esa misma planta durante toda su existencia.

 

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En consecuencia, no habría ninguna ganacia neta en oxígeno atmos- férico si no fuese porque no todas las plantas muertas se descompo- nen. Algunas se convierten en carbón (o equivalentes) y se retiran así de la circulación. Si los humanos quemásemos todos los combus- tibles fósiles del mundo, buena parte del oxígeno presente en la atmós- fera sería sustituido por dióxido de carbono, con lo que restablecería el estado de cosas inicial. No es probable que ocurra a corto plazo, pero tampoco deberíamos olvidar que si disponemos de oxígeno para respirar es simplemente porque casi todo el carbono del planeta se encuentra retenido bajo tierra. Lo estamos quemando por nuestra cuenta y riesgo.

Los átomos de oxígeno siempre estuvieron presentes en esa atmós- fera primigenia, pero no libres en forma de gas, sino enlazados en com- puestos tales como el dioxido de carbono y el agua. En la actualidad, el carbono se encuentra atrapado en organismos vivos y, en mucha mayor medida, en rocas calizas, cretas y carbón, todos ellos minerales surgidos de la descomposición de organismos muertos. En la época de nuestro Canterbury, esos mismos átomos de carbono habrían esta- do sobre todo presentes en la atmósfera en forma de gases compues- tos, como por ejemplo dióxido de carbono y metano. En una atmós- fera reductora, el nitrógeno, que hoy es el principal gas atmosférico, se habría combinado con el hidrógeno para producir amoníaco.

Oparin y Haldane se dieron cuenta de que una atmósfera reduc- tora habría sido propicia para la síntesis espontánea de compuestos orgánicos simples. Cito a continuación las propias palabras de Haldane, incluida la famosa frase final:

 

Cuando la luz ultravioleta incide sobre una combinación de agua, anhí- drido carbónico y amoníaco, se genera una enorme variedad de substan- cias orgánicas, incluidos azúcares y, según parece, algunos de los com- ponentes de las proteínas. Este hecho lo han demostrado Baly y sus colaboradores en su laboratorio de Liverpool. En el mundo actual, estas substancias, si se dejan libres, se descomponen, es decir, son destruidas por microorganismos.1 Sin embargo, antes del origen de la vida, debieron

 

1. Esto mismo es lo que señaló Darwin en su carta del «pequeño estanque tem- plado».

 

 

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de acumularse hasta que los océanos primitivos adquirieron la consisten- cia de una sopa caliente muy diluida.

 

Esto está escrito en 1929, más de 20 años antes del tantas veces citado experimento de Miller y Urey que, a juzgar por la descripción de Haldane, debió de ser una especie de repetición del de E. C. C. Baly. A éste, sin embargo, no le interesaba el origen de la vida sino la foto- síntesis y su gran logro fue sintetizar azúcares a base de irradiar con rayos ultravioleta una solución de dióxido de carbono en agua, en pre- sencia de un catalizador como el hierro o el níquel. Fue Haldane, y no Baly, quien, con la brillantez que lo caracterizaba,2 imaginó algo tan extraordinario como el experimento de Miller y Urey, y lo quiso ver prefigurado en la obra de Baly.

Lo que Miller hizo (bajo la dirección de Urey) fue colocar dos matra- ces uno encima del otro y conectarlos con dos tubos. El matraz infe- rior, lleno de agua caliente, representaba el océano primigenio; el superior, lleno de metano, amoníaco, vapor de agua e hidrógeno, recreaba la atmósfera primordial. El vapor producido por el océano caldeado del matraz inferior subía por uno de los tubos hasta la atmós- fera del superior; a través del otro tubo, la atmósfera se unía al océa- no tras pasar por una cámara de relámpagos, donde se la sometía a descargas eléctricas, y otra de refrigeración, donde el vapor se con- densaba y producía lluvia que reabastecía el océano.

Tan sólo una semana después de iniciado este simulacro, el océa- no se había puesto de color amarillo pardo. Miller analizó el conteni- do. Como habría predicho Haldane, se había convertido en una sopa de compuestos orgánicos, entre ellos no menos de siete aminoáci- dos, los componentes esenciales de las proteínas. De esos siete, tres (la glicina, el ácido aspártico y la alanina) formaban parte de los 20 aminoácidos presentes en los seres vivos. Posteriores experimentos similares al de Miller, pero con monóxido o dióxido de carbono en lugar de metano, han arrojado resultados parecidos. Podemos sacar la contundente conclusión de que, cuando en el laboratorio se simu- lan diferentes versiones de esa Tierra primitiva que conjeturaron

 

2. Sir Peter Medawar, que tampoco era manco, dijo que Haldane era el hombre más inteligente que había conocido en su vida.

 

 

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Oparin y Haldane, surgen de manera espontánea pequeñas molécu- las de gran importancia biológica, tales como aminoácidos, azúcares y (hecho significativo donde los haya) los componentes básicos del ADN y el ARN.

Antes de Oparin y Haldane, todo aquel que reflexionaba sobre el origen de la vida daba por hecho que los primeros organismos habí- an sido plantas de algún tipo, quizás bacterias verdes. La gente esta- ba acostumbrada a la idea de que la vida depende de la fotosíntesis, el proceso por el cual las plantas, por efecto de la luz solar, fabrican compuestos orgánicos liberando oxígeno. Oparin y Haldane, con su teoría de la atmósfera reductora, interpretaron que las plantas aparecie- ron más tarde. La vida primigenia surgió en un mar de compuestos orgánicos preexistentes. Había sopa que comer sin necesidad de foto- sintetizar nada... por lo menos hasta que se acabase la sopa.

Para Oparin, el paso esencial era el origen de la primera célula. Bien es verdad que las células, al igual que los organismos, presentan la importante propiedad de que nunca se originan espontáneamen- te sino que surgen a partir de otras células. Es comprensible, pues, que a la sazón el origen de la vida se considerase sinónimo del origen de la primera célula (metabolizador) y no, como hago yo, del origen del primer gen (replicador). Entre los teóricos contemporáneos que sos- tienen la misma idea destaca el ilustre físico Freeman Dyson, que está al corriente de las tesis de Oparin y las defiende. La mayoría de los teóricos recientes, incluidos Leslie Orgel en California, Manfred Eigen y sus colegas en Alemania y Graham Cairns-Smith en Escocia (si bien éste hace la guerra por su cuenta, aunque ni mucho menos se le debe excluir de la lista), dan prioridad, tanto en términos de crono- logía como de importancia, a la autorreplicación, y a mi modo de ver están en lo cierto.

¿Cómo sería la herencia sin una célula? ¿No estamos ante un pro- blema como el de la gallina y el huevo? Si interpretamos que la heren- cia exige ADN, desde luego que sí, ya que el ADN no se puede repli- car sin la colaboración de un nutrido elenco de moléculas, entre ellas proteínas que sólo se pueden fabricar mediante información codi- ficada genéticamente. Pero el hecho de que el ADN sea la única molé- cula autorreplicante que conocemos no significa que sea la única con- cebible ni la única que jamás haya existido en la naturaleza. Graham

 

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Cairns-Smith ha avanzado la convincente hipótesis de que los repli- cadores originales eran cristales minerales inorgánicos de los que el ADN sería un usurpador posterior que se agenció el papel de prota- gonista cuando la vida hubo evolucionado hasta un punto en que seme- jante golpe de estado genético3 se tornó posible. No voy a exponer aquí sus argumentos, en parte porque ya lo hice lo mejor que pude   en El relojero ciego, pero también por un motivo más importante: no he leído una explicación más clara de por qué lo primordial es la repli- cación y por qué el ADN hubo de tener por fuerza algún precursor  del que no sabemos nada, más allá de que presentaba la propiedad   de transmitir caracteres hereditarios. Es una pena que tanta gente aso- cie automáticamente esta parte irrefutable  de  su  argumentación  a esa otra hipótesis, más controvertida y discutible, que adjudica el papel precursor a los cristales minerales.

No tengo nada en contra de la teoría de los cristales minerales, de lo contrario no la habría expuesto en uno de mis libros, pero lo que de verdad quiero poner de relieve es la primacía de la replicación y la ele- vada probabilidad de que el ADN usurpase posteriormente la posición de algún precursor. Para aclarar la cuestión, analizaré otra hipótesis específica sobre cuál pudo haber sido ese precursor. Con independen- cia de sus verdaderos méritos como replicador original, el ARN es sin lugar a dudas mejor candidato que el ADN, y varios teóricos lo han postulado como precursor de éste en el llamado mundo ARN. Para poder presentar la teoría del mundo ARN como es debido, voy a tener que hacer un inciso y hablar de las enzimas. Si el replicador es el estre- lla del espectáculo de la vida, la enzima es, más que un actor secun- dario, el coprotagonista.

La vida depende totalmente del virtuosismo de las enzimas para catalizar reacciones bioquímicas de un modo muy enrevesado. Cuando estudié las enzimas por primera vez en el colegio, la idea tradicional (y, a mi modo de ver, equivocada) de que la ciencia había que ense- ñarla mediante ejemplos de andar por casa se traducía en un escupi- tajo dentro un vaso de agua para demostrar la capacidad que tiene la amilasa, la enzima salivar, de digerir el almidón y formar azúcar. Esta

 

3. El golpe de estado genético y los orígenes minerales de la vida es precisamente el títu- lo del libro donde Cairns-Smith expone esta tesis. [N. del t.]

 

 

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experiencia nos dejó con la impresión de que una enzima es poco menos que un ácido corrosivo. Los detergentes biodegradables en pol- vo, que se sirven de enzimas para eliminar la suciedad de la ropa, causan la misma impresión. Pero en este caso se trata de enzimas des- tructivas cuya función es descomponer las moléculas grandes en sus ingredientes. Las enzimas constructivas, en cambio, se ocupan de sintetizar moléculas grandes a partir de componentes pequeños y, como explicaré a continuación, lo logran actuando como celestinas robo- tizadas.

El interior de toda célula contiene una solución de miles de molé- culas, átomos e iones de muchos tipos diferentes. En principio, todos ellos podrían combinarse entre sí formando un número casi infinito de combinaciones, pero en general no lo hacen, de manera que el inmenso potencial de actividad química latente en una célula no lle- ga, en su mayor parte, a materializarse. Téngase en cuenta mientras consideramos lo siguiente. En los estantes de un laboratorio químico hay centenares de frascos, todos ellos bien tapados para que sus con- tenidos no se mezclen a menos que así lo desee un químico, en cuyo caso agregará la muestra contenida en uno de los frascos a la mues- tra contenida en otro. Se podría decir que los estantes de un labora- torio también contienen un inmenso potencial de actividad química que espera materializarse y que, en su mayor parte, tampoco llega a hacerlo.

Imaginemos, sin embargo, que cogemos todos los frascos de los estantes y los vaciamos en un mismo tanque lleno de agua. Parece un acto de vandalismo científico, pero una célula viva viene a ser prácti- camente lo mismo que ese tanque, si bien es cierto que con un mon- tón de membranas que complican la cosa. Los cientos de ingredien- tes de los miles de reacciones químicas potenciales no se guardan en frascos separados hasta que llegue el momento en que se les haga reac- cionar. En lugar de eso se hallan todos mezclados en un mismo espa- cio compartido, constantemente. Pero aún así permanecen a la espe- ra, inactivos en gran medida, hasta que se les pida que reaccionen, como si estuviesen separados en frascos virtuales. Obviamente, no hay tales frascos virtuales, pero sí que hay enzimas que ofician de celesti- nas robotizadas o, podríamos incluso decir, ayudantes de laboratorio robotizados. Las enzimas son capaces de discriminar de un modo muy

 

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similar a como lo hace un sintonizador cuando pone en contacto un receptor de radio concreto con un transmisor concreto, ignorando los cientos de señales que bombardean simultáneamente su antena con un maremágnum de frecuencias.

Supongamos una importante reacción química en la que el ingre- diente A se combina con el ingrediente B para dar lugar al producto

Z. En un laboratorio esto se consigue cogiendo de un estante el fras- co con la etiqueta A y de otro estante el frasco con la etiqueta B, mez- clando sus contenidos en un matraz limpio y llevando a cabo las ope- raciones que sean necesarias, como calentar o agitar. Logramos la reacción específica deseada con sólo dos frascos. En el interior de la célula hay montones de moléculas A y montones de moléculas B en medio de una enorme variedad de moléculas que flotan en el agua, donde puede que se encuentren pero rara vez se combinan. En cual- quier caso, no tienen más probabilidades de encontrarse que otros miles de combinaciones diferentes. Ahora introducimos una enzima llamada abzasa, que está específicamente configurada para catalizar la reacción A + B = Z. En la célula hay millones de moléculas de abzasa, cada una de las cuales actúa como un ayudante de laboratorio robo- tizado. Cada ayudante de laboratorio coge una molécula A, no de un estante sino del agua en que flota libremente. Luego coge una molé- cula B que también fluctúa a la deriva. Sostiene firmemente la molé- cula A para orientarla en una dirección concreta y hace lo propio  con la B para adosarla a la A justo en la posición y orientación ade- cuadas para que produzcan una Z. La enzima también puede hacer más cosas: es el equivalente del típico ayudante de laboratorio que empuña un agitador o enciende un mechero Bunsen. Puede formar  una alianza química temporal con A o B, intercambiando átomos o iones que con el tiempo le serán retribuidos, de manera que la enzi- ma termina igual que empezó, lo que la califica de catalizador. El resul- tado de todo ello es la creación de una nueva molécula Z que tendrá  la forma del agarre de la molécula enzimática. A continuación el ayu- dante de laboratorio suelta la nueva molécula en el agua y espera a que le llegue otra molécula A para cogerla y reanudar el ciclo.

Si no existiesen estos ayudantes de laboratorio que son las enzimas, de vez en cuando una molécula A a la deriva se toparía con una B y, siempre que mediasen las condiciones adecuadas, se unirían. Pero este

 

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suceso fortuito sería poco común, no más probable que los encuen- tros esporádicos que A o B podrían tener con muchísimos otros socios potenciales. Una molécula A podría toparse con una C y producir Y, o una B podría toparse con una D y formar X. Continuamente se pro- ducen pequeñas cantidades de X e Y a resultas de encuentros fortui- tos, pero la presencia de ese ayudante de laboratorio que es la enzima abzasa lo cambia todo. Gracias a la abzasa se producen cantidades indus- triales (a escala celular) de moléculas Z: una enzima típica multiplica la tasa espontánea de reacción por un factor de entre un millón y un billón. Si se introdujese una enzima diferente, la aciasa, la molécula A se combinaría, en lugar de con B, con C, para producir, siempre a velocidad de cinta transportadora, un copioso suministro de Y. Seguimos hablando de las mismas moléculas A, que no están encerradas dentro de un frasco sino que fluctúan libremente, listas para combinarse con B o con C, dependiendo de qué enzima esté presente.

Así pues, las tasas de producción de Z e Y dependerán, entre otros factores, de cuántas moléculas de cada uno de los dos ayudantes riva- les, abzasa y aciasa, se hallen presentes en la célula. Y esto a su vez dependerá de cuál de los dos genes del núcleo celular se encuentre activado. El proceso, en realidad, es un poco más complicado: aunque haya una molécula de abzasa, puede darse el caso de que no esté acti- vada. Una de las causas puede ser que otra molécula se haya instala- do en la cavidad activa de la enzima. Es como si el ayudante de labo- ratorio estuviese temporalmente esposado. A propósito, lo de las esposas me recuerda que debo hacer la consabida advertencia al lector: como siempre que se usa una metáfora, existe el peligro de que la expresión

«ayudante de laboratorio» pueda inducir a error. Una molécula enzi- mática no posee en rigor un par de manos con las que agarrar ingre- dientes tales como A y no digamos ya tolerar unas «esposas»; en lugar de eso, cuenta con zonas especiales en su superficie con las que A tie- ne, digamos, cierta afinidad, bien porque encaja  perfectamente  en una cavidad de determinada forma o por alguna propiedad química más abstrusa. Y esta afinidad puede verse temporalmente anulada como cuando se apaga un interruptor.

La mayoría de las enzimas son máquinas especializadas que sólo fabrican un producto: un azúcar, por ejemplo, o una grasa; o una puri- na, una piramidina (componentes esenciales del ADN y el ARN) o

 

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un aminoácido (veinte de ellos son ingredientes básicos de las prote- ínas naturales). Pero algunas enzimas son más parecidas a esas máqui- nas programables que leen una cinta de papel perforado para inter- pretar lo que han de hacer. Entre ellas destaca el ribosoma, que ya hemos analizado someramente en «El Cuento del Taq», una herra- mienta grande y complicada compuesta de proteína y ARN, el ácido ribonucleico que sintetiza precisamente las proteínas. Los aminoáci- dos, los componentes básicos de las proteínas, ya han sido fabricados por enzimas consagradas exclusivamente a dicha tarea y andan flotan- do por el interior de la célula, a disposición del ribosoma. La cinta   de papel perforado es el ARN, concretamente el llamado ARN mensa- jero» (ARNm). Esta cinta mensajera, cuyo mensaje ha copiado ella mis- ma del ADN del genoma, se introduce en el ribosoma y, conforme va pasando por la cabeza lectora, va ensamblando los aminoácidos apro- piados en una cadena de proteínas según el orden especificado por     el código genético transcrito en la cinta.

Sabemos cómo funciona esa especificación y se trata de algo ver- daderamente maravilloso. Existe un conjunto de pequeños ARN de transferencia (ARNt), cada uno de los cuales está formado por 70 com- ponentes llamados nucleótidos. Cada ARNt selecciona y uno, y solamen- te uno, de los veinte tipos de aminoácidos naturales y se une a él. En el otro extremo de la molécula de ARNt hay un anticodón, esto es, una tripleta de nucleótidos, que es exactamente complementaria de la breve secuencia de ARNm (codón) que especifica ese aminoácido concreto de acuerdo con el código genético. A medida que la cinta de ARNm se desplaza por la cabeza lectora del ribosoma, cada codón del ARNm se une a un ARNt que posea el anticodón adecuado. Esto hace que el aminoácido que cuelga de la otra punta del ARNt se ali- nee y se coloque en la posición correcta para poder adherirse al extre- mo de la proteína que está sintetizándose. Una vez adherido, el ARNt se despega en busca de una nueva molécula de aminoácido del tipo apropiado, mientras la cinta de ARNm avanza una muesca. El proce- so se repite y poco a poco se va formando la cadena proteica. Lo incre- íble es que una sola cinta de ARNm puede lidiar con varios riboso- mas al mismo tiempo. Cada uno de ellos desplaza su cabeza lectora a lo largo de un tramo diferente de la cinta y fabrica así su propia copia de la cadena proteica.

 

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Una vez que la nueva cadena proteica está completa y el ARNm ha pasado íntegramente por la cabeza lectora del ribosoma, la prote- ína se desprende y se enrosca generando una complicada estructura cuya forma está determinada, en virtud de las leyes químicas, por la secuencia de aminoácidos que la integran. Esta secuencia viene dada por el orden de los símbolos que componen el código transcrito a lo largo del ARNm. Y este orden, a su vez, lo determina la secuencia de símbolos complementaria inscrita en el ADN, que constituye la prin- cipal base de datos de la célula.

La secuencia codificada de ADN controla, por tanto, lo que suce- de en la célula. Concretamente, especifica la secuencia de aminoáci- dos de cada proteína, esta secuencia determina la forma tridimensio- nal de la proteína y esto a su vez confiere a la proteína sus particulares propiedades enzimáticas. Es importante reseñar que el control puede ser indirecto en el sentido de que, como vimos en «El Cuento del Ratón», son los genes los que determinan si otros genes se activan o no, y cuán- do. La mayoría de los genes de una célula cualquiera no están activa- dos. Por eso, de todas las reacciones que sobre el papel podrían darse en el «tanque lleno de ingredientes mezclados», realmente sólo una o dos tienen lugar en cualquier momento dado: aquéllas cuyos «ayu- dantes de laboratorio» específicos se encuentran activos en la célula. Tras este paréntesis sobre las enzimas, vamos a dejar de lado la catá- lisis normal para pasar al caso especial de la autocatálisis, alguna de cuyas versiones probablemente desempeñó un papel clave en el ori- gen de la vida. Retomemos el ejemplo hipotético de las moléculas A y B que se combinaban para producir Z bajo la influencia de la enzi- ma abzasa. ¿Y si Z fuese su propia abzasa? Me explico: ¿qué ocurre si la molécula Z tiene la forma y las propiedades químicas adecuadas para coger una A y una B, unirlas en la posición correcta y combinar- las para hacer una nueva Z, idéntica a sí misma? En nuestro ejemplo anterior podíamos decir que la cantidad de abzasa en la solución influi- ría en la cantidad de Z producida, pero ahora, si Z es exactamente la misma molécula que la abzasa, sólo necesitamos una molécula de Z para provocar una reacción en cadena. La primera Z coge moléculas A y B y las combina para fabricar más moléculas Z; después éstas Z cogen más moléculas A y B para hacer aún más Z, y así sucesivamen- te. Es lo que se llama autocatálisis. Bajo las condiciones adecuadas, la

 

Libre de enrollarse. Imagen realizada por ordenador de transferencia, enrollándose sobre sí mismo para gamar una diminuta doble hélice.

 

 

población de moléculas Z aumentará exponencial... y explosivamen- te. A la hora de buscar posibles protagonistas del origen de la vida, fenómenos como éste se antojan prometedores.

No es más que una hipótesis, pero Julius Rebek y su equipo, del Scripps Institute de California, la hicieron realidad. Estos investigado- res examinaron algunos ejemplos fascinantes de autocatálisis con sustancias químicas reales. En uno de ellos, Z era éster triácido de ami- noadenosina (ETAA), A era aminoadenosina y B era éster pentafluo- rofenil, y la reacción no tenía lugar en agua sino en cloroformo. Huelga decir que no hace falta memorizar ninguno de estos pormenores químicos, ni, por supuesto, esos nombres kilométricos: lo que impor- ta es que el producto de esa reacción química es su propio catalizador. La primera molécula de ETAA se resiste a formarse pero, una vez for- mada, inmediatamente se pone en marcha una reacción en cadena: cada vez más moléculas de ETAA se sintetizan a sí mismas ejerciendo de sus propios catalizadores. Por si fuera poco, esta brillante serie de experimentos pasó a demostrar la verdadera herencia en el sentido que venimos definiendo en estas páginas. Rebek y su equipo encon- traron un sistema en el que existía más de una variante de la sustan- cia autocatalizada: cada variante catalizaba la síntesis de sí misma, usan- do su variante preferida de uno de los ingredientes. Esto planteaba la posibilidad de una verdadera competencia dentro de una población

 

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de entidades que presentan herencia verdadera, así como una for- ma, no por rudimentaria menos instructiva, de selección darviniana. La química de Rebek es sumamente artificial, pero su trabajo ilus- tra maravillosamente el principio de autocatálisis, según el cual el pro- ducto de una reacción química sirve como catalizador de la misma. Lo que necesitamos para el origen de la vida es algo como la autoca- tálisis. ¿Pudo el ARN, o algo parecido al ARN, bajo las condiciones pri- migenias de la Tierra, haber autocatalizado su propia síntesis al esti- lo del experimento de Rebek, y haberlo hecho en agua en lugar de

cloroformo?

Tal y como explicó el alemán Manfred Eigen, ganador del premio Nobel de Química, el problema es tremendo. Eigen señaló que todo proceso de autorreplicación es susceptible de degradarse por errores de copiado (mutaciones). Imaginemos una población de entidades replicadoras en la que cada operación de copiado presenta una ele- vada probabilidad de error. Para que un mensaje codificado pueda resistir los estragos de la mutación, al menos un miembro de la pobla- ción en cada generación deberá ser idéntico a su progenitor. Por ejem- plo, si en una cadena de ARN hay diez unidades (letras), el porcenta- je medio de error por letra tendrá que ser menor de uno entre diez: sólo así se podrá confiar en que al menos algunos miembros de la nue- va generación salgan con las diez letras del código correctas. En cam- bio, si el porcentaje de error es más alto, por muy fuerte que sea la presión selectiva la mutación, por sí sola, provocará una degradación inevitable con el paso de las generaciones. Es lo que se conoce como catástrofe de error. Las catástrofes de error en genomas avanzados cons- tituyen el tema principal de Mendel’s Demon4, el provocador libro de

 

 

4. El excelente libro de Ridley ha sufrido, como es habitual, un cambio de nom- bre al cruzar el Atlántico. Quien quiera encontrarlo en Estados Unidos deberá buscar- lo bajo el título The Cooperative Gene. ¿Por qué hacen estas cosas los editores? Que cons- te que no tengo nada contra el nuevo título. Los genes, efectivamente, cooperan (véase mi libro El gen egoísta). Mendel’s Demon («El demonio de Mendel») también es un buen título, aunque teniendo en cuenta el mensaje del libro, tal vez hubiese sido mejor titularlo Deshielo genético. Matt Ridley (que no guarda parentesco alguno con Mark, a menos que lo determine un análisis cromosómico) me ha contado que aunque en Estados Unidos la edición en cartoné de su libro Nature via Nurture conserva el título original, la edición rústica se va a titular –agárrense– The Agile Gen («El gen ágil»).

 

 

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Mark Ridley, aunque lo que aquí nos ocupa es la catástrofe de error que amenazó el mismísimo origen de la vida.

Una cadena corta de ARN, e incluso de ADN, puede replicarse espontáneamente sin la mediación de una enzima, pero el porcenta- je de error por letra es mucho más elevado que cuando está presente una enzima. Esto significa que, mucho antes de que se haya podido construir un segmento de gen lo bastante largo como para fabricar la proteína que daría lugar a una enzima apropiada, el gen en ciernes habría quedado destruido por la mutación. Es el callejón sin salida del origen de la vida en nuestro planeta. Un gen lo bastante grande como para codificar una enzima sería demasiado grande para replicarse con exactitud sin la ayuda precisamente del mismo tipo de enzima que tra- ta de codificar. Resultado: el sistema no consigue arrancar.

La solución a este callejón sin salida advertido por Eigen es la teo- ría del hiperciclo, que se basa en el viejo principio de «divide y vence- rás». La información codificada se subdivide en unidades lo bastante pequeñas como para mantenerse por debajo del umbral de la catás- trofe de error.  Cada una de estas subunidades es un minireplicador  por derecho propio, lo bastante pequeño como para que en cada gene- ración sobreviva por lo menos una copia. Todas las subunidades coo- peran en alguna función importante lo bastante grande como para sufrir una catástrofe de error en el caso de que la catalizase un agen-  te químico único en lugar de una subunidad.

Tal y como he descrito la teoría, existe el peligro de que todo el sistema sea inestable debido a que algunas subunidades se repliquen más rápido que otras. He aquí que llegamos a la parte más ingeniosa de la teoría. Cada subunidad prospera en presencia de las demás. Dicho de un modo más específico, la producción de una viene catalizada por la presencia de otra, de tal manera que forman un ciclo de depen- dencia o hiperciclo. El hiperciclo impide automáticamente que nin- gún elemento acelere y se destaque de los demás: ninguno podrá hacer- lo por la sencilla razón de que depende del elemento que lo precede en el hiperciclo.

John Maynard Smith señaló la similitud entre un hiperciclo y un ecosistema. Los peces dependen de la población de pulgas de agua que les sirven de alimento. A su vez, la población de peces afecta a la de aves piscívoras. Las aves producen guano, que contribuye al creci-

 

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miento de las algas de que se alimentan las pulgas de agua. Todo el ciclo de dependencia es un hiperciclo. Según Eigen y su colega Peter Schuster, la solución al callejón sin salida que bloquea el origen de la vida podría estar en algún hiperciclo molecular.

Voy a dejar aquí la teoría del hiperciclo para retomar la idea, ple- namente compatible con aquélla, de que el ARN, en esos primeros momentos en que la vida apenas estaba comenzando y las proteínas aún no existían, pudo haber sido su propio catalizador. Se trata de la teoría del «mundo ARN». Para ver hasta qué punto es verosímil, hace fal- ta examinar por qué las proteínas sirven como enzimas pero no como replicadores, por qué el ADN sirve como replicador pero no como enzi- ma y, por último, por qué el ARN podría servir para ambos cometi- dos y solventar así el callejón sin salida.

Lo realmente importante en materia de actividad enzimática es, en gran parte, la forma tridimensional. Las proteínas son eficaces como enzimas porque, como consecuencia automática de la secuencia uni- dimensional de sus aminoácidos, pueden adoptar casi cualquier for- ma imaginable en tres dimensiones. Son las afinidades químicas entre los aminoácidos que componen la cadena lo que determina la forma del nudo que hace la proteína al enrollarse a sí misma. Así pues, la estructura tridimensional de una molécula de proteína está especifi- cada por la secuencia unidimensional de aminoácidos, que a su vez está especificada por la secuencia unidimensional de letras del códi- go (las bases nitrogenadas) dentro de un gen. En teoría (en la prác- tica ya es otra cuestión, y tremendamente difícil, por cierto), se podría escribir una secuencia de aminoácidos que adoptase espontáneamen- te cualquier forma de nuestro agrado: no sólo aquéllas que sirven de enzimas, sino cualquier forma arbitraria que decidiésemos especifi- car.5 Es precisamente esta versatilidad lo que faculta a las proteínas para hacer de enzimas. Hay una proteína capaz de seleccionar una cualquiera de las innúmeras reacciones químicas potenciales que pue- den darse en el revoltijo de ingredientes de la célula.

 

5. De hecho, hay montones de secuencias de aminoácido diferentes que produ- cirían la misma forma, lo cual es una de las razones para dudar de esos cálculos inge- nuos que pretenden demostrar la improbabilidad astronómica de una cadena proteica concreta mediante la fórmula 20n, donde n es la longitud de la propia cadena.

 

 

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Así pues, las proteínas son unas enzimas magníficas, capaces de enrollarse en cualquier forma que se desee. Pero como replicadores son un desastre. Al contrario que el ADN y el ARN, cuyos componen- tes siguen reglas de emparejamiento específicas (las reglas de empa- rejamiento de las bases nitrogenadas, descubiertas por dos brillantes científicos, los por entonces jóvenes Watson y Crick), los aminoáci- dos no siguen regla alguna. El ADN, en cambio, es un replicador exce- lente pero un pésimo candidato para el papel de enzima. Esto se debe a que, a diferencia de las proteínas, capaces, como hemos visto, de adoptar una variedad casi infinita de formas tridimensionales, el ADN sólo tiene una configuración: la famosa doble hélice. La doble hélice es idónea para la replicación por cuanto los dos lados de la escalera de caracol se separan con facilidad uno del otro, quedando ambos expues- tos como plantillas para que se les puedan adherir nuevas bases de acuerdo con las reglas de emparejamiento de Watson-Crick. Pero no sirve para mucho más.

