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Libro N° 6123. La Ladrona De Libros. Zusak, Markus.

Libro N° 6123. La Ladrona De Libros. Zusak, Markus.

 


© Libro N° 6123. La Ladrona De Libros. Zusak, Markus. Emancipación. Junio 15 de 2019.

 

Título original: © La Ladrona De Libros. Markus Zusak

                                  

Versión Original: © La Ladrona De Libros. Markus Zusak              

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://files.biblioteca-uaca.webnode.es/200000250-612766220f/42.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

LA LADRONA DE LIBROS

 

Markus Zusak

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Traducción de

Laura Martín de Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lumen

narrativa


 

 

Esta obra ha sido publicada con la ayuda del Australia Council, organismo consultivo y de

promoción de las artes del gobierno australiano.

 

Título original: The Book Thief

 

Primera edición: septiembre de 2007

© 2005, Markus Zusak

© 2007, de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Travessera de Gracia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2007, Laura Martín de Dios, por la traducción

© 2005, Trudy White, por las ilustraciones

 

Printed in Spain - Impreso en España

 

ISBN: 978-84-264-1621-6

Depósito legal B. 28.569-2007

Compuesto en Fotocomposición 2000, S. A.

Impreso en SIAGSA

Ramón Casas, 2. Badalona (Barcelona)

Encuadernado en Artesanía Gráfica

H  4  1 6 2 1 6


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Elisabeth y Helmut Zusak, con amor y admiración.


 

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

 

 

 

Una montaña de escombros

 

 

 

 

Donde nuestra narradora se presenta a sí misma.

 

 

 

 

 

 

 

La muerte y tú

 

 

 

 

 

Primero los colores.

Luego los humanos.

Así es como acostumbro a ver las cosas.

O, al menos, así intento verlas.

 

 

 

 

 

 

UN PEQUEÑO DETALLE

Morirás.

 

Sinceramente, me esfuerzo por tratar el tema con tranquilidad, pero a casi

todo el mundo le cuesta creerme, por más que yo proteste. Por favor, confía en

mí. De verdad, puedo ser alegre. Amable, agradable, afable... Y eso sólo son las

palabras que empiezan por «a». Pero no me pidas que sea simpática, la simpatía

no va conmigo.

 

RESPUESTA AL DETALLE

ANTERIORMENTE MENCIONADO

¿Te preocupa?

Insisto: no tengas miedo.

Si algo me distingue es que soy justa.

 

Por supuesto, una introducción.

Un comienzo.

¿Qué habrá sido de mis modales?

Podría presentarme como  es  debido  pero, la verdad, no es  necesario.

Pronto  me conocerás  bien, todo  depende de una compleja combinación de

variables. Por ahora baste con decir que, tarde o temprano, apareceré ante ti con

la mayor cordialidad. Tomaré tu alma en mis manos, un color se posará sobre

mi hombro y te llevaré conmigo con suma delicadeza.

 

Cuando llegue el momento te encontraré tumbado (pocas veces encuentro a

la gente de pie) y tendrás el cuerpo rígido. Esto tal vez te sorprenda: un grito

dejará su rastro en el aire. Después, sólo oiré mi propia respiración, y el olor, y

mis pasos.

Casi siempre consigo salir ilesa.

Encuentro un color, aspiro el cielo.

Me ayuda a relajarme.

A veces, sin embargo, no  es  tan fácil, y  me veo  arrastrada hacia los

supervivientes, que siempre se llevan la peor parte. Los observo mientras andan

tropezando en la nueva situación, la desesperación y la sorpresa. Sus corazones

están heridos, sus pulmones dañados.

Lo  que a su vez me lleva al tema del que estoy  hablándote esta noche, o

esta tarde, a la hora o el color que sea. Es la historia de uno de esos perpetuos

supervivientes, una chica menuda que sabía muy bien qué significa la palabra

abandono.

 

 

 

 

Junto a las vías del tren

 

 

 

 

 

Vi a la ladrona de libros en tres ocasiones.

Lo primero que apareció fue algo blanco. Un blanco cegador.

Probablemente estarás pensando que el blanco en realidad no es un color y

toda esa clase de tonterías. Pues yo te digo que lo es. El blanco es sin duda un

color y, personalmente, no creo que te convenga discutir conmigo.

 

 

UN ANUNCIO RECONFORTANTE

Por favor, a pesar de las amenazas anteriores,

conserva la calma.

Sólo soy una fanfarrona.

No soy violenta.

No soy perversa.

Soy lo que tiene que ser.

 

Sí, era blanco.

Daba la impresión de que todo el planeta se había vestido de nieve, que se

la hubiera puesto  como  tú te pones  un  jersey. Las  pisadas  junto  a las  vías  del

tren se hundían hasta la rodilla. Los  árboles  estaban cubiertos  con mantos  de

hielo.

Como debes de imaginar, alguien había muerto.

No  podían dejarlo  tirado  en el suelo. Por  el momento  no era un gran

problema, pero la vía pronto quedaría despejada y el tren tenía que continuar la

marcha.

Había dos guardias.

Había una madre con su hija.

Un cadáver.

La madre, la niña y el cadáver estaban quietos y en silencio.

 

—¿Y qué quieres que haga?

 

Uno de los guardias era alto y el otro bajo. El alto siempre hablaba primero,

aunque no era el jefe. Miró al bajo y rechoncho, de cara rubicunda.

—No podemos dejarlos así, ¿no crees? —respondió.

El alto estaba perdiendo la paciencia.

—¿Por qué no?

El más bajito estuvo a punto de estallar.

—Spinnst du?! ¡¿Eres tonto o qué?! —gritó a la altura de la barbilla del alto.

La repugnancia le inflaba las mejillas, la piel se le tensaba—. Vamos —ordenó,

avanzando  con dificultad por  la nieve—. Si  hace falta, cargamos  a  los  tres. Ya

informaremos en la siguiente parada.

 

En  cuanto  a mí, ya había cometido  el más  elemental de los  errores. No

encuentro palabras para describir cuánto me enfadé conmigo misma. Hasta ese

momento  lo  había hecho todo  bien. Había estudiado  el cielo  cegador, blanco

como  la nieve, al otro  lado  de la ventanilla del tren en movimiento.

Prácticamente lo había inhalado, pero aun así vacilé, me dejé doblegar: la niña

llamó  mi  atención. La curiosidad pudo  conmigo  y, resignada, me quedé el

tiempo que me permitió mi apretada agenda, y observé.

Veintitrés  minutos  después, cuando  el tren ya se había detenido, bajé con

ellos.

Llevaba en brazos una pequeña alma.

Me quedé un poco apartada, a la derecha.

 

El eficiente  dúo  de los  guardias  se volvió  hacia la madre, la niña y  el

pequeño cadáver. Recuerdo con claridad que ese día podía oír mi respiración,

alta y  fuerte. Me sorprende que los  guardias  no  advirtieran mi presencia al

pasar a su lado. El mundo se estaba hundiendo bajo el peso de la nieve.

La pálida y famélica niña estaba a unos diez metros a mi izquierda, aterida.

Le castañeteaban los dientes.

Tenía los brazos cruzados y congelados.

Las lágrimas se habían helado sobre el rostro de la ladrona de libros.

 

El eclipse

 

Era el momento de mayor oscuridad antes del alba.

Esta vez yo había ido por un hombre de unos veinticuatro años. En cierto

modo, fue hermoso. El avión todavía tosía. El humo  se le escapaba por  los

pulmones.

Se abrieron tres  grandes  zanjas  en el suelo  al estrellarse. Las  alas  se

convirtieron en brazos  amputados. Se acabó  el revoloteo, al menos para ese

pajarillo metálico.

 

OTROS PEQUEÑOS DETALLES

A veces llego demasiado pronto,

me adelanto.

Y hay gente que se aferra a la vida

más de lo esperado.

 

Al cabo de unos pocos minutos, el humo se extinguió.

Primero llegó un niño con respiración agitada y lo que parecía una caja de

herramientas. Turbado, se acercó a la cabina y miró en el interior, para ver si el

piloto  seguía vivo; en ese momento  así  era. La ladrona de libros  llegó  unos

treinta segundos después.

Habían pasado los años, pero la reconocí.

Estaba jadeando.

 

El niño sacó un oso de peluche de la caja de herramientas, metió la mano en

la cabina a través del cristal hecho añicos y lo dejó sobre el pecho del piloto. El

osito sonriente se acurrucó entre el amasijo de carne y sangre. Minutos después

probé suerte. Le había llegado la hora.

Entré, liberé su alma y me la llevé con delicadeza.

Allí sólo quedó el cuerpo, un olor a humo cada vez más leve y el sonriente

oso de peluche.

 

Cuando  empezó  a llegar  la gente, todo  había cambiado, por  supuesto. El

horizonte empezaba a dibujarse al carboncillo. Apenas quedaba un suspiro de

la oscuridad de antes, que se difuminaba con rapidez.

Ahora el hombre tenía un  color  hueso. La  piel  parecía un esqueleto. Un

uniforme arrugado. Tenía los ojos castaños, la mirada fría —como dos manchas

de café—, y  el  último  trazo  de negro  dibujó  una forma extraña y  a  la vez

familiar: una firma.

 

La gente hizo lo que suele hacer.

A medida que me abría paso  entre la multitud  veía a todo  el mundo

jugueteando con el silencio  imperante: un  pequeño  revoltijo  de gestos

descoordinados y frases apagadas mientras daban una tímida y callada media

vuelta.

Cuando  volví  la vista atrás  hacia el avión, el piloto, boquiabierto, parecía

sonreír.

Un último chiste morboso.

Otro remate final típico de los humanos.

Permaneció  amortajado  en su uniforme mientras  la luz grisácea desafiaba

al cielo. Al igual que en otras ocasiones, cuando empecé a alejarme, me pareció

ver una sombra fugaz, los últimos momentos de un eclipse: la constatación de la

partida de una nueva alma.

¿Sabes?, durante  un  breve instante, a pesar  de todos  los  colores  que se

cruzan y  se enfrentan  con lo  que veo  en  este mundo, suelo  atisbar  un  eclipse

cuando muere un humano.

He visto millones.

He visto más eclipses de los que quisiera recordar.

 

La bandera

 

 

 

 

 

La última ocasión en  que la vi  todo  era rojo. El cielo  parecía un  caldo

hirviendo, en plena agitación, un poco requemado. Algunos tropezones negros

y salpicaduras de pimienta flotaban sobre el rojo.

Un poco  antes, unas  niñas  habían estado  jugando  allí  a la rayuela,  en esa

calle que parecía una página con manchas de aceite. Cuando llegué, todavía se

oía el eco  de sus  voces. Los  pies  repicando  contra la calzada, las  carcajadas

infantiles y las sonrisas de sal. Aunque se desvanecían a gran velocidad.

Luego, las bombas.

 

Esta vez, todo llegó tarde.

Las sirenas. Los gritos alborotados de la radio. Todo demasiado tarde.

 

En  cuestión de pocos  minutos, había montañas  de cemento  y  tierra  por

todas  partes. Las  calles  se abrieron como  venas  reventadas. La sangre corrió

hasta que se secó en el suelo, donde quedaron pegados los cuerpos inmóviles,

como los escombros tras una inundación.

Pegados al suelo hasta el último de ellos. Un mar de almas.

¿Fue el destino?

¿La mala suerte?

¿Eso los dejó pegados al suelo?

Por supuesto que no.

No seamos estúpidos.

Seguramente  las  bombas, arrojadas  por  humanos escondidos  entre las

nubes, tuvieron algo que ver.

Sí, el cielo era de un rojo abrumador, ardiente. La pequeña ciudad alemana

había quedado  dividida en dos  otra vez. Los  copos  de ceniza caían con tal

encanto  que uno  se sentía tentado  de atraparlos  con la lengua y  saborearlos.

Pero te habrían quemado los labios y escaldado la boca.

 

Lo recuerdo con toda claridad.

 

Estaba a punto de irme cuando la vi allí, arrodillada.

A su alrededor, se había escrito, proyectado  y  erigido  una montaña de

escombros. Se aferraba a un libro.

 

Por encima de todo, la ladrona de libros ansiaba volver al sótano a escribir

o a leer su historia una vez más. Ahora que lo pienso, sin duda se le veía en la

cara. Se moría de ganas  de reencontrar  esa seguridad, ese hogar, pero  era

incapaz de  moverse. Además, el sótano ya no existía.  Era parte del paisaje

devastado.

 

Por favor, insisto, créeme.

Tuve ganas de detenerme y agacharme a su lado.

Tuve ganas de decirle: «Lo siento, pequeña».

Pero no está permitido.

No me agaché. No dije nada.

Me quedé mirándola un rato y, cuando se movió, la seguí.

 

Soltó el libro.

Se arrodilló.

La ladrona de libros se puso a gritar.

 

Cuando  empezó  la limpieza, su libro  recibió  varias  pisotadas  y, aunque

sólo tenían orden de despejar el cemento de las calles, el objeto más preciado de

la niña también acabó en el camión de la  basura. Entonces  me vi obligada a

reaccionar. Subí al vehículo y lo cogí, sin ser consciente de que me lo quedaría y

lo estudiaría miles de veces a lo largo de los años. Buscaría los lugares en que

nuestros caminos se habían cruzado y me maravillaría todo lo que la niña había

visto  y  cómo  había conseguido  sobrevivir. Es  lo  único  que puedo  hacer:

descubrir que ese relato se ajusta al resto de lo que presencié en esa época.

 

Cuando  la recuerdo, veo  una larga lista de  colores, aunque hay tres  que

resuenan en mi memoria por encima de todos los demás:

 

 

LOS COLORES

ROJO:                                                          BLANCO:     NEGRO:

 

Unos  se abalanzan sobre  los  otros. La rúbrica negra garabateada sobre  el

cegador blanco que todo lo ocupa, apoyado en el espeso y meloso rojo.

 

Vi a la ladrona de libros en tres ocasiones.

 

Sí, la recuerdo  a menudo  y  conservo  su historia en uno  de mis  múltiples

bolsillos para contarla una y  otra vez. Es  una más  de la pequeña  legión que

llevo  conmigo, cada  una de ellas  extraordinarias  a su modo. Todas  son un

intento, un extraordinario intento de demostrarme que vosotros, y la existencia

humana, valéis la pena.

Aquí está. Una más entre tantas.

La ladrona de libros.

Si te apetece, ven conmigo. Te contaré una historia.

Te mostraré algo.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manual del sepulturero

 

 

 

Presenta:

 

 

 

Himmelstrasse — el arte de ser una saumensch — una mujer con puño de hierro

— un beso frustrado —Jesse Owens — papel de lija — el aroma de la amistad

— una campeona de peso pesado — y la madre de todos los watschens

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llegada a Himmelstrasse

 

 

 

La última vez.

Ese cielo rojo...

¿Qué hace una ladrona de libros para acabar de rodillas y dando  alaridos

en medio  de una montaña de escombros, absurdos, grasientos, calcinados,

levantados por el hombre?

Todo comenzó con la nieve. Años atrás.

Había llegado la hora. La hora de alguien.

 

 

UN MOMENTO TERRIBLEMENTE

TRÁGICO

Un tren avanzaba a toda máquina.

Estaba atestado de humanos.

Un niño de seis años murió en el tercer vagón.

 

La ladrona de libros  y  su hermano se dirigían  a Munich, donde los  iba  a

acoger una familia. Pero ahora ya sabemos que el niño no llegó.

 

CÓMO OCURRIÓ

Sufrió un violento ataque de tos.

Un ataque casi «inspirado».

Y poco después, nada.

 

Cuando  la tos  se apagó, no quedaba más  que la vacuidad  de  la vida

arrastrando los pies para seguir su camino, o dando un tirón casi inaudible. De

repente, una exhalación se abrió paso hasta sus labios, que eran de color marrón

corroído  y  se pelaban como  la pintura vieja. Necesitaban urgentemente una

nueva mano.

La madre dormía.

Subí al tren.

 

 

Fui  esquivando  los  cuerpos  por  el pasillo abarrotado  y  en un  instante  la

palma de mi mano estaba ya sobre su boca.

Nadie se dio cuenta.

El tren seguía la marcha.

Excepto la niña.

 

Con un  ojo  abierto  y  el otro  todavía soñando, la ladrona de libros 

también conocida como Liesel Meminger— entendió que su hermano pequeño,

Werner, había muerto.

El niño tenía los ojos azules clavados en el suelo.

No veía nada.

 

Antes  de despertarse,  la ladrona de libros  estaba soñando  con el  Führer,

Adolf Hitler. En el sueño, la niña había acudido a uno de sus mítines y estaba

concentrada en la raya del pelo  de color  mortecino y  en el perfecto  bigote

cuadrado. Escuchaba con atención el torrente de palabras que irrumpían de su

boca. Las  frases  brillaban. En  un  momento  de menos bullicio, se agachó y  le

sonrió. Ella le devolvió  la sonrisa y  dijo:               Guten  Tag, Herr Führer. Wie geht's dir

heut? No sabía hablar muy bien, ni siquiera leer, pues había ido poco al colegio.

Descubriría la razón de eso a su debido tiempo.

En  el justo  momento  en que el Führer  estaba  a punto  de responder, se

despertó.

Era enero de 1939. Tenía nueve años y pronto cumpliría diez.

Su hermano estaba muerto.

 

Un ojo abierto.

El otro soñando.

Habría sido  mejor  que hubiera podido  acabar  el sueño, pero  no poseo

control alguno sobre los sueños.

El segundo  ojo  se despertó  de golpe y  me vio, no hay duda.  Fue justo

cuando  me arrodillé y  arrebaté  el alma a su hermano, mientras  la sostenía,

exangüe, entre mis  brazos  hinchados. Poco  después  entró  en calor, pero  en el

momento de cogerlo el espíritu del crío estaba blando y frío, como un helado.

Empezó  a derretirse en mis  manos, aunque luego  recobró  el calor. Se estaba

recuperando.

En  cuanto  a Liesel  Meminger, tuvo  que hacer  frente  a la rigidez de sus

movimientos  y  a la embestida de sus  pensamientos  desconcertados. Es stimmt

nicht. No está pasando. No puede estar pasando.

Y el temblor.

¿Por qué siempre se ponen a temblar?

 

Sí, ya sé, ya sé, supongo que tiene que ver con el instinto, para detener la

irrupción de la verdad. En esos momentos, su corazón parecía escurrirse, estaba

acalorado y latía muy fuerte, muy, muy fuerte.

Me quedé mirando como una imbécil.

 

Lo siguiente: la madre.

La niña la despertó con el mismo temblor angustiado.

Si no te lo puedes imaginar piensa en un silencio extraño. Piensa en retazos

de desesperación flotando por todas partes, inundando un tren.

Había nevado mucho y el tren a Munich se había detenido a causa de los

desperfectos  en la  vía. Una mujer  lloraba desconsolada.  Una niña  aturdida

estaba a su lado.

La madre abrió la puerta, presa del pánico.

Saltó a la nieve, con el pequeño cuerpo en los brazos.

¿Qué iba a hacer la niña sino seguirla?

 

También bajaron del tren dos  guardias.  Analizaron la situación  y

discutieron qué hacer.  Un momento  embarazoso, cuando  menos. Al final

decidieron que lo mejor sería llevarlos hasta el siguiente pueblo y dejarlos allí.

Ahora el tren avanzaba a trompicones por un terreno cubierto de nieve.

Se tambaleó y después frenó.

Bajaron al andén, la madre llevaba el cadáver en brazos.

Allí se quedaron.

El niño pesaba cada vez más.

 

Liesel no sabía dónde  estaba. Todo  era blanco, y  durante  el tiempo  que estuvieron en la  estación sólo  podía  ver  las  letras  descoloridas  del  letrero  que

había delante de ella. En ese pueblo que para Liesel no tenía nombre, dos días

después enterraron a su hermano Werner. Al funeral acudieron un sacerdote y

dos sepultureros temblando de frío.

 

UNA OBSERVACIÓN

Una pareja de guardias.

Un par de sepultureros.

A la hora de la verdad, uno dio las órdenes.

El otro obedeció.

La cuestión es: ¿qué pasa cuando el otro es más de uno?

 

Errores, errores, a veces parece que no hago más que cometer errores.

 

Durante ese par de días me dediqué a mis cosas. Viajé por todo el mundo

como  siempre, acompañando  las  almas  hasta la cinta transportadora de la

eternidad. Las  observaba avanzar  poco  a poco, sin  oponer  resistencia. Varías

veces  me dije que debía  mantenerme a distancia del  entierro  del hermano de

Liesel Meminger, pero no seguí mi propio consejo.

Mientras  me acercaba,  a kilómetros  de distancia ya podía ver  al pequeño

grupo  de humanos  tiritando  en el  páramo  nevado. El cementerio  me dio  la

bienvenida como a un amigo y poco después me reuní con ellos. Los saludé con

una inclinación de cabeza.

A la izquierda de Liesel, los  sepultureros  se frotaban las  manos  y  se

quejaban de la nieve y  las  condiciones  en que tenían que trabajar. «Es  duro

cavar  en el hielo», y  expresiones  por  el estilo. Uno  de ellos  no tendría más  de

catorce años. Un aprendiz. Cuando se iba, al cabo de unos cuantos pasos, se le

cayó un libro negro del bolsillo del abrigo sin que se diera cuenta.

 

Unos minutos después, la madre de Liesel también se marchó, acompañada

del sacerdote, al que dio las gracias por la ceremonia.

La niña, en cambio, se quedó.

Sus rodillas se hundieron en el suelo. Había llegado su momento.

Todavía sin creérselo  empezó  a cavar.  No  podía estar  muerto. No  podía

estar muerto. No podía...

En cuestión de segundos, la nieve le había cortado las manos.

La sangre helada se agrietaba manchándole la piel.

No se dio cuenta de que su madre había vuelto a buscarla, hasta que sintió

su mano esquelética sobre  el hombro. Se la llevó  a rastras. Un grito  cálido

inundó su garganta.

 

UNA PEQUEÑA IMAGEN

TAL VEZ A UNOS VEINTE METROS

Cuando dejó de arrastrarla, la madre y la niña se detuvieron a

respirar.

Había algo negro y rectangular incrustado en la nieve. Sólo la niña lo vio.

Se agachó, lo recogió y lo sostuvo con firmeza.

El libro tenía impresas unas letras plateadas.

 

Se cogieron de la mano.

Tras un  adiós  definitivo  empapado de agua, dieron media  vuelta y

abandonaron el cementerio, aunque volvieron la vista atrás varias veces.

En cuanto a mí, me quedé un poco más.

Les dije adiós.

 

Nadie me devolvió el saludo.

 

Madre e hija se  alejaron  del cementerio  y  se dirigieron hacia  la estación

para tomar el siguiente tren a Munich.

Ambas estaban pálidas y esqueléticas.

Ambas tenían llagas en los labios.

Liesel lo vio al mirarse en la ventanilla sucia y empañada del tren, cuando

subieron poco  antes  del mediodía. Tal  y  como  escribió  la propia ladrona de

libros, el viaje continuó como si «todo» hubiera pasado.

 

Cuando  el tren  se detuvo  en  la                            Bahnhof de Munich, los  pasajeros  se

desparramaron como  si se hubieran soltado  al romperse un  paquete. Había

gente  de  toda  clase y  condición, pero  los  más  fáciles  de reconocer  eran los

pobres. Los  necesitados  intentan no detenerse nunca, como  si  ir  de aquí  para

allá fuera a ayudarles. Ignoran que una nueva versión del problema de siempre

les aguarda al final del viaje: ese pariente al que da vergüenza besar.

Creo que su madre lo sabía muy bien. No iba a entregar sus hijos a los altos

estamentos  de Munich, sino  a un  hogar  de  acogida que según  parecía habían

encontrado. Por lo menos, la nueva familia los alimentaría un poco mejor y los

educaría como era debido.

El niño.

Liesel estaba convencida de que su madre llevaba a cuestas el recuerdo de

su hermano. Lo dejó caer al suelo. Vio cómo los pies, las piernas y el cuerpo del

niño se estampaban contra el andén.

¿Cómo podía andar esa mujer?

¿Cómo podía moverse?

Es  el tipo  de cosas  que nunca sabré  o  llegaré a comprender:  de  qué son

capaces los humanos.

La mujer lo recogió y siguió caminando con la niña a su lado.

Se cruzaron con las autoridades, y las preguntas sobre la demora y el niño

les obligaron a levantar sus vulnerables  cabezas. Liesel se quedó en un rincón

de la pequeña  y  polvorienta oficina mientras  su madre, sentada en una silla

muy dura, se aferraba a sus pensamientos.

Llegó el caos de la despedida.

Fue un  adiós  bañado  en lágrimas,  la cabeza  de la niña escondida  en los

bajos  gastados  del abrigo  de lana de su madre. Otra vez tuvieron que

arrastrarla.

 

Más  allá de las  afueras  de Munich, había una pequeña  ciudad llamada

Molching. Allí la llevaban, a un lugar llamado Himmelstrasse.

 

UNA TRADUCCIÓN

Himmel = Cielo

 

Quien fuera que bautizó  la calle, sin duda  poseía  un  gran sentido del

humor. No es que fuera el infierno, no, pero desde luego no era el cielo.

Pese a todo, los padres de acogida de Liesel estaban esperando.

Los Hubermann.

Esperaban a un  niño  y  una niña, por  cuya manutención recibirían una

pequeña mensualidad. Nadie quería decirle a Rosa Hubermann que el niño no

había sobrevivido al viaje. En realidad, nadie quería decirle nunca nada a Rosa.

En lo que se refiere al temperamento, el suyo no era precisamente envidiable, si

bien tenía un buen expediente en cuanto a niños acogidos en el pasado. Por lo

visto, había enderezado a unos cuantos.

Liesel viajó en coche.

Nunca había subido a un coche.

Se le revolvió  el estómago  durante  todo  el viaje y  mantuvo  la fútil

esperanza de que se  perdieran o  cambiaran de opinión. No  podía evitar

imaginarse a su madre una y otra vez, en la  Bahnhof, esperando el nuevo viaje.

Temblando. Enfundada en ese abrigo  inútil.  Debía de estar  mordiéndose las

uñas  mientras  llegaba  el tren, en  el andén largo  e inhóspito, una rebanada de

cemento  frío. Ya en el  viaje de vuelta, ¿estaría atenta al aproximarse al lugar

donde estaba enterrado su hijo? ¿O sería el sueño demasiado pesado?

El coche seguía  su  camino  mientras  Liesel temía que  llegara la última  y

funesta curva.

 

El día era gris, el color de Europa.

Una cortina de lluvia se cerraba sobre el coche.

—Ya casi  estamos. —La señora del servicio  de acogida, frau Heinrich, se

volvió y sonrió—. Dein neues Heim. Tu nuevo hogar.

Liesel dibujó una circunferencia en el cristal empañado y miró fuera.

 

PANORÁMICA DE

HIMMELSTRASSE

Los edificios parecían soldados unos a otros, casitas y bloques

de pisos de apariencia nerviosa.

Había nieve sucia en el suelo como si fuera una alfombra.

Había cemento, árboles parecidos a percheros vacíos

y un aire gris.

 

En el coche también iba un hombre que se quedó con la niña mientras frau

Heinrich desapareció  en el interior. No  hablaba. Liesel supuso  que estaba allí

para asegurarse de que no echaría a  correr  o  para obligarla a entrar  si  les

causaba algún problema. No obstante, más tarde, cuando llegó el problema, se

limitó  a quedarse sentado  y  mirar. Tal  vez  él sólo  era el último  recurso, la

solución definitiva.

Al cabo de unos minutos, salió un hombre muy alto: Hans Hubermann, el

padre de acogida de Liesel. A un lado estaba frau Heinrich, de estatura media, y

al otro la figura retacona de Rosa Hubermann, que parecía un pequeño armario

con un abrigo echado encima. Tenía andares de pato y hubiera podido decirse

que era guapa si  no fuera por  la cara, como  de cartón arrugado,  y  por  la

expresión de fastidio que parecía expresar que todo aquello rozaba el límite de

lo tolerable. Su marido andaba derecho, con un cigarrillo consumiéndose entre

los dedos. Los liaba él mismo.

El problema: Liesel no quería bajar del coche.

 

—Was ist los mit dem Kind?                           —preguntó  Rosa Hubermann  y  volvió  a

repetir—: ¿Qué le pasa a esa niña? —Asomó la cabeza por la puerta del coche—.

Na, komm. Komm.

Desplazó el asiento delantero y un pasillo de luz fría la invitó a salir, pero

ella siguió sin moverse.

Fuera, a través de la circunferencia que había dibujado en el cristal, Liesel

vio los dedos del hombre alto que sostenían el cigarrillo. La ceniza caía de una

sacudida y daba muchas vueltas antes de llegar al suelo. Fueron necesarios casi

quince minutos para convencerla de que saliera del coche. Sólo lo consiguió el

hombre alto.

Con calma.

 

Después se aferró con fuerza a la puerta de la verja.

Las  lágrimas  acudieron en tropel a sus  ojos  tropezando  unas  con otras,

mientras seguía agarrada a la puerta y se negaba a entrar. La gente empezó a

formar  corrillos en la calle hasta que Rosa  Hubermann  comenzó  a proferir

insultos  y  todo  el  mundo  se volvió  por  el mismo  camino por  donde habían

venido.

 

TRADUCCIÓN DEL COMUNICADO

DE ROSA HUBERMANN

¿Qué estáis mirando, imbéciles?

 

Al final, Liesel Meminger se avino a entrar, con cautela. Hans Hubermann

le dio una mano. Llevaba la maletita en la otra. En su interior, enterrado entre

las  capas  de ropa doblada, había el pequeño libro  negro  que, por  lo  que

sabemos, hacía horas que buscaba un sepulturero de catorce años en un pueblo

sin nombre. «Se lo prometo —me lo imagino diciéndole a su jefe—. No tengo ni

idea de lo  que ha podido  ocurrir. Lo  he buscado  por  todas  partes. ¡Por  todas

partes!» Estoy  segura  de que jamás  habría sospechado  de la niña y, sin

embargo, ahí estaba, entre su ropa, un libro negro con letras plateadas:

 

MANUAL DEL SEPULTURERO

Doce pasos para ser un sepulturero de éxito.

Publicado por la Asociación de Cementerios de Baviera.

 

La ladrona de libros había dado su primer golpe: sería el comienzo de una

ilustre carrera.

 

 

 

Convertirse en una «Saumensch»

 

 

Sí, una ilustre carrera.

Sin embargo, debo reconocer que hubo un considerable paréntesis entre el

robo del primer  libro  y  el segundo. También hay que  tener  en cuenta que el

primero lo robó a la nieve y el segundo a las llamas, sin olvidar que otros no los

robó, sino que se los dieron. En total tenía catorce libros, pero ella sostenía que

la mayor parte de su historia estaba en una decena de ellos. De esos diez, robó

seis, uno apareció en la mesa de la cocina, un judío escondido escribió dos para

ella y el otro le fue entregado por un amable atardecer vestido de amarillo.

Cuando empezó a escribir su historia, se preguntó por el momento exacto

en que los  libros  y  las  palabras  no sólo  comenzaron a tener  algún significado,

sino que lo significaban todo. ¿Fue al ver por primera vez una habitación llena

de estanterías  abarrotadas  de libros?  ¿O  cuando  Max  Vandenburg  llegó  a

Himmelstrasse con las manos repletas de sufrimiento y el Mein Kampf de Hitler?

¿Fue por  leer  en los  refugios  antiaéreos  o  quizá  por  la última procesión  hacia

Dachau?  ¿Fue  El árbol de las palabras?             Tal  vez nunca pueda precisarse con

exactitud cuándo y dónde ocurrió pero, en cualquier caso, estoy anticipándome

a los  acontecimientos. Por  ahora, debemos  repasar  los  inicios  de Liesel

Meminger en Himmelstrasse y el arte de ser una Saumensch.

 

A su llegada, todavía se apreciaban las marcas de los mordiscos de la nieve

en las manos y la sangre helada en los dedos. Toda ella era pura desnutrición:

pantorrillas de alambre, brazos de perchero. No fue fácil arrancarle una sonrisa,

pero cuando lo consiguieron vieron la de una muerta de hambre.

Tenía el pelo  rubio, al estilo  alemán, pero  sus  ojos  eran sospechosos:

castaño oscuro. En Alemania, en esa época, no os habría gustado tener los ojos

castaños. Tal  vez los  había heredado  de su padre, aunque nunca lo  sabría

porque no lo  recordaba. En  realidad, sólo  sabía  una  cosa  sobre  su  padre: una

palabra que no comprendía.

 

 

UNA PALABRA RARA

Kommunist

 

Liesel la había oído muchas veces en los últimos años.

«Comunista.»

Conocía pensiones  atestadas, habitaciones  repletas  de preguntas... y  esa

palabra. Esa extraña palabra siempre estaba ahí, en alguna parte, en un rincón,

al acecho, vigilando desde la oscuridad. Llevaba traje, uniforme. No importaba

adónde fueran, allí estaba cada vez que su padre salía a colación. Podía olerla y

saborearla en el paladar. No sabía cómo se escribía ni la comprendía. Cuando le

preguntó a su madre el significado, le respondió que no tenía importancia, no

debía preocuparse por esas cosas. En una de las pensiones había una mujer que

intentó enseñar a escribir a los niños dibujando con un trozo de carbón sobre la

pared. Liesel estuvo tentada de preguntarle el significado, pero nunca encontró

el momento. Un día se la llevaron para hacerle unas  preguntas.  No  regresó

jamás.

 

Cuando Liesel llegó a Molching tuvo al menos la sensación de estar a salvo,

pero  eso  no era ningún  consuelo. Si  su madre la quería, ¿por  qué la había

abandonado en la puerta de unos desconocidos? ¿Por qué? ¿Por qué?

¿Por qué?

A pesar  de que conocía  la respuesta —aunque vagamente—  no parecía

satisfacerla. Su madre siempre estaba enferma y  el dinero  nunca llegaba para

que se curara por  completo. Liesel lo  sabía, pero  eso  no significaba que lo

aceptara. No  importaban las  veces  que  le habían dicho que la querían, no

reconocía ninguna prueba de ello en su abandono. Nada cambiaba el hecho de

que era una criatura  esquelética y  perdida en un  lugar  nuevo  y  extraño,

rodeada de gente extraña. Sola.

 

Los  Hubermann  vivían  en una  de las  casitas  con forma de  caja de

Himmelstrasse: unas  habitaciones, una cocina y  un  baño exterior  que

compartían con los vecinos. La vivienda tenía el tejado plano y un sótano para

almacenar  cosas. Pero  no tenía la «profundidad  adecuada»; y  aunque en 1939

eso todavía no representaba ningún problema, más tarde, en 1942 y 1943, sí lo

fue. Cuando  comenzaron los  bombardeos  aéreos, siempre tenían  que salir

corriendo en busca de un refugio más seguro.

Al principio, lo que más le impactó de la familia fue su procacidad verbal,

sobre  todo  por  la vehemencia y  asiduidad con que se desataba. La última

palabra siempre era Saumensch o bien Saukerl o Arschloch. Para los que no estén

familiarizados  con estas  palabras, me explico:               Sau, como  todos  sabemos, hace

 

 

referencia a los  cerdos. Y  Saumensch              se utiliza para censurar  o  humillar a la

mujer.               Saukerl  (pronunciado  tal cual)  se  utiliza  para insultar  al hombre.

Arschloch podría traducirse por «imbécil», y no distingue entre el femenino y el

masculino. Uno simplemente lo es.

—Saumensch, du dreckiges! —gritó la madre de acogida de Liesel la primera

noche, cuando la niña se negó a bañarse—. ¡Cochina marrana! Venga, fuera esa

ropa.

Se le daba bien ponerse hecha una energúmena. De hecho, podría decirse

que el rostro de Rosa Hubermann siempre estaba poseído por la furia. Por eso

le habían salido tantas arrugas en la piel.

Liesel,  por  supuesto, estaba aterrorizada. No  iban a conseguir  meterla en

una bañera ni, llegado el caso, en una cama. Se acurrucó en un rincón del cuarto

de baño que parecía un armario, en busca de unos brazos invisibles en los que

apoyarse, pero  sólo  encontró  pintura seca, dificultades  para respirar  y  el

aluvión de improperios de Rosa.

—Déjala en paz. —Hans Hubermann interrumpió la pelea. Su suave voz se

abrió camino hasta ellas, como si se deslizara entre la multitud—. Déjame a mí.

Se acercó  y  se sentó  en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Las

baldosas estaban frías y duras.

—¿Sabes liar cigarrillos? —preguntó, y estuvieron una hora sentados en la

creciente oscuridad, jugando con el tabaco y el papel que Hans Hubermann se

iba fumando.

Al cabo  de una hora, Liesel sabía liar  un  cigarrillo bastante  bien. Pero

todavía no se había bañado.

 

ALGUNOS DATOS SOBRE

HANS HUBERMANN

Le gustaba fumar.

Lo que más le apetecía era liar los cigarrillos.

Trabajaba de pintor y tocaba el acordeón. Les venía muy bien,

sobre todo en invierno, porque sacaba un poco de dinero extra

tocando en los bares de Molching, en el Knoller, por ejemplo.

Ya me la había jugado en una guerra mundial, y luego, en la

otra, a la que lo enviaron (a modo de recompensa cruel), no sé

cómo, se me volvió a escapar.

 

Para la mayoría de la gente Hans  Hubermann  era casi invisible, una

persona normal y corriente. Tenía grandes dotes como pintor y poseía un oído

más  fino que la mayoría. Pero  estoy  segura  de que habrás  conocido personas

como él, con esa habilidad para mimetizarse con el fondo, hasta cuando son el

 

primero  de la fila. Simplemente estaba allí.  Pasaba  inadvertido, no tenía

importancia ni valor.

Lo  decepcionante de esa apariencia, como  te imaginarás, era que, por  así

decirlo, inducía  a un  completo  error. Si  había  algo  que no podía ponerse en

duda, era su valía, algo  que a Liesel Meminger  no se le pasó  por  alto. (Los

niños... A veces  son mucho más astutos que los atontados y pesados adultos.)

Liesel lo vio de inmediato.

En su actitud.

En el aire reposado que lo envolvía.

Esa noche, cuando encendió la luz del diminuto y frío lavabo, Liesel se fijó

en los  asombrosos  ojos  de su nuevo  padre. Estaban hechos de bondad... y  de

plata, de plata líquida, esponjosa. Al ver esos ojos Liesel comprendió que Hans

Hubermann valía mucho.

 

ALGUNOS DATOS SOBRE

ROSA HUBERMANN

Medía un metro cincuenta y cinco, y llevaba su liso pelo

castaño grisáceo recogido en un moño.

Para complementar los ingresos de los Hubermann, hacía la

colada y planchaba para cinco de las casas más acomodadas de

Molching,

Cocinaba de pena.

Poseía una habilidad única para irritar a casi todos sus

conocidos.

Pero quería a Liesel Meminger.

Sólo que su forma de demostrarlo era un tanto extraña.

Entre otras cosas, a menudo la agredía verbalmente y

físicamente con una cuchara de madera.

 

Cuando  Liesel por  fin se bañó —después  de dos  semanas  en

Himmelstrasse— Rosa le dio un abrazo enorme, de los que te envían al hospital.

—Saumensch, du dreckiges, ¡ya era hora! —la felicitó, a punto de asfixiarla.

Al cabo de unos meses dejaron de ser el señor y la señora Hubermann.

—Escúchame  bien, Liesel, de ahora en adelante me llamarás  mamá —

espetó  Rosa, con su típico  tono. Se quedó  pensativa un  instante—. ¿Cómo

llamabas a tu madre?

—Auch Mama, también mamá —contestó Liesel en voz baja.

—Bueno, pues  entonces  yo  seré la mamá número  dos. —Miró  a su

marido—. Y  a ese de ahí  —daba la impresión de que tenía las  palabras  en la

 

mano, bien apelmazadas, para lanzarlas al otro lado de la mesa—, a ese Saukerl,

ese cerdo asqueroso, lo llamarás papá, verstehst? ¿Entendido?

—Sí —asintió Liesel sin demora.

En esa casa apreciaban las respuestas rápidas.

—Sí, mamá —la corrigió mamá—. Saumensch. Llámame mamá cuando me

hables.

En ese momento Hans Hubermann acababa de liarse un cigarrillo, después

de haber  humedecido el papel y  haberlo  pegado. Miró  a Liesel y  le guiñó un

ojo. No le sería difícil llamarlo papá.

 

 

La mujer del puño de hierro

 

 

 

Los primeros meses fueron los más duros sin lugar a dudas.

Liesel tenía pesadillas todas las noches.

El rostro de su hermano.

La mirada clavada en el suelo.

Se despertaba dando  vueltas  en la cama, chillando  y  ahogándose entre la

marea de sábanas.  En  la otra punta de la habitación,  la cama destinada a su

hermano flotaba en la  oscuridad como  una barca. Poco  a poco, a medida  que

recuperaba la conciencia, lo veía hundirse en el suelo. Esa visión no la ayudaba

a calmarla precisamente y, por lo general, pasaba bastante tiempo antes de que

dejara de gritar.

Tal  vez lo  único  bueno de las  pesadillas  era que Hans  Hubermann, su

nuevo papá, aparecía en la habitación para tranquilizarla, para darle amor.

Acudía noche tras noche y se sentaba a su lado. Las dos primeras se limitó

a quedarse allí, como  un  extraño para entretener  la soledad. Al cabo  de unas

noches  empezó  a susurrarle: «Shhh, estoy  aquí, no pasa nada». A las  tres

semanas, la calmaba  entre  sus  brazos. La confianza fue calando  a pasos

agigantados, gracias a la gran dulzura del hombre, a su presencia incondicional.

La niña  supo  desde el principio  que Hans  Hubermann  siempre aparecería

cuando ella gritara y que no se iría.

 

DEFINICIÓN NO ENCONTRADA

EN EL DICCIONARIO

No irse: acto de confianza y amor, a menudo descifrado

por los niños.

 

Hans  Hubermann  se sentaba en la cama, con ojos  somnolientos, y  Liesel

lloraba sobre sus mangas y sentía su olor. Todas las noches, nunca antes de las

dos, caía rendida de sueño  acompañada de ese aroma: una mezcla de colillas

aplastadas, décadas de pintura y piel humana. Primero lo aspiraba y después lo

 

inhalaba hasta que  volvía a quedarse dormida. Todas  las  mañanas  lo

encontraba a unos  pocos  pasos, desplomado  en la silla, casi  partido  en dos.

Nunca utilizaba la otra cama. Liesel saltaba de la suya, le besaba la mejilla con

cautela y él se despertaba con una sonrisa.

 

Había días en que su padre le decía que volviera a la cama y esperara un

momento, y  entonces  volvía con el acordeón y  tocaba para ella. Liesel se

sentaba y  canturreaba, con los  dedos  de los  pies  encogidos  por  la emoción.

Nunca habían tocado para ella. Liesel sonreía de oreja a oreja como una tonta,

mirando con atención las líneas que se dibujaban en el rostro de Hans y el metal

blando de sus ojos... hasta que llegaban los insultos desde la cocina.

—¡¿Quieres dejar de hacer ruido, Saukerl?!

Hans tocaba un ratito más.

Le guiñaba un ojo a Liesel y ella, con torpeza, le devolvía el guiño.

 

Otras veces, sólo para hacer rabiar a Rosa, llevaba el instrumento a la cocina

y tocaba durante el desayuno.

El pan  con mermelada de Hans  se quedaba en el plato, serpenteado  a

mordiscos, mientras  la música se reflejaba en la cara de Liesel. Sé que suena

extraño, pero ella lo sentía así. La mano derecha del padre acariciaba las teclas

de color hueso mientras la izquierda apretaba los botones. (A Liesel le gustaba

sobre  todo  ver  cómo  apretaba el plateado, el animado: el                do  mayor.) La parte

exterior  del acordeón, que estaba rayada  pero  todavía era de un  negro

reluciente, iba  y  venía en un  vaivén mientras  los  brazos  estrujaban los

polvorientos  fuelles  obligándolos  a inhalar  aire y  soltarlo  de nuevo. Esas

mañanas  en la cocina Hans  daba vida al acordeón. Supongo  que,  pensándolo

bien, tiene sentido.

¿Cómo se sabe si algo está vivo?

Comprobando si respira.

 

De hecho, el sonido  del acordeón  también pregonaba la  seguridad, la luz

del alba. Durante el día era imposible que soñara con su hermano. Lo echaba de

menos y a menudo lloraba en el diminuto lavabo, tan bajito como podía, pero

aun  así  se alegraba de  estar  despierta. La primera noche con los  Hubermann,

Liesel había escondido debajo del colchón lo último que la unía a él: el Manual

del sepulturero. De vez en cuando lo sacaba y contemplaba las letras de la tapa y

tocaba las que había impresas en el interior, aunque ignoraba por completo lo

que decían. En realidad, no importaba de qué tratara el libro, lo importante era

lo que significaba.

 

EL SIGNIFICADO DEL LIBRO

1. La última vez que vio a su hermano

2. La última vez que vio a su madre.

 

A veces susurraba la palabra «mamá» y veía el rostro de su madre cientos

de veces  en una sola  tarde. Sin embargo, eso  era un  pequeño  misterio  en

comparación con el terror que le infundían las pesadillas. En esas ocasiones, en

la inmensidad del sueño, nunca se había sentido tan completamente sola.

Como estoy segura de que ya habrás advertido, no había más niños en la

casa. Los  Hubermann  tenían dos  hijos, pero  eran mayores  y  ya se habían

emancipado. Hans  hijo  trabajaba en el centro  de Munich, y  Trudy  ejercía de

criada y niñera. Pronto ambos intervendrían en la guerra. Una fabricando balas.

El otro, disparándolas.

 

Como ya imaginarás, el colegio fue un estrepitoso fracaso.

Aunque era público, se adivinaba una fuerte influencia católica, y Liesel era

luterana. No  era el más  prometedor  de los  comienzos.  Después  descubrieron

que no sabía ni leer ni escribir.

Se la desterró  de manera humillante con los  niños más  pequeños, con los

que empezaban a aprender el abecedario. Aunque Liesel era un pálido saco de

huesos, se sentía gigantesca entre los párvulos, y a menudo deseaba palidecer

hasta desaparecer por completo.

Ni siquiera en casa sabían cómo aconsejarla.

—No  le pidas  ayuda a ese —sentenció  Rosa—. Menudo  Saukerl. —Hans

estaba mirando por la ventana, como tenía por costumbre—. Dejó el colegio en

cuarto curso.

Sin volverse,  Hans  respondió  con calma, aunque lanzando  dardos

envenenados:

—Bueno, pues  tampoco  le preguntes  a ella. —Se le cayó  un  poco  de

ceniza—. Lo dejó en tercero.

En la casa no había libros (aparte del que Liesel atesoraba en secreto debajo

del colchón) y lo único que podía hacer era repasar el abecedario entre dientes

antes de que le dijeran que se callara, en términos nada equívocos. A saber qué

mascullaba. Hasta al cabo  de un  tiempo, cuando  se produjo  el incidente de la

incontinencia nocturna en medio de una pesadilla, no empezaron las clases de

lectura adicionales. Extraoficialmente se las  llamó  clases  de medianoche,

aunque solían comenzar  cerca de las  dos  de la mañana. Pronto  volveremos

sobre el tema.

A mediados  de febrero, al cumplir  diez años, a Liesel le regalaron una

muñeca vieja de pelo rubio a la que le faltaba una pierna.

—No hemos podido hacer más —se disculpó el padre.

—¿Qué estás  diciendo?  Ya puede  darse con un  canto  en los  dientes  por

tener lo que tiene —lo reprendió Rosa.

Hans continuó observando la pierna que le quedaba a la muñeca mientras

Liesel  se probaba  el nuevo  uniforme. Cumplir  diez años era sinónimo  de

Juventudes  Hitlerianas. Las  Juventudes  Hitlerianas  eran sinónimo  de un

pequeño  uniforme marrón. Al ser  una chica, a Liesel la apuntaron a lo  que

llamaban la BDM.

 

EXPLICACIÓN DE LAS SIGLAS

Bund Deutscher Müdchen,

Liga de Jóvenes Alemanas.

 

Lo primero que hacían allí era asegurarse de que dominaran el «heil Hitler»

a la perfección. Luego  se las  enseñaba a desfilar  erguidas, aplicar  vendajes  y

zurcir. También las llevaban de excursión y hacían otro tipo de actividades. Los

miércoles y los sábados eran los días que se reunían, de tres a cinco de la tarde.

Todos  los  miércoles  y  los  sábados, Hans  la acompañaba a  pie y  volvía a

recogerla dos  horas  después. Nunca hablaban  mucho de la asociación. Se

limitaban a cogerse de la mano y escuchar sus pisadas mientras papá se fumaba

un par de cigarrillos.

 

Lo  único  que  la inquietaba de  su  padre era que salía mucho de casa.

Algunas noches entraba en el salón (que también hacía las veces de dormitorio

de los  Hubermann), sacaba el acordeón del  viejo  armario  y  cruzaba  la cocina

hasta la puerta de entrada.

Cuando  ya había recorrido  un  trecho de Himmelstrasse, Rosa abría la

ventana.

—¡No vuelvas tarde a casa! —gritaba.

—No hables tan alto —respondía él, volviéndose.

—Saukerl! ¡Anda y que te zurzan! ¡Hablaré todo lo alto que me dé la gana!

El eco  de los  improperios  lo  seguía por  la calle. Nunca miraba atrás  o, al

menos, no lo  hacía hasta que estaba seguro  de que su mujer  se había metido

dentro. Esas noches, al final de la calle, con la funda del acordeón en una mano,

se volvía justo frente a la tienda de frau Diller, que hacía esquina, y adivinaba la

figura que había sustituido  a su mujer  en la ventana. Entonces  levantaba un

breve instante su alargada y espectral mano antes de dar media vuelta y echar a

andar a paso tranquilo. Liesel lo veía de nuevo a las dos de la mañana, cuando

la sacaba a rastras de su pesadilla, con dulzura.

Todas  las  noches  sin excepción había jaleo  en la diminuta cocina. Rosa

Hubermann  no paraba de hablar  y, cuando  hablaba, no hacía más  que

schimpfen.  Siempre estaba rezongando  y  discutiendo. En  realidad no había

nadie con quien discutir, pero Rosa conducía la situación con experta habilidad

en cuanto tenía ocasión. En  esa cocina podía pelearse con medio mundo y eso

era precisamente lo que hacía casi todas las noches. Una vez habían acabado de

cenar y Hans había salido, Liesel y Rosa se quedaban allí y Rosa planchaba.

Varias  veces  a la semana, Liesel volvía del colegio  y  recorría las  calles  de

Molching con su madre, recogiendo y entregando la colada y la plancha en la

parte más  pudiente  de la ciudad. Knaupt  Strasse, Heide Strasse y  alguna otra

más. Mamá entregaba la ropa planchada o recogía la que habría de lavar, con la

debida sonrisa en  los  labios, pero  en cuanto  la puerta se cerraba y  se daba

medía vuelta maldecía a la gente rica por su dinero y gandulería.

«Son demasiado g'schtinkerdt para lavarse la ropa», solía decir, a pesar  de

que dependía de ellos.

«Ese heredó  todo  el dinero  de su padre y  ahora lo  malgasta en mujeres  y

alcohol. Y en la colada y el planchado, claro», cargaba contra herr Vogel, de la

Heide Strasse.

Como si pasara lista a los que despreciaba.

Herr  Vogel, herr  y  frau Pfaffelhürver, Helena Schmidt, los  Weingartner.

Todos eran culpables de algo.

Aparte de dedicarse al alcohol y  la lujuria, según  Rosa, Ernst  Vogel no

hacía más  que rascarse ese pelo  infestado  de piojos, humedecerse los  dedos  y

luego tenderle el dinero. «Debería lavarlo antes de volver a casa», sentenciaba.

Los  Pfaffelhürver  examinaban el resultado  con lupa. «"Estas  camisas, sin

arrugas, por  favor" —los  imitaba Rosa—. "Este traje, sin pliegues."  Y  luego  se

quedan ahí, revisándolo  delante de mí, ¡delante de mis  narices! Menuda

G'sindel, menuda escoria.»

Por lo visto, los Weingartner eran medio lelos y tenían una gata Saumensch

que no dejaba de mudar el pelo. «¿Sabes lo que tardo en sacar todos esos pelos?

¡Están por todas partes!»

Helena Schmidt  era una viuda rica.  «Esa  vieja inválida... Todo  el día ahí

sentada, atrofiándose. En la vida ha sabido qué es trabajar.»

No obstante, Rosa se reservaba el mayor desprecio para el número ocho de

la Grandestrasse, una casa enorme en lo alto de una colina, en la parte alta de

Molching.

—Ésa es  la casa del alcalde —le contó  a Liesel la primera vez que fueron

allí—. Menudo  sinvergüenza. Su mujer  se pasa todo  el día metida  en casa de

brazos cruzados. Es tan tacaña que ni siquiera enciende la lumbre, por eso ahí

dentro siempre hace un frío de muerte. Está como una chota. —Hizo hincapié

en las últimas palabras—. No tiene remedio, como una chota. —Al llegar junto

a la puerta, le hizo un gesto a la niña—. Entra tú.

Liesel se quedó  helada. Una gigantesca puerta marrón  con una aldaba de

latón se alzaba al final de un pequeño tramo de escalones.

—¿Qué?

Rosa le dio un empujón.

—No me vengas con «qués», Saumensch. Andando.

Liesel caminó. Cruzó la verja, subió los escalones, vaciló y llamó a la puerta.

Un albornoz salió a recibirla.

Debajo había una mujer de mirada desconcertada, cabello suave y sedoso y

expresión derrotada. Vio a Rosa junto a la cancela y le tendió a la niña una bolsa

con la colada.

—Gracias —dijo Liesel, pero no obtuvo respuesta. La puerta se cerró.

—¿Lo ves?, esto es lo que tengo que aguantar todos los días —se quejó Rosa

cuando  Liesel regresó  junto  a la verja—. Esos  ricos  desgraciados, menuda

panda de cerdos holgazanes...

Cuando ya se iban, Liesel volvió la vista atrás, con la colada en las manos.

La aldaba de latón la vigilaba desde la puerta.

Después de criticar a la gente para la que trabajaba, Rosa Hubermann solía

proseguir con su otro tema de vilipendio favorito: su marido. Mientras miraba

la bolsa de la colada y las casas inclinadas, no paraba de hablar y hablar.

—Si  tu padre sirviera para algo  —le contaba a Liesel cada vez que

atravesaban Molching—, no tendría que  hacer  esto. —Soltaba  un  bufido

desdeñoso—. ¡Pintor! ¿Por  qué me casaría con ese                      Arschloch? Si  ya me lo

dijeron... Es  decir, ya  me lo  dijo  mi  familia. —Sus  pisadas  crujían por  el

camino—. Y  aquí me tienes, pateando estas  calles  y  esclavizada en la cocina

porque ese Saukerl nunca tiene trabajo. Por lo menos un trabajo de verdad, no

ese patético acordeón que va a tocar a esos antros noche tras noche.

—Sí, mamá.

—¿Eso es todo lo que se te ocurre?

Los ojos de mamá eran como dos recortables de color azul pálido pegados a

la cara.

Seguían caminando.

Liesel arrastraba el saco.

En  casa, lavaban la colada en un  caldero  junto  a la lumbre, la  tendían al

lado de la chimenea del salón y luego la planchaban en la cocina. Todo se cocía

en la cocina.

 

—¿Has oído eso? —le preguntaba Rosa casi todas las noches.

Llevaba la plancha de hierro  en la mano, que calentaba encima de los

fogones. Casi toda la casa estaba en penumbras y Liesel, sentada a la mesa de la

cocina, contemplaba las brechas de fuego que se abrían delante de ella.

—¿Qué? —contestaba ella—. ¿El qué?

—Ha sido  esa  Holtzapfel. —Rosa ya se había levantado  de la silla—. Esa

Saumensch acaba de escupir otra vez en nuestra puerta.

Frau Holtzapfel, una de las  vecinas, tenía  por  costumbre  escupir  en la

puerta de los Hubermann cada vez que pasaba por delante. La puerta principal

se encontraba a escasos pasos de la verja y, por así decirlo, frau Holtzapfel ya

tenía muy estudiada la distancia... y la puntería afinada.

Los escupitajos eran la consecuencia de una especie de guerra verbal en la

que Rosa Hubermann y ella se habían embarcado y que arrastraban desde hacía

una década. Nadie conocía su origen y lo más probable era que incluso ellas lo

hubieran olvidado.

Frau Holtzapfel era  una mujer  nervuda y, como  quedaba patente,

rencorosa. Nunca había estado  casada, pero tenía dos  hijos, algo mayores  que

los  de los  Hubermann. Los  dos  estaban en el ejército  y  los  dos  harán alguna

aparición como artistas invitados antes de que terminemos, te lo aseguro.

En  cuanto  a los  escupitajos  malintencionados, debo añadir  que frau

Holtzapfel era muy escrupulosa. Nunca desaprovechaba la ocasión de spuck en

la puerta del número  treinta y  tres  y  de pronunciar  Schweine!                  cada vez que

pasaba  por  delante. Algo  que me llama la atención de los  alemanes: parecen

muy aficionados a los cerdos.

 

UNA PREGUNTA TONTA

Y SU RESPUESTA

¿Quién crees que limpiaba el escupitajo de la puerta todas las

noches?

Sí, lo has adivinado.

 

Cuando  una mujer  con un  puño de hierro  dice que salgas ahí  fuera y

limpies  el escupitajo  de la puerta,  lo  haces. Sobre todo  cuando  el hierro  está

caliente.

En realidad, formaba parte de la rutina.

Todas las noches Liesel salía a la calle, limpiaba la puerta y contemplaba el

firmamento. Por lo general, parecía que alguien hubiera vertido un líquido en el

cielo  —frío  y  espeso, resbaladizo  y  gris—,  pero  de vez en cuando  algunas

estrellas  tenían el valor  de  alzarse y  flotar,  aunque sólo  fuera unos minutos.

Esas noches se quedaba un poquito más y esperaba.

—Hola, estrellas.

Y esperaba.

La voz de la cocina.

O hasta que las aguas del cielo alemán volvían a tragarse las estrellas.

 

 

El beso

(Un momento decisivo de la infancia)

 

 

 

 

 

Igual que la mayoría de las ciudades pequeñas, Molching estaba repleta de

personajes  peculiares,  y  un  puñado  de ellos vivía en Himmelstrasse. Frau

Holtzapfel sólo era una más del reparto.

Entre los demás destacaban los siguientes:

 

* Rudy Steiner: el chico de la puerta de al lado, obsesionado con el atleta

negro estadounidense Jesse Owens.

* Frau Diller: la leal tendera aria del comercio de la esquina.

* Tommy Mullen un niño al que habían operado varias veces por su otitis

crónica. Un río de piel rosada le recorría la cara y tenía algún que otro

tic.

* Un hombre al que todos llamaban Pfiffikus y cuya vulgaridad hacía que

Rosa Hubermann pareciera una poetisa y una santa.

 

Resumiendo, era una calle donde vivía gente relativamente pobre. A pesar

del aparente auge de la economía alemana durante el gobierno de Hitler, en la

ciudad todavía existían zonas deprimidas.

Como  ya he mencionado, la casa contigua a la de los  Hubermann estaba

alquilada por una familia llamada Steiner. Los Steiner tenían seis hijos. Uno de

ellos, el tristemente famoso  Rudy, pronto  se convertiría en el mejor  amigo  de

Liesel y, más adelante, en su compinche y ocasional catalizador de sus correrías.

Lo conoció en la calle.

 

Pocos días después del primer baño de Liesel, Rosa la dejó salir a jugar con

los otros niños. En Himmelstrasse, las amistades se forjaban al aire libre, hiciera

el tiempo que hiciese. Los niños raras veces visitaban las casas de los demás, ya

que estas eran pequeñas y por lo general había pocas cosas en ellas. Además, en

la calle podían practicar su pasatiempo favorito como si fueran profesionales: el

fútbol. Los equipos estaban bien definidos y utilizaban los cubos de basura para

delimitar las porterías.

Al ser una recién llegada, a Liesel la relegaron de inmediato a custodiar el

espacio entre los cubos de basura. (Tommy Müller por fin conoció la libertad, a

pesar  de ser  el peor  futbolista que Himmelstrasse había visto  en toda su

historia.)

Todo  se desarrolló a la perfección durante  un  tiempo, hasta el profético

momento en que Rudy Steiner acabó tumbado en la nieve debido a una falta de

Tommy Müller, alentada por la frustración.

—¿¡Qué!?  —protestó  Tommy,                            con    expresión    contrariada    por  la

desesperación—. ¡Pero si no he hecho nada!

El equipo  de Steiner  exigió  al completo  el penalti  y  acto  seguido Rudy

Steiner tuvo que enfrentarse a la niña nueva, Liesel Meminger.

Rudy colocó  el balón  en un montoncito  irregular  de nieve, seguro  de

obtener  el  resultado  habitual. Después  de todo,  no había fallado  ni  un  solo

penalti  de los  dieciocho que había lanzado, ni  siquiera cuando  el equipo

contrario protestaba para sacar a Tommy Müller de la portería. Daba igual por

quién lo sustituyeran, Rudy siempre marcaba.

Esta vez también trataron de sacar a Liesel, pero, como te imaginarás, ella

se negó y Rudy no puso pegas.

—No, no. —Sonrió—. Dejadla.

Se estaba frotando las manos.

Había dejado  de nevar  sobre  la sucia  calle  y  las  pisadas  embarradas  se

concentraban entre ellos. Rudy cogió carrerilla, chutó el balón, Liesel se lanzó a

por él y, sin saber cómo, consiguió rechazarlo con el codo. Se levantó sonriente,

pero lo primero que vio fue una bola de nieve que se estrelló contra su cara. La

mitad era barro. Escocía a rabiar.

—¿Qué te ha parecido eso?

El chico sonrió de oreja a oreja y salió corriendo tras el balón.

—Saukerl—musitó Liesel entre dientes.

El vocabulario de su nuevo hogar se le pegaba rápido.

 

ALGUNOS DATOS SOBRE

RUDY STEINER

Era ocho meses mayor que Liesel y tenía piernas esqueléticas,

dientes afilados, ojos azules desproporcionados y el pelo de

color limón.

Era uno de los seis Steiner, y tenía hambre a todas horas.

En Himmelstrasse se le consideraba un poco alocado.

Esto se debía a un suceso del que rara vez se hablaba, pero al

que todo el mundo se refería como «el incidente Jesse

Owens»: una noche se había pintado de negro carbón y había

corrido los cien metros en el estadio local.

 

Cuerdo o no, Rudy estaba destinado a ser el mejor amigo de Liesel. Todo el

mundo  sabe que una bola de nieve en la cara es  el comienzo  perfecto  de una

amistad duradera.

Poco después de empezar el colegio, Liesel hacía el camino hasta la escuela

con los Steiner. La madre de Rudy, Barbara, había hecho prometer a su hijo que

acompañaría  a la  niña  nueva, sobre  todo  después  de haber  oído  hablar  de la

bola de nieve. Dicho sea en su favor, a Rudy  no le importó  obedecer  ya que

distaba mucho de ser  el típico  chico  misógino. Al contrario, las  chicas  le

gustaban mucho y, por tanto, Liesel también (de ahí la bola de nieve). De hecho,

Rudy Steiner  era uno  de esos  mamoncetes  descarados  que se las  daba de

entendido  en mujeres. En  la infancia suele haber  un  joven de este tipo. Es  el

típico chico que se niega a temer al otro sexo sólo porque los demás sí lo hacen,

el típico chico al que no le da miedo tomar decisiones. En este caso, Rudy tenía

ideas claras con respecto a Liesel Meminger.

De camino  al colegio  intentó  enseñarle los  lugares  más  importantes  de la

ciudad por los que pasaban o, al menos, intentó colarlos de alguna manera en la

conversación entre las  exhortaciones  a  sus  hermanas  pequeñas  para que

cerraran el pico y las que recibía de los mayores para que él cerrara el suyo. El

primer  lugar  de interés  era una  pequeña ventana de la segunda planta de un

bloque de pisos.

—Ahí vive Tommy Müller. —Se dio cuenta de que Liesel no lo recordaba—

. El de los tics. Cuando tenía cinco años, se perdió en el mercado el día más frío

del año. Cuando  lo  encontraron  tres  horas  después, estaba congelado  y  le

dolían mucho los oídos. Al cabo de un tiempo vieron que se le habían infectado

y, como tuvieron que operarle tres o cuatro veces, los médicos le hicieron polvo

los nervios. Por eso ahora le dan tics.

—Y es malo jugando al fútbol —metió baza Liesel.

—El peor.

El siguiente era la tienda de la esquina, al final de Himmelstrasse. La tienda

de frau Diller.

 

AVISO IMPORTANTE SOBRE

FRAU DILLER

Tenía una regla de oro.

 

Frau Diller  era una mujer  mordaz, con gafas  de gruesos  cristales  y  una

mirada cruel  y  fulminante. Había perfeccionado  esa mirada malévola para

desalentar a todo aquel que pretendiera robar en su tienda, que regentaba con

porte militar, voz helada y un aliento que incluso olía a «heil Hitler». La tienda

era blanca, fría y  desangelada. La pequeña casa que quedaba comprimida al

lado temblaba más  que el resto  de los  edificios  de Himmelstrasse.  Frau Diller

transmitía esa sensación y  la despachaba como  la única mercancía gratis  que

podía encontrarse en su establecimiento. Vivía para la tienda y la tienda vivía

para el Tercer Reich. Incluso cuando empezó el racionamiento a finales de año,

se sabía que vendía bajo  mano ciertos  artículos  difíciles  de encontrar  y  que

donaba el dinero  al Partido  Nazi.  En  la pared detrás  de su asiento  había  una

foto enmarcada del Führer. Si entrabas en la tienda y no saludabas con un «heil

Hitler», lo más probable era que no te atendiera. Al pasar por ahí, Rudy le llamó

la atención a Liesel  sobre  los  ojos  a prueba de balas  que los  escudriñaban a

través del escaparate.

—Si  quieres  pasar  de la puerta, di  heil  cuando  entres  —le advirtió, muy

serio.

Cuando  ya se habían alejado  bastante  del comercio, Liesel se volvió  y vio

que los ojos enormes seguían allí, pegados al cristal del escaparate.

Al doblar  la esquina,  Münchenstrasse (la  calle principal, por  la  que se

entraba y salía de Molching) estaba cubierta de barro.

Como  era habitual,  varias  hileras  de  soldados  que estaban entrenándose

marchaban por  la calle. Los  uniformes  caminaban derechos y  las  botas  negras

contribuían a ensuciar la nieve aún más. Todos miraban al frente, concentrados.

Cuando  los  soldados  hubieron desaparecido, los  Steiner  y  Liesel pasaron

por  delante de varios  escaparates  y  del imponente ayuntamiento, que años

después  sería rebanado  a la altura de las  rodillas  y  enterrado. Había varias

tiendas  abandonadas  todavía marcadas  con estrellas  amarillas  y  comentarios

antisemitas. Más allá la iglesia, cuyo tejado de elaborados azulejos apuntaba al

cielo. En general, la calle era un alargado tubo gris, un pasillo húmedo lleno de

gente encorvada por el frío y salpicado de tenues pisadas.

Al llegar a cierta altura, Rudy se adelantó a la carrera, arrastrando a Liesel

consigo.

Llamó al escaparate de la tienda del sastre.

Si Liesel hubiera sabido leer, habría comprendido que pertenecía  al padre

de Rudy. La tienda todavía no estaba abierta, pero  un  hombre disponía las

prendas  en el interior, detrás  del mostrador. El hombre levantó  la cabeza y

saludó con la mano.

—Mi padre —le informó Rudy.

 

 

 

Instantes  después  se  encontraron en medio  de una  marea de Steiner  de

distintas  alturas que saludaban  con la mano, enviaban  besos  a  su padre o

saludaban circunspectos  con la cabeza (en  el caso  de los  mayores). Luego  se

dirigieron al último sitio de interés antes de llegar al colegio.

 

LA ÚLTIMA PARADA

La calle de las estrellas amarillas.

 

Era un  lugar  en el  que nadie quería detenerse a mirar, pero  casi todo  el

mundo lo hacía. En la calle, con forma de brazo largo y roto, se alzaban varias

casas  de ventanas  rotas  y  paredes  desconchadas. La  estrella de David estaba

pintada en  las  puertas. Esas  casas  parecían  leprosas, llagas infectadas  que

corrompían el terreno alemán.

—Schiller Strasse —anunció Rudy—, la calle de las estrellas amarillas.

Al otro  extremo había gente que iba  de un lado  para otro. La llovizna les

confería el aspecto de fantasmas; ya no eran humanos, sino formas que iban y

venían bajo las nubes plomizas.

—Venga, vosotros dos —los llamó Kurt (el mayor de los Steiner).

Rudy y Liesel se acercaron corriendo.

 

En  el colegio, Rudy  intentaba reunirse con Liesel durante  el recreo. No  le

importaba que los  otros  se burlaran de la  estupidez de la niña  nueva. Liesel

pudo contar con él desde el principio y más adelante, cuando la frustración de

la niña se desbordó. Sin embargo, Rudy no lo hacía de forma desinteresada.

 

¿HAY ALGO PEOR QUE

UN CHICO QUE TE ODIE?

Un chico que te quiera.

 

A finales  de abril, cuando  volvían del colegio, Rudy y  Liesel estaban

esperando en Himmelstrasse para empezar a jugar al fútbol, como era habitual.

Se habían adelantado  un  poco  más  que otros  días  y  todavía no se había

presentado nadie. La única persona a la que vieron fue al malhablado Pfiffikus.

—Eh, mira —señaló Rudy.

 

RETRATO DE PFIFFIKUS

Era de complexión frágil.

Tenía el pelo blanco.

Llevaba un chubasquero negro, pantalones marrones, zapatos

destrozados y tenía una boca... Menuda boca.

 

—¡Eh, Pfiffikus!

Cuando la silueta lejana se volvió, Rudy empezó a silbar.

El anciano se enderezó  y  empezó  a insultarlos  con un  fervor  que sólo

podría calificarse de ingenioso. Por lo visto, nadie sabía su verdadero nombre o,

si lo sabían, nunca lo utilizaban. Solían llamarlo Pfiffikus porque es el nombre

que se le pone a quien le gusta silbar, algo que a Pfiffikus se le daba muy bien,

sin  lugar  a dudas. No  hacía más  que silbar  una sola melodía,                          La  marcha

Radetzky, y  los  niños  del lugar  la imitaban  para llamarlo. En  cuanto  la oía,

Pfiffikus  abandonaba sus  habituales  andares  (encorvado  hacia delante, pasos

largos y desgarbados, brazos detrás del chubasquero negro) y se ponía derecho

para soltar  improperios. En  ese  momento, toda impresión de serenidad

quedaba violentamente interrumpida por una voz que reverberaba de rabia.

 

Ese día, Liesel imitó la provocación de Rudy casi como un acto reflejo.

—¡Pfiffikus! —repitió  Liesel, adoptando  de inmediato  la debida crueldad

que parece propia de la infancia.

Silbó fatal, pero no tuvo tiempo para practicar.

Empezó a perseguirlos sin dejar de maldecir. Primero fue un Geh' scheissen!

y cada vez fue a peor. Al principio descargó los improperios sólo sobre el chico,

pero poco después le llegó el turno a Liesel.

—¡Eh, golfa! —rugió. Las  palabras  cayeron como  una costalada en la

espalda de Liesel—. ¡Es la primera vez que te veo!

Mira que llamar  golfa a una  niña  de diez años... Ese era Pfiffikus. Todos

opinaban que frau Holtzapfel y  él habrían hecho una buena pareja. «¡Volved

aquí!» fueron las  últimas  palabras  que Liesel y  Rudy oyeron mientras  se

alejaban a la carrera. No se detuvieron hasta que llegaron a Münchenstrasse.

 

—Vamos, por aquí —dijo Rudy, cuando consiguieron recuperar el aliento.

La llevó a Hubert Oval, el escenario del incidente de Jesse Owens, donde se

quedaron con las  manos en los  bolsillos. La pista se extendía delante de ellos.

Sólo podía ocurrir una cosa. Empezó Rudy.

—Cien metros —la retó—, me juego lo que quieras a que no me ganas.

Liesel no iba a ser menos.

—Me juego lo que quieras a que sí.

—¿Qué te juegas, pequeña Saumensch? ¿Tienes dinero?

—Claro que no, ¿y tú?

—No. —Pero  Rudy tenía  una idea. Fue el galán  el que habló  por  él—. Si

gano, te doy un beso.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se agachó y empezó a enrollarse el bajo de los pantalones.

Liesel se inquietó, por decirlo de alguna manera.

—¿Y por qué quieres besarme? Voy sucia.

—Yo también.

Rudy no veía razón alguna para que un  poco  de mugre se interpusiera

entre ellos. Además, no había pasado tanto tiempo desde la última ducha.

Liesel lo  meditó  mientras  estudiaba los  palmitos  que su rival tenía por

piernas.  Eran iguales  que las  suyas.  Pensó  que era imposible que la ganara.

Asintió, con gravedad. La cosa iba en serio.

—Puedes  besarme si  ganas, pero  si  gano yo, dejo  de ser  portera  cuando

juguemos al fútbol.

Rudy sopesó las opciones.

—Me parece justo.

Y se estrecharon la mano.

El cielo estaba muy oscuro y nublado, aderezado con las pequeñas astillas

de lluvia que comenzaban a caer.

La pista estaba más encharcada de lo que parecía.

Ambos rivales estaban preparados.

Rudy lanzó  una piedra para dar  el disparo  de salida. Cuando  cayera al

suelo, podían empezar a correr.

—Ni siquiera veo la línea de llegada —se quejó Liesel.

—¿Y yo qué?

La piedra tocó el suelo.

Corrieron pegados, dándose codazos para adelantarse. El suelo resbaladizo

les lamía los pies y los hizo caer a unos veinte metros del final.

—¡Jesús, María y José! —exclamó Rudy—. ¡Estoy rebozado de mierda!

—No es mierda —lo corrigió Liesel—, es barro. —Aunque tenía sus dudas.

Volvieron a resbalar a unos cinco metros de la llegada—. Entonces, ¿quedamos

empatados?

Rudy miró la meta. Con la cara medio cubierta de barro, sólo se le veían los

dientes afilados y los enormes ojos.

—¿Todavía me llevo el beso si quedamos empatados?

—Ni lo sueñes.

Liesel se levantó y se sacudió un poco de barro de la chaqueta.

—No te obligaré a estar en la portería.

—Quédate con tu portería.

De vuelta a Himmelstrasse Rudy le advirtió:

—Algún día te morirás por besarme —le dijo.

Sin embargo, Liesel lo tenía muy claro.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se hizo una promesa: mientras Rudy Steiner y ella estuvieran vivos, jamás

besaría a ese miserable y sucio Saukerl, y ese día menos que nunca. Tenía cosas

más  importantes  de las  que preocuparse. Se miró  la ropa  llena de barro  y

comentó en voz alta lo que era evidente.

—Va a matarme.

Por supuesto, se refería a Rosa Hubermann, también conocida como mamá,

que a punto  estuvo  de matarla.  La palabra                           Saumensch ocupó  un  lugar

predominante en la bronca. La hizo picadillo.

 

 

 

El incidente de Jesse Owens

 

 

Como ya sabemos, Liesel todavía no había llegado a Himmelstrasse cuando

Rudy cometió la infamia de su infancia y, sin embargo, cuando se entregaba a

sus recuerdos, tenía la sensación de haber estado presente. No se lo explicaba,

pero en su memoria se encontraba entre el público imaginario de Rudy. Nadie

más que él le había hablado de la peripecia, pero el joven le contó el relato con

todo detalle; cuando Liesel se propuso narrar su propia historia, el incidente de

Jesse Owens formaba parte de ella, tanto como todo lo que había visto con sus

propios ojos.

 

Era 1936. Las Olimpiadas. Los juegos de Hitler.

Jesse Owens acababa de terminar los cuatrocientos metros relevos y había

conseguido  su cuarta medalla de oro. Había corrido  la  voz de que Hitler  se

negó a estrecharle la mano por ser negro y, por ende, infrahumano. Incluso los

racistas alemanes más recalcitrantes se maravillaron ante los logros de Owens, y

los  rumores  sobre  sus  hazañas  empezaron a difundirse.  Nadie había  quedado

tan impresionado como Rudy Steiner.

Toda la familia estaba apretujada en el salón cuando Rudy se escabulló y se

dirigió a la cocina. Sacó un trozo de carbón de los fogones y lo sostuvo en sus

diminutas manos. «Ahora.» Sonrió. Estaba listo.

Se untó bien de carbón, a conciencia, hasta que quedó todo negro. Incluso el

pelo.

El chico  sonrió  con expresión desvariada al verse reflejado  en la ventana.

Vestido  con unos pantalones  cortos  y  una camiseta sin mangas, cogió  en

silencio  la bicicleta de su hermano mayor  y  enfiló  la calle, donde  se puso  a

pedalear como un loco en dirección al Hubert Oval. En uno de los bolsillos se

había guardado unos cuantos trocitos de carbón, por si se desteñía.

 

En  la fantasía de Liesel, esa noche la luna estaba zurcida al cielo, con

puntadas de nube alrededor.

 

La bicicleta oxidada se detuvo y  cayó  sobre  la valla del Hubert  Oval, que

Rudy saltó. Aterrizó al otro lado y fue corriendo con desgarbo hasta la línea de

salida de los  cien  metros. A continuación, entusiasmado, hizo  unos  torpes

estiramientos y dibujó unas marcas de salida en la tierra.

A la espera de que llegara su turno, se paseó arriba y abajo, concentrándose

bajo un firmamento oscuro, con la luna y las nubes observándolo atentamente.

—Parece que Owen está en buena forma —comentó—. Este podría ser  el

mayor triunfo de toda su carrera...

Estrechó las  manos imaginarias  de los  otros  atletas  y  les  deseó  suerte,

aunque ya sabía el resultado. No tenían ninguna posibilidad.

 

El juez les indicó que se prepararan. Una multitud se materializó y ocupó

hasta el último rincón de la circunferencia del Hubert Oval. Todos gritaban el

nombre de Rudy Steiner... y su nombre era Jesse Owens. El estadio enmudeció.

Sus pies descalzos se agarraron al suelo, podía sentirlo entre los dedos.

A petición del juez de salida, se elevó ligeramente para adoptar la posición

de listos... y la pistola perforó la noche.

 

Durante el primer tercio de la carrera iba  bastante igualado, pero sólo era

cuestión de tiempo  que el tiznado  Owens  adelantara a los  demás  y  se alejara

veloz como un rayo.

—¡Owens  a la cabeza!  —gritó  el chico  con voz estridente  mientras  corría

por la calle vacía, derecho hacia el aplauso fervoroso de la gloria olímpica.

Incluso sintió que su pecho partía la cinta al atravesarla en primer lugar. El

hombre más rápido del mundo.

 

Sin embargo, la hazaña se desmoronó al dar la vuelta de honor. Su padre

estaba de pie entre la  multitud, esperándolo  junto  a la  línea de meta, como  si

fuera el hombre del saco. O, al menos, el hombre del saco trajeado. (Como ya he

mencionado, el padre de Rudy era  sastre y  rara vez se le veía por  la calle sin

traje y  corbata. En  esa ocasión, sólo  llevaba una chaqueta y  una camisa

desarreglada.)

—Was ist  los?                     —le preguntó  a su hijo  cuando  este apareció  en toda su

tiznada gloria—. ¿Qué diablos está pasando aquí? —La multitud se desvaneció.

Empezó a soplar la brisa—. Estaba durmiendo en el sillón cuando Kurt se dio

cuenta de que te habías ido. Todo el mundo está buscándote.

El señor Steiner era un hombre extremadamente educado en circunstancias

normales; sin embargo, descubrir  a uno  de  sus  hijos  tiznado  de  carbón una

noche de verano no era lo que él consideraba circunstancias normales.

 

—Este niño está loco  —masculló, aunque tuvo  que admitir  que, con seis

críos, podía ocurrir  algo  así. Al  menos uno  de ellos tenía que salirle rana.  Lo

miraba fijamente, esperando una explicación—. ¿Y bien?

Rudy, jadeando, se agachó y apoyó las manos en las rodillas.

—Era Jesse Owens —contestó, como si fuera lo más normal del mundo.

Incluso  había algo  en el tono  de su voz que  preguntaba: «¿Qué demonios

iba a ser si no?». No obstante, el tono desapareció cuando vio las  ojeras de su

padre cansadas por la falta de sueño.

—¿Jesse Owens?  —El señor  Steiner  era de esos  hombres  inexpresivos, de

voz angulosa y  firme. Era alto  y  fornido, como  un  roble, y  su cabello parecía

hecho de astillas—. ¿Qué Jesse Owens?

—¿Cuál va a ser, papá? El mago negro.

—Ya te daré yo magia negra.

Agarró a su hijo por la oreja y Rudy hizo un gesto de dolor.

—¡Ay, me haces daño!

—¿No  me digas?  —Su padre estaba más  preocupado  por  la pegajosa

textura del carbón, que le manchaba los dedos. Estaba cubierto de pies a cabeza.

Incluso tenía carbón en las orejas, por amor de Dios—. Vamos.

 

De camino a casa, el señor  Steiner  decidió  hablarle de política  del modo

más claro posible, pero Rudy sólo llegaría a entender todo lo que le dijo con los

años, cuando ya era demasiado tarde para molestarse en comprender nada.

 

LA CONTRADICTORIA POLÍTICA

DE ALEX STEINER

Primer punto: Era miembro del Partido Nazi, pero no odiaba

a los judíos. En realidad, ni a los judíos ni a nadie.

Segundo punto: Sin embargo, no pudo evitar sentir cierto

alivio (o, peor, ¡regocijo!) cuando los tenderos judíos tuvieron

que cerrar. La propaganda le había convencido de que sólo era

cuestión de tiempo que una plaga de sastres judíos asomara la

cabeza y le robara la clientela.

Tercer punto: No obstante, ¿significaba eso que debían

expulsarlos?

Cuarto punto: Su familia. Tenía que hacer todo lo que

estuviera en su mano para mantenerla. Si eso significaba ser

del partido, pues uno era del partido.

Quinto punto: En algún lugar, en lo más profundo, sentía una

punzada en el corazón, pero decidió no hurgar. Temía lo que

pudiera salir.

 

Antes de llegar a Himmelstrasse, Alex le dijo:

—Hijo, no puedes andar por ahí pintado de negro, ¿me entiendes?

Rudy le prestó atención, interesado... y confuso. La luna se había librado de

las nubes y ahora podía moverse, elevarse, zambullirse y derramar gotitas sobre

el rostro  del chico, confiriéndole un  aspecto  inocente y  lúgubre, como  sus

pensamientos.

—¿Por qué no, papá?

—Porque te llevarán.

—¿Por qué?

—Porque no deberías  querer  ser  como  los  negros  o  los  judíos  o  como

cualquiera que... no sea como nosotros.

—¿Quiénes son los judíos?

—¿Te acuerdas  de mi cliente más  antiguo, el señor  Kaufmann, al  que le

compramos tus zapatos?

—Sí.

—Pues es judío.

—No lo sabía. ¿Tienes que pagar para ser judío? ¿Se necesita un permiso?

—No, Rudy. —El señor Steiner llevaba la bicicleta con una mano y a Rudy

con la otra. Pero  le  costaba más  dirigir  la conversación. Todavía  no le había

soltado la oreja. Se había olvidado—. Es como ser alemán o católico.

—Ah. ¿Jesse Owens es católico?

—¡No lo sé!

Tropezó con uno de los pedales de la bicicleta y soltó la oreja del chico.

Continuaron caminando en silencio durante un rato.

—Ojalá fuera como Jesse Owens, papá —comentó Rudy.

Esta vez, el señor Steiner puso la mano sobre la cabeza de su hijo.

—Lo sé, hijo, pero tienes un precioso cabello rubio y unos ojazos azules que

te evitarán muchos problemas —le explicó—. Deberías conformarte, ¿está claro?

Sin embargo, no estaba nada claro.

Rudy no entendió ni una palabra y esa noche no fue más que el preludio de

lo  que  les  deparaba el  futuro. Dos  años y  medio  después, la  zapatería de los

Kaufmann  acabó  hecha añicos  y  todos  los  zapatos  desaparecieron en un

camión, metidos en sus cajas.

 

 

El reverso del papel de lija

 

 

 

Supongo que las personas viven momentos cruciales sobre todo durante la

infancia. Para algunos es un  incidente como el de Jesse Owens. Para otros, un

momento de histeria en medio de un episodio de incontinencia nocturna.

 

Era finales  de mayo  de 1939 y  la noche había sido  como  cualquier  otra.

Rosa ejercitaba su puño de hierro, Hans había salido y Liesel limpiaba la puerta

de casa y contemplaba el firmamento de Himmelstrasse.

Por la tarde se había celebrado un desfile.

Los miembros extremistas de camisa parda del NSDAP (también conocido

como  Partido  Nazi) marcharon  por  Münchenstrasse ondeando sus  banderas

con orgullo, con el rostro  bien alto, como  si  se hubieran tragado  una escoba.

Cantaban a voz en grito  y  acabaron con  una rugiente interpretación de

Deutschland über Alles, «Alemania por encima de todo».

Como siempre, les aplaudieron.

Los animaron a seguir su camino hacia quién sabe dónde.

La gente se detenía a mirar y algunos extendían el brazo a modo de saludo

mientras otros tenían las manos al rojo vivo de tanto aplaudir. Otros intentaban

contener  la emoción que se reflejaba en sus  rostros  contraídos  por  el orgullo,

como frau Diller, y había alguno que otro, como Alex Steiner, que aguantaba el

tipo como si fuera un bloque de madera con forma humana que aplaudía lenta

y obedientemente. Armoniosamente. Sumisamente.

Liesel los vio desde la acera, junto a su padre y Rudy. Hans Hubermann los

contemplaba desde detrás de las persianas bajadas.

 

UNOS CUANTOS DATOS

SIGNIFICATIVOS

En 1933 el noventa por ciento de los alemanes apoyaba

a Adolf Hitler sin reserva alguna.

Eso nos deja un diez por ciento de detractores.

 

Hans Hubermann pertenecía a ese diez por ciento.

Existía una razón para ello.

 

Por  la noche, Liesel soñó, como  siempre. Al principio  veía las  camisas

pardas  desfilando, pero  luego  la condujeron a un  tren donde la  esperaba el

descubrimiento habitual: su hermano le clavaba la mirada.

 

Cuando  se despertó  gritando, Liesel supo  de inmediato  que algo  había

cambiado. Un olor  se desparramaba por  debajo  de las  sábanas, cálido  y

empalagoso. Al principio  intentó  convencerse de que no había  ocurrido  nada,

pero cuando su padre se acercó y la meció entre sus brazos, lloró y se lo confesó

al oído.

—Papá —susurró—, papá.

Y eso fue todo. Seguramente él también lo olió.

Hans  la levantó  con suavidad de la cama y  se la  llevó  al lavabo.  El

momento llegó minutos después.

 

—Cambiaremos las sábanas —dijo su padre, y cuando se agachó y tiró de la

tela, algo se soltó y cayó al suelo de un golpe sordo.

Un libro negro de letras plateadas salió disparado y aterrizó entre los pies

del hombre alto.

Lo miró.

Miró a la niña, que se encogió de hombros tímidamente.

A continuación, Hans  leyó  el título  en  voz alta, concentrado:                         Manual del

sepulturero.

«Así que ese es el título», pensó Liesel.

El silencio se instaló entre ellos, entre el hombre, la niña y el libro. Hans lo

recogió y habló con una voz tan suave como el algodón.

 

CONVERSACIÓN A LAS DOS

DE LA MADRUGADA

¿Es tuyo?

—Sí, papá.

¿Quieres leerlo?

De nuevo:

—Sí, papá.

Una sonrisa cansada.

Ojos de metal, derretido.

Bueno, entonces será mejor que lo leamos.

 

Cuatro  años después, cuando  empezó  a  escribir  en el sótano, dos

pensamientos  acudieron a la mente  de Liesel relacionados  con el trauma de

mojar la cama. Primero, se sintió muy afortunada de que fuera su padre quien

descubriera el libro. (Por  suerte, cuando  había que hacer  la colada de las

sábanas, era Liesel la encargada de retirarlas y de hacerse la cama. «¡Y deprisita,

Saumensch! ¿O  es  que crees que tenemos  todo  el día?».) Segundo, estaba muy

orgullosa del papel que Hans Hubermann había desempeñado en su educación.

«Nadie lo hubiera dicho —escribió—, pero el colegio no me ayudó tanto como

mi padre a la hora de aprender a leer. La gente cree que no es muy listo, y es

cierto que le cuesta leer, pero pronto descubrí que las palabras y la escritura le

habían salvado  la vida en una ocasión. O, por  lo  menos, las  palabras  y  un

hombre que le enseñó a tocar el acordeón...»

 

—Lo primero es lo primero —sentenció Hans Hubermann esa noche. Lavó

las sábanas y las tendió—. Veamos, empecemos con las clases nocturnas —dijo

al volver.

El polvo cubría la luz amarillenta.

Liesel se sentó sobre las sábanas frías y limpias, avergonzada y eufórica. Le

angustiaba la idea de haber vuelto a mojar la cama, pero estaba a punto de leer.

Iba a leer el libro.

La emoción se apoderó de ella.

Se imaginó a una lectora genial de diez años.

Ojalá hubiera sido tan fácil.

 

—A decir  verdad, los  libros  no son lo  mío  —se sinceró  el padre antes  de

empezar.

Sin embargo, no importaba que leyera despacio. En todo caso, su ritmo de

lectura, más lento de lo habitual, debió de ayudarla. Tal vez sirviera para que

los comienzos de la niña fueran menos frustrantes.

No obstante, al principio Hans parecía un poco incómodo con el libro entre

las manos.

Se sentó  junto  a la niña en la cama, se inclinó hacia atrás  y  dobló  las

piernas. Volvió a estudiar el libro y lo dejó caer sobre la cama.

—Vamos a ver, ¿por qué una buena niña como tú quiere leer una cosa así?

Liesel volvió a encogerse de hombros. Si el aprendiz de sepulturero hubiera

estado leyendo las obras completas de Goethe o de cualquier otra autoridad por

el estilo, también las tendrían ahí delante. Liesel intentó explicarse.

—Yo... Cuando... Estaba en la nieve y...

Las palabras, pronunciadas con un suave susurro, resbalaron de la cama y

se esparcieron por el suelo como si fueran polvo.

 

Sin embargo, el padre supo qué decir. Él siempre sabía qué decir.

—Bueno, Liesel, prométeme una cosa: si  muero  pronto,  procura  que me

entierren como es debido —pidió, pasándose una mano por el cabello.

Liesel asintió con gran convencimiento.

—Nada de saltarse el capítulo seis o el paso cuatro del capítulo nueve. —Se

rió, al igual que la mojadora de camas—. Bien, me alegra saber que eso ya está

resuelto. Ahora ya podemos  empezar. —Se  acomodó  y  sus  huesos  crujieron

como las tablas del suelo—. Empieza la diversión.

El libro  se abrió... Una ráfaga de viento  amplificada por  la quietud  de la

noche.

 

Al recordarlo, Liesel supo  con total  exactitud  en qué estaba pensando  su

padre cuando hojeó la primera página del Manual del sepulturero. El hombre se

dio  cuenta de que no era el libro  más  adecuado  por  la dificultad del texto.

Contenía palabras que incluso a él le resultaban complicadas, por no mencionar

lo  morboso  del tema. En  cuanto  a la niña, sintió  un  repentino deseo  de leerlo

que ni  siquiera se molestó  en analizar. Tal vez, en cierto  modo, deseaba

asegurarse de que su hermano había sido  enterrado  como  era debido. Fuera

cual fuese la razón, sus ansias de leer el libro eran todo lo intensas que pueden

llegar a ser en un humano de diez años.

El primer  capítulo  se titulaba «Primer  paso: elección del equipo

apropiado». En  un  breve párrafo introductorio  se esbozaba el  tema que

tratarían las  veinte  páginas  siguientes, se detallaba las  clases  de palas, picos,

guantes  y  herramientas  por  el estilo  que existían y  se ilustraba sobre  la

obligación de conservarlas del modo correcto. Un enterramiento era algo serio.

Mientras  Hans  lo  hojeaba, sentía los  ojos  de Liesel clavados  en él. Se

posaron sobre él y lo apresaron a la espera de que saliera algo de sus labios.

—Ten. —Volvió a acomodarse y le tendió el libro—. Mira la página y dime

cuántas palabras reconoces.

La estudió... y mintió.

—La mitad, más o menos.

—Léeme algunas.

Está claro que no pudo. Cuando le pidió que le señalara las que conocía y

que las leyera en voz alta, contó tres en total: las tres que el alemán suele utilizar

para el artículo definido. La página debía de tener unas doscientas palabras.

Puede que sea más difícil de lo que yo creía, pensó Hans.

Liesel lo sorprendió mientras lo pensaba, aunque fuera sólo un instante.

 

Hans tomó impulso, se puso en pie y salió de la habitación.

 

—De hecho, tengo  una idea mejor  —anunció  a su regreso. En  la mano

llevaba un grueso lápiz de pintor y un taco de papel de lija—. Vamos a pulir esa

lectura.

A Liesel le pareció la mar de bien.

Hans  dibujó  un  cuadrado  de unos  dos  centímetros  y  medio  en la esquina

izquierda del reverso de un trozo de papel de lija y encajó una «A» mayúscula

en el interior. Colocó  otra «a» en la esquina opuesta, pero  minúscula.  Hasta

aquí, ningún problema.

—A —leyó Liesel.

—¿A de...?

Liesel sonrió.

—Apfel.

Hans  escribió  la palabra con letras  grandes  y  debajo  dibujó  una manzana

deforme. Era pintor de brocha gorda, no artista.

—Ahora la B —anunció cuando terminó, echando un vistazo a su obra.

A medida que avanzaban por  el abecedario, Liesel estaba cada vez más

boquiabierta. Era lo que había hecho en el colegio, en la clase de párvulos, pero

mucho mejor: era la única alumna y no se sentía un gigante. Disfrutaba viendo

cómo  se movía  la mano de su  padre mientras  escribía las  palabras  y  trazaba

lentamente los rudimentarios bosquejos.

—Ánimo, Liesel —la  alentó  al ver  que se  encallaba—. Dime algo  que

empiece por «S». Es fácil. Vamos, me estás defraudando.

Liesel estaba bloqueada.

—¡Venga! —susurró con complicidad—. Piensa en mamá.

La palabra se estampó contra su cara como un bofetón y Liesel esbozó una

sonrisa automática.

—Saumensch! —gritó.

Hans soltó una carcajada, pero se calló al instante.

—Shhh, no podemos hacer ruido.

Soltó  otra carcajada y  escribió  la palabra, que aderezó  con una  de sus

filigranas.

 

UNA OBRA DE ARTE TÍPICA

DE HANS HUBERMANN

 

—¡Papá! —le susurró—. ¡No tengo ojos!

Hans le dio unos suaves golpecitos en la cabeza, la niña había caído en la

trampa.

—Con una sonrisa así, no necesitas ojos —respondió. La abrazó y volvió a

mirar el dibujo con expresión de plata cálida—. Ahora la «T».

 

—Ya está bien  por  hoy  —decidió  Hans,  levantándose después  de haber

recorrido y repasado una docena de veces el abecedario.

—Sólo unas más.

—No, ya está bien por hoy. Cuando te despiertes, te tocaré el acordeón —

contestó Hans, manteniéndose firme.

—Gracias, papá.

—Buenas noches. —Soltó una risita silenciosa de una sola sílaba—. Buenas

noches, Saumensch.

—Buenas noches, papá.

Hans apagó la luz, regresó a su lado y se sentó en la silla. En la oscuridad,

Liesel tenía los ojos abiertos. Contemplaba las palabras.

 

 

El aroma de la amistad

 

 

 

 

La instrucción continuó.

Durante las  semanas  siguientes  y  el verano, la clase de medianoche

comenzaba después de las pesadillas. Liesel mojó la cama en dos ocasiones más,

pero  Hans  Hubermann  se limitó  a repetir  su heroica colada, y  luego  se puso

manos a la obra con la lectura, el garabateado y el repaso. A altas horas de la

noche, los susurros eran escandalosos.

Un jueves, hacia las tres del mediodía, Rosa le dijo a Liesel que se preparara

para acompañarla a entregar la ropa planchada. Sin embargo, Hans tenía otros

planes.

—Lo  siento, mamá, pero  hoy  no puede acompañarte —repuso  el padre,

entrando en la cocina.

Rosa ni se molestó en apartar la vista de la bolsa de la colada.

—¿Y a ti quién te ha preguntado, Arschloch? Vamos, Liesel.

—Tiene que leer —insistió. Hans dedicó a Liesel una sonrisa resuelta y un

guiño—. Conmigo. Le estoy enseñando. Vamos a ir al Amper, río arriba, donde

suelo ensayar con el acordeón.

Ahora sí había captado su atención.

Rosa dejó  la colada sobre  la mesa y  adoptó  el grado  conveniente de

cinismo.

—¿Qué has dicho?

—Creo que ya me has oído, Rosa.

Rosa rió.

—¿Qué diablos vas a enseñarle tú? —Una sonrisa de cartulina. Un gancho

directo de palabras—. Como si tú leyeras tan bien, Saukerl.

La cocina estaba a la expectativa. Hans lanzó un contragolpe.

—Ya llevaremos nosotros la plancha.

—Serás... —Se contuvo. Las  palabras  se agolparon en su boca mientras

consideraba la situación—. Volved antes de que oscurezca.

—No podemos leer en la oscuridad, mamá —intervino Liesel.

—¿Qué has dicho, Saumensch?

 

—Nada, mamá.

 

Hans sonrió de oreja a oreja a la niña.

—El libro, la lija, el lapicero —ordenó— ¡y el acordeón! —gritó cuando ya

había salido de la cocina.

Al cabo  de unos  minutos  estaban en  Himmelstrasse con las  palabras, la

música y la colada.

 

A medida  que se acercaban a la tienda  de frau Diller, iban volviendo  la

cabeza para ver si Rosa seguía vigilándolos junto a la cancela. Allí estaba.

—¡Liesel, lleva derecha esa ropa planchada!  —le avisó  desde lejos—. ¡No

me la vayas a arrugar!

—¡Sí, mamá!

Unos pasos después:

—Liesel, ¿no vas a tener frío?

—¿Qué dices?

—¡Saumensch dreckiges, tú nunca oyes  nada! Que si  no vas  a tener  frío.

¡Puede que luego refresque!

Al volver la esquina, Hans se agachó para atarse un zapato.

—Liesel, ¿te importaría liarme un cigarrillo? —le pidió.

Nada podría haberla hecho más feliz.

 

Una vez que entregaron la ropa planchada, se dirigieron hacia  el río

Amper, que bordeaba  la ciudad y  seguía su  camino en dirección a  Dachau, el

campo de concentración.

Había un puente de tablones.

