© Libro N° 6135.
Hijos De Las Estrellas. Ruiz, María Teresa. Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © Hijos De LaS Estrellas. María Teresa Ruiz
Versión Original: © Hijos De LaS Estrellas. María Teresa Ruiz
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
HIJOS DE
LAS ESTRELLAS
María
Teresa Ruiz
CONTENIDO
¿Dónde
estamos? ¿Cómo llegamos aquí?
Prepararse
para iniciar la exploración del universo
¿Desde
dónde partimos la exploración?
¿Cuándo
y cómo llegamos aquí?
Biografía
de una estrella
La
llegada
Imágenes
Para
Fernando y Camilo, mis compañeros de ruta.
Capítulo
1
¿Dónde estamos? ¿Cómo llegamos aquí?
Del
mismo modo en que un niño pequeño explora el mundo que lo rodea tirando objetos
al suelo para ver qué pasa, comiendo o al menos probando juguetes, llaves,
gusanos, tierra o lo que encuentre a su alcance, la evolución de la humanidad
ha sido impulsada por nuestra curiosidad y espíritu explorador. Estas actitudes
nos han llevado adelante como especie exitosa, capaz de multiplicarse y ocupar
todos los rincones del planeta Tierra. En esta historia hemos desarrollado la
que ha sido nuestra mejor estrategia: descubrir algunos secretos de la
naturaleza para usarlos en nuestro beneficio.
Tal vez lo que diferenció a nuestros ancestros de otros primates fue su
sorprendente interés por hacerse preguntas «inútiles» para con su existencia
inmediata: ¿qué son las estrellas?, ¿por qué se producen los eclipses?, ¿qué
son los cometas?, todos objetos o fenómenos muy lejanos que no se pueden tocar,
probar ni oler. Preguntas «inútiles» que permitieron que nuestros antepasados
prehistóricos desarrollaran sus mentes hasta alcanzar una inteligencia
superior. Las primeras respuestas surgieron a través de los mitos, historias
que ilustraban «teorías» explicativas acerca del universo; luego vendría el
desarrollo de la ciencia. Aún hoy la humanidad avanza adquiriendo nuevo conocimiento
y se sigue formulando las mismas preguntas, que son tan relevantes.
La curiosidad y la necesidad de investigar son las que nos han impulsado a
extender la búsqueda más allá de la Tierra, en una aventura de descubrimiento y
exploración aún más emocionante y difícil que las emprendidas en su época por
Cristóbal Colón, Marco Polo o Hernando de Magallanes. Ellos se encontraron con
nuevas civilizaciones, pero a pesar de lo extraños que los nuevos seres
pudieran parecer, eran semejantes; encontraron árboles, ríos y pájaros que eran
similares a los que ya conocían. En cambio, el universo más allá de la Tierra
es muy raro, allí pasan cosas que aquí, en nuestro planeta, no ocurren; existen
hoyos negros, pulsares, grandes explosiones de supernovas. No podemos hacer
comparaciones ni usar nuestra experiencia terrestre para emprender con éxito
esta indagación del cosmos que llamamos astronomía.
Por ahora y con muy pocas excepciones, la exploración del universo más allá de
la Tierra la hemos realizado con nuestra mente, inteligencia e imaginación,
gracias a las cuales hemos extendido nuestros sentidos mediante la creación de
instrumentos que nos permiten medir e interpretar la información. Los datos nos
llegan en forma de radiación electromagnética a modo de rayos gama,
rayos X, luz ultravioleta, luz visible, infrarrojo (luz invisible para el
ojo humano y que emite, por ejemplo, un objeto caliente como nuestro cuerpo),
ondas submilimétricas y hasta decamétricas. Cada uno de estos tipos de
radiación se detecta con diversos instrumentos desde la superficie de la Tierra
o, gracias a los satélites, en su espacio circundante.
De manera muy reciente, hemos recibido también noticias sobre nuestro universo
que no vienen como radiación electromagnética, sino como ondas
gravitacionales. La existencia de estas ondas fue predicha por Albert
Einstein en 1916, pero a pesar de los múltiples esfuerzos realizados en varios
laboratorios de distintos países por descubrirlas, no fueron detectadas hasta
un siglo después. De hecho, el 11 de febrero de 2016 quienes habitamos en el
hemisferio sur del planeta vimos irrumpir en nuestra rutina veraniega uno de
los fenómenos más extraordinarios de los últimos tiempos: pegados a la pantalla
del computador, recibimos la primera información del universo no como radiación
electromagnética, sino como onda gravitacional. Esta fue detectada por el
instrumento Advanced LIGO y nos informaba sobre la mutua
atracción gravitacional y fusión final de dos agujeros negros. ¡Un
acontecimiento que valió la pena celebrar!
Las ondas gravitacionales se producen cuando un objeto con masa (que según la
teoría de la Relatividad General deforma el espacio a su alrededor) se mueve.
La deformación del espacio se propaga por el universo (incluso en el vacío) a
la velocidad de la luz (al igual que la radiación electromagnética). Esta
deformación del espacio, dada la gran distancia entre nosotros y el lugar donde
se produce el evento, es tan pequeña que, incluso contando con los instrumentos
más sofisticados para detectar ondas gravitacionales, solo se puede observar si
es producida por el movimiento de cuerpos muy masivos como los agujeros negros,
las estrellas de neutrones o las enanas blancas.
Las ondas gravitacionales nos abren una nueva ventana para observar el
universo, y no sabemos con qué sorpresas nos vamos a encontrar. Tenemos
expectativas de poder conocer qué pasó con el universo en su primer millón de
años de existencia después del Big-Bang, cuando era muy denso y caliente,
totalmente opaco a la radiación electromagnética, pero transparente a las ondas
gravitacionales, las cuales podían desplazarse sin ser absorbidas por la gran
densidad de materia existente en esa etapa del cosmos.
Para emprender este viaje por nuestro universo es necesario dejar en casa
herramientas tan importantes para la vida diaria como lo son el instinto y el
sentido común; ambos los hemos desarrollado para sobrevivir en la Tierra, pero
son inútiles explorando el espacio, que es extraño y está lleno de objetos que
no nos son familiares y que sin embargo forman parte de nuestra historia y de
nosotros mismos como seres humanos.
El conocimiento del universo —sus dimensiones, sus tiempos, la variedad de sus
estructuras— ha progresado de forma muy acelerada en las últimas décadas,
gracias a los nuevos y más poderosos instrumentos para observarlo.
Hasta hace relativamente poco tiempo, considerando la historia de la humanidad,
se creía que las estrellas y todos los cuerpos en el cielo giraban en torno a
la Tierra. La verdad es que si en una noche despejada, lejos de las luces de la
ciudad, ojalá incluso sin luz de Luna, nos tendemos de espaldas, veremos miles
de estrellas, la mayor parte de ellas concentradas en una banda luminosa que
corresponde a nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Si tenemos la paciencia de
permanecer observando el cielo por unas horas, veremos que las estrellas
parecen girar en torno a nosotros, pero claro, ahora sabemos que esto es debido
a la rotación de la Tierra sobre su eje, que completa un giro en veinticuatro
horas, y no a que seamos el centro del universo.
Como humanidad hemos tenido que abandonar ese deseo ancestral de ponernos en el
centro de todo y asumir la realidad de que no somos el centro de nada:
habitamos un pequeño planeta, entre varios más que giran en torno a una
estrella que bautizamos como Sol; es una estrella común y corriente, entre cien
mil millones de estrellas que existen en la Vía Láctea, la mayoría de las
cuales hoy sabemos tienen sistemas planetarios; y nuestra galaxia es, a su vez,
una entre las más de cien mil millones de galaxias que llenan el universo. Un
golpe tremendo a nuestra autoestima y a nuestras pretensiones de ser
especiales. Sin embargo, al final de este viaje por el universo espero
convencer al lector de que en realidad, al menos por ahora, podemos
considerarnos muy especiales, aunque por razones distintas.
Capítulo
2
Prepararse para iniciar la exploración del universo
Tal
como cuando salimos de excursión llevamos algunos elementos imprescindibles
como agua, alimentos, linterna, saco de dormir, etcétera, para la exploración
del cosmos los astrónomos necesitamos algunos aparatos que son fundamentales.
Las herramientas más importantes tienen que ver con la luz —conocida por los
científicos como radiación electromagnética—, es decir, con instrumentos que
hemos construido para atrapar y estudiar la luz que nos llega desde los
confines del universo.
La luz se mueve a velocidad constante, con un valor fijo de trescientos mil
kilómetros por segundo (en el vacío). Esto hace que la luz que emiten los
objetos más lejanos tarde mucho en llegar a nosotros y nos muestre el universo
tal como era en su infancia hace miles de millones de años, cuando ese haz de
luz recién inició su camino; mientras que la luz que viene desde objetos más
cercanos se demora menos en llegar y nos muestra el universo como es hoy.
Aquí vale la pena notar que la luz del Sol, por ejemplo, tarda ocho minutos en
recorrer los ciento cincuenta millones de kilómetros que separan a esa estrella
de nosotros. Cuando vemos que el Sol se está poniendo, ya hace ocho minutos que
está bajo el horizonte. Cuando leemos estas palabras impresas, la luz reflejada
en el libro se toma un tiempo (muy breve, pero no cero) en llegar a los ojos. Y
cuando la mente procesa esta información, esta ya está en el pasado: el
presente es solo un momento imaginario entre el pasado y el futuro. Esta
característica de la velocidad de la luz nos permite «ver» el pasado y así
reconstruir la historia del universo.
La exploración del universo es entonces un viaje por el espacio-tiempo: cuando
miramos a lo lejos vemos el pasado, y mientras más lejos, más atrás en el
tiempo. No hay ninguna posibilidad de saber cómo es el universo en la
actualidad, excepto por el espacio inmediatamente circundante en que las
noticias que nos llegan son más o menos recientes, por lo cual las cosas no
habrán cambiado demasiado. Muchas de las estrellas que vemos en el cielo pueden
haber muerto y desaparecido hace millones de años, pero la noticia no nos ha
llegado todavía. Hay un puñado de estrellas en nuestra galaxia que por las
características de su luz podemos suponer que están cerca del fin de su vida.
Pero eso podríamos corroborarlo en cualquier momento hoy, mañana o en ¡diez mil
años!, lo cual es casi nada para los tiempos estelares; no para nosotros, claro
está.
Entre los fenómenos que afectan a la luz podemos mencionar el Efecto Doppler,
que nos es familiar en el caso de las ondas de sonido: cuando una ambulancia
con su sirena sonando se acerca hacia nosotros, el sonido se percibe agudo,
mientras que cuando la fuente sonora se aleja, se desplaza hacia registros más
graves; algo así como iiiiiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuu. Lo mismo ocurre
con la luz: mientras más rápido se aleja una fuente luminosa del observador, la
luz que emite se desplaza hacia el rojo; si la fuente se mueve acercándose, su
luz se desplaza hacia el azul. Así, si una fuente luminosa como una estrella o
toda una galaxia se aleja respecto de nosotros aquí en la Tierra, la veremos
más roja de lo que es en realidad. Al revés, si la fuente luminosa se mueve
acercándose a nosotros, su luz se verá más azul. Este efecto nos permite saber
si las estrellas, las galaxias y todos los objetos en el universo se están
alejando o acercando; en el caso de las galaxias, también nos permite
determinar sus distancias, ya que la expansión del universo hace que las
galaxias se alejen unas de otras. Es decir, mientras más lejos de nosotros esté
una galaxia, más rápido se estará alejando y más al rojo se desplazará su luz.
Importante
para la exploración del universo son los instrumentos que nos ayudan a
«recolectar» la luz que viene de todos los rincones del cosmos, como los
telescopios y antenas, que se construyen cada día más poderosos con el objetivo
de estudiar la débil luz que proviene de los objetos más distantes y que
permanecen invisibles a nuestros ojos. El ojo humano hace tiempo que quedó
obsoleto como herramienta para «ver» el universo. Hoy existen detectores que
son millones de veces más sensibles y que además pueden «observar» la radiación
electromagnética (luz) en el infrarrojo, ultravioleta, rayos X, rayos gama
y ondas de radio. Nuestros ojos sirven solo para mirar en luz visual, también
llamada rango óptico, que es la luz donde nuestra estrella, el Sol, emite el
máximo de su luminosidad. Esto es una adaptación evolutiva: los habitantes de
otros sistemas planetarios, cuya estrella emita la mayor parte de su luz en
rayos X, por ejemplo, seguramente tendrían otros «ojos» o detectores de
rayos X para «ver» su mundo.
