© Libro N° 6136.
De Matasanos A Cirujanos. Fitzharris, Lindzey. Emancipación. Junio 22 de 2019.
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original: © De
Matasanos A Cirujanos. Lindzey Fitzharris
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De Matasanos A Cirujanos
Lindzey Fitzharris
A mi
abuela, Dorothy Sissors,
acicate
de mi vida
Prólogo
La
era el sufrimiento
Cuando
un científico distinguido pero anciano afirma que algo es posible, es casi
seguro que tenga razón.
Cuando
afirma que algo es imposible, es casi seguro que esté equivocado.[1]
ARTHUR C. CLARKE
La
tarde del 21 de diciembre de 1846, cientos de hombres se agolpaban en la sala
de operaciones [I] del hospital University College, donde el cirujano más
famoso de la ciudad se preparaba para fascinarlos con la amputación de una
pierna por la mitad del muslo. Cuando se presentaron allí, no sabían que iban a
ser testigos de uno de los momentos estelares de la historia de la medicina.
La
sala de operaciones se hallaba atestada de estudiantes de medicina y
espectadores curiosos, muchos de los cuales llevaban consigo la suciedad y la
mugre de la vida cotidiana en el Londres victoriano. El cirujano John Flint
South comentó que las avalanchas y las peleas por conseguir un sitio en una
sala de operaciones no eran diferentes de las que se producían por conseguir un
asiento en el patio de butacas o el palco de un teatro [2]. Los asistentes se
apretujaban como sardinas enlatadas, en las últimas filas eran constantes los
empujones para ver mejor, y a menudo se oía gritar « ¡Esas cabezas!» cada vez
que a alguien se le interponía una. En ocasiones había en esas salas tal
cantidad de gente hacinada que el cirujano no podía operar hasta que se hubiera
despejado parcialmente. A pesar de que era diciembre, el ambiente allí dentro
era sofocante, rayando en lo insoportable. Y el calor resultante del
hacinamiento de los cuerpos resultaba insufrible.[3]
El
público estaba compuesto por un grupo de hombres eclécticos, algunos de los
cuales no eran ni médicos ni estudiantes de medicina. En las dos primeras filas
de una sala de operaciones solían estar los hospital dressers, como se conocía
a los auxiliares que acompañaban a los cirujanos en sus rondas y que
transportaban las cajas con los materiales necesarios para vendar heridas.
Detrás de ellos se colocaban los alumnos, que no dejaban de darse empujones y
cuchichear en las últimas filas, así como invitados de honor y otros miembros
del público [4].
El
voyerismo médico no era nada nuevo. Había comenzado en los escasamente
iluminados anfiteatros anatómicos del Renacimiento, donde cuerpos de criminales
ejecutados eran diseccionados ante espectadores cautivados como si se tratara
de un castigo adicional por sus crímenes. Previo pago, los espectadores
observaban a los anatomistas extraer del vientre de cadáveres ya en
descomposición vísceras de las que no solo brotaba sangre, sino también fétido
pus [5]. La macabra demostración se acompañaba en ocasiones de las rítmicas y
nada apropiadas notas de una flauta. Las disecciones públicas eran «teatrales»,
una forma de entretenimiento tan popular como las peleas de gallos o el
hostigamiento a osos. Pero no todo el mundo tenía estómago para contemplar
aquello. El filósofo francés Jean-Jacques Rousseau dijo de esta experiencia: «
¡Qué espectáculo tan horrendo es un teatro anatómico! ¡Cadáveres apestosos,
carne amoratada, sangre, intestinos repugnantes, horribles esqueletos, vapores
pestilentes! Creedme cuando os digo que ese no es el sitio donde yo buscaría
entretenimiento [6]».
La
sala de operaciones del hospital University College se parecía más o menos a
otras existentes en la ciudad. Consistía en una plataforma parcialmente cerrada
por gradas semicirculares que ascendían hasta una gran claraboya que iluminaba
la zona central. Los días en que las nubes ocultaban el sol, gruesas bujías
alumbraban la escena. En el centro de la sala había una mesa de madera con
señales reveladoras de carnicerías anteriores. Debajo de la mesa se había
esparcido serrín por el suelo para que absorbiera la sangre que pronto brotaría
de la extremidad amputada. Casi todos los días, los gritos de los que se
sacudían bajo el cuchillo se fundían discordantes con los ruidos cotidianos de
la avenida: risas de niños, charlas de gente y tránsito de carruajes.
En
la década de 1840, la cirugía era una práctica repulsiva con muchos peligros
ocultos. Debía evitarse a toda costa. Los riesgos no eran pocos, y muchos
cirujanos se negaban en redondo a operar. Se prefería limitar su alcance al
tratamiento de dolencias externas, como afecciones de la piel y heridas
superficiales. Los procedimientos invasivos eran escasos y distantes en el
tiempo, y este era uno de los motivos por los que tantos espectadores acudían a
las salas de operaciones cuando había una intervención quirúrgica. En 1840, por
ejemplo, solo se realizaron ciento veinte operaciones en la Royal Infirmary de
Glasgow. La cirugía era siempre el último recurso, y solo se llevaba a cabo en
casos de vida o muerte [7].
El
médico Thomas Percival aconsejaba a los cirujanos cambiar sus delantales y
limpiar la mesa y los instrumentos entre intervenciones, no con fines
higiénicos, sino para evitar «todo lo que pudiera infundir horror [8]». Pocos
seguían sus consejos. El cirujano operaba con un delantal manchado de sangre,
rara vez se lavaba las manos o los instrumentos, y llevaba a la sala el
inconfundible olor a carne podrida al que los de su profesión se referían
alegremente como la «vieja y buena peste de hospital».
Cuando
los cirujanos creían que el pus era una parte natural del proceso de curación,
en lugar de una siniestra señal de sepsis, la mayoría de las muertes estaban
causadas por infecciones postoperatorias. Las puertas de aquellas salas eran
las puertas de la muerte. Resultaba más segura una operación en casa que en un
hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas
que en el ámbito doméstico. Ya en 1863, Florence Nightingale declaró: «La
mortalidad real en los hospitales, especialmente en los de las ciudades grandes
y superpobladas, es muy superior a la que se esperaría de cualquier cálculo de
la mortalidad por la misma clase de enfermedades entre los pacientes tratados
fuera del hospital [9]». Pero recibir tratamiento en casa era caro.
Las
infecciones y la suciedad no constituían los únicos problemas. La cirugía era
dolorosa. Durante siglos se buscó la manera de que lo fuera menos. Aunque el
óxido nitroso había sido reconocido como analgésico desde que el químico Joseph
Priestley lo sintetizara en 1772, el «gas de la risa» no se usaba normalmente
en la cirugía porque no se confiaba en sus resultados. El mesmerismo —que debe
su nombre al médico alemán Franz Anton Mesmer, inventor en la década de 1770 de
la técnica hipnótica— tampoco había hallado aceptación en la práctica médica
corriente del siglo XVIII. Mesmer y sus seguidores creían que cuando ponían sus
manos en los pacientes ejercían alguna influencia física sobre ellos. A su
parecer, esta influencia producía cambios fisiológicos positivos que ayudaban a
los pacientes a sanar, además de conferirles poderes psíquicos. La mayoría de
los médicos no estaban convencidos.
El
mesmerismo gozó de un breve resurgimiento en Gran Bretaña durante la década de
1830, cuando el médico John Elliotson comenzó a realizar demostraciones
públicas en el hospital University College durante las cuales dos de sus
pacientes, Elizabeth y Jane O’Key, eran capaces de predecir el destino de otros
pacientes del hospital. Bajo la influencia hipnótica de Elliotson, afirmaban
ver a Big Jacky (nombre que daban a la muerte) flotando sobre las camas de los
que más tarde morirían. Pero cualquier interés serio que pudiera haber por los
métodos de Elliotson duró muy poco. En 1838, el director de The Lancet, la
principal revista médica del mundo, tendió a las hermanas O’Key una trampa y
estas confesaron su fraude, desenmascarando a Elliotson como un charlatán.
El
escándalo todavía seguía fresco en la memoria de los asistentes al hospital
University College la tarde del 21 de diciembre, cuando el renombrado cirujano
Robert Liston anunció que había probado la eficacia del éter en un paciente. «
¡Caballeros, hoy vamos a intentar emplear el truco yanqui para hacer
insensibles a los hombres!» [10], declaró mientras se dirigía al centro del
escenario. En cuanto empezó a hablar, se hizo un silencio absoluto en la sala.
Al igual que el mesmerismo, el uso del éter era visto como una técnica
extranjera sospechosa para dejar a las personas en un estado de conciencia
bajo. Se lo denominaba el «truco yanqui» porque había empezado a usarse como
anestésico general en Norteamérica. El éter se había descubierto en 1275, pero
sus efectos estupefacientes se sintetizaron en 1540, cuando el botánico y
químico alemán Valerius Cordus elaboró una fórmula revolucionaria que consistía
en añadir ácido sulfúrico al alcohol etílico. Su contemporáneo Paracelso
experimentó con el éter en pollos y observó que cuando las aves bebían el
líquido, caían en un sueño prolongado y despertaban indemnes. Concluyó que la
sustancia «calma el sufrimiento sin perjuicio alguno y alivia el dolor, mitiga
las fiebres y evita complicaciones en toda enfermedad [11] ». Pero pasarían
varios cientos de años antes de que se probara en humanos.
Ese
momento llegó en 1842, cuando el médico Crawford Williamson Long protagonizó el
primer caso documentado de utilización del éter como anestésico general en una
operación para extirpar un tumor del cuello de un paciente en Jefferson,
Georgia. Desgraciadamente, Long no publicó los resultados de sus experimentos
hasta 1848. A esas alturas, el dentista de Boston William T. G. Morton se había
hecho famoso en septiembre de 1846 por haber usado el éter en un paciente
mientras le extraía una pieza dental. Un periódico publicó un informe sobre
este procedimiento eficaz e indoloro, lo que indujo a un destacado cirujano a
pedirle a Morton que le ayudara en una operación de extracción de un gran tumor
en el maxilar inferior de un paciente en el hospital General de Massachusetts.
El
18 de noviembre de 1846, el doctor Henry Jacob Bigelow escribió lo siguiente
sobre este avance en The Boston Medical and Surgical Journal: «Durante mucho
tiempo, idear un método para mitigar el dolor en las operaciones quirúrgicas ha
supuesto un problema importante en la ciencia médica. Pero por fin se ha
descubierto un agente eficaz para este propósito [12] ». Bigelow describía a
continuación cómo Morton había administrado al paciente lo que él llamaba
«letheon» antes de comenzar la operación. Se trataba de un gas bautizado con el
nombre del río Leteo de la mitología clásica, que hacía que las almas de los
muertos olvidaran sus vidas terrenales. Morton, que había patentado la
composición del gas poco después de la operación, mantuvo en secreto sus componentes,
incluso para los cirujanos. Sin embargo, Bigelow reveló que en él podía
detectarse el olor dulzón del éter. Cuando los cirujanos se apresuraron a
probar los efectos del éter en sus pacientes, la noticia de la sustancia
milagrosa capaz de dejar a las personas inconscientes durante la cirugía se
extendió rápidamente por todo el mundo.
El
médico estadounidense Francis Boott recibió en Londres una carta en la que
Bigelow le informaba con todo detalle de los hechos cruciales acontecidos en
Boston. Intrigado, Boott persuadió al cirujano dental James Robinson para que
usara el éter en alguna de sus muchas extracciones dentales. El experimento
tuvo tal éxito que Boott corrió al hospital University College para hablar
aquel mismo día con Robert Liston.
Liston
era escéptico, aunque no lo bastante para dejar pasar la oportunidad de probar
algo nuevo en la sala de operaciones. Por lo menos ofrecería un buen
espectáculo, algo por lo que era conocido en todo el país. Accedió a utilizar
el éter en su siguiente operación, programada para dos días después.
* *
* *
Liston
se presentó en Londres en un momento en que los «médicos caballeros» tenían un
poder y una influencia considerables sobre la comunidad médica. Formaban parte
de la élite gobernante y ocupaban la cima de una pirámide facultativa. Actuaban
como guardianes de su profesión, admitiendo solo a hombres que a su juicio eran
de buena cuna y elevado nivel moral. Eran estudiosos con muy poca praxis que
utilizaban sus mentes, y no sus manos, para tratar a los pacientes. Su
formación se basaba en los clásicos. Durante esa época era frecuente que los
médicos prescribieran un tratamiento sin realizar primero un examen físico. De
hecho, algunos dispensaban consejos médicos solo a través de cartas, sin ver
antes al enfermo.
En
cambio, los cirujanos provenían de una larga tradición centrada en la formación
basada en la experiencia, y su valía dependía en gran medida de la competencia
de sus maestros. La suya era una labor práctica que debía enseñarse mediante el
precepto y el ejemplo. Muchos cirujanos de las primeras décadas del siglo XIX
no habían estudiado en la universidad. Algunos eran incluso iletrados.
Inmediatamente por debajo de ellos estaban los boticarios, cuya misión era
dispensar fármacos. En teoría, existía una clara separación entre el cirujano y
el boticario. Pero en la práctica un hombre que había sido aprendiz de cirujano
también podía trabajar como boticario, y viceversa. Esto originó una cuarta
categoría no oficial: la del «cirujano-boticario», que era similar a la del
actual médico de cabecera. El cirujano-boticario era el médico de primera
instancia para los pobres, sobre todo fuera de Londres.
Despuntaba
el año 1815 cuando una forma de educación sistemática empezó a implantarse en
el mundo médico, impulsada en parte por una demanda de uniformidad que iba
extendiéndose por el país frente a un sistema fragmentado. Para los estudiantes
de cirugía de Londres, la reforma conllevó la necesidad de asistir a clases y
recorrer las salas de los hospitales durante un mínimo de seis meses antes de
obtener una licencia del cuerpo administrativo de la profesión: el Real Colegio
de Cirujanos. Por toda la capital empezaron a proliferar los hospitales de
enseñanza, el primero en Charing Cross en 1821, al que siguieron el hospital
University College y el King’s College en 1834 y 1839, respectivamente. Si
alguien quería ir un paso más allá y hacerse miembro del Real Colegio de
Cirujanos, tenía que dedicar al menos seis años a la formación profesional, que
requería tres años en un hospital, presentar por escrito informes de seis o más
casos clínicos y someterse a un agotador examen de dos días que a veces incluía
disecciones y operaciones practicadas en un cadáver.
El
cirujano inició así su evolución de técnico mal formado a moderno especialista
quirúrgico en esas primeras décadas del siglo XIX. Como profesor en uno de los
hospitales de enseñanza recién construidos en Londres, Robert Liston fue una
figura muy importante en esa transformación.
De
un metro ochenta y nueve de estatura, Liston era veinte centímetros más alto
que el varón británico de estatura media [13]. Había basado su reputación en la
fuerza bruta y la rapidez en una época en que ambas habilidades eran
fundamentales para la supervivencia del paciente. Los que acudían a presenciar
una operación podían perderse algo si apartaban la vista siquiera un instante.
Los colegas de Liston decían que cuando amputaba, «al brillo de su cuchillo le
seguía tan instantáneamente el ruido del aserrado que ambos actos parecían casi
simultáneos [14] ». Se decía que tenía el brazo izquierdo tan fuerte que podía
usarlo como torniquete mientras manejaba el cuchillo con la mano derecha. Una
auténtica proeza, pues requería una fuerza y una destreza inmensas; de hecho,
los pacientes solían revolverse contra el miedo y el dolor intenso que les
causaba la actividad del cirujano. Liston era capaz de amputar una pierna en
menos de treinta segundos, y para tener las dos manos libres a menudo sostenía
el cuchillo ensangrentado entre los dientes mientras trabajaba.
La
rapidez de Liston era al mismo tiempo un don y una maldición. En una ocasión,
seccionó de manera accidental el testículo de un paciente junto con la pierna
que estaba amputando. Su percance más famoso (y posiblemente apócrifo) lo tuvo
en una operación durante la cual actuó con tanta rapidez que cortó tres dedos
de su ayudante y, al cambiar de cuchillo, hizo un tajo en el abrigo de un
espectador. Tanto el ayudante como el paciente murieron más tarde de gangrena y
el desafortunado espectador falleció allí mismo de la impresión. Es la única
cirugía de la historia de la que se dice que tuvo una tasa de mortalidad del
300 por ciento.
Los
riesgos de shock y el dolor limitaban los tratamientos quirúrgicos antes de
aparecer los anestésicos. Un texto quirúrgico del siglo XVIII decía: «Los
métodos dolorosos son siempre los últimos remedios en manos de un hombre que
sea verdaderamente capaz en su profesión; y son el primer recurso, o más bien
el único, de aquel cuyo conocimiento se reduce al arte de operar [15] ».
Quienes estaban en situación tan desesperada para tener que someterse al
cuchillo debían soportar un dolor inimaginable.
Las
lesiones vistas en las salas de operaciones también podían afectar a los
estudiantes espectadores. El obstetra escocés James Y. Simpson huyó de una
amputación de mama cuando estudiaba en la Universidad de Edimburgo. Ver los
tejidos blandos levantados con un instrumento similar a un gancho y al cirujano
preparándose para hacer dos largas incisiones alrededor del pecho fue excesivo
para él. Se marchó abriéndose paso entre la multitud, salió de la sala, cruzó
todas las puertas del hospital y se dirigió a Parliament Square, donde declaró
con el aliento entrecortado que quería estudiar Derecho. Por fortuna para la
posteridad, Simpson —que descubriría el cloroformo— fue disuadido de cambiar de
disciplina [16].
Aunque
Liston era muy consciente de lo que esperaba a sus pacientes en la mesa de
operaciones, a menudo minimizaba los horrores para que no se pusieran
nerviosos. Apenas unos meses antes de su experimento con el éter amputó la
pierna de un niño de doce años llamado Henry Pace, que sufría una hinchazón
tuberculosa en la rodilla derecha. El chico preguntó al cirujano si la
operación le dolería, y Liston respondió: «No más que sacarte un diente [17] ».
Cuando llegó el momento de la amputación, llevaron a Pace a la sala con los
ojos vendados y sujetado por los ayudantes de Liston. El muchacho contó seis
cortes de sierra antes de que su pierna cayera. Sesenta años después relataría
su caso a los estudiantes de Medicina del University College de Londres —sin
duda, todavía con el horror de la experiencia fresco en su memoria—, sentado en
el mismo hospital en el que había perdido la extremidad [18].
Como
muchos cirujanos que operaban en una era pre anestésica, Liston había aprendido
a armarse de valor ante los gritos y las protestas de los enfermos atados a la
mesa de operaciones salpicada de sangre. En una ocasión, un paciente de Liston
que había ido a que le extrajeran un cálculo de la vejiga huyó aterrorizado de
la sala de operaciones y se encerró en el lavabo cuando iba a comenzar la
intervención. Liston salió tras él con paso decidido, rompió la puerta y llevó
a rastras al paciente, que no dejaba de gritar, de nuevo a la sala de
operaciones. Allí lo ató antes de pasarle un tubo metálico curvado por el pene
para llegar a la vejiga. Luego deslizó un dedo por el recto para palpar la
piedra. En cuanto Liston la localizó, su ayudante retiró el tubo metálico y lo
sustituyó por una vara de madera que sirvió de guía para que el cirujano no
rompiera fatalmente el recto o los intestinos del paciente al comenzar a cortar
dentro de la vejiga. Una vez que la vara estuvo en su sitio, Liston hizo una
incisión diagonal a través del músculo fibroso del escroto hasta alcanzar la
vara de madera. A continuación, utilizó la sonda para ensanchar el orificio,
rasgando la próstata en el proceso. En este punto, retiró la vara y utilizó
pinzas para extraer la piedra de la vejiga.
Liston
—de quien se decía que tenía el cuchillo más rápido del West End— hizo todo
esto en poco menos de sesenta segundos.
* *
* *
Pocos
días antes de Navidad, el veterano cirujano mostró un frasco al personal
reunido en la nueva sala de operaciones del University College de Londres. Se
trataba de éter líquido, que acabaría con la necesidad de llevar a cabo las
operaciones con rapidez. Si lo que aseguraban los estadounidenses era cierto,
la cirugía podía cambiar para siempre. Sin embargo, Liston no dejaba de
preguntarse si el éter no sería más que otro producto de la charlatanería que
tendría poca o ninguna aplicación útil en ella.
Había
mucha tensión. Apenas quince minutos antes de que Liston entrara en la sala de
operaciones, su colega William Squire se había dirigido a la nutrida
concurrencia para pedir un voluntario con quien practicar. Un nervioso murmullo
recorrió la sala. Squire sostenía en la mano un aparato que parecía un narguile
árabe de vidrio con un tubo de goma y una máscara con forma de campana. Había
diseñado el aparato el tío de Squire, un farmacéutico de Londres, y dos días
antes lo había utilizado el cirujano dental James Robinson para extraer una
muela. Los asistentes lo encontraban extraño. Ninguno de ellos se atrevió a que
experimentaran con él.
Exasperado,
Squire ordenó a Shelldrake, el portero de la sala, que se sometiera a la
prueba. No era la mejor opción, porque estaba «obeso y pletórico, y tenía un
hígado sin duda muy acostumbrado a los licores fuertes [19] ». Squire colocó
suavemente el aparato sobre el rostro carnoso del hombre. Tras unas cuantas
aspiraciones profundas de éter, el portero saltó de la mesa y huyó de la sala,
maldiciendo al cirujano y al público con toda la capacidad de sus pulmones.
No
habría más pruebas. El momento ineludible había llegado.
A
las dos y veinticinco de la tarde, llevaron a Frederick Churchill —mayordomo de
treinta y seis años de Harley Street— en camilla. El joven padecía
osteomielitis crónica de la tibia, una infección ósea bacteriana que le había
inflamado y torcido mucho la rodilla derecha. Se le había practicado la primera
operación tres años antes; le habían abierto la zona inflamada y extraído «unos
cuantos cuerpos de formación irregular» cuyo tamaño variaba desde el de un
guisante hasta el de una haba grande. El 23 de noviembre de 1846, Churchill
volvió al hospital. Días después, Liston le hizo una incisión en la rodilla e
introdujo por ella una sonda. Liston buscó el hueso, con las manos sin lavar,
para asegurarse de que no estaba suelto. Ordenó que la abertura se lavara con
agua caliente, luego se vendase y se permitiera al paciente descansar. Pero a
los pocos días el estado de Churchill empeoró. Pronto experimentó un dolor
agudo que se propagaba desde la cadera hasta los dedos de los pies. Esto volvió
a ocurrirle tres semanas más tarde, y Liston decidió amputarle la pierna.
Churchill
fue trasladado a la sala en camilla y lo colocaron sobre la mesa de madera. En
el caso de que el éter no surtiera efecto, dos ayudantes allí presentes
tendrían que sujetar al aterrorizado paciente mientras Liston le seccionaba la
extremidad. A una señal de Liston, Squire se adelantó y puso la máscara sobre
la boca de Churchill. Al cabo de unos minutos, el paciente estaba inconsciente.
Entonces Squire colocó un paño empapado en éter sobre la cara de Churchill para
asegurarse de que no se despertara durante la operación. Asintió con la cabeza
a Liston y dijo: «Creo que dormirá, señor [20] ».
Liston
abrió un estuche alargado y sacó un cuchillo de amputación de su propia
invención. Aquella tarde, un observador del público advirtió que el instrumento
debía de ser uno de sus favoritos, pues en el mango había pequeñas muescas que
mostraban el número de veces que lo había usado [21]. Liston pasó la uña del
pulgar por la hoja para probar el filo. Satisfecho y seguro de que haría bien
su trabajo, dio instrucciones a su ayudante, William Cadge, para «sacar la
arteria» y luego se volvió hacia el público.
«
¡Ahora, caballeros, calculen el tiempo!», gritó. Una oleada de clics resonó en
cuanto los asistentes sacaron los relojes de bolsillo de los chalecos y los
abrieron. Liston se volvió hacia el paciente y sujetó firmemente con la mano
izquierda el muslo del hombre. Con un movimiento rápido, hizo una incisión
profunda por encima de la rodilla derecha. Uno de sus ayudantes aplicó de
inmediato un torniquete alrededor de la pierna para detener la hemorragia
mientras Liston introducía los dedos bajo la piel para tirar de ella. El
cirujano hizo otra serie de maniobras rápidas con el cuchillo, dejando a la
vista el fémur. Luego hizo una pausa.
Eran
muchos los cirujanos a los que intimidaba la tarea de serrar un hueso. A
principios del siglo XIX, Charles Bell había advertido a los estudiantes que
era preciso serrar de forma lenta y concienzuda [22]. Incluso aquellos que eran
expertos en hacer incisiones podían perder la paciencia a la hora de cortar la
extremidad. En 1823, Thomas Alcock observó que la humanidad «se estremecería
con la idea de que hombres sin otra experiencia que el uso cotidiano del
cuchillo y el tenedor presumieran de operar con las manos no consagradas a
semejantes sufrientes».[23] Recordó la escalofriante historia de un cirujano
cuya sierra se quedó tan trabada en el hueso que no podía moverla. Su
contemporáneo William Gibson aconsejaba a los principiantes que practicasen con
un pedazo de madera para evitar esas situaciones de pesadilla [24].
Liston
pasó el cuchillo a uno de los ayudantes, que a cambio le entregó una sierra.
Este apartó los músculos, que luego se utilizarían para formar un muñón en el
amputado. El gran cirujano hizo media docena de aserramientos antes de que el
miembro cayera en las manos de un segundo ayudante, que lo arrojó con rapidez a
una caja llena de serrín situada junto a la mesa de operaciones.
Mientras
tanto, el primer asistente aflojaba un instante el torniquete para dejar a la
vista las arterias y venas cortadas que habría que atar. En una amputación a la
mitad del muslo suelen haber generalmente once, que es necesario cerrar con una
ligadura. Liston ató la arteria principal con un nudo marinero, y luego centró
su atención en los vasos más pequeños, que levantó uno a uno usando un gancho
agudo llamado «tenáculo». El ayudante aflojó el torniquete una vez más mientras
Liston cosía la carne restante.
Liston
tardó veintiocho segundos en amputar la pierna derecha de Churchill, durante
los cuales el paciente ni se revolvió ni gritó. Se cuenta que, al despertarse
unos minutos más tarde, el joven preguntó cuándo comenzaría la operación; le
respondieron señalándole el muñón elevado, para diversión de unos espectadores
asombrados por lo que acababan de presenciar. Con el rostro resplandeciente por
la emoción del momento, Liston anunció: «Caballeros, este truco yanqui acaba
con el mesmerismo».
La
era del sufrimiento tocaba a su fin.
* *
* *
Dos
días después, el cirujano James Miller leía una carta que Liston había escrito
apresuradamente a sus estudiantes de medicina de Edimburgo, «anunciando con
entusiasmo que una nueva luz había brotado en la cirugía[25]». Durante los
primeros meses de 1847, ambos cirujanos y celebridades curiosas acudieron a las
salas de operaciones para presenciar el milagro del éter. Todos, desde sir
Charles Napier, gobernador colonial de lo que hoy es una provincia de Pakistán,
hasta el príncipe Jérôme Bonaparte, el hermano menor de Napoleón I, quisieron
ver en persona los efectos del éter.
Se
acuñó el término «eterización», y los periódicos de todo el país celebraron su
uso en la cirugía. Se difundió la noticia de sus poderes. «No hay en la
historia de la medicina un éxito comparable al obtenido con el uso del éter»,
afirmaba el Exeter Flying Post [26]. Del éxito de Liston también se hizo eco el
People’sJournal: «Oh, qué bendición para cualquier corazón sensible […] el
anuncio de este noble descubrimiento de la posibilidad de calmar el dolor y
velar los ojos y la memoria de todos los horrores de una operación. […]. ¡HEMOS
VENCIDO AL DOLOR!» [27].
Igual
de trascendental que el triunfo de Liston con el éter fue la presencia aquel
día de un joven llamado Joseph Lister, que había permanecido sentado en
silencio en la última fila de la sala. Mientras la abandonaba y se encaminaba a
Gower Street, deslumbrado y fascinado por un hecho tan espectacular, el
inquieto alumno de medicina se dio cuenta de que la naturaleza de su futura
profesión cambiaría para siempre. Ni él ni sus compañeros presenciarían jamás
«una escena tan horrible y angustiosa» como la que observó William Wilde, un
estudiante de cirugía que fue testigo, a su pesar, de una operación de
extirpación del globo ocular de un paciente sin anestesia [28]. Tampoco
sentirían la necesidad de huir, como había hecho John Flint South, siempre que
los gritos de los que sufrían las carnicerías quirúrgicas se hicieran
insoportables [29].
Sin
embargo, mientras Lister cruzaba la multitud de espectadores que se estrechaban
las manos y se felicitaban por la elección de su profesión y por aquella
señalada victoria, era consciente de que el dolor constituía solo uno de los
impedimentos para una buena operación quirúrgica.
Sabía
que durante miles de años la amenaza de la infección, siempre presente, había
restringido la actividad del cirujano. Abrir el abdomen, por ejemplo, era una
intervención comúnmente fatal a causa de las infecciones. También el tórax
estaba fuera de los límites de la cirugía. Los médicos solían tratar las
afecciones internas —de ahí el concepto «medicina interna», aún en uso—, y los
cirujanos, las periféricas: laceraciones, fracturas, úlceras de la piel y
quemaduras. Solo en las amputaciones penetraba hondo el cuchillo del cirujano
en el cuerpo del paciente. Sobrevivir a la operación era una cosa; una
recuperación completa, otra muy distinta.
Y
resultó que, en las dos décadas inmediatamente posteriores a la popularización
de la anestesia, las consecuencias de la cirugía empeoraron. Con su nueva
confianza en operar sin ocasionar dolor, los cirujanos estuvieron cada vez más
dispuestos a utilizar el cuchillo, lo que aumentó los casos de infección
postoperatoria y shock. Las salas de operaciones se tornaron más sucias que
nunca al aumentar el número de intervenciones quirúrgicas. Los cirujanos, que
todavía desconocían las causas de las infecciones, operaban a múltiples
pacientes en sucesión utilizando los mismos instrumentos sin esterilizar en
cada ocasión. Cuanto más frecuentada estaba una sala de operaciones, menos
probable era que se tomaran las precauciones sanitarias más elementales. De los
enfermos sometidos al cuchillo, muchos morían o nunca se recuperaban por
completo, quedando discapacitados para el resto de sus vidas. Este problema era
universal. A los pacientes de todo el mundo les atemorizaba cada vez más la
palabra «hospital», y los cirujanos más expertos desconfiaban de su propia
habilidad [30].
Con
el triunfo de Robert Liston con el éter, Joseph Lister acababa de presenciar la
eliminación del primero de los dos principales obstáculos para una buena
cirugía: podía efectuarse sin dolor. Inspirado por lo que había visto la tarde
del 21 de diciembre, el muy perspicaz Joseph Lister pronto dedicaría el resto
de su vida a dilucidar las causas y la naturaleza de las infecciones
postoperatorias y a encontrarles una solución. A la sombra de uno de los
últimos grandes carniceros de la profesión, comenzaría otra revolución en la
cirugía.
Capítulo
1
A
través de las lentes
No pasemos por alto el grandísimo hecho
de que la ciencia no solo subyace a la escultura, la pintura, la música y la
poesía, sino que la ciencia es en sí misma poética. […] Los que se dedican a la
investigación científica constantemente nos demuestran que no perciben de
manera menos vívida, sino más vívida que otros, la poesía de sus materias.[31]
HERBERT
SPENCER
El
pequeño Joseph Lister se colocaba de puntillas para mirar por el ocular del
último microscopio compuesto de su padre. A diferencia de las versiones
plegables que los turistas introducían en el bolsillo y llevaban consigo en sus
viajes a la playa, el instrumento que tenía ante sí era grandioso: elegante,
espléndido, potente, todo un símbolo del progreso científico.
La
primera vez que miró por un microscopio, Lister se maravilló del intrincado
mundo que hasta entonces había permanecido oculto a su vista. Le atraía el
hecho de que la cantidad de objetos que podía observar bajo aquel sistema de
lentes parecía infinita. Una vez contempló con admiración «el corazón latiendo
con rapidez» y «la aorta pulsante» de un camarón [32]. Vio cómo la sangre
circulaba lentamente por la superficie de las extremidades y por encima del
corazón cuando la criatura se contoneaba bajo su mirada.
Lister
había nacido el 5 de abril de 1827 con total discreción. Sin embargo, seis
meses después su madre escribía entusiasmada a su marido en una carta: «El niño
se ha portado hoy como nunca de bien [33] ». Era el cuarto hijo del matrimonio
y el segundo varón de los siete que tuvieron Joseph Jackson Lister y su esposa
Isabella, dos devotos cuáqueros.
Mientras
crecía, Lister tuvo muchas oportunidades de explorar mundos microscópicos. La
simplicidad era el modo de vida de los cuáqueros. Lister no tenía permitido
cazar, participar en deportes o asistir al teatro. La vida era un don que debía
dedicarse a honrar a Dios y ayudar al prójimo, no a la búsqueda de
frivolidades. Esto hizo que muchos cuáqueros se interesasen por el mundo
científico, uno de los pocos pasatiempos permitidos por su fe. No era raro
encontrar entre ellos, aun en ambientes modestos, a un intelectual con notables
conocimientos científicos.
El
padre de Lister era un ejemplo. A los catorce años había dejado la escuela y se
había hecho aprendiz de su padre, un comerciante de vinos. Aunque en el período
victoriano muchos cuáqueros se abstenían de beber alcohol, su fe no lo prohibía
de modo explícito. El negocio de la familia Lister tenía siglos de antigüedad;
comenzó en una época en que la abstinencia aún no era lo más común entre los
cuáqueros. Joseph Jackson se hizo socio en el negocio paterno de los vinos,
pero fueron sus descubrimientos de óptica los que le darían renombre mundial
durante la infancia de Lister. El niño se interesó por la óptica cuando
descubrió que una burbuja atrapada en el cristal de la ventana del estudio
paterno actuaba como una lupa.
A
comienzos del siglo XIX, la mayoría de los microscopios se vendían como
juguetes para caballeros. Se guardaban en ricos estuches revestidos de lujoso
terciopelo. Algunos iban montados sobre bases cuadradas de madera con cajones
para accesorios, como lentes, varillas y otros adminículos que pocas veces se
usaban. La mayoría de los fabricantes suministraban a sus ricos clientes una
colección de portaobjetos preparados con secciones de huesos de animales,
escamas de pescado y delicadas flores. Por esa época, muy pocas personas
adquirían un microscopio con fines científicos serios.
Joseph
Jackson Lister fue una excepción. Entre 1824 y 1843 desarrolló una gran
devoción por este instrumento y se dispuso a corregir muchos de sus defectos.
La mayoría de las lentes provocaban distorsiones debidas a las diferentes
longitudes de onda de la luz, que se refractan en distintos ángulos a través
del vidrio. Esto producía un halo violáceo alrededor del objeto observado, un
efecto que llevó a muchos a desconfiar de las revelaciones del microscopio.
Joseph Jackson trabajó para corregir este fallo, y en 1830 presentó su lente
acromática, que eliminaba el molesto halo. Aunque atendía su negocio, Joseph
Jackson encontró tiempo para pulir lentes y traspasar los cálculos matemáticos
necesarios para su fabricación a algunos de los principales fabricantes de
microscopios de Londres. Su trabajo le valió la admisión en la Real Sociedad en
1832.
En
la primera planta de la casa donde vivía el pequeño Lister estaba el «museo»,
un cuarto lleno de centenares de fósiles y otros especímenes que varios
miembros de la familia habían reunido a lo largo de los años. Su padre quería
que cada uno de sus hijos le leyera algo por la mañana mientras se vestía. Su
biblioteca consistía en una colección de libros religiosos y científicos. Uno
de los primeros regalos que Joseph Jackson hizo a su hijo fue una obra en
cuatro tomos titulada Evenings at Home; or The Juvenile Budget Opened, que
contenía fábulas, cuentos de hadas e historia natural [34].
Lister
se libró de muchos de los peligrosos tratamientos médicos a los que fueron
sometidos algunos de sus coetáneos mientras crecían porque su padre creía en la
vis medicatrix naturae o «poder curativo de la naturaleza». Como muchos
cuáqueros, Joseph Jackson era un nihilista terapéutico, convencido de que la
Providencia desempeña el papel más importante en el proceso de curación. Creía
que la introducción de sustancias extrañas en el cuerpo era innecesaria y, a
veces, francamente peligrosa para la vida. En una época en que la mayoría de
las mezclas medicinales contenían drogas bastante perjudiciales, como la
heroína, la cocaína y el opio, las ideas de Joseph Jackson probablemente no
estaban muy equivocadas.
En
una familia que respetaba tanto estos principios sorprendió la decisión del
joven Lister de ser cirujano, una profesión que implicaba intervenir
físicamente en la obra de Dios. Ninguno de sus parientes eran médicos, salvo un
primo lejano. Y la cirugía en particular entrañaba cierto estigma social,
incluso fuera de la comunidad cuáquera. El cirujano era visto como un
trabajador manual que usaba las manos para ganarse la vida, como hoy un
cerrajero o un fontanero. Nada demostraba tanto la inferioridad de los
cirujanos como su relativa pobreza. Antes de 1848, ningún hospital importante
contaba con un cirujano asalariado entre su personal, y la mayoría (con
excepción de unos pocos) ganaba muy poco dinero con las intervenciones privadas
[35].
Pero
el joven Lister no pensaba en las consecuencias que una carrera médica podía
tener para su posición social y su situación económica. Durante el verano de
1841, con catorce años, escribió a su padre, que estaba ausente, ocupado en el
negocio familiar de los vinos: «Cuando mamá no está y me quedo solo, no hago
otra cosa que dibujar esqueletos». Lister pidió un pincel de pelo de marta para
«matizar otra figura y poder mostrar el resto de los músculos [36] ». Dibujó y
etiquetó todos los huesos del cráneo, así como los de las manos, tanto los
proximales como los distales. Al igual que su padre, el joven Lister era buen
dibujante, una habilidad que en el futuro le ayudaría a documentar con
sorprendente detalle las observaciones que haría en su trayectoria como médico.
Aquel
verano de 1841, Lister también se concentró en una cabeza de oveja, y en la
misma carta decía: «Le quité casi toda la carne y creo que todo el cerebro […]
[antes] de ponerla en la cubeta de maceración [37] ». Hizo esto para ablandar
el tejido que aún quedaba en el cráneo. Más tarde logró articular el esqueleto
de una rana que había disecado —después de apoderarse de una pieza de madera
del cajón de un armario de su hermana a la que fijó la criatura—. Y escribió
muy contento a su padre: «Parece que la rana vaya a dar un salto —y agregó, con
actitud conspiratoria—: No le digas nada a Mary sobre el pedazo de madera [38]
».
Fueran
cuales fuesen las reservas de Joseph Jackson Lister respecto a la profesión
médica, estaba claro que su hijo pronto se uniría a sus filas profesionales.
* *
* *
Lister
estaba ya muy lejos de la vida que había conocido de niño cuando inició sus
estudios en el University College de Londres (UCL) a los diecisiete años. Su
ciudad, Upton, solo tenía 12 738 habitantes [39]. Aunque situada a dieciséis
kilómetros de la capital, a Upton únicamente se podía llegar en calesa de un
caballo, rodando a lo largo de las vías lodosas que entonces eran las
carreteras. Un puente oriental cruzaba un arroyo que atravesaba el jardín de
los Lister, en el que había manzanos, hayas, olmos y castaños. «Contraventanas
que dan al jardín; y el aire tibio, la quietud, el gorjeo de los pájaros, el
zumbido de los insectos, el césped luminoso, el áloe y la parte más umbría de
los cedros, y el cielo revuelto sobre ellos»; así describió su padre aquel
entorno [40].
En
contraste con los vivos colores de los exuberantes jardines que rodeaban la
casa de Upton, Londres era una sinfonía de grises. El crítico de arte John
Ruskin decía que eran «un horrible montón de ladrillos roñosos exhalando veneno
por sus poros [41] ». La basura solía amontonarse fuera de las casas, algunas
de las cuales carecían de puertas porque los pobres las usaban a menudo como
combustible para sus chimeneas en los meses invernales. Calles y callejones
acumulaban el estiércol de los miles de caballos que tiraban de los carretones,
ómnibus y calesas que sacudían la ciudad cada día. Y todo —desde los edificios
hasta la gente— estaba cubierto de una capa de hollín.
En
cien años, la población de Londres había pasado de un millón a algo más de seis
millones de habitantes. Los más pudientes abandonaban la urbe en busca de
prados verdes y dejaban atrás mansiones que se deterioraban en cuanto las
ocupaban las masas. Había habitaciones que llegaban a albergar a hasta más de
treinta personas de todas las edades, vestidas con sucios harapos y
acuclilladas, que dormían y defecaban en cobertizos llenos de paja. Los más
pobres se veían obligados a vivir en sótanos o cellar homes, permanentemente
aislados de la luz del sol. Las ratas mordían las caras y los dedos de los
niños malnutridos, muchos de los cuales morían en aquellos ambientes oscuros,
fétidos y húmedos.
La
Parca visitaba con frecuencia a los habitantes de Londres, pero deshacerse de
los fallecidos era un problema cada vez mayor. Los cementerios rebosaban de
restos humanos y constituían un gran peligro para la salud pública. Era
frecuente ver huesos aflorando de la tierra recién removida. Los cuerpos se
apilaban unos sobre otros en las tumbas, la mayoría de las cuales eran
simplemente fosas abiertas con filas y filas de ataúdes en su interior [42]. A
principios del siglo XIX, dos hombres se asfixiaron presuntamente con los gases
que emanaban de los cuerpos en descomposición tras haber caído a seis metros de
profundidad en una de aquellas fosas [43].
Los
que vivían cerca de los cementerios respiraban un hedor insoportable. Las casas
de Clement’s Lane, en la parte oriental de Londres, se adentraban en el
cementerio local, que rezumaba lodo putrefacto, y el hedor era tal que los
ocupantes mantenían las ventanas cerradas todo el año. Los niños que iban a la
escuela dominical de Enon Chapel no podían escapar de aquel desagradable
entorno. Asistían a clases mientras las moscas revoloteaban a su alrededor, sin
duda procedentes de la cripta de la iglesia, donde se acumulaban doce mil
cadáveres en descomposición [44].
Antes
de aprobarse en 1848 la ley de Salud pública, que estableció un Consejo General
de Salud centralizado e inició una reforma sanitaria, los planes para la
eliminación de restos humanos eran igual de rudimentarios; de hecho, muchas
calles de Londres no eran sino alcantarillas abiertas que emitían enormes
cantidades (a menudo letales) de gas metano. En los peores barrios, las hileras
de casas enfrentadas por la parte trasera estaban separadas por estrechos
pasadizos de un metro o un metro y medio de anchura. Por ellos discurrían
zanjas rebosantes de orina; ni siquiera el aumento del número de retretes entre
1824 y 1844 sirvió para resolver el problema. Su construcción forzó a los
arrendadores a contratar obreros con el fin de eliminar la «tierra negra» de
las rebosantes fosas sépticas de los edificios de la ciudad. Se formó un
ejército subterráneo de «descarnadores» de esqueletos, removedores de basuras y
otros hurgadores dispuestos a sacar algún provecho de la marea de desechos
humanos que existía bajo la ciudad. Estos carroñeros —a quienes el escritor
Steven Johnson llamó «los primeros recicladores de residuos de la historia»—
recogían toneladas de basura, heces y cadáveres de animales, y luego acarreaban
hasta el mercado esos nauseabundos bienes, que podían ser reutilizados por
curtidores, agricultores y ciertos comerciantes [45].
Los
negocios que se hacían en otras partes no eran más salubres. Productores de
sebo, fabricantes de colas, desolladores de perros y raspadores de tripas
realizaban esas malolientes labores en algunas de las zonas más densamente
pobladas de la ciudad. En Smithfield, por ejemplo, había un matadero a pocos
minutos a pie de la catedral de Saint Paul. Sus muros se hallaban cuajados de
sangre y grasa putrefactas. Disponía de un foso al que se arrojaba a los
corderos, que se rompían las patas antes de que unos hombres los acuchillaran,
desollaran y despiezaran allí mismo. Tras una larga jornada de trabajo, esos
mismos hombres se dirigían a los suburbios donde vivían con la ropa impregnada
de las inmundicias de su infame profesión [46].
Era
un mundo plagado de peligros ocultos. Incluso el pigmento verde del papel
pintado con motivos florales de los hogares donde vivía la gente acomodada y de
las hojas artificiales que adornaban los sombreros femeninos contenía arsénico
mortal. Todo estaba contaminado con sustancias tóxicas, desde las comidas
diarias hasta el agua que se bebía. Cuando Lister ingresó en el University
College, Londres se asfixiaba en su propia suciedad.
* *
* *
En
medio de la mugre y el lodo reinantes, los habitantes de la capital trataban de
hacer mejoras en ella. Bloomsbury, el barrio situado en torno a la universidad
donde Lister pasaría sus años de estudiante, por ejemplo, tenía el aura
agradable de un niño recién bañado. Se hallaba en constante transformación, y
lo hacía a un ritmo tan rápido que la gente que se mudó allí en 1800 apenas lo
habría reconocido unas décadas después. Cuando a principios de siglo el joven
doctor Peter Mark Roget —que tiempo después publicaría el diccionario que hoy
lleva su nombre— se mudó al número 46 de Great Russell Street, celebró el aire
«puro» y los amplios jardines que rodeaban su casa [47]. En la década de 1820,
el arquitecto Robert Smirke había iniciado la construcción del nuevo Museo
Británico en Roget Street. El imponente edificio neoclásico tardaría veinte
años en terminarse, durante los cuales un estruendo de martillos, sierras y
cinceles resonaba en Bloomsbury, rompiendo el ambiente antes tranquilo del que
Roget tanto había disfrutado.
La
universidad era parte de ese crecimiento urbano [48]. Una cálida tarde de
principios de junio de 1825, el futuro lord canciller de Gran Bretaña, Henry
Brougham, y varios miembros reformadores del Parlamento se reunieron en la
Crown and Anchor Tavern del Strand. Allí concibieron el proyecto del University
College de Londres. En esta nueva institución no había estipulaciones de
carácter religioso. Fue la primera universidad del país que no requería que sus
alumnos asistieran a los cultos anglicanos diarios —algo que le convenía a
Lister—. Más tarde, los rivales del King’s College calificarían a los que
asistían al University College de «la escoria impía de Gower Street», que era
la calle donde se encontraba la universidad.
El
plan de estudios del University College era tan radical como los cimientos
seculares sobre los que se había erigido por decisión de sus fundadores. La
universidad incluía materias tradicionales, como las que se impartían en Oxford
y Cambridge, además de otras nuevas, como geografía, arquitectura e historia
moderna. La facultad de Medicina, en particular, tendría una ventaja sobre esas
otras dos universidades debido a su proximidad al hospital del Norte londinense
(más tarde conocido como «hospital University College»), construido seis años
después de la fundación del University College de Londres. Fueron muchos los
que se opusieron a la idea de establecer una universidad en la capital. El
periódico satírico John Bull cuestionó la idoneidad de la ruidosa ciudad como
lugar donde educar a las jóvenes mentes de Gran Bretaña. Con el sarcasmo que la
caracterizaba, la publicación ironizó: «La moralidad de Londres, su quietud y
salubridad, parecen combinarse para convertir la capital en el lugar más
adecuado para la educación de la juventud». El artículo continuaba imaginando
que la universidad se construiría en los suburbios de mala fama llamados
Tothill Fields, cerca de la abadía de Westminster, y que «para hacer frente a
cualquier objeción que los cabezas de familia pudieran hacer a la peligrosa
exposición de sus hijos a los desgraciados de las calles atestadas, se crearía
un nutrido cuerpo de mujeres respetables de mediana edad encargadas de
acompañar diariamente, mañanas y tardes, a los estudiantes del College [49] ».
Aun en medio de tales protestas y preocupaciones, el edificio del University
College se construyó y la facultad de Medicina empezó a admitir estudiantes en
octubre de 1828.
* *
* *
La
universidad se hallaba todavía en sus comienzos cuando, en 1844, Joseph Lister
ingresó en ella. El University College solo tenía tres facultades: Artes,
Medicina y Derecho. Conforme a los deseos de su padre, Lister obtuvo primero
una licenciatura en artes —unos estudios similares a los de las modernas
humanidades, que comprendían asignaturas como historia, literatura, matemáticas
y ciencias—. Esta era una vía poco convencional para hacerse cirujano, ya que
en la década de 1840 la mayoría de los alumnos prescindían por completo de esta
formación e ingresaban directamente en Medicina. Más adelante, Lister sacaría
partido de esta formación más amplia, pues relacionaría las teorías científicas
con la práctica médica.
Con
su casi metro ochenta de estatura, Lister era más alto que la mayoría de sus
compañeros de clase [50]. Los que le conocían, a menudo comentaban su
considerable talla y la elegancia de sus movimientos. A esa edad era de una
apostura clásica: nariz recta, labios firmes y cabello castaño ondulado. Poseía
una energía que se acentuaba en compañía de otras personas. Hector Charles
Cameron —uno de los biógrafos de Lister y amigo suyo en sus últimos años—
recordaba cómo conoció al futuro cirujano: «Cuando me hicieron pasar al salón,
Lister se hallaba de pie, de espaldas al fuego y con una taza de té en la mano.
Le recuerdo casi siempre de pie. […] Si había permanecido sentado unos minutos,
un nuevo giro en la conversación parecía inevitablemente forzarlo a levantarse[51]».
La
mente de Lister se hallaba en constante actividad. Cuando se sentía inquieto o
incómodo, la comisura de sus labios se crispaba y reaparecía el tartamudeo que
lo había atormentado en su infancia. A pesar de esa perturbación interior, el
Stewart de Halifax lo describiría como un hombre con «un aire de indescriptible
delicadeza, rayano en la timidez [52] ». Más tarde, un amigo suyo diría de él:
«Vivía sumido en sus pensamientos, modesto, sin autoritarismo, sencillo [53] ».
Lister
era un hombre serio, aún más por la educación que había recibido. Las
enseñanzas religiosas de su comunidad establecían que las personas de su
confesión vistieran en cualquier ocasión con colores apagados y se dirigieran a
otras personas con pronombres anticuados, como «thee» y «thou». De niño, Lister
siempre estaba rodeado de un mar de abrigos negros y sombreros de ala ancha que
los hombres de la familia nunca se quitaban, ni siquiera durante los servicios
religiosos. Las mujeres se vestían con ropas lisas, pañuelos doblados alrededor
del cuello y chales sencillos sobre los hombros. También usaban caperuzas
blancas de muselina, conocidas por su forma como «baldes del carbón». Cuando
Lister se dirigía a la universidad, vestía con colores discretos por deferencia
a su fe, lo cual seguramente hacía que destacara tanto como su estatura entre
los estudiantes de su clase, más a la moda.
Poco
después de ingresar en el University College, Lister se instaló en el número 28
de London Street, cerca de la universidad, y allí convivió con un compañero
cuáquero llamado Edward Palmer, ocho años mayor que él. Palmer era uno de los
ayudantes de Robert Liston, y quienes le conocían lo describían como un «hombre
con una buena posición, pero con verdadero entusiasmo por la profesión de
cirujano [54] ». No tardaron en hacerse amigos. En parte por influencia de
Palmer, Lister pudo asistir al experimento histórico de Liston con el éter el
21 de diciembre de 1846. Que Lister estuviera allí sugiere que no era la
primera vez que acudía a una demostración médica; es improbable que el gran
Liston lo hubiese admitido aquella tarde si no lo hubiera conocido ya. De
hecho, Lister comenzó los estudios de anatomía varios meses antes de terminar
la licenciatura en artes. En sus libros de cuentas del último trimestre de
aquel año, Lister anotó los costes de «tenazas y afiladores de cuchillos», así
como un pago de once chelines a un misterioso «U. L.»[55]por una parte del
cuerpo que había diseccionado. Su ansia por comenzar su formación médica era
patente para todos los que lo conocieron en sus primeros años.
En
la personalidad de Edward Palmer había un lado oscuro que no benefició a
Lister. En 1847, los dos amigos se trasladaron al número 2 de Bedford Place en
Ampthill Square y se unieron a John Hodgkin —sobrino del famoso doctor Thomas
Hodgkin, el primero en describir la rara forma de linfoma que hoy lleva su
nombre—. Los Hodgkin y los Lister, que compartían la misma fe, eran amigos
desde hacía mucho tiempo. Los dos jóvenes habían estudiado juntos en la Grove
House, un internado en Tottenham con un plan formativo bastante avanzado para
su época, pues en él no solo se estudiaba a los clásicos, sino también
matemáticas, ciencias naturales y lenguas modernas. Hodgkin, que era cinco años
más joven que Lister, calificó sus habitaciones en Ampthill Square de «lúgubres»,
y encontró a sus dos compañeros de casa «demasiado maduros y serios», lo que le
hacía «la vida un tanto depresiva y falta de alegría [56] ». Cuando ingresó en
el University College, no congenió con Edward Palmer tanto como con su amigo de
la infancia. El joven se refirió a Palmer como un tipo «curioso, […] peculiar,
[…] un hombre muy extraño». Aunque Palmer era extremadamente devoto, Hodgkin no
pensaba que su rareza estuviera relacionada con la religión. Lo que más
inquietaba a Hodgkin era que Lister se volvía más retraído cuanto más tiempo
vivía bajo la supervisión de Palmer. Fuera de las clases, parecía mostrar cada
vez menos interés por las actividades extraacadémicas, ya que prefería trabajar
duro en entornos bastante sombríos. Y Palmer, que mucho más tarde sufriría
graves trastornos y terminaría sus días en un manicomio, no era una influencia
muy alentadora para los aspirantes a la vida de cirujano. Hodgkin no creía que
Palmer fuera «una compañía muy recomendable, ni siquiera para Lister [57] ».
Tanto
Lister como Palmer contrastaban con muchos de sus compañeros. En un discurso
dirigido a los estudiantes novatos de medicina, uno de los profesores de
cirugía les advirtió sobre las «trampas que esperan al joven viajero cuando
deja su hogar familiar y vaga por carreteras y caminos apartados, anchas
avenidas y estrechos callejones de una gran ciudad superpoblada [58] ». Clamaba
contra «hábitos viciosos» como el juego, el teatro y la bebida, para él «más
contagiosos que la lepra del pasado y capaces de desfigurar la mente más de lo
que la peste oriental lo hiciera jamás con el cuerpo». Exhortó a la clase de
novatos a resistirse a esos vicios y dedicarse a descubrir las verdades
científicas a través de un estudio diligente de la anatomía, la fisiología y la
química.
Sus
advertencias no estaban fuera de lugar.
En
aquella época, las palabras «estudiante de medicina» equivalían a «vida
vulgarmente desordenada y disipada [59] », según el médico William Augustus
Guy. Esta idea estaba muy extendida. Un periodista estadounidense observó que
los estudiantes de medicina de Nueva York «tienden a ser anárquicos, excesivos
y adictos a las actividades nocturnas [60] ». A menudo formaban grupos de
aspecto rudo que se reunían en hostales baratos y tascas de los alrededores de
los grandes hospitales de enseñanza. Se vestían a la moda —con un estilo que
rayaba en lo extravagante—, excepto por sus camisas, que solían estar sucias.
Se paseaban con un cigarro en los labios, un vicio, pero también una necesidad
para disimular el olor a descomposición que impregnaba su ropa tras permanecer
varias horas en las salas de disección. Eran pendencieros, bebedores y
juerguistas, a juzgar por las muchas advertencias contra las malas conductas
que los profesores hacían a sus alumnos [61].
Por
supuesto, no solo había jóvenes de vida disipada en el University College, pues
algunos como Lister eran trabajadores y aplicados. Vivían con austeridad, y
para poder pagar el material médico empeñaban sus relojes en las abundantes
casas de empeños que había en las angostas callejuelas cerca de la universidad.
Otros recurrían a cuchilleros como J. H. Savigny, cuyo establecimiento, fundado
en 1800 en el Strand, fue el primero especializado en instrumentos quirúrgicos
que hubo en Londres. Locales como ese vendían bisturíes, cuchillos y sierras
quirúrgicos, «forjados con tal precisión, que reducirán enormemente el dolor
del paciente y disiparán por completo cualquier temor del cirujano al resultado
decepcionante», se leía en un periódico británico [62].
Lo
que más diferenciaba a los estudiantes de cirugía del resto del cuerpo
estudiantil eran los instrumentos que portaban. La cirugía era todavía un
oficio manual, una cuestión de técnica, no de tecnología. En el maletín de un
cirujano cualificado había cuchillos, sierras para los huesos, tenazas, sondas,
ganchos, agujas, ligaduras y lancetas, estas últimas especialmente importantes
debido a la persistente popularidad de las sangrías en la época victoriana.
Muchos cirujanos también llevaban estuches de bolsillo con instrumentos que
usaban para operaciones menores, en general en las visitas domiciliarias.
El
cuchillo de amputación era un instrumento casi mítico en el maletín del
cirujano. Fue uno de los pocos que experimentó cambios importantes en su diseño
en la primera mitad del siglo XIX. Esto se debía en parte a la técnica
cambiante de la amputación. Los antiguos cirujanos preferían el método
circular, que consistía en realizar una incisión en forma de circunferencia en
el miembro para apartar la piel y los músculos y poder serrar el hueso. Esto
requería un pesado cuchillo con una hoja curva y ancha. Pero las generaciones
posteriores optaron por el llamado «método del colgajo [63] ». Liston lo
utilizó en Churchill tras aplicarle éter en 1846. En la década de 1820, el
cuchillo de amputación era ya más delgado y ligero, y con una hoja recta que
reflejaba la creciente difusión de esta técnica. Se trataba de hacer un
«atravesado», que requería que el cirujano apuñalase al paciente, empujase el
cuchillo hacia dentro de la extremidad, para luego sacarlo e ir cortando la
piel desde el fondo de la incisión.
Algunos
cirujanos personalizaban los cuchillos para adaptarlos a sus técnicas
preferidas. Robert Liston —de quien se decía que llevaba los escalpelos en la
manga de la chaqueta para mantenerlos calientes— diseñó su propio cuchillo de
amputación, que era considerablemente más grande de lo normal, con una hoja de
treinta y cinco centímetros de largo por tres de ancho. La punta del
instrumento, cuyos últimos dos centímetros estaban tan afilados como una navaja
de afeitar, la ideó para cortar la piel, los músculos gruesos, los tendones y
tejidos del muslo de una sola pasada [64]. No es de extrañar que para Jack el
Destripador el «cuchillo de Liston» fuese el arma ideal para destripar a las
víctimas de sus sangrientas orgías en 1888.
Los
instrumentos como el cuchillo de amputación, empleados en los años de
estudiante de Lister, eran un nido de bacterias. La moda a menudo sobrepasaba a
la función. Muchos tenían grabados decorativos y se guardaban en estuches de
terciopelo con manchas de sangre de pasadas operaciones. El cirujano William
Fergusson recomendó que los mangos de los instrumentos quirúrgicos fuesen de
ébano, porque así eran más fáciles de agarrar al cortar resbaladizos haces de
venas y arterias. Los materiales tradicionales, como la madera, el marfil y la
concha, siguieron utilizándose en el siglo XIX, incluso después de aumentar la
producción de instrumentos de metal. Todavía en 1897, un catálogo decía: «No
creemos que el día en que el metal sustituya al ébano y al marfil en el mango
de los instrumentos esté cerca [65] ».
El
primer maletín de Lister tenía todo lo que un cirujano novato necesitaba para
sus primeras prácticas: sierras para seccionar los huesos de los miembros,
pinzas para separar los tejidos y sondas para extraer balas y cuerpos extraños.
Pero había una herramienta que Lister llevaba consigo al University College y
que muy pocos de su clase poseían: un microscopio. Bajo la tutela de su padre
se había convertido en un hábil microscopista y aprendido a confiar en la
utilidad del instrumento científico.
Muchos
de los profesores de Lister aún creían que el microscopio no solo era superfluo
en el estudio de la cirugía, sino también una amenaza para la profesión médica.
Incluso con mejoras como las lentes acromáticas de Joseph Jackson, los miembros
de la comunidad médica, muchos de los cuales carecían de la habilidad y la
práctica necesarias para utilizarlo de manera adecuada, lo miraban con recelo.
¿Qué revelaciones iba a ofrecer el microscopio? Todos los signos y síntomas
relevantes podían observarse a simple vista. ¿Algún descubrimiento microscópico
podría conducir a un tratamiento eficaz de los pacientes? A menos que el
instrumento aportase claras ventajas a la práctica de la medicina y la cirugía,
no había razón —concluía la mayoría— para perder el tiempo con él.
Con
todo, los médicos británicos difícilmente podían negar los importantes avances
que se habían producido en el ámbito de la patología en el continente gracias
al microscopio. Los franceses, en particular, hacían descubrimientos a un ritmo
extraordinario con ayuda de este instrumento científico, debido en parte a la
construcción de grandes hospitales en París durante la Revolución francesa. En
1788 había 20 341 pacientes ingresados en 48 hospitales de toda la ciudad, un
número sin precedentes y sin parangón en cualquier otro lugar del mundo [66].
Un gran porcentaje de estos pacientes sucumbirían a sus males. Como a menudo
eran pobres, sus cuerpos no eran reclamados y los aprovechaban anatomistas como
Marie François Xavier Bichat, de quien se decía que llegó a diseccionar no
menos de 600 en el invierno de 1801-1802 [67].
Las
investigaciones que hizo Bichat le llevaron a concluir que el origen de la
enfermedad residía en el interior del cuerpo, y que los tejidos eran entidades
distintas que podían resultar comprometidas. Esto se alejaba de las creencias
predominantes, según las cuales la enfermedad atacaba a órganos enteros o a
todo el cuerpo. Sorprendentemente, Bichat fue capaz de describir y nombrar 21
membranas del cuerpo humano, entre ellas los tejidos conjuntivo, muscular y
nervioso, antes de morir en 1802 tras caerse de manera accidental por las
escaleras de su hospital.
En
las primeras décadas del siglo XIX, los médicos franceses comenzaron a usar
cada vez más el microscopio. El médico Pierre Rayer realizó por primera vez en
la historia análisis microscópicos y químicos de la orina. El fisiólogo y
farmacólogo François Magendie también empezó a utilizar ese instrumento como
herramienta pedagógica en sus clases de fisiología, y los médicos Gabriel
Andral y Jules Gavarret comenzaron a analizar con él la sangre [68]. Cuando
Lister ingresó en la facultad de Medicina, algunos médicos de París usaban ya
microscopios para diagnosticar enfermedades de la piel, la sangre, los riñones
y el sistema urogenital.
En
Inglaterra continuaba el acalorado debate acerca de las ventajas de la anatomía
patológica microscópica. Pero Lister era hijo de su padre. En el University
College demostró tener un mejor conocimiento de las complejas funciones del
microscopio que la mayoría de sus profesores. En una carta a su padre en la que
hablaba de una clase sobre instrumentos ópticos a la que había asistido, le
comentó que el profesor «habló de las mejoras introducidas por usted, y le dio
toda la razón sobre la revolución que suponían en cuanto a excelencia y
observación microscópicas. Y dijo también que esas mejoras eran un estupendo
ejemplo de aplicación del experimento y la observación a la construcción del
microscopio, y que usted hizo sus experimentos con auténtica maestría [69] ».