Se sentaron sobre la hierba a unos treinta metros del puente, escribieron las

palabras y las leyeron en voz alta, y cuando empezó a oscurecer  Hans  sacó el

acordeón. Liesel lo escuchaba y, aunque lo miraba ensimismada, no advirtió de

inmediato  la perplejidad que esa noche se reflejaba en el rostro  de su padre

mientras tocaba.

 

EL ROSTRO DE SU PADRE

Vagaba y se hacía preguntas,

aunque sin encontrar ninguna respuesta.

Aún no.

 

Se apreciaba cierto cambio en Hans, si bien era casi imperceptible.

Liesel lo  notó, aunque  no fue hasta más  tarde, cuando  todas  las  historias

comenzaron a  tomar forma. No se había fijado en que su padre adoptaba una actitud  vigilante mientras  tocaba, porque ignoraba que el acordeón de Hans

Hubermann fuera una historia en sí. Una historia que llegaría al número treinta

y  tres  de Himmelstrasse de madrugada, con los  hombros  arrugados  y  una

chaqueta con  tiritera. Llevaría consigo  una maleta, un  libro  y  dos  preguntas.

Una historia. Una historia después de otra historia. Una historia dentro de otra

historia.

Por ahora, en lo concerniente a Liesel, sólo existía una y la disfrutaba.

Se acomodó entre los largos brazos de hierba, tumbada de espaldas.

Cerró los ojos y sus oídos abrazaron las notas.

 

Claro  que, también tenían algún que otro  problema. A veces  Hans  se

contenía para no chillarle. «Vamos, Liesel  —le decía—, pero  si  sabes  esta

palabra, ¡la sabes!» Justo  cuando  parecía que avanzaban a buen ritmo, algún

obstáculo les obligaba a reducir la marcha.

Si  hacía buen tiempo, por  las  tardes  iban al Amper. Y  si  hacía mal día,

bajaban al sótano. Sobre todo por Rosa. Al principio lo intentaron en la cocina,

pero era imposible.

—Rosa, ¿podrías hacerme un favor? —le pidió Hans en una ocasión.

Tranquilamente, sus  palabras  interrumpieron una de las  frases  de Rosa.

Esta apartó la mirada del fogón.

—¿Qué?

—Te lo  pido. No, te lo  ruego: ¿podrías  cerrar  la boca aunque sólo  fueran

cinco minutos?

Ya te imaginas la reacción.

Acabaron en el sótano.

 

Allí abajo no había luz, así que se llevaron la lámpara de queroseno y, poco

a poco, entre el colegio y la casa, entre el río y el sótano, entre los buenos y los

malos días, Liesel aprendía a leer y a escribir.

—Pronto  leerás  ese espantoso  libro  de sepultureros  hasta con los  ojos

cerrados —la animaba su padre.

—Y me sacarán de la clase de los enanos.

Había pronunciado las  palabras con  cierta seriedad, como  si  le

pertenecieran.

 

En una de las sesiones del sótano, Hans prescindió del papel de lija (que se

le estaba acabando) y  sacó  un pincel. En  casa de los  Hubermann no podían

permitirse muchos lujos, pero la pintura les sobraba a espuertas, y acabó siendo

más que útil en el aprendizaje de Liesel. Hans decía una palabra y la niña tenía

que deletrearla en voz alta y luego pintarla en la pared, siempre que la acertara.

 

Al cabo  de un  mes  la  pared había recibido  una nueva capa de pintura. Una

página de cemento fresco.

 

Algunas  noches, después  de trabajar  en el sótano, Liesel se encogía en la

bañera y oía una y otra vez las mismas frases que llegaban desde la cocina.

—Apestas a tabaco y queroseno —rezongaba Rosa.

Sentada, sumergida en el agua, se imaginaba el aroma que se dibujaba en

las  ropas  de su padre.  Era, sobre  todo, el de la amistad, un  olor  que también

descubría en ella. Liesel lo adoraba. Lo aspiraba en su brazo y sonreía mientras

el agua se enfriaba.

 

 

La campeona de los pesos pesados del patio del colegio

 

 

 

 

 

El verano de 1939 tenía prisa, o  tal vez la tuviera Liesel. Se pasó  todo  el

tiempo  jugando al fútbol con Rudy y  los  demás  niños en Himmelstrasse (un

pasatiempo atemporal), repartiendo la ropa planchada por toda la ciudad con la

madre y aprendiendo palabras. A los pocos días de empezar, se sentía como si

ya se hubiera acabado.

Dos cosas ocurrieron en la última parte del año.

 

ENTRE SEPTIEMBRE

Y NOVIEMBRE DE 1939

1. Empieza la Segunda Guerra Mundial.

2. Liesel Meminger se convierte en la campeona de los pesos

pesados del patio del colegio.

 

Principios de septiembre.

En Molching hacía frío el día que empezó la guerra y aumentó mi volumen

de trabajo.

En el mundo no se hablaba de otra cosa.

Los titulares de los periódicos se deleitaban con ello.

La voz del Führer clamaba en las radios alemanas. No nos rendiremos. No

descansaremos. Venceremos. Ha llegado nuestra hora.

Se había iniciado  la invasión alemana de Polonia y  la gente se reunía en

cualquier lugar para escuchar las noticias. Münchenstrasse, como otras muchas

calles  principales  de Alemania,  se animó  con la guerra. Su olor,  su voz. El

racionamiento había empezado unos días antes —se lo esperaban— y ahora ya

era oficial. Gran Bretaña y  Francia habían  declarado  la guerra a Alemania.

Apropiándome de una frase de Hans Hubermann:

 

Empieza la diversión.

 

El día del anuncio, Hans tuvo la suerte de estar ocupado con un trabajo. De

camino a casa, recogió un periódico que alguien había abandonado y, en vez de

detenerse para  embutirlo  entre los  botes  de pintura del carro, lo  dobló  y  se lo

metió  debajo  de la camisa. Cuando  llegó  a casa y  lo  sacó, el sudor  había

estampado la tinta sobre  su piel. El  diario  acabó  en la  mesa, pero  llevaba las

noticias grabadas en el pecho, como un tatuaje. Se abrió la camisa y se miró bajo

la tenue luz de la cocina.

—¿Qué pone? —preguntó Liesel, mirando los trazos negros de la piel y el

periódico sobre la mesa.

—«Hitler  toma Polonia» —contestó,  y  Hans  Hubermann  se desplomó en

una silla—.               Deutschland über Alles  —musitó, pero  en su voz no  había ni  un

remoto rastro de patriotismo.

Ahí estaba otra vez esa cara: su cara de acordeón.

 

Había estallado una guerra.

Liesel pronto se encontraría envuelta en otra.

 

Casi un mes después de reemprender las clases en el colegio, la pasaron al

curso que le tocaba. Tal vez creas que se debió a sus progresos en lectura, pero

no fue así. A pesar de sus adelantos, seguía leyendo con dificultades. Las frases

se desparramaban por todas partes. Las palabras le jugaban malas pasadas. El

cambio  de curso se debió  a que el desarrollo  de la clase de los  pequeños  se

había empezado  a  ver  afectado. Contestaba las  preguntas  dirigidas  a otros

niños y  gritaba. Y  alguna que otra  vez  había recibido  en el pasillo  lo  que se

conocía como un Watschen (pronunciado «varchen»).

 

DEFINICIÓN

Watschen = un buen azote

 

La profesora, que resultó ser una monja, la aceptó en su clase, la sentó en

una silla a  un  lado y  le dijo  que se  estuviera  calladita. Desde  el otro  extremo,

Rudy la miró y la saludó con la mano. Liesel le devolvió el saludo e intentó no

sonreír.

En  casa, el padre y  ella ya tenían muy avanzada la lectura del                           Manual del

sepulturero. Hacía un círculo alrededor de las palabras que no entendía y se las

llevaba al sótano al día  siguiente. Liesel creyó  que sería suficiente. No  fue

suficiente.

A principios  de noviembre, en el colegio  les  hicieron algunos exámenes

para evaluar  sus  progresos. Uno  de ellos  se centraba en la  capacidad  lectora.

Cada niño debía  leer  delante de toda la clase el  párrafo que la profesora indicara. Era una mañana helada, pero relucía el sol. Los niños se restregaban

los ojos. Una aureola circundaba a la monja, la hermana Maria, que parecía la

Parca. (Por cierto, me gusta el concepto humano de la Parca. Me gusta lo de la

guadaña. Me parece gracioso.)

En la clase, empezaron a decir los nombres al azar.

—Waldenheim, Lehmann, Steiner.

Todos  se levantaban  y  leían según  sus  variadas  competencias. Rudy  era

sorprendentemente bueno.

Liesel esperó sentada con una mezcla de emoción asfixiante y temor atroz

durante  todo  el examen. Deseaba ponerse a prueba con todas  sus  fuerzas,

descubrir de una vez por todas a qué ritmo avanzaba su aprendizaje. ¿Daría la

talla? ¿Estaría a la altura de Rudy y los demás?

Cada vez que la hermana Maria miraba la lista, un  manojo  de nervios  se

tensaba alrededor  de sus  costillas.  Había  empezado  en el  estómago, pero  se

había ido abriendo paso hacia arriba y pronto le rodearía el cuello.

Cuando Tommy Müller finalizó su mediocre intervención, Liesel miró a su

alrededor. Todo el mundo había leído. Sólo quedaba ella.

—Muy bien. —La hermana María asintió con la cabeza, repasando la lista—

. Ya estamos todos.

¿Qué?

—¡No!

Del fondo de la  clase emergió  una voz.  Era  la de un  chico  de pelo  color

limón  con huesudas  rodillas  que no dejaban de castañetear  bajo  el escritorio,

enfundadas en unos pantalones.

—Hermana Maria, creo que se ha saltado a Liesel —la corrigió, levantando

la mano.

 

La hermana Maria.

No parecía demasiado complacida.

 

Dejó caer la carpeta sobre la mesa que tenía delante y escudriñó a Rudy con

resignada desaprobación. Casi  melancólica.  ¿Por  qué, se lamentó, tenía que

aguantar a Rudy Steiner? ¿Es que ese niño no podía tener la boca cerrada? Por

amor de Dios, ¿por qué?

—No  —contestó  terminante. Su barriguilla se inclinó  hacia delante junto

con  el resto  del cuerpo—. Me  temo que  Liesel no puede hacerlo, Rudy. —La

profesora la miró, buscando su aprobación—. Ya me leerá luego, aparte.

La niña se aclaró la garganta.

—Puedo hacerlo ahora, hermana —repuso Liesel con voz baja y desafiante.

 

La mayoría de los niños observaban en silencio. Unos cuantos pusieron en

práctica el bello arte infantil de la risa tonta.

A la hermana se le acabó la paciencia.

—¡No, no puedes...! ¿Qué estás haciendo?

Pues Liesel se había levantado y avanzaba lentamente, tiesa como un palo,

hacia el frente de la clase. Recogió el libro y lo abrió por una página al azar.

—Muy bien —accedió la hermana Maria—. ¿Quieres hacerlo? Hazlo.

—Sí, hermana.

Tras una breve mirada a Rudy, Liesel bajó los ojos y estudió la página.

Cuando volvió a levantar la vista, primero vio la habitación hecha pedazos

y  al instante  recompuesta. Todos  los  niños estaban impresionados, justo  ante

sus  ojos, y  en un momento  de gloria se imaginó leyendo la página con total

fluidez y sin cometer un solo error, triunfante.

 

PALABRA CLAVE

«Imaginó»

 

—¡Vamos, Liesel!

Rudy rompió el silencio.

La ladrona de libros volvió a mirar las letras.

Vamos. Esta vez Rudy sólo musitó. Vamos, Liesel.

Sus latidos eran cada vez más fuertes. Las frases se desdibujaban.

De repente, la página  blanca parecía escrita en otro  idioma, y  no pudo

evitar que se le saltaran las lágrimas. Ni siquiera podía distinguir las palabras.

Y el sol. Ese maldito sol. Irrumpió en la clase por la ventana —esquirlas de

cristal se esparcieron por todas partes— e iluminó directamente a la impotente

niña para gritarle en la cara: ¡Sabes robar libros, pero no sabes leer!

Se le ocurrió una solución.

Respira que te respira, empezó  a leer, pero  no el libro  que tenía delante,

sino un extracto del Manual del sepulturero. Capítulo tres: «En caso de nieve». Lo

había memorizado al oír a su padre.

—En caso de nieve procure utilizar una buena pala —leyó—. Ha de cavar

hondo, no se desanime. No hay forma de ahorrarse el trabajo. —Volvió a tomar

un rebujo de aire—. Por descontado, siempre es más sencillo esperar a la hora

más cálida del día, cuando...

Se acabó.

Le arrancaron el libro de las manos.

—Liesel, al pasillo —le ordenaron.

Mientras le propinaban un pequeño Watschen, tras la mano castigadora de

la hermana Maria oyó  a los  demás  riéndose en clase. Los  vio. Los  niños impresionados. Burlándose y carcajeándose. Bañados por la luz del sol. Todo el

mundo se reía menos Rudy.

 

En  el patio, siguieron mofándose de Liesel. Un chico  llamado  Ludwig

Schmeikl se acercó a ella con un libro.

—Eh, Liesel —la llamó—, no entiendo esta palabra, ¿podrías leérmela? —le

pidió, y se echó a reír con una petulante risotada de diez años.

—Dummkopf, imbécil.

Se empezaban  a formar  nubes, gruesas  y  desmañadas, y  unos  niños

corearon su nombre para hacerla rabiar.

—No les hagas caso —le aconsejó Rudy.

—Qué fácil es decirlo, tú no eres el tonto de la clase.

Hacia el final de la hora del patio, el recuento total de comentarios sumaba

diecinueve. Al vigésimo, estalló. Fue Schmeikl, que había vuelto a por más.

—Vamos, Liesel.  —Le  metió  el libro  debajo  de la nariz—.  Échame una

mano, anda.

Liesel se la echó, y bien echada.

 

Se levantó, cogió  el libro, y  mientras  el chico  volvía la cara para sonreír  a

los otros niños, Liesel lo empujó y le dio una patada con todas sus fuerzas en las

inmediaciones de la ingle.

En  fin, como  ya imaginarás, Ludwig  Schmeikl se retorció  y, al hacerlo,

recibió un puñetazo en la oreja. Cuando cayó al suelo, lo abofeteó y arañó hasta

que quedó  anulado por  una niña completamente consumida por  la rabia. La

piel del chico era cálida y suave, al contrario de los nudillos y las uñas de Liesel,

dignos de temer a pesar de su tamaño.

—Saukerl. —También lo  arañó  con la voz—.                        Arschloch. ¿Por  qué no me

deletreas Arschloch?

Ay, cómo se apelotonaron las aborregadas nubes en el cielo.

Grandes y gruesas nubes.

Oscuras y plomizas.

Tropezaban unas  con otras. Se disculpaban. Continuaban  adelante,

abriéndose camino.

Los niños se apiñaron en un corro, rápidos como... Bueno, tan rápidos como

niños atraídos  por  la fuerza centrífuga de una pelea. Un mejunje de brazos  y

piernas, de gritos y ánimos fue espesándose a su alrededor para dar testimonio

de cómo Liesel Meminger daba a Ludwig Schmeikl la paliza de su vida.

—¡Jesús,  María y  José!  —se escandalizó  una niña, lanzando  un  chillido—.

¡Va a matarlo!

Liesel no lo mató.

 

Pero estuvo a punto.

De hecho, lo  único  que probablemente la detuvo  fue el espasmódico,

patético y sonriente rostro de Tommy Müller. Todavía rebosante de adrenalina,

Liesel lo atisbó sonriendo de manera tan absurda que lo tiró al suelo y también

empezó a golpearlo.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó el niño, y sólo entonces, después del tercer

o cuarto bofetón y un hilillo de sangre que le salía de la nariz, Liesel se detuvo.

De rodillas, tomó aire y escuchó los lamentos que llegaban desde debajo de

ella. Miró la amalgama de rostros, a izquierda y derecha.

No soy estúpida —sentenció.

Nadie se lo discutió.

 

La pelea no se retomó hasta que todo el mundo volvió dentro y la hermana

Maria vio en qué estado había quedado Ludwig Schmeikl. Rudy y otros cuantos

fueron los  primeros  sobre  los  que recayeron las  sospechas. Siempre estaban

metiéndose los  unos  con los  otros. «A ver  esas  manos», les  ordenaron, pero

todos las tenían limpias.

—Esto es increíble —masculló la hermana—, ¿dónde se ha visto?

Cuando  Liesel dio  un  paso  al frente  y  le  enseñó las  manos, allí estaba

Ludwig Schmeikl, ansiando que llegara ese momento.

—Al pasillo  —le ordenó por  segunda vez ese mismo  día. De hecho, por

segunda vez esa misma hora.

En  esta ocasión, no le  dio  un  pequeño  Watschen. Ni  siquiera uno  de los

medianos. En  esta ocasión fue la madre de todos  los  Watschen, un  azote tras

otro, una vara que iba y venía, así que Liesel apenas pudo sentarse durante una

semana. Y  ya no se oyeron risas  en clase,  sino el  mudo  miedo  de los  que

escuchan atentos.

 

Al final de ese día de colegio, Liesel volvió a casa acompañada de Rudy y

los  demás  hijos  de los  Steiner. Al acercarse a Himmelstrasse, el  cúmulo  de

desgracias  se apoderó  de ella: la lectura fallida del                   Manual del sepulturero, el

desmembramiento  de su familia, las  pesadillas, las  humillaciones  de ese día...

Se sentó en el bordillo y se echó a llorar. Todo se juntaba.

Rudy se detuvo y se quedó a su lado.

Empezó a llover con fuerza.

Kurt  Steiner  los  llamó, pero  ninguno  de los  dos  se movió. Ella se  quedó

sentada, abrumada por el dolor, bajo los chuzos de punta que caían, y él, a su

lado, esperando.

—¿Por  qué tuvo  que morirse?  —preguntó, pero  Rudy siguió  sin  hacer  ni

decir nada.

 

Cuando  Liesel dejó  de llorar  y  se levantó,  Rudy le pasó  el brazo  por  el

hombro, como  sólo  lo  hace el mejor  amigo,  y  siguieron caminando. No  hubo

petición de beso ni nada por el estilo. Considéralo adorable, si te apetece.

Pero no me rompas los huevos.

Eso  era lo  que estaba pensando, aunque no se lo  dijo  a Liesel. Sólo  se lo

confesó cerca de cuatro años después.

Por  el momento, Rudy y  Liesel  caminaban por  Himmelstrasse  bajo  la

lluvia.

Él era el chalado  que se había pintado  de negro  y  había desafiado  al

mundo.

Ella, la ladrona de libros sin palabras.

Pero créeme, las palabras estaban de camino, y cuando llegaron, Liesel las

sujetó  entre  las  manos como  si  fueran nubes  y  las  escurrió  como  si  estuvieran

empapadas de lluvia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre que se encogía de hombros

 

 

 

Presenta:

 

 

 

una niña oscura — el placer de los cigarrillos — una trotacalles

— correo sin dueño — el cumpleaños de Hitler — cien por cien puro sudor

alemán — a las puertas del hurto — y un libro de fuego

 

 

Una niña oscura

 

 

 

INFORMACIÓN ESTADÍSTICA

Primer libro sustraído: 13 de enero de 1939.

Segundo libro sustraído: 20 de abril de 1940.

Intervalo entre los mencionados libros sustraídos:

463 días.

 

En cierto modo, fue el destino.

Verás, puede que la gente diga que la Alemania nazi se construyó sobre la

base del antisemitismo, pero todo se habría quedado en nada si los alemanes no

hubieran adorado una actividad en particular: la quema.

A los alemanes les encantaba quemar cosas: tiendas, sinagogas, Reichstags,

casas, objetos  personales, gente caída en desgracia y, por  descontado, libros.

Disfrutaban  de  una buena hoguera de libros, lo  que proporcionaba  a la gente

interesada la oportunidad para conseguir  ciertas  publicaciones  que, de otro

modo, no habrían tenido. Como ya sabemos, una de las personas con esa clase

de inclinaciones era una niñita esquelética llamada Liesel Meminger. Tuvo que

esperar 463 días, pero valió la pena. Al final de una tarde llena de emociones, la

belleza de la maldad, un tobillo ensangrentado y un sopapo propinado por una

mano de confianza, Liesel Meminger consiguió con éxito su segunda historia: El

hombre que se encogía de hombros. Era un libro azul con letras rojas en la portada y

tenía un pequeño dibujo de un cucú debajo del título, también en rojo. Cuando

pensaba en el pasado, Liesel no se avergonzaba de haberlo  robado. Por  el

contrario, el orgullo era lo que más se parecía a lo que sentía en el estómago. La

rabia y el odio enconado habían alimentado el deseo de robarlo. De hecho, el 20

de abril —el cumpleaños del Führer—, cuando rescató el libro de un humeante

montón de cenizas, Liesel era una niña oscura.

La cuestión, por descontado, debería ser por qué.

¿Por qué estaba tan enfadada?

 

¿Qué había ocurrido en los últimos cuatro o cinco meses que justificara tal

sentimiento?

En  resumen,  la respuesta iba  de  Himmelstrasse al  Führer, de allí  al

paradero desconocido de su verdadera madre y vuelta a empezar.

 

El placer de los cigarrillos

 

 

 

 

 

Hacia finales  de  1939,  Liesel se  había  adaptado  bastante  bien a la  vida en

Molching. Todavía la asaltaban pesadillas donde aparecía su hermano y echaba

de menos a su madre, pero ahora también encontró consuelo.

Quería a su padre, Hans  Hubermann, y, a pesar  de los  improperios  y  los

ataques  verbales, también a su madre adoptiva. Quería y  odiaba a su mejor

amigo, Rudy Steiner, lo  que era del todo  normal, y  le encantaba ver  que sus

competencias  lectoras  y  su caligrafía progresaban de manera evidente  y  que

pronto  estarían a punto  de rayar  lo  aceptable, a pesar  del fiasco  en clase. En

conjunto  todo  daba como  resultado  cierto  grado  de  satisfacción, que iba

acumulándose hasta rozar eso que suele llamarse «ser feliz».

 

LAS CLAVES DE LA FELICIDAD

1. Acabar el Manual del sepulturero.

2. Escapar a la ira de la hermana Maria.

3. Recibir dos libros por Navidad.

 

17 de diciembre.

Recordaba perfectamente la fecha  porque fue justo  una semana  antes  de

Navidad.

Como era habitual, la pesadilla de cada noche interrumpió su sueño y Hans

Hubermann la despertó. La tenía agarrada por el pijama sudado.

—¿El tren? —susurró.

—El tren —confirmó ella.

Liesel inspiró  profundamente hasta que estuvo  lista y  luego  empezaron a

leer el capítulo once del Manual del sepulturero. Lo acabaron poco después de las

tres  de la madrugada y  ya sólo  les  quedaba el último: «Respetar  el

camposanto». Hans, con los plateados ojos hinchados por el cansancio y la cara

cubierta por  una barba  incipiente, cerró  el libro  y  esperó  los  restos  del sueño.

No llegaron.

 

No  había pasado  ni  un minuto  desde que habían apagado  la luz cuando

Liesel empezó a hablar a oscuras.

—¿Papá?

Él respondió con un sonido gutural.

—¿Estás despierto, papá?

Ja.

Se apoyó sobre un codo.

—¿Podemos terminar el libro, por favor?

Se oyó un largo suspiro, una mano rascando la barba y, a continuación, se

encendió la luz. Hans abrió el libro y empezó a leer:

—«Capítulo doce: Respetar el camposanto».

 

Leyeron hasta la madrugada; marcaban con un  círculo  y  escribían las

palabras  que Liesel no comprendía e  iban pasando  las  páginas  hacia  el

amanecer. En varias ocasiones Hans estuvo a punto de dormirse, sucumbiendo

a la hormigueante fatiga de sus  ojos  y  al cansancio  mental. Liesel  siempre lo

sorprendía, pero no era tan generosa como para permitir que se durmiera ni tan

susceptible como  para sentirse ofendida. Era una niña con una montaña por

escalar.

Finalmente, cuando  la oscuridad del exterior  empezaba a aclararse,

acabaron. El último párrafo decía más o menos lo siguiente:

 

La Asociación de Cementerios  de Baviera espera haberlos  entretenido  e

instruido sobre el funcionamiento, las medidas de seguridad y los deberes del

sepulturero. Les  deseamos una fructífera carrera en las  artes  funerarias  y

esperamos que este libro haya podido serles de ayuda.

Cuando cerraron el libro, intercambiaron una mirada furtiva.

—Lo hemos conseguido, ¿eh? —dijo Hans.

Liesel,  medio  envuelta en la manta, estudió  el libro  negro  que tenía en la

mano y  las  letras  plateadas  de la  portada. Asintió, con la  boca seca y  apetito

madrugador. Fue uno  de esos  momentos  de cansancio  perfecto, después  de

haber superado no sólo el trabajo que tenían entre manos, sino la noche que les

había vallado el camino.

Hans estiró los brazos con los puños cerrados y los párpados pesados por el

sueño. Esa mañana el cielo no se atrevió ni a lloviznar. Se levantaron y fueron a

la cocina. A través  de  la neblina y  la escarcha de la ventana, observaron las

vetas  de luz  rosada sobre  los  montículos  de nieve que se acumulaban en los

tejados de Himmelstrasse.

—Mira qué colores —comentó el padre.

 

Cómo  no va a  gustarle a alguien un  hombre que no  sólo  se fija en los

colores, sino que además los comenta.

Liesel todavía llevaba el libro. Lo estrechó con más fuerza cuando la nieve

se volvió  anaranjada.  Vio  un  niño  pequeño  sentado  en uno  de  los  tejados,

contemplando el cielo.

—Se llamaba Werner —dijo.

Las palabras salieron de su boca por voluntad propia.

—Ya —contestó el padre.

 

No  hubo más  exámenes  de lectura en el colegio, pero  Liesel iba  ganando

confianza poco a poco, y una mañana antes de que comenzaran las clases cogió

un libro de texto olvidado para ver si podía leerlo sin problemas. Consiguió leer

todas  las  palabras, aunque todavía iba más  despacio  que sus  compañeros. Se

dio  cuenta de que era mucho más  fácil hallarse a las  puertas  de algo  que

haberlas cruzado. Aún le llevaría un tiempo.

Una tarde se vio tentada a robar un libro de la estantería de la clase, pero,

para ser sinceros, la perspectiva de un nuevo Watschen de pasillo a manos de la

hermana Maria fue un convincente elemento  disuasorio. Además,  en realidad

no sentía auténticos  deseos  de llevarse los  libros  del colegio. Tal  vez la

contundencia del fiasco  de noviembre  propició  esa  falta de  interés, aunque

Liesel no estaba segura. Lo único que sabía era que ese cosquilleo seguía allí.

No hablaba en clase.

Ni siquiera se atrevía a mirar hacia donde no debía.

A medida que pasaba  el invierno, dejó  de ser  víctima de las  frustraciones

de la hermana Maria y se contentó con ver que los otros eran enviados al pasillo

y recibían su justo castigo. Oír a otro estudiante pasando apuros en el pasillo no

era precisamente agradable, pero el hecho de que se tratara de otra persona en

vez de ella, aunque no fuera un consuelo, al menos era un alivio.

 

Cuando  el colegio  cerró  durante  las  vacaciones  de                          Weihnachten, Liesel

incluso se permitió desear unas felices navidades a la hermana Maria antes de

irse. Consciente de que los  Hubermann casi estaban en  la ruina  y  que tenían

que seguir pagando las deudas y el alquiler aunque apenas entrara dinero, no

esperaba ningún  regalo. Tal  vez  una comida especial. Para su sorpresa, al

volver a casa después de asistir en Nochebuena a la misa de medianoche con su

madre, su padre, Hans hijo y Trudy, se encontró con algo envuelto en papel de

periódico debajo del árbol de Navidad.

—De Santa Claus —aseguró Hans, aunque la niña no se lo tragó.

Abrazó a sus padres de acogida, todavía con nieve en los hombros.

 

 

 

Al desenvolver el papel descubrió dos libritos. El primero, El perro Fausto,

que había escrito un hombre llamado Mattheus Ottleberg. Acabaría leyendo ese

libro trece veces. En Nochebuena leyó las primeras veinte páginas en la mesa de

la cocina, mientras  su padre y  Hans  hijo  discutían sobre  algo  que ella no

entendía, algo llamado política.

Más  tarde, leyeron un  poco  más  en la cama, siguiendo la tradición de

marcar con un círculo las palabras que Liesel no conocía y luego escribirlas. El

perro Fausto también tenía ilustraciones, preciosas curvas, orejas y caricaturas de

un pastor alemán con un obsceno problema de babeo y el don del habla.

El segundo  libro  se titulaba                       El faro, y  lo  había  escrito  una mujer,  Ingrid

Rippinstein. Era un  poco  más  largo,  de modo  que Liesel sólo  consiguió  leerlo

nueve veces, aunque su velocidad de lectura había incrementado ligeramente al

final de sesiones tan prolíficas.

Días después de Navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre los libros.

Estaban comiendo en la cocina. Decidió  concentrar  su atención en su padre al

ver las cucharadas de sopa de guisantes que se metía en la boca su madre.

—Me gustaría preguntar algo.

Al principio nadie dijo nada, por lo que acabó interviniendo su madre, con

la boca medio llena.

—¿Y?

—Sólo quería saber de dónde habéis sacado el dinero para comprarme los

libros.

Una sonrisita se reflejó en la cuchara de su padre.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Claro.

Hans sacó del bolsillo lo que le quedaba de su ración de tabaco y empezó a

liar un cigarrillo. Liesel comenzó a impacientarse.

—¿Vas a decírmelo o no?

Su padre se echó a reír.

—Pero si te lo estoy diciendo. —Acabó el cigarrillo, lo lanzó sobre la mesa y

empezó a liar otro—. Así.

En  ese momento  su madre se acabó  la sopa, dejó  la cuchara de golpe

reprimiendo un eructo acartonado y contestó por él.

—Este                       Saukerl... ¿Sabes  lo  que ha hecho? Lió  todos  sus  asquerosos

cigarrillos, se fue al mercadillo cuando vino a la ciudad y se los vendió a unos

gitanos.

—Ocho cigarrillos por libro. —Hans se metió uno en la boca, triunfante. Lo

encendió  y  le dio  una calada—. Alabado  sea Dios  por  los  cigarrillos, ¿eh, mamá?

 

Mamá se limitó  a dedicarle una de sus  inconfundibles  miradas  asesinas,

seguida por una ración de su vocabulario habitual.

—Saukerl.

Liesel intercambió el guiño de costumbre con su padre y terminó de comer

la sopa. Como siempre, uno de los libros descansaba a su lado. No podía negar

que la respuesta a su pregunta había sido  más  que satisfactoria. No  había

mucha gente que pudiera decir que el tabaco pagaba su educación.

Su madre, en cambio, afirmó que si Hans Hubermann tuviera dos dedos de

frente habría cambiado el tabaco por el vestido nuevo que ella tanto necesitaba

o por unos zapatos decentes.

—Pero, no...  —Escupió  las  palabras  en el fregadero—. Si  se trata de mí,

antes te fumas la ración entera, ¿verdad? La tuya y la de la puerta de al lado.

Sin embargo, unas noches después, Hans Hubermann llegó a casa con una

caja de huevos.

—Lo  siento, mamá. —Los  dejó  en la mesa—. Se les  habían acabado  los

zapatos.

Rosa no protestó. Incluso canturreó entre dientes mientras cocía los huevos

hasta casi carbonizarlos. Por lo visto los cigarrillos tenían algo bueno. Fue una

época feliz en casa de los Hubermann.

Acabó unas semanas después.

 

 

 

La trotacalles

 

 

 

 

 

El desmoronamiento comenzó por la colada y acabó extendiéndose a toda

prisa.

Liesel acompañaba a Rosa Hubermann a hacer las entregas cuando uno de

los  clientes, Ernst  Vogel, les  informó  de que ya no podía permitirse que le

lavaran y le plancharan la ropa.

—Son estos  tiempos  que corren, ¿qué le voy  a contar  que no sepa?  —se

disculpó—. Se están poniendo difíciles  y  la guerra nos hace pasar  apuros. —

Miró a la niña—. Estoy seguro de que recibe una compensación por cuidar de la

pequeña, ¿verdad?

Para consternación de Liesel, su madre se quedó sin palabras.

Tenía una bolsa vacía al lado.

Vamos, Liesel.

No lo dijo, la sacó a rastras, de la mano, sin miramientos.

Vogel la llamó  desde  lo  alto  de los  escalones. Medía cerca  de un  metro

setenta y  cinco  y  los  grasientos  mechones  de pelo  le caían, apáticos, sobre  la

frente.

—¡Lo siento, frau Hubermann!

Liesel lo saludó con la mano.

Él respondió al saludo.

Su madre la reprobó.

—No saludes a ese Arschloch —la riñó—, y aligera.

Esa noche, cuando Liesel se estaba bañando, su madre la frotó con especial

brusquedad, sin dejar  de murmurar  sobre  ese                    Saukerl  de  Vogel mientras  lo

imitaba cada dos minutos.

—«Debe de recibir  una compensación por  la niña...» —Castigaba  el torso

desnudo de Liesel mientras lo frotaba—. No vales tanto, Saumensch, no me estás

haciendo rica, que lo sepas.

Liesel no se movió y aguantó el rapapolvo.

 

No  había transcurrido  ni  una semana  desde  ese incidente  cuando  Rosa la

arrastró a la cocina.

—Bien, Liesel. —La hizo sentar a la mesa—. Ya que te pasas media vida en

la calle jugando al fútbol, para variar  podrías  serme un  poquito  útil cuando

salgas.

Liesel no se atrevió a mirar nada que no fueran sus propias manos.

—¿Qué quieres que haga, mamá?

—A partir de ahora recogerás y entregarás la colada tú sólita. Esa gente rica

se lo  pensará dos  veces  antes  de despedirnos si  te tienen a ti  delante. Si  te

preguntan dónde estoy, les dices que me he puesto enferma. Y pon cara triste

cuando se lo digas. Estás lo bastante delgaducha y pálida para darles lástima.

—A herr Vogel no le di lástima.

—Bueno... —Su nerviosismo  era obvio—. Puede que a los  otros  sí, y  no

protestes.

—Sí, mamá.

Por  un  instante  tuvo  la impresión de que su madre iba a confortarla o  a

darle una palmadita en el hombro.

Buena chica, Liesel, buena chica. Palmadita, palmadita, palmadita.

No hizo nada parecido.

De hecho, Rosa Hubermann se levantó, cogió una cuchara de madera y se

la puso  a  Liesel  debajo  de la nariz. Desde el punto  de vista de Rosa, era una

cuestión de necesidad.

—Cuando salgas ahí fuera, ve arriba y abajo con la bolsa y vuelve derechita

a casa con el dinero, por poco que sea. Nada de irse con papá, si es que de una

vez por  todas  se ha puesto  a trabajar. Nada de gandulear  con ese pequeño

Saukerl de Rudy Steiner. Derechita a casa.

—Sí, mamá.

—Y  cuando  lleves  la bolsa, cógela como  es  debido. No  vayas  haciendo  el

molinillo, o la tires o la arrugues o te la eches al hombro.

—Sí, mamá.

—«Sí, mamá.» —Rosa Hubermann  era una gran imitadora, y  muy

enfática—. Será mejor  que me hagas  caso,  Saumensch, porque si  no  lo  acabaré

descubriendo. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, mamá.

Pronunciar esas dos palabras era el mejor modo de sobrevivir, al igual que

hacer todo lo que le decía, por lo que, a partir de ese momento fue Liesel la que

pateó  las  calles  de Molching, de la zona  de los  pobres  a la de los  ricos,

recogiendo y entregando la colada. Al principio era un trabajo solitario del que

nunca se quejaba. Después  de todo, la primera vez que tuvo  que arrastrar  el

saco por la ciudad, al doblar la esquina de Münchenstrasse, miró a ambos lados y  empezó  a hacer  el molinillo  —una  vuelta entera—, y  luego  comprobó el

contenido. Gracias  a Dios, no había arrugas. Ni  una. Sólo  una  sonrisa y  la

promesa de no volver a hacerlo.

En  general, a Liesel le gustaba. No  participaba  del reparto  del  pago, pero

estaba fuera de casa  y  pasear  por  las  calles  sin  su madre era como  estar  en el

cielo. Sin  dedos  acusadores  ni  insultos. Ni  nadie  que se las  quedara mirando

cuando la insultaba por no coger la bolsa como debía. Sólo tranquilidad.

También acabó cogiéndole cariño a la gente:

 

* A los  Pfaffelhürver, que revisaban la ropa y  decían: Ja, ja, sehr gut, sehr

gut. Liesel creía que lo hacían todo dos veces.

* A la amable Helena  Schmidt, que le tendía el dinero  con una artrítica

garra.

* A los  Weingartner, cuyo  gato  de  bigotes  tiesos  siempre salía a recibirla

junto  a ellos. Pequeño  Goebbels, así  lo  llamaban, igual  que la mano

derecha de Hitler.

* Y a frau Hermann, la mujer del alcalde, que la esperaba con su suave y

sedoso  cabello y  su tiritera en la enorme y  fría puerta de  su casa.

Siempre muda. Siempre sola. Ni una palabra, nunca.

 

A veces, Rudy la acompañaba.

—¿Cuánto  dinero  llevas  ahí?  —le preguntó  una tarde. Estaba a punto  de

oscurecer  y  ya habían llegado  a Himmelstrasse. La tienda de  frau Diller

quedaba atrás—. Ya sabes lo de frau Diller, ¿verdad? Dicen que tiene golosinas

escondidas en algún sitio y que por un precio justo...

—Ni  lo  sueñes. —Liesel, como  siempre, agarraba el dinero  con fuerza—.

Para ti es muy fácil, tú no tienes que enfrentarte a mi madre.

Rudy se encogió de hombros.

—Valía la pena intentarlo.

 

A mitad de enero, en la escuela aprendieron a escribir  cartas. Después  de

aprender los rudimentos, todos los alumnos tenían que redactar dos cartas, una

a un amigo y otra a alguien de otra clase.

La carta que Rudy le escribió a Liesel decía lo siguiente:

 

Apreciada Saumensch:

¿Sigues siendo tan mala en fútbol como la última vez que jugamos? Así

lo espero. Eso significa que puedo ganarte de nuevo a las carreras como

Jesse Owens en las Olimpiadas...

 

Cuando  la hermana Maria la encontró, le  hizo  una pregunta con mucha

amabilidad.

 

PROPUESTA DE LA

HERMANA MARÍA

«¿Le apetecería visitar el pasillo, señor Steiner?»

 

Huelga decir  que Rudy  respondió  que no, de modo  que la hoja de papel

acabó  hecha pedazos  y  él empezó  la carta  de nuevo. El segundo  intento  iba

dirigido a alguien llamado Liesel y le preguntaba cuáles eran sus pasatiempos

preferidos.

En  casa, mientras  acababa  una carta que tenían de deberes, Liesel decidió

que escribir  a Rudy o  a cualquier  otro  Saukerl  era absurdo. No  tenía sentido.

Estaba escribiendo en el sótano cuando se volvió hacia su padre, que repintaba

la pared otra vez.

Tanto los vapores de la pintura como él se volvieron.

—Was wulstz?  —preguntó, utilizando  el alemán  más  basto  que  sabía,

aunque con aire de absoluta cordialidad—. Sí, ¿qué?

—¿Puedo escribirle una carta a mamá?

Silencio.

—¿Para qué quieres escribirle una carta? Tienes que aguantarla a diario. —

Su padre estaba                  schmunzelando, esbozó  una sonrisa traviesa—. ¿No  tienes

suficiente?

—A esa mamá, no.

Liesel tragó saliva.

—Ah. —Su padre se volvió  hacia la pared y  continuó  pintando—. Bueno,

supongo que sí. Se la podrías enviar a la mujer esa como se llame, la que te trajo

aquí y luego vino varias veces a visitarnos, la del centro de acogida.

—Frau Heinrich.

—Eso es. Envíasela, tal vez ella pueda entregársela a tu madre.

Hans  no parecía  demasiado  convencido, como  si  quisiera ocultarle algo  a

Liesel.  Durante las  visitas  de frau Heinrich, también ella  se  había mostrado

hermética en relación con su madre.

En vez de preguntarle qué ocurría, Liesel empezó a escribir de inmediato,

decidió ignorar el mal presentimiento que la había asaltado. Necesitó tres horas

y  seis  borradores  para pulir  una carta en la que le hablaba a su madre de

Molching, de su padre y del acordeón, de la extraña, aunque sincera forma de

comportarse de Rudy Steiner y de las proezas de Rosa Hubermann. También le

contaba lo orgullosa que estaba de ella misma porque ahora sabía leer y escribir un poquito. Al día siguiente le pegó un sello que cogió del cajón de la cocina y

la echó al correo en la tienda de Frau Diller. Y comenzó la espera.

La noche que escribió  la carta, oyó por casualidad una conversación entre

Hans y Rosa.

—¿Qué hace escribiéndole a su madre? —decía Rosa.

Su voz sonaba tranquila y  afectuosa, algo  muy poco  habitual  y, como

podrás  imaginar, eso  la dejó  bastante  preocupada. Habría  preferido  oírlos

discutir. Los cuchicheos entre adultos le inspiraban muy poca confianza.

—Me lo pidió —contestó su padre— y no supe decirle que no. ¿Cómo iba a

negarme?

—Jesús, María y José. —Otra vez los susurros—. Debería olvidarla. ¿Quién

sabe dónde estará? Dios sabe lo que le habrán hecho.

En la cama, Liesel se acurrucó con fuerza, haciéndose un ovillo.

Pensó en su madre y se repitió las preguntas de Rosa Hubermann.

¿Dónde estaba?

¿Qué le habían hecho?

Y, sobre todo, ¿se podía saber de quiénes estaba hablando?

 

 

Correo sin dueño

 

 

 

 

 

Escena prospectiva en el sótano, septiembre de 1943.

Una niña de catorce años escribe en un pequeño libro de tapas oscuras. Está

esquelética, pero es fuerte y ha visto muchas cosas. Su padre está sentado con el

acordeón a los pies.

—¿Sabes, Liesel?  Estuve a punto  de responderte por  carta y  firmar  con el

nombre de tu madre —confiesa. Se rasca la pierna, aunque ya le han quitado la

escayola—. Pero no pude, no me atreví.

 

En varias ocasiones, a lo largo de enero y todo febrero de 1940, a Hans se le

rompió el corazón cuando Liesel miraba en el buzón para ver si había llegado la

respuesta a su carta.

—Lo siento, hoy nada, ¿verdad?

Mirando atrás, Liesel comprendía que todo había sido en vano. Si su madre

hubiera estado  en  condiciones  de  responder, ya se habría puesto  en contacto

con el personal  del  centro  de acogida o  directamente con  ella  o  con los

Hubermann. Pero nada.

Por si fuera poco, los Pfaffelhürver de Heide Strasse, clientes también de la

plancha, le entregaron  una carta a mediados  de febrero. Los  dos  salieron a la

puerta de casa haciendo gala de su altura, con mirada lastimera.

—Para tu madre —dijo  el hombre,  entregándole el sobre—. Dile  que lo

sentimos. Dile que lo sentimos.

No fue una de las mejores noches en casa de los Hubermann.

Incluso desde el sótano, al que Liesel se retiró para escribir la quinta carta

dirigida a su madre (todas ellas pendientes de enviar, exceptuando la primera),

oyó  los  insultos  y  el escándalo que Rosa armó  por  los  Arschlöcher                   de los

Pfaffelhürver y el asqueroso de Ernst Vogel.

—Feuer soll'n's brunzen  für einen  Monat!                          —la oyó  gritar. Traducción:

«¡Deberían mear fuego un mes entero!».

Liesel escribía.

 

El día de su cumpleaños no recibió ningún regalo. No hubo regalo porque

no había dinero y, en esa época, a su padre se le había acabado el tabaco.

—Te lo dije. —Su madre lo apuntó con un dedo acusador—. Te dije que no

le dieras los dos libros en Navidad, pero, no, claro, ¿me hiciste caso? ¡No, señor!

—¡Ya lo sé! —Se volvió, tranquilo, hacia la niña—. Lo siento, Liesel, no nos

lo podemos permitir.

A Liesel no le importó. No  lloriqueó, ni  gimoteó, ni  pataleó. Se limitó  a

tragarse la desilusión  y  decidió  correr  un  riesgo  calculado: hacerse un  regalo

ella misma. Reuniría las  cartas  a su madre que había acumulado, las  metería

todas en un sobre y utilizaría una diminuta fracción del dinero de la colada y la

plancha para enviarlas. Luego, por  descontado, se llevaría un                              Watschen,

seguramente en la cocina, y no diría ni mu.

 

Tres días después, el plan se concretó.

—Falta algo. —Su madre contaba el dinero  por  cuarta vez con Liesel

delante, junto a los fogones. El calor que desprendían la confortaba y le daba un

hervor a la rápida circulación de su sangre—. ¿Qué ha pasado, Liesel?

—Deben de haberme dado de menos —mintió.

—¿No lo contaste?

—Me lo he gastado, mamá —confesó.

Rosa se acercó. Eso  no  era buena señal. Estaba demasiado  cerca  de las

cucharas de madera.

—¿Que tú, qué?

Sin darle tiempo a responder, la cuchara de madera cayó sobre el cuerpo de

Liesel  Meminger  como  si  Dios  la pisoteara. Las  marcas  rojas  parecían

puntapiés, y escocían. Cuando todo terminó, la niña levantó la vista y se explicó

desde el suelo.

Percibió un latido y la luz amarillenta, todo a la vez. Parpadeó.

—Envié las cartas por correo.

En ese momento se dio cuenta de lo sucio que estaba el suelo, de que sentía

la ropa cerca en vez de puesta y comprendió que todo había sido en vano, que

su madre nunca respondería y que jamás volvería a verla. La certeza le propinó

un segundo Watschen. Le escoció durante varios minutos.

En  lo  alto, Rosa parecía borrosa, pero  a medida que su cara de cartón se

acercaba no tardó en volverse nítida. Abatida, se alzaba sobre ella con toda su

corpulencia, sujetando  la cuchara de madera como  si  fuera un  garrote. Se

agachó, y su rostro perdió unas gotas.

—Lo siento, Liesel.

Liesel la conocía lo suficiente para saber que no se refería a la paliza.

 

Las  marcas  rojas  fueron ensanchándose, avanzando  por  la piel, mientras

estaba tendida en  el suelo  entre el polvo  y  la suciedad, bajo  la luz tenue.

Recobró  la  respiración  y  una amarillenta lágrima solitaria le rodó  por  la  cara.

Sentía su propio  peso  contra el  suelo. Un brazo, una rodilla. Un codo. Una

mejilla. Un gemelo.

El suelo  estaba frío, sobre  todo  lo  notaba en la cara, pero  era incapaz de

moverse.

Jamás volvería a ver a su madre.

Se quedó debajo de la mesa de la cocina casi una hora, hasta que su padre

llegó  a casa y  se puso  a tocar  el acordeón.  Sólo  entonces  Liesel  se levantó  y

empezó a recuperarse.

Esa noche,  mientras  escribía, no guardaba ningún  rencor  a Rosa

Hubermann  ni, para el caso, a su madre. Para ella sólo  eran víctimas  de las.

circunstancias. El único pensamiento recurrente era la lágrima amarilla. Se dio

cuenta de que si hubiera estado oscuro, la lágrima habría sido negra.

Sin embargo, estaba oscuro, se dijo.

Daba igual  las  veces  que intentara imaginar la escena con  la luz

amarillenta; a pesar  de saber  que había estado  allí, tenía que  esforzarse para

visualizarla. Le habían pegado en la oscuridad y había quedado tendida en el

frío  y  oscuro  suelo  de la cocina. Incluso  la  música de su padre era de color

oscuro.

Incluso la música de su padre.

Lo extraño del caso era que, en vez de angustiarla, ese pensamiento más o

menos la consolaba.

Luz, oscuridad.

¿Dónde estaba la diferencia?

Las pesadillas se habían reforzado las unas a las otras mientras la ladrona

de libros  aprendía cómo  eran las  cosas  y  cómo  serían siempre. Al menos así

estaría preparada. Tal vez por eso, y a pesar de la perplejidad y la rabia, el día

del cumpleaños del Führer  pudo  reaccionar cuando  el misterio  sobre  el

infortunio de su madre quedó resuelto por completo.

Liesel Meminger estaba lista.

Feliz cumpleaños, herr Hitler.

Que cumpla muchos más.

 

 

 

El cumpleaños de Hitler, 1940

 

 

 

 

 

En vez de perder la esperanza, Liesel siguió comprobando el buzón todas

las  tardes, desde marzo  hasta bien  entrado  abril, a pesar  de la visita de frau

Heinrich —a instancias  de Hans—, que les  explicó  a los  Hubermann  que la

oficina de acogida había perdido  todo  contacto  con Paula Meminger. Sin

embargo, la  niña insistía aunque, como  era de esperar, nunca había carta

cuando revisaba el correo.

Molching, como  el resto  de  Alemania, se había volcado  en la preparación

del cumpleaños de Hitler. Ese año en cuestión, gracias al desarrollo de la guerra

y  a la ventajosa posición de Hitler, los  partidarios  nazis  de Molching querían

que la celebración fuera especialmente significativa. Habría un  desfile. Una

marcha. Música. Canciones. Habría una hoguera.

Mientras Liesel pateaba las calles de Molching recogiendo y entregando la

colada y  la plancha,  los  miembros  del Partido  Nazi  hacían  acopio  de

combustible. En un par de ocasiones, Liesel vio a hombres y mujeres llamando

a las  puertas  y  preguntando  a la gente si  tenían algo  de lo  que quisieran

desprenderse o  destruir. El  ejemplar  del                       Molching Express   de su padre

anunciaba que iban a celebrarlo con una hoguera en la plaza, a la que acudirían

todas las Juventudes Hitlerianas del lugar. No sólo se festejaría el cumpleaños

del Führer, sino también la victoria sobre sus enemigos y sobre las restricciones

que habían refrenado a Alemania desde el final de la Primera Guerra Mundial.

«Debe presentarse cualquier  objeto  de esa época —periódicos, pósters, libros,

banderas— o propaganda de nuestros enemigos en la oficina del Partido Nazi

de Münchenstrasse»,  proclamaba. Incluso  volvieron a saquear  la Schiller

Strasse, la calle de las  estrellas  amarillas  —todavía a la espera de una

remodelación—, en  busca de algo  para quemar  en nombre de la gloria  del

Führer, lo  que fuera. A nadie le habría sorprendido  que ciertos  miembros  del

partido hubieran ido más lejos y hubiesen hecho imprimir un millar de libros o

carteles de moral perniciosa sólo para poder quemarlos.

Todo estaba preparado para celebrar un espléndido 20 de abril. Un día de

llamas y alegría.

 

Y robo de libros.

 

Esa mañana todo  transcurría con total normalidad en el hogar  de los

Hubermann.

—Ese                      Saukerl  ya vuelve a estar  mirando  por  la ventana —rezongó  Rosa

Hubermann—. No falla ni un día. ¿Y ahora qué miras?

—¡Madre mía! —exclamó Hans, complacido. La bandera, a modo de capa,

ocultaba su espalda desde la ventana—. Deberías venir a echar un vistazo a esa

mujer. —Volvió la cabeza y sonrió a Liesel—. Tendría que salir corriendo tras

ella. Te da cien mil vueltas, mamá.

—Schwein! —Rosa agitó la cuchara de madera en su dirección.

Hans siguió  contemplando desde la ventana a una mujer imaginaria y un

auténtico despliegue de banderas alemanas.

 

Ese día todas las ventanas de las calles de Molching estaban engalanadas en

honor  al Führer. En  algunas  casas, como  en la de frau Diller, los  cristales

resplandecían y la esvástica parecía una piedra preciosa sobre una manta roja y

blanca. En otras, la bandera colgaba del alféizar  como  si fuera la ropa de la

colada. Pero ahí estaba.

 

Un poco  antes  había ocurrido  una pequeña catástrofe: los  Hubermann  no

encontraban la suya.

—Vendrán a por nosotros —le advirtió Rosa a su marido—. Vendrán y nos

llevarán. —Ellos—. ¡Tenemos que encontrarla!

Ya se habían hecho a la idea de que Hans  tendría que bajar  al sótano y

pintar una bandera en una sábana vieja cuando, por fortuna, apareció enterrada

detrás del acordeón, en el armario.

—¡Me la tapaba ese maldito  acordeón! —Rosa giró  sobre  sus  talones—.

¡Liesel!

La niña tuvo el honor de colgar la bandera en el marco de la ventana.

 

Hans hijo y Trudy fueron ese día a cenar, como solían hacerlo en Navidad o

Pascua. Puede que sea un  buen momento  para presentarlos  en detalle: Hans

hijo medía como su padre y tenía su misma mirada, aunque el metal de sus ojos

no era cálido  como  el de Hans; lo  habían Führereado.  También era más

musculoso, tenía el cabello áspero y rubio y la piel de color hueso.

Trudy, o Trudel, como solían llamarla, era sólo unos pocos centímetros más

alta que Rosa. Tenía el lamentable y patoso caminar de Rosa Hubermann, pero

todo lo demás era mucho más dulce. Trabajaba de criada en la zona pudiente de

Munich, así que estaba bastante harta de niños, pero siempre le dirigía a Liesel unas cuantas palabras acompañadas de una sonrisa. Tenía los labios suaves. Y

voz apagada.

Llegaron juntos en el tren de Munich. Las viejas tensiones no tardaron en

aflorar.

 

BREVE HISTORIA DEL

ENFRENTAMIENTO DE

HANS HUBERMANN CON SU HIJO

El joven era nazi, su padre no. En opinión de Hans hijo, su

padre pertenecía a una Alemania vieja y decrépita, la Alemania

que permitía que los demás se aprovecharan de ella mientras

su propia gente sufría. Por ser joven, estaba al tanto de que

llamaban a su padre Der Juden Maler —el pintor judío—

porque pintaba en casas judías. Después tuvo lugar un

incidente que en breve pasaré a relatarte: el día que, justo a

punto de unirse al partido, Hans lo echó todo a perder. Era

sabido que no debían cubrirse con pintura los comentarios

antisemitas escritos en las tiendas judías. Ese comportamiento

no era bueno ni para Alemania ni para el transgresor.

 

—Bueno, ¿ya te han  dejado  entrar?  —Hans  hijo  retomó  la conversación

donde la habían dejado en Navidad.

—¿Dónde?

—¿Dónde va a ser? En el partido.

—No, creo que se han olvidado de mí.

—Ya, ¿y  lo  has  vuelto  a intentar?  No  puedes  quedarte ahí  sentado

esperando  que el nuevo  mundo  se  adapte a ti, eres  tú el que tiene que

adaptarse... A pesar de los errores pasados.

Hans lo miró.

—¿Errores? He cometido muchos errores en mi vida, pero no militar en el

Partido Nazi no es uno de ellos. Todavía tienen mi solicitud, ya lo sabes, pero

no he tenido tiempo de ir a preguntar. Sólo...

 

En ese momento se produjo un gran escalofrío.

 

Entró grácilmente por la ventana, con la corriente de aire. Tal vez fuera la

brisa del Tercer Reich que soplaba con fuerzas renovadas, o quizá volvía a ser el

aliento  de  Europa. En  cualquier  caso  se interpuso  entre ellos cuando  sus  ojos

metálicos entrechocaron como latas en la cocina.

 

—Este país nunca te ha importado —aseguró Hans hijo—. Al menos, no lo

suficiente.

Los  ojos  de Hans  empezaron a secarse, pero  Hans  hijo  no se detuvo, y  se

volvió  hacia la niña en busca de algo  con qué justificar  sus  palabras. Con sus

tres libros de pie sobre la mesa, como si estuvieran conversando, Liesel recitaba

las palabras en silencio mientras leía.

—¿Qué basura lee esta niña? Debería estar leyendo Mein Kampf.

Liesel lo miró.

—No  te preocupes, Liesel —la tranquilizó  su padre—, sigue leyendo. No

sabe lo que dice.

Sin embargo, Hans hijo no había terminado.

—O estás con el Führer o estás contra él —insistió, acercándose—, y ya veo

que estás contra él. Siempre has estado en su contra. —Liesel miró a Hans hijo a

la cara, obsesionada con la finura de sus labios y la línea irregular de sus dientes

inferiores—. Es muy triste que un hombre sea capaz de mantenerse al margen y

quedarse de brazos  cruzados  mientras  toda una nación limpia la porquería y

florece.

Trudy y Rosa estaban sentadas en silencio, tensas, igual que Liesel. Olía a

sopa de guisantes, a quemado y a confrontación.

Todos esperaban las siguientes palabras.

Las pronunció el hijo. Sólo fueron tres.

 

—Eres  un  cobarde. —Se las  arrojó  a la cara  y  acto  seguido  abandonó la

cocina y la casa.

Haciendo oídos sordos a la futilidad, Hans se acercó a la puerta.

—¿Cobarde? —gritó—. ¡¿Yo soy el cobarde?!

A continuación, alcanzó la cancela y echó a correr, suplicante, detrás de él.

Rosa se acercó  a la ventana, apartó  la bandera de un  manotazo  y  la abrió.

Trudy, Liesel y ella se apiñaron para poder ver cómo un padre daba alcance a

su hijo, lo  sujetaba y  le imploraba que se  detuviera. No  podían oír  lo  que

decían, pero  el brusco  movimiento  de hombros  con que Hans  hijo  se

desembarazó  de la mano de su padre fue elocuente. La imagen de Hans

contemplando  a su hijo  mientras  se alejaba  les  llegó  como  un  grito  desde la

calle.

—¡Hansi! —gritó  Rosa al fin. Tanto  Trudy  como  Liesel dieron un

respingo—. ¡Vuelve!

El chico se había ido.

 

Sí, el chico se había ido, y ojalá pudiera decirte que todo le fue bien al joven

Hans Hubermann, pero no fue así.

 

Después de dejar atrás Himmelstrasse en nombre del Führer, se precipitaría

hacia otra historia cuyos pasos desgraciadamente lo conducirían hasta Rusia.

A Stalingrado.

 

ALGUNOS DATOS SOBRE

STALINGRADO

1. En 1942 y a principios de 1943, todas las mañanas el cielo

de esta ciudad era de color blanco, como una sábana lavada

con lejía.

2. A lo largo del día, mientras yo no dejaba de transportar

almas arriba y abajo, la sábana iba empapándose de

salpicaduras de sangre hasta que, por el peso, se encorvaba

hacia la tierra.

3. Por la noche la escurrían y volvían a lavarla con lejía, lista

para el siguiente amanecer.

4. Y eso cuando sólo había enfrentamientos diurnos.

 

Aunque ya no veía a su hijo, Hans  Hubermann  esperó  un  poco  más. La

calle se le antojaba inmensa.

Al entrar  en casa, Rosa lo  miró  fijamente, pero  no intercambiaron  ni  una

palabra. No lo reprendió en ningún momento, lo que, como ya sabes, era poco

corriente. Tal  vez creyera que el insulto  de su hijo  al llamarlo  cobarde era

castigo suficiente.

Después de comer, Hans todavía permaneció sentado a la mesa un rato, en

silencio. ¿En  verdad era un  cobarde  como  su hijo  había asegurado  de manera

tan descarnada?  Así  se había considerado  a sí  mismo  en la Primera Guerra

Mundial. De hecho, a ello  atribuía su supervivencia. Entonces, ¿se es  cobarde

por sentir miedo? ¿Se es cobarde por alegrarse de seguir vivo?

Con la vista clavada en la mesa, sus pensamientos afloraron.

—¿Papá? ¿De qué hablaba? —preguntó Liesel, pero él no la miró—. ¿A qué

se refería cuando...?

—A nada —contestó Hans en voz baja y tranquila, dirigiéndose a la mesa—

. A nada. Olvídalo, Liesel. —Transcurrió  cerca de un  minuto  antes  de que

volviera a hablar—.  ¿No  deberías  ir  preparándote?  —Esta vez  la miró—. ¿No

quieres ir a ver la hoguera?

—Sí, papá.

La ladrona de libros fue a cambiarse. Se puso el uniforme de las Juventudes

Hitlerianas y, media hora más tarde, salieron de casa hacia el cuartel general de

la BDM. Desde allí los niños irían a la plaza, cada uno con su grupo.

Se pronunciarían discursos.

 

Se encendería una hoguera.

Se robaría un libro.

 

 

 

 

 

 

 

Cien por cien puro sudor alemán

 

 

 

 

 

La gente flanqueaba las calles mientras la juventud de Alemania desfilaba

hacia el ayuntamiento y la plaza. En muy contadas ocasiones Liesel se permitía

dejar  de pensar  en su madre o  en cualquier  otro  problema del que se

considerara dueña. El pecho se le henchía cuando la gente los aplaudía al pasar.

Algunos  niños saludaban a sus  padres, aunque de manera furtiva, pues  les

habían ordenado explícitamente que desfilaran derechos y  no  miraran ni  se

dirigieran a la multitud.

Cuando el grupo de Rudy entró en la plaza y les mandaron detenerse, hubo

una excepción: Tommy Müller. El resto del regimiento detuvo la marcha, pero

Tommy arremetió contra el chico que iba delante de él.

—Dummkopf! —le soltó el chico antes de volverse.

—Lo  siento  —se disculpó  Tommy, con los  brazos  estirados  a modo  de

descargo. Su rostro tropezó consigo mismo—. No lo he oído.

Sólo fue un breve incidente, pero también un avance de los problemas que

se avecinaban. Para Tommy. Y para Rudy.

 

Al final del desfile, las divisiones de las Juventudes Hitlerianas obtuvieron

permiso  para dispersarse. Habría sido  imposible mantenerlos  en formación

mientras  la hoguera ardía en sus  ojos  e inflamaba sus  ánimos.  Gritaron al

unísono «Heil Hitler» y les dieron permiso para salir corriendo. Liesel buscó a

Rudy, pero en cuanto los niños empezaron a desperdigarse, se vio atrapada en

medio  de una marea de uniformes  y  voces  chillonas. Niños llamando  a otros

niños.

A las cuatro y media, la temperatura había bajado considerablemente.

La gente bromeaba diciendo que era hora de entrar en calor.

—De todos modos, es para lo único que sirve toda esa basura.

Utilizaron carros  para  transportarlo  todo, que vaciaron en medio  de la

plaza, y  rociaron la  montaña con algo  de olor  dulzón. Libros, papeles  y  otros

objetos  resbalaban de la pila  o  se  caían,  pero  los  devolvían de nuevo  al

montículo. Desde lejos parecía un volcán. O algo grotesco y extraño que había aterrizado  sin saber  cómo  en medio  de la ciudad y  que debía extinguirse y

deprisa.

El olor  empezó  a expandirse entre la gente, que se mantenía a buena

distancia. Había más  de mil personas  en  la explanada, en los  escalones del

ayuntamiento, en los tejados que rodeaban la plaza.

Cuando Liesel intentó abrirse paso, un chisporroteo le hizo pensar que ya

habían encendido  la  hoguera. No  era  así. Era el rumor  de la gente en

movimiento, que discurría y se cargaba de energía.

¡Han empezado sin mí!

Aunque había algo en su interior que le decía que aquello era un crimen —

después  de todo, los  tres  libros  eran los  objetos  más  preciados  que poseía—

necesitaba ver  esa cosa en llamas. No  podía  evitarlo. Creo  que a los  humanos

les  gusta contemplar  la destrucción a pequeña escala. Castillos  de arena,

castillos  de naipes, por  ahí  empiezan. Su gran don es  la capacidad de

superación.

El temor  de perdérselo  se desvaneció  al encontrar  un  agujero  entre los

cuerpos y ver la montaña de culpa todavía intacta. La removían y la rociaban,

incluso escupían. Le recordó a un niño repudiado, abandonado y atemorizado,

incapaz de escapar  a su destino. A nadie le gustaba. La cabeza  gacha. Las

manos en los bolsillos. Para siempre. Amén.

Los objetos continuaron rodando por las laderas mientras Liesel buscaba a

Rudy. ¿Dónde estaría ese Saukerl?

Cuando levantó la vista, el cielo se estaba agazapando.

Un horizonte de banderas y uniformes nazis entorpecía su visión cada vez

que intentaba mirar por encima de la cabeza de un niño. Era inútil. La multitud

era eso  mismo, una multitud, y  no  había manera de hacer  que  se moviera,

colarse por  en medio  o  razonar  con ella.  Respirabas  con ella y  cantabas  sus

canciones. Esperabas su hoguera.

 

Un hombre sobre un estrado pidió silencio. El uniforme era de un marrón

resplandeciente, prácticamente se apreciaba todavía el humo de la plancha. Por

fin se hizo un silencio.

Sus primeras palabras: «Heil Hitler!»

Su primer gesto: el saludo al Führer.

 

—Hoy  es  un  gran día  —empezó—. No  sólo  es  el cumpleaños  de nuestro

gran líder, sino que además hemos abatido  a nuestros enemigos una vez más.

Hemos impedido que se apoderen de nuestras mentes...

Liesel seguía intentando abrirse camino entre la gente.

 

—Hemos  puesto  fin  a la plaga que se había  extendido  por  Alemania

durante estos últimos veinte años, ¡si no más! —Estaba llevando a cabo lo que

se llama  un  Schreierei, una consumada  profesión de arengas apasionadas,

advertía a la gente de que se mantuviera en guardia, estuviera atenta, detectara

y  acabara con las  malvadas  maquinaciones  que tramaban  infectar  la madre

patria con sus deplorables métodos—. ¡Los inmorales! ¡Los Kommunisten! —Esa

palabra otra vez. Esa vieja palabra. Habitaciones oscuras. Hombres trajeados—.

Die Juden! ¡Los judíos!

 

A medio  discurso, Liesel se dio  por  vencida. Cuando  la palabra

«comunista» la atrapó, el resto del sermón nazi  cayó a sus pies, la bordeó por

los lados y se perdió entre los alemanes que la rodeaban. Cascadas de palabras.

Una niña chapoteando en el agua. No dejaba de pensar en ella. Kommunisten.

Hasta ese momento, en la BDM  les  habían dicho que Alemania estaba

formada por  una raza superior, pero  no  habían mencionado  a nadie en

particular. Por  descontado, todo  el mundo  sabía  de los  judíos, los  principales

«infractores» del ideal  alemán. Sin  embargo, no había  oído mencionar a los

comunistas  hasta ese día, a  pesar  de que la  gente de dicha tendencia política

también era castigada.

Tenía que salir de allí.

Delante de ella, una cabeza con raya en medio y trenzas rubias descansaba

inmóvil sobre  los  hombros. Al mirarla con atención, Liesel encontró  las

habitaciones  oscuras de su pasado, y  a su madre contestando  a  las  preguntas

con una única palabra.

Lo vio todo con claridad meridiana.

La madre famélica, el padre desaparecido. Kommunisten.

El hermano muerto.

—Y ahora despidámonos de esta basura, de este veneno.

Justo  antes  de que Liesel Meminger  diera media vuelta, asqueada, para

salir de allí, la reluciente criatura de camisa parda bajó del estrado. Un cómplice

le tendió una antorcha con la que encendió la pila que, ante la magnitud de su

culpabilidad, le hizo parecer un enano.

—Heil Hitler!

—Heil Hitler! —repitió la multitud.

Varios  hombres  se acercaron al estrado,  rodearon la montaña y  le

prendieron fuego ante el clamor general. Las voces ascendían por encima de los

hombros y el olor a puro sudor alemán, que tuvo que abrirse paso al principio,

poco  después  manó en un  torrente. Dobló  una esquina tras  otra,  hasta que

todos  acabaron nadando  en él. Las  palabras, el sudor... Y  las  sonrisas. No

olvidemos las sonrisas.

 

Se siguieron algunos  comentarios  jocosos,  y  otra arremetida de                                «Heil

Hitler!». ¿Sabes?  Lo  cierto  es  que me sorprendería que alguien no perdiera un

ojo  o  se hiciera daño  en una mano o  en una muñeca  en medio  de ese jaleo.

Bastaba con quedarse mirando hacia el lugar equivocado en el peor momento o

estar demasiado pegado a otra persona. Tal vez sí que hubo heridos. Por lo que

a mí  respecta, lo  único  que puedo  decir  es  que nadie murió  por  estar  allí, al

menos físicamente. Es evidente que no podemos olvidar los cuarenta millones

de personas que recogí cuando todo hubo acabado, pero esto se está poniendo

metafórico. Permíteme que volvamos a la hoguera.

Las  llamas  anaranjadas  saludaban  a la  multitud  mientras  el papel y  las

letras  impresas  se consumían en su interior. Palabras  en llamas  arrancadas  de

sus frases.

Al otro  lado, más  allá del calor  bochornoso, las  camisas  pardas  y  las

esvásticas se daban la mano. No había gente, sólo uniformes e insignias.

Los pájaros volaban en círculos.

Daban vueltas  y  más  vueltas, atraídos  por  el resplandor,  hasta  que  se

acercaban demasiado  al calor. ¿O  a los  humanos?  En  realidad, tampoco  hacía

tanto calor.

 

En su intento de huida, una voz la encontró.

—¡Liesel!

La voz se abrió paso y Liesel la reconoció. No era la de Rudy, pero de todos

modos la conocía.

Dio  vueltas  hasta encontrar  la cara que acompañaba a la voz. Oh, no,

Ludwig  Schmeikl. A pesar  de lo  que Liesel  esperaba, el niño  no hizo  ningún

comentario, ni desdeñoso, ni burlón, ni de ningún tipo, simplemente tiró de ella

y le hizo un gesto mostrándole su tobillo. Se lo habían aplastado en medio de la

excitación general y  la  sangre oscura empapaba el calcetín; tenía  mal aspecto.

Bajo el enmarañado cabello rubio se adivinaba una expresión de impotencia. Un

animal. No un ciervo deslumbrado por los faros. Nada tan típico ni particular.

Sólo  un  animal  herido  en medio  de la estampida de su propia  especie, que

acabaría pisoteándolo.

Como pudo, Liesel lo ayudó a levantarse y lo arrastró hacia el fondo. Aire

fresco.

Se acercaron tambaleantes  a los  escalones de la iglesia. Allí  había  sitio, y

pudieron descansar aliviados.

A Schmeikl se le cayó el aliento de la boca, le resbaló por el cuello. Por fin

consiguió hablar.

Se sentó, se cogió el tobillo y topó con el rostro de Liesel Meminger.

 

 

 

 

—Gracias —le dijo, a la boca antes de llegar a la altura de los ojos de Liesel.

Otra bocanada de aliento. Revivieron travesuras en el patio  de colegio, y  una

pelea en el patio de colegio—. Y... Lo siento... Por... Ya sabes.

Liesel volvió a oírlo: Kommunisten.

Sin embargo, decidió atender a Ludwig Schmeikl.

—Yo también.

Ambos  se concentraron en respirar; ya no  había nada más  que  decir  o

hacer. Habían resuelto sus asuntos.

La mancha de sangre se extendió por el tobillo de Ludwig Schmeikl.

Una sola palabra retumbaba en la mente de la niña.

A su izquierda, las llamas y los libros calcinados, aclamados como si fueran

héroes.

 

 

 

A las puertas del hurto

 

 

 

 

 

Esperó a su padre en los escalones, contemplando la dispersión de la ceniza

y  los  cadáveres  de libros  amontonados. Un triste espectáculo. Las  brasas

anaranjadas  y  rojizas  parecían golosinas  abandonadas  y  ya no quedaba casi

nadie. Liesel había visto alejarse a frau Diller (muy ufana) y a Pfiffikus (cabello

blanco, uniforme nazi, los mismos y maltrechos zapatos y un silbido triunfal).

Ahora, los  únicos  que quedaban eran los  del servicio  de la limpieza y  pronto

nadie sería capaz de imaginar lo que había ocurrido.

Aunque se olía.

 

—¿Qué haces?

Hans Hubermann se acercó a los escalones de la iglesia.

—Hola, papá.

—Se supone que tendrías que estar delante del ayuntamiento.

—Lo siento, papá.

Se sentó a su lado, reduciendo su altura a la mitad, y cogió un mechón de

Liesel, que le pasó detrás de la oreja con delicadeza.

—¿Qué pasa, Liesel?

La niña guardó  silencio  unos  instantes. A pesar  de que ya sabía el

resultado, estaba haciendo sus cálculos. Una niña de once años es muchas cosas,

pero no tonta.

 

UNA PEQUEÑA SUMA

La palabra «comunista» + una gran hoguera + un fajo de

cartas sin dueño + las desventuras de su madre + la muerte de

su hermano = el Führer

 

El Führer.

 

 

El Führer era esa «gente» de la que Hans y  Rosa Hubermann hablaban la

noche que le escribió  a su madre por  primera vez. Lo  sabía, pero  tenía que

preguntarlo.

—¿Mi madre es comunista? —Mirada fija. Al frente—. Antes de venir aquí,

siempre le estaban preguntando cosas.

Hans se inclinó un poco, rumiando el inicio de lo que sería una mentira.

—No tengo ni idea, no la conocí.

—¿Se la llevó el Führer?

La pregunta los sorprendió a ambos y obligó a levantarse a su padre, que

volvió la vista hacia los hombres de camisa parda que arremetían con sus palas

contra la pila de cenizas. Los oía cavar. Una nueva mentira se iba formando en

sus labios, pero le fue imposible dejarla salir.

—Creo que sí —contestó, al fin.

—Lo  sabía. —Liesel arrojó  las  palabras  a los  escalones y  sintió  la rabia

revolviéndole el estómago—. Odio al Führer, lo odio.

¿Y Hans Hubermann?

¿Qué hizo?

¿Qué dijo?

¿Se agachó y abrazó a su hija, tal como deseaba hacer? ¿Le dijo que sentía lo

que le estaba  ocurriendo, a ella, a  su  madre, lo  que le había  ocurrido  a su

hermano?

No exactamente.

Cerró los ojos con fuerza. Los abrió. Y abofeteó a Liesel Meminger en toda

la cara.

—¡No vuelvas a decir eso! —En su voz no se adivinaba inquietud, pero sí

dureza.

Mientras  los  cimientos  de la niña  temblaban y  se desmoronaban  en  los

escalones, Hans se sentó a su lado y ocultó su rostro entre las manos. Sería fácil

decir  que no era más  que un  hombre alto, abatido  y  mal acomodado en los

escalones de una iglesia, pero no sería cierto. En ese momento, Liesel ignoraba

que su padre luchaba contra uno  de los  mayores  dilemas  a los  que podía

enfrentarse un ciudadano alemán. No sólo eso, llevaba enfrentándose a él cerca

de un año.

—¿Papá?

La asaltó la sorpresa, pero también la desarmó. Quería echar a correr, pero

no podía. Podía recibir  un  Watschen  de todas  las  monjas  y  las  Rosas  que

quisiera, pero  dolía  mucho más  si  se lo  propinaba su padre. Hans  retiró  las

manos del rostro y reunió el valor para volver a hablar.

—En  casa  puedes  decir  lo  que quieras  —le  explicó, mirando  muy serio  la

mejilla  de Liesel—, pero  no  en la  calle, ni  en el colegio, ni  en la BDM, ¡ahí,

nunca! —Se puso  delante  de ella y  la levantó  por  los  brazos. La  zarandeó—.

¿Me has oído?

Con los ojos bien abiertos, Liesel asintió.

De hecho, había sido el ensayo de un sermón posterior, cuando los peores

temores de Hans Hubermann lo visitaron en Himmelstrasse, ya entrado el año,

durante las primeras horas de una mañana de noviembre.

—Bien. —La volvió a dejar en el suelo—. Veamos qué tal... —Al pie de los

escalones, Hans  se puso  firme y  levantó  el brazo. Cuarenta y  cinco  grados—.

Heil Hitler!

Liesel se puso en pie y lo imitó.

—Heil Hitler! —repitió, sumida en la tristeza.

Fue todo un espectáculo: una niña de once años tratando de no llorar en los

escalones de la iglesia y saludando al Führer mientras las voces que se oían a la

espalda de su padre despedazaban el montículo oscuro del fondo.

 

—¿Seguimos siendo amigos?

Un cuarto de hora después, Hans le tendió un cigarrillo a modo de ramita

de olivo. Acababa de recibir el papel y el tabaco. Sin decir nada, Liesel alargó la

mano sin fuerzas y empezó a liarlo.

Se quedaron allí sentados un buen rato.

El humo ascendía por el hombro de Hans.

Al cabo  de diez minutos, las  puertas  del hurto  se entreabrieron y  Liesel

Meminger se coló por un resquicio.

 

Tal  como  Liesel descubrió, un  buen ladrón necesita muchas  cosas. Sigilo.

Audacia. Resolución.

Sin embargo, mucho más  importante  que todo  lo  demás  era un  último

requisito: la suerte.

De hecho... Olvida los diez minutos.

Las puertas se están abriendo.

 

 

El libro de fuego

 

 

 

 

 

Fue anocheciendo a trompicones y, cuando se consumió el cigarrillo, Liesel

y Hans Hubermann decidieron volver a casa dando un paseo. Para salir de la

plaza tenían que pasar junto al lugar donde había ardido la hoguera y doblar en

una pequeña calle lateral que daba a Münchenstrasse. No llegaron tan lejos.

Un carpintero  de mediana edad  llamado  Wolfgang Edel los  llamó. Había

construido la tarima a la que se habían subido los peces gordos del Partido Nazi

durante la quema y estaba desmontándola.

—¿Hans Hubermann? —Tenía unas largas patillas que le apuntaban hacia

la boca y una voz siniestra—. ¡Hansi!

—Eh, Wolfal —le  devolvió  el saludo  Hans.  Se llevó  a cabo  la pertinente

presentación de la niña y un «Heil Hitler!»—. Bien, Liesel.

Al principio  Liesel se mantuvo  en un  radio  de cinco  metros  de la

conversación. Varios  fragmentos  pasaron  a su lado, pero  no les  prestó

demasiada atención.

—¿Mucho trabajo?

—No, hoy día la cosa está difícil. Ya sabes lo que pasa... Sobre todo cuando

no eres miembro.

—Pero si me dijiste que ibas a afiliarte, Hansi.

—Lo intenté, pero cometí un error. Creo que aún se lo están pensando.

 

Liesel se acercó a la pila de cenizas, que la atraía como un imán, como un

monstruo de feria, irresistible a la mirada, como  la calle de las  estrellas

amarillas.

Igual  que antes, cuando  creyó  sentir  la imperiosa necesidad de  ver  la

quema, no pudo  apartar  la mirada. Sola como  estaba, carecía de la disciplina

necesaria para mantenerse convenientemente alejada, así que se vio arrastrada

hacia la montaña y empezó a acercarse, rodeándola.

En lo alto, el cielo llevaba a cabo su rutina diaria de oscurecerse, pero a lo

lejos, por un recodo de la pila, asomaba un apagado vestigio de luz.

 

—Pass auf, Kind —le dijo un uniforme al descargar una pala de cenizas en el

carro—. Cuidado, niña.

Cerca del ayuntamiento, unas  sombras charlaban bajo  una farola. Debían

de estar felicitándose por el éxito de la quema. Desde donde estaba Liesel, sus

voces sólo eran sonidos, no palabras.

Estuvo  un  rato  mirando  a los  hombres  que daban paletadas  al montículo.

Primero  lo  atacaban  por  los  lados para que la parte de arriba  fuera

desmoronándose. Iban y venían de un camión y al cabo de tres viajes, cuando

ya no  quedaba casi nada, una  pequeña  sección  de materia viva asomó  en el

corazón de las cenizas.

 

LA MATERIA

Media bandera roja, dos carteles de un poeta judío, tres libros

y un rótulo de madera con algo escrito en hebreo.

 

Tal vez estaban húmedos. Tal vez habían apagado la hoguera antes de que

el fuego  llegara al interior. Sea como  fuere, se acurrucaban entre las  cenizas,

conmocionados. Supervivientes.

—Tres libros —musitó Liesel, y se volvió hacia los hombres, que estaban de

espaldas.

—Vamos, ¿quieres  despabilar?  Estoy  muerto  de hambre  —dijo  uno  de

ellos.

Se dirigieron hacia el camión.

Los tres libros asomaron la nariz.

Liesel se acercó.

El calor seguía siendo bastante intenso al pie del montón de cenizas. Metió

la mano y tuvo la sensación de sufrir un mordisco, pero al segundo intento se

aseguró de hacerlo con más rapidez y atrapó el libro que tenía más cerca. Estaba

caliente, aunque también húmedo. Si bien tenía los bordes chamuscados, todo

lo demás permanecía intacto.

Era azul.

La tapa parecía trenzada con cientos  de fibras  apretadas  unas  contra las

otras. Tenía unas letras impresas en rojo, pero la única palabra que Liesel tuvo

tiempo de leer fue «hombros». No dio para más, y había un problema: el humo.

 

La tapa desprendía humo mientras Liesel se alejaba haciendo malabarismos

con el libro en las manos. Agachó la cabeza, a cada paso que daba la morbosa

belleza de la excitación se convertía en miedo. Dio catorce pasos antes de oír la

voz.

Se alzó tras ella.

—¡Eh!

En  ese momento  estuvo  a punto  de volver  corriendo y  arrojar  el libro  al

montón de cenizas, pero  al instante  se  descubrió  incapaz de hacerlo.  El único

movimiento que le salió fue darse medía vuelta.

—¡Aquí hay cosas que no se han quemado! —gritó uno de los hombres de

la limpieza, pero no se dirigía a la niña, sino a las personas que estaban junto al

ayuntamiento.

—¡Bueno, pues  vuélvelas  a quemar! —fue la respuesta—. ¡Y  comprueba

que ardan!

—¡Creo que están húmedas!

—Jesús, María y José, ¿es que tengo que hacerlo todo yo?

El rumor de las pisadas pasó a su lado. Era el alcalde, con un abrigo negro

sobre el uniforme nazi. No reparó en la niña completamente inmóvil a apenas

unos pasos de él.

 

Se la tragó la tierra.

¡Qué emoción sentirse ignorada!

El libro  ya se  había  enfriado  lo  suficiente  para escondérselo  dentro  del

uniforme. Al principio  le gustó  la sensación de calor  que le  produjo  junto  al

pecho. Sin embargo, al empezar  a caminar, el libro  comenzó  a calentarse de

nuevo.

Cuando llegó junto a su padre y Wolfgang Edel, el libro estaba empezando

a quemarla. Parecía a punto de arder.

Ambos la miraron.

Ella sonrió.

En  ese instante, cuando  la sonrisa retrocedió  en sus  labios, percibió  algo

más. O, para ser más concretos, a alguien más. La sensación de que alguien la

vigilaba era evidente. La envolvió y se confirmó cuando se atrevió a dirigir la

vista atrás, hacia  las  sombras al lado del  ayuntamiento. Junto  al grupo  de

siluetas esperaba una más, a unos metros, y Liesel descubrió dos cosas.

 

UN PAR DE INTUICIONES

1. La identidad de la sombra y

2. El hecho de que lo había visto todo.

 

La sombra llevaba las manos en los bolsillos del abrigo.

Tenía el pelo suave y sedoso.

De tener rostro, la expresión habría sido de agravio.

—Gottverdammt —exclamó Liesel, aunque sólo lo oyó ella—. Maldita sea.

—¿Listos para irnos?

Su padre había aprovechado esos momentos previos de incalculable peligro

para despedirse de Wolfgang Edel y se disponía a acompañar a Liesel a casa.

—Lista —respondió.

Cuando empezaron a alejarse de la escena del crimen, el libro quemaba de

lo lindo. El hombre que se encogía de hombros había prendido en su pecho.

Al pasar junto a las desdibujadas sombras del ayuntamiento, la ladrona de

libros hizo una mueca de dolor.

—¿Qué pasa? —preguntó Hans.

—Nada.

Sin embargo, era evidente  que pasaba algo: Liesel echaba  humo  por  el

cuello, alrededor del cual se le había formado un collar de sudor.

Un libro la consumía bajo la camisa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERCERA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Mein Kampf»

 

 

 

Presenta:

 

 

 

de vuelta a casa — una mujer derrotada — un luchador — un malabarista — los

signos del verano — una tendera aria — una mujer que roncaba — dos pillos —

y una venganza con un surtido de golosinas

 

 

De vuelta a casa

 

 

 

 

 

Mein Kampf.

El libro escrito por el propio Führer.

Fue el tercer  libro  importante  que llegó  a manos de Liesel Meminger,

aunque no lo  robó.  El libro  apareció  en el número  treinta y  tres  de

Himmelstrasse, alrededor  de una hora  después  de que  Liesel se volviera a

dormir tras la pertinente pesadilla.

Podría decirse que fue un milagro que consiguiera ese libro en concreto.

Su periplo comenzó de vuelta a casa la noche de la hoguera.

 

Estaba en medio  de Himmelstrasse cuando  Liesel  se  dio  por  vencida. Se

inclinó y  sacó  el humeante libro, que empezó  a dar  tímidos  saltitos  de una

mano a otra.

Cuando  se enfrió, ambos  se quedaron mirándolo  a la espera de las

palabras.

—¿Qué narices se supone que es esto? —preguntó Hans.

Se agachó y  recogió  El hombre que  se encogía  de hombros. Sobraban  las

explicaciones; era obvio que la niña se lo había robado al fuego. El libro estaba

caliente y  húmedo, lívido  y  rojo  —incómodo—  y  Hans  Hubermann  lo  abrió.

Páginas treinta y ocho y treinta y nueve.

—¿Otro?

Liesel se rascó las costillas.

Sí.

Otro.

—Por  lo  visto  no hace falta que cambie  más  cigarrillos, ¿no? —apuntó  su

padre—, al menos mientras  vayas  robándolos  al mismo  ritmo  que puedo

comprarlos.

Liesel, en cambio, no habló. Tal vez fue la primera vez que comprendió que

el crimen hablaba mejor por sí solo. Irrefutable.

 

Hans  leyó  el título, seguramente sopesando  qué clase de amenaza

representaba el libro para los corazones y las mentes del pueblo alemán. Se lo

devolvió. Y ocurrió algo.

—Jesús, María y José.

Cada palabra se precipitaba dando forma a la siguiente. La delincuente no

pudo soportarlo ni un segundo más.

—¿Qué pasa, papá? ¿Qué ocurre?

—Claro.

Igual  que la mayoría de los  humanos que han  experimentado  una

revelación, Hans Hubermann se quedó embobado. Pronunciaría sus siguientes

palabras  a gritos  o  bien no conseguiría que  salieran de su boca. En  realidad,

acabaría repitiendo lo último que había dicho hacía apenas unos instantes.

—Claro. —Su voz fue como un puño estampado contra la mesa.

Estaba viendo algo, lo repasó con la mirada, de un extremo a otro, como si

fuera una carrera, aunque estaba demasiado alto  y  lejos  para que Liesel

alcanzara a verlo.

—Va, papá, ¿qué pasa? —imploró. Temía que Hans tuviera la intención de

hablar  del libro  con Rosa. Típico  de los  humanos, eso  era lo  único  que le

preocupaba—. ¿Vas a decírselo?

—¿Cómo dices?

—Ya me entiendes, si vas a decírselo a mamá.

Hans Hubermann seguía mirando, a lo alto y a lo lejos.

—¿El qué?

Liesel levantó el libro.

—Esto.

Lo  blandió  en el aire, como  si  empuñara una pistola. Hans  parecía

confundido.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Liesel odiaba esa clase de preguntas, las  que le obligaban a admitir  una

incómoda realidad, las  que le obligaban a dejar  al  descubierto  su sórdida y

delictiva naturaleza.

—Porque he vuelto a robar.

Su padre se agachó, pero enseguida se levantó y colocó una mano sobre la

cabeza de Liesel. Le acarició el pelo con sus largos y ásperos dedos.

—Claro que no, Liesel. Estás a salvo —la tranquilizó.

—¿Y qué vas a hacer?

Esa era la cuestión.

¿Qué increíble truco  estaba a punto  de sacarse de la chistera Hans

Hubermann en plena Münchenstrasse?

 

Antes de mostrártelo, creo que deberíamos echar un vistazo a lo que estaba

mirando cuando tomó la decisión.

 

LAS VISIONES ACELERADAS

DE HANS

Primero ve los libros de la niña: Manual del sepulturero,

El perro Fausto, El faro y, ahora, El hombre que se encogía

de hombros.

A continuación, una cocina y a un imprevisible Hans hijo

volviéndose hacia los libros que hay en la mesa, donde suele

leer la niña. Dice: «¿Qué basura lee esta niña?». El hijo repite

la pregunta tres veces, y después sugiere una lectura más

apropiada.

 

—Escucha, Liesel. —Hans  le pasó  el brazo  por  el hombro  y  la  animó  a

seguir caminando—. Este libro es nuestro secreto. Lo leeremos de noche o en el

sótano, igual que los otros, pero tienes que prometerme una cosa.

—Lo que sea, papá.

La noche era plácida y serena. Todo les prestaba oídos.

—Si alguna vez te pido que me guardes un secreto, lo harás.

—Te lo prometo.

—Bien, ahora espabilemos. Si nos retrasamos más, mamá va a matarnos y

no queremos que eso  ocurra, ¿verdad?  Entonces, se acabó lo  de robar  libros,

¿eh?

Liesel sonrió complacida.

Lo  que no supo  hasta  mucho después  es  que, al cabo  de pocos  días, su

padre cambiaría unos  cuantos  cigarrillos  por  otro  libro, aunque  no  para ella.

Hans  llamó  a la puerta de  las  oficinas  del Partido  Nazi  de Molching y

aprovechó la ocasión para interesarse por su solicitud de afiliación. Después de

debatir la cuestión, les entregó los cuatro cuartos que le quedaban y una docena

de cigarrillos. A cambio, recibió un ejemplar usado de Mein Kampf.

—Que lo disfrute —dijo uno de los miembros del partido.

—Gracias —contestó Hans.

Ya en la calle, seguían llegando  las  voces  del interior  y  una de ellas  fue

particularmente clara.

«Jamás  lo  admitirán, ni  aunque compre cien ejemplares  de  Mein  Kampf»,

oyó que aseguraba. Los demás refrendaron el comentario por unanimidad.

Hans miró el libro que llevaba en la mano mientras pensaba en dinero para

sellos, una existencia privada de cigarrillos y  la hija de acogida que le había

inspirado la brillante idea.


 

—Gracias —repitió, a lo que un viandante le preguntó qué había dicho.

—Nada, buen hombre, nada de nada —contestó  Hans  con su  típica

cordialidad—. Heil Hitler!

Y siguió caminando por Münchenstrasse, con las páginas del Führer bajo el

brazo.

Debió  de ser  un  momento  de sentimientos  encontrados, pues  la idea de

Hans  Hubermann  no  sólo  la había inspirado  Liesel,  sino también su  hijo.

¿Acaso entonces ya temía no volver a verlo nunca más? Por otro lado, también

disfrutaba extasiado de una idea que se le había ocurrido, aunque todavía era

incapaz de imaginar las  complicaciones, riesgos  y  despiadados disparates  que

podía acarrear. Por el momento, con la idea tenía suficiente. Era indestructible.

Hacerla realidad... Bueno, eso  ya era otro  cantar. Sin embargo,  por  ahora,

dejemos que la disfrute.

Le daremos siete meses.

Luego iremos a buscarlo.

Vaya si iremos a buscarlo.

 

 

 

 

 

La biblioteca del alcalde

 

 

 

 

 

Sin duda, algo muy importante se avecinaba en el número treinta y tres de

Himmelstrasse, algo de lo que Liesel todavía no era consciente. Parafraseando

una expresión humana más  que trillada, la niña tenía otras  cosas  con que

calentarse la cabeza:

Había robado un libro.

Alguien la había visto.

La ladrona de libros estuvo a la altura de las circunstancias.

 

La angustia o, mejor  dicho, la paranoia, no la abandonaba ni  a sol ni  a

sombra. Son las consecuencias de la actividad criminal, con especial incidencia

en los  niños, que imaginan  toda clase de «trincamientos». Algunos  ejemplos:

alguien sale de improviso  de un callejón, los  profesores  conocen  de repente

todos los pecados que has cometido, la policía aparece en la puerta de casa cada

vez que alguien pasa una página o se oye un portazo.

Para Liesel, la paranoia en sí se convirtió en su castigo, como el pánico que

la atenazaba cada vez que tenía que entregar la colada en casa del alcalde. No

fue un  error, estoy  segura de que te lo  imaginas, que en su momento  Liesel

pasara por alto la casa de Grandestrasse. Entregó la colada a la artrítica Helena

Schmidt y  recogió  el encargo  en la residencia de los  Weingartner, amantes  de

los gatos, pero ignoró la casa que pertenecía al Bürgermeister Heinz Hermann y

su mujer, Ilsa.

 

OTRA TRADUCCIÓN RÁPIDA

Bürgermeister = alcalde

 

La primera vez dijo  que se le había olvidado, excusa patética donde las

haya, porque la casa se asentaba sobre una colina, dominando la ciudad, así que

era imposible que se le pasara por alto. En la siguiente ocasión, cuando regresó

de nuevo con las manos vacías, mintió y dijo que no había nadie en casa.

 

 

 

 

—¿Que no había nadie en casa?  —repitió  Rosa con escepticismo. Y  el

escepticismo le daba ganas de usar cuchara de madera—. Ve ahora mismo y, si

no te traes la colada, no hace falta que vuelvas.

«¿De verdad?», fue la respuesta de Rudy cuando Liesel le contó lo que su

madre le había dicho.

—¿Quieres que nos escapemos?

—Nos moriríamos de hambre.

—¡Pero si yo ya estoy muerto de hambre!

Rieron.

—No —decidió Liesel—, tengo que hacerlo.

Pasearon por la ciudad como solían hacerlo cuando Rudy la acompañaba.

El chico  siempre intentaba ser  un  perfecto  caballero  y  se ofrecía a llevarle  la

bolsa, pero  Liesel se negaba una y  otra vez. La cabeza de Liesel  era la única

sobre la que pendía la amenaza de un Watschen, así que no podía confiar en otra

persona para llevar  la bolsa como  era  debido. Cualquier  otro  podría

zarandearla, estrujarla o golpearla contra algo, aunque sólo fuera un poco, y no

valía la pena jugársela. Además, era probable que Rudy esperara un  beso  por

sus  servicios  si  le dejaba cargar  el saco  por  ella, y  eso    que no. De todos

modos, ya estaba  acostumbrada al peso  y  cambiaba la bolsa de un  hombro  al

otro a cada rato para aliviar la carga.

Liesel  iba  a la izquierda, Rudy a la derecha. Rudy hablaba casi  todo  el

tiempo, divagaba sobre el último partido de fútbol de Himmelstrasse, sobre el

trabajo en la tienda de su padre y sobre cualquier cosa que se le pasara por la

cabeza. Liesel intentó  escucharlo, pero  era imposible. Lo  único  que oía era el

miedo que resonaba en sus oídos, que iba haciéndose más ensordecedor a cada

paso que se acercaba a Grandestrasse.

—¿Qué haces? ¿No es esa?

Liesel asintió  con la cabeza, dándole la razón. Había intentado  pasar  de

largo la casa del alcalde para ganar algo de tiempo.

—Bueno, venga —la animó el chico. Molching empezaba a difuminarse en

la noche. El frío salía del suelo—. Mueve el culo, Saumensch.

Él se quedó junto a la verja.

 

Al final  del camino había ocho escalones  que conducían  a la  entrada

principal de la casa, donde la esperaban unas enormes y monstruosas puertas.

Liesel miró asustada la aldaba de latón.

—¿A qué esperas? —rezongó Rudy.

Liesel se volvió hacia la calle. ¿Habría alguna forma, la que fuera, de eludir

aquello?  ¿Habría alguna historia o, seamos francos, alguna mentira que se le

hubiera pasado por alto?

 

—No tenemos todo el día —volvió a protestar la voz de Rudy, a lo lejos—.

¿A qué narices esperas?

—¿Por qué no cierras la bocaza, Steiner? —espetó en voz baja, con ganas de

gritarle.

—¿Qué?

—Que te calles, estúpido Saukerl...

Dicho lo cual, se volvió hacia la puerta, levantó la aldaba de latón y llamó

tres veces lentamente. Unos pies se arrastraron del otro lado.

Al principio no miró a la mujer, se concentró en la bolsa de la colada que

llevaba en la mano y no apartó la vista del cordón que cerraba el saco cuando se

lo pasó. Le dio el dinero y luego, nada. La mujer del alcalde, que nunca hablaba,

se quedó de pie, vestida con su albornoz y el cabello suave y sedoso recogido en

la nuca.  Una ráfaga espiraba de la casa, el  aliento  imaginario  de un  cadáver.

Continuaron en silencio  hasta que Liesel encontró  el valor  para mirarla a la

cara, pero  en su expresión no halló  reproche, sino un  extrañamiento  absoluto.

La mujer  miró  al  chico  un  instante, asintió  con la cabeza y  volvió  al interior

cerrando la puerta.

Liesel se quedó plantada frente al erguido panel de madera un buen rato.

—¡Eh, Saumensch! —Nada—. ¡Liesel!

Liesel se volvió.

Con cautela.

Empezó a retroceder, dándole vueltas a la cabeza.

Tal  vez la mujer  no la había visto  robar  el libro. Estaba oscureciendo

cuando  ocurrió. Quizá fue una de esas  ocasiones  en que uno  cree que una

persona lo está mirando cuando, en realidad, está tan tranquila entretenida en

otra  cosa o  ensimismada sin más. Fuera como  fuese, Liesel decidió  dejarlo

correr. Se había librado y con eso tenía más que suficiente.

Se volvió y bajó los escalones como siempre, saltando los últimos tres.

—¡Vamos, Saukerl!

Incluso se permitió reír. La paranoia a los once años es poderosa. El alivio a

los once años es pura euforia.

 

UN PEQUEÑO DETALLE

PARA APLACAR LA EUFORIA

No se había librado de nada.

La mujer del alcalde la había visto.

Simplemente estaba esperando el momento adecuado.

 

Pasaron varias semanas.

Partido en Himmelstrasse.

 

Lectura de El hombre que se encogía de hombros entre las dos o las tres de la

madrugada, después de la pesadilla, o por la tarde, en el sótano. Nueva visita

sin percances a la casa del alcalde.

Todo era maravilloso.

Hasta que...

 

La oportunidad se presentó  cuando  Liesel  volvió  sin  Rudy. Era  día de

recogida.

La mujer del alcalde abrió la puerta, pero no llevaba la bolsa, como habría

sido lo  normal. De hecho, se hizo  a un  lado  y  le hizo  un  gesto  con su mano

pálida para que entrara.

—Sólo he venido a por la colada.

A Liesel se le heló la sangre, empezó a resquebrajarse y estuvo a punto de

desmoronarse en los escalones.

—Warte, espera —dijo  la mujer, dirigiéndole sus  primeras  palabras  y

extendiendo sus fríos dedos.

En  cuanto  comprobó que la niña  se había calmado, dio  media  vuelta y

desapareció presurosa en el interior de la casa.

—Gracias a Dios —suspiró Liesel—, va a buscarla.

Pensaba en la colada.

Sin embargo, la mujer no traía ninguna bolsa.