Relevantes son también los satélites astronómicos que observan el universo
orbitando la Tierra y evitan, de esta manera, el efecto de la atmósfera
terrestre, que absorbe la luz que nos llega, desde los rayos X hasta gran
parte de las ondas submilimétricas y milimétricas. La atmósfera terrestre, de
hecho, hace que las imágenes de los astros aparezcan algo borrosas, como fuera
de foco, debido al movimiento de las masas de aire que debe atravesar un rayo
de luz que nos llega desde el cosmos. En cambio, los satélites reciben la luz
directamente, sin pasar por la atmósfera, y consiguen así imágenes muy nítidas,
como las obtenidas con el Telescopio Espacial Hubble —que observa el universo
desde su órbita, a seiscientos diez kilómetros de altura sobre la superficie
terrestre, en luz ultravioleta y visual— o el Telescopio Espacial Spitzer —que
hace lo mismo pero en infrarrojo. También existen los satélites capaces de
observar los rayos gama y aquellos que captan los rayos X provenientes del
universo.
En plena Guerra Fría, Estados Unidos desarrolló detectores de rayos gama. El
interés residía en que estos podían detectar las posibles explosiones atómicas
de países enemigos, ya que en esas instancias se liberan muchos rayos gama.
Varias veces Estados Unidos estuvo en estado de alerta debido al descubrimiento
de una emisión de luz de rayos gama. Por suerte, antes de que alguna tragedia
sucediera, se descubrió que esos rayos no provenían de la Tierra, sino del
espacio. Pasaron varias décadas antes de que los detectores se refinaran al
punto de poder saber con exactitud de qué parte del cielo provenían esos rayos.
En la actualidad, los telescopios son muy poderosos y entregan esa información
casi inmediatamente después de su detección. Las evidencias observacionales
indican que provienen de objetos muy lejanos en el universo, posiblemente
producidos por la muerte de una estrella muy masiva cuyo corazón colapsó
formando un agujero negro, momento en que las capas más externas son eyectadas
en una megaexplosión de supernova.
Los
telescopios más poderosos del mundo —muchos de los cuales están instalados en
el norte de Chile, en Hawái (Estados Unidos) y en Canarias (España)— cuentan
con una tecnología para compensar el efecto de la atmósfera y producir imágenes
de gran nitidez, comparables, y en algunos casos mejores incluso, que las
obtenidas por el Telescopio Espacial Hubble, que tiene un espejo más bien
pequeño, de solo dos metros y medio de diámetro.
Se
ha logrado compensar el efecto de la atmósfera mediante un rayo láser de sodio
(color amarillo) especialmente diseñado que se lanza desde el telescopio. A
noventa kilómetros sobre la superficie de la Tierra, el rayo láser se encuentra
con una capa de gas de sodio que a esa altura rodea al planeta. Los átomos de
sodio absorben la luz del láser y brillan como si fuera la imagen de una
estrella. El láser se apunta a una zona en el cielo muy cercana al objeto que
se quiere estudiar. Ambas imágenes —la producida por el láser y la del objeto
de estudio— se ven deformadas por las mismas capas atmosféricas turbulentas,
pero ya que sabemos cómo debe ser la imagen producida por el láser, podemos
corregirla para que vuelva a su forma original. Así, podemos aplicar la misma
corrección al objeto de estudio. Esto se hace unas veinte veces por segundo.
Es evidente que la atmósfera sigue estando allí, y absorbiendo mucha de la
radiación que nos llega a la superficie terrestre. Por ejemplo, no podemos
observar la luz ultravioleta ni en forma de rayos X. La atmósfera terrestre es
totalmente opaca a esta radiación.
¿Qué hace que algunos lugares sean más apropiados para instalar
observatorios?
Cuando se realiza una gran inversión para construir un observatorio óptico (con
telescopios), se busca un lugar que sea oscuro, es decir, que no esté
contaminado por luces de ciudades cercanas (no es coincidencia que Hawái y
Canarias sean islas); que tenga un registro histórico de muchas noches
despejadas al año; que tenga una montaña adecuada donde el viento no sea
demasiado intenso ni turbulento y que la altura donde se forman las nubes esté
más abajo que la cumbre donde está el observatorio. Estas condiciones se
cumplen particularmente bien en los tres sitios mencionados, además de otros
como Namibia y San Pedro Mártir en Baja California, México. El Observatorio de
Monte Palomar, en California, donde está el telescopio Hale, con un espejo de
cinco metros de diámetro, fue el más grande y poderoso del mundo por décadas,
pero perdió su liderazgo no por su tamaño o instrumentación, sino por las luces
de las ciudades de Los Ángeles y Pasadena, que hicieron en la práctica
imposible la observación astronómica. Hay que cuidar los cielos oscuros y
combatir la contaminación lumínica, que algún día podría afectar a gran parte
de los cielos del mundo, cerrando para siempre esas pequeñas ventanas al
universo.
Como astrónoma chilena, con frecuencia me preguntan por qué el norte de Chile
tiene tantos observatorios astronómicos. Una de las razones que explica el
interés demostrado por países de todo el mundo en instalar observatorios en
esta región es precisamente la baja contaminación lumínica, pero existen otros
factores, como la posibilidad de observar el universo desde el hemisferio sur.
Mientras la Tierra se desplaza en su órbita en torno al Sol, desde el
hemisferio sur se observa una zona del cielo que no se logra ver desde el
norte, hemisferio donde está la mayor parte de los países que históricamente
han cultivado la ciencia y desarrollado instrumentos para explorar el cosmos.
Mientras el cielo del hemisferio norte estaba bastante explorado, el cielo del
Sur era prácticamente desconocido. Hoy, con la concentración de grandes
observatorios construidos en el norte de Chile en las últimas décadas, el cielo
del sur por fin empieza a ser familiar y conocido para los astrónomos del
mundo.
Otra razón del interés por instalar observatorios en Chile es que el cielo del
sur contiene algunos de los objetos astronómicos más interesantes para estudiar
cómo es el centro de nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, que pasa
directamente sobre las cabezas de los habitantes de Santiago de Chile, con una
declinación (que equivale a latitud en la Tierra) de menos treinta y tres
grados. El centro de nuestra galaxia contiene una potente fuente de emisión de
ondas de radio, cuyo origen era hasta hace poco desconocido. Ahora sabemos que
en el centro de la Vía Láctea hay un agujero negro con una masa de tres
millones de veces la masa del Sol, desde donde precisamente surge esa misteriosa
emisión. En el cielo austral, entre menos sesenta y menos setenta grados,
también encontramos dos galaxias satélites de la nuestra: la Nube Mayor de
Magallanes y la Nube Menor de Magallanes, llamadas así porque a ojos de un
observador inexperto pueden parecer nubes normales. Estas galaxias son las más
cercanas a nosotros y en ellas podemos estudiar cómo se distribuyen las
estrellas según su edad (poblaciones estelares), así como otros fenómenos
astronómicos que son muy difíciles de ver en nuestra propia galaxia porque
estamos inmersos en ella.
Otro punto importante es la prevalencia de una gran cantidad de noches con
cielos despejados y una atmósfera estable (no turbulenta) que permite obtener
imágenes muy nítidas. Estas condiciones se dan debido a una combinación de
factores geográficos. Importante es la presencia de la cordillera de los Andes,
que actúa como barrera para detener el aire húmedo y las nubes que vienen desde
el Atlántico, y de la corriente fría de Humboldt, que se origina en la Antártica
y que corre a lo largo de la costa chilena manteniendo el océano frío y
promoviendo la formación de nubes a baja altura y sobre el mar, y no en el
continente.
De manera más reciente, el altiplano de la región de Antofagasta se ha ido
poblando de telescopios optimizados para detectar la luz en infrarrojo y de
antenas para detectarla en ondas milimétricas y submilimétricas. En el área de
la planicie de Chajnantor, al este de San Pedro de Atacama, a más de cinco mil
metros de altura, donde la poca atmósfera que hay es muy seca, está el
observatorio ALMA (Atacama Large Millimeter Array). Chajnantor es ideal
para realizar observaciones milimétricas y submilimétricas debido a su baja
humedad. En cambio, un sitio con una atmósfera húmeda (con vapor de agua)
absorbería la luz en esas longitudes de onda que vienen del universo,
impidiendo que esta sea detectada por las antenas en la Tierra: ese no sería un
buen lugar desde donde realizar esas observaciones. A más de cinco mil metros
de altura, el aire es muy sutil, atrapa muy poco el calor del Sol y la humedad
es muy baja, las nubes que se forman son mayormente de hielo y no de vapor de
agua, dándose así las condiciones ideales para la observación en frecuencias
milimétricas y submilimétricas.
En 1979, mientras trabajaba en el Instituto Goddard (NASA) en la ciudad de
Nueva York, realicé observaciones de los restos gaseosos de explosiones de
supernovas en luz de ondas milimétricas, usando una antena que estaba ubicada
en el techo del edificio de Astronomía de la Universidad de Columbia (Puppin
Hall). Era el mes de febrero y la temperatura había descendido a dieciséis
grados bajo cero. El cielo estaba cubierto, completamente gris, lo que
significaba que había que dar por perdida esa noche, ya que ni la luz de la Luna
llena podría atravesar esa gruesa capa de nubes. Así pensé, acostumbrada a
trabajar con luz visual. Pero lo que ocurrió fue que con ese frío las nubes
eran de hielo, no de vapor de agua, y por lo tanto eran absolutamente
transparentes a las ondas milimétricas, ¡era como ver estrellas en una noche
despejada!
El hecho de que Chile haya sido, por más de medio siglo, un buen anfitrión,
dando facilidades para que los observatorios de distintos países del mundo se
instalen y operen en su territorio, es también otra de las razones importantes
que explican la gran cantidad de observatorios astronómicos instalados en el
norte del país dada la gran relevancia de la cooperación internacional para el
desarrollo de la ciencia.
La astronomía en Chile comenzó en 1849, con la llegada al país del subteniente
de la Armada estadounidense James Gillis, quien arribó para realizar
observaciones durante dos años. Gillis se hizo muy amigo de Andrés Bello,
fundador y primer rector de la Universidad de Chile, quien lo apoyó durante su
estadía y al final de su visita le compró sus instrumentos astronómicos, con
los cuales fundó el Observatorio Astronómico Nacional de Chile. El observatorio
de Gillis estaba en la cumbre del Cerro Santa Lucía, exactamente en el centro
de Santiago. Qué distinta debía ser la ciudad en ese entonces: desde allí, hoy
las luces y la contaminación apenas si dejan ver la luna llena y, tal vez, un
par de estrellas.
Dando un paseo rápido por algunos de los observatorios internacionales que
operan en Chile —que son los que conozco bien—, cabe destacar al primero que se
instaló en las montañas al este de la ciudad de La Serena. Se trata del
Observatorio Interamericano de Cerro Tololo (CTIO), que pertenece al
Observatorio Óptico Nacional de Estados Unidos (National Optical Astronomy
Observatory, NOAO). Tololo ha sido operado en Chile por la Asociación de
Universidades Americanas para la Investigación Astronómica (Association of
Universities for Research in Astronomy, AURA) durante más de cincuenta
años. Su principal telescopio, de cuatro metros de diámetro, fue bautizado
«Blanco» en honor al doctor Víctor Blanco, astrónomo estadounidense
puertorriqueño y gran director del observatorio durante sus primeros años. Siento
especial cariño por ese telescopio, ya que con él he realizado la mayor parte
de mi trabajo. Hoy el telescopio Blanco, equipado con un nuevo instrumento
llamado Dark Energy Camara (DECam), una cámara que tiene
quinientos setenta megapixeles, explora temas en la frontera del conocimiento
en Astrofísica, como la naturaleza de la energía oscura y el origen de las
ondas gravitacionales.
En la cumbre de Cerro Tololo hay también otros telescopios más pequeños. Fue en
Tololo, en una noche sin luna, cuando tenía unos veinte años de edad y
realizaba mi práctica de verano de la carrera de Ingeniería Civil de la
Universidad de Chile, donde sentí que la Vía Láctea me envolvía, supe que era
parte de ella. En ese momento me enamoré de la astronomía y decidí que eso era
lo que quería hacer por el resto de mi vida. Una buena decisión.
Muy cerca de Cerro Tololo, en la cumbre de Cerro Pachón, está el telescopio
Gemini Sur, con un espejo de ocho metros de diámetro. Gemini Sur pertenece a un
consorcio formado por Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil y Chile, el
cual opera dos telescopios iguales (con espejos de 8,1 metros de diámetro): uno
en el hemisferio sur, en Cerro Pachón, y otro en el hemisferio norte, en la
cumbre del Mauna Kea, que está en la isla grande de Hawái.