Sin
embargo, Lister no se quedó completamente satisfecho con aquella clase. Para su
consternación, el profesor concluyó que los estudiantes debían permanecer
escépticos respecto a la posible utilidad del microscopio en medicina, porque
los resultados de cualquier experimento con él tal vez no aportaran nada
mientras todavía fuesen necesarias nuevas mejoras. Un quejumbroso Lister se
lamentaba en esa carta a su padre de que la clase fuese «más bien decepcionante
para mí, e imagino que también para otros».
Pero
no era fácil desanimar a Lister. Examinó la estructura microscópica muscular de
una porción fresca de iris humano que obtuvo del profesor del University
College Wharton Jones. Observó gránulos de pigmento en el cristalino y en el
iris. Más tarde examinó el tejido muscular existente dentro de los folículos
pilosos, e ideó un nuevo método para hacer secciones verticales lo bastante
delgadas para permitir una observación satisfactoria bajo el microscopio: «Si
se comprime una porción [del cuero cabelludo] entre dos finas piezas de madera
y con una afilada navaja de afeitar se sacan finas virutas de madera y cuero
cabelludo juntos, pueden obtenerse secciones razonablemente finas[70][». Lister
publicó dos artículos sobre estos experimentos en el Quarterly Journal of
Microscopical Science. Fueron las primeras de muchas investigaciones que
llevaría a cabo con el microscopio durante su carrera de cirujano.
Años
después, el supervisor de Lister, Henry Thompson, no tuvo mucho que decir sobre
el paso de su subordinado por el hospital University College en 1851:
«demasiado tímido y reservado para ser más que un conocido». Dicho esto, su
supervisor recordó algo que distinguía a Lister de los demás estudiantes:
«Tenía un microscopio mejor que el de cualquier miembro de la universidad [71]
». Fue ese mismo instrumento el que al final le ayudaría a desvelar el misterio
médico que había mortificado a su profesión durante siglos.
Capítulo
2
Casas
de la muerte
Qué
maravillosa ocupación, sentarse tranquilamente en el estudio y desmontar esta
obra maestra; llamar a cada pieza por su propio nombre; conocer su sitio y su
función; preguntarse por la multitud de órganos estrechamente agrupados, tan
diversos en operaciones, pero cada uno cumpliendo su misión prevista en la gran
confederación.[72]
D.
HAYES AGNEW
El
halo de una lámpara de gas iluminaba el cadáver yacente sobre la mesa al fondo
de la habitación. El cuerpo ya había sido más que mutilado para su
reconocimiento; el abdomen estaba seccionado por los cuchillos de los
estudiantes ansiosos, que luego volvían a introducir descuidadamente los
órganos en descomposición en la cavidad sanguinolenta. La parte superior del
cráneo del cadáver había sido retirada y se hallaba sobre un taburete junto a
su difunto poseedor. Días antes, el cerebro había comenzado a degradarse en una
pasta gris.
Al
comenzar a estudiar medicina, Lister se encontró cara a cara con una escena
similar en el University College. Una pasarela central dividía por la mitad la
sórdida sala de disección, con cinco mesas de madera a cada lado. En ellas se
dejaban los cadáveres con las cabezas incisas colgando de los bordes, y la
sangre formaba charcos coagulados en el suelo. Una gruesa capa de serrín lo
cubría, y ello hacía que la «casa de los muertos» resultara desconcertantemente
silenciosa para los que entraban en ella [73]. «Mis pies no hacían el menor
ruido. […] Solo se oía ese sonido monótono y vibrante del tráfico callejero tan
peculiar de Londres, que descendía lóbrego de las aberturas de ventilación que
había en el techo», observó un estudiante [74].
Aunque
en 1847 el University College y su hospital eran relativamente nuevos, la sala
de disección era tan tétrica como las existentes en instituciones más antiguas.
Albergaba toda clase de horribles estampas, sonidos y olores. Cuando Lister
abrió el abdomen de un cadáver —con las cavidades hinchadas por la presencia de
una espesa masa de comida no digerida y materia fecal—, este despidió una
intensa mezcla de hedor fétido que se le quedó adherida en las fosas nasales un
tiempo considerable tras abandonar la sala. Para empeorar las cosas, al fondo
había una chimenea que en los meses de invierno hacía el ambiente insoportable
y sofocante durante las clases de anatomía.
A
diferencia de lo que sucede hoy, los alumnos no podían escapar de la visión de
los muertos durante sus estudios, y con frecuencia vivían cerca de los cuerpos
que diseccionaban. Incluso los que no vivían en sitios adyacentes a una escuela
de anatomía se llevaban recuerdos de sus horribles actividades, ya que en las
salas de disección no se usaban guantes ni otros elementos de protección. No
era raro ver a un estudiante de medicina con restos de carne, tripas o cerebro
pegados a su ropa tras concluir las clases.
Los
cadáveres ponían a prueba el coraje y la compostura de cualquiera que se
atreviera a poner el pie en la casa de los muertos. Incluso los disectores más
experimentados podían encontrarse de vez en cuando en situaciones que les
aceleraban el pulso. James Marion Sims —un ilustre cirujano ginecólogo—
recordaba un incidente aterrador de sus días de estudiante. Una tarde, su
profesor realizaba una disección a la luz de una vela, cuando de manera
accidental se soltó sobre el extremo superior de la mesa una cadena que rodeaba
el cadáver y se hallaba sujeta al techo. El cuerpo, empujado por el peso de sus
miembros inferiores, «se escurrió hasta el suelo en posición erguida» con los
«brazos violentamente caídos» sobre los hombros del disector. En ese momento,
la vela, que descansaba sobre el pecho del muerto, salió disparada, dejando la
sala en total oscuridad. Sims se quedó asombrado al ver a su profesor tomar con
tranquilidad el cuerpo con sus brazos y colocarlo de nuevo sobre la mesa, antes
de asegurar que, por él, habría abandonado al muerto «a la fuerza de gravedad
[75] ».
Para
los no iniciados, la sala de disección era una pesadilla. El compositor francés
y antiguo estudiante de medicina Hector Berlioz saltó por una ventana y corrió
a su casa. Tiempo después recordaba que la primera vez que entró en una sala de
disección, era «como si la Muerte y su espeluznante banda me pisaran los
talones». Describió su abrumadora sensación de repugnancia cuando vio «los
miembros esparcidos, las cabezas sonriendo, las calaveras boquiabiertas, la
fosa sangrienta bajo los pies» y «el repugnante hedor del lugar [76] ». Decía
que una de las peores visiones era la de las ratas royendo vértebras sangrantes
y las bandadas de gorriones picoteando restos de esponjoso tejido pulmonar.
Aquella profesión no era para cualquiera.
Pero
los que decidían continuar con los estudios no podían evitar la sala de
disección. Lejos de verla como un escenario repulsivo, la mayoría de esos
alumnos aprovechaban la oportunidad de descuartizar a los muertos en las clases
de anatomía, y Lister no fue una excepción. Era la batalla centenaria entre la
razón y la superstición, una oportunidad de arrojar luz donde aún existía una
oscuridad científica. En la profesión médica, el anatomista era a menudo como
un intrépido explorador que viajaba a territorios en gran parte desconocidos
para el mundo científico solo medio siglo antes [77]. Un contemporáneo escribió
que, con la disección, el anatomista «obligaba al cuerpo humano muerto a
revelar sus secretos para beneficio del vivo [78] ». Era un rito de paso por el
cual uno era aceptado como miembro de la fraternidad médica [79].
Poco
a poco, los alumnos comenzaban a ver los cuerpos colocados delante de ellos
como objetos en lugar de personas. Esta capacidad de distanciarse
emocionalmente llegó a caracterizar la mentalidad de la comunidad médica. En
Los papeles del club Pickwick, Charles Dickens relata una conversación ficticia
pero verosímil entre dos estudiantes de medicina en una fría mañana de Navidad.
« ¿Has acabado ya con esa pierna?», pregunta Benjamin Allen. «Casi —responde su
colega Bob Sawyer—, es muy musculosa para ser de un niño. […] Nada como
diseccionar para que te entre apetito [80] ».
Hoy
decimos con cierto desprecio que esta aparente frialdad es pura indiferencia,
pero en los días de Lister se la consideraba una inhumanidad necesaria [81]. El
anatomista francés Joseph-Guichard Duverney comentó que «al ver y practicar»
con cadáveres, «perdemos esa ternura tan necia, y podemos oírlos gritar sin que
ello nos perturbe [82] ». Esto no era simplemente un producto de la educación
médica, sino el objetivo.
A
medida que los estudiantes de medicina se insensibilizaban, se volvían también
más irrespetuosos, para horror de la sociedad. Las bromas en la casa de los
muertos eran tan comunes que cuando Lister ingresó en la facultad de Medicina
eran ya una nota distintiva de la profesión. El Harper’sNew Monthly Magazine
condenó el humor negro y la indiferencia hacia los muertos, tan extendidos en
las salas de disección [83]. Algunos alumnos traspasaban por completo los
límites de la decencia y usaban partes podridas de los cadáveres como armas,
luchando en duelos simulados con piernas y brazos seccionados. Otros sacaban
vísceras fuera de la sala y las colocaban en lugares donde pudieran sorprender
y horrorizar a los no iniciados cuando las descubrían. Un cirujano recordaba a
unos espectadores curiosos que visitaban la sala de disección en su época de
estudiante. Esos extraños vestían levitas cruzadas y a menudo recibían
gratuitamente apéndices que introducían en sus bolsillos.
Sin
embargo, no todo era frivolidad. Abrir cadáveres también conllevaba muchos
riesgos físicos, algunos fatales. William Tennant Gairdner, profesor de la
Universidad de Glasgow, se dirigió a una clase de nuevos alumnos con este
horrible mensaje: «Desde que me nombraron para este puesto entre ustedes, no ha
habido un solo semestre en que alguien no haya pagado su tributo de vida a la
Parca, para cuya siega está siempre preparada, y cuya guadaña nunca descansa
[84] ».
Jacob
Bigelow —profesor de cirugía en la Universidad de Harvard y padre de Henry
Jacob Bigelow, quien más tarde sería testigo de la operación de Morton con
éter— también advertía a sus futuros estudiantes de medicina de las nefastas
consecuencias de una ligera herida o rozadura en la piel causada por el
cuchillo de disección. Esos cortes y pinchazos eran la vía rápida hacia una
muerte prematura. Tales peligros siempre acechaban, incluso a los anatomistas
más experimentados. La muerte era con frecuencia inexorable para los que
trataban de evitarla con más empeño.
Asimismo
los que estaban en primera línea de la medicina estaban expuestos al peligro al
contagiarse de las enfermedades de sus pacientes. Las tasas de mortalidad entre
los estudiantes de medicina y los médicos jóvenes eran elevadas [85]. Entre
1843 y 1859, murieron 41 jóvenes tras contraer infecciones fatales en el
hospital Saint Bartholomew sin haber obtenido el título de doctor [86]. Los que
sucumbían de esta manera solían recibir elogios como mártires que habían hecho
el último sacrificio para hacer avanzar los conocimientos anatómicos. Incluso
los que sobrevivían sufrían a menudo algún tipo de enfermedad durante su
residencia en hospitales. Los desafíos eran tan grandes para los que abrazaban
la profesión médica que el cirujano John Abernethy solía concluir sus clases
pronunciando estas desoladoras palabras: «Dios les ayude a todos. ¿Qué será de
ustedes?» [87].
* *
* *
No
pasó mucho tiempo antes de que Lister experimentara los peligros físicos de la
profesión médica. Se hallaba enfrascado en los estudios, cuando observó unas
minúsculas pústulas blancas en el dorso de sus manos. Solo podía ser una cosa:
viruela.
De
hecho, estaba muy familiarizado con los signos reveladores de esta terrible
enfermedad, porque su hermano John había contraído la viruela unos años antes.
Alrededor de un tercio de los infectados morían. Los que sobrevivían solían
quedar con cicatrices que los desfiguraban. Un contemporáneo escribió que las
«horribles huellas de su virulencia» obsesionaban a sus víctimas,
«transformando a una hija en un engendro que asustaba a su madre, y haciendo
que los ojos y las sonrosadas mejillas de una joven fuesen objeto de horror
para su enamorado [88] ». Por tal motivo, la viruela era una de las
enfermedades más temidas del siglo XIX.
John
sobrevivió, pero poco después desarrolló un tumor cerebral no relacionado con
la enfermedad. Antes de morir en 1846, a los veintitrés años, sufrió durante
varios años primero la pérdida de la vista y luego la movilidad de las piernas.
Su muerte fue especialmente dolorosa para el padre de Lister, Joseph Jackson,
quien perdió todo entusiasmo por su trabajo con el microscopio. Nunca más
volvería a él. Fue la primera vez que Lister experimentó las limitaciones de su
profesión, pues en la década de 1840 no había en el mundo un solo médico capaz
de operar el tumor cerebral de John.
A
pesar del terror que acompañaba a la aparición de la viruela, en el caso de
Lister resultó leve, como en el de su hermano. Se recuperó en poco tiempo y no
le quedó ninguna cicatriz en la cara ni en las manos. Pero su roce con la
muerte lo desconcertó y le dejó decenas de preguntas sobre su destino que lo
atormentaban. Vivió con más fervor su fe. Tiempo después, su amigo y compañero
John Hodgkin escribiría que el alma de Lister pasó por algún conflicto
religioso tras recuperarse de la viruela [89]. Descuidó los estudios en la
universidad al empezar a preguntarse si su verdadera vocación sería el
ministerio cuáquero en lugar de la medicina. Hacerse predicador supondría una
diferencia radical. La medicina no había hecho nada para salvar la vida de su
hermano. Tal vez los cuáqueros tuvieran razón al confiar más en el poder
curativo de la naturaleza que en la profesión médica.
La
crisis de conciencia de Lister alcanzó un punto de inflexión un miércoles de
1847 por la tarde, mientras él y Hodgkin asistían a una reunión cuáquera en la
Friends Meeting House, ubicada en Gracechurch Street, no lejos del campus.
Hodgkin miró asombrado a su amigo cuando se puso de pie en la silenciosa
reunión de oración para decir: «Estaré contigo y te guardaré; no temas [90] ».
Los únicos cuáqueros que podían hablar en las reuniones eran los pastores. Al
citar pasajes de la Biblia, Lister estaba indicando a los de su comunidad
(Hodgkin incluido) que sentía que su destino no estaba en la sala de
operaciones, rodeado de sangre y vísceras, sino en el púlpito. Joseph Jackson
no tardó en pronunciarse al respecto. No creía que el deseo, loable por lo
demás, que tenía su hijo de servir al Señor pudiera cumplirlo dentro de los
límites del ministerio cuáquero. Así que instó a Lister a proseguir los
estudios de medicina y agradar a Dios ayudando a los enfermos.
Pero
Lister se hundía cada vez más en la depresión. Incapaz de trabajar, en marzo de
1848 abandonó repentinamente el University College. Su desmoronamiento mental
era la primera manifestación de la depresión que lo acosaría a lo largo de toda
su vida. Un coetáneo suyo diría tiempo después que Lister solía tener un «aire
de seriedad» que «atemperaba todo lo que hacía». Parecía cubrirlo un «velo de
tristeza del que rara vez se deshacía», provocado por el abrumador «sentido de
la responsabilidad que pesaba como un lastre sobre su alma [91] ».
Aunque
pueda parecer anacrónico, el término «crisis nerviosa» era el que más tarde
utilizaría Rickman John Godlee, sobrino y biógrafo de Lister, para caracterizar
ese período de la vida de su tío. Durante el reinado de Victoria, la mayoría de
los médicos trataban los trastornos nerviosos administrando mezclas que
contenían principios activos peligrosos, como morfina, estricnina, quinina,
codeína, atropina, mercurio e incluso arsénico, este último añadido a la
farmacopea londinense en 1809 [92]. El uso de esos «tónicos nerviosos», como se
los llamaba, era recomendado por los representantes de la ortodoxia médica
prevaleciente en la época, conocida como «alopatía», que significa «lo opuesto
a la enfermedad». La teoría sostenía que la mejor manera de tratar una
enfermedad era producir el estado somático opuesto al estado patológico en
cuestión. Contra la fiebre, por ejemplo, había que enfriar el cuerpo. Contra
los desórdenes de la mente, era necesario devolver la fuerza y la firmeza a los
nervios deshechos del paciente.
La
«naturopatía» —el tratamiento de las enfermedades mediante el estímulo de los
propios poderes curativos del cuerpo— también ocupaba un puesto importante en
la medicina victoriana. Los doctores recomendaban un cambio de aires y de lugar
para combatir lo que consideraban la causa de los nervios alterados: el estrés,
el exceso de trabajo y las preocupaciones. Era importante que los pacientes se
alejaran del ambiente que les ocasionaba las crisis.
Tal
fue el camino que Lister eligió. A finales de abril, Lister viajó con Hodgkin a
la isla de Wight, junto a la costa meridional de Inglaterra, donde ambos
visitaron el antiguo faro Needles, erigido sobre un acantilado a 144 metros
sobre la bahía de Scratchell. En junio, Lister había llegado a Ilfracombe, una
hermosa aldea de Somerset, a orillas del canal de Bristol. Allí aceptó la
invitación de un próspero comerciante, Thomas Pim, para visitar Irlanda. Los
Pim eran afamados cuáqueros de Monkstown, cerca de Dublín, que era algo así
como un bastión de la Sociedad de Amigos en aquella parte de Irlanda. Joseph
Jackson escribió a su hijo diciéndole que esperaba que esas excursiones le
ayudasen a mejorar su estado mental: «Las cosas que a veces te afligen no son
sino resultado de una enfermedad causada por un estudio demasiado concentrado
[…] y ahora debes mantener un piadoso espíritu alegre, abierto a ver y
disfrutar las bondades y las bellezas desplegadas a nuestro alrededor; no
permitir que regresen tus pensamientos sobre ti mismo, ni siquiera detenerte
demasiado por ahora en cosas serias [93] ».
Lister
viajó por Gran Bretaña y Europa durante doce meses antes de regresar a Londres.
En 1849 venció a sus demonios interiores y volvió a ingresar en el University
College, donde renació su pasión por la cirugía. En su tiempo libre empezó a
realizar estudios anatómicos fuera de la sala de disección. Adquirió varias
partes de cuerpos humanos que le proporcionaban recolectores de huesos y
proveedores médicos para ahondar en la anatomía humana. Entre esas partes había
una vejiga, un tórax y una cabeza con parte de la médula espinal que adquirió
por doce chelines y seis peniques. En diciembre de aquel año compró un
esqueleto humano completo a su antiguo compañero de cuarto, Edward Palmer, por
cinco libras, que pagó en dos años [94].
Después
del primer año en la facultad de Medicina, Lister inició su residencia en el
hospital University College en octubre de 1850. Varios meses después, el comité
médico le ofreció el puesto de ayudante quirúrgico de John Eric Erichsen,
cirujano sénior del hospital. Lister aceptó, aunque al principio había rehusado
ocupar el puesto debido a su delicada salud [95].
Lo
mejor que puede decirse de los hospitales victorianos es que eran algo mejores
que sus predecesores georgianos [96]. Esto no supone una gran defensa, sobre
todo si se tiene en cuenta que el chief bug-catcher o «encargado de las
sabandijas» de un hospital, cuyo trabajo consistía en eliminar los piojos de
los colchones, cobraba más que los propios cirujanos.
Es
cierto que varios hospitales londinenses de la primera mitad del siglo XIX
fueron reconstruidos o ampliados en consonancia con las demandas de la
creciente población de la ciudad. Al hospital de Saint Thomas, por ejemplo, se
le añadió en 1813 una sala de anatomía y un museo, y en el hospital Saint
Bartholomew se llevaron a cabo varias mejoras estructurales entre 1822 y 1854,
lo cual incrementó el número de pacientes que podía admitir. Durante ese
período también se construyeron tres hospitales donde se impartía la medicina,
entre ellos el hospital University College en 1834.
A
pesar de esos cambios —o porque tales ampliaciones supusieron que de repente
hubiera centenares de pacientes—, los hospitales eran conocidos como las «casas
de la muerte». Algunos solo admitían pacientes que tenían dinero para cubrir su
casi inevitable entierro. Otros, como el hospital Saint Thomas, cobraban el
doble si el oficial de admisiones consideraba al paciente «repulsivo [97] ». El
cirujano James Y. Simpson dijo, todavía en 1869, que un «soldado tiene más
posibilidades de sobrevivir en el campo de Waterloo que un hombre que entra en
el hospital [98] ».
A
pesar de los visibles esfuerzos por convertir los hospitales en lugares más
limpios, la mayoría de ellos estaban atestados y mal administrados. Eran
viveros de gérmenes infecciosos, y las instalaciones para enfermos y
moribundos, muchos de los cuales se hallaban en salas con escasa ventilación y
sin acceso a agua limpia, eran muy rudimentarias. Las incisiones quirúrgicas
realizadas en los hospitales de las grandes ciudades eran tan susceptibles de
infectarse que las operaciones se limitaban a los casos más urgentes. Los
enfermos a menudo languidecían entre la suciedad mucho tiempo antes de recibir
atención médica, porque la mayoría de los hospitales se hallaban
desastrosamente infra dotados de personal [99]. En 1825, por ejemplo, unos
visitantes del hospital de Saint George vieron hongos y gusanos retorciéndose
en las húmedas y sucias sábanas de un paciente con fractura abierta. El
afligido paciente, creyendo que eso era normal, no se había quejado de las
condiciones en que lo tenían, ni sus compañeros de habitación pensaron que tal
miseria fuese digna de mención [100].
Lo
peor de todo era que los hospitales solían apestar a orina, deposiciones y
vómitos. Un hedor repugnante impregnaba las salas quirúrgicas; era tan fuerte
que a veces los médicos entraban con pañuelos apretados sobre la nariz [101].
Esta ofensa a los sentidos era lo que más ponía a prueba a los estudiantes de
cirugía en su primer día de hospital.
Berkeley
Moynihan —uno de los primeros cirujanos de Inglaterra que usó guantes de goma—
recordaba que él y sus colegas solían quitarse las chaquetas al entrar en la
sala de operaciones y ponerse una vieja bata que a menudo estaba rígida de la
sangre y el pus secos. Esta había pertenecido a un miembro jubilado del
personal y era exhibida cual insignia por sus orgullosos sucesores, al igual
que muchas otras ropas usadas en cirugía.
Las
mujeres embarazadas que sufrían desgarros vaginales durante el parto corrían
peligro en aquellos nefastos ambientes, pues esas lesiones eran una puerta
abierta a las bacterias que médicos y cirujanos transportaban dondequiera que
fueran. En Inglaterra y Gales, alrededor de 3.000 mujeres morían cada año en la
década de 1840 a causa de infecciones bacterianas como la fiebre puerperal
(también conocida como fiebre del alumbramiento). Esto equivalía a
aproximadamente una muerte por cada 210 partos [102]. Muchas mujeres fallecían
también debido a abscesos pélvicos, hemorragias o peritonitis. Esta última, una
tremenda infección en la que las bacterias viajaban por las trompas de Falopio
y penetraban en el sistema circulatorio.
Al
estar acostumbrados a ver el sufrimiento a diario, muy pocos sentían la
necesidad de analizar unos hechos que consideraban inevitables y comunes. La
mayoría de los cirujanos se interesaban por los cuerpos individuales de sus
pacientes, no por poblaciones y estadísticas hospitalarias. No les preocupaban
las causas de las enfermedades, y preferían centrarse en el diagnóstico, el
pronóstico y el tratamiento. Pero Lister pronto se formaría sus propias
opiniones sobre el lastimoso estado de las salas de los hospitales y sobre lo
que podría hacerse para poner remedio a lo que él veía como una creciente
crisis humanitaria.
* *
* *
Muchos
de los cirujanos con los que Lister estuvo en contacto durante sus primeros
años de estudiante de medicina eran fatalistas respecto a su capacidad para
ayudar a los pacientes y mejorar los hospitales. John Eric Erichsen, cirujano
sénior del hospital University College Hospital, era uno de estos
profesionales.
Erichsen
era un hombre enjuto de cabello oscuro y grandes patillas típicas de la época.
Tenía ojos límpidos e inquisitivos en una cara amable, una frente despejada,
larga nariz y labios ligeramente curvados. A diferencia de muchos de sus
colegas, no era un cirujano muy hábil. Su reputación se basaba más bien en la
escritura y la enseñanza. De su obra más destacable, The Science and Art of
Surgery, se hicieron nueve ediciones, y fue el principal libro de texto sobre
la materia durante varias décadas. Se tradujo a varios idiomas: alemán,
italiano y español, y gozó de tal aprecio en Norteamérica, que durante la
guerra civil se entregó un ejemplar a todos los oficiales médicos del ejército
federal [103].
Pero
Erichsen tenía escasa visión de futuro en relación con la cirugía, que creía se
acercaba rápidamente a los límites de sus capacidades a mediados del siglo XIX.
La historia recordará al cirujano de las grandes patillas por su predicción
equivocada: «No siempre habrá nuevos campos que el cuchillo pueda conquistar;
habrá partes del cuerpo humano que siempre serán sagradas frente a sus
intrusiones, al menos para las manos del cirujano. No hay duda de que ya hemos
alcanzado, y puede que tocado, esos límites. El abdomen, el tronco y el cerebro
permanecerán para siempre cerrados a la intrusión del sabio y humano cirujano».
Aparte
de sus peregrinas profecías, Erichsen reconocía la radical transformación que
el cirujano había experimentado en su tiempo como resultado de las recientes
reformas educativas. Si antes era un carnicero sublimado de manos firmes, ahora
era un operador experto, guiado por un mayor conocimiento. «Hace mucho tiempo,
la mano era lo único de lo que [el cirujano] dependía; ahora es la cabeza,
tanto o más que la mano, la que dirige su vocación», observó Erichsen [104].
Erichsen
había alcanzado su posición a través de los infortunios que ejemplificaban los
riesgos de su profesión. Cuatro años antes, su predecesor, John Phillips
Potter, había entrado en la sala de disección para diseccionar el cuerpo del
artista de circo enano Harvey Leach, conocido por muchos en Londres como Gnome
Fly por su costumbre de volar por el escenario como un insecto alado.
Leach,
al que muchos tenían por el «hombre más bajo del mundo», se había hecho un
nombre por la rareza de sus números. Además de ser pequeño de estatura, una de
sus piernas medía 46 centímetros y la otra 61, y cuando caminaba, sus brazos
rozaban la tierra como los de un mono. Según uno de sus contemporáneos, Leach
parecía «una cabeza y un tronco moviéndose sobre ruedecillas [105] ».
El
extraño aspecto de Leach atrajo la atención del showman y cómico norteamericano
P. T. Barnum, fundador del Circo Barnum & Bailey. Barnum vistió al enano
con la piel de un animal salvaje y cubrió los muros de Londres con carteles que
decían: « ¿Qué es esto?». Sin saberlo Barnum, Leach era tan conocido en ese
momento de su carrera que a los pocos días la gente adivinó la verdadera
identidad de aquella misteriosa «bestia [106] ». A pesar de este resbalón
inicial, Barnum contrató a Leach como artista hasta que el hombre, de cuarenta
y seis años, murió a consecuencia de una lesión en la cadera que acabó
infectada [107]. En una época en que la gente hacía todo lo posible para
asegurarse de que sus cuerpos permanecieran íntegros después de su muerte,
parece que Leach quiso que el suyo fuese entregado a quien más probablemente se
encargaría de trocearlo. Según un periódico australiano, Leach pidió que su
cuerpo fuese «presentado al doctor Liston, el eminente cirujano, no para ser
enterrado, sino para ser embalsamado y guardado en una vitrina, ya que el
médico había sido amigo suyo [108] ». Otro periódico, este británico, publicó
que Leach había «legado su cuerpo a su más íntimo amigo y compañero, el señor
Potter [109] », lo que parece más probable, dado que fue Potter quien acabó
haciendo la disección. Fueran cuales fuesen las circunstancias en que se obtuvo
su cuerpo y sus deseos reales, la disección de Leach se llevó a cabo el 22 de
abril de 1847.
Potter,
que había demostrado ser un profesor dinámico, brillante y excelente, había
sido nombrado aquella misma semana cirujano ayudante del hospital University
College. Se decía que la caballerosidad y el celo con que desempeñó su puesto
anterior de profesor de anatomía lo habían hecho popular entre profesores y
estudiantes por igual, y Lister estaba entre sus admiradores [110]. Cuando
Potter diseccionaba el cuerpo rígido de Leach, comentó: «Es como si los huesos
y los músculos de los muslos hubieran desaparecido y las articulaciones de las
rodillas hubiesen ascendido hasta las caderas». Según Potter, en lugar de una
estructura normal, Leach parecía tener «un hueso inmensamente fuerte de forma
triangular, con la base ascendente […] uniéndose a la cadera con ligamentos muy
fuertes». Potter pensó que por eso el famoso artista circense era capaz de dar
saltos de tres metros [111].
Potter
ahondó con cuidado en el cadáver, con pausas para hacer meticulosas
anotaciones. De pronto, su lanceta resbaló y se pinchó el nudillo del dedo
índice. Sin prestar atención a la precaria situación en que se encontraba,
Potter prosiguió con la disección. Días después, el joven cirujano comenzó a
desarrollar piemia, una forma de septicemia resultante de la formación de
abscesos generalizados en todo el cuerpo, algo que sin duda le había causado su
exposición a las bacterias que habían invadido el cadáver de Leach. La
infección ascendió por el brazo y se extendió por todo el cuerpo. Durante las
tres semanas siguientes, cinco médicos —entre ellos Robert Liston— asistieron a
Potter. Drenaron litro y medio de pus de la región sacra y otro más del pecho,
hasta que el joven cirujano murió. El informe oficial concluyó que si Potter
hubiera desayunado antes de correr a la sala de disección, quizá habría
sobrevivido, ya que el estómago lleno habría ayudado a la absorción de las
sustancias tóxicas que habían penetrado en su cuerpo al diseccionar a Leach. En
una época en que nada se sabía de gérmenes, esta explicación parecía
enteramente plausible.
Doscientas
personas marcharon tras el ataúd de Potter por el largo camino hasta el
cementerio Kensal Green de Londres para asistir al funeral y presentar sus
respetos a un hombre tan prometedor durante su corta carrera. Más tarde, The
Lancet lamentó la desgracia diciendo que era «un ejemplo melancólico y
desalentador de brillante talento y promesa arruinados en la sangre [112] ».
Pero la desgracia de Potter fue la buena suerte de Erichsen. Apenas se había
asentado la tierra sobre la tumba del pobre Potter, el cirujano de origen danés
ocupó el puesto de su colega desaparecido.
* *
* *
Resultó
que 1847 fue un mal año para muchos de los cirujanos del hospital. El 7 de
diciembre, casi un año después de su histórica operación con éter, el gran
cirujano Robert Liston murió de manera inesperada de un aneurisma aórtico a la
edad de cincuenta y tres años. Su muerte fue profundamente sentida por el
personal médico del hospital University College, y muchos renunciaron a sus
puestos en busca de otros cirujanos renombrados a quienes seguir [113]. La
pérdida de instructores tan queridos como Potter y Liston también redujo el
número de alumnos que deseaban estudiar allí, lo que condujo a una disminución
sustancial de los recursos económicos. A finales de la década de 1840, el
hospital tenía una deuda de 3000 libras, y tuvo que reducir el número de camas
de 130 a 100. Solo la mitad de ellas fueron asignadas a casos quirúrgicos
[114].
Erichsen
ascendió con rapidez. Su nombramiento para ocupar la cátedra de cirugía en
1850, a la edad de treinta y dos años, ofendió tanto a su colega Richard Quain
que este se negó a hablar con Erichsen durante quince años. Tal era la
atemporalidad en la política de los hospitales. Erichsen tenía asignados tres
ayudantes cuando le llegó un cuarto: Lister. Los ayudantes tenían que
confeccionar un historial de cada paciente, preparar tablas con la dieta para
los enfermos y colaborar en las necropsias. Lister y sus tres colegas
informaron al cirujano asociado de Erichsen, un joven excéntrico llamado Henry
Thompson, que más tarde sería conocido en Londres por organizar «octavas»
—comidas de ocho platos para ocho personas servidas a las ocho—. Thompson
supervisaba a los ayudantes y atendía a los pacientes de Erichsen cada mañana.
Como cirujano plenamente cualificado, también ayudaba a Erichsen en operaciones
quirúrgicas, mientras que Lister y los demás asistentes no podían hacer tal
cosa.
Los
cinco hombres vivían en alojamientos ubicados dentro del hospital. La agobiada
existencia de Lister experimentó un cambio saludable respecto a cuándo se
hospedaba en la casa de Edward Palmer y estudiaba para obtener un grado en
artes. Por primera vez en su vida, Lister entró en contacto con jóvenes de
diferentes orígenes educativos y religiosos con puntos de vista diferentes al
suyo. Prosperó en ese nuevo entorno y llegó a ser un miembro activo del cuerpo
estudiantil. En parte con la intención de librarse de la tartamudez que había
precedido a su crisis, Lister se unió a la Sociedad Médica, en la que participó
en animados debates con otros estudiantes sobre las virtudes del microscopio
como herramienta para la investigación médica. También dirigió un feroz ataque
contra la medicina homeopática, para él «de todo punto insostenible
científicamente». Su oratoria era tal que un año después de hacerse miembro de
esa sociedad lo eligieron presidente de la misma [115].
* *
* *
Lister
solo había trabajado como ayudante de Erichsen durante un corto período, cuando
en el hospital hubo un brote de erisipela, una infección cutánea aguda a veces
denominada «fuego de San Antonio» por el vivo y brillante color rojo que
adquiere la piel. La produce una bacteria, el estreptococo, y puede
desarrollarse con celeridad en pocas horas, causando fiebre, temblores y al
final la muerte. La mayoría de los cirujanos consideraba la erisipela
prácticamente incurable. Sus terribles efectos se extendían por cualquier parte
del cuerpo. Era tan contagiosa que instituciones como la Blockley Almshouse de
Filadelfia (más tarde el hospital General de Filadelfia) impusieron una
moratoria a las operaciones de enero a marzo, cuando se creía que la erisipela
alcanzaba su pico estacional.
Lister
estaba más familiarizado con esta enfermedad que la mayoría de sus compañeros
de clase. Su madre, Isabella, había sufrido brotes recurrentes de erisipela
desde que Lister era solo un niño [116]. (Probablemente debido a su estado de
salud, Lister se volvería después un tanto hipocondríaco. La manifestación
externa más visible de su neurosis era una fijación con sus zapatos, que
siempre quiso que tuvieran suelas más gruesas de lo normal. Uno de sus amigos
especulaba con que eso se debía al «temor irracional a mojarse los pies» de
Lister, algo que la mayoría de la gente de su generación creía que era el
origen de la enfermedad) [117].
La
erisipela era una de las cuatro infecciones principales en los hospitales del
siglo XIX. Las otras tres eran la gangrena (úlceras que causan la
descomposición de la carne, los músculos y los huesos), la septicemia
(envenenamiento de la sangre) y la piemia (formación de abscesos repletos de
pus). Cualquiera de estas infecciones podía resultar fatal, dependiendo de una
amplia diversidad de factores, entre ellos la edad y el estado de salud de la
víctima. El progreso de la infección y la supuración que causaban las «cuatro
grandes» se conocerían tiempo después como «hospitalismo», y la comunidad
médica lo atribuyó cada vez más a la construcción de grandes hospitales urbanos
en los que los pacientes se encontraban en estrecho contacto unos con otros.
Aunque la existencia de esos edificios satisfacía las necesidades de una
población que aumentaba con rapidez, muchos médicos creían que los hospitales
contrarrestaban los avances quirúrgicos debido a que la mayoría de los enfermos
morían de infecciones que no habrían contraído de no haber sido admitidos en
ellos. De hecho, un contemporáneo argumentó que la comunidad médica no podía
esperar ningún «progreso en la práctica pública del arte curativo hasta que
nuestro sistema de hospitalismo haya experimentado algún cambio o revolución
[118] ».
El
problema era que nadie sabía con exactitud cómo se transmitían las enfermedades
infecciosas. En la década de 1840, la instauración de una política eficaz de
salud pública fue rehén de un debate entre los llamados «contagionistas» y
«anticontagionistas». Los primeros suponían que la enfermedad se transmitía de
persona a persona o a través de mercancías que se enviaban desde zonas
pestilentes del mundo. Los contagionistas no precisaban cuál podía ser el
agente que transmitía la enfermedad. Algunos sugerían que era una sustancia
química o incluso pequeñas «balas invisibles». Otros creían que podía
transmitirse a través de un «animálculo», término general para los organismos
pequeños. Los contagionistas sostenían que la única manera de prevenir y
controlar las enfermedades epidémicas era decretar cuarentenas y restricciones
comerciales. El contagionismo resultaba plausible cuando se trataba de
enfermedades como la viruela, en la que era fácil comprobar que los fluidos de
las pústulas transmitían la enfermedad; sin embargo, no explicaba cómo las
enfermedades podían contagiarse por contacto indirecto, como ocurría con el
cólera o la fiebre amarilla.
En
el otro bando estaban los anticontagionistas, que creían que la enfermedad
surgía de manera espontánea de la suciedad y la materia en descomposición en un
proceso conocido como «pitogénesis» y luego se transmitía por el aire a través
de vapores venenosos o miasmas. (El nombre de una enfermedad como la malaria
deriva de las palabras italianas mala y aria, «mal aire», lo que indica que
entonces se creía que la enfermedad tenía orígenes miásmicos). El
anticontagionismo era popular entre la élite médica, que se oponía a las
restricciones draconianas del libre comercio por las que los contagionistas
abogaban durante las epidemias. Los anticontagionistas creían que su teoría se
basaba en la simple observación. Bastaba con reparar en las condiciones
miserables de una ciudad superpoblada para reconocer que las zonas más
densamente habitadas eran con frecuencia los focos de los brotes. En 1844, el
médico Neil Arnott resumió el anticontagionismo argumentando que la causa
inmediata y principal de las enfermedades en las áreas metropolitanas era «el
veneno de la impureza atmosférica procedente de la acumulación en y alrededor
de las viviendas de restos en descomposición de las sustancias utilizadas en la
alimentación y de las impurezas emanadas del propio cuerpo [119] ». Los
anticontagionistas abogaban por su propio programa de prevención y control, que
ponía énfasis en mejoras ambientales capaces de erradicar las condiciones en
que las enfermedades podían originarse.
Mientras
que muchos médicos reconocían que ninguna de las dos teorías proporcionaba una
explicación comprehensiva del modo de propagarse de las enfermedades
infecciosas, la mayoría de los cirujanos hospitalarios tomaba partido por los
anticontagionistas, señalando el aire contaminado de las salas atestadas como
la causa del hospitalismo. Los franceses llamaban al fenómeno
l’intoxicationnosocomiale («intoxicación nosocomial» o intrahospitalaria [120]
). En el hospital University College, Erichsen era uno de los que estaba de
acuerdo con esta teoría. Sostenía que los pacientes se infectaban con las
miasmas procedentes de las heridas corrompidas. El aire, pensaba, se satura de
gases venenosos que los pacientes respiran, y esa miasma puede aparecer «en
cualquier época del año y, en determinadas circunstancias, adquirir una
virulencia extrema si el hacinamiento de los operados o heridos […] es excesivo
[121] ». Erichsen calculaba que más de siete pacientes con una herida infectada
en una sala de catorce camas podría originar un brote irreversible de
cualquiera de las cuatro principales enfermedades hospitalarias. Difícilmente
lo criticarían por pensar así.
Al
comparar las tasas de mortalidad de los profesionales del país con las de los
que operaban en los grandes hospitales urbanos de Londres y Edimburgo durante
este período, el obstetra James Y. Simpson descubrió algunas diferencias
chocantes. De 23 dobles amputaciones realizadas en el campo durante un período
de doce meses, solo siete pacientes murieron. Aunque esta estadística podía
parecer alta, era baja si se la comparaba con la tasa de mortalidad en la Royal
Infirmary de Edimburgo en el mismo período [122]. De los once pacientes a los
que durante ese tiempo se practicó una doble amputación, diez murieron. Un
análisis posterior demostró que la principal causa de muerte en amputados del
medio rural en el siglo XIX era el shock y el agotamiento, mientras que la
principal causa de muerte en los hospitales urbanos era la infección
postoperatoria. Muchos cirujanos empezaron a preguntarse por los efectos de los
grandes hospitales sobre la capacidad de recuperación de sus pacientes.
El
hospital University College tenía una política de rápido aislamiento con las
infecciones hospitalarias.[123] The Lancet informó de que el hospital «era
sumamente salubre y estaba libre de las erisipelas originarias de sus paredes»
cuando Lister empezó a trabajar para Erichsen en enero de 1851. Pero aquel
mismo mes un paciente que presentaba necrosis en las piernas fue conducido a
las salas desde el asilo para pobres de Islington. También estaba infectado de
erisipela. Aunque solo ocupó la cama durante dos horas antes de que Erichsen
ordenara su aislamiento, fue demasiado tarde. El daño estaba hecho. En pocas
horas, la infección se extendió por toda la sala y mató a numerosos pacientes.
El brote quedó finalmente controlado cuando los pacientes infectados fueron
trasladados de la sala a otra zona del hospital.
Muchas
de las víctimas sin duda serían conducidas a la sala de disección para su
necropsia, que demostraría, como hacían Lister y sus colegas, la naturaleza en
apariencia inalterable del ciclo de la enfermedad y la muerte generadas en la
sala del hospital. El éxito o el fracaso del tratamiento en una casa de la
muerte era una lotería. Pero en ocasiones se presentaban oportunidades para que
el cirujano tomara una iniciativa con el fin de salvar vidas de maneras
inesperadas, como Lister no tardaría en descubrir.
Capítulo
3
El
intestino suturado
Debemos
preguntarnos si, puestos en circunstancias similares, debemos elegir rendirnos
al dolor y al peligro que estamos a punto de infligir.[124]
SIR
ASTLEY COOPER
El
27 de junio de 1851, la llama de la vela de Lister titilaba en la ventana de la
sección de heridos y pacientes ambulatorios del hospital University College a
la una de la madrugada. Otras salas habían instalado hacía poco lámparas de gas
que colgaban del techo, pero aquella parte del hospital todavía dependía de la
luz de las velas [125]. Las velas siempre habían sido problemáticas en un
entorno médico. Proporcionaban una iluminación insuficiente, y los cirujanos se
veían obligados a acercarlas peligrosamente a los pacientes para
inspeccionarlos de manera adecuada. Uno de los pacientes de Erichsen se había
quejado hacía poco de que la cera ardiente le había goteado sobre el cuello
durante un examen [126].
Lister
aprovechaba a menudo las silenciosas horas nocturnas para escribir notas sobre
los casos y controlar a los enfermos. Pero aquella noche en particular no
habría paz. De repente, se produjo un alboroto en la calle. Lister tomó la vela
de la ventana, cuya luz fue desvaneciéndose dentro del edificio mientras sus
pasos resonaban en los suelos entarimados. La llama iluminó por un momento cada
habitación por la que pasó mientras caminaba hacia la entrada principal. En ese
momento, las puertas se abrieron de golpe. Lister levantó la vela para ver la
cara de un policía nervioso. Los brazos del oficial sostenían a una mujer
inconsciente. Había sido apuñalada en el estómago y, aunque la herida era
pequeña, partes de su intestino habían empezado a salir de su cuerpo. Lister no
solo era el cirujano de turno más veterano, sino el único cirujano de turno.
Dejó
la vela y se dispuso a actuar [127].
* *
* *
La
joven mujer a cargo de Lister era Julia Sullivan, una madre de ocho hijos que
había sido víctima de la irascibilidad de su marido, alimentada por el alcohol.
La violencia doméstica no era rara en la Inglaterra victoriana. Pegar a la
esposa era algo habitual, y las mujeres como Julia a menudo eran tratadas por
sus maridos como si fueran de su propiedad.
Algunos
hombres llegaban a poner a la venta a su esposa e hijos cuando se cansaban de
ellos. En una escritura para esta clase de venta, un tal señor Osborn
declaraba: «Acepto traspasar a mi esposa Mary Osborn y a mi hijo al señor
William Seargent por la suma de una libra, con la cláusula de renunciar a toda
reclamación [128] ». Otro ejemplo: un periodista contó el caso de un carnicero
que había arrastrado a su esposa al mercado de Smithfield «con un ronzal
alrededor del cuello y una cuerda sujeta a la cintura, que ató a una reja». El
marido terminó vendiendo a su esposa a un «afortunado comprador» que le pagó
tres guineas y una corona por «su repudiada costilla [129] ». Entre 1800 y 1850
hubo más de doscientos casos registrados de ventas de esposas en Inglaterra.
Sin duda, hubo más que no se conocieron [130].
A
mediados del siglo XIX, había poca protección legal para una mujer víctima de
su marido. El director de The Times criticó la levedad de las sentencias que
dictaban los tribunales en los casos de maridos maltratadores argumentando que
«el lazo conyugal parece conferir al varón cierto grado de impunidad en la
comisión de actos de brutalidad contra la mujer [131] ». Aquellos hombres
violentos vivían en una sociedad que cerraba los ojos ante tales abusos. La
sociedad se había acostumbrado tanto a la idea de que a los hombres se les
permitiera golpear a las mujeres y los niños que prácticamente aprobaba este
comportamiento. El 31 de mayo de 1850, un articulista de The Morning Chronicle
comentó:
Es
evidente para todo el que se tome la molestia de apreciar lo que indican las
opiniones del populacho, que ellos creen tener derecho a infligir casi
cualquier forma de violencia corporal a su esposa o sus hijos. Que alguien
pretenda interferir con este supuesto derecho les causa verdadera sorpresa.
¿Acaso no es su esposa o su hijo? ¿No tienen derecho a hacer lo que quieran con
los suyos? A su modo de ver, estas frases no son metafóricas. Los zapatos de
sus pies, la garrota que sostienen en la mano, el caballo o el asno que llevan
su carga, la esposa y los niños son «suyos», todo en ese mismo sentido.[132]
Tal
era el mundo en el que vivía Julia Sullivan cuando su marido, Jeremiah, de
cincuenta y nueve años, se abalanzó sobre ella con un largo cuchillo de hoja
estrecha que llevaba oculto en la manga una hora antes de que fuera rápidamente
conducida al hospital University College [133].
Las
tensiones en el desgraciado matrimonio habían ido en aumento tiempo antes del
ataque. El alcoholismo y los arrebatos de Sullivan habían alejado a su esposa
del hogar cinco semanas antes. Su huida era una de las pocas opciones que a
Julia le quedaban en 1851, cuando la incoación por la mujer de un proceso de
divorcio dependía de que el marido cometiera adulterio y agresión (lo mismo no
valía para el marido). Y aun cumpliéndose ambos requisitos, los costes del
divorcio superaban los medios de la mayoría de las mujeres de clase baja, que a
menudo carecían de lo necesario para mantenerse y corrían el riesgo de que les
negaran el contacto con sus hijos si obtenían una separación legal. En el caso
de Julia, ser repetidamente golpeada por su marido alcohólico no era suficiente
para justificar la presentación de una demanda de divorcio con la ley inglesa.
Hacía
poco que Julia se había ido de su casa y compartía una habitación con una
anciana viuda en Camden Town, una zona de Londres con una variopinta y pobre
muchedumbre de clase obrera. Tres semanas antes del ataque, una multitud local
había oído a Sullivan gritar obscenidades y proferir amenazas de muerte contra
su mujer en la nueva calle donde ella vivía. De comportamiento paranoico y
delirante, pensaba que Julia tenía un amante. Un hombre llamado Francis Poltock
se enfrentó a Sullivan, diciéndole que se fuera y que su esposa no quería salir
a verlo. Según los documentos del juzgado, Sullivan, muy enfurecido, le soltó:
«Si no me deja entrar, iré a por ella».
Aquella
noche, Sullivan sorprendió a Julia fuera de su vivienda cuando regresaba del
trabajo. La agarró y le exigió que volviera a casa con él antes de tocarse la
manga con gesto amenazante. Julia, extrañada, le preguntó qué ocultaba allí. Él
se burló diciéndole: « ¿Acaso piensas, estúpida, que voy a llevar en la manga
algo para quitarte la vida y enviar mi alma al infierno?».
Ambos
se enzarzaron en una fuerte discusión que hizo que la vecina, Bridget Bryan,
saliera a la puerta para quejarse de las voces. Sullivan suplicó a su mujer que
lo acompañara a un pub local. Como ella se negaba, le puso la mano sobre la
espalda y la empujó a la calle. Bridget aconsejó a Julia acceder a los deseos
de Sullivan para que hubiera paz, y los tres se encaminaron hacia el pub. Allí,
el matrimonio volvió a discutir después de que Julia se negara de nuevo a irse
con Sullivan. Al final, las dos mujeres se fueron por su cuenta con intención
de regresar a casa. Justo cuando creían haberse librado de Sullivan y su voz de
borracho, este salió de entre las sombras y se abalanzó sobre ellas. Creyendo
que su marido iba a golpearla, Julia se cubrió el rostro con las manos. Fue
entonces cuando él le hundió el cuchillo profundamente en el vientre, gritando:
« ¡Si lo hago por ti!».
Mientras
Julia se estremecía de dolor, Bridget puso enseguida las manos debajo de la
ropa de su amiga para comprobar cómo era la herida. Y gritó: « ¡Sullivan, has
matado a tu mujer!». Él se quedó mirando la escena antes de responder
decepcionado: «No, no está muerta todavía».
Thomas
Gentle, un oficial de policía de turno aquella noche, recordaría más tarde
haber visto a Julia renqueando por la calle junto a Sullivan y su vecina.
Cuando le preguntó qué le ocurría, ella gimió: «Ay, señor policía, mi vida está
en sus manos; este hombre me ha apuñalado», señalando a su marido. De manera
instintiva, puso una mano sobre el abdomen. Entonces hizo el horrible
descubrimiento y dijo entrecortada: « ¡Oh, se me salen las entrañas!». Gentle
llevó a la asustada mujer a casa del cirujano más cercano, un tal señor Mushat,
pero este no se encontraba allí. Pidió ayuda a otros dos agentes, uno de los
cuales acompañó a Julia hasta el hospital University College, situado en Gower
Street, mientras Gentle y el otro oficial detenían a Sullivan. El maltratador
ebrio dijo con grosería que solo lamentaba que el amante con el que imaginaba a
su esposa compartiendo cama no estuviera allí, porque «habría acabado con los
dos [134] ».
* *
* *
La
mayoría de las personas enfermas o heridas que entraban en el hospital
University College, incluida Julia Sullivan, lo hacía por la sección de heridos
y pacientes ambulatorios. Muy pocos eran admitidos en las salas. Era algo poco
habitual. En general, una persona enferma tenía una entre cuatro posibilidades
de ingresar en un hospital de la ciudad [135]. En 1845, el hospital King’s
College solo trató a 1.160 de las 17.093 personas que pasaron por sus puertas
como pacientes ambulatorios [136]. La mayoría de los hospitales tenía un «día
de admisión» establecido para ingresar a nuevos pacientes en las salas. Esto
podía ocurrir solo una vez a la semana. En 1835, The Times informó de un
incidente en el que una mujer joven que padecía una fístula, inflamación del
cerebro y tisis fue rechazada en el hospital Guy’s de Londres por ser un lunes,
ya que el día de admisión era el viernes. La mujer intentó volver ese día, pero
llegó diez minutos tarde, y se le negó la admisión por su falta de puntualidad.
Deprimida y gravemente enferma, regresó al campo, donde murió pocos días
después [137].
En
el siglo XIX, casi todos los hospitales de Londres excepto el Royal Free
controlaban la admisión de pacientes mediante un sistema de entradas. Uno podía
obtener una entrada de manos de uno de los «suscriptores» del hospital, que
había pagado una cuota anual a cambio del derecho a recomendar pacientes al
hospital y votar en las elecciones del personal médico. Para obtener una
entrada, los potenciales pacientes tenían que hacer continuas solicitudes;
podían pasarse días esperando y llamando a los sirvientes de los suscriptores
para pedirles el ingreso en el hospital. Se daba preferencia a los casos
graves. Los «incurables» —personas con cáncer o tuberculosis, por ejemplo— eran
rechazados, y también las personas con enfermedades venéreas.
Aquella
noche Julia Sullivan tuvo suerte, al menos en un sentido. La gravedad de la
herida, que amenazaba su vida, requería atención inmediata y, aunque Lister
nunca había realizado una operación por su cuenta y era totalmente inexperto
con los pacientes que sufrían una lesión grave, fue para él una gran fortuna
que dejaran a aquella mujer a su cuidado. Tras ser ingresada de urgencia en el
hospital sobre una camilla, Lister examinó enseguida el vientre de Julia. Tanto
las prendas exteriores como las interiores habían sido atravesadas, y el tajo
medía centímetro y medio de largo y sangraba. Debajo de su ropa, casi veinte
centímetros de intestino sobresalían de la herida.
Lister
permaneció en calma durante aquel tremendo momento. Después de administrar a la
mujer un anestésico, lavó la materia fecal de las entrañas con agua tibia e
intentó colocar con suavidad los intestinos en su sitio. Pero el joven cirujano
se dio cuenta de que la abertura era demasiado pequeña y tendría que
ensancharla.
Lister
tomó un bisturí y alargó el corte con cuidado, hacia arriba y hacia adentro, en
unos dos centímetros. Redujo la mayor parte de la protrusión a la cavidad
abdominal hasta que solo quedó fuera de la herida un nudillo de intestino que
el cuchillo de Sullivan había seccionado. Con mucho cuidado utilizó una fina
aguja e hilo de seda para coser la abertura. La cerró, anudó el hilo, cortó los
extremos y devolvió la parte afectada del intestino a su cavidad, utilizando el
corte en la piel como válvula para impedir que sangrara y se ensuciara. Tras la
operación intestinal de Lister, un fluido acuoso y rojizo salió del abdomen
amoratado e hinchado de Julia. Estaba muy contento de que hubiese «perdido poca
sangre y la paciente estuviera totalmente consciente, aunque algo débil [138]
».
Reintroducir
las vísceras en dos fases permitió a Lister concentrarse en la sutura del corte
utilizando un solo hilo. Su audaz decisión de suturar el intestino de Julia era
un procedimiento extremadamente polémico que incluso los cirujanos más
experimentados a menudo se negaban a realizar. Lister había tenido éxito con
este método, pero muchos otros no. En 1846, el cirujano Andrew Ellis observó:
«encontraremos opiniones discrepantes cuando leamos las obras que tratan [de
las incisiones en el intestino]». Algunos preferían no hacer nada, excepto una
vigilancia cuidadosa del estado del paciente, como en el caso del cirujano
apodado señor Cutler y su paciente Thomas V., quien recibió una cuchillada en
los intestinos en una pelea con un amigo. Cuando Thomas llegó al hospital, el
cirujano notó que no había sangrado externo de importancia y prescribió al
pobre hombre, que se retorcía de dolor, veinte gotas de láudano. Al día
siguiente, sus intestinos comenzaron a fallar y el abdomen del paciente se
distendió de manera dolorosa. Cutler ordenó que pusieran un enema al hombre
para aliviar su malestar, pero no produjo ningún efecto, por lo que el cirujano
le dio media taza de brandy. Al tercer día, el paciente continuaba en su
angustioso estado. La piel y las extremidades se pusieron muy frías, y el pulso
era muy débil. De nuevo se le administró un enema de sen con aceite de ricino,
que produjo la evacuación de una pequeña cantidad de heces. Luego se repuso un
poco, pero solo para más tarde sufrir una parada cardiorrespiratoria y morir
ese mismo día.
Aunque
el uso de la sutura se generalizaba cada vez más, las heridas o incisiones
cosidas solían infectarse. El riesgo era aún mayor cuando se trataba de un
intestino perforado. La mayoría de los cirujanos preferían cauterizar la
abertura con una estrecha lámina de hierro calentada en un brasero hasta
ponerse al rojo. «Cuanto más lentamente se quema [la carne], mejor es el
efecto», comentó el cirujano John Lizars. Si se quemaba en profundidad, la
lesión podía permanecer abierta durante semanas o incluso meses, curándose de
dentro afuera. Por supuesto, el dolor era insoportable y el procedimiento no
garantizaba que el paciente sobreviviera, sobre todo porque convalecía en la
sala poco ventilada de un hospital victoriano plagado de bacterias y otros
gérmenes.
Esa
era la realidad médica a que se enfrentaban la mayoría de las personas que
tenían la desgracia de sufrir una lesión abdominal en la época victoriana. El
éxito de Lister con la operación de Julia Sullivan se debió a una combinación
de destreza y suerte. Sin duda, fue un adelantado en los casos de hernia, en
los que era necesario reintroducir en el abdomen protrusiones intestinales. Al
comienzo de la residencia de Lister, Erichsen cuidó de un paciente que de niño
había recibido una coz en el abdomen y como consecuencia sufría de una hernia
persistente. Décadas después, la hernia aumentó y se volvió dolorosa. Erichsen
se vio obligado a practicar una incisión en el abdomen del hombre para aliviar
la presión antes de devolver el intestino a su sitio. El hombre parecía
recuperarse tras la cirugía, pero murió al día siguiente [139].
Además
de observar casos similares al cuidado de Erichsen, es probable que Lister
estudiase el tema poco antes de que Julia fuese conducida de urgencia al
hospital University College. De hecho, las hernias estranguladas a consecuencia
de heridas penetrantes eran un tema candente debido a la elevada incidencia de
apuñalamientos y accidentes industriales que se trataban en los hospitales
urbanos. En 1847, cuatro años antes, George James Guthrie había escrito un
libro sobre el tema. También el cirujano Benjamin Travers había escrito
extensamente sobre lo mismo. En 1826, Travers describió en el Edinburgh Journal
of Medical Science un caso parecido al de Julia Sullivan. La mujer en cuestión
había sido trasladada al hospital Saint Thomas con una herida autoinfligida en
el intestino con una navaja de afeitar. Estaba débil a su llegada. Travers
procedió a coser la parte abierta del intestino con un hilo de seda antes de
agrandar la abertura para poder devolver las vísceras salientes a la cavidad
abdominal, y luego cerró la herida con una sutura de pluma. Se privó a la
paciente de alimentos y líquidos durante veinticuatro horas. Ella continuó
recuperándose durante las semanas siguientes, hasta que sufrió una inflamación
súbita del intestino. El cirujano aplicó dieciséis sanguijuelas en el abdomen y
le administró un enema. Al final la herida se curó, y la paciente abandonó el
hospital Saint Thomas dos meses después de la operación [140].
Como
estudiante de medicina, Lister estaba familiarizado con la literatura sobre
esos casos. Y había otra razón por la que estaba inusualmente capacitado para
operar el intestino de Julia aquella noche. Cuatro meses antes, The Lancet
había anunciado que el concurso para ganar la Medalla de Oro Fothergillian, que
la Sociedad Médica de Londres concedía cada tres años, se centraría en heridas
y lesiones abdominales y su tratamiento. Lister ya había obtenido varios
reconocimientos por su trabajo en el University College de Londres, y la
Medalla de Oro Fothergillian era uno de los premios más prestigiosos. ¿Quizá
Lister estudiaba las heridas abdominales con la esperanza de participar con un
ensayo en el concurso?
Aunque
la operación de Lister fue un éxito, la recuperación de Julia apenas había
comenzado. Lister la sometió a una dieta líquida durante su recuperación para
aliviar la presión en el intestino. También ordenó que se le diera una dosis
regular de opio, una droga que en el siglo XIX Se había vuelto más popular que
el alcohol debido a la constante expansión del Imperio británico. Antes de que
la ley de Farmacia de 1868 limitara la venta de sustancias peligrosas a los
boticarios titulados, una persona podía comprar opio a cualquiera, desde
barberos y confiteros hasta ferreteros, estanqueros y comerciantes de vinos.
Lister administraba la potente droga a pacientes de todas las edades, incluidos
los niños.
Durante
las semanas siguientes, Erichsen se hizo cargo del caso de Lister, quien a
pesar de sus heroicos esfuerzos en la sala de operaciones aún era un
subordinado en el hospital. Al igual que la mujer en el hospital Saint Thomas,
Julia empezó a sufrir peritonitis poco después de la operación. El tratamiento
de Erichsen consistía en la aplicación de sanguijuelas, emplastos y paños
calientes para aliviar los efectos timpánicos de la enfermedad. Al final Julia
se recuperó. En los últimos meses de 1851, su caso fue dos veces mencionado en
The Lancet. La revista subrayaba la importancia de la recuperación de Julia:
«[Esta cirugía] es de tal importancia […] que hemos creído conveniente
comentarla con más detalle de lo que solemos hacer [141] ».
* *
* *
Un
húmedo día de agosto, dos meses después de la operación de Julia Sullivan,
Lister subió a un ómnibus para atravesar la ciudad y dirigirse hacia el Old
Bailey con el fin de testificar contra el marido de Julia, que sería juzgado
por intento de asesinato. A mediados del siglo XIX no era raro que los
cirujanos aportaran pruebas en los tribunales. Ante ellos se discutía sobre
diversos asuntos, como la salud mental de los acusados, el tipo de heridas y
los signos químicos o fisiológicos de un envenenamiento criminal, que en el
período victoriano se había convertido en una «moda» entre los que querían
deshacerse de un enemigo. Lister fue una de las seis personas a las que el
tribunal llamó para testificar contra Sullivan.
El
llamado «Old Bailey» era el tribunal penal más temido del país. Su edificio,
parecido a una fortaleza, se hallaba encerrado en un muro semicircular de
ladrillo para impedir la comunicación entre los prisioneros y el público. Se
encontraba al lado de la tristemente célebre prisión de Newgate, donde
estuvieron encerradas personalidades tan famosas como Daniel Defoe, el capitán
Kidd y William Penn, fundador de Pensilvania. Justo enfrente de los dos
edificios había una plaza abierta donde se llevaron a cabo ejecuciones públicas
hasta 1868. Miles de espectadores se congregaban los días en que se realizaban
ahorcamientos, peleándose por un puesto cerca del cadalso para presenciar los
retorcimientos del condenado contra la constricción mortal de la soga. Podían
pasar solo dos días entre un veredicto de culpabilidad y la muerte del
condenado.
Charles
Dickens escribió lo siguiente sobre el Old Bailey: «Seguramente no haya nada
que impresione más a la persona que entra por primera vez [en las salas] como
la calma y la indiferencia con que se desarrollan los procedimientos; todos los
juicios parecen un mero despacho de negocios [142] ». Los abogados, los
miembros del jurado y los testigos se sentaban en duros bancos de madera, leían
los periódicos de la mañana y conversaban en voz baja. Algunos echaban una
cabezada mientras esperaban el próximo caso. El aire de despreocupación
dominante en la sala podía resultar muy perturbador para los no iniciados. Un
extraño podía ser disculpado si se marchaba cuando en el Old Bailey iba a
dictarse una sentencia, que con frecuencia se ejecutaba con una soga.
Sullivan
se hallaba sentado en un banquillo frente al estrado. Sobre él había una caja
de resonancia para amplificar su voz. Durante el siglo XVIII se colocaba un
reflector sobre el banquillo con el fin de que la luz alumbrara los rostros de
los acusados. En los tiempos de Lister se había sustituido por una lámpara de
gas. Esta medida permitía al juez y al jurado observar la expresión facial de
los acusados para estimar la validez de sus testimonios, un método dudoso que
se tradujo en muchas condenas injustas. A la derecha de Sullivan se encontraban
los doce miembros del jurado. Sin salir de la sala, estos intercambiaban
opiniones hasta emitir un veredicto que el acusado escuchaba y que decidía su
destino. Detrás y por encima de ellos se hallaban las gradas para el público,
que asistía al desarrollo del proceso igual que lo hacían los espectadores en
las salas de operaciones. Era una época en que las resoluciones entre la vida y
la muerte constituían un entretenimiento público.