Cuando  volvió  a aparecer  y  se detuvo  con una firmeza increíble,  llevaba

una torre de  libros  que apoyaba en la barriga. Empezaba en el ombligo  y  le

llegaba hasta los  pechos. La mujer  parecía  muy vulnerable bajo  aquel  peso.

Tenía las  pestañas  largas  y  livianas, y  apenas  un  atisbo de expresión. Una

insinuación.

Ven y verás, le decían los indicios.

Va a torturarme, concluyó Liesel. Me llevará dentro, encenderá el fuego y

me lanzará a la chimenea, libros  incluidos. O  me encerrará en el sótano y  me

dejará morir de hambre.

Sin embargo, por alguna razón —seguramente por la atracción que ejercían

los libros sobre ella— acabó entrando en la casa. El crujido de los zapatos sobre

las tablas del suelo la sobrecogió, y por eso, cuando pisó sin querer un apretado

nudo y la madera se quejó, estuvo a punto de detenerse. La mujer del alcalde no

se dejó  intimidar, se limitó  a echar un vistazo  a su espalda y  siguió  andando

hacia una puerta de color castaño. Con su expresión formuló la pregunta: ¿Estás

preparada?

Liesel  alargó  el cuello, como  si  quisiera ver  por  encima de la  puerta que

tenía enfrente. Sin duda, su gesto invitó a la mujer a abrirla.

 

—Jesús, María...

Lo  dijo  en voz alta, las  palabras  se derramaron por  la habitación llena de

libros y frío. ¡Libros por todas partes! No había pared que no estuviera forrada

de abarrotadas  e impecables  estanterías. Apenas  se veía la pintura. Las  letras

impresas en los lomos de los libros negros, rojos, grises, de cualquier color, eran

de todos los tamaños y estilos imaginables. Era una de las cosas más bellas que

Liesel Meminger había visto nunca.

Sonrió, maravillada.

¡Cómo podía existir una habitación así!

De hecho,  cuando  intentó  borrar  la sonrisa de su cara con la  manga,

enseguida se dio  cuenta de que era inútil. Notó  los  ojos  de la mujer  sobre  su

cuerpo. Cuando  se volvió  hacia ella, se habían detenido  a descansar  en su

rostro.

Reinaba un silencio más profundo del que creía posible, un silencio que se

extendía como una goma elástica que ansiaba romperse. La niña la rompió.

—¿Puedo?

La palabra esperó,  rodeada de un  espacio  inmenso  de madera. Los  libros

estaban a kilómetros de distancia.

La mujer asintió.

—Claro que puedes.

 

Poco a poco, la estancia empezó a encogerse hasta que la ladrona de libros

pudo tocar las estanterías, a unos pocos pasos de ella. Pasó la palma de la mano

por la primera, atenta al rumor de las yemas de los dedos deslizándose sobre la

columna vertebral de los libros. Sonaba como un instrumento o como las notas

de unos pies a la carrera. Utilizó ambas manos. Recorrieron una estantería tras

otra. Y rió. La voz resonó en su garganta, y cuando al fin se detuvo en medio de

la habitación, pasó varios minutos dirigiendo la mirada de las estanterías a sus

dedos y de estos a las estanterías.

¿Cuántos libros había tocado?

¿Cuántos había sentido?

Se acercó y repitió, esta vez mucho más despacio, con la palma de la mano

extendida para notar el pequeño obstáculo que suponía cada libro. Era mágico,

era hermoso, era como si todo estuviera iluminado por deslumbrantes rayos de

luz reflejados por una lámpara de araña. Se vio tentada a sacar algún libro de su

lugar, pero no se atrevió a molestarlos. Eran demasiado perfectos.

Descubrió a la mujer a su izquierda, todavía con la pequeña torre apoyada

contra el torso, junto  a un  enorme escritorio. Esperaba, con  un  aire de

complacida astucia. Parecía que una sonrisa le había paralizado los labios.

—¿Quiere que...?

Liesel no acabó la frase, pero hizo lo que iba a preguntar. Se acercó, cogió

con delicadeza los  libros  de los  brazos  de la  mujer  y  los  fue colocando  en los

huecos de la estantería, junto a la ventana entornada por donde se colaba el frío

del exterior.

Por un momento pensó en cerrarla, pero al final decidió no hacerlo. No era

su casa y  tampoco  se trataba de  forzar  la situación, así  que se volvió  hacia la

mujer  que estaba a  su espalda, con una  sonrisa que ahora parecía una

magulladura y  los  brazos  colgando  delicadamente a los  lados. Parecían los

brazos de una niña.

Y ahora, ¿qué?

La incomodidad se abrió paso en la habitación y Liesel lanzó una última y

rápida mirada a las  paredes  tapizadas  de libros. Las  palabras  juguetearon en

sus labios, pero salieron en tropel.

—Debería irme.

No lo consiguió hasta el tercer intento.

 

Esperó  en el pasillo  unos minutos, pero  la mujer  no asomó  la cabeza, así

que Liesel volvió  a acercarse a la entrada de la biblioteca y  la vio  sentada al

escritorio, con la mirada perdida en uno  de  los  libros. Decidió  no molestarla.

Recogió la colada en el pasillo.

Esta vez esquivó  el apretado  nudo  de las  tablas  del suelo  y  atravesó  el

pasillo pegada a la pared de la izquierda. El sonido metálico del latón resonó en

sus oídos al cerrar la puerta de la calle y, con la colada en una mano, acarició la

madera.

—En marcha —dijo.

 

Al principio, se dirigió a casa un poco aturdida.

La experiencia surrealista con esa habitación llena de libros  y  la mujer

ensimismada y  derrotada la acompañó  durante  el camino. Veía la escena

reflejada en los  edificios,  como  si fuera una obra de teatro. Tal  vez estaba

experimentando  algo  parecido  a la revelación que vivió  su padre con el                  Mein

Kampf. Allí  donde mirara, Liesel veía a la  mujer  del alcalde con los  libros

apilados en los  brazos. Al volver  las  esquinas, oía el rumor  de sus  propias

manos, revolviendo en las  estanterías. Veía  la ventana abierta, la  lámpara de

araña de luz mágica, y  a sí  misma abandonando  la casa sin dar  las  gracias

siquiera.

Al cabo de poco, le acometió el desasosiego y el desprecio por sí misma. Se

reprendió severamente.

—No has dicho nada. —Negó con la cabeza con vigor y siguió caminando

apresurada—. Ni «Adiós», ni «Gracias», ni «Es lo más bonito que he visto en mi

vida». ¡Nada!

De acuerdo, era ladrona de libros, pero  eso  no significaba  que fuera una

maleducada, que no pudiera ser amable.

Continuó andando, luchando contra la indecisión.

Le puso fin en Münchenstrasse.

En cuanto distinguió el rótulo que rezaba: STEINERSCHNEIDERMEISTER,

dio media vuelta y echó a correr.

Esta vez completamente decidida.

Aporreó la puerta y el eco de latón resonó a través de la madera.

Scheisse!

No fue la mujer del alcalde, sino el propio alcalde el que apareció delante

de ella. Con las prisas, Liesel no había reparado en el coche aparcado delante de

la casa.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre bigotudo y trajeado.

Liesel  no pudo  responder. Todavía. Estaba  inclinada  hacia  delante, sin

aliento. Por  fortuna, la mujer  llegó  cuando  había conseguido  recuperarse. Ilsa

Hermann se quedó detrás de su marido, a un lado.

—Se me olvidó —jadeó Liesel. Levantó la bolsa y se dirigió a la mujer del

alcalde. A pesar  de la respiración forzada, consiguió  colar  las  palabras  por  el

resquicio  que había entre el alcalde y  el marco. Entre resuellos, las  palabras

salieron a trompicones—. Se me olvidó... Es  decir, sólo... quería... darle... las

gracias.

La mujer  del  alcalde enrojeció. Se  adelantó  hasta quedar  a la  altura de su

marido, asintió ligeramente con la cabeza, esperó un poco más y cerró la puerta.

Liesel todavía tardó un rato en dar media vuelta.

Sonrió a los escalones.

 

 

 

El luchador entra en escena

 

 

 

 

 

Cambiemos de escenario.

Hasta el momento  todo  ha sido  muy fácil, ¿no crees, amigo  mío?  ¿Qué te

parece si nos olvidamos un rato de Molching?

Nos vendrá bien.

Además, es importante para la historia.

Viajaremos un  poquito, hasta un  almacén  secreto, y  ya veremos  qué

encontramos.

 

VISITA GUIADA AL SUFRIMIENTO 

A su izquierda,

tal vez a su derecha,

incluso puede que al frente,

hay una pequeña habitación a oscuras.

Allí espera sentado un judío.

Apesta.

Está famélico.

Está asustado.

Por favor, intenta no apartar la vista.

 

A cientos de kilómetros al noroeste, en Stuttgart, lejos de ladronas de libros,

mujeres  de alcaldes  y  Himmelstrasse, un  hombre  esperaba a oscuras. Habían

decidido  que era el mejor  sitio. Es  más  difícil encontrar  a un  judío  en la

oscuridad.

Estaba sentado en su maleta. ¿Cuántos días habían transcurrido?

Lo único que había comido en lo que él consideraba semanas había sido el

sabor repugnante de su famélico aliento, es decir, nada. En ocasiones oía voces

que pasaban al lado,  y  a veces  deseaba que llamaran a la puerta, que la

abrieran, que lo sacaran a rastras de allí, hacia la insoportable luz. Sin embargo, por  el momento  sólo  podía seguir  sentado  en su sofá maleta, con las  manos

debajo de la barbilla y los codos quemándole los muslos.

 

Tenía que combatir  el sueño, un  sueño  voraz, y  la desesperación del

duermevela, y el castigo del suelo.

No le hagas caso al cosquilleo de los pies.

No gastes las suelas.

Y no te muevas demasiado.

Déjalo todo  como  está, cueste lo  que cueste. Puede que pronto  llegue la

hora de partir. La luz es  como  una pistola. Un explosivo  para los  ojos. Podría

ser la hora de partir. Podría ser la hora, así que despierta. ¡Despierta de una vez,

maldita sea! Despierta.

 

La puerta se abrió y se cerró, una silueta se acuclilló delante de él. La mano

se estrelló contra los  fríos  embates  de sus  ropas  y  las  mugrientas  corrientes

soterradas. Detrás de la mano llegó una voz.

—Max —susurró—, Max, despierta.

Sus  ojos  no reaccionaron conmocionados. No  se abrieron y  cerraron de

repente, ni parpadearon, ni pestañearon. Eso ocurre cuando despiertas de una

pesadilla, no cuando despiertas en una pesadilla. No, sus ojos se abrieron a la

fuerza, de la oscuridad a la penumbra. El cuerpo fue el primero en reaccionar,

se enderezó y estiró un brazo para estrechar el aire.

—Disculpa que haya tardado tanto  —intentó tranquilizarlo la voz—. Creo

que me han  estado  vigilando. Además, el hombre  de las  falsificaciones  se ha

retrasado, pero... Ahora ya lo tienes. No es de muy buena calidad, pero espero

que te sirva, si tienes que usarlo. —Se agachó y apoyó la mano sobre la maleta.

En la otra llevaba algo pesado y delgado—. Vamos, se acabó. —Max obedeció,

se levantó mientras se rascaba. Sentía la tirantez de los huesos—. El documento

de identidad está aquí dentro. —Era un  libro—. Deberías  meter  el mapa y  las

instrucciones  también.  Y  hay una llave...  pegada en la parte de dentro  de  la

cubierta. —Abrió la maleta, intentado hacer el menor ruido posible, y metió el

libro, como si se tratase de una bomba—. Volveré en unos días.

Dejó  una bolsita con pan, manteca  y  tres  zanahorias  diminutas. Al lado

había una botella de agua. No se disculpó.

—No puedo hacer más.

Puerta abierta, puerta cerrada.

Otra vez solo.

 

Lo primero que percibió fue el ruido.

 

 

 

 

 

 

Todo  hacía un  ruido  desesperante  cuando  estaba a solas  en la  oscuridad.

Cada vez que se movía, oía el sonido de una arruga. Se sentía como un hombre

con un traje de papel.

La comida.

 

Max  dividió  el pan  en tres  pedazos  y  guardó  dos. Se  concentró  en el que

tenía en la mano, masticando  y  engullendo, forzándolo  a pasar  por  el árido

desfiladero de su garganta. Al tragar notó la manteca fría y dura, que de vez en

cuando se resistía. Unos buenos tragos de agua la despegaron y enviaron hacia

abajo.

Luego, las zanahorias.

Una vez más, apartó  dos  y  devoró  la tercera. El ruido  era ensordecedor.

Incluso el Führer habría podido oír el escándalo que hacía al masticar la masa

anaranjada. Los dientes se le partían cada vez que daba un mordisco, y estaba

convencido de que al beber se los estaba tragando. «La próxima vez —se dijo—,

bebe antes.»

 

Al cabo de un rato, cuando los ecos lo abandonaron y reunió el valor para

comprobar  que todos  los  dientes  seguían en su sitio, le alivió  encontrarlos

intactos. Intentó  esbozar  una sonrisa, pero  esta se resistió. Sólo  consiguió

imaginar una sumisa  tentativa y  una boca llena de dientes  rotos.  Estuvo

tocándoselos durante horas.

Abrió la maleta y sacó el libro.

No  podía leer  el título  a oscuras, y  le pareció  que encender  una cerilla en

esos momentos era arriesgarse demasiado.

—Por favor —musitó, aunque apenas llegó a un intento de susurro—, por

favor.

Hablaba con un  hombre  del que sólo  conocía unos  pocos  detalles  de

relevancia, entre ellos  su nombre: Hans  Hubermann. Volvió  a dirigirse al

distante desconocido. Le suplicó.

—Por favor.

 

 

 

Los elementos del verano

 

 

 

 

 

Ahí lo tienes.

Ahora ya  eres  consciente  de lo  que se avecinaba a finales  de 1940 en

Himmelstrasse.

Yo lo sé.

Tú lo sabes.

Sin embargo, no podríamos  colocar  a Liesel Meminger  en la misma

categoría.

El verano  de  ese año  fue tranquilo  para la  ladrona de  libros, un  verano

formado por cuatro elementos básicos, sobre los que a veces se preguntaba cuál

tuvo mayor peso.

 

Y LOS CANDIDATOS SON...

1. Avanzar diariamente en la lectura de El hombre que se

encogía de hombros.

2. Leer tumbada en el suelo de la biblioteca del alcalde.

3. Jugar al fútbol en Himmelstrasse.

4. Aprovechar una nueva oportunidad de hurto.

 

Liesel creía que El hombre que se encogía de hombros era excelente. Noche tras

noche, en cuanto  se serenaba después  de la pesadilla,  se alegraba de estar

despierta para poder leer.

—¿Unas  cuantas  páginas?  —preguntaba su  padre, y  Liesel asentía con la

cabeza.

A veces acababan el capítulo la tarde del día siguiente, en el sótano.

El problema que las  autoridades  tenían  con el libro  era obvio. El

protagonista era un  judío  al que se presentaba de manera positiva.

Imperdonable. Hablaba de un  hombre rico  cansado  de ver  pasar  la vida  ante

sus ojos, que para él era como encogerse de hombros ante los problemas y los

placeres de la vida.

 

Apuntaba el verano en Molching, y  mientras  Liesel y  su padre se abrían

camino a través del libro, el hombre se iba de viaje de negocios a Amsterdam y

la nieve se estremecía en el exterior. A la niña le encantaba esa parte, nieve con

tiritera.

—Así es exactamente como cae, tiritando —le aseguró a Hans Hubermann.

Estaban sentados uno al lado del otro en la cama, Hans medio dormido y la

niña medio despierta.

A veces, cuando  le vencía el sueño, se lo  quedaba mirando. Sabía mucho

más  de él, y  a la vez mucho menos, de lo  que cualquiera de los  dos  creía. A

menudo lo oía hablar  con su madre sobre la dificultad de encontrar trabajo, o

comentar desanimado si no debería ir a ver a su hijo; hasta que se enteró de que

el joven había abandonado el lugar en el que se hospedaba y que seguramente

ya estaba de camino al campo de batalla.

—Schlaf gut, papá —le decía la niña en esas ocasiones—, que duermas bien.

Bajaba con sigilo de la cama y apagaba la luz.

 

El siguiente elemento del verano, como ya he mencionado, era la biblioteca

del alcalde.

Para ilustrar  esa circunstancia particular, podríamos  echar mano  de un

fresco  día de finales  de junio. Decir  que Rudy estaba indignado  es  quedarse

corto.

¿Quién se creía que era Liesel Meminger, para decirle que ese día llevaría la

colada y la plancha ella sola? ¿Acaso le avergonzaba pasear con él?

—Deja de lloriquear, Saukerl  —protestó  Liesel—. Es  que no hace falta que

me acompañes; si no, te vas a perder el partido.

Rudy la miró por encima del hombro.

—Vale, si  es  por  eso... —Esbozó  una                      Schmunzel—. Que te aproveche la

colada.

Salió  corriendo y  en  menos que canta un gallo ya se había  unido a un

equipo. Cuando Liesel llegó al final de Himmelstrasse, se volvió justo a tiempo

para verlo  delante de  la portería improvisada que tenía más  cerca. La estaba

saludando.

Saukerl, musitó  Liesel riendo y, cuando  levantó  la mano, supo  sin  lugar  a

dudas que él a su vez la estaba llamando Saumensch. A los once años, creo que

es lo más parecido al amor que podían experimentar.

Liesel echó a correr hacia Grandestrasse y la casa del alcalde.

 

Estaba sudando y su hálito empañado se extendía ante ella.

Pero leía.

 

Era la cuarta vez que la mujer del alcalde dejaba entrar a la niña, y ahora

estaba sentada al escritorio con la mirada perdida en los libros. En su segunda

visita le había dado permiso para que eligiera uno y lo leyera, lo que condujo a

otro  y  a otro  más, hasta que se decidió  por  media docena que, o  bien llevaba

bajo el brazo, o bien apilaba sobre el montón cada vez más alto en la mano que

le quedaba libre.

Ese día, mientras Liesel se deleitaba en la parte más fresca de la habitación,

su estómago  protestó,  pero  la mujer  muda y  derrotada no  reaccionó. Volvía a

llevar  puesto  el albornoz y, aunque a veces  observaba a la niña, nunca se

detenía en ella demasiado tiempo. Por lo general, prestaba mayor atención a lo

que tenía  cerca, a  algo  ausente. La ventana  estaba abierta de par  en par, una

boca cuadrada y  fresca por  la que de vez en cuando  se colaba una ráfaga de

aire.

Liesel estaba sentada en el suelo y tenía los libros esparcidos a su alrededor.

Al cabo de cuarenta minutos, se fue. Todos los libros volvieron a su sitio.

—Adiós, frau Hermann. —Las  palabras  de despedida siempre cogían por

sorpresa a la mujer—. Gracias.

La mujer  le  pagó,  con  movimientos  estudiados, y  Liesel se fue. Todos  sus

movimientos estaban calculados, y la ladrona de libros corrió de vuelta a casa.

 

A medida que el verano avanzaba, la habitación abarrotada de libros  se

hacía más  cálida, por  eso  los  días  que le tocaba entrega  o  recogida, estar

tumbada en el suelo no le parecía tan incómodo. Liesel se sentaba junto a una

pila de libros y leía unos cuantos párrafos de cada uno, intentando memorizar

las  palabras  que no conocía para preguntárselas  luego  a su  padre al llegar  a

casa. Tiempo después, ya de adolescente, cuando Liesel quiso escribir acerca de

esos  libros, no consiguió  recordar  los  títulos. Ni uno. Tal vez habría estado

mejor preparada si los hubiera robado.

Lo que sí recordaba era que en el interior de la cubierta de uno de los libros

ilustrados había un nombre escrito con torpeza.

 

EL NOMBRE DE UN NIÑO

Johann Hermann

 

Liesel intentó morderse la lengua, pero al final no pudo resistir. Se volvió

hacia la mujer del albornoz y la miró desde el suelo.

—Johann Hermann —leyó—. ¿Quién es? —preguntó.

La mujer no la miró directamente, bajó la vista hacia las rodillas de la niña.

—Perdóneme. No  debería preguntar  esas  cosas... —se disculpó  Liesel,

dejando el final de la frase colgada en el aire.

La mujer no mudó la expresión de su rostro y, aun así, encontró el modo de

responder.

—Ahora ya no es nadie —explicó—. Era mi...

 

LOS ARCHIVOS DE LA MEMORIA

Ah, sí, claro que lo recuerdo.

El cielo estaba oscuro y era profundo, como las arenas

movedizas.

había un joven envuelto en alambre de espino, como si fuera

una gigantesca corona de espinas. Lo desenredé y me lo llevé.

En lo alto, nos hundimos juntos hasta las rodillas. Era un día

como otro cualquiera de 1918.

 

—Aparte de todo  lo  demás, murió  de frío  —dijo. Se frotó  las  manos un

momento y volvió a repetirlo—: Murió de frío, estoy segura.

La mujer del alcalde sólo era una integrante más de una brigada mundial.

Las  has  visto  antes, estoy  segura. En  vuestros  relatos, en vuestros  poemas, en

las pantallas que tanto os gusta mirar. Están en todas partes, así que ¿por qué

no aquí? ¿Por qué no en una preciosa colina de una pequeña ciudad alemana?

Es tan buen lugar para sufrir como cualquier otro.

Sin embargo, Ilsa Hermann había decidido hacer del sufrimiento su razón

de vivir, porque cuando  este se negó  a abandonarla, ella sucumbió  a él. Lo

abrazó.

Podría haberse pegado un tiro, podría haberse arañado o haberse infligido

cualquier  otra  forma de mutilación, pero  escogió  la que creyó  que sería la

opción más  benigna: soportar  las  inclemencias  del tiempo. Por  lo  que Liesel

sabía, frau Hermann deseaba que los días de verano fueran fríos y húmedos. La

mayor parte del año vivía en el lugar apropiado.

Ese día a Liesel le costó mucho decir lo que dijo al marcharse. Traducido,

podríamos  comentar  que tuvo  que forcejear  con dos  palabras  gigantes,

cargarlas  al hombro  y  arrojarlas  con torpeza a los  pies  de  Ilsa Hermann.

Pesaban tanto  que al  final  la tambaleante  niña no pudo  sostenerlas  más  y

cayeron de lado. Quedaron postradas  en el suelo  en toda su extensión,

extravagantes y desgarbadas.

 

DOS PALABRAS GIGANTESCAS

«LO SIENTO»

 

De nuevo, la mujer desvió la vista para no mirarla directamente. Su rostro

era una página en blanco.

—¿El qué? —preguntó, pero ya era tarde.

La niña había  salido  de la habitación y  se dirigía a la puerta de la calle.

Liesel la oyó y se detuvo, pero decidió no volver atrás, prefirió salir de la casa y

bajar  los  escalones sin  hacer  ruido. Abarcó  Molching con la mirada antes  de

adentrarse en la ciudad y  se compadeció  de  la mujer  del alcalde durante  un

buen rato.

A veces  Liesel se preguntaba si no debería dejar de ir a visitar a la mujer,

pero Ilsa Hermann era demasiado interesante y no podía hacer nada contra la

atracción que ejercían los libros sobre ella. Antes, las palabras la habían hecho

sentirse como  una inútil, pero  ahora, cuando  se sentaba en el suelo  junto  a la

mujer del alcalde, experimentaba una innata sensación de poder. Ocurría cada

vez que descifraba una nueva palabra o construía una frase.

Era una niña.

En la Alemania nazi.

Qué apropiado que descubriera el poder de las palabras.

Y qué amargo (¡y liberador!) sería muchos meses después utilizar el poder

de este reciente descubrimiento  cuando  la mujer  del alcalde la  defraudó. Con

qué rapidez olvidaría la compasión, que se convertiría en algo completamente...

Sin embargo, en esos momentos, en el verano de 1940, no podía adivinar lo

que se avecinaba, y en muchos sentidos. Lo único que tenía delante de ella era a

una mujer  triste en una habitación abarrotada de libros  a la que le gustaba

visitar. Eso era todo. La segunda parte de ese verano.

La tercera,  gracias  a Dios, fue un  poco  más  alegre: jugar  al fútbol en

Himmelstrasse.

 

Permíteme que te describa una escena.

Pies que se arrastran por el asfalto.

El fervor del aliento juvenil.

Gritos: «¡Aquí! ¡Pásala! Scheisse!».

El brusco rebote de la pelota contra el asfalto.

 

Todo  esto  podíamos  encontrar  en  Himmelstrasse ya avanzado  el verano,

junto con varias disculpas.

Las disculpas procedían de Liesel Meminger.

Iban dirigidas a Tommy Müller.

A principios  de julio, por  fin consiguió  convencerlo  de que no  iba  a

matarlo. Desde la paliza que le había propinado en noviembre pasado, Tommy todavía temía  tenerla cerca, por  lo  que  en los  partidos  de  fútbol de

Himmelstrasse se mantenía a una distancia más que prudencial.

—Uno nunca sabe cuándo puede atacar —le confió a Rudy, mezclando tics

y palabras.

En  defensa  de Liesel he de admitir  que ella jamás  cejó  en su empeño de

tranquilizarlo. Le reconcomía haber hecho las paces con Ludwig Schmeikl y no

con el inocente Tommy Müller, que seguía encogiéndose ligeramente cada vez

que la veía.

«¿Cómo  iba  a saber  yo  que ese día me sonreías  a mí?», no hacía más  que

preguntarle ella.

Incluso lo sustituyó en la portería cuando le tocaba a él, hasta que el resto

del equipo le suplicó a Tommy que volviera.

—¡Vuelve a la portería y no te muevas de ahí! —le ordenó al final un niño

llamado Harald Mollenhauer—. Eres un inútil.

Esto sucedió después de que Tommy lo tirara al suelo estando Mollenhauer

a punto  de  marcar. De no ser  porque pertenecían al mismo  equipo, habría

supuesto un penalti a su favor.

Liesel salió  de la portería y, sin saber  cómo,  siempre acababa marcando  a

Rudy. Se hacían duras entradas y se ponían la zancadilla sin dejar de insultarse.

Rudy comentaba: «Y la pobre Saumensch Arschgrobbler se queda con las ganas de

regatear. No tiene ni la más mínima posibilidad». Por lo visto, le gustaba decirle

que se pasaba el día rascándose el trasero. Era uno de los placeres de la infancia.

Otro  de los  placeres  era robar, por  descontado. Cuarta parte, verano  de

1940.

Hay que reconocer que a Rudy y a Liesel los unían muchas cosas, pero el

hurto acabó de consolidar su amistad. Lo propició la situación y lo impulsó una

fuerza ineludible: el hambre  de Rudy. El  chico  sufría de una  necesidad

constante de llevarse algo a la boca.

Además del racionamiento al que todos estaban sometidos, en los últimos

tiempos  el negocio  de su padre no funcionaba  bien (la amenaza de la

competencia judía había  desaparecido, pero  también los  clientes  judíos).  Los

Steiner se las ingeniaban como podían para ir tirando. Como mucha otra gente

que vivía en la zona de Himmelstrasse, dependían de los  trueques. Liesel le

daba un  poco  de comida, pero  tampoco  sobraba en su casa. Rosa solía hacer

sopa de guisantes. La preparaba el domingo por la noche, y si ya apenas llegaba

para una ración, mucho menos para repetir. Cocinaba la cantidad justa para que

durara hasta el sábado  siguiente, y  el domingo  volvía a preparar  una nueva

tanda. Sopa de guisantes, pan, a veces patatas o trocitos de carne... Te lo comías,

no pedías más y no protestabas.

 

Al principio se entretenían con lo que fuera para olvidar la comida. Rudy

no pensaba en ella si jugaban al fútbol en la calle, o si cogían las bicicletas de sus

hermanos y pedaleaban hasta la tienda de Alex Steiner, o si visitaban al padre

de Liesel si ese día en concreto trabajaba. Hans Hubermann se sentaba con ellos

y les contaba chistes cuando empezaba a oscurecer.

Con la llegada de unos pocos días calurosos, aprender a nadar en el Amper

se convirtió en una nueva distracción. El agua todavía estaba fría, pero de todos

modos se metían.

—Vamos, sólo hasta aquí, que todavía haces pie —la animó Rudy.

Liesel no vio el enorme hoyo en el que estaba a punto de desaparecer y se

hundió  hasta el fondo. Casi  se ahoga por  la  tromba  de agua que tragó, pero

salvó la vida gracias a que empezó a manotear como un perrito.

—Serás Saukerl... —lo acusó, desplomándose en la orilla.

Rudy fue lo  bastante  sensato  para  mantenerse a una distancia prudencial.

Había visto lo que le había hecho a Ludwig Schmeikl.

—Ahora ya sabes nadar, ¿no?

No  parecía muy agradecida por  la lección mientras  se alejaba  dando

grandes zancadas. Llevaba el pelo pegado a un lado de la cara y se le caían los

mocos.

—¿Eso quiere decir que no me vas a dar un beso por enseñarte? —le gritó.

—Saukerl!

¡Tendrá cara!

 

Era inevitable.

Al final, la penosa sopa de guisantes y el hambre de Rudy los empujaron a

robar, y los animaron a unirse a un grupo de chicos mayores que robaban a los

agricultores. Ladrones  de fruta. Después  de  jugar  un  partido  de fútbol, tanto

Liesel como  Rudy aprendieron las  ventajas  de tener  siempre los  ojos  bien

abiertos. Sentados en el escalón de la puerta de Rudy, vieron que Fritz Hammer

—uno de los mayores— se estaba comiendo una manzana. Era de la variedad

Klar —de las  que maduran en julio  y  agosto—  y  tenía una pinta estupenda.

Otras  tres  o  cuatro  abultaban sin  reparos  en los  bolsillos de la chaqueta. Se

acercaron disimuladamente a él.

—¿De dónde las has sacado? —preguntó Rudy.

Al principio, el chico se limitó a sonreír de oreja a oreja.

—Shhh... —Dejó de masticar, sacó otra manzana del bolsillo y se la lanzó—.

Se mira, pero no se come —les advirtió.

La siguiente vez que vieron al chico  con  la misma chaqueta,  un  día

demasiado  caluroso  para llevarla, lo  siguieron y  llegaron río  arriba, cerca del

sitio donde Liesel solía leer con su padre cuando estaba aprendiendo.

 

Lo esperaba un grupo de cinco chicos, algunos larguiruchos, otros bajitos y

delgados.

 

En esos tiempos, por Molching corrían varias pandillas del estilo, y algunas

incluso contaban con miembros que apenas superaban los seis años.

El cabecilla de esta en cuestión era un simpático delincuente de quince años

llamado Arthur Berg. El muchacho echó un vistazo alrededor y descubrió a los

dos niños de once años a su espalda.

—Und? —preguntó—. ¿Y?

—Me muero de hambre —se explicó Rudy.

—Y es rápido —aseguró Liesel.

Berg la miró.

—No  recuerdo  haber  pedido  tu opinión. —Tenía la típica complexión

adolescente y  el cuello  largo. Los  granos se distribuían por  su cara  en grupos

homogéneos—. Pero  me gustas. —Era simpático, aunque algo  chulo, como

suelen serlo  los  adolescentes—. ¿No  fue esta la que le zurró a tu hermano,

Anderl?

Por lo visto había corrido la voz. Una buena paliza supera las barreras de la

edad.

Otro  chico —uno  de  los  bajitos  y  delgados—, de greñas  rubias  y  piel

escarchada, estiró el cuello.

—Creo que sí.

—Lo es —confirmó Rudy.

Andy Schmeikl se acercó y le dio un repaso con la mirada, de la cabeza a

los pies, pensativo, antes de esbozar una amplia sonrisa.

—Buen trabajo, niña. —Incluso le dio una palmada en la espalda, donde se

encontró  con el borde  afilado de un  omoplato—. Me las  habría cargado  si  lo

hubiera hecho yo.

Arthur se volvió hacia Rudy.

—Y tú eres aquel de lo de Jesse Owens, ¿no?

Rudy asintió.

—Está claro que eres idiota —concluyó Arthur—, pero eres un idiota de los

nuestros. Vamos.

Ya tenían una pandilla.

 

Al llegar a la granja  les  pasaron un  saco. Arthur  Berg  llevaba su propia

bolsa de arpillera. El cabecilla se pasó una mano por la suave mata de pelo.

—¿Alguno de los dos ha robado antes?

—Pues claro —aseguró Rudy—, no hacemos otra cosa.

No sonó demasiado convincente. Liesel fue más específica.

 

—Yo he robado dos libros.

Arthur  se echó a  reír; tres  cortos  resoplidos. Sus  granos cambiaron de

posición.

—Los libros no se comen, mona.

 

Desde allí estudiaron los manzanos, que se extendían en largas y sinuosas

hileras. Arthur Berg dio las instrucciones.

—Uno: que no os pillen en la valla —empezó—. Si os pillan, os dejaremos

atrás. ¿Entendido? —Todo el mundo asintió con la cabeza o dijo que sí—. Dos:

uno en el árbol y el otro abajo, alguien tiene que meterlas en el saco. —Se frotó

las manos. Estaba disfrutando—. Tres: si veis que viene alguien, gritáis como si

os fuera la vida en ello... y todo Dios sale pitando. Richtig?

 

DOS ASPIRANTES A LADRONES

DE MANZANAS, EN SUSURROS

—Liesel, ¿estás segura? ¿De verdad quieres hacerlo?

—Mira esa valla, Rudy, es muy alta.

—No, no, mira, primero pasas el saco por encima. ¿Ves?

Como ellos.

—Vale.

—¡Pues vamos!

—¡No puedo! —Dudas—. Rudy...

—¡Mueve el culo, Saumensch!

 

La empujó hacia la valla, colocó el saco vacío sobre los alambres espinosos,

saltaron y corrieron detrás de los demás. Rudy se subió al árbol que tenía más

cerca y empezó a arrojar las manzanas al suelo. Liesel esperaba abajo y las iba

metiendo en el saco. Una vez lleno, se toparon con un nuevo problema.

—¿Cómo vamos a volver a saltar la valla?

Obtuvieron la respuesta cuando  vieron a  Arthur  Berg  trepar  lo  más  cerca

posible de uno de los postes.

—El alambre aguanta más cerca de ese lado —concluyó Rudy.

El chico  lanzó  el saco, dejó  que Liesel saltara primero  y, acto  seguido,

aterrizó junto a ella, entre la fruta que se había desparramado.

Junto  a ellos, Arthur  Berg, con sus  piernas  larguiruchas, los  observaba

divertido.

—No está mal —dijo la voz desde las alturas—, no está nada mal.

Una vez en el río, ocultos entre los árboles, Berg consiguió el saco y les dio

una docena de manzanas a cada uno.

—Buen trabajo —fue su último comentario al respecto.

 

Esa tarde, antes  de volver  a casa, Liesel y  Rudy devoraron seis  manzanas

cada uno en menos de media hora. Al principio se plantearon compartir la fruta

en sus respectivos hogares, pero se arriesgaban mucho si lo hacían. A ninguno

de los dos les entusiasmaba la idea de tener que explicar de dónde había salido

la fruta. Liesel llegó a pensar que tal vez bastara con contárselo a su padre, pero

no quería que él creyera que vivía con una delincuente compulsiva, así que

calló y comió.

Devoró  las  manzanas  a la orilla del río  donde había aprendido  a nadar.

Poco habituados a esa clase de lujos, sabían que seguramente caerían enfermos.

No obstante, comieron.

 

—Saumensch!                     —la reprendió  su madre esa noche—. ¿Por  qué vomitas

tanto?

—Igual es por la sopa de guisantes —sugirió Liesel.

—Igual sí —la secundó el padre. Estaba mirando por la ventana otra vez—.

Tiene que ser eso, yo también me encuentro un poco mal.

—¿Y  a ti quién te ha  preguntado,                          Saukerl?  —Rápida,  se volvió  hacia la

Saumensch             vomitona—. ¿Y  bien?  ¿Qué tienes, eh?  ¿Qué es  lo  que tienes,

cochina?

¿Y qué hizo Liesel?

No dijo nada.

Las manzanas, pensó feliz. Las manzanas, y volvió a vomitar una vez más,

de propina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tendera aria

 

 

 

 

 

Estaban ante la tienda de frau Diller, apoyados en la pared de yeso. Liesel

Meminger tenía un caramelo en la boca.

El sol le daba en los ojos.

A pesar  de todos  estos  impedimentos, todavía era capaz de hablar  y

discutir.

 

OTRA CONVERSACIÓN ENTRE

RUDY Y LIESEL

—Date prisa, Saumensch, ya van diez.

—Mentira, sólo ocho, todavía me faltan dos.

—Bueno, pues entonces espabila. Te dije que tendríamos que

haber traído un cuchillo para partirlo por la mitad... Eh, eso

son dos.

—Vale, toma, pero no te lo tragues.

—¿Te crees que soy tonto?

(Breve pausa.)

—Esto es genial, ¿verdad?

—Ya lo creo, Saumensch.

 

A finales de agosto y del verano encontraron un penique en el suelo. Pura

emoción.

Estaba medio  corroído, enterrado  en la tierra, en  la ruta de la colada y  la

plancha. Una moneda solitaria, herrumbrosa.

—¡Mira eso!

Rudy se abalanzó  sobre ella. La emoción  casi les  escocía mientras  corrían

hacia la tienda de frau Diller, sin siquiera detenerse a considerar  que un  solo

penique no pudiera ser  suficiente. Irrumpieron en el  establecimiento  y  se

detuvieron ante la tendera aria, que los miró con desdén.

—Estoy esperando —dijo.

 

Llevaba el pelo  peinado  hacia atrás  y  el vestido  negro  la asfixiaba. La

imagen enmarcada del Führer montaba guardia en la pared.

—Heil Hitler! —se animó Rudy.

—Heil Hitler!                      —respondió  ella,  enderezándose todavía más  detrás  del

mostrador—. ¿Y tú? —preguntó a Liesel, fulminándola con la mirada.

Liesel le ofreció un Heil Hitler! sin perder tiempo.

Rudy se apresuró a rescatar la moneda de las profundidades del bolsillo y a

depositarla con firmeza sobre el mostrador.

—Un surtido de golosinas, por favor —pidió, mirándola fijamente a los ojos

miopes.

Frau Diller  sonrió. Sus  dientes  se daban codazos  tratando  de  hacerse sitio

en la boca. La inesperada amabilidad motivó  a su vez las  sonrisas  de Rudy y

Liesel. Por un instante.

Frau Diller se inclinó, rebuscó algo y volvió a aparecer.

—Toma —dijo, arrojando  una única barrita de caramelo  sobre  el

mostrador—. Sírvete tú.

Lo desenvolvieron fuera y trataron de partirlo por la mitad con los dientes,

pero  el azúcar  parecía cristal. Demasiado  duro, incluso  para los  colmillos  de

depredador  que Rudy  tenía por  dientes. Al  final  tuvieron que compartirla a

lametones  hasta acabársela. Diez lametones  para Rudy. Diez para Liesel.

Primero uno y luego el otro.

—Esto es vida —aseguró Rudy con una sonrisa de dientes de caramelo, y

Liesel no le llevó la contraria.

Cuando se lo acabaron, ambos tenían la boca de color rojo bermellón, y de

camino a casa mantuvieron los  ojos  bien abiertos  por  si  encontraban otra

moneda.

Está claro que no encontraron nada. Nadie es tan afortunado dos veces en

un año, y mucho menos en una misma tarde.

Sin embargo, se pasearon felices  por  Himmelstrasse con las  lenguas  y  los

dientes rojos, sin dejar de mirar al suelo.

Había sido un gran día y la Alemania nazi era un lugar maravilloso.

 

 

 

El luchador, continuación

 

 

 

Avancemos ahora hasta una fría lucha nocturna. La ladrona de libros  nos

alcanzará más adelante.

Era 3 de noviembre y el suelo del tren se agarraba a sus pies. Delante tenía

el ejemplar del Mein Kampf que              estaba leyendo. Su salvación. El sudor manaba

de sus manos. Sus huellas dactilares se aferraban al libro.

 

PRODUCCIONES

LA LADRONA DE LIBROS PRESENTA

OFICIALMENTE

Mein Kampf

(Mi lucha),

de

Adolf Hitler

 

A espaldas de Max Vandenburg, la ciudad de Stuttgart se abría de brazos a

modo de burla.

Allí  no era bienvenido. Intentó  no mirar  atrás  mientras  el pan  duro  se

descomponía en  su  estómago. Se volvió  una pocas  veces  para ver  cómo  las

luces se difuminaban y acababan desapareciendo.

«Levanta ese ánimo  —se dijo—. No puedes parecer asustado. Lee el libro.

Sonríe. Es un gran libro, el mejor libro que hayas leído jamás. Ignora a la mujer

de enfrente. De todos  modos, está dormida. Vamos, Max, sólo  quedan unas

horas.»

Al final, la siguiente visita que le habían prometido en la oscura habitación

no tardó  unos  días  en hacerse realidad,  sino  semana  y  media.  Luego, otra

semana más  hasta la  siguiente, y  una semana después  ya había perdido  el

sentido  del  tiempo, del transcurso de los  días  y  las  horas. Volvieron a

trasladarlo  a  un  nuevo  lugar, a  otro  pequeño  almacén pero  con más  luz, más

visitas y más comida. Sin embargo, se le acababa el tiempo.

 

 

 

 


 

—Pronto me llamarán a filas —anunció su amigo Walter Kugler—, ya sabes

cómo funciona esto... del ejército.

—Lo siento, Walter.

Walter Kugler, amigo de la infancia de Max, posó una mano en el hombro

del judío.

—Podría ser peor. —Miró a los ojos judíos de su amigo—. Podría ser tú.

No volvieron a verse. Dejó un último paquete en el rincón, y esta vez había

un  billete. Walter  abrió  el              Mein  Kampf  y  lo  metió  dentro, junto  al mapa que

llevaba en el libro.

—Página trece. —Sonrió—. A lo mejor trae suerte, ¿no?

—Por si acaso.

Se abrazaron.

Cuando  la puerta se cerró,  Max  abrió  el libro  y  miró  el billete: Stuttgart-

Munich-Pasing. Partiría al cabo de dos días, de noche, con el tiempo justo para

hacer el último transbordo. Desde allí, seguiría caminando. Tenía el mapa en la

cabeza, doblado en cuatro, y la llave seguía pegada en la cubierta interior.

 

Esperó sentado media hora antes de acercarse a la bolsa y abrirla. Además

de comida, había otras cosas.

 

EL CONTENIDO ADICIONAL

DEL REGALO DE WALTER KUGLER

Una pequeña navaja.

Una cuchara (lo más parecido a un espejo).

Crema de afeitar.

Unas tijeras.

 

Cuando se fue, en el almacén sólo quedó el suelo.

—Adiós —susurró.

Lo  último  que Max  vio  fue  una pequeña maraña de pelo  apoyada con

indiferencia en la pared.

Adiós.

 

Con un rostro recién afeitado y el pelo a un lado, aunque bien repeinado,

salió  del edificio  como  un  hombre nuevo. De hecho, salió  como  alemán. Un

momento... De hecho, era alemán. O, mejor dicho, lo había sido.

En  el estómago  se mezclaba la electrizante  combinación de alimento  y

náusea.

Anduvo hasta la estación.

Enseñó el billete y su identificación, y ahora estaba sentado en un pequeño

compartimiento del tren, expuesto a la luz pública.

 

—Papeles.

 

Eso era lo que temía oír.

Ya había padecido  bastante  cuando  lo  pararon en el andén. Sabía que no

podría soportarlo una segunda vez.

Manos temblorosas.

El olor —no, el hedor— de la culpa.

Así de sencillo, no podría soportarlo de nuevo.

Por  suerte, pasaron pronto  y  sólo  le pidieron el billete. Ahora sólo  debía

enfrentarse a una ventanilla por la que pasaban pequeñas ciudades, gremios de

luces y una mujer que roncaba frente a él en el compartimiento.

Leyó durante casi todo el trayecto, intentando no levantar la cabeza.

Las palabras holgazaneaban en su boca a medida que iba descifrándolas, y

aunque parezca raro  conforme pasaba páginas  y  adelantaba capítulos  sólo

saboreaba dos palabras.

Mein Kampf. Mi lucha.

El título se repetía una y otra vez mientras el tren no dejaba de traquetear

de una ciudad alemana a otra.

Mein Kampf.

Lo único que podría haberlo salvado...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pillos

 

 

 

 

 

Podría objetarse que Liesel Meminger  lo  tuvo  fácil. Y  sería cierto  si  la

comparáramos  con Max  Vandenburg. Sí, claro, su hermano casi  murió  en sus

brazos. Y su madre la abandonó.

No obstante, cualquier cosa era mejor que ser judío.

 

Hasta la llegada de Max, perdieron otro  cliente, esta vez la colada  de los

Weingartner. El Schimpferei obligado se desató en la cocina. Sin embargo, Liesel

se consoló pensando que todavía les quedaban dos y, aun mejor, uno de ellos

era el alcalde, la mujer y los libros.

En  cuanto  a las  otras  actividades  de Liesel, seguía armándola junto  con

Rudy Steiner. Incluso  me atrevería a afirmar  que estaban perfeccionando  su

modus operandi.

Acompañaron a Arthur  Berg  y  sus  amigos  en unas  cuantas  incursiones

más, deseosos  tanto  de demostrar  su valía como  de  ampliar  su repertorio

delictivo. Se llevaron patatas de una granja y cebollas de otra. Sin embargo, la

mayor victoria la obtuvieron solos.

Tal  como  ya hemos  comprobado, una de las  ventajas  de patear  la  ciudad

era la posibilidad de encontrar cosas en el suelo. Otra era fijarse en la gente o,

aún más importante, en la misma gente haciendo las mismas cosas semana tras

semana.

Un chico  del colegio, Otto  Sturm,  era  una de esas  personas  a las  que

observaban. Todos  los  viernes  por  la tarde se acercaba a la iglesia  en bicicleta

para llevarles viandas a los curas.

Lo estuvieron estudiando durante un mes, mientras el tiempo empeoraba.

Sobre  todo  Rudy, que estaba decidido  a que un  viernes  de una  semana de

octubre curiosamente fría Otto no consiguiera llevar a cabo su cometido.

 

—De todos  modos, esos  curas están demasiado  gordos  —se  justificó,

mientras paseaban por la ciudad—. Podrían pasar sin comer una semana.

 

Liesel  estaba completamente de acuerdo. Para empezar, no era católica, y

en segundo lugar, ella también padecía hambre.

Liesel  cargaba con la  colada, como  siempre.  Rudy llevaba dos  baldes  de

agua fría o, como él decía, dos baldes de futuro hielo.

Justo antes de que dieran las dos puso manos a la obra.

Sin dudarlo, vertió el agua sobre la calzada, en el tramo exacto en que Otto

tomaba la curva.

Liesel tuvo  que admitirlo. Al principio  sintió  una pequeña punzada de

culpabilidad, pero  el plan  era perfecto  o, al menos, bastante  próximo  a la

perfección. Poco  después  de las  dos, como  todos  los  viernes, Otto  Sturm

doblaría hacia Münchenstrasse con la cesta llena, en el manillar. Ese viernes en

particular no pasaría de allí.

La calzada ya estaba helada de por sí, pero Rudy, apenas capaz de contener

una sonrisa que le atravesaba el rostro  de oreja a oreja, le añadió  una capa

adicional.

—Ven, escondámonos detrás de ese arbusto —propuso.

 

Al cabo  de unos  quince minutos, el diabólico  plan  dio  su fruto, por  así

decirlo.

Rudy señaló por el agujero del seto.

—Ahí está.

Otto apareció a la vuelta de la esquina, manso como un corderito.

En  menos que canta un  gallo, perdió  el control de la  bicicleta al resbalar

sobre el hielo y se cayó de morros en la calzada.

Rudy miró preocupado a Liesel cuando vio que Otto no se movía.

—¡Por los clavos de Cristo —exclamó Rudy—, creo que lo hemos matado!

Salió sigiloso de detrás del arbusto, cogió la cesta y huyeron corriendo.

—¿Respiraba? —preguntó Liesel, al final de la calle.

—Reine Ahnung —contestó Rudy, aferrado a la cesta.

No tenía ni idea.

Vieron a Otto  levantarse a lo  lejos, rascarse la cabeza, después  la

entrepierna y buscar la cesta por todas partes.

—Scheisskopf imbécil.

Rudy sonrió y repasaron el botín: pan, huevos rotos y el no va más, Speck.

Rudy se llevó el beicon a la nariz y lo olió con fruición.

—Qué rico.

 

Por tentador que fuera quedarse con el botín para ellos solos, fue superior

el sentido de la lealtad que le debían a Arthur Berg. Se acercaron hasta los pisos ruinosos de  Kempf Strasse, donde vivía,  y  le enseñaron lo  que habían

conseguido. Arthur no pudo disimular su aprobación.

—¿A quién se lo habéis robado?

—A Otto Sturm —contestó Rudy.

—Bien, pues le estoy agradecido, sea quien sea ese Otto  —celebró Arthur.

Entró en casa y volvió con un cuchillo para el pan, una sartén y una chaqueta, y

los  tres  ladrones  cruzaron el pasillo de apartamentos—. Iremos a  buscar  a los

otros  —anunció  Arthur  Berg  cuando  salieron—. Puede que seamos

delincuentes, pero aún conservamos nuestro honor.

Igual que la ladrona de libros, él fijaba ciertos límites.

Llamaron a unas cuantas puertas. Desde la calle, gritaron varios nombres a

las ventanas de los pisos y al cabo de poco el grueso de la pandilla de ladrones

de fruta de Arthur Berg se dirigía al Amper. Encendieron un fuego en el claro

de la orilla, donde rescataron y frieron lo que quedaba de los huevos. Cortaron

el pan  y  el  Speck. Dieron cuenta de la  última migaja de las  viandas  de  Otto

Sturm ayudándose de manos y cuchillos, sin curas a la vista.

Las discusiones no surgieron hasta el final, y fueron por la cesta. Casi todos

votaron por  quemarla. Fritz Hammer  y  Andy  Schmeikl querían quedársela,

pero Arthur Berg, demostrando su incongruente sentido de la moral, tenía una

idea mejor.

—Vosotros  dos  —llamó  a Rudy y  a Liesel—, quizá se la tendríais  que

devolver  al tipo  ese, Sturm. Creo  que es  lo  menos que se merece el pobre

desgraciado.

—Venga ya, Arthur.

—No quiero oír ni una palabra, Andy.

—Por Dios.

—Él tampoco quiere oír ni una palabra.

El grupo se rió y Rudy Steiner cogió la cesta.

—Vale, me la llevo y se la dejo colgada en el buzón.

Se había alejado  unos  veinte  metros  cuando  la niña  lo  alcanzó. Se

arriesgaba a llegar  demasiado  tarde a casa, pero  sabía muy bien  que debía

acompañar a Rudy Steiner hasta la granja de los Sturm, en la otra orilla.

Caminaron un buen rato en silencio.

—¿No te sientes mal? —preguntó Liesel al final. Regresaban a casa.

—¿Por qué?

—Ya lo sabes.

—Claro que lo sé, pero ya no tengo hambre y me juego lo que quieras a que

él tampoco. Que te crees tú que los curas iban a recibir comida si a los Sturm no

les sobrara.

—Es que se dio muy fuerte contra el suelo.

 

 

—No me lo recuerdes.

No  obstante, Rudy Steiner  no pudo  disimular  una sonrisa. Al cabo  de los

años acabaría repartiendo  pan, no robándolo, una prueba más  de lo

contradictorio  que es  el ser  humano. Una pizca de bondad, una pizca de

maldad y sólo falta añadirle agua.

 

Cinco  días  después  del agridulce botín, Arthur Berg  apareció  de nuevo  y

los invitó a su siguiente proyecto delictivo. Tropezaron con él un miércoles, en

Münchenstrasse, volviendo del colegio. Llevaba el uniforme de las Juventudes

Hitlerianas.

—Iremos mañana por la tarde. ¿Os interesa?

No pudieron resistirse.

—¿Adónde?

—A por patatas.

 

Veinticuatro horas después, Liesel y Rudy volvieron a enfrentarse a la valla

y llenaron el saco.

El problema surgió cuando se disponían a huir.

—¡Carajo! —exclamó Arthur—. ¡El granjero!

Sin embargo, los  asustó  la palabra  que dijo  a continuación. La pronunció

como si lo hubieran atacado con ella. Su boca se abrió de un rasgón y la palabra

fluyó. «Hacha.»

En efecto, cuando se volvieron, el granjero corría hacia ellos con el arma en

alto.

Todo el grupo echó a correr hacia la valla y la saltó. Rudy, el más rezagado

de todos, los alcanzó enseguida, pero seguía el último. Al levantar la pierna, se

quedó enganchado.

 

—¡Eh!

El grito de auxilio del animal varado.

 

El grupo se detuvo.

Guiada por el instinto, Liesel volvió corriendo.

—¡Date prisa! —la conminó Arthur.

Oyó su voz a lo lejos, como si se la hubiera tragado antes de dejarla salir.

Cielo blanco.

Los demás siguieron corriendo.

Liesel regresó junto a Rudy y empezó a tirar de la tela de los pantalones. El

miedo se reflejaba en los ojos desorbitados del chico. —Rápido, que viene —la

azuzó.

 

Todavía sentían el retemblor de unos pies en polvorosa cuando otra mano

cogió el alambre y desenganchó los pantalones de Rudy Steiner.

Un trozo  de tela  quedó  prendido  en el nudo  metálico, pero  el chico  pudo

escapar.

—Moved el culo —les recomendó Arthur no mucho antes de que llegara el

jadeante granjero, soltando improperios.

El hombre gritó  las  fútiles  palabras de los  que han  sido  robados, con el

hacha apoyada contra su pierna.

—¡Haré que os detengan! ¡Daré con vosotros! ¡Descubriré quiénes sois!

—¡Pregunte por Owens! —contestó Arthur Berg. Se alejó sin perder tiempo

y alcanzó a Liesel y Rudy—. ¡Jesse Owens!

 

Una vez en puerto seguro, luchando por recuperar el aliento, se sentaron y

Arthur Berg se acercó. Rudy no se atrevió a mirarlo.

—Nos  ha pasado  a todos  —lo  tranquilizó  Arthur, percibiendo  la

frustración.

¿Mintió? Ni lo supieron entonces ni lo sabrían jamás.

Semanas después, Arthur Berg se trasladó a Colonia.

Sólo lo vieron una vez más, en una de las rondas de entrega de la colada de

Liesel,  en un  callejón que daba a  Münchenstrasse, cuando  le tendió  a la  niña

una bolsa de papel marrón que contenía una docena de castañas. El chico

esbozó una sonrisita.

—Un contacto  en la  industria del tueste. —Después  de informarlos  de su

partida, les brindó una última y  granuja sonrisa y les dio una palmadita en la

frente—. No os las vayáis a comer todas de una sentada.

No volvieron a ver a Arthur Berg nunca más.

En cuanto a mí, te aseguro que lo vi, sin miedo a equivocarme.

 

PEQUEÑO HOMENAJE A

ARTHUR BERG, UN HOMBRE QUE AÚN VIVE

El cielo de Colonia era amarillo y se descomponía, tenía los

bordes descamados.

Estaba sentado, apoyado contra una pared, con una criatura

en los brazos. Su hermana.

Cuando la niña dejó de respirar, se quedó con ella y supe que

la abrazaría durante horas.

Llevaba dos manzanas robadas en el bolsillo.

 

Esta vez fueron más listos. Comieron una cada uno y fueron vendiendo las

demás de puerta en puerta.

 

—Tengo castañas, si le sobra un penique —repetía Liesel en todas las casas.

Al final reunieron dieciséis monedas.

—Y ahora, la venganza —sonrió Rudy, complacido.

 

Esa misma tarde volvieron a la tienda de frau Diller, la «heilhitleriaron» y

esperaron.

—¿Surtido de golosinas otra vez? —preguntó frau Diller, schmunzeleando,

a lo que asintieron con la cabeza,

El dinero  repicó  sobre  el mostrador  y  la sonrisa de  frau Diller  se torció

ligeramente.

—Sí, frau Diller —contestaron al unísono—, surtido de golosinas, por favor.

El Führer enmarcado parecía orgulloso de ellos.

El triunfo que precede a la tormenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El luchador, conclusión

 

 

 

 

 

Los  juegos  malabares  llegan a su fin, pero  no la lucha. Llevo  a Liesel

Meminger de una mano y a Max Vandenburg de la otra. Pronto las entrelazaré.

Dame unas páginas.

 

El luchador.

Si lo hubieran matado esa noche, por lo menos habría muerto vivo.

El trayecto en tren ya quedaba muy lejos. Lo más probable era que la mujer

que roncaba en el compartimiento, que había convertido en su cama, continuara

el viaje. En esos momentos, a Max Vandenburg sólo lo separaban unos pasos de

la supervivencia. Pasos y cavilaciones, y dudas.

 

Siguió  el mapa que había memorizado  para llegar  a Molching  desde

Pasing. Ya era tarde cuando  vio  la ciudad. Las  piernas  le dolían lo  indecible,

pero ya casi estaba allí, en el lugar más peligroso de todos. Tan cerca que casi

podía tocarlo.

Siguiendo la descripción, encontró Münchenstrasse y continuó por la acera.

Todo se tensaba a su paso.

 

Reductos de relumbrantes farolas.

Pacientes edificios a oscuras.

El ayuntamiento  se erigía como  un  joven gigantesco  y  desmañado,

demasiado grande para su edad. La iglesia desaparecía en la oscuridad cuanto

más alzaba la vista.

Lo vigilaban.

Se estremeció.

Se dijo: «Mantén los ojos abiertos».

(Los niños alemanes andaban a la caza de monedas extraviadas. Los judíos

alemanes andaban con ojo para que no los cazaran.)

 

Fiel a su número de la suerte, el trece, contaba los pasos en grupos de esa

cifra. Sólo  trece pasos, se animaba. Vamos,  trece más. Contados  por  encima,

habría unas noventa tandas hasta la esquina de Himmelstrasse.

Llevaba la maleta en una mano.

La otra todavía no había soltado el Mein Kampf.

Ambos pesaban y las manos le sudaban ligeramente.

Giró  en la esquina, hacia  el número  treinta y  tres, resistiéndose a  sonreír,

resistiéndose a sollozar  o  siquiera a imaginar  la salvación que podría estar

aguardándolo. Se dijo que no corrían tiempos para abandonarse a la esperanza,

aunque casi pudiera tocarla. La sentía cerca, en algún lugar fuera de su alcance;

sin embargo, en vez de dejarse convencer, volvió a repasar qué debía hacer si lo

atrapaban en el último momento o si, por cualquier razón, dentro lo esperaba la

persona equivocada.

Claro  que tampoco  podía deshacerse de la  acuciante  sensación de estar

pecando.

¿Cómo podía hacer una cosa así?

¿Cómo  podía presentarse y  pedirle a nadie que arriesgara su vida por  él?

¿Cómo podía ser tan egoísta?

 

Treinta y tres.

Intercambiaron una mirada.

 

La casa estaba pálida, casi parecía enferma. Tenía una verja de hierro y una

puerta marrón manchada de escupitajos.

Sacó la llave del bolsillo. No lanzó ningún destello, descansaba apagada y

mustia en la palma. Cerró  la mano y  la estrujó  como  si  esperara que el metal

chorreara hacia la muñeca. Pero  no. El metal era duro  y  plano, con una sana

hilera de dientes. Lo siguió apretando hasta que se le clavó en la mano.

A continuación, poco a poco, el luchador se inclinó hacia delante, la mejilla

apoyada en la madera, y arrancó la llave del puño cerrado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUARTA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El vigilante

 

 

 

Presenta:

 

 

 

acordeonista — un hombre de palabra — una buena chica un púgil judío — la

ira de Rosa — una charla — el dormilón — el intercambio de pesadillas — y

varias páginas del sótano

 

El acordeonista

(La vida secreta de Hans Hubermann)

 

 

 

 

 

En  la cocina había un  joven. Llevaba una llave  en la mano, que parecía

oxidarse en su  piel. No  saludó  ni  pidió  ayuda ni  dijo  nada de lo  que cabría

esperar. Hizo dos preguntas.

 

PRIMERA PREGUNTA

¿Hans Hubermann?

 

SEGUNDA PREGUNTA

¿Todavía toca el acordeón?

 

Sin dejar  de observar  con desconfianza la figura que se alzaba ante él, el

joven aclaró  la voz y  se la ofreció  a  través  de la oscuridad, como  si  fuera lo

único que le quedara.

Hans, inquieto y consternado, se acercó.

—Por supuesto que sigo tocando —le susurró a la cocina.

La historia se remontaba a la Primera Guerra Mundial.

 

Las guerras son extrañas.

Llenas  de sangre y  violencia, aunque también de historias  igualmente

difíciles de entender.

«Pues  es  verdad —refunfuña  la gente—, me  da igual  que  me creas  o  no,

pero  ese zorro  me salvó  la  vida», o  «Caían como  moscas, pero  yo  fui  el único

que quedó en pie, el único al que no le metieron un balazo entre los ojos. ¿Por

qué yo? ¿Por qué yo y no ellos?».

La historia de Hans Hubermann era más o menos del estilo. Hasta que topé

con ella entre las  palabras de la ladrona de libros  no caí  en la cuenta de que

nuestros caminos ya se habían cruzado antes, aunque ninguno de los dos había programado  el encuentro. Por  lo  que a  mí respecta, tenía mucho  trabajo.  En

cuanto a Hans, creo que hizo todo lo que pudo para evitarme.

 

La primera vez que estuvimos  cerca el uno  del otro, Hans  tenía veintidós

años y luchaba en Francia. Casi todos los hombres de su sección ansiaban entrar

en batalla. Hans  no lo  tenía tan claro. Ya me había llevado  a algunos por  el

camino, pero  te  aseguro  que ni  siquiera estuve  a punto  de  tocar  a Hans

Hubermann. O  le sonrió  la suerte o  se merecía vivir, o  tenía una buena razón

para seguir vivo.

No destacó en el ejército, ni por arriba ni por abajo. Corría con el pelotón,

ascendía con el pelotón y  sabía disparar  lo  justo  para no suponer  una afrenta

para sus  superiores. Ni siquiera destacó  lo  suficiente  para ser  uno  de los

primeros elegidos en venir corriendo a mi encuentro.

 

UN PEQUEÑO PERO

VALIOSO COMENTARIO

A lo largo de los años he visto a muchos jóvenes que creen

correr al encuentro de otros jóvenes.

No es así.

Corren a mi encuentro.

 

Llevaba seis meses en el campo de batalla cuando lo destinaron a Francia,

donde, por lo visto, un extraño suceso le salvó la vida. Visto de otro modo, lo

cierto  es  que en medio  del disparate que supone una guerra, tuvo  perfecto

sentido.

En general, desde el momento que entró en el ejército y hasta que terminó

la guerra,  vivió  una sorpresa continua, como  en una serie, un  día  tras  otro  y

otro más. Y aún otro.

El intercambio de disparos.

El descanso de los hombres.

Los mejores chistes verdes del mundo.

Ese sudor frío —el malvado amiguito— que anuncia su llegada a gritos en

las axilas y los pantalones.

 

Lo que más le gustaba era jugar a las cartas, y después al ajedrez, aunque

era bastante malo. Y la música. La música por encima de todo.

Un hombre un  año  mayor  que él —un  judío  alemán llamado  Erik

Vandenburg—  le enseñó a tocar el acordeón. Fueron trabando amistad poco a

poco, debido  a que ninguno  de los  dos  estaba especialmente interesado  en

luchar; preferían liar  cigarrillos que liarse a tiros, preferían hacer  rodar  los

 

 

dados a que los hicieran rodar a ellos por la nieve y el lodo. Una sólida amistad

que afianzaban el juego, el tabaco  y  la música, sin olvidar  el mutuo deseo  de

sobrevivir. El único problema fue que poco después encontrarían los trocitos de

Erik  Vandenburg  esparcidos  por  una verde colina. Tenía los  ojos abiertos  y  le

habían robado la alianza. Me eché su alma al hombro junto con las demás y nos

alejamos  de allí  tranquilamente. El horizonte  tenía  el color  de la  leche. Frío  y

fresco. Borbotaba entre los cadáveres.

Lo  único  que quedó  de Erik  Vandenburg  fueron unos  cuantos  objetos

personales  y  el acordeón, con sus  huellas  todavía impresas  en él. Lo  enviaron

todo  a  casa, todo  menos el instrumento. Consideraron que era  demasiado

grande. Esperaba en  el camastro  provisional  de Vandenburg,  como  si  se

reprochara estar  allí, en el campamento, y  acabaron dándoselo  a su amigo,

Hans Hubermann, que resultaría ser el único superviviente.

 

SOBREVIVIÓ DEL

SIGUIENTE MODO

Ese día no entró en combate.

 

Todo  gracias  a Erik  Vandenburg. O  mejor  dicho, a Erik  Vandenburg  y  al

cepillo de dientes del sargento.

Esa mañana en concreto, poco antes de salir, el sargento Stephan Schneider

entró  tranquilamente  en los  dormitorios  y  reclamó  la atención de todo  el

mundo. Era popular  entre los  hombres  por  su sentido  del humor  y  por  sus

bromas, pero aún más por el hecho de no ir jamás detrás de nadie en la línea de

fuego. Él siempre era el primero.

Había días en que le daba por entrar en el barracón donde descansaban los

hombres y decir algo así como: ¿Hay por aquí alguien de Pasing?, o: ¿A quién

se le dan  bien las  matemáticas?, o, en  el profético  caso  de Hans  Hubermann:

¿Quién tiene una letra que se entienda?

Después de la primera vez que entró a preguntar, nadie volvió a prestarse

voluntario. Ese día, un joven y  diligente soldado  llamado  Philipp Schlink  se

levantó con gallardía y respondió a la llamada: «Sí, señor, yo soy de Pasing», a

lo  que, sin más, el sargento  le tendió  un  cepillo de dientes  y  le ordenó que

limpiara las letrinas.

 

Cuando  Schneider  preguntó  quién  tenía buena caligrafía, estoy  segura de

que entenderás por qué nadie tuvo prisa por ser el primero en dar un paso al

frente. Creyeron que les  tocaría  recibir  una  inspección higiénica completa o

limpiar con un cepillo los terrones de mierda pegados a la suela de las botas de

un excéntrico teniente antes de salir al campo de batalla.

—Vamos, hombre —los animó divertido Schneider. Su cabello, apelmazado

con aceite, brillaba, aunque en la coronilla siempre le quedaba un  mechón en

guardia—. Qué hatajo  de inútiles, al  menos  uno  de vosotros  tiene que saber

escribir como Dios manda.

 

Oyeron disparos a lo lejos.

Lo que desencadenó una reacción.

—Mirad, esto es diferente —aseguró Schneider—. Estaréis ocupados toda la

mañana, tal vez más. —No consiguió disimular una sonrisa—. Schlink dejó las

letrinas  como  los  chorros  del oro  mientras  vosotros  jugabais  a las  cartas, pero

esta vez tendréis que salir ahí fuera.

La vida o el honor.

Era evidente  que esperaba que uno  de sus  hombres  tuviera la  suficiente

inteligencia para escoger seguir con vida.

Erik  Vandenburg  y  Hans  Hubermann intercambiaron una mirada. Si

alguien daba un  paso  al frente  en ese  momento, el regimiento  le haría la vida

imposible mientras siguieran juntos. ¿A quién le gustan los cobardes? Por otro

lado, si alguien tenía que salir...

 

Aun así nadie dio un paso al frente, si bien una voz se alzó y se acercó sin

prisas al sargento. Se detuvo a sus pies, a la espera de recibir un buen puntapié.

—Hubermann, señor —dijo.

Era la voz de Erik  Vandenburg. Por  lo  visto  pensaba que a su  amigo

todavía no le había llegado la hora.

El sargento se paseó por el pasillo que formaban los soldados.

—¿Quién ha dicho eso?

Stephan Schneider tenía un pasear magnífico, un hombre bajo que hablaba,

se movía y actuaba a paso ligero. Mientras caminaba arriba y abajo entre las dos

hileras de hombres, Hans mantuvo la vista al frente, a la expectativa de lo que

tuviera que pasar. Tal vez una  de las  enfermeras  estaba indispuesta y

necesitaban a alguien para que cambiara las vendas de las piernas infectadas de

los soldados heridos. Tal vez había que cerrar un millar de sobres pasándoles la

lengua por  la goma de sellado para enviar  a casa el  fúnebre anuncio  que

contenían.

En ese momento, la voz volvió a adelantarse, lo que animó a otras a hacerse

oír. Hubermann, repitieron todas. Erik  incluso  añadió: «Una  caligrafía

inmaculada, señor, inmaculada».

—Entonces, decidido. —El sargento  esbozó  una sonrisita de besugo—.

Hubermann, te ha tocado.

 

El desgarbado y joven soldado dio un paso al frente y preguntó cuál sería

su cometido. El sargento suspiró.

—El capitán necesita que le escriban unas  cartas. El reumatismo  de los

dedos no lo deja vivir, o la artritis, o lo que sea. Se las escribirás tú.

No  era momento  de ponerse a protestar, sobre  todo  cuando  a Schlink le

había tocado  limpiar  letrinas  y, Pflegger  estuvo  a punto  de palmarla de tanto

chupar sobres. Su lengua acabó de un color azulado nada saludable.

—Sí, señor —asintió Hans, y eso fue todo.

Siendo benévolos, se diría que sus aptitudes caligráficas eran dudosas, pero

se sintió  afortunado. Puso  todo  su empeño en escribir  las  cartas  mientras  los

demás hombres iban al campo de batalla.

No volvió ninguno.

 

Esa fue la primera vez que Hans  Hubermann  se me escapó. En  la Gran

Guerra.

La segunda vez todavía estaba por llegar, sería en 1943, en Essen.

Dos guerras para dos evasiones.

En la primera era joven, en la otra no tanto.

No  existen muchos hombres  que  hayan  tenido la fortuna de escapárseme

dos veces.

 

Cargó con el acordeón el resto de la guerra.

A su regreso, después  de localizar  a la familia de Erik  Vandenburg  en

Stuttgart, la mujer  de  su amigo  le comunicó  que se lo  podía quedar. El piso

estaba lleno de acordeones y la visión de ese en concreto la atormentaba. Con

los otros ya tenía suficiente recordatorio, como con su profesión, la de profesora

de música, que habían compartido en el pasado.

—Él me enseñó a tocar —le contó Hans, como si eso la ayudara.

Y quizá así fue, porque la mujer, destrozada, le pidió que tocara para ella y

lloró  en silencio  mientras  Hans  apretaba los  botones  y  las  teclas  al son de un

torpe vals del «Danubio azul». Era la favorita de su marido.

—Verá, él me salvó  la vida —se explicó  Hans. La luz escaseaba  en la

habitación y  se respiraba un  aire circunspecto—. Él... Si  alguna vez necesita

algo. —Le pasó un pedazo de papel con su nombre y dirección—. Soy pintor. Le

pintaré el piso gratis cuando quiera.

Sabía que era una compensación  inútil,  pero  de todas  formas  se ofreció  a

hacerlo.

La mujer  cogió  el papel y, poco  después, un  niño  pequeño  entró

despreocupadamente en la cocina y se sentó en el regazo de su madre.

—Este es  Max  —lo  presentó  la mujer, aunque el  niño era demasiado

pequeño y tímido para decir nada.

Era flacucho, tenía el  pelo  muy suave, y  sus  espesos  y  turbios  ojos  lo

observaron atento mientras Hans interpretaba una nueva canción en la cargada

estancia. El niño siguió mirando a ambos mientras el hombre tocaba y la mujer

lloraba. Las notas controlaban sus lágrimas. Cuánta desolación.

Hans se fue.

—Nunca me lo  dijiste —le recriminó a  un  Erik  Vandenburg  muerto  y  al

horizonte de Stuttgart—. Nunca me dijiste que tuvieras un hijo.

Tras la breve y atribulada escala, Hans regresó a Munich suponiendo que

nunca más volvería a saber nada de esa gente. Lo que ignoraba era que iban a

necesitar su ayuda más de lo que creía, aunque no sería ni para pintar ni antes

de que hubieran transcurrido veinte años.

 

Pasaron varias semanas antes de que se pusiera a pintar. Durante los meses

de buen tiempo, trabajaba con ahínco, incluso en invierno. Solía decirle a Rosa

que tal vez el dinero no les lloviera del cielo, pero al menos chispeaba de vez en

cuando.

Todo fue bien durante más de una década.

Nacieron Hans hijo y Trudy. Crecieron visitando a su padre en el trabajo,

pintando las paredes a manotazos y limpiando los pinceles.

Sin embargo, cuando Hitler subió al poder en 1933, el negocio de la pintura

sufrió  un  ligero  contratiempo. Hans  no se  había unido  al NSDAP como  la

mayoría de la gente. Había meditado mucho su decisión.

 

LAS REFLEXIONES

DE HANS HUBERMANN

No era culto y no le interesaba la política, pero era un hombre

que valoraba la justicia. Un judío le había salvado la vida y no

iba a olvidarlo. No podía afiliarse a un partido que alentara el

antagonismo entre la gente de esa manera. Además, igual que

Alex Steiner, algunos de sus clientes más fieles eran judíos. Al

igual que muchos judíos, Hans creyó que ese sentimiento de

odio no duraría mucho, por lo que no seguir a Hitler fue una

decisión consciente. En muchos aspectos, también fue

desastrosa.

 

En  cuanto  empezaron las  persecuciones, el trabajo  de Hans  fue

disminuyendo poco  a  poco. Al principio  no  lo  notó  demasiado, pero  pronto empezó  a perder  su  clientela. Los  presupuestos  parecían desvanecerse a

marchas forzadas en un ambiente cada vez más nazi.

Se acercó a uno de sus más fieles clientes, Herbert Bollinger  —un hombre

de cintura hemisférica, que hablaba Hochdeutsch (era de Hamburgo)—, cuando

lo  vio  en Münchenstrasse. De buenas  a  primeras, el hombre  bajó  la vista,

salvando  su contorno,  pero  cuando  volvió  a  mirar  al pintor  comprobó que la

pregunta lo había incomodado. La aclaración era innecesaria, pero aun así Hans

la exigió.

—¿Qué ocurre, Herbert? Estoy perdiendo clientes de la noche a la mañana.

Bollinger por fin se soltó.

—En  fin, Hans, ¿eres  uno  de sus  miembros?  —le contestó  con otra

pregunta, enderezándose.

—¿Miembro de qué?

Sin embargo, Hans  Hubermann  sabía perfectamente de qué hablaba el

hombre.

—Vamos, Hansi —insistió Bollinger—, no me obligues a decirlo.

El desgarbado pintor se despidió y siguió su camino.

 

A medida que pasaban los  años, los  judíos  eran objeto  de azarosas

persecuciones  por  todo  el país, y  en la primavera de 1937, casi  para su

vergüenza, Hans  Hubermann  claudicó. Se informó  y  solicitó  la entrada en el

partido.

Tras entregar  la instancia en la sede de Münchenstrasse, vio  que cuatro

hombres  arrojaban ladrillos contra una tienda de  confecciones  llamada

Kleinmann's. Era una de las pocas tiendas judías que todavía seguían abiertas

en Molching. En el interior, un hombre bajo tartamudeaba caminando arriba y

abajo, pisando los cristales rotos mientras limpiaba. En la puerta habían pintado

una estrella de color mostaza. Los bordes de la descuidada letra con que habían

escrito BASURA JUDÍA goteaban. El trajín del interior fue disminuyendo hasta

volverse taciturno y acabar deteniéndose del todo.

Hans se acercó un poco más y asomó la cabeza.

—¿Necesita ayuda?

El señor Kleinmann levantó la vista. Tenía un aire impotente y en las manos

llevaba una escoba.

—No, Hans. Por favor, váyase.

El año anterior Hans había pintado la casa de Joel Kleinmann. Recordaba a

sus tres hijos y sus caras, pero no los nombres.

—Mañana vendré y le repintaré la puerta —aseguró.

Así lo hizo.

Fue su segundo error.

 

El primero lo cometió inmediatamente después del incidente.

Volvió sobre sus pasos y atizó un puñetazo contra la puerta y luego contra

la ventana del NSDAP. El cristal se hizo añicos, pero nadie respondió. Todo el

mundo había recogido y se había ido a casa. Un último miembro, que se alejaba

en dirección contraria, reparó en el pintor al oír el estallido del cristal.

Se acercó a Hans y le preguntó qué ocurría.

—No puedo hacerme miembro —le explicó Hans.

El hombre se quedó atónito.

—¿Por qué no?

Hans se miró los nudillos de la mano y tragó saliva. En esos momentos ya

saboreaba su error como si llevara una pastilla metálica en la boca.

—Olvídelo.

Dio media vuelta y se fue a casa.

Unas palabras lo siguieron.

—Piénselo bien, herr Hubermann, y háganos saber su decisión.

No se la hizo saber.

 

A la mañana  siguiente, tal como  había prometido, madrugó  más  de lo

habitual, pero  no lo  suficiente. La puerta de la tienda del señor  Kleinmann

todavía estaba húmeda de rocío. Hans  la  secó. Encontró  un  color  lo  más

parecido  al de la puerta que un  humano puede conseguir  y  le dio  una buena

capa.

Un hombre pasó junto a él.

—Heil Hitler! —lo saludó.

—Heil Hitler! —contestó Hans.

 

TRES DATOS SUELTOS, AUNQUE

IMPORTANTES

1. El hombre que pasó junto a él era Rolf Fischer, uno de los

nazis más importantes de Molching.

2. Un nuevo comentario antisemita apareció pintado en la

puerta en menos de dieciséis horas.

3. Hans Hubermann no fue admitido en el Partido Nazi.

Al menos por el momento.

 

Por suerte, durante el año siguiente Hans no retiró su solicitud de afiliación

de manera oficial.  Mientras  que a la  mayoría los  aceptaban al  instante, a él lo

añadieron a una lista de espera. No  las  tenía todas  consigo. Hacia finales  de

1938, cuando  los  judíos  fueron expulsados  sin  dilación  después  de la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, lo visitó la Gestapo. Registraron su

casa y, gracias  a que no encontraron nada ni  a  nadie sospechoso, Hans

Hubermann pudo considerarse afortunado: le permitieron quedarse.

Probablemente lo  salvó  que  la gente supiera que seguía esperando  la

admisión de su solicitud. Por eso lo toleraban e incluso lo reconocían como el

competente pintor que era.

Y no olvidemos su otra salvación.

El acordeón fue lo que sin duda lo libró del ostracismo total. Había muchos

pintores por todo Munich, pero tras la breve enseñanza de Erik Vandenburg y

cerca de dos  décadas  de práctica constante  por  su cuenta, no había nadie en

Molching que supiera tocar  como  él. Su estilo  nada tenía que  ver  con la

perfección, sino con la afabilidad. Incluso los errores se toleraban con simpatía.

Hans «heilhitleriaba» cuando tenía que hacerlo y ondeaba la bandera el día

establecido. No había ningún problema aparente.

Entonces, el 16 de junio  de  1939 (la  fecha  se había fraguado  como  el

cemento), justo al cabo de seis  meses de la llegada de Liesel a Himmelstrasse,

ocurrió algo que cambiaría la vida de Hans Hubermann para siempre.

Era un día que tenía trabajo.

Salió de casa a las siete en punto de la mañana.

Llevó a remolque el carro de pinturas, sin saber que lo seguían.

Cuando llegó al trabajo, un joven forastero se acercó a él. Era rubio y alto, y

estaba muy serio.

Se miraron.

—¿Es usted Hans Hubermann?

Hans asintió con la cabeza. Se había estirado para alcanzar un pincel.

—Sí, soy yo.

—¿Por casualidad toca usted el acordeón?

Esta vez Hans se detuvo y dejó el pincel donde estaba. Volvió a asentir.

El forastero se rascó la barbilla y miró alrededor.

—¿Es usted un hombre de palabra? —preguntó con gran suavidad, aunque

muy claro.

Hans  sacó  dos  botes  de pintura y  le ofreció  asiento. Antes  de aceptar  la

invitación, el joven le tendió la mano y se presentó.

—Me llamo Kugler. Walter. Vengo de Stuttgart.

Se sentaron y charlaron en voz baja unos quince minutos, y acordaron un

encuentro para más tarde, por la noche.

 

Buena chica

 

 

 

 

 

En  noviembre  de 1940, cuando  Max  Vandenburg  llegó  a la cocina  del

número treinta y tres de Himmelstrasse, tenía veinticuatro años. Parecía que la

ropa le pesara y su extenuación era tal que un picor habría podido partirlo en

dos. Estremecido, se quedó agitando la puerta.

—¿Todavía toca el acordeón?

Era evidente  que la verdadera pregunta era: ¿Todavía está dispuesto  a

ayudarme?

 

El padre de Liesel fue hasta la puerta de la calle y la abrió. Miró fuera con

cautela, a ambos lados, y volvió. Por suerte no había nada a la vista.

Max Vandenburg, el judío, cerró los ojos y se precipitó hacia una salvación

cada vez más  cercana. La idea le pareció  absurda, pero  la aceptó  a pesar  de

todo.

Hans comprobó que las cortinas estuvieran corridas. No debía atisbarse ni

un resquicio. Mientras tanto, Max no pudo soportarlo más, cayó de rodillas y le

cogió las manos.

La oscuridad lo acarició.

Sus dedos olían a maleta, a metal, a Mein Kampf y a supervivencia.

La escasa luz del vestíbulo no alcanzó sus ojos hasta que levantó la cabeza,

momento en que se percató de la niña en pijama que tenía delante.

—¿Papá?

Max  se levantó, como  un  fósforo  encendido. La oscuridad se ahuecó  a su

alrededor.

—No pasa nada, Liesel —la tranquilizó Hans—. Vuelve a la cama.

La niña aún  se demoró  unos  instantes  antes  de que los  pies  empezaran a

tirar  de ella. Al detenerse y  echar un  último  y  breve vistazo  al forastero  de la

cocina, atisbo el contorno de un libro sobre la mesa.

—No tengas miedo —oyó que susurraba su padre—, es una buena chica.

Durante la hora  siguiente, la buena chica estuvo  despierta en la cama

escuchando el apagado titubeo de las frases procedentes de la cocina.

 

 

Todavía quedaba una carta por jugar.

 

 

Breve historia del púgil judío

 

 

 

 

 

Max Vandenburg había nacido en 1916.

Creció en Stuttgart.

Lo que más le gustaba de pequeño era una buena pelea a puñetazos.

 

Disputó su primer combate con once años, y estaba tan seco como el palo

de una escoba.

Wenzel Gruber.

Su contrincante.

El pequeño Gruber era un insolente y tenía el pelo tan rizado que parecía

alambre. El parque donde jugaban les exigió una pelea y ninguno de los dos se

opuso.

Pelearon como campeones.

Durante un minuto.

Justo cuando se estaba poniendo interesante, los niños se vieron arrastrados

por el cuello. Un padre atento.

A Max le caía un hilillo de sangre por la boca.

La probó y le supo bien.

 

La gente de su barrio  no sabía pelearse y, si  alguna vez lo  hacía, no

utilizaba  los  puños. En esa época se decía que los  judíos  preferían  quedarse

quietos  y  recibir, que preferían aguantar  los  insultos  y  luego  volver  a abrirse

camino hacia lo alto. Es obvio que no todos los judíos son iguales.

Casi  había cumplido dos  años cuando  su padre murió; las  balas  lo

despedazaron en una verde colina.

Al cumplir  los  nueve, su madre estaba sumida en la miseria. Vendió  el

estudio de música, que hacía las veces de hogar, y se trasladaron a casa del tío

de Max. Allí creció junto con seis primos que lo apaleaban, lo fastidiaban y lo

querían. Las peleas con el mayor, Isaac, fueron un buen entrenamiento para sus

peleas a puñetazos. Recibía una paliza casi a diario.

 

Cuando contaba trece años, la tragedia volvió a visitarlos con la muerte de

su tío.

Como se desprende de las estadísticas, su tío no era un exaltado como Max,

sino la clase de persona que se desloma por un sueldo irrisorio sin protestar. Se

lo guardaba todo, se sacrificaba por su familia... y murió de algo que crecía en

su estómago. Algo parecido a una bola de bolera venenosa.

Como suele ocurrir, la familia se reunió alrededor de la cama y fue testigo

de su capitulación.

En  cierto  sentido, entre tanta  tristeza y  dolor, Max  Vandenburg,  en esos

momentos un adolescente de manos endurecidas, ojos oscuros y con un diente

picado, también estaba un  poco  decepcionado, incluso  disgustado. Mientras

veía cómo  su tío  se consumía lentamente en  el lecho, decidió  que él jamás

moriría así.

El rostro del hombre decía a las claras que se había dado por vencido.

A pesar de la furiosa arquitectura del cráneo  —la interminable mandíbula

que se extendía a lo largo de kilómetros, las mejillas saltonas y las simas de los

ojos—, estaba tranquilo y  macilento. Parecía tan sereno que al muchacho le

entraron ganas de preguntar algo.

 

¿Por qué no pelea?, se interrogó.

¿Dónde está la voluntad de seguir adelante?

Cierto, con trece años, tal vez su juicio fuera excesivamente duro. No había

tenido que mirar a la cara a alguien como yo. Todavía no.

Se unió  al corro  alrededor  de la cama y vio  cómo  moría el hombre, cómo

tomaba el desvío seguro de la vida a la muerte. Por la ventana se colaba una luz

gris y anaranjada, como el color de la piel en verano, y su tío pareció aliviado

una vez dejó de respirar para siempre.

—Cuando la muerte venga a por mí, sentirá mi  puño en su cara —juró el

chico.

A mí, personalmente, me gusta. Esa estúpida gallardía.

Sí.

Me gusta mucho.

 

Desde entonces  empezó  a pelear  con mayor  regularidad. Un grupo  de

amigos y enemigos acérrimos se reunía en secreto en Steberstrasse y peleaban

hasta que se hacía de noche. Alemanes arquetípicos, el extraño judío, los chicos

del Este... Tanto  daba. No  había nada mejor  que una buena pelea para

desbravar  el vigor  de la adolescencia. Incluso  a los  enemigos  apenas  los

separaba un paso de la amistad.

 

Le gustaban los corrillos apretados y lo desconocido.

La agridulce sensación de la incertidumbre:

Ganar o perder.

Lo sentía en el estómago, donde rebullía hasta que ya no podía soportarlo

más  y  entonces  el único  remedio  era arrojarse hacia delante y  dar  puñetazos.

Max no era de los que perdiera el tiempo parándose a pensar.

 

Cuando  se ponía nostálgico, su pelea preferida  era el «combate número

cinco» contra un chico alto, fuerte y larguirucho llamado Walter Kugler. Tenían

quince años. Walter había ganado los cuatro asaltos previos, pero esa vez Max

sentía algo distinto. Una nueva savia, que tenía el poder de asustarlo y a la vez

espolearlo, corría por sus venas: la de la victoria.

Como  siempre, un  círculo  cerrado  se apiñaba  a su alrededor. Se

enfrentaban a un suelo polvoriento y a unas sonrisas que se dibujaban en la cara

de los  curiosos. Se enfrentaban a unos  dedos  mugrientos  que sujetaban el

dinero  y  a los  gritos  y  las  voces  llenos  de tal vitalidad que no parecía existir

nada más que aquello.

Dios, cuánto miedo y cuánta dicha reunida al mismo tiempo. Qué bullicio

tan portentoso.

Los dos contrincantes se vieron arrastrados por la pasión del momento, con

sus  rostros  marcados  por  una expresión acentuada por  la tensión. La

concentración se reflejaba en los ojos bien abiertos.

Tras estudiarse mutuamente, empezaron a  acercarse el uno  al  otro, a

asumir  mayores  riesgos. Después  de  todo,  era una pelea  callejera, no  un

combate de una hora por un título. No tenían todo el día.

—¡Vamos, Max! ¡Vamos, Maxi Taxi, ya lo tienes, ya lo tienes, venga, judío,

ya es tuyo, ya es tuyo! —gritó uno de sus amigos sin detenerse a respirar ni un

momento.

El oponente le sacaba una cabeza a Max, un crío bajito de suaves mechones,

nariz rota y ojos cenagosos. El estilo de Max tenía poco de elegante: inclinado

hacia delante, se abalanzaba sobre  el otro  y  le lanzaba rápidos  puñetazos  al

rostro. Kugler, sin duda más fuerte y diestro, permanecía erguido y descargaba

derechazos que siempre alcanzaban las mejillas y la barbilla de Max.

Max siguió atacando.

A pesar del duro castigo que estaba recibiendo, siguió adelante. La sangre

le corría por los labios y pronto se le secaría en los dientes.

El corro bramó cuando cayó al suelo. El dinero ya estaba pasando de unas

manos a otras.

Max se levantó.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Mordió el polvo una vez más antes de cambiar de táctica, para lo que atrajo

a Walter Kugler un poco más cerca de lo que le hubiera gustado. Sin embargo,

ya que lo  tenía allí, Max  le soltó  un  puñetazo  corto  y  directo  en la  cara. Hizo

diana. Justo en la nariz.

Kugler, cegado  de  repente, se tambaleó  hacia atrás  y  Max  aprovechó la

oportunidad que se le presentaba. Lo siguió, se colocó a su derecha y volvió a

golpearlo; le descargó un puñetazo en las costillas. El derechazo que acabó con

Kugler  lo  dirigió  a  la  barbilla. Walter  terminó en  el suelo, con  el pelo  rubio

salpicado  de arena. Tenía las  piernas  separadas  en uve  y  unas  lágrimas, que

parecían de cristal, le resbalaban por la piel a pesar de no estar llorando. Se las

habían arrancado a golpes.

 

El corro se puso a contar.

Siempre contaban, por si acaso. Gritos y números.

Según  la costumbre, tras  un  combate el perdedor  debía levantar  la mano

del vencedor. Cuando  Kugler  consiguió  enderezarse, se acercó  con

resentimiento a Max Vandenburg y alzó su brazo.

—Gracias —dijo Max.

—La próxima vez te mataré —le advirtió Kugler.

 

En  los  años venideros, Max  Vandenburg  y  Walter  Kugler  disputarían un

total de trece asaltos. Walter deseaba vengarse de la primera victoria de Max, y

este ansiaba repetir su momento de gloria. Al final, el marcador quedó en 10 a 3

a favor de Walter.

Pelearon hasta 1933, recién cumplidos  los  diecisiete años. El renuente

respeto se convirtió en sincera amistad, y cesó la necesidad de pelearse. Ambos

encontraron  trabajo,  hasta que en 1935 despidieron a Max  de la fábrica de

ingeniería Jedermann, junto con los otros judíos. Ocurrió poco después de que

entraran en vigor  las  leyes  de Nuremberg, por  las  cuales  se denegaba a los

judíos la ciudadanía alemana y se les prohibía el matrimonio con alemanes.

—Jesús,  esos  sí que eran buenos tiempos,  ¿eh?  —comentó  Walter  una

noche, cuando  se encontraron en el pequeño  rincón donde solían  pelear—.

Estas cosas no pasaban antes. —Le dio una palmada con el revés de la mano a

la estrella que Max llevaba en la manga—. Ahora ya no podríamos pelear como

antes.

—Sí, sí  que podríamos  —lo  corrigió  Max—. No  puedes  casarte con un

judío, pero no hay ninguna ley que prohíba pelearse con uno.

Walter sonrió.

—Seguro que hay una ley que lo premia, siempre que le ganes.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

A partir de entonces fueron viéndose, como mucho, de manera esporádica.

Max se sentía constantemente rechazado y a menudo pisoteado, como el resto

de los judíos, mientras a Walter lo absorbía su trabajo. En una imprenta.

Por si acaso eres de esos a los que les gusta esa clase de detalles, sí, hubo

algunas chicas en aquellos años. Una se llamaba Tania, la otra Hildi. Ninguna

de las dos le duró. No había tiempo, puede que fuera debido a la incertidumbre

y a la presión cada vez más acusada. Max tenía que escarbar entre los desechos

en busca de trabajo. ¿Qué podía ofrecer a las chicas? En 1938 era difícil imaginar

que la vida pudiera empeorar.

Y entonces llegó el 9 de noviembre. Kristallnacht. La Noche de los Cristales

Rotos.

Ese incidente destrozó la vida a muchos de sus amigos judíos; en cambio,

resultó providencial para Max Vandenburg. Tenía veintidós años.

 

Muchos establecimientos  judíos  estaban sufriendo asaltos  y  saqueos

quirúrgicos cuando oyeron el martilleo de unos nudillos en la puerta del piso.

Max se reunió en el comedor junto con su tía, su madre, sus primos y los hijos

de estos.

—Aufmachen!

Intercambiaron una  mirada y  sintieron la  tentación de salir  corriendo a

esconderse en las habitaciones; sin embargo, el temor es una emoción de lo más

extraña: no podían moverse.

De nuevo:

—¡Abran!

Isaac  se levantó  y  se dirigió  a la puerta. La  madera estaba viva, todavía

vibraba por  la paliza que le  acababan de dar. Volvió  la vista hacia los  rostros

visiblemente atemorizados, giró la llave y abrió la puerta.

Como era de esperar, un nazi. De uniforme.

 

—Nunca.

Fue la primera respuesta de Max.

Se aferró  a la mano de su madre y  a la de Sarah, la prima que tenía  más

cerca.

—No me iré. Si no vamos todos, yo tampoco voy.

Mentía.

Cuando  el resto  de la  familia lo  echó a empujones, un  alivio  obsceno le

revolvió las tripas. Era algo que no deseaba sentir y, sin embargo, tanto era el

entusiasmo  que le entraron  ganas  de vomitar. ¿Cómo  podía hacerlo?  ¿Cómo

podía hacerlo?

No obstante, lo hizo.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—No  te lleves  nada, sólo  lo  puesto  —le aconsejó  Walter—. Ya te daré lo

demás.

—Max —lo llamó su madre. La mujer sacó un viejo papel de un cajón y se

lo  metió  en el bolsillo  de  la chaqueta—. Si  alguna vez... —Lo  cogió  por  los

codos, por última vez—. Esta podría ser tu última esperanza.

La miró a la ajada cara y la besó en los labios, con fuerza.

—Vamos. —Walter tiró de él, mientras el resto de la familia se despedía y le

entregaba  dinero  y  objetos  valiosos—. Ahí  fuera es  un  caos  y  eso  es

precisamente lo que necesitamos.

 

Se fueron, sin mirar atrás.

Eso lo torturaba.

Ojalá se hubiera vuelto una última vez hacia su familia cuando abandonaba

el piso. Quizá el sentimiento  de culpabilidad no habría sido  tan hondo. No

hubo última despedida.

No hubo mirada a la que aferrarse.

Sólo hubo partida.

 

Los  dos  años siguientes  permaneció  oculto  en un  almacén vacío  de un

edificio  en el  que Walter  había trabajado  años atrás. La comida escaseaba. La

desconfianza abundaba. Los  judíos  con dinero  que quedaban en el barrio

emigraban. Los judíos sin dinero intentaban emularlos, sin demasiado éxito. La

familia de Max  pertenecía a la última categoría. De vez en cuando, Walter

comprobaba  cómo  estaban, intentando  levantar  las  mínimas  sospechas. Una

tarde, mientras los visitaba, alguien llamó a la puerta.

Cuando Max oyó lo sucedido, sintió que su cuerpo se arrugaba y se hacía

una pelota, como  una página llena de tachones  arrojada  a la papelera. Como

basura.

Sin embargo, día tras  día conseguía estirarse y  alisarse, indignado  y

agradecido. Destrozado, pero no hecho pedazos.

 

A mediados  de 1939,  algo  más  de seis  meses  después  de esconderse,

decidieron que había que tomar nuevas medidas. Analizaron el papel que Max

recibió el día del abandono. Exacto, abandono, no sólo huida. Así era como él lo

veía, sumido  en su esperpéntico  alivio. Ya sabemos qué había escrito  en ese

pedazo de papel:

 

UN NOMBRE, UNA DIRECCIÓN

Hans Hubermann

Himmelstrasse 33, Molching

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

—La cosa se está poniendo fea y  podrían descubrirnos en cualquier

momento  —le comentó  Walter  a Max, que se encogió  en la oscuridad—. No

sabemos lo  que puede ocurrir.                    ¿Y  si  me  cogen?  ¿Y  si  al final tienes  que

encontrar ese lugar...? No me atrevo a pedir ayuda a nadie de por aquí, podrían

delatarme. —Sólo había una solución—. Iré a buscar a ese hombre. Si ahora es

nazi, algo bastante probable, daré media vuelta, pero al menos habremos salido

de dudas, richtig?

Max  le entregó  hasta el último  penique para que pudiera hacer  el viaje y,

pocos  días  después, al regreso  de Walter,  se abrazaron antes  de que este

recobrara el aliento.

—¿Y?

Walter asintió con la cabeza.

—Todo  correcto. Todavía toca el  acordeón del que te habló  tu madre... El

de tu padre. No es miembro del partido, y me dio dinero. —Por entonces, Hans

Hubermann no era más que un listado—. Es bastante pobre, está casado y tiene

una hija.

Eso avivó aun más la curiosidad de Max.

—¿De qué edad?

—Diez años. No se puede tener todo.

—Ya. Los niños suelen irse de la lengua.

—Por ahora tenemos suerte.

Permanecieron unos instantes sentados en silencio. Max lo rompió.

—Debe de odiarme, ¿verdad?

—No creo. Me dio dinero, ¿no? Dijo que una promesa era una promesa.

Una semana después  llegó  una carta en  la que Hans  informaba a Walter

Kugler  de que intentaría enviarle lo  que fuera siempre que pudiera. Contenía

un mapa del tamaño de una página de Molching y del extrarradio de Munich,

además de una ruta directa desde Pasing (la estación de tren más segura) hasta

la puerta de su casa. En la carta, las últimas palabras eran claras: «Ten cuidado».

 

A mediados de 1940 llegó el Mein Kampf con una llave pegada en el interior

de la cubierta.

Max  pensó  que  ese hombre era  un  genio, pero  no  consiguió  reprimir  un

escalofrío  cuando  pensó  en lo  que supondría viajar  hasta Munich. Lo  que

deseaba, junto con todo lo que eso implicaba, era no tener que hacer el viaje.

No siempre se consigue lo que se desea.

Sobre todo en la Alemania nazi.

 

Una vez más, el tiempo pasó.

 

 

 

 

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La guerra se extendió.

Max siguió oculto al mundo en otra habitación vacía. Hasta lo inevitable.

A Walter  le notificaron que iban a enviarlo  a Polonia para reafirmar  la

autoridad alemana, tanto  sobre  los  polacos  como  sobre  los  judíos.  Todos  eran

iguales. Había llegado el momento.

Max viajó a Munich y a Molching, y ahora estaba sentado en la cocina de

un  extraño, solicitándole una ayuda que anhelaba y  sufriendo  por  la condena

que creía merecer.

Hans Hubermann le estrechó la mano y se presentó.

Le preparó un café en la oscuridad.

La niña se había ido hacía un buen rato, pero unos nuevos pasos se habían

acercado a recibirlo. Las cartas ya estaban boca arriba.