Hay otros dos telescopios en la cumbre de Cerro Pachón: el telescopio SOAR, de
cuatro metros de diámetro, que pertenece a un consorcio formado por NOAO,
Brasil y las universidades de Carolina del Norte y del Estado de Michigan,
ambas en Estados Unidos. En esta misma cumbre comenzará a operar, en 2020, el
telescopio LSST ( Large Sinoptic Survey Telescope), de 8,4 metros
de diámetro, el cual tomará imágenes del cielo en forma permanente: cubrirá
todo el cielo cada tres días, comenzando al cuarto día el mismo procedimiento
de nuevo. Este telescopio abrirá una nueva dimensión para los descubrimientos
astronómicos: la dimensión del tiempo. Como obtendrá fotos de la misma región
del cielo cada tres días, se podrá detectar cualquier objeto que varíe su
brillo o posición.
El LSST tendrá particular importancia en la detección de cuerpos menores del
sistema solar, como cometas y asteroides. Se podrán así conocer sus órbitas y
estar atentos si se determina que la trayectoria de alguno de ellos pudiera
traerlo peligrosamente cerca de la Tierra.
Entre los cerca de cuarenta socios del LSST hay diversos países, instituciones
y empresas. Entre estas últimas vale la pena destacar a Google, ya que será la
responsable de subir todos los datos a internet, de manera que quienquiera
pueda acceder a ellos desde cualquier parte del mundo. Esto es de suma
relevancia, ya que permitirá que la astronomía no sea una ciencia acotada a los
científicos que trabajan en países con recursos para construir observatorios
modernos. Gracias al LSST y a Google, cualquier persona con buenas ideas tendrá
a su disposición los datos para desarrollar su trabajo.
Uno de los desafíos de este telescopio será precisamente el manejo de la enorme
cantidad de datos que producirá cada noche, aproximadamente unos veinte
terabytes. Su almacenamiento, transmisión y análisis requieren de un desarrollo
en el área de la computación, en particular en el manejo de grandes volúmenes
de datos. Este tema mantiene a la comunidad astronómica ocupada y en
preparación antes del inicio de operaciones.
Unos doscientos kilómetros al norte de La Serena se encuentra el Observatorio
de La Silla, operado por el Observatorio Europeo Austral (European Southern
Observatory, ESO), que tiene como socios a Austria, Bélgica, Brasil,
República Checa, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Holanda,
Polonia, Portugal, España, Suecia, Suiza y el Reino Unido. ESO llegó a Chile un
poco después de que AURA instalara su observatorio en Cerro Tololo. En el
observatorio La Silla hay varios telescopios: los principales son el de 3,6
metros y el NTT (New Technology Telescope), de 3,5 metros. Ambos están
aún produciendo ciencia de frontera; en particular, el de 3,6 metros ha sido el
telescopio más eficiente para detectar exoplanetas (planetas que se encuentran
fuera del Sistema Solar, girando en torno a otras estrellas).
En una montaña frente a La Silla se encuentra el Observatorio Las Campanas,
operado por la Institución Carnegie para la Ciencia. Por muchos años, Campanas
solo tuvo un par de telescopios; el principal era el du Pont, de 2,5 metros. El
du Pont se hizo famoso porque astrónomos de Carnegie realizaron con él
observaciones que llevaron a establecer que las galaxias se agrupan formando
estructuras parecidas a una telaraña, con grandes espacios vacíos —o
aparentemente vacíos— entre ellas. La primera estructura que descubrieron
estaba formada por muchas galaxias, todas a la misma distancia. Se la denominó
«la gran muralla» y fue un misterio por un tiempo hasta que se pudo comprobar
que no era más que una parte de la telaraña que es la estructura a gran escala
del universo.
Más recientemente, dos nuevos telescopios se instalaron en Campanas. Se trata
de los dos telescopios Magallanes, con espejos de 6,5 metros cada uno, que han
sido bautizados como Baade y Clay. Estos modernos telescopios pertenecen a
Carnegie, en sociedad con la Universidad de Arizona, la Universidad de
Michigan, Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachussets (Massachussets
Institute of Technology, MIT). Una de las grandes ventajas que tienen los
telescopios Magallanes es su excelente instrumentación: tienen una gran
variedad de aparatos para recibir y analizar la luz que viene de distintos
tipos de objetos astronómicos. Cada instrumento está optimizado para realizar
un cierto tipo de medición.
En el Cerro Las Campanas se construye el telescopio Magallanes Gigante (Giant
Magellan Telescope, GMT), que comenzará a operar en 2022 y tendrá siete
espejos de 8,4 metros de diámetro, dispuestos en una configuración que asemeja
una flor y que en su conjunto es equivalente a un espejo de veinticuatro metros
de diámetro. Este poderoso gigante contará con cuatro rayos láser para corregir
las imágenes en el campo de visión del telescopio. Su misión será estudiar
planetas extrasolares, cómo se formaron las primeras galaxias, de qué está
hecha la materia oscura y la energía oscura y cuál es el destino del universo.
El consorcio que construye el GMT está formado por Australia Ltd., Universidad
Nacional de Australia (ANU), Institución Carnegie para la Ciencia, Universidad
de Harvard, Instituto Coreano de Astronomía y Ciencias Espaciales, Fundación
para la Investigación del Estado de Sao Paulo, Brasil (FAPESP), Institución
Smithsonian, Universidad de Texas-Austin, Universidad de Texas A&M,
Universidad de Arizona y Universidad de Chicago.
Siguiendo hacia el norte, antes de Antofagasta, en la costa a la altura de la
localidad de Paposo, se encuentra el observatorio de Cerro Paranal, operado —al
igual que La Silla— por ESO. En la cumbre de Paranal hay cuatro telescopios con
espejos de 8,2 metros de diámetro, llamados VLT (Very Large Telescopes)
y bautizados con nombres mapuche: Antu, Kueyen, Melipal y Yepun. En Paranal hay
también cuatro telescopios más pequeños (de 1,8 metros de diámetro) que sirven
para realizar interferometría, una técnica de observación que permite combinar
la luz proveniente de un mismo objeto visto por varios telescopios a la vez,
con lo que se obtienen imágenes de muy alta resolución espacial. Además, en
Paranal hay otros dos telescopios optimizados para sacar imágenes de grandes áreas
del cielo, uno en infrarrojo, el VISTAS (de 4,1 metros de diámetro), y otro en
visual, el VST (de 2,6 metros de diámetro).
A veinte kilómetros del lugar donde están los telescopios VLT, en la cima del
Cerro Armazones (altura de 3060 metros) —como parte del observatorio Paranal
(ESO)—, se construye el telescopio más grande del mundo: el ELT, que tendrá un
espejo de 39 metros de diámetro, formado por 798 segmentos hexagonales de 1,4
metros cada uno. Será una construcción de dimensiones colosales, más alto que
el Arco del Triunfo en París, con desafíos de ingeniería y diseño que no son
menores. Con este gigante se pretende estudiar en detalle las atmósferas de
exoplanetas (planetas que giran en torno a otras estrellas) en busca de
posibles signos de vida en ellos, y se espera avanzar en el conocimiento de la
naturaleza de la materia oscura y de la energía oscura. Sin embargo, como con
frecuencia ocurre, cuando se abre una nueva ventana al universo, a lo
desconocido, lo más interesante resulta ser aquello que ni siquiera podemos
imaginar. ¿Qué sorpresas nos deparará el ELT cuando abra sus ojos al universo
en 2024? Ya veremos.
Al noreste de Paranal, hacia la cordillera de San Pedro de Atacama, se
encuentra la meseta de Chajnantor, antes mencionada. En ese lugar tan seco no
se encuentra vida e incluso cuesta respirar. Pero es hermoso y está rodeado de
volcanes aún más altos, muchos de ellos con cumbres siempre nevadas. Hace
algunos años, los astrónomos estadounidenses estaban buscando un lugar donde
poner un gran instrumento que requería una atmósfera muy seca. El proyecto
consistía en la instalación de muchas antenas para observar el universo en
ondas más largas que las ópticas: ondas de radiofrecuencias. Como el vapor de
agua absorbe este tipo de radiación, para detectarla no basta con tener noches
despejadas: si la atmósfera contiene aunque sea algo de humedad, se trata de un
cielo «nublado» para la luz en radiofrecuencias. Por lo tanto, antes de hacer
esa gran inversión, era preciso realizar mediciones de vapor de agua en el
lugar por un par de años.
Se dispusieron instrumentos en varios lugares del mundo; uno de ellos fue
Chajnantor. Un día recibimos, en el Departamento de Astronomía de la
Universidad de Chile, una llamada desde Estados Unidos de nuestros colegas
encargados de las mediciones de humedad: necesitaban ayuda, porque el aparato
que habían dejado en Chajnantor, que transmitía datos vía satélite, al parecer
no estaba funcionando. Enviamos a un técnico, que encontró todo en orden, salvo
que la humedad en el lugar era tan baja que el instrumento no alcanzaba a
registrarla. Después de este episodio, se decidió que el mejor sitio para
construir el nuevo gran observatorio era Chajnantor, donde ya hay varios otros
proyectos operando o esperando hacerlo.
El primer instrumento que funcionó en Chajnantor fue el CBI (Cosmic
Background Imager), que pertenece a CalTech (California Institute of
Technology). Formado por trece antenas en una sola montura, el CBI ha
producido la primera foto de nuestro universo que nos muestra una época muy
anterior a la formación de las primeras estrellas y galaxias. Gracias a sus
observaciones, se confirmó el hallazgo de que el universo se expande en forma
acelerada; esto no se sabía, como tampoco se sabe aún por qué ocurre.
En Chajnantor también se encuentra APEX (Atacama Pathfinder Experiment),
una antena de doce metros de diámetro operada por ESO en colaboración con el
Instituto Max Planck de Radioastronomía de Alemania y el Observatorio Espacial
de Onsala (OSO), de Suecia. Este instrumento se usa para estudiar regiones en
donde se están formando nuevas estrellas sumergidas en nubes de polvo
interestelar, opaco a la luz visible. Investigaciones similares realiza la
antena ASTE (Atacama Submillimeter Telescope Experiment), operada por Japón
en el mismo lugar.
El proyecto estadounidense mencionado antes, que partió realizando mediciones
de vapor de agua en Chajnantor, hoy es un gran radio observatorio internacional
llamado ALMA (Atacama Large Millimeter Array). Los socios de ALMA son
Estados Unidos (NSF), Canadá (NRC), Europa (ESO), Japón (NAOJ), Taiwán (ASIAA)
y Corea (KASI). El proyecto ALMA consistió en la instalación de cincuenta y
cuatro antenas de doce metros de diámetro cada una, y más de doce antenas de
siete metros de diámetro.
El 13 de marzo de 2013 tuvo lugar la ceremonia de inauguración del observatorio
ALMA. Sus ojos se habían apenas abierto, con solo un puñado de antenas en
funcionamiento, y ya nos hizo cambiar nuestros paradigmas sobre el universo. Un
equipo de astrónomos de Japón mostró que, al contrario de lo que se pensaba,
hubo una gran actividad de formación de estrellas muy temprano en la historia
del universo. Desde su inauguración, más y más antenas han ido incorporándose a
este gran interferómetro en que todas las antenas se coordinan y trabajan
juntas observando el mismo objeto. Con todas sus antenas operativas, ALMA no
para de asombrarnos con nuevos descubrimientos. Es un observatorio fantástico.
ALMA se suma, así, al conjunto de nuevos observatorios astronómicos
multinacionales que operan o están en etapa de construcción en el mundo,
financiados por un conjunto de países e instituciones como universidades,
centros tecnológicos, empresas, etcétera. La búsqueda de nuevo conocimiento en
la exploración del universo ha pasado a ser un esfuerzo global en que muchos
países con culturas muy diferentes se ponen de acuerdo y trabajan en conjunto.
En las últimas décadas, no solo los instrumentos para observar el universo han
evolucionado mucho gracias a los avances tecnológicos, sino que la forma de
hacer investigación astronómica también ha cambiado. Hoy los equipos de
investigadores que usan la información recogida por estos modernos y poderosos
instrumentos son muy numerosos y multinacionales (suele ocurrir que es más
fácil conversar y discutir con una colaboradora que está en España, que con el
colega que está en la oficina de al lado), con miembros expertos en análisis de
datos, otros en modelos y otros en otras disciplinas, todos ellos usando
información que proviene de observaciones hechas con distintos instrumentos en
la Tierra y en el espacio. El cambio de la forma de hacer investigación astronómica,
desde aquella del astrónomo solitario realizando sus observaciones y posterior
análisis hasta este modelo colaborativo, es consecuencia de internet y de todas
las herramientas para comunicarnos y compartir datos digitales, algo impensado
unos cuantos años atrás.