El ARN posee algunas de las virtudes del ADN como replicador y algunas de las virtudes de las proteínas como versátiles productoras de enzimas. Las cuatro letras del ARN son lo bastante parecidas a las cuatro letras del ADN como para que cualquiera de los dos series pueda servir de plantilla para la otra. Ahora bien, el ARN no forma una doble hélice larga con tanta facilidad, lo que significa que como repli- cador es algo menos competente que el ADN. Esto se debe en parte a que el sistema de doble hélice se presta a la corrección de pruebas. Cuando la doble hélice de ADN se escinde y cada hélice individual sirve inme- diatamente de plantilla a su complementaria, los errores se pueden detectar y corregir al instante: ambas cadenas permanecen adosadas a su progenitor y la comparación entre ellas permite identificar inmedia- tamente los errores. La corrección de pruebas basada en este princi- pio reduce la tasa de mutación a una entre mil millones, lo que hace posible la existencia de genomas tan grandes como el nuestro. El ARN, al carecer de esta capacidad correctora, presenta un índice de muta- ción mil veces más elevado que el ADN. Esto significa que solamente pueden usar el ARN como replicador principal los organismos más sim- ples dotados de genomas pequeños, como, por ejemplo, ciertos virus. Pero carecer de una estructura en forma de doble hélice también tiene sus ventajas. Como la cadena de ARN no pasa todo el tiempo

 

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emparejada con su cadena complementaria sino que se separa de ésta en cuanto termina de formarse, es libre de enrollarse como una pro- teína. Y así como la proteína se enrolla en virtud de las afinidades químicas entre aminoácidos situados en lugares diferentes de la mis- ma cadena, el ARN lo hace usando las reglas de emparejamiento de bases de Watson-Crick, esto es, las mismas reglas que se usan para hacer copias de ARN. Dicho de otro modo, al no tener una cadena comple- mentaria con la que asociarse en doble hélice como el ADN, el ARN es dueño de emparejarse con trozos sueltos de sí mismo. Busca tramos cortos de sí mismo con los que se puede emparejar, ya sea formando una doble hélice en miniatura o en cualquier otra disposición. Según las reglas de emparejamiento, esos tramos han de estar orientados en dirección contraria. Por eso las cadenas de ARN tienden a formar series de curvas muy cerradas.

El repertorio de formas tridimensionales que es capaz de adoptar una molécula de ARN quizá no sea tan amplio como el repertorio de las macromoléculas de proteína, pero si lo bastante como para pen- sar que el ARN podría ofrecer un versátil arsenal de enzimas. De hecho, se han descubierto muchas enzimas de ARN, llamadas ribozimas. La conclusión es que el ARN posee algunas de las virtudes replicadoras del ADN y algunas de las virtudes enzimáticas de las proteínas. Antes de la aparición del ADN, el replicador por excelencia, y de las prote- ínas, los catalizadores por excelencia, tal vez hubo un mundo en el que el ARN era lo único capaz de hacer las veces de ambos especia- listas. Tal vez en el mundo primordial se declaró espontáneamente un incendio ribonucleico que empezó a fabricar proteínas, que a su vez contribuyeron a sintetizar primero ARN y, más adelante, tam- bién ADN, que terminó imponiéndose como replicador dominante. Esto es lo que propone la teoría del mundo ARN, que se ha visto indi- rectamente respaldada por una estupenda serie de experimentos iniciados por Sol Spiegelman, de la Universidad de Columbia, y repe- tidos en diversas versiones por otros investigadores a lo largo de estos años. En sus experimentos, Spiegelman usó una enzima proteica, lo que a juicio de algunos quizá sea hacer trampas, pero los resultados fueron tan espectaculares y esclarecieron aspectos tan importantes de la teoría, que no cabe sino concluir que, en cualquier caso, merecie- ron la pena.

 

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Antes que nada, el contexto. Existe un virus llamado Q. Se trata de un virus ARN, lo que significa que sus genes, en lugar de estar hechos de ADN, estan compuestos íntegramente de ARN. Este virus se sirve de una enzima llamada Q replicasa para copiar su propio ARN. En estado salvaje, Q es un bacteriófago (o fago, para abreviar), esto es, un parásito de bacterias, en concreto de la bacteria intestinal Escherichia coli. La célula bacteriana cree que el ARN de Q es parte de su propio ARN mensajero y sus ribosomas lo procesan exactamente igual que si lo fuese, pero las proteínas que fabrica son buenas para el virus y no para la bacteria que lo hospeda. Estas proteínas son de cuatro tipos: una proteína de cobertura para proteger el virus, una proteína adhe- siva para pegarse a la célula bacteriana, el llamado factor de replica- ción, del que me ocuparé en un instante, y una proteína-bomba que, cuando el virus termina de replicarse, sirve para destruir la célula bacteriana y liberar así decenas de miles de virus, cada uno de los cuales viajará dentro de su pequeña cobertura proteica hasta toparse con otra célula bacteriana y reiniciar el ciclo. He dicho que volvería    a ocuparme del factor de replicación. Tal vez el lector piense que se trata de la replicasa del Q, pero en realidad es más pequeño y más simple. Lo único que hace el pequeño gen viral es fabricar una pro- teína que se encarga de soldar otras tres proteínas que la bacteria produce para sus propios fines (que no tienen nada que ver con lo que estamos hablando). Cuando éstas han quedado soldadas por acción de la pequeña proteína del virus, el compuesto así formado recibe el nom- bre de replicasa Q.

Spiegelman fue capaz de aislar dos componentes de este sistema, la Q replicasa y el ARN del Q. Los colocó en agua junto con algu- nas materias primas micromoleculares (los componentes básicos del ARN) y se puso a observar lo que ocurría. El ARN capturó pequeñas moléculas y fabricó copias de sí mismo según las reglas de empareja- miento de Watson-Crick, proeza ésta que llevó a cabo sin ninguna bac- teria huésped y sin la proteína de cobertura ni ninguna otra parte del virus. Esto ya de por sí suponía un resultado estupendo. Nótese que la síntesis proteica, que forma parte de la actividad habitual del ARN en estado natural, se ha excluido por completo del proceso. Tene- mos un sistema de replicación de ARN reducido al mínimo que fabri- ca copias de sí mismo son molestarse en producir proteínas.

 

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Entonces Spiegelman hizo algo extraordinario. En este «mundo- probeta» completamente artificial puso en marcha una forma de evo- lución en la que las células no desempeñaban papel alguno. Para visua- lizar el montaje, imagínese el lector una larga hilera de tubos de ensayo cada uno de los cuales contenía replicasa Q y materias primas pero nada de ARN. Spiegelman introdujo en el primer tubo una pequeña cantidad de ARN de Q que, como era de esperar, fabricó un mon- tón de réplicas de sí mismo. A continuación extrajo una pequeña mues- tra del líquido y echó una gota en el segundo tubo. Entonces esta semi- lla de ARN comenzó a replicarse en el segundo tubo; al cabo de un rato, Spiegelman extrajo otra gota de éste y la sembró en el tercero. Y así sucesivamente. Es como cuando una chispa de una hoguera encien- de un nuevo fuego en la hierba virgen, y este nuevo fuego a su vez enciende un tercero y así sucesivamente, dentro de una cadena de inseminaciones. Pero el resultado fue muy otro. Mientras que los fuegos no heredan ninguna de las cualidades de la chispa generatriz, las moléculas de ARN de Spiegelman sí. Y la consecuencia fue... evo- lución por selección natural en su forma más básica y elemental.

A medida que se sucedían las generaciones, Spiegelman fue analizan- do el ARN de los tubos para supervisar sus propiedades, incluida su capacidad de infectar bacterias. Y descubrió algo fascinante. El ARN evolutivo se fue haciendo cada vez más pequeño y, al mismo tiempo, tal y como pudo comprobar poniéndolo en contacto con bacterias, menos infeccioso. Al cabo de 74 generaciones la molécula de ARN tipo se había reducido a una pequeña fracción del tamaño de su «ante- pasado en estado salvaje». El ARN salvaje era un collar de unas 3.600 cuentas de largo. Tras 74 generaciones6 de selección natural, el habi- tante medio de un tubo de ensayo había visto reducida su longitud a tan sólo 550: insuficiente para infectar bacterias pero excelente para infectar tubos de ensayo. Estaba claro lo que había ocurrido. A lo lar- go del proceso se habían producido mutaciones espontáneas en el ARN y los mutantes que sobrevivían estaban capacitados para hacer- lo en el mundo del tubo de ensayo, no en el mundo natural de las bac-

 

6. Estamos hablando, naturalmente, de generaciones de tubos de ensayos; el núme- ro de generaciones de ARN sería más elevado por cuanto las moléculas de ARN se replican muchas veces en una misma generación de tubos de ensayo.

 

 

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terias que están a la espera de que las parasiten. La principal diferen- cia probablemente estribaba en que el ARN de los tubos de ensayo podía prescindir de toda la codificación encaminada a producir las cuatro proteínas necesarias para fabricar la cobertura, la bomba y los demás requisitos que permitían al virus salvaje sobrevivir como bacte- riófago activo, mientras que en el mundo idílico de los tubos de ensa- yo, llenos de replicasa Q y materias primas, lo que quedaba era el mínimo necesario para poder replicarse.

A este superviviente nato reducido a lo imprescindible, cuyo tama- ño es diez veces menor que el de su antepasado salvaje, se le conoce como el «monstruo de Spiegelman». Al ser más pequeña, esta varian- te depurada se reproduce más rápido que sus competidoras y, en consecuencia, la selección natural hace que su representación en la población aumente poco a poco (y población, dicho sea de paso, es el término correcto, por más que estemos hablando de moléculas que flotan libremente, no de virus ni de organismos de ningún tipo).

Por increíble que parezca, cuando se repite el experimento, una y otra vez surge practicamente el mismo monstruo de Spiegelman. Además, Spiegelman y Leslie Orgel, uno de los más importantes estu- diosos del origen de la vida, llevaron a cabo otros experimentos en los que añadieron a la solución una sustancia desagrable como, por ejem- plo, bromuro de etidio. Bajo estas condiciones, evoluciona un mons- truo distinto, resistente a la sustancia en cuestión. Cada obstáculo quí- mico propicia la evolución de un monstruo especializado diferente.

Los experimentos de Spiegelman empleaban como punto de par- tida ARN Q natural «de tipo salvaje». M. Sumper y R. Luce, que tra- bajaban en el laboratorio de Manfred Eigen, obtuvieron un resulta- do realmente sensacional. Bajo determinadas condiciones, un tubo de ensayo que no contenga absolutamente nada de ARN, tan sólo las materias primas para fabricarlo más la enzima Q replicasa, puede generar espontáneamente ARN autorreplicador que evolucionará has- ta hacerse semejante al monstruo de Spiegelman. Para que luego, dicho sea de paso, vengan los creacionistas con la sospecha de que es demasiado improbable que hayan evolucionado las macromoléculas (más que «con la sospecha» quizá habría que decir «con la esperan- za»). Es tal el poder de la selección natural acumulativa (y tan lejos está la selección natural de ser un proceso basado en el puro azar) que

 

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bastan unos pocos días para que el monstruo de Spiegelman se cons- truya a sí mismo desde cero.

Estos experimentos todavía no constituyen una prueba directa de la hipótesis del mundo ARN como explicación del origen de la vida. En concreto, la «trampa» de la replicasa Q sigue estando presente a lo largo de todo el proceso. La hipótesis del mundo ARN se basa en la capacidad catalítica del propio ARN. Si, como es bien sabido, éste es capaz de catalizar otras reacciones, ¿no podría hacer lo mismo con su propia síntesis? El experimento de Sumper y Luce prescindía del ARN pero empleaba la replicasa Q. Lo que hace falta es otro expe- rimento que también prescinda de la replicasa Q. Las investigacio- nes continúan y presagio resultados emocionantes. Pero ahora quie- ro ocuparme de una nueva hipótesis que se ha puesto de moda en los últimos tiempos y que es totalmente compatible con la del mun- do ARN y con muchas otras de las teorías vigentes sobre el origen de la vida. La novedad en este caso radica en el escenario en el que habrí- an tenido lugar por primera vez los acontecimientos cruciales: no en un «pequeño estanque tibio» sino en una «profunda roca incandes- cente». Según esta interesante teoría, nuestros peregrinos, para poder completar el viaje y encontrar su Canterbury, van a tener que excavar bien hondo y descender hasta la roca primordial. El principal impul- sor de esta tesis es Thomas Gold, otro inconformista que también «hace la guerra por su cuenta» y que, si bien comenzó como astrónomo, es lo bastante versátil como para hacerse acreedor al título de «científi- co generalista», distinción poco común en la actualidad, y lo bastan- te eminente como para ser miembro electo tanto de la Royal Society de Londres como de la National Academy of Sciences de Estados Unidos.

Gold piensa que es un error considerar que el sol es el primer motor de la vida. A su modo de ver, nos hemos dejado engañar, una vez más, por lo que nos resulta familiar y hemos asignado, tanto al ser huma- no como a nuestro tipo de vida, una importancia injustificada en el orden del universo. En su día los libros de texto afirmaban que toda   la vida dependía, en última instancia, de la luz solar, pero en 1977 se descubrió algo asombroso: las chimeneas volcánicas de los profun- dos fondos oceánicos sustentan una extraña comunidad de criaturas que no precisan de la luz del sol para vivir. El calor de la lava incan- descente hace que la temperatura del agua se eleve a más de 100°C,

 

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temperatura que, dada la enorme presión que se registra a semejan- tes profundidades, todavía dista bastante del punto de ebullición. El agua circundante es muy fría y el gradiente térmico fomenta diversos tipos de metabolismos bacterianos. Estas bacterias termófilas, entre las que figuran bacterias sulfurosas que aprovechan el sulfuro de hidró- geno que mana de las chimeneas volcánicas, constituyen la base de elaboradas cadenas alimenticias cuyos eslabones superiores incluyen gusanos tubícolas de color rojo sangre y hasta tres metros de largo, lapas, mejillones, estrellas de mar, percebes, cangrejos blancos, lan- gostinos, peces y algunos anélidos capaces de vivir a 80°C. Hay bacte- rias, como hemos visto, que pueden sobrellevar tranquilamente esas temperaturas hadeanas, pero no se conoce ningún otro animal capaz de hacer lo propio, de ahí que estos poliquetos reciban el apodo de

«gusanos Pompeya». Algunas de las bacterias sulfurosas se alojan en animales como, por ejemplo, mejillones, o los gusanos tubícolas gigan- tes, que llevan a cabo operaciones bioquímicas especiales en las que usan la hemoglobina (de ahí su color rojo sangre) para alimentar con sulfuro a sus propias bacterias. Estas colonias de vida, que se basan en la extracción bacteriana de energía procedente de las chimeneas volcánicas, asombran a propios y extraños, primero por el mero hecho de su existencia y luego por su abundante exuberancia, que supone un contraste sorprendente con las condiciones poco menos que des- érticas del fondo marino circundante.

Ni siquiera después de un descubrimiento tan sensacional ha deja- do la mayoría de los biólogos de seguir creyendo que el centro de la vida es el sol. Casi todos damos por hecho que las criaturas de las comu- nidades hidrotermales de los abismos oceánicos, por más que puedan resultar fascinantes, constituyen una anomalía insólita y no represen- tativa. Gold no está de acuerdo. Él cree que esos abismos ardientes y oscuros que soportan una presión altísima son precisamente el lugar donde no debería faltar la vida y donde surgió por primera vez. No necesariamente en el mar, sino tal vez en las rocas, bajo tierra, a gran profundidad. Nosotros, los que vivimos en la superficie, expuestos a la luz y al aire fresco, seríamos las aberraciones, las anomalías. Gold señala que los hopanoides, unas moléculas orgánicas que se forman en las paredes celulares de las bacterias, están presentes en todas las rocas, y cita un cálculo fidedigno según el cual habría entre diez y cien billo-

 

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nes de toneladas de hopanoides en las rocas del mundo. Estas cifras superan con creces el billón de toneladas de carbono orgánico pre- sente en la superficie.

Las rocas, observa Gold, están plagadas de grietas y fisuras, que, por muy pequeñas que sean a simple vista, suponen más de mil trillones de centímetros cúbicos de espacio húmedo y caliente apto para la vida a escala bacteriana. La energía térmica y las sustancias químicas pre- sentes en las propias rocas serían suficientes para sustentar enormes cantidades de bacterias. Gold señala que muchas bacterias prospe- ran a temperaturas de hasta 110°C y que esto les permitiría vivir a una profundidad de entre cinco y diez kilómetros, distancia ésta que reco- rrerían en menos de mil años. Se trata de un cálculo imposible de veri- ficar, pero Gold cree que el total de la biomasa de las bacterias que habitan en rocas profundas e incandescentes podría superar la bio- masa de toda la vida de superficie basada en el sol que conocemos.

Volviendo al tema del origen de la vida, Gold y otros han señalado que la termofilia, el amor a las temperaturas elevadas, no es una pecu- liaridad insólita entre las bacterias y las Arqueas, sino todo lo contra- rio: es algo tan común y tan ampliamente distribuido por los árboles filogenéticos bacterianos que bien podría haber sido el estado primi- tivo desde el que evolucionaron las formas de vida fría que conoce- mos. Por lo que respecta tanto a la química como a la temperatura, las condiciones en la superficie de la Tierra primigenia (lo que algunos científicos llaman la Era Hadeana) eran más similares a las de las rocas profundas e incandescentes de Gold que a las de la superficie terres- tre actual. De hecho, podría decirse que, cuando excavamos en el sue- lo rocoso, lo que estamos haciendo es excavar hacia el pasado y redes- cubrir las condiciones imperantes en el incandescente Canterbury de la vida.

Uno de los recientes paladines de esta hipótesis es el físico anglo- australiano Paul Davies, cuyo libro The fifth miracle es un compendio de las pruebas descubiertas desde que Gold publicara su artículo en 1992. En varias muestras de roca perforada se han descubierto bacte- rias hipertermófilas vivas que se reproducen entre escrupulosas pre- cauciones adoptadas para impedir cualquier contaminación proce- dente de la superficie. Algunas de estas bacterias se han cultivado con éxito en el interior... ¡de una olla a presión modificada! Davies,

 

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al igual que Gold, cree que la vida pudo haberse originado en las profundidades subterráneas y que las bacterias que todavía habitan ahí abajo podrían ser reliquias relativamente inalteradas con respec- to a nuestros antepasados más remotos. En el caso concreto de nues- tra peregrinación, esta idea es particularmente estimulante, por cuan- to nos da esperanzas de encontrarnos algo parecido a las bacterias primordiales en lugar de las bacterias más conocidas, modificadas para vivir en las modernas condiciones de luz, frío y oxígeno. En la actua- lidad, tras haber sido objeto de escarnio en un primer momento, la hipótesis de que la vida surgió en las rocas profundas e incandescen- tes se está convertiendo poco menos que en el último grito. Habrá que esperar a más investigaciones para ver si es correcta o no, pero con- fieso que estoy deseando que lo sea.

Hay muchas otras teorías en las que no me he detenido. Tal vez un día alcancemos un consenso definitivo sobre el origen de la vida. De ser así, dudo de que se base en pruebas directas, pues mucho me temo que ya estén todas destruidas. En lugar de eso, el consenso se alcanzará porque alguien formulará una teoría tan elegante que, como dijo en otro contexto el gran físico estadounidense John Archibald Wheeler:

 

...captaremos la clave del asunto y nos parecerá tan simple, tan bella y tan convincente que nos diremos unos a otros: «¡Pues claro!, ¿cómo iba ser si no? ¿Cómo hemos podido estar tan ciegos durante tanto tiempo?».

 

Tendrá que ser así como descubramos la solución al enigma del ori- gen de la vida o, de lo contrario, me temo que jamás llegaremos a co- nocerla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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el cuento del antepasado

 

 

El retorno del anfitrión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El afable anfitrión, tras guiar a Chaucer y a los demás peregrinos des- de Londres hasta Canterbury y haberles animado a contar sus histo- rias, se dio media vuelta y los condujo de regreso a Londres. Yo tam- bién volveré ahora al presente, pero tendré que hacerlo por mi cuenta, porque presumir que la evolución pueda seguir dos veces el mismo camino hacia delante sería negar la mismísima razón de ser de nues- tro viaje al pasado. La evolución nunca estuvo dirigida hacia ninguna meta en particular. Nuestra peregrinación regresiva ha visto, en cada encuentro, engrosar sus filas con la llegada de nuevos grupos cada vez más inclusivos: los simios, los primates, los mamíferos, los verte- brados, los deuteróstomos, los animales y así sucesivamente hasta lle- gar al progenitor de todas las formas vivas. Si ahora nos diésemos media vuelta y nos encaminásemos hacia el futuro, no podríamos volver sobre nuestros pasos, pues eso implicaría que la evolución, repitiéndose des- de el comienzo, seguiría exactamente el mismo recorrido y que lo que en el camino de ida vimos como fusiones se convertirían en divisio- nes. El río de la vida se ramificaría en todos los lugares justos. Se redes- cubriría la fotosíntesis y el metabolismo basado en el oxígeno, la célu- la eucariota se reconstruiría a sí misma y las células se agruparían en nuevos cuerpos metazoicos. Habría una nueva división entre plantas, por un lado, y animales, por otro; una nueva división entre Protóstomos y Deuteróstomos; se redescubriría la espina dorsal, así como los ojos, los oídos, las extremidades, los sistemas nerviosos... En última instan- cia surgiría un bípedo de cerebro hipertrofiado y manos hábiles diri-

 

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gidas por unos ojos que miran al frente, proceso que culminaría en el proverbial equipo de críquet capaz de ganar a los australianos.

Mi rechazo a la evolución dirigida hacia una meta determinada fue lo que me decidió a contar la historia marcha atrás. Con todo, al comien- zo de este libro confesé cierta simpatía por una rima que me llevaría a flirtear cautelosamente con pautas recurrentes, con la búsqueda de un orden y una tendencia progresiva en la evolución. Así pues, aun- que mi retorno como anfitrión no consistirá en volver exactamente sobre mis pasos, me preguntaré en voz alta si tal vez no sería apropia- do desandar un poco el camino.

 

 

La evolución repetida

 

El biólogo teórico estadounidense Stuart Kaufmann planteó atinada- mente la cuestión en un artículo de 1985:

 

Una forma de recalcar nuestra ignorancia actual es preguntándonos lo siguiente: si la evolución se repitiese desde el Precámbrico, cuando ya se habían formado las células eucariotas, ¿cómo serían los organismos al cabo de mil o dos mil millones de años? Y si este experimento se repitiese en miles de ocasiones, ¿cuáles de las propiedades de los organismos surgirí- an una y otra vez, cuáles serían raras, cuáles serían fáciles de producir para la evolución y cuáles serían difíciles? Nuestra forma de reflexionar sobre la evolución adolece de un defecto fundamental: no nos ha llevado a for- mularnos esas preguntas, aun cuando las respuestas nos ayudarían a enten- der las características previsibles de los organismos.

 

Lo que más me gusta de este párrafo es la condición estadística que impone. Kauffman no concibe apenas un experimento mental, sino una muestra estadística de experimentos en busca de las leyes gene- rales de la vida, no de manifestaciones puntuales de formas de vida concretas. La pregunta de Kauffman es similar al clásico interrogan- te que se plantea la ciencia ficción cuando se pregunta cómo sería la vida en otros planetas, sólo que en otros planetas las condiciones, tanto iniciales como preponderantes, serían distintas. En un planeta de gran tamaño la gravedad impondría todo un nuevo repertorio de

 

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presiones selectivas. Los animales del tamaño de las arañas no podrí- an tener patas tan delgadas y  quebradizas (porque se partirían bajo    el peso), sino que tendrían que sostenerse sobre robustas columnas verticales similares a esos troncos de carne que son las patas de los elefantes. Y viceversa: en un planeta pequeño, animales tan grandes como elefantes, pero ligeros y vaporosos, podrían corretear y brincar por la superficie como arañas saltarinas. Estas previsiones en materia de estructura corporal serían las mismas para toda la gama de mun- dos posibles con presión gravitatoria elevada y de mundos posibles con presión gravitatoria baja.

Para un planeta, la gravedad es una condición dada sobre la cual la vida no ejerce la menor influencia. También lo es la distancia que lo separa de su sol, la velocidad de rotación que determina la dura- ción de sus días y la inclinación de su eje, que, en un planeta como el nuestro, de órbita prácticamente circular, es el principal factor deter- minante de las estaciones. En un planeta como Plutón, cuya órbita dis- ta mucho de ser circular, la distancia a la estrella central variaría drás- ticamente e influiría mucho más sobre las estaciones. La presencia, distancia, masa y órbita de uno o varios satélites ejercen, a través del fenómeno de las mareas, una influencia sutil pero intensa sobre los seres vivos. Todos estos factores son datos conocidos sobre los que la vida no tiene la menor incidencia y que, por consiguiente, han de tratarse como constantes en las sucesivas repeticiones del experimen- to mental de Kauffman.

Los científicos de generaciones anteriores también habrían trata- do el clima y la composición química de la atmósfera como datos cono- cidos. Ahora se sabe que la atmósfera, en especial su alto contenido en oxígeno y su bajo contenido en carbono, está condicionada por la vida. Nuestro experimento teórico deberá, por tanto, tener en cuen- ta la posibilidad de que en sucesivas reediciones de la evolución, la atmós- fera pueda variar bajo la influencia de los seres vivos que vayan sur- giendo. La vida puede influir en el clima e incluso en fenómenos climáticos importantes, como las glaciaciones y las sequías. Mi difun- to colega W.D. Hamilton, que dio en el clavo demasiadas veces como para que nos tomemos a broma sus teorías, sugirió la posibilidad de que las mismísimas nubes y la lluvia fuesen adaptaciones fabricadas por microorganismos para su propia dispersión.

 

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Por lo que sabemos, los procesos internos de la Tierra no se ven afectados por el bullicio de la vida en la superficie, pero las reedi- ciones ideales de la evolución deberían tener en cuenta las posibles diferencias en los eventos tectónicos y, por tanto, el historial de la posición de los continentes. Nos podríamos preguntar, por ejemplo, si en las repeticiones del experimento de Kauffman deberíamos presuponer que los terremotos, las erupciones volcánicas y los bom- bardeos de meteoritos son los mismos o no. Tal vez lo más pruden- te sería contemplar los fenómenos tectónicos y las colisiones sidera- les como variables importantes de las que se podría calcular la media estadística si la muestra de reediciones de la evolución fuese lo bas- tante amplia.

¿Cómo podemos responder a la pregunta de Kauffman acerca del aspecto que tendría la vida si volviésemos a poner la cinta un número de veces estadísticamente significativo? Lo cierto es que existe todo un repertorio de preguntas semejantes, cada una más difícil que la anterior. Kauffman decidió «poner el reloj a cero» en el momento en que la célula eucariota se formó a partir de sus componentes bac- terianos, pero también podríamos imaginar que reiniciamos el proce- so dos o tres eones antes, en el mismísimo instante del origen de la vida propiamente dicha; o también, yéndonos al otro extremo, pode- mos reiniciar el reloj mucho más tarde, por ejemplo, en la época del Contepasado 1, cuando nos separamos de los chimpancés, y pregun- tarnos si, en un número estadísticamente significativo de repeticiones del experimento, los homínidos habrían desarrollado el bipedalismo, el aumento cerebral, el lenguaje, la civilización y el béisbol. Entre medias, está la pregunta de Kauffman sobre el origen de los mamífe- ros, el origen de los vertebrados, y muchas más.

Por puro afán dialéctico, también podríamos preguntarnos si la historia de la vida, tal y como la conocemos, nos brinda algo pareci- do a un experimento kauffmaniano natural que nos pudiera servir de orientación. La respuesta es que sí. A lo largo de la peregrinación nos hemos topado con múltiples experimentos naturales. Gracias al afortunado accidente de un aislamiento geográfico prolongado, Australia, Nueva Zelanda, Madagascar, Sudamérica, e incluso África, nos proporcionan reediciones aproximadas de episodios fundamen- tales de la evolución.

 

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Estas masas continentales permanecieron aisladas unas de otras, y del resto del mundo, durante buena parte del periodo posterior a la desaparición de los dinosaurios, cuando el grupo de los mamíferos desplegó casi toda su creatividad evolutiva. El aislamiento no fue total, pero bastó para propiciar el surgimiento de los lémures en Madagascar y la antigua y variopinta radiación de afroterios en África. En el caso de Sudamérica hemos distinguido tres fundaciones de mamíferos sepa- radas, con largos periodos de aislamiento entre ellas. La región que he dado en llamar Australinea ofrece las condiciones ideales esta cla- se de experimento natural toda vez que su aislamiento fue casi abso- luto durante buena parte del periodo en cuestión y comenzó con una pequeña introducción, posiblemente única, de marsupiales. Nueva Zelanda constituye un caso único entre estos importantes experi- mentos naturales porque durante este mismo periodo se encontró sin mamíferos.

Lo que más me impresiona al repasar todos estos ejemplos es lo similar que resulta la evolución cuando se le concede la posibilidad  de repetirse. Ya hemos visto cuán parecido es Thylacinus a un perro, Notoryctes a un topo, Petaurus a las ardillas voladoras, Thylacosmilus a los dientes de sable (y a varios «falsos dientes de sable» entre los carnívo- ros placentarios). Las diferencias también son ilustrativas. Los cangu- ros son sustitutos saltarines de los antílopes. El salto de un bípedo, cuando es el producto final y perfeccionado de una línea de progre- sión evolutiva, puede ser tan rápido como el galope de un cuadrúpe- do. Pero las dos formas de desplazarse son radicalmente distintas y han impuesto cambios sustanciales en las respectivas anatomías. Es probable que, en la época ancestral en que los dos métodos de loco- moción se bifurcaron, cualquiera de las dos líneas ancestrales experi- mentales podría haber enfilado la senda del salto con dos patas y cual- quiera haber perfeccionado el galope cuadrúpedo. Dio la casualidad (en un primer momento puede que absoluta) de que los canguros tomaron el primero de esos dos caminos y los antílopes el segundo, y ahora, pasado el tiempo, nos maravillamos de las divergencias entre los productos finales.

