© Libro N° 6134. La
Arqueología Y La Biblia. Laughlin, John C. H. Emancipación.
Título original: © La
Arqueología Y La Biblia. John C. H. Laughlin. Junio 22 de 2019.
Versión Original: © La Arqueología Y La Biblia.
John C. H. Laughlin
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/laarquologiaylabiblia/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/laarquologiaylabiblia/index.html
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA
ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA
John
C. H. Laughlin
Sinopsis
Lista
de abreviaturas
Introducción:
la arqueología y la Biblia
Una
breve historia
Cómo
se hace: introducción al trabajo de campo
El
nacimiento de la civilización: del Neolítico a la Edad del Bronce antiguo (c.
8500-2000 a. C.)
La
Edad del Bronce Medio (2000-1550 A. C.)
La
Edad del Bronce Tardío (1550-1200 A. C.)
La
Edad del Hierro I (C. 1200-1000 A. C.)
La
Edad del Hierro II (1000-550 A. C.)
Epílogo
Sinopsis
Las
grandes excavaciones arqueológicas que se realizaron en Palestina y zonas
limítrofes durante el siglo XIX y principios del XX desvelaron la existencia de
un inmenso tesoro de conocimientos sobre culturas olvidadas tanto del mundo
prebíblico como del bíblico. Pronto se multiplicarán las excavaciones y
descubrimientos y nacería lo que dio con llamarse «Arqueología bíblica». Desde
entonces, se popularizó la idea de que los hallazgos arqueológicos habían
confirmado muchas de las afirmaciones históricas de la Biblia porque ciertos
arqueólogos forzaron la interpretación de los datos arqueológicos para hacerlos
coincidir con el relato bíblico. Sin embargo, la visión actual de la mayoría de
los arqueólogos es que la Biblia no puede ser aceptada acríticamente como un
relato histórico del antiguo Israel, sino como una interpretación, a través de
lentes teológicas e incluso mitológicas, de lo que los arqueólogos han
interpretado, a su vez, a través de lentes científicas e históricas. No otra es
la intención de John C. H. Laughlin con este libro en el que nos ofrece un
interesante panorama de la historia, métodos e implicaciones de los
descubrimientos arqueológicos llevados a cabo en el Próximo Oriente durante los
últimos 150 años y nos muestra, a lo largo de un fascinante recorrido que va
desde las chozas neolíticas hasta las ruinas de Israel y Judá, cómo las
herramientas de la arqueología nos proporcionan el retrato de la sociedad de la
que emanó el Antiguo Testamento. Esta disciplina —nos dice el profesor Laughlin—
nunca ha probado ni probará la verdad de la Biblia, si por ello entendemos
probar la veracidad de las interpretaciones teológicas que los escritores
bíblicos hicieron de su propia historia. Lo que le interesa al autor es más
modesto, pero mucho más interesante: desplegar ante nuestros ojos los vestigios
de un pasado que nos habla de hombres y mujeres de carne y hueso, de cómo
vivían en sociedad, de su arte y de su cultura.
|
Lista de abreviaturas |
|
|
AAI |
The Archaelogy of Ancient Israel,
A. Ben-Tor, ed., Yale University Press, New Haven, 1992 |
|
AAIPP |
The Architecture of Ancient Israel from the Prehistoric to the
Persian Periods, A. Kempinski y R. Reich, eds., Israel Exploration Society,
Jerusalén, 1992 |
|
ABD |
The Anchor Bible Dictionary, 6 vols., David
Noel Freedman, ed., Doubleday, Nueva York, 1992 |
|
ABI |
Archaeology and Biblical Interpretation,
L. G. Perdue, L. E. Tombs y G. Johnson, eds., Scholars Press, Atlanta, 1987 |
|
AJR |
Ancient Jerusalem Revealed, H. Geve, ed.,
Israel Exploration Society, Jerusalén, 1994 |
|
ANET |
Ancient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament,
James Pritchard, ed., Princeton University Press, Fñnceton, 1969 |
|
ASHL |
The Archaelogy of Society in the Holy Land,
T. E. Levy, ed., Facts on File, Nueva York, 1995 |
|
BA |
Biblical Archaeologist |
|
BAR |
Biblical Archaeology Review |
|
BAReader |
Biblical Archaeologist Reader |
|
BASOR |
Bulletin of the American Schools of Oriental Research |
|
BAT |
Biblical Archaeology Today, Proceedings of the International
Congress on Biblical Archaeology, Jerusalén, 1984, Janet
Amitai, ed., Israel Exploration Society, Jerusalén, 1985 |
|
BAT90 |
Biblical Archaelogy Today, 1990, Proceedings of the Second
International Congress on Biblical Archaeology,
Jerusalén, 1990, A. Biran y J. Aviram, eds., Israel Exploration Society,
Jerusalén, 1993 |
|
BTC |
Benchmarks in Time and Culture,
J. E Drinkard, Jr., G. L. Mattingly y J. M. Miller, eds., Scholars Press,
Atlanta, 1998 |
|
CAH |
The Cambridge Ancient History,
I. Edwards et al., eds., Cambridge University Press, Nueva York,
1971, 1973, 1975 |
|
EA |
El Armama letters |
|
EAEHL |
The Encyclopedia of Archaeological Excavations in the Holy
Land, 4 vols., M. Avi-Vonah y E. Stern, eds., Israel Exploration
Society and Massada Press, Jerusalén, 1977 |
|
FNM |
From Nomadism to Monarchy: Archaeological and Historical
Aspects of Early Israel, I. Finkelstein y N. Na‘aman, eds.,
Israel Exploration Society, Jerusalén, 1994 |
|
HBD |
Harper’s Bible Dictionary, P. J. Achtemeier,
ed., Harper and Row, San Francisco, 1985 |
|
HNHAP |
The Hyksos: New Historical and Archaeological Perspectives,
E. D. Oren, ed., University of Pennsylvania Museum, Filadelfia, 1997 |
|
IEJ |
Israel Erploration Journal |
|
JBL |
Journal of Biblical Literature |
|
NDT |
The Nile Delta in Transition 4th-3rd Millennium BC,
E. C. M. van den Brink, ed., Edwin C. M. van den Brink, Tel Aviv, 1992 |
|
NEA |
Near Eastern Archaeology (antes Biblical
Archaeologist; primera edición, 61, n.º 1, 1998 |
|
NEAEHL |
The New Encyclopedia of Archaeological Excavations in the Holy
Land, 4 vols., Ephraim Stern, ed., Simón & Schuster,
Jerusalén, 1993 |
|
OEANE |
The Oxford Encyclopedia of Archaeology in the Near East,
5 vols., Eric M. Meyers, ed., Oxford University Press, Nueva York, 1997 |
|
PBIA |
Palestine in the Bronze and Iron Ages: Papers in Honour of
Olga Tufnell, J. A. Tubb, ed., Jnstitute of Archaeology, Londres, 1985 |
|
PEQ |
Palestine Exploration Quarterly |
|
REI |
Recent Excavations in Israel: Studies in Iron Age Archaeology,
S. Gitin y W. G. Dever, eds., Eisenbrauns, Winona Lake, 1994 |
|
WLS |
The World of the Lord Shall Go Forth: Essays in Honor of David
Noel Freedman in Celebration of his SLrtieth Birthday,
C. L. Meyers y M. O’Connor, eds., Eisenbrauns, Winona Lake, 1983 |
|
ZAW |
Zeitschrift für die alttestamentliche Wissenschaft |
Capítulo 1
Introducción: la arqueología y la Biblia
El
presente libro se ocupa de la arqueología de campo tal y como se practica en el
Oriente Próximo, particularmente en el moderno estado de Israel, y de sus
implicaciones a la hora de leer y comprender la Biblia. No está dirigido a
arqueólogos y/o especialistas bíblicos. Está escrito para aquellos que
simplemente inician un estudio serio de este complejo tema. En consecuencia, he
intentado reducir las notas al mínimo y al mismo tiempo proporcionar
suficientes recursos en la bibliografía para posibilitar un estudio posterior y
más técnico a cualquier lector interesado. Dado su formato e intención, este
pequeño volumen no es más que una introducción general a un campo muy amplio
sobre el que se han escrito miles de artículos y libros, muchos de ellos
bastante técnicos y dirigidos a especialistas.
Así
pues, debo comenzar con una advertencia. Fue Alexander Pope quien dijo «los
necios se precipitan donde los ángeles temen pisar» (An Essay on Criticism,
1625). Con el debido respeto, por lo que atañe a este libro, me apresuraría a
parafrasearle y decir: «Los necios escriben libros sobre temas con los que los
ángeles no se atreverían». Digo esto porque las cuestiones, los estudios
especializados, las preguntas, controversias, métodos, conclusiones, así como
las publicaciones sobre el tema de la arqueología y la Biblia son tan numerosas
y complejas que nadie hoy puede esperar controlarlas todas. Por eso el título
«La arqueología y la Biblia» es tan audaz como intimidatorio; tan esperanzador
como sin duda incompleto.
A
pesar de todo el trabajo arqueológico que se lleva a cabo hoy en el mundo,
ninguno atrae tanto la atención como el que se considera asociado de algún modo
con la Biblia. Es bastante común ver titulares en los periódicos sobre
recientes descubrimientos en Israel (o en un país vecino) que se cree están
relacionados con la Biblia (Davidson, 1996). La portada de la revista Time del
18 de diciembre de 1995 dice: «¿Es la Biblia realidad o ficción? Los
arqueólogos en Tierra Santa están vertiendo nueva luz sobre lo que ocurrió —y
no ocurrió— en la más grande historia jamás contada» (cf. el tema
de portada, «La ciudad de Dios-3.000 años de Jerusalén: donde David reinó,
Jesús enseñó y Mahoma ascendió al cielo» de la misma fecha en US News
& World Report).
Así, el propósito de este libro será el de proporcionar al estudiante
interesado y serio una breve panorámica de la historia, métodos e implicaciones
de los descubrimientos e investigación arqueológicos que han sido llevados a
cabo en el Oriente Próximo durante los últimos 150 años aproximadamente. Pero
es preciso comprender que la investigación arqueológica no se detiene[1], y
cualquier valoración actual de la situación se queda anticuada incluso antes de
que el manuscrito llegue a publicarse. Sin embargo, es de esperar que sea de
algún valor el detenerse el tiempo suficiente para encontrar nuestros propios
pasos antes de continuar el camino. Este volumen, al menos es mi intención, es
esa parada. Lo mejor que puedo esperar es que la información aportada por este
libro, aunque incompleta en muchos aspectos, sea al menos clara y precisa; un
indicador hacia la dirección correcta para cualquiera que esté interesado en el
tema de una forma seria. Mi principal objetivo será la cuestión de cómo
interrelacionar del mejor modo los datos conocidos en el momento presente por
medio del descubrimiento arqueológico con el mundo y el texto de la Biblia
hebrea, comúnmente llamada Antiguo Testamento.
Una
breve historia
Palestina:
Donde probablemente se han cometido más pecados en nombre de la arqueología que
en cualquier porción equivalente de la faz de la tierra.
SIR MORTIMER WHEELER, 1956
Tal
y como ocurre siempre que se intenta escribir la historia de un tema complejo,
es difícil saber por dónde empezar. Aunque podría argumentarse, y con razón,
que la arqueología moderna comenzó en Israel con sir Flinders
Petrie en Tell el-Hesi en 1890 (Callaway, 1980a), el interés del público acerca
del Oriente Próximo Antiguo se despertó mucho antes. Este interés se debía en
gran medida a tres exploradores y aventureros.
HORMUZD RASSAM (1826-1910)
En
la noche del 20 de diciembre de 1853, H. Rassam, un cristiano caldeo asociado
con el inglés Layard, comenzó a excavar en secreto en una parte del montículo
correspondiente a la antigua Nínive (hoy en Iraq) asignada al francés por sir Henry
Rawlinson, un funcionario pionero en descifrar el cuneiforme. Dos noches
después Rassam entró en lo que resultó ser la biblioteca del palacio del rey
asirio Ashurbanipal (668-626 a. C.). Rassam recibió los ataques tanto de
franceses como de británicos, pero finalmente miles de tablillas fueron a parar
al Museo Británico (Rassam, 1897, pp. 23 y ss.; Lloyd, 1955, pp. 166 ss). Como
Rassam expresó de modo áspero: «Porque era norma establecida que, siempre que
alguien descubriera un nuevo palacio, nadie más podía interferir, así, en mi
posición como agente del Museo Británico, yo lo había hallado para Inglaterra»
(1897, 26).
Unos
diecinueve años más tarde, en 1872, George Smith, un precoz joven que tenía un
profundo interés en lo que se descubría en el Oriente Próximo, consiguió una
plaza en el Museo Británico. Smith adquirió la habilidad de leer el texto
cuneiforme de las tablillas y se le asignó la tarea de la clasificación y
recomposición de los fragmentos. Lo que ocurrió después es el sueño de todo
estudioso[2]. Descubrió
una historia no bíblica del diluvio acerca de un barco que fue a detenerse
sobre las montañas de Nizir y el envío posterior de una paloma que regresó al
no poder encontrar un lugar sobre el que posarse. Cuando Smith informó de su
descubrimiento en una comunicación leída en la Sociedad de Arqueología Bíblica
el 3 de diciembre de 1872, «causó una considerable sensación» (Lloyd, 1955, p.
179).
A
medida que su descubrimiento se iba difundiendo, los estudiosos bíblicos, en
particular, se concienciaban de que la Biblia pertenecía a un contexto
histórico mucho más amplio de lo que hasta entonces se había sospechado. Así,
empezó a emerger una conciencia de lo que los descubrimientos arqueológicos
podían hacer por los estudios bíblicos, y como un arqueólogo afirmó, «El saber
bíblico… dijo a la arqueología lo que Moisés a Jobab, “vente con nosotros y te
trataremos bien…” (Núm. 10,29)» (Callaway, 1961, p. 156).
Este
descubrimiento de Rassam y su ulterior publicación por Smith, junto a muchos
otros descubrimientos de Mesopotamia, inscripciones en especial, alertaron del
hecho de que culturas olvidadas tanto del mundo prebíblico como del bíblico
yacían enterradas en ruinas (llamadas tells, que son montículos
artificiales) por todo el Oriente Próximo. Pronto se multiplicarían las
excavaciones y descubrimientos y nacería la «arqueología bíblica».[3]
HENRY LAYARD (1817-1894)
Uno
de los más famosos de estos «arqueólogos», que representa lo mejor y lo peor de
estos primeros tiempos, fue Henry Layard. Era resuelto, bien educado,
ingenioso, y muy experto en tratar con los habitantes del Oriente Próximo,
especialmente los árabes. Pero, por lo que se refiere a su faceta más negativa,
era poco más que un cazador de tesoros que no llegó a apreciar la complejidad
de un yacimiento antiguo.
Layard
excavaba como por instinto, ignorante por completo de las complejas estructuras
de los montículos, siempre en busca de monumentos pétreos y sólo recuperando de
los pequeños descubrimientos los más obvios y espectaculares. Donde las
esculturas de piedra revestían muros de ladrillos de barro él era capaz de
poner las estructuras sobre un plano. Cuando sólo el ladrillo de barro y sus
escombros soÚevivían él se desconcertaba (Moorey, 1991, pp. 8-9).
Layard
estaba especialmente interesado en excavar en Nínive. Obtuvo el respaldo
oficial para excavar en este yacimiento en 1846, y recibió la ayuda de Rassam.
Así se preparó el escenario para la posterior aventura nocturna de 1853.
EDWARD ROBINSON (1794-1863)
Mientras
la caza de tesoros continuaba de forma constante en Asiria, motivada por lo que
W. K. Loftus describió como «un deseo nervioso por encontrar grandes e
importantes piezas de museo con el menor gasto de tiempo y de dinero» (citado
en Lloyd, 1955, p. 161), E. Robinson revolucionó el conocimiento de la
topografía de Palestina. Hombre de gran formación, especializado tanto en
estudios de matemáticas como bíblicos, Robinson hizo dos largos viajes a
Palestina, primero en 1838 y de nuevo en 1852.[4] Robinson
contó en sus viajes con la compañía de uno de sus antiguos alumnos, Eli Smith,
que había ido a Beirut como misionero y hablaba árabe de forma fluida. Esta
última cualificación de Smith resultó ser de valor inestimable, dado que en esa
época la mayoría de la población de Palestina era árabe, y se demostraría que
la clave para la identificación geográfica de los emplazamientos bíblicos
antiguos eran los nombres de los lugares en árabe moderno.
Robinson
no era arqueólogo, pero sin sus logros los especialistas posteriores lo habrían
tenido más difícil para identificar los emplazamientos antiguos. Durante sus
dos visitas, siempre viajando a caballo, identificó correctamente más de cien
de ellos. Tan concienzudo fue su trabajo que un topógrafo suizo contemporáneo
dijo de él: «Los trabajos de Robinson y Smith por sí solos superan el total de
las contribuciones previas a la geografía palestina desde los tiempos de
Eusebio y Jerónimo hasta los inicios del siglo XIX».[5]
SIR FLINDERS PETRIE (1853-1942)
Sin
embargo el honor de ser considerado «padre de la arqueología palestina» recae
en sir Flinders Petrie (Callaway, 1980a). Sin tener una
formación regular, Petrie fue uno de esos individuos extraordinarios que a
causa de su personalidad, inteligencia, oportunidad y determinación dejaron una
huella indeleble en la emergente disciplina de la arqueología. Calificado como
«genio» por W. F. Albright (1949, p. 29), Petrie introdujo en las técnicas de
campo arqueológicas dos de sus más importantes conceptos: tipología cerámica y
estratificación. Hasta entonces, la mayoría de las dataciones se hacían a
partir de inscripciones. En consecuencia, se prestaba poca o ninguna atención a
los restos pequeños, difíciles de describir, y ésta era la realidad de miles de
fragmentos de cerámica sin pintar hallados en un típico yacimiento de Israel o
en cualquier otro lugar de Oriente Próximo.
Petrie
llegó a Tell el-Hesi (que erróneamente identificó con el emplazamiento bíblico
de Lachish) en 1890, tras haberse forjado una reputación como egiptólogo.
Reconoció que todos los pequeños objetos encontrados en los escombros de un
yacimiento podían asociarse con un periodo de su ocupación. La clave estaba en
la datación de los fragmentos cerámicos: «Primero, establecemos la cerámica de
una región, y la clave para toda futura exploración está en nuestras manos»
(Petrie, 1891, p. 40).
Petrie también reconoció, aunque lo comprendió escasamente, que un tell estaba
compuesto de diferentes capas o estratos de ocupación. Parecía haber imaginado
estos estratos como una especie de pastel de varios pisos bien cocinado: cada
una de sus capas sería uniforme en tamaño y forma y claramente distinta de
todas las restantes. Así creó un sistema que llamó «datación por secuencias»
(figura 2.1), que en realidad no fue un método que le permitiera datar de forma
absoluta todos los objetos que halló. Más bien le permitió clasificar sus
materiales en lo que él creía que eran grupos naturales, separando lo que
pertenecía a una familia (según el tipo, la decoración, la forma…) de otro
grupo. Cada secuencia podía entonces relacionarse con un estrato del yacimiento
(Callaway, 1980a, p. 64).
FIGURA 2.1. «Datación por secuencias» de Petrie en Tell el-Hesi. Tomada de
Petrie, Tell el Hesy, Lachish, 1891.
Aunque
Petrie se mereció los elogios de los que ha sido objeto a través de los años,
sus técnicas de campo tienen muchos puntos débiles; uno de los principales fue
su entendimiento simplista de la formación de los estratos (cf. Davies,
1988, p. 49; Dever, 1980a, p. 42; Wheeler, 1956, p. 29). No obstante, debido a
sus esfuerzos pioneros, la transformación de la arqueología del Oriente Próximo
de caza de tesoros en empresa científica dio un enorme paso hacia adelante.
DE PETRIE HASTA EL PRESENTE
Es
habitual dividir la historia arqueológica de aproximadamente los últimos cien
años desde el trabajo de Petrie en Hesi en cuatro o cinco periodos.[6] Aquí
sólo podemos hacer un brevísimo resumen.
De
Petrie a la primera guerra mundial
El
trabajo de Petrie en Hesi fue responsable de lo que W. G. Dever (1980a, p. 42)
ha descrito como una «Edad de oro» de las excavaciones en Palestina, que se
prolongó hasta el estallido de la primera guerra mundial. Por primera vez se
excavaron algunos de los principales tells de Israel. Se
incluye aquí el trabajo de R. A. S. Macalister en Gezer (1902-1909), y las
excavaciones alemanas en Jericó (1907-1909) y en Megido (que comenzaron en
1903). Los americanos excavaron en Samaria bajo la dirección de D. G. Lyon y G.
A. Reisner (1908-1910).[7] Por
añadidura, un americano, F. W. Bliss, continuó el trabajo que Petrie había
comenzado en Hesi, aunque la idea de Petrie referente a la estratigrafía de
un tellparece perderse en Bliss.
Debemos apuntar que ya se habían fundado varias sociedades nacionales de
arqueología antes de la aparición de Petrie en suelo palestino: la Palestine
Exploration Fund (británica, 1865); la American Palestine Society (1870); la
Deutscher Palástina-Verein (1878); y la École Biblique francesa (1890).
A
pesar de todo este frenesí de actividad arqueológica, se cometieron muchos
errores tanto en lo referente al método (la falta de técnicas estratigráficas
adecuadas llevó a Macalister a identificar sólo ocho de veintiséis estratos en
Gezer) como a la datación (Macalister cometió un error en Gezer de unos 800
años). La carencia de mejores métodos así como de una mejor comprensión de la
formación de un tell se reflejan claramente en las
publicaciones de este periodo, las cuales se han calificado como «abrumadoras
casas de tesoros fascinantes, pero a menudo una información inútil» (Dever,
1980a, p. 42). No obstante, dadas las dificultades que estos pioneros tuvieron
que salvar o con las que tuvieron que aprender a vivir, sus logros fueron
notables.
1918-1940
Moorey (1991, p. 54; cf. Dever, 1980a, pp. 43-44) ha reservado
para este periodo el apelativo de «Edad de oro de la arqueología». Sea como
sea, durante esta etapa, que ha dejado una marca indeleble en la arqueología
del Oriente Próximo, y en Israel en particular, se hicieron muchos progresos y
surgió mucha gente influyente en la disciplina. Políticamente los británicos
tomaron el control de Palestina y establecieron un Departamento de Antigüedades
(conocido hoy como Israel Antiquities Authority), lo que proporcionó una cierta
estabilidad y control sobre las excavaciones de la región. Fueron las escuelas
nacionales las que llevaron a cabo las principales excavaciones: Beth Shan
(1921-1923) y Megido (1929-1939) los norteamericanos; Jericó (1929-1936) y Samaria
(1931-1935) los británicos. La excavación en Samaria es singularmente
importante porque introdujo a Kathleen Kenyon en la arqueología de Israel. Su
meticulosa aplicación del análisis estratigráfico conduciría casi por sí sola a
lo que Dever llamó su tercera «revolución» (1980a, p. 44).
Este
periodo también fue testigo por vez primera de la aparición en escena de
arqueólogos israelíes como A. Biran, que ha dirigido la excavación más
prolongada de Israel, Tel Dan, iniciada en 1968 y aún en curso en el momento de
la redacción del presente libro (1998). B. Mazar excavó el importante
yacimiento palestino de Qasile, entre otros. La escuela de arqueología israelí,
por razones obvias, es hoy el factor dominante en la arqueología palestina.
Pero
el genio de este periodo fue W. E Albright (1891-1971).[8] Su
excavación en Tell Beit Mirsim (TBM) entre 1926 y 1932 le condujo al dominio
del análisis y de la tipología cerámicos. Este dominio, junto a su comprensión
estratigráfica del yacimiento (que se identificó con la bíblica Debir,
identificación discutida hoy por la mayoría de los arqueólogos), fue tan
importante que revolucionó el marco cronológico para las edades del Bronce y el
Hierro (c. 3300-540 a. C.; sobre la cronología véase más adelante).
Su influencia se ha dejado sentir ampliamente entre muchos estudiosos, bien en
los formados por él, bien en aquellos que han seguido sus métodos. Uno de sus
más sobresalientes alumnos fue el rabino Nelson Glueck (1901-1971); véase
Mattingly (1983) para una útil crítica de Glueck. Glueck forjó su reputación
explorando las regiones de la Transjordania (Glueck, 1940; véase Moorey, 1991,
pp. 75-77). G. E. Wright (1909-1974), después, fue el alumno más influyente de
Albright (Wright, 1957; véase King, 1987). Wright, por encima del resto,
popularizó los planteamientos de Albright y preparó a una nueva generación de
arqueólogos en Shechem. Wright fundó asimismo la publicación The
Biblical Archaeologist en 1938.
1948-1970
En 1948 la segunda guerra mundial había terminado, Israel era un estado
independiente y el Mandato Británico en Palestina había llegado también a su
fin. Las excavaciones arqueológicas se iniciaron una vez más con renovado vigor
y controversia. La controversia se planteó principalmente acerca de la cuestión
de la metodología de campo. K. Kenyon (1906-1978) introdujo una elaborada
técnica estratigráfica, primero en Jericó (1952-1958) y después en Jerusalén
(1961-1967). Su método consistía en una apertura menor del yacimiento así como
un ritmo de trabajo más lento (Moorey, 1991, pp. 94-99).
Muchos
arqueólogos israelíes, que comenzaron a excavar en algunos de los más
importantes tells de Israel es el caso de Yadin en Hazor y
Biran en Dan—, se mostraron reticentes a adoptar el método de Kenyon de forma
exclusiva. Su principal preocupación era desenterrar los restos arquitectónicos
de los yacimientos (Dever 1980a, p. 45). Sin embargo, es justo señalar que,
aunque posiblemente aún no exista acuerdo entre los arqueólogos israelíes por
lo que respecta a la metodología de campo, hoy por hoy todos ellos dibujan
secciones estratigráficas (para un resumen breve pero informativo de la
arqueología israelí, véanse Ussishkin, 1982; A. Mazar, 1988).
De 1970 hasta la actualidad
Aproximadamente
desde 1970 (según Dever) se ha producido un tipo diferente de revolución en la
«arqueología bíblica». El impacto de la llamada «Nueva Arqueología», primero
practicada en América, empezó a sentirse en Israel. Aunque simplificar en
exceso siempre conlleva el riesgo de la distorsión, la clave principal de este
movimiento parece haber sido el proporcionar explicaciones para
los cambios culturales registrados en los restos materiales antes que descripciones de
esos cambios, tal y como había sido previamente la norma. Así, una consecuencia
natural de este cambio en los paradigmas fue el énfasis en la
multidisciplinariedad. Nunca más podría un único «genio» por sí solo como
Petrie o Albright llevar a cabo una excavación y esperar responder a todas las
cuestiones que hoy se plantean. Científicos procedentes de muchas disciplinas,
tales como la geología, la botánica y la zoología, comenzaban a contribuir de
forma inestimable al conocimiento global de las excavaciones (Dever, 1980a,
1985b, 1988, 1989, 1992a; Moorey, 1991, pp. 114-175).
Las prospecciones regionales realizadas en los últimos años han tenido asimismo
un gran impacto en la arqueología de Israel y Jordania. Tales prospecciones son
esenciales para apreciar un panorama holístico de la cultura que floreció en
cualquier tiempo y lugar concretos y, como se verá, pueden tener un profundo
impacto en áreas paniculares de interpretación, como puede ser la «conquista de
Canaán» por Israel (véase más adelante, capítulo 7).
Otro
cambio que se produjo, al menos en algunos casos durante este periodo, es el
que afecta a la planificación y realización de las excavaciones. Las
excavaciones hoy en día se llevan a cabo en cortos periodos de tiempo, quizá
con el objetivo de intentar responder a una cuestión específica. Algunos
arqueólogos del Departamento de Antigüedades dirigen un buen número de
excavaciones de urgencia. Por desgracia, muchas de estas excavaciones son
precisas debido al rápido desarrollo que tiene lugar hoy en Israel y que está
destruyendo un índice alarmante de emplazamientos antiguos. Estudiantes
voluntarios, muchos de ellos provenientes de universidades americanas, realizan
gran parte del trabajo manual.
El
método de campo de análisis estratigráfico Wheeler-kenyon, aunque modificado,
pervive. Hay más cooperación entre los arqueólogos americanos y los israelíes,
aunque los israelíes están haciendo cada vez más excavaciones (A. Mazar, 1988,
pp. 112-114). Y, por supuesto, cada excavación tiene hoy su técnico
informático, a menudo en el propio campo, donde registra diariamente las
actividades de la misma. Por el momento, sin embargo, no existe una
coordinación sistemática entre los arqueólogos en lo que se refiere a la
programación informática. Esto ha limitado el uso de los datos generados por
ordenador. Es de esperar que pronto será posible acceder libremente a la
información de todas las excavaciones (pasadas y presentes) de tal manera que
la investigación y el estudio puedan desarrollarse del modo más extenso
posible. Con la tecnología actualmente disponible y aún más, sin duda, con la
que está por venir, las clases de preguntas que los arqueólogos formulen y los
tipos de datos que manejen para responder a esas preguntas estarán limitadas
sólo por la creatividad practicada en las actividades de campo y las técnicas
mismas de registro informático.
LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA
El
título del presente libro presupone que los descubrimientos arqueológicos en
Oriente Próximo, particularmente en Palestina, pueden tener conexión con la
interpretación y valoración de la Biblia. Sin embargo, los temas y preguntas
involucrados son muchos y complejos. De hecho, incluso es controvertido dar un
apelativo a lo que los arqueólogos hacen en esta parte del mundo. Durante años
la investigación arqueológica en Palestina (y países adyacentes) se llamó
«arqueología bíblica». Algunos estudiosos, en particular Dever, de la
Universidad de Arizona, han propuesto el abandono de este término y han
sugerido alternativas tales como «arqueología del Oriente Próximo» o más a
menudo «arqueología sirio-palestina».[9] Dever
ha declarado que el término «arqueología bíblica» es propio de un fenómeno
norteamericano ligado fundamentalmente a los profesores de religión
protestantes. En su esfuerzo por establecer la arqueología en Levante como una
disciplina independiente, secular y profesional, Dever abogó por el cambio de
nombre.
La
reacción a su propuesta ha sido diversa. H. D. Lance, estudioso bíblico y
arqueólogo norteamericano, ha argumentado que la arqueología bíblica «es
una disciplina bíblica que existe en beneficio e interés de los estudios
bíblicos. Mientras la gente lea la Biblia y se formule preguntas sobre la
historia y la cultura del mundo antiguo que la generó, esas preguntas deberán
ser contestadas; y la suma total de esas respuestas comprenderán la arqueología
bíblica» (1981, p. 95).
V. Fritz, arqueólogo alemán, se ha resistido igualmente al cambio de nombre. En
su libro, titulado de forma significativa An Introduction to Biblical
Archaeology, concluye: «Desde un punto de vista académico no hay razón para
abandonar el término de “Arqueología bíblica” dado que está justificada una
relación entre ambas disciplinas. De todos modos el uso del término puede
referirse únicamente a la arqueología de la totalidad de la región a través de
todos los periodos y no al estudio de las antigüedades que estén exclusivamente
relacionadas con los textos bíblicos» (1994, p. 12).
Amnon
Ben-Tor, de la Universidad Hebrea, editor de un volumen sobre la arqueología de
Israel escrito exclusivamente por estudiosos israelíes, también se ha opuesto a
la sugerencia de abandonar el término de «arqueología bíblica»: «Ambas materias
se relacionan de forma natural y se enriquecen mutuamente. Es tan poco
razonable como exigir que la arqueología clásica sea separada de Hornero y
otros textos de la antigüedad. Eliminemos la Biblia de la arqueología de la
Tierra de Israel en el I y II milenio a. C., y la habremos privado de su
espíritu» (AAI, p. 9).
Para ser justos, se debe advertir que Dever nunca, que yo sepa, ha sugerido que
la Biblia debiera ser eliminada de la arqueología que se lleva a cabo en
Israel. Más bien, lo que ha propuesto es un diálogo honesto entre aquellos que
se dedican a la arqueología por un lado, y aquellos que se dedican a los
estudios bíblicos por otro. Como él dice: «La cuestión crucial para la
arqueología bíblica, correctamente concebida como diálogo, siempre ha sido
(incluso más hoy día) por un lado, su comprensión y uso de la arqueología, por
otro su comprensión de las cuestiones de los estudios bíblicos que son temas
apropiados para la aclaración de los datos arqueológicos; y la adecuada
relación entre [subrayado en el original] las dos» (1985a, p.
61; véase Moorey, 1991, pp. 133-145).
El
objetivo de Dever es recordar que ni el significado de los datos arqueológicos
ni el de los textos bíblicos son en sí evidentes. Ser competente en cualquiera
de las dos disciplinas requiere una preparación altamente especializada, algo
que la creciente complejidad de ambos campos hace prácticamente imposible para
un único individuo. De ahí que sea tentador para alguien formado en estudios
tanto bíblicos como arqueológicos estar a la defensiva. Sin embargo, Dever ha
hecho una valiosa contribución simplemente por haber planteado la pregunta y
forzado a la discusión de las cuestiones. Me gustaría creer que aún hay lugar
para aquellos que en sus cargos deben enseñar ambas disciplinas de modo que las
contribuciones de los estudiosos bíblicos y arqueólogos alcancen una mayor
audiencia. Es poco probable en esta época económica de recortes y restricciones
que pequeños centros privados puedan permitirse el lujo de un arqueólogo
«sirio-palestino» a tiempo completo. Si los estudiosos, especialmente quienes
diseñan los planes de las carreras religiosas, así como los seglares, pretenden
informarse de lo que tiene sentido y de lo que no cuando se acercan a la
arqueología y a la Biblia, hay todavía, creo, lugar para aquellos que instruyen
en ambas disciplinas. Prepararse en arqueología debería ser obligatorio para
aquellos estudiantes que planeen ingresar en los ministerios profesionales de
la Iglesia, por la sencilla razón de que son los arqueólogos quienes en los
últimos años han estado en la vanguardia de una nueva evaluación de la historia
y la cultura de la cual emanó la Biblia.[10]
Durante la primera mitad del presente siglo e incluso hasta la década de los
sesenta muchos arqueólogos eran optimistas acerca del hecho de que los
descubrimientos arqueológicos habían confirmado muchas de las afirmaciones
históricas de la Biblia, si no las interpretaciones teológicas dadas a esa
historia por los autores bíblicos. Por ejemplo, Albright declaró triunfante a
mediados de los 30: «Un descubrimiento tras otro ha establecido la precisión de
innumerables detalles, y ha conducido a un creciente reconocimiento de la
Biblia como fuente de la historia» (1974, p. 128). El discípulo más famoso de
Albright, G. E. Wright, también creía que la arqueología y la Biblia se
encontraban en una línea próxima cuando concluyó que «el principal interés de
la arqueología bíblica no son los estratos ni los pucheros ni la metodología.
Su interés central y dominante es la comprensión y comentario de las
escrituras» (citado en Dever, 1985a, p. 55).
Muchos
arqueólogos israelíes aún parecen actuar desde esta perspectiva. Poco antes de
su muerte, Y. Yadin (¡a quien Dever una vez llamó «fundamentalista secular»!)
escribió a propósito de la historia de la conquista en la Biblia: «El hecho es
que los resultados de excavación de los últimos cincuenta años aproximadamente
apoyan de un modo asombroso, excepto en algunos casos, la historicidad básica
del relato bíblico» (1982, p. 18).
Opiniones
como las descritas son ejemplos de lo que Lemche ha considerado como «la manía
generalizada entre ciertos círculos arqueológicos por correlacionar texto y
excavación antes de que texto o excavación hayan tenido la oportunidad de
hablar por sí mismos» (1985, p. 388). Esta visión sumamente optimista de lo que
la arqueología puede hacer por los estudios bíblicos —históricamente hablando,
al menos— está hoy prácticamente ausente excepto entre los arqueólogos e
historiadores bíblicos más conservadores. La visión contemporánea de la mayoría
de los arqueólogos es que el propósito de la arqueología, por mucho que se
diga, no es probar la veracidad de la Biblia en ningún sentido, ni
históricamente ni de ningún otro modo.
Dada la revolución que ha tenido lugar en la disciplina de la «arqueología
bíblica» desde los años setenta, el problema, tal y como un arqueólogo ha
declarado «es que no está realmente claro lo que la arqueología puede hacer por
los estudios bíblicos» (Strange, 1992, p. 23). Esto conduce a la cuestión
básica del objetivo de la arqueología en primer lugar. ¿Qué es lo que los
arqueólogos deberían realmente intentar hacer si están haciendo lo que dicta la
lógica de la disciplina?
Quizá podemos empezar estableciendo lo que los arqueólogos no hacen. Los
arqueólogos no desentierran la historia, ni de la Biblia ni ninguna otra.
Tampoco excavamos sistemas económicos, políticos o sociales antiguos.
Ciertamente no recuperamos religiones antiguas. Lo único que el arqueólogo
descubre del pasado son «objetos»; los restos materiales dejados
por las actividades humanas y/o naturales (estos últimos son a veces llamados
«ecofactos»). Correctamente interpretados y entendidos, estos «objetos» pueden
en efecto informarnos sobre todos esos aspectos antes mencionados (cf.
«material correlate» de Dever, 1992c, p. 550). Sin embargo, los
arqueólogos sólo pueden excavar la realidad material del
pasado, sea cual sea la forma que esa realidad adopte. Cualquier interpretación de
esta información material recuperada es un añadido a los
propios restos materiales. El problema, por supuesto, es que los «objetos»,
incluso si incluyen inscripciones o textos, no se interpretan por sí solos y
pueden tener normalmente más de un significado. Aunque hay siempre una
explicación o inferencia mejor por lo que respecta a cualquier dato material
dado, nunca podemos estar absolutamente seguros de que tenemos la mejor, tal y
como P. de Vaux señaló hace años. No debería sorprender, entonces, que los
arqueólogos puedan estudiar los mismos datos pero lleguen a
conclusiones diferentes, si no completamente opuestas. La totalidad
de tales interpretaciones son altamente subjetivas, y por eso arqueólogos
diferentes pueden «ver» lo mismo pero diferir de forma radical acerca de lo que
significa Estos desacuerdos serán más obvios a medida que estudiemos otros
asuntos (véanse los comentarios de Knoppers, 1997, p. 44).[11]
Desde los años setenta ha aumentado enormemente la cantidad y el tipo de datos
materiales que hoy se están recuperando de los yacimientos antiguos debido al
uso del equipo multidisciplinar del que antes hablamos. Esto ha dado como
resultado la recuperación de una amplia variedad de material concerniente al
marco global de los yacimientos antiguos, incluido su entorno natural. Pero a
pesar de la puesta en práctica de sofisticadas técnicas de recuperación así
como del incremento de la complejidad general de las excavaciones
contemporáneas, el desafío más importante al que se enfrentan los arqueólogos
es aún «el desarrollo de medios seguros para justificar las deducciones»
(Binford, 1989, p. 3). Se verá lo complejo que resulta «justificar la
deducción» cuando abordemos la cuestión de los datos arqueológicos y el
surgimiento del antiguo Israel (véase más adelante, capítulo 7).
Para el estudioso interesado en la «arqueología bíblica» hay dos clases de
datos: los arqueológicos y los bíblicos. La Biblia ya no puede ser aceptada sin
ningún sentido crítico como un relato «histórico» del antiguo Israel, si por
histórico entendemos todas las connotaciones modernas de ese término. Antes
bien, la Biblia interpreta a través de lentes teológicas, e incluso
mitológicas, lo que los arqueólogos deben interpretar a través de lentes
científicas-históricas. El caso de la historia de la destrucción de Jericó en
el libro de Josué es un ejemplo clásico. La tentación fue, y aún es en algunos
sectores, interpretar los datos arqueológicos de tal modo que se ajusten a una
interpretación preconcebida de la Biblia. Garstang, en los años 30, interpretó
sus descubrimientos en Jericó para apoyar su interpretación literal de la
historia bíblica. En efecto, los hay que hoy han buscado reescribir la
totalidad del armazón cronológico del Oriente Próximo para así hacer que las
historias bíblicas encajen con sus ideas preconcebidas. Como mi antiguo
profesor, Joseph Callaway, gustaba de advertimos, es preciso, que seamos
cuidadosos para que no fabriquemos en la imaginación lo que nos falta en el
conocimiento.
Cuanto
más se comprenda que cualquier historia que se encuentre en la Biblia,
particularmente de los periodos más antiguos, ha sido redactada después de las
catástrofes de Israel, especialmente la del 587 a. C. (el «Exilio»), más obvio
será que la Biblia no contiene un testimonio contemporáneo a muchos de los
acontecimientos que describe.[12] La
conclusión a la que llega Joseph Blenkinsopp parece reflejar el consenso de la
mayoría de los estudiosos bíblicos: «Asumimos que la Biblia hebrea es un
producto del periodo del Segundo Templo y que inevitablemente refleja los
intereses del momento y la ideología de la minoría religiosa e intelectual
responsable de su redacción final» (1995, p. 119). Sin embargo, esto no
significa que ninguna parte de la Biblia estuviera puesta por escrito con
anterioridad a los periodos exílico o postexílico (véase más adelante, capítulo
8).
Dada esta naturaleza literaria de la Biblia y el hecho de que existen muchos
datos arqueológicos cuya interpretación niega a la Biblia mucho de su valor
histórico, ¿qué puede hacer la arqueología por los estudios bíblicos? El resto
del presente libro se dedicará a intentar responder a esta pregunta. Pero debe
admitirse que la arqueología sencillamente no ha hecho por la Biblia lo que
antiguos colegas profesionales esperaron que hiciese. Para un no creyente este
hecho no es particularmente problemático. Pero para aquellos que hacen suyo el
judaísmo o la fe cristiana, el consenso que se está desarrollando hoy en
arqueología así como en los estudios de crítica literaria da lugar a muchas y
agudas cuestiones acerca del uso de la Biblia como fuente de verdad religiosa.
El creyente parece estar atrapado, como un observador apuntó recientemente,
«entre la roca de la afirmación bíblica y el duro espacio de la contradicción
arqueológica» (Willis, en Charlesworth and Weaver 1992, p. 77).
El
tema es complicado, más incluso cuando se considera el hecho de que el panorama
arqueológico de Palestina está lamentablemente incompleto. En la mayoría de los
casos los excavadores descubren sólo trozos y fragmentos del pasado. Todos
estos fragmentos son importantes, sin duda, pero lo mejor que podemos hacer es
sacar únicamente conclusiones provisionales. Así, cualquier valoración que se
haga sobre la arqueología y la Biblia debe estar siempre abierta a la
modificación, si no a un rotundo rechazo, en el momento en que los nuevos
testimonios así lo requieren. Aún así, a pesar de tales limitaciones, la
arqueología ha hecho muchas y valiosas contribuciones a nuestra comprensión de
la Biblia. Éstas son sólo algunas indicaciones que serán desarrolladas con posterioridad
a medida que avancemos:
1.
Los datos arqueológicos en múltiples casos proporcionan el único
testimonio contemporáneo que tenemos para muchos «acontecimientos» descritos en
la Biblia. Esto es especialmente cierto para las historias paradigmáticas de la
«conquista» de Canaán y el surgimiento del antiguo Israel.
2.
Los datos arqueológicos nos permiten crear un punto de vista
diferente (véase Lance, 1981) a partir del cual podemos comenzar a evaluar los
puntos de vista bíblicos, especialmente los que se refieren al modo en que los
escritores bíblicos entendieron la historia y la cultura de Israel, y en
particular su religión (véase más adelante, capítulo 8). A menudo estos dos
puntos de vista chocan. Cuando lo hacen, deben realizarse juicios críticos.
Estos juicios pueden en ocasiones ser complejos, provisionales e incluso
ambiguos, pero no es culpa ni de la Biblia ni de los métodos del arqueólogo. Es
simplemente reflejo del complejo mundo en el que todos vivimos.
Los
descubrimientos arqueológicos han ayudado a aclarar que la Biblia no es un
libro infalible ni de historia ni ciertamente de ciencia. Más bien, han
reforzado las conclusiones a las que han llegado los estudios literarios de que
la Biblia es un libro que refleja sensibilidades teológicas de generaciones de
pensadores que se enfrentaron a algunas de las cuestiones más problemáticas y
difíciles y al mismo tiempo más excitantes y esenciales. A veces los
descubrimientos arqueológicos han forzado al estudioso honesto a cuestionarse
y/o rechazar la reconstrucción «histórica» que allí se encuentra y rechazar en
efecto mucho de lo que pasa por interpretación bíblica contemporánea hecha por
fundamentalistas que insisten en confundir verdad con literalidad y fe con
hecho. Aunque los datos arqueológicos pudieran justificar la historicidad de
los relatos bíblicos, esta justificación podría no decir nada acerca del uso
que de tales «acontecimientos históricos» han hecho los escritores bíblicos.
Las afirmaciones que la Biblia hace sobre las verdades esenciales sólo pueden
ser afirmadas o negadas, ni probadas ni refutadas por los datos arqueológicos o
por cualquier otro tipo de datos científicos. Los descubrimientos arqueológicos
y las interpretaciones pueden llevar al umbral de la fe, pero no pueden hacemos
cruzado.
En los capítulos siguientes me ocuparé simplemente de sugerir lo que este
«punto de vista arqueológico» puede contribuir a nuestra comprensión de la
Biblia. Para fijar el tono de nuestra investigación será suficiente citar a P.
King, que ha pasado una buena parte de su vida profesional debatiéndose sobre
el mismo tema:
La
arqueología impide que la Biblia sea mitológica manteniéndola en el terreno de
la historia. La arqueología proporciona el contexto geográfico y cronológico
del pueblo y los acontecimientos bíblicos. La arqueología recupera los datos
empíricos necesarios para la clasificación del texto bíblico. La arqueología
vierte luz sobre la vida diaria del pueblo bíblico al recuperar su cerámica,
utensilios, armas, sellos, óstraca, y su arquitectura. Dado que la
arqueología palestina prolonga su horizonte geográfico a la Península Arábiga y
dilata su perspectiva cronológica hasta la época prehistórica, es posible
comprender la Biblia en un contexto mucho más amplio (1983b, pp. 3-4).
Capítulo
3
Cómo
se hace: introducción al trabajo de campo
Los
excavadores, por regla general, registran sólo aquello que les parece
importante en el momento de realizar su trabajo, pero constantemente surgen
nuevos problemas en Arqueología y Antropología… Cada detalle debería, por
tanto, ser registrado del modo más propicio para facilitar la consulta, y
debería ser en todo momento el principal objetivo de un excavador reducir al
mínimo su deducción personal.