Luego de conocer algunos de los lugares desde donde se emprende la exploración
del universo (es un recuento muy parcial ya que no se han mencionado varios
otros observatorios terrestres poderosos, ni los satélites y observatorios
espaciales, que aportan datos muy importantes), podemos continuar con nuestra
exploración.
Capítulo
3
¿Desde dónde partimos la exploración?
Uno
de los grandes avances de la astronomía de las últimas décadas ha sido
descubrir nuestro lugar en el universo. Hoy sabemos que habitamos un planeta
más bien pequeño que hemos llamado Tierra y que es parte de un conjunto de
planetas que orbitan en torno al Sol. Este, a su vez, es una estrella bastante
común y corriente: ni muy grande o masiva, ni muy pequeña, solo una más entre
las cien mil millones de estrellas que forman nuestra galaxia, a la que hemos
bautizado como Vía Láctea.
La Vía Láctea es una galaxia de tipo espiral, es decir se ve como un remolino.
El Sol (con nosotros en la Tierra girando en torno a él) se encuentra en uno de
sus brazos espirales: más o menos a mitad de camino entre el centro y el borde
de la galaxia, a unos veintiocho mil años luz de distancia del centro. Un año
luz corresponde a la distancia que recorre la luz en un año, esto es, 9,46
billones de kilómetros. Si mandamos un mensaje a un planeta que esté cerca del
centro de la galaxia, demorará veintiocho mil años en llegarle, y veintiocho
mil años más tarde, es decir, cincuenta y seis mil años después de que enviamos
el mensaje, llegaría la respuesta. El Sol gira en torno al centro de la galaxia
a ochocientos mil kilómetros por hora y da una vuelta completa a la Vía Láctea
en doscientos treinta millones de años. Mientras el Sol, en su órbita alrededor
del centro de la galaxia, no cambie bruscamente su velocidad, nunca nos daremos
cuenta de la velocidad con que viajamos como pasajeros en nuestro sistema
solar, tan alta que es casi imposible imaginársela. Sin embargo, en el universo
estas velocidades son muy frecuentes, nada extraordinario.
Saliendo de la Vía Láctea, vemos que tenemos una vecina muy parecida a
nosotros, una galaxia de tipo espiral conocida como Andrómeda. Si medimos la
velocidad de Andrómeda, veremos que se está acercando a nosotros a ¡doscientos
ochenta y ocho mil kilómetros por hora!, en curso de colisión con la Vía
Láctea. Por suerte, Andrómeda está a una distancia de casi tres millones de
años luz de nosotros, por lo que esto no ocurriría hasta unos siete mil
quinientos millones de años más. Claro está que será un abrazo de proporciones.
Para entonces, el Sol se habrá extinguido, ya que solo le queda combustible
para brillar unos cinco mil millones de años más. Espero que nuestros herederos
puedan disfrutar del espectáculo desde un exoplaneta, girando en torno a una
estrella tranquila y acogedora para el desarrollo de la vida, que sea el nuevo
hogar de la humanidad.
Además de Andrómeda, vemos aproximadamente cuarenta galaxias más pequeñas
(enanas), algunas atrapadas por la fuerza de gravedad de Andrómeda o de la Vía
Láctea, girando como un enjambre de abejas alrededor de ellas. Las más
conocidas e importantes, por su cercanía a la Vía Láctea, son la Nube Menor de
Magallanes y la Nube Mayor de Magallanes. En una noche oscura se las puede
observar desde cualquier lugar del hemisferio sur de la Tierra: se ven,
justamente, como nubes. ¡Cómo habrán desconcertado a los antiguos exploradores
navegantes, muy conocedores del firmamento, estas «nubes fijas» que aparecían
todas las noches, al igual que las estrellas que guiaban su camino! Los
habitantes de Tierra del Fuego las pueden ver casi justo sobre sus cabezas.
Si nos alejamos un poco de nuestro «vecindario», que compartimos con Andrómeda,
las Nubes de Magallanes y unas decenas de galaxias enanas, veremos que somos un
grupo muy pequeño, y que como tal formamos parte de un grupo mucho mayor con
miles de galaxias, muchas de ellas más grandes y masivas que la nuestra,
llamado Cúmulo de Virgo: las grandes concentraciones de galaxias se llaman
«cúmulos de galaxias», los cuales, a su vez, forman, con otros cúmulos,
estructuras inmensas llamadas «supercúmulos», que dan forma entre sí a una
telaraña cósmica que cubre todo el universo.
Así es que saliendo de nuestra galaxia podemos ver que el universo está lleno
de galaxias de todo tipo, cientos de miles de millones de ellas, algunas
parecidas a la Vía Láctea, otras no. En ese mar de galaxias, la nuestra es solo
una más; no tiene nada de especial.
Entonces, desde aquí partimos: de un punto cualquiera del universo, sin nada
particular que lo distinga de ningún otro.
Capítulo
4
¿Cuándo y cómo llegamos aquí?
Esta
exploración no ocurre solamente en el espacio, sino también en el tiempo. Otro
de los éxitos recientes de la astronomía ha sido poder reconstruir la historia
de nuestro universo —nuestra propia historia—, revelándonos una epopeya más
increíble y fascinante que ninguna otra que hayamos visto en la realidad o en
la ficción. ¡Y pensar que nosotros somos parte de esta historia fantástica!
Esto es una gran proeza, si consideramos que como humanos no estamos preparados
para sobrevivir en un ambiente que sea distinto al de nuestro planeta. Solo
motivados por nuestra curiosidad y armados de ingenio y creatividad, sin
movernos de nuestro ambiente, después de muchas generaciones de evolución
humana, hemos comenzado a desentrañar nuestra historia. Es un gran privilegio
el vivir en este tiempo, somos la primera generación de nuestra especie que
conoce su historia cósmica.
Lo que escribo en este libro es válido hoy, pero mañana mucho puede cambiar. El
progreso de la ciencia se basa en la observación y en la teoría que la
interpreta. Si mañana alguno de los paradigmas se derrumba por nuevas y mejores
observaciones o teorías que los interpretan, por supuesto que la historia
deberá cambiar. Así se construye la ciencia, poniéndola a prueba de manera
permanente.
En la actualidad, distintos tipos de observaciones nos indican que nuestro
universo tiene trece mil setecientos millones de años de edad. Todo habría
comenzado en un evento fenomenal conocido como el Big-Bang. En este evento se
creó el espacio y marca el origen del tiempo, por lo tanto, no sería válido
preguntarse qué había antes, ya que no existía el tiempo. Tampoco es válido
inquirir qué hay más allá del universo, ya que este ha contenido siempre todo
el espacio, desde que tenía el tamaño de un granito de arena hasta lo que es
hoy. ¡Qué terrible agresión a nuestro sentido común más básico! No hay que ni
siquiera intentar comprender estos conceptos, que por otra parte
matemáticamente sí tienen mucho sentido. Ya lo advertí: ¡nada de sentido común,
por favor! No hay que dejarse vencer por este golpe a nuestra experiencia
humana en la Tierra; hay que seguir adelante. La historia lo amerita y, ojo,
este es solo el primer tropiezo en esta exploración del universo.
La historia como la conocemos hoy
La
historia del universo se puede describir como una evolución desde lo muy básico
y simple hacia estructuras cada vez más complejas. Hace trece mil setecientos
millones de años, cuando surgió el universo, estaba formado por una sopa de
electrones, neutrinos, quarks y otras partículas fundamentales. Casi
inmediatamente después del Big-Bang aparecieron las cuatro fuerzas
fundamentales del universo: la fuerza nuclear fuerte, que hace que los protones
y neutrones en el núcleo de los átomos se mantengan unidos; la fuerza nuclear
débil, responsable de la radioactividad de algunos elementos; la fuerza
electromagnética, que tiene que ver con la electricidad; y la fuerza
gravitacional, que hace que un cuerpo con masa atraiga a otro, como el Sol
atrae a la Tierra y esta a nosotros, atrapándonos en su superficie. Estas
fuerzas son muy simples; sin embargo, son las arquitectas universales. El
universo es como es debido a que son estas, y no otras, las fuerzas que imperan
en él.
Cuando
aún no había transcurrido ni una millonésima de segundo desde el Big-Bang, se
unieron tres quarks (partículas fundamentales) para formar los primeros
protones y neutrones, y casi un minuto más tarde, gracias a que comenzaron a
actuar las fuerzas nucleares, se formaron los primeros núcleos atómicos. En
esos momentos el universo estaba muy caliente, con temperaturas que superaban
los diez millones de grados. A estas temperaturas se producen reacciones
nucleares que, en este caso, empezaron a transformar los núcleos de hidrógeno
(protones) en núcleos de helio. Mientras tanto, el universo seguía su expansión
y se iba enfriando. Pronto la temperatura bajó de diez millones de grados y las
reacciones nucleares se detuvieron; para entonces, ya la cuarta parte de los
núcleos de hidrógeno se había convertido en núcleos de helio. El hidrógeno de
las moléculas de agua en nuestro cuerpo se formó en el Big-Bang, tiene trece
mil setecientos millones de años de edad. Aunque parezca increíble, nosotros
somos parte íntima de esta historia desde sus comienzos.
El
hidrógeno y el helio son los dos elementos más simples que existen; sin
embargo, su grado de complejidad es muchísimo mayor que el de las partículas
fundamentales con que se inició el universo. El universo formado por núcleos de
hidrógeno y helio se siguió expandiendo y enfriando hasta que, un millón de
años más tarde, al alcanzar una temperatura de cerca de dos mil grados, la
fuerza electromagnética entró en escena e hizo que los núcleos atómicos, que
tienen una carga eléctrica positiva, atraparan a los electrones de carga
eléctrica negativa, y formaran los primeros átomos de hidrógeno y helio. Hasta
ese momento, el universo había estado oculto tras una nube de radiación,
producida por la interacción entre los electrones, y entre estos y los núcleos
atómicos. Todo lo que había sucedido en el universo hasta entonces quedó oculto
por este manto radiante, como las nubes cubren el cielo en un día nublado en
que sabemos que el Sol está donde siempre, pero no lo podemos ver. En este
momento, un millón de años después del Big-Bang, por fin el universo se hizo
transparente: los núcleos atómicos atraparon a los electrones. Todo lo que
ocurrió a continuación lo podemos observar directamente.
Lo que pasó en ese millón de años después del Big-Bang solo lo inferimos usando
teorías cuyas predicciones sí podemos observar, para validarlas o descartarlas.
Un ejemplo de ello es la predicción realizada en 1964 por el físico Peter
Higgs, quien junto a sus colaboradores postuló la existencia del bosón de
Higgs, una partícula elemental que explica el origen de la masa de las
partículas elementales.
La detección del bosón de Higgs por el Acelerador de Hadrones de CERN en 2013
dio validez a la teoría estándar de partículas, que incluye la existencia de un
Big-Bang como el origen de todo. A Peter Higgs le otorgaron el Nobel de Física
en 2013 por su predicción.
Estos primeros tiempos del universo siguen siendo una gran incógnita. En 1998
se descubrió que el universo se estaba expandiendo en forma acelerada, es
decir, según pasa el tiempo se expande más y más rápido. Este descubrimiento,
que le significó recibir el premio Nobel de Física en 2011 a los astrónomos
Adam Riess, Brian P. Schmidt y Saul Perlmutter, dio origen al concepto de
«energía oscura», que es algo que no se comporta como energía ni como materia,
y que estaría empujando al universo a expandirse cada vez más aceleradamente.
En estos momentos no hay claridad sobre qué sería esta energía oscura. Muchos
trabajan hoy en busca de respuestas.
Pero hay una posibilidad aterradora, que podría derrumbar muchas de las teorías
que hoy consideramos fundamentales en la física, como son la Relatividad
General y la Mecánica Cuántica. Estas dos teorías han sido las herramientas
fundamentales del avance de la ciencia en estos últimos siglos; no obstante,
siempre se ha sabido que ambas no son compatibles. Einstein lo tenía muy claro
y pasó sus últimos años de vida tratando de encontrar una teoría unificada que
las incluyera a ambas. No lo logró y nadie ha podido hacerlo aún. Mientras,
seguimos usando la Relatividad General y la Mecánica Cuántica, la primera con
predicciones que se han podido comprobar una y otra vez, como la existencia de
lentes gravitacionales, por ejemplo, y la segunda, más usada en el mundo micro,
realizando predicciones que se han comprobado con una gran precisión.