El
primero en testificar fue Thomas Gentle, el oficial de policía que atendió a
Julia después del apuñalamiento. Gentle declaró ante el tribunal que el
prisionero estaba ebrio cuando lo detuvo. En cambio, la víctima estaba sobria
cuando identificó a Jeremiah Sullivan como su atacante, y se hallaba en su sano
juicio antes, durante y después del ataque. Le siguieron otros dos testigos,
que testimoniaron haber oído a Sullivan amenazar a su esposa antes de la
agresión.
A
continuación, Julia subió al estrado. Recuperada por completo y sin mostrar
signo alguno de los efectos de la herida recibida, se enfrentó sin temor a su
agresor, a quien no veía desde la noche en que había sido apuñalada. En una
larga declaración, Julia recordó los acontecimientos del 26 de junio. En un
momento determinado, Sullivan la acusó de vivir con otro hombre, con la
esperanza de que ello atenuara la acusación de intento de asesinato. El
tribunal preguntó a Julia si alguna vez había sido infiel a su marido, a lo que
ella respondió: «Jamás en mi vida; él no puede traer a nadie que declare que le
he engañado. Para mí es un asesino. Siempre lo fue».
Al
final le llegó el turno a Lister. Vestía con los colores apagados de su fe
cuáquera. Su seriedad le daba un aire de autoridad bastante raro en un hombre
de su edad. El joven cirujano declaró ante el juez y al jurado: «Encontré una
masa intestinal de unos veinte centímetros de ancho que comprendería unos
noventa centímetros de intestino delgado y que sobresalía de la parte inferior
del abdomen […] todo ello sin duda producido por un objeto punzante». El
tribunal inspeccionó el cuchillo ensangrentado que había encontrado Thomas
Walsh, un mozo recadero de trece años que trabajaba en una tienda próxima a la
casa del cirujano Mushat. En la sala se hizo un silencio mientras el público de
las gradas se inclinaba hacia delante para apreciar el arma. El fiscal acusó a
Sullivan de deshacerse del cuchillo antes de que Gentle y el otro agente lo
detuvieran. Fue el momento perfecto para hacerlo, con la atención de todos los
presentes centrada en encontrar la atención médica urgente que la mujer
necesitaba. Se entregó el cuchillo a Lister, que lo examinó de cerca antes de
confirmar que su forma se ajustaba al tipo de herida que Julia había sufrido y
que, por lo tanto, era muy probable que fuese el arma que Sullivan utilizó para
apuñalar a su mujer.
El
testimonio de Lister era condenatorio. Se encontró a Sullivan culpable de
intento de asesinato, y fue sentenciado a veinte años de deportación, lo que
significaba que sería desterrado a una colonia penal en Australia. Debido a la
creciente sobrepoblación de las prisiones de Londres, 162 000 convictos fueron
deportados a Australia entre 1787 y 1857. Siete de cada ocho eran varones,
algunos tan jóvenes como niños de nueve años, y otros tan viejos como
octogenarios. La deportación no era una alternativa menos severa que el
encarcelamiento o el ahorcamiento. Los reos eran enviados primero a buques
abandonados o cárceles flotantes en el río. Las condiciones de estos buques
desmantelados y podridos eran horrendas. Ni los hospitales podían emularlos
como semilleros de enfermedades. Los prisioneros eran encerrados en jaulas bajo
la cubierta en condiciones espantosas. Un guardia recordaba haber visto «las
camisas de los prisioneros colgando de las jarcias, tan negras de parásitos que
parecían haber sido rociadas con pimienta». Durante los brotes de cólera, era
frecuente que el capellán se negara a enterrar a los muertos hasta que
considerase que había una cantidad suficiente de cadáveres hinchados y en
descomposición de los que deshacerse. Si un prisionero sobrevivía, era enviado
a Australia. Uno de cada tres moría en el penoso viaje por mar, que podía durar
hasta ocho meses. Si los convictos mostraban un buen comportamiento, su condena
podía quedar reducida a la «libertad condicional», que les permitía regresar a
casa. Pero la mayoría de ellos nunca regresaba a Gran Bretaña, y preferían
vivir el resto de su miserable vida en el destierro para evitar la azarosa
navegación hasta un puerto inglés.
Por
horrible que fuese aquel destierro, era mejor que la muerte. Si Julia no
hubiera sobrevivido, Jeremiah Sullivan seguramente habría sido colgado de una
soga fuera de la prisión de Newgate unos días después de la inevitable condena
por asesinato. En ese sentido, ambos debían su vida al cirujano que, ante la
aterradora perspectiva de realizar su primera gran operación completamente
solo, actuó con rapidez y decisión. Fue el primero de los muchos éxitos
quirúrgicos que Lister tendría.
Capítulo
4
El
altar de la ciencia
Los
hombres pueden ascender por los escalones de sus etapas superadas a mayores
alturas. [143]
ALFRED,
LORD TENNYSON
Todos
los miércoles, los cirujanos y sus ayudantes se reunían en la pequeña sala de
operaciones del hospital University College. Operaban según su veteranía, y
rara vez se les ordenaba limpiar la mesa empapada de sangre entre una operación
y otra. Como cirujano asociado de Erichsen, Lister asistía a estas operaciones,
observando, tomando notas y ayudando. Fue en aquella modesta sala —con su
pequeño armario de instrumentos y un solo lavabo— donde empezó a entender hasta
qué punto la cirugía era una lotería en la década de 1850.
Hubo
casos increíblemente afortunados durante aquellos fatídicos miércoles, como el
de la joven que llegó al hospital con una enfermedad aguda de la laringe [144].
El día de su llegada, Lister estaba cerca de Erichsen mientras este cortaba la
tierna carne del cuello de la mujer. Una sangre oscura y pegajosa brotaba de la
incisión. Erichsen comenzó a cortar de manera frenética el cartílago cricoides
para dejar una abertura que permitiera el paso del aire, pero no sirvió de
nada. La paciente comenzó a asfixiarse con las grandes cantidades de líquido
que tenía acumulado en los pulmones. Su pulso se tornó más lento y, por un
momento, todo lo que podía oírse era el fuerte silbido del aire que los
pulmones trataban de atraer por la tráquea. En ese momento, Erichsen improvisó
algo extraordinario: aplicó su boca a la abertura practicada en el cuello y
comenzó a succionar la sangre y la mucosidad que impedían el paso del aire.
Después de tres succiones, el pulso de la paciente se aceleró, y el color
volvió a sus mejillas. Contra todo pronóstico, la mujer sobrevivió y volvió a
la sala de pacientes. Pero Lister sabía que allí le esperaban nuevos peligros.
Sobrevivir al bisturí era solo la mitad de la batalla.
* *
* *
Las
lesiones y afecciones que los cirujanos trataban eran tan variadas como la
propia población de Londres. La urbe se expandía sin cesar mientras Lister
colaboraba con Erichsen. Miles de trabajadores emigraban a la ciudad cada año.
No solo vivían entre la suciedad debido a la escasez de viviendas causada por
tan rápida afluencia, sino que sus trabajos eran físicamente exigentes y
peligrosos. Todas estas privaciones tenían consecuencias para su salud. Las
salas del hospital estaban atestadas de gente mutilada, con pérdida de la
visión, asfixiada o tullida a causa de las fatales consecuencias de un mundo en
proceso de modernización.
Entre
1834 y 1850, el hospital Charing Cross atendió 66.000 casos urgentes, entre
ellos 16.552 caídas de andamios o edificios, 1.308 accidentes con máquinas de
vapor, engranajes o grúas, 5.090 accidentes de tránsito y 2088 quemaduras o
escaldaduras [145]. The Spectator informó de que casi un tercio de estas
lesiones las ocasionaban «cristales o porcelanas rotos, caídas accidentales,
[…] levantamientos de pesos y manipulaciones imprudentes de radios de ruedas,
ganchos, cuchillos y otros útiles domésticos [146] ». Estos accidentes los
sufrían a menudo niños, como Martha Appleton, de trece años, que trabajaba en
una hilandería de algodón como «recogedora» del material suelto debajo de las
máquinas. Debido al exceso de trabajo y a la malnutrición, un día la pequeña
Martha se desmayó, y la mano izquierda se le quedó atascada en una máquina
desatendida. Perdió los cinco dedos, así como su trabajo. Su caso era bastante
habitual [147].
Lister
se encontraba cada semana con muchos casos de lesiones y enfermedades causadas
por las malas condiciones de vida y de trabajo. También vio unas cuantas
dolencias que se habían hecho comunes hacía muy poco. Por ejemplo, la de un
pintor de cincuenta y seis años llamado Larecy, que trabajaba entre diez y
quince horas todos los días desde que era muy joven [148]. Llegó a las salas
sufriendo un ataque severo de lo que se conocía como «cólico del pintor», un
trastorno intestinal crónico causado por la sobreexposición al plomo presente
en la pintura. Este era un problema creciente para una nación en vías de
industrialización, con un número cada vez mayor de personas cuyos puestos de
trabajo las exponían a productos químicos y metales. Aun en ausencia de sustancias
tóxicas como el arsénico o el plomo, simplemente el polvo que se levantaba en
la producción o procesamiento de aceros, piedra, arcilla y otros materiales
podía matar a un trabajador. A menudo transcurrían años antes de presentarse
los daños, cuando ya era demasiado tarde. Como observó John Thomas Arlidge —un
médico victoriano que se interesó por las enfermedades laborales—, «el polvo no
mata de repente, sino que año tras año se deposita cada vez con más firmeza en
los pulmones hasta que al final se forma una pasta. La respiración se hace cada
vez más difícil y agobiante, y por último cesa [149] ». La bronquitis, la
neumonía y una variedad de otras enfermedades respiratorias suponían para
muchas personas de la clase trabajadora una muerte prematura.
Lister
observó asimismo los efectos de la dieta en la salud de los obreros de la
ciudad. Además de consumir grandes cantidades diarias de cerveza, casi todos
sus pacientes comían en exceso carnes baratas, pero muy pocas verduras o
frutas. Durante el verano, dos personas llegaron a las salas de Lister con los
ojos hundidos, la piel fantasmalmente pálida y pérdida de dientes, signos
reveladores de escorbuto. Los médicos aún no sabían que el escorbuto se debía a
la carencia de vitamina C, que el cuerpo humano no puede sintetizar por sí
solo. De hecho, muchos profesionales de la medicina creían que se debía a una
insuficiencia de sal mineral en el cuerpo. De acuerdo con esta idea, Lister
trató a ambos pacientes con nitrato de potasa, un mineral que muchos médicos
creían erróneamente que podía curar la enfermedad [150].
Si
la baja calidad de la comida de los pobres era un problema diario evidente, las
repercusiones a la larga de la satisfacción de otra necesidad humana eran algo
más insidiosas. Con el tiempo, Lister desarrolló un buen ojo clínico para los
diversos signos de las enfermedades de transmisión sexual. Muchos de los
pacientes a los que trataba padecían sífilis. Antes del descubrirse la
penicilina, la sífilis era una enfermedad incurable que acababa siendo fatal.
Los que la padecían, solían recurrir a los cirujanos, ya que en aquella época
su trabajo no consistía principalmente en realizar operaciones quirúrgicas,
sino en tratar afecciones externas. Los síntomas que generaba la sífilis
empeoraban con el tiempo. Además de las desagradables úlceras cutáneas que dejaban
marcas corporales en las últimas etapas de la enfermedad, muchas víctimas
sufrían parálisis, ceguera, demencia y una grotesca deformidad conocida como
«nariz de silla de montar», consecuencia de la destrucción del tabique nasal,
que se hundía en la cara. (La sífilis era tan común que por todo Londres
proliferaron los llamados «clubes de desnarigados». Un periódico contaba que
«un excéntrico caballero al que le apeteció reunir a un grupo de personas sin
nariz invitó a comer un día concreto a todos los afectados que encontró por la
calle en una taberna, donde formó una hermandad». El hombre, que utilizaba para
esas fiestas clandestinas el alias de señor Crampton, entretuvo cada mes
durante un año a sus desnarigados amigos hasta que murió, momento en que el
grupo «tristemente se disolvió») [151].
En
muchos tratamientos contra la sífilis se empleaba el mercurio, que podía
administrarse en forma de ungüentos, baños de vapor o píldoras. Por desgracia,
los efectos secundarios podían ser tan dolorosos y aterradores como la propia
enfermedad. La mayoría de los pacientes que se sometían a tratamientos
prolongados sufrían la pérdida de múltiples piezas dentales, ulceraciones y
daños neurológicos. Era frecuente que murieran envenenados por el mercurio
antes que a causa de la enfermedad.
En
una ocasión, el hospital University College admitió a un obrero irlandés de
cincuenta y seis años llamado Matthew Kelly. Había sufrido tres caídas que se
temía eran causadas por «la enfermedad de la caída» o epilepsia. Pero Lister
sospechó de las manchas dolorosas en los muslos y se preguntó si la causa de
sus ataques sería otra. Tras conocer los hábitos sexuales del hombre y sus
«fuertes inclinaciones venéreas», Lister creyó que Kelly sufría una incipiente
encefalitis, propia de las últimas etapas de la sífilis, que podía causar
ataques epilépticos. Como se sabía muy poco sobre esta enfermedad, no había
mucho que Lister pudiera hacer por Kelly, y el paciente abandonó el hospital
como enfermo incurable [152]
No
fue la única ocasión en que Lister tuvo que dar de alta a pacientes enfermos, a
veces poniendo en peligro la salud de aquellos con quienes podían estar en
contacto. Otro caso fue el de un zapatero de veintiún años llamado James
Chappell, que fue admitido en las salas del hospital en el verano de 1851.
Había contraído sífilis y gonorrea varios años antes, y desde entonces había
entrado y salido de los hospitales en numerosas ocasiones. Lister anotó que,
aunque soltero, el joven era sexualmente activo desde los quince años. Lister
escribió en sus libros de casos que Chappell «mantuvo contactos con una mujer,
y a veces, a una edad tan temprana, mantenía relaciones tres o cuatro veces al
día». Pero lo que más preocupaba a Chappell no eran las consecuencias de su
libido irreprimible. Lo que lo había llevado a la sala de Lister era una tos
acompañada de una secreción blanca teñida de sangre, que a veces llegaba al
litro y medio. El diagnóstico era claro: principio de tisis o tuberculosis
pulmonar, una enfermedad respiratoria para la cual no había curación en la
década de 1850. La política hospitalaria dictaba que no se admitieran
incurables, y Lister envió a Chappell de vuelta a su ocupación [153]. La
comunidad médica todavía no sabía que la tuberculosis era una enfermedad
altamente infecciosa. Chappell se veía obligado a dormir en la misma habitación
con cinco o seis de sus compañeros en el primer piso del local, y podemos
imaginar a cuántos habría contagiado. Tal era la vida del trabajador
victoriano, tan común en las salas de los hospitales de Londres.
* *
* *
Mientras
la urbanización atacaba a la salud de la clase obrera, Gran Bretaña celebraba
con entusiasmo su estatus al parecer incontestable de potencia mercantil
mundial. En el verano de 1851, la ciudad de Londres acogió a millones de
visitantes de la Gran Exposición de Hyde Park, que convenció a la nación de que
la tecnología era la clave para un futuro mejor.
Entre
los árboles sobresalía el resplandeciente Palacio de Cristal, concebido por el
diseñador de jardines Joseph Paxton como un escaparate de las maravillas
industriales del mundo entero. El inmenso edificio recordaba a los invernaderos
acristalados de Paxton. Con casi 300.000 metros cuadrados de cristal, el
palacio medía 565 metros (1851 pies, un número elegido de manera deliberada
para reflejar el año de la exposición) de largo, y se jactaba de ocupar seis
veces más espacio que la catedral de Saint Paul. Durante su edificación, los
constructores pusieron a prueba la integridad estructural del edificio
ordenando a 300 obedientes obreros que diesen saltos sobre los pisos y pidiendo
a tropas de soldados que marchasen a su alrededor.
Cuando
se inauguró la exposición, se exhibieron unos 100.000 objetos de más de 15.000
expositores, entre ellos una imprenta capaz de imprimir 1.000 ejemplares de The
Illustrated London News en una hora; «tinta tangible» con la que se imprimían
sobre papel caracteres con relieve para los ciegos; o unos cuantos velocípedos,
antecesores de la bicicleta moderna, con pedales y manillares en el eje
delantero. La exhibición más voluminosa fue la de una enorme prensa hidráulica
que podía ser manejada por un solo hombre, aunque cada tubo metálico pesaba
1.144 toneladas. También se presentó la primera instalación del mundo de
inodoros públicos con cisterna, diseñados por el ingeniero sanitario victoriano
George Jennings. Unas 827.280 personas pagaron un penique por utilizar las
instalaciones durante la exposición, lo que originó el popular eufemismo de
«gastar un penique». Pero ese lujo no aliviaría en muchos años la miseria de
los hogares más pobres de Gran Bretaña.
Hubo
también novedades científicas y médicas, algunas de las más prácticas llegarían
a los hospitales de Gran Bretaña. Una sanguijuela artificial que parecía una
bomba de bicicleta en miniatura servía para el propósito de expulsar «materias
y humores del cuerpo» e introducir en él «sustancias vivificadoras a través de
la piel [154] ». Había prótesis ortopédicas para manos, brazos y piernas que
prometían restablecer en los amputados la capacidad de asir objetos, montar a
caballo o bailar. Un expositor de París presentó un modelo del cuerpo humano
compuesto de diecisiete partes que eran réplicas de huesos, músculos, venas y
nervios espinales. El maniquí, de más de dos metros, tenía como ojos globos de
cristal que podían extraerse para mostrar el nervio óptico y las membranas
[155].
Los
curiosos llegaban desde todas partes del mundo para maravillarse ante unos
artefactos que prometían hacer la vida cotidiana más fácil, dinámica y
práctica. Una mujer caminó los 398 kilómetros que separan Penzance, en el
extremo sudoeste de Inglaterra, de Londres para asistir a la feria mundial. En
una carta a su padre, la célebre novelista Charlotte Brontë escribió sobre la
Gran Exposición: «Es un lugar maravilloso: vasto, extraño, nuevo e imposible de
describir. Su grandeza no consiste en una cosa, sino en el conjunto único de
todas ellas. Allí se encuentra todo lo que la industria humana ha creado [156]
». Los victorianos habían acudido a admirar con devoción aquel altar de la
ciencia, y no quedaron decepcionados. Cuando la Gran Exposición fue clausurada
el 11 de octubre, más de seis millones de personas habían visitado el parque,
entre ellos Joseph Lister y su padre Joseph Jackson, cuyo sobrino había
exhibido un microscopio que los organizadores de la exposición distinguieron
con un premio.
Los
debates y las discusiones sobre la verdadera utilidad del microscopio en la
comunidad médica continuaron en la década de 1850. Pero Lister prosiguió su
investigación. Concluida la exposición, dedicó mucho tiempo a examinar con
detenimiento placas microscópicas que él mismo había preparado. Cualquier cosa
que pasaba por sus manos terminaba bajo el sistema de lentes. Una tarde de
finales de otoño observó cómo una masa amorfa de tejido sanguinolento danzaba
ante sus ojos. Lister entornó los ojos ante el ocular del microscopio antes de
girar el pequeño tornillo de latón del elegante instrumento para enfocar bien.
Súbitamente, el tumor que él y Erichsen habían extirpado a un paciente ese
mismo día se ofreció a sus ojos con cada célula definida con perfecta claridad.
Lister observó la imagen durante unos minutos antes de dibujar el tumor en un
cuaderno. Hizo docenas de dibujos como aquel, algunos tan minuciosos que
décadas más tarde los utilizaría como recurso didáctico.
Incluso
cuando viajaba por el país durante las vacaciones, su mente estaba
constantemente concentrada en el mundo natural que lo rodeaba. Lister dibujó
tejidos musculares de la pata de una araña y las células de la córnea de una
langosta cocida. Abrió las estrellas de mar que había recogido en un viaje a
Torquay —una ciudad costera del canal de la Mancha— y se deleitó observando sus
extrañas formas geométricas aumentadas por el microscopio. En una carta a su
padre alardeó de haber visto «una válvula en el centro de la parte superior del
corazón que se abre y se cierra con cada pulsación [157] ». Tras capturar una
lamprea en el Támesis, abrió el cuerpo plateado y extrajo el cerebro en su
habitación. Usando una cámara lúcida —un dispositivo óptico que Joseph Jackson
había inventado y que permitía a un artista trazar imágenes proyectadas sobre
el papel—, Lister dibujó con detalle las células de la médula de la criatura
que había observado con el microscopio [158].
Lister
encontró un aliado para la investigación microscópica en su profesor de
fisiología. William Sharpey, entonces de unos cincuenta años, parecía estar
permanentemente entrecerrando los ojos debido a la cantidad de tiempo que
dedicaba a mirar a través del microscopio. El cabello del escocés había
disminuido de manera considerable cuando Lister se puso bajo su tutela en 1851,
aunque intentaba compensar la pérdida manteniendo espeso el de los lados.
Sharpey fue el primero en ofrecer un curso completo de fisiología, un tema que
hasta entonces era un apéndice de la anatomía. Ello le valdría tiempo después
la consideración de «padre de la fisiología moderna». De hecho, era un gigante
tanto intelectual como físicamente. Cuando demostraba a su clase cómo utilizar
un espirómetro —un instrumento diseñado para medir la capacidad pulmonar—,
llenaba cada celda del dispositivo con tanta facilidad que después decía: «Este
instrumento parece haber sido diseñado para personas con un desarrollo
ordinario [159] ».
Lister
se unió enseguida a Sharpey. Veía en él a un hombre semejante a su padre. El
profesor de fisiología valoraba el experimento y la observación más que la
autoridad, algo inhabitual en su época. Lister recordaría más tarde:
Siendo
estudiante del University College me atraían mucho las lecciones del doctor
Sharpey, las cuales me inspiraron una pasión por la fisiología que nunca me ha
abandonado. Mi padre, cuyos trabajos […] habían elevado el microscopio
compuesto de poco más que un juguete científico al potente motor de
investigación que ya era, me había equipado con un instrumento de primera
categoría, y lo empleé con gran interés en verificar detalles histológicos que
nos exponía nuestro gran maestro.[160]
Espoleado
por el entusiasmo de Sharpey, Lister comenzó a observar bajo el microscopio
tanto tejido humano como pudo procurarse. Sus dibujos revelaban detalles
intrincados de todo lo observado, desde piel humana hasta células de una lengua
cancerosa que se le había seccionado a un paciente. Lister también pintó
láminas clínicas en color de pacientes del hospital. Este era el único método
para registrar visualmente historiales antes de aparecer la fotografía en
color. En una de ellas, Lister retrató a un hombre recostado, con el brazo
apoyado en una silla. La manga enrollada muestra su piel marcada con
importantes úlceras, quizá de origen venéreo.
Pero
Lister no se contentaba con ser un observador. Asimismo realizó sus propios
experimentos basándose en el trabajo del sacerdote y fisiólogo italiano Lazzaro
Spallanzani, que fue el primero en describir de manera correcta el proceso de
reproducción de los mamíferos mediante la unión del esperma con el óvulo. En
1784, Spallanzani ideó una técnica para inseminar artificialmente perros, ranas
e incluso peces. Siguiendo el ejemplo de Spallanzani, Lister tomó esperma de un
gallo y trató de fertilizar un huevo fuera del cuerpo de la gallina, pero no
funcionó. (Hubieron de transcurrir cien años hasta que un médico consiguiera
realizar este experimento en un ser humano. En 1884, el médico estadounidense
William Pancoast inyectó esperma de un estudiante suyo «bien parecido» en una
mujer anestesiada —sin su conocimiento— cuyo marido era estéril. A los nueve
meses ella dio a luz a un hijo sano. Pancoast dijo a su marido lo que había
hecho, pero los dos decidieron ahorrarle a la mujer la verdad. El experimento
de Pancoast permaneció en secreto durante veinticinco años. Cuando Pancoast
murió en 1909, el donante —un hombre irónicamente llamado doctor Addison Davis
Hard— confesó aquella desvergonzada acción en una carta a la revista Medical
World) [161].
En
1852, Lister hizo su primera aportación importante a la ciencia utilizando el
microscopio [162]. Fue cuando dirigió su atención al ojo humano tras obtener
una porción de «iris azul fresco» de Wharton Jones, el profesor de oftalmología
de la universidad. Lister estaba interesado en el debate sobre la naturaleza
del tejido de los músculos constrictor y dilatador del iris. El fisiólogo suizo
Albert von Kölliker había descrito hacía poco este tejido, compuesto según él
por células musculares lisas, como las que se encuentran en el estómago, los
vasos sanguíneos o la vejiga. Los movimientos de este tipo de músculos son
involuntarios. El descubrimiento de Kölliker se oponía a la opinión sostenida
por William Bowman, uno de los más eminentes oftalmólogos de Inglaterra, que
creía que el tejido se mostraba listado (o estriado), lo cual hacía voluntarios
los movimientos de estos músculos.
Lister
amoló con cuidado porciones de tejido del iris, que había sido extraído del
paciente cuatro horas antes [163]. Colocó la muestra bajo el microscopio y la
observó durante las siguientes cinco horas y media. Dibujó todas las células
usando la cámara lúcida. En el curso de esta investigación, Lister examinó iris
tomados de otros cinco pacientes quirúrgicos del hospital University College,
así como iris de un caballo, un gato, un conejo y un cobaya. Lo que encontró
confirmaba la teoría de Kölliker de que el iris estaba compuesto de fibras
musculares lisas dispuestas como constrictoras y dilatadoras, siendo sus
movimientos involuntarios. Lister publicó sus conclusiones en el Quarterly
Journal of Microscopical Science. Su investigación lo distanció de numerosos
colegas que seguían viendo el microscopio como algo superfluo para la práctica
de la medicina.
Muchos
profesores y estudiantes consideraban esotéricos los experimentos de Lister,
porque pensaban que era muy poco lo que podían aportar al avance de la cirugía
en la década de 1850. Sin embargo, Lister persistió. El progreso en la forma de
urbanización e industrialización tenía un coste humano, pero el progreso en la
forma de hacer ciencia podría dar respuesta a los crecientes problemas en los
hospitales. Tal vez el microscopio revelaría secretos del cuerpo humano que un
día cambiarían la terapéutica.
* *
* *
Unos
pocos meses después, otro paciente de las salas de Erichsen contrajo una
enfermedad infecciosa. Esta vez se trataba de la mortífera gangrena de
hospital, la más grave de las «cuatro grandes» que integraban el llamado
«hospitalismo». Algunos médicos la llamaban «úlcera maligna» o «fagedénica»,
término griego para algo «que corroe la carne». El médico escocés John Bell
escribió sobre los horrores de la gangrena en los hospitales después de tratar
a numerosos pacientes que habían muerto a causa de esa enfermedad. En la
primera etapa, «la herida se hincha, la piel se retrae, […] la membrana celular
se deshace en un moco fétido y la fascia queda expuesta». A medida que la
enfermedad progresaba, la herida se agrandaba y la piel se desgastaba,
exponiendo músculos y huesos. El paciente entraba en estado de shock y
comenzaba a padecer náuseas y diarrea intensa, pues el cuerpo intentaba
expulsar el veneno que tenía dentro. El dolor era insoportable, aunque el
delirio era raro. El paciente permanecía en todo momento consciente de su
lamentable estado. Bell escribió: «Los gritos de los enfermos son los mismos
por la noche que durante el día; en el transcurso de una semana se quedan
exhaustos y mueren; y si sobreviven, y las úlceras continúan corroyendo y
deshaciendo los músculos, los grandes vasos acaban expuestos y deteriorados, y
sangran hasta ocasionar la muerte [164] ».
Las
primeras descripciones de la afección en inglés las hicieron los cirujanos
navales de finales del siglo XVIIII, que presenciaban casos de gangrena en los
cuartos húmedos y estrechos de la flota real. Aislados en alta mar, los
marineros nada podían hacer para contener su propagación una vez declarada la
enfermedad, y el olor dulzón de la carne podrida no tardaba en propagarse por
el aire ya fétido bajo la cubierta. En el verano de 1799, un cirujano atendió a
un marinero que había recibido un golpe en la oreja durante una pelea y que le
produjo una leve herida. En cuestión de días había aparecido una úlcera que
corroía un lado de la cara y el cuello del hombre, exponiendo la tráquea y el
interior de su garganta antes de matarlo [165].
Existen
cientos de historias semejantes. En el HMS Saturn, una úlcera maligna apareció
en la punta del pene de un marinero. Después de varios días sufriendo un dolor
agonizante, la herida ennegreció y se infectó, y el órgano finalmente se cayó.
Según un informe del cirujano de a bordo, «la uretra se desprendió en toda su
longitud hasta el bulbo, y lo mismo el escroto, dejando los testículos y los
vasos espermáticos apenas cubiertos de sustancia celular». Como si necesitara
subrayar el desenlace inevitable, el cirujano añadió: «Murió [166] ».
Cuando
aparecían estas úlceras infecciosas que corroían la carne, Bell aconsejaba que
los pacientes fueran evacuados cuanto antes del hospital: «Sin estar rodeados
de paredes infectadas, los hombres se hallarán seguros». Cualquier lugar era
mejor que «esa casa de la muerte», decía. Era preferible que el cirujano los
colocase «en el aula de una escuela, en una iglesia, en un estercolero o en un
establo [167] ». Otros estaban de acuerdo: «Esta gangrena de hospital […] sin
duda depende del ambiente malsano que causa una irritabilidad exorbitante, y el
tratamiento requiere, por lo tanto, sobre todo el traslado fuera de la esfera
de esta influencia deletérea [168] ».
Erichsen
no pensaba de otro modo. También él compartía la creencia largamente mantenida
de que la gangrena de hospital la causaba una corrupción en el ambiente. Pero
aislar a los afectados de otros pacientes podía resultar difícil. Cuando había
un brote de gangrena, el problema era tanto médico como político. Había que
cerrar las salas y suspender las admisiones. Todo el mundo, desde los
administradores del hospital hasta los cirujanos, se apresuraban a contener su
propagación incesante [169].
Esto
mismo debió de pensar Lister cuando un día de 1852 vio un flujo que se filtraba
a través de los apósitos de un paciente. Al quitarle las vendas húmedas, un
fuerte hedor emanó de la herida ulcerosa y putrefacta. Una epidemia de gangrena
hospitalaria procedente de este único paciente se propagó a las salas de
Erichsen. Rápidamente se encargó a Lister el tratamiento de los infectados, lo
que revela hasta qué punto se confiaba en él para llevar a cabo una tarea tan
importante.
En
el apogeo del brote, Lister observó algo peculiar. De manera rutinaria raspó el
oscuro exudado pultáceo de las heridas infectadas de los pacientes tras ser
anestesiados. Luego les aplicó una solución de pernitrato de mercurio, que era
muy cáustica y tóxica para ellos. Después anotó en su cuaderno: «Por lo general
[…] se descubría una herida granulosa perfectamente sana, que se curaba
bastante bien bajo los vendajes ordinarios [170] ». Solo en un caso —el de «una
mujer muy corpulenta a quien la enfermedad causó una enorme herida en el
antebrazo»— el pernitrato de mercurio no produjo aquel efecto. Por el
contrario, la infección se propagó con «asombrosa rapidez» en toda la úlcera, y
Erichsen tuvo que amputarle el brazo. Pero, antes de la operación, Lister
limpió la herida y lavó con minuciosidad el brazo con agua y jabón. La
amputación fue un éxito y el muñón cicatrizó sin problema, un hecho que Lister
atribuyó a sus propios esfuerzos por higienizar previamente el brazo [171].
A
Lister le picó la curiosidad. ¿Por qué la mayoría de las úlceras se curaban
cuando se retiraban los apósitos y se limpiaban con la solución cáustica?
Aunque no descartaba la idea de que el miasma pudiera ser en parte el causante,
no estaba convencido de que el ambiente viciado fuera el origen de todo lo que
sucedía en las salas del hospital University College. Algo en la propia herida
tenía que ser el culpable, no solo el ambiente que rodeaba al paciente. Lister
hizo cuidadosas preparaciones microscópicas con el pus que había raspado de las
heridas infectadas. Lo que vio bajo el microscopio quedó grabado en su mente, y
al final le haría cuestionar un sistema de creencias del que también
participaba una figura de la medicina que era su superior y mentor: John Eric
Erichsen.
Tiempo
después recordaría: «Examiné al microscopio el exudado de una de las úlceras e
hice dibujos de algunos cuerpos de tamaño bastante uniforme que imaginé que
podrían ser las materies morbi [“materias mórbidas”] […] la idea de que tal vez
fueran de naturaleza parasitaria estaba ya presente en mi mente en aquel
temprano período [172] ».
Esta
revelación lo incitó a llevar a cabo investigaciones más amplias sobre las
causas de la infección hospitalaria. A pesar de su reforzado interés por la
cirugía, Lister aún se sentía inseguro sobre su carrera. Durante la etapa de
cirujano asociado había conocido una notable variedad de casos médicos en su
práctica quirúrgica, y le gustaba la idea de hacerse médico. Concluida su
residencia bajo la supervisión Erichsen, aceptó un nombramiento de auxiliar
clínico (acompañante de los médicos) del médico sénior Walter H. Walshe en el
hospital University College. Rickman John Godlee, sobrino de Lister, diría
tiempo después que «al parecer, las seducciones de la medicina fueron aún
mayores que las de la cirugía» en aquel entonces [173].
Durante
su último año en el University College, Lister recibió varias distinciones y
medallas de oro que lo destacaban de sus compañeros. Los premios eran
prestigiosos y ferozmente disputados entre los estudiantes de medicina de la
universidad y entre los que estudiaban en los hospitales de enseñanza de
Londres. Ganó el Premio Longridge a la «mayor competencia […] por los honores
médicos recibidos y el cumplimiento demostrado de sus deberes y funciones en el
hospital», dotado además de la considerable suma de cuarenta libras. También
recibió una Medalla de Oro y una beca de cien libras por los resultados de su
segundo examen de medicina. Lister comenzó a superar la timidez, debido en
parte al reconocimiento de su talento y a su nueva autoridad entre el cuerpo
estudiantil. Su amigo y compañero de alojamiento Sampson Gamgee escribió a
Lister: «De no ser por ti, el University College habría sido una nulidad en
cuanto a los exámenes para los honores en la universidad, y ahora es la segunda
facultad en Londres, siendo la primera la de Guy’s y la tercera la de Saint
George [174] ».
Aun
así, no todo el mundo estaba prendado de la mente vivaz e indagadora de Lister.
Cuando llegó el momento de licenciarse, lo situaron el último en la lista de
honores en las asignaturas de fisiología y anatomía comparada. Su profesor,
William Carpenter, le explicó la razón de este desprecio en una carta dirigida
a él: «También es para que sepa la razón por la que me pareció necesario
colocarle en ese puesto. […] Sus exámenes eran tan defectuosos en las
respuestas a mis preguntas que si no hubiera sido por la cantidad de
observaciones originales de las que daban prueba no podría haberlo puesto en la
lista de honores [175] ». La decisión de Carpenter irritó a Lister. Sobre este
asunto escribió a su cuñado Rickman Godlee (más tarde padre de Rickman John Godlee):
«Esto me importa comparativamente poco, porque de conversaciones con él sé que
todo es cuestión de si uno ha leído o no su libro [176] ».
Era
cierto que Lister no estaba dispuesto a aceptar algo solo porque sus profesores
le decían que era así. Uno de los casos más interesantes que se le presentaron
como cirujano asociado, y el que con más claridad demostraba que no aceptaba la
autoridad de sus superiores como los que tienen la última palabra, fue el de un
hombre de sesenta y cuatro años con hepatitis. Además de un exceso de materia
biliar en la orina del hombre, Lister observó que esta contenía demasiado
azúcar, y se preguntó si el azúcar era un componente normal de la bilis.
Consultó al recién nombrado profesor de química del University College para
obtener una respuesta, pero descubrió que no estaba preparado para darle
ninguna clara. En lugar de dejar pasar el asunto, Lister obtuvo bilis de dos
ovejas diferentes y añadió sulfato de cobre y potasa cáustica a ambas muestras.
En ninguno de los experimentos hubo pruebas de la presencia de azúcar, lo que
le hizo concluir que la afección de su paciente era algo insólito. Lister ganó
otra Medalla de Oro por su investigación sobre el caso [177].
A
finales de 1852, Lister hizo los exámenes en el Real Colegio de Cirujanos y
quedó plenamente cualificado para practicar la cirugía. Pero aún vacilaba. No
estaba seguro de si debía dedicarse a la cirugía como su verdadera profesión.
En febrero de 1853, volvió a estar al lado del doctor Walshe, esta vez como
ayudante de médico. A su indecisión respecto a la práctica de la cirugía a la
hora de ampliar sus estudios médicos contribuyó el apoyo económico de su padre.
En parte como consecuencia de ser el último en la lista de honores en las
materias de fisiología y anatomía comparada, siguió mostrándose tímido e
inseguro. Ocupar un puesto de cirujano con todas sus obligaciones significaba
ser por completo responsable de los pacientes que tendría a su cuidado. Tal vez
le preocupara el daño que pudiera hacer a sus futuros pacientes cuando se
enfrentase a manifestaciones patológicas oscuras y extrañas.
Sin
embargo, a pesar de su indecisión externa, la curiosidad científica se mantuvo
incólume. Continuó realizando experimentos y haciendo sus propias disecciones.
El microscopio le permitió explorar los secretos del cuerpo humano con más
profundidad de lo que él mismo y la abrumadora mayoría de sus predecesores,
compañeros y superiores lo habían hecho. Y aún quedaba pendiente la cuestión de
aquellos microbios que había observado con el microscopio tras el brote de
gangrena en las salas de Erichsen. ¿Qué eran exactamente? ¿Qué relación tenían
con lo que les sucedía a los pacientes en las salas de los hospitales más
grandes de la ciudad?
El
profesor Sharpey, siempre perspicaz observador, se dio cuenta de que Lister iba
a la deriva, y le recomendó que dedicara un año a conocer las facultades de
medicina del continente. En ellas Lister aprendería más cosas sobre los
recientes avances en medicina y cirugía, como el propio Sharpey había hecho
unas décadas antes viajando por Europa. Según Sharpey, en París —con sus salas
de libre admisión, las clases y las nuevas especialidades clínicas, además de
los numerosos cursos privados y las incontables oportunidades para la práctica
de la disección— Lister culminaría su aprendizaje. Pero quería que su alumno
pasara antes un mes en Escocia con su buen amigo James Syme, el renombrado
profesor de cirugía clínica de la Universidad de Edimburgo y cuarto primo del
gran Robert Liston, ya muy conocido por sus pruebas con el éter. Sharpey
barruntaba que Syme vería en Lister a un estudiante entusiasta, deseoso de
participar en las investigaciones que los dos llevaban a cabo sobre la
naturaleza de la inflamación y la circulación de la sangre. También creía que
Lister encontraría en Syme a un mentor e inspirador.
En
septiembre de 1853, Lister tomó un tren hacia la Auld Reekie (u Old Smokey), la
capital de Escocia, para la que debía ser una breve estancia.
Capítulo
5
El
Napoleón de la cirugía
Si
tuviese que poner a un hombre de indudable talento en el camino más directo
para que llegara a ser verdaderamente grande en su profesión, elegiría a un
buen anatomista práctico y lo metería en un gran hospital para atender a los
enfermos y diseccionar a los muertos.[178]
WILLIAM
HUNTER
Las
profundas ojeras del profesor James Syme se debían a las interminables horas
que pasaba en la sala de operaciones de la Royal Infirmary de Edimburgo. Syme
era de baja estatura y fornido, lo más destacable de su aspecto. Su
indumentaria era singularmente impropia, consistente en una mezcla de prendas
de gran tamaño que rara vez cambiaba con los días. La vestimenta más habitual
era un abrigo negro de cola larga con un cuello alto y rígido y una corbata a
cuadros anudada con firmeza al cuello. Al igual que el prometedor cirujano de
Londres a quien estaba a punto de conocer, Syme hablaba con un leve tartamudeo
que lo atormentó toda su vida.
A
pesar de su baja estatura, Syme era ya un gigante de su profesión cuando Lister
viajó para verle. Sus colegas lo llamaban el «Napoleón de la cirugía», una
reputación que aquel hombre de cincuenta y cuatro años había adquirido por los
esfuerzos hercúleos que había hecho durante los últimos veinticinco años de su
carrera para simplificar los procedimientos traumáticos. Syme despreciaba los
instrumentos toscos, como la sierra de cadena con manivela, y evitaba los
métodos difíciles cuando bastaban los simples. Economía de tiempo y técnica
eran los principios que Syme trataba de aplicar en casi todas las operaciones
que efectuaba. La brevedad característica con que hablaba era un reflejo de esa
actitud. John Brown, antiguo alumno de Syme, decía de su gran maestro que
«nunca desperdició innecesariamente una palabra, una gota de tinta o una gota
de sangre [179] ».
La
fama de Syme se debía en gran medida a una forma pionera de amputación que
descendía hasta el tobillo —un procedimiento que lleva su nombre y aún hoy
emplean los cirujanos—. Antes de idear esta innovadora técnica, los cirujanos
amputaban por debajo de la rodilla en lesiones abiertas y enfermedades
incurables del pie, con pésimas consecuencias para la movilidad de una persona.
Esto se hacía a menudo porque se daba por supuesto que un muñón muy bajo sería
una molestia y el paciente no sería capaz de caminar con él. El método de Syme
hacía posible que el paciente sintiera peso en el muñón del tobillo, lo cual
era un avance notable en cirugía, y también más fácil y rápida la amputación
debajo de la rodilla.
Como
muchos cirujanos que se formaron antes de aparecer los anestésicos, Syme era
muy rápido, tanto como su primo Robert Liston. En una ocasión amputó una pierna
en la articulación de la cadera en aproximadamente un minuto, una hazaña aún
más extraordinaria por el hecho de que ni él ni ningún otro cirujano en Escocia
había practicado antes este tipo de amputación. Por supuesto, la operación no
estuvo exenta de complicaciones. Cuando Syme hizo el primer corte en el hueso
del muslo, justo debajo del zócalo, se oyó un resonante crac en la sala de
operaciones. Retiró con rapidez la pierna y su asistente aflojó la ligadura
para dejar libres las arterias que había que atar. Syme recordaba el horror que
siguió:
Si
no hubiera sido porque ya estaba más que habituado a las escenas de terribles
hemorragias, me habría asustado. […] A primera vista parecía que los vasos que
lanzaban tantos y abundantes chorros de sangre arterial no podían cerrarse.
Como cualquiera imaginará, no nos quedamos mucho tiempo admirando tan alarmante
espectáculo; un solo instante fue suficiente para convencernos de que la
seguridad del paciente requería actuar con prontitud, y al cabo de unos minutos
logramos contener la hemorragia con diez o doce ligaduras.[180]
Más
tarde definiría el procedimiento como «la operación más grande y sangrienta de
la cirugía». Nada intimidaba a Syme. Cuando otros cirujanos se negaban a
operar, allí estaba el escocés preparado con el cuchillo. En 1828, un hombre
llamado Robert Penman recurrió desesperado a Syme. Ocho años antes, había
desarrollado un tumor óseo y fibroso en el maxilar inferior. En ese momento,
era del tamaño de un huevo de gallina. Un cirujano local extrajo las piezas
dentales incrustadas en la formación, pero esta continuó creciendo. Ante tal
fracaso, Penman consultó a Liston, que hacía poco había aumentado aún más su
fama tras extirpar un tumor escrotal de 20 kilos de un paciente en la Infirmary
de Edimburgo. Pero, al ver el rostro hinchado y abotargado de Penman, el
indomable Liston se sobrecogió. Creía que el tamaño y la posición del tumor
hacían imposible la operación. La negativa a actuar equivalía a una sentencia
de muerte por parte de un cirujano que solía aceptar casos difíciles. Si Liston
no operaba, ¿quién lo haría?
El
estado de Penman empeoró hasta el punto de que le resultaba extremadamente
difícil comer y respirar. El tumor pesaba ya más de dos kilos y le ocultaba
casi media cara. Así que Penman buscó a Syme, que a la edad de veintinueve años
ya era conocido por su posición inconformista en el uso de la cirugía.
El
día de la operación, Penman se hallaba sentado en una silla, con los brazos y
las piernas inmovilizados. Como aún no se conocían el éter ni el cloroformo,
Penman no recibió anestesia. El paciente se sujetó cuando Syme se acercó con el
cuchillo en la mano. En aquel entonces, la mayoría de los tumores maxilares se
extirpaban comenzando en el centro para luego extender la intervención a la
periferia. Syme tenía una idea diferente. Procedió a cortar en la parte no
afectada del maxilar inferior del hombre, con el fin de eliminar el tumor y
algunos de los tejidos sanos alrededor de él para asegurarse de que fuese
erradicado por completo. Durante veinticuatro atroces minutos, Syme cortó el
crecimiento óseo, dejando caer partes de tumor y hueso de la mandíbula,
haciendo un ruido estremecedor, en un cubo situado a sus pies. Era increíble
para los allí presentes cómo pudo soportar una intervención tan espantosa. Y,
contra todo pronóstico, Penman sobrevivió.
Mucho
después de aquella operación, Syme se encontró con su paciente en la calle y,
para su sorpresa, la cicatriz en el rostro era mínima. Ocultaba el reducido
mentón con una espesa barba. Cualquiera que viera a Penman, concluyó Syme con
satisfacción, nunca adivinaría que había sufrido una intervención tan
traumática.
* *
* *
Debido
a operaciones tan atrevidas como la de Penman, Syme tenía fama de ser uno de
los cirujanos más audaces de su generación. Un desapacible día de septiembre de
1853, Joseph Lister llegó a Edimburgo para reunirse con aquel pionero
quirúrgico. Lister sujetaba la carta de presentación que le había escrito su
mentor del University College, el profesor Sharpey. La ciudad era más pequeña
que Londres, pero estaba más densamente poblada. Aunque la sobrepoblación era
un problema en la mayoría de las ciudades industrializadas de Gran Bretaña, en
la década de 1850 las claustrofóbicas condiciones de vida en Edimburgo se
agravaron por la escasez de viviendas y por los miles de inmigrantes irlandeses
que afluían a la ciudad huyendo de la devastación causada por la hambruna de la
patata, que había terminado solo dos años antes.
En
un distrito de Edimburgo, en cada casa habitaba un promedio de veinticinco
personas [181]. Más de un tercio de estos hogares eran habitaciones únicas de
no más de cuatro metros por tres y medio. Muchas casas se amontonaban alrededor
de patios estrechos y cerrados. Las murallas del siglo XII, construidas para
proteger a los habitantes de Edimburgo, restringían la ampliación del casco
antiguo. Como consecuencia de esta limitación, las casas crecían en altura, que
podía resultar peligrosa en una época en que las normas de construcción estaban
lejos de ser rigurosas. Las desvencijadas edificaciones del distrito superaban
a veces los diez pisos, cada uno de los cuales sobresalía y se alzaba sobre el
anterior, de modo que las alturas de esos edificios destartalados no dejaban
pasar la luz del sol. Los que habitaban en la planta baja eran los más pobres.
Vivían rodeados de ganado junto a alcantarillas abiertas de las que desbordaban
excrementos humanos delante de sus puertas.
En
el interior de esos barrios, las tasas de criminalidad se disparaban en
paralelo al número creciente de habitantes. El año en que Lister llegó, más de
15.000 personas fueron detenidas por la policía por diversos delitos [182] ,
desde el robo y la mendicidad hasta «permitir que las chimeneas echaran fuego».
De esos malhechores aprehendidos, miles fueron acusados de agresión y
embriaguez pública. Los castigos se imponían a menudo con arbitrariedad, sin el
debido proceso. Algunos delincuentes recibían una simple amonestación por sus
delitos, mientras que otros eran encarcelados, azotados o ejecutados. Una gran
proporción de tales delincuentes eran menores de doce años, muchos de los
cuales eran luego enviados a las ragged schools, organizaciones caritativas que
proporcionaban educación gratuita a niños menesterosos.
Las
barriadas pobres del casco antiguo se pudrían como llagas supurantes. La falta
de recursos higiénicos como el agua potable y los retretes creaba, según un
residente de Edimburgo, un ambiente «inmundo y casi insoportable de repugnante
cuando los despojos y trastos tenían que depositarse en las calles [183] ». La
suciedad y la miseria en torno a una masa humana amontonada en una pequeña zona
era una incubadora perfecta para los gérmenes causantes de enfermedades
virulentas, como el tifus, la tuberculosis y la fiebre recurrente.
Detrás
de esta decrépita fachada, Edimburgo palpitaba con una energía oculta. En el
momento en que Lister puso el pie en el andén de la estación ferroviaria, la
ciudad ya era considerada líder mundial en cirugía, aunque mancillada por el
escándalo y el asesinato. Habían transcurrido solo veinticinco años desde que
los infames William Burke y William Hare merodeaban por las calles de Edimburgo
en busca de su próxima víctima. En diez meses, ambos habían estrangulado a
dieciséis personas y vendido sus cuerpos sospechosamente frescos a Robert Knox,
un cirujano que tenía una escuela privada de anatomía en la ciudad y hacía la
vista gorda a las actividades secretas del dúo. (Al final, Burke y Hare fueron
detenidos después de que una de sus víctimas fuera reconocida por un espectador
en la sala de disección. Temiendo por su vida, Hare testificó en contra de su
compinche, y fue perdonado por su cooperación, mientras que Burke acabó colgado
de una soga. En un irónico giro del destino, su cuerpo acabó diseccionado en público,
con cientos de personas presentes. También fue desollado de manera meticulosa y
su piel utilizada para hacer baratijas macabras, como monederos, que fueron
vendidos a un público sediento de venganza que los compró gustoso).
Las
atrocidades perpetradas por Burke y Hare eran fruto del lucrativo comercio de
cadáveres frescos destinados a escuelas de anatomía extendido por Gran Bretaña
en las primeras décadas del siglo XIX, cuando los únicos cuerpos que podían
obtenerse legalmente para su disección eran los de asesinos ahorcados. Con la
proliferación de facultades de medicina privadas no había cuerpos suficientes
para todas. Como resultado, la ciudad se llenó de ladrones de cuerpos o
«resurreccionistas», como se los llamaba a veces. Trabajaban bajo el manto de
la oscuridad con los muertos de invierno, cuando el frío clima escocés frenaba
el proceso natural de descomposición. Utilizando picos de madera y ganchos de
hierro, cavaban un pequeño hoyo en la cabecera de cada tumba, rompían la tapa
del ataúd y sacaban al cadáver. Los ladrones podían robar hasta seis cuerpos en
una sola noche, y a menudo trabajaban en pequeñas pandillas que se disputaban
el monopolio del comercio de cadáveres.
El
problema estaba tan extendido que se tomaron medidas drásticas para proteger a
los muertos en los cementerios alrededor de Edimburgo. Los deudos colocaban las
llamadas mortsafes o rejas de hierro sobre las tumbas para proteger a sus
queridos difuntos. También se cubrían los muros circundantes con piedras
sueltas, que hacían casi imposible escalarlos sin estrépito. Los vigilantes
defendían los cementerios instalando trampas de alambre conectadas a escopetas
y primitivas minas. La gente del lugar se reunía en «clubes de cementerio» y
vigilaba las nuevas tumbas hasta que, al cabo de unas semanas, se suponía que
el cuerpo estaba ya demasiado descompuesto para ser de alguna utilidad en las
escuelas de anatomía. Se dio el caso de un afligido padre que acababa de perder
a su hijo que cercó la «pequeña caja con un mortífero aparato comunicado por
medio de alambres con las cuatro esquinas y fijado a la parte superior del
ataúd». Al tocar la caja con el niño el fondo de la fosa cargó de pólvora
aquella rudimentaria pieza de artillería con el fin de que «la maquinaria
oculta estuviese lista para funcionar [184] ».
En
1853, las perversas actividades de los ladrones de cuerpos habían cesado en
Gran Bretaña tras aprobarse una ley que legalizaba la disección de los cuerpos
no reclamados de los pobres, lo que dio acceso a los médicos a una gran
cantidad de cadáveres. Pero los nuevos superiores de Lister —los que enseñaban
en la universidad y pronto le darían la bienvenida en Edimburgo— eran producto
de una época pasada. Incluso el difunto Robert Liston tenía en sus manos la
suciedad metafórica del tiempo durante el cual estuvo enseñando en Auld Reekie.
En el apogeo del comercio de cadáveres, enviaba a su banda de ladrones de
cuerpos a invadir territorios de las cuadrillas que sus colegas habían
empleado, lo que originó serias desavenencias entre los anatomistas en competencia.
Pero,
por desagradable que resulte, la verdad es que sin los ladrones de cuerpos y
los miles de cadáveres que durante los decenios anteriores proporcionaron a los
anatomistas, Edimburgo no habría conseguido su envidiable reputación mundial de
ciudad pionera en cirugía. Sin esta reputación, es poco probable que Lister
hubiera resuelto viajar allí para conocer al profesor Syme como preludio de su
periplo continental para visitar las instituciones médicas de Europa.
* *
* *
Pero
Lister se habría pensado dos veces su experiencia en Escocia si hubiera sabido
más sobre el combativo entorno profesional de la Royal Infirmary. En una carta
a su padre en la que le comunicaba su decisión de viajar a Edimburgo, escribió:
«No tendré, como en Londres, que discutir ni juntarme vergonzosamente con
charlatanes. […] Por el contrario, tendré que debatir y competir con otros, y
la verdad es que dudo que pueda hacerlo [185] ». Pero Joseph Lister —el joven
tímido y reservado, nada acostumbrado al conflicto en aquel momento de su vida—
estaba a punto de entrar en la jaula del león.
En
el centro de muchos de los conflictos de la Infirmary estaba Syme, quien a
menudo mostraba el lado oscuro de su genio. Era voluble y tenía una inclinación
antinatural a alimentar rencores de por vida. Cuando el obstetra James Y.
Simpson recomendó a los cirujanos en una circular que usaran un procedimiento
que él había inventado —la acupresión para controlar la hemorragia quirúrgica—,
Syme irrumpió en la sala de operaciones, sacó el cuchillo y destrozó el
documento ante una muchedumbre de espectadores. «Esto, caballeros, es lo que yo
hago con la acupresión», dijo [186].
Incluso
cuando sus adversarios intentaban la reconciliación, el temperamento y el
orgullo de Syme eran con frecuencia obstáculos que la impedían. En una ocasión,
su colega James Miller —con quien Syme se había peleado durante años debido a
su amistad con Simpson, el defensor de la acupresión— decidió que ya era hora
de enterrar el hacha de guerra. Miller había enfermado hacía poco tiempo y se
dio cuenta de que pronto moriría. Fue a visitar a Syme en su casa en 1864. Al
entrar encontró al petulante cirujano de pie frente a una chimenea encendida,
con las manos juntas a la espalda. Miller dijo que había ido a decirle su
último adiós y le tendió la mano en un gesto de acercamiento. Syme miró con
frialdad al debilitado hombre que tenía delante y, sin darle la mano, le
respondió: «¡Qué!, ha venido a disculparse, ¿no? ¡Bien! ¡Le perdono!». Miller
se fue sin decir nada más a su antiguo rival [187].
Las
disputas de Syme fueron al mismo tiempo un obstáculo y una bendición para su
carrera. Se enemistó con Liston, con quien había colaborado estrechamente desde
que comenzara a practicar la cirugía. La enemistad fue creciendo por una serie
de pequeños desacuerdos unidos a una rivalidad profesional cada vez mayor entre
los dos primos. Liston desdeñaba el uso del torniquete, por ejemplo, pues
prefería utilizar el brazo izquierdo para cortar el chorro de sangre, mientras
que Syme, con un físico menos imponente, se declaraba contrario a este método
tan rudimentario. La animadversión entre ambos alcanzó un punto de inflexión en
1829, cuando Syme solicitó un puesto de cirujano en la Royal Infirmary de
Edimburgo, donde trabajaba Liston. Syme fue rechazado porque los
administradores del hospital preveían una guerra entre los dos hombres que se
desarrollaría en las salas y molestaría a los convalecientes.
Syme
no perdió demasiado tiempo ni energía en lamentaciones. Aquel mismo año compró
Minto House, una mansión abandonada de Chambers Street con el fin de
convertirla en su propio hospital privado [188]. Fue una decisión valiente en
un hombre que no era precisamente rico. Syme transformó la propiedad en un
hospital público con veinticuatro camas. Mientras trataba de recaudar fondos
para apoyar su iniciativa, distribuyó un cuaderno de suscripción entre las
personas adineradas de la ciudad que podrían respaldar el proyecto. Cuando el
cuaderno cayó en manos de Liston, este escribió en su interior: «No apoyemos la
charlatanería y la farsa [189] ».
A
pesar de la grosería de Liston, Minto House fue un rotundo éxito. A lo largo de
tres años, Syme examinó 8.000 casos y realizó más de 1.000 operaciones. Entre
ellas, grandes amputaciones por codos y rodillas y mastectomías en «mamas
escirrosas». Y cuando, en 1833, la cátedra de cirugía clínica de la Universidad
de Edimburgo quedó vacante, Syme se consideró el candidato ideal, dada su nueva
experiencia en la administración de un hospital privado. Liston también
solicitó el puesto, pero su primo, más joven, fue quien obtuvo la cátedra.
Seis
años después, Liston contactó con Syme. Se había trasladado a Londres para
ocupar un puesto equivalente en el University College, donde tiempo después
realizaría la histórica operación con éter, presenciada por Joseph Lister
cuando era estudiante de medicina. En la carta a su distanciado primo, Liston
le habló de su deseo de reconciliación y, usando la jerga médica, dijo a Syme:
«dime que deseas que nuestras erosiones y ulceraciones no estén cubiertas de
apósitos, sino bien cicatrizadas». Y terminó su llamada a la reconciliación con
estas palabras: «No soy tan malo como crees [190] ». Syme aceptó la rama de
olivo y restableció la relación.
No
había duda de que Syme había encontrado su nicho en Edimburgo. La pequeña
comunidad quirúrgica de aquella ciudad estaba plagada de enemistades, rumores y
celos. Daba la impresión de que todos los cirujanos se enfrentaban unos a
otros. Y la verdad era que el ambiente en Edimburgo podía ser aún más febril
que en Londres, donde un cirujano llegó a batirse en duelo por una disputa
médica [191].
* *
* *
Poco
después de su llegada, Lister se alojó de manera temporal en la South Frederick
Street, situada en la zona más moderna de Edimburgo. El clima de septiembre,
aunque bastante suave, era invariablemente deprimente. Casi todos los días,
densas nubes de lluvia pendían con pesadez del cielo, proyectando sus sombras
sobre la ciudad y dejando una fría humedad que parecía inexorable. Tenía
intención de permanecer allí no más de un mes antes de visitar regiones más
soleadas en su gira por Europa. Una vez instalado, entregó a Syme la carta de
presentación, y este le dio una cálida bienvenida a la comunidad de cirujanos
de la ciudad.
Syme
supervisaba tres salas de la Royal Infirmary. Para Lister, el hospital era una
maravilla. Con sus 228 camas, era más del doble de grande que el del University
College. Era enorme para los estándares del siglo XIX [192]. En 1729 se había
construido un primer edificio donde solo había camas para cuatro pacientes, y
en 1741 otro nuevo en los High School Yards (más tarde conocidos como Infirmary
Street). Con el tiempo, el hospital se amplió una vez en 1832, y otra más en
1853. Al final, la Royal Infirmary dominaría toda la zona situada entre
Drummond Street y High School Yards. La Royal Infirmary era como las tres
quintas partes de un campo de fútbol, con alas de seis metros dispuestas en
ángulo recto en cada extremo. Además de la planta baja, había tres pisos que
albergaban dos cocinas, una botica, un cuarto de sirvientes, el comedor y «doce
celdas para los locos». En el centro del edificio había una espaciosa escalera
que permitía el paso de «sillas de calle» para que los ayudantes pudieran
transportar sin dificultad a las salas a personas con fracturas, dislocaciones
y heridas graves. La mayoría de los pacientes permanecían en las plantas
primera y segunda, mientras que los que necesitaban cirugía se recuperaban en
la tercera, donde podían respirar más aire fresco. En la buhardilla había una
gran sala de operaciones en la que doscientos estudiantes de cirugía se
apiñaban cada semana para presenciar las operaciones.
Para
Lister —cuyas oportunidades de progresar bajo Erichsen se habían visto
limitadas por la reducción de camas quirúrgicas en el hospital University
College después de fallecer Liston y Potter—, era una ocasión extraordinaria
para adquirir la experiencia clínica que tanto ansiaba. Al poco tiempo de
llegar, escribió a su padre: «Si la jornada fuese el doble de larga, tendría
ocupación de sobra para eso, y una ocupación que, creo, sería valiosa durante
toda mi vida si me gustase practicar la cirugía [193] ». La estancia de Lister
en Edimburgo se dilató.
Lister
no tardó en convertirse en el brazo derecho de Syme, ya que cada vez asumía más
responsabilidades en la Royal Infirmary y le ayudaba en operaciones complejas.
En una carta a su hermana Mary, Lister escribió que el veterano cirujano lo
había despertado a las cinco de la mañana anterior para que ayudara en una
operación urgente porque «el señor Syme [pensaba] que me divertiría». Lister
continuaba diciéndole a su hermana que sus planes para permanecer en Escocia
por solo un mes habían cambiado:
Las
oportunidades que ahora se me brindan me enseñan lo que no pude aprender de
ningún libro ni de nadie, mientras que mi experiencia, que en nuestro pequeño
hospital en Gower Street había quedado considerablemente limitada, se
incrementa de manera notable cada día. Así que estoy muy contento de que me
vaya tan bien, y si todo sigue igual de bien, pasaré aquí el invierno aunque mi
visita al continente sea demasiado breve.[194]
Pocos
días después, Syme creó un puesto para su protegido: el de «empleado
supernumerario», porque el de cirujano asociado ya lo ocupaba otro [195]. El
que Lister —un cirujano cualificado y miembro del Real Colegio de Cirujanos de
Inglaterra— aceptara una ocupación que era más adecuada para un estudiante dice
mucho de la influencia que Syme ejercía sobre él. Syme estaba asimismo
impresionado con Lister, lo bastante para crear el puesto pensando en él y no
en alguno de sus alumnos.
Syme
se tomó con gran interés la carrera de Lister y llegó a depender de él tanto
dentro como fuera de la Royal Infirmary. Asignó a Lister la importante tarea de
redactar informes de sus actividades clínicas para su publicación. El primero
apareció en el Monthly Journal of Medical Science e incluía algunas de las
observaciones microscópicas de la estructura celular de un tumor óseo que
Lister había realizado. No tardaron en publicarse otros dos artículos: uno
sobre una operación de carbunclo y otro sobre el uso de un cauterio de hierro
candente como remedio contra el dolor y la hinchazón. Ambos documentos incluían
aportaciones originales de Lister.
Syme
era una fuente de inspiración. Lister escribió en una carta a su padre: «Si el
amor a la cirugía es una prueba de que una persona se está adaptando a ella,
entonces sin duda estoy preparado para ser cirujano; porque usted no puede
hacerse una idea de cuánto disfruto día tras día experimentando en esta
sangrienta y carnicera parcela del arte de curar [196] ». Tanto le fascinaba
Syme que tuvo que justificar la admiración que por él sentía ante su padre, que
le había enviado una carta advirtiendo a su hijo —medio en broma, medio en
serio— del riesgo de acabar dominado por un hombre: Nullius jurare in verba
magistri («No jurar fidelidad a las palabras de ningún maestro [197] »).