PITT-RIVERS, 1887: teniente general
Hoy
en día las excavaciones arqueológicas son tareas muy complejas y
multifacéticas. Requieren la participación de una serie de especialistas en
disciplinas diversas, entre ellos técnicos informáticos. Sobre todo, las
excavaciones consisten en tres actividades principales interrelacionadas:
selección del yacimiento, trabajo de campo y publicación.
SELECCIÓN DEL YACIMIENTO
Obviamente,
la primera tarea que debe llevarse a cabo antes de que una excavación pueda
tener lugar es la selección de un yacimiento. En los inicios de las
excavaciones arqueológicas en Israel, la mayoría de los yacimientos
seleccionados eran grandes tells (ruinas en forma de
montículo; véase la figura 3.1) que eran identificadas (correctamente o no) con
importantes ciudades bíblicas. Aunque aquellos excavadores pioneros, tales como
Petrie, Macalister, Sellin y Watzinger, merecen la admiración y gratitud de los
arqueólogos actuales, sus técnicas de campo a menudo dejaban mucho que desear.
En consecuencia, con el transcurrir de los años se han vuelto a excavar muchos
de estos mismos yacimientos, con el fin de comprobar y a menudo corregir o
modificar las conclusiones a las que llegaron los primeros excavadores (sobre
Megido, por ejemplo). Así, no es inusual que los estudiosos descubran al
indagar en la historia de las excavaciones que algunos yacimientos se han
excavado de forma repetida. De hecho, los arqueólogos hoy tienen la esperanza
de que sus yacimientos volverán a ser excavados en un futuro cuando las
técnicas de recuperación disponibles sean mejores. En consecuencia, es hoy
práctica común dejar deliberadamente áreas intactas en un yacimiento de tal modo
que futuros arqueólogos tengan la oportunidad de llegar a conclusiones
independientes con las que comprobar o contradecir las establecidas por
excavadores anteriores. Esto es una oportuna advertencia de que todas las
interpretaciones expuestas en las publicaciones arqueológicas, al margen de lo
llamativas que puedan resultar, son susceptibles de corrección y modificación.
FIGURA 3.1. Tel Beth Shan. Fotografía de J. Laughlin.
Muchas
excavaciones que tienen lugar hoy en Israel son excavaciones de urgencia
dirigidas por arqueólogos de la Israel Antiquities Authority. En estos casos el
yacimiento es «seleccionado» por el arqueólogo, que de forma habitual dispone
de un periodo de tiempo prefijado bastante corto para excavar antes de que el
yacimiento sea parcial o totalmente enterrado o destruido.
Otros
yacimientos son elegidos por su accesibilidad o porque se piensa que pudieran
contener restos de aquellas épocas en las que el excavador está particularmente
interesado. Cualquier combinación de los factores mencionados, entre otros,
puede influir en la elección de un yacimiento. En Barrías (Cesárea de Filipo),
yacimiento al que me encuentro actualmente vinculado, la elección se vio
afectada por las realidades políticas contemporáneas así como por la historia
ocupacional del yacimiento. Antes de 1967 el lugar se encontraba en Siria y era
inaccesible para los arqueólogos que trabajaban en Israel. Fue posible tras la
guerra de los Seis Días en 1967, pero hasta 1988 no pudo organizar una
excavación un arqueólogo interesado en los periodos históricos reflejados en
los restos materiales (principalmente del romano antiguo al otomano). Por
supuesto, antes de que cualquier excavación legal pueda desarrollarse en
Israel, debe obtenerse una licencia del Departamento de Antigüedades.
EL TRABAJO DE CAMPO
Se
ha descrito a menudo la arqueología como la sistemática destrucción de un
yacimiento de la Antigüedad (en cierta ocasión oí llamarla «vandalismo
controlado»). Para que tal destrucción pueda estar justificada el modo en que
el sitio es «destruido» debe registrarse de tal forma que el conocimiento
obtenido sobre él sea lo más preciso y completo posible. Para ayudar a alcanzar
esta meta, las técnicas de excavación de campo se han desarrollado y han
mejorado a través de los años. Sólo cuando el excavador utiliza métodos
desarrollados y aceptados de forma consciente pueden esperarse resultados
positivos, útiles.[13] Aunque
en ocasiones se ha definido a la arqueología más como un «arte» que como una
«ciencia», se utilizan en ella muchos procedimientos científicamente
desarrollados, desde imágenes por satélite a análisis paleo-botánicos
microscópicos. Las excavaciones cuentan hoy con tantos especialistas trabajando
como el dinero y los intereses permitan. Sin embargo, en este capítulo nos
dedicaremos principalmente a las actividades de campo más normales, de todos
los días, con las que es plausible que tenga que enfrentarse en una excavación
típica un estudiante voluntario.
Una
vez que se ha seleccionado un yacimiento, deben prepararse muchas cosas antes
de que la excavación pueda comenzar (Dessel, 1997). Los topógrafos deben
elaborar un mapa topográfico que muestre las curvas de nivel del yacimiento
(Blakely, 1997; véase la figura 3.2). Este tipo de estudio topográfico puede
ser muy útil a la hora de planificar la estrategia global de la excavación.
Para un ojo experto, tales prospecciones y planos pueden sugerir la situación
de murallas defensivas enterradas o la posible localización de fuentes de agua.
Dado que los restos arquitectónicos permanecen al descubierto y se dibujan a
escala en el mapa, puede sugerirse el trazado o plano de un periodo en la
historia ocupacional del yacimiento. El plano además permite a futuros arqueólogos
localizar áreas excavadas con anterioridad las cuales pueden haber sufrido
erosión o haber sido eliminadas.
FIGURA 3.2. Plano topográfico de Tel Dan, en el que se observan las áreas de
excavación de la campaña de 1992. Tomado de Dan I. Cortesía de A. Biran,
excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén. 1996.
Una
vez que se ha completado esta tarea, se divide normalmente el yacimiento en
sectores o áreas designados por números o letras. En Banias utilizamos letras:
áreas A, B, C y así sucesivamente. Debemos mencionar también que en algunos
sistemas, las designaciones de «área» se refieren a «cuadrados» individuales.
Cada área o sector se dibuja en un «plano topográfico» normalmente a escala
1:50. Este plano está orientado sobre el eje norte-sur y dividido por una
cuadrícula. Estos cuadrados miden normalmente cinco metros de lado. Sin embargo
este número es puramente arbitrario, y cada excavador puede optar por modificar
el tamaño de la cuadrícula según sus propios objetivos. Al margen de las
modificaciones del sistema de cuadrícula, éste es hoy utilizado por todos los
arqueólogos que trabajan en el Oriente Próximo.[14] Sin
embargo, a medida que la excavación avanza, esta cuadrícula puede alterarse de
forma radical según las condiciones lo requieran. Nunca se destacará en exceso
que el objetivo de todo trabajo arqueológico es, o debería ser, recuperar los
datos físicos dejados tanto por la actividad humana como por la actividad
natural en un yacimiento y explicar las interrelaciones entre estos datos con
el fin de comprender las culturas humanas del pasado. Las técnicas de
recuperación arqueológicas son los medios para este fin, no el fin en sí mismo,
y no hay nada sagrado en ellas.
No obstante, el sistema de cuadrícula ha probado su utilidad debido al modo en
que se formaron los yacimientos de la Antigüedad en el Oriente Próximo. Muchos
de estos yacimientos estuvieron ocupados a lo largo de prolongados periodos de
tiempo por diferentes pueblos. En Megido, por ejemplo, se han identificado unos
veinticinco periodos, o estratos, de ocupación que datan desde el IV milenio a.
C. hasta el siglo IV d. C. Sólo recientemente se ha hecho un gran esfuerzo por
comprender cómo se formaron los tells, y en consecuencia se han
producido en el pasado muchos errores en las estrategias de excavación (véase
capítulo 2).[15]
ESTRATIGRAFÍA
Fue sir Mortimer Wheeler quien dijo hace muchos años que «no
existe un modo correcto de excavar, pero sí muchas maneras erróneas» (1956, p.
15). Una de estas últimas sería dar piquetas a un grupo de trabajadores y
dejarles picar donde les apetezca (véase la lámina 4a en Wheeler). Este método,
si puede llamarse así, no funcionará por razones obvias. No sólo es imposible
controlar y registrar de forma precisa lo que ocurra, sino que también lo es
una interpretación de los datos. Otra forma errónea, en circunstancias
normales, sería utilizar grandes (¡o incluso pequeños!) equipos mecánicos de
excavación, tales como bulldozers. Sin embargo, en circunstancias
anormales o inusuales, tal equipo no sólo es útil, sino realmente necesario si
apelamos al sentido común. Por ejemplo, algunos yacimientos están cubiertos por
miles de metros cúbicos de escombros modernos o de material que contiene restos
poco o nada relevantes. Una vez que esto se ha establecido mediante una
exploración cuidadosa, el uso de un equipo moderno de excavación puede ahorrar
las incontables y tediosas horas necesarias para quitar este material
manualmente. Pero esto es sólo la excepción que confirma la regla. La mayor
parte de la excavación debe hacerse manualmente. Cambios sutiles en la composición
del suelo, niveles superpuestos, zanjas de cimentación de muros, incontables
pequeños objetos y muchos otros datos serían completamente destruidos y
perdidos usando sólo equipo mecánico. El sentido común del excavador y las
particularidades y los objetivos de la investigación deberán jugar en cada caso
un papel decisivo al respecto.
FIGURA 3.3. Excavación arqueológica realizada a partir del método de la
«cuadrícula». Fotografía de J. Laughlin.
Con
el fin de atribuir los datos arqueológicos (muros, suelos, calles, pozos,
cisternas, tumbas, sepulturas, fragmentos cerámicos, derrumbes y demás) a su
periodo cronológico correcto, las diversas y a menudo complejas capas de
un telldeben quitarse del modo más controlado posible. El periodo
de tiempo al cual se asignan los datos materiales recuperados se llama
habitualmente «estrato» (véase la nota 3). Son las cuadrículas de excavación
las que permiten está técnica de remoción controlada, que deja, normalmente, un
muro de un metro entre cada cuadrado (figura 3.3.). Sobre una cuadrícula donde
el lado de cada cuadrado tenga 5 metros de largo (un cuadrado de 5 metros es un
tamaño popular pero arbitrario, y las circunstancias pueden dictar cuadrados de
dimensiones diferentes, incluso en el mismo yacimiento) se crea un cuadrado
efectivo de excavación de cuatro metros de lado. Los muros artificiales que se
hacen entre cada cuadrado se llaman «testigos». Nadie que yo sepa cree que los
antiguos vivían en cuadrados de 5 metros (¡o de 10, o 20 metros!) orientados
sobre un eje norte-sur. Pero es la cara vertical del testigo llamada «sección»
(figura 3.4) lo que proporciona al excavador la posibilidad de distinguir
correctamente las capas superpuestas que existen en esa parte del yacimiento.
Sólo cuando se ha hecho esto, y todos los hallazgos se han asignado
correctamente a cada capa o estrato, el excavador puede comenzar a componer un
perfil estratigráfico del yacimiento.
FIGURA 3.4. Sección que muestra una serie de estratos superpuestos.
Apréciese la piedra de época romana encastrada en la parte superior.
Fotografía de J. Laughlin.
Comprender
la estratigrafía de un yacimiento es uno de los retos más difíciles a los que
se enfrenta el excavador. Esto es así especialmente en yacimientos que han sido
ocupados muchas veces a lo largo de miles de años. Hay varias razones por las
que esto es así. Sólo ahora estamos empezando a comprender algo del complejo
proceso que daba forma a los tells antiguos (véase la nota 3).
Hay depósitos de restos materiales dejados por muchas y variadas actividades
que se han prolongado en algunos casos durante milenios. No hay dos tells exactamente
iguales en su formación o sus restos. Desde la situación geográfica al clima,
todo afecta a su formación e historia.
Comenzando por la cima del tell, uno espera poner al descubierto
primero el último estrato de ocupación. Pero ni siquiera es éste siempre el
caso, ya que el último periodo de ocupación puede estar situado al pie
del tell. Algunas veces es útil excavar lo que se llama una «zanja
escalonada» desde la cima del tell hasta su base para alcanzar
una comprensión global de la historia ocupacional del mismo (figura 3.5).
FIGURA 3.5. Excavación arqueólogica en la que se emplea el método de la
«zanja escalonada». Fotografía de J. Laughlin.
Los
estratos de un tell están naturalmente asociados a restos
arquitectónicos. Sin embargo, edificios, calles, suelos y otros restos pueden
haber pasado por varias fases de utilización y reutilización dentro del mismo
periodo o estrato de ocupación. Además, una vez que la ocupación del tell ha
terminado, por la razón que sea, la actividad puede continuar indefinidamente
dentro de los restos materiales del emplazamiento. La construcción de
madrigueras por parte de algunos animales puede provocar que materiales de
ocupaciones más tardías aparezcan en los periodos más antiguos y viceversa.[16] Pozos
de almacenamiento, cisternas, tumbas, zanjas de cimentación de muros de
periodos más tardíos pueden introducirse en depósitos más antiguos. Este tipo
de alteración conduce frecuentemente a lo que en ocasiones se denomina «upward
migration», un proceso por el cual objetos más antiguos recorren un camino
ascendente y se mezclan con materiales más recientes (Schiffer, 1987, pp.
122-125). Es también bastante común encontrar materiales de estratos antiguos
reutilizados con posterioridad, a veces siglos más tarde, por otros grupos que
ocuparon el yacimiento. También existe la posibilidad de que la erosión causada
por el viento y el agua haya vuelto a depositar objetos y suelos o destruido
ambos. Por ahora estamos simplemente comenzando a comprender cómo el medio
ambiente ayudó a modelar y fue modelado por la actividad humana en estos tells.
Todo lo dicho, así como otras actividades, colaboraron a crear la complejísima
historia estratigráfica que es común en la mayoría de los tells del
Oriente Próximo. Uno de los principales objetivos del excavador es reconocer
cada capa o estrato e identificar correctamente todo el material que pertenezca
a cada uno de ellos.
«LOCUS»
Esencial para el sistema de registro en la mayoría de las excavaciones es el
concepto de locus (Lance, 1978; Nakhai, 1997b; Van Beek,
1988). Todo lo que es excavado debe pertenecer a un locus, que
puede definirse simplemente como cualquier sección tridimensional de un
yacimiento que necesita diferenciarse de cualquier otra sección tridimensional.
Así, un locus es aquello que es preciso registrar como
diferente de todo lo que le rodea. Esto incluye capas de suelo, pisos,
derrumbes (Boraas, 1988), escombros de destrucción, capas de ceniza, pozos,
muros (en algunos sistemas a los muros se les da designaciones separadas),
pavimentos, calles, cañerías, umbrales, canales de agua, tumbas, sepulturas,
etc. Excavadores diferentes utilizan sistemas diferentes para registrar
los loci, pero, de cualquier forma, todo lo que se recupere en un
yacimiento arqueológico debe ser asignado a un número de locus.
En Banias, se dividió el yacimiento en áreas designadas por letras del alfabeto
(Áreas A, B, C…). Al comienzo de cada campaña el número de ésta se anteponía al
área que se estaba excavando. El primer número de locus asignado
a cada área fue el «001». Así, «108025» se referiría al locus 25
del Área B de la décima campaña. En la práctica es mejor tener muchos loci que
pocos. Si tras una reflexión y estudio más minuciosos se descubre que los
materiales originalmente asignados a loci separados pertenecen
al mismo, los números de loci pueden convenirse en uno. Por
otro lado, si los datos que pertenecen a loci separados son
excavados como un locus, es normalmente imposible separarlos
después. Esto es así especialmente en el caso de la bolsa donde se recoge la
cerámica (véase más adelante).
Otra
importante, aunque a veces difícil tarea del supervisor de área, es
proporcionar una descripción detallada de cada locus en su
área o sector. Esta descripción debe incluir la identificación del tipo
de locus (tal como suelo, pozo, entrada, foso), sus límites
horizontales y sus niveles superiores e inferiores. Tal descripción es esencial
a la hora de comprender el perfil estratigráfico del área que se está
excavando. Cada locus individual debe ser relacionado con
los lociadyacentes tanto vertical como horizontalmente. Una de las
funciones prácticas de los testigos es que proporcionan puntos de referencia
fijos para la descripción de los loci. Una vez que uno o más de los
testigos se han retirado deben establecerse otros puntos de referencia. La
«retirada de los testigos», por cierto, implica otra designación de locus.
LA NUMERACIÓN DE LAS BOLSAS
Debe
registrarse todo artefacto hallado en un locus. Esto se hace
etiquetando los materiales recogidos con números de bolsa (Blakely y Toombs,
1980, pp. 87-108; Van Beek, 1988, pp. 155 y ss.). Dado que el artefacto más
comúnmente recogido en los tells del Oriente Próximo desde el
periodo Neolítico cerámico (VI-V milenio a. C.) es el modesto fragmento de
cerámica, la mayoría de los números de bolsa se refieren a la cerámica recogida
en cada locus. Así, la numeración de esas bolsas es la ocupación
diaria básica del supervisor (Lance, 1978, pp. 75-76). Un solo locus puede
dar lugar a muchas bolsas, representando cada uno una sección tridimensional
del locus del que procede. La etiqueta de la bolsa (en muchos
casos hoy se trata en realidad de un cubo) contiene una información vital que
acompaña al material desde el campo, a través del proceso de limpieza, y de
restauración, cuando ésta es necesaria, al laboratorio de almacenaje y
finalmente hasta las fases de interpretación y publicación de la excavación.
Una etiqueta típica contiene la siguiente información básica: el nombre del
yacimiento que se está excavando; el número de licencia para esa campaña
concedida por el Departamento de Antigüedades; la fecha en que se excavó la
bolsa; el área o sector y locus del que procede la bolsa; los
niveles superior e inferior de la bolsa; y una breve descripción del tipo
de locus del que se excavó, por ejemplo, «material de
superficie», «umbral en construcción B2036», «derrumbe», etc. En Banias
utilizamos un sistema diseñado de forma específica para el uso informático.
Así, un número de bolsa típico sería algo como esto: «14D0128p». El número «14»
designa la décimocuarta campaña de la excavación, en este caso el verano de
1996; la letra «D» se refiere al área de procedencia de la bolsa; el número
«128» a la bolsa número 128 que se había excavado; y la letra «p» a los
contenidos de la bolsa, en este caso fragmentos cerámicos. Si tenemos el número
«14D01281», se estaría indicando fragmentos de mármol (indicado por la letra
«l» en nuestro sistema) hallados en el mismo locus y material
que la bolsa de cerámica descrita anteriormente.
La
bolsa de cerámica es básica, ya que en un tell del Oriente
Próximo son normalmente los fragmentos cerámicos los que proporcionan la fecha
más fiable del horizonte cultural («Edad del Bronce Medio», «Edad del Hierro I»
y así sucesivamente) del que proviene el material. Otros materiales, tales como
los fragmentos de mármol mencionados en el caso anterior, podrían datarse según
la fecha de los restos cerámicos encontrados en el mismo locus.
Esto presupone que el locus está «limpio» o sellado. Pero
pueden darse, y de hecho se dan, intrusiones. Si el locus resulta
ser un «depósito» o un «pozo», los fragmentos de cerámica podrían provenir de
diferentes periodos y es concebible que los fragmentos de mármol mencionados
provinieran a su vez de otro. Aunque suena bastante confuso y complicado, sin
duda es o puede ser así. Ésa es otra razón por la cual la recuperación y las
técnicas de registro controladas son esenciales para que la excavación tenga
éxito.
Todo
el material excavado en un locus es etiquetado y preparado
para su estudio posterior en el laboratorio. Pueden incluirse piezas como
huesos, monedas, téseras (de mosaicos), lámparas de aceite, sílex, conchas,
fragmentos de yeso, carbón vegetal, fragmentos metálicos, raspadores y, con
suerte, algún tipo de inscripción. Y siempre está esa «cosa» retorcida,
corroída o ese fragmento cerámico de aspecto extraño que nadie parece ser capaz
de identificar. Después de que finalice la excavación todos estos materiales,
así como muchos otros encontrados en una excavación típica, deberán limpiarse,
a menudo investigarse, y estudiarse de forma cuidadosa. Muchos de estos
estudios requieren de especialistas y pueden implicar un largo y costoso
proceso.
Por otro lado, los fragmentos recogidos cada día son normalmente limpiados y
«leídos» en el campo. Excavaciones diferentes usan métodos diferentes para
hacer esto. Un sistema que parece funcionar bastante bien requiere que los
hallazgos cerámicos de cada día sean puestos a remojo durante la noche. Se
lavan y se secan a la mañana siguiente y son «leídos» por la tarde después de
que el trabajo de campo ha terminado. La desventaja que tiene este método es
que la lectura se realiza un día después del trabajo de campo. Independientemente
del método empleado, es esencial que el lavado, secado y ordenación de la
cerámica para su lectura, así como el etiquetado y almacenamiento de los
fragmentos más relevantes esté bien organizado, de lo contrario los resultados
habitudes serán el caos y la confusión.
La
lectura de la cerámica es esencial, tanto por su valor inmediato al informar y
guiar al excavador en el campo como en la identificación y datación final de
los estratos del conjunto del yacimiento. Dado que puede señalarse en la
cuadrícula la situación precisa de la que los fragmentos de cerámica provienen,
puede estimarse de forma alentadora la fecha de la actividad que dejó tras de
sí esos restos (de nuevo asumiendo que la cerámica no está «mezclada»).
Encajando todos esos datos recogidos a lo largo del transcurso de la
excavación, es posible reconstruir la historia ocupacional global del
yacimiento. Sin embargo, todo experimentado arqueólogo sabe que algo escondido
simplemente a unas pocas pulgadas dentro del testigo o en una cuadrícula aún no
excavada puede alterar radicalmente la comprensión o (quizá) la fecha de una
fase de ocupación o de la funcionalidad de una construcción. Así, parece ser
que la mejor política que seguir para los arqueólogos es la formulación de
conclusiones provisionales abiertas a modificaciones a la luz de un nuevo
testimonio.
REGISTRO INFORMÁTICO Y ANÁLISIS
Desde
la introducción de los ordenadores en la arqueología de campo en la década de
los setenta, se han hecho grandes progresos en la utilización en esta
disciplina de los siempre en alza avances tecnológicos. Es hoy común que las
excavaciones cuenten con un especialista informático que registra las
actividades diarias de las mismas. J. Strange[17] ha
identificado tres usos principales del ordenador, el cual es hoy omnipresente
en las excavaciones arqueológicas. En primer lugar, la utilización de los
ordenadores permite al excavador contemporáneo establecer una base de datos de
un conjunto de objetos siempre en aumento. Lo que habría precisado hace unos
años cajas de fichas escritas a mano puede hoy registrarse de forma fácil y
rápida en un ordenador. En segundo lugar, los ordenadores permiten el manejo de
estas bases de datos, siendo uno de los resultados más obvios la creación y
publicación de informes. La tercera de las principales aplicaciones es el
análisis de los datos arqueológicos. Las posibilidades son muchas. Según los
objetivos del excavador, el tipo de yacimiento que se esté excavando y los
programas informáticos que se utilicen, es posible desde el análisis de todos
los objetos registrados hasta las «estadísticas analíticas» o «inferenciales»
(Longstaff, 1997). Hoy es también posible trazar planos y añadir fotografías y
grabaciones de vídeo directamente en el ordenador.
ARQUITECTOS Y TOPÓGRAFOS
Como
ya se dijo, una de las tareas más importantes del arquitecto y/o topógrafo de
la excavación es el trazado del mapa topográfico, el cual es esencial a la hora
de concebir y poner en marcha una bien diseñada estrategia de investigación.[18]Además, si
una excavación se puede permitir el lujo de contar con los servicios de un
arquitecto profesional a lo largo de la misma, es responsabilidad de dicho
arquitecto proporcionar planos realizados de forma profesional de todos los
restos de estructuras, incluidas reconstrucciones hipotéticas de edificios,
calles, cisternas, pozos, muros, etc., así como «dibujos de sección» (figura
3.6) y planos topográficos.[19] Debemos
siempre recordar que sólo excava un yacimiento un número relativamente pequeño
de personas. Cuando la excavación se ha completado lo único que queda son
agujeros en el suelo (es de esperar que en forma de «cuadrículas»), y que
incluso éstos, a menos que se haga un considerable esfuerzo por su
conservación, pronto estarán completamente irreconocibles a causa del
crecimiento de la vegetación y la erosión.
FIGURA 3.6. Dibujo de un perfil estratigráfico. Tomado de Dan I.
Cortesía de A. Biran, excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén,
1996.
Así,
hasta la publicación precisa (véase más adelante) de todas las actividades de
la excavación y mientras los resultados no estén disponibles, la excavación
tiene escaso valor. Esenciales para estas publicaciones son todos los dibujos
arquitectónicos. Dado que es bastante común que transcurran años entre los
primeros dibujos y las publicaciones finales, es necesario que todos los
dibujos arquitectónicos sean cuidadosamente archivados de tal manera que estén
disponibles para una referencia futura.
Las tareas del arquitecto han sido descritas en muchos manuales de campo y las
limitaciones de espacio nos impiden aquí una discusión amplia (véase la nota 3
y la discusión previa). La importancia del trabajo del arquitecto es que
proporciona una especie de complemento pictórico a la descripción verbal de una
excavación. La necesidad y las contribuciones de un arquitecto profesional han
sido resumidas por De Vries:
Los
dibujos arquitectónicos se basan en la medición precisa y la reproducción a
escala de las características y los materiales de un yacimiento. Un objetivo
primordial es proporcionar un marco tridimensional en el que pueda situarse
todo lo excavado, incluidas las características estratigráficas del yacimiento
y los materiales encontrados dentro de los estratos. En este sentido, el dibujo
arquitectónico es similar a la cartografía, y los diferentes dibujos son
componentes integrales de un mapa maestro del emplazamiento. De forma vertical,
todas las características y materiales son situables en secciones que engloben
todo el yacimiento en relación a su distancia sobre el nivel del mar. Dicho
marco tridimensional aporta una localización precisa para todo lo hallado en el
yacimiento en cuestión y hace posible determinar la relación dimensional
comparativa entre éste y las características de otros yacimientos (1997, p.
198).
PUBLICACIONES
Sin publicaciones, el mejor de los trabajos de campo arqueológicos es un
fracaso. El trabajo de campo en sí mismo no tiene un valor intrínseco excepto
para las pocas personas que han participado en él.[20] Publicar
los resultados de las excavaciones no sólo proporciona registros permanentes
que sobrevivirán a los excavadores, también posibilita la investigación a otros
arqueólogos, incluyendo los que aún ni siquiera han nacido. Un volumen bien
publicado con planos, dibujos, fotografías y demás permite a otros reconstruir
en sus mentes el modo exacto en que el yacimiento fue excavado. Si un
arqueólogo cualificado no sabe hacer esto, entonces la publicación es de uso
defectuoso y en todo caso limitado. Una buena publicación también permite a
otros arqueólogos interpretar por sí mismos el significado de los datos
arqueológicos. Aunque puede existir una explicación mejor para los restos
materiales recuperados en cualquier excavación, los arqueólogos con frecuencia
y en ocasiones de forma enérgica, difieren en cuál es. La razón de que las
buenas publicaciones sean tan importantes fue bien apuntado por H. D. Lance
hace varios años: «La excavación de cualquier conjunto particular de datos
arqueológicos sólo puede tener lugar una vez. No hay modo de repetir la
experiencia, tal y como fue, aunque fuera realizada de modo incompetente»
(1981, p. 49).
Lance
identificó y habló sobre tres tipos principales de escritos arqueológicos:
informes primarios, crítica y síntesis (1981, pp. 53-58). Más tarde, dividió
los informes primarios en tres tipos: los preliminares, los escritos
principalmente por especialistas (que se vuelven a subdividir) y los finales.
Como Lance observó, es imprescindible que cualquier estudiante de arqueología
sea capaz de utilizar estas fuentes de modo crítico.[21] Finalmente
aconsejó:
El
investigador tendrá que trazar con cuidado el curso de la publicación,
aceptando el hecho de que toda excavación seguirá un modelo diferente. Algunas
van de los informes generales a los informes finales sin realizar informes
preliminares. Algunas, a causa del fallecimiento o desinterés del excavador
nunca van más allá de los informes preliminares o incluso de los generales.
Desde luego los informes generales y a veces incluso los informes preliminares
aparecen de forma imprevisible en diferentes publicaciones. Los informes
finales pueden publicarse años más tarde por personas que ni siquiera
estuvieron presentes durante las excavaciones.[22] En
resumen, el sistema de publicación es irregular, incierto, y despilfarra los
datos arqueológicos.
APÉNDICE:
UNA NOTA CRONOLÓGICA
Desde
los comienzos de la disciplina se han discutido las fechas de los periodos
arqueológicos. Los problemas y diferencias de opinión son tan importantes que
este campo de la investigación se ha convertido en sí mismo en un estudio
especializado. Uno no debe desalentarse al leer fechas diferentes en otras
publicaciones. Lo importante aquí es que el lector se familiarice con la
terminología empleada para identificar estos periodos y sus fechas, si no
exactas, aproximadas.
Para la mayoría de ellas he seguido las indicaciones de la OEANE,
vol. 5, p. 411 y/o las de NEAEHL, vol. 4, pp. 1.529-1.531.
|
Periodos prehistóricos |
|
|
Paleolítico |
1.200.000-18000 a. C. |
|
Mesolítico |
18000-8500 (8000) a. C. |
|
Neolítico |
8500-4500 (4200) a. C. |
|
Neolítico precerámico |
8500 (8300)-6000 (5500)a. C. |
|
Neolítico cerámico |
6000 (5500)-4500 (4200) a. C. |
|
Calcolítico |
4500 (4200)-3300 a. C. |
|
Periodos históricos |
|
|
Edad del Bronce Antiguo |
3300-2200 (2000) a. C. |
|
Edad del Bronce Antiguo I |
3300-3000 a. C. |
|
Edad del Bronce Antiguo II |
3000-2700 (2800) a. C. |
|
Edad del Bronce Antiguo III |
2700-2200 (2800-2400) a. C. |
|
Edad del Bronce Antiguo IV |
2200-2000 (2400-2000) a. C. |
|
Edad del Bronce Medio |
2000-1550 (1500) a. C. |
|
Edad del Bronce Medio I |
2000-1800 (1750) a. C. |
|
Edad del Bronce Medio II |
1800-1650 a. C. (otros datan el |
|
Edad del Bronce Medio III |
1650-1550 a. C. |
|
Edad del Bronce Tardío |
1550-1200 a. C. |
|
Edad del Bronce Tardío I |
1550-1400 a. C. |
|
Edad del Bronce Tardío IIA |
1400-1300 a. C. |
|
Edad del Bronce Tardío IIB |
1300-1200 a. C. (otros ven el |
|
Edad del Hierro |
1200-587 (540) a. C. |
|
Hierro I |
1200-1000 a. C. (otros dividen el |
|
Hierro IIA |
1000-923 a. C. (1000-900 según otros) |
|
Hierro IIB |
923-700 (900-700) |
|
Hierro IIC |
700-540 a. C. (otros datan |
El
nacimiento de la civilización: del Neolítico a la Edad del Bronce Antiguo (c.
8500-2000 a. C.)
El
paso más largo en la evolución del hombre es el cambio del nomadismo a la
agricultura aldeana.
JACOB BRONOWSKI, 1973
LOS
ANTECEDENTES
Hoy
se sabe que los seres humanos vivían en Palestina hace más de un millón de años
en el periodo llamado «Paleolítico» (‘Piedra Antigua’). Durante cientos de
miles de años estas gentes permanecieron como cazadores y recolectores.[23]Pero en
algún momento del IX milenio a. C., tuvo lugar ese «largo paso en la evolución
del hombre» del que hablara Bronowski (1973, p. 64). Durante los siguientes
seis mil quinientos años, los pobladores del Oriente Próximo aprendieron a
construir y mantener complejas estructuras sociales, políticas, económicas y
religiosas que van a culminar en las grandes ciudades fortificadas de la Edad
del Bronce Antiguo (véase más adelante). Entre el final de la denominada «Edad
de Piedra Media» (c. 18000-8500 a. C.) y el comienzo de la Edad del
Bronce Antiguo se sitúan dos periodos arqueológicos sumamente importantes: el
«Neolítico» (‘Piedra Nueva’, c. 8500-4200 a. C.), y el
Calcolítico (‘Piedra de Cobre’, c. 4200-3300 a. C.). Ambos
estadios del desarrollo del ser humano han sido objeto de un tratamiento
minucioso por parte de los especialistas y se merecen un serio estudio. Sin
embargo, debido a nuestras limitaciones de espacio, sólo podemos mencionarlos
de modo sucinto y remitir al lector interesado a la bibliografía.[24]
FIGURA 4.1. Mapa de los yacimientos neolíticos precerámicos.
EL
PERIODO NEOLÍTICO
Este
periodo se divide, a su vez, en dos subperiodos principales: el Neolítico
precerámico (8500-6000 a. C.) y el Neolítico cerámico (6000-4200 a. C.). Se han
identificado varios cientos de emplazamientos neolíticos (figura 4.1) en el
Oriente Próximo, desde el Éufrates medio en Siria, al desierto del Sinaí en el
Levante meridional. Uno de los más famosos es Jericó, aún llamada «la ciudad
más antigua del mundo» (véase Kenyon, 1979). Entre los principales logros de
este largo periodo prehistórico se encuentra el «descubrimiento» de la cerámica
en algún momento del vi milenio a. C., quizá propiciado por el uso que se hacía
de hogares enlucidos desde el Neolítico precerámico B (A. Mazar, 1990, p. 49).
En consecuencia, los restos cerámicos que se encuentran en los yacimientos del
Oriente Próximo son una de las principales herramientas de diagnóstico a
disposición del arqueólogo, no sólo a la hora de establecer cronologías
absolutas, sino también para comprender muchos otros aspectos de las sociedades
antiguas.
EL PERIODO CALCOLÍTICO
En
el VI milenio a. C., surge en el Oriente Próximo la tecnología necesaria para
la producción del cobre. Dicha técnica no reemplazó sin embargo el uso de la
piedra, de ahí el nombre de «Calcolítico» con que se describe el periodo.
Aunque se conocen muchos emplazamientos calcolíticos, esta época es aún en
cierta medida un misterio por lo que se refiere tanto a su inicio como a su
fin. Se han encontrado sólo en Palestina más de 200 yacimientos (figura 4.2).
Se extienden desde el Golán en el norte al Neguev en el sur; de la llanura
costera en el oeste a la Transjordania en el este. Tres de los asentamientos
permanentes más importantes son Shiqmim (Levy 1995 a) y Gilat en la región de
Beersheba, y Teleilat Ghassul en Transjordania. Estos yacimientos han proporcionado
la mayor parte de la información de la que disponemos para este periodo.
FIGURA 4.2. Mapa de los principales yacimientos cerámicos del Neolítico y el
Calcolítico.
Uno
de los avances más sorprendentes de esta cultura se refiere a la
especialización artesanal. La alta calidad de los restos materiales sugiere la
existencia de una clase profesional de artesanos cualificados. Buena prueba de
ello son las piezas de cobre, cuyos ejemplos más famosos se hallaron en la
«Cueva del Tesoro» en 1961 (Bar-Adon, 1980; Moorey, 1988; figura 4.3). Este
tesoro contiene 416 piezas de cobre, así como objetos en marfil tallados sobre
colmillos de hipopótamo y elefante. En la producción artesanal de este periodo
se incluyen una industria del basalto en el Golán (Epstein, 1977), estatuillas
antropomorfas en marfil procedentes, entre otros lugares, de Bir Safadi (figura
4.4) (Levy, 1986, p. 92), y enigmáticas pinturas murales en Teleilat Ghassul
(Cameron, 1981). A esto se añade el hecho de que las piezas en oro más antiguas
descubiertas en Palestina datan de esta época (Gopher y Tsuk, 1991). Debemos
mencionar, de forma especial, los numerosos objetos de pequeño tamaño con forma
de violín hallados en muchos yacimientos, fabricados normalmente en piedra
(granito o creta) con una longitud de entre 20 y 25 cm. Un ejemplo destacable
de estos objetos es el que se encontró en Shiqmim, realizado en hueso (Levy,
1996). Esta figurilla tiene sólo 10 cm de altura y está decorada a base de
varias líneas de perforaciones. En el rostro se resaltan los ojos y la nariz.
Levy ha interpretado esta pieza como una representación de aspectos sincréticos
y mnemónicos de la cultura calcolítica que hoy por hoy desconocemos.
FIGURA 4.3. Tesoro calcolítico de cobre procedente del desierto de Judea,
primera mitad del IV milenio a. C., Nahal Mishmar. Colección del Departamento
de Antigüedades de Israel. Fotografía del Museo de Israel, David Harris.
Otra
característica de esta cultura calcolítica son los cementerios tradicionales
situados fuera de las áreas de habitación. Algunos de éstos se encuentran en
cuevas hechas por el hombre, muchas de ellas en la llanura costera. Los
enterramientos secundarios, a menudo en osarios (recipientes cerámicos en forma
de casa; figura 4.5), se convierten en una práctica popular para los adultos. A
los niños, sin embargo, se les enterraba con frecuencia bajo los suelos de las
casas (Teleilat Ghassul) o en grandes píthoi.
FIGURA 4.4. Figurillas calcolíticas de marfil, primera mitad del IV milenio
a. C. Colección del Departamento de Antigüedades de Israel. Fotografía del
Museo de Israel. Jerusalén.
Tras
mil años de existencia, los calcolíticos desaparecen. Muchos yacimientos fueron
abandonados y nunca volvieron a habitarse. No conocemos la razón de esta
repentina marcha. Se han propuesto toda clase de hipótesis, desde cambios
políticos y sociales hasta una catástrofe medioambiental o un trastorno de tipo
económico. De hecho no se sabe la causa exacta de su desaparición ni a dónde
fueron a parar. Gonen, en su estudio, lo ha resumido bien:
El
periodo Calcolítico resulta un misterio de principio a fin. Si no está por
venir ningún avance significativo en la apreciación de su verdadera esencia,
sólo nos quedará contemplar sus creaciones, admirarlas, y preguntamos quiénes
fueron sus creadores, cómo vivían, de qué modo interpretaban el mundo que les
rodeaba, y por qué finalmente desaparecieron de la escena de la historia humana
(1992a, p. 80).
FIGURA 4.5. Osario calcolítico. Fotografía de J. Laughlin.
LA
EDAD DEL BRONCE ANTIGUO (3300-2000 a. C.)
La
comprensión de la Edad del Bronce Antiguo por parte de los arqueólogos ha
experimentado una gran revolución en los últimos quince o veinte años. Las
publicaciones acerca de este periodo han proliferado y han dado lugar a una
lista interminable de libros, artículos generales y estudios técnicos
especializados de todo tipo.[25] Las
antiguas síntesis se apoyaban principalmente en los datos extraídos de
los tells más importantes de Palestina, tales como Arad,
et-Tell (‘Ai), Beth Shan, Hazor, Jericó, Gezer, Megido, Tell el-Far‘ah Norte,
Yarmuth y Lachish entre otros. Hoy, estos datos se han visto ampliados gracias
a recientes prospecciones y excavaciones de muchos yacimientos circunscritos a
un único periodo. Es más, el antiguo paradigma político-histórico ha sido
reemplazado por una aproximación más holística que tiene en cuenta los modelos
más novedosos de interpretación del pasado, tomados de la antropología y las
ciencias sociales. El resultado final ha sido un gran aumento de los datos
relativos a todo aquello que atañe, entre otras cuestiones, a los patrones de
asentamiento, la estratificación política, social y económica; la
identificación del papel de los géneros; las relaciones medioambientales; los
patrones de comercio; el aprovechamiento de la tierra… Aunque es necesario
emplear estos enfoques con una adecuada cautela, únicamente puede esperarse que
la información de base se incremente con el descubrimiento y/o excavación de
más enclaves.
También la cronología de la Edad del Bronce Antiguo ha experimentado una serie
de revisiones durante aproximadamente la última década. Las áreas principales
de discusión atañen tanto a las fechas de inicio como a las de fin. En el caso
de estas últimas, ha existido una enérgica discusión, acerca de la terminología
para el periodo, lo que ha llevado a confusión.[26] Basada
en las dataciones de carbono-14 y en las correlaciones con los periodos
egipcios, la siguiente división cuatripartita (con algunas subdivisiones)
parece contar con la aprobación de la mayoría de los arqueólogos, al menos
entre aquellos que escriben sobre este periodo; véase en particular Dever
(1980b, 1995b), ambas publicaciones con completas bibliografías.
|
Palestina |
Egipto |
|
Bronce Antiguo I: 3400-3100 a. C. |
Gerzense: 3700-3100 |
|
Bronce Antiguo II: 3100-2700 |
Dinástico temprano: 3100-2700 |
|
Bronce Antiguo III: 2700-2300 |
Reino Antiguo: 2700-2200 |
|
Bronce Antiguo IV: 2300-2000 |
Primer Intermedio: 2200-2000[27] |
Denominar a todos los años comprendidos entre el c. 3400 y
2000 a. C. Edad del Bronce Antiguo es, en cierta medida,
inapropiado. El bronce (aleación compuesta de cobre y, normalmente, estaño) no
está excesivamente difundido antes del llamado Bronce Medio (2000-1550 a. C.).
De hecho, incluso se ha argumentado que ni siquiera aparecía hasta este
periodo.[28] Sin
embargo, hoy disponemos de pruebas de que el bronce era conocido, al menos, en
el Bronce Antiguo IV. Tales pruebas aparecen en forma de puñales fabricados de
este metal y que fueron hallados en una tumba del Bronce Antiguo IV en el valle
de Huich, cerca de ‘Enan. Existe también testimonio literario de que en Siria
(Ebla), en el siglo XXIV a. C., ya se conocía el bronce (Palumbo, 1991, pp.
107-108).
FIGURA 4.6. Mapa de los yacimientos de la Edad del Bronce Antiguo.
No
sabemos cuántos emplazamientos del Bronce Antiguo existen o existieron (figura
4.6). Muchos, especialmente emplazamientos circunscritos a un único periodo,
pueden haber sido destruidos por la naturaleza o por la actividad humana, y
muchos otros simplemente no se han encontrado. Pero para el periodo completo de
1.400 años, contamos con un listado de miles de yacimientos (incluidos tanto
asentamientos donde la población efectivamente vivía como enterramientos). Sin
embargo, apenas cien de las áreas habitadas se han excavado en cierta
extensión.[29]
Las excavaciones, prospecciones, estudios especializados (como por ejemplo los
cerámicos) y otros asuntos que se han convertido de una u otra forma en tema de
las publicaciones sobre este largo e importante periodo son demasiados para
tratarlos con detalle en este breve resumen. El lector deberá consultar la
bibliografía.
La Edad del Bronce Antiguo I (3300-3000 a. C.)
Dado
que durante mucho tiempo la Edad del Bronce Antiguo I fue conocida
principalmente a partir de los hallazgos en los cementerios (y todavía ocurre
hasta cierto punto así), los primeros arqueólogos explicaron la aparición de
las poblaciones del Bronce Antiguo I como forasteros que, o bien migraron a
Palestina de forma pacífica, o bien la conquistaron por la fuerza.[30] Aunque
aún se debate la cuestión de la desaparición de las poblaciones del Calcolítico
y el origen u orígenes de las que habitaban los yacimientos del Bronce Antiguo
I, existe un creciente acuerdo en vincular la cultura de la Edad del Bronce
Antiguo I a los grupos indígenas que se desarrollaron a partir del periodo
calcolítico precedente (Hanbury-Tenison, 1986, ilustración 14; Richard, 1987;
Schaub, 1982). Amiran ha argumentado que ciertos recipientes de cerámica y
basalto de la Edad del Bronce Antiguo I evolucionaron directamente de las
formas calcolíticas, lo que demostraría la continuidad entre las dos épocas
(1985a; véase asimismo Hanbury-Tenison, 1986, pp. 72-103). Amiran también ha
sugerido que tanto el creciente contacto con Egipto como el posterior
desarrollo de una economía agropastoril durante el Bronce Antiguo I ya se
anticiparon en el periodo calcolítico, y apunta de este modo a un origen
indígena de la cultura de la Edad del Bronce Antiguo I.
El estudio de Hanbury-Tenison (1986) es, hasta ahora, el más profundo al
respecto. Mediante la comparación de aspectos tales como patrones de
asentamiento, modelos económicos, tradiciones cerámicas y líticas,
especialización artesanal y arquitectura, llegó a la conclusión de que aunque
se produjo una completa ruptura entre los dos periodos, es decir, entre el
Calcolítico Tardío y el Bronce Antiguo I, se trató más de una «transición
gradual, que de un cambio abrupto. No hay fundamentos para una hipótesis
invasionista o para rastrear las raíces del Bronce Antiguo I fuera de Palestina
y Transjordania» (1986, p. 251; cf. la conclusión de Richard,
1987, p. 24).
Sin embargo, debido a la dificultad siempre presente cuando uno intenta interpretar el
significado de los cambios en la cultura material, no todos los arqueólogos
coinciden en que la transición desde el Calcolítico Tardío a la Edad del Bronce
Antiguo I fuera un asunto exclusivamente local. A. Mazar, en su reciente
estudio sobre este periodo, dice: «Así, parece que la cultura material de la
Palestina de la Edad del Bronce I fue una mezcla de rasgos nuevos —originarios
de Siria, Anatolia, y Mesopotamia— con elementos amigados en la cultura local
del periodo precedente» (1990, p. 105; cf. Gophna, 1995). No
obstante, existe un creciente cuerpo de datos que indica que los elementos
indígenas jugaron un papel sin duda más importante de lo que se creía hace no
muchos años.
Uno
de los cambios más evidentes que tuvo lugar durante el Bronce Antiguo I fue la
elección de las áreas de asentamiento. En contraste con el periodo calcolítico
previo, donde el patrón de asentamiento a menudo incluía regiones áridas (tales
como el Neguev septentrional), se ha estimado que el 90 por 100 de los
yacimientos del Bronce Antiguo I se encuentran en áreas de asentamiento nuevas
(Ben-Tor, 1992, p. 84). Estas áreas incluyen especialmente la región montañosa
central de Palestina, el valle del Jordán y la Sefelá (Hanbury-Tenison, 1986).