La oscuridad los aislaba por completo. Se miraron fijamente. Sólo habló la

mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La ira de Rosa

 

 

 

 

 

Liesel  había retomado  el sueño  cuando  la inconfundible  voz de Rosa

Hubermann irrumpió en la cocina y la despertó del susto.

—Was ist los?

En  esos  momentos  sintió  una irrefrenable curiosidad, mientras  imaginaba

el sermón instigado por la ira de Rosa. Oyó que alguien se movía y arrastraba

una silla.

Al cabo de diez minutos de insoportable disciplina, Liesel salió al pasillo y

lo  que vio  la dejó  maravillada: Rosa Hubermann  estaba junto  a Max

Vandenburg  mirando  cómo  este engullía su  infame sopa de guisantes. Había

una vela sobre la mesa. No se agitaba.

Rosa estaba muy seria.

Su rechoncha figura desbordaba preocupación.

Aunque, en cierto  modo, también tenía una expresión triunfal,  y  no se

trataba del júbilo de haber salvado a otro ser humano de la persecución a la que

estaba sometido, sino de algo parecido a un: «¿Lo ves?, al menos él no se queja».

Su mirada iba de la sopa al judío, y de nuevo a la sopa.

Cuando volvió a hablar, sólo le preguntó si quería más.

Max  declinó la  oferta y  en su lugar  prefirió  salir  corriendo hacia el

fregadero  y  ponerse a  vomitar. Su espalda se convulsionaba. Tenía los  brazos

separados. Sus dedos se aferraban al metal.

—Jesús, María y José —farfulló Rosa—. Otro igual.

Max se volvió y se disculpó con una voz pringosa, apenas audible, corroída

por el ácido.

—Discúlpeme, creo  que he comido  demasiado. Ha pasado  mucho  tiempo

desde la última vez que mi estómago... Creo que no ha podido...

—Sal de ahí —le ordenó Rosa, y se puso a limpiar.

Cuando  terminó, encontró  al joven sentado  a la mesa de la  cocina,

taciturno. Hans estaba enfrente, con las manos entrelazadas sobre la superficie

de madera.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Liesel  alcanzó a ver  desde el pasillo el rostro  demacrado  del forastero  y,

detrás de él, una expresión de preocupación garabateada en el de su madre.

Miró a los que la habían acogido.

 

¿Quiénes eran?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La charla de Liesel

 

 

 

 

 

Definir qué tipo de personas eran Hans y Rosa Hubermann es uno de los

problemas más difíciles de solucionar. ¿Gente amable?  ¿Gente profundamente

ignorante? ¿Gente de salud mental cuestionable?

Definir el aprieto en que se habían metido resultaba más sencillo.

 

LA SITUACIÓN DE HANS

Y ROSA HUBERMANN

Bastante, bastante peliaguda.

De hecho, tremendamente peliaguda.

 

Cuando un judío aparece en tu casa de madrugada, en la mismísima cuna

del nazismo, es  más  que probable que experimentes  niveles  extremos  de

desasosiego. Angustia, incredulidad, paranoia... Todas desempeñan su papel y

todas  desembocan en la secreta sospecha de que las  consecuencias  que

aguardan no son demasiado halagüeñas. El miedo resplandece. Deslumbra.

Por  sorprendente que  parezca, ha de  admitirse que, a  pesar  del  miedo

iridiscente que relucía  en la  oscuridad,  consiguieron controlar  el embate de la

histeria.

Rosa le ordenó a Liesel que se fuera.

—Bett, Saumensch —dijo con voz tranquila, pero firme. Muy poco habitual.

Hans apareció al cabo de unos minutos y retiró las sábanas de la otra cama.

—Alles gut, Liesel? ¿Todo bien, Liesel?

—Sí, papá.

—Como ves, tenemos visita. —Liesel sólo adivinaba el contorno de la talla

de Hans Hubermann en la oscuridad—. Esta noche dormirá aquí.

—Sí, papá.

Minutos después, Max Vandenburg aparecía en la habitación, silencioso y

opaco. El hombre no respiraba. No se movía. Sin embargo, se las ingenió para

salvar la distancia que separaba la puerta de la cama y meterse bajo las sábanas.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—¿Todo bien? —volvió a preguntar Hans, esta vez a Max.

La respuesta salió flotando de sus labios y adoptó la forma de una mancha

en el techo. Tal era la vergüenza que lo embargaba.

—Sí, gracias.

Volvió a repetirlo cuando Hans se dirigió hacia su asiento habitual, junto a

la cama de Liesel. «Gracias.»

Habría de transcurrir una hora para que Liesel se rindiera al sueño. Durmió

larga y profundamente.

 

Una mano la despertó a la mañana siguiente pasadas las ocho y media.

La voz al final de la mano le informó de que aquel día no iría al colegio. Por

lo que le dijeron, estaba enferma.

Cuando se desperezó del todo, miró al extraño de la cama de enfrente. Por

la manta sólo asomaba un arrebujo de pelo aplastado hacia un lado. No hacía

ruido, como si hubiera aprendido a dormir en silencio. Pasó junto a él con sumo

cuidado y siguió a su padre al vestíbulo.

Por primera vez en su vida, la cocina y su madre todavía no habían entrado

en ebullición. Estaban envueltas  en una especie de silencio  inaugural algo

desconcertado. Para alivio de Liesel, sólo duró unos minutos.

 

Se oía el rumor de las bocas masticando.

Rosa anunció las prioridades del día.

—Escucha, Liesel, tu padre va a decirte algo —la informó, sentándose a la

mesa. Aquello iba  en serio, ni  siquiera había utilizado  un  Saumensch, todo  un

reto  personal  de  abstinencia—. Y  quiero  que lo  escuches  con atención, ¿está

claro?

La niña todavía estaba tragando.

—¿Está claro, Saumensch?

Eso estaba mejor.

La niña asintió con la cabeza.

 

Cuando  Liesel volvió  a entrar  en el dormitorio  para coger  su ropa, el

cuerpo de la otra cama se había dado la vuelta y estaba hecho un ovillo. Ya no

era un  tronco  largo, sino  algo  con forma de zeta atravesado  en diagonal.

Zigzagueando la cama.

Le vio el rostro bajo la luz mortecina. Tenía la boca abierta y su tez era del

color  de las  cáscaras  de huevo. Unos  pelillos  le cubrían la  mandíbula y  la

barbilla.  Tenía las  orejas  duras  y  pegadas  al  cráneo, y  la nariz pequeña pero

deformada.

—¡Liesel!

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se volvió.

—¡Mueve el culo!

Lo movió, derecha al lavabo.

 

En  cuanto  se cambió  y  salió  al vestíbulo, se  dio  cuenta de  que no iba a  ir

muy lejos: su padre estaba ante la puerta del sótano, sonriéndole ligeramente.

Encendió la lámpara y la llevó abajo.

 

Hans  la invitó  a que se pusiera cómoda entre las  montañas  de sábanas

viejas  y  el olor  a  pintura. En  las  paredes  refulgían las  palabras  pintadas  que

había aprendido tiempo atrás.

—Tengo que decirte algo.

Liesel se sentó sobre una montaña de un metro hecha con sábanas viejas y

su padre en un  bote de pintura de quince  litros. Hans  estuvo  buscando  las

palabras  unos  minutos. Cuando  por  fin acudieron a él, se levantó  para

entregárselas y se frotó los ojos.

—Liesel, nunca estuve seguro  de si  esto  llegaría a ocurrir, por  eso  no te

hablé... —confesó con voz queda—. De mí. Del hombre de arriba.

Empezó  a pasear  por  el sótano  arriba  y  abajo. La  lámpara ampliaba  su

sombra en la pared y  lo  convertía en un  gigante  que caminaba  de  un  lado al

otro.

Cuando  se detuvo, la sombra  se cernió  sobre él, vigilante. Siempre había

alguien vigilando.

—¿Sabes la historia de mi acordeón? —preguntó, y ahí empezó a contar.

 

Le habló de la Primera Guerra Mundial y de Erik Vandenburg, y luego de

la visita a la mujer del soldado caído.

—El niño que entró  en la habitación  aquel día es  el  hombre de arriba.

Verstehst? ¿Lo entiendes?

La ladrona de libros  escuchaba la historia de Hans  Hubermann.

Transcurrió  una  buena hora hasta que llegó  el momento  de la verdad, que se

tradujo en una obvia y necesaria charla.

—Liesel, escúchame bien.

Su padre la hizo levantar y le cogió la mano.

 

Estaban de cara a la pared.

Formas oscuras, y el ejercicio de las palabras.

 

Hans le apretaba los dedos con fuerza.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—¿Recuerdas el cumpleaños del Führer, cuando volvimos a casa la noche

de la hoguera? ¿Recuerdas lo que me prometiste?

La niña asintió.

—Que guardaría un secreto —contestó a la pared.

—Eso  es. —Las  palabras  pintadas  se distribuían entre las  sombras de las

manos entrelazadas, apoyadas  en sus  hombros, descansando  en sus  cabezas  y

colgándoles de los brazos—. Liesel, si le hablas a alguien del hombre de arriba,

todos  nos veremos en un  serio  aprieto. —Caminaba por  la cuerda floja,

oscilando  entre aterrorizarla hasta los  tuétanos y  tranquilizarla lo  suficiente

para que no perdiera la calma. Le dio de comer las frases y la observó con su

mirada metálica. Desesperación y  serenidad—. A tu madre y  a    se nos

llevarían seguro.

A Hans le preocupaba pasarse de la raya, pero calculó el riesgo y prefirió

equivocarse y pecar de más que de menos. La complicidad de la niña debía ser

absoluta e inequívoca.

 

Acercándose al final,  Hans  Hubermann  miró  a Liesel Meminger  y

comprobó que estuviera atenta.

Le recitó una lista de consecuencias.

—Si le hablas a alguien de ese hombre...

Su profesora.

Rudy.

Daba igual quién fuera.

Lo importante era que todos podían ser castigados.

 

—Para empezar, me llevaré todos y cada uno de tus libros... y los quemaré.

—Qué crueldad—. Los arrojaré a los fogones o a la chimenea. —Actuaba como

un tirano, pero era necesario—. ¿Entendido?

La conmoción abrió un agujero en ella, muy limpio, muy preciso.

Las lágrimas brotaron de sus ojos.

—Sí, papá.

—Siguiente. —Debía mantenerse firme, y tuvo que hacer un gran esfuerzo

para conseguirlo—. Te apartarán de mi lado. ¿Eso te gustaría?

Liesel se echó a llorar en serio.

—Nein.

—Bien. —Le apretó aún más la mano—. Se llevarán a ese hombre y tal vez

a mamá y a mí también... Y nunca, nunca más volveríamos.

Con eso fue suficiente.

La niña se  puso  a  sollozar  tan desesperadamente que Hans  apenas  pudo

refrenar el deseo de atraerla hacia él y estrecharla con fuerza entre sus brazos.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

No  lo  hizo, sino que se agachó y  la miró  a los  ojos  para dejar  escapar  las

palabras más suaves que le había dirigido hasta el momento: Verstehst du mich?

¿Me entiendes?

La niña asintió con la cabeza. Lloraba y, ahora sí, desarmada y deshecha, su

padre la abrazó en el ambiente teñido de pintura y luz de queroseno.

—Lo entiendo, papá, de verdad.

El cuerpo  de su padre amortiguó su voz. Permanecieron abrazados  un

buen rato, Liesel con la respiración entrecortada y  su padre acariciándole la

espalda.

Cuando  subieron, encontraron a Rosa sentada en la cocina,  sola y

pensativa. Se levantó al verlos y le hizo un gesto a Liesel para que se acercara,

reparando en las lágrimas secas que le veteaban la cara. Atrajo a la niña hacia sí

y la envolvió en un rudo abrazo típico de ella.

—Alles gut, Saumensch?

No necesitaba una respuesta.

Todo iba bien.

Pero era terrible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El dormilón

 

 

 

 

 

Max Vandenburg durmió tres días seguidos.

Liesel lo observó durante ciertos pasajes de ese sueño. En realidad podría

decirse que, al tercer  día, mirarlo  y  comprobar  si  seguía respirando  se había

convertido  en una obsesión. Había aprendido a interpretar  las  señales  que le

indicaban que estaba vivo, desde el temblor de los labios y el hormigueo de la

barba  hasta el imperceptible estremecimiento  de sus  cabellos como  ramas

cuando movía la cabeza en medio de una pesadilla.

A menudo, cuando lo vigilaba, la asaltaba la mortificante sensación de que

el hombre se acababa de despertar, que había abierto los ojos de repente y se la

había encontrado, que la veía mirándolo. La idea de que la pillara la torturaba y

la emocionaba por igual. Lo temía. Lo deseaba. Hasta que su madre la llamaba,

era incapaz de apartarse de la cama, aliviada y decepcionada al mismo tiempo

por no estar allí en el momento en que despertase.

 

A veces, cerca ya del final del maratón de sueño, hablaba.

Murmuró una retahíla de nombres. Un repaso a la lista:

Isaac, la tía Ruth, Sarah, mamá, Walter, Hitler.

Familia, amigos, enemigos.

Todos lo acompañaban bajo las sábanas. En cierta ocasión dio la impresión

de estar peleándose consigo mismo.

—Nein —susurró. Lo repitió siete veces—. No.

En una de sus guardias, Liesel empezó a notar las similitudes que existían

entre el extraño y ella. Ambos llegaron muy agitados a Himmelstrasse. Ambos

sufrían pesadillas.

 

Llegado  el momento, se despertó  con el desagradable estremecimiento  de

la desorientación. Abrió la boca un instante después que los ojos y se enderezó,

en ángulo recto.

—¡Ay!

Un retazo de voz se le escapó de la boca.

 

 

 

 

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Cuando  vio  el rostro  de una niña, al revés, encima de él, sintió  una

repentina inquietud  por  la extrañeza del entorno y  se aferró  a los  recuerdos

para descifrar cuándo y dónde estaba sentado. Al cabo de unos instantes, se las

apañó para rascarse la cabeza (un susurro de ramas) y la miró. Sus movimientos

eran fragmentados  y, ahora que los  tenía abiertos, la niña comprobó que sus

ojos eran cenagosos y marrones. Espesos, densos.

Liesel retrocedió en un acto reflejo.

Fue demasiado lenta.

El extraño  sacó  una mano de debajo  de las  sábanas  todavía caliente, y  la

cogió por el brazo.

—Por favor.

Su voz también la atrapó, como si tuviera uñas. Se la clavó en la carne.

—¡Papá! —gritó.

—¡Por favor! —susurró.

Caía la tarde, gris y satinada, pero a la habitación sólo tenía acceso una luz

de color sucio. La tela de las cortinas no permitía más. Si eres de los optimistas,

imagínatela de bronce.

Cuando entró Hans, se quedó en la puerta y vio los dedos agarrotados de

Max Vandenburg y su rostro desesperado. Ambos se negaban a soltar el brazo

de Liesel.

—Veo que ya os conocéis —dijo.

Los dedos de Max empezaron a relajarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El intercambio de pesadillas

 

 

 

 

 

Max Vandenburg prometió que no volvería a dormir en el cuarto de Liesel.

¿En qué estaría pensando la noche que llegó? La sola idea lo martirizaba.

Reflexionó y  concluyó  que únicamente el  desconcierto  que arrastraba

aquella noche lo  había animado  a tomarse tal libertad. Por  lo  que a él

respectaba, el sótano era el único lugar que merecía. Qué más daba el frío y la

soledad. Era judío, y  si algún lugar  le estaba destinado  ese era un  sótano o

cualquier otro rincón escondido donde sobrevivir.

—Lo siento —admitió ante Hans y Rosa, en los escalones del sótano—. De

ahora en adelante me quedaré aquí abajo. No me oirán. No haré ruido.

Hans y Rosa, ambos sumidos en la desesperación por el aprieto en que se

encontraban, no protestaron, ni siquiera conscientes del frío que hacía allí abajo.

Vaciaron los  armarios  de mantas y  llenaron la lámpara de queroseno. Rosa

confesó  que la comida tal vez escaseara, ante  lo  que Max  le suplicó  que le

llevara sólo las sobras, y únicamente cuando nadie más las quisiera.

—Ni hablar —protestó Rosa—, te daré de comer como pueda.

Incluso  bajaron el colchón de la cama  supletoria del dormitorio  de  Liesel.

Lo sustituyeron por sábanas viejas. Un negocio redondo.

 

Hans  y  Max  colocaron el colchón debajo  de los  escalones y  a  un  lado

levantaron una pared con sábanas viejas lo bastante alta para ocultar la entrada

triangular. Así  al menos Max  podía apartarlas  con facilidad si  necesitaba un

poco de aire.

Hans se disculpó.

—Esto es muy triste, lo sé.

—Es mejor que nada, más de lo que me merezco —aseguró Max.

Con varios  botes  de pintura bien dispuestos, Hans  reconoció  que solo

parecía una serie de trastos amontonados en un rincón para que no molestaran.

El único problema era que sólo había que mover unos cuantos botes y retirar un

par de sábanas para oler al judío.

—Esperemos que sea suficiente —suspiró.

 

 

 

 

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—Tendrá que serlo. —Max entró a gatas—. Gracias —repitió.

 

«Gracias.»

Para Max  Vandenburg, quizá esa era la palabra más  penosa que podía

pronunciar, rivalizando  únicamente  con un  «Lo  siento». Sentía una necesidad

acuciante de utilizar ambas expresiones, azuzado por el peso de la culpa.

¿Cuántas  veces, en las  pocas  horas  que llevaba despierto, había  tenido

ganas de salir del sótano y abandonar la casa? Probablemente centenares.

Sin embargo, no era más que una punzada.

Y eso lo hacía aún peor.

Quería salir de allí —Dios, cómo lo deseaba (o al menos quería desearlo)—,

pero sabía que no lo haría. Le recordaba mucho a cómo había abandonado a su

familia en Stuttgart, envuelto en falsa lealtad.

Para vivir.

Vivir era vivir.

El precio era la culpa y la vergüenza.

 

Durante los primeros días en el sótano, Liesel lo ignoró por completo, negó

su existencia. El crujir del pelo y los fríos y resbaladizos dedos. Su atormentada

presencia.

 

Mamá y papá.

Entre ellos se  habían instalado un  montón de decisiones  por  tomar  y  una

gran circunspección.

Se plantearon si podrían llevárselo a otro lado. —Pero ¿adónde?

Sin respuesta.

Estaban solos  y  se sentían atados  de manos. Max  Vandenburg  no  tenía

adonde ir, sólo a ellos, a Hans y a Rosa Hubermann. Liesel nunca los había visto

mirarse tanto o con tanta solemnidad.

Ellos le bajaban la comida y se ocuparon de encontrar un cubo de pintura

para los  excrementos  de Max, de cuyo  contenido  Hans  se deshacía con la

prudencia necesaria. Rosa también le bajó unos cubos de agua caliente para que

se aseara. El judío apestaba.

 

Fuera, el frío aire de noviembre esperaba en la puerta de casa cada vez que

Liesel salía.

Caían chuzos de punta.

Las hojas muertas se desplomaban en la calzada.

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Poco después, a la ladrona de libros le llegó el turno de visita al sótano. La

obligaron.

Bajó los escalones con sumo  cuidado, sabiendo que no eran necesarias las

palabras, pues el roce de los pies era suficiente para despertarlo.

Se quedó esperando en medio del sótano con la sensación de encontrarse en

el centro  de un  enorme campo  crepuscular. El sol se ponía detrás  de una

cosecha de sábanas viejas.

Cuando  Max  salió, llevaba el                      Mein  Kampf  en la mano. A su llegada se lo

había querido devolver a Hans Hubermann, pero este le había dicho que se lo

quedara.

Lógicamente, Liesel, cargada con la comida,  no pudo  quitarle la vista de

encima al libro. Lo había visto varias veces en la BDM, pero ni lo habían leído ni

lo habían utilizado para sus actividades. De vez en cuando hacían referencia a

su importancia  y  les  prometían que  en un futuro  tendrían la  oportunidad de

estudiarlo, a medida que progresaran en las Juventudes Hitlerianas.

Max, siguiendo su mirada, también observó el libro.

—¿Es... ? —susurró Liesel con un extraño y agitado hilo de voz.

El judío acercó la cabeza hacia ella un poco más.

—Bitte? ¿Perdona?

Liesel le tendió  la sopa de guisantes  y, sonrojada, volvió  arriba  a todo

correr, sintiéndose ridícula.

 

—¿Es bueno?

Practicó  lo  que habría querido  decirle ante  el pequeño  espejo  del baño.

Todavía no se había desprendido del olor a orina, ya que Max acababa de usar

el bote de pintura cuando ella bajó. So ein G'schtank, pensó. Qué peste.

La orina de los demás no huele tan bien como la de uno.

 

Los días transcurrieron a trompicones.

Todas  las  noches, antes  de caer  en las  garras  del sueño, oía hablar  a sus

padres en la cocina sobre lo que habían hecho, lo que estaban haciendo y lo que

irremediablemente iba a suceder. La imagen de Max revoloteaba a su lado todo

el tiempo, siempre con la misma expresión  dolida y  agradecida, y  los  ojos

cenagosos.

Sólo una vez hubo un conato de discusión en la cocina.

Papá.

—¡Ya lo sé! —exclamó con voz áspera, aunque consiguió contenerla en un

apresurado  y  apagado  susurro—, pero  tengo  que ir. Al menos unos  días  a la

semana, no puedo estar aquí a todas horas. Necesitamos el dinero y si dejo de

tocar empezarán a sospechar, se preguntarán por qué lo he dejado. La semana

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

pasada les  dije que estabas  enferma, pero  tenemos  que comportarnos como  lo

hemos hecho hasta ahora.

Ahí radicaba el problema.

La vida había dado un  giro  de ciento  ochenta grados  y, sin embargo,  era

esencial que actuaran como si nada hubiera ocurrido.

Imagínate  que tienes  que sonreír  después  de recibir  un  bofetón.  Y  luego

imagínate que tienes que hacerlo las veinticuatro horas del día.

En eso consistía ocultar a un judío.

A medida que los  días  fueron convirtiéndose en semanas, empezó  a

respirarse, aunque sólo  fuera eso, una resignada aceptación de lo  que había

sucedido  hasta el momento: las  consecuencias  de la guerra, un  hombre de

palabra y un acordeón. Además, en el espacio de poco más de medio año, los

Hubermann  habían perdido  un  hijo  y  habían ganado  un  sustituto  que

arrastraba un peligro de proporciones épicas.

Lo que más sorprendía a Liesel era el cambio experimentado en su madre.

Ya fuera por el modo en que calculaba y dividía las raciones o por lo que debía

de costarle amordazar  su afilada lengua, incluso  por  la lisura de su expresión

acartonada, una cosa quedaba clara.

 

UNA VIRTUD DE

ROSA HUBERMANN

Era una mujer de gran valor en momentos difíciles.

 

Incluso cuando la artrítica Helena Schmidt dejó de contar con sus servicios

de colada y plancha un mes después de la llegada de Max a Himmelstrasse, ella

se limitó a sentarse a la mesa y a acercarle el plato.

—Esta noche la sopa me ha salido buena.

La sopa sabía a rayos.

 

Siempre que Liesel se iba al colegio por las  mañanas, o en los días que se

aventuraba a salir  a jugar  al fútbol o  a acabar  la ronda de la colada, Rosa le

decía en voz baja:

—Y, Liesel, recuerda... —Se llevaba un  dedo  a los  labios  y  eso  era todo.

Cuando Liesel asentía, añadía—: Buena chica, Saumensch, ahora, en marcha.

Fiel a la palabra que le había dado a su padre, y ahora además a la dada a

su madre, era una buena chica. Mantenía la boca cerrada allí donde iba. Llevaba

el secreto enterrado muy adentro.

Como  siempre, seguía paseándose por  la ciudad con Rudy, oyéndole

charlar. A veces cambiaban impresiones sobre las divisiones de las Juventudes

Hitlerianas a las que pertenecían, y Rudy le habló por primera vez de un joven

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

y  sádico  cabecilla llamado  Franz  Deutscher. Cuando  Rudy  no  comentaba el

fanatismo de Deutscher, se deleitaba en la marca que él mismo acababa de batir,

amenizándola con interpretaciones  y  recreaciones  del último  gol que se había

apuntado en el estadio de fútbol de Himmelstrasse.

—Que ya lo sé —aseguraba Liesel—. Estaba allí.

—¿Y qué?

—Pues que lo vi, Saukerl.

—¿Y yo qué sabía? Igual estabas tirada en el suelo, mordiendo el polvo que

dejé atrás al marcar.

Tal  vez gracias  a  Rudy  —a su locuacidad, su  cabello  empapado de

limonada y su petulancia— Liesel no perdió la razón.

Rebosaba una confianza infinita en la vida,  que aún tenía por una broma:

una interminable sucesión de goles, robos  y  un  repertorio  interminable de

cháchara banal.

 

Además, también estaba la mujer del alcalde y la lectura en la biblioteca de

su marido. A esas  alturas del año allí  dentro  empezaba a hacer  bastante  frío,

cada vez más  y, a pesar  de todo, Liesel no podía mantenerse alejada. Escogía

varios libros y leía breves párrafos de cada uno, hasta que una tarde encontró

uno  que no pudo  dejar. Se titulaba                 El hombre que  silbaba. En  un  principio, los

encuentros esporádicos con el hombre que silbaba de Himmelstrasse, Pfiffikus,

la llevaron a interesarse por  el libro. Todavía lo  recordaba encorvado  con su

abrigo, y su aparición en la hoguera el día del cumpleaños del Führer.

Lo primero que ocurría en el libro era un asesinato. Un apuñalamiento. Una

calle de Viena. Cerca de la Stephansdom, la catedral de la plaza.

 

BREVE PASAJE DE «EL HOMBRE

QUE SILBABA»

«Estaba tendida en un charco de sangre, asustada, y una

extraña cantinela bailaba en su cabeza. Recordó el cuchillo,

dentro y fuera, y una sonrisa. Como siempre, el hombre que

silbaba había sonreído al huir hacia la oscura y ensangrentada

noche...»

 

Liesel no supo si fueron las palabras o la ventana abierta lo que hizo que se

estremeciera. Cada vez que iba  a entregar  o  a recoger  la colada a casa del

alcalde, leía tres páginas y temblaba, pero no podía seguir así.

Tampoco Max Vandenburg soportaría el sótano mucho más tiempo. No se

quejaba —no tenía derecho a hacerlo—, pero  sentía cómo  empeoraba un  día

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

tras otro, asolado por el frío. Al final, su salvación fue la lectura y la escritura, y

un libro titulado El hombre que se encogía de hombros.

 

—Liesel —la llamó su padre una noche—. Vamos.

Desde la  llegada de Max, Liesel había dejado  de leer  con su  padre, y  era

evidente  que Hans  consideró  que había llegado  el  momento  de retomar  la

costumbre.

—Na, komm —dijo—. No quiero que aflojes el ritmo. Ve a buscar uno de tus

libros. ¿Qué te parece El hombre que se encogía de hombros?

La inquietó  que, al volver  con  el libro  en la  mano, su padre le hiciera un

gesto para que lo siguiera al antiguo taller: el sótano.

—Pero papá, no podemos... —intentó decirle.

—¿Qué? ¿Es que hay monstruos ahí abajo?

Estaban a principios de diciembre y el día había sido gélido. El sótano iba

haciéndose menos acogedor a cada escalón de cemento que bajaban.

—Hace mucho frío, papá.

—Eso no te preocupaba antes.

—Ya, pero nunca había hecho tanto frío...

—¿Te importa que utilicemos la lámpara, por favor? —le preguntó Hans a

Max cuando llegaron.

Asustados, los botes y las sábanas se hicieron a un lado y la luz cambió de

manos. Hans  miró  la  llama y  negó  con  la  cabeza, acompañándola de unas

palabras.

—Es ist ja Wahnsinn, net? Esto es de locos, ¿no? —Antes de que la mano de

dentro  tuviera tiempo  de recolocar  las  sábanas, Hans  la apresó—. Max, sal tú

también, por favor.

Atemorizadas, las  sábanas  viejas  se apartaron a un  lado y  aparecieron el

cuerpo  y  el rostro  demacrados  de Max  Vandenburg. Se estremeció  bajo  la

húmeda luz, con un mágico desasosiego.

Hans le tocó el brazo para que se acercara.

—Jesús, María y José, no puedes seguir aquí abajo, acabarás congelado. —

Se volvió—. Liesel, llena la bañera. No demasiado caliente, hasta que esté tibia.

Liesel subió corriendo.

—Jesús, María y José, volvió a oír desde el vestíbulo.

 

Cuando Max estaba en la bañera del tamaño de una jarra de cerveza, Liesel

pegó  la oreja a la puerta del baño, e imaginó  el agua tibia convirtiéndose  en

vapor  al calentar  su cuerpo  de carámbano. Sus  padres  estaban en el punto

álgido  de una discusión, en el dormitorio  que hacía las  veces  de comedor. La

pared del pasillo retenía los susurros.

 

 

 

 

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—Ahí abajo se morirá, hazme caso.

—Pero ¿y si lo ve alguien?

—No, no, sólo  subirá de noche. Durante el día lo  dejaremos todo  abierto,

como  si  no tuviéramos  nada que esconder. Y  utilizaremos esta habitación en

vez de la cocina. Lo mejor es mantenerse lejos de la puerta de casa.

Silencio.

A continuación, la madre:

—Está bien... Sí, tienes razón.

—Si nos la hemos de jugar por un judío —añadió el padre al cabo de unos

instantes—, preferiría hacerlo por uno vivo.

Y a partir de ese momento se estableció una nueva rutina.

 

Todas  las  noches  encendían la  chimenea en la habitación de los  padres  y

Max aparecía, en silencio. Se sentaba en un  rincón, encogido y  desconcertado,

seguramente por  la bondad  de esa gente, por  el reconcomio  de haber

sobrevivido y, sobre todo, por el resplandor del calor.

Con las  cortinas  cerradas  a cal y  canto, dormía  en el suelo  con un cojín

debajo de la cabeza mientras el fuego se extinguía y se convertía en cenizas.

Por la mañana regresaba al sótano.

Un humano sin voz.

La rata judía de nuevo en su agujero.

 

La Navidad pasó  y  dejó  atrás  el tufo  de  un  nuevo  peligro. Tal  como

imaginaban, Hans  hijo  no apareció  por  casa (un  alivio, aunque  también una

decepción que no presagiaba nada bueno), pero  Trudy se presentó  como

siempre. Por suerte, todo fue como la seda.

 

LAS CUALIDADES DE LA SEDA

Max permaneció en el sótano.

Trudy entró y salió sin sospechar nada.

 

Decidieron que a pesar  del afable carácter  de Trudy no podían confiar  en

ella.

—Sólo confiaremos en quien tengamos que confiar —sentenció Hans—, es

decir, en nosotros tres.

Hubo más comida de lo habitual y se disculparon ante Max porque no era

una fiesta de su religión, aunque  para ellos se trataba sobre  todo  de una

costumbre.

Max no protestó.

¿Qué razones iba a aducir?

 

 

 

 

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Explicó que era judío de nacimiento, que lo habían educado como tal, pero

también,  y  entonces  más  que  nunca, que  el judaísmo  no dejaba de ser  una

etiqueta, la peor suerte con que uno puede tropezarse.

Asimismo, aprovechó la ocasión para comunicarles  que lamentaba que el

hijo de los Hubermann no hubiera acudido. En respuesta, Hans le dijo que esas

cosas no se podían controlar.

—Después de todo, tú ya deberías saberlo, los jóvenes siguen siendo niños

y los niños a veces tienen derecho a ser cabezotas.

Lo dejaron ahí.

 

Max permaneció mudo las primeras semanas ante la chimenea. Ahora que

disfrutaba de  un  buen baño semanal,  Liesel se fijó  en que su cabello había

dejado de ser un nido de ramas y se había convertido en un montón de plumas

flotando  sobre  su cabeza. Todavía intimidada por  el extraño, le susurró  a su

padre:

—Es como si tuviera el pelo de plumas.

—¿Qué?

El fuego había sofocado sus palabras.

—Digo  que parece que tuviera el pelo  de plumas... —volvió  a murmurar,

inclinándose hacia él.

Hans Hubermann lo miró y asintió con la cabeza, dándole la razón. Estoy

segura de que Hans habría deseado tener los ojos de la niña. No se percataron

de que Max lo había oído todo.

De vez en cuando se subía el ejemplar del Mein Kampf y lo leía junto a las

llamas, hirviendo de indignación. En la tercera ocasión, Liesel por fin reunió el

valor suficiente para hacerle la pregunta.

—¿Es... bueno?

Max  la  miró, apretó  el  puño y  volvió  a abrir  la mano. Alejada la  rabia, le

sonrió. Se retiró hacia atrás el flequillo plumoso de los ojos.

—Es el mejor libro que he leído en mi vida. —Miró a Hans y de nuevo a la

niña—. Me salvó la vida.

Liesel se acercó un poco más y cruzó las piernas. En voz baja, le preguntó:

—¿Cómo?

 

Así comenzó un ciclo narrativo, cada noche en el comedor. La voz nunca se

elevaba más  que lo  justo  para  oírse. Las  piezas  del puzzle de un  púgil judío

empezaron a encajar ante sus ojos.

A veces la voz de Max Vandenburg rezumaba humor, aunque estaba hecha

de una materia rasposa, como una piedra restregada con suavidad contra una

roca. En algunos lugares no tocaba fondo y se consumía con el áspero vaivén, a

 

 

 

 

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veces  despedazándose por  completo. Era abisal cuando  hablaba  de

arrepentimiento y se desgajaba al final de un chiste o cuando se menospreciaba.

«Por los clavos de Cristo», era la expresión más común en las historias de

Max Vandenburg, seguida generalmente de una pregunta.

 

EL TIPO DE PREGUNTAS

¿Cuánto tiempo estuviste en esa habitación?

¿Dónde está ahora Walter Kugler?

¿Sabes lo que le ocurrió a tu familia?

¿Adónde iba la mujer que roncaba?

¡Un marcador en contra de 10 a 3!

¿Por qué te seguías peleando con él?

 

Tiempo  después, cuando  Liesel rememoraba esa época de su vida, las

noches  en el comedor  se contaban  entre los  recuerdos  más  vividos  que

conservaba. Todavía veía la luz abrasadora en el rostro de cáscara de huevo de

Max, incluso  saboreaba el regusto  humano  de sus  palabras. El judío  fue

relatando los episodios de su supervivencia, como si se cortara cada uno de los

pedazos y los presentara en un plato.

 

—Soy  un  egoísta. —Al decirlo, se cubrió  el rostro  con el  brazo—.

Abandonar a mi gente, venir aquí, ponerlos en peligro... —Dejó que saliera todo

y empezó a suplicarles. En el rostro llevaba marcados los bofetones del dolor y

la desolación—. Lo  siento. Créanme, por  favor.  ¡Lo  siento  mucho, lo  siento

mucho, lo...!

Tocó el fuego con el brazo y lo retiró al instante.

Todos lo miraron en silencio, hasta que Hans se levantó y se acercó a él. Se

sentó a su lado.

—¿Te has quemado el codo?

Una noche, Hans, Max  y  Liesel estaban  sentados  ante  la chimenea. Rosa

estaba en la cocina. Max leía de nuevo Mein Kampf.

—¿Sabes  qué?  Ahí  donde la ves, a Liesel le gusta leer  —comentó  Hans,

inclinándose hacia el fuego. Max bajó el libro—. Y tenéis en común más de lo

que crees. —Hans  se aseguró  de que Rosa no los  oyera—. A ella  también le

gustan las peleas a puñetazos.

—¡Papá! —Apoyada contra la pared, Liesel, a punto de cumplir doce años,

aunque flaca como un palillo, se quedó anonadada—. ¡Nunca me he metido en

peleas!

 

 

 

 

 

 

 

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—Shhh... —Hans se echó a reír. Le hizo un gesto con las manos para que no

levantara la voz y volvió a inclinarse, esta vez hacia la chica—. Bueno, ¿y qué

me dices de la paliza que le diste a Ludwig Schmeikl, eh?

—Yo nunca... —La habían pillado, inútil negarlo—. ¿Cómo lo sabes?

—Vi a su padre en el Knoller.

Liesel  se  llevó  las  manos a la cara. Cuando  las  retiró, hizo  la pregunta

decisiva.

—¿Se lo has contado a mamá?

—¿Estás de guasa? —Le guiñó un ojo a Max y le susurró a la niña—: Sigues

viva, ¿no?

 

Esa noche también fue la primera vez desde hacía meses que Hans tocó el

acordeón  en casa. Sólo  después  de  una media hora se atrevió  a preguntarle a

Max:

—¿Aprendiste a tocar?

El rostro del rincón contemplaba las llamas.

—Sí. —Se hizo un largo silencio—. Hasta los nueve años. Luego mi madre

vendió  el estudio  de  música y  dejó  de enseñar. Sólo  se quedó  con un

instrumento, y me dejó por imposible poco después de que me negara a seguir

aprendiendo. Era un atontado.

—No —protestó Hans—, eras un crío.

 

Por  las  noches,  tanto  Liesel  Meminger  como  Max  Vandenburg  se

entregaban a eso  otro  que compartían. Tenían pesadillas  y  se  despertaban en

habitaciones  distintas,  una con un  chillido que ahogaban las  sábanas  y  el otro

jadeante, en busca de aire, junto a un fuego humeante.

A veces, cuando  Liesel leía con su padre, cerca ya de las  tres  de la

madrugada, oían que Max se despertaba.

—Sueña como tú —decía Hans.

En una ocasión, azuzada por la angustia de Max, Liesel decidió salir de la

cama. Imaginaba muy bien lo que el joven veía en sus sueños gracias a lo que

Max les había desvelado de su historia, aunque ignoraba qué escena lo visitaba

cada noche.

Atravesó el vestíbulo sin hacer ruido y entró en el comedor dormitorio.

—¿Max?  —preguntó  con un  suave  susurro, empañado  por  una garganta

somnolienta.

Al principio no oyó ninguna respuesta, pero Max se enderezó y buscó en la

oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

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Hans  seguía en el dormitorio  de Liesel y  ella se sentó  delante de Max, al

otro  lado  de la chimenea. Detrás  de ellos,  Rosa dormía escandalosamente.

Dejaba a la roncadora del tren a la altura del betún.

El fuego no era más que un funeral de humo, muerto y moribundo a la vez.

Esa mañana en concreto también se oyeron unas voces.

 

EL INTERCAMBIO DE PESADILLAS

La niña: Dime, ¿qué ves cuando tienes esos sueños?

El judío:... Me veo a mí mismo volviéndome y

despidiéndome.

La niña: Yo también tengo pesadillas.

El judío: ¿Qué ves?

La niña: Un tren y a mi hermano muerto.

El judío: ¿Tu hermano?

La niña: Murió cuando vine a vivir aquí, por el camino.

La niña y el judío, al unísono: Ja, sí.

 

Sería bonito  decir  que  después  de este pequeño  avance,  ni  Liesel  ni  Max

volvieron a tener  pesadillas. Sería bonito, pero  mentira. Las  pesadillas  los

seguían visitando  como  siempre; igual  que cuando  oyes  rumores  de que el

mejor  jugador  del equipo  contrario  se ha lesionado  o  está enfermo  y  te lo

encuentras allí, calentándose con el resto de sus compañeros, listo para salir al

campo. O como un tren nocturno llegando a su hora a la estación, tirando de los

recuerdos  que lleva atados  a una cuerda, tras  mucho arrastrar  y  traquetear

torpemente.

Lo único que cambió fue que Liesel le aseguró a su padre que ahora ya era

lo bastante mayor para enfrentarse ella sola a los sueños. Por un instante, Hans

pareció  ligeramente ofendido, pero  como  era habitual  en él, puso  todo  su

empeño en decir lo más acertado.

—Bueno, gracias a Dios. —Esbozó una sonrisa—. Al menos ahora dormiré

como es debido, esa silla me estaba matando

Abrazó a la niña y entraron en la cocina.

 

Con el tiempo, una clara distinción se impuso  entre dos  mundos  muy

diferentes: el mundo en el interior del número treinta y tres de Himmelstrasse y

el que se encontraba y cambiaba en el exterior. El truco estaba en mantenerlos

separados.

Liesel estaba aprendiendo a descubrir  algunas  de las  posibilidades  del

mundo exterior. Una tarde, cuando volvía a casa con una bolsa de colada vacía,

 

 

 

 

 

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se fijó en un periódico que asomaba por un cubo de basura. La edición semanal

del Molching Express. Lo cogió y se lo llevó a casa para dárselo a Max.

—Pensé que te gustarían los crucigramas —dijo—, para matar el tiempo.

Max  le agradeció  el gesto  y, para justificar  que lo  hubiera llevado  hasta

casa, leyó  el periódico  de cabo  a rabo  y  unas  horas  más  tarde le enseñó la

cuadrícula con todas las casillas rellenadas menos una.

—Maldita sea la diecisiete vertical.

 

En febrero de 1941, Liesel recibió un libro usado el día en que cumplió los

doce años. No cabía en sí de agradecimiento. Se titulaba Los hombres de barro y

trataba de un  padre y  un  hijo  muy raros. Abrazó  a sus  padres  mientras  Max

permanecía en un rincón, incómodo.

—Alles  Gute zum Geburtstag. —Esbozó  una tímida sonrisa—. Feliz

cumpleaños. —Tenía las  manos metidas  en los  bolsillos—. No  lo  sabía; si  no,

podría haberte regalado algo.

Una flagrante  mentira, pues  no tenía nada que regalar, salvo, tal  vez, el

Mein  Kampf, y  bajo  ningún  concepto  iba  a  entregar  ese tipo  de propaganda a

una joven alemana. Habría sido  como  si  el cordero  le acercara el  cuchillo  al

carnicero.

Se hizo un incómodo silencio.

Liesel había abrazado a sus padres.

Max parecía muy solo.

 

Liesel tragó saliva.

 

Y se acercó a él y lo abrazó por primera vez.

—Gracias, Max.

Al principio, él se limitó  a quedarse inmóvil, pero  a medida que ella lo

estrechaba entre sus brazos Max fue alzando las manos poco a poco y le apretó

los omóplatos con suavidad.

Tiempo después Liesel descubriría que, en ese momento, una expresión de

desamparo  había cubierto  el rostro  de Max Vandenburg. También  descubriría

que fue entonces  cuando  él decidió  darle algo  a cambio. A menudo  me lo

imagino esa noche tumbado en la cama, pensando qué podría regalarle.

Al final le hizo un regalo de papel una semana después.

Se lo  daría de madrugada, antes  de descender  los  escalones de cemento

para retirarse a lo que entonces le gustaba considerar su hogar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las páginas del sótano

 

 

 

 

 

Mantuvieron a Liesel alejada del sótano a toda costa durante una semana.

Sus padres se encargaron de bajarle la comida a Max.

—No,                      Saumensch —contestaba la madre cada vez que Liesel se prestaba

voluntaria. Siempre había una excusa—. ¿Por qué no haces algo útil aquí arriba

por una vez? Puedes acabar de planchar. ¿Crees que ir de reparto por la ciudad

es tan importante? ¡Ponte a planchar y verás!

Cuando  se tiene una reputación como  la de Rosa, una se puede permitir

toda clase de triquiñuelas poco limpias. Funcionó.

 

Durante esa semana, Max había arrancado varias páginas de Mein Kampf y

las había blanqueado con una capa de pintura. A continuación las había tendido

en unas cuerdas de un extremo a otro del sótano, sujetándolas con pinzas. Una

vez que estuvieron bien secas, empezó  la parte difícil.  Contaba con los

rudimentos  suficientes  para apañárselas, pero  desde luego  no era escritor  ni

artista. A pesar de ello, enhebró las palabras en su mente hasta que consiguió

repetirlas sin equivocarse. Sólo entonces empezó a trasladar la historia al papel,

que se había abombado por la tensión del proceso de secado de la pintura. Se

ayudó de un pequeño pincel negro.

 

El vigilante.

 

Calculó que necesitaría trece páginas, así que blanqueó cuarenta, previendo

cometer el doble de meteduras de pata que de aciertos. Dibujó varias versiones

en las  páginas  del                  Molching Express  a modo  de prueba para mejorar  las

rudimentarias  y  torpes  ilustraciones  y  conseguir  algo  aceptable. Mientras

trabajaba, oía los susurros de una niña. «Es como si tuviera el pelo de plumas.»

Cuando terminó, utilizó un cuchillo para agujerear las hojas y las unió con

un cordel. El resultado fue un librito de trece páginas que decía así:

 

 

 

 

 

 

 

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A finales de febrero, cuando Liesel se despertó de madrugada, una figura

entró sigilosa en la habitación. Se parecía mucho a una sombra silenciosa, cosa

muy habitual en Max.

Escudriñando  la  oscuridad,  Liesel sólo  notó  que el hombre se acercaba a

ella.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

 

Sólo  los  separaba el ligero  rumor  de sus  pisadas  al acercarse a la cama y

dejar  las  páginas  en el suelo, cerca de los  calcetines  de Liesel. Las  hojas

crujieron. Ligeramente. Uno de los bordes se curvó hacia el suelo.

—¿Hola?

Esta vez sí hubo respuesta.

Aunque Liesel no consiguió adivinar el punto exacto del que provenían las

palabras, lo  importante es  que  llegaron hasta ella. Llegaron y  se arrodillaron

junto a su cama.

—Un regalo  de cumpleaños  con retraso.  Míralo por  la mañana. Buenas

noches.

 

Durante un rato osciló entre el sueño y la vigilia sin saber si había soñado la

presencia de Max.

Por la mañana, cuando despertó y rodó sobre sí misma para darse la vuelta,

vio las hojas en el suelo. Alargó la mano y las recogió, mientras oía susurrar el

papel entre sus manos todavía adormiladas.

«Toda mi vida he tenido miedo de los hombres que me vigilaban...»

Las  hojas  crujían  al pasarlas, como  si el  relato  estuviera cargado  de

electricidad estática.

«Me dijeron que tres días y... ¿qué me encontré al despertar?»

Las páginas arrancadas del Mein Kampf estaban amordazadas, se asfixiaban

bajo la pintura a medida que iba pasándolas.

«Por eso he comprendido que el mejor vigilante que he conocido...»

Liesel leyó y releyó el regalo de Max Vandenburg tres veces, fijándose cada

vez en una línea o palabra distinta escrita con pincel. Cuando acabó de leer por

tercera  vez,  se levantó  de la cama haciendo el menor  ruido  posible y  fue a  la

habitación de sus padres. El lugar asignado junto a la chimenea estaba vacío.

Pensándolo bien, se dio cuenta de que era más apropiado, o incluso mejor,

perfecto, agradecérselo en el lugar en el que las páginas habían sido creadas.

Bajó  las  escaleras  del sótano. Vio  una foto  imaginaria enmarcada  que se

filtraba en la pared: un secreto compartido con una silenciosa sonrisa.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Sólo eran unos metros, pero había un largo paseo hasta las sábanas viejas y

la serie de botes de pintura que escondían a Max Vandenburg. Apartó las telas

más  cercanas  a la pared hasta abrir  un  pequeño  pasillo por  el que asomar  la

cabeza.

Lo primero que vio fue un hombro. Poco a poco, con mucho cuidado, fue

introduciendo la mano por  el estrecho resquicio  hasta apoyarla sobre  el

hombro. Sus ropas estaban frías. No se despertó.

Notó  su respiración y  el hombro,  que subía y  bajaba con una suavidad

apenas perceptible. Se lo quedó mirando. Luego se sentó y se apoyó contra la

pared.

Tuvo la sensación de que un aire somnoliento la había seguido.

Las  palabras  garabateadas  durante  sus  ejercicios  de lectura resplandecían

en la pared en toda su magnificencia, junto a la escalera, irregulares, infantiles y

melodiosas. Vigilaron el sueño de ambos, el del judío oculto y el de la niña con

la mano sobre el hombro de él.

Respiraron.

Pulmones alemanes y judíos.

Junto a la pared descansaba El vigilante, entumecido y satisfecho, como un

encantador hormigueo a los pies de Liesel Meminger.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

QUINTA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre que silbaba

 

 

 

Presenta:

 

 

 

un libro flotante — los jugadores — un pequeño fantasma — dos cortes de pelo

— las juventudes de Rudy — perdedores y bocetos — un hombre que silbaba y

unos zapatos — tres estupideces — y un niño asustado con las piernas

congeladas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El libro flotante (parte I)

 

 

 

 

 

Un libro bajaba flotando por el río Amper.

Un niño se zambulló, lo atrapó y lo agitó en el aire. Sonreía de oreja a oreja.

Esperaba, hundido hasta la cintura en las gélidas aguas de diciembre.

—¿Y ese beso, Saumensch? —preguntó.

El aire a su alrededor  era de un  frío  cautivador, extraordinario  y

nauseabundo, por no hablar del atenazante dolor provocado por el abrazo del

agua, que se iba apelmazando desde los dedos de los pies hasta las caderas.

 

PEQUEÑO AVANCE SOBRE

RUDY STEINER

No merecía morir como murió.

 

Al imaginarlo, ves  los  márgenes  empapados del papel todavía pegados  a

sus dedos, ves un tembloroso flequillo rubio y, anticipándoos, concluyes, como

lo haría yo, que Rudy murió ese mismo día de hipotermia. Pues no. Esta clase

de recuerdos no hacen más que demostrarme que no merecía lo que la suerte le

deparó menos de dos años después.

Llevarse a un  chico  como  Rudy podría considerarse un  robo por  diversos

motivos  —tanta vida por  delante, tantas  razones  por  las  que vivir—  y, sin

embargo, estoy segura de que le habría encantado ver los horribles escombros y

la hinchazón del cielo la noche en que murió. Si hubiera podido ver arrodillada

a la ladrona de libros junto a su cuerpo diezmado, habría gritado de alegría y

girado sobre sí mismo y sonreído. Le habría encantado contemplarla besándole

los polvorientos labios devastados por las bombas.

Sí, lo sé.

En  la profunda oscuridad de mi  corazón de siniestros  latidos, lo  sé. Le

habría gustado, sin duda.

¿Lo ves?

Hasta la muerte tiene corazón.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los jugadores (un dado de siete caras)

 

 

 

 

 

Discúlpame, qué maleducada, te estoy destripando el final, y no sólo el de

la novela, sino también el de esta parte en concreto. Te he  adelantado  dos

acontecimientos  porque no tengo  ningún  interés  en ahondar  en el misterio. El

misterio me aburre, es una lata. Todos sabemos ya qué va a ocurrir. Las intrigas

que nos empujan hasta el final son las que me inquietan, me desconciertan, me

pican la curiosidad y me asombran.

Quedan muchas cosas en las que pensar.

Queda mucha historia.

Sí, tenemos un libro titulado El hombre que silbaba, del que hablaremos largo

y tendido, sin olvidar cómo acabó arrastrado por la corriente del Amper antes

de la Navidad de 1941. Primero deberíamos tratar todo esto, ¿no crees?

 

Decidido, entonces.

Vamos allá.

 

Todo empezó con el juego. Ocultar a un judío es lanzar los dados, y así es

como se vive. Así es como se ve:

 

 

El corte de pelo: mediados de abril de 1941

 

La vida empezaba a imitar la normalidad con mayor ahínco:

Hans  y  Rosa Hubermann  discutían en  el comedor, aunque no armaran

tanto escándalo como antes. Liesel, como de costumbre, era espectadora.

La discusión se originó la noche anterior, en el sótano, donde Hans y Max

compartían botes  de pintura, palabras  y  sábanas  viejas. Max  preguntó  si  Rosa

podía cortarle el pelo en algún momento. «Me tapa los ojos», dijo Max, a lo que

Hans respondió: «Ya veré lo que puedo hacer».

Rosa estaba rebuscando en los cajones. Lanzaba sus palabras a Hans con el

resto de los trastos.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—¿Dónde estarán esas malditas tijeras?

—¿No están en el de abajo?

—Ya lo he mirado.

—Igual no las has visto.

—¿Acaso estoy ciega? —Levantó la cabeza y vociferó—: ¡Liesel!

—Estoy aquí.

Hans se encogió.

—¡Carajo, mujer, déjame sordo, anda!

—A callar,  Saukerl. —Rosa se dirigió  a  la niña sin  dejar  de revolver  el

cajón—. Liesel,  ¿dónde están las  tijeras?  —Sin embargo, Liesel  tampoco  lo

sabía—. Saumensch, mira que eres inútil.

—Déjala en paz.

Se cruzaron varias palabras más, de la mujer del cabello elástico al hombre

de ojos plateados, hasta que Rosa cerró el cajón de un golpetazo.

—De todos modos, seguramente lo dejaré lleno de trasquilones.

—¿Trasquilones?  —A esas  alturas, Hans  estaba a punto  de arrancarse los

pelos, pero convirtió su voz en un susurro apenas perceptible—. ¿Quién narices

va a verlo?

Hizo ademán de añadir algo más, pero lo distrajo la presencia plumífera en

la puerta de Max Vandenburg, cohibido, educado. Max llevaba en la mano sus

propias  tijeras. Adelantó  un  paso  y  se las  tendió  a la niña  de doce años, ni  a

Hans  ni  a Rosa. Liesel  parecía la opción más  sensata. Los  labios  le temblaron

unos instantes antes de preguntar:

—¿Te importaría?

Liesel cogió las tijeras y las abrió. Estaban oxidadas y brillaban en algunas

partes. Se volvió  hacia  su padre y, cuando  este asintió  con la cabeza, siguió  a

Max al sótano.

El judío se sentó en un bote de pintura. Llevaba una sábana pequeña sobre

los hombros.

—Todos los trasquilones que quieras —la tranquilizó.

Hans tomó asiento en los escalones.

Liesel levantó los primeros mechones de cabello de Max Vandenburg.

Al tiempo  que cortaba las  plumosas  hebras, se maravillaba del ruido  que

hacían las tijeras, y no era el de los tijeretazos, sino el del chirrido de las hojas

metálicas al cercenar cada mata de pelo.

En cuanto acabó el trabajo, riguroso en algunas zonas, un poco tortuoso en

otras, subió  la escalera con el cabello en las  manos y  alimentó  la caldera.

Encendió  una  cerilla y  contempló cómo  la maraña mermaba y  se  marchitaba,

anaranjada y rojiza.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Max  estaba de nuevo  en la puerta, esta vez en lo  alto  de la escalera del

sótano.

—Gracias, Liesel —dijo  con voz  profunda y  ronca, timbrada con una

sonrisa oculta.

En cuanto acabó de decirlo volvió a desaparecer, de vuelta al sótano.

 

 

El periódico: principios de mayo

 

—Hay un judío en mi sótano.

—Hay un judío. En mí sótano.

Liesel Meminger  oyó  esas  palabras  tumbada en el suelo  de  la habitación

llena de libros  del alcalde, con la bolsa de la colada a un  lado. La figura

fantasmal de la mujer del alcalde se sentaba, encorvada como un borracho, ante

el escritorio. Delante de ella, Liesel leía El hombre que silbaba, páginas veintidós y

veintitrés. Levantó la vista. Se imaginó acercándose, apartándole con suavidad

un  mechón de pelo  sedoso  y  murmurándole al oído: «Hay un  judío  en mi

sótano».

El secreto  se instaló en su boca mientras  el libro  bailaba en su regazo. Se

puso cómodo. Cruzó las piernas.

—Debería irme a casa.

Esta vez lo dijo en voz alta. Le temblaban las manos. A pesar del asomo de

sol en el horizonte, una suave brisa entraba por la ventana abierta, acompañada

de la lluvia, que se colaba como si fuera serrín.

La mujer  arrastró  la silla y  se acercó  cuando  Liesel devolvió  el libro  a su

sitio. Siempre acababan así. Las  delicadas  ojeras  con arrugas se hincharon un

instante al alargar la mano y volver a sacar el libro.

Se lo ofreció a la niña.

Liesel lo rechazó.

—No, gracias  —dijo—, ya tengo  muchos libros  en casa. Tal  vez en otro

momento. Es que estoy releyendo uno con mi padre; ya sabe, el que robé en la

hoguera.

La mujer  del  alcalde asintió  con la cabeza. Si  había que concederle  algo  a

Liesel  Meminger  era que nunca robaba  sin venir  a cuento: sólo  hurtaba libros

cuando creía que era necesario y, por el momento, estaba servida. Había leído

Los hombres de barro            cuatro  veces  y  estaba disfrutando  su reencuentro  con   El

hombre que se encogía  de hombros. Además, todas  las  noches  antes  de irse a la

cama abría un manual infalible para llegar a ser un buen sepulturero. Enterrado

en lo más hondo de su ser moraba El vigilante. Musitaba las palabras y tocaba

los pájaros. Volvía las crujientes páginas lentamente.

—Adiós, frau Hermann.

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Salió de la biblioteca, atravesó el vestíbulo de tablas de madera y salió a la

monstruosa entrada. Como de costumbre, esperó un momento en los escalones,

mirando  la ciudad que se extendía a  sus  pies. Esa noche Molching estaba

cubierta por  una bruma amarillenta, que acariciaba  los  tejados  como  si  fueran

sus mascotas y rebosaba las calles como si fueran bañeras.

Una vez en Münchenstrasse, la ladrona de libros fue esquivando hombres y

mujeres parapetados bajo sus paraguas: una niña vestida de lluvia que saltaba

sin complejos de un cubo de basura al otro. Como un reloj.

—¡Ajá!

Regaló su risa a las  cobrizas  nubes  para celebrarlo, antes  de rebuscar  y

rescatar el periódico destrozado. Aunque por la portada y las últimas páginas

rodaban lágrimas  negras  de tinta, lo  dobló  con cuidado  por  la mitad y  se lo

metió  bajo  el brazo. Así  lo  había hecho todos  los  jueves  durante los  últimos

meses.

El jueves era el único día que Liesel Meminger tenía libre y, por lo general,

solía rendirle algún tipo de dividendo. Nunca conseguía sofocar la sensación de

victoria cuando  encontraba el                 Molching Express o  cualquier  otra publicación,

porque hallar  un  periódico  significaba  tener  un  buen día.  Si se trataba de un

periódico  con el crucigrama intacto, era un  día genial. Entonces  volvía a casa,

cerraba la puerta tras ella y se lo bajaba a Max Vandenburg.

—¿El crucigrama? —preguntaba él.

—Sin hacer.

—Excelente.

El judío sonreía al aceptar el paquete de papel y empezaba a leerlo bajo la

escasa  luz del  sótano. A menudo, Liesel  lo  observaba mientras  Max  se

concentraba en la lectura del diario, completaba el crucigrama, y luego volvía a

leerlo de cabo a rabo.

Con la llegada de  temperaturas más  agradables, Max  se quedó  abajo.

Durante el día dejaban abierta la puerta del sótano para que le llegara un poco

de claridad desde el  pasillo. No  es  que  el vestíbulo  estuviera bañado  de luz

precisamente, pero  uno  se conforma con cualquier  cosa en  según  qué

circunstancias. Una luz mortecina era mejor que nada; además, tenían que ser

austeros. El queroseno todavía no se había acercado  a un  nivel tan  bajo  como

para preocuparse, pero lo mejor era consumir el mínimo posible.

Liesel solía sentarse sobre unas sábanas viejas y leía mientras Max acababa

los crucigramas. Los separaban varios metros, hablaban muy de vez en cuando

y sólo se oía el crujido de las hojas al pasar. También le dejaba sus libros para

que los  leyera mientras  ella iba  al colegio.  Si  a Hans  Hubermann  y  a Erik

Vandenburg los acabó uniendo la música, Max y Liesel lo estaban por la muda

recopilación de palabras.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Hola, Max.

—Hola, Liesel.

Se sentaban y leían.

Ella lo  observaba a veces, y  decidió  que la mejor  manera  de definirlo  era

con una imagen de pálida concentración: piel de color  beige, una ciénaga en

cada ojo  y  respiración de fugitivo, desesperada pero  muda. Lo  único  que

delataba que estaba vivo era su pecho.

Cada vez más  a menudo, Liesel cerraba los  ojos  y  le pedía a Max  que le

preguntara las palabras que no le salían. Si aun así seguían resistiéndosele, se le

escapaba una palabrota, se levantaba y las pintaba en la pared, una y otra vez.

Juntos, Max Vandenburg y Liesel Meminger aspiraban los vapores de la pintura

y el cemento.

—Adiós, Max.

—Adiós, Liesel.

En  la cama, despierta, lo  imaginaba en el sótano. En  sus  imágenes

nocturnas, siempre dormía completamente  vestido, zapatos  incluidos, por  si

acaso tenía que volver a salir huyendo. Dormía con un ojo abierto.

 

 

El hombre del tiempo: mediados de mayo

 

Liesel abrió la puerta y la boca al mismo tiempo.

Su equipo había dado una paliza al de Rudy por 6 a 1 en Himmelstrasse,

por  lo  que irrumpió  triunfante  en la cocina  para anunciar  a sus  padres  que

había marcado un gol. A continuación, bajó al sótano como una exhalación para

contárselo a Max con pelos y señales. El hombre dejó el periódico y la escuchó

atento, riendo con ella.

Nada más  acabar  de relatar  la  historia del gol, el silencio  se impuso  entre

ellos hasta que Max levantó la vista, lentamente.

—Liesel, ¿me harías un favor?

Todavía exaltada por  el gol de Himmelstrasse, la niña se levantó  de un

salto  sin  decir  nada, aunque el gesto  manifestó  a las  claras  su disposición a

hacer lo que le pidiera.

—Lo sé todo sobre el gol, pero no sé qué día hace ahí arriba —dijo—. No sé

si has marcado bajo un sol radiante o si estaba cubierto de nubes. —Mientras se

pasaba la mano por  el cabello lleno  de trasquilones, sus  ojos  cenagosos  no

pudieron suplicarle nada más  sencillo—. ¿Te importaría subir  y  decirme qué

tiempo hace?

Evidentemente, Liesel subió corriendo las escaleras. Se detuvo a unos pasos

de la puerta manchada de escupitajos  y  se volvió  en redondo, observando  el

cielo.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Cuando volvió al sótano, se lo contó.

—Hoy  el cielo  está azul, Max, y  hay  una enorme nube alargada,

desenrollada como  una cuerda. Al final de la nube, el  sol parece  un  agujero

amarillo...

Max  supo  al instante que sólo  un  niño podría darle un  informe

meteorológico  como  ese. Pintó  en la  pared una larga cuerda de  fibras muy

apretadas  con un  chorreante sol amarillo en un  extremo, en el que daba la

impresión de que uno  podía zambullirse. Dibujó  dos  figuras sobre  la nube

anudada, una niña y  un  judío  mustio, que caminaban balanceando  los  brazos

hacia el sol chorreante. Escribió lo siguiente debajo del dibujo:

 

LAS PALABRAS QUE ESCRIBIÓ

EN LA PARED MAX VANDENBURG

Era lunes y paseaban por una cuerda floja hacia el sol.

 

 

El boxeador: finales de mayo

 

Max  Vandenburg  contaba con cemento  fresco  y  tiempo  de sobra para

compartir con este.

Los minutos eran crueles.

Las horas mortificantes.

Durante los  momentos  de desvelo, sobre  él pendía inexorablemente la

mano del tiempo, la cual  no dudaba  en estrujarlo. Le sonreía, lo  retorcía y  lo

dejaba vivir. Qué gran maldad puede encubrir la prolongación de una vida.

Al menos una vez al día, Hans Hubermann bajaba los escalones del sótano

y  charlaba un  rato  con él. Rosa le llevaba de vez en cuando  un  mendrugo  de

pan  que sobraba. Sin  embargo, hasta que bajaba Liesel, Max  no volvía a

interesarse por la vida. Al principio intentó resistirse, pero día tras día, cada vez

que la niña aparecía con un nuevo informe meteorológico anunciando un cielo

azul puro, unas nubes de cartón o un sol que se había abierto camino como si

Dios  se hubiera desplomado  en su asiento  después  de hartarse a comer, le

resultaba más difícil.

A solas, lo  asaltaba la sensación de haber  desaparecido. Todas  sus  ropas

eran grises  —lo  fueran en un  principio  o  no—, desde los  pantalones  hasta el

jersey  de  lana o  la chaqueta que ahora le resbalaba como  si  fuera agua. Solía

comprobar  si  se estaban descamando  porque tenía la sensación de que se

disolvía.

Necesitaba nuevos  proyectos. El primero  fue el ejercicio. Empezó  con las

flexiones, se tumbó boca abajo sobre el frío suelo de cemento del sótano y se dio

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

impulso  con los  brazos. Creyó  que se le  partirían por  los  codos  e imaginó su

corazón desprendiéndose, seco, de su cuerpo y cayendo patéticamente al suelo.

En Stuttgart, de pequeño, podía hacer cincuenta flexiones de una sentada, y sin

embargo ahora, con veinticuatro años y unos siete kilos menos de los que solía

pesar, apenas  consiguió  completar  diez. Al cabo  de una semana, completaba

tres tandas de dieciséis flexiones y veintidós abdominales. Cuando acababa, se

apoyaba contra la pared del sótano con sus  amigos, los  botes  de pintura,

sintiendo el pulso en los dientes. Los músculos parecían de bizcocho.

A veces se preguntaba si valía la pena sacrificarse de esa manera. Otras, sin

embargo, cuando  controlaba el latido  del corazón y  su cuerpo  recuperaba la

funcionalidad, apagaba la lámpara y se quedaba a oscuras en medio del sótano.

Tenía veinticuatro años, pero seguía fantaseando.

—En  el rincón azul  —comentaba en voz baja—, tenemos  al campeón

mundial, la perfección aria: el Führer. —Respiraba y se volvía—. Y en el rincón

rojo, tenemos al aspirante judío cara de rata Max Vandenburg.

Todo cobraba forma a su alrededor.

Una luz blanca iluminaba el cuadrilátero y el público se apiñaba en torno a

ellos; se oía ese mágico murmullo de una multitud hablando al unísono. ¿Cómo

podían  tener  tanto  que decir  al mismo  tiempo?  El cuadrilátero  era perfecto.

Lona intacta y  cuerdas  sólidas.  Incluso  los  filamentos  deshilachados  de las

gruesas sogas estaban impecables y relucían bajo el foco de luz blanca. La sala

olía a tabaco y cerveza.

En el ángulo opuesto, Adolf Hitler esperaba en el rincón con su séquito. Sus

piernas asomaban por debajo de una bata roja y blanca, con una esvástica negra

grabada a fuego en la espalda. Tenía el bigote soldado a la cara. Su entrenador,

Goebbels, le susurraba unas palabras. Hitler saltaba apoyándose primero en un

pie y  luego  en el otro,  y  sonreía. Su sonrisa  se hizo  más  ostensible  cuando  el

presentador  enumeró  sus  muchas  victorias, rabiosamente aplaudidas  por  la

multitud rendida.

—¡Invicto! —proclamó el maestro de ceremonias—. ¡Vencedor de judíos y

de cualquier otra amenaza que se cierna sobre el ideal alemán! ¡Herr Führer —

concluyó—, los aquí presentes te saludan!

El público: la apoteosis.

A continuación, cuando  todo  el mundo  había vuelto  a sentarse, llegó  el

turno del contendiente.

El maestro  de ceremonias  se volvió  hacia  Max, solo  en el rincón del

aspirante. Sin bata. Sin séquito. Un solitario y joven judío de aliento pestilente,

pecho descubierto y manos y pies cansados. Por descontado, sus calzones eran

grises. Él también saltaba apoyándose primero en un pie y luego en el otro, pero

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

lo justo, para ahorrar energía. Había sudado mucho en el gimnasio para lograr

el peso.

—¡El aspirante! —rugió  el maestro  de ceremonias—  De... —e hizo  una

pausa efectista—  sangre judía. —El público  lo  abucheó, como  una horda de

demonios humanos—. Con un peso de...

Los insultos de las gradas ahogaban sus palabras; no se oyó nada más. Max

vio  que su contrincante se había quitado  la  bata y  se acercaba al  centro  del

cuadrilátero para escuchar las reglas y estrecharle la mano.

—Guten Tag, herr Hitler —lo saludó Max, con una pequeña inclinación de

cabeza, pero  el Führer  se limitó  a enseñarle sus  dientes  amarillentos  y  a

esconderlos de nuevo tras los labios.

—Caballeros  —empezó  a decir  un  fornido  árbitro  vestido  con pantalones

negros, camisa azul y pajarita—, ante todo quiero una pelea limpia. —Se volvió

hacia el Führer—. A no ser, herr Hitler, que empiece a perder, claro está. En ese

caso, estaría más  que  dispuesto  a hacer  la vista gorda ante  cualquier  táctica

inadmisible que pudiera emplear para machacar sobre la lona este montón de

maloliente basura judía. —Asintió con la cabeza, muy cortés—. ¿Está claro?

El Führer habló por primera vez.

—Como el agua.

El árbitro sólo le hizo una advertencia a Max.

—En  cuanto  a ti, amigo  judío, yo  que tú me andaría con mucho cuidado,

con mucho, mucho cuidado.

Y los enviaron a sus respectivos rincones.

Se hizo un breve silencio.

La campana.

El primero en salir fue el Führer, patizambo y huesudo, se lanzó sobre Max

y  lo  alcanzó con fuerza en la cara. El público  vibró, con el eco  de la campana

todavía en sus  oídos,  y  sus  satisfechas  sonrisas  saltaron las  cuerdas. Hitler

despedía aliento a tabaco mientras sus manos buscaban insidiosas el rostro de

Max  y  lo  alcanzaban varias  veces, en los  labios,  en la nariz, en la  barbilla... y

Max no se había aventurado siquiera más allá de su rincón. Para amortiguar los

golpes, levantó  las  manos, pero  entonces  el Führer  apuntó  a las  costillas, los

riñones, los  pulmones... Ah, los  ojos, los  ojos  del Führer. Eran de un  marrón

delicioso, como  los  ojos  de los  judíos, y  tenía una mirada tan implacable que

incluso  Max  quedó  paralizado  unos  instantes  al atisbarlos  entre la copiosa

lluvia de borrosos puñetazos.

Hubo un  único  asalto, y  duró  horas, y  todo  se mantuvo  igual  la mayor

parte del combate.

El Führer machacó el saco de arena judío.

Había sangre judía por todas partes.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Como nubes rojas de lluvia sobre el cielo de lona blanca, a sus pies.

Al final, las  rodillas  de Max  empezaron a ceder, sus  pómulos  protestaban

en silencio y la expresión complacida del Führer iba minándolo cada vez más,

hasta que, derrotado, vencido y deshecho, el judío se desplomó.

Primero, un rugido.

Luego, el silencio.

El árbitro  contó. Tenía  un  diente de oro  y  un  montón de pelillos le salían

por la nariz.

Lentamente, Max  Vandenburg, el judío, se puso  en pie y  consiguió

enderezarse. Le tembló  la voz. Una invitación. «Vamos, Führer»,  dijo  y, esta

vez, cuando Adolf Hitler atacó a su rival judío, Max dio un paso a un lado y lo

lanzó hacia un  rincón. Lo  golpeó  siete veces  y  en todo  momento  dirigió  sus

puñetazos hacia un único objetivo.

El bigote.

Erró el séptimo. La barbilla del Führer recibió el impacto. De repente, Hitler

chocó contra las  cuerdas, se dobló  sobre    mismo, como  una hoja de papel, y

cayó de rodillas. Esta vez nadie contó. El árbitro dio un respingo en el rincón. El

público  tomó  asiento  y  se concentró  en la cerveza. De rodillas, el Führer

comprobó si sangraba y se alisó el pelo, de derecha a izquierda. Cuando volvió

a ponerse en pie,  para gran conmoción  de las  más  de mil  personas  allí

congregadas, avanzó poco  a poco  e hizo  algo  muy extraño: dio  la espalda al

judío y se sacó los guantes.

El público se quedó perplejo.

—Se ha rendido —susurró alguien.

No  obstante, al cabo  de un  momento, Adolf  Hitler  se había subido a las

cuerdas y se dirigía a las gradas.

—Conciudadanos alemanes —empezó—, esta noche os habéis dado cuenta,

¿verdad?  —Con el  pecho descubierto, con mirada victoriosa, señaló a Max—.

Os  habéis  dado cuenta de que nos enfrentamos  a algo  mucho más  siniestro  y

poderoso de lo que habíamos imaginado. ¿Lo habéis visto?

—Sí, Führer —contestaron.

—¿Os  dais  cuenta de que este enemigo  ha encontrado  la manera, la

despreciable manera, de atravesar nuestra coraza y que, evidentemente, yo solo

no puedo  hacerle frente  y  combatirlo?  —Las  palabras  eran visibles; se

desprendían de su boca como  si  fueran piedras  preciosas—. ¡Miradlo!

Observadlo bien. —Lo miraron. Al sanguinolento Max Vandenburg—. Mientras

hablamos, él está maquinando  cómo  infiltrarse en vuestros  barrios. Se ha

trasladado  a la casa  de al lado. Os  infecta  con su familia y  está a punto  de

apoderarse de vosotros. Él... —Hitler le echó un rápido vistazo, con desprecio—

. Se convertirá en vuestro dueño y llegará el momento  en que no será él quien

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

os atienda detrás del mostrador de la tienda de la esquina, sino quien se siente

en la trastienda a fumar  en pipa. Antes  de  que os  deis  cuenta, estaréis  a sus

órdenes por un salario irrisorio mientras que él apenas podrá caminar de tanto

que le pesarán los bolsillos. ¿Os quedaréis ahí parados? ¿Se lo permitiréis? ¿Os

quedaréis  de brazos  cruzados  como  lo  hicieron vuestros  gobernantes  en el

pasado, cuando entregaban vuestra tierra a cualquiera, cuando vendían vuestro

país por unas cuantas firmas? ¿Os quedaréis ahí parados, impotentes? —Trepó

a la siguiente cuerda—. ¿O subiréis a este cuadrilátero conmigo?

Max se estremeció. El terror le revolvió el estómago.

Adolf acabó con él.

—¿Subiréis aquí conmigo para poder derrotar juntos a este enemigo?

En el sótano del número treinta y tres de Himmelstrasse, Max Vandenburg

sintió  los  puños de toda una nación. Uno  a  uno, subieron al cuadrilátero  y  lo

vapulearon. Lo  hicieron sangrar. Lo  dejaron sufrir. Millones,  hasta que al fin,

cuando consiguió ponerse en pie...

Miró a la siguiente persona que trepaba por las cuerdas. Era una niña y, a

medida que avanzaba por la lona, se fijó en la lágrima que le rodaba por una de

las mejillas. Llevaba un periódico en una mano.

—El crucigrama está sin hacer —dijo con dulzura, y se lo tendió.

Oscuridad.

Sólo oscuridad.

Sólo el sótano. Sólo el judío.

 

 

Un nuevo sueño: pocas noches después

 

Era por la tarde. Liesel bajó las escaleras del sótano. Max estaba a mitad de

sus flexiones.

Se lo quedó mirando unos momentos, sin que él se diera cuenta, y cuando

apareció a su lado y se sentó, él se levantó y se apoyó contra la pared.

—¿Te he contado que últimamente tengo un nuevo sueño? —le preguntó a

Liesel,  que cambió  de  postura para poder  verle la cara—. Pero  sólo  cuando

estoy despierto. —Señaló la mortecina lámpara de queroseno con un gesto—. A

veces apago la luz y me quedo de pie a esperar.

—¿Qué aparece?

—No qué, sino quién —la corrigió Max.

Liesel  no dijo  nada. Era una de esas  conversaciones  que requieren cierto

tiempo entre las intervenciones.

—¿A quién esperas?

Max no se movió.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Al Führer. —Lo  dijo  con toda la naturalidad  del mundo—. Por  eso  me

entreno.

—¿Por eso haces flexiones?

—Por eso. —Se acercó a la escalera de cemento—. Todas las noches espero

en la oscuridad y  el  Führer  baja por  estos  escalones. Nos  pasamos  horas

peleando.

Liesel se había puesto en pie.

—¿Quién gana?

Al principio iba a contestarle que nadie, pero entonces se fijó en los botes de

pintura, en las  sábanas  viejas  y  en la  creciente  pila de periódicos  que se

amontonaban hasta donde le alcanzaba la vista. Miró  las  palabras, la nube

alargada y los monigotes de la pared.

—Yo —contestó.

Fue como si hubiera abierto la mano de Liesel, le hubiera dado las palabras

y se la hubiera vuelto a cerrar.

Bajo  tierra, en  Molching, Alemania, dos  personas  charlaban  en un  sótano.

Parece el principio de un chiste: «Estaban un judío y una alemana en un sótano,

¿sí?...».

No obstante, no era un chiste.

 

 

Los pintores: principios de junio

 

Otro  de los  proyectos  de Max  guardaba relación con las  páginas  que

quedaban del                 Mein  Kampf. Las  había arrancado  con cuidado  y  las  había

esparcido  por  el suelo  para darles  una capa de pintura. A continuación, las

había tendido  para que se secaran y  las  había vuelto  a colocar  entre las

cubiertas. Cuando Liesel bajó ese día después de clase, encontró a Max, a Rosa y

a su padre pintando varias  páginas. Muchas  ya colgaban de la cuerda sujetas

con pinzas,  igual  que debían de  haberlo  estado  las  páginas  destinadas  a                   El

vigilante.

Los tres levantaron la cabeza y dijeron algo.

—Hola, Liesel.

—Ahí tienes un pincel.

—Justo a tiempo, Saumensch. ¿Dónde te habías metido?

Cuando empezó a pintar, Liesel imaginó a Max Vandenburg peleando con

el Führer tal y como él se lo había contado.

 

VISIONES EN EL SÓTANO

JUNIO DE 1941

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se lanzan puñetazos, el público se encarama por las paredes.

Max y el Führer luchan a muerte, rebotan contra la escalera. El

Führer tiene sangre en el bigote y en la raya del pelo, en la

parte derecha. «Vamos, Führer», lo anima el judío y le hace un

gesto para que se acerque a él. «Vamos, Führer.»

 

Cuando las visiones se desvanecieron y terminó la primera página, el padre

le guiñó un  ojo. La madre la criticó  por  acaparar  la pintura. Max  examinaba

todas y cada una de las hojas; tal vez entonces ya veía lo que tenía planeado que

apareciera en ellas. Muchos meses después también pintaría la tapa del libro y

le pondría un nuevo título, el de una de las historias que escribiría e ilustraría.

Esa tarde, en el cubil secreto  bajo  el  número  treinta y  tres  de

Himmelstrasse, los  Hubermann, Liesel Meminger  y  Max  Vandenburg

prepararon las páginas de El árbol de las palabras.

Era agradable ser pintor.

 

 

 

El combate: 24 de junio

 

Y  llegó  la  séptima cara del dado. Dos  días  después  de que Alemania

invadiera Rusia.  Tres  días  antes  de que Gran Bretaña y  los  soviéticos  unieran

sus fuerzas.

 

Todo  comenzó  más  o  menos una semana antes  del 24 de  junio. Liesel

rapiñó un periódico para Max Vandenburg, como era habitual. Rebuscó en un

cubo de basura cerca de Münchenstrasse y se lo puso bajo el brazo. En cuanto se

lo  entregó  a Max  y  este empezó  la primera lectura, la miró  y  le señaló una

fotografía de la portada.

—¿No es este el tipo al que le llevas la colada y la plancha?

Liesel se apartó de la pared y se acercó. Había escrito la palabra «discusión»

seis  veces  junto  al dibujo  que Max  había hecho de la nube anudada y  el sol

chorreante. Max le tendió el periódico y ella se lo confirmó.

—Sí, es él.

Liesel  se dispuso  a leer  el artículo, que afirmaba que Heinz Hermann, el

alcalde, había declarado que a pesar del magnífico avance de la guerra, la gente

de Molching, como todos los alemanes responsables, debía tomar las medidas

oportunas  y  prepararse para la posibilidad de que llegaran tiempos  más

difíciles. «Nunca se sabe —aseguraba— lo que pueden estar tramando nuestros

enemigos o qué métodos emplearán para hacernos desfallecer.»

Desgraciadamente, las palabras del alcalde se hicieron realidad una semana

después. Liesel se había pasado  por  la Grandestrasse, como  de costumbre, y

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

estaba leyendo El hombre que silbaba  en el suelo de la biblioteca del alcalde. La

mujer del alcalde no mostró ninguna señal extraña (o, para ser francos, ninguna

fuera de lo habitual) hasta que llegó la hora de irse.

En ese momento, cuando le ofreció El hombre que silbaba, insistió en que se

lo quedara.

—Por favor —la instó, rozando la súplica. Le tendía el libro con firmeza y

comedimiento—. Llévatelo, hazme el favor, llévatelo.

Liesel,  conmovida por  la excentricidad  de aquella mujer, no se atrevió  a

decepcionarla una vez más. El libro  de tapas  grises  y  páginas  amarillentas

acabó  en su mano y  Liesel se volvió  hacia el  pasillo. Estaba a punto  de

preguntarle por  la colada cuando  la mujer  del alcalde le dirigió  una última

mirada de pena envuelta en albornoz. Rebuscó en una cómoda y sacó un sobre.

Su voz, grumosa por la falta de uso, tosió las palabras.

—Lo siento, es para tu madre.

A Liesel se le cortó la respiración.

De repente sintió  que  los  zapatos  le venían  grandes. Algo  se burló  de su

garganta y se puso a temblar. Al tender la mano y recibir la carta, reparó en el

ruido que hacía el reloj de la biblioteca. Apesadumbrada, se dio cuenta de que

los  relojes  no  suenan a nada que se parezca siquiera a un  tictac, sino al ruido

que hace un martillo, arriba y abajo, golpeando una y otra vez contra el suelo.

El sonido de una sepultura. Deseó que fuera la suya, porque Liesel Meminger

quiso  morirse en ese  momento. No  le había  dolido  tanto  que los  demás

decidieran prescindir de sus servicios, porque siempre le quedaba el alcalde, la

biblioteca y las horas que pasaba con la mujer. Además, era la última clienta, la

última esperanza... Perdidas. Esta vez se sintió traicionada.

¿Cómo iba a enfrentarse a su madre?

Las  monedillas  que Rosa se sacaba con esa faena la habían sacado  de

apuros. Un puñado adicional de levadura. Un taco de manteca.

Ilsa Hermann  tenía unas  ganas  locas  de... sacársela de encima. Liesel  lo

comprendió por la forma en que se agarraba el albornoz, con más fuerza de lo

habitual. La incomodidad de su malestar la obligaba a quedarse cerca de Liesel,

pero estaba claro que deseaba zanjar el asunto cuanto antes.

—Dile a tu madre... —añadió, mientras  ajustaba la voz convirtiendo  una

frase en dos— que lo sentimos.

La acompañó hasta la puerta.

En  ese momento  Liesel lo  notó  en los  hombros: el dolor,  el impacto  del

rechazo definitivo.

«¿Esto es todo? —se preguntó—. ¿Me das un puntapié y ya está?»

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Despacio, recogió la bolsa vacía y se dirigió hacia la puerta. Una vez fuera,

se volvió hacia la mujer del alcalde por segunda y última vez ese día. La miró a

los ojos con despiadado orgullo marcado a fuego.

—Danke schön  —dijo, e Ilsa Hermann  le dedicó  una sonrisa derrotada,

innecesaria.

—Si alguna vez te apetece venir a leer, serás bienvenida —mintió la mujer

(o al menos la niña, en su afligido y conmocionado estado, así lo creyó).

En  ese momento  Liesel se sintió  abrumada por  la  amplitud  de la entrada.

Había mucho espacio. ¿Por qué la gente necesitaba tanto espacio para salir por

la puerta? Si Rudy hubiera estado allí, le habría dicho que era imbécil, que era

para meter las cosas dentro.

—Adiós —se despidió la niña y, poco a poco, con gran dilación, la puerta se

cerró.

 

Liesel no se fue.

 

Se quedó  sentada en los  escalones, contemplando  la ciudad de Molching

durante un buen rato. No hacía ni frío ni calor y la tranquila ciudad todavía se

dibujaba con claridad. Molching estaba metida en un tarro de cristal.

Abrió la carta. En ella, el alcalde Heinz Hermann apuntaba con exactitud y

diplomacia las  razones  por  las  que prescindía de los  servicios  de Rosa

Hubermann. En resumen, venía  a decir  que sería  un  hipócrita si  siguiera

regalándose esos  pequeños  lujos  mientras  aconsejaba a los  demás  que se

«prepararan para tiempos más difíciles».

Al fin se levantó  y  se fue a casa, pero  cuando  vio  el rótulo  STEINER-

SCHNEIDERMEISTER en Münchenstrasse, las circunstancias volvieron a sacudirla.

La tristeza la abandonó, ahuyentada por la rabia.

—Ese cabrón del alcalde —masculló—. Y esa mujer me saca de quicio.

El hecho de que  se avecinaran tiempos  difíciles  era la mejor  razón para

seguir  empleando  a Rosa, pero  no, la habían  despedido. En  cualquier  caso,

pensó, ya se podían hacer ellos solitos la colada y el planchado, como la gente

normal y corriente, como los pobres.

En la mano, El hombre que silbaba se puso rígido.

—Así  que me has  dado  el libro  por  pena —dijo  la niña—, para  sentirte

mejor...

Le importó muy poco que no fuera la primera vez que le ofrecía ese libro.

Dio  media vuelta, como  ya hizo  una vez, y  regresó  al número  ocho de la

Grandestrasse. La tentación de echar a correr era muy grande, pero se abstuvo,

así podría reservarse para las palabras.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Le desilusionó un poco que el alcalde no estuviera. No había ningún coche

aparcado junto al bordillo, lo que tal vez fuera una suerte. Si hubiera estado allí,

a saber  qué podría haberle hecho al pobre  vehículo  en ese combate de ricos

contra pobres.

Subió  los  escalones de dos  en dos, se  acercó  a la puerta y  la golpeó  con

tanta fuerza que incluso  se hizo  daño, aunque disfrutó  con las  punzadas  de

dolor.

Como es lógico, la mujer del alcalde se quedó estupefacta al volver a verla.

Llevaba el suave  y  sedoso  cabello un  poco  húmedo  y  las  arrugas se

ensancharon al percatarse de la marcada cólera sobre  el normalmente pálido

rostro de Liesel. Abrió la boca, pero no salió nada, lo que le vino muy a mano,

ya que era Liesel quien tenía la palabra.

—¿Cree que puede comprarme con este libro?  —La voz, aunque

temblorosa, saltó  al cuello  de la mujer. La fulgurante rabia era pastosa y

desconcertante, pero  consiguió  dominarla; sin  embargo, la  ira siguió

acumulándose hasta tal punto que tuvo que secarse las lágrimas de los ojos—.

¿Cree que dándome este Saukerl de libro se arreglará todo cuando vaya a decirle

a mí madre que acabamos de perder a nuestro último cliente mientras usted se

queda aquí sentada en su mansión?

Los brazos de la mujer del alcalde.

Colgaban.

Su rostro resbaló.

Sin embargo, Liesel no se achicó. Disparó las palabras a los ojos.

—Su marido y usted, aquí sentaditos los dos.

Lo  dijo  con rencor; un  rencor  y  una mala intención de los  que no se creía

capaz.

Palabras hirientes.

Sí, palabras crueles.

Las  invocó  desde algún lugar  que acababa de descubrir  y  las  arrojó  a Ilsa

Hermann.

—Ya es  hora de que se ponga a hacer  su propia y  apestosa colada —le

aclaró—. Ya es hora de que se enfrente al hecho de que su hijo está muerto. ¡Se

murió! ¡Lo  estrangularon y  lo  hicieron picadillo hace más  de veinte años! ¿O

murió  de frío?  ¡Da igual, está muerto!  Está muerto y  es  patético  que se quede

ahí sentada, temblando dentro de casa para sufrir por ello. ¿Cree que es la única

que sufre?

 

De inmediato.

Su hermano apareció a su lado.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Le susurró que lo dejara, pero él también estaba muerto y no valía la pena

escucharlo.

Murió en un tren.

Lo enterraron en la nieve.

 

Liesel lo miró, pero no podía detenerse. Todavía no.

—No quiero este libro —continuó. Empujó al niño escalera abajo y lo hizo

caer. Hablaba más bajo, pero con el mismo acaloramiento. Arrojó El hombre que

silbaba  a las  pantuflas  de la mujer  y  oyó  el ruido  sordo  del  libro  al estrellarse

contra el cemento—. No quiero su asqueroso libro...

Ahora sí se controló. Se calló.

Su garganta era un desierto: ni una palabra en kilómetros a la redonda.

Su hermano, sujetándose una rodilla, desapareció.

Al cabo de una incómoda pausa, la mujer del alcalde se agachó y recogió el

libro. Estaba abatida y  derrotada, pero  esta vez no era por  intentar  sonreír.

Liesel lo adivinó en su expresión. La sangre le goteaba por la nariz y le lamía los

labios. Los ojos se le amorataban. Por toda la piel se abrían cortes y aparecían

heridas. Todo a causa de las palabras. De las palabras de Liesel.

Con el libro  en la mano, Ilsa Hermann  se enderezó, aunque encogida, e

intentó retomar las disculpas, pero las palabras no salieron de su boca.

«Abofetéame —pensó Liesel—, vamos, abofetéame.»

Ilsa Hermann no la abofeteó, se limitó a retirarse al interior, hacia el feo aire

de su bonita casa y  Liesel, una vez más, se quedó  sola, aferrándose a los

escalones. Tenía miedo  de volverse porque sabía que cuando  lo  hiciera la

cubierta de cristal que protegía Molching estaría hecha añicos, y eso la alegraría.

 

A modo  de última  orden del día,  Liesel  leyó  la carta una vez más. Al

acercarse a la verja, hizo una bola con ella, apretándola todo lo que pudo, y la

arrojó contra la puerta, como si fuera una piedra. No sé qué esperaba la ladrona

de libros, pero  la bola de papel  rebotó  en la portentosa plancha de madera y

bajó los escalones burlándose de ella. Acabó a sus pies.

—¡Típico! —musitó, dándole una patada y  lanzándola a la hierba—. Es

inútil.

Esta vez, de camino a casa, imaginó el futuro  del papel después  de la

próxima lluvia, con la cubierta de cristal de Molching reparada y del revés. Veía

incluso  cómo  se disolvían las  palabras, letra tras  letra, hasta que no quedaba

nada. Sólo papel. Sólo tierra.

 

En casa, quiso la suerte que Rosa estuviera en la cocina cuando Liesel entró

por la puerta.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—¿Y? —preguntó—, ¿dónde está la colada?

—Hoy no hay colada —contestó Liesel.

Rosa se acercó  y  se sentó  a la  mesa de la cocina. Lo  sabía. De repente,

parecía mucho mayor. Liesel imaginó qué aspecto  tendría si  se deshiciera el

moño y  se dejara caer  el pelo  sobre  los  hombros. Una toalla gris  de cabello

elástico.

—¿Qué hacías en esa casa, pequeña Saumensch?

La frase estaba entumecida. Rosa no consiguió reunir el veneno habitual.

—Todo ha sido culpa mía —aseguró Liesel—. Insulté a la mujer del alcalde

y le dije que dejara de llorar a su hijo muerto. Le dije que era patética y entonces

te despidieron. Ten.  —Se acercó a las cucharas de madera, cogió un puñado y

las dejó ante ella—. Escoge.

Rosa eligió una y la levantó, pero sin blandirla.

—No te creo.

Liesel se debatió entre la angustia y la perplejidad absoluta. ¡La primera vez

que necesitaba un Watschen desesperadamente y no se lo iban a dar!

—Es culpa mía.

—No  es  culpa tuya —replicó  la madre. Incluso  se levantó  y  acarició  el

grasiento y sucio cabello de Liesel—. Sé que no dirías esas cosas.

—¡Las he dicho!

—Muy bien, lo que tú digas.

Liesel salió de la cocina y oyó que las cucharas de madera regresaban a su

sitio, al tarro metálico. Cuando llegó a su habitación, todas ellas, tarro incluido,

acabaron por los suelos.

 

Un poco  después,  bajó  al sótano. Max  estaba de pie en la oscuridad,

probablemente boxeando con el Führer.

—¿Max? —La luz se atenuó, como una moneda mortecina, roja, flotando en

un rincón—. ¿Me enseñas a hacer flexiones?

Max le enseñó. A veces le levantaba el torso para ayudarla, pero a pesar de

su enclenque apariencia Liesel era fuerte y podía sostener el peso de su cuerpo

sin demasiada dificultad. No las contó, pero esa noche, en medio del resplandor

del sótano, la ladrona de libros  hizo  suficientes  flexiones  para tener  agujetas

durante  varios  días. Ni  siquiera se  detuvo  cuando  Max  le advirtió  que había

hecho demasiadas.

 

Ya en la cama, mientras leía con su padre, Hans adivinó que algo iba mal.

Hacía cerca de  un  mes  que no se sentaba  con ella, por  lo  que se sintió

confortada, aunque no del todo. Hans Hubermann siempre sabía qué decir en el

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

momento oportuno y cuándo dejarla sola. Tal vez Liesel fuera lo único en lo que

él era un experto.

—¿Se trata de la colada? —preguntó.

Liesel negó con la cabeza.

Hans llevaba varios días sin afeitarse y se rascaba la rasposa barba cada dos

o tres minutos. Sus ojos plateados no chispeaban, reposaban, templados, como

siempre que se trataba de Liesel.

Hans  se  durmió  cuando  el ritmo  de lectura  fue decayendo, momento  que

Liesel aprovechó para confesar en voz alta lo que llevaba todo el día queriendo

decir.

—Papá, creo que voy a ir al infierno —susurró.

Tenía las piernas calientes. Las rodillas, frías.

Recordó las noches que mojaba la cama y su padre lavaba las sábanas, y le

enseñaba las  letras  del abecedario. Ahora, la respiración de Hans  levantaba la

manta y Liesel le besó la rasposa mejilla.

—Tienes que afeitarte —dijo.

—No vas a ir al infierno —contestó el padre.

Se lo  quedó  mirando  unos  instantes. Luego  se recostó, se apoyó  en él y,

juntos, se durmieron. En Munich, evidentemente, pero también en algún lugar

de la séptima cara del dado alemán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las juventudes de Rudy

 

 

 

 

 

 

 

Al final, Liesel tuvo que confesárselo.

Él sabía cómo tratarla.

 

UN RETRATO DE RUDY STEINER:

JULIO DE 1941

Hilillos de barro cruzan su cara. La corbata es como un

péndulo inmóvil desde hace tiempo en la caja del reloj. Tiene

el encendido pelo color limón alborotado y esboza una sonrisa

triste y absurda.

 

Se quedó a unos metros del escalón y habló con gran convicción, con gran

alegría:

—Alles ist Scheisse —sentenció.

Todo es una mierda.

 

Durante la primera mitad de 1941, mientras Liesel se dedicaba a ocultar a

Max  Vandenburg, robar  periódicos  y  regañar a esposas  de alcalde, Rudy

sobrellevaba como  podía la nueva vida en las  Juventudes  Hitlerianas. Desde

principios  de febrero  volvía de las  reuniones  de un  humor  bastante  peor  del

que había ido. Tommy Müller lo acompañaba en muchos de esos recorridos de

regreso a casa, en el mismo estado. El problema tenía tres vertientes.

 

LOS TRES COMPONENTES

DEL PROBLEMA

1. Los oídos de Tommy Müller.

2. Franz Deutscher: el iracundo cabecilla de las Juventudes

Hitlerianas.

3. La incapacidad de Rudy para mantenerse al margen.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

Ojalá seis años atrás Tommy Müller no hubiera desaparecido durante siete

horas  uno  de  los  días  más  fríos  de la historia de Munich. Sus  otitis  y  sus  tics

nerviosos seguían afectando al pautado avance de las Juventudes Hitlerianas y

eso, te lo puedo asegurar, no era nada bueno.

Al principio, el declive  de  la situación fue gradual, pero  a medida que

pasaban los  meses, Tommy  fue cosechando  sistemáticamente la ira de los

cabecillas  de las  Juventudes  Hitlerianas, sobre  todo  a la hora de desfilar.

¿Recuerdas  el cumpleaños de Hitler  del año pasado?  Durante un  tiempo, las

otitis  fueron a peor  y  llegó  un  momento  en que Tommy  empezó  a tener

verdaderos  problemas  auditivos. No  oía las  órdenes  que gritaban al grupo

cuando marchaban en formación. Tanto daba que estuvieran a cubierto o en el

exterior, en la nieve, en el barro o que cayeran chuzos de punta.

El objetivo era que todo el mundo se detuviera al mismo tiempo.

—¡Un taconazo!  —les  decían—. Eso  es  lo  único  que el Führer  quiere oír.

Todos a la vez. ¡Todos juntos como si fuerais uno!

Ahí es donde Tommy entraba en acción.

Creo que se trataba del oído izquierdo. Era el que le daba más problemas

de los dos. Cuando el grito seco de «¡Alto!» llovía sobre los oídos de los demás,

Tommy, ajeno a todo, continuaba la marcha como si tal cosa. Podía convertir el

avance de una fila en un batiburrillo en un abrir y cerrar de ojos.

Un sábado  a principios  de julio, poco  después  de las  tres  y  media, y  tras

una letanía de fallidos  intentos  de desfile auspiciados  por  Tommy, Franz

Deutscher  (el  apellido  perfecto  para  el perfecto  adolescente nazi) perdió  la

paciencia.

—Müller,                      du  Affe! —Su grueso  cabello rubio  le masajeó  la cabeza y  sus

palabras manotearon la cara de Tommy—. Pedazo de burro, ¿qué pasa contigo?

Tommy  se encogió  de  miedo, pero  una de sus  mejillas  todavía consiguió

acalambrarse en  una  alegre y  frenética  contracción. No  sólo  parecía  que

esbozara una sonrisita  triunfante, sino que además  aceptaba  el rapapolvo  con

regocijo. Y Franz Deutscher no iba a tolerar ni lo uno ni lo otro. Lo fulminó con

sus ojos claros.

—¿Y bien? ¿Qué tienes que decir en tu defensa? —preguntó.

El tic de Tommy no hizo más que acentuarse, tanto en velocidad como en

intensidad.

—¿Te estás burlando de mí?

—Heil. —Se contorsionó Tommy, en un intento desesperado de ganarse su

aprobación, aunque olvidó añadir la parte del «Hitler».

En  ese momento  Rudy  dio  un  paso  al frente. Se puso  delante de Franz

Deutscher y lo miró a los ojos.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Tiene un problema, señor...

—¡Eso ya lo veo!

—En los oídos —terminó Rudy—. No puede...

—Está bien, se acabó. —Deutscher se frotó las manos—. Vosotros dos, seis

vueltas  al campo. —Obedecieron, pero  no lo  bastante  rápido—. Schnell!               —los

perseguía la voz.

Cuando acabaron las seis vueltas, les mandaron hacer varios ejercicios más,

como correr, tumbarse en el suelo, levantarse y volver a tumbarse, y al cabo de

quince minutos muy largos les ordenaron que se echaran al suelo para lo que

sería el último ejercicio.

Rudy bajó la vista.

Un siniestro charco de barro le sonrió desde el suelo.

¿Qué estás mirando?, parecía decir.

—¡Abajo! —ordenó Franz.