Aunque
esto preocupaba a su padre, Lister justificaba el tiempo que pasaba ayudando a
Syme: «Me complace ser un medio para la difusión de sus muchas ideas originales
en cirugía. […] De no haber sido por la publicación de sus enseñanzas, gran
parte de su sabiduría se habría ido con él [198] ». Además, le dijo a su padre
que, si bien en teoría estaba de acuerdo con su advertencia de no jurar
fidelidad a ningún maestro, consideraba a Syme un muy valioso magister.
Joseph
Jackson no fue el único que reparó en la ciega amistad de su hijo con el
veterano cirujano. Habían llegado a Londres comentarios sobre la nueva amistad
de Lister con el pendenciero escocés. George Buchanan, amigo y antiguo alumno
de Lister, escribió a este unas palabras jocosas: «Debe de hallarse usted en un
estado de perpetua felicidad bastante preocupante. […] Vimos su nombre en los
periódicos como hijo adoptivo de Syme informando favorablemente sobre él».
Buchanan añadió su propia advertencia: «Si se decide por la cirugía, haga como
él, ¡pero no tome de él su demasiado notorio egotismo!» [199].
A
pesar de las preocupaciones de los demás, Lister se dejaba guiar por Syme. En
la Royal Infirmary conoció una variedad de casos mucho mayor de la que había
encontrado en Londres. Como cualquier otro cirujano en aquel entonces, Lister
experimentó el fracaso y vivió de cerca la muerte de pacientes. Pero también
hubo momentos muy satisfactorios, como aquel en que un joven ingresó en la
Royal Infirmary con una puñalada en el cuello, una herida que habría sido fatal
en aquella época.
El
joven tuvo y no tuvo suerte. Por un lado, el cuchillo no había seccionado la
arteria carótida; de haberlo hecho, habría perdido la vida al instante. Por
otro lado, la sangre se acumulaba en la tráquea y ello impedía poco a poco el
paso del aire. Un testigo comentó: «Dos vidas […] dependían del lento y
progresivo derrame de la arteria herida [200] », porque si el joven moría el
agresor acabaría con toda seguridad en la horca.
Syme
y Lister no perdieron el tiempo. El joven fue conducido a través de cuatro
tramos de escaleras hasta la buhardilla de la Royal Infirmary, donde los dos
cirujanos empezaban a prepararse para la operación. La noticia de lo que estaba
sucediendo se difundió enseguida por todo el hospital, y la sala de operaciones
no tardó en llenarse de cirujanos y estudiantes que se empujaban unos a otros
para presenciar el drama que se desarrollaba. Estos testigos de una posible
muerte observaban con suma atención mientras el paciente gorgoteaba y se
asfixiaba con su propia sangre. Un espectador escribió que en cada rostro «se
notaba la ansiedad y el temor que atenúan toda curiosidad [201] ».
Syme
parecía tranquilo y sereno en comparación con Lister, sin duda muy consciente
de su enorme responsabilidad mientras se preparaba para la cruenta
intervención. Syme tomó el cuchillo y trazó la larga línea roja de una incisión
en el cuello del joven. De inmediato, un espeso charco de sangre comenzó a
formarse alrededor de la incisión. Sin inmutarse, el cirujano mayor siguió
cortando con celeridad hasta llegar a la arteria afectada. Como Syme escribiría
más tarde: «Incluso ahora no puedo reflexionar sin estremecerme sobre mi
situación cuando el más mínimo desplazamiento de una mano pudo haber causado al
instante una hemorragia fatal de la arteria carótida, y una dirección
equivocada de la aguja en la otra mano, aun con la más mínima desviación,
habría ocasionado la salida de un chorro incontenible desde la vena yugular
[202] ».
Los
segundos pasaban. Los presentes se inclinaban hacia delante, pero todo lo que
podían ver eran «gotas de sangre que salían disparadas de la herida y los dedos
rápidos del cirujano y del ayudante». La cara del paciente iba adquiriendo una
«tremenda palidez». Y el rostro de Lister, recordaba él mismo, estaba bañado en
sudor, «como si hubiera participado en una carrera».
Los
dos cirujanos siguieron adelante. Syme puso los dedos en la incisión abierta y,
con una aguja roma y una tira de seda, empezó a ligar la arteria lesionada. De
pronto, brotó sangre del cuello del muchacho, cubriendo la mesa de operaciones
y coagulando a los pies de Lister. Los espectadores, en vilo, esperaban la
muerte inmediata. Pero Syme continuó cerrando la resbaladiza arteria mientras
Lister mantenía abierta la incisión y limpiaba la sangre. Tras unos tensos
minutos, Syme y Lister se retiraron de la mesa de operaciones para que el
público observara la incisión. La hemorragia había cesado.
Durante
unos segundos se hizo un silencio en la sala antes de que la incógnita se
despejara y los espectadores prorrumpieran en sonoros vítores y hurras para
ambos cirujanos [203].
* *
* *
En
enero de 1854, Lister pasó a ser cirujano asociado de Syme, un puesto que ya
había desempeñado más o menos. En este puesto oficial tenía doce ayudantes que
trabajaban a sus órdenes, el triple que en el hospital University College. Este
número pronto ascendería a veintitrés. Syme dejó claro que su relación
profesional sería de colegas, y que ser «cirujano asociado» era un mero título.
También prometió no interferir en el tratamiento de los casos ordinarios y
conceder a Lister el privilegio excepcional de seleccionar a sus propios
pacientes entre los que se encontraban en las salas, algo que ningún otro
cirujano asociado podía esperar en otro hospital. Como Lister aún no tenía
licencia en Escocia, solo podía ayudar a Syme en las operaciones de la Royal Infirmary,
no dirigirlas.
Lister
se ganó enseguida el respeto y la admiración de cuantos trabajaban con él. La
solemnidad y el decoro que tan a menudo habían caracterizado su comportamiento
en el University College de Londres parecían disolverse en el grupo, a veces
alborotado, de jóvenes residentes a su cargo. Lister incluso organizó algunas
espléndidas cenas para sus subordinados y se unió a ellos para ayudar a quitar
un anuncio que había puesto un curandero local. La jubilosa pandilla arrancó el
cartel y lo quemó en una ceremonia burlesca en los terrenos del hospital [204].
Los
ayudantes y empleados llamaban a Syme «el Amo», y a Lister, «el Jefe», una
manera afectuosa de referirse a él con la que se quedó el resto de su vida. Un
miembro del grupo en particular, la imponente señora Janet Porter, matrona del
hospital y jefa del personal de enfermería en la Royal Infirmary, estaba
prendada del apuesto cirujano.
Cuando
Lister recibió su nombramiento, las labores de enfermería no requerían especial
destreza o formación, ni infundían mucho respeto. Las mujeres educadas y
acomodadas no se atrevían a entrar en una profesión que las exponía a un
contacto íntimo con el cuerpo masculino o las dejaba solas y sin vigilancia con
los hombres. Florence Nightingale —la mujer que tiempo después revolucionaría
la enfermería— todavía no había desarrollado por completo los protocolos de
limpieza que la harían célebre. Y aún habrían de transcurrir nueve años hasta
que se fundase la Cruz Roja Internacional, que sería un importante instrumento
de formación de enfermeras en la segunda mitad del siglo XIX.
Debido
al escaso interés por esta profesión, muchas de las enfermeras con las que
Lister trabajaba formaban un grupo bastante variopinto. Nightingale visitó una
vez la Royal Infirmary y encontró que era un lugar «sin ley» en cuanto a la
gestión del personal de enfermería. Dijo que el cirujano asociado tenía que
llevar «cada noche a las enfermeras borrachas del turno nocturno en camillas
[205] ». Lister realizó esta desagradable tarea en su primer año de trabajo con
Syme. Incluso había una mujer que usaba con frecuencia las camas del hospital
para dormir la mona y a la que Lister tuvo que reprender en varias ocasiones.
La
admiradora de Lister, la señora Porter, estaba en las antípodas de aquellas
holgazanas alcohólicas. Ella gobernaba a los cirujanos con puño de hierro y se
comportaba como si la responsabilidad de administrar el hospital recayera solo
en ella. Cuando Lister llegó al hospital, la señora Porter ya estaba firmemente
instalada allí, pues llevaba más de una década cuidando a los pacientes. Su
sala de estar era una auténtica galería fotográfica de los médicos que habían
pasado por aquellas salas. Con los años, tendería un puente entre la vieja
vanguardia de la enfermería y la nueva, y era admirada y temida por partes
iguales por quienes la conocían. El poeta W. E. Henley, a quien Lister trataría
más adelante en su carrera, se fijó en la «profundidad y malicia de sus astutos
ojos grises» y en su uso de un «rudo acento escocés que halaga, riñe y desafía
[206] ». Como todos los que trabajaban para Syme, manifestaba un agudo sentido
del deber. Como decía Henley: «Los médicos la aman, la provocan y usan sus
habilidades, [pero] dicen que el Jefe le tiene cierto miedo».
En
muchas ocasiones hubo tiranteces entre el nuevo cirujano y la señora Porter.
Así, una vez sorprendió a Lister tratando de romper en trozos una de sus
cataplasmas de hielo con el atizador de la sala. Alguien recordaba así la
escena: «Con gran disgusto, le arrebató el atizador y la cataplasma y se marchó
protestando en voz alta a su cocina [207] ».
A
pesar de sus bravatas, la señora Porter se tomó un interés maternal por el
bienestar de Lister. Esto nunca fue tan evidente como en una ocasión en que
este se retorcía a causa de un fuerte dolor en el peligroso camino conocido
como el Cat’s Nick con su antiguo compañero de clase del University College
John Beddoe una ventosa tarde de domingo de 1854. El Cat’sNick se cruzaba con
una vereda que conducía a los riscos de Salisbury, que se alzaban sobre
Edimburgo como una imponente fortaleza. Situados a unos 800 metros al sudeste
de la ciudad, los peñascos de 46 metros eran los restos glaciares de una cuña
del período carbonífero que había comenzado a formarse en un mar poco profundo
hacía unos 340 millones de años. Lister, a quien aterrorizaban las alturas, había
aceptado a regañadientes el desafío de su amigo de escalar una empinada cara de
las peñas de Salisbury para contemplar desde lo alto una magnífica vista de
Edimburgo. Beddoe le dijo a Lister que todos los grandes escritores lo habían
hecho, como el novelista sir Walter Scott y el poeta Robert Burns. También
Charles Darwin, un gran caminante que más tarde atribuyó a sus solitarias
excursiones por las peñas de Salisbury su aceptación de la noción del tiempo
profundo del geólogo James Hutton, un concepto que más tarde desempeñaría un
papel esencial en su teoría de la evolución. Para Beddoe, era una «hazaña que
no había que dejar incumplida [208] ».
Y
así los dos comenzaron la ascensión con lentitud. Paso a paso, la ciudad fue
desapareciendo de su vista. Cuando se hallaban a mitad de camino, Lister empezó
a dudar de si podría alcanzar la cima. Gritó a su amigo que iba delante: «Me
siento mareado; ¿no es absurdo que continúe hoy?» [209]. Quizá Beddoe viera el
miedo en los ojos de su amigo, o tal vez él mismo estuviera demasiado agotado
para proseguir. El caso es que ambos coincidieron en que debían regresar.
Mientras
volvían sobre sus pasos, Beddoe resbaló y una roca se desprendió. Lister oyó el
desprendimiento y levantó la vista justo a tiempo para ver a su amigo y la roca
precipitarse sobre él. Se puso de espaldas contra la pared rocosa en el momento
en que Beddoe conseguía ponerse en pie, pero la enorme roca le golpeó el muslo.
Según el amigo de Lister, esta «rodó por el talud dando saltos y pasó entre un
grupo de niños que estaban jugando a la rayuela sin dañar a ninguno».[210]
Beddoe
vio enseguida que la situación era seria. Dejó atrás a su compañero lesionado,
descendió con rapidez por el Cat’s Nick y regresó con una camilla y cuatro
hombres que transportaron al herido Lister al hospital en solemne procesión. A
las puertas de la Royal Infirmary estaba la señora Porter retorciéndose las
manos y llorando. Con su fuerte acento escocés regañó a Beddoe por poner en
peligro a su cirujano favorito: «¡Ay, Doketur Bedie! ¡Doketur Bedie! ¡Ya sabía
yo quién tenía que ser! Solo ustedes los ingleses son tan locos como para hacer
esas tonterías los sábados [211] ».
Lister
tuvo que permanecer sentado durante varias semanas, retrasando una vez más la
salida de Edimburgo. Por fortuna, no se había roto ningún hueso, aunque había
recibido un fuerte golpe. Beddoe se estremecía al pensar en lo cerca que habían
estado de la muerte. Tiempo después reflexionaría sobre cómo habría cambiado el
curso de la historia si Lister hubiera muerto: «Si hubiera matado a mi amigo
Lister aquel verano […] ¿cuánto se habría perdido para el mundo y para millones
de personas?» [212].
Capítulo
6
Las
ancas de la rana
En
todas partes surgían interrogantes; todo quedaba sin explicación; todo era duda
y dificultad. Solo el gran número de muertos era una realidad indubitable.[213]
IGNAZ
SEMMELWEIS
El
trueno del cañón reverberaba en el campo de batalla. Las balas silbaban en el
aire, desgarrando la carne y mutilando a cualquiera que se interpusiera en su
camino. Miembros arrancados y entrañas desparramadas teñían la hierba del
carmesí de la sangre de los a menudo demasiado conmocionados por sus propias
heridas para gritar. Como muchos jóvenes que nunca habían visto tan cerca los
horrores de la guerra, Richard James Mackenzie no estaba lamentablemente
preparado para lo que le esperaba en el campo de batalla. Armado con poco más
que una bolsa con instrumentos quirúrgicos y algo de cloroformo, se unió en
1854 al 72º Regimiento de Highlanders en su lucha contra los rusos al inicio de
la guerra de Crimea.
Mackenzie,
de treinta y tres años, se había tomado un año sabático y había dejado su
trabajo como ayudante de Syme para ofrecerse voluntario como cirujano militar.
Tanto Mackenzie como Lister trabajaron con Syme al mismo tiempo, pero en
diferentes funciones; el primero era mayor y había estado en la Royal Infirmary
bastantes años. Durante el tiempo que trabajó en el hospital, Mackenzie había
adoptado muchas de las técnicas del veterano cirujano, incluida la famosa
amputación en la articulación del tobillo. Debido a su estrecha relación,
numerosos miembros de la facultad de la Universidad de Edimburgo creyeron que
un día Mackenzie sucedería a Syme en la cátedra, la más codiciada de las tres
cátedras de cirugía por su asignación permanente de salas hospitalarias en la
Royal Infirmary. Pero, cuando sir George Ballingall, el profesor de cirugía
militar, anunció que se retiraba, Mackenzie vio una oportunidad para impulsar
su carrera. El único obstáculo en su camino para asegurarse el nombramiento era
su falta de experiencia en los campos de batalla.
Poco
después de abandonar Edimburgo, Mackenzie descubrió que su escaso material
médico tendría un valor limitado. Lo que más le preocupaba no eran las balas o
los cañones, sino los efectos que la suciedad en el campo de batalla tendría
sobre los soldados que luchaban en aquel conflicto. En una carta enviada a su
casa, escribió: «Estuvimos, como sabéis, en una mala situación […] no tanto por
la mortalidad como por la gran cantidad de enfermedades [214] ». La malaria, la
disentería, la viruela y el tifus arrasaban los campamentos de los ejércitos, y
debilitaban las fuerzas antes de comenzar la lucha. Mackenzie lamentaba el
hecho de que los hombres fuesen «llevados allí a pudrirse sin disparar un solo
tiro o ni siquiera ver al enemigo».
Su
oportunidad llegó el 20 de septiembre, cuando las fuerzas francesas y
británicas se unieron para luchar contra los rusos en una batalla campal al sur
del río Alma, en Crimea. Sería el primer combate importante de la guerra. Los
aliados obtuvieron la victoria, pero al precio de una enorme cantidad de
víctimas. El lado de Mackenzie contó unas 2500 bajas, y los rusos, más del
doble. La batalla de Alma fue un baño de sangre, pues además de extraer
numerosas balas y vendar multitud de heridas de sus camaradas, Mackenzie tuvo
que realizar 27 operaciones solo ese día (entre ellas, dos amputaciones desde
la cadera), todas en improvisadas tiendas hospitalarias.
Los
que sobrevivieron a los combates y a la pérdida de extremidades no estaban
todavía libres de peligro. Poco después de que las armas dejaran de sonar, hubo
un brote de cólera asiático. Se extendía por el batallón de Mackenzie a través
del agua de las colinas y los valles. La propagación era incontenible. Causada
por la vibrio cholerae, una bacteria, esta enfermedad suele transmitirse
mediante agua contaminada por las heces de los infectados. Cuando estalló la
guerra de Crimea, la enfermedad ya se extendía por Europa, y es posible que el
cólera alcanzase el frente transportada en los intestinos de los soldados. Tras
un período de incubación de dos a cinco días, una víctima sufría la aparición
repentina de diarrea severa y vómitos que ocasionaban una pérdida masiva de
líquidos y la consiguiente deshidratación. La muerte podía llegar en pocas
horas, como Mackenzie decía en una carta a su casa: «Muchos eran atacados en el
desfile de la mañana, y morían en tres, cuatro o cinco horas. […] Casi no
necesito decir que todo tratamiento en tales casos era completamente inútil
[215] ». Sin un tratamiento eficaz, el cólera asiático tiene una tasa de
mortalidad del 40-60 por ciento.
Durante
el conflicto, que duró dos años y medio, más de 18 000 soldados murieron de la
enfermedad, que se cobró más vidas que cualquier otra plaga que sufriera el
ejército británico durante la guerra de Crimea. Entre los primeros en sucumbir
estuvo Richard James Mackenzie. El prometedor cirujano de Edimburgo murió de
cólera el 25 de septiembre de 1854, cinco días después de la batalla de Alma
[216]. Una vez más, la muerte había despejado el camino para que otro hombre
avanzase.
* *
* *
Fueron
muchos los colegas de Mackenzie que lo siguieron a la guerra. No así Lister,
cuya religión le prohibía participar en actos violentos, aunque su papel como
cirujano lo limitara a curar heridos. Cuando, a finales de 1854, concluyó su
etapa de cirujano asociado en la Royal Infirmary, se encontró desocupado y sin
un plan para el futuro. Unos meses antes había manifestado a su padre interés
por el puesto de cirujano júnior en el hospital Royal Free de Londres. A pesar
de su afecto por Syme, Lister echaba de menos a su familia. Este fue el primero
de muchos intentos de volver al hogar durante los siguientes veintitrés años.
El
hospital Royal Free había sido fundado en 1828 por el cirujano William Marsden
para proporcionar atención gratuita (como su nombre indica) a quienes no podían
pagar el tratamiento médico. Cuando los hospitales de Gran Bretaña atendían a
los pobres, se esperaba que los pacientes contribuyeran a su habitación y
comida. Además, la admisión hospitalaria solo se concedía a aquellos que
pudieran obtener una carta del director o de los suscriptores del hospital, lo
cual no era una misión fácil. Por el contrario, Marsden creía que «el único
pasaporte [para ser admitido] debía ser la pobreza y la enfermedad [217] ». Su
decisión de erigir el Royal Free fue motivada por el caso de una joven
moribunda que encontró una tarde en las escaleras de la iglesia de Saint Andrew.
Marsden trató de ingresarla en un hospital, pero fracasó porque ella no tenía
dinero. Pocas semanas después murió. Un nombramiento para el hospital Royal
Free no solo permitiría a Lister estar más cerca de su hogar, sino que también
impulsaría su carrera. Entonces era difícil encontrar una vacante en los
hospitales, sobre todo en la capital. Aumentaría su prestigio como cirujano,
proporcionándole una lucrativa práctica privada y además podría optar a un
puesto universitario en el futuro. Pero tanto Syme como su antiguo profesor
William Sharpey no estaban tan seguros de que ese puesto fuese el adecuado para
Lister. Lo disuadieron de solicitarlo porque temían que su protegido se
enredara en una de las últimas disputas desatadas en el hospital.
La
controversia había sido objeto de comentarios en la comunidad médica de
Londres. Había tres cirujanos en el Royal Free: William Marsden, John Gay, que
había trabajado allí durante dieciocho años, y Thomas Henry Wakley, cuyo padre
había fundado The Lancet. En diciembre, Gay se había visto obligado a dimitir
después de que proporcionara información para una biografía suya que criticaba
al hospital. El comité de administradores del Royal Free consideró que Gay
había hecho muy poco por contrarrestar los comentarios despectivos que
aparecían en el libro. Entonces surgieron dos facciones: los que creían que la
decisión tomada por el comité de echar a Gay estaba justificada se enfrentaron
a los que creían que un cuerpo lego no debía interferir en la carrera de un
cirujano. Wakley defendió con firmeza en The Lancet las acciones del comité, lo
cual no era sorprendente, porque se beneficiaría directamente de su secuela:
ser promovido al puesto de Gay.
Sharpey
escribió a Syme en Edimburgo: «El nuevo cirujano estará mucho más en contacto
con el joven Wakley —y temo que no pasará mucho tiempo sin algún malentendido,
en cuyo caso habrá disputas interminables y perturbadoras delante del público—,
si es que Lister se retira. No puedo imaginar que Lister esté de acuerdo con la
postura de Wakley [218] ». Syme tenía una preocupación adicional: que Lister
pudiera eclipsar al joven y combativo Wakley, lo cual enojaría al padre de
este, que aún tenía un considerable poder sobre la comunidad médica de Londres.
Sharpey escribió a Syme: «No puedo concebir que el viejo Wakley permita que
algún hombre nuevo gane reputación a expensas de su hijo». Tanto Sharpey como
Syme transmitieron sus inquietudes a Lister, quien al final dejó que el plazo
para la solicitud expirase por consejo de sus dos mentores.
Eso
todavía dejaba en el aire la pregunta de qué haría Lister cuando dejase el
puesto de cirujano asociado. Este consideró continuar con su plan original de
viajar por Europa, y Joseph Jackson animó a su hijo a hacer precisamente eso:
«Ahora estás en libertad para realizar sin interrupciones el plan que te habías
propuesto […] de escudriñar algunas de las escuelas de medicina del continente
como algo que te convenía [219] ». Sin embargo, si el atractivo de un
nombramiento en el hospital Royal Free había sido casi suficiente para llevarlo
lejos de Edimburgo, una gira por Europa no lo era. En lugar de hacerla, Lister
propuso a Syme sustituir a Mackenzie en las clases de cirugía y solicitar un
puesto de cirujano ayudante en la Royal Infirmary.
Lister
estaba demasiado cualificado para ser cirujano asociado de Syme, pero sin duda
en esa etapa lo estaba poco para ser su ayudante, porque aún no tenía licencia
para practicar la cirugía en Escocia. La sugerencia de Lister pilló de sorpresa
a Syme, quien de inmediato echó un jarro de agua fría sobre el plan. Pero
Lister no se desanimaría tan fácilmente. Se opuso. En una carta preguntó a su
padre: «Si un hombre no aprovecha las oportunidades que se le presentan, ¿qué
va a hacer o para qué sirve?» [220]. En su fuero interno sabía que era apto
para ese trabajo, aunque se atribuía una capacidad algo mayor de la que poseía.
«Aunque al principio casi me arrugaba ante las oportunidades —escribió—, me
agarré a esta reflexión: si no hago esto ahora, ¿cómo podré cumplir más
adelante mis obligaciones como cirujano?». A pesar de tal bravuconería, todavía
exhibía su característica modestia, y moderaba sus aspiraciones ante su padre
cuáquero escribiendo que no podía desear o esperar tener un «diezmo del éxito»
del que Syme había disfrutado en su carrera.
Al
final, Syme se entusiasmó con la idea de Lister de ser su próximo cirujano
ayudante. El joven lo había impresionado con su destreza para operar y su
curiosidad intelectual. El 21 de abril, Lister fue elegido miembro del Real
Colegio de Cirujanos de Escocia, lo que le dio licencia para practicar la
cirugía en Edimburgo. Poco después, se mudó a una moderna residencia en el
número 3 de Rutland Street, frente a los consultorios de Syme. Su padre, que
continuaba sufragando los gastos, encontró el alquiler bastante elevado, pero
escribió a Lister diciéndole que aprobaba su traslado a «sitios de categoría y
mobiliario perfectamente respetables y adecuados a tu posición profesional
[221] ». Una vez instalado Lister en la nueva casa, los administradores del
hospital confirmaron su nombramiento en la Royal Infirmary. En septiembre cobró
los primeros honorarios de un paciente al que corrigió, usando cloroformo, un
tobillo dislocado [222]. La carrera de Joseph Lister iba por buen camino.
* *
* *
Aunque
bien amueblado, el hogar de Lister no podía competir con la imponente
residencia de su mentor. Y a pesar de que Millbank House estaba a solo media
hora a pie del centro de la ciudad, a quienes visitaban a Syme y a su familia
les parecía un retiro campestre. Cuando uno entraba en aquel gran enclave, el
humo, la suciedad y el ruido de Edimburgo desaparecían de repente. Desde la
mansión, cubierta de hiedra, se veían unas colinas suavemente onduladas y
terrazas bien ordenadas, y eso aliviaba a Syme de los horrores cotidianos que
experimentaba en la Royal Infirmary. La casa ya tenía varios invernaderos y
viñedos cuando la compró en la década de 1840. A medida que su riqueza
aumentaba con los años gracias a la práctica privada, Syme fue añadiendo una
sección para higueras, otra para piñas tropicales, otra más para bananas, dos
para orquídeas y una serie de muros para la conservación de los frutos que allí
crecían y que en invierno podían cubrirse con cristales. Era algo así como un
paraíso tropical en una Escocia maltratada por su clima [223].
Millbank
House era un lugar animado. A Syme le encantaba organizar pequeñas fiestas para
amigos, colegas y viajeros que iban a visitar las instituciones médicas y
científicas de Edimburgo. Aborrecía las grandes reuniones, y prefería que no
hubiese más de doce invitados cada vez. Lister era a menudo uno de ellos, y
bien recibido en la casa.
Para
nuestro concepto moderno, la familia de Syme era grande. La formaban la segunda
esposa de Syme, Jemima Burn, y sus tres hijos, más sus hijas Agnes y Lucy de su
anterior matrimonio. Su primera esposa, Anne Willis, había muerto unos años
antes al dar a luz a su noveno hijo. Siete de los hijos de Syme de su primer
matrimonio y dos del segundo habían muerto a causa de distintas enfermedades y
accidentes. Los duelos eran un recordatorio de lo impotente que era todavía la
medicina frente a la muerte.
Además
de los convites regulares, Lister era invitado a unirse a la familia en la
excursión para visitar al cuñado de Syme en su residencia de Loch Long, en la
costa occidental escocesa. Lister aceptaba, pero no lo hacía solo para
asegurarse la buena opinión del viejo Syme. Se había fijado en Agnes, su hija
mayor.
Agnes
Syme era una joven alta y esbelta cuya sencillez era aún más patente cuando se
la comparaba con su hermosa hermana menor, Lucy. Agnes solía recogerse el largo
cabello oscuro en un holgado rodete que acentuaba la delicadeza de sus rasgos.
En una carta, el apasionado Lister hablaba con efusión de su «adorada Agnes».
Le decía a Joseph Jackson que, aunque el aspecto externo de la señorita Syme no
era «nada llamativo», poseía una personalidad entrañable, manifiesta «en su
semblante y su expresión siempre variable, que muestra con espontaneidad un
espíritu singularmente inocente, sincero, no afectado y modesto». Lo más
importante, observaba Lister, era que poseía «una inteligencia sana e
independiente», cualidad sin duda heredada de su padre. El joven escribía sobre
su nuevo amor con pocas inhibiciones: «En raras ocasiones, aunque ahora no tan
raras para mí como antes, sus ojos expresan el profundo sentimiento de un
corazón muy cálido [224] ».
Los
padres de Lister estaban menos entusiasmados con la perspectiva de esta unión.
Agnes era una firme seguidora de la Iglesia episcopal de Escocia, al igual que
su familia, y no había nada que indicase una disposición a abandonar su fe para
unirse a los cuáqueros. Los padres de Lister estaban preocupados. Joseph
Jackson escribió: «Tu querida madre me dice que te ha persuadido de que no
permitas que tus otros [compromisos] te absorban demasiado y nos apartes». Su
padre le advertía de que no hiciera nada que pudiera delatar que estaba
interesado en casarse con Agnes. Y añadía (quizá para tranquilizarse) que
estaba seguro de que la lógica triunfaría: «Tu juicio enseguida lo habría
descartado como algo incongruente [225] ».
Pese
a las preocupaciones de sus padres, Lister se enamoró aún más profundamente.
Pronto, todos los jóvenes de la Royal Infirmary se enterarían de que el Jefe
pretendía a la hija del Amo. Una noche de mediados de mayo, después de una cena
del personal, uno de los muchachos cantó una parodia basada en una melodía
popular titulada «Villikins y su Dinah» que se cantaba en un teatro de
variedades, en la cual Lister aparecía asesinado de manera misteriosa con un
bisturí por haberse negado a casarse con la hija de Syme:
Vagaba
Syme por el hospital
cuando
vio a Joseph Lister muerto en el suelo
con
un afilado bisturí en su costado
y
una carta de amor que decía
que
murió de una hemorragia.
En
la canción, Syme trata de salvar la vida de Lister ligando los vasos
seccionados «una docena de veces», pero es en vano. La tonada termina con una
alegre advertencia:
Ahora
todos los jóvenes cirujanos están advertidos,
y
nunca jamás desobedecerán al señor Sim,
y
todas las jóvenes damas que oigan esta triste historia.
Piensa
en Joseph, señorita Syme, y en el afilado bisturí.[226]
Aunque
la intención de la parodia era afectuosa, las letras modificadas sirvieron a
Lister como recordatorio de que debía considerar con cuidado su intención de
cortejar a Agnes. Su padre no era un hombre de buen talante.
Por
mucho que lo intentara, Lister no podía apartar a Agnes de su mente. Pero lo
cierto era que, si iba a casarse con una episcopaliana, tendría que dejar de
ser miembro de la comunidad cuáquera. Para un hombre que solo siete años antes
había pensado en serio en renunciar a sus estudios de medicina para hacerse
pastor, era una decisión problemática. No debía considerar solo las
consecuencias religiosas; también había riesgos económicos. Mientras, Joseph
Jackson continuaba ayudando a Lister, enviándole 300 libras anuales para sus
gastos, más un interés anual adicional de su propiedad de 150 libras. Sin
embargo, no había ninguna garantía de que su padre siguiese pagándole esta
asignación si decidía apartarse del rebaño.
Al
final, Lister le preguntó a su padre si contaría con su ayuda tras pedir la
mano de Agnes. Joseph Jackson dejó a un lado las preocupaciones religiosas y
prometió a su hijo que ello no comprometería su amor de padre: «No permitiría
que la circunstancia de que ella no tenga cabida en nuestra sociedad afecte a
mi arreglo contigo, o altere las esperanzas que hace tiempo deposité en ti».
Ofreció a su hijo dinero para comprar muebles si su propuesta era aceptada, y
le dijo que esperaba que Syme «determinase la aportación» de su hija (esto es,
estipulase una dote) y la negociara directamente con él [227].
Su
padre le aseguró que ni él ni su madre deseaban que asistiese «al culto de los
Amigos por respeto a nuestros sentimientos [228] ». Recomendó a su hijo que
renunciase de manera voluntaria a ser miembro de la Sociedad de Amigos para no
ser formalmente considerado un renegado, como establecían las Reglas de
Disciplina si se casaba con alguien de una fe diferente. Joseph Jackson pensaba
que esto era lo mejor y dejaba la puerta abierta si Lister decidía regresar a
la comunidad cuáquera.
Con
la mente ya tranquila, Lister pidió en matrimonio a Agnes y ella aceptó. Agnes
y su madre fijaron la fecha de la boda para la siguiente primavera. Lister,
ansioso por comenzar su nueva vida con su esposa, dijo a su padre que lamentaba
la demora. Si fuera por él, se casarían de inmediato. Joseph Jackson, sin duda
divertido por el afán de su hijo de comenzar a disfrutar de los beneficios de
la domesticidad, le aseguró: «Yo preferiría, como tú, que fuese antes, pero
verás que hay razones por las que la fecha debe dejarse a discreción de las
damas [sic[229] ]».
Comenzaron
a llegar los regalos de boda: un reloj de mármol negro de los Pim, de Irlanda;
un hermoso servicio de postre de su hermano Arthur [230]. Lister, que acababa
de mudarse, tenía que encontrar un hogar más adecuado para la vida matrimonial.
Con la considerable dote de Agnes y el dinero que Joseph Jackson les dio como
regalo de boda, la pareja podría permitirse una residencia más señorial [231].
Lister se estableció en el número 11 de Rutland Street, a solo unos pocos
portales de su antigua vivienda. Era una casa georgiana con fachada de granito
y nueve habitaciones repartidas en tres plantas, entre ellas un estudio justo
al lado del vestíbulo, que Lister tenía la intención de utilizar como
consultorio para sus futuros pacientes. En una carta a su madre describió
también una habitación en el segundo piso que en el pasado había sido un cuarto
infantil, ya que estaba bien provista de una pila con grifos para agua caliente
y fría [232].
El
23 de abril de 1856, los novios se casaron en el salón de Syme en Millbank
House. La hermana de Agnes, Lucy, recordaría tiempo después que esto se hizo
«por consideración a cualquier pariente cuáquero» que se hubiera sentido
incómodo yendo a una iglesia [233]. El médico y ensayista escocés John Brown
pronunció el brindis por la feliz pareja después de la recepción. El futuro de
los recién casados era brillante, sobre todo porque la estrella de Lister iba
ascendiendo en Edimburgo. Brown hizo en su discurso una observación profética:
«Creo que Lister alcanzará una de las cimas de su profesión [234] ».
* *
* *
Cuando
Lister volvió a trabajar en la Royal Infirmary, siguió enfrentándose a los
mismos problemas que se le habían presentado en el hospital University College
de Londres. Los pacientes morían de gangrena, erisipela, septicemia y piemia.
Frustrado por lo que la mayoría de los cirujanos del hospital aceptaba como
algo inevitable, Lister comenzó a tomar muestras de tejidos de sus pacientes
para examinarlas al microscopio y entender mejor qué sucedía en el ámbito
celular.
Como
muchos de sus colegas, Lister reconocía que la inflamación excesiva a menudo
precedía al inicio de una sepsis. Una vez sucedía esto, un paciente tendría
fiebre. El factor subyacente que vinculaba a ambas cosas parecía ser el calor.
La inflamación era calor localizado, mientras que la fiebre era calor
sistémico. Pero, en la década de 1850, la prevención era difícil porque las
heridas rara vez sanaban limpiamente, hasta el punto de que muchos médicos
consideraban el laudable pus esencial en el proceso de curación [235]. Además,
en la comunidad médica hubo un debate sobre si la inflamación era «normal» o si
era un proceso patógeno que necesitaba ser contrarrestado [236].
Lister
estaba decidido a entender mejor los mecanismos de la inflamación. ¿Cuál era la
relación entre inflamación y gangrena de hospital? ¿Por qué algunas heridas
inflamadas se tornaban sépticas mientras que otras no? En una carta a su padre
le decía que se daba cuenta de que «no se habían estudiado como debieran las
primeras etapas [de la inflamación] para conocer la transición del saludable
enrojecimiento creciente a la inflamación [237] ».
El
control de la inflamación era una lucha diaria para el cirujano de hospital.
Entonces se creía que una herida podía sanar de dos formas. Lo ideal era que
una herida se curase by first intention o «a la primera», una expresión que
utilizaban los cirujanos para referirse a la unión de los dos lados con mínima
inflamación y supuración (formación de pus); que la herida cicatrizase
limpiamente, o «con suavidad», para usar otra expresión de la época.
Alternativamente, una herida podía curarse by second intention, que era cuando
se formaban nuevas granulaciones o tejido cicatricial, un proceso prolongado
con frecuencia acompañado de inflamación y supuración. Las heridas que sanaban
de esta segunda forma eran más propensas a infectarse o «estropearse».
Las
formas en que los cirujanos trataban las heridas eran muy diversas, lo que
demostraba lo mucho que se esforzaban por entender y controlar la inflamación,
la supuración y la fiebre. Lo complicado del asunto era que el desarrollo de
las infecciones sépticas en ocasiones parecía algo caprichoso e impredecible.
Algunas heridas curaban a la perfección con escasos cuidados médicos, mientras
que otras resultaban fatales a pesar de ser vigiladas con cuidado, con
frecuentes cambios de apósitos y desbridamientos (eliminación de tejido
muerto). Un fenómeno que muchos cirujanos notaban era que las fracturas
simples, sin desgarros en la piel, a menudo sanaban sin problema. Esto
reforzaba la idea de que algo entraba en las heridas desde afuera, y que dio
origen al popular «método de la oclusión», con el que se trataba de evitar el
aire en una herida.
El
método de la oclusión podía aplicarse de múltiples maneras, según las
preferencias del cirujano que trataba cada caso. La primera consistía en cubrir
por completo la herida con un apósito seco, como la membrana externa del
intestino de un ternero o un apósito adhesivo. Si la herida se curaba a la
primera, este método tenía éxito. Pero si había supuración, la putrefacción
venenosa (o las bacterias, como sabemos hoy), al impedirle el apósito la
salida, se introducía en el torrente sanguíneo del paciente y aparecía la
septicemia. Para contrarrestar este efecto, algunos cirujanos reabrían
continuamente el vendaje para limpiar la herida de fluidos con un método
llamado «oclusión con apertura repetida». Robert Liston denunció esta práctica
en la década de 1840, señalando que con ella «se mantiene al paciente en un
estado de continua excitación, el cual, a menudo agotado por el sufrimiento,
los fluidos y la fiebre alta, termina siendo víctima de esta práctica [238] ».
Muchos
cirujanos estaban en contra del método de oclusión porque atrapaba calor dentro
de la herida, lo cual era un inconveniente cuando se trataba de controlar la
inflamación. También creían que la lesión no debía cubrirse por completo,
porque las vendas se «cargarían de exhalaciones pútridas y una profusión de
materia sanguínea fétida mal asimilada», lo cual hacía que la herida empeorase.
Syme prefería coserla, dejando una pequeña abertura para el drenaje. Después la
envolvía, excepto la abertura, con una amplia pieza de gasa seca. Dejaba esta
durante unos cuatro días, al cabo de los cuales la retiraba y cambiaba cada dos
días hasta que la herida había cicatrizado.
Algunos
cirujanos preferían water dressings o vendajes húmedos, que creían
contrarrestaban el calor de la inflamación al mantener la herida fría. Otros
trataban de irrigar la herida directamente, e incluso sumergían al paciente en
agua, que a menudo había que cambiar. Aunque este método demostró ser el más
eficaz, ya que eliminaba los fluidos en cuanto se formaban, era costoso y de
complicada utilización, y había mucho desacuerdo sobre si el agua debía estar
caliente, tibia o fría.
El
principal problema era que la mayoría de los cirujanos intentaba prevenir
infecciones de la herida, pero no había consenso en cuanto a por qué aparecía.
Unos creían que la causa era una especie de veneno en el aire, pero nadie sabía
cuál era la naturaleza de tal veneno. Otros pensaban que la infección de la
herida podía aparecer de nuevo por un proceso de generación espontánea, sobre
todo si un paciente se hallaba debilitado.
Casi
todos los miembros de la comunidad médica reconocían que el medio hospitalario
era un factor que había contribuido al aumento de la tasa de infecciones en los
últimos años. Durante el siglo XIX, cada vez más y más diferentes clases de
pacientes eran ingresados en los hospitales a medida que estos aumentaban de
tamaño. Y esto ocurrió en especial tras la aparición de la anestesia en 1846,
que dio a los cirujanos más confianza para llevar a cabo operaciones que no se
hubieran atrevido a emprender antes de esa innovación. Con tantos pacientes en
las salas, mantener los hospitales limpios resultaba cada vez más difícil. El
autor de un importante libro de texto, titulado Year-Bookof Medicine, Surgery,
and Their Allied Sciences, sintió la necesidad de aconsejar lo siguiente a los
lectores: «Los vendajes e instrumentos que se han empleado para tratar las
heridas gangrenosas no deberían utilizarse, a ser posible, una segunda vez; ni
deben prepararse o conservarse vendajes, ropa de cama o ropa de vestir en habitaciones
donde haya pacientes infectados. El cambio frecuente de la ropa de cama y las
mantas es también muy conveniente cuando estas enfermedades ya se han declarado
[239] ».
El
grado de higiene que hoy esperamos en los hospitales no existía, y desde luego
tampoco en la Royal Infirmary cuando Lister empezó a trabajar allí. La
necesidad de saber cuál era la naturaleza de la inflamación y la infección se
había vuelto más crítica que nunca.
* *
* *
Durante
el primer año de su matrimonio, Agnes se acostumbró a la presencia de las ranas
en el hogar matrimonial. La obsesión de su marido con los anfibios comenzó en
la luna de miel. Antes de hacer una gira de cuatro meses por Europa, los recién
casados se habían detenido en la casa de un tío en Kinross, a solo un día de
viaje desde Edimburgo a caballo o en carruaje. Lister se llevó el microscopio
y, después de recoger unas cuantas ranas en las afueras de la propiedad del
tío, improvisó un laboratorio para iniciar una serie de experimentos que
esperaba le ayudasen a entender mejor el proceso de la inflamación, un tema al
que dedicaría el resto de su vida. Por desgracia para Lister (aunque felizmente
para las ranas), los anfibios consiguieron escapar, causando alboroto en la
casa mientras los sirvientes corrían tras ellos intentado atraparlos. Cuando el
matrimonio regresó de sus viajes, Lister reanudó los experimentos, esta vez en
su propio laboratorio de la planta baja de la casa de Rutland Street. Trabajó
sin descanso con su diligente esposa al lado. Agnes solía tomar notas al
dictado, registrándolas con minuciosidad en diarios. Parecía que había poco
tiempo para otra cosa que no fuera el estudio [240].
Hasta
entonces, Lister había analizado al microscopio principalmente tejido muerto.
Las muestras eran tomadas a menudo de pacientes que él cuidaba en la Royal
Infirmary, y en algunos casos incluso de su propio cuerpo. Pero lo que en
realidad necesitaba era tejido vivo para entender con exactitud cómo
reaccionaban los vasos sanguíneos en determinadas circunstancias. Este fue un
paso crucial en la idea que luego se formaría del modo de tratar las heridas y
entender las causas de las infecciones postoperatorias. Volvió a examinar a las
ranas, esta vez vivas, que fue a buscar a un lago, el Duddingston Loch, al este
de la ciudad, para tener una cantidad suficiente de ellas en la investigación.
Fue entonces cuando empezó a desentrañar el misterio que había atormentado a su
profesión durante siglos [241].
Las
investigaciones de Lister sobre la inflamación eran una continuación del
trabajo que antes había realizado su profesor del Universitary College, Wharton
Jones, quien hizo algunas observaciones microscópicas sobre los vasos
sanguíneos periféricos utilizando tejidos translúcidos de alas de murciélagos y
membranas de ancas de rana. Al igual que su antiguo profesor, Lister comprobó
que una ralentización de la sangre a través de los capilares parecía preceder
al inicio de una infección. Quería entender cómo afectaba la inflamación a los
vasos sanguíneos y a la circulación en miembros sanos. En su laboratorio
casero, ideó una serie de experimentos en los que infligía lesiones controladas
y graduadas a las membranas de una rana, midiendo en cada ocasión el diámetro
de los vasos sanguíneos con un micrómetro ocular. A este fin Lister sometió las
membranas a la acción de varios irritantes, empezando con agua cada vez más
caliente en cada aplicación hasta alcanzar la temperatura de ebullición. Luego
probó los efectos del cloroformo, la mostaza, el aceite de ricino y el ácido
acético en las membranas [242].
Algo
de importancia capital en sus experimentos era determinar el papel del sistema
nervioso central en la inflamación. Para entender mejor esto, Lister procedió a
la vivisección de una gran rana, extrayéndole el cerebro sin dañar la médula
espinal. (La disección de animales vivos con fines de investigación científica
tenía una larga tradición en Gran Bretaña. En 1664, Robert Hooke —miembro
fundador de la Real Sociedad y adelantado en el uso del microscopio— ató con
correas a un perro callejero a su mesa de laboratorio y procedió a abrir el
tórax del aterrorizado animal para examinar el interior de la cavidad torácica
y comprender mejor los mecanismos de la respiración. Antes de realizar su
experimento, Hooke no sabía que los pulmones no eran músculos, y que al abrir
el tórax del animal lo privaría de la capacidad para respirar por sí mismo al
inactivar el diafragma. Para mantener vivo al animal, introdujo una caña hueca
por la garganta del perro hasta la tráquea. Luego bombeó aire en sus pulmones
con un fuelle durante más de una hora, examinando con cuidado el modo en que
los órganos se expandían y contraían con cada respiración artificial, mientras
el perro lo miraba horrorizado, incapaz de quejarse o aullar en su agonía. Al
igual que Hooke, Lister veía la vivisección como un mal necesario para su
profesión, algo de un valor inestimable para su investigación y para salvar las
vidas de sus pacientes). Tras extraer el cerebro de la rana, observó que «las
arterias, que antes eran bastante grandes y canalizaban rápidas corrientes
sanguíneas, se hallaban completamente contraídas, por lo que las membranas
aparecían sin sangre excepto en las venas [243] ». Lister manipuló la médula
espinal durante las horas siguientes, incluso extrajo a veces trozos de ella,
hasta que la rana murió. «La sangre había dejado de circular a consecuencia de
la debilidad del corazón [244] ». Dedujo que, en ranas sin cerebro o médula
espinal, las arterias no se dilataban.
Lister
decidió presentar sus hallazgos al Real Colegio de Cirujanos de Edimburgo.
Pero, cuando llegó el momento de pronunciar su discurso, todavía no había
concluido los experimentos a su plena satisfacción. Con el reloj en la mano, su
padre —que visitaba a la joven pareja en Escocia— notó que su hijo solo había
preparado la mitad del discurso la noche anterior, y que «una tercera parte
hubo de improvisarla» el día de la comunicación [245]. Pero, a pesar de no
haber terminado de prepararlo, el texto fue admitido sin hallar impedimento
alguno, y una versión del mismo se publicó en las Philosophical Transactions of
the Royal Society.
En
ese artículo, Lister sostenía que «cierta inflamación causada por la irritación
directa es esencial para la unión primaria [246] ». En otras palabras: la
inflamación resultante de una incisión o una fractura era de esperar mientras
el daño persistía, y no era sino una parte del proceso de curación natural del
cuerpo. La inflamación de una herida no necesariamente presagiaba una sepsis.
En oposición a Wharton Jones, Lister argumentaba que el tono vascular del anca
de una rana estaba bajo el control de la médula espinal y la médula oblonga y,
por lo tanto, la inflamación podría verse afectada de manera directa por el
sistema nervioso central [247]. Dicho llanamente, Lister creía que había dos
tipos de inflamaciones: locales y nerviosas.
En
sus consideraciones finales, Lister hizo una crónica de sus observaciones
experimentales en las ranas, relacionándolas con situaciones clínicas tales
como el traumatismo causado a la piel por el agua hirviente o las incisiones
quirúrgicas. Estos primeros estudios fueron esenciales para el futuro trabajo
clínico de Lister sobre la curación de las heridas y los efectos de la
infección en los tejidos [248]. Lister estaba equivocado cuando pensaba que
había dos tipos de inflamación, pero su trabajo innovador le permitió entender
mejor los efectos de la inflamación sobre los tejidos y la pérdida de vitalidad
de estos. Y ello fue de suma importancia para comprender por qué se daban en el
tejido dañado las condiciones para que se produjera la sepsis.
Después
de su conferencia en el Real Colegio de Cirujanos, y cuando no estaba dando
clases o tratando a pacientes en la Royal Infirmary, Lister prosiguió su
intensa experimentación con ranas ayudado por Agnes. Esto movió a Joseph
Jackson a escribirle: «Me gustaría saber qué nuevas ideas […] hacen necesarios
más experimentos con las pobres ranas [249] ». No sería la última vez que la
minuciosidad y la atención al detalle serían un obstáculo para la publicación
oportuna de importantes investigaciones. Sin embargo, durante los tres primeros
años de su matrimonio, Lister llegó a publicar quince artículos, nueve de los
cuales aparecieron en 1858. Todos se basaban en sus hallazgos originales, y
muchos de ellos detallaban los resultados de sus investigaciones fisiológicas
sobre el origen y el mecanismo de la inflamación, los cuales le proporcionaron
un terreno firme sobre el que construir su obra innovadora.
Capítulo
7
Limpieza
y agua fría
El
cirujano es como el labrador que, tras sembrar el campo, espera con resignación
lo que la cosecha pueda traerle, y recoge sus frutos plenamente consciente de
su impotencia contra las fuerzas elementales que desencadenan lluvias,
huracanes y granizos.[250]
RICHARD
VON VOLKMANN
En
julio de 1859, James Lawrie, de cincuenta y nueve años, profesor regio de
cirugía clínica en la Universidad de Glasgow, sufrió una apoplejía con
parálisis que le privó de la capacidad de moverse y de hablar. Era muy conocido
en la universidad y había sido profesor del famoso misionero médico y
explorador David Livingstone. El puesto de Lawrie, muy codiciado entre la
comunidad de cirujanos, estaba de pronto vacante.
Lister
comunicó a su padre la noticia de inmediato: «El doctor Lawrie […] se encuentra
en un estado de salud que no le permitirá ocupar su puesto mucho más tiempo
[251] ». Le manifestó su interés en solicitar la vacante. Con un título tan
prestigioso, podría desarrollar su propia y lucrativa práctica privada en
Glasgow, algo que no había podido hacer en Edimburgo. Además, Lister contaba
con que sería nombrado cirujano del hospital de la ciudad por influencia de los
amigos que tenía en la facultad de Medicina. Y lo que era más importante: le
dijo a su padre que confiaba en que, si conseguía ese puesto, en el futuro
«tendría más derecho a cualquier nombramiento en Londres [252] ».
Pero
había un inconveniente. Si Lister se trasladaba a Glasgow, pondría fin a su
relación de seis años con su amigo, colega y suegro. «Me dolería mucho —se
lamentó a su padre— abandonar Edimburgo, y en particular al señor Syme, a
quien, como usted sabe, tengo en gran aprecio». También le preocupaba lo que
ello significaría para su viejo mentor y la práctica quirúrgica que ambos
habían cultivado en los últimos años: «Evidentemente, el señor Syme […]
preferiría que me quedara aquí y le ayudara en el hospital […] porque no hay
nadie más en esta ciudad que esté tan de acuerdo con él en la práctica de la
cirugía [253] ». Pero el cirujano de treinta y dos años no podía ignorar las
oportunidades que le esperaban si obtenía una cátedra en Glasgow. Así que dejó
a un lado su apego a Syme y la Royal Infirmary y se postuló para aquel puesto.
Otros
siete candidatos muy cualificados también lo solicitaron: cinco de Glasgow y
dos de Edimburgo. Pero el hecho de que, en Gran Bretaña, todos los
nombramientos para los puestos de profesores regios estuvieran en manos de un
ministro de la Corona complicaba las cosas, porque era poco probable que
supiera mucho acerca de los requisitos específicos de un puesto determinado y
pudiese determinar qué aspirantes estarían mejor cualificados para ocuparlo.
Syme recomendó amablemente a su yerno, declarando con el característico
lenguaje lacónico para estos casos que Lister poseía un «estricto sentido de la
exactitud, una extraordinaria capacidad de observación y un juicio sensato,
todo ello unido a una destreza manual poco común y una mentalidad práctica
[254] ».
Pasaba
el tiempo y nadie sabía nada acerca de aquel puesto. En diciembre, Lister
recibió una carta privada de un confidente que le informaba de que el puesto de
profesor regio se lo iban a ofrecer a él [255]. Pero, en enero, su euforia se
enfrió cuando The Glasgow Herald anunció que no había nada decidido al
respecto. El artículo llamaba la atención sobre una carta abierta que había
circulado entre la comunidad médica y que habían escrito los dos parlamentarios
de la ciudad. Estos pedían a los médicos locales que les dijeran «qué candidato
es, en su opinión, el mejor cualificado para el puesto poniendo una cruz junto
a su nombre [256] ». Hubo un clamor entre aquellos preocupados por la
corrupción y las recomendaciones. Si un candidato era escogido por los médicos
de Glasgow, seguramente mostrarían una predisposición contra forasteros como
Lister.
La
protesta aumentó, con William Sharpey, John Eric Erichsen y James Syme
escribiendo cartas de apoyo a la candidatura de Lister [257]. Diez días después
de que apareciera el editorial, Lister fue oficialmente invitado por el
ministro del Interior a ocupar el puesto de Lawrie. Al día siguiente, el hijo
escribió jubiloso al padre: «Por fin han dado la esperada noticia […] de que Su
Majestad ha aprobado mi nombramiento». Lister se sentía «embriagado de [una]
alegría» que, «sin lugar a dudas, el largo período de suspense que la ha
precedido ha duplicado o triplicado [258] ». También creía que la decisión
había liberado a Glasgow de la carga de estrechez de miras y tribalismo
universalmente presente. Lister pensó que él y Agnes se sentirían bien acogidos
en aquella nueva ciudad.
* *
* *
Glasgow
estaba a solo 64 kilómetros de Edimburgo. Ambas ciudades tenían una antigua
universidad, pero el ambiente intelectual de Glasgow era muy diferente del que
Lister había encontrado en Edimburgo, al cual se había acostumbrado cuando
trabajaba junto a Syme. La comunidad médica de Glasgow era más autoritaria que
especulativa, más conservadora que inconformista. No acogía con facilidad la
innovación. Lister tendría dificultades para hallar su lugar entre los
tradicionalistas más inflexibles de la universidad [259].
Cuando
Lister se presentó en la ceremonia de toma de posesión, la sala estaba llena de
hombres distinguidos de la institución que pronto serían sus colegas. Habían
acudido en tropel para escuchar el discurso del nuevo profesor de cirugía
clínica. Lister estaba nervioso. Un día antes, le habían dicho que tendría que
exponer sus tesis en latín, una tradición anticuada que provenía de la creencia
de que los médicos debían ser capaces de mostrar su amplitud de conocimientos.
Un contemporáneo escribió: «Debemos ser primero hombres y caballeros antes de
hacernos médicos u hombres de ciencia [260] ».
En
las últimas horas de la víspera, Lister se esforzó por preparar su importante
discurso. Al día siguiente, cuando se hallaba delante de aquella audiencia,
echó mano nerviosamente de un diccionario de latín que se había llevado por
consejo de Agnes [261]. Para agravar su nerviosismo, también le preocupaba que
regresara su tartamudeo, como a veces sucedía si se hallaba sometido a una gran
presión. Pero en cuanto comenzó a hablar, tomó un buen ritmo. El latín salía de
su boca con sorprendente facilidad. Y cuando se disponía a extenderse en sus
tesis, el rector de la universidad se puso en pie y lo interrumpió. Le indicó
que podía detenerse porque ya había cumplido los requisitos con los primeros
párrafos [262]. Había superado la primera prueba.
A
pesar de las tendencias conservadoras de la Universidad de Glasgow, se
producirían algunos cambios. Los recientes nombramientos en el cuerpo docente
atrajeron a nuevas figuras y contribuyeron a corregir la deslucida reputación
de la institución. En 1846, William Thomson (conocido como lord Kelvin, quien
más tarde formularía la primera y la segunda leyes de la termodinámica) se unió
a la facultad como profesor de filosofía natural, llevando consigo al aula su
énfasis en el laboratorio y el trabajo experimental. Dos años después, Allen
Thomson fue nombrado profesor de anatomía. Sus lecciones de anatomía
microscópica fueron una novedad en el anquilosado plan de estudios de la
universidad. Como resultado de estos cambios, la institución empezó observar un
continuo incremento en las matriculaciones de estudiantes de medicina. Cuando
Lister ingresó en el cuerpo docente de la facultad, había 311 estudiantes
matriculados, casi tres veces más que los matriculados veinte años antes [263].
Más de la mitad se habían inscrito en el nuevo curso de cirugía sistemática de
Lister, llegando a ser el más solicitado de su tipo en toda Gran Bretaña [264].
La
universidad no estaba preparada para este repentino aluvión de estudiantes.
Mientras que la Universidad de Edimburgo había destinado cientos de libras a la
renovación de las aulas y los aparatos de enseñanza, la de Glasgow no hizo casi
ninguna inversión [265]. Lister, cuyos métodos de enseñanza práctica requerían
el uso de muestras, modelos y dibujos anatómicos, consideró que el aula que se
le había asignado era inadecuada. Decidió invertir su propio dinero en la
renovación de su espacio, que entre otras cosas incluía la construcción de un
«cuarto reservado» anexo a la sala de operaciones donde podría almacenar su
extraordinaria colección de muestras. También cambió mesas y sillas, y dejó el
aula limpia y finalmente pintada [266]. Agnes ayudó en la redecoración. En una
carta que escribió en mayo a la madre de Lister, Isabella, observaba: «Qué
bonito ha quedado […] el revestimiento verde en las tres puertas, el marco del
diagrama de color roble, los pequeños pomos de brillante latón en las puertas y
la magnífica pizarra enmarcada a un lado y el esqueleto bien montado al otro.
Unas láminas cuelgan del marco de un diagrama, y algunas preparaciones están
sobre la bonita mesa de roble [267] ». Las reformas produjeron un efecto
instantáneo en los estudiantes de Lister, que se quitaron el sombrero al entrar
en el aula y esperaron en reverente silencio después de sentarse. Aquel
renovado escenario les indicaba que podían esperar un enfoque igualmente nuevo
en su educación [268].
A
pesar de que todavía le preocupaba no poder hablar con naturalidad delante de
una multitud, la primera lección de Lister fue todo un éxito. Empezó con una
cita del cirujano del siglo XVI Ambroise Paré, que decía: «Yo lo vendé, Dios lo
curó», para luego pasar a una disertación sobre la importancia de la anatomía y
la fisiología en la cirugía [269]. Las disertaciones de Lister informaban y
entretenían. Su sobrino decía que los estudiantes «se reían también en los
momentos justos» en que el normalmente reservado cuáquero «tranquila y
educadamente atizaba a la homeopatía», que condenaba desde sus días de
estudiante en el University College.
Uno
de los temas principales de su enseñanza era la necesidad de dejar muñones
útiles cuando había que amputar extremidades con el fin de que los amputados
pudieran conservar tantas funciones como fuese posible y no resultaran una
carga para sus familias o la sociedad. Una vez más hizo que la clase estallara
en carcajadas al contar el caso de un estoico joven de Escocia que era capaz de
bailar un highland fling después de que Lister le amputara las dos piernas
[270]. Tras aquella clase, Lister escribió a su madre: «Ahora veo que con la
ayuda de esta cordialidad puedo hacer cualquier cosa. […] Era curiosa la
completa ausencia de toda sombra de nerviosismo durante la clase [271] ».
Los
estudiantes se entusiasmaron con el nuevo profesor, que a su vez se sentía cada
vez más cómodo en el papel de docente. Incluso parecían estarle agradecidos por
su tendencia a tartamudear, porque ello lo obligaba a hablar con lentitud y les
permitía tomar apuntes con más facilidad. Uno de sus licenciados escribiría más
tarde que Lister era de hecho adorado por los estudiantes. Syme también oyó
hablar en Edimburgo de los progresos de su protegido. Y escribió a su yerno:
«Está claro que dominas el juego. —Añadiendo, como por si acaso—: Te deseo que
termine bien para ti [272] ».
* *
* *
Poco
después de su nombramiento en la universidad, Lister fue elegido miembro de la
Real Sociedad, un honor extraordinario en esa etapa temprana de su carrera. Era
una distinción que también se le había concedido a su padre en reconocimiento a
su invención de la primera lente acromática. A Joseph Jackson le emocionó la
noticia de que su hijo se unía a él como miembro de la Real Sociedad. Lister
formaba ya parte de una larga línea de ilustres miembros, entre los cuales
figuraban Robert Boyle, sir Isaac Newton y Charles Darwin. El voto era un
tributo a la originalidad de su investigación sobre la inflamación y la
coagulación de la sangre, que en 1860 presentó a la Real Sociedad en una serie
de artículos.
Lister
estaba plenamente dedicado a su trabajo en la universidad cuando solicitó un
puesto de cirujano en la Royal Infirmary de Glasgow. Creía que ese puesto en el
hospital era fundamental para su trabajo como profesor, pues le permitiría
demostrar sus teorías y métodos a los estudiantes con pacientes reales. Antes
de ocupar la cátedra, sus amigos de la facultad de Medicina le habían dicho que
su nombramiento en la Royal Infirmary estaría casi garantizado una vez se
hubiese adaptado a su función académica. De hecho, Lister había manifestado
esta expectativa la primera vez que escribió a su padre sobre la jubilación de
Lawrie y la vacante en la universidad. Pero fue para él una gran sorpresa que
su solicitud fuese rechazada.
Lister
expuso su caso a David Smith, un zapatero que además era el presidente de la
junta del hospital. Cualquiera podía comprar un puesto en la junta haciendo una
generosa donación, por lo que no era raro que un hospital fuese administrado
por personas sin formación médica como Smith. La junta de la Royal Infirmary
tenía veinticinco miembros. Dos eran profesores de medicina de la universidad,
pero el resto era una mezcolanza de religiosos, políticos y otros
representantes de organismos públicos; difícilmente podían tener visión de
futuro en temas científicos. Era inevitable que Lister —un hombre que intentaba
reformar la práctica quirúrgica desde dentro y en un ámbito fundamental— se
enfrentara a alguien como Smith, que pensaba que los hospitales tenían una
única misión: tratar a los pacientes. A los ojos de Lister y de algunos de sus
contemporáneos progresistas, como James Syme, un hospital era mucho más que
eso: era un lugar donde los estudiantes podían aprender de casos reales.
Lister
explicó a Smith que era importante que, como profesor de cirugía clínica,
pudiese ofrecer a los estudiantes demostraciones en las salas del hospital para
que unieran la teoría con la práctica. Y que él mismo era un producto de esa
clase de educación. Smith pensó que tal idea era absurda. «Pare, pare, señor
Lister, esa es una idea de Edimburgo —le dijo al frustrado cirujano—. Nuestra
institución es curativa. No es educativa [273] ». La mayoría de los miembros de
la junta estuvieron de acuerdo con Smith y en 1860 votaron en contra de la
designación de Lister.
Había
verdad en la afirmación de Smith de que la misión principal de la Royal
Infirmary de Glasgow era curar. La población de la ciudad se había
cuadruplicado entre 1800 y 1850, y seguiría creciendo entre 1850 y 1925. En la
década de 1820 hubo una invasión de highlanders desposeídos, y en la de 1840
llegaron miles de campesinos empujados por la hambruna de la patata en Irlanda.
Cuando Lister llegó a Glasgow, la ciudad era una de las más grandes del mundo,
y era conocida como «la segunda ciudad del imperio» después de Londres. Como
único hospital importante en una urbe con una población de 400.000 personas, la
Royal Infirmary se esforzó por responder a las crecientes demandas médicas.
Y
como en Londres y Edimburgo, el crimen era endémico, y la enfermedad, rampante.