Un
rasgo destacable de este patrón es el gran incremento en el número de
asentamientos en el norte, y el casi total abandono de los que existían en el
sur. Finkelstein y Gophná han puesto de manifiesto que en el Neguev ese número
se redujo de setenta y cinco emplazamientos en el periodo calcolítico a ocho en
el Bronce Antiguo I. Por el contrario, en la región montañosa central, se pasó
de veintiocho durante el Calcolítico a más de sesenta yacimientos durante el
Bronce Antiguo I (Finkelstein y Gophna, 1993). Este patrón ocupacional de la
región montañosa central durante el Bronce Antiguo I se repetirá sólo en dos
ocasiones más: una durante la Edad del Bronce Medio (2000-1550 a. C.) y, de
nuevo, durante la Edad del Hierro (1200-587/540 a. C.; Finkelstein y Gophna,
1993, p. 6; cf. A. Mazar, 1990, p. 95).
Finkelstein
y Gophna también explicaron este aumento del número de enclaves habitados no
como una «explosión demográfica» (ya que algunos así lo habían sugerido), sino
debido a las ventajas económicas que el entorno natural de las tierras altas
ofrecía. Este medio va muy bien para el cultivo de aceitunas y uvas, así como
para la cría de animales. La producción a gran escala de aceitunas y vino
durante el Bronce Antiguo I abrió la posibilidad del comercio, en panicular con
Egipto (1993, pp. 12-13).[31] La
institución de los patrones comerciales implicaría una cierta organización
central y una estabilidad política y social. Esto puede ayudar a explicar por
qué, como en los periodos calcolíticos precedentes, la mayor parte de los
yacimientos del Bronce Antiguo I no estaban fortificados. En cualquier caso, el
pastoreo (principalmente de la cabra y la oveja) y la producción de aceituna y
vino se convirtió en la base de la vida económica de Palestina (Ben-Tor, 1992,
p. 85; Richard, 1987; Hanbury-Tenison, 1986).
Aunque
la mayoría de los arqueólogos dividen la Edad del Bronce Antiguo I en dos
periodos principales (Bronce Antiguo I y Bronce Antiguo II)[32], por
razones de espacio consideraremos el periodo como un todo. Muchas ciudades
importantes de la Edad del Bronce, como Hazor, ‘Ai, Jericó, Lachish, Megido,
Gezer y Arad, por nombrar algunas, tienen restos del Bronce Antiguo I. Sin
embargo muchos asentamientos del Bronce Antiguo I fueron bastante pequeños y
tuvieron una duración relativamente corta[33]. Un
ejemplo de lo dicho es Ein Shadud, una aldea del Bronce Antiguo I no amurallada
situada a unos pocos kilómetros al noroeste de Añila, y cuya excavación se
llevó a cabo en 1979 (Braun y Gibson, 1984; Braun et al., 1985). Su
economía se basaba en la agricultura y en la cría de ganado, como sin duda era
el caso de la mayoría de las aldeas de esta época. En algún momento hacia
finales del Bronce Antiguo I, el emplazamiento fue abandonado y nunca se volvió
a ocupar.
Otro
yacimiento importante del Bronce Antiguo I es Hartuv, situado cerca de
Beth-Shemesh en la Sefelá (A. Mazar y P. de Miroschedji, 1996). Uno de los
principales descubrimientos que tuvieron lugar allí fue una estructura, quizá
un santuario, que contenía una serie de piedras colocadas verticalmente,
llamadas massebot. Tales pilares aparecen de forma recurrente en la
religión cananea e israelita (véase más adelante). Aquí, los excavadores las
interpretaron como piedras en honor de patriarcas fallecidos.[34] Hartuv
fue también abandonada a finales del Bronce Antiguo I, lo que indica que la
transición al Bronce Antiguo II fue de signo pacífico. En este caso los
excavadores sugirieron que el naciente asentamiento urbano de Tel Yarmuth, que
se convirtió en una gran ciudad fortificada durante el Bronce Antiguo II,
podría haber absorbido a los habitantes de Hartuv.
Sus massebot y
su «santuario», así como los restos materiales de otras construcciones
identificadas como «templos» plantean la cuestión de la naturaleza del culto (o
cultos) religiosos que se desarrollaron durante este periodo. El hecho de que
los llamados «templos» sean los únicos edificios públicos conocidos del Bronce
Antiguo I puede indicar que los líderes religiosos (¿sacerdotes?) tenían un
considerable poder durante esta época prehistórica (A. Mazar, 1990, p. 98). En
este contexto podemos también mencionar un grupo de pinturas encontradas en el
pavimento de un patio asociado al templo «doble» de Megido (estrato XIX). Estas
pinturas incluyen imágenes de animales, antropomorfas… entre otras. Tales
ejemplos, junto a impresiones dispersas de sellos sobre recipientes cerámicos,
constituyen la mayor parte del trabajo «artístico» que conocemos
correspondiente al Bronce Antiguo I.
La cerámica de la Edad del Bronce Antiguo I
No
podemos pasar por alto la importancia de los restos cerámicos en los
yacimientos del Oriente Próximo. La identificación cultural y/o étnica (que no
es lo mismo) de un pueblo, sus relaciones con otros grupos (tanto extranjeros
como locales), la cronología absoluta de su ocupación del lugar, así como otros
aspectos, todos se reflejan en las colecciones cerámicas recogidas y estudiadas
por los arqueólogos. La cuestión de la «etnicidad» es tan importante como
compleja. El debate referente a este tema está abierto, especialmente por lo
que respecta a la cuestión del origen e identidad del «antiguo Israel» (véase
más adelante, capítulos 8 y 9 y notas). Existe una creciente discusión acerca
de si los restos cerámicos son o no un verdadero marcador étnico (véase en
particular Dever, 1993b, 1995c; Finkelstein, 1996; y más adelante). Los
argumentos son complejos y técnicos, y únicamente los especialistas están
cualificados para tratar estos planteamientos con detalle. No obstante, los
conjuntos cerámicos son esenciales (en especial en ausencia de textos escritos)
como es el caso de Palestina y Transjordania durante la Edad del Bronce
Antiguo. La mayoría de las publicaciones sobre trabajo de campo, ya sea en sus
páginas preliminares o en las finales, incluyen descripciones del repertorio
cerámico (figura 4.7). Ser capaz de «leer» la cerámica lleva años de
experiencia y estudio sobre el tema. Aquí sólo podemos ofrecer un brevísimo
resumen.[35]
FIGURA 4.7. Tipología cerámica del Bronce Antiguo III. Tomado de Dan I.
Cortesía de A. Biran, excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén,
1996.
Las
discusiones sobre la cerámica del Bronce Antiguo I se centran normalmente en
tres grupos principales: «roja bruñida», «gris bruñida» y las «pintadas en
rojo». Sin embargo algunos arqueólogos han utilizado nombres diferentes para la
misma cerámica, con lo que se ha creado de este modo una confusión innecesaria.
Kenyon, por ejemplo, llamó a la cerámica roja bruñida «Protourbana A» o PUA; a
la roja «Protourbana B» o PUB; y a la gris bruñida «Protourbana C» o PUC
(1979). Además, dado que la cerámica gris bruñida se encontró por primera vez
en el valle de Esdrelón, en particular en Megido, a veces se la llama «cerámica
de Esdrelón».
|
Núm. de objeto |
Núm. de registro |
Locus |
Descripción |
|
1. Fuente |
232/2 |
18 |
Pasta roja clara (10R 6/8); partículas blancas y rojas. MW |
|
2. Fuente |
169/5 |
18 |
Pasta amarilla rojiza (5YR 7/6); partículas blancas y
marrones; borde bruñido; MW |
|
3. Fuente |
169/3 |
18 |
Pasta roja clara (10R 6/6); partículas blancas y grises; labio
rojo; bruñida |
|
4. Fuente |
230/4 |
18 |
Pasta marrón rojiza clara (2.5YR); núcleo gris; partículas
blancas y rojas; labio rojo; bien cocida (MW?). |
|
5. Cuenco |
237/4 |
18 |
Pasta roja amarillenta (5YR 7/6); partículas blancas, rojas y
grises; labio rojo delgado; cocción media |
|
6. Jofaina |
237/2 |
18 |
Pasta roja clara (10R 6/8); núcleo rojo claro; partículas
blancas y rojas; decoración a peine; MW |
|
7. Cerámica de cocina |
169/8 |
18 |
Pasta roja (2.5YR 5/6); partículas blancas, rojas y grises;
exterior ennegrecido; cocción media |
|
8. Cerámica de cocina |
169/4 |
18 |
Pasta marrón rojiza (5YR 5/4); partículas blancas, grises y de
calcita; ennegrecida; cocción media |
|
9. Jarra |
148/10 |
18 |
Pasta rosa (7.5YR 8/4); partículas blancas y grises;
decoración en rojo; cocción media |
|
10.Píthos |
235/1 |
18 |
Pasta roja clara (2.5YR 6/6); núcleo gris rosáceo; partículas
blancas, rojas y marrones; decoración a peine; MW |
|
11. Cuenco |
23200/1 |
4663 |
Pasta roja clara (2.5YR 6/8): superficie roja clara (2.5YR
6/6); partículas blancas, rojas y marrones; a torno; buena cocción |
|
12. Cerámica de cocina |
23223/5 |
4674 |
Pasta marrón rojiza clara (5YR 6/4); partículas blancas,
grises y de calcita; ennegrecida; buena cocción |
|
13. Fragmento de asa |
23200/7 |
4663 |
Pasta roja clara (2.5YR 6/6); partículas blancas y de calcita;
decoración a peine; ennegrecida; cocción media |
|
14. Fragmento de asa |
23248/7 |
4674 |
Pasta gris (10YR 5/1); partículas de cuarzo; impresión vegetal |
|
FIGURA 4.7. Clave |
|||
Persiste además un debate entre los arqueólogos en tomo a la cronología de la
aparición de ciertos tipos, así como a su origen y distribución. Algunos creen
que los diferentes tipos cerámicos apuntan a variaciones regionales dentro del
periodo del Bronce Antiguo I. Por ejemplo, la mayor parte de la cerámica gris
bruñida se localiza en los yacimientos septentrionales y en Transjordania.[36] La
discusión aquí afecta a la cronología de ciertos tipos cerámicos y lo que su
presencia en los yacimientos arqueológicos nos dice sobre la transición del
Calcolítico a la Edad del Bronce Antiguo I, así como de la transición del
Bronce Antiguo I preurbano al Bronce Antiguo II urbano.[37]
Junto a estas formas cerámicas distintivas del Bronce Antiguo I, existe también
lo que se ha llamado cerámica «lisa», que se repite en los diferentes periodos
(Hanbury-Tenison, 1986, pp. 119-121 y 129-131, ilustración 23). Parte del
problema consiste en que se han encontrado muy pocos yacimientos con secuencias
cerámicas de todo el Bronce Antiguo I. Hanbury-Tenison identificaron dos:
Shunah Norte y Umm Hammad, ambos en la orilla este del Jordán. En cuanto a la
secuencia cerámica de Umm Hammad, «muestra un desarrollo local intercalada por
formas distintivas bien conocidas en otros lugares, gris bruñida, tipo Jawa, y
cerámica protourbana D, y ello nos proporciona, por primera vez, un marco
cronológico secuencial para estas cerámicas» (1986, p. 120).
Es ésta una conclusión importante, ya que sólo mediante el hallazgo de restos
cerámicos en contextos estratigráficos claros pueden hacerse juicios
cronológicos justificados. Tales contextos no son siempre el caso de las
tumbas, donde se ha encontrado la mayor parte de la cerámica del Bronce Antiguo
I.
Las prácticas funerarias de la Edad del Bronce Antiguo I
Dado
que una gran parte de nuestro conocimiento del Bronce Antiguo I proviene de los
enterramientos, no ha de sorprendemos que éstos hayan recibido una atención
especial por parte de los arqueólogos.[38] En el
pasado, se hizo un panicular énfasis en los cementerios descubiertos en Jericó
y Bab edh-Dhra‘, entre otros. Al parecer, fueron comunes tres tipos de
enterramientos durante este periodo: «desarticulados» (los huesos de los
esqueletos han sido trasladados); «secundarios» (los huesos se entierran de
nuevo tras la descomposición del cadáver); y «articulados» (los huesos no han
sido trasladados). Muchas de las tumbas de este periodo son cuevas artificiales
excavadas en las laderas de las colinas (Jericó), o cuevas naturales (Tell
el-Far‘ah Norte). Otros son tumbas de cámara (Bab edh-Dhra‘), a las que se
accede por una galería excavada en la roca. El número de cámaras varía entre
una y cuatro. Existe algún ejemplo de cremación, entre otros yacimientos, en
Gezer y en los osarios de Bab edh-Dhra‘ (Hanbury-Tenison, 1986, pp. 234, 238).
Sin embargo, la cremación no parece haber sido demasiado común, y la razón por
la que algunos cuerpos fueron incinerados es aún un misterio (Hanbury-Tenison,
1986, p. 247).
Otra
forma de enterramiento son los dólmenes (del celta dol =
‘mesa’ y men = ‘piedra’), la mayoría localizados en el Levante
septentrional. Aunque existen diferencias en la construcción de estos dólmenes,
muchos están realizados a partir de grandes bloques de roca utilizados en los
lados y en la parte superior, y a veces también en los extremos. Se encuentran
normalmente sobre un montículo de piedras y pueden tener una ventana o una
puerta esculpida. Esta variedad es particularmente corriente en el caso de Transjordania.
No hay acuerdo sobre su datación, pero Hanbury-Tenison apunta al gran campo de
dólmenes de Jebel Mutawwaq, en la Transjordania septentrional, como prueba para
fecharlos en el Bronce Antiguo I (1986, pp. 244-245, e ilustración 38). Zohar
(1993), por su parte, aunque los data en un periodo tan temprano como el
Calcolítico, sitúa su época principal de uso entre el Bronce Antiguo IV y el
Bronce Medio I (c. 2200-1800 a. C.).
Las conexiones egipcias
Existen
numerosas pruebas de la presencia egipcia en Palestina, en especial en la
región costera, durante el Bronce Antiguo I. Buena parte de las mismas
provienen del yacimiento de Tel ‘Erani, donde se encontraron más de 1.000
recipientes cerámicos egipcios (Ben-Tor, 1991; Brandl, 1992, 1997). En el
pasado, esto se interpretó como un signo de la opresión militar egipcia. Pero
más recientemente se ha hecho hincapié en explicar estos enclaves egipcios
simplemente como «asentamientos comerciales».[39] En su
estudio, Ward (1991) llegó a la conclusión de que las razones de la presencia
de colonos egipcios en el norte del Sinaí y Neguev durante el Bronce Antiguo I
fueron «comerciales» y no militares.
Los
hallazgos en el yacimiento de En Besor avalan la interpretación no militarista
de la presencia egipcia. El planteamiento que aboga por la convivencia durante
casi 200 años de una población egipcia de varios cientos de individuos con los
habitantes indígenas se basa en la presencia de numerosas hojas de hoz y
escasas puntas de flecha, lo que ha llevado a suponer que la población era
civil, no militar (Ben-Tor, 1991).
Sin embargo, durante el periodo posterior del Bronce Antiguo II, las relaciones
con Egipto se reducen drásticamente. La causa, aunque no se sabe con exactitud,
pudiera estar en los cambios sociales-políticos-económicos que tuvieron lugar
durante este periodo. Lo que sí está claro es que se produjo un cambio radical
que tuvo como resultado la construcción, por vez primera, de grandes
fortificaciones.[40] No
obstante, los contactos comerciales con Egipto iniciados durante el Bronce
Antiguo I fueron sólo el comienzo de lo que un arqueólogo ha descrito como «una
intrincada red de relaciones… que se prolongarán a lo largo de tres milenios»
(Richard, 1987, p. 27).
La Edad del Bronce Antiguo II-III (3000-2300/2200 a. C.)
Los
periodos correspondientes al Bronce Antiguo II-III son el corazón de la Edad
del Bronce Antiguo en Palestina/Transjordania. Éste fue el momento de las
«ciudades-estado», la primera época realmente «urbana» en la historia de esta
región. Sin embargo, es preciso entender los términos «ciudad-estado» y/o
«urbano» de forma adecuada. A partir de los trabajos de prospección se
identificaron unos 260 yacimientos del Bronce Antiguo II-III en Palestina, de
los que más de un 60 por 100 (158) tenían una hectárea o menos (Broshi y
Gophna, 1984). Así la palabra «ciudad», cuando es aplicada a estos
asentamientos primitivos, no tiene ninguna de sus connotaciones modernas en
términos de tamaño. Algunas de estas «ciudades» existieron a lo largo de los
periodos II-III del Bronce Antiguo, incluidas Dan (Laish), ‘Ai, ‘Erani,
Yarmuth, Jericó y Bab edh-Dhra‘. Otros yacimientos fueron abandonados o
destruidos durante el Bronce Antiguo II, entre ellos Arad y Gezer. Para el
final del Bronce Antiguo ni, todos estos asentamientos serán destruidos o
abandonados, y muchos, tales como Arad y ‘Ai, no volverán a ser ocupados
durante siglos.
Mientras
en el pasado se hizo especial énfasis en los grandes tells que
abarcaron la mayor parte del periodo del Bronce Antiguo, prospecciones
recientes (Finkelstein y Gophna, 1993; Palumbo, 1991) han puesto de manifiesto
que durante el Bronce Antiguo II-III, prosperaron las comunidades rurales y las
aldeas. Parece lógico pensar que estos pequeños enclaves rurales estarían
vinculados económicamente y políticamente a las ciudades de mayor tamaño. De
hecho, en el estudio de Broshi y Gophna, veinte yacimientos, lo que supone casi
la mitad del espacio total ocupado durante estos periodos, tenían más de 10 ha
de extensión. Algunos de estos yacimientos, como Tel Dan (20 ha), Hazor (10
ha), ‘Ai (11 ha) y Lachish (15 ha), figurarán en la historia de los israelitas
bíblicos siglos más tarde.
En el Sinaí, durante el Bronce Antiguo II, tuvo lugar lo que Beit-Arieh (1981)
describió como una «expansión extensiva del asentamiento» vinculado a Arad.
También concluyó que los restos materiales apuntan a un «único grupo étnico»
responsable de su crecimiento (p. 50). Aunque Beit-Arieh no identificó a este
«único grupo étnico», otros han argumentado que los asentamientos amurallados
del Bronce Antiguo II-III no eran el resultado de poblaciones nuevas llegadas a
la zona, sino de procesos internos (de tipo social y económico) que se habían
puesto en marcha en el largo periodo precedente del Bronce Antiguo I (Gophna,
1995, p. 274; Hanbury-Tenison, 1986; para un planteamiento más antiguo pero muy
influyente véase Kenyon [1979, pp. 84-118]). Es más, Richard llegó a la
conclusión de que la semejanza de la cultura material apuntaba a una «sociedad
integrada» (1987, p. 29).
Sin
embargo persisten muchas preguntas. ¿De qué modo se relacionaban aldeas y
asentamientos fortificados? ¿Por qué fueron precisas esas imponentes
fortificaciones? ¿Proporcionaban los núcleos no urbanos los materiales que las
ciudades requerían, tales como alimentos y otros productos? ¿Qué tipo de
«administración» existía para supervisar aspectos tan críticos como el
aprovechamiento de la tierra y el agua y la distribución de los bienes? Todos
estos temas llevaron a Richard a sugerir que durante este periodo existía una
sociedad organizada en tres niveles, compuesta de «ciudades, poblaciones de
menor tamaño y aldeas con una sociedad completamente integrada en la que se
darían unas complejas interrelaciones e interdependencias» (1987, p. 29).
Aunque algunos yacimientos del Bronce Antiguo II fueron abandonados o
destruidos y no volvieron a habitarse durante el Bronce Antiguo III (es el caso
de Arad, Tell el-Far‘ah Norte), otros fueron reconstruidos (por ejemplo Tel
Dan, Megido, ‘Ai, Beth Shan y Jericó). ¡Kenyon afirmó que en algunos puntos las
murallas del Bronce Antiguo de Jericó se habían reparado un total de diecisiete
veces! (1979, p. 29). Para complicar aún más las cosas, aparentemente también
se fundan nuevos yacimientos durante el Bronce Antiguo III (así Bethel, Beth-Shemesh,
Tell Beit Mirsim y Hazor). En la zona septentrional de Palestina, algunos de
ellos adquirieron importancia durante el Bronce Antiguo III. Se incluyen aquí
Tel Dan, Tel Abel Beit Ma‘acah, Tel Qadesh, Hazor, Megido, Ta‘anach, Beth-Verah
y Beth Shan. En las colinas de Judea, ‘Ai se convirtió en un importante centro
regional, tal y como hizo aparentemente Arad en el Neguev septentrional.[41]
Una de las principales características arquitectónicas de este periodo fue la
construcción de grandes fortificaciones. Entre otros ejemplos tenemos las de
‘Ai, la muralla de Jericó (de 8 metros de grosor)… ¡y la muralla defensiva de
Arad, de más de 1.150 metros de longitud! No obstante, a pesar de tales
edificaciones, hacia el 2300 a. C., estos enormes tells fortificados
o bien habían sido abandonados o bien destruidos. Después de haber sobrevivido
unos 700 años, los temores que indujeron al levantamiento de aquellas
fortificaciones se hicieron realidad. No está claro qué fue lo que ocurrió para
provocar el fin del periodo. Quizá se produjo un conflicto entre los centros
urbanos y las poblaciones no urbanas (¿nómadas pastoriles?); o bien, como
indica un grupo de inscripciones, los egipcios atacaron algunas de las
ciudades. Podríamos pensar que las causas fueron medioambientales. Cualquiera
que sea la razón o las razones, la urbanizada Edad del Bronce Antiguo se
derrumbó. Transcurrirán tres siglos antes de que estos asentamientos existan de
nuevo.
La Edad del Bronce Antiguo IV (2300/2200-2000 a. C.)
Desde
finales de los años setenta se ha llevado a cabo un estudio tan intenso de
aproximadamente los últimos tres siglos del III milenio a. C. que este periodo
se ha convertido en sí mismo en un campo de investigación especializada.[42] A
pesar de este interés por parte de arqueólogos e historiadores, muchas
preguntas permanecen sin respuesta. ¿Quién o qué puso fin a la larga cultura
urbana del Bronce Antiguo II-III? ¿Cuál fue el origen (u orígenes) de los
pueblos que habitaban las ciudades, las aldeas y las cuevas del Bronce Antiguo
IV? ¿Qué tipo de relación podemos establecer entre la cultura del Bronce
Antiguo IV y la previa del Bronce Antiguo II-III? ¿Qué conexiones, si las hay,
existieron entre esta cultura y la posterior de la Edad del Bronce Medio?
Aunque aún carecemos de respuestas definitivas para estas y otras cuestiones,
en algunos casos las viejas teorías y conclusiones se han visto superadas, o
seriamente modificadas. En las décadas de los sesenta y setenta era común
abogar por una completa ruptura entre el periodo llamado Bronce Antiguo IV y la
precedente época urbana. Esta ruptura se atribuía habitualmente a una invasión
de amoritas o de algún otro grupo proveniente del norte (así Kenyon, 1979, pp.
119-147; cf. Lapp, 1970; De Vaux, 1971). Del mismo modo, hasta no
hace mucho, dado que la mayor parte de la cultura material de esta época era
conocida a partir de depósitos funerarios, el periodo recibía frecuentemente el
apelativo de «Edad Oscura».
Debido a lo poco que conocemos sobre este periodo, existía también desacuerdo
(y aún existe) acerca de cómo llamarlo. Kenyon, sobre la base de su
interpretación de los restos funerarios de Jericó, lo denominó «Pronce Antiguo
Intermedio-Bronce Medio» (1979, p. 119). Otros lo han llamado «Bronce Medio I»
(cf. terminología de NEAEHL y en OEANE).
No hay aún para este periodo una nomenclatura aceptada unánimemente, aunque
«Bronce Antiguo IV» parece ser la más defendida por todos los estudiosos, a
excepción de los israelíes, y será la que utilicemos aquí.
Una de las principales razones de que la antigua «hipótesis amorita» haya sido
desechada es que se apoyaba en la suposición de que la mayoría, si no todas las
ciudades del Bronce Antiguo III, tuvieron un final violento. En ‘Ai, Jericó y
Bab edh-Dhra‘ parece haber sido efectivamente el caso. Pero la mayoría de los
yacimientos fueron abandonados aunque no destruidos. Entre éstos se incluyen
Hazor, y probablemente Dan, Tell Beit Mirsim, Megido, Lachish, Ta‘anach… Los
datos arqueológicos hoy disponibles indican que ninguna teoría o modelo encaja
con todos los testimonios con los que contamos. En los últimos quince o veinte
años, las prospecciones han identifiCado miles de yacimientos del Bronce
Antiguo IV (Palumbo, 1991; Haiman, 1996). Es más, en la Transjordania,
asentamientos fortificados, tales como Khirbet Iskander (Richard y Boraas,
1984, 1988; Schaub, 1982) han demostrado una clara continuidad respecto de la
cultura precedente del Bronce Antiguo III. Así, la antigua visión del Bronce
Antiguo IV (o como quiera que se le llame) caracterizado por estilos de vida
nómadas o seminómadas, está dando paso a puntos de vista más inclusivos que
tienen en cuenta que durante este periodo existió un elemento sedentario
extensivo que requería actividades agrícolas permanentes.
Dever sugirió hace años que el modelo del «nomadismo pastoril» era quizá el
mejor modo de explicar los datos materiales tal y como se conocían entonces
(Dever, 1980b; y bibliografía). Este modelo estaba en parte basado en el
trabajo de Dever en Beer Resisim, en las tierras altas del Neguev, y que
interpretó como estacional. Hizo hincapié igualmente en la naturaleza
regionalista de este periodo, particularmente en su expresión en los conjuntos
cerámicos. De hecho, identificó seis grupos regionales que creyó podrían
funcionar como indicadores cronológicos. Esto le llevó a proponer tres subfases
principales para el Bronce Antiguo IV: Bronce Antiguo IV A-C. Otros han
cuestionado sus interpretaciones cronológicas (Palumbo, 1991; Goren, 1996; Gophna,
1992)[43], pero se
acepta de forma general su insistencia en las diferencias regionales.
En su último resumen sobre el Bronce Antiguo IV, Dever (1995b, p. 295) sugirió
el modelo del «ruralismo» para comprender este horizonte cultural. Se basaba en
los miles de emplazamientos rurales hoy conocidos a partir de las
prospecciones. Lo que esto significa es que durante aproximadamente los últimos
trescientos años del III milenio a. C., las sociedades de Palestina y
Transjordania fueron, con diferencia, más complejas de lo que las generaciones
previas de arqueólogos habían sospechado. Esta complejidad limita la utilidad
de la mayoría de los modelos propuestos para la época, como el del «nomadismo»,
«nomadismo pastoril», «intervalo nómada» o «invasión amorita»… Cuanto más obvio
es que poblaciones diferentes utilizan estrategias diferentes de subsistencia,
más obvia es la inadecuación de los antiguos modelos.[44]
Las conclusiones sobre este periodo deben permanecer como provisionales y
abiertas a la corrección y/o modificación a medida que se identifiquen y
excaven más yacimientos. Cualquier hipótesis debe tener en cuenta su extrema
diversidad. Dever ha demostrado claramente que para que un modelo sea útil debe
ser capaz de explicar el hecho de que durante el Bronce Antiguo IV se produjera
«una transformación de las estrategias económicas y de la organización social
junto a un continuum [subrayado en el original]; una casi
infinita variedad de respuestas adaptativas interrelacionadas sobre una escala
teórica desde lo “urbano” a lo “nómada”» (1995b, p. 295).
La ubicación de los yacimientos
Aunque algunos yacimientos del Bronce Antiguo IV se construyeron sobre los
depósitos del Bronce Antiguo III (Jericó, por ejemplo), la mayoría de ellos se
encuentra en zonas previamente deshabitadas o en lugares que proporcionan
fechas anteriores al comienzo de la Edad del Bronce Antiguo (Palumbo). Se han
identificado más de 1.000 yacimientos del Bronce Antiguo IV en el Neguev y el
Sinaí (Haiman, 1996), muchos de los cuáles están tan bien conservados que han
recibido el apelativo de «museos al aire libre» (Gophna, 1992, p. 134). La
mayor parte de estos yacimientos son muy pequeños (de 1.000 a 5.000 m2),
y se localizan en áreas previamente deshabitadas. Conocemos yacimientos más
grandes, dos de los cuales están excavados: Beer Resisim (aproximadamente 1,5
ha) y Har Yeruham (5.000 m2; véase Gophna, 1992: ilustraciones
5.4-5.6, para los planos de ambos yacimientos). En estos yacimientos, así como
en otros de la misma zona, las estructuras domésticas eran de forma oval, con
un diámetro de 2 a 4 metros. La mayoría de estos lugares tuvieron una ocupación
breve, quizá no superior a dos o tres generaciones. Esta última característica
llevó a Gophna a llamarlos «asentamientos transitorios» (1992, p. 137).
En agudo contraste con la cultura del Bronce Antiguo IV en el Neguev y el
Sinaí, en la zona de la Transjordania las prospecciones y excavaciones han
revelado una importante área fechable en este mismo periodo. Aparentemente
existieron aquí particularidades regionales como existen en Cisjordania,
plasmadas en las diferencias de los repertorios cerámicos. La existencia de
estos yacimientos, como Khirbet Iskander, con arquitectura monumental,
fortificaciones y barrios residenciales, sugiere que, en algunos casos al
menos, no se rompió la continuidad cultural con el Bronce Antiguo II y III
(para más detalles véase Richard y Boraas, 1988). Es obvio a partir de este breve
examen, que el patrón de asentamiento del Bronce Antiguo IV varió enormemente
según las regiones. Queda por verse si esto tiene o no implicaciones para la
identidad del pueblo (o pueblos) que las habitaron.
Interesantes son las prácticas de enterramiento de este periodo, que incluían
tumbas de fosa así como túmulos, diseminados por diferentes partes de la
región. Por lo que respecta a este último caso, el cuerpo era colocado en una
sepultura poco profunda cubierta después con un montículo de piedras o de
tierra. También se utilizaron dólmenes, y, de hecho, hay miles de ellos en el
Golán y Transjordania (Gophna, 1992, mapa 5.2; Zohar, 1993).
Finalmente, por la razón que sea, en comparación con los periodos anteriores
del Bronce Antiguo II-III, se han recuperado más objetos de cobre, la mayoría
en forma de armas (puñales, lanzas, hachas de guerra y puntas de flecha; cf.Gophna,
1992, pp. 147-152). Aún hay muchas preguntas sin contestar acerca de estos
objetos. ¿Fueron importados y, si es así, de dónde? ¿Quiénes fueron los
artesanos que los produjeron? ¿Cuál es la fuente del cobre? También se han
encontrado adornos, entre ellos anillos, brazaletes y pendientes.
CONCLUSIONES
Los restos materiales pertenecientes al Bronce Antiguo IV revelan claramente un
amplio grado de adaptación y subsistencia económica. Utensilios de molienda y
herramientas de sílex, junto a restos florales de cebada, trigo y otros
cereales, apuntan al cultivo del grano como fuente principal de la economía.
Por otro lado, los restos óseos de ovejas, bóvidos, cerdos y cabras indican la
práctica de la cría de ganado. Sin embargo, no se encuentran todas las
variedades de animales en las mismas regiones. Ésta es otra indicación de que
las diferencias regionales persistieron a lo largo del periodo. La presencia de
huesos de gacela y antílope también indican que la caza jugó un cierto papel en
el conjunto del esquema económico. Los restos de cerámica y hallazgos especiales,
como la famosa copa de plata encontrada en un tumba cerca de ‘Ayin Samiyu
(Gophna, 1992, ilustraciones 5.21, 5.22), sugieren la existencia de relaciones
comerciales con áreas del norte de Palestina. Es Siria el lugar más
frecuentemente propuesto (Richard, 1987, p. 38).
Quizá la conclusión más trascendental a tenor de los datos arqueológicos es que
los tres últimos siglos del III milenio a. C. fueron tan sedentarios como
nómadas. Así, el cambio pudo no haber sido tan abrupto como suponía el antiguo
modelo del «nomadismo». De hecho, Richard y Boraas identificaron catorce
características del Bronce Antiguo IV que lo ligaban con el precedente Bronce
Antiguo III (1988, p. 127). Debería ser obvio a partir de tales estudios que
los antiguos modelos no son ya suficientes para explicar esta compleja y
diversa sociedad. Es de esperar que el llamamiento de Dever a la realización de
«un trabajo de campo y una investigación más precisos, sofisticados y
disciplinados en la próxima generación» (1995b, p. 295) sea escuchado y reciba
respuesta.
LA
EDAD DEL BRONCE MEDIO
(2000-1550
a. C.)
Este
es el nacimiento, florecimiento y declive de Canaán tal y como se refleja en la
antigua tradición israelita. Es realmente el primer periodo histórico en
Eretz-Israel del que se han preservado documentos escritos… lo cual da vida a
los desnudos descubrimientos arqueológicos.
Y. AHARONI, 1978
En
algún momento del siglo XX a. C., se produjo un renacer de las ciudades así
como la emergencia de un alto nivel de cultura material en Palestina que
duraría cerca de 800 años. Los arqueólogos han dividido este largo periodo en
dos subperiodos principales: Edad del Bronce Medio y Edad del Bronce Tardío. La
Edad del Bronce Medio ocupa la primera mitad del II milenio a. C. Sobre la base
de los restos materiales encontrados en los emplazamientos excavados del Bronce
Medio (figura 5.1), pueden identificarse varias características distintivas
(véase Ilan, 1995). Éstas incluyen la extensión del uso del bronce,
especialmente en la manufactura de las armas; nuevos patrones de asentamiento,
acompañados de la construcción de grandes ciudades fortificadas; y la extensión
del uso del torno de alfarero. Contamos también con documentos escritos,
particularmente procedentes de Egipto y Mesopotamia, en los cuales se nombran
por primera vez ciudades palestinas, algunas de las cuales menciona la Biblia.
De las misma época data una arquitectura monumental que incluye, junto a
imponentes-muros defensivos y puertas tripartitas de acceso a la ciudad,
palacios y las llamadas casas «patricias». Se documentan, asimismo, nuevas
prácticas funerarias (en el interior de los asentamientos). Existen también
indicios de prácticas comerciales a nivel internacional y de una estructura
jerárquica de tipo político y social.
En los últimos años se han publicado varios resúmenes de este periodo, muchos
con completas bibliografías. Su lectura es muy recomendable, no sólo para
obtener una buena impresión global de la Edad del Bronce Medio, sino también
para comprobar cómo ha cambiado la comprensión de este periodo en los últimos
veinte o treinta años: véanse B. Mazar (1968); Kenyon (1973a); A. Mazar (1990,
pp. 174-231); Kempinski (1992b); Ilan (1995). Junto a estos resúmenes, se han
llevado a cabo muchos estudios especializados sobre varios aspectos de la Edad
del Bronce Medio. La lista es demasiado larga para recogerla aquí, pero nos
referiremos a muchos de ellos a lo largo de este capítulo.
LA CRONOLOGÍA DE LA EDAD DEL BRONCE MEDIO
Muy
pocos periodos en la arqueología del Oriente Próximo cuentan con una cronología
y una nomenclatura tan confusas y controvertidas como la Edad del Bronce Medio.
Aunque todas las fuentes sitúan la Edad del Bronce Medio (al menos la mayor
parte de ellas) en la primera mitad del II milenio a. C., persiste aún un gran
desacuerdo sobre subfases, nomenclatura descriptiva y datación absoluta.[45] Aquí,
para ser consecuente, utilizaré la nomenclatura y las fechas sugeridas para la
Edad del Bronce Medio en la reciente publicación de OEANE, vol. 5,
p. 411. Hago esto por dos razones: primera, esta publicación especializada sin
duda se convertirá en el trabajo de referencia habitual para la arqueología del
Oriente Próximo durante muchos años; y en segundo lugar porque, a excepción de
algunos integrantes de la escuela israelí, la mayoría de los arqueólogos parece
optar por este esquema (véase la discusión en Dever, 1987a). En esta
publicación, la Edad del Bronce Medio se divide en las siguientes fases:
· Bronce
Medio I: 2000-1800
· Bronce
Medio II: 1800-1650
· Bronce
Medio III: 1650-1500
Es
esencial darse cuenta de que el mismo periodo (o periodos) puede ser nombrado y
fechado de forma diferente en otras publicaciones (por ejemplo, Bronce Medio I
= Bronce Medio II). Es de esperar que un día cesará toda esta confusión. Sin
embargo, hoy por hoy, los arqueólogos no sólo debaten las cuestiones de la
nomenclatura y las fechas relativas para cada subperiodo que hemos enumerado
previamente, sino que también debaten de modo enérgico el tema de la cronología
absoluta de la Edad del Bronce Medio (inter alia, véase Beck y Zevulum,
1996; Bietak, 1991; Dever, 1991a, 1992b; Ward, 1992; Ward y Dever, 1994;
Weinstein, 1991, 1992, 1996). Las discusiones son a menudo bastante técnicas y
tediosas, e implican asunciones por parte de los arqueólogos que incluyen desde
metodología, perfiles estratigráficos, tipología cerámica y datación, hasta la
apropiada utilización de la cronología egipcia, así como el valor y uso de los
cilindro sellos y los escarabeos. El uso de la cronología egipcia antigua, en
particular, ha sido atacado recientemente por Ward, que ha argumentado, de
forma persuasiva, que la cronología egipcia es «poco concluyente» y que los
planteamientos basados en ella reflejan más «un juicio personal» que fechas
absolutas establecidas por los egipcios (Ward, 1992, p. 54).[46] Aquellos
que fechan el inicio de la Edad del Bronce Medio en el siglo XX a. C. se dice
que sustentan una cronología «ultra alta», mientras que aquellos que datan el
comienzo del periodo en el siglo XVIII (por ejemplo Bietak) abogan por una
cronología «ultra baja».
FIGURA 5.1. Mapa de los yacimientos de la Edad del Bronce Medio.
Dever
ha defendido una cronología alta (1992b, entre otras publicaciones),
argumentando que el Bronce Medio I comenzaría en una fecha tan temprana como es
el siglo XIX a. C. Para apoyar sus conclusiones, cita los materiales
arqueológicos hallados en tumbas y yacimientos como Shechem, Gezer y Avaris
(Tell ed-Dab‘a) (véase en particular 1992b, ilustración 1). Bietak, por su
parte (1991, y la bibliografía allí citada), ha abogado por una cronología muy
baja para el comienzo de la Edad del Bronce Medio, basándose en sus
interpretaciones de los mismos resultados de excavación en Tell ed-Dab‘a. Sus
desacuerdos sobre esta cuestión deberían alertarnos del hecho de que la
arqueología no es esa cosa seca, polvorienta, objetiva que a veces se cree que
es. Los arqueólogos difieren en el significado de los mismos datos precisamente
por la misma razón que los expertos literarios difieren sobre el significado
del mismo texto: preparación, experiencias vitales, disposiciones,
presupuestos, todo desempeña un papel en el intento de dotar de sentido a los
datos que son objeto de más de una interpretación o significado. Lo mejor,
quizá, es aprender a vivir con conclusiones provisionales, y a ser precavidos.
Nunca se dice la última palabra, porque todos aquellos interesados en estos
asuntos saben que un único y novedoso descubrimiento puede forzar a evaluar
nuevamente una posición sostenida con anterioridad. Al respecto, la conclusión
de Dever es muy oportuna:
Aunque
el objetivo final de todos los estudios arqueológicos e históricos cronológicos
es establecer una cronología absoluta, fijada con tanta precisión científica
que resulte aceptable para todos los estudiosos, tal objetivo es raramente
alcanzable. Así, todos los debates arqueológicos sobre el Próximo Oriente
comienzan con secuencias relativas, basadas en cadenas de datos sumamente
complejas que son en gran parte circunstanciales. Incluso con una sola muestra
de un nuevo dato, un eslabón puede romperse, y la cadena se caerá a pedazos.
(1992b, p. 1).
Aunque
la mayor parte de los estudios de la Edad del Bronce Medio dividen el periodo
en, al menos, dos subperiodos, Bronce Medio I y Bronce Medio II, por razones de
espacio, trataré el periodo como un todo.
EL ORIGEN DE LA EDAD DEL BRONCE MEDIO
Del
mismo modo que los arqueólogos discrepan en la datación de la Edad del Bronce
Medio, así también discuten sobre el origen de la población que la inició.
Existen sólo tres opciones razonables: o bien el grupo (o grupos) de población
provenía del previo Bronce Antiguo IV (y, de este modo, eran indígenas), o bien
venían del exterior, o bien, y esto es lo más plausible, la población del
Bronce Medio I se forjó a partir de una combinación de ambos conjuntos humanos.
En los años sesenta y setenta era corriente argumentar que la cultura de la
Edad del Bronce Medio se generó como consecuencia de la llegada de un nuevo
grupo (o grupos) proveniente del norte, particularmente de Siria, identificados
como «amoritas» (véase en especial Kenyon, 1973a; 1979, pp. 148-179; Dever
1970, incluida la bibliografía). Estos amoritas serían los responsables de
establecer la llamada cultura «cananea»[47] que
encontramos en los textos ugaríticos y en la páginas de la Biblia. Otros
(Gerstenblith, 1980; Tubb, 1983) han argumentado que en el periodo de la Edad
del Bronce Medio en Palestina se produjo un «desarrollo indígena de la
población como respuesta a la reanudación de unas condiciones más favorables,
tanto climáticas como económicas, las cuales permitieron una vuelta al
asentamiento urbano» (Tubb, 1983, p. 59).
Más
recientemente, Ilan (1995) ha llegado a la conclusión de que los cambios
visibles en los restos materiales de la Edad del Bronce Medio reflejan «una
compleja combinación de factores exógenos y endógenos» (p. 297). Como él
acertadamente apunta, el auténtico problema aquí es el de establecer una
metodología válida que nos permita identificar los movimientos de población en
el registro arqueológico.[48] Ha
sugerido cuatro criterios para apoyar su hipótesis de que efectivamente tuvo
lugar la inmigración desde Siria a Palestina durante la Edad del Bronce Medio,
o al menos el «intercambio de información» (una expresión bastante ambigua).
Sus criterios son interesantes y merecen ser tenidos en cuenta (1995, pp.
300-301):
1.
En varios casos, tales como Tel Dan (la Laish cananea), Acco y
AshkeIon, las puertas de ladrillo del Bronce Medio fueron construidas y
rápidamente obstruidas debido al rápido deterioro causado por un clima más
húmedo. La postura de Ilan es que el ladrillo de barro secado al sol no
funcionaba tan bien en Palestina como en Siria.
2.
La presencia de nuevas prácticas funerarias (en el interior de
los asentamientos) que completaban, antes que reemplazaban, las tradiciones
locales (véase especialmente 1995, pp. 318-319).
3.
El análisis de los restos óseos, que indica que durante esta
época estaba presente más de una población.
4.
La cerámica local («pintada en crema») cuyo estilo, forma, etc.,
apuntan a una fuente siria.
Si
esta nueva población era o no «amorita» es una cuestión diferente (Ilan, 1995,
p. 301). Pero la postura de Ilan de que al menos parte de la población del
periodo del Bronce Medio I tuvo conexiones con el norte parece razonable.
LOS TEXTOS HISTÓRICOS
Uno
de los logros más importantes que tuvo lugar durante la Edad del Bronce Medio
fue la escritura, tanto en Egipto como en Siria-Mesopotamia. De hecho, en algún
momento de la primera mitad del II milenio a. C., los fenicios hicieron al
mundo uno de sus más grandes regalos: el alfabeto (véase más adelante, capítulo
7). En consecuencia, se han hecho importantes descubrimientos de documentos
escritos que datan de este periodo y que, por primera vez, proporcionan al
arqueólogo textos coetáneos a los restos materiales no textuales.
Dos importantes descubrimientos de Egipto son los denominados textos de
«execración» (inscripciones que contienen una maldición). El grupo más antiguo
(hallado en Tebas) aparece escrito sobre cuencos, se encuentra actualmente en
Berlín y se ha fechado en el siglo XX a. C. El otro grupo, datado a mediados
del siglo XIX, está inscrito sobre figurillas (hoy en los museos de El Cairo y
Bruselas). Ambos grupos contienen los nombres de ciudades que los egipcios
consideraban sus enemigas. Los recipientes fueron rotos, al parecer en algún
tipo de ritual, para asegurar su derrota. Estos recipientes contienen los
nombres de algunas de las principales ciudades mencionadas en la Biblia, como
Beth Shan, Jerusalén, Laish (Dan), Shechem, Hazor y Beth-Shemesh (ANET,
pp. 238-239; véase también Kempinski, 1992b, pp. 159-160).
Otra fuente escrita que se cree vierte algo de luz sobre la época, es la
llamada «Historia de Sinuhé» (ANET, pp. 18-22). Sea o no ficción, la
historia se fecha en el siglo XX a. C. y trata de un hombre, Sinuhé, que de
forma voluntaria se traslada de Egipto al norte de Canaán. Allí consigue el
éxito aunque añora su hogar. Antes de volver a Egipto a petición del dirigente
egipcio, San-Usert I (c.1971-1928 a. C.), se encuentra con un grupo de
nómadas en Palestina. Finalmente, de la primera mitad del siglo XVIII a. C.
datan los llamados «Textos de Mari» (Malamat, 1970), que contienen registros
comerciales. Según estos textos, el estaño, preciso para la fabricación del
bronce, era comercializado en emplazamientos palestinos como Hazor y Laish
(Dan).
LOS PATRONES DE ASENTAMIENTO
Estudios
recientes (por ejemplo, Broshi y Gophna, 1986; Gophna y Portugali, 1988) han
hecho hincapié en los patrones regionales a la hora de hablar de la expansión y
crecimiento de los emplazamientos de la Edad del Bronce Medio. Broshi y Gophna
dividieron Palestina en 10 regiones y catalogaron unos 400 yacimientos. Es más,
sobre la base de una fórmula de 250 personas por cada hectárea de área de
ocupación, estimaron la población del Bronce Medio I (su Bronce Medio IIa) en
aproximadamente 106.000 personas, 140.000 para el periodo del Bronce Medio II.[49] Asimismo,
dedujeron que más del 75 por 100 de los asentamientos eran considerablemente
pequeños, entre 1.000 m2 y 1 ha.