Cuando
se exploran los inicios del universo hay que usar ambas teorías y ¡sabemos que
no son compatibles! Sin las herramientas adecuadas, no podemos encontrar
respuestas. Una nueva teoría unificada que pudiera compatibilizar la Mecánica
Cuántica y la Relatividad General tendría el potencial de derrumbar muchos
paradigmas y dejar obsoleto no solo el contenido de este libro, sino parte
importante del conocimiento científico actual. ¡Fascinante!
Unos
quinientos millones de años después del Big-Bang, gracias a la influencia de la
fuerza gravitacional, se formaron las primeras galaxias y en ellas, las
primeras estrellas. Con la aparición de las primeras estrellas, el universo dio
otro gran paso hacia grados mayores de complejidad: las estrellas comenzaron a
«cocinar» en su corazón el hidrógeno y el helio, transformándolos mediante
reacciones nucleares en elementos más complejos, como oxígeno, carbono,
nitrógeno y casi todos los otros que conocemos. Hay una fracción de ellos, como
el uranio o el oro, que se forman en las explosiones de supernovas y que, como
veremos más adelante, marcan el fin de la vida de las estrellas masivas,
aquellas cuya masa es ocho veces mayor a la del Sol.
En los últimos años ha surgido un debate sobre si pudo existir una primera
generación de estrellas antes de que las galaxias se hubieran terminado de
formar. Esta hipótesis surge debido a observaciones que apuntan a una
relativamente alta abundancia de elementos que solo pueden fabricar las
estrellas y que, sin embargo, están presentes muy temprano en la historia del
universo. Gracias a los poderosos instrumentos modernos hoy podemos estudiar
galaxias más y más lejanas, y en todas ellas se detecta la presencia de
elementos fabricados por las estrellas. Esa primera generación de estrellas
seguramente no se parecería en nada a las estrellas que conocemos, es posible
que hayan sido miles de veces más masivas que el Sol y su vida, muy corta,
pasando directamente del colapso gravitacional que las formaba a una
megaexplosión tipo supernova que las destruyó, lanzando todos los elementos
químicos que alcanzaron a fabricar en su efímera vida. Es una conjetura que,
con mejores observaciones del universo más lejano, es decir, más joven,
esperamos poder resolver.
Al
morir una estrella, parte de su masa es expulsada, contaminando el material que
la rodea, compuesto en su mayoría de hidrógeno y helio, con los elementos que
ha fabricado durante su vida. La próxima generación de estrellas que se forme a
partir de este material contendrá no solo hidrógeno y helio, sino todos los
otros elementos que fabricó la estrella precedente antes de morir. La vida
típica de una estrella tiene una duración que depende de su masa: si es muy
grande durará muy poco, unos pocos millones de años; las menos masivas, como
nuestro Sol, en cambio, duran unos diez mil millones de años; y las más
pequeñas viven incluso más. Una estrella que tiene un décimo de la masa del Sol
consume su combustible (hidrógeno) tan lentamente que puede tener una vida
varias veces mayor que la edad del universo.
Hace unos cuatro mil quinientos millones de años nació el Sol; unos mil
millones de años más tarde surgió la vida en la Tierra; y apenas un par de
millones de años atrás, nuestros primeros ancestros. Estos son los pasos más
recientes en la permanente evolución del universo hacia mayores grados de
complejidad.
Capítulo
5
Biografía
de una estrella
Ya
que, por lo visto, las estrellas son claves para nuestra existencia, es
importante ver con algo de detalle cómo se forman, cómo pasan su vida y cómo
mueren.
Una estrella se forma cuando una nube de gas, compuesta principalmente de
hidrógeno, helio y polvo interestelar, se desploma por su propio peso, es
decir, cuando colapsa. El polvo interestelar está compuesto por partículas
pequeñísimas, parecidas a las que contaminan el aire que respiramos: grafito,
silicatos y otros minerales mezclados con hielo. Este colapso de una nube de
gas y polvo para formar una estrella ocurre cuando en esa nube existe una
región que es algo más densa, es decir, hay un «grumo» que tiene más masa, por
lo que ejerce una atracción gravitacional sobre el material que lo rodea y aumenta
así su tamaño y densidad. Con el tiempo, este proceso lleva a que más y más
material sea atraído hacia la zona más densa hasta que esta se desploma sobre
sí misma por su propio peso.
Pero ¿qué detiene el colapso? En el corazón de esta estrella en formación, la
temperatura y la densidad del material que allí se encuentra aumentan hasta
alcanzar valores tales que se dan las condiciones para que se enciendan las
reacciones nucleares. Esto ocurre cuando la temperatura supera los diez
millones de grados. Las reacciones nucleares generan una enorme cantidad de
energía en el corazón de la estrella, transformándose en una gran «bomba
atómica» que podría hacerla explotar, pero la fuerza de gravedad que ha hecho
colapsar la nube para formar esa estrella se opone. La fuerza que quiere hacer
explotar la estrella es contrarrestada por la fuerza de gravedad que impulsa su
colapso y se alcanza un equilibrio. Nace así una estrella.
La teoría que predecía cómo se forman las estrellas postulaba que para que el
grumo en la nebulosa que colapsa pueda formar una estrella, debe deshacerse de
parte de su energía de rotación, que llamamos momento angular. Cuando algo está
girando muy rápidamente, tiende a salir disparado hacia afuera, oponiéndose así
al colapso. En el caso de la formación de una estrella, la energía de rotación
se concentra en un disco que rota en torno a la estrella, que gracias a ello
puede seguir colapsando hasta encender las reacciones nucleares en su interior.
Posteriormente, los planetas se forman en este disco en torno a la estrella
madre. Esta predicción teórica, basada en una mejor comprensión del proceso de
formación estelar, ha sido confirmada por observaciones de estrellas cercanas,
en las que se ha detectado la presencia de uno o más planetas que las orbitan.
Hoy la evidencia indica que este es el caso de muchas estrellas.
Una de las fotos más impresionantes que ha producido el telescopio ALMA es la
de un disco de escombros y gas en torno a una estrella recién formada. Lo
emocionante de esa imagen es que se ve exactamente como los modelos de
formación estelar que predecían su existencia: hay ilustraciones hechas por
artistas basadas en esos modelos que se ven idénticas a los datos observados:
en el disco de escombros se pueden ver surcos oscuros que indican que algo
barrió el material que estaba allí, que no sería otra cosa que un planeta, cuya
formación posiblemente partió con un escombro más grande y masivo que fue
atrayendo a los menos masivos que lo rodeaban, creciendo en tamaño y masa hasta
que ya no quedaron más escombros en esa órbita en torno a la estrella.
Aunque con los instrumentos de que disponemos en la actualidad no es posible,
en la gran mayoría de los casos, ver el planeta directamente, sí podemos
observar el rastro de su caminar en torno a su estrella. Con técnicas muy
sofisticadas y usando telescopios muy poderosos se ha logrado obtener alguna
información sobre la presencia de ciertos elementos en las atmósferas de un
puñado de exoplanetas gigantes.
Con ALMA también se han podido observar los discos que se forman en torno a una
estrella, incluso antes de que haya encendido las reacciones nucleares en su
corazón, en la etapa que se llama «protoestrella», es decir, una estrella en
gestación. Hoy podemos estudiar cómo evolucionan estos discos hasta formar
planetas y podemos intentar imaginar cómo fue nuestro propio sistema solar en
su infancia.
Entonces, junto con el nacimiento de una nueva estrella, se forma un sistema de
planetas que giran en torno a ella. Hace unas décadas, cuando se debatía si era
posible que existieran sistemas planetarios girando en torno a otras estrellas,
muchos pensaban que era muy poco probable; de nuevo, esa suerte de obsesión de
ser únicos. Hoy, sin embargo, conocemos la existencia de miles de exoplanetas
que giran en torno a otras estrellas. Los sistemas planetarios descubiertos, en
general, son muy distintos a nuestro sistema solar: frecuentemente vemos
planetas gaseosos gigantes, como Júpiter o más masivos, girando en una órbita
tan cercana a la estrella (mucho más cercana que la de Mercurio en torno al
Sol) que no puede ser estable; terminarán por ser tragados por la estrella o
destruidos por la radiación de esta. Estos exoplanetas, llamados «Júpiters
calientes», son mucho más comunes de lo que se habría pensado.
Planetas pequeños, como la Tierra, en órbitas alejadas de la estrella son mucho
más difíciles de detectar, ya que los dos principales métodos para buscar
exoplanetas tienen que ver con el efecto que ejerce este sobre la estrella. Por
ejemplo, el método de «tránsitos» consiste en detectar el momento preciso en el
que el planeta pasa por la línea de visión entre la estrella y nosotros,
eclipsando parte de su luz: el brillo de la estrella disminuye durante el
tiempo del tránsito del planeta. Si observamos que esto ocurre periódicamente,
podemos asegurar que allí hay un planeta orbitando y calcular su masa y tamaño.
Es un mecanismo relativamente simple cuando se trata de planetas grandes como
Júpiter y muy difícil cuando se trata de planetas pequeños como la Tierra, ya
que el efecto en la luz de la estrella es poco notorio.
En febrero de 2017 nos vimos sorprendidos por el anuncio de la NASA de que se
habrían descubierto siete exoplanetas girando en torno a una estrella pequeña y
fría, que tiene aproximadamente un 10 % de la masa del Sol. Todos estos
nuevos exoplanetas tienen órbitas que están más cerca de su estrella que la
órbita de Mercurio. A pesar de su cercanía, tres de ellos podrían contener agua
en estado líquido ya que la estrella es más fría que el Sol. Los siete
exoplanetas son de tamaño y consistencia similares a los de la Tierra. Este
descubrimiento se realizó con un telescopio instalado en el Observatorio La
Silla llamado Trappist, diseñado para monitorear la variación periódica de la
luminosidad de un conjunto de estrellas; en este caso, los planetas fueron
descubiertos por el método de tránsitos, ya descrito anteriormente. Pronto se
podrá intentar observar la composición de sus superficies y atmósferas para ver
si la vida como la conocemos pudiera prosperar allí. El gran problema es su
pequeña estrella, ya que estas se caracterizan por lanzar grandes ráfagas de
plasma ionizado, millones de veces más intensas que las que nos lanza nuestro
Sol, y lo hacen con bastante frecuencia. Esto sería incompatible con la
existencia de vida.
El otro método indirecto de detectar exoplanetas consiste en medir el bamboleo
de la estrella debido a la atracción gravitacional del planeta sobre ella, que
por el efecto Doppler (descrito anteriormente) hace que la luz de la estrella
se desplace hacia el rojo y hacia el azul. Este efecto es, como en el caso
anterior, mucho más notorio si se trata de un planeta grande y masivo.
Por
último, también se han encontrado exoplanetas mediante fotografías directas
captadas con instrumentos especiales que logran anular la luz de la estrella en
torno a la cual giran, y que de otra manera impediría ver un planeta que es
mucho menos luminoso ya que solo refleja la luz de su estrella.
Un instrumento que ha sido extraordinariamente exitoso para encontrar y
confirmar exoplanetas es el satélite Kepler de la NASA, lanzado en 2009. Su
misión es buscar exoplanetas mediante el método de tránsito, monitoreando la
luminosidad de más de cien mil estrellas en busca de pequeñas variaciones que
puedan indicar la presencia de uno o más planetas orbitando alguna de esas
miles de estrellas. Hasta mediados de 2016 Kepler había confirmado 2317
exoplanetas, y sigue trabajando.
Lo que se considera el premio mayor en la búsqueda de exoplanetas es encontrar
un planeta que muestre señales de albergar vida. Hay toda una relativamente
nueva área de estudios llamada «astrobiología» que se dedica a estudiar qué
formas de vida, por ahora totalmente desconocidas, podrían existir en los
exoplanetas y cómo podríamos detectarlas.
Cuando en una investigación científica no sabemos nada sobre un tema, partimos
por lo que sí conocemos. Buscamos vida como la de la Tierra (con adaptaciones)
en un planeta con condiciones similares de temperatura y una atmósfera que
permita la existencia de agua líquida en su superficie. El agua en la Tierra ha
demostrado ser fundamental para el surgimiento de la vida. Incluso en lugares
tan inhóspitos como en géiseres de aguas a cien grados Celsius existen formas
de vida alimentándose de compuestos que serían letales para la mayor parte de
los seres vivos. Lo mismo ocurre en las chimeneas volcánicas en el fondo
marino, a miles de metros de profundidad, donde no llega ni un rayo de luz:
pese al ambiente tóxico, florecen distintas formas de vida.
