© Libro N° 6123. La
Ladrona De Libros. Zusak, Markus.
Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título original: © La Ladrona De Libros. Markus
Zusak
Versión Original: © La Ladrona De Libros. Markus Zusak
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de
Versión original de textos:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA LADRONA DE LIBROS
Markus Zusak
Traducción
de
Laura
Martín de Dios
Lumen
narrativa
Esta obra ha sido publicada con la ayuda del Australia Council,
organismo consultivo y de
promoción de las artes del gobierno australiano.
Título original: The Book Thief
Primera edición: septiembre de 2007
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© 2005, Markus Zusak
© 2007, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Random House Mondadori, S. A.
Travessera de Gracia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2007, Laura Martín de Dios, por la traducción
© 2005, Trudy White, por las ilustraciones
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 978-84-264-1621-6
Depósito legal B. 28.569-2007
Compuesto en Fotocomposición 2000, S. A.
Impreso en SIAGSA
Ramón Casas, 2. Badalona (Barcelona)
Encuadernado en Artesanía Gráfica
H 4 1 6 2 1 6
Para
Elisabeth y Helmut Zusak, con amor y admiración.
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PRÓLOGO
Una montaña de escombros
Donde nuestra narradora se presenta a sí misma.
La muerte y tú
Primero los colores.
Luego los humanos.
Así es como acostumbro a ver las cosas.
O, al menos, así intento verlas.
UN
PEQUEÑO DETALLE
Morirás.
Sinceramente, me esfuerzo por tratar el tema con tranquilidad,
pero a casi
todo el mundo le cuesta creerme, por más que yo proteste. Por
favor, confía en
mí. De verdad, puedo ser alegre. Amable, agradable, afable... Y
eso sólo son las
palabras que empiezan por «a». Pero no me pidas que sea
simpática, la simpatía
no va conmigo.
RESPUESTA
AL DETALLE
ANTERIORMENTE
MENCIONADO
¿Te
preocupa?
Insisto:
no tengas miedo.
Si
algo me distingue es que soy justa.
Por supuesto, una introducción.
Un comienzo.
¿Qué habrá sido de mis modales?
Podría presentarme como
es debido pero, la verdad, no es necesario.
Pronto me conocerás bien, todo
depende de una compleja combinación de
variables. Por ahora baste con decir que, tarde o temprano,
apareceré ante ti con
la mayor cordialidad. Tomaré tu alma en mis manos, un color se
posará sobre
mi hombro y te llevaré conmigo con suma delicadeza.
Cuando llegue el momento te encontraré tumbado (pocas veces
encuentro a
la gente de pie) y tendrás el cuerpo rígido. Esto tal vez te
sorprenda: un grito
dejará su rastro en el aire. Después, sólo oiré mi propia
respiración, y el olor, y
mis pasos.
Casi siempre consigo salir ilesa.
Encuentro un color, aspiro el cielo.
Me ayuda a relajarme.
A veces, sin embargo, no
es tan fácil, y me veo
arrastrada hacia los
supervivientes, que siempre se llevan la peor parte. Los observo
mientras andan
tropezando en la nueva situación, la desesperación y la
sorpresa. Sus corazones
están
heridos, sus pulmones dañados.
Lo que a su vez me lleva al tema del que
estoy hablándote esta noche, o
esta tarde, a la hora o el color que sea. Es la historia de uno
de esos perpetuos
supervivientes, una chica menuda que sabía muy bien qué
significa la palabra
abandono.
Junto a las vías del tren
Vi a la ladrona de libros en tres ocasiones.
Lo primero que apareció fue algo blanco. Un blanco cegador.
Probablemente estarás pensando que el blanco en realidad no es
un color y
toda esa clase de tonterías. Pues yo te digo que lo es. El
blanco es sin duda un
color y, personalmente, no creo que te convenga discutir
conmigo.
UN
ANUNCIO RECONFORTANTE
Por
favor, a pesar de las amenazas anteriores,
conserva
la calma.
Sólo
soy una fanfarrona.
No
soy violenta.
No
soy perversa.
Soy
lo que tiene que ser.
Sí, era blanco.
Daba la impresión de que todo el planeta se había vestido de
nieve, que se
la hubiera puesto
como tú te pones un
jersey. Las pisadas junto
a las vías del
tren se hundían hasta la rodilla. Los árboles
estaban cubiertos con mantos de
hielo.
Como debes de imaginar, alguien había muerto.
No podían dejarlo tirado
en el suelo. Por el momento no era un gran
problema, pero la vía pronto quedaría despejada y el tren tenía
que continuar la
marcha.
Había dos guardias.
Había una madre con su hija.
Un cadáver.
La madre, la niña y el cadáver estaban quietos y en silencio.
—¿Y qué quieres que haga?
Uno de los guardias era alto y el otro bajo. El alto siempre
hablaba primero,
aunque no era el jefe. Miró al bajo y rechoncho, de cara
rubicunda.
—No podemos dejarlos así, ¿no crees? —respondió.
El alto estaba perdiendo la paciencia.
—¿Por qué no?
El más bajito estuvo a punto de estallar.
—Spinnst du?! ¡¿Eres tonto o qué?! —gritó
a la altura de la barbilla del alto.
La repugnancia le inflaba las mejillas, la piel se le tensaba—.
Vamos —ordenó,
avanzando con dificultad
por la nieve—. Si hace falta, cargamos a
los tres. Ya
informaremos en la siguiente parada.
En cuanto a mí, ya había cometido el más
elemental de los errores. No
encuentro palabras para describir cuánto me enfadé conmigo
misma. Hasta ese
momento lo había hecho todo bien. Había estudiado el cielo
cegador, blanco
como la nieve, al
otro lado de la ventanilla del tren en movimiento.
Prácticamente lo había inhalado, pero aun así vacilé, me dejé
doblegar: la niña
llamó mi atención. La curiosidad pudo conmigo
y, resignada, me quedé el
tiempo que me permitió mi apretada agenda, y observé.
Veintitrés minutos después, cuando el tren ya se había detenido, bajé con
ellos.
Llevaba en brazos una pequeña alma.
Me quedé un poco apartada, a la derecha.
El eficiente dúo de los
guardias se volvió hacia la madre, la niña y el
pequeño cadáver. Recuerdo con claridad que ese día podía oír mi
respiración,
alta y fuerte. Me
sorprende que los guardias no
advirtieran mi presencia al
pasar a su lado. El mundo se estaba hundiendo bajo el peso de la
nieve.
La pálida y famélica niña estaba a unos diez metros a mi
izquierda, aterida.
Le
castañeteaban los dientes.
Tenía los brazos cruzados y congelados.
Las lágrimas se habían helado sobre el rostro de la ladrona de
libros.
El
eclipse
Era el momento de mayor oscuridad antes del alba.
Esta vez yo había ido por un hombre de unos veinticuatro años.
En cierto
modo, fue hermoso. El avión todavía tosía. El humo se le escapaba por los
pulmones.
Se abrieron tres
grandes zanjas en el suelo
al estrellarse. Las alas se
convirtieron en brazos
amputados. Se acabó el revoloteo,
al menos para ese
pajarillo metálico.
OTROS
PEQUEÑOS DETALLES
A
veces llego demasiado pronto,
me
adelanto.
Y
hay gente que se aferra a la vida
más
de lo esperado.
Al cabo de unos pocos minutos, el humo se extinguió.
Primero llegó un niño con respiración agitada y lo que parecía
una caja de
herramientas. Turbado, se acercó a la cabina y miró en el
interior, para ver si el
piloto seguía vivo; en
ese momento así era. La ladrona de libros llegó
unos
treinta segundos después.
Habían pasado los años, pero la reconocí.
Estaba jadeando.
El niño sacó un oso de peluche de la caja de herramientas, metió
la mano en
la cabina a través del cristal hecho añicos y lo dejó sobre el
pecho del piloto. El
osito sonriente se acurrucó entre el amasijo de carne y sangre.
Minutos después
probé suerte. Le había llegado la hora.
Entré, liberé su alma y me la llevé con delicadeza.
Allí sólo quedó el cuerpo, un olor a humo cada vez más leve y el
sonriente
oso de peluche.
Cuando empezó a llegar
la gente, todo había cambiado,
por supuesto. El
horizonte empezaba a dibujarse al carboncillo. Apenas quedaba un
suspiro de
la oscuridad de antes, que se difuminaba con rapidez.
Ahora el hombre tenía un
color hueso. La piel
parecía un esqueleto. Un
uniforme arrugado. Tenía los ojos castaños, la mirada fría —como
dos manchas
de café—, y el último
trazo de negro dibujó
una forma extraña y a la vez
familiar: una firma.
La gente hizo lo que suele hacer.
A medida que me abría paso
entre la multitud veía a
todo el mundo
jugueteando con el silencio
imperante: un pequeño revoltijo
de gestos
descoordinados y frases apagadas mientras daban una tímida y
callada media
vuelta.
Cuando volví la vista atrás hacia el avión, el piloto, boquiabierto,
parecía
sonreír.
Un último chiste morboso.
Otro remate final típico de los humanos.
Permaneció
amortajado en su uniforme
mientras la luz grisácea desafiaba
al cielo. Al igual que en otras ocasiones, cuando empecé a
alejarme, me pareció
ver una sombra fugaz, los últimos momentos de un eclipse: la
constatación de la
partida de una nueva alma.
¿Sabes?, durante un breve instante, a pesar de todos
los colores que se
cruzan y se
enfrentan con lo que veo
en este mundo, suelo atisbar
un eclipse
cuando muere un humano.
He visto millones.
He visto más eclipses de los que quisiera recordar.
La
bandera
La última ocasión en que
la vi todo era rojo. El cielo parecía un
caldo
hirviendo, en plena agitación, un poco requemado. Algunos
tropezones negros
y salpicaduras de pimienta flotaban sobre el rojo.
Un poco antes, unas niñas
habían estado jugando allí a
la rayuela, en esa
calle que parecía una página con manchas de aceite. Cuando
llegué, todavía se
oía el eco de sus voces. Los
pies repicando contra la calzada, las carcajadas
infantiles y las sonrisas de sal. Aunque se desvanecían a gran
velocidad.
Luego, las bombas.
Esta vez, todo llegó tarde.
Las sirenas. Los gritos alborotados de la radio. Todo demasiado
tarde.
En cuestión de pocos minutos, había montañas de cemento
y tierra por
todas partes. Las calles
se abrieron como venas reventadas. La sangre corrió
hasta que se secó en el suelo, donde quedaron pegados los
cuerpos inmóviles,
como los escombros tras una inundación.
Pegados al suelo hasta el último de ellos. Un mar de almas.
¿Fue el destino?
¿La mala suerte?
¿Eso los dejó pegados al suelo?
Por supuesto que no.
No seamos estúpidos.
Seguramente las bombas, arrojadas por
humanos escondidos entre las
nubes, tuvieron algo que ver.
Sí, el cielo era de un rojo abrumador, ardiente. La pequeña
ciudad alemana
había quedado dividida en
dos otra vez. Los copos
de ceniza caían con tal
encanto que uno se sentía tentado de atraparlos
con la lengua y saborearlos.
Pero te habrían quemado los labios y escaldado la boca.
Lo recuerdo con toda claridad.
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Estaba a punto de irme
cuando la vi allí, arrodillada.
A su alrededor, se había escrito, proyectado y
erigido una montaña de
escombros. Se aferraba a un libro.
Por encima de todo, la ladrona de libros ansiaba volver al
sótano a escribir
o a leer su historia una vez más. Ahora que lo pienso, sin duda
se le veía en la
cara. Se moría de ganas
de reencontrar esa seguridad, ese
hogar, pero era
incapaz de moverse.
Además, el sótano ya no existía. Era
parte del paisaje
devastado.
Por favor, insisto, créeme.
Tuve ganas de detenerme y agacharme a su lado.
Tuve ganas de decirle: «Lo siento, pequeña».
Pero no está permitido.
No me agaché. No dije nada.
Me quedé mirándola un rato y, cuando se movió, la seguí.
Soltó el libro.
Se arrodilló.
La ladrona de libros se puso a gritar.
Cuando empezó la limpieza, su libro recibió
varias pisotadas y, aunque
sólo tenían orden de despejar el cemento de las calles, el
objeto más preciado de
la niña también acabó en el camión de la basura. Entonces me vi obligada a
reaccionar. Subí al vehículo y lo cogí, sin ser consciente de
que me lo quedaría y
lo estudiaría miles de veces a lo largo de los años. Buscaría
los lugares en que
nuestros caminos se habían cruzado y me maravillaría todo lo que
la niña había
visto y cómo
había conseguido sobrevivir.
Es lo
único que puedo hacer:
descubrir que ese relato se ajusta al resto de lo que presencié
en esa época.
Cuando la recuerdo,
veo una larga lista de colores, aunque hay tres que
resuenan en mi memoria por encima de todos los demás:
LOS
COLORES
ROJO: BLANCO:
NEGRO:
Unos se abalanzan
sobre los otros. La rúbrica negra garabateada
sobre el
cegador blanco que todo lo ocupa, apoyado en el espeso y meloso
rojo.
Vi a la ladrona de libros en tres ocasiones.
Sí, la recuerdo a
menudo y
conservo su historia en uno de mis
múltiples
bolsillos para contarla una y
otra vez. Es una más de la pequeña
legión que
llevo conmigo, cada una de ellas
extraordinarias a su modo.
Todas son un
intento, un extraordinario intento de demostrarme que vosotros,
y la existencia
humana, valéis la pena.
Aquí está. Una más entre tantas.
La ladrona de libros.
Si te apetece, ven conmigo. Te contaré una historia.
Te mostraré algo.
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PRIMERA
PARTE
Manual
del sepulturero
Presenta:
Himmelstrasse — el arte de ser una saumensch — una mujer
con puño de hierro
— un beso frustrado —Jesse Owens — papel de lija — el aroma de
la amistad
— una campeona de peso pesado — y la madre de todos los watschens
Llegada a Himmelstrasse
La última vez.
Ese cielo rojo...
¿Qué hace una ladrona de libros para acabar de rodillas y
dando alaridos
en medio de una montaña
de escombros, absurdos, grasientos, calcinados,
levantados por el hombre?
Todo comenzó con la nieve. Años atrás.
Había llegado la hora. La hora de alguien.
UN
MOMENTO TERRIBLEMENTE
TRÁGICO
Un
tren avanzaba a toda máquina.
Estaba
atestado de humanos.
Un
niño de seis años murió en el tercer vagón.
La ladrona de libros
y su hermano se dirigían a Munich, donde los iba a
acoger una familia. Pero ahora ya sabemos que el niño no llegó.
CÓMO
OCURRIÓ
Sufrió
un violento ataque de tos.
Un
ataque casi «inspirado».
Y
poco después, nada.
Cuando la tos se apagó, no quedaba más que la vacuidad de la
vida
arrastrando los pies para seguir su camino, o dando un tirón
casi inaudible. De
repente, una exhalación se abrió paso hasta sus labios, que eran
de color marrón
corroído y se pelaban como la pintura vieja. Necesitaban urgentemente
una
nueva mano.
La madre dormía.
Subí al tren.
Fui esquivando los
cuerpos por el pasillo abarrotado y en
un instante la
palma de mi mano estaba ya sobre su boca.
Nadie se dio cuenta.
El tren seguía la marcha.
Excepto la niña.
Con un ojo abierto
y el otro todavía soñando, la ladrona de libros —
también conocida como Liesel Meminger— entendió que su hermano
pequeño,
Werner, había muerto.
El niño tenía los ojos azules clavados en el suelo.
No veía nada.
Antes de
despertarse, la ladrona de libros estaba soñando con el
Führer,
Adolf Hitler. En el sueño, la niña había acudido a uno de sus
mítines y estaba
concentrada en la raya del pelo
de color mortecino y en el perfecto bigote
cuadrado. Escuchaba con atención el torrente de palabras que
irrumpían de su
boca. Las frases brillaban. En
un momento de menos bullicio, se agachó y le
sonrió. Ella le devolvió
la sonrisa y dijo: Guten Tag, Herr Führer. Wie geht's
dir
heut? No sabía hablar muy bien, ni siquiera leer, pues había ido poco
al colegio.
Descubriría la razón de eso a su debido tiempo.
En el justo momento
en que el Führer estaba a punto
de responder, se
despertó.
Era enero de 1939. Tenía nueve años y pronto cumpliría diez.
Su hermano estaba muerto.
Un ojo abierto.
El otro soñando.
Habría sido mejor que hubiera podido acabar
el sueño, pero no poseo
control alguno sobre los sueños.
El segundo ojo se despertó
de golpe y me vio, no hay
duda. Fue justo
cuando me arrodillé
y arrebaté el alma a su hermano, mientras la sostenía,
exangüe, entre mis
brazos hinchados. Poco después
entró en calor, pero en el
momento de cogerlo el espíritu del crío estaba blando y frío,
como un helado.
Empezó a derretirse en
mis manos, aunque luego recobró
el calor. Se estaba
recuperando.
En cuanto a Liesel
Meminger, tuvo que hacer frente
a la rigidez de sus
movimientos y a la embestida de sus pensamientos
desconcertados. Es stimmt
nicht. No está pasando. No puede estar pasando.
Y el temblor.
¿Por qué siempre se ponen a temblar?
Sí, ya sé, ya sé, supongo que tiene que ver con el instinto,
para detener la
irrupción de la verdad. En esos momentos, su corazón parecía
escurrirse, estaba
acalorado y latía muy fuerte, muy, muy fuerte.
Me quedé mirando como una imbécil.
Lo siguiente: la madre.
La niña la despertó con el mismo temblor angustiado.
Si no te lo puedes imaginar piensa en un silencio extraño.
Piensa en retazos
de desesperación flotando por todas partes, inundando un tren.
Había nevado mucho y el tren a Munich se había detenido a causa
de los
desperfectos en la vía. Una mujer lloraba desconsolada. Una niña
aturdida
estaba a su lado.
La madre abrió la puerta, presa del pánico.
Saltó a la nieve, con el pequeño cuerpo en los brazos.
¿Qué iba a hacer la niña sino seguirla?
También bajaron del tren dos
guardias. Analizaron la
situación y
discutieron qué hacer. Un
momento embarazoso, cuando menos. Al final
decidieron que lo mejor sería llevarlos hasta el siguiente
pueblo y dejarlos allí.
Ahora el tren avanzaba a trompicones por un terreno cubierto de
nieve.
Se tambaleó y después frenó.
Bajaron al andén, la madre llevaba el cadáver en brazos.
Allí se quedaron.
El niño pesaba cada vez más.
Liesel no sabía dónde
estaba. Todo era blanco, y durante
el tiempo que estuvieron en
la estación sólo podía
ver las letras
descoloridas del letrero
que
había delante de ella. En ese pueblo que para Liesel no tenía
nombre, dos días
después enterraron a su hermano Werner. Al funeral acudieron un
sacerdote y
dos sepultureros temblando de frío.
UNA
OBSERVACIÓN
Una
pareja de guardias.
Un
par de sepultureros.
A la
hora de la verdad, uno dio las órdenes.
El
otro obedeció.
La
cuestión es: ¿qué pasa cuando el otro es más de uno?
Errores, errores, a veces parece que no hago más que cometer
errores.
Durante ese par de días me dediqué a mis cosas. Viajé por todo
el mundo
como siempre,
acompañando las almas
hasta la cinta transportadora de la
eternidad. Las observaba
avanzar poco a poco, sin
oponer resistencia. Varías
veces me dije que
debía mantenerme a distancia del entierro
del hermano de
Liesel Meminger, pero no seguí mi propio consejo.
Mientras me
acercaba, a kilómetros de distancia ya podía ver al pequeño
grupo de humanos tiritando
en el páramo nevado. El cementerio me dio
la
bienvenida como a un amigo y poco después me reuní con ellos.
Los saludé con
una inclinación de cabeza.
A la izquierda de Liesel, los
sepultureros se frotaban las manos
y se
quejaban de la nieve y
las condiciones en que tenían que trabajar. «Es duro
cavar en el hielo»,
y expresiones por el
estilo. Uno de ellos no tendría más de
catorce años. Un aprendiz. Cuando se iba, al cabo de unos
cuantos pasos, se le
cayó un libro negro del bolsillo del abrigo sin que se diera
cuenta.
Unos minutos después, la madre de Liesel también se marchó,
acompañada
del sacerdote, al que dio las gracias por la ceremonia.
La niña, en cambio, se quedó.
Sus rodillas se hundieron en el suelo. Había llegado su momento.
Todavía sin creérselo
empezó a cavar. No
podía estar muerto. No podía
estar muerto. No podía...
En cuestión de segundos, la nieve le había cortado las manos.
La sangre helada se agrietaba manchándole la piel.
No se dio cuenta de que su madre había vuelto a buscarla, hasta
que sintió
su mano esquelética sobre
el hombro. Se la llevó a rastras.
Un grito cálido
inundó su garganta.
UNA
PEQUEÑA IMAGEN
TAL
VEZ A UNOS VEINTE METROS
Cuando
dejó de arrastrarla, la madre y la niña se detuvieron a
respirar.
Había
algo negro y rectangular incrustado en la nieve. Sólo la niña lo vio.
Se
agachó, lo recogió y lo sostuvo con firmeza.
El
libro tenía impresas unas letras plateadas.
Se cogieron de la mano.
Tras un adiós definitivo
empapado de agua, dieron media
vuelta y
abandonaron el cementerio, aunque volvieron la vista atrás
varias veces.
En cuanto a mí, me quedé un poco más.
Les dije adiós.
Nadie me devolvió el saludo.
Madre e hija se
alejaron del cementerio y se
dirigieron hacia la estación
para tomar el siguiente tren a Munich.
Ambas estaban pálidas y esqueléticas.
Ambas tenían llagas en los labios.
Liesel lo vio al mirarse en la ventanilla sucia y empañada del
tren, cuando
subieron poco antes del mediodía. Tal y
como escribió la propia ladrona de
libros, el viaje continuó como si «todo» hubiera pasado.
Cuando el tren se detuvo
en la Bahnhof de Munich, los pasajeros se
desparramaron como si se
hubieran soltado al romperse un paquete. Había
gente de toda
clase y condición, pero los
más fáciles de reconocer
eran los
pobres. Los
necesitados intentan no detenerse
nunca, como si ir de
aquí para
allá fuera a ayudarles. Ignoran que una nueva versión del
problema de siempre
les aguarda al final del viaje: ese pariente al que da vergüenza
besar.
Creo que su madre lo sabía muy bien. No iba a entregar sus hijos
a los altos
estamentos de Munich,
sino a un hogar
de acogida que según parecía habían
encontrado. Por lo menos, la nueva familia los alimentaría un
poco mejor y los
educaría como era debido.
El niño.
Liesel estaba convencida de que su madre llevaba a cuestas el
recuerdo de
su hermano. Lo dejó caer al suelo. Vio cómo los pies, las
piernas y el cuerpo del
niño se estampaban contra el andén.
¿Cómo podía andar esa mujer?
¿Cómo podía moverse?
Es el tipo de cosas
que nunca sabré o llegaré a comprender: de qué
son
capaces los humanos.
La mujer lo recogió y siguió caminando con la niña a su lado.
Se cruzaron con las autoridades, y las preguntas sobre la demora
y el niño
les obligaron a levantar sus vulnerables cabezas. Liesel se quedó en un rincón
de la pequeña y polvorienta oficina mientras su madre, sentada en una silla
muy dura, se aferraba a sus pensamientos.
Llegó el caos de la despedida.
Fue un adiós bañado
en lágrimas, la cabeza de la niña escondida en los
bajos gastados del abrigo
de lana de su madre. Otra vez tuvieron que
arrastrarla.
Más allá de las afueras
de Munich, había una pequeña
ciudad llamada
Molching. Allí la llevaban, a un lugar llamado Himmelstrasse.
UNA
TRADUCCIÓN
Himmel =
Cielo
Quien fuera que bautizó
la calle, sin duda poseía un
gran sentido del
humor. No es que fuera el infierno, no, pero desde luego no era
el cielo.
Pese a todo, los padres de acogida de Liesel estaban esperando.
Los Hubermann.
Esperaban a un niño y una
niña, por cuya manutención recibirían
una
pequeña mensualidad. Nadie quería decirle a Rosa Hubermann que
el niño no
había sobrevivido al viaje. En realidad, nadie quería decirle
nunca nada a Rosa.
En lo que se refiere al temperamento, el suyo no era
precisamente envidiable, si
bien tenía un buen expediente en cuanto a niños acogidos en el
pasado. Por lo
visto, había enderezado a unos cuantos.
Liesel viajó en coche.
Nunca había subido a un coche.
Se le revolvió el
estómago durante todo
el viaje y mantuvo la fútil
esperanza de que se
perdieran o cambiaran de opinión.
No podía evitar
imaginarse a su madre una y otra vez, en la Bahnhof, esperando el nuevo viaje.
Temblando. Enfundada en ese abrigo inútil.
Debía de estar mordiéndose las
uñas mientras llegaba
el tren, en el andén largo e inhóspito, una rebanada de
cemento frío. Ya en
el viaje de vuelta, ¿estaría atenta al
aproximarse al lugar
donde estaba enterrado su hijo? ¿O sería el sueño demasiado
pesado?
El coche seguía su camino
mientras Liesel temía que llegara la última y
funesta curva.
El día era gris, el color de Europa.
Una cortina de lluvia se cerraba sobre el coche.
—Ya casi estamos. —La
señora del servicio de acogida, frau
Heinrich, se
volvió y sonrió—. Dein neues Heim. Tu nuevo hogar.
Liesel dibujó una circunferencia en el cristal empañado y miró
fuera.
PANORÁMICA
DE
HIMMELSTRASSE
Los
edificios parecían soldados unos a otros, casitas y bloques
de
pisos de apariencia nerviosa.
Había
nieve sucia en el suelo como si fuera una alfombra.
Había
cemento, árboles parecidos a percheros vacíos
y un
aire gris.
En el coche también iba un hombre que se quedó con la niña
mientras frau
Heinrich desapareció en
el interior. No hablaba. Liesel
supuso que estaba allí
para asegurarse de que no echaría a correr
o para obligarla a entrar si les
causaba algún problema. No obstante, más tarde, cuando llegó el
problema, se
limitó a quedarse
sentado y mirar. Tal
vez él sólo era el último
recurso, la
solución definitiva.
Al cabo de unos minutos, salió un hombre muy alto: Hans
Hubermann, el
padre de acogida de Liesel. A un lado estaba frau Heinrich, de
estatura media, y
al otro la figura retacona de Rosa Hubermann, que parecía un
pequeño armario
con un abrigo echado encima. Tenía andares de pato y hubiera
podido decirse
que era guapa si no fuera
por la cara, como de cartón arrugado, y
por la
expresión de fastidio que parecía expresar que todo aquello
rozaba el límite de
lo tolerable. Su marido andaba derecho, con un cigarrillo
consumiéndose entre
los dedos. Los liaba él mismo.
El problema: Liesel no quería bajar del coche.
—Was ist los mit dem Kind? —preguntó Rosa Hubermann y
volvió a
repetir—: ¿Qué le pasa a esa niña? —Asomó la cabeza por la
puerta del coche—.
Na, komm. Komm.
Desplazó el asiento delantero y un pasillo de luz fría la invitó
a salir, pero
ella siguió sin moverse.
Fuera, a través de la circunferencia que había dibujado en el
cristal, Liesel
vio los dedos del hombre alto que sostenían el cigarrillo. La
ceniza caía de una
sacudida y daba muchas vueltas antes de llegar al suelo. Fueron
necesarios casi
quince minutos para convencerla de que saliera del coche. Sólo
lo consiguió el
hombre alto.
Con calma.
Después se aferró con fuerza a la puerta de la verja.
Las lágrimas acudieron en tropel a sus ojos
tropezando unas con otras,
mientras seguía agarrada a la puerta y se negaba a entrar. La
gente empezó a
formar corrillos en la
calle hasta que Rosa Hubermann comenzó
a proferir
insultos y todo
el mundo se volvió
por el mismo camino por
donde habían
venido.
TRADUCCIÓN
DEL COMUNICADO
DE
ROSA HUBERMANN
¿Qué
estáis mirando, imbéciles?
Al final, Liesel Meminger se avino a entrar, con cautela. Hans
Hubermann
le dio una mano. Llevaba la maletita en la otra. En su interior,
enterrado entre
las capas de ropa doblada, había el pequeño libro negro
que, por lo que
sabemos, hacía horas que buscaba un sepulturero de catorce años
en un pueblo
sin nombre. «Se lo prometo —me lo imagino diciéndole a su jefe—.
No tengo ni
idea de lo que ha
podido ocurrir. Lo he buscado
por todas partes. ¡Por
todas
partes!» Estoy
segura de que jamás habría sospechado de la niña y, sin
embargo, ahí estaba, entre su ropa, un libro negro con letras
plateadas:
MANUAL
DEL SEPULTURERO
Doce
pasos para ser un sepulturero de éxito.
Publicado
por la Asociación de Cementerios de Baviera.
La ladrona de libros había dado su primer golpe: sería el
comienzo de una
ilustre carrera.
Convertirse en una «Saumensch»
Sí, una ilustre carrera.
Sin embargo, debo reconocer que hubo un considerable paréntesis
entre el
robo del primer
libro y el segundo. También hay que tener
en cuenta que el
primero lo robó a la nieve y el segundo a las llamas, sin
olvidar que otros no los
robó, sino que se los dieron. En total tenía catorce libros,
pero ella sostenía que
la mayor parte de su historia estaba en una decena de ellos. De
esos diez, robó
seis, uno apareció en la mesa de la cocina, un judío escondido
escribió dos para
ella y el otro le fue entregado por un amable atardecer vestido
de amarillo.
Cuando empezó a escribir su historia, se preguntó por el momento
exacto
en que los libros y
las palabras no sólo
comenzaron a tener algún
significado,
sino que lo significaban todo. ¿Fue al ver por primera vez una
habitación llena
de estanterías
abarrotadas de libros? ¿O
cuando Max Vandenburg
llegó a
Himmelstrasse con las manos repletas de sufrimiento y el Mein
Kampf de Hitler?
¿Fue por leer en los
refugios antiaéreos o
quizá por la última procesión hacia
Dachau? ¿Fue El árbol de las palabras? Tal
vez nunca pueda precisarse con
exactitud cuándo y dónde ocurrió pero, en cualquier caso, estoy
anticipándome
a los acontecimientos.
Por ahora, debemos repasar
los inicios de Liesel
Meminger en Himmelstrasse y el arte de ser una Saumensch.
A su llegada, todavía se apreciaban las marcas de los mordiscos
de la nieve
en las manos y la sangre helada en los dedos. Toda ella era pura
desnutrición:
pantorrillas de alambre, brazos de perchero. No fue fácil
arrancarle una sonrisa,
pero cuando lo consiguieron vieron la de una muerta de hambre.
Tenía el pelo rubio, al
estilo alemán, pero sus
ojos eran sospechosos:
castaño oscuro. En Alemania, en esa época, no os habría gustado
tener los ojos
castaños. Tal vez
los había heredado de su padre, aunque nunca lo sabría
porque no lo recordaba.
En realidad, sólo sabía
una cosa sobre
su padre: una
palabra que no comprendía.
UNA
PALABRA RARA
Kommunist
Liesel la había oído muchas veces en los últimos años.
«Comunista.»
Conocía pensiones
atestadas, habitaciones
repletas de preguntas... y esa
palabra. Esa extraña palabra siempre estaba ahí, en alguna
parte, en un rincón,
al acecho, vigilando desde la oscuridad. Llevaba traje,
uniforme. No importaba
adónde fueran, allí estaba cada vez que su padre salía a
colación. Podía olerla y
saborearla en el paladar. No sabía cómo se escribía ni la
comprendía. Cuando le
preguntó a su madre el significado, le respondió que no tenía
importancia, no
debía preocuparse por esas cosas. En una de las pensiones había
una mujer que
intentó enseñar a escribir a los niños dibujando con un trozo de
carbón sobre la
pared. Liesel estuvo tentada de preguntarle el significado, pero
nunca encontró
el momento. Un día se la llevaron para hacerle unas preguntas.
No regresó
jamás.
Cuando Liesel llegó a Molching tuvo al menos la sensación de
estar a salvo,
pero eso no era ningún
consuelo. Si su madre la quería,
¿por qué la había
abandonado en la puerta de unos desconocidos? ¿Por qué? ¿Por
qué?
¿Por qué?
A pesar de que
conocía la respuesta —aunque
vagamente— no parecía
satisfacerla. Su madre siempre estaba enferma y el dinero
nunca llegaba para
que se curara por
completo. Liesel lo sabía,
pero eso
no significaba que lo
aceptara. No importaban
las veces que le
habían dicho que la querían, no
reconocía ninguna prueba de ello en su abandono. Nada cambiaba
el hecho de
que era una criatura
esquelética y perdida en un lugar
nuevo y extraño,
rodeada de gente extraña. Sola.
Los Hubermann vivían
en una de las casitas
con forma de caja de
Himmelstrasse: unas
habitaciones, una cocina y
un baño exterior que
compartían con los vecinos. La vivienda tenía el tejado plano y
un sótano para
almacenar cosas.
Pero no tenía la «profundidad adecuada»; y
aunque en 1939
eso todavía no representaba ningún problema, más tarde, en 1942
y 1943, sí lo
fue. Cuando comenzaron
los bombardeos aéreos, siempre tenían que salir
corriendo en busca de un refugio más seguro.
Al principio, lo que más le impactó de la familia fue su
procacidad verbal,
sobre todo por la
vehemencia y asiduidad con que se
desataba. La última
palabra siempre era Saumensch o bien Saukerl o Arschloch.
Para los que no estén
familiarizados con
estas palabras, me explico: Sau, como todos
sabemos, hace
referencia a los cerdos.
Y Saumensch se utiliza para censurar o
humillar a la
mujer. Saukerl
(pronunciado tal cual)
se utiliza para insultar
al hombre.
Arschloch podría traducirse por «imbécil», y no
distingue entre el femenino y el
masculino. Uno simplemente lo es.
—Saumensch, du dreckiges! —gritó la madre
de acogida de Liesel la primera
noche, cuando la niña se negó a bañarse—. ¡Cochina marrana!
Venga, fuera esa
ropa.
Se le daba bien ponerse hecha una energúmena. De hecho, podría
decirse
que el rostro de Rosa Hubermann siempre estaba poseído por la
furia. Por eso
le habían salido tantas arrugas en la piel.
Liesel, por supuesto, estaba aterrorizada. No iban a conseguir meterla en
una bañera ni, llegado el caso, en una cama. Se acurrucó en un
rincón del cuarto
de baño que parecía un armario, en busca de unos brazos
invisibles en los que
apoyarse, pero sólo encontró
pintura seca, dificultades para
respirar y el
aluvión de improperios de Rosa.
—Déjala en paz. —Hans Hubermann interrumpió la pelea. Su suave
voz se
abrió camino hasta ellas, como si se deslizara entre la
multitud—. Déjame a mí.
Se acercó y se sentó
en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Las
baldosas estaban frías y duras.
—¿Sabes liar cigarrillos? —preguntó, y estuvieron una hora
sentados en la
creciente oscuridad, jugando con el tabaco y el papel que Hans
Hubermann se
iba fumando.
Al cabo de una hora,
Liesel sabía liar un cigarrillo bastante bien. Pero
todavía no se había bañado.
ALGUNOS
DATOS SOBRE
HANS
HUBERMANN
Le
gustaba fumar.
Lo
que más le apetecía era liar los cigarrillos.
Trabajaba
de pintor y tocaba el acordeón. Les venía muy bien,
sobre
todo en invierno, porque sacaba un poco de dinero extra
tocando
en los bares de Molching, en el Knoller, por ejemplo.
Ya
me la había jugado en una guerra mundial, y luego, en la
otra,
a la que lo enviaron (a modo de recompensa cruel), no sé
cómo,
se me volvió a escapar.
Para la mayoría de la gente Hans
Hubermann era casi invisible, una
persona normal y corriente. Tenía grandes dotes como pintor y
poseía un oído
más fino que la mayoría.
Pero estoy segura
de que habrás conocido personas
como él, con esa habilidad para mimetizarse con el fondo, hasta
cuando son el
primero de la fila.
Simplemente estaba allí. Pasaba inadvertido, no tenía
importancia ni valor.
Lo decepcionante de esa
apariencia, como te imaginarás, era que,
por así
decirlo, inducía a
un completo error. Si
había algo que no podía ponerse en
duda, era su valía, algo
que a Liesel Meminger no se le
pasó por
alto. (Los
niños... A veces son
mucho más astutos que los atontados y pesados adultos.)
Liesel lo vio de inmediato.
En su actitud.
En el aire reposado que lo envolvía.
Esa noche, cuando encendió la luz del diminuto y frío lavabo,
Liesel se fijó
en los asombrosos ojos
de su nuevo padre. Estaban hechos
de bondad... y de
plata, de plata líquida, esponjosa. Al ver esos ojos Liesel
comprendió que Hans
Hubermann valía mucho.
ALGUNOS
DATOS SOBRE
ROSA
HUBERMANN
Medía
un metro cincuenta y cinco, y llevaba su liso pelo
castaño
grisáceo recogido en un moño.
Para
complementar los ingresos de los Hubermann, hacía la
colada
y planchaba para cinco de las casas más acomodadas de
Molching,
Cocinaba
de pena.
Poseía
una habilidad única para irritar a casi todos sus
conocidos.
Pero
quería a Liesel Meminger.
Sólo
que su forma de demostrarlo era un tanto extraña.
Entre
otras cosas, a menudo la agredía verbalmente y
físicamente
con una cuchara de madera.
Cuando Liesel por fin se bañó —después de dos
semanas en
Himmelstrasse— Rosa le dio un abrazo enorme, de los que te
envían al hospital.
—Saumensch, du dreckiges, ¡ya era hora! —la
felicitó, a punto de asfixiarla.
Al cabo de unos meses dejaron de ser el señor y la señora
Hubermann.
—Escúchame bien, Liesel,
de ahora en adelante me llamarás mamá —
espetó Rosa, con su
típico tono. Se quedó pensativa un
instante—. ¿Cómo
llamabas a tu madre?
—Auch Mama, también mamá —contestó Liesel en voz
baja.
—Bueno, pues
entonces yo seré la mamá número dos. —Miró
a su
marido—. Y a ese de
ahí —daba la impresión de que tenía
las palabras en la
mano, bien apelmazadas, para lanzarlas al otro lado de la mesa—,
a ese Saukerl,
ese cerdo asqueroso, lo llamarás papá, verstehst?
¿Entendido?
—Sí —asintió Liesel sin demora.
En esa casa apreciaban las respuestas rápidas.
—Sí, mamá —la corrigió mamá—. Saumensch. Llámame mamá
cuando me
hables.
En ese momento Hans Hubermann acababa de liarse un cigarrillo,
después
de haber humedecido el
papel y haberlo pegado. Miró
a Liesel y le guiñó un
ojo. No le sería difícil llamarlo papá.
La
mujer del puño de hierro
Los primeros meses fueron los más duros sin lugar a dudas.
Liesel tenía pesadillas todas las noches.
El rostro de su hermano.
La mirada clavada en el suelo.
Se despertaba dando
vueltas en la cama,
chillando y ahogándose entre la
marea de sábanas. En la otra punta de la habitación, la cama destinada a su
hermano flotaba en la
oscuridad como una barca.
Poco a poco, a medida que
recuperaba la conciencia, lo veía hundirse en el suelo. Esa
visión no la ayudaba
a calmarla precisamente y, por lo general, pasaba bastante
tiempo antes de que
dejara de gritar.
Tal vez lo único
bueno de las pesadillas era que Hans
Hubermann, su
nuevo papá, aparecía en la habitación para tranquilizarla, para
darle amor.
Acudía noche tras noche y se sentaba a su lado. Las dos primeras
se limitó
a quedarse allí, como
un extraño para entretener la soledad. Al cabo de unas
noches empezó a susurrarle: «Shhh, estoy aquí, no pasa nada». A las tres
semanas, la calmaba
entre sus brazos. La confianza fue calando a pasos
agigantados, gracias a la gran dulzura del hombre, a su
presencia incondicional.
La niña supo desde el principio que Hans
Hubermann siempre aparecería
cuando ella gritara y que no se iría.
DEFINICIÓN
NO ENCONTRADA
EN
EL DICCIONARIO
No
irse: acto de confianza y amor, a menudo descifrado
por
los niños.
Hans Hubermann se sentaba en la cama, con ojos somnolientos, y Liesel
lloraba sobre sus mangas y sentía su olor. Todas las noches,
nunca antes de las
dos, caía rendida de sueño
acompañada de ese aroma: una mezcla de colillas
aplastadas, décadas de pintura y piel humana. Primero lo
aspiraba y después lo
inhalaba hasta que volvía
a quedarse dormida. Todas las mañanas
lo
encontraba a unos
pocos pasos, desplomado en la silla, casi partido
en dos.
Nunca utilizaba la otra cama. Liesel saltaba de la suya, le
besaba la mejilla con
cautela y él se despertaba con una sonrisa.
Había días en que su padre le decía que volviera a la cama y
esperara un
momento, y entonces volvía con el acordeón y tocaba para ella. Liesel se
sentaba y canturreaba,
con los dedos de los
pies encogidos por la
emoción.
Nunca habían tocado para ella. Liesel sonreía de oreja a oreja
como una tonta,
mirando con atención las líneas que se dibujaban en el rostro de
Hans y el metal
blando de sus ojos... hasta que llegaban los insultos desde la
cocina.
—¡¿Quieres dejar de hacer ruido, Saukerl?!
Hans tocaba un ratito más.
Le guiñaba un ojo a Liesel y ella, con torpeza, le devolvía el
guiño.
Otras veces, sólo para hacer rabiar a Rosa, llevaba el
instrumento a la cocina
y tocaba durante el desayuno.
El pan con mermelada de
Hans se quedaba en el plato,
serpenteado a
mordiscos, mientras la
música se reflejaba en la cara de Liesel. Sé que suena
extraño, pero ella lo sentía así. La mano derecha del padre
acariciaba las teclas
de color hueso mientras la izquierda apretaba los botones. (A
Liesel le gustaba
sobre todo ver
cómo apretaba el plateado, el
animado: el do mayor.) La parte
exterior del acordeón,
que estaba rayada pero todavía era de un negro
reluciente, iba y venía en un
vaivén mientras los brazos
estrujaban los
polvorientos fuelles obligándolos
a inhalar aire y soltarlo
de nuevo. Esas
mañanas en la cocina
Hans daba vida al acordeón. Supongo que,
pensándolo
bien, tiene sentido.
¿Cómo se sabe si algo está vivo?
Comprobando si respira.
De hecho, el sonido del
acordeón también pregonaba la seguridad, la luz
del alba. Durante el día era imposible que soñara con su
hermano. Lo echaba de
menos y a menudo lloraba en el diminuto lavabo, tan bajito como
podía, pero
aun así se alegraba de estar
despierta. La primera noche con los
Hubermann,
Liesel había escondido debajo del colchón lo último que la unía
a él: el Manual
del sepulturero. De vez en cuando lo sacaba
y contemplaba las letras de la tapa y
tocaba las que había impresas en el interior, aunque ignoraba
por completo lo
que decían. En realidad, no importaba de qué tratara el libro,
lo importante era
lo que significaba.
EL
SIGNIFICADO DEL LIBRO
1.
La última vez que vio a su hermano
2.
La última vez que vio a su madre.
A veces susurraba la palabra «mamá» y veía el rostro de su madre
cientos
de veces en una sola tarde. Sin embargo, eso era un
pequeño misterio en
comparación con el terror que le infundían las pesadillas. En
esas ocasiones, en
la inmensidad del sueño, nunca se había sentido tan
completamente sola.
Como estoy segura de que ya habrás advertido, no había más niños
en la
casa. Los Hubermann tenían dos
hijos, pero eran mayores y ya
se habían
emancipado. Hans
hijo trabajaba en el centro de Munich, y
Trudy ejercía de
criada y niñera. Pronto ambos intervendrían en la guerra. Una
fabricando balas.
El otro, disparándolas.
Como ya imaginarás, el colegio fue un estrepitoso fracaso.
Aunque era público, se adivinaba una fuerte influencia católica,
y Liesel era
luterana. No era el
más prometedor de los
comienzos. Después descubrieron
que no sabía ni leer ni escribir.
Se la desterró de manera
humillante con los niños más pequeños, con los
que empezaban a aprender el abecedario. Aunque Liesel era un
pálido saco de
huesos, se sentía gigantesca entre los párvulos, y a menudo
deseaba palidecer
hasta desaparecer por completo.
Ni siquiera en casa sabían cómo aconsejarla.
—No le pidas ayuda a ese —sentenció Rosa—. Menudo
Saukerl. —Hans
estaba mirando por la ventana, como tenía por costumbre—. Dejó
el colegio en
cuarto curso.
Sin volverse, Hans respondió
con calma, aunque lanzando dardos
envenenados:
—Bueno, pues tampoco le preguntes
a ella. —Se le cayó un poco
de
ceniza—. Lo dejó en tercero.
En la casa no había libros (aparte del que Liesel atesoraba en
secreto debajo
del colchón) y lo único que podía hacer era repasar el
abecedario entre dientes
antes de que le dijeran que se callara, en términos nada
equívocos. A saber qué
mascullaba. Hasta al cabo
de un tiempo, cuando se produjo
el incidente de la
incontinencia nocturna en medio de una pesadilla, no empezaron
las clases de
lectura adicionales. Extraoficialmente se las llamó
clases de medianoche,
aunque solían comenzar
cerca de las dos de la mañana. Pronto volveremos
sobre el tema.
A mediados de febrero, al
cumplir diez años, a Liesel le regalaron
una
muñeca vieja de pelo rubio a la que le faltaba una pierna.
—No hemos podido hacer más —se disculpó el padre.
—¿Qué estás
diciendo? Ya puede darse con un
canto en los dientes
por
tener lo que tiene —lo reprendió Rosa.
Hans continuó observando la pierna que le quedaba a la muñeca
mientras
Liesel se probaba el nuevo
uniforme. Cumplir diez años era
sinónimo de
Juventudes Hitlerianas.
Las Juventudes Hitlerianas
eran sinónimo de un
pequeño uniforme marrón.
Al ser una chica, a Liesel la apuntaron
a lo que
llamaban la BDM.
EXPLICACIÓN
DE LAS SIGLAS
Bund
Deutscher Müdchen,
Liga
de Jóvenes Alemanas.
Lo primero que hacían allí era asegurarse de que dominaran el «heil
Hitler»
a la perfección. Luego se
las enseñaba a desfilar erguidas, aplicar vendajes
y
zurcir. También las llevaban de excursión y hacían otro tipo de
actividades. Los
miércoles y los sábados eran los días que se reunían, de tres a
cinco de la tarde.
Todos los miércoles
y los sábados, Hans
la acompañaba a pie y volvía a
recogerla dos horas después. Nunca hablaban mucho de la asociación. Se
limitaban a cogerse de la mano y escuchar sus pisadas mientras
papá se fumaba
un par de cigarrillos.
Lo único que la
inquietaba de su padre era que salía mucho de casa.
Algunas noches entraba en el salón (que también hacía las veces
de dormitorio
de los Hubermann), sacaba
el acordeón del viejo armario
y cruzaba la cocina
hasta la puerta de entrada.
Cuando ya había
recorrido un trecho de Himmelstrasse, Rosa abría la
ventana.
—¡No vuelvas tarde a casa! —gritaba.
—No hables tan alto —respondía él, volviéndose.
—Saukerl! ¡Anda y que te zurzan! ¡Hablaré todo lo
alto que me dé la gana!
El eco de los improperios
lo seguía por la calle. Nunca miraba atrás o, al
menos, no lo hacía hasta
que estaba seguro de que su mujer se había metido
dentro. Esas noches, al final de la calle, con la funda del
acordeón en una mano,
se volvía justo frente a la tienda de frau Diller, que hacía
esquina, y adivinaba la
figura que había sustituido
a su mujer en la ventana.
Entonces levantaba un
breve instante su alargada y espectral mano antes de dar media
vuelta y echar a
andar a paso tranquilo. Liesel lo veía de nuevo a las dos de la
mañana, cuando
la sacaba a rastras de su pesadilla, con dulzura.
Todas las noches
sin excepción había jaleo en la
diminuta cocina. Rosa
Hubermann no paraba de
hablar y, cuando hablaba, no hacía más que
schimpfen.
Siempre estaba rezongando y discutiendo. En realidad no había
nadie con quien discutir, pero Rosa conducía la situación con
experta habilidad
en cuanto tenía ocasión. En
esa cocina podía pelearse con medio mundo y eso
era precisamente lo que hacía casi todas las noches. Una vez
habían acabado de
cenar y Hans había salido, Liesel y Rosa se quedaban allí y Rosa
planchaba.
Varias veces a la semana, Liesel volvía del colegio y
recorría las calles de
Molching con su madre, recogiendo y entregando la colada y la
plancha en la
parte más pudiente de la ciudad. Knaupt Strasse, Heide Strasse y alguna otra
más. Mamá entregaba la ropa planchada o recogía la que habría de
lavar, con la
debida sonrisa en
los labios, pero en cuanto
la puerta se cerraba y se daba
medía vuelta maldecía a la gente rica por su dinero y
gandulería.
«Son demasiado g'schtinkerdt para lavarse la ropa», solía
decir, a pesar de
que dependía de ellos.
«Ese heredó todo el dinero
de su padre y ahora lo malgasta en mujeres y
alcohol. Y en la colada y el planchado, claro», cargaba contra
herr Vogel, de la
Heide Strasse.
Como si pasara lista a los que despreciaba.
Herr Vogel, herr y frau
Pfaffelhürver, Helena Schmidt, los
Weingartner.
Todos eran culpables de algo.
Aparte de dedicarse al alcohol y
la lujuria, según Rosa,
Ernst Vogel no
hacía más que rascarse
ese pelo infestado de piojos, humedecerse los dedos
y
luego tenderle el dinero. «Debería lavarlo antes de volver a
casa», sentenciaba.
Los Pfaffelhürver examinaban el resultado con lupa. «"Estas camisas, sin
arrugas, por favor"
—los imitaba Rosa—. "Este traje,
sin pliegues." Y luego
se
quedan ahí, revisándolo
delante de mí, ¡delante de mis
narices! Menuda
G'sindel, menuda escoria.»
Por lo visto, los Weingartner eran medio lelos y tenían una gata
Saumensch
que no dejaba de mudar el pelo. «¿Sabes lo que tardo en sacar
todos esos pelos?
¡Están por todas partes!»
Helena Schmidt era una
viuda rica. «Esa vieja inválida... Todo el día ahí
sentada, atrofiándose. En la vida ha sabido qué es trabajar.»
No obstante, Rosa se reservaba el mayor desprecio para el número
ocho de
la Grandestrasse, una casa enorme en lo alto de una colina, en
la parte alta de
Molching.
—Ésa es la casa del
alcalde —le contó a Liesel la primera
vez que fueron
allí—. Menudo
sinvergüenza. Su mujer se pasa
todo el día metida en casa de
brazos cruzados. Es tan tacaña que ni siquiera enciende la
lumbre, por eso ahí
dentro siempre hace un frío de muerte. Está como una chota.
—Hizo hincapié
en las últimas palabras—. No tiene remedio, como una chota. —Al
llegar junto
a la puerta, le hizo un gesto a la niña—. Entra tú.
Liesel se quedó helada.
Una gigantesca puerta marrón con una
aldaba de
latón se alzaba al final de un pequeño tramo de escalones.
—¿Qué?
Rosa le dio un empujón.
—No me vengas con «qués», Saumensch. Andando.
Liesel caminó. Cruzó la verja, subió los escalones, vaciló y
llamó a la puerta.
Un albornoz salió a recibirla.
Debajo había una mujer de mirada desconcertada, cabello suave y
sedoso y
expresión derrotada. Vio a Rosa junto a la cancela y le tendió a
la niña una bolsa
con la colada.
—Gracias —dijo Liesel, pero no obtuvo respuesta. La puerta se
cerró.
—¿Lo ves?, esto es lo que tengo que aguantar todos los días —se
quejó Rosa
cuando Liesel
regresó junto a la verja—. Esos ricos
desgraciados, menuda
panda de cerdos holgazanes...
Cuando ya se iban, Liesel volvió la vista atrás, con la colada
en las manos.
La aldaba de latón la vigilaba desde la puerta.
Después de criticar a la gente para la que trabajaba, Rosa
Hubermann solía
proseguir con su otro tema de vilipendio favorito: su marido.
Mientras miraba
la bolsa de la colada y las casas inclinadas, no paraba de
hablar y hablar.
—Si tu padre sirviera
para algo —le contaba a Liesel cada vez
que
atravesaban Molching—, no tendría que hacer
esto. —Soltaba un bufido
desdeñoso—. ¡Pintor! ¿Por
qué me casaría con ese Arschloch? Si ya me
lo
dijeron... Es decir,
ya me lo
dijo mi familia. —Sus
pisadas crujían por el
camino—. Y aquí me
tienes, pateando estas calles y
esclavizada en la cocina
porque ese Saukerl nunca tiene trabajo. Por lo menos un
trabajo de verdad, no
ese patético acordeón que va a tocar a esos antros noche tras
noche.
—Sí, mamá.
—¿Eso es todo lo que se te ocurre?
Los ojos de mamá eran como dos recortables de color azul pálido
pegados a
la cara.
Seguían caminando.
Liesel arrastraba el saco.
En casa, lavaban la
colada en un caldero junto
a la lumbre, la tendían al
lado de la chimenea del salón y luego la planchaban en la
cocina. Todo se cocía
en la cocina.
—¿Has oído eso? —le preguntaba Rosa casi todas las noches.
Llevaba la plancha de hierro
en la mano, que calentaba encima de los
fogones. Casi toda la casa estaba en penumbras y Liesel, sentada
a la mesa de la
cocina, contemplaba las brechas de fuego que se abrían delante
de ella.
—¿Qué? —contestaba ella—. ¿El qué?
—Ha sido esa Holtzapfel. —Rosa ya se había levantado de la silla—. Esa
Saumensch acaba de escupir otra vez en nuestra
puerta.
Frau Holtzapfel, una de las
vecinas, tenía por costumbre
escupir en la
puerta de los Hubermann cada vez que pasaba por delante. La
puerta principal
se encontraba a escasos pasos de la verja y, por así decirlo,
frau Holtzapfel ya
tenía muy estudiada la distancia... y la puntería afinada.
Los escupitajos eran la consecuencia de una especie de guerra
verbal en la
que Rosa Hubermann y ella se habían embarcado y que arrastraban
desde hacía
una década. Nadie conocía su origen y lo más probable era que
incluso ellas lo
hubieran olvidado.
Frau Holtzapfel era una
mujer nervuda y, como quedaba patente,
rencorosa. Nunca había estado
casada, pero tenía dos hijos,
algo mayores que
los de los Hubermann. Los dos
estaban en el ejército y los
dos harán alguna
aparición como artistas invitados antes de que terminemos, te lo
aseguro.
En cuanto a los
escupitajos malintencionados,
debo añadir que frau
Holtzapfel era muy escrupulosa. Nunca desaprovechaba la ocasión
de spuck en
la puerta del número
treinta y tres y de
pronunciar Schweine! cada vez que
pasaba por delante. Algo
que me llama la atención de los
alemanes: parecen
muy aficionados a los cerdos.
UNA
PREGUNTA TONTA
Y SU
RESPUESTA
¿Quién
crees que limpiaba el escupitajo de la puerta todas las
noches?
Sí,
lo has adivinado.
Cuando una mujer con un
puño de hierro dice que salgas
ahí fuera y
limpies el
escupitajo de la puerta, lo
haces. Sobre todo cuando el hierro
está
caliente.
En realidad, formaba parte de la rutina.
Todas las noches Liesel salía a la calle, limpiaba la puerta y
contemplaba el
firmamento. Por lo general, parecía que alguien hubiera vertido
un líquido en el
cielo —frío y
espeso, resbaladizo y gris—,
pero de vez en cuando algunas
estrellas tenían el
valor de
alzarse y flotar, aunque sólo
fuera unos minutos.
Esas noches se quedaba un poquito más y esperaba.
—Hola, estrellas.
Y esperaba.
La voz de la cocina.
O hasta que las aguas del cielo alemán volvían a tragarse las
estrellas.
El
beso
(Un
momento decisivo de la infancia)
Igual que la mayoría de las ciudades pequeñas, Molching estaba
repleta de
personajes
peculiares, y un
puñado de ellos vivía en Himmelstrasse.
Frau
Holtzapfel sólo era una más del reparto.
Entre los demás destacaban los siguientes:
* Rudy Steiner: el chico de la puerta de al lado, obsesionado
con el atleta
negro estadounidense Jesse Owens.
* Frau Diller: la leal tendera aria del comercio de la esquina.
* Tommy Mullen un niño al que habían operado varias veces por su
otitis
crónica. Un río de piel rosada le recorría la cara y tenía algún
que otro
tic.
* Un hombre al que todos llamaban Pfiffikus y cuya vulgaridad
hacía que
Rosa Hubermann pareciera una poetisa y una santa.
Resumiendo, era una calle donde vivía gente relativamente pobre.
A pesar
del aparente auge de la economía alemana durante el gobierno de
Hitler, en la
ciudad todavía existían zonas deprimidas.
Como ya he mencionado, la
casa contigua a la de los Hubermann
estaba
alquilada por una familia llamada Steiner. Los Steiner tenían
seis hijos. Uno de
ellos, el tristemente famoso
Rudy, pronto se convertiría en el
mejor amigo de
Liesel y, más adelante, en su compinche y ocasional catalizador
de sus correrías.
Lo conoció en la calle.
Pocos días después del primer baño de Liesel, Rosa la dejó salir
a jugar con
los otros niños. En Himmelstrasse, las amistades se forjaban al
aire libre, hiciera
el tiempo que hiciese. Los niños raras veces visitaban las casas
de los demás, ya
que estas eran pequeñas y por lo general había pocas cosas en
ellas. Además, en
la calle podían practicar su pasatiempo favorito como si fueran
profesionales: el
fútbol. Los equipos estaban bien definidos y utilizaban los
cubos de basura para
delimitar las porterías.
Al ser una recién llegada, a Liesel la relegaron de inmediato a
custodiar el
espacio entre los cubos de basura. (Tommy Müller por fin conoció
la libertad, a
pesar de ser el peor
futbolista que Himmelstrasse había visto
en toda su
historia.)
Todo se desarrolló a la
perfección durante un tiempo, hasta el profético
momento en que Rudy Steiner acabó tumbado en la nieve debido a
una falta de
Tommy Müller, alentada por la frustración.
—¿¡Qué!? —protestó
Tommy, con expresión contrariada por
la
desesperación—. ¡Pero si no he hecho nada!
El equipo de Steiner exigió
al completo el penalti y
acto seguido Rudy
Steiner tuvo que enfrentarse a la niña nueva, Liesel Meminger.
Rudy colocó el balón en un montoncito irregular
de nieve, seguro de
obtener el resultado
habitual. Después de todo, no había fallado ni
un solo
penalti de los dieciocho que había lanzado, ni siquiera cuando el equipo
contrario protestaba para sacar a Tommy Müller de la portería.
Daba igual por
quién lo sustituyeran, Rudy siempre marcaba.
Esta vez también trataron de sacar a Liesel, pero, como te
imaginarás, ella
se negó y Rudy no puso pegas.
—No, no. —Sonrió—. Dejadla.
Se estaba frotando las manos.
Había dejado de
nevar sobre la sucia
calle y las
pisadas embarradas se
concentraban entre ellos. Rudy cogió carrerilla, chutó el balón,
Liesel se lanzó a
por él y, sin saber cómo, consiguió rechazarlo con el codo. Se
levantó sonriente,
pero lo primero que vio fue una bola de nieve que se estrelló
contra su cara. La
mitad era barro. Escocía a rabiar.
—¿Qué te ha parecido eso?
El chico sonrió de oreja a oreja y salió corriendo tras el
balón.
—Saukerl—musitó Liesel entre dientes.
El vocabulario de su nuevo hogar se le pegaba rápido.
ALGUNOS
DATOS SOBRE
RUDY
STEINER
Era
ocho meses mayor que Liesel y tenía piernas esqueléticas,
dientes
afilados, ojos azules desproporcionados y el pelo de
color
limón.
Era
uno de los seis Steiner, y tenía hambre a todas horas.
En
Himmelstrasse se le consideraba un poco alocado.
Esto
se debía a un suceso del que rara vez se hablaba, pero al
que
todo el mundo se refería como «el incidente Jesse
Owens»:
una noche se había pintado de negro carbón y había
corrido
los cien metros en el estadio local.
Cuerdo o no, Rudy estaba destinado a ser el mejor amigo de
Liesel. Todo el
mundo sabe que una bola
de nieve en la cara es el comienzo perfecto
de una
amistad duradera.
Poco después de empezar el colegio, Liesel hacía el camino hasta
la escuela
con los Steiner. La madre de Rudy, Barbara, había hecho prometer
a su hijo que
acompañaría a la niña
nueva, sobre todo después
de haber oído hablar
de la
bola de nieve. Dicho sea en su favor, a Rudy no le importó
obedecer ya que
distaba mucho de ser el
típico chico misógino. Al contrario, las chicas
le
gustaban mucho y, por tanto, Liesel también (de ahí la bola de
nieve). De hecho,
Rudy Steiner era uno de esos
mamoncetes descarados que se las
daba de
entendido en mujeres.
En la infancia suele haber un
joven de este tipo. Es el
típico chico que se niega a temer al otro sexo sólo porque los
demás sí lo hacen,
el típico chico al que no le da miedo tomar decisiones. En este
caso, Rudy tenía
ideas claras con respecto a Liesel Meminger.
De camino al colegio intentó
enseñarle los lugares más
importantes de la
ciudad por los que pasaban o, al menos, intentó colarlos de
alguna manera en la
conversación entre las
exhortaciones a sus
hermanas pequeñas para que
cerraran el pico y las que recibía de los mayores para que él
cerrara el suyo. El
primer lugar de interés
era una pequeña ventana de la
segunda planta de un
bloque de pisos.
—Ahí vive Tommy Müller. —Se dio cuenta de que Liesel no lo
recordaba—
. El de los tics. Cuando tenía cinco años, se perdió en el
mercado el día más frío
del año. Cuando lo encontraron
tres horas después, estaba congelado y le
dolían mucho los oídos. Al cabo de un tiempo vieron que se le
habían infectado
y, como tuvieron que operarle tres o cuatro veces, los médicos
le hicieron polvo
los nervios. Por eso ahora le dan tics.
—Y es malo jugando al fútbol —metió baza Liesel.
—El peor.
El siguiente era la tienda de la esquina, al final de
Himmelstrasse. La tienda
de frau Diller.
AVISO IMPORTANTE SOBRE
FRAU DILLER
Tenía una regla de oro.
Frau Diller era una
mujer mordaz, con gafas de gruesos
cristales y una
mirada cruel y fulminante. Había perfeccionado esa mirada malévola para
desalentar a todo aquel que pretendiera robar en su tienda, que
regentaba con
porte militar, voz helada y un aliento que incluso olía a «heil
Hitler». La tienda
era blanca, fría y
desangelada. La pequeña casa que quedaba comprimida al
lado temblaba más que el
resto de los edificios
de Himmelstrasse. Frau Diller
transmitía esa sensación y
la despachaba como la única
mercancía gratis que
podía encontrarse en su establecimiento. Vivía para la tienda y
la tienda vivía
para el Tercer Reich. Incluso cuando empezó el racionamiento a
finales de año,
se sabía que vendía bajo
mano ciertos artículos difíciles
de encontrar y que
donaba el dinero al
Partido Nazi. En la
pared detrás de su asiento había
una
foto enmarcada del Führer. Si entrabas en la tienda y no
saludabas con un «heil
Hitler», lo más probable era que no te atendiera. Al pasar por
ahí, Rudy le llamó
la atención a Liesel
sobre los ojos a
prueba de balas que los escudriñaban a
través del escaparate.
—Si quieres pasar
de la puerta, di heil cuando
entres —le advirtió, muy
serio.
Cuando ya se habían
alejado bastante del comercio, Liesel se volvió y vio
que los ojos enormes seguían allí, pegados al cristal del
escaparate.
Al doblar la
esquina, Münchenstrasse (la calle principal, por la que
se
entraba y salía de Molching) estaba cubierta de barro.
Como era habitual, varias
hileras de soldados
que estaban entrenándose
marchaban por la calle.
Los uniformes caminaban derechos y las
botas negras
contribuían a ensuciar la nieve aún más. Todos miraban al
frente, concentrados.