El
área de mayor concentración fue la región costera (Gophna y Portugali, 1988,
ilustraciones 7-9). Durante el Bronce Medio I existirían unos cuarenta y nueve
emplazamientos que vendrían a ocupar un área de más de 180 ha. Durante el
Bronce Medio II, el número de asentamientos se incrementó hasta los sesenta y
cinco sobre un área ocupacional de más de 200 ha. Que una buena parte de esta
población costera provenía de otro lugar (bien de dentro o de fuera de
Palestina) está indicado por el hecho de que se descubrió que el 80 por 100 de
los emplazamientos identificados no contenían restos anteriores a la Edad del
Bronce Antiguo (Broshi y Gophna, 1986, ilustración 2).
También otras áreas experimentaron un incremento en el número de asentamientos
durante el Bronce Medio II. La baja Galilea, por ejemplo, pasa de cuatro
asentamientos con unas 2 ha de área ocupada, a cincuenta y siete asentamientos
con más de 35 ha. Los valles medio y bajo del Jordán contaban con dieciséis
emplazamientos en unas 14 ha, durante el Bronce Medio I, y treinta y cuatro
emplazamientos con unas 16 ha durante el Bronce Medio II. Algunas de las
transformaciones más drásticas tuvieron lugar en Samaria. Con sólo cuatro
asentamientos identificados del Bronce Medio I, ocupando alrededor de 11 ha, el
área pasó a 105 asentamientos con 83 ha ocupadas en el Bronce Medio II. Todos
estos datos ilustran claramente la expansión de los asentamientos durante la
última parte de la Edad del Bronce Medio (véase Kempinski, 1992b, p. 166).
Aunque
Broshi y Gophna identificaron unos 410 emplazamientos, debieron de haber sido
muchos más, especialmente pequeños asentamientos, los cuales se pierden en el
propio proceso de excavación. Gal (1991) dedujo a partir de su prospección de
los valles de Jezrael y Beth Shan, que muchas aldeas agrícolas se hallarían
enterradas bajo el suelo aluvial, donde son extremadamente difíciles de
encontrar. ¡Incluso se descubrió una de estas aldeas bajo un estanque en
Kibbutz Kfar Rupin, donde había pasado desapercibida durante treinta años (Gal,
1991, p. 29).
Cualquiera que sea el número de asentamientos de la Edad del Bronce Medio, muy
pocos han sido excavados. En el norte, los más importantes son Tel Dan y Hazor.
En el valle medio del Jordán, Beth Shan (yacimiento de la Edad del Bronce Medio
de unas 5 ha de extensión) es el más importante hasta ahora excavado. En el
valle de Jezrael, Megido se convirtió en una gran ciudad durante el Bronce
Medio II y aparece en el grupo Poesner de textos de execración que mencionamos
anteriormente. Durante esta época mediría unas 16 ha, y contaría con una gran
muralla, palacios y una nueva puerta.
Aunque la mayor parte de los yacimientos de la Edad del Bronce Medio en Samaria
corresponden al Bronce Medio II, Shechem es una excepción. Dominando la región
montañosa central a lo largo de la Edad del Bronce, esta ciudad (de
aproximadamente 5 ha de extensión[50] en el
Bronce Medio I) pudo haber sido un centro para los asentamientos rurales,
especialmente durante y después del Bronce Medio II (Kempinski, 1992b, p. 172).
En Judá, Bethel (la Luz cananea), construida en el Bronce Medio II, medía
aproximadamente unas 2 ha. Por otro lado, Gezer existió a lo largo de la Edad
del Bronce Medio y alcanzó una extensión de unas 12 ha. Otros yacimientos
importantes de la Edad del Bronce Medio de Judea son Hebrón, Lachish y
Jerusalén. Esta última ciudad se estima que habría tenido unas 4 ha durante
este periodo.
Con mucho, la mayor concentración de grandes asentamientos se produjo en la
llanura costera. En el norte, ocho asentamientos ocupaban en tomo a 93 ha.
Todos ellos, menos uno, estuvieron ocupados a lo largo de la Edad del Bronce
Medio. El yacimiento más grande es Tel Kabri, con cerca de 40 ha. Seis de estos
emplazamientos tenían sistemas de murallas defensivas (véase más adelante). Al
sur del Monte Camelo, se han descubierto varios yacimientos que también habían
existido a lo largo de la Edad del Bronce Medio, de los cuales el mayor de
ellos es Yavne Yam (65 ha). Otros asentamientos son Ashkelon (50 ha), Aphek (10
ha), Dor (10 ha), y Tell el-‘Ajjul (12 ha). ‘Ajjul ha sido identificado con la
antigua Sharuhen (famosa gracias a los hicsos) [ver más adelante]. Aphek fue un
importante emplazamiento en la cuenca del Yarkon (Kempinski, 1992b, p. 170).
Aquí, se han descubierto restos de grandes edificios identificados como
palacios y una casa patricia, datados en el Bronce Medio I-II. La casa patricia
tenía un grueso piso de cal, rasgo que se ha descrito como «lo más
característico» de los suelos en los palacios y las casas de este tipo en ese
periodo (Kempinski, 1992b, p. 170). Casas de esta clase se han documentado
también en otros yacimientos del Bronce Medio, como Megido (1992b, p. 172,
figura 6.7). La gente de Aphek practicaba enterramientos bajo los suelos de sus
casas, tal y como ocurre en Megido. En contraste con estos ejemplos, el
poblamiento del Neguev septentrional durante la Edad del Bronce Medio fue muy
escaso. Sólo se han encontrado dos pequeños yacimientos del Bronce Medio II.
Por otro lado, se piensa que la existencia de varias ciudades portuarias a lo
largo de la costa, como Mevorakh, Tel Poleg, Jerishe y Nahariya, podría ser un
indicador del comercio entre Siria y Palestina durante la Edad del Bronce Medio
(Kempinski, 1992b).
No sabemos aún con certeza cómo las grandes «ciudades» estaban relacionadas con
las poblaciones más pequeñas así como con las aldeas. Algunos autores han
interpretado dos de los yacimientos conocidos más destacados, Shechem y
Jerusalén, como «centros de control», contando cada ciudad con su propio «jefe»
(véase Finkelstein y Gophna, 1993). Por su parte, otros (por ejemplo
Bienkowski, 1989) consideran que existió un sistema político fragmentado en el
que las diferentes ciudades-estado competían por los recursos, lo cual condujo,
en última instancia, al colapso de la cultura de la Edad del Bronce Medio.
Ilan, en su estudio (1995, ilustración 6), habla de lo que él denomina
«ciudades puerta» que habrían existido a lo largo de los periodos de la Edad
del Bronce Medio II-III (c. 1800-1550 a. C.), y ha sugerido tres
tipos diferentes de «puertas», basándose en la situación geográfica, tamaño e
indicadores de tipo económico: de «primer orden», tales como Hazor y Tell
el-Dab‘a (Avaris, en el delta del Nilo); de «segundo orden», entre las que se
incluyen Ashkelon, Kabri y Pella; y de «tercer orden», tales como Jericó y Dan
(Laish). Además, clasificó otros asentamientos como «centro (o centros)
regionales» (así Megido, Beth Shan y Shechem) y «subregionales» (entre ellos
Tell el-Hayyat y Mula). Las dos últimas categorías son «aldea» y «granja» o
«alquería» (Ilan, 1995, p. 305).
Parece factible suponer que las ciudades más grandes, tales como Hazor,
controlaban el territorio circundante. La imagen que emerge a partir de estos
recientes estudios socioantropológicos es la de una sociedad compleja que
sostenía a una minoría que habitaba en las ciudades principales, muchas de las
cuales incluían instituciones del tipo «templo-palacio», más un campesinado
rural en la periferia sociopolítica (Ilan, 1995, p. 306; Kempinski, 1992b).
LA ARQUITECTURA DE LA EDAD DEL BRONCE MEDIO
Tomados
como un todo, los restos arquitectónicos de la Edad del Bronce Medio pueden
dividirse en cuatro categorías principales: domésticos; reales (palacios);
cultuales (especialmente templos); y defensivos (puertas, murallas y muros con
talud).
Restos de tipo doméstico (Kempinski, 1992b, pp. 194-196; Ben Dor, 1992,
pp. 99-102)
La construcción doméstica más común durante esta época fue la casa en tomo a un
patio que aparece durante el Bronce Medio I y continúa a lo largo de la Edad el
Bronce. Sin embargo, debido a la inclinación de los arqueólogos a concentrarse
en los restos públicos monumentales tales como «palacios» y sistemas
defensivos, se ha recuperado poca arquitectura doméstica. Una construcción
doméstica típica consistía en un patio normalmente rodeado por varias estancias
(Ben-Dor, 1992, en especial las ilustraciones 1 y 2). En los recintos
amurallados, las casas tienen habitualmente paredes comunes como forma de
aprovechar el espacio. Se han encontrado buenos ejemplos en Megido y Tel
Nagilah (Ben-Dor, 1992, ilustraciones 3, 4). Estos patios varían en tamaño y
van desde los 2-3 a los 4-4,5 metros. Es más, parecen haberse utilizado para la
reunión tanto de personas como de animales, especialmente en las pequeñas
aldeas no amuralladas.
Un tipo especial de construcción doméstica de mayor tamaño que las más comunes
es la llamada casa «patricia». Fue Albright quien primero utilizó este término
para referirse a una estructura que descubrió en Tell Beit Mirsim (Kempinski,
1992b, pp. 195-196, ilustración 6.25; Ben-Dor, 1992, pp. 101-102, ilustración
7; Oren, 1992, pp. 115-117). Ésta tiene casi 9 metros de largo y 5 de ancho.
Contamos con ejemplos de casas similares en Megido (Kem-pinski, 1992b,
ilustración 6.26), Ta‘anach, y Tell el-‘Ajjul. La mayor parte de los autores
asume que este tipo de casas pertenecía a una élite dirigente-pudiente. Sin
embargo, debido a la naturaleza fragmentaria de muchos de los restos, y a la
ausencia de textos escritos contemporáneos que describan tales edificios y sus
funciones, no conocemos su verdadero uso.[51]
Palacios (Oren, 1992, pp. 105-115; Kempinski, 1992b, p. 196)
La
misma dificultad que teníamos a la hora de identificar los restos materiales
como casas «patricias» es la que tenemos para el caso de los «palacios», y por
la misma razón: lo que queda de estas estructuras es o un accidente de la
naturaleza y/o lo que han dejado los ladrones, tanto antiguos como modernos.
Sin embargo, se han hallado restos identificados como palacios de la Edad del
Bronce Medio en lugares como Megido, Tell el-‘Ajjul, Aphek y Shechem (Oren,
1992, ilustraciones 1, 6, 8, 9 respectivamente). Los estratos XII-X de Megido
han servido durante tiempo como modelo de ciudad palestina cana-nea. Allí, los
arqueólogos pusieron al descubierto los restos de lo que se ha interpretado
como ocho palacios en tres áreas: AA, BB y DD. Los vestigios mejor conservados
se encuentran en AA, y se han fechado a finales de la Edad del Bronce Medio.
Según Oren (1992, ilustración 2) este palacio continuó en uso con pocas
modificaciones en la Edad del Bronce Tardío.
Todas las estructuras que se cree pudieran tratarse de palacios consisten en un
patio rodeado por estancias en, al menos, tres de sus lados. Ésta es la misma
descripción general que hicimos de las casas privadas mencionadas con
anterioridad. Sin embargo, una de las principales diferencias entre ambas es el
tamaño. Los palacios son mucho más grandes, con muchas más habitaciones (aunque
sólo podemos suponer la función de la mayoría de las estancias), oscilando
entre los 740 m2 (Megido, estrato X) y los 1.115 m2 (Tell
el-‘Ajjul). Sin embargo, comparados con los de Siria y Mesopotamia, los
palacios palestinos son muchos más pequeños y simples. En Mari (Mesopotamia),
uno de los palacios encontrados medía más de 23.000 m2, y contaba
con más de 300 habitaciones. Muchos arqueólogos creen que los palacios de estas
regiones tuvieron una considerable influencia en la construcción de los
palacios de Palestina.
Si es acertado describir tales vestigios como palacios, entonces,
política-mente es también seguro concluir que durante la segunda mitad de la
Edad del Bronce Medio existió en Palestina un sistema político jerárquico
centrado en los reyes o en los gobernantes de las ciudades. Dever, en su
resumen más reciente de este periodo (1987a), concluyó que los grandes
emplazamientos urbanos (para Dever, los emplazamientos de más de 8 ha)
dominaron a otros asentamientos y constituyeron un «patrón organizado de forma
jerárquica en tres niveles» (véanse especialmente pp. 152-153). Otro indicio
arqueológico de esta dominación son los imponentes restos de muchas
fortificaciones.
Fortificaciones
En una fecha tan temprana como el Bronce Medio I, en yacimientos como Dan y
Hazor en el valle de Huich, Jericó en el valle bajo del Jordán, y en una docena
o más de enclaves en la llanura costera, empezaron a construirse gran-des
fortificaciones que incluían puertas de acceso triples y grandes terraplenes de
tierra llamados «taludes». Se considera que la expansión de este tipo de
estructuras en el periodo del Bronce Medio II sería «el rasgo individual más
característico de las fases más desarrolladas de este periodo» (Dever, 1987a,
p. 153). En su estudio, Broshi y Gophna (1986) identificaron unos veinticinco
emplazamientos fortificados correspondientes al Bronce Medio I (su Bronce Medio
IIa). De ellos, unos diez se mantuvieron durante las fases siguientes de la
Edad del Bronce Medio. Estos emplazamientos oscilan desde los que tenían unas
pocas hectáreas hasta otros mucho más grandes como Hazor (80 ha) y Yavne Yam
(65 ha).
Los muros con talud
Una
de las principales características físicas de muchas ciudades y asentamientos
de la Edad del Bronce Medio es el talud de tierra (Kempinski, 1992b, p. 175,
ilustración 6.11). Durante años se creyó que el principal pro-pósito de esta
construcción era la protección frente a enemigos exteriores (por ejemplo
Kenyon, 1973a, p. 115). Se pensaba que protegían la ciudad de tácticas de
ataque como pudieran ser los arietes o los incendios. Es más, normalmente se
asume (véase Kempinski, 1992b, pp. 175-176) que este tipo de construcción se
originó en el norte de Siria y Mesopotamia. Recientemente, sin embargo, las
explicaciones defensivas han dado paso a nuevas teorías. Bunimovitz (1992) ha
argumentado que los taludes fueron construidos más como un símbolo de status de
los líderes locales (reyes de las ciudades-estado) que por razones militares.
Construir tales estructuras proporcionaba una «expresión simbólica de la
capacidad y poder del dirigente» (Bunimovitz, 1992, p. 225). Finkelstein (1992)
también ha revisado la interpretación tradicional y ha concluido que fueron
edificadas más bien como «propaganda» por parte de los dirigentes locales que
querían hacer alarde de su poder y riqueza.
Estas críticas de Finkelstein y Bunimovitz, entre otros, sin embargo no
excluyen las motivaciones defensivas. Los taludes eran imponentes
construcciones de tierra y piedra que, incluso si no fueron construidos única o
principalmente por motivos defensivos, habrían dado protección a los habitantes
de su interior. Muchas de estas estructuras miden más de 30 metros de ancho en
la base y originalmente tendrían más de 12 metros de altura (Ilan, 1995, p.
316). En Tel Dan (Biran, 1994, pp. 58-73; ilustraciones 32, 34, 36, 38-41) el
talud fue construido en algún momento de los siglos XIX-XVIII a. C.,
comprendiendo el Bronce Medio I y II. Se descubrió que su núcleo tendría más de
6 metros de grosor y conservaba una altura de más de 9 metros (figura 5.2). El
talud se levantó a ambos lados del núcleo para impedir que la masa exterior
derrumbara la parte central. Biran ha estimado la anchura de la muralla en su
base en cerca de 60 metros. Se descubrió también que el núcleo del muro difería
según su situación. Esto es, los constructores utilizaron aquellos materiales
disponibles, adaptándose a la forma natural del terreno y, desde luego, no se
empleó un único sistema constructivo.[52] Además
de la de Tel Dan, se conocen muros con talud en muchos otros yacimientos
palestinos, incluidos Hazor, Jericó, Beth Shan, Lachish, Ashkelon y Gezer.
FIGURA 5.2. Muralla con talud de la Edad del Bronce Medio en Tel Dan.
Apréciese el núcleo pétreo en la parte superior. Fotografía de J. Laughlin.
Las
puertas de la ciudad (Kempinski, 1992d, pp. 134-136)
Todos los emplazamientos fortificados deben tener un camino por el que los
habitantes entren y salgan; de ahí la necesidad de las puertas. Aunque no todas
las puertas de la Edad del Bronce Medio fueron construidas igual, el es-tilo
más común es la puerta triple, como las de Tel Yavne Yam, Shechem, Hazor, Tel
Dan y Alalakh (Turquía) (Kempinski, 1992d, ilustraciones 18-22). De todos los
restos de puertas datados en la Edad del Bronce Medio documentados hasta el
momento, ninguno es tan espectacular como el hallado en Tel Dan (figura 5.3).
Descubierta en 1979 (Biran, 1994, pp. 75-90) en el extremo suroriental del
yacimiento, la puerta de ladrillo se componía de dos torres, cada una de cerca
de 5 metros de ancho; una entrada de triple arco, y cuatro cámaras, cada una de
aproximadamente 4,5 por 2,5 metros (figura 5.4). Los restos cerámicos hallados
sobre el piso de una de las cámaras fecharon la puerta en el Bronce Medio I-II
(Bronce Medio IIA-B según la nomenclatura de Biran), o en tomo a mediados del
siglo XVIII a. C. En total, el complejo tiene unos 7 metros de alto, con
diecisiete hiladas de ladrillo conservadas sobre los arcos. La entrada en sí
misma tiene más de 3 metros de alto y casi 2,5 de ancho. Cada arco se compone
de tres hileras radiales de ladrillo. La estructura completa de la puerta tiene
aproximadamente 13,5 metros de largo y 15 de ancho. La distancia entre los
arcos es de casi 10,5 metros. El acceso a la puerta desde el exterior se hacía
mediante escalones de piedra, veinte de los cuales se hallaron a unos 11 metros
al este. También se encontraron escalones que conducían por la parte interna a
la ciudad. A unos 50 cm por debajo de los escalones exteriores, se halló otra
hilera. Este descubrimiento, más el de un umbral más antiguo, llevó d excavador
a concluir que la puerta pasó por, al menos, dos estadios de uso antes de que
fuera tapada e incorporada a la muralla del Bronce Medio.
FIGURA 5.3. Puerta de la Edad del Bronce Medio, Tel Dan. Fotografía de J.
Laughlin.
Templos-lugares
de culto (Dever, 1987a, pp. 165-71; A. Mazar, 1992a)
Es siempre difícil tratar de introducimos en los pensamientos de las
poblaciones antiguas, incluso cuando existen textos escritos contemporáneos al
momento que uno investiga. En ninguna otra esfera es esto más cierto como en la
de las creencias y prácticas religiosas. Está siempre presente el peligro de
leer las nociones propias en los restos materiales, o de no comprender el
verdadero significado de los datos. No obstante, parece haber una buena
cantidad de lo que podríamos llamar materiales de índole «cultual» en la Edad
del Bronce Medio. En este material se incluyen los «restos de templos»,
descubiertos en lugares tales como Hazor, Shechem y Megido. Los restos de
Shechem, que han recibido la denominación de migdal o templo
fortaleza (cf. G. E. Wright, 1965, pp. 80-102), consisten en
gruesos muros de más de 5 metros de ancho que circundan un área total de 26 por
21 metros. Se halló un edificio similar en Megido. Asociadas con el edificio de
Shechem había unas serie de piedras en posición vertical o massebot.
El excavador, G. E. Wright, indicó que en el centro de la entrada a este templo
existió una vez una columna de piedra de más de 75 cm de diámetro. Algunos
comentaristas han asociado esta instalación de Shechem con las historias
bíblicas de Josué 24, 21-27 y Jueces, 9, 6 (Campbell, 1983). En ocasiones se ha
definido a esta estructura como un «gran edificio» (A. Mazar, 1992a, p. 169),
cuya tradición arquitectónica se remonta a Siria. Otros templos se creen
originarios de Canaán y el sur de Siria (para una discusión general, véase A.
Mazar, 1992a, pp. 164-169).[53] También
datan de la Edad del Bronce Medio dos edificios interpretados como templos en
Tell ed-Dab‘a (Avaris) de la época de los hicsos.
FIGURA 5.4. Modelo de reconstrucción de la puerta de la Edad del Bronce
Medio, Tel Dan. Fotografía de J. Laughlin.
Además
de los edificios cultuales, se han descubierto lugares al aire libre, entre
ellos destacan dos. Uno es Nahariya (A. Mazar 1992 a: ilustración 1), al norte
de Acco, en la costa mediterránea. Se hallaron en este lugar una gran cantidad
de quemadores de incienso junto a una serie de figurillas femeninas hechas de
arcilla y bronce. Otro emplazamiento al aire libre del Bronce Medio bien
conocido es la «Acrópolis» de Gezer. Se compone de diez piedras verticales o
pilares. Datado a finales del Bronce Medio II por Dever, se cree que quizá esas
piedras representarían diez ciudades o asentamientos o incluso dirigentes que
formaron alguna especie de liga.
Entre los objetos cultuales de este periodo se incluyen figurillas femeninas,
como las dos fabricadas en oro procedentes de Gezer. Dever ha interpretado
estos espectaculares hallazgos como representaciones de ‘Asherah, la diosa de
la fertilidad cananea (1987a: 168). Otros hallazgos (es el caso de una serie de
recipientes cerámicos en miniatura o figurillas zoomorfas), se han identificado
como ofrendas votivas. Todos estos objetos estuvieron probablemente asociados a
ritos de la fertilidad propios de las deidades cananeas.
ARTES Y OFICIOS
La
producción mística de la Edad del Bronce Medio incluye esculturas en las que se
reflejan los estilos mesopotámicos (Kempinski, 1992b, ilustraciones 6.31-6.33).
Una de éstas es una estatua de basalto, encontrada en Hazor, que pudiera
representar a un dirigente. Se ha dicho de esta pieza que sería «la única
estatua descubierta hasta ahora en la Tierra de Israel que puede ser adscrita
con claridad a la escuela siria» (Kempinski, 1992b, p. 200),
Fueron también populares durante la Edad del Bronce Medio las cajas de madera
con incrustaciones en hueso procedentes de las tumbas, con un tamaño que
oscilaría entre 7,5 × 12,5 cm y los 12,5 × 17,5 cm (Kempinski, 1992b,
ilustraciones 6.34, 6.35). Los artesanos que fabricaron estas piezas estaban
también familiarizados con la fayenza (conseguida añadiendo arena a la arcilla
antes de la cocción), y comienzan a aparecer recipientes fabricados median-te
este proceso en el Bronce Medio II (Kempinski, 1992b, ilustración 6.36). Muchos
de estos objetos reflejan formas egipcias y son tomados por los arqueólogos
como una prueba de la influencia egipcia en las prácticas funerarias locales.
Era conocido tanto el alabastro importado como el fabricado a nivel local. La
diferencia entre ambos, según Kempinski (1992b, p. 202), es que el alabastro
egipcio está hecho de carbonato cálcico y se modelaba mediante perforación,
mientras que los recipientes locales se componen de sulfato cálcico y se les
daba forma utilizando un cincel. Otros objetos de este periodo son los cilindro
sellos, tanto importados como fabricados lealmente. Los importados provenían
fundamentalmente de Siria, mientras que los locales reflejan una influencia
egipcia (Kempinski, 1992b, pp. 202-203, ilustración 6.37).
Del mismo modo, se han recuperado figurillas metálicas y joyas. Las encontradas
en Nahariya se interpretaron también como representaciones de la diosa de la
fertilidad. A diferencia de las figurillas de oro de Gezer, fueron realizadas
en plata. Un magnífico descubrimiento en Tell el-‘Ajjul, demuestra el empleo
del oro para las joyas personales (Kempinski, 1992b, p. 204, ilustraciones
6.40, 6.41, 6.44; véase también en el mismo volumen la lámina 31). Según
Kempinski, este uso personal del oro no tuvo lugar hasta finales de la Edad del
Bronce Medio. La razón no fue una carencia de orfebres, sino la falta de medios
para pagar el metal (1992b, p. 204).
Armas (Kempinski, 1992b, ilustraciones 6.47-6.52, p. 206)
Las
armas de la Edad del Bronce Medio estaban fabricadas en dicho metal e incluían
hachas, venablos y dagas. La forma de las armas muestra un desarrollo
evolutivo. Así, la denominada hacha «duckbill» (ornitorrinco)
del Bronce Medio I da paso al hacha «notched» (de muesca) del
Bronce Medio II. Aunque el carro de guerra era conocido en Siria hacia el siglo
XIX a. C. (Kempinski, 1992b, p. 208), hay muy poca evidencia de su uso en
Palestina durante la Edad del Bronce Medio. Excepto un arnés hallado en Tell el-‘Ajjul,
no podemos relacionar ningún otro descubrimiento de la Edad del Bronce Medio
con la posibilidad de que existieran carros en la zona durante este periodo.
La cerámica
Con el extendido uso del tomo rápido, la Edad del Bronce Medio fue la más
productiva desde el punto de vista cerámico de toda la larga Edad del Bronce
(para una antigua, pero aún útil descripción de la cerámica de la Edad del
Bronce Medio, véase Amiran, 1970b, pp. 90-123; véase también Dever, 1987a, pp.
161-163). Los ceramistas de esta época produjeron una variedad de formas que
incluían cuencos, cráteras, tazones, copas, cerámica de cocina, jarras y
lámparas (además de los mencionados, véase Kempinski, 1992b, pp. 161-166;
ilustraciones 6.3-6.4; pp. 14-15). Las fuentes de esta cerámica incluyen Biblos
en la costa libanesa, Siria, y la cerámica local, hecha normal-mente en las
aldeas (Kempinski, 1992b, pp. 165-166). El sabor internacional de esta época se
refleja también en la cerámica importada. A finales del periodo estaban
difundidas bastantes variedades de la cerámica chipriota. La presencia de esta
cerámica, así como de la cerámica de Tel el-Vehudiyeh procedente de Egipto,
demuestra claramente que Palestina durante la Edad el Bronce Medio participaba
del comercio internacional.
La cerámica de Tel el-Vehudiyeh es una importación especial. Llamada como el
emplazamiento egipcio en el Delta donde se encontró por primera vez, aparece a
finales del Bronce Medio I (Kempinski, 1992b, p. 165, ilustración 6.1 y lámina
30). La singularidad de los recipientes radica en la técnica de frotar una
sustancia blanca (cal o pigmento) en las incisiones de la superficie, hecha de
arcilla negra. Un raro hallazgo de este tipo es un recipiente con forma de pez
encontrado en Tel Poleg. Dever ha sugerido que las exportaciones palestinas
incluirían también grano, aceite de oliva, vino, madera, ganado[54] y
quizá cobre e incluso esclavos (1987a, p. 162).
EL PERIODO HICSO (Dever, 1985; Hayes, 1973; Oren, 1997;
Redford, 1970; Van Seters, 1966; Weinstein, 1997a)
Uno
de los aspectos políticos de la Edad del Bronce Medio más discutidos es la
llegada al Delta egipcio de un grupo de gentes que los egipcios llamaron
«asiáticos» o «habitantes del desierto» (Wilson, ANET, p. 416).
Aprovechando y quizá contribuyendo al colapso del poder egipcio (el denominado
«Segundo Periodo Intermedio»), este grupo estableció su capital en Avaris,
identificada con Tell ed-Dab‘a. Los líderes de estos «asiáticos» eran
llamados kikau-khoswel, de donde se cree que procede el
término hicsos, que hoy utilizamos para referimos a este pueblo
(véase Hayes, 1973, pp. 54-55). La palabra hicsos es un
término griego tomado universalmente para referirse a algo así como
«gobernantes de tierras extranjeras». La palabra proviene de los escritos del
autor ptolemaico del siglo III a. C. Manetón, a través de Josefo, historiador
judío del siglo I d. C. (véase Contra Apión, libro I, capítulo I).
Los hicsos establecieron la XV dinastía y gobernaron Egipto (al menos la zona
norte) durante más de cien años, desde mediados del siglo XVII a mediados del
siglo XVI a. C. No está claro quiénes eran estas gentes en términos de
identidad étnica, aunque el estudio de sus nombres, que aparecen sobre los
escarabeos, así como de los materiales procedentes de Tell ed-Dab‘a, indican
que eran básicamente semitas. La antigua teoría de que consiguieron dominar
Egipto en un único ataque ha sido recientemente puesta en duda, especial-mente
a la luz de las recientes excavaciones en Avaris (Tell ed-Dab‘a). Su llegada al
poder parece hoy haber sido el resultado de una infiltración de varios grupos
de asiáticos a lo largo de un prolongado periodo de tiempo (Hayes, 1973, pp.
54-55; Dever, 1987a, p. 173). De hecho, Dever ha argumentado que la toma de
Egipto en el siglo xvn fue más el resultado que la causa del colapso interno de
la autoridad egipcia durante el Segundo Periodo Intermedio.
Fuera como fuese, hacia finales del siglo XVIII parecen estar bien establecidos
en el delta del Nilo, y haber ubicado su capital en Avaris. La situación de esta
ciudad es probablemente indicativa de los estrechos lazos que man-tenían con
Palestina (de donde habían venido), así como del hecho de que nunca tuvieran el
control absoluto del Alto Egipto, que permaneció en manos de los príncipes
tebanos durante esta época. Es a partir de este grupo que la lucha de los
egipcios por derrotar a los hicsos se inició con los esfuerzos de Ka-mose, el
último dirigente del Alto Egipto de la XVII dinastía. Sin embargo, el honor de
la expulsión definitiva de los hicsos de Egipto recae en el hermano de Ka-mose,
Ah-mose (c.1552-1527 a. C.), el fundador de la XVIII dinastía. Hacia el
1540 a. C., había conseguido con éxito devolver ajos hicsos a Palestina hasta
Sharuhen, hoy identificada con Tell el-‘Ajjul (Weinstein, 1991; Kempinski,
1992b, pp. 189-192). Tras el sitio de la ciudad durante tres años, Ah-mose
logró expulsarlos.
La extensión del gobierno e influencia de los hicsos no está todavía clara,
pero las fuentes apuntan a Egipto, Palestina y partes de Siria. Hasta qué punto
se les debería conceder el mérito de la introducción en la zona de elementos
como la muralla, el carro de guerra y el arco compuesto tampoco está del todo
claro, aunque los dos últimos son más plausibles que el primero. Políticamente
hablando, organizaron Palestina en un sistema de ciudades-estado, que produjo
una sociedad feudal con su consiguiente distribución desigual de la riqueza. No
obstante, Palestina experimentó uno de sus periodos más prósperos bajo el
dominio de los hicsos. Junto a los horitas y otros grupos, los hicsos formaban
la población de la que proceden los «preisraelitas» (término de Dever) a
finales de la Edad del Bronce Tardío y comienzos de la Edad del Hierro I.
EL FIN DE LA EDAD DEL BRONCE MEDIO[55]
Aunque
persiste aún cierto debate entre los arqueólogos sobre la causa (o causas) del
final de la Edad del Bronce Medio, parece no haber duda de que la causa
principal fue la reafirmación del poder egipcio en la región, a finales de la
dinastía XVII e inicios de la XVIII (Weinstein, 1981, 1991). Dever ha concluido
que las murallas descritas con anterioridad fueron construidas precisamente
para defenderse de las represalias egipcias (1987a, p. 174) y no por la
rivalidad entre ciudades. Casi todos los asentamientos del Bronce Me-dio que se
han excavado en Palestina muestran signos de destrucción en los niveles
correspondientes a finales de la Edad del Bronce Medio. Algunos emplazamientos
(como Shechem) muestran incluso más de un nivel de destrucción en este periodo.
Analizando la información arqueológica estratigráfica de unos treinta
yacimientos en Palestina, fuentes textuales egipcias y nombres hicsos hallados
sobre los escarabeos en yacimientos palestinos, Weinstein (1981) planteó la
hipótesis de que la destrucción de la Edad del Bronce Medio estuvo limitada en
principio a los asentamientos bajo el control hicso en las regiones meridional
e interior del país. Así, para él, las represalias egipcias estaban causadas
por su odio a los hicsos, y no por intereses de tipo imperialista.
EL BRONCE MEDIO Y LA BIBLIA
Hace
unas pocas décadas muchos historiadores y arqueólogos bíblicos habrían estado
de acuerdo con la conclusión de Albright de que y la Edad del Bronce Medio se
corresponde con la Época Patriarcal de la Biblia» (1949, p. 83). Muchos
manuales introductorios, especialmente los escritos durante las primeras seis o
siete décadas de este siglo, sitúan históricamente a los patriarcas bíblicos
(Abraham, Isaac, Jacob) en este periodo. De Vaux, en su magnum opus (1978,
pp. 257-266), aunque algo más prudente que Albright y otros, explicó que,
aunque era imposible dar fechas exactas para el periodo patriarcal, la Edad del
Bronce Medio era «el más plausible para el primer asentamiento en Canaán de los
antepasados de Israel» (1978, p. 265).
Lo que parecía ser un consenso académico ha sido recientemente puesto en duda
por los estudios literarios de investigadores como T. L. Thompson (1974) y J.
Van Seters (1975). Aunque sus conclusiones no han recibido un amplio respaldo
entre los estudiosos bíblicos en general, Thompson, Van Seters y otros como
ellos han tenido éxito a la hora de abrir un nuevo, y a me-nudo acalorado,
debate sobre todos los puntos planteados por las historias patriarcales de la
Biblia. En panicular, han cuestionado seriamente la historicidad de las mismas
y han fechado las tradiciones en el periodo postexílico.
Aunque son muchas las preguntas, dos de las más importantes y más
frecuentemente discutidas son la datación e historicidad de las citadas
historias. Por lo que respecta a la fecha de estas tradiciones, parte del
problema radica en que la Biblia por sí misma no aporta el tipo de precisión
cronológica necesaria para que los arqueólogos modernos formulen fechas claras,
exactas. Poco hay en las historias bíblicas que pueda ponerse en relación con
acontecimientos históricos o políticos conocidos de la Antigüedad (Mc Cárter,
1988, pp. 3 y ss.; De Vaux, 1978, pp. 257-266). Es más, se ha dicho con
frecuencia que la cronología impuesta por los autores bíblicos acerca de las
historias del Génesis es muy problemática. Aquí debemos incluir la vida
inusualmente larga que se supone a los patriarcas: Abraham, 175 años (Gén. 25,
7); Isaac, 180 años (Gén. 35, 22); Jacob, 147 años (Gén. 47, 28); y José, 110
años (Gén. 50, 26). Estas prolongadas vidas, si se toman de forma literal, son,
cuando menos, difíciles de conciliar con los datos arqueológicos procedentes de
miles de tumbas y enterramientos antiguos, muchos de ellos datados en una fecha
bastante anterior a cualquier fecha posible para los Patriarcas, y que sugieren
que la esperanza de vida de los antiguos era de menos de cincuenta años. En
consecuencia, los datos bíblicos referentes a la duración de las vidas de estas
figuras son de escasa utilidad a la hora de intentar establecer una cronología
absoluta para el conjunto del periodo.
Incluso
allí donde la Biblia parece dar una referencia cronológica útil, existen
problemas. Según I Reyes 6, 1, Salomón construyó el templo de Jerusalén 480
años después del Éxodo. Datar a Salomón en el siglo X a. C. (para el problema
de Salomón, véase más adelante, capítulo 8) situaría el «Éxodo» y la
«Conquista» en algún momento del siglo XV a. C. Tal fecha no puede conciliarse
con los datos arqueológicos que conocemos sobre esta época Por otro lado, los
escritores bíblicos parecen situar la época de los Patriarcas tiempo antes de
Moisés y el Éxodo. Es más, si estas tradiciones son tan tardías como Thompson y
Van Seters, entre otros, han sugerido, es curioso el hecho de que ningún nombre
propio en el Génesis esté compuesto por el nombre del Dios israelita, YHWH, y
en cambio sí muchos compuestos con «El», el dios principal de los cananeos,
como «Ismael», e incluso «Israel» (para más detalles véase Hendel, 1995).[56] Se ha
dicho también que la visión social, política y económica del mundo que se
refleja en el Génesis está mucho más próxima a la Edad del Bronce Medio
conocida por los descubrimientos arqueológicos que a cualquier otro periodo de
la historia de Israel (véanse, por ejemplo, los comentarios de A. Mazar, 1990,
p. 225). No obstante, el consenso, si es que lo hubo, establecido por Albright,
entre otros, hace una generación, ha experimentado una ruptura más importante
de lo que a menudo se reconoce. Muchas preguntas no han sido contestadas
satisfactoriamente para todos los interesados. No debería sorprender, entonces,
que las autoridades en la materia discrepen sobre las soluciones propuestas.[57]
No está claro tampoco el papel que la arqueología puede o debe jugar en el
debate actual. Si las historias son efectivamente postexílicas y de naturaleza
ficticia, entonces los arqueólogos poco pueden añadir a las discusiones (véanse
los comentarios de Dever y Clark, 1977). Por otro lado, si las historias
bíblicas, o al menos parte de ellas, pueden ser situadas en un marco
cronológico más antiguo, como se sugirió anteriormente[58], los
arqueólogos sí pueden iluminar la cultura de ese periodo. Esto está lejos de
«probar» como verdaderas las historias. Hay dos puntos clave aquí: la fecha (o
fechas) de las tradiciones bíblicas sobre los Patriarcas; y la
cuestión referente a la historicidad de los Patriarcas mismos.
Incluso si la última cuestión pudiera responderse afirmativamente, por sí misma
no «probaría» la historicidad de lo que los escritores bíblicos les han hecho
hacer y decir. (Wyatt Earp existió históricamente como una persona real, pero
es muy cuestionable que hiciera y dijera todo lo que se le atribuye). Que se
suponga que la Biblia es un texto «inspirado» difícilmente resuelve este
problema, excepto para el lector más conservador.
Antes de que pueda tener lugar una discusión seria, crítica, sobre esta
cuestión, deben comprenderse y apreciarse dos conjuntos de datos complejos y de
gran amplitud: los datos arqueólogicos hoy conocidos sobre el Oriente Próximo
en general, e Israel en particular (así como las teorías-métodos empleados para
interpretar estos datos); y los estudios crítico-literarios actuales sobre las
tradiciones bíblicas. Si uno de estos componentes (o los dos) no se tiene en
cuenta, la visión resultante estará, como poco, sesgada. Lo que se pretende es
una aproximación equilibrada que busque tratar equitativamente y de forma
imparcial ambos conjuntos de datos (véanse en particular los comentarios de
Dever, en Dever y Clark, 1977, pp. 71-79). Debemos evitar la omnipresente
tentación de utilizar lo que se conoce a partir de los descubrimientos
arqueológicos para ponerlos en correlación con algún texto bíblico, a menos que
se establezca de modo independiente el contexto claro de ambos conjuntos de
datos. Esto quiere decir que no puede utilizarse la arqueología para fechar las
historias bíblicas, ni las historias bíblicas para sugerir fechas al registro
arqueológico. Este razonamiento circular no es ajeno a los debates. Lo que
parece claro es que el antiguo intento de «probar» la historicidad del periodo
patriarcal de la Biblia es un tema zanjado salvo entre los estudiosos más
conservadores. Incluso aquellos que creen que los Patriarcas fueron personas de
carne y hueso pueden basarse para su posición en los datos materia-les sólo de
forma indirecta, como ilustra el último intento de Kitchen (1995). Pero ni
siquiera esta aproximación proporciona resultados concluyentes, como la crítica
de Hendel ha demostrado (1995).
¿A dónde nos conduce todo esto? Primero, es imposible a la luz de los debates
actuales conocer la verdadera antigüedad de las historias bíblicas de los
Patriarcas (si fueron figuras históricas o no parece más cuestionable que
nunca, salvo para aquellos que toman la Biblia al pie de la letra). Que
la compilación final de estas historias data probablemente del
periodo postexílico no es la cuestión; lo es la fecha original de la composición de
las tradiciones. En segundo lugar, si Kitchen asumió demasiado por lo que se
refiere d marco y antigüedad de las historias, Thompson y Van Seters asumieron
demasiado poco. Parte del material bíblico puede hacerse casar con lo que se
sabe de la Edad del Bronce Medio, pero «puede ser» y «necesita ser» no es lo
mismo. En tercer lugar, dada la información de la que hoy disponemos (textual y
arqueológica), no parece haber ninguna razón válida para denegar una datación
premonárquica (siglo X a. C.) a algunas tradiciones. Esto incluye los nombres
propios compuestos con «El», así como la insistencia bíblica de que los
Patriarcas tenían lazos con la cultura amorita de Mesopotamia e interactuaban
con las ciudades cananeas y sus dirigentes, situación que encaja bien con lo
que sabemos de la Edad del Bronce Medio. Sin embargo, mucho de estas historias
puede ser, y ha sido, fechado con posterioridad, particularmente en la Edad del
Bronce Tardío (véase la referencia a Dever y Clark mencionada anteriormente).
En cuarto lugar, la forma final de las historias del Génesis tuvo poco que ver
con una preocupación del autor (o autores) por proporcionar material
cronológico absoluto para los estudiosos bíblicos y/o arqueólogos. Su
preocupación era la fe, no las fechas; la teología, no la historia antigua.
Hasta que se lleve a cabo algún descubrimiento inesperado en forma de prueba
textual que pueda datar con precisión la época en la que vivieron los
Patriarcas (asumiendo que fueron figuras históricas), la discusión continuará
siendo empañada con teorías y conclusiones que a menudo descansan más en el
ingenio y habilidad del estudioso que en la dura evidencia. Dada esta
situación, no está claro en absoluto qué contribuciones pueden hacer los
arqueólogos a esta discusión en curso (véanse las conclusiones de Dever en
Dever y Clark, 1977, p. 79).
Capítulo
6
La
edad del Bronce Tardío
(1550-1200
a. C.)
La
civilización de Palestina en el Bronce Tardío continuó siendo un pariente pobre
de la mucho más rica cultura cananea de Fenicia y Siria meridional. Si no
hubiera sido por la influencia procedente del norte, Palestina podría haber
perdido fácilmente su cultura propia para convertirse en un burdo reflejo de la
civilización egipcia.
W. E ALBRIGHT, 1949
Aproximadamente
los últimos 300 años de la larga Edad del Bronce se caracterizan por un nuevo
patrón demográfico que supuso el casi total abandono de las áreas rurales así
como una urbanización de las regiones costeras. El periodo vio cómo se
incrementaba el control egipcio de la región, especialmente en Palestina y
Siria. Esto condujo a un empeoramiento de las condiciones de vida para la
mayoría de la población y, al mismo tiempo, a una concentración del poder y la
riqueza en manos de una minoría. Esta situación queda reflejada en los
vestigios arquitectónicos de las grandes casas «patricias» o de las mansiones
«de los gobernadores» identificadas en muchos yacimientos (por ejemplo Tell
Beit Mirsim, Megido, Tell el-‘Ajjul), las cuales servían probablemente como
residencia bien de un funcionario egipcio, bien de uno local a las órdenes de
aquéllos. Ese control ejercido por Egipto es visible en el hecho de que, con
pocas excepciones, la mayor parte de los emplazamientos palestinos de este
periodo no estén fortificados. Es más, esta concentración de poder y riqueza se
refleja en un incremento del comercio, en especial con el mundo mediterráneo,
que hizo llegar a la zona artículos tan lujosos como marfiles tallados, cobre,
vinos, aceite y, en especial, cerámicas finas. A pesar de la impresión de
decadencia que transmiten los restos materiales de este periodo, una de las
innovaciones más importantes en la historia humana tuvo lugar entonces: el
desarrollo del alfabeto por los fenicios (véase más adelante). Es posible que a
finales de la Edad del Bronce Tardío podamos hablar, por primera vez, de un
pueblo llamado «Israel».
Nuestro conocimiento de la Edad del Bronce Tardío en Palestina está
estrechamente ligado a la historia egipcia, gracias al descubrimiento y
traducción de muchas inscripciones y textos egipcios que datan de este periodo.
En consecuencia, como Dever afirmó hace más de veinte años (Dever y Clark,
1977, pp. 90-91), aunque nuestra percepción de la Edad del Bronce Tardío se ve
constantemente matizada como consecuencia de los nuevos datos procedentes de
las excavaciones en curso, la visión de este periodo no experimentó ninguna
transformación drástica, como sí lo hizo la de la Edad del Bronce Medio.
Sin embargo, eso no significa que no haya temas controvertidos. Arqueólogos e
historiadores siguen sin ponerse de acuerdo en las fechas absolutas tanto para
el inicio como para el fin de esta fase de la Edad del Bronce, así como en el
número y la datación de las subfases de la misma. Las cuestiones concernientes
a la causa (o causas) del súbito fin de este periodo y el origen de una nueva
entidad social-político-étnica en Palestina llamada «Israel» no han sido
respondidas de un modo que satisfaga a todos los especialistas.[59]
CRONOLOGÍA
Como ya mencionamos, la historia de la Edad del Bronce Tardío en Palestina (así
como en otros lugares del Levante) está estrechamente ligada a la de Egipto,
historia que ha visto en gran parte la luz gracias a los descubrimientos de
textos, inscripciones, sellos y estelas (Weinstein, 1981; Leonard, 1989, pp.
6-7; Dever, 1992b, ilustración I). En general, este periodo coincide con las
dinastías XVIII y XIX de Egipto. La dinastía XVIII comenzó con Ah-mose en el
siglo XVI a. C., y la dinastía XIX terminó con el reinado de Tewosret a finales
del siglo XIII o principios del XII. Sin embargo, se debaten aún las
cronologías absolutas para los faraones de ambas dinastías.[60]
Además, no hay todavía unanimidad entre los arqueólogos acerca del inicio y el
fin de la Edad del Bronce Tardío (Bunimovitz, 1995, p. 330), así como sobre el
número de subfases del periodo (Dever, en Dever y Clark, 1977, pp. 90-91; sobre
el fin de la Edad del Bronce Tardío véase Ussishkin, 1985). Los temas son
sumamente complejos, y no podemos tratarlos aquí con excesivo detalle. Para
intentar evitar la confusión y para ser lo más coherentes posible, la mayor
parte de las fechas empleadas en este capítulo seguirán, una vez más, las
sugeridas por los editores de OEANE. Allí, se desglosa la Edad del
Bronce Tardío del siguiente modo:[61]
· Bronce
Tardío IA: 1550-1450 a. C.
· Bronce
Tardío IB: 1450-1400 a. C.
· Bronce
Tardío IIA: 1400-1300 a. C.