Por descontado, Rudy lo saltó y se tiró al suelo, boca abajo.

—¡Arriba! —Franz sonrió—. Un paso atrás. —Obedecieron—. ¡Abajo!

El mensaje era claro y Rudy lo aceptó. Se zambulló en el barro, aguantó la

respiración y, en  ese momento, con la oreja  pegada a la tierra empapada, los

ejercicios acabaron.

—Vielen  Dank,                     meine Herren  —concluyó  Franz Deutscher, con cortesía—.

Muchas gracias, caballeros.

Rudy se puso de rodillas, se escarbó las orejas y miró a Tommy.

Tommy cerró los ojos y lo asaltó un espasmo.

 

Ese día, de vuelta en Himmelstrasse, Liesel, que todavía llevaba puesto el

uniforme de la BDM, estaba jugando a la rayuela con unas niñas más pequeñas

cuando  vio  con el rabillo del ojo  a las  dos  tristes  figuras acercándose. Una  la

llamó.

Se reunieron en el umbral de la caja de zapatos  de cemento  que hacía las

veces de casa de los Steiner, y Rudy le contó todo lo que les había ocurrido.

Al cabo de diez minutos, Liesel se sentó.

Al cabo de once, Tommy, sentado junto a ella, dijo:

—Es culpa mía.

Sin embargo, Rudy rechazó la imputación con un  gesto  a  medio  camino

entre una sentencia y una sonrisa, partiendo con el dedo una tira de barro por la

mitad.

—Es  culp... —volvió  a intentarlo  Tommy, pero  Rudy  lo  interrumpió  y  lo

señaló.

—Tommy, por  favor.  —En  el rostro  de Rudy  se reflejaba una  extraña

satisfacción. Liesel nunca había visto a alguien tan decaído y al mismo tiempo

 

 

 

 

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tan animado—. Anda, siéntate y... ten espasmos... o  lo  que quieras. —Y

continuó con su historia.

Empezó a caminar arriba y abajo.

Se peleó con la corbata.

Las palabras que le lanzaba a Liesel caían sobre el escalón de cemento.

—Ese Deutscher  nos la ha hecho buena, ¿eh, Tommy?  —resumió, con

optimismo.

Tommy asintió, tuvo un espasmo y abrió la boca, no necesariamente en ese

orden.

—Fue por mi culpa.

—Tommy, ¿qué te he dicho?

—¿Cuándo?

—¡Ahora mismo! Que estuvieras calladito.

—Claro, Rudy.

 

Cuando poco después Tommy se fue a casa, cabizbajo, Rudy la tanteó con

lo que parecía una nueva y magistral táctica.

La compasión.

Todavía en el escalón del umbral, estudió detenidamente el barro que se le

había secado  formando  una costra  en el uniforme, y  miró  a Liesel a la cara,

desesperanzado.

—¿Qué me dices, Saumensch?

—¿De qué?

—Ya lo sabes...

Liesel respondió como solía hacerlo.

—Saukerl—contestó, riendo y salvando la corta distancia que la separaba de

su casa.

Una desconcertante mezcla de barro y compasión era una cosa, pero besar a

Rudy Steiner era otra completamente distinta.

La llamó desde el escalón, esbozando una triste sonrisa, y toqueteándose el

pelo con una mano.

—Algún día caerás —la avisó—, ¡ya lo verás, Liesel!

 

Al cabo de un par de años, en el sótano, Liesel a veces se moría de ganas

por acercarse hasta la puerta de al lado y verlo, aunque estuviera escribiendo en

plena madrugada. También comprendió  que, probablemente, esos  días

caldeados en las Juventudes Hitlerianas alimentaron la sed delictiva de Rudy y,

por consiguiente, la suya propia.

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Después de todo, a pesar de las habituales épocas de lluvia, se avecinaba el

verano, como correspondía. Las manzanas Klar debían de estar madurando. Les

quedaban muchos hurtos que cometer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los perdedores

 

 

 

 

 

Cuando  se trataba de robar,  Liesel y  Rudy tenían claro  que se estaba más

seguro en un grupo grande. Andy Schmeikl los invitó a una reunión junto al río

donde, entre otros puntos del día, se debatiría un plan para robar fruta.

—¿Así  que ahora eres  el jefe?  —preguntó  Rudy, pero  Andy  negó  con la

cabeza, claramente decepcionado.

Era evidente que habría deseado tener lo que se necesitaba para serlo.

—No. —Su fría voz tenía un inusual tono cordial, inexpresivo—. Hay otro.

 

EL NUEVO ARTHUR BERG

Tenía el pelo arremolinado y la mirada nublada, y era uno de

esos delincuentes cuya única razón para robar era el placer

que le procuraba. Se llamaba Viktor Chemmel.

 

A diferencia de la mayoría de la gente que se dedicaba a las diversas artes

del hurto, Viktor Chemmel lo tenía todo. Vivía en la mejor zona de Molching,

en una casa de campo  que fumigaron cuando  expulsaron a los  judíos. Tenía

dinero. Tenía tabaco. No obstante, quería más.

—No  es  ningún  crimen querer  un  poco  más  —aseguraba, tumbado  en la

hierba  con una pandilla de chicos  sentados  a su alrededor—. Querer  más  es

nuestro  deber  primordial como  alemanes.  ¿Qué dice nuestro  Führer? 

Contestó a su pregunta retórica—: ¡Tenemos que tomar lo que por derecho nos

pertenece!

A primera vista, Viktor  Chemmel no  era más  que el típico  adolescente

ducho en el arte  de  tirarse faroles. Por  desgracia, cuando  le daba por

demostrarlo también poseía cierto carisma, una especie de «sígueme».

Cuando  Liesel y  Rudy se acercaban al grupo  del río, ella oyó  que

preguntaba:

—¿Dónde están esos  dos  malandrines  de los  que habéis  estado

fanfarroneando? Ya son las cuatro y diez.

 

 

 

 

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—Según mi reloj todavía no —contestó Rudy.

Viktor Chemmel se apoyó en un codo.

—No llevas reloj.

—¿Estaría aquí si tuviera dinero para tener un reloj?

El nuevo jefe se acabó de incorporar del todo y sonrió, una radiante sonrisa

de dientes  rectos. A continuación, dirigió  su despreocupada atención hacia la

chica.

—¿Quién es la golfa?

Liesel, más  que acostumbrada a los  insultos, se limitó  a observar  la

nebulosa textura de sus ojos.

—El año pasado  robé trescientas  manzanas  y  al menos varias  docenas  de

patatas —se presentó—. El alambre de espino no es un secreto para mí y puedo

seguir el ritmo de cualquiera de los que hay aquí.

—¿De verdad?

—Sí. —Liesel no se amilanó ni  se echó atrás—. Lo  único  que pido  es  una

pequeña parte de lo  que nos llevemos. Una docena de manzanas  de vez en

cuando, las sobras para mi amigo y para mí.

—Bueno, supongo  que eso  puede arreglarse. —Viktor  encendió  un

cigarrillo, se lo  llevó  a  la boca y  dirigió  sus  esfuerzos  a arrojarle el humo  a la

cara.

Liesel no tosió.

 

Era el mismo grupo del año anterior con la única excepción del jefe. Liesel

se preguntó por qué ninguno de los otros chicos había asumido el mando, pero

mirándolos  uno a uno  se dio  cuenta de que ninguno  tenía  lo  que había que

tener. No tenían escrúpulos a la hora de robar, pero necesitaban las órdenes. Les

gustaba recibir  órdenes  y  a Viktor  Chemmel le gustaba darlas. Era un  bonito

microcosmos.

Por  un  momento  Liesel deseó  que volviera Arthur  Berg. ¿O  él también se

habría  sometido a la  autoridad de Chemmel?  No  importaba. Liesel sólo  sabía

que Arthur Berg no tenía ni un pelo de tirano, mientras que el nuevo cabecilla

lucía toda una cabellera. Sabía que si se hubiera quedado atrapada en un árbol

el año pasado, Arthur  habría vuelto  por  ella, a pesar  de  afirmar  lo  contrario.

Este año, por  el contrario, enseguida se  percató  de que Viktor  Chemmel ni

siquiera se molestaría en mirar atrás.

Chemmel se levantó sin apartar la vista del chico larguirucho y la chica de

aspecto famélico.

—¿Así que queréis robar conmigo?

¿Qué tenían que perder? Asintieron con la cabeza.

Se acercó y cogió a Rudy por el pelo.

 

 

 

 

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—Quiero oírlo.

—Pues claro —contestó Rudy, antes de que le diera un empujón, tirándole

del flequillo.

—¿Y tú?

—Por supuesto.

Liesel fue lo  bastante  rápida para evitar  el mismo  trato. Viktor  sonrió.

Aplastó el cigarrillo, tomó aire y se rascó el pecho.

—Caballeros, golfa, parece que es hora de ir de compras.

El grupo  emprendió  la marcha y  Rudy y  Liesel, como  siempre lo  habían

hecho en el pasado, cerraban la comparsa.

—¿Te gusta? —susurró Rudy.

—¿Y a ti?

Rudy se lo pensó un momento.

—Creo que es un cabrón de mucho cuidado.

—Yo también.

El grupo se estaba alejando.

—Vamos, nos estamos quedando atrás —dijo Rudy.

A unos kilómetros de allí, llegaron a la primera granja. Lo que les esperaba

fue toda una sorpresa. Los  árboles  que habían imaginado  cargados  de fruta

parecían débiles y enfermos, sólo tenían unas cuantas manzanas que colgaban

apáticas  de las  ramas.  En  la granja siguiente pasaba lo  mismo. Tal vez había

sido una mala temporada, o  ellos no habían calculado  bien el momento

adecuado.

Al final de esa tarde, durante el reparto del botín, Liesel y Rudy recibieron

una pequeña manzana para los dos. Justo es decir que la recaudación había sido

paupérrima, pero Viktor Chemmel también había aplicado la ley del embudo.

—¿Qué es esto? —preguntó Rudy, con la manzana en la mano.

Viktor ni siquiera se volvió.

—¿A ti qué te parece? —le lanzó las palabras por encima del hombro.

—¿Una asquerosa manzana?

—Ten. —También les  lanzó  una medio  empezada, que cayó  con el lado

mordido de cara al suelo—. También puedes quedarte esa.

Rudy estaba indignado.

—A la mierda. No  hemos  caminado  quince  kilómetros  por  una miserable

manzana y media, ¿verdad, Liesel?

Liesel no contestó.

No tuvo tiempo, Viktor Chemmel estaba encima de Rudy antes de que ella

pudiera decir ni una palabra. Le sujetaba los brazos con las rodillas y tenía las

manos alrededor  del cuello  de Rudy. No  fue otro  sino Andy  Schmeikl quien

recogió las manzanas a petición de Viktor.

 

 

 

 

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—Le estás haciendo daño —avisó Liesel.

—¿De verdad?

Viktor volvía a sonreír. Liesel odiaba esa sonrisa.

—No me está haciendo daño.

Las  palabras  de Rudy se aturullaron. Tenía la cara roja  por  la presión y

empezó a sangrar por la nariz.

Al cabo de un buen rato, durante el que siguió apretándole el cuello, Viktor

lo soltó y se levantó. Se apartó con ademán despreocupado.

—Arriba, chico —dijo, y Rudy, sabiendo lo que le convenía, obedeció.

Viktor  volvió  a acercarse con toda tranquilidad  y  se le plantó  delante. Lo

golpeó con suavidad en el brazo. Le susurró:

—A no ser que quieras que ese hilillo de sangre se convierta en una fuente,

te sugiero que te largues, muchachito. —Miró a Liesel—. Y llévate a la golfilla

también.

Nadie se movió.

—¿A qué estáis esperando?

Liesel cogió a Rudy por la mano y se fueron, pero no antes de que este se

volviera por última vez y escupiera sangre a los pies de Viktor Chemmel, lo que

dio lugar a un último comentario.

 

PEQUEÑA AMENAZA DE

VIKTOR CHEMMEL A RUDY STEINER

«Algún día me las pagarás, amigo.»

 

Dirás  lo  que quieras  de Viktor  Chemmel, pero  le sobraban  paciencia y

buena memoria. Necesitó unos cinco meses para cumplir su palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bocetos

 

 

 

 

 

Si el verano de 1941 levantaba muros alrededor de personas como Rudy y

Liesel,  penetraba en la vida de Max  Vandenburg  mediante  escritos  y  dibujos.

En  los  momentos  de mayor  soledad en el sótano, las  palabras  empezaban a

apilarse a  su  alrededor. Las  visiones  comenzaron a manar y  a caer, incluso  a

derramarse, de sus manos.

Tenía lo que llamaba un pequeño surtido de herramientas:

Un libro pintado.

Un puñado de lápices.

Una cabeza llena de ideas.

Como si fueran piezas de un puzzle, empezó a encajarlas.

 

Al principio, Max se puso a escribir su propia historia.

La intención era anotar  todo  lo  que le había ocurrido  —y  conducido  al

sótano de Himmelstrasse—, pero al final no lo hizo. El exilio de Max generó en

él algo  muy distinto: varios  pensamientos  inconexos, con los  que decidió

quedarse porque parecían «verdaderos». Eran más  reales que las  cartas  que

escribía a su familia y  a su amigo  Walter  Kugler  a  sabiendas  de que jamás

podría enviarlas. Las hojas profanadas del Mein Kampf  se estaban convirtiendo

en una serie de bocetos, una página tras  otra, que para  él resumían los

acontecimientos que habían transformado su vida anterior en otra. Algunos le

llevaban minutos. Otros, horas. Decidió que le regalaría el libro a Liesel cuando

estuviera acabado, cuando ella fuera lo bastante mayor y, eso esperaba, toda esa

locura hubiera terminado.

Desde el momento en que probó los lápices sobre la primera hoja pintada,

no se separó  del libro. A menudo  lo  tenía junto  a él, o  en las  manos  mientras

dormía.

Una tarde, después de las flexiones y los abdominales, se durmió arrimado

a la pared del sótano. Cuando Liesel bajó, encontró el libro a su lado, apoyado

sobre  una pierna, y  la curiosidad  pudo  con ella. Se agachó y  lo  recogió,

suponiendo que él se movería. No lo hizo. Max estaba sentado, con la cabeza y

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

los  hombros  descansando  contra la pared. Liesel  apenas  oía  el ruido  de su

respiración, avanzando  y  retirándose, cuando  abrió  el  libro  y  hojeó  unas

cuantas páginas al azar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Asustada por lo que había visto, Liesel dejó el libro donde estaba, como lo

había encontrado, apoyado sobre la pierna de Max.

La sobresaltó una voz.

—Danke schön.

Liesel  siguió  el  rastro  de la voz hasta su dueño y, cuando  lo  miró, en los

labios del judío había una débil señal de satisfacción.

—Por Dios, Max —jadeó Liesel—, me has asustado.

Max  volvió  a dormirse, pero  la sensación  no abandonó a la  muchacha

mientras subía las escaleras.

Max, me has asustado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hombre que silbaba y los zapatos

 

 

 

 

 

Todo siguió el patrón acostumbrado hasta el final del verano y bien entrado

el otoño. Rudy intentaba sobrevivir como podía en las Juventudes Hitlerianas,

Max  hacía flexiones  y  abdominales  y  Liesel buscaba  periódicos  y  escribía

palabras en la pared del sótano.

No está de más mencionar que todo patrón tiene siempre alguna brecha y

que un día este acaba dando un vuelco o pasa página. En nuestro caso, el factor

determinante fue  Rudy. O, al menos,  Rudy  y  un  campo  de deporte recién

abonado.

A finales  de octubre  todo  parecía normal. Un chico  sucio  caminaba por

Himmelstrasse. Su familia esperaba que llegara de un momento a otro y que les

mintiera diciendo  que a todos  los  chicos  de las  Juventudes  Hitlerianas  les

habían obligado a hacer instrucción adicional en el campo. Sus padres incluso

esperaban algunas risas. Sin embargo, esta vez no las habría.

Ese día, Rudy se había quedado sin risas y sin mentiras.

 

Ese miércoles, cuando Liesel lo vio más de cerca, se fijó en que Rudy Steiner

iba descamisado. Y en que estaba furioso.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó, al verlo pasar por su lado como alma en

pena.

Él se volvió y le tendió la camisa.

—Huélela —dijo.

—¿Qué?

—¿Estás sorda? Que la huelas.

A regañadientes, Liesel se inclinó y  le llegó  una repugnante ráfaga de la

prenda parda.

—¡Jesús, María y José! ¿Es...?

El chico asintió con la cabeza.

—También tengo en la barbilla. ¡En la barbilla! ¡Menos mal que no me la he

tragado!

—Jesús, María y José.

 

 

 

 

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—Acaban de  abonar el campo  de  las  Juventudes  Hitlerianas. —Volvió  a

echarle un vistazo indignado y enojado a la camisa—. Creo que es estiércol de

vaca.

—El tipo ese como se llame, Deutscher, ¿sabía que estaba abonado?

—Dice que no. Pero sonreía.

—Jesús, María y...

—¡Quieres dejar de decir eso!

 

Lo  que Rudy necesitaba en esos  momentos  era una victoria. Había salido

malparado  en sus  tratos  con Viktor  Chemmel, había afrontado  un  problema

detrás  de otro  en las  Juventudes  Hitlerianas. Todo  lo  que quería era una

pequeña victoria de nada, y estaba decidido a conseguirla.

Siguió  caminando  hasta su casa, pero  cuando  llegó  a los  escalones de

cemento, cambió de opinión y volvió junto a la chica, despacio, pero decidido.

—¿Sabes qué me animaría? —preguntó, cauteloso, en un susurro.

«Tierra, trágame», pensó Liesel.

—Si crees que voy a... En este estado...

Rudy pareció defraudado.

—No, no es eso. —Suspiró y se acercó un poco más—. Es otra cosa. —Se lo

pensó  un  momento  y  levantó  la cabeza, apenas  unos  centímetros—. Mírame:

estoy  sucio, apesto  a caca de vaca o  a mierda de perro  o  a lo  que quieras  y,

como siempre, tengo un hambre que me muero. —Hizo una pausa—. Necesito

ganar en algo, Liesel, de verdad.

Liesel lo comprendía.

Si no hubiera sido por el olor, se habría acercado más a él.

Robar.

Tenían que robar algo.

No.

Tenían  que robar  algo  de nuevo.  No  importaba el qué, sólo  tenía que ser

pronto.

—Esta vez sólo  tú y  yo  —propuso  Rudy—, nada de Chemmels  ni

Schmeikls. Sólo tú y yo.

Era superior a ella.

Empezó  a sentir  un  hormigueo en las  manos, el pulso  se le disparó  y  sus

labios sonrieron, todo a la vez.

—Tiene buena pinta.

—Entonces  está decidido. —Y, aunque intentó  no  hacerlo, Rudy no  pudo

evitar la sonrisa abonada que se esbozaba en su rostro—. ¿Mañana?

Liesel asintió con la cabeza.

—Mañana.

 

 

 

 

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El plan  era perfecto, salvo  por  un  detalle: no  tenían ni  idea de por  dónde

empezar.

La fruta quedaba descartada. Rudy desechó cebollas y patatas y decidieron

no volverlo  a intentar  con Otto  Sturm y  su bicicleta cargada de productos  de

granja. Una vez era inmoral. Dos, una completa canallada.

—¿Y qué narices hacemos? —preguntó Rudy.

—¿Y yo qué sé? La idea es tuya, ¿no?

—Eso  no quiere decir  que no puedas  colaborar  un  poquito. Yo  no  puedo

pensar en todo.

—Si casi no piensas en nada...

Siguieron discutiendo  mientras  se paseaban por  la  ciudad. Ya en las

afueras, empezaron a divisar  las  primeras  granjas  y  árboles, que se alzaban

como estatuas escuálidas. Las ramas estaban grises. Cuando levantaron la vista,

sólo vieron ramas alicaídas y un cielo despejado.

Rudy escupió.

Volvieron a atravesar Molching, barajando propuestas.

—¿Qué te parece frau Diller?

—¿Qué me parece de qué?

—Si decimos «Heil Hitler!» y luego robamos algo, igual no nos pasará nada.

Después  de deambular  por  Münchenstrasse durante  un  par  de horas,

empezó a oscurecer y estuvieron a punto de darse por vencidos.

—Es inútil —se rindió Rudy—, y encima tengo más hambre que nunca. Por

amor  de Dios, me estoy  muriendo de hambre. —Avanzó unos  pasos  antes  de

pararse y  mirar  atrás—. ¿Qué te pasa?  —preguntó, porque Liesel se había

detenido en seco y algo le iluminaba la cara.

¿Cómo no se le había ocurrido antes?

—¿Qué pasa?  —Rudy  empezaba a impacientarse—.                              Saumensch, ¿qué

narices pasa?

En ese momento, Liesel se estaba enfrentado a una decisión. ¿Podría llevar

a cabo  lo  que estaba pensando?  ¿De verdad quería vengarse así de alguien?

¿Tanto despreciaba a esa persona?

Dio media vuelta y empezó a caminar. Cuando Rudy la alcanzó, aminoró el

paso  con la vana  esperanza de aclararse un  poco. Después  de todo, se sentía

culpable desde hacía tiempo. Estaba fresca. La semilla ya se había abierto y se

había convertido  en una flor  de pétalos negros. Sopesó  si  de verdad podría

llevarlo a cabo. Se detuvo ante la encrucijada.

—Conozco un sitio.

 

Cruzaron el río y remontaron la colina.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se empaparon de la magnificencia de las mansiones de Grandestrasse. Las

puertas relucían como si las acabaran de esmaltar y las tejas descansaban sobre

las casas como peluquines, peinados hasta que todos los pelos quedaban en su

sitio. Las  paredes  y  las  ventanas  estaban muy cuidadas  y  las  chimeneas  casi

expulsaban el humo en forma de anillo.

Rudy se plantó.

—¿La casa del alcalde?

Liesel asintió, muy seria. Se hizo un silencio.

—Despidieron a mí madre.

Cuando  doblaron la esquina, Rudy preguntó  cómo, en nombre de Dios,

iban a entrar; pero Liesel lo sabía.

—Conozco el terreno —contestó—. Conozco...

Sin embargo, cuando  la ventana de la biblioteca entró  en su campo  de

visión, en el extremo de la casa, se topó con toda una sorpresa: estaba cerrada.

—¿Y bien? —preguntó Rudy.

Liesel dio media vuelta, despacio, y echó a andar a toda prisa.

—Hoy no —dijo.

Rudy se echó a reír.

—Lo sabía. —La alcanzó—. Lo sabía, sucia Saumensch, no podrías entrar ahí

ni aunque tuvieras la llave.

—¿Qué más da? —Aceleró el paso y dejó de lado el comentario de Rudy—.

Sólo tenemos que esperar el momento adecuado.

En  su interior, se sacudió  de encima la alegría que le había producido  la

ventana cerrada. Se reprendió a sí misma. ¿Por qué, Liesel?, se preguntó. ¿Por

qué tuviste que  estallar  cuando  despidieron a mamá?  ¿Por  qué no pudiste

mantener la bocaza cerrada? Por lo que sabes, la mujer del alcalde podría haber

rectificado después de que le gritaras y  sermonearas. Tal vez ha recobrado las

fuerzas y se ha recuperado. Tal vez se ha prohibido volver a tiritar en esa casa

nunca más  y  la ventana va a seguir  cerrada para siempre... ¡Estúpida

Saumensch!

 

Sin embargo, una semana después, a la quinta visita a la  parte  alta de

Molching, llegó la ocasión.

La ventana abierta dejaba entrar el aire por el resquicio.

Y eso sería lo único que se iba a colar por ella.

 

Rudy se detuvo  primero. Avisó  a Liesel, dándole unos  golpecitos  en las

costillas con el dorso de la mano.

—¿Esa ventana está abierta? —preguntó en voz baja.

 

 

 

 

 

 

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La inquietud de su voz se deslizó desde sus labios, como si pasara un brazo

por el hombro de Liesel.

—Jawohl—contestó ella—. Ya lo creo.

Cómo empezó a latirle el corazón...

 

En todas las ocasiones anteriores, cuando encontraban la ventana cerrada a

cal y  canto, la aparente  decepción de Liesel enmascaraba un  gran alivio.

¿Tendría las suficientes agallas para entrar? Y, de hecho, ¿por quién y para qué

iba a entrar? ¿Por Rudy? ¿Para buscar comida?

No, la repugnante verdad era otra.

No le importaba la comida. Rudy, por mucho que ella intentara resistirse a

la idea, quedaba relegado a un segundo plano en su trama. Lo que quería era el

libro, El hombre que silbaba. No  había permitido  que se lo  regalara una mujer

vieja, patética y  solitaria. Robarlo, en cambio, parecía más  aceptable. Robarlo,

en cierto sentido morboso, era como ganárselo.

 

La luz dibujaba bloques de sombra.

La pareja se dirigió hacia la inmaculada y enorme casa. Se susurraron sus

pensamientos.

—¿Tienes hambre? —preguntó Rudy.

—Estoy hambrienta —contestó Liesel.

De un libro.

—Mira, acaba de encenderse una luz arriba.

—Ya la veo.

—¿Todavía tienes hambre, Saumensch?

Se les  escapó  una risita nerviosa antes  de ponerse a deliberar  quién debía

entrar y quién debía quedarse vigilando. Como hombre al mando, Rudy tenía

claro que era él quien debía quedarse con el papel del allanador, pero era obvio

que Liesel conocía el lugar. Tenía que entrar ella. Sabía lo que había al otro lado

de la ventana.

Lo dijo.

—Entro yo.

Liesel cerró los ojos. Con fuerza.

Se obligó a recordar, a imaginar al alcalde y a su mujer. Pensó en la amistad

que la había unido  a  Ilsa Hermann  y  no  paró  hasta que  estuvo  segura de

haberle dado una  patada en la  espinilla y  haberla dejado  fuera de combate.

Funcionó. Los detestaba.

 

Vigilaron la calle y cruzaron el jardín en silencio.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Estaban agachados  bajo  el resquicio  de la ventana de la  planta baja. El

sonido de la respiración de ambos se acentuó.

—Eh, dame los zapatos —sugirió Rudy—, así harás menos ruido.

Liesel se desató sin protestar los deshilachados cordones negros y dejó los

zapatos  en el  suelo. Se puso  en pie y  Rudy  abrió  la ventana con suavidad, lo

justo  para que Liesel pudiera colarse dentro. El ruido  pasó  por  encima de sus

cabezas, como un avión volando a ras de tierra.

Liesel se dio impulso para subir al alféizar y forcejeó hasta meterse dentro.

Se dio  cuenta de que sacarse los zapatos había sido una  idea brillante, ya que

aterrizó  sobre  el suelo  de madera con mucha más  fuerza de la que había

esperado. Las  plantas  de los  pies  se dilataron dolorosamente, apretándose

contra la cara interior de los calcetines.

La estancia estaba como siempre.

Liesel  se  sacudió  la  nostalgia de  encima  en la penumbra polvorienta.

Avanzó con cautela mientras sus ojos se adaptaban a la escasa luz.

—¿Qué está pasando? —susurró Rudy con voz seca desde el otro lado.

Sin embargo, Liesel hizo un gesto a su espalda con la mano, que significaba:

Halt's Maul. Que te calles.

—Comida —le recordó Rudy—, busca comida. Y cigarrillos. Si puedes.

Pero eso era lo último que tenía en mente. Había vuelto a su hogar, entre

los libros de múltiples colores y tamaños del alcalde, con sus letras plateadas y

doradas. Olía las  páginas. Casi  podía saborear  las  palabras  a medida que se

apelotonaban a su alrededor. Los pies la llevaron hacia la pared de la derecha.

Sabía cuál quería —conocía la posición exacta—, pero cuando se acercó al sitio

que solía ocupar  El hombre que silbaba,  ya no  estaba allí.  En  su  lugar  había un

pequeño espacio vacío.

Oyó pasos en el piso de arriba.

—¡La luz! —susurró  Rudy, empujando  las  palabras  por  el resquicio  de la

ventana—. ¡La han apagado!

—Scheisse.

—Van a bajar.

Ese instante  se dilató  hasta el infinito. La eternidad de unas  décimas  de

segundo  en que se toma una decisión. Recorrió  la habitación con la mirada y

vio El hombre que silbaba, tan tranquilo, encima del escritorio del alcalde.

—Venga —la apremió Rudy.

No obstante, Liesel se acercó despacio, tranquila, cogió el libro y salió con

cuidado. Con la cabeza por delante, saltó por la ventana y consiguió caer de pie,

por lo que volvió a sentir otra punzada de dolor, esta vez en los tobillos.

—Vamos —la urgió Rudy—. ¡Corre, corre, Schnell!

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

En cuanto doblaron la esquina y se encontraron en la calzada que llevaba

hasta el río y Münchenstrasse, Liesel se detuvo y se inclinó hacia delante para

recuperar el aliento. Estaba encorvada sobre sí misma; el vaho se congelaba en

sus labios y el corazón le retumbaba en los oídos.

Rudy estaba igual.

Al levantar  la vista, vio  el  libro  que Liesel llevaba bajo  el brazo  e intentó

hablar.

—¿Y...? —Forcejeó con las palabras—. ¿Y ese libro?

La oscuridad se extendía a toda prisa. Liesel jadeaba a medida que el aire

de la garganta se descongelaba.

—Es lo único que he encontrado.

Pero Rudy se la olió. La mentira. Ladeó la cabeza y le planteó lo que creía

que ocurría.

—No entraste a por comida, ¿verdad? Te llevaste lo que querías...

Liesel  se  incorporó  y  en ese  momento  la aplastó  el peso  de  una nueva

sorpresa.

Los zapatos.

Miró los pies de Rudy, luego sus manos y el suelo, después a su alrededor.

—¿Qué? —preguntó él—. ¿Qué pasa?

—Saukerl —lo acusó—. ¿Dónde están mis zapatos? —Rudy se puso blanco.

Liesel no necesitó mayor confirmación—. Se han quedado en la casa, ¿verdad?

—preguntó.

Rudy miró  con desesperación a su alrededor, suplicando, en contra de  lo

que dictaba la realidad, que los  hubiera llevado  consigo. Se imaginó

recogiéndolos, deseando que fuera cierto, pero  los  zapatos  no estaban allí.

Esperaban inútilmente o, mucho peor, delatoramente, junto  a la pared del

número ocho de Grandestrasse.

—Dummkopf! —lo reprendió, dándole un bofetón en la oreja. Avergonzado,

Rudy miró la triste estampa de los calcetines de Liesel—. ¡Imbécil!

No tardó mucho tiempo en decidir cómo resarcirla.

—Espera —dijo muy serio, y volvió a doblar la esquina corriendo.

—Que no te cojan —lo avisó Liesel a su espalda, pero no la oyó.

 

La espera se hizo angustiante.

La oscuridad ya era total y Liesel estaba bastante segura de tener todos los

números  para recibir  un                     Watschen cuando  volviera a  casa. Date prisa,

murmuraba, pero Rudy seguía sin aparecer. Imaginó el sonido de una sirena de

policía desplegado y luego acallada. Replegándose.

Nada.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Hasta que regresó a la intersección de las dos calles con sus empapados y

sucios  calcetines, no lo vio. Rudy, con expresión triunfal y la cabeza bien alta,

trotaba hacia ella. Lucía una radiante sonrisa, con los dientes muy apretados, y

llevaba los zapatos colgando de una mano.

—He estado al borde de la muerte, pero lo conseguí —aseguró.

Le tendió los zapatos cuando cruzaron el río y ella los tiró al suelo.

Sentada, miró a su mejor amigo.

—Danke —dijo—. Gracias.

Rudy hizo una breve reverencia.

—De nada. —Se la jugó por si podía conseguir algo más—. No vale la pena

que pregunte si me he ganado un beso, supongo.

—¿Por traerme los zapatos que olvidaste?

—Bueno, está bien. —Levantó  las  manos y  siguió  hablando  mientras

caminaban. Liesel hizo un abnegado esfuerzo para ignorarlo. Sólo oyó la última

parte—: Seguramente tampoco querría besarte, sobre todo si el aliento te huele

como los zapatos.

—Me das asco —le dijo, esperando que Rudy no hubiera visto el esbozo de

una sonrisa que se le había escapado de los labios.

 

Rudy le quitó el libro en Himmelstrasse. Leyó el título debajo de una farola

y le preguntó de qué trataba.

—De un asesinato —contestó Liesel, ensimismada.

—¿Y ya está?

—También hay un policía que intenta echarle el guante.

Rudy se lo devolvió.

—Hablando del tema, creo que nos va a caer una buena cuando lleguemos

a casa. Sobre todo a ti.

—¿Por qué a mí?

—Ya lo sabes... Por tu madre.

—¿Qué pasa con mi madre? —Liesel no hizo más que ejercer el derecho de

cualquier  persona que pertenece a una  familia. Dicha  persona tiene  total

libertad para quejarse y  criticar  a cualquier  miembro  de su  parentela, pero

siempre que no lo  hagan los  demás. En  ese momento  uno  se  levanta y

demuestra su lealtad—. ¿Pasa algo con ella?

Rudy retrocedió.

—Perdona, Saumensch, ¡no quería ofenderte!

Incluso de noche Liesel se daba cuenta de que Rudy crecía. Se le alargaba la

cara, la mata de pelo  rubia se le estaba oscureciendo imperceptiblemente y

parecía que sus facciones cambiaban de forma. Sin embargo, había una cosa que

nunca cambiaría: era imposible estar enfadada con él mucho tiempo.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—¿Tienes algo bueno para cenar? —preguntó. —Lo dudo.

—Yo también. Qué lástima que los libros no puedan comerse. Arthur Berg

dijo algo parecido, ¿recuerdas?

De camino a casa estuvieron recordando  los  buenos tiempos, mientras

Liesel le iba echando  una ojeada de vez en  cuando  a la tapa gris  y  el título

impreso en negro de El hombre que silbaba.

 

Antes de entrar en sus respectivas casas, Rudy se detuvo un momento.

—Adiós, Saumensch. —Rió—. Adiós, ladrona de libros.

Fue la primera vez que otorgaban dicho  tratamiento  a Liesel, y  no

consiguió ocultar lo mucho que le gustó. Como ya sabemos, había robado libros

en anteriores  ocasiones, pero  a finales  de  octubre de 1941 pasó  a ser  algo

público. Esa noche, Liesel Meminger se convirtió oficialmente en la ladrona de

libros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tres estupideces de Rudy Steiner

 

 

 

 

 

 

RUDY STEINER, TODO UN GENIO

1. Robó la patata más grande de Mamer's, el colmado del

barrio.

2. Se enfrentó a Franz Deutscher en Münchenstrasse.

3. Se saltó las reuniones de las Juventudes Hitlerianas.

 

El desencadenante de la primera estupidez de Rudy fue la codicia. Hacía la

típica tarde de perros de mediados de noviembre de 1941.

Antes  había esquivado  con bastante  maña a las  señoras  armadas  de

cupones, casi  me atrevería a decir  que con un  toque de genialidad criminal,

tanto es así que estuvo a punto de pasar inadvertido.

Gracias  a su discreción, consiguió  la patata más  grande del montón, es

decir, esa misma patata que casi toda la cola vigilaba, así  que todos  estaban

mirando  cuando  un  puño  de trece añitos  se asomó  y  la atrapó. Un coro  de

corpulentas  Helgas lo  señaló con el dedo  y  Thomas  Mamer  se acercó  al sucio

tubérculo echando pestes.

 

—Meine Erdäpfel—dijo—. Mis patatas.

La patata seguía en las  manos de Rudy (necesitaba las  dos), y  la gente se

reunió  a su alrededor  como  una cuadrilla  de luchadores.  Había llegado  el

momento de usar la labia.

—Mi  familia se muere de hambre  —se justificó  Rudy. Un conveniente

reguero  de fluido  claro  empezó  a moquearle de la nariz. No  hizo  nada por

limpiarse—. Mi hermana necesita un abrigo nuevo. El último se lo robaron.

Mamer no era tonto.

—¿Y querías vestirla con una patata? —preguntó, sin soltarle el cuello de la

camisa, por donde lo tenía agarrado.

—No, señor.

 

 

 

 

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Miró  de soslayo  el único  ojo  de su captor  que podía ver. Mamer  estaba

hecho un  tonel, tenía  dos  pequeños  balazos  en la cara a modo  de ojos  y  los

dientes como el público durante un partido de fútbol: apiñados.

—Hace tres  semanas  que cambiamos  todos  los  cupones  por  el abrigo  y

ahora no tenemos nada que llevarnos a la boca.

El tendero  tenía a Rudy  agarrado  con una mano y  llevaba la patata en la

otra. Se volvió a su mujer para decirle la temida palabra: Polizei. —No, por favor

—suplicó Rudy.

Cuando después se lo explicó a Liesel, le contó que no tuvo ni una pizca de

miedo, pero estoy segura de que en ese momento el corazón estaba a punto de

salírsele del pecho.

—La policía no, por favor, la policía no.

—Polizei.

A pesar de las contorsiones de Rudy, que no dejaba de pelearse con el aire,

Mamer se mostró inconmovible.

 

Esa tarde, en la cola también había un profesor del colegio, herr Link, uno

de los maestros seculares. Rudy lo vio y lo abordó de frente, con la mirada.

—Herr Link. —Era su última baza—. Herr Link, dígaselo, por favor, dígale

lo pobre que soy.

El tendero miró al maestro con expresión inquisitiva.

—Sí, herr Mamer, este chico es pobre —afirmó herr Link, dando un paso al

frente—. Es de Himmelstrasse. —El corro, mujeres en su mayoría, lo consultó,

conscientes  de que  Himmelstrasse no era el paradigma  de la  opulencia  en

Molching. Se lo  tenía por  un  barrio  relativamente pobre—. Tiene  ocho

hermanos.

¡Ocho!

Rudy tuvo  que reprimir  una sonrisa; todavía no se había librado, pero  al

menos había conseguido que un profesor mintiera como un bellaco: se las había

ingeniado para añadir tres niños más a la familia Steiner.

—Suele venir al colegio sin desayunar.

Y el corro de mujeres volvió a consultar. Fue como si añadiera una capa de

pintura a la situación y cargara un poco más el ambiente.

—¿Y por eso debo dejar que me robe patatas?

—¡La más grande! —puntualizó una de las mujeres.

—Cállese, frau Metzing —la advirtió Mamer, y ella enseguida se calmó.

 

Al principio, toda la atención recayó sobre Rudy y la mugre del cuello, pero

luego  fue trasladándose de un  lado al otro,  del chico  a la patata y  de ahí  a

 

 

 

 

 

 

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Mamer, de lo  mejor  a  lo  peor. Sin embargo, nunca sabremos qué  fue lo  que

llevó al tendero a exonerar a Rudy.

¿El patetismo que destilaba el chico?

¿La dignidad de herr Link?

¿El enojo de frau Metzing?

Fuera lo  que fuese, Mamer  devolvió  la patata a la pila y  arrastró  a Rudy

fuera del establecimiento, donde le propinó un buen puntapié con la bota.

—Y no vuelvas más.

Desde la calle, Rudy  siguió  a Mamer  con la mirada mientras  regresaba

detrás  del mostrador  para despachar comestibles  y  sarcasmo  al siguiente

cliente.

—Déjeme adivinar qué patata quiere que le ponga —dijo, sin apartar  la

vista del niño.

Un nuevo fracaso para Rudy.

 

La segunda estupidez revistió el mismo peligro, pero por razones distintas.

Tras este altercado  en concreto, Rudy acabaría con un  ojo  morado, las

costillas rotas y un corte de pelo.

Tommy Müller seguía teniendo los problemas de siempre en las reuniones

de las Juventudes Hitlerianas, y Franz Deutscher estaba esperando que Rudy se

metiera por medio. No tardó demasiado.

Mientras  los  demás  estaban dentro  aprendiendo tácticas, a Rudy y  a

Tommy les ordenaron que hicieran una nueva y exhaustiva tabla de ejercicios.

Muertos  de frío, al pasar  corriendo veían por  las  ventanas  las  cabezas  y

hombros  calientes  de sus  compañeros. Ni  siquiera cuando  se unieron al resto

del grupo se acabaron los ejercicios. Rudy se desplomó en un rincón, se sacudió

el barro  de la  manga  y  lo  lanzó  a la ventana, cuando  Franz le  disparó  la

pregunta favorita en las Juventudes Hitlerianas.

—¿Cuándo nació nuestro Führer, Adolf Hitler?

Rudy levantó la vista.

—¿Cómo dices?

Le repitió la pregunta y el muy estúpido de Rudy Steiner, a pesar de saber

de memoria que era el 20 de abril de 1889, le dio la fecha de nacimiento de Jesús

por  respuesta. Incluso  añadió  que fue en Belén, a modo  de información

complementaria.

Franz se frotó las manos.

Mala señal.

Se acercó a Rudy y le ordenó que volviera a salir a dar unas cuantas vueltas

al campo.

 

 

 

 

 

 

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Rudy corrió en solitario. Después de cada vuelta, volvían a preguntarle la

fecha de nacimiento  del Führer. Completó  siete carreras  antes  de contestar  lo

que querían.

 

El verdadero problema se presentó días después de la reunión.

Rudy vio  a Deutscher  pasearse por  la acera de Münchenstrasse con unos

amigos  y  sintió  la necesidad de arrojarle una piedra. Tal  vez te preguntes  en

qué narices  estaba pensando. La respuesta es: seguramente en nada. Lo  más

probable es que adujera estar ejerciendo su derecho inalienable a ser estúpido.

Eso o que sólo de ver a Franz Deutscher le venían unas ganas irrefrenables de

machacarlo.

La piedra alcanzó la espalda de su objetivo, aunque no con tanta fuerza

como  Rudy habría esperado. Franz Deutscher  se volvió  en redondo  y  pareció

encantado  al descubrirlo  allí  de pie junto  a Liesel, Tommy  y  la hermana

pequeña de Tommy, Kristina.

—Corramos —sugirió Liesel, pero Rudy no se movió.

—Ahora no estamos en las Juventudes Hitlerianas —repuso.

Ya tenían a los  chicos  mayores  encima.  Liesel no se separó  de su  amigo,

igual que el espasmódico Tommy y la delicada Kristina.

—Señor Steiner —lo saludó Franz, antes de cogerlo y tirarlo al suelo.

Rudy se levantó, pero eso sólo sirvió para enfurecer aún más a Deutscher.

Volvió a tirarlo al suelo por segunda vez, seguido de un rodillazo en el pecho.

Rudy se puso en pie una vez más y el grupo de chicos mayores empezó a

reírse de su amigo. Lo que no benefició mucho a Rudy.

—A ver si le enseñas lo que es bueno —lo animó el más alto.

Tenía una mirada tan azul  y  fría como  el cielo, y  esas  palabras  fueron lo

único que Franz necesitó. Estaba decidido a que Rudy mordiera el polvo y no

volviera a levantarse.

La gente empezó  a apiñarse  a su alrededor  cuando  Rudy lanzó un

puñetazo al estómago de Franz Deutscher, aunque no lo alcanzó por mucho. En

ese momento, notó  la candente sensación  del impacto  de un  puño  contra la

cuenca de su ojo. Vio las estrellas y, antes de darse cuenta, volvía a estar en el

suelo. Recibió  un  nuevo  golpe en el mismo  lugar  y  notó  cómo  el moretón se

volvía amarillento, azulado y negro a la vez. Tres capas de dolor punzante.

El cada vez más nutrido corro esperó morbosamente atento a que Rudy se

levantara. No  fue así.  Esta vez se quedó  en el frío  y  húmedo  suelo, con la

sensación de que este se filtraba a través de sus ropas y se extendía por todo su

cuerpo.

 

 

 

 

 

 

 

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Todavía veía lucecitas, por lo que no se dio cuenta hasta que fue demasiado

tarde de que Franz estaba a su lado con una navaja nuevecita, a punto  de

agacharse y utilizarla.

—¡No! —protestó Liesel, pero el chico alto la retuvo.

—No te preocupes. No lo hará, no tiene agallas —la tranquilizó.

A los oídos de Liesel, las palabras sonaron profundas y seguras.

El joven se equivocaba.

 

Franz se arrodilló y se inclinó sobre Rudy.

—¿Cuándo  nació  nuestro  Führer?  —le susurró. Con mucho cuidado,

pronunció  e  introdujo  cada una de  las  palabras en el  oído—. Vamos, Rudy,

¿cuándo nació? Dímelo, no va a pasar nada, no tengas miedo.

¿Y Rudy?

¿Qué respondió?

¿Respondió  con prudencia o  permitió  que su estupidez lo  hundiera aún

más en el lodo?

Rudy lo  miró  despreocupadamente a los  ojos  azul  claro  y  le contestó  con

otro susurro:

—Un lunes de Pascua.

Segundos  después, la navaja se ocupaba del cabello de Rudy.  Fue el

segundo corte de pelo de esa etapa de la vida de Liesel. Unas tijeras oxidadas

cortaron el cabello de  un  judío. Una navaja  reluciente hizo  lo  propio  con su

mejor amigo. Liesel no conocía a nadie que hubiera pagado por que le cortaran

el pelo.

En cuanto a Rudy, ese año hasta el momento había tragado barro, se había

bañado en estiércol, un criminal en ciernes había estado a punto de asfixiarlo y

ahora estaba sufriendo lo que vendría a ser la guinda del pastel: la humillación

pública en Münchenstrasse.

Le cortaron casi  todo  el flequillo sin problemas, pero  algunos pelillos se

aferraban a su  cabeza a cada  navajazo, y  acabó  arrancándoselos  sin

contemplaciones. Rudy hizo un gesto de dolor, sin olvidar el ojo palpitante y las

doloridas costillas.

—¡Veinte de abril de mil ochocientos ochenta y nueve! —lo aleccionó Franz.

El público se dispersó en cuanto Deutscher retiró a su cohorte y dejó solos

con su amigo a Liesel, Tommy y Kristina.

Rudy se quedó tirado en el suelo, absorbiendo la humedad.

Así  que únicamente nos  queda la tercera estupidez: saltarse las  reuniones

de las Juventudes Hitlerianas.

No  desapareció  de  golpe —sólo  para demostrarle a Deutscher  que no le

tenía miedo—, pero al cabo de unas semanas Rudy cortó toda relación.

 

 

 

 

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Vestía el uniforme con orgullo y dejaba atrás Himmelstrasse seguido de su

leal súbdito, Tommy, pero en vez de presentarse en las Juventudes Hitlerianas,

salían de la ciudad y seguían el curso del Amper, donde hacían rebotar piedras

sobre  la superficie o  arrojaban enormes  pedruscos  al  agua. En  general, hacían

de las  suyas.  Manchaba  el uniforme lo  suficiente para tener  engañada a su

madre, al menos hasta que llegó  la primera carta, momento  en que oyó  la

temida llamada desde la cocina.

Al principio sus padres lo amenazaron. Siguió sin ir.

Le suplicaron que fuera. Se negó.

Al final, la oportunidad de unirse a una división distinta hizo virar a Rudy

en la dirección correcta. Por fortuna, porque si el joven no volvía a dejarse ver

pronto, a los  Steiner  les  iba  a caer  una multa por  su ausencia.  Su hermano

mayor, Kurt, consultó  si  Rudy  podría  apuntarse a la  división aérea,

especializada en enseñanzas  de vuelo. Se pasaban  casi todo  el tiempo

construyendo  maquetas de aviones  y  no había ningún  Franz Deutscher  a la

vista. Rudy aceptó y Tommy también se apuntó. Fue la primera vez en su vida

que su estúpido comportamiento le reportaba un resultado beneficioso.

En  la nueva división, siempre que le hacían  la famosa pregunta sobre  el

Führer, Rudy sonreía y respondía: «Veinte de abril de mil ochocientos ochenta y

nueve», y a continuación le susurraba a Tommy una fecha distinta, como la del

nacimiento  de Beethoven, Mozart  o  Strauss. En  el colegio  estaban estudiando

los  compositores, algo  en lo  que Rudy destacaba a pesar  de su manifiesta

estupidez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El libro flotante (parte II)

 

 

 

 

 

La fortuna por fin sonrió a Rudy Steiner a principios de diciembre, aunque

no de la forma acostumbrada.

Ese día hacía frío, pero  todo  estaba en calma. Había estado  a punto  de

nevar.

Después de clase, Rudy y Liesel se pasaron primero por la tienda de Alex

Steiner  y  luego, de camino  a casa, vieron  al viejo  amigo  de Rudy, Franz

Deutscher, que en ese momento doblaba la esquina. Liesel, como solía hacer por

esa época, siempre llevaba encima El hombre que silbaba. Le gustaba sentirlo en la

mano, ya fuera el suave lomo o el tosco filo de las hojas. Ella fue la primera en

verlo.

—Mira.

Lo  señaló. Deutscher  se acercaba hacia  ellos a grandes  zancadas

acompañado de otro cabecilla de las Juventudes Hitlerianas.

Rudy retrocedió y se tocó el ojo que se estaba curando.

—Esta vez no. —Miró  a su alrededor—. Si pasamos  la iglesia, podemos

seguir por el río y atajar por ahí.

Sin más  palabras, Liesel lo  siguió  y  consiguieron evitar  con éxito  al

torturador de Rudy... para cruzarse en el camino de otro.

 

Al principio ni siquiera se fijaron.

El grupo  que cruzaba el puente y  fumaba cigarrillos podría haber  sido

cualquiera. Era demasiado tarde para dar media vuelta cuando las dos partes se

reconocieron.

—Oh, no, nos han visto.

Viktor Chemmel sonrió.

Se mostró  muy  amigable, lo  que significaba  que era más  peligroso  que

nunca.

—Vaya, vaya, si  son Rudy Steiner  y  su golfilla —los  saludó  con toda la

tranquilidad del mundo, quitándole                      El hombre que silbaba   a Liesel de las

manos—. ¿Qué estamos leyendo?

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Esto  es  entre tú y  yo  —intentó  razonar Rudy—. Ella no tiene nada que

ver. Venga, devuélveselo.

—El hombre que silbaba. —Se dirigió a Liesel—. ¿Es bueno?

Liesel se aclaró la garganta.

—No está mal.

Por desgracia, se delató. Fueron los ojos. Revoloteaban inquietos. Liesel se

dio  cuenta del  momento  justo  en que Viktor  Chemmel descubrió  que el libro

era una posesión valiosa.

—¿Sabes qué?, cincuenta marcos y es tuyo —propuso Viktor.

—¡Cincuenta marcos!  —exclamó  Andy  Schmeikl—. Vamos, Viktor, con

cincuenta marcos podrías comprarte mil libros.

—¿Te he pedido que hables?

Andy cerró el pico. Como si llevara una bisagra.

Liesel intentó poner cara de póquer.

—Pues ya puedes quedártelo. Ya lo he leído.

—¿Cómo acaba?

¡Maldita sea!

No había llegado hasta ahí.

Vaciló y Viktor Chemmel lo adivinó al instante.

Rudy intervino enseguida.

—Vamos, Viktor, no le hagas esto. Me buscas a mí. Haré lo que quieras.

El joven se limitó a apartarlo a un lado, con el libro en alto. Y lo corrigió.

—No, soy yo el que va a hacer lo que quiera —dijo, dirigiéndose al río.

Todo  el mundo  fue tras  él, intentando seguir  su paso. Medio  corriendo,

medio caminando. Algunos protestaron. Otros lo animaron.

 

Todo fue muy rápido, y simple. Se formuló una pregunta en tono burlón y

amistoso.

—Dime, ¿quién fue el último campeón olímpico de lanzamiento de disco en

Berlín? —preguntó Víctor. Se volvió hacia ellos, calentando el brazo—. ¿Quién

fue? Mecachis, lo tengo en la punta de la lengua. Fue un americano, ¿verdad?

Carpenter o algo así...

—¡Por favor! —dijo Rudy.

 

El agua borboteaba.

Viktor Chemmel dio una vuelta sobre sí mismo.

El libro  salió  disparado  de su mano. Se abrió, aleteó, las  páginas  se

estremecieron ganándole terreno al aire. Se detuvo con mayor brusquedad de la

esperada, y dio la impresión de que el agua lo succionaba. Golpeó la superficie

de un planchazo y empezó a flotar corriente abajo.

 

 

 

 

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Viktor negó con la cabeza.

—No ha sido lo suficiente alto. Un mal lanzamiento. —Volvió a sonreír—.

Pero suficiente para ganar, ¿eh?

Liesel y Rudy no se quedaron a oír las risas.

Rudy ya había bajado a la orilla para intentar encontrar el libro.

—¿Lo ves? —preguntó Liesel.

Rudy corrió.

 

Siguió la orilla del río y le indicó dónde estaba el libro.

—¡Allí!

Se detuvo, lo  señaló y  corrió  un  poco  más  para adelantarlo. Se  quitó  el

abrigo  y  se metió  en el agua en un  abrir  y  cerrar  de ojos. Una vez dentro, lo

vadeó hasta el centro.

Liesel, dejando de correr, sintió el dolor de cada paso. El punzante frío.

Al acercarse más vio que el libro pasaba junto a Rudy, pero este lo atrapó

enseguida. Alargó la mano y pescó lo que se había convertido en una masa de

cartón y papel mojado.

—¡El hombre que silbaba! —gritó el chico.

Era el único  libro  que flotaba en el Amper  ese día, pero  aun  así  sintió  la

necesidad de anunciar el título.

Otro  punto  que hay que destacar  es  que Rudy  no intentó  abandonar las

gélidas aguas en cuanto tuvo el libro en la mano, sino que permaneció dentro

un par de minutos. Nunca se lo confesó a Liesel, pero creo que ella sabía muy

bien que las razones fueron dos.

 

LOS MOTIVOS HIPOTÉRMICOS

DE RUDY STEINER

1. Tras meses de fracasos, esa fue la única oportunidad

de deleitarse con una victoria.

2. Una muestra de altruismo de esa magnitud era una buena

ocasión para pedirle el típico favor. ¿Cómo iba a negarse

Liesel?

 

—¿Qué hay de ese beso, Saumensch?

Permaneció unos minutos más en el agua, hundido hasta la cintura, antes

de salir  y  tenderle el libro. Los  pantalones se le pegaban a las  piernas  y  no

dejaba de moverse. En realidad, creo  que tenía miedo. Rudy Steiner  temía el

beso  de la ladrona de libros. Debía de haberlo  deseado  con todas  sus  fuerzas.

Debió de haberla querido con todo su corazón. Tanto, que nunca más volvería a

pedírselo y se iría a la tumba sin él.

 

 

 

 

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SEXTA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El repartidor de sueños

 

 

 

Presenta:

 

 

 

el diario de la muerte — el muñeco de nieve — trece regalos — el siguiente

libro — la pesadilla de un cadáver judío — un periódico en el cielo — una visita

— un Schmunzeler — y un último beso en unas mejillas intoxicadas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El diario de la muerte: 1942

 

 

 

 

 

Fue un año de los que pasarán a la historia, como el 79, o como 1346, por

nombrar  unos  pocos. ¿Qué guadaña ni qué  ocho cuartos?  ¡Maldita sea!, una

escoba o trapo bien grande es lo que habría necesitado. Y unas vacaciones.

 

UNA PEQUEÑA VERDAD

No llevo ni hoz ni guadaña.

Sólo cuando hace frío visto un hábito negro con capucha.

Y no tengo esos rasgos faciales de calavera que tanto parece

que os gusta endilgarme, aunque a distancia. ¿Quieres saber

qué aspecto tengo en realidad? Te ayudaré. Ve a buscar un

espejo mientras sigo.

 

La verdad es que estoy bastante expansiva en estos momentos, hablándote

de mí y nada más que de mí, y de mis viajes, de lo que vi en 1942. Por otro lado,

eres  humano, así  que debes  de saber  qué es  el narcisismo. La cuestión es  que

existe una razón para que te explique lo  que vi  entonces. Gran parte de ello

tendrá repercusiones para Liesel Meminger.

 

LISTA ABREVIADA DE 1942

1. Los judíos desesperados, con sus espíritus en mi regazo

mientras esperamos sentados en el tejado, junto a las

humeantes chimeneas.

2. Los soldados rusos, apenas llevan unas cuantas balas,

confían en que los caídos les abastezcan del resto.

3. Los cuerpos empapados en una costa francesa, varados

entre los guijarros y la arena.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Podría continuar, pero  he decidido  que por  ahora es  suficiente  con tres

ejemplos. Tres  ejemplos, por  pocos  que sean, te dejarán el regusto  ceniciento

que definió mi existencia aquel año.

 

A menudo intento recordar los retazos sueltos de belleza que también vi en

esa época. Me abro paso a través de mi archivo de historias.

De hecho, tiendo la mano y escojo una.

Creo  que ya conoces  la mitad y, si me acompañas, te contaré el resto. Te

contaré la segunda parte de la ladrona de libros.

Sin saberlo, a la ladrona le aguardan muchas cosas excepcionales a las que

acabo de aludir, pero a ti también.

Está bajando nieve al sótano, ¡precisamente al sótano!

Un puñado de agua congelada puede hacer sonreír casi a cualquiera, pero

no puede hacerlos olvidar.

Aquí viene.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El muñeco de nieve

 

 

 

 

 

Para Liesel Meminger, los  primeros  meses  de 1942 podrían resumirse del

siguiente modo:

Cumplió  trece años. Seguía siendo  plana. Todavía no era mujer. El joven

del sótano estaba en la cama.

 

P y R

¿Cómo acabó Max Vandenburg en la cama de Liesel?

Se cayó.

 

Había opiniones para todos los gustos, pero Rosa Hubermann sostenía que

la semilla se había plantado la Navidad pasada.

El 24 de diciembre  fue un  día de hambre  y  frío, pero  al menos tuvo  una

ventaja importante: no hubo visitas  prolongadas. Hans  hijo  estaba matando

rusos y al mismo tiempo mantenía su huelga familiar. Trudy sólo pudo pasarse

unas horas el fin de semana anterior a Navidad. Se iba fuera con la familia para

la que trabajaba. Vacaciones para una Alemania muy diferente.

Liesel le bajó  un  regalo a Max  en Nochebuena: dos  puñados  de nieve.

«Cierra los  ojos  y  abre las  manos», le dijo. En  cuanto  sintió  la nieve, Max  se

estremeció y se echó a reír, pero no abrió los ojos, sino que probó un pedacito.

Dejó que se fundiera en sus labios.

—¿Es el parte meteorológico del día?

Liesel se quedó a su lado.

Le tocó un brazo con suavidad.

Max volvió a llevarse la nieve a la boca.

—Gracias, Liesel.

Fue el principio de la mejor Navidad de todos los tiempos. Poco de comer.

Nada de regalos. Pero había un muñeco de nieve en el sótano.

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Después  de entregarle los  primeros  puñados, Liesel comprobó que no

hubiera nadie y  empezó  a sacar  fuera todos  los  cubos  y  botes  que encontró,

llenándolos  con la nieve y  el hielo  que cubrían  el pedacito  de mundo  que era

Himmelstrasse. Una vez repletos, los entró en casa y los bajó al sótano.

Hay que ser justo y decir que Liesel fue la primera en lanzarle una bola de

nieve a Max, por lo que recibió una de respuesta en la barriga. Max incluso le

arrojó una a Hans Hubermann mientras bajaba la escalera del sótano.

—Arschloch! —gritó Hans—. ¡Liesel, pásame un poco de esa nieve! ¡El cubo

entero!

Durante unos  minutos, lo  olvidaron todo. No  hubo gritos  ni  vociferaron

más nombres, pero por momentos no conseguían aguantarse la risa. Sólo eran

humanos jugando en la nieve, dentro de casa.

Hans miró los cacharros llenos de agua helada.

—¿Qué hacemos con lo que sobra?

—Un muñeco de nieve —propuso Liesel—. Tenemos que hacer un muñeco

de nieve.

Hans llamó a Rosa.

Rosa escupió:

—¿Qué pasa, Saukerl?

—¡Baja aquí un momento, anda!

Cuando  su mujer  apareció, Hans  Hubermann  se jugó  la vida al lanzarle

una buena bola de nieve. Le pasó rozando y se desintegró al impactar contra la

pared, así  que Rosa encontró  una excusa para maldecir  todo  lo  que quiso  sin

detenerse a coger  aliento. Bajó  a ayudarles  en cuanto  se hubo recuperado.

Incluso aportó unos botones para los ojos y la nariz y un trozo de cordel para la

sonrisa del muñeco. También un  pañuelo  y  un  sombrero  para algo  que en

realidad no superaba el medio metro de altura.

—Un enano —dijo Max.

—¿Qué haremos cuando se derrita? —preguntó Liesel.

Rosa tenía la respuesta.

—Pues lo limpias, Saumensch, en un santiamén.

Hans discrepó.

—No se derretirá. —Se frotó las manos y se las sopló—. Aquí abajo hace un

frío de muerte.

Sin embargo, el muñeco de nieve se derritió, aunque siguiera en pie en el

interior de todos ellos. Debió de ser lo último que vieron esa Nochebuena antes

de quedarse dormidos. Un acordeón en sus  oídos, un  muñeco  de nieve en su

retina, y  en cuanto  a Liesel, una reflexión sobre  las  últimas  palabras  de Max

antes de dejarlo junto al fuego.

 

 

 

 

 

 

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FELICITACIONES NAVIDEÑAS

DE MAX VANDENBURG

«A menudo deseo que todo esto acabe, Liesel, pero entonces,

no sé cómo, pasa algo... tú bajas al sótano con un muñeco de

nieve en las manos.»

 

Por desgracia, a partir de esa noche la salud de Max empeoró gravemente.

Los primeros signos fueron bastante típicos: frío constante, manos temblorosas,

incremento  de las  fantasías  de combate con el Führer... No  obstante, sólo  se

preocupó  después  de comprobar  que no conseguía entrar  en calor  tras  las

flexiones y los abdominales. Por muy cerca del fuego que se sentara, su salud

no mejoraba. Día tras  día, perdía peso. Su  tabla de ejercicios  lo  agotaba y

acababa desplomado, con la mejilla pegada contra el desnudo suelo del sótano.

Consiguió  aguantar  todo  enero, pero  a  principios  de febrero  Max  estaba

muy mal. Tenía que hacer  un  gran esfuerzo  para despertarse, ya  que si  no se

quedaba durmiendo junto al fuego hasta bien entrada la mañana, con los labios

crispados y los pómulos cada vez más marcados. Cuando le preguntaban, decía

que estaba bien.

A mediados de febrero, unos días antes del cumpleaños de Liesel, se acercó

a la chimenea al borde del colapso y a punto estuvo de caer directamente sobre

las llamas.

—Hans —susurró, con el rostro acalambrado.

Le fallaron las piernas y se golpeó la cabeza contra la funda del acordeón.

Al mismo tiempo que una cuchara de madera caía en la sopa de guisantes,

Rosa se plantaba junto a Max. Le sujetó la cabeza y le gritó a Liesel:

—¡No  te quedes  ahí  parada, saca las  sábanas  de recambio  y  ponlas  en tu

cama! ¡Y  tú! —Le  tocaba a Hans—. Ayúdame a levantarlo  y  a llevarlo  a la

habitación de Liesel. Schnell!

En  el tenso  rostro  de  Hans  se reflejaba la  preocupación. Cerró  los  ojos

grises, como si hubieran bajado una persiana metálica, y lo levantó él solo. Max

era liviano como un niño.

—¿Lo acostamos aquí o en nuestra cama?

Rosa ya había considerado esa opción.

—No, tenemos que dejar las cortinas abiertas durante el día o levantaremos

sospechas.

—Bien pensado.

Hans se lo llevó de allí. Liesel observaba, sábanas en mano. Pies lánguidos

y cabello mustio en el pasillo. Se le había caído un zapato.

—Andando.

Rosa cerró la marcha detrás de ellos con sus andares de pato.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

Una vez en la cama, fueron apilando sábanas encima de él y remetiéndolas

alrededor de su cuerpo.

—Mamá.

Liesel no encontró fuerzas para decir nada más.

—¿Qué?  —Rosa Hubermann  llevaba el moño tan tirante  que por  detrás

asustaba y dio la impresión de tensarse aún más cuando repitió la pregunta—.

¿Qué quieres, Liesel?

Liesel se acercó, temiendo la respuesta.

—¿Está vivo?

El moño asintió.

Rosa se volvió.

—Escúchame bien, Liesel, no he aceptado  a  este hombre en mi  casa para

ver cómo se muere, ¿entendido? —sentenció con gran seguridad.

Liesel asintió con la cabeza.

—Venga, largo.

 

Su padre la abrazó en el vestíbulo.

Liesel lo necesitaba más que nada en el mundo.

 

Más  tarde, ya entrada  la noche, oyó  cómo Hans  y  Rosa hablaban. Rosa la

había instalado en la habitación con ellos, por lo que descansaba junto a la cama

de matrimonio, en el  suelo, en el colchón  que habían subido  a  rastras  del

sótano. (Al principio  les  preocupaba que pudiera estar  infectado, pero  luego

llegaron a la conclusión de que esas ideas no tenían fundamento. Lo que había

enfermado  a Max  no era un  virus, de modo  que lo  subieron y  cambiaron las

sábanas.)

Rosa dijo lo que pensaba, creyendo que la niña estaba dormida.

—Ese maldito  muñeco  de nieve —murmuró—. Estoy  segura de  que ese

muñeco de nieve tiene la culpa... Mira que ponerse a jugar con hielo y nieve con

el frío que hace ahí abajo.

Hans se lo tomó con filosofía.

—Rosa, la culpa la tiene Adolf. —Se incorporó—. Deberíamos ir a ver cómo

está.

Max recibió siete visitas a lo largo de toda la noche.

 

RECUENTO DE LAS VISITAS

A MAX VANDENBURG

Hans Hubermann: 2

Rosa Hubermann: 2

 

 

 

 

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Liesel Meminger: 3

 

Por la mañana, Liesel le subió la libreta de bocetos del sótano y la dejó en la

mesita de noche. Se sentía muy mal por  haberle echado  una hojeada el año

anterior, así que esta vez, por respeto, no se atrevió a abrirla.

Cuando su padre entró en la habitación, Liesel le habló de cara a la pared

contra la que se apoyaba la cama de Max Vandenburg, sin volverse.

—¿Por  qué tuve  que bajar  toda esa nieve?  —preguntó—. Es  por  culpa de

eso, ¿verdad,  papá?  —Entrelazó  las  manos, como  si  fuera a rezar—. ¿Por  qué

tuve que hacer ese muñeco de nieve?

Hans, para su imperecedera gloria, fue inflexible.

—Liesel, tenías que hacerlo —respondió, zanjando la cuestión.

 

Se sentó a su lado durante horas, mientras Max tiritaba y dormía.

—No te mueras —le susurró—. Por favor, Max, no te mueras.

Era el segundo muñeco de nieve que se derretía ante sus ojos, aunque esta

vez era diferente, era una paradoja: cuanto más se enfriaba, antes se derretía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Trece regalos

 

 

 

 

 

Fue como revivir la llegada de Max.

Las  plumas  se convirtieron en cañas  y  la suave  cara se volvió  áspera; la

prueba que Liesel necesitaba: estaba vivo.

 

Los  primeros  días  se  sentaba a su lado y  hablaba con él. El día de su

cumpleaños le dijo que si se despertaba habría un enorme pastel esperándole en

la cocina.

No se despertó.

No hubo pastel.

 

UN PASAJE NOCTURNO

Bastante más tarde caí en la cuenta de que ya había

visitado el número treinta y tres de Himmelstrasse por esa

época. Debió de ser una de las pocas veces en que la

niña no estaba a su lado, pues lo único que vi fue un

hombre postrado. Me arrodillé. Me preparé para meter

las manos por debajo de las sábanas y entonces sentí

un resurgir, una lucha a muerte por sacárseme

de encima. Me retiré y, con todo el trabajo que tenía por

delante, fue agradable que me expulsaran de esa

habitacioncita a oscuras. Incluso me permití una pausa,

un breve disfrute de la serenidad,

con los ojos cerrados, antes de salir de allí.

 

El quinto  día se armó  mucho revuelo  cuando  Max  abrió  los  ojos, aunque

sólo fue un instante. Casi no vio otra cosa —y tan de cerca que debió de ser una

visión aterradora—  que a Rosa Hubermann, endiñándole prácticamente un

cucharón de sopa de guisantes en la boca.

—Traga —le aconsejó—. No pienses, sólo traga.

 

 

 

 

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En  cuanto  Rosa le pasó  el cuenco, Liesel intentó  verle la cara, pero  se

interponía el trasero de una proveedora de sopa.

—¿Sigue despierto?

Cuando se volvió, Rosa no tuvo necesidad de responder.

 

Menos de una  semana después,  Max  despertó  por  segunda vez y, en esa

ocasión,  Liesel  y  su  padre estaban en la habitación.  Ambos  contemplaban  el

cuerpo postrado cuando oyeron un leve gruñido. Si fuera posible, diríamos que

Hans cayó hacia arriba, tanta fue la prisa con que se levantó de la silla.

—¡Mira! —exclamó Liesel con un grito ahogado—. No te duermas, Max, no

te duermas.

Max  la miró  unos  segundos, pero  no la reconoció. Los  ojos  la estudiaron

como si Liesel fuera un enigma. Luego, volvió a ausentarse.

—Papá, ¿qué ha pasado?

Hans se dejó caer de nuevo en la silla.

Más tarde, el padre le sugirió que le leyera.

—Vamos, Liesel, últimamente te gusta mucho leer... Aunque no sé de

dónde ha salido ese libro, es todo un misterio.

—Ya te lo conté, papá, me lo dio una de las monjas del colegio.

Hans levantó las manos a modo de fingida protesta.

—Ya, ya. —Suspiró desde las alturas—. Pero... —Escogió las palabras una

detrás de otra—. Que no te pillen.

Y se lo decía un hombre que había robado un judío.

 

A partir de ese día, Liesel leyó en voz alta El hombre que silbaba durante todo

el tiempo que Max siguió ocupando su cama. Lo único frustrante era tener que

saltarse capítulos  enteros  porque muchas  páginas  estaban  pegadas, ya que no

se habían secado  bien. Aun  así, avanzó como  pudo, hasta tal  punto  que ya

había completado tres cuartas partes del libro. Tenía 396 páginas en total.

 

En el mundo exterior, todos los días Liesel salía escopeteada del colegio con

la esperanza de que Max estuviera mejor.

—¿Se ha despertado? ¿Ha comido?

—Largo  de aquí, me estás  poniendo la cabeza como  un  bombo  con tanta

cháchara —suplicó su madre—. Venga, sal fuera a jugar al fútbol, por amor de

Dios.

—Sí, mamá. —Se volvió  antes  de  abrir  la puerta—. Pero  vendrás  a

buscarme si se despierta, ¿verdad? Invéntate lo que sea, pega un grito como si

hubiera hecho algo, empieza a chillarme. Todo  el mundo  se lo  tragará, no te

preocupes.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Incluso  Rosa no pudo  menos que sonreír. Con los  brazos  en jarras, le

advirtió  que no era tan mayor  como  para  no recibir  un  buen                    Watschen  por

hablarle de ese modo.

—Y mete un gol o no vuelvas a casa —la amenazó.

—Lo que tú digas, mamá.

—¡Que sean dos, Saumensch!

—Que sí, mamá.

—¡Y deja de responderme!

Liesel se lo pensó dos veces y salió corriendo para enfrentarse a Rudy en la

calle embarrada y resbaladiza.

—Justo  a tiempo, rascaculos  —dijo, saludándola de la manera habitual

mientras intentaban quitarse la pelota—. ¿Dónde te habías metido?

Media hora después,  cuando  la insólita presencia de un  coche por

Himmelstrasse reventó  el balón, Liesel encontró  su primer  regalo  para Max

Vandenburg. Tras concluir que no tenía arreglo, los niños volvieron a sus casas

malhumorados, abandonando  la pelota  en la fría calle. Liesel  y  Rudy  se

inclinaron sobre los restos. Tenía un reventón a cada lado, en forma de boca.

—¿La quieres? —preguntó Liesel.

Rudy se encogió de hombros.

—¿Para qué voy  a querer  esa mierda de pelota reventada?  Ya no hay

manera de volverla a inflar, ¿no?

—¿La quieres o no?

—No, gracias.

Rudy le dio unas puntadas suaves, como si fuera un animal muerto. O un

animal que tendría que estar muerto.

De camino a casa, Liesel recogió el balón y se lo puso bajo el brazo.

—Eh, Saumensch —oyó que la llamaba. Esperó—. Saumensch!

Capituló.

—¿Qué?

—Si la quieres, también tengo una bici sin ruedas.

—Para ti.

Desde donde estaba, lo  último  que oyó  fue  la risotada de ese Saukerl  de

Rudy Steiner.

 

En cuanto entró en casa se fue derecha a su habitación, sacó el balón para

Max y lo dejó a los pies de la cama.

—Lo  siento  —se disculpó—. Ya sé  que no es  mucho, pero  cuando

despiertes  te lo  contaré todo. Te explicaré que hacía  la tarde más  gris  que te

puedes  imaginar y  que un  coche sin luces  pasó  por  encima  del balón. Y  que

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

entonces  el hombre bajó  del coche y  nos gritó. Y  que luego  nos preguntó  una

dirección. Qué cara...

¡Despierta!, deseaba chillarle.

O zarandearlo.

No lo hizo.

Liesel se limitó  a mirar  el balón y  su piel descamada y  maltratada.  Fue el

primer regalo de muchos.

 

REGALOS DEL 2 AL 5

Un lazo, una piña.

Un botón, una piedra.

 

La pelota de fútbol le había dado una idea.

Ahora, cada vez que  Liesel iba  o  volvía del colegio, buscaba objetos

abandonados  que pudieran ser  valiosos  para un  moribundo. Al principio  se

preguntaba por  qué importaba tanto. ¿Cómo  podía  algo  tan insignificante

reconfortar  a alguien?  Un lazo en la cuneta, una piña en la calzada, un  botón

apoyado con naturalidad contra la pared de clase, un guijarro plano del río.

¿Qué es todo esto?, preguntaría Max. ¿Qué son estos trastos?

¿Trastos? En su fantasía, Liesel estaba sentada en el borde de la cama. No

son trastos, Max, es lo que te ha hecho despertar.

 

REGALOS DEL 6 AL 9

Una pluma, dos periódicos.

Un envoltorio de caramelo. Una nube.

 

La pluma era preciosa y  había quedado  atrapada en las  bisagras  de la

puerta de la iglesia de Münchenstrasse. Asomaba torciendo el gesto, y  Liesel

salió corriendo en su rescate. Tenía las barbas de la izquierda repeinadas a un

lado, pero  las  de la derecha estaban hechas  de delicadas  aristas  y  racimos  de

triángulos irregulares. No había otro modo de describirla.

Los periódicos procedían de las frías profundidades de un cubo  de basura

(con eso  está todo  dicho), y  el  envoltorio  de caramelo  estaba  aplanado  y

desteñido. Lo  encontró  cerca del colegio  y  lo  puso  a contraluz. Contenía un

collage de pisadas.

Luego la nube.

¿Cómo le regalas a alguien un pedazo de cielo?

A finales  de febrero, se detuvo  en medio  de Münchenstrasse y  se quedó

mirando  una  enorme nube que asomaba tras  las  colinas  como  un monstruo

 

 

 

 

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blanco. Escaló las  montañas. El  sol quedó  eclipsado  y, en su lugar, una bestia

blanca de corazón gris vigiló la ciudad.

—Mira eso —le señaló a su padre.

Hans ladeó la cabeza y dijo lo que creía que había que decir.

—Deberías dársela a Max, Liesel. Mira a ver si puedes dejársela en la mesita

de noche junto a las otras cosas.

Liesel lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—Pero ¿cómo?

Hans le golpeó suavemente en la cabeza con los nudillos.

—Memorízala y luego la describes.

 

—... Era como una gran bestia blanca —le contó en la siguiente vigilia, junto

a la cama— y apareció por detrás de las montañas.

Cuando  la frase quedó  acabada tras  varios  ajustes  y  añadiduras, Liesel

consideró que lo había conseguido. Imaginó la nube pasando de su mano a la

de Max, a través de las sábanas, y lo escribió en un trozo de papel sobre el que

colocó la piedra.

 

REGALOS DEL 10 AL 13

Un soldadito.

Una hoja milagrosa.

Un hombre que silbaba terminado.

Un pedazo de dolor.

 

El soldadito  estaba enterrado  en el suelo,  cerca de la casa de  Tommy

Müller. Estaba rayado  y  pisoteado, aunque para Liesel eso  era lo  más

importante. A pesar de estar herido, todavía se aguantaba en pie.

La hoja era  de arce, y la descubrió  en el armario  de la escoba  del colegio,

entre cubos y plumeros. La puerta estaba ligeramente entornada. La hoja, seca y

dura, era como  una tostada, y  varios  valles  y  colinas  le recorrían  la piel. No

sabía cómo, pero la hoja había conseguido colarse en el vestíbulo del colegio y

en ese armario. Era como media estrella con tallo. Liesel extendió el brazo y la

hizo girar entre los dedos.

A diferencia de los  demás  objetos, no dejó  la hoja en la mesita  de  noche,

sino  que la colgó  en la cortina corrida justo  antes  de leer  las  últimas  treinta y

cuatro páginas de El hombre que silbaba.

Esa noche  ni  cenó ni fue al lavabo. No  bebió  nada.  Llevaba todo  el día

dándole vueltas  y  había  decidido que esa noche acabaría  el libro  y  que Max

Vandenburg iba a escucharla. Que iba a despertar.

 

 

 

 

 

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Hans  se sentó  en el suelo, en un  rincón, ocioso, como  de costumbre. Por

fortuna, pronto  tendría que irse al  Knoller  con el acordeón. Con la barbilla

apoyada en las rodillas, escuchó atento a la niña con quien tantos apuros había

pasado para enseñarle el abecedario. Liesel leyó orgullosa, deshaciéndose de las

últimas y aterradoras palabras del libro para entregárselas a Max Vandenburg.

 

LOS ÚLTIMOS PÁRRAFOS

DE «EL HOMBRE QUE SILBABA»

«Esa mañana el aire vienés  nublaba las  ventanillas  del tren y,  mientras la gente iba a

trabajar, ajena a todo,  un asesino silbaba su alegre tonada. Compró un billete. Intercambió  los

corteses saludos de rigor con sus compañeros de viaje y el revisor. Incluso cedió su asiento a una

ancianita  e inició  una  educada  conversación  con un apostador  que  hablaba de  caballos

americanos. A fin de cuentas, al hombre que silbaba le encantaba hablar. Hablaba con la gente y

acababa ganándose su simpatía y  su confianza.  Hablaba con ellos  mientras  los  asesinaba,

mientras  los  torturaba y  martirizaba con su cuchillo.  Sólo  silbaba cuando  no  tenía con quien

hablar, por eso también lo hacía después de cometer sus crímenes...

»—Entonces, ¿dice que el siete ganará en las carreras?

»—Sin duda.  —El apostador  sonrió  de oreja a oreja.  Ya se había  ganado  su confianza—.

¡Aparecerá a sus espaldas y se los llevará a todos por delante! —gritó, haciéndose oír por encima

del traqueteo del tren.

»—Si usted lo  dice...  —El hombre que silbaba se sonrió,  preguntándose cuánto  tardarían

todavía en encontrar el cuerpo del inspector en ese BMW recién comprado.»

 

—Jesús, María y José. —Hans no consiguió reprimir la incredulidad—. ¿Y

te lo dio una monja? —Se levantó y empezó a prepararse para marchar después

de besarla en la frente—. Adiós, Liesel, el Knoller me espera.

—Adiós, papá.

—¡Liesel!

No se dio por aludida.

—¡Baja a comer algo!

Decidió responder.

—Voy, mamá.

En realidad le dirigió esas palabras a Max mientras se acercaba para dejar el

libro  terminado  en la mesilla de noche junto  a todo  lo  demás. Teniéndolo  tan

cerca, no pudo reprimirse.

—Vamos, Max —susurró.

Ni siquiera el rumor de los pasos a su espalda anunciando la llegada de la

madre impidió que Liesel se echara a llorar en silencio.

Rosa la atrajo hacia sí.

La engulló entre sus brazos.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Ya lo sé —dijo.

Lo sabía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aire fresco, una vieja pesadilla y qué hacer con un cadáver

judío

 

 

 

 

 

Estaban junto  al Amper  y  Liesel le acababa  de contar  a Rudy que quería

conseguir  otro  libro  de la biblioteca del  alcalde. En  lugar  de                   El hombre que

silbaba, había leído El vigilante varias veces junto a la cama de Max. Una lectura

breve. También lo  había probado  con El hombre que se  encogía  de  hombros y  el

Manual del sepulturero, pero ninguno de los dos había acabado de convencerla.

Quería algo nuevo.

—Pero ¿ya te has acabado el último?

—Pues claro.

Rudy lanzó una piedra al agua.

—¿Estaba bien?

—Pues claro.

—Pues claro, pues claro.

Intentaba arrancar otra piedra del suelo, pero se hizo un corte.

—Te está bien empleado.

—Saumensch.

Cuando  la última palabra de alguien era                            Saumensch, Saukerl  o                                                                                                  Arschloch,

quería decir que le habías ganado.

 

Por  lo  que a robar  se refiere, se daban las  condiciones  óptimas.  Era una

sombría  tarde de principios  de  marzo  y  el termómetro  marcaba muy pocos

grados, una temperatura mucho más desagradable que cuando te encuentras ya

a diez bajo cero. Apenas se veía gente en la calle y las gotas de lluvia parecían

virutas de un lápiz gris.

—¿Vamos?

—Bicicletas —contestó Rudy—. Coge una de las nuestras.

 

Esta vez Rudy se mostró  bastante  más  entusiasta a la hora de ofrecerse a

entrar.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Hoy me toca a mí —dijo, con los dedos congelados en el manillar.

Liesel fue rápida.

—Tal vez no sea buena idea, Rudy. El personal de la casa corre por todas

partes. Y está oscuro. Seguro que un idiota como tú acaba en el suelo después

de tropezar con algo.

—Muchas gracias.

Era muy difícil contener a Rudy cuando estaba de este humor.

—Y también está el salto. Está a más altura de lo que crees.

—¿Estás diciendo que no me crees capaz?

Liesel se puso en pie sobre los pedales.

—En absoluto.

Cruzaron el puente y subieron por el serpenteante sendero de la colina que

conducía a Grandestrasse. La ventana estaba abierta.

 

Inspeccionaron los alrededores de la casa, igual que la otra vez, y creyeron

vislumbrar  algo  abajo, donde había luz,  en lo  que probablemente  fuera la

cocina. Una sombra iba de aquí para allá.

—Daremos unas  vueltas  a la casa —propuso  Rudy—. Qué suerte que

hayamos traído las bicicletas, ¿eh?

—No te la olvides cuando volvamos.

—Muy graciosa, Saumensch. Se ve un poco más que tus apestosos zapatos.

Estuvieron dando  vueltas  unos  quince minutos, pero  la mujer  del  alcalde

seguía abajo, demasiado  cerca para sentirse tranquilos. ¡Cómo  se atrevía a

custodiar la cocina con tanta diligencia! Rudy no tenía la menor duda de que la

cocina era el objetivo. De ser por él, entraría, robaría toda la comida que pudiera

y, si le sobraba tiempo (sólo si le sobraba), por el camino se metería un libro en

los bolsillos. Uno cualquiera.

No obstante, el punto débil de Rudy era la impaciencia.

—Se hace tarde —protestó, y empezó a alejarse con la bicicleta—. ¿Vienes?

Liesel  se hacía la remolona, pero  cualquier  otra opción era impensable.

Había tirado de esa bicicleta oxidada hasta allí arriba y no iba a irse sin un libro.

Apoyó el manillar en la cuneta, comprobó que no hubiera vecinos a la vista y se

acercó a la ventana. Sin prisa, pero sin pausa. Se quitó los zapatos ayudándose

de los dedos de los pies.

Se agarró con fuerza a la madera y se coló de un salto.

Esta vez se sentía más  segura, aunque sólo  un  poco. En  cuestión de

segundos había recorrido la habitación en busca de un título que le llamara la

atención y a punto estuvo de alargar la mano en tres o cuatro ocasiones, incluso

se planteó llevarse más de uno, pero tampoco quería abusar de lo que se había

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

convertido en algo así como una rutina. De momento sólo necesitaba un libro.

Repasó las estanterías y esperó.

Una nueva oscuridad se coló por la ventana, a su espalda. El olor a polvo y

hurto eran patentes cuando lo vio.

El libro era rojo, con letras negras en el lomo. Der Traumträger. El repartidor

de sueños. Pensó en Max Vandenburg y en sus sueños.

Sacó  el libro  de la estantería, se lo  metió  bajo  el brazo, se encaramó  al

alféizar de la ventana y saltó fuera, todo en un solo movimiento.

Rudy tenía los zapatos y la bicicleta a punto. En cuanto se calzó, se alejaron

de allí.

—Jesús,  María y  José, Meminger. —Nunca la había  llamado  Meminger—.

Estás como una cabra, ¿lo sabías?

Liesel le dio la razón sin dejar de pedalear como alma que lleva el diablo.

—Lo sé.

Una vez en el puente, Rudy evaluó los acontecimientos de la tarde.

—O esa gente está completamente chalada o les encanta el aire fresco.

 

UNA PEQUEÑA SUPOSICIÓN

Tal vez había una mujer en Grandestrasse que

dejaba la ventana de la biblioteca abierta por otra razón...

Pero igual estoy siendo cínica. U optimista.

O ambas cosas.

 

Liesel escondió  El repartidor de sueños                    debajo  de la chaqueta y  empezó  a

leerlo en cuanto llegó a casa. En la silla de madera que había junto a la cama,

abrió el libro y susurró:

—Max, es  nuevo. Sólo  para ti. —Empezó  a leer—. «Capítulo  uno: Qué

oportuna coincidencia que todo el pueblo durmiera cuando nació el repartidor

de sueños...»

Liesel le leía dos  capítulos cada día. Uno  por  la  mañana antes  de ir  al

colegio y otro al regresar a casa. Algunas noches, cuando no podía conciliar el

sueño, también leía  medio  capítulo  más. A veces  se dormía medio

desmoronada a los pies de la cama.

Se convirtió en su misión.

Le daba a Max  El repartidor de sueños                           como  si las  palabras pudieran

alimentarlo. Un martes  creyó  vislumbrar  un  movimiento. Habría  jurado  que

Max había abierto los ojos. Si así fuera, sólo habría sido unos segundos. Lo más

probable es que se tratara de la imaginación de Liesel y de las ganas que tenía

de que sucediera.

A mediados de marzo, todo empezó a desmoronarse.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Una tarde en la cocina, Rosa Hubermann  —mujer  de gran valor  en

momentos  difíciles—  llegó  al límite de sus  fuerzas. Alzó  la voz y  la bajó  de

inmediato. Liesel dejó de leer y salió al vestíbulo tratando de no hacer ruido. A

pesar  de lo  cerca que estaba, apenas  entendía lo  que su madre decía. Sin

embargo, cuando las palabras llegaron hasta ella, deseó no haberlas oído, pues

lo que escuchó la dejó horrorizada: la cruda realidad.

 

LAS PALABRAS DE LA MADRE

«¿Y si no despierta? ¿Y si se muere aquí, Hansi? Dime. Por

el amor de Dios, ¿qué haríamos con el cadáver? No podemos

dejarlo ahí, el olor sería insoportable... Y tampoco

podemos sacarlo por la puerta y arrastrarlo por la calle.

¿Qué vamos a decir?: "¿A que no adivinas lo que

me he encontrado esta mañana en el sótano?".

Nos encerrarían para siempre.»

 

Tenía toda la razón del mundo.

Un cadáver  judío  era  un  problemón. Los  Hubermann  debían resucitar  a

Max Vandenburg, ya no sólo por el bien de este sino también por el de ellos. La

tensión empezaba a hacer mella incluso en Hans, el último bastión de la calma.

—Mira, si eso ocurre —contestó con voz tranquila, aunque afligida—, si se

muere, ya se nos ocurrirá algo. —Liesel habría jurado que lo oyó tragar saliva,

como si hubiera recibido un golpe en el cuello—. El carro de la pintura, algunas

sábanas para tirar...

Liesel entró en la cocina.

—Ahora no, Liesel.

Fue Hans quien habló, aunque sin mirarla. Tenía los codos clavados en la

mesa y los ojos fijos en el reflejo deformado de su rostro en la parte convexa de

una cuchara.

La ladrona de libros no se fue. Dio unos pasos y se sentó. Las frías manos

buscaron las mangas y una frase se le cayó de los labios.

—Todavía no ha muerto.

Las palabras aterrizaron sobre la mesa y se agruparon en el medio. Los tres

las  miraron. Las  tímidas  esperanzas  no se atrevieron a levantarse. Todavía no

ha muerto. Todavía no ha muerto. Rosa tomó la palabra.

—¿Quién tiene hambre?

 

Quizá el único  momento  del día en que la  enfermedad de Max  no les

pesaba era la hora de comer. Era inútil negarlo cuando se sentaban a la mesa de

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

la cocina con una ración extra de pan, sopa o patatas. Todos lo pensaban, pero

nadie lo decía.

 

Por  la noche, unas  horas  después, Liesel se despertó  y  se preguntó  por  la

inquietud  de su corazón. (Había aprendido  esa expresión en                     El repartidor de

sueños, un  libro  sobre  un  niño abandonado  que quería  ser  sacerdote, la

completa antítesis de El hombre que silbaba) Se incorporó y llenó los pulmones de

aire nocturno.

—¿Liesel? —Su padre se dio la vuelta—. ¿Qué pasa?

—Nada, papá, no pasa nada.

Sin embargo, en cuanto  acabó  la frase revivió  con toda claridad  lo  que

había sucedido en su sueño.

 

UNA VISIÓN REPENTINA

Casi todo el rato sucede lo mismo: el tren avanza a la misma

velocidad. Su hermano tose mucho. Sin embargo, esta vez

Liesel no ve el rostro mirando el suelo. Poco a poco, se acerca

a él. Le levanta la barbilla con la mano, con suavidad, y allí,

delante de ella, aparece el rostro de ojos grandes de Max

Vandenburg. La mira sin pestañear. Una pluma cae al suelo. El

cuerpo crece y se ajusta al tamaño de la cara. El tren chirría.

 

—¿Liesel?

—Que no pasa nada.

Se levantó  del colchón, temblando. Muerta de miedo, cruzó el vestíbulo

para ir  a ver  a  Max  y cuando  ya llevaba un buen rato  a  su lado, cuando  todo

recobró el lento ritmo de la noche, se atrevió a interpretar su sueño. ¿Había sido

una premonición de la muerte de Max? ¿O sólo una respuesta a la conversación

de la cocina?  ¿Había sustituido Max  a su hermano? Y  si así  era, ¿cómo  podía

desembarazarse de ese modo  de alguien  de su propia sangre?  Tal  vez

secretamente deseaba que Max  muriera. Después  de todo,  si  estaba bien para

Werner, su hermano, estaba bien para ese judío.

—¿Es eso lo que crees? —murmuró a los pies de la cama—. No.

Se negaba a creerlo.  Algo  confirmó  la respuesta a medida  que la

desorientada penumbra se disipaba y perfilaba las distintas formas, grandes y

pequeñas, que había junto a la cama. Los regalos.

—Despierta —le pidió.

Max no despertó.

Hasta ocho días después.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

En el colegio, unos nudillos llamaron a la puerta.

—Adelante —contestó frau Olendrich.

La puerta se abrió  y  la clase miró  sorprendida a Rosa Hubermann en el

umbral. Un par de niños dieron un respingo y se quedaron sin respiración ante

la visión:  un  armario  de mujer  con una  expresión desdeñosa  adornada de

carmín y ojos de cloro. Ella. Allí estaba la leyenda. Se había puesto sus mejores

ropas, pero  llevaba el  pelo  hecho  un  desastre. No  parecía, sino que era una

toalla de elásticos cabellos grises.

La maestra estaba obviamente asustada.

—Frau Hubermann... —Sus  movimientos  eran atolondrados. Buscó  por  la

clase con la mirada—. ¿Liesel?

Liesel miró  a Rudy, se levantó  y  se acercó  presurosa para poner  fin a la

incómoda situación  lo  antes  posible. La puerta se cerró  a su espalda y  de

repente se encontró a solas en el pasillo con Rosa.

Rosa miró a los lados.

—¿Qué, mamá?

Rosa se volvió.

—¡A mí no me vengas con «qué, mamá», Saumensch! —La velocidad de la

respuesta arrolló a Liesel—. ¡Mi cepillo!

Un chorro  de risas  se  deslizó  por  debajo  de la puerta, pero  se retiró  de

inmediato.

—¿Mamá?

Tenía una expresión seria, pero sonreía.

—¡¿Qué narices  has  hecho con mi  cepillo, estúpida                         Saumensch,  pequeña

ladrona?! Te he dicho miles  de veces  que no lo  toques, pero  ¿me  haces  caso?

¡Por supuesto que no!

El rapapolvo continuó mientras Liesel intentaba colar alguna sugerencia a

la desesperada sobre el posible paradero del susodicho cepillo El sermón acabó

de forma abrupta. Rosa atrajo a Liesel hacia sí unos segundos y le susurró algo

en voz tan baja que a la niña incluso le costó oírlo a esa distancia.

—Me dijiste que te gritara, que todos lo creerían. —Miró a ambos  lados y

prosiguió con un hilo de voz—: Se ha despertado, Liesel. Está despierto. —Sacó

del bolsillo el maltrecho soldado de juguete—. Me dijo que te diera esto. Es su

favorito. —Se lo dio, la abrazó con fuerza y sonrió. Antes de que Liesel tuviera

oportunidad de responder, Rosa terminó su parrafada—. ¿Y bien? ¡Contéstame!

¡¿Tienes la menor idea de dónde has podido meterlo?!

«Está vivo», pensó Liesel.

—No, mamá. Lo siento, mamá, yo...

—No sirves para nada.

La soltó, asintió con la cabeza y se marchó.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Liesel se demoró un momento en el enorme pasillo, mirando la figurita del

soldado  que tenía en la mano. El instinto  le dijo  que corriera  a casa de

inmediato, pero el sentido común no se lo permitió, así que acabó metiendo el

pobre soldadito en el bolsillo y regresó a la clase.

Todo el mundo la esperaba.

—Vaca estúpida —musitó entre dientes.

De nuevo, los niños rieron. Frau Olendrich no.

—¿Qué has dicho?

Liesel estaba en un estado tal de euforia que se sentía indestructible.

—He dicho: vaca estúpida —repitió, con una radiante sonrisa.

Antes de que se diera cuenta, había recibido un buen bofetón.

—No  hables  así de tu  madre —la reprendió, pero  apenas  tuvo  efecto. La

chica se quedó  donde estaba tratando  de reprimirse. Después  de todo, podía

recibir un Watschen luciendo la mejor de las sonrisas—. A tu sitio.

—Sí, frau Olendrich.

A su lado, Rudy se la jugó y habló.

—Jesús, María y José —murmuró—, si te ha dejado la mano marcada en la

cara. Una manaza roja, ¡con sus cinco dedos!

—Bien —contestó Liesel, porque Max estaba vivo.

 

Al llegar a casa esa tarde,  Max  estaba sentado  en la cama con  el balón de

fútbol desinflado en el regazo. Le picaba la barba, sus ojos cenagosos trataban

de mantenerse abiertos. Junto a los regalos había un cuenco de sopa vacío.

No se saludaron.

Se quedaron justo en la frontera.

La puerta chirrió, la chica entró  y  se detuvo  delante de él, mirando  el

cuenco.

—¿Mamá te la dio a la fuerza?

Max asintió, contento y fatigado.

—Aunque estaba muy buena.

—¿La sopa de mamá? ¿De verdad?

—Gracias por los regalos. —No fue una sonrisa lo que Max le ofreció, sino

un  ligero  rasgón que los  labios  abrieron en su cara—. Gracias  por  la nube,  tu

padre me lo explicó.

Una hora después, Liesel también intentó serle sincera.

—No sabíamos qué hacer si te morías, Max. Nosotros...

Lo comprendió enseguida.

—Te refieres a qué ibais a hacer conmigo.

—Lo siento.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—No. —No estaba ofendido—. Hicisteis bien. —Jugueteó sin fuerzas con el

balón—. Hicisteis bien en pensar en ello. En vuestra situación, un judío muerto

es tan peligroso como uno vivo, si no peor.

—También he soñado.

Se lo explicó con todo detalle, con el soldado en la mano. Estaba a punto de

volver a disculparse cuando Max la interrumpió.

—Liesel. —La obligó a mirarlo—. No vuelvas a pedirme perdón. Soy yo el

que debería disculparse. —Se volvió hacia todas las  cosas que la niña le había

llevado—. Mira todos estos regalos. —Cogió el botón—.

Y  Rosa me ha  dicho que me leías  dos  veces  al día, a  veces  hasta tres. —

Apartó  la vista hacia las  cortinas, como  si  pudiera ver  a través  de ellas. Se

incorporó un poco más y guardó silencio durante una docena de frases mudas.

El miedo  se  abrió  camino  en su rostro  y  decidió  confesarse ante  la chica,

volviéndose ligeramente hacia un  lado—: Liesel, tengo  miedo  de quedarme

dormido.

Liesel tomó una decisión.

—Entonces te leeré y te abofetearé sí veo que te duermes. Cerraré el libro y

te zarandearé hasta que despiertes.

Esa tarde Liesel le leyó a Max Vandenburg hasta bien entrada la noche. Al

menos hasta las diez. Ahora despierto, Max estaba en la cama absorbiendo las

palabras, pero cuando Liesel se tomó un breve descanso y aparcó El repartidor de

sueños, al mirar  por  encima de las  tapas  vio  que Max  se había dormido.

Nerviosa, lo tocó varias veces con el libro. Se despertó.

Volvió a dormirse en tres ocasiones más. En dos, consiguió despertarlo.

Los cuatro días siguientes, Max se despertó por las mañanas en la cama de

Liesel, después junto al fuego y, al final, a mediados de abril, en el sótano. Su

salud había mejorado, la barba había desaparecido y había recuperado un poco

de peso.

En el mundo interior de Liesel, fue una época de gran alivio. En el exterior,

parecía que las  cosas  empezaban  a tambalearse. A finales  de marzo  llovieron

bombas  sobre  un  lugar  llamado  Lübeck.  El siguiente  fue Colonia y  poco

después le siguieron muchas otras ciudades alemanas, Munich incluida.

Sí, tenía al jefe encima.

«Acaba el trabajo, acaba el trabajo.»

 

Se acercaban las bombas... y yo con ellas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El diario de la muerte:

Colonia

 

 

 

 

 

Las últimas horas del 30 de mayo.

Estoy  segura de que Liesel Meminger  estaba profundamente dormida

mientras  más  de un millar  de bombarderos  volaban hacia un lugar  conocido

como  Colonia. Para mí, el resultado  fue de unas  quinientas  personas. Otras

cincuenta mil deambularon sin  casa entre las  fantasmagóricas  pilas  de

escombros  intentando  dilucidar  qué camino  tomar  y  a quién pertenecían las

ruinas de los hogares destrozados.

Quinientas almas.

Me las llevé en las manos, como si fueran maletas. O me las eché al hombro.