Cuando los soldados
hubieron desaparecido, los
Steiner y Liesel pasaron
por delante de
varios escaparates y del
imponente ayuntamiento, que años
después sería
rebanado a la altura de las rodillas
y enterrado. Había varias
tiendas abandonadas todavía marcadas con estrellas
amarillas y comentarios
antisemitas. Más allá la iglesia, cuyo tejado de elaborados
azulejos apuntaba al
cielo. En general, la calle era un alargado tubo gris, un
pasillo húmedo lleno de
gente encorvada por el frío y salpicado de tenues pisadas.
Al llegar a cierta altura, Rudy se adelantó a la carrera,
arrastrando a Liesel
consigo.
Llamó al escaparate de la tienda del sastre.
Si Liesel hubiera sabido leer, habría comprendido que
pertenecía al padre
de Rudy. La tienda todavía no estaba abierta, pero un
hombre disponía las
prendas en el interior,
detrás del mostrador. El hombre
levantó la cabeza y
saludó con la mano.
—Mi padre —le informó Rudy.
Instantes después se
encontraron en medio de una marea de Steiner de
distintas alturas que
saludaban con la mano, enviaban besos
a su padre o
saludaban circunspectos
con la cabeza (en el caso de los
mayores). Luego se
dirigieron al último sitio de interés antes de llegar al
colegio.
LA ÚLTIMA PARADA
La calle de las estrellas amarillas.
Era un lugar en el
que nadie quería detenerse a mirar, pero
casi todo el
mundo lo hacía. En la calle, con forma de brazo largo y roto, se
alzaban varias
casas de ventanas rotas
y paredes desconchadas. La estrella de David estaba
pintada en las puertas. Esas
casas parecían leprosas, llagas infectadas que
corrompían el terreno alemán.
—Schiller Strasse —anunció Rudy—, la calle de las estrellas
amarillas.
Al otro extremo había
gente que iba de un lado para otro. La llovizna les
confería el aspecto de fantasmas; ya no eran humanos, sino
formas que iban y
venían bajo las nubes plomizas.
—Venga, vosotros dos —los llamó Kurt (el mayor de los Steiner).
Rudy y Liesel se acercaron corriendo.
En el colegio, Rudy intentaba reunirse con Liesel durante el recreo. No
le
importaba que los
otros se burlaran de la estupidez de la niña nueva. Liesel
pudo contar con él desde el principio y más adelante, cuando la
frustración de
la niña se desbordó. Sin embargo, Rudy no lo hacía de forma
desinteresada.
¿HAY ALGO PEOR QUE
UN CHICO QUE TE ODIE?
Un chico que te quiera.
A finales de abril,
cuando volvían del colegio, Rudy y Liesel estaban
esperando en Himmelstrasse para empezar a jugar al fútbol, como
era habitual.
Se habían adelantado
un poco más
que otros días y
todavía no se había
presentado nadie. La única persona a la que vieron fue al
malhablado Pfiffikus.
—Eh, mira —señaló Rudy.
RETRATO DE PFIFFIKUS
Era de complexión frágil.
Tenía el pelo blanco.
Llevaba un chubasquero negro, pantalones marrones, zapatos
destrozados y tenía una boca... Menuda boca.
—¡Eh, Pfiffikus!
Cuando la silueta lejana se volvió, Rudy empezó a silbar.
El anciano se enderezó
y empezó a insultarlos
con un fervor que sólo
podría calificarse de ingenioso. Por lo visto, nadie sabía su
verdadero nombre o,
si lo sabían, nunca lo utilizaban. Solían llamarlo Pfiffikus
porque es el nombre
que se le pone a quien le gusta silbar, algo que a Pfiffikus se
le daba muy bien,
sin lugar a dudas. No
hacía más que silbar una sola melodía, La
marcha
Radetzky, y
los niños del lugar
la imitaban para llamarlo. En cuanto
la oía,
Pfiffikus abandonaba
sus habituales andares
(encorvado hacia delante, pasos
largos y desgarbados, brazos detrás del chubasquero negro) y se
ponía derecho
para soltar improperios.
En ese
momento, toda impresión de serenidad
quedaba violentamente interrumpida por una voz que reverberaba
de rabia.
Ese día, Liesel imitó la provocación de Rudy casi como un acto
reflejo.
—¡Pfiffikus! —repitió
Liesel, adoptando de
inmediato la debida crueldad
que parece propia de la infancia.
Silbó fatal, pero no tuvo tiempo para practicar.
Empezó a perseguirlos sin dejar de maldecir. Primero fue un Geh'
scheissen!
y cada vez fue a peor. Al principio descargó los improperios
sólo sobre el chico,
pero poco después le llegó el turno a Liesel.
—¡Eh, golfa! —rugió. Las
palabras cayeron como una costalada en la
espalda de Liesel—. ¡Es la primera vez que te veo!
Mira que llamar golfa a
una niña
de diez años... Ese era Pfiffikus. Todos
opinaban que frau Holtzapfel y
él habrían hecho una buena pareja. «¡Volved
aquí!» fueron las
últimas palabras que Liesel y
Rudy oyeron mientras se
alejaban a la carrera. No se detuvieron hasta que llegaron a
Münchenstrasse.
—Vamos, por aquí —dijo Rudy, cuando consiguieron recuperar el
aliento.
La llevó a Hubert Oval, el escenario del incidente de Jesse
Owens, donde se
quedaron con las manos en
los bolsillos. La pista se extendía
delante de ellos.
Sólo podía ocurrir una cosa. Empezó Rudy.
—Cien metros —la retó—, me juego lo que quieras a que no me
ganas.
Liesel no iba a ser menos.
—Me juego lo que quieras a que sí.
—¿Qué te juegas, pequeña Saumensch? ¿Tienes dinero?
—Claro que no, ¿y tú?
—No. —Pero Rudy
tenía una idea. Fue el galán el que habló
por él—. Si
gano, te doy un beso.
44
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se agachó y empezó a enrollarse el bajo de los pantalones.
Liesel se inquietó, por decirlo de alguna manera.
—¿Y por qué quieres besarme? Voy sucia.
—Yo también.
Rudy no veía razón alguna para que un poco
de mugre se interpusiera
entre ellos. Además, no había pasado tanto tiempo desde la
última ducha.
Liesel lo meditó mientras
estudiaba los palmitos que su rival tenía por
piernas. Eran
iguales que las suyas.
Pensó que era imposible que la
ganara.
Asintió, con gravedad. La cosa iba en serio.
—Puedes besarme si ganas, pero
si gano yo, dejo de ser
portera cuando
juguemos al fútbol.
Rudy sopesó las opciones.
—Me parece justo.
Y se estrecharon la mano.
El cielo estaba muy oscuro y nublado, aderezado con las pequeñas
astillas
de lluvia que comenzaban a caer.
La pista estaba más encharcada de lo que parecía.
Ambos rivales estaban preparados.
Rudy lanzó una piedra
para dar el disparo de salida. Cuando cayera al
suelo, podían empezar a correr.
—Ni siquiera veo la línea de llegada —se quejó Liesel.
—¿Y yo qué?
La piedra tocó el suelo.
Corrieron pegados, dándose codazos para adelantarse. El suelo
resbaladizo
les lamía los pies y los hizo caer a unos veinte metros del
final.
—¡Jesús, María y José! —exclamó Rudy—. ¡Estoy rebozado de
mierda!
—No es mierda —lo corrigió Liesel—, es barro. —Aunque tenía sus
dudas.
Volvieron a resbalar a unos cinco metros de la llegada—.
Entonces, ¿quedamos
empatados?
Rudy miró la meta. Con la cara medio cubierta de barro, sólo se
le veían los
dientes afilados y los enormes ojos.
—¿Todavía me llevo el beso si quedamos empatados?
—Ni lo sueñes.
Liesel se levantó y se sacudió un poco de barro de la chaqueta.
—No te obligaré a estar en la portería.
—Quédate con tu portería.
De vuelta a Himmelstrasse Rudy le advirtió:
—Algún día te morirás por besarme —le dijo.
Sin embargo, Liesel lo tenía muy claro.
45
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se hizo una promesa: mientras Rudy Steiner y ella estuvieran
vivos, jamás
besaría a ese miserable y sucio Saukerl, y ese día menos
que nunca. Tenía cosas
más importantes de las
que preocuparse. Se miró la
ropa llena de barro y
comentó en voz alta lo que era evidente.
—Va a matarme.
Por supuesto, se refería a Rosa Hubermann, también conocida como
mamá,
que a punto estuvo de matarla.
La palabra Saumensch ocupó
un lugar
predominante en la bronca. La hizo picadillo.
El incidente de Jesse Owens
Como ya sabemos, Liesel todavía no había llegado a Himmelstrasse
cuando
Rudy cometió la infamia de su infancia y, sin embargo, cuando se
entregaba a
sus recuerdos, tenía la sensación de haber estado presente. No
se lo explicaba,
pero en su memoria se encontraba entre el público imaginario de
Rudy. Nadie
más que él le había hablado de la peripecia, pero el joven le
contó el relato con
todo detalle; cuando Liesel se propuso narrar su propia
historia, el incidente de
Jesse Owens formaba parte de ella, tanto como todo lo que había
visto con sus
propios ojos.
Era 1936. Las Olimpiadas. Los juegos de Hitler.
Jesse Owens acababa de terminar los cuatrocientos metros relevos
y había
conseguido su cuarta
medalla de oro. Había corrido la voz de que Hitler se
negó a estrecharle la mano por ser negro y, por ende,
infrahumano. Incluso los
racistas alemanes más recalcitrantes se maravillaron ante los
logros de Owens, y
los rumores sobre
sus hazañas empezaron a difundirse. Nadie había
quedado
tan impresionado como Rudy Steiner.
Toda la familia estaba apretujada en el salón cuando Rudy se
escabulló y se
dirigió a la cocina. Sacó un trozo de carbón de los fogones y lo
sostuvo en sus
diminutas manos. «Ahora.» Sonrió. Estaba listo.
Se untó bien de carbón, a conciencia, hasta que quedó todo
negro. Incluso el
pelo.
El chico sonrió con expresión desvariada al verse
reflejado en la ventana.
Vestido con unos
pantalones cortos y una
camiseta sin mangas, cogió en
silencio la bicicleta de
su hermano mayor y enfiló
la calle, donde se puso a
pedalear como un loco en dirección al Hubert Oval. En uno de los
bolsillos se
había guardado unos cuantos trocitos de carbón, por si se
desteñía.
En la fantasía de Liesel,
esa noche la luna estaba zurcida al cielo, con
puntadas de nube alrededor.
La bicicleta oxidada se detuvo y
cayó sobre la valla del Hubert Oval, que
Rudy saltó. Aterrizó al otro lado y fue corriendo con desgarbo
hasta la línea de
salida de los cien metros. A continuación, entusiasmado,
hizo unos torpes
estiramientos y dibujó unas marcas de salida en la tierra.
A la espera de que llegara su turno, se paseó arriba y abajo,
concentrándose
bajo un firmamento oscuro, con la luna y las nubes observándolo
atentamente.
—Parece que Owen está en buena forma —comentó—. Este podría
ser el
mayor triunfo de toda su carrera...
Estrechó las manos
imaginarias de los otros
atletas y les
deseó suerte,
aunque ya sabía el resultado. No tenían ninguna posibilidad.
El juez les indicó que se prepararan. Una multitud se
materializó y ocupó
hasta el último rincón de la circunferencia del Hubert Oval.
Todos gritaban el
nombre de Rudy Steiner... y su nombre era Jesse Owens. El
estadio enmudeció.
Sus pies descalzos se agarraron al suelo, podía sentirlo entre
los dedos.
A petición del juez de salida, se elevó ligeramente para adoptar
la posición
de listos... y la pistola perforó la noche.
Durante el primer tercio de la carrera iba bastante igualado, pero sólo era
cuestión de tiempo que el
tiznado Owens adelantara a los demás
y se alejara
veloz como un rayo.
—¡Owens a la cabeza! —gritó
el chico con voz estridente mientras
corría
por la calle vacía, derecho hacia el aplauso fervoroso de la
gloria olímpica.
Incluso sintió que su pecho partía la cinta al atravesarla en
primer lugar. El
hombre más rápido del mundo.
Sin embargo, la hazaña se desmoronó al dar la vuelta de honor.
Su padre
estaba de pie entre la
multitud, esperándolo junto a la
línea de meta, como si
fuera el hombre del saco. O, al menos, el hombre del saco
trajeado. (Como ya he
mencionado, el padre de Rudy era
sastre y rara vez se le veía
por la calle sin
traje y corbata. En esa ocasión, sólo llevaba una chaqueta y una camisa
desarreglada.)
—Was ist los? —le preguntó a su hijo
cuando este apareció en toda su
tiznada gloria—. ¿Qué diablos está pasando aquí? —La multitud se
desvaneció.
Empezó a soplar la brisa—. Estaba durmiendo en el sillón cuando
Kurt se dio
cuenta de que te habías ido. Todo el mundo está buscándote.
El señor Steiner era un hombre extremadamente educado en
circunstancias
normales; sin embargo, descubrir
a uno de sus
hijos tiznado de
carbón una
noche de verano no era lo que él consideraba circunstancias
normales.
—Este niño está loco
—masculló, aunque tuvo que
admitir que, con seis
críos, podía ocurrir
algo así. Al menos uno
de ellos tenía que salirle rana.
Lo
miraba fijamente, esperando una explicación—. ¿Y bien?
Rudy, jadeando, se agachó y apoyó las manos en las rodillas.
—Era Jesse Owens —contestó, como si fuera lo más normal del
mundo.
Incluso había algo en el tono
de su voz que preguntaba: «¿Qué
demonios
iba a ser si no?». No obstante, el tono desapareció cuando vio
las ojeras de su
padre cansadas por la falta de sueño.
—¿Jesse Owens? —El
señor Steiner era de esos
hombres inexpresivos, de
voz angulosa y firme. Era
alto y
fornido, como un roble, y
su cabello parecía
hecho de astillas—. ¿Qué Jesse Owens?
—¿Cuál va a ser, papá? El mago negro.
—Ya te daré yo magia negra.
Agarró a su hijo por la oreja y Rudy hizo un gesto de dolor.
—¡Ay, me haces daño!
—¿No me digas? —Su padre estaba más preocupado
por la pegajosa
textura del carbón, que le manchaba los dedos. Estaba cubierto
de pies a cabeza.
Incluso tenía carbón en las orejas, por amor de Dios—. Vamos.
De camino a casa, el señor
Steiner decidió hablarle de política del modo
más claro posible, pero Rudy sólo llegaría a entender todo lo
que le dijo con los
años, cuando ya era demasiado tarde para molestarse en
comprender nada.
LA
CONTRADICTORIA POLÍTICA
DE
ALEX STEINER
Primer
punto: Era miembro del Partido Nazi, pero no odiaba
a
los judíos. En realidad, ni a los judíos ni a nadie.
Segundo
punto: Sin embargo, no pudo evitar sentir cierto
alivio
(o, peor, ¡regocijo!) cuando los tenderos judíos tuvieron
que
cerrar. La propaganda le había convencido de que sólo era
cuestión
de tiempo que una plaga de sastres judíos asomara la
cabeza
y le robara la clientela.
Tercer
punto: No obstante, ¿significaba eso que debían
expulsarlos?
Cuarto
punto: Su familia. Tenía que hacer todo lo que
estuviera
en su mano para mantenerla. Si eso significaba ser
del
partido, pues uno era del partido.
Quinto
punto: En algún lugar, en lo más profundo, sentía una
punzada
en el corazón, pero decidió no hurgar. Temía lo que
pudiera
salir.
Antes de llegar a Himmelstrasse, Alex le dijo:
—Hijo, no puedes andar por ahí pintado de negro, ¿me entiendes?
Rudy le prestó atención, interesado... y confuso. La luna se
había librado de
las nubes y ahora podía moverse, elevarse, zambullirse y
derramar gotitas sobre
el rostro del chico,
confiriéndole un aspecto inocente y
lúgubre, como sus
pensamientos.
—¿Por qué no, papá?
—Porque te llevarán.
—¿Por qué?
—Porque no deberías
querer ser como
los negros o
los judíos o como
cualquiera que... no sea como nosotros.
—¿Quiénes son los judíos?
—¿Te acuerdas de mi
cliente más antiguo, el señor Kaufmann, al
que le
compramos tus zapatos?
—Sí.
—Pues es judío.
—No lo sabía. ¿Tienes que pagar para ser judío? ¿Se necesita un
permiso?
—No, Rudy. —El señor Steiner llevaba la bicicleta con una mano y
a Rudy
con la otra. Pero le costaba más
dirigir la conversación.
Todavía no le había
soltado la oreja. Se había olvidado—. Es como ser alemán o
católico.
—Ah. ¿Jesse Owens es católico?
—¡No lo sé!
Tropezó con uno de los pedales de la bicicleta y soltó la oreja
del chico.
Continuaron caminando en silencio durante un rato.
—Ojalá fuera como Jesse Owens, papá —comentó Rudy.
Esta vez, el señor Steiner puso la mano sobre la cabeza de su
hijo.
—Lo sé, hijo, pero tienes un precioso cabello rubio y unos
ojazos azules que
te evitarán muchos problemas —le explicó—. Deberías conformarte,
¿está claro?
Sin embargo, no estaba nada claro.
Rudy no entendió ni una palabra y esa noche no fue más que el
preludio de
lo que les
deparaba el futuro. Dos años y
medio después, la zapatería de los
Kaufmann acabó hecha añicos
y todos los
zapatos desaparecieron en un
camión, metidos en sus cajas.
El reverso del papel de lija
Supongo que las personas viven momentos cruciales sobre todo
durante la
infancia. Para algunos es un
incidente como el de Jesse Owens. Para otros, un
momento de histeria en medio de un episodio de incontinencia
nocturna.
Era finales de mayo de 1939 y
la noche había sido como cualquier
otra.
Rosa ejercitaba su puño de hierro, Hans había salido y Liesel
limpiaba la puerta
de casa y contemplaba el firmamento de Himmelstrasse.
Por la tarde se había celebrado un desfile.
Los miembros extremistas de camisa parda del NSDAP (también
conocido
como Partido Nazi) marcharon por
Münchenstrasse ondeando sus
banderas
con orgullo, con el rostro
bien alto, como si se hubieran tragado una escoba.
Cantaban a voz en grito
y acabaron con una rugiente interpretación de
Deutschland über Alles, «Alemania por encima de
todo».
Como siempre, les aplaudieron.
Los animaron a seguir su camino hacia quién sabe dónde.
La gente se detenía a mirar y algunos extendían el brazo a modo
de saludo
mientras otros tenían las manos al rojo vivo de tanto aplaudir.
Otros intentaban
contener la emoción que
se reflejaba en sus rostros contraídos
por el orgullo,
como frau Diller, y había alguno que otro, como Alex Steiner,
que aguantaba el
tipo como si fuera un bloque de madera con forma humana que
aplaudía lenta
y obedientemente. Armoniosamente. Sumisamente.
Liesel los vio desde la acera, junto a su padre y Rudy. Hans
Hubermann los
contemplaba desde detrás de las persianas bajadas.
UNOS
CUANTOS DATOS
SIGNIFICATIVOS
En
1933 el noventa por ciento de los alemanes apoyaba
a
Adolf Hitler sin reserva alguna.
Eso
nos deja un diez por ciento de detractores.
Hans
Hubermann pertenecía a ese diez por ciento.
Existía
una razón para ello.
Por la noche, Liesel
soñó, como siempre. Al principio veía las
camisas
pardas desfilando,
pero luego la condujeron a un tren donde la
esperaba el
descubrimiento habitual: su hermano le clavaba la mirada.
Cuando se despertó gritando, Liesel supo de inmediato
que algo había
cambiado. Un olor se
desparramaba por debajo de las
sábanas, cálido y
empalagoso. Al principio
intentó convencerse de que no
había ocurrido nada,
pero cuando su padre se acercó y la meció entre sus brazos,
lloró y se lo confesó
al oído.
—Papá —susurró—, papá.
Y eso fue todo. Seguramente él también lo olió.
Hans la levantó con suavidad de la cama y se la
llevó al lavabo. El
momento llegó minutos después.
—Cambiaremos las sábanas —dijo su padre, y cuando se agachó y
tiró de la
tela, algo se soltó y cayó al suelo de un golpe sordo.
Un libro negro de letras plateadas salió disparado y aterrizó
entre los pies
del hombre alto.
Lo miró.
Miró a la niña, que se encogió de hombros tímidamente.
A continuación, Hans
leyó el título en voz
alta, concentrado: Manual
del
sepulturero.
«Así que ese es el título», pensó Liesel.
El silencio se instaló entre ellos, entre el hombre, la niña y
el libro. Hans lo
recogió y habló con una voz tan suave como el algodón.
CONVERSACIÓN
A LAS DOS
DE
LA MADRUGADA
¿Es
tuyo?
—Sí,
papá.
¿Quieres
leerlo?
De
nuevo:
—Sí,
papá.
Una
sonrisa cansada.
Ojos
de metal, derretido.
Bueno,
entonces será mejor que lo leamos.
Cuatro años después,
cuando empezó a
escribir en el sótano, dos
pensamientos acudieron a
la mente de Liesel relacionados con el trauma de
mojar la cama. Primero, se sintió muy afortunada de que fuera su
padre quien
descubriera el libro. (Por
suerte, cuando había que
hacer la colada de las
sábanas, era Liesel la encargada de retirarlas y de hacerse la
cama. «¡Y deprisita,
Saumensch! ¿O
es que crees que tenemos todo
el día?».) Segundo, estaba muy
orgullosa del papel que Hans Hubermann había desempeñado en su
educación.
«Nadie lo hubiera dicho —escribió—, pero el colegio no me ayudó
tanto como
mi padre a la hora de aprender a leer. La gente cree que no es
muy listo, y es
cierto que le cuesta leer, pero pronto descubrí que las palabras
y la escritura le
habían salvado la vida en
una ocasión. O, por lo menos, las
palabras y un
hombre que le enseñó a tocar el acordeón...»
—Lo primero es lo primero —sentenció Hans Hubermann esa noche.
Lavó
las sábanas y las tendió—. Veamos, empecemos con las clases
nocturnas —dijo
al volver.
El polvo cubría la luz amarillenta.
Liesel se sentó sobre las sábanas frías y limpias, avergonzada y
eufórica. Le
angustiaba la idea de haber vuelto a mojar la cama, pero estaba
a punto de leer.
Iba a leer el libro.
La emoción se apoderó de ella.
Se imaginó a una lectora genial de diez años.
Ojalá hubiera sido tan fácil.
—A decir verdad, los libros
no son lo mío —se sinceró
el padre antes de
empezar.
Sin embargo, no importaba que leyera despacio. En todo caso, su
ritmo de
lectura, más lento de lo habitual, debió de ayudarla. Tal vez
sirviera para que
los comienzos de la niña fueran menos frustrantes.
No obstante, al principio Hans parecía un poco incómodo con el
libro entre
las manos.
Se sentó junto a la niña en la cama, se inclinó hacia
atrás y
dobló las
piernas. Volvió a estudiar el libro y lo dejó caer sobre la
cama.
—Vamos a ver, ¿por qué una buena niña como tú quiere leer una
cosa así?
Liesel volvió a encogerse de hombros. Si el aprendiz de
sepulturero hubiera
estado leyendo las obras completas de Goethe o de cualquier otra
autoridad por
el estilo, también las tendrían ahí delante. Liesel intentó
explicarse.
—Yo... Cuando... Estaba en la nieve y...
Las palabras, pronunciadas con un suave susurro, resbalaron de
la cama y
se esparcieron por el suelo como si fueran polvo.
Sin embargo, el padre supo qué decir. Él siempre sabía qué
decir.
—Bueno, Liesel, prométeme una cosa: si muero
pronto, procura que me
entierren como es debido —pidió, pasándose una mano por el
cabello.
Liesel asintió con gran convencimiento.
—Nada de saltarse el capítulo seis o el paso cuatro del capítulo
nueve. —Se
rió, al igual que la mojadora de camas—. Bien, me alegra saber
que eso ya está
resuelto. Ahora ya podemos
empezar. —Se acomodó y
sus huesos crujieron
como las tablas del suelo—. Empieza la diversión.
El libro se abrió... Una
ráfaga de viento amplificada por la quietud
de la
noche.
Al recordarlo, Liesel supo
con total exactitud en qué estaba pensando su
padre cuando hojeó la primera página del Manual del
sepulturero. El hombre se
dio cuenta de que no era
el libro más adecuado
por la dificultad del texto.
Contenía palabras que incluso a él le resultaban complicadas,
por no mencionar
lo morboso del tema. En
cuanto a la niña, sintió un
repentino deseo de leerlo
que ni siquiera se
molestó en analizar. Tal vez, en
cierto modo, deseaba
asegurarse de que su hermano había sido enterrado
como era debido. Fuera
cual fuese la razón, sus ansias de leer el libro eran todo lo
intensas que pueden
llegar a ser en un humano de diez años.
El primer capítulo se titulaba «Primer paso: elección del equipo
apropiado». En un breve párrafo introductorio se esbozaba el tema que
tratarían las veinte páginas
siguientes, se detallaba las
clases de palas, picos,
guantes y herramientas
por el estilo que existían y se ilustraba sobre la
obligación de conservarlas del modo correcto. Un enterramiento
era algo serio.
Mientras Hans lo
hojeaba, sentía los ojos de Liesel clavados en él. Se
posaron sobre él y lo apresaron a la espera de que saliera algo
de sus labios.
—Ten. —Volvió a acomodarse y le tendió el libro—. Mira la página
y dime
cuántas palabras reconoces.
La estudió... y mintió.
—La mitad, más o menos.
—Léeme algunas.
Está claro que no pudo. Cuando le pidió que le señalara las que
conocía y
que las leyera en voz alta, contó tres en total: las tres que el
alemán suele utilizar
para el artículo definido. La página debía de tener unas
doscientas palabras.
Puede que sea más difícil de lo que yo creía, pensó Hans.
Liesel lo sorprendió mientras lo pensaba, aunque fuera sólo un
instante.
Hans tomó impulso, se puso en pie y salió de la habitación.![]()
—De hecho, tengo una idea
mejor —anunció a su regreso. En la mano
llevaba un grueso lápiz de pintor y un taco de papel de lija—.
Vamos a pulir esa
lectura.
A Liesel le pareció la mar de bien.
Hans dibujó un
cuadrado de unos dos
centímetros y medio
en la esquina
izquierda del reverso de un trozo de papel de lija y encajó una
«A» mayúscula
en el interior. Colocó
otra «a» en la esquina opuesta, pero
minúscula. Hasta
aquí, ningún problema.
—A —leyó Liesel.
—¿A de...?
Liesel sonrió.
—Apfel.
Hans escribió la palabra con letras grandes
y debajo dibujó
una manzana
deforme. Era pintor de brocha gorda, no artista.
—Ahora la B —anunció cuando terminó, echando un vistazo a su
obra.
A medida que avanzaban por
el abecedario, Liesel estaba cada vez más
boquiabierta. Era lo que había hecho en el colegio, en la clase
de párvulos, pero
mucho mejor: era la única alumna y no se sentía un gigante.
Disfrutaba viendo
cómo se movía la mano de su
padre mientras escribía las palabras
y trazaba
lentamente los rudimentarios bosquejos.
—Ánimo, Liesel —la
alentó al ver que se
encallaba—. Dime algo que
empiece por «S». Es fácil. Vamos, me estás defraudando.
Liesel estaba bloqueada.
—¡Venga! —susurró con complicidad—. Piensa en mamá.
La palabra se estampó contra su cara como un bofetón y Liesel
esbozó una
sonrisa automática.
—Saumensch! —gritó.
Hans soltó una carcajada, pero se calló al instante.
—Shhh, no podemos hacer ruido.
Soltó otra carcajada
y escribió la palabra, que aderezó con una
de sus
filigranas.
UNA
OBRA DE ARTE TÍPICA
DE
HANS HUBERMANN
—¡Papá! —le susurró—. ¡No tengo ojos!
Hans le dio unos suaves golpecitos en la cabeza, la niña había
caído en la
trampa.
—Con una sonrisa así, no necesitas ojos —respondió. La abrazó y
volvió a
mirar el dibujo con expresión de plata cálida—. Ahora la «T».
—Ya está bien por hoy
—decidió Hans, levantándose después de haber
recorrido y repasado una docena de veces el abecedario.
—Sólo unas más.
—No, ya está bien por hoy. Cuando te despiertes, te tocaré el
acordeón —
contestó Hans, manteniéndose firme.
—Gracias, papá.
—Buenas noches. —Soltó una risita silenciosa de una sola
sílaba—. Buenas
noches, Saumensch.
—Buenas noches, papá.
Hans apagó la luz, regresó a su lado y se sentó en la silla. En
la oscuridad,
Liesel tenía los ojos abiertos. Contemplaba las palabras.
El aroma de la amistad
La instrucción continuó.
Durante las semanas siguientes
y el verano, la clase de
medianoche
comenzaba después de las pesadillas. Liesel mojó la cama en dos
ocasiones más,
pero Hans Hubermann
se limitó a repetir su heroica colada, y luego
se puso
manos a la obra con la lectura, el garabateado y el repaso. A
altas horas de la
noche, los susurros eran escandalosos.
Un jueves, hacia las tres del mediodía, Rosa le dijo a Liesel
que se preparara
para acompañarla a entregar la ropa planchada. Sin embargo, Hans
tenía otros
planes.
—Lo siento, mamá,
pero hoy
no puede acompañarte —repuso el
padre,
entrando en la cocina.
Rosa ni se molestó en apartar la vista de la bolsa de la colada.
—¿Y a ti quién te ha preguntado, Arschloch? Vamos,
Liesel.
—Tiene que leer —insistió. Hans dedicó a Liesel una sonrisa
resuelta y un
guiño—. Conmigo. Le estoy enseñando. Vamos a ir al Amper, río
arriba, donde
suelo ensayar con el acordeón.
Ahora sí había captado su atención.
Rosa dejó la colada
sobre la mesa y adoptó
el grado conveniente de
cinismo.
—¿Qué has dicho?
—Creo que ya me has oído, Rosa.
Rosa rió.
—¿Qué diablos vas a enseñarle tú? —Una sonrisa de cartulina. Un
gancho
directo de palabras—. Como si tú leyeras tan bien, Saukerl.
La cocina estaba a la expectativa. Hans lanzó un contragolpe.
—Ya llevaremos nosotros la plancha.
—Serás... —Se contuvo. Las
palabras se agolparon en su boca
mientras
consideraba la situación—. Volved antes de que oscurezca.
—No podemos leer en la oscuridad, mamá —intervino Liesel.
—¿Qué has dicho, Saumensch?
—Nada, mamá.
Hans sonrió de oreja a oreja a la niña.
—El libro, la lija, el lapicero —ordenó— ¡y el acordeón! —gritó
cuando ya
había salido de la cocina.
Al cabo de unos minutos
estaban en Himmelstrasse con
las palabras, la
música y la colada.
A medida que se acercaban
a la tienda de frau Diller, iban
volviendo la
cabeza para ver si Rosa seguía vigilándolos junto a la cancela.
Allí estaba.
—¡Liesel, lleva derecha esa ropa planchada! —le avisó
desde lejos—. ¡No
me la vayas a arrugar!
—¡Sí, mamá!
Unos pasos después:
—Liesel, ¿no vas a tener frío?
—¿Qué dices?
—¡Saumensch dreckiges, tú nunca oyes nada! Que si
no vas a tener frío.
¡Puede que luego refresque!
Al volver la esquina, Hans se agachó para atarse un zapato.
—Liesel, ¿te importaría liarme un cigarrillo? —le pidió.
Nada podría haberla hecho más feliz.
Una vez que entregaron la ropa planchada, se dirigieron
hacia el río
Amper, que bordeaba la
ciudad y seguía su camino en dirección a Dachau, el
campo de concentración.
Había un puente de tablones.
Se sentaron sobre la hierba a unos treinta metros del puente,
escribieron las
palabras y las leyeron en voz alta, y cuando empezó a
oscurecer Hans sacó el
acordeón. Liesel lo escuchaba y, aunque lo miraba ensimismada,
no advirtió de
inmediato la perplejidad
que esa noche se reflejaba en el rostro
de su padre
mientras tocaba.
EL
ROSTRO DE SU PADRE
Vagaba
y se hacía preguntas,
aunque
sin encontrar ninguna respuesta.
Aún
no.
Se apreciaba cierto cambio en Hans, si bien era casi
imperceptible.
Liesel lo notó,
aunque no fue hasta más tarde, cuando
todas las historias
comenzaron a tomar forma.
No se había fijado en que su padre adoptaba una actitud vigilante mientras tocaba, porque ignoraba que el acordeón de
Hans
Hubermann fuera una historia en sí. Una historia que llegaría al
número treinta
y tres de Himmelstrasse de madrugada, con los hombros
arrugados y una
chaqueta con tiritera.
Llevaría consigo una maleta, un libro
y dos preguntas.
Una historia. Una historia después de otra historia. Una
historia dentro de otra
historia.
Por ahora, en lo concerniente a Liesel, sólo existía una y la
disfrutaba.
Se acomodó entre los largos brazos de hierba, tumbada de
espaldas.
Cerró los ojos y sus oídos abrazaron las notas.
Claro que, también tenían
algún que otro problema. A veces Hans
se
contenía para no chillarle. «Vamos, Liesel —le decía—, pero si
sabes esta
palabra, ¡la sabes!» Justo
cuando parecía que avanzaban a
buen ritmo, algún
obstáculo les obligaba a reducir la marcha.
Si hacía buen tiempo,
por las
tardes iban al Amper. Y si
hacía mal día,
bajaban al sótano. Sobre todo por Rosa. Al principio lo
intentaron en la cocina,
pero era imposible.
—Rosa, ¿podrías hacerme un favor? —le pidió Hans en una ocasión.
Tranquilamente, sus
palabras interrumpieron una de
las frases de Rosa.
Esta apartó la mirada del fogón.
—¿Qué?
—Te lo pido. No, te
lo ruego: ¿podrías cerrar
la boca aunque sólo fueran
cinco minutos?
Ya te imaginas la reacción.
Acabaron en el sótano.
Allí abajo no había luz, así que se llevaron la lámpara de
queroseno y, poco
a poco, entre el colegio y la casa, entre el río y el sótano,
entre los buenos y los
malos días, Liesel aprendía a leer y a escribir.
—Pronto leerás ese espantoso
libro de sepultureros hasta con los
ojos
cerrados —la animaba su padre.
—Y me sacarán de la clase de los enanos.
Había pronunciado las
palabras con cierta seriedad,
como si
le
pertenecieran.
En una de las sesiones del sótano, Hans prescindió del papel de
lija (que se
le estaba acabando) y
sacó un pincel. En casa de los
Hubermann no podían
permitirse muchos lujos, pero la pintura les sobraba a
espuertas, y acabó siendo
más que útil en el aprendizaje de Liesel. Hans decía una palabra
y la niña tenía
que deletrearla en voz alta y luego pintarla en la pared,
siempre que la acertara.
Al cabo de un mes
la pared había recibido una nueva capa de pintura. Una
página de cemento fresco.
Algunas noches,
después de trabajar en el sótano, Liesel se encogía en la
bañera y oía una y otra vez las mismas frases que llegaban desde
la cocina.
—Apestas a tabaco y queroseno —rezongaba Rosa.
Sentada, sumergida en el agua, se imaginaba el aroma que se
dibujaba en
las ropas de su padre.
Era, sobre todo, el de la
amistad, un olor que también
descubría en ella. Liesel lo adoraba. Lo aspiraba en su brazo y
sonreía mientras
el agua se enfriaba.
La campeona de los pesos pesados del patio del colegio
El verano de 1939 tenía prisa, o
tal vez la tuviera Liesel. Se pasó
todo el
tiempo jugando al fútbol
con Rudy y los demás
niños en Himmelstrasse (un
pasatiempo atemporal), repartiendo la ropa planchada por toda la
ciudad con la
madre y aprendiendo palabras. A los pocos días de empezar, se
sentía como si
ya se hubiera acabado.
Dos cosas ocurrieron en la última parte del año.
ENTRE
SEPTIEMBRE
Y
NOVIEMBRE DE 1939
1.
Empieza la Segunda Guerra Mundial.
2.
Liesel Meminger se convierte en la campeona de los pesos
pesados
del patio del colegio.
Principios de septiembre.
En Molching hacía frío el día que empezó la guerra y aumentó mi
volumen
de trabajo.
En el mundo no se hablaba de otra cosa.
Los titulares de los periódicos se deleitaban con ello.
La voz del Führer clamaba en las radios alemanas. No nos
rendiremos. No
descansaremos. Venceremos. Ha llegado nuestra hora.
Se había iniciado la
invasión alemana de Polonia y la gente
se reunía en
cualquier lugar para escuchar las noticias. Münchenstrasse, como
otras muchas
calles principales de Alemania,
se animó con la guerra. Su
olor, su voz. El
racionamiento había empezado unos días antes —se lo esperaban— y
ahora ya
era oficial. Gran Bretaña y
Francia habían declarado la guerra a Alemania.
Apropiándome de una frase de Hans Hubermann:
Empieza la diversión.
El día del anuncio, Hans tuvo la suerte de estar ocupado con un
trabajo. De
camino a casa, recogió un periódico que alguien había abandonado
y, en vez de
detenerse para
embutirlo entre los botes
de pintura del carro, lo
dobló y se lo
metió debajo de la camisa. Cuando llegó
a casa y lo sacó, el sudor había
estampado la tinta sobre
su piel. El diario acabó
en la mesa, pero llevaba las
noticias grabadas en el pecho, como un tatuaje. Se abrió la
camisa y se miró bajo
la tenue luz de la cocina.
—¿Qué pone? —preguntó Liesel, mirando los trazos negros de la
piel y el
periódico sobre la mesa.
—«Hitler toma Polonia»
—contestó, y Hans
Hubermann se desplomó en
una silla—. Deutschland
über Alles —musitó, pero en su voz no
había ni un
remoto rastro de patriotismo.
Ahí estaba otra vez esa cara: su cara de acordeón.
Había estallado una guerra.
Liesel pronto se encontraría envuelta en otra.
Casi un mes después de reemprender las clases en el colegio, la
pasaron al
curso que le tocaba. Tal vez creas que se debió a sus progresos
en lectura, pero
no fue así. A pesar de sus adelantos, seguía leyendo con
dificultades. Las frases
se desparramaban por todas partes. Las palabras le jugaban malas
pasadas. El
cambio de curso se
debió a que el desarrollo de la clase de los pequeños
se
había empezado a ver
afectado. Contestaba las
preguntas dirigidas a otros
niños y gritaba. Y alguna que otra vez
había recibido en el pasillo lo que
se
conocía como un Watschen (pronunciado «varchen»).
DEFINICIÓN
Watschen =
un buen azote
La profesora, que resultó ser una monja, la aceptó en su clase,
la sentó en
una silla a un lado y
le dijo que se estuviera
calladita. Desde el otro extremo,
Rudy la miró y la saludó con la mano. Liesel le devolvió el
saludo e intentó no
sonreír.
En casa, el padre y ella ya tenían muy avanzada la lectura del Manual del
sepulturero. Hacía un círculo alrededor de las
palabras que no entendía y se las
llevaba al sótano al día
siguiente. Liesel creyó que sería
suficiente. No fue
suficiente.
A principios de
noviembre, en el colegio les hicieron algunos exámenes
para evaluar sus progresos. Uno de ellos
se centraba en la capacidad lectora.
Cada niño debía leer delante de toda la clase el párrafo que la profesora indicara. Era una
mañana helada, pero relucía el sol. Los niños se restregaban
los ojos. Una aureola circundaba a la monja, la hermana Maria,
que parecía la
Parca. (Por cierto, me gusta el concepto humano de la Parca. Me
gusta lo de la
guadaña. Me parece gracioso.)
En la clase, empezaron a decir los nombres al azar.
—Waldenheim, Lehmann, Steiner.
Todos se levantaban y
leían según sus variadas
competencias. Rudy era
sorprendentemente bueno.
Liesel esperó sentada con una mezcla de emoción asfixiante y
temor atroz
durante todo el examen. Deseaba ponerse a prueba con
todas sus fuerzas,
descubrir de una vez por todas a qué ritmo avanzaba su
aprendizaje. ¿Daría la
talla? ¿Estaría a la altura de Rudy y los demás?
Cada vez que la hermana Maria miraba la lista, un manojo
de nervios se
tensaba alrededor de
sus costillas. Había
empezado en el estómago, pero se
había ido abriendo paso hacia arriba y pronto le rodearía el
cuello.
Cuando Tommy Müller finalizó su mediocre intervención, Liesel
miró a su
alrededor. Todo el mundo había leído. Sólo quedaba ella.
—Muy bien. —La hermana María asintió con la cabeza, repasando la
lista—
. Ya estamos todos.
¿Qué?
—¡No!
Del fondo de la clase
emergió una voz. Era la
de un chico de pelo
color
limón con huesudas rodillas
que no dejaban de castañetear
bajo el escritorio,
enfundadas en unos pantalones.
—Hermana Maria, creo que se ha saltado a Liesel —la corrigió,
levantando
la mano.
La hermana Maria.
No parecía demasiado complacida.
Dejó caer la carpeta sobre la mesa que tenía delante y escudriñó
a Rudy con
resignada desaprobación. Casi
melancólica. ¿Por qué, se lamentó, tenía que
aguantar a Rudy Steiner? ¿Es que ese niño no podía tener la boca
cerrada? Por
amor de Dios, ¿por qué?
—No —contestó terminante. Su barriguilla se inclinó hacia delante junto
con el resto del cuerpo—. Me temo que
Liesel no puede hacerlo, Rudy. —La
profesora la miró, buscando su aprobación—. Ya me leerá luego,
aparte.
La niña se aclaró la garganta.
—Puedo hacerlo ahora, hermana —repuso Liesel con voz baja y
desafiante.
La mayoría de los niños observaban en silencio. Unos cuantos
pusieron en
práctica el bello arte infantil de la risa tonta.
A la hermana se le acabó la paciencia.
—¡No, no puedes...! ¿Qué estás haciendo?
Pues Liesel se había levantado y avanzaba lentamente, tiesa como
un palo,
hacia el frente de la clase. Recogió el libro y lo abrió por una
página al azar.
—Muy bien —accedió la hermana Maria—. ¿Quieres hacerlo? Hazlo.
—Sí, hermana.
Tras una breve mirada a Rudy, Liesel bajó los ojos y estudió la
página.
Cuando volvió a levantar la vista, primero vio la habitación
hecha pedazos
y al instante recompuesta. Todos los
niños estaban impresionados, justo
ante
sus ojos, y en un momento
de gloria se imaginó leyendo la página con total
fluidez y sin cometer un solo error, triunfante.
PALABRA
CLAVE
«Imaginó»
—¡Vamos, Liesel!
Rudy rompió el silencio.
La ladrona de libros volvió a mirar las letras.
Vamos. Esta vez Rudy sólo musitó. Vamos, Liesel.
Sus latidos eran cada vez más fuertes. Las frases se
desdibujaban.
De repente, la página
blanca parecía escrita en otro
idioma, y no pudo
evitar que se le saltaran las lágrimas. Ni siquiera podía
distinguir las palabras.
Y el sol. Ese maldito sol. Irrumpió en la clase por la ventana
—esquirlas de
cristal se esparcieron por todas partes— e iluminó directamente
a la impotente
niña para gritarle en la cara: ¡Sabes robar libros, pero no
sabes leer!
Se le ocurrió una solución.
Respira que te respira, empezó
a leer, pero no el libro que tenía delante,
sino un extracto del Manual del sepulturero. Capítulo
tres: «En caso de nieve». Lo
había memorizado al oír a su padre.
—En caso de nieve procure utilizar una buena pala —leyó—. Ha de
cavar
hondo, no se desanime. No hay forma de ahorrarse el trabajo.
—Volvió a tomar
un rebujo de aire—. Por descontado, siempre es más sencillo
esperar a la hora
más cálida del día, cuando...
Se acabó.
Le arrancaron el libro de las manos.
—Liesel, al pasillo —le ordenaron.
Mientras le propinaban un pequeño Watschen, tras la mano
castigadora de
la hermana Maria oyó a
los demás riéndose en clase. Los vio. Los
niños impresionados. Burlándose y carcajeándose. Bañados por la luz del
sol. Todo el
mundo se reía menos Rudy.
En el patio, siguieron
mofándose de Liesel. Un chico
llamado Ludwig
Schmeikl se acercó a ella con un libro.
—Eh, Liesel —la llamó—, no entiendo esta palabra, ¿podrías
leérmela? —le
pidió, y se echó a reír con una petulante risotada de diez años.
—Dummkopf, imbécil.
Se empezaban a
formar nubes, gruesas y
desmañadas, y unos niños
corearon su nombre para hacerla rabiar.
—No les hagas caso —le aconsejó Rudy.
—Qué fácil es decirlo, tú no eres el tonto de la clase.
Hacia el final de la hora del patio, el recuento total de
comentarios sumaba
diecinueve. Al vigésimo, estalló. Fue Schmeikl, que había vuelto
a por más.
—Vamos, Liesel. —Le metió
el libro debajo de la nariz—.
Échame una
mano, anda.
Liesel se la echó, y bien echada.
Se levantó, cogió el
libro, y mientras el chico
volvía la cara para sonreír a
los otros niños, Liesel lo empujó y le dio una patada con todas
sus fuerzas en las
inmediaciones de la ingle.
En fin, como ya imaginarás, Ludwig Schmeikl se retorció y, al hacerlo,
recibió un puñetazo en la oreja. Cuando cayó al suelo, lo
abofeteó y arañó hasta
que quedó anulado
por una niña completamente consumida
por la rabia. La
piel del chico era cálida y suave, al contrario de los nudillos
y las uñas de Liesel,
dignos de temer a pesar de su tamaño.
—Saukerl. —También lo arañó
con la voz—. Arschloch.
¿Por qué no me
deletreas Arschloch?
Ay, cómo se apelotonaron las aborregadas nubes en el cielo.
Grandes y gruesas nubes.
Oscuras y plomizas.
Tropezaban unas con
otras. Se disculpaban. Continuaban
adelante,
abriéndose camino.
Los niños se apiñaron en un corro, rápidos como... Bueno, tan
rápidos como
niños atraídos por la fuerza centrífuga de una pelea. Un mejunje
de brazos y
piernas, de gritos y ánimos fue espesándose a su alrededor para
dar testimonio
de cómo Liesel Meminger daba a Ludwig Schmeikl la paliza de su
vida.
—¡Jesús, María y José!
—se escandalizó una niña,
lanzando un chillido—.
¡Va a matarlo!
Liesel no lo mató.
Pero estuvo a punto.
De hecho, lo único que probablemente la detuvo fue el espasmódico,
patético y sonriente rostro de Tommy Müller. Todavía rebosante
de adrenalina,
Liesel lo atisbó sonriendo de manera tan absurda que lo tiró al
suelo y también
empezó a golpearlo.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó el niño, y sólo entonces, después
del tercer
o cuarto bofetón y un hilillo de sangre que le salía de la
nariz, Liesel se detuvo.
De rodillas, tomó aire y escuchó los lamentos que llegaban desde
debajo de
ella. Miró la amalgama de rostros, a izquierda y derecha.
No soy estúpida —sentenció.
Nadie se lo discutió.
La pelea no se retomó hasta que todo el mundo volvió dentro y la
hermana
Maria vio en qué estado había quedado Ludwig Schmeikl. Rudy y
otros cuantos
fueron los primeros sobre
los que recayeron las sospechas. Siempre estaban
metiéndose los unos con los
otros. «A ver esas manos», les
ordenaron, pero
todos las tenían limpias.
—Esto es increíble —masculló la hermana—, ¿dónde se ha visto?
Cuando Liesel dio un
paso al frente y
le enseñó las manos, allí estaba
Ludwig Schmeikl, ansiando que llegara ese momento.
—Al pasillo —le ordenó
por segunda vez ese mismo día. De hecho, por
segunda vez esa misma hora.
En esta ocasión, no
le dio
un pequeño Watschen. Ni siquiera uno
de los
medianos. En esta ocasión
fue la madre de todos los Watschen, un azote tras
otro, una vara que iba y venía, así que Liesel apenas pudo
sentarse durante una
semana. Y ya no se oyeron
risas en clase, sino el
mudo miedo de los
que
escuchan atentos.
Al final de ese día de colegio, Liesel volvió a casa acompañada
de Rudy y
los demás hijos
de los Steiner. Al acercarse a
Himmelstrasse, el cúmulo de
desgracias se
apoderó de ella: la lectura fallida del Manual del sepulturero,
el
desmembramiento de su
familia, las pesadillas, las humillaciones
de ese día...
Se sentó en el bordillo y se echó a llorar. Todo se juntaba.
Rudy se detuvo y se quedó a su lado.
Empezó a llover con fuerza.
Kurt Steiner los
llamó, pero ninguno de los
dos se movió. Ella se quedó
sentada, abrumada por el dolor, bajo los chuzos de punta que
caían, y él, a su
lado, esperando.
—¿Por qué tuvo que morirse?
—preguntó, pero Rudy siguió sin
hacer ni
decir nada.
Cuando Liesel dejó de llorar
y se levantó, Rudy le pasó
el brazo por el
hombro, como sólo lo
hace el mejor amigo, y
siguieron caminando. No hubo
petición de beso ni nada por el estilo. Considéralo adorable, si
te apetece.
Pero no me rompas los huevos.
Eso era lo que estaba pensando, aunque no se lo dijo a
Liesel. Sólo se lo
confesó cerca de cuatro años después.
Por el momento, Rudy
y Liesel
caminaban por Himmelstrasse bajo
la
lluvia.
Él era el chalado que se
había pintado de negro y
había desafiado al
mundo.
Ella, la ladrona de libros sin palabras.
Pero créeme, las palabras estaban de camino, y cuando llegaron,
Liesel las
sujetó entre las
manos como si fueran nubes
y las escurrió
como si estuvieran
empapadas de lluvia.
SEGUNDA PARTE
El hombre que se encogía de hombros
Presenta:
una niña oscura — el placer de los cigarrillos — una trotacalles
— correo sin dueño — el cumpleaños de Hitler — cien por cien
puro sudor
alemán — a las puertas del hurto — y un libro de fuego
Una niña oscura
INFORMACIÓN
ESTADÍSTICA
Primer
libro sustraído: 13 de enero de 1939.
Segundo
libro sustraído: 20 de abril de 1940.
Intervalo
entre los mencionados libros sustraídos:
463
días.
En cierto modo, fue el destino.
Verás, puede que la gente diga que la Alemania nazi se construyó
sobre la
base del antisemitismo, pero todo se habría quedado en nada si
los alemanes no
hubieran adorado una actividad en particular: la quema.
A los alemanes les encantaba quemar cosas: tiendas, sinagogas,
Reichstags,
casas, objetos
personales, gente caída en desgracia y, por descontado, libros.
Disfrutaban de una buena hoguera de libros, lo que proporcionaba a la gente
interesada la oportunidad para conseguir ciertas
publicaciones que, de otro
modo, no habrían tenido. Como ya sabemos, una de las personas
con esa clase
de inclinaciones era una niñita esquelética llamada Liesel
Meminger. Tuvo que
esperar 463 días, pero valió la pena. Al final de una tarde
llena de emociones, la
belleza de la maldad, un tobillo ensangrentado y un sopapo
propinado por una
mano de confianza, Liesel Meminger consiguió con éxito su
segunda historia: El
hombre que se encogía de hombros.
Era un libro azul con letras rojas en la portada y
tenía un pequeño dibujo de un cucú debajo del título, también en
rojo. Cuando
pensaba en el pasado, Liesel no se avergonzaba de haberlo robado. Por
el
contrario, el orgullo era lo que más se parecía a lo que sentía
en el estómago. La
rabia y el odio enconado habían alimentado el deseo de robarlo.
De hecho, el 20
de abril —el cumpleaños del Führer—, cuando rescató el libro de
un humeante
montón de cenizas, Liesel era una niña oscura.
La cuestión, por descontado, debería ser por qué.
¿Por qué estaba tan enfadada?
¿Qué había ocurrido en los últimos cuatro o cinco meses que
justificara tal
sentimiento?
En resumen, la respuesta iba de
Himmelstrasse al Führer, de
allí al
paradero desconocido de su verdadera madre y vuelta a empezar.
El placer de los cigarrillos
Hacia finales de 1939,
Liesel se había adaptado
bastante bien a la vida en
Molching. Todavía la asaltaban pesadillas donde aparecía su
hermano y echaba
de menos a su madre, pero ahora también encontró consuelo.
Quería a su padre, Hans
Hubermann, y, a pesar de los improperios
y los
ataques verbales, también
a su madre adoptiva. Quería y odiaba a
su mejor
amigo, Rudy Steiner, lo
que era del todo normal, y le encantaba ver que sus
competencias
lectoras y su caligrafía progresaban de manera
evidente y que
pronto estarían a
punto de rayar lo
aceptable, a pesar del fiasco en clase. En
conjunto todo daba como
resultado cierto grado
de satisfacción, que iba
acumulándose hasta rozar eso que suele llamarse «ser feliz».
LAS
CLAVES DE LA FELICIDAD
1.
Acabar el Manual del sepulturero.
2.
Escapar a la ira de la hermana Maria.
3.
Recibir dos libros por Navidad.
17 de diciembre.
Recordaba perfectamente la fecha
porque fue justo una semana antes
de
Navidad.
Como era habitual, la pesadilla de cada noche interrumpió su
sueño y Hans
Hubermann la despertó. La tenía agarrada por el pijama sudado.
—¿El tren? —susurró.
—El tren —confirmó ella.
Liesel inspiró
profundamente hasta que estuvo
lista y luego empezaron a
leer el capítulo once del Manual del sepulturero. Lo
acabaron poco después de las
tres de la madrugada
y ya sólo les
quedaba el último: «Respetar el
camposanto». Hans, con los plateados ojos hinchados por el
cansancio y la cara
cubierta por una
barba incipiente, cerró el libro
y esperó los
restos del sueño.
No llegaron.
No había pasado ni un
minuto desde que habían apagado la luz cuando
Liesel empezó a hablar a oscuras.
—¿Papá?
Él respondió con un sonido gutural.
—¿Estás despierto, papá?
—Ja.
Se apoyó sobre un codo.
—¿Podemos terminar el libro, por favor?
Se oyó un largo suspiro, una mano rascando la barba y, a
continuación, se
encendió la luz. Hans abrió el libro y empezó a leer:
—«Capítulo doce: Respetar el camposanto».
Leyeron hasta la madrugada; marcaban con un círculo
y escribían las
palabras que Liesel no
comprendía e iban pasando las
páginas hacia el
amanecer. En varias ocasiones Hans estuvo a punto de dormirse,
sucumbiendo
a la hormigueante fatiga de sus
ojos y al cansancio
mental. Liesel siempre lo
sorprendía, pero no era tan generosa como para permitir que se
durmiera ni tan
susceptible como para
sentirse ofendida. Era una niña con una montaña por
escalar.
Finalmente, cuando la
oscuridad del exterior empezaba a
aclararse,
acabaron. El último párrafo decía más o menos lo siguiente:
La Asociación de Cementerios
de Baviera espera haberlos
entretenido e
instruido sobre el funcionamiento, las medidas de seguridad y
los deberes del
sepulturero. Les deseamos
una fructífera carrera en las artes funerarias
y
esperamos que este libro haya podido serles de ayuda.
Cuando cerraron el libro, intercambiaron una mirada furtiva.
—Lo hemos conseguido, ¿eh? —dijo Hans.
Liesel, medio envuelta en la manta, estudió el libro
negro que tenía en la
mano y las letras
plateadas de la portada. Asintió, con la boca seca y
apetito
madrugador. Fue uno de
esos momentos de cansancio
perfecto, después de
haber superado no sólo el trabajo que tenían entre manos, sino
la noche que les
había vallado el camino.
Hans estiró los brazos con los puños cerrados y los párpados
pesados por el
sueño. Esa mañana el cielo no se atrevió ni a lloviznar. Se
levantaron y fueron a
la cocina. A través
de la neblina y la escarcha de la ventana, observaron las
vetas de luz rosada sobre
los montículos de nieve que se acumulaban en los
tejados de Himmelstrasse.
—Mira qué colores —comentó el padre.
Cómo no va a gustarle a alguien un hombre que no
sólo se fija en los
colores, sino que además los comenta.
Liesel todavía llevaba el libro. Lo estrechó con más fuerza
cuando la nieve
se volvió
anaranjada. Vio un
niño pequeño sentado
en uno de los
tejados,
contemplando el cielo.
—Se llamaba Werner —dijo.
Las palabras salieron de su boca por voluntad propia.
—Ya —contestó el padre.
No hubo más exámenes
de lectura en el colegio, pero
Liesel iba ganando
confianza poco a poco, y una mañana antes de que comenzaran las
clases cogió
un libro de texto olvidado para ver si podía leerlo sin
problemas. Consiguió leer
todas las palabras, aunque todavía iba más despacio
que sus compañeros. Se
dio cuenta de que era
mucho más fácil hallarse a las puertas
de algo que
haberlas cruzado. Aún le llevaría un tiempo.
Una tarde se vio tentada a robar un libro de la estantería de la
clase, pero,
para ser sinceros, la perspectiva de un nuevo Watschen de
pasillo a manos de la
hermana Maria fue un convincente elemento disuasorio. Además, en realidad
no sentía auténticos
deseos de llevarse los libros
del colegio. Tal vez la
contundencia del fiasco
de noviembre propició esa
falta de interés, aunque
Liesel no estaba segura. Lo único que sabía era que ese
cosquilleo seguía allí.
No hablaba en clase.
Ni siquiera se atrevía a mirar hacia donde no debía.
A medida que pasaba el
invierno, dejó de ser víctima de las frustraciones
de la hermana Maria y se contentó con ver que los otros eran
enviados al pasillo
y recibían su justo castigo. Oír a otro estudiante pasando
apuros en el pasillo no
era precisamente agradable, pero el hecho de que se tratara de
otra persona en
vez de ella, aunque no fuera un consuelo, al menos era un
alivio.
Cuando el colegio cerró
durante las vacaciones
de Weihnachten,
Liesel
incluso se permitió desear unas felices navidades a la hermana
Maria antes de
irse. Consciente de que los
Hubermann casi estaban en la
ruina y
que tenían
que seguir pagando las deudas y el alquiler aunque apenas
entrara dinero, no
esperaba ningún regalo.
Tal vez
una comida especial. Para su sorpresa, al
volver a casa después de asistir en Nochebuena a la misa de
medianoche con su
madre, su padre, Hans hijo y Trudy, se encontró con algo
envuelto en papel de
periódico debajo del árbol de Navidad.
—De Santa Claus —aseguró Hans, aunque la niña no se lo tragó.
Abrazó a sus padres de acogida, todavía con nieve en los
hombros.
Al desenvolver el papel descubrió dos libritos. El primero, El
perro Fausto,
que había escrito un hombre llamado Mattheus Ottleberg. Acabaría
leyendo ese
libro trece veces. En Nochebuena leyó las primeras veinte
páginas en la mesa de
la cocina, mientras su
padre y Hans hijo
discutían sobre algo que ella no
entendía, algo llamado política.
Más tarde, leyeron
un poco
más en la cama, siguiendo la
tradición de
marcar con un círculo las palabras que Liesel no conocía y luego
escribirlas. El
perro Fausto también tenía ilustraciones,
preciosas curvas, orejas y caricaturas de
un pastor alemán con un obsceno problema de babeo y el don del
habla.
El segundo libro se titulaba El
faro, y lo había
escrito una mujer, Ingrid
Rippinstein. Era un
poco más largo,
de modo que Liesel sólo consiguió
leerlo
nueve veces, aunque su velocidad de lectura había incrementado
ligeramente al
final de sesiones tan prolíficas.
Días después de Navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre
los libros.
Estaban comiendo en la cocina. Decidió concentrar
su atención en su padre al
ver las cucharadas de sopa de guisantes que se metía en la boca
su madre.
—Me gustaría preguntar algo.
Al principio nadie dijo nada, por lo que acabó interviniendo su
madre, con
la boca medio llena.
—¿Y?
—Sólo quería saber de dónde habéis sacado el dinero para
comprarme los
libros.
Una sonrisita se reflejó en la cuchara de su padre.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Claro.
Hans sacó del bolsillo lo que le quedaba de su ración de tabaco
y empezó a
liar un cigarrillo. Liesel comenzó a impacientarse.
—¿Vas a decírmelo o no?
Su padre se echó a reír.
—Pero si te lo estoy diciendo. —Acabó el cigarrillo, lo lanzó
sobre la mesa y
empezó a liar otro—. Así.
En ese momento su madre se acabó la sopa, dejó
la cuchara de golpe
reprimiendo un eructo acartonado y contestó por él.
—Este Saukerl...
¿Sabes lo que ha hecho? Lió todos
sus asquerosos
cigarrillos, se fue al mercadillo cuando vino a la ciudad y se
los vendió a unos
gitanos.
—Ocho cigarrillos por libro. —Hans se metió uno en la boca,
triunfante. Lo
encendió y le dio
una calada—. Alabado sea
Dios por
los cigarrillos, ¿eh, mamá?
Mamá se limitó a
dedicarle una de sus inconfundibles miradas
asesinas,
seguida por una ración de su vocabulario habitual.
—Saukerl.
Liesel intercambió el guiño de costumbre con su padre y terminó
de comer
la sopa. Como siempre, uno de los libros descansaba a su lado.
No podía negar
que la respuesta a su pregunta había sido más
que satisfactoria. No había
mucha gente que pudiera decir que el tabaco pagaba su educación.
Su madre, en cambio, afirmó que si Hans Hubermann tuviera dos
dedos de
frente habría cambiado el tabaco por el vestido nuevo que ella
tanto necesitaba
o por unos zapatos decentes.
—Pero, no...
—Escupió las palabras
en el fregadero—. Si se trata de
mí,
antes te fumas la ración entera, ¿verdad? La tuya y la de la
puerta de al lado.
Sin embargo, unas noches después, Hans Hubermann llegó a casa
con una
caja de huevos.
—Lo siento, mamá.
—Los dejó en la mesa—. Se les habían acabado los
zapatos.
Rosa no protestó. Incluso canturreó entre dientes mientras cocía
los huevos
hasta casi carbonizarlos. Por lo visto los cigarrillos tenían
algo bueno. Fue una
época feliz en casa de los Hubermann.
Acabó unas semanas después.
La trotacalles
El desmoronamiento comenzó por la colada y acabó extendiéndose a
toda
prisa.
Liesel acompañaba a Rosa Hubermann a hacer las entregas cuando
uno de
los clientes, Ernst Vogel, les
informó de que ya no podía
permitirse que le
lavaran y le plancharan la ropa.
—Son estos tiempos que corren, ¿qué le voy a contar
que no sepa? —se
disculpó—. Se están poniendo difíciles y la
guerra nos hace pasar apuros. —
Miró a la niña—. Estoy seguro de que recibe una compensación por
cuidar de la
pequeña, ¿verdad?
Para consternación de Liesel, su madre se quedó sin palabras.
Tenía una bolsa vacía al lado.
Vamos, Liesel.
No lo dijo, la sacó a rastras, de la mano, sin miramientos.
Vogel la llamó desde lo
alto de los escalones. Medía cerca de un
metro
setenta y cinco y
los grasientos mechones
de pelo le caían, apáticos,
sobre la
frente.
—¡Lo siento, frau Hubermann!
Liesel lo saludó con la mano.
Él respondió al saludo.
Su madre la reprobó.
—No saludes a ese Arschloch —la riñó—, y aligera.
Esa noche, cuando Liesel se estaba bañando, su madre la frotó
con especial
brusquedad, sin dejar de
murmurar sobre ese Saukerl
de
Vogel mientras lo
imitaba cada dos minutos.
—«Debe de recibir una
compensación por la niña...»
—Castigaba el torso
desnudo de Liesel mientras lo frotaba—. No vales tanto, Saumensch,
no me estás
haciendo rica, que lo sepas.
Liesel no se movió y aguantó el rapapolvo.
No había
transcurrido ni una semana
desde ese incidente cuando
Rosa la
arrastró a la cocina.
—Bien, Liesel. —La hizo sentar a la mesa—. Ya que te pasas media
vida en
la calle jugando al fútbol, para variar podrías
serme un poquito útil cuando
salgas.
Liesel no se atrevió a mirar nada que no fueran sus propias
manos.
—¿Qué quieres que haga, mamá?
—A partir de ahora recogerás y entregarás la colada tú sólita.
Esa gente rica
se lo pensará dos veces
antes de despedirnos si te tienen a ti delante. Si
te
preguntan dónde estoy, les dices que me he puesto enferma. Y pon
cara triste
cuando se lo digas. Estás lo bastante delgaducha y pálida para
darles lástima.