· Bronce
Tardío IIB: 1300-1200 a. C.
Por
lo general, el inicio de la Edad del Bronce Tardío está ligado a la destrucción
que puso fin a la Edad del Bronce Medio. Parte del problema, sin embargo,
radica en que no todas las ciudades o asentamientos de la Edad del Bronce Medio
sufrieron esa destrucción al mismo tiempo. Entre los ejemplos se incluyen
Lachish, Gezer, Megido, Beth Shan y Hazor. Es más, dicha destrucción no puede
ligarse a un único suceso (Bunimovitz, 1995, p. 322). Existen problemas
similares en lo que se refiere al término de la Edad del Bronce Tardío. A
finales del siglo XIII a. C., buena parte de los mundos micénico y del Oriente
Próximo fueron testigos de grandes trastornos y colapsos. Podemos observar
igualmente esta desintegración en Palestina, donde fueron destruidos muchos emplazamientos
(por ejemplo Hazor y Bethel). Por otro lado, el control de Egipto sobre
Palestina no finalizó completamente hasta la primera mitad del siglo XII a. C.
Además, varios yacimientos (tales como Megido, Lachish, Beth Shan y Ashkelon)
no sufrieron destrucciones a finales del siglo XIII a. C., y los dos signos
distintivos de la Edad del Hierro I, esto es, la expansión de la cultura
material filistea y la difusión del uso del hierro, no parecen haber ocurrido
hasta la segunda mitad del siglo XII (Ussishkin, 1985; Gonen, 1992b, p. 216).
Bajo tales condiciones es difícil abogar por una cronología absoluta que
resulte válida para todos los autores. Estos aspectos, al menos por ahora,
deberán permanecer como cuestiones abiertas, sujetas a modificaciones a medida
que se descubran nuevos datos.
LA POBLACIÓN
La transición de la Edad del Bronce Medio a la Edad del Bronce Tardío tuvo como
resultado una disminución tanto de la población en general como de la densidad
de los asentamientos en varias regiones. En un resumen reciente sobre la Edad
del Bronce Tardío, Gonen (1992b) llegó a la conclusión de que se produjo un
«cambio drástico» en las áreas urbanas de Palestina, las cuales asistieron al
abandono de muchos emplazamientos de la región montañosa central y al establecimiento
de nuevos asentamientos en las llanuras y valles costeros (para un mapa de los
yacimientos de la Edad del Bronce Tardío, véase Gonen, 1992b, p. 215, mapa
7.2). En un estudio previo, Gonen (1984) calculó que, de los aproximadamente
272 emplazamientos que conocíamos de la Edad del Bronce Medio en Palestina a
partir de las prospecciones, se pasó a 101 en la Edad del Bronce Tardío (1984,
p. 66, tabla 2). No sólo se aprecia una disminución del número y una variación
de la situación de las áreas habitadas, sino que del mismo modo se redujo
drásticamente el tamaño de los asentamientos de la Edad del Bronce Tardío.
Durante el periodo del Bronce Medio II, sólo el 11 por 100 de los
emplazamientos conocidos tenían en tomo a una hectárea. A finales de la Edad
del Bronce Tardío, esta cifra se incrementó hasta el 43 por 100. Si incluimos
los emplazamientos de hasta 5 ha, ¡la proporción llega hasta el 95 por 100!
Por lo que se refiere a los grandes enclaves (con una extensión de 20 ha o más,
según Gonen), la cifra cae de veintiocho en el Bronce Medio II a seis en la
Edad del Bronce Tardío. De estos seis, sólo Lachish (20 ha) y Hazor (más de 80
ha; Hazor es el yacimiento antiguo más grande jamás descubierto en Palestina)
existieron a lo largo de toda la Edad del Bronce Tardío (Gonen, 1984, pp.
66-67, ilustración 2). Es más, la extensión del área habitada se redujo de más
de 425 ha durante el Bronce Medio II a apenas 200 ha en el Bronce Tardío II
(Gonen, 1984, p. 68, tabla 4; Gonen, 1992b, pp. 216-217). Especialmente
significativo a la hora de comprender la ocupación «israelita» de Palestina a
comienzos de la Edad del Hierro (véase más adelante) es el hecho de que la
región montañosa central, así como las colinas de Galilea, estaban escasamente
pobladas durante este periodo. Importantes excepciones a esta observación son
ciudades como Shechem, Tell el-Far‘ah Norte, Bethel y Jerusalén.[62]
Se cree que muchos de los nuevos emplazamientos de pequeño tamaño
(especialmente en la región costera) habrían servido bien como puestos
fronterizos egipcios o bien como residencias de funcionarios (probablemente
para la protección de sus actividades comerciales). También otros asentamientos
sirvieron a los intereses egipcios, tales como Beth Shean, que vigilaba el
límite oriental del valle de Jezrael. De hecho, la presencia egipcia en
Palestina en este periodo puede explicar una de las características más
sorprendentes de los asentamientos ocupados de la Edad del Bronce Tardío: la
ausencia de muros defensivos.
VESTIGIOS ARQUITECTÓNICOS
Domésticos
Los debates sobre los restos arquitectónicos de la Edad del Bronce Tardío que
conocemos a partir de las excavaciones en Palestina suelen centrarse en
aquellos identificados como «templos» y «casas patricias». Esto es así porque
se sabe muy poco de las viviendas privadas típicas debido a la falta de
vestigios de las mismas en la mayoría de los emplazamientos de la Edad del
Bronce Tardío (para una descripción general de la arquitectura, véase Gonen,
1992b; Oren, 1992). La mayor parte del material recuperado proviene de lugares
como Megido y Hazor. Los restos descubiertos en ellos sugieren que existió una
continuidad con los estilos arquitectónicos domésticos de la previa Edad del
Bronce Medio, incluidos los ubicuos patios rodeados de pequeñas estancias. Sin
embargo, detalles como las ventanas, los tejados, los segundos pisos y el
método constructivo están a menudo ausentes debido al pobre estado de
conservación de los restos materiales.
FIGURA 6.1. Mapa de los yacimientos de la Edad del Bronce Tardío.
Los
templos
Los restos arquitectónicos identificados como «templos», sin embargo, son más
abundantes. De hecho, Gonen llegó a la conclusión de que el templo es la
estructura pública más común que se ha recuperado de la Edad del Bronce Tardío
(1992b, p. 219). Se han encontrado restos de estas estructuras en muchos
emplazamientos. Múltiples ejemplos provienen de Hazor, Megido, Beth Shan y
Lachish. La característica física más sobresaliente de estas construcciones es
su diversidad, dado que no parece que hubiera un tipo o estilo fijo (para una
discusión general sobre los templos, véanse Biran, 1981; A. Mazar, 1990, pp.
248-257; A. Mazar, 1992a, pp. 169-180; Gonen, 1992b, pp. 222-231; Nakhai,
1997a; Ottosson, 1980). Nos es imposible entrar en detalles, pero estas
estructuras van desde los lugares de culto «al aire libre» (como los
encontrados en el área F de Hazor y sobre una colina de Samaria septentrional)
a los edificios «monumentales» hallados en Shechem, Hazor y Megido (también se
ha llamado a estas estructuras migdal, o templos «fortaleza»). El
edificio hallado en Shechem merece una mención especial, ya que, si en efecto
fue un templo, es el mayor jamás descubierto en Palestina. Erigido durante la
Edad del Bronce Medio (véase capítulo 5), este edificio medía unos 21 × 26
metros con muros de 5 metros de grosor, y pasó por diferentes fases de
utilización a lo largo de la Edad del Bronce Tardío Z la Edad del Hierro I. El
excavador, G. E. Wright, sugirió que esta construcción era el templo de El
Berith («Dios de la Alianza») mencionado en la historia recogida en Jueces 9,
46-49 (Wright, 1965, pp. 80-102; véase también Campbell, 1983). Asociadas a
este templo había unas piedras dispuestas verticalmente llamadas massebot.
Algunos templos presentan una estructura tripartita y reflejan la influencia
siria. Uno de los mejor conservados es el de Hazor, el cual habría pasado, al
menos, por tres fases de utilización (figura 6.2; cf. A.
Mazar, 1992a, pp. 171-172). Otros templos, como los que se encontraron en Beth
Shan, reflejan la influencia egipcia. Sin embargo los hay que parecen
resistirse a una clasificación y reciben el apelativo de «irregulares». Entre
éstos se encuentra una estructura hallada en Beth Shan correspondiente al siglo
XIV a. C. (Gonen, 1992b, pp. 229-231). Otros hallazgos interesantes son una
estela del dios Mekd y un relieve grabado en piedra que representa la lucha
entre un león y otro animal que normalmente se identifica o como una leona, o
como un perro (A. Mazar, 1990, p. 267, ilustración 7.17). También pertenece a
esta categoría de templos «irregulares» el famoso Templo Foso de Lachish (A.
Mazar, 1992a, p. 179; p. 174, ilustraciones 21, 22).[63] Este
templo pasó, al menos, por tres fases de uso antes de ser definitivamente
destruido a finales de la Edad del Bronce Tardío. Quizá el más interesante de
estos «santuarios irregulares» sea el descubierto en Hazor, en el área C de la
Ciudad Baja (A. Mazar, 1990, pp. 253-254; Gonen, 1992b, p. 231). Los restos de
esta estructura incluyen once piedras colocadas en posición vertical, o massebot,
así como una estatua sedente. A. Mazar interpretó estos restos, especialmente
las massebot, como prueba del nexo entre los lugares de culto al
aire libre de la Edad del Bronce Medio y las prácticas similares de la época de
la Monarquía (1990, p. 254). Se han encontrado otros templos semejantes en el
valle del Jordán, en el Neguev septentrional y, quizá, en el aeropuerto de
Ammán, en Jordania (Herr, 1997c).
FIGURA 6.2. Planos de los templos de la Edad del Bronce Tardío, Hazor.
Cortesía de J. Fitzgerald.
Junto
a la abundancia de restos arquitectónicos pertenecientes a templos, apenas
tenemos nada sobre los rituales o las creencias de la población de la época.
Poco más puede decirse, aparte de sugerir complejas y plurales prácticas
religiosas que parecen haber incluido el politeísmo (las massebot)
y «la heterogeneidad demográfica» (A. Mazar, 1990, p. 257).
Los palacios; las casas patricias
Otros restos materiales de la Edad del Bronce Tardío se han identificado como
residencias reales o palacios y casas patricias (Oren, 1992, pp. 114-120).
Aunque la terminología es problemática («patricia», «gobemador», etc.; véase
Oren, ibid.), se han encontrado restos pertenecientes a estas estructuras en
lugares tales como Tell el-Far‘ah Sur, Beth Shan, Tel Sera‘, Tell Jemmeh, Tell
el-Hesi y Tell Beit Mirsim (Oren, 1992, p. 119, ilustraciones 18-23). Estos
edificios dan a entender que cada ciudad tenía su propio funcionario local que
bien podía ser un egipcio, como parece el caso de Beth Shan (Gonen, 1992b, p.
221). Estas «residencias» son una sólida prueba material de la concentración de
la riqueza y el poder durante esta época en manos de unos pocos (véase Joffe,
1997b).
La cerámica de la Edad del Bronce Tardío
A pesar del declive cultural que se refleja en los restos materiales de muchos
emplazamientos de la Edad del Bronce Tardío, este periodo experimentó un
comercio floreciente (especialmente en los estadios más tardíos) con el mundo
mediterráneo, así como con otras zonas. Junto a la cerámica cananea local, que
se desarrolló a partir de la Edad del Bronce Medio, se ha recuperado mucha
cerámica importada. Para el análisis del corpus cerámico ver: Amiran, 1970b,
pp. 124-190; Gonen, 1992b, pp. 232-240; A. Mazar, 1990, pp. 257-264.
LA «ÉPOCA DE AMARNA»
La situación política en el Oriente Próximo durante el Bronce Tardío II
(1400-1200 a. C.) se ha visto iluminada de forma notable gracias a un grupo de
tablillas de arcilla descubiertas en 1887.[64] Fueron
los lugareños[65] quienes
encontraron dichas tablillas (escritas la mayoría en acadio) cuando buscaban
fertilizante (ladrillo de barro descompuesto) en las ruinas de un emplazamiento
construido por Akhenaton (Amenophis IV) durante la primera mitad del siglo XIV
a. C.[66]Este lugar,
hoy llamado Tell el-Amarna, está situado en el margen oriental del Nilo, a unos
305 kilómetros al sur de El Cairo. El nombre «Amarna» es un término híbrido que
proviene, aparentemente, del nombre de una tribu local, Beni Amran, en
combinación con el de la aldea, El Till. El nombre es en cierta medida
inapropiado, dado que el lugar no es realmente un tell.
Nadie sabe con seguridad cuántas tablillas se encontraron y cuántas de ellas se
extraviaron o se destruyeron. Hoy conocemos unas 382 (Moran, 1992) repartidas
entre los museos de Londres, Berlín (más de 200) y El Cairo.[67] De
estas tablillas, 350 son cartas entre varios reyes y vasallos y el faraón.
Aunque algunas de estas cartas provienen de potencias del Oriente Próximo
independientes de Egipto (Babilonia, Mittani, Alasia [probablemente Chipre],
Asiria, Arzawa y Hatti [los hititas]), la mayoría son de jefes o dirigentes
vasallos que vivían en Siria-Palestina. Unas 150 cartas vienen de la propia
Palestina (Albright en ANET, p. 483; véase Na‘aman, 1992), y sólo
unas pocas son originarias de Egipto. No está claro por qué se encontraban en
el mismo archivo como correspondencia extranjera (Moran, 1992, p. XVII).
Las cartas de los vasallos palestinos, como acertadamente expuso Moran,
describen «un panorama de constantes rivalidades, coaliciones cambiantes, y
ataques y contraataques entre las pequeñas ciudades-estado» (1992, p. XXXIII).
Por ejemplo, Biridiya de Megido acusa a Lab‘ayu, el dirigente de Shechem
(Harrelson, 1975) de intentar destruir su ciudad (EA 244). En otra carta (EA
289), esta vez de ‘Abdu-Heba de Jerusalén, Lab‘ayu es acusado de dar la «tierra
de Shechem» a los ‘apiru, a los que a su vez se acusa de dedicarse
al pillaje en «todas las tierras del rey» (EA 286). Las cartas, por tanto, si
no exageran la realidad, dibujan un escenario de deterioro político con los
dirigentes locales luchando entre ellos, a veces incitados por un grupo al que
se identifica como ‘apiru[68].
Estas referencias a los ‘apiru (originariamente Hab/piru),
atrajeron de forma inmediata la atención de los estudiosos bíblicos, muchos de
los cuales pensaron que los ‘apiru estaban relacionados de
algún modo con los hebreos del Antiguo Testamento (Bruce, 1967, pp. 11-14;
Lemche, 1992a). Algunos, incluso, fueron más allá hasta equiparar los ataques
de los ‘apiru que describía la correspondencia de Amarna con
el relato de Josué de la invasión de Canaán tal y como cuenta la Biblia
(Campbell, 1960). La pregunta de cómo están relacionados los ‘apiru que
mencionan las cartas de Amama y los hebreos de la Biblia es difícil de
responder. Aunque carecemos de respuestas definitivas, podemos decir que hasta
ahora, nadie ha probado de forma concluyente que los términos «‘apiru»,
e «ibri»= (‘hebreo’) se relacionen desde el punto de vista etimológico
(véase Lemche, 1992b), ni que los hebreos formaran alguna vez parte del
movimiento de los ‘apiru. En primer lugar, la población a la que se
aplica el término ‘apiruexistió por todo el Oriente Próximo a lo
largo del II milenio a. C. (M. Greenberg, 1955). En consecuencia, es acertado
decir que no todos los ‘apiru eran hebreos. Si los hebreos
fueron alguna vez ‘apiru es, por el momento, una cuestión
abierta (véase Fritz, 1981, p. 81, que creyó que estaban relacionados).
El significado exacto del término ‘apiru es también difícil de
determinar. ¿Se refiere a un grupo étnico, a un grupo social, a una clase
económica, o a todo ello? Chaney (1983, pp. 72-83) llegó a la conclusión de que
el mejor paradigma (que toma prestado de Landsberger, 1973) con el que describir
a los ‘apiru en las cartas de Amarna, así como en otros
textos, es el de «bandidaje social» (1983, p. 79). Sin llegar a identificar a
los ‘apiru como hebreos, Chaney argumentó que existía una
continuidad socio-política ente los ‘apiru de la época de
Amaina y los «israelitas» premonárquicos de la Edad del Hierro I, que ocuparon
el mismo territorio de Palestina que previamente habían habitado los ‘apiru.
Cita a 1 Samuel 22, 1-2 como un ejemplo «clásico» de una tradición israelita
temprana que tiene paralelos con la actividad de los ‘apiru de
las cartas de Amama. Pregunta Chaney:
¿Puede
no haber continuidad, por tanto, entre la dinámica social de la Palestina de la
época de Amama y la de la formación de Israel, cuando las áreas de fuerza
esenciales del Israel premonárquico, sus enemigos, y sus formas de organización
social fueron todas coincidentes con las de los ‘apiru de Amaina y
sus aliados? (1983, p. 83)
Lo
que esto parece significar es que aunque «‘apiru» y «hebreo» no pueden
ser dos términos diferentes para la misma población, el desorden político y
militar asociado a los ‘apiru en las cartas de Amama ayuda
ciertamente a generar la agitación social y política que hizo posible la
emergencia de «Israel» aproximadamente 200 años más tarde (véase Lemche,
1992b).
El problema del Éxodo
Sin duda, una de las historias más importantes (si no la más importante) de la
Biblia hebrea, al menos desde la perspectiva de los propios escritores
bíblicos, es la de la huida milagrosa de Egipto de las doce tribus de Israel
bajo el liderazgo de Moisés (Éxodo 1-12). Celebrada en cánticos y fiestas
(Deuteronomio 26, 5-11; Éxodo 15, 1-18; 1 Samuel 12, 7-8; Oseas 11, 1; Miqueas 6,
4; etc.), esta historia, junto a las de la Alianza en el Sinaí o Horeb (Éxodo
19-24) y la entrada en la tierra de Caimán (Josué 1-12), se convirtió en
el sine qua non de la existencia de Israel. De hecho, esta
historia (o historias) es tan esencial para la comprensión misma de la Biblia
que los estudiosos bíblicos, y especialmente los arqueólogos «bíblicos», dieron
por sentado hasta no hace mucho que en su núcleo debía haber existido un
acontecimiento «histórico», por mucho que lo adornaran las generaciones
posteriores de israelitas.
Son múltiples las preguntas y los problemas que la historia del Éxodo plantea,
tanto desde el punto de vista literario como arqueológico. Sin embargo, en los
últimos diez o quince años el aumento permanente de los datos arqueológicos ha
creado serias dudas sobre la historicidad de tal historia, valga la
redundancia, así como sobre el relato de la conquista de Canaán que hace Josué
(véase más adelante, capítulo 8). En el centro de este debate está la cuestión
del origen último de los israelitas. Aunque todavía hay quien aboga por la
existencia de algún tipo de «acontecimiento histórico» tras la historia bíblica[69], es cada
vez más evidente que tales argumentos se están volviendo, a su vez, menos
convincentes. La razón está en la ausencia de testimonios, tanto literarios
como arqueológicos.
Las fuentes literarias
Al margen de la historia bíblica, no existe mención literaria alguna de una
permanencia y un éxodo egipcios tal y como describe la Biblia. Esto es así
independientemente de la fecha que se asuma para el acontecimiento, si es que
tal «acontecimiento» se produjo.[70] En el
pasado (así como en el presente), ha sido motivo de discusión una estela
egipcia datada en la época del faraón Memeptah (cuyas fechas revisadas suelen
ser c. 1213-1203 a. C.), que reinó a finales del siglo XIII
(acerca de la estela, véase Hasel, 1994, y notas). Fue Petrie quien, en 1896,
encontró esta estela, de 2,25 metros de altura y fabricada en granito negro, en
el templo de Merneptah, en Tebas (figura 6.3).
FIGURA 6.3a. Estela de Memeptah; «Estela de Israel» de Memeptah.
Fotografía: © Jürgen Liepe.
FIGURA 6.3b. Dibujo de la estela de Memeptah con el nombre de «Israel» en
detalle. Tomado de Ancient Inscriptions: Voices from the Biblical World, P.
Kyle Mc Carter, Jr., Biblical Archaeology Society, 1996, Washington D. C.
La
estela data del quinto año del reinado de Memeptah (c. 1208-1207,
según la cronología baja), y contiene un himno o una serie de himnos que
celebran la victoria del faraón sobre sus enemigos (para una traducción del
himno véase Pritchard, 1969, pp. 376-378). Hacia el final de la inscripción
aparece un himno que menciona enemigos en Canaán. Éstos incluyen Ashkelon,
Gezer y Yanoam. Pero el nombre que ha recibido la mayor atención de los
estudiosos bíblicos es el de «Israel» (a causa de esta referencia, a menudo se
denomina a la inscripción completa la «estela de Israel»). Los lingüistas
inmediatamente señalaron que al nombre «Israel» le precede un jeroglífico
egipcio que se refiere a una población, por oposición a una ciudad o región.
Esta es la referencia más antigua a Israel como comunidad que conocemos a
partir de los textos antiguos (para la presencia de la palabra «Israel» como
nombre propio, véase Hasel, 1994). La inscripción dice:
Los
príncipes están postrados, diciendo: «¡Clemencia!».
Ninguno alza su cabeza a lo largo de los Nueve Arcos.
Libia está desolada, Khatti está pacificada,
Caimán está despojada de todo lo que tenía malo,
Ashkelon está deportada, Gezer está tomada,
Yanoam parece como si no hubiese existido jamás,
Israel está derribado y yermo, no tiene semilla,
Siria se ha convertido en una viuda para Egipto.
¡Todas las tierras están unidas, están pacificadas!
En
efecto; esta mención a «Israel» ha hecho correr ríos de tinta, pero ¿qué nos
dice realmente sobre el origen y la naturaleza del «Israel» de la Biblia?: no
mucho. Los intentos de algunos (por ejemplo, Yurco, 1997; De Vaux, 1978, pp.
390-391, 490-492)[71] por
identificar el «Israel» de la estela con el «Israel» de la Biblia que
supuestamente salió de Egipto a las órdenes Qe Moisés han sido infructuosos.
Sin asumir la historia bíblica por anticipado, no hay absolutamente nada en la
propia inscripción de la estela que sugiera que este «Israel» estuvo alguna vez
en Egipto. Todo lo que razonablemente podemos inferir de ella es que un escriba
egipcio a finales del siglo XIII a. C. incluyó en la lista de los enemigos
derrotados por el faraón a un grupo de gente que vivía en Canaán y que eran
conocidos colectivamente como «Israel» (véase Miller y Hayes, 1986, p. 68). Ni
se menciona (ni siquiera se sugiere) en ninguna parte cómo se organizaba este
«Israel», a qué deidad o deidades adoraba, y, sobre todo, de dónde era
originario este «Israel» y de qué forma o formas puede relacionarse con el
«Israel» que emergió 200 años más tarde bajo el mando de Saúl y David (véanse
Dever, 1997b; Weinstein, 1997b; Ward, 1997). Así, la estela de Memeptah, junto
a otros textos egipcios frecuentemente mencionados[72], son en
última instancia irrelevantes para la cuestión de si hubo o no alguna vez un
éxodo israelita de Egipto tal y como cuenta la Biblia. Alguna fuente textual,
como el papiro Anastasi V (Wilson, ANET, p. 259), haría posible
plantear la hipótesis de que unos pocos esclavos egipcios podrían haber salido
esporádicamente de Egipto, pero ni todos los textos egipcios juntos dan a
entender un éxodo de las dimensiones del que se describe en la Biblia. La estela
de Merneptah es, simplemente, irrelevante para esta cuestión.
El testimonio arqueológico (Dever, 1997b; Weinstein, 1997b)
Cuando uno recurre al testimonio arqueológico acerca del tema del Éxodo, el
panorama, si lo hay, es incluso más desolador que el que presentan las fuentes
literarias. A pesar de los repetidos esfuerzos de algunos (Malamat, 1997, 1998;
Sarna, 1988; Yurco, 1997) por defender la historia bíblica, «si no fuera por la
Biblia, cualquiera que echara un vistazo a los datos arqueológicos palestinos
concluiría que, sea cual sea el origen de los israelitas, éste no fue Egipto»
(Weinstein, 1997b, p. 98). Esta franca afirmación de Weinstein traza claramente
la línea entre los que interpretan los datos arqueológicos de forma negativa en
lo que respecta a unos antecedentes egipcios para el origen de Israel y
aquellos que los interpretan de forma diferente. Los temas son muchos y
complejos. Es más, es únicamente por conveniencia que este debate del Éxodo se
separa de la cuestión de la Conquista, que trataremos en el próximo capítulo.
Cualquier duda sobre la historicidad del Éxodo tiene también repercusiones en
la comprensión de la Conquista.
Aunque una objetividad total es una utopía, comenzaré tratando de separar los
«hechos» arqueológicos tal y como se conocen hoy, de cualquier interpretación
de los mismos. Toda tentativa de confirmar la historia bíblica del Éxodo tendrá
que explicar lo siguiente: primero, si los habitantes de la región montañosa
central de Palestina en el periodo de la Edad del Hierro I provenían de una
comunidad que permaneció durante largo tiempo (más dé 400 años según la Biblia,
1 Reyes 6, 1) en Egipto, ¿por qué las excavaciones y las prospecciones de estos
asentamientos han proporcionado tan escasa prueba de la influencia egipcia?
(véase Weinstein, 1997b, p. 88). Segundo, según la tradición bíblica, varios
millones de personas (cf. Éxodo 12, 37; Núm. 1, 45-46) vagaron por
la península del Sinaí durante «cuarenta» años. Sin embargo, jamás se ha
recuperado ni un solo vestigio de tal grupo.
Lo único que podemos decir al respecto se refiere a la historia arqueológica de
Tell el-Qudeirat, identificado como la antigua Kadesh-Barnea. Las excavaciones
de este yacimiento, situado en el norte del Sinaí, no han puesto al descubierto
nada anterior a los siglos X-IX a. C. (M. Dothan, 1977; Cohen, 1997).
Kadesh-Bamea jugó un importante papel en las tradiciones bíblicas del Éxodo y
la marcha errante por el desierto (Núm. 13, 26; 20, 1 y 14). Pero la falta de
restos materiales en este lugar que puedan datarse con anterioridad al siglo X
plantea serios problemas a la historicidad de estas tradiciones (cf. Dever,
1997b, pp. 72-73). Intentar explicar esta falta de vestigios diciendo que es lo
que se puede esperar de un grupo errante por el desierto es
más un recurso que una objeción válida, desde el momento en que este
planteamiento no tiene en cuenta el hecho de que, según la Biblia ¡se trataba
de millones de personas! Seguramente, si este acontecimiento
ocurrió en realidad como lo describe la Biblia, algo de la
presencia de tanta gente habría aparecido ya, siquiera algún campamento con
restos cerámicos que pudiéramos fechar. Mi punto de vista es que el Éxodo pudo
haber ocurrido, pero no hay absolutamente ninguna prueba arqueológica
incontrovertible para apoyar dicha conclusión.
Cuando se suman a lo dicho los problemas arqueológicos que rodean las
tradiciones de la Conquista en los libros bíblicos de Números y Josué, la
hipótesis de un éxodo histórico de proporciones bíblicas se vuelve menos
convincente si cabe. El paradigma para la comprensión del origen del antiguo
Israel ha cambiado drásticamente en los últimos años, gracias tanto a los
recientes datos arqueológicos como a las novedosas aproximaciones literarias a
los textos bíblicos (para un ejemplo de lo último, consultar Exum y Clines,
1993). Aunque es preciso ver los planteamientos sobre un éxodo israelita de
Egipto como provisionales, ya que algún material aún por descubrir podría
transformar el panorama actual, es cada vez más obvio que de haber algún
«núcleo histórico» en la historia de unos «israelitas» huyendo de Egipto a
finales del siglo XIII (o cualquier otro) a. C., éste tiene escasa semejanza
con la versión bíblica (cf. Redford [1997], que argumentó que la
totalidad de la historia bíblica data del periodo persa). Uno de los más
importantes arqueólogos del Oriente Próximo de nuestros días, W. G. Dever, ha
declarado recientemente que la cuestión de la historicidad del Éxodo es una
«discusión bizantina» (1997b, p. 81). Se esté de acuerdo o no con Dever, es
sencillamente imposible armonizar (como Malamat y otros han intentado hacer) o
reconciliar las versiones bíblica y arqueológica de esta historia (Ward, 1997).
A
EDAD DEL HIERRO I
(c.
1200-1000 a. C.)
El
problema que plantea el asentamiento de los israelitas en Canaán y el origen
del sistema de las doce tribus, es el más difícil de toda la historia de Israel
P. DE VAUX, 1978
La
Edad del Hierro en Palestina se divide en dos periodos principales de duración
desproporcionada: la Edad del Hierro I, desde aproximadamente el 1200 al 1000
a. C.; y la Edad del Hierro II (de la que nos ocuparemos en el próximo
capítulo), desde el 1000 al 587/540 a. C. Aunque los arqueólogos e
historiadores aún polemizan sobre la cronología absoluta de la Edad del Hierro
I, y se han propuesto diferentes posibilidades, tomaremos las fechas que ya
avanzamos, dado que existen tanto argumentos arqueológicos como históricos que
las apoyan.
Durante este periodo de 200 años, tuvieron lugar en Palestina grandes
transformaciones sociopolíticas. Estas transformaciones incluyeron el
debilitamiento, y la definitiva retirada, de la presencia egipcia en la región;
la aparición en las regiones costeras de los Pueblos del Mar (en especial los
filisteos), y la construcción de cientos de pequeñas aldeas y alquerías en las
tierras altas por gentes cuyos descendientes, 200 años más tarde, verían cómo
David fraguaba el estado político de «Israel». En consecuencia, algunos
expertos consideran que la Edad del Hierro I coincide con la época bíblica de
los «jueces» (por ejemplo Stager, 1985). El periodo de la Edad del Hierro II
comenzaría, por tanto, con la fundación por parte de David de la Monarquía
Unida, y finalizaría con la catástrofe de Judea provocada por los babilonios en
587/586 a. C.
Buena parte de la cronología absoluta de Palestina durante la Edad del Hierro I
está ligada a la de Egipto. Esto incluye de forma específica las fechas de las
dinastías XIX y XX. Sin embargo, se ha puesto también en tela de juicio la
datación atribuida a los faraones de estas dinastías. Con el fin de evitar una
discusión casi interminable sobre estos temas, seguiré aquí las fechas que
recientemente ha sugerido el egiptólogo K. Kitchen, presentadas en un coloquio
internacional sobre cronología absoluta que tuvo lugar en la Universidad de
Gothenberg en agosto de 1987 (Kitchen, 1987):
|
Dinastía XIX |
Dinastía XX |
|
Ramsés I: 1295-1294 |
Setnakht: 1186-1184 |
|
Sethos I: 1294-1279 |
Ramsés III: 1184-1153 |
|
Ramsés II 1279-1213 |
Ramsés IV: 1153-1147 |
|
Memeptah: 1213-1203 |
Ramsés V: 1147-1143 |
|
Sethos II: 1200-1194 |
(Hay otros faraones en esta dinastía pero no nos atañen)[73] |
|
Siptah: 1194-1188 |
|
|
Tewosret: 1188-1186 |
Para algunos expertos, la Edad del Hierro I es el periodo más antiguo al que
podemos aplicar el término de «arqueología bíblica». La razón es sencilla: no
hay «israelitas» antes de este periodo. Esto no supone prejuzgar el tema hoy
tan en boga de quién construyó y vivió en las aldeas de la Edad del Hierro I
que actualmente se sabe que existieron en la región montañosa central de
Palestina. No obstante, la cuestión de la «etnicidad», hoy en primera plana del
debate acerca del nacimiento del «primitivo Israel»[74], ha
demostrado claramente lo presuntuosos que fueron los antiguos estudios al
asumir que las gentes de las tierras altas en la Edad del Hierro I pertenecían
a un grupo étnico (a saber, los israelitas)[75]. Ni que
decir tiene que a medida que dispongamos de más datos arqueológicos, y que los
modelos de interpretación de estos datos sean cada vez más sofisticados, la
cuestión del nacimiento del antiguo Israel se verá como un proceso más complejo
y multifacético de lo que Se ha asumido hasta ahora. Aquí, el papel de los
arqueólogos será incluso más importante, ya que la mayoría de los críticos
creen que los textos bíblicos que relatan la historia primitiva de Israel son
tardíos, y en cualquier caso, concernientes a cuestiones teológicas, no
históricas.
Esto no quiere decir que los arqueólogos especialistas en esta área estén de
acuerdo sobre el significado de los restos materiales (véase más adelante). El
hecho de que, en ocasiones, los estudiosos competentes lleguen a conclusiones
diametralmente opuestas puede ser una fuente de frustración y confusión para
cualquier interesado en el tema, especialmente para el principiante. Estas
diferencias de opinión deberían servir como advertencia de que las
interpretaciones de los datos arqueológicos no siguen una fórmula fija. Una
mezcla de suposiciones, personalidades, intuición y experiencias previas forma
parte de la ecuación. «La interpretación histórica y cultural de los hallazgos
arqueológicos es una tarea controvertida y complicada. Cualquier interpretación
implica inferencias y deducciones, y el mismo conjunto de datos puede dar lugar
a conclusiones diversas». (Finkelstein y Na‘aman, 1994, p. 15).
EL FIN DE LA EDAD DEL BRONCE TARDÍO Y EL COMIENZO DE
LA EDAD DEL HIERRO I: TERMINOLOGÍA Y FECHAS
Algunos arqueólogos (por ejemplo, Aharoni, 1978, pp. 153 y ss.; M. Dothan,
1989, p. 63) se han referido d periodo que nos ocupa como «israelita», por
contraste a la Edad del Bronce previa, a la que se ha denominado «cananea».
Esto resulta un tanto engañoso. Aunque pudiéramos concluir (y es discutible)[76]que los
israelitas de la Biblia aparecieron por primera vez en Canaán en la Edad del
Hierro I, también se encontraban allí muchos otros grupos «étnicos». Entre
ellos los egipcios, los hurritas, los hititas y los Pueblos del Mar, en
especial los filisteos, así como otros grupos en la Transjordania (véase A.
Mazar, 1990, pp. 295-296; 1992b, pp. 258-260). En consecuencia, referirse al
periodo de la Edad del Hierro I como «israelita» evidencia una selección que ni
las fuentes arqueológicas ni las literarias justifican.
Como ya dijimos, se discuten aún las fechas absolutas para el comienzo de la
Edad del Hierro I. Aunque el 1200 a. C. es una fecha arbitraria en algunos
aspectos, puede estar justificada en parte por el hecho de que, a finales del
siglo XIII a. C., habían tenido o estaban teniendo lugar importantes trastornos
de tipo político en todo el Oriente Próximo. El imperio hitita se había
derrumbado, y los Pueblos del Mar estaban de camino hacia el mundo micénico.
Finalmente, alcanzaron las costas de Canaán, y dejaron tras de sí una estela de
destrucción. En este periodo fueron devastadas muchas ciudades cananeas (A.
Mazar, 1992b, pp. 260-262; cf. Dever, 1990a). Es más, cesó la
importación de cerámica chipriota y micénica en Canaán, lo cual supuso el fin
de un comercio internacional que tan notable había sido durante los últimos
estadios de la Edad del Bronce Tardío.
Por otro lado, la cultura material que conocemos de la primera mitad del siglo
XII a. C. indica que la transición al periodo del Hierro I no tuvo lugar en
todas partes al mismo ritmo. Beth Shan, un destacado centro administrativo
egipcio, fue destruido a finales del siglo XIII, aunque se reconstruyó
rápidamente. Entre los hallazgos de esta última fase de ocupación, encontramos
material egipcio datado en la época de Ramsés III. Si utilizamos la cronología
baja, esto indicaría que la influencia egipcia continuó en este emplazamiento
hasta al menos mediados del siglo XII. Otros lugares (Lachish y Tell el-Far‘ah
Sur) también parecen encontrarse bajo la influencia egipcia durante este
periodo. Sin embargo, Megido, destruida también a finales del siglo XIII, fue
reconstruida como ciudad cananea (A. Mazar, 1992b, pp. 260-262). Todo lo dicho
ha incitado a algunos arqueólogos a fechar los últimos momentos de la Edad del
Bronce Tardío con posterioridad al 1200 a. C. (cf. Dever, 1995c, p.
206). Otros, han dividido la Edad del Hierro I en dos subperiodos: Edad del
Hierro IA (c. 1200-1150), y Edad del Hierro IB (c.1150-1000)
(cf. A. Mazar, 1992b, p. 260). Nosotros, por nuestra parte, nos
referiremos a estos 200 años simplemente como Edad del Hierro I. Asimismo, no
nos es posible aquí describir pormenorizadamente el periodo del Hierro I en
términos de cultura material. Para tales descripciones están disponibles varios
resúmenes recientes. Véanse en particular los siguientes: Finkelstein (1995);
Fritz (1987a); Finkelstein y Na‘aman (1994); A. Mazar (1990, pp. 295-367;
1992b).
Me centraré, más bien, en dos de las más importantes realidades sociales y
políticas de la Palestina de este periodo: la llegada y establecimiento de los
llamados «Pueblos del Mar», especialmente los filisteos, y el nacimiento de
muchas aldeas y alquerías en la región montañosa central. La discusión sobre
este último fenómeno nos permitirá enfrentarnos cara a cara con la muy
discutida hipótesis de una conquista de Canaán por parte de los «israelitas».
LOS PUEBLOS DEL MAR: LOS FILISTEOS
Se ha escrito mucho sobre la llegada y el asentamiento de los Pueblos del Mar
en la región costera de Palestina. Se suele hablar de dos oleadas, la primera
acaecida durante el primer cuarto del siglo XII. Su llegada se señala con la
presencia de un tipo panicular de cerámica llamada micénica IIIC:1B,
descubierta en yacimientos como Acco, Ashdod y Tell Miqne-Ekron (T. Dothan,
1989, 1990; M. Dothan, 1989; Stager, 1995; Gitin y T. Dothan, 1987). Fuera cual
fuera el lugar del que vinieron (se sugieren normalmente las regiones egea y/o
anatolia [T. Dothan, 1982, pp. 21-23]), Ramsés III evitó que invadieran Egipto
en el octavo año de su reinado (c. 1175 a. C.). El faraón registró
esta batalla en los rhuros de su templo de Medinet Habu, en Tebas, donde se
identifican cinco grupos diferentes de Pueblos del Mar: filisteos, tjeker,
shekelesh, denye (danaoi) y weshesh (Wilson, ANET,
p. 202; figura 6.1). De estos cinco grupos, el más famoso, y el único que
menciona la Biblia, es el de los filisteos. Sin embargo, según la historia de
WenAmon (ANET, pp. 25-29), fechada en el c. 1100 a. C.,
los tjeker se establecieron en Dor, emplazamiento situado en
la costa norte de Palestina. Es más, M. Dothan ha afirmado (1989) que los shardina,
también incluidos entre los Pueblos del Mar, llegaron a Palestina en una fecha
tan temprana como el siglo XIV y ocuparon la ciudad de Acco y sus
inmediaciones. Al parecer, los tjeker y los shardina no
pudieron competir con los filisteos, y pronto fueron absorbidos por éstos o por
la población cananea local.
Los filisteos[77]
Los filisteos empezaron a controlar la región costera de Palestina en algún
momento de la primera mitad del siglo XII a. C. Durante más de 100 años serían
la fuerza militar y política con la que había que contar, tal y como
descubrirían los incipientes clanes de «israelitas» en la región montañosa
central. Aunque desconocemos el origen último de los filisteos[78], sí
sabemos que formaron parte del amplio movimiento de esos Pueblos del Mar que
acabamos de tratar. Existen tres fuentes principales para reconstruir su
historia: los registros egipcios, la Biblia y los descubrimientos
arqueológicos.
Los textos
Según los textos egipcios de Medinet Habu, los filisteos se encontraban entre
los Pueblos del Mar que Ramsés III venciera en tomo al 1175 a. C. Se ha
interpretado que los relieves de los muros representan una batalla tanto
terrestre como marítima, suponiendo que los Pueblos del Mar llegaran a Canaán
por ambos caminos (véase figura 7.1). Tras su victoria, al parecer Ramsés III
reclutó a muchos de los supervivientes como mercenarios, y a muchos de ellos
los apostó en guarniciones en Palestina (en lugares como Beth Shan y Tell
el-Far‘ah Sur). Se cree que esta táctica de los ramésidas sería el modo en que
los egipcios ejercían su control sobre las principales rutas de la época (véase
T. Dothan, 1982, pp. 1-13, que incluye reproducciones de las escenas de los
muros del templo; cf. Singer, 1994, pp. 290 y ss.).
FIGURA 7.1. Escena que refleja la batalla ente Ramsés III y los Pueblos del
Mar.
Tomada de T. Dothan, The Philistines and their Material Culture, Israel
Exploration Society.
Ciertos
autores han puesto en duda aquella interpretación tradicional (Stager, 1995,
con multitud de referencias; cf. Wood, 1991) al apostar por que los
filisteos, así como el resto de los Pueblos del Mar, llegaron exclusivamente
por mar. Es más, no está claro si realmente los filisteos, entre otros, fueron
apostados en Palestina como mergenarios egipcios. Actualmente, se cree más
problable el establecimiento de un centro de influencia filisteo en el sur de
Canaán vinculado a las cinco ciudades-estado filisteas. Allí, detentaron un
considerable poder hasta su derrota por David a comienzos del siglo X a. C.
Esta reciente interpretación plantea serias objeciones a la validez histórica
de las escenas murales de Medinet Habu. Si los egipcios derrotaron a los
filisteos, así como a otros Pueblos del Mar, de un modo tan contundente, tal y
como indican las inscripciones de Medinet Habu, entre otras fuentes (véase el
«papiro Harris I» en ANET, p. 262), ¿cómo es que en un periodo de
tiempo tan corto los filisteos se convinieron en el mayor poder político de
Canaán tal y como sugieren tanto los textos bíblicos como los datos arqueológicos?
La Biblia trata a los filisteos de un modo despectivo. Este desprecio se
demuestra de la forma más intensa en los pasajes que los describen como «no
circuncisos» (Jueces 14, 3; 15, IB; 1 Samuel 17, 26; 18, 25), así como en la
historia de Ocozías en 2 Reyes 1, en la que el dios de Ekron, Baal-zebul
(‘regio señor’), es ridiculizado como «Baal-zebub» (‘el señor de las moscas’).
Pero a pesar de la escasa estima en la que los israelitas tenían a los
filisteos, las referencias bíblicas a estas gentes nos proporcionan algunas
claves sobre la cultura filistea.
La organización política
La estructura-política filistea se centraba en tomo a las cinco ciudades-estado
de Ashkelon, Ashdod, Gaza, Gath y Ekron (cf. Josué 13: 3; figura 7.2).
FIGURA 7.2. Mapa de los yacimientos de la Edad del Hierro I
La
mención en jueces 3, 3 (cf. 1 Samuel 6, 4 y 16) a los «cinco príncipes
de los filisteos» es una aparente referencia a los dirigentes de cada una de
estas ciudades. Es más, aunque los detalles del procedimiento no están claros,
según 1 Samuel 29, 1-7, estos «príncipes» podían hacer caso omiso de la
decisión de un señor o tirano. La palabra traducida por señor es en el texto
hebreo el plural de la palabra seren y se cree que es un préstamo filisteo
(Singer, 1994, p. 335). La Biblia utiliza este término sólo al referirse a los
filisteos y en su origen puede estar la palabra griega dórica τυραννος
(týrannos), aplicada a todo aquel que se hubiera nombrado rey a sí mismo por la
fuerza. Si esta derivación es cierta, sería otra prueba más del posible origen
egeo de los filisteos.[79] La
carencia de cualquier inscripción filistea, puede ser un indicativo de la
rapidez con que comenzaron a adoptar la lengua cananea como propia. Esta puede
ser una de las razones de su declive cultural (Singer, 1994, pp. 335 y ss.).
La organización militar
Es también en la Biblia donde encontramos referencias a su estructura y
fortaleza militar. Según 1 Samuel 13, 5, el ejército filisteo se componía de
aurigas y jinetes (sin embargo, las cifras que se han dado pueden ser
excesivas). En otro lugar (1 Samuel 31, 3) se mencionan arqueros y, por
supuesto, debía de haber soldados de infantería. Si la descripción de la
armadura de Goliat (1 Samuel 17, 5-7) es la típica de este pueblo, los
guerreros filisteos estaban, en efecto, bien armados. Según esta descripción (a
pesar del carácter literario de la historia), todo el metal de la armadura de
Goliat era bronce, excepto la punta de su lanza, de la que se dice que pesaba
600 shekels de hierro, ¡en torno a 7 kilos! A menudo se ha
dicho que los filisteos poseían el monopolio del trabajo del hierro,
especialmente a la vista de que lo nos cuenta 1 Samuel 13, 19-22. Sin embargo,
estudios recientes han cuestionado esta conclusión.
La religión
Más adelante examinaremos lo que se conoce del culto filisteo a partir de los
restos materiales de que disponemos. La Biblia da escasa información. Este
título podría llevar a pensar que adoptaron rápidamente los cultos locales
cananeos, ya que todos sus dioses mencionados en la Biblia tienen nombres
semíticos. Al parecer, en las diferentes ciudades-estado se adoraban deidades
diferentes. Se dice, por ejemplo, que en Ashdod se adoraba a Dagón (1 Samuel 5,
1-5), pero en Ekron a Baal Zebub (Zebul) (2 Reyes 1, 1-4). Sin embargo, el
registro arqueológico indica claramente que también trajeron con ellos, al
menos, algunas de sus prácticas religiosas indígenas (véase más adelante).
Así, la Biblia, aunque de modo parcial en algunos aspectos, presenta a los
filisteos bien organizados desde el punto de vista político y militar, y como
un pueblo que se adaptó rápidamente a su nuevo hogar. Esta adaptación incluyó
tanto la religión como la lengua cananeas. La Biblia, por supuesto, no se ocupa
de los logros culturales de los filisteos sino por la amenaza política y
militar que representaban para los israelitas. El alcance de su superioridad
cultural, al menos durante la mayor parte del periodo de la Edad del Hierro I,
se refleja de forma nítida en los restos arqueológicos.