Sólo llevé en brazos a los niños.

 

Cuando terminé, el cielo estaba amarillento, como un periódico en llamas.

Si  te fijabas  bien, aún  se leían los  titulares  que comentaban el desarrollo  de la

guerra y  temas  por  el estilo. Cómo  me hubiera gustado  arrancarlo  de allí,

arrugar el cielo impreso y lanzarlo lejos. Me dolían los brazos y  la cosa estaba

que ardía, todavía quedaba mucho trabajo por hacer.

 

Como cabría esperar, muchos murieron al instante. Otros tardaron un poco

más. Tenía que ir a más sitios, conocer más cielos y recoger más almas, por lo

que volví  a Colonia más  tarde, poco  después  de que pasaran  los  últimos

aviones. Y presencié algo excepcional.

Cargaba el alma carbonizada de una criatura adolescente cuando, muy

seria, levanté  la vista hacia lo  que se había  convertido  en un  cielo  sulfúrico.

Cerca había un grupo de niñas de diez años. Una de ellas señaló algo.

—¿Qué es eso?

Extendió un brazo y apuntó con un dedo al oscuro objeto que lentamente

caía de lo alto. Al principio parecía una pluma negra, meciéndose, flotando. O

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

una escama de ceniza. Luego  se hizo  más  grande. La misma  niña —una

pelirroja con pecas de punto y aparte— insistió, esta vez con más énfasis.

—¿Qué es eso?

—Es un cuerpo —sugirió otra niña.

Cabello negro, trenzas y una raya en medio un poco torcida.

—¡Es otra bomba!

Demasiado lenta para ser una bomba.

Con el espíritu adolescente aún candente en mis brazos, los acompañé unos

metros. Igual  que las  niñas, seguía atenta al cielo. Lo  último  que deseaba era

bajar la vista hacia el rostro desamparado de mi adolescente.

Igual que al resto, me cogió por sorpresa la voz de un padre malhumorado

ordenando a sus hijos que entraran en casa. La pelirroja reaccionó. Sus pecas se

alargaron y se convirtieron en comas.

—Pero, papá, mira.

El hombre se acercó y enseguida comprendió de qué se trataba.

—Es el combustible —anunció.

—¿El qué?

—El combustible —repitió—, el tanque. —Era un hombre calvo, en pijama,

desarreglado—. Se ha acabado el combustible y se han deshecho del contenedor

vacío. Mira, allí va otro.

—¡Y allí!

Siendo como  son los  niños, se pusieron a rebuscar  a la desesperada,

esperando que un contenedor de combustible vacío cayera flotando al suelo. El

primero se desplomó con un ruido sordo que sonó a hueco.

—¿Podemos quedárnoslo, papá?

—No. —Al pobre padre le había caído una bomba y seguía conmocionado.

No estaba de humor—. No podemos quedárnoslo.

—¿Por qué no?

—Voy a preguntarle a mi padre si puedo quedármelo yo —dijo otra niña.

—Yo también.

 

Junto a los escombros de Colonia, un grupo de niños recogía contenedores

de combustible vacíos  arrojados  por  sus  enemigos. Como  siempre, yo  recogía

humanos. Estaba cansada. Y apenas habíamos llegado a la mitad del año.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La visita

 

 

 

 

 

Encontraron otro  balón para jugar  al fútbol  en Himmelstrasse. Esa es  la

buena noticia. La otra, un poco inquietante, es que una división del NSDAP se

dirigía hacia allí.

Se habían paseado por todo Molching, calle tras calle, casa por casa, y ahora

estaban ante la tienda de frau Diller, fumando un cigarrillo antes de continuar

con su trabajo.

Ya había algún  refugio  antiaéreo  en Molching, pero  poco  después  del

bombardeo  de Colonia se decidió  que unos  cuantos  más  no le harían daño  a

nadie. El NSDAP inspeccionaba todas las casas, una por una, para comprobar si

el sótano podía servir como candidato.

Los niños los observaban a lo lejos.

Miraban el humo que se alzaba del corro.

Liesel acababa de salir  de casa y  se acercó  a Rudy  y  Tommy.  Harald

Mollenhauer fue a recuperar el balón.

—¿Qué pasa ahí?

Rudy se metió las manos en los bolsillos.

—El partido. —Seguía con la mirada a su amigo mientras sacaba la pelota

del seto de la casa de frau Holtzapfel—. Están pasando por todas las casas.

Liesel sintió una sequedad instantánea en la boca.

—¿Para qué?

—No te enteras de nada. Díselo, Tommy.

Tommy se quedó perplejo.

—Es que no tengo ni idea.

—Vaya par de inútiles. Necesitan más refugios antiaéreos.

—¿Qué...? ¿Los sótanos?

—No, los áticos. Claro que los sótanos. Jesús, Liesel, mira que eres burra.

Ya tenían el balón.

—¡Rudy!

Rudy se puso a jugar, pero Liesel siguió plantada en el sitio. ¿Cómo podía

volver  a casa sin levantar  sospechas?  El humo  de la tienda de frau Diller  iba

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

desapareciendo  y  el pequeño  corro  de hombres  empezaba a dispersarse. El

pánico se adueñó de ella, siguiendo su método angustioso. Garganta y boca. El

aire se volvió arena. Piensa, se dijo. Vamos, Liesel, piensa, piensa.

Rudy marcó un gol.

Unas voces lo felicitaron en la lejanía.

Piensa, Liesel...

Lo tenía.

Eso es, decidió, pero tengo que ponerme manos a la obra.

 

Mientras los nazis iban avanzando por la calle, pintando las letras LSR en

algunas puertas, el balón voló en dirección a uno de los chicos mayores, Klaus

Behrig.

 

lsr

Luft Schutz Raum:

Refugio antiaéreo

 

El chico  se volvía con el balón cuando  Liesel se abalanzó  sobre  él. La

colisión fue tan tremenda que el juego  se detuvo  de inmediato. El balón

continuó su trayectoria como si no hubiera ocurrido nada, mientras los demás

jugadores se acercaron corriendo. Liesel se sujetaba la rodilla raspada con una

mano y  la cabeza con la otra. Klaus  Behrig  sólo  se tocaba una  pantorrilla,

haciendo muecas de dolor y soltando maldiciones.

—¿Dónde está? —ladraba—. ¡Voy a matarla!

No hubo ningún asesinato.

Fue peor.

Un amable miembro  del partido  había visto  el incidente  y  se acercó

corriendo al grupo.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.

—Que está chiflada. —Klaus  señaló a Liesel, lo  que movió  al hombre  a

ayudarla a ponerse en pie.

El aliento a tabaco formó una nube delante de ella.

—Creo que no estás en condiciones de seguir jugando, muchacha —dijo—.

¿Dónde vives?

—Estoy bien, de verdad —contestó—. Ya puedo yo sola.

¡Déjame en paz, déjame en paz!

Rudy intervino en ese momento, el eterno interventor.

—Ya la ayudo yo a ir a casa —se ofreció.

¿Por qué no podía meterse en sus asuntos por una vez en la vida? —Seguid

jugando, de verdad —insistió Liesel—. Rudy, ya puedo yo sola.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Ni  hablar. —No  iba  a dar  su brazo  a torcer. ¡Mira que era cabezota!—.

Sólo serán un par de minutos.

Reflexionó de nuevo  y  de nuevo  dio  con una solución. Rudy  estaba

ayudándola a ponerse en pie cuando  se dejó  caer  otra vez al suelo, sobre  la

espalda.

—¿Podrías ir a buscar a mi padre, Rudy? —le pidió.

Se percató  de que el cielo  era de un  azul  inmaculado. Ni un  indicio  de

nubes.

—Espera aquí. Tommy, vigílala, ¿vale? —dijo, volviéndose a un lado—. No

dejes que se mueva.

Tommy se puso en movimiento de inmediato.

—Yo la vigilo, Rudy.

Se colocó de pie junto a ella, con sus tics, procurando no sonreír, mientras

Liesel no le sacaba el ojo de encima al grupo de hombres.

Un minuto después aparecía Hans Hubermann, muy tranquilo.

—Hola, papá.

Una sonrisa amarga se paseó por sus labios.

—Tarde o temprano tenía que ocurrir.

La levantó y la ayudó a entrar en casa. El partido se reanudó y el nazi ya

estaba llamando  a una casa  unas  puertas  más  allá.  Nadie respondió. Rudy

volvió a intervenir.

—¿Necesita ayuda, herr Hubermann?

—No, no, siga jugando, herr Steiner.

Herr Steiner. Cómo no ibas a querer al padre de Liesel.

 

Una vez dentro, Liesel lo puso al corriente intentando encontrar el término

medio entre el silencio y la desesperación.

—Papá.

—No digas nada.

—El partido  —susurró. Su padre se detuvo  en seco  e intentó  combatir  el

urgente deseo  de abrir  la puerta y  salir  a inspeccionar la calle—. Están

comprobando los sótanos por si sirven como refugios antiaéreos.

La dejó en el suelo.

—Qué lista eres —la felicitó, y llamó a Rosa.

 

Tenían un minuto para idear un plan. Qué lío de ideas.

—Escondámoslo  en la  habitación de Liesel —sugirió  Rosa—, debajo  de la

cama.

—¿Y ya está? ¿Y si les da por mirar las demás habitaciones?

—¿Se te ocurre algo mejor?

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Corrección: no tenían ni un minuto.

Alguien atizó  siete puñetazos  a la puerta del número  treinta y  tres  de

Himmelstrasse, demasiado tarde para trasladar a nadie a ninguna parte.

La voz.

—¡Abran!

Los  latidos  de sus  corazones  iniciaron una escaramuza, una confusión de

ritmos. Liesel  intentó  tragarse los  suyos, aunque el  sabor  a  corazón no era

demasiado agradable.

—Jesús, María... —musitó Rosa.

Ese día fue Hans quien estuvo a la altura de las circunstancias. Sin perder

tiempo  se  dirigió  hacia la puerta del  sótano y  lanzó  un  aviso  escalera abajo.

Cuando volvió, habló con rapidez y claridad.

—Mirad, no hay tiempo  para engaños. Podríamos  intentar  distraerlo  de

cientos de maneras, pero sólo hay una solución. —Echó un vistazo a la puerta y

resumió—: No hacer nada.

Esa no era la respuesta que esperaba Rosa, que abrió los ojos como platos.

—¿Nada? ¿Estás loco?

Volvieron a llamar.

Hans se mostró tajante.

—Nada. Ni siquiera bajaremos ahí... Por nada del mundo.

Todo se hizo más lento.

Rosa lo aceptó.

Abrumada por la desesperación, negó con la cabeza y  fue a contestar a la

puerta.

—Liesel. —La voz de  su padre la partió  en dos—.  Conserva la  calma,

verstehst?

—Sí, papá.

Intentó concentrarse en la rodilla ensangrentada.

—¡Ajá!

 

En la puerta, Rosa todavía estaba preguntando la razón de la visita cuando

el amable hombre del partido se fijó en Liesel.

—¡La futbolista chiflada! —Sonrió de oreja a oreja—. ¿Qué tal esa rodilla?

Por lo general, una no suele imaginarse a un nazi como un tipo alegre, pero

ese hombre sin  duda  lo  era. Entró  e hizo  el amago  de ir  a agacharse para

examinar la herida.

«¿Lo sabe? —se preguntó Liesel—. ¿Olerá que escondemos un judío?»

Hans había ido al fregadero a por un trapo mojado y regresó para limpiar

la sangre de la rodilla de Liesel.

—¿Escuece?

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Sus  bondadosos  ojos  plateados  estaban serenos. El miedo  que se leía en

ellos podía confundirse fácilmente con la preocupación por la herida.

—No lo bastante —rezongó Rosa desde la cocina—. A ver si así aprende.

El hombre del partido se levantó y se echó a reír.

—Creo que esta niña tiene poca cosa que aprender ahí fuera, ¿Frau...?

—Hubermann.

El rostro de cartulina se arrugó.

—... Frau  Hubermann, de hecho creo  que  son los demás  los que acabarán

aprendiendo. —Le ofreció una sonrisa a Liesel—. ¿Me equivoco, jovencita?

Hans apretó el trapo contra el rasguño y Liesel hizo una mueca de dolor en

vez de contestar. Se le adelantó su padre, que musitó «Lo siento».

En el incómodo silencio que se hizo a continuación, el hombre del partido

recordó lo que le había llevado allí.

—Si  no le importa, tengo  que inspeccionar el sótano —se explicó—. Sólo

serán un par de minutos, para ver si serviría como refugio.

Hans le dio un último toquecito a la rodilla de Liesel.

—Te saldrá un  buen  moretón, Liesel. —Se dirigió  con naturalidad  al

hombre que tenían delante de ellos—. Por  supuesto, primera puerta a la

derecha. Disculpe el desorden.

—No  se preocupe, no  será peor  que otros  sótanos que he visto  hoy... ¿Es

esta?

—Esa misma.

 

LOS TRES MINUTOS MÁS LARGOS

EN LA HISTORIA DE LOS HUBERMANN

Hans estaba sentado a la mesa. Rosa rezaba en un rincón,

musitando las palabras. Liesel ardía: la rodilla, el pecho, los

músculos de los brazos. Dudo que ninguno de ellos tuviera la

audacia de plantearse qué iban a hacer si escogían el sótano

como refugio. Primero tenían que sobrevivir a la inspección.

 

Estuvieron atentos  a los  pasos  del nazi  en  el sótano. Oyeron una cinta

métrica. Liesel  no conseguía ahuyentar  la imagen de Max  sentado  bajo  los

escalones, hecho un  ovillo, abrazando  su cuaderno de bocetos, apretándolo

contra el pecho.

Hans se levantó. Otra idea.

—¿Todo bien por ahí abajo? —preguntó, saliendo al vestíbulo.

La respuesta subió  los  escalones, por  encima de la cabeza de Max

Vandenburg.

—¡Un minuto y acabo!

 

 

 

 

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—¿Le apetece un café o un té?

—¡No, gracias!

 

Hans regresó y le ordenó a Liesel que fuera a buscar un libro y a Rosa que

se pusiera a cocinar. Decidió  que lo  último  que debían hacer  era quedarse

sentados de brazos cruzados con expresión preocupada.

—Venga, andando, mueve el culo, Liesel —dijo en voz alta—. Me da igual

que te duela la rodilla. Tú lo dijiste: tienes que terminar el libro.

Liesel intentó no venirse abajo.

—Sí, papá.

—¿A qué esperas?

A Liesel no se le escapó que Hans tuvo que reunir todas sus  fuerzas para

guiñarle un ojo.

Estuvo a punto de tropezar con el hombre del partido en el pasillo.

—Problemas  con tu padre, ¿eh?  No  te preocupes, a mí  me pasa lo  mismo

con mis hijos.

Cada uno  siguió  su camino. Liesel  cerró  la puerta cuando  llegó  a su

habitación y cayó de rodillas, a pesar del dolor. Primero oyó el veredicto de que

el sótano no estaba a bastante profundidad y luego la despedida de rigor, cerca

del fondo del pasillo.

—¡Adiós, futbolista chiflada!

Liesel se acordó de sus modales.

—Auf Wiedersehen! ¡Adiós!

El repartidor de sueños le quemaba entre las manos.

Según  Hans, Rosa se derritió  junto  a los  fogones  en cuanto  el hombre  del

partido  se marchó. Recogieron a Liesel  y, una vez en el sótano, apartaron las

sábanas y los botes de pintura dispuestos con gran cuidado. Max Vandenburg

estaba sentado bajo los escalones, sujetando las tijeras oxidadas como si fueran

un cuchillo. Tenía las axilas empapadas y las palabras salían heridas de su boca.

—No las habría usado —murmuró—. Siento... —Apoyó la frente contra los

brazos oxidados—. Siento mucho haberos hecho pasar por esto.

Hans se encendió un cigarrillo.

—Estás vivo —dijo Rosa, cogiendo las tijeras—. Todos estamos vivos.

Ya era demasiado tarde para disculparse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El «Schmunzeler»

 

 

 

 

 

Minutos después, alguien volvía a aporrear la puerta.

—¡Dios bendito, otro!

Volvieron a preocuparse de inmediato. Taparon a Max.

Rosa subió presurosa los escalones del sótano, pero esta vez, cuando abrió

la puerta no se encontró con un nazi. Se trataba de Rudy Steiner, que estaba allí

de píe, con su pelo amarillo y sus buenas intenciones.

—Sólo he venido a ver cómo estaba Liesel.

Al oír la voz, Liesel empezó a subir la escalera.

—De este me encargo yo.

—Su novio  —comentó  Hans  a los  botes  de pintura, y  soltó  otra bocanada

de humo.

—No  es  mi  novio  —protestó  Liesel, sin enfadarse. Era imposible después

de haberse salvado de milagro—. Sólo subo porque mamá me llamará a gritos

de un momento a otro.

—¡Liesel!

Estaba en el quinto escalón.

—¿Lo ves?

Rudy balanceaba el peso de un pie al otro cuando Liesel llegó a la puerta.

—Sólo he venido para ver... —Se interrumpió—. ¿A qué huele? —Olisqueó

el aire—. ¿Has estado fumando?

—Ah, he estado con mi padre.

—¿Tienes cigarrillos? Igual podríamos venderlos.

Liesel no estaba de humor para eso.

—A mi padre no le robo —contestó en voz bajita para que su madre no la

oyera.

—Pero sí a los demás.

—¿Qué estáis cuchicheando?

Rudy schmunzeleó.

—¿Ves lo que pasa por robar? Estás nerviosa.

—Como si tú nunca hubieras robado nada.

 

 

 

 

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—Ya, pero  es  que tú apestas. —Rudy empezaba a calentarse—. ¿A que

después  de todo  no  van a ser  los  cigarrillos?  —Se acercó  un  poco  más  y

sonrió—. Huelo  a  delincuente, deberías  darte un  baño. —Se volvió  hacia

Tommy Müller—. ¡Eh, Tommy, deberías venir a oler esto!

—¿Qué dices? —El bueno de Tommy—. ¡No te oigo!

Rudy negó con la cabeza dirigiéndose a Liesel.

—No tiene remedio.

Liesel se dispuso a cerrar la puerta.

—Piérdete, Saukerl, ahora mismo eres lo último que me hace falta.

Complacido consigo mismo, Rudy dio media vuelta. Sin embargo, al llegar

junto al buzón pareció recordar la misión que en realidad lo había llevado hasta

allí, así que retrocedió.

—Alles gut, Saumensch? Me refiero a la rodilla.

Era junio. Era Alemania.

Todo estaba a punto de venirse abajo.

Liesel no lo sabía. Para ella, no habían descubierto al judío del sótano, no se

habían llevado a sus padres de acogida y ella había contribuido en gran medida

a ambas cosas.

—Todo va bien —aseguró, y no se refería a ninguna lesión futbolística.

Estaba bien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SÉPTIMA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El «Gran diccionario de definiciones y sinónimos»

 

 

 

Presenta:

 

 

 

champán y acordeones — una trilogía — unas sirenas — un atracador de cielos

— una oferta — el largo camino a Dachau — paz — un imbécil y unos hombres

con abrigos largos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Champán y acordeones

 

 

 

 

 

En  el verano de 1942, la ciudad de  Molching se  preparaba para lo

inevitable. Todavía había gente que se negaba a creer que esa pequeña ciudad a

las afueras de Munich pudiera ser un objetivo, pero la mayoría de la población

era muy consciente de que no se trataba de si lo era o no, sino de cuándo iba a

serlo. Los  refugios  estaban mejor  señalizados, se empezaban  a cegar  las

ventanas por la noche y todo el mundo sabía dónde estaba el sótano o la bodega

más próxima.

Este precario estado de las cosas en realidad representó un pequeño alivio

para Hans Hubermann. En tiempos malhadados, a su oficio de pintor le llegó la

fortuna y  encontró  el modo  de darle un  impulso  a su negocio. La gente  que

tenía persianas  en sus  casas  estaba lo  bastante  desesperada para solicitar  sus

servicios de pintor. El único problema era que, por lo general, la pintura negra

se utilizaba como  mezclador  para oscurecer  otro  color, por  lo  que pronto  se

quedó  sin  existencias,  ya que era difícil  de  encontrar. En  cambio, le sobraba

madera de buen comerciante, y un buen  comerciante  se sabe todos los trucos,

así que cogía polvillo de carbón, lo mezclaba con pintura y cobraba menos. De

este modo consiguió que la luz que se colaba por las ventanas de muchas casas

de Molching no fuera vista por el enemigo.

Algunos días Liesel lo acompañaba.

Arrastraban los trastos de la pintura por toda la ciudad, oliendo el hambre

en unas  calles  y  negando  con la cabeza ante la abundancia de  otras. Muchas

veces, de camino a casa, mujeres sin otra cosa que hijos y pobreza a la espalda

se acercaban corriendo y le suplicaban que les pintara las persianas.

«Lo  siento, frau Hallah, no me queda pintura negra», contestaba, pero  en

cuanto se alejaba un poco acababa dándose por vencido. Un hombre alto y una

calle larga. «Mañana a primera hora», les prometía, y nada más apuntar el alba,

allí  estaba, pintando esas  persianas  a  cambio  de una galleta, una taza de té o

nada. La noche anterior  se había preocupado de encontrar  un  modo  de

convertir el azul, el verde o el beige en negro. Nunca les sugería que cubrieran

las ventanas con mantas de repuesto porque sabía que las necesitarían cuando

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

llegara el invierno. Incluso se decía que había pintado las persianas de alguien

por  medio  cigarrillo; sentado  en los  escalones de la entrada  había compartido

un pitillo con el dueño. Las risas y el humo se entrelazaban en la conversación

antes de ocuparse de un nuevo encargo.

 

Cuando  Liesel Meminger  empezó  a escribir, recuerdo  muy bien lo  que

quiso destacar de aquel verano. Con los años muchas palabras se han desvaído

y el papel está medio deshecho por los roces de llevarlo en el bolsillo, pero aun

así hay frases que no he conseguido olvidar.

 

UNA PEQUEÑA MUESTRA

DE ALGUNAS PALABRAS ESCRITAS

POR UNA JOVEN MANO

«Ese verano fue un nuevo principio y un nuevo final. Cuando

miro atrás, recuerdo mis manos manchadas de pintura y el

ruido que hacían los pies de mi padre en Münchenstrasse y sé

que un pedacito del verano de 1942 perteneció a un solo

hombre. ¿Qué otro se habría puesto a pintar a cambio de

medio cigarrillo? Mi padre era así, era típico de él

y por eso lo quería.»

 

Los  días  que trabajaban juntos, Hans  le contaba batallitas. La de la Gran

Guerra y cómo su lamentable caligrafía le ayudó a conservar la vida, y la del día

en que conoció a Rosa. Según él, había sido guapa y, bueno, muy calladita.

—Es difícil de creer, lo sé, pero absolutamente cierto.

Todos  los  días  le contaba una historia y  Liesel  lo  perdonaba si  repetía

alguna.

A veces, cuando  Liesel se ensimismaba, Hans  le daba unos  ligeros

golpecitos  con el pincel, entre los  ojos. Si  calculaba mal y  el pincel iba

demasiado cargado, un pequeño hilillo de pintura le resbalaba por un lado de la

nariz. Ella se reía e intentaba devolverle la cortesía, pero Hans Hubermann era

un hombre difícil de sorprender cuando trabajaba. Nunca estaba tan despierto

como cuando pintaba.

A la hora del descanso  para comer  o  echar un  trago, Hans  tocaba el

acordeón y  precisamente era eso  lo  que  Liesel recordaba mejor. Por  las

mañanas, mientras  su  padre empujaba o  tiraba del carro  de la pintura, Liesel

llevaba el instrumento. «Siempre es mejor olvidarse la pintura que la música»,

aseguraba Hans. Cuando paraban para comer, cortaba el pan y lo untaba con la

poca mermelada que quedara de la última cartilla de racionamiento  o  lo

acompañaba con una fina loncha de fiambre. Comían  juntos, sentados  en los

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

cubos de pintura, y en cuanto acababa el último bocado ya estaba limpiándose

los dedos y abriendo la funda del acordeón.

Las arrugas del mono de trabajo se le llenaban de migas de pan. Los dedos

salpicados  de pintura se abrían camino  a tientas  entre los  botones  y  peinaban

las  teclas  o  se eternizaban en una nota. Los  brazos  impulsaban el fuelle e

insuflaban al instrumento el aire que necesitaba para respirar.

Liesel se sentaba con las manos entre las rodillas, mientras la luz del día se

alejaba de puntillas. Deseaba que esos días no tuvieran fin y siempre recibía con

gran desilusión la llegada de la oscuridad, que avanzaba a grandes zancadas.

 

En cuanto a la pintura, para Liesel tal vez el aspecto más interesante fuera

la mezcla. Como la mayoría de las personas, asumía que su padre se limitaba a

llevar el carro a la tienda de pintura o al almacén donde pedía el color deseado.

No se había dado cuenta de que casi toda la pintura venía en bloques en forma

de ladrillo, que a continuación había que estirar  con una botella de champán

vacía. (Las botellas de champán, le explicó Hans, eran ideales para el trabajo, ya

que el cristal era ligeramente más grueso que el de una botella de vino normal y

corriente.) Una vez bien estirada, se añadía agua, blanco de España y cola, por

no entrar en detalles sobre lo difícil que era encontrar el color adecuado.

Los conocimientos que requería el trabajo de Hans le reportaron un mayor

respeto. Estaba muy bien compartir pan y música, pero para Liesel también era

motivo de orgullo saber que él era un maestro en su oficio. Ser bueno en algo

era interesante.

 

Una tarde, días  después  de que  su  padre le explicara lo  de las  mezclas,

estaban trabajando  en una de las  casas  más  acomodadas  al este de

Münchenstrasse. Poco  después  del mediodía, Hans  la llamó  para que entrara.

Estaban a punto de ir a una nueva casa cuando oyó la voz de su padre, más alta

de lo habitual.

Hans  la  llevó  a la cocina, donde un  hombre y  dos  mujeres  mayores  los

esperaban sentados  en unas  delicadas  sillas  muy refinadas.  Las  mujeres  iban

bien vestidas. El hombre  tenía el cabello blanco  y  unas  patillas  tupidas  como

setos. En la mesa descansaban unas copas, llenas de un líquido chisporroteante.

—Bueno, ya estamos todos —anunció el hombre.

Alzó su copa y animó a los demás a hacer otro tanto.

La tarde había sido calurosa y a Liesel la desconcertó lo fría que estaba la

copa. Miró a Hans en busca de su aprobación.

—Prost, Mädel. Salud, jovencita —brindó, sonriéndole abiertamente.

Entrechocaron las copas y en el momento en que Liesel se la llevó a la boca,

el burbujeante y  empalagoso  sabor  dulzón del champán le corroyó  los  labios.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Sus  reflejos  la obligaron a escupirlo  de inmediato  sobre  el mono de su padre,

donde vio cómo espumaba y babeaba. Todos se echaron a reír y Hans la animó

a que lo  probara de  nuevo. Al  segundo  intento  fue capaz de  tragárselo  y

disfrutar  del sabor  de infringir  una  norma mayúscula. Sabía a  gloria. Las

burbujas le royeron la lengua. Le aguijonearon el estómago. Incluso de camino

a la siguiente casa, aún sentía el calor que le producían los alfileres y las agujas

que llevaba dentro.

Mientras  arrastraba el carro,  su padre le contó  que esa gente le había

confesado que no tenía dinero.

—¿Y les pediste champán?

—¿Por qué no? —La miró. Sus ojos nunca habían sido tan plateados—. No

quería que creyeras  que las  botellas  de champán  sólo  se usan para pasarle el

rodillo a la pintura. No se lo digas a mamá, ¿vale?

—¿Se lo puedo contar a Max?

—Claro que se lo puedes contar a Max.

 

En  el sótano, cuando  Liesel  se  puso  a  escribir  sobre  su vida, prometió  no

volver  a beber  champán nunca más  porque  nunca sabría  tan bien como  esa

cálida tarde de julio.

Y lo mismo valía para los acordeones.

Muchas  veces  quiso  pedirle a su padre que le enseñara a  tocar  el

instrumento, pero  siempre había algo  que la detenía. Tal  vez una misteriosa

intuición le decía que nunca sabría hacerlo como Hans Hubermann. De hecho,

ni  los  mejores  acordeonistas  del mundo  entero  podían comparársele. Jamás

conseguirían la concentración natural que se reflejaba en el rostro de su padre, o

lucirían en los labios un cigarrillo ganado a cambio de sudor. Y nunca podrían

cometer un pequeño fallo soltando después una risotada de tres notas. No como

él.

A veces, en el sótano, se levantaba con el regusto del acordeón en sus oídos

y saboreaba el resquemor dulzón del champán en la lengua.

Otras, se sentaba con la espalda apoyada en la pared y  añoraba el  cálido

hilillo de pintura resbalándole por un lado de la nariz o la textura de papel de

lija de las manos de su padre.

Anhelaba volver  a la  inconsciencia de entonces, a sentir  tanto  amor  sin

saberlo y a confundirlo con las risas y el pan untado con poco más que el aroma

de la mermelada.

Fue la mejor época de su vida.

Aunque quedaría sembrada de bombas.

No lo olvides.

 

 

 

 

 

 

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Descarada y  alegre, una trilogía de felicidad avanzaría con el verano y  se

adentraría en el otoño. Sin embargo, algo le pondría un brusco final. La alegría

le mostraría el camino al sufrimiento.

Se acercaban tiempos difíciles.

Como un desfile.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

SIGNIFICADO N.° 1

Zufriedenheit— Felicidad: procede de feliz, participar de

placer y satisfacción. Sinónimos: alegría, júbilo, sensación de

prosperidad o fortuna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La trilogía

 

 

 

 

 

Mientras Liesel trabajaba, Rudy corría.

Se entrenaba en el estadio Hubert Oval, daba vueltas a la manzana y hacía

carreras con casi todo el mundo, desde la otra punta de Himmelstrasse hasta la

tienda de frau Diller, concediendo varias cabezas de ventaja.

Alguna que otra vez,  cuando  Liesel estaba  ayudando  a su madre en la

cocina, Rosa miraba por la ventana y comentaba:

—¿Qué se trae entre  manos ese pequeño  Saukerl  con todas  esas  carreras

arriba y abajo?

Liesel se acercaba a la ventana.

—Al menos no ha vuelto a pintarse de negro.

—Bueno, algo es algo, ¿no?

 

LAS RAZONES DE RUDY

A mediados de agosto se celebraba un festival de las

Juventudes Hitlerianas y Rudy tenía intención de ganar cuatro

carreras: los mil quinientos, los cuatrocientos, los doscientos

metros y, por descontado, los cien. Le caían bien los nuevos

cabecillas de las Juventudes Hitlerianas y quería

complacerlos,

además de darle una pequeña lección a su viejo amigo Franz

Deutscher.

 

—Cuatro  medallas  de  oro  —le confesó  a Liesel una  tarde, mientras  corría

con él en el Hubert Oval—. Como Jesse Owens en mil novecientos treinta y seis.

—No seguirás obsesionado con él, ¿verdad?

Los pies de Rudy seguían el ritmo de su respiración.

—La verdad es  que no, pero  no  estaría mal, ¿eh?  Así  aprenderían  esos

cabrones, los que decían que estaba loco. A ver quién es entonces el imbécil.

—¿De verdad puedes ganar las cuatro carreras?

 

 

 

 

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Fueron aminorando el paso hasta detenerse al final de la pista. Rudy puso

los brazos en jarras.

—Tengo que hacerlo.

 

Se entrenó  durante  seis  semanas. A mediados  de agosto, cuando  llegó  el

festival, el cielo  estaba despejado  y  hacía un  día soleado. El campo  estaba

invadido  por  miembros  de las  Juventudes  Hitlerianas, padres  y  demasiados

cabecillas  de camisas  pardas. Rudy Steiner  se encontraba en una excelente

forma física.

—Mira, ahí está Deutscher —señaló.

Entre la gente, el rubio  paradigma de las  Juventudes  Hitlerianas  estaba

dando órdenes a dos miembros de su división. Los otros asentían con la cabeza

y hacían estiramientos de vez en cuando. Uno de ellos se hacía pantalla con la

mano para proteger sus ojos del sol, como si saludara.

—¿Quieres decirle algo? —preguntó Liesel.

—No, gracias. Ya lo haré después.

Cuando haya ganado.

Nunca las pronunció, pero las palabras estaban allí, en algún lugar entre los

ojos azules de Rudy y los gestos de Deutscher.

 

El desfile obligatorio atravesó el campo.

El himno.

Heil Hitler!

Sólo entonces se podía empezar.

 

Cuando  llamaron al grupo  de edad de Rudy  para la carrera de  los  mil

quinientos metros, Liesel le deseó suerte a la típica manera alemana.

—Hals und Beinbruch, Saukerl.

Le deseó que se rompiera el cuello y una pierna.

 

Los  chicos  se reunieron al fondo  de la  pista ovalada. Unos  hacían

estiramientos, otros  se concentraban y  los  demás  estaban  allí  porque no les

quedaba más remedio.

La madre de Rudy, Barbara, estaba sentada al lado de Liesel con  su hijo

pequeño. Una fina manta estaba a rebosar de niños y hierba arrancada.

—¿Veis a Rudy? —preguntó—. Es el que está más a la izquierda.

Barbara Steiner era una mujer amable y siempre parecía que llevara el pelo

recién cepillado.

—¿Dónde?  —preguntó  una de las  niñas. Seguramente  Bettina, la más

pequeña—. No lo veo.

 

 

 

 

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—El último. No, allí no. Allí.

Todavía estaban intentando  divisarlo  cuando  la pistola del juez de salida

despidió un disparo y humo. Los pequeños Steiner corrieron hacia las vallas.

En  la primera vuelta, un  grupo  de siete chicos  componía el  pelotón de

cabeza. En  la  segunda  sólo  quedaban cinco  y  en la siguiente, cuatro. Hasta la

última  vuelta, Rudy fue en todo  momento  en cuarta posición.  Un hombre

comentó que el chico que iba segundo parecía el claro vencedor. Era el más alto.

—Espera y verás —le dijo a su desconcertada esposa—. Se desmarcará del

grupo cuando queden doscientos metros.

El hombre se equivocaba.

Un colosal oficial de camisa parda —al que estaba claro que no le afectaba

el racionamiento— informó a los corredores de que sólo quedaba una vuelta. Se

lo gritó cuando el pelotón de cabeza cruzaba la línea y no fue el segundo chico

el que aceleró, sino el cuarto. Y doscientos metros antes.

Rudy corrió.

No miró atrás en ningún momento.

La distancia fue aumentando como una cuerda elástica, de tal modo que se

quebró  hasta la más  remota esperanza de  que cualquier  otro  pudiera ganar.

Tomó la curva por su calle mientras los otros tres corredores que le seguían se

peleaban entre ellos por las sobras. En la recta final sólo se vio una melena rubia

y una gran distancia, y no se detuvo al cruzar la línea de meta, no levantó los

brazos, ni  siquiera se agachó para  recuperar  el aliento. Siguió  corriendo unos

veinte  metros  y  al final volvió  la cabeza para ver  cómo  los  otros  cruzaban la

meta.

Cuando  se dirigía a  reunirse con su familia,  primero  se topó  con sus

cabecillas y luego con Franz Deutscher. Se saludaron con una breve inclinación

de cabeza.

—Steiner.

—Deutscher.

—Parece que todas esas vueltas que te hice dar han servido para algo, ¿eh?

—Eso parece.

No iba a sonreír hasta que hubiera ganado las cuatro carreras.

 

UN COMENTARIO QUE HABRÁ

QUE TENER EN CUENTA MÁS ADELANTE

A partir de entonces no sólo se conocería a Rudy por ser

un buen estudiante, sino también por ser

un gran atleta.

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Liesel participó en los cuatrocientos metros. Terminó en séptimo lugar y en

el cuarto en la prueba de los doscientos. Lo único que vio delante de ella fueron

los  tendones  de la corva  y  las  coletas  bamboleantes  de las  chicas  que la

precedían. En el salto de longitud, mordió más polvo que distancia y tampoco

estuvo en su mejor momento en el lanzamiento de peso. Comprendió que ese

era el día de Rudy.

En  la final de los  cuatrocientos  metros, Rudy estuvo  en cabeza desde la

última vuelta hasta el final, y ganó los doscientos por escaso margen.

—¿Estás cansado? —le preguntó Liesel.

Eran las primeras horas de la tarde.

—Claro  que  no. —Jadeaba y  se masajeaba  las  pantorrillas—. Pero  ¿qué

dices, Saumensch? ¿Qué sabrás tú?

Cuando  anunciaron la prueba eliminatoria  de los  cien metros, Rudy se

levantó  despacio  y  siguió  el  reguero  de adolescentes  hacia la pista. Liesel fue

detrás de él.

—Eh, Rudy. —Le tiró de la manga—. Buena suerte.

—No estoy cansado —insistió.

—Ya lo sé.

Rudy le guiñó un ojo.

Estaba cansado.

 

En la eliminatoria, Rudy aflojó el ritmo para acabar segundo, y al cabo de

diez minutos, durante los que se celebraron otras carreras, anunciaron la final.

Había dos  chicos  que  lo  habían hecho muy  bien y  una rara  sensación en el

estómago  le dijo  a Liesel que Rudy no iba  a ganar.  Tommy Müller, que había

quedado penúltimo en su carrera, le hacía compañía, apoyado en la valla.

—Ganará —aseguró.

—Lo sé.

No, no ganaría.

Cuando los finalistas alcanzaron la línea de salida, Rudy se puso de rodillas

y empezó a escarbar unos hoyos con las manos para agarrarse mejor al suelo. A

un camisa parda medio calvo le faltó tiempo para acercarse y decirle que dejara

de hacerlo. Liesel vio  el dedo  acusador  del adulto  y  la tierra que caía de las

manos de Rudy mientras se las frotaba.

Liesel se aferró con fuerza a la valla cuando ocuparon sus posiciones. Uno

de los chicos hizo una salida en falso. Se oyeron dos disparos. Había sido Rudy.

El oficial volvió a tener unas palabras con él y el chico asintió con la cabeza. Una

vez más y quedaba eliminado.

Volvían a estar preparados para el segundo intento. Liesel, que observaba

muy atenta, no pudo  creer  lo  que sucedió  segundos  después. Se registró  una

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

nueva salida en falso  cometida  por  el mismo  atleta. Ante sus  ojos, Liesel

imaginó una carrera perfecta en la que Rudy  iba  a  la zaga, pero  que acababa

ganando en los últimos diez metros. Sin embargo, lo que en realidad vio fue la

descalificación de su amigo. Lo acompañaron a un lado de la pista y lo hicieron

quedarse allí, solo, mientras los demás chicos adelantaban un pie.

Cuando estuvieron listos, salieron corriendo.

Ganó un  chico  de cabello castaño oxidado y  zancada larga, les  sacó  unos

cinco metros de ventaja.

Rudy se quedó donde estaba.

 

Más  tarde, al final  del día, cuando  desapareció  el sol de Himmelstrasse,

Liesel se sentó en la acera con su amigo.

Hablaron de todo lo demás, desde la cara que se le había quedado a Franz

Deutscher  después  de los  mil  quinientos  hasta el berrinche que  había  cogido

una de las niñas de once años después de perder el disco.

Antes de volver cada uno a sus respectivas casas, la voz de Rudy se estiró y

le tendió a Liesel la verdad. Descansó un momento sobre el hombro, pero luego

avanzó hasta el oído.

 

LAS PALABRAS DE RUDY

«Lo hice adrede.»

 

Una vez digerida la confesión, Liesel le hizo la única pregunta posible.

—Pero ¿por qué, Rudy? ¿Por qué lo hiciste?

Lo  tenía delante, con una mano en la cadera, pero  mudo. La única

respuesta que recibió  fue una sonrisa  de complicidad y  un  lento  paseo  que lo

llevó hasta casa con languidez. Nunca más volvieron a hablar del asunto.

En  cuanto  a Liesel, a menudo  se preguntaba cuál  habría sido  la respuesta

de Rudy si  ella hubiera insistido. Tal vez tres  medallas  habían demostrado  lo

que él quería, o  quizá  tuviera miedo  de perder  la última  carrera. Al final, la

única explicación que quiso oír fue la voz interior de una adolescente.

«Porque no es Jesse Owens.»

Hasta que se levantó para entrar en casa no reparó en que a su lado había

tres medallas de oro falso. Llamó a la puerta de los Steiner y se las dio.

—Te las has olvidado.

—No, no me las he olvidado.

Rudy cerró la puerta y Liesel se llevó las medallas a casa. Las bajó al sótano

y le habló a Max de su amigo Rudy Steiner.

—Mira que es tonto —concluyó Liesel.

—Pues sí —convino Max, aunque dudo que mintiera.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

A continuación, se pusieron a trabajar  cada uno  en lo  suyo: Max  en su

cuaderno y  Liesel en  El repartidor de  sueños. Ya había llegado  a  los  últimos

capítulos  de la novela, en los  que el joven sacerdote dudaba de su fe tras  un

encuentro con una misteriosa y elegante dama.

Max le preguntó cuándo creía que iba a acabarlo al ver que lo colocaba boca

abajo sobre su regazo.

—Me quedan pocos días.

—¿Y luego a por uno nuevo?

La ladrona de libros alzó la vista al techo.

—Tal vez, Max. —Cerró el libro y se recostó hacia atrás—. Con un poco de

suerte.

 

EL SIGUIENTE LIBRO

No es el Gran diccionario de definiciones y sinónimos, como

cabría esperar.

 

No, el diccionario llegará al final de esta pequeña trilogía y todavía estamos

en la segunda entrega. Esta es  la parte en que Liesel termina El repartidor de

sueños             y  roba  un  libro  titulado  Una  canción en  la oscuridad. Como  siempre, lo

consiguió en la casa del alcalde; la única diferencia es que esta vez fue sola a la

parte alta de la ciudad. Ese día Rudy no la acompañó.

Era una mañana llena de sol y nubes espumosas.

Liesel estaba en la biblioteca del alcalde, con codicia en las manos y títulos

en los  labios. Esta vez se sentía tan a sus  anchas  que se atrevió  a recorrer  los

lomos  con los  dedos  —una  breve recreación  de la visita  anterior  a la

habitación— susurrando casi todos los títulos, de una estantería a otra.

Bajo el cerezo.

El décimo teniente.

Como de costumbre, mucho títulos la tentaron, pero tras un par de minutos

en la habitación, se decidió por Una canción en la oscuridad, en gran parte porque

el libro era verde y todavía no tenía un libro de ese color. Las letras grabadas en

la portada eran blancas y había una pequeña flauta dibujada entre el título y el

nombre del autor. Saltó  desde el alféizar  con el libro  bajo  el brazo, dando  las

gracias mientras salía.

Sin Rudy  parecía que  le faltaba algo, pero  esa mañana, por  alguna razón

desconocida, la ladrona de libros se sentía más feliz sola. No perdió el tiempo y

se puso  a leer  el libro  junto  al Amper, bastante  alejada de cualquier  posible

cuartel general de Viktor Chemmel y la antigua banda de Arthur Berg. Nadie

apareció, nadie la interrumpió, y  Liesel leyó  feliz cuatro  de los  brevísimos

capítulos de Una canción en la oscuridad.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se debía al placer y la satisfacción.

De un buen robo.

 

Una semana después, la trilogía de la felicidad estuvo completa.

A finales de agosto llegó un regalo o, mejor dicho, se fijaron en él.

Se acercaba la noche y Liesel estaba mirando cómo Kristina Müller saltaba a

la cuerda en Himmelstrasse. Rudy Steiner  derrapó  delante de ella con la

bicicleta de su hermano.

—¿Tienes tiempo? —le preguntó.

Liesel se encogió de hombros.

—¿Para qué?

—Creo que será mejor que vengas.

Soltó  la bicicleta y  fue  a buscar  la otra a casa. Liesel se quedó  mirando  el

pedal que giraba delante de ella.

 

Pedalearon hasta la Grandestrasse, donde Rudy se detuvo y esperó.

—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó Liesel.

Rudy señaló.

—Mira con atención.

Despacio, se trasladaron a un sitio desde el que podían ver mejor, detrás de

una pícea azul. Liesel divisó la ventana cerrada a través de las ramas espinosas

y luego un objeto apoyado contra el cristal.

—¿Es...?

Rudy asintió con la cabeza.

 

Debatieron el  tema largo  y  tendido  hasta  que llegaron a la conclusión  de

que debían hacerlo. Era evidente que lo habían dejado allí intencionadamente y

que, si era una trampa, valía la pena jugársela.

—Un ladrón de libros  lo  haría —aseguró  Liesel,  entre las  polvorientas

ramas azuladas.

Liesel  soltó  la bicicleta, echó un  vistazo  a la calle y  cruzó el patio. Las

sombras de las nubes estaban sepultadas bajo la oscura hierba. ¿Eran agujeros

por los que uno podía colarse u otros pedacitos de oscuridad donde ocultarse?

Su imaginación la coló  por  unos  de esos  agujeros  para caer  en las  malvadas

garras del mismo alcalde. Al menos esas imágenes la ayudaron a distraerse, y se

encontró junto a la ventana antes de lo esperado.

Todo volvía a ser como con El hombre que silbaba.

Los nervios le lamían las manos.

Reguerillos de sudor se rizaban bajo los brazos.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Levantó la cabeza y leyó el título: Gran diccionario de definiciones y sinónimos.

Lacónica, se volvió hacia Rudy y musitó las palabras: «Es un diccionario». Él se

encogió de hombros y tendió las manos.

Liesel  realizó  un trabajo  metódico, deslizó la ventana hacia  arriba,

preguntándose cómo debían de verse sus movimientos desde el interior.

Imaginó su  delictiva  mano apareciendo por  encima del alféizar  y

levantando la ventana hasta que el libro  volcara. Fue como  si  se rindiera

lentamente, como un árbol talado.

Lo tenía.

Apenas había hecho ruido.

El libro  se inclinó  hacia ella y  lo  cogió  con la mano libre. Incluso  cerró  la

ventana, con suavidad. Luego se volvió y atravesó los baches de nubes.

—Buen trabajo —admitió Rudy al acercarle la bicicleta.

—Gracias.

Pedalearon hasta la esquina, donde los  alcanzó el verdadero  hecho

importante  del  día. Liesel lo  notó, otra  vez esa sensación de estar  siendo

observada. Una voz pedaleó en su interior. Dio dos vueltas.

Mira la ventana. Mira la ventana.

La obligaba.

Como un picor que exige una uña, sintió el vivo deseo de detenerse.

Plantó  los  pies  en el suelo, volvió  la cabeza hacia la casa del alcalde y  la

ventana de la biblioteca y  miró. Evidentemente, tendría que haber  sabido que

eso  podía pasar, pero  no por  ello fue menor  la sorpresa que acechaba en su

interior  cuando  vio  a la mujer  del alcalde de pie, detrás  del cristal. Era

transparente, pero estaba allí. Llevaba el suave y sedoso cabello como siempre.

Su mirada herida, su rictus y su expresión se irguieron para ver mejor.

Muy despacio, la mujer levantó la mano para saludar a la ladrona de libros

de la calle. Aunque la dejó quieta.

Conmocionada como estaba, Liesel no dijo nada, ni a Rudy ni a sí misma.

Mantuvo  el equilibrio  y  levantó  una mano  para confirmarle a la mujer  del

alcalde que la había visto en la ventana.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

DEFINICIÓN N.°2

Verzeihung = Perdón: dejar de sentir enojo, animosidad o

resentimiento. Sinónimos: absolución, exculpación, clemencia.

 

De camino a casa se detuvieron en el puente y echaron un vistazo al pesado

libro  negro. Al cabo  de un  rato  de estar  pasando  páginas, Rudy  encontró  una

carta. La levantó y se la entregó despacio a la ladrona de libros.

 

 

 

 

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—Va a tu nombre.

El río corría.

Liesel la cogió.

 

LA CARTA»

 

Querida Liesel:

Ya sé que me consideras patética y  detestable (busca esta palabra si no  la conoces),  pero

debo  decirte que no  soy  tan tonta como  para no  percatarme de tus  pisadas  en la biblioteca.

Cuando eché en falta el primer libro, pensé que tal vez lo había puesto en otro sitio, pero luego

vi las huellas de unos pies en el suelo, donde daba la luz.

Me hicieron sonreír.

Me alegré al saber que te habías llevado lo que te pertenecía, pero cometí el error de creer

que ahí se acababa todo.

Tendría que haberme enfadado cuando volviste, pero no lo hice. La última vez te oí, pero

decidí dejarte tranquila. Sólo te puedes llevar un libro cada vez y tendrías que entrar un millar

de veces para llevártelos todos. Lo único que espero es que algún día llames a la puerta principal

y entres en la biblioteca de una manera más civilizada.

Permíteme  volver  a disculparme  por  no  poder  seguir  disponiendo  de los  servicios  de tu

madre.

Por  último,  espero  que este diccionario  te resulte útil cuando  estés  leyendo  los  libros

robados.

Atentamente,

ILSA HERMANN

 

—Será mejor que volvamos a casa —sugirió Rudy, pero Liesel no se movió.

—¿Te importaría esperarme aquí cinco minutos?

—Claro.

Liesel se arrastró  hasta el número  ocho de  la Grandestrasse y  se  dirigió

hacia la entrada principal que tanto había frecuentado. Rudy se había quedado

con el libro,  pero  ella tenía la carta. Iba frotando  los  dedos  contra el papel

doblado. Los  escalones  se  le hacían cada vez más  pesados. Por  cuatro  veces

intentó  llamar  a la amedrentadora puerta, pero  no  consiguió  reunir  suficiente

valor  para hacerlo. Únicamente llegó  a colocar  los  nudillos sobre la cálida

madera, con suavidad.

Su hermano vino a su encuentro de nuevo.

—Vamos, Liesel, llama —la animó al final de los escalones.

La rodilla se le estaba curando.

 

 

 

 

 

 

 

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En  su  segunda huida, pronto  distinguió  la  figura lejana de Rudy  en el

puente. El viento le empapaba el pelo. Sus pies pedaleaban como si bracearan.

Liesel Meminger era una criminal.

Pero  no porque hubiera entrado  a robar  un  puñado  de libros  por  una

ventana abierta.

Tendrías que haber llamado, pensó, y aunque era una reflexión cargada de

culpa, también se apreciaba el juvenil rastro de la risa.

Intentó decirse algo mientras pedaleaba.

No mereces ser tan feliz, Liesel. En absoluto.

¿Se puede robar la felicidad? ¿O es sólo otro infernal truco humano?

Liesel se sacudió los pensamientos de encima. Cruzó el puente y apremió a

Rudy para que se pusiera en marcha y no se olvidara el libro.

Volvieron a casa en las bicicletas oxidadas.

Volvieron a casa como tenían por costumbre, pasando del verano al otoño y

de una noche tranquila al fragor de las bombas sobre Munich.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El aullido de las sirenas

 

 

 

 

 

Hans  llevó  a casa una radio  de segunda mano con lo  poco  que había

recaudado durante el verano.

—Así  sabremos  cuándo  van a empezar  los  bombardeos  antes  de que

suenen las  sirenas  —explicó—. Primero  se oye un  cucú y  luego  anuncian las

zonas en peligro.

La colocó  sobre  la mesa de la  cocina  y  la encendió. También intentaron

hacer que funcionara en el sótano, para Max, pero por los altavoces sólo se oían

interferencias y voces entrecortadas.

En septiembre no la oyeron porque estaban durmiendo.

O bien la radio ya estaba medio rota o la sofocó el plañidero gemido de las

sirenas.

 

Una mano zarandeó  el hombro  de Liesel con suavidad, para  que se

despertara. Después la voz de su padre, preocupada.

—Liesel, despierta. Tenemos que irnos.

En  medio  de la desorientación por  el sueño  interrumpido, Liesel  apenas

consiguió  adivinar el contorno del rostro  de  su padre. Lo  único  visible era su

voz.

 

Se detuvieron en el pasillo.

—Esperad —ordenó Rosa.

 

Todos fueron corriendo al sótano, atravesando la oscuridad.

La lámpara estaba encendida.

Max asomó por detrás de los botes de pintura y las sábanas. Tenía aspecto

de cansado y, nervioso, se agarró con los pulgares a la cinturilla del pantalón.

—Hora de irse, ¿no?

Hans se acercó.

—Sí, es  hora de  irse. —Le estrechó la  mano y  le dio  un  golpecito  en  el

brazo—. Nos veremos a la vuelta, ¿de acuerdo?

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Por supuesto.

Rosa lo abrazó, igual que Liesel.

—Adiós, Max.

 

Semanas  antes  habían  estado  discutiendo si debían  quedarse todos  juntos

en el sótano o si ellos tres debían salir a la calle y dirigirse al de la casa de los

Fiedler. Max los convenció.

—Dicen que este sótano no está a bastante  profundidad  y  ya os  habéis

arriesgado demasiado por mí.

Hans asintió con la cabeza.

—Es una pena que no puedas venir con nosotros. Qué desgracia.

—Así son las cosas.

 

Fuera, las  sirenas  aullaban a las  casas, y  la gente  salía de sus  hogares

corriendo, renqueando o  de espaldas.  La noche observaba. Algunos  le

devolvían la mirada, tratando de descubrir los aviones de lata que cruzaban el

cielo.

Himmelstrasse era una embrollada procesión de gente que acarreaba sus

bienes más preciados. En algunos casos, un bebé. En otros, una pila de álbumes

de fotos  o  una caja de madera. Liesel llevaba sus  libros  apretados  contra el

pecho. Frau Holtzapfel arrastraba con gran esfuerzo  una maleta por  la  acera,

con ojos desorbitados y pasitos cortos.

Hans, que lo  había olvidado todo  —incluso  el acordeón—, se acercó

corriendo y rescató la maleta de sus manos.

—Jesús, María y José, ¿qué lleva aquí dentro? —preguntó—. ¿Un yunque?

Frau Holtzapfel caminaba a su lado.

—Lo básico.

Los  Fiedler  vivían seis  casas  más  allá. En  la familia eran cuatro, todos  de

cabello color  trigo  y  ojos  alemanes, como  estaba mandado, pero  lo  más

importante  es  que contaban  con un  buen sótano a  gran  profundidad. Allí  se

apretujaban veintidós  personas, entre los  que se contaban  la familia Steiner,

frau Holtzapfel, Pfiffikus, un joven y la familia Jenson. En aras de procurar un

ambiente civilizado, mantuvieron separadas  a Rosa Hubermann  y  frau

Holtzapfel, a pesar de que ciertas cosas estaban por encima de las discusiones

absurdas.

Una bombilla solitaria colgaba del techo y la habitación era húmeda y fría.

Las paredes estaban llenas de salientes que se clavaban en la espalda de la gente

mientras estaba sentada y hablaba. El sonido apagado de las sirenas se colaba

por  algún lugar, una versión distorsionada  que había  encontrado  el modo  de

llegar  hasta ellos y, a pesar  de que suscitaba grandes  dudas  acerca de la

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

idoneidad del refugio, al menos también les  garantizaba que oirían las  tres

sirenas  que  anunciaban el final del  bombardeo  y  que estaban  a salvo. No  les

haría falta un Luftschutzwart, un vigilante antiaéreo.

Rudy no tardó mucho en encontrar a Liesel. Su cabello apuntaba al techo.

—¿No es genial?

Liesel no pudo reprimir cierto sarcasmo.

—Encantador.

—Venga, Liesel, no seas así. ¿Qué es lo peor que puede ocurrir, además de

acabar aplastados o fritos o lo que sea que hagan las bombas?

Liesel miró a su alrededor, fijándose en los rostros de los demás. Empezó a

elaborar una lista con los más asustados.

 

LA LISTA NEGRA

1. Frau Holtzapfel

2. El señor Fiedler

3. El joven

4. Rosa Hubermann

 

Los ojos de frau Holtzapfel estaban tan abiertos que parecían imposibles de

cerrar. Tenía el enjuto cuerpo encorvado y su boca era un círculo. Herr Fiedler

se distraía preguntando  a la gente, a veces  repetidamente, cómo  estaba. El

joven, Rolf Schultz, se mantenía apartado en un rincón, musitando palabras al

aire que lo envolvía, fustigándolo. Tenía las manos cimentadas en los bolsillos.

Rosa se mecía con suavidad.

—Liesel —la llamó en un susurro—, ven aquí.

Cogió  a la niña por  la  espalda y  la  estrechó con fuerza contra ella. Cantó

una canción, pero en voz tan baja que Liesel apenas la oyó. Las notas nacían en

su aliento  y  morían en sus  labios. A su lado, Hans  permanecía callado  e

inmóvil. En cierto  momento, colocó  su cálida  mano sobre  el frío  cráneo  de

Liesel. Vivirás, decía el gesto, y tenía razón.

A su izquierda estaban Alex  y  Barbara Steiner  con sus  hijas  pequeñas,

Emma y  Bettina.  Las  niñas  se aferraban a  una pierna de su madre. El hijo

mayor, Kurt, miraba al frente, cual efigie perfecta de las Juventudes Hitlerianas,

y le daba la mano a Karin, diminuta incluso para tener siete años. Anna-Marie,

de diez, jugaba con la pulposa superficie de la pared de cemento.

Al otro lado de los Steiner estaban Pfiffikus y la familia Jenson.

Pfiffikus se abstenía de silbar.

El barbudo señor Jenson abrazaba a su mujer con fuerza, y sus dos hijos tan

pronto  estaban callados  como  no dejaban de hablar. De vez en cuando  se

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

incordiaban entre ellos, pero se echaban atrás en cuanto rozaban el inicio de una

pelea de verdad.

Al cabo  de unos  diez minutos, en  el sótano reinaba  una  especie  de

inmovilidad. Los cuerpos estaban soldados y únicamente los pies cambiaban de

postura. El silencio absoluto amordazaba los rostros. Se miraban unos a otros y

esperaban.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

SIGNIFICADO N.°3

Angst- Miedo: emoción desagradable y a menudo intensa

causada por la intuición o la conciencia de un peligro.

Palabras relacionadas: terror, horror, pánico, aprensión,

alarma.

 

Se contaban  historias  sobre  otros  refugios  donde la gente cantaba

Deutschland über Alles  o  se peleaba tropezando  con su propio  aliento  viciado.

Esas cosas no ocurrieron en el refugio de los Fiedler. Allí sólo había lugar para

el miedo y la aprensión, y una sorda canción en los labios acartonados de Rosa

Hubermann.

Poco antes de que las sirenas anunciaran el final, Alex Steiner —el hombre

del impasible rostro de madera— convenció a las niñas para que se soltaran de

las piernas de su mujer y alargó un brazo para coger la mano que su hijo tenía

libre. Kurt, que seguía en actitud estoica y con la mirada fija, la aceptó y apretó

con suavidad la de su hermana. Pronto  todo  el mundo  le  daba  la mano a

alguien y el grupo de alemanes formaba un círculo irregular. Las manos frías se

derretían en las cálidas y, en algunos casos, incluso transmitían la sensación de

otro  pulso  humano que se abría camino a través  de las  capas  de piel pálida y

agarrotada. Algunos cerraron los ojos a la espera de su propio fin, o de la señal

que anunciaba el final del bombardeo.

¿No les estaba bien empleado?

¿Cuántos  de ellos  habían  perseguido  a otros  de forma activa, ebrios  de la

mirada penetrante de Hitler, repitiendo sus frases, sus párrafos, su obra? ¿Rosa

Hubermann  era responsable de algo?  ¿La mujer  que ocultaba a un  judío?  ¿O

Hans? ¿Merecían morir? ¿Y los niños?

Me interesa mucho la  respuesta a todas  estas  cuestiones, aunque no debo

dejarme seducir. Lo  único  que sé es  que toda esa gente debió  de sentir  mi

presencia esa noche,  excluyendo a los  niños más  pequeños. Yo  era una

insinuación. Un aviso. Mis pies ficticios entraron en la cocina y avanzaron por el

pasillo.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Como  suele pasarme con los  humanos, cuando  leo  lo  que la  ladrona de

libros escribió sobre ellos, los compadezco, aunque no tanto como a los que en

aquella época recogí  a paletadas  en varios  campos. Por  descontado  que los

alemanes de los sótanos merecían mi compasión, pero al menos ellos tenían una

oportunidad de salvarse. Ese sótano no era una ducha de gas. Para esa gente, la

vida todavía era posible.

 

Los minutos iban calando en el corro irregular.

Liesel le daba la mano a Rudy y a su madre.

Sólo la entristecía un pensamiento.

Max.

¿Cómo iba a sobrevivir Max si las bombas llegaban a Himmelstrasse?

Estudió el sótano de los Fiedler. Era bastante más sólido y profundo que el

del número treinta y tres de Himmelstrasse.

Le preguntó a su padre en silencio.

¿También piensas en él?

Tanto  si  la muda pregunta llegó  a su destino como  si  no lo  hizo, Hans  le

respondió  con una breve inclinación de la cabeza. Unos  minutos  después

llegaron las tres sirenas de paz transitoria.

La gente del número  cuarenta y  cinco  de Himmelstrasse se sumió  en el

alivio.

Algunos cerraron los ojos con fuerza y volvieron a abrirlos.

Un cigarrillo pasó de mano en mano.

Cuando Rudy Steiner iba a acercárselo a los labios, su padre se lo quitó de

un manotazo.

—Tú no, Jesse Owens.

Los  niños abrazaron a sus  padres, y  todavía  tuvo  que pasar  un  rato  para

que todos  fueran completamente conscientes  de que estaban vivos  y  de que

iban a seguir  estándolo. Sólo  entonces  se atrevieron a subir  los  escalones que

desembocaban en la cocina de los Fiedler.

Fuera, una procesión de gente recorría la calle en silencio. Muchos de ellos

alzaban la vista al cielo y daban gracias a Dios por sus vidas.

 

Cuando  los  Hubermann  regresaron a casa,  se dirigieron directamente al

sótano, pero  parecía que Max  no estaba allí.  La lámpara apenas  tenía una

llamita anaranjada y no se lo veía ni se lo oía por ninguna parte.

—¿Max?

—Ha desaparecido.

—Max, ¿estás ahí?

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Estoy aquí.

 

Al principio creían que las palabras habían salido de detrás de las sábanas y

los  botes  de pintura, pero  Liesel fue la primera en verlo  delante  de ellos. Su

rostro  extenuado  se confundía con los  trastos  de la pintura y  las  telas. Estaba

sentado allí delante, con los ojos y la boca abiertos de par en par.

Volvió a hablar cuando se acercaron.

—No pude reprimirme —se disculpó.

—¿De qué hablas, Max?  —preguntó  Rosa, agachándose para mirarlo  a la

cara.

—Yo... —intentó  explicarse—. Cuando  todo  estaba en silencio, subí  al

pasillo y  la cortina del comedor  estaba un  poco  descorrida... Se veía la calle.

Miré, sólo unos segundos.

Hacía veintidós meses que no veía el mundo exterior.

No hubo ni enfados ni reproches.

—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Hans.

Max levantó la cabeza con gran pesar y estupefacción.

—Había estrellas —contestó—. Me quemaron los ojos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ladrón de cielos

 

 

 

 

 

Al final resultó que el primer bombardeo no fue un bombardeo. Si la gente

se hubiera quedado a esperar los aviones, habrían pasado allí toda la noche. Eso

explicaría por  qué ningún  cucú avisó  por  la radio. Según  el Molching Express,

cierto  controlador  de una torre de fuego  antiaéreo  se había puesto  un  poco

nervioso. Juraba que había oído el ruido de los aviones y los había visto en el

horizonte. Él había dado la voz de alarma.

—Podría haberlo  hecho a propósito  —comentó  Hans  Hubermann—. ¿Te

gustaría estar  sentado  en una torre de fuego  antiaéreo  disparando  a aviones

cargados de bombas?

Como es lógico, siguió leyendo Max en el artículo en el sótano, el hombre

de tan viva imaginación había sido  relevado  de su puesto. Seguramente lo

destinarían a algún servicio en alguna parte.

—Que tenga suerte —dijo Max.

Parecía saber lo que le deparaba. Pasó a los crucigramas.

 

El siguiente bombardeo fue real.

La noche del 19 de septiembre, el cucú avisó por radio. A continuación, una

voz grave y desapasionada que anunció Molching entre los posibles objetivos.

Himmelstrasse volvió a convertirse en un sendero de gente y Hans volvió a

olvidarse el acordeón. Rosa le recordó que se lo llevara, pero él se negó.

—No me lo llevé la última vez y sobrevivimos —explicó.

Estaba claro  que la guerra confundía los  límites  entre la lógica y  la

superstición.

Una inquietante sensación los siguió hasta el sótano de los Fiedler.

—Creo que esta noche va en serio —comentó el señor Fiedler.

Los  niños enseguida se dieron cuenta de que sus  padres  estaban bastante

más preocupados que en la anterior ocasión. Reaccionando de la única manera

que sabían, los  más  pequeños  empezaron a chillar y  a llorar  cuando  la

habitación pareció tambalearse.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

La amortiguada sintonía de las  bombas  llegó  incluso  hasta el sótano. La

presión del aire los aplastó como si el techo les cayera encima, como si quisiera

estamparse contra el suelo. Las  desiertas  calles  de Molching recibieron un

mordisco.

 

Rosa apretaba furiosamente la mano de Liesel.

El machacón llanto de los niños perforaba los oídos.

 

Incluso  Rudy estaba completamente rígido, fingiendo despreocupación,

tensando  los  músculos  para combatir  la tensión.  Brazos  y  codos  luchaban  por

hacerse sitio. Algunos adultos intentaban calmar a los niños. Otros ni siquiera

conseguían calmarse a ellos mismos.

—¡Haz callar a ese crío! —gritó frau Holtzapfel, aunque su voz no fue más

que otro desventurado reproche en medio del frenético caos del refugio.

Mugrientas  lágrimas  asomaban a los  ojos  de  los  niños y  el olor  a  alientos

nocturnos, el sudor de sobaco y ropa sucia de varios días se mezclaba y bullía

en lo que en esos momentos era un puchero donde flotaban humanos.

A pesar de que estaban una al lado de la otra, Liesel no tuvo más remedio

que alzar la voz.

—¿Mamá? —Insistió—: ¡Mamá, me estás destrozando la mano!

—¿Qué?

—¡La mano!

Rosa la soltó y, para sustraerse al barullo del sótano, Liesel abrió uno de sus

libros  y  empezó  a leer  en busca de consuelo. El primer  libro  de la pila era El

hombre que silbaba y lo leyó en voz alta para concentrarse. El primer párrafo llegó

entumecido hasta sus oídos.

—¿Qué has  dicho? —rugió  su madre, pero  Liesel la ignoró  para no

perderse ya en la primera página.

Al pasar a la siguiente, Rudy reparó en ella. Se fijó en lo que estaba leyendo

y  llamó  la atención de  sus  hermanos con un  golpecito  en el hombro  para que

hicieran lo  mismo. Hans  Hubermann  se acercó  y  pidió  silencio. La calma se

abrió paso en el abarrotado sótano. A la tercera página, todo el mundo estaba

en silencio menos Liesel.

El crujir de las páginas los cautivó.

Liesel continuó leyendo.

Compartió la historia durante unos veinte minutos. Su voz tranquilizó a los

niños más pequeños y los demás imaginaron al hombre que silbaba huyendo de

la escena del crimen. Liesel no. La ladrona de libros sólo veía la mecánica de las

palabras, sus  cuerpos  varados  en el papel, derribadas  a golpes  para que ella

pudiera pisotearlas. En  algún lugar  también  estaba Max, en los  espacios  entre

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

un  punto  y  la mayúscula siguiente. Recordó  cuando  le leía mientras  estaba

enfermo. ¿Estará en el sótano? ¿U otra vez al acecho de un pedacito de cielo?, se

preguntó.

 

UN PENSAMIENTO AGRADABLE

Ella era una ladrona de libros.

Él asaltaba el cielo.

 

Todo el mundo esperaba el temblor del suelo.

Seguía siendo  inevitable, pero  al menos  ahora la chica del libro  los  tenía

distraídos. Uno  de los  niños pequeños  pensó  en echarse a llorar, pero  Liesel

paró  un  momento  e imitó  a su padre, o  a Rudy, elegid. Le guiñó  un  ojo  y

retomó la lectura.

Sólo se interrumpió cuando las sirenas se colaron en el sótano.

—Ya pasó —anunció el señor Jenson.

—¡Silencio! —ordenó frau Holtzapfel.

Liesel alzó la cabeza.

—Sólo quedan dos párrafos para acabar el capítulo —informó.

Y continuó leyendo sin mayor énfasis. Sólo palabras.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

DEFINICIÓN N.° 4

Wort- Palabra: unidad de lenguaje con significado / una

promesa / un comentario, una afirmación o una conversación.

Palabras relacionadas: término, nombre, expresión.

 

Por  respeto, los  adultos  obligaron a que todo  el mundo  guardara silencio

hasta que Liesel finalizara el primer capítulo de El hombre que silbaba.

En  el momento  de salir, los  niños pasaron a su lado como  un  vendaval,

pero  casi todos  los  mayores  —incluso  frau Holtzapfel y  Pfiffikus  (qué

apropiado, teniendo en cuenta el título  del libro)—  agradecieron a la niña la

distracción a medida que pasaban junto a ella, con ganas de salir de la casa para

ver si Himmelstrasse había sufrido algún daño.

Himmelstrasse estaba intacta.

El único  indicio  de guerra era una nube de polvo  que viajaba de este a

oeste, escudriñando las ventanas para encontrar un lugar por el que colarse. A

medida  que  se espesaba y  expandía, convertía la estela de humanos en

apariciones.

Ya no había gente en la calle.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Sólo rumores arrastrando fardos.

 

En casa, Hans se lo contó todo a Max.

—Hay niebla y cenizas... Creo que nos han dejado salir demasiado pronto.

—Miró  a Rosa—. ¿Crees que debería  ir  a ver  si  necesitan ayuda donde han

caído las bombas?

Rosa no se dejó impresionar.

—No  seas  imbécil, te asfixiarás  con tanto  polvo  —contestó—. No, no,

Saukerl, tú te quedas  aquí. —Algo  le pasó  por  la cabeza y  miró  a Hans  muy

seria. En  realidad,  tenía  el orgullo  escrito  en su rostro—. Quédate aquí  y

explícale lo de la niña. —Alzó la voz, apenas ligeramente—. Lo del libro.

Max le prestó una atención especial.

—El hombre que silbaba —le informó Rosa—. Capítulo uno.

Le explicó con pelos y señales lo que había ocurrido en el refugio.

Liesel estaba en un rincón del sótano. Max la miraba fijamente y se pasaba

la mano por la mandíbula. Personalmente, creo que ese fue el momento en que

se le ocurrió el tema para su siguiente cuaderno de dibujos.

El árbol de las palabras.

Imaginó a la  niña  leyendo en el refugio, compartiendo las  palabras,

literalmente. Sin embargo, como  siempre, también debió  de ver  la  sombra de

Hitler. Puede que ya oyera sus pasos acercándose a Himmelstrasse y al sótano.

Al cabo de una larga pausa, parecía que estaba a punto de hablar cuando

Liesel se le adelantó.

—¿Has visto el cielo esta noche?

—No. —Max  señaló la pared. Miraron las  palabras  y  el dibujo  que había

pintado hacía más de un año: la cuerda y el sol chorreante—. Hoy sólo este.

Esa noche ya no hubo más palabras, sólo pensamientos.

No  puedo  hablar  por  Max, Hans  o  Rosa, pero  sé que Liesel Meminger

estaba pensando que si las bombas caían alguna vez en Himmelstrasse, Max no

sólo  tendría menos oportunidades  de sobrevivir  que los  demás, sino  que

también moriría completamente solo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La oferta de frau Holtzapfel

 

 

 

 

 

Por la mañana comprobaron los daños. No hubo muertos, pero dos bloques

de pisos habían quedado reducidos a escombros, y el campo preferido de Rudy

de las  Juventudes  Hitlerianas  había recibido  una buena ración. Media ciudad

estaba alrededor  de  la circunferencia. La  gente calculaba la profundidad,

comparándola con la de sus refugios. Varios niños y niñas escupieron dentro.

Rudy estaba junto a Liesel.

—Por lo que se ve, tendrán que abonarlo otra vez.

 

Las  semanas  siguientes  se libraron de los  bombardeos, por  lo  que la vida

casi  volvió  a la  normalidad.  No  obstante, dos  momentos  decisivos  estaban en

camino.

 

LOS DOS ACONTECIMIENTOS

DE OCTUBRE

Las manos de frau Holtzapfel.

El desfile de judíos.

 

Las arrugas de frau Holtzapfel eran como un insulto y su voz se parecía a

un bastonazo.

De hecho, tuvieron mucha suerte al ver  por  la ventana  del comedor  que

frau Holtzapfel se acercaba, pues sus nudillos aporrearon la puerta con dureza

y determinación. Sonaban a negocios.

Liesel oyó las palabras que más temía.

—Ve a ver qué quiere —ordenó su madre, y la joven, que sabía muy bien lo

que le convenía, obedeció.

—¿Está tu madre en casa?  —preguntó frau Holtzapfel. Parecía un manojo

de alambres  de cincuenta años. Se quedó  plantada en la entrada, echando  un

vistazo  a la calle de vez en cuando—. ¿Está por  ahí  esa cerda que tienes  por

madre?

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Liesel se volvió y la llamó.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

DEFINICIÓN N.°5

Gelegenheit- Oportunidad: ocasión para un avance o

progreso. Palabras relacionadas: perspectiva, circunstancia,

coyuntura.

 

Rosa apareció a su espalda en un abrir y cerrar de ojos.

—¿A qué viene? ¿Ahora también quiere escupir en el suelo de la cocina?

Frau Holtzapfel no se amilanó lo más mínimo.

—¿Es así como recibe a todo el que se presenta a su puerta? Qué G'sindel...

Liesel observaba. Tuvo la desgracia de quedar atrapada en medio, aunque

Rosa la apartó de un tirón.

—Bueno, ¿va a decirme a qué ha venido o no?

Frau Holtzapfel volvió a echar otro vistazo a la calle.

—Vengo con una oferta.

Rosa cambió el peso a la otra pierna.

—No me diga.

—No, no para usted —le dijo a Rosa con voz desdeñosa, y se volvió hacia

Liesel—. Para ti.

—Entonces, ¿para qué ha preguntado por mí?

—Pues porque supongo que necesitaré su permiso.

«Madre de Dios  —pensó  Liesel—, lo  que me faltaba. ¿Qué narices  querrá

Holtzapfel de mí?»

—Me gustó ese libro que leíste en el refugio.

«No, no se lo va a llevar.» Liesel lo tenía muy claro.

—¿Sí?

—Esperaba poder oír el final durante los bombardeos, pero por lo visto por

ahora estamos  a salvo. —Echó los  hombros  hacia atrás  y  enderezó  el alambre

que tenía por  espalda—. Así  que me gustaría que vinieras  a mi casa y  me lo

leyeras.

—Hay que tener  cara, Holtzapfel. —Rosa todavía estaba  considerando  si

ponerse hecha una furia o no—. Si cree...

—Dejaré de escupir en su puerta —la interrumpió— y le daré mi ración de

café.

Rosa decidió no ponerse hecha una furia.

—¿Y harina?

—Pero bueno, ¿acaso es judía? Sólo el café. Cambie el café por la harina con

otro.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Estuvieron conformes.

Todas menos la niña.

—Bien, de acuerdo, trato hecho.

—¿Mamá?

—A callar,  Saumensch,  ve a  buscar  el libro. —Rosa se volvió  hacia frau

Holtzapfel—. ¿Qué días le vienen bien?

—Lunes y viernes, a las cuatro. Y hoy, ahora mismo.

 

Liesel siguió los pasos castrenses hasta la puerta de al lado, la casa de frau

Holtzapfel, que era igual  a la  de los  Hubermann  pero  con la  distribución  al

revés. Tal vez fuera un poco más grande.

La joven se sentó  a la mesa de la cocina y  frau Holtzapfel hizo  otro  tanto

delante de ella, pero de cara a la ventana.

—Lee —pidió.

—¿El segundo capítulo?

—No, el octavo. ¡Claro que el segundo! Empieza a leer antes de que te eche

a patadas.

—Sí, frau Holtzapfel.

—Déjate de «sí, frau Holtzapfel» y abre el libro. No tenemos todo el día.

«Por  Dios  —pensó  Liesel—. Este es  mi  castigo  por  robar. Al final  me han

echado el guante.»

 

Estuvo leyendo cuarenta y cinco minutos y una bolsa de café apareció en la

mesa al final del capítulo.

—Gracias  —dijo  la mujer—, es  una buena historia. —Se volvió  hacia los

fogones y se puso a pelar unas patatas—. Sigues ahí, ¿verdad? —preguntó, sin

volverse.

Liesel dedujo que le había dado pie para marcharse.

—Danke schön, frau Holtzapfel.

Junto  a la puerta vio  las  fotos  enmarcadas  de dos  jóvenes  militares  de

uniforme y  también lanzó  un  «Heil Hitler!»                   hacia la cocina, con el brazo

levantado.

—Sí. —Frau  Holtzapfel  estaba orgullosa y  preocupada. Dos  hijos  en

Rusia—.               Heil Hitler!  —Puso  el  agua a  hervir  e incluso  tuvo  el detalle de

acompañar unos pasos a Liesel hasta la entrada—. Bis morgen?

El día siguiente era viernes.

—Sí, frau Holtzapfel. Hasta mañana.

 

Liesel  calculó  que todavía hubo cuatro  sesiones  más  con frau Holtzapfel

antes de que hicieran desfilar a los judíos por Molching.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Iban al campo de concentración de Dachau.

«Eso son dos semanas —escribiría más tarde, en el sótano—. Dos semanas

para cambiar el mundo y catorce días para destruirlo.»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El largo camino hasta Dachau

 

 

 

 

 

Dijeron que el camión se había estropeado, pero puedo dar fe de que no fue

así. Yo estaba allí.

Lo  único  que  pasó  fue  que había un cielo  oceánico  con nubes  vestidas  de

blanco.

Además, no había sólo un vehículo. Tres camiones no pueden estropearse a

la vez.

Cuando  los  soldados  pararon para compartir  algo  de comida  y  unos

cigarrillos y hurgar entre los judíos, uno de los prisioneros sucumbió al hambre

y  la enfermedad. No  sé de dónde venía  el convoy,  pero  estaría a unos  seis

kilómetros  de Molching y  a bastantes  más  del campo  de concentración de

Dachau.

Me colé por  el parabrisas  del camión, encontré al fallecido  y  bajé de un

salto  por  la parte de atrás. Su alma estaba  en los  huesos.  Su barba  era una

mordaza. Mis pies crujieron al aterrizar en la gravilla, aunque ni los soldados ni

los prisioneros lo oyeron. Sin embargo, me olieron.

La memoria me dice que en la parte de atrás de ese camión había muchos

anhelos. Las voces interiores me llamaron.

¿Por qué él y no yo?

Gracias a Dios no soy yo.

En cambio, los soldados estaban ocupados en otros asuntos. El que estaba

al mando aplastó el pitillo y les hizo una pregunta turbia:

—¿Cuándo fue la última vez que sacamos a esas ratas a tomar aire fresco?

El teniente ahogó un acceso de tos.

—No pasa nada porque se lleven un poco, ¿no?

—Bueno, entonces, ¿qué? Hay tiempo, ¿no?

—Siempre hay tiempo, señor.

—Y hace un día perfecto para un desfile, ¿no crees?

—Así es, señor.

—Entonces, ¿a qué esperas?

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Liesel estaba jugando al fútbol en Himmelstrasse cuando lo oyó. Dos chicos

se disputaban el balón en medio del campo cuando se detuvo el partido. Hasta

Tommy Müller se dio cuenta.

—¿Qué es eso? —preguntó desde la portería.

Todo el mundo se volvió hacía el rumor de los pies que se arrastraban y las

voces disciplinadas cada vez más próximas.

—¿Es un rebaño de vacas? —preguntó Rudy—. No puede ser. No hacen ese

ruido, ¿verdad?

Poco  a poco, los  niños  fueron acercándose al magnético  sonido, hacia la

tienda de frau Diller. De vez en cuando, los gritos cobraban más fuerza.

En uno de los pisos más altos, a la vuelta de la esquina de Münchenstrasse,

una anciana con voz  de oráculo  desveló  la causa del alboroto.  Allí  arriba,

asomada a la ventana, su rostro  parecía una bandera blanca, con los  ojos

húmedos y la boca abierta. Su voz aterrizó como un suicida a los pies de Liesel,

de un golpe seco.

Tenía el cabello gris.

Los ojos azul oscuro, muy oscuro.

—Die Juden —anunció—. Los judíos.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

DEFINICIÓN N.°6

Elend— Desdicha: gran sufrimiento, infelicidad y aflicción.

Palabras relacionadas: angustia, tormento, desesperación,

desamparo, desolación.

 

La calle fue llenándose de gente, una  calle por  la que ya antes  habían

avanzado  a empujones  otros  grupos  de judíos  y  criminales. Puede que los

campos de exterminio se mantuvieran en secreto, pero a veces se mostraba a la

gente la gloria de un campo de trabajo como Dachau.

En  el otro  extremo, Liesel vio  a un  hombre con un  carro  de pintura. Se

estaba pasando las manos por el cabello; desasosegado.

—Allí está mi padre —le dijo a Rudy, señalando.

Ambos cruzaron y fueron a reunirse con él, aunque la primera reacción de

Hans Hubermann fue llevárselos de allí.

—Liesel, tal vez...

Sin embargo, se dio  cuenta de que  la niña quería quedarse y  decidió  que

quizá debía verlo. Soplaba una brisa otoñal. Hans se quedó a su lado, mudo.

 

Los vieron pasar por Münchenstrasse.

Otras personas se movían alrededor de ellos o los adelantaban.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Vieron acercarse a los  judíos  como  un  torrente  de colores. La ladrona de

libros no los describió así, pero puedo asegurar que eran eso exactamente, pues

muchos de ellos morirían. Me saludarían como a su último amigo del alma, con

sus huesos de humo y sus espíritus a la zaga.

 

El rumor de los pasos vibró sobre la calzada con la llegada del grueso del

grupo. Los enormes ojos sobresalían en los escuálidos cráneos. Y la suciedad. La

suciedad florecía en ellos como  el moho. Sus  piernas  flaqueaban  cuando  los

soldados  los  empujaban: una forzada carrerita incontrolada antes  del lento

retorno a un paso famélico.

Hans los observaba por encima de las cabezas de los cada vez más nutridos

espectadores. Estoy  segura de que tenía los  ojos  plateados  y  cansados. Liesel

miraba entre los huecos que quedaban o por encima del hombro de la gente.

Las expresiones atormentadas de hombres y mujeres extenuados se volvían

para suplicarles, no  ayuda —ya habían  renunciado  a ella—, sino una

explicación. Algo con lo que acallar la confusión.

Apenas podían levantar los pies del suelo.

Llevaban estrellas de David cosidas a las camisas, en las que se inscribía la

desdicha como si de una tarea se tratara. «No olvide su desdicha.» En algunos

casos, los arrollaba como una enredadera.

Los  soldados  desfilaban a su lado, ordenándoles  que se apresuraran y

dejaran de lamentarse. Algunos  no eran más  que niños, pero  el Führer  se

reflejaba en su mirada.

Contemplándolos, Liesel estaba segura de que eran las almas vivientes más

desgraciadas  que había visto. Así  los  describió  por  escrito. El tormento

constreñía sus  rostros  descarnados. El hambre  los  devoraba al caminar.

Algunos miraban al suelo para evitar la mirada de la gente en las aceras. Otros

observaban suplicantes  a los  que habían ido  a contemplar  su humillación, el

preludio de sus muertes. Otros rogaban que alguien, quien fuera, diera un paso

al frente y los cogiera en brazos.

Nadie lo hizo.

Ya observaron el desfile con orgullo, impudor  o  vergüenza, nadie se

adelantó para detenerlos. Todavía no.

De vez en  cuando, un  hombre o  una mujer  —no,  no eran hombres  o

mujeres, eran judíos—  vislumbraba el rostro  de Liesel entre la multitud. Le

presentaban su capitulación, y lo único que podía hacer la ladrona de libros era

sostener  su mirada durante  un  largo  y  agonizante momento  antes  de que

desapareciera entre los demás. Liesel esperaba que fueran capaces de adivinar y

reconocer en su rostro cuán profundo, genuino y perdurable era su pesar.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

¡En mi sótano hay uno de los vuestros!, quiso decirles. ¡Hicimos juntos un

muñeco de nieve! ¡Le llevé trece regalos cuando estaba enfermo!

Liesel no dijo nada.

¿Para qué?

Comprendió que ella no les servía de nada. Estaban condenados y no tardó

mucho en descubrir qué le sucedía a quien se le ocurría ayudarlos.

 

Un hombre, mayor que los demás, avanzaba en medio de un pequeño claro

abierto en la procesión.

Llevaba barba y ropas raídas.

Sus  ojos  tenían el color  de la agonía a pesar  de su ligereza, sus  piernas

todavía lo sostenían.

Se desplomó varias veces.

Una de las mejillas quedó aplastada contra el suelo.

Cada vez que se caía, un soldado se cernía sobre él.

—Steh'auf—le gritaba desde lo alto—. Levántate.

El hombre se ponía de rodillas  y  se levantaba como  podía para seguir

caminando.

En cuanto alcanzaba a los últimos que iban por delante, acababa perdiendo

fuelle y volvía a tropezar y a desplomarse. Muchos otros venían detrás de él —

una camionada entera—, amenazando con pisotearlo y rebasarlo.

Era insoportable contemplar  cómo  se estremecían sus  brazos  doloridos

intentando levantar el cuerpo. Cedieron una vez más antes de volver a ponerse

en pie y dar unos pasos.

Estaba muerto.

El hombre estaba muerto.

Cinco  minutos  más  y  caería fulminado  en la calzada alemana. Todos  lo

permitirían, sin apartar la vista.

 

Pero entonces un humano...

Hans Hubermann.

 

Todo ocurrió muy deprisa.

La mano que apretaba con firmeza la de Liesel la soltó cuando el hombre

pasó agonizante por su lado. Al caerle el brazo, la mano rebotó en la cadera.

Hans  rebuscó  en el carro  de la pintura y  sacó  algo. Se abrió  paso  entre la

gente, hasta la calzada.

Tenía al judío delante, quien, esperando otro manotazo desdeñoso, vio 

igual que todos los allí presentes— cómo Hans Hubermann le tendía la mano y

le ofrecía un trozo de pan, como por arte de magia.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

El judío  se desmoronó cuando  el mendrugo  llegó  a sus  manos. Cayó  de

rodillas  y, agarrándose a las pantorrillas de Hans, enterró el rostro entre ellas,

agradecido.

Liesel miraba.

Con lágrimas en los ojos, la niña vio que el hombre resbalaba un poco más,

empujando  a su padre hacia atrás, y  que acababa llorando  a la altura de sus

tobillos.

Otros  judíos  pasaron al lado, sin apartar  la  vista de ese pequeño  y  fútil

milagro.

Después de vadear la corriente, un soldado se personó de inmediato en la

escena del crimen. Miró fijamente al hombre arrodillado y a Hans, y luego a la

gente. Tras unos instantes de vacilación, sacó el látigo del cinturón y lo utilizó.

El judío recibió seis latigazos. En la espalda, en la cabeza y en las piernas.

—¡Basura! ¡Cerdo!

La oreja le sangraba.

Luego le llegó el turno a Hans.

Otra mano cogió la de la horrorizada Liesel, quien al volverse vio a Rudy

Steiner  a su lado, tragando  saliva cuando  empezaron a azotar  a  Hans

Hubermann en la calle. Los restallidos le revolvieron el estómago y temía que el

cuerpo de su padre empezara a agrietarse en cualquier momento. Hans recibió

cuatro latigazos antes de caer al suelo.

Cuando el anciano judío consiguió ponerse en pie por última vez y seguir

su camino, echó un breve vistazo atrás. Se volvió un último y amargo momento

hacia el hombre postrado  en cuya espalda ardían cuatro  surcos  de fuego, con

las  doloridas  rodillas  hincadas  en el  suelo. Al menos el  anciano moriría  como

un humano. O, al menos, con la convicción de serlo.

¿Que qué creo yo?

No estoy muy segura de que eso sea algo tan bueno.

Las voces los envolvían cuando Liesel y Rudy se abrieron paso para ayudar

a Hans a ponerse en pie. Palabras y luz. Así lo recordaba ella. El sol brillaba en

la calzada y  las  palabras  rompían como  olas  contra su espalda. Al alejarse se

fijaron en el mendrugo de pan, rechazado y abandonado en la calle.

Un judío que pasaba por su lado se lo quitó de la mano cuando Rudy fue a

recogerlo y otros dos se pelearon por él sin dejar de caminar hacia Dachau.

 

Lapidaron sus ojos plateados.

Volcaron su carro y la pintura se desparramó por la calle.

Lo llamaron amigo de los judíos.

Otros guardaron silencio y lo ayudaron a ponerse a salvo.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Hans  Hubermann  se apoyó  contra la pared de una  casa, con los  brazos

estirados  y  pronto  empezó  a ser  abrumadoramente consciente  de lo  que

acababa de ocurrir.

Una imagen pasó por su mente, instantánea y sofocante.

El número treinta y tres de Himmelstrasse, su sótano.

Pensamientos  angustiantes  quedaron atrapados entre los  intentos

desesperados por respirar.

Ahora vendrán. Vendrán.

Por Dios, por Dios bendito.

Miró a la niña y cerró los ojos.

—¿Te duele algo, papá?

Recibió preguntas por respuesta.

—¿En  qué estaba pensando?  —Cerró  los  ojos  con más  fuerza y  volvió  a

abrirlos. Tenía  el mono arrugado. Había sangre y  pintura en sus  manos. Y

migas  de pan. Qué diferentes  al pan  del verano—. Dios  mío, Liesel, ¿qué he

hecho?

 

Sí.

No me queda más remedio que darle la razón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Paz

 

 

 

 

 

Pasadas las once de la noche de ese mismo día, Max Vandenburg enfilaba

Himmelstrasse con una maleta llena de  comida y  ropa de abrigo. En  sus

pulmones  había aire alemán.  Las  estrellas  amarillas  ardían. Cuando  llegó  a la

tienda de  frau Diller, volvió  la vista atrás  una última  vez, hacia  el número

treinta y tres. No vio la silueta en la ventana de la cocina, pero ella sí lo vio a él.

La silueta le dijo adiós con la mano y él no respondió.

Liesel todavía sentía los labios de Max en su frente. Todavía olía su aliento

de despedida.

—Te he dejado algo, pero no te lo darán hasta que estés preparada —había

dicho Max.

Se fue.

—¿Max?

No volvió.

Había salido de su habitación y había cerrado la puerta sin hacer ruido.

El pasillo murmuró.

Se había ido.

Cuando  Liesel entró  en la cocina, sus  padres  estaban encorvados  y

ocultaban el rostro. Llevaban así treinta eternos segundos.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

DEFINICIÓN N.° 7

Schweigen - Silencio: ausencia de sonido o ruido. Palabras

relacionadas: quietud, calma, paz.

 

Qué perfección.

Paz.

 

En algún lugar cerca de Munich, un judío alemán se abría paso a través de

la oscuridad. Habían  quedado  en que volvería a encontrarse  con Hans

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Hubermann al cabo de cuatro días (es decir, si no lo habían cogido antes), en un

lugar bastante alejado, junto a la orilla del Amper, donde un puente en ruinas

asomaba entre el río y los árboles.

Apareció en el lugar acordado, pero apenas se quedó unos minutos.

Lo  único  que Hans  encontró  cuando  llegó  al cabo  de cuatro  días  fue una

nota debajo  de una piedra, a los  pies  de un  árbol. No  iba  dirigida a nadie  en

concreto y sólo contenía una frase.

 

LAS ÚLTIMAS PALABRAS

DE MAX VANDENBURG

Ya habéis hecho bastante.

 

Nunca antes  el número  treinta y  tres  de  Himmelstrasse había guardado

tanto  silencio, y  a nadie se le escapó  que el                   Diccionario  de definiciones   estaba

completamente equivocado, sobre todo en cuanto a las palabras relacionadas.

El silencio no era quietud o calma, y desde luego no era paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El imbécil y los hombres con abrigos largos

 

 

 

 

 

La noche de la  procesión el imbécil estaba sentado  en la cocina, bebiendo

amargos sorbos del café de Holtzapfel y deseando un cigarrillo. Esperaba que

llegara la Gestapo, los soldados, la policía —cualquiera— para llevárselo, como

creía merecer. Rosa le ordenó que volviera a la cama. La niña remoloneó en la

puerta. Él las despidió a ambas y se pasó las horas muertas esperando hasta el

amanecer, con la cabeza enterrada entre las manos.

No fue nadie.

Todas las unidades de tiempo traían consigo el esperado sonido de alguien

llamando a la puerta y palabras amenazadoras.

No fueron.

No hubo más ruido que el producido por él.

¿Qué he hecho?, no dejaba de musitar.

Dios, lo  que daría por  un  cigarrillo, se respondía. Estaba totalmente

consumido.

Liesel oyó que repetía las mismas frases varias veces y necesitó de toda su

fuerza de voluntad para quedarse junto  a la puerta.  Le hubiera gustado

consolarlo, pero  nunca había visto  a un  hombre  tan deshecho. Esa noche no

habría consuelo. Max se había ido y todo por culpa de Hans Hubermann.

Los  armarios  de la cocina tenían la forma de la culpa y  las  palmas  de las

manos le sudaban sólo de pensar lo que había hecho. Deben de sudarle, pensó

Liesel, porque tenía las suyas empapadas hasta las muñecas.

Liesel rezó en su habitación.

Con las manos unidas sobre el colchón y de rodillas.

—Por  favor, Dios, por  favor, permite que Max  viva. Por  favor, Dios, por

favor...

Sus doloridas rodillas.

Sus magullados pies.

 

En cuanto apuntó la primera luz del día, se levantó y volvió a la cocina. Su

padre estaba dormido, con la cabeza pegada al mantel, y  había un  poco  de

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

saliva en la comisura de sus labios. El aroma a café era fortísimo y la imagen de

la estúpida compasión de Hans  Hubermann seguía en  el aire. Era como  un

número o una dirección. Si lo repites muchas veces, queda.

El primer intento pasó sin pena ni gloria, pero el segundo empujón con el

hombro le hizo levantar la cabeza de la mesa como si lo hubieran zarandeado.

—¿Ya están aquí?

—No, papá, soy yo.

Apuró el rancio poso de café que había en la taza. La nuez subió y bajó.

—A estas  horas  ya deberían haberse pasado  por  aquí.  ¿Por  qué no han

venido, Liesel?

Era un insulto.

Ya deberían haberse pasado por la casa y haberla registrado de arriba abajo

en busca de cualquier indicio de traición o complicidad con los judíos, pero al

parecer Max se había ido sin motivo alguno. Podría haber seguido durmiendo

en el sótano o dibujando en su cuaderno.

—¿Cómo podías saber que no iban a venir, papá?

—Lo que tendría que haber sabido es que no debía darle pan a ese hombre.

No lo pensé.

—Papá, no has hecho nada malo.

—No te creo.

Se levantó  y  salió  por  la puerta de la  cocina, que dejó  entornada. Y  para

colmo se anunciaba una mañana espléndida.

Cuatro  días  después, Hans  caminó  un  largo  trecho siguiendo la orilla del

Amper. Regresó con una nota, que dejó encima de la mesa de la cocina.

 

Al cabo  de una semana, Hans  Hubermann  todavía seguía esperando  su

castigo. Los  azotes  de la espalda estaban cicatrizando  y  se pasaba casi  todo  el

tiempo  haraganeando  por  Molching. Frau Diller  le escupía a los  pies. Frau

Holtzapfel, fiel a su palabra, había dejado  de escupir  en la puerta de los

Hubermann, pero había encontrado un sustituto.

—Lo sabía, sucio amigo de los judíos —lo insultaba la tendera.

Hans  deambulaba  ajeno a todo  y  Liesel a menudo  lo  encontraba  en el

Amper, en el puente. Los  brazos  apoyados  en la barandilla e inclinado  hacia

delante. Los  niños pasaban en  bicicleta por  su lado o  corrían dando  voces,

haciendo crujir la madera bajo sus pies. Nada de todo eso lo conmovía lo más

mínimo.

 

«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»

DEFINICIÓN N.°8

Nacbtrauern - Arrepentimiento: pesadumbre colmada de

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

melancolía, desilusión o vacío. Palabras relacionadas:

remordimiento, contrición, lamento, pena.

 

—¿Lo ves? —le preguntó Hans a Liesel una tarde que estaba asomada al río

con él—. En el agua.

El río corría despacio. En las lentas ondas, Liesel vio el contorno del rostro

de Max Vandenburg. Veía el cabello plumoso y todo lo demás.

—Solía pelear con el Führer en el sótano.

—Jesús, María y  José. —Las  manos de su padre se aferraron a la madera

astillada—. Soy un imbécil.

No, papá.

Sólo eres un hombre.

Se le ocurrieron esas palabras más de un año después, mientras escribía en

el sótano. Deseó haber pensado en ellas entonces.

—Soy  idiota —le comunicó  Hans  Hubermann  a su hija de acogida—. Y

amable. Lo  que me convierte en el mayor  imbécil del mundo. El  caso  es  que

quiero que vengan a por mí. Cualquier cosa es mejor que esta espera.

Hans  Hubermann necesitaba una justificación. Necesitaba saber  que Max

Vandenburg había dejado su casa por un buen motivo.

Al final, después  de cerca de tres  semanas  de espera, creyó  que le había

llegado la hora.

 

Era tarde.

Liesel volvía de casa de frau Holtzapfel cuando  vio  a los  dos  hombres  de

largos abrigos negros y se precipitó adentro.

—¡Papá, papá! —A punto estuvo de derribar la mesa de la cocina—. ¡Papá,

están aquí!

Rosa fue la primera en llegar a la cocina.

—¿Qué son esos gritos, Saumensch? ¿Quién está aquí?

—La Gestapo.

—¡Hansi!

Ya estaba allí  y  salió  a recibirlos  fuera de casa. Liesel quiso  acompañarlo,

pero Rosa la retuvo y miraron por la ventana.

Hans estaba junto a la cancela. Nervioso.

Rosa aumentó  la presión de sus  garras  sobre  los  brazos  de Liesel. Los

hombres siguieron su camino.

 

Hans se volvió hacia la ventana, alarmado. Abrió la cancela y los llamó.

—¡Eh! Estoy aquí, venís a por mí. Vivo aquí.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Los hombres con abrigos largos se detuvieron un  instante y comprobaron

sus anotaciones en la libreta.

—No, no —contestaron. Tenían una voz profunda y  penetrante—. Por

desgracia, es usted un poco viejo para nosotros.

Continuaron su camino, pero  no se alejaron mucho. Se detuvieron en el

número treinta y cinco y abrieron la cancela.

—¿Frau Steiner? —preguntaron cuando se abrió la puerta.

—Sí, soy yo.

—Nos gustaría hablar un momento con usted.