Los mamíferos protagonizaron sus dispares radiaciones evolutivas aproximadamente al mismo tiempo unos que otros, en diferentes masas continentales. El vacío dejado por los dinosaurios les dio la liber-

 

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tad de prosperar. Los dinosaurios en su época habían desarrollado similares radiaciones evolutivas, aunque con notables omisiones: por ejemplo, no consigo que nadie me responda a la pregunta de por qué no hay ningún topo dinosaurio. Y antes de los dinosaurios ya se dieron muchos otros paralelismos, sobre todo entre los reptiles mami- feroides, que también culminaron en espectros tipológicos similares. Al final de mis conferencias siempre trato de responder las pregun-

tas de los asistentes. La más frecuente, con mucho, es: «¿cuál podría ser el próximo estadio evolutivo de los seres humanos?». Mis interlo- cutores, y es algo que me conmueve, siempre dan por hecho que se trata de una pregunta novedosa y original, pero a mí se me cae el alma a los pies, pues es una pregunta que cualquier evolucionista pruden- te eludiría. Es imposible predecir con detalle la futura evolución de ninguna especie; lo más que cabe señalar es que, desde el punto de vista estadístico, la mayoría de las especies se ha extinguido. Ahora bien, aunque no podamos pronosticar el futuro de ninguna especie de aquí a, pongamos, 20 millones de años, lo que sí podemos es pre- decir la gama de tipos ecológicos que existirán. Habrá herbívoros y carnívoros, pacedores y ramoneadores, piscívoros e insectívoros. Estos pronósticos basados en la dieta alimenticia dan por hecho que den- tro de 20 millones de años todavía existirán los alimentos correspon- dientes a esas definiciones. Los ramoneadores presuponen la exis- tencia continuada de árboles. Los insectívoros presuponen insectos, o, al menos, pequeños invertebrados de patas largas (los llamados dudús, por emplear ese término técnico tan útil procedente de Áfri- ca). Dentro de cada categoría, herbívoros, carnívoros y demás, habrá toda una gama de tamaños. Existirán corredores, voladores, nadado- res, trepadores y excavadores. Las especies no serán exactamente las mismas que vemos hoy, ni las especies paralelas que evolucionaron en Australia o en Sudamérica, ni sus equivalentes entre los dinosau- rios ni entre los reptiles mamiferoides, pero habrá una gama análoga de tipos que se buscarán la vida de manera parecida.

Si durante los próximos 20 millones de años se produce una gran catástrofe y una extinción en masa comparable a la desaparición de los dinosaurios, la nueva gama de ecotipos surgirá de nuevos puntos de partida ancestrales y, a pesar de mis elucubraciones sobre roedo- res en el Encuentro 10, será bastante difícil adivinar cuáles de los ani-

 

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Cambios espantosos. Del hombre sólo quedan restos fósiles y los ictiosaurios han reaparecido sobre la Tierra. Una conferencia: «Como pueden apreciar», prosiguió el profesor Ictiosaurio, «este cráneo pertenecía a algún animal inferior: los dientes son insignificantes; la potencia de las mandíbulas, ridícula, y, en general, parece increíble que semejante criatura pudiese procurarse alimento».

Esta viñeta, obra de Henry de la Beche, parodiaba una hipótesis formulada por Charles Lyell según la cual los cambios periódicos del clima terrestre y, en consecuencia, de la fauna podrían provocar que en el futuro los iguanodontes volviesen a vagar por los bosques y los ictiosaurios reapareciesen en los mares.

 

males actuales podrían representar esos puntos de partida. La carica- tura victoriana de esta página muestra al profesor Ictiosaurio disertan- do sobre un cráneo humano procedente de algún pasado remoto. Si en la época de los dinosaurios el profesor Ictiosaurio se hubiese plan- teado su catastrófico final, le habría sido muy difícil pronosticar que su lugar lo terminarían ocupando los descendientes de los mamífe- ros, que a la sazón apenas eran unos pequeños insectívoros nocturnos e insignificantes.

Bien es verdad que estamos hablando de una evolución bastante reciente, no de la prolongada repetición imaginada por Kauffman. Así y todo, estas reediciones recientes sin duda pueden transmitirnos enseñanzas acerca de la inherente reproducibilidad de la evolución. Si las fases iniciales de la evolución siguieron pautas similares a las fases

 

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Fotorrecepción simple

 

Las cuarentas sendas hacia la iluminación. Paisaje de la evolución del ojo, obra de Michael Land.

 

posteriores, tales enseñanzas bien podrían constituir principios gene- rales. Pienso que los principios que hemos aprendido de la evolu- ción más reciente, esto es, la que arranca de la extinción de los dino- saurios, probablemente sean válidos por lo menos hasta el Cámbrico, e incluso hasta el mismísimo origen de la célula eucariota. Tengo la impresión de que el paralelismo entre las radiaciones de los mamífe- ros en Australia, Madagascar, Sudamérica, África y Asia podría repre- sentar una especie de modelo para responder a la pregunta de Kauffman en lo tocante a puntos de partida mucho más antiguos, como, por ejemplo, el que él mismo escogió, el origen de la célula eucariota. Antes de este hito, en cambio, la confianza se desvanece. Mi colega Mark Ridley, en su libro Mendel’s Demon, sospecha que el ori- gen de la complejidad eucariota fue un acontecimiento tremenda- mente improbable, tal vez incluso más que el origen de la vida pro- piamente dicha. Influido por Ridley, apuesto a que la mayoría de los experimentos mentales que recreen la evolución desde el origen de la vida no llegarán hasta la eucariocracia.

Para estudiar el fenómeno de la convergencia no es necesario basar- nos en la separación geográfica como en el experimento natural aus- traliano. Podemos suponer que la evolución se repita no desde el mismo punto de partida en diferentes áreas geográficas, sino desde

 

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puntos diferentes de una misma área: una convergencia entre ani- males tan poco relacionados entre sí que lo que nos indican no tiene nada que ver con la separación geográfica. Se calcula que, en el rei- no animal, «el ojo» ha evolucionado de forma independiente entre 40 y 60 veces. Este dato me inspiró el capítulo «Las cuarenta sendas hacia la iluminación», incluido en el libro Escalando el monte improba- ble, así que no voy a repetirme salvo para señalar que Michael Land, catedrático de la universidad de Sussex y máximo experto en zoolo- gía comparativa de los ojos, identifica nueve principios diferentes de mecánica óptica, cada uno de los cuales ha evolucionado más de una vez. El propio Land tuvo la amabilidad de diseñar, para su reproduc- ción en el citado libro, el paisaje de la ilustración superior, donde cada cumbre representa una evolución independiente de los ojos.

La vida, al menos tal y como la conocemos en este planeta, parece tener un deseo casi indecente por desarrollar ojos. Podemos prede-  cir con toda confianza que una muestra estadística de repeticiones del experimento de Kauffman culminaría en la formación de unos ojos.    Y no sólo de un tipo, sino toda una gama de ellos: ojos compuestos como los de un insecto, un langostino o un trilobite, y ojos tipo cáma- ra fotográfica como los nuestros o los de los calamares, con visión cromática y mecanismos para graduar con precisión el enfoque y la apertura. Muy probablemente, también ojos parabólicos reflectores como los de las lapas y ojos tipo cámara oscura como los de los nauti- los, esos moluscos modernos parecidos a amonites y dotados de con- chas en espiral que hemos encontrado en el Encuentro 26. Si hay  vida en otros planetas del universo, lo más seguro es que también haya ojos y se basen en la misma gama de principios ópticos que conoce- mos en éste. Sólo hay un número limitado de maneras de hacer un  ojo y bien pudiera ser que la vida tal y como la conocemos ya las haya descubierto todas.

Podemos hacer el mismo tipo de recuento con otras adaptacio- nes. La ecolocación (el truco de emitir pulsaciones sonoras para orien- tarse en función del cronometraje preciso de los ecos) ha evolucio- nado como mínimo cuatro veces: en los murciélagos, en las ballenas dentadas, en los guácharos (Steatornis caripensis) y en las salanganas (Collocalia linchi). No son tantas veces como los ojos pero sí las sufi- cientes como para no considerar demasiado improbable que, en las

 

 

 

 

Ojos ansiosos por evolucionar. Algunos ejemplos de ojos. Desde la esquina superior izquierda, en sentido de las agujas del reloj: Nautilus pompilius (ojo del tipo cámara oscura); trilóbite fósil (Phacops, ojo compuesto hecho de lentes de calcita, algunos de los cuales pueden apreciarse en la parte superior del ojo); mosca negra ojején del búgalo (Simulium damnosum, ojo compuesto); pez loro verde (Sparisoma viride, ojo de pez); búho de Virginia (Bubo virginianus, ojo con córnea).

 

condiciones adecuadas, vuelva a surgir. Muy posiblemente, las reedi- ciones de la evolución redescubrirían los mismos principios específi- cos, los mismos trucos para resolver las dificultades. De nuevo me abstendré de repetir una explicación incluida en uno de mis libros anteriores1 y simplemente resumiré los resultados que cabría espe-

 

1. El relojero ciego.

 

 

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rar de las repeticiones de la evolución. La ecolocación basada en chi- llidos muy agudos (que presentan mayor resolución que los graves) debería evolucionar repetidas veces. Es probable que algunas especies puedan modular la frecuencia de los chillidos, subiendo o bajando el tono durante la emisión de los mismos (la precisión aumenta por- que la diferencia tonal permite distinguir entre el comienzo del eco y el final). El dispositivo computacional empleado para analizar los ecos podría perfectamente efectuar cálculos (inconscientes) basados en variaciones de tipo Doppler en la frecuencia de los ecos, porque es indudable que el efecto Doppler se produce en cualquier punto del universo donde exista el sonido y los murciélagos lo utilizan a la per- fección.

¿Cómo sabemos que cosas como el ojo o la ecolocación han evo- lucionado de forma independiente? Mirando el árbol filogenético. Los parientes de los guácharos y de las salanganas no practican la ecolocación. Ambas aves se han hecho cavernícolas por separado. Sabemos que desarrollaron dicha tecnología por sí mismas e indepen- dientemente de murciélagos y ballenas porque en las ramas circun- dantes del árbol filogenético no hay ni una sola especie que la posea. Puede que grupos distintos de murciélagos también hayan desarro- llado la ecolocación por separado más de una vez. No sabemos cuán- tas otras veces ha evolucionado esta técnica. Algunas musarañas y focas la practican de forma rudimentaria (y algunos humanos ciegos la han aprendido). ¿También la poseían los pterodactilos? Teniendo en cuenta que saber volar de noche es bastante ventajoso y que, a la sazón, no existían los murciélagos, no es inverosímil. Lo mismo vale para los ictiosaurios. Eran muy parecidos a los delfines y presumiblemen- te se ganaban la vida de forma similar. Teniendo en cuenta que los del- fines hacen un uso continuado de la ecolocación, es lícito preguntar- se si los ictiosaurios también la practicaban antes de la aparición de los delfines. No existen pruebas directas al respecto y debemos evitar las ideas preconcebidas. Un dato en contra de la hipótesis: los ictio- saurios tenían unos ojos extraordinariamente grandes (uno de sus ras- gos más llamativos) luego quizá dependían de la visión, no de la eco- locación. Los delfines, en cambio, tienen ojos relativamente pequeños y uno de sus rasgos más llamativos, el bulto redondeado llamado melón que tienen encima del pico, hace las veces de lente acústica, concen-

 

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trando el sonido en un haz estrecho que sale proyectado hacia delan- te del animal como si fuese un reflector.

Como cualquiera de mis colegas, puedo rebuscar en la base de datos zoológica que tengo en la cabeza y dar una respuesta aproxi- mada a preguntas como «¿Cuántas veces ha evolucionado el rasgo X por separado?». Sería un buen proyecto de investigación llevar a cabo ese recuento de manera más sistemática. Cabe suponer que algunos X, como los ojos, tendrían como respuesta «muchas veces», otros, como la ecolocación, «varias veces» y otros, «sólo una vez» o incluso

«nunca», aunque debo decir que cuesta muchísimo encontrar ejem- plos de estas respuestas. Las diferencias podrían resultar interesan- tes. Me figuro que descubriríamos que la vida está ansiosa por aden- trarse por ciertos senderos evolutivos potenciales, mientras que por otros se muestra más renuente a internarse. En Escalando el monte impro- bable formulé la analogía de un enorme museo que contuviese todas las formas de vida, tanto reales como concebibles, con pasillos que   se abrían en muchas dimensiones y representaban el cambio evolu- tivo, tanto real como concebible. Algunos de estos pasillos estaban totalmente abiertos y casi ejercían una atracción magnética; otros, en cambio, estaban bloqueados por barreras difíciles o incluso imposi- bles de superar. La evolución recorre a toda velocidad los pasillos fáci- les, una y otra vez, y sólo muy de vez en cuando, de manera insospe- chada, salta una de las barreras. Retomaré la idea de deseo y renuencia a evolucionar cuando analicemos la «evolución de la capacidad evo- lutiva».

Repasemos ahora rápidamente otros casos en los que valdría la pena llevar a cabo un recuento sistemático de las veces en que ha evolucio- nado el órgano, propiedad o técnica X. La picadura venenosa (inyec- ción hipodérmica de veneno mediante un tubo puntiagudo) ha evo- lucionado al menos diez veces de manera independiente: en las medusas y sus parientes, en las arañas, en los escorpiones, en los ciempiés, en los insectos,2 en los moluscos (familia de los Cónidos), en las serpien- tes, en el grupo de los tiburones (las rayas), en los peces óseos (el pez piedra), en los mamíferos (el ornitorrinco macho) y en las plantas (la

 

2. En las abejas, avispas y hormigas, el aguijón es un conducto de desove modifi- cado, de ahí que sólo piquen las hembras.

 

 

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ortiga). En una reedición del proceso evolutivo es casi seguro que vol- vería a surgir el veneno, incluida la inyección hipodérmica.

La emisión de sonido con fines sociales ha evolucionado de mane- ra independiente en aves, mamíferos, grillos y saltamontes, cigarras, peces y ranas. La electrolocalización, esto es, el uso de campos eléc- tricos débiles como sistema de orientación, ha evolucionado varias veces, tal y como vimos en «El Cuento del Ornitorrinco». Lo mismo cabe decir del uso (probablemente derivado del anterior) de corrien- tes eléctricas como mecanismos de ataque y defensa. Dado que des- de el punto de vista físico la electricidad es igual en todos los mun- dos, podemos apostar con confianza por la evolución recurrente de criaturas que exploten la electricidad tanto para orientarse como para atacar.

El vuelo verdadero, no el planeo pasivo, parece haber evoluciona- do cuatro veces: en los insectos, en los pterosaurios, en los murciéla- gos y en las aves. El planeo en sus diferentes modalidades ha evolu- cionado de manera independiente muchas veces, tal vez cientos, y bien podría ser el precursor evolutivo del vuelo verdadero. Entre los ejem- plos figuran lagartos, ranas, serpientes, peces voladores, calamares, caguanes, marsupiales y roedores (dos veces). Apostaría una gran suma de dinero a que en las repeticiones de Kauffman surgirían planeado- res, y una suma razonable a que también aparecerían voladores.

La propulsión a chorro podría haber evolucionado dos veces. Los moluscos cefalópodos la utilizan, y, en el caso de los calamares, a gran velocidad. El segundo ejemplo que se me ocurre es el de otro molus- co cuya propulsión, sin embargo, no es rápida. Las vieiras viven fun- damentalmente en el fondo del mar, pero de vez en cuando se des- plazan abriendo y cerrando acompasadamente las dos valvas, como si fuesen unas castañuelas. Lo lógico sería pensar (al menos yo lo pien- so) que semejante acción las propulsaría hacia atrás, en dirección opuesta al castañeteo, pero lo cierto es que se mueven hacia delante, como si se abriesen camino en el agua a mordiscos. ¿Cómo es posible? La respuesta es que el movimiento de abrir y cerrar las valvas sirve para bombear agua a través de un par de orificios situados detrás de la char- nela. Estos dos chorros propulsan al animal hacia delante. El efecto contradice hasta tal punto nuestra previsión intuitiva que resulta casi cómico.

 

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¿Y los órganos que sólo han evolucionado una vez, o no han llega- do a evolucionar? Como hemos visto en el cuento del Rhizobium, la rueda, dotada de un cojinete verdadero de rotación libre, sólo ha surgido una vez, entre las bacterias, antes de que la inventase el hom- bre. También el lenguaje ha surgido únicamente entre nosotros, lo que supone una frecuencia cuarenta veces menor que la de los ojos. Es sorprendente lo mucho que cuesta encontrar «buenas ideas» que sólo hayan evolucionado una vez.

Le planteé el desafío a un colega de Oxford, el entomólogo y natu- ralista George McGavin, y me proporcionó una lista estupenda; así y todo, comparada con la lista de las cosas que han evolucionado muchas veces, resulta breve. Según el doctor McGavin, los escarabajos bombar- deros son los únicos que mezclan sustancias químicas para producir explosiones. Los ingredientes se fabrican y conservan en glándulas sepa- radas (obviamente); cuando el escarabajo percibe una amenaza, vierte los ingredientes en una cámara situada cerca del ano, donde explotan y provocan la expulsión de un líquido tóxico (cáustico e hirviente) a tra- vés de una pequeña cánula orientada hacia el enemigo. Este proceso hace las delicias de los creacionistas, pues están convencidos de que es manifiestamente imposible que se haya desarrollado de manera gradual ya que las fases intermedias también serian explosivas. En las conferen- cias navideñas para niños que di en la Royal Institution y que la BBC retransmitió en 1991, disfruté de lo lindo demostrando la falacia de sesmejante argumento. Tras invitar a los asistentes más nerviosos a aban- donar el auditorio, me puse un casco de la Segunda Guerra Mundial y mezclé hidroquinona y agua oxigenada, los dos ingredientes explosivos del escarabajo bombardero. No pasó nada; ni siquiera se calentó. La explosión requiere un catalizador. Así pues, aumenté poco a poco la concentración de catalizador, que a su vez fue incrementando de for- ma constante la temperatura de la reacción hasta llegar a un clímax satis- factorio. En la naturaleza, el catalizador lo proporciona el escarabajo, que no debió de tener mayor dificultad en ir aumentando la dosis, de forma paulatina y segura, a lo largo del tiempo evolutivo.

El siguiente en la lista de McGavin es el pez arquero, que pertene- ce a la familia de los Toxótidos y debe de ser el único animal capaz de lanzar un proyectil para abatir presas a distancia. El pez arquero sube hasta la superficie y escupe un chorro de agua a un insecto que

 

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esté posado en algún lugar; cuando el insecto cae al agua, se lo come. El otro candidato para el puesto de depredador artillero podría ser la hormiga león. Estos insectos en realidad son larvas del orden de los Neurópteros y, al igual que tantas otras larvas, no se parecen en nada a sus adultos. Con unas enormes mandíbulas que las harían las prota- gonistas perfectas de una película de terror, acechan enterradas en la arena, en la base de una trampa cónica que ellas mismas excavan. El proceso de excavación consiste en arrojar la arena vigorosamente desde el centro hacia fuera, lo que provoca minúsculos aludes en las paredes del foso. El resto corre a cargo de las leyes de la física, que modelan cuidadosamente el cono. Las presas, que por lo general son hormigas, caen en la trampa y se resbalan por las empinadas pen- dientes del cono en dirección a las mandíbulas de la hormiga león. La posible semejanza con el pez arquero es que las presas no sólo caen pasivamente en la trampa sino que a veces se precipitan al foso por el impacto de las partículas de arena. Éstas, sin embargo, no van dirigi- das con tanta precisión como las buchadas del pez arquero, que debe su devastadora puntería a una visión de enfoque binocular.

Las arañas escupidoras, de la familia de las Escitódidas, actúan de un modo ligeramente distinto. Privada de la rapidez de una araña lobo o de la tela de una araña común, la araña escupidora lanza desde cierta distancia un engrudo venenoso que inmoviliza a su presa, des- pués se llega hasta ella y las mata de un mordisco. Es una técnica diferente de la que usa el pez arquero para abatir a sus víctimas. Varios animales, por ejemplo, las cobras escupidoras de veneno, escupen para defenderse, no para cazar presas. El caso de la araña de las boleado- ras, Mastophora, también es diferente y probablemente único. Podría decirse que arroja un proyectil a sus presas (unas polillas que se ven atraídas por un señuelo falso: el olor sexual de la polilla hembra, sin- tetizado por la araña), pero dicho proyectil es una pelotilla pegajosa de seda unida a un hilo de seda que la araña lanza por el aire como el lazo de un vaquero (o como las boleadoras que le dan nombre) y del que luego tira para arrastrar la presa hasta su posición. Podría decir- se que los camaleones también arrojan un proyectil contra sus pre- sas: la punta gruesa y pesada de la lengua, el resto de la cual (mucho más fino) vendría a ser un poco como la cuerda con que se recupera un arpón después de lanzado. Técnicamente, la punta de la lengua

 

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del camaleón es un proyectil balístico, en el sentido de que, a dife- rencia de la nuestra, se puede lanzar libremente. Los camaleones, sin embargo, no son únicos en cuanto a esta peculiaridad. Algunas salamandras también lanzan balísticamente la punta de la lengua con- tra las presas, y su proyectil (a diferencia del de los camaleones) con- tiene parte del esqueleto. La punta sale disparada como una pepita de melón cuando la apretamos entre los dedos.

El siguiente candidato de McGavin para el puesto de singularida- des evolutivas es una obra de arte: la araña acuática, Argyroneta aquati- ca. Esta araña vive y caza exclusivamente bajo el agua pero, al igual que los delfines, dugongos, tortugas, caracoles de agua dulce y demás animales que han retornado al medio acuático, necesita respirar aire. La diferencia con todos esos otros exiliados es que Argyroneta se cons- truye su propia campana de inmersión. La teje con seda (que es la pana- cea universal para cualquier problema arácnido) y la amarra a una plan- ta subacuática. Sube a la superficie a coger aire y lo transporta, al igual que varios insectos acuáticos, bajo el vello del dorso. Pero, a diferen- cia de dichos insectos, que llevan el aire consigo donde quiera que vayan como si fuese la bombona de oxígeno de un hombre rana, Argyroneta lo transporta hasta su campana de inmersión para reponer las exis- tencias. La campana es también la atalaya desde donde otea a sus pre- sas y el lugar donde, una vez capturadas, las almacena y se las come.

Pero la más sensacional de las singularidades recopiladas por McGavin es la larva de un tábano africano del género Tabanus. Como era de esperar tratándose de África, las charcas donde las larvas viven y se alimentan siempre acaban por secarse. Es entonces cuando las lar- vas se entierran en el fango y se convierten en crisálida. La mosca adul- ta emerge del fango seco y sale volando en busca de sangre. En últi- ma instancia, completará el ciclo desovando en otra charca cuando vuelvan las lluvias. El problema es que la larva enterrada corre un riesgo previsible: cuando el barro se seca, se va agrietando y existe el peligro de que una grieta destroce su refugio. En teoría, la larva podría salvarse si lograra dar con algún modo de desviar las grietas que se le aproximan. Pues bien: lo logra, y de una forma maravillosa y proba- blemente única. Antes de enterrarse en la cámara de metamorfosis, la larva penetra en el barro cavando una galería en forma de espiral para después volver a la superficie cavando una espiral inversa. Por

 

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último, se introduce en el barro justo en medio de las dos espirales y ahí permanece refugiada durante la estación seca hasta que vuelvan las lluvias. ¿Capta el lector la lógica del procedimiento? La larva está encerrada en un cilindro de barro cuyo límite circular ella misma ha debilitado de antemano mediante la excavación preliminar en espi- ral. Esto significa que cuando una grieta se acerque resquebrajando el barro seco, si alcanza el borde del cilindro, en lugar de atravesarlo justo por la mitad, lo circunvalará por fuera del perímetro, y la larva no sufrirá daño alguno. Es un recurso similar al de las perforaciones que rodean los sellos de correos e impiden que los rasguemos por la mitad. El doctor McGavin está convencido de que este ardid tan inge- nioso es exclusivo de este género de tábano.3

¿Pero existe alguna buena idea que nunca haya surgido por selec- ción natural? Que yo sepa, ningún animal ha desarrollado jamás un órgano capaz de transmitir ni recibir ondas de radio a larga distan- cia. El uso del fuego es otro ejemplo. La experiencia humana nos demuestra lo valioso que es. Hay ciertas plantas cuyas semillas preci- san fuego para germinar, pero no me parece que sea un uso análogo al que, por ejemplo, las anguilas eléctricas hacen de la electricidad. El uso del metal como refuerzo óseo es otro ejemplo de una buena idea que nunca ha surgido salvo en artefactos humanos. Me imagino que debe de ser difícil de materializar sin la ayuda del fuego.

El estudio paralelo de las técnicas que evolucionan a menudo y las que rara vez lo hacen, unido a las comparaciones geográficas que hemos analizado previamente, podría permitirnos predecir cómo sería la vida en otros planetas y también vaticinar el resultado más proba- ble de los experimentos mentales sobre reediciones de la evolución como el propuesto por Kauffman. Podemos dar por hecho que sur- girían ojos, oídos, alas y órganos eléctricos, pero tal vez no explosio- nes como las del escarabajo bombardero ni proyectiles líquidos como los del pez arquero.

Los biólogos que siguen la estela del difunto Stephen Jay Gould consideran que toda la evolución, incluida la postcámbrica, es tremen- damente contingente: un hecho fortuito con escasas probabilidades

 

 

3. Quien primero describió esta práctica fue W.A. Lambourn [165].

 

 

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de repetirse en una reedición kauffmaniana. Bajo el nombre de «rebo- binando la cinta de la evolución», Gould desarrolló por su cuenta el experimento mental de Kauffman. El sentir mayoritario es que las pro- babilidades de que en una reedición del proceso evolutivo surgiese algo remotamente parecido a los seres humanos son ínfimas, y Gould lo expresó de manera convincente en su libro La vida maravillosa. Fue esa visión ortodoxa la que me indujo a suscribir, con gran abne- gación por mi parte, la cautelosa norma del primer capítulo de este libro; la que me indujo, de hecho, a emprender mi peregrinación hacia el pasado y que ahora me induce a abandonar a mis compañeros de viaje en Canterbury y a regresar solo. Y, sin embargo... llevo tiempo preguntándome si la ortodoxia de la contingencia no habrá llegado demasiado lejos con sus intimidaciones. En la reseña que escribí del libro Full House, de S. J. Gould, (recogida en mi libro El capellán del dia- blo) defendí la antipática idea del progreso evolutivo: no del progre- so hacia la humanidad (¡Darwin no lo quiera!), sino del progreso en direcciones lo bastante predecibles como para justificar el uso del término. Como sostendré enseguida, la acumulación de adaptaciones complejas como los ojos es un indicio rotundo de cierta forma de pro- greso, sobre todo cuando se asocia mentalmente a algunos de los mara- villosos productos de la evolución convergente.

La evolución convergente también ha inspirado a Simon Conway Morris, un geólogo de Cambridge cuyo provocador libro Life’s Solution: Inevitable Humans in a Lonely Universe plantea exactamente el argumen- to contrario a la contingencia de Gould. Según las tesis de Conway Morris, el subtítulo de su libro, «El hombre como fruto inevitable de un uni- verso solitario», no dista mucho de la verdad literal. El geólogo está convencido de que una reedición de la evolución daría como resulta- do otro ser humano, o de algo muy parecido, y para defender una idea tan impopular hilvana un valeroso y casi provocador alegato. Los dos testigos que cita una y otra vez a declarar son la convergencia y la limitación.

Con la convergencia ya nos hemos topado repetidas veces a lo lar- go de este libro, inclusive en este capítulo. Los problemas similares dan lugar a soluciones similares, no sólo dos o tres veces, sino, en muchos casos, docenas de veces. Yo pensaba que mi entusiasmo por la evolución convergente era bastante exagerado, pero he encontra-

 

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do la horma de mi zapato en Conway Morris, que presenta un apabu- llante surtido de ejemplos, muchos de los cuales me eran desconoci- dos; pero así como yo suelo explicar la convergencia apelando a pre- siones selectivas similares, Conway Morris añade el testimonio de su segundo testigo, la limitación. Los ingredientes de la vida y los proce- sos de desarrollo embrionario sólo permiten una gama limitada de soluciones a un problema concreto. Dado un determinado punto de partida evolutivo, existe un número limitado de posibles vías de sali- da. En consecuencia, si dos reediciones de un experimento de Kauffman se topan con presiones selectivas similares, las limitaciones en materia de desarrollo fomentarán la tendencia a llegar a la misma solución.

Es evidente que un abogado experto podría servirse de estos dos testigos para defender la audaz tesis de que una repetición del proce- so evolutivo desembocaría, más que probablemente, en un bípedo dotado de un gran cerebro, manos hábiles, ojos tipo cámara fotográ- fica orientados hacia delante y otros rasgos humanos. Por desgracia, sólo ha sucedido una vez en este planeta, aunque me imagino que siempre tiene que haber una primera vez.

Asimismo, me confieso impresionado por el argumento paralelo que Conway Morris desarrolla para sostener que la evolución de los insectos también es previsible. Entre los rasgos definitorios de los insec- tos figuran los siguientes: un exoesqueleto articulado, ojos compues- tos, un modo de andar característico según el cual, de las seis patas, tres están siempre en el suelo formando un triángulo (dos patas a un lado, una al otro) y unos tubos respiratorios o tráqueas que sirven para con- ducir oxígeno hasta el interior del animal a través de los espiráculos, unos orificios especiales situados en los costados del cuerpo. Para com- pletar la lista de peculiaridades evolutivas, añadiré la evolución repe- tida (¡once veces por separado!) de complejas colonias eusociales, como las colmenas. ¿Son todo rarezas? ¿Carambolas únicas e irrepetibles en la gran lotería de la vida? Al contrario: son todo convergencias.

Conway Morris repasa su lista y demuestra que todos y cada uno de esos elementos han evolucionado más de una vez en diferentes par- tes del reino animal; en muchos casos, varias veces, e incluso varias veces por separado dentro de los propios insectos. Si a la naturaleza le resulta tan fácil desarrollar por separado los componentes caracte-

 

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rísticos de los insectos, no es tan inverosímil que el conjunto entero pudiera surgir una segunda vez. Estoy tentado de suscribir la idea de Conway Morris de que deberíamos dejar de pensar que la conver- gencia es una rareza pintoresca que haya que admirar allí donde se manifieste. Tal vez debiéramos verla como la norma y sorprendernos de las excepciones a la misma. Por ejemplo, el lenguaje sintáctico pare- ce ser un fenómeno exclusivo de una sola especie, la nuestra. ¿Acaso es un rasgo (y más adelante retomaré este tema) del que podría care- cer un bípedo inteligente fruto de un segundo devenir evolutivo?