Los restos arqueológicos
El conjunto de los restos arqueológicos identificados como filisteos aumenta
constantemente gracias a las aportaciones de las excavaciones en curso (véase
la nota 6). En su estudio de 1982, T. Dothan identificó unos cuarenta
yacimientos con restos materiales filisteos en Palestina (para un mapa de estos
yacimientos véase T. Dothan, 1982, p. 26). Entre sus señas de identidad más
características se encuentra la cerámica
La cerámica filistea
Uno de los restos materiales más característicos de este pueblo es su cerámica
(figura 7.3). No debe sorprender, por tanto, que este material haya recibido
gran atención por parte de los arqueólogos (véase en especial T. Dothan, 1982,
capítulo 3). Esta cerámica bicroma (normalmente negra y roja) contiene motivos
muy interesantes, incluidos frisos de espirales, semicírculos entrelazados y
ajedrezados. Pero quizá el signo más distintivo sea el de los pájaros, a menudo
representados con las cabezas giradas hacia atrás. El repertorio cerámico
incluye cuencos, cráteras, jarras, anforiscos, píxides, cántaros con un pitón
con colador, botellas cilíndricas y recipientes en forma de cuerno.
FIGURA 7.3. Cerámica filistea. Tomada de T. Dothan, The Philistines and
their Material Culture, © Israel Exploration Society, 1982.
Estos
restos cerámicos, entre otros, se atribuyen a los filisteos por tres razones
(T. Dothan, 1982, pp. 94-96). Primera, la distribución geográfica de esta
cerámica encaja bien con lo que se conoce del patrón de asentamiento filisteo
(los restos cerámicos se concentran en la región costera y en los límites de la
región montañosa, pero aparecen muy esporádicamente en la región montañosa
central [ver el mapa de T. Dothan en 1982, 26]). Segunda, la estratigrafía de
los yacimientos a los que se asocia esta cerámica indica claramente que
apareció por primera vez en la costa palestina durante la primera mitad del
siglo XII a. C. Esta fecha coincide con la fecha egipcia de la confrontación de
Ramsés (aunque haya sido exagerada) con los Pueblos del Mar. Tercera, la
comparación de los estilos cerámicos que componen gran parte del corpus los
vincula al área del Egeo, de donde se cree que los filisteos habrían venido. Al
mismo tiempo, el análisis de la arcilla por termo-luminiscencia ha demostrado
de forma concluyente que la cerámica era de fabricación local, lo que implica
la existencia de artesanos locales conocedores de esos tipos cerámicos (para la
cerámica de Ekron, véase Gunneweg et al., 1986).
El corpus de la cerámica filistea es muy ecléctico, y refleja influencias
micénicas (egeas), chipriotas, egipcias y cananeas locales (para una completa
descripción, con abundantes ilustraciones de estas influencias, véase T.
Dothan, 1982, pp. 132-155). Uno de los tipos cerámicos que se atribuyen a la
cultura cananea local es la denominada «jarra de cerveza». Este recipiente
tiene un colador en su interior que se pensó que habría servido para colar los
granos de cereal empleados en la elaboración de esta bebida. Sin embargo, se ha
afirmado recientemente que estos recipientes se usaban para servir vino, no
cerveza (Stager, 1995, pp. 345).
FIGURA 7.4. Sarcófago antropomorfo en arcilla. Fotografía de J. Laughlin.
Las
prácticas funerarias
Cuando por primera vez se documentaron enterramientos asociados a los filisteos
en lugares como Beth Shan y Tel el-Far‘ah Sur, se dio por sentado que los
característicos ataúdes antropomorfos en arcilla (figura 7.4) localizados en
estos enterramientos surgieron con ellos (véase T. Dothan, 1982, pp. 252-288);
A. Mazar, 1990, pp. 326-327; Dothan y Dothan, 1992, pp. 57-73). Sin embargo,
excavaciones más recientes, en especial la de Deir el-Balah (en la costa a unos
40 km al sur de Ashkelon), han demostrado que la tradición del enterramiento en
féretros antropomorfos de arcilla provenía de Egipto y que precedió a la
llegada de los Pueblos del Mar (Dothan y Dothan, 1992, pp. 202-208, véase en
especial la p. 207; Stager, 1995, pp. 341-342; para una mapa de los yacimientos
en los que se han encontrado tales féretros véase T. Dothan, 1982, p. 253).
Todo ello implica que los filisteos adoptaron esta práctica funeraria con gran
rapidez, tal y como ocurrió con otros aspectos de la cultura local.
Los restos arquitectónicos
Los más claros ejemplos de la arquitectura filistea son los que conocemos a
partir de las excavaciones de Tell Qasile, Ashdod, Ashkelon y Ekron. Aunque
debemos ser cautelosos a la hora de elaborar nuestras conclusiones, debido a la
limitada excavación de los estratos filisteos, se sabe lo suficiente como para
afirmar que los filisteos impusieron en su nuevo hogar sus propios tipos
constructivos (Stager, 1995, pp. 345-348). En Ashkelon, Stager descubrió un
edificio público (que pasó por varias fases), similar a los hallados en Ashdod,
Tell Qasile y Ekron (1995, p. 346). Asoció provisionalmente este edificio a una
industria del tejido a causa de las más de 150 fusayolas que encontró allí.
Ekron (figura 7.5) es un claro ejemplo de la planificación arquitectónica
filistea, en cuyo centro se han documentado construcciones de carácter público
(T. Dothan, 1990; T. Dothan y Gitin, 1990; Gitin y T. Dothan, 1987). En el área
IV (en el centro de la ciudad) se encontró un «edificio monumental bien
planificado», posiblemente la residencia de un gobernador o quizá un palacio
(Gitin y T. Dothan, 1987, p. 205). Este edificio contenía varias habitaciones,
dos de las cuales podrían estar asociadas a prácticas cultuales. Son de
especial interés los restos de un hogar circular hallado en un patio conectado
con las dos habitaciones superiores. Se piensa que estos hogares son la
principal característica arquitectónica de los mégara del
mundo egeo (figura 7.6; T. Dothan, 1990, p. 35; Dothan y Dothan, 1992, pp.
242-244 y láminas 24, 25, 26). Sólo conocemos hogares como éstos en otros dos
yacimientos filisteos: Tell Qasile (A. Mazar, 1985) y Ashkelon (T. Dothan,
1982, p. 205).
FIGURA 7.5. Mapa topográfico de Tell Miqne-Ekron. © Excavaciones de Tell
Miqne-Ekron, J. Rosenberg.
En
varios emplazamientos contamos con restos de lo que se ha identificado como
casas privadas (entre ellos Ashdod y Tell Qasile). Estos edificios estaban
construidos de ladrillo de barro y se componían cada uno de varias estancias.
Concretamente en Tell Qasile parece ser que existiría un edificio columnado (A.
Mazar, 1990, p. 319). Puede que los filisteos trajeran consigo este estilo
arquitectónico, dado que fueron ellos los primeros en ocupar el lugar. Se han
encontrado construcciones similares en otros yacimientos no asociados
normalmente a los filisteos, como son ‘Ai, Bethel, Raddana y Gibeon. ‘Ai y
Raddana tienen una panicular importancia, dado que ambos son lugares sellados
desde el punto de vista estratigráfico, sin restos de las edades del Bronce Tardío
o Medio. Esto supone que los ocupantes de estas aldeas de la región montañosa
central en la Edad del Hierro I tenían más en común con los filisteos de la
región costera que con los nómadas del desierto oriental.
FIGURA 7.6. Reconstrucción de un hogar griego. Cortesía de J. Fitzgerald.
La
religión filistea
A excepción de los textos bíblicos (breves, al tiempo que poco concluyentes)
que hemos mencionado, la única fuente para la religión palestina es
arqueológica, especialmente la de Ashdod, Tell Qasile y Ekron. De Ashdod
procede la famosa «Ashdoda», una pequeña figurilla femenina unida a
la representación de un trono (figura 7.7; Dothan y Dothan, 1992, pp. 153-157;
M. Dothan, 1971; T. Dothan, 1982, pp. 234-237). Este objeto, junto a cabezas y
asientos fragmentados de figurillas similares, llevó al excavador a concluir
que durante la primera mitad del siglo XII a. C., los filisteos aún adoraban a
la llamada «Diosa Madre» del mundo micénico. Otros hallazgos de figurillas de
barro se han interpretado, sin embargo, como plañideras (A. Mazar, 1990, p.
323, ilustración 8.16). Lo cierto es que no sabemos cuál era el uso real de
estas piezas en el contexto de las prácticas cultuales filisteas. De Tell
Qasile procede el único témenos (área sagrada) de un
yacimiento filisteo que ha sido completamente excavado (A. Mazar, 1997, pp.
374-376). Durante los siglos XII y XI (niveles XII-X), los edificios del área
sacra experimentaron constantes transformaciones. Se ha identificado un gran
templo (con unas dimensiones exteriores de 7,75 por 8,5 metros) en el nivel XI,
formado por varias habitaciones y un gran patio (figura 7.8). En dicho patio se
encontró un pozo que contenía abundantes huesos así como recipientes de
desecho, muchos de los cuales se piensa que serían de signo cultual. El
excavador llegó a la conclusión de que los estilos arquitectónicos que aparecen
en este complejo son desconocidos en las estructuras cananeas.
FIGURA 7.7. La «Ashdoda». Cortesía de J. Fitzgerald.
Entre
los objetos cultuales recuperados se encuentra una placa con la representación
de lo que se cree que son diosas, un recipiente de libación con forma femenina,
una copa en forma de león, pedestales cilíndricos decorados con motivos
zoomorfos y antropomorfos, así como cuencos de ofrendas decorados con imágenes
de pájaros (A. Mazar, 1990, p. 325, ilustraciones 8.17, IB). Sin embargo, no se
ha encontrado ni rastro del culto a «Ashdoda» en Tell Qasile
(Dothan y Dothan, 1992, p. 232). Otro objeto interesante es un cuchillo cuya
hoja está hecha de hierro mientras que los remaches unidos al mango son de
bronce y el mango mismo es de marfil. Se descubrió un cuchillo similar en Ekron
(T. Dothan, 1990, pp. 31, 33; Dothan y Dothan, 1992, láminas 29, 30). Con la destrucción
del estrato X, posiblemente llevada a cabo por David, los días de esplendor de
Tell Qasile llegaron a su fin.
En Ekron (Tell Miqne) aparece ante nuestros ojos una gran ciudad palestina
(figura 7.5). Fortificada con un muro de ladrillo de barro de más de 3 metros
de grosor (Dothan y Dothan, 1992, 239), la ciudad tenía una extensión de más de
20 ha e incluía una zona industrial, un área de edificios públicos entre los
que se encuentra un posible santuario y un área doméstica (para una descripción
general con fotografías y dibujos, véanse T. Dothan, 1987, 1990; Dothan y
Dothan, 1992, pp. 239-257). En el santuario, (que pasó por dos fases de
utilización), se halló el hogar que mencionamos anteriormente, así como muchos
objetos de pequeño tamaño, algunos de ellos posiblemente relacionados con el
culto filisteo. Entre estos objetos se encuentran tres ruedas de bronce con
radios y parte de un bastidor con lo que podría ser un agujero para un eje (T.
Dothan, 1990, pp. 30-35; Dothan y Dothan, 1992, pp. 248-250). Poco frecuentes
entre los hallazgos en Palestina, se han encontrado objetos de este tipo en
Chipre. T. Dothan ha apuntado que la descripción de las basas que hace Salomón
a Hiram, rey de Tiro (1 Reyes 7, 27-33) incluye una referencia a «ruedas de bronce
y ejes de bronce» (v. 30). Otro descubrimiento de importancia es un cuchillo
similar al ya mencionado de Tell Qasile. No está claro el significado cultual o
ceremonial que pudo haber tenido. Se encontraron también otros tres mangos
fechados en la primera mitad del siglo XII a. C. Durante la última fase
(estrato IV; finales del siglo XI, principios del X a. C.) de este edificio, el
hogar ya no estaba en uso y los pequeños objetos apuntan a una creciente
influencia egipcia. En el momento de su destrucción (en la primera mitad del
siglo X), Ekron había perdido ya gran parte de su caracterización filistea (T.
Dothan, 1990, pp. 25-36; Dothan y Dothan, 1992, pp. 250-253).
El fin
A partir de los testimonios textuales y arqueológicos, podemos concluir que los
filisteos fueron durante 150 años un pueblo altamente organizado, superior
desde el punto de vista militar, y sofisticado desde el económico, cuyos logros
culturales superaron con mucho los de cualquier otro grupo conocido en
Palestina durante la Edad del Hierro I. Su cerámica y sus restos
arquitectónicos e industriales atestiguan el carácter sumamente laborioso y
artístico de este pueblo, lo cual, y de una vez y para siempre, debería acabar
con la connotación popular de crudeza y falta de sofisticación cultural
asociadas al término «filisteo». Lo que se sabe de sus prácticas funerarias,
así como de sus vestigios domésticos, indica que a menudo llegaron a gozar de
un cierto nivel de riqueza; así como de una elevada posición, dado que sólo tal
clase de individuos podrían haberse permitido el tipo de casas en las que
habitaban y las tumbas en las que eran enterrados.
FIGURA 7.8. Plano del templo filisteo de Tell Qasile. Cortesía de J.
Fitzgerald.
Aunque
hoy se sabe tanto por la arqueología como por los textos (Jeremías 25, 20;
Sofonías, 2, 4; Zacarías 9, 5-8) que los filisteos existieron a Jo largo del
periodo de la Edad el Hierro II (véase Stone, 1995), hacia mediados del siglo
X, si no antes, parecían haber perdido buena parte de su singularidad cultural.
¿Cómo ocurrió esto teniendo en cuenta su riqueza, artesanía y superioridad
política y militar? Sin duda, la derrota sufrida ante los israelitas fue la
causa de parte de esa decadencia, pero por sí sola esta explicación parece
insuficiente, dado su rápido declive. La clave, creo, está en las dos facetas
menos conocidas de este pueblo: su lengua original y su religión. Aunque el de
la identidad étnica es un tema complejo, ciertamente lengua y religión juegan
un papel en él. Los filisteos parecen haber sido tan eclécticos en estas
cuestiones como lo fueron con sus tipos cerámicos. Este eclecticismo les
permitió asimilar con gran rapidez la cultura cananea, pero esta asimilación
también les arrebató mucho de su identidad propia. La tierra que compartieron
con los israelitas se convirtió en última instancia en su tumba cultural, y el
nombre por el que esta tierra se ha conocido durante al menos 2.000 años,
«Palestina», figura hoy como su epitafio.
EL NACIMIENTO DEL ANTIGUO «ISRAEL»
De
todos los problemas a los que deben enfrentarse los arqueólogos e historiadores
bíblicos, ninguno ha sido tan complejo y controvertido, como el de la conquista
de Canaán por parte del pueblo que la Biblia llama «israelitas». En su mayor
parte, el relato de la Biblia en los libros de Números y Josué es claro y
realista.
Tras la salida de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y su milagrosa huida del
Mar de Juncos (el mar Rojo), los israelitas estaban aterrorizados a causa de
los informes de aquellos que se habían adelantado para explorar la tierra de
Canaán. Ante la noticia de que allí había gigantes (Números 13-14), la gente se
rebeló contra Moisés y Aarón y planearon regresar a Egipto. Finalmente,
estuvieron de acuerdo en entrar en Canaán por el sur, y allí amalekitas y
cananeos hicieron fracasar sus planes (Números 14, 45). Condenados a vagar por
el desierto durante «cuarenta años», tropezaron con varios grupos de gentes con
los que se enfrentaron. Entre ellos se encontraban el rey de Arad, los amoritas
y el rey de Bashan (Números 21). Al final del libro de Números, se dice que los
israelitas se unieron en la Transjordania contra Jericó. Tras la muerte de
Moisés y bajo el liderazgo de Josué, invadieron la tierra de Canaán (Josué
1-12), organizando su ataque en tres fases: 1) un ataque contra la región
montañosa central, incluidas Jericó y ‘Ai (Josué 6-10); 2) una campaña
meridional que conduce a la derrota de ciudades como Linah, Eglón, Hebrón y
Debir (Josué 10, 29-43); y 3) un asalto septentrional que tuvo como resultado
la destrucción de Hazor (Josué 11, 1-15). Así, se nos dice que en un periodo de
cinco años (Josué 14, 7 y 10): «Josué conquistó toda la tierra; la montaña, el
Neguev, la Sefelá y las pendientes con todos sus reyes. No dejó ningún
superviviente. Entregó el anatema a todo viviente, como había mandado Yavé,
Dios de Israel» (Josué 10, 40).
La
impresión que uno obtiene de esta historia es que un Israel unido atacó Canaán
desde el este y que la victoria sobre sus habitantes fue, al menos en la región
montañosa central, rápida y completa. Es un eufemismo decir que algo no encaja
en esta descripción.
A causa de nuestras limitaciones de espacio, es imposible plantear una
discusión en profundidad de los muchos problemas y soluciones que se han
propuesto. Es más, cualquier tentativa por simplificar un tema tan complejo
corre el riesgo de distorsionado. No obstante, debemos correr ese riesgo.
Existen dos puntos esenciales. Primero, están las historias bíblicas en sí
mismas. Las compilaciones de Números, Josué y Jueces son historias largas y
complejas, según la mayoría de los críticos literarios. El acuerdo principal es
que estos textos fueron escritos en una época tardía de la historia de Israel
(el periodo más plausible es el postexílico, incluido Jueces 1 (véase P. K. Mc
Carter, Jr., 1992, pp. 119-122), y que dada su motivación principalmente
teológica, deben ser utilizados con extrema precaución al intentar reconstruir
la primitiva historia de Israel. Aún así, las historias de la permanencia de
«Israel» en Egipto, su milagrosa huida con Moisés, la alianza fraguada en
Sinaí-Horeb y la enérgica entrada en la tierra de Canaán, son el sine
qua non de la presentación que hacen los autores bíblicos de su
historia.
Sin embargo, los nuevos datos arqueológicos plantean serias dudas respecto a la
historicidad de este relato bíblico. Es de estos datos de los que
fundamentalmente voy a ocuparme. Como siempre, los lectores deberán recordar
constantemente que cualquier intento de evaluar estas fuentes, tanto desde la
perspectiva textual como arqueológica, con el objetivo de reconstruir el
verdadero proceso por el cual «Israel» vino a ocupar la tierra de Caimán, lleva
implícito un significativo número de juicios subjetivos independientemente de
la interpretación que uno escoja (véase el ensayo programático de Dever,
1992c).
Modelos de interpretación de la ocupación de Canaán por «Israel»
Antes de mediados de los ochenta
Con anterioridad a la década de los ochenta existían básicamente tres modelos
para la interpretación de la Conquista. Dado que estos enfoques son bien
conocidos, sólo les dedicaremos un brevísimo resumen.
El modelo militar de Albright
Una de las teorías más influyentes a la hora de explicar la Conquista es la de
W. E Albright. Profesor durante muchos años en la Universidad Johns Hopkins,
Albright conocía las inconsistencias de las historias bíblicas. No obstante, el
creía que estas historias eran de carácter esencialmente histórico, y hacía uso
de lo que comenzaba a saberse a partir de las excavaciones arqueológicas para
apoyar su interpretación. En particular, recurría para ello a lo que la
arqueología había aportado sobre Lachish (Josúe 10, 31-32), Bethel (Jueces 1,
22 y siguientes) y Tell Beit Mirsim, que identificó con la antigua Debir (Josué
10, 38-39; identificación hoy discutida). Todos estos lugares fueron destruidos
a finales de la Edad del Bronce Tardío o, en el caso de Lachish, a mediados del
siglo XII a. C. Si Tell Beit Mirsim no es la antigua Debir, entonces es un
emplazamiento no identificado que también sufrió una destrucción en esta época.
La reconstrucción de Albright ha tenido una enorme influencia, especialmente en
América, ya que parecía haber demostrado que en efecto la arqueología podía
utilizarse para corroborar los relatos bíblicos. Por razones que discutiremos
más tarde, no hay prácticamente nada de esta reconstrucción que los arqueólogos
e historiadores actuales tomen en serio. Como dijera un arqueólogo americano
bien conocido: «Una década de excavaciones intensivas, multidisciplinares, en
su mayoría llevadas a cabo por arqueólogos israelíes, ha barrido completamente
los “modelos de conquista”… En la actualidad ningún reputado estudioso o
arqueólogo bíblico adoptaría las opiniones de Albright» (Dever, 1993c, p. 33;[80]véanse
también los comentarios de Dever en 1992c).
El modelo militar migratorio de Alt
Mientras
en América Albright y sus discípulos, en particular G. E. Wright (1957) y John
Bright (1981), formulaban y defendían el modelo de «conquista militar», en
Alemania, Albrecht Alt (1968, pp. 173-221) y sus discípulos, de los cuales el
más notable fue M. Noth (1960, pp. 68-84), abogaban por un planteamiento
completamente diferente. Estos estudiosos no eran arqueólogos, pero sí
cualificados críticos literarios. Llegaron a la conclusión de que los relatos
de la conquista que aparecen en Josué, entre otros libros, eran
fundamentalmente leyendas etiológicas con escaso valor histórico. Israel nació
en la tierra de Canaán por medio de la infiltración pacífica de grupos
pastoriles o nómadas a lo largo de un dilatado periodo de tiempo. Uno de los
puntos fuertes de esta teoría es su reconocimiento de que el asentamiento
«israelita» fue un proceso largo, complicado y multifacético. Sin embargo, la
teoría de Alt sobre el origen de estos «israelitas» ha sido seriamente
cuestionada (para una crítica de esta y otras teorías que hemos planteado aquí,
ver, junto a las notas, Finkelstein, 1988, pp. 295-314, 1995, p. 363;[81] véase
también Dever, 1992c, para las críticas de todos estos modelos).
La «revuelta campesina» de G. Mendenhall
En
1962, Mendenhall, de la Universidad de Michigan, escribió lo que se ha
convertido en un artículo ampliamente leído y debatido, titulado «The Hebrew
Conquest of Palestine». En este ensayo, él argumentaba que la llamada conquista
de Palestina por parte de Israel era en realidad una revuelta de «campesinos
contra la red de ciudades-estado cananeas» (1970, p. 107). Según Mendenhall,
quienes desencadenaron esta revuelta fueron un pequeño grupo de esclavos que
huyeron de Egipto a Canaán, llevando consigo el culto de una deidad llamada
YHWH. Este pequeño grupo religioso fue capaz de reunir en tomo a él a la
población indígena de Canaán —a saber, los campesinos— quienes en su mayoría
unieron sus fuerzas con las de aquéllos, y se enfrentaron a los reyes de las ciudades-estado
que se les opusieron. Finalmente, vencieron los campesinos, y los reyes y sus
partidarios fueron, bien expulsados, bien aniquilados.
FIGURA 7.9. Mapa del asentamiento israelita a finales de la Edad del Hierro
I. Tomado de Israel Finkelstein, The Archaeology of the Israelite
Settlement, © Israel Exploration Society, Jerusalén, 1988.
Aunque
este ensayo recibió el apoyo de algunos sectores, muchos especialistas no lo
aceptan. Por un lado, se sabe que muchas ciudades cananeas situadas en la
región costera del país no fueron destruidas en esta época, y deberían haberlo
sido si se hubiera producido una revuelta general de las masas. Por otro lado,
se cree que habrían sido los filisteos, o incluso los egipcios, los
responsables de la destrucción de muchas de las ciudades. Además, la
descomposición y fragmentación general que experimentan las sociedades a
finales de la Edad del Bronce Tardío dio como resultado la puesta en movimiento
de un buen número de pueblos, y entre ellos, los Pueblos del Mar. Por lo tanto,
no es preciso atribuir a una revuelta de campesinos ninguna de las
destrucciones que tuvieron lugar en Canaán (véase Dever en Shanks, 1992, pp.
29-30). Es más, este modelo de la «revuelta interna» no explica en absoluto el
énfasis bíblico en que los «israelitas» vinieran de otro lugar. No obstante, en
muchos aspectos, los datos arqueológicos actuales respaldan este modelo (véase
Dever, 1992c, p. 553).
Después de mediados de los ochenta
Lo
que se ha producido a partir de mediados de la década de los ochenta es poco
menos que una revolución en la comprensión del nacimiento del antiguo «Israel»,
y ello como resultado de prospecciones regionales, excavaciones arqueológicas y
estudios demográficos y etnográficos; de hecho, estos planteamientos son tan
recientes y tan «revolucionarios» a la hora de entender los orígenes de Israel
(con profundas implicaciones para la comprensión del relato bíblico) que no han
sido, a mi juicio, integrados en la corriente principal del debate científico.
Sin embargo, no existe en absoluto un consenso académico sobre algunas de las
cuestiones clave.[82]
El catalizador del inicio de gran parte de esta discusión fue el libro de I.
Finkelstein, The Archaeology of the Israelite Settlement, publicado
en 1988 (véase la reseña de Dever en 1991c). A partir de los nuevos datos
procedentes de las excavaciones, prospecciones y estudios demográficos,
Finkelstein demostró que habían surgido cientos (más de 300, p. 333) de nuevas
aldeas y alquerías en la región montañosa central de Canaán durante la Edad del
Hierro I (figura 7.9). Además, la principal área de asentamiento fue la parte
norte de la región montañosa, situada entre Jerusalén y el valle de Jezrael.
Judá, a comienzos del periodo (c. 1200 a. C.) estaba prácticamente
deshabitada, y así permaneció hasta el siglo X a. C. (Finkelstein, 1988, pp.
526 y SS.). Finkelstein calculó que la población de la región montañosa no
superaría los 50.000 habitantes, o incluso no llegaría a esa cifra (p. 333), un
número considerablemente pequeño si lo comparamos con los millones que
supuestamente abandonaron Egipto junto a Moisés, sólo «cuarenta» años antes
(Éxodo 12, 37; Números 1, 45-56).
Otros estudios (Slager, 1985; Coote, 1990, pp. 13-139), han apuntado también
que la población que se instaló en las tierras altas eran granjeros u
horticultores, no invasores nómadas venidos del este. Las estructuras
arquitectónicas, en especial las famosas «casas de cuatro habitaciones», que se
identificaban hasta no hace mucho como «israelitas», se sabe hoy que tienen
pocas o ninguna implicación de tipo étnico (Finkelstein, 1988, pp. 254-259; 1996,
pp. 200 y 204; D. R. Clark, 1996; London, 1989, pp. 47-48). Lo mismo podemos
decir de la igualmente famosa «tinaja de borde engolado», que en un tiempo se
consideró una forma cerámica israelita característica.[83] Se
han interpretado otros restos tecnológicos, como las cisternas de agua
enlucidas y la disposición en terrazas de las laderas de las colinas, para dar
a entender que una población no nómada habitaba estas aldeas del Hierro I.
Estos y otros datos arqueológicos han llevado a Dever a concluir que los
habitantes de estas aldeas de la región montañosa central en el Hierro I no
eran en absoluto nómadas invasores del desierto, como refleja la Biblia. Más
bien, «parecen ser campesinos expertos y bien adaptados, ampliamente
familiarizados con las condiciones locales de Canaán» (Dever, 1992c, pp.
549-550).
Esto no quiere decir que todos los arqueólogos estén de acuerdo en lo que ello
significa. La pregunta parece ser si deberíamos interpretar estos recursos
técnicos como innovaciones que posibilitaron la ocupación de la región
montañosa central o como consecuencias del proceso de asentamiento.[84] En
cualquier caso, ya interpretemos estos datos como innovaciones o como
consecuencias, o bien como ambas cosas, lo importante es que el pueblo (o
pueblos) que edificó, vivió y trabajó en estas aldeas de la región montañosa
central durante la Edad del Hierro I no eran invasores nómadas provenientes del
desierto.
Esta nueva hipótesis plantea muchas preguntas sobre estas gentes, entre ellas
la pregunta esencial de quiénes eran y de dónde venían. Hasta no hace mucho
tiempo, la mayoría de los estudiosos asumían que los habitantes del Hierro I
eran israelitas. Un rápido vistazo a las recientes publicaciones pondrá de
manifiesto la carencia de sentido crítico de esta suposición (por ejemplo, T.
Dothan, 1985, p. 165; Stager, 1985; London, 1989; Gal, 1992, pp. 84-93).
Gracias al esfuerzo pionero de arqueólogos como Dever y Finkelstein, tal
suposición ya no es aceptable. La identidad étnica de este pueblo debe ser
probada mediante la evidencia, y no simplemente asumir que son «israelitas» a
partir de una lectura no crítica de los textos bíblicos.
Finkelstein ha demostrado que la ocupación de la región montañosa central a
comienzos de la Edad del Hierro I constituyó el tercer periodo de poblamiento
de esta región, y que los otros dos habían tenido lugar durante el Bronce
Antiguo I (c. 3200-2900 a. C.), momento en el que fueron ocupados
unos 88 emplazamientos, y durante el Bronce Medio II (c. 2000-1550),
en el que se crearon 248 asentamientos (1994; 1995; 1996, pp. 199 y SS.). A
partir de esta perspectiva a largo plazo, Finkelstein llegó a la conclusión de
que, desde finales del IV hasta finales del II milenio a. C., grupos pastoriles
se establecieron en las tierras altas. De esta forma, la población que se
instaló allí (incluida la Transjordania) durante la Edad del Hierro I se vio
implicada en un proceso que «formaba parte de un mecanismo cíclico de procesos
alternos de sedentarización y nomadismo de los grupos indígenas, en respuesta a
circunstancias políticas, económicas y sociales cambiantes» (1996, p. 208). En
otras palabras, los habitantes de estas aldeas del Hierro I eran nómadas
pastoriles que habían vuelto a convenirse en sedentarios, con escasa o ninguna
conexión con las poblaciones cananeas de las tierras bajas (1995, p. 363).
Según Finkelstein, es difícil decir a qué etnia pertenecían estas poblaciones.
En un trabajo anterior (1988), él también se refirió a ellos como «israelitas».
Con posterioridad, sin embargo (1994; 1995; y especialmente 1996) ha empleado
el término de «protoisraelitas», que ya sugiriera Dever (en Shanks, 1992c,
entre otros trabajos). Excepto por vagas referencias a «nómadas pastoriles» o
«grupos trashumantes», Finkelstein no apuntó quiénes podían haber sido con
exactitud estos «protoisraelitas» (1996, p. 208). Para él, el «verdadero
Israel» no nace antes de los siglos IX-VIII a. C. (1996, p. 209). Es más, los
únicos restos materiales de los que Finkelstein pensó que pudieran tener
implicaciones étnicas son huesos de cerdo (o más bien la ausencia de ellos) en
el caso de las aldeas de la región montañosa central (1995, p. 365). ¿Qué tiene
todo esto que ver con el relato bíblico de la entrada de Israel en Canaán?
Así
pues, es evidente que el nacimiento de Israel no fue un episodio único,
meta-histórico en el devenir de un pueblo elegido, sino más bien parte de un
proceso histórico mucho más amplio, que tuvo lugar en el Oriente Próximo
Antiguo; un proceso que causó la destrucción del ancien
régime [subrayado por el autor] y el surgimiento de un nuevo orden, de
estados nacionales, territoriales… La combinación de la investigación
arqueológica e histórica demuestra que existe un completo divonio entre el
relato bíblico de la conquista de Canaán y la realidad histórica [la
cursiva es mía]. La tardía fecha, así como el carácter literaño-teológico de
los relatos bíblicos requieren un análisis preliminar cauteloso, crítico y
multifacético, antes de que podamos extraer cualquier conclusión sobre su
posible contribución a la hora de descifrar la primitiva historia de Israel
(Finkelstein y Na‘aman, 1994, pp. 12-13; véase también Finkelstein, 1996, p.
203).
Aunque
Dever (1993b, 26*; 1995c) coincide con Finkelstein en la opinión de que la
población de las aldeas del Hierro I no estaba formada por invasores nómadas
del desierto, discrepa completamente con aquél sobre la cuestión de su origen.
Para Dever, la mayoría de los aldeanos de la región montañosa central en el
Hierro I provendría de la población cananea ya sedentaria (Dever, 1992c; 1993b,
26* y ss.; 1995c), no de grupos pastoriles nómadas.[85] Es a
estos recién llegados a la región montañosa a los que Dever ha etiquetado como
«protoisraelitas», «que fueron los «antecesores del Israel posterior» (1993b,
31*; véanse sus observaciones en 1995c). A partir de otras características
definitorias de la cultura de la región montañosa: sus tipos de asentamiento
(pequeñas aldeas y alquerías); un incremento de la población que no podemos
explicar únicamente por un crecimiento de tipo natural; una economía basada en
la agricultura y la cría animal; un trazado de la aldea que incluía la casa de
cuatro habitaciones con patio, a menudo con cisternas enlucidas para el
almacenamiento del agua; el uso de silos para almacenar grano, la creación de
terrazas en las laderas… Dever llegó a la conclusión de que estas gentes no
eran «en su mayor parte invasores, refugiados políticos, revolucionarios,
“bandidos sociales” o similares, sino simplemente inmigrantes provenientes de
alguna otra zona de Canaán, la mayoría de ellos al parecer campesinos y
ganaderos experimentados» (1995c, p. 208).[86] Para
Dever, utilizar el término étnico israelita (o al menos protoisraelita)
para referirse a la población de la región montañosa en el Hierro I es tan
justificable como utilizar otros términos étnicos tales como cananeo, egipcio y
filisteo (1995c, p. 209).
No es probable que las discrepancias entre Dever y Finkelstein se resuelvan a
gusto de todos, especialmente cuando ellos mismos parecen incapaces de ponerse
de acuerdo en una de las cuestiones más básicas: ¿qué cuenta y qué no como
marcador étnico? Aunque Dever ha admitido el callejón sin salida d que han
llegado los expertos, incapaces de ponerse de acuerdo en el significado de los
materiales, ha aportado poco a su solución, excepto lamentar el hecho de que no
hay «acuerdo sobre las reglas de base» (1993b, 30*). Hasta que dichas reglas
sean especificadas, no parece plausible un acuerdo entre los investigadores.
CONCLUSIONES
Aunque es posible que los estudiosos de la cuestión del nacimiento de Israel
nunca lleguen a estar completamente de acuerdo en lo que respecta a los restos
materiales de las aldeas de la Edad del Hierro I en la región montañosa central
de Palestina, sí existe al menos acuerdo suficiente como para apuntar algunas
conclusiones acerca de la versión bíblica de la ocupación de Canaán.[87] En
primer lugar, se ha probado que todas las interpretaciones que apoyaban una
invasión militar a gran escala por parte de nómadas del desierto, sean
«israelitas» o cualquier otro grupo, son falsas. Así, está condenado al fracaso
cualquier intento de interpretar los relatos bíblicos de modo literal. Es
incalculable el coste en sufrimiento humano y muertes causados a través de los
milenios por los que han interpretado literalmente esta mentalidad de la
«guerra santa» para apoyar sus propias guerras.
En segundo lugar, podemos suponer razonablemente que los habitantes de la
región montañosa central durante el Hierro I formaban el «pool» genético
del cual nacería con posterioridad el «Israel bíblico»; por tanto, los
antecesores directos de Israel eran un grupo diverso, no sólo en términos de
identidad étnica sino también, probablemente, religiosa. Ha sido Callaway quien
ha planteado de forma sucinta las implicaciones de lo dicho para la formación
del estado de «Israel»: «El inicio de su andadura como nación [se refiere a las
tribus del Hierro I], con una religión nacional, fue el resultado de un largo
proceso de lucha modelada, desde la perspectiva interna, por unos líderes
dinámicos que conocemos como Jueces, y, desde la perspectiva externa, por las
presiones políticas ejercidas fundamentalmente por los filisteos» (1988, pp.
77-78).[88]
En tercer lugar, nos son prácticamente desconocidas las prácticas religiosas de
estas poblaciones del Hierro I. El tema de la religión de un colectivo es
siempre complejo y fácil de distorsionar mediante simplificaciones excesivas.
Sin embargo, la cultura material de estas aldeas de las tierras altas
difícilmente nos conduce por sí sola al monismo yavista del Israel posterior
(Callaway, 1988, pp. 81-83; Dever, 1995c, p. 211; A. Mazar, 1990, pp. 348-352;
1992b, pp. 292-294). Cualquiera que pretenda manejar con honestidad la
información hoy disponible, debe enfrentarse de forma directa a las
implicaciones teológicas de este hecho, así como a la cuestión del origen (u
orígenes) del yavismo de Israel.
Capítulo 8
La Edad del Hierro II
(1000-550 a. C.)
Llevado
por el entusiasmo en la investigación arqueológica, a veces se siente la
tentación de ignorar la prueba más palpable sobre cualquier tema relacionado
con Palestina; casi todo el Antiguo Testamento Hebreo es un producto de la
tierra palestina y de los escritores israelitas.
W. E ALBRIGHT, 1949
INTRODUCCIÓN:
LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA
Como consecuencia del desarrollo que ha experimentado en los últimos tiempos la
llamada «arqueología bíblica», la observación que hiciera Albright hace
cincuenta años nos parece hoy pintoresca y anticuada. Sin embargo, creo que
plantea algo muy válido para todos los estudiosos de la arqueología palestina y
de la Biblia. Realmente dudo que mucho de lo que se ha publicado a lo largo de
los años sobre esta tierra se hubiera hecho de este modo si no fuera por la
sencilla razón de que Palestina es la cuna de la Biblia. No estoy denigrando en
absoluto el interés contemporáneo (que incluso hemos adoptado en este libro)
existente entre los arqueólogos y los historiadores bíblicos por presentar una
historia «secular» de Israel. Se trata, a mi juicio, de la muy necesaria e
importantísima cuestión, una vez más, de la relación de los datos arqueológicos
con los textos bíblicos y viceversa.
Ya hemos tratado a lo largo de este libro de cómo se relacionan, y de cómo
deberían relacionarse la arqueología y la Biblia. Ahora es el momento de
abordar la cuestión principal. Si hay un periodo arqueológico que merezca el
apelativo de «bíblico», ése es la Edad del Hierro II.[89] Es la
época de David y Salomón (al menos para aquellos que aún creen que fueron algo
más que un producto de la imaginación de algún escritor postexílico); es la
época de los reyes de Israel y de Judá; de los profetas y del primer templo. Es
también la época de la destrucción de Israel por los asirios (722 a. C.), y de
Judá por los babilonios (587-586 a. C.). La Edad del Hierro II es la época
principal de la Biblia hebrea.
Esto no significa que uno pueda excavar hoy con la «Biblia en una mano y la
pala en la otra», como a veces se ha dicho de la «arqueología bíblica». Como he
argumentado a lo largo de este libro, puede llevarse a cabo, en todo caso, la
aplicación directa de los datos arqueológicos a los textos bíblicos únicamente
después de que tanto los datos arqueológicos como los textos bíblicos se hayan
entendido de una forma crítica. Sin embargo, el dogma contemporáneo adoptado en
algunos círculos de investigación sobre la no validez histórica de la Biblia
antes del periodo postexílico me parece tan extremo como injustificado. Cómo J.
M. Miller ha explicado de modo firme (aunque muchos han hecho oídos sordos), no
es cuestión de «si deberíamos o no utilizar la Biblia hebrea
en la investigación histórica, sino de cómo deberíamos
utilizarla» (1991, p. 100, subrayado en el original). Miller ha señalado con
acierto que buena parte de la discusión científica se caracteriza por los
razonamientos circulares y las discusiones bizantinas.[90]
Un ejemplo clásico es el reciente artículo de J. Holladay, publicado en enero
de 1995. Holladay comenzaba con la afirmación de que expondría una historia de
las «monarquías hebreas antiguas» «únicamente sobre la base de la arqueología
misma… y que aceptaría como prueba histórica sólo los datos aportados
por las fuentes contemporáneas» (1995, p. 368, la cursiva es mía). Estas
«fuentes contemporáneas» no incluyen la Biblia hebrea porque, según Holladay,
ésta fue escrita, en su mayor parte, en el periodo postexílico, y es, por
tanto, poco fiable como fuente histórica para la mayor parte de la Edad del
Hierro II. Tras exponer su metodología, inmediatamente iniciaba una discusión
sobre «David» y «Salomón» e identificaba a los habitantes de la región
montañosa central en la Edad del Hierro I como el «Israel primitivo».[91] Citemos
a Miller de nuevo:
Únicamente
a partir de lo material, no verbal… no podríamos nunca conjeturar la aparición
en escena del pueblo conocido como «Israel» en la antigua Palestina. Siempre
que los historiadores, arqueólogos, sociólogos o cualquiera hablan de las
tribus israelitas de la región montañosa central palestina a comienzos de la
Edad del Hierro I, o sobre la monarquía de David o Salomón o sobre dos reinos
contemporáneos que surgen de esta monarquía primitiva, están suponiendo una
información que proviene única, y exclusivamente, de la Biblia hebrea (1991,
pp. 94, 95).[92]
No
debería entenderse nada de lo dicho como un ataque a la interpretación crítico
literaria que hoy se hace de la Biblia. En gran parte los críticos tienen
razón. La Biblia, tal y como la conocemos, es un producto del periodo
postexílico, escrita en un primer momento por un pequeño número de literati (Dever,
1995a, p. 73) con unas prioridades en esencia teológicas. Nada de la
información «histórica» de la Biblia debería tomarse al pie de la letra (cf. Miller,
1991). Sin embargo, está hoy en boga en algunos círculos, descartar sin
más esta información antes que intentar utilizarla de forma crítica en
las reconstrucciones históricas (Schniedewind, 1996). Como Dever ha dicho
(1995a, p. 61), tales críticos asumen que nuestros textos son tardíos no sólo
en su redacción, sino también en su contenido, y en consecuencia «ahistóricos».
Por desgracia, este tipo de afirmaciones no demostradas se han convertido, para
algunos, en conclusiones académicas. Espero que las próximas páginas
constituyan un tratamiento equilibrado de los aspectos básicos del debate.
LA EDAD DEL HIERRO II. INTRODUCCIÓN GENERAL
Aunque persiste el desacuerdo sobre la cronología y la terminología de este
periodo[93], nosotros
utilizaremos las siguientes fechas y términos:
· Edad
del Hierro IIa: 1000-c. 923 a. C. (siglo X a. C.; el periodo de la
Monarquía Unida)
· Edad
del Hierro IIb; 923-722/721 a. C. (siglos IX-VIII a. C.; comienzo de las
monarquías «divididas» y de la destrucción de Israel en 722/721 a. C.)
· Edad
del Hierro IIe: 722-540 a. C. (finales del siglo VIII-mediados del VI a. C.;
este periodo incluye la destrucción de Jerusalén, entre otros lugares de Judea,
por los babilonios en 587/586 a. C., y el exilio babilonio, 587-540 a. C.
Existen
tres fuentes principales para una reconstrucción crítica de este periodo: los
datos arqueológicos, las tradiciones bíblicas y las fuentes escritas no
bíblicas. Entre estas últimas se incluyen las inscripciones egipcias, asirias y
babilonias; los óstraca, las bullae y las estelas
e inscripciones hebreas. La mayoría de estas fuentes escritas data de los
siglos VIII-VII, y son testimonio por tanto de la creciente alfabetización de
la población.
Los vecinos de Israel
El periodo de la Edad del Hierro II no sólo fue testigo del nacimiento de los
estados de Israel y Judá, sino también del de varios estados-nación de su
vecindad. Entre ellos Edom, Moab y Ammón, todos en la Transjordania; Fenicia y
Aram al norte y al noreste; y Filistea al oeste.
Una completa exposición de la Edad del Hierro II precisaría incluir a estos
otros estados, dado que todos ellos influyeron en el devenir histórico de
Israel y Judá. Sin embargo, por motivos de espacio, sólo nos referiremos a
ellos cuando sean cruciales para comprender nuestro discurso. El lector deberá
recurrir a la bibliografía.[94]
LA EDAD DEL HIERRO IIA: LA MONARQUÍA UNIDA (c. 1000-923 a. C.)
La dificultad de relacionar los datos arqueológicos y las tradiciones bíblicas
queda patente cuando estudiamos el periodo de la Edad del Hierro IIA. Desde el
punto de vista bíblico, ésta es la época de David y Salomón y de la Monarquía
Unida, del impresionante programa constructivo atribuido a Salomón por los
editores deuteronómicos (1 Reyes 6-9), y de la destrucción de muchos
asentamientos que provocó el fin del periodo con el cierre del siglo.
Sin embargo, quedan muchos problemas sin resolver y muchas preguntas sin
contestar. Aunque se han excavados múltiples yacimientos con materiales
fechados en el siglo X (figura 8.1; Herr recoge unos sesenta y un yacimientos,
1997b, p. 121), en pocos casos se ha conseguido una excavación extensiva, lo
cual limita tanto la cantidad como la diversidad del material descubierto.
Entre estos yacimientos se encuentran algunas ciudades bíblicas tan bien
conocidas como Arad, Beersheba, Beth Shan, Dan, Gezer, Hazor, Jerusalén,
Lachish, Megido, Samaria y Ta‘anach.[95]
FIGURA 8.1. Mapa de los yacimientos de la Edad del Hierro II.
Es
poco, sin embargo, lo que podemos atribuir desde el punto de vista arqueológico
a la época de David. De hecho, hasta el extraordinario descubrimiento de la
llamada «estela de Tel Dan» (véase más adelante) en el verano de 1993 (Biran y
Naveh, 1993), no se conocía ninguna mención a «David» fuera del texto bíblico,
con la excepción posible de la inscripción de Meshe («Piedra moabita»). La
inscripción de Tel Dan, así como la estela de Meshe, datan de finales del siglo
IX a. C. Aunque la traducción «Casa de David» de la estela de Dan ha sido muy
discutida por algunos investigadores, la mayoría de los expertos que han
examinado la inscripción ha confirmado dicha lectura. Sin embargo, incluso si
asumimos que la autenticidad de esta lectura no prueba nada sobre un supuesto
monarca del siglo X a. C., su fecha (finales del siglo IX) proporciona lo que
en arqueología se conoce como un terminus post quem, esto es, la
fecha más antigua para un acontecimiento o resto material sobre la base, exclusivamente,
de los datos arqueológicos. Lo que efectivamente prueba es que, a finales
del siglo IX a. C., podía mencionarse en una inscripción pública una entidad
política conocida como la «Casa de David», mención que se suponía sería
comprendida por los transeúntes. Sin embargo, la conexión del «David» de esta
estela con el «David» de la Biblia es una cuestión de interpretación, no una
cuestión arqueológica (cf. Knoppers, 1997), además, esta mención a
«David» no prueba nada sobre «Salomón».