Pero, en aquel entonces, Glasgow era peor que la mayoría de las ciudades de
Gran Bretaña. En su visita a la localidad, el filósofo y periodista alemán
Friedrich Engels observó: «He visto la degradación humana en algunas de sus
peores fases, tanto en Inglaterra como en el extranjero, pero puedo decir que,
hasta que caminé por las callejuelas de Glasgow, jamás creí que pudiera existir
un solo lugar de algún país civilizado con tal cantidad de suciedad, delitos,
miseria y enfermedad». Era un lugar en el que «ninguna persona que fuese
mínimamente humana con los animales estabularía allí su caballo», dijo [274].
Glasgow
estaba ampliando su industria pesada, en concreto la construcción naval, la
ingeniería, la construcción de locomotoras, la metalurgia y el petróleo y, como
consecuencia, el hospital debía tratar con frecuencia a pacientes con grandes
lesiones. Como en el caso de William Duff, de treinta y cinco años, que se
quemó la cara y la parte superior del tronco al encender una vela sobre un pozo
del nuevo Oil Works en Keith Place [275]. O en el de Joseph Neille, de
dieciocho años, que trabajaba en una fábrica local de municiones y puso al
fuego un recipiente de estaño creyendo que contenía té. Cuando se dio cuenta de
que el recipiente contenía un kilogramo de pólvora, era demasiado tarde [276].
Y en el hospital se veían a menudo cráneos fracturados, manos seccionadas y
fracturas por caídas fatales.
Dado
aquel aumento de los accidentes laborales y los continuos brotes de
enfermedades infecciosas, es comprensible que David Smith pensara que el primer
deber de la Royal Infirmary era ocuparse de los pacientes, no de los
estudiantes de medicina y los profesores. Con todo, la opinión de Smith, según
la cual la presencia de alguien como Lister sería obstructiva por usar las
salas para la enseñanza, no era universalmente compartida. Décadas atrás,
muchos hospitales urbanos fuera de Glasgow habían reconocido los beneficios de
forjar coaliciones con las universidades para que pudieran atraer a los mejores
y más brillantes profesionales de la medicina.
En
1860, la mayoría de los puestos médicos en los hospitales más grandes de Gran
Bretaña eran voluntarios, y aunque proporcionaban prestigio a quienes los
ocupaban, médicos y cirujanos no recibían un salario. El grueso de los ingresos
de un cirujano provenía principalmente de dos fuentes: la práctica privada y
los estudiantes que pagaban su matrícula. Y con el desarrollo de la enseñanza
clínica en los hospitales de París y otros lugares, los estudiantes británicos
esperaban el mismo rigor de la educación en su país. Los administradores de los
hospitales sabían que si permitían que el personal médico enseñara en las
salas, podrían atraer a algunos de los médicos y cirujanos más renombrados, que
de otro modo tendrían pocos incentivos para dedicar su tiempo y experiencia a
una institución que no ofrecía remuneración alguna. Era evidente que la Royal
Infirmary de Glasgow no compartía esta opinión en el momento en que Lister
solicitó un puesto de cirujano en el hospital. Esto resultaba aún más absurdo
cuando el hospital estaba cerca de la universidad, lo cual habría facilitado la
alianza mutuamente beneficiosa entre ambas instituciones.
Pasaron
los meses y Lister aún no había recibido orden oficial de ocuparse de los
pacientes en el hospital de la ciudad. Sus estudiantes se sentían abatidos por
el retraso, pues ello significaba que tampoco ellos se beneficiarían de la
enseñanza clínica en las salas. Estaban tan ilusionados con las clases de
Lister que le hicieron presidente honorario de su sociedad médica. Al final del
semestre de invierno, la clase ofreció una muestra más de su aprecio por el
admirado profesor. Firmó una declaración en la que manifestaba el deseo de que
su nombramiento en la Royal Infirmary fuese inminente: «Permítannos expresar
nuestra esperanza de que, tanto en interés de la floreciente profesión como de
la institución misma, en el próximo nombramiento de un cirujano de la Royal
Infirmary, su resolución sea tan pronta como su capacidad y posición demandan
[277]». Firmaron el documento no menos de 161 estudiantes.
El
caso es que transcurrieron dos años desde que Lister empezara a enseñar en la
universidad hasta que pudo ocuparse de pacientes en la Royal Infirmary de
Glasgow. Y aún después de aprobarse la moción hubo protestas continuas de
algunos de los administradores del hospital, que manifestaban su preocupación
por la creciente reputación de Lister como progresista [278]. Pero Lister había
ganado la batalla solo por el momento.
* *
* *
Cuando,
en 1861, Lister accedió a las salas del hospital, acababa de construirse una
nueva ala quirúrgica. Originalmente, el hospital contenía 136 camas, pero con
esa adición había 572, lo cual lo hacía el doble de grande que la Royal
Infirmary de Edimburgo y cuatro veces más grande que el hospital londinense
donde Lister se había formado. Cada cirujano se encargaba de una sala femenina
y dos salas masculinas, las cuales estaban divididas para los tratamientos de
casos agudos y crónicos [279]. A pesar de haberse construido unos meses antes,
el ala quirúrgica no tardó en convertirse en uno de los lugares más insalubres
en los que Lister había trabajado hasta entonces [280]. Como observó uno de sus
colegas, «su novedad no la había salvado de la invasión de las enfermedades
predominantes, derivadas de las heridas infectadas [281] ».
Los
bien conocidos enemigos de la hemorragia secundaria, la septicemia, la piemia,
la gangrena hospitalaria, el tétanos y la erisipela nunca estuvieron ausentes
de las salas. Siempre se esperaba la supuración infecciosa de las heridas. La
sala masculina de casos agudos de Lister estaba situada en la planta baja,
adyacente al cementerio (desbordante de cadáveres descompuestos producto de la
última epidemia de cólera) y separada de él por una delgada pared. Lister se
quejó de la «multitud de ataúdes superpuestos» que sobresalían unas pulgadas
del suelo, y dijo que «para decepción de todos los interesados, esta noble
construcción ha resultado extremadamente insalubre [282] ». También había
escasos medios para lavar manos e instrumentos en todo el hospital. Como
aseguraba el cirujano asociado de Lister, «cuando casi todas las heridas eran
repugnantes por la supuración, parecía natural posponer el completo lavado de
manos e instrumentos hasta que el programa de vendajes y sondas hubiese
terminado [283] ». Todo estaba cubierto de mugre.
Como
la mayoría de los hospitales en la década de 1860, la Royal Infirmary atraía a
pacientes que eran demasiado pobres para pagarse la atención privada. Algunos
eran ignorantes y analfabetos. Muchos médicos y cirujanos los consideraban
socialmente inferiores, y los trataban con una indiferencia que a menudo rayaba
en lo inhumano. Lister, fiel a sus raíces cuáqueras, mostró una compasión nada
habitual hacia los pacientes de sus salas. Se negó a usar la palabra «caso»
para referirse a pacientes concretos, y prefería hablar de «este pobre hombre»
o «esta buena mujer [284] ». También aconsejó a los estudiantes que usaran
«palabras técnicas» para «no decir o sugerir nada que de algún modo les causara
ansiedad o alarma [285] », algo que hoy día sin duda se consideraría poco
ético, pero que Lister recomendaba por pura compasión. Uno de sus alumnos
contaría más tarde que en una ocasión Lister amonestó a un encargado del
instrumental que había llevado a la sala de operaciones una bandeja descubierta
llena de cuchillos. El experimentado cirujano echó enseguida una toalla sobre
la bandeja y le dijo despacio y entristecido: « ¿Cómo puede ser tan cruel y
desconsiderado con los sentimientos de esta pobre mujer? ¿No es suficiente para
ella estar pasando por este trance para aumentar innecesariamente sus
sufrimientos mostrando este montón de acero?» [286].
Lister
sabía que hallarse en un hospital podía ser una experiencia aterradora, y se
atuvo siempre a una regla de oro: «Cada paciente, incluso el más vil, debe ser
tratado con el mismo miramiento y respeto que si fuese el mismísimo príncipe de
Gales [287] ». Y aun se superó en su sentido del deber con los niños admitidos
en las salas, por los cuales se desvivía. Douglas Guthrie, el cirujano asociado
de Lister, relataría tiempo después una historia conmovedora sobre una niña que
llegó al hospital con un absceso en la rodilla. Después de curarle y vendarle
la herida, la niña le dio su muñeca al cirujano. Él tomó con delicadeza el
juguete y notó que le faltaba una de las diminutas piernas. La niña buscó a
tientas bajo la almohada y, para diversión de Lister, le mostró la extremidad
cortada. Lister movió la cabeza con preocupación mientras examinaba a esa nueva
paciente. Se volvió hacia Guthrie y le pidió una aguja e hilo de algodón.
Cuidadosamente, cosió el miembro a la muñeca y con una sonrisa de satisfacción
se la devolvió a la niña. Guthrie dijo que los «grandes ojos castaños» de la
niña «expresaban una inmensa gratitud, pero no pronunció una palabra [288] ».
El cirujano y la niña parecían entenderse a la perfección.
Cuando
el dolor era inevitable en un tratamiento, a menudo era difícil ganarse la
confianza de aquellos que no comprendían bien los procedimientos a los que les
sometían. Lister tenía su parte de pacientes problemáticos y, sin embargo, eso
nunca pareció perturbarlo. Tal fue el caso de una molinera de cuarenta años
llamada, según los registros, «Elizabeth M’K», que entró en la Royal Infirmary
de Glasgow con una lesión en la mano. Lister la operó, y en las siguientes
semanas trató de doblar los dedos hacia atrás a fin de restaurar la
flexibilidad de los músculos y tendones. Por desgracia, la mujer confundió sus
esfuerzos con intentos de romperle los dedos y huyó asustada del hospital.
Regresó cinco meses después con la mano casi paralizada porque la había mantenido
con una férula todo aquel tiempo. Con una paciencia que parecía infinita,
Lister reanudó la terapia, y la paciente por fin recuperó algo de movimiento.
Lister
acompañaba personalmente a los pacientes más graves hacia la sala después de
una operación, e insistía en ayudar a pasar al enfermo de la camilla a la cama.
Para asegurar la comodidad del paciente, le colocaba una serie de pequeñas
almohadas y bolsas de agua caliente, advirtiendo a los ayudantes de que estas
debían estar cubiertas con franela para que el paciente anestesiado no se
quemara sin darse cuenta durante su recuperación. Incluso ayudó a vestirse a
los enfermos tras una operación. Uno de los cirujanos asociados de Lister
describió cómo «con un cuidado casi femenino cambiaba la ropa de la cama» del
paciente, colocándola recta y ajustada. A los que estaban despiertos, lo
primero que les preguntaba era: « ¿Está usted cómodo?», antes de pasar a la
siguiente cama [289].
Incluso
en su práctica privada mostraba una gran empatía con los pacientes. Una empatía
que se extendía a sus bolsillos. Consecuente con ella, Lister se opuso a
presentar facturas a los pacientes que trataba, y decía a sus estudiantes que
«no cobraran por sus servicios como un comerciante por sus productos». De
acuerdo con los ideales de su fe, Lister creía que la mayor recompensa para un
cirujano era saber que había realizado un acto de caridad con los enfermos. «
¿Debemos cobrar por la sangre que extraemos o el dolor que causamos?»,
preguntaba a sus alumnos [290].
Cuando
no estaba inmerso en su trabajo en el hospital, Lister experimentaba en el
laboratorio de su casa y publicaba algunos descubrimientos sobre la coagulación
de la sangre y la inflamación. Descubrió que la sangre permanecía parcialmente
líquida durante varias horas en un tubo vulcanizado con goma india, pero
coagulaba con rapidez si se introducía en un vaso corriente. Llegó a la
conclusión de que la coagulación de la sangre es causada por «la influencia que
ejerce sobre ella la materia ordinaria, cuyo contacto durante un tiempo muy
breve produce un cambio en la sangre, induciendo una reacción recíproca entre
sus constituyentes sólidos y líquidos en la que los corpúsculos confieren
alliquor sanguinis una disposición a coagular [291] ». También se dedicó a
observar al microscopio tejidos supurativos, entre ellos el globo ocular de un
conejo, la vena yugular de un poni grande y una serie de tejidos frescos
extraídos de sus propios pacientes.
Lister
diseñó y patentó varios instrumentos quirúrgicos, demostrando ser un innovador
en métodos quirúrgicos y en el tratamiento de heridas. Entre ellos, una aguja
para coser heridas, un pequeño gancho para extraer objetos del oído y un
torniquete para comprimir la aorta abdominal, el vaso sanguíneo más grande del
cuerpo humano. Su instrumento quirúrgico más conocido eran las pinzas
sinusales. Con mangos de ojos para los dedos, a la manera de las tijeras, sus
finos brazos de 15 centímetros podían retirar materiales de la más mínima
oquedad [292].
Estos
instrumentos, aunque útiles, poco hicieron por reducir las tasas de mortalidad
en el hospital. La gente seguía muriendo en un número alarmante cuando el
hospitalismo se declaraba en las salas. En agosto de 1863, Lister realizó una
operación en la muñeca de un obrero de veinte años llamado Neil Campbell. Había
ideado un método para extraer el hueso dañado de la muñeca sin recurrir a la
amputación de la mano. Unos meses después, el joven volvió con la muñeca
nuevamente fracturada. Lister repitió la operación, esta vez extrayendo más
partes del hueso afectado. Aunque la operación fue un éxito, la recuperación de
Campbell no lo fue. Poco después, desarrolló piemia y murió [293]. Lister se
sentía cada vez más frustrado por su incapacidad para prevenir y tratar las
afecciones sépticas en los pacientes. Sus notas de casos catalogan las
preguntas que lo acosaban: «11 p. m. Duda. ¿Cómo se obtiene la materia
ponzoñosa de la herida en las venas? ¿Es que el coágulo en los orificios de las
venas cortadas supura, o es materia ponzoñosa absorbida por venas diminutas y
transportada a los troncos venosos?» [294].
* *
* *
A
pesar de su diligencia profesional, la vida personal de Joseph Lister se
complicaba. Un triste día de marzo de 1864, Agnes se embarcó en un viaje a
Upton para visitar a sus suegros. La madre de Lister, Isabella, volvía a estar
muy enferma. Sufría de una de las muchas afecciones cutáneas que preocupaban a
su hijo: la erisipela. Sus hijas vivían cerca, pero tenían familias propias y
no podían proporcionarle todos los cuidados que necesitaba. Aunque durante el
primer año de su matrimonio Lister había insinuado en una carta a su padre que
Agnes podría estar embarazada, no tuvo ningún hijo, y nunca lo tendría. Así que
la tarea del cuidar a la madre recayó en la pareja sin hijos.
Mientras
tanto, en junio de aquel año se creó una cátedra en la Universidad de
Edimburgo. Con su buena posición y los devotos estudiantes de su parte, las
relaciones de Lister con los miembros de la junta del hospital eran tensas.
Además, su apretada agenda le dejaba muy poco tiempo para la investigación.
Tener que acudir diariamente a la Royal Infirmary y luego impartir una clase
todos los días no era tarea fácil para un hombre tan meticuloso en la
preparación de sus lecciones como Lister. Además, Syme no estaba allí. Lister
echaba de menos su trabajo junto a aquel intelectual de ideas afines que, a
diferencia de muchos de sus colegas en Glasgow, nunca estaba satisfecho con el
statu quo. Lister vio este puesto de Edimburgo como una oportunidad para luego volver
a Londres. Como tiempo después escribiría su sobrino, «Lister siempre se veía a
sí mismo como un ave de paso en Escocia […] y pensaba que, si alguna vez se le
presentaba la posibilidad de irse más al sur, Edimburgo sería un lugar mejor
donde recalar que Glasgow [295] ».
Una
vez más, Lister sufrió un duro revés. Solo después de recibir la noticia de su
rechazo y el nombramiento de su oponente, James Spence, pensó Syme que lo mejor
para Lister sería dejar Glasgow. Su suegro creía que la candidatura de Lister
en Edimburgo, aunque fracasada, le serviría para reforzar su reputación en la
comunidad de cirujanos.
Con
la nube de la derrota profesional sobre él, Lister recibió poco después la
noticia de que el estado de su madre se había agravado con rapidez. La
situación era crítica, por lo que hizo el equipaje y viajó a Upton para estar a
su lado. El 3 de septiembre de 1864, Isabella Lister perdió su batalla contra
la erisipela, la misma enfermedad que continuaba atormentando a Lister en las
salas del hospital.
* *
* *
Para
llenar el vacío que había dejado la muerte de su esposa, Joseph Jackson comenzó
a comunicarse cada vez más con sus hijos. «La idea de encontrar una carta cada
semana y el momento de su llegada son igualmente gratificantes para tu pobre
padre», le escribió a su hijo [296]. Lister se comprometió a escribirle cada
semana, una promesa que cumplió con fidelidad [297]. En una de esas cartas
Joseph Jackson recordó a su hijo su avanzada edad. Lister reflexionó sobre
ello: «Como usted dice, ahora he llegado a la mitad de la vida. […] ¡Parece
extraño pensar que soy la mitad de viejo que un hombre de setenta! Y, sin
embargo, supongo que la mitad restante, si es que la paso en este mundo,
transcurrirá mucho más deprisa que la que se ha ido. Pero no importa cuán deprisa
si al final nos lleva a la meta deseada [298] ».
Durante
ese tiempo Lister trató de mejorar la higiene en la Royal Infirmary con la
esperanza de que minimizaría las incidencias del hospitalismo. La limpieza en
los hospitales a menudo no iba más allá de barrer el suelo y abrir las ventanas
en la sala de operaciones, y la Royal Infirmary no era una excepción. Lister
sospechaba que si las salas se mantenían más limpias, sus pacientes dejarían de
morir.
Y
así empezó a suscribir lo que preconizaba una escuela de pensamiento médico
conocida en la década de 1860 por su exigencia de «limpieza y agua fría», que
establecía analogías entre el deslustre de la plata y las infecciones causadas
por el mal aire. Los defensores de esta filosofía sabían que, si una persona
sumergía una cuchara en agua fría, retrasaba la formación de un revestimiento
de sulfuro. Usando esa misma lógica, pensaban que, si se hervía el agua y luego
se la dejaba enfriar antes de lavar tanto los instrumentos como la herida, un
cirujano podía prevenir las infecciones postoperatorias. Su énfasis en el agua
fría se basaba en concreto en la idea de que esta contrarrestaba el calor, que
creían era el causante de la inflamación y la fiebre.
El
interés de Lister en la limpieza todavía estaba vinculado a su creencia de que
los brotes de hospitalismo se debían al ambiente tóxico de las salas. Otros ya
habían empezado a cuestionar esta teoría. Entre 1795 y 1860, tres médicos
avanzaron la idea de que la fiebre puerperal —que al igual que la sepsis se
acompañaba de una inflamación localizada y sistémica— no la causaba el miasma,
sinomateries morbi («sustancias mórbidas») transmitidas por el médico a la
paciente. Se creía que la enfermedad podía prevenirse siguiendo estrictas
normas de limpieza en los hospitales [299].
El
primero de esos tres médicos fue un escocés llamado Alexander Gordon, que
trabajaba en Aberdeen cuando, en diciembre de 1789, se inició un brote que se
prolongó tres años. Durante ese tiempo, Gordon trató a 77 mujeres que habían
contraído la fiebre puerperal, 25 de las cuales fallecieron [300]. En un
informe publicado en 1795 argumentaba que «la causa de la fiebre puerperal
epidémica aquí considerada no se debía a una constitución nociva del ambiente
[301] » (es decir, al miasma), sino al propio personal médico, que propagaba la
fiebre a nuevas pacientes después de asistir a otras afectadas. Gordon estaba
convencido de que la causa de la fiebre puerperal era algo de los propios
profesionales médicos. Sostenía que podía «predecir qué mujeres serían afectadas
por la enfermedad con solo oír a qué parteras las entregarían, o qué enfermera
las asistiría durante el posparto». En casi todos los casos acertaba. A la luz
de esta evidencia, Gordon aconsejó que la ropa y las sábanas de las infectadas
fueran quemadas después de su muerte, y que las enfermeras y comadronas que
cuidaban de estas pacientes «se lavasen de manera cuidadosa y fumigasen
adecuadamente sus ropas antes de volver a ponérselas».
La
segunda persona que observó esta relación fue el ensayista estadounidense
Oliver Wendell Holmes, que también era médico y profesor de anatomía en la
Universidad de Harvard. En 1843, publicó un informe titulado The Contagiousness
of Puerperal Fever. Su trabajo apoyaba con decisión las medidas de Gordon y
sentó las bases para un renacimiento de las ideas del escocés cincuenta años
después de publicarse. Por desgracia, Holmes no dejó huella entre sus
contemporáneos, y en la década de 1850 lo atacaron dos destacados obstetras que
creían que sus creencias suponían acusarles de ser portadores de la misma
enfermedad que estaban tratando de combatir, y eso era una ofensa personal
[302].
El
tercero fue Ignaz Semmelweis, quien resolvió el problema de prevenir la fiebre
puerperal en Viena al mismo tiempo que Holmes escribía sobre el asunto en
Estados Unidos [303]. Semmelweis, que trabajaba como médico auxiliar en el
hospital General de la ciudad, observó una diferencia entre las dos salas de
obstetricia del hospital. Una la atendían estudiantes de medicina, mientras que
la otra estaba al cuidado de las matronas y sus alumnas. Aunque cada sala tenía
las mismas instalaciones para sus pacientes, la que inspeccionaban los
estudiantes de medicina tenía una tasa de mortalidad significativamente mayor
—en un factor de tres—. Los miembros de la comunidad médica que tomaban nota de
este desequilibrio lo atribuían a la manera masculina, más ruda, de tratar los
estudiantes a las pacientes frente a la femenina de las parteras. Creían que
los primeros comprometían la vitalidad de las madres, haciéndolas más
susceptibles de desarrollar la fiebre puerperal. Esto no convencía a
Semmelweis.
En
1847, uno de sus colegas murió después de cortarse la mano durante un examen
post mortem. Para su sorpresa, el médico húngaro se dio cuenta de que la
enfermedad que había matado a su amigo era idéntica a la fiebre puerperal. ¿Y
si los médicos que trabajaban en la casa de la muerte llevaban con ellos
«partículas cadavéricas» a las salas cuando asistían a los partos, y eso era la
causa de que las tasas de infección aumentaran? Después de todo, observó
Semmelweis, muchos de esos jóvenes pasaban directamente de hacer una autopsia a
atender a las mujeres embarazadas en el hospital.
Creyendo
que la fiebre puerperal no la causaba el miasma, sino el «material infeccioso»
de un cadáver, Semmelweis puso en el hospital una jofaina llena de agua
clorada. Los que pasaban de la sala de disección a las salas de las pacientes
estaban obligados a lavarse las manos antes de atenderlas. Las tasas de
mortalidad en la sala de los estudiantes de medicina se desplomaron. En abril
de 1847, la tasa fue del 18,3 por ciento. Después de que, al mes siguiente, se
instituyera el lavado de manos, la tasa en el mes de junio descendió al 2,2 por
ciento, al 1,2 por ciento en julio y al 1,9 por ciento en agosto [304].
Semmelweis
salvó muchas vidas; sin embargo, no pudo convencer a numerosos médicos de que
las incidencias de fiebre puerperal estaban relacionadas con la contaminación
causada por el contacto con cadáveres. Incluso aquellos dispuestos a poner a
prueba sus métodos a menudo lo hacían de manera inadecuada, con resultados
desalentadores. Tras publicar un libro sobre el tema y recibir una serie de
críticas negativas, Semmelweis arremetió contra sus críticos. Su comportamiento
se volvió tan errático y vergonzoso para sus colegas que al final fue confinado
en una institución mental, donde pasó sus últimos días enfurecido por la
persistencia de la fiebre puerperal y con los médicos que se negaban a lavarse
las manos.
Los
métodos y las teorías de Semmelweis tuvieron escasa repercusión en la comunidad
médica [305]. Lister visitó una clínica en Budapest, donde el médico acosado
había trabajado hacía poco, y más tarde comentó: «Nunca había oído mencionar el
nombre de Semmelweis, ni sabía de su existencia; al parecer, su ciudad natal y
el mundo entero lo confinó al olvido [306] ».
* *
* *
Ninguna
de las medidas establecidas por Lister modificó las tasas de mortalidad, ni
siquiera la mejor higiene en sus salas. Los pacientes continuaron muriendo, y
parecía que había poco que pudiera hacer para contener la mortalidad. En una
semana, Lister perdió a cinco de sus pacientes por piemia, mientras la mayoría
de los demás yacían en las camas de la misma sala afectados de gangrena
hospitalaria [307]. Su cirujano asociado dijo que un divino descontento empezó
a adueñarse de él. Su mente, añadió, «trabajaba sin cesar en un esfuerzo por
ver claramente la naturaleza del problema que era preciso resolver [308] ». La
exasperación de Lister se desbordaba en el aula, donde asediaba a sus alumnos
con la pregunta que lo había atormentado durante algún tiempo: «Es una
observación común la de que, cuando se sufre alguna lesión sin que se desgarre
la piel, el paciente invariablemente se recupera y no padece ninguna enfermedad
grave. Por otro lado, los casos de gravedad siempre tienden a aparecer, incluso
en lesiones triviales, cuando hay una herida en la piel. ¿Cómo sucede esto? El
hombre que sea capaz de explicar este problema alcanzará fama eterna [309] ».
A
finales de 1864, mientras Lister luchaba por evitar la muerte de sus pacientes
en la Royal Infirmary, Thomas Anderson, profesor de química y colega, atrajo su
atención hacia algo que le ayudaría a hallar la solución al enigma médico que
lo consumía. Se trataba de la última investigación sobre fermentación y
putrefacción de un microbiólogo y químico francés llamado Louis Pasteur [310].
Capítulo
8
Todos
están muertos
Ningún
tema científico puede ser tan importante para el hombre como el de su propia
vida. Ningún conocimiento puede ser tan incesantemente atraído por los
aconteceres de cada día como el conocimiento de los procesos por los que vive y
actúa.[311]
GEORGE
HENRY LEWES
Tras
preguntar a su ayudante por el bienestar de uno de sus pacientes, un cirujano
del hospital Guy de Londres recibió la respuesta de que el hombre en cuestión
había muerto. El cirujano, que se había habituado a este tipo de noticias,
respondió: « ¡Ah, muy bien!». Se trasladó a la siguiente sala para preguntar
por otro paciente. Una vez más, la respuesta fue: «Ha muerto, señor». El
cirujano se detuvo un momento. Frustrado, exclamó: « ¡No estarán todos muertos,
digo yo!». A lo que su asistente respondió: «Sí lo están, señor [312] ».
Escenas
como esta eran comunes en Gran Bretaña. Las tasas de mortalidad en los
hospitales habían alcanzado un máximo histórico en la década de 1860. Los
esfuerzos por limpiar las salas habían tenido poco efecto sobre las incidencias
del hospitalismo. Es más: en los últimos años había habido un creciente
desacuerdo dentro de la comunidad médica sobre las teorías acerca de las
enfermedades prevalentes.
El
cólera en particular se había vuelto cada vez más difícil de explicar dentro
del paradigma miasmático. En las últimas décadas ya se habían producido tres
brotes importantes que se cobraron la vida de casi 100.000 personas solo en
Inglaterra y Gales [313]. La enfermedad galopaba por toda Europa, dejando una
estela de crisis médica, política y humanitaria que no podía ignorarse. Aunque
los no contagionistas señalaran el hecho de que los brotes ocurrían a menudo en
zonas urbanas sin la menor higiene, no podían explicar por qué el cólera había
seguido vías de comunicación humana a medida que se extendía desde el
subcontinente indio, ni podían entender por qué algunos brotes se producían
durante el invierno, cuando los malos olores eran mínimos [314].
A
finales de la década de 1840, un médico de Bristol llamado William Budd
argumentó que la enfermedad se propagaba a través de aguas residuales
contaminadas portadoras de «un organismo vivo de una especie distinta, que se
introducía por ingestión y se multiplicaba en el intestino por auto propagación
[315] ». En un artículo publicado en el British Medical Journal, Budd escribió
que «no había pruebas» de que «los venenos de enfermedades contagiosas
específicas se originasen de manera espontánea» o se transmitieran por el aire
contaminado de miasma [316]. Durante el último brote dio prioridad a las
medidas de desinfección con un antiséptico, aconsejando que «a ser posible,
todos los exudados que provengan de los enfermos se introduzcan, en cuanto
salgan de sus cuerpos, en recipientes con una solución de cloruro de zinc [317]
».
Budd
no era el único que cuestionaba el origen espontáneo y la transmisión aérea del
cólera. El cirujano John Snow también comenzó a investigar el asunto cuando, en
1854, hubo un brote mortal cerca de su casa en el Soho de Londres. Snow
procedió a localizar los casos en un mapa, y entonces se dio cuenta de que la
mayoría de las personas que enfermaban recibían el agua de una bomba situada en
la esquina sudoeste del cruce de Broad (ahora Broadwick) Street y Cambridge
(ahora Lexington) Street. Incluso los casos a primera vista sin relación con la
bomba resultaron estar vinculados a ella, como el de una mujer de cincuenta y
nueve años que vivía a bastante distancia de aquel suministro de agua. Snow
entrevistó a su hijo, quien le dijo que su madre iba con frecuencia a Broad
Street porque prefería el sabor del agua de esa bomba en particular. Ella murió
dos días después de beberla.
Como
Budd, Snow concluyó que el cólera lo transmitían suministros de agua
contaminada, no gases venenosos o miasmas presentes en el aire. Y publicó un
mapa de la epidemia para respaldar su teoría. A pesar del fuerte escepticismo
de las autoridades locales, Snow los persuadió de retirar el mango de la bomba
de Broad Street, después de lo cual el brote se extinguió enseguida.
Incidencias
como esta comenzaron a poner en tela de juicio la creencia predominante en la
comunidad médica de que la enfermedad surgía de la inmundicia y la transmitían
por el aire los gases nocivos o miasmas. Se obtuvieron más pruebas en 1858,
cuando un espantoso hedor imposible de eliminar se extendió por la ciudad de
Londres, penetrando en todos los rincones a kilómetro y medio del río Támesis.
El calor abrasador del verano intensificó el mal olor. La gente hacía cuanto
podía por evitar el contacto con el río. «La gran peste» provenía de los
excrementos humanos acumulados a lo largo de las riberas, un problema que se
había agravado a medida que Londres aumentaba sin cesar su población. Como
observó el científico Michael Faraday, célebre por sus trabajos sobre el
electromagnetismo, «la feculencia formaba nubes tan densas, que eran visibles
en la superficie». Una tarde navegaba por el río cuando advirtió que el agua
era un «líquido opaco de color marrón claro [318] ». El hedor era tal, que los
miembros del Parlamento tuvieron que cubrir las ventanas con un paño grueso
para seguir trabajando. The Times informó de que los funcionarios del gobierno,
«decididos a investigar el asunto hasta el final, se aventuraron en la
biblioteca, de donde salieron repelidos de inmediato tapándose la nariz con un
pañuelo [319] ».
Los
londinenses suponían que los «efluvios venenosos» (es decir, el miasma)
emanados del agua originarían un brote de alguna enfermedad en la ciudad.
Incluso hubo rumores de que un barquero ya había muerto por inhalación de los
gases nocivos. Miles de personas huyeron de la ciudad temiendo por sus vidas.
Tras años de intentar obtener fondos para un nuevo sistema de alcantarillado en
Londres, los reformadores de la higiene imaginaron que sería un acto como de
justicia poética que el Parlamento, que estaba hecho para obstaculizarlo todos
finalmente acabase diezmado. Pero, extrañamente, no se declaró ninguna epidemia
aquel verano.
Debido
en parte a estos acontecimientos, en las décadas de 1850 y 1860 hubo un
alejamiento perceptible de la teoría del miasma y un acercamiento a las teorías
del contagio. Pero muchos médicos no estaban convencidos. Las investigaciones
de Snow en particular todavía no sugerían un mecanismo plausible para la
transmisión de la enfermedad. Sus conclusiones relacionaban el cólera con el
agua potable contaminada. Pero, al igual que otros contagionistas, Snow no
decía de manera explícita qué se transmitía a través de esa agua. ¿Era un
animálculo? ¿Un compuesto químico venenoso? Si era esto último, ¿no quedaría
infinitamente diluido en grandes masas de agua como el río Támesis? Además, el
propio Snow reconoció que el contagionismo no proporcionaba una explicación
satisfactoria de todas las enfermedades, y admitió la posibilidad de la
generación espontánea en el desarrollo de enfermedades causantes de
putrefacción, como la erisipela.
Cada
vez eran más las voces que clamaban por una mejor explicación de las
enfermedades contagiosas y epidémicas.
* *
* *
El
problema de la infección hospitalaria había desquiciado a Lister durante tanto
tiempo que se preguntaba si alguna vez hallaría una solución. Pero a raíz de su
conversación con el profesor Anderson sobre las últimas investigaciones de
Pasteur acerca de la fermentación, se sintió más optimista. Lister buscó
enseguida las publicaciones de Pasteur sobre la descomposición de material
orgánico, y con la ayuda de Agnes comenzó a replicar los experimentos del
científico francés en su laboratorio doméstico. Por primera vez, la respuesta
estaba a su alcance.
La
investigación de Pasteur había empezado hacía nueve años, cuando un viñatero
local se dirigió a él con un problema. Monsieur Bigo elaboraba licor de
remolacha cuando notó que un gran número de sus cubas se tornaban azules
mientras fermentaban. Por aquel entonces Pasteur era decano de la facultad de
Ciencias de la Universidad de Lille. Su reputación como brillante químico se
había asentado años atrás, al demostrar que la forma de un cristal, su
estructura molecular y su efecto sobre la luz polarizada estaban
interrelacionados. No tardó en ocurrírsele la idea de que solo los agentes
vivos podrían producir compuestos asimétricos ópticamente activos, y que un
estudio posterior de la asimetría molecular revelaría los secretos del origen
de la vida.
Pero
¿por qué motivo Bigo expondría a un químico sus problemas? Entonces se pensaba
que la fermentación era un proceso químico, no biológico. Aunque muchos
científicos reconocían que la levadura actuaba como catalizador en la
conversión del azúcar en alcohol, la mayoría de ellos creían que la levadura
era una sustancia química compleja. Bigo se había familiarizado con el trabajo
de Pasteur porque su hijo era alumno de este en la universidad. Y,
sencillamente, le pareció natural recurrir al químico para pedir ayuda.
Pero
Pasteur tenía sus propias razones para querer investigar las causas de que las
cubas se echaran a perder. Durante algún tiempo se había interesado por la
naturaleza del alcohol amílico, ya que descubrió que era un «medio complejo
compuesto de dos isómeros; uno que […] gira el plano de luz bajo el polarímetro
y otro que es inactivo [y] no tiene actividad óptica [320] ». Además, el
primero presentaba las mismas características asimétricas que Pasteur había
demostrado que solo podían provenir de agentes vivos. El jugo de remolacha
contenía una mezcla de los alcoholes amílicos activos e inactivos, y por lo
tanto ofrecía a Pasteur una oportunidad única para estudiar los dos isómeros en
diferentes condiciones.
Pasteur
comenzó a hacer visitas diarias a la bodega, que acabó transformando en un
improvisado laboratorio [321]. Al igual que Bigo, notó que algunas cubas olían
bien, mientras que otras despedían un olor como a podrido. Estas cubas también
aparecían cubiertas de una misteriosa película. Intrigado, Pasteur tomó
muestras de cada una de las cubas y las examinó al microscopio. Para su
sorpresa, descubrió que la forma de la levadura era diferente dependiendo de la
muestra. Si esta se encontraba intacta, la levadura era redonda. Si se
corrompía, la levadura era alargada y aparecía junto a otras estructuras más
pequeñas, en forma de varilla: bacterias [322]. Un análisis bioquímico de las
cubas estropeadas también reveló que, en malas condiciones, el hidrógeno se
unía a los nitratos de la remolacha, produciendo ácido láctico, que era lo que
desprendía el olor fétido y hacía que la muestra tuviera un sabor agrio.
Pasteur
pudo probar que el alcohol amílico ópticamente activo era producto de la
levadura, no del azúcar, como algunos científicos sostenían. Demostró que,
medido con un polarímetro, ese alcohol amílico era demasiado diferente para
haber heredado su asimetría del azúcar, un agente no vivo. Y como Pasteur creía
que la vida era lo único que causaba la asimetría, concluyó que la fermentación
era un proceso biológico, y que la levadura, que era lo que hacía posible la
elaboración de aquel licor, era un organismo vivo.
Los
adversarios de Pasteur creían que la levadura no era necesaria en las
fermentaciones de azúcar que producían ácido láctico o butírico, ni era posible
ver organismos de levadura en carne podrida. Pero la causante de la ruina de
las cubas no era la levadura, sino más bien las bacterias (los microbios con
forma de bastón), que hacían que el licor se estropeara. En una línea similar,
Pasteur demostró además que lo mismo sucedía con la leche agria y la
mantequilla rancia, aunque los microbios eran diferentes en cada caso. Parecía
haber alguna especificidad en las propiedades de los microbios que observaba al
microscopio.
Las
conclusiones de Pasteur eran atrevidas. Decir que la levadura actuaba sobre el
jugo de remolacha porque era un organismo vivo significaba ir en contra de los
principios de la química dominante a mediados del siglo XIX. Si los guardianes
del viejo paradigma estaban dispuestos a aceptar la presencia de
microorganismos en sustancias fermentables, era suponiendo que esos
microorganismos aparecían espontáneamente como parte del proceso de
fermentación. Pero Pasteur creía que esos microbios eran transportados por el
aire sobre partículas de polvo, y que procedían unos de otros. No aparecían de
novo.
En
una serie de experimentos, el científico hirvió sustancias fermentables para
liberarlas de todos los microorganismos presentes en ellas. Luego colocó esas
sustancias en dos matraces con formas diferentes. El primero era el matraz
ordinario de cuello recto. El segundo tenía un cuello con forma de S que
impedía la entrada de polvo y otras partículas. Este matraz también permaneció
abierto y expuesto al aire. Al cabo de cierto tiempo, el matraz ordinario
empezó a criar vida microbiana, mientras que el matraz con cuello de cisne no
estaba contaminado. Pasteur dedujo de estos experimentos que los microbios no
se generaban de manera espontánea; si así fuera, el matraz de cuello curvado
también se habría contaminado. Sus experimentos establecieron lo que ahora es
una de las piedras angulares de la biología: solo la vida engendra la vida. En
una comunicación de sus hallazgos en la Sorbona, Pasteur dijo: «Jamás la
doctrina de la generación espontánea se recuperará del golpe mortal que ha
recibido con este sencillo experimento [323] ». No pasó mucho tiempo antes de
que empezase a emplearse la palabra «germen» para designar a estos proteicos
microbios.
En
un instante, Pasteur pasó de ser un químico serio apreciado por la mayor parte
de la comunidad científica a ser considerado un inconformista por su defensa de
lo que llamó «el mundo de lo infinitamente pequeño [324] ». Sus
investigaciones, que amenazaban con echar por tierra las ideas establecidas
desde hacía mucho tiempo sobre un aspecto del mundo, fueron atacadas de
inmediato. La revista científica La Presse juzgó así al científico francés: «Me
temo que los experimentos que usted cita, señor Pasteur, se volverán contra
usted. […] El mundo que usted quiere mostrarnos es demasiado fantástico [325]
».
* *
* *
Impertérrito,
Pasteur empezó a buscar conexiones entre la fermentación y la putrefacción.
«Las aplicaciones de mis ideas son inmensas —escribió en 1863—. Estoy preparado
para abordar el gran misterio de las infecciones pútridas, que constantemente
ocupa mi mente [326] ». Pasteur tenía sobrados motivos para estar tan
interesado en el problema de las enfermedades infecciosas: entre 1859 y 1865,
tres de sus hijas habían muerto a causa de la fiebre tifoidea.
Pasteur
creía que la putrefacción, como la fermentación, también la causaba la
multiplicación de diminutos microorganismos transportados por el polvo. «La
vida dirige la tarea de la muerte en cada etapa», escribió [327]. Solo había un
problema: Pasteur no era médico, algo que lamentó mientras progresaba su
investigación: «Cómo desearía tener […] el conocimiento especial que necesito
para lanzarme de lleno al estudio experimental de alguna enfermedad contagiosa
[328] ». Por fortuna para Pasteur, su trabajo ya había comenzado a atraer la
atención de unos pocos hombres selectos de la comunidad médica, como sir Thomas
Spencer Wells, cirujano de la reina Victoria.
Wells
habló del último trabajo de Pasteur sobre la fermentación y la putrefacción en
un discurso ante la Asociación Médica Británica en 1863, un año antes de que
llamara la atención de Lister. En él, Wells argumentó que la investigación de
Pasteur sobre la descomposición de material orgánico arrojaba luz acerca de las
causas de las infecciones pútridas: « [Aplicando] los conocimientos que debemos
a Pasteur de la presencia en el ambiente de gérmenes orgánicos, […] es fácil
entender que unos gérmenes encuentran su alimento más apropiado en las
secreciones de las heridas, o en el pus, y que lo modifican hasta convertirlo
en un veneno que se absorbe [329] ». Por desgracia, Wells no consiguió
despertar el interés que esperaba en aquella convención. Sus colegas no se
convencieron de la existencia de los gérmenes, y, como otros que leyeron el
trabajo de Pasteur, Wells no intentó poner en práctica la teoría del origen
microbiano de la putrefacción [330].
Lister
recogió el testigo. En un principio se centró en las partes de la investigación
de Pasteur que le confirmaban una opinión que ya tenía: que el peligro estaba
realmente presente en el ambiente alrededor del paciente. Al igual que Wells,
Lister extrajo del trabajo de Pasteur la idea de que el origen de las
infecciones hospitalarias no era el ambiente como tal, sino su carga de vida
microbiana. En aquella primera etapa quizá pensara que la contaminación del
ambiente y la infección de la herida eran atribuibles a la invasión de un solo
organismo. Lister aún no podía concebir el gran número de gérmenes
transportados por el aire y sus diversos grados de virulencia, ni comprendía
que los gérmenes pudieran transmitirse de muchas maneras y por medios diferentes.
Lister
entendió que no podía evitar que una herida estuviera en contacto con los
gérmenes del ambiente, y pensó en maneras de destruir los microorganismos
dentro de la propia herida antes de que se produjera la infección. Pasteur
había llevado a cabo una serie de experimentos que demostraban la posibilidad
de destruir los gérmenes de tres maneras: por el calor, por filtración o por la
acción de antisépticos. Lister descartó las dos primeras, porque ninguna era
aplicable en el tratamiento de heridas, y se dedicó a buscar el antiséptico más
eficaz para matar gérmenes sin agravar las heridas. «Cuando leí el artículo de
Pasteur, me dije: así como podemos acabar con los piojos en la cabeza infestada
de un niño aplicándole un veneno que no causa daño en el cuero cabelludo,
seguro que podríamos aplicar a las heridas del paciente productos tóxicos que
destruyeran las bacterias sin dañar las partes blandas del tejido [331] ».
Los
cirujanos utilizaban antisépticos para irrigar las heridas desde hacía un
tiempo. El problema era que entre los médicos no había consenso acerca de lo
que causaba la sepsis, y, en general, esas sustancias se usaban para controlar
la supuración solo después de que se produjera la infección. En aquel entonces,
The Lancet informaba: «El mayor empeño de los antiguos profesionales de la
medicina era evitar la inflamación y […] tratarla. Ahora, esta no nos atemoriza
tanto. El envenenamiento de la sangre es para los cirujanos de hoy algo tan
temible como la inflamación lo fue para sus predecesores, y es un mal mucho
mayor y más real [332] ». Por desgracia, el artículo se equivocaba al asegurar
que el envenenamiento de la sangre era mucho más peligroso que la inflamación,
pues la inflamación acompaña a la supuración, que a menudo es un síntoma de
envenenamiento de la sangre y de septicemia [333] La inflamación no es una
enfermedad en sí misma, y a menudo significa que algo más grave sucede. Hasta
que se hizo esta distinción, era difícil que los cirujanos entendieran la razón
del uso de antisépticos antes de que la infección se originara, sobre todo
porque en la comunidad médica muchos creían que la inflamación y el pus eran
parte integral del proceso de curación. El pus bueno, limpio y limitado era
necesario para la cicatrización normal de la herida, pero el pus excesivo o
contaminado se consideraba un peligroso vehículo de la putrefacción.
Las
complicaciones se debían a que muchas sustancias antisépticas eran ineficaces o
causaban un daño adicional al tejido, lo que hacía la herida aún más vulnerable
a la infección. Para tratar las heridas infectadas se había utilizado de todo,
desde el vino y la quinina hasta la tintura de yodo y la trementina, pero
ninguna de estas sustancias demostró ser suficientemente eficaz para detener la
supuración pútrida una vez iniciada. Y algunas sustancias corrosivas, como el
ácido nítrico, que podían combatir con eficacia la infección putrefacta, a
menudo se diluían demasiado para ser de verdadera utilidad.
En
los primeros meses de 1865, Lister probó muchas soluciones antisépticas
tratando de encontrar la mejor para eliminar los microbios, que ahora entendía
que eran la causa de las infecciones hospitalarias. La mayoría de estas
soluciones tenían fama de inútiles, quizá porque solo se empleaban una vez que
la inflamación y la supuración ya se habían producido. Lister quiso probar su
eficacia haciendo un uso profiláctico de tales soluciones. Empezó probando una
de las sustancias que entonces se usaban más, el líquido de Condy, que era una
solución de permanganato potásico, un compuesto que, en polvo, también
utilizaban los primeros fotógrafos para los fogonazos. Lister probó el líquido
de Condy en un paciente poco después de una operación, antes de que la infección
se desarrollara. Su ayudante, Archibald Malloch, escribió que él «sostuvo el
miembro en una mano y el colgajo, del que habían cortado todos los salientes,
en la otra, mientras el señor Lister vertía el líquido de Condy, diluido y
caliente, de un cazo por todo el colgajo para limpiarlo; finalmente cubrió el
muñón con un emplasto de aceite de linaza [334] ». A pesar de que el compuesto
tiene un fuerte agente oxidante que puede actuar como un antiséptico, la herida
acabó supurando. Lister no obtenía los resultados que buscaba y abandonó la
prueba.
Pero
un día recordó haber leído que los ingenieros de un alcantarillado de Carlisle
habían usado ácido carbólico para eliminar el hedor de los desperdicios
putrefactos y para que dejaran de oler los pastos regados con residuos
líquidos. Lo habían hecho por recomendación de Frederick Crace Calvert,
profesor honorario de química en la Real Institución de Manchester, quien
conoció por primera vez las propiedades milagrosas del compuesto cuando
estudiaba en París. Un beneficio inesperado de esta medida de los ingenieros
fue que el ácido carbólico también mataba a los parásitos protozoarios que
habían causado plagas entre el ganado que pastaba en aquellos campos [335].
Lister escribió que le había «impresionado una descripción de los notables
efectos del ácido carbólico sobre el alcantarillado de la ciudad [336] ».
¿Podría ser ese el antiséptico que buscaba?
El
ácido carbólico, también conocido como «fenol», es un derivado del alquitrán de
hulla. Se descubrió en 1834, y se utilizó en bruto como creosota para preservar
las traviesas de las vías férreas y proteger el maderamen de los buques. Era
desconocido en la cirugía británica. Solía recomendarse de manera
indiscriminada, unas veces como conservante de alimentos, otras contra los
parásitos, y otras más como desodorizante [337].
Lister
obtuvo una muestra del ácido crudo del siempre habilidoso Thomas Anderson y
observó sus propiedades al microscopio. No tardó en concluir que necesitaría
una cantidad mucho mayor del compuesto para probar su eficacia en los
pacientes. Anderson lo puso en contacto directo con Calvert, de Manchester, que
empezaba a fabricar el ácido a pequeña escala en forma de cristales blancos que
se licuaban al calentarlos. Calvert había defendido durante mucho tiempo el uso
del alquitrán de hulla en medicina, particularmente contra la exfoliación de
heridas y para la conservación de cadáveres destinados a la disección. Calvert
le proporcionó de buen grado a Lister una muestra de su ácido carbólico.
Lister
no tuvo que esperar mucho antes de tener oportunidad de probarlo en un
paciente. En marzo de 1865 realizó en la Royal Infirmary la extirpación de una
caries ósea (un hueso en descomposición) de la muñeca de un paciente. Luego
lavó cuidadosamente la herida con ácido carbólico esperando poder desbridarla
sin que penetrase ningún contaminante. Para su consternación, no pudo evitar la
infección, y se vio obligado a reconocer que la prueba había sido un fracaso.
Se le presentó otra oportunidad unas semanas después, cuando un joven de
veintidós años llamado Neil Kelly ingresó en la Royal Infirmary con una pierna
rota. Una vez más, Lister aplicó el ácido carbólico de Calvert al miembro
lesionado, y pronto apareció la supuración. Pero Lister seguía creyendo que el
ácido carbólico era la clave y se culpaba del fracaso: «Resultó un fracaso a
consecuencia, como ahora creo, de un uso incorrecto [338][ ».
Lister
necesitaba implementar otro sistema si quería continuar usando el ácido
carbólico en los pacientes. No podía probarlo de cualquier modo, porque había
demasiadas variables entre un caso y otro que le impedían comprender la
verdadera eficacia de la sustancia. Por esa razón, descartó por el momento los
casos quirúrgicos. Y como en las fracturas simples no era necesario rasgar la
piel, razonó que los microbios no podían penetrar por ningún otro canal que una
herida abierta. Decidió limitar sus ensayos con el ácido carbólico a las
fracturas abiertas, aquellas en las que el hueso astillado perforaba la piel
[339]. Este particular tipo de fractura tenía una alta incidencia de
infecciones y con frecuencia conducía a la amputación. Desde un punto de vista
ético, probar el ácido carbólico en fracturas abiertas era admisible. Si el
antiséptico fracasaba, la pierna aún podría ser amputada, algo que tal vez
habría ocurrido de todos modos. Pero si el ácido carbólico funcionaba, entonces
la extremidad del paciente se salvaría [340].
Lister
fue cautelosamente optimista con este enfoque. Todo lo que tenía que hacer era
esperar a que alguien con una fractura abierta llegara a su hospital.
* *
* *
El
traqueteo y retumbar de los carruajes por las ajetreadas calles de Glasgow
comenzaba al amanecer y no cesaba hasta que la mayoría de los habitantes de la
ciudad se iban a dormir. Las pesadas diligencias se movían precariamente por
calles accidentadas, mientras los ómnibus llenos de pasajeros retumbaban por
las congestionadas avenidas. Los coches de alquiler rodaban a un ritmo
imponente y los carros de los comerciantes, cargados de mercancías,
zigzagueaban en medio del tráfico en una loca carrera para abastecer los
mercados. A veces, el paso de un coche fúnebre cubierto de una lona negra y su
procesión de dolientes reducían el tumulto a un respetuoso rumor, pero la
mayoría de los días dominaba en las vías públicas un bullicioso tránsito rodado
y peatonal. Ciudades sobre pobladas como Glasgow sonaban «como si todos los
ruidos de todas las ruedas de todos los carros de la creación se mezclaran en
una continua barahúnda», escribió un contemporáneo [341]. El estruendo
cotidiano de la ciudad era un ataque para los ojos y oídos de los no
acostumbrados.
En
medio de este caos, un día húmedo de comienzos de agosto de 1865, James
Greenlees, de once años, caminaba por la ciudad. Había cruzado muchas veces
esas calles, pero aquel día se distrajo un momento. En cuanto se aventuró en el
trasiego, un carro lo arrolló y una de las ruedas de llantas metálicas le
aplastó la pierna izquierda. El conductor detuvo el carro y se apeó aterrado.
Los viandantes que presenciaron el accidente corrieron al lugar. Greenlees
yacía en la calzada gritando de dolor y las lágrimas corrían por sus mejillas.
La tibia se había agrietado bajo el peso de la carreta y sobresalía a través de
una abertura sangrante en la espinilla. Si había alguna esperanza de salvar su
pierna, tendría que llegar al hospital cuanto antes.
No
fue fácil conducir a Greenlees a la Royal Infirmary en aquel estado. Hubo que
apartar el pesado carro de su pierna para levantarlo con cuidado, ponerlo sobre
una camilla improvisada y transportarlo por la ciudad. Llegó a la Royal
Infirmary tres horas después del accidente. Cuando fue admitido en las salas,
el niño había perdido mucha sangre, y su estado era crítico.
Lister,
que era uno de los cirujanos de turno aquella tarde, fue alertado al llegar el
muchacho al hospital. Se mantuvo sereno mientras evaluaba la situación. La
fractura no era limpia. Lo más preocupante era que la herida abierta en la
pierna de Greenlees estaba contaminada con tierra y polvo de la ciudad. La
amputación no podía descartarse. Lister sabía que muchos pacientes habían
perdido la vida debido a fracturas abiertas menos graves que la que había
sufrido aquel niño. Su suegro, James Syme, quizá habría operado de inmediato.
Pero Lister también tenía presente que Greenlees era muy joven. Perder una
pierna seguramente relegaría al niño al estatus de ciudadano de segunda y
limitaría mucho sus oportunidades de trabajar en el futuro. ¿Cómo se ganaría la
vida si no podía caminar?
Pero
la cruda realidad parecía imponerse; retrasar la amputación sin duda pondría en
peligro la vida de Greenlees. Si, como resultado, el niño sufría una infección
hospitalaria, serrar después su pierna no sería suficiente para detener el
avance implacable de la sepsis una vez iniciada. Pero, al mismo tiempo, Lister
aún creía que el ácido carbólico podría evitar la infección, y si lo hiciera,
la pierna de Greenlees —y su subsistencia— tal vez se salvarían. Aquella era la
oportunidad que esperaba. Lister tomó su decisión en una fracción de segundo.
Se arriesgaría con el antiséptico.
Enseguida
administró cloroformo al niño, que en ese momento se retorcía de dolor. La
herida abierta en la pierna de Greenlees había permanecido descubierta durante
horas. Debía limpiar el desgarro ensangrentado antes de que los microbios que
ya había allí se multiplicaran. Con la ayuda de su cirujano asociado, el doctor
MacFee, Lister comenzó a lavar a fondo la herida con ácido carbólico. Luego la
cubrió con una masilla para que la solución no fuese arrastrada por la salida
de sangre y linfa. Por último, colocó sobre el apósito una tapa de estaño para
evitar que el ácido carbólico se evaporase.
Durante
los tres días siguientes, Lister logró la recuperación de Greenlees levantando
la tapa y vertiendo más ácido carbólico en el vendaje para lavar la herida cada
pocas horas. A pesar del trauma que acababa de sufrir, Greenlees estaba de buen
humor, y el médico notó que su apetito era normal. Y lo más importante: Lister
no detectó ningún olor fuerte procedente los apósitos cuando inspeccionaba la
pierna del niño cada día. La herida se curaba limpiamente.
El
cuarto día, Lister retiró las vendas. Escribió en sus libros de casos que la
piel tenía un ligero enrojecimiento alrededor de la herida, pero que no había
supuración. El hecho de que no hubiera pus era una buena señal. Pero el
enrojecimiento incomodó a Lister. Sin duda, el ácido carbólico irritaba la piel
del niño y causaba el mismo tipo de inflamación que Lister intentaba evitar con
desesperación. ¿Cómo contrarrestaría este efecto secundario sin debilitar el
poder antiséptico del ácido carbólico?
Lister
procedió a diluir el ácido carbólico en agua durante los siguientes cinco días.
Por desgracia, esto hizo poco para reducir la irritación causada por el
antiséptico. Entonces utilizó aceite de oliva para diluir el compuesto químico.
Esto parecía tener un efecto calmante sobre la herida sin comprometer las
cualidades antisépticas del ácido carbólico. Pronto desapareció el
enrojecimiento en la pierna de Greenlees y la herida empezó a cerrarse. La
nueva solución fue un buen remedio.
Seis
semanas y dos días después de que el carro le destrozara la pierna, James
Greenlees salía de la Royal Infirmary.
* *
* *
Seguro
de que el ácido carbólico era el antiséptico que había buscado todo aquel
tiempo, Lister trató a un paciente tras otro en la Royal Infirmary utilizando
métodos similares en los meses siguientes. Atendió a un jornalero de treinta y
dos años con la tibia derecha rota por la coz de un caballo, y a un obrero de
veintidós años cuya pierna resultó aplastada al desprenderse de sus cadenas una
caja de hierro de 600 kilos que colgaba a más de un metro por encima de él. Uno
de los casos más desgarradores fue el de un niño de diez años que trabajaba en
una fábrica y al que una máquina de vapor le atrapó un brazo. Lister anotó que
el niño pidió socorro, pero nadie lo ayudó durante dos minutos. Mientras tanto,
la máquina seguía moviéndose, «cortando el lado del cúbito de su antebrazo y
quebrando [el hueso] por la mitad, mientras el radio era desplazado [hacia
atrás [342] ». El niño fue conducido a la Royal Infirmary. El fragmento
superior del hueso sobresalía a través de la piel y dos tiras de músculo de
cinco a siete centímetros colgaban de la herida abierta. Lister logró salvar el
brazo del niño, así como su vida.
No
todos los casos acabaron bien. Lister experimentó dos fracasos en aquel tiempo.
Uno de ellos con un niño de siete años al que había arrollado un ómnibus lleno
de gente, rompiéndole una pierna. El niño sufrió gangrena hospitalaria cuando
Lister se fue de vacaciones y lo dejó en manos del doctor MacFee, que no era
tan escrupuloso como Lister en el tratamiento de las heridas. Al final, el niño
sobrevivió, pero sin la extremidad [343]. El otro paciente murió de repente
semanas después de que se agravase su lesión original. «Días más tarde
—escribió Lister—, sufrió una hemorragia muy profusa; la sangre empapaba la
cama y goteaba sobre el suelo» antes de que el personal médico se enterara.
Resultó que un fragmento de hueso afilado procedente de la fractura de la
pierna había perforado la arteria poplítea del muslo, e hizo que el paciente,
un obrero de cincuenta y siete años, sangrara hasta morir [344].
De
las diez fracturas abiertas que en 1865 trató en el hospital, ocho se curaron
con la ayuda del ácido carbólico. Si se descuenta la amputación que se hizo
necesaria con el paciente al cuidado del doctor MacFee, la tasa de fracasos de
Lister fue del 9 por ciento. Y si se cuentan las amputaciones, la tasa de
fracasos fue del 18 por ciento. Para Lister, esta proporción era un indudable
éxito [345].
* *
* *
Como
era habitual en él, Lister consideraba que era importante ser lo más exhaustivo
posible, y quiso evaluar la eficacia del ácido carbólico en otras clases de
heridas antes de anunciar sus hallazgos. La prueba definitiva sería aquella que
evidenciara la eficacia de los métodos de Lister en las operaciones. Habían
transcurrido veinte años desde que presenciara la histórica operación de Robert
Liston con éter, que inició la era de la cirugía indolora. Desde entonces, los
cirujanos se habían vuelto más audaces respecto a la profundidad con que
estaban dispuestos a intervenir. A medida que las operaciones se volvían más
invasivas, la infección postoperatoria era cada vez más probable. Si Lister
conseguía reducir o eliminar esta amenaza, cambiaría la naturaleza de la
cirugía para siempre, lo que permitiría al cirujano realizar operaciones cada
vez más complejas sin temor a que las heridas del paciente desarrollaran una
sepsis.
Primero
se fijó en los abscesos, particularmente en los que se presentaban como una
complicación de la tuberculosis espinal. Conocidos como «abscesos del psoas»,
se desarrollan cuando una gran cantidad de pus se acumula en uno de los
músculos largos de detrás de la cavidad abdominal. En general, se hacen tan
grandes que comienzan a extenderse a la ingle, lo que requiere incisión y
drenaje. Pero, dada la zona del cuerpo en la que se forman, los abscesos del
psoas son propensos a la infección, y la intervención quirúrgica era entonces
extremadamente peligrosa.
Durante
los meses siguientes, Lister desarrolló una técnica consistente en desinfectar
la piel de alrededor de la incisión con ácido carbólico y luego revestir la
cavidad con una masilla de una sustancia similar a la que había utilizado con
Greenlees. Mezclaba carbonato cálcico con una solución de ácido carbólico en
aceite de linaza hervido. Entre la herida y la masilla, colocaba un pedazo de
gasa que también había empapado en aceite con ácido carbólico. La sangre que
rezumaba de la gasa formaba una costra debajo de ella. Cambiaba a diario el
vendaje, pero el trozo de gasa aceitada lo dejaba en su lugar. Cuando llegaba
el momento de retirarlo, quedaba una cicatriz firme o una marca [346]. En una
carta a su padre, Lister celebraba así su resultado: «El curso de los abscesos
tratados de esta manera está en tan perfecta armonía con la teoría de la
supuración, además de resultar ahora el tratamiento tan simple y fácil para
cualquiera que lo ponga en práctica, que estoy entusiasmado [347] ».
En
julio de 1866, mientras aún refinaba sus métodos con ácido carbólico, Lister se
enteró de que la cátedra de cirugía sistemática del University College de
Londres estaba vacante. Aunque las cosas le iban bien en Glasgow, todavía
ansiaba volver a su alma mater para estar más cerca de su padre, que ya contaba
ochenta años. El hecho de que la cátedra fuera además un puesto permanente en
el hospital University College, donde había comenzado su carrera, hacía aún más
atractiva esta perspectiva.
Lister
escribió a lord Brougham, presidente del University College y del hospital,
pidiéndole que apoyara su candidatura. Acompañó su carta del estudio impreso
titulado «Noticia de un nuevo método de tratamiento de las fracturas abiertas».
En él, Lister apoyaba la teoría de los gérmenes como los causantes de la
putrefacción. Era el primer anuncio que hacía Lister de su principio
antiséptico fuera de su círculo de amigos, familiares y colegas. Poco después
de apelar a lord Brougham para que lo apoyara, Lister recibió la noticia de que
había perdido la elección. Pero este no permitió que esa noticia lo distrajera
de su investigación por mucho tiempo. «Últimamente he estado pensando que no
habría podido trabajar así de haber estado en el University College —escribió a
Joseph Jackson poco después de recibir la notificación de su rechazo—. Tal vez
me resulte más provechoso seguir empleado aquí, aunque mi labor sea más
silenciosa [348] ».
Durante
los años siguientes, Lister volvió a experimentar con el ácido carbólico,
ampliando el tratamiento para incluir heridas laceradas y contusas. En una
ocasión extirpó un gran tumor del brazo de un hombre. Su localización era tan
profunda que Lister creyó que la herida habría supurado de no haber aplicado su
sistema antiséptico. El hombre salió con vida, y con el brazo, del hospital
unas semanas más tarde [349].
Lister
empezó a darse cuenta de las implicaciones de sus métodos, que cada año le
proporcionaban más pruebas de su eficacia. «Ahora realizo una operación para
extirpar un tumor, etcétera, con una sensación totalmente diferente de la que
solía tener; de hecho, la cirugía se está transformando en algo muy diferente
[350] », escribió un día a su padre. Creía que si podía convencer al mundo de
la eficacia de sus técnicas, las posibilidades para el futuro de su profesión
serían innumerables.
Dos
años después de que comenzase a experimentar con el ácido carbólico en la Royal
Infirmary de Glasgow, Lister publicó sus hallazgos en The Lancet. El 16 de
marzo de 1867 apareció la primera entrega de las cinco en que se dividía un
artículo titulado «Sobre un nuevo método de tratar la fractura abierta, el
absceso, etcétera, con observaciones sobre las condiciones de supuración». Los
otros cuatro se publicaron en las semanas y meses siguientes. Lister demostraba
en estos artículos que había instituido un sistema basado en la muy polémica
opinión de Louis Pasteur de que la putrefacción era causada por gérmenes
presentes en el ambiente. Decía que Pasteur había demostrado que las «diminutas
partículas suspendidas en el aire, que son gérmenes de varias formas inferiores
de vida, reveladas desde hace mucho tiempo por el microscopio y consideradas
como concurrentes meramente accidentales de la putrefacción» eran su «causa
esencial». Era necesario revestir la herida con algún material capaz de matar a
esos gérmenes sépticos. El sistema de Lister consistía en usar las propiedades
antisépticas del ácido carbólico para evitar que los gérmenes penetrasen en las
heridas, así como destruir a los que ya habían invadido el cuerpo [351].