Lo que ambos ejemplos nos indican es que el agua es clave. Por estas razones,
buscamos vida en planetas que estén en la «zona habitable», es decir, que estén
en una órbita suficientemente lejos de su estrella para no estar por completo
calcinados —como el planeta Mercurio—, ni demasiado lejos —como Júpiter y los
otros planetas gigantes del Sistema Solar—, ya que a esa distancia del Sol el
agua en ellos está en forma de hielo. En el Sistema Solar hay tres planetas en
la «zona habitable»: Venus, la Tierra y Marte, pero solo en la Tierra las
condiciones necesarias para la presencia de agua líquida se han preservado
durante suficiente tiempo como para que la vida evolucione hasta la existencia
de seres con conciencia.
¿Estaremos solos en el universo? En nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay cien
mil millones de estrellas, y en el universo, más de cien mil millones de
galaxias. Es obvio que tienen que existir muchos planetas en los cuales las
condiciones estén dadas para albergar la vida. Hoy también sabemos que la vida
surge, a pesar de todo, en los lugares más inhóspitos de nuestro planeta. La
única condición que parece necesaria es la existencia de agua en estado
líquido. A diferencia de lo que se creía hace cuatro décadas, hoy se piensa que
es muy probable que haya vida en otros sistemas planetarios. En algunos será
muy primitiva, como las bacterias, y en otros estará más avanzada que la
nuestra. Es solo cuestión de tiempo para que se produzca el encuentro que un
día marcará para siempre la historia de la humanidad.
Nubes fecundas
Las
estrellas nacen formando parte de una numerosa familia, que en algunos casos
puede llegar a tener decenas de miles de estrellas, algunas muy grandes y
masivas, otras mucho más pequeñas, como nuestro Sol. La materia prima para
formar estrellas es el gas y el polvo interestelar, que forman nubes llamadas
nebulosas. Estas nebulosas son verdaderas maternidades cósmicas donde podemos
encontrar estrellas en proceso de formación aún arropadas en sus capullos de
gas y polvo, mientras otras ya iluminan el universo con su luz apenas
estrenada.
Las
nebulosas son uno de los objetos astronómicos más hermosos; con sus formas y
colores son un desafío para la imaginación de cualquier artista. Esos colores y
formas, sin embargo, han sido pintados y esculpidos por las propias estrellas
que en ellas se originan. Al iluminar las estrellas, las nebulosas delatan la
presencia de hidrógeno en el gas con colores rojos; el azul indica que la luz
se refleja en los granos de polvo de la nebulosa; las manchas y filamentos
oscuros indican la presencia de polvo interestelar, que absorbe la luz de la
nebulosa. El brillo de las nebulosas se debe a la presencia de estrellas en su
interior, por lo que, dependiendo de cuántas estrellas haya y de qué tipo, las
nebulosas se verán distintas.
La
región de formación estelar más cercana a nosotros es la Nebulosa de Orión. En
ella se han originado y se están originando aún cientos de estrellas. Esta
nebulosa puede ser vista con un par de binoculares dirigidos hacia las
estrellas que forman la espada de Orión. A pesar de su cercanía, Orión está a
unos mil quinientos años luz de nosotros, lo que puede ser poco en escala
astronómica, pero de todos modos significa que la luz que hoy vemos de Orión
salió desde allí en la época de la caída del Imperio romano.
Después de que se enciendan las reacciones nucleares en el corazón de una
estrella, lo que sigue depende de la masa que tenga esa estrella. De hecho, una
nube que colapsa y que tiene una masa menor a siete centésimas de la masa del
Sol (equivalente a unas setenta veces la masa de Júpiter) no alcanzará nunca la
temperatura de diez millones de grados en su interior como para poder encender
las reacciones nucleares, y por lo tanto nunca llegará a ser una estrella.
Estos objetos han sido llamados «enanas café» o «superplanetas».
Una estrella me hizo señas
Por
muchos años se predijo la existencia de las enanas café. No existía nada en la
teoría que impidiera que se formaran objetos con masas menores que la masa
mínima para ser estrella; sin embargo, nadie había visto nunca una enana café.
Se suponía que debían ser poco luminosas y mostrar en su superficie la
presencia de litio, un elemento que se destruye con temperaturas altas, por lo
que no sobrevive en estrellas normales con reacciones nucleares. En el caso de
una enana café, sin reacciones nucleares, se esperaba que se conservara.
También se predecía que las enanas café debían ser muy rojas, reflejo de su
baja temperatura (el color azul de una estrella, por otra parte, indica que es
muy caliente).
El
primer indicio de la existencia de las enanas café data de 1995, cuando
Nakajima y sus colaboradores encontraron GL229B, un objeto muy débil orbitando
una estrella brillante. Su observación se veía dificultada por la proximidad a
la estrella brillante, pero los datos que se recabaron mostraban un objeto muy
frío que tendría una masa típica de una enana café. Este extraordinario
descubrimiento todavía dejaba algunas dudas, puesto que era parte de un sistema
binario —junto a GL229B orbita una compañera cercana—, lo que puede modificar
el aspecto de una estrella. En casos extremos, una de las estrellas puede
despojar a la otra de gran parte de su masa, dejándola como una enana café a
pesar de haber nacido con suficiente masa como para ser estrella. Tampoco se
podía asegurar que las enanas café se pudieran formar como objetos
independientes, tal como se forma una estrella.
Poco
tiempo después, la noche del 15 de marzo de 1997, cuando estaba observando con
el telescopio de 3,6 metros del Observatorio La Silla (ESO), apunté a un objeto
que había llamado ESO508-128. En mi mano tenía una larga lista de objetos que
había seleccionado como posibles candidatos a ser los restos de estrellas
muertas, que era el tema que me interesaba. La ESO508-128 fue la primera que
observé, al comienzo de la noche. Tras una espera llena de curiosidad, que duró
treinta minutos, el telescopio me mostró el espectro de mi objeto, es decir, la
distribución de la energía que emite, que en la práctica es como la huella
digital de cada estrella, ya que nos permite saber quién es, qué temperatura
tiene, cuál es su masa, etcétera.
Después de muchos años realizando este tipo de trabajo, mi ojo estaba ya muy
entrenado para distinguir la «huella digital» de los distintos tipos de
estrellas. Por eso, cuando vi el espectro de la ESO508-128, supe de inmediato
que algo no calzaba. Pensé que había hecho algo mal en el procedimiento de la
observación y lo intenté de nuevo con mucho cuidado. Media hora más tarde
apareció una vez más una «huella digital» desconocida, que nunca antes había
visto.
¡Qué
raro! Miré el espectro con más cuidado y mi corazón comenzó a latir cada vez
más fuerte. Fue una experiencia de un par de minutos: cuando encontré la marca
de la existencia de litio y luego comprobé que su espectro era muy pero muy
rojo, me di cuenta de que tenía entre mis manos una de las primeras enanas café
viajando libre por el universo. Fue un momento increíble. A diferencia de
muchos otros grupos de astrónomos, yo no la estaba buscando, sino que fue ella
la que me hizo señas para que la descubriera. Rápidamente le cambié su aburrido
nombre de catálogo y la bauticé Kelu, que significa rojo en lengua mapuche.
Hace un tiempo me llegó un mensaje desde el Observatorio de Mauna-Kea, en
Hawái, donde una colega, Sandy Leggett, acababa de observar a Kelu usando una
nueva tecnología con rayos láser. Había descubierto que mi querida Kelu, en
realidad, son dos enanas café, cada una girando en torno a la otra. Poco
después del descubrimiento de Kelu, distintos grupos revelaron la existencia de
muchas otras enanas café. Hoy se conocen miles, muchas como Kelu desplazándose
libremente por la galaxia, otras orbitando una estrella al igual que GL229B,
como si fueran planetas gigantes o súper planetas.
Las pequeñas serán gigantes… y luego enanas
¿Cómo
es la vida de las estrellas poco masivas, de las cuales nuestro Sol es una
típica representante? El Sol es una esfera de gas compuesta mayoritariamente de
hidrógeno y helio, además de pequeñas cantidades de todos los otros elementos
que conocemos. El hidrógeno y el helio fueron fabricados poco después del
Big-Bang, mientras que todo el resto de los elementos fueron «cocinados» en el
corazón de generaciones de estrellas que al morir dejaron su herencia química
para que un día, hace cuatro mil quinientos millones de años atrás, se formara
el Sol y con él, los planetas del Sistema Solar, incluyendo la Tierra,
herederos de una larga estirpe estelar.
El Sol es ciento nueve veces más grande que la Tierra y tiene una masa
trescientas mil veces mayor que la de ella. La temperatura en la superficie del
Sol es de cinco mil ochocientos grados, mientras que en su corazón sube a
quince millones de grados. En el interior del Sol, debido a su alta
temperatura, se producen reacciones nucleares que generan una gran cantidad de
energía, lo que ha mantenido al Sol brillando desde su nacimiento.
Por mucho tiempo, la fuente de energía de las estrellas fue un misterio, hasta
que, en el siglo pasado, a fines de los años veinte, el astrónomo británico
Arthur Eddington se hizo la siguiente pregunta: ¿cuál será la fuente de energía
del Sol? Este es un buen ejemplo de esas preguntas inútiles que han sido claves
en la historia de la humanidad. Cuando Eddington investigaba, en los años
treinta, ya se sabía que la edad de la Tierra era de cuatro mil quinientos
millones de años, por lo que el Sol debía haber brillado al menos por esa
cantidad de tiempo. Eddington consideró para su respuesta todas las fuentes
energéticas conocidas entonces, como la energía química, la potencial y otras,
pero ninguna daba para hacer brillar al Sol por tanto tiempo. Finalmente,
resumió su trabajo en una publicación donde, como conclusión, dice que la única
fuente de energía que podría funcionar es la transformación de masa en energía,
que es exactamente lo que ocurre en una reacción nuclear. La energía nuclear
aún no se conocía, pero Albert Einstein en 1905, como parte de la Teoría de la
Relatividad Especial, ya había escrito la famosa ecuación E=mc2,
que dice exactamente eso: la energía es igual a la masa multiplicada por la
velocidad de la luz al cuadrado.
Apenas
un par de años después de que se publicara el trabajo de Eddington, un físico
de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), Hans Bethe, descubrió la energía
nuclear, describiendo la primera reacción nuclear, que resultó ser precisamente
la que tiene lugar al interior de estrellas como el Sol. Hoy se conocen cientos
de reacciones nucleares y la energía nuclear forma parte de nuestra
civilización —con usos que van desde la propia generación de energía en
reactores nucleares hasta la medicina o la agricultura, por ejemplo—. Y todo
gracias a una pregunta motivada por la curiosidad.
Una de las principales reacciones nucleares que ocurren dentro del Sol es la
llamada «cadena protón-protón». Un protón es el núcleo de un átomo de
hidrógeno, que es el elemento más simple y abundante en el universo, creado un
minuto después del Big-Bang. Dadas las condiciones de altas temperaturas y
densidades existentes en el centro de una estrella, los núcleos de hidrógeno,
también llamados protones, chocan para formar elementos más complejos, como los
núcleos de helio. En el Sol las reacciones nucleares liberan una gran cantidad
de energía: en un segundo, cuatro millones de toneladas de su masa se
transforman en energía.
El
combustible que se «quema» y permite que el Sol brille son los núcleos de
hidrógeno. Se estima que una estrella con la masa del Sol se demora unos diez
mil millones de años en transformar todo el hidrógeno de su corazón en helio,
es decir, el Sol, con sus cuatro mil quinientos millones de años de edad, ya ha
consumido más o menos la mitad de su combustible. Cuando el Sol era una
estrella joven y su reserva de combustible (el hidrógeno) estaba aún intacta,
era una estrella más fría de lo que es hoy; en la medida en que se ha ido
consumiendo el combustible, el Sol se ha ido calentando, de tal forma que en
aproximadamente unos novecientos millones de años más toda el agua de la Tierra
se habrá evaporado y estará en la atmósfera, produciendo un efecto invernadero
extremo. Las temperaturas en la superficie de la Tierra serán incompatibles con
la vida, como los 460 grados que hoy predominan en el planeta Venus. Tenemos
aún tiempo para adaptarnos o bien buscar una nueva casa. Si somos capaces de
cambiar nuestro estilo de vida y desarrollar lentamente adaptaciones evolutivas
a la nueva realidad, posiblemente por un tiempo (un par de miles de millones de
años) el planeta Marte podría albergar a la humanidad, ya que al estar más
lejos del Sol tendría una temperatura más agradable.