En el primer capítulo de este libro, «La vanidad retrospectiva», escuché las advertencias sobre lo peligroso que es buscar pautas, para- lelismos y sentidos en la evolución, pero también dije que flirtearía cautelosamente con ellos. Este último capítulo nos ha brindado la oportunidad de recorrer todo el curso de la evolución hacia delante para ver qué pautas logramos apreciar. La idea de que toda la evolu- ción iba dirigida a la producción de Homo sapiens debe, sin duda, refu- tarse, y nada de lo que hemos visto en nuestro viaje regresivo invita a reconsiderarla. El propio Conway Morris se limita a afirmar que algo aproximadamente parecido al ser humano es uno de los diversos resul- tados (otro, por ejemplo, serían los insectos) que en buena lógica se darían repetidamente si la evolución se reiniciase una y otra vez.

 

 

Progreso exento de valores y progreso cargado de valores

 

¿Qué más pautas o consonancias distinguimos al repasar nuestro lar- go peregrinaje? ¿Es progresiva la evolución? Existe al menos una defi- nición razonable de progreso en virtud de la cual estaría dispuesto a responder que sí. Pero para eso hace falta preparar el terreno. En primer lugar, cabe definir el progreso, en un sentido débil y minimalis- ta, sin ningún juicio de valor, como la previsible continuación en el futuro de tendencias del pasado. El crecimiento de un niño es progre- sivo en el sentido de que las tendencias que observemos a lo largo de un año en materia de altura, peso, etc. continuarán en el año siguien- te. En esta definición de progreso no median juicios de valor. El cre- cimiento de un cáncer es progresivo exactamente en el mismo senti- do (débil) de la palabra. Y la reducción de un cáncer por efecto de la

 

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terapia, también. Entonces, ¿qué no sería progresivo en el sentido débil del término? Pues las fluctuaciones aleatorias y sin rumbo: un tumor que crece un poco, se reduce otro tanto, crece mucho, vuelve a redu- cirse un poco, crece un poco más, se reduce mucho, etcétera. Una ten- dencia progresiva es aquélla en la que no hay retrocesos; o si los hay, se ven superados y minimizados por el movimiento en la dirección dominante. En el caso de una secuencia de fósiles ordenados por fechas, el progreso, en esta acepción axiológicamente neutra, tan sólo significaría que cualquier tendencia anatómica que apreciásemos al avanzar desde los fósiles más antiguos a los intermedios continuaría desde éstos a los más recientes.

Ahora hace falta aclarar la distinción entre progreso exento de valo- res y progreso cargado de valores. En el sentido débil que acabamos de definir, el progreso, en lo tocante a los valores, es neutro. Sin embar- go, para la mayoría de la gente posee una carga axiológica. El médi- co, al informar que el tumor se reduce por efecto de la quimioterapia, anuncia con satisfacción: «Estamos progresando». Los médicos, en general, cuando ven la radiografía de un tumor galopante con nume- rosas derivaciones, no anuncian que el tumor está progresando, aun- que, en rigor, podrían hacerlo. Sería una afirmación cargada de valo- res, pero de valores negativos. La palabra progreso, en contextos políticos o sociales, suele aplicarse a tendencias que siguen una dirección que el hablante considera deseable. Cuando repasamos la historia de la humanidad, consideramos progresistas tendencias como la abolición de la esclavitud, la ampliación del sufragio, la reducción de las discri- minaciones por sexo o raza, la mejora de la higiene pública, la reduc- ción de la contaminación atmosférica y la mejora de la educación. Una persona de cierta ideología política podría juzgar que algunas de esas tendencias encarnan valores negativos y añorar la época en que las mujeres no tenían derecho al voto ni podían entrar en los salones de su club privado, pero, así y todo, esas tendencias son progresistas no sólo en el sentido débil, minimalista y axiológicamente neutro que hemos definido inicialmente: son progresistas según un sistema de valores concreto, por más que el lector o yo podamos no compartirlo. Parece increíble que, en el momento en que escribo estas líneas, sólo hayan pasado cien años desde que los hermanos Wright consi- guieron llevar a cabo el primer vuelo a motor a bordo de una máqui-

 

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na más pesada que el aire. La historia de la aviación desde 1903 ha experimentado un progreso inequívoco y sorprendentemente rápido. Apenas cuarenta y dos años después, en 1945, Hans Guido Muttke, un aviador de la Luftwaffe, rompía la barrera del sonido a bordo de un Messerschmitt.4 Tan sólo veinticuatro años más tarde el hombre ponía el pie en la Luna. El hecho de que ya no se viaje a la Luna y se acabe de suspender el único servicio de pasajeros supersónico tan sólo repre- senta una inversión momentánea, dictada por la economía, dentro de una tendencia general incuestionablemente progresiva. Los aviones son cada vez más rápidos, al tiempo que mejoran en muchos otros aspectos. Buena parte de este progreso no concuerda con los valores de todos (por ejemplo, de quienes tengan la mala suerte de vivir cer- ca de un aeropuerto). Y buena parte del progreso aeronáutico respon- de a necesidades militares. Pero nadie puede negar que existe un con- junto de valores expresable de manera racional que algunas personas cuerdas podrían suscribir, según el cual hasta los cazas, los bombar- deros y los misiles teledirigidos han mejorado progresivamente duran- te los cien años transcurridos desde el primer vuelo de los Wright. Lo mismo cabría decir de todos los demás medios de transporte y, en realidad, de otras creaciones tecnológicas, entre ellas, por encima de todo, los ordenadores.

Insisto en que cuando afirmo que este tipo de progreso está «car-   gado de valores» no me refiero a que esos valores sean necesariamen-     te de signo positivo, ni para el lector ni para mí. Como acabo de seña-   lar, buena parte del progreso tecnológico del que estamos hablando responde, y contribuye, a fines militares. Se podría afirmar,  no  sin  razón, que el mundo era mejor antes de todos esos inventos. En este sentido, la palabra progreso connota valores negativos. Sin embargo, sigue estando cargada de valores en un sentido importante que tras- ciende mi primera definición minimalista y axiológicamente  neutra  según la cual el progreso no es más que una tendencia que nace en          el pasado y prosigue en el futuro. El desarrollo armamentístico, des-

 

4. Hay quien discute la primacía de Muttke. Merezca o no tal distinción, lo que sí es seguro es que el primer piloto que superó la barrera del sonido no fue Chuck Yeager en 1947, tal y como enseñan en los patrióticos colegios de Estados Unidos. George Welch, un civil de ese mismo país, ya lo había logrado dos semanas antes.

 

 

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de las piedras y lanzas hasta los arcos, trabucos, mosquetes, rifles, ame- tralladoras, obuses, bombas atómicas y bombas de hidrógeno de cada vez más megatones, es sinónimo de progreso según el sistema de valo- res de alguien, por mucho que ni el lector ni yo lo compartamos, pues de lo contrario nadie se habría molestado en investigar y desarrollar las técnicas necesarias para la producción de todo ese armamento.

La evolución representa progreso no sólo en el sentido débil y exen- to de valores de la palabra. Hay episodios de progreso con una fuer- te carga axiológica, al menos según algunos sistemas de valores total- mente coherentes. Ahora que estamos hablando de armas, es un buen momento para señalar que los ejemplos más conocidos son los de las carreras armamentistas entre los depredadores y sus presas.

Según el Oxford English Dictionary, la expresión «carrera armamen- tista» aparece por primera vez en las actas Hansard de la Cámara de los Comunes de 1936:

 

Esta Cámara no puede estar de acuerdo con una política que pretende fundamentar la seguridad nacional únicamente en el rearme militar y que intensifica esa desastrosa carrera armamentista entre las naciones que con- duce inevitablemente a la guerra.

 

En 1937, el Daily Express publicó un artículo titulado «Preocupación ante la carrera armamentista», en el que se afirmaba: «Todos están preocupados por la carrera de armamentos». El tema no tardó en infil- trarse en los textos de biología evolutiva. En su obra clásica Adaptive Co- loration in Animals, publicada en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, Hugo Cott escribió:

 

Antes de declarar que el camuflaje de un saltamontes o de una mariposa es innecesariamente prolijo, hace falta comprobar cuáles son las capaci- dades de percepción y discriminación de sus enemigos naturales. No hacer- lo equivaldría a afirmar que la coraza de un buque de guerra es demasia- do pesada o el alcance de sus cañones demasiado grande5 sin indagar

 

5. Tom Lehrer, que probablemente haya sido el compositor de canciones humo- rísticas más brillante de todos los tiempos, anotó la siguiente instrucción en el enca- bezamiento de una de sus partituras de piano: «Un poco demasiado rápido».

 

 

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en la naturaleza y eficacia del arsenal enemigo. Lo cierto es que en las batallas primigenias que se libran en la selva, al igual que en la más refi- nada que se libra en el mudo civilizado, asistimos al desarrollo de una gran carrera armamentista evolutiva cuyos resultados, en el plano defensivo, se manifiestan en recursos tales como velocidad, actitud vigilante, cora- zas, espinas, técnicas de excavación, hábitos nocturnos, secreciones vene- nosas, sabor nauseabundo, y coloraciones procrípticas, aposemáticas y miméticas; y en el plano ofensivo, en contraatributos como velocidad, sor- presa, acecho, atracción, agudeza visual, garras, dientes, aguijones, colmi- llos venenosos y coloración anticríptica y atrayente. Del mismo modo que el aumento de la velocidad por parte del perseguido se ha desarro- llado en relación al aumento de la velocidad por parte del perseguidor, o la coraza defensiva en relación al armamento agresivo, la perfección del mimetismo ha evolucionado en respuesta a la mejora de las facultades per- ceptivas.

 

Mi colega de Oxford John Krebs y yo abordamos el tema de la carre- ra de armamentos evolutiva en un artículo que presentamos ante la Royal Society en 1979. En él señalábamos que las mejoras que se obser- van en las carreras armamentistas entre animales son mejoras del equi- po de supervivencia, no mejoras generales de la supervivencia en sí, y ello por una razón de lo más interesante. En una carrera de arma- mentos entre atacantes y defensores, puede haber lances en los que uno u otro bando cobre ventaja provisionalmente, pero, en general, las mejoras de un lado anulan las mejoras del otro. Las carreras arma- mentistas tienen incluso algo de paradójico: son económicamente cos- tosas para ambos bandos, sin embargo, no rinden beneficios netos a ninguno de los dos, toda vez que las potenciales ganancias de uno se ven neutralizadas por las del otro. Desde el punto de vista económi- co, más les valdría a ambos contendientes alcanzar un acuerdo y poner fin a la carrera de armamentos. Es un caso extremo hasta el ridículo, pero a las especies que hacen de presa les saldría más rentable sacri- ficar una parte de sus efectivos a cambio de que el resto pudiera pas- tar con tranquilidad y sin correr peligro. Ni los depredadores ni las presas tendrían que desviar valiosos recursos a los músculos para correr más rápido, a los sistemas sensoriales para detectar a los enemigos, ni a la actitud vigilante y a las prolongadas batidas de caza que tanto tiem-

 

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po consumen y tan estresantes resultan para ambas partes. Las dos sal- drían beneficiadas de un acuerdo sindical como ése.

Por desgracia, la teoría darviniana no conoce ningún medio de rea- lizar esa clase de acuerdos. Cada una de las dos partes destina recursos al desarrollo de características que le permitan superar al rival, y los miembros de uno y otro bando se ven obligados a asumir costosos com- promisos con sus propias economías corporales. Si no hubiese depre- dadores, los conejos podrían dedicar todos sus recursos económicos y todo su valioso tiempo a alimentarse y producir más conejos. En cam- bio, dedican gran parte del tiempo a la vigilancia contra posibles depre- dadores y emplean considerables recursos económicos para desarrollar el equipo necesario para la huida. Esto, a su vez, obliga a los depreda- dores a transferir sus inversiones económicas desde la actividad funda- mental, que es reproducirse, a la mejora del armamento para cazar pre- sas. Las carreras armamentistas, tanto en el terreno de la evolución animal como en el de la tecnología humana, se ponen de manifiesto no en la mejora del rendimiento sino en la creciente transferencia de recur- sos económicos que, en lugar de invertirse en los aspectos alternativos de la existencia, pasan a financiar la propia carrera de armamentos.

Krebs y yo identificamos una serie de asimetrías que podrían pro- vocar que un bando dedicase más recursos económicos a la carrera armamentista que el otro. Uno de estos desequilibrios lo bautizamos como «principio de la vida o la cena». El nombre está inspirado en esa fábula de Esopo en la que el conejo corre más que el zorro porque el conejo corre para salvar la vida mientras que el zorro sólo corre para asegurarse la cena. Existe una asimetría en cuanto al costo del fraca- so. En la carrera armamentista entre los cucos y sus anfitriones, todo cuco tiene a sus espaldas una línea ininterrumpida de antepasados que nunca jamás fracasaron a la hora de engañar a sus padres adop- tivos. En cambio, un individuo de la especie anfitriona tiene a sus espal- das muchos antepasados que nunca se toparon con un cuco y muchos otros que se toparon con uno y resultaron engañados por él. Muchos genes responsables de la incapacidad de detectar y matar cucos se han transmitido con éxito de generación en generación en la especie anfi- triona, mientras que los genes que provocan que los cucos fracasen a la hora de engañar a sus anfitriones han tenido una trayectoria gene- racional mucho más azarosa. Esta asimetría en materia de riesgo fomen-

 

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ta otra: la de los recursos destinados a la carrera de armamentos y no a otros aspectos de la economía biológica. Por expresar de otro modo esta cuestión tan importante, el coste del fracaso es más elevado para los cucos que para sus anfitriones. Esto provoca asimetrías en cuanto a la forma como ambas partes equilibran sus exigencias en materia de tiempo y de otros recursos económicos.

Las carreras de armamentos son profunda e indiscutiblemente pro- gresivas, a diferencia, por ejemplo, de la adaptación evolutiva al clima. Para un individuo de cualquier generación, los depredadores y los pará- sitos suponen una dificultad prácticamente análoga al clima adverso. Sin embargo, con el paso del tiempo evolutivo, existe una diferencia crucial. A diferencia del tiempo atmosférico, que fluctúa sin ton ni son, los depredadores y los parásitos (y las presas y los organismos hués- pedes) evolucionan sistemáticamente en una dirección concreta y se vuelven sistemáticamente peores para sus adversarios. Las tendencias de las carreras armamentistas observadas en el pasado pueden extrapo- larse al futuro (cosa que no se puede hacer con las mediciones de las glaciaciones y las sequías) y, además, están cargadas de valores en el mis- mo sentido que lo están las mejoras tecnológicas en el terreno de la aeronáutica o del armamento. La visión de los depredadores se hace más aguda (aunque no necesariamente más eficaz) porque las presas se vuelven más difíciles de ver. La velocidad aumenta progresivamente en ambos bandos, aunque, una vez más, las ventajas obtenidas por uno se ven en su mayor parte neutralizadas por las mejoras paralelas del otro. Los dientes de sable se vuelven más largos y afilados a medi- da que las pieles se tornan más duras. Las toxinas se hacen más tóxicas a medida que mejoran los trucos bioquímicos que las neutralizan.

Con el paso del tiempo evolutivo, la carrera armamentista progre- sa. Todas las características biológicas que un ingeniero humano admi- raría por su complejidad y elegancia se vuelven más complejas y más elegantes y cada vez dan más la impresión de obedecer a un diseño preconcebido.6 En Escalando el monte improbable establecí una distin- ción entre objetos diseñados y objetos diseñoides. Alardes de ingenie-

 

6. Dijo Hume: «Estas diversas máquinas, e incluso sus partes más diminutas, se ajustan entre sí con una precisión que provoca la admiración de quienquiera que las haya contemplado».

 

 

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ría diseñoide tan espectaculares como el ojo de un águila, el oído de un murciélago o el sistema óseo y muscular de un guepardo o de una gacela son la culminación de carreras de armamentos evolutivas entre presas y depredadores. Las carreras armamentistas que libran los pará- sitos con sus huéspedes cristalizan en proezas diseñoides co-adaptati- vas aún más complejas y elegantes.

Permítaseme exponer una idea importante. La evolución de cual- quier órgano diseñoide complejo en una carrera de armamentos tie-  ne que haberse producido como resultado de un gran  número  de pasos de evolución progresiva. De una evolución así puede decirse que es progresiva según nuestra definición por cuanto cada cambio sigue la misma dirección que los cambios precedentes. ¿Cómo sabemos que hay muchos pasos y no solamente uno o dos? Por una cuestión de pro- babilidad elemental. Los componentes de una máquina compleja, como el oído de un murciélago, podrían reordenarse al azar de un millón de maneras diferentes antes de obtener otra disposición que funcionase igual de bien que la original. Es un hecho estadísticamen- te improbable, y no sólo en el sentido inane de que, considerada a pos- teriori, toda disposición concreta se antoja tan improbable como cual- quier otra. Hay poquísimas permutaciones de átomos que constituyan instrumentos auditivos de precisión. Un oído de murciélago es algo único. Funciona. No cabe achacar algo tan improbable desde el pun- to de vista estadístico a un solo golpe de suerte. Por fuerza ha de ser  el resultado de una especie de proceso generador  de  improbabili- dad, el fruto paulatino de lo que el filósofo Daniel Denett llama una grúa en contraposición a un «gancho colgado del cielo». Las únicas grúas que la ciencia conoce (y apuesto a que son las únicas que jamás han existido o existirán en el universo) son el diseño y la selección.   El diseño explica la eficiente complejidad de los micrófonos y selec- ción natural del oído de los murciélagos. En última instancia, la selec- ción también explica los micrófonos y todos los objetos diseñados, ya que los propios diseñadores de los micrófonos son, a su vez, ingenie- ros que han evolucionado como resultado de la selección natural. En cambio, el diseño en el fondo no explica nada puesto que hay una regresión inevitable al problema del origen del diseñador.

Tanto el diseño como la selección natural son procesos de mejora progresiva, gradual, paulatina. Al menos la selección natural no podría

 

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ser otra cosa. En el caso del diseño, tal vez no sea una cuestión de prin- cipio, pero lo cierto es que es un hecho probado. Los hermanos Wright no tuvieron un rapto de inspiración y construyeron de buenas a pri- meras un Concorde ni un bombardero Stealth. Lo que construyeron fue un cascajo chirriante y destartalado que casi no despegaba del suelo    y que, tras dar unos cuantos bandazos, se estrelló en un sembrado. Desde Kitty Hawk7 hasta Cabo Cañaveral, cada etapa del proceso se basó en las anteriores. Las mejoras son graduales, paso a paso, en la misma dirección, ajustándose a nuestra definición de progreso. Podríamos imaginar, con cierta dificultad, un genio victoriano que, con su bella y barbuda cabeza digna de Zeus, diseñase de cabo a rabo un misil sidewinder. La idea va en contra del sentido común y de la historia, pero no atenta contra las leyes de la probabilidad; no se pue- de decir lo mismo de la evolución instantánea de un moderno mur- ciélago volador dotado de ecolocalización.

Podemos descartar la posibilidad de que un solo salto macromuta- cional lleve de musaraña terrestre ancestral a murciélago volador dota- do de ecolocalizadores con la misma seguridad con que rechazamos que un prestidigitador adivine el orden exacto de un mazo de naipes barajados gracias un golpe de suerte. En ninguno de los dos casos es del todo imposible la fortuna, pero ningún científico que se precie la usa- ría como explicación de dichos fenómenos. El prestidigitador adivina el órden de las cartas mediante un truco (todos hemos visto trucos igual de desconcertantes para un profano). La naturaleza, a diferencia del prestidigitador, no tiene ninguna intención de engañarnos, pero así y todo podemos descartar la suerte; no en vano, la genialidad de Darwin fue descubrir cuál era el juego de manos que practicaba la naturaleza. El murciélago es el resultado de una lentísima serie de pequeñas mejo- ras, cada una de las cuales amplia lo acumulado previamente y prolon- ga la tendencia evolutiva en la misma dirección. En eso consiste, por definición, el progreso. El mismo argumento es válido para todos los objetos biológicos complejos que producen la ilusión de diseño y que son, por tanto, estadísticamente improbables en una dirección concre- ta. Todos ellos tienen que haber evolucionado de forma progresiva.

 

7. Localidad de Carolina del Norte (EEUU) donde los hermanos Wright cons- truyeron sus primeros planeadores. [N. del t.]

 

 

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El anfitrión, que en su camino de regreso no esconde su interés por las cuestiones fundamentales de la evolución, añade el progreso a la lista. Sin embargo, el progreso así entendido no es una tenden- cia que se prolongue uniforme e inexorablemente desde el inicio de la evolución hasta el presente; más bien, por rescatar la cita inicial de Mark Twain a propósito de la historia, se trata de algo que rima. En el transcurso de una carrera armamentista observamos un episodio de progreso, pero esa carrera concreta tiene un final: quizá uno de los dos bandos provoca la extinción del otro, o bien los dos se extinguen a consecuencia de una catástrofe como la que acabó con los dinosau- rios. Entonces todo el proceso comienza de nuevo, no desde cero, sino desde una fase anterior y reconocible de la carrera armamentista. El progreso evolutivo no es una sola ascensión hacia la cumbre, sino una trayectoria «en rima» que recuerda a los dientes de una sierra. Uno de los dientes se remonta a finales del Cretácico, cuando el últi- mo dinosaurio dio paso abruptamente al flamante y espectacular ascen- so evolutivo de los mamíferos, pero durante el largo reinado de los dinosaurios hubo muchos dientes de sierra más pequeños. Y los mamí- feros, desde el primer momento de su ascensión, también disputa- ron carreras armamentistas más pequeñas seguidas de extinciones que a su vez se vieron sucedidas por nuevas carreras. Las nuevas carreras armamentistas riman con las precedentes, conformando rachas perió- dicas de evolución progresiva muy escalonada.

 

 

Evolucionabilidad

 

Eso por lo que respecta a las carreras armamentistas como motores del progreso. ¿Qué más mensajes del pasado nos trae el anfitrión en su camino de regreso al presente? Bien, debo hacer referencia a la supuesta distinción entre macroevolución y microevolución. Digo

«supuesta» porque, a mi modo de ver, la macroevolución (evolución en una escala de millones de años) es simplemente lo que se obtiene cuando la microevolución (evolución en la escala de la vida de un indi- viduo) se prolonga durante millones de años. La opinión contraria es que la macroevolución es algo cualitativamente distinto de la micro- evolución. Ninguna de las dos posturas es una tontería, ni tampoco

 

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son necesariamente contradictorias. Como suele ocurrir, depende del sentido con que se expresen.

Una vez más podemos usar el ejemplo del crecimiento de un niño. Imaginemos una discusión sobre una supuesta diferencia entre macro- crecimiento y microcrecimiento. Para estudiar el macrocrecimiento, pesa- mos al niño cada pocos meses y el día de su cumpleaños lo coloca- mos contra el dintel de una puerta para registrar su altura con una raya a lápiz. Si queremos proceder de un modo más científico, pode- mos medir varias partes del cuerpo, como, por ejemplo, el diámetro de la cabeza, la anchura de los hombros, la longitud de los principa- les huesos de las extremidades, y contraponer los valores en una grá- fica, quizá tranduciéndolos a logaritmos por los motivos aducidos en

«El Cuento del Hábil». También apreciaríamos indicios de desarro- llo tan significativos como la primera aparición del vello púbico, o del pecho y la menstruación en las chicas, y del vello facial en los chi- cos. Estos son los cambios que constituyen macrocrecimiento, medi- dos en una escala de meses o años. Nuestros instrumentos de medición no son lo bastante sensibles como para registrar las variaciones cor- porales del microcrecimiento, que se producen cada hora o cada día y que, acumulados a lo largo de meses, constituyen el macrocrecimien- to. O bien, por extraño que parezca, son demasiado sensibles. En teoría, una balanza sumamente precisa podría revelar el crecimiento del niño de una hora para otra, pero una señal tan delicada se perde- ría entre los bruscos incrementos de peso con cada ingesta de ali- mentos y las bruscas disminuciones con cada evacuación. Los actos de microcrecimiento propiamente dicho, consistentes todos ellos en divisiones celulares, no tienen la más mínima repercusión inmediata en el peso y su influencia en las dimensiones corporales brutas es inde- tectable.

Entonces, el macrocrecimiento ¿es la suma de multitud de peque- ños episodios de microcrecimiento? Efectivamente. Pero también es cierto que las distintas escalas temporales imponen métodos de estu- dio y hábitos de pensamiento completamente diferentes. Los micros- copios que se usan para observar las células no son apropiados para estudiar el desarrollo del niño a nivel corporal. Y las balanzas y cintas métricas no sirven para estudiar la multiplicación celular. En la prác- tica, las dos escalas temporales exigen métodos de estudio y hábitos

 

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de pensamiento radicalmente distintos. Lo mismo puede decirse de la macroevolución y la microevolución. Si los términos se usan para expresar las diferencias en cuanto a la mejor manera de estudiarlas, no tengo nada en contra de establecer una distinción práctica entre una y otra. En cambio, sí tengo mucho en contra de quienes otorgan a esta distinción tan mundana una trascendencia casi (o más que casi) mística. Los hay que piensan que la teoría darviniana de la evolución por selección natural explica la microevolución pero es incapaz de explicar la macroevolución, lo cual hace necesario añadir un ingre- diente extra; en los casos más extremos, un ingrediente extra de natu- raleza divina.

Por desgracia, este anhelo de intervenciones celestiales ha recibi- do la ayuda y el consuelo de verdaderos científicos cuyas intenciones en este sentido están libres de toda sospecha. Ya he analizado la teoría del equilibro puntuado demasiadas veces y con demasiada meticulosidad como para volver a hacerlo en estas páginas,8 así que me limitaré a añadir que sus defensores, en general, llegan a proponer un despare- jamiento fundamental de microevolución y macroevolución. Es algo completamente injustificado. No hace falta agregar ningún ingredien- te adicional a nivel micro para explicar el nivel macro. Antes al con- trario, a nivel macro surge un nivel extra de explicación como conse- cuencia de acontecimientos a nivel micro, extrapolados a espacios temporales inimaginables.

La distinción práctica entre micro y macroevolución es semejante a las que nos encontramos en muchos otros contextos. Los cambios en el mapa del mundo a lo largo del tiempo geológico se deben a los efectos, acumulados durante miles de milenios, de acontecimientos tectónicos que tienen lugar en una escala de minutos, días y años. Sin embargo, al igual que en el caso del crecimiento de un niño, los métodos de estudio correspondientes a cada una de las dos escalas apenas si tienen puntos en común. El lenguaje de las fluctuaciones voltaicas no sirve para analizar el funcionamiento de un programa informático como el Microsoft Excel. Nadie con dos dedos de frente

 

8. Opino que se trata de una interesante cuestión empírica que probablemente tenga respuestas diferentes en cada caso concreto y que no merece ser tenida como principio fundamental.

 

 

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puede negar que los programas informáticos, por complicados que sean, funcionan a base de pautas espacio-temporales de variación entre dos voltajes, pero nadie con dos dedos de frente se preocupa de eso cuando diseña, depura o utiliza un programa informático.

No veo motivos para poner en duda de que la macroevolución con- sista en montones de pedacitos de microevolución unidos uno tras otro a lo largo del tiempo geológico y detectados mediante fósiles en lugar de por muestreo genético. No obstante, podría haber, y creo que los hay, acontecimientos capitales en la historia evolutiva que modifi- can la propia naturaleza de la evolución. En cierto sentido, la evolu- ción también evoluciona. Hasta ahora, en este capítulo, el término progreso ha venido significando que organismos individuales, con el correr del tiempo evolutivo, se tornan más competentes para la labor propia de todo individuo, que es sobrevivir y reproducirse. Pero tam- bién podemos contemplar la posibilidad de que se den cambios en el propio fenómeno de la evolución. ¿Podría la evolución propiamente dicha tornarse más competente para alguna labor (la que le corres- ponda) con el paso del tiempo? ¿Constituyen los últimos estadios de  la evolución una mejora con respecto a los primeros? ¿Evolucionan los seres vivos para mejorar no sólo su capacidad de sobrevivir y repro- ducirse, sino también la capacidad evolutiva de su linaje? ¿Existe una evolución de la evolucionabilidad?

Esa frase, «evolución de la evolucionabilidad», la acuñé yo mismo en un artículo publicado en las Actas de la conferencia inaugural sobre vida artificial de 1987. La ciencia de la vida artificial era una discipli- na recién nacida de la fusión de otras ciencias, particularmente bio- logía, física e informática, y su fundador era el visionario físico Chris- topher Langton, que fue quien editó las Actas. Desde la aparición de mi artículo, aunque probablemente no como consecuencia del mis- mo, la evolución de la evolucionabilidad se ha convertido en un tema muy discutido entre los estudiantes de biología y los de vida artifi- cial. Mucho antes de que yo usase la expresión, otros ya habían pro- puesto la idea. En 1973, por ejemplo, el ictiólogo estadounidense Karen F. Liem empleó la frase «adaptación prospectiva» para referir- se al revolucionario aparato maxilar de los peces cíclidos, que les permitió, como hemos explicado en su cuento, desarrollar de forma tan súbita y fulminante cientos de especies en todos los grandes lagos

 

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africanos. He de decir que la teoría de Liem va más allá de la idea de preadaptación. Una preadaptación es algo que surge originariamen- te para cumplir una función y termina siendo asimilado por otra. La adaptación prospectiva de Liem y mi evolución de la evolucionabili- dad llevan implícita la idea, no sólo de asimilación a una función nue- va, sino de desencadenamiento de un nuevo estallido de evolución divergente. En resumidas cuentas, me estoy refiriendo a una tenden- cia permanente e incluso progresiva hacia una mayor habilidad a la hora de evolucionar.

En 1987 la idea de la evolución de la evolucionabilidad resultaba un tanto herética, sobre todo en boca de un supuesto ultradarvinista como yo. Me vi en la extraña situación de sostener una hipótesis y, al mismo tiempo, disculparme por ella ante personas incapaces de enten- der por qué había de disculparme. En la actualidad es un tema amplia- mente debatido, y algunos lo han llevado más lejos de lo que jamás hube previsto, por ejemplo, los biólogos celulares Marc Kischner y John Gerhart, y la entomóloga evolutiva Mary Jane West-Eberhard en su magistral libro Developmental Plasticity and Evolution.