—A herr Vogel no le di lástima.
—Bueno... —Su nerviosismo
era obvio—. Puede que a los
otros sí, y no
protestes.
—Sí, mamá.
Por un instante
tuvo la impresión de que su madre
iba a confortarla o a
darle una palmadita en el hombro.
Buena chica, Liesel, buena chica. Palmadita, palmadita,
palmadita.
No hizo nada parecido.
De hecho, Rosa Hubermann se levantó, cogió una cuchara de madera
y se
la puso a Liesel
debajo de la nariz. Desde el
punto de vista de Rosa, era una
cuestión de necesidad.
—Cuando salgas ahí fuera, ve arriba y abajo con la bolsa y
vuelve derechita
a casa con el dinero, por poco que sea. Nada de irse con papá,
si es que de una
vez por todas se ha puesto
a trabajar. Nada de gandulear con
ese pequeño
Saukerl de Rudy Steiner. Derechita a casa.
—Sí, mamá.
—Y cuando lleves
la bolsa, cógela como es debido. No
vayas haciendo el
molinillo, o la tires o la arrugues o te la eches al hombro.
—Sí, mamá.
—«Sí, mamá.» —Rosa Hubermann
era una gran imitadora, y muy
enfática—. Será mejor que
me hagas caso, Saumensch, porque si no
lo acabaré
descubriendo. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, mamá.
Pronunciar esas dos palabras era el mejor modo de sobrevivir, al
igual que
hacer todo lo que le decía, por lo que, a partir de ese momento
fue Liesel la que
pateó las calles
de Molching, de la zona de
los pobres a la de los
ricos,
recogiendo y entregando la colada. Al principio era un trabajo
solitario del que
nunca se quejaba. Después
de todo, la primera vez que tuvo
que arrastrar el
saco por la ciudad, al doblar la esquina de Münchenstrasse, miró
a ambos lados y empezó a hacer
el molinillo —una vuelta entera—, y luego
comprobó el
contenido. Gracias a
Dios, no había arrugas. Ni una.
Sólo una
sonrisa y la
promesa de no volver a hacerlo.
En general, a Liesel le
gustaba. No participaba del reparto
del pago, pero
estaba fuera de casa
y pasear por
las calles sin su
madre era como estar en el
cielo. Sin dedos acusadores
ni insultos. Ni nadie
que se las quedara mirando
cuando la insultaba por no coger la bolsa como debía. Sólo
tranquilidad.
También acabó cogiéndole cariño a la gente:
* A los Pfaffelhürver,
que revisaban la ropa y decían: Ja,
ja, sehr gut, sehr
gut. Liesel creía que lo hacían todo dos veces.
* A la amable Helena
Schmidt, que le tendía el dinero
con una artrítica
garra.
* A los Weingartner,
cuyo gato de
bigotes tiesos siempre salía a recibirla
junto a ellos.
Pequeño Goebbels, así lo
llamaban, igual que la mano
derecha de Hitler.
* Y a frau Hermann, la mujer del alcalde, que la esperaba con su
suave y
sedoso cabello y su tiritera en la enorme y fría puerta de su casa.
Siempre muda. Siempre sola. Ni una palabra, nunca.
A veces, Rudy la acompañaba.
—¿Cuánto dinero llevas
ahí? —le preguntó una tarde. Estaba a punto de
oscurecer y ya habían llegado a Himmelstrasse. La tienda de frau Diller
quedaba atrás—. Ya sabes lo de frau Diller, ¿verdad? Dicen que
tiene golosinas
escondidas en algún sitio y que por un precio justo...
—Ni lo sueñes. —Liesel, como siempre, agarraba el dinero con fuerza—.
Para ti es muy fácil, tú no tienes que enfrentarte a mi madre.
Rudy se encogió de hombros.
—Valía la pena intentarlo.
A mitad de enero, en la escuela aprendieron a escribir cartas. Después de
aprender los rudimentos, todos los alumnos tenían que redactar
dos cartas, una
a un amigo y otra a alguien de otra clase.
La carta que Rudy le escribió a Liesel decía lo siguiente:
Apreciada Saumensch:
¿Sigues siendo tan mala en fútbol como la última vez que
jugamos? Así
lo espero. Eso significa que puedo ganarte de nuevo a las
carreras como
Jesse Owens en las Olimpiadas...
Cuando la hermana Maria
la encontró, le hizo una pregunta con mucha
amabilidad.
PROPUESTA
DE LA
HERMANA
MARÍA
«¿Le
apetecería visitar el pasillo, señor Steiner?»
Huelga decir que
Rudy respondió que no, de modo que la hoja de papel
acabó hecha pedazos y él
empezó la carta de nuevo. El segundo intento
iba
dirigido a alguien llamado Liesel y le preguntaba cuáles eran
sus pasatiempos
preferidos.
En casa, mientras acababa
una carta que tenían de deberes, Liesel decidió
que escribir a Rudy
o a cualquier otro Saukerl
era absurdo. No tenía sentido.
Estaba escribiendo en el sótano cuando se volvió hacia su padre,
que repintaba
la pared otra vez.
Tanto los vapores de la pintura como él se volvieron.
—Was wulstz? —preguntó, utilizando el alemán
más basto que
sabía,
aunque con aire de absoluta cordialidad—. Sí, ¿qué?
—¿Puedo escribirle una carta a mamá?
Silencio.
—¿Para qué quieres escribirle una carta? Tienes que aguantarla a
diario. —
Su padre estaba schmunzelando,
esbozó una sonrisa traviesa—. ¿No tienes
suficiente?
—A esa mamá, no.
Liesel tragó saliva.
—Ah. —Su padre se volvió
hacia la pared y continuó pintando—. Bueno,
supongo que sí. Se la podrías enviar a la mujer esa como se
llame, la que te trajo
aquí y luego vino varias veces a visitarnos, la del centro de
acogida.
—Frau Heinrich.
—Eso es. Envíasela, tal vez ella pueda entregársela a tu madre.
Hans no parecía demasiado
convencido, como si quisiera ocultarle algo a
Liesel. Durante las visitas
de frau Heinrich, también ella
se había mostrado
hermética en relación con su madre.
En vez de preguntarle qué ocurría, Liesel empezó a escribir de
inmediato,
decidió ignorar el mal presentimiento que la había asaltado.
Necesitó tres horas
y seis borradores
para pulir una carta en la que le
hablaba a su madre de
Molching, de su padre y del acordeón, de la extraña, aunque
sincera forma de
comportarse de Rudy Steiner y de las proezas de Rosa Hubermann.
También le
contaba lo orgullosa que estaba de ella misma porque ahora sabía
leer y escribir un poquito. Al día siguiente le pegó un sello que cogió del
cajón de la cocina y
la echó al correo en la tienda de Frau Diller. Y comenzó la
espera.
La noche que escribió la
carta, oyó por casualidad una conversación entre
Hans y Rosa.
—¿Qué hace escribiéndole a su madre? —decía Rosa.
Su voz sonaba tranquila y
afectuosa, algo muy poco habitual
y, como
podrás imaginar, eso la dejó
bastante preocupada. Habría preferido
oírlos
discutir. Los cuchicheos entre adultos le inspiraban muy poca
confianza.
—Me lo pidió —contestó su padre— y no supe decirle que no. ¿Cómo
iba a
negarme?
—Jesús, María y José. —Otra vez los susurros—. Debería
olvidarla. ¿Quién
sabe dónde estará? Dios sabe lo que le habrán hecho.
En la cama, Liesel se acurrucó con fuerza, haciéndose un ovillo.
Pensó en su madre y se repitió las preguntas de Rosa Hubermann.
¿Dónde estaba?
¿Qué le habían hecho?
Y, sobre todo, ¿se podía saber de quiénes estaba hablando?
Correo sin dueño
Escena prospectiva en el sótano, septiembre de 1943.
Una niña de catorce años escribe en un pequeño libro de tapas
oscuras. Está
esquelética, pero es fuerte y ha visto muchas cosas. Su padre
está sentado con el
acordeón a los pies.
—¿Sabes, Liesel? Estuve a
punto de responderte por carta y
firmar con el
nombre de tu madre —confiesa. Se rasca la pierna, aunque ya le
han quitado la
escayola—. Pero no pude, no me atreví.
En varias ocasiones, a lo largo de enero y todo febrero de 1940,
a Hans se le
rompió el corazón cuando Liesel miraba en el buzón para ver si
había llegado la
respuesta a su carta.
—Lo siento, hoy nada, ¿verdad?
Mirando atrás, Liesel comprendía que todo había sido en vano. Si
su madre
hubiera estado en condiciones
de responder, ya se habría
puesto en contacto
con el personal del centro
de acogida o directamente
con ella
o con los
Hubermann. Pero nada.
Por si fuera poco, los Pfaffelhürver de Heide Strasse, clientes
también de la
plancha, le entregaron
una carta a mediados de febrero.
Los dos
salieron a la
puerta de casa haciendo gala de su altura, con mirada lastimera.
—Para tu madre —dijo el
hombre, entregándole el sobre—.
Dile que lo
sentimos. Dile que lo sentimos.
No fue una de las mejores noches en casa de los Hubermann.
Incluso desde el sótano, al que Liesel se retiró para escribir
la quinta carta
dirigida a su madre (todas ellas pendientes de enviar,
exceptuando la primera),
oyó los insultos
y el escándalo que Rosa armó por
los Arschlöcher de los
Pfaffelhürver y el asqueroso de Ernst Vogel.
—Feuer soll'n's brunzen
für einen Monat! —la oyó gritar. Traducción:
«¡Deberían mear fuego un mes entero!».
Liesel escribía.
El día de su cumpleaños no recibió ningún regalo. No hubo regalo
porque
no había dinero y, en esa época, a su padre se le había acabado
el tabaco.
—Te lo dije. —Su madre lo apuntó con un dedo acusador—. Te dije
que no
le dieras los dos libros en Navidad, pero, no, claro, ¿me
hiciste caso? ¡No, señor!
—¡Ya lo sé! —Se volvió, tranquilo, hacia la niña—. Lo siento,
Liesel, no nos
lo podemos permitir.
A Liesel no le importó. No
lloriqueó, ni gimoteó, ni pataleó. Se limitó a
tragarse la desilusión
y decidió correr
un riesgo calculado: hacerse un regalo
ella misma. Reuniría las
cartas a su madre que había
acumulado, las metería
todas en un sobre y utilizaría una diminuta fracción del dinero
de la colada y la
plancha para enviarlas. Luego, por descontado, se llevaría un Watschen,
seguramente en la cocina, y no diría ni mu.
Tres días después, el plan se concretó.
—Falta algo. —Su madre contaba el dinero por
cuarta vez con Liesel
delante, junto a los fogones. El calor que desprendían la
confortaba y le daba un
hervor a la rápida circulación de su sangre—. ¿Qué ha pasado,
Liesel?
—Deben de haberme dado de menos —mintió.
—¿No lo contaste?
—Me lo he gastado, mamá —confesó.
Rosa se acercó. Eso
no era buena señal. Estaba
demasiado cerca de las
cucharas de madera.
—¿Que tú, qué?
Sin darle tiempo a responder, la cuchara de madera cayó sobre el
cuerpo de
Liesel Meminger como
si Dios la pisoteara. Las marcas
rojas parecían
puntapiés, y escocían. Cuando todo terminó, la niña levantó la
vista y se explicó
desde el suelo.
Percibió un latido y la luz amarillenta, todo a la vez.
Parpadeó.
—Envié las cartas por correo.
En ese momento se dio cuenta de lo sucio que estaba el suelo, de
que sentía
la ropa cerca en vez de puesta y comprendió que todo había sido
en vano, que
su madre nunca respondería y que jamás volvería a verla. La
certeza le propinó
un segundo Watschen. Le escoció durante varios minutos.
En lo alto, Rosa parecía borrosa, pero a medida que su cara de cartón se
acercaba no tardó en volverse nítida. Abatida, se alzaba sobre
ella con toda su
corpulencia, sujetando la
cuchara de madera como si fuera un
garrote. Se
agachó, y su rostro perdió unas gotas.
—Lo siento, Liesel.
Liesel la conocía lo suficiente para saber que no se refería a
la paliza.
Las marcas rojas
fueron ensanchándose, avanzando
por la piel, mientras
estaba tendida en el
suelo entre el polvo y la
suciedad, bajo la luz tenue.
Recobró la respiración
y una amarillenta lágrima
solitaria le rodó por la
cara.
Sentía su propio
peso contra el suelo. Un brazo, una rodilla. Un codo. Una
mejilla. Un gemelo.
El suelo estaba frío,
sobre todo lo
notaba en la cara, pero era
incapaz de
moverse.
Jamás volvería a ver a su madre.
Se quedó debajo de la mesa de la cocina casi una hora, hasta que
su padre
llegó a casa y se puso
a tocar el acordeón. Sólo
entonces Liesel se levantó
y
empezó a recuperarse.
Esa noche, mientras escribía, no guardaba ningún rencor
a Rosa
Hubermann ni, para el
caso, a su madre. Para ella sólo eran
víctimas de las.
circunstancias. El único pensamiento recurrente era la lágrima
amarilla. Se dio
cuenta de que si hubiera estado oscuro, la lágrima habría sido
negra.
Sin embargo, estaba oscuro, se dijo.
Daba igual las veces
que intentara imaginar la escena con
la luz
amarillenta; a pesar de
saber que había estado allí, tenía que esforzarse para
visualizarla. Le habían pegado en la oscuridad y había quedado
tendida en el
frío y oscuro
suelo de la cocina. Incluso la
música de su padre era de color
oscuro.
Incluso la música de su padre.
Lo extraño del caso era que, en vez de angustiarla, ese
pensamiento más o
menos la consolaba.
Luz, oscuridad.
¿Dónde estaba la diferencia?
Las pesadillas se habían reforzado las unas a las otras mientras
la ladrona
de libros aprendía
cómo eran las cosas
y cómo serían siempre. Al menos así
estaría preparada. Tal vez por eso, y a pesar de la perplejidad
y la rabia, el día
del cumpleaños del Führer
pudo reaccionar cuando el misterio
sobre el
infortunio de su madre quedó resuelto por completo.
Liesel Meminger estaba lista.
Feliz cumpleaños, herr Hitler.
Que cumpla muchos más.
El cumpleaños de Hitler, 1940
En vez de perder la esperanza, Liesel siguió comprobando el
buzón todas
las tardes, desde
marzo hasta bien entrado
abril, a pesar de la visita de
frau
Heinrich —a instancias de
Hans—, que les explicó a los
Hubermann que la
oficina de acogida había perdido
todo contacto con Paula Meminger. Sin
embargo, la niña insistía
aunque, como era de esperar, nunca había
carta
cuando revisaba el correo.
Molching, como el
resto de
Alemania, se había volcado en la
preparación
del cumpleaños de Hitler. Ese año en cuestión, gracias al
desarrollo de la guerra
y a la ventajosa posición
de Hitler, los partidarios nazis
de Molching querían
que la celebración fuera especialmente significativa. Habría
un desfile. Una
marcha. Música. Canciones. Habría una hoguera.
Mientras Liesel pateaba las calles de Molching recogiendo y
entregando la
colada y la plancha, los
miembros del Partido Nazi
hacían acopio de
combustible. En un par de ocasiones, Liesel vio a hombres y
mujeres llamando
a las puertas y
preguntando a la gente si tenían algo
de lo que quisieran
desprenderse o destruir.
El ejemplar del Molching
Express de su padre
anunciaba que iban a celebrarlo con una hoguera en la plaza, a
la que acudirían
todas las Juventudes Hitlerianas del lugar. No sólo se
festejaría el cumpleaños
del Führer, sino también la victoria sobre sus enemigos y sobre
las restricciones
que habían refrenado a Alemania desde el final de la Primera
Guerra Mundial.
«Debe presentarse cualquier
objeto de esa época —periódicos,
pósters, libros,
banderas— o propaganda de nuestros enemigos en la oficina del
Partido Nazi
de Münchenstrasse»,
proclamaba. Incluso volvieron a
saquear la Schiller
Strasse, la calle de las
estrellas amarillas —todavía a la espera de una
remodelación—, en busca
de algo para quemar en nombre de la gloria del
Führer, lo que fuera. A
nadie le habría sorprendido que
ciertos miembros del
partido hubieran ido más lejos y hubiesen hecho imprimir un
millar de libros o
carteles de moral perniciosa sólo para poder quemarlos.
Todo estaba preparado para celebrar un espléndido 20 de abril.
Un día de
llamas y alegría.
Y robo de libros.
Esa mañana todo
transcurría con total normalidad en el hogar de los
Hubermann.
—Ese Saukerl
ya vuelve a estar mirando
por la ventana —rezongó Rosa
Hubermann—. No falla ni un día. ¿Y ahora qué miras?
—¡Madre mía! —exclamó Hans, complacido. La bandera, a modo de
capa,
ocultaba su espalda desde la ventana—. Deberías venir a echar un
vistazo a esa
mujer. —Volvió la cabeza y sonrió a Liesel—. Tendría que salir
corriendo tras
ella. Te da cien mil vueltas, mamá.
—Schwein! —Rosa agitó la cuchara de madera en su
dirección.
Hans siguió contemplando
desde la ventana a una mujer imaginaria y un
auténtico despliegue de banderas alemanas.
Ese día todas las ventanas de las calles de Molching estaban
engalanadas en
honor al Führer. En algunas
casas, como en la de frau Diller,
los cristales
resplandecían y la esvástica parecía una piedra preciosa sobre
una manta roja y
blanca. En otras, la bandera colgaba del alféizar como
si fuera la ropa de la
colada. Pero ahí estaba.
Un poco antes había ocurrido una pequeña catástrofe: los Hubermann
no
encontraban la suya.
—Vendrán a por nosotros —le advirtió Rosa a su marido—. Vendrán
y nos
llevarán. —Ellos—. ¡Tenemos que encontrarla!
Ya se habían hecho a la idea de que Hans tendría que bajar al sótano y
pintar una bandera en una sábana vieja cuando, por fortuna,
apareció enterrada
detrás del acordeón, en el armario.
—¡Me la tapaba ese maldito
acordeón! —Rosa giró sobre sus
talones—.
¡Liesel!
La niña tuvo el honor de colgar la bandera en el marco de la
ventana.
Hans hijo y Trudy fueron ese día a cenar, como solían hacerlo en
Navidad o
Pascua. Puede que sea un
buen momento para
presentarlos en detalle: Hans
hijo medía como su padre y tenía su misma mirada, aunque el
metal de sus ojos
no era cálido como el de Hans; lo habían Führereado. También era más
musculoso, tenía el cabello áspero y rubio y la piel de color
hueso.
Trudy, o Trudel, como solían llamarla, era sólo unos pocos
centímetros más
alta que Rosa. Tenía el lamentable y patoso caminar de Rosa
Hubermann, pero
todo lo demás era mucho más dulce. Trabajaba de criada en la
zona pudiente de
Munich, así que estaba bastante harta de niños, pero siempre le
dirigía a Liesel unas cuantas palabras acompañadas de una sonrisa. Tenía los
labios suaves. Y
voz apagada.
Llegaron juntos en el tren de Munich. Las viejas tensiones no
tardaron en
aflorar.
BREVE
HISTORIA DEL
ENFRENTAMIENTO
DE
HANS
HUBERMANN CON SU HIJO
El
joven era nazi, su padre no. En opinión de Hans hijo, su
padre
pertenecía a una Alemania vieja y decrépita, la Alemania
que
permitía que los demás se aprovecharan de ella mientras
su
propia gente sufría. Por ser joven, estaba al tanto de que
llamaban
a su padre Der Juden Maler —el pintor judío—
porque
pintaba en casas judías. Después tuvo lugar un
incidente
que en breve pasaré a relatarte: el día que, justo a
punto
de unirse al partido, Hans lo echó todo a perder. Era
sabido
que no debían cubrirse con pintura los comentarios
antisemitas
escritos en las tiendas judías. Ese comportamiento
no
era bueno ni para Alemania ni para el transgresor.
—Bueno, ¿ya te han
dejado entrar? —Hans
hijo retomó la conversación
donde la habían dejado en Navidad.
—¿Dónde?
—¿Dónde va a ser? En el partido.
—No, creo que se han olvidado de mí.
—Ya, ¿y lo has
vuelto a intentar? No
puedes quedarte ahí sentado
esperando que el
nuevo mundo se
adapte a ti, eres tú el que tiene
que
adaptarse... A pesar de los errores pasados.
Hans lo miró.
—¿Errores? He cometido muchos errores en mi vida, pero no
militar en el
Partido Nazi no es uno de ellos. Todavía tienen mi solicitud, ya
lo sabes, pero
no he tenido tiempo de ir a preguntar. Sólo...
En ese momento se produjo un gran escalofrío.
Entró grácilmente por la ventana, con la corriente de aire. Tal
vez fuera la
brisa del Tercer Reich que soplaba con fuerzas renovadas, o
quizá volvía a ser el
aliento de Europa. En
cualquier caso se interpuso
entre ellos cuando sus ojos
metálicos entrechocaron como latas en la cocina.
—Este país nunca te ha importado —aseguró Hans hijo—. Al menos,
no lo
suficiente.
Los ojos de Hans
empezaron a secarse, pero
Hans hijo no se detuvo, y se
volvió hacia la niña en
busca de algo con qué justificar sus
palabras. Con sus
tres libros de pie sobre la mesa, como si estuvieran
conversando, Liesel recitaba
las palabras en silencio mientras leía.
—¿Qué basura lee esta niña? Debería estar leyendo Mein Kampf.
Liesel lo miró.
—No te preocupes, Liesel
—la tranquilizó su padre—, sigue
leyendo. No
sabe lo que dice.
Sin embargo, Hans hijo no había terminado.
—O estás con el Führer o estás contra él —insistió,
acercándose—, y ya veo
que estás contra él. Siempre has estado en su contra. —Liesel
miró a Hans hijo a
la cara, obsesionada con la finura de sus labios y la línea
irregular de sus dientes
inferiores—. Es muy triste que un hombre sea capaz de mantenerse
al margen y
quedarse de brazos
cruzados mientras toda una nación limpia la porquería y
florece.
Trudy y Rosa estaban sentadas en silencio, tensas, igual que
Liesel. Olía a
sopa de guisantes, a quemado y a confrontación.
Todos esperaban las siguientes palabras.
Las pronunció el hijo. Sólo fueron tres.
—Eres un cobarde. —Se las arrojó
a la cara y acto
seguido abandonó la
cocina y la casa.
Haciendo oídos sordos a la futilidad, Hans se acercó a la
puerta.
—¿Cobarde? —gritó—. ¡¿Yo soy el cobarde?!
A continuación, alcanzó la cancela y echó a correr, suplicante,
detrás de él.
Rosa se acercó a la
ventana, apartó la bandera de un manotazo
y la abrió.
Trudy, Liesel y ella se apiñaron para poder ver cómo un padre
daba alcance a
su hijo, lo sujetaba
y le imploraba que se detuviera. No
podían oír lo que
decían, pero el
brusco movimiento de hombros
con que Hans hijo se
desembarazó de la mano de
su padre fue elocuente. La imagen de Hans
contemplando a su
hijo mientras se alejaba
les llegó como
un grito desde la
calle.
—¡Hansi! —gritó Rosa al
fin. Tanto Trudy como
Liesel dieron un
respingo—. ¡Vuelve!
El chico se había ido.
Sí, el chico se había ido, y ojalá pudiera decirte que todo le
fue bien al joven
Hans Hubermann, pero no fue así.
Después de dejar atrás Himmelstrasse en nombre del Führer, se
precipitaría
hacia otra historia cuyos pasos desgraciadamente lo conducirían
hasta Rusia.
A Stalingrado.
ALGUNOS
DATOS SOBRE
STALINGRADO
1.
En 1942 y a principios de 1943, todas las mañanas el cielo
de
esta ciudad era de color blanco, como una sábana lavada
con
lejía.
2. A
lo largo del día, mientras yo no dejaba de transportar
almas
arriba y abajo, la sábana iba empapándose de
salpicaduras
de sangre hasta que, por el peso, se encorvaba
hacia
la tierra.
3.
Por la noche la escurrían y volvían a lavarla con lejía, lista
para
el siguiente amanecer.
4. Y
eso cuando sólo había enfrentamientos diurnos.
Aunque ya no veía a su hijo, Hans Hubermann
esperó un poco más.
La
calle se le antojaba inmensa.
Al entrar en casa, Rosa
lo miró
fijamente, pero no
intercambiaron ni una
palabra. No lo reprendió en ningún momento, lo que, como ya
sabes, era poco
corriente. Tal vez
creyera que el insulto de su hijo al llamarlo
cobarde era
castigo suficiente.
Después de comer, Hans todavía permaneció sentado a la mesa un
rato, en
silencio. ¿En verdad era
un cobarde como
su hijo había asegurado de manera
tan descarnada? Así se había considerado a sí
mismo en la Primera Guerra
Mundial. De hecho, a ello
atribuía su supervivencia. Entonces, ¿se es cobarde
por sentir miedo? ¿Se es cobarde por alegrarse de seguir vivo?
Con la vista clavada en la mesa, sus pensamientos afloraron.
—¿Papá? ¿De qué hablaba? —preguntó Liesel, pero él no la miró—.
¿A qué
se refería cuando...?
—A nada —contestó Hans en voz baja y tranquila, dirigiéndose a
la mesa—
. A nada. Olvídalo, Liesel. —Transcurrió cerca de un
minuto antes de que
volviera a hablar—.
¿No deberías ir
preparándote? —Esta vez la miró—. ¿No
quieres ir a ver la hoguera?
—Sí, papá.
La ladrona de libros fue a cambiarse. Se puso el uniforme de las
Juventudes
Hitlerianas y, media hora más tarde, salieron de casa hacia el
cuartel general de
la BDM. Desde allí los niños irían a la plaza, cada uno con su
grupo.
Se pronunciarían discursos.
Se encendería una hoguera.
Se robaría un libro.
Cien por cien puro sudor alemán
La gente flanqueaba las calles mientras la juventud de Alemania
desfilaba
hacia el ayuntamiento y la plaza. En muy contadas ocasiones
Liesel se permitía
dejar de pensar en su madre o
en cualquier otro problema del que se
considerara dueña. El pecho se le henchía cuando la gente los
aplaudía al pasar.
Algunos niños saludaban a
sus padres, aunque de manera furtiva,
pues les
habían ordenado explícitamente que desfilaran derechos y no
miraran ni se
dirigieran a la multitud.
Cuando el grupo de Rudy entró en la plaza y les mandaron
detenerse, hubo
una excepción: Tommy Müller. El resto del regimiento detuvo la
marcha, pero
Tommy arremetió contra el chico que iba delante de él.
—Dummkopf! —le soltó el chico antes de volverse.
—Lo siento —se disculpó
Tommy, con los brazos estirados
a modo de
descargo. Su rostro tropezó consigo mismo—. No lo he oído.
Sólo fue un breve incidente, pero también un avance de los
problemas que
se avecinaban. Para Tommy. Y para Rudy.
Al final del desfile, las divisiones de las Juventudes
Hitlerianas obtuvieron
permiso para dispersarse.
Habría sido imposible mantenerlos en formación
mientras la hoguera ardía
en sus ojos e inflamaba sus ánimos.
Gritaron al
unísono «Heil Hitler» y les dieron permiso para salir
corriendo. Liesel buscó a
Rudy, pero en cuanto los niños empezaron a desperdigarse, se vio
atrapada en
medio de una marea de
uniformes y voces
chillonas. Niños llamando a otros
niños.
A las cuatro y media, la temperatura había bajado
considerablemente.
La gente bromeaba diciendo que era hora de entrar en calor.
—De todos modos, es para lo único que sirve toda esa basura.
Utilizaron carros
para transportarlo todo, que vaciaron en medio de la
plaza, y rociaron la montaña con algo de olor
dulzón. Libros, papeles y otros
objetos resbalaban de la
pila o
se caían, pero
los devolvían de nuevo al
montículo. Desde lejos parecía un volcán. O algo grotesco y
extraño que había aterrizado sin
saber cómo en medio
de la ciudad y que debía
extinguirse y
deprisa.
El olor empezó a expandirse entre la gente, que se mantenía
a buena
distancia. Había más de
mil personas en la explanada, en los escalones del
ayuntamiento, en los tejados que rodeaban la plaza.
Cuando Liesel intentó abrirse paso, un chisporroteo le hizo
pensar que ya
habían encendido la hoguera. No
era así. Era el rumor de la gente en
movimiento, que discurría y se cargaba de energía.
¡Han empezado sin mí!
Aunque había algo en su interior que le decía que aquello era un
crimen —
después de todo, los tres
libros eran los objetos
más preciados que poseía—
necesitaba ver esa cosa
en llamas. No podía evitarlo. Creo que a los
humanos
les gusta contemplar la destrucción a pequeña escala.
Castillos de arena,
castillos de naipes,
por ahí
empiezan. Su gran don es la
capacidad de
superación.
El temor de
perdérselo se desvaneció al encontrar
un agujero entre los
cuerpos y ver la montaña de culpa todavía intacta. La removían y
la rociaban,
incluso escupían. Le recordó a un niño repudiado, abandonado y
atemorizado,
incapaz de escapar a su
destino. A nadie le gustaba. La cabeza
gacha. Las
manos en los bolsillos. Para siempre. Amén.
Los objetos continuaron rodando por las laderas mientras Liesel
buscaba a
Rudy. ¿Dónde estaría ese Saukerl?
Cuando levantó la vista, el cielo se estaba agazapando.
Un horizonte de banderas y uniformes nazis entorpecía su visión
cada vez
que intentaba mirar por encima de la cabeza de un niño. Era
inútil. La multitud
era eso mismo, una
multitud, y no había manera de hacer que se
moviera,
colarse por en medio o
razonar con ella. Respirabas
con ella y cantabas sus
canciones. Esperabas su hoguera.
Un hombre sobre un estrado pidió silencio. El uniforme era de un
marrón
resplandeciente, prácticamente se apreciaba todavía el humo de
la plancha. Por
fin se hizo un silencio.
Sus primeras palabras: «Heil Hitler!»
Su primer gesto: el saludo al Führer.
—Hoy es un
gran día —empezó—. No sólo
es el cumpleaños de nuestro
gran líder, sino que además hemos abatido a nuestros enemigos una vez más.
Hemos impedido que se apoderen de nuestras mentes...
Liesel seguía intentando abrirse camino entre la gente.
—Hemos puesto fin a
la plaga que se había extendido por
Alemania
durante estos últimos veinte años, ¡si no más! —Estaba llevando
a cabo lo que
se llama un Schreierei, una consumada profesión de arengas apasionadas,
advertía a la gente de que se mantuviera en guardia, estuviera
atenta, detectara
y acabara con las malvadas
maquinaciones que tramaban infectar
la madre
patria con sus deplorables métodos—. ¡Los inmorales! ¡Los Kommunisten!
—Esa
palabra otra vez. Esa vieja palabra. Habitaciones oscuras.
Hombres trajeados—.
Die Juden! ¡Los judíos!
A medio discurso, Liesel
se dio por vencida. Cuando la palabra
«comunista» la atrapó, el resto del sermón nazi cayó a sus pies, la bordeó por
los lados y se perdió entre los alemanes que la rodeaban.
Cascadas de palabras.
Una niña chapoteando en el agua. No dejaba de pensar en ella. Kommunisten.
Hasta ese momento, en la BDM
les habían dicho que Alemania
estaba
formada por una raza
superior, pero no habían mencionado a nadie en
particular. Por
descontado, todo el mundo sabía
de los judíos, los principales
«infractores» del ideal
alemán. Sin embargo, no
había oído mencionar a los
comunistas hasta ese día,
a pesar
de que la gente de dicha
tendencia política
también era castigada.
Tenía que salir de allí.
Delante de ella, una cabeza con raya en medio y trenzas rubias
descansaba
inmóvil sobre los hombros. Al mirarla con atención, Liesel
encontró las
habitaciones oscuras de
su pasado, y a su madre contestando a
las preguntas
con una única palabra.
Lo vio todo con claridad meridiana.
La madre famélica, el padre desaparecido. Kommunisten.
El hermano muerto.
—Y ahora despidámonos de esta basura, de este veneno.
Justo antes de que Liesel Meminger diera media vuelta, asqueada, para
salir de allí, la reluciente criatura de camisa parda bajó del
estrado. Un cómplice
le tendió una antorcha con la que encendió la pila que, ante la
magnitud de su
culpabilidad, le hizo parecer un enano.
—Heil Hitler!
—Heil Hitler! —repitió la multitud.
Varios hombres se acercaron al estrado, rodearon la montaña y le
prendieron fuego ante el clamor general. Las voces ascendían por
encima de los
hombros y el olor a puro sudor alemán, que tuvo que abrirse paso
al principio,
poco después manó en un
torrente. Dobló una esquina
tras otra, hasta que
todos acabaron
nadando en él. Las palabras, el sudor... Y las
sonrisas. No
olvidemos las sonrisas.
Se siguieron algunos
comentarios jocosos, y otra
arremetida de «Heil
Hitler!». ¿Sabes? Lo
cierto es que me sorprendería que alguien no perdiera
un
ojo o se hiciera daño en una mano o
en una muñeca en medio de ese jaleo.
Bastaba con quedarse mirando hacia el lugar equivocado en el
peor momento o
estar demasiado pegado a otra persona. Tal vez sí que hubo
heridos. Por lo que
a mí respecta, lo único
que puedo decir es que
nadie murió por estar
allí, al
menos físicamente. Es evidente que no podemos olvidar los
cuarenta millones
de personas que recogí cuando todo hubo acabado, pero esto se
está poniendo
metafórico. Permíteme que volvamos a la hoguera.
Las llamas anaranjadas
saludaban a la multitud
mientras el papel y las
letras impresas se consumían en su interior. Palabras en llamas
arrancadas de
sus frases.
Al otro lado, más allá del calor bochornoso, las camisas
pardas y las
esvásticas se daban la mano. No había gente, sólo uniformes e
insignias.
Los pájaros volaban en círculos.
Daban vueltas y más
vueltas, atraídos por el resplandor, hasta
que se
acercaban demasiado al
calor. ¿O a los humanos?
En realidad, tampoco hacía
tanto calor.
En su intento de huida, una voz la encontró.
—¡Liesel!
La voz se abrió paso y Liesel la reconoció. No era la de Rudy,
pero de todos
modos la conocía.
Dio vueltas hasta encontrar la cara que acompañaba a la voz. Oh, no,
Ludwig Schmeikl. A
pesar de lo que Liesel
esperaba, el niño no hizo ningún
comentario, ni desdeñoso, ni burlón, ni de ningún tipo,
simplemente tiró de ella
y le hizo un gesto mostrándole su tobillo. Se lo habían
aplastado en medio de la
excitación general y
la sangre oscura empapaba el
calcetín; tenía mal aspecto.
Bajo el enmarañado cabello rubio se adivinaba una expresión de
impotencia. Un
animal. No un ciervo deslumbrado por los faros. Nada tan típico
ni particular.
Sólo un animal
herido en medio de la estampida de su propia especie, que
acabaría pisoteándolo.
Como pudo, Liesel lo ayudó a levantarse y lo arrastró hacia el
fondo. Aire
fresco.
Se acercaron tambaleantes
a los escalones de la iglesia.
Allí había sitio, y
pudieron descansar aliviados.
A Schmeikl se le cayó el aliento de la boca, le resbaló por el
cuello. Por fin
consiguió hablar.
Se sentó, se cogió el tobillo y topó con el rostro de Liesel
Meminger.
—Gracias —le dijo, a la boca antes de llegar a la altura de los
ojos de Liesel.
Otra bocanada de aliento. Revivieron travesuras en el patio de colegio, y
una
pelea en el patio de colegio—. Y... Lo siento... Por... Ya
sabes.
Liesel volvió a oírlo: Kommunisten.
Sin embargo, decidió atender a Ludwig Schmeikl.
—Yo también.
Ambos se concentraron en
respirar; ya no había nada más que
decir o
hacer. Habían resuelto sus asuntos.
La mancha de sangre se extendió por el tobillo de Ludwig
Schmeikl.
Una sola palabra retumbaba en la mente de la niña.
A su izquierda, las llamas y los libros calcinados, aclamados
como si fueran
héroes.
A las puertas del hurto
Esperó a su padre en los escalones, contemplando la dispersión
de la ceniza
y los cadáveres
de libros amontonados. Un triste
espectáculo. Las brasas
anaranjadas y rojizas
parecían golosinas
abandonadas y ya no quedaba casi
nadie. Liesel había visto alejarse a frau Diller (muy ufana) y a
Pfiffikus (cabello
blanco, uniforme nazi, los mismos y maltrechos zapatos y un
silbido triunfal).
Ahora, los únicos que quedaban eran los del servicio
de la limpieza y pronto
nadie sería capaz de imaginar lo que había ocurrido.
Aunque se olía.
—¿Qué haces?
Hans Hubermann se acercó a los escalones de la iglesia.
—Hola, papá.
—Se supone que tendrías que estar delante del ayuntamiento.
—Lo siento, papá.
Se sentó a su lado, reduciendo su altura a la mitad, y cogió un
mechón de
Liesel, que le pasó detrás de la oreja con delicadeza.
—¿Qué pasa, Liesel?
La niña guardó
silencio unos instantes. A pesar de que ya sabía el
resultado, estaba haciendo sus cálculos. Una niña de once años
es muchas cosas,
pero no tonta.
UNA
PEQUEÑA SUMA
La
palabra «comunista» + una gran hoguera + un fajo de
cartas
sin dueño + las desventuras de su madre + la muerte de
su
hermano = el Führer
El Führer.
El Führer era esa «gente» de la que Hans y Rosa Hubermann hablaban la
noche que le escribió a
su madre por primera vez. Lo sabía, pero
tenía que
preguntarlo.
—¿Mi madre es comunista? —Mirada fija. Al frente—. Antes de
venir aquí,
siempre le estaban preguntando cosas.
Hans se inclinó un poco, rumiando el inicio de lo que sería una
mentira.
—No tengo ni idea, no la conocí.
—¿Se la llevó el Führer?
La pregunta los sorprendió a ambos y obligó a levantarse a su
padre, que
volvió la vista hacia los hombres de camisa parda que arremetían
con sus palas
contra la pila de cenizas. Los oía cavar. Una nueva mentira se
iba formando en
sus labios, pero le fue imposible dejarla salir.
—Creo que sí —contestó, al fin.
—Lo sabía. —Liesel
arrojó las palabras
a los escalones y sintió
la rabia
revolviéndole el estómago—. Odio al Führer, lo odio.
¿Y Hans Hubermann?
¿Qué hizo?
¿Qué dijo?
¿Se agachó y abrazó a su hija, tal como deseaba hacer? ¿Le dijo
que sentía lo
que le estaba ocurriendo,
a ella, a su madre, lo
que le había ocurrido a su
hermano?
No exactamente.
Cerró los ojos con fuerza. Los abrió. Y abofeteó a Liesel
Meminger en toda
la cara.
—¡No vuelvas a decir eso! —En su voz no se adivinaba inquietud,
pero sí
dureza.
Mientras los cimientos
de la niña temblaban y se desmoronaban en los
escalones, Hans se sentó a su lado y ocultó su rostro entre las
manos. Sería fácil
decir que no era más que un
hombre alto, abatido y mal acomodado en los
escalones de una iglesia, pero no sería cierto. En ese momento,
Liesel ignoraba
que su padre luchaba contra uno
de los mayores dilemas
a los que podía
enfrentarse un ciudadano alemán. No sólo eso, llevaba
enfrentándose a él cerca
de un año.
—¿Papá?
La asaltó la sorpresa, pero también la desarmó. Quería echar a
correr, pero
no podía. Podía recibir
un Watschen de todas
las monjas y
las Rosas que
quisiera, pero dolía mucho más
si se lo propinaba su padre. Hans retiró
las
manos del rostro y reunió el valor para volver a hablar.
—En casa puedes
decir lo que quieras
—le explicó, mirando muy serio
la
mejilla de Liesel—,
pero no
en la calle, ni en el colegio, ni en la BDM, ¡ahí,
nunca! —Se puso
delante de ella y la levantó
por los brazos. La
zarandeó—.
¿Me has oído?
Con los ojos bien abiertos, Liesel asintió.
De hecho, había sido el ensayo de un sermón posterior, cuando
los peores
temores de Hans Hubermann lo visitaron en Himmelstrasse, ya
entrado el año,
durante las primeras horas de una mañana de noviembre.
—Bien. —La volvió a dejar en el suelo—. Veamos qué tal... —Al
pie de los
escalones, Hans se
puso firme y levantó
el brazo. Cuarenta y cinco grados—.
Heil Hitler!
Liesel se puso en pie y lo imitó.
—Heil Hitler! —repitió, sumida en la
tristeza.
Fue todo un espectáculo: una niña de once años tratando de no
llorar en los
escalones de la iglesia y saludando al Führer mientras las voces
que se oían a la
espalda de su padre despedazaban el montículo oscuro del fondo.
—¿Seguimos siendo amigos?
Un cuarto de hora después, Hans le tendió un cigarrillo a modo
de ramita
de olivo. Acababa de recibir el papel y el tabaco. Sin decir
nada, Liesel alargó la
mano sin fuerzas y empezó a liarlo.
Se quedaron allí sentados un buen rato.
El humo ascendía por el hombro de Hans.
Al cabo de diez minutos,
las puertas del hurto
se entreabrieron y Liesel
Meminger se coló por un resquicio.
Tal como Liesel descubrió, un buen ladrón necesita muchas cosas. Sigilo.
Audacia. Resolución.
Sin embargo, mucho más
importante que todo lo
demás era un último
requisito: la suerte.
De hecho... Olvida los diez minutos.
Las puertas se están abriendo.
El libro de fuego
Fue anocheciendo a trompicones y, cuando se consumió el
cigarrillo, Liesel
y Hans Hubermann decidieron volver a casa dando un paseo. Para
salir de la
plaza tenían que pasar junto al lugar donde había ardido la
hoguera y doblar en
una pequeña calle lateral que daba a Münchenstrasse. No llegaron
tan lejos.
Un carpintero de mediana
edad llamado Wolfgang Edel los llamó. Había
construido la tarima a la que se habían subido los peces gordos
del Partido Nazi
durante la quema y estaba desmontándola.
—¿Hans Hubermann? —Tenía unas largas patillas que le apuntaban
hacia
la boca y una voz siniestra—. ¡Hansi!
—Eh, Wolfal —le
devolvió el saludo Hans.
Se llevó a cabo la pertinente
presentación de la niña y un «Heil Hitler!»—. Bien,
Liesel.
Al principio Liesel se
mantuvo en un radio
de cinco metros de la
conversación. Varios
fragmentos pasaron a su lado, pero no les
prestó
demasiada atención.
—¿Mucho trabajo?
—No, hoy día la cosa está difícil. Ya sabes lo que pasa... Sobre
todo cuando
no eres miembro.
—Pero si me dijiste que ibas a afiliarte, Hansi.
—Lo intenté, pero cometí un error. Creo que aún se lo están
pensando.
Liesel se acercó a la pila de cenizas, que la atraía como un
imán, como un
monstruo de feria, irresistible a la mirada, como la calle de las estrellas
amarillas.
Igual que antes,
cuando creyó sentir
la imperiosa necesidad de
ver la
quema, no pudo
apartar la mirada. Sola como estaba, carecía de la disciplina
necesaria para mantenerse convenientemente alejada, así que se
vio arrastrada
hacia la montaña y empezó a acercarse, rodeándola.
En lo alto, el cielo llevaba a cabo su rutina diaria de
oscurecerse, pero a lo
lejos, por un recodo de la pila, asomaba un apagado vestigio de
luz.
—Pass auf, Kind —le dijo un uniforme al
descargar una pala de cenizas en el
carro—. Cuidado, niña.
Cerca del ayuntamiento, unas
sombras charlaban bajo una
farola. Debían
de estar felicitándose por el éxito de la quema. Desde donde
estaba Liesel, sus
voces sólo eran sonidos, no palabras.
Estuvo un rato
mirando a los hombres
que daban paletadas al montículo.
Primero lo atacaban
por los lados para que la parte de arriba fuera
desmoronándose. Iban y venían de un camión y al cabo de tres
viajes, cuando
ya no quedaba casi nada,
una pequeña sección
de materia viva asomó en el
corazón de las cenizas.
LA MATERIA
Media bandera roja, dos carteles de un poeta judío, tres libros
y un rótulo de madera con algo escrito en hebreo.
Tal vez estaban húmedos. Tal vez habían apagado la hoguera antes
de que
el fuego llegara al
interior. Sea como fuere, se acurrucaban
entre las cenizas,
conmocionados. Supervivientes.
—Tres libros —musitó Liesel, y se volvió hacia los hombres, que
estaban de
espaldas.
—Vamos, ¿quieres
despabilar? Estoy muerto
de hambre —dijo uno de
ellos.
Se dirigieron hacia el camión.
Los tres libros asomaron la nariz.
Liesel se acercó.
El calor seguía siendo bastante intenso al pie del montón de
cenizas. Metió
la mano y tuvo la sensación de sufrir un mordisco, pero al
segundo intento se
aseguró de hacerlo con más rapidez y atrapó el libro que tenía
más cerca. Estaba
caliente, aunque también húmedo. Si bien tenía los bordes
chamuscados, todo
lo demás permanecía intacto.
Era azul.
La tapa parecía trenzada con cientos de fibras
apretadas unas contra las
otras. Tenía unas letras impresas en rojo, pero la única palabra
que Liesel tuvo
tiempo de leer fue «hombros». No dio para más, y había un
problema: el humo.
La tapa desprendía humo mientras Liesel se alejaba haciendo
malabarismos
con el libro en las manos. Agachó la cabeza, a cada paso que
daba la morbosa
belleza de la excitación se convertía en miedo. Dio catorce
pasos antes de oír la
voz.
Se alzó tras ella.
—¡Eh!
En ese momento estuvo
a punto de volver corriendo y
arrojar el libro al
montón de cenizas, pero
al instante se descubrió
incapaz de hacerlo. El único
movimiento que le salió fue darse medía vuelta.
—¡Aquí hay cosas que no se han quemado! —gritó uno de los
hombres de
la limpieza, pero no se dirigía a la niña, sino a las personas
que estaban junto al
ayuntamiento.
—¡Bueno, pues
vuélvelas a quemar! —fue la
respuesta—. ¡Y comprueba
que ardan!
—¡Creo que están húmedas!
—Jesús, María y José, ¿es que tengo que hacerlo todo yo?
El rumor de las pisadas pasó a su lado. Era el alcalde, con un
abrigo negro
sobre el uniforme nazi. No reparó en la niña completamente
inmóvil a apenas
unos pasos de él.
Se la tragó la tierra.
¡Qué emoción sentirse ignorada!
El libro ya se había
enfriado lo suficiente
para escondérselo dentro del
uniforme. Al principio le
gustó la sensación de calor que le
produjo junto al
pecho. Sin embargo, al empezar
a caminar, el libro comenzó a calentarse de
nuevo.
Cuando llegó junto a su padre y Wolfgang Edel, el libro estaba
empezando
a quemarla. Parecía a punto de arder.
Ambos la miraron.
Ella sonrió.
En ese instante,
cuando la sonrisa retrocedió en sus
labios, percibió algo
más. O, para ser más concretos, a alguien más. La sensación de
que alguien la
vigilaba era evidente. La envolvió y se confirmó cuando se
atrevió a dirigir la
vista atrás, hacia
las sombras al lado del ayuntamiento. Junto al grupo
de
siluetas esperaba una más, a unos metros, y Liesel descubrió dos
cosas.
UN
PAR DE INTUICIONES
1.
La identidad de la sombra y
2.
El hecho de que lo había visto todo.
La sombra llevaba las manos en los bolsillos del abrigo.
Tenía el pelo suave y sedoso.
De tener rostro, la expresión habría sido de agravio.
—Gottverdammt —exclamó Liesel, aunque
sólo lo oyó ella—. Maldita sea.
—¿Listos para irnos?
Su padre había aprovechado esos momentos previos de incalculable
peligro
para despedirse de Wolfgang Edel y se disponía a acompañar a
Liesel a casa.
—Lista —respondió.
Cuando empezaron a alejarse de la escena del crimen, el libro
quemaba de
lo lindo. El hombre que se encogía de hombros había
prendido en su pecho.
Al pasar junto a las desdibujadas sombras del ayuntamiento, la
ladrona de
libros hizo una mueca de dolor.
—¿Qué pasa? —preguntó Hans.
—Nada.
Sin embargo, era evidente
que pasaba algo: Liesel echaba
humo por el
cuello, alrededor del cual se le había formado un collar de
sudor.
Un libro la consumía bajo la camisa.![]()
TERCERA PARTE
«Mein Kampf»
Presenta:
de vuelta a casa — una mujer derrotada — un luchador — un
malabarista — los
signos del verano — una tendera aria — una mujer que roncaba —
dos pillos —
y una venganza con un surtido de golosinas
De vuelta a casa
Mein Kampf.
El libro escrito por el propio Führer.
Fue el tercer libro importante
que llegó a manos de Liesel
Meminger,
aunque no lo robó. El libro
apareció en el número treinta y
tres de
Himmelstrasse, alrededor
de una hora después de que
Liesel se volviera a
dormir tras la pertinente pesadilla.
Podría decirse que fue un milagro que consiguiera ese libro en
concreto.
Su periplo comenzó de vuelta a casa la noche de la hoguera.
Estaba en medio de
Himmelstrasse cuando Liesel se
dio por vencida. Se
inclinó y sacó el humeante libro, que empezó a dar
tímidos saltitos de una
mano a otra.
Cuando se enfrió,
ambos se quedaron mirándolo a la espera de las
palabras.
—¿Qué narices se supone que es esto? —preguntó Hans.
Se agachó y recogió El hombre que se encogía
de hombros. Sobraban las
explicaciones; era obvio que la niña se lo había robado al
fuego. El libro estaba
caliente y húmedo,
lívido y
rojo —incómodo— y
Hans Hubermann lo
abrió.
Páginas treinta y ocho y treinta y nueve.
—¿Otro?
Liesel se rascó las costillas.
Sí.
Otro.
—Por lo visto
no hace falta que cambie más cigarrillos, ¿no? —apuntó su
padre—, al menos mientras
vayas robándolos al mismo
ritmo que puedo
comprarlos.
Liesel, en cambio, no habló. Tal vez fue la primera vez que
comprendió que
el crimen hablaba mejor por sí solo. Irrefutable.
Hans leyó el título, seguramente sopesando qué clase de amenaza
representaba el libro para los corazones y las mentes del pueblo
alemán. Se lo
devolvió. Y ocurrió algo.
—Jesús, María y José.
Cada palabra se precipitaba dando forma a la siguiente. La
delincuente no
pudo soportarlo ni un segundo más.
—¿Qué pasa, papá? ¿Qué ocurre?
—Claro.
Igual que la mayoría de
los humanos que han experimentado
una
revelación, Hans Hubermann se quedó embobado. Pronunciaría sus
siguientes
palabras a gritos o bien
no conseguiría que salieran de su boca.
En realidad,
acabaría repitiendo lo último que había dicho hacía apenas unos
instantes.
—Claro. —Su voz fue como un puño estampado contra la mesa.
Estaba viendo algo, lo repasó con la mirada, de un extremo a
otro, como si
fuera una carrera, aunque estaba demasiado alto y
lejos para que Liesel
alcanzara a verlo.
—Va, papá, ¿qué pasa? —imploró. Temía que Hans tuviera la
intención de
hablar del libro con Rosa. Típico de los
humanos, eso era lo único
que le
preocupaba—. ¿Vas a decírselo?
—¿Cómo dices?
—Ya me entiendes, si vas a decírselo a mamá.
Hans Hubermann seguía mirando, a lo alto y a lo lejos.
—¿El qué?
Liesel levantó el libro.
—Esto.
Lo blandió en el aire, como si
empuñara una pistola. Hans parecía
confundido.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Liesel odiaba esa clase de preguntas, las que le obligaban a admitir una
incómoda realidad, las
que le obligaban a dejar al descubierto
su sórdida y
delictiva naturaleza.
—Porque he vuelto a robar.
Su padre se agachó, pero enseguida se levantó y colocó una mano
sobre la
cabeza de Liesel. Le acarició el pelo con sus largos y ásperos
dedos.
—Claro que no, Liesel. Estás a salvo —la tranquilizó.
—¿Y qué vas a hacer?
Esa era la cuestión.
¿Qué increíble truco
estaba a punto de sacarse de la
chistera Hans
Hubermann en plena Münchenstrasse?
Antes de mostrártelo, creo que deberíamos echar un vistazo a lo
que estaba
mirando cuando tomó la decisión.
LAS
VISIONES ACELERADAS
DE
HANS
Primero
ve los libros de la niña: Manual del sepulturero,
El
perro Fausto, El faro y, ahora, El hombre que se encogía
de
hombros.
A
continuación, una cocina y a un imprevisible Hans hijo
volviéndose
hacia los libros que hay en la mesa, donde suele
leer
la niña. Dice: «¿Qué basura lee esta niña?». El hijo repite
la
pregunta tres veces, y después sugiere una lectura más
apropiada.
—Escucha, Liesel. —Hans
le pasó el brazo por el
hombro y
la animó a
seguir caminando—. Este libro es nuestro secreto. Lo leeremos de
noche o en el
sótano, igual que los otros, pero tienes que prometerme una
cosa.
—Lo que sea, papá.
La noche era plácida y serena. Todo les prestaba oídos.
—Si alguna vez te pido que me guardes un secreto, lo harás.
—Te lo prometo.
—Bien, ahora espabilemos. Si nos retrasamos más, mamá va a
matarnos y
no queremos que eso
ocurra, ¿verdad? Entonces, se
acabó lo de robar libros,
¿eh?
Liesel sonrió complacida.
Lo que no supo hasta
mucho después es que, al cabo
de pocos días, su
padre cambiaría unos
cuantos cigarrillos por
otro libro, aunque no
para ella.
Hans llamó a la puerta de las
oficinas del Partido Nazi
de Molching y
aprovechó la ocasión para interesarse por su solicitud de
afiliación. Después de
debatir la cuestión, les entregó los cuatro cuartos que le
quedaban y una docena
de cigarrillos. A cambio, recibió un ejemplar usado de Mein
Kampf.
—Que lo disfrute —dijo uno de los miembros del partido.
—Gracias —contestó Hans.
Ya en la calle, seguían llegando
las voces del interior
y una de ellas fue
particularmente clara.
«Jamás lo admitirán, ni
aunque compre cien ejemplares
de Mein Kampf»,
oyó que aseguraba. Los demás refrendaron el comentario por
unanimidad.
Hans miró el libro que llevaba en la mano mientras pensaba en
dinero para
sellos, una existencia privada de cigarrillos y la hija de acogida que le había
inspirado la brillante idea.
—Gracias —repitió, a lo que un viandante le preguntó qué había
dicho.
—Nada, buen hombre, nada de nada —contestó Hans
con su típica
cordialidad—. Heil Hitler!
Y siguió caminando por Münchenstrasse, con las páginas del
Führer bajo el
brazo.
Debió de ser un
momento de sentimientos encontrados, pues la idea de
Hans Hubermann no
sólo la había inspirado Liesel,
sino también su hijo.
¿Acaso entonces ya temía no volver a verlo nunca más? Por otro
lado, también
disfrutaba extasiado de una idea que se le había ocurrido,
aunque todavía era
incapaz de imaginar las
complicaciones, riesgos y despiadados disparates que
podía acarrear. Por el momento, con la idea tenía suficiente.
Era indestructible.
Hacerla realidad... Bueno, eso
ya era otro cantar. Sin
embargo, por ahora,
dejemos que la disfrute.
Le daremos siete meses.
Luego iremos a buscarlo.
Vaya si iremos a buscarlo.
La biblioteca del alcalde
Sin duda, algo muy importante se avecinaba en el número treinta
y tres de
Himmelstrasse, algo de lo que Liesel todavía no era consciente.
Parafraseando
una expresión humana más
que trillada, la niña tenía otras
cosas con que
calentarse la cabeza:
Había robado un libro.
Alguien la había visto.
La ladrona de libros estuvo a la altura de las circunstancias.
La angustia o, mejor
dicho, la paranoia, no la abandonaba ni
a sol ni a
sombra. Son las consecuencias de la actividad criminal, con
especial incidencia
en los niños, que
imaginan toda clase de «trincamientos».
Algunos ejemplos:
alguien sale de improviso
de un callejón, los
profesores conocen de repente
todos los pecados que has cometido, la policía aparece en la
puerta de casa cada
vez que alguien pasa una página o se oye un portazo.
Para Liesel, la paranoia en sí se convirtió en su castigo, como
el pánico que
la atenazaba cada vez que tenía que entregar la colada en casa
del alcalde. No
fue un error, estoy segura de que te lo imaginas, que en su momento Liesel
pasara por alto la casa de Grandestrasse. Entregó la colada a la
artrítica Helena
Schmidt y recogió el encargo
en la residencia de los
Weingartner, amantes de
los gatos, pero ignoró la casa que pertenecía al Bürgermeister
Heinz Hermann y
su mujer, Ilsa.
OTRA
TRADUCCIÓN RÁPIDA
Bürgermeister =
alcalde
La primera vez dijo que
se le había olvidado, excusa patética donde las
haya, porque la casa se asentaba sobre una colina, dominando la
ciudad, así que
era imposible que se le pasara por alto. En la siguiente
ocasión, cuando regresó
de nuevo con las manos vacías, mintió y dijo que no había nadie
en casa.
—¿Que no había nadie en casa?
—repitió Rosa con escepticismo.
Y el
escepticismo le daba ganas de usar cuchara de madera—. Ve ahora
mismo y, si
no te traes la colada, no hace falta que vuelvas.
«¿De verdad?», fue la respuesta de Rudy cuando Liesel le contó
lo que su
madre le había dicho.
—¿Quieres que nos escapemos?
—Nos moriríamos de hambre.
—¡Pero si yo ya estoy muerto de hambre!
Rieron.
—No —decidió Liesel—, tengo que hacerlo.
Pasearon por la ciudad como solían hacerlo cuando Rudy la
acompañaba.
El chico siempre
intentaba ser un perfecto
caballero y se ofrecía a llevarle la
bolsa, pero Liesel se
negaba una y otra vez. La cabeza de
Liesel era la única
sobre la que pendía la amenaza de un Watschen, así que no
podía confiar en otra
persona para llevar la
bolsa como era debido. Cualquier otro
podría
zarandearla, estrujarla o golpearla contra algo, aunque sólo
fuera un poco, y no
valía la pena jugársela. Además, era probable que Rudy esperara
un beso
por
sus servicios si le
dejaba cargar el saco por
ella, y eso sí que
no. De todos
modos, ya estaba
acostumbrada al peso y cambiaba la bolsa de un hombro
al
otro a cada rato para aliviar la carga.
Liesel iba a la izquierda, Rudy a la derecha. Rudy
hablaba casi todo el
tiempo, divagaba sobre el último partido de fútbol de
Himmelstrasse, sobre el
trabajo en la tienda de su padre y sobre cualquier cosa que se
le pasara por la
cabeza. Liesel intentó
escucharlo, pero era imposible.
Lo único
que oía era el
miedo que resonaba en sus oídos, que iba haciéndose más
ensordecedor a cada
paso que se acercaba a Grandestrasse.
—¿Qué haces? ¿No es esa?
Liesel asintió con la
cabeza, dándole la razón. Había intentado
pasar de
largo la casa del alcalde para ganar algo de tiempo.
—Bueno, venga —la animó el chico. Molching empezaba a
difuminarse en
la noche. El frío salía del suelo—. Mueve el culo, Saumensch.
Él se quedó junto a la verja.
Al final del camino había
ocho escalones que conducían a la
entrada
principal de la casa, donde la esperaban unas enormes y
monstruosas puertas.
Liesel miró asustada la aldaba de latón.
—¿A qué esperas? —rezongó Rudy.
Liesel se volvió hacia la calle. ¿Habría alguna forma, la que
fuera, de eludir
aquello? ¿Habría alguna
historia o, seamos francos, alguna mentira que se le
hubiera pasado por alto?
—No tenemos todo el día —volvió a protestar la voz de Rudy, a lo
lejos—.
¿A qué narices esperas?
—¿Por qué no cierras la bocaza, Steiner? —espetó en voz baja,
con ganas de
gritarle.
—¿Qué?
—Que te calles, estúpido Saukerl...
Dicho lo cual, se volvió hacia la puerta, levantó la aldaba de
latón y llamó
tres veces lentamente. Unos pies se arrastraron del otro lado.
Al principio no miró a la mujer, se concentró en la bolsa de la
colada que
llevaba en la mano y no apartó la vista del cordón que cerraba
el saco cuando se
lo pasó. Le dio el dinero y luego, nada. La mujer del alcalde,
que nunca hablaba,
se quedó de pie, vestida con su albornoz y el cabello suave y
sedoso recogido en
la nuca. Una ráfaga
espiraba de la casa, el aliento imaginario
de un cadáver.
Continuaron en silencio
hasta que Liesel encontró el
valor para mirarla a la
cara, pero en su
expresión no halló reproche, sino
un extrañamiento absoluto.
La mujer miró al
chico un instante, asintió con la cabeza y volvió
al interior
cerrando la puerta.
Liesel se quedó plantada frente al erguido panel de madera un
buen rato.
—¡Eh, Saumensch! —Nada—. ¡Liesel!
Liesel se volvió.
Con cautela.
Empezó a retroceder, dándole vueltas a la cabeza.
Tal vez la mujer no la había visto robar
el libro. Estaba oscureciendo
cuando ocurrió. Quizá fue
una de esas ocasiones en que uno
cree que una
persona lo está mirando cuando, en realidad, está tan tranquila
entretenida en
otra cosa o ensimismada sin más. Fuera como fuese, Liesel decidió dejarlo
correr. Se había librado y con eso tenía más que suficiente.
Se volvió y bajó los escalones como siempre, saltando los
últimos tres.
—¡Vamos, Saukerl!
Incluso se permitió reír. La paranoia a los once años es
poderosa. El alivio a
los once años es pura euforia.
UN
PEQUEÑO DETALLE
PARA
APLACAR LA EUFORIA
No
se había librado de nada.
La
mujer del alcalde la había visto.
Simplemente
estaba esperando el momento adecuado.
Pasaron varias semanas.
Partido en Himmelstrasse.
Lectura de El hombre que se encogía de hombros entre las
dos o las tres de la
madrugada, después de la pesadilla, o por la tarde, en el
sótano. Nueva visita
sin percances a la casa del alcalde.
Todo era maravilloso.
Hasta que...
La oportunidad se presentó
cuando Liesel volvió
sin Rudy. Era día de
recogida.
La mujer del alcalde abrió la puerta, pero no llevaba la bolsa,
como habría
sido lo normal. De hecho,
se hizo a un lado
y le hizo un
gesto con su mano
pálida para que entrara.
—Sólo he venido a por la colada.
A Liesel se le heló la sangre, empezó a resquebrajarse y estuvo
a punto de
desmoronarse en los escalones.
—Warte, espera —dijo la mujer,
dirigiéndole sus primeras palabras
y
extendiendo sus fríos dedos.
En cuanto comprobó que la niña se había calmado, dio media vuelta
y
desapareció presurosa en el interior de la casa.
—Gracias a Dios —suspiró Liesel—, va a buscarla.
Pensaba en la colada.
Sin embargo, la mujer no traía ninguna bolsa.
Cuando volvió a aparecer
y se detuvo con una firmeza increíble, llevaba
una torre de libros que apoyaba en la barriga. Empezaba en el
ombligo y le
llegaba hasta los pechos.
La mujer parecía muy vulnerable bajo aquel
peso.
Tenía las pestañas largas
y livianas, y apenas
un atisbo de expresión. Una
insinuación.
Ven y verás, le decían los indicios.
Va a torturarme, concluyó Liesel. Me llevará dentro, encenderá
el fuego y
me lanzará a la chimenea, libros
incluidos. O me encerrará en el
sótano y me
dejará morir de hambre.
Sin embargo, por alguna razón —seguramente por la atracción que
ejercían
los libros sobre ella— acabó entrando en la casa. El crujido de
los zapatos sobre
las tablas del suelo la sobrecogió, y por eso, cuando pisó sin
querer un apretado
nudo y la madera se quejó, estuvo a punto de detenerse. La mujer
del alcalde no
se dejó intimidar, se
limitó a echar un vistazo a su espalda y siguió
andando
hacia una puerta de color castaño. Con su expresión formuló la
pregunta: ¿Estás
preparada?
Liesel alargó el cuello, como si
quisiera ver por encima de la
puerta que
tenía enfrente. Sin duda, su gesto invitó a la mujer a abrirla.
—Jesús, María...