Muy poco del panorama arqueológico del siglo X a. C. puede ponerse en relación
con David (para una exposición de la escasa evidencia que pudiera o no pudiera
existir, véanse Cahill, 1998; Na‘aman, 1998; Steiner, 1998). El registro
arqueológico es limitado, a menudo controvertido, y raramente puede
relacionarse de forma directa con cualquier relato bíblico sobre este
personaje.[96] Incluso
los límites geográficos del imperio de David son difusos (cf. Herr,
1997b, p. 130). Aunque desconocemos los índices demográficos del periodo, se
piensa que la mayoría de la gente viviría en pequeñas aldeas y alquerías. Por
otro lado, los materiales procedentes de algunos yacimientos, como Megido y
Hazor, indican la existencia de una clase alta (Herr, 1997b, p. 124). La
economía, bien documentada por O. Borowski (1987), se basaba fundamentalmente
en la agricultura y la crianza de ovejas y cabras.
Una de las características arqueológicas más evidentes del periodo, normalmente
atribuida a la época de Salomón, son los restos de imponentes fortificaciones,
en especial murallas y puertas. Se ha escrito mucho sobre las puertas
salomónicas de seis cámaras (figura 8.2): y algunas de esas publicaciones no
carecen de polémica (para una breve exposición, con planos, véase A. Mazar,
1990, pp. 380-387). Se han documentado este tipo de puertas en yacimientos como
Hazor, Gezer, Megido (el yacimiento más controvertido, debido al modo en que se
excavó), Beth-Shemesh, Ashdod y Lachish. Otros restos importantes, que indican
un proceso de urbanización y centralización durante este periodo, son aquellos
que se han identificado como «palacios» (Megido, Hazor). A esto se añaden las
construcciones domésticas más sencillas, entre ellas la omnipresente «casa de
cuatro habitaciones» a lo largo de todo el periodo del Hierro II (para una
reconstrucción de este tipo de casa, véase Herr, 1997b, p. 125).
FIGURA 8.2. Plano de las puertas «salomónicas» del siglo X a. C. Cortesía de
J. Fitzgerald.
Aunque
la tradición bíblica (1 Reyes 10, 28-29) recoge la importación de caballos y
carros por Salomón, existe escasa prueba arqueológica de comercio durante esta
época. Sin embargo, las investigaciones han demostrado que Palestina podría
haber producido excedentes agrícolas durante el periodo del Hierro LÍA,
excedentes que podrían haberse utilizado como bienes comerciales. Aunque es
razonable pensar que el gobierno de Salomón tomara parte en el comercio, la
prueba directa de dicha actividad en el registro arqueológico no está clara (cf.
comentarios de Herr, 1997b, p. 127).
Otro avance importante que tuvo lugar en la época fue la extensión del
alfabetismo. El alfabeto semítico noroccidental (del que el hebreo es una
variante) estaba en esta época bastante perfeccionado, aunque por el momento
apenas se han encontrado ejemplos del siglo X. La excepción más notable es el
famoso «calendario de Gezer», habitualmente interpretado como el ejercicio de
escritura de un escolar (para una traducción véase Albright, ANET,
p. 320).
Jerusalén (figura 8.3)
Jerusalén merece una mención especial a causa de su enorme peso específico en
la Biblia.[97] Según
la tradición recogida en 2 Samuel 5, 6-10, David tomó la ciudad mediante una
conspiración, hizo de ella su capital y «construyó un muro alrededor, desde
Milo hacia el interior» (2 Samuel 5, 9). Se nos dice que Salomón (1 Reyes 6-9),
fue el responsable de un proyecto constructivo aún mayor, que incluía un
palacio y, por supuesto, su famoso templo. Desde el punto de vista
arqueológico, no contamos con pruebas incontrovertibles de ninguno de estos
proyectos.
Entre todos los yacimientos palestinos, Jerusalén destaca como uno de los más
difíciles de comprender arqueológicamente hablando, si no el más difícil. Las
razones son varias. Primero, han excavado el lugar muchas personas diferentes a
través de los años, empezando por E de Saulcy en 1860. Los informes de estas
excavaciones se encuentran diseminados en un amplio conjunto de publicaciones
en varios idiomas. En segundo lugar, Jerusalén es aún una ciudad «viva», no
un tell abandonado. En muchas ocasiones las estructuras
contemporáneas están situadas sobre áreas que resultarían sumamente atractivas
de excavar.[98] A eso
se añade que la ciudad ha sido destruida y saqueada numerosas veces a lo largo
de su historia, lo cual ha supuesto, sin duda, una pérdida incalculable de
material. Finalmente, una de las áreas de mayor interés arqueológico, el
llamado «Monte del Templo», está fuera de las posibilidades de los arqueólogos.
FIGURA 8.3. Mapas de los posibles límites de Jerusalén en la Edad del
Hierro. Tomados de A. Ben-Tor, ed., The Archaeology of Ancient Israel,
Yale University Press, © 1992.
A
pesar de todo, se han identificado alrededor de veintiún niveles arqueológicos
en la «Ciudad de David», niveles que van desde el Calcolítico (IV milenio a.
C.) al Medievo tardío (siglos XIV-XV d. C.) (Cahill y Tarler, 1994). Sin
embargo, muy pocos de estos restos pueden datarse con seguridad en el siglo X
a. C. Esto incluye la famosa estructura escalonada de piedra (figura 8.4), que
excavara Shiloh, fechada en un momento tan temprano como son los periodos del
Bronce Tardío/Hierro I (Cahill y Tarler, 1994, p. 35); el propio Shiloh la
situó en el siglo X (1985, p. 454). No podemos estar seguros de que esta
estructura tenga algo que ver con el «Milo» que menciona la Biblia (2 Samuel 5,
11; 1 Reyes 9, 15).
FIGURA 8.4. Excavaciones en la Ciudad de David. Fotografía de J. Laughlin.
El
templo de Salomón (figura 8.5)
El edificio más famoso y más polémico que supuestamente construyó Salomón es,
sin duda, el Primer Templo.[99] A
pesar de todo el trabajo arqueológico que se ha llevado a cabo en esta ciudad,
nunca se ha hallado un solo fragmento de este edificio.[100] No
obstante, la descripción del templo de Salomón (1 Reyes 5, 16-6, 38; cf.
2 Crónicas 4) encaja mejor con lo que se sabe de edificios similares datables
en su mayor parte en el II milenio a. C. La descripción es tan precisa que C.
Meyers la calificó de «reproducción fotográfica» (1992b, p. 352). Se ha dicho
que un escritor postexílico que nunca hubiera visto un edificio como éste no
podría conocer tales detalles, a menos que tuviera acceso a tradiciones veraces
acerca de su descripción (Dever, 1995a, p. 33; cf. A. Mazar,
1990, p. 377).
Esta descripción es, asimismo, importante por otro motivo. La Palestina del
siglo X a. C. carece de lo que podemos llamar «producción artística». Si la
descripción de detalles como «querubines» (1 Reyes 6, 29), «palmas», «flores»
(1 Reyes 6, 29), «jambas talladas» (1 Reyes 6, 31 y ss.) y otros objetos
asociados al templo (1 Reyes 7, 13-50) es exacta, nos proporciona la prueba
literaria de la existencia en este periodo de una producción artística de
características monumentales (Herr, 1997b, pp. 128-129). Insisto, sin embargo,
en que lo cierto es que jamás se ha encontrado nada que pudiera pertenecer a
este templo.
Los asentamientos del Neguev
Un aspecto de la cultura material de la Edad del Hierro IIa que a menudo se
pasa por alto es el de los muchos asentamientos que se documentan ahora en el
Neguev, tras haber permanecido abandonados durante la mayor parte del II
milenio a. C. (A. Mazar, 1990, pp. 390-397). Más de medio centenar de estos
yacimientos han recibido el apelativo de «fortalezas» y se cree que el poder
político las construiría con el fin de proteger las rutas comerciales hacia el
mar Rojo. No hay consenso acerca de la identidad de las poblaciones que
habitaban la zona, aunque a tenor de la cerámica es posible que se tratara de
al menos dos grupos diferentes.
FIGURA 8.5. Reconstrucción del templo de Salomón. Cortesía de M. Lyon.
Uno
de ellos se asocia a la que se llama «cerámica neguevita», caracterizada por
sus recipientes toscos, hechos a mano, quizá característicos de grupos nómadas.
El otro tipo cerámico presenta similitudes con las formas del siglo X en Judea
(para una exposición de estas últimas, véase Amiran, 1970b, pp. 191-265; hay
que tener en cuenta que lo que yo llamo «Edad del Hierro IIa» para Amiran es
«Hierro IC»), y se cree que indicaría la presencia de forasteros que llegarían
a la zona como guarniciones para las fortalezas. En cualquier caso, la vida de
estos emplazamientos fue corta, y la mayoría de ellos fueron destruidos a
finales del periodo. Tal destrucción se atribuye normalmente a Shishak de
Egipto, que afirmaba haber acabado con setenta asentamientos en el Neguev.[101] La
evidente destrucción en el Neguev es observable en otras zonas de Palestina a
finales del siglo X, y también suele atribuirse a Shishak (c. 935-914
a. C.). Sin embargo, las pruebas arqueológicas de esta masiva destrucción
egipcia son ambiguas.
LA EDAD DEL HIERRO IIB-C (923-550 a. C.)
Tras la ruptura de la Monarquía Unida, Judá e Israel se convinieron en estados
independientes, cada uno con su propio gobierno, así como con sus propias
organizaciones sociales y religiosas. Israel, con capital en Samaria (desde
aproximadamente mediados del siglo IX), junto a otras ciudades regias como Dan,
Hazor y Megido, sobrevivieron durante unos 200 años hasta que fueron
abandonadas o destruidas por los asirios en el 722/721 a. C. Judá, por su
parte, consiguió sobrevivir hasta el 587-586 a. C., fecha en la que los
babilonios la devastaron. Este periodo, la Edad del Hierro IIb-c, que se
corresponde con la época central de la Biblia, ha sido objeto de un estudio más
intenso que cualquier otro de la historia palestina. De este modo, la cantidad
de fuentes secundarias dedicadas a los aspectos más relevantes del mismo es
inmensa. A medida que se prospecten y/o excaven más yacimientos, es de esperar
que tales fuentes incrementen su número. Aquí sólo podemos hacer un breve resumen.
Entre los restos materiales precedentes de los yacimientos excavados se
incluyen sistemas defensivos (murallas, puertas, torres de guardia),
arquitectura doméstica y pública, sistemas hidrológicos, tumbas, calles,
lugares de culto, cerámicas, joyas y toda una serie de innumerables hallazgos
de pequeño tamaño. Quizá lo más destacable de la cultura material de la época
(especialmente en el Hierro lle) sean las miles de inscripciones de diverso
tipo que conocemos. Su importancia para comprender muchos aspectos de la
historia de Israel y Judea, especialmente su religión (o religiones), es enorme
(véase más adelante).
Israel (923-722/721 a. C.)
Se han excavado docenas de yacimientos israelitas del Hierro IIb (para un
listado de los mismos véase Herr, 1997b, p. 135), aunque no conocemos el
trazado completo de ninguno. Entre los más importantes se encuentran Dan,
Hazor, Megido y Samaria. Las prospecciones en la región han localizado
numerosas aldeas de reducidas dimensiones y alquerías (véase, por ejemplo, Gal,
1992).[102] Se
estima la población de Israel durante el Hierro IIb entre los 250.000 y los
350.000 habitantes. (Broshi y Finkelstein, 1992; Herr, 1997b, p. 137). Debido a
nuestras limitaciones de espacio, sólo nos referiremos a Dan y Samaria.
Tel Dan (figura 8.6; Biran, 1994)
Uno de los yacimientos más impresionantes del Hierro II hasta hoy excavados en
Palestina es el montículo de Tel Dan, de 20 ha de extensión. Situado en el
límite septentrional del valle de Hula, Dan fue, sin duda, un gran centro
económico, político y religioso en el Hierro II. Entre los descubrimientos de
esta época debemos señalar un imponente sistema de fortificación y un
emplazamiento cultual de gran tamaño.
El sistema de Puertas del Hierro (figura 8.7)
Los niveles IV-II se corresponden con el Hierro IIb (siglos IX-VIII).[103] De
esta época data uno de los sistemas de fortificación de mayores dimensiones
descubiertos en Palestina. Aunque el excavador identificó un sistema defensivo
anterior erigido a finales del siglo X, la entrada (áreas A y B) experimentó
una enorme ampliación durante la primera mitad del siglo IX (atribuida a Ahab [c.871-852],
Biran, 1994, p. 247). En el periodo correspondiente al Hierro IIb, se accedía a
la puerta de la ciudad por medio de un pavimento de piedra que conducía a una
puerta exterior. Una vez atravesada esta puerta, un patio pavimentado llevaba
hasta la entrada principal: una estructura compuesta por cuatro cámaras con dos
torres de vigilancia. Esta imponente estructura medía unos 29 por 17 metros, y
fue destruida por los asirios en el último tercio del siglo VIII a. C.[104] Tras
esta puerta, una calzada conducía al viajero al interior de la ciudad. Se halló
una puerta en la parte alta del montículo fechada en tiempos de Jeroboam II (c. 784-748),
lo cual indica que en esta época no se consideraban las defensas más bajas
suficientes para la protección de la ciudad. Esta puerta correspondía también
al tipo de las cuatro cámaras.
FIGURA 8.6. Mapa topográfico de Tel Dan. Tomado de Dan I. Cortesía de A.
Biran, excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén.
FIGURA 8.7. Puertas de la Edad del Hierro en Tel Dan. Tomado de Dan I.
Cortesía de las excavaciones de Tel Dan. Hebrew Union College, Jerusalén.
FIGURA 8.8. Piedras en posición vertical; massebot en Tel Dan. Puerta de la
Edad del Hierro. Cortesía de las excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College,
Jerusalén.
Asociado
a esta entrada tenemos un interesantísimo hallazgo. Se trata de cinco piedras
verticales (massebot) descubiertas a la derecha de la puerta más
exterior, contra el muro defensivo (figura 8.8). (Cuando este volumen estaba de
camino a la imprenta, Biran comunicó el descubrimiento de otros tres conjuntos
de massebot. Véase Biran, 1998). Junto a estas piedras se
encontraron restos cerámicos de lámparas de aceite y cuencos de incienso entre
otros. Esta construcción podría ser de naturaleza cultual, aunque desconocemos
la deidad o deidades a las que estaría vinculada. Aunque algunas tradiciones
bíblicas hablan de forma positiva del uso de piedras sagradas o pilares (por
ejemplo, Génesis 28, 18 y 22; 31, 13 y 45; 35, 14), otras reflejan claramente
que se trataba de una práctica asociada al baalismo y que fije condenada, en
panicular, por los editores deuteronómicos (2 Reyes 10, 26; 17, 10;
Deuteronomio 16, 22; Oseas 10, 1; véase Dever, 1994, p. 149). Entre los
descubrimientos realizados en este complejo de entrada se encuentran unos
capiteles protoeólicos y un fragmento arquitectónico que se cree sería la base
de algún tipo de estructura de baldaquino. Asociada a ésta, se halló un banco
de piedra caliza de una longitud de aproximadamente 4,5 metros (figura 8.9;
Biran, 1994, p. 239).
FIGURA 8.9. Podio con banco de piedra caliza, Tel Dan. Fotografía de J.
Laughlin.
Sin
embargo, el descubrimiento más sensacional llevado a cabo en esta área es el
famoso fragmento de la «estela de Tel Dan», que ya mencionamos anteriormente
(figura 8.10). Dicho fragmento fue encontrado reutilizado como parte de una
muralla israelita situada en el lado oriental del pavimento que conducía a la
puerta exterior.[105] Hallado
en julio de 1993, este fragmento formaba parte de una piedra conmemorativa más
grande erigida por un conquistador de Dan; se piensa que se trataría o bien de
Ben-Hadad de Aram (Biran, 1994 y Halpem, 1994; cf. 1 Reyes 15, 20),
o bien de Hazael (Schniedewind, 1996). Está escrita en arameo y se fecha en la
segunda mitad del siglo IX a. C. Contiene la primera referencia literaria clara
a David que se ha encontrado al margen del texto bíblico, aunque hoy se afirma
algo similar de la llamada «Piedra moabita», fechada en la misma época que la
estela de Dan (Lemaire, 1994).
FIGURA 8.10. Estela aramea, Tel Dan. Cortesía de las excavaciones de Tel
Dan, Hebrew Union College, Jerusalén. Fotografía de Zev Radovan.
Es
difícil pasar por alto la importancia histórica de esta referencia (contiene
también las palabras «rey de Israel» en la línea 8). Esta inscripción demuestra
claramente que la expresión «Casa de David» era un término político utilizado
para referirse a Judá (si asumimos su existencia como una monarquía en esta
época) a finales del siglo IX a. C. (Schniedewind, 1996, p. 86). Esto por
supuesto no prueba la historicidad de los relatos bíblicos sobre David, aunque
proporciona un apoyo considerable a aquellos que creen en su existencia (véase
más arriba, además de lo expuesto por Knoppers, 1997).
El recinto sagrado: Área T (véase la figura 8.6)
En Tel Dan se excavó una significativa área cultual (Biran, 1994, pp. 159-233),
situada en el ángulo noroccidental del montículo, junto a un manantial. El
registro arqueológico, que incluye fragmentos de estatuillas pertenecientes a
la Edad del Bronce Tardío, indica que el área tuvo una función cultual desde
bastante antes de la época de los israelitas. Sin embargo, durante el periodo
del Hierro IIb, se construyeron una serie de estructuras monumentales, entre
ellas lo que el excavador identificó como bamah[106] (figura
8.11; sobre estas construcciones, véase Nakhai, 1994). Aparentemente este área
pasó por varias fases constructivas, las cuales se han fechado en las épocas de
Jeroboam I (c. 928-907), Ahab (c. 871-852) y Jeroboam
II (c. 784-748). Entre otros hallazgos figuran altares, estatuillas
votivas, restos cerámicos varios, entre ellos lámparas de aceite de ocho
pitones, píthoi (grandes tinajas) con relieves en forma de
serpiente y vasijas para incienso. Un descubrimiento realmente asombroso es el
de un altar o cámara (lishkah) de época de Jeroboam II encontrado
aproximadamente a 15 metros al suroeste del bamah (figura
8.12; Biran, 1994, p. 194). Además del altar, la estancia contenía palas de
incienso (las más antiguas hasta ahora encontradas en el antiguo Israel), y un
recipiente para depositar cenizas. Enterrada bajo el altar se encontró una
espectacular pieza. Se trata de un objeto de bronce y plata (del que se piensa
que podría ser una maza o la cabeza de un cetro) utilizado posiblemente por los
sacerdotes, aunque no sabemos con qué fin (figura 8.13; Biran, 1987; 1994,
láminas 32-34; Shanks, 1987). Uno de los hallazgos más controvertidos del Área
T es una instalación datada a finales del siglo X o principios del IX a. C.,
que el arqueólogo interpretó como una estructura para la preparación de las
libaciones, mientras otros la han identificado como una prensa de aceituna
(figura 8.14).[107]
FIGURA 8.11. Área T de Tel Dan, bamah. Fotografía de J. Laughlin.
FIGURA 8.12. Área T de Tel Dan, lishkah. Fotografía de J. Lauqhlin.
FIGURA 8.13. Cabeza de cetro de bronce y plata. Cortesía de las excavaciones
de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén. Fotografía de Zev Radovan.
Figura 8.14. Área T de Tel Dan, construcción de piedra enyesada. Fotografía
de J. Laughlin.
La
importancia de estos descubrimientos, así como los procedentes de otros
lugares, para la comprensión de la religión (o religiones) del antiguo Israel,
parece haber recibido escasa atención por parte del conjunto de los estudiosos
bíblicos (Dever, 1991c). Sin embargo, los restos físicos demuestran claramente
que, a través de su historia, los habitantes de Dan tomaron parte en prácticas
religiosas que los editores bíblicos consideraron apóstatas (1 Reyes 12,
25-31). De hecho, cuando se suma la información que nos ha aportado Dan a otros
descubrimientos, como pueden ser el altar de culto de Ta‘anach (sobre los
altares en general, véase DeVries, 1987); los cientos de figurillas de la
fertilidad de ‘Asherah; la práctica del culto solar (Taylor, 1994) y el marzeah (véase
más adelante); la imaginería serpentiforme de los recipientes cerámicos;
las massebotde Dan así como de otros yacimientos; otros objetos de
culto o los textos religiosos de el-Qom y Kuntillet ‘Ajrud (véase más adelante)
parece justificada la conclusión de Dever de que la religión israelita se
desarrolló de forma gradual a partir de los cultos de la fertilidad cananeos de
la Edad del Bronce Tardío (1983, pp. 578-579; véase también 1987b, 1994b y las
notas de dichas publicaciones).[108]
Aunque los asirios destruyeron muchos asentamientos israelitas del Hierro IIb,
y dichos asentamientos fueron abandonados en el periodo siguiente (Hierro IIc;
véase Gal, 1998), ése no fue el caso de Dan. Durante el siglo VII, la ciudad,
implicada en el comercio internacional, experimentó una época de expansión. Sin
embargo, la composición de la población no está clara y, en cualquier caso, la
ciudad se encontraría bajo el control asirio. Su fin llegó en el primer cuarto
del siglo VI a. C., en que el yacimiento fue abandonado, posiblemente cuando la
población huyó ante la llegada de los babilonios.[109]
FIGURA 8.15. Plano de la acrópolis de Samaria. Tomado de A. Ben-Tor, ed.,The
Archaeology of Ancient Israel, Yale University Press, © 1992.
Samaria
Situada a unos 56 km al norte de Jerusalén, Samaria fue la capital del reino
israelita durante prácticamente 150 años.[110] La
mayoría de los hallazgos se asocia a un palacio monumental (figura 8.15) que se
ha interpretado como la prueba arqueológica de la existencia de una
organización política independiente en la época de la llamada «Monarquía
Dividida» (Herr, 1997b, p. 137). Fueron Omri (c. 882-871 a. C.) y
su hijo, Ahab, quienes construyeron la ciudad según la tradición bíblica (1
Reyes 16, 21-24). En la época del profeta Amós (c. 750 a. C.), la
ciudad se encontraba en su momento final de grandeza. Dicho profeta dirigió sus
críticas contra Jeroboam II, dirigente de la ciudad, y contra otros habitantes
ricos y poderosos de la misma, a causa de su explotación social, económica y
legal de los pobres y más desfavorecidos, así como por su religión corrupta
(Amós 2, 7; 4, 1; 5, 21-24; 8, 4-8).
Aunque hay pruebas de que ya tuvo lugar aquí algún tipo de actividad en un
momento anterior a la Edad del Hierro IIb (Dtager, 1990), los descubrimientos
arqueológicos más destacados datan precisamente de este periodo. El hallazgo
más importante es lo que se ha identificado como una acrópolis real, la cual
abarcaría un área de casi 2 ha. Asociados a esta acrópolis se documentaron
murallas y almacenes. A los restos arquitectónicos de carácter monumental se
añaden otros dos descubrimientos esenciales.
Los óstraca
Se han encontrado más de 100 óstraca[111] (figura
8.16), de los cuales sesenta y tres eran lo suficientemente legibles como para
publicarlos.[112] Estos
fragmentos, junto a la estela de Tel Dan, son los vestigios escritos más
importantes que conocemos del reino de Israel. Aunque aún se debate la fecha (o
fechas) absoluta de los fragmentos, así como su función (Kaufman, 1982; Rainey,
1988), la opinión más difundida es la que los data en el siglo VIII a. C. Se
cree que servirían como sistema de registro de artículos tales como aceite y
vino, entregados a Samaria, quizá como impuestos (A. Mazar, 1990, p. 410). La
importancia de estas inscripciones radica no sólo en lo que revelan acerca de
la escritura hebrea antigua y el sistema impositivo, sino que, además,
contienen información sobre la topografía en tomo a Samaria, con la mención de
«Yasith», «Yashub» y «Qosoh», lugares que la Biblia no nombra. Es más, algunas
de los óstraca contienen nombres propios compuestos por la
palabra «Baal» (como «Abibaal», «Meribaal»). Esto indica claramente la
participación de los israelitas en el culto a este dios cananeo, que los
profetas condenan en la Biblia (por ejemplo, Oseas 2, 16-17). Si los nombres
que aparecen en los fragmentos se refieren a los destinatarios de los
artículos, esto podría significar que esos destinatarios recibían provisiones
de sus propiedades en el campo. Tales prácticas habrían contribuido a la
explotación de los más desfavorecidos económicamente, lo que Amós condenaba de
manera rotunda (cf. 2, 6-8).
FIGURA 8.16. Óstraca de Samaria. Fotografía de J. Laughlin.
Los
marfiles
La riqueza material de la que disfrutaban al menos algunos de los habitantes de
la ciudad queda reflejada en los cientos de fragmentos de marfil que se han
hallado en el lugar. Una vez más, su fecha no está clara debido a la
circunstancias de su descubrimiento (estos fragmentos se encontraron en un
antiguo vertedero). No obstante, se cree que la mayoría data de los siglos
IX-VIII a. C. Se han descrito como «la colección más importante de arte en
miniatura de la Edad del Hierro descubierta en Israel» (Avigad, 1993, p.
1.304), y se cree que estos fragmentos serían artículos importados,
probablemente de Fenicia.[113] En
los marfiles están representados varios motivos, entre ellos mitos egipcios,
peleas de animales, y, quizá, el tema mejor conocido, la «mujer en la ventana»
(figura 8.17). Se cree que se emplearían como incrustaciones decorativas en el
mobiliario del palacio real, así como en las casas de los más pudientes. Ahab
es recordado por haber construido una «casa de marfil» (1 Reyes 22, 39; Salmos
45, 8), y el profeta Amós, cien años más tarde, anunció que las «casas de
marfil» (3: 15) de su época serían demolidas. El profeta también acusaba a los
ricos y poderosos de yacer en «camas de marfil» mientras participaban en un
festival llamado marzeah (Amós 6, 4-7).[114] Este
festival parece ser que incluiría comida, bebida y quizá relaciones sexuales,
todo ello al son de la música y las canciones. A menudo tomaba la forma de un
culto funerario (Jeremías 16, 5). Los estudios que sobre estos marfiles han
llevado a cabo King y Beach (véase nota 24) son un ejemplo excelente de cómo
los descubrimientos arqueológicos, utilizados de forma apropiada, pueden verter
una importante luz sobre los textos bíblicos (cf. Dever, 1994b).
FIGURA 8.17. Marfil de Samaria, «la mujer en la ventana». Cortesía de J.
Fitzgerald.
Samaria
sufrió el mismo destino que Dan, y fue conquistada por los asirios a finales
del siglo VIII, convirtiéndose en un centro administrativo asirio. El
emplazamiento estuvo ocupado al menos hasta el periodo bizantino. Pero, con
escasas excepciones, los restos arqueológicos de estos periodos más tardíos son
escasos.
JUDÁ EN LA EDAD DEL HIERRO IIB-C (c. 923-550 a. C.)
Judá existió como entidad política autónoma en el Levante meridional durante
más de 350 años (c. 923-587/586). Se trata de una de las monarquías
más prolongadas que conocemos en el mundo del Oriente Próximo Antiguo. Durante
esta época, en especial durante los siglos VIII-VII, Judá, junto con sus
estados vecinos, disfrutó de un periodo de prosperidad, con Jerusalén como
capital y centro urbano más importante. Muchos de los yacimientos arqueológicos
excavados incluyen niveles de estos periodos.[115] Se ha
estimado que la población de Judá en el Hierro IIb estaría en torno a los
110.000 habitantes (Broshi y Kinfelstein, 1992).
Además de Jerusalén, otros emplazamientos importantes del Hierro II son
Lachish, Tell en-Nasbeh (la antigua Mizpah), todos en la región montañosa
central. Entre los yacimientos más grandes que se han excavado en la Sefelá
están Beth-Shemesh, Azekah y Tell Beit Mirsim. En el Neguev septentrional,
yacimientos como Arad, Beersheba, Tel ‘Ira y Ároer, han proporcionado un
importante volumen de información sobre este periodo (para una breve
descripción de estos enclaves, véase A. Mazar, 1990, pp. 438-451). Destacables
son también Jericó y En Gedi.[116] Todos
estos yacimientos (a excepción de Lachish, que llegaría a las 8 ha) rondarían
las 2-3 ha de extensión, con una población estimada de aproximadamente
500-1.000 habitantes cada uno. Jerusalén, por supuesto, era la ciudad más
grande, con una extensión aproximada de 60 ha a finales del siglo VIII. No se
ha excavado completamente ningún yacimiento, pero la información que nos han
suministrado Nasbeh y Beersheba es suficiente para hacemos una idea general de
cómo serían estas ciudades (figura 8.18). Para la mayoría de ellas, el periodo
de ocupación correspondiente al Hierro IIb terminó con la destrucción que los
asirios llevaron a cabo a finales del siglo VIII; el caso más famoso y también
el mejor documentado es el de Lachish (véase más adelante).
FIGURA 8.18. Plano general de Beersheba en la Edad del Hierro II, nivel II.
Ze’ev Herzog, Archaeology of the City, monográfico de la Universidad de Tel
Aviv, n.º 13.
La
escritura
Uno de los avances más importantes de toda la Edad del Hierro IIb-c es la
difusión de la escritura, que conocemos a partir de cientos de inscripciones,
la mayoría de las cuales datan de los siglos VIII al VI a. C. Aunque no
conocemos el porcentaje de población alfabetizada, el número y la variedad de
los materiales escritos es tan abundante que, desde al menos el siglo VIII,
«parece que fue común en los centros urbanos israelitas un conocimiento básico
de la escritura» (Demsky, 1997, p. 366; cf. Herr, 1997b, p. 145; A.
Mazar, 1990, p. 515).[117] El
material más frecuentemente utilizado debió de ser el papiro, pero éste
raramente sobrevive a los estragos que ocasiona el paso del tiempo. De este
modo, la mayor parte de las inscripciones que hemos encontrado son las que se
realizaron sobre unos fragmentos de cerámica denominados «óstraca».
Se han descubierto inscripciones de este tipo en Jerusalén, Arad, Samaria
(véase más arriba), Lachish, Mesad Hashavyahu y Khirbet Ghazza entre otros
yacimientos. Además de la estela de Tel Dan que ya mencionamos, otros hallazgos
textuales son la llamada «inscripción del túnel de Ezequías», las asas de las
«jarras LMLK» y las inscripciones religiosas de Kuntillet ‘Ajrud y Khirbet
el-Qom. Aquí únicamente haremos una breve exposición de estos materiales, en
concreto, nos dedicaremos a dos de las grandes ciudades de Judá en el Hierro
II: Lachish y Jerusalén.
Judá en el siglo VIII a. C.
La inscripción del túnel de Ezequías (la «inscripción de Siloam»)[118]
Una de las inscripciones más importantes y famosas encontradas en Judá es la de
un túnel hidráulico excavado en Jerusalén (figura 8.19). Descubierta en 1880,
la inscripción describe el encuentro de dos cuadrillas de trabajadores que
trabajaron en el túnel, el cual tiene forma de «S» y una extensión de más de
500 metros. El túnel se realizó con el fin de traer agua del manantial de
Gihon, situado en el lado oriental de la llamada «Ciudad de David», hasta un
pozo ya dentro de la muralla. A. Mazar ha calificado esta inscripción como «uno
de los textos hebreos monumentales más extensos e importantes de la época de la
monarquía» (1990, p. 484). Tradicionalmente se ha fechado a finales del siglo
VIII a. C., y se relaciona con la preparación del enfrentamiento con los
asirios por parte del rey Ezequías (cf. 2 Reyes 2, 20; Borowski
1995).
FIGURA 8.19. Plano del túnel del rey Ezequías. Tomado de A. Ben-Tor,
ed., The Archaeology of Ancient Israel, Yale University Press, © 1992.
FIGURA 8.20. Asa de jarra estampillada. La inscripción dice «LMLK»
(‘propiedad del rey’). Bajo las alas aparece el nombre de Hebrón. Tel Lachish.
Cortesía del Departamento de Antigüedades de Israel.
Las
asas de las jarras LMLK (lamelkh) (figura 8.20)
Otro grupo importante de inscripciones de la misma época que la anterior son
unas 2.000 impresiones en asas de jarras (Bordreuil, 1997, p. 166; Barkay,
1992, p. 346, habla de 1.200). Los análisis químicos han demostrado que todas
estas jarras fueron fabricadas cerca de Jerusalén, en la Sefelá, siendo todas
las impresiones producto de unos 22 o 25 sellos (Mommsen et al.,
1984; Barkay, 1992). Los sellos representan o bien un escarabajo con cuatro
alas, o bien un disco solar con dos. Sobre el escarabajo o el disco se lee
«LMLK», ‘propiedad del rey’. Algunos de los sellos incluyen, además, debajo del
escarabajo o del disco, el nombre de uno de estos cuatro lugares: «Hebrón»,
«Ziph», «Sochoh» o «mmst» (nombre que no encontramos en ninguna otra fuente).
Estas asas se localizaron en muchos yacimientos, entre ellos Lachish (más de
400), Jerusalén (unas 300), Ramat Rahel (próximo a Jerusalén, 170), Tel Batash,
Beth-Shemesh, Gibeon (36), y Tell en-Nasbeh (85). Aunque no hay acuerdo acerca
de su función, muchos expertos creen que estas jarras estarían relacionadas con
las actividades reales y/o militares de Ezequías. Según esta interpretación,
los nombres de lugares se referirían a los centros administrativos donde se
encontraban las guarniciones del ejército de Judea (para otra opinión véase
Mommsen et al., 1984). Por qué los símbolos que aparecen impresos
tienen la forma de un escarabajo o de un disco solar es, hoy por hoy, una
cuestión muy debatida. A la vista de la distribución regional de estos símbolos
(el disco solar alado es más frecuente en Jerusalén y en los yacimientos
septentrionales de Judea), se ha sugerido que el escarabajo de cuatro alas era
el símbolo de la realeza en Israel, y el disco el símbolo de Judá (Tushingham,
1992). Sin embargo, dado que todas las jarras parece que fueron fabricadas en
el mismo lugar, y dadas las realidades políticas existentes a finales del siglo
VIII a. C., es más probable que ambos símbolos fueran propios de la realeza de
Judá (Barkay, 1992).[119]
Kuntillet ‘Ajrud y Khirbet el-Qom
El yacimiento de la antigua Kuntillet ‘Ajrud se encuentra a unos 48 km al sur
de Kadesh-Bamea y se cree que habría sido un caravasar (especie de motel
antiguo para caravanas o viajeros) para los comerciantes que se desplazaban de
Israel-Judá al mar Rojo. Se excavó en 1975-1976 (Meshel, 1997), y su periodo de
ocupación se fecha en tomo al 950-850 a. C. El descubrimiento más controvertido
del lugar es una inscripción, con una serie de dibujos, hallada sobre una gran
tinaja de cerámica La inscripción transcrita dice: «lyhwh smron
wl‘srth», y se ha traducido del siguiente modo: «A Yahweh de Samaria y a su
a/Asherah» (figura 8.21). Una de las cuestiones principales es si el término
«Asherah» se refiere a la consorte femenina cananea de Badil, o a un símbolo
cultual, a menudo identificado como un árbol. También está relacionada con está
discusión otra inscripción del siglo VIII a. C., que W. G. Dever descubrió a
finales de los años sesenta en Khirbet el-Qom, un yacimiento situado a unos 20
km al oeste de Hebrón. Dever halló una inscripción en una tumba (1997d) que
decía: «Que Yahweh bendiga a Uriyahu, ya que su a/‘Asherah le ha salvado de sus
enemigos» (Dever, 1997d, p. 391; véase también Zevit, 1984 y notas).
FIGURA 8.21. Dibujo de la inscripción de la jarra de Kuntillet ‘Ajrud, «a
Yahweh y su Asherah». Cortesía de Ze‘ev Meshel, arqueólogo. Excavaciones de
Kuntillet ‘Ajrud.
Estas
referencias a «a/‘Asherah» han generado una importante controversia entre los
estudiosos acerca de su significado exacto. Al margen de los resultados de este
debate, estas inscripciones (así como otros restos materiales que ya
mencionamos anteriormente) apuntan al hecho de que, al menos en la religión
popular, muchos israelitas asociaban a Yahweh con una consorte femenina. La
conclusión de Dever sobre estas referencias tiene su repercusión a la hora de
comprender de un modo crítico la forma definitiva de la Biblia hebrea: «Podemos
entender hoy el “silencio” sobre ‘Asherah como consorte de Yahweh, sucesor del
“El” cananeo, como resultado de la casi total supresión de su culto por parte
de los reformadores de los siglos VIII al VI» (1984, p. 31; véanse asimismo sus
comentarios en 1995e y 1996b; véase también más arriba y nota 20). Las
preguntas que conlleva el estudio de la religión (o religiones) israelita
antigua son muchas y difíciles de responder. Pero a partir del crecimiento que
está experimentando el conjunto de los datos arqueológicos —como es el caso del
altar de Ta‘anach (figura 8.22), de finales del siglo X a. C.— está cada vez
más claro el hecho de que durante la mayor parte de la historia israelita de
Judea, se creía que Yahweh, la deidad nacional, tenía una consorte, ‘Asherah.
Aunque la Biblia (por ejemplo 1 Samuel 4, 4; 2 Samuel 6, 2; 2 Reyes 19, 15;
Isaías 37, 16; Deuteronomio 33, 2) refleja tales prácticas religiosas, es la
arqueología la que ha puesto de manifiesto su difusión, y paliado algo del
«silencio» al que se refería Dever anteriormente.
FIGURA 8.22. Altar de Ta‘anach, finales del siglo X a. C. Colección del
Departamento de Antigüedades de Israel. © Museo de Israel, Jerusalén.
Siglos
VII-VI a. C.
Contamos con un buen número de sellos y óstraca de esta época.
Recientemente se han hecho públicos dos de estos últimos, pertenecientes a una
colección privada, fechados en la segunda mitad del siglo VII a. C.
(Bordreuil et al., 1998). Uno se refiere a un impuesto religioso y
el otro a la súplica que una viuda dirige a un funcionario tras la muerte de su
esposo. Se han encontrado más óstraca en Mesad Hashavyahu, los
más importantes de los cuales son seis fragmentos que pertenecen al mismo
documento. El texto trata de la petición de un trabajador para que le sean
devueltas sus ropas, ya que le habían sido confiscadas (Pardee, 1997b). Estos
textos nos permiten acceder a las realidades sociales y políticas de la época.
En Arad se encontró una de las más amplias colecciones de inscripciones hebreas
(más de 100) (Lemaire, 1997). La datación de estos Óstraca no está clara, y se
suelen fechar entre los siglos X al VI. El contenido de estas inscripciones es
muy variado. Algunas tratan de asuntos militares; otras son listas de nombres y
al menos dos parecen ser abecedarios. Nueve de ellas son impresiones del sello
real (LMLK) sobre asas de jarras, y datan del siglo VIII. A esto se añade el
hallazgo de trece pesos grabados. A. Mazar ha expuesto de manera sucinta la importancia
de estas inscripciones: «Las inscripciones de Arad incluyen gran riqueza en
variedad de datos muy reveladores de la geografía histórica de esta región: el
papel de la fortaleza, la jerarquía militar en la zona, los usos lingüísticos,
las estructuras de los nombres propios en Judá, la cantidad de comida que
consumían las tropas, y aspectos de la vida diaria como el sistema numérico, de
pesos y distancias» (1990, p. 441).
Lachish
Lachish
es uno de los yacimientos más importantes de Judea, situado en la Sefelá
(figura 8.23). El lugar (la moderna Tell ed-Ouweir) fue identificado por W. E
Albright en 1929. Allí se han desarrollado numerosas excavaciones, la primera
de ellas a cargo de J. L. Starkey en los años treinta. Por desgracia Starkey
fue asesinado en enero de 1938 cuando se dirigía a Jerusalén. Desde entonces la
excavación más reciente ha sido la de D. Ussishkin de la Universidad de Tel
Aviv (Ussishkin, 1997, con referencias a publicaciones previas). Los niveles
IV-II datan, según la opinión del arqueólogo, del Hierro IIb-c. La ciudad del
nivel III sufrió la destrucción que llevó a cabo Senaquerib (704-681) en el año
701 a. C., y la ciudad del nivel II la de Nabucodonosor durante la conquista
babilonia en el 588-586 a. C.
FIGURA 8.23. Plano general de Lachish. Tomado de Tel Aviv, volumen 5,
ilustración I. Cortesía de D. Ussishkin.
En
la Biblia, Lachish aparece mencionada en el contexto de la guerra asiria (2
Reyes 18, 13-19 y 37), pero sólo incidentalmente. La Biblia hace hincapié en la
milagrosa liberación de Jerusalén. Aquí tenemos un ejemplo clásico de cómo los
datos arqueológicos pueden contarnos «el resto de la historia», tal y como
ocurrió. Según los textos (cf. Oppenheim, en ANET, pp.
287-288) y relieves asirios (véase la explicación y la fotografía de uno de los
detalles de los relieves en Ussishkin, 1997a), así como por los restos de la
destrucción de Lachish, la ciudad fue violentamente asaltada a finales del
siglo VIII a. C. La convergencia de los datos, tanto arqueológicos como
textuales, hacen de la destrucción asiria de Lachish uno de los
«acontecimientos mejor documentados del periodo de la Monarquía» (A. Mazar,
1990, p. 432). A esto se añade que los restos de unas 1.500 personas hallados
en unas cuevas cercanas apuntan a la posibilidad de que el ejército asirio
llevara a cabo una, despiadada masacre. Los vestigios cerámicos que se
encontraron bajo los niveles de destrucción son de una enorme importancia a la
hora de establecer la cronología cerámica de este periodo de la historia de
Judá. Entre los descubrimientos se incluyen cientos de las asas de jarras con
impresiones de las que ya se habló antes, lo cual da pie al debate sobre su
datación.
Por lo que respecta a la destrucción asiria, Ussishkin llegó a la conclusión de
que la ciudad estuvo abandonada durante aproximadamente setenta años hasta que
volvió a ocuparse en la época del rey Josías (639-609 a. C.). A este periodo
pertenecen las famosas «cartas de Lachish» (Pardee, 1997c, y notas). Se
encontraron entre los escombros de una prisión, y reflejan los últimos días de
Judá antes de ser destruida por los babilonios en el 587/586 a. C. Una de las
cartas mejor conocidas, la número 4, dice en un determinado momento: «Ya que
estamos observando los puestos de señales de Lachish, según todas las
indicaciones que mi señor da, porque no vemos las señales de Azekah» (Albright,
en ANET, p. 322, cf. Jeremías 34, 7). Tras la
caída de Azekah en manos babilonias, la suerte de Lachish estaba echada. Aunque
el yacimiento volvió a ocuparse en época romana, nunca recuperó su grandeza pre
exílica.
Jerusalén en la Edad del Hierro IIb-c
Se han recuperado muy pocos restos del siglo IX a. C. Sin embargo, hacia
finales del VIII, la ciudad se expandió hacia el oeste (Avigad, 1985).
Habitualmente se explica esta expansión como consecuencia de la llegada de
refugiados procedentes del norte durante la época de Ezequías (727-690 a. C.).
Entre los restos arqueológicos de esta época se incluyen, entre otros, una
imponente muralla de 5 metros de grosor y un pavimento empedrado (Avigad, 1985;
Cahill y Tañer, 1994; Shiloh, 1985, 1989). Shiloh estimó que la extensión de
Jerusalén iría de las casi 16 ha en el siglo X a aproximadamente 60 a finales
del siglo VIII. También calculó que la población se incrementaría de los 25.000
a los 40.000 habitantes (1989, p. 98). La expansión geográfica de la ciudad estaba
dictada por los numerosos enterramientos en cuevas que rodeaban el
asentamiento.[120]Este hecho,
junto al crecimiento demográfico, el cual hizo de la Jerusalén de la época un
lugar populoso y lleno de ruido, fue uno de los principales factores que
determinaron la construcción del palacio real en Ramat Rachel, situado entre
Jerusalén y Bethlehem (Belén). El importante número de asas de las llamadas
«jarras LMLK» que se encontraron allí (unas 170) indica su uso
durante la época de Ezequías.
Otro importante resto arqueológico de Jerusalén es su sistema de distribución
de aguas, especialmente el «túnel de Ezequías» (véase la figura 8.19) y el
«pozo de Warren». Este último fue descubierto por Warren en 1867, y de ahí su
nombre. Este sistema de conducción de aguas se relaciona en ocasiones con la
historia bíblica de la toma de Jerusalén por parte de David (2 Samuel 5, IB; 1
Crónicas 11, 6), aunque no se ha probado, a lo que se añade el hechode que la
fecha de su construcción no está clara. Shiloh (1994) lo fechó entre finales
del siglo X y principios del IX, en cuyo caso sería posterior a la época de
David. Otros autores han sugerido que existiría ya tiempo antes del siglo X
(Cahill y Tarler, 1994, p. 44).
Contamos, gracias a las excavaciones de los últimos años, con muchos e
interesantes descubrimientos de la Jerusalén de la Edad del Hierro (nivel X de
la excavación de Shiloh), especialmente en la «Ciudad de David». Entre éstos se
encuentran una serie de construcciones arquitectónicas, quizá de tipo doméstico
(figura 8.24). Una de ellas es una «casa de cuatro habitaciones», y cerca de
ella se encuentra la «casa de Ahi‘el», llamada así porque se encontró su nombre
grabado en una vasija de almacenamiento. Uno de los descubrimientos más
importantes se produjo entre los restos de un edificio situado al este de la
casa de Ahi‘el. Se trata de la «casa de las bulas», llamada así a causa de las
cincuenta y una bulas que se encontraron allí.[121] A
partir de ellas se han recuperado ochenta y dos nombres, dos de los cuales
aparecen mencionados en la Biblia: «Gemaryahu, hijo de Shaphan» (en castellano
Gamarías, hijo de Safán; Jeremías 36, 10 y 25) y «Azaryahu, hijo de Hilqiyahu»
(Azada, hijo de Helcías; 1 Crónicas 9, 10-11).[122]
FIGURA 8.24. Construcciones domésticas, excavaciones de la «Ciudad de
David». A. Ben-Tor, ed., The Archaeology of Ancient Israel, Yale
University Press, © 1992.
Si
el «Gemaryahu» de la bula es el mismo que el escriba que menciona Jeremías,
entonces este testimonio epigráfico nos proporciona un importante punto de
referencia cronológica. La noticia de Jeremías se fecha en el quinto año del
reinado de Joaquim, en tomo al 603 a. C. (Jeremías 36, 9; cf.