En
unos cinco mil millones de años, cuando se le acabe el combustible al Sol, es
decir, cuando su corazón esté formado solo por núcleos inertes de helio,
comenzará a colapsar de nuevo, ya que no habrá ninguna fuerza que se oponga al
desplome por su propio peso. Al suceder esto, la temperatura en su interior se
incrementará hasta alcanzar cien millones de grados. A esta temperatura se
enciende una nueva reacción nuclear que transforma el helio en carbono y
produce mucha más energía que la combustión del hidrógeno. No solo se detendrá
el colapso, sino que el Sol se inflará, aumentando su tamaño de tal forma que
la Tierra y los otros planetas cercanos al Sol (Mercurio y Venus) quedarán
incluidos dentro de él. El Sol será ahora una estrella «gigante roja».
Cuando eso suceda, la Tierra ya no será habitable, y si parte de la humanidad
estuviera para entonces en el planeta Marte, enfrentaría un desafío aún mayor
que el de moverse de la Tierra a Marte. Habría que buscar otro planeta
habitable: alguno cuya estrella fuera más joven y presentara condiciones
adecuadas para la vida. El desafío parece ridículamente difícil, pero tenemos
varios miles de millones de años para lograrlo.
En el corazón del Sol la transformación de helio en carbono demorará unos mil
millones de años, por lo que en unos seis mil millones de años ya no tendrá
combustible para brillar. De nuevo, la fuerza de gravedad impulsará el colapso,
pero como el Sol es una estrella pequeña, la temperatura nunca alcanzará los
seiscientos millones de grados necesarios para iniciar la combustión nuclear
del carbono. ¡No habrá una fuente de energía que detenga el colapso!
El
Sol seguirá contrayéndose hasta alcanzar el tamaño de la Tierra. Para entonces
su densidad será inmensa, tanto que una cucharadita de té del material del Sol
en esa etapa pesará ¡cinco toneladas! A esas densidades hay otro mecanismo que
detendrá el colapso: es el «principio de exclusión de Pauli» (debido al físico
teórico Wolfgang Pauli), que establece que los electrones se oponen a compartir
una misma órbita, ejerciendo así una fuerza contraria al colapso. A este estado
de la materia en que las densidades son tan grandes se le conoce como «materia
degenerada»; y a las estrellas hechas de esta materia, «estrellas degeneradas».
Lo
que quedará al final de la vida del Sol será una roca muy densa con más o menos
la mitad de la masa que tiene hoy el Sol, condensada en un objeto del tamaño de
la Tierra. Estas estrellas de materia degenerada son conocidas también como
«enanas blancas» y están compuestas mayormente de carbono a muy alta presión,
por lo cual se dice que son verdaderos diamantes gigantes.
Las
enanas blancas son difíciles de ver debido a que, por su pequeño tamaño, son
poco luminosas. Sin embargo, su masa es similar a la de muchas estrellas que,
como el Sol, brillan en el cielo nocturno. El estudio de las enanas blancas nos
permite reconstruir la historia de la formación estelar en la Vía Láctea. Es un
poco como hacer paleontología astronómica, solo que en este caso no tenemos
huesos para reconstruir la historia sino los restos, hechos de materia
degenerada, de quienes un día fueron estrellas.
En las últimas etapas de la vida de una estrella como el Sol, esta se deshace
de sus capas más externas en una especie de «danza de los siete velos», que al
final nos revela su corazón al desnudo: al comienzo muy caliente y denso, y
luego enfriándose hasta desaparecer de la vista de cualquier observador.
Las
capas expulsadas por la estrella moribunda forman figuras muy hermosas. A estas
nubes en torno a su estrella desnuda se las llama «nebulosas planetarias»,
aunque nada tengan que ver con los planetas; solo que, antiguamente, estos
objetos, vistos a través de telescopios primitivos y más bien pequeños, se
veían como objetos extendidos similares a un planeta, y no puntuales, como se
vería una estrella.
Los colores de las nebulosas planetarias reflejan las distintas condiciones
físicas y abundancias químicas. El tamaño típico de una nebulosa planetaria es
de un par de meses luz, es decir, que la luz se demora un par de meses en
viajar de un extremo a otro de ella. El material que forma una nebulosa
planetaria ha sido contaminado por los elementos producidos en las reacciones
nucleares que ocurrieron durante la vida de la estrella, en particular, para
estrellas como el Sol, de carbono, nitrógeno y oxígeno. Este material se
juntará con más gas y polvo interestelar para dar origen a una nueva generación
de estrellas, que comenzarán sus vidas con una composición distinta. Es por
esto que decimos que el Sol no es una estrella de primera generación: cuando se
formó, ya tenía todos los elementos que conocemos y que están presentes en todo
el Sistema Solar, los cuales debieron ser «cocinados» en el corazón de
generaciones de estrellas que murieron antes de que se formara la nuestra.
Para
que la vida surja en el universo, las estrellas como el Sol deben pasar por
estas etapas finales, devolviendo al medio interestelar parte del material del
cual se formaron —principalmente hidrógeno y helio— transformado en elementos
más complejos, esenciales para la vida. Gracias a los radiotelescopios, como
ALMA, que observan la radiación proveniente de moléculas, se ha constatado la
presencia de complejas moléculas orgánicas, similares a las que forman las
bases de la vida. Estas moléculas están en diversos lugares del universo,
principalmente en la cercanía de estrellas moribundas, las cuales en esta etapa
dejan escapar las capas más externas de sus atmósferas, llevándose el legado de
compuestos químicos formados por la estrella durante toda su vida.
Lo
dicho vale para las estrellas con masas menores a unas diez veces la masa del
Sol. Las estrellas más masivas tienen un final diferente y bastante más
espectacular.
La breve vida de las estrellas grandes
Las
estrellas diez veces más masivas que el Sol comienzan su vida en forma similar
a lo antes descrito para las estrellas pequeñas. Para brillar, queman como
combustible los núcleos de hidrógeno, convirtiéndolos en helio, que luego se
transforma en carbono. La gran diferencia radica en que todas estas reacciones
ocurren mucho más rápido que en el caso de las estrellas pequeñas. Mientras más
masiva sea la estrella, más corta será su vida.
Otra
diferencia entre estrellas grandes y pequeñas es que las primeras, al llegar a
la etapa en que su corazón está hecho de carbono y ya no hay más helio que
quemar, vuelven a colapsar, esta vez debido a su gran masa: la fuerza del
colapso vence a la presión de los «electrones degenerados», capaz de detener el
colapso de estrellas más pequeñas; el corazón de carbono alcanza temperaturas
del orden de los seiscientos millones de grados y se inicia así su combustión
nuclear. Nuevamente se genera una gran cantidad de energía que logra detener el
colapso y hace que la estrella brille aún más que antes.
Esta
rutina estelar de colapsar cuando se le acaba un cierto combustible, aumentando
su temperatura y encendiendo una nueva reacción nuclear, se repite muchas veces
en las estrellas masivas. De esa manera, forman elementos cada vez más
complejos, compuestos por más protones y neutrones en su núcleo. El primer
lugar donde se acaba un cierto combustible es siempre el centro de la estrella,
donde la temperatura es mayor y las reacciones nucleares son más eficientes.
Por eso, la estrella desarrolla una estructura parecida a una cebolla, con
muchas capas, cada una con una distinta reacción nuclear activa, con una
distinta composición.
En
el caso de las estrellas masivas, el comienzo del fin llega al formarse en su
corazón los primeros núcleos de hierro. Cuando el corazón de la estrella esté
compuesto solo por este elemento, se iniciará indefectiblemente el colapso.
Esto ocurre debido a que la estructura del núcleo de hierro es muy especial, de
tal forma que, a diferencia de los elementos más livianos, su combustión
nuclear no produce energía, y para transformarlo en otro elemento más pesado
habría que entregarle energía; se enfría así el corazón de la estrella y ya no
hay nada que detenga el colapso.
La estrella que vivió por cientos de millones de años sufre una catástrofe y,
en un segundo, su corazón colapsa y sus capas más externas salen disparadas con
una gran energía hacia el medio interestelar en una explosión conocida como
supernova. En la explosión misma se forman todos los restantes elementos que
conocemos y que son más complejos que el hierro, incluyendo los isótopos
radiactivos de uranio, cesio, cromo y otros. Cuando se produce una explosión de
supernova, la luminosidad de una estrella aumenta miles de millones de veces;
por eso podemos ver una supernova anunciando la muerte de una estrella incluso
cuando ocurre en una galaxia muy lejana.
En tanto, las capas externas de estas estrellas gigantes contaminan el medio
interestelar con elementos aún más complejos que los fabricados por estrellas
como el Sol. En la explosión de supernova, el corazón de la estrella colapsa.
¿Hasta dónde? Bueno, eso depende. En el caso de las estrellas no tan masivas,
de entre diez y veinte veces la masa del Sol, llegan a formar un corazón de
hierro que alcanza una y hasta dos veces la masa del Sol. El colapso,
finalmente, se detiene por un efecto parecido a la presión que ejercen los
electrones en la materia degenerada. En este caso, los neutrones oponen
resistencia a la presión ejercida por el colapso cuando llegan al punto en que
no hay espacio entre ellos, están uno pegado al otro. La densidad aquí es
tremenda. Si en el caso de una enana blanca una cucharadita de té podía pesar
cinco toneladas, aquí pesaría ¡quinientos millones de toneladas! Se trataría de
un objeto de más o menos el doble que la masa del Sol, que sin embargo tiene el
tamaño de una montaña, digamos una esfera de unos diez kilómetros. A estos
objetos se los llama «estrellas de neutrones». Como ejemplo, una moneda
pequeña, hecha del mismo material que una estrella de neutrones, pesaría varias
veces lo que pesa el monte Everest (si pudiéramos sacarlo y ponerlo en una
balanza).
Al producirse el colapso de una estrella masiva, pasa a convertirse en una
estrella de neutrones y comienza a rotar cada vez más rápido. El Sol, por
ejemplo, rota sobre su eje en un período de más o menos un mes, mientras que
las estrellas de neutrones lo hacen en segundos e incluso menos. Este efecto es
similar a lo que ocurre con una persona en patines que gira sobre sí misma con
los brazos abiertos; si los acerca al cuerpo, reduciendo así su tamaño, gira
mucho más rápido.
Las estrellas de neutrones son tan pequeñas que no resulta posible verlas. Sin
embargo, debido a su rápida rotación se pudo descubrir (en frecuencias de
radio) pulsos producidos cerca del polo magnético de la estrella de neutrones,
el cual, como un verdadero faro, pasa frente a nuestra línea de visión una o
más veces por segundo. En el polo magnético de la estrella se juntan las líneas
del campo magnético, que también aumenta su intensidad con el colapso y puede
llegar a ser unas mil millones de veces mayor que el campo magnético del Sol.
Las partículas que rodean a la estrella son atrapadas por el campo magnético y
producen una gran luminosidad en las regiones polares (un efecto similar a las
auroras que se aprecian en las regiones polares de la Tierra). Desde la Tierra
detectamos las estrellas de neutrones cuando sus intensas «auroras» cruzan
varias veces por segundo (debido a la rápida rotación en torno a su eje) la
línea de la visual que nos une a ellas.
La existencia de estrellas de neutrones se había discutido teóricamente desde
los años 30, pero no fueron descubiertas sino hasta 1967 por Jocelyn Bell, una
estudiante de doctorado de veinticuatro años, en la Universidad de Cambridge,
Inglaterra. Ella trabajaba en su tesis de doctorado usando unas antenas,
desechadas por los militares después de la segunda guerra mundial. Cuando
Jocelyn detectó una señal que variaba muy rápido, perfectamente espaciada en el
tiempo, pensó que podía tratarse de una señal producida por seres inteligentes.
Pasó un tiempo antes de que Jocelyn y su profesor guía, Antony Hewish,
descubrieran la verdadera naturaleza de estos objetos. Mientras tanto, ya
habían detectado varios de estos objetos que emitían pulsos de energía;
preliminarmente los bautizaron como Little Green Men (hombrecitos
verdes). Luego de entender su naturaleza, recibieron su nombre definitivo:
pulsares.
En 1968 se descubrió un pulsar en el centro de la Nebulosa del Cangrejo, la
cual es el remanente gaseoso de la supernova que explotó en el año 1054 y que
quedó registrada en dibujos rupestres realizados por los nativos de
Norteamérica, así como por los astrónomos de China. En ambos casos, se reporta
que el brillo era casi como el de la luna llena y que esta luminosidad se
mantuvo por unos días para luego declinar. En el presente, la Nebulosa del
Cangrejo solo se puede observar con telescopios y nos muestra una estructura
filamentosa que se expande. Hoy también sabemos que en su centro existe un
pulsar, única evidencia de su corazón colapsado.