Lo dijo en voz alta, las palabras
se derramaron por la habitación
llena de
libros y frío. ¡Libros por todas partes! No había pared que no
estuviera forrada
de abarrotadas e
impecables estanterías. Apenas se veía la pintura. Las letras
impresas en los lomos de los libros negros, rojos, grises, de
cualquier color, eran
de todos los tamaños y estilos imaginables. Era una de las cosas
más bellas que
Liesel Meminger había visto nunca.
Sonrió, maravillada.
¡Cómo podía existir una habitación así!
De hecho, cuando intentó
borrar la sonrisa de su cara con
la manga,
enseguida se dio cuenta
de que era inútil. Notó los ojos
de la mujer sobre su
cuerpo. Cuando se
volvió hacia ella, se habían
detenido a descansar en su
rostro.
Reinaba un silencio más profundo del que creía posible, un
silencio que se
extendía como una goma elástica que ansiaba romperse. La niña la
rompió.
—¿Puedo?
La palabra esperó,
rodeada de un espacio inmenso
de madera. Los libros
estaban a kilómetros de distancia.
La mujer asintió.
—Claro que puedes.
Poco a poco, la estancia empezó a encogerse hasta que la ladrona
de libros
pudo tocar las estanterías, a unos pocos pasos de ella. Pasó la
palma de la mano
por la primera, atenta al rumor de las yemas de los dedos
deslizándose sobre la
columna vertebral de los libros. Sonaba como un instrumento o
como las notas
de unos pies a la carrera. Utilizó ambas manos. Recorrieron una
estantería tras
otra. Y rió. La voz resonó en su garganta, y cuando al fin se
detuvo en medio de
la habitación, pasó varios minutos dirigiendo la mirada de las
estanterías a sus
dedos y de estos a las estanterías.
¿Cuántos libros había tocado?
¿Cuántos había sentido?
Se acercó y repitió, esta vez mucho más despacio, con la palma
de la mano
extendida para notar el pequeño obstáculo que suponía cada
libro. Era mágico,
era hermoso, era como si todo estuviera iluminado por
deslumbrantes rayos de
luz reflejados por una lámpara de araña. Se vio tentada a sacar
algún libro de su
lugar, pero no se atrevió a molestarlos. Eran demasiado
perfectos.
Descubrió a la mujer a su izquierda, todavía con la pequeña
torre apoyada
contra el torso, junto a
un enorme escritorio. Esperaba, con un
aire de
complacida astucia. Parecía que una sonrisa le había paralizado
los labios.
—¿Quiere que...?
Liesel no acabó la frase, pero hizo lo que iba a preguntar. Se
acercó, cogió
con delicadeza los
libros de los brazos
de la mujer y
los fue colocando en los
huecos de la estantería, junto a la ventana entornada por donde
se colaba el frío
del exterior.
Por un momento pensó en cerrarla, pero al final decidió no
hacerlo. No era
su casa y tampoco se trataba de
forzar la situación, así que se volvió
hacia la
mujer que estaba a su espalda, con una sonrisa que ahora parecía una
magulladura y los brazos
colgando delicadamente a los lados. Parecían los
brazos de una niña.
Y ahora, ¿qué?
La incomodidad se abrió paso en la habitación y Liesel lanzó una
última y
rápida mirada a las
paredes tapizadas de libros. Las palabras
juguetearon en
sus labios, pero salieron en tropel.
—Debería irme.
No lo consiguió hasta el tercer intento.
Esperó en el pasillo unos minutos, pero la mujer
no asomó la cabeza, así
que Liesel volvió a
acercarse a la entrada de la biblioteca y
la vio sentada al
escritorio, con la mirada perdida en uno de
los libros. Decidió no molestarla.
Recogió la colada en el pasillo.
Esta vez esquivó el
apretado nudo de las
tablas del suelo y
atravesó el
pasillo pegada a la pared de la izquierda. El sonido metálico
del latón resonó en
sus oídos al cerrar la puerta de la calle y, con la colada en
una mano, acarició la
madera.
—En marcha —dijo.
Al principio, se dirigió a casa un poco aturdida.
La experiencia surrealista con esa habitación llena de
libros y
la mujer
ensimismada y derrotada
la acompañó durante el camino. Veía la escena
reflejada en los
edificios, como si fuera una obra de teatro. Tal vez estaba
experimentando algo parecido
a la revelación que vivió su
padre con el Mein
Kampf. Allí donde mirara,
Liesel veía a la mujer del alcalde con los libros
apilados en los brazos.
Al volver las esquinas, oía el rumor de sus
propias
manos, revolviendo en las
estanterías. Veía la ventana
abierta, la lámpara de
araña de luz mágica, y a
sí misma abandonando la casa sin dar las
gracias
siquiera.
Al cabo de poco, le acometió el desasosiego y el desprecio por
sí misma. Se
reprendió severamente.
—No has dicho nada. —Negó con la cabeza con vigor y siguió
caminando
apresurada—. Ni «Adiós», ni «Gracias», ni «Es lo más bonito que
he visto en mi
vida». ¡Nada!
De acuerdo, era ladrona de libros, pero eso no
significaba que fuera una
maleducada, que no pudiera ser amable.
Continuó andando, luchando contra la indecisión.
Le puso fin en Münchenstrasse.
En cuanto distinguió el rótulo que rezaba:
STEINERSCHNEIDERMEISTER,
dio media vuelta y echó a correr.
Esta vez completamente decidida.
Aporreó la puerta y el eco de latón resonó a través de la
madera.
Scheisse!
No fue la mujer del alcalde, sino el propio alcalde el que
apareció delante
de ella. Con las prisas, Liesel no había reparado en el coche
aparcado delante de
la casa.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre bigotudo y
trajeado.
Liesel no pudo responder. Todavía. Estaba inclinada
hacia delante, sin
aliento. Por fortuna, la
mujer llegó cuando
había conseguido recuperarse.
Ilsa
Hermann se quedó detrás de su marido, a un lado.
—Se me olvidó —jadeó Liesel. Levantó la bolsa y se dirigió a la
mujer del
alcalde. A pesar de la
respiración forzada, consiguió
colar las palabras
por el
resquicio que había entre
el alcalde y el marco. Entre resuellos,
las palabras
salieron a trompicones—. Se me olvidó... Es decir, sólo... quería... darle... las
gracias.
La mujer del alcalde enrojeció. Se adelantó
hasta quedar a la altura de su
marido, asintió ligeramente con la cabeza, esperó un poco más y
cerró la puerta.
Liesel todavía tardó un rato en dar media vuelta.
Sonrió a los escalones.
El luchador entra en escena
Cambiemos de escenario.
Hasta el momento
todo ha sido muy fácil, ¿no crees, amigo mío?
¿Qué te
parece si nos olvidamos un rato de Molching?
Nos vendrá bien.
Además, es importante para la historia.
Viajaremos un poquito,
hasta un almacén secreto, y
ya veremos qué
encontramos.
VISITA
GUIADA AL SUFRIMIENTO
A su
izquierda,
tal
vez a su derecha,
incluso
puede que al frente,
hay
una pequeña habitación a oscuras.
Allí
espera sentado un judío.
Apesta.
Está
famélico.
Está
asustado.
Por
favor, intenta no apartar la vista.
A cientos de kilómetros al noroeste, en Stuttgart, lejos de
ladronas de libros,
mujeres de alcaldes y
Himmelstrasse, un hombre esperaba a oscuras. Habían
decidido que era el
mejor sitio. Es más
difícil encontrar a un judío
en la
oscuridad.
Estaba sentado en su maleta. ¿Cuántos días habían transcurrido?
Lo único que había comido en lo que él consideraba semanas había
sido el
sabor repugnante de su famélico aliento, es decir, nada. En
ocasiones oía voces
que pasaban al lado,
y a veces deseaba que llamaran a la puerta, que la
abrieran, que lo sacaran a rastras de allí, hacia la
insoportable luz. Sin embargo, por el
momento sólo podía seguir
sentado en su sofá maleta, con
las manos
debajo de la barbilla y los codos quemándole los muslos.
Tenía que combatir el
sueño, un sueño voraz, y
la desesperación del
duermevela, y el castigo del suelo.
No le hagas caso al cosquilleo de los pies.
No gastes las suelas.
Y no te muevas demasiado.
Déjalo todo como está, cueste lo que cueste. Puede que pronto llegue la
hora de partir. La luz es
como una pistola. Un
explosivo para los ojos. Podría
ser la hora de partir. Podría ser la hora, así que despierta.
¡Despierta de una vez,
maldita sea! Despierta.
La puerta se abrió y se cerró, una silueta se acuclilló delante
de él. La mano
se estrelló contra los
fríos embates de sus
ropas y las
mugrientas corrientes
soterradas. Detrás de la mano llegó una voz.
—Max —susurró—, Max, despierta.
Sus ojos no reaccionaron conmocionados. No se abrieron y
cerraron de
repente, ni parpadearon, ni pestañearon. Eso ocurre cuando
despiertas de una
pesadilla, no cuando despiertas en una pesadilla. No, sus ojos
se abrieron a la
fuerza, de la oscuridad a la penumbra. El cuerpo fue el primero
en reaccionar,
se enderezó y estiró un brazo para estrechar el aire.
—Disculpa que haya tardado tanto
—intentó tranquilizarlo la voz—. Creo
que me han estado vigilando. Además, el hombre de las
falsificaciones se ha
retrasado, pero... Ahora ya lo tienes. No es de muy buena
calidad, pero espero
que te sirva, si tienes que usarlo. —Se agachó y apoyó la mano
sobre la maleta.
En la otra llevaba algo pesado y delgado—. Vamos, se acabó. —Max
obedeció,
se levantó mientras se rascaba. Sentía la tirantez de los
huesos—. El documento
de identidad está aquí dentro. —Era un libro—. Deberías meter
el mapa y las
instrucciones
también. Y hay una llave... pegada en la parte de dentro de la
cubierta. —Abrió la maleta, intentado hacer el menor ruido
posible, y metió el
libro, como si se tratase de una bomba—. Volveré en unos días.
Dejó una bolsita con pan,
manteca y tres
zanahorias diminutas. Al lado
había una botella de agua. No se disculpó.
—No puedo hacer más.
Puerta abierta, puerta cerrada.
Otra vez solo.
Lo primero que percibió fue el ruido.
Todo hacía un ruido
desesperante cuando estaba a solas en la
oscuridad.
Cada vez que se movía, oía el sonido de una arruga. Se sentía
como un hombre
con un traje de papel.
La comida.
Max dividió el pan
en tres pedazos y
guardó dos. Se concentró
en el que
tenía en la mano, masticando
y engullendo, forzándolo a pasar
por el árido
desfiladero de su garganta. Al tragar notó la manteca fría y
dura, que de vez en
cuando se resistía. Unos buenos tragos de agua la despegaron y
enviaron hacia
abajo.
Luego, las zanahorias.
Una vez más, apartó
dos y devoró
la tercera. El ruido era ensordecedor.
Incluso el Führer habría podido oír el escándalo que hacía al
masticar la masa
anaranjada. Los dientes se le partían cada vez que daba un
mordisco, y estaba
convencido de que al beber se los estaba tragando. «La próxima
vez —se dijo—,
bebe antes.»
Al cabo de un rato, cuando los ecos lo abandonaron y reunió el
valor para
comprobar que todos los
dientes seguían en su sitio, le
alivió encontrarlos
intactos. Intentó
esbozar una sonrisa, pero esta se resistió. Sólo consiguió
imaginar una sumisa
tentativa y una boca llena de
dientes rotos. Estuvo
tocándoselos durante horas.
Abrió la maleta y sacó el libro.
No podía leer el título
a oscuras, y le pareció que encender
una cerilla en
esos momentos era arriesgarse demasiado.
—Por favor —musitó, aunque apenas llegó a un intento de
susurro—, por
favor.
Hablaba con un
hombre del que sólo conocía unos
pocos detalles de
relevancia, entre ellos
su nombre: Hans Hubermann.
Volvió a dirigirse al
distante desconocido. Le suplicó.
—Por favor.
Los elementos del verano
Ahí lo tienes.
Ahora ya eres consciente
de lo que se avecinaba a
finales de 1940 en
Himmelstrasse.
Yo lo sé.
Tú lo sabes.
Sin embargo, no podríamos
colocar a Liesel Meminger en la misma
categoría.
El verano de ese año
fue tranquilo para la ladrona de
libros, un verano
formado por cuatro elementos básicos, sobre los que a veces se
preguntaba cuál
tuvo mayor peso.
Y
LOS CANDIDATOS SON...
1.
Avanzar diariamente en la lectura de El hombre que se
encogía
de hombros.
2.
Leer tumbada en el suelo de la biblioteca del alcalde.
3.
Jugar al fútbol en Himmelstrasse.
4.
Aprovechar una nueva oportunidad de hurto.
Liesel creía que El hombre que se encogía de hombros era
excelente. Noche tras
noche, en cuanto se
serenaba después de la pesadilla, se alegraba de estar
despierta para poder leer.
—¿Unas cuantas páginas?
—preguntaba su padre, y Liesel asentía con la
cabeza.
A veces acababan el capítulo la tarde del día siguiente, en el
sótano.
El problema que las
autoridades tenían con el libro
era obvio. El
protagonista era un
judío al que se presentaba de
manera positiva.
Imperdonable. Hablaba de un
hombre rico cansado de ver
pasar la vida ante
sus ojos, que para él era como encogerse de hombros ante los
problemas y los
placeres de la vida.
Apuntaba el verano en Molching, y mientras
Liesel y su padre se abrían
camino a través del libro, el hombre se iba de viaje de negocios
a Amsterdam y
la nieve se estremecía en el exterior. A la niña le encantaba
esa parte, nieve con
tiritera.
—Así es exactamente como cae, tiritando —le aseguró a Hans
Hubermann.
Estaban sentados uno al lado del otro en la cama, Hans medio
dormido y la
niña medio despierta.
A veces, cuando le vencía
el sueño, se lo quedaba mirando. Sabía
mucho
más de él, y a la vez mucho menos, de lo que cualquiera de los dos
creía. A
menudo lo oía hablar con
su madre sobre la dificultad de encontrar trabajo, o
comentar desanimado si no debería ir a ver a su hijo; hasta que
se enteró de que
el joven había abandonado el lugar en el que se hospedaba y que
seguramente
ya estaba de camino al campo de batalla.
—Schlaf gut, papá —le decía la niña en esas
ocasiones—, que duermas bien.
Bajaba con sigilo de la cama y apagaba la luz.
El siguiente elemento del verano, como ya he mencionado, era la
biblioteca
del alcalde.
Para ilustrar esa
circunstancia particular, podríamos
echar mano de un
fresco día de
finales de junio. Decir que Rudy estaba indignado es
quedarse
corto.
¿Quién se creía que era Liesel Meminger, para decirle que ese
día llevaría la
colada y la plancha ella sola? ¿Acaso le avergonzaba pasear con
él?
—Deja de lloriquear, Saukerl —protestó
Liesel—. Es que no hace falta que
me acompañes; si no, te vas a perder el partido.
Rudy la miró por encima del hombro.
—Vale, si es por
eso... —Esbozó una Schmunzel—. Que te
aproveche la
colada.
Salió corriendo y en
menos que canta un gallo ya se había
unido a un
equipo. Cuando Liesel llegó al final de Himmelstrasse, se volvió
justo a tiempo
para verlo delante
de la portería improvisada que tenía
más cerca. La estaba
saludando.
Saukerl, musitó
Liesel riendo y, cuando
levantó la mano, supo sin lugar a
dudas que él a su vez la estaba llamando Saumensch. A los
once años, creo que
es lo más parecido al amor que podían experimentar.
Liesel echó a correr hacia Grandestrasse y la casa del alcalde.
Estaba sudando y su hálito empañado se extendía ante ella.
Pero leía.
Era la cuarta vez que la mujer del alcalde dejaba entrar a la
niña, y ahora
estaba sentada al escritorio con la mirada perdida en los
libros. En su segunda
visita le había dado permiso para que eligiera uno y lo leyera,
lo que condujo a
otro y a otro
más, hasta que se decidió
por media docena que, o bien llevaba
bajo el brazo, o bien apilaba sobre el montón cada vez más alto
en la mano que
le quedaba libre.
Ese día, mientras Liesel se deleitaba en la parte más fresca de
la habitación,
su estómago
protestó, pero la mujer
muda y derrotada no reaccionó. Volvía a
llevar puesto el albornoz y, aunque a veces observaba a la niña, nunca se
detenía en ella demasiado tiempo. Por lo general, prestaba mayor
atención a lo
que tenía cerca, a algo
ausente. La ventana estaba
abierta de par en par, una
boca cuadrada y fresca
por la que de vez en cuando se colaba una ráfaga de
aire.
Liesel estaba sentada en el suelo y tenía los libros esparcidos
a su alrededor.
Al cabo de cuarenta minutos, se fue. Todos los libros volvieron
a su sitio.
—Adiós, frau Hermann. —Las
palabras de despedida siempre
cogían por
sorpresa a la mujer—. Gracias.
La mujer le pagó,
con movimientos estudiados, y
Liesel se fue. Todos sus
movimientos estaban calculados, y la ladrona de libros corrió de
vuelta a casa.
A medida que el verano avanzaba, la habitación abarrotada de
libros se
hacía más cálida,
por eso
los días que le tocaba entrega o
recogida, estar
tumbada en el suelo no le parecía tan incómodo. Liesel se
sentaba junto a una
pila de libros y leía unos cuantos párrafos de cada uno,
intentando memorizar
las palabras que no conocía para preguntárselas luego
a su padre al llegar a
casa. Tiempo después, ya de adolescente, cuando Liesel quiso
escribir acerca de
esos libros, no
consiguió recordar los
títulos. Ni uno. Tal vez habría estado
mejor preparada si los hubiera robado.
Lo que sí recordaba era que en el interior de la cubierta de uno
de los libros
ilustrados había un nombre escrito con torpeza.
EL
NOMBRE DE UN NIÑO
Johann
Hermann
Liesel intentó morderse la lengua, pero al final no pudo
resistir. Se volvió
hacia la mujer del albornoz y la miró desde el suelo.
—Johann Hermann —leyó—. ¿Quién es? —preguntó.
La mujer no la miró directamente, bajó la vista hacia las
rodillas de la niña.
—Perdóneme. No debería
preguntar esas cosas... —se disculpó Liesel,
dejando el final de la frase colgada en el aire.
La mujer no mudó la expresión de su rostro y, aun así, encontró
el modo de
responder.
—Ahora ya no es nadie —explicó—. Era mi...
LOS
ARCHIVOS DE LA MEMORIA
Ah,
sí, claro que lo recuerdo.
El
cielo estaba oscuro y era profundo, como las arenas
movedizas.
había
un joven envuelto en alambre de espino, como si fuera
una
gigantesca corona de espinas. Lo desenredé y me lo llevé.
En
lo alto, nos hundimos juntos hasta las rodillas. Era un día
como
otro cualquiera de 1918.
—Aparte de todo lo demás, murió
de frío —dijo. Se frotó las
manos un
momento y volvió a repetirlo—: Murió de frío, estoy segura.
La mujer del alcalde sólo era una integrante más de una brigada
mundial.
Las has visto
antes, estoy segura. En vuestros
relatos, en vuestros poemas, en
las pantallas que tanto os gusta mirar. Están en todas partes,
así que ¿por qué
no aquí? ¿Por qué no en una preciosa colina de una pequeña
ciudad alemana?
Es tan buen lugar para sufrir como cualquier otro.
Sin embargo, Ilsa Hermann había decidido hacer del sufrimiento
su razón
de vivir, porque cuando
este se negó a abandonarla, ella
sucumbió a él. Lo
abrazó.
Podría haberse pegado un tiro, podría haberse arañado o haberse
infligido
cualquier otra forma de mutilación, pero escogió
la que creyó que sería la
opción más benigna:
soportar las inclemencias
del tiempo. Por lo que Liesel
sabía, frau Hermann deseaba que los días de verano fueran fríos
y húmedos. La
mayor parte del año vivía en el lugar apropiado.
Ese día a Liesel le costó mucho decir lo que dijo al marcharse.
Traducido,
podríamos comentar que tuvo
que forcejear con dos palabras
gigantes,
cargarlas al hombro y
arrojarlas con torpeza a los pies
de Ilsa Hermann.
Pesaban tanto que al final
la tambaleante niña no pudo sostenerlas
más y
cayeron de lado. Quedaron postradas en el suelo
en toda su extensión,
extravagantes y desgarbadas.
DOS
PALABRAS GIGANTESCAS
«LO
SIENTO»
De nuevo, la mujer desvió la vista para no mirarla directamente.
Su rostro
era una página en blanco.
—¿El qué? —preguntó, pero ya era tarde.
La niña había salido de la habitación y se dirigía a la puerta de la calle.
Liesel la oyó y se detuvo, pero decidió no volver atrás,
prefirió salir de la casa y
bajar los escalones sin
hacer ruido. Abarcó Molching con la mirada antes de
adentrarse en la ciudad y
se compadeció de la mujer
del alcalde durante un
buen rato.
A veces Liesel se
preguntaba si no debería dejar de ir a visitar a la mujer,
pero Ilsa Hermann era demasiado interesante y no podía hacer
nada contra la
atracción que ejercían los libros sobre ella. Antes, las
palabras la habían hecho
sentirse como una inútil,
pero ahora, cuando se sentaba en el suelo junto
a la
mujer del alcalde, experimentaba una innata sensación de poder.
Ocurría cada
vez que descifraba una nueva palabra o construía una frase.
Era una niña.
En la Alemania nazi.
Qué apropiado que descubriera el poder de las palabras.
Y qué amargo (¡y liberador!) sería muchos meses después utilizar
el poder
de este reciente descubrimiento
cuando la mujer del alcalde la defraudó. Con
qué rapidez olvidaría la compasión, que se convertiría en algo
completamente...
Sin embargo, en esos momentos, en el verano de 1940, no podía
adivinar lo
que se avecinaba, y en muchos sentidos. Lo único que tenía
delante de ella era a
una mujer triste en una
habitación abarrotada de libros a la que
le gustaba
visitar. Eso era todo. La segunda parte de ese verano.
La tercera, gracias a Dios, fue un poco
más alegre: jugar al fútbol en
Himmelstrasse.
Permíteme que te describa una escena.
Pies que se arrastran por el asfalto.
El fervor del aliento juvenil.
Gritos: «¡Aquí! ¡Pásala! Scheisse!».
El brusco rebote de la pelota contra el asfalto.
Todo esto podíamos
encontrar en Himmelstrasse ya avanzado el verano,
junto con varias disculpas.
Las disculpas procedían de Liesel Meminger.
Iban dirigidas a Tommy Müller.
A principios de julio,
por fin consiguió convencerlo
de que no iba a
matarlo. Desde la paliza que le había propinado en noviembre
pasado, Tommy todavía temía tenerla
cerca, por lo que en
los partidos de
fútbol de
Himmelstrasse se mantenía a una distancia más que prudencial.
—Uno nunca sabe cuándo puede atacar —le confió a Rudy, mezclando
tics
y palabras.
En defensa de Liesel he de admitir que ella jamás cejó
en su empeño de
tranquilizarlo. Le reconcomía haber hecho las paces con Ludwig
Schmeikl y no
con el inocente Tommy Müller, que seguía encogiéndose
ligeramente cada vez
que la veía.
«¿Cómo iba a saber
yo que ese día me sonreías a mí?», no hacía más que
preguntarle ella.
Incluso lo sustituyó en la portería cuando le tocaba a él, hasta
que el resto
del equipo le suplicó a Tommy que volviera.
—¡Vuelve a la portería y no te muevas de ahí! —le ordenó al
final un niño
llamado Harald Mollenhauer—. Eres un inútil.
Esto sucedió después de que Tommy lo tirara al suelo estando
Mollenhauer
a punto de marcar. De no ser porque pertenecían al mismo equipo, habría
supuesto un penalti a su favor.
Liesel salió de la
portería y, sin saber cómo, siempre acababa marcando a
Rudy. Se hacían duras entradas y se ponían la zancadilla sin
dejar de insultarse.
Rudy comentaba: «Y la pobre Saumensch Arschgrobbler se
queda con las ganas de
regatear. No tiene ni la más mínima posibilidad». Por lo visto,
le gustaba decirle
que se pasaba el día rascándose el trasero. Era uno de los
placeres de la infancia.
Otro de los placeres
era robar, por descontado. Cuarta
parte, verano de
1940.
Hay que reconocer que a Rudy y a Liesel los unían muchas cosas,
pero el
hurto acabó de consolidar su amistad. Lo propició la situación y
lo impulsó una
fuerza ineludible: el hambre
de Rudy. El chico sufría de una
necesidad
constante de llevarse algo a la boca.
Además del racionamiento al que todos estaban sometidos, en los
últimos
tiempos el negocio de su padre no funcionaba bien (la amenaza de la
competencia judía había
desaparecido, pero también
los clientes judíos).
Los
Steiner se las ingeniaban como podían para ir tirando. Como
mucha otra gente
que vivía en la zona de Himmelstrasse, dependían de los trueques. Liesel le
daba un poco de comida, pero tampoco
sobraba en su casa. Rosa solía hacer
sopa de guisantes. La preparaba el domingo por la noche, y si ya
apenas llegaba
para una ración, mucho menos para repetir. Cocinaba la cantidad
justa para que
durara hasta el sábado
siguiente, y el domingo volvía a preparar una nueva
tanda. Sopa de guisantes, pan, a veces patatas o trocitos de
carne... Te lo comías,
no pedías más y no protestabas.
Al principio se entretenían con lo que fuera para olvidar la
comida. Rudy
no pensaba en ella si jugaban al fútbol en la calle, o si cogían
las bicicletas de sus
hermanos y pedaleaban hasta la tienda de Alex Steiner, o si
visitaban al padre
de Liesel si ese día en concreto trabajaba. Hans Hubermann se
sentaba con ellos
y les contaba chistes cuando empezaba a oscurecer.
Con la llegada de unos pocos días calurosos, aprender a nadar en
el Amper
se convirtió en una nueva distracción. El agua todavía estaba
fría, pero de todos
modos se metían.
—Vamos, sólo hasta aquí, que todavía haces pie —la animó Rudy.
Liesel no vio el enorme hoyo en el que estaba a punto de
desaparecer y se
hundió hasta el fondo.
Casi se ahoga por la
tromba de agua que tragó, pero
salvó la vida gracias a que empezó a manotear como un perrito.
—Serás Saukerl... —lo acusó, desplomándose en la orilla.
Rudy fue lo bastante sensato
para mantenerse a una distancia
prudencial.
Había visto lo que le había hecho a Ludwig Schmeikl.
—Ahora ya sabes nadar, ¿no?
No parecía muy agradecida
por la lección mientras se alejaba
dando
grandes zancadas. Llevaba el pelo pegado a un lado de la cara y
se le caían los
mocos.
—¿Eso quiere decir que no me vas a dar un beso por enseñarte?
—le gritó.
—Saukerl!
¡Tendrá cara!
Era inevitable.
Al final, la penosa sopa de guisantes y el hambre de Rudy los
empujaron a
robar, y los animaron a unirse a un grupo de chicos mayores que
robaban a los
agricultores. Ladrones de
fruta. Después de jugar
un partido de fútbol, tanto
Liesel como Rudy
aprendieron las ventajas de tener
siempre los ojos bien
abiertos. Sentados en el escalón de la puerta de Rudy, vieron
que Fritz Hammer
—uno de los mayores— se estaba comiendo una manzana. Era de la
variedad
Klar —de las que maduran en
julio y
agosto— y tenía una pinta estupenda.
Otras tres o
cuatro abultaban sin reparos
en los bolsillos de la chaqueta.
Se
acercaron disimuladamente a él.
—¿De dónde las has sacado? —preguntó Rudy.
Al principio, el chico se limitó a sonreír de oreja a oreja.
—Shhh... —Dejó de masticar, sacó otra manzana del bolsillo y se
la lanzó—.
Se mira, pero no se come —les advirtió.
La siguiente vez que vieron al chico con la
misma chaqueta, un día
demasiado caluroso para llevarla, lo siguieron y
llegaron río arriba, cerca del
sitio donde Liesel solía leer con su padre cuando estaba
aprendiendo.
Lo esperaba un grupo de cinco chicos, algunos larguiruchos,
otros bajitos y
delgados.
En esos tiempos, por Molching corrían varias pandillas del
estilo, y algunas
incluso contaban con miembros que apenas superaban los seis
años.
El cabecilla de esta en cuestión era un simpático delincuente de
quince años
llamado Arthur Berg. El muchacho echó un vistazo alrededor y
descubrió a los
dos niños de once años a su espalda.
—Und? —preguntó—. ¿Y?
—Me muero de hambre —se explicó Rudy.
—Y es rápido —aseguró Liesel.
Berg la miró.
—No recuerdo haber
pedido tu opinión. —Tenía la
típica complexión
adolescente y el
cuello largo. Los granos se distribuían por su cara
en grupos
homogéneos—. Pero me
gustas. —Era simpático, aunque algo
chulo, como
suelen serlo los adolescentes—. ¿No fue esta la que le zurró a tu hermano,
Anderl?
Por lo visto había corrido la voz. Una buena paliza supera las
barreras de la
edad.
Otro chico —uno de
los bajitos y
delgados—, de greñas rubias y piel
escarchada, estiró el cuello.
—Creo que sí.
—Lo es —confirmó Rudy.
Andy Schmeikl se acercó y le dio un repaso con la mirada, de la
cabeza a
los pies, pensativo, antes de esbozar una amplia sonrisa.
—Buen trabajo, niña. —Incluso le dio una palmada en la espalda,
donde se
encontró con el
borde afilado de un omoplato—. Me las habría cargado si lo
hubiera hecho yo.
Arthur se volvió hacia Rudy.
—Y tú eres aquel de lo de Jesse Owens, ¿no?
Rudy asintió.
—Está claro que eres idiota —concluyó Arthur—, pero eres un
idiota de los
nuestros. Vamos.
Ya tenían una pandilla.
Al llegar a la granja
les pasaron un saco. Arthur
Berg llevaba su propia
bolsa de arpillera. El cabecilla se pasó una mano por la suave
mata de pelo.
—¿Alguno de los dos ha robado antes?
—Pues claro —aseguró Rudy—, no hacemos otra cosa.
No sonó demasiado convincente. Liesel fue más específica.
—Yo he robado dos libros.
Arthur se echó a reír; tres
cortos resoplidos. Sus granos cambiaron de
posición.
—Los libros no se comen, mona.
Desde allí estudiaron los manzanos, que se extendían en largas y
sinuosas
hileras. Arthur Berg dio las instrucciones.
—Uno: que no os pillen en la valla —empezó—. Si os pillan, os
dejaremos
atrás. ¿Entendido? —Todo el mundo asintió con la cabeza o dijo
que sí—. Dos:
uno en el árbol y el otro abajo, alguien tiene que meterlas en
el saco. —Se frotó
las manos. Estaba disfrutando—. Tres: si veis que viene alguien,
gritáis como si
os fuera la vida en ello... y todo Dios sale pitando. Richtig?
DOS
ASPIRANTES A LADRONES
DE
MANZANAS, EN SUSURROS
—Liesel,
¿estás segura? ¿De verdad quieres hacerlo?
—Mira
esa valla, Rudy, es muy alta.
—No,
no, mira, primero pasas el saco por encima. ¿Ves?
Como
ellos.
—Vale.
—¡Pues
vamos!
—¡No
puedo! —Dudas—. Rudy...
—¡Mueve
el culo, Saumensch!
La empujó hacia la valla, colocó el saco vacío sobre los
alambres espinosos,
saltaron y corrieron detrás de los demás. Rudy se subió al árbol
que tenía más
cerca y empezó a arrojar las manzanas al suelo. Liesel esperaba
abajo y las iba
metiendo en el saco. Una vez lleno, se toparon con un nuevo
problema.
—¿Cómo vamos a volver a saltar la valla?
Obtuvieron la respuesta cuando
vieron a Arthur Berg
trepar lo más
cerca
posible de uno de los postes.
—El alambre aguanta más cerca de ese lado —concluyó Rudy.
El chico lanzó el saco, dejó
que Liesel saltara primero y,
acto seguido,
aterrizó junto a ella, entre la fruta que se había desparramado.
Junto a ellos,
Arthur Berg, con sus piernas
larguiruchas, los observaba
divertido.
—No está mal —dijo la voz desde las alturas—, no está nada mal.
Una vez en el río, ocultos entre los árboles, Berg consiguió el
saco y les dio
una docena de manzanas a cada uno.
—Buen trabajo —fue su último comentario al respecto.
Esa tarde, antes de
volver a casa, Liesel y Rudy devoraron seis manzanas
cada uno en menos de media hora. Al principio se plantearon
compartir la fruta
en sus respectivos hogares, pero se arriesgaban mucho si lo
hacían. A ninguno
de los dos les entusiasmaba la idea de tener que explicar de
dónde había salido
la fruta. Liesel llegó a pensar que tal vez bastara con
contárselo a su padre, pero
no quería que él creyera que vivía con una delincuente
compulsiva, así que
calló y comió.
Devoró las manzanas
a la orilla del río donde había
aprendido a nadar.
Poco habituados a esa clase de lujos, sabían que seguramente
caerían enfermos.
No obstante, comieron.
—Saumensch! —la
reprendió su madre esa noche—. ¿Por qué vomitas
tanto?
—Igual es por la sopa de guisantes —sugirió Liesel.
—Igual sí —la secundó el padre. Estaba mirando por la ventana
otra vez—.
Tiene que ser eso, yo también me encuentro un poco mal.
—¿Y a ti quién te ha preguntado, Saukerl?
—Rápida, se volvió
hacia la
Saumensch vomitona—.
¿Y bien?
¿Qué tienes, eh? ¿Qué es lo que
tienes,
cochina?
¿Y qué hizo Liesel?
No dijo nada.
Las manzanas, pensó feliz. Las manzanas, y volvió a vomitar una
vez más,
de propina.
La tendera aria
Estaban ante la tienda de frau Diller, apoyados en la pared de
yeso. Liesel
Meminger tenía un caramelo en la boca.
El sol le daba en los ojos.
A pesar de todos estos
impedimentos, todavía era capaz de hablar y
discutir.
OTRA
CONVERSACIÓN ENTRE
RUDY
Y LIESEL
—Date
prisa, Saumensch, ya van diez.
—Mentira,
sólo ocho, todavía me faltan dos.
—Bueno,
pues entonces espabila. Te dije que tendríamos que
haber
traído un cuchillo para partirlo por la mitad... Eh, eso
son
dos.
—Vale,
toma, pero no te lo tragues.
—¿Te
crees que soy tonto?
(Breve
pausa.)
—Esto
es genial, ¿verdad?
—Ya
lo creo, Saumensch.
A finales de agosto y del verano encontraron un penique en el
suelo. Pura
emoción.
Estaba medio corroído,
enterrado en la tierra, en la ruta de la colada y la
plancha. Una moneda solitaria, herrumbrosa.
—¡Mira eso!
Rudy se abalanzó sobre
ella. La emoción casi les escocía mientras corrían
hacia la tienda de frau Diller, sin siquiera detenerse a
considerar que un solo
penique no pudiera ser
suficiente. Irrumpieron en el
establecimiento y se
detuvieron ante la tendera aria, que los miró con desdén.
—Estoy esperando —dijo.
Llevaba el pelo
peinado hacia atrás y el
vestido negro la asfixiaba. La
imagen enmarcada del Führer montaba guardia en la pared.
—Heil Hitler! —se animó Rudy.
—Heil Hitler! —respondió
ella, enderezándose todavía
más detrás del
mostrador—. ¿Y tú? —preguntó a Liesel, fulminándola con la
mirada.
Liesel le ofreció un Heil Hitler! sin perder tiempo.
Rudy se apresuró a rescatar la moneda de las profundidades del
bolsillo y a
depositarla con firmeza sobre el mostrador.
—Un surtido de golosinas, por favor —pidió, mirándola fijamente
a los ojos
miopes.
Frau Diller sonrió.
Sus dientes se daban codazos tratando
de hacerse sitio
en la boca. La inesperada amabilidad motivó a su vez las
sonrisas de Rudy y
Liesel. Por un instante.
Frau Diller se inclinó, rebuscó algo y volvió a aparecer.
—Toma —dijo, arrojando
una única barrita de caramelo
sobre el
mostrador—. Sírvete tú.
Lo desenvolvieron fuera y trataron de partirlo por la mitad con
los dientes,
pero el azúcar parecía cristal. Demasiado duro, incluso
para los colmillos de
depredador que Rudy tenía por
dientes. Al final tuvieron que compartirla a
lametones hasta
acabársela. Diez lametones para Rudy.
Diez para Liesel.
Primero uno y luego el otro.
—Esto es vida —aseguró Rudy con una sonrisa de dientes de
caramelo, y
Liesel no le llevó la contraria.
Cuando se lo acabaron, ambos tenían la boca de color rojo
bermellón, y de
camino a casa mantuvieron los
ojos bien abiertos por
si encontraban otra
moneda.
Está claro que no encontraron nada. Nadie es tan afortunado dos
veces en
un año, y mucho menos en una misma tarde.
Sin embargo, se pasearon felices
por Himmelstrasse con las lenguas
y los
dientes rojos, sin dejar de mirar al suelo.
Había sido un gran día y la Alemania nazi era un lugar
maravilloso.
El luchador, continuación
Avancemos ahora hasta una fría lucha nocturna. La ladrona de
libros nos
alcanzará más adelante.
Era 3 de noviembre y el suelo del tren se agarraba a sus pies.
Delante tenía
el ejemplar del Mein Kampf que estaba leyendo. Su salvación. El sudor manaba
de sus manos. Sus huellas dactilares se aferraban al libro.
PRODUCCIONES
LA
LADRONA DE LIBROS PRESENTA
OFICIALMENTE
Mein
Kampf
(Mi
lucha),
de
Adolf
Hitler
A espaldas de Max Vandenburg, la ciudad de Stuttgart se abría de
brazos a
modo de burla.
Allí no era bienvenido.
Intentó no mirar atrás
mientras el pan duro
se
descomponía en su estómago. Se volvió una pocas
veces para ver cómo
las
luces se difuminaban y acababan desapareciendo.
«Levanta ese ánimo —se
dijo—. No puedes parecer asustado. Lee el libro.
Sonríe. Es un gran libro, el mejor libro que hayas leído jamás.
Ignora a la mujer
de enfrente. De todos
modos, está dormida. Vamos, Max, sólo
quedan unas
horas.»
Al final, la siguiente visita que le habían prometido en la
oscura habitación
no tardó unos días
en hacerse realidad, sino semana
y media. Luego, otra
semana más hasta la siguiente, y
una semana después ya había
perdido el
sentido del tiempo, del transcurso de los días
y las horas. Volvieron a
trasladarlo a un
nuevo lugar, a otro
pequeño almacén pero con más
luz, más
visitas y más comida. Sin embargo, se le acababa el tiempo.
—Pronto me llamarán a filas —anunció su amigo Walter Kugler—, ya
sabes
cómo funciona esto... del ejército.
—Lo siento, Walter.
Walter Kugler, amigo de la infancia de Max, posó una mano en el
hombro
del judío.
—Podría ser peor. —Miró a los ojos judíos de su amigo—. Podría
ser tú.
No volvieron a verse. Dejó un último paquete en el rincón, y
esta vez había
un billete. Walter abrió
el Mein Kampf y
lo metió dentro, junto
al mapa que
llevaba en el libro.
—Página trece. —Sonrió—. A lo mejor trae suerte, ¿no?
—Por si acaso.
Se abrazaron.
Cuando la puerta se
cerró, Max abrió
el libro y miró
el billete: Stuttgart-
Munich-Pasing. Partiría al cabo de dos días, de noche, con el
tiempo justo para
hacer el último transbordo. Desde allí, seguiría caminando.
Tenía el mapa en la
cabeza, doblado en cuatro, y la llave seguía pegada en la
cubierta interior.
Esperó sentado media hora antes de acercarse a la bolsa y
abrirla. Además
de comida, había otras cosas.
EL
CONTENIDO ADICIONAL
DEL
REGALO DE WALTER KUGLER
Una
pequeña navaja.
Una
cuchara (lo más parecido a un espejo).
Crema
de afeitar.
Unas
tijeras.
Cuando se fue, en el almacén sólo quedó el suelo.
—Adiós —susurró.
Lo último que Max
vio fue una pequeña maraña de pelo apoyada con
indiferencia en la pared.
Adiós.
Con un rostro recién afeitado y el pelo a un lado, aunque bien
repeinado,
salió del edificio como
un hombre nuevo. De hecho,
salió como alemán. Un
momento... De hecho, era alemán. O, mejor dicho, lo había sido.
En el estómago se mezclaba la electrizante combinación de alimento y
náusea.
Anduvo hasta la estación.
Enseñó el billete y su identificación, y ahora estaba sentado en
un pequeño
compartimiento del tren, expuesto a la luz pública.
—Papeles.
Eso era lo que temía oír.
Ya había padecido
bastante cuando lo
pararon en el andén. Sabía que no
podría soportarlo una segunda vez.
Manos temblorosas.
El olor —no, el hedor— de la culpa.
Así de sencillo, no podría soportarlo de nuevo.
Por suerte, pasaron
pronto y
sólo le pidieron el billete.
Ahora sólo debía
enfrentarse a una ventanilla por la que pasaban pequeñas
ciudades, gremios de
luces y una mujer que roncaba frente a él en el compartimiento.
Leyó durante casi todo el trayecto, intentando no levantar la
cabeza.
Las palabras holgazaneaban en su boca a medida que iba
descifrándolas, y
aunque parezca raro
conforme pasaba páginas y adelantaba capítulos sólo
saboreaba dos palabras.
Mein Kampf. Mi lucha.
El título se repetía una y otra vez mientras el tren no dejaba
de traquetear
de una ciudad alemana a otra.
Mein Kampf.
Lo único que podría haberlo salvado...
Pillos
Podría objetarse que Liesel Meminger lo
tuvo fácil. Y sería cierto
si la
comparáramos con Max Vandenburg. Sí, claro, su hermano casi murió
en sus
brazos. Y su madre la abandonó.
No obstante, cualquier cosa era mejor que ser judío.
Hasta la llegada de Max, perdieron otro cliente, esta vez la colada de los
Weingartner. El Schimpferei obligado se desató en la
cocina. Sin embargo, Liesel
se consoló pensando que todavía les quedaban dos y, aun mejor,
uno de ellos
era el alcalde, la mujer y los libros.
En cuanto a las
otras actividades de Liesel, seguía armándola junto con
Rudy Steiner. Incluso me
atrevería a afirmar que estaban
perfeccionando su
modus operandi.
Acompañaron a Arthur
Berg y sus
amigos en unas cuantas
incursiones
más, deseosos tanto de demostrar
su valía como de ampliar
su repertorio
delictivo. Se llevaron patatas de una granja y cebollas de otra.
Sin embargo, la
mayor victoria la obtuvieron solos.
Tal como ya hemos
comprobado, una de las
ventajas de patear la
ciudad
era la posibilidad de encontrar cosas en el suelo. Otra era
fijarse en la gente o,
aún más importante, en la misma gente haciendo las mismas cosas
semana tras
semana.
Un chico del colegio,
Otto Sturm, era
una de esas personas a las
que
observaban. Todos
los viernes por la
tarde se acercaba a la iglesia en
bicicleta
para llevarles viandas a los curas.
Lo estuvieron estudiando durante un mes, mientras el tiempo
empeoraba.
Sobre todo Rudy, que estaba decidido a que un
viernes de una semana de
octubre curiosamente fría Otto no consiguiera llevar a cabo su
cometido.
—De todos modos,
esos curas están demasiado gordos
—se justificó,
mientras paseaban por la ciudad—. Podrían pasar sin comer una
semana.
Liesel estaba
completamente de acuerdo. Para empezar, no era católica, y
en segundo lugar, ella también padecía hambre.
Liesel cargaba con
la colada, como siempre.
Rudy llevaba dos baldes de
agua fría o, como él decía, dos baldes de futuro hielo.
Justo antes de que dieran las dos puso manos a la obra.
Sin dudarlo, vertió el agua sobre la calzada, en el tramo exacto
en que Otto
tomaba la curva.
Liesel tuvo que
admitirlo. Al principio sintió una pequeña punzada de
culpabilidad, pero el
plan era perfecto o, al menos, bastante próximo
a la
perfección. Poco
después de las dos, como
todos los viernes, Otto
Sturm
doblaría hacia Münchenstrasse con la cesta llena, en el
manillar. Ese viernes en
particular no pasaría de allí.
La calzada ya estaba helada de por sí, pero Rudy, apenas capaz
de contener
una sonrisa que le atravesaba el rostro de oreja a oreja, le añadió una capa
adicional.
—Ven, escondámonos detrás de ese arbusto —propuso.
Al cabo de unos quince minutos, el diabólico plan
dio su fruto, por así
decirlo.
Rudy señaló por el agujero del seto.
—Ahí está.
Otto apareció a la vuelta de la esquina, manso como un
corderito.
En menos que canta
un gallo, perdió el control de la bicicleta al resbalar
sobre el hielo y se cayó de morros en la calzada.
Rudy miró preocupado a Liesel cuando vio que Otto no se movía.
—¡Por los clavos de Cristo —exclamó Rudy—, creo que lo hemos
matado!
Salió sigiloso de detrás del arbusto, cogió la cesta y huyeron
corriendo.
—¿Respiraba? —preguntó Liesel, al final de la calle.
—Reine Ahnung —contestó Rudy, aferrado a
la cesta.
No tenía ni idea.
Vieron a Otto levantarse
a lo lejos, rascarse la cabeza,
después la
entrepierna y buscar la cesta por todas partes.
—Scheisskopf imbécil.
Rudy sonrió y repasaron el botín: pan, huevos rotos y el no va
más, Speck.
Rudy se llevó el beicon a la nariz y lo olió con fruición.
—Qué rico.
Por tentador que fuera quedarse con el botín para ellos solos,
fue superior
el sentido de la lealtad que le debían a Arthur Berg. Se
acercaron hasta los pisos ruinosos de
Kempf Strasse, donde vivía,
y le enseñaron lo que habían
conseguido. Arthur no pudo disimular su aprobación.
—¿A quién se lo habéis robado?
—A Otto Sturm —contestó Rudy.
—Bien, pues le estoy agradecido, sea quien sea ese Otto —celebró Arthur.
Entró en casa y volvió con un cuchillo para el pan, una sartén y
una chaqueta, y
los tres ladrones
cruzaron el pasillo de apartamentos—. Iremos a buscar
a los
otros —anunció Arthur
Berg cuando salieron—. Puede que seamos
delincuentes, pero aún conservamos nuestro honor.
Igual que la ladrona de libros, él fijaba ciertos límites.
Llamaron a unas cuantas puertas. Desde la calle, gritaron varios
nombres a
las ventanas de los pisos y al cabo de poco el grueso de la
pandilla de ladrones
de fruta de Arthur Berg se dirigía al Amper. Encendieron un
fuego en el claro
de la orilla, donde rescataron y frieron lo que quedaba de los
huevos. Cortaron
el pan y el Speck.
Dieron cuenta de la última migaja de
las viandas de
Otto
Sturm ayudándose de manos y cuchillos, sin curas a la vista.
Las discusiones no surgieron hasta el final, y fueron por la
cesta. Casi todos
votaron por quemarla.
Fritz Hammer y Andy
Schmeikl querían quedársela,
pero Arthur Berg, demostrando su incongruente sentido de la
moral, tenía una
idea mejor.
—Vosotros dos —llamó
a Rudy y a Liesel—, quizá se la
tendríais que
devolver al tipo ese, Sturm. Creo que es
lo menos que se merece el pobre
desgraciado.
—Venga ya, Arthur.
—No quiero oír ni una palabra, Andy.
—Por Dios.
—Él tampoco quiere oír ni una palabra.
El grupo se rió y Rudy Steiner cogió la cesta.
—Vale, me la llevo y se la dejo colgada en el buzón.
Se había alejado
unos veinte metros
cuando la niña lo
alcanzó. Se
arriesgaba a llegar
demasiado tarde a casa, pero sabía muy bien que debía
acompañar a Rudy Steiner hasta la granja de los Sturm, en la
otra orilla.
Caminaron un buen rato en silencio.
—¿No te sientes mal? —preguntó Liesel al final. Regresaban a
casa.
—¿Por qué?
—Ya lo sabes.
—Claro que lo sé, pero ya no tengo hambre y me juego lo que
quieras a que
él tampoco. Que te crees tú que los curas iban a recibir comida
si a los Sturm no
les sobrara.
—Es que se dio muy fuerte contra el suelo.
—No me lo recuerdes.
No obstante, Rudy
Steiner no pudo disimular
una sonrisa. Al cabo de los
años acabaría repartiendo
pan, no robándolo, una prueba más
de lo
contradictorio que
es el ser humano. Una pizca de bondad, una pizca de
maldad y sólo falta añadirle agua.
Cinco días después
del agridulce botín, Arthur Berg
apareció de nuevo y
los invitó a su siguiente proyecto delictivo. Tropezaron con él
un miércoles, en
Münchenstrasse, volviendo del colegio. Llevaba el uniforme de
las Juventudes
Hitlerianas.
—Iremos mañana por la tarde. ¿Os interesa?
No pudieron resistirse.
—¿Adónde?
—A por patatas.
Veinticuatro horas después, Liesel y Rudy volvieron a
enfrentarse a la valla
y llenaron el saco.
El problema surgió cuando se disponían a huir.
—¡Carajo! —exclamó Arthur—. ¡El granjero!
Sin embargo, los
asustó la palabra que dijo
a continuación. La pronunció
como si lo hubieran atacado con ella. Su boca se abrió de un
rasgón y la palabra
fluyó. «Hacha.»
En efecto, cuando se volvieron, el granjero corría hacia ellos
con el arma en
alto.
Todo el grupo echó a correr hacia la valla y la saltó. Rudy, el
más rezagado
de todos, los alcanzó enseguida, pero seguía el último. Al
levantar la pierna, se
quedó enganchado.
—¡Eh!
El grito de auxilio del animal varado.
El grupo se detuvo.
Guiada por el instinto, Liesel volvió corriendo.
—¡Date prisa! —la conminó Arthur.
Oyó su voz a lo lejos, como si se la hubiera tragado antes de
dejarla salir.
Cielo blanco.
Los demás siguieron corriendo.
Liesel regresó junto a Rudy y empezó a tirar de la tela de los
pantalones. El
miedo se reflejaba en los ojos desorbitados del chico. —Rápido,
que viene —la
azuzó.
Todavía sentían el retemblor de unos pies en polvorosa cuando
otra mano
cogió el alambre y desenganchó los pantalones de Rudy Steiner.
Un trozo de tela quedó
prendido en el nudo metálico, pero el chico
pudo
escapar.
—Moved el culo —les recomendó Arthur no mucho antes de que
llegara el
jadeante granjero, soltando improperios.
El hombre gritó las fútiles
palabras de los que han sido
robados, con el
hacha apoyada contra su pierna.
—¡Haré que os detengan! ¡Daré con vosotros! ¡Descubriré quiénes
sois!
—¡Pregunte por Owens! —contestó Arthur Berg. Se alejó sin perder
tiempo
y alcanzó a Liesel y Rudy—. ¡Jesse Owens!
Una vez en puerto seguro, luchando por recuperar el aliento, se
sentaron y
Arthur Berg se acercó. Rudy no se atrevió a mirarlo.
—Nos ha pasado a todos
—lo tranquilizó Arthur, percibiendo la
frustración.
¿Mintió? Ni lo supieron entonces ni lo sabrían jamás.
Semanas después, Arthur Berg se trasladó a Colonia.
Sólo lo vieron una vez más, en una de las rondas de entrega de
la colada de
Liesel, en un callejón que daba a Münchenstrasse, cuando le tendió
a la niña
una bolsa de papel marrón que contenía una docena de castañas.
El chico
esbozó una sonrisita.
—Un contacto en la industria del tueste. —Después de informarlos de su
partida, les brindó una última y
granuja sonrisa y les dio una palmadita en la
frente—. No os las vayáis a comer todas de una sentada.
No volvieron a ver a Arthur Berg nunca más.
En cuanto a mí, te aseguro que lo vi, sin miedo a equivocarme.
PEQUEÑO
HOMENAJE A
ARTHUR
BERG, UN HOMBRE QUE AÚN VIVE
El
cielo de Colonia era amarillo y se descomponía, tenía los
bordes
descamados.
Estaba
sentado, apoyado contra una pared, con una criatura
en
los brazos. Su hermana.
Cuando
la niña dejó de respirar, se quedó con ella y supe que
la
abrazaría durante horas.
Llevaba
dos manzanas robadas en el bolsillo.
Esta vez fueron más listos. Comieron una cada uno y fueron
vendiendo las
demás de puerta en puerta.
—Tengo castañas, si le sobra un penique —repetía Liesel en todas
las casas.
Al final reunieron dieciséis monedas.
—Y ahora, la venganza —sonrió Rudy, complacido.
Esa misma tarde volvieron a la tienda de frau Diller, la
«heilhitleriaron» y
esperaron.
—¿Surtido de golosinas otra vez? —preguntó frau Diller,
schmunzeleando,
a lo que asintieron con la cabeza,
El dinero repicó sobre
el mostrador y la sonrisa de
frau Diller se torció
ligeramente.
—Sí, frau Diller —contestaron al unísono—, surtido de golosinas,
por favor.
El Führer enmarcado parecía orgulloso de ellos.
El triunfo que precede a la tormenta.
El luchador, conclusión
Los juegos malabares
llegan a su fin, pero no la
lucha. Llevo a Liesel
Meminger de una mano y a Max Vandenburg de la otra. Pronto las
entrelazaré.
Dame unas páginas.
El luchador.
Si lo hubieran matado esa noche, por lo menos habría muerto
vivo.
El trayecto en tren ya quedaba muy lejos. Lo más probable era
que la mujer
que roncaba en el compartimiento, que había convertido en su
cama, continuara
el viaje. En esos momentos, a Max Vandenburg sólo lo separaban
unos pasos de
la supervivencia. Pasos y cavilaciones, y dudas.
Siguió el mapa que había
memorizado para llegar a Molching
desde
Pasing. Ya era tarde cuando
vio la ciudad. Las piernas
le dolían lo indecible,
pero ya casi estaba allí, en el lugar más peligroso de todos.
Tan cerca que casi
podía tocarlo.
Siguiendo la descripción, encontró Münchenstrasse y continuó por
la acera.
Todo se tensaba a su paso.
Reductos de relumbrantes farolas.
Pacientes edificios a oscuras.
El ayuntamiento se erigía
como un
joven gigantesco y desmañado,
demasiado grande para su edad. La iglesia desaparecía en la
oscuridad cuanto
más alzaba la vista.
Lo vigilaban.
Se estremeció.
Se dijo: «Mantén los ojos abiertos».
(Los niños alemanes andaban a la caza de monedas extraviadas.
Los judíos
alemanes andaban con ojo para que no los cazaran.)
Fiel a su número de la suerte, el trece, contaba los pasos en
grupos de esa
cifra. Sólo trece pasos,
se animaba. Vamos, trece más.
Contados por encima,
habría unas noventa tandas hasta la esquina de Himmelstrasse.
Llevaba la maleta en una mano.
La otra todavía no había soltado el Mein Kampf.
Ambos pesaban y las manos le sudaban ligeramente.
Giró en la esquina,
hacia el número treinta y
tres, resistiéndose a sonreír,
resistiéndose a sollozar
o siquiera a imaginar la salvación que podría estar
aguardándolo. Se dijo que no corrían tiempos para abandonarse a
la esperanza,
aunque casi pudiera tocarla. La sentía cerca, en algún lugar
fuera de su alcance;
sin embargo, en vez de dejarse convencer, volvió a repasar qué
debía hacer si lo
atrapaban en el último momento o si, por cualquier razón, dentro
lo esperaba la
persona equivocada.
Claro que tampoco podía deshacerse de la acuciante
sensación de estar
pecando.
¿Cómo podía hacer una cosa así?
¿Cómo podía presentarse
y pedirle a nadie que arriesgara su vida
por él?
¿Cómo podía ser tan egoísta?
Treinta y tres.
Intercambiaron una mirada.
La casa estaba pálida, casi parecía enferma. Tenía una verja de
hierro y una
puerta marrón manchada de escupitajos.
Sacó la llave del bolsillo. No lanzó ningún destello, descansaba
apagada y
mustia en la palma. Cerró
la mano y la estrujó como
si esperara que el metal
chorreara hacia la muñeca. Pero
no. El metal era duro y plano, con una sana
hilera de dientes. Lo siguió apretando hasta que se le clavó en
la mano.
A continuación, poco a poco, el luchador se inclinó hacia
delante, la mejilla
apoyada en la madera, y arrancó la llave del puño cerrado. ![]()
CUARTA PARTE
El vigilante
Presenta:
acordeonista — un hombre de palabra — una buena chica un púgil
judío — la
ira de Rosa — una charla — el dormilón — el intercambio de
pesadillas — y
varias páginas del sótano
El acordeonista
(La vida secreta de Hans Hubermann)
En la cocina había
un joven. Llevaba una llave en la mano, que parecía
oxidarse en su piel.
No saludó ni
pidió ayuda ni dijo
nada de lo que cabría
esperar. Hizo dos preguntas.
PRIMERA
PREGUNTA
¿Hans
Hubermann?
SEGUNDA
PREGUNTA
¿Todavía
toca el acordeón?
Sin dejar de
observar con desconfianza la figura que
se alzaba ante él, el
joven aclaró la voz
y se la ofreció a
través de la oscuridad, como si
fuera lo
único que le quedara.
Hans, inquieto y consternado, se acercó.
—Por supuesto que sigo tocando —le susurró a la cocina.
La historia se remontaba a la Primera Guerra Mundial.
Las guerras son extrañas.
Llenas de sangre y violencia, aunque también de historias igualmente
difíciles de entender.
«Pues es verdad —refunfuña la gente—, me
da igual que me creas
o no,
pero ese zorro me salvó
la vida», o «Caían como
moscas, pero yo fui el
único
que quedó en pie, el único al que no le metieron un balazo entre
los ojos. ¿Por
qué yo? ¿Por qué yo y no ellos?».
La historia de Hans Hubermann era más o menos del estilo. Hasta
que topé
con ella entre las
palabras de la ladrona de libros
no caí en la cuenta de que
nuestros caminos ya se habían cruzado antes, aunque ninguno de
los dos había programado el encuentro.
Por lo
que a mí respecta, tenía
mucho trabajo. En
cuanto a Hans, creo que hizo todo lo que pudo para evitarme.
La primera vez que estuvimos
cerca el uno del otro, Hans tenía veintidós
años y luchaba en Francia. Casi todos los hombres de su sección
ansiaban entrar
en batalla. Hans no
lo tenía tan claro. Ya me había
llevado a algunos por el
camino, pero te aseguro
que ni siquiera estuve a punto
de tocar a Hans
Hubermann. O le
sonrió la suerte o se merecía vivir, o tenía una buena razón
para seguir vivo.
No destacó en el ejército, ni por arriba ni por abajo. Corría
con el pelotón,
ascendía con el pelotón y
sabía disparar lo justo
para no suponer una afrenta
para sus superiores. Ni
siquiera destacó lo suficiente
para ser uno de los
primeros elegidos en venir corriendo a mi encuentro.
UN
PEQUEÑO PERO
VALIOSO
COMENTARIO
A lo
largo de los años he visto a muchos jóvenes que creen
correr
al encuentro de otros jóvenes.
No
es así.
Corren
a mi encuentro.
Llevaba seis meses en el campo de batalla cuando lo destinaron a
Francia,
donde, por lo visto, un extraño suceso le salvó la vida. Visto
de otro modo, lo
cierto es que en medio
del disparate que supone una guerra, tuvo perfecto
sentido.
En general, desde el momento que entró en el ejército y hasta
que terminó
la guerra, vivió una sorpresa continua, como en una serie, un día
tras otro y
otro más. Y aún otro.
El intercambio de disparos.
El descanso de los hombres.
Los mejores chistes verdes del mundo.
Ese sudor frío —el malvado amiguito— que anuncia su llegada a
gritos en
las axilas y los pantalones.
Lo que más le gustaba era jugar a las cartas, y después al
ajedrez, aunque
era bastante malo. Y la música. La música por encima de todo.
Un hombre un año mayor
que él —un judío alemán llamado Erik
Vandenburg— le enseñó a
tocar el acordeón. Fueron trabando amistad poco a
poco, debido a que
ninguno de los dos
estaba especialmente interesado
en
luchar; preferían liar
cigarrillos que liarse a tiros, preferían hacer rodar
los
dados a que los hicieran rodar a ellos por la nieve y el lodo.
Una sólida amistad
que afianzaban el juego, el tabaco y la
música, sin olvidar el mutuo deseo de
sobrevivir. El único problema fue que poco después encontrarían
los trocitos de
Erik Vandenburg esparcidos
por una verde colina. Tenía
los ojos abiertos y le
habían robado la alianza. Me eché su alma al hombro junto con
las demás y nos
alejamos de allí tranquilamente. El horizonte tenía
el color de la leche. Frío
y
fresco. Borbotaba entre los cadáveres.
Lo único que quedó
de Erik Vandenburg fueron unos
cuantos objetos
personales y el acordeón, con sus huellas
todavía impresas en él. Lo enviaron
todo a casa, todo
menos el instrumento. Consideraron que era demasiado
grande. Esperaba en el
camastro provisional de Vandenburg, como
si se
reprochara estar allí, en
el campamento, y acabaron dándoselo a su amigo,
Hans Hubermann, que resultaría ser el único superviviente.
SOBREVIVIÓ
DEL
SIGUIENTE
MODO
Ese
día no entró en combate.
Todo gracias a Erik
Vandenburg. O mejor dicho, a Erik
Vandenburg y al
cepillo de dientes del sargento.
Esa mañana en concreto, poco antes de salir, el sargento Stephan
Schneider
entró tranquilamente en los
dormitorios y reclamó
la atención de todo el
mundo. Era popular entre
los hombres por su
sentido del humor y
por sus
bromas, pero aún más por el hecho de no ir jamás detrás de nadie
en la línea de
fuego. Él siempre era el primero.
Había días en que le daba por entrar en el barracón donde
descansaban los
hombres y decir algo así como: ¿Hay por aquí alguien de Pasing?,
o: ¿A quién
se le dan bien las matemáticas?, o, en el profético
caso de Hans Hubermann:
¿Quién tiene una letra que se entienda?
Después de la primera vez que entró a preguntar, nadie volvió a
prestarse
voluntario. Ese día, un joven y
diligente soldado llamado Philipp Schlink se
levantó con gallardía y respondió a la llamada: «Sí, señor, yo
soy de Pasing», a
lo que, sin más, el
sargento le tendió un
cepillo de dientes y le ordenó que
limpiara las letrinas.
Cuando Schneider preguntó
quién tenía buena caligrafía,
estoy segura de
que entenderás por qué nadie tuvo prisa por ser el primero en
dar un paso al
frente. Creyeron que les
tocaría recibir una
inspección higiénica completa o
limpiar con un cepillo los terrones de mierda pegados a la suela
de las botas de
un excéntrico teniente antes de salir al campo de batalla.
—Vamos, hombre —los animó divertido Schneider. Su cabello,
apelmazado
con aceite, brillaba, aunque en la coronilla siempre le quedaba
un mechón en
guardia—. Qué hatajo de
inútiles, al menos uno de
vosotros tiene que saber
escribir como Dios manda.
Oyeron disparos a lo lejos.
Lo que desencadenó una reacción.
—Mirad, esto es diferente —aseguró Schneider—. Estaréis ocupados
toda la
mañana, tal vez más. —No consiguió disimular una sonrisa—.
Schlink dejó las
letrinas como los
chorros del oro mientras
vosotros jugabais a las
cartas, pero
esta vez tendréis que salir ahí fuera.
La vida o el honor.
Era evidente que esperaba
que uno de sus hombres
tuviera la suficiente
inteligencia para escoger seguir con vida.
Erik Vandenburg y
Hans Hubermann intercambiaron una
mirada. Si
alguien daba un paso al frente
en ese momento, el
regimiento le haría la vida
imposible mientras siguieran juntos. ¿A quién le gustan los
cobardes? Por otro
lado, si alguien tenía que salir...
Aun así nadie dio un paso al frente, si bien una voz se alzó y
se acercó sin
prisas al sargento. Se detuvo a sus pies, a la espera de recibir
un buen puntapié.
—Hubermann, señor —dijo.
Era la voz de Erik
Vandenburg. Por lo visto
pensaba que a su amigo
todavía no le había llegado la hora.
El sargento se paseó por el pasillo que formaban los soldados.
—¿Quién ha dicho eso?