Sus
artículos eran más instructivos que teóricos, aunque su compromiso con los
principios científicos de Pasteur estaba claro. La mayor parte de cada artículo
presentaba detalladas historias de casos en los que hablaba de su lucha para
prevenir o controlar la putrefacción en las heridas de cada paciente. Su
intención era mostrar a los lectores, a quienes invitaba a imaginar que estaban
de pie a su lado, cómo aplicar sus métodos. A través de esa serie de artículos
también mostraba cómo había evolucionado su sistema, explicando por qué
rechazaba ciertos tipos de vendajes y por qué ensayaba procedimientos
diferentes cuando algunos habían fallado. El método puramente científico que
Lister había aplicado a sus experimentos era patente para todos.
Patente
era también su propósito altruista de revelar su método antiséptico y luego
abogar por él. El desinterés que le había inculcado su educación cuáquera era
evidente en estas palabras: «Los beneficios que conlleva esta práctica son tan
extraordinarios que siento como una obligación hacer todo cuanto pueda por
difundirla [352] ». Cualquier persona que buscase la prueba física de estos
beneficios podía encontrarla en sus dos salas de la Royal Infirmary de Glasgow.
Aunque estas se contaban antes entre las menos salubres del hospital debido a
su limitado acceso al aire fresco, divulgó que su uso del tratamiento
antiséptico en los pacientes había reducido considerablemente el número de los
que sufrían una infección. Ni un solo caso de piemia, gangrena o erisipela se
había dado en sus salas desde que introdujo su sistema.
Lister
dio el primer paso en la divulgación de los métodos antisépticos que él pensaba
eran la clave para salvar incontables vidas. Pero sus sentimientos de
satisfacción pronto se moderarían ante otros problemas más cercanos al hogar.
Capítulo
9
La
tormeta
Las
discusiones médicas […] son accidentes inevitables del progreso científico. Son
como tormentas que purifican la atmósfera; debemos resignarnos a ellas.[353]
JEAN-BAPTISTE
BOUILLAUD
Cuando,
en el verano de 1867, se apeó del coche de alquiler y puso el pie en el primer
escalón de la casa georgiana de dos plantas, Isabella Pim sintió que el mundo
se le venía encima. Había viajado casi sesenta y cinco kilómetros con un calor
sofocante para detenerse frente a aquella puerta. Unas semanas antes, Isabella
—o «B.», como se referían cariñosamente a ella los miembros de su familia— se
había encontrado un bulto en un pecho. Temiendo lo peor, decidió hacer el largo
viaje en tren a Glasgow pasando por Edimburgo para consultar al mejor cirujano
que conocía: su hermano Joseph Lister.
La
triste realidad era que la mayoría de las mujeres de aquella época esperaban
demasiado tiempo hasta buscar ayuda tras encontrarse un bulto en las mamas.
Durante las primeras etapas de un cáncer de mama, el tumor es más o menos
indoloro. Pero la cirugía era una opción en extremo dolorosa, y una mujer tal
vez moriría incluso después de someterse al cuchillo, porque la mayoría de los
cirujanos no eliminaba suficiente tejido mamario para detener el progreso del
cáncer. Uno de los cirujanos más renombrados de Londres, James Paget, lamentaba
que el cáncer volviera a reproducirse tan a menudo después de haber extirpado
las partes enfermas. «Podrá extraerse todo lo que se halle localmente alterado
—escribió—, pero algo permanece o, al cabo de un tiempo, se renueva y otra
enfermedad similar reaparece y, en alguna forma o grado, suele ser peor que la
primera y siempre un camino hacia la muerte [354] ».
El
riesgo de dejar tejido canceroso durante una operación era especialmente
elevado en la primera parte del siglo, antes de que se utilizaran anestésicos,
cuando un procedimiento tan doloroso debía efectuarse con la mayor rapidez
posible. Lucy Thurston, de sesenta años, describía la terrible experiencia de
su mastectomía en una carta a su hija. Cuando el cirujano llegó, abrió la mano
para mostrarle el cuchillo:
Luego
sentí un pinchazo largo y profundo, primero en un lado del pecho, luego en el
otro. Un intenso mareo se apoderó de mí y me privó del desayuno. A esto siguió
una sensación de desfallecimiento extrema. Mi sufrimiento ya no era local. Tuve
una sensación general de agonía en el sistema. Sentía en cada centímetro de mi
ser que la carne fallaba. […] Tenía pensado ver cómo me operaban. Pero en mi
recuerdo todo lo que veía era la mano derecha del médico completamente cubierta
de sangre hasta la muñeca. Más tarde me dijo que hubo un momento en que la
sangre de una arteria saltó hasta sus ojos y no podía ver. Hacía casi una hora
y media que estaba en sus manos, que cortaban el pecho y las glándulas por
debajo del brazo, ataban arterias, absorbían la sangre, cosían la herida,
colocaban apósitos adhesivos…, hasta que por fin vendaron.[355].
Thurston
sobrevivió a la operación y vivió veintidós años más, pero muchas mujeres no
tuvieron esa suerte.
Con
la introducción de los anestésicos, las operaciones de mama eran cada vez más
invasivas, pues al no haber dolor el cirujano ya no tenía que operar con
rapidez. Esto influyó en las tasas de mortalidad por diferentes razones. En
1854, Alfred Armand Velpeau —el jefe de cirugía de la Universidad de París—
instó a sus colegas cirujanos a tratar el cáncer de mama de manera más agresiva
para asegurar que todo el tejido canceroso fuese extirpado. Para ello, sugirió
que no solo el seno, sino también los músculos pectorales subyacentes y los
ganglios linfáticos axilares se eliminasen, lo que se conoce como «mastectomía
en bloque». Por supuesto, esto hacía a la paciente vulnerable a la infección.
Isabella
se encontró frente a un dilema similar. Un cirujano del hospital londinense
Saint Bartholomew ya se había negado a operarla, y durante su escala en
Edimburgo, James Syme también le desaconsejó una mastectomía. El tumor era
grande y requería una extensa eliminación de tejido para que la cirugía fuese
efectiva. Incluso si Isabella sobrevivía a la operación, a Syme le preocupaba
que la herida abierta en el pecho se infectara y ella muriese. Aunque había
empleado con éxito en sus pacientes el sistema antiséptico de Lister, le seguía
preocupando que una herida de ese tamaño resultase difícil de tratar con o sin
ácido carbólico. Creía que lo mejor para Isabella era vivir el tiempo que le
quedaba y no operarse.
Pero
Isabella no había abandonado todavía la esperanza. Sabía que su hermano había
extirpado muchos tumores cancerosos. Hacía poco había oído decir a su hermano
que había reducido el riesgo de infección postoperatoria mediante el uso del
ácido carbólico. Como escribió Lister, «B. parece tener plena confianza en mí
[356] ».
Tras
examinar a Isabella, Lister accedió a efectuar la que sería su primera
mastectomía. Su decisión iba en contra del consejo médico de dos hombres muy
respetados en su profesión. Pero si había una pequeña posibilidad de impedir
que el cáncer se extendiera más profundamente en el cuerpo de su querida
hermana, debía intentarlo. «Teniendo en cuenta la clase de operación que va a
ser —escribió a su padre—, prefiero no dejar que lo haga otro [357] ». De todas
formas, nadie se había ofrecido voluntario.
Primero
visitó la sala de disección de la universidad, donde practicó la mastectomía en
un cadáver. Pero, justo cuando se armaba de valor para operar, en el último
momento decidió viajar a Edimburgo para consultar a Syme. Tenía presente que un
hombre cuyo consejo tenía en tan alta estima había desaconsejado inicialmente
la cirugía. Syme se rindió. «Nadie puede decir que la operación no ofrece una
oportunidad [358] », le dijo a su yerno tras una larga conversación. Los dos
hablaron del trabajo reciente de este con el ácido carbólico. Syme reconoció
que su uso en Isabella podría evitar gran parte del peligro. «Aprecié su
generosidad y le manifesté, aunque no de manera expresa, mi gran simpatía por
él y dejé Edimburgo muy aliviado [359] », escribió Lister sobre su reunión con
Syme.
Regresó
a Glasgow sintiéndose menos incómodo, y se preparó para operar a Isabella. Un
día antes del momento acordado, envió una carta a Joseph Jackson: «Supongo que
antes de que esta te llegue, la operación de nuestra querida B. ya se habrá
realizado. Era poco deseable retrasarla un día más de lo necesario, así que
ayer por la tarde lo dispuse todo […] y queremos que la operación sea mañana a
la una y media [360] ». La mastectomía de Isabella no se llevaría a cabo en la
Royal Infirmary, porque ello aumentaría el riesgo de desarrollar alguna forma
de infección hospitalaria. Lister decidió realizar la mastectomía en su propia
casa, utilizando la mesa del comedor, una opción común para aquellos que podían
permitirse el cuidado privado.
El
16 de junio de 1867, Isabella Lister Pim entró en la improvisada sala de
operaciones, donde su hermano la esperaba de pie con tres ayudantes. Los
instrumentos, que habían sido previamente sumergidos en ácido carbólico,
estaban ocultos debajo de un paño para que su visión no perturbase a Isabella,
que se tendió sobre la mesa en la que había cenado la noche anterior y, al
rato, se quedó dormida por los efectos del cloroformo. Lister y los tres
cirujanos procedieron a sumergir las manos en una solución de ácido carbólico.
Luego limpiaron la zona de la operación de Isabella. Lister se dispuso a operar
cuchillo en mano. Con cuidado, dividió los dos músculos pectorales y despejó la
axila. Tras extirpar el tejido mamario, músculos y ganglios linfáticos, Lister
se dispuso a cubrir la herida.
Lister
cubrió el pecho de Isabella con ocho capas de gasa que habían sido prensadas en
una solución antiséptica consistente en ácido carbólico y aceite de linaza. En
sus experimentos había descubierto que los materiales porosos no eran ideales
para los apósitos antisépticos porque el ácido carbólico podía ser arrastrado
por la sangre y los exudados. Deslizó un tejido de algodón menos permeable,
llamado «jaconet», que también había sido empapado en una loción antiséptica,
debajo de la capa superior de gasa. Esto permitía que los exudados salieran de
la herida, pero impedía que el ácido carbólico se escapara con ellos. Aplicó
estos apósitos delante y detrás. Cada tira de gasa cubría desde el acromion (la
prominencia ósea de la parte superior del omóplato) hasta un poco por debajo
del codo, y cruzaba la columna hasta el brazo. Lister colocó también abundante
gasa entre el costado y la parte inferior del brazo para evitar que estuviera
demasiado cerca de su cuerpo. Aunque la postura era incómoda para Isabella, consideró
especialmente importante que la herida no estuviera cerca de su brazo para que
pudiese drenar sin obstáculos. Vendada como una momia, Isabella fue trasladada
a un dormitorio de invitados, donde transcurrió su convalecencia [361].
Hector
Cameron, ayudante de Lister, recordaba cuánto le costó a Lister, mental y
emocionalmente, llevar a cabo una intervención tan audaz en una persona tan
querida para él [362]. Cuando terminó, Lister sintió alivio: «Estoy muy
contento de haberlo hecho. […] Puedo decir que la operación se ha realizado tan
bien como si no hubiera sido mi hermana. Pero no deseo volver a hacer otra
[363] ».
La
herida de Isabella se curó sin supuración debido a la cuidadosa aplicación del
ácido carbólico durante y tras la operación. Gracias a los esfuerzos de Lister,
Isabella vivió tres años antes de que el cáncer apareciera de nuevo, esta vez
en el hígado. Pero ya no había nada que Lister pudiera hacer por ella. Con
todo, su sistema antiséptico significó una nueva esperanza en el futuro de la
cirugía de mama. No pasaría mucho tiempo antes de que los cirujanos basaran su
decisión de realizar una mastectomía solo en el pronóstico, no en el riesgo de
que la paciente desarrollara sepsis postoperatoria.
* *
* *
Animado
por el buen resultado de la mastectomía de Isabella y sus continuos éxitos en
la Royal Infirmary, Lister presentó un artículo sobre su trabajo con el ácido
carbólico a la Asociación Médica Británica. El 9 de agosto de 1867, distribuyó
el texto, titulado «Sobre el principio antiséptico en la práctica de la cirugía
[364] ». Solo unas semanas antes había aparecido en The Lancet el último
artículo de su serie de cinco. Hasta ese momento no hubo reacciones negativas a
su investigación por parte de la comunidad médica. De hecho, la respuesta hasta
entonces había sido abrumadoramente positiva. Syme había apoyado de manera
incondicional a Lister cuando informó en The Lancet sobre siete casos en los
que utilizó con éxito el ácido carbólico tanto en fracturas abiertas como en
operaciones quirúrgicas [365]. Y poco después de la comunicación de Lister a la
Asociación Médica Británica, el director de The Lancet manifestó un prudente
optimismo: «Si las conclusiones del profesor Lister sobre el poder del ácido carbólico
en fracturas abiertas se confirman, […] será difícil estimar la importancia de
lo que podríamos llamar un auténtico descubrimiento [366] ».
Sin
embargo, ya amenazaba una tormenta. Cuando empezaron a oírse las primeras voces
discrepantes, la resistencia inicial que manifestaban a los métodos
antisépticos de Lister tenía poco que ver con su eficacia real. El asunto más
polémico parecía ser que muchos de los críticos creían erróneamente que Lister
se atribuía el mérito de haber descubierto las cualidades antisépticas del
ácido carbólico, que los cirujanos del continente utilizaban desde hacía años.
El 21 de septiembre, el Daily Review de Edimburgo publicó una carta firmada por
Chirurgicus. Su autor decía que temía que el reciente artículo de Lister sobre
«el uso de ácido carbólico en la práctica quirúrgica» estaba «calculado para
verter sobre nosotros cierto descrédito —en particular entre nuestros vecinos
franceses y alemanes— en la medida en que atribuía el primer empleo quirúrgico
de ácido carbólico al profesor Lister [367] ». Chirurgicus añadía que el médico
y farmacéutico francés Jules Lemaire había escrito sobre el ácido carbólico
mucho antes de que Lister empezara a utilizarlo: «Tengo ante mí […] un grueso
volumen sobre el tema […] escrito por el doctor Lemaire, de París, cuya segunda
edición se publicó en 1865». Lemaire había demostrado «la utilidad» del ácido
carbólico «en la detención de la supuración tras la cirugía y en los vendajes
para fracturas abiertas y heridas», sostenía.
Aunque
firmada con seudónimo, todos sabían que la carta de Chirurgicus la había
escrito el influyente médico y descubridor del cloroformo James Y. Simpson. El
renombrado obstetra había distribuido de manera frenética el texto entre
miembros de la comunidad médica, entre ellos el director de The Lancet, James
G. Wakley. Una semana después, la carta apareció en dicha revista con una nota
de Wakley: «Hay que reconocerle al profesor Lister el mérito de haber hecho que
el agente fuera ampliamente conocido en este país [368] ». Con estas palabras,
la principal revista médica del mundo dejó la impresión de que el único logro
de Lister había sido repetir en Gran Bretaña una práctica continental, cuando
en realidad él proponía un enfoque revolucionario en el tratamiento de heridas
basado en una teoría científica.
Simpson
tenía motivos personales para desear minimizar la importancia del tratamiento
antiséptico de Lister. La verdad era que, si los métodos de Lister funcionaban,
entrarían en conflicto directo con la técnica de la acupresión de Simpson, cuyo
objetivo era también favorecer la curación sin supuración. (Este era el mismo
método que Syme denunció cuando destrozó en público el panfleto de Simpson en
la sala de operaciones de la Royal Infirmary en Edimburgo). La acupresión
suspendía el sangrado durante la cirugía usando agujas de metal para sujetar
los extremos cortados de los vasos sanguíneos grandes a la parte más profunda
de la piel o del tejido muscular, eliminando así la necesidad de ligaduras, que
a menudo se convertían en una fuente de contaminación después de una operación.
Lister ya había rechazado la acupresión en un artículo publicado en 1859, y
Simpson recordaba aquel desprecio. El obstetra incluso envió a Lister una copia
de su artículo sobre la técnica con una carta de presentación que criticaba el
uso «extraño e inexplicable» de ligaduras, que «de forma reiterada y
sistemática dejaba […] tejido arterial muerto y en descomposición en cada gran
herida [369] ». Le obsesionaba el hecho de que tan pocos cirujanos hubieran
adoptado su técnica. Un biógrafo de Simpson dijo que estaba alerta a todo lo
que desafiara a la acupresión: «No debía tolerarse nada —pensaba— cuya
tendencia fuese la de continuar con el uso de la ligadura en las amputaciones
después de haber quedado establecida, como él creía, la superioridad de la
acupresión [370] ».
Lister
se encontró una vez más enfrentado a las embestidas casi taurinas de Simpson.
Varias semanas después de publicarse el ataque original en elDaily Review de
Edimburgo, Lister respondió a Chirurgicus en The Lancet. Admitió que nunca
había leído el libro de Lemaire, pero afirmó que eso no era «sorprendente»,
porque el trabajo del cirujano francés «no parece haber atraído la atención de
nuestra profesión». Y defendió su propio sistema diciendo que las personas que
habían visto directamente en Glasgow su tratamiento antiséptico nunca
cuestionaron su originalidad. «La novedad —escribió— no es el uso quirúrgico
del ácido carbólico (que nunca reclamé), sino los métodos de su empleo con
vistas a proteger los procesos reparadores de las perturbaciones de agentes
externos». Lister concluyó su respuesta con una pulla al autor: «Confiando en
que tan indignos reparos no impidan la adopción de un procedimiento útil, le
saluda atentamente, etcétera [371] ».
Lister
buscó el libro de Lemaire con el fin de prepararse para lo que estaba por
venir. No encontró el volumen de setecientas páginas en Glasgow, por lo que
viajó a Edimburgo, donde obtuvo un ejemplar de la biblioteca de la universidad.
Unos días antes había aparecido convenientemente, tal vez colocado allí por el
propio Simpson, aunque Lister nunca manifestó esa sospecha. Al leerlo, Lister
descubrió que Lemaire había recomendado el ácido carbólico para casi todas las
dolencias imaginables. Y lo más notable era que no ofrecía ningún método o guía
para su uso; y aunque era cierto que Lemaire informaba de la eficacia del ácido
carbólico en la desinfección del ambiente y en la mejora de la cicatrización de
las heridas, también lo recomendaba como un medio para contener el olor que
despedían los exudados corporales [372]. No creía que el pus fuese el resultado
de la corrupción. Después de leer el libro, Lister confió a su padre que era
escéptico respecto de las afirmaciones de Lemaire: «Encontré razones para creer
que él ve con gafas de color rosa casi todos los resultados de sus
experimentos», porque el cirujano francés había utilizado «una solución acuosa
extremadamente ligera del ácido [373] ».
El
19 de octubre, Lister publicó una segunda respuesta a Chirurgicus. Reiteró que
nunca había afirmado haber sido el primero en utilizar el ácido carbólico en la
cirugía: «El éxito que aquí ha acompañado a su empleo no depende tanto de una
virtud específica suya como de la maravillosa capacidad de recuperación que
adquieren las partes lesionadas cuando están bien protegidas contra la
perniciosa influencia de la descomposición». ¿Significaba esto que el ácido
carbólico no era el factor clave que impulsaba sus alentadores resultados? En
lo que tal vez fuese un intento de llevar la discusión lejos de Lemaire y
regresar a sus métodos de tratamiento, Lister afirmó que de haber «hecho el
experimento con otros antisépticos de uso ordinario, […] creo que probablemente
habría obtenido los mismos resultados, si hubiese seguido los mismos principios
[374] ».
Acompañó
su respuesta de una carta que le había enviado un estudiante de medicina
llamado Philip Hair que vivía en Carlisle, la misma ciudad que años antes había
tratado sus aguas residuales con ácido carbólico. Lister afirmó que el joven
«no tenía ninguna dificultad en distinguir entre el mero uso del ácido
carbólico y la práctica que he recomendado [375]». En su carta, Hair declaraba
haber estudiado en París el pasado invierno, y que no había visto nada
comparable al tratamiento antiséptico de Lister que se practicaba allí. A su
regreso, Hair también había presenciado las técnicas de Lister utilizadas con
éxito en Edimburgo, y escribió que estaría dispuesto a proporcionar a Lister
los nombres y las direcciones de ocho compañeros licenciados que podrían dar
testimonio de sus declaraciones.
A
Simpson no le agradaba ser desafiado, y la respuesta de Lister solo lo
enfureció aún más. El obstetra abandonó su seudónimo y respondió a Lister
directamente en The Lancet. Comenzó con una referencia sarcástica a las
palabras de Lister «indignos reparos», que sirvieron para descubrirle como el
autor de la carta a la Daily Review de Edimburgo. Simpson aludió de nuevo a
Lemaire y acusó a Lister de una ignorancia casi culpable de la literatura
médica existente. Continuó diciendo que William Pirrie había empleado en el
hospital de la Universidad de Aberdeen la acupresión para detener la supuración
en dos tercios de sus casos de extirpación de tumores de mama, y que la
acupresión era un método superior para prevenir la formación de pus, con
independencia de que el tratamiento antiséptico de Lister funcionara o no. Por
si alguien no lo había entendido bien la primera vez, Simpson agregó:
«Permítanme aquí la libertad de señalar brevemente que el señor Lister ha sido
sin duda precedido por otros autores en todas sus principales teorías y usos en
relación con este asunto».
Lister
no mordió el anzuelo. Envió una breve respuesta a The Lancet: «Como ya he
tratado de poner el asunto bajo la luz de la verdad sin ser injusto con nadie,
debo dejar de comentar [los] alegatos [de Simpson [376] ]». Y reveló a los
lectores que demostraría las virtudes de su sistema en una serie de artículos
que aparecerían en los meses siguientes, y dejaría que la comunidad médica
decidiera por sí misma si las críticas de Simpson estaban justificadas. Lister
creía que su sistema debía juzgarse por sus evidencias científicas, no por la
elocuencia que él empleara en su defensa.
Por
suerte, el profesor Pirrie, cuyo nombre Simpson había citado en su defensa de
la acupresión, publicó un artículo en The Lancet el mismo día en que la
respuesta final de Lister apareció en la revista. En concreto, elogiaba las
virtudes del ácido carbólico para tratar quemaduras, y predijo que, si el
método antiséptico de Lister era asimismo útil en el tratamiento de otras
afecciones, «sería una bendición en el tratamiento de estas lesiones peligrosas
y dolorosas [377] ». En ninguna parte mencionaba la acupresión. Simpson se
calló por el momento.
Aunque
en público Lister guardaba un digno silencio, en privado se sentía herido por
los ataques. En una carta a Joseph Jackson, escribió: «Siempre he pensado que
el hecho de que los directores de estas revistas médicas no prestasen la menor
atención a todos los artículos que escribía era lo mejor que podía suceder,
porque de ese modo lo bueno que pudiera haber en mi trabajo podía producir su
efecto en silencio, ampliando el conocimiento y mejorando el tratamiento de
enfermedades». Y añadió con tristeza: «La fama no es una planta que crezca en
terreno estéril [378] ». El sobrino de Lister dijo que encontraba los ataques
de Simpson repugnantes y angustiantes. El taciturno y reservado cirujano —que
una vez había pensado que las ciudades escocesas eran más adecuadas a su
temperamento que Londres porque había muchas menos disputas profesionales—
empezaba a darse cuenta de lo difícil que sería la tarea que le esperaba.
Necesitaría más que el testimonio de unos pocos estudiantes de medicina para
conseguir que los cirujanos se tomaran en serio su tratamiento antiséptico.
* *
* *
Muchos
adversarios compararon el sistema antiséptico de Lister con la práctica
tradicional de poner ungüentos en las heridas putrefactas y esperar lo mejor,
como los médicos que durante decenios habían usado el vino, la quinina y el
líquido de Condy. Un joven médico de Liverpool llamado Frederick W. Ricketts se
puso de parte de Simpson, argumentando que la acupresión era «simple, eficaz y
elegante», mientras que los métodos de Lister eran «obsoletos y poco elegantes
[379] ». Lo mismo hizo James Morton, un médico que había trabajado con Lister
en la Royal Infirmary hasta que dejó su puesto en octubre de 1867; este
concluyó que el ácido carbólico no era «superior, sino apenas igual a algunos
de los otros antisépticos de uso común [380] ». Como Ricketts, Morton pensaba
que los métodos de Lister eran anticuados y estaban en desacuerdo con su
«sistema» de tratamiento, como lo llamaba. Los caracterizó como «un modo
antiséptico de vendar» —uno de los muchos ya existentes—, y pensó que Lister
había «dejado correr la pluma con cierto apresuramiento» al elogiar sus
resultados [381].
Aunque
la antigua generación de cirujanos estaba dispuesta a ensayar tratamientos
antisépticos en pacientes, se resistía a aceptar la teoría de los gérmenes como
causantes de la putrefacción, que estaba en el mismo corazón del sistema de
Lister. Si los cirujanos seguían sin entender la causa de la infección, era
improbable que aplicaran un tratamiento correcto. En medio de este debate,
Lister se presentó en la Sociedad Médico-Quirúrgica de Glasgow con un discurso
en el que recalcó que los esfuerzos para dar con el tratamiento antiséptico
adecuado debían basarse en principios sólidos, es decir, los de Louis Pasteur
[382].
Morton
no solo encontraba fallos en los métodos de su colega Lister: tampoco aceptaba
la premisa de que los gérmenes fueran los culpables de la putrefacción. Morton
caracterizó la investigación publicada por Lister como un intento de causar
miedo. «La naturaleza aparece aquí como una arpía asesina —escribió—, a cuyas
diabólicas maquinaciones hay que poner freno. Es necesario engañarla para
corregir su comportamiento y ya no debemos confiar más en ella [383] ». Incluso
el director de The Lancet se negaba a usar la palabra «gérmenes», y en su lugar
hablaba de «elementos sépticos presentes en el ambiente [384] Para muchos
cirujanos en el apogeo de sus carreras era difícil asimilar el hecho de que
durante los últimos quince o veinte años podían haber matado inadvertidamente a
sus pacientes al permitir que las heridas se infectasen con pequeñas criaturas
invisibles.
El
tratamiento antiséptico de Lister también presentaba problemas prácticos. Se
creía que sus métodos eran demasiado complicados y que además estaban en
constante evolución. Aun aceptando que los gérmenes fuesen los culpables,
muchos cirujanos eran incapaces de seguir su metodología, o no estaban
dispuestos a hacerlo, con el nivel de precisión necesario para obtener los
resultados prometidos. Habían sido formados por una generación de cirujanos que
valoraban la rapidez y la factibilidad sobre la exactitud. «El señor Rouse ha
esponjado en ocasiones la herida en la sala de operaciones antes de efectuar
las suturas, pero al no haber encontrado ninguna ventaja en ello, ha abandonado
la práctica», rezaba un informe [385]. O, en otro, el señor Holmes Coote «no aprueba
el método de Lister, que considera entrometido [386] ». Otro cirujano aseguraba
que el tratamiento antiséptico de Lister era suficiente para destruir la
putrefacción una vez que se había establecido, pero no era bueno como medida
preventiva: «En cuanto a sus propiedades antipurulentas, aún no se han obtenido
esos resultados satisfactorios [387] ».
El
ilustre cirujano James Paget también había obtenido resultados ambivalentes
usando el tratamiento antiséptico de Lister en Londres. En el primer artículo
que publicó al respecto, reconoció que pudo haber aplicado el sistema de manera
incorrecta. Pero, poco tiempo después, Paget rechazó de plano el sistema de
Lister, afirmando que era peligroso, sobre todo en los casos en que el ácido
carbólico permanecía demasiado tiempo en la herida [388]. En esa ocasión, Paget
afirmó que había seguido de manera cuidadosa cada paso, «no con toda la
habilidad que el profesor Lister mostraría, pero con más de la que en general
se suele mostrar en el tratamiento de fracturas». El tratamiento antiséptico de
Lister «definitivamente no sirvió de nada», en opinión de Paget [389].
Dada
su importancia en la comunidad médica, el testimonio de Paget era crítico. No
era una sorpresa que la mayor resistencia al tratamiento antiséptico de Lister
proviniera de la capital. Conforme se sucedían los veredictos contra Lister, el
director de The Lancet llegó a preguntarse por qué Londres parecía ser tan
resistente a sus métodos. « ¿Las condiciones de supuración son diferentes de
las de Glasgow? —se preguntó chistoso—. ¿O es que el tratamiento antiséptico no
se lleva a cabo con ese cuidado sin el cual el señor Lister siempre ha señalado
que no tendría éxito?» [390]. Mientras otros aplicasen sus métodos de forma
chapucera o de mala gana, ganarse las mentes y los corazones era casi
imposible. Lister necesitaba darles un carácter más proactivo.
Capítulo
10
El
jardín de cristal
Siempre
recelamos de las nuevas opiniones, y en general nos oponemos a ellas por la
única razón de que aún no son comunes.[391]
JOHN
LOCKE
James
Syme vio cómo su ayudante le dirigía una mirada extraña desde el otro lado de
la habitación. Thomas Annandale lo había observado con atención toda la mañana
mientras examinaba a los pacientes en su consulta de Shandwick Place, y
empezaba a crisparles. Los dos últimos meses habían sido duros para el viejo
cirujano, y se sentía decaído. Era la primavera de 1869 y Syme tenía casi
setenta años. Su esposa, Jemima, había muerto de repente en febrero, dejando un
vacío en su corazón y en su hogar. Joseph Jackson, viudo también, escribió a su
hijo al conocer la noticia: «Lo sentí por tu estimado suegro, imaginando el
dolor y la desolación que debe sentir en casa». Millbank House no era lo mismo
sin la reconfortante presencia de Jemima.
Syme
sabía que sus amigos y su familia estaban preocupados por él. Pero aquella
mañana en particular sentía que la preocupación de Annandale era más
específica. Una hora antes, Syme había sentido que su boca se torcía levemente
cuando hablaba con un paciente y su mano temblaba mientras prescribía una
receta. Pero no pensó mucho en eso. Tal vez hubiera regresado por un momento su
tartamudeo o quizá tuviera que ver con la edad. Fuera cual fuese la causa,
Annandale hacía que se sintiera incómodo, y decidió poner fin a la situación.
Por si acaso el joven pensaba que él no había notado el pequeño episodio, Syme
anunció con voz fuerte y clara: «Qué curiosa sensación nerviosa tenía; sentía
como que quería hablar y no podía».
El
resto del día Syme llevó a cabo varias operaciones en la ciudad. Constantemente
veía los ojos de Annandale clavados en él. El joven cirujano se colocaba al
lado de Syme durante las operaciones. «Aunque observé con atención cada paso
—diría Annandale más tarde—, no detecté en las acciones del señor Syme [durante
las operaciones] nada fuera de lo normal». Y, sin embargo, no podía evitar
tener la impresión de que algo no iba bien. Ambos regresaron aquella tarde a la
clínica privada de Shandwick Place. El hijo y la sobrina de Syme le esperaban
en la consulta, y le dieron un breve respiro al estar ausente la mirada crítica
de Annandale. Tras una corta pero agradable conversación, Syme los despidió
para atender a su próximo paciente. Mientras cerraba la puerta de la consulta,
vio cómo su ayudante se acercaba a su familia para hablar con ellos en voz baja
en el pasillo [392].
Unos
minutos después se oyó un fuerte ruido. Syme se había desplomado.
* *
* *
Syme
había sufrido un derrame cerebro vascular paralizante y, aunque conservaba la
capacidad de hablar, el lado izquierdo de su cuerpo estaba paralizado. La
situación parecía desalentadora, pero los que le rodeaban eran optimistas. El
viejo cirujano se había recuperado de una apoplejía un año antes. Todos
suponían que el resultado sería el mismo la segunda vez. The Lancet dio la
noticia al mundo médico, afirmando que el ataque no era severo y que «se tienen
grandes esperanzas de una completa recuperación [393] ». Unas semanas después,
The Lancet volvía a informar sobre la salud de Syme. Había recuperado el
movimiento de la mano y era capaz de caminar por su jardín. «Solo nos hacemos
eco del sentimiento de toda la profesión —decía el artículo— cuando expresamos
el deseo de que el señor Syme pueda continuar durante mucho tiempo, si no
operando con su rara destreza, sí aportando sus opiniones tan claras sobre
aquellas cuestiones profesionales respecto a la cuales su gran experiencia y su
juicio perspicaz lo convierten en una autoridad [394] ».
Lister
y su esposa viajaron a Edimburgo para estar con Syme durante su convalecencia.
Agnes compartió el cuidado de Syme con su hermana Lucy, y de forma lenta pero
segura empezó a recuperarse. Pero el viejo cirujano no tardó en reconocer sus
propias limitaciones. Aquel verano renunció a su puesto de director de cirugía
clínica en la Universidad de Edimburgo con la esperanza de que Lister ocupase
su lugar [395]. Poco después, 127 alumnos de medicina de la universidad
escribieron a Lister implorándole que aceptara el puesto. «Damos este paso con
la convicción de que usted es el hombre más capaz —escribieron—, y de que sus
grandes logros y avances en cirugía conservarán la dignidad y el renombre de
los que el señor Syme revistió la cátedra y la universidad». Elogiaban a Lister
por sus contribuciones a la ciencia y sus recientes investigaciones con el
ácido carbólico: «Su método de tratamiento antiséptico inauguró una época muy
destacable en la historia de la cirugía británica, y conllevará una gloria
perdurable para la profesión y un inestimable beneficio a la humanidad [396] ».
Lister no necesitaba más persuasión. El 18 de agosto de 1869, fue elegido
catedrático de cirugía clínica de la Universidad de Edimburgo.
Fue
un feliz regreso, aunque se produjera en circunstancias trágicas. Uno de los
amigos de Syme escribió a Lister diciéndole que era una «gran alegría para
todos, en especial para el señor Syme, que creo que no habría querido vivir si
se hubiera elegido lo peor y perdido lo mejor [397] ».The Lancet celebró el
nombramiento, si bien los redactores de la revista se cuidaron de no respaldar
el tratamiento antiséptico de Lister: «Hemos apoyado con firmeza la candidatura
del señor Lister. […] Aunque las esperanzas que han despertado sus trabajos con
los antisépticos tienen que ser cualificadas, está bien pensado para promover
el carácter científico de la cirugía [398] ».
El
mes siguiente, Lister y Agnes se trasladaron de nuevo a Edimburgo. Se alojaron
de manera temporal en el número 17 de Abercromby Place antes de instalarse en
una lujosa casa en el número 9 de Charlotte Square. La mansión había
pertenecido a Syme antes de mudarse a Millbank, y aunque encargarse de mantener
aquella propiedad requería una enorme suma de dinero, Lister pudo permitírselo.
Había recorrido un largo camino desde sus días de cirujano asociado.
* *
* *
Mientras
tanto, el sistema antiséptico de Lister era cada vez más ridiculizado. Muchos
miembros de la comunidad médica tildaban a Lister de charlatán pretencioso
cuyas ideas eran, en el mejor de los casos, absurdas, y en el peor, peligrosas
[399]. En el hospital University College de Londres, el cirujano John Marshall
se burló del tratamiento antiséptico después de observar orina verde en una
mujer que había sido sometida a una mastectomía. Siguieron apareciendo
informaciones similares que sorprendieron a Lister. Ya era consciente de los
peligros del envenenamiento con ácido carbólico; había presenciado esos
resultados de primera mano, y años antes había advertido a los médicos que
aligeraran la solución. Se daba cuenta de que eso no era sino otro ejemplo de
fallos en sus métodos debido a que otros eran descuidados en la manera de
aplicarlos [400].
Una
de las voces más críticas era la de Donald Campbell Black, un cirujano de
Glasgow que calificaba el tratamiento antiséptico de Lister como «el último
juguete de la ciencia médica». Pensaba que los resultados de Lister se debían a
coincidencias y prevenía contra lo que llamaba la «manía del ácido carbólico».
Escribió que no había «nada más opuesto al verdadero progreso de la medicina y
la cirugía científicas» que los «pasatiempos» de cirujanos como Lister [401]. Y
aún más: Black se preguntaba si en realidad se había producido una mejora en la
Royal Infirmary. Había visto estadísticas de The Medical Times & Gazette
que indicaban que, en un período de ocho años, no hubo cambios en las tasas de
mortalidad por amputaciones y fracturas abiertas en el hospital de Lister.
De
1860 a 1862, un tercio de los pacientes que sufrieron amputación murieron. Una
cuarta parte de los que llegaron con fracturas abiertas, pero no fueron
sometidos a amputación, también murieron. Hubo tasas de mortalidad similares en
1867 y 1868, cuando Lister había introducido en el hospital su sistema
antiséptico. De hecho, aumentó ligeramente el número de pacientes que
fallecieron tras sufrir amputaciones, aunque estas estadísticas eran engañosas,
ya que representaban el total de fallecimientos en el hospital [402]. No todos
los cirujanos de la Royal Infirmary de Glasgow habían adoptado las técnicas de
Lister. Y entre los que aceptaron sus métodos, muchos no los aplicaron con la
precisión y coherencia necesarias para producir los resultados prometidos. En
el futuro, Lister tendría que distinguir sus éxitos de los de otros cirujanos
del mismo hospital para encarar este tipo de discrepancias.
Los
que aceptaban los resultados de Lister todavía albergaban dudas sobre las
razones reales de la disminución de las tasas de mortalidad. Varios médicos
afirmaron que su éxito se debía a mejoras generales en la higiene del nuevo
edificio del hospital destinado a cirugía, no solo a su sistema antiséptico.
Lister contraatacó: «Suponer que el tipo de cambio que he descrito en la
salubridad de mis salas puede contarse entre las causas mencionadas es
totalmente imposible [403] ». Reiteró que sus salas habían sido de las más
insalubres de la Royal Infirmary de Glasgow antes de comenzar a emplear el
ácido carbólico, llegando incluso a decir que era un «privilegio cuestionable
el de estar conectadas a la institución». Creía que la culpa era de los que
dirigían el hospital, los mismos que habían bloqueado su nombramiento en la
Royal Infirmary cuando se mudó a Glasgow. «Me vi envuelto —escribió Lister— en
una perpetua discusión con el cuerpo administrativo, que, deseoso de
proporcionar alojamiento en el hospital a la creciente población de Glasgow,
[…] estaba dispuesto a introducir camas adicionales [404] ». Los
administradores mandaron derribar una pared alta en las salas para mejorar la
circulación de aire, pero lo hicieron después de haber tratado a pacientes con ácido
carbólico durante nueve meses. Lister creía que esto no podía explicar la
disminución de las tasas de mortalidad en sus salas. En cuanto a las personas
que atribuían su éxito a la mejora de la dieta y al aumento de las raciones en
sus salas, Lister escribió que la idea de que solo la dieta podría eliminar la
piemia, la erisipela y la gangrena hospitalaria «difícilmente entraría en la
cabeza de un médico inteligente [405] ».
Las
observaciones de Lister sobre el estado de la Royal Infirmary de Glasgow no
pasaron inadvertidas a los administradores del hospital, muchos de los cuales
ya manifestaban desdén por el innovador cirujano. Henry Lamond, secretario de
los administradores, no tardó en responder. En carta al director de The Lancet,
Lamond dijo que las acusaciones de Lister «referentes a la supuesta
insalubridad y al estado del hospital […] son injustas y no están respaldadas
por los hechos [406] ». Los administradores creían que el tratamiento
antiséptico de Lister había contribuido muy poco a la disminución de las tasas
de mortalidad en el hospital en los últimos años. Sostenían que «la mejora en
la salubridad y el satisfactorio estado del hospital, que han reconocido tanto
el departamento médico como el quirúrgico, se debe sobre todo a una mayor
ventilación, una dieta mejorada y unos cuidados excelentes, necesidades estas a
las que los administradores han dedicado tanta atención en los últimos años».
La
crítica más públicamente negativa fue la de Thomas Nunneley, un cirujano inglés
de Leeds que se enorgullecía de no haber permitido que un solo paciente suyo
fuera tratado con ácido carbólico. En su discurso de 1869 ante la Asociación
Médica Británica dijo que el sistema antiséptico de Lister se basaba en
«fantasías infundadas, que no existen más que en la imaginación de quienes
creen en ellas». Y pensaba que la teoría de los gérmenes que Lister defendía
era absurda: «Esta especulación de los gérmenes orgánicos es, me temo, mucho
más que una falacia inocente —dijo a los asistentes a la conferencia, entre
ellos James Y. Simpson—. Es algo muy dañino —continuó— porque enseñar […] que
las desesperantes consecuencias que tan a menudo tienen las heridas son efecto
de una sola causa y deben prevenirse simplemente tratándolas […] conduce a
ignorar esas numerosas causas, a menudo complicadas [407] ».
En
su respuesta a Nunneley, Lister apenas podía ocultar su disgusto: «Que se
oponga de manera dogmática a un tratamiento del que tan poco entiende y que,
según él mismo admite, nunca ha empleado, es algo que no merece un comentario
[408] ». Viendo la creciente frustración que le producían a su hijo estos
ataques, Joseph Jackson trató de consolarlo. En una carta escribió: «Por muy
lenta e imperfecta que sea la adopción de las mejoras que tú recomiendas, y por
menospreciadas o discutidas que sean tus afirmaciones, es estupendo que te
hayan permitido ser el introductor de una bendición tan grande para tus
semejantes mortales como el tratamiento antiséptico [409] ».
* *
* *
Mientras
Lister libraba una guerra dialéctica con los escépticos, le llegaron nuevas y
preocupantes noticias de su familia. Unas semanas después de trasladarse a
Edimburgo, recibió un mensaje de su hermano Arthur, que hacía poco había
viajado a Upton para ver a su padre. Arthur confesó que no estaba «preparado
para ver un cambio tan grande en nuestro querido papá [410] ». Joseph Jackson
se encontraba tan débil que apenas tenía fuerzas para volverse en la cama.
Contaba ochenta y tres años y siempre había sido un hombre robusto, pero en
años recientes Lister había empezado a advertir pequeños cambios en él. Había
sufrido una tos severa unos meses antes, y en una de sus últimas cartas a
Lister se quejó de una infección dérmica en el tobillo. Aún más revelador era
el hecho de que la letra de su padre, antes clara y con buena caligrafía, se
había vuelto cada vez más ilegible, un indicio seguro de que la coordinación
del octogenario empezaba a fallar, al igual que la de Syme después de la
apoplejía.
Lister
hizo las maletas y viajó a Londres. Llegó a tiempo. Cinco días después, el 24
de octubre de 1869, Joseph Jackson murió. La pérdida afectó mucho a Lister.
Siempre que se sentía inquieto e inseguro sobre el camino que debían tomar su
vida y su carrera, Joseph Jackson había sido para él la luz que lo guiaba y la
voz de la razón. Cuando Lister había considerado dejar la carrera de medicina y
hacerse pastor cuáquero, su padre le aconsejó que ese era el rumbo equivocado,
y poco a poco lo dirigió hacia el que más le convenía. Lister echaría de menos
los apreciados consejos de su padre.
Profundamente
afligido, Lister escribió a su cuñado Rickman Godlee. Le contó el extraño sueño
que había tenido la última noche en el hogar de su infancia. En el sueño,
Lister bajaba de su dormitorio de Upton House y era recibido cordialmente por
su padre. «Me daba la mano con cariño y me besaba como solía hacer cuando yo
era niño», escribió Lister. Intercambiaban algunas palabras antes de que Lister
preguntara a su padre si había dormido bien después de su largo viaje. Joseph
Jackson respondía que no había dormido, pero estaba bastante bien, y los dos se
alegraban. Entonces Lister notaba que su padre se aferraba a un pequeño libro
que, pensaba, contenía notas de su viaje. En ese momento, Lister despertó y
pensó en lo interesante que habría sido leerlas [411].
Terminó
su carta con un serio y casi poético deseo: « ¿Te encontraré en esa tranquila
orilla?».
* *
* *
Dos
semanas después de morir su padre, Lister impartió la clase introductoria a sus
nuevos estudiantes en la Universidad de Edimburgo. Rindió homenaje a Syme, que
estaba presente. «Todos podemos regocijarnos de que nuestro maestro esté
todavía entre nosotros», afirmó Lister, quizá pensando en su padre. Dijo eso a
los jóvenes allí reunidos porque tenía «libre acceso al inagotable pozo de
sabiduría y experiencia [de Syme], y a través de mi enseñanza seguirá siendo de
algún modo vuestro maestro [412] ».
El
estado de Syme se había agravado. Pocos meses después de la clase inaugural de
Lister, el viejo cirujano perdió la capacidad de hablar. Tampoco podía
deglutir, algo fatal en una época en que no existían sondas para alimentar a
los enfermos. Estaba claro que esta vez Syme no se recuperaría. El 26 de junio
de 1870, «el Napoleón de la cirugía» falleció.
El
mundo médico sintió la pérdida de tan eminente cirujano. Los colaboradores de
The Lancet la lamentaron: «Con el señor Syme desaparece uno de los pensadores
más coherentes, y tal vez el mejor profesor de cirugía del mundo, […] no será
olvidado mientras cualquiera de sus alumnos viva, y como cirujano será siempre
recordado cuando los hombres necesiten del arte de la cirugía [413] ». Y los
redactores del British Medical Journal dijeron de él que «no puede haber
vacilación en colocar al señor Syme en primera fila entre nuestros cirujanos
modernos [414] ».
Lister
sintió su muerte más que nadie. Había perdido dos figuras paternales en un año.
Y desaparecido Syme, quedaban pocos cirujanos a quien consultar. El sobrino de
Lister diría más tarde que mientras Syme viviera, sería reconocido como «el
primer cirujano de Escocia». Con su muerte, la nación otorgaría ese honor a
Joseph Lister.
* *
* *
Hasta
entonces, la comunidad médica parecía reacia a aceptar la idea de que unos
organismos microscópicos causaran enfermedades. Como sagazmente observó uno de
los asistentes de Lister: «Un nuevo y gran descubrimiento científico siempre es
capaz de dejar tras de sí una larga estela de reputaciones mutiladas entre los
que fueron campeones de un método más antiguo. Es duro para ellos perdonar al
hombre cuyo trabajo ha hecho irrelevante el suyo [415] ». Si era difícil para
un cirujano más viejo «desaprender» decenios de ortodoxia, mucho más fácil
sería, pensó Lister, convertir a los nuevos estudiantes a sus teorías y
métodos. Él ya se había ganado seguidores en Glasgow, y ahora esperaba hacer lo
mismo en Edimburgo.
La
principal característica del curso de Lister era la demostración. Sus clases se
centraban a menudo en las teorías de la infección, que se complementaban con
historias de casos y pruebas en el laboratorio. Lister ofrecía un tesoro de
recomendaciones, advertencias e ilustraciones basadas en sus propias
experiencias. Incluso llevaba pacientes de las salas a la de operaciones cuando
instruía a sus estudiantes en el hospital. El objetivo de Lister no era
enumerar hechos, sino inculcar principios. Un estudiante recordaba que, aunque
el tema era nuevo para él, los «hechos eran tan clara y lógicamente expuestos
que pensé que sería difícil encontrar otro enfoque a la cuestión [416] ».
William Watson Cheyne —que más tarde llegaría a ser un célebre cirujano y un defensor
de la antisepsia— señaló la diferencia entre el curso de Lister sobre cirugía
sistemática y otro impartido por otro profesor cuando era estudiante en
Edimburgo. Este último consistía en «exposiciones muy aburridas llenas de
curiosas teorías sobre las reacciones del cuerpo y la inflamación» que eran
«bastante ininteligibles para mí», escribió. En cambio, Cheyne dijo sentirse
«entusiasmado con la maravillosa concepción que Lister nos transmitía», y que
ya el primer día de clase salió convertido en un «entusiasta de la profesión
[417] ».
Los
estudiantes de Lister esperaban mucho de su profesor, y él, a su vez, esperaba
mucho de ellos. Dirigía el aula como un policía. Como era costumbre en la
época, los estudiantes presentaban tarjetas con sus nombres cuando asistían a
una clase. Esto permitía al profesor anotar ausencias. Utilizando este sistema,
Lister expulsaba a aquellos que solían faltar a clase. Él mismo recogía las
tarjetas de admisión junto a la puerta cuando los jóvenes entraban en su
santuario. Lo hacía para asegurarse de que los estudiantes no acudiesen con una
tarjeta de más con el nombre de un amigo ausente, una práctica común que Lister
aborrecía. «Todo lo que haga a un hombre pensar que es indiferente que escriba
o cuente una mentira es muy pernicioso —escribió—, porque luego redactará
mentiras con la misma indiferencia [418] ». También controlaba el acceso al
aula para que los estudiantes no lo interrumpieran con retrasos. «Tengo todas
las entradas o salidas arregladas para que nadie pueda entrar en la clase
después de un tiempo determinado —afirmó—, y los estudiantes solo pueden salir
por una única puerta [419] ».
Muchos
profesores de la Universidad de Edimburgo eran conocidos por perder los nervios
y abandonar furiosos un aula cuando no podían controlar a los alumnos rebeldes.
Pero Lister mandaba en la clase de un modo en que los demás eran incapaces. Su
aula era un lugar reverenciable donde se acudía a rendir culto a la ciencia.
Como dijo uno de sus antiguos alumnos: «Se oyó en su presencia un repiqueteo
hecho con algún pequeño objeto; nos llamó la atención y lanzó un hechizo de
seriedad sobre todos nosotros». Solo una vez se rompió ese hechizo, y fue
cuando un joven bromeó «con voz sonora y clerical» sobre el tratamiento
antiséptico de Lister. Lister se volvió al bromista y le lanzó una mirada
triste y compasiva. El efecto fue mágico, dijo un estudiante que un año después
se enteró de que aquel molesto alumno había muerto de una parálisis general.
«Entonces no sabíamos nada de espiroquetas (las bacterias causantes de la
sífilis), y se decía en broma que Júpiter lo había fulminado por el sacrilegio
[420] ».
Lister
ponía a sus ayudantes quirúrgicos un elevado listón, al igual que a sus
alumnos. Un día causó sensación cuando le pidió a su ayudante quirúrgico un
cuchillo mientras atendía a un paciente en las salas. El asistente le dio un
bisturí cuyo filo Lister probó en la palma de la mano y encontró defectuoso.
Con paso lento y solemne, Lister cruzó la sala y echó el instrumento al fuego.
Repitió la petición. El ayudante le dio otro bisturí y Lister lo arrojó de
nuevo al fuego. «Los pacientes se quedaron asombrados ante el extraordinario
espectáculo del profesor quemando instrumentos; los estudiantes, atónitos y
atentos, miraban ora a Lister, ora a mí, y los que se hallaban en los
alrededores de la multitud de repente sintieron gran curiosidad por descubrir
qué sucedía allí», escribió el ayudante. Lister regresó una vez más y pidió
otro cuchillo. Temeroso y tembloroso, el joven le dio un tercer bisturí. Este
fue por fin aceptado. Lister miró directamente al asistente a la cara antes de
reprenderle: « ¿Cómo se atreve a darme, para que lo use con este pobre hombre,
un cuchillo que no le gustaría que usara con usted?» [421].
Lister
tenía razones para ser estricto con sus estudiantes y sus ayudantes. Todo éxito
en el procedimiento y la aplicación del vendaje antiséptico era una prueba
contra la doctrina de la generación espontánea. La vida no surgía de novo, como
sus alumnos podían ver bien cuando la infección no se producía. Sus informes en
The Lancet quizá no eran suficientes para convencer a algunos cirujanos de la
validez de la teoría de los gérmenes, pero sus alumnos veían con sus propios
ojos los efectos del sistema antiséptico cada vez que lo acompañaban a las
salas. Si ver era creer, Lister estaba formando a un grupo de discípulos:
hombres que se licenciarían y difundirían sus ideas más allá de los estrechos
confines de la universidad. Sus seguidores, más tarde conocidos como los
«listerianos», no tardarían en dominar las instituciones y la ideología de la
cirugía británica, difundiendo la doctrina de la antisepsia con una devoción
reverencial.
* *
* *
El
anuncio del sistema antiséptico de Lister en 1867 fue solo el comienzo del
trabajo sobre las heridas putrefactas. Lister siguió experimentando con el
ácido carbólico, lo que implicaba afinar y hacer ajustes en sus métodos. De
hecho, los alumnos de Lister —que continuamente asistían a una demostración con
una determinada técnica en mente, descubrían que su profesor ya había
desarrollado un nuevo método desde la última vez— esperaban ya esos cambios.
Esto subrayaba para ellos el valor de la experimentación en medicina, y era una
prueba de que la agudeza observacional y la precisión podían introducir mejoras
en la cirugía [422].
Desde
el principio, Lister había defendido la esterilización general y total con
ácido carbólico, desde la de los instrumentos hasta la de las manos del
cirujano, un protocolo que con el tiempo corroería su piel. Pero las ligaduras
—que eran esenciales para atar los vasos sanguíneos en las amputaciones o
cortar el paso de la sangre en los aneurismas— aún eran problemáticas, incluso
después de empezar a empaparlas en ácido carbólico. Era costumbre atar con
firmeza y dejar uno o ambos extremos del nudo lo bastante largos para que
sobresalieran de la herida. Los cirujanos hacían esto en parte para permitir el
drenaje y en parte para facilitar la retirada de la ligadura una vez
cicatrizada la herida. Por desgracia, este método dejaba una vía abierta a los
contaminantes.
Lister
creía que si conseguía impedir la infección, no habría drenaje y, por lo tanto,
no habría necesidad de ligaduras que colgaran de la herida. Pero necesitaba un
material fuerte y flexible que pudiera anudarse con facilidad y permanecer
intacto hasta que cumpliera su propósito, o bien quedara inactivo y fuese
absorbido por el cuerpo. Al principio, Lister eligió la seda empapada en ácido
carbólico porque su superficie lisa era poco probable que irritara los tejidos.
Entonces se le ocurrió hacer un corte en el cuello de un caballo y ató la
arteria principal con una ligadura de seda. Seis semanas después el caballo
murió inesperadamente de una afección no relacionada con el experimento. En
aquel momento Lister se encontraba en la cama con un enfriamiento, por lo que
pidió a su ayudante Hector Cameron que diseccionara el lado izquierdo del
cuello del caballo y le informara más tarde ese mismo día. A las once de la
noche, Cameron llevó una muestra al cirujano enfermo, que se obligó a
levantarse y trabajar hasta primeras horas de la mañana para aislar la zona
ligada. Era como había predicho: la seda permanecía, pero estaba encapsulada en
tejido fibroso.
Lister
no tardó en probar las ligaduras de seda en un paciente humano. Una mujer con
un aneurisma en una pierna había acudido a él. Lister empapó la seda en ácido
carbólico antes de usarla para atar la arteria que alimentaba la hinchazón. La
paciente sobrevivió, pero murió diez meses después al sufrir un segundo
aneurisma. Lister obtuvo el cadáver y realizó un examen post mortem. Descubrió
que la ligadura de seda había sido absorbida; sin embargo, había una pequeña
bolsa de pus cerca de la abertura que Lister se temió que pudiera ser el
comienzo de un absceso. Estaba claro que las ligaduras de seda no serían a la
larga la solución que esperaba. Entonces se fijó en un material orgánico: la
tripa [423].
La
palabra catgut o «tripa de gato» usada en inglés es inexacta. La cuerda de
tripa está hecha de intestino de oveja o cabra, y a veces también de entrañas
de ganado —cerdos, caballos, mulas o asnos—. Una vez más, Lister probó la
ligadura en un animal antes de hacerlo con humanos, y esta vez eligió un
becerro. Su sobrino Rickman John Godlee le ayudó en el experimento: «Guardo un
vívido recuerdo de la operación, […] el afeitado y lavado de la parte, la
atención meticulosa a cada detalle antiséptico, el vendaje formado por una
toalla empapada en aceite carbólico y el Buda de alabastro de mi abuelo en la
repisa chimenea contemplando con mirada inescrutable los servicios de la bestia
al hombre [424] ». Un mes después, el becerro fue sacrificado, la carne repartida
entre los ayudantes de Lister y la arteria examinada. La ligadura de tripa
había quedado absorbida por completo por el tejido circundante.
Desgraciadamente,
cuando Lister empezó a probar la ligadura de tripa en seres humanos, descubrió
que el material era absorbido con tanta facilidad que ponía al paciente en
riesgo de hemorragia secundaria. Experimentó con una amplia variedad de
soluciones de ácido carbólico y pudo retardar el proceso. Después de publicar
su informe en The Lancet, los redactores de la revista comentaron que la
ligadura de tripa prometía ser «mucho más que una mera contribución a la
cirugía práctica» porque demostraba que el material orgánico muerto podía ser
absorbido por un cuerpo vivo [425]. La ligadura de tripa se convirtió en una
parte normal del tratamiento antiséptico de Lister, y fue un ejemplo de las
muchas formas en que su sistema evolucionó durante esos años formativos.
De
hecho, su obsesión por mejorar las ligaduras de tripa abarcó toda su carrera.
Después de trasladarse a Edimburgo, comenzó a tomar con meticulosidad notas de
sus experimentos en cuadernos de trescientas páginas y tamaño folio, de los
cuales había cuatro cuando se retiró. La primera entrada en el primero de estos
cuadernos, con fecha del 27 de enero de 1870, era sobre la ligadura de tripa. Y
las notas de investigación concluyen con el mismo tema en 1899 [426].
* *
* *
A
medida que los métodos de Lister evolucionaban, los escépticos consideraban que
estas constantes modificaciones evidenciaban su admisión de que el sistema
original no funcionaba. No veían tales ajustes como parte de la progresión
natural de un proceso científico. James Y. Simpson volvió a intervenir en la
controversia, aconsejando un planteamiento casi fatalista del problema que
aquejaba a los hospitales del país. Si la contaminación cruzada no podía
controlarse, argumentó, entonces los hospitales deberían ser periódicamente
destruidos y construidos de nuevo. Incluso el viejo profesor de Lister, John
Eric Erichsen, adoptó esta opinión. «Una vez que un hospital ha quedado
irremediablemente afectado por la piemia, es imposible desinfectarlo por
cualquier medio higiénico conocido, tanto como desinfectar un viejo queso de
los gusanos que se han reproducido en él», escribió. Solo había una solución en
la mente de Erichsen y no era el sistema antiséptico de su antiguo alumno.
Erichsen abogaba por la completa «demolición del edificio infectado [427] ».
Pero,
aun con toda la oposición que encontraba, Lister también libraba una batalla
con personas de ideas afines que reconocían la naturaleza revolucionaria de su
trabajo. En un principio, su sistema antiséptico recibió más apoyo en el
continente que en Gran Bretaña; tanto es así que, en 1870, franceses y alemanes
pidieron a Lister que les enseñara algunas pautas para tratar a los soldados
heridos que combatían en la guerra franco-prusiana. Una consecuencia de ello
fue que el médico alemán Richard von Volkmann se convirtió en su fervoroso
devoto después de que su hospital de Halle —superpoblado con soldados heridos
de la guerra y tan terriblemente sobrepasado por las infecciones que su
clausura era inminente— logró resultados asombrosos empleando los métodos de
Lister [428]. El sistema de Lister fue luego adoptado por otros cirujanos
europeos, entre ellos un danés llamado M. H. Saxtorph, que le contó en una
carta sus buenos resultados. Armado con este testimonio, aguijoneó a los
cirujanos de Londres que habían sido más críticos con su tratamiento
antiséptico: «Tendría que parecer extraño que se hayan obtenido resultados como
estos en Copenhague y en cambio hayan sido hasta ahora tan escasos en la
capital de Inglaterra [429] ».
De
forma lenta pero decidida, cirujanos de su propio país comenzaron a salir en su
defensa. Uno de ellos fue Thomas Keith, un pionero de la ovariotomía, un
arriesgado procedimiento para extirpar tumores ováricos de la cavidad
abdominal. Durante la mayor parte del siglo XIX, la ovariotomía fue una
intervención muy controvertida. Los que se atrevían a llevar a cabo un
procedimiento tan invasivo eran llamados «destripadores» por la larga incisión
que hacían en el abdomen de sus pacientes, que a menudo causaba sepsis [430].
Keith
defendió a Lister de los ataques anteriores de Donald Campbell Black, quien no
solo había rechazado el trabajo de Lister, considerándolo el último juguete de
la medicina, sino que también puso a Keith de su parte en su crítica del
sistema antiséptico. Keith respondió a Black en el British Medical Journal. Al
contrario de lo que Black había insinuado, Keith había vendado heridas
«exactamente como he visto hacer al señor Lister», y con gran éxito. Estaba
consternado por el hecho de que Black, un cirujano de Glasgow, atacara a un
colega cuando Lister había elevado la reputación de la escuela de medicina de
la ciudad y le había dado renombre. En su opinión, el sistema antiséptico era
el futuro: «Creo que solo ahora empiezo a darme cuenta de lo mucho que el
método antiséptico del señor Lister y sus ligaduras de animal carbolizadas
harán por la cirugía [431] ». E. R. Bickersteth, un cirujano de la Royal
Infirmary de Liverpool, también informó de numerosos casos en los que había
empleado con eficacia ligaduras antisépticas de tripa. Consideraba que el
método antiséptico era «un inmenso avance hacia la perfección de nuestro arte
[432] ».
Por
entonces, Lister ya había respondido a las acusaciones de que las tasas de
mortalidad no habían disminuido en la Royal Infirmary de Glasgow después de
introducir él su tratamiento antiséptico. Comparó el número de muertes en sus
salas de 1864 a 1866 con las de 1867 a 1868, tras comenzar a utilizar el ácido
carbólico. Lo que encontró fue que 16 de las 35 personas que habían sufrido
amputaciones murieron en 1864 y 1866, antes de introducir su tratamiento
antiséptico frente a solo 6 de 40 en los últimos años.
El
informe indujo al director de The Lancet a recomendar por segunda vez a los
hospitales de Londres que probasen los métodos antisépticos de Lister de manera
«franca y formal». Sugirió que los propios alumnos de Lister supervisaran los
experimentos. Lo que se había conseguido en Glasgow «debería conseguirse en
Londres», concluyó el director de la revista [433]. Y así, en 1870, todas las
miradas se volvieron hacia la capital.
* *
* *
Volvamos
a Edimburgo. John Rudd Leeson se había licenciado hacía poco como cirujano
cuando se acercó a la casa de Joseph Lister. El hombre estaba visiblemente
nervioso. La casa era «como un foso que hacía a Lister más inaccesible» de lo
que ya le pareció a Leeson mientras subía los amplios escalones que conducían a
la puerta principal. Había ido a preguntar al renombrado profesor si podía
poner su nombre en una lista de espera para convertirse en uno de sus ayudantes
quirúrgicos en el hospital. Aunque Leeson había atendido las salas de Lister,
todavía le faltaba hablar directamente con el hombre a quien tanto admiraba.
El
mayordomo, un hombre adusto apodado señor Cachiporra, condujo a Leeson al
estudio privado de Lister, que estaba sentado al escritorio, y cerró la puerta
tras él. El joven cirujano se encontró en una majestuosa sala dominada por
estanterías de caoba acristaladas y grandes ventanales orientados al norte.