¿Qué es lo que hace que un organismo sea bueno evolucionando, además de sobreviviendo y reproduciéndose? Pongamos, antes de nada, un ejemplo. A lo largo del libro hemos visto que los archipiéla- gos son talleres de especiación. Si las islas están lo bastante cerca como para permitir migración esporádicas, pero lo bastante lejos como para dar tiempo a que se den divergencias evolutivas entre las una migra- ción y otra, ya tenemos los ingredientes necesarios para la especiación, que es el primer paso hacia la radiación evolutiva. Pero ¿cuán cerca es «bastante cerca» y cuán lejos es «bastante lejos»? Depende de la capacidad locomotriz de los animales. Para una cochinilla o bicho bola, una separación de unos pocos metros equivale a una separa- ción de muchos kilómetros para un pájaro o un murciélago. Entre las islas del archipiélago de las Galápagos media la distancia adecua- da para propiciar la evolución divergente de pequeñas aves como los pinzones de Darwin, aunque no necesariamente para propiciar la evo- lución divergente en un sentido general. Para esto habría que medir la separación entre las islas, no en unidades absolutas, sino en unida- des de viabilidad locomotriz calibrada en función de la especie ani- mal de que se trate, un poco como en el caso de aquel barquero irlan-

 

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dés al que mis padres preguntaron la distancia a la isla de Great Blasket y respondió: «Unas tres millas si hace bueno».

Eso quiere decir que un pinzón de las Galápagos cuya autonomía de vuelo hubiese disminuido o aumentado a consecuencia de la evo- lución podría con ello ver disminuida su evolucionabilidad. Una auto- nomía limitada reduce las probabilidades de iniciar una nueva raza de descendientes en otra isla; visto así, es fácil de entender. El aumen- to de la autonomía tiene un efecto menos evidente en la misma direc- ción: los descendientes se establecen en nuevas islas con tanta frecuen- cia que no tienen tiempo de evolucionar por separado antes de que lleguen los nuevos inmigrantes. Poniéndonos en el caso extremo, aque- llas aves cuya autonomía de vuelo fuese lo bastante grande como para que la distancia entre las islas les sea indiferente, dejarían de con- siderarlas separadas. Desde el punto de vista del flujo génico, todo el archipiélago constituye un continente. Y, de nuevo, se ve frenada la especiación. La evolucionabilidad elevada, si decidimos medir la evo- lucionabilidad como índice de especiación, es una consecuencia invo- luntaria de una autonomía locomotriz intermedia, teniendo en cuen- ta que lo que se considere intermedia (esto es, ni demasiado grande ni demasiado pequeña) dependerá de la distancia entre las islas en cuestión. Huelga decir que en este tipo de razonamientos la palabra isla no tiene por qué significar exclusivamente tierra rodeada de agua. Como hemos visto en «El Cuento de los Cíclidos», los lagos son islas para los animales acuáticos y los arrecifes pueden ser islas dentro de lagos. Las cumbres montañosas son islas para aquellos animales terres- tres que no toleran bien las bajas altitudes. Un árbol puede ser una isla para un animal de autonomía reducida. Para el virus del sida, cada hombre o cada mujer son una isla.

Si el aumento o la disminución de la autonomía se traduce en un aumento de la evolucionabilidad, ¿tendríamos que calificarlos de mejora evolutiva? Al ultradarvininista que, según algunos, llevo den- tro se le eriza el pelo y le empieza a parpadear el detector de herejí- as. La frase tiene un desagradable regusto a previsión evolutiva. Las aves desarrollan un aumento o disminución de su autonomía a cau- sa de la selección natural. Las futuras repercusiones sobre la evolu- ción son una consecuencia irrelevante. No obstante, a toro pasado, podríamos descubrir que las especies que ocupan el planeta tien-

 

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den a ser descendientes de especies atávicas con dotes para la evolu- ción. Podría decirse, por tanto, que hay una especie de selección entre linajes a alto nivel que favorece la evolucionabilidad: un ejem- plo de lo que el insigne evolucionista estadounidense George C. Wi- lliams llamó selección de clados. La selección darviniana tradicio- nal lleva a los organismos individuales a convertirse en refinadas máquinas de supervivencia. ¿Podría ser que la propia vida, como con- secuencia de la selección de clados, se haya ido convirtiendo paula- tinamente en un conjunto de refinadas máquinas de evolución? De ser así, cabría esperar que en hipotéticas reediciones kauffmania- nas de la evolución se redescubrirían las mismas mejoras en materia de evolucionabilidad.

La primera vez que escribí sobre la evolución de la evolucionabili- dad especulé sobre la existencia de acontecimientos evolutivos deci- sivos tras los cuales la evolucionabilidad mejoraba. El ejemplo más pro- metedor que se me ocurrió fue el de la segmentación. Como recordará el lector, la segmentación es la división del cuerpo en módulos seme- jantes a los vagones de un tren en cuyo interior las partes y sistemas del organismo se repiten en serie. En su forma completa, la segmen- tación ha surgido de forma independiente en los artrópodos, los ver- tebrados y los anélidos (aunque la universalidad de los genes Hox apunta hacia algún tipo de organización serial en los extremos ante- rior y posterior que habría preludiado la segmentación). Su origen es uno de esos acontecimientos evolutivos que no pueden haber sido graduales. Mientras que el típico pez óseo tiene unas 50 vértebras, las anguilas tienen nada menos que 200. Las cecilias (unos anfibios ver- miformes) oscilan entre 95 y 285 vértebras. Las serpientes presentan enormes diferencias en cuanto al número de vértebras: el récord, que yo sepa, lo tiene una serpiente extinta con 565.

Cada una de las vértebras de una serpiente representa un segmen- to con su propio par de costillas, sus bloques musculares y sus nervios que salen de la espina dorsal. Como es imposible tener fracciones de segmentos, la evolución de cantidades variables de segmentos ha debi- do de propiciar numerosos casos en los que una serpiente mutante se diferenciase de sus progenitores en un número entero de segmen- tos (como mínimo en uno, posiblemente en más, de una sola vez). Asimismo, cuando surgió la segmentación, tuvo que darse una transi-

 

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ción mutacional directa desde unos padres no segmentados a una cría con (al menos) dos segmentos. Cuesta creer que semejante engen- dro pudiese sobrevivir, no digamos ya encontrar con quien aparear- se, pero está claro que eso fue lo que ocurrió habida cuenta de que estamos rodeados de animales segmentados. Es más que probable que la mutación tuviese que ver con genes Hox, como los de «El Cuento de la Mosca del Vinagre». En mi artículo de 1987 sobre la evolucio- nabilidad supuse que

 

... el éxito o el fracaso individual del primer animal segmentado durante su propia vida carece relativamente de importancia. No cabe duda de que muchos otros nuevos mutantes habrán tenido más éxito a nivel individual. Lo que importa de ese primer animal segmentado es que las líneas ances- trales que descendieron de él fueron unos ases de la evolución. Se irradia- ron, se especiaron y dieron origen a nuevos filos. Independientemente de si la segmentación fue o no una adaptación beneficiosa para la existen- cia particular del primer animal segmentado, lo cierto es que representó un cambio embriológico preñado de posibilidades evolutivas.

 

La facilidad con que segmentos enteros pueden agregarse o sustraer- se del cuerpo es un factor que contribuye a una mayor evoluciona- bilidad. Lo mismo ocurre con la diferenciación entre segmentos. En animales como los milpiés y las lombrices, casi todos los segmen- tos son idénticos entre sí, pero existe una tendencia recurrente, sobre todo entre los artrópodos y los vertebrados, en virtud de la cual deter- minados segmentos se especializan en cometidos concretos y, por tan- to, se vuelven diferentes de otros segmentos (basta comparar una lan- gosta con un ciempiés). Un linaje que consiga desarrollar un plan corporal segmentado será inmediatamente capaz de generar toda una gama de nuevos animales sólo con alterar módulos a lo largo del cuerpo.

La segmentación es un ejemplo de modularidad, y la modularidad, en general, es un ingrediente básico del pensamiento de los teóricos más recientes de la evolución de la evolucionabilidad. De las muchas acepciones de la palabra módulo recogidas en el Oxford English Dictionary, ésta es la pertinente:

 

 

 

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Elemento de una serie de componentes o unidades de producción que están tipificados para facilitar el ensamblaje o la sustitución y que suelen prefabricarse como estructuras autónomas.

 

Modular es el adjetivo que califica un agregado de módulos y modula- ridad el nombre abstracto correspondiente, que define la propiedad de ser modular. Otros ejemplos de construcción modular son las plan- tas (las hojas y las flores son módulos). Pero los mejores ejemplos de modularidad tal vez se encuentran a nivel celular y bioquímico. Las propias células son módulos por antonomasia, como también lo son, dentro de las células, las moléculas de proteína y, por supuesto, el ADN. Así pues, la invención de la pluricelularidad es otro acontecimien-

to decisivo que casi con toda certeza mejoró la evolucionabilidad. Se adelantó cientos de millones de años a la segmentación, que en sí mis- ma viene a ser una especie de recreación de aquélla, otro salto en el ámbito de la modularidad. ¿Qué más acontecimientos decisivos ha habi- do? El dedicatario de este libro, John Maynard Smith, colaboró con su colega Eörs Szathmáry en el libro The Majors Transitions in Evolution. La mayoría de esas «transiciones fundamentales de la evolución» halla- rían cabida en mi lista de «acontecimientos decisivos», esto es, de mejo- ras fundamentales de la evolucionabilidad. Entre ellas figuran, natural- mente, el origen de las moléculas replicadoras, pues sin ellas no podría haber evolución alguna. Si el ADN, tal y como sugieren Cairns-Smith y otros, usurpó el papel de replicador a un predecesor menos competen- te y lo hizo salvando etapas intermedias, cada una de esas etapas cons- tituiría un salto adelante en materia de evolucionabilidad.

Si aceptamos la teoría del mundo ARN, también se habría producido una transición crucial o hecho decisivo cuando un mundo en el que el ARN sirviese tanto de replicador como de enzima diese paso a una separación entre el ADN, en el papel de replicador, y las proteínas, en el papel de enzima. Luego tuvo lugar la agrupación de entidades replicadoras (genes) en el interior de células dotadas de paredes que, al impedir que los productos génicos se escapasen, posibilitaron la cola- boración química con los productos de otros genes. Otra transición de capital importancia que muy probablemente también supuso un hito para la evolucionabilidad fue el nacimiento de la célula eucario- ta a partir de la fusión de varias células procariotas. También lo fue el

 

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origen de la reproducción sexual, que coincidió con el origen de las especies propiamente dichas, con su acervo génico y todo lo que eso significó para la futura evolución. Maynard Smith y Szathmáry com- pletan su lista con el origen de la pluricelularidad, el origen de colo- nias como los hormigueros y termiteros y el origen de las sociedades humanas dotadas de lenguaje. Existe una similitud entre varias de esas transiciones fundamentales y es que suelen consistir en la reunión de elementos hasta entonces independientes en un agregado más amplio a un nivel superior, con la consiguiente pérdida de independencia a nivel inferior.

A esa lista ya he añadido la segmentación, pero también incuiría lo que denomino «cuello de botella». Explicarlo en detalle supondría, una vez más, repetir lo expuesto en libros anteriores (sobre todo en el último capítulo de The Extended Phenotype). El término alude a una fase del ciclo vital de los organismos pluricelulares: significa que el ciclo vital regresa regularmente a una sola célula, de la cual vuelve a nacer un cuerpo pluricelular. La alternativa a un ciclo vital sometido al cuello de botella podría ser una hipotética planta acuática que cre- ciese desordenadamente y se reprodujese desprendiéndose de tro- zos pluricelulares de sí misma que se alejarían arrastrados por la corrien- te, crecerían y a su vez se desprenderían de más trocitos. El cuello de botella tiene tres importantes consecuencias, y las tres son posibles candidatas a la lista de mejoras en evolucionabilidad.

En primer lugar, las innovaciones evolutivas pueden reinventarse

«de abajo arriba», en lugar de surgir como remodelación de estruc- turas existentes (el equivalente a reconvertir espadas en cuchillas de arado). Hay más probabilidades de que una mejora, pongamos por caso, del corazón suponga realmente una mejora si una serie de cam- bios genéticos logra alterar todo el proceso de desarrollo a partir de una única célula. Imaginemos la otra posibilidad: coger el corazón ya existente y modificarlo mediante variaciones en el crecimiento de los tejidos dentro de su palpitante estructura. Esta reforma «por partes» afectaría al funcionamiento del corazón y pondría en peligro la pre- tendida mejora.

En segundo lugar, el cuello de botella, al forzar el regreso sistemá- tico a un mismo punto de partida dentro de un ciclo vital recurrente, proporciona un calendario con el que poder regular los acontecimien-

 

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tos embriológicos. Los genes pueden activarse o desactivarse en momen- tos clave del ciclo de crecimiento. Nuestra hipotética planta que cre- ce descontroladamente y desprende pedazos de sí misma carece de un programa reconocible con el que regular dichas activaciones y desactivaciones.

En tercer lugar, sin el cuello de botella, las diversas mutaciones se acumularían en diferentes partes de la descontrolada planta. El incen- tivo que hace que las células cooperen se reduciría. De hecho, las subpoblaciones de células estarían tentadas de comportarse como cán- ceres con el fin de aumentar sus probabilidades de contribuir genes a los pedazos desprendidos de la planta. En cambio, con el cuello de botella, como cada generación se inicia a partir de una sola célula, el organismo entero tiene bastantes probabilidades de quedar consti- tuido por una población genéticamente uniforme de células coope- rantes, descendientes todas ellas de esa célula única. Si no mediase el cuello de botella, entre las células del cuerpo podría darse, desde el punto de vista genético, un «conflicto de lealtades».

Hay otro importante hito evolutivo relacionado con el cuello de botella que bien podría haber contribuido a la evolucionabilidad y que tal vez resurgiría en las reediciones kauffmanianas. Se trata de la sepa- ración entre las líneas germinal y somática, captada con claridad por la primera vez por el gran biólogo alemán August Weissmann. Como hemos visto en el Encuentro 31, lo que ocurre en el interior del embrión es que una parte de las células se reserva para la reproducción (célu- las germinales) mientras que el resto se destina a la construcción del cuerpo (células somáticas). Los genes de las primeras son potencial- mente inmortales: lo más probable es que su descendencia directa se prolongue durante millones de años. Los genes somáticos están des- tinados a experimentar un número finito, aunque no siempre previ- sible, de divisiones celulares al objeto de fabricar los tejidos corpora- les, tras lo cual la línea llega a su fin y el organismo muere. Las plantas suelen quebrantar esa separación; el caso más evidente es cuando prac- tican la reproducción vegetativa. Esto podría constituir una impor- tante diferencia entre la forma de evolucionar de las plantas y la de los animales. Antes de inventarse la separación entre germen y soma, todas las células vivas eran antepasados potenciales de una línea inde- finida de descendientes, como lo son todavía las células de esponja.

 

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La invención del sexo es un acontecimiento decisivo que, aun- que, a primera vista, pueda confundirse tanto con el cuello de bote- lla como con la separación germen-soma, desde la óptica de la lógica es diferente de ambos. En su forma más general, el sexo es una mez- cla parcial de genomas. Estamos familiarizados con una versión con- creta y sumamente reglamentada del sexo según la cual todo indivi- duo obtiene de cada uno de sus padres el 50% de su genoma. Estamos acostumbrados a la idea de que hay dos tipos de progenitor, macho y hembra, pero eso no quiere decir que sean elemento indispensable de la reproducción sexual. La isogamia es un sistema en el que dos individuos no diferenciados como macho y hembra combinan la mitad de sus genes para producir un nuevo individuo. Es más apropiado con- siderar la división macho-hembra como otro acontecimiento decisi- vo, posterior al origen del sexo propiamente dicho. Este tipo de sexo va acompañado en cada generación por una «división reductora» en virtud de la cual cada individuo dona el 50% de su genoma a cada uno de sus hijos. Sin esa división reductora, los genomas duplicarían su tamaño a cada generación.

Las bacterias practican una caprichosa forma de donación sexual que a veces se denomina sexo pero que, en realidad, es algo muy dife- rente, más parecido a la función de «cortar y pegar», o de «copiar y pegar», de los programas informáticos. Fragmentos del genoma de una bacteria se copian, o se cortan, y se pegan en otra que no necesaria- mente ha de pertenecer a la misma especie (aunque cuando se trata de bacterias el concepto de especie es un tanto dudoso). Como los genes son subrutinas de software que realizan operaciones celulares, un gen pegado puede ponerse a trabajar de inmediato en su nuevo entorno, ejecutando la misma tarea que ejecutaba anteriormente.9

 

 

9. Ésta es la razón por la cual las técnicas de manipulación transgénica de la agri- cultura moderna funcionan, como, por  ejemplo,  la  legendaria  implantación  de  los  genes anticongelantes de los peces árticos en los tomates. Y funcionan por el mismo motivo por el que una  subrutina  informática,  copiada  de  un  programa  a  otro,  produ- ce un resultado idéntico. El caso de los cultivos modificados genéticamente no es tan sencillo, pero el ejemplo sirve  para  disipar  el  miedo  a  que  la  transferencia  de  genes de peces a tomates sea antinatural, como si con ello también se transmitiese cierto sabor    a pescado. Una subrutina  es  una  subrutina,  y  el  lenguaje  de  programación  del  ADN es idéntico en los peces y en los tomates.

 

 

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¿Qué gana con eso la bacteria donadora? Puede que la pregunta esté mal formulada. La pregunta correcta sería qué gana con eso el gen donado. Y la respuesta es que los genes que consiguen ser dona- dos y que después logran que la bacteria receptora sobreviva y los trans- mita, ven aumentar el número de sus copias en el mundo. No está claro si nuestro reglamentado sexo eucariótico evolucionó a partir de ese sexo tipo «cortar y pegar» o si fue un acontecimiento decisivo completamente nuevo. Uno y otro debieron de tener un impacto enor- me en la evolución subsiguiente y son posibles candidatos a la lista de factores de la evolución de la evolucionabilidad. Como vimos en

«El Cuento del Rotífero», el sexo reglamentado tiene enormes con- secuencias para la futura evolución por cuanto posibilita la mismísi- ma existencia de las especies y de sus flujos génicos.

A través de los millones, probablemente miles de millones, de ante- pasados individuales cuyas vidas hemos rozado a lo largo de nuestra peregrinación, hay un héroe concreto que ha venido desempeñando un papel secundario pero tan recurrente como un leitmotiv wagne- riano: el ADN. En «El Cuento de Eva» demostramos que los genes, no menos que los individuos, también tienen antepasados. En «El Cuento del Neandertal» aplicamos dicha enseñanza a la cuestión de si tan denostada especie se extinguió sin dejar algún legado que amor- tiguase el varapalo. En «El Cuento del Gibón» expusimos con entu- siasmo el tema del voto mayoritario entre aquellos genes que luchan por imponer sus opiniones particulares sobre la historia ancestral. En «El Cuento de la Lamprea» identificamos la analogía entre dupli- cación genética y especiación, cada una a su nivel: una analogía tan cercana que es posible construir árboles genealógicos de los genes que guarden un estrecho paralelismo (aunque no coincidan) con los árbo- les filogenéticos convencionales. Aun siendo distinto, el tema domi- nante en el campo de la taxonomía recuerda al del gen egoísta, el leit- motiv de las interpretaciones de la selección natural.

 

 

La despedida del anfitrión

 

Cuando en mi calidad de anfitrión me paro a pensar en todo este pere- grinaje en el que tan agradecido estoy de haber participado, mi pri-

 

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mera y abrumadora reacción es de asombro: no sólo ante el especta- cular derroche de detalles que hemos presenciado, sino también ante la mera existencia de semejantes detalles, ya sea en éste o en cualquier otro planeta. El universo podría haber continuado perfectamente sin vida ni mayores complicaciones: solamente física y química, ape- nas el polvo disperso por la explosión cósmica que dio origen al espa- cio y al tiempo. El hecho de que no haya sido así, el hecho de que la vida surgiese prácticamente de la nada, unos diez mil millones de años después de que el universo surgiese literalmente de la nada, es tan asombroso que sería absurdo ponerse a buscar palabras que le hicie- sen justicia. Y eso no es todo. La evolución no sólo tuvo lugar, sino que terminó dando origen a seres capaces de comprender el proceso evo- lutivo, e incluso de comprender el proceso mediante el cual lo com- prenden.

Esta peregrinación ha sido un viaje no sólo en sentido literal, sino en el sentido contracultural que conocí de joven, en la California de los años sesenta. En comparación, el alucinógeno más potente que a la sazón se vendiese en las calles del barrio hippie de San Francisco resul- taría insulso. Si lo que uno busca son prodigios, el mundo real está lleno de ellos. Sin necesidad de alejarnos de las páginas de este libro, pensemos en el cinturón de Venus, en las medusas migratorias y en sus arpones en miniatura, en el radar del ornitorrinco y de los peces eléc- tricos, en las larvas de tábano que parecen prever las grietas del barro, en las secuoyas, en el pavo real, en las estrellas de mar con su potente sistema hidráulica, en los cíclidos del lago Victoria que han evolucio- nado ¿cuántos órdenes de magnitud más rápido que Lingula, Limulus o Latimeria? No es el orgullo que siento por este libro, sino la devo- ción que siento por la vida la que me lleva a decirle al lector que, si desea una justificación para ésta, abra el libro por una página cualquie- ra. Y reflexione sobre el hecho de que, aunque esté escrito desde un punto de vista humano, se podría haber escrito otro volumen parale- lo desde el punto de vista de cualquiera de los diez millones de pere- grinos. La vida en este planeta no sólo es asombrosa y más que satis- factoria para cualquier observador que no tenga los sentidos embotados por la familiaridad, sino que el mero hecho de que hayamos desarro- llado la capacidad de entender nuestra propia génesis evolutiva es si cabe mayor motivo de asombro y satisfacción.

 

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La palabra peregrinación implica piedad y reverencia. No he tenido ocasión en estas páginas de mencionar la irritación que me provoca la piedad tradicional ni el desprecio que siento por la reverencia cuan- do tiene por objeto algo sobrenatural, pero son sentimientos que no escondo. No es que quiera poner límites o cortapisas al ejercicio de la reverencia, ni que pretenda minimizarla ni rebajarla cuando es sincera y nos lleva a alabar las excelencias de un universo que hemos sabido entender. Si dijese que «todo lo contrario», me quedaría cor- to, pues lo que precisamente critico de las creencias sobrenaturales es que fracasen de manera tan estrepitosa a la hora de hacer justicia a la sublime grandeza del mundo real. Me opongo a ellas porque repre- sentan una limitación de la realidad, un empobrecimiento de todo cuanto la naturaleza nos ofrece.

Creo que muchas de las personas que se consideran religiosas esta- rían de acuerdo conmigo. En atención  a  ellas,  citaré  textualmente un comentario que oí por casualidad en una conferencia científica y que se ha convertido en una de mis observaciones favoritas. Un ancia- no y distinguido biólogo llevaba un buen rato discutiendo con un cole- ga. Cuando por fin concluyó la disputa, le guiñó un ojo y le dijo: «Mira, en realidad queremos decir lo mismo, lo único que pasa es que tú lo dices mal».

Me siento como si de veras volviese de una peregrinación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lecturas recomendadas

 

 

 

 

 

 

 

 

Los números entre corchetes remiten a las obras numeradas en la bibliografía

 

Barlow, George, The Cichlid Fishes: Nature’s Grand Experiment in Evolution, Perseus Publishing, Cambridge, Massachussets, 2002.

Diamond, Jared, Guns, Germs and Steel: A Short History of Everybody for the Last 13.000 Years, Chatto & Windus, Londres. [Trad. esp.: Armas, germens y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años, Debate, Barcelona, 1998.]

Fortey, Richard, Life: Un Unathourised Biography, HarperCollins, Londres, 1997. [Trad. esp.: La vida: una biografía no autorizada, Taurus, Madrid, 1999.]

Fortey, Richard, The Earth: An Intimate History: Unearthing Our Family Tree, HarperCollins, Londres, 2004.

Leakey, R., The Origin of Humankind: Unearthing Our Family Tree, Science Master series, Basic Books, Nueva York, 1994. [Trad. esp.: El origen de la humanidad, Debate, Barcelona, 2000.]

Maynard Smith, John y Szathmáry, Eörs, The Origins of Life: From the Birth of Life to the Origin of Language, Oxford University Press, Oxford, 1999. [Trad. esp.: Ocho hitos de la evolución: del origen de la vida a la apa- rición del lenguaje, Tusquets, Barcelona, 2001.]

 

 

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el cuento del antepasado

 

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Notas a las filogenias

Yan Wong

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los números entre corchetes remiten a las obras enumeradas en la bibliografía.

 

 

Diagramas filogénicos

 

Las siguientes notas explican sintéticamente el fundamento científi- co de las filogenias representadas en este libro, sobre todo de las que han sido objeto de recientes revisiones taxonómicas de importancia o que se discuten en la actualidad. Un buen análisis filogenético, relativamente reciente, es el que ofrece Colin Tudge en La variedad de la vida [289].

 

ENCUENTRO 0. No se incluye América porque las pruebas indican que los humanos llegaron allí en épocas recientes, procedentes de Asia. En buena lógica, el Contepasado 0 ha de ser como mínimo tan recien- te como cualquier ACMR génico (tal como el «Adán del cromoso- ma-Y»), e incluso un nivel bajo de reproducción dentro del grupo basta para dar como resultado un ACMR muy reciente de todos los seres humanos [45], de ahí que hayamos postulado una fecha tan cercana.

ENCUENTROS 1 y 2. Filogenia (que, como en el resto de árboles, con- siste en el voto mayoritario entre los genes; véase «El Cuento del Gibón»)

 

 

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el cuento del antepasado

 

avalada por la morfología [102] y las moléculas [20]. Las fechas de divergencia se basan en el reloj molecular [105, 230].

ENCUENTRO 3. Filogenia y fechas de divergencia basadas en datos mor- fológicos, fósiles y moleculares [102, 105, 273].

ENCUENTRO 4. La filogenia de los gibones no está clara: el árbol se basa en datos del ADN mitocondrial [246, fig. 2c], complementados con datos de reloj molecular para el contepasado y para los nodos Symphalangus/Hylobates [105].

ENCUENTRO 5. Filogenia convencional. Fechas de divergencia obteni- das de datos moleculares y fósiles [105].

ENCUENTRO  6. Filogenia y fechas sacadas directamente o deducidas   de [105]. La posición de la subfamilia Aotinae no es muy robusta y podría variar en el futuro.

ENCUENTRO 7. La ubicación y datación [105] de la familia de los tarse- ros concuerda con los datos moleculares [254] y morfológicos.

ENCUENTRO 8. Dentro de los estrepsirrinos, no hay acuerdo sobre las relaciones entre los lémures, aunque a menudo se considera basal al ayeaye. El orden y las fechas de las otras cuatro familias están basados en información molecular [322] y se han calibrado para situar la diver- gencia basal de los primates hace 63 millones de años [105, 207]. Sin embargo, otros cálculos fijan esta divergencia hace 80 millones de años [281], lo que retrasaría los Encuentros 9, 10 y 11 hasta 15 millones de años más.

ENCUENTRO 9. La ubicación de los caguanes y las tupayas es sumamen- te controvertida (véase «El Cuento del Caguán»); la incluida aquí se basa en datos moleculares recientes [207]. Fecha de la divergencia basal limitada a 63-75 millones de años a causa de los puntos de rami- ficación circundantes.

ENCUENTRO 10. La posición de los Glires se basa en pruebas molecu- lares sólidas [207]. La fecha del encuentro viene forzada por la data- ción de reloj molecular del Encuentro 11 [207, 137], pero podría fijar- se hasta hace 10 millones de años o antes [271]. Sobre la posición de los lagomorfos no hay discusión [137, 207]. La filogenia de los roe-

 

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notas a las filogenias

 

dores es materia de debate. Por lo general se acepta la clasificación de roedores histricognatos (Histricidos, Fiomorfos, Caviomorfos), aun- que en los estudios moleculares también pueden encontrarse cuatro grupos [por ejemplo, 137, 202]: Múridos + Dipódidos, Aplodóntidos

+ Esciúridos + Glíridos, Ctenodactílidos + histricognatos, Heterómidos

+ Geómidos. El orden de ramificación y las fechas aproximadas pro- ceden de ADN ribosómico y ADN mitocondrial [202], pero el orden no es indiscutible [véase, por ejemplo, 137].

ENCUENTROS 11 y 12. Filogenia y datación basadas en estudios mole- culares revolucionarios de fecha reciente [207, 271].

ENCUENTRO 13. Filogenia y datación basadas en datos moleculares [207, 271]. La morfología [177] y algunas pruebas moleculares [205] coin- ciden en la separación elefantes/sirenios/damanes. Hay dudas, sin embargo, en cuanto a la ubicación del cerdo hormiguero [205, 271], y los datos morfológicos pueden estar reñidos con la posición de los Afrosorícidos [177].

ENCUENTRO 14. Encuentro corroborado por datos tanto antiguos como recientes [208]. La divergencia placentarios-marsupiales hace 140 millones de años concuerda con fósiles y fechas moleculares tardías [7, 144]. Los estudios moleculares demuestran que los Didélfidos y, después, los Paucituberculados, son grupos hermanos de otros mar- supiales [212, 272], lo cual concuerda con el análisis morfológico [251]. Otras ramas están corroboradas en diversa medida por los datos moleculares [212, 272]: la posición del colocolo es particularmente dudosa; aquí aparece hermanado a los Diprotodontes [251]. Las fechas de divergencia se basan en datos del reloj molecular, pero también vie- nen impuestas por la biogeografía gondwaniana [212].

ENCUENTRO 15. Fechas y filogenia basadas en datos moleculares, mor- fológicos y fósiles recientes [208].

ENCUENTRO 16. Los cálculos aproximados de la fecha del Encuentro  16 lo sitúan por término medio hace 310 millones de años [112]; otras fechas tempranas de ramificación están basadas en fósiles [40]. Las ramificaciones dentro de las serpientes y los lagartos son las ya clási- cas. El orden de ramificación de las aves se basa en estudios genéti-

 

 

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cos [293] y las fechas en hibridización del ADN [265]: muchos grupos se han agrupado bajo el término Neoaves debido a las relaciones in- ciertas.

ENCUENTRO 17. Aunque algunos paleontólogos [40] los cuestionan, los datos moleculares y morfológicos corroboran de manera contunden- te la monofilia de los Lisanfibios y apuntan al orden de ramificación aquí representado [325]. La fecha de la divergencia basal procede de pruebas paleontológicas [4] y las otras, de árboles de ADN mito- condrial elaborados mediante el método de probabilidad máxima [325].

ENCUENTROS 18 y 19. Filogenia y fechas deducidas de estudios mole- culares [294] y morfológicos/paleontológicos [326].