Stephan Schneider tenía un pasear magnífico, un hombre bajo que
hablaba,
se movía y actuaba a paso ligero. Mientras caminaba arriba y
abajo entre las dos
hileras de hombres, Hans mantuvo la vista al frente, a la
expectativa de lo que
tuviera que pasar. Tal vez una
de las enfermeras estaba indispuesta y
necesitaban a alguien para que cambiara las vendas de las
piernas infectadas de
los soldados heridos. Tal vez había que cerrar un millar de
sobres pasándoles la
lengua por la goma de
sellado para enviar a casa el fúnebre anuncio que
contenían.
En ese momento, la voz volvió a adelantarse, lo que animó a
otras a hacerse
oír. Hubermann, repitieron todas. Erik incluso
añadió: «Una caligrafía
inmaculada, señor, inmaculada».
—Entonces, decidido. —El sargento esbozó
una sonrisita de besugo—.
Hubermann, te ha tocado.
El desgarbado y joven soldado dio un paso al frente y preguntó
cuál sería
su cometido. El sargento suspiró.
—El capitán necesita que le escriban unas cartas. El reumatismo de los
dedos no lo deja vivir, o la artritis, o lo que sea. Se las
escribirás tú.
No era momento de ponerse a protestar, sobre todo
cuando a Schlink le
había tocado limpiar letrinas
y, Pflegger estuvo a punto
de palmarla de tanto
chupar sobres. Su lengua acabó de un color azulado nada
saludable.
—Sí, señor —asintió Hans, y eso fue todo.
Siendo benévolos, se diría que sus aptitudes caligráficas eran
dudosas, pero
se sintió afortunado.
Puso todo su empeño en escribir las cartas mientras
los
demás hombres iban al campo de batalla.
No volvió ninguno.
Esa fue la primera vez que Hans
Hubermann se me escapó. En la Gran
Guerra.
La segunda vez todavía estaba por llegar, sería en 1943, en
Essen.
Dos guerras para dos evasiones.
En la primera era joven, en la otra no tanto.
No existen muchos
hombres que hayan
tenido la fortuna de escapárseme
dos veces.
Cargó con el acordeón el resto de la guerra.
A su regreso, después de
localizar a la familia de Erik Vandenburg
en
Stuttgart, la mujer
de su amigo le comunicó
que se lo podía quedar. El piso
estaba lleno de acordeones y la visión de ese en concreto la
atormentaba. Con
los otros ya tenía suficiente recordatorio, como con su
profesión, la de profesora
de música, que habían compartido en el pasado.
—Él me enseñó a tocar —le contó Hans, como si eso la ayudara.
Y quizá así fue, porque la mujer, destrozada, le pidió que
tocara para ella y
lloró en silencio mientras
Hans apretaba los botones
y las teclas
al son de un
torpe vals del «Danubio azul». Era la favorita de su marido.
—Verá, él me salvó la
vida —se explicó Hans. La luz
escaseaba en la
habitación y se respiraba
un aire circunspecto—. Él... Si alguna vez necesita
algo. —Le pasó un pedazo de papel con su nombre y dirección—.
Soy pintor. Le
pintaré el piso gratis cuando quiera.
Sabía que era una compensación
inútil, pero de todas
formas se ofreció a
hacerlo.
La mujer cogió el papel y, poco después, un
niño pequeño entró
despreocupadamente en la cocina y se sentó en el regazo de su
madre.
—Este es Max —lo
presentó la mujer, aunque el niño era demasiado
pequeño y tímido para decir nada.
Era flacucho, tenía el
pelo muy suave, y sus
espesos y turbios
ojos lo
observaron atento mientras Hans interpretaba una nueva canción
en la cargada
estancia. El niño siguió mirando a ambos mientras el hombre
tocaba y la mujer
lloraba. Las notas controlaban sus lágrimas. Cuánta desolación.
Hans se fue.
—Nunca me lo dijiste —le
recriminó a un Erik
Vandenburg muerto y al
horizonte de Stuttgart—. Nunca me dijiste que tuvieras un hijo.
Tras la breve y atribulada escala, Hans regresó a Munich
suponiendo que
nunca más volvería a saber nada de esa gente. Lo que ignoraba
era que iban a
necesitar su ayuda más de lo que creía, aunque no sería ni para
pintar ni antes
de que hubieran transcurrido veinte años.
Pasaron varias semanas antes de que se pusiera a pintar. Durante
los meses
de buen tiempo, trabajaba con ahínco, incluso en invierno. Solía
decirle a Rosa
que tal vez el dinero no les lloviera del cielo, pero al menos
chispeaba de vez en
cuando.
Todo fue bien durante más de una década.
Nacieron Hans hijo y Trudy. Crecieron visitando a su padre en el
trabajo,
pintando las paredes a manotazos y limpiando los pinceles.
Sin embargo, cuando Hitler subió al poder en 1933, el negocio de
la pintura
sufrió un ligero
contratiempo. Hans no se había unido
al NSDAP como la
mayoría de la gente. Había meditado mucho su decisión.
LAS
REFLEXIONES
DE
HANS HUBERMANN
No
era culto y no le interesaba la política, pero era un hombre
que
valoraba la justicia. Un judío le había salvado la vida y no
iba
a olvidarlo. No podía afiliarse a un partido que alentara el
antagonismo
entre la gente de esa manera. Además, igual que
Alex
Steiner, algunos de sus clientes más fieles eran judíos. Al
igual
que muchos judíos, Hans creyó que ese sentimiento de
odio
no duraría mucho, por lo que no seguir a Hitler fue una
decisión
consciente. En muchos aspectos, también fue
desastrosa.
En cuanto empezaron las
persecuciones, el trabajo de
Hans fue
disminuyendo poco a poco. Al principio no
lo notó demasiado, pero pronto empezó
a perder su clientela. Los presupuestos
parecían desvanecerse a
marchas forzadas en un ambiente cada vez más nazi.
Se acercó a uno de sus más fieles clientes, Herbert
Bollinger —un hombre
de cintura hemisférica, que hablaba Hochdeutsch (era de
Hamburgo)—, cuando
lo vio en Münchenstrasse. De buenas a
primeras, el hombre bajó la vista,
salvando su
contorno, pero cuando
volvió a mirar
al pintor comprobó que la
pregunta lo había incomodado. La aclaración era innecesaria,
pero aun así Hans
la exigió.
—¿Qué ocurre, Herbert? Estoy perdiendo clientes de la noche a la
mañana.
Bollinger por fin se soltó.
—En fin, Hans, ¿eres uno de
sus miembros? —le contestó
con otra
pregunta, enderezándose.
—¿Miembro de qué?
Sin embargo, Hans
Hubermann sabía perfectamente de
qué hablaba el
hombre.
—Vamos, Hansi —insistió Bollinger—, no me obligues a decirlo.
El desgarbado pintor se despidió y siguió su camino.
A medida que pasaban los
años, los judíos eran objeto
de azarosas
persecuciones por todo
el país, y en la primavera de
1937, casi para su
vergüenza, Hans
Hubermann claudicó. Se
informó y solicitó
la entrada en el
partido.
Tras entregar la
instancia en la sede de Münchenstrasse, vio
que cuatro
hombres arrojaban
ladrillos contra una tienda de
confecciones llamada
Kleinmann's. Era una de las pocas tiendas judías que todavía
seguían abiertas
en Molching. En el interior, un hombre bajo tartamudeaba
caminando arriba y
abajo, pisando los cristales rotos mientras limpiaba. En la
puerta habían pintado
una estrella de color mostaza. Los bordes de la descuidada letra
con que habían
escrito BASURA JUDÍA goteaban. El trajín del interior fue
disminuyendo hasta
volverse taciturno y acabar deteniéndose del todo.
Hans se acercó un poco más y asomó la cabeza.
—¿Necesita ayuda?
El señor Kleinmann levantó la vista. Tenía un aire impotente y
en las manos
llevaba una escoba.
—No, Hans. Por favor, váyase.
El año anterior Hans había pintado la casa de Joel Kleinmann.
Recordaba a
sus tres hijos y sus caras, pero no los nombres.
—Mañana vendré y le repintaré la puerta —aseguró.
Así lo hizo.
Fue su segundo error.
El primero lo cometió inmediatamente después del incidente.
Volvió sobre sus pasos y atizó un puñetazo contra la puerta y
luego contra
la ventana del NSDAP. El cristal se hizo añicos, pero nadie
respondió. Todo el
mundo había recogido y se había ido a casa. Un último miembro,
que se alejaba
en dirección contraria, reparó en el pintor al oír el estallido
del cristal.
Se acercó a Hans y le preguntó qué ocurría.
—No puedo hacerme miembro —le explicó Hans.
El hombre se quedó atónito.
—¿Por qué no?
Hans se miró los nudillos de la mano y tragó saliva. En esos
momentos ya
saboreaba su error como si llevara una pastilla metálica en la
boca.
—Olvídelo.
Dio media vuelta y se fue a casa.
Unas palabras lo siguieron.
—Piénselo bien, herr Hubermann, y háganos saber su decisión.
No se la hizo saber.
A la mañana siguiente,
tal como había prometido, madrugó más de
lo
habitual, pero no lo suficiente. La puerta de la tienda del
señor Kleinmann
todavía estaba húmeda de rocío. Hans la
secó. Encontró un color
lo más
parecido al de la puerta
que un humano puede conseguir y le
dio una buena
capa.
Un hombre pasó junto a él.
—Heil Hitler! —lo saludó.
—Heil Hitler! —contestó Hans.
TRES
DATOS SUELTOS, AUNQUE
IMPORTANTES
1.
El hombre que pasó junto a él era Rolf Fischer, uno de los
nazis
más importantes de Molching.
2.
Un nuevo comentario antisemita apareció pintado en la
puerta
en menos de dieciséis horas.
3.
Hans Hubermann no fue admitido en el Partido Nazi.
Al
menos por el momento.
Por suerte, durante el año siguiente Hans no retiró su solicitud
de afiliación
de manera oficial.
Mientras que a la mayoría los
aceptaban al instante, a él lo
añadieron a una lista de espera. No las
tenía todas consigo. Hacia
finales de
1938, cuando los judíos
fueron expulsados sin dilación
después de la Kristallnacht,
la Noche de los Cristales Rotos, lo visitó la Gestapo. Registraron su
casa y, gracias a que no
encontraron nada ni a nadie sospechoso, Hans
Hubermann pudo considerarse afortunado: le permitieron quedarse.
Probablemente lo
salvó que la gente supiera que seguía esperando la
admisión de su solicitud. Por eso lo toleraban e incluso lo
reconocían como el
competente pintor que era.
Y no olvidemos su otra salvación.
El acordeón fue lo que sin duda lo libró del ostracismo total.
Había muchos
pintores por todo Munich, pero tras la breve enseñanza de Erik
Vandenburg y
cerca de dos décadas de práctica constante por su
cuenta, no había nadie en
Molching que supiera tocar
como él. Su estilo nada tenía que ver
con la
perfección, sino con la afabilidad. Incluso los errores se
toleraban con simpatía.
Hans «heilhitleriaba» cuando tenía que hacerlo y ondeaba la
bandera el día
establecido. No había ningún problema aparente.
Entonces, el 16 de junio
de 1939 (la fecha
se había fraguado como el
cemento), justo al cabo de seis
meses de la llegada de Liesel a Himmelstrasse,
ocurrió algo que cambiaría la vida de Hans Hubermann para
siempre.
Era un día que tenía trabajo.
Salió de casa a las siete en punto de la mañana.
Llevó a remolque el carro de pinturas, sin saber que lo seguían.
Cuando llegó al trabajo, un joven forastero se acercó a él. Era
rubio y alto, y
estaba muy serio.
Se miraron.
—¿Es usted Hans Hubermann?
Hans asintió con la cabeza. Se había estirado para alcanzar un
pincel.
—Sí, soy yo.
—¿Por casualidad toca usted el acordeón?
Esta vez Hans se detuvo y dejó el pincel donde estaba. Volvió a
asentir.
El forastero se rascó la barbilla y miró alrededor.
—¿Es usted un hombre de palabra? —preguntó con gran suavidad,
aunque
muy claro.
Hans sacó dos
botes de pintura y le ofreció
asiento. Antes de aceptar la
invitación, el joven le tendió la mano y se presentó.
—Me llamo Kugler. Walter. Vengo de Stuttgart.
Se sentaron y charlaron en voz baja unos quince minutos, y
acordaron un
encuentro para más tarde, por la noche.
Buena chica
En noviembre de 1940, cuando Max
Vandenburg llegó a la cocina
del
número treinta y tres de Himmelstrasse, tenía veinticuatro años.
Parecía que la
ropa le pesara y su extenuación era tal que un picor habría
podido partirlo en
dos. Estremecido, se quedó agitando la puerta.
—¿Todavía toca el acordeón?
Era evidente que la
verdadera pregunta era: ¿Todavía está dispuesto
a
ayudarme?
El padre de Liesel fue hasta la puerta de la calle y la abrió.
Miró fuera con
cautela, a ambos lados, y volvió. Por suerte no había nada a la
vista.
Max Vandenburg, el judío, cerró los ojos y se precipitó hacia
una salvación
cada vez más cercana. La
idea le pareció absurda, pero la aceptó
a pesar de
todo.
Hans comprobó que las cortinas estuvieran corridas. No debía
atisbarse ni
un resquicio. Mientras tanto, Max no pudo soportarlo más, cayó
de rodillas y le
cogió las manos.
La oscuridad lo acarició.
Sus dedos olían a maleta, a metal, a Mein Kampf y a
supervivencia.
La escasa luz del vestíbulo no alcanzó sus ojos hasta que
levantó la cabeza,
momento en que se percató de la niña en pijama que tenía
delante.
—¿Papá?
Max se levantó, como un
fósforo encendido. La oscuridad
se ahuecó a su
alrededor.
—No pasa nada, Liesel —la tranquilizó Hans—. Vuelve a la cama.
La niña aún se
demoró unos instantes
antes de que los pies
empezaran a
tirar de ella. Al
detenerse y echar un último
y breve vistazo al forastero
de la
cocina, atisbo el contorno de un libro sobre la mesa.
—No tengas miedo —oyó que susurraba su padre—, es una buena
chica.
Durante la hora
siguiente, la buena chica estuvo
despierta en la cama
escuchando el apagado titubeo de las frases procedentes de la
cocina.
Todavía quedaba una carta por jugar.
Breve historia del púgil judío
Max Vandenburg había nacido en 1916.
Creció en Stuttgart.
Lo que más le gustaba de pequeño era una buena pelea a
puñetazos.
Disputó su primer combate con once años, y estaba tan seco como
el palo
de una escoba.
Wenzel Gruber.
Su contrincante.
El pequeño Gruber era un insolente y tenía el pelo tan rizado
que parecía
alambre. El parque donde jugaban les exigió una pelea y ninguno
de los dos se
opuso.
Pelearon como campeones.
Durante un minuto.
Justo cuando se estaba poniendo interesante, los niños se vieron
arrastrados
por el cuello. Un padre atento.
A Max le caía un hilillo de sangre por la boca.
La probó y le supo bien.
La gente de su barrio no
sabía pelearse y, si alguna vez lo hacía, no
utilizaba los puños. En esa época se decía que los judíos
preferían quedarse
quietos y recibir, que preferían aguantar los
insultos y luego
volver a abrirse
camino hacia lo alto. Es obvio que no todos los judíos son
iguales.
Casi había cumplido
dos años cuando su padre murió; las balas
lo
despedazaron en una verde colina.
Al cumplir los nueve, su madre estaba sumida en la miseria.
Vendió el
estudio de música, que hacía las veces de hogar, y se
trasladaron a casa del tío
de Max. Allí creció junto con seis primos que lo apaleaban, lo
fastidiaban y lo
querían. Las peleas con el mayor, Isaac, fueron un buen
entrenamiento para sus
peleas a puñetazos. Recibía una paliza casi a diario.
Cuando contaba trece años, la tragedia volvió a visitarlos con
la muerte de
su tío.
Como se desprende de las estadísticas, su tío no era un exaltado
como Max,
sino la clase de persona que se desloma por un sueldo irrisorio
sin protestar. Se
lo guardaba todo, se sacrificaba por su familia... y murió de
algo que crecía en
su estómago. Algo parecido a una bola de bolera venenosa.
Como suele ocurrir, la familia se reunió alrededor de la cama y
fue testigo
de su capitulación.
En cierto sentido, entre tanta tristeza y
dolor, Max Vandenburg, en esos
momentos un adolescente de manos endurecidas, ojos oscuros y con
un diente
picado, también estaba un
poco decepcionado, incluso disgustado. Mientras
veía cómo su tío se consumía lentamente en el lecho, decidió que él jamás
moriría así.
El rostro del hombre decía a las claras que se había dado por
vencido.
A pesar de la furiosa arquitectura del cráneo —la interminable mandíbula
que se extendía a lo largo de kilómetros, las mejillas saltonas
y las simas de los
ojos—, estaba tranquilo y
macilento. Parecía tan sereno que al muchacho le
entraron ganas de preguntar algo.
¿Por qué no pelea?, se interrogó.
¿Dónde está la voluntad de seguir adelante?
Cierto, con trece años, tal vez su juicio fuera excesivamente
duro. No había
tenido que mirar a la cara a alguien como yo. Todavía no.
Se unió al corro alrededor
de la cama y vio cómo moría el hombre, cómo
tomaba el desvío seguro de la vida a la muerte. Por la ventana
se colaba una luz
gris y anaranjada, como el color de la piel en verano, y su tío
pareció aliviado
una vez dejó de respirar para siempre.
—Cuando la muerte venga a por mí, sentirá mi puño en su cara —juró el
chico.
A mí, personalmente, me gusta. Esa estúpida gallardía.
Sí.
Me gusta mucho.
Desde entonces
empezó a pelear con mayor
regularidad. Un grupo de
amigos y enemigos acérrimos se reunía en secreto en
Steberstrasse y peleaban
hasta que se hacía de noche. Alemanes arquetípicos, el extraño
judío, los chicos
del Este... Tanto daba.
No había nada mejor que una buena pelea para
desbravar el vigor de la adolescencia. Incluso a los
enemigos apenas los
separaba un paso de la amistad.
Le gustaban los corrillos apretados y lo desconocido.
La agridulce sensación de la incertidumbre:
Ganar o perder.
Lo sentía en el estómago, donde rebullía hasta que ya no podía
soportarlo
más y entonces
el único remedio era arrojarse hacia delante y dar
puñetazos.
Max no era de los que perdiera el tiempo parándose a pensar.
Cuando se ponía
nostálgico, su pelea preferida era el
«combate número
cinco» contra un chico alto, fuerte y larguirucho llamado Walter
Kugler. Tenían
quince años. Walter había ganado los cuatro asaltos previos,
pero esa vez Max
sentía algo distinto. Una nueva savia, que tenía el poder de
asustarlo y a la vez
espolearlo, corría por sus venas: la de la victoria.
Como siempre, un círculo
cerrado se apiñaba a su alrededor. Se
enfrentaban a un suelo polvoriento y a unas sonrisas que se
dibujaban en la cara
de los curiosos. Se
enfrentaban a unos dedos mugrientos
que sujetaban el
dinero y a los
gritos y las
voces llenos de tal vitalidad que no parecía existir
nada más que aquello.
Dios, cuánto miedo y cuánta dicha reunida al mismo tiempo. Qué
bullicio
tan portentoso.
Los dos contrincantes se vieron arrastrados por la pasión del
momento, con
sus rostros marcados
por una expresión acentuada
por la tensión. La
concentración se reflejaba en los ojos bien abiertos.
Tras estudiarse mutuamente, empezaron a acercarse el uno al
otro, a
asumir mayores riesgos. Después de
todo, era una pelea callejera, no
un
combate de una hora por un título. No tenían todo el día.
—¡Vamos, Max! ¡Vamos, Maxi Taxi, ya lo tienes, ya lo tienes,
venga, judío,
ya es tuyo, ya es tuyo! —gritó uno de sus amigos sin detenerse a
respirar ni un
momento.
El oponente le sacaba una cabeza a Max, un crío bajito de suaves
mechones,
nariz rota y ojos cenagosos. El estilo de Max tenía poco de
elegante: inclinado
hacia delante, se abalanzaba sobre el otro
y le lanzaba rápidos puñetazos
al
rostro. Kugler, sin duda más fuerte y diestro, permanecía
erguido y descargaba
derechazos que siempre alcanzaban las mejillas y la barbilla de
Max.
Max siguió atacando.
A pesar del duro castigo que estaba recibiendo, siguió adelante.
La sangre
le corría por los labios y pronto se le secaría en los dientes.
El corro bramó cuando cayó al suelo. El dinero ya estaba pasando
de unas
manos a otras.
Max se levantó.
154
Markus Zusak
La ladrona de libros
Mordió el polvo una vez más antes de cambiar de táctica, para lo
que atrajo
a Walter Kugler un poco más cerca de lo que le hubiera gustado.
Sin embargo,
ya que lo tenía allí,
Max le soltó un
puñetazo corto y
directo en la cara. Hizo
diana. Justo en la nariz.
Kugler, cegado de repente, se tambaleó hacia atrás
y Max aprovechó la
oportunidad que se le presentaba. Lo siguió, se colocó a su
derecha y volvió a
golpearlo; le descargó un puñetazo en las costillas. El
derechazo que acabó con
Kugler lo dirigió
a la barbilla. Walter terminó en
el suelo, con el pelo rubio
salpicado de arena. Tenía
las piernas separadas
en uve y unas
lágrimas, que
parecían de cristal, le resbalaban por la piel a pesar de no
estar llorando. Se las
habían arrancado a golpes.
El corro se puso a contar.
Siempre contaban, por si acaso. Gritos y números.
Según la costumbre,
tras un
combate el perdedor debía
levantar la mano
del vencedor. Cuando
Kugler consiguió enderezarse, se acercó con
resentimiento a Max Vandenburg y alzó su brazo.
—Gracias —dijo Max.
—La próxima vez te mataré —le advirtió Kugler.
En los años venideros, Max Vandenburg
y Walter Kugler
disputarían un
total de trece asaltos. Walter deseaba vengarse de la primera
victoria de Max, y
este ansiaba repetir su momento de gloria. Al final, el marcador
quedó en 10 a 3
a favor de Walter.
Pelearon hasta 1933, recién cumplidos los
diecisiete años. El renuente
respeto se convirtió en sincera amistad, y cesó la necesidad de
pelearse. Ambos
encontraron trabajo, hasta que en 1935 despidieron a Max de la fábrica de
ingeniería Jedermann, junto con los otros judíos. Ocurrió poco
después de que
entraran en vigor
las leyes de Nuremberg, por las
cuales se denegaba a los
judíos la ciudadanía alemana y se les prohibía el matrimonio con
alemanes.
—Jesús, esos sí que eran buenos tiempos, ¿eh?
—comentó Walter una
noche, cuando se
encontraron en el pequeño rincón donde
solían pelear—.
Estas cosas no pasaban antes. —Le dio una palmada con el revés
de la mano a
la estrella que Max llevaba en la manga—. Ahora ya no podríamos
pelear como
antes.
—Sí, sí que
podríamos —lo corrigió
Max—. No puedes casarte con un
judío, pero no hay ninguna ley que prohíba pelearse con uno.
Walter sonrió.
—Seguro que hay una ley que lo premia, siempre que le ganes.
155
Markus Zusak
La ladrona de libros
A partir de entonces fueron viéndose, como mucho, de manera
esporádica.
Max se sentía constantemente rechazado y a menudo pisoteado,
como el resto
de los judíos, mientras a Walter lo absorbía su trabajo. En una
imprenta.
Por si acaso eres de esos a los que les gusta esa clase de
detalles, sí, hubo
algunas chicas en aquellos años. Una se llamaba Tania, la otra
Hildi. Ninguna
de las dos le duró. No había tiempo, puede que fuera debido a la
incertidumbre
y a la presión cada vez más acusada. Max tenía que escarbar
entre los desechos
en busca de trabajo. ¿Qué podía ofrecer a las chicas? En 1938
era difícil imaginar
que la vida pudiera empeorar.
Y entonces llegó el 9 de noviembre. Kristallnacht. La
Noche de los Cristales
Rotos.
Ese incidente destrozó la vida a muchos de sus amigos judíos; en
cambio,
resultó providencial para Max Vandenburg. Tenía veintidós años.
Muchos establecimientos
judíos estaban sufriendo
asaltos y saqueos
quirúrgicos cuando oyeron el martilleo de unos nudillos en la
puerta del piso.
Max se reunió en el comedor junto con su tía, su madre, sus
primos y los hijos
de estos.
—Aufmachen!
Intercambiaron una mirada
y sintieron la tentación de salir corriendo a
esconderse en las habitaciones; sin embargo, el temor es una
emoción de lo más
extraña: no podían moverse.
De nuevo:
—¡Abran!
Isaac se levantó y se
dirigió a la puerta. La madera estaba viva, todavía
vibraba por la paliza que
le acababan de dar. Volvió la vista hacia los rostros
visiblemente atemorizados, giró la llave y abrió la puerta.
Como era de esperar, un nazi. De uniforme.
—Nunca.
Fue la primera respuesta de Max.
Se aferró a la mano de su
madre y a la de Sarah, la prima que
tenía más
cerca.
—No me iré. Si no vamos todos, yo tampoco voy.
Mentía.
Cuando el resto de la
familia lo echó a empujones,
un alivio obsceno le
revolvió las tripas. Era algo que no deseaba sentir y, sin
embargo, tanto era el
entusiasmo que le
entraron ganas de vomitar. ¿Cómo podía hacerlo? ¿Cómo
podía hacerlo?
No obstante, lo hizo.
156
Markus Zusak
La ladrona de libros
—No te lleves nada, sólo
lo puesto —le aconsejó
Walter—. Ya te daré lo
demás.
—Max —lo llamó su madre. La mujer sacó un viejo papel de un
cajón y se
lo metió en el bolsillo de la
chaqueta—. Si alguna vez... —Lo cogió
por los
codos, por última vez—. Esta podría ser tu última esperanza.
La miró a la ajada cara y la besó en los labios, con fuerza.
—Vamos. —Walter tiró de él, mientras el resto de la familia se
despedía y le
entregaba dinero y
objetos valiosos—. Ahí fuera es
un caos y
eso es
precisamente lo que necesitamos.
Se fueron, sin mirar atrás.
Eso lo torturaba.
Ojalá se hubiera vuelto una última vez hacia su familia cuando
abandonaba
el piso. Quizá el sentimiento
de culpabilidad no habría sido
tan hondo. No
hubo última despedida.
No hubo mirada a la que aferrarse.
Sólo hubo partida.
Los dos años siguientes permaneció
oculto en un almacén vacío
de un
edificio en el que Walter
había trabajado años atrás. La
comida escaseaba. La
desconfianza abundaba. Los
judíos con dinero que quedaban en el barrio
emigraban. Los judíos sin dinero intentaban emularlos, sin
demasiado éxito. La
familia de Max pertenecía
a la última categoría. De vez en cuando, Walter
comprobaba cómo estaban, intentando levantar
las mínimas sospechas. Una
tarde, mientras los visitaba, alguien llamó a la puerta.
Cuando Max oyó lo sucedido, sintió que su cuerpo se arrugaba y
se hacía
una pelota, como una
página llena de tachones arrojada a la papelera. Como
basura.
Sin embargo, día tras día
conseguía estirarse y alisarse,
indignado y
agradecido. Destrozado, pero no hecho pedazos.
A mediados de 1939, algo
más de seis meses
después de esconderse,
decidieron que había que tomar nuevas medidas. Analizaron el
papel que Max
recibió el día del abandono. Exacto, abandono, no sólo huida.
Así era como él lo
veía, sumido en su
esperpéntico alivio. Ya sabemos qué
había escrito en ese
pedazo de papel:
UN NOMBRE, UNA DIRECCIÓN
Hans Hubermann
Himmelstrasse 33, Molching
157
Markus Zusak
La ladrona de libros
—La cosa se está poniendo fea y
podrían descubrirnos en cualquier
momento —le comentó Walter
a Max, que se encogió en la
oscuridad—. No
sabemos lo que puede
ocurrir. ¿Y si
me cogen? ¿Y si al
final tienes que
encontrar ese lugar...? No me atrevo a pedir ayuda a nadie de
por aquí, podrían
delatarme. —Sólo había una solución—. Iré a buscar a ese hombre.
Si ahora es
nazi, algo bastante probable, daré media vuelta, pero al menos
habremos salido
de dudas, richtig?
Max le entregó hasta el último penique para que pudiera hacer el viaje y,
pocos días después, al regreso de Walter,
se abrazaron antes de que este
recobrara el aliento.
—¿Y?
Walter asintió con la cabeza.
—Todo correcto. Todavía
toca el acordeón del que te habló tu madre... El
de tu padre. No es miembro del partido, y me dio dinero. —Por
entonces, Hans
Hubermann no era más que un listado—. Es bastante pobre, está
casado y tiene
una hija.
Eso avivó aun más la curiosidad de Max.
—¿De qué edad?
—Diez años. No se puede tener todo.
—Ya. Los niños suelen irse de la lengua.
—Por ahora tenemos suerte.
Permanecieron unos instantes sentados en silencio. Max lo
rompió.
—Debe de odiarme, ¿verdad?
—No creo. Me dio dinero, ¿no? Dijo que una promesa era una
promesa.
Una semana después
llegó una carta en la que Hans
informaba a Walter
Kugler de que intentaría
enviarle lo que fuera siempre que
pudiera. Contenía
un mapa del tamaño de una página de Molching y del extrarradio
de Munich,
además de una ruta directa desde Pasing (la estación de tren más
segura) hasta
la puerta de su casa. En la carta, las últimas palabras eran
claras: «Ten cuidado».
A mediados de 1940 llegó el Mein Kampf con una llave
pegada en el interior
de la cubierta.
Max pensó que
ese hombre era un genio, pero
no consiguió reprimir
un
escalofrío cuando pensó
en lo que supondría viajar hasta Munich. Lo que
deseaba, junto con todo lo que eso implicaba, era no tener que
hacer el viaje.
No siempre se consigue lo que se desea.
Sobre todo en la Alemania nazi.
Una vez más, el tiempo pasó.
158
Markus Zusak
La ladrona de libros
La guerra se extendió.
Max siguió oculto al mundo en otra habitación vacía. Hasta lo
inevitable.
A Walter le notificaron
que iban a enviarlo a Polonia para
reafirmar la
autoridad alemana, tanto
sobre los polacos
como sobre los
judíos. Todos eran
iguales. Había llegado el momento.
Max viajó a Munich y a Molching, y ahora estaba sentado en la
cocina de
un extraño, solicitándole
una ayuda que anhelaba y sufriendo por la
condena
que creía merecer.
Hans Hubermann le estrechó la mano y se presentó.
Le preparó un café en la oscuridad.
La niña se había ido hacía un buen rato, pero unos nuevos pasos
se habían
acercado a recibirlo. Las cartas ya estaban boca arriba.
La oscuridad los aislaba por completo. Se miraron fijamente.
Sólo habló la
mujer.
159
Markus Zusak
La ladrona de libros
La ira de Rosa
Liesel había
retomado el sueño cuando
la inconfundible voz de Rosa
Hubermann irrumpió en la cocina y la despertó del susto.
—Was ist los?
En esos momentos
sintió una irrefrenable
curiosidad, mientras imaginaba
el sermón instigado por la ira de Rosa. Oyó que alguien se movía
y arrastraba
una silla.
Al cabo de diez minutos de insoportable disciplina, Liesel salió
al pasillo y
lo que vio la dejó
maravillada: Rosa Hubermann
estaba junto a Max
Vandenburg mirando cómo
este engullía su infame sopa de
guisantes. Había
una vela sobre la mesa. No se agitaba.
Rosa estaba muy seria.
Su rechoncha figura desbordaba preocupación.
Aunque, en cierto modo,
también tenía una expresión triunfal,
y no se
trataba del júbilo de haber salvado a otro ser humano de la
persecución a la que
estaba sometido, sino de algo parecido a un: «¿Lo ves?, al menos
él no se queja».
Su mirada iba de la sopa al judío, y de nuevo a la sopa.
Cuando volvió a hablar, sólo le preguntó si quería más.
Max declinó la oferta y
en su lugar prefirió salir
corriendo hacia el
fregadero y ponerse a
vomitar. Su espalda se convulsionaba. Tenía los brazos
separados. Sus dedos se aferraban al metal.
—Jesús, María y José —farfulló Rosa—. Otro igual.
Max se volvió y se disculpó con una voz pringosa, apenas
audible, corroída
por el ácido.
—Discúlpeme, creo que he
comido demasiado. Ha pasado mucho
tiempo
desde la última vez que mi estómago... Creo que no ha podido...
—Sal de ahí —le ordenó Rosa, y se puso a limpiar.
Cuando terminó,
encontró al joven sentado a la mesa de la cocina,
taciturno. Hans estaba enfrente, con las manos entrelazadas
sobre la superficie
de madera.
160
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel alcanzó a ver desde el pasillo el rostro demacrado
del forastero y,
detrás de él, una expresión de preocupación garabateada en el de
su madre.
Miró a los que la habían acogido.
¿Quiénes eran?
161
Markus Zusak
La ladrona de libros
La charla de Liesel
Definir qué tipo de personas eran Hans y Rosa Hubermann es uno
de los
problemas más difíciles de solucionar. ¿Gente amable? ¿Gente profundamente
ignorante? ¿Gente de salud mental cuestionable?
Definir el aprieto en que se habían metido resultaba más
sencillo.
LA SITUACIÓN DE HANS
Y ROSA HUBERMANN
Bastante, bastante peliaguda.
De hecho, tremendamente peliaguda.
Cuando un judío aparece en tu casa de madrugada, en la mismísima
cuna
del nazismo, es más que probable que experimentes niveles
extremos de
desasosiego. Angustia, incredulidad, paranoia... Todas
desempeñan su papel y
todas desembocan en la
secreta sospecha de que las
consecuencias que
aguardan no son demasiado halagüeñas. El miedo resplandece.
Deslumbra.
Por sorprendente que parezca, ha de admitirse que, a pesar del miedo
iridiscente que relucía
en la oscuridad, consiguieron controlar el embate de la
histeria.
Rosa le ordenó a Liesel que se fuera.
—Bett, Saumensch —dijo con voz tranquila, pero firme. Muy poco
habitual.
Hans apareció al cabo de unos minutos y retiró las sábanas de la
otra cama.
—Alles gut, Liesel? ¿Todo bien, Liesel?
—Sí, papá.
—Como ves, tenemos visita. —Liesel sólo adivinaba el contorno de
la talla
de Hans Hubermann en la oscuridad—. Esta noche dormirá aquí.
—Sí, papá.
Minutos después, Max Vandenburg aparecía en la habitación,
silencioso y
opaco. El hombre no respiraba. No se movía. Sin embargo, se las
ingenió para
salvar la distancia que separaba la puerta de la cama y meterse
bajo las sábanas.
162
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Todo bien? —volvió a preguntar Hans, esta vez a Max.
La respuesta salió flotando de sus labios y adoptó la forma de
una mancha
en el techo. Tal era la vergüenza que lo embargaba.
—Sí, gracias.
Volvió a repetirlo cuando Hans se dirigió hacia su asiento
habitual, junto a
la cama de Liesel. «Gracias.»
Habría de transcurrir una hora para que Liesel se rindiera al
sueño. Durmió
larga y profundamente.
Una mano la despertó a la mañana siguiente pasadas las ocho y
media.
La voz al final de la mano le informó de que aquel día no iría
al colegio. Por
lo que le dijeron, estaba enferma.
Cuando se desperezó del todo, miró al extraño de la cama de
enfrente. Por
la manta sólo asomaba un arrebujo de pelo aplastado hacia un
lado. No hacía
ruido, como si hubiera aprendido a dormir en silencio. Pasó
junto a él con sumo
cuidado y siguió a su padre al vestíbulo.
Por primera vez en su vida, la cocina y su madre todavía no
habían entrado
en ebullición. Estaban envueltas
en una especie de silencio
inaugural algo
desconcertado. Para alivio de Liesel, sólo duró unos minutos.
Se oía el rumor de las bocas masticando.
Rosa anunció las prioridades del día.
—Escucha, Liesel, tu padre va a decirte algo —la informó,
sentándose a la
mesa. Aquello iba en
serio, ni siquiera había utilizado un Saumensch,
todo un
reto personal de
abstinencia—. Y quiero que lo
escuches con atención, ¿está
claro?
La niña todavía estaba tragando.
—¿Está claro, Saumensch?
Eso estaba mejor.
La niña asintió con la cabeza.
Cuando Liesel volvió a entrar
en el dormitorio para coger su ropa, el
cuerpo de la otra cama se había dado la vuelta y estaba hecho un
ovillo. Ya no
era un tronco largo, sino
algo con forma de zeta
atravesado en diagonal.
Zigzagueando la cama.
Le vio el rostro bajo la luz mortecina. Tenía la boca abierta y
su tez era del
color de las cáscaras
de huevo. Unos pelillos le cubrían la
mandíbula y la
barbilla. Tenía las orejas
duras y pegadas
al cráneo, y la nariz pequeña pero
deformada.
—¡Liesel!
163
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se volvió.
—¡Mueve el culo!
Lo movió, derecha al lavabo.
En cuanto se cambió
y salió al vestíbulo, se dio
cuenta de que no iba a ir
muy lejos: su padre estaba ante la puerta del sótano,
sonriéndole ligeramente.
Encendió la lámpara y la llevó abajo.
Hans la invitó a que se pusiera cómoda entre las montañas
de sábanas
viejas y el olor
a pintura. En las
paredes refulgían las palabras
pintadas que
había aprendido tiempo atrás.
—Tengo que decirte algo.
Liesel se sentó sobre una montaña de un metro hecha con sábanas
viejas y
su padre en un bote de
pintura de quince litros. Hans estuvo
buscando las
palabras unos minutos. Cuando por
fin acudieron a él, se levantó
para
entregárselas y se frotó los ojos.
—Liesel, nunca estuve seguro
de si esto llegaría a ocurrir, por eso no
te
hablé... —confesó con voz queda—. De mí. Del hombre de arriba.
Empezó a pasear por el
sótano arriba y
abajo. La lámpara ampliaba su
sombra en la pared y
lo convertía en un gigante
que caminaba de un
lado al
otro.
Cuando se detuvo, la
sombra se cernió sobre él, vigilante. Siempre había
alguien vigilando.
—¿Sabes la historia de mi acordeón? —preguntó, y ahí empezó a
contar.
Le habló de la Primera Guerra Mundial y de Erik Vandenburg, y
luego de
la visita a la mujer del soldado caído.
—El niño que entró en la
habitación aquel día es el
hombre de arriba.
Verstehst? ¿Lo entiendes?
La ladrona de libros
escuchaba la historia de Hans
Hubermann.
Transcurrió una buena hora hasta que llegó el momento
de la verdad, que se
tradujo en una obvia y necesaria charla.
—Liesel, escúchame bien.
Su padre la hizo levantar y le cogió la mano.
Estaban de cara a la pared.
Formas oscuras, y el ejercicio de las palabras.
Hans le apretaba los dedos con fuerza.
164
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Recuerdas el cumpleaños del Führer, cuando volvimos a casa la
noche
de la hoguera? ¿Recuerdas lo que me prometiste?
La niña asintió.
—Que guardaría un secreto —contestó a la pared.
—Eso es. —Las palabras
pintadas se distribuían entre
las sombras de las
manos entrelazadas, apoyadas
en sus hombros, descansando en sus
cabezas y
colgándoles de los brazos—. Liesel, si le hablas a alguien del
hombre de arriba,
todos nos veremos en
un serio
aprieto. —Caminaba por la cuerda
floja,
oscilando entre
aterrorizarla hasta los tuétanos y tranquilizarla lo suficiente
para que no perdiera la calma. Le dio de comer las frases y la
observó con su
mirada metálica. Desesperación y
serenidad—. A tu madre y a mí se
nos
llevarían seguro.
A Hans le preocupaba pasarse de la raya, pero calculó el riesgo
y prefirió
equivocarse y pecar de más que de menos. La complicidad de la
niña debía ser
absoluta e inequívoca.
Acercándose al final,
Hans Hubermann miró a
Liesel Meminger y
comprobó que estuviera atenta.
Le recitó una lista de consecuencias.
—Si le hablas a alguien de ese hombre...
Su profesora.
Rudy.
Daba igual quién fuera.
Lo importante era que todos podían ser castigados.
—Para empezar, me llevaré todos y cada uno de tus libros... y
los quemaré.
—Qué crueldad—. Los arrojaré a los fogones o a la chimenea.
—Actuaba como
un tirano, pero era necesario—. ¿Entendido?
La conmoción abrió un agujero en ella, muy limpio, muy preciso.
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Sí, papá.
—Siguiente. —Debía mantenerse firme, y tuvo que hacer un gran
esfuerzo
para conseguirlo—. Te apartarán de mi lado. ¿Eso te gustaría?
Liesel se echó a llorar en serio.
—Nein.
—Bien. —Le apretó aún más la mano—. Se llevarán a ese hombre y
tal vez
a mamá y a mí también... Y nunca, nunca más volveríamos.
Con eso fue suficiente.
La niña se puso a
sollozar tan desesperadamente que
Hans apenas pudo
refrenar el deseo de atraerla hacia él y estrecharla con fuerza
entre sus brazos.
165
Markus Zusak
La ladrona de libros
No lo hizo, sino que se agachó y la miró
a los ojos para dejar
escapar las
palabras más suaves que le había dirigido hasta el momento: Verstehst
du mich?
¿Me entiendes?
La niña asintió con la cabeza. Lloraba y, ahora sí, desarmada y
deshecha, su
padre la abrazó en el ambiente teñido de pintura y luz de
queroseno.
—Lo entiendo, papá, de verdad.
El cuerpo de su padre
amortiguó su voz. Permanecieron abrazados
un
buen rato, Liesel con la respiración entrecortada y su padre acariciándole la
espalda.
Cuando subieron,
encontraron a Rosa sentada en la cocina,
sola y
pensativa. Se levantó al verlos y le hizo un gesto a Liesel para
que se acercara,
reparando en las lágrimas secas que le veteaban la cara. Atrajo
a la niña hacia sí
y la envolvió en un rudo abrazo típico de ella.
—Alles gut, Saumensch?
No necesitaba una respuesta.
Todo iba bien.
Pero era terrible.
166
Markus Zusak
La ladrona de libros
El dormilón
Max Vandenburg durmió tres días seguidos.
Liesel lo observó durante ciertos pasajes de ese sueño. En
realidad podría
decirse que, al tercer
día, mirarlo y comprobar
si seguía respirando se había
convertido en una
obsesión. Había aprendido a interpretar
las señales que le
indicaban que estaba vivo, desde el temblor de los labios y el
hormigueo de la
barba hasta el
imperceptible estremecimiento de
sus cabellos como ramas
cuando movía la cabeza en medio de una pesadilla.
A menudo, cuando lo vigilaba, la asaltaba la mortificante
sensación de que
el hombre se acababa de despertar, que había abierto los ojos de
repente y se la
había encontrado, que la veía mirándolo. La idea de que la
pillara la torturaba y
la emocionaba por igual. Lo temía. Lo deseaba. Hasta que su
madre la llamaba,
era incapaz de apartarse de la cama, aliviada y decepcionada al
mismo tiempo
por no estar allí en el momento en que despertase.
A veces, cerca ya del final del maratón de sueño, hablaba.
Murmuró una retahíla de nombres. Un repaso a la lista:
Isaac, la tía Ruth, Sarah, mamá, Walter, Hitler.
Familia, amigos, enemigos.
Todos lo acompañaban bajo las sábanas. En cierta ocasión dio la
impresión
de estar peleándose consigo mismo.
—Nein —susurró. Lo repitió siete veces—. No.
En una de sus guardias, Liesel empezó a notar las similitudes
que existían
entre el extraño y ella. Ambos llegaron muy agitados a
Himmelstrasse. Ambos
sufrían pesadillas.
Llegado el momento, se
despertó con el desagradable
estremecimiento de
la desorientación. Abrió la boca un instante después que los
ojos y se enderezó,
en ángulo recto.
—¡Ay!
Un retazo de voz se le escapó de la boca.
167
Markus Zusak
La ladrona de libros
Cuando vio el rostro
de una niña, al revés, encima de él, sintió una
repentina inquietud
por la extrañeza del entorno
y se aferró a los
recuerdos
para descifrar cuándo y dónde estaba sentado. Al cabo de unos
instantes, se las
apañó para rascarse la cabeza (un susurro de ramas) y la miró.
Sus movimientos
eran fragmentados y,
ahora que los tenía abiertos, la niña
comprobó que sus
ojos eran cenagosos y marrones. Espesos, densos.
Liesel retrocedió en un acto reflejo.
Fue demasiado lenta.
El extraño sacó una mano de debajo de las
sábanas todavía caliente, y la
cogió por el brazo.
—Por favor.
Su voz también la atrapó, como si tuviera uñas. Se la clavó en
la carne.
—¡Papá! —gritó.
—¡Por favor! —susurró.
Caía la tarde, gris y satinada, pero a la habitación sólo tenía
acceso una luz
de color sucio. La tela de las cortinas no permitía más. Si eres
de los optimistas,
imagínatela de bronce.
Cuando entró Hans, se quedó en la puerta y vio los dedos
agarrotados de
Max Vandenburg y su rostro desesperado. Ambos se negaban a
soltar el brazo
de Liesel.
—Veo que ya os conocéis —dijo.
Los dedos de Max empezaron a relajarse.
168
Markus Zusak
La ladrona de libros
El intercambio de pesadillas
Max Vandenburg prometió que no volvería a dormir en el cuarto de
Liesel.
¿En qué estaría pensando la noche que llegó? La sola idea lo
martirizaba.
Reflexionó y
concluyó que únicamente el desconcierto
que arrastraba
aquella noche lo había
animado a tomarse tal libertad. Por lo que
a él
respectaba, el sótano era el único lugar que merecía. Qué más
daba el frío y la
soledad. Era judío, y si
algún lugar le estaba destinado ese era un
sótano o
cualquier otro rincón escondido donde sobrevivir.
—Lo siento —admitió ante Hans y Rosa, en los escalones del
sótano—. De
ahora en adelante me quedaré aquí abajo. No me oirán. No haré
ruido.
Hans y Rosa, ambos sumidos en la desesperación por el aprieto en
que se
encontraban, no protestaron, ni siquiera conscientes del frío
que hacía allí abajo.
Vaciaron los
armarios de mantas y llenaron la lámpara de queroseno. Rosa
confesó que la comida tal
vez escaseara, ante lo que Max
le suplicó que le
llevara sólo las sobras, y únicamente cuando nadie más las
quisiera.
—Ni hablar —protestó Rosa—, te daré de comer como pueda.
Incluso bajaron el
colchón de la cama supletoria del
dormitorio de Liesel.
Lo sustituyeron por sábanas viejas. Un negocio redondo.
Hans y Max
colocaron el colchón debajo de
los escalones y a
un lado
levantaron una pared con sábanas viejas lo bastante alta para
ocultar la entrada
triangular. Así al menos
Max podía apartarlas con facilidad si necesitaba un
poco de aire.
Hans se disculpó.
—Esto es muy triste, lo sé.
—Es mejor que nada, más de lo que me merezco —aseguró Max.
Con varios botes de pintura bien dispuestos, Hans reconoció
que solo
parecía una serie de trastos amontonados en un rincón para que
no molestaran.
El único problema era que sólo había que mover unos cuantos
botes y retirar un
par de sábanas para oler al judío.
—Esperemos que sea suficiente —suspiró.
169
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Tendrá que serlo. —Max entró a gatas—. Gracias —repitió.
«Gracias.»
Para Max Vandenburg,
quizá esa era la palabra más penosa que
podía
pronunciar, rivalizando
únicamente con un «Lo
siento». Sentía una necesidad
acuciante de utilizar ambas expresiones, azuzado por el peso de
la culpa.
¿Cuántas veces, en
las pocas horas
que llevaba despierto, había
tenido
ganas de salir del sótano y abandonar la casa? Probablemente
centenares.
Sin embargo, no era más que una punzada.
Y eso lo hacía aún peor.
Quería salir de allí —Dios, cómo lo deseaba (o al menos quería
desearlo)—,
pero sabía que no lo haría. Le recordaba mucho a cómo había
abandonado a su
familia en Stuttgart, envuelto en falsa lealtad.
Para vivir.
Vivir era vivir.
El precio era la culpa y la vergüenza.
Durante los primeros días en el sótano, Liesel lo ignoró por
completo, negó
su existencia. El crujir del pelo y los fríos y resbaladizos
dedos. Su atormentada
presencia.
Mamá y papá.
Entre ellos se habían
instalado un montón de decisiones por
tomar y una
gran circunspección.
Se plantearon si podrían llevárselo a otro lado. —Pero ¿adónde?
Sin respuesta.
Estaban solos y se sentían atados de manos. Max
Vandenburg no tenía
adonde ir, sólo a ellos, a Hans y a Rosa Hubermann. Liesel nunca
los había visto
mirarse tanto o con tanta solemnidad.
Ellos le bajaban la comida y se ocuparon de encontrar un cubo de
pintura
para los excrementos de Max, de cuyo contenido
Hans se deshacía con la
prudencia necesaria. Rosa también le bajó unos cubos de agua
caliente para que
se aseara. El judío apestaba.
Fuera, el frío aire de noviembre esperaba en la puerta de casa
cada vez que
Liesel salía.
Caían chuzos de punta.
Las hojas muertas se desplomaban en la calzada.
170
Markus Zusak
La ladrona de libros
Poco después, a la ladrona de libros le llegó el turno de visita
al sótano. La
obligaron.
Bajó los escalones con sumo
cuidado, sabiendo que no eran necesarias las
palabras, pues el roce de los pies era suficiente para
despertarlo.
Se quedó esperando en medio del sótano con la sensación de
encontrarse en
el centro de un enorme campo
crepuscular. El sol se ponía detrás
de una
cosecha de sábanas viejas.
Cuando Max salió, llevaba el Mein
Kampf en la mano. A su
llegada se lo
había querido devolver a Hans Hubermann, pero este le había
dicho que se lo
quedara.
Lógicamente, Liesel, cargada con la comida, no pudo
quitarle la vista de
encima al libro. Lo había visto varias veces en la BDM, pero ni
lo habían leído ni
lo habían utilizado para sus actividades. De vez en cuando
hacían referencia a
su importancia y les
prometían que en un futuro tendrían la
oportunidad de
estudiarlo, a medida que progresaran en las Juventudes
Hitlerianas.
Max, siguiendo su mirada, también observó el libro.
—¿Es... ? —susurró Liesel con un extraño y agitado hilo de voz.
El judío acercó la cabeza hacia ella un poco más.
—Bitte? ¿Perdona?
Liesel le tendió la sopa
de guisantes y, sonrojada, volvió arriba
a todo
correr, sintiéndose ridícula.
—¿Es bueno?
Practicó lo que habría querido decirle ante
el pequeño espejo del baño.
Todavía no se había desprendido del olor a orina, ya que Max
acababa de usar
el bote de pintura cuando ella bajó. So ein G'schtank,
pensó. Qué peste.
La orina de los demás no huele tan bien como la de uno.
Los días transcurrieron a trompicones.
Todas las noches, antes
de caer en las garras
del sueño, oía hablar a sus
padres en la cocina sobre lo que habían hecho, lo que estaban
haciendo y lo que
irremediablemente iba a suceder. La imagen de Max revoloteaba a
su lado todo
el tiempo, siempre con la misma expresión dolida y
agradecida, y los ojos
cenagosos.
Sólo una vez hubo un conato de discusión en la cocina.
Papá.
—¡Ya lo sé! —exclamó con voz áspera, aunque consiguió contenerla
en un
apresurado y apagado
susurro—, pero tengo que ir. Al menos unos días a
la
semana, no puedo estar aquí a todas horas. Necesitamos el dinero
y si dejo de
tocar empezarán a sospechar, se preguntarán por qué lo he
dejado. La semana
171
Markus Zusak
La ladrona de libros
pasada les dije que
estabas enferma, pero tenemos
que comportarnos como lo
hemos hecho hasta ahora.
Ahí radicaba el problema.
La vida había dado un
giro de ciento ochenta grados y, sin embargo, era
esencial que actuaran como si nada hubiera ocurrido.
Imagínate que tienes que sonreír
después de recibir un
bofetón. Y luego
imagínate que tienes que hacerlo las veinticuatro horas del día.
En eso consistía ocultar a un judío.
A medida que los
días fueron convirtiéndose en
semanas, empezó a
respirarse, aunque sólo
fuera eso, una resignada aceptación de lo que había
sucedido hasta el
momento: las consecuencias de la guerra, un hombre de
palabra y un acordeón. Además, en el espacio de poco más de
medio año, los
Hubermann habían
perdido un hijo
y habían ganado un
sustituto que
arrastraba un peligro de proporciones épicas.
Lo que más sorprendía a Liesel era el cambio experimentado en su
madre.
Ya fuera por el modo en que calculaba y dividía las raciones o
por lo que debía
de costarle amordazar su
afilada lengua, incluso por la lisura de su expresión
acartonada, una cosa quedaba clara.
UNA VIRTUD DE
ROSA HUBERMANN
Era una mujer de gran valor en momentos difíciles.
Incluso cuando la artrítica Helena Schmidt dejó de contar con
sus servicios
de colada y plancha un mes después de la llegada de Max a
Himmelstrasse, ella
se limitó a sentarse a la mesa y a acercarle el plato.
—Esta noche la sopa me ha salido buena.
La sopa sabía a rayos.
Siempre que Liesel se iba al colegio por las mañanas, o en los días que se
aventuraba a salir a
jugar al fútbol o a acabar
la ronda de la colada, Rosa le
decía en voz baja:
—Y, Liesel, recuerda... —Se llevaba un dedo a
los labios y eso era todo.
Cuando Liesel asentía, añadía—: Buena chica, Saumensch,
ahora, en marcha.
Fiel a la palabra que le había dado a su padre, y ahora además a
la dada a
su madre, era una buena chica. Mantenía la boca cerrada allí
donde iba. Llevaba
el secreto enterrado muy adentro.
Como siempre, seguía
paseándose por la ciudad con Rudy,
oyéndole
charlar. A veces cambiaban impresiones sobre las divisiones de
las Juventudes
Hitlerianas a las que pertenecían, y Rudy le habló por primera
vez de un joven
172
Markus Zusak
La ladrona de libros
y sádico cabecilla llamado Franz
Deutscher. Cuando Rudy no
comentaba el
fanatismo de Deutscher, se deleitaba en la marca que él mismo
acababa de batir,
amenizándola con interpretaciones y
recreaciones del último gol que se había
apuntado en el estadio de fútbol de Himmelstrasse.
—Que ya lo sé —aseguraba Liesel—. Estaba allí.
—¿Y qué?
—Pues que lo vi, Saukerl.
—¿Y yo qué sabía? Igual estabas tirada en el suelo, mordiendo el
polvo que
dejé atrás al marcar.
Tal vez gracias a
Rudy —a su locuacidad, su cabello
empapado de
limonada y su petulancia— Liesel no perdió la razón.
Rebosaba una confianza infinita en la vida, que aún tenía por una broma:
una interminable sucesión de goles, robos y
un repertorio interminable de
cháchara banal.
Además, también estaba la mujer del alcalde y la lectura en la
biblioteca de
su marido. A esas alturas
del año allí dentro empezaba a hacer bastante
frío,
cada vez más y, a
pesar de todo, Liesel no podía
mantenerse alejada. Escogía
varios libros y leía breves párrafos de cada uno, hasta que una
tarde encontró
uno que no pudo dejar. Se titulaba El hombre que
silbaba. En un principio, los
encuentros esporádicos con el hombre que silbaba de
Himmelstrasse, Pfiffikus,
la llevaron a interesarse por
el libro. Todavía lo recordaba
encorvado con su
abrigo, y su aparición en la hoguera el día del cumpleaños del
Führer.
Lo primero que ocurría en el libro era un asesinato. Un
apuñalamiento. Una
calle de Viena. Cerca de la Stephansdom, la catedral de la
plaza.
BREVE PASAJE DE «EL HOMBRE
QUE SILBABA»
«Estaba tendida en un charco de sangre, asustada, y una
extraña cantinela bailaba en su cabeza. Recordó el cuchillo,
dentro y fuera, y una sonrisa. Como siempre, el hombre que
silbaba había sonreído al huir hacia la oscura y ensangrentada
noche...»
Liesel no supo si fueron las palabras o la ventana abierta lo
que hizo que se
estremeciera. Cada vez que iba
a entregar o a recoger
la colada a casa del
alcalde, leía tres páginas y temblaba, pero no podía seguir así.
Tampoco Max Vandenburg soportaría el sótano mucho más tiempo. No
se
quejaba —no tenía derecho a hacerlo—, pero sentía cómo
empeoraba un día
173
Markus Zusak
La ladrona de libros
tras otro, asolado por el frío. Al final, su salvación fue la
lectura y la escritura, y
un libro titulado El hombre que se encogía de hombros.
—Liesel —la llamó su padre una noche—. Vamos.
Desde la llegada de Max,
Liesel había dejado de leer con su
padre, y era
evidente que Hans consideró
que había llegado el momento
de retomar la
costumbre.
—Na, komm —dijo—. No quiero que aflojes el ritmo. Ve a
buscar uno de tus
libros. ¿Qué te parece El hombre que se encogía de hombros?
La inquietó que, al
volver con el libro
en la mano, su padre le hiciera
un
gesto para que lo siguiera al antiguo taller: el sótano.
—Pero papá, no podemos... —intentó decirle.
—¿Qué? ¿Es que hay monstruos ahí abajo?
Estaban a principios de diciembre y el día había sido gélido. El
sótano iba
haciéndose menos acogedor a cada escalón de cemento que bajaban.
—Hace mucho frío, papá.
—Eso no te preocupaba antes.
—Ya, pero nunca había hecho tanto frío...
—¿Te importa que utilicemos la lámpara, por favor? —le preguntó
Hans a
Max cuando llegaron.
Asustados, los botes y las sábanas se hicieron a un lado y la
luz cambió de
manos. Hans miró la
llama y negó con
la cabeza, acompañándola de unas
palabras.
—Es ist ja Wahnsinn, net? Esto es de
locos, ¿no? —Antes de que la mano de
dentro tuviera
tiempo de recolocar las
sábanas, Hans la apresó—. Max,
sal tú
también, por favor.
Atemorizadas, las
sábanas viejas se apartaron a un lado y
aparecieron el
cuerpo y el rostro
demacrados de Max Vandenburg. Se estremeció bajo
la
húmeda luz, con un mágico desasosiego.
Hans le tocó el brazo para que se acercara.
—Jesús, María y José, no puedes seguir aquí abajo, acabarás
congelado. —
Se volvió—. Liesel, llena la bañera. No demasiado caliente,
hasta que esté tibia.
Liesel subió corriendo.
—Jesús, María y José, volvió a oír desde el vestíbulo.
Cuando Max estaba en la bañera del tamaño de una jarra de
cerveza, Liesel
pegó la oreja a la puerta
del baño, e imaginó el agua tibia
convirtiéndose en
vapor al calentar su cuerpo
de carámbano. Sus padres estaban en el punto
álgido de una discusión,
en el dormitorio que hacía las veces
de comedor. La
pared del pasillo retenía los susurros.
174
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Ahí abajo se morirá, hazme caso.
—Pero ¿y si lo ve alguien?
—No, no, sólo subirá de
noche. Durante el día lo dejaremos
todo abierto,
como si no tuviéramos
nada que esconder. Y utilizaremos
esta habitación en
vez de la cocina. Lo mejor es mantenerse lejos de la puerta de
casa.
Silencio.
A continuación, la madre:
—Está bien... Sí, tienes razón.
—Si nos la hemos de jugar por un judío —añadió el padre al cabo
de unos
instantes—, preferiría hacerlo por uno vivo.
Y a partir de ese momento se estableció una nueva rutina.
Todas las noches
encendían la chimenea en la
habitación de los padres y
Max aparecía, en silencio. Se sentaba en un rincón, encogido y desconcertado,
seguramente por la
bondad de esa gente, por el reconcomio
de haber
sobrevivido y, sobre todo, por el resplandor del calor.
Con las cortinas cerradas
a cal y canto, dormía en el suelo
con un cojín
debajo de la cabeza mientras el fuego se extinguía y se
convertía en cenizas.
Por la mañana regresaba al sótano.
Un humano sin voz.
La rata judía de nuevo en su agujero.
La Navidad pasó y dejó
atrás el tufo de
un nuevo peligro. Tal
como
imaginaban, Hans
hijo no apareció por
casa (un alivio, aunque también una
decepción que no presagiaba nada bueno), pero Trudy se presentó como
siempre. Por suerte, todo fue como la seda.
LAS CUALIDADES DE LA SEDA
Max permaneció en el sótano.
Trudy entró y salió sin sospechar nada.
Decidieron que a pesar
del afable carácter de Trudy no
podían confiar en
ella.
—Sólo confiaremos en quien tengamos que confiar —sentenció
Hans—, es
decir, en nosotros tres.
Hubo más comida de lo habitual y se disculparon ante Max porque
no era
una fiesta de su religión, aunque para ellos se trataba sobre todo
de una
costumbre.
Max no protestó.
¿Qué razones iba a aducir?
175
Markus Zusak
La ladrona de libros
Explicó que era judío de nacimiento, que lo habían educado como
tal, pero
también, y entonces
más que nunca, que
el judaísmo no dejaba de ser una
etiqueta, la peor suerte con que uno puede tropezarse.
Asimismo, aprovechó la ocasión para comunicarles que lamentaba que el
hijo de los Hubermann no hubiera acudido. En respuesta, Hans le
dijo que esas
cosas no se podían controlar.
—Después de todo, tú ya deberías saberlo, los jóvenes siguen
siendo niños
y los niños a veces tienen derecho a ser cabezotas.
Lo dejaron ahí.
Max permaneció mudo las primeras semanas ante la chimenea. Ahora
que
disfrutaba de un buen baño semanal, Liesel se fijó en que su cabello había
dejado de ser un nido de ramas y se había convertido en un
montón de plumas
flotando sobre su cabeza. Todavía intimidada por el extraño, le susurró a su
padre:
—Es como si tuviera el pelo de plumas.
—¿Qué?
El fuego había sofocado sus palabras.
—Digo que parece que
tuviera el pelo de plumas...
—volvió a murmurar,
inclinándose hacia él.
Hans Hubermann lo miró y asintió con la cabeza, dándole la
razón. Estoy
segura de que Hans habría deseado tener los ojos de la niña. No
se percataron
de que Max lo había oído todo.
De vez en cuando se subía el ejemplar del Mein Kampf y lo
leía junto a las
llamas, hirviendo de indignación. En la tercera ocasión, Liesel
por fin reunió el
valor suficiente para hacerle la pregunta.
—¿Es... bueno?
Max la miró, apretó
el puño y volvió
a abrir la mano. Alejada la rabia, le
sonrió. Se retiró hacia atrás el flequillo plumoso de los ojos.
—Es el mejor libro que he leído en mi vida. —Miró a Hans y de
nuevo a la
niña—. Me salvó la vida.
Liesel se acercó un poco más y cruzó las piernas. En voz baja,
le preguntó:
—¿Cómo?
Así comenzó un ciclo narrativo, cada noche en el comedor. La voz
nunca se
elevaba más que lo justo
para oírse. Las piezas
del puzzle de un púgil judío
empezaron a encajar ante sus ojos.
A veces la voz de Max Vandenburg rezumaba humor, aunque estaba
hecha
de una materia rasposa, como una piedra restregada con suavidad
contra una
roca. En algunos lugares no tocaba fondo y se consumía con el
áspero vaivén, a
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Markus Zusak
La ladrona de libros
veces despedazándose
por completo. Era abisal cuando hablaba
de
arrepentimiento y se desgajaba al final de un chiste o cuando se
menospreciaba.
«Por los clavos de Cristo», era la expresión más común en las
historias de
Max Vandenburg, seguida generalmente de una pregunta.
EL TIPO DE PREGUNTAS
¿Cuánto tiempo estuviste en esa habitación?
¿Dónde está ahora Walter Kugler?
¿Sabes lo que le ocurrió a tu familia?
¿Adónde iba la mujer que roncaba?
¡Un marcador en contra de 10 a 3!
¿Por qué te seguías peleando con él?
Tiempo después,
cuando Liesel rememoraba esa época de su
vida, las
noches en el comedor se contaban
entre los recuerdos más
vividos que
conservaba. Todavía veía la luz abrasadora en el rostro de
cáscara de huevo de
Max, incluso saboreaba el
regusto humano de sus
palabras. El judío fue
relatando los episodios de su supervivencia, como si se cortara
cada uno de los
pedazos y los presentara en un plato.