Se han encontrado varios restos gaseosos de supernovas que albergan un pulsar
en su centro; se confirma así la teoría que predijo la existencia de una
estrella de neutrones como resultado del colapso del corazón de una estrella
masiva.
La próxima supernova en nuestra galaxia podría ser Eta Carina, una estrella muy
masiva que parece estar pronta a explotar en cualquier momento.
Desgraciadamente, desde el punto de vista de las escalas de tiempo de las
estrellas, esto podría ocurrir hoy o en diez mil años. Cuando explote será casi
tan brillante como la luna llena, la veremos por varios meses antes de que
desaparezca de nuestra simple vista y tengamos que seguir su evolución con
telescopios.
Una atracción imparable
¿Qué
pasa con las estrellas más masivas que desarrollan un núcleo de hierro de más
de dos o tres veces la masa del Sol? El corazón colapsa, pero debido a su gran
masa ni siquiera la presión de los neutrones es suficiente para detenerlo: la
contracción prosigue y transforma el corazón de la estrella en un hoyo negro (Black
Hole). Un hoyo negro se define como un objeto con una gravedad tan intensa
que atrae todo lo que se le acerca, incluso la luz; de ahí su nombre. Una forma
de ver un hoyo negro es por la luz que emite la materia que cae atraída por
este, la cual se calienta a altas temperaturas justo antes de ser tragada. Como
un grito de auxilio, emite una gran cantidad de energía en forma de
rayos X. Otra forma de «ver» un hoyo negro es por la atracción
gravitacional que ejerce sobre estrellas y nebulosas gaseosas; en ocasiones, se
observan esos objetos girando en torno a un punto donde no hay nada visible. El
cálculo de la masa del hoyo negro en torno al cual gira una estrella, por
ejemplo, es muy simple: con física muy elemental se obtiene la fuerza (masa que
atrae) necesaria para que la estrella gire en torno al hoyo negro sin salir
disparada por la fuerza centrífuga. Se trata de una fuerza similar a la que
tenemos que ejercer para sostener una cuerda con un peso en su extremo (como
una boleadora) para que, al hacerla girar, no salga disparada.
Se conocen numerosos hoyos negros que posiblemente se formaron como producto de
la muerte de estrellas masivas; cuando aún brillaban como tales, tenían masas
veinte o más veces mayores que la del Sol. No hay ninguna razón para que no
existan hoyos negros de todas las masas; el problema está en cómo detectarlos.
Por otra parte, no se pueden detectar hoyos negros que no tengan estrellas
suficientemente cercanas como para poder tragárselas y que así estas emitan
rayos X o bien que giren a su alrededor. De modo que posiblemente haya
muchos más hoyos negros de los que se han logrado encontrar.
La física predice que un hoyo negro tiene un tamaño infinitamente pequeño: toda
su masa está concentrada en un punto llamado «singularidad». ¡Ya advertí que el
universo es raro! Pero hay una distancia al centro del hoyo negro más allá de
la cual ya no podemos ver la materia y la energía que caen al agujero, y esta
distancia se llama «horizonte de eventos». Si la Tierra colapsara hasta formar
un hoyo negro, su horizonte de eventos o tamaño sería de solo ¡dos centímetros!
Capítulo
6
La
llegada
Unos
nueve mil millones de años después del Big-Bang muchas generaciones de
estrellas ya habían nacido y vivido, cocinando en sus corazones todos los
elementos que permiten que la vida pueda surgir. Fue en ese tiempo de la
historia del universo cuando una nube de gas y polvo se desplomó por su propio
peso, evento que marcó el nacimiento de nuestro Sol y los planetas que lo
rodean. La Tierra se ubicó bien, ni tan cerca del Sol como para quemarse ni tan
lejos como para congelarse. Casi desde el comienzo tuvo todo lo necesario para
albergar vida sobre su superficie: agua y energía. Pero tuvieron que pasar
todavía unos mil millones de años para que eso sucediera.
También es una suerte que el Sol haya tenido una existencia tranquila durante
el suficiente tiempo para que la vida en la Tierra pudiera evolucionar y
adaptarse. Un estudio que incluyó miles de estrellas similares al Sol mostró
que la mayoría de ellas tiene frecuentes ráfagas estelares, es decir, emisiones
de plasma miles de veces más potentes que las del Sol, lo que haría imposible
cualquier tipo de vida.
No obstante, cuando se formó el Sistema Solar, el universo alcanzó de hecho la
madurez suficiente como para permitir la vida. Por el momento conocemos solo la
vida en la Tierra, pero la lógica indica que no puede ser una excepción. Es muy
posible que haya planetas en los que la vida sea muy primitiva, como las
bacterias, o más avanzada, como nosotros, o incluso mucho más. Se puede decir
que la vida —al igual que la formación de los primeros átomos y las primeras
estrellas— no es más que una etapa en la evolución del universo y nosotros,
hasta donde sabemos, somos la expresión más compleja de este proceso. Pero
¿cuántos hermanos del cosmos, habitantes de innumerables planetas, podrían
estar participando en esta misma aventura? ¿Se cruzarán nuestros pasos algún
día? ¡Qué ganas de vivir un millón de años para saberlo! Claro que incluso ese
tiempo puede ser insuficiente.
La Tierra ya celebró cuatro mil quinientos millones de años de edad. En ella,
la vida, en su forma más simple, irrumpió hace unos tres mil quinientos
millones de años. Aún es un misterio cómo se pasó de la materia inanimada a la
animada. Aunque al comienzo fue una existencia muy elemental, el salto en
complejidad entre una molécula cualquiera y la vida más primitiva es
extraordinario. Con el tiempo, la vida evolucionó intentando distintas formas,
quedándose con las exitosas y desechando las que no se sustentaban, todo esto
durante tres mil quinientos millones de años.
Al final, hace uno o dos millones de años (casi nada en esta larga historia), aparecieron
nuestros primeros ancestros, que evolucionaron con rapidez, desarrollando las
habilidades mentales necesarias para llegar a transformarse en lo que hoy
somos, seres con conciencia, capaces de reconstruir una historia e imaginar el
futuro, habitantes de la vanguardia del universo que evoluciona, inaugurando a
cada paso un nuevo tiempo y conquistando así un nuevo espacio para la
humanidad.
La vida con conciencia, es decir, nuestra propia existencia, es el último salto
en complejidad que ha dado el universo, por lo que sabemos. Esto sí nos hace
muy especiales. Claro que la evolución no se detiene. Habrá nuevos grados de
complejidad que estarán por venir o quizás ¡ya están aquí y no nos hemos dado
cuenta!
Después de conocer esta historia, no se puede evitar mirar nuestra propia
existencia y nuestro cuerpo con admiración. Pensar que los átomos de hidrógeno
en mis lágrimas los fabricó el Big-Bang y que los átomos de calcio en mis
huesos, el oxígeno en mi sangre y todos los elementos que forman parte de mí,
todos fueron fabricados por las estrellas. ¡Somos sus hijos, hijos de las
estrellas!
La Vía Láctea, nuestra galaxia, contiene 100 mil millones de estrellas y
tiene forma de remolino. ESO / Brunier
El telescopio VLT de la ESO en Paranal apunta su rayo láser al centro de la
Vía Láctea.
Telescopio Gemini Norte en Mauna Kea, Hawai (USA). © Gemini Observatory
Telescopio Gran TECAN en Observatorio La Palma, Canarias (España). ©
R. Rebolo
El Observatorio Interamericano de Cerro Tololo (NSF/AURA/NOAO) fue el primer
observatorio internacional que se instaló en territorio chileno. Su telescopio
más grande, llamado Víctor Blanco, de 4 metros de diámetro.
Telescopio Gemini Sur, de ocho metros de diámetro (NSF/AURA/Gemini), en Cerro
Pachón. En la distancia se ven los telescopios de Observatorio Tololo. © Gemini
Observatory
Panorama del Observatorio La Silla (Observatorio Europeo Austral). El telesco
pio de 3,6 metros se distingue sobre el fondo de estrellas con su cúpula
blanca. © ESO/JFS
Observatorio Las Campanas (Carnegie Institute for Science). A la izquierda se
alcanza a ver la cúpula blanca del telescopio Du Pont de 2,5
metros de diámetro; a la derecha se ven los dos telescopios Magallanes
(Baade y Clay) de 6,5 metros.
Observatorio Paranal (ESO). Los cuatro telescopios VLT con espejos de ocho
metros de diámetro cada uno se preparan para una noche de observación.
Antenas de ALMA en Chajnantor, la rotación de la Tierra muestra los caminos que
trazan las estrellas. © ESO / B. Tafreshi (twanight.org)
Las antenas de ALMA desplegadas en la llanura de Chajnantor, a 5000 metros de
altura. Al fondo se ve el volcán Licancabur. © Clem &
AdriBacri-Normier(wingsforscience.com) / ESO
La galaxia NGC 1232 es de tipo espiral. Si pudiéramos observar a la Vía Láctea
desde fuera, se vería muy parecida a NGC 1232 y el Sol se encontraría a
mitad de camino entre su centro y el borde. © ESO
Ilustración de cómo se vería desde la Tierra el choque entre la Vía Láctea y la
galaxia Andrómeda.
Las galaxias NGC 5426 y NGC 5427 se preparan para un abrazo que las hará bailar
juntas por cientos de millones de años hasta terminar completamente fusionadas
en una sola galaxia que estará compuesta por las estrellas de ambas. © ESO
Cumulo de galaxias Abell 1689. Contiene miles de galaxias de todos tipos y
tamaños. © NASA/HST
Simulación computacional de la apariencia del universo a gran escala. La
materia se concentra en súper-cúmulos de galaxias que forman una estructura
similar a una telaraña. © ESO
Choque de partículas en el Acelerador de Hadrones del CERN. © CERN/Lucas Taylor
Messier 78, una nebulosa de reflexión en Orión. El color azul revela que la luz
de las estrellas en la nebulosa se refleja en ella como si estuviera formada
por millones de pequeños espejos. © ESO / Igor Chekalin
NGC 602, una nebulosa en la galaxia Nube Menor de Magallanes, donde se están
formando nuevas estrellas. © NASA, ESA and the Hubble Heritage
Team (STScI/AURA) – ESA / Hubble Collaboration
Nebulosa de Orión, cientos de estrellas están naciendo en esta maternidad
cósmica. © ESO / Igor Chekalin
Región de formación estelar Rho Ophiuchi fotografiada en luz infrarroja. © NASA
/ JPL-Caltech / WISE Team
Nebulosa NGC 2359 también llamada el «Casco de Thor». © NASA / JPL-Caltech /
WISE Team
NGC 2024, llamada también «Nebulosa de la Llama». © ESO
NGC 4755, cúmulo de estrellas también conocido como «Cofre de Joyas» por tener
estrellas de diversos colores. © ESO
Imagen del disco en que se están formando planetas alrededor de la estrella en
formación HL Tauri. Tomada con ALMA. © ALMA (ESO / NAOJ / NRAO)
Ilustración de un planeta transitando frente al disco de su estrella. © ESO /
L. Calcada
Nebulosa planetaria de la Hélice tomada con el telescopio MPG / ESO 2.2
m. Son los restos de una estrella como el Sol, cuyo corazón, al quedarse
sin combustible, colapsa mientras las capas externas se expanden. © ESO
Nebulosa Planetaria NGC 2440 observada con el telescopio espacial Hubble
(HST). © NASA, ESA and K. Noll (STScI)
Nebulosa planetaria NGC 6593, llamada también «Ojo de gato», observada con
el telescopio espacial Hubble (HST). © NASA, ESA, HEIC and The Hubble Heritage
Team (STScI / AURA)
V838, estrella supergigante roja que está en sus últimas etapas de vida. El
material que la envuelve está contaminado con moléculas orgánicas fabricadas
por la estrella. © HST
Ilustración de un hoyo negro rodeado de material que está cayendo hacia él.
© ESO / L. Calcada
Supernova del Cangrejo. Esta estrella explotó en el año 1054 y fue observada
por habitantes del hemisferio norte, quienes reportaron la aparición de un
objeto «nuevo» en el cielo con un brillo casi tan intenso como el de la Luna.
Hoy solo se ve con telescopios poderosos. © ESO
Eta Carina, una estrella muy masiva que está lista para explotar como
supernova. Cuando lo haga se podrá ver desde el hemisferio sur y será tan
brillante como lo fue la supernova del Cangrejo. © NASA, ESA, and J. Hester
(Arizona State University)


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