Lister se levantó para saludar a Leeson. «Instintivamente sentí que estaba en
presencia de […] la encarnación de un propósito elevado», escribió. El
experimentado cirujano recibió al principiante Leeson con lo que él describió
como una «amable y encantadora sonrisa». Después de una breve conversación,
Lister sacó un pequeño libro de registros de uno de los cajones del escritorio
y anotó el nombre del visitante en sus páginas. Le dijo que podía comenzar a trabajar
como su ayudante quirúrgico el próximo invierno.
Cuando
Leeson se volvió para irse, vio algo extraño en una mesa frente a las ventanas.
Brillando bajo la luz del sol y cubiertas con protectores de vidrio oscuro
había varias filas de tubos de ensayo medio llenos de diversos líquidos y
taponados con algodón: era el jardín de cristal de Lister. «Nunca había visto
una colección de objetos tan curiosa, ni podía formarme la menor conjetura
sobre qué eran y de por qué estaban tapados con algodón —escribiría más tarde—.
En mi experiencia con tubos de ensayo, estos siempre estaban abiertos, y no
recuerdo haberlos visto nunca cerrados».
Al
advertir el repentino interés en el rostro del joven cirujano, Lister se le
acercó enseguida y se sintió encantado de enseñarle su extraña colección de
líquidos. Dijo que algunos estaban turbios y mohosos mientras que otros
permanecían claros. «Traté de mostrar un interés inteligente —confesó Leeson—,
pero no tenía la menor idea de qué era aquello». Mientras el profesor
pontificaba sobre sus más recientes experimentos sobre las causas de la
putrefacción, Leeson se maravilló de que el renombrado cirujano tuviera tiempo
para dedicarse a cosas tan irrelevantes y poco corrientes.
Con
la esperanza de concluir el encuentro con broche de oro, Leeson sacó a colación
un tema del que podía hablar con conocimiento. Fue cuando su mirada se posó
sobre el gran microscopio Powell y Lealand que se hallaba en el escritorio de
Lister. Le dijo al profesor que el reverenciado y octogenario docente de
prácticas del hospital Saint Thomas de Londres, que le había enseñado anatomía,
utilizaba un instrumento similar. Los ojos de Lister brillaban de emoción:
mencionar el microscopio «parecía devolverlo a la realidad». Habló entusiasmado
con Leeson sobre la importancia del instrumento para el futuro de la cirugía.
«No
tenía la menor idea de que [el microscopio] tuviera alguna relación con los
tubos de ensayo taponados», diría después Leeson. Aunque había pasado dos años
y medio en uno de los hospitales más grandes y progresistas de Londres, el
cirujano recién licenciado dijo que «nunca había oído hablar de microbios […]
y, ciertamente, no tenía la menor idea de que tuvieran alguna relación con la
medicina o la cirugía [434] ». El papel del conocimiento y la metodología
científicos en la práctica médica —que fue esencial para la transición de
«matasanos» a cirujanos profesionales— aún no se había establecido. Pero la
corriente iba a favor de Lister.
Capítulo
11
El
abceso de la reina
La
verdad escuchada de sus labios prevaleció con doble fuerza, y los necios que
vinieron a burlarse se quedaron para suplicar.[435]
OLIVER
GOLDSMIT
El 4
de septiembre de 1871, el coche de Lister se detuvo junto a la gran entrada al
castillo de Balmoral, corazón de la extensa propiedad de la reina Victoria en
las Highlands de Escocia. El día anterior, Lister había recibido un telegrama
urgente que solicitaba su presencia en la residencia real. La reina estaba
gravemente enferma. Un absceso en la axila había aumentado hasta adquirir el
tamaño de una naranja, pues ya medía quince centímetros de diámetro. Con Syme
muerto, Lister era entonces el cirujano más famoso de Escocia, por lo que era
natural que le consultaran sobre un asunto serio relacionado con la salud de la
reina.
Los
problemas de Victoria habían comenzado unas semanas antes al sufrir unas
anginas. Poco después sintió dolor e hinchazón en el brazo derecho. En una
entrada de su diario, la reina se quejaba del estado de su brazo: «el brazo
[no] está mejor, y no responde a ningún tratamiento [436] ». Los médicos
rogaron a la reina que permitiese que la viera un cirujano. Al no reconocer la
gravedad de la situación, se opuso, pero prometió que lo pensaría. Varios días
después, cuando el dolor se hizo insoportable, Victoria finalmente accedió.
* *
* *
El
escrupuloso cirujano llevaba con él todo lo que necesitaría para operar,
incluido su último invento: el aerosol carbólico. La idea de ese aparato se le
había ocurrido unos meses antes, en parte inspirada por una serie de
experimentos realizados por el físico británico John Tyndall. Haciendo pasar
por el aire un rayo de luz concentrada, Tyndall demostró el gran contenido de
polvo que flotaba en la atmósfera. Y observó que, cuando el aire estaba libre
de partículas, la luz desaparecía. Utilizando calor, Tyndall preparó una
muestra de aire libre de polvo y demostró que las soluciones putrescibles
expuestas a ella permanecían estériles, mientras que al contacto con el aire
que contenía polvo no tardaban en corromperse por la acción de las bacterias y
el moho. Habló con asombro del número de partículas del aire que «se
arremolinan […] en nuestros pulmones cada hora y cada minuto de nuestras
vidas», y expresó su preocupación por los efectos que tendrían en los
instrumentos quirúrgicos en particular [437]. Para Lister, esto reforzaba la
idea de que los gérmenes presentes en el aire debían ser destruidos en los
recintos donde se practica la medicina. Lister había diseñado el aerosol
carbólico para esterilizar el aire en torno al paciente, tanto durante una
operación como después de esta, al cambiar los apósitos. Pero también tenía
otro propósito. Creía que el aerosol reduciría la necesidad de irrigación
directa de la herida con ácido carbólico, que a menudo dañaba la piel y
aumentaba el riesgo de inflamación e infección.
Al
principio el aparato era un dispositivo accionado manualmente, pero, como todas
las innovaciones de Lister, con el tiempo fue modificado. Una de sus formas más
tardías, llamada coloquialmente donkey engineo «borriquito auxiliar», consistía
en un gran atomizador de cobre montado sobre un trípode de unos noventa
centímetros de alto. Del atomizador sobresalía un brazo de treinta centímetros
de largo que servía para dirigir la pulverización. El mecanismo pesaba cuatro
kilos y medio, y era un instrumento engorroso de transportar, ya que requería
de la asistencia de los ayudantes de Lister, que se turnaban para accionar el
aparato durante muchas horas en la sala de operaciones. Un antiguo alumno de
Lister escribió que «los ciudadanos de Edimburgo se acostumbraron a ver [a
Lister] transportándolo por las calles, pues compartía incómodamente asiento en
su berlina con esta formidable máquina de su particular guerra [438] ».
Por
cómico que resultase ese aparato mecánico, el uso del aerosol carbólico fue un
hecho importante en la historia de la medicina. Antes, los críticos podían
considerar el tratamiento de Lister una extensión de los métodos tradicionales,
que incluían la limpieza de las heridas con algún tipo de antiséptico. Pero el
atomizador era una manifestación del compromiso de Lister con la teoría de los
gérmenes tal como la había propuesto Louis Pasteur. En aquel momento, se había
hecho poco por encontrar una forma de diferenciar un tipo de bacteria de otro,
y mucho menos de distinguir entre bacterias patógenas e inofensivas. Lister no
abandonaría el atomizador carbólico hasta unos decenios más tarde, cuando el
médico y microbiólogo alemán Robert Koch concibió una técnica para teñir y
cultivar bacterias en una placa de Petri (llamada así por su ayudante Julius
Petri). Esto permitió a Koch asociar microorganismos particulares con
enfermedades específicas y avanzar en la teoría de que las bacterias existen
como especies distintas, cada una produciendo un síndrome clínico único.
Utilizando su método, Koch demostró que los patógenos transmitidos por el aire
no eran los principales culpables de las infecciones de las heridas, por lo que
esterilizar el aire era inútil.
Pero
en 1871 Lister estaba muy comprometido con su técnica, y cuando lo llamaron a
la cabecera de la reina, se llevó consigo el atomizador carbólico. Cuando entró
en el gran dormitorio de Victoria en el castillo de Balmoral, estaba seguro de
que su sistema antiséptico salvaba vidas. Sin embargo, usar el ácido carbólico
en los pacientes del hospital era muy diferente de usarlo para tratar a una
reina, e incluso a su propia hermana. Su reputación quedaría en entredicho si
la intervención causaba un daño duradero a la monarca. Lister debió de sentir
una tremenda inquietud al examinar a Victoria y reconoció que su situación era
crítica. Si el absceso empeoraba, podría declararse cualquier enfermedad
séptica y la reina posiblemente moriría.
Victoria
dio a regañadientes su permiso para que se iniciara la operación. Más tarde,
ella confesaría en su diario: «Me sentí terriblemente nerviosa, pues soporto
mal el dolor. Se me administraría cloroformo, pero no mucho, porque estoy muy
lejos de encontrarme bien [439] ». De hecho, permaneció semialerta durante toda
la operación porque Lister decidió no administrar una dosis elevada del
anestésico debido al delicado estado de la reina.
El
cirujano solicitó la ayuda del médico real, William Jenner, a quien encomendó
la tarea de manejar el aerosol carbólico durante la intervención. En cuanto
Lister empezó a desinfectar sus instrumentos, sus manos y la zona afectada bajo
el brazo de la reina, Jenner comenzó a bombear al aire ácido carbólico,
llenando la estancia de su característico olor dulzón a alquitrán. Una vez
satisfecho con las cantidades de antiséptico saturando la zona inmediata,
Lister hizo una incisión profunda en el absceso de Victoria. Sangre y pus
salieron de la herida. Lister limpió con cuidado la incisión, mientras Jenner
continuaba con el enérgico bombeo de ácido carbólico, cubriendo a todos los que
se hallaban cerca de una blanca neblina de la sustancia corrosiva. En un determinado
momento, el médico real falló en el manejo del incómodo artefacto y
accidentalmente roció a la reina en la cara. Cuando ella se quejó, Jenner
respondió en broma que él solo era el hombre que accionaba los fuelles. Una vez
concluida la intervención, Lister vendó con cuidado la herida y dejó descansar
a la exhausta soberana.
Al
día siguiente, mientras Lister cambiaba los apósitos de Victoria, notó que se
había formado pus por debajo de la gasa que había colocado sobre la herida
quirúrgica. Lister necesitaba actuar con celeridad para evitar que la infección
progresara. Con el atomizador a la vista, tuvo una idea. Sacó el tubo de goma
del aparato, lo dejó toda la noche sumergido en ácido carbólico y, a la mañana
siguiente, lo insertó en la herida para drenar el pus. Al día siguiente, el
sobrino de Lister escribió que su tío «se llevó una gran alegría al no
encontrar nada que saliera [de la herida] como no fuera una gota o algo así de
suero claro [440] ». Lister diría más tarde que era la primera vez que usaba
tal drenaje. Su ingeniosa invención ad hoc, junto con su aplicación de métodos
antisépticos, sin duda salvó la vida de Victoria. Una semana después, Lister
salió del castillo de Balmoral y regresó a Edimburgo, satisfecho con la
recuperación de la reina [441].
De
nuevo en el aula, bromeó con sus alumnos: « ¡Caballeros, soy el único hombre
que le ha clavado un cuchillo a la reina!» [442].
* *
* *
No
tardaron en extenderse las noticias del éxito de Joseph Lister con la reina
Victoria, reforzando la fe en sus métodos. La reina le había dado al sistema
antiséptico de Lister un sello de aprobación real al permitirle operarla.
Además, James Y. Simpson había muerto de una afección cardíaca, lo cual ponía
fin a la discusión que había obstaculizado el trabajo de Lister durante varios
años.
Poco
después de la operación de la reina, Louis Pasteur viajó a Londres. Allí, John
Tyndall —que había visitado recientemente las salas de Lister en Glasgow—
mencionó por casualidad al científico francés que «un célebre cirujano inglés»
había hecho una importante contribución para comprender las causas de las
infecciones pútridas y contagiosas usando su trabajo como guía. Era la primera
vez que Pasteur oía hablar de Lister. Esto despertó su interés.
Los
dos hombres iniciaron una larga correspondencia. En sus cartas discutieron
experimentos, teorías y descubrimientos, manifestando su respeto y estima
mutuos [443]. Lister veía a Pasteur como el hombre que había proporcionado los
medios para entender la sepsis en las heridas. Y Pasteur estaba asombrado con
los avances de Lister en el tema. «Me sorprende enormemente —escribió— la
precisión de sus manipulaciones y su perfecta comprensión del método
experimental». También se sorprendió de que Lister pudiera encontrar tiempo
para realizar una investigación tan compleja mientras atendía a sus pacientes.
«Es un completo enigma para mí —escribió a Lister— que pueda dedicarse a
investigaciones que requieren tanto cuidado, tiempo e incesante y penosa labor,
y al mismo tiempo ejerza la profesión de cirujano, y de jefe de cirugía de un
gran hospital. No creo que aquí, entre nosotros, se pueda encontrar otro
ejemplo de tal prodigio [444] ». Esto era para Lister —un hombre que siempre
había depositado una fe inmensa en el método científico— el mayor cumplido que
podía recibir, sobre todo viniendo de una figura tan admirada como Pasteur.
A
medida que se extendía la fama de Lister, sus aulas se llenaban de estudiantes
y visitantes eminentes de todo el mundo que iban a Edimburgo para observar al
cirujano en acción. Lister viajó por el país exponiendo a un público de médicos
las virtudes de su sistema antiséptico [445][. Finalmente empezaron a aparecer
en Londres informes alentadores. La llamada a la acción de The Lancet había
funcionado: los hospitales de la capital volvían a probar la eficacia del
sistema antiséptico. Esta vez, los resultados fueron más esperanzadores que a
finales de la década de 1860, poco después de que Lister publicara sus
descubrimientos. El hospital Saint George informó de un aumento de la confianza
en los métodos de Lister entre su personal. El hospital de Middlesex manifestó
impresiones similares después de obtener resultados positivos tanto con ácido
carbólico como con cloruro de zinc. Pero el apoyo más fuerte se debió al
hospital de Londres, donde cerca de cincuenta procedimientos quirúrgicos
realizados el año anterior «destacaron por la pequeña incidencia de
contrariedades constitucionales producidas por lesiones muy severas [446] »
después de que los cirujanos comenzaran a emplear el sistema antiséptico.
Aunque
se dio un cambio perceptible de opinión respecto a la aceptación de los métodos
de Lister en la capital, hubieron de transcurrir varios años más antes de que
la antisepsia se adoptase mayoritariamente en Londres. Esto se debió en gran
medida al hecho de que muchos cirujanos de la ciudad no estaban dispuestos a
respaldar la teoría de Pasteur sobre los gérmenes como los causantes de la
putrefacción. Un cirujano londinense se burlaba de Lister y su trabajo pionero
cerrando de un estruendoso portazo su sala de operaciones para «dejar fuera a
los gérmenes del señor Lister [447] ». En una carta aparecida en The Lancet, un
corresponsal que firmó con el nombre de Flaneur hizo una perspicaz observación
sobre la lenta adopción de la antisepsia en la ciudad:
La
verdad es que se trata de una cuestión de ciencia más que de cirugía, y por lo
tanto, aunque adoptada con entusiasmo por los científicos alemanes y un poco a
regañadientes por él a medias científico escocés, la doctrina antiséptica nunca
ha sido en ningún grado apreciada o entendida por el tardo y práctico cirujano
inglés. Por fortuna para sus pacientes, lleva mucho tiempo aplicando un sistema
parcialmente antiséptico gracias a sus limpios instintos ingleses; pero ha sido
como la dama que hablaba en prosa sin saberlo.[448].
Era
más fácil para Lister convencer a los médicos de Glasgow y Edimburgo del valor
de su sistema antiséptico porque cada una de esas ciudades tenía un hospital y
una universidad céntricos. La comunidad médica de Londres estaba mucho más
fragmentada y su mentalidad era menos científica. La enseñanza clínica no era
tan común en la capital como en Escocia. Lister clamaba contra esto: «Si voy a
Londres y pregunto cómo se efectúa allí la instrucción en cirugía clínica, no
solo mi propia experiencia como estudiante en Londres […] sino también el
testimonio universal de los extranjeros que visitan la ciudad y luego vienen
aquí me dicen que, comparado con nuestro sistema aquí, es pura farsa [449] ».
Estos eran obstáculos que Lister no podía superar a menos que pudiera reformar
el sistema desde dentro.
Hubo
un grupo que nunca dudó del tratamiento antiséptico de Lister: el de las
personas que sobrevivieron gracias a él. Un anciano que había sido admitido en
el hospital tanto antes como después de que Lister introdujera su sistema en
las salas, comentó así las diferencias que vio: «Hombre, pues está bien claro:
ha habido una gran mejora desde que estuve aquí antes [450] ». Incluso personas
ajenas a la profesión que no habían sido pacientes de Lister contaban
recuperaciones milagrosas. En una carta a su cuñada, Agnes Lister relató la
historia de un joven que salvó la vida gracias al ácido carbólico después de
haber sufrido graves quemaduras mientras trabajaba en una fundición local.
Patrick Heron Watson —que fue cirujano asociado de Lister— se reunió con los
Lister el día del accidente. Le dijo al matrimonio que «no creía que el joven
pudiera recuperarse —escribió Agnes—, pero con la ayuda del ácido carbólico se
está recuperando y el caso ha despertado gran interés en varias fundiciones
[451] ». De hecho, representantes de los obreros fueron al hospital para
visitar al joven. Agnes escribió: «Los patronos del muchacho nombrarán al
doctor Watson cirujano de su fábrica y le darán un sueldo de 300 libras al
año». Otro cirujano asociado que trabajó con Lister escribiría más adelante:
«Si el reconocimiento por parte de sus colegas tardaba en llegar, los pacientes
que habían tenido experiencia en ambos sistemas, el viejo y el nuevo, no
tardaban en percibir la diferencia».
* *
* *
La
fama de Lister en el extranjero creció en 1875 durante una gira europea que
realizó con Agnes para mostrar sus métodos en el extranjero. Las salas que se
adhirieron a su sistema fueron muy alabadas por su «atmósfera fresca y
saludable» y la «ausencia de olores», y The Lancet calificó su gira por las
ciudades universitarias de Alemania, donde su sistema era particularmente
celebrado, de «marcha triunfal». Pero había una nación que no estaba convencida
de las virtudes de los métodos listerianos: Estados Unidos.
De
hecho, en varios hospitales norteamericanos, las técnicas de Lister habían sido
prohibidas; muchos médicos las veían como distracciones innecesarias y
demasiado complicadas, porque aún no habían aceptado la teoría de los gérmenes
como causantes de la putrefacción. Incluso a mediados de la década de 1870, la
forma de curar las heridas y tratar las infecciones apenas habían progresado, a
pesar de que las teorías y técnicas de Lister aparecieron en revistas médicas
norteamericanas. La mayor parte de la comunidad médica rechazaba sus métodos
antisépticos por considerarlos mera charlatanería. A pesar del escepticismo
transatlántico, Joseph Lister puso su mirada en el oeste cuando fue invitado a
defender sus métodos en el Congreso Médico Internacional de Filadelfia. Lister
sabía que, para producir algún cambio en las actitudes americanas, tendría que
predicar en persona. Pero resultó que convencer a los estadounidenses de las
virtudes de la antisepsia no era tan sencillo como esperaba.
* *
* *
Cinco
años después de operar a la reina, Lister estaba dispuesto a hacer frente a sus
críticos de América. En julio de 1876 se embarcó en el Scythia —el último de la
famosa línea naviera Cunard, con plena capacidad de navegación a vela y a
vapor— para hacer un viaje de Liverpool a Nueva York. El trayecto duraba
normalmente diez días, pero el navío fue sacudido por una violenta tempestad
que astilló el mástil de su vela principal, retrasándolo varias jornadas. Era
el primero de los muchos obstáculos que el cirujano encontraría en su viaje
norteamericano.
El 3
de septiembre, Lister tomó el tren de Nueva York a Filadelfia. Aunque no era un
hombre vanidoso, el cirujano de cuarenta y nueve años aún seguía la moda
entonces dominante: cabello ondulado a un lado y patillas meticulosamente
arregladas, ya encanecidas. Conservador en la vestimenta, se presentó en aquel
entorno con su chaleco ajustado y cuello alto almidonado. Había un ambiente de
emoción palpable, ya que a la ciudad afluían multitudes deseosas de visitar la
Exposición del Centenario de Filadelfia.
Lister
fue abordado en el andén por vendedores ambulantes que le ofrecían pequeños
paraguas pensados para proteger a sus usuarios del sol abrasador y de las
tormentas que ocasionalmente castigaban la ciudad en aquella época del año.
Estos artilugios podían montarse encima de un sombrero de caballero y ajustarse
con cintas atadas a los hombros. También vendían calañas, refrescantes bebidas
«árticas» y vasos con hielo. Muchachos vestidos con chaquetas cortas y corbatas
flojas ofrecían guías de viaje por una pieza de níquel a los recién llegados,
que pronto se quedaban boquiabiertos a la vista del extraordinario espectáculo
de la exposición.
Habían
transcurrido cien años desde la firma de la Declaración de Independencia en
Filadelfia, y la ciudad estallaba de orgullo patriótico en la celebración del
centenario. La Exposición del Centenario fue diseñada para mostrar el ascenso
de Estados Unidos al puesto de líder en la ciencia y la industria. En una era
de grandes ferias que celebraban la ciencia y el progreso, la concurrencia en
Filadelfia era incluso mayor que la que hubo en la Gran Exposición de Londres
de 1851, que Lister visitó con su padre. Presentaba 30.000 muestras de 37
naciones del mundo repartidas en un impresionante terreno de 180 hectáreas.
Unos 130 kilómetros de asfalto, que el calor sofocante derretía e hinchaba,
serpenteaban por el recinto ferial. El primer monorraíl del mundo transportaba
pasajeros a lo largo de 136 metros entre el Pabellón Hortícola y el Pabellón
Agrícola. Los visitantes miraban embobados una asombrosa exhibición de animales
exóticos, entre ellos una morsa de cuatro metros y medio, un oso polar y un
tiburón, todos expuestos junto a las armas que se usaron para cazarlos.
El
corazón de la feria era el Pabellón de Maquinaria, donde los visitantes podían
admirar las maravillas de la ingeniería de la época. Luces y ascensores
eléctricos recibían su energía de una máquina de vapor Corliss de 1.400
caballos, la más grande existente entre las de su clase, que pesaba 650
toneladas. Había locomotoras, vehículos de bomberos, prensas de impresión,
cascos de equipamiento minero y linternas mágicas. También se presentaron por
primera vez al público innovaciones recientes, como la máquina de escribir, una
calculadora mecánica y el teléfono de Alexander Graham Bell.
En
septiembre, la exposición recibía de promedio unos asombrosos 100 000
visitantes al día. Pero el cirujano británico, que había recorrido casi 7.000
kilómetros por mar hasta Estados Unidos, solo tenía un objetivo en su mente:
demostrar la eficacia de su sistema antiséptico. Mientras Lister se abría
camino entre la multitud, se preparaba para lo que podría esperar en el
Congreso Médico Internacional.
Uno
de sus críticos más feroces al otro lado del Atlántico, Samuel D. Gross, uno de
los principales cirujanos del país, y también un no creyente en la existencia
de los gérmenes, había invitado a Lister [452]. El cirujano norteamericano
estaba tan en contra del sistema antiséptico de Lister que un año antes había
encargado un cuadro para proclamar su fe en el statu quo quirúrgico. En el
Retrato de Samuel D. Gross (más tarde conocido como La clínica Gross), el
artista Thomas Eakins retrató una oscura y lúgubre sala de operaciones. Gross,
en el centro de la escena, opera a un niño con osteomielitis femoral. El
cirujano aparece rodeado de sus ayudantes, uno de los cuales examina la herida
del paciente con los dedos ensangrentados. En primer plano, los instrumentos no
esterilizados y los vendajes están al alcance de manos igualmente sucias. No
hay el menor signo de que se utilicen los métodos antisépticos de Lister.
Algunos
cirujanos norteamericanos habían adoptado el sistema antiséptico de Lister,
aunque eran una minoría. Por ejemplo, George Derby —más tarde profesor de
higiene en la Universidad de Harvard—, que leyó un texto sobre el trabajo de
Lister poco después de que apareciera en The Lancet. Varias semanas más tarde,
un niño de nueve años con una fractura abierta en mitad del muslo se encontraba
al cuidado de Derby. Este recompuso la pierna y luego utilizó ácido carbólico
para vendar la herida. «Pasadas cuatro semanas —informó Derby— se le retiró [el
vendaje impregnado de ácido carbólico], apreciándose una úlcera redonda,
superficial y de medio centímetro de diámetro que en pocos días se cubrió de
una costra firme. Ahora […] el hueso está firmemente soldado [453] ». Derby
expuso sus resultados en una reunión de la Sociedad de Boston para la Mejora de
la Medicina y publicó sus observaciones en The Boston Medical and Surgical
Journal del 31 de octubre de ese mismo año, en el que citaba al «señor Lyster
[sic], cirujano de Glasgow [454] » como su fuente de inspiración.
Y en
el hospital General de Massachusetts, George Gay trató a tres pacientes que
sufrían fracturas abiertas con ácido carbólico. «Las heridas —explicó Gay—
fueron tratadas en lo esencial siguiendo el método del señor Liston [sic [455]
]». El cirujano argumentó que ningún otro compuesto que pudo encontrar en su
investigación poseía las cualidades antisépticas del ácido carbólico. Gay tenía
plena fe en los métodos de Lister, al igual que otros dos cirujanos del
hospital que usaron ácido carbólico en al menos cinco pacientes durante ese
período. Por supuesto, una persona que cambia el curso de la historia nunca
está libre de detractores. El jefe de cirugía, Henry Jacob Bigelow, hombre
inquisitorial y dogmático que estuvo presente en la histórica operación con
éter en el hospital General de Massachusetts en 1846, prohibió el sistema
antiséptico de Lister poco después de que Gay y sus colegas empezaran a usar el
ácido carbólico, al que llamaba el «hocus-pocus médico». Llegó al extremo de
amenazar con el despido a quienes no cumpliesen sus órdenes.
Con
la pintura apenas seca del cuadro que Samuel D. Gross había encargado con su
representación de la cirugía tradicional, Lister se encontró en territorio
hostil. Y ello a pesar de que Estados Unidos había sufrido hacía poco una
guerra civil que se cobró decenas de miles de vidas debido a los malos
tratamientos de las tremendas heridas de guerra. Durante la contienda, la
cirugía norteamericana siguió siendo ruda, y las infecciones de las heridas se
extendían sin control. Los brazos y las piernas de más de 30.000 soldados de la
Unión fueron amputados por cirujanos en el campo de batalla, muchos de los
cuales tenían poca o ninguna experiencia en el tratamiento de pacientes con
grandes traumatismos. La sangre de los cuchillos y las sierras se limpiaba con
trapos sucios, si alguna vez se hacía. Los cirujanos nunca se lavaban las
manos, y con frecuencia estaban cubiertos de sangre y restos de vísceras de
pacientes anteriores al comienzo de una nueva operación. Como el lino y el
algodón eran escasos, los cirujanos del ejército utilizaban tierra fría y
húmeda para cerrar heridas abiertas. Cuando estas heridas comenzaban
inevitablemente a supurar, se celebraba la aparición del saludable pus. Muchos
cirujanos jamás habían presenciado una amputación mayor o el tratamiento de
heridas producidas por arma de fuego cuando se unieron a sus regimientos, en
perjuicio de aquellos que quedaban a su cuidado.
A
pesar del horror de la guerra, médicos y cirujanos adquirieron un profundo
conocimiento y experiencia clínica de la forma de tratar a las innumerables
víctimas de los campos de batalla, lo cual impulsó la especialización
quirúrgica en la medicina norteamericana. Y algo aún más importante:
adquirieron capacidades administrativas que les permitieron organizar cuerpos
de ambulancias y habilitar trenes hospitalarios. Poco después de la guerra,
cirujanos veteranos empezaron a diseñar, administrar y gestionar grandes
hospitales generales. Esto hizo a su profesión más cohesionada en sus
procedimientos y madura para asimilar un nuevo concepto del arte de la cirugía
cuando Lister llegó al país.
* *
* *
A
mediodía del 4 de septiembre, Lister entró en la ornamentada capilla de la
Universidad de Pensilvania con otros asistentes al Congreso Médico
Internacional. Aquel primer día, el sistema antiséptico fue atacado enseguida,
con Lister sentado en la primera fila, cuando un orador tras otro se levantaban
para denunciar todo aquello en que él creía. Un médico de Nueva York sostuvo
que no había pruebas satisfactorias de que los gérmenes estuvieran
necesariamente implicados en enfermedades como el cólera, la difteria, la
erisipela o cualquier otra enfermedad infecciosa [456]. Otro médico, este de
Canadá, advirtió: «¿No es de temer que el tratamiento particular aconsejado por
el profesor Lister tienda a desviar la atención del cirujano de otros aspectos
esenciales?» [457]. El golpe final vino de Frank Hamilton, un héroe de la
guerra civil curtido en las batallas, que reprobó el método de Lister. «Una
gran parte de los cirujanos norteamericanos parece no haber adoptado su
práctica —dijo mirando al cirujano británico desde su podio—. Si es por falta
de confianza o por otras razones, no puedo decirlo [458] ».
Cuando
las diatribas contra él terminaron, todos los ojos se volvieron hacia su
figura, origen de aquella división. Pero Lister tendría que esperar hasta el
segundo día del congreso para dirigirse a sus oponentes. A la hora que se le
asignó ese día, se colocó delante de todos los presentes en la capilla y se
dispuso a defender un sistema que estaba seguro de que podría salvar a decenas
de miles de las personas que morían en hospitales en esos momentos. Lister
halagó a su público: «Los médicos norteamericanos son reconocidos en todo el
mundo por su genio inventivo, su audacia y su destreza en la ejecución». Que
además usaran la anestesia, redundaba en su crédito. Durante dos horas y media,
Lister conferenció sobre los méritos de la antisepsia, concentrándose en la
interrelación entre la suciedad, los gérmenes, el pus y las heridas. Sazonó su
charla con entretenidas demostraciones e historias de casos. Sus conclusiones
eran astutamente simples: si los gérmenes eran destruidos durante una operación
y se les impedía acceder luego a una herida, no se formaría pus. «La teoría de
los gérmenes causantes de la putrefacción es el fundamento de todo el sistema
de la antisepsia —dijo Lister a su audiencia—, y si esta teoría es también un
hecho, el hecho de los hechos es que el sistema antiséptico significa la
exclusión de todos los organismos putrefactivos [459] ».
Si
Lister albergaba alguna esperanza de que su diligencia y su razonada
argumentación acerca de su sistema antiséptico convirtiera al público
estadounidense, se habría sentido muy decepcionado. Un asistente le acusó de
estar mentalmente desquiciado y de tener «pájaros en la cabeza». Otros lo
amonestaron por hablar tanto tiempo [460]. «Como es ya tarde —se quejó un
crítico— solo quiero señalar algunos hechos que […] van en contra de la teoría
[de los gérmenes] en cuanto que sostiene que cierta clase de diminutos
organismos vivos […] son esenciales en el desarrollo de enfermedades [461] ».
Fue
Samuel Gross —el hombre que esperaba desacreditar a Lister invitándolo a hablar
en el Congreso Médico Internacional— quien tuvo la última palabra: «Poca fe han
puesto, si alguno lo ha hecho, los ilustrados o experimentados cirujanos de
este lado del Atlántico en el llamado “tratamiento del profesor Lister [462]
”».
Lister
no sería fácilmente disuadido de intentar ganarse el aprecio de los
norteamericanos para su sistema antiséptico. Después del congreso hizo un viaje
transcontinental de ida y vuelta en tren a San Francisco. Se detuvo en varias
ciudades a lo largo del recorrido, dando conferencias en salas llenas de
estudiantes de medicina y cirujanos sobre el valor de la antisepsia. Muchos de
ellos probaron la eficacia de su sistema en sus propios pacientes e informaron
de sus resultados positivos.
En
Chicago, Lister se alojó en casa de una antigua paciente que había tratado en
Glasgow tras sufrir un accidente en un molino. Aunque la mujer tuvo una buena
recuperación, ya no estaba capacitada para cualquier trabajo manual. Preocupado
por su futuro, Lister intercedió para que el patrono de la mujer le hiciera una
prueba en la sección de diseño. Ella desempeñó tan bien su nuevo trabajo que la
firma la envió a Estados Unidos, donde se le encargó la preparación de la
exposición de la compañía en una feria celebrada en Chicago varios años antes
de que Lister llegase a Filadelfia. Allí conoció a un joven fabricante
estadounidense, con el cual se casó. Cuando se enteró de la visita de Lister,
se sintió encantada de dar la bienvenida al hombre que le había salvado la
vida, y le abrió las puertas de su casa durante toda su visita [463].
Hacia
el final de su periplo, Lister realizó una operación en la isla Blackwell
(ahora la isla Roosevelt) de Nueva York. Había acudido a petición de William
van Buren, un distinguido cirujano que había escuchado a Lister en Filadelfia.
Resultó que hubo unos cuantos asistentes que apoyaban privadamente a Lister.
Por ejemplo, William W. Keen, adelantado de la cirugía neurológica, que adoptó
la antisepsia un mes después de celebrarse el Congreso Médico Internacional.
Tiempo después contaría: «Para mí cambió la cirugía del Purgatorio al Paraíso»,
añadiendo que nunca abandonaría el sistema de Lister [464]. D. Hayes Agnew,
también presente en el congreso, adoptó igualmente las técnicas de Lister. Poco
después, trató del tema en su libro titulado The Principles and Practice of
Surgery. Y también el propio Van Buren, que quedó tan impresionado por la
conferencia de Lister que lo invitó a realizar una demostración quirúrgica para
sus estudiantes. En el día fijado, Lister vio asombrado que más de un centenar
de alumnos de Van Buren llenaban el auditorio del hospital de la Caridad. «No
tenía ni idea de que iba a dirigirme a un grupo tan grande de estudiantes —dijo
Lister a la multitud—. Es un privilegio del todo inesperado [465] ».
Lister
se dispuso a demostrar sus técnicas antisépticas en un joven que sufría un gran
absceso sifilítico en la ingle. Comenzó por sumergir los instrumentos y las
manos en un recipiente lleno de ácido carbólico mientras se le administraba
cloroformo al paciente. Durante estos preparativos, uno de los espectadores
abrió una ventana para dejar entrar un poco de aire porque la sala estaba
completamente llena. Toda la sala guardó silencio. Lister dio instrucciones a
un voluntario para que bombeara ácido carbólico al aire sobre la mesa de
operaciones. Cuando estaba a punto de hacer una incisión, una leve brisa alejó
del paciente la solución pulverizada. Volviéndose hacia la ventana, Lister
pidió que se cerrara, y luego utilizó lo ocurrido para advertir a los asistentes
de que era imprescindible una rigurosa atención a todos los detalles de la
rutina antiséptica. Procedió a operar, cortando con cuidado el absceso
infectado, drenando el pus infeccioso e irrigando la herida con ácido carbólico
antes de envolver la ingle y el muslo en vendas antisépticas. La lección de
Lister fue anotada palabra por palabra por un estudiante allí presente. Cuando
concluyó aquella demostración, hubo aplausos y ovaciones de la multitud [466].
Antes
de regresar a Gran Bretaña, Lister se trasladó a Boston, y su estancia allí
resultaría especialmente afortunada. Conoció a Henry J. Bigelow, el hombre que
había prohibido sus técnicas antisépticas en el hospital General de
Massachusetts. Bigelow no había asistido al congreso médico de Filadelfia, pero
había leído informes sobre la conferencia de Lister. A pesar de que todavía no
estaba convencido de la existencia de los gérmenes, quedó impresionado por la
dedicación de Lister a su sistema y el cuidado y la atención que prestaba a sus
pacientes. Bigelow invitó a Lister a hablar en la Universidad de Harvard, donde
fue recibido calurosamente por los estudiantes de medicina allí presentes. Poco
después, el cirujano norteamericano dio su propia conferencia. En ella elogió
«la nueva doctrina» y confesó su conversión al sistema antiséptico de Lister:
«He aprendido que el deber del cirujano […] es destruir los intrusos efectivos
[los gérmenes] y excluir de un modo eficaz las multitudes de otros como ellos [467]
».
Con
el apoyo de Bigelow, el Massachusetts General fue el primer hospital de América
que utilizó institucionalmente el ácido carbólico como antiséptico quirúrgico.
Supuso un insólito viraje en la política de un hospital que durante años había
prohibido los métodos de Lister, y hasta amenazado con despedir a los que se
atrevieran a ponerlos en práctica.
* *
* *
Lister
regresó a Gran Bretaña con nuevos ánimos por efecto de las reacciones más
positivas de los norteamericanos a su sistema antiséptico hacia el final de su
viaje. En febrero de 1877, no mucho después de amoldarse de nuevo a la vida de
Edimburgo, Lister recibió la noticia de que el renombrado sir William Fergusson
había muerto. Había sido profesor de cirugía en el King’s College de Londres
durante treinta y siete años. Desaparecido Fergusson, la universidad vio en
Lister a un posible sucesor en el puesto. Con la aceptación gradual de la
antisepsia en Gran Bretaña y más allá de sus costas, la reputación de Lister
era envidiable. Los estudiantes acudían a su aula en número récord. Extranjeros
eminentes viajaban miles de kilómetros para visitar sus salas y ser testigos de
las operaciones. El King’s College pudo haber promovido al colega de Fergusson,
John Wood, pero los miembros del consejo de la universidad se inclinaban por
alguien más distinguido para cubrir la vacante. No podían pensar en nadie más
apropiado para el puesto que Joseph Lister.
Como
era de esperar, Lister tenía sus inquietudes. Le preocupaba que no se le diera
en Londres el mismo grado de libertad que le habían concedido en Edimburgo, y
respondió al ofrecimiento oficioso de los miembros del consejo universitario
estableciendo sus propias condiciones. Les dijo que, si ocupaba el puesto del
King’s College, trataría de introducir y difundir su sistema antiséptico en
toda la capital. También esperaba instituir un método más eficiente de
enseñanza clínica en la universidad, con énfasis en las demostraciones
prácticas y la experimentación. De nuevo en Edimburgo, los alumnos de Lister se
sintieron desolados cuando se filtraron noticias de aquellas negociaciones y de
su posible marcha. Al final de una de sus lecciones clínicas, le presentaron
una súplica formal firmada por más de 700 estudiantes. Isaac Bayley Balfour,
uno de sus alumnos, leyó el documento en voz alta: «Aprovechamos con entusiasmo
esta ocasión para reconocer la profunda deuda de gratitud que tenemos con la
inestimable instrucción que hemos recibido de su enseñanza clínica. […] Muchos
son los que han salido y muchos serán los que salgan determinados a poner en
práctica sus principios y difundir […] ese sistema quirúrgico del que usted es
el fundador». Los estudiantes aplaudieron esa sentida declaración. Cuando la
clase bajó la voz, Balfour continuó: «La salud de nuestra escuela está tan
íntimamente ligada a su presencia —le dijo a Lister— que no podemos sino
esperar […] que jamás llegue el día en que su nombre deje de estar vinculado al
de la facultad de Medicina de Edimburgo [468] ». Lister se sintió abrumado por
la respuesta de sus estudiantes. Para contentarlos, les dijo que, aunque se
asegurase en Londres la más elevada posición en la práctica privada, no
aceptaría un puesto en el King’s College si eso significaba enseñar cirugía
clínica de la manera en que entonces se enseñaba en la capital.
Tanto
la declaración de los estudiantes como la respuesta de Lister aparecieron luego
en periódicos de todo el país. Al King’s College llegó el rumor de que Lister
había criticado de manera explícita los métodos de enseñanza predominantes en
Londres. Los ánimos se encresparon. En The Lancet se dijo que Lister había
olvidado «las reglas de la decencia y el buen gusto al declinar desdeñoso una
oferta que nunca se le había hecho [469] ». Y pocas semanas después, el consejo
del King’s College designó a John Wood para ocupar la cátedra de Fergusson.
Los
amigos londinenses de Lister aún no habían abandonado la lucha. Como no se le
había hecho un ofrecimiento formal, tampoco hubo un rechazo formal. En abril se
presentó una resolución al consejo solicitando que se creara una segunda
cátedra de cirugía clínica y que se pensara en Lister para ella porque «sería
un gran beneficio para la facultad [470] ». Esta vez las cabezas se mantuvieron
frías, para consternación del pobre Wood, al que no le agradaba la idea de
compartir su posición con otro cirujano. En mayo, Lister viajó a Londres para
reunirse con el consejo y le presentó trece condiciones. En una exigente
negociación, puso como requisito ejercer un control total sobre sus alumnos y
su aula, y que la distribución de sueldos entre él y Wood fuese justa. Los
miembros del consejo aceptaron a regañadientes sus condiciones porque sabían
que tener un profesor tan renombrado entre su personal elevaría la reputación
de la universidad. Poco después, Lister era nombrado oficialmente profesor de
cirugía clínica del King’s College.
Fue
un momento agridulce. Durante casi un cuarto de siglo, Lister había esperado
volver un día a Londres, y esa oportunidad llegó por fin a los cincuenta años
de edad. Pero dejar Edimburgo a esas alturas de su carrera y empezar de nuevo
no sería una tarea fácil. En las décadas anteriores, las recompensas materiales
y el avance en su profesión habían alimentado su deseo de regresar a la
capital. Esta vez fue la terca incredulidad de la comunidad médica de Londres
respecto a su sistema antiséptico. Su misión era convertir a los no creyentes,
como había hecho en Glasgow, Edimburgo y Estados Unidos.
En
septiembre de 1877, Lister salió silenciosamente de la ciudad escocesa donde se
había enamorado por primera vez del arte sanguinolento y carnicero de la
cirugía bajo la tutela de su gran mentor, James Syme. Pero, justo antes de
tomar el tren, hizo una comprobación del estado de los últimos pacientes
ingresados en la Royal Infirmary. Mientras recorría los pasillos por última
vez, hizo un balance de la notable transformación de la institución. Confiaba
en que estaría segura en manos de sus discípulos, a quienes ahora les encomendó
la puesta en práctica de su sistema antiséptico en todo el hospital. Ya no se
veían las destartaladas salas repletas de pacientes consumidos en condiciones
miserables, ni los delantales ensangrentados y las mesas de operaciones sucias
de fluidos corporales, ni instrumentos sin lavar. Había desaparecido todo lo
que antaño impregnaba la sala de operaciones de la «vieja y buena peste de
hospital». La Royal Infirmary estaba bien iluminada, limpia y bien ventilada.
Ya no era una casa de la muerte, sino una casa de curación.
Epílogo
El
obscuro telón, levantado
Es
la cirugía la que, tiempo después de haber caído en la obsolescencia, será
recordada como la gloria de la medicina.[471]
RICHARD
SELZER
En
diciembre de 1892, Joseph Lister viajó a París para asistir a una gran
celebración del setenta aniversario de Louis Pasteur. Cientos de delegados de
todo el mundo se reunieron en la Sorbona para rendir homenaje al científico y
expresar su admiración en nombre de sus respectivos países por el trabajo
pionero que había realizado a lo largo de su carrera. Lister estaba presente no
solo como representante de las Reales Sociedades de Londres y Edimburgo, sino
también como amigo y compañero intelectual de Pasteur.
En
aquel fresco día de invierno en París, los dos hombres, destacados
representantes de sus respectivos ámbitos, entraron en la Sorbona. Además de
dignatarios extranjeros, miles de personas se congregaron allí para asistir a
la celebración. Pero, a pesar del ambiente jubiloso, no todo iba bien en el
ámbito privado. Ambos estaban entrados en años, y la vida parecía ir en
retroceso para los dos. Lister, que entonces contaba sesenta y cinco años,
había llegado a la edad en que era obligatorio retirarse de su cátedra en el
King’s College. Unos meses después moriría la que fue su esposa y compañera
durante treinta y siete años, dejando un vacío que nunca sería llenado. Pasteur
había sufrido hacía poco un derrame cerebral, el segundo de los tres que tuvo
en su vida. Una vez escribió a Lister, que se hallaba en Londres, esta
reflexión sobre su sufrimiento: «El deterioro del habla se ha hecho permanente,
al igual que la parálisis parcial de mi lado izquierdo [472] ». El día de la
celebración, el gigante intelectual, que necesitaba ayuda para moverse, subió
al estrado cojeando.
Lister
rindió homenaje al científico francés durante su discurso. Con su típica
actitud humilde, minimizó su propio papel en la transformación de la cirugía.
En lugar de resaltarlo, Lister atribuyó a Pasteur el mérito de «levantar el
oscuro telón» en la medicina. «Usted ha transformado la cirugía […] de una
arriesgada lotería a una ciencia segura y sólidamente cimentada —dijo de
Pasteur—. Es usted el guía de la moderna generación de cirujanos científicos, y
todo hombre sabio y bueno de nuestra profesión, especialmente en Escocia, le
mira con un respeto y apego que pocos hombres se ganan [473] ». Si el derrame
no hubiera entorpecido tanto su habla, Pasteur habría manifestado exactamente
esos mismos sentimientos hacia Lister.
El
público estalló en atronadores aplausos cuando Lister concluyó su panegírico.
Pasteur se levantó de su silla y, con la colaboración de sus ayudantes, abrazó
a su viejo amigo. Según un registro oficial de la ocasión, la escena era «el
cuadro vivo de la fraternidad de la ciencia en su asistencia a la humanidad
[474] ».
Nunca
más volverían a encontrarse en persona.
* *
* *
Lister
vivió muchas décadas después de que sus teorías y técnicas se aceptaran, y
finalmente fue ensalzado como un héroe de la cirugía. Se le nombró cirujano
personal ordinario de la reina Victoria —el término «ordinario» indicaba que su
puesto era permanente—. En las últimas décadas de su vida, los galardones
oficiales se sucedieron sin cesar. Recibió doctorados honoris causa por las
universidades de Cambridge y Oxford. Fue galardonado con el Premio Boudet a la
mayor contribución a la medicina. Poco después asistió al Congreso Médico
Internacional, celebrado en Londres. En contraste con las circunstancias
vividas en el primero de estos congresos, celebrado en Filadelfia, la
reputación de Lister y sus métodos habían alcanzado su apogeo cuando la
comunidad médica volvió a congregarse en la capital británica. También fue
nombrado caballero y baronet, elegido presidente de la Real Sociedad y
ennoblecido con el título de lord Lister de Lyme Regis; ayudó a fundar el
cuerpo de investigación médica que más tarde se llamaría, en su honor,
Instituto Lister de Medicina Preventiva; y diez años antes de su muerte se le
nombró consejero privado y honorífico de la Orden del Mérito; todo por su labor
en la ciencia y la medicina.
La
creciente conciencia de la acción de los microbios aumentó la preocupación del
público victoriano por la higiene, y una nueva generación de productos de
limpieza y de higiene personal con ácido carbólico inundaron el mercado. Quizá
el más famoso fuese Listerine, inventado por el doctor Joseph Joshua Lawrence
en 1879. Lawrence había asistido a la conferencia de Lister en Filadelfia, que
le sugirió fabricar su propia mezcla de antisépticos, algo que hizo poco
después en la parte trasera de una antigua fábrica de cigarros en Saint Louis.
La fórmula de Lawrence contenía timol (un derivado del fenol), eucaliptol y
mentol. También tenía una concentración de alcohol del 27 por ciento.
Listerine
no habría aparecido si un farmacéutico emprendedor, Jordan Wheat Lambert, no
hubiera percibido su potencial cuando conoció a Lawrence en 1881. Lambert
compró los derechos del producto y su fórmula al buen médico y comenzó a
comercializarlo como antiséptico de múltiple uso —tratamiento contra la caspa,
limpieza de suelos e incluso una cura para la gonorrea—. En 1895, Lambert
extendió el uso de Listerine a la odontología como antiséptico oral, un uso con
el que ha alcanzado la inmortalidad [475].
Otros
productos aparecidos en la estela de la acción antiséptica eran el jabón
carbólico, los desinfectantes carbólicos universales (a menudo simplemente
fenol puro vendido en botellas con instrucciones impresas en ellas), y polvo
dental carbólico. El dentífrico denominado Calvert’s Carbolic Tooth Paste fue
un producto habitual en muchos hogares y gozó del favor de la reina Victoria.
En Estados Unidos, un médico de Illinois fue el primero en usar ácido carbólico
en inyecciones contra las hemorroides, una práctica dudosa que más a menudo
dejó al receptor incapaz de caminar durante semanas. Las maravillosas
propiedades del ácido carbólico se hicieron tan célebres que se escribió una
canción sobre ellas. Clarence C. Wiley, un farmacéutico de Iowa, se hizo famoso
con su popular rag titulado «Car-Balick-Acid Rag», ya compuesto y con derechos
de autor en 1901. Se publicaron partituras y rollos de pianola con su
composición.
El
ácido carbólico también podía resultar peligroso para los mal informados: en
septiembre de 1888, el Aberdeen Evening Express informó de que trece personas
se habían envenenado en un suceso accidental, y cinco de ellas murieron. Una
regulación posteriormente impuesta en Gran Bretaña impedía la venta al público
de productos químicos tóxicos en su forma más pura. El ácido carbólico estuvo
asimismo en el centro de una demanda legal corporativa en 1892. Un producto con
el preocupante nombre de Carbolic Smoke Ball se comercializó en Londres como
profiláctico contra la gripe a raíz de la pandemia de gripe que mató a un
millón de personas entre 1889 y 1890. El producto era una pera de goma llena de
ácido carbólico y con un tubo unido a ella. Este tubo debía insertarse en la
nariz, y la pera se oprimía para que liberase unos vapores. La nariz lo
aspiraría y, según esta idea, eliminaría las infecciones.
Los
fabricantes de la llamada Smoke Ball emplearon una estratagema de marketing
que, suponían, ningún comprador tomaría literalmente: anunciaron que quienes
encontraran el producto ineficaz serían compensados con cien libras, una suma
extraordinaria en aquel entonces. El juez que presidía una demanda resultante
de este error de apreciación rechazó la afirmación de la Carbolic Smoke Ball
Company de que aquella acción era «una ventolera» y dictaminó que el anuncio
había hecho una promesa inequívoca a los clientes. Ordenó a la compañía pagar
la indemnización a una compradora de Smoke Ball llamada Louisa Carlill,
afectada por la gripe y decepcionada con el remedio. Hasta hoy, el caso se cita
a menudo a los estudiantes de derecho como un ejemplo de los principios básicos
de la obligación contractual.
Una
de las secuelas más sorprendentes del trabajo de Lister fue la constitución de
una de las corporaciones más reconocibles en el mundo hoy. Al igual que el
inventor de Listerine, Robert Wood Johnson también percibió el futuro de la
antisepsia cuando escuchó la conferencia de Lister en el Congreso Médico
Internacional en Filadelfia. Inspirado por lo que había oído aquel día, Johnson
se unió a sus dos hermanos, James y Edward, y fundó una compañía para fabricar
los primeros apósitos y materiales de sutura quirúrgicos esterilizados, que
produjeron en masa de acuerdo con los métodos de Lister. La compañía se llamó
Johnson & Johnson.
Pero
el legado más duradero de Lister fue la gran difusión que tuvieron sus ideas,
atribuible tanto a un pequeño pero entregado grupo de alumnos suyos —el núcleo
de los listerianos— como a la perseverancia del propio Lister durante los
largos años de controversia en torno al sistema antiséptico. Al final de su
carrera, Lister aparecía a menudo seguido de una procesión de solemnes y
reverentes alumnos, los primeros de los cuales portaban el sagrado aerosol
carbólico como el talismán de los extraordinarios logros de su mentor. Llegaban
de todo el mundo para estudiar con el gran cirujano: de París, Viena, Roma y
Nueva York. Y se llevaban sus ideas, sus métodos y su inquebrantable
convencimiento de que, con la aplicación correcta de técnicas meticulosas fruto
de grandes desvelos, la cirugía salvaría un día muchas más vidas de las que sin
proponérselo se había cobrado.
La
adopción del sistema antiséptico de Lister era el más visible signo externo de
la aceptación de la teoría de los gérmenes por parte de la comunidad médica, y
marcó el momento histórico en que la medicina y la ciencia se fusionaron.
Thomas Eakins —el artista que pintóLa clínica Gross— volvió al tema en 1889
para pintar La clínica Agnew. Pero esta vez no pintó una descuidada sala de
operaciones con cirujanos empapados en sangre. Eakins mostró al espectador un
ambiente sin duda más limpio y brillante, y con personajes que vestían batas
blancas. La clínica Agnew retrataba la adopción de la antisepsia y la higiene:
el listerismo triunfante.
Con
el paso de los años hubo un cambio gradual en el procedimiento médico de la
antisepsia (la eliminación de gérmenes) a la asepsia (la práctica libre de
gérmenes). La propia teoría en la que Lister basaba todo su sistema parecía
exigir que los métodos asépticos reemplazaran a la antisepsia. Pero Lister se
opuso a este cambio porque pensaba que la asepsia —que requería la
esterilización escrupulosa de todo lo que estaba en la vecindad del paciente
antes de comenzar los procedimientos— no era práctica si los cirujanos
continuaban operando fuera del ambiente controlado de un hospital. La cirugía,
según él, debía ser segura lo mismo si se realizaba en la mesa de un comedor o
en una sala de operaciones, y la antisepsia era la única solución viable cuando
había que operar en el propio hogar del paciente.
Lister
reconoció la importancia del hospital, pero solo en relación con el cuidado y
el tratamiento de los pobres. Su antiguo alumno Guy Theodore Wrench argumentó
más tarde que, de no haber sido por el trabajo de su mentor, los hospitales
habrían dejado de existir. «Los grandes hospitales estaban siendo abandonados,
sustituidos por hospitales de barracones —escribió Wrench—. El trabajo de
Lister […] llegó justo a tiempo. No solo salvó a los pacientes, sino también a
los hospitales. Evitó […] una reversión completa del método quirúrgico
utilizado con los pobres [476] ». Mas, por esenciales que para él fueran los
hospitales, Lister no pensaba que la totalidad de su profesión se basaría (o
debería basarse) en ellos; los que tenían medios, según él, seguirían siendo
tratados fuera de las paredes institucionales, en sus hogares o en clínicas
privadas.
A
medida que su vida se acercaba al final, Lister expresó el deseo de que, si
alguna vez se escribía su biografía, esta se centrase solo en sus avances
científicos. En su testamento de 26 de junio de 1908, el cirujano de ochenta y
un años pidió que Rickman John Godlee, junto con su otro sobrino Arthur Lister,
ordenasen sus «manuscritos y apuntes científicos, destruyendo o desechando los
que no tuvieran ningún valor o interés científico permanente [477] ».
Lister
creía erróneamente que su vida personal tenía poco que ver con sus logros
científicos y quirúrgicos. Las ideas nunca germinan en el vacío, y la vida de
Lister es un notable testimonio de esta verdad. Desde el momento en que miró
por el microscopio de su padre hasta el día en que fue nombrado caballero por
la reina Victoria, su vida estuvo modelada e influenciada por las
circunstancias y las personas que lo rodearon. Como cualquiera de nosotros, vio
su mundo a través del prisma de las opiniones de aquellos a quienes más
admiraba: Joseph Jackson, un padre que siempre le apoyó y que fue un gran
microscopista; William Sharpey, su profesor en el University College, que le
animó a trasladarse a Edimburgo; James Syme, su mentor y suegro durante mucho
tiempo; y Louis Pasteur, el científico que le dio la clave necesaria para
desvelar uno de los grandes misterios médicos del siglo XIX.
Lister
murió en paz una fría mañana invernal de febrero de 1912. Cerca de su cabecera
había artículos inconclusos sobre la naturaleza y las causas de la supuración,
un tema que lo había fascinado desde sus días de estudiante. Incluso al final,
cuando su vista y su oído estaban seriamente mermados, Lister continuó
colaborando con el mundo científico que lo rodeaba. Después de su muerte, todos
sus deseos se respetaron excepto uno. Su correspondencia privada y familiar no
fue destruida, sino conservada por su sobrino. Y es su escritura lo primero que
nos permite entrever el santuario interior de Lister.
Joseph
Jackson recordó una vez a su hijo que era una bendición que se le hubiera
concedido ser el instrumento mediante el cual el sistema antiséptico fuese
introducido entre «sus semejantes mortales». Aquella vida de sacrificios y un
singular empeño quedaba plenamente justificada. Su trabajo pionero aseguró que
los resultados de la cirugía ya no se dejarían al azar. En adelante, el
predominio del conocimiento sobre la ignorancia y de la diligencia sobre la
negligencia determinarían el futuro de la profesión [478]. Los cirujanos se
volvieron proactivos en lugar de reactivos frente a las infecciones
postoperatorias. Ya no eran elogiados por su mano rápida con el cuchillo, sino
reverenciados por ser cuidadosos, metódicos y precisos. Los métodos de Lister
transformaron la cirugía de arte de carnicería en ciencia moderna, en la que
las innovadoras metodologías recientemente ensayadas y contrastadas superaron a
las prácticas trilladas. Abrieron nuevas fronteras a la medicina,
permitiéndonos profundizar más en el cuerpo vivo, y en ese proceso salvaron
cientos de miles de vidas [479].
Hector
Cameron, antiguo alumno y ayudante de Lister, dijo más tarde de él: «Sabíamos
que estábamos en contacto con un genio. Sentíamos que ayudábamos a impulsar
algo que haría historia, y que todas las cosas se tornaban nuevas [480] ». Lo
que antes se consideraba imposible era realizable. Lo que antes era
inconcebible era perfectamente imaginable. De pronto, el futuro de la medicina
parecía no tener límites.
Agradecimientos
Los
caminos difíciles a menudo conducen a hermosos destinos. La idea de escribir De
matasanos a cirujanos me vino en un momento muy bajo de mi vida. De no haber
sido por la gente maravillosa que me animó a perseverar, quizá habría
abandonado el proyecto, y es poco probable que este libro hubiera salido a la
luz. Quiero manifestar mi gratitud ante todo a mi familia: a mi padre, Michael
Fitzharris, que siempre pensó que yo era una escritora cuando ni yo misma me lo
creía, y a mi madre, Debbie Klebe, cuyos innumerables sacrificios a lo largo de
mi infancia me ayudaron a llegar donde estoy ahora. También quiero dar las
gracias a mi hermano, Chris Fitzharris, y su nueva novia, Joy Montello, a mis
padrastros, Susan Fitzharris y Greg Klebe, y a mis maravillosos suegros, Graham
y Sandra Teal.
Y
gracias también a mis primas, que han sido como hermanas para mí, Lauren
Pearce, Amy Martel y Elizabeth Wilbanks. Recordad: «¡Me pertenecéis!».
No
importa cuánto talento tenga un escritor: no es nada sin alguien que apoye su
trabajo. Por eso estoy especialmente agradecida a mi agente, Anna
Proul-Latimeren, de la Ross-Yoon Agency, que nunca abandonó la esperanza de que
algún día escribiera yo un libro. Prometo no hacerle esperar para mi segundo
proyecto tanto tiempo como para el primero. También quisiera dar las gracias a
Hilary Knight, quien no solo tiene un talento increíble como agente, sino que
además es una buena amiga.
Debo
una especial gratitud a Amanda Moon, mi editora de Farrar, Straus and Giroux,
que me ayudó a tomar una pequeña historia sobre un cirujano victoriano y
convertirla en relato épico de un momento estelar. Su intuición y agudeza son
insuperables. También estoy agradecida a mi brillante ayudante de
investigación, Caroline Overy, cuyo incansable trabajo en archivos de todo
Londres me ayudó a poner color a la historia de Lister. Y al profesor Michael
Worboys, cuyas ideas y aportaciones históricas fueron de un valor inestimable
mientras escribía este libro.
No
hay muchos escritores que mencionen a su abogado matrimonial en el capítulo de
agradecimientos, pero en el mío merece un reconocimiento especial. Farhana
Shazady luchó bravamente por mis derechos en mi divorcio. Gracias por haberme
enseñado a valorarme de nuevo.
Tengo
la suerte de contar con el apoyo de una comunidad admirable, como es la de la
Orden de la Buena Muerte. Doy las gracias a Caitlin Doughty, nuestra intrépida
líder, que ha sido una inspiración para mí como persona y como escritora. Y a
Megan Rosenbloom y Sarah Chávez Troop, cuya amistad nutre mi alma. También a
Jeff Jorgensen por atender todas mis llamadas nocturnas y creer que mi futuro
podría ser mejor.
Y
doy las gracias especialmente a Paul Koudounaris, que siempre me ha guiado
sabiamente en momentos cruciales de mi vida. Mi mundo es un lugar mejor (y más
extraño) contigo dentro.
Hay
personas que han entrado en mi vida y han cambiado su trayectoria para bien.
Alex Anstey aterrizó accidentalmente en mi mundo hace muchos años. De no haber
sido por su entusiasmo creativo, nunca habría creado mi blog The Chirurgeon’s
Apprentice. Gracias por ser tan admirable e inagotable fuente de inspiración
para mí.
Vaya
mi sincero agradecimiento al doctor Bill MacLehose, amigo y colega. Te he
admirado desde el momento en que nos conocimos. Espero que haya muchas más
«bebidas extrañas» y conversaciones fascinantes en nuestro futuro.
Quisiera
asimismo dar las gracias a aquellos de mis amigos que me recordaron que no
debía permitir que mi lucha se convirtiera en mi identidad. A Shannon Marie
Harmon: tú eres el escudo contra mi afición a los tacos mexicanos. Y a Erica
Lilly: siempre puedo contar contigo para tomar un piscolabis cuando necesito
recuperar fuerzas. Y a Jai Virdi, cuya vida es en tantos aspectos paralela a la
mía; gracias por recordarme que abandonar nunca es una opción. Estoy
especialmente agradecida a Eric Michael Johnson, que me animó a creer en mí
misma como escritora. Así como a Jillian Drujon; sin ella, habría terminado
este libro mucho antes. Demasiado salir de copas y trasnochar.
También
estoy muy agradecida a mis animadoras yanquis Erin Reschke, Julie Cullen,
Kristen Schultz y Blair Townsend; a Shelley Estes —los sueños se hacen realidad
cuando uno se arriesga y elige la aventura— y al dinámico dúo que forman
Carolyn Breit y Cedric Damour. Sé que siempre podré contar con vosotros cuando
los tiempos se pongan difíciles.
Estoy
particularmente agradecida a Lori Korngiebel, cuyo optimismo y compasión son
una inspiración diaria. Podrá separarnos un océano, pero nunca estamos lejos,
mi hermana del alma. Y a Edward Brooke-Hitching, Rebecca Rideal y la doctora
Joanne Paul, que no solo son escritores brillantes, sino también maravillosos
amigos. Gracias también a Sam Smith, con cuyo apoyo siempre puedo contar. Tu fe
en mí durante todos estos años me ha ayudado a ser la persona que soy hoy.
Debo
un especial agradecimiento a Chris Skaife, el Maestro de los Cuervos de la
Torre de Londres, a su bella esposa Jasmin y a su hija Mickayla. Vuestro afecto
y los ánimos que me disteis han significado para mí mucho más de lo que
podríais creer. ¡Chris, tú eres el siguiente!
Hay
personas en mi vida que estuvieron a mi lado incluso poniendo en peligro viejas
amistades suyas. Gracias, Craig Hill: tu corazón es puro oro. Soy tu fiel amiga
para siempre. Gracias, Greg Walker y Thomas Waite. Vuestra bondad y compasión
me ayudaron en algunos de los días más negros de mi vida, y nunca lo olvidaré.