ENCUENTRO 20. En general se acepta la fecha del encuentro [209]. La filogenia de los Actinopterigios cambia constantemente [141, 199], aunque la clasificación tradicional [209] que hemos adoptado aquí cuenta con amplio apoyo. Las fechas de las divergencias se basan en datos de fósiles [40, 209]. Dado que la filogenia no es robusta, se han omitido algunos grupos.

ENCUENTRO 21. Filogenia basada en datos morfológicos [75, 63] [263]. Fechas de las divergencias basadas en datos de fósiles [209, 252].

ENCUENTRO 22. El grupo de los agnatos está basado en datos genéti- cos [97, 279] que contradicen la mayoría de las filogenias basadas en fósiles (aunque estos grupos especializados muestran caracteres que han desaparecido en una segunda fase evolutiva, lo que dificulta el uso de datos morfológicos). La fecha del encuentro está severamen- te limitada por pruebas fósiles [264]. La fecha de la divergencia de lampreas y mixinos se ha inferido de los diagramas moleculares más probables [279].

ENCUENTRO 23. Los datos del reloj molecular [315] sitúan la escisión del pez lanceta cerca de las divergencias basales de los Deuteróstomos, esto es, hace 570 millones de años, según la datación de la teoría de la explosión cámbrica de mecha lenta (véase «El Cuento del Gusano Aterciopelado»).

 

 

 

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notas a las filogenias

 

ENCUENTRO 24. La fecha del encuentro viene impuesta por los puntos de ramificación circundantes. Puede que sea más próxima a los ambu- lacrarios que a los peces lanceta [315].

ENCUENTRO 25. La clasificación y las divergencias basales de los ambu- lacrarios se han inferido de datos genéticos recientes [32,, 97, 315], suponiendo una explosión cámbrica de tipo mecha lenta. También se basa en estudios genéticos la ubicación de los Xenoturbélidos en las categorías más altas, aunque la ubicación exacta no es robusta. La filo- genia y datación de los equinodermos se basan en datos genéticos, morfológicos y fósiles [176, 297].

ENCUENTRO 26. La fecha del encuentro (hace unos 590 millones de años) se deduce de cálculos de reloj molecular recientes [8, 10] y con- cuerda de sobra con datos fósiles [291]. La filogenia de los protósto- mos se ha revisado recientemente [3]: aquí hemos seguido un solo esquema general [103] basado en la genética y la morfología. Tres ramas compuestas de varios filos agrupados: Cefalorrincos [103], Gnatíferos [162] (que incluye a los Acantocéfalos y a los Mizostómidos) y Braquiozoos (Forónidos y Braquiópodos). La filogenia de los Ecdi- sozoos es relativamente robusta [103]: las principales dudas son el agrupamiento de onicóforos con artrópodos, y la inclusión basal de los Quetognatos, que se basa en datos morfológicos y genéticos [224]. Muchas de las fechas de los Ecdisozoos están constreñidas por fósiles onicóforos pequeños con concha (véase «El Cuento del Gusano Aterciopelado»). El orden de ramificación de los Lofotrocozoos es mucho más dudoso: el grupo Anélidos/Moluscos/Sipuncúlidos es robusto [224]; los nemertinos son probablemente el grupo hermano [290]; la ramificación de los demás es incierta.

ENCUENTRO 27. Filogenia basada en datos moleculares [247, 283]. Estos suelen corroborar, aunque débilmente, la hipótesis de que los Acelos son parafiléticos, mientras que los datos morfológicos demuestran con- vincentemente la monofilia de los acelomorfos; en consecuencia, la fecha de divergencia es arbitraria. La del encuentro se basa en cálcu- los de distancia genética [247, 283], suponiendo que la escisión Protóstomos/Deuteróstomos date de hace 590 millones de años y la de bilaterios/cnidarios, de hace 700.

 

 

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el cuento del antepasado

 

ENCUENTRO 28 y 29. El orden de las ramificaciones de cnidarios y cte- nóforos sigue siendo dudoso [35]; ciertos datos moleculares susten- tan débilmente el que se ha usado aquí. La filogenia de los cnidarios ya es la convencional; las fechas, obtenidas de estudios genéticos [50], se han calibrado de acuerdo con la escala temporal empleada.

ENCUENTRO 30. La ubicación de Trichoplax no es segura [35], pero posi- blemente esté cerca de la base de los Metazoos [comentario personal de Peter Holland].

ENCUENTRO 31. Por lo general las esponjas se consideran metazoos basa- les, aunque de vez en cuando los datos moleculares dan a entender que podrían ser parafiléticas [191]. La fecha del encuentro, hace 800 millones de años, está basada en el reloj molecular [211] y reca- librada en función de la divergencia protóstomos/deuteróstomos de hace 590 millones de años; esto se contradice con la ausencia de espí- culas de esponja fosilizadas antes del final del Precámbrico, aunque las espículas podrían ser un carácter derivado.

ENCUENTRO 32 y 33. Las fechas de los encuentros se han calculado apro- ximadamente a partir de diagramas moleculares [166, 191], dando por supuesto que la del Encuentro 31 es 800 millones de años y la del 34, 1100. La posición de los Ictiospóreos [231] se basa en secuencias de ADN mitocondrial [166] y no de ADN ribosómico [191].

ENCUENTRO 34. Suele discutirse [91, 244] la fecha del encuentro (hace 1100 millones), que tal vez no sea particularmente robusta. Los estu- dios moleculares revisados sitúan ahora a los Microsporidios dentro de los Hongos [149], posiblemente en la base [13]. Los estudios mor- fológicos y genéticos sitúan a los Ascomicotes y Basidiomicotes como filos cercanos, y los análisis de ADN ribosómico identifican a los Glomeromicotes como filo hermano de ambos [256], con dos (como mostramos aquí) o más ramas parafiléticas de zigomicetes. Las fechas de divergencia, obtenidas por reloj molecular [133], se han reajusta- do para que cuadren con la del encuentro.

ENCUENTRO 35. La clasificación de la mayoría de amebas y mohos muci- laginosos como grupo hermano de metazoos + hongos cuenta con    un sustancial apoyo molecular [13, 43], aunque una disposición poco

 

 

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notas a las filogenias

 

convencional de la raíz del árbol de los eucariotas podría provocar que los Encuentros 34, 35, 36 y 37 se juntasen de golpe en uno solo [43]. La fecha de divergencia se ha situado arbitrariamente en el medio de los dos nodos.

ENCUENTRO 36. En la actualidad se considera que el agrupamiento de plantas, animales y hongos con base en datos de RNA ribosómico es erróneo [13, 113]. Como se explica en el texto del Encuentro 37, la posición de las plantas en la filogenia de los eucariotas es incierta y la solución que hemos adoptado aquí es un tanto arbitraria. Fecha del encuentro limitada por fósiles de 1.200 millones de años de antigüe- dad [38, pero véase asimismo 42]; la fecha de 1.300 millones de años es ampliamente compatible con el reloj molecular [por ejemplo, 91]. Dentro de las plantas, la filogenia y las fechas relativas se han deduci- do de datos moleculares [203], aunque hay quien discute la inclu- sión de las algas rojas [214].

ENCUENTRO 37. El orden de ramificación y las fechas de divergencia de los principales grupos de eucariotas no están claros [13] (de ahí la politomía representada). Debido al fenómeno de atracción de ramas largas, los estudios con RNA ribosómico consideran erróneamente gru- pos distintos como líneas filéticas ramificadas en fechas tempranas; los árboles rectificados sólo son capaces de situar las ramas eucarióti- cas lejos de las Arqueas [113], lo que implica una divergencia muy pos- terior al Encuentro 38.

ENCUENTRO 38. Fecha del encuentro incierta; el reloj molecular indi- ca aproximadamente hace 2.000 millones de años [por ejemplo, 91, pero véase 42]. Fechas de divergencia y filogenia (convencional) basa- das en estudios con ARN ribosómico [por ejemplo, 16].

ENCUENTRO 39. Árbol intrínsecamente difícil de dirigir por cuanto no existe grupo externo y las variaciones de la tasa de mutación a lo lar- go de las distintas líneas filéticas oscurecen el centro del árbol. Suele colocarse la raíz entre las Arqueas y las Eubacterias (cruz A), pero hay otras posibilidades [42] (cruz B) [113], de ahí que hayamos opta- do por representarlo como no dirigido. Dado que los cambios que se introduzcan a la hora de dirigir el árbol afectarán a la longitud total de las ramas, éstas no pueden representar realmente el tiempo y son,

 

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por tanto, bastante arbitrarias. La filogenia eubacteriana se basa en características bioquímicas sólidas (por ejemplo, glicoproteínas de las paredes celulares) y en fenómenos génicos inusuales (por ejemplo, de inserción/deleción) [42, 117]; los árboles de ARN ribosómico pue- den presentar problemas de atracción de rama larga, pero indican que las divergencias dentro de las bacterias son profundas [113]. El inter- cambio de ADN bacteriano plantea problemas a la hora de construir un solo árbol, a menos que exista un núcleo de genes que no se inter- cambian [64].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Los números entre corchetes se usan como referencia en notas, pies de foto e índi- ce analítico.

 

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Procedencia de las ilustraciones

 

 

 

 

 

 

 

 

Página

40  Reproducido con autorización de la Comisión Internacional de Estratigrafía.

70 Dibujo de una multitud, reproducido con autorización del catedrático Robert Winston.

84       Árbol genealógico de la Reina Victoria, por Yan Wong.

96 Un nuevo modelo de evolución humana, de A.R. Templeton [284], fig. 1. Reproducido con autorización de Nature Publishing Group.

122 Diagrama de dispersión de peso cerebral en relación a peso corpo- ral, de R.D. Martin el al. [185], fig. 1. Reproducido con auto- rización de Nature Publishing Group.

130     Índice de CE (cociente de encefalización), por Yan Wong.

145 Cráneo de Toumai, © M.P.F.T. (Misión paleoantropológica Franco-Tchadensis).

171 Una hipótesis sintética de la evolución de los primates catarrinos. Reproducido de C.B. Stewart y T.R. Disotell [273], fig. 2. © 1998, con autorización de Elsevier.

182, 183 Árboles no dirigidos, por Yan Wong; Cladogramas dirigidos, por Yan Wong.

 

845

 

el cuento del antepasado

 

 

187, 189       Árboles de Chaucer, por Yan Wong, basados en datos de [46].

190, 192      

194     Cladograma dirigido de los gibones, de T. Geissman [100], fig.

1.6. Reproducido con autorización de Wiley-Liss, Inc., una filial de John Wiley & Sons, Inc.

195     Árbol no dirigido de máxima probabilidad. Reproducido de C. Roos & T. Geissman [246], fig. 2c. © 2001, con autoriza- ción de Elsevier.

227     Esqueleto de tarsero, por Stephen D. Nash, de John G. Fleagle, Primate Adaptation and Evolution, 2.a ed., Academia Press, San Diego, 1999, fig. 4.25.

235     Baobabs, © Thomas Pakenham.

283     Árbol, de E. Haeckel [119].

287     Gráfico basado en datos de R.D. Alexander et al. [5].

292     Masa testicular en relación a masa corporal, de P.H. Harvey &

M.D. Pagel [132], fig. 1.3.

323     Henkelotherium, por Elke Gröning, de B. Krebs, “Das Skelt von Henkelotherium guimorotae, gen. et. sp. nov (Eupantotheria, Mammalia) aus dem Oberen Jura von Portugal”, Berliner Geowiss (1991), Abh., A 133: 1-110.

326     Mapa cerebral de Penfield, de [222].

327     Homúnculo sensorial, © Museo de Ciencias Naturales, Londres; Platypunculus, de J.D.Pettigrew, P.R. Manger & S.L.B. Fine [225], fig. 7a.

328     Líneas de sensibilidad ISO del ornitorrinco, de P.R. Manger y J.D. Pettigrew [181], fig. 13e.

330     Pez espátula, © Norbert Wu/Minden Pictures.

335     Topo estrellado, Rod Planck/Science Photo Library

 

 

 

 

 

846

 

procedencia de las ilustraciones

 

 

336     Topúnculo, de K.C. Catania y J.H. Kaas [41]. Reproducido

con autorización de Wiley-Liss, Inc., una filial de John Wiley

  & Sons, Inc.

342     Diagrama de tasas de extinción, de J.J. Sepkoski, [260].

345     Diagrama de reptiles mamiferoides, de T. Kemp [151].

382     Richard Owen, Zoólogo británico, con una moa gigante, George Bernard/Science Photo Library.

387     Mapa paleográfico, por Christopher R. Scotese, © 2003 PALE- OMAP Project (www.scotese.com)

396     Diagrama de la expansión del fondo marino, por Ken Wilson.

409     Fotografías de Ensatina © Chuck Brown; MAPA, de Robert

C. Stebbins, Reptiles and Amphibians, 3.a ed., por Robert C. Stebbins. Reproducido con autorización de Houghton Mifflin Company. Reservados todos los derechos.

416     Diagrama de curva de campana y diagrama de distribución, por Richard Dawkins.

432     Ajolote mexicano, © Stephen Dalton/NHPA.

437     Posición filogénica de los ápodos, de R. Zardoya y A. Meyer [324], fig. 4c.

446     Caballito de mar foliáceo, Paul Zahl/Science Photo Library

462     Red no dirigida del haplotipo de los haplocrominos, de Verheyen et al. Reproducido con autorización de [295], fig. 3c. © 2003 AAAS.

515     Braquiópodo, © Museo de Ciencias Naturales, Londres.

524, 525       Pez gato invertido, © Slip Nicklin/Minden Pictures; Vista de cráteres lunares desde el Apolo 11, NASA/DvR/Science Photo Library

528     Hormigas arrieras, © Michael & Patricia Fogden/Minden Pictures

 

 

 

847

 

el cuento del antepasado

 

534 Fotografía de Condoleezza Rice, Colin Poweel, Presidente Busch y Donald Rumsfeld, Associated Press.

535 Fotografía de Colin Poweel y el Presidente Daniel Arap Moi, Associated Press.

558     Drosophila Melanogaster, de P.A. Lawrence, The Making of  a Fly, Blackwell Science (1992), ilustración 5.1.

579, 580  Thaumatoxena Andreinii Silvestri, de R.H.L. Disney and

D.H. Kistner, “Revision of the termitophilus Tahumatoxeni- nae (Diptera: Phoridae)”, Journal of Natural History (1992) 26: 953-991; Megaselia Escalaris (Loew), por Arthur Smith,

© Museo de Ciencias Naturales, Londres.

583     Reconstrucción de Hallucigenia, con autorización de Dr. Derek

J. Siveter, Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford. De [136].

585 Opabinia, por Marianne Collins, de [108]. Con autorización de Random House Group Ltd.

586, 587 Halkieria, reproducido con autorización de Simon Conway Morris, Universidad de Cambridge. De S. Conway Morris y

J.S. Peel, «Articulated Halkieriids from the Lower Cambrian of North Greenland and Their Role in Early Protostome Evolution», Phil. Trans. Roy. Soc., Londres (1995), B 347: 305- 358, figs. 49a, b, c; Especimen de Myllokunmingia y Diagrama, de D-G Shu et al. [264], figs. 2a y 3. Reproducidos con auto- rización de Nature Publishing Group.

595 Dickinsonia Costata, reservados todos los derechos por J.G. Gehling, South Australian Museum.

617 Arpón Cnidario, cortesía de BIODIDAC (biodidac.bio.uot- tawa, ca).

625 Vista aérea de la Isla de Heron (Isla de Coral), reserva marina de la Gran Barrera de Coral, Queensland, Australia, © Gerry Ellis/Minden Pictures.

 

 

 

848

 

procedencia de las ilustraciones

 

635 Cinturón de Venus, un tipo de medusa peine, Sinclair Stammers/Science Photo Library.

645 Diagrama de una porción de la pared de una esponja, de R.C. Brusca y G.J. Brusca, Invertebrates, 2.a ed., Sinauer Associates, Inc. (2003). Copiado del original por Tim Brown.

647     Coanoflagelados unidos por tallo, de J.N. Farmer, The Protozoa,

C.V. Mosby Co., St Louis (1980). Universidad de Birmingham.

671 Diagrama del programa Deep Green, reproducido con auto- rización de Brent Mishler, Departamento de Biología Integradora, Universidad de California, Berkeley.

673 Gráfico de dispersión de la Ley de Kleber, de West, Brown y Enquist [304], fig. 2. Del diagrama que figura en Hemmingsen,

«Energy meta as related to body size», Rep. Steno. Mem. Hosp., Copenhaguen: 1-110 (1960). Copiado del original de Tim Brown.

674     Sección de una coliflor, por Yan Wong.

693 Filogenia aceptada de los eucariotas, © S.L. Baldauf. Actualizado del original que figura en [13], fig.1.

701 Diagrama de Mixotricha, de L.R. Cleveland y A.V. Grimstone [49].

719 Motor de flagelos bacterianos, de D. Voet y J.G. Voet, Biochemistry, John Wiley y Sons, Inc. (1994), p. 1259. Copiado del origi-  nal po Tim Brown.

729  Visión actual del árbol de la vida, modificado de S. Grimaldo y H. Philippe [113], fig. 5. © 2002, con autorización de Elsevier.

751 Molécula de ARN de transferencia, imagen creada por ordenador, Alfred Pasieka/Science Photo Library.

770 Cambios horribles, © Departamento de Geología, Museo Nacional de Gales.

 

 

849

 

el cuento del antepasado

 

771     Paisaje del ojo, dibujado por L. Ward a partir del original de

M.F. Land, de R. Dawkins [71].

773     En el sentido de las agujas del reloj: fotografía lateral de

Nautilus Pompilius mostrando un ojo tipo «Cámara Oscura»,

© Museo de Ciencias Natural, Londres; Micrografía de un    ojo de Trilobite fósil, VVG/Science Photo Library; Imagen micros- cópica del ojo compuesto de una mosca negra, © Museo de Ciencias Naturales, Londres; Ojo de pez Loro Verde, © B. Jones y M. Shimlock/NHPA; Ojo de Búho de Virginia, Simon Fraser/Science Photo Library.

 


Índice analítico

 

 

Abdominal-A, 557, 579

Abdominal-B, 557

abeja, 213, 333, 425, 601, 696

Acanthostega, 404-405

Acelomorfos, 609-612, 651, 813

acelos, platelmintos, 514, 610-613,

813

- v. también acelomorfos actinopterigios, v. peces, de aleta

radiada

Adams, Douglas, 234, 377, 380 Adán del cromosoma Y, 90-91 adaptación, 103, 141, 267-268, 387,

468, 496, 711, 766, 772, 781,

789, 799

ADN

- alfabeto, 44-45, 598

- antiguo, conservación del, 35

- «basura», 185, 483, 605

- código degenerado del, 605

- como documento histórico («libro genético de los muertos»), 47

- como replicador, 745, 754-756

- comparación con la evolución de los textos literarios, 187

 

- corrección de pruebas y reparación, 602, 755

- mitocondrial, 88-97, 104, 194,

378, 388, 436, 460-461, 710

- ritmo de cambio, 436-439, 600- 608 ; v. también reloj molecular

Aegypthopithecus, 171

Aepyornis, v. ave elefante

África, 61-62, 78-82, 92-97, 103-108,

118, 132-134, 140, 145, 151-

155, 159, 161-169, 170-174,

199-207, 232-236, 239, 295,

297-319, 344, 360, 365, 384-

397, 403, 458, 535-548, 767-

771

Afropithecus, 167, 171

afroterios, 237-251, 296, 300-308,

319-321, 768

agrícola, revolución, 54-57, 60, 63,

253

agutí (Dasyprocta), 178, 254-256 ajolote, v. salamandra

alelo, 63, 82-87, 216, 265-266, 537,

600

Alexander, Richard D., 287 Alexis, zarevich de Rusia 83-86

 

851

 

el cuento del antepasado

 

 

algas, 584, 621, 624-626, 661, 704-

706

- pardas Fucus, 693-694

- rojas (Rodofitas), 668, 670

- verdes, 668, 670, 706; Tetraselmis

convolutae 612; Volvox 650,

668

- zooxantelas 625 algas verde-azuladas, v.

cianobacterias

almeja, -gigante (Tridacna), 513 alometría, 553

alpaca, 298

altaica, familia lingüística, 49 altruismo, 140

Alu, 185, 220, 223

alveolado, 691, 693

ámbar, conservación en, 36, 46,

566, 573

ambulacrarios, 499, 501

ameba, 637, 663-666, 693, 694,

645

amebozoos, 663-665, 693

amias (amiiformes), 444, 445, 450

aminoácido, 45-46, 110-111, 185

amniotas, 351, 399-402

amonites, 513, 772 ampollas de Lorenzini, 330 anemia falciforme, 218

anémona marina, 334, 617-618,

650

anfibios

- impermeabilidad de su piel, 402

- reproducción, 401-402

anfioxo, 482, 487, 489, 490, 493,

499, 563 v. pez, lanceta anguila (anguiliformes)

- agachadiza (Nemíctidos), 447 anguila (sacofaringiformes)

 

- pez pelícano (Eurypharynx pelecanoides), 447-448

- tragadora (Saccopharynx ampullaceus), 448

anguila eléctrica (Electrophorus electricus), 331

anillos de los árboles, v.

dendrocronología animales,

- comunicación en los, 268

- domésticos, v. domesticación

- eusociales, 782

- extintos recientemente; v. ave elefante; dodo; moa; perezoso, terrestre gigante; tilacino

- nocturnos, 211, 225, 227, 232,

241, 250, 770, 787

Aniridia, v. Pax

ano, 321, 482, 487, 502, 507, 530,

611-612, 617, 777

Anomalocaris, 584

Antártida, 205, 309, 312-313, 344,

385-391, 403

Antennapedia, complejo, 556-557, 561 v. también genes, Hox

Antennapedia, v. también mutación, homeótica

antepasado común más reciente, 73, 82-91, 98

- del cromosoma Y, 90

- genético, 85, 91, 98

- genealógico (contepasado), 82, 85

- mitocondrial, v. Eva anticodón, 749

antílope, 64, 235, 269, 272, 303,

305, 317, 768

antracoterios, 276

apareamiento, modelos de, 74-77, 93, 274, 291, 422, 538, 552

 

 

852

 

índice analítico

 

 

- v. también cortejo sexual

- v. también especiación; hibridación; sonidos

aptornis, 380

araña, 448, 508, 510, 766, 75

- acuática (Argyroneta aquatica), 779

- de las boleadoras (Mastophora), 778

- escupidora (Escitódida), 778 árbol

- dirigido, 181

- evolutivo, 152, 186, 196, 282,

436, 484, 491, 567, 605, 671; v.

también cladograma

- filogenético, 51, 160, 170-171,

188, 191-192, 313, 437, 461,

483-484, 564, 567, 644-656,

670, 713, 774; v. también

diagrama de estrella

- genético, 83-93

- no dirigido, v. diagrama de estrella

Arcaico, Eón, 32, 40

arcosauro, 351

- v. también ave; cocodrilo; pterodáctilo,

ardilla (Esciúridos), 52, 254

- de cola escamosa (Anomalúridos), 254

- voladora (Glaucomys volans), 316

Ardipithecus, 136, 144-145

armadillo (Dasipódidos), 128, 295-

298, 300, 3009, 312

ARN

- como replicador precursor del ADN («mundo ARN»), 739, 744-745, 752-756, 759, 800

- de transferencia (ARNt), 749

- mensajero (ARNm), 749-750

 

- ribosómico (ARNr), 731

- virus, 739, 755, 757, 759

arqueas, 691, 696, 705, 709-713,

726-727, 730, 732

arrecife de coral, 627-628, 631

- v. también Gran Barrera de Coral

Arrese, Catherine, 211

artemia salina, 521, 522-527

artiodáctilos, 274-282, 297

- v. también ungulado, de dedos pares (cetartiodáctilos)

Artrópodos, 331, 479, 503-512, 521,

555, 579-585, 798-799

ascidia, -v. tunicados Ashmole, Elias, 375

atolón, 624, 627

«atracción de ramas largas», 190- 194, 731

Australia, 74, 93, 238, 309-318, 319-

321, 383, 385-391, 433, 624,

767, 769

«Australinea», 312-317, 768 australopitecinos (Australopithecus),

25, 129, 133-136, 147, 149,

290, 367

- A. aethiopicus, 133

- A. afarensis, 116, 133-134

- A. anamensis, 134

- A. bahrelghazali, 156

- A. boisei, 133

- A. robustus, 133 australosfénidos, 321

autorreplicación, 744, 752

- v. también reacción autocatalítica

autosoma, 215-216 ave del paraíso, 361

ave elefante (Aepyornis), 103, 309,

380, 381, 382, 384, 385 388,

 

 

 

853

 

el cuento del antepasado

 

 

 

 

aves,

 

389, 390, 391, 392, 430, 597,

679

 

Belloc, Hilaire, 304, 376, 378, 689-

692

Belyaev, D. K., 57-58, 62

 

- componen un clado auténtico, 341

- no voladoras, 380-389, 430

- relación con los dinosaurios, 349-352

- visión cromática en las, 211 avestruz, 137, 234, 381, 388, 390-

391

ayeaye (Daubentonia madagascarensis), 233-239

Aysheaia, 584

 

babuino (Papio), 137, 141, 155,

162, 199-201

bacterias, v. Arqueas; eubacterias bacteriófago, 757, 759 balanoglosos (Enteropneustos),

499

ballena, 270-282, 307, 309, 317,

330, 401, 448, 527, 649, 673,

772

-azul (Balaenoptera musculus), 122, 437

Baly, E. C. C., 742-743

baobab (Adansonia), 236

Barlow, George, 18, 447, 459, 629 barnacla cariblanca (Branta

leucopsis), 578, 736 Barnard, K. H., 441 Barrell, Joseph, 406

barrenas ovaladas (Foládidos), 513 basalto, 395

Basilosaurus, 276

bastones, 215

Bateson, William, 552-553, 557, 563 Beadle, George W., 661

Bell, Graham, 574

 

Bering, Vitus, 307 Beringe, Robert von, 164 Betzig, Laura, 291

bichir (polipteriformes), 444-445,

450

bicoide, 554

Big Bang, modelo del (radiación de los mamíferos posterior al K/T), 245

bilaterios, 501, 515, 518, 594, 611,

613, 615

biomasa, 667, 695, 762

bipedalismo, 136-147, 361-367, 370-

374, 767

bivalvos, 513-514

Blackmore, Susan, 371-373 Blair, W. F., 423

Blakemore, Collin, 222

«blastea» (Haeckel), 650

blastoporo, 505, 507

blástula, 505, 650

boca, 479-480, 502, 507, 516, 561,

611, 615, 617, 635

Bodmer, Walter, 364-366

bólido, v. meteorito, impacto de Bonner, J. T., 665-666

bonobo (Pan paniscus), 31-32, 151-

158, 161, 170, 291, 367

Bontius, Jacob, 163

Boreosfénidos, 321

Bosque Petrificado, 115, 679

bosque, 243, 596, 623, 625, 630,

669, 737

Branchiostoma, v. pez lanceta, 487- 488

branquias, 426-429, 435, 451, 475,

489, 611, 628, 650, 655, 674

 

 

 

854

 

índice analítico

 

 

braquiación, 137, 141, 177 braquiópodo (concha de lámpara),

435, 506-515, 584-585

briozoo, 506-508, 514

Bromham, Lindell, 18, 437

Brown, James, 673-674

Brunet, Michael, 144-145

Buchsbaum, Ralph, 511 Bunopithecus, v. gibón Bunyan, John, 32

Burgess Shale, 116

buzo de Descartes, 449-450

 

caballito de mar foliáceo (Phycodurus equus), 445-446,

694

caballo, 269-273, 288, 299, 309,

313, 405, 716

cadena alimentaria, 667, 688

caguán (Dermópteros), 247-252,

255, 316, 776

caimán, 350, 437, 631

Cain, Arthur, 333

Cairns-Smith, Graham, 725, 744-

745, 800

calamar, 513

- joya (Histiotuethis miranda), 518 camaleón, 236, 349, 513, 778

Cámbrico, periodo, 39-40, 117, 477-

609, 713, 771

camello, 60, 262-64, 270, 278, 280,

297-299, 305, 309

Candida, v. hongos, cangrejo de río, 464, 665

cangrejo, 425, 512, 561, 579

- blanco, 761

- «samurai», 59

- violinista (Uca), 518 canguro, 179, 309-311, 317, 417,

697, 768

 

Capellán del diablo, A., 17, 781

capibara, 254-256

caracoles y babosas, 273, 356, 482,

513, 583, 594, 618, 665, 779

- nudibranquio (babosa de mar), 618; Glaucus atlanticus

carbón, 107, 346, 742

Carbonífero, periodo, 40, 340 346,

349, 399, 435, 475

carbono, datación mediante, 39, v.

datación, radiométrica, Carlos, Príncipe, ojos azules de, 84-

87, 630

Carnívoros, 52, 269-273, 305

Carroll, Lewis, 376

carroñero, 139, 257, 456, 629

cartílago, 473, 477, 479, 482

Cartwright, William, 341

castor, 179, 234, 254-256, 262-268,

715-716

casuario, 383-384, 390

catalizador, 740-777

- v. también enzima Catania, Kenneth, 334-336

catarrinos, 171, 201-203, 211 catástrofe de error, v. mutación Cavalier-Smith, Tom, 709, 711, 727

cavidad corporal, 611, 633 v.  celoma

cazador-recolector, 54-56, 63-64, 530

cebra, 235, 305

cecilia, 399-401, 437, 798

celacanto (Latimeria), 251, 343,

405, 433-438, 439-441, 597

Celenterados, 633

celoma, 611-613

célula, 641

- como comunidad de bacterias, 631

- eucariótica, origen de la, 701- 707, 800

 

 

855

 

el cuento del antepasado

 

 

- línea germinal y somática, 641

- primera, 739-744

- v. también eucariota celulosa, 631, 666, 695-701 Censky, Ellen J., 208 Ceratodus, 433-435

Cercopitécidos, v. mono, Viejo Mundo

cerdo, 269, 270, 274-282, 295, 301-

307, 375, 661, 721

cerdo hormiguero, 72, 303

cerebro, 107, 108, 115, 162, 213,

222, 264-266, 325-328, 335,

337, 487, 496, 503, 516, 520,

598, 615, 626

- de los castores, construcción de diques inscrita en el, 266

- tamaño, 102-107 v. también

homínido

- y elaboración de un modelo mental del mundo, 335-338

- v. también homúnculo; meme; ornitorrinco «ornitorrínculo»; topo, «topúnculo»

cetáceos, 274-282, 448

- v. también ballena; delfín, cetartiodáctilos, 269, 270, 274, 275

chacal, 58, 271

Chain, Ernst, 529, 660

Chang Dos, 76, 78, 81

Chang Uno, 76

Chang, Joseph T., 73, 75, 78

Chaucer, Geoffrey, 33-52, 76, 186-

187, 334, 672, 726, 764

Chengjiang, 584-588, 594, 608

Cherfas, Jeremy, 147, 149 Chicxulub, cráter de, 242 chimpancé pigmeo, v. bonobo chimpancé, 31, 32, 50, 55, 98, 99,