—Soy un egoísta. —Al decirlo, se cubrió el rostro
con el brazo—.
Abandonar a mi gente, venir aquí, ponerlos en peligro... —Dejó
que saliera todo
y empezó a suplicarles. En el rostro llevaba marcados los
bofetones del dolor y
la desolación—. Lo
siento. Créanme, por favor. ¡Lo
siento mucho, lo siento
mucho, lo...!
Tocó el fuego con el brazo y lo retiró al instante.
Todos lo miraron en silencio, hasta que Hans se levantó y se
acercó a él. Se
sentó a su lado.
—¿Te has quemado el codo?
Una noche, Hans, Max
y Liesel estaban sentados
ante la chimenea. Rosa
estaba en la cocina. Max leía de nuevo Mein Kampf.
—¿Sabes qué? Ahí
donde la ves, a Liesel le gusta leer
—comentó Hans,
inclinándose hacia el fuego. Max bajó el libro—. Y tenéis en
común más de lo
que crees. —Hans se
aseguró de que Rosa no los oyera—. A ella también le
gustan las peleas a puñetazos.
—¡Papá! —Apoyada contra la pared, Liesel, a punto de cumplir
doce años,
aunque flaca como un palillo, se quedó anonadada—. ¡Nunca me he
metido en
peleas!
177
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Shhh... —Hans se echó a reír. Le hizo un gesto con las manos
para que no
levantara la voz y volvió a inclinarse, esta vez hacia la
chica—. Bueno, ¿y qué
me dices de la paliza que le diste a Ludwig Schmeikl, eh?
—Yo nunca... —La habían pillado, inútil negarlo—. ¿Cómo lo
sabes?
—Vi a su padre en el Knoller.
Liesel se llevó
las manos a la cara. Cuando las
retiró, hizo la pregunta
decisiva.
—¿Se lo has contado a mamá?
—¿Estás de guasa? —Le guiñó un ojo a Max y le susurró a la
niña—: Sigues
viva, ¿no?
Esa noche también fue la primera vez desde hacía meses que Hans
tocó el
acordeón en casa.
Sólo después de una
media hora se atrevió a preguntarle a
Max:
—¿Aprendiste a tocar?
El rostro del rincón contemplaba las llamas.
—Sí. —Se hizo un largo silencio—. Hasta los nueve años. Luego mi
madre
vendió el estudio de
música y dejó de enseñar. Sólo se quedó
con un
instrumento, y me dejó por imposible poco después de que me
negara a seguir
aprendiendo. Era un atontado.
—No —protestó Hans—, eras un crío.
Por las noches,
tanto Liesel Meminger
como Max Vandenburg
se
entregaban a eso
otro que compartían. Tenían
pesadillas y se
despertaban en
habitaciones
distintas, una con un chillido que ahogaban las sábanas
y el otro
jadeante, en busca de aire, junto a un fuego humeante.
A veces, cuando Liesel
leía con su padre, cerca ya de las
tres de la
madrugada, oían que Max se despertaba.
—Sueña como tú —decía Hans.
En una ocasión, azuzada por la angustia de Max, Liesel decidió
salir de la
cama. Imaginaba muy bien lo que el joven veía en sus sueños
gracias a lo que
Max les había desvelado de su historia, aunque ignoraba qué
escena lo visitaba
cada noche.
Atravesó el vestíbulo sin hacer ruido y entró en el comedor
dormitorio.
—¿Max? —preguntó con un
suave susurro, empañado por
una garganta
somnolienta.
Al principio no oyó ninguna respuesta, pero Max se enderezó y
buscó en la
oscuridad.
178
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hans seguía en el
dormitorio de Liesel y ella se sentó
delante de Max, al
otro lado de la chimenea. Detrás de ellos,
Rosa dormía escandalosamente.
Dejaba a la roncadora del tren a la altura del betún.
El fuego no era más que un funeral de humo, muerto y moribundo a
la vez.
Esa mañana en concreto también se oyeron unas voces.
EL INTERCAMBIO DE PESADILLAS
La niña: Dime, ¿qué ves cuando tienes esos sueños?
El judío:... Me veo a mí mismo volviéndome y
despidiéndome.
La niña: Yo también tengo pesadillas.
El judío: ¿Qué ves?
La niña: Un tren y a mi hermano muerto.
El judío: ¿Tu hermano?
La niña: Murió cuando vine a vivir aquí, por el camino.
La niña y el judío, al unísono: Ja, sí.
Sería bonito decir que
después de este pequeño avance,
ni Liesel ni Max
volvieron a tener
pesadillas. Sería bonito, pero
mentira. Las pesadillas los
seguían visitando
como siempre; igual que cuando
oyes rumores de que el
mejor jugador del equipo
contrario se ha lesionado o está
enfermo y te lo
encuentras allí, calentándose con el resto de sus compañeros,
listo para salir al
campo. O como un tren nocturno llegando a su hora a la estación,
tirando de los
recuerdos que lleva
atados a una cuerda, tras mucho arrastrar y
traquetear
torpemente.
Lo único que cambió fue que Liesel le aseguró a su padre que
ahora ya era
lo bastante mayor para enfrentarse ella sola a los sueños. Por
un instante, Hans
pareció ligeramente
ofendido, pero como era habitual
en él, puso todo su
empeño en decir lo más acertado.
—Bueno, gracias a Dios. —Esbozó una sonrisa—. Al menos ahora
dormiré
como es debido, esa silla me estaba matando
Abrazó a la niña y entraron en la cocina.
Con el tiempo, una clara distinción se impuso entre dos
mundos muy
diferentes: el mundo en el interior del número treinta y tres de
Himmelstrasse y
el que se encontraba y cambiaba en el exterior. El truco estaba
en mantenerlos
separados.
Liesel estaba aprendiendo a descubrir algunas
de las posibilidades del
mundo exterior. Una tarde, cuando volvía a casa con una bolsa de
colada vacía,
179
Markus Zusak
La ladrona de libros
se fijó en un periódico que asomaba por un cubo de basura. La
edición semanal
del Molching Express. Lo cogió y se lo llevó a casa para
dárselo a Max.
—Pensé que te gustarían los crucigramas —dijo—, para matar el
tiempo.
Max le agradeció el gesto
y, para justificar que lo hubiera llevado hasta
casa, leyó el
periódico de cabo a rabo
y unas horas
más tarde le enseñó la
cuadrícula con todas las casillas rellenadas menos una.
—Maldita sea la diecisiete vertical.
En febrero de 1941, Liesel recibió un libro usado el día en que
cumplió los
doce años. No cabía en sí de agradecimiento. Se titulaba Los
hombres de barro y
trataba de un padre
y un
hijo muy raros. Abrazó a sus
padres mientras Max
permanecía en un rincón, incómodo.
—Alles Gute zum
Geburtstag. —Esbozó una tímida
sonrisa—. Feliz
cumpleaños. —Tenía las
manos metidas en los bolsillos—. No lo
sabía; si no,
podría haberte regalado algo.
Una flagrante mentira,
pues no tenía nada que regalar, salvo,
tal vez, el
Mein Kampf,
y bajo
ningún concepto iba a entregar
ese tipo de propaganda a
una joven alemana. Habría sido
como si el cordero
le acercara el cuchillo al
carnicero.
Se hizo un incómodo silencio.
Liesel había abrazado a sus padres.
Max parecía muy solo.
Liesel tragó saliva.
Y se acercó a él y lo abrazó por primera vez.
—Gracias, Max.
Al principio, él se limitó
a quedarse inmóvil, pero a medida
que ella lo
estrechaba entre sus brazos Max fue alzando las manos poco a
poco y le apretó
los omóplatos con suavidad.
Tiempo después Liesel descubriría que, en ese momento, una
expresión de
desamparo había
cubierto el rostro de Max Vandenburg. También descubriría
que fue entonces
cuando él decidió darle algo
a cambio. A menudo me lo
imagino esa noche tumbado en la cama, pensando qué podría
regalarle.
Al final le hizo un regalo de papel una semana después.
Se lo daría de madrugada,
antes de descender los
escalones de cemento
para retirarse a lo que entonces le gustaba considerar su hogar.
180
Markus Zusak
La ladrona de libros
Las páginas del sótano
Mantuvieron a Liesel alejada del sótano a toda costa durante una
semana.
Sus padres se encargaron de bajarle la comida a Max.
—No, Saumensch —contestaba la madre cada vez que Liesel se
prestaba
voluntaria. Siempre había una excusa—. ¿Por qué no haces algo
útil aquí arriba
por una vez? Puedes acabar de planchar. ¿Crees que ir de reparto
por la ciudad
es tan importante? ¡Ponte a planchar y verás!
Cuando se tiene una
reputación como la de Rosa, una se puede
permitir
toda clase de triquiñuelas poco limpias. Funcionó.
Durante esa semana, Max había arrancado varias páginas de Mein
Kampf y
las había blanqueado con una capa de pintura. A continuación las
había tendido
en unas cuerdas de un extremo a otro del sótano, sujetándolas
con pinzas. Una
vez que estuvieron bien secas, empezó la parte difícil. Contaba con los
rudimentos
suficientes para apañárselas,
pero desde luego no era escritor ni
artista. A pesar de ello, enhebró las palabras en su mente hasta
que consiguió
repetirlas sin equivocarse. Sólo entonces empezó a trasladar la
historia al papel,
que se había abombado por la tensión del proceso de secado de la
pintura. Se
ayudó de un pequeño pincel negro.
El vigilante.
Calculó que necesitaría trece páginas, así que blanqueó
cuarenta, previendo
cometer el doble de meteduras de pata que de aciertos. Dibujó
varias versiones
en las páginas del Molching
Express a modo de prueba para mejorar las
rudimentarias y torpes
ilustraciones y conseguir
algo aceptable. Mientras
trabajaba, oía los susurros de una niña. «Es como si tuviera el
pelo de plumas.»
Cuando terminó, utilizó un cuchillo para agujerear las hojas y
las unió con
un cordel. El resultado fue un librito de trece páginas que
decía así:
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La ladrona de libros
A finales de febrero, cuando Liesel se despertó de madrugada,
una figura
entró sigilosa en la habitación. Se parecía mucho a una sombra
silenciosa, cosa
muy habitual en Max.
Escudriñando la oscuridad,
Liesel sólo notó que el hombre se acercaba a
ella.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
Sólo los separaba el ligero rumor
de sus pisadas al acercarse a la cama y
dejar las páginas
en el suelo, cerca de los
calcetines de Liesel. Las hojas
crujieron. Ligeramente. Uno de los bordes se curvó hacia el
suelo.
—¿Hola?
Esta vez sí hubo respuesta.
Aunque Liesel no consiguió adivinar el punto exacto del que
provenían las
palabras, lo importante
es que
llegaron hasta ella. Llegaron y
se arrodillaron
junto a su cama.
—Un regalo de
cumpleaños con retraso. Míralo por
la mañana. Buenas
noches.
Durante un rato osciló entre el sueño y la vigilia sin saber si
había soñado la
presencia de Max.
Por la mañana, cuando despertó y rodó sobre sí misma para darse
la vuelta,
vio las hojas en el suelo. Alargó la mano y las recogió,
mientras oía susurrar el
papel entre sus manos todavía adormiladas.
«Toda mi vida he tenido miedo de los hombres que me
vigilaban...»
Las hojas crujían
al pasarlas, como si el relato
estuviera cargado de
electricidad estática.
«Me dijeron que tres días y... ¿qué me encontré al despertar?»
Las páginas arrancadas del Mein Kampf estaban
amordazadas, se asfixiaban
bajo la pintura a medida que iba pasándolas.
«Por eso he comprendido que el mejor vigilante que he
conocido...»
Liesel leyó y releyó el regalo de Max Vandenburg tres veces,
fijándose cada
vez en una línea o palabra distinta escrita con pincel. Cuando
acabó de leer por
tercera vez, se levantó
de la cama haciendo el menor
ruido posible y fue a
la
habitación de sus padres. El lugar asignado junto a la chimenea
estaba vacío.
Pensándolo bien, se dio cuenta de que era más apropiado, o
incluso mejor,
perfecto, agradecérselo en el lugar en el que las páginas habían
sido creadas.
Bajó las escaleras
del sótano. Vio una foto imaginaria enmarcada que se
filtraba en la pared: un secreto compartido con una silenciosa
sonrisa.
195
Markus Zusak
La ladrona de libros
Sólo eran unos metros, pero había un largo paseo hasta las
sábanas viejas y
la serie de botes de pintura que escondían a Max Vandenburg.
Apartó las telas
más cercanas a la pared hasta abrir un
pequeño pasillo por el que asomar
la
cabeza.
Lo primero que vio fue un hombro. Poco a poco, con mucho
cuidado, fue
introduciendo la mano por
el estrecho resquicio hasta
apoyarla sobre el
hombro. Sus ropas estaban frías. No se despertó.
Notó su respiración
y el hombro, que subía y
bajaba con una suavidad
apenas perceptible. Se lo quedó mirando. Luego se sentó y se
apoyó contra la
pared.
Tuvo la sensación de que un aire somnoliento la había seguido.
Las palabras garabateadas
durante sus ejercicios
de lectura resplandecían
en la pared en toda su magnificencia, junto a la escalera,
irregulares, infantiles y
melodiosas. Vigilaron el sueño de ambos, el del judío oculto y
el de la niña con
la mano sobre el hombro de él.
Respiraron.
Pulmones alemanes y judíos.
Junto a la pared descansaba El vigilante, entumecido y
satisfecho, como un
encantador hormigueo a los pies de Liesel Meminger.
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La ladrona de libros
QUINTA PARTE
El hombre que silbaba
Presenta:
un libro flotante — los jugadores — un pequeño fantasma — dos
cortes de pelo
— las juventudes de Rudy — perdedores y bocetos — un hombre que
silbaba y
unos zapatos — tres estupideces — y un niño asustado con las
piernas
congeladas
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La ladrona de libros
El libro flotante (parte I)
Un libro bajaba flotando por el río Amper.
Un niño se zambulló, lo atrapó y lo agitó en el aire. Sonreía de
oreja a oreja.
Esperaba, hundido hasta la cintura en las gélidas aguas de
diciembre.
—¿Y ese beso, Saumensch? —preguntó.
El aire a su alrededor
era de un frío cautivador, extraordinario y
nauseabundo, por no hablar del atenazante dolor provocado por el
abrazo del
agua, que se iba apelmazando desde los dedos de los pies hasta
las caderas.
PEQUEÑO AVANCE SOBRE
RUDY STEINER
No merecía morir como murió.
Al imaginarlo, ves
los márgenes empapados del papel todavía pegados a
sus dedos, ves un tembloroso flequillo rubio y, anticipándoos,
concluyes, como
lo haría yo, que Rudy murió ese mismo día de hipotermia. Pues
no. Esta clase
de recuerdos no hacen más que demostrarme que no merecía lo que
la suerte le
deparó menos de dos años después.
Llevarse a un chico como
Rudy podría considerarse un robo
por diversos
motivos —tanta vida
por delante, tantas razones
por las que vivir—
y, sin
embargo, estoy segura de que le habría encantado ver los
horribles escombros y
la hinchazón del cielo la noche en que murió. Si hubiera podido
ver arrodillada
a la ladrona de libros junto a su cuerpo diezmado, habría
gritado de alegría y
girado sobre sí mismo y sonreído. Le habría encantado
contemplarla besándole
los polvorientos labios devastados por las bombas.
Sí, lo sé.
En la profunda oscuridad
de mi corazón de siniestros latidos, lo
sé. Le
habría gustado, sin duda.
¿Lo ves?
Hasta la muerte tiene corazón.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
Los jugadores (un dado de siete caras)
Discúlpame, qué maleducada, te estoy destripando el final, y no
sólo el de
la novela, sino también el de esta parte en concreto. Te he adelantado
dos
acontecimientos porque no
tengo ningún interés
en ahondar en el misterio. El
misterio me aburre, es una lata. Todos sabemos ya qué va a
ocurrir. Las intrigas
que nos empujan hasta el final son las que me inquietan, me
desconciertan, me
pican la curiosidad y me asombran.
Quedan muchas cosas en las que pensar.
Queda mucha historia.
Sí, tenemos un libro titulado El hombre que silbaba, del
que hablaremos largo
y tendido, sin olvidar cómo acabó arrastrado por la corriente
del Amper antes
de la Navidad de 1941. Primero deberíamos tratar todo esto, ¿no
crees?
Decidido, entonces.
Vamos allá.
Todo empezó con el juego. Ocultar a un judío es lanzar los
dados, y así es
como se vive. Así es como se ve:
El corte de pelo: mediados de abril de 1941
La vida empezaba a imitar la normalidad con mayor ahínco:
Hans y Rosa Hubermann discutían en
el comedor, aunque no armaran
tanto escándalo como antes. Liesel, como de costumbre, era
espectadora.
La discusión se originó la noche anterior, en el sótano, donde
Hans y Max
compartían botes de
pintura, palabras y sábanas
viejas. Max preguntó si
Rosa
podía cortarle el pelo en algún momento. «Me tapa los ojos»,
dijo Max, a lo que
Hans respondió: «Ya veré lo que puedo hacer».
Rosa estaba rebuscando en los cajones. Lanzaba sus palabras a
Hans con el
resto de los trastos.
199
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Dónde estarán esas malditas tijeras?
—¿No están en el de abajo?
—Ya lo he mirado.
—Igual no las has visto.
—¿Acaso estoy ciega? —Levantó la cabeza y vociferó—: ¡Liesel!
—Estoy aquí.
Hans se encogió.
—¡Carajo, mujer, déjame sordo, anda!
—A callar, Saukerl.
—Rosa se dirigió a la niña sin
dejar de revolver el
cajón—. Liesel, ¿dónde
están las tijeras? —Sin embargo, Liesel tampoco
lo
sabía—. Saumensch, mira que eres inútil.
—Déjala en paz.
Se cruzaron varias palabras más, de la mujer del cabello
elástico al hombre
de ojos plateados, hasta que Rosa cerró el cajón de un
golpetazo.
—De todos modos, seguramente lo dejaré lleno de trasquilones.
—¿Trasquilones? —A
esas alturas, Hans estaba a punto de arrancarse los
pelos, pero convirtió su voz en un susurro apenas perceptible—.
¿Quién narices
va a verlo?
Hizo ademán de añadir algo más, pero lo distrajo la presencia
plumífera en
la puerta de Max Vandenburg, cohibido, educado. Max llevaba en
la mano sus
propias tijeras.
Adelantó un paso
y se las tendió
a la niña de doce años, ni a
Hans ni a Rosa. Liesel parecía la opción más sensata. Los
labios le temblaron
unos instantes antes de preguntar:
—¿Te importaría?
Liesel cogió las tijeras y las abrió. Estaban oxidadas y
brillaban en algunas
partes. Se volvió
hacia su padre y, cuando este asintió
con la cabeza, siguió a
Max al sótano.
El judío se sentó en un bote de pintura. Llevaba una sábana
pequeña sobre
los hombros.
—Todos los trasquilones que quieras —la tranquilizó.
Hans tomó asiento en los escalones.
Liesel levantó los primeros mechones de cabello de Max
Vandenburg.
Al tiempo que cortaba
las plumosas hebras, se maravillaba del ruido que
hacían las tijeras, y no era el de los tijeretazos, sino el del
chirrido de las hojas
metálicas al cercenar cada mata de pelo.
En cuanto acabó el trabajo, riguroso en algunas zonas, un poco
tortuoso en
otras, subió la escalera
con el cabello en las manos y alimentó
la caldera.
Encendió una cerilla y
contempló cómo la maraña mermaba
y se
marchitaba,
anaranjada y rojiza.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
Max estaba de nuevo en la puerta, esta vez en lo alto
de la escalera del
sótano.
—Gracias, Liesel —dijo
con voz profunda y ronca, timbrada con una
sonrisa oculta.
En cuanto acabó de decirlo volvió a desaparecer, de vuelta al
sótano.
El periódico: principios de mayo
—Hay un judío en mi sótano.
—Hay un judío. En mí sótano.
Liesel Meminger oyó esas
palabras tumbada en el suelo de la
habitación
llena de libros del
alcalde, con la bolsa de la colada a un
lado. La figura
fantasmal de la mujer del alcalde se sentaba, encorvada como un
borracho, ante
el escritorio. Delante de ella, Liesel leía El hombre que
silbaba, páginas veintidós y
veintitrés. Levantó la vista. Se imaginó acercándose,
apartándole con suavidad
un mechón de pelo sedoso
y murmurándole al oído: «Hay
un judío
en mi
sótano».
El secreto se instaló en
su boca mientras el libro bailaba en su regazo. Se
puso cómodo. Cruzó las piernas.
—Debería irme a casa.
Esta vez lo dijo en voz alta. Le temblaban las manos. A pesar
del asomo de
sol en el horizonte, una suave brisa entraba por la ventana
abierta, acompañada
de la lluvia, que se colaba como si fuera serrín.
La mujer arrastró la silla y
se acercó cuando Liesel devolvió el libro
a su
sitio. Siempre acababan así. Las
delicadas ojeras con arrugas se hincharon un
instante al alargar la mano y volver a sacar el libro.
Se lo ofreció a la niña.
Liesel lo rechazó.
—No, gracias —dijo—, ya
tengo muchos libros en casa. Tal
vez en otro
momento. Es que estoy releyendo uno con mi padre; ya sabe, el
que robé en la
hoguera.
La mujer del alcalde asintió con la cabeza. Si había que concederle algo a
Liesel Meminger era que nunca robaba sin venir
a cuento: sólo hurtaba libros
cuando creía que era necesario y, por el momento, estaba
servida. Había leído
Los hombres de barro cuatro veces y
estaba disfrutando su
reencuentro con El
hombre que se encogía de
hombros. Además, todas las noches
antes de irse a la
cama abría un manual infalible para llegar a ser un buen
sepulturero. Enterrado
en lo más hondo de su ser moraba El vigilante. Musitaba
las palabras y tocaba
los pájaros. Volvía las crujientes páginas lentamente.
—Adiós, frau Hermann.
201
Markus Zusak
La ladrona de libros
Salió de la biblioteca, atravesó el vestíbulo de tablas de
madera y salió a la
monstruosa entrada. Como de costumbre, esperó un momento en los
escalones,
mirando la ciudad que se
extendía a sus pies. Esa noche Molching estaba
cubierta por una bruma
amarillenta, que acariciaba los tejados
como si fueran
sus mascotas y rebosaba las calles como si fueran bañeras.
Una vez en Münchenstrasse, la ladrona de libros fue esquivando
hombres y
mujeres parapetados bajo sus paraguas: una niña vestida de
lluvia que saltaba
sin complejos de un cubo de basura al otro. Como un reloj.
—¡Ajá!
Regaló su risa a las
cobrizas nubes para celebrarlo, antes de rebuscar
y
rescatar el periódico destrozado. Aunque por la portada y las
últimas páginas
rodaban lágrimas
negras de tinta, lo dobló
con cuidado por la mitad y
se lo
metió bajo el brazo. Así
lo había hecho todos los
jueves durante los últimos
meses.
El jueves era el único día que Liesel Meminger tenía libre y,
por lo general,
solía rendirle algún tipo de dividendo. Nunca conseguía sofocar
la sensación de
victoria cuando
encontraba el Molching
Express o cualquier
otra publicación,
porque hallar un periódico
significaba tener un
buen día. Si se trataba de un
periódico con el
crucigrama intacto, era un día genial.
Entonces volvía a casa,
cerraba la puerta tras ella y se lo bajaba a Max Vandenburg.
—¿El crucigrama? —preguntaba él.
—Sin hacer.
—Excelente.
El judío sonreía al aceptar el paquete de papel y empezaba a
leerlo bajo la
escasa luz del sótano. A menudo, Liesel lo
observaba mientras Max se
concentraba en la lectura del diario, completaba el crucigrama,
y luego volvía a
leerlo de cabo a rabo.
Con la llegada de
temperaturas más agradables,
Max se quedó abajo.
Durante el día dejaban abierta la puerta del sótano para que le
llegara un poco
de claridad desde el
pasillo. No es que el
vestíbulo estuviera bañado de luz
precisamente, pero
uno se conforma con
cualquier cosa en según
qué
circunstancias. Una luz mortecina era mejor que nada; además,
tenían que ser
austeros. El queroseno todavía no se había acercado a un
nivel tan bajo como
para preocuparse, pero lo mejor era consumir el mínimo posible.
Liesel solía sentarse sobre unas sábanas viejas y leía mientras
Max acababa
los crucigramas. Los separaban varios metros, hablaban muy de
vez en cuando
y sólo se oía el crujido de las hojas al pasar. También le
dejaba sus libros para
que los leyera
mientras ella iba al colegio.
Si a Hans Hubermann
y a Erik
Vandenburg los acabó uniendo la música, Max y Liesel lo estaban
por la muda
recopilación de palabras.
202
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Markus Zusak
La ladrona de libros
—Hola, Max.
—Hola, Liesel.
Se sentaban y leían.
Ella lo observaba a
veces, y decidió que la mejor
manera de definirlo era
con una imagen de pálida concentración: piel de color beige, una ciénaga en
cada ojo y respiración de fugitivo, desesperada
pero muda. Lo único
que
delataba que estaba vivo era su pecho.
Cada vez más a menudo,
Liesel cerraba los ojos y le
pedía a Max que le
preguntara las palabras que no le salían. Si aun así seguían
resistiéndosele, se le
escapaba una palabrota, se levantaba y las pintaba en la pared,
una y otra vez.
Juntos, Max Vandenburg y Liesel Meminger aspiraban los vapores
de la pintura
y el cemento.
—Adiós, Max.
—Adiós, Liesel.
En la cama, despierta,
lo imaginaba en el sótano. En sus
imágenes
nocturnas, siempre dormía completamente vestido, zapatos incluidos, por si
acaso tenía que volver a salir huyendo. Dormía con un ojo
abierto.
El hombre del tiempo: mediados de mayo
Liesel abrió la puerta y la boca al mismo tiempo.
Su equipo había dado una paliza al de Rudy por 6 a 1 en
Himmelstrasse,
por lo que irrumpió
triunfante en la cocina para anunciar
a sus padres que
había marcado un gol. A continuación, bajó al sótano como una
exhalación para
contárselo a Max con pelos y señales. El hombre dejó el
periódico y la escuchó
atento, riendo con ella.
Nada más acabar de relatar
la historia del gol, el
silencio se impuso entre
ellos hasta que Max levantó la vista, lentamente.
—Liesel, ¿me harías un favor?
Todavía exaltada por el
gol de Himmelstrasse, la niña se levantó
de un
salto sin decir
nada, aunque el gesto
manifestó a las claras
su disposición a
hacer lo que le pidiera.
—Lo sé todo sobre el gol, pero no sé qué día hace ahí arriba
—dijo—. No sé
si has marcado bajo un sol radiante o si estaba cubierto de
nubes. —Mientras se
pasaba la mano por el
cabello lleno de trasquilones, sus ojos
cenagosos no
pudieron suplicarle nada más
sencillo—. ¿Te importaría subir
y decirme qué
tiempo hace?
Evidentemente, Liesel subió corriendo las escaleras. Se detuvo a
unos pasos
de la puerta manchada de escupitajos y se
volvió en redondo, observando el
cielo.
203
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Markus Zusak
La ladrona de libros
Cuando volvió al sótano, se lo contó.
—Hoy el cielo está azul, Max, y hay
una enorme nube alargada,
desenrollada como una
cuerda. Al final de la nube, el sol
parece un agujero
amarillo...
Max supo al instante que sólo un
niño podría darle un informe
meteorológico como ese. Pintó
en la pared una larga cuerda
de fibras muy
apretadas con un chorreante sol amarillo en un extremo, en el que daba la
impresión de que uno
podía zambullirse. Dibujó
dos figuras sobre la nube
anudada, una niña y
un judío mustio, que caminaban balanceando los
brazos
hacia el sol chorreante. Escribió lo siguiente debajo del
dibujo:
LAS PALABRAS QUE ESCRIBIÓ
EN LA PARED MAX VANDENBURG
Era lunes y paseaban por una cuerda floja hacia el sol.
El boxeador: finales de mayo
Max Vandenburg contaba con cemento fresco
y tiempo de sobra para
compartir con este.
Los minutos eran crueles.
Las horas mortificantes.
Durante los momentos de desvelo, sobre él pendía inexorablemente la
mano del tiempo, la cual
no dudaba en estrujarlo. Le
sonreía, lo retorcía y lo
dejaba vivir. Qué gran maldad puede encubrir la prolongación de
una vida.
Al menos una vez al día, Hans Hubermann bajaba los escalones del
sótano
y charlaba un rato
con él. Rosa le llevaba de vez en cuando
un mendrugo de
pan que sobraba. Sin embargo, hasta que bajaba Liesel, Max no volvía a
interesarse por la vida. Al principio intentó resistirse, pero
día tras día, cada vez
que la niña aparecía con un nuevo informe meteorológico
anunciando un cielo
azul puro, unas nubes de cartón o un sol que se había abierto
camino como si
Dios se hubiera
desplomado en su asiento después
de hartarse a comer, le
resultaba más difícil.
A solas, lo asaltaba la
sensación de haber desaparecido.
Todas sus ropas
eran grises —lo fueran en un
principio o no—, desde los pantalones
hasta el
jersey de lana o
la chaqueta que ahora le resbalaba como
si fuera agua. Solía
comprobar si se estaban descamando porque tenía la sensación de que se
disolvía.
Necesitaba nuevos
proyectos. El primero fue el
ejercicio. Empezó con las
flexiones, se tumbó boca abajo sobre el frío suelo de cemento
del sótano y se dio
204
Markus Zusak
La ladrona de libros
impulso con los brazos. Creyó
que se le partirían por los
codos e imaginó su
corazón desprendiéndose, seco, de su cuerpo y cayendo
patéticamente al suelo.
En Stuttgart, de pequeño, podía hacer cincuenta flexiones de una
sentada, y sin
embargo ahora, con veinticuatro años y unos siete kilos menos de
los que solía
pesar, apenas
consiguió completar diez. Al cabo
de una semana, completaba
tres tandas de dieciséis flexiones y veintidós abdominales.
Cuando acababa, se
apoyaba contra la pared del sótano con sus amigos, los
botes de pintura,
sintiendo el pulso en los dientes. Los músculos parecían de
bizcocho.
A veces se preguntaba si valía la pena sacrificarse de esa
manera. Otras, sin
embargo, cuando
controlaba el latido del corazón
y su cuerpo recuperaba la
funcionalidad, apagaba la lámpara y se quedaba a oscuras en
medio del sótano.
Tenía veinticuatro años, pero seguía fantaseando.
—En el rincón azul —comentaba en voz baja—, tenemos al campeón
mundial, la perfección aria: el Führer. —Respiraba y se volvía—.
Y en el rincón
rojo, tenemos al aspirante judío cara de rata Max Vandenburg.
Todo cobraba forma a su alrededor.
Una luz blanca iluminaba el cuadrilátero y el público se apiñaba
en torno a
ellos; se oía ese mágico murmullo de una multitud hablando al
unísono. ¿Cómo
podían tener tanto
que decir al mismo tiempo?
El cuadrilátero era perfecto.
Lona intacta y
cuerdas sólidas. Incluso
los filamentos deshilachados
de las
gruesas sogas estaban impecables y relucían bajo el foco de luz
blanca. La sala
olía a tabaco y cerveza.
En el ángulo opuesto, Adolf Hitler esperaba en el rincón con su
séquito. Sus
piernas asomaban por debajo de una bata roja y blanca, con una
esvástica negra
grabada a fuego en la espalda. Tenía el bigote soldado a la
cara. Su entrenador,
Goebbels, le susurraba unas palabras. Hitler saltaba apoyándose
primero en un
pie y luego en el otro,
y sonreía. Su sonrisa se hizo
más ostensible cuando
el
presentador enumeró sus
muchas victorias, rabiosamente
aplaudidas por la
multitud rendida.
—¡Invicto! —proclamó el maestro de ceremonias—. ¡Vencedor de
judíos y
de cualquier otra amenaza que se cierna sobre el ideal alemán!
¡Herr Führer —
concluyó—, los aquí presentes te saludan!
El público: la apoteosis.
A continuación, cuando
todo el mundo había vuelto
a sentarse, llegó el
turno del contendiente.
El maestro de
ceremonias se volvió hacia
Max, solo en el rincón del
aspirante. Sin bata. Sin séquito. Un solitario y joven judío de
aliento pestilente,
pecho descubierto y manos y pies cansados. Por descontado, sus
calzones eran
grises. Él también saltaba apoyándose primero en un pie y luego
en el otro, pero
205
Markus Zusak
La ladrona de libros
lo justo, para ahorrar energía. Había sudado mucho en el
gimnasio para lograr
el peso.
—¡El aspirante! —rugió el
maestro de ceremonias— De... —e hizo
una
pausa efectista— sangre
judía. —El público lo abucheó, como
una horda de
demonios humanos—. Con un peso de...
Los insultos de las gradas ahogaban sus palabras; no se oyó nada
más. Max
vio que su contrincante
se había quitado la bata y
se acercaba al centro del
cuadrilátero para escuchar las reglas y estrecharle la mano.
—Guten Tag, herr Hitler —lo saludó Max, con una
pequeña inclinación de
cabeza, pero el
Führer se limitó a enseñarle sus dientes
amarillentos y a
esconderlos de nuevo tras los labios.
—Caballeros —empezó a decir
un fornido árbitro
vestido con pantalones
negros, camisa azul y pajarita—, ante todo quiero una pelea
limpia. —Se volvió
hacia el Führer—. A no ser, herr Hitler, que empiece a perder,
claro está. En ese
caso, estaría más
que dispuesto a hacer
la vista gorda ante
cualquier táctica
inadmisible que pudiera emplear para machacar sobre la lona este
montón de
maloliente basura judía. —Asintió con la cabeza, muy cortés—.
¿Está claro?
El Führer habló por primera vez.
—Como el agua.
El árbitro sólo le hizo una advertencia a Max.
—En cuanto a ti, amigo
judío, yo que tú me andaría con
mucho cuidado,
con mucho, mucho cuidado.
Y los enviaron a sus respectivos rincones.
Se hizo un breve silencio.
La campana.
El primero en salir fue el Führer, patizambo y huesudo, se lanzó
sobre Max
y lo alcanzó con fuerza en la cara. El
público vibró, con el eco de la campana
todavía en sus
oídos, y sus
satisfechas sonrisas saltaron las
cuerdas. Hitler
despedía aliento a tabaco mientras sus manos buscaban insidiosas
el rostro de
Max y lo
alcanzaban varias veces, en
los labios, en la nariz, en la barbilla... y
Max no se había aventurado siquiera más allá de su rincón. Para
amortiguar los
golpes, levantó las manos, pero
entonces el Führer apuntó
a las costillas, los
riñones, los pulmones...
Ah, los ojos, los ojos
del Führer. Eran de un marrón
delicioso, como los ojos
de los judíos, y tenía una mirada tan implacable que
incluso Max quedó
paralizado unos instantes
al atisbarlos entre la copiosa
lluvia de borrosos puñetazos.
Hubo un único asalto, y
duró horas, y todo
se mantuvo igual la mayor
parte del combate.
El Führer machacó el saco de arena judío.
Había sangre judía por todas partes.
206
Markus Zusak
La ladrona de libros
Como nubes rojas de lluvia sobre el cielo de lona blanca, a sus
pies.
Al final, las
rodillas de Max empezaron a ceder, sus pómulos
protestaban
en silencio y la expresión complacida del Führer iba minándolo
cada vez más,
hasta que, derrotado, vencido y deshecho, el judío se desplomó.
Primero, un rugido.
Luego, el silencio.
El árbitro contó.
Tenía un
diente de oro y un
montón de pelillos le salían
por la nariz.
Lentamente, Max
Vandenburg, el judío, se puso en
pie y consiguió
enderezarse. Le tembló la
voz. Una invitación. «Vamos, Führer»,
dijo y, esta
vez, cuando Adolf Hitler atacó a su rival judío, Max dio un paso
a un lado y lo
lanzó hacia un rincón.
Lo golpeó siete veces
y en todo momento
dirigió sus
puñetazos hacia un único objetivo.
El bigote.
Erró el séptimo. La barbilla del Führer recibió el impacto. De
repente, Hitler
chocó contra las cuerdas,
se dobló sobre sí
mismo, como una hoja de papel, y
cayó de rodillas. Esta vez nadie contó. El árbitro dio un
respingo en el rincón. El
público tomó asiento
y se concentró en la cerveza. De rodillas, el Führer
comprobó si sangraba y se alisó el pelo, de derecha a izquierda.
Cuando volvió
a ponerse en pie, para
gran conmoción de las más de
mil personas allí
congregadas, avanzó poco
a poco e hizo algo
muy extraño: dio la espalda al
judío y se sacó los guantes.
El público se quedó perplejo.
—Se ha rendido —susurró alguien.
No obstante, al cabo de un
momento, Adolf Hitler se había subido a las
cuerdas y se dirigía a las gradas.
—Conciudadanos alemanes —empezó—, esta noche os habéis dado
cuenta,
¿verdad? —Con el pecho descubierto, con mirada victoriosa,
señaló a Max—.
Os habéis dado cuenta de que nos enfrentamos a algo
mucho más siniestro y
poderoso de lo que habíamos imaginado. ¿Lo habéis visto?
—Sí, Führer —contestaron.
—¿Os dais cuenta de que este enemigo ha encontrado
la manera, la
despreciable manera, de atravesar nuestra coraza y que,
evidentemente, yo solo
no puedo hacerle
frente y
combatirlo? —Las palabras
eran visibles; se
desprendían de su boca como
si fueran piedras preciosas—. ¡Miradlo!
Observadlo bien. —Lo miraron. Al sanguinolento Max Vandenburg—.
Mientras
hablamos, él está maquinando
cómo infiltrarse en vuestros barrios. Se ha
trasladado a la casa de al lado. Os infecta
con su familia y está a
punto de
apoderarse de vosotros. Él... —Hitler le echó un rápido vistazo,
con desprecio—
. Se convertirá en vuestro dueño y llegará el momento en que no será él quien
207
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Markus Zusak
La ladrona de libros
os atienda detrás del mostrador de la tienda de la esquina, sino
quien se siente
en la trastienda a fumar
en pipa. Antes de que os
deis cuenta, estaréis a sus
órdenes por un salario irrisorio mientras que él apenas podrá
caminar de tanto
que le pesarán los bolsillos. ¿Os quedaréis ahí parados? ¿Se lo
permitiréis? ¿Os
quedaréis de brazos cruzados
como lo hicieron vuestros gobernantes
en el
pasado, cuando entregaban vuestra tierra a cualquiera, cuando
vendían vuestro
país por unas cuantas firmas? ¿Os quedaréis ahí parados,
impotentes? —Trepó
a la siguiente cuerda—. ¿O subiréis a este cuadrilátero conmigo?
Max se estremeció. El terror le revolvió el estómago.
Adolf acabó con él.
—¿Subiréis aquí conmigo para poder derrotar juntos a este
enemigo?
En el sótano del número treinta y tres de Himmelstrasse, Max
Vandenburg
sintió los puños de toda una nación. Uno a uno,
subieron al cuadrilátero y lo
vapulearon. Lo hicieron
sangrar. Lo dejaron sufrir.
Millones, hasta que al fin,
cuando consiguió ponerse en pie...
Miró a la siguiente persona que trepaba por las cuerdas. Era una
niña y, a
medida que avanzaba por la lona, se fijó en la lágrima que le
rodaba por una de
las mejillas. Llevaba un periódico en una mano.
—El crucigrama está sin hacer —dijo con dulzura, y se lo tendió.
Oscuridad.
Sólo oscuridad.
Sólo el sótano. Sólo el judío.
Un nuevo sueño: pocas noches después
Era por la tarde. Liesel bajó las escaleras del sótano. Max
estaba a mitad de
sus flexiones.
Se lo quedó mirando unos momentos, sin que él se diera cuenta, y
cuando
apareció a su lado y se sentó, él se levantó y se apoyó contra
la pared.
—¿Te he contado que últimamente tengo un nuevo sueño? —le
preguntó a
Liesel, que cambió de
postura para poder verle la
cara—. Pero sólo cuando
estoy despierto. —Señaló la mortecina lámpara de queroseno con
un gesto—. A
veces apago la luz y me quedo de pie a esperar.
—¿Qué aparece?
—No qué, sino quién —la corrigió Max.
Liesel no dijo nada. Era una de esas conversaciones que requieren cierto
tiempo entre las intervenciones.
—¿A quién esperas?
Max no se movió.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
—Al Führer. —Lo dijo con toda la naturalidad del mundo—. Por eso me
entreno.
—¿Por eso haces flexiones?
—Por eso. —Se acercó a la escalera de cemento—. Todas las noches
espero
en la oscuridad y el Führer
baja por estos escalones. Nos pasamos
horas
peleando.
Liesel se había puesto en pie.
—¿Quién gana?
Al principio iba a contestarle que nadie, pero entonces se fijó
en los botes de
pintura, en las
sábanas viejas y en
la creciente pila de periódicos que se
amontonaban hasta donde le alcanzaba la vista. Miró las
palabras, la nube
alargada y los monigotes de la pared.
—Yo —contestó.
Fue como si hubiera abierto la mano de Liesel, le hubiera dado
las palabras
y se la hubiera vuelto a cerrar.
Bajo tierra, en Molching, Alemania, dos personas
charlaban en un sótano.
Parece el principio de un chiste: «Estaban un judío y una
alemana en un sótano,
¿sí?...».
No obstante, no era un chiste.
Los pintores: principios de junio
Otro de los proyectos
de Max guardaba relación con
las páginas que
quedaban del Mein Kampf. Las había arrancado con cuidado
y las había
esparcido por el suelo
para darles una capa de pintura.
A continuación, las
había tendido para que se
secaran y las había vuelto
a colocar entre las
cubiertas. Cuando Liesel bajó ese día después de clase, encontró
a Max, a Rosa y
a su padre pintando varias
páginas. Muchas ya colgaban de la
cuerda sujetas
con pinzas, igual que debían de
haberlo estado las
páginas destinadas a El
vigilante.
Los tres levantaron la cabeza y dijeron algo.
—Hola, Liesel.
—Ahí tienes un pincel.
—Justo a tiempo, Saumensch. ¿Dónde te habías metido?
Cuando empezó a pintar, Liesel imaginó a Max Vandenburg peleando
con
el Führer tal y como él se lo había contado.
VISIONES EN EL SÓTANO
JUNIO DE 1941
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Markus Zusak
La ladrona de libros
Se lanzan puñetazos, el público se encarama por las paredes.
Max y el Führer luchan a muerte, rebotan contra la escalera. El
Führer tiene sangre en el bigote y en la raya del pelo, en la
parte derecha. «Vamos, Führer», lo anima el judío y le hace un
gesto para que se acerque a él. «Vamos, Führer.»
Cuando las visiones se desvanecieron y terminó la primera
página, el padre
le guiñó un ojo. La madre
la criticó por acaparar
la pintura. Max examinaba
todas y cada una de las hojas; tal vez entonces ya veía lo que
tenía planeado que
apareciera en ellas. Muchos meses después también pintaría la
tapa del libro y
le pondría un nuevo título, el de una de las historias que
escribiría e ilustraría.
Esa tarde, en el cubil secreto
bajo el número
treinta y tres de
Himmelstrasse, los
Hubermann, Liesel Meminger y Max
Vandenburg
prepararon las páginas de El árbol de las palabras.
Era agradable ser pintor.
El combate: 24 de junio
Y llegó la
séptima cara del dado. Dos
días después de que Alemania
invadiera Rusia.
Tres días antes
de que Gran Bretaña y los soviéticos
unieran
sus fuerzas.
Todo comenzó más
o menos una semana antes del 24 de
junio. Liesel
rapiñó un periódico para Max Vandenburg, como era habitual.
Rebuscó en un
cubo de basura cerca de Münchenstrasse y se lo puso bajo el
brazo. En cuanto se
lo entregó a Max
y este empezó la primera lectura, la miró y le
señaló una
fotografía de la portada.
—¿No es este el tipo al que le llevas la colada y la plancha?
Liesel se apartó de la pared y se acercó. Había escrito la
palabra «discusión»
seis veces junto
al dibujo que Max había hecho de la nube anudada y el sol
chorreante. Max le tendió el periódico y ella se lo confirmó.
—Sí, es él.
Liesel se dispuso a leer
el artículo, que afirmaba que Heinz Hermann, el
alcalde, había declarado que a pesar del magnífico avance de la
guerra, la gente
de Molching, como todos los alemanes responsables, debía tomar
las medidas
oportunas y prepararse para la posibilidad de que
llegaran tiempos más
difíciles. «Nunca se sabe —aseguraba— lo que pueden estar
tramando nuestros
enemigos o qué métodos emplearán para hacernos desfallecer.»
Desgraciadamente, las palabras del alcalde se hicieron realidad
una semana
después. Liesel se había pasado
por la Grandestrasse, como de costumbre, y
210
Markus Zusak
La ladrona de libros
estaba leyendo El hombre que silbaba en el suelo de la biblioteca del alcalde. La
mujer del alcalde no mostró ninguna señal extraña (o, para ser
francos, ninguna
fuera de lo habitual) hasta que llegó la hora de irse.
En ese momento, cuando le ofreció El hombre que silbaba,
insistió en que se
lo quedara.
—Por favor —la instó, rozando la súplica. Le tendía el libro con
firmeza y
comedimiento—. Llévatelo, hazme el favor, llévatelo.
Liesel, conmovida
por la excentricidad de aquella mujer, no se atrevió a
decepcionarla una vez más. El libro de tapas
grises y páginas
amarillentas
acabó en su mano y Liesel se volvió hacia el
pasillo. Estaba a punto de
preguntarle por la colada
cuando la mujer del alcalde le dirigió una última
mirada de pena envuelta en albornoz. Rebuscó en una cómoda y
sacó un sobre.
Su voz, grumosa por la falta de uso, tosió las palabras.
—Lo siento, es para tu madre.
A Liesel se le cortó la respiración.
De repente sintió
que los zapatos
le venían grandes. Algo se burló
de su
garganta y se puso a temblar. Al tender la mano y recibir la
carta, reparó en el
ruido que hacía el reloj de la biblioteca. Apesadumbrada, se dio
cuenta de que
los relojes no
suenan a nada que se parezca siquiera a un tictac, sino al ruido
que hace un martillo, arriba y abajo, golpeando una y otra vez
contra el suelo.
El sonido de una sepultura. Deseó que fuera la suya, porque
Liesel Meminger
quiso morirse en ese momento. No
le había dolido tanto
que los demás
decidieran prescindir de sus servicios, porque siempre le
quedaba el alcalde, la
biblioteca y las horas que pasaba con la mujer. Además, era la
última clienta, la
última esperanza... Perdidas. Esta vez se sintió traicionada.
¿Cómo iba a enfrentarse a su madre?
Las monedillas que Rosa se sacaba con esa faena la habían
sacado de
apuros. Un puñado adicional de levadura. Un taco de manteca.
Ilsa Hermann tenía
unas ganas locas
de... sacársela de encima. Liesel
lo
comprendió por la forma en que se agarraba el albornoz, con más
fuerza de lo
habitual. La incomodidad de su malestar la obligaba a quedarse
cerca de Liesel,
pero estaba claro que deseaba zanjar el asunto cuanto antes.
—Dile a tu madre... —añadió, mientras ajustaba la voz convirtiendo una
frase en dos— que lo sentimos.
La acompañó hasta la puerta.
En ese momento Liesel lo
notó en los hombros: el dolor, el impacto
del
rechazo definitivo.
«¿Esto es todo? —se preguntó—. ¿Me das un puntapié y ya está?»
211
Markus Zusak
La ladrona de libros
Despacio, recogió la bolsa vacía y se dirigió hacia la puerta.
Una vez fuera,
se volvió hacia la mujer del alcalde por segunda y última vez
ese día. La miró a
los ojos con despiadado orgullo marcado a fuego.
—Danke schön —dijo, e Ilsa Hermann le dedicó
una sonrisa derrotada,
innecesaria.
—Si alguna vez te apetece venir a leer, serás bienvenida —mintió
la mujer
(o al menos la niña, en su afligido y conmocionado estado, así
lo creyó).
En ese momento Liesel se sintió abrumada por
la amplitud de la entrada.
Había mucho espacio. ¿Por qué la gente necesitaba tanto espacio
para salir por
la puerta? Si Rudy hubiera estado allí, le habría dicho que era
imbécil, que era
para meter las cosas dentro.
—Adiós —se despidió la niña y, poco a poco, con gran dilación,
la puerta se
cerró.
Liesel no se fue.
Se quedó sentada en
los escalones, contemplando la ciudad de Molching
durante un buen rato. No hacía ni frío ni calor y la tranquila
ciudad todavía se
dibujaba con claridad. Molching estaba metida en un tarro de
cristal.
Abrió la carta. En ella, el alcalde Heinz Hermann apuntaba con
exactitud y
diplomacia las
razones por las
que prescindía de los servicios de Rosa
Hubermann. En resumen, venía
a decir que sería un
hipócrita si siguiera
regalándose esos
pequeños lujos mientras
aconsejaba a los demás que se
«prepararan para tiempos más difíciles».
Al fin se levantó y se fue a casa, pero cuando
vio el rótulo STEINER-
SCHNEIDERMEISTER en Münchenstrasse, las circunstancias volvieron
a sacudirla.
La tristeza la abandonó, ahuyentada por la rabia.
—Ese cabrón del alcalde —masculló—. Y esa mujer me saca de
quicio.
El hecho de que se
avecinaran tiempos difíciles era la mejor
razón para
seguir empleando a Rosa, pero
no, la habían despedido. En cualquier
caso,
pensó, ya se podían hacer ellos solitos la colada y el
planchado, como la gente
normal y corriente, como los pobres.
En la mano, El hombre que silbaba se puso rígido.
—Así que me has dado
el libro por pena —dijo
la niña—, para sentirte
mejor...
Le importó muy poco que no fuera la primera vez que le ofrecía
ese libro.
Dio media vuelta,
como ya hizo una vez, y
regresó al número ocho de la
Grandestrasse. La tentación de echar a correr era muy grande,
pero se abstuvo,
así podría reservarse para las palabras.
212
Markus Zusak
La ladrona de libros
Le desilusionó un poco que el alcalde no estuviera. No había
ningún coche
aparcado junto al bordillo, lo que tal vez fuera una suerte. Si
hubiera estado allí,
a saber qué podría
haberle hecho al pobre vehículo en ese combate de ricos
contra pobres.
Subió los escalones de dos en dos, se
acercó a la puerta y la golpeó
con
tanta fuerza que incluso
se hizo daño, aunque
disfrutó con las punzadas
de
dolor.
Como es lógico, la mujer del alcalde se quedó estupefacta al
volver a verla.
Llevaba el suave y sedoso
cabello un poco húmedo
y las arrugas se
ensancharon al percatarse de la marcada cólera sobre el normalmente pálido
rostro de Liesel. Abrió la boca, pero no salió nada, lo que le
vino muy a mano,
ya que era Liesel quien tenía la palabra.
—¿Cree que puede comprarme con este libro? —La voz, aunque
temblorosa, saltó al
cuello de la mujer. La fulgurante rabia
era pastosa y
desconcertante, pero
consiguió dominarla; sin embargo, la
ira siguió
acumulándose hasta tal punto que tuvo que secarse las lágrimas
de los ojos—.
¿Cree que dándome este Saukerl de libro se arreglará todo
cuando vaya a decirle
a mí madre que acabamos de perder a nuestro último cliente
mientras usted se
queda aquí sentada en su mansión?
Los brazos de la mujer del alcalde.
Colgaban.
Su rostro resbaló.
Sin embargo, Liesel no se achicó. Disparó las palabras a los
ojos.
—Su marido y usted, aquí sentaditos los dos.
Lo dijo con rencor; un rencor
y una mala intención de los que no se creía
capaz.
Palabras hirientes.
Sí, palabras crueles.
Las invocó desde algún lugar que acababa de descubrir y las arrojó
a Ilsa
Hermann.
—Ya es hora de que se
ponga a hacer su propia y apestosa colada —le
aclaró—. Ya es hora de que se enfrente al hecho de que su hijo
está muerto. ¡Se
murió! ¡Lo estrangularon
y lo
hicieron picadillo hace más de
veinte años! ¿O
murió de frío? ¡Da igual, está muerto! Está muerto y
es patético que se quede
ahí sentada, temblando dentro de casa para sufrir por ello.
¿Cree que es la única
que sufre?
De inmediato.
Su hermano apareció a su lado.
213
Markus Zusak
La ladrona de libros
Le susurró que lo dejara, pero él también estaba muerto y no
valía la pena
escucharlo.
Murió en un tren.
Lo enterraron en la nieve.
Liesel lo miró, pero no podía detenerse. Todavía no.
—No quiero este libro —continuó. Empujó al niño escalera abajo y
lo hizo
caer. Hablaba más bajo, pero con el mismo acaloramiento. Arrojó El
hombre que
silbaba a
las pantuflas de la mujer
y oyó el ruido
sordo del libro
al estrellarse
contra el cemento—. No quiero su asqueroso libro...
Ahora sí se controló. Se calló.
Su garganta era un desierto: ni una palabra en kilómetros a la
redonda.
Su hermano, sujetándose una rodilla, desapareció.
Al cabo de una incómoda pausa, la mujer del alcalde se agachó y
recogió el
libro. Estaba abatida y
derrotada, pero esta vez no era
por intentar sonreír.
Liesel lo adivinó en su expresión. La sangre le goteaba por la
nariz y le lamía los
labios. Los ojos se le amorataban. Por toda la piel se abrían
cortes y aparecían
heridas. Todo a causa de las palabras. De las palabras de
Liesel.
Con el libro en la mano,
Ilsa Hermann se enderezó, aunque
encogida, e
intentó retomar las disculpas, pero las palabras no salieron de
su boca.
«Abofetéame —pensó Liesel—, vamos, abofetéame.»
Ilsa Hermann no la abofeteó, se limitó a retirarse al interior,
hacia el feo aire
de su bonita casa y
Liesel, una vez más, se quedó
sola, aferrándose a los
escalones. Tenía miedo de
volverse porque sabía que cuando lo hiciera la
cubierta de cristal que protegía Molching estaría hecha añicos,
y eso la alegraría.
A modo de última orden del día, Liesel
leyó la carta una vez más. Al
acercarse a la verja, hizo una bola con ella, apretándola todo
lo que pudo, y la
arrojó contra la puerta, como si fuera una piedra. No sé qué
esperaba la ladrona
de libros, pero la bola
de papel rebotó en la portentosa plancha de madera y
bajó los escalones burlándose de ella. Acabó a sus pies.
—¡Típico! —musitó, dándole una patada y lanzándola a la hierba—. Es
inútil.
Esta vez, de camino a casa, imaginó el futuro del papel después de la
próxima lluvia, con la cubierta de cristal de Molching reparada
y del revés. Veía
incluso cómo se disolvían las palabras, letra tras letra, hasta que no quedaba
nada. Sólo papel. Sólo tierra.
En casa, quiso la suerte que Rosa estuviera en la cocina cuando
Liesel entró
por la puerta.
214
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Y? —preguntó—, ¿dónde está la colada?
—Hoy no hay colada —contestó Liesel.
Rosa se acercó y se sentó
a la mesa de la cocina. Lo sabía. De repente,
parecía mucho mayor. Liesel imaginó qué aspecto tendría si
se deshiciera el
moño y se dejara
caer el pelo sobre
los hombros. Una toalla gris de cabello
elástico.
—¿Qué hacías en esa casa, pequeña Saumensch?
La frase estaba entumecida. Rosa no consiguió reunir el veneno
habitual.
—Todo ha sido culpa mía —aseguró Liesel—. Insulté a la mujer del
alcalde
y le dije que dejara de llorar a su hijo muerto. Le dije que era
patética y entonces
te despidieron. Ten. —Se
acercó a las cucharas de madera, cogió un puñado y
las dejó ante ella—. Escoge.
Rosa eligió una y la levantó, pero sin blandirla.
—No te creo.
Liesel se debatió entre la angustia y la perplejidad absoluta.
¡La primera vez
que necesitaba un Watschen desesperadamente y no se lo
iban a dar!
—Es culpa mía.
—No es culpa tuya —replicó la madre. Incluso se levantó
y acarició el
grasiento y sucio cabello de Liesel—. Sé que no dirías esas
cosas.
—¡Las he dicho!
—Muy bien, lo que tú digas.
Liesel salió de la cocina y oyó que las cucharas de madera
regresaban a su
sitio, al tarro metálico. Cuando llegó a su habitación, todas
ellas, tarro incluido,
acabaron por los suelos.
Un poco después, bajó
al sótano. Max estaba de pie en
la oscuridad,
probablemente boxeando con el Führer.
—¿Max? —La luz se atenuó, como una moneda mortecina, roja,
flotando en
un rincón—. ¿Me enseñas a hacer flexiones?
Max le enseñó. A veces le levantaba el torso para ayudarla, pero
a pesar de
su enclenque apariencia Liesel era fuerte y podía sostener el
peso de su cuerpo
sin demasiada dificultad. No las contó, pero esa noche, en medio
del resplandor
del sótano, la ladrona de libros
hizo suficientes flexiones
para tener agujetas
durante varios días. Ni
siquiera se detuvo cuando
Max le advirtió que había
hecho demasiadas.
Ya en la cama, mientras leía con su padre, Hans adivinó que algo
iba mal.
Hacía cerca de un mes
que no se sentaba con ella,
por lo
que se sintió
confortada, aunque no del todo. Hans Hubermann siempre sabía qué
decir en el
215
Markus Zusak
La ladrona de libros
momento oportuno y cuándo dejarla sola. Tal vez Liesel fuera lo
único en lo que
él era un experto.
—¿Se trata de la colada? —preguntó.
Liesel negó con la cabeza.
Hans llevaba varios días sin afeitarse y se rascaba la rasposa
barba cada dos
o tres minutos. Sus ojos plateados no chispeaban, reposaban,
templados, como
siempre que se trataba de Liesel.
Hans se durmió
cuando el ritmo de lectura
fue decayendo, momento que
Liesel aprovechó para confesar en voz alta lo que llevaba todo
el día queriendo
decir.
—Papá, creo que voy a ir al infierno —susurró.
Tenía las piernas calientes. Las rodillas, frías.
Recordó las noches que mojaba la cama y su padre lavaba las
sábanas, y le
enseñaba las letras del abecedario. Ahora, la respiración de
Hans levantaba la
manta y Liesel le besó la rasposa mejilla.
—Tienes que afeitarte —dijo.
—No vas a ir al infierno —contestó el padre.
Se lo quedó mirando
unos instantes. Luego se recostó, se apoyó en él y,
juntos, se durmieron. En Munich, evidentemente, pero también en
algún lugar
de la séptima cara del dado alemán.
216
Markus Zusak
La ladrona de libros
Las juventudes de Rudy
Al final, Liesel tuvo que confesárselo.
Él sabía cómo tratarla.
UN RETRATO DE RUDY STEINER:
JULIO DE 1941
Hilillos de barro cruzan su cara. La corbata es como un
péndulo inmóvil desde hace tiempo en la caja del reloj. Tiene
el encendido pelo color limón alborotado y esboza una sonrisa
triste y absurda.
Se quedó a unos metros del escalón y habló con gran convicción,
con gran
alegría:
—Alles ist Scheisse —sentenció.
Todo es una mierda.
Durante la primera mitad de 1941, mientras Liesel se dedicaba a
ocultar a
Max Vandenburg,
robar periódicos y
regañar a esposas de alcalde,
Rudy
sobrellevaba como podía
la nueva vida en las Juventudes Hitlerianas. Desde
principios de
febrero volvía de las reuniones
de un humor bastante
peor del
que había ido. Tommy Müller lo acompañaba en muchos de esos
recorridos de
regreso a casa, en el mismo estado. El problema tenía tres
vertientes.
LOS TRES COMPONENTES
DEL PROBLEMA
1. Los oídos de Tommy Müller.
2. Franz Deutscher: el iracundo cabecilla de las Juventudes
Hitlerianas.
3. La incapacidad de Rudy para mantenerse al margen.
217
Markus Zusak
La ladrona de libros
Ojalá seis años atrás Tommy Müller no hubiera desaparecido
durante siete
horas uno de
los días más
fríos de la historia de Munich.
Sus otitis y
sus tics
nerviosos seguían afectando al pautado avance de las Juventudes
Hitlerianas y
eso, te lo puedo asegurar, no era nada bueno.
Al principio, el declive
de la situación fue gradual,
pero a medida que
pasaban los meses,
Tommy fue cosechando sistemáticamente la ira de los
cabecillas de las Juventudes
Hitlerianas, sobre todo a la hora de desfilar.
¿Recuerdas el cumpleaños
de Hitler del año pasado? Durante un
tiempo, las
otitis fueron a peor y
llegó un momento
en que Tommy empezó a tener
verdaderos problemas auditivos. No
oía las órdenes que gritaban al grupo
cuando marchaban en formación. Tanto daba que estuvieran a
cubierto o en el
exterior, en la nieve, en el barro o que cayeran chuzos de
punta.
El objetivo era que todo el mundo se detuviera al mismo tiempo.
—¡Un taconazo! —les decían—. Eso
es lo único
que el Führer quiere oír.
Todos a la vez. ¡Todos juntos como si fuerais uno!
Ahí es donde Tommy entraba en acción.
Creo que se trataba del oído izquierdo. Era el que le daba más
problemas
de los dos. Cuando el grito seco de «¡Alto!» llovía sobre los
oídos de los demás,
Tommy, ajeno a todo, continuaba la marcha como si tal cosa.
Podía convertir el
avance de una fila en un batiburrillo en un abrir y cerrar de
ojos.
Un sábado a
principios de julio, poco después
de las tres y
media, y tras
una letanía de fallidos
intentos de desfile
auspiciados por Tommy, Franz
Deutscher (el apellido
perfecto para el perfecto
adolescente nazi) perdió la
paciencia.
—Müller, du Affe! —Su
grueso cabello rubio le masajeó
la cabeza y sus
palabras manotearon la cara de Tommy—. Pedazo de burro, ¿qué
pasa contigo?
Tommy se encogió de
miedo, pero una de sus mejillas
todavía consiguió
acalambrarse en una alegre y
frenética contracción. No sólo
parecía que
esbozara una sonrisita
triunfante, sino que además
aceptaba el rapapolvo con
regocijo. Y Franz Deutscher no iba a tolerar ni lo uno ni lo
otro. Lo fulminó con
sus ojos claros.
—¿Y bien? ¿Qué tienes que decir en tu defensa? —preguntó.
El tic de Tommy no hizo más que acentuarse, tanto en velocidad
como en
intensidad.
—¿Te estás burlando de mí?
—Heil. —Se contorsionó Tommy, en un intento desesperado de ganarse su
aprobación, aunque olvidó añadir la parte del «Hitler».
En ese momento Rudy
dio un paso
al frente. Se puso delante de
Franz
Deutscher y lo miró a los ojos.
218
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Tiene un problema, señor...
—¡Eso ya lo veo!
—En los oídos —terminó Rudy—. No puede...
—Está bien, se acabó. —Deutscher se frotó las manos—. Vosotros
dos, seis
vueltas al campo.
—Obedecieron, pero no lo bastante
rápido—. Schnell! —los
perseguía la voz.
Cuando acabaron las seis vueltas, les mandaron hacer varios
ejercicios más,
como correr, tumbarse en el suelo, levantarse y volver a
tumbarse, y al cabo de
quince minutos muy largos les ordenaron que se echaran al suelo
para lo que
sería el último ejercicio.
Rudy bajó la vista.
Un siniestro charco de barro le sonrió desde el suelo.
¿Qué estás mirando?, parecía decir.
—¡Abajo! —ordenó Franz.
Por descontado, Rudy lo saltó y se tiró al suelo, boca abajo.
—¡Arriba! —Franz sonrió—. Un paso atrás. —Obedecieron—. ¡Abajo!
El mensaje era claro y Rudy lo aceptó. Se zambulló en el barro,
aguantó la
respiración y, en ese
momento, con la oreja pegada a la tierra
empapada, los
ejercicios acabaron.
—Vielen Dank, meine Herren —concluyó
Franz Deutscher, con cortesía—.
Muchas gracias, caballeros.
Rudy se puso de rodillas, se escarbó las orejas y miró a Tommy.
Tommy cerró los ojos y lo asaltó un espasmo.
Ese día, de vuelta en Himmelstrasse, Liesel, que todavía llevaba
puesto el
uniforme de la BDM, estaba jugando a la rayuela con unas niñas
más pequeñas
cuando vio con el rabillo del ojo a las
dos tristes figuras acercándose. Una la
llamó.