 

Los hombres con abrigos largos esperaban como columnas enchaquetadas

en el umbral de la caja de zapatos de los Steiner.

Por alguna razón, habían ido a por el chico.

Los hombres con abrigos largos buscaban a Rudy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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OCTAVA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La recolectora de palabras

 

 

 

Presenta:

 

 

 

el dominó y la oscuridad — la imagen de Rudy desnudo — castigo — la mujer

de un hombre de palabra — un recolector — los devoradores de pan — una

vela en los árboles — un cuaderno de dibujo escondido — y la colección de

trajes del anarquista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El dominó y la oscuridad

 

 

 

 

 

Como dijo la hermana pequeña de Rudy, había dos monstruos sentados en

la cocina. Sus  voces  martilleaban la puerta con tesón mientras  tres  pequeños

Steiner jugaban al otro lado al dominó. Los otros tres escuchaban la radio en el

cuarto, ajenos a  todo. Rudy esperaba que eso  no  tuviera nada que  ver  con lo

que había  sucedido  en el colegio  la semana anterior. Había  decidido  no

contárselo a Liesel; tampoco había hablado de ello en casa.

 

UNA TARDE GRIS, UN PEQUEÑO

DESPACHO ESCOLAR

Tres chicos esperaban en fila. Sus expedientes y sus cuerpos

estaban siendo examinados a conciencia.

 

Al final de la cuarta partida de dominó, Rudy empezó a poner las fichas de

pie una detrás  de otra hasta trazar  una forma serpenteante  por  el suelo  del

comedor. Fue dejando  pequeños  espacios  entre ellas, por  si  acaso  el travieso

dedo de uno de sus hermanos interfería en su trabajo, lo que solía ocurrir.

—¿Puedo tirarlas, Rudy?

—No.

—¿Y yo?

—No, lo haremos todos.

Construyó tres formaciones por separado que conducían a la misma torre

de dominó del medio. Juntos  verían caer  lo  que había planeado  con tanto

cuidado y sonreirían ante la belleza de la destrucción.

Las  voces  de la cocina elevaron el volumen,  discutían, unas  se montaban

encima de otras para hacerse oír. Las frases se peleaban entre ellas por atraer la

atención hasta que alguien, en silencio hasta ese momento, intervino.

—No —dijo. Lo repitió—: No.

La misma voz volvió a silenciarlos cuando se retomó la discusión, pero esta

vez no se hizo esperar tanto.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Por favor —suplicó Barbara Steiner—, mi niño no.

 

—¿Podemos encender una vela, Rudy?

Era algo  que su padre solía  hacer  a menudo  con ellos. Apagaba la luz y

veían caer las fichas de dominó bajo el resplandor de la vela. Era un misterio,

pero eso hacía que el espectáculo pareciera más grandioso.

De todas maneras, a Rudy le empezaban a doler las piernas.

—Voy a buscar una cerilla.

 

El interruptor de la luz estaba junto a la puerta.

En silencio, se acercó con la caja de cerillas en una mano y la vela en la otra.

Al otro lado de la puerta, las voces de los tres hombres y la de una mujer

jugaban al gato y al ratón.

—Las mejores notas de la clase —apuntaba uno de los monstruos. Con qué

gravedad y aspereza—. Por no hablar de sus aptitudes deportivas.

Maldita sea, ¿por  qué tuvo  que ganar tantas carreras  en el festival?

Deutscher.

¡Maldito sea Franz Deutscher!

Sin embargo, entonces lo comprendió.

No era culpa de Franz Deutscher, sino suya. Había querido demostrarle a

su antiguo torturador  de lo  que era capaz,  pero  también había querido  que

todos lo vieran. Y ahora ese todos estaba en la cocina.

Encendió la vela y apagó la luz.

—¿Preparadas?

—Ya he oído hablar de lo que ocurre allí.

Esa era la inconfundible voz de su padre.

—Vamos, Rudy, date prisa.

—Sí, pero entienda, herr Steiner, que todo esto se hace en aras de un bien

mayor. Piense en las oportunidades que se le brindarán a su hijo. En realidad es

un privilegio.

—Rudy, la vela se está derritiendo.

Rudy les  hizo  un  gesto  con la mano para que le  dejaran en paz un

momentito, a la espera de la voz de Alex Steiner. Ahí estaba.

—¿Privilegios?  ¿Cómo  correr  descalzo por  la nieve?  ¿Cómo  saltar  desde

plataformas de diez metros de altura a un charco de un metro de profundidad?

Rudy tenía la oreja pegada a la puerta. La cera de la vela se derretía en su

mano.

—Rumores. —La voz árida, profunda  y  pragmática tenía respuesta para

todo—.  Nuestra escuela es  una de las  mejores  que jamás  hayan existido. De

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

talla mundial.  Estamos  creando un  grupo  de élite de  ciudadanos  alemanes  en

nombre del Führer...

 

Rudy no quiso seguir escuchando.

Se raspó la cera de la vela de la mano y se apartó del resquicio de luz que se

colaba a través  de la  puerta entornada. Al sentarse, se apagó  la llama —

demasiado  movimiento—  y  los  engulló la oscuridad. La única luz disponible

era la que entraba por debajo de la puerta de cocina.

Volvió a encender la mecha de la vela con otra cerilla. Qué agradable olor a

fuego y fósforo.

Rudy y cada una de sus hermanas derribaron una ficha de dominó y vieron

cómo  todas  las  demás  iban cayendo hasta que la torre de en medio  se

desmoronó. Las niñas gritaron entusiasmadas.

Kurt, el hermano mayor, entró en la habitación.

—Parecen cadáveres —comentó.

—¿Qué?

Rudy se volvió hacia el rostro en sombras, pero Kurt no respondió. El joven

reparó en la discusión de la cocina.

—¿Qué pasa ahí?

Contestó una de las niñas, la más pequeña, Bettina. Tenía cinco años.

—Hay dos monstruos —lo informó—. Han venido a por Rudy.

Otra vez la niña humana. Qué lista era.

 

Más tarde, cuando los hombres de abrigos largos ya se habían ido, los dos

chicos, uno de diecisiete años y el otro de catorce, reunieron el valor suficiente

para enfrentarse a la cocina.

Se quedaron en la puerta. La luz castigaba sus ojos.

—¿Se lo van a llevar? —preguntó Kurt.

Su madre tenía los  brazos  encima de  la mesa, con las  palmas  de la mano

hacia arriba.

Alex Steiner levantó la cabeza. Le pesaba mucho.

Tenía una expresión firme y precisa, parecía recién tallada.

Una mano de roble apartó  las  astillas  del flequillo y  el hombre  intentó

encontrar las palabras.

—¿Papá?

Sin embargo, Rudy no se acercó a su padre.

Se sentó a la mesa de la cocina y tomó las manos de su madre.

Alex y Barbara Steiner no revelaron lo que se dijo en la cocina mientras las

fichas  de dominó caían  en el comedor  como  cuerpos  sin vida.  Ojalá Rudy

hubiera seguido con la oreja pegada a la puerta sólo unos minutos más.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

A partir de entonces estuvo recriminándose —o, de hecho, poniendo como

pretexto—  el no haber  oído  el resto  de la conversación y  no haber  entrado

mucho antes  en la cocina. Iré, llévenme, por  favor,  estoy  preparado, habría

dicho.

Sí los hubiera interrumpido, todo podría haber sido diferente.

 

5 TRES POSIBILIDADES

1. Alex Steiner no habría corrido la misma suerte que Hans

Hubermann.

2. Rudy habría ido a la escuela.

3. Y tal vez no habría muerto.

 

Sin embargo, el destino  cruel  no permitió  que Rudy Steiner  entrara en la

cocina en el momento oportuno.

Había regresado junto a sus hermanas y las fichas de dominó.

Se sentó.

Rudy Steiner no iría a ninguna parte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La imagen de Rudy desnudo

 

 

 

 

 

Había una mujer.

En el rincón.

Tenía la trenza más  gruesa que jamás  hubiera visto. Le acordonaba la

espalda y, a veces, cuando se la pasaba por encima del hombro, reposaba sobre

su colosal delantera como una mascota bien cebada. De hecho, todo en ella era

colosal. Sus labios, sus piernas, los adoquines de su dentadura. Tenía una voz

poderosa y directa. No había tiempo que perder.

—Komm —les ordenó—. Adelante. Esperen aquí.

Por el contrario, el médico parecía un roedor medio  calvo. Era pequeño y

ágil, y  se paseaba por  el despacho escolar  con movimientos  frenéticos  pero

formales y una peculiar gesticulación. Para colmo, estaba resfriado.

Es difícil decidir cuál de los tres chicos se mostró más reticente a la hora de

quitarse la ropa cuando  así  se les  ordenó. El primero  los  miró  a todos, uno  a

uno: al profesor, luego  a la descomunal enfermera y  después  al diminuto

médico. El segundo  se limitaba a mirarse los  pies  y  el último  daba las  gracias

por  estar  en un  despacho y  no en  un  callejón oscuro. Rudy pensó  que habían

llevado a la enfermera para meterles el miedo en el cuerpo.

—¿Quién es el primero? —preguntó la mujer.

—Schwarz —respondió  el maestro  encargado  de la  supervisión, herr

Heckenstaller, escogiendo  a uno  de los  chicos  después  de echar  un  rápido

vistazo.

No parecía un hombre sino un traje oscuro, y tenía un bigote por cara.

El desgraciado  Jürgen  Schwarz se desabrochó el  uniforme con gran

desasosiego, pero  se dejó  puestos  los  zapatos  y  los  calzoncillos.  En  su  rostro

alemán sólo quedó una desesperada súplica.

—¿Y? —inquirió herr Heckenstaller—. Los zapatos.

Se quitó los zapatos y los calcetines.

—Und die Unterhosen —añadió la enfermera—. Y los calzoncillos.

Tanto  Rudy como  el otro  chico, Olaf  Spiegel, habían empezado  a

desnudarse, pero  aún  estaban muy lejos  de encontrarse en la comprometida

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

situación de Jürgen Schwarz. El chico  temblaba. Era más  joven que los  otros

dos, pero más alto. Se enderezó profundamente humillado después de bajarse

los calzoncillos en el pequeño y frío despacho. Su amor propio estaba a la altura

de sus tobillos.

La enfermera lo  observó  atenta, con los  brazos  cruzados  sobre  su

portentosa delantera.

Heckenstaller ordenó a los otros dos que espabilaran.

El médico se rascó la coronilla y tosió. El resfriado lo estaba matando.

 

Los tres chicos desnudos fueron examinados de pie en el frío suelo.

Ocultaban los genitales con las manos y se estremecían, como el futuro.

 

El reconocimiento  prosiguió  entre la tos  y  la respiración sibilante  del

médico.

—Coge aire. —Estornudo—. Suelta el aire. —Otro  estornudo—. Brazos

estirados. —Tos—. He dicho brazos estirados. —Tremendo acceso de tos.

Típico de los humanos, los chicos no dejaban de intercambiar miradas entre

ellos en busca de un atisbo de solidaridad. Nada. Los tres apartaron las manos

de los  penes  y  estiraron los  brazos. Rudy no  sintió  que formara parte de una

raza superior.

—Estamos  labrando  poco  a poco  un  nuevo  futuro  —informaba la

enfermera al profesor—. Una nueva estirpe de alemanes  física y  mentalmente

superiores. Una casta de oficiales.

Por desgracia, el sermón quedó interrumpido cuando el médico se encorvó

y  tosió  con todas  sus  fuerzas  sobre  las  ropas  abandonadas. Las  lágrimas

acudieron a sus  ojos  y  Rudy no pudo  evitar  preguntarse: «¿Un nuevo  futuro?

¿Cómo él?».

Por prudencia, no lo expuso en voz alta.

Al acabar el reconocimiento, entonó su primer «Heil Hitler!» en pelotas. Con

cierta malicia, tuvo que admitir que no había estado tan mal.

 

Una vez despojados  de su dignidad, les  permitieron volver  a vestirse.

Abandonaban el despacho cuando  oyeron a sus  espaldas  parte de la

conversación sobre ellos.

—Son un  poco  más  mayores  de  lo  habitual  —decía el médico—, pero  al

menos dos de ellos podrían valer.

La enfermera asintió.

—El primero y el tercero.

 

Los tres chicos se quedaron fuera.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

El primero y el tercero.

—El primero  fuiste tú, Schwarz —aseguró  Rudy. Luego  se dirigió  a Olaf

Spiegel—. ¿Quién fue el tercero?

Spiegel hizo  sus  cálculos. ¿Se refería al tercero  de la cola  o  al tercero  en

pasar la revisión? No importaba. Lo único que sabía era lo que quería creer.

—Creo que fuiste tú.

—Y una mierda, Spiegel, fuiste tú.

 

UNA PEQUEÑA CERTEZA

Los hombres con abrigos largos sabían quién fue el tercero.

Al día siguiente de la visita en Himmelstrasse, Rudy se sentó a la puerta de casa con Liesel y le

contó la odisea, hasta el último detalle. Dio su brazo a torcer y confesó lo que había sucedido en

el colegio el día que lo sacaron de clase. Incluso rieron cuando le describió a la colosal enfermera

y la cara que había puesto Jürgen Schwarz. Sin embargo, la mayor parte del relato estuvo repleta

de angustia, sobre todo cuando llegó a las voces de la cocina y los cadáveres de las fichas de

dominó.

Liesel no pudo quitarse esa imagen de la cabeza durante varios días.

La revisión médica de los tres chicos o, para ser honesta, la de Rudy.

Tumbada en la cama, echaba de menos a Max, se preguntaba dónde se encontraría, rezaba para

que estuviera vivo, pero en algún lugar, entre todo lo demás, aparecía Rudy.

Brillaba en la oscuridad, completamente desnudo.

Era una imagen que la aterraba, sobre todo el momento en que lo obligaban a retirar las manos.

Por desconcertante que fuera, no sabía por qué, pero no podía dejar de pensar en ello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Castigo

 

 

 

 

 

En las cartillas de racionamiento de la Alemania nazi no se contemplaba el

castigo, pero todo el mundo recibió su ración. Para algunos fue morir en un país

extranjero  durante  la  guerra. Para otros, la pobreza y  el sentimiento  de

culpabilidad  al  terminar  la guerra, cuando  se hicieron seis  millones  de

descubrimientos por toda Europa. Mucha gente debió de ver llegar su castigo,

pero sólo un pequeño porcentaje lo recibió con los brazos abiertos. Una de esas

personas fue Hans Hubermann.

No se ayuda a un judío en la calle.

No se debe ocultar uno en el sótano.

Al principio, el castigo  fue su  conciencia. La irresponsabilidad de haber

forzado  la partida de Max  Vandenburg  lo  atormentaba. Liesel veía la culpa

sentada junto al plato de su padre mientras él ignoraba la comida, o a su lado

en el puente del río  Amper. Ya no tocaba el acordeón. Su optimismo  de ojos

plateados  estaba herido, paralizado. Y  por  si  eso  no fuera suficiente, sólo  se

trataba del principio.

El verdadero  castigo  llegó  por  correo  un miércoles  a principios  de

noviembre. A primera vista parecían buenas noticias.

 

LA CARTA DE LA COCINA

Nos complace informarle de que su solicitud de afiliación al

NSDAP ha sido aprobada...

 

—¿En el Partido Nazi? —se extrañó Rosa—. Creía que no te querían.

—No me querían.

Hans se sentó y releyó la carta.

No lo iban a procesar por traición o por ayudar a un judío o por nada por el

estilo. A Hans  Hubermann  lo  iban a recompensar, al menos según  algunos.

¿Cómo era posible?

—Tiene que haber algo más.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

Lo había.

El viernes  llegó  un  comunicado  por  el que se llamaba  a  filas  a Hans

Hubermann y se le instaba a incorporarse al ejército alemán. Acababan diciendo

que un miembro del partido debía sentirse orgulloso de participar en la guerra.

Si no lo estaba, sin duda habría consecuencias.

Liesel acababa de llegar  de casa de frau Holtzapfel. La humeante sopa de

guisantes  y  las  expresiones  ausentes  de Hans  y  Rosa Hubermann  cargaban el

aire de la cocina. Su padre estaba sentado. Su madre estaba al lado, mientras la

sopa empezaba a quemarse.

—Dios, por favor, no me envíes a Rusia —suplicó Hans.

—Mamá, la sopa se quema.

—¿Qué?

Liesel se acercó corriendo y la apartó de los fogones.

—La sopa. —Se volvió después de rescatarla con éxito y miró a sus padres.

Sus rostros eran como una ciudad fantasma—. ¿Qué pasa?

Hans le tendió la carta. Las manos de Liesel empezaron a temblar a medida

que avanzaba en la lectura. Las palabras habían sido impresas con fuerza sobre

el papel.

 

COMPENDIO DE LA IMAGINACIÓN

DE LIESEL MEMINGER

En la cocina aquejada de neurosis de guerra, cerca de los

fogones, hay una imagen de una solitaria máquina de escribir

agotada por el exceso de trabajo. Descansa en una habitación

ausente, casi vacía. Las teclas se han borrado y una paciente

hoja en blanco espera derecha en la posición apropiada. Se

cimbrea ligeramente en la brisa que entra por la ventana. El

descanso está a punto de terminar. Una pila de papel del

tamaño de un humano espera sin prisas junto a la puerta.

Podría estar perfectamente soltando anillos de humo.

 

Para ser francos, Liesel no vio una máquina de escribir hasta más adelante,

cuando  ya escribía. Se preguntó  cuántas  cartas  como  esa se enviaban para

castigar  a los  Hans  Hubermann  y  Alex  Steiner  de Alemania,  a esos  que

ayudaban a los desamparados y se negaban a separarse de sus hijos.

Era una señal de la desesperación creciente del ejército alemán.

Estaban perdiendo en Rusia.

Bombardeaban sus ciudades.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Necesitaban más gente —y más medios para obtenerla— y, en la mayoría

de los casos, los peores trabajos se adjudicaban a la gente de peor calaña.

 

Al repasar  la carta, Liesel vio  la mesa de madera a través  de los  agujeros

que habían dejado  las  teclas  al picar  las  letras. Palabras  como  «obligatorio» y

«deber» habían recibido una buena tunda. La saliva se acumuló en su garganta;

tenía ganas de vomitar.

—¿Qué es esto?

—Creía que te había enseñado a leer, jovencita —fue la apagada respuesta

de su padre.

No  lo  dijo  ni  con enojo  ni  con sarcasmo. Era la voz  del vacío, como  su

expresión.

Liesel miró a su madre.

Rosa tenía un pequeño rasguño bajo un ojo, y tras pocos segundos se rajó

todo su rostro acartonado. No por la mitad, sino por un lado. El tajo le recorría

la mejilla formando un arco y moría en la barbilla.

 

VEINTE MINUTOS DESPUÉS:

UNA CHICA EN HIMMELSTRASSE

Mira a lo alto. Habla en susurros. «Hoy el cielo está sereno,

Max. Igual que las nubes, esponjosas y tristes, y...» Aparta la

vista y se cruza de brazos. Piensa en su padre yendo a la guerra

y se arropa la chaqueta con fuerza. «Y hace frío, Max. Hace

mucho frío...»

 

Cinco  días  después, continuando  con la costumbre  de salir  a ver  qué

tiempo hacía, no pudo ver el cielo.

En la puerta de al lado, Barbara Steiner estaba sentada en el escalón de casa

con el pelo recién cepillado. Fumaba un cigarrillo y se estremecía. Liesel  iba a

acercarse cuando vio a Kurt. El joven salió de la casa, se sentó junto a su madre

y, al ver que la chica se detenía, la llamó.

—Ven, Liesel, Rudy saldrá enseguida.

Tras una breve  vacilación,  Liesel siguió  caminando  hacia  la casa de los

Steiner.

Barbara fumaba.

La ceniza se tambaleaba en el extremo del cigarrillo. Kurt se lo quitó, tiró la

ceniza, le dio una calada y se lo devolvió.

La madre de Rudy alzó la vista cuando se acabó el cigarrillo y se pasó una

mano por la pulcra melena.

—Mi padre también va —comentó Kurt.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Silencio.

Un grupo de niños pateaba un balón cerca de la tienda de frau Diller.

—Cuando  vienen a llevarse a uno  de tus  hijos  se supone que tienes  que

aceptarlo —dijo Barbara Steiner sin dirigirse a nadie en concreto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La mujer del hombre de palabra

 

 

 

 

 

 

EL SÓTANO, NUEVE DE

LA MAÑANA

Seis horas para la despedida: «Toqué el acordeón, Liesel, el de

otra persona. —Hans cierra los ojos—. Fue

un éxito.»

 

Sin contar  la copa de champán  del  verano pasado, Hans  Hubermann  no

había probado una gota de alcohol desde hacía años. Hasta la noche anterior a

su partida hacia el ejército.

Por  la tarde se fue al Knoller  con Alex  Steiner  y  no volvieron hasta bien

entrada la noche. Haciendo caso omiso de las recomendaciones de sus mujeres,

ambos  bebieron hasta  casi  perder  el conocimiento. No  ayudó  mucho que el

dueño del Knoller, Dieter Westheimer, les sirviera copas gratis.

Por  lo  visto, invitaron a Hans, cuando  todavía estaba  sobrio, a  tocar  el

acordeón en el escenario. Tocó una canción muy apropiada para la ocasión, el

«Domingo  sombrío», de triste fama —un  himno húngaro  al suicidio—, y  a

pesar de que despertó el llanto por el que era célebre esa música, fue un éxito.

Liesel imaginó la escena y  las  notas. Bocas  llenas  y  jarras  de cerveza vacías

veteadas de espuma. Los fuelles del acordeón suspiraron y la canción acabó. La

gente aplaudió. Lo felicitaron de camino a la barra, con la boca llena de cerveza.

Después de lograr encontrar el camino a casa, Hans no fue capaz de meter

la llave en la cerradura, así que llamó a la puerta. Varias veces.

—¡Rosa!

A la puerta equivocada.

Frau Holtzapfel no pareció muy contenta.

—Schwein!                     Se ha equivocado  de casa —le espetó  a través  del ojo  de la

cerradura—. Es la otra puerta, estúpido Saukerl.

—Gracias, frau Holtzapfel.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Ya sabe lo que puede hacer con sus gracias, imbécil.

—¿Cómo dice?

—Que se vaya a casa.

—Gracias, frau Holtzapfel.

—¿No le acabo de decir lo que puede hacer con sus gracias?

—¿Ah, sí?

 

Hans llegó a casa al cabo de un buen rato, pero no se fue a la cama, sino al

dormitorio  de Liesel.  Se quedó  en la puerta, tambaleante, mirando  cómo

dormía. Liesel se despertó y lo primero que pensó fue que era Max.

—¿Eres tú? —preguntó.

—No  —contestó  Hans. Sabía muy bien a quién se refería Liesel—. Soy

papá.

Salió de la habitación y Liesel oyó los pasos hacia el sótano.

En el comedor, Rosa roncaba a pleno pulmón.

 

Cerca de las  nueve de la mañana, en la cocina, Rosa le dio  una orden a

Liesel.

—Pásame ese cubo de ahí.

Lo  llenó  de agua fría y  lo  bajó  al sótano.  Liesel la siguió  tratando  de

detenerla, sin éxito.

—¡Mamá, no!

—¿Que no? —Se detuvo un momento en la escalera y se volvió hacia ella—.

¿Me he perdido algo, Saumensch? ¿Ahora eres tú la que da aquí las órdenes?

Ninguna se movió.

La chica no respondió. Lo hizo Rosa.

—Creo que no.

Siguieron bajando y lo encontraron boca arriba, tumbado en un arrebujo de

sábanas.  Hans  no se  creía merecedor  del colchón de Max. —Comprobemos  si

está vivo.

Rosa levantó el cubo.

 

—¡Jesús, María y José!

La marca del agua trazó una figura de la mitad del pecho hasta a la cabeza.

Tenía el pelo pegado a un lado de la cara y le chorreaban hasta las pestañas.

—¿A qué viene esto?

—¡Viejo borracho!

—Jesús...

Sus  ropas  desprendían un  vapor  extraño. La resaca era visible. Se dio  un

impulso hasta los hombros y se quedó allí sentado, como un saco de cemento.

 

 

 

 

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Rosa se pasó el cubo a la otra mano.

—Tienes  suerte de ir  a la guerra  —lo  amenazó, señalándolo  con un  dedo

que no se  reprimió  en agitar—. Sí no, te habría matado  yo, ¿te ha quedado

claro?

Hans se secó un hilillo de agua que le caía por el cuello.

—¿Tenías que hacerlo?

—Sí, tenía que hacerlo. —Empezó  a subir  los  escalones—. O  te veo  ahí

arriba en cinco minutos o te tiro otro cubo de agua.

Liesel se quedó en el sótano con su padre y se entretuvo enjugando el agua

con unas sábanas.

Hans habló. La cogió por el brazo con la mano húmeda.

—¿Liesel? —Pegó su rostro al de la niña—. ¿Crees que está vivo?

Liesel se sentó.

Cruzó las piernas.

La sábana empapada le mojó la rodilla.

—Espero que sí, papá.

Creyó  haber  dicho una estupidez, una obviedad, pero  tampoco  tenía otra

alternativa.

Para decir algo significativo —y dejar de pensar en Max unos momentos—,

se agachó y metió un dedo en un pequeño charco de agua que se había formado

en el suelo.

—Guten Morgen, papá.

Hans le guiñó el ojo en respuesta.

No  obstante, no era el guiño de siempre. Este resultó  más  pesado, más

torpe. La versión post-Max, la versión resacosa. Hans se enderezó y le contó lo

del acordeón de la noche anterior, y lo de frau Holtzapfel.

 

LA COCINA: UNA DEL MEDIODÍA

Dos horas para la despedida: «No vayas, papá, por favor». Le

tiembla la mano que sostiene la cuchara. «Primero perdimos a

Max. No puedo perderte a ti también.» En respuesta, el

hombre resacoso hinca el codo en la mesa y se tapa un ojo.

«Ya casi eres toda una mujer, Liesel. —Desearía derrumbarse,

pero lucha para que eso no suceda—. Cuida de mamá, ¿de

acuerdo?» La joven responde con un gesto de la cabeza que

queda interrumpido. «Sí, papá.»

 

Dejó atrás Himmelstrasse arrastrando el traje y la resaca.

Alex Steiner no debía partir hasta cuatro días después. Una hora antes de

que Hans saliera para la estación, fue a su casa y le deseó suerte. Había ido la

 

 

 

 

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familia Steiner al completo. Todos le estrecharon la mano. Barbara lo abrazó y

lo besó en las mejillas.

—Vuelve con vida.

—Claro, Barbara —y  se lo  había dicho convencido—, por  supuesto  que

volveré con vida. —Incluso se permitió unas risas—. Sólo es una guerra, nada

más. Ya he sobrevivido a una.

La mujer  nervuda salió  de la puerta de al  lado y  se quedó  en la acera

cuando enfilaban Himmelstrasse.

—Adiós, frau Holtzapfel. Disculpe por lo de anoche.

—Adiós, Hans, Saukerl borracho. —Aunque también le tendió una nota de

amistad—. Vuelva pronto.

—Por supuesto, frau Holtzapfel. Gracias.

Incluso le siguió el juego.

—Ya sabe lo que puede hacer con sus gracias.

En  la esquina, frau Diller  observaba la comitiva, parapetada detrás  del

escaparate de la tienda. Liesel le dio la mano a su padre. No la soltó en todo el

camino, desde Münchenstrasse hasta la Bahnhof. El tren ya estaba allí.

Se despidieron en el andén.

Rosa lo abrazó primero.

Sin palabras.

Enterró la cabeza en su pecho y luego se apartó.

Después la niña.

 

—¿Papá?

Nada.

No  te vayas, papá, no  te vayas. Que vengan  a buscarte, pero  no te  vayas,

por favor, no te vayas.

—¿Papá?

 

ESTACIÓN DE TREN,

TRES DE LA TARDE

No había horas ni minutos que los separaran de la despedida:

sólo un abrazo. Para decir algo, lo que sea, le habla por encima

del hombro de Liesel. «¿Podrías cuidarme el acordeón,

Liesel? He decidido no llevármelo.» Por fin encuentra algo

que realmente desea decir. «Y si hay más bombardeos, sigue

leyéndoles en el refugio.» La joven siente sus pechos

incipientes. Le duelen cuando topa con las costillas de su

padre. «Sí, papá.» Se queda mirando fijamente la tela del traje,

que tiene a un milímetro de sus ojos. Le habla. «¿Nos tocarás

 

 

 

 

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algo cuando vuelvas a casa?»

 

Hans Hubermann sonrió a su hija. El tren estaba a punto de partir. La cogió

por la barbilla y le levantó la cabeza con suavidad.

—Te lo prometo —dijo, y subió al vagón.

Se miraron cuando el tren empezó a rodar.

Liesel y Rosa le dijeron adiós con la mano.

Hans Hubermann fue haciéndose cada vez más pequeño. En su mano ya no

había nada, sólo aire vacío.

La gente fue desapareciendo a su alrededor hasta que no quedó nadie en el

andén. Sólo el armario de mujer y la niña de trece años.

 

Durante algunas  semanas, mientras  Hans  Hubermann  y  Alex  Steiner

estuvieron en sus  respectivos  campos  de entrenamiento, Himmelstrasse

adquirió un aspecto deprimente. Rudy no era el mismo, no hablaba. Rosa no era

la misma, no regañaba. Liesel también se vio  afectada: ya no sentía deseos  de

robar un libro, por mucho que intentara convencerse de que eso la animaría.

Al duodécimo día de la partida de Alex Steiner, Rudy decidió que tenía que

hacer algo. Atravesó la cancela a la carrera y llamó a la puerta de Liesel.

—Kommst?

—Ja.

 

A Liesel no le importaba adónde quisiera ir  ni  lo  que tuviera planeado,

pero  no  estaba dispuesta a que Rudy se marchara sin ella. Enfilaron

Himmelstrasse,  recorrieron Münchenstrasse  y  salieron de Molching. Más  o

menos al cabo de una hora, Liesel por fin se lo preguntó. Hasta entonces sólo se

había atrevido a mirar de reojo la expresión decidida de Rudy o a estudiar sus

brazos rígidos con los puños enterrados en los bolsillos.

—¿Adónde vamos?

—¿No es obvio?

Intentó no quedarse atrás.

—Bueno, para ser sincera... No mucho.

—Voy a buscarlo.

—¿A tu padre?

—Sí. —Recapacitó—. En realidad, no. Creo que voy a buscar al Führer.

Aceleró el paso.

—¿Por qué?

Rudy se detuvo.

—Porque quiero  matarlo. —Incluso  se volvió  en redondo, como  si se

dirigiera al mundo—. ¿Lo has oído, cabrón? —gritó—. ¡Quiero matar al Führer!

 

 

 

 

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Reemprendieron la marcha y  recorrieron unos  kilómetros  más,  hasta que

Liesel creyó que había llegado el momento de dar media vuelta.

—Pronto se hará de noche, Rudy.

Rudy siguió caminando.

—¿Y qué?

—Yo me vuelvo.

Rudy se detuvo  y  la fulminó con la mirada, como  si  lo  estuviera

traicionando.

—Muy bonito, ladrona de libros, déjame ahora. Seguro  que si  hubiera un

libro al final del camino seguirías andando. ¿A que sí?

Se quedaron unos  segundos  en silencio, pero  Liesel pronto  encontró

fuerzas para arrancar.

—¿Crees que eres el único que lo está pasando mal, Saukerl  ?—Dio media

vuelta—. Y tú sólo has perdido a tu padre...

—¿Qué quieres decir?

Liesel se paró un momento a contar.

Su madre, su hermano, Max  Vandenburg, Hans  Hubermann... Todos  se

habían ido, y ella ni siquiera había tenido un padre de verdad.

—Que me voy a casa —contestó.

Hizo  el camino de vuelta sola durante  quince minutos  y  cuando  Rudy la

alcanzó, jadeante y con las mejillas sonrosadas, no volvieron a intercambiar una

palabra hasta pasada más  de una hora. Simplemente volvieron juntos  a casa,

con los pies doloridos y el corazón cansado.

En Una canción en la oscuridad había un capítulo que se titulaba «Corazones

cansados». Una chica romántica se había prometido con un joven, pero por lo

visto  él había  acabado  fugándose con la mejor  amiga de ella. Liesel  estaba

segura de que era el capítulo trece. «Tengo el corazón cansado», había dicho la

chica. Estaba sentada en una capilla, escribiendo en su diario.

No, pensó  Liesel mientras  andaba, para corazón cansado, el                                  mío. Un

corazón de trece años no debería sentirse así.

 

Ya cerca de Molching, Liesel lanzó unas palabras como si fueran un balón.

Desde allí se veía el estadio Hubert Oval.

—¿Recuerdas cuando hicimos una carrera, Rudy?

—Claro. Estaba pensando en lo mismo... En que los dos nos caímos.

—Dijiste que estabas rebozado de mierda.

—Sólo  era barro. —Ya no pudo  reprimirse más—. La mierda fue  con las

Juventudes Hitlerianas. Estás mezclando las cosas, Saumensch.

—No  mezclo  nada,  sólo  repito  lo  que dijiste. Lo  que uno  cuenta y  lo  que

sucede de verdad no suele coincidir, Rudy, sobre todo contigo.

 

 

 

 

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Eso estaba mejor.

Al llegar  a Münchenstrasse, Rudy se detuvo  y  miró  el escaparate de la

tienda de su padre. Antes de que Alex se fuera, había discutido con su mujer si

ella debía hacerse cargo  del negocio  mientras  él estuviera fuera. Al final

decidieron que no, teniendo en cuenta que el trabajo había disminuido mucho

en los últimos tiempos y que existía la amenaza de que algunos miembros del

partido  se hicieran notar. Los  negocios  nunca les  iban bien a los  agitadores.

Tendrían que apañárselas con la paga del ejército.

Los trajes colgaban de los rieles y los maniquíes conservaban sus ridículas

posturas.

—Creo que le gustas a esa —dijo Liesel al cabo de un rato.

Era su forma de decirle que era hora de irse.

En Himmelstrasse, Rosa Hubermann y Barbara Steiner esperaban juntas en

la acera.

—¡La Virgen! —exclamó Liesel—. ¿Estarán preocupadas?

—Parecen furiosas.

Sufrieron un  interrogatorio  nada más  llegar, con preguntas  del tipo:

«¿Dónde narices os habéis metido vosotros dos?», pero el enojo pronto dio paso

al alivio.

Barbara estaba interesada en las respuestas.

—¿Y bien, Rudy?

—Iba a matar al Führer —contestó Liesel por él.

Rudy pareció feliz de verdad el tiempo suficiente para que Liesel se sintiera

complacida.

—Adiós, Liesel.

 

Horas después se oyó un ruido procedente del comedor que llegó hasta la

cama de Liesel. La joven se despertó  pensando  en fantasmas, en papá, en

intrusos  y  en Max.  Oyó  que abrían y  arrastraban algo  y  luego  un  silencio

indefinido. El silencio siempre era la mayor de las tentaciones.

 

No te muevas, pensó varias veces, pero no lo pensó lo suficiente.

 

Sus pies frotaron el suelo.

Sintió el aliento del aire metiéndose por las mangas del pijama.

Se abrió paso a través de la oscuridad del pasillo, en dirección al lugar de

donde procedía el ruido, hacia  un  hilo de luz de luna que la esperaba en el

comedor. Se detuvo, notando la desnudez de los tobillos y los dedos de los pies,

y echó un vistazo.

 

 

 

 

 

 

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Necesitó  más  tiempo  del esperado  para que sus  ojos  se  adaptaran a la

penumbra y, cuando  lo  hicieron, tuvieron que reconocerlo: allí  estaba Rosa

Hubermann sentada en el borde de la cama con el acordeón de su marido atado

al pecho. Los dedos se cernían sobre las teclas. No se movía. Ni siquiera parecía

respirar.

La imagen se abalanzó sobre la joven en el pasillo.

 

UN CUADRO

Rosa con un acordeón.

Luz de luna en la oscuridad.

155 cm x instrumento x silencio

 

La ladrona de libros se quedó allí y miró. La consumía el deseo de oír una

nota, pero no se cumplió. Nadie tocaba las teclas. Los fuelles no respiraban. Sólo

estaba la luz de la luna, como si fuera un largo cabello prendido en la cortina, y

Rosa.

El acordeón seguía atado a su pecho. Al inclinarse, resbaló hasta el regazo.

Liesel seguía mirando. Sabía que durante unos días su madre tendría la marca

del acordeón en el cuerpo. También era muy consciente de la gran belleza que

había en lo que estaba viendo, y decidió no molestarla.

Volvió  a la cama y  se quedó  dormida con la imagen de su madre y  la

música  silenciosa. Más  tarde, cuando  se despertó  de la habitual  pesadilla y

volvió a arrastrarse hasta el pasillo, Rosa seguía allí, igual que el acordeón.

Como un ancla, la atraía hacia él. Rosa se hundía. Parecía muerta.

No puede respirar en esa posición, pensó Liesel; pero cuando se acercó, lo

oyó.

Su madre volvía a roncar.

¿Quién necesita fuelles cuando se tiene un par de pulmones como esos?, se

dijo.

 

Cuando Liesel por fin volvió a la cama, se llevó consigo la imagen de Rosa

Hubermann  y  el acordeón. Los  ojos  de  la ladrona de libros  permanecieron

abiertos a la espera del sueño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El recolector

 

 

 

 

 

Ni Hans Hubermann ni Alex Steiner fueron enviados al campo de batalla.

A Alex  lo  mandaron a Austria, a un  hospital militar  en las  afueras  de Viena.

Gracias a su experiencia como sastre, le asignaron un trabajo relacionado con su

profesión: carretas cargadas de uniformes, calcetines y camisas llegaban semana

tras semana y él tenía que zurcirlos, aunque apenas sirvieran más que de ropa

interior para los sufridos soldados que estaban en Rusia.

Ironías del destino, a Hans lo enviaron primero a Stuttgart y luego a Essen.

Lo destinaron a una de las posiciones menos envidiables del frente nacional: la

LSE.

 

EXPLICACIÓN NECESARIA

LSE

Luftwaffe Sondereinheit

Unidad Especial de Bombardeo

 

El trabajo  en la LSE consistía en  permanecer  a la intemperie durante  los

bombardeos, apagar  incendios, apuntalar  paredes  de edificios  y  rescatar  a

cualquiera que hubiera quedado atrapado por el ataque. Hans pronto descubrió

que también existía una lectura alternativa del acrónimo. El primer  día, los

hombres de la unidad le explicaron que en realidad significaba Leichensammler

Einheit: recolectores de cadáveres.

A su llegada a la unidad, Hans  se preguntó  qué habrían hecho aquellos

hombres para merecer ese trabajo. Lo mismo que se preguntaron ellos acerca de

él. El hombre  al mando, el sargento  Boris  Schipper, se lo  preguntó  en cuanto

tuvo  ocasión. Cuando  Hans  le explicó  lo  del pan, los  judíos  y  el látigo, el

sargento de cara redonda ahogó una risotada.

—Tienes  suerte de seguir  vivo. —También  tenía los  ojos  redondos  y  no

dejaba de secárselos. O  los  tenía cansados,  o  le escocían o  se le  llenaban de

humo y polvo—. Recuerda que aquí al enemigo no lo tienes delante.

 

 

 

 

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Hans estaba a punto de hacerle la pregunta pertinente cuando oyó una voz

a su espalda. Junto  a ella venía el enjuto  rostro  de un  joven  de sonrisa

desdeñosa: Reinhold Zucker.

—Para nosotros, el enemigo no está al otro lado de la colina o en un lugar

en concreto —se explicó—. Está por todas partes. —Volvió a concentrarse en la

carta que estaba escribiendo—. Ya lo verás.

En el caótico espacio de pocos meses, Reinhold Zucker moriría. Lo mataría

el asiento de Hans Hubermann.

 

A medida que la guerra sobrevolaba Alemania con mayor intensidad, Hans

aprendió que todos los turnos empezaban igual. Los hombres se reunían junto

al camión para recibir  las  instrucciones  sobre  el objetivo  que había sido

alcanzado durante el descanso, sobre cuál podría ser el próximo y sobre quién

trabajaba con quién.

Aunque no hubiera bombardeos, seguía habiendo mucho trabajo que hacer.

Se abrían paso  a través  de ciudades  destruidas, limpiando  escombros. En  el

camión iban doce hombres  encorvados, dando  brincos  al ritmo  de los  baches

del camino.

Desde el principio quedó claro que cada uno tenía su propio asiento.

Reinhold Zucker ocupaba el del centro de la hilera de la izquierda.

El de Hans  Hubermann  estaba al  fondo, donde la luz del  día  llegaba

inclinada. Aprendió rápido a estar atento a los cascotes que podían llover desde

cualquier  parte y  alcanzar el interior  del vehículo. Hans  reservaba un  respeto

especial por las colillas de cigarrillo encendidas que pasaban volando.

 

CARTA A CASA

«A mis queridas Rosa y Liesel:

Por aquí las cosas van tirando.

Espero que las dos estéis bien.

Con cariño, papá.»

 

A finales  de noviembre  probó su primera ración ahumada de bombardeo

real. Los escombros se abalanzaban sobre el camión y había gente corriendo y

gritando por todas partes. Los incendios se repetían allí donde se mirara y los

armazones de los edificios en ruinas se amontonaban en pilas. Las estructuras

se ladeaban. Había bombas  de humo  por  el suelo  como  si  fueran cerillas,

obstruyendo los pulmones de la ciudad.

Hans Hubermann iba en una cuadrilla de cuatro miembros. Habían hecho

una cadena. El sargento  Boris  Schipper  estaba al frente,  con los  brazos

escondidos  entre el humo. A continuación iba  Kessler, luego  Brunnenweg  y

 

 

 

 

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después Hubermann. Cuando el sargento se apuntaló para apagar el fuego con

la manguera, los otros dos hombres apuntalaron al sargento y, para asegurarse,

Hubermann los apuntaló a los tres.

A su espalda, un edificio gemía y se tambaleaba.

Cayó de cara, a unos pocos metros de los pies de Hans. El cemento olía a fresco.

El muro de polvo se precipitó sobre ellos.

Gottverdammt, Hubermann!

Los  gritos  se abrieron paso  a través  de las  llamas. Les  siguieron tres

hombres  con las  gargantas llenas  de ceniza. Ni  siquiera al doblar  la esquina,

lejos del epicentro de la destrucción, la bruma del edificio desmoronado dejó de

perseguirlos. Era blanca y cálida y se arrastraba tras ellos.

Se desplomaron, aliviados por el resguardo temporal, y empezaron a toser

y a maldecir. El sargento volvió a hacer oír su opinión.

—Maldita sea, Hubermann. —Se frotó los labios para limpiárselos—. ¿Qué

coño era eso?

—Se desplomó justo detrás de nosotros.

—Eso  ya lo  sé. Me refiero  a su tamaño. Debía  de tener  diez pisos  como

mínimo.

—No, señor, creo que sólo dos.

—Jesús. —Un acceso de tos—. María y José. —Se quitó la mezcla de sudor y

polvo de las cuencas de los ojos—. No había nada que hacer.

—Por una vez me gustaría estar allí cuando le acierten a un bar, por amor

de Dios —comentó otro, limpiándose la cara—. Me muero por una cerveza.

Los  hombres  se recostaron, saboreándola mientras  apagaba los  incendios

de su garganta  y  ahogaba el humo. Era  un  bonito  sueño, aunque imposible.

Todos  eran muy conscientes  de que la cerveza que se desparramara por  esas

calles no sería cerveza, sino una especie de batido o papilla.

Los  cuatro  hombres  estaban cubiertos  de un  grisáceo  conglomerado  del

polvo. Al ponerse en pie para reanudar  el trabajo, lo  único  que los  distinguía

del fondo eran las arrugas del uniforme.

El sargento se acercó a Brunnenweg y, sin miramientos, le sacudió el polvo

del pecho. Le propinó varios manotazos.

—Así  está mejor. Tenías  ahí  un  poco  de polvo, amigo. —Mientras

Brunnenweg  reía, el sargento  se volvió  hacia su último  recluta—. Esta vez 

irás el primero, Hubermann.

 

Estuvieron apagando  incendios  durante  horas  y  se las  ingeniaron como

pudieron para que los edificios se mantuvieran en pie. A veces, cuando los lados

habían sufrido  daños,  los  cantos  asomaban como  si  fueran codos. Ese era el

punto  fuerte de Hans  Hubermann. Casi  le empezó  a encontrar  el gusto  a

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

descubrir una viga ardiendo lentamente o un bloque de cemento desmelenado

para apuntalar esos codos y darles algo sobre lo que descansar.

No quedaba ni un milímetro de piel en sus manos que no tuviera clavada

una astilla, y  tenía los  dientes  empastados  con sedimentos  endurecidos  del

desmoronamiento. En  los  labios  llevaba incrustado  el polvo  húmedo  que se

había endurecido y no había bolsillo, hilo o arruga oculta en el uniforme que no

estuviera cubierto por una fina capa depositada por el aire denso.

Lo peor del trabajo era la gente.

De vez en cuando se topaban con una persona deambulando sin descanso

entre la niebla,  normalmente con una  sola palabra en los  labios. Siempre

gritaban un nombre.

A veces era Wolfgang.

—¿Ha visto a mi Wolfgang?

Las marcas de sus dedos quedaban impresas en la chaqueta.

—¡Stephanie!

—¡Hansi!

—¡Gustel! ¡Gustel Stoboi!

A medida que la espesura se disipaba, la lista de nombres amainaba por las

calles  destrozadas. A veces  acababa  con un  abrazo  ahogado  por  las  cenizas  o

con un postrado alarido de dolor. Se iban acumulando, una hora tras otra, como

los dulces sueños o las pesadillas, a la espera de su oportunidad.

 

Los peligros —el polvo, el humo, las llamas furibundas— confluían en uno

solo: la gente destrozada. Como el resto de hombres de la unidad, Hans tendría

que perfeccionar el arte del olvido.

—¿Cómo estás, Hubermann? —le preguntó el sargento en un momento.

Tenían el fuego a sus espaldas.

Hans, desalentado, respondió a ambos con una leve inclinación de cabeza.

 

A medio turno apareció un anciano renqueante e indefenso que vagaba por

las  calles. Cuando  Hans  terminó  de apuntalar  un  edificio, se  volvió  y  se lo

encontró  de  frente,  esperando  su vez  pacientemente. Llevaba un  garabato  de

sangre en la cara, que descendía hasta el cuello. Vestía una camisa blanca con

una corbata granate y se aguantaba la pierna como si la llevara al lado.

—¿Podría sujetarme a mí, joven?

Hans lo cogió en brazos y lo sacó de la bruma.

 

UN BREVE Y TRISTE APUNTE

Visité la calle de esa pequeña ciudad con el hombre todavía

en los brazos de Hans Hubermann. El cielo era de un color

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

gris perla.

 

Hans no se dio cuenta hasta que lo dejó en una isleta de hierba cubierta de

cemento.

—¿Qué ocurre? —preguntó uno de sus compañeros.

Hans sólo pudo señalar.

—Ah, ya. —Una mano se lo llevó de allí—. Acostúmbrate, Hubermann.

 

Durante el resto  del turno, se concentró  en  su trabajo. Intentó  hacer  caso

omiso de los lejanos ecos de gente llamando a otra gente.

Al cabo de un par de horas, salió corriendo de un edificio con el sargento y

dos hombres más. No miró el suelo y tropezó. Sólo cuando se medio incorporó,

vio a los demás observando el obstáculo con aflicción.

El cuerpo estaba boca abajo.

Estaba tendido sobre un manto de polvo y se tapaba los oídos.

 

Era un niño.

No tendría más de once o doce años.

 

Cerca de allí, mientras  seguían con su trabajo  a  lo  largo  de la  calle, se

toparon con una  mujer  que buscaba  a alguien llamado  Rudolf. Sus  voces  la

atrajeron y  los  encontró  en medio  de  la  bruma. Parecía muy frágil, estaba

encorvada por el peso de la angustia.

—¿Han visto a mi hijo?

—¿Qué edad tiene? —preguntó el sargento.

—Doce años.

Oh, Dios. Oh, Dios bendito.

Todos  lo  pensaron, pero  el sargento  no consiguió  reunir  suficiente  valor

para decírselo o indicarle el lugar.

Boris Schipper la retuvo cuando intentó abrirse camino.

—Acabamos de venir de esa calle. Allí no lo encontrará —le aseguró.

La mujer  encorvada  siguió  aferrándose a la esperanza y  continuó

llamándolo, andando apresurada, casi corriendo.

—¡Rudy!

En  ese momento, Hans  Hubermann pensó  en otro  Rudy. En el de

Himmelstrasse. Por favor, le pidió a un cielo que no podía ver, que Rudy esté

bien. Sus  pensamientos  se desviaron de forma natural hacia Liesel, Rosa, los

Steiner y Max.

Hans se dejó caer al suelo y se tumbó de espaldas cuando se reunieron con

el resto de los hombres.

 

 

 

 

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—¿Qué tal ha ido por ahí? —preguntó alguien.

Hans tenía los pulmones llenos de cielo.

 

Horas  más  tarde, después  de ducharse, comer  y  vomitar, intentó  escribir

una detallada carta a casa. No lograba controlar las manos, por lo que tuvo que

abreviarla. Si encontraba las fuerzas para hacerlo, el resto se lo contaría de viva

voz cuando volviera a casa, si es que volvía.

«A mis queridas Rosa y Liesel», empezó.

Tardó varios minutos en escribir esas seis palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los devoradores de pan

 

 

 

 

 

Había sido  un  largo  y  azaroso  año  para Molching, y  por  fin llegaba a su

término.

Liesel se pasó  los  últimos  meses  de 1942 obsesionada con los  que ella

llamaba los  tres  hombres  desesperados. Se  preguntaba dónde estaban y  qué

hacían.

Una tarde cogió el acordeón y le sacó brillo con un trapo. Antes de volver a

guardarlo, dio el paso que su madre no había sido capaz de dar, sólo una vez:

colocó el dedo en una de las teclas y apretó los fuelles con suavidad. Rosa había

acertado. Sólo logró que la habitación pareciera más vacía.

Siempre que veía a Rudy, le preguntaba por su padre. A veces el joven le

describía con todo detalle alguna de las cartas de Alex Steiner. En comparación,

la única carta que su padre les  había  enviado  era, en cierto  modo,

decepcionante.

Por descontado, el tema de Max era cuestión de su imaginación.

Con gran optimismo, lo veía caminando solo por una calle desierta. De vez

en cuando fantaseaba con que había hallado el camino de la salvación y que su

documento de identidad le había valido para embaucar a la persona adecuada.

Los tres hombres aparecían en cualquier parte.

En  el colegio, veía a su padre por  la ventana. Max  solía sentarse con ella

junto  al  fuego. Alex  Steiner  llegaba  cuando  estaba con Rudy, les  devolvía la

mirada cuando  ellos soltaban las  bicicletas  en Münchenstrasse y  miraban el

interior de la tienda a través del cristal.

—Mira esos  trajes  —le decía Rudy, con la cabeza y  las  manos pegadas  al

cristal—. Qué desperdicio.

 

Por  extraño que  parezca, una de las  distracciones  preferidas  de Liesel era

frau Holtzapfel. Ahora las  sesiones  de lectura también incluían  los  miércoles,

así que ya habían terminado la versión resumida por el agua de El hombre que

silbaba y habían empezado El repartidor de sueños. La anciana a veces preparaba

té o le ofrecía una sopa infinitamente mejor que la de su madre. Menos aguada.

 

 

 

 

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Entre octubre y  diciembre  había desfilado otra procesión de judíos, y  aún

llegaría una más. Como  en la ocasión anterior, Liesel había  corrido  a

Münchenstrasse, pero esta vez para ver si Max Vandenburg estaba entre ellos.

Se debatía entre la obvia necesidad que sentía de verlo  —y  saber  que estaba

vivo—  y  de no  verlo, lo  que podría significar  muchas  cosas, entre ellas  la

libertad.

A mediados  de diciembre  hicieron desfilar  por  Münchenstrasse a otro

pequeño grupo de judíos y criminales, de camino a Dachau. Procesión número

tres.

Rudy se dirigió muy resuelto a Himmelstrasse y salió del número treinta y

cinco con una bolsita y dos bicicletas.

—¿Te apuntas, Saumensch?

 

EL CONTENIDO DE LA BOLSA

DE RUDY

Seis trozos de pan duro partidos en cuatro.

 

Adelantaron a la procesión montados  en sus  bicicletas, en dirección a

Dachau, y se detuvieron en un tramo de carretera donde no había nadie. Rudy

le pasó la bolsa a Liesel.

—Coge un puñado.

—No sé si es buena idea.

Rudy le puso un trozo de pan en la mano.

—Tu padre lo hizo.

¿Qué se podía responder a eso? Bien valía un latigazo.

—Si somos rápidos, no nos cogerán. —Empezó a esparcir el pan—. Mueve

el culo, Saumensch.

Liesel no pudo evitarlo. En su rostro se dibujó un atisbo de sonrisa cuando

Rudy Steiner, su mejor  amigo, y  ella repartieron los  trozos  de pan  por  la

carretera. Una vez listos, recogieron las  bicicletas  y  se escondieron entre los

árboles de Navidad.

 

La carretera era fría y recta. Los soldados y los judíos no tardaron mucho en

aparecer.

Liesel  miró  al chico  entre las  sombras de los  árboles. Cómo  habían

cambiado  las  cosas, de ladrón de fruta a repartidor  de pan. El cabello rubio,

aunque estaba oscureciéndosele, parecía iluminado  por  las  velas. A Liesel le

sonaban las tripas... y él repartía pan entre la gente.

¿Era eso Alemania?

 

 

 

 

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¿Era eso la Alemania nazi?

 

El primer soldado no vio el pan —no tenía hambre—, pero al primer judío

no se le pasó por alto.

Bajó  la mano andrajosa, recogió  un  trozo  y  se lo  metió  en  la boca con

fruición.

Liesel se preguntó si sería Max.

Desde allí  no lo  distinguía bien, así  que cambió  de posición para verlo

mejor.

—¡Eh!, no te muevas. —Rudy estaba blanco—. Si nos encuentran aquí y nos

relacionan con el pan, somos historia.

Liesel no le hizo caso.

Otros judíos se agachaban y cogían el pan de la carretera y, desde el lindar

de los árboles, la ladrona de libros los examinaba a todos y cada uno de ellos.

Max Vandenburg no estaba.

El alivio fue efímero.

La emoción se congeló cuando uno de los soldados advirtió que uno de los

prisioneros alargaba la mano hasta el suelo y dieron la orden de detenerse para

inspeccionar la carretera a conciencia. Los prisioneros masticaron todo lo rápido

y en silencio que pudieron y, al unísono, tragaron.

El soldado recogió varios trocitos y miró a ambos lados de la calzada. Los

prisioneros también miraron.

—¡Allí!

Uno de los soldados se dirigió a grandes zancadas hacia la muchacha que

había junto al árbol más cercano. A su lado vio al muchacho. Los dos echaron a

correr.

—¡No te pares, Liesel!

—¿Y las bicicletas?

—Scheiss drauf! ¡A la mierda, a quién le importan!

Siguieron corriendo y, a unos  cien metros, sintió  el aliento  del soldado

cernirse sobre  ella. La alcanzó, y  Liesel ya estaba esperando  que la mano la

aferrara.

Tuvo suerte.

Lo único que recibió fue un puntapié en el trasero y un puñado de palabras.

—¡Sigue corriendo, niña, no deberías estar aquí!

Liesel  siguió  corriendo  sin parar  como  mínimo  otros  dos  kilómetros. Las

ramas le cortaban los  brazos, las piñas rodaban bajo sus  pies y el aroma de la

Navidad inundaba sus pulmones.

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Después  de más de tres cuartos de hora, decidió volver. Encontró a Rudy

sentado  junto  a las  bicicletas  oxidadas.  Había  recogido  los  restos  de pan y

masticaba un mendrugo.

—Te dije que no te acercases tanto —la reprendió Rudy.

—¿Tengo la marca de una bota? —preguntó, enseñándole el trasero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El cuaderno de dibujo escondido

 

 

 

 

 

Unos días antes de Navidad hubo un nuevo bombardeo, aunque la ciudad

de Molching se salvó. Según las noticias de la radio, la mayoría de las bombas

habían caído en campo abierto.

Sin embargo, lo más significativo fue la reacción de la gente en el refugio de

los  Fiedler. Con la  llegada del último  feligrés, todos  se acomodaron con

solemnidad, y la miraron expectantes.

Oyó la voz de su padre, alta y clara.

«Y si hay más bombardeos, sigue leyéndoles en el refugio.»

Liesel esperó. Tenía que asegurarse de que era eso lo que todos querían.

Rudy habló por ellos.

—Lee, Saumensch.

Liesel abrió el libro y una vez más las palabras encontraron el camino hasta

los ocupantes del sótano.

 

Ya en casa, después de que las sirenas dieran permiso para salir al exterior,

Liesel  se sentó  a la mesa de la cocina con su  madre. La preocupación se

dibujaba en la expresión de Rosa Hubermann, quien no tardó  en coger  un

cuchillo y salir de la cocina.

—Ven conmigo.

Entró en el comedor y destrabó la sábana bajera de un lado. En el lateral del

colchón había una costura, la cual,  si no se  sabía de antemano que estaba allí,

había pocas  posibilidades  de encontrarla. Rosa cortó  los  puntos  con cuidado,

metió primero la mano y luego el brazo hasta el hombro. Al sacarlo llevaba el

cuaderno de dibujo de Max Vandenburg.

—Dijo  que te lo  diéramos  cuando  estuvieras  preparada —se explicó—.

Había pensado  dártelo  por  tu cumpleaños, pero  luego  decidí  sacarlo  para

Navidad. —Rosa Hubermann se levantó. Tenía una expresión extraña. No era

orgullo, sino tal vez la consistencia, el peso  del recuerdo—. Creo que siempre

has  estado  preparada  Liesel —opinó—. Desde el día que llegaste, cuando  te

aferraste a esa cancela, esto tenía que ser para ti.

 

 

 

 

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Rosa le entregó el cuaderno.

La tapa decía lo siguiente:

 

«EL ÁRBOL DE LAS PALABRAS»

Una pequeña recopilación de ideas para Liesel Meminger

 

Liesel lo cogió con sumo cuidado y se lo quedó mirando fijamente.

—Gracias, mamá.

La abrazó.

También sintió  el deseo  irrefrenable de decirle a Rosa Hubermann  que la

quería. Lástima que no lo hiciera.

 

Quería leer el libro en el sótano, por los viejos tiempos, pero su madre se lo

quitó de la cabeza.

—Por  alguna razón Max  se puso  enfermo  ahí  abajo, así  que puedes  estar

segura de que no voy a permitir que tú también te pongas mala.

Lo leyó en la cocina.

Junto a las brechas rojas y amarillas de los fogones.

El árbol de las palabras.

 

Se abrió paso entre los incontables esbozos, historias y viñetas. Estaba Rudy

sobre  un  estrado  con tres  medallas  de oro  colgando  del cuello. Debajo  decía:

«Cabello de color limón». También aparecía el muñeco de nieve y una lista de

los trece regalos y, por descontado, la evocación de las incontables noches en el

sótano o junto al fuego.

Evidentemente también había muchos recuerdos, dibujos  y  sueños

relacionados con Stuttgart, Alemania y el Führer, así como de la familia de Max.

Al final no pudo evitar incluirlos. Tenía que hacerlo.

Entonces llegó a la página 117.

Ahí es donde El árbol de las palabras entraba en escena.

Era una fábula, o un cuento de hadas, Liesel no estaba segura. Incluso días

después, cuando buscó ambas definiciones en el Gran diccionario de definiciones,

no supo decidirse entre ninguna de las dos.

En la página anterior había una breve anotación.

 

PÁGINA 116

«Liesel, esta historia es sólo un esbozo. Imaginé que tal vez

serías demasiado mayor para esta clase de cuentos, pero quizá

ninguno lo seamos. Pensé en ti, en tus libros y en tus palabras,

 

 

 

 

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y esta extraña historia me vino a la mente. Espero que te guste,

aunque sólo sea un poco.»

 

Pasó de página.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sentada a la mesa de la cocina, Liesel se preguntó durante un buen rato en

qué parte del bosque de ahí fuera estaría Max Vandenburg. La luz se apagaba a

su alrededor. Se quedó dormida. Rosa la obligó a irse a la cama y Liesel le

obedeció, con el cuaderno de dibujo de Max apretado contra el pecho.

 

Horas después, cuando despertó, la respuesta acudió a ella.

—Claro, ya sé dónde está —susurró.

Y volvió a dormirse.

 

Soñó con el árbol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La colección de trajes del anarquista

 

 

 

 

 

 

HIMMELSTRASSE, 35

24 DE DICIEMBRE

Ante la ausencia de ambos padres, los Steiner han invitado a

Rosa y Trudy Hubermann y a Liesel. Cuando llegan, Rudy

todavía está describiendo su ropa. Mira a Liesel y sonríe, pero

sólo un poco.

 

Los días previos a la Navidad de 1942 estuvieron cubiertos de una gruesa y

pesada nieve. Liesel releyó  El árbol de las palabras muchas veces, estudiando la

historia y  los  numerosos  dibujos  y  comentarios. En  Nochebuena  tomó  una

decisión respecto  a Rudy.  Al infierno con lo  de estar  fuera hasta  demasiado

tarde.

Se acercó hasta la puerta de al lado antes de que anocheciera y le dijo que

tenía un regalo de Navidad para él.

Rudy le miró las manos y a cada lado de los pies.

—Bueno, ¿y dónde narices está?

—Olvídalo.

Sin embargo, Rudy sabía a qué había ido Liesel. Ya la había visto así antes.

Ojos temerarios y manos largas. La envolvía cierto aire delictivo y él lo olía.

—Ese regalo... Todavía no lo tienes, ¿verdad?

—No.

—Y tampoco vas a comprarlo, ¿no?

—Claro  que no. ¿De dónde crees que voy  a sacar  el dinero?  —La nieve

seguía  cayendo. El hielo formaba cristales  rotos  sobre  la hierba—. ¿Tienes  la

llave? —preguntó.

—¿La llave de qué?

Rudy no tardó  mucho en comprenderlo. Se metió  dentro  y  volvió  a salir

poco después. Como diría Viktor Chemmel:

 

 

 

 

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—Es hora de ir de compras —dijo.

 

La luz se desvanecía a marchas  forzadas  y, a excepción de la iglesia, no

había ningún  comercio  abierto  en toda Münchenstrasse. Era Navidad. Liesel

caminaba deprisa para que las  zancadas  de su vecino no la dejaran atrás.

Llegaron al escaparate de la tienda escogida: STEINER-SCHNEIDER-MEISTER.

El cristal tenía una fina capa de barro y suciedad acumulada durante las últimas

semanas. Al  otro  lado,  los  maniquíes, serios  y  ridículamente elegantes, hacían

de testigos. Era difícil quitarse de encima la sensación de que lo estaban viendo

todo.

Rudy rebuscó en el bolsillo.

Era Nochebuena.

Su padre estaba cerca de Viena.

No creía que le importara que asaltaran su preciada tienda. Lo exigían las

circunstancias.

 

La puerta se abrió sin oponer resistencia y entraron. La primera reacción de

Rudy fue encender la luz, pero ya habían cortado la electricidad.

—¿Velas?

Rudy la miró consternado.

—Yo he traído la llave. Además, era idea tuya.

Mientras discutían, Liesel tropezó con un bulto que estaba en el suelo. Un

maniquí  se cayó  con ella. Le golpeó  con el brazo  y  se desmontó, cubriéndola

con las ropas.

—¡Quítame esto de encima!

Se desmembró en cuatro partes: el torso y la cabeza, las piernas y los dos

brazos por separado.

—Jesús, María y José —masculló Liesel en cuanto se desembarazó de él.

Rudy encontró  uno  de los  brazos, lo  cogió  por  un  extremo y  le  dio  unos

golpecitos  en el hombro  con la mano. Liesel se volvió  aterrorizada y  Rudy

volvió a tendérsela, esta vez en señal amistosa.

—Encantado de conocerla.

Estuvieron recorriendo con cautela los estrechos pasillos de la tienda. Rudy

se dirigió  hacia el  mostrador, pero  por  el camino  tropezó  con una caja vacía,

soltó un grito y una maldición, y retrocedió hasta la entrada.

—Esto es ridículo —dijo—. Espera un momento.

Liesel se sentó  a esperar, con el brazo  del maniquí  en la mano, hasta que

Rudy regresó con un farolillo de la iglesia.

Un anillo de luz envolvía su cara.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Bueno, ¿dónde está ese regalo del que tanto fanfarroneabas? Será mejor

que no sea uno de esos extraños maniquíes.

—Acerca la luz.

Al llegar  a su lado, le cogió  el farolillo y  curioseó  los  trajes  colgados.

Escogió uno, pero enseguida lo cambió por otro.

—No, demasiado grande. —Estuvo a punto de elegir un par de trajes más,

hasta que se decidió  por  uno  azul  marino.  Lo  sacó  y  se lo  enseñó a Rudy

Steiner—. ¿Crees que es de tu talla?

 

Mientras Liesel esperaba sentada en la oscuridad, Rudy se probaba el traje

detrás  de unas  cortinas. Se veía  un  pequeño círculo  de  luz  y  una sombra

vistiéndose.

Al cabo  de un  rato, le tendió  el farolillo a Liesel para que le echara un

vistazo. Sin cortina de por medio, la luz era como una columna que iluminaba

el elegante  traje. Aunque también resaltaba la camisa sucia y  los  gastados

zapatos de Rudy.

—¿Y bien? —preguntó.

Liesel prosiguió el examen. Dio una vuelta a su alrededor y se encogió de

hombros.

—No está mal.

—¡¿Que no está mal?! Esta percha se merece algo  más  que  un  «No  está

mal».

—Los zapatos te traicionan. Y la cara.

Rudy dejó el farolillo sobre el mostrador y se acercó a ella fingiendo enojo.

Liesel tuvo que admitir que se había puesto un poco nerviosa. Sintió alivio y a

la vez desilusión al ver cómo Rudy tropezaba con el pobre maniquí y se caía.

Rudy se echó a reír, tirado en el suelo.

Y luego cerró los ojos, con fuerza.

 

Liesel se acercó corriendo.

Se agachó delante de él.

Bésalo, Liesel, bésalo.

—¿Estás bien, Rudy? ¿Rudy?

 

—Le echo de menos —confesó el chico, de lado, en el suelo.

—Frohe Weihnachten  —contestó  Liesel. Lo  ayudó  a  ponerse  en pie y  a

sacudirse el traje—. Feliz Navidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOVENA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última extranjera

 

 

 

Presenta:

 

 

 

la siguiente tentación — un jugador de cartas — las nieves de Stalingrado — un

hermano eternamente joven — un accidente — el sabor amargo de las

preguntas — una caja de herramientas, un delincuente, un oso de peluche — un

avión estrellado — y una vuelta a casa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La siguiente tentación

 

 

 

 

 

Esta vez fueron los dulces.

Pero estaban duros.

Eran Kipferl que habían sobrado de Navidad y llevaban abandonados en el

escritorio  dos  semanas  como  mínimo. Parecían herraduras  en  miniatura con

una capa de azúcar  glasé. Las  del fondo estaban enganchadas  al  plato  y  las

demás se apilaban unas encima de las otras formando una montañita. Sintió el

aroma en cuanto sus dedos tocaron el alféizar de la ventana. En la habitación se

respiraba azúcar y masa, y miles de páginas.

No  había ninguna nota, pero  Liesel  no tardó  en adivinar  la mano  de Ilsa

Hermann en el asunto; además, tampoco iba a arriesgarse a que no fueran para

ella. Regresó junto a la ventana y coló un susurro por el resquicio. El susurro se

llamaba Rudy.

Ese día se habían ido a pie porque la calzada estaba demasiado resbaladiza

para las  bicicletas. El  muchacho esperaba debajo  de la ventana, haciendo

guardia. Liesel lo llamó, y cuando asomó la cabeza le obsequió con el plato. No

tuvo que insistir demasiado para que lo aceptara.

Con los ojos atiborrándose de pastas, Rudy hizo algunas preguntas.

—¿Nada más? ¿Ni un poco de leche?

—¿Qué?

—Leche —repitió Rudy, esta vez un poco más alto.

Si  había  reparado  en el tono ofendido  de  Liesel, era evidente  que lo

disimulaba  muy bien.  El rostro  de la ladrona de libros  asomó  de nuevo  en lo

alto.

—¿Eres tonto o qué? ¿Te importa que robe el libro y nos vamos?

—Claro, sólo decía que...

Liesel se acercó  a la estantería del fondo, la de detrás  del escritorio.

Encontró papel y pluma en el cajón de arriba y escribió un «Gracias» en la nota

que dejó sobre la mesa.

A la derecha, un libro sobresalía como un hueso desencajado. Las oscuras

letras  del título  habían dejado  una evidente marca en su blancura. Die Letzte

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Menschliche  Fremde. La  última extranjera,  susurró  el libro  al sacarlo  del estante,

arrastrando consigo una fina lluvia de polvo.

Ya en la ventana, a punto  de salir, oyó  el chirrido  de  la puerta de la

biblioteca.

Tenía una rodilla encima y la mano criminal en el marco de la ventana. Al

volverse hacia  el ruido, se encontró  con la mujer  del alcalde con un  albornoz

nuevo y en pantuflas. Llevaba una esvástica bordada en el bolsillo del pecho. La

propaganda llegaba incluso hasta el baño.

Se miraron.

Liesel miró el bolsillo del pecho de Ilsa Hermann y levantó un brazo. —Heil

Hitler!

Estaba a punto de salir cuando de repente se dio cuenta.

Los dulces.

Llevaban semanas ahí.

Eso  significaba que el alcalde tenía que haberlos  visto  por  fuerza si

utilizaba  la biblioteca y  que debía de haber  preguntado  qué hacían  allí. O, y

nada más  pensarlo  se sintió  invadida por  un  extraño optimismo, tal vez la

biblioteca no fuera del alcalde, sino de su mujer, de Ilsa Hermann.

Liesel no sabía por qué era tan importante, pero le gustó la idea de que la

habitación llena de libros  perteneciera a la mujer. Había sido  ella  quien se la

había presentado y, casi literalmente, le había abierto las puertas  —aunque en

este caso  se tratara de una ventana—  a un  nuevo  mundo. Así  estaba mejor.

Todo parecía encajar.

Estaba a punto de ponerse en marcha cuando preguntó:

—Esta habitación es suya, ¿verdad?

La mujer del alcalde se puso tensa.

—Solía leer aquí con mi hijo, pero entonces...

Liesel sintió el aire a su espalda. Vio una madre leyendo en el suelo con un

niño que señalaba los  dibujos  y  las  palabras. Luego  vio  una guerra por  la

ventana.

—Ya lo sé.

—¡¿Qué has dicho?! —exclamó alguien desde fuera.

—Cierra la boca, Saukerl, y vigila la calle —le espetó Liesel, en voz baja—.

Así que todos estos libros... —le ofreció las palabras, suavemente.

—Casi  todos  son míos. Algunos  son de mi  marido, otros  eran de mi  hijo,

como ya sabes.

Liesel se sintió muy incómoda en ese momento. Las mejillas le ardían.

—Siempre pensé que era del alcalde.

—¿Por qué?

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Parecía haberle hecho  gracia. Liesel se fijó  en que las  pantuflas  también

llevaban una esvástica bordada en la puntera.

—Porque es el alcalde. Pensaba que leería mucho.

La mujer del alcalde metió las manos en los bolsillos.

—Últimamente tú eres la que más utiliza esta habitación.

—¿Ha leído este?

Liesel levantó La última extranjera. Ilsa examinó el título de cerca.

—Sí, lo he leído.

—¿Está bien?

—No está mal.

En  ese momento  tuvo  ganas  de  irse y, sin  embargo, también sintió  la

peculiar  obligación de quedarse. Hizo  el  amago  de decir  algo, pero  tenía que

escoger  entre muchas  palabras  demasiado  rápidas. Intentó  echarles  el guante

varias veces, aunque fue la mujer del alcalde la que tomó la iniciativa.

Vio la cara de Rudy en la ventana o, para ser exactos, su cabello iluminado

por las velas.

—Creo que será mejor que te vayas —dijo—. Te están esperando.

Se comieron los dulces de camino a casa.

—¿Estás  segura de que no había nada más?  —preguntó  Rudy—. Igual  te

has dejado algo.

—Da las  gracias  de haber  encontrado  los  dulces.  —Liesel examinó  con

atención el regalo que Rudy llevaba en las manos—. Oye, Rudy, ¿te has comido

alguno antes de que saliera?

Rudy se indignó.

—Eh, tú eres la ladrona, no yo.

—No  me engañes,                       Saukerl, todavía tienes  azúcar  en la comisura  de los

labios.

Alterado, Rudy aguantó el plato con una sola mano y se limpió con la otra.

—No me he comido ninguno, te lo prometo.

 

Se acabaron la mitad de los dulces antes de llegar al puente y compartieron

el resto con Tommy Müller en Himmelstrasse.

Cuando se comieron el último, sólo quedó una pregunta en el aire, a la que

Rudy le puso voz:

—¿Qué narices hacemos con el plato?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El jugador de cartas

 

 

 

 

 

Más o menos a la misma hora en que Liesel y Rudy devoraban los dulces,

los hombres de la LSE jugaban a las cartas durante un descanso en una ciudad

cercana a Essen. Habían salido de Stuttgart y acababan de llegar del largo viaje.

Se estaban apostando cigarrillos, y a Reinhold Zucker las cosas no le iban muy

bien.

—Está haciendo trampas, seguro —masculló.

Jugaban en un  cobertizo  que hacía las  veces  de barracones  y  Hans

Hubermann  acababa  de ganar la  tercera mano consecutiva. Zucker  arrojó  sus

cartas, indignado, y se peinó el grasiento pelo con tres uñas sucias.

 

ALGUNOS DATOS SOBRE

REINHOLD ZUCKER

Tenía veinticuatro años. Se regocijaba cuando ganaba una

partida de cartas, se llevaba los finos cilindros de tabaco a la

nariz y los aspiraba. «El aroma de la victoria», decía. Ah, y una

cosa más. Moriría con la boca abierta.

 

A diferencia del joven a su izquierda, Hans  Hubermann  no se regocijaba

cuando  ganaba.  Incluso  tuvo  la generosidad de devolver  a cada uno  de sus

compañeros un cigarrillo y encendérselo. Todos aceptaron la invitación menos

Reinhold Zucker, que hizo saltar por los aires el cigarrillo de un manotazo. El

pitillo acabó en medio de la caja volcada que utilizaban como mesa.

—No necesito tu caridad, viejo.

Se levantó y se fue.

—¿Qué le pasa a ese?  —preguntó  el sargento, pero  nadie se molestó  en

contestar.

Reinhold Zucker sólo  era un muchacho de veinticuatro años que no sabía

jugarse la vida a las cartas.

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Si no hubiera perdido sus cigarrillos contra Hans Hubermann, no lo habría

despreciado. Si  no lo  hubiera despreciado, tal vez no se habría sentado  en su

sitio unas semanas después, en una carretera inofensiva.

Un asiento, dos hombres, una breve discusión y yo.

 

A veces me mata ver cómo muere la gente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las nieves de Stalingrado

 

 

 

 

 

A mediados de enero de 1943, Himmelstrasse era tan sombría y deprimente

como de costumbre. Liesel cerró la puerta de la cancela, se dirigió a casa de frau

Holtzapfel y llamó a la puerta. Salió a recibirla toda una sorpresa.

Lo primero que pensó fue que el hombre debía de ser uno de sus hijos, pero

no se parecía a ninguno de los otros hermanos de la fotografía enmarcada que

colgaba junto a la puerta. Aparentaba ser bastante más mayor, pero no habría

puesto  la mano en el fuego. La barba  le salpicaba la cara y  tenía una mirada

contundente  y  apenada. Una mano con un  vendaje salpicado  de cerezas

sanguinolentas asomaba inerte por la manga del abrigo.

—Será mejor que vuelvas más tarde.

Liesel intentó echar un vistazo al interior y estaba a punto de llamar a frau

Holtzapfel cuando el hombre se le adelantó.

—Niña, vuelve más tarde —insistió—. Iré a buscarte. ¿Dónde vives?

 

Más de tres horas después alguien llamó a la puerta del número treinta y

tres de Himmelstrasse y el hombre apareció ante Liesel. Las cerezas de sangre

se habían convertido en ciruelas.

—Ahora ya puede atenderte.

 

Fuera, bajo  la difusa  y  lánguida luz, Liesel no pudo  reprimirse y  le

preguntó  qué le había  pasado  en la mano. El hombre resopló una sola sílaba

antes de responder.

—Stalingrado.

—¿Cómo dice? —preguntó Liesel. El hombre había contestado mirando al

frente—. No le he entendido.

Lo repitió, esta vez más alto y explicándose.

—Stalingrado es lo que le ocurrió a mi mano. Me dispararon en las costillas

y me volaron tres dedos. ¿Responde eso tu pregunta? —Metió la mano ilesa en

el bolsillo y se estremeció con desdén, mofándose del viento alemán—. ¿Crees

que aquí hace frío?

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Liesel tocó la pared que tenía al lado. No podía mentir.

—Sí, claro.

El hombre se echó a reír.

—Esto no es frío.

Sacó un cigarrillo, se lo llevó a la boca y trató de encender una cerilla con

una mano. Si con el mal tiempo que hacía ya era complicado encenderlo con las

dos, con una era imposible. Tiró la caja de cerillas y soltó un taco.

Liesel la recogió.

Le quitó el cigarrillo y lo sujetó entre sus propios labios. Ella tampoco fue

capaz de encenderlo.

—Tienes  que  aspirar  —explicó  el hombre—. Con este tiempo, sólo  lo

encenderás si aspiras. Verstehst?

Liesel volvió a intentarlo, tratando de recordar cómo lo hacía su padre. Esta

vez su boca se llenó de un humo que atravesó sus dientes y le raspó la garganta,

pero se obligó a no toser.

—Bien hecho —la felicitó. Cuando  recuperó  su cigarrillo y  le dio  una

calada, le tendió la mano ilesa, la izquierda—. Michael Holtzapfel.

—Liesel Meminger.

—¿Tú eres la que viene a leerle a mi madre?

Rosa apareció detrás de Liesel en ese momento y la niña sintió a su espalda

su estupor.

—¿Michael? ¿Eres tú? —preguntó.

Michael Holtzapfel asintió con la cabeza.

—Guten Tag, frau Hubermann. Ha pasado mucho tiempo.

—Pareces tan...

—¿Viejo?

Rosa seguía conmocionada, pero logró recomponerse.

—¿Quieres entrar? Ya veo que conoces a mi hija de acogida... —Su voz se

fue apagando cuando reparó en la mano ensangrentada.

—Mi hermano ha muerto —la informó Michael Holtzapfel; no podría haber

lanzado un derechazo más directo con su único puño útil.

Porque Rosa se tambaleó. Era evidente que la guerra implicaba la muerte,

pero  el suelo  siempre  se estremecía bajo  los  pies  de una  persona cuando  le

llegaba a alguien que había vivido y respirado tan cerca. Rosa había visto crecer

a los dos niños de los Holtzapfel.

El joven envejecido  encontró  el  modo  de informarla de lo  sucedido  sin

desmoronarse.

—Yo estaba en uno de los edificios que usábamos como hospital cuando lo

trajeron.  La semana anterior  a que  me enviaran a casa. Me pasé tres  días

sentado a su lado antes de que muriera...

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Lo siento.

Liesel tuvo la impresión de que esas palabras no habían salido de la boca de

Rosa. Era otra persona la que esa tarde estaba detrás de ella, pero no se atrevió a

volverse para averiguar de quién se trataba.

—Por favor, no diga nada más —le rogó Michael—. ¿Me puedo llevar a la

niña para que lea? Dudo que mi madre la escuche, pero me dijo que viniera a

buscarla.

—Claro, llévatela.

Habían dado unos  pasos  cuando  Michael Holtzapfel se acordó  de  algo  y

volvió.

—¡Rosa! —Esperó un momento hasta que Rosa volvió  a abrir la puerta—.

Me dijeron que su hijo estaba allí, en Rusia; me lo contó una gente de Molching

con quien me encontré. Aunque seguro que ya lo sabe.

Rosa intentó evitar que se fuera. Salió corriendo y lo cogió por la manga.

—No, un  día se fue y  nunca volvió. Hemos  intentado  encontrarlo, pero

ocurrieron muchas cosas, hubo...

Michael Holtzapfel estaba decidido  a irse. Lo  último  que deseaba oír  era

otra historia de lloros.

—Por lo que sé, está vivo —dijo, zafándose de ella.

Se reunió con Liesel en la cancela, pero la niña no lo siguió hasta la puerta

de al lado. Se quedó mirando el rostro de Rosa, animado y desolado a la vez.

—¿Mamá?

Rosa levantó una mano.

—Ve.

Liesel se quedó donde estaba.

—He dicho que vayas.

 

El soldado  intentó  entablar  una conversación cuando  Liesel lo  alcanzó.

Debía de arrepentirse  del desliz que había  cometido  con Rosa y  trataba de

enterrarlo bajo otras palabras.

—Todavía no he conseguido que deje de sangrar —comentó, levantando la

mano vendada.

Liesel se sintió  aliviada al entrar  en la  cocina de los  Holtzapfel. Cuanto

antes empezara a leer, mejor.

Frau Holtzapfel estaba sentada. Las  lágrimas  le corrían por  las  mejillas

como si fueran alambres.

Su hijo estaba muerto.

Y no sabía ni la mitad.

En realidad, nunca sabría cómo había ocurrido, pero no te quepa la menor

duda de que uno de nosotros sí lo sabe. Por lo visto, tengo el don de saber qué

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

ha ocurrido siempre que hay nieve, armas y un confuso batiburrillo de idiomas

humanos de por medio.

Cuando  imagino la cocina de frau Holtzapfel, basándome en las  palabras

de la ladrona  de libros, no veo  los  fogones,  ni  las  cucharas de madera, ni  la

bomba de agua, ni nada por el estilo. Al menos no de buenas a primeras. Lo que

veo  es  el invierno ruso  y  la nieve cayendo del cielo  y  la suerte  que corrió  el

segundo hijo de frau Holtzapfel.

Se llamaba Robert y lo que le ocurrió fue lo siguiente.

 

UNA PEQUEÑA HISTORIA BÉLICA

Le amputaron las piernas a la altura de la rodilla y su hermano

lo vio morir en un frío y pestilente hospital.

 

Rusia, 5 de enero de 1943, otro gélido día más. Fuera, entre la ciudad y la

nieve, había rusos  y  alemanes  muertos  por  todas  partes. Los  que quedaban,

disparaban a las  páginas  en blanco  que tenían delante. Tres  lenguas  se

entrelazaban: el ruso, las balas y el alemán.

Mientras avanzaba entre las almas caídas, uno de los hombres no dejaba de

repetir  una y  otra vez: «Me escuece la barriga». Muchas  veces. A pesar  del

dolor, se  arrastró  hasta una oscura silueta  desfigurada que estaba sentada,

desangrándose, en el suelo. Cuando el soldado herido en la barriga llegó hasta

él, vio que se trataba de Robert Holtzapfel. Tenía las manos cubiertas de sangre

reseca y estaba amontonando nieve sobre las rodillas, en el lugar donde estaban

sus piernas antes de que se las volara la última explosión. Manos calientes y un

grito encarnado.

El suelo humeaba. La imagen y el olor de la nieve pudriéndose.

—Soy yo —le dijo el soldado—. Pieter.

Se arrastró unos centímetros más.

—¿Pieter?  —preguntó  Robert  con voz desvaída. Debió  de sentirme muy

cerca—. ¿Pieter? —repitió.

No sé por qué, los moribundos siempre hacen preguntas retóricas. Tal vez

sea para morir satisfechos de haber acertado.

 

De repente, todas las voces sonaban igual.

Robert Holtzapfel se desplomó a un lado, sobre el frío y humeante suelo.

Estoy segura de que esperaba encontrarme allí en ese mismo momento.

No fue así.

Por  desgracia para el  joven alemán, no  me lo  llevé esa tarde. Pasé por

encima de él con otras pobres almas en los brazos y me volví con los rusos.

Estuve yendo todo el día de un lado al otro.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Hombres desmembrados.

No fue una excursión a la nieve, eso te lo aseguro.

 

Tal  como  Michael le contó  a  su madre, pasaron tres  largos  días  hasta que

finalmente pasé a buscar al soldado que había perdido sus pies, en Stalingrado.

Me presenté  en ese hospital provisional  al que tenía acceso  libre  y  el olor  me

estremeció.

Un hombre con una mano vendada le estaba diciendo al soldado mudo y

espantado que sobreviviría.

—Pronto estarás en casa —le aseguró.

Sí, en casa, pensé. Para siempre.

—Te esperaré —añadió—. Iba a volver al final de la semana, pero esperaré.

En medio de la frase de su hermano, recogí el alma de Robert Holtzapfel.

Por  lo  general tengo  que esforzarme para poder  ver  a través  del techo

cuando  estoy  dentro,  pero  tuve  suerte con ese edificio  en  concreto. Una

pequeña sección del tejado  había quedado  destruida y  nada obstaculizaba la

visión. A  un  metro  de nosotros, Michael  Holtzapfel seguía hablando. Intenté

ignorarlo  mirando  por  el agujero  del techo. El cielo  estaba  blanco, pero

empeoraba por  momentos. Como  siempre, se estaba convirtiendo en una

enorme sábana para trapos  manchada de sangre. Las  nubes  estaban sucias,

como las pisadas en la nieve medio derretida.

¿Pisadas?, te extrañarás.

Bueno, me pregunto de quién podrían ser.

 

Liesel leía en la cocina de frau Holtzapfel. Las páginas iban pasando sin que

nadie les  prestara atención y, en cuanto  a mí, cuando  la escena rusa se

desvanece ante mis ojos, la nieve se niega a dejar de caer del techo. Ha cubierto

la tetera y  la mesa. También se acumula  sobre  la cabeza y  los  hombros

humanos.

El hermano se estremece.

La mujer solloza.

Y la niña sigue leyendo, pues para eso está allí, y le hace sentir bien ser útil

para algo tras las nieves de Stalingrado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hermano eternamente joven

 

 

 

 

 

A Liesel Meminger le faltaban unas semanas para cumplir catorce años.

Su padre aún no había regresado.

Habían tenido lugar tres sesiones de lectura más con la mujer destrozada, y

muchas  noches  vio  a Rosa sentada con el  acordeón y  rezando con la barbilla

apoyada en los fuelles.

Decidió que había llegado el momento. Por lo general, robar algo era lo que

la animaba, pero ese día fue restituirlo.

Rebuscó debajo de la cama y sacó el plato. Lo limpió en la cocina y salió de

casa todo  lo  rápido  que pudo. Le gustaba pasearse por  Molching.  El aire era

cortante y contundente, como el Watschen de un profesor o una monja sádicos.

Lo único que se oía en Münchenstrasse era el crujido de sus pisadas.

 

Al cruzar el río, un rayo de sol se filtró a través de las nubes.

Subió los peldaños de la entrada del número ocho de Grandestrasse, dejó el

plato en el suelo y llamó a la puerta. La chica ya estaba a la vuelta de la esquina

cuando abrieron. Liesel no miró atrás, pero sabía que si lo hubiera hecho habría

vuelto  a encontrarse a su hermano al final de los  escalones, con la rodilla

totalmente curada. Incluso llegó a oír su voz.

—Así está mejor, Liesel.

 

Con gran tristeza descubrió que su hermano tendría seis años para siempre

jamás, y mientras asumía la idea se obligó a sonreír.

Se detuvo en el Amper, en el puente, donde su padre solía estar.

Sonrió  y  no dejó  de hacerlo  hasta que salió  todo. Entonces  supo  que ya

podía volver a casa y que su hermano no volvería a colarse en sus sueños nunca

más. Lo añoraría, pero jamás iba a echar de menos los cadavéricos ojos fijos en

el suelo del tren o el sonido de una tos funesta.

 

Esa noche, estirada en la cama, la ladrona de libros sólo recibió la visita del

niño antes de cerrar los ojos. Un miembro más de todo un repertorio, pues era

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

en esa habitación donde Liesel siempre los recibía. Su padre se levantó y le dijo

que ya casi era toda una mujer. Max estaba escribiendo El árbol de las palabras en

el rincón. Rudy estaba desnudo junto a la puerta. De vez en cuando, su madre

aparecía en un  andén de tren junto  a la cama. Y  lejos, en la habitación que se

tendía como  un  puente hacia una  ciudad sin  nombre, su  hermano, Werner,

jugaba con la nieve.

Al otro  lado del pasillo, Rosa roncaba haciendo  de metrónomo  para las

visiones de Liesel, quien, despierta y rodeada de gente, recordó una cita de su

libro más reciente.

 

«LA ÚLTIMA EXTRANJERA»

PÁGINA 38

«Las calles de la ciudad estaban llenas de gente, pero la

extranjera no se habría sentido más sola de haber estado

desiertas.»

 

Al llegar  la mañana, las  visiones  se  habían  desvanecido  y  oyó  la apagada

retahíla de palabras  procedente del  comedor. Rosa estaba sentada con el

acordeón, rezando.

—Que vuelvan con vida —repetía—. Por favor, Señor, por favor. Todos.

Incluso las arrugas de los ojos tenían las manos entrelazadas.

El acordeón debía de hacerle daño, pero a ella no parecía importarle.

Rosa jamás  le habló  a  Hans  de esos  momentos, pero  Liesel creía  que esas

oraciones ayudaron a su padre a sobrevivir al accidente de la LSE en Essen. Y si

no fueron de ayuda, tampoco le hicieron daño a nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El accidente

 

 

 

 

 

Era una mañana sorprendentemente luminosa y  los  hombres  estaban

subiendo al camión. Hans Hubermann acababa de sentarse en el asiento que le

habían asignado. Reinhold Zucker estaba a su lado, de pie.

—Mueve el culo —dijo.

—Bitte? ¿Cómo dices?

Zucker tenía que encorvarse bajo la capota del vehículo.

—He dicho que muevas el culo, Arschloch. —La mata grasienta del flequillo

le caía como un mazacote sobre la frente—. Te cambio el asiento.

Hans se quedó desconcertado. El asiento de atrás probablemente era el más

incómodo de todos, el más frío y estaba expuesto a las corrientes de aire.

—¿Por qué?

—¿Qué más da? —Zucker empezaba a perder la paciencia—. Tal vez quiera

salir el primero para usar las letrinas.

Hans  enseguida se dio  cuenta de que el resto  de la unidad seguía la

lamentable pelea entre dos  supuestos  adultos. Hans  no quería  claudicar, pero

tampoco ser un incordio. Además, acababan de terminar un turno extenuante y

no le quedaban fuerzas  para seguir  discutiendo. Con la espalda encorvada,

ocupó el asiento vacante, en medio del camión.

—¿Por  qué has  dado  tu brazo  a torcer  delante de ese                             Scheisskopf? —le

preguntó el hombre que se sentaba al lado.

Hans encendió un cigarrillo y le ofreció una calada.

—El aire me da dolor los oídos.

El camión verde oliva regresaba al campamento, a unos quince kilómetros

de distancia. Brunnenweg  estaba contando  un  chiste sobre  una camarera

francesa cuando una de las ruedas delanteras sufrió un pinchazo y el conductor

perdió  el control del vehículo. El camión dio  varias  vueltas  de campana y  los

hombres  maldecían mientras  se  golpeaban con el aire, la luz,  los  trastos  y  el

tabaco. Cuando  intentaron aferrarse a algo, el cielo  azul  ya no hacía de techo

sino de suelo.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Todos  acabaron con las  caras  aplastadas  contra el sucio  uniforme del

compañero  que tenían al lado, apiñados  en uno  de los  laterales  del camión

cuando  este por  fin  se  detuvo. Estaban preguntando  si  todo  el mundo  estaba

bien cuando uno de los hombres, Eddie Alma, empezó a gritar.

—¡Sacadme este cabrón de encima!

Lo repitió tres veces, muy nervioso. Los ojos sin vida de Reinhold Zucker lo

miraban de frente.

 

LOS DAÑOS, ESSEN

Seis hombres con quemaduras de cigarrillo.

Dos manos rotas.

Varios dedos rotos.

Una pierna rota, la de Hans Hubermann.

Un cuello roto, el de Reinhold Zucker, fracturado casi a la

altura de los lóbulos de las orejas.

 

Unos  a otros  se ayudaron a salir  del camión como  pudieron hasta que

dentro sólo quedó el cadáver.

El conductor, Helmut Brohmann, estaba sentado en el suelo, rascándose la

cabeza.

—El neumático se ha reventado —informó.

Varios  hombres  se sentaron a  su lado y  le  repitieron que no había sido

culpa suya. Otros  se pusieron a dar  vueltas, fumando, preguntándose entre

ellos si creían que las heridas que sufrían eran de suficiente consideración para

que los  relevaran del  trabajo. Un pequeño  grupo  se había reunido  en la parte

trasera del camión para examinar el cuerpo.

Junto  a un  árbol, un  fino jirón de intenso  dolor  seguía desgarrando  la

pierna de Hans Hubermann.

—Tendría que haber sido yo —dijo.

—¿Qué? —preguntó el sargento desde el camión.

—Iba en mi sitio.

 

Helmut Brohmann  recobró  la compostura y  regresó  al asiento  del

conductor. De lado, intentó  encender  el motor,  pero  no hubo  manera de

volverlo  a poner  en marcha. Pidieron un  nuevo  camión y  una ambulancia. La

ambulancia no apareció.

—Ya sabéis lo que eso significa, ¿no? —dijo Boris Schipper.

Lo sabían.

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Todos intentaron esquivar el rictus desdeñoso de Reinhold Zucker cuando

reanudaron el viaje de vuelta al campamento.

—Os dije que tendríamos que haberlo puesto boca abajo —rezongó alguien.

A veces, alguno lo  olvidaba y  descansaba los  pies  sobre  el cadáver. A la

llegada, todos intentaron escaquearse para no sacarlo del camión. En cuanto el

trabajo  estuvo  hecho,  Hans  Hubermann  apenas  tuvo  tiempo  de dar  unos

pasitos antes de que el dolor de la pierna lo hiciera caer.

Una hora después,  tras  el reconocimiento  médico, le confirmaron la

fractura. El sargento  estaba cerca y  se lo  quedó  mirando  con un esbozo  de

sonrisa.

—Bien, Hubermann, por lo visto te has salido con la tuya, ¿eh? —Negó con

la redonda cabeza, le dio una calada al cigarrillo y le facilitó una lista de lo que

ocurriría a continuación—: Tú  reposarás, ellos  me preguntarán qué hacemos

contigo  y  yo  les  diré que has  realizado  un  gran trabajo. —Le dio  una nueva

calada—. Y  creo  que añadiré que ya no nos  sirves  en la LSE y  que deberían

enviarte de vuelta a Munich y ponerte a trabajar en una oficina o a limpiar lo

que haga falta por allí. ¿Qué te parece?

—Me parece bien, sargento  —respondió  Hans, incapaz de  reprimir  una

carcajada en medio de una mueca de dolor.

Boris Schipper se acabó el cigarrillo.

—Maldita sea, ¿qué te va a parecer si no? Tienes suerte de que me gustes,

Hubermann. Tienes  suerte de ser  un  buen hombre y  de ser  generoso  con los

cigarrillos.

En la habitación contigua preparaban la escayola.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El amargo sabor de las preguntas

 

 

 

 

 

A mediados  de febrero, una semana después  del cumpleaños  de  Liesel,

Rosa y  ella por  fin  recibieron una carta detallada de Hans  Hubermann. Liesel

entró corriendo después de abrir el buzón y se la enseñó a su madre. Rosa se la

hizo leer en voz alta y no lograron reprimir la emoción cuando Liesel llegó a lo

de la pierna rota. Estaba tan pasmada, que la joven leyó la frase en silencio.

—¿Qué ocurre, Saumensch? —se angustió Rosa.

Liesel la miró, a punto de escapársele un grito. El sargento había cumplido

su palabra.

—Vuelve a casa, mamá. ¡Papá vuelve a casa!

Se abrazaron y la carta quedó estrujada entre sus cuerpos. Una pierna rota

era algo digno de celebrar.

Barbara Steiner se puso contentísima cuando Liesel anunció la noticia en la

puerta de al lado. Le frotó los brazos en señal de felicitación y llamó al resto de

la familia. Reunida en la cocina, parecía que la buena nueva de la vuelta a casa

de Hans Hubermann había elevado el ánimo de la familia Steiner. Rudy sonrió

y  se rió, y  Liesel comprendió  que al menos le ponía empeño; sin  embargo,

también sintió el amargo sabor de las preguntas en los labios de su amigo.

¿Por qué él?

¿Por qué Hans Hubermann y no Alex Steiner?

En eso tenía razón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una caja de herramientas, un delincuente, un oso de

peluche

 

 

 

 

 

Desde que el ejército había reclutado a su padre el pasado octubre, la rabia

de Rudy había ido en aumento de manera considerable y la noticia del regreso

de Hans Hubermann fue la gota que colmó el vaso. No se lo contó a Liesel. No

protestó ante lo que creía una injusticia, sino que prefirió actuar.

Se puso  a arrastrar  una caja metálica por  Himmelstrasse a la típica hora

delictiva: el crepúsculo.

 

LA CAJA DE HERRAMIENTAS

DE RUDY

Tenía partes rojas y era del tamaño de una caja de zapatos muy

grande. Contenía lo siguiente:

Navaja oxidada x 1

Linterna pequeña x 1

Martillo x 2

(uno pequeño y uno mediano)

Toalla de manos x 1

Destornillador x 3

(varios tamaños)

Pasamontañas x 1

Calzoncillos limpios x 1

Oso de peluche x 1

 

Liesel  lo  vio  por  la ventana de la cocina, con el mismo  paso  decidido  y

expresión entregada que el día que salió en busca de su padre. Agarraba el asa

con todas sus fuerzas y la rabia estrangulaba sus movimientos.

La ladrona de libros soltó la toalla que tenía en las manos y la sustituyó por

una sola idea.

Va a robar.

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Salió corriendo para reunirse con él.

 

No hubo ni asomo de un saludo.

Rudy siguió caminando y le habló al aire frío frente a él.

—¿Sabes qué, Liesel? He estado pensando —le dijo cuando pasaron junto al

bloque de pisos  de Tommy  Müller—. Tú  no eres  una ladrona. —No  le dio

oportunidad de  defenderse—. Esa mujer  te deja entrar; si  incluso  te deja

galletas, por el amor de Dios. Yo a eso no lo llamo robar. Robar es lo que hace el

ejército llevándose a tu padre y al mío. —Pateó una piedra, que resonó contra

una puerta. Apresuró  el paso—. Esos  nazis  ricos  de ahí  arriba, de la

Grandestrasse, Gelbstrasse y Heidestrasse.

En esos momentos Liesel solo podía centrar sus  esfuerzos en no perder el

paso. Habían dejado  atrás  la tienda de frau Diller  y  se encontraban en

Münchenstrasse.