107, 110-111, 128, 132, 134,

 

137-140, 140, 143-147, 149,

151-157, 159-165, 167, 171,

173-174, 196-197, 280, 289,

291-293, 367-370, 411-412, 417,

419, 431, 491, 541, 547, 549,

605, 767, 826

CI (cociente de inteligencia), 128 cianobacterias, 661, 668, 705, 706,

714, 715, 728, 729

cíclidos, 238, 453-, 63, 588, 795,

797, 805

- mandíbula faríngea, 465

- origen de la especies endémicas del lago Victoria, 453-463

ciempiés (Quilópodos) 184, 185,

273, 506, 508, 510, 512, 516,

520, 775, 799

cigarra, 532, 776

ciliados, 651, 662, 690, 693, 694,

698-700, 729

cilios, 637, 651, 698-701, 707

cinodonte, 344-347

cinturón de Venus (Cestum veneris), 635, 805

civeta

- hormiguera (Eupleres goudotii), 236

- de Madagascar (Fossa fossa), 236 Clark, Jennifer, 404

cladística, 343, 491 clado, definición de, 202

cladograma, 182, 184, 190, 193,

194, 195

Clarke, Ronald, 134, 135, 823, 837

Cleveland, L. R., 698, 609-701, 823

clima, 48, 98, 159, 167, 199, 229,

242, 309, 390, 399, 422, 548,

623, 628, 679, 766, 770, 789

clino inverso, 424 clino, v. especiación

 

 

856

 

índice analítico

 

 

cloaca, 321

clon, 69, 619, 620

cloroplasto, 631, 668, 703, 705, 706,

714, 715

Clovis, pueblo, 304

cnidarios, 251, 438, 561, 614, 615-

632, 633-639, 650, 651, 715,

813, 814

cnidoblastos, 617, 618, 635

coadaptación, 630

coalescente, 93

coanocito, 643-651

coanoflagelados, 647-652, 654, 692

- Proterospongia, 651

cóccix, 178

cochinilla de humedad (Oniscídeos), 512

cociente de encefalización, 128, 130

cocodrilo, 185, 342, 344, 349-351,

452, 606

código genético, 29, 45-50, 598, 749

codón, 45, 46, 749 coevolución, v. evolución

cohombro marino (Holotúridos), 500

cola,

- del pavo real, 346, 360

- pérdida de la, 178

- postanal en los cordados, 482, 487, 495

- prensil, 205

- usos de la, 179-180 colágeno, 644

coliflor, 172, 672-688

colonias, 285, 411, 493, 619-620,

646, 648-650, 662, 696, 733,

761, 782, 801

- de algas, 650

- de coanoflagelados, 647-649

- de hormigas, 529

 

- de pólipos, 619, 620

- v. también comunidad colonización, 56, 407

- de Asia, 392

- de islas remotas, 374-380

- de Krakatoa, 237

- de la tierra firme por parte de las plantas, 625

- de Norteamérica, 97

- de Sudamérica, 97 color, cambio del, 513-514 colores primarios, 214

Colón, Cristobal, 97

comadreja, 269, 270

combustibles fósiles 742

complejidad, 29, 45, 51, 185, 305,

364, 482, 483, 532, 599, 694,

722, 725, 735, 737, 771, 781,

789, 790

- complejidad irreductible, 721, 722, 723, 725

complejo Bithorax, 556, 557, 561

- v. también genes, Hox, comportamiento, cambios de, v.

evolución; efecto Baldwin comunicación animal, 268

comunidad, 624-631, 698, 760, 761

condilartros, 313

conejo, 52, 235, 253-268, 269, 275,

300, 306, 313, 418, 788

conejos y liebres (Lepóridos), 254 confianza, 149, 193, 251, 281, 375,

544, 593, 608, 628, 629, 771,

772, 776

conos, v. visión, cromática, constantes fundamentales, 22, 23 contepasado, definición de, 85

- v. también antepasado común más reciente

contrasombreado 526, 527

 

 

 

857

 

el cuento del antepasado

 

 

contrasombreado inverso, 524, 526,

527

Conway Morris, Simon, 582, 585,

781

Cooper, Alan, 18, 378, 388, 391

Coppens, Yves, 156, 824

coral cerebriforme, 626

coral, 439, 456, 594, 610, 613, 615-

632, 706

coraza, 447, 475-480, 510, 786, 787

Cordados, 52, 481, 482, 487, 493,

494, 501, 585, 594

cordón nervioso, 487, 495, 520,

521-523, 527

corrientes oceánicas, 620

- corriente del Golfo, 355, 390

cortejo sexual, 429, 452, 457, 717

Cott, Hugh, 786, 824

Courtenay-Latimer, Marjorie, 439,

441

creacionistas, 90, 115, 252, 421,

593, 724, 771

- y el motor flagelar bacteriano, 720-726

- y la evolución de las macromoléculas, 759

- y la explosión del Cámbrico, 582-583

- y las lagunas del registro fósil, 421

Cretácico, periodo, 40, 199, 229,

241-245, 269, 275-276, 309,

340-341, 387, 389, 395, 397,

475, 605-606, 792

Crick, Francis, 722, 725, 755, 757,

824

crinoideo (lirio de mar), 499-500 cristal, 113, 413, 426, 473, 644, 686,

699, 745

Crockford, Susan, 58, 824

 

cromosoma, 82, 87-88, 185, 215,

219-223, 371, 483-484, 543,

556-560, 570-572, 703

- cromosoma X, 83-85, 96, 215-

217, 219-223, 571

- cromosoma Y, 88-92, 94-96, 571,

709

Cronin, Helena, 364, 824

crustáceos, 277, 325, 505-608 506,

508, 510, 519, 521, 578, 584,

597, 621, 656

cruzamiento, 97, 533, 539

- v. también especiación ctenóforo, 251, 560, 563, 565, 613,

614, 616, 633-635, 637, 651, 814

cuántica, teoría, 565

cucaracha, 257, 262, 555, 696-697

cuco, 268, 788-789

«cuello de botella»

- de la población, 94, 97, 501

- del ciclo de vida, 801-803

Cuentos de Canterbury, Los, 32-33, 51,

186-193, 468, 672, 823

Corpúsculo basal, 700-701 cultivos modificados

genéticamente, 803 cultura

- en los chimpancés, 154

- evolución de la, v. Gran Salto Adelante; meme

- y separación de las poblaciones humanas, 549-552

 

Dafne Mayor, v. Galápagos, Islas daltonismo, 221

damán (Hiracoideos) 72, 301-307

Darrow, Clarence, 21

Darwin, Charles, 25, 154, 162, 165,

171, 262, 277-278, 300, 312,

351-353, 356-361, 363-364, 373-

 

 

 

858

 

índice analítico

 

 

375, 403, 456, 490-491, 495,

497, 521, 527, 549, 577, 599-

600, 617, 623, 626-629, 649,

671, 695, 723, 734-737, 742,

781, 791, 796, 824

Darwinismo

- cooperación como la otra cara del, 356-357

- «cósmico» (Smolin), 24

- egoísmo del, 716

- y sexo, 573-574 datación

- radiométrica, 397, 606

- relativa, v. paleomagnetismo Davies, Paul, 762, 824

Dawkins, Juliet, 445

De Morgan, Augustus, 702, 825 De Ruiter, Leen, 526-527

De Waal, Frans, 156-157, 825 Decán, trampas del, 241

delfín, 48, 121, 277, 280, 307-308,

339, 343, 466-467, 774, 779

dendrocronología, 397, 677, 679

Dene, Henry, 187

Dennet, Daniel, 371-372, 725, 825

dentículos dérmicos, 473, 475

deriva continental, 384, 392

- v. también tectónica de placas deriva genética, 197, 601 dermópteros, v. caguán

desarrollo, 24, 54, 88, 110-111, 131,

148, 212, 249, 264, 267, 284,

311, 356, 361, 428, 451, 465,

495-496, 519, 528, 552-555,

562, 578, 579, 613, 643-644,

646, 649-650, 659, 718, 782,

785, 787-788, 793, 801

desplazamiento de carácter, 424

Destejiendo el arcoiris, 47, 131, 264,

582, 590, 825

 

deuteróstomo, 501, 505, 507-509,

512, 514-515, 520-522, 560,

610-611, 764, 813-814

Deutsch, David, 23, 826

Devónico, periodo, 26-27, 40, 342,

404-406, 419, 433, 452-453,

477, 475, 480

Diamond, Jared, 55, 56, 65, 549,

807, 826

diatomea, 690, 693, 694

Dickinsonia, 594-595

dicotomía, 182

dientes de sable, 257, 271, 298, 768,

789

digestión, 299, 448, 479, 659, 661,

697

- v. también intestino

Dimetrodon, 346

dimorfismo sexual, 286-293, 361, 374

dingo, 313, 316-317

dinoflagelado,  v.  algas dinosaurios, 28, 114-116, 120, 199,

210, 227, 229, 247, 271, 275-

278, 309, 314315, 321, 341,

344-347, 349, 392, 395, 439,

475, 513, 587-588, 606, 768-

771, 792

- extinción de los, 241-246

- ornitisquio, 351

- relación con las aves, 351

- saurisquio, 351

Dios, 323, 551, 635, 649, 663, 723-

724, 737

Diplodocus, 351

diploides, 570

dipnoo, 26, 147, 405, 433-436, 438

Discicristados, 690-694 discriminación racial y sexual, 543-

546, 549, 551-552, 784

Diseño Inteligente, v. creacionista

 

 

 

859

 

el cuento del antepasado

 

 

Disotell, Todd R., 169-174 dispersión, episodios de, v.

colonización dispraxia verbal, 110

diversidad de la vida, 237, 728

diversidad racial, 69

Dobzhansky, Theodosius, 423

dodo (Raphus cucullatus), 33, 103,

374-380, 383-384, 430

dodo blanco (Raphus solitarius), 376

Dollo, ley de, 147, 465-467 domesticación,

- de animales, 57

- de hongos por parte de las termitas, 529

- de hongos y pulgones por parte de las hormigas, 529-530

- de maíz, 97

- de perros, 57-62

- de seres humanos, 58

- de plantas, 57, 64-65

- de trigo, 64-65

- de zorros plateados, 57-62 dominio, 232, 729-731

Dorsal Mesoatlántica, 393, 396

dorso-ventral, eje, 517, 523, 554

Douglas-Hamilton, Oria, 305 dravidiana, familia lingüística, 49 Drayton, Michael, 381

DRIPs (Mesomicetozoeos), 653-

656, 660

Drosophila, v. mosca del vinagre, dugongo (Dugon dugon), 72, 274,

277, 301, 307, 309-401, 779

Durham, William, 60

Dyson, Freeman, 744

 

Ecdisozoos, 509-512, 583

ecoespacio, 625-626

 

ecolocación, 772, 774-775

ecosistema, 753

- v. también comunidad Edentados, 296

ediacarana, fauna, 594-595

Ediacarano, periodo, 594 Edwards, A. W. F., 542-545

efecto Baldwin, 373

Eigen, Manfred, 744, 752-754, 759 Eimer, órganos de, 335 electrolocalización, 776

elefante (Proboscídeos), 302, 305-

306

- africano (Loxodonta), 303-304

- indio (Elephas), 304

- usos de la trompa, 305-305

- v. también mamút; mastodonte; proboscídeo,

elefante marino (Mirounga), 286 Elton, Charles, 393

embriología, 184, 259, 505-509,

523, 553, 563

- v. también desarrollo emú, 383-384, 387, 390

encuentro, definición de, 28 energía, fuente de, 242, 259, 681-

683, 706, 732, 761

engullidor negro (Chiasmodon niger), 448

Enquist, Brian, 673-674

Ensatina, v. salamandra, especiación (especie circular)

enteropneusto, v. balanogloso entrecruzamiento, v.

recombinación sexual entropía, 466-467

enzima

- celulasa, 696-697, 701

- lactasa, 60

- Q‚ replicasa, 757-760

 

 

 

860

 

índice analítico

 

 

- Taq polimerasa, 726-728

- v. también catalizador Eoceno, 220, 276, 385

Equidna (Tachyglossus y Zaglossus), 319-323

equinodermos, 425, 482, 499-502,

520-521, 561-562, 587, 613

Ergaster (Homo ergaster / H. erectus), 66, 106-117, 118-119, 419-421,

738

Ericsson, Leif, 97

erizo, 178, 237, 270-273, 308, 425,

482, 499-503

erizo de mar, 447, 561-562

Escalando el monte improbable, 772, 775, 789

escarabajo, 36, 363, 552, 566, 568,

629, 696

- bombardero (Brachinus), 777, 780

- rojo de la harina (Trilobium), 558

- girínidos, 523

Escherichia coli, 665, 714-715, 757

escinco (Escíncidos), 350, 437 escorpión marino, v. euriptérido escorpión, 479-480, 508, 510, 617,

715, 775

esencialismo, 418-419

«eslabón perdido», 153

especiación, 422, 454-461, 484, 485,

533, 549, 564, 575, 796, 797

- simpátrica, 456, 550-551

- tasa de especiación, 454; v. también evolución

- y especie circular, 411 especie

- amenazadas, 234, 307, 631 v.

ayeaye; dugongo; indri

- árbol de las, 196

 

- circular, 411

- monofilético, 461

especismo, 165

espiroqueta, 699-701, 707, 714

esponja, 560-565, 584, 594, 624,

638-647, 649, 651, 669, 733

esqueleto, 108, 112, 135, 179, 316,

322, 329, 382, 443, 473, 475,

479, 510, 623, 624, 644, 779

estrella de mar (Asteroidea), 482, 499-504, 517, 561-563, 600-601,

613, 669, 761, 766, 805

estrepsirrino, 229-231, 237, 810

estridulación, 532

- v. también sonido, producción de

esturión (Acipenséridos), 329, 331,

444, 445, 477

eubacterias (bacterias verdaderas), 707, 709-733

- como simbiontes de animales y plantas, 725, 732

- y creación de la célula eucariótica, 668, 815

- y grupo de genes no intercambiados, 88

- y motor flagelar bacteriano, 720-722

- v. también mitocondrias; cloroplastos

eucariota, 652, 664, 690-697, 703-

707, 704-711, 713, 728, 730,

733, 764, 765, 767, 771, 800

Euglena, 690, 691, 694

eumetazoos, 634, 641, 643, 644 euriptérido (escorpión marino),

479, 510

Eusthenopteron, 405

Eva mitocondrial, 82, 90-95, 104-

107, 196, 461, 537, 569

 

 

 

861

 

el cuento del antepasado

 

 

Everett, Hugh, 23 evolución

- coevolución, 59, 63, 131

- convergente, 173, 316, 455, 781

- cultural, ; v. Gran Salto Adelante; meme

- de la evolucionabilidad, 792, 795-804

- divergente, ; v. radiación; especiación

- macroevolución y microevolución,  792,  794-795

- morfológica, 51, 196, 437, 589

- «oportunismo» de la, 179, 299,

723

- progreso en la, 25, 27, 480, 515,

781-786, 791-795, 804

- social, 620

- tasa de, 598, 607; v. también

reloj molecular exoesqueleto, 479, 510, 782; v.

también esqueleto exones, 46, 111, 112

explosión cámbrica, 582, 583, 590,

812, 813, 853, 863

«explosión diferida», modelo de la (radiación de mamíferos posterior al K/T), 245, 246

extinción,

- en masa, 243, 340, 769

- «sexta extinción» 341

- tasa de, 341

Eyeless, 519

Ezequiel, 734, 735

 

falangero, 211, 310, 313

- de la miel (Tarsipes rostratus), 317

- listado (Dactylopsila trivirgata), 233

 

- «volante», «falangeros voladores», v. petauro

Fanerozoico, Eón, 40, 342, 581

Felsenstein, Joe, 191

Felsenstein, zona, 191

fenotipo extendido, El, 253, 268, 662

fenotipo, 218, 261-267, 371, 662

feromonas, 366

Feynman, Richard, 565 filograma, v. árbol, filogenético Fisher, R. A., 283-285, 362, 364,

369, 591, 592

flagelo, 643-650, 666, 698-701, 722-

724

- bacteriano, 718

Fleming,  Alexander, 660

Florey, Howard, 529, 660

Fogle, Bruce, 334

foraminíferos, 334, 343, 690, 693

fóridos, 581

forónido, 506, 514, 813

Fororracoides, 382, 383

Fortey, Richard, 18, 596

Fosa (Cryptoprocta ferox), 235, 596 Fósiles

- definición de, 36

- formación de (tafonomía), 37

- y «lagunas» en el registro, 114

- parientes, no antepasados (probablemente), 490

- vivientes, 435

fotosíntesis, 612, 625, 631, 750, 667,

704, 706, 732, 743, 744, 764

fóvea, 336

FOXP2, 112

fragata portuguesa, v. Physalia

fuego, 107, 108, 242, 365, 737, 738,

739, 758, 780

- como símbolo de la vida, 737- 740

 

 

862

 

índice analítico

 

 

- uso del, 107, 365, 780

 

gálago, 180, 229-239

Galápagos, Islas, 147, 227, 352, 356,

357, 360, 374, 377, 423, 455,

458, 588, 796, 797

gamba, 327, 331, 447, 521, 561,

571, 628

ganglios, 503, 512, 615

Garstang, Walter, 430, 431, 489,

495-497

gaspar (Semionotiformes), 444-450

gastrea, (Haeckel), 650

gastrulación, 505

gato, 162, 178, 234, 269, 273, 309,

315, 334, 418, 521-527

gaviota, argéntea (Larus argentatus),

v. especiación, especie circular

- de las Galápagos (Creagrus furcatus) 277

- sombría (Larus fuscus), v.

especiación, especie circular Gehring, Walter, 519

Geissmann, Thomas, 194, 195

gen egoísta, El, 99, 262, 364, 463,

628, 752, 804

generación espontánea, 578, 736 genes

- comunidad de, 630

- duplicación de, 87, 189, 216,

220, 223, 372, 454, 484-486,

559, 563-564, 727, 804

- frecuencias, 62

- limitados por el sexo, 286

- parentesco, 69, 197, 804

- pautas de distribución, 569

- sinónimo de alelo, 82

- y acervo génico, 57, 262-263,

372-373, 378, 575-577, 599,

630-631, 801

 

- y la contribución génica de los antepasados, 81

genoma, 46, 60, 62, 69, 71, 81, 86,

89, 95, 111, 185-186, 197, 210,

216, 220, 223, 258-259, 261,

275, 388, 436, 484-486, 548,

561, 564, 571, 575, 601, 606-

607, 639, 640, 707, 731, 749,

752, 755, 803

- como comunidad ecológica de genes, 628, 631

- humano, 69, 81, 485

genotipo, 261, 262, 554

Geospiza, v. pinzón de las Galápagos Gerhart, John, 796

Giardia lamblia, 691, 694

gibón, 31, 51, 137, 141, 170-174,

175-197, 209-210, 275, 288-289,

291, 293, 367, 437

- crestado (Nomascus), 176-177, 181-183, 193-195

- huloc (Bunopitecus), 176-177, 181-182

- Hylobates, 175-177, 181-183, 193-

195, 810

- siamang (Symphalangus), 171, 175-177, 181

Gigantopithecus, 159

gimnótido (Gymnotus), 331-332

ginkgo, 323

glaciación, 97, 100, 103, 107, 541,

609, 766, 789

glaucofito, 668, 670

gliptodonte, 298

Glires, 52, 253

globinas, genes que codifican las cadenas de, 483-485, 564, 601

gnatóstomo, 472, 475, 480

- v. también mandíbula gobio, 629

 

 

863

 

el cuento del antepasado

 

 

Gold, Thomas, 761-763

Gondwana, 234, 237-238, 300, 309,

312, 319, 321, 344, 384-392,

294, 403

gonfoterio, 306 v. también

proboscídeo Goodall, Jane, 153-155

gorila, 31-32, 144-149, 157, 159-165,

169, 170, 173, 179, 183, 196-

197, 238, 288-293, 367

- occidental (Gorilla gorilla), 164

- oriental, incluido  el  de montaña (Gorilla beringei), 164

Gould, Stephen J., 22, 39, 584, 650,

780, 781

Grafen, A., 18, 34, 366

Graham, Christopher, 574, 725, 744

gramíneas, 63, 64

Gran Barrera de Coral, 617, 624-625 Gran Intercambio Americano, 256,

298, 299, 465

Gran Salto Adelante, 54, 65, 67, 109

Gribbin, John, 147, 149

grillo, 531, 776

Grimstone, A. V., 18, 699, 700, 701

guácharo (Steatornis caripensis), 772, 774

guanaco (Lama guanicoe), 298, 631

guenón, (Cercopitecinos), 171, 200,

201

guepardo, 97, 137, 271, 541, 716,

790

Gurdon, John, 426 gusano

- anélidos

arenaria (Arenicola), 507, 516 gusana del fango (Nereis), 516-

521

lombriz gigante (Megascolides australis), 512

 

poliquetos, 509, 761 tubícolas gigantes (Rifita

pachyptila), 761

- aterciopelado, v. onicóforo,

- fálicos (Priapúlidos), 511

- forma de los, v. bilaterios; simetría, bilateral

- nematodos, 438, 506, 508, 511-

512, 561

- nemertinos, 506, 512

- platelmintos, 464, 506, 508,

514, 561, 597, 609-614, 651 v.

también acelomorfos

-  trematodos,  514, 612

Gymnarchus, 332-333

 

Hábiles (Homo habilis), 118-131 hadobacterias, 727 hadrosaurio, v. dinosaurio, Hadzi, Jovan, 650-651, 659

Haeckel, Ernst, 276, 282-283, 649-

651, 655, 693-694

Haggis, 518

Haig, David, 284

Haikouichthys, 481, 586

Haldane, J. B. S., 578, 598, 741-744

Halkieria, 585

Hallam, A., 346

Hallucigenia, 582-583

halterios, 555-558

Hamilton, W. D., 305, 364-366, 565-

566, 569, 574-575, 766

haplocrominos, 454-455, 461, 463

haplorrinos, 225, 229

haplotipo, 88, 95-96, 461-462

Hardy, Alister, 140, 278, 430-431, 497

Harvey, Paul, 292-293

Hawai, 360, 377, 379

Hearst, William Randolph, 148 hemofilia, 83-86, 95

 

 

864

 

índice analítico

 

 

hemoglobina, 96, 483-486, 564,

706, 761

herencia, 51, 88, 371, 519, 522,

560, 734, 737-744, 751-752

Herodoto, 165

Herto, 101 heterocigótica, ventaja,

v. polimorfismo heteroconte, 691-694 heterocronía, 428-429 hibridización, 812 hidrozoo, 616, 619-620

hiena, 36, 114, 269271, 309, 622

hiperciclo, 753-754

hipopótamo, 195, 235, 269-271,

274-283, 307, 649

histricognatos, 205, 207

Hodgkin, Alan, 724

Holland, Peter, 18, 482, 497, 560,

565, 612

Holocéfalos, v. quimera

homeobox, genes 563-565

homínido, 65, 112, 116, 118, 132-

135, 143-149, 151, 290, 340,

419, 767

- lenguaje, 109

- tamaño del cerebro, 120

- v. también Australopithecines; Ergaster; Hábiles; Homo; Neandertales

Homo

- erectus (ergaster), v. Ergaster

- habilis, v. Hábiles

- heidelbergensis, v. Neandertal

- rudolfensis, 118

- sapiens, v. humanos

Homo sapiens arcaico, 9, 101-105,

106, 112, 159, 407

homúnculo (Pennfield), 326-327,

337

 

hongos, 57, 197, 608, 657-662, 667,

670, 693-694, 706, 728-729

- ascomicetes, Candida, Neurospora crassa, Penicillium, 660-661

- basidiomicetes, Agaricus campestris, 660-661

hongos de las termitas (Termitomyces), Phallus impudicus,

- cultivo de, 528

- genes homeobox en los, 563-655

- glomeromicetes (hongos micorrizos arbusculares), 661

- levaduras, 658-661

- simbiosis con algas/cianobacterias (líquenes), 661, 668, 705-706,

714-715, 728-729

- simbiosis con plantas (micorrizas), 658-661

Hooker, Joseph, 671, 735

hopanoides, 761-762

Hoppius, 163

hormiga cortadora de hojas 507, 527-530

hormiga león (Myrmeleontidae) 778

hormona,

- tiroxina, 429

Hou Xian-Guang, 584

Hox, genes 179, 523, 556-565, 579,

591, 639, 733, 798-799

huloc, v. gibón, humanos

- ascendencia común, 27-33, 50,

65, 70-78, 93-94, 98-99, 157,

163, 165, 170, 172, 196-197

- diversidad de los, 53, 69, 71, ; v. también raza

 

 

865

 

el cuento del antepasado

 

 

- domesticación de los, 61-64

- pérdida del pelo en los, 107, 361

Hume, David, 789

Hurst, Lawrence, 569

Huxley, Aldous, 148

Huxley, Andrew, 724

Huxley, Julian, 148-149, 429

Huxley, T. H., 162-163, 366, 562

Hydra, 561

Hylobates, v. gibón,

Hyman, Libbie Henrietta, 639

 

ictiosaurio, 274, 770

Ictiospóreos (Mesomicetozoeos),

v. DRIPs iguana, 208

- verde (Iguana iguana), Iguanodon, imitación, 208

- v. también meme

India, 61, 234, 236, 241, 300, 309,

385-392

indri, 179, 231, 238

Insectívoros, 232, 237, 241, 270,

273, 314, 769, 770

insectos, 36, 141, 238, 256, 273,

277, 309, 315, 317, 325, 340,

360, 424, 452, 456, 464, 506-

510, 523-531, 550-559, 566-568,

583, 620, 674, 695-696, 717,

769, 775-779, 782-783

intestino, 308, 402, 424, 493, 507,

512, 520,611-612, 624, 660-661,

694-698, 701

- v. también digestión intrones, 46, 111-112

invertebrado, 649

isócronas, líneas, 394, 398 isogamia, v. reproducción isótopo, 685-687

 

jackknife (método de elaboración de árboles filogenéticos), 193

Jamoytius, 480

Java, hombre de, v. Ergaster,

Jerison, Henry, 128

jirafa, 305

Johanson, Donald, 112

Jones, Steve, 84

Judson, Olivia, 334, 569

Jurásico, periodo, 40, 46, 116, 319,

320, 323, 340, 387, 435

 

Kaas, Jon, 334-336 kakapo, v. loro

Kauffman, Stuart, 765-767, 770-772,

776, 780-782, 831

KE, familia, 110-111, 660

Kemp, Tom, 18, 345

Kenyapithecus, 118, 167, 173, 174 Kerguelen, meseta de, 391 Kimeu, Kimoya, 112

Kimura, Motoo, 599-604

Kingdon, Jonathan, 140-143, 153,

178-179, 366, 373, 458

Kingsley, Charles, 306-307

kinkajú, 209

Kivu, lago, 461-463

kiwi, 184, 385, 388

Kleiber, ley de, 672-673 Klein, Richard G., 173-174 KNM-ER 1470, 118

koala, 179, 731

Krakatoa, 237

Krebs, John, 725, 787-788

Krumbach, Thilo, 639

K/T, límite, 241, 245-246

- v. también extinción en masa Kükenthal, W., 639

 

Lack, David, 357

 

 

866

 

índice analítico

 

 

Laetoli, huellas de, 116

«lago de las Medusas», 622 Lagomorfos, 253, 255 Lambourn, W. A., 780

lamprea (Cefalaspidomorfos), 87,

483-486, 493, 561, 564, 586

Land, Michael, 771-772

langosta, 479, 799

langostino, 772

Langton, Christopher, 795 larva

- plánula, 639

- trocófora, 509

Larváceos, 496-497

Laufberger, Vilém, 148, 429

Laurasia, 238, 269, 305, 312, 319,

321, 385, 387

laurasiaterios, 11, 238, 251, 269-

275, 277, 283, 285, 287, 289,

291, 293, 305, 319, 321, 334

Leakey, Louis, 119

Leakey, Mary, 134

Leakey, Meave, 134

Leakey, Richard, 112, 119, 341

Lehrer, Tom, 786

lemming, 255

«lémur volante»,  v.  caguán lémures, 179, 229-239, 316, 319, 768

- de cola anillada (Lemur catta), 238

- «koala» (Megaladapis), 179, 731

- perezoso (Paleopropitécidos), 128, 530

- ratón pigmeo (Microcebus myoxinus), 231, 238

- v. también ayeaye; indri; sifaka de Verreux

lenguaje, 42, 46, 66-67, 80-81, 101-

112, 131, 141, 261, 285, 364,

536, 549-553, 767, 777, 783,

794, 801, 803, 807, 838

 

- orígenes del, 66, 109-111

- y dispraxia verbal, 110 león marino (Otáridos), 287 león, 52, 303, 496, 731, 778

leopardo, 52, 139, 303, 492

levadura, 659

- v. también hongos Levinton, J. S., 587 Lewin, Roger, 341

Lewis-Williams, David, 66 Lewontin, R. C., 542-547 licopodios, 349, 399, 671

liebre saltadora (Pedetes capensis), 254-255, 317

Liem, Karel F., 795-796 lignina, 695-696

Limulus («cangrejo de las Molucas»), 435, 510, 771, 805

Lingula, 435, 513, 805

Linneo, Carl von, 163, 375, 642 lirio de mar, v. crinoideo Lithornis, 385

litopternos, 272-273, 299

Little Foot, 112, 133-137, 143, 151,

366, 429, 432

llama, 156, 384, 678, 739

lobo (Canis lupus, C. rufus), 58-61, 316, 661, 778

locus (génico), 82, 87, 96, 216, 541,

600

lofoforados, 507-508

Lofotrocozoos, 507-514, 583, 612

Lorenz, Konrad, 58, 430, 550

loris (Lóridos), 180, 229-234

loro, 380, 773

- kakapo (Strigops habroptilus), 380

- Lophopsittacus mauritianus, 380 Lovejoy, Owen, 140

Luce, R., 214, 356, 759, 760

 

 

 

867

 

el cuento del antepasado

 