Shiloh, 1989, p. 104). Así, los datos bíblicos y arqueológicos coinciden en
situar las actividades de la «casa de la bulas» inmediatamente antes de la
destrucción de Jerusalén, en el 587/586 a. C.
La Biblia
A menudo, en las discusiones sobre los textos hebreos antiguos, se pasa por
alto que la producción literaria más significativa de la Edad del Hierro II en
Judea es, precisamente, una buena parte de la Biblia. Aunque no existen
manuscritos bíblicos de este periodo[123], muchos
críticos literarios han defendido que gran parte del material que hoy
encontramos en el Pentateuco, Deuteronomio (Josué, Jueces, Samuel y Reyes), así
como en muchos de los profetas preexílicos y los Salmos, se compuso en el
Hierro IIc.[124] Que
la forma definitiva de estos escritos deba datarse en el periodo postexílico no
es aquí la cuestión.
Hemos
recorrido un largo camino desde las chozas neolíticas hasta las ruinas de
Israel y Judá tras las catástrofes militares de la Edad del Hierro II. Durante
este lapso de tiempo de aproximadamente 8.000 años, vivió y murió un número
incontable de personas, la mayoría de las cuales nos ha dejado un testimonio
escasísimo de sus pobres vidas. El paisaje arqueológico de este pueblo se
encuentra salpicado de innumerables publicaciones, muchas de ellas técnicas y,
en cierta medida, inaccesibles para el no especialista. No obstante, es a este
pueblo, en especial a esos que conocemos como «hebreos» o «israelitas», a los
que debemos una de las grandes religiones del mundo. Los fragmentos de su
existencia yacen enterrados bajo el suelo de Palestina, ¡a menudo sobre los
vestigios de sus ancestros neolíticos! Con este breve estudio he pretendido
iluminar de algún modo esta asombrosa historia, muchas de cuyas piezas aún no
las hemos encontrado, y otras sólo las hemos comprendido parcialmente. A ello
se añade el que muchas otras piezas de importancia se hayan omitido por
necesidad.
A pesar de estas omisiones, espero que algo haya quedado claro a lo largo de
nuestro recorrido: la importancia de la arqueología, que es mucha. La
arqueología es un puente que puede llevarnos al pasado, al lugar en él que
nuestros ancestros nacieron, vivieron, amaron, temieron y murieron. Es la única
disciplina que puede proporcionamos el retrato contemporáneo de la cultura de
la que emanó la Biblia. Dicha disciplina nunca ha «probado» ni «probará» la
«verdad» de la Biblia, si por ello entendemos probar la veracidad de las
interpretaciones teológicas que los escritores bíblicos hicieron de su propia
historia. La arqueología es una materia humanista, no teológica, aunque en
ocasiones puede iluminar el contexto en el que los autores de las historias
bíblicas las situaron y puede aportarnos una perspectiva diferente a la que
conservamos en el texto sagrado. Además, al excavar las ruinas del pasado nos
enfrentamos cara a cara con nosotros mismos, dado que somos los descendientes
de esos ancestros cuyas ciudades y aldeas, chozas, palacios y tumbas buscamos y
estudiamos. Si somos o no los más indicados para ello, es, supongo, un
veredicto aún sin pronunciar. En estos años de gastos de excavación excesivos,
de incontables horas de esfuerzo físico y; para muchos de nosotros, de
separación de nuestros seres queridos y amigos, surgen las preguntas sobre el
valor de las excavaciones arqueológicas. Por muchas justificaciones que
pudiéramos encontrar para esta actividad, ninguna, a mi juicio, sería mejor que
la de Paul Lapp:
Quizá
los descubrimientos de Jerusalén son incluso más importantes que los de Cabo
Cañaveral. Los descubrimientos de Cabo Cañaveral tienen que ver con la
expansión del universo del hombre. Los descubrimientos de Jerusalén tienen que
ver con el hombre mismo. Quizá los historiadores puedan contribuir a nuestra
sociedad en mayor medida que los teóricos del cosmos. Quizá los descubrimientos
arqueológicos de Palestina iluminen a los hombres más que una excavación en la
Luna. Quizá es más importante para el hombre comprenderse a sí mismo que
expandir su universo. Quizá los seres humanos necesiten con mayor desesperación
comprenderse entre ellos que descubrir la existencia de nuevas criaturas en el
espacio exterior. Si ésa es vuestra convicción, la historia antigua y la
historia bíblica os ofrecen estimulantes oportunidades de ampliar vuestros
horizontes (1969, p. 113).
Notas
[1] Cf. King (1985, p. 49):
«Desde la guerra árabe-israelí, la actividad arqueológica a ambos lados del río
Jordán ha acelerado su paso de tal modo que es incluso difícil nombrar todos
los proyectos que hoy se llevan a cabo en Israel, Jordania, y países vecinos».
[2] Sobre el descubrimiento de Smith,
véase Lloyd (1995, pp. 176 y SS.); Moorey (1991, pp. 11-12). Para una
traducción (en inglés) de esta historia, conocida como el «Poema de Gilgamesh»,
véase ANET, pp. 42-44.
[3] Véase Tadmor (1985, pp. 260-268).
En los últimos años se ha generado una controversia acerca del término
«arqueología bíblica», controversia encabezada principalmente por W. G. Dever,
de la Universidad de Arizona. Entre sus muchas publicaciones sobre este terna,
véanse: 1985a, 1985b, 1988, 1992a, 1996a, 1996b, 1997a. Es asimismo
recomendable para un resumen conciso e informativo de la historia de la
«arqueología bíblica» la consulta de la publicación de Moorey (1991).
[4] Sobre la vida de Robinson y sus
contribuciones a los estudios bíblicos, véase Moorey (1991, pp. 14-17); y, en
especial King (1983c). En OEANE se pueden encontrar las
biografías de muchos de estos pioneros, así como las de otros importantes
arqueólogos del mundo próximo-oriental.
[5] Se atribuyen estas palabras a
Titus Tobler. Citado en Albright (1949, p. 25).
[6] Véanse, inter alia,
Dever (1980a, 1985a, 1992a); Moorey (1991); y Miller (1987). Dado que el
análisis que hiciera Dever de esta historia es ampliamente conocido entre los
arqueólogos, nuestra exposición seguirá sus planteamientos básicos. Él llama a
estos estadios en el desarrollo de la disciplina arqueológica «revoluciones».
[7] Dever (1985a); véanse los
resúmenes de las historias de las diferentes «escuelas» nacionales en los
capítulos iniciales de BTC.
[8] Nuestra escasa disponibilidad de
espacio no nos permite desarrollar más ampliamente las contribuciones de
Albright al desarrollo de la «arqueología bíblica» y su influencia en la misma.
El estudiante, tan pronto se familiarice con las publicaciones sobre la
materia, se dará cuenta de lo influyente que ha sido, y aún es, la figura de
Albright. Aunque se trata de una valoración breve sobre Albright, véanse Moorey
(1991, pp. 67-75); y King (1983a). Sería imposible enumerar todas las obras de
Albright, pero es recomendable que, para introducirse en la profundidad y
magnitud de su pensamiento, el estudiante conozca en especial dos de sus
trabajos: From the Stone Age to Christianity y The Ardiaeology of
Palestine. Sobre su vida y sus aportaciones, véase también BA, 56, n.º 1
(marzo de 1993).
[9] Dever (1982a, 1985a, 1990a,
1992a). Un diálogo interesante, al tiempo que informal, sobre esta
controversia, entre otras cuestiones, puede leerse en Shanks (1996a, b).
[10] No
hay, hoy por hoy, que yo sepa, un solo arqueólogo de campo que imparta clases
en ninguno de los seminarios vinculados a mi tradición religiosa.
[11] Un
ejemplo clásico de esta controversia es la discusión actual sobre la existencia
de Jerusalén antes y durante la época de la «Monarquía Unida». Véanse Cahill
(1998); Na‘aman (1998); Steiner (1998).
[12] Cf. las
historias de Israel y Judá de J. A. Soggin (1984), J. M. Miller y J. Hayes
(1986). La conclusión de estos últimos es que las historias bíblicas previas a
la época de David son «un constructo literario artificial e influido por
planteamientos de tipo teológico» (p. 78). Lemche llega a una conclusión
similar (1985, p. 414). Estas cuestiones sobre la historiografía israelita se
merecen una amplia discusión, lo cual es imposible aquí. Entre las
publicaciones sobre el temm además de los trabajos ya mencionados, será de gran
utilidad para el lector la consulta de los siguientes estudios y sus
respectivas bibliografías: M. Z. Brettler (1995); R. B. Coote (1990); B. Halpem
(1983); J. Van Seters (1983).
[13] Buena
parte de la «prensa arqueológica» no especializada, la cual puede inducir a
error a un público incauto, es a menudo obra de «arqueólogos» cuyos métodos
son, cuando menos, cuestionables. Véase al respecto la crítica de Daniel C.
Browning, Jr. (1996) a ciertas investigaciones de V. Jones. Véase también L.
Davidson (1996).
[14] Las
técnicas de excavación, incluso los nombres de las mismas, tienen su propia
historia. Los arqueólogos se esfuerzan permanentemente por mejorar estos
métodos. La literatura científica al respecto es demasiado amplia para hacer un
listado, pero son recomendables, por sus explicaciones y sus referencias
bibliográficas, los siguientes trabajos: Dever (1974, 1985b); R. L. Chapman III
(1986); G. W. Van Beek (1988). Los siguientes manuales acercarán al lector a la
terminología, las técnicas y los sistemas de registro en arqueología: Blakely y
Toombs (1980); Dever y Lance (1978); Joukowsky (1980).
[15] Véanse
W. Dever (1996a); M. B. Schiffer (1987). Aunque Schiffer se refiere en raras
ocasiones a los tells del Oriente Próximo, su trabajo es de
gran interés para cuestiones como la formación y el deterioro de los tells.
También serán de gran ayuda los diferentes capítulos que en BTC llevan
por título «Metodología arqueológica: las técnicas». Sobre el problema de la
estratigrafía, véase J. Holladay (1997a, b), así como el breve artículo de A.
M. Rosen (1997). También merece la pena la lectura del ensayo de G. E. Wright
(1974).
[16] Para
una explicación de los procesos de alteración que pueden causar la mezcla de
los niveles y los materiales pertenecientes a un tell véase
Shiffer (1987, pp. 199-234). Esta actividad se denomina «posdeposición».
[17] Strange
(1988). Véase también Longstaff (1997). Para una estudio más amplio de las
aplicaciones informáticas en arqueología véanse los repertorios bibliográficos
que incluyen estos artículos.
[18] Cf. Dessel
(1997).
[19] En
algunas excavaciones los dibujos de las secciones estratigráficas son
responsabilidad del supervisor de área. Véase Dever (1978, pp. 164-172).
[20] El
escándalo de las publicaciones arqueológicas en Israel es bien conocido. Véase
Shanks (1996c). Sabemos que desde 1967 se han encontrado 30.000 monedas en las
excavaciones llevadas a cabo en Jerusalén. En julio de 1996 aún no se había
publicado ninguna de estas monedas. Véase BAR, 22-24 (julio-agosto de 1996), p.
9).
[21] Lance
(1981, p. 57). Para una exposición más detallada sobre el problema de las
publicaciones arqueológicas, véanse Boraas (1988) y Shanks (1996c).
[22] Dos
destacados ejemplos son las publicaciones que se están preparando sobre dos
excavaciones diferentes de Jerusalén, una la dirigida por K. Kenyon y la
segunda por Y. Shiloh.
[23] Véanse
los principales capítulos de ASHL.
[24] Son
muchos los estudios, tanto de tipo general como especializados, sobre estos
periodos. Para el Neolítico son interesantes y, sin duda, de gran ayuda a la
hora de emprender estudios posteriores, las siguientes publicaciones (todas
ellas con completas bibliografías): A. Gopher (1995); A. M. T. Moore (1982); O.
Bar-Vosef (1992, 1995). Para el Calcolítico, véanse R. Gonen (1992a); T. Levy
(1986, 1995a).
[25] Para
consultar investigaciones más antiguas véanse: Lapp (1970); G. E. Wright
(1971); R. de Vaux (1971); K. Kenyon (1979, pp. 84-118): R. Amiran (1970a).
Para perspectivas más recientes, véanse Richard (1987); A. Mazar (1990, pp.
91-150); A. Ben-Tor (1992). 4.
[26] W.
E Albright parece haber sido el primero en acuñar el término «Edad del Bronce
Antiguo». Véase Richard (1987, junto a la bibliografía que allí aparece). G. E.
Wright en 1937 dividió el periodo en cuatro fases, del Bronce Antiguo I al IV.
La mayoría de los arqueólogos utilizan hoy esta terminología. Sin embargo,
algunos israelitas utilizan el término étnico «Canaanita» o «Canaanita Antiguo»
para referirse al mismo periodo; véase M. Dothan (1985).
[27] Cf.
OEANE, vol. 4, pp. 412-413; para un trabajo ligeramente diferente, véanse
S. Richard (1987) y NEAEHL, vol. 4.
[28] P.
Gerstenblith (1980, p. 66); véase también sus notas finales, números 6 y
7. Cf. S. Richard (1987, p. 23).
[29] En
su artículo de 1987, J. F. Ross identificó unos 102 yacimientos del Bronce
Antiguo excavados y más de 550 prospectados. Incluyó además amplias
bibliografías para cada yacimiento de su lista. Para un estudio de los patrones
de asentamiento en Palestina durante el Bronce Antiguo II y el Bronce Antiguo
III, véase Broshi y Gophna 1984; véase también Finkelstein y Gophna (1993).
Para un estudio de los patrones de asentamiento en el sur de Palestina y el
Sinaí durante el III milenio a. C., véase I. Beit-Arieh (1981). M. Haiman ha
estimado en unos 1.000 los yacimientos conocidos del Bronce Antiguo IV en el
desierto del Sinaí (1996). Palumbo, por su parte, eleva la cifra a más de 3.000
para el mismo periodo. Por lo que se refiere al trabajo de T. Thompson (1979)
debería manejarse con cautela. Véanse las críticas de Ross (1987, p. 316) y W.
G. Dever (1980b, pp. 53 y ss.).
[30] P.
Lapp (1970); De Vaux identif6 a los «fundadores» de la Edad del Bronce Antiguo
como «cananeos» que migraron desde el norte (1971, p. 234). K. Kenyon
argumentó, sobre la base de sus estudios de la cerámica funeraria de Jericó,
que tres grupos tribales provenientes del este, y quizá también del norte, eran
los responsables de la cultura del Bronce Antiguo I, a la que llamó «periodo
protourbano» (1979, p. 66). Los más recientes hallazgos y la mejor comprensión
e interpretación actual de los datos antiguos han puesto en duda estas teorías.
Véase especialmente J. W. Hanbury-Tenison (1986), para una amplia discusión del
horizonte del Calcolítico Tardío-Bronce Antiguo I en Palestina y Transjordania
así como para la consulta de algunas viejas teorías formuladas por los más
destacados arqueólogos desde el periodo anterior a 1945 hasta la década de los
ochenta.
[31] Para
una exposición más detallada de la economía del Bronce Antiguo I véase
Hanbury-Tenison (1986, pp. 72-103).
[32] En
el pasado algunos incluían una tercera división, Bronce Antiguo IC. Véanse, por
ejemplo, Paúl Lapp (1970) y J. A. Callaway (1978). Sobre la hipótesis de que no
existe Bronce Antiguo I, véase S. Richard (1987, p. 25); cf. también
Schaub (1982, p. 69).
[33] Broshi
y Gophna (1984, p. 41); según la investigación de Finkelstein y Gophna (1993),
el tamaño medio de los 35 yacimientos del Bronce Antiguo I estudiados en el
norte de Samaria es de aproximadamente 2 ha, y el de los 29 yacimientos del sur
de Samaria y Judea, de 1 ha.
[34] A.
Mazar y De Miroschedji (1996, ilustraciones 4-15). Nuestras limitaciones de
espacio no nos permiten detenemos en las massebot, las cuales se
remontan a un periodo tan antiguo como es el Neolítico. Estuvieron ampliamente
extendidas en el mundo antiguo y fueron a menudo condenadas por la Biblia a
causa de su vinculación a las prácticas cananeas. Contamos con suficientes
pruebas arqueológicas procedentes de yacimientos tales como Tel Dan como para
afirmar que estas piedras jugaron un destacado papel a lo largo de toda la
historia de la religión israelita. Véanse Mazar y De Miroschedji (1996) y
nuestro capítulo 8.
[35] Aunque
el estudio clásico de R. Amiran, Ancient Pottery of the Holy Land (1970b)
necesita ser revisado, es aún de enorme utilidad para el conocimiento de la
historia de la cerámica de la antigua Canaán y de Israel.
[36] Hanbury-Tenison
(1986, pp. 104-138; ilustraciones 15 y 23). Hanbury-Tenison, asimismo, ha
criticado la hipótesis de R. Amiran (1970b) de una cultura «meridional» con
cerámica de decoración lineal contemporánea de una cultura septenrional de
cerámica «gris bruñida», calificando dicha hipótesis de «engañosa». Véase
Hanbury-Tenison (1986, pp. 125-126).
[37] Los
planteamientos sobre este tema son bastante técnicos. Véase Amiran (1970b, pp.
35-57) y Hanbury-Tenison (1986).
[38] Para
un resumen de los principales puntos del tema así como para un listado de los
yacimientos, véase Hanbury-Tenison (1986, pp. 231-250).
[39] Entre
las publicaciones sobre las relaciones egipcio-palestinas durante el Bronce
Antiguo, véanse W. A. Ward (1991); I. Beit-Arieh (1984); J. M. Weistein (1984);
M. Wright (1985).
[40] Sobre
la hipótesis de que la construcción de estos asentamientos amurallados del
Bronce Antiguo II se debió más bien a factores de índole social que a factores
de tipo económico, véase Hanbury-Tenison (1986, p. 102).
[41] Nos
es imposible aquí hacer una exposisicón detallada de todos estos yacimientos.
Para el caso de Dan, véanse Biran (1994, pp. 33-45); R. Greenberg (1996); R.
Greenberg y Porat (1996). Para el caso de ‘Ai, véanse Callaway (1972, 1978,
1980b, 1987). Para el caso de Arad, véanse Amiran et al., (1978);
Amiran (1985a); Amiran e lían (1996). Se pueden encontrar artículos breves
sobre los yacimientos mencionados, eso sí, con completas bibliografías,
en NEAEHL y OEANE.
[42] Los
siguientes trabajos incluyen bien resúmenes bien estudios especializados de
este periodo (todos ellos con completas bibliografías). S. Richard (1980); W.
G. Dever (1980b, 1995b); S. Richard y R. Boraas (1984, 1988); R. T. Schaub y W.
E. Rast (1984); G. Palumbo (1991), R. Gophna (1992); G. Palumbo y G. Peterman
(1993): Y. Goren (1996); M. Haiman (1996).
[43] Aunque
Dever aboga por la utilidad de la cerámica como indicador cronológico, ha
sugerido también que en algunos casos los conjuntos cerámicos pueden solaparse
y entonces representar únicamente diferencias de tipo regional (1995b, p. 296,
n. 21).
[44] Para
una breve crítica de estos modelos, véase Dever (1995b).
[45] La
nomenclatura puede resultar confusa. Algunos estudiosos (especialmente
israelíes) se refieren a la primera parte de este periodo como «Edad del Bronce
Medio IIA» (cf. NEAEHL, vol. 4; B. Mazar, 1968; A. Mazar, 1990, p. 174).
Pero incluso existen discrepancias dentro de este grupo. Algunos de ellos
dividen el periodo en dos subfases: Bronce Medio IIA (2000-1750 a. C.) y Bronce
Medio IIB (1750-1550 a. C.), como hace NEAEHL. Otros (por ejemplo
A. Mazar, 1990) utilizan esta nomenclatura pero dividen la última fase de la
Edad del Bronce Medio en Bronce Medio IIB-C (cf. Kempinski, 1992b, tabla
1.1, que cuestiona la validez de dividir la última fase del periodo en dos
subfases, b, C). El denominador común de todos estos esquemas es que todos
asumen que el «Bronce Medio I» debería situarse a finales del III milenio a. C.
(2200-2000 a. C.), y no a comienzos del segundo.
[46] Es
preciso considerar las conclusiones de Ward de forma cautelosa a la luz de la
utilización, tanto pasada como presente, que se ha hecho de la cronología
egipcia en un intento de establecer fechas absolutas. Él plantea que los
investigadores modernos han impuesto a los antiguos egipcios una «precisión
moderna» que ellos (léase los egipcios) «ni necesitaban ni les preocupaba» (p.
60).
[47] Las
cuestiones en tomo al origen, significado y utilización de los términos
«Canaán» y «cananeo» exceden los objetivos de este estudio. Véanse J. C. H.
Laughlin (1990) y A. E Rainey (1996).
[48] El
problema de identificar grupos «étnicos» sobre la base de los restos
arqueológicos es sumamente complejo. Véase Kamp y Yoffee (1980), en particular
su crítica a la «hipótesis amorita». Por lo que se refiere a «Israel», véanse
Dever (1993b, 1995a, 1995c); Finkelstein (1996).
[49] La
«ciencia» que calcula los índices demográficos de las sociedades antiguas es
muy imprecisa. Los diferentes autores utilizan métodos diferentes y sus cifras
son igualmente diferentes. Para la región costera, Gophna y Portugali (1988)
confeccionaron un listado de unos 50 yacimientos del Bronce Medio I, y
estimaron que la población de los mismos habría sido de unos 28.000 habitantes;
los 60 yacimientos del Bronce Medio II habrían tenido una población de unos
37.000 habitantes. Kempinski (1992b, p. 194), por su parte, calculó que la
población de toda Palestina durante el Bronce Medio II (su Bronce Medio IIb)
rondaría los 200.000 habitantes.
[50] Una
vez más, la palabra ciudad que utilizamos para describir estos
asentamientos antiguos no tiene las connotaciones del uso contemporáneo del
término, en especial por lo que se refiere al tamaño. La mayor parte de las
«ciudades» palestinas fueron bastante pequeñas, incluso para los patrones de su
propia época (compárense, si no, con el tamaño de las ciudades de Siria y
Mesopotamia).
[51] Oren
(1992, p. 115) da una serie de criterios mediante los cuales valorar estos
restos. Entre otros, incluye la proximidad de las casas «patricias» a otras
estructuras de importancia (como templos, palacios y puertas de la ciudad), las
dimensiones y calidad constructiva, la presencia de suelos enlucidos y la
existencia de residencias para los sirvientes y almacenes.
[52] Sobre
la construcción de los taludes desde el punto de vista de un ingeniero, véase
E. Pennells (1983).
[53] El
tema de la terminología está siempre presente. Véase cómo A. Mazar califica a
los restos de Shechem, Hazor y Megido de «templos monumentales simétricos»
(1992a, p. 166).
[54] Dever
admite que las pruebas arqueológicas de las exportaciones palestinas son
escasas durante este periodo. No explica cómo se transportaría el ganado,
aunque creemos que se emplearía algún tipo de embarcación.
[55] Para
una amplia discusión de las teorías acerca del colapso de las sociedades
antiguas, véase Yoffee y Congill (1988).
[56] Albrecht
Alt hizo esta observación hace casi setenta años en su bien conocido ensayo
«The God of the Fathers». Reimpreso en Ah (1968).
[57] La
historia del debate entre estudiosos bíblicos, arqueólogos e historiadores
sobre el tema de los Patriarcas y su ubicación histórica, incluida la cuestión
de si los Patriarcas fueron o no personas de carne y hueso es demasiado amplia
y compleja como para exponerla aquí con detalle. Un excelente punto de partida
para los estudiantes son los ensayos de Dever y Clark (1977), los cuales
incluyen sendas bibliografías que resultarán, sin duda, de gran ayuda. Más
breves, aunque también de gran utilidad, son las valoraciones que realizan Mc
Carter, Jr. (1988); Millard (1992).
[58] Esto
no significa que todos los estudiosos que consideran que al menos parte de las
tradiciones patriarcales son anteriores a la época de la Monarquía estén de
acuerdo en las fechas. Clark (1977), por ejemplo, aboga por la Edad del Bronde
Tardío.
[59] Soy
consciente de que no puedo ocuparme aquí de todos los aspectos importantes de
este periodo tratándose este trabajo de una presentación general del estado de
la cuestión Así pues, sería muy recomendable la lectura de las siguientes
publicaciones (en especial desde una perspectiva político-histórica), muchas de
las cuales incluyen, además, una completa bibliografía: Aharoni (1978, pp.
112-152); Albright (1949, pp. 96-109); Bunimovitz (1995, pp. 180-211); Drower
(1973); Gonen (1992b); Kenyon (1979, pp. 180-211); Leonard (1989); A. Mazar
(1990, pp. 232-294); De Vaux (1978, pp. 82-152).
[60] La
utilización de fechas diferentes para un mismo acontecimiento o personaje por
parte de los distintos autores resulta enormemente confusa, especialmente para
aquel que se acerca a estos temas por primera vez. Hasta no hace mucho, la
llamada cronología «alta» utilizada en Cambridge Ancient History (vol.
II, 2B, p. 1.038) era ampliamente aceptada. Hoy, sin embargo, algunos
investigadores abogan por una cronología «baja» (véase P. Astrom, 1987).
En NEAEHL, vol. 4, se incluye un cuadro en el que se comparan ambas
cronologías.
[61] A.
Mazar, en su estudio sobre la historia estratigráfica de 19 yacimientos de la
Edad del Bronce Tardío, identificó tres periodos ocupacionales principales:
Bronce Tardío, II; IIA y IIB (1990, p. 242, tabla 5).
[62] La
estimación del número de yacimientos, de los índices demográficos y de la
extensión total de terreno ocupada no es en absoluto exacta. En la mayoría de
los casos los yacimientos arqueológicos de la Edad del Bronce Tardío sólo se
han excavado parcialmente, y puede ser que otros ni siquiera los hayamos
detectado. Sin embargo está perfectamente demostrado que, en términos
generales, todos esos parámetros disminuyen respecto a la previa Edad del
Bronce Medio.
[63] Aunque
Ottoson (1980) llegó a la conclusión de que este «templo» no era más que un
taller cerámico, esta hipótesis no ha sido aceptada por un buen número de
investigadores (A. Mazar, 1992a, p. 179, n. 65). Sin embargo, para una
valoración diferente a la de Ottoson, véase Callaway (1982a).
[64] Aunque
habitualmente la fecha que se menciona para este descubrimiento es el año 1887,
existen versiones diferentes. Algunos sitúan el descubrimiento en 1886; véase
Moran (1992, p. XIII).
[65] Algunas
fuentes hablan de una mujer beduina (Campbell, 1970, p. 2).
[66] Las
fechas para Akhenaton varían considerablemente según la publicación que
consultemos. Si aceptamos una cronología «alta», su reinado habría tenido lugar
aproximadamente entre 1379-1362; si, por el contrario, aceptamos una cronología
«baja», entre 1352-1336. Véase Moran (1992, pp. XXXIV-XXXIX).
[67] Existe
un importante volumen de publicaciones acerca de estas tablillas. Entre ellas,
son recomendables: Aharoni (1979, pp. 169-176); Albright (1975); Bruce (1967);
Bryan (1997); Campbell, Jr. (1960); Harrelson (1975); Izre‘el (1997); Moran
(1985, 1992); Na‘aman (1992). Para un mapa de las ciudades cananeas mencionadas
en la correspondencia, véase Aharoni (1979, p. 173, mapa 11). Veinticinco de
estas cartas, la mayoría de reyes palestinos vasallos, aparecen recogidas
en ANET, pp. 483-490.
[68] Los ‘apiru aparecen
mencionados en unas 53 cartas: véase Moran (1992, p. 393).
[69] Véase,
por ejemplo, Sama (1988). Sus argumentaciones me parecen forzadas, en ocasiones
incluso triviales (cf. Dever, 1997b, p. 69); Malamat (1997) (este último
autor recopila sus principales argumentos en su artículo de 1998); Yurco
(1997). Las publicaciones sobre el Éxodo son tantas que incluso dudo en incluir
un listado de referencias bibliográficas. Sin embargo, recomendaría a aquellos
estudiantes que se acercan a esta cuestión por primera vez la lectura de dos
recientes publicaciones: The Rise of Ancient Israel (1992),
editado por H. Shanks; Exodus: the Egiptian Evidence (1997),
editado por E. S. Frerichs y L. H. Lesko.
[70] Según
la tradición que se recoge en 1 Reyes 6, 1 y ss., el Éxodo habría tenido lugar
a mediados del siglo XV a. C., una fecha que la mayoría de los estudiosos
rechaza. Por mi parte, asumiré la fecha del siglo XIII a. C., opinión que
muchos otros investigadores comparten. Sin embargo, son irrelevantes los
argumentos sobre cualquier fecha si resulta que no existió un éxodo como el que
cuenta la Biblia.
[71] Las
publicaciones sobre esta estela, especialmente sobre esa referencia a «Israel»,
son demasiadas como para hacer aquí un listado. El modo en que las
publicaciones tratan la estela es sencillamente representativo de la forma en
que el autor la interpreta.
[72] Es
sumamente interesante ver cómo algunos autores tratan de rescatar algún «hecho
histórico» oculto tras la historia bíblica. Así, Malamat (1997, 1998), tras
admitir que la referencia a Israel de la estela de Memeptah poco tiene que ver
con la cuestión del Éxodo, cita otras fuentes egipcias para afirmar que debió
de haber algún tipo de Éxodo de Israel hacia finales del siglo XIII a. C.
Incluso sugirió que podrían haberse producido varios Éxodos a lo largo de
varios siglos. Sus argumentos no son excesivamente convincentes, y finalmente
ha tenido que admitir que «ninguna fuente egipcia prueba la historia del éxodo»
(1997, p. 15).
[73] Las
fechas de Kitchen se suelen calificar de «bajas». Para una cronología «alta»
ampliamente aceptada por los especialistas, véase CAH, vol. II, 2B,
p. 1.038. Cf. asimismo NEAEHL, vol. 4, p. 1.530,
donde aparecen tanto la cronología alta como la baja.
[74] Aunque
han tomado parte en este debate muchos investigadores, me centraré en las
aportaciones de dos de los más destacados: W. G. Dever, arqueólogo
norteamericano dedicado al mundo de Siria-Palestina, y I. Finkelstein,
arqueólogo israelí. Véanse Dever (1993b y 1995c, ambos con bibliografías);
Finkelstein (1988, 1994 y 1996, también con referencias bibliográficas).
[75] Lo
corriente que esta suposición ha sido, y aún es, en el contexto de los estudios
bíblico-arqueológicos queda ilustrado en el gran número de publicaciones al
respecto que existen, y que no podemos citar aquí. El estudiante sólo deberá
comenzar la lectura de las publicaciones más relevantes para darse cuenta.
Junto a los trabajos mencionados en la nota 3, véase Finkelstein y Na‘aman
(1994).
[76] Cf. la
advertencia de Finkelstein y Na‘aman de que cualquier término empleado para
identificar a los «habitantes de la región montañosa durante la Edad del Hierro
I será incorrecto» (1994, p. 17). Por mi parte utilizaré el término que Dever
sugiriera de «protoisraelitas» (véase Dever, 1993b, y, en especial, 1995c).
También Finkelstein empleó este término en su artículo de 1996. Es más, creo
que el término puede estar justificado por el hecho de que es razonable asumir
que estas poblaciones del Hierro I, independientemente de su lugar de
procedencia, fueron los antecesores directos del pueblo que la Biblia llama
«Israel».
[77] Son
muchas las publicaciones sobre el tema de los filisteos, demasiadas como para
incluir aquí un listado de las mismas. Las que se indican a continuación
servirán para orientar al estudiante sobre los principales aspectos de la
cuestión. Además, tres de las cinco ciudades de la pentápolis filistea (Ashdod,
Ashkelon y Tell Miqne-Ekron) han sido o están siendo, como en el caso de
Ashkelon, excavadas. Gaza, identificada con Tell Harube, fue excavada en 1922,
pero la escasez del material filisteo recuperado no ha permitido establecer la
identificación de este yacimiento de un modo concluyente. Se desconoce por el
momento la localización de Gath, aunque se ha sugerido Tell es-Safi como
posible enclave (T. Dothan, 1982, pp. 48, 50 y n. 133; véase Schniedewind,
1998). Se pueden encontrar artículos sobre estos yacimientos en las siguientes
publicaciones: EAEHL, NEAEHL y OEANE. Para un
tratamiento más en profundidad consúltense: R. D. Bamett (1975); A. Mazar
(1990, pp. 300-334; 1992b, pp. 262-281); I. Singer (1994); L. Stager (1995).
Dos conocidos artículos son los de A. Raban y R. R. Stieglitz (1991) y B. Wood
(1991).
Sobre Ekron véanse T. Dothan (1990); Gitin y T. Dothan (1987); T. Dothan y
Gitin (1990); Gitin (1990). Para un conocido resumen de la presencia palestina
en Ashkelon, véase Stager (1991, 1993). Las excavaciones de Ashdod tuvieron
lugar entre 1962 y 1972 con M. Dothan como director. Muchos de sus informes
pueden encontrarse en la revista ‘Atiqot, publicada por el
Departamento de Antigüedades del Estado de Israel. Para un buen resumen de los
datos arqueológicos de este yacimiento, véase M. Dothan (1993).
[78] La
propuesta de Stager (1991, p. 14) de que los filisteos no eran otros que los
griegos micénicos no ha recibido excesiva aceptación.
[79] Hoy
por hoy, todo el vocabulario filisteo que conocemos se limita a dos
palabras: seren y k/qoba, traducido habitualmente
como «casco» (1 Samuel 17, 5 y 38); es interesante el hecho de que la mayoría
de los usos del término k/qoba son tardíos: Isaías 59: 17;
Jeremías 46, 4; Ezequiel 23, 24: 27, 10; 38, 5; 2 Crónicas 26, 14. Por
supuesto, la palabra egipcia para referirse a este pueblo, peleset,
puede ser también una palabra filistea.
[80] Para
una valoración crítica de los planteamientos de Albright, véase Biblical
Archaeologist, 61, n.º 1 (marzo de 1992). Sobre el asentamiento «israelita»
en Israel, véase Dever (1990a, capítulo 2).
[81] Una
de las razones que esgrime Finkelstein, esto es, que los camellos, necesarios
para los nómadas del desierto, aún no se habían domesticado, ha sido rebatida
por otros estudios. Véase en panicular R. D. Bamett (1985).
[82] Las
publicaciones sobre este tema son muchas. Sólo mencionaré aquellas que
considere las más destacadas y útiles para el estudiante. Un buen punto de
partida sobre el estado de la cuestión en la década de los ochenta es la
sección «II Session: Archaeology, History and the Bible - the Israelite
Settlement in Canaan: a Case Study», BAT (1985). Para dos
interpretaciones diferentes sobre estos nuevos testimonios y sus implicaciones
a la hora de escribir la historia del antiguo Israel, véanse los siguientes trabajos
de W. G. Dever e I. Finkelstein: Dever (1990a, 1990b, 199lb, 1992C, 1993b,
1995a, 1995c); I. Finkelstein (1988, 1994, 1995, 1996). Véase también el
volumen editado por Finkelstein y Na‘aman (1994). Como fuentes segundarías
véanse Coote (1990); Shanks (1992); Lemche (1985); cf. Halpem
(1983).
[83] Ya
en 1978, Ibrahim argumentó que no podía asignarse este tipo cerámico a ningún
grupo «étnico» concreto. En su artículo se incluyen referencias a estudiosos
anteriores (Albright, Aharoni, Amiran entre otros) los cuales interpretaron la
jarra como «israelita». Véanse también Finkelstein (1996, p. 204); London
(1989, pp. 43-45); Yellin y Gunneweg (1989).
[84] Finkektein
apuesta por lo segundo (1996; Finkelstein y Na‘aman, 1994), y acusa a Dever de
lo primero. Dever ha ido, a mi juicio, demasiado lejos al valorar estas
tecnologías de forma aislada (1992c, 1993b, 1995c) e incluirlas en el debate
más amplio del cambio cultural y los «correlatos materiales».
[85] El
debate actual entre Dever y Finkelstein sobre el significado de los datos
arqueológicos nos sirve para advertir que todos estos temas son de una gran
complejidad y que es posible más de una interpretación. Este «desacuerdo»
también incluye a la cerámica, significativa únicamente para los especialistas.
Simplemente comentaré que Dever aboga por la continuidad entre las formas
cerámicas de la Edad del Bronce Tardío en Caimán y las de las aldeas de la
región montañosa central (1993b, 27*, 30*; véanse especialmente las
ilustraciones 3.1, 2; 1995c, pp. 201-207), mientras Finkelstein difiere al
respecto.
[86] Dever
no mencionó la ausencia de huesos de cerdo entre los restos de fauna de la
cultura de la región montañosa central, hecho que Finkelstein pone de relieve
(Finkelstein, 1996, p. 206).
[87] Un
tratamiento amplio de las implicaciones de los recientes datos arqueológicos
así como de los estudios literarios contemporáneos supera con mucho los
objetivos de este volumen. Además de los trabajos de Dever y Finkelstein,
véanse Coote (1990); Lemche (1995). Desgraciadamente el debate se ha convertido
en ocasiones en algo personal. Véase el ataque de Thompson a Dever en Fritz y
Davies (1996, pp. 26-43); y cf. los comentarios de Dever en
Dever (1995c, p. 212 y n. 15; que debería ser n. 14).
[88] Cf. Dever:
«La inevitable conclusión… es que el asentamiento israelita en Canaán se
incluye dentro del largo proceso de transición entre el Bronce Tardío y la Edad
del Hierro. Fue un proceso gradual, extremadamente complejo, que supuso un
cambio social, económico y político, así como religioso, con muchas variaciones
regionales» (1990a, p. 79; véanse también sus conclusiones en 1992c, p. 548).
[89] Dice
Barkay: «El término “arqueología bíblica”… es el más apropiado cuando lo
circunscribimos a la Edad del Hierro II-III» (1992, p. 302).
[90] Entre
sus ejemplos incluye a W. Dever, quien parece haberse vuelto más prudente.
Véase Dever (1995c).
[91] El
sarcasmo de Holladay de que los «puristas» podrían sustituir «proto rey rojo
bruñido número I (y quizá II o III)» por David y «rey rojo bruñido» por Salomón
(1995, p. 368) carece de interés. El hecho es que, sobre la base de los
materiales arqueológicos, incluida la cerámica, es imposible afirmar la
existencia de una monarquía unida hebrea en Palestina durante el siglo X a. C.
Al tiempo que cuestiona la validez histórica de la Biblia, Holladay, y muchos
otros, parece creer a pies juntillas la credibilidad histórica de otras fuentes
escritas, tales como la lista de Shishak de los yacimientos palestinos
supuestamente destruidos. Véanse asimismo los comentarios, más prudentes, de J.
Wilson, en ANET, pp. 263-264; véanse también las pp. 242-243, así
como los comentarios de Barkay (1992, pp. 306-307).
[92] Cf. A.
Mazar: «La Biblia es la única fuente escrita sobre la Monarquía Unida y es por
tanto la base de cualquier presentación histórica del periodo» (1990, p.
369). Cf. Dever (1995a, y la bibliografía que allí se
incluye). Véanse también las interesantes observaciones de D. N. Freedman
(1985).
[93] Para
un resumen de gran utilidad sobre estos temas, véase Herr (1997b, pp. 116-118);
para un esquema alternativo, véase Barkay (1992); para la consulta de un
trabajo arqueológico reciente sobre el Hierro II, véanse Barkay (1992); Herr
(1997b); A. Mazar (1990, pp. 368-530). Para estudios especializados sobre el
periodo, véanse Dever (1995d); Holladay, Jr. (1995).
[94] Para
un estudio detallado de la teoría de la formación del estado, véase Frick
(1985); para un resumen de las historias arqueológicas de los estados
mencionados, véase Herr (1997b), inter alia; para la arqueología de
Moab, véase BA, 60(4) (diciembre de 1997). Sobre los amonitas, véase Herr
(1993); sobre Ammón, Moab y Edom, véase La Blanca y Younker (1995).
[95] Sobre
las excavaciones de estos y otros yacimientos mencionados en el presente
capítulo, véanse los artículos pertinentes de NEAEHL y OEANE.
[96] Los
testimonios arqueológicos sobre «Saúl» son insignificantes. Para una discusión
al respecto, véase A. Mazar (1990, pp. 371-374).
[97] Las
publicaciones sobre esta ciudad son numerosísimas. El lector deberá consultar
los artículos de NEAEHL y OEANE; véanse también
Geve (1994); Kenyon (1974).
[98] ¡En
1984, Y. Shiloh me señaló una casa sobre la colina de Ofel de cuyo dueño tenía
que conseguir el permiso para poder excavar en el suelo de la misma!
[99] Véanse
los artículos de Fritz (1987b) y C. Meyers (1992b), ambos incluyen repertorios
bibliográficos.
[100] El
único objeto que podría provenir del Primer Templo es una pequeña granada
inscrita fechada en el siglo VIII a. C. Véase Avigad (1994).
[101] En
los muros del templo de Kamak se conserva la lista de los lugares que Shishak
afirmaba haber conquistado. Cf. Herr (1997b, p. 134).
[102] Es
imposible incluir aquí todos los datos arqueólogicos aportados por las memorias
de excavación así como por otras publicaciones. El lector deberá, una vez más,
remitirse a los artículos de NEAEHL y OEANE.
[103] A.
Bitan llegó a la conclusión de que el yacimiento fue ocupado tras el ataque
asirio. Este periodo de ocupación se ha denominado «Nivel I», y se ha fechado
entre el final del siglo VIII y comienzos del siglo VI a. C. Sin embargo,
durante esta época (Hierro IIe en esta publicación), Dan, aunque densamente
ocupada, se encontraba bajo el control asirio. No nos ocuparemos de esto aquí.
[104] Para
un plano de esta puerta así como para una reconstrucción de la misma, véase
Bitan (1994, p. 236, 248).
[105] La
discusión sobre este destacado descubrimiento no hace más que aumentar. Los
siguientes trabajos serán una buena guía para el lector: Biran y Naveh (1993);
Dever (1995a); Hallpem (1994); Schniedewind (1996); Shanks (1994). Se
localizaron dos fragmentos de la misma estela en 1994.
[106] La
propuesta de Barkay de que esta estructura debería interpretarse como los
restos de un palacio no ha recibido excesivo apoyo (Barkay, 1992, p. 312).
[107] Aunque
la hipótesis de la prensa de aceituna parece ser la opción más plausible (véase
Stager y Wolff, 1981), es preciso decir que la parte superior de esta
estructura está construida con piedras de forma irregular sin enyesar, lo que
habría hecho que se perdiera mucho aceite. Además, y aunque supone un
argumento ex silentio, no se ha encontrado asociado a esta
instalación un solo hueso de aceituna.
[108] Que
yo sepa la mayoría de los investigadores no ha incorporado a los estudios sobre
la Biblia hebrea lo que hoy se conoce como «religión popular» (Dever, 1994b).
Véanse Albertz (1994) y Dever (1996). Este tema merece un tratamiento mucho más
amplio del que nos es posible aquí.
[109] El
yacimiento fue reocupado en los periodos helenístico, romano y bizantino, pero
la discusión sobre estos niveles excede nuestros propósitos.
[110] Para
un resumen de la historia de las excavaciones de este yacimiento, véanse los
artículos de NEAEHL y OEANE.
[111] Un óstracon es
un fragmento de cerámica que contiene una inscripción. Véase Lemaire (1997).
[112] Véanse
algunos ejemplos en ANET, p. 321.
[113] Para
la discusión y la comparación de los marfiles de Samaria con otros marfiles
conocidos del Oriente Próximo, véase Bamett (1982).
[114] Sobre
este festival véanse King (1988b, 1988c); Beach (1993). Todos estos trabajos
incluyen referencias a investigaciones anteriores. A partir de las ediciones
castellanas de la Biblia difícilmente podemos pensar en la existencia de un
gran festival religioso. En Amós 6, 7, marzeah se suele
traducir como «júbilo», mientras que en Jeremías 16, 5 se traduce como «duelo».
[115] Herr
(1997b) habla de 22 yacimientos principales para el periodo del Hierro IIb (p.
142), y de 42 para el Hierro IIc (p. 155). De los 22 yacimientos del Hierro
IIb, 16 estuvieron ocupados también durante el Hierro IIc.
[116] Para
la consulta de artículos sobre todos estos yacimientos véanse NEAEHL y OEANE.
[117] El
comentario es de Barkat (1992, p. 349): «Hacia finales del siglo VIII la
sociedad israelita en conjunto era una sociedad alfabetizada».
[118] En
los últimos años ha crecido la controversia sobre la fecha de esta inscripción,
hoy en el museo de Estambul. Rogerson y Davies la sitúan en el siglo II a. C.
(1996). Esta datación ha sido rechazada por otros especialistas en epigrafía
(Hendel, 1996; Hackett et al., 1997) y en historia y arqueología
(Cahill, 1997). Para una traducción (en inglés) de esta inscripción véase
Albright en ANET (1969, p. 321).
[119] Junto
a estos sellos de época de Ezequías, se ha publicado recientemente un sello que
se supone del reinado de Ahaz (733-737 a. C.), el padre de aquél. Véase Deutsch
(1998).
[120] Estas
prácticas funerarias tienen un significado económico, social, artístico y
religioso. Para una descripción de los enterramientos en cuevas en Jerusalén
véanse Barkay y Kloner (1986); Barkay (1994); Barkay et al. (1994);
Kloner y Davis (1994); Reich (1994); Herr (1997b, pp. 161-162). Para una
exposición detallada de las prácticas funerarias en Judá, véase E. Bloch-Smith
(1992).
[121] El
término «bula» deriva del latino bulla, -ae y se refiere a la
impresión de un sello sobre un trozo de arcilla utilizada para sellar
documentos. A menudo contiene el nombre de la persona a quien pertenecía el
sello (véase Shiloh, 1985).
[122] Shiloh
sólo se refiere al nombre de «Gemaryahu» (1989, p. 104). Sobre «Azaryahu»
véanse Schneider (1994) y Shoham (1994).
[123] El
texto bíblico más antiguo que se ha descubierto es la bendición que aparece en
Números 6, 24-26, hallado en Jerusalén (Ketef Hinnom) sobre dos pequeños
amuletos de plata fechados a finales del siglo VII o principios del VI a. C.
(Barkay, 1994).
[124] Un
buen punto de partida para comenzar el estudio de este complejo y controvertido
tema es la publicación de Friedman (1987).


Publicar un comentario