Se reunieron en el umbral de la caja de zapatos de cemento
que hacía las
veces de casa de los Steiner, y Rudy le contó todo lo que les
había ocurrido.
Al cabo de diez minutos, Liesel se sentó.
Al cabo de once, Tommy, sentado junto a ella, dijo:
—Es culpa mía.
Sin embargo, Rudy rechazó la imputación con un gesto
a medio camino
entre una sentencia y una sonrisa, partiendo con el dedo una
tira de barro por la
mitad.
—Es culp... —volvió a intentarlo
Tommy, pero Rudy lo
interrumpió y lo
señaló.
—Tommy, por favor. —En el
rostro de Rudy se reflejaba una extraña
satisfacción. Liesel nunca había visto a alguien tan decaído y
al mismo tiempo
219
Markus Zusak
La ladrona de libros
tan animado—. Anda, siéntate y... ten espasmos... o lo que
quieras. —Y
continuó con su historia.
Empezó a caminar arriba y abajo.
Se peleó con la corbata.
Las palabras que le lanzaba a Liesel caían sobre el escalón de
cemento.
—Ese Deutscher nos la ha
hecho buena, ¿eh, Tommy? —resumió, con
optimismo.
Tommy asintió, tuvo un espasmo y abrió la boca, no
necesariamente en ese
orden.
—Fue por mi culpa.
—Tommy, ¿qué te he dicho?
—¿Cuándo?
—¡Ahora mismo! Que estuvieras calladito.
—Claro, Rudy.
Cuando poco después Tommy se fue a casa, cabizbajo, Rudy la
tanteó con
lo que parecía una nueva y magistral táctica.
La compasión.
Todavía en el escalón del umbral, estudió detenidamente el barro
que se le
había secado
formando una costra en el uniforme, y miró a
Liesel a la cara,
desesperanzado.
—¿Qué me dices, Saumensch?
—¿De qué?
—Ya lo sabes...
Liesel respondió como solía hacerlo.
—Saukerl—contestó, riendo y salvando la corta
distancia que la separaba de
su casa.
Una desconcertante mezcla de barro y compasión era una cosa,
pero besar a
Rudy Steiner era otra completamente distinta.
La llamó desde el escalón, esbozando una triste sonrisa, y
toqueteándose el
pelo con una mano.
—Algún día caerás —la avisó—, ¡ya lo verás, Liesel!
Al cabo de un par de años, en el sótano, Liesel a veces se moría
de ganas
por acercarse hasta la puerta de al lado y verlo, aunque
estuviera escribiendo en
plena madrugada. También comprendió que, probablemente, esos días
caldeados en las Juventudes Hitlerianas alimentaron la sed
delictiva de Rudy y,
por consiguiente, la suya propia.
220
Markus Zusak
La ladrona de libros
Después de todo, a pesar de las habituales épocas de lluvia, se
avecinaba el
verano, como correspondía. Las manzanas Klar debían de
estar madurando. Les
quedaban muchos hurtos que cometer.
221
Markus Zusak
La ladrona de libros
Los perdedores
Cuando se trataba de
robar, Liesel y Rudy tenían claro que se estaba más
seguro en un grupo grande. Andy Schmeikl los invitó a una
reunión junto al río
donde, entre otros puntos del día, se debatiría un plan para
robar fruta.
—¿Así que ahora eres el jefe?
—preguntó Rudy, pero Andy
negó con la
cabeza, claramente decepcionado.
Era evidente que habría deseado tener lo que se necesitaba para
serlo.
—No. —Su fría voz tenía un inusual tono cordial, inexpresivo—.
Hay otro.
EL NUEVO ARTHUR BERG
Tenía el pelo arremolinado y la mirada nublada, y era uno de
esos delincuentes cuya única razón para robar era el placer
que le procuraba. Se llamaba Viktor Chemmel.
A diferencia de la mayoría de la gente que se dedicaba a las
diversas artes
del hurto, Viktor Chemmel lo tenía todo. Vivía en la mejor zona
de Molching,
en una casa de campo que
fumigaron cuando expulsaron a los judíos. Tenía
dinero. Tenía tabaco. No obstante, quería más.
—No es ningún
crimen querer un poco
más —aseguraba, tumbado en la
hierba con una pandilla
de chicos sentados a su alrededor—. Querer más es
nuestro deber primordial como alemanes.
¿Qué dice nuestro Führer? —
Contestó a su pregunta retórica—: ¡Tenemos que tomar lo que por
derecho nos
pertenece!
A primera vista, Viktor
Chemmel no era más que el típico
adolescente
ducho en el arte de tirarse faroles. Por desgracia, cuando le daba por
demostrarlo también poseía cierto carisma, una especie de
«sígueme».
Cuando Liesel y Rudy se acercaban al grupo del río, ella oyó que
preguntaba:
—¿Dónde están esos
dos malandrines de los
que habéis estado
fanfarroneando? Ya son las cuatro y diez.
222
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Según mi reloj todavía no —contestó Rudy.
Viktor Chemmel se apoyó en un codo.
—No llevas reloj.
—¿Estaría aquí si tuviera dinero para tener un reloj?
El nuevo jefe se acabó de incorporar del todo y sonrió, una
radiante sonrisa
de dientes rectos. A
continuación, dirigió su despreocupada
atención hacia la
chica.
—¿Quién es la golfa?
Liesel, más que
acostumbrada a los insultos, se
limitó a observar la
nebulosa textura de sus ojos.
—El año pasado robé
trescientas manzanas y al
menos varias docenas de
patatas —se presentó—. El alambre de espino no es un secreto
para mí y puedo
seguir el ritmo de cualquiera de los que hay aquí.
—¿De verdad?
—Sí. —Liesel no se amilanó ni
se echó atrás—. Lo único que pido
es una
pequeña parte de lo que
nos llevemos. Una docena de manzanas de
vez en
cuando, las sobras para mi amigo y para mí.
—Bueno, supongo que
eso puede arreglarse. —Viktor encendió
un
cigarrillo, se lo
llevó a la boca y
dirigió sus esfuerzos
a arrojarle el humo a la
cara.
Liesel no tosió.
Era el mismo grupo del año anterior con la única excepción del
jefe. Liesel
se preguntó por qué ninguno de los otros chicos había asumido el
mando, pero
mirándolos uno a uno se dio
cuenta de que ninguno tenía lo que
había que
tener. No tenían escrúpulos a la hora de robar, pero necesitaban
las órdenes. Les
gustaba recibir
órdenes y a Viktor
Chemmel le gustaba darlas. Era un
bonito
microcosmos.
Por un momento
Liesel deseó que volviera
Arthur Berg. ¿O él también se
habría sometido a la autoridad de Chemmel? No
importaba. Liesel sólo sabía
que Arthur Berg no tenía ni un pelo de tirano, mientras que el
nuevo cabecilla
lucía toda una cabellera. Sabía que si se hubiera quedado
atrapada en un árbol
el año pasado, Arthur
habría vuelto por ella, a pesar
de afirmar lo
contrario.
Este año, por el
contrario, enseguida se percató de que Viktor
Chemmel ni
siquiera se molestaría en mirar atrás.
Chemmel se levantó sin apartar la vista del chico larguirucho y
la chica de
aspecto famélico.
—¿Así que queréis robar conmigo?
¿Qué tenían que perder? Asintieron con la cabeza.
Se acercó y cogió a Rudy por el pelo.
223
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Quiero oírlo.
—Pues claro —contestó Rudy, antes de que le diera un empujón,
tirándole
del flequillo.
—¿Y tú?
—Por supuesto.
Liesel fue lo
bastante rápida para evitar el mismo
trato. Viktor sonrió.
Aplastó el cigarrillo, tomó aire y se rascó el pecho.
—Caballeros, golfa, parece que es hora de ir de compras.
El grupo emprendió la marcha y
Rudy y Liesel, como siempre lo
habían
hecho en el pasado, cerraban la comparsa.
—¿Te gusta? —susurró Rudy.
—¿Y a ti?
Rudy se lo pensó un momento.
—Creo que es un cabrón de mucho cuidado.
—Yo también.
El grupo se estaba alejando.
—Vamos, nos estamos quedando atrás —dijo Rudy.
A unos kilómetros de allí, llegaron a la primera granja. Lo que
les esperaba
fue toda una sorpresa. Los
árboles que habían imaginado cargados
de fruta
parecían débiles y enfermos, sólo tenían unas cuantas manzanas
que colgaban
apáticas de las ramas.
En la granja siguiente pasaba
lo mismo. Tal vez había
sido una mala temporada, o
ellos no habían calculado bien el
momento
adecuado.
Al final de esa tarde, durante el reparto del botín, Liesel y
Rudy recibieron
una pequeña manzana para los dos. Justo es decir que la
recaudación había sido
paupérrima, pero Viktor Chemmel también había aplicado la ley
del embudo.
—¿Qué es esto? —preguntó Rudy, con la manzana en la mano.
Viktor ni siquiera se volvió.
—¿A ti qué te parece? —le lanzó las palabras por encima del
hombro.
—¿Una asquerosa manzana?
—Ten. —También les
lanzó una medio empezada, que cayó con el lado
mordido de cara al suelo—. También puedes quedarte esa.
Rudy estaba indignado.
—A la mierda. No
hemos caminado quince
kilómetros por una miserable
manzana y media, ¿verdad, Liesel?
Liesel no contestó.
No tuvo tiempo, Viktor Chemmel estaba encima de Rudy antes de
que ella
pudiera decir ni una palabra. Le sujetaba los brazos con las
rodillas y tenía las
manos alrededor del
cuello de Rudy. No fue otro
sino Andy Schmeikl quien
recogió las manzanas a petición de Viktor.
224
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Le estás haciendo daño —avisó Liesel.
—¿De verdad?
Viktor volvía a sonreír. Liesel odiaba esa sonrisa.
—No me está haciendo daño.
Las palabras de Rudy se aturullaron. Tenía la cara
roja por
la presión y
empezó a sangrar por la nariz.
Al cabo de un buen rato, durante el que siguió apretándole el
cuello, Viktor
lo soltó y se levantó. Se apartó con ademán despreocupado.
—Arriba, chico —dijo, y Rudy, sabiendo lo que le convenía,
obedeció.
Viktor volvió a acercarse con toda tranquilidad y se
le plantó delante. Lo
golpeó con suavidad en el brazo. Le susurró:
—A no ser que quieras que ese hilillo de sangre se convierta en
una fuente,
te sugiero que te largues, muchachito. —Miró a Liesel—. Y
llévate a la golfilla
también.
Nadie se movió.
—¿A qué estáis esperando?
Liesel cogió a Rudy por la mano y se fueron, pero no antes de
que este se
volviera por última vez y escupiera sangre a los pies de Viktor
Chemmel, lo que
dio lugar a un último comentario.
PEQUEÑA AMENAZA DE
VIKTOR CHEMMEL A RUDY STEINER
«Algún día me las pagarás, amigo.»
Dirás lo que quieras
de Viktor Chemmel, pero le sobraban
paciencia y
buena memoria. Necesitó unos cinco meses para cumplir su
palabra.
225
Markus Zusak
La ladrona de libros
Bocetos
Si el verano de 1941 levantaba muros alrededor de personas como
Rudy y
Liesel, penetraba en la
vida de Max Vandenburg mediante
escritos y dibujos.
En los momentos
de mayor soledad en el sótano,
las palabras empezaban a
apilarse a su alrededor. Las visiones
comenzaron a manar y a caer,
incluso a
derramarse, de sus manos.
Tenía lo que llamaba un pequeño surtido de herramientas:
Un libro pintado.
Un puñado de lápices.
Una cabeza llena de ideas.
Como si fueran piezas de un puzzle, empezó a encajarlas.
Al principio, Max se puso a escribir su propia historia.
La intención era anotar
todo lo que le había ocurrido —y conducido al
sótano de Himmelstrasse—, pero al final no lo hizo. El exilio de
Max generó en
él algo muy distinto:
varios pensamientos inconexos, con los que decidió
quedarse porque parecían «verdaderos». Eran más reales que las cartas
que
escribía a su familia y a
su amigo Walter Kugler
a sabiendas de que jamás
podría enviarlas. Las hojas profanadas del Mein Kampf se estaban convirtiendo
en una serie de bocetos, una página tras otra, que para él resumían los
acontecimientos que habían transformado su vida anterior en
otra. Algunos le
llevaban minutos. Otros, horas. Decidió que le regalaría el
libro a Liesel cuando
estuviera acabado, cuando ella fuera lo bastante mayor y, eso
esperaba, toda esa
locura hubiera terminado.
Desde el momento en que probó los lápices sobre la primera hoja
pintada,
no se separó del libro. A
menudo lo tenía junto
a él, o en las manos
mientras
dormía.
Una tarde, después de las flexiones y los abdominales, se durmió
arrimado
a la pared del sótano. Cuando Liesel bajó, encontró el libro a
su lado, apoyado
sobre una pierna, y la curiosidad
pudo con ella. Se agachó y lo
recogió,
suponiendo que él se movería. No lo hizo. Max estaba sentado,
con la cabeza y
226
Markus Zusak
La ladrona de libros
los hombros descansando
contra la pared. Liesel
apenas oía el ruido
de su
respiración, avanzando
y retirándose, cuando abrió
el libro y
hojeó unas
cuantas páginas al azar.
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La ladrona de libros
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La ladrona de libros
229
Markus Zusak
La ladrona de libros
Asustada por lo que había visto, Liesel dejó el libro donde
estaba, como lo
había encontrado, apoyado sobre la pierna de Max.
La sobresaltó una voz.
—Danke schön.
Liesel siguió el
rastro de la voz hasta su dueño
y, cuando lo miró, en los
labios del judío había una débil señal de satisfacción.
—Por Dios, Max —jadeó Liesel—, me has asustado.
Max volvió a dormirse, pero la sensación
no abandonó a la muchacha
mientras subía las escaleras.
Max, me has asustado.
230
Markus Zusak
La ladrona de libros
El hombre que silbaba y los zapatos
Todo siguió el patrón acostumbrado hasta el final del verano y
bien entrado
el otoño. Rudy intentaba sobrevivir como podía en las Juventudes
Hitlerianas,
Max hacía flexiones y
abdominales y Liesel buscaba periódicos
y escribía
palabras en la pared del sótano.
No está de más mencionar que todo patrón tiene siempre alguna
brecha y
que un día este acaba dando un vuelco o pasa página. En nuestro
caso, el factor
determinante fue Rudy. O,
al menos, Rudy y
un campo de deporte recién
abonado.
A finales de octubre todo
parecía normal. Un chico
sucio caminaba por
Himmelstrasse. Su familia esperaba que llegara de un momento a
otro y que les
mintiera diciendo que a
todos los chicos
de las Juventudes Hitlerianas
les
habían obligado a hacer instrucción adicional en el campo. Sus
padres incluso
esperaban algunas risas. Sin embargo, esta vez no las habría.
Ese día, Rudy se había quedado sin risas y sin mentiras.
Ese miércoles, cuando Liesel lo vio más de cerca, se fijó en que
Rudy Steiner
iba descamisado. Y en que estaba furioso.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó, al verlo pasar por su lado como
alma en
pena.
Él se volvió y le tendió la camisa.
—Huélela —dijo.
—¿Qué?
—¿Estás sorda? Que la huelas.
A regañadientes, Liesel se inclinó y le llegó
una repugnante ráfaga de la
prenda parda.
—¡Jesús, María y José! ¿Es...?
El chico asintió con la cabeza.
—También tengo en la barbilla. ¡En la barbilla! ¡Menos mal que
no me la he
tragado!
—Jesús, María y José.
231
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Acaban de abonar el
campo de
las Juventudes Hitlerianas. —Volvió a
echarle un vistazo indignado y enojado a la camisa—. Creo que es
estiércol de
vaca.
—El tipo ese como se llame, Deutscher, ¿sabía que estaba
abonado?
—Dice que no. Pero sonreía.
—Jesús, María y...
—¡Quieres dejar de decir eso!
Lo que Rudy necesitaba en
esos momentos era una victoria. Había salido
malparado en sus tratos
con Viktor Chemmel, había
afrontado un problema
detrás de otro en las
Juventudes Hitlerianas. Todo lo que
quería era una
pequeña victoria de nada, y estaba decidido a conseguirla.
Siguió caminando hasta su casa, pero cuando
llegó a los escalones de
cemento, cambió de opinión y volvió junto a la chica, despacio,
pero decidido.
—¿Sabes qué me animaría? —preguntó, cauteloso, en un susurro.
«Tierra, trágame», pensó Liesel.
—Si crees que voy a... En este estado...
Rudy pareció defraudado.
—No, no es eso. —Suspiró y se acercó un poco más—. Es otra cosa.
—Se lo
pensó un momento
y levantó la cabeza, apenas unos
centímetros—. Mírame:
estoy sucio, apesto a caca de vaca o a mierda de perro o a lo que quieras
y,
como siempre, tengo un hambre que me muero. —Hizo una pausa—.
Necesito
ganar en algo, Liesel, de verdad.
Liesel lo comprendía.
Si no hubiera sido por el olor, se habría acercado más a él.
Robar.
Tenían que robar algo.
No.
Tenían que robar algo
de nuevo. No importaba el qué, sólo tenía que ser
pronto.
—Esta vez sólo tú y yo
—propuso Rudy—, nada de
Chemmels ni
Schmeikls. Sólo tú y yo.
Era superior a ella.
Empezó a sentir un
hormigueo en las manos, el
pulso se le disparó y sus
labios sonrieron, todo a la vez.
—Tiene buena pinta.
—Entonces está decidido.
—Y, aunque intentó no hacerlo, Rudy no pudo
evitar la sonrisa abonada que se esbozaba en su rostro—.
¿Mañana?
Liesel asintió con la cabeza.
—Mañana.
232
Markus Zusak
La ladrona de libros
El plan era perfecto,
salvo por un
detalle: no tenían ni idea de por
dónde
empezar.
La fruta quedaba descartada. Rudy desechó cebollas y patatas y
decidieron
no volverlo a
intentar con Otto Sturm y
su bicicleta cargada de productos
de
granja. Una vez era inmoral. Dos, una completa canallada.
—¿Y qué narices hacemos? —preguntó Rudy.
—¿Y yo qué sé? La idea es tuya, ¿no?
—Eso no quiere decir que no puedas
colaborar un poquito. Yo
no puedo
pensar en todo.
—Si casi no piensas en nada...
Siguieron discutiendo
mientras se paseaban por la
ciudad. Ya en las
afueras, empezaron a divisar
las primeras granjas
y árboles, que se alzaban
como estatuas escuálidas. Las ramas estaban grises. Cuando
levantaron la vista,
sólo vieron ramas alicaídas y un cielo despejado.
Rudy escupió.
Volvieron a atravesar Molching, barajando propuestas.
—¿Qué te parece frau Diller?
—¿Qué me parece de qué?
—Si decimos «Heil Hitler!» y luego robamos algo, igual no
nos pasará nada.
Después de deambular por
Münchenstrasse durante un par de
horas,
empezó a oscurecer y estuvieron a punto de darse por vencidos.
—Es inútil —se rindió Rudy—, y encima tengo más hambre que
nunca. Por
amor de Dios, me
estoy muriendo de hambre. —Avanzó
unos pasos antes
de
pararse y mirar atrás—. ¿Qué te pasa? —preguntó, porque Liesel se había
detenido en seco y algo le iluminaba la cara.
¿Cómo no se le había ocurrido antes?
—¿Qué pasa? —Rudy empezaba a impacientarse—. Saumensch,
¿qué
narices pasa?
En ese momento, Liesel se estaba enfrentado a una decisión.
¿Podría llevar
a cabo lo que estaba pensando? ¿De verdad quería vengarse así de alguien?
¿Tanto despreciaba a esa persona?
Dio media vuelta y empezó a caminar. Cuando Rudy la alcanzó,
aminoró el
paso con la vana esperanza de aclararse un poco. Después
de todo, se sentía
culpable desde hacía tiempo. Estaba fresca. La semilla ya se
había abierto y se
había convertido en una
flor de pétalos negros. Sopesó si de
verdad podría
llevarlo a cabo. Se detuvo ante la encrucijada.
—Conozco un sitio.
Cruzaron el río y remontaron la colina.
233
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se empaparon de la magnificencia de las mansiones de
Grandestrasse. Las
puertas relucían como si las acabaran de esmaltar y las tejas
descansaban sobre
las casas como peluquines, peinados hasta que todos los pelos
quedaban en su
sitio. Las paredes y
las ventanas estaban muy cuidadas y
las chimeneas casi
expulsaban el humo en forma de anillo.
Rudy se plantó.
—¿La casa del alcalde?
Liesel asintió, muy seria. Se hizo un silencio.
—Despidieron a mí madre.
Cuando doblaron la
esquina, Rudy preguntó cómo, en nombre
de Dios,
iban a entrar; pero Liesel lo sabía.
—Conozco el terreno —contestó—. Conozco...
Sin embargo, cuando la
ventana de la biblioteca entró en su
campo de
visión, en el extremo de la casa, se topó con toda una sorpresa:
estaba cerrada.
—¿Y bien? —preguntó Rudy.
Liesel dio media vuelta, despacio, y echó a andar a toda prisa.
—Hoy no —dijo.
Rudy se echó a reír.
—Lo sabía. —La alcanzó—. Lo sabía, sucia Saumensch, no
podrías entrar ahí
ni aunque tuvieras la llave.
—¿Qué más da? —Aceleró el paso y dejó de lado el comentario de
Rudy—.
Sólo tenemos que esperar el momento adecuado.
En su interior, se
sacudió de encima la alegría que le
había producido la
ventana cerrada. Se reprendió a sí misma. ¿Por qué, Liesel?, se
preguntó. ¿Por
qué tuviste que
estallar cuando despidieron a mamá? ¿Por
qué no pudiste
mantener la bocaza cerrada? Por lo que sabes, la mujer del
alcalde podría haber
rectificado después de que le gritaras y sermonearas. Tal vez ha recobrado las
fuerzas y se ha recuperado. Tal vez se ha prohibido volver a
tiritar en esa casa
nunca más y la ventana va a seguir cerrada para siempre... ¡Estúpida
Saumensch!
Sin embargo, una semana después, a la quinta visita a la parte
alta de
Molching, llegó la ocasión.
La ventana abierta dejaba entrar el aire por el resquicio.
Y eso sería lo único que se iba a colar por ella.
Rudy se detuvo primero.
Avisó a Liesel, dándole unos golpecitos
en las
costillas con el dorso de la mano.
—¿Esa ventana está abierta? —preguntó en voz baja.
234
Markus Zusak
La ladrona de libros
La inquietud de su voz se deslizó desde sus labios, como si
pasara un brazo
por el hombro de Liesel.
—Jawohl—contestó ella—. Ya lo creo.
Cómo empezó a latirle el corazón...
En todas las ocasiones anteriores, cuando encontraban la ventana
cerrada a
cal y canto, la
aparente decepción de Liesel enmascaraba
un gran alivio.
¿Tendría las suficientes agallas para entrar? Y, de hecho, ¿por
quién y para qué
iba a entrar? ¿Por Rudy? ¿Para buscar comida?
No, la repugnante verdad era otra.
No le importaba la comida. Rudy, por mucho que ella intentara
resistirse a
la idea, quedaba relegado a un segundo plano en su trama. Lo que
quería era el
libro, El hombre que silbaba. No había permitido que se lo
regalara una mujer
vieja, patética y
solitaria. Robarlo, en cambio, parecía más aceptable. Robarlo,
en cierto sentido morboso, era como ganárselo.
La luz dibujaba bloques de sombra.
La pareja se dirigió hacia la inmaculada y enorme casa. Se
susurraron sus
pensamientos.
—¿Tienes hambre? —preguntó Rudy.
—Estoy hambrienta —contestó Liesel.
De un libro.
—Mira, acaba de encenderse una luz arriba.
—Ya la veo.
—¿Todavía tienes hambre, Saumensch?
Se les escapó una risita nerviosa antes de ponerse a deliberar quién debía
entrar y quién debía quedarse vigilando. Como hombre al mando,
Rudy tenía
claro que era él quien debía quedarse con el papel del
allanador, pero era obvio
que Liesel conocía el lugar. Tenía que entrar ella. Sabía lo que
había al otro lado
de la ventana.
Lo dijo.
—Entro yo.
Liesel cerró los ojos. Con fuerza.
Se obligó a recordar, a imaginar al alcalde y a su mujer. Pensó
en la amistad
que la había unido a Ilsa Hermann
y no paró
hasta que estuvo segura de
haberle dado una patada
en la espinilla y haberla dejado fuera de combate.
Funcionó. Los detestaba.
Vigilaron la calle y cruzaron el jardín en silencio.
235
Markus Zusak
La ladrona de libros
Estaban agachados
bajo el resquicio de la ventana de la planta baja. El
sonido de la respiración de ambos se acentuó.
—Eh, dame los zapatos —sugirió Rudy—, así harás menos ruido.
Liesel se desató sin protestar los deshilachados cordones negros
y dejó los
zapatos en el suelo. Se puso en pie y
Rudy abrió la ventana con suavidad, lo
justo para que Liesel
pudiera colarse dentro. El ruido
pasó por encima de sus
cabezas, como un avión volando a ras de tierra.
Liesel se dio impulso para subir al alféizar y forcejeó hasta
meterse dentro.
Se dio cuenta de que
sacarse los zapatos había sido una idea
brillante, ya que
aterrizó sobre el suelo
de madera con mucha más fuerza de
la que había
esperado. Las
plantas de los pies
se dilataron dolorosamente, apretándose
contra la cara interior de los calcetines.
La estancia estaba como siempre.
Liesel se sacudió
la nostalgia de encima
en la penumbra polvorienta.
Avanzó con cautela mientras sus ojos se adaptaban a la escasa
luz.
—¿Qué está pasando? —susurró Rudy con voz seca desde el otro
lado.
Sin embargo, Liesel hizo un gesto a su espalda con la mano, que
significaba:
Halt's Maul. Que te calles.
—Comida —le recordó Rudy—, busca comida. Y cigarrillos. Si
puedes.
Pero eso era lo último que tenía en mente. Había vuelto a su
hogar, entre
los libros de múltiples colores y tamaños del alcalde, con sus
letras plateadas y
doradas. Olía las
páginas. Casi podía saborear las
palabras a medida que se
apelotonaban a su alrededor. Los pies la llevaron hacia la pared
de la derecha.
Sabía cuál quería —conocía la posición exacta—, pero cuando se
acercó al sitio
que solía ocupar El
hombre que silbaba, ya no estaba allí.
En su lugar
había un
pequeño espacio vacío.
Oyó pasos en el piso de arriba.
—¡La luz! —susurró Rudy,
empujando las palabras
por el resquicio de la
ventana—. ¡La han apagado!
—Scheisse.
—Van a bajar.
Ese instante se
dilató hasta el infinito. La eternidad
de unas décimas de
segundo en que se toma
una decisión. Recorrió la habitación con
la mirada y
vio El hombre que silbaba, tan tranquilo, encima del
escritorio del alcalde.
—Venga —la apremió Rudy.
No obstante, Liesel se acercó despacio, tranquila, cogió el
libro y salió con
cuidado. Con la cabeza por delante, saltó por la ventana y
consiguió caer de pie,
por lo que volvió a sentir otra punzada de dolor, esta vez en
los tobillos.
—Vamos —la urgió Rudy—. ¡Corre, corre, Schnell!
236
Markus Zusak
La ladrona de libros
En cuanto doblaron la esquina y se encontraron en la calzada que
llevaba
hasta el río y Münchenstrasse, Liesel se detuvo y se inclinó
hacia delante para
recuperar el aliento. Estaba encorvada sobre sí misma; el vaho
se congelaba en
sus labios y el corazón le retumbaba en los oídos.
Rudy estaba igual.
Al levantar la vista,
vio el
libro que Liesel llevaba
bajo el brazo e intentó
hablar.
—¿Y...? —Forcejeó con las palabras—. ¿Y ese libro?
La oscuridad se extendía a toda prisa. Liesel jadeaba a medida
que el aire
de la garganta se descongelaba.
—Es lo único que he encontrado.
Pero Rudy se la olió. La mentira. Ladeó la cabeza y le planteó
lo que creía
que ocurría.
—No entraste a por comida, ¿verdad? Te llevaste lo que
querías...
Liesel se incorporó
y en ese momento
la aplastó el peso de una
nueva
sorpresa.
Los zapatos.
Miró los pies de Rudy, luego sus manos y el suelo, después a su
alrededor.
—¿Qué? —preguntó él—. ¿Qué pasa?
—Saukerl —lo acusó—. ¿Dónde están mis zapatos?
—Rudy se puso blanco.
Liesel no necesitó mayor confirmación—. Se han quedado en la
casa, ¿verdad?
—preguntó.
Rudy miró con
desesperación a su alrededor, suplicando, en contra de lo
que dictaba la realidad, que los
hubiera llevado consigo. Se
imaginó
recogiéndolos, deseando que fuera cierto, pero los
zapatos no estaban allí.
Esperaban inútilmente o, mucho peor, delatoramente, junto a la pared del
número ocho de Grandestrasse.
—Dummkopf! —lo reprendió, dándole un bofetón en la
oreja. Avergonzado,
Rudy miró la triste estampa de los calcetines de Liesel—.
¡Imbécil!
No tardó mucho tiempo en decidir cómo resarcirla.
—Espera —dijo muy serio, y volvió a doblar la esquina corriendo.
—Que no te cojan —lo avisó Liesel a su espalda, pero no la oyó.
La espera se hizo angustiante.
La oscuridad ya era total y Liesel estaba bastante segura de
tener todos los
números para recibir un Watschen
cuando volviera a
casa. Date prisa,
murmuraba, pero Rudy seguía sin aparecer. Imaginó el sonido de
una sirena de
policía desplegado y luego acallada. Replegándose.
Nada.
237
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hasta que regresó a la intersección de las dos calles con sus
empapados y
sucios calcetines, no lo
vio. Rudy, con expresión triunfal y la cabeza bien alta,
trotaba hacia ella. Lucía una radiante sonrisa, con los dientes
muy apretados, y
llevaba los zapatos colgando de una mano.
—He estado al borde de la muerte, pero lo conseguí —aseguró.
Le tendió los zapatos cuando cruzaron el río y ella los tiró al
suelo.
Sentada, miró a su mejor amigo.
—Danke —dijo—. Gracias.
Rudy hizo una breve reverencia.
—De nada. —Se la jugó por si podía conseguir algo más—. No vale
la pena
que pregunte si me he ganado un beso, supongo.
—¿Por traerme los zapatos que olvidaste?
—Bueno, está bien. —Levantó
las manos y siguió
hablando mientras
caminaban. Liesel hizo un abnegado esfuerzo para ignorarlo. Sólo
oyó la última
parte—: Seguramente tampoco querría besarte, sobre todo si el
aliento te huele
como los zapatos.
—Me das asco —le dijo, esperando que Rudy no hubiera visto el
esbozo de
una sonrisa que se le había escapado de los labios.
Rudy le quitó el libro en Himmelstrasse. Leyó el título debajo
de una farola
y le preguntó de qué trataba.
—De un asesinato —contestó Liesel, ensimismada.
—¿Y ya está?
—También hay un policía que intenta echarle el guante.
Rudy se lo devolvió.
—Hablando del tema, creo que nos va a caer una buena cuando
lleguemos
a casa. Sobre todo a ti.
—¿Por qué a mí?
—Ya lo sabes... Por tu madre.
—¿Qué pasa con mi madre? —Liesel no hizo más que ejercer el
derecho de
cualquier persona que
pertenece a una familia. Dicha persona tiene
total
libertad para quejarse y
criticar a cualquier miembro
de su parentela, pero
siempre que no lo hagan
los demás. En ese momento
uno se levanta y
demuestra su lealtad—. ¿Pasa algo con ella?
Rudy retrocedió.
—Perdona, Saumensch, ¡no quería ofenderte!
Incluso de noche Liesel se daba cuenta de que Rudy crecía. Se le
alargaba la
cara, la mata de pelo
rubia se le estaba oscureciendo imperceptiblemente y
parecía que sus facciones cambiaban de forma. Sin embargo, había
una cosa que
nunca cambiaría: era imposible estar enfadada con él mucho
tiempo.
238
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Tienes algo bueno para cenar? —preguntó. —Lo dudo.
—Yo también. Qué lástima que los libros no puedan comerse.
Arthur Berg
dijo algo parecido, ¿recuerdas?
De camino a casa estuvieron recordando los
buenos tiempos, mientras
Liesel le iba echando una
ojeada de vez en cuando a la tapa gris y el
título
impreso en negro de El hombre que silbaba.
Antes de entrar en sus respectivas casas, Rudy se detuvo un
momento.
—Adiós, Saumensch. —Rió—. Adiós, ladrona de libros.
Fue la primera vez que otorgaban dicho tratamiento
a Liesel, y no
consiguió ocultar lo mucho que le gustó. Como ya sabemos, había
robado libros
en anteriores ocasiones,
pero a finales de
octubre de 1941 pasó a ser algo
público. Esa noche, Liesel Meminger se convirtió oficialmente en
la ladrona de
libros.
239
Markus Zusak
La ladrona de libros
Tres estupideces de Rudy Steiner
RUDY STEINER, TODO UN GENIO
1. Robó la patata más grande de Mamer's, el colmado del
barrio.
2. Se enfrentó a Franz Deutscher en Münchenstrasse.
3. Se saltó las reuniones de las Juventudes Hitlerianas.
El desencadenante de la primera estupidez de Rudy fue la
codicia. Hacía la
típica tarde de perros de mediados de noviembre de 1941.
Antes había
esquivado con bastante maña a las
señoras armadas de
cupones, casi me
atrevería a decir que con un toque de genialidad criminal,
tanto es así que estuvo a punto de pasar inadvertido.
Gracias a su discreción,
consiguió la patata más grande del montón, es
decir, esa misma patata que casi toda la cola vigilaba, así que todos
estaban
mirando cuando un
puño de trece añitos se asomó
y la atrapó. Un coro de
corpulentas Helgas
lo señaló con el dedo y
Thomas Mamer se acercó
al sucio
tubérculo echando pestes.
—Meine Erdäpfel—dijo—. Mis patatas.
La patata seguía en las
manos de Rudy (necesitaba las
dos), y la gente se
reunió a su
alrededor como una cuadrilla
de luchadores. Había llegado el
momento de usar la labia.
—Mi familia se muere de
hambre —se justificó Rudy. Un conveniente
reguero de fluido claro
empezó a moquearle de la nariz.
No hizo
nada por
limpiarse—. Mi hermana necesita un abrigo nuevo. El último se lo
robaron.
Mamer no era tonto.
—¿Y querías vestirla con una patata? —preguntó, sin soltarle el
cuello de la
camisa, por donde lo tenía agarrado.
—No, señor.
240
Markus Zusak
La ladrona de libros
Miró de soslayo el único
ojo de su captor que podía ver. Mamer estaba
hecho un tonel,
tenía dos pequeños
balazos en la cara a modo de ojos
y los
dientes como el público durante un partido de fútbol: apiñados.
—Hace tres semanas que cambiamos
todos los cupones
por el abrigo y
ahora no tenemos nada que llevarnos a la boca.
El tendero tenía a
Rudy agarrado con una mano y llevaba la patata en la
otra. Se volvió a su mujer para decirle la temida palabra: Polizei.
—No, por favor
—suplicó Rudy.
Cuando después se lo explicó a Liesel, le contó que no tuvo ni
una pizca de
miedo, pero estoy segura de que en ese momento el corazón estaba
a punto de
salírsele del pecho.
—La policía no, por favor, la policía no.
—Polizei.
A pesar de las contorsiones de Rudy, que no dejaba de pelearse
con el aire,
Mamer se mostró inconmovible.
Esa tarde, en la cola también había un profesor del colegio,
herr Link, uno
de los maestros seculares. Rudy lo vio y lo abordó de frente,
con la mirada.
—Herr Link. —Era su última baza—. Herr Link, dígaselo, por
favor, dígale
lo pobre que soy.
El tendero miró al maestro con expresión inquisitiva.
—Sí, herr Mamer, este chico es pobre —afirmó herr Link, dando un
paso al
frente—. Es de Himmelstrasse. —El corro, mujeres en su mayoría,
lo consultó,
conscientes de que Himmelstrasse no era el paradigma de la
opulencia en
Molching. Se lo tenía
por un
barrio relativamente pobre—.
Tiene ocho
hermanos.
¡Ocho!
Rudy tuvo que
reprimir una sonrisa; todavía no se
había librado, pero al
menos había conseguido que un profesor mintiera como un bellaco:
se las había
ingeniado para añadir tres niños más a la familia Steiner.
—Suele venir al colegio sin desayunar.
Y el corro de mujeres volvió a consultar. Fue como si añadiera
una capa de
pintura a la situación y cargara un poco más el ambiente.
—¿Y por eso debo dejar que me robe patatas?
—¡La más grande! —puntualizó una de las mujeres.
—Cállese, frau Metzing —la advirtió Mamer, y ella enseguida se
calmó.
Al principio, toda la atención recayó sobre Rudy y la mugre del
cuello, pero
luego fue trasladándose
de un lado al otro, del chico
a la patata y de ahí a
241
Markus Zusak
La ladrona de libros
Mamer, de lo mejor a
lo peor. Sin embargo, nunca
sabremos qué fue lo que
llevó al tendero a exonerar a Rudy.
¿El patetismo que destilaba el chico?
¿La dignidad de herr Link?
¿El enojo de frau Metzing?
Fuera lo que fuese,
Mamer devolvió la patata a la pila y arrastró
a Rudy
fuera del establecimiento, donde le propinó un buen puntapié con
la bota.
—Y no vuelvas más.
Desde la calle, Rudy
siguió a Mamer con la mirada mientras regresaba
detrás del mostrador para despachar comestibles y
sarcasmo al siguiente
cliente.
—Déjeme adivinar qué patata quiere que le ponga —dijo, sin
apartar la
vista del niño.
Un nuevo fracaso para Rudy.
La segunda estupidez revistió el mismo peligro, pero por razones
distintas.
Tras este altercado en
concreto, Rudy acabaría con un ojo morado, las
costillas rotas y un corte de pelo.
Tommy Müller seguía teniendo los problemas de siempre en las
reuniones
de las Juventudes Hitlerianas, y Franz Deutscher estaba
esperando que Rudy se
metiera por medio. No tardó demasiado.
Mientras los demás
estaban dentro aprendiendo
tácticas, a Rudy y a
Tommy les ordenaron que hicieran una nueva y exhaustiva tabla de
ejercicios.
Muertos de frío, al
pasar corriendo veían por las
ventanas las cabezas
y
hombros calientes de sus
compañeros. Ni siquiera
cuando se unieron al resto
del grupo se acabaron los ejercicios. Rudy se desplomó en un
rincón, se sacudió
el barro de la manga
y lo lanzó
a la ventana, cuando Franz
le disparó la
pregunta favorita en las Juventudes Hitlerianas.
—¿Cuándo nació nuestro Führer, Adolf Hitler?
Rudy levantó la vista.
—¿Cómo dices?
Le repitió la pregunta y el muy estúpido de Rudy Steiner, a
pesar de saber
de memoria que era el 20 de abril de 1889, le dio la fecha de
nacimiento de Jesús
por respuesta.
Incluso añadió que fue en Belén, a modo de información
complementaria.
Franz se frotó las manos.
Mala señal.
Se acercó a Rudy y le ordenó que volviera a salir a dar unas
cuantas vueltas
al campo.
242
Markus Zusak
La ladrona de libros
Rudy corrió en solitario. Después de cada vuelta, volvían a
preguntarle la
fecha de nacimiento del
Führer. Completó siete carreras antes
de contestar lo
que querían.
El verdadero problema se presentó días después de la reunión.
Rudy vio a Deutscher pasearse por
la acera de Münchenstrasse con unos
amigos y sintió
la necesidad de arrojarle una piedra. Tal vez te preguntes en
qué narices estaba
pensando. La respuesta es: seguramente en nada. Lo más
probable es que adujera estar ejerciendo su derecho inalienable
a ser estúpido.
Eso o que sólo de ver a Franz Deutscher le venían unas ganas
irrefrenables de
machacarlo.
La piedra alcanzó la espalda de su objetivo, aunque no con tanta
fuerza
como Rudy habría
esperado. Franz Deutscher se volvió en redondo
y pareció
encantado al
descubrirlo allí de pie junto
a Liesel, Tommy y la hermana
pequeña de Tommy, Kristina.
—Corramos —sugirió Liesel, pero Rudy no se movió.
—Ahora no estamos en las Juventudes Hitlerianas —repuso.
Ya tenían a los
chicos mayores encima.
Liesel no se separó de su amigo,
igual que el espasmódico Tommy y la delicada Kristina.
—Señor Steiner —lo saludó Franz, antes de cogerlo y tirarlo al
suelo.
Rudy se levantó, pero eso sólo sirvió para enfurecer aún más a
Deutscher.
Volvió a tirarlo al suelo por segunda vez, seguido de un
rodillazo en el pecho.
Rudy se puso en pie una vez más y el grupo de chicos mayores
empezó a
reírse de su amigo. Lo que no benefició mucho a Rudy.
—A ver si le enseñas lo que es bueno —lo animó el más alto.
Tenía una mirada tan azul
y fría como el cielo, y
esas palabras fueron lo
único que Franz necesitó. Estaba decidido a que Rudy mordiera el
polvo y no
volviera a levantarse.
La gente empezó a
apiñarse a su alrededor cuando
Rudy lanzó un
puñetazo al estómago de Franz Deutscher, aunque no lo alcanzó
por mucho. En
ese momento, notó la
candente sensación del impacto de un
puño contra la
cuenca de su ojo. Vio las estrellas y, antes de darse cuenta,
volvía a estar en el
suelo. Recibió un nuevo
golpe en el mismo lugar y
notó cómo el moretón se
volvía amarillento, azulado y negro a la vez. Tres capas de
dolor punzante.
El cada vez más nutrido corro esperó morbosamente atento a que
Rudy se
levantara. No fue
así. Esta vez se quedó en el frío
y húmedo suelo, con la
sensación de que este se filtraba a través de sus ropas y se
extendía por todo su
cuerpo.
243
Markus Zusak
La ladrona de libros
Todavía veía lucecitas, por lo que no se dio cuenta hasta que
fue demasiado
tarde de que Franz estaba a su lado con una navaja nuevecita, a
punto de
agacharse y utilizarla.
—¡No! —protestó Liesel, pero el chico alto la retuvo.
—No te preocupes. No lo hará, no tiene agallas —la tranquilizó.
A los oídos de Liesel, las palabras sonaron profundas y seguras.
El joven se equivocaba.
Franz se arrodilló y se inclinó sobre Rudy.
—¿Cuándo nació nuestro
Führer? —le susurró. Con mucho
cuidado,
pronunció e introdujo
cada una de las palabras en el oído—. Vamos, Rudy,
¿cuándo nació? Dímelo, no va a pasar nada, no tengas miedo.
¿Y Rudy?
¿Qué respondió?
¿Respondió con prudencia
o permitió que su estupidez lo hundiera aún
más en el lodo?
Rudy lo miró despreocupadamente a los ojos
azul claro y le
contestó con
otro susurro:
—Un lunes de Pascua.
Segundos después, la
navaja se ocupaba del cabello de Rudy.
Fue el
segundo corte de pelo de esa etapa de la vida de Liesel. Unas
tijeras oxidadas
cortaron el cabello de
un judío. Una navaja reluciente hizo lo
propio con su
mejor amigo. Liesel no conocía a nadie que hubiera pagado por
que le cortaran
el pelo.
En cuanto a Rudy, ese año hasta el momento había tragado barro,
se había
bañado en estiércol, un criminal en ciernes había estado a punto
de asfixiarlo y
ahora estaba sufriendo lo que vendría a ser la guinda del
pastel: la humillación
pública en Münchenstrasse.
Le cortaron casi
todo el flequillo sin problemas,
pero algunos pelillos se
aferraban a su cabeza a
cada navajazo, y acabó
arrancándoselos sin
contemplaciones. Rudy hizo un gesto de dolor, sin olvidar el ojo
palpitante y las
doloridas costillas.
—¡Veinte de abril de mil ochocientos ochenta y nueve! —lo
aleccionó Franz.
El público se dispersó en cuanto Deutscher retiró a su cohorte y
dejó solos
con su amigo a Liesel, Tommy y Kristina.
Rudy se quedó tirado en el suelo, absorbiendo la humedad.
Así que únicamente
nos queda la tercera estupidez: saltarse
las reuniones
de las Juventudes Hitlerianas.
No desapareció de
golpe —sólo para demostrarle a
Deutscher que no le
tenía miedo—, pero al cabo de unas semanas Rudy cortó toda
relación.
244
Markus Zusak
La ladrona de libros
Vestía el uniforme con orgullo y dejaba atrás Himmelstrasse
seguido de su
leal súbdito, Tommy, pero en vez de presentarse en las
Juventudes Hitlerianas,
salían de la ciudad y seguían el curso del Amper, donde hacían
rebotar piedras
sobre la superficie
o arrojaban enormes pedruscos
al agua. En general, hacían
de las suyas. Manchaba
el uniforme lo suficiente para
tener engañada a su
madre, al menos hasta que llegó
la primera carta, momento en que
oyó la
temida llamada desde la cocina.
Al principio sus padres lo amenazaron. Siguió sin ir.
Le suplicaron que fuera. Se negó.
Al final, la oportunidad de unirse a una división distinta hizo
virar a Rudy
en la dirección correcta. Por fortuna, porque si el joven no
volvía a dejarse ver
pronto, a los
Steiner les iba a
caer una multa por su ausencia.
Su hermano
mayor, Kurt, consultó
si Rudy podría
apuntarse a la división aérea,
especializada en enseñanzas
de vuelo. Se pasaban casi
todo el tiempo
construyendo maquetas de
aviones y no había ningún Franz Deutscher a la
vista. Rudy aceptó y Tommy también se apuntó. Fue la primera vez
en su vida
que su estúpido comportamiento le reportaba un resultado
beneficioso.
En la nueva división,
siempre que le hacían la famosa pregunta
sobre el
Führer, Rudy sonreía y respondía: «Veinte de abril de mil
ochocientos ochenta y
nueve», y a continuación le susurraba a Tommy una fecha
distinta, como la del
nacimiento de Beethoven,
Mozart o
Strauss. En el colegio estaban estudiando
los compositores,
algo en lo que Rudy destacaba a pesar de su manifiesta
estupidez.
245
Markus Zusak
La ladrona de libros
El libro flotante (parte II)
La fortuna por fin sonrió a Rudy Steiner a principios de
diciembre, aunque
no de la forma acostumbrada.
Ese día hacía frío, pero
todo estaba en calma. Había
estado a punto de
nevar.
Después de clase, Rudy y Liesel se pasaron primero por la tienda
de Alex
Steiner y luego, de camino a casa, vieron al viejo
amigo de Rudy, Franz
Deutscher, que en ese momento doblaba la esquina. Liesel, como
solía hacer por
esa época, siempre llevaba encima El hombre que silbaba.
Le gustaba sentirlo en la
mano, ya fuera el suave lomo o el tosco filo de las hojas. Ella
fue la primera en
verlo.
—Mira.
Lo señaló. Deutscher se acercaba hacia ellos a grandes zancadas
acompañado de otro cabecilla de las Juventudes Hitlerianas.
Rudy retrocedió y se tocó el ojo que se estaba curando.
—Esta vez no. —Miró a su
alrededor—. Si pasamos la iglesia,
podemos
seguir por el río y atajar por ahí.
Sin más palabras, Liesel
lo siguió y
consiguieron evitar con
éxito al
torturador de Rudy... para cruzarse en el camino de otro.
Al principio ni siquiera se fijaron.
El grupo que cruzaba el
puente y fumaba cigarrillos podría
haber sido
cualquiera. Era demasiado tarde para dar media vuelta cuando las
dos partes se
reconocieron.
—Oh, no, nos han visto.
Viktor Chemmel sonrió.
Se mostró muy amigable, lo
que significaba que era más peligroso
que
nunca.
—Vaya, vaya, si son Rudy
Steiner y su golfilla —los saludó
con toda la
tranquilidad del mundo, quitándole El hombre que silbaba a Liesel de las
manos—. ¿Qué estamos leyendo?
246
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Esto es entre tú y
yo —intentó razonar Rudy—. Ella no tiene nada que
ver. Venga, devuélveselo.
—El hombre que silbaba. —Se dirigió a Liesel—. ¿Es
bueno?
Liesel se aclaró la garganta.
—No está mal.
Por desgracia, se delató. Fueron los ojos. Revoloteaban
inquietos. Liesel se
dio cuenta del momento
justo en que Viktor Chemmel descubrió que el libro
era una posesión valiosa.
—¿Sabes qué?, cincuenta marcos y es tuyo —propuso Viktor.
—¡Cincuenta marcos!
—exclamó Andy Schmeikl—. Vamos, Viktor, con
cincuenta marcos podrías comprarte mil libros.
—¿Te he pedido que hables?
Andy cerró el pico. Como si llevara una bisagra.
Liesel intentó poner cara de póquer.
—Pues ya puedes quedártelo. Ya lo he leído.
—¿Cómo acaba?
¡Maldita sea!
No había llegado hasta ahí.
Vaciló y Viktor Chemmel lo adivinó al instante.
Rudy intervino enseguida.
—Vamos, Viktor, no le hagas esto. Me buscas a mí. Haré lo que
quieras.
El joven se limitó a apartarlo a un lado, con el libro en alto.
Y lo corrigió.
—No, soy yo el que va a hacer lo que quiera —dijo, dirigiéndose
al río.
Todo el mundo fue tras
él, intentando seguir su paso.
Medio corriendo,
medio caminando. Algunos protestaron. Otros lo animaron.
Todo fue muy rápido, y simple. Se formuló una pregunta en tono
burlón y
amistoso.
—Dime, ¿quién fue el último campeón olímpico de lanzamiento de
disco en
Berlín? —preguntó Víctor. Se volvió hacia ellos, calentando el
brazo—. ¿Quién
fue? Mecachis, lo tengo en la punta de la lengua. Fue un
americano, ¿verdad?
Carpenter o algo así...
—¡Por favor! —dijo Rudy.
El agua borboteaba.
Viktor Chemmel dio una vuelta sobre sí mismo.
El libro salió disparado
de su mano. Se abrió, aleteó, las
páginas se
estremecieron ganándole terreno al aire. Se detuvo con mayor
brusquedad de la
esperada, y dio la impresión de que el agua lo succionaba.
Golpeó la superficie
de un planchazo y empezó a flotar corriente abajo.
247
Markus Zusak
La ladrona de libros
Viktor negó con la cabeza.
—No ha sido lo suficiente alto. Un mal lanzamiento. —Volvió a
sonreír—.
Pero suficiente para ganar, ¿eh?
Liesel y Rudy no se quedaron a oír las risas.
Rudy ya había bajado a la orilla para intentar encontrar el
libro.
—¿Lo ves? —preguntó Liesel.
Rudy corrió.
Siguió la orilla del río y le indicó dónde estaba el libro.
—¡Allí!
Se detuvo, lo señaló
y corrió
un poco más
para adelantarlo. Se quitó el
abrigo y se metió
en el agua en un abrir y
cerrar de ojos. Una vez dentro,
lo
vadeó hasta el centro.
Liesel, dejando de correr, sintió el dolor de cada paso. El
punzante frío.
Al acercarse más vio que el libro pasaba junto a Rudy, pero este
lo atrapó
enseguida. Alargó la mano y pescó lo que se había convertido en
una masa de
cartón y papel mojado.
—¡El hombre que silbaba! —gritó el chico.
Era el único libro que flotaba en el Amper ese día, pero
aun así sintió
la
necesidad de anunciar el título.
Otro punto que hay que destacar es que
Rudy no intentó abandonar las
gélidas aguas en cuanto tuvo el libro en la mano, sino que
permaneció dentro
un par de minutos. Nunca se lo confesó a Liesel, pero creo que
ella sabía muy
bien que las razones fueron dos.
LOS MOTIVOS HIPOTÉRMICOS
DE RUDY STEINER
1. Tras meses de fracasos, esa fue la única oportunidad
de deleitarse con una victoria.
2. Una muestra de altruismo de esa magnitud era una buena
ocasión para pedirle el típico favor. ¿Cómo iba a negarse
Liesel?
—¿Qué hay de ese beso, Saumensch?
Permaneció unos minutos más en el agua, hundido hasta la
cintura, antes
de salir y tenderle el libro. Los pantalones se le pegaban a las piernas
y no
dejaba de moverse. En realidad, creo que tenía miedo. Rudy Steiner temía el
beso de la ladrona de
libros. Debía de haberlo deseado con todas
sus fuerzas.
Debió de haberla querido con todo su corazón. Tanto, que nunca
más volvería a
pedírselo y se iría a la tumba sin él.
248
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Markus Zusak
La ladrona de libros
SEXTA PARTE
El repartidor de sueños
Presenta:
el diario de la muerte — el muñeco de nieve — trece regalos — el
siguiente
libro — la pesadilla de un cadáver judío — un periódico en el
cielo — una visita
— un Schmunzeler — y un último beso en unas mejillas
intoxicadas
249
Markus Zusak
La ladrona de libros
El diario de la muerte: 1942
Fue un año de los que pasarán a la historia, como el 79, o como
1346, por
nombrar unos pocos. ¿Qué guadaña ni qué ocho cuartos?
¡Maldita sea!, una
escoba o trapo bien grande es lo que habría necesitado. Y unas
vacaciones.
UNA PEQUEÑA VERDAD
No llevo ni hoz ni guadaña.
Sólo cuando hace frío visto un hábito negro con capucha.
Y no tengo esos rasgos faciales de calavera que tanto parece
que os gusta endilgarme, aunque a distancia. ¿Quieres saber
qué aspecto tengo en realidad? Te ayudaré. Ve a buscar un
espejo mientras sigo.
La verdad es que estoy bastante expansiva en estos momentos,
hablándote
de mí y nada más que de mí, y de mis viajes, de lo que vi en
1942. Por otro lado,
eres humano, así que debes
de saber qué es el narcisismo. La cuestión es que
existe una razón para que te explique lo que vi
entonces. Gran parte de ello
tendrá repercusiones para Liesel Meminger.
LISTA ABREVIADA DE 1942
1. Los judíos desesperados, con sus espíritus en mi regazo
mientras esperamos sentados en el tejado, junto a las
humeantes chimeneas.
2. Los soldados rusos, apenas llevan unas cuantas balas,
confían en que los caídos les abastezcan del resto.
3. Los cuerpos empapados en una costa francesa, varados
entre los guijarros y la arena.
250
Markus Zusak
La ladrona de libros
Podría continuar, pero he
decidido que por ahora es
suficiente con tres
ejemplos. Tres ejemplos,
por pocos que sean, te dejarán el regusto ceniciento
que definió mi existencia aquel año.
A menudo intento recordar los retazos sueltos de belleza que
también vi en
esa época. Me abro paso a través de mi archivo de historias.
De hecho, tiendo la mano y escojo una.
Creo que ya conoces la mitad y, si me acompañas, te contaré el
resto. Te
contaré la segunda parte de la ladrona de libros.
Sin saberlo, a la ladrona le aguardan muchas cosas excepcionales
a las que
acabo de aludir, pero a ti también.
Está bajando nieve al sótano, ¡precisamente al sótano!
Un puñado de agua congelada puede hacer sonreír casi a
cualquiera, pero
no puede hacerlos olvidar.
Aquí viene.
251
Markus Zusak
La ladrona de libros
El muñeco de nieve
Para Liesel Meminger, los
primeros meses de 1942 podrían resumirse del
siguiente modo:
Cumplió trece años.
Seguía siendo plana. Todavía no era
mujer. El joven
del sótano estaba en la cama.
P y R
¿Cómo acabó Max Vandenburg en la cama de Liesel?
Se cayó.
Había opiniones para todos los gustos, pero Rosa Hubermann
sostenía que
la semilla se había plantado la Navidad pasada.
El 24 de diciembre fue
un día de hambre y
frío, pero al menos tuvo una
ventaja importante: no hubo visitas prolongadas. Hans hijo
estaba matando
rusos y al mismo tiempo mantenía su huelga familiar. Trudy sólo
pudo pasarse
unas horas el fin de semana anterior a Navidad. Se iba fuera con
la familia para
la que trabajaba. Vacaciones para una Alemania muy diferente.
Liesel le bajó un regalo a Max
en Nochebuena: dos puñados de nieve.
«Cierra los ojos y abre
las manos», le dijo. En cuanto
sintió la nieve, Max se
estremeció y se echó a reír, pero no abrió los ojos, sino que
probó un pedacito.
Dejó que se fundiera en sus labios.
—¿Es el parte meteorológico del día?
Liesel se quedó a su lado.
Le tocó un brazo con suavidad.
Max volvió a llevarse la nieve a la boca.
—Gracias, Liesel.
Fue el principio de la mejor Navidad de todos los tiempos. Poco
de comer.
Nada de regalos. Pero había un muñeco de nieve en el sótano.
252
Markus Zusak
La ladrona de libros
Después de entregarle
los primeros puñados, Liesel comprobó que no
hubiera nadie y
empezó a sacar fuera todos
los cubos y
botes que encontró,
llenándolos con la nieve
y el hielo que cubrían
el pedacito de mundo que era
Himmelstrasse. Una vez repletos, los entró en casa y los bajó al
sótano.
Hay que ser justo y decir que Liesel fue la primera en lanzarle
una bola de
nieve a Max, por lo que recibió una de respuesta en la barriga.
Max incluso le
arrojó una a Hans Hubermann mientras bajaba la escalera del
sótano.
—Arschloch! —gritó Hans—. ¡Liesel, pásame un poco
de esa nieve! ¡El cubo
entero!
Durante unos minutos,
lo olvidaron todo. No hubo gritos
ni vociferaron
más nombres, pero por momentos no conseguían aguantarse la risa.
Sólo eran
humanos jugando en la nieve, dentro de casa.
Hans miró los cacharros llenos de agua helada.
—¿Qué hacemos con lo que sobra?
—Un muñeco de nieve —propuso Liesel—. Tenemos que hacer un
muñeco
de nieve.
Hans llamó a Rosa.
Rosa escupió:
—¿Qué pasa, Saukerl?
—¡Baja aquí un momento, anda!
Cuando su mujer apareció, Hans Hubermann
se jugó la vida al lanzarle
una buena bola de nieve. Le pasó rozando y se desintegró al
impactar contra la
pared, así que Rosa
encontró una excusa para maldecir todo
lo que quiso sin
detenerse a coger
aliento. Bajó a ayudarles en cuanto
se hubo recuperado.
Incluso aportó unos botones para los ojos y la nariz y un trozo
de cordel para la
sonrisa del muñeco. También un
pañuelo y un
sombrero para algo que en
realidad no superaba el medio metro de altura.
—Un enano —dijo Max.
—¿Qué haremos cuando se derrita? —preguntó Liesel.
Rosa tenía la respuesta.
—Pues lo limpias, Saumensch, en un santiamén.
Hans discrepó.
—No se derretirá. —Se frotó las manos y se las sopló—. Aquí
abajo hace un
frío de muerte.
Sin embargo, el muñeco de nieve se derritió, aunque siguiera en
pie en el
interior de todos ellos. Debió de ser lo último que vieron esa
Nochebuena antes
de quedarse dormidos. Un acordeón en sus oídos, un
muñeco de nieve en su
retina, y en cuanto a Liesel, una reflexión sobre las
últimas palabras de Max
antes de dejarlo junto al fuego.
253
Markus Zusak
La ladrona de libros
FELICITACIONES NAVIDEÑAS
DE MAX VANDENBURG
«A menudo deseo que todo esto acabe, Liesel, pero entonces,
no sé cómo, pasa algo... tú bajas al sótano con un muñeco de
nieve en las manos.»
Por desgracia, a partir de esa noche la salud de Max empeoró
gravemente.
Los primeros signos fueron bastante típicos: frío constante,
manos temblorosas,
incremento de las fantasías
de combate con el Führer... No
obstante, sólo se
preocupó después de comprobar
que no conseguía entrar en
calor tras las
flexiones y los abdominales. Por muy cerca del fuego que se
sentara, su salud
no mejoraba. Día tras
día, perdía peso. Su tabla de
ejercicios lo agotaba y
acababa desplomado, con la mejilla pegada contra el desnudo
suelo del sótano.
Consiguió aguantar todo
enero, pero a principios
de febrero Max estaba
muy mal. Tenía que hacer
un gran esfuerzo para despertarse, ya que si
no se
quedaba durmiendo junto al fuego hasta bien entrada la mañana,
con los labios
crispados y los pómulos cada vez más marcados. Cuando le
preguntaban, decía
que estaba bien.
A mediados de febrero, unos días antes del cumpleaños de Liesel,
se acercó
a la chimenea al borde del colapso y a punto estuvo de caer
directamente sobre
las llamas.
—Hans —susurró, con el rostro acalambrado.
Le fallaron las piernas y se golpeó la cabeza contra la funda
del acordeón.
Al mismo tiempo que una cuchara de madera caía en la sopa de
guisantes,
Rosa se plantaba junto a Max. Le sujetó la cabeza y le gritó a
Liesel:
—¡No te quedes ahí
parada, saca las sábanas de recambio
y ponlas en tu
cama! ¡Y tú! —Le tocaba a Hans—. Ayúdame a levantarlo y a
llevarlo a la
habitación de Liesel. Schnell!
En el tenso rostro
de Hans se reflejaba la preocupación. Cerró los
ojos
grises, como si hubieran bajado una persiana metálica, y lo
levantó él solo. Max
era liviano como un niño.
—¿Lo acostamos aquí o en nuestra cama?
Rosa ya había considerado esa opción.
—No, tenemos que dejar las cortinas abiertas durante el día o
levantaremos
sospechas.
—Bien pensado.
Hans se lo llevó de allí. Liesel observaba, sábanas en mano.
Pies lánguidos
y cabello mustio en el pasillo. Se le había caído un zapato.
—Andando.
Rosa cerró la marcha detrás de ellos con sus andares de pato.
254
Markus Zusak
La ladrona de libros
Una vez en la cama, fueron apilando sábanas encima de él y
remetiéndolas
alrededor de su cuerpo.
—Mamá.
Liesel no encontró fuerzas para decir nada más.
—¿Qué? —Rosa
Hubermann llevaba el moño tan
tirante que por detrás
asustaba y dio la impresión de tensarse aún más cuando repitió
la pregunta—.
¿Qué quieres, Liesel?
Liesel se acercó, temiendo la respuesta.
—¿Está vivo?
El moño asintió.
Rosa se volvió.
—Escúchame bien, Liesel, no he aceptado a este
hombre en mi casa para
ver cómo se muere, ¿entendido? —sentenció con gran seguridad.
Liesel asintió con la cabeza.
—Venga, largo.
Su padre la abrazó en el vestíbulo.
Liesel lo necesitaba más que nada en el mundo.
Más tarde, ya
entrada la noche, oyó cómo Hans
y Rosa hablaban. Rosa la
había instalado en la habitación con ellos, por lo que
descansaba junto a la cama
de matrimonio, en el
suelo, en el colchón que habían
subido a
rastras del
sótano. (Al principio
les preocupaba que pudiera
estar infectado, pero luego
llegaron a la conclusión de que esas ideas no tenían fundamento.
Lo que había
enfermado a Max no era un
virus, de modo que lo subieron y
cambiaron las
sábanas.)
Rosa dijo lo que pensaba, creyendo que la niña estaba dormida.
—Ese maldito muñeco de nieve —murmuró—. Estoy segura de
que ese
muñeco de nieve tiene la culpa... Mira que ponerse a jugar con
hielo y nieve con
el frío que hace ahí abajo.
Hans se lo tomó con filosofía.
—Rosa, la culpa la tiene Adolf. —Se incorporó—. Deberíamos ir a
ver cómo
está.
Max recibió siete visitas a lo largo de toda la noche.
RECUENTO DE LAS VISITAS
A MAX VANDENBURG
Hans Hubermann: 2
Rosa Hubermann: 2
255
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel Meminger: 3
Por la mañana, Liesel le subió la libreta de bocetos del sótano
y la dejó en la
mesita de noche. Se sentía muy mal por haberle echado una hojeada el año
anterior, así que esta vez, por respeto, no se atrevió a
abrirla.
Cuando su padre entró en la habitación, Liesel le habló de cara
a la pared
contra la que se apoyaba la cama de Max Vandenburg, sin
volverse.
—¿Por qué tuve que bajar
toda esa nieve? —preguntó—.
Es por
culpa de
eso, ¿verdad, papá? —Entrelazó
las manos, como si
fuera a rezar—. ¿Por qué
tuve que hacer ese muñeco de nieve?
Hans, para su imperecedera gloria, fue inflexible.