—Rudy...

—De todos modos, ¿qué se siente?

—¿Qué se siente cuándo?

—Cuando robas un libro.

Liesel  decidió  guardar  silencio. Si  lo  que quería era  una respuesta, Rudy

tendría que volver a la carga. Y lo hizo.

—¿Y  bien?  —Sin embargo,  Rudy contestó  de nuevo  antes  de que Liesel

pudiese abrir  la  boca—. Te sientes  bien,  ¿verdad?  Porque les  das  a probar  su

propia medicina.

Liesel concentró  su atención en la caja de herramientas, intentando  que

aflojara el paso.

—¿Qué llevas ahí?

Rudy se agachó y la abrió.

Todo parecía tener sentido menos el oso de peluche.

Rudy le explicó  con pelos  y  señales  lo  que pensaba hacer  con la caja de

herramientas  y  con cada uno  de los  objetos  que contenía  mientras  seguían

caminando. Por ejemplo, los martillos eran para romper ventanas y la toalla era

para envolverlos, para amortiguar el ruido.

—¿Y el oso de peluche?

Era de Anna-Marie Steiner y no mucho más grande que uno de los libros

de Liesel. Estaba gastado  y  tenía el pelo  enmarañado. Le habían recosido  los

ojos y las orejas varias veces, pero aun así seguía pareciendo muy tierno.

—Es uno de los golpes maestros —se explicó Rudy—. Es por si aparece un

niño cuando esté dentro. Se lo daré para tranquilizarlo.

—¿Y qué tienes pensado robar?

Se encogió de hombros.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Dinero, comida, joyas, lo que caiga en mis manos.

Parecía bastante sencillo.

 

Al cabo  de un  cuarto  de hora,  Liesel reparó  en el súbito  mutismo  de su

expresión y  comprendió  que Rudy Steiner  no iba  a robar  nada. La

determinación se  había esfumado  y  aunque  el chico  todavía soñaba con los

imaginarios laureles del delincuente, Liesel sabía que Rudy ya no se lo creía. Lo

intentaba y eso nunca era buena señal. Su grandeza criminal recogía velas ante

sus  ojos. Al ir  aflojando  el paso  y  contemplando  las  casas, Liesel se sintió

interiormente aliviada y entristecida.

Estaban en la Gelbstrasse.

Las casas se alzaban como enormes moles oscuras.

Rudy se quitó los zapatos y los sostuvo en una mano. En la otra llevaba la

caja de herramientas.

La luna asomaba entre las nubes. Tal vez más de un kilómetro de luz.

—¿A qué espero? —preguntó Rudy en voz alta, pero Liesel no contestó.

Rudy volvió  a abrir  la boca, pero  no  pronunció  palabra. Dejó  la  caja de

herramientas en el suelo y se sentó encima.

Se le había enfriado el ánimo.

—Por suerte llevas unos calzoncillos de repuesto en la caja de herramientas

—comentó Liesel, y vio que Rudy hacía esfuerzos para no reír.

 

Rudy cambió  de postura, volviéndose hacía  el otro  lado para dejar  sitio  a

Liesel.

La ladrona de libros  y  su mejor  amigo  estaban sentados  espalda contra

espalda en una caja de herramientas con partes rojas en medio de la calle. Cada

uno  miraba hacia un  lado distinto  y  así  siguieron un  buen rato. Cuando  se

levantaron para volver a casa, Rudy fue a cambiarse los calzoncillos y dejó los

usados en la calzada. Decidió hacerle un regalo a la Gelbstrasse.

 

LA VERDAD DE RUDY STEINER

«Creo que se me da mejor dejar cosas atrás que robarlas.»

 

Semanas  después, la caja de  herramientas  al menos acabó  sirviendo  para

algo. Rudy la vació  de martillos y  destornilladores  y  decidió  guardar  en ella

parte de los  objetos  valiosos  de los  Steiner  en previsión del siguiente

bombardeo. Lo único que no sacó fue el oso de peluche.

El 9 de marzo, Rudy la sacó de casa cuando las sirenas volvieron a hacerse

oír en Molching.

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Mientras  los  Steiner  corrían por  Himmelstrasse, Michael Holtzapfel

llamaba frenéticamente a la puerta de Rosa Hubermann. Les  informó  del

problema en cuanto Liesel y ella abrieron.

—Mi madre no quiere salir —les dijo. Seguía teniendo ciruelas de sangre en

el vendaje—. Está sentada en la cocina.

A pesar  de  las  semanas  transcurridas, frau Holtzapfel ni  siquiera había

empezado  a recuperarse. Durante las  visitas  de Liesel, la mujer  se pasaba la

mayor parte del tiempo con la mirada perdida en la ventana y hablaba con una

quietud  cercana  al  estancamiento; la brutalidad  y  el encono habían

desaparecido de sus gestos. Solía ser Michael el que despedía a Liesel o le daba

el café y las gracias. Y ahora eso.

Rosa entró en acción.

Cruzó la cancela sin perder tiempo y se plantó en la puerta.

—¡Holtzapfel! —Sólo  se oían  las  sirenas  y  a  Rosa—. ¡Holtzapfel, salga de

ahí ahora mismo, vieja asquerosa y ruin! —El tacto nunca había sido el punto

fuerte de Rosa—. ¡Si no sale, moriremos todos en la calle! —Se volvió hacia los

otros  dos, que esperaban impotentes  en la entrada. Una sirena acababa de

aullar—. ¿Y ahora qué?

Michael se encogió de hombros, perdido, confuso. Liesel dejó caer la bolsa

con los libros y lo miró.

—¡¿Puedo  entrar?! —le gritó  cuando  se oyó  un  nuevo  aullido, aunque no

esperó la respuesta.

Se acercó corriendo a la puerta y apartó a su madre de un empujón.

Frau Holtzapfel seguía impasible sentada a la mesa.

¿Qué le digo?, pensó Liesel.

¿Cómo hago que se mueva?

Cuando  las  sirenas  volvieron a coger  aire oyó  que  Rosa la llamaba. —

¡Déjala, Liesel, tenemos que irnos! Si quiere morirse, es asunto suyo...

Las  sirenas  se reanudaron en ese momento. Irrumpieron en la  casa  y

sofocaron la voz de Rosa.

Sólo había el ruido, una chica y una mujer enjuta.

—¡Frau Holtzapfel, por favor!

Como  en la conversación que mantuvo  con Ilsa Hermann  el día de los

dulces, tenía a mano innumerables palabras y frases. La diferencia estribaba en

que ese día además había bombas, ese día debía darse un poco más de prisa.

 

LAS OPCIONES

• Frau Holtzapfel  tenemos que irnos

• Frau Holtzapfel  si nos quedamos aquí  moriremos

• Todavía le queda un hijo

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

• Todo el mundo la está esperando

• Las bombas le volarán la cabeza

• Si no se viene conmigo  dejaré de venir a leerle y eso

significa que habrá perdido a su única amiga.

 

Probó con la última, intentando gritar  las  palabras  por  encima del

estruendo de las sirenas. Tenía las manos plantadas en la mesa.

La mujer la miró y tomó una decisión: se quedaba allí.

Liesel se fue. Se apartó de la mesa y salió corriendo de la casa.

 

Rosa le aguantó  la puerta de la cancela y  ambas  echaron a correr  hacia el

número cuarenta y cinco. Michael Holtzapfel parecía un náufrago abandonado

a su suerte en Himmelstrasse.

—¡Vamos! —le imploró Rosa, pero el soldado vaciló.

Estaba a punto de volver adentro cuando algo le hizo dar media vuelta. La

mano mutilada era lo  único  que lo  seguía  reteniendo a la  cancela  y,

avergonzado, la arrancó de allí y las siguió.

Todos  miraron atrás  varias  veces, pero  en ningún  momento  vieron  a frau

Holtzapfel.

La calle estaba desierta. Con el desvanecimiento  del último  aullido  en el

aire, las  únicas  tres  personas  que quedaban en Himmelstrasse se dirigieron

hacia el sótano de los Fiedler.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Rudy.

Sujetaba la caja de herramientas. Liesel dejó la bolsa de libros en el suelo y

se sentó encima.

—Estábamos intentando sacar a frau Holtzapfel de casa.

Rudy miró a su alrededor.

—¿Dónde está?

—En casa. En la cocina.

 

Michael se estremecía hecho un ovillo en el rincón más alejado del refugio.

—Tendría que haberme quedado  —no dejaba de repetir—, tendría que

haberme quedado, tendría que haberme quedado...

Su voz rozaba el silencio, pero sus ojos eran más contundentes que nunca.

Palpitaban furiosos  en  sus  cuencas  mientras  se estrujaba la mano herida y  la

sangre empapaba las vendas.

Rosa lo detuvo.

—Por favor, Michael, tú no tienes la culpa.

Sin embargo, el joven al que le quedaban pocos dedos en la mano derecha

no tenía consuelo. Se encogió ante la mirada de Rosa.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—Dígame algo, porque no entiendo... —le pidió. Se apoyó en la pared y se

dejó resbalar hasta quedar sentado—. Dígame, Rosa, ¿cómo puede quedarse allí

sentada dispuesta a morir mientras yo quiero seguir viviendo? —La sangre se

espesó—. ¿Por qué quiero vivir? No debería y, sin embargo, quiero vivir.

El joven lloró  desolado  con la mano de Rosa en su hombro. Los  demás

miraban. Ni siquiera pudo dejar de llorar cuando la puerta del sótano se abrió y

cerró y frau Holtzapfel entró en el refugio.

Su hijo la miró.

Rosa se hizo a un lado.

—Mamá, lo  siento, debería haberme quedado contigo  —se disculpó

Michael cuando se reunió con él.

Frau Holtzapfel no lo escuchó. Se limitó a sentarse a su lado y le levantó la

mano herida.

—Vuelves a sangrar —dijo.

Y esperaron sentados, igual que todos los demás.

Liesel metió la mano en la bolsa y rebuscó entre los libros.

 

EL BOMBARDEO DE MUNICH

9 Y 10 DE MARZO

Las bombas y la lectura amenizaron la larga noche. Tenía la

boca seca, pero la ladrona de libros leyó cuarenta y cuatro

páginas.

 

La mayoría de los  niños se habían dormido  y  no oyeron las  sirenas  que

anunciaban el fin del  peligro. Sus  padres  los  despertaron o  los  sacaron en

brazos del refugio hacia un mundo de oscuridad.

A lo  lejos, los  incendios  seguían vivos  y  yo  ya había recogido  a más  de

doscientas almas asesinadas.

Iba de camino a Molching, a por una más.

 

Himmelstrasse estaba despejada.

Habían esperado varias horas antes de hacer aullar de nuevo las sirenas por

temor a una nueva amenaza y para que el humo se disipara.

Fue Bettina Steiner la que se fijó en el pequeño incendio y en el lejano hilo

de humo que trepaba hacia el cielo cerca del Amper. La niña levantó un dedo.

—Mira.

 

Puede que la niña fuera la primera en verlo, pero Rudy fue el primero en

reaccionar. A pesar de las prisas no soltó la caja de herramientas mientras corría

por  Himmelstrasse y  cruzaba varias  calles  laterales  hasta adentrarse en la

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

arboleda. La siguiente fue Liesel —después  de entregar  los  libros  a una

notoriamente disconforme Rosa—, seguida de  cuatro  gatos  y  poco  más, que

también salían en esos momentos de otros refugios.

—¡Rudy, espera!

Rudy no esperó.

De vez en cuando  Liesel vislumbraba la caja de herramientas  entre los

árboles  a medida que Rudy iba  abriéndose camino hacia el resplandor

agonizante y el brumoso avión, el cual descansaba humeante en el claro junto al

río, donde el piloto había intentado aterrizar.

 

Rudy se detuvo a unos veinte metros del aparato.

Cuando llegué, lo vi allí de pie, intentando recuperar el aliento.

Las ramas de los árboles se esparcían en la oscuridad.

Había arbustos  y  troncos  por  todas  partes  rodeando el avión, como  si  se

tratara de leña apilada para encender una hoguera. A uno de los lados se abrían

tres profundos cortes en el suelo. El desenfrenado tictac del metal enfriándose

aceleró  el paso  de los  minutos  y  los  segundos  y  les  hizo  pensar  que llevaban

horas allí. Cada vez iba congregándose más gente detrás de ellos, cuyos alientos

y conversaciones se pegaban a la espalda de Liesel.

—Bueno, ¿echamos un vistazo? —propuso Rudy.

Dejó atrás el lindar de los árboles y se acercó al cuerpo del avión encajado

en el suelo. Tenía el morro en el agua y las alas se le habían torcido hacia atrás.

Rudy lo rodeó lentamente, empezando por la cola.

—Hay cristales —advirtió—. Hay trocitos de parabrisas por todas partes.

Entonces vio el cuerpo.

 

Rudy Steiner nunca había visto a nadie tan pálido.

—No vengas, Liesel.

Pero Liesel fue.

Vio  el rostro  apenas  consciente del piloto  enemigo, junto  a los  atentos

árboles  y  el caudaloso  río. El avión dio  sus  últimas  boqueadas  y  el piloto,

ladeando la cabeza, dijo algo que, obviamente, no entendieron.

—Jesús, María y José —balbució Rudy—. Está vivo.

La caja de herramientas golpeó un lado del avión y despertó un rumor de

voces y pasos humanos.

El resplandor  del incendio  se había extinguido  y  había quedado  una

mañana serena y  oscura. Lo  único  que todavía se  resistía era el humo, pero

pronto se disiparía.

La muralla de árboles  mantenía alejado  el color  de Munich en llamas. A

esas alturas, la visión del chico  se había acostumbrado no sólo a la oscuridad,

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

sino también al rostro del piloto. Sus ojos parecían manchas de café y unos tajos

le cubrían las  mejillas  y  la barbilla de renglones. Un uniforme arrugado

descansaba, indisciplinado, sobre su pecho.

 

A pesar de la advertencia de Rudy, Liesel se acercó aún más y te prometo

que nos reconocimos en ese momento.

Te conozco, pensé.

Había un tren y un niño tosiendo. Había nieve y una niña destrozada por el

dolor.

Has crecido, pero te reconozco.

Ni retrocedió ni me plantó cara, pero sé que algo le dijo a la joven que yo

estaba allí. ¿Olió mi aliento? ¿Oyó mi malhadado latido circular, que da vueltas

y más vueltas en mi sepulcral pecho? No lo sé, pero ella me reconoció, me miró

a la cara y no apartó la vista.

Cuando  el cielo  de carboncillo empezó  a clarear, cada una siguió  su

camino. Nos  quedamos  mirando  al chico  que, revolviendo en  la caja de

herramientas, apartó  unas  fotografías  enmarcadas  y  sacó  un  pequeño  y

amarillento peluche.

Trepó con cuidado hasta el hombre agonizante.

Dejó el sonriente oso de peluche sobre el hombro del piloto, con suavidad.

La punta de la orejita le tocaba el cuello.

El hombre agonizante lo  olió. Habló. Dijo  «Gracias» en  inglés. Los

renglones  se separaron al abrir  la boca y  una gotita de sangre le rodó  por  el

cuello.

—¿Qué? —preguntó Rudy—. Was hast du gesagt? ¿Qué has dicho?

Por  desgracia, me  adelanté a la respuesta. Había llegado  el momento, y

metí  las  manos en la cabina. Extraje despacio  el alma del piloto  del uniforme

arrugado y lo rescaté del aparato estrellado. Los curiosos se entretuvieron con

el silencio mientras me abría camino entre ellos, a empujones.

Lo  cierto  es  que durante  los  años que duró  la hegemonía de Hitler, nadie

logró servir al Führer con mayor lealtad que yo. El corazón de los humanos no

es  como  el mío. El de los  humanos es  una línea,  mientras  que el  mío  es  un

círculo  y  poseo  la  infinita habilidad de estar  en el lugar  apropiado  en el

momento oportuno. La consecuencia es que siempre encuentro humanos en su

mejor y en su peor momento. Veo su fealdad y su belleza y me pregunto cómo

ambas pueden ser lo mismo. Sin embargo, tienen algo que les envidio: al menos

los humanos tienen el buen juicio de morir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De vuelta en casa

 

 

 

 

 

Fue una época de  delincuentes, aviones  estrellados y  ositos  de peluche,

pero  el primer  trimestre de 1943 finalizaría con una nota positiva para la

ladrona de libros.

A principios de abril, Hans Hubermann se subió a un tren con dirección a

Munich con una escayola que le cubría la pierna hasta la rodilla. Le concedieron

una semana de descanso en casa antes de engrosar las listas de chupatintas del

ejército en la ciudad. Tendría que echar una mano en los trámites burocráticos

para llevar  a cabo  la retirada de escombros  de fábricas, casas, iglesias  y

hospitales de Munich. El tiempo diría si lo devolvían a la calle para encargarse

de las reparaciones. Todo dependía del estado de su pierna y de la ciudad.

 

Ya había oscurecido cuando llegó a casa un día después de lo esperado. El

tren había sufrido un retraso a causa de una amenaza de bombardeo aéreo. Se

plantó  ante  la puerta del número  treinta y  tres  de Himmelstrasse  y  cerró  la

mano en un puño.

Cuatro años antes, habían tenido que obligar a Liesel Meminger a traspasar

esa misma verja  por  primera vez. Max  Vandenburg  había estado  allí  con una

llave que le quemaba en la mano. Ahora le tocaba a Hans Hubermann. Llamó

cuatro veces y respondió la ladrona de libros.

—Papá, papá.

Debió de decirlo cientos de veces, abrazada a él en la cocina, resistiéndose a

soltarlo.

Más  tarde, después  de cenar, Hans  les  contó  todo  a su mujer  y  a  Liesel,

sentados a la mesa de la cocina hasta entrada la noche. Les habló de la LSE, de

las  calles  llenas  de humo  y  de las  pobres  almas  que vagaban perdidas. Y  de

Reinhold Zucker. Del pobre imbécil de Reinhold Zucker. Le llevó horas.

Liesel  se fue a  la cama a la una de la  madrugada y  su padre entró  en el

dormitorio  para sentarse a su lado, como  solía hacer. La joven se despertó  en

varias ocasiones para comprobar que seguía allí y él no le falló ni una sola vez.

Fue una noche tranquila.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

La dicha hacía de su cama un lugar cálido y apacible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DÉCIMA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ladrona de libros

 

 

 

Presenta:

 

 

 

el fin del mundo — el nonagésimo octavo día — un instigador de guerras — el

estilo de las palabras — una joven catatónica — confesiones — el librito negro

de Ilsa Hermann — unos aviones con caja torácica — y una montaña de

escombros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El fin del mundo (parte I)

 

 

 

 

 

Te ofrezco un nuevo atisbo del final. Tal vez lo haga con el fin de suavizar

el golpe posterior  o  para prepararme mejor  cuando  llegue  el momento  de

explicarlo. De cualquier modo, debo informarte de que llovía en Himmelstrasse

cuando el mundo se acabó para Liesel Meminger.

El cielo goteaba.

Como un grifo que un niño no ha conseguido cerrar por completo a pesar

de haberlo  intentado  con todas  sus  fuerzas. Las  primeras  gotas  eran frías. Las

sentí en las manos cuando esperaba a la puerta de la tienda de frau Diller.

 

Los oí en lo alto.

Levanté  la vista y  vi  los  aviones  de lata en el cielo  encapotado. Vi  cómo

abrían sus  barrigas  y  dejaban caer  las  bombas  con toda tranquilidad. No

acertaron, claro. No solían estar acertados.

 

UNA PEQUEÑA Y

TRISTE ESPERANZA

Nadie quería bombardear Himmelstrasse.

Nadie bombardearía un lugar llamado paraíso, ¿no? ¿No?

 

Las bombas cayeron, y las nubes no tardarían en arder ni las frías gotas de

lluvia en convertirse en cenizas. Nevarían abrasadores copos de nieve.

Para abreviar, Himmelstrasse quedó arrasada.

Las  casas  saltaron por  los  aires  y  salpicaron la acera de  enfrente.  Sobre  el

destrozado suelo, una fotografía enmarcada de un Führer de porte serio acabó

machacada. Aun así, sonreía, con su gravedad acostumbrada. Él sabía algo que

los demás ignorábamos. Aunque yo sabía algo que él ignoraba. Y todo sucedió

mientras la gente dormía.

Rudy Steiner  dormía. Hans  y  Rosa dormían. Frau  Holtzapfel, frau Diller.

Tommy Müller. Todos dormían. Todos murieron.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

Sólo sobrevivió una persona.

Sobrevivió porque estaba en un sótano releyendo la historia de su vida en

busca de errores. Habían considerado  que el habitáculo  no estaba a suficiente

profundidad, pero esa noche, el 7 de octubre, bastó. Las ruinosas estructuras se

fueron desmoronando  despacio  y  horas  después, cuando  el extraño y

desaliñado silencio se impuso en Molching, la LSE local oyó algo. Un eco. Por

allí abajo, en algún lugar, una niña golpeaba con furor un bote de pintura con

un lápiz.

Se detuvieron, aguzando el oído, y se pusieron a cavar en cuanto volvieron

a oír el sonido.

 

OBJETOS QUE PASAN

DE MANO EN MANO

Bloques de cemento y tejas. Un trozo de pared con un sol

chorreante pintado en él. Un acordeón de aspecto triste

asomando a través de la funda carcomida.

 

Lo apartaron todo.

Uno  de ellos vio  el cabello  de la ladrona de libros  al retirar  un  bloque de

pared desmoronada.

El hombre se puso a reír, complacido. Traía al mundo una recién nacida.

—Es increíble... ¡Está viva!

El júbilo se extendió  a los  hombres  que  iban acercándose mientras

anunciaban la buena nueva; sin  embargo, no pude compartir  enteramente su

entusiasmo.

Antes, había acogido a su padre en un brazo y a su madre en el otro. Tenían

el alma suave.

 

Habían amortajado  sus  cuerpos  un  poco  más  allá, como  el de  todos  los

demás. Los preciosos ojos plateados de Hans habían empezado a oxidarse y los

labios acartonados de Rosa habían quedado medio abiertos, seguramente en un

ronquido inconcluso. Para blasfemar como los alemanes: Jesús, María y José.

 

Las manos tiraron de Liesel y le sacudieron los cascotes de la ropa.

—Jovencita, las  sirenas  avisaron demasiado  tarde —le contaron—. ¿Qué

hacías en el sótano? ¿Cómo lo sabías?

No  repararon en que la niña  todavía llevaba el libro  en las  manos.

Respondió con un grito. El prodigioso grito de los vivos.

—¡Papá!

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Una segunda vez. Su rostro  se contrajo  al alcanzar  un  tono más  alto, más

angustiado.

—¡Papá, papá!

Fueron pasándola de mano en mano para sacarla de allí mientras no dejaba

de gritar, gemir y llorar. Si estaba herida, aún tardarían en descubrirlo, pues se

zafó de ellos y buscó, llamó y siguió sollozando.

 

No se había desprendido del libro.

Se aferraba con desesperación a las palabras que le habían salvado la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El nonagésimo octavo día

 

 

 

 

 

Todo fue bien durante los primeros noventa y siete días tras el regreso de

Hans Hubermann, en abril de 1943. Solía quedarse pensativo imaginando a su

hijo en el frente de Stalingrado, con la esperanza de que por las venas del joven

corriera algo de su suerte.

A la tercera noche de su regreso, tocó  el  acordeón en la cocina. Una

promesa era una promesa. Hubo música, sopa, chistes y la risa de una niña de

catorce años.

—Saumensch, deja de armar tanto escándalo con esas risas  —le advirtió su

madre—. Sus chistes no tienen tanta gracia. Además, son verdes...

Hans se reincorporó al trabajo al cabo de una semana, en una de las oficinas

del ejército, en la ciudad. Le contó a su familia que tenían una buena provisión

de cigarrillos y  comida, y  de  vez  en cuando  llevaba galletas  o  un  poco  de

mermelada a casa. Era como  en los  viejos  tiempos. Un bombardeo  aéreo  de

poca importancia en mayo. Un «Heil Hitler!» por aquí o por allá. Todo iba bien.

Hasta el nonagésimo octavo día.

 

PEQUEÑO COMENTARIO

DE UNA ANCIANA

En Münchenstrasse, dijo: «Jesús, María y José, ojalá no los

hicieran pasar por aquí. Esos condenados judíos traen mala

suerte. Son una mala señal. Es verlos y saber que sólo nos

traerán desgracias».

 

Era la misma anciana que anunció a los judíos la primera vez que Liesel los

vio. A la altura de la calle, su rostro era una pasa, sus ojos tenían el color azul

oscuro de una vena y su predicción resultó bastante acertada.

 

En  pleno  verano, Molching recibió  una señal de lo  que el destino le

deparaba. Se anunció  como  solía hacerlo: primero  los  movimientos  de cabeza

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

de un  soldado  y  su  arma asomando  por  detrás, apuntando al aire. A

continuación, una tintineante cadena de judíos.

Esta vez la única diferencia estribaba en que procedían de la dirección

contraria. Los  llevaban a la ciudad vecina de Nebling  para que despejaran las

calles  y  realizaran las  tareas  de limpieza  que el ejército  se  negaba a efectuar.

Volvieron al campo  de concentración al acabar  el día, a paso  lento  y  cansado,

derrotados.

Una vez más, Liesel buscó  a Max  Vandenburg  pensando  que bien  podría

haber  acabado  en Dachau  sin que antes  hubiera tenido  que  desfilar  por

Molching. No estaba. Esa vez no.

Aunque tiempo  al tiempo, porque una cálida  tarde de agosto, Max

desfilaría por la ciudad con los demás. Sin embargo, a diferencia de los otros, él

no miraría fijamente  la carretera, no se volvería al azar  hacia las  gradas

alemanas del Führer.

 

UN APUNTE ACERCA

DE MAX VANDENBURG

Buscaría a una joven ladrona de libros entre los rostros de

Münchenstrasse.

 

En  aquella ocasión, en julio, aquel  día que Liesel calculó  como  el

nonagésimo  octavo  después  del regreso  de su padre, se quedó  allí, de pie, y

estudió la masa en movimiento de fúnebres judíos... buscando a Max. Al menos

eso aliviaba el dolor de no hacer otra cosa que mirar.

«Es  una idea repugnante», escribiría en el sótano de Himmelstrasse, pero

sabía que era cierto. Dolía contemplarlos. ¿Y  el dolor  de ellos?  ¿Y  el dolor  de

unos  zapatos  que sólo  sabían tropezar  y  el de su tormento  y  el de las  puertas

del campo al cerrarse?

 

Atravesaron la ciudad dos veces en diez días y, poco después, se demostró

que la anónima mujer de cara de pasa de Münchenstrasse estaba totalmente en

lo  cierto. El sufrimiento  había aparecido  y  si culparon a los  judíos  por  ser  sus

anunciadores  o  su prólogo,  también deberían  haber  culpado al Führer  y  a su

obsesión con  Rusia  como  la verdadera causa... porque más  tarde,  un  día de

julio, cuando  Himmelstrasse se despertó, se encontró  con un  soldado  muerto.

Colgaba de una de  las  vigas  de una lavandería, no lejos  de la  tienda de frau

Diller. Otro péndulo humano. Otro reloj, parado.

El descuidado dueño había dejado la puerta abierta.

 

 

 

 

 

 

 

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24 DE JULIO, 6.03 DE LA MAÑANA

En la lavandería hacía calor, las vigas eran firmes y Michael

Holtzapfel saltó de la silla como si lo hiciera desde un

precipicio.

 

En aquella época mucha gente me perseguía, me reclamaba y me pedía que

me la llevara. Unos  pocos  llamaban mi atención por  casualidad  y  me

susurraban al oído con voz apagada.

Llévame, decían, y  no  había forma de  que callaran. Tenían  miedo, de

acuerdo, pero no de mí. Les asustaba echarlo todo a perder y tener que volver a

enfrentarse a ellos mismos y al mundo y a gente como tú.

Estaba atada de manos.

Eran muy ingeniosos,  contaban  con muchos  recursos y, cuando  les  salía

bien, fuera cual  fuese  el método  que  hubieran escogido, me era imposible

rechazarlos.

Michael Holtzapfel sabía lo que hacía.

Se mató por querer vivir.

Por descontado, no vi a Liesel Meminger aquel día. Como suele ocurrir en

estos  casos, me dije que tenía demasiado trabajo  para quedarme en

Himmelstrasse a escuchar los  lamentos. Es  duro  cuando  alguien te sorprende

con las manos en la masa, así que tomé la habitual decisión de retirarme hacia el

sol matutino.

No oí estallar la voz de un anciano cuando encontró el cuerpo colgando, ni

los  correteos  o  los  atónitos  gritos  ahogados  de la gente que iba llegando.

Tampoco oí murmurar a un hombre esquelético y con bigote: «Qué lástima, es

una verdadera lástima...».

No vi a frau Holtzapfel tendida en Himmelstrasse, con los brazos abiertos y

el rostro  desfigurado  por  la desesperación. No, todo  eso  se me pasó  por  alto

hasta que volví unos meses después y leí algo titulado  La ladrona de libros. Me

enteré de que no fue  la mano herida ni ninguna  otra herida lo  que acabó

finalmente con Michael Holtzapfel, sino la culpa de estar vivo.

Tiempo antes de su muerte, la niña se había percatado de que Michael no

dormía, que las  noches  eran como  un  veneno. Suelo  imaginármelo  desvelado,

sudando entre sábanas de nieve o viendo las piernas cercenadas de su hermano.

Liesel escribió que en varias ocasiones estuvo a punto de hablarle de su propio

hermano como lo había hecho con Max, pero parecía existir una gran diferencia

entre una tos  de largo  recorrido  y  dos  piernas  desaparecidas. ¿Cómo  se

consuela a un  hombre que ha visto  algo  así?  ¿Le dices  que el  Führer  está

orgulloso  de él, que el Führer  lo  estima por  lo  que ha hecho en Stalingrado?

¿Cómo  te atreves  siquiera?  Lo  único  que puedes  hacer  es  dejarlo  hablar. Por

 

 

 

 

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descontado, el problema es  que esa clase de gente se guarda las palabras  más

importantes  para después, para cuando  los  humanos que los  rodean tienen la

desgracia de encontrarlos. Una nota, una frase, incluso  una  pregunta o  una

carta, como en la de Himmelstrasse en julio de 1943.

 

MICHAEL HOLTZAPFEL

EL ÚLTIMO ADIÓS

Querida madre:

¿Me perdonarás? Ya no podía soportarlo más. Voy a reunirme

con Robert. No me importa lo que los malditos católicos

tengan que decir al respecto, tiene que haber un lugar en el

cielo para los que han estado donde he estado yo. Puede que

creas que no te quiero por lo que te he hecho, pero te quiero.

Tu Michael

 

Le pidieron a Hans  Hubermann  que fuera él quien se lo  dijera a frau

Holtzapfel. Hans se quedó en el umbral de la puerta y ella debió de verlo en su

cara. Dos hijos en seis meses.

El sol de la mañana resplandecía a su espalda cuando la enjuta mujer pasó

por su lado, dándole un empujón. Sollozante, acudió corriendo al lugar donde

se reunía la gente, al  final  de Himmelstrasse. Repitió  el nombre  de Michael

veinticinco  veces  como  mínimo, pero  Michael ya había  contestado. Según  la

ladrona de libros, frau Holtzapfel estuvo  abrazando el cuerpo  cerca de una

hora. Luego se volvió hacia el sol cegador de Himmelstrasse y se sentó. Ya no

podía caminar.

La gente observaba de lejos. Era más fácil desde cierta distancia.

Hans Hubermann se sentó a su lado.

Le cogió las manos cuando ella se tumbó en el duro suelo.

Dejó que sus gritos inundaran la calle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El instigador de guerras

 

 

 

 

 

Qué olor a ataúd recién tallado. Ropas negras. Enormes bolsas bajo los ojos.

Liesel estaba junto a los demás, en la hierba. Había leído para frau Holtzapfel

esa misma tarde. El repartidor de sueños, el favorito de su vecina.

La verdad es que fue un día bastante ajetreado.

 

27 DE JULIO DE 1943

Michael Holtzapfel fue enterrado y la ladrona de libros leyó a

los afligidos. Los aliados bombardearon Hamburgo...

A propósito, es una suerte que, en cierta forma, yo sea capaz

de hacer milagros. Nadie más podría llevarse cerca de cuarenta

y cinco mil personas en tan poco tiempo. Ni en un millón de

años humanos.

 

Los  alemanes  estaban empezando a pagarlo  con  creces. Al Führer  le

empezaban a temblar las rodillitas.

Aun así, tengo que reconocerle algo a ese Führer.

Desde luego, tenía una voluntad férrea.

En  ningún  momento  se aflojó  el ritmo  durante  la guerra, ni  se redujo  el

castigo y exterminio de una plaga judía. Aunque la mayoría de los campos de

exterminio estaban desperdigados por toda Europa, todavía quedaban algunos

en la propia Alemania.

Aún se obligaba a mucha gente a trabajar en esos campos, y a caminar.

Max Vandenburg era uno de esos judíos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El estilo de las palabras

 

 

 

 

 

Ocurrió en una pequeña ciudad del feudo de Hitler.

Habían conseguido  controlar  el torrente de sufrimiento, pero  llegó  otra

pequeña porción. Un  grupo  de judíos  había  sido  obligado  a  desfilar  en  las

afueras  de Munich y  una adolescente hizo  lo  impensable: se abrió  paso  para

caminar con ellos. Cuando  los  soldados  la apartaron con brusquedad y  la

tiraron al suelo, ella volvió a levantarse. Y continuó.

 

Esa mañana hacía calor.

Otro bonito día para un desfile.

 

Los  soldados  y  los  judíos  habían  cruzado  varias  ciudades  y  estaban

llegando  a Molching.  Era posible que el campo  de concentración requiriera

trabajos de reparación o que hubieran muerto algunos presos. Por la razón que

fuera, conducían a pie un  nuevo  cargamento  de judíos  extenuados  hasta

Dachau.

Liesel corrió  a Münchenstrasse como  solía hacer, donde se reunió  con el

habitual grupo de espectadores.

 

—Heil Hitler!

Oyó al primer soldado desde lejos, y hacia él se encaminó abriéndose paso

entre la multitud, al encuentro de la procesión. La voz la había dejado pasmada,

convirtiendo el cielo  infinito  en un  techo a la altura de la cabeza del soldado,

contra el que rebotaban las palabras que acababan a los renqueantes pies de los

judíos.

Los ojos de aquellos hombres y mujeres.

Observaban el movimiento  en las  calles, uno  tras  otro. En  cuanto  Liesel

encontró  una buena posición, se detuvo  y  los  estudió  con detenimiento.

Repasaba rápidamente cada rostro  intentando  relacionarlos  con  el judío  que

escribió El vigilante y El árbol de las palabras.

Pelo de plumas, pensó.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

No, pelo de cañas. Ese es el aspecto que tiene cuando lo lleva sucio. Busca

pelo de cañas y ojos cenagosos y una barba rasposa.

 

Dios, había tantos...

Tantos juegos de miradas agónicas y pasos arrastrándose.

Liesel siguió buscando y no fue el reconocimiento de unos rasgos faciales lo

que descubrió  a Max  Vandenburg, sino el  modo  en que se comportaba su

rostro, porque él también buscaba entre la multitud. Concentrado. Liesel sintió

que todo se detenía cuando dio con los únicos ojos que miraban directamente a

la cara a los  espectadores  alemanes. Los  estudiaba con tal intensidad que la

gente que rodeaba a la ladrona de libros se percató y lo señaló.

—¿Qué mira ese? —preguntó a su lado una voz masculina.

 

La ladrona de libros bajó del bordillo.

Moverse nunca había  sido  una carga tan pesada. Su pecho adolescente

nunca había sentido el corazón tan henchido. Dio un paso al frente.

—Me busca a mí —dijo con un hilo de voz.

 

Su voz  se fue apagando  y  cayó  en picado  por  su garganta. Tuvo  que

reencontrarla, rebuscando en el fondo, para aprender a hablar de nuevo y decir

su nombre. Max.

 

—¡Max, estoy aquí!

Más alto.

—¡Max, estoy aquí!

La oyó.

 

MAX VANDENBURG,

AGOSTO DE 1943

Allí estaba, con el pelo hecho unas ramas secas, como

imaginaba Liesel, y los ojos cenagosos que se abrieron paso

hacia ella, saltando de hombro judío en hombro judío. La

miraron suplicantes al llegar a su lado. La barba ocultaba el

rostro y le temblaron los labios cuando pronunció la palabra,

el nombre, la niña. Liesel.

 

Liesel se desmarcó definitivamente de la multitud y se adentró en la marea

de judíos, abriéndose paso entre ellos hasta que se aferró al brazo de Max con

una mano.

El rostro de Max dio con ella.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se agachó cuando Liesel tropezó y el judío, el asqueroso judío, la ayudó a

levantarse. Necesitó de todas sus fuerzas.

—Estoy aquí, Max —repitió—, estoy aquí.

—No  puedo  creerlo... —Las  palabras  se deslizaban por  los  labios  de Max

Vandenburg—. Mira cómo  has  crecido. —Había una profunda tristeza en sus

ojos. Se llenaron de lágrimas—. Liesel... me cogieron hace unos meses. —Tenía

la voz herida, pero logró llegar hasta la chica—. A medio camino de Stuttgart.

Desde dentro, el torrente de judíos era un turbio caos de brazos y piernas.

De uniformes  hechos jirones. Los  soldados  todavía no la habían visto, por  lo

que Max la avisó.

—Tienes que soltarme, Liesel.

Incluso intentó apartarla de un empujón, pero la niña era demasiado fuerte.

Los famélicos brazos de Max no lograron convencerla y ella siguió caminando a

su lado, entre la mugre, el hambre y la confusión.

Al cabo de muchos pasos, un soldado se fijó en ella.

—¡Eh! —le llamó  la  atención, apuntándola con el látigo—.  Eh, niña, ¿qué

haces? Sal de ahí.

Al ver que lo ignoraba por completo, el soldado se abrió paso a empujones,

separando con el brazo el pringue que los unía. Liesel seguía avanzando como

podía cuando  se  percató  de la agónica expresión de Max  Vandenburg  ante  la

inminente aparición del soldado. Lo había visto asustado, pero nunca como en

ese momento.

El soldado la cogió.

Sus manos rasgaron la ropa de Liesel.

La joven sintió  los  huesos  de los  dedos  y  la bola de  los  nudillos. Le

arañaron la piel.

—¡He dicho que salgas! —le ordenó, y la arrastró hasta la acera, donde la

arrojó contra el muro de expectantes alemanes.

Cada vez hacía más calor. El sol le quemaba la cara. La niña quedó tendida

en el suelo, dolorida, pero  volvió  a levantarse. Se recompuso  y  esperó... para

volver a entrar.

Esta vez Liesel se abrió paso desde la retaguardia.

Delante sólo veía el inconfundible ramaje, hacia el que encaminó sus pasos.

Esta vez no  lo  alcanzó, se detuvo. Allí, en algún lugar  dentro  de ella,

estaban las almas de las palabras. Salieron trepando hacia fuera y se colocaron a

su lado.

—Max —lo llamó. El judío se volvió y cerró los ojos un instante—. «Había

una vez un  hombre bajito  y  extraño» —continuó  la joven. Tenía los  brazos

colgando, pero  cerraba las  manos en un puño—. Aunque también había una

recolectora de palabras.

 

 

 

 

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Uno de los judíos de camino a Dachau había dejado de andar.

Estaba totalmente inmóvil mientras  los  demás  lo  esquivaban, taciturnos,

abandonándolo  a su suerte. Sus  ojos  vacilaron. Fue todo  muy sencillo: las

palabras pasaron de la joven al judío, treparon hacia él.

 

Cuando  la niña volvió  a hablar, las  preguntas tropezaron en su boca.

Lágrimas  calientes  luchaban por  hacerse sitio  en sus  ojos, pero  ella estaba

decidida a retenerlas. Mejor mantenerse firme, con orgullo. Que se encargaran

las palabras.

—«¿De verdad eres  tú?, preguntó  el  joven» —dijo  Liesel—. «¿Fue de tu

mejilla de donde recogí la semilla?»

 

Max Vandenburg permaneció firme.

No se cayó de rodillas.

La gente, los judíos y las nubes, todos se detuvieron. A mirar.

Max  observó  a la joven y  luego  volvió  la vista hacia el vasto  y

resplandeciente cielo azul. Contundentes rayos —columnas de sol— alcanzaban

maravillados la calzada al azar. Las nubes arquearon la espalda para echar un

vistazo atrás al reanudar la marcha.

—Hace un día precioso —dijo Max con voz quebrada.

Un gran día para morir. Un gran día para morir así.

Liesel se acercó  y  esta vez encontró  el valor  para alargar  una mano y

acariciar su barbuda mejilla.

—¿De verdad eres tú, Max?

Qué espléndido día alemán, con su atenta multitud.

Max dejó que sus labios besaran la palma de la joven.

—Sí, Liesel, soy yo.

Con su mano, sostuvo la de Liesel sobre su mejilla y lloró entre sus dedos.

Lloraba mientras los soldados se acercaban y un pequeño grupo de insolentes

judíos los miraba.

Lo azotaron, en pie.

—Max —sollozó la niña.

Pronunció  su nombre otra vez,  en silencio, mientras  la sacaban a  rastras:

Max.

El púgil judío.

En su interior, Liesel lo dijo todo.

Maxi  Taxi. Así es  como  ese amigo  tuyo  te llamaba en  Sttutgart  cuando

peleabas  en  la calle, ¿te acuerdas?  ¿Te acuerdas, Max?    me lo  contaste. Lo

recuerdo todo...

 

 

 

 

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Ese eras tú, el chico de los puños de acero, y dijiste que la muerte sentiría tu

puño en su cara cuando viniera a por ti.

¿Recuerdas el muñeco de nieve, Max?

¿Lo recuerdas?

¿En el sótano?

¿Recuerdas la nube blanca de corazón gris?

El Führer todavía baja algunas veces preguntando por ti. Te echa de menos.

Todos te echamos de menos.

El látigo. El látigo.

 

El látigo  era una continuación de  la mano del soldado. Se abatió  sobre  la

cara de Max. Le azotó la barbilla y le abrió un surco en el cuello.

Max se desplomó y el soldado se volvió hacia la niña. Con la boca abierta.

Tenía unos dientes inmaculados.

Una imagen repentina resplandeció ante los ojos de Liesel. Recordó el día

en que deseó que la abofeteara Ilsa Hermann o, al menos, la infalible Rosa, pero

ninguna de las dos lo hizo. Esta vez no la decepcionaron.

El látigo le hizo un corte en la clavícula y le alcanzó el omoplato.

—¡Liesel!

Reconoció la voz.

Cuando el soldado echó el brazo hacia atrás, Liesel vislumbró entre la gente

a un  Rudy Steiner  aterrado. La estaba  llamando. Distinguió  el rostro

atormentado y el cabello rubio.

—¡Liesel, sal de ahí!

La ladrona de libros no se movió.

Liesel cerró los ojos y en su cuerpo se abrió una nueva y abrasadora veta, y

otra más, hasta que cayó contra el cálido suelo, que le calentó la mejilla.

Llegaron más palabras, esta vez del soldado.

—Steh'auf. —La lacónica frase iba dirigida al judío, no a la joven, aunque no

tardó en desarrollarla—. Levántate, asqueroso imbécil, puerco judío, levántate,

levántate...

 

Max se puso en pie como pudo.

Una flexión más, Max.

Una flexión más en el frío suelo del sótano.

Movió los pies.

Los arrastró y continuó su camino.

Le temblaban las  piernas  y  se pasaba las  manos por  las  marcas  de los

latigazos, para calmar  el escozor.  Cuando  intentó  volver  a  buscar  a Liesel, las

 

 

 

 

 

 

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manos del soldado  lo  cogieron por  los  hombros  ensangrentados  y  lo

empujaron.

 

Llegó el niño. Dobló las larguiruchas piernas y llamó a alguien, a su lado.

—Tommy, ven aquí  y  ayúdame. Hay que sacarla de aquí. ¡Tommy, date

prisa! —Levantó a la ladrona de libros por las axilas—. Liesel, vamos, tienes que

salir de la calle.

Cuando  Liesel logró  ponerse en pie, miró  a los  atónitos  y  conmocionados

alemanes, recién sacados de su envoltorio. Se había dejado caer a sus pies, pero

sólo  un  momento.  Un roce encendió  un  fósforo  en la  mejilla que había

impactado contra el suelo. Cada latido la hacía temblar.

Vio las piernas y los talones desdibujados de los últimos judíos errantes al

final de la calle.

 

La cara le ardía y sentía un acuciante dolor en los brazos y las piernas, un

entumecimiento molesto y extenuante al mismo tiempo.

Se puso en pie otra vez.

Fuera de sí, se puso  a caminar y  enseguida echó a correr  por

Münchenstrasse tras los últimos pasos de Max Vandenburg.

—Liesel, ¡¿qué haces?!

Se escapó  del lazo de las  palabras  de Rudy  e hizo  caso  omiso  de la gente

que la miraba al pasar por su lado. La mayoría de ellos estaban mudos. Estatuas

con corazones. Como  espectadores  del último  tramo  de una maratón. Liesel

volvió a gritar, pero no la oyeron. El pelo le tapaba los ojos.

—¡Por favor, Max!

Unos treinta metros después, justo cuando un soldado se volvía, derribaron

a la chica. Unas manos la agarraron por detrás y el chico de la puerta de al lado

la tiró  al suelo. La obligó  a arrodillarse en la calle, y  por  ello fue castigado,

aunque recibió  los  puñetazos  como  si  fueran regalos. Aceptó  las  manos y  los

codos  huesudos  con  apenas  unos  breves  quejidos. Fue acumulando  las

violentas y pastosas raciones de saliva y lágrimas como si fueran lo que su cara

necesitaba y, lo más importante, logró que no se levantara.

 

Un niño y una niña se entrelazaban en Münchenstrasse.

Se retorcían, incómodos, en el asfalto.

Juntos, vieron desaparecer a los humanos. Los vieron disolverse en el aire

húmedo como si fueran grageas en movimiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Confesiones

 

 

 

 

 

En  cuanto  los  judíos  desaparecieron, Rudy  y  Liesel se  separaron. La

ladrona de libros  no abrió  la boca. Las  preguntas  de Rudy quedaron sin

respuesta.

Liesel no se fue a casa. Abatida, se dirigió a la estación de tren a esperar a

su padre, que no llegaría hasta al cabo  de unas  horas. Rudy la acompañó  los

primeros veinte minutos, pero como todavía faltaba más de medio día para que

Hans volviera a casa, fue en busca de Rosa. Le explicó lo que había ocurrido por

el camino. Rosa ya había encajado  todas  las  piezas  del rompecabezas  cuando

llegó  a la estación, por  lo  que no le preguntó  nada, se limitó  a quedarse a su

lado hasta que al final logró  convencerla para que se sentara. Lo  esperaron

juntas.

Hans  dejó  caer  la  bolsa y  dio  patadas  al aire de la  Bahnhof  cuando  se lo

explicaron.

Esa noche no cenaron. Los  dedos  de Hans  profanaron el acordeón: por

mucho que lo intentara, asesinaba una canción tras otra. Ya nada salía bien.

 

La ladrona de libros guardó cama tres días seguidos.

Mañana y  tarde, Rudy Steiner  llamaba a  la  puerta y  preguntaba si seguía

enferma. Liesel no estaba enferma.

 

Al cuarto  día, Liesel se acercó  a la puerta de su vecino de enfrente  y  le

preguntó  si  le apetecía acompañarla a la  arboleda, donde habían  repartido  el

pan el año anterior.

—Te lo tendría que haber contado antes —admitió.

Avanzaron  un  buen trecho por  la carretera  que conducía a Dachau. Se

adentraron entre los  árboles. Las  largas  figuras de luces  y  sombras estaban

salpicadas de piñas, que parecían galletas esparcidas.

Gracias, Rudy.

Por todo. Por ayudarme, por detenerme...

No lo dijo.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Descansaba una mano sobre una rama astillada.

—Rudy, si te cuento algo, ¿me prometes que no se lo contarás a nadie?

—Claro. —Rudy percibió  la seriedad en  el rostro  de la chica y  la

pesadumbre en su voz. Se apoyó en el árbol contiguo al de ella—. ¿De qué se

trata?

—Promételo.

—Ya lo he hecho.

—Vuelve a hacerlo. No puedes decírselo ni a tu madre, ni a tu hermano ni a

Tommy Müller. A nadie.

—Lo prometo.

Se inclinó.

Miró al suelo.

Liesel intentó encontrar por dónde empezar varias veces, leyendo las frases

a sus pies mientras mezclaba las palabras con las piñas y los trocitos de ramas

rotas.

—¿Recuerdas  cuando  me hice  daño  jugando al fútbol en la  calle?  —se

decidió.

Necesitó  unos  tres  cuartos  de hora para  explicarle dos  guerras, un

acordeón, un púgil judío y un sótano. Sin olvidar lo que había ocurrido cuatro

días antes en Münchenstrasse.

—Por  eso  te acercaste a mirar  más  de cerca  el día  del pan,  para ver  si  lo

encontrabas —concluyó él.

—Sí.

—Por los clavos de Cristo.

—Sí.

Los árboles eran altos y triangulares. Estaban serenos.

Liesel sacó El árbol de las palabras de la bolsa y le enseñó a Rudy una de las

páginas en la que aparecía un niño con tres medallas colgando del cuello.

—«El pelo de color limón» —leyó Rudy. Tocó las palabras con los dedos—.

¿Le hablabas de mí?

Liesel no pudo  responder  enseguida. Tal  vez  fue la súbita sacudida

amorosa que sintió por él. ¿O había sido así siempre? Era probable. Privada del

habla, deseó que la besara, que la agarrara de la mano y la atrajera hacia él. No

importaba dónde. En la boca, en el cuello, en la mejilla. Tenía toda la piel libre

para él, a la espera.

 

Unos  años antes, cuando  corrían por  un  campo  embarrado,  Rudy  era  un

saco  de huesos  ensamblados  con prisas, de sonrisa escarpada e irregular. Esa

tarde entre los  árboles  era alguien  que repartía pan  y  ositos  de peluche. Era

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

tricampeón de atletismo  de las  Juventudes  Hitlerianas. Era su mejor  amigo. Y

faltaba un mes para su muerte.

—Claro que le hablaba de ti —respondió Liesel.

Se estaba despidiendo y ni siquiera lo sabía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El librito negro de Ilsa Hermann

 

 

 

 

 

A mediados de agosto, creía que acudía al número ocho de Grandestrasse

en busca del mismo remedio de siempre.

Para animarse.

Eso era lo que creía.

 

El día había sido  caluroso, pero  se esperaban lluvias  por  la noche. En  La

última extranjera, había una cita cerca ya del final, que Liesel recordó  cuando

pasaba junto a la tienda de frau Diller.

 

«LA ÚLTIMA EXTRANJERA»

PÁGINA 211

«El sol remueve la tierra. Una y otra vez, nos va removiendo,

como a un guiso.»

 

Liesel cruzó el puente del Amper.  El agua  corría soberbia, esmeralda y

exuberante. Veía las piedras del lecho y oía el familiar rumor de la corriente. El

mundo no se merecía un río así.

Subió  la colina hasta  Grandestrasse. Las  mansiones  eran fascinantes  y

detestables. Se regodeó  con el ligero  dolorcillo que sentía en las  piernas  y  los

pulmones. Camina más  rápido, pensó, y  empezó  a remontar, como  un

monstruo saliendo de la arena. Olía a hierba recién cortada de los jardines. Era

un olor fresco y dulzón, verde con motitas amarillas. Cruzó el patio sin volver

la cabeza ni una sola vez o el mínimo asomo de paranoia.

La ventana.

Manos en el marco, tijereta con las piernas.

Pies en el suelo.

Libros, hojas y un lugar dichoso.

 

Sacó un libro de las estanterías y se sentó con él en el suelo.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

Se preguntó si estaría en casa, aunque le daba igual si Ilsa Hermann estaba

pelando  patatas  en  la cocina o  haciendo cola en correos. O  de  pie como  un

fantasma cerniéndose sobre ella, intentado adivinar qué leía.

Sinceramente, ya no le importaba.

Durante un buen rato se limitó a quedarse sentada y a mirar.

Había visto  morir  a su hermano con un  ojo  abierto  y  el otro  todavía

soñando. Se había despedido de su madre y había imaginado la solitaria espera

de un tren que la llevaría de vuelta al olvido. Una mujer hecha un manojo de

nervios se había tumbado en el suelo y su grito había rodado por la calle hasta

volcarse, como una moneda que ha perdido empuje. Un joven colgaba de una

cuerda hecha de nieve de Stalingrado.  Había visto  morir  a un piloto  de

bombardero  en una caja metálica. Había  visto  desfilar  hacia un campo  de

concentración a un judío  que en dos  ocasiones  le había entregado  las  páginas

más  hermosas  de su vida. Y  en medio  de todo, veía al Führer  gritando  sus

palabras y repartiéndolas a su alrededor.

Esas  imágenes  eran el mundo, que se removía en su interior  mientras

seguía allí sentada, con los hermosos libros de cuidados títulos. Se removía en

ella al tiempo que hojeaba las páginas atestadas de párrafos y palabras.

Qué hijos de puta, pensó.

Qué adorables hijos de puta.

No  me hagáis  feliz. Por  favor, no me cameléis  y  me dejéis  creer  que algo

bueno  puede salir  de todo  esto. ¿No  veis  los  moretones?  ¿No  veis  esta

raspadura? ¿No veis la herida que tengo dentro? ¿No veis cómo se extiende y

me corroe ante vuestros ojos? No quiero volver a tener esperanzas. No quiero

rezar para que Max esté vivo y a salvo. O Alex Steiner.

Porque el mundo no se los merece.

Arrancó una página del libro y la partió en dos.

Luego un capítulo.

Pronto  no quedaron más  que trocitos  de palabras  esparcidos  entre sus

piernas a su alrededor. Las palabras. ¿Por qué tenían que existir? Sin ellas nada

hubiera pasado. Sin  palabras, el Führer  no era nada. No  habría prisioneros

renqueantes, ni  nadie  necesitaría  consuelo  o  trucos  palabreros  para hacernos

sentir mejor.

¿Qué tenían de bueno las palabras?

Esta vez lo dijo en alto a la luz anaranjada que inundaba la habitación.

—¿Qué tienen de bueno las palabras?

 

La ladrona de libros  se levantó  y  se dirigió  con cuidado a la puerta de la

biblioteca, que chirrió  débilmente. El amplio  vestíbulo  estaba inmerso  en un

vacío de madera.

 

 

 

 

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Markus Zusak                                                                                La ladrona de libros

 

 

 

—¿Frau Hermann?

La pregunta regresó hasta ella y rebotó de nuevo hacia la puerta de la calle,

aunque se detuvo  lánguidamente  a medio  camino, sobre  un  par  de gruesas

tablas de madera.

—¿Frau Hermann?

El silencio  fue el único  que contestó  a su llamada, por  lo  que se sintió

tentada a rebuscar  en la cocina, por  Rudy. Se reprimió. No  estaría  bien robar

comida a una mujer que le había dejado un diccionario apoyado en el cristal de

la ventana. Eso y que acababa de destruir uno de sus libros, hoja a hoja, capítulo

a capítulo. Ya había causado suficiente perjuicio.

Liesel volvió  a la biblioteca y  abrió  uno  de los  cajones  del escritorio. Se

sentó.

 

LA ÚLTIMA CARTA

 

Querida Sra. Hermann:

Como puede ver, he vuelto a estar en su biblioteca y he estropeado

uno  de sus  libros.  Estaba muy  enfadada y  preocupada y  quería matar  las  palabras.  Le he

robado y ahora, además, he estropeado algo de su propiedad. Lo siento. Como castigo, creo que

dejaré de venir. Aunque, ¿hasta qué punto es eso un castigo? Adoro y detesto este lugar porque

lo habitan las palabras.

Ha continuado  siendo  mi  amiga a pesar  de haberla ofendido,  a pesar  de que he sido

insufrible (una palabra que he buscado en su diccionario) y creo que es hora de que la deje en

paz. Lo siento.

Gracias otra vez.

LIESEL MEMINGER

 

Dejó la nota sobre el escritorio y se despidió por última vez de la habitación

dando  tres  vueltas  y  pasando  las  manos  por  encima de  los  libros. Por  mucho

que los odiara, no pudo resistirse. Había esparcidos trochos de papel alrededor

de uno  titulado  Las reglas de Tommy Hoffmann. La brisa  que entraba por  la

ventana los hizo revolotear.

La luz aún  era anaranjada, pero  no tan resplandeciente como  antes. Sus

manos sintieron la última presión sobre  el  marco  de madera de la ventana,

sensación  seguida de  la sacudida del estómago  durante  el descenso  y  la

punzada de dolor en los pies al plantarlos en el suelo.

Después de bajar la colina y cruzar el puente, la luz anaranjada ya se había

desvanecido. Las nubes barrían el cielo.

Las  primeras  gotas  de lluvia empezaron a caer  cuando  llegaba a

Himmelstrasse. Pensó que no volvería a ver a Ilsa Hermann nunca más, aunque

 

 

 

 

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a la ladrona de libros se le daba mejor la lectura y la destrucción de libros que

vaticinar acontecimientos.

 

TRES DÍAS DESPUÉS

La mujer ha llamado al número treinta y tres y espera a que

alguien responda.

 

A Liesel le resultó  extraño verla sin el albornoz. El vestido  veraniego  era

amarillo con un  ribete  rojo. Tenía un  bolsillo  con un  florecilla. Sin  esvásticas.

Zapatos  negros. Nunca se había fijado  en las  pantorrillas  de Ilsa Hermann.

Tenía piernas de porcelana.

—Frau Hermann, siento... Lo  que hice la última  vez que estuve en su

biblioteca.

La mujer  la tranquilizó. Buscó  en el bolso  y  sacó  un  librito  negro cuyas

tapas no albergaban una historia, sino papel pautado.

—Se me ocurrió  que si ya no ibas  a leer  mis  libros, tal vez te gustaría

escribir  uno. Tu carta  era... —Le tendió  el  libro  con ambas  manos—. Sabes

escribir. Escribes  bien.  —El libro  pesaba. Las  tapas  eran de pasta apelmazada,

como las de El hombre que se encogía de hombros—. Y, por favor, no te castigues

como dijiste que harías —le pidió Ilsa Hermann—. No seas como yo, Liesel.

La niña abrió el libro y tocó el papel.

—Danke schön, frau Hermann. Puedo  preparar  café si  le apetece. ¿Quiere

entrar? Estoy sola, mi madre está en la casa de al lado, con frau Holtzapfel.

—¿Por la puerta o por la ventana?

Liesel sospechó que era la sonrisa más  amplia que Ilsa Hermann  se había

permitido en años.

—Creo que será mejor que entre por la puerta, es más fácil.

Se sentaron en la cocina.

Tazas  de café y  pan  con mermelada. Les  costó  entablar  conversación y

Liesel la oía tragar, pero  en cierto  modo  no le resultó  incómodo; incluso

encontraba agradable ver cómo la mujer soplaba con suavidad el café para que

se enfriara.

—Si alguna vez escribo algo y lo acabo, se lo enseñaré —le aseguró.

—Eso estaría bien.

 

Liesel siguió  con la mirada a la mujer  del alcalde cuando  esta enfiló

Himmelstrasse, fascinada por  el vestido  amarillo, los  zapatos  negros  y  las

piernas de porcelana.

—¿Esa era quien creo que era? —preguntó Rudy, junto al buzón.

—Sí.

 

—Estás de guasa.

—Me ha traído un regalo.

 

Al final resultaría que Ilsa Hermann no sólo le había entregado un libro ese

día, sino también una razón  para pasar  más  tiempo  en el sótano, el lugar

favorito de Liesel Meminger, primero con su padre y luego con Max. Le había

entregado  una razón para escribir  sus  propias  palabras,  para que  descubriera

que las palabras también le habían salvado la vida.

 

De noche, cuando  sus  padres  dormían,  Liesel bajó  al sótano con sigilo  y

encendió  la lámpara de queroseno. Durante la primera hora estuvo  mirando

fijamente el lápiz y el papel. Se obligó a recordar y, como solía hacer, no apartó

la mirada.

Schreibe, se exhortó. Escribe.

Más de dos horas después, Liesel Meminger empezó a escribir sin saber si

iba  a salirle bien. ¿Cómo  iba  a adivinar que alguien recogería su historia y  la

llevaría consigo a todas partes?

Nadie espera esas cosas.

No las planea.

 

Liesel escogió un pequeño bote de pintura como asiento, uno grande como

mesa y hundió el lápiz en la primera página. En el centro, escribió lo siguiente:

 

«LA LADRONA DE LIBROS»

un breve relato

de

Liesel Meminger

 

 

Los aviones con caja torácica

 

 

 

 

 

En la tercera página ya tenía la mano dolorida.

«Cómo pesan las palabras», pensó, pero a medida que transcurría la noche

consiguió completar once páginas.

 

PÁGINA 1

«Intento hacer oídos sordos, pero sé que todo empezó con el

tren y la nieve y la tos de mi hermano. Ese día robé el primer

libro, un manual para cavar sepulturas. Me hice con él de

camino a Himmelstrasse...»

 

Se quedó  dormida en  el sótano, sobre  un  lecho de sábanas  viejas, con el

papel rizado  en los  bordes  sobre  el bote de  pintura más  alto. Por  la mañana,

Rosa se alzaba vigilante sobre ella con sus ojos clorados de mirada inquisitiva.

—Liesel, ¿qué puñetas haces aquí abajo? —preguntó.

—Escribo, mamá.

—Jesús, María y José. —Rosa volvió a subir, pisoteando los escalones—. Te

quiero arriba en cinco minutos o probarás mi medicina. Verstehst?

—De acuerdo.

 

Liesel  bajaba al sótano todas  las  noches  y  nunca se separaba del libro.

Escribía durante  horas, intentando  completar  cada noche diez páginas  de su

vida. Había muchas cosas que debía tener en cuenta, tantas que corrían peligro

de quedar  fuera. Sé paciente, se decía, y  la fuerza de su puño  y  letra fue

aumentando al tiempo que la pila de páginas.

A veces escribía sobre lo que ocurría en el sótano mientras escribía. Había

llegado hasta el momento en que su padre la había abofeteado en los escalones

de la iglesia  y  habían «heilhitlereado» juntos. Enfrente, Hans  Hubermann

estaba guardando el acordeón. Había estado  tocando  media hora, mientras

Liesel trabajaba.

 

PÁGINA 42

«Papá me ha acompañado esta noche. Se trajo el acordeón y se

sentó cerca de donde solía hacerlo Max. A menudo observo su

cara y sus dedos cuando toca. El acordeón respira. Papá tiene

las mejillas surcadas de arrugas que parecen dibujos y no sé

por qué, pero cuando las veo siento ganas de llorar, aunque no

por tristeza o porque me sienta orgullosa, sino porque me

gusta cómo se mueven y cambian. A veces pienso que mi

padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira y

sonríe y respira.»

 

Tras diez noches de redacción, Munich volvió a sufrir un bombardeo. Liesel

había llegado a la página 102 y estaba dormida en el sótano. No oyó ni el cucú

ni las sirenas, y estaba abrazada al libro cuando su padre bajó a despertarla.

—Liesel, ven.

La joven cogió  La  ladrona  de libros                   y  todos  sus  otros  tesoros  y  fueron a

buscar a frau Holtzapfel.

 

PÁGINA 175

«Un libro flotaba en el Amper. Un niño saltó al agua, lo atrapó

y lo alzó con una mano. Sonrió de oreja a oreja. Estaba

hundido hasta la cintura en las gélidas aguas de diciembre.

»—¿Y ese beso, Saumensch? —preguntó.»

 

Liesel había terminado el relato cuando se produjo el siguiente bombardeo,

el 2 de octubre. Sólo quedaban unas pocas hojas en blanco y la ladrona de libros

ya había empezado  a leer  lo  que había escrito. La  historia se dividía en diez

partes, todas  ellas  encabezadas  con títulos  de  libros  o  relatos  que explicaban

cómo habían afectado a su vida.

A menudo  suelo  preguntarme en qué  página se encontraría cuando  cinco

noches después me paseé por Himmelstrasse bajo el repiqueteo de las gotas de

lluvia. Me pregunto  qué estaría leyendo cuando  cayó  la primera bomba de la

caja torácica de un avión.

Personalmente, me gusta imaginarla echando  un  breve vistazo  a la pared

donde está la nube de Max  Vandenburg, su sol chorreante y  las  figuras que

caminan hacia él. Luego mira las titubeantes tentativas ortográficas escritas con

pintura. Veo  al Führer  bajando  la escalera del sótano despreocupado, con los

 

guantes  de boxeo  atados  por  las  correas, colgados  del cuello. Y  la ladrona de

libros lee, relee y vuelve a leer la última frase, durante horas.

 

«LA LADRONA DE LIBROS»

ÚLTIMA LÍNEA

«He odiado las palabras y las he amado, y espero haber estado

a su altura.»

 

Fuera, el mundo aullaba. La lluvia estaba sucia.

 

 

El fin del mundo (parte II)

 

 

 

 

 

Ahora casi todas  las  palabras  se  han  difuminado. El libro  negro  se

desintegra con tanto trajín y esa es otra de las razones por las que cuento esta

historia. ¿Cómo  era eso  que habíamos  dicho? Si  repites  algo  muchas  veces,

nunca lo  olvidarás. También puedo  contarte qué ocurrió  después  de que se

acabaran las  palabras de la ladrona de libros  y, para empezar, cómo  llegué a

conocer su historia. Fue así:

 

Imagínate andando por Himmelstrasse en la oscuridad. Se te está mojando

el pelo  y  la presión del aire está a punto  de sufrir  un  cambio  drástico. La

primera bomba alcanza el bloque de pisos  de Tommy  Müller. Su rostro  se

contrae con inocencia mientras  duerme y  me arrodillo junto  a su cama. A su

lado, su hermana Kristina. Los  pies  que asoman por  debajo  de la manta

coinciden con las  pisadas  de la  rayuela que  hay en la  calle. Sus  deditos. Su

madre duerme a pocos  metros  de ellos. Cuatro  cigarrillos descansan

desfigurados  en el cenicero  y  el tejado  sin techo arde al  rojo  vivo.

Himmelstrasse está en llamas.

 

Las sirenas empiezan a aullar.

—Demasiado tarde para esa maniobra —murmuré, porque todo el mundo

había sido engañado, y no una, sino dos veces.

Primero, los  Aliados  habían fingido  un  bombardeo  sobre  Munich para

acabar  atacando  Stuttgart, pero  luego  diez aviones  siguieron su  marcha. Sí,

claro, hubo avisos. A Molching llegaron con las bombas.

 

UN LISTADO DE CALLES

Münchenstrasse, Ellenbergstrasse, Johannsonstrasse,

Himmelstrasse.

La calle principal + otras tres, en la zona más pobre de la

ciudad.

Todas desaparecieron en cuestión de minutos.

Arrancaron una iglesia de raíz.

La tierra que había pisado Max Vandenburg quedó destruida.

 

Me dio  la impresión de que frau Holtzapfel estaba esperándome en la

cocina del número  treinta y  uno  de Himmelstrasse. Tenía delante una taza

resquebrajada, y en un último momento de lucidez su rostro pareció preguntar

por qué narices me había retrasado tanto.

Por  el contrario, frau Diller  estaba profundamente dormida. Las  gafas  a

prueba de balas estaban hechas añicos junto a la cama. La tienda había quedado

destruida, el  mostrador  había aterrizado  en medio  de la  calle  y  la foto

enmarcada de Hitler había saltado de la pared y acabó en el suelo. El hombre

había quedado hecho un amasijo de esquirlas de cristal después de la paliza. Lo

pisé al salir.

Los  Fiedler  estaban bien organizados, todos  en la cama,  bien tapados. De

Pfiffikus sólo asomaba la nariz.

Acaricié el precioso cabello cepillado de Barbara en casa de los Steiner, me

fijé en la expresión del serio  rostro  durmiente de Kurt  y, una a  una, deseé

buenas noches a las pequeñas con un beso.

Luego vino Rudy.

 

Por los clavos de Cristo, Rudy...

 

Estaba en la cama con una de sus hermanas, quien debía de haberle dado

una patada o un buen empujón para conseguir casi todo el espacio disponible

porque el pobre estaba en el borde, rodeándola con un brazo. El niño dormía.

Su cabello iluminado  por las velas  incendiaba la cama y los recogí a ambos, a

Bettina y  a él, con sus  almas  todavía en la  manta. Al menos fue  una muerte

rápida y aún no estaban fríos. El chico del avión, pensé. El del oso de peluche.

¿Dónde estaba el último  consuelo  de Rudy? ¿Dónde estaba esa persona que

consolarle de que le robaran la vida?  ¿Quién estaba allí  para tranquilizarlo

cuando le arrancaron la alfombra de la vida bajo los pies dormidos?

Nadie.

Allí sólo estaba yo.

Y lo de consolar a la gente no es que se me dé muy bien que digamos, sobre

todo  con las  manos frías  y  estando  la cama  tan caliente. Cargué con él, con

suavidad, por  la calle  destrozada, con sabor  a sal en un  ojo  y  el sepulcral

corazón en un puño. Con él me esmeré un poco más. Miré un momento lo que

contenía su alma y  vi un  niño  tiznado  de negro  gritando  el nombre de Tesse

Owens mientras se llevaba por delante la cinta de llegada. Lo vi hundido hasta

la cintura en el agua gélida, intentado atrapar un libro, y vi un niño tumbado en

la cama imaginando el sabor que tendría un beso de su extraordinaria vecina.

Este chico  puede conmigo. Siempre. Es  lo  único  malo que tiene. Me rompe el

corazón. Me hace llorar.

 

Por último, los Hubermann.

Hans.

Papá.

Estaba tumbado en la cama cuan largo era y distinguí el brillo de la plata a

través de los párpados. Su alma se incorporó y me saludó. Esa clase de alma, la

mejor, siempre saluda. Es  de las  que  se levanta y  dice: «Sé quién eres  y  estoy

preparada. No es que quiera ir, claro, pero iré». Esas almas son ligeras porque

gran parte de ellas  ya ha zarpado,  gran parte de  ellas  ya  ha encontrado  el

rumbo hacia otros  lugares. La botaron el aliento  de un acordeón, el extraño

regusto a champán en verano y el arte de cumplir las promesas. Se acomodó en

mis brazos y descansó. Sentí un pulmón ansioso por un último cigarrillo y un

firme y magnético tirón hacia el sótano en busca de la niña, su hija, que estaba

escribiendo allí abajo un libro que deseaba poder leer algún día.

Liesel.

Su alma lo susurró cuando me la llevaba, pese a que en esa casa no había

ninguna Liesel. Al menos para mí.

Para mí sólo estaba Rosa, y sí, francamente creo que la sorprendí a medio

ronquido  porque tenía la boca  abierta y  los  apergaminados  y  rosáceos  labios

habían quedado  a medio  gesto. Si me hubiera visto, estoy  segura de que  me

habría llamado Saumensch, aunque no se lo habría tenido en cuenta. Después de

leer  La ladrona de libros, descubrí que llamaba así a todo el mundo: Saumensch,

Saukerl. Especialmente a la gente que quería. Llevaba suelto el elástico cabello,

que se restregaba contra la almohada. Su cuerpo  grande como  un  armario  se

incorporó con el latido del corazón pues, no te quepa la menor duda, la mujer

tenía corazón y mucho más grande de lo que la gente creería. Repleto hasta los

bordes, con kilómetros de estantes ocultos apilados hasta arriba. Recuerda que

era la mujer con el instrumento atado al cuerpo en la larga noche iluminada por

la luna, era la mujer que había dado de comer a un judío en su primera noche

en Molching sin hacer ni una sola pregunta y era la mujer que había hundido el

brazo  en lo  más  hondo  de un  colchón para entregar  un  cuaderno de dibujo  a

una adolescente.

 

Es  cierto  que empezó a llorar y  a gritar  en busca de Hans  Hubermann  en

cuanto  la sacaron. Los  hombres  de la LSE intentaron retenerla en sus

 

polvorientos  brazos, pero  la ladrona de  libros  consiguió  zafarse de ellos. Los

humanos desesperados suelen ser capaces de hacer esas cosas.

Liesel no sabía hacia dónde correr, pues Himmelstrasse ya no existía. Todo

era nuevo  y  apocalíptico. ¿Por  qué el cielo  estaba rojo?  ¿Cómo  podía estar

nevando? ¿Y por qué los copos de nieve le abrasaban los brazos?

Liesel aminoró  el  paso. Se  volvió  hacia lo  que creía el final  de la calle,

caminando tambaleante.

¿Dónde está la tienda de frau Diller? ¿Dónde está...?

Siguió  deambulando  sin  rumbo hasta que el hombre  que la había

encontrado la cogió del brazo, sin dejar de hablar.

—Estás aturdida, jovencita. Es la impresión, te pondrás bien.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Liesel—. ¿Esto es Himmelstrasse?

—Sí. —El hombre tenía una mirada desengañada. ¿Qué habría visto en esos

últimos años?—. Esto es Himmelstrasse. Os bombardearon, jovencita. Es tut mir

leid, Schatzi. Lo siento, guapa.

Los labios de la joven no dejaban de errar a pesar de que su cuerpo no se

movía. Había olvidado  que estuvo  llamando  a Hans  Hubermann  entre

lágrimas. Eso  había sucedido  hacía años,  ¿no...? Un bombardeo  tiene estas

cosas.

—Tenemos que sacar a mis padres —dijo—. Tenemos que sacar a Max del

sótano. Si  no está ahí,  estará en el pasillo,  mirando  por  la ventana. Lo  hace a

veces, cuando  hay un  bombardeo. No  suele ver  mucho el cielo, ¿sabe?  Tengo

que decirle qué tiempo hace. No se va a creer...

El cuerpo  cedió, se doblegó  y  el hombre de la LSE la cogió  y  la obligó  a

sentarse.

—La moveremos en un minuto —le comunicó a su sargento. La ladrona de

libros bajó la vista hacia lo que le pesaba tanto y le lastimaba la mano.

 

El libro.

Las palabras.

Le sangraban los  dedos, igual  que cuando  llegó  por  primera vez a ese

lugar.

 

El hombre de la LSE la levantó  y  la sacó  de allí. Una cuchara de madera

ardía. Un  hombre pasó  por  su lado con  una funda  de acordeón rota y  Liesel

vislumbró  el instrumento  en el interior. Vio  los  dientes  blancos  con sus  notas

negras intercaladas sonriéndole y la obligaron a regresar a la realidad. «Nos han

bombardeado», se dijo, y se volvió hacia el hombre de al lado.

—Ese es el acordeón de mi padre. —Una vez más—: Ese es el acordeón de

mi padre.

—No te preocupes, jovencita, estás a salvo. Alejémonos un poco.

Pero Liesel se quedó donde estaba.

Miró  al hombre que llevaba el acordeón, lo  siguió  y  le pidió  al espigado

trabajador de la LSE que se detuviera. Las bellas cenizas no dejaban de llover de

un cielo rojo.

—Ya me lo llevo yo, si no le importa... Es de mi padre —insistió.

Se lo  quitó  de las  manos sin brusquedad  y  dio  media vuelta. En  ese

momento vio el primer cuerpo.

La funda del acordeón se le cayó de las manos. Sonó como una explosión.

El cadáver de frau Holtzapfel dibujaba una equis en el suelo.

 

LOS SIGUIENTES SEGUNDOS

DE LA VIDA DE LIESEL MEMINGER

Da media vuelta y contempla hasta donde le llega la vista ese

canal en ruinas que una vez fue Himmelstrasse. Ve dos

hombres llevando un cuerpo y los sigue.

 

Liesel tosió  al ver  a todos  los  demás  y  oyó  cómo  un  hombre decía que

habían encontrado un cuerpo hecho pedazos en un arce.

Se topó con pijamas destrozados y rostros desgarrados. El cabello del chico

fue lo primero que vio.

 

¿Rudy?

 

Al segundo intento, no sólo musitó su nombre.

—¿Rudy?

Estaba tendido  en el suelo, con su cabello rubio  y  los  ojos  cerrados. La

ladrona de libros corrió hacia él y cayó de rodillas. Soltó el libro negro.

—Rudy, despierta... —sollozó. Lo  cogió  por  la camisa del pijama y  lo

sacudió  con suma  suavidad, incrédula—. Despierta, Rudy. —Mientras  el cielo

seguía caldeándose y  lloviznaba ceniza, Liesel sujetaba a Rudy  Steiner  por  la

camisa—.  Rudy, por  favor. —Intentando  reprimir  las  lágrimas—. Rudy, por

favor, despierta, maldita sea,  despierta, te quiero. Vamos, Rudy, vamos, Jesse

Owens, pero si te quiero, despierta, despierta, despierta...

No sirvió de nada.

La montaña de escombros  era cada vez  mayor.  Colinas  de cemento

coronadas de rojo. Una bella joven vapuleada por las lágrimas, zarandeando a

los muertos.

 

Incrédula, Liesel enterró la cara en el pecho de Rudy. Incorporó el cuerpo

inerte intentando  que no se fuera hacia atrás, pese a que no le  quedó  más

remedio que devolverlo al suelo devastado. Con suavidad.

Despacio. Despacio.

—Dios, Rudy...

Se inclinó sobre el rostro sin vida y besó en los labios con delicadeza a su

mejor  amigo, Rudy Steiner. Rudy tenía un  sabor  dulce y  a polvo, sabía a

reproche entre las  sombras de los  árboles  y  el resplandor  de la colección de

trajes del anarquista. Lo besó larga y suavemente, y cuando se retiró, le acarició

los  labios  con los  dedos. Le temblaban las  manos. Volvió  a inclinarse una vez

más, pero  esta vez perdió  el control y  sus  labios  carnosos no acertaron. Sus

dientes colisionaron contra el desolado mundo de Himmelstrasse.

No se despidió. No tuvo fuerzas. Minutos después, logró apartarse de él y

arrancarse del suelo. Me maravilla lo  que los  humanos son capaces  de hacer

aunque estén llorando  a lágrima viva, que sigan adelante, tambaleantes,

tosiendo, rebuscando y hallando.

 

EL SIGUIENTE DESCUBRIMIENTO

Los cuerpos de sus padres, hechos una maraña sobre el manto

de gravilla de Himmelstrasse.

 

Liesel  no corrió, ni caminó, ni  siquiera se  movió. Había  rebuscado  con la

mirada entre los  humanos y  se había  detenido, confundida,  al reparar  en el

hombre alto  y  en la mujer  bajita con cuerpo  de armario  ropero. Esa es  mi

madre. Ese es mi padre. Llevaba las palabras grapadas.

—No se mueven —murmuró—. No se mueven.

Tal  vez si  se  quedaba  quieta el tiempo  suficiente  serían  ellos los  que se

movieran, pero  permanecieron inmóviles  tanto  tiempo  como  Liesel. En  ese

momento me percaté de que la joven estaba descalza. Qué cosa tan rara fijarse

en eso en un momento así. Tal vez intentaba evitar su rostro, pues la ladrona de

libros estaba hecha un lío imposible de desenredar.

Dio un paso, negándose a seguir, aunque lo hizo. Liesel se acercó despacio

a sus padres y se sentó entre los dos. Cogió la mano de su madre y empezó a

hablarle.

—¿Recuerdas cuando llegué aquí, mamá? Me agarré a la verja y me puse a

llorar. ¿Recuerdas lo que le dijiste a la gente que había en la calle ese día? —Le

temblaba la voz—.  Dijiste: «¿Qué estáis  mirando, imbéciles?». —Le apretó  la

mano y le tocó la muñeca—. Mamá, sé que tú... Me gustó mucho que vinieras al

colegio  para decirme  que Max  había despertado. ¿Sabías  que te vi  con el

acordeón de papá? —Apretó más fuerte la mano, que empezaba a agarrotarse—

. Me asomé y  te vi, y  estabas  hermosa. Maldita sea, estabas  tan hermosa,

mamá...

 

MUCHOS MOMENTOS

DE INDECISIÓN

Su padre. No quería, y no pudo, mirar a su padre. Todavía no.

En ese momento no.

 

Su padre era un hombre de ojos plateados, no apagados.

¡Su padre era un acordeón!

Pero sus fuelles se habían quedado sin aire.

Nada entraba y nada salía.

 

Empezó a mecerse adelante y atrás. Una nota estridente, muda, sucia quedó

atrapada entre sus labios hasta que fue capaz de volverse.

Hacia su padre.

Llegado ese momento, no pude refrenarme: me acerqué para verla mejor, y

en cuanto conseguí volver a contemplar su cara adiviné que ese era el humano

al que la joven más  quería. Su gesto  le acarició  el rostro, resiguió  una de las

arrugas que le recorrían la mejilla. Él se había sentado en el baño con ella y le

había enseñado a liar  cigarrillos.  Le había  dado pan  a un  cadáver  en

Münchenstrasse y le había dicho que siguiera leyendo en el refugio antiaéreo. Si

no lo hubiera hecho, tal vez ella no habría acabado escribiendo en el sótano.

Su padre —el acordeonista— y Himmelstrasse.

Uno  no podía existir  sin la otra porque, para Liesel, ambos  querían  decir

hogar. Sí, eso significaba Hans Hubermann para Liesel Meminger.

Se dio la vuelta y se dirigió a la cuadrilla de la LSE.

—Por favor, ¿podrían acercarme el acordeón de mi padre?

Tras unos momentos de confusión, uno de los miembros de mayor edad le

llevó  la funda rota y  Liesel  la abrió, sacó  el maltrecho instrumento  y  lo  dejó

junto al cuerpo de su padre.

—Aquí lo tienes, papá.

Y te prometo una cosa, que cuando se arrodilló junto a Hans Hubermann lo

vio  levantarse y  tocar  el acordeón. Se puso  en pie, se lo  colgó  a los  hombros,

sobre  el macizo  montañoso de casas  derruidas  y  tocó  el acordeón, con sus

amables ojos plateados y un indolente cigarrillo entre los labios. Incluso falló en

una nota y se echó a reír, una simpática retrospectiva. Los fuelles respiraron y el

hombre alto  tocó  para Liesel Meminger  una última vez mientras  sacaban

despacio el cielo del horno.

Sigue tocando, papá.

 

Hans se detuvo.

Soltó el acordeón y sus ojos plateados continuaron oxidándose. Ahora sólo

era un cuerpo tumbado en el suelo. Liesel lo atrajo hacia sí y lo abrazó.

Sus brazos se negaban a soltarlo. Lo besó en el hombro —no podía soportar

mirarlo a la cara— y volvió a dejarlo en el suelo.

La ladrona de libros lloró hasta que se la llevaron de allí, con delicadeza.

Al cabo de un rato se acordaron del acordeón, pero nadie reparó en el libro.

Había mucho trabajo  que hacer  y, junto  a otro  montón de  objetos

variopintos,               La  ladrona  de libros    acabó pisoteado  varias  veces  hasta que lo

recogieron sin echarle siquiera un vistazo y lo arrojaron al camión de la basura.

Me subí de un salto y lo rescaté antes de que el camión arrancara.

 

 

EPÍLOGO

 

 

 

 

 

El último color

 

 

 

Presenta:

 

 

 

la muerte y Liesel — unas lágrimas de madera — Max y la entrega

 

 

La muerte y Liesel

 

 

 

 

 

Han  pasado  muchos  años desde entonces, pero  todavía queda mucho

trabajo  que hacer. Créeme, el mundo  es  una fábrica.  El sol lo  remueve, los

humanos lo gobiernan y yo soy la que persevera. Me los llevo.

En cuanto a lo que queda de historia, voy a dejarme de rodeos porque estoy

cansada, muy cansada, así que intentaré ir al grano.

 

UN ÚLTIMO SUCESO

Supongo que debería decirte que la ladrona de libros murió

ayer.

 

Liesel Meminger vivió hasta edad avanzada, muy lejos de Molching y de la

desaparición de Himmelstrasse.

Falleció en un barrio de las afueras de Sidney. El número de la casa era el 45

—el mismo que el del refugio antiaéreo de los Fiedler— y el cielo lucía el azul

más bello de la tarde. Igual que la de su padre, su alma se incorporó.

 

En sus últimos instantes, vio a sus tres hijos, a sus nietos, a su marido y la

larga lista de vidas  que confluían con la suya. Entre ellas, luminosas  como

faroles, estaban Hans  y  Rosa Hubermann, su hermano y el chico  cuyo  cabello

seguirá siendo siempre de color limón.

 

No obstante, también hubo otras visiones.

Acompáñame y te contaré una historia.

Te enseñaré algo.

 

Un bosque al atardecer

 

Una vez que despejaron Himmelstrasse, Liesel Meminger  —a quien se

referían como «la del acordeón»— no tuvo adonde ir, así que se la llevaron a la

policía, donde se devanaron los sesos decidiendo qué hacer con ella.

Estaba sentada en una silla muy dura. El acordeón la miraba a través de un

agujero de la funda.

Pasó tres horas en la comisaría, hasta que el alcalde y una mujer de cabello

suave y sedoso asomaron la nariz por allí.

—Dicen que una niña ha sobrevivido al bombardeo de Himmelstrasse —se

interesó la señora.

Un policía la señaló.

 

Ilsa Hermann  se ofreció  a  llevar  el acordeón, pero  Liesel lo  sujetó  con

firmeza mientras bajaban los escalones de la comisaría. Unas manzanas más allá

de Münchenstrasse se dibujaba  una clara línea que separaba a los

bombardeados de los afortunados.

Condujo el alcalde.

Ilsa se sentó con ella, detrás.

La niña  dejó  que le  cogiera la  mano que tenía sobre  el  acordeón,

acomodado entre las dos.

 

Con lo fácil que habría sido permanecer en silencio, Liesel experimentó la

reacción contraria ante  su devastación. Sentada en la exquisita habitación de

invitados de la casa del alcalde, habló y no dejó de hablar  —consigo misma—

hasta entrada la noche. Comió muy poco. A lo único que se negó tajantemente

fue a bañarse.

Arrastró  los  restos  de Himmelstrasse por  las  alfombras  y  los  suelos

entarimados  del número  ocho de  Grandestrasse durante  cuatro  días. Dormía

mucho, sin sueños, y casi siempre se arrepentía de despertarse. Dormida, todo

desaparecía.

Llegado  el día de los  funerales, Liesel todavía no se había bañado, por  lo

que Ilsa Hermann le preguntó con suma delicadeza si querría hacerlo. Antes de

eso, se había limitado  a enseñarle dónde  estaba el baño y  le había dado una

toalla.

La gente que ese día asistió al sepelio de Hans y Rosa Hubermann hablaría

durante mucho tiempo de la niña que se presentó luciendo un precioso vestido

y  una capa de mugre de Himmelstrasse. También corrió  el rumor  de que, ese

mismo  día, más  tarde, entró  completamente  vestida en el  Amper  y  dijo  algo

muy raro.

Algo sobre un beso.

Algo sobre una Saumensch.

 

 

¿Cuántas veces tenía que despedirse?

 

Transcurrieron semanas y meses y guerra. Liesel recordaba sus libros en los

momentos  de mayor  abatimiento, sobre  todo  los  escritos  para ella  y  el que le

salvó  la vida. Una mañana, víctima de un nuevo  estado  de shock, incluso  se

acercó hasta Himmelstrasse para buscarlos, pero ya no quedaba nada. No había

remedio ante lo ocurrido. Necesitaría décadas, toda una vida para recuperarse.

 

Se celebraron dos ceremonias para la familia Steiner. La primera, el mismo

día del entierro. La segunda se ofició en cuanto a Alex Steiner le dieron permiso

para regresar a casa después del bombardeo.

Alex había ido menguando desde que le llegó la noticia.

—Por los clavos de Cristo, ojalá hubiera dejado ir a Rudy a esa escuela —

diría.

Salvas a alguien.

Lo matas.

¿Cómo iba a saberlo el hombre?

Lo que sí sabía era que habría dado cualquier cosa por estar esa noche en

Himmelstrasse y poder cambiarse por Rudy.

Eso  fue lo  que le dijo  a Liesel en los  escalones del número  ocho de

Grandestrasse, cuando corrió hasta allí tras oír que la joven había sobrevivido.

 

Aquel día, en la entrada, Alex Steiner estaba hecho trizas.

Liesel le confesó que había besado a Rudy en los labios. Le dio vergüenza,

pero creyó, que a él le gustaría saberlo. Sobre su rostro asomaron lágrimas de

madera y una sonrisa de roble. El cielo era gris y brillante. Una tarde plateada.

 

 

 

Max

 

 

 

 

 

Alex  Steiner  volvió  a  abrir  la sastrería cuando  acabó  la guerra y  Hitler

corrió a mis brazos. No le rentaba ningún beneficio, pero al menos se mantenía

ocupado  unas  horas  al día, junto  a Liesel, quien solía acompañarlo. Pasaban

mucho tiempo juntos y a menudo se daban un paseo hasta Dachau después de

su liberación, aunque allí eran los estadounidenses quienes los rechazaban.

Al fin, en octubre de 1945, un  hombre de  ojos  cenagosos, plumas  por

cabello y un rostro recién rasurado entró en la tienda. Se acercó al mostrador.

—¿Hay por aquí alguien llamado Liesel Meminger?

—Sí, está dentro  —contestó  Alex. No  quiso  hacerse falsas  esperanzas, así

que decidió asegurarse—. ¿Quién pregunta por ella?

 

Liesel salió.

Se abrazaron y lloraron y cayeron de rodillas.

 

La entrega

Sí, he visto  muchísimas  cosas  en este mundo. Soy  testigo  de los  peores

desastres y trabajo para los peores villanos.

Con todo, también tiene sus momentos.

Existen diversas  historias  (como  ya antes  he apuntado, un  puñado  nada

más) que me procuran distracción mientras  trabajo, igual  que los  colores. Las

recojo  en los  lugares  más  infortunados  e inverosímiles  y  me  aseguro  de

recordarlas mientras me dedico a mis quehaceres. La ladrona de libros es una de

esas historias.

 

Por fin pude hacer algo que llevaba mucho tiempo deseando cuando viajé

hasta Sidney y me llevé a Liesel. La dejé en el suelo y, mientras paseábamos por

la avenida Anzac, cerca del campo de fútbol, saqué un polvoriento libro negro

del bolsillo.

La anciana se quedó muda de asombro.

—¿De verdad es lo que creo que es? —preguntó, cogiéndolo.

 

Asentí con la cabeza.

Nerviosa, abrió La ladrona de libros y pasó las páginas.

—Es increíble...

A pesar de que el texto se había desvaído, leyó las palabras. Los dedos de

su alma  acariciaron la historia escrita tanto  tiempo  atrás, en un sótano de

Himmelstrasse.

Se sentó en el bordillo y yo hice lo propio, a su lado.

—¿Lo  has  leído?  —me preguntó, aunque sin  mirarme. Tenía los  ojos

clavados en las palabras.

—Muchas veces.

—¿Lo entendiste?

Se hizo un gran silencio.

Pasaron varios  coches  en ambas  direcciones. Los  conducían  múltiples

Hitlers, Hubermanns, Maxes, asesinos, Dillers y Steiners...

Quise  decirle muchas  cosas  a la ladrona de libros, sobre  la belleza y  la

crueldad, pero  ¿qué podía contarle sobre  todo  eso  que  ella no  supiera?  Quise

explicarle que no dejo  de sobreestimar  e infravalorar  a la raza humana, que

pocas  veces  me limito  únicamente a  valoraría. Quise  preguntarle cómo  un

mismo  hecho puede ser  espléndido  y  terrible a la vez, y  una misma palabra,

dura y  sublime. Sin embargo, no abrí  la boca. Sólo  conseguí  hablar  para

confiarle a Liesel Meminger  la única verdad que hago  mía.  Se lo  dije a la

ladrona de libros, y ahora te lo digo a ti.

 

ÚLTIMA NOTA DE LA NARRADORA

Los humanos me acechan.

 

 

Agradecimientos

 

Me gustaría empezar por dar las gracias a Arma McFarlane (tan afectuosa

como  inteligente) y  a Erin Clarke (por  su previsión, amabilidad y  por  contar

siempre con el consejo  adecuado  en el momento  propicio). También quisiera

expresar mi gratitud a Bri Tunnicliffe por aguantarme y por no perder la fe en

las fechas de entrega de las correcciones.

Estoy en deuda con Trudy White por su cortesía y talento. Es un honor que

su obra ilustre estas páginas.

Mil gracias a Melissa Nelson por hacer que un trabajo difícil pareciera fácil.

Tomé nota.

Este libro tampoco habría sido posible sin Cate Paterson, Nikki Christer, Jo

Jarrah, Anyez Lindop,  Jane Novak, Fiona  Inglis  y  Catherine  Drayton. Gracias

por poner vuestro valioso tiempo a mi disposición e invertirlo en esta historia.

No encuentro palabras para expresar mi agradecimiento.

También  desearía  expresar  mi gratitud  al  Museo  Judío  de  Sidney, al

Australian War  Memorial, a Doris  Seider  del Museo  Judío  de  Munich, a

Andreus Heusler del Archivo Municipal de Munich y a Rebecca Biehler (por su

información sobre el comportamiento estacional de los manzanos).

Mis sinceros agradecimientos a Dominica Zusak, Kinga Kovacs y Andrew

Janson por sus estimulantes conversaciones y por su aguante.

Por  último, mi  gratitud  incondicional  a Lisa y  Helmut Zusak  por  esas

historias que tanto cuestan creer, por sus risas y por enseñarme el otro lado.

 

 

 

 

 

 

 


 

índice

 

 

Tabla de contenido

PRÓLOGO ............................................................................................................... 7

Una montaña de escombros ............................................................................. 7

La muerte y tú ................................................................................................. 8

Junto a las vías del tren ............................................................................... 10

El eclipse ........................................................................................................ 12

La bandera ..................................................................................................... 14

PRIMERA PARTE ................................................................................................ 17

Manual del sepulturero ................................................................................... 17

Llegada a Himmelstrasse ............................................................................ 18

Convertirse en una «Saumensch»................................................................ 26

La mujer del puño de hierro ....................................................................... 31

El beso (Un momento decisivo de la infancia) ..................................... 39

El incidente de Jesse Owens ....................................................................... 47

El reverso del papel de lija .......................................................................... 51

El aroma de la amistad ................................................................................ 57

La campeona de los pesos pesados del patio del colegio ....................... 61

SEGUNDA PARTE .............................................................................................. 68

El hombre que se encogía de hombros ......................................................... 68

Una niña oscura ............................................................................................ 69

El placer de los cigarrillos ........................................................................... 71

La trotacalles ................................................................................................. 76

Correo sin dueño .......................................................................................... 81

El cumpleaños de Hitler, 1940 .................................................................... 84

Cien por cien puro sudor alemán .............................................................. 90

A las puertas del hurto ................................................................................ 95

El libro de fuego ........................................................................................... 98

TERCERA PARTE .............................................................................................. 102

«Mein Kampf» ................................................................................................ 102

 

 

 

435


 

 

De vuelta a casa .......................................................................................... 103

La biblioteca del alcalde ............................................................................ 107

El luchador entra en escena ...................................................................... 114

Los elementos del verano.......................................................................... 117

La tendera aria ............................................................................................ 127

El luchador, continuación ......................................................................... 129

Pillos ............................................................................................................. 132

El luchador, conclusión ............................................................................. 138

CUARTA PARTE ............................................................................................... 140

El vigilante ...................................................................................................... 140

El acordeonista (La vida secreta de Hans Hubermann) ....................... 141

Buena chica ................................................................................................. 150

Breve historia del púgil judío ................................................................... 152

La ira de Rosa.............................................................................................. 160

La charla de Liesel ...................................................................................... 162

El dormilón ................................................................................................. 167

El intercambio de pesadillas ..................................................................... 169

Las páginas del sótano .............................................................................. 181

QUINTA PARTE ................................................................................................ 197

El hombre que silbaba ................................................................................... 197

El libro flotante (parte I) ............................................................................ 198

Los jugadores (un dado de siete caras) ................................................... 199

Las juventudes de Rudy ............................................................................ 217

Los perdedores ........................................................................................... 222

Bocetos ......................................................................................................... 226

El hombre que silbaba y los zapatos ....................................................... 231

Tres estupideces de Rudy Steiner ............................................................ 240

El libro flotante (parte II) ........................................................................... 246

SEXTA PARTE .................................................................................................... 249

El repartidor de sueños ................................................................................. 249

El diario de la muerte: 1942 ...................................................................... 250

El muñeco de nieve .................................................................................... 252

Trece regalos ............................................................................................... 257

Aire fresco, una vieja pesadilla y qué hacer con un cadáver judío ..... 264

El diario de la muerte: Colonia ................................................................ 272

La visita ........................................................................................................ 274

El «Schmunzeler» ....................................................................................... 280

SÉPTIMA PARTE ............................................................................................... 282

El «Gran diccionario de definiciones y sinónimos» .................................. 282

Champán y acordeones ............................................................................. 283

 

 

 

 

La trilogía .................................................................................................... 288

El aullido de las sirenas ............................................................................. 298

El ladrón de cielos ...................................................................................... 304

La oferta de frau Holtzapfel ..................................................................... 308

El largo camino hasta Dachau .................................................................. 312

Paz ................................................................................................................ 318

El imbécil y los hombres con abrigos largos .......................................... 320

OCTAVA PARTE ............................................................................................... 324

La recolectora de palabras ............................................................................ 324

El dominó y la oscuridad .......................................................................... 325

La imagen de Rudy desnudo ................................................................... 329

Castigo ......................................................................................................... 332

La mujer del hombre de palabra .............................................................. 336

El recolector ................................................................................................. 344

Los devoradores de pan ............................................................................ 350

El cuaderno de dibujo escondido............................................................. 354

La colección de trajes del anarquista ....................................................... 364

NOVENA PARTE .............................................................................................. 367

La última extranjera ....................................................................................... 367

La siguiente tentación ................................................................................ 368

El jugador de cartas ................................................................................... 371

Las nieves de Stalingrado ......................................................................... 373

El hermano eternamente joven ................................................................ 378

El accidente ................................................................................................. 380

El amargo sabor de las preguntas ............................................................ 383

Una caja de herramientas, un delincuente, un oso de peluche ........... 384

De vuelta en casa ........................................................................................ 392

DÉCIMA PARTE ................................................................................................ 394

La ladrona de libros ....................................................................................... 394

El fin del mundo (parte I).......................................................................... 395

El nonagésimo octavo día ......................................................................... 398

El instigador de guerras ............................................................................ 402

El estilo de las palabras ............................................................................. 403

Confesiones ................................................................................................. 409

El librito negro de Ilsa Hermann ............................................................. 412

Los aviones con caja torácica .................................................................... 417

El fin del mundo (parte II) ........................................................................ 420

EPÍLOGO ............................................................................................................. 428

El último color ................................................................................................ 428

La muerte y Liesel ...................................................................................... 429

 

 

 


 

 

Max ............................................................................................................... 432

Agradecimientos ................................................................................................ 434

índice....................................................................................................................... 435

 

 

 

 

 

 

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