 

luchador de Siam (Betta splendens), 451

lucio (Esox lucius), 445, 449 Lucy (Australopithecus afarensis),

101, 112, 133-136, 143, 147,

151, 156, 395

Lufengpithecus, 170-172

Lyell, Charles, 627, 770

 

macaco, 179, 180

- cangrejero (M. fascicularis), 180

- de las Célebes (M. nigra), 179

- mona de Gibraltar (M. sylvanus), 171, 179

Madagascar, 72, 179, 199, 228, 231-

238, 297, 300-301, 308, 319,

377, 381-391, 441, 767-771

Maddison, David R. y Wayne P., 343

MADS box, genes, 563

Malawi, lago, 231, 301, 455-456, 459

mamíferos

- antiguos, 323, 605

- características de los, 346

- era de los, 241, 300

- radiación de los (posterior al K/T), 241-243, 605

mamut, 47, 304

maná, 139, 154, 325, 369, 530, 761

manatí (Trichechus), 303, 307, 485

mandíbulas, 139, 322, 324, 326,

447-448, 456, 471, 475-480,

555, 584, 698, 701, 770, 778

- v. también peces, agnatos Manger, Paul, 326, 328

mangosta (Herpéstidos), 235

mara (Dolichotis), 622, 695

Margulis, Lynn, 698, 707

mariposa, 425-426, 619, 786

Mark Welch, David, 566, 570-575

 

marsupiales, 249, 297-299, 301, 309-

318, 319-321, 768, 776

- marsupio, 250, 311, 317, 402

- visión cromática en los, 211 marteja o mico de noche

(Aotinos), 206

Martin, Robert, 121, 128

Mauricio, 374-380, 458

May, Robert, 508

Maynard Smith, John, 7, 565-566,

573-574, 753, 800-801

Mayr, Ernst, 418

McGavin, George, 18, 777, 779-780

Mead, Margaret, 157

Medawar, Peter, 743 Mediterráneo, desecación del, 100 medusa, 584, 616-620

- Mastigias, 622

- picadura de la meiosis, 775

- v. también recombinación sexual melaza, 530

meme, 371, 496

Mendel, Gregor, 537, 752

menstruación, 793

Meselson, Matthew, 566, 570-575 Mesomicetozoeos, v. DRIPs Mesomicetozoos, 653

Mesozoica, era, 475

metabólica, tasa, 672-676

metabolismo, 704, 740-741, 764

metazoos, 588, 641-651, 659 meteorito, impacto de,  242-244,

340, 351

Meyer, Axel, 436-437, 461 micelio, v. hongo micorrizas, 658-661

- v. también hongo microorganismo, 695, 698-699

- v. también eubacterias; arqueas; protozoos

 

 

868

 

índice analítico

 

 

mielero, 360 migración

- de medusas, 622-623

- de simios entre África y Asia, 94-96, 106, 171

- de plancton, 621

- «salida de África», 93 Miller, Geoffrey, 131, 362, 370

Miller, Kenneth, 372, 723-724

milpiés (Diplópodos), 508, 510,

512, 799

mimetismo, 526, 787

Mioceno, 40, 167, 169, 170, 174-

175, 314, 360, 471, 474

miriápodos, 510

- v. también ciempiés; milpiés mirmicófagos, 295-296, 321

- oso hormiguero gigante (Myrmecophaga), 299

- oso hormiguero de collar (Tamandua tetradactyla), 209

mitocondria, 94

- v. también ADN, mitocondrial mitosis, 570

mixino, 478, 485

Mixotricha paradoxa, 694, 695-702,

703, 707, 711

moa (Dinornis), 382,-383, 388-389

modularidad, 559, 799, 800 Moi, Daniel Arap, 535 Moisés, 530

Molefe, Nkwane, 135

Mollon, John, 219

Molucas, cangrejo de las, v. Limulus

molusco, 499, 501, 524, 585 mona de Gibraltar, v. macaco monito del monte (Dromiciops),

299, 311, 314

mono

- araña (Ateles), 179

 

- aullador (Alouatta), 87, 185,

210, 212, 216, 219, 223

-  colobo  (Colobinos),  201

- del Nuevo Mundo (Platirrinos), 219, 227

- del Viejo Mundo (Cercopitécidos), 210-212

- sin cola, 179 Monod, Jacques, 722

monofilético, grupo, 271, 461, 705

- v. también clado, definición de monogamia, 161, 289, 293

Morgan, Elaine, 140

Morgan, Lloyd, 278

Morganucodon, 323

Mormíridos, 331

Morris, Desmond, 180, 363, 369 mosca del vinagre (Drosophila

melanogaster), 258-259, 519-523,

552-558, 561, 579, 591, 799

Motsumi, Stephen, 135

«multirregionalistas», 93, 118

multituberculados, 323

murciélago (Quirópteros), 234,

271, 273, 360, 567, 790-791

- ecolocalización del, 270, 791 Murdock, G. P., 289

Múridos, 52, 254, 255 musaraña

- elefante (Macroscélidos), 302

- marsupial (Paucituberculados), 310

mutación

- de una sola letra, 191

- de universos «hijo», 24

- homeótica,  552, 557

- macromutaciones, 179

- neutral, 600

- tasa de, 89, 600-603, 755, ; v.

también reloj molecular

 

 

 

869

 

el cuento del antepasado

 

 

- y degradaciones («catástrofe de error»), 752-753

- y pérdida de la cola, 202

- y translocación 219-220

Myllokunmingia, 481, 586-587

 

nasico (Nasalis larvatus), 201

Nautilus, 513, 771, 773

Neandertal, 47, 53, 103, 104-105,

109, 196, 804

Necrolestes, 314 nematocisto, v. cnidoblasto

nemertodermátidos, 512, 610, 612

Neolítico, 54, 56

Neogeno, periodo, 40, 199

Neomuros, 709, 711

neotenia, 148, 428, 496

Nesse, Randolph, 643 Niño de Taung, 25

Niño de Turkana, 108-113, 151

«no explosivo», modelo 245-246

Nomascus, v. gibón nostrático, 49-51

notocordio, 480-487, 494-495, 587 nudibranquio, v. caracoles y

babosas

Nueva Guinea, 54, 233, 249, 312-

319, 379-385, 544

Nueva Zelanda, 312, 380, 383, 386,

388, 390-391, 478, 518, 767-768

 

Obdurodon, 321

Oetzi, 36

ofiura, 499, 501

Ohta, Tomoko, 599, 603-605 oído y audición

- en los monotremas, 322

- martillo, yunque y estribo, 322, 450

- y vejiga natatoria, 450

 

ojos, 516, 518-520, 564

-evolución independiente de los, 520, 771-772

- pérdida de la función de los, en los cavernícolas, 463-467

- variedad de los, 772

- v. también visión cromática Oligoceno, 40, 199

omómido, 228

onicóforo (gusano aterciopelado), 506

- Peripatopsis moseleyi, 507, 583

- Peripatus, 511, 583-584

Opabinia, 585-586 Oparin, A. I., 741-744

opsinas, 215-216

orangután (Pongo), 159-164, 168-

170, 174, 188, 199, 293, 431

Ordovícico, periodo, 40, 443, 473,

586

Oreopithecus, 170, 172

Orgel, Leslie, 722, 744, 759

origen de las especies, El, 166, 262, 277, 360, 552, 599, 734-735,

801

origen del hombre, El, 93, 146, 154,

162, 363

«origen separado», teoría del,

v.«multirregionalistas» ornitisquio, v. dinosaurio ornitorrinco  (Ornithorrhynchus

anatinus), 319-323, 323-338,

437, 715, 775, 805

- «ornitorrínculo» 326, 327, 337 Orrorin tugenensis, 144-147, 149 oruga, 238, 360, 395, 424-426, 511,

526, 619

osículos weberianos, 450

oso hormiguero, 128, 209, 299

oso, 238, 271, 277-278, 527, 631

 

 

 

870

 

índice analítico

 

 

osteolepiformes, 405

Ouranopithecus, 169-174

oveja, 416

Owen, Richard, 162, 276, 382

oxígeno, 138, 413, 435, 451-452,

483, 623, 674, 681, 683, 687,

697, 704-706, 737, 741-744,

763-766, 779, 782

 

Pagel, Mark, 292, 364-366

paidomorfosis, 428, 430-431

Pakicetus, 276, 279

Paleoceno, 40, 225, 245, 276, 278,

385

Paleógeno, periodo, 199, 241, 395 Paleolítico, v. Gran Salto Adelante paleomagnetismo, 680

Paleozoico, 475, 479, 492, 510, 514

palmera, 236

paloma, 184, 379

- de Nicobar (Caloenus nicobarica), 378-379

- de pico dentado (Didunculus strigirostris), 379

Pan paniscus, v. bonobo

Pan troglodytes, v. chimpancé Panamá, istmo de, 97, 256, 297,

465

Panderichthys, 405

panespermia dirigida, 722, 724

Pangea, 319-340, 387, 399

pangolín (Folidotos), 271, 273,

600-601

Parabasalios, 699

parafilético, grupo, 202, 342

ParaHox, genes, 563-565

Paranthropus, 133

parásito, 55, 220, 223, 579-580, 653,

655-656, 694, 757

parazoos, 641

 

parénquima, 611

Parker, Andrew, 590-592

parlamento genético, 88, 95

Pasteur, Louis, 136, 736

patagio, 249-250, 316

Pauling, Linus, 598

pavo real, 107, 131, 143, 346, 351,

360-374, 805

Pax (incluido Pax6), 564 peces,

- agnatos, 475-485 v. también

lamprea; mixino

- cartilaginosos (condrictios), 472-474, 558 v. también tiburón; raya

- de aleta lobulada, 26, 405, 407,

433, 451

- de aleta radiada, 436, 437, 443-

445, 812

- eléctricos, 331-333

- era de los, 477-480

- óseos (osteictios), 329, 331, 343,

472-474, 477, 479, 620, 775

- planos, 468

- pulmonados, 282, 405, 433-437

- teleósteos 343, 407, 443, 445,

447-452, 468, 475

pedicelarios, 503

Pekín, hombre de, v. Ergaster pelicosauro, 346

Penfield, mapa cerebral de325-327, 337, 837, 848

Penicillium, v. hongos perca, 436, 444-445, 451

- del Nilo (Lates niloticus), 455

- trepadora (Anabas testudineus), 451

percebe, 13, 425, 577-579, 581

- ganso (Pollicipes polymerus), 578

- Sacculina, 578-579

 

 

 

871

 

el cuento del antepasado

 

 

perezoso, 128, 178, 179, 180, 250,

295, 296, 298, 309, 530, 697

- arborícolas (Bradipódidos, Megaloníquidos),  141, 175,

180, 209, 247, 404

- gigante (Megatherium), 169 Periophtalmus, v. saltarín del fango perisodáctilos, 269, 270, 274, 297

Pérmico, periodo, 39, 40, 243, 244,

340, 342, 344, 346, 435

perro, 58-61, 71, 137, 229, 316, 334,

453, 716, 738, 768

- pequinés, 431

- v. también domesticación petauro, 863

- de la caoba (P. gracilis), 316

- del azúcar (P. breviceps), 316

- v. también falangero listado Pettigrew, Jack, 18, 326-329, 337,

834, 837, 848

pez

- arquero (Toxótidos), 777-780

- ciego de las cavernas (A. mexicanus), 12, 147, 211, 463-

469

- espátula (Polyodon spathula), 329-331, 444-445

- gato invertido (Synodontis nigriventris), 521-527

- lanceta (Branchiostoma), 487- 489, 489-492, 493, 560, 561

- limpiador, 629

- luna (Mola mola), 225, 448, 524-

525, 532, 785

- navaja (A. strigatus), 446-447

- rana, v. saltarín del fango pezones, existencia de los, en el

macho, 322, 362 pezuñas, animales con, v.

ungulado; notoungulado

 

Phallus, v. hongos,

Physalia, 524, 619, 864

Pickford, Martin, 144, 145

piedra caliza, 113, 135, 464

piel, color de la, 526, 549

pigmeos, 53, 151, 165, 232, 280

pika (Ocotónidos)52, 253, 254,

255, 481, 585

Pikaia, 481, 585

pingüino emperador (Aptenodytes forsteri), 574

Pinker, Steven, 27, 66, 109, 139,

838

pinzón de las Galápagos, 11, 147,

352, 356, 423, 455, 588, 797

piojos, 365, 365, 366

piroterio, 300

Pithecanthropus, v. Ergaster, placentarios, mamíferos, 122, 214,

271, 296, 297, 298, 301, 303,

309, 311, 315, 316, 317, 320,

605, 606, 768

- placenta, 311, 674

- visión cromática en los, 211-212 placodermo, 479

placozoos, 13, 614, 637, 638, 639

plancton, 227, 330, 424, 425, 456,

471, 474, 495-497, 562, 620-626

«planeta bola de nieve», 609 plantas

- con flores (angiospermas), 309, 427, 668, 671

- genes homeobox en las, 563, 565

- modo de vida, 161

- y bacterias convertidas en cloroplastos, 631, 668, 703-707,

714

- v. también algas (verdes, rojas); glaucofito

platelmintos v. gusano

 

 

 

872

 

índice analítico

 

 

platelmintos; acelomorfos, 13, 609-

613, 651, 813

platija, 12, 444, 445, 468, 469

platirrinos, v. monos, del Nuevo Mundo

platizoos, 509, 514

pleiotropismo, 110

plesiadapiformes, 231

Plesianthropus, 133

plesiosauro, 351 Plinio el Joven, 43 Plinio el Viejo, 163

Plioceno, 40, 116, 151, 153, 368,

395

pliopitécido (Pliopithecus), pluma de mar (Penatuláceos), pluricelularidad, 649, 666, 694,

800, 801

población, 55, 74

- fundadora, 237, 314

- mutaciones, 75, 197, 604, 629

- separación de, 456-459;

v. también especiación; hibridación,

- variaciones en la humana, 539 ;

v. también raza

- y proporción entre machos y hembras, 283

- v. también «cuello de botella» poliandria, 288, 291

poliginia, 161, 178, 285, 286, 288,

29, 291, 293

polilla, 356, 447, 778

polimorfismo, 98, 99, 217

- selección por frecuencia, 59

- como ventaja heterocigótica, 218-219

- interespecífico, 99

- y genes de las opsinas 215-216

- y grupos sanguíneos, 98, 196

 

polipífero, 13, 456, 617-628

- v. también coral pólipo, 618-620 poliqueto, v. gusano politomía, 182, 251

Polo, Marco, 381

Porpita, 620

poto (Perodicticus), 180, 229-232

preadaptación, 141, 142, 796

Precámbrico, 40, 501, 522, 587-588,

593-596, 606-607, 765

«principio de la vida o la cena», 788 probabilidad, análisis de

- filogenética bayesiana, 192

- probabilidad máxima,  método de la, 192-194, 437, 461, 605

proboscídeos, 302, 305, 306

- v. también elefante; mamut; mastodonte, 304

procariota, 691, 709, 711, 713, 800

Proconsul, 130, 167, 169, 171, 202

progénesis, 428

propulsión, 513, 633, 701, 715, 776

prosimio, 130, 229

proteína, 45-46, 110, 554, 601, 723,

730-744, 749-759, 800

Proterozoico, Eón, 40

«protista», 728

protocordado, 481, 487, 499

protoindoeuropeo, 49

protóstomo, 504-529, 560, 594, 609-

611, 764

protozoos, 514, 563, 565, 644-646,

647, 649, 652, 697-70

Proyecto del Genoma Humano, 69 Proyecto Gran Simio, 165 pterobranquio, 499, 500

pterodáctilo, 351, 774

pterosauro, 351

puente continental, 391

 

 

 

873

 

el cuento del antepasado

 

 

pulgones, 57, 529, 530, 566

Pullman, Philip, 719, 720

pulpo, 479, 491, 501, 513, 580

Pusey, Harold, 234, 232

 

qualia, 337, 338

quelicerados, 510

quimera (Holocéfalos), 472-475

 

radiación adaptativa, 456

radiados, 613

- v. también ctenóforo; cnidario radiolario, 690,  693 Ramapithecus, v. Sivapithecus ranas y sapos (Anuros), 228, 399-

404, 421-427, 655

- Chiromantis xerampelina, 401

- cohete australiana (Litoria nasuta), 403

- de boca estrecha, 421-423

- goliat (Conraua goliat), 403

- Rhinoderma darwinii, 402

- marsupial sudamericana (Gastrotheca), 402

- peluda, 228

- voladora asiática (Rhacophorus nigropalmatus), 404

rascón no volador (Aphanapteryx), 379

rata, 207, 236, 253-257

- canguro, 236, 317

- topo (Batiérgidos), 255

- topo desnuda (Heterocephalus glaber), 207

Rátidas (Estrutioniformes), 350,

380-391

ratón marsupial (Sminthopsis), 221, 315

ratón, 52, 110, 121, 211, 230, 238,

253-263, 309, 315, 354, 425,

 

519-520, 558-564, 575, 671,

675-676, 736-737

raya, 331, 468, 472-475, 491, 775

- eléctrica (Torpedo),  332

- mantarraya (M. birostris), 471 raza, 93, 262, 415, 530-550

reacción autocatalítica, 740

Reader, John, 42, 140

Reagan, Ronald, 677

Rebek, Julius, 751, 752

recapitulación, 649, 650

recesivo, 86, 537

recombinación sexual, 95, 572, 574,

575, 576

Rees, Martin, 23

regadera de Filipinas (Euplectella), 644

reloj molecular, 51, 91, 93, 95, 159,

389, 438, 587-608, 810-815

Relojero ciego, El, 99, 273, 362, 745,

773

renacuajo, 148, 403, 426-427, 431-

432, 495-497, 594

replicador, 185, 739, 744, 745, 752-

756, 759, 800, 853, 855

reproducción,

- asexual, 568, 572-573, 577

- isogamia, 803

- sexual, 566, 570, 573, 801

- vegetativa, 802

reptiles, 127, 210, 211, 222, 241,

243, 245, 315, 321-322, 333,

339-351, 399, 402, 404, 769

- mamiferoides, gorgonópsido,

Lystrosaurus, 210, 243, 315,

339-347, 769

- visión cromática en los, 210 respiración 451

Rhizobium, 14, 713, 715, 718, 722,

725, 777

 

 

 

874

 

índice analítico

 

 

ribosoma, 730, 749, 750, 757

ribozima, 756

Ricketssia, 707

Ridley, Mark, 18, 221, 258, 293,

753, 771

Ridley, Matt, 574-575, 752

Rift, valle del, 144, 154, 155, 156,

301, 411, 455

río del Edén, El, 72, 576

rizarios, 690, 693

roca, 37-39, 113-114, 116, 306, 341,

393-398, 495, 578, 583, 619-

620, 680, 686-687, 760, 762

- ígnea (volcánica), 114, 397 ; v. también basalto

- sedimentaria, 38, 116, 680 rodofitas, v. algas, rojas roedores, 253-279, 297, 300, 313,

316, 317, 374, 389, 438, 602,

605, 769, 776

Romer, Alfred Sherwood405, 406, 407, 429, 451

Roos, Christian, 194, 165

rotífero, 507, 565-577, 804

- bdeloideo, 507, 566-577 Rowntree,  V.  J.,  138 rumiantes, 275, 279, 308, 631,

697

Russell, Bertrand, 363, 582, 724

 

Sacks, Oliver, 221

Sahelanthropus tchadensis, v. Toumai salamandra (Urodelos), 400

- ajolote (Ambystoma mexicanum), 148, 424-432, 495-496

- Ensatina, 400, 407-410; v. también  especie, circular

- tigre (Ambystoma tigrinum), 427

- tritón, 399, 404, 428-429, 655

salangana (C. linchi), 772, 774

 

«salida de África», teoría de la, 93- 94, 171, 548

salmón, 437, 653, 655

saltamontes, 13, 91, 228, 360, 415,

458, 530-533, 538, 539, 555,

776

- europeo (Chorthippus brunneus,

C. biguttulus) 531-532, 539 saltarín del fango (Periophtalmus),

12, 407, 451, 453

Salzburger, Walter, 461

sangre, 28, 46, 61, 83, 84, 92, 109,

186, 221, 263-264, 279-280,

357, 365, 388, 450, 473, 479,

483, 502, 521, 540, 602, 673-

676, 718-719, 725, 761, 779

- grupos sanguíneos, 98, 196 sapo, v. ranas y sapos sarcopterigios, 443

saurisquio, v. dinosaurios saurópsido, 344, 349

Savage, Thomas, 163, 164, 165

Schierwater, B., 639, 842

Schluter, Dolph, 840

Schopf, J. W., 30, 840

Schuster, Peter, 754

secuoya, 14, 39, 114, 397, 597, 606,

668, 675-677, 687, 805

Seehausen, Ole, 457, 458

segmentación, 509, 579, 798-801

Segunda Guerra Mundial, 217, 430,

529, 621, 777, 786

selección

- artificial, 57, 353, 675

- dependiente de la frecuencia, v.

polimorfismo

- natural, 48, 62, 79, 81, 98, 107,

111-112, 161, 171, 179, 185,

195, 197, 220, 221, 233, 262-

268, 277, 284-286, 299, 303,

 

 

 

875

 

el cuento del antepasado

 

 

312, 352, 358-360, 370, 377-

378, 384, 423, 426, 430, 457-

465, 522-523, 570-577, 593,

598-600, 604-605, 626, 696,

716-717, 722-723, 736-737, 740-

741, 758-759, 780, 790, 794,

797, 804

- sexual, 131, 138, 143, 361-364,

366-367, 369-374, 548-549, 626

sengi, v. musaraña, elefante Senut, Brigitte, 144, 145

serotonina, 58, 59

serpiente, 351, 401, 411, 448, 606,

617, 715, 775, 776, 798, 811

setas, 528, 657-661

- v. también hongos seudogenes, 185, 483, 484 Shapiro, L. H., 587

Sheets-Johnstone, Maxine, 138

Short, Roger, 291, 292 siamang, v. gibón

sifaka de Verreux (Propithecus verreaxi), 138

sifonóforo, 619, 620

- v. también Physalia

Silúrico, periodo, 40, 433, 434, 443 siluro eléctrico (Malapterus) 332 simbiosis, 661, 704, 720

simetría,

- bilateral, 501-502, 515, 520, 561-

562, 610, 613, 616, 634; v.

también bilaterios

- radial, 501, 517, 521, 561, 562,

613, 615, 635, 651; v. también

radiados simios,

- africanos, 146, 160, 169-174

- asiáticos, 169-174

Simonyi, Charles, 18

Simpson, G. C., 18, 297, 299

 

Sinanthropus, v. Ergaster sincitio, 554, 651, 659

Singer, Peter, 165

sirénidos, 282, 302, 303, 307

- v. también dugongo; manatí vaca marina de Steller

sistema nervioso, 213, 222, 495,

503, 615, 643

- v. también cordón nervioso

Sivapithecus,  169-173

Slack, Jonathan, 841

Smolin, Lee, 24

Snoeks, Joe, 461

sociobiología, 620

solitario de Rodríguez (P. solitaria), 376

sónar, 273, 599, 621

sonidos, y reclamos de apareamiento, 43, 322, 423

Southwood, Richard, 625, 808

Spalding, Douglas, 278

Spiegelman, Sol, 756, 760

- monstruo de, 759-760

SRY, 196, 197

St Hilaire, Geoffroy, 521 Stebbins, Robert, 408, 409, 410

Stewart, Caro-Beth, 169, 171-174

Stringer, Christopher, 101

Sudamérica, 97, 159, 179, 205-209,

227, 238, 256, 272, 295-300,

309, 312-313, 319-321, 331-332,

374, 383-397, 433, 548,

767-771

Sumper, M., 759, 760

superposición, ley de, 37, 409, 422,

678, 679, 721

Sutherland, J. L., 698, 699, 700

Swift, Jonathan, 701, 702

Syed, T., 639

Szathmáry, Eörs, 800

 

 

 

876

 

índice analítico

 

 

tábano, 779, 780

Tácito, 43

tacto, sentido del, 447, 482, 520,

554, 571, 618, 682, 700, 747

tafonomía, v. fósil

tamarino (Saguinus), 206, 217 Tamm, S. L., 701

Tanganyika, lago, 455-460

tapetum lucidum, 225, 227, 228 Taq, v. Thermus aquaticu tardígrado, 506, 507, 511, 736

tarsero (Tarsius), 225-228, 251

Tasmania, 77, 78, 81, 104, 310-317

- tigre de, v. tilacino Tatum, E. L., 661

taxonomía, 52, 58, 188, 191, 251,

252, 271, 375, 400, 508, 509,

659, 804

- molecular, 58, 400, 508, 659 Taylor, C. R., 138

tectónica de placas, 32, 234, 384,

392-395, 398, 627, 628

teleósteo, 343, 407, 443, 445, 447,

448-452, 468, 475

Telicomys, 256

Templeton, Alan, 95-97, 105, 569

tenrec, 72, 236, 246, 271, 301-303

- sin cola (Tenrec ecaudatus), 178 terápsido, 344-347

teredo, 513 termitas (Isópteros)

- cooperación en las, 554

- de Darwin (Mastotermes darwiniensis), 695-698

- microorganismos en el interior de las, 697-698

- y cultivo de hongos, 528 testículos, tamaño de los, 84, 161,

291-293, 643, 861

Tetis, mar de, 385, 399

 

tetrápodo, 339, 404, 405, 407, 433,

434, 436, 452

Teuber, H. L., 547

Thermus aquaticus, 715, 726, 733

Thomson, Keith, 439, 441, 843

Thrinaxodon, 344

tiburón, 475, 479, 775

- ballena (Rhincodon typus), 474

- del Mioceno (Carcharocles megalodon), 471, 474

- enano (S. laticaudus), 474 Tiger, Lionel, 537

tigre, 52, 262-264, 316, 427, 532

tilacino, 316, 317, 854

tinamú, 350, 351, 384

Tinbergen, Niko, 526

Tinman, 564

tití enano (Callithrix pygmaea), 206, 210, 292, 879

Tobias, Phillip, 109, 135 topo,

- de nariz estrellada (Condylura cristata), 334, 335

- dorado (Crisoclóridos), 303, 314

- euroasiático (Tálpidos), 314-315

- marsupial (Notoryctes), 147,  300,

310-311, 314-318

- «topúnculo» 336-337

tortuga, 185, 211, 214, 281, 339,

342, 349-351, 437, 779

Toumai (Sahelanthropus tchadensis), 144-147, 149, 156, 370

toxodonte, 300, 880

Tradescant, John, 375, 376

transcripción, 46,  164 Tree of Life, proyecto, 343 triangulación (de ADN o

morfología), 35, 48-51, 111

Triásico, periodo, 40, 340-347

 

 

 

877

 

el cuento del antepasado

 

 

Triceratops, 351

Trichoplax, 614, 637-642, 814

tricotomía, 182, 693

trigo (Triticum), 63-64, 736

- intolerancia al, 63

trilobites, 33, 331, 340, 510, 584

- asimetría de marcas de mordiscos en los, 518

- más grande que se conoce (Isotelus rex), 510

triok (Dactylopsila), 233

tripanosoma, 690, 693

triploblastia, 613

Triticum, 64

tritón, v. salamandra, 399, 404, 428,

429, 655

Trivers, Robert L., 140, 284

tuatara (Sphenodon), 349-351

Tudge, Colin, 55, 251, 809

Tulerpeton, 405

tupaya, v. musaraña, 10, 247-252,

255, 733, 810

Turkana, lago, 108, 109, 112, 113,

134, 151

Turnip Townsend, 56

Turvey, Sam, 18, 331, 376, 403, 518

Twain, Mark, 21, 792

Tyrannosaurus, 120, 351

Tyson, Edward, 165

 

ualabí, 211, 317

Ultrabithorax, 557

«undulipodio», 698, 718

ungulado, 179, 271-276, 287, 297-

300, 311

- de dedos impares (Perisodáctilos), 269-270, 274

- de dedos pares (Cetartiodáctilos), 269-270,

274-275

 

- v. también notoungulado, uralo-yucaguira, familia, 49 Urey, H. C., 743

 

vaca marina de Stebbins, 307 vaca marina, v. manatí, 307 vacuola, 663

Van Alphen, Jacques, 457, 458

variación genética, 354, 355, 539,

552, 731

- v. también mutación

«vecino más próximo», método del, 188, 191

vejiga natatoria, 449-451, 473, 620

Velella, 619, 620

Venter, Craig, 71, 729 Venus de Willendorf, 66 Verheyen, Erik, 461 vertebrados

- globinas en los, 483-485

- notocordio en los embriones de los, 482-483

- plan corporal modular en los, 559-562

- primeros, 480-485

- transición a tierra firme, 27, 48 vestido, invención del, 365

víbora de fosetas (Crotálidos), 212 Victoria, lago, 144, 201, 453-463,

805

Victoria, reina, 84, 86-87

Victoriapithecus, 201

vicuña (Vicugna vicugna), 298 vida, origen de la, 29-32, 734-744,

750-754, 759-763, 767, 771

vieira (Pectínidos), 513, 776

«vieja arenisca roja», 38 Viejo Testamento, 44

VIH, 97

virus, 371, 414, 739, 757, 759

 

 

 

878

 

índice analítico

 

 

visión,

- cromática, 210-212, 215, 219,

227, 772

- dicromática, 216

- en infrarrojos, 715

- en ultravioleta, 213-214

- tricromática, 211-212, 214, 220 vitamina

- A, 215

- D, 548

viviparismo, 402

volcánica, actividad, 241, 394

vuelo, 567-568, 776, 784, 797

- v. también aves, no voladoras,

 

Wake, David, 408

Wallace, Alfred Russel, 363-364, 736

Ward, Lalla, 18

Warren, Nicky, 18

Watson, James, 755-757

Wegener, Alfred, 392-393

Weinberg, Steven, 23

Weiner, Jonathan, 359 Wells, H. G., 540

West, Geoffrey, 673-674

 

West-Eberhard, Mary Jane, 796 Westoll, T. S., 435

Wheeler, John Archibald, 763

Whippo, hipótesis, 275

White, Tim, 101, 136

Williams, George C., 565, 574, 643,

798

Wilson, E. O., 237, 361, 620 Wilson, H. V., 645-646

Woese, Carl, 711, 730

Wolfe, Tom, 369

Wolpert, Lewis, 505

Wong, Yan, 17, 32, 608 Wray, G. A., 587

Wright, hermanos, 784-785, 791

Wyman, Jeffries, 164

 

Xenoturbella, 499, 501

 

Zahavi, A., 366

Zardoya, Rafael, 436

zarigüeya (Didélfidos), 71, 232,

299, 310-314

Zinjanthropus, 133

zorro plateado (Vulpes vulpes), 57

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