La
gente va y viene, pero hay quienes han permanecido junto a mí desde el
principio, como mis amigas de la infancia, que estuvieron a mi lado incluso
durante mi embarazosa «fase de vampiro». Marla Ginex, Alyssa Voightmann y Kim
Malinowski: gracias por vuestro afecto y vuestras risas. Sé que no importa
dónde la vida nos lleve: siempre estaremos unidas.
Sería
una negligencia que no mencionase a los muchos maestros que he tenido en mi
vida, maestros que me alentaron e inspiraron en mi camino. Quiero dar las
gracias a mi profesor de quinto curso Jeff Golob, así como a Barb Fryzel, mi
profesora de inglés en el instituto. También quiero dárselas a la doctora
Margaret Pelling, mi tutora de doctorado en la Universidad de Oxford, que sigue
siendo una fuente inagotable de conocimiento y asesoramiento. Y en especial al
doctor Michael Young, quien hace mucho tiempo, siendo yo estudiante en la
Universidad Wesleyana de Illinois, me introdujo en la historia de la ciencia y
la medicina. Si te hubieras dado cuenta de que era una estudiante novata en tu
clase de alumnos avanzados, mi vida podría haber sido diferente. Gracias por tu
amistad y tu apoyo. Y un último agradecimiento, pero no por ello menos
importante: el que merece mi maravilloso marido, Adrian Teal. No exagero si te
digo que sin ti me habría sentido perdida. Cada día que estamos juntos es una
bendición. Y espero un futuro brillante y feliz a tu lado. Te quiero.
Notas
[I]
La palabra «quirófano» (del griego cheiro, «mano», y phaínein, «mostrar») es un
neologismo acuñado en 1892 por el ginecólogo y cirujano español Andrés del
Busto y López. Esta palabra moderna no trascendió del mundo hispanohablante, y
se evitará emplearla en el contexto decimonónico dominante en este libro.
PRÓLOGO
[1]
Arthur C. Clarke, Profiles of the Future, Londres, Victor Gollancz Ltd., 1962,
p. 25.
[2]
John Flint South,Memorials of John Flint South. Twice President of the Royal
College of Surgeons, and Surgeon toSt. Thomas’sHospital, compilado por el
reverendo Charles Lett Feltoe, Londres, John Murray, 1884, p. 27.
[3]Ibíd.
, pp. 127, 128, 160.
[4]Ibíd.
, p. 127
[5]
Paolo Mascagni, Anatomia universa XLIV, Pisa, Capurro, 1823, citado en Andrew
Cunningham, The Anatomist Anatomis’d. An Experimental Discipline in
Enlightenment Europe , Farnham, Ashgate, 2010, p. 25.
[6]
Jean-Jacques Rousseau, «Seventh Walk», en Reveries of the Solitary Walker,
trad. de Peter France, Harmondsworth, Penguin, 1979, p. 114, citado en
Cunningham, Anatomist Anatomis’d, p. 25.
[7]
J. J. Rivlin, «Getting a Medical Qualification in England in the Nineteenth
Century», basado en un texto leído en una reunión de la Sociedad de Historia
Médica de Liverpool y en la Sociedad para la Historia de la Ciencia y la
Tecnología de Liverpool, 12 de octubre de 1996;
<evolve360.co.uk/data/10/docs/09/09rivlin.pdf >
[8]
Thomas Percival, Medical Jurisprudence; or a Code of Ethics and Institutes,
Adapted to the Professions of Physic and Surgery, Manchester, 1794, p. 16.
[9]
Florence Nightingale, Notes on Hospitals, Londres, Longman, Green, Longman,
Roberts and Green, 3.ª ed., 1863, p. III.
[10]
Citado en Peter Vinten-Johansen et al., Cholera, Chloroform, and the Science of
Medicine. A Life of John Snow , Oxford, Oxford University Press, 2003, p. 111.
Véanse también Richard Hollingham, Blood and Guts. A History of Surgery,
Londres, BBC Books, 2008; Victor Robinson, Victory over Pain. A History of
Anesthesia, Londres, Sigma Books, 1947, pp. 141-150; Alison Winter, Mesmerized.
Powers of the Mind in Victorian Britain, Chicago, University of Chicago Press,
1998, p. 180.
[11]
Citado en Steve Parker, Kill or Cure. An Illustrated History of Medicine,
Londres, DK, 2013, p. 174.
[12]
Henry Jacob Bigelow, «Insensibility During Surgical Operations Produced by
Inhalation», The Boston Medical and Surgical Journal (18 de noviembre de 1846),
p. 309.
[13]
Timothy J. Hatton, «How Have Europeans Grown So Tall?», Oxford Economic Papers
(1 de septiembre de 2013).
[14]
D’A. Power, «Liston, Robert (1794-1847)» reverendo Jean Loudon, Oxford
Dictionary of National Biography, Oxford, Oxford University Press, 2004;
<oxforddnb.com>
[15]
John Pearson, Principles of Surgery, Boston, Stimpson & Clapp, 1832, p.
VII.
[16]
Myrtle Simpson, Simpson the Obstetrician, Londres, Victor Gollancz Ltd., 1972,
p. 41, en A. J. Youngson, The Scientific Revolution in Victorian Medicine,
Londres, Croom Helm, 1979, p. 28.
[17]
F. W. Cock, «Anecdota Listoniensa», University College Hospital Magazine
(1911), p. 55, citado en Peter Stanley, For Fear of Pain. British Surgery,
1790-1850, Nueva York, Rodopi, 2002, p. 313.
[18]
Pace es también mencionado en los cuadernos de casos de Liston. Véase el
cuaderno de Liston de diciembre de 1845-febrero de 1847, UCH/MR/1/61,
University College de Londres.
[19]
Citado en Harold Ellis, A History of Surgery, Londres, Greenwich Medical Media,
2001, p. 85.
[20]
Citado en Hollingham, Blood and Guts, op. cit., pp. 59-64
[21]
F. W. Cock, «The First Operation Under Ether in Europe. The Story of Three
Days», University College Hospital Magazine, N° 1 (1911), pp. 127-144.
[22]
Charles Bell, Illustrations of the Great Operations of Surgery, Londres,
Longman, 1821, p. 62, citado en Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 83.
[23]
Thomas Alcock, «An Essay on the Education and Duties of the General
Practitioner in Medicine and Surgery», Transactions of the Associated
Apothecaries and Surgeon Apothecaries of England and Wales , Londres, Society,
1823, p. 53, citado en Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 83.
[24]
William Gibson, Institutes and Practice of Surgery, Filadelfia, James Kay, Jun.
& Brother, 1841, p. 504, citado en Stanley For Fear of Pain, op. cit., p.
83.
[25]
James Miller, Surgical Experience of Chloroform, Edimburgo, Sutherland &
Knox, 1848, p. 7, citado en Stanley,For Fear of Pain, op. cit., p. 295.
[26]
«Etherization in Surgery», Exeter Flying Post (24 de junio de 1847), p. 4.
[27]
«The Good news from America», en John Saunders, ed., People’s Journal Londres,
People’s Journal Office, 1846-(1849?), Nº 25 (9 de enero de 1847).
[28]
T. G. Wilson, Victorian Doctor. Being the Life of Sir William Wilde, Londres,
Methuen, 1942, p. 90, citado en Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 174.
[29]
South, Memorials of John Flint South, op. cit., p. 36.
[30]
Jerry L. Gaw, «A Time to Heal». The Diffusion of Listerism in Victorian Britain
, Filadelfia, American Philosophical Society, 1999, p. 8.
CAPÍTULO
1
[31]
Herbert Spencer, Education: Intellectual, Moral, and Physical, Nueva York, D.
Appleton, 1861, pp. 81-82.
[32]
Citado en sir Rickman John Godlee, Lord Lister, 2.ª ed., Londres, Macmillan,
1918, p. 28.
[33]
Isabella Lister a Joseph Jackson Lister, 21 de octubre de 1827, MS 6963/6,
Wellcome Library.
[34]
Richard B. Fisher, Joseph Lister, 1827-1912, Londres, Mac Donald and Jane’s,
1977, p. 23.
[35]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 35.
[36]
Joseph Lister a Isabella Lister, 21 de febrero de 1841, MS 6967/17, Wellcome
Library.
[37]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 14.
[38]Ibíd.
[39]Ibíd.,
p. 12.
[40]Ibíd.
, p. 8.
[41]
John Ruskin, The Crown of Wild Olive (1866), 14, en Edward Tyas Cook y
Alexander Wedderburn, eds., The Works of John Ruskin, vol. 18, Cambridge, U.
K., Cambridge University Press, 2010, p. 406.
[42]
Estas descripciones de los cementerios proceden de Edwin Chadwick, Report on
the Sanitary Conditions of the Labouring Population of Great Britain. A
Supplementary Report on the Results of a Special Inquiry into the Practice of
Interment in Towns, Londres, impreso por Clowes para HMSO, 1843, p. 134.
[43]
Según relata Ruth Richardson, Death, Dissection, and the Destitute, Londres,
Routledge & Kegan Paul, 1987, p. 60.
[44]
Para más descripciones de Clement’s Lane, véase Sarah Wise, The Italian Boy.
Murder and Grave-Robbery in 1830s London, Londres, Pimlico, 2005, p. 52.
[45]
Para más información, véase Steven Johnson, The Ghost Map. The Story of
London’s Most Terrifying Epidemic-and How It Changed Science, Cities, and the
Modern World , Nueva York, Riverhead, 2006, pp. 7-9.
[46]
Más datos históricos en Kellow Chesney, The Victorian Underworld, Newton Abbot,
Readers Union Group, 1970, pp. 15-19 y 95-97.
[47]
Carta de Peter Mark Roget a su hermana Annette, 29 de diciembre de 1800, citado
en D. L. Emblen, Peter Mark Roget. The Word and the Man, Londres, Longman,
1970, p. 54.
[48]
«The London College», The Times (6 de junio de 1825).
[49]John
Bull (14 de febrero de 1825).
[50]
Hatton, «How Have Europeans Grown So Tall?», op. cit.
[51]
Hector Charles Cameron, Joseph Lister. The Friend of Man, Londres, William
Heinemann Medical Books, 1948, p. 16.
[52]Ibíd.
, pp. 16-18.
[53]
Thomas Hodgkin, Remembrance of Lister’s Youth, 5 de abril de 1911, MS 6985/12,
Wellcome Library.
[54]Ibíd.
[55]
Cashbook, octubre-diciembre de 1846, MS 6981, Wellcome Library.
[56]
Louise Creighton,Life and Letters of Thomas Hodgkin, Londres, Longmans, Green,
1917, p. 12.
[57]Ibíd.
, p. 39.
[58]
John Stevenson Bushnan, Address to the Medical Students of London: Session
1850-1, Londres, J. Churchill, 1850, pp. 11-12.
[59]
William Augustus Guy, On Medical Education, Londres, Henry Renshaw, 1846, p.
23, citado en Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 167.
[60]
«Medical Education in New York», Harper’sNew Monthly Magazine (septiembre de
1882), p. 672, citado en Michael Sappol, A Traffic of Dead Bodies. Anatomy and
Embodied Social Identity in Nineteenth-Century America , Princeton, N. J.,
Princeton University Press, 2002, p. 83.
[61]
Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 166. También descritos en «Horace
Saltoun», Cornhill Magazine, N° 3 (14 de febrero de 1861), p. 246.
[62]
Anuncio de «Lancets», Gazetteer and New Daily Advertiser (12 de enero de 1778),
citado en Alun Withey, Technology, Self-Fashioning, and Politeness in
Eighteenth-Century Britain. Refined Bodies , Londres, Palgrave Pivot, 2015, p.
121.
[63]
Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 81
[64]
Forbes Winslow, Physic and Physicians. A Medical Sketch Book , Londres,
Longman, Orme, Brown, 1839, vol. 2, pp. 362-363.
[65]
Citado en Elisabeth Bennion, Antique Medical Instruments, Berkeley, University
of California Press, 1979, p. 3.
[66]
Erwin H. Ackerknecht, Medicine at the Paris Hospital, 1794-1848, Baltimore,
Johns Hopkins Press, 1967, p. 15.
[67]Ibíd.
, p. 51.
[68]
Información obtenida de Ann F. La Berge, «Debate as Scientific Practice in
Nineteenth-Century Paris. The Controversy over the Microscope», Perspectives on
Science, vol. 12,N.º 4 (2004), pp. 425-427.
[69]
A. E. Conrady, «The Unpublished Papers of J. J. Lister», Journal of the Royal
Microscopical Society, N° 29 (1913), pp. 28-39. La carta tiene fecha de 1850,
pero me pregunto si es errónea, pues el «señor Potter» del que habla murió en
1847.
[70]
Joseph Lister, «Observations on the Muscular Tissue of the Skin», Quarterly
Journal of Microscopical Science, N° 1 (1853), p. 264.
[71]
Citado en W. R. Merrington, University College Hospital and Its Medical School.
A History , Londres, Heinemann, 1976, p. 44.
Capítulo
2
[72]
D. Hayes Agnew, Lecture Introductory to the One Hundred and Fifth Course of
Instruction in the Medical Department of the University of Pennsylvania,
Delivered Monday, October 10, 1870 , Filadelfia, R. P. King’s Sons, 1870, p.
25, citado en Sappol, Traffic of Dead Bodies, op. cit., pp. 75-76.
[73]
Doctor John Cheyne a sir Edward Percival, 2 de diciembre de 1818, citado en
«Bodies for Dissection in Dublin», British Medical Journal (16 de enero de
1943), p. 74, citado en Richardson, Death, Dissection, and the Destitute, op.
cit. , p. 97.
[74]
Citado en Hale Bellot, Notes on the History of University College, London with
a Record of the Session1886-7. Being the First Volume of the University College
Gazette (1887), p. 37.
[75]
J. Marion Sims, The Story of My Life, Nueva York, D. Appleton, 1884, pp.
128-29, citado en Sappol, Traffic of Dead Bodies, op. cit., pp. 78-79.
[76]
Citado en Peter Bloom,The Life of Berlioz, Cambridge, U. K., Cambridge
University Press, 1998, p. 14.
[77]
Robley Dunglison, The Medical Student; or, Aids to the Study of Medicine,
Filadelfia, Carey, Lea & Blanchard, 1837, p. 50.
[78]
W. W. Keen, A Sketch of the Early History of Practical Anatomy: The
Introductory Address to the Course of Lectures on Anatomy at the Philadelphia
School of Anatomy , Filadelfia, J. B. Lippincott & Co., 1874, p. 3, citado
en Sappol, Traffic of Bodies, op. cit., pp. 77-78.
[79]
Sappol, Traffic of Dead Bodies, op. cit., p. 76.
[80]
Charles Dickens, The Posthumous Papers of the Pickwick Club, cap. XXX, Londres,
Chapman and Hall, 1868, p. 253.
[81]
William Hunter, Introductory Lecture to Students (ca. 1780), MS 55 182, St.
Thomas’ Hospital.
[82]
Patrick Mitchell, Lecture Notes Taken in Paris Mainly from the Lectures of
Joseph Guichard Duverney at the Jardin du Roi from 1697-1698, MS 6.f. 134,
Wellcome Library, citado en Lynda Payne, With Words and Knives: Learning
Medical Dispassion in Early Modern England , Aldershot, Ashgate, 2007, p. 87.
[83]
«Editor’s Table», Harper’sNew Monthly Magazine (abril de 1854), p. 692.
[84]
W. T. Gairdner, Introductory Address at the Public Opening of the Medical
Session 1866-67 in the University of Glasgow, Glasgow, Maclehose, 1866, p. 22,
citado en M. Anne Crowther y Marguerite W. Dupree, Medical Lives in the Age of
Surgical Revolution, Cambridge, U. K., Cambridge University Press, 2007, p. 45.
[85]
Robert Woods, «Physician, Heal Thyself: The Health and Mortality of Victorian
Doctors», Social History of Medicine, N° 9 (1996), pp. 1-30.
[86]
«Medical Education», New York Medical Inquirer, N° 1 (1830), p. 130, citado en
Sappol, Traffic of Dead Bodies, op. cit., p. 80.
[87]
Thomas Pettigrew, Biographical Memoirs of the Most Celebrated Physicians,
Surgeons, etc., etc. Who Have Contributed to the Advancement of Medical
Science, Londres, Fisher, Son, 1839-1840, N° 2, pp. 4-5, citado en Stanley, For
Fear of Pain, op. cit., p. 159. Un contemporáneo contaba que Abernethy añadió:
«What is to become of you?», Winslow, Physic and Physicians, vol. 1, op. cit.,
p. 119.
[88]
Thomas Babington Macaulay, The History of England from the Accession of James
II, Londres, Longman, Green, Longman, Roberts, & Green, 1864, p. 73.
[89]
Véase Fisher,Joseph Lister, op. cit., pp. 40-41
[90]
Hodgkin, Remembrance of Lister’s Youth, op. cit.
[91]
John Rudd Leeson, Lister as I Knew Him, Nueva York, William Wood, 1927, pp.
58-60.
[92]
Janet Oppenheim, Shattered Nerves. Doctors, Patients, and Depression in
Victorian England , Oxford, Oxford University Press, 1991, pp. 110-111.
[93]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 42. Carta de Joseph Jackson
Lister a Joseph Lister, 1 de julio de 1848, MS 6965/7, Wellcome Library.
[94]
Cashbook, 1 de diciembre de 1849, MS 6981, Wellcome Library
[95]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 47. Aunque no se hace mención
directa a su estado mental durante ese período, es posible que dejara pasar esa
oportunidad por consejo de su padre, que le pidió que se dedicase a sus
estudios con moderación por haber sufrido aquella crisis dos años antes.
[96]
Adrian Teal, The Gin Lane Gazette, Londres, Unbound, 2014.
[97]
Elisabeth Bennion, Antique Medical Instruments, Berkeley, University of
California Press, 1979, p. 13.
[98]
James Y. Simpson, «Our Existing System of Hospitalism and Its Effects»,
Edinburgh Medical Journal (marzo de 1869), p. 818.
[99]
Youngson, The Scientific Revolution, op. cit., pp. 23-24.
[100]
F. B. Smith, The People’s Health, 1830-1910, Londres, Croom Helm, 1979, p. 262,
citado en Stanley,For Fear of Pain, op. cit., p. 139.
[101]
Youngson,The Scientific Revolution, op. cit., p. 24.
[102]
Estadística citada en ibíd., p. 40.
[103]Ibíd.
, p. 65.
[104]
John Eric Erichsen, On the Study of Surgery. An Address Introductory to the
Course of Surgery, Delivered at University College, London, at the Opening of
Session1850-1851, Londres, Taylor, Walton & Maberly, 1850, p. 8.
[105]
Citado en Jacob Smith, The Thrill Makers: Celebrity, Masculinity, and Stunt
Performance , Berkeley, University of California Press, 2012, p. 53.
[106]
Aunque el primer anuncio de Barnum —« ¿Qué es esto?»— fue un fracaso, su
siguiente intento, en 1860, fue un rotundo éxito en Estados Unidos. Sucedió
justo después de aparecer el Origen de las especies de Charles Darwin, que
planteaba la teoría del «eslabón perdido». El segundo «¿Qué es esto?» de Barnum
era un hombre afroamericano llamado William Henry Johnson. Como señala el
historiador Stephen Asma, habría que preguntarse si la dimensión racista del
anuncio funcionó mejor entre un público norteamericano al borde de una guerra
civil que en Inglaterra, donde la esclavitud se había abolido un siglo antes.
Stephen T. Asma, On Monsters: An Unnatural History of Our Worst Fears, Oxford,
Oxford University Press, 2009, p. 138.
[107]
«John Phillips Potter FRCS», The Lancet (29 de mayo de 1847), p. 576.
[108]
«Obituary Notices», South Australian Register (28 de julio de 1847), p. 2.
[109]
«Death from Dissecting», Daily News, Londres (25 de mayo de 1847), p. 3.
[110]
«John Phillips Potter FRCS», op. cit., pp. 576-577.
[111]Courier
(13 de octubre de 1847), p. 4. Véase también «Dissection of the Man Monkey»,
Stirling Observer (jueves, 29 de abril de 1847), p. 3.
[112]
«John Phillips Potter FRCS», op. cit., p. 576.
[113]
Merrington, University College Hospital, p. 65
[114]Ibíd.
, p. 49.
[115]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 20.
[116]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 9 de octubre de 1838, MS 6965/1,
Wellcome Library.
[117]
Leeson, Lister as I Knew Him, op. cit., pp. 48-49.
[118]
James Y. Simpson, Hospitalism. Its Effects on the Results of Surgical
Operations, etc. Part I, Edimburgo, Oliver and Boyd, 1869, p. 4.
[119]
Royal Commission for Enquiring into the State of Large Towns and Populous
Districts, Parliamentary Papers, 1844, p. 17, citado en Stephen Halliday,
«Death and Miasma in Victorian London: An Obstinate Belief», British Medical
Journal (22 de diciembre de 2001), pp. 1469-1471.
[120]
Véase Michael Worboys, Spreading Germs. Disease Theories and Medical Practice
in Britain, 1865-1900. Cambridge, U. K. Cambridge University Press, 2000, p.
28.
[121]
John Eric Erichsen, On Hospitalism and the Causes of Death After Operations,
Londres, Longmans, Green, 1874, p. 36.
[122]
James Y. Simpson, Hospitalism. Its Effects on the Results of Surgical
Operations, etc., Part II, Edimburgo, Oliver and Boyd, 1869, pp. 20-24.
[123]
UCH/MR/1/63, University College London Archives.
CAPÍTULO
3
[124]
Citado en Bransby Blake Cooper, The Life of Sir Astley Cooper, Londres, J. W.
Parker, 1843, pp. 2 y 207.
[125]
R. S. Pilcher, «Lister’s Medical School», British Journal of Surgery, N° 54
(1967), p. 422. Véanse también los proyectos de construcción hallados en
Merrington, University College Hospital, op. cit., pp. 78-79.
[126]
Pilcher, «Lister’s Medical School», op. cit., p. 422.
[127]
Estoy en deuda con Ruth Richardson y Bryan Rhodes por la información que me
proporcionaron para este capítulo. Fueron los primeros en descubrir las
ignoradas operaciones quirúrgicas que Lister había realizado al comienzo de su
carrera. Véase Ruth Richardson y Bryan Rhodes, «Joseph Lister’s First
Operation», Notes and Records of the Royal Society of London, vol. 67, n.º 4
(2013), pp. 375-385.
[128]
C. Kenny, «Wife-Selling in England», Law Quarterly Review, n.º 45 (1929), p.
496.
[129]
«Letters Patent Have Passed the Great Seal of Ireland…», The Times (18 de julio
de 1797), p. 3.
[130]
Lawrence Stone, Road to Divorce. England, 1530-1987, Oxford, Oxford University
Press, 1992, p. 429.
[131]
«The Disproportion Between the Punishments», The Times(24 de agosto de 1846),
p. 4.
[132]
Harriet Taylor Mill y John Stuart Mill [artículo sin encabezamiento – Las
agresiones y la ley],The Morning Chronicle (31 de mayo de 1850), p. 4.
[133]
El relato de lo que le sucedió a Julia Sullivan se basa (salvo comentarios
aparte) en los Proceedings of the Central Criminal Court, 15 de septiembre de
1851, pp. 27-32, accesibles online en <oldbaileyonline.org>.
[134]
«Central Criminal Court, Sept. 17», The Times (18 de septiembre de 1851), p. 7
[135]
Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 136
[136]
Ibíd.
[137]
T. W. H., «To the Editor of The Times», The Times (11 de julio de 1835), p. 3.
[138]
Los detalles de esta operación se basan en gran parte en el testimonio,
registrado en las actas, que Lister dio en el Old Bailey y en John Eric
Erichsen, «University College Hospital: Wound of the Abdomen; Protrusion and
Perforation of the Intestines and Mesentery; Recovery», The Lancet (1 de
noviembre de 1851), pp. 414-415.
[139]
«Mirror on the Practice of Medicine and Surgery in the Hospitals of London:
University College Hospital», The Lancet(11 de enero de 1851), pp. 41-42.
[140]
Benjamin Travers, «A Case of Wound with Protrusion of the Stomach», Edinburgh
Journal of Medical Science, N° 1 (1826), pp. 81-84
[141]
Erichsen, «University College Hospital: Wound of the Abdomen; Protrusion and
Perforation of the Intestines and Mesentery; Recovery», op. cit., p. 415. Dos
años después, Erichsen publicó un libro de texto titulado The Science and Art
of Surgery, en el que hacía referencia al apuñalamiento. No reconocía los
heroicos esfuerzos quirúrgicos de Lister, sin los cuales Julia Sullivan habría
muerto aquella angustiosa noche. Por desgracia, el libro de casos de pacientes
del sexo femenino de Erichsen se ha perdido, y se desconocen las anotaciones de
Lister sobre la operación de Julia Sullivan.
[142]
Charles Dickens, Sketches by Boz: Illustrative of Every-Day Life and Every-Day
People, with Forty Illustrations, Londres, Chapman & Hall, 1839, p. 210.
CAPÍTULO
4
[143]
Alfred, lord Tennyson, In Memoriam A. H. H., Londres, Edward Moxon, 1850, I,
líneas 3-4.
[144]
John Eric Erichsen, The Science and Art of Surgery: Being a Treatise on
Surgical Injuries, Diseases, and Preparations, Londres, Walton and Maberly,
1853, pp. 698-699.
[145]
Stanley,For Fear of Pain, op. cit., p.73.
[146]
[The Annual Report of the Committee of the Charing Cross Hospital], The
Spectator, N° 10, Londres (1837), p. 58.
[147]
Accident Report for Martha Appleton, A Scavenger, agosto de 1859, HO 45/6753,
National Archives.
[148]
Notas sobre casos tomadas por Lister, estudiante N° 351, para la Fellowe’s
Clinical Medal en el hospital University College, 1851, Royal College of
Surgeons of England, MS0021/4/4 (3)
[149]
Citado en Jack London, People of the Abyss, Nueva York, Macmillan, 1903, p.
258. Véase también John Thomas Arlidge, The Hygiene, Diseases, and Mortality of
Occupations, Londres, Percival, 1892.
[150]
Para más información sobre el tratamiento del escorbuto en los siglos XVIII y
XIX, véase Mark Harrison, «Scurvy on Sea and Land: Political Economy and
Natural History, C. 1780-C. 1850», Journal for Maritime Research (Print), vol.
15, N° 1 (2013), pp. 7-15. En 1928, el bioquímico Albert Szent-Györgyi aisló de
las glándulas suprarrenales la sustancia que permite al organismo usar los
carbohidratos, las grasas y las proteínas de manera eficiente. Cuatro años
después, Charles Glen King descubrió la vitamina C en su laboratorio, y
concluyó que era idéntica a la sustancia que Szent-Györgyi había descrito,
demostrando claramente la relación entre el escorbuto y la deficiencia de
vitamina C.
[151]
«Origin of the No Nose Club», Star (18 de febrero de 1874), p. 3.
[152]
Notas sobre casos tomadas por Lister, estudiante N° 351, para la Fellowe’s
Clinical Medal en el hospital University College, 1851, Royal College of
Surgeons of England, MS0021/4/4 (3).
[153]Ibíd.
[154]
Robert Ellis, Official Descriptive and Illustrated Catalogue of the Great
Exhibition of the Works of Industry of All Nations, 1851, Londres, W. Clowes
and Sons, 1851, N° 3, p. 1070.
[155]Id.
[156]
Margaret Smith, ed., The Letters of Charlotte Brontë, with a Selection of
Letters by Family and Friends, Oxford, Clarendon Press, 2000, vol. 2, p. 630.
[157]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 28.
[158]
Dibujos de Lamprey, 31 de marzo, 2 de abril, 7 de abril, 1852, MS0021/4/4
(2/6), Royal College of Surgeons of England.
[159]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 48.
[160]
Joseph Lister, «The Huxley Lecture on Early Researches Leading Up to the
Antiseptic System of Surgery», The Lancet (6 de octubre de 1900), p. 985.
[161]
Jackie Rosenhek, «The Art of Artificial Insemination»,Doctor’sReview (octubre
de 2013); < doctorsreview.com/history/history-artificial-insemination/ >,
consultado el 14 de mayo de 2015
[162]
A. E. Best, «Reflections on Joseph Lister’s Edinburgh Experiments on Vaso-motor
Control», Medical History, vol. 14, N° 1, 1970, pp. 10-30. Véase también Edward
R. Howard, «Joseph Lister: His Contributions to Early Experimental Physiology»,
Notes and Records of the Royal Society of London, vol. 67, N° 3, 2013, pp.
191-198.
[163]
Joseph Lister, «Observations on the Contractile Tissue of the Iris», Quarterly
Journal of Microscopical Science, N° 1 (1853), pp. 8-11.
[164]
John Bell, The Principles of Surgery, 2a ed. abreviada de J. Augustine Smith,
Nueva York, Collins, 1812, pp. 26-27.
[165]
Casos relatados en T. Trotter, Medicina Nautica, Londres, Longman, Hurst, Rees,
and Orme, 1797-1803, citado en I. Loudon, «Necrotising Fasciitis, Hospital
Gangrene, and Phagedena», The Lancet (19 de noviembre de 1994), p. 1416.
[166]
Citado en Loudon, «Necrotising Fasciitis…», op. cit., p. 1416.
[167]
Bell, The Principles of Surgery, op. cit., p. 28.
[168]
James Syme, The Principles of Surgery, Edimburgo, MacLaughlan & Stewart,
1832, p. 69.
[169]
Worboys, Spreading Germs, op. cit., p. 75.
[170]
Joseph Lister, «The Huxley Lecture by Lord Lister, F. R. C. S., President of
the Royal Society», British Medical Journal (6 de octubre de 1900), p. 969.
[171]Ibíd.
[172]Ibíd.
[173]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 28.
[174]Ibíd.
[175]Ibíd.
, p. 22.
[176]
Lister a Godlee; respuesta a una carta con fecha de 28 de noviembre de 1852, MS
6970/1, Wellcome Library.
[177]
Notas sobre casos tomadas por Lister, estudiante N° 351, para la Fellowe’s
Clinical Medal en el hospital University College, 1851, Royal College of
Surgeons of England, MS0021/4/4 (3).
CAPÍTULO
5
[178]
William Hunter, Two Introductory Lectures, Delivered by Dr. William Hunter, to
his Last Course of Anatomical Lectures, at his Theatre in Windmill-Street,
Londres, impreso por orden de los fideicomisarios por J. Johnson, 1784, p. 73.
[179]
Citado en Alexander Peddie, «Dr. John Brown: His Life and Work; with Narrative
Sketches of James Syme in the Old Minto House Hospital and Dispensary Days;
Being the Harveian Society Oration, Delivered 11th April 1890»,Edinburgh
Medical Journal, n.º 35, pt. 2 (enero-junio de 1890), p. 1058.
[180]
Alexander Miles, The Edinburgh School of Surgery Before Lister, Londres, A.
& C. Black, 1918, pp. 181-182.
[181]
A. J. K. Cairncross, ed., Census of Scotland, 1861-1931, Cambridge, U. K.,
1954.
[182]
«Statistics of Crime in Edinburgh», Caledonian Mercury, Edimburgo (21 de enero
de 1856).
[183]
James Begg, Happy Homes for Working Men, and How to Get Them , Londres,
Cassell, Petter & Galpin, 1866, p. 159.
[184]
Ibíd.
[185]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 31.
[186]
Citado en John D. Comrie, History of Scottish Medicine, 2.ª ed., vol. 2,
Londres, publicado para el Wellcome Historical Medical Museum por Baillière,
Tindall & Cox, 1932, p. 596
[187]
Ibíd., pp. 596-597.
[188]
El edificio del hospital lo ocupa actualmente el Royal Museum of Scotland.
[189]
Citado en R. G. Williams Jr., «James Syme of Edinburgh», Historical Bulletin:
Notes and Abstracts Dealing with Medical History , vol. 16, n.º 2, 1951, p. 27.
[190]Ibíd.
, p. 28.
[191]
Para más detalles sobre el duelo, véase Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p.
37
[192]
Bill Yule, Matrons, Medics, and Maladies, East Linton, Tuckwell Press, 1999,
pp. 3-5.
[193]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 30.
[194]Ibíd.
, p. 34.
[195]
Fisher hace esta precisión en su libro Joseph Lister, op. cit., pp. 60-61.
[196]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 35.
[197]Ibíd.
, p. 37.
[198]Ibíd.
, pp. 37-38.
[199]
Carta de George Buchanan a Joseph Lister, 10-11 de diciembre de 1853, MS
6970/3, Wellcome Library.
[200]
G. T. Wrench, Lord Lister: His Life and Work, Londres, Unwin, 1913, p. 45.
[201]Ibíd.
, p. 46
[202]
James Syme, Observations in Clinical Surgery, Edimburgo, Edmonston and Douglas,
1861, p. 160.
[203]
Wrench, Lord Lister, op. cit., p. 47.
[204]
Hector Charles Cameron, Joseph Lister: The Friend of Man, Londres, William
Heinemann Medical Books, 1948, p. 34.
[205]
Nightingale a R. G. Whitfield, 8 de nov. de 1856 (LMA) H1/ST/NC1/58/6, London
Metropolitan Archives, citado en Lynn McDonald, ed., Florence Nightingale:
Extending Nursing, Waterloo, Ont., Wilfrid Laurier University Press, 2009, p.
303.
[206]
Poema citado en Cameron, Joseph Lister, op. cit., pp. 34-35.
[207]Ibíd.
, p. 35.
[208]
John Beddoe, Memories of Eighty Years, Bristol, J. W. Arrowsmith, 1910, p. 56.
[209]Ibíd.
[210]Ibíd.
[211]Ibíd.
, pp. 56-57
[212]Ibíd.
, p. 55.
CAPÍTULO
6
[213]
Citado en William J. Sinclair, Semmelweis. His Life and His Doctrine. A Chapter
in the History of Medicine , Manchester, University Press, 1909, p. 46.
[214]
«The Late Richard Mackenzie MD», Association Medical Journal , 1854, pp.
1023-1024.
[215]Ibíd.
, p. 1024. Para más detalles sobre Mackenzie, véase también Medical Times &
Gazette, Nº 2 (1854), pp. 446-447.
[216]
Matthew Smallman-Raynora y Andrew D. Cliff, «The Geographical Spread of Cholera
in the Crimean War: Epidemic Transmission in the Camp Systems of the British
Army of the East, 1854-55», Journal of Historical Geography, n.º 30 (2004), p.
33. Véase también Army Medical Department, The Medical and Surgical History of
the British Army Which Served in Turkey and the Crimea During the War Against
Russia in the Years 1854-55-56 , vol. 1, Londres, HMSO, 1858.
[217]
Citado en Frieda Marsden Sandwith, Surgeon Compassionate. The Story of Dr.
William Marsden, Founder of the Royal Free and Royal Marsden Hospitals,
Londres, P. Davies, 1960, p. 70.
[218]
Carta de William Sharpey a James Syme, 1 de diciembre de 1854, MS 6979/21,
Wellcome Library.
[219]
Carta de Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 5 de diciembre de 1854, MS
6965/11, Wellcome Library.
[220]Ibíd.
, p. 40.
[221]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 16 de abril de 1855, MS 6965/13,
Wellcome Library.
[222]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 43.
[223]
Puede verse una descripción de Millbank House en Robert Paterson, Memorials of
the Life of James Syme, Professor of Clinical Surgery in the University of
Edinburgh, etc . , Edimburgo, Edmonston & Douglas, 1874, pp. 293-295. Véase
también Wrench, Lord Lister, op. cit., pp. 42-44.
[224]
Joseph Lister a Rickman Godlee, 4 de agosto de 1855, MS 6969/4, Wellcome
Library.
[225]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 25 de marzo de 1853, MS6965/8, Wellcome
Library.
[226]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 63. Poema «’Tis of a winemerchant
who in London did dwell», de John Beddoe, David Christison y Patrick Heron
Watson, 15 de mayo de 1854, MS6979/9, Wellcome Library.
[227]
Carta de Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 24 de julio de 1855, MS6965/14,
Wellcome Library.
[228]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 18 de octubre de 1855, MS6965/16,
Wellcome Library.
[229]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 23 de febrero de 1856, MS6965/20,
Wellcome Library.
[230]Ibíd.
[231]
Joseph Jackson y James Syme negociaron una suma para el matrimonio. Syme aportó
dos mil libras en bonos y otras dos mil en efectivo, y el padre de Lister
también contribuyó monetariamente al enlace. Para más información, véase
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 80.
[232]Ibíd.
, carta de Joseph Lister a Isabella Lister, ?–6 de enero de 1856, MS6968/2,
Wellcome Library.
[233]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 81.
[234]
Citado en sir Hector Clare Cameron, Lord Lister 1827-1912: An Oration, Glasgow,
J. Maclehose, 1914, p. 9. Algunas fuentes discrepan sobre si pronunció estas
palabras en la boda de Lister o posteriormente.
[235]
Youngson, The Scientific Revolution, op. cit., pp. 34-35.
[236]
Worboys, Spreading Germs, op. cit., p. 76.
[237]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 43.
[238]
Robert Liston, Practical Surgery, 3.ª ed., Londres, John Churchill, 1840, p.
31.
[239]
Year-Bookof Medicine, Surgery, and Their Allied Sciences for 1862, Londres,
impreso por la New Sydenham Society, 1863, p. 213, citado en Youngson, The
Scientific Revolution, op. cit., p. 38.
[240]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 84.
[241]
Ya en su madurez, Lister dijo que consideraba su investigación sobre la
naturaleza de la inflamación un «preliminar esencial» a su concepción del
principio antiséptico, e insistió en que los primeros hallazgos se incluirían
en algún volumen memorial de su obra. En 1905, cuando contaba setenta y ocho
años, escribió: «Si mis obras se leen cuando ya no esté, serán de las más
apreciadas» (citado en ibíd., p. 89).
[242]
Edward R. Howard, «Joseph Lister. His Contributions to Early Experimental
Physiology», Notes and Records of the Royal Society of London, vol. 67, n.º 3,
2013, pp. 191-198.
[243]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 87. Joseph Lister, «An Inquiry
Regarding the Parts of the Nervous System Which Regulate the Contractions of
the Arteries», Philosophical Transactions of the Royal Society of London, n.º
148, 1858, pp. 612-613.
[244]Ibíd.
, p. 614.
[245]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit.,
[246]
Joseph Lister, «On the Early Stages of Inflammation», Philosophical
Transactions of the Royal Society of London, N° 148, 1858, p. 700.
[247]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 61
[248]
Ibíd.
[249]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 31 de enero de 1857, MS6965/26, Wellcome
Library.
CAPÍTULO
7
[250]
Richard Volkmann, «Die moderne Chirurgie», Sammlung klinischer Vorträge, citado
en sir Rickman John Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 123.
[251]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 77.
[252]Ibíd.
, p. 78
[253]Ibíd.
, pp. 77-78.
[254]Ibíd.
, p. 82.
[255]
En Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 80, se alude a esta carta. No he podido
descubrir a la persona que la escribió, y otros autores, como Fisher, no la
mencionan.
[256]The
Glasgow Herald (18 de enero de 1860), p. 3.
[257]
Fisher, Lister, op. cit., p. 97.
[258]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 81.
[259]
Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 46.
[260]
Citado en Christopher Lawrence, «Incommunicable Knowledge: Science, Technology,
and the Clinical Art in Britain, 1850-1914», Journal of Contemporary History,
vol. 20, N 4 (1985), p. 508.
[261]
Carta citada en Godlee, Lord Lister, op. cit., pp. 88-89.
[262]
Según contó Cameron, véase Joseph Lister, op. cit., pp. 47-49.
[263]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 98; Crowther y Dupree,Medical Lives in the
Age of Surgical Revolution, op. cit., pp. 61-62.
[264]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 92
[265]
Crowther y Dupree, Medical Lives in the Age of Surgical Revolution, op. cit.,
p. 63.
[266]
De estas reformas informa Godlee en Lord Lister, op. cit., p. 90.
[267]Ibíd.,
op. cit., p. 91.
[268]Ibíd.
[269]Ibíd.
[270]Ibíd.
[271]Ibíd.
, p. 93
[272]Ibíd.
, p. 92.
[273]
Sir Hector Clare Cameron, Reminiscences of Lister and of His Work in the Wards
of the Glasgow Royal Infirmary,1860-1869, Glasgow, Jackson, Wylie & Co.,
1927, p. 9.
[274]
J. C. Symons, citado en Friedrich Engels, The Condition of the Working Class in
England, trad. y ed. de W. O. Henderson y W. H. Chaloner, 2.ª ed., Oxford,
Blackwell, 1971, p. 45.
[275]
«Accident», Fife Herald (12 de enero de 1865), p. 3.
[276]
«Uphall-Gunpowder Accident», Scotsman (3 de abril de 1865), p. 2.
[277]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 92.
[278]
Citado en John D. Comrie, History of Scottish Medicine, 2.ª ed., vol. 2,
Londres, publicado para la Wellcome Historical Medical Museum por Baillière,
Tindall & Cox,1932, p. 459.
[279]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 107.
[280]
Cameron, Reminiscences of Lister, op. cit., p. 11.
[281]Ibíd.
[282]
Godlee, Lord Lister, op. cit., pp. 129-130.
[283]Ibíd.
, p. 55.
[284]
Leeson, Lister as I Knew Him, op. cit., pp. 51, 103.
[285]Ibíd.
, p. 87.
[286]Ibíd.
, p. 111.
[287]Ibíd.
, p. 53.
[288]
Douglas Guthrie, Lord Lister: His Life and Doctrine, Edimburgo, E. & S.
Livingstone, 1949, pp. 63-64.
[289]
Leeson, Lister as I Knew Him, op. cit., p. 19
[290]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 111.
[291]
Joseph Lister, «The Croonian Lecture: On the Coagulation of the Blood»,
Proceedings of the Royal Society of London, Nº 12, 1862-1863, p. 609.
[292]
Guthrie, Lord Lister, pp. 45-46.
[293]
Joseph Lister, «On the Excision of the Wrist for Caries», The Lancet (25 de
marzo de 1865), pp. 308-312.
[294]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 122.
[295]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 110.
[296]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 30 de noviembre de 1864, MS6965/40,
Wellcome Library.
[297]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 111.
[298]
Citado en ibíd., p. 105.
[299]
Youngson, The Scientific Revolution, op. cit., p. 130.
[300]
Peter M. Dunn, «Dr. Alexander Gordon (1752-99) and Contagious Puerperal Fever»,
Archives of Disease in Childhood: Fetal and Neonatal Edition , vol. 78, n.º 3,
1998, F232.
[301]
Alexander Gordon, A Treatise on the Epidemic Puerperal Fever of Aberdeen,
Londres, impreso por G. G. y J. Robinson, 1795, pp. 3, 63, 99.
[302]
Youngson, The Scientific Revolution, op. cit., p. 132.
[303]Ibíd.
[304]
Ignaz Semmelweis, Etiology, Concept, and Prophylaxis of Childbed Fever (1861),
trad. de K. Kodell Carter, Madison, University of Wisconsin Press, 1983, p.
131.
[305]
Youngson, The Scientific Revolution, op. cit., p. 134.
[306]
Citado en Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 57
[307]
Cameron, Reminiscences of Lister, op. cit., p. 11.
[308]
Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 54.
[309]Ibíd.
, pp. 54-55.
[310]
En unas fuentes consta el año 1865, y en otras el año 1864. He tomado esta
fecha de sir William Watson Cheyne, Lister and His Achievement, Londres,
Longmans, Green, 1925, p. 8.
CAPÍTULO
8
[311]
George Henry Lewes, The Physiology of Common Life, vol. 2, Edimburgo, W.
Blackwood, 1859-1860, p. 452.
[312]
«Letters, News, etc.», The Lancet (26 de abril de 1834), p. 176, citado en
Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 152. Esta anécdota es de las primeras
décadas del siglo XIX, pero podría haber sido de la década de 1860. La cursiva
es mía.
[313]
Margaret Pelling, Cholera, Fever, and English Medicine, 1825-1865, Oxford,
Oxford University Press, 1978, p. 2.
[314]
Gaw, «A Time to Heal», op. cit., p. 19.
[315]
Citado en R. J. Morris, Cholera, 1832. The Social Response to an Epidemic,
Nueva York, Holmes & Meier, 1976, p. 207.
[316]
William Budd, «Investigations of Epidemic and Epizootic Diseases», British
Medical Journal (24 de septiembre de 1864), p. 356, citado en Gaw, «A Time to
Heal», op. cit., p. 24. Es interesante que Budd pensara que el veneno del
cólera pudiera ser transportado por el aire, pero creyera que no se contraía
por inhalación, sino por ingestión de alimentos y agua contaminados por el
aire.
[317]
W. Budd, «Cholera: Its Cause and Prevention», British Medical Journal (2 de
marzo de 1855), p. 207.
[318]
M. Faraday, «The State of the Thames, Letter to the Editor»,The Times (9 de
julio de 1855), p. 8.
[319]The
Times (18 de junio de 1858), p. 9.
[320]
Citado en Patrice Debré, Louis Pasteur, trad. de Elborg Forster, Baltimore,
Johns Hopkins University Press, 1998, p. 96.
[321]Ibíd.
, p. 87.
[322]
René Dubos, Pasteur and Modern Science, ed. de Thomas D. Brock, Washington, D.
C., ASM Press, 1998, p. 32.
[323]
René Vallery-Radot, The Life of Pasteur, trad. de R. L. Devonshire,
Westminster, Archibald Constable & Co.,1902, vol. 1, p. 142, en Godlee,
Lord Lister, op. cit., p. 176.
[324]
Citado en Sherwin B. Nuland, Doctors. The Biography of Medicine, Nueva York,
Vintage Books, 1989, p. 363.
[325]
Citado en Vallery-Radot, The Life of Pasteur, vol. 1, op. cit., p. 129.
[326]
Debré, Louis Pasteur, op. cit., p. 260.
[327]Ibíd.
, p. 110.
[328]Ibíd.
, p. 260.
[329]
Thomas Spencer Wells, «Some Causes of Excessive Mortality After Surgical
Operations», British Medical Journal(1 de octubre de 1864), p. 386.
[330]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 134.
[331]
«Meeting of the International Medical Congress», The Boston Medical and
Surgical Journal, N° 95 (14 de septiembre de 1876), p. 328.
[332]The
Lancet (24 de agosto de 1867), p. 234.
[333]
Véase Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 131.
[334]
Citado en ibíd., p. 130.
[335]
John. K. Crellin, «The Disinfectant Studies by F. Crace Calvert and the
Introduction of Phenol as a Germicide»,Vorträge der Hauptversammlung der
internationalen Gesellschaft für Geschichte der Pharmazie; International
Society for the History of Pharmacy, Meeting, 1965, London, n.º 28, 1966, p. 3.
[336]
Joseph Lister, «On a New Method of Treating Compound Fracture, Abscess, etc.
with Observations on the Conditions of Suppuration», The Lancet (16 de marzo de
1867), p. 327.
[337]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 134.
[338]
Lister, «On a New Method of Treating Compound Fracture», op. cit., p. 328.
[339]
Joseph Lister, «On the Principles of Antiseptic Surgery», en Internationale
Beiträge zur wissenschaftlichen Medizin: Festschrift, Rudolf Virchow gewidmet
zur Vollendung seines 70. Lebensjahres, Berlín, August Hirschwald, 1891, vol.
3, p. 262.
[340]
Aunque Kelly había sufrido un tipo similar de fractura, Lister creía que la
prueba había fracasado por un «uso incorrecto», no porque el ácido carbólico no
sirviera.
[341]
David Masson, Memories of London in the Forties, Edimburgo, William Blackwood
& Sons, 1908, p. 21.
[342]
Lister, «On a New Method of Treating Compound Fracture», op. cit., p. 329.
[343]Ibíd.
, pp. 357-359.
[344]Ibíd.
, p. 389.
[345]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 145.
[346]Ibíd.
, pp. 142-143.
[347]Ibíd.
[348]Ibíd.
, pp. 196-197.
[349]Ibíd.
, p. 198.
[350]
Lister, «On a New Method of Treating Compound Fracture», op. cit., p. 327.
[351]
Michael Worboys, «Joseph Lister and the Performance of Antiseptic Surgery»,
Notes and Records of the Royal Society of London, vol. 67, N° 3, 2013, pp.
199-209.
[352]
Joseph Lister, «Illustrations of the Antiseptic System of Treatment in
Surgery», The Lancet (30 de noviembre de 1867), p. 668.
CAPÍTULO
9
[353]
Jean-Baptiste Bouillaud, Essai sur la philosophie médicale et sur les
généralités de la clinique médicale , París, Rouvier et le Bouvier, 1836, p.
215; trad. citada en Ann F. La Berge, «Debate as Scientific Practice in
Nineteenth-Century Paris: The Controversy over the Microscope», Perspectives on
Science, vol. 12, N° 4, 2004, p. 424.
[354]Sir
James Paget, «The Morton Lecture on Cancer and Cancerous Diseases», British
Medical Journal (19 de noviembre de 1887), p. 1094.
[355]
Lucy G. Thurston, Life and Times of Mrs. G. Thurston, Ann Arbor, Mich.,
Andrews, 1882, pp. 168-172, citado en William S. Middleton, «Early Medical
Experiences in Hawaii», Bulletin of the History of Medicine, vol. 45, n.º 5,
1971, p. 458.
[356]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 213.
[357]Ibíd.
[358]Ibíd.
[359]Ibíd.
[360]Ibíd.
[361]
Joseph Lister, «On Recent Improvements in the Details of Antiseptic Surgery»,
The Lancet (13 de marzo de 1875), p. 366. Esta no es una descripción de la
operación de Isabella, sino de otra operación que Lister efectuó. Se supone que
siguió el mismo protocolo con su hermana.
[362]
Cameron, Reminiscences of Lister, op. cit., p. 32.
[363]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 213.
[364]
Joseph Lister, «On the Antiseptic Principle in the Practice of Surgery»,
British Medical Journal (21 de septiembre de 1867), pp. 246-248.
[365]
James Syme, «On the Treatment of Incised Wounds with a View to Union by the
First Intention», The Lancet (6 de julio de 1867), pp. 5-6.
[366]
James G. Wakley, «The Surgical Use of Carbolic Acid», The Lancet (24 de agosto
de 1867), p. 234.
[367]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., pp. 201-202.
[368]
James G. Wakley, «Carbolic Acid», The Lancet (28 de septiembre de 1867), p.
410.
[369]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p.152.
[370]Ibíd.
, p. 151.
[371]
Joseph Lister, «On the Use of Carbolic Acid», The Lancet (5 de octubre de
1867), p. 444.
[372]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 151.
[373]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 206.
[374]
Joseph Lister, «Carbolic Acid», The Lancet (19 de octubre de 1867), p. 502.
[375]Ibíd.
[376]
Joseph Lister, «Carbolic Acid», The Lancet (9 de noviembre de 1867), p. 595.
[377]
William Pirrie, «On the Use of Carbolic Acid in Burns», The Lancet (9 de
noviembre de 1867), p. 575.
[378]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 205.
[379]
Frederick W. Ricketts, «On the Use of Carbolic Acid», The Lancet (16 de
noviembre de 1867), p. 614.
[380]
James Morton, «Carbolic Acid: Its Therapeutic Position, with Special Reference
to Its Use in Severe Surgical Cases», The Lancet (5 de febrero de 1870), p.
188.
[381]
James Morton, «Carbolic Acid: Its Therapeutic Position, with Special Reference
to Its Use in Severe Surgical Cases», The Lancet(29 de enero de 1870), p. 155.
[382]
Joseph Lister, «An Address on the Antiseptic System of Treatment in Surgery,
Delivered Before the Medico-chirurgical Society of Glasgow», British Medical
Journal(1868), pp. 53-56, 101-102, 461-463, 515-517; Joseph Lister, «Remarks on
the Antiseptic System of Treatment in Surgery»,British Medical Journal (3 de
abril de 1869), pp. 301-304.
[383]
Morton, «Carbolic Acid», op. cit., p. 155.
[384]
James G. Wakley, «Antiseptic Surgery», The Lancet (29 de octubre de 1870), p.
613.
[385]
«The Use of Carbolic Acid», The Lancet (14 de noviembre de 1868), p. 634.
[386]The
Lancet (5 de diciembre de 1868), p. 728.
[387]
«Carbolic Acid Treatment of Suppurating and Sloughing Wounds and Sores», The
Lancet (12 de diciembre de 1868), p. 762.
[388]
Gaw, «A Time to Heal», op. cit., pp. 38-39.
[389]
James Paget, «Clinical Lecture on the Treatment of Fractures of the Leg», The
Lancet (6 de marzo de 1869), p. 317.
[390]
«Compound Comminuted Fracture of the Femur Without a Trace of Suppuration», The
Lancet (5 de septiembre de 1868), p. 324.
CAPÍTULO
10
[391]
John Locke, Essay Concerning Human Understanding(1690), ed. e introducción de
Peter H. Nidditch, Oxford, U. K., Clarendon Press, 1975, Epistle Dedicatory, p.
4.
[392]
Robert Paterson recogió el testimonio de Annandale en Memorials of the Life of
James Syme, Edimburgo, Edmonston and Douglas, 1874, pp. 304-305.
[393]
«Professor Syme», The Lancet (10 de abril de 1869), p. 506.
[394]
«Professor Syme», The Lancet (17 de abril de 1869), p. 541
[395]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 167; Godlee, Lord Lister, p. 241.
[396]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 242
[397]Ibíd.
[398]
«The Appointment of Mr. Lister», The Lancet (21 de agosto de 1869), p. 277.
[399]
Gaw, «A Time to Heal», op. cit., p. 42.
[400]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 165.
[401]
Donald Campbell Black, «Mr. Nunneley and the Antiseptic Treatment (Carbolic
Acid)», British Medical Journal (4 de septiembre de 1869), p. 281, citado en
Gaw, «A Time to Heal», op. cit., p. 46.
[402]
Donald Campbell Black, «Antiseptic Treatment», The Lancet (9 de octubre de
1869), pp. 524-525.
[403]
Joseph Lister, «Glasgow Infirmary and the Antiseptic Treatment», The Lancet (5
de febrero de 1870), p. 211
[404]
Joseph Lister, «On the Effects of the Antiseptic System of Treatment upon the
Salubrity of a Surgical Hospital», The Lancet (1 de enero de 1870), p. 4.
[405]
Lister, «Glasgow Infirmary», op. cit., p. 211.
[406]
Henry Lamond, «Professor Lister and the Glasgow Infirmary», The Lancet (29 de
enero de 1870), p. 175.
[407]
Thomas Nunneley, «Address in Surgery», British Medical Journal (7 de agosto de
1869), pp. 152, 155-156.
[408]
Joseph Lister, «Mr. Nunneley and the Antiseptic Treatment», British Medical
Journal (28 de agosto de 1869), pp. 256-257.
[409]
Joseph Jackson Lister a Joseph Lister, 6 de junio de 1869, MS 6965/67, Wellcome
Library.
[410]
Arthur Lister a Joseph Lister, 19 de octubre de 1869, MS 6966/33, Wellcome
Library.
[411]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 244.
[412]
Joseph Lister, Introductory lecture delivered in the University of Edinburgh ,
8 de noviembre de 1869, Edimburgo, Edmonston and Douglas, 1869, p. 4.
[413]
«[Mr. Syme]», The Lancet (2 de julio de 1870), p. 22.
[414]
«James Syme, F. R. S. E., D. C. L., Etc.», British Medical Journal (2 de julio
de 1870), p. 25.
[415]
Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 100.
[416]
F. Le M. Grasett, «Reminiscences of “the Chief”», en Joseph, Baron Lister.
Centenary Volume, 1827-1927, ed. de A. Logan Turner, Edimburgo, Oliver and
Boyd, 1927, p. 109.
[417]
Cheyne, Lister and His Achievement, op. cit., p. 24.
[418]Ibíd.
[419]
Citado en Crowther and Dupree, Medical Lives in the Age of Surgical Revolution,
op. cit., p. 102.
[420]
Martin Goldman, Lister Ward, Bristol, Adam Hilger, 1987, pp. 61-62.
[421]Ibíd.
, p. 70.
[422]
Worboys, «Joseph Lister and the Performance of Antiseptic Surgery», op. cit.,
p. 206.
[423]
Véase Joseph Lister, «Observations on Ligature of Arteries on the Antiseptic
System», The Lancet (3 de abril de 1869), pp. 451-455. Véase también T. Gibson,
«Evolution of Catgut Ligatures. The Endeavours and Success of Joseph Lister and
William Macewen», British Journal of Surgery, N° 77 (1990), pp. 824-825.
[424]
Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 231.
[425]
«Professor Lister’s Latest Observations», The Lancet, (10 de abril de 1869), p.
503.
[426]
Lister’s Commonplace Books, MS0021/4/4 (9), Royal College of Surgeons of
England.
[427]
Erichsen, On Hospitalism and the Causes of Death After Operations, op. cit., p.
98.
[428]
Joseph Lister, «A Method of Antiseptic Treatment Applicable to Wounded Soldiers
in the Present War», British Medical Journal (3 de septiembre de 1870), pp.
243-244.
[429]
Lister, «Further Evidence Regarding the Effects of the Antiseptic System of
Treatment upon the Salubrity of a Surgical Hospital», op. cit., pp. 287-288.
[430]
Stanley, For Fear of Pain, op. cit., p. 89.
[431]
Thomas Keith, «Antiseptic Treatment», The Lancet (9 de octubre de 1869), p. 336
[432]
E. R. Bickersteth, «Remarks on the Antiseptic Treatment of Wounds», The Lancet
(29 de mayo de 1869), p. 743.
[433]
James G. Wakley, «Hospitalism and the Antiseptic System», The Lancet, (15 de
enero de 1870), p. 91.
[434]
Relato de Leeson en Lister as I Knew Him, op. cit., pp. 21-24.
CAPÍTULO
11
[435]
Oliver Goldsmith, The Deserted Village, A Poem, 2.ª ed., Londres, W. Griffin,
1770, p. 10 (ll. 179-180).
[436]
«Journal Entry: Tuesday 29th August 1871»,Queen Victoria’s Journals, N° 60, p.
221; < queenvictoriasjournals.org/home.do>
[437]
Jonathan Hutchinson, «Dust and Disease», British Medical Journal (29 de enero
de 1879), pp. 118-119.
[438]
Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 88.
[439]
«Journal Entry: Monday 4th September 1871», Queen Victoria’s Journals ,N° 60,
p. 224, <queenvictoriasjournals.org/home.do>
[440]
Citado en Godlee, Lord Lister, op. cit., p. 305.
[441]
Lister afirmaría más tarde que la primera vez que utilizó un tubo de drenaje de
goma fue con la reina Victoria. Sin embargo, la correspondencia entre Lister y
su padre prueba que ya lo usaba en 1869, dos años antes de que operara a la
reina. Es posible que Lister quisiera decir que era el primer caso en que
utilizaba el tubo de drenaje de goma en un absceso. Joseph Jackson Lister a
Joseph Lister, 27 de enero de 1869, MS 6965/63, Wellcome Library. Véase también
lord Lister, «Remarks on Some Points in the History of Antiseptic Surgery», The
Lancet (26 de junio de 1908), p. 1815.
[442]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 194.
[443]
F. N. L. Pointer, «The Contemporary Scientific Background of Lister’s
Achievement», British Journal of Surgery, N° 54 (1967), p. 412.
[444]
Citado en Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 105.
[445]
Por ejemplo, Lister se dirigió en 1871 a la Asociación Médica Británica en
Plymouth.
[446]
James G. Wakley, «A Mirror of the Practice of Medicine and Surgery in the
Hospitals in London», The Lancet (14 de enero de 1871), pp. 47-48.
[447]
Cameron, Joseph Lister, op. cit., p. 99.
[448]
Flaneur, «Antiseptic Surgery», The Lancet (5 de enero de 1878), p. 36.
[449]
Cameron, Joseph Lister, op. cit., pp. 110-111.
[450]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 159.
[451]
Citado en Ibíd.
[452]
Esta reconstrucción del poco conocido viaje de Lister a Estados Unidos se la
debo al artículo de Ira Rutkow «Joseph Lister and His 1876 Tour of America»,
Annals of Surgery, vol. 257, N° 6 (2013), pp. 1181-1187. Muchas de las fuentes
primarias citadas en esta sección proceden de este excelente artículo.
[453]
George Derby, «Carbolic Acid in Surgery», The Boston Medical and Surgical
Journal (31 de octubre de 1867), p. 273
[454]Ibíd.
, p. 272. No se sabe por qué Derby escribió así el nombre de Lister.
[455]
R. Lincoln, «Cases of Compound Fracture at the Massachusetts General Hospital
Service of G. H. Gay, M. D.», The Boston Medical and Surgical Journal, N°s., 1,
10 (1868), p. 146.
[456]
Citado en John Ashhurst, ed., Transactions of the International Medical
Congress of Philadelphia, 1876 , Filadelfia, impreso para el Congreso, 1877, p.
1028.
[457]Ibíd.
, p. 532.
[458]Ibíd.
[459]Ibíd.
, pp. 517-538.
[460]
G. Shrady, «The New York Hospital», Medical Record, N° 13 (1878), p. 113.
[461]
Citado en Ashhurst, Transactions, op. cit., p. 42.
[462]
E. H. Clarke et al., A Century of American Medicine, 1776-1876, Filadelfia,
Henry C. Lea, 1876, p. 213.
[463]
Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 223.
[464]
Citado en James M. Edmonson, American Surgical Instruments. The History of
Their Manufacture and a Directory of Instrument Makers to 1900, San Francisco,
Norman, 1997, p. 71.
[465]
Joseph Lister, «The Antiseptic Method of Dressing Open Wounds», Medical Record,
N° 11 (1876), pp. 695-696.
[466]
Algunos historiadores han dicho que la lección de Lister fue grabada en un
fonógrafo, pero el fonógrafo no se inventó hasta el año siguiente.
[467]
Henry Jacob Bigelow, «Two Lectures on the Modern Art of Promoting the Repair of
Tissue», The Boston Medical and Surgical Journal (5 de junio de 1879), pp.
769-770.
[468]
Wrench, Lord Lister, op. cit., pp. 267-270.
[469]
James G. Wakley, «Professor Lister», The Lancet (10 de marzo de 1877), p. 361.
[470]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 230.
EPÍLOGO
[471]
Richard Selzer, Letters to a Young Doctor, Nueva York, Simon & Schuster,
1982, p. 51.
[472]
Pasteur a Lister, 3 de enero de 1889, MS 6970/13 (en francés), Wellcome
Library.
[473]
Nuland, Doctors, op. cit., p. 380.
[474]
Citado en Fisher, Joseph Lister, op. cit., p. 294.
[475]
Leon Morgenstern, «Gargling with Lister», Journal of the American College of
Surgeons, N° 204 (2007), pp. 495-497
[476]
Wrench, Lord Lister, op. cit., p. 137.
[477]
Copias contemporáneas de última voluntad y codicilo, MS 6979/18/1-2, Wellcome
Library, en Richard K. Aspin, «Illustrations from the Wellcome Institute
Library, Seeking Lister in the Wellcome Collections», Medical History, N° 41,
1997, pp. 86-93.
[478]
Thomas Schlich, «Farmer to Industrialist: Lister’sAntisepsis and the Making of
Modern Surgery in Germany», Notes and Records of the Royal Society, N° 67,
2013, p. 245.
[479]
Worboys, Spreading Germs, op. cit., p. 24.
[480]
R. H. Murray, Science and Scientists in the Nineteenth Century, Londres,
Sheldon Press, 1925, p. 262.


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