—Liesel, tenías que hacerlo —respondió, zanjando la cuestión.
Se sentó a su lado durante horas, mientras Max tiritaba y
dormía.
—No te mueras —le susurró—. Por favor, Max, no te mueras.
Era el segundo muñeco de nieve que se derretía ante sus ojos,
aunque esta
vez era diferente, era una paradoja: cuanto más se enfriaba,
antes se derretía.
256
Markus Zusak
La ladrona de libros
Trece regalos
Fue como revivir la llegada de Max.
Las plumas se convirtieron en cañas y la
suave cara se volvió áspera; la
prueba que Liesel necesitaba: estaba vivo.
Los primeros días
se sentaba a su lado y hablaba con él. El día de su
cumpleaños le dijo que si se despertaba habría un enorme pastel
esperándole en
la cocina.
No se despertó.
No hubo pastel.
UN PASAJE NOCTURNO
Bastante más tarde caí en la cuenta de que ya había
visitado el número treinta y tres de Himmelstrasse por esa
época. Debió de ser una de las pocas veces en que la
niña no estaba a su lado, pues lo único que vi fue un
hombre postrado. Me arrodillé. Me preparé para meter
las manos por debajo de las sábanas y entonces sentí
un resurgir, una lucha a muerte por sacárseme
de encima. Me retiré y, con todo el trabajo que tenía por
delante, fue agradable que me expulsaran de esa
habitacioncita a oscuras. Incluso me permití una pausa,
un breve disfrute de la serenidad,
con los ojos cerrados, antes de salir de allí.
El quinto día se
armó mucho revuelo cuando
Max abrió los
ojos, aunque
sólo fue un instante. Casi no vio otra cosa —y tan de cerca que
debió de ser una
visión aterradora— que a
Rosa Hubermann, endiñándole prácticamente un
cucharón de sopa de guisantes en la boca.
—Traga —le aconsejó—. No pienses, sólo traga.
257
Markus Zusak
La ladrona de libros
En cuanto Rosa le pasó
el cuenco, Liesel intentó verle
la cara, pero se
interponía el trasero de una proveedora de sopa.
—¿Sigue despierto?
Cuando se volvió, Rosa no tuvo necesidad de responder.
Menos de una semana
después, Max despertó
por segunda vez y, en esa
ocasión, Liesel y
su padre estaban en la
habitación. Ambos contemplaban
el
cuerpo postrado cuando oyeron un leve gruñido. Si fuera posible,
diríamos que
Hans cayó hacia arriba, tanta fue la prisa con que se levantó de
la silla.
—¡Mira! —exclamó Liesel con un grito ahogado—. No te duermas,
Max, no
te duermas.
Max la miró unos
segundos, pero no la reconoció.
Los ojos
la estudiaron
como si Liesel fuera un enigma. Luego, volvió a ausentarse.
—Papá, ¿qué ha pasado?
Hans se dejó caer de nuevo en la silla.
Más tarde, el padre le sugirió que le leyera.
—Vamos, Liesel, últimamente te gusta mucho leer... Aunque no sé
de
dónde ha salido ese libro, es todo un misterio.
—Ya te lo conté, papá, me lo dio una de las monjas del colegio.
Hans levantó las manos a modo de fingida protesta.
—Ya, ya. —Suspiró desde las alturas—. Pero... —Escogió las
palabras una
detrás de otra—. Que no te pillen.
Y se lo decía un hombre que había robado un judío.
A partir de ese día, Liesel leyó en voz alta El hombre que
silbaba durante todo
el tiempo que Max siguió ocupando su cama. Lo único frustrante
era tener que
saltarse capítulos
enteros porque muchas páginas
estaban pegadas, ya que no
se habían secado bien.
Aun así, avanzó como pudo, hasta tal punto
que ya
había completado tres cuartas partes del libro. Tenía 396
páginas en total.
En el mundo exterior, todos los días Liesel salía escopeteada
del colegio con
la esperanza de que Max estuviera mejor.
—¿Se ha despertado? ¿Ha comido?
—Largo de aquí, me
estás poniendo la cabeza como un
bombo con tanta
cháchara —suplicó su madre—. Venga, sal fuera a jugar al fútbol,
por amor de
Dios.
—Sí, mamá. —Se volvió
antes de abrir
la puerta—. Pero vendrás a
buscarme si se despierta, ¿verdad? Invéntate lo que sea, pega un
grito como si
hubiera hecho algo, empieza a chillarme. Todo el mundo
se lo tragará, no te
preocupes.
258
Markus Zusak
La ladrona de libros
Incluso Rosa no pudo menos que sonreír. Con los brazos
en jarras, le
advirtió que no era tan
mayor como para
no recibir un buen Watschen
por
hablarle de ese modo.
—Y mete un gol o no vuelvas a casa —la amenazó.
—Lo que tú digas, mamá.
—¡Que sean dos, Saumensch!
—Que sí, mamá.
—¡Y deja de responderme!
Liesel se lo pensó dos veces y salió corriendo para enfrentarse
a Rudy en la
calle embarrada y resbaladiza.
—Justo a tiempo,
rascaculos —dijo, saludándola de la
manera habitual
mientras intentaban quitarse la pelota—. ¿Dónde te habías
metido?
Media hora después,
cuando la insólita presencia de
un coche por
Himmelstrasse reventó el
balón, Liesel encontró su primer regalo
para Max
Vandenburg. Tras concluir que no tenía arreglo, los niños
volvieron a sus casas
malhumorados, abandonando
la pelota en la fría calle.
Liesel y
Rudy se
inclinaron sobre los restos. Tenía un reventón a cada lado, en
forma de boca.
—¿La quieres? —preguntó Liesel.
Rudy se encogió de hombros.
—¿Para qué voy a
querer esa mierda de pelota
reventada? Ya no hay
manera de volverla a inflar, ¿no?
—¿La quieres o no?
—No, gracias.
Rudy le dio unas puntadas suaves, como si fuera un animal
muerto. O un
animal que tendría que estar muerto.
De camino a casa, Liesel recogió el balón y se lo puso bajo el
brazo.
—Eh, Saumensch —oyó que la llamaba. Esperó—. Saumensch!
Capituló.
—¿Qué?
—Si la quieres, también tengo una bici sin ruedas.
—Para ti.
Desde donde estaba, lo
último que oyó fue la
risotada de ese Saukerl de
Rudy Steiner.
En cuanto entró en casa se fue derecha a su habitación, sacó el
balón para
Max y lo dejó a los pies de la cama.
—Lo siento —se disculpó—. Ya sé que no es
mucho, pero cuando
despiertes te lo contaré todo. Te explicaré que hacía la tarde más
gris que te
puedes imaginar y que un
coche sin luces pasó por
encima del balón. Y que
259
Markus Zusak
La ladrona de libros
entonces el hombre
bajó del coche y nos gritó. Y
que luego nos preguntó una
dirección. Qué cara...
¡Despierta!, deseaba chillarle.
O zarandearlo.
No lo hizo.
Liesel se limitó a
mirar el balón y su piel descamada y maltratada.
Fue el
primer regalo de muchos.
REGALOS DEL 2 AL 5
Un lazo, una piña.
Un botón, una piedra.
La pelota de fútbol le había dado una idea.
Ahora, cada vez que
Liesel iba o volvía del colegio, buscaba objetos
abandonados que pudieran
ser valiosos para un
moribundo. Al principio se
preguntaba por qué
importaba tanto. ¿Cómo podía algo
tan insignificante
reconfortar a
alguien? Un lazo en la cuneta, una piña
en la calzada, un botón
apoyado con naturalidad contra la pared de clase, un guijarro
plano del río.
¿Qué es todo esto?, preguntaría Max. ¿Qué son estos trastos?
¿Trastos? En su fantasía, Liesel estaba sentada en el borde de
la cama. No
son trastos, Max, es lo que te ha hecho despertar.
REGALOS DEL 6 AL 9
Una pluma, dos periódicos.
Un envoltorio de caramelo. Una nube.
La pluma era preciosa y
había quedado atrapada en
las bisagras de la
puerta de la iglesia de Münchenstrasse. Asomaba torciendo el
gesto, y Liesel
salió corriendo en su rescate. Tenía las barbas de la izquierda
repeinadas a un
lado, pero las de la derecha estaban hechas de delicadas
aristas y racimos
de
triángulos irregulares. No había otro modo de describirla.
Los periódicos procedían de las frías profundidades de un
cubo de basura
(con eso está todo dicho), y
el envoltorio de caramelo
estaba aplanado y
desteñido. Lo
encontró cerca del colegio y
lo puso a contraluz. Contenía un
collage de pisadas.
Luego la nube.
¿Cómo le regalas a alguien un pedazo de cielo?
A finales de febrero, se
detuvo en medio de Münchenstrasse y se quedó
mirando una enorme nube que asomaba tras las
colinas como un monstruo
260
Markus Zusak
La ladrona de libros
blanco. Escaló las
montañas. El sol quedó eclipsado
y, en su lugar, una bestia
blanca de corazón gris vigiló la ciudad.
—Mira eso —le señaló a su padre.
Hans ladeó la cabeza y dijo lo que creía que había que decir.
—Deberías dársela a Max, Liesel. Mira a ver si puedes dejársela
en la mesita
de noche junto a las otras cosas.
Liesel lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—Pero ¿cómo?
Hans le golpeó suavemente en la cabeza con los nudillos.
—Memorízala y luego la describes.
—... Era como una gran bestia blanca —le contó en la siguiente
vigilia, junto
a la cama— y apareció por detrás de las montañas.
Cuando la frase
quedó acabada tras varios
ajustes y añadiduras, Liesel
consideró que lo había conseguido. Imaginó la nube pasando de su
mano a la
de Max, a través de las sábanas, y lo escribió en un trozo de
papel sobre el que
colocó la piedra.
REGALOS DEL 10 AL 13
Un soldadito.
Una hoja milagrosa.
Un hombre que silbaba terminado.
Un pedazo de dolor.
El soldadito estaba
enterrado en el suelo, cerca de la casa de Tommy
Müller. Estaba rayado
y pisoteado, aunque para Liesel
eso era lo más
importante. A pesar de estar herido, todavía se aguantaba en
pie.
La hoja era de arce, y la
descubrió en el armario de la escoba
del colegio,
entre cubos y plumeros. La puerta estaba ligeramente entornada.
La hoja, seca y
dura, era como una
tostada, y varios valles
y colinas le recorrían
la piel. No
sabía cómo, pero la hoja había conseguido colarse en el
vestíbulo del colegio y
en ese armario. Era como media estrella con tallo. Liesel
extendió el brazo y la
hizo girar entre los dedos.
A diferencia de los
demás objetos, no dejó la hoja en la mesita de
noche,
sino que la colgó en la cortina corrida justo antes
de leer las últimas
treinta y
cuatro páginas de El hombre que silbaba.
Esa noche ni cenó ni fue al lavabo. No bebió
nada. Llevaba todo el día
dándole vueltas y había
decidido que esa noche acabaría
el libro y que Max
Vandenburg iba a escucharla. Que iba a despertar.
261
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hans se sentó en el suelo, en un rincón, ocioso, como de costumbre. Por
fortuna, pronto tendría
que irse al Knoller con el acordeón. Con la barbilla
apoyada en las rodillas, escuchó atento a la niña con quien
tantos apuros había
pasado para enseñarle el abecedario. Liesel leyó orgullosa,
deshaciéndose de las
últimas y aterradoras palabras del libro para entregárselas a
Max Vandenburg.
LOS ÚLTIMOS PÁRRAFOS
DE «EL HOMBRE QUE SILBABA»
«Esa mañana el aire vienés
nublaba las ventanillas del tren y,
mientras la gente iba a
trabajar, ajena a todo,
un asesino silbaba su alegre tonada. Compró un billete. Intercambió los
corteses saludos de rigor con sus compañeros de viaje y el
revisor. Incluso cedió su asiento a una
ancianita e inició una
educada conversación con un apostador que
hablaba de caballos
americanos. A fin de cuentas, al hombre que silbaba le encantaba
hablar. Hablaba con la gente y
acababa ganándose su simpatía y
su confianza. Hablaba con
ellos mientras los
asesinaba,
mientras los torturaba y
martirizaba con su cuchillo.
Sólo silbaba cuando no
tenía con quien
hablar, por eso también lo hacía después de cometer sus
crímenes...
»—Entonces, ¿dice que el siete ganará en las carreras?
»—Sin duda. —El
apostador sonrió de oreja a oreja. Ya se había
ganado su confianza—.
¡Aparecerá a sus espaldas y se los llevará a todos por delante!
—gritó, haciéndose oír por encima
del traqueteo del tren.
»—Si usted lo
dice... —El hombre que silbaba se
sonrió, preguntándose cuánto tardarían
todavía en encontrar el cuerpo del inspector en ese BMW recién
comprado.»
—Jesús, María y José. —Hans no consiguió reprimir la
incredulidad—. ¿Y
te lo dio una monja? —Se levantó y empezó a prepararse para
marchar después
de besarla en la frente—. Adiós, Liesel, el Knoller me espera.
—Adiós, papá.
—¡Liesel!
No se dio por aludida.
—¡Baja a comer algo!
Decidió responder.
—Voy, mamá.
En realidad le dirigió esas palabras a Max mientras se acercaba
para dejar el
libro terminado en la mesilla de noche junto a todo
lo demás. Teniéndolo tan
cerca, no pudo reprimirse.
—Vamos, Max —susurró.
Ni siquiera el rumor de los pasos a su espalda anunciando la
llegada de la
madre impidió que Liesel se echara a llorar en silencio.
Rosa la atrajo hacia sí.
La engulló entre sus brazos.
262
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Ya lo sé —dijo.
Lo sabía.
263
Markus Zusak
La ladrona de libros
Aire fresco, una vieja pesadilla y qué hacer con un cadáver
judío
Estaban junto al
Amper y
Liesel le acababa de contar a Rudy que quería
conseguir otro libro
de la biblioteca del alcalde.
En lugar
de El hombre
que
silbaba, había leído El vigilante varias
veces junto a la cama de Max. Una lectura
breve. También lo había
probado con El hombre que se encogía
de hombros y el
Manual del sepulturero, pero ninguno de los dos
había acabado de convencerla.
Quería algo nuevo.
—Pero ¿ya te has acabado el último?
—Pues claro.
Rudy lanzó una piedra al agua.
—¿Estaba bien?
—Pues claro.
—Pues claro, pues claro.
Intentaba arrancar otra piedra del suelo, pero se hizo un corte.
—Te está bien empleado.
—Saumensch.
Cuando la última palabra
de alguien era Saumensch,
Saukerl o Arschloch,
quería decir que le habías ganado.
Por lo que a robar
se refiere, se daban las
condiciones óptimas. Era una
sombría tarde de
principios de marzo
y el termómetro marcaba muy pocos
grados, una temperatura mucho más desagradable que cuando te
encuentras ya
a diez bajo cero. Apenas se veía gente en la calle y las gotas
de lluvia parecían
virutas de un lápiz gris.
—¿Vamos?
—Bicicletas —contestó Rudy—. Coge una de las nuestras.
Esta vez Rudy se mostró
bastante más entusiasta a la hora de ofrecerse a
entrar.
264
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Hoy me toca a mí —dijo, con los dedos congelados en el
manillar.
Liesel fue rápida.
—Tal vez no sea buena idea, Rudy. El personal de la casa corre
por todas
partes. Y está oscuro. Seguro que un idiota como tú acaba en el
suelo después
de tropezar con algo.
—Muchas gracias.
Era muy difícil contener a Rudy cuando estaba de este humor.
—Y también está el salto. Está a más altura de lo que crees.
—¿Estás diciendo que no me crees capaz?
Liesel se puso en pie sobre los pedales.
—En absoluto.
Cruzaron el puente y subieron por el serpenteante sendero de la
colina que
conducía a Grandestrasse. La ventana estaba abierta.
Inspeccionaron los alrededores de la casa, igual que la otra
vez, y creyeron
vislumbrar algo abajo, donde había luz, en lo
que probablemente fuera la
cocina. Una sombra iba de aquí para allá.
—Daremos unas
vueltas a la casa —propuso Rudy—. Qué suerte que
hayamos traído las bicicletas, ¿eh?
—No te la olvides cuando volvamos.
—Muy graciosa, Saumensch. Se ve un poco más que tus
apestosos zapatos.
Estuvieron dando
vueltas unos quince minutos, pero la mujer
del alcalde
seguía abajo, demasiado
cerca para sentirse tranquilos. ¡Cómo
se atrevía a
custodiar la cocina con tanta diligencia! Rudy no tenía la menor
duda de que la
cocina era el objetivo. De ser por él, entraría, robaría toda la
comida que pudiera
y, si le sobraba tiempo (sólo si le sobraba), por el camino se
metería un libro en
los bolsillos. Uno cualquiera.
No obstante, el punto débil de Rudy era la impaciencia.
—Se hace tarde —protestó, y empezó a alejarse con la bicicleta—.
¿Vienes?
Liesel se hacía la
remolona, pero cualquier otra opción era impensable.
Había tirado de esa bicicleta oxidada hasta allí arriba y no iba
a irse sin un libro.
Apoyó el manillar en la cuneta, comprobó que no hubiera vecinos
a la vista y se
acercó a la ventana. Sin prisa, pero sin pausa. Se quitó los
zapatos ayudándose
de los dedos de los pies.
Se agarró con fuerza a la madera y se coló de un salto.
Esta vez se sentía más
segura, aunque sólo un poco. En
cuestión de
segundos había recorrido la habitación en busca de un título que
le llamara la
atención y a punto estuvo de alargar la mano en tres o cuatro
ocasiones, incluso
se planteó llevarse más de uno, pero tampoco quería abusar de lo
que se había
265
Markus Zusak
La ladrona de libros
convertido en algo así como una rutina. De momento sólo
necesitaba un libro.
Repasó las estanterías y esperó.
Una nueva oscuridad se coló por la ventana, a su espalda. El
olor a polvo y
hurto eran patentes cuando lo vio.
El libro era rojo, con letras negras en el lomo. Der
Traumträger. El repartidor
de sueños. Pensó en Max Vandenburg y en sus
sueños.
Sacó el libro de la estantería, se lo metió
bajo el brazo, se encaramó al
alféizar de la ventana y saltó fuera, todo en un solo
movimiento.
Rudy tenía los zapatos y la bicicleta a punto. En cuanto se
calzó, se alejaron
de allí.
—Jesús, María y José, Meminger. —Nunca la había llamado
Meminger—.
Estás como una cabra, ¿lo sabías?
Liesel le dio la razón sin dejar de pedalear como alma que lleva
el diablo.
—Lo sé.
Una vez en el puente, Rudy evaluó los acontecimientos de la
tarde.
—O esa gente está completamente chalada o les encanta el aire
fresco.
UNA PEQUEÑA SUPOSICIÓN
Tal vez había una mujer en Grandestrasse que
dejaba la ventana de la biblioteca abierta por otra razón...
Pero igual estoy siendo cínica. U optimista.
O ambas cosas.
Liesel escondió El
repartidor de sueños debajo de la chaqueta y empezó
a
leerlo en cuanto llegó a casa. En la silla de madera que había
junto a la cama,
abrió el libro y susurró:
—Max, es nuevo. Sólo para ti. —Empezó a leer—. «Capítulo uno: Qué
oportuna coincidencia que todo el pueblo durmiera cuando nació
el repartidor
de sueños...»
Liesel le leía dos
capítulos cada día. Uno por la
mañana antes de ir al
colegio y otro al regresar a casa. Algunas noches, cuando no
podía conciliar el
sueño, también leía
medio capítulo más. A veces
se dormía medio
desmoronada a los pies de la cama.
Se convirtió en su misión.
Le daba a Max El
repartidor de sueños como si las
palabras pudieran
alimentarlo. Un martes
creyó vislumbrar un
movimiento. Habría jurado que
Max había abierto los ojos. Si así fuera, sólo habría sido unos
segundos. Lo más
probable es que se tratara de la imaginación de Liesel y de las
ganas que tenía
de que sucediera.
A mediados de marzo, todo empezó a desmoronarse.
266
Markus Zusak
La ladrona de libros
Una tarde en la cocina, Rosa Hubermann —mujer
de gran valor en
momentos difíciles— llegó
al límite de sus fuerzas.
Alzó la voz y la bajó
de
inmediato. Liesel dejó de leer y salió al vestíbulo tratando de
no hacer ruido. A
pesar de lo cerca que estaba, apenas entendía lo
que su madre decía. Sin
embargo, cuando las palabras llegaron hasta ella, deseó no
haberlas oído, pues
lo que escuchó la dejó horrorizada: la cruda realidad.
LAS PALABRAS DE LA MADRE
«¿Y si no despierta? ¿Y si se muere aquí, Hansi? Dime. Por
el amor de Dios, ¿qué haríamos con el cadáver? No podemos
dejarlo ahí, el olor sería insoportable... Y tampoco
podemos sacarlo por la puerta y arrastrarlo por la calle.
¿Qué vamos a decir?: "¿A que no adivinas lo que
me he encontrado esta mañana en el sótano?".
Nos encerrarían para siempre.»
Tenía toda la razón del mundo.
Un cadáver judío era
un problemón. Los Hubermann
debían resucitar a
Max Vandenburg, ya no sólo por el bien de este sino también por
el de ellos. La
tensión empezaba a hacer mella incluso en Hans, el último
bastión de la calma.
—Mira, si eso ocurre —contestó con voz tranquila, aunque
afligida—, si se
muere, ya se nos ocurrirá algo. —Liesel habría jurado que lo oyó
tragar saliva,
como si hubiera recibido un golpe en el cuello—. El carro de la
pintura, algunas
sábanas para tirar...
Liesel entró en la cocina.
—Ahora no, Liesel.
Fue Hans quien habló, aunque sin mirarla. Tenía los codos
clavados en la
mesa y los ojos fijos en el reflejo deformado de su rostro en la
parte convexa de
una cuchara.
La ladrona de libros no se fue. Dio unos pasos y se sentó. Las
frías manos
buscaron las mangas y una frase se le cayó de los labios.
—Todavía no ha muerto.
Las palabras aterrizaron sobre la mesa y se agruparon en el
medio. Los tres
las miraron. Las tímidas
esperanzas no se atrevieron a
levantarse. Todavía no
ha muerto. Todavía no ha muerto. Rosa tomó la palabra.
—¿Quién tiene hambre?
Quizá el único
momento del día en que la enfermedad de Max no les
pesaba era la hora de comer. Era inútil negarlo cuando se
sentaban a la mesa de
267
Markus Zusak
La ladrona de libros
la cocina con una ración extra de pan, sopa o patatas. Todos lo
pensaban, pero
nadie lo decía.
Por la noche, unas horas
después, Liesel se despertó
y se preguntó por la
inquietud de su corazón.
(Había aprendido esa expresión en El repartidor de
sueños, un libro sobre
un niño abandonado que quería
ser sacerdote, la
completa antítesis de El hombre que silbaba) Se incorporó
y llenó los pulmones de
aire nocturno.
—¿Liesel? —Su padre se dio la vuelta—. ¿Qué pasa?
—Nada, papá, no pasa nada.
Sin embargo, en cuanto
acabó la frase revivió con toda claridad lo que
había sucedido en su sueño.
UNA VISIÓN REPENTINA
Casi todo el rato sucede lo mismo: el tren avanza a la misma
velocidad. Su hermano tose mucho. Sin embargo, esta vez
Liesel no ve el rostro mirando el suelo. Poco a poco, se acerca
a él. Le levanta la barbilla con la mano, con suavidad, y allí,
delante de ella, aparece el rostro de ojos grandes de Max
Vandenburg. La mira sin pestañear. Una pluma cae al suelo. El
cuerpo crece y se ajusta al tamaño de la cara. El tren chirría.
—¿Liesel?
—Que no pasa nada.
Se levantó del colchón,
temblando. Muerta de miedo, cruzó el vestíbulo
para ir a ver a
Max y cuando ya llevaba un buen rato a su
lado, cuando todo
recobró el lento ritmo de la noche, se atrevió a interpretar su
sueño. ¿Había sido
una premonición de la muerte de Max? ¿O sólo una respuesta a la
conversación
de la cocina? ¿Había
sustituido Max a su hermano? Y si así
era, ¿cómo podía
desembarazarse de ese modo
de alguien de su propia
sangre? Tal vez
secretamente deseaba que Max
muriera. Después de todo, si
estaba bien para
Werner, su hermano, estaba bien para ese judío.
—¿Es eso lo que crees? —murmuró a los pies de la cama—. No.
Se negaba a creerlo.
Algo confirmó la respuesta a medida que la
desorientada penumbra se disipaba y perfilaba las distintas
formas, grandes y
pequeñas, que había junto a la cama. Los regalos.
—Despierta —le pidió.
Max no despertó.
Hasta ocho días después.
268
Markus Zusak
La ladrona de libros
En el colegio, unos nudillos llamaron a la puerta.
—Adelante —contestó frau Olendrich.
La puerta se abrió y la clase miró
sorprendida a Rosa Hubermann en el
umbral. Un par de niños dieron un respingo y se quedaron sin
respiración ante
la visión: un armario
de mujer con una expresión desdeñosa adornada de
carmín y ojos de cloro. Ella. Allí estaba la leyenda. Se había
puesto sus mejores
ropas, pero llevaba
el pelo
hecho un desastre. No
parecía, sino que era una
toalla de elásticos cabellos grises.
La maestra estaba obviamente asustada.
—Frau Hubermann... —Sus
movimientos eran atolondrados.
Buscó por la
clase con la mirada—. ¿Liesel?
Liesel miró a Rudy, se
levantó y se acercó
presurosa para poner fin a la
incómoda situación
lo antes posible. La puerta se cerró a su espalda y de
repente se encontró a solas en el pasillo con Rosa.
Rosa miró a los lados.
—¿Qué, mamá?
Rosa se volvió.
—¡A mí no me vengas con «qué, mamá», Saumensch! —La
velocidad de la
respuesta arrolló a Liesel—. ¡Mi cepillo!
Un chorro de risas se
deslizó por debajo
de la puerta, pero se retiró de
inmediato.
—¿Mamá?
Tenía una expresión seria, pero sonreía.
—¡¿Qué narices has hecho con mi
cepillo, estúpida Saumensch, pequeña
ladrona?! Te he dicho miles
de veces que no lo toques, pero
¿me haces caso?
¡Por supuesto que no!
El rapapolvo continuó mientras Liesel intentaba colar alguna
sugerencia a
la desesperada sobre el posible paradero del susodicho cepillo
El sermón acabó
de forma abrupta. Rosa atrajo a Liesel hacia sí unos segundos y
le susurró algo
en voz tan baja que a la niña incluso le costó oírlo a esa
distancia.
—Me dijiste que te gritara, que todos lo creerían. —Miró a
ambos lados y
prosiguió con un hilo de voz—: Se ha despertado, Liesel. Está
despierto. —Sacó
del bolsillo el maltrecho soldado de juguete—. Me dijo que te
diera esto. Es su
favorito. —Se lo dio, la abrazó con fuerza y sonrió. Antes de
que Liesel tuviera
oportunidad de responder, Rosa terminó su parrafada—. ¿Y bien?
¡Contéstame!
¡¿Tienes la menor idea de dónde has podido meterlo?!
«Está vivo», pensó Liesel.
—No, mamá. Lo siento, mamá, yo...
—No sirves para nada.
La soltó, asintió con la cabeza y se marchó.
269
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel se demoró un momento en el enorme pasillo, mirando la
figurita del
soldado que tenía en la
mano. El instinto le dijo que corriera
a casa de
inmediato, pero el sentido común no se lo permitió, así que
acabó metiendo el
pobre soldadito en el bolsillo y regresó a la clase.
Todo el mundo la esperaba.
—Vaca estúpida —musitó entre dientes.
De nuevo, los niños rieron. Frau Olendrich no.
—¿Qué has dicho?
Liesel estaba en un estado tal de euforia que se sentía
indestructible.
—He dicho: vaca estúpida —repitió, con una radiante sonrisa.
Antes de que se diera cuenta, había recibido un buen bofetón.
—No hables así de tu
madre —la reprendió, pero
apenas tuvo efecto. La
chica se quedó donde
estaba tratando de reprimirse.
Después de todo, podía
recibir un Watschen luciendo la mejor de las sonrisas—. A
tu sitio.
—Sí, frau Olendrich.
A su lado, Rudy se la jugó y habló.
—Jesús, María y José —murmuró—, si te ha dejado la mano marcada
en la
cara. Una manaza roja, ¡con sus cinco dedos!
—Bien —contestó Liesel, porque Max estaba vivo.
Al llegar a casa esa tarde,
Max estaba sentado en la cama con el balón de
fútbol desinflado en el regazo. Le picaba la barba, sus ojos
cenagosos trataban
de mantenerse abiertos. Junto a los regalos había un cuenco de
sopa vacío.
No se saludaron.
Se quedaron justo en la frontera.
La puerta chirrió, la chica entró y se
detuvo delante de él, mirando el
cuenco.
—¿Mamá te la dio a la fuerza?
Max asintió, contento y fatigado.
—Aunque estaba muy buena.
—¿La sopa de mamá? ¿De verdad?
—Gracias por los regalos. —No fue una sonrisa lo que Max le
ofreció, sino
un ligero rasgón que los labios
abrieron en su cara—. Gracias
por la nube, tu
padre me lo explicó.
Una hora después, Liesel también intentó serle sincera.
—No sabíamos qué hacer si te morías, Max. Nosotros...
Lo comprendió enseguida.
—Te refieres a qué ibais a hacer conmigo.
—Lo siento.
270
Markus Zusak
La ladrona de libros
—No. —No estaba ofendido—. Hicisteis bien. —Jugueteó sin fuerzas
con el
balón—. Hicisteis bien en pensar en ello. En vuestra situación,
un judío muerto
es tan peligroso como uno vivo, si no peor.
—También he soñado.
Se lo explicó con todo detalle, con el soldado en la mano.
Estaba a punto de
volver a disculparse cuando Max la interrumpió.
—Liesel. —La obligó a mirarlo—. No vuelvas a pedirme perdón. Soy
yo el
que debería disculparse. —Se volvió hacia todas las cosas que la niña le había
llevado—. Mira todos estos regalos. —Cogió el botón—.
Y Rosa me ha dicho que me leías dos
veces al día, a veces
hasta tres. —
Apartó la vista hacia
las cortinas, como si
pudiera ver a través de ellas. Se
incorporó un poco más y guardó silencio durante una docena de
frases mudas.
El miedo se abrió
camino en su rostro y
decidió confesarse ante la chica,
volviéndose ligeramente hacia un
lado—: Liesel, tengo miedo de quedarme
dormido.
Liesel tomó una decisión.
—Entonces te leeré y te abofetearé sí veo que te duermes.
Cerraré el libro y
te zarandearé hasta que despiertes.
Esa tarde Liesel le leyó a Max Vandenburg hasta bien entrada la
noche. Al
menos hasta las diez. Ahora despierto, Max estaba en la cama
absorbiendo las
palabras, pero cuando Liesel se tomó un breve descanso y aparcó El
repartidor de
sueños, al mirar por encima de las
tapas vio que Max
se había dormido.
Nerviosa, lo tocó varias veces con el libro. Se despertó.
Volvió a dormirse en tres ocasiones más. En dos, consiguió
despertarlo.
Los cuatro días siguientes, Max se despertó por las mañanas en
la cama de
Liesel, después junto al fuego y, al final, a mediados de abril,
en el sótano. Su
salud había mejorado, la barba había desaparecido y había
recuperado un poco
de peso.
En el mundo interior de Liesel, fue una época de gran alivio. En
el exterior,
parecía que las
cosas empezaban a tambalearse. A finales de marzo
llovieron
bombas sobre un
lugar llamado Lübeck.
El siguiente fue Colonia y poco
después le siguieron muchas otras ciudades alemanas, Munich
incluida.
Sí, tenía al jefe encima.
«Acaba el trabajo, acaba el trabajo.»
Se acercaban las bombas... y yo con ellas.
271
Markus Zusak
La ladrona de libros
El diario de la muerte:
Colonia
Las últimas horas del 30 de mayo.
Estoy segura de que
Liesel Meminger estaba profundamente
dormida
mientras más de un millar
de bombarderos volaban hacia un
lugar conocido
como Colonia. Para mí, el
resultado fue de unas quinientas
personas. Otras
cincuenta mil deambularon sin
casa entre las
fantasmagóricas pilas de
escombros intentando dilucidar
qué camino tomar y a
quién pertenecían las
ruinas de los hogares destrozados.
Quinientas almas.
Me las llevé en las manos, como si fueran maletas. O me las eché
al hombro.
Sólo llevé en brazos a los niños.
Cuando terminé, el cielo estaba amarillento, como un periódico
en llamas.
Si te fijabas bien, aún
se leían los titulares que comentaban el desarrollo de la
guerra y temas por el
estilo. Cómo me hubiera gustado arrancarlo
de allí,
arrugar el cielo impreso y lanzarlo lejos. Me dolían los brazos
y la cosa estaba
que ardía, todavía quedaba mucho trabajo por hacer.
Como cabría esperar, muchos murieron al instante. Otros tardaron
un poco
más. Tenía que ir a más sitios, conocer más cielos y recoger más
almas, por lo
que volví a Colonia
más tarde, poco después
de que pasaran los últimos
aviones. Y presencié algo excepcional.
Cargaba el alma carbonizada de una criatura adolescente cuando,
muy
seria, levanté la vista
hacia lo que se había convertido
en un cielo sulfúrico.
Cerca había un grupo de niñas de diez años. Una de ellas señaló
algo.
—¿Qué es eso?
Extendió un brazo y apuntó con un dedo al oscuro objeto que
lentamente
caía de lo alto. Al principio parecía una pluma negra,
meciéndose, flotando. O
272
Markus Zusak
La ladrona de libros
una escama de ceniza. Luego
se hizo más grande. La misma niña —una
pelirroja con pecas de punto y aparte— insistió, esta vez con
más énfasis.
—¿Qué es eso?
—Es un cuerpo —sugirió otra niña.
Cabello negro, trenzas y una raya en medio un poco torcida.
—¡Es otra bomba!
Demasiado lenta para ser una bomba.
Con el espíritu adolescente aún candente en mis brazos, los
acompañé unos
metros. Igual que
las niñas, seguía atenta al cielo.
Lo último que deseaba era
bajar la vista hacia el rostro desamparado de mi adolescente.
Igual que al resto, me cogió por sorpresa la voz de un padre
malhumorado
ordenando a sus hijos que entraran en casa. La pelirroja
reaccionó. Sus pecas se
alargaron y se convirtieron en comas.
—Pero, papá, mira.
El hombre se acercó y enseguida comprendió de qué se trataba.
—Es el combustible —anunció.
—¿El qué?
—El combustible —repitió—, el tanque. —Era un hombre calvo, en
pijama,
desarreglado—. Se ha acabado el combustible y se han deshecho
del contenedor
vacío. Mira, allí va otro.
—¡Y allí!
Siendo como son los niños, se pusieron a rebuscar a la desesperada,
esperando que un contenedor de combustible vacío cayera flotando
al suelo. El
primero se desplomó con un ruido sordo que sonó a hueco.
—¿Podemos quedárnoslo, papá?
—No. —Al pobre padre le había caído una bomba y seguía
conmocionado.
No estaba de humor—. No podemos quedárnoslo.
—¿Por qué no?
—Voy a preguntarle a mi padre si puedo quedármelo yo —dijo otra
niña.
—Yo también.
Junto a los escombros de Colonia, un grupo de niños recogía
contenedores
de combustible vacíos
arrojados por sus
enemigos. Como siempre, yo recogía
humanos. Estaba cansada. Y apenas habíamos llegado a la mitad
del año.
273
Markus Zusak
La ladrona de libros
La visita
Encontraron otro balón
para jugar al fútbol en Himmelstrasse. Esa es la
buena noticia. La otra, un poco inquietante, es que una división
del NSDAP se
dirigía hacia allí.
Se habían paseado por todo Molching, calle tras calle, casa por
casa, y ahora
estaban ante la tienda de frau Diller, fumando un cigarrillo
antes de continuar
con su trabajo.
Ya había algún
refugio antiaéreo en Molching, pero poco
después del
bombardeo de Colonia se
decidió que unos cuantos
más no le harían daño a
nadie. El NSDAP inspeccionaba todas las casas, una por una, para
comprobar si
el sótano podía servir como candidato.
Los niños los observaban a lo lejos.
Miraban el humo que se alzaba del corro.
Liesel acababa de salir
de casa y se acercó a Rudy
y Tommy. Harald
Mollenhauer fue a recuperar el balón.
—¿Qué pasa ahí?
Rudy se metió las manos en los bolsillos.
—El partido. —Seguía con la mirada a su amigo mientras sacaba la
pelota
del seto de la casa de frau Holtzapfel—. Están pasando por todas
las casas.
Liesel sintió una sequedad instantánea en la boca.
—¿Para qué?
—No te enteras de nada. Díselo, Tommy.
Tommy se quedó perplejo.
—Es que no tengo ni idea.
—Vaya par de inútiles. Necesitan más refugios antiaéreos.
—¿Qué...? ¿Los sótanos?
—No, los áticos. Claro que los sótanos. Jesús, Liesel, mira que
eres burra.
Ya tenían el balón.
—¡Rudy!
Rudy se puso a jugar, pero Liesel siguió plantada en el sitio.
¿Cómo podía
volver a casa sin
levantar sospechas? El humo
de la tienda de frau Diller iba
274
Markus Zusak
La ladrona de libros
desapareciendo y el pequeño
corro de hombres empezaba a dispersarse. El
pánico se adueñó de ella, siguiendo su método angustioso.
Garganta y boca. El
aire se volvió arena. Piensa, se dijo. Vamos, Liesel, piensa,
piensa.
Rudy marcó un gol.
Unas voces lo felicitaron en la lejanía.
Piensa, Liesel...
Lo tenía.
Eso es, decidió, pero tengo que ponerme manos a la obra.
Mientras los nazis iban avanzando por la calle, pintando las
letras LSR en
algunas puertas, el balón voló en dirección a uno de los chicos
mayores, Klaus
Behrig.
lsr
Luft Schutz Raum:
Refugio antiaéreo
El chico se volvía con el
balón cuando Liesel se abalanzó sobre
él. La
colisión fue tan tremenda que el juego se detuvo
de inmediato. El balón
continuó su trayectoria como si no hubiera ocurrido nada,
mientras los demás
jugadores se acercaron corriendo. Liesel se sujetaba la rodilla
raspada con una
mano y la cabeza con la
otra. Klaus Behrig sólo
se tocaba una pantorrilla,
haciendo muecas de dolor y soltando maldiciones.
—¿Dónde está? —ladraba—. ¡Voy a matarla!
No hubo ningún asesinato.
Fue peor.
Un amable miembro del
partido había visto el incidente
y se acercó
corriendo al grupo.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.
—Que está chiflada. —Klaus
señaló a Liesel, lo que
movió al hombre a
ayudarla a ponerse en pie.
El aliento a tabaco formó una nube delante de ella.
—Creo que no estás en condiciones de seguir jugando, muchacha
—dijo—.
¿Dónde vives?
—Estoy bien, de verdad —contestó—. Ya puedo yo sola.
¡Déjame en paz, déjame en paz!
Rudy intervino en ese momento, el eterno interventor.
—Ya la ayudo yo a ir a casa —se ofreció.
¿Por qué no podía meterse en sus asuntos por una vez en la vida?
—Seguid
jugando, de verdad —insistió Liesel—. Rudy, ya puedo yo sola.
275
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Ni hablar. —No iba a
dar su brazo a torcer. ¡Mira que era cabezota!—.
Sólo serán un par de minutos.
Reflexionó de nuevo
y de nuevo dio
con una solución. Rudy estaba
ayudándola a ponerse en pie cuando se dejó
caer otra vez al suelo,
sobre la
espalda.
—¿Podrías ir a buscar a mi padre, Rudy? —le pidió.
Se percató de que el
cielo era de un azul
inmaculado. Ni un indicio de
nubes.
—Espera aquí. Tommy, vigílala, ¿vale? —dijo, volviéndose a un
lado—. No
dejes que se mueva.
Tommy se puso en movimiento de inmediato.
—Yo la vigilo, Rudy.
Se colocó de pie junto a ella, con sus tics, procurando no
sonreír, mientras
Liesel no le sacaba el ojo de encima al grupo de hombres.
Un minuto después aparecía Hans Hubermann, muy tranquilo.
—Hola, papá.
Una sonrisa amarga se paseó por sus labios.
—Tarde o temprano tenía que ocurrir.
La levantó y la ayudó a entrar en casa. El partido se reanudó y
el nazi ya
estaba llamando a una
casa unas puertas
más allá. Nadie respondió. Rudy
volvió a intervenir.
—¿Necesita ayuda, herr Hubermann?
—No, no, siga jugando, herr Steiner.
Herr Steiner. Cómo no ibas a querer al padre de Liesel.
Una vez dentro, Liesel lo puso al corriente intentando encontrar
el término
medio entre el silencio y la desesperación.
—Papá.
—No digas nada.
—El partido —susurró. Su
padre se detuvo en seco e intentó
combatir el
urgente deseo de
abrir la puerta y salir
a inspeccionar la calle—. Están
comprobando los sótanos por si sirven como refugios antiaéreos.
La dejó en el suelo.
—Qué lista eres —la felicitó, y llamó a Rosa.
Tenían un minuto para idear un plan. Qué lío de ideas.
—Escondámoslo en la habitación de Liesel —sugirió Rosa—, debajo
de la
cama.
—¿Y ya está? ¿Y si les da por mirar las demás habitaciones?
—¿Se te ocurre algo mejor?
276
Markus Zusak
La ladrona de libros
Corrección: no tenían ni un minuto.
Alguien atizó siete
puñetazos a la puerta del número treinta y
tres de
Himmelstrasse, demasiado tarde para trasladar a nadie a ninguna
parte.
La voz.
—¡Abran!
Los latidos de sus
corazones iniciaron una
escaramuza, una confusión de
ritmos. Liesel
intentó tragarse los suyos, aunque el sabor a corazón no era
demasiado agradable.
—Jesús, María... —musitó Rosa.
Ese día fue Hans quien estuvo a la altura de las circunstancias.
Sin perder
tiempo se dirigió
hacia la puerta del sótano y lanzó
un aviso escalera abajo.
Cuando volvió, habló con rapidez y claridad.
—Mirad, no hay tiempo
para engaños. Podríamos
intentar distraerlo de
cientos de maneras, pero sólo hay una solución. —Echó un vistazo
a la puerta y
resumió—: No hacer nada.
Esa no era la respuesta que esperaba Rosa, que abrió los ojos
como platos.
—¿Nada? ¿Estás loco?
Volvieron a llamar.
Hans se mostró tajante.
—Nada. Ni siquiera bajaremos ahí... Por nada del mundo.
Todo se hizo más lento.
Rosa lo aceptó.
Abrumada por la desesperación, negó con la cabeza y fue a contestar a la
puerta.
—Liesel. —La voz de su
padre la partió en dos—. Conserva la
calma,
verstehst?
—Sí, papá.
Intentó concentrarse en la rodilla ensangrentada.
—¡Ajá!
En la puerta, Rosa todavía estaba preguntando la razón de la
visita cuando
el amable hombre del partido se fijó en Liesel.
—¡La futbolista chiflada! —Sonrió de oreja a oreja—. ¿Qué tal
esa rodilla?
Por lo general, una no suele imaginarse a un nazi como un tipo
alegre, pero
ese hombre sin duda lo
era. Entró e hizo el amago
de ir a agacharse para
examinar la herida.
«¿Lo sabe? —se preguntó Liesel—. ¿Olerá que escondemos un
judío?»
Hans había ido al fregadero a por un trapo mojado y regresó para
limpiar
la sangre de la rodilla de Liesel.
—¿Escuece?
277
Markus Zusak
La ladrona de libros
Sus bondadosos ojos
plateados estaban serenos. El
miedo que se leía en
ellos podía confundirse fácilmente con la preocupación por la
herida.
—No lo bastante —rezongó Rosa desde la cocina—. A ver si así
aprende.
El hombre del partido se levantó y se echó a reír.
—Creo que esta niña tiene poca cosa que aprender ahí fuera,
¿Frau...?
—Hubermann.
El rostro de cartulina se arrugó.
—... Frau Hubermann, de
hecho creo que son los demás
los que acabarán
aprendiendo. —Le ofreció una sonrisa a Liesel—. ¿Me equivoco,
jovencita?
Hans apretó el trapo contra el rasguño y Liesel hizo una mueca
de dolor en
vez de contestar. Se le adelantó su padre, que musitó «Lo
siento».
En el incómodo silencio que se hizo a continuación, el hombre
del partido
recordó lo que le había llevado allí.
—Si no le importa,
tengo que inspeccionar el sótano —se
explicó—. Sólo
serán un par de minutos, para ver si serviría como refugio.
Hans le dio un último toquecito a la rodilla de Liesel.
—Te saldrá un buen moretón, Liesel. —Se dirigió con naturalidad al
hombre que tenían delante de ellos—. Por supuesto, primera puerta a la
derecha. Disculpe el desorden.
—No se preocupe, no será peor
que otros sótanos que he
visto hoy... ¿Es
esta?
—Esa misma.
LOS TRES MINUTOS MÁS LARGOS
EN LA HISTORIA DE LOS HUBERMANN
Hans estaba sentado a la mesa. Rosa rezaba en un rincón,
musitando las palabras. Liesel ardía: la rodilla, el pecho, los
músculos de los brazos. Dudo que ninguno de ellos tuviera la
audacia de plantearse qué iban a hacer si escogían el sótano
como refugio. Primero tenían que sobrevivir a la inspección.
Estuvieron atentos a
los pasos del nazi
en el sótano. Oyeron una cinta
métrica. Liesel no
conseguía ahuyentar la imagen de
Max sentado bajo
los
escalones, hecho un
ovillo, abrazando su cuaderno de
bocetos, apretándolo
contra el pecho.
Hans se levantó. Otra idea.
—¿Todo bien por ahí abajo? —preguntó, saliendo al vestíbulo.
La respuesta subió
los escalones, por encima de la cabeza de Max
Vandenburg.
—¡Un minuto y acabo!
278
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Le apetece un café o un té?
—¡No, gracias!
Hans regresó y le ordenó a Liesel que fuera a buscar un libro y
a Rosa que
se pusiera a cocinar. Decidió
que lo último que debían hacer era quedarse
sentados de brazos cruzados con expresión preocupada.
—Venga, andando, mueve el culo, Liesel —dijo en voz alta—. Me da
igual
que te duela la rodilla. Tú lo dijiste: tienes que terminar el
libro.
Liesel intentó no venirse abajo.
—Sí, papá.
—¿A qué esperas?
A Liesel no se le escapó que Hans tuvo que reunir todas sus fuerzas para
guiñarle un ojo.
Estuvo a punto de tropezar con el hombre del partido en el
pasillo.
—Problemas con tu padre,
¿eh? No
te preocupes, a mí me pasa
lo mismo
con mis hijos.
Cada uno siguió su camino. Liesel cerró
la puerta cuando llegó a su
habitación y cayó de rodillas, a pesar del dolor. Primero oyó el
veredicto de que
el sótano no estaba a bastante profundidad y luego la despedida
de rigor, cerca
del fondo del pasillo.
—¡Adiós, futbolista chiflada!
Liesel se acordó de sus modales.
—Auf Wiedersehen! ¡Adiós!
El repartidor de sueños le quemaba entre las manos.
Según Hans, Rosa se
derritió junto a los
fogones en cuanto el hombre
del
partido se marchó.
Recogieron a Liesel y, una vez en el
sótano, apartaron las
sábanas y los botes de pintura dispuestos con gran cuidado. Max
Vandenburg
estaba sentado bajo los escalones, sujetando las tijeras
oxidadas como si fueran
un cuchillo. Tenía las axilas empapadas y las palabras salían
heridas de su boca.
—No las habría usado —murmuró—. Siento... —Apoyó la frente
contra los
brazos oxidados—. Siento mucho haberos hecho pasar por esto.
Hans se encendió un cigarrillo.
—Estás vivo —dijo Rosa, cogiendo las tijeras—. Todos estamos
vivos.
Ya era demasiado tarde para disculparse.
279
Markus Zusak
La ladrona de libros
El «Schmunzeler»
Minutos después, alguien volvía a aporrear la puerta.
—¡Dios bendito, otro!
Volvieron a preocuparse de inmediato. Taparon a Max.
Rosa subió presurosa los escalones del sótano, pero esta vez,
cuando abrió
la puerta no se encontró con un nazi. Se trataba de Rudy
Steiner, que estaba allí
de píe, con su pelo amarillo y sus buenas intenciones.
—Sólo he venido a ver cómo estaba Liesel.
Al oír la voz, Liesel empezó a subir la escalera.
—De este me encargo yo.
—Su novio —comentó Hans a
los botes de pintura, y
soltó otra bocanada
de humo.
—No es mi
novio —protestó Liesel, sin enfadarse. Era imposible después
de haberse salvado de milagro—. Sólo subo porque mamá me llamará
a gritos
de un momento a otro.
—¡Liesel!
Estaba en el quinto escalón.
—¿Lo ves?
Rudy balanceaba el peso de un pie al otro cuando Liesel llegó a
la puerta.
—Sólo he venido para ver... —Se interrumpió—. ¿A qué huele?
—Olisqueó
el aire—. ¿Has estado fumando?
—Ah, he estado con mi padre.
—¿Tienes cigarrillos? Igual podríamos venderlos.
Liesel no estaba de humor para eso.
—A mi padre no le robo —contestó en voz bajita para que su madre
no la
oyera.
—Pero sí a los demás.
—¿Qué estáis cuchicheando?
Rudy schmunzeleó.
—¿Ves lo que pasa por robar? Estás nerviosa.
—Como si tú nunca hubieras robado nada.
280
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Ya, pero es que tú apestas. —Rudy empezaba a calentarse—.
¿A que
después de todo no van
a ser los cigarrillos?
—Se acercó un poco
más y
sonrió—. Huelo a delincuente, deberías darte un
baño. —Se volvió hacia
Tommy Müller—. ¡Eh, Tommy, deberías venir a oler esto!
—¿Qué dices? —El bueno de Tommy—. ¡No te oigo!
Rudy negó con la cabeza dirigiéndose a Liesel.
—No tiene remedio.
Liesel se dispuso a cerrar la puerta.
—Piérdete, Saukerl, ahora mismo eres lo último que me
hace falta.
Complacido consigo mismo, Rudy dio media vuelta. Sin embargo, al
llegar
junto al buzón pareció recordar la misión que en realidad lo
había llevado hasta
allí, así que retrocedió.
—Alles gut, Saumensch? Me refiero a la
rodilla.
Era junio. Era Alemania.
Todo estaba a punto de venirse abajo.
Liesel no lo sabía. Para ella, no habían descubierto al judío
del sótano, no se
habían llevado a sus padres de acogida y ella había contribuido
en gran medida
a ambas cosas.
—Todo va bien —aseguró, y no se refería a ninguna lesión
futbolística.
Estaba bien.
281
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Markus Zusak
La ladrona de libros
SÉPTIMA PARTE
El «Gran diccionario de definiciones y sinónimos»
Presenta:
champán y acordeones — una trilogía — unas sirenas — un
atracador de cielos
— una oferta — el largo camino a Dachau — paz — un imbécil y
unos hombres
con abrigos largos
282
Markus Zusak
La ladrona de libros
Champán y acordeones
En el verano de 1942, la
ciudad de Molching se preparaba para lo
inevitable. Todavía había gente que se negaba a creer que esa
pequeña ciudad a
las afueras de Munich pudiera ser un objetivo, pero la mayoría
de la población
era muy consciente de que no se trataba de si lo era o no, sino
de cuándo iba a
serlo. Los refugios estaban mejor
señalizados, se empezaban a cegar las
ventanas por la noche y todo el mundo sabía dónde estaba el
sótano o la bodega
más próxima.
Este precario estado de las cosas en realidad representó un
pequeño alivio
para Hans Hubermann. En tiempos malhadados, a su oficio de
pintor le llegó la
fortuna y encontró el modo
de darle un impulso a su negocio. La gente que
tenía persianas en
sus casas estaba lo
bastante desesperada para
solicitar sus
servicios de pintor. El único problema era que, por lo general,
la pintura negra
se utilizaba como
mezclador para oscurecer otro
color, por lo que pronto
se
quedó sin existencias,
ya que era difícil de encontrar. En
cambio, le sobraba
madera de buen comerciante, y un buen comerciante
se sabe todos los trucos,
así que cogía polvillo de carbón, lo mezclaba con pintura y
cobraba menos. De
este modo consiguió que la luz que se colaba por las ventanas de
muchas casas
de Molching no fuera vista por el enemigo.
Algunos días Liesel lo acompañaba.
Arrastraban los trastos de la pintura por toda la ciudad,
oliendo el hambre
en unas calles y
negando con la cabeza ante la
abundancia de otras. Muchas
veces, de camino a casa, mujeres sin otra cosa que hijos y
pobreza a la espalda
se acercaban corriendo y le suplicaban que les pintara las
persianas.
«Lo siento, frau Hallah,
no me queda pintura negra», contestaba, pero
en
cuanto se alejaba un poco acababa dándose por vencido. Un hombre
alto y una
calle larga. «Mañana a primera hora», les prometía, y nada más
apuntar el alba,
allí estaba, pintando
esas persianas a
cambio de una galleta, una taza
de té o
nada. La noche anterior
se había preocupado de encontrar
un modo de
convertir el azul, el verde o el beige en negro. Nunca les
sugería que cubrieran
las ventanas con mantas de repuesto porque sabía que las
necesitarían cuando
283
Markus Zusak
La ladrona de libros
llegara el invierno. Incluso se decía que había pintado las
persianas de alguien
por medio cigarrillo; sentado en los
escalones de la entrada había
compartido
un pitillo con el dueño. Las risas y el humo se entrelazaban en
la conversación
antes de ocuparse de un nuevo encargo.
Cuando Liesel Meminger empezó
a escribir, recuerdo muy bien
lo que
quiso destacar de aquel verano. Con los años muchas palabras se
han desvaído
y el papel está medio deshecho por los roces de llevarlo en el
bolsillo, pero aun
así hay frases que no he conseguido olvidar.
UNA PEQUEÑA MUESTRA
DE ALGUNAS PALABRAS ESCRITAS
POR UNA JOVEN MANO
«Ese verano fue un nuevo principio y un nuevo final. Cuando
miro atrás, recuerdo mis manos manchadas de pintura y el
ruido que hacían los pies de mi padre en Münchenstrasse y sé
que un pedacito del verano de 1942 perteneció a un solo
hombre. ¿Qué otro se habría puesto a pintar a cambio de
medio cigarrillo? Mi padre era así, era típico de él
y por eso lo quería.»
Los días que trabajaban juntos, Hans le contaba batallitas. La de la Gran
Guerra y cómo su lamentable caligrafía le ayudó a conservar la
vida, y la del día
en que conoció a Rosa. Según él, había sido guapa y, bueno, muy
calladita.
—Es difícil de creer, lo sé, pero absolutamente cierto.
Todos los días
le contaba una historia y
Liesel lo perdonaba si
repetía
alguna.
A veces, cuando Liesel se
ensimismaba, Hans le daba unos ligeros
golpecitos con el pincel,
entre los ojos. Si calculaba mal y el pincel iba
demasiado cargado, un pequeño hilillo de pintura le resbalaba
por un lado de la
nariz. Ella se reía e intentaba devolverle la cortesía, pero
Hans Hubermann era
un hombre difícil de sorprender cuando trabajaba. Nunca estaba
tan despierto
como cuando pintaba.
A la hora del descanso
para comer o echar un
trago, Hans tocaba el
acordeón y precisamente
era eso lo que
Liesel recordaba mejor. Por las
mañanas, mientras su padre empujaba o tiraba del carro de la pintura, Liesel
llevaba el instrumento. «Siempre es mejor olvidarse la pintura
que la música»,
aseguraba Hans. Cuando paraban para comer, cortaba el pan y lo
untaba con la
poca mermelada que quedara de la última cartilla de
racionamiento o lo
acompañaba con una fina loncha de fiambre. Comían juntos, sentados en los
284
Markus Zusak
La ladrona de libros
cubos de pintura, y en cuanto acababa el último bocado ya estaba
limpiándose
los dedos y abriendo la funda del acordeón.
Las arrugas del mono de trabajo se le llenaban de migas de pan.
Los dedos
salpicados de pintura se
abrían camino a tientas entre los
botones y peinaban
las teclas o se
eternizaban en una nota. Los brazos impulsaban el fuelle e
insuflaban al instrumento el aire que necesitaba para respirar.
Liesel se sentaba con las manos entre las rodillas, mientras la
luz del día se
alejaba de puntillas. Deseaba que esos días no tuvieran fin y
siempre recibía con
gran desilusión la llegada de la oscuridad, que avanzaba a
grandes zancadas.
En cuanto a la pintura, para Liesel tal vez el aspecto más
interesante fuera
la mezcla. Como la mayoría de las personas, asumía que su padre
se limitaba a
llevar el carro a la tienda de pintura o al almacén donde pedía
el color deseado.
No se había dado cuenta de que casi toda la pintura venía en
bloques en forma
de ladrillo, que a continuación había que estirar con una botella de champán
vacía. (Las botellas de champán, le explicó Hans, eran ideales
para el trabajo, ya
que el cristal era ligeramente más grueso que el de una botella
de vino normal y
corriente.) Una vez bien estirada, se añadía agua, blanco de
España y cola, por
no entrar en detalles sobre lo difícil que era encontrar el
color adecuado.
Los conocimientos que requería el trabajo de Hans le reportaron
un mayor
respeto. Estaba muy bien compartir pan y música, pero para
Liesel también era
motivo de orgullo saber que él era un maestro en su oficio. Ser
bueno en algo
era interesante.
Una tarde, días
después de que su
padre le explicara lo de las mezclas,
estaban trabajando en una
de las casas más
acomodadas al este de
Münchenstrasse. Poco
después del mediodía, Hans la llamó
para que entrara.
Estaban a punto de ir a una nueva casa cuando oyó la voz de su
padre, más alta
de lo habitual.
Hans la llevó
a la cocina, donde un hombre
y dos
mujeres mayores los
esperaban sentados en
unas delicadas sillas
muy refinadas. Las mujeres
iban
bien vestidas. El hombre
tenía el cabello blanco y unas
patillas tupidas como
setos. En la mesa descansaban unas copas, llenas de un líquido
chisporroteante.
—Bueno, ya estamos todos —anunció el hombre.
Alzó su copa y animó a los demás a hacer otro tanto.
La tarde había sido calurosa y a Liesel la desconcertó lo fría
que estaba la
copa. Miró a Hans en busca de su aprobación.
—Prost, Mädel. Salud, jovencita —brindó, sonriéndole
abiertamente.
Entrechocaron las copas y en el momento en que Liesel se la
llevó a la boca,
el burbujeante y
empalagoso sabor dulzón del champán le corroyó los
labios.
285
Markus Zusak
La ladrona de libros
Sus reflejos la obligaron a escupirlo de inmediato
sobre el mono de su padre,
donde vio cómo espumaba y babeaba. Todos se echaron a reír y
Hans la animó
a que lo probara de nuevo. Al
segundo intento fue capaz de
tragárselo y
disfrutar del sabor de infringir
una norma mayúscula. Sabía a gloria. Las
burbujas le royeron la lengua. Le aguijonearon el estómago.
Incluso de camino
a la siguiente casa, aún sentía el calor que le producían los
alfileres y las agujas
que llevaba dentro.
Mientras arrastraba el
carro, su padre le contó que esa gente le había
confesado que no tenía dinero.
—¿Y les pediste champán?
—¿Por qué no? —La miró. Sus ojos nunca habían sido tan
plateados—. No
quería que creyeras que
las botellas de champán
sólo se usan para pasarle el
rodillo a la pintura. No se lo digas a mamá, ¿vale?
—¿Se lo puedo contar a Max?
—Claro que se lo puedes contar a Max.
En el sótano, cuando Liesel
se puso a
escribir sobre su vida, prometió no
volver a beber champán nunca más porque
nunca sabría tan bien como esa
cálida tarde de julio.
Y lo mismo valía para los acordeones.
Muchas veces quiso
pedirle a su padre que le enseñara a
tocar el
instrumento, pero siempre
había algo que la detenía. Tal vez una misteriosa
intuición le decía que nunca sabría hacerlo como Hans Hubermann.
De hecho,
ni los mejores
acordeonistas del mundo entero
podían comparársele. Jamás
conseguirían la concentración natural que se reflejaba en el
rostro de su padre, o
lucirían en los labios un cigarrillo ganado a cambio de sudor. Y
nunca podrían
cometer un pequeño fallo soltando después una risotada de tres
notas. No como
él.
A veces, en el sótano, se levantaba con el regusto del acordeón
en sus oídos
y saboreaba el resquemor dulzón del champán en la lengua.
Otras, se sentaba con la espalda apoyada en la pared y añoraba el
cálido
hilillo de pintura resbalándole por un lado de la nariz o la
textura de papel de
lija de las manos de su padre.
Anhelaba volver a la inconsciencia de entonces, a sentir tanto
amor sin
saberlo y a confundirlo con las risas y el pan untado con poco
más que el aroma
de la mermelada.
Fue la mejor época de su vida.
Aunque quedaría sembrada de bombas.
No lo olvides.
286
Markus Zusak
La ladrona de libros
Descarada y alegre, una
trilogía de felicidad avanzaría con el verano y
se
adentraría en el otoño. Sin embargo, algo le pondría un brusco
final. La alegría
le mostraría el camino al sufrimiento.
Se acercaban tiempos difíciles.
Como un desfile.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
SIGNIFICADO N.° 1
Zufriedenheit— Felicidad: procede de feliz,
participar de
placer y satisfacción. Sinónimos: alegría, júbilo, sensación de
prosperidad o fortuna.
287
Markus Zusak
La ladrona de libros
La trilogía
Mientras Liesel trabajaba, Rudy corría.
Se entrenaba en el estadio Hubert Oval, daba vueltas a la
manzana y hacía
carreras con casi todo el mundo, desde la otra punta de
Himmelstrasse hasta la
tienda de frau Diller, concediendo varias cabezas de ventaja.
Alguna que otra vez,
cuando Liesel estaba ayudando
a su madre en la
cocina, Rosa miraba por la ventana y comentaba:
—¿Qué se trae entre manos
ese pequeño Saukerl con todas
esas carreras
arriba y abajo?
Liesel se acercaba a la ventana.
—Al menos no ha vuelto a pintarse de negro.
—Bueno, algo es algo, ¿no?
LAS RAZONES DE RUDY
A mediados de agosto se celebraba un festival de las
Juventudes Hitlerianas y Rudy tenía intención de ganar cuatro
carreras: los mil quinientos, los cuatrocientos, los doscientos
metros y, por descontado, los cien. Le caían bien los nuevos
cabecillas de las Juventudes Hitlerianas y quería
complacerlos,
además de darle una pequeña lección a su viejo amigo Franz
Deutscher.
—Cuatro medallas de
oro —le confesó a Liesel una
tarde, mientras corría
con él en el Hubert Oval—. Como Jesse Owens en mil novecientos
treinta y seis.
—No seguirás obsesionado con él, ¿verdad?
Los pies de Rudy seguían el ritmo de su respiración.
—La verdad es que no,
pero no
estaría mal, ¿eh? Así aprenderían
esos
cabrones, los que decían que estaba loco. A ver quién es
entonces el imbécil.
—¿De verdad puedes ganar las cuatro carreras?
288
Markus Zusak
La ladrona de libros
Fueron aminorando el paso hasta detenerse al final de la pista.
Rudy puso
los brazos en jarras.
—Tengo que hacerlo.
Se entrenó durante seis
semanas. A mediados de agosto,
cuando llegó el
festival, el cielo estaba
despejado y hacía un
día soleado. El campo estaba
invadido por miembros
de las Juventudes Hitlerianas, padres y
demasiados
cabecillas de
camisas pardas. Rudy Steiner se encontraba en una excelente
forma física.
—Mira, ahí está Deutscher —señaló.
Entre la gente, el rubio
paradigma de las Juventudes Hitlerianas
estaba
dando órdenes a dos miembros de su división. Los otros asentían
con la cabeza
y hacían estiramientos de vez en cuando. Uno de ellos se hacía
pantalla con la
mano para proteger sus ojos del sol, como si saludara.
—¿Quieres decirle algo? —preguntó Liesel.
—No, gracias. Ya lo haré después.
Cuando haya ganado.
Nunca las pronunció, pero las palabras estaban allí, en algún
lugar entre los
ojos azules de Rudy y los gestos de Deutscher.
El desfile obligatorio atravesó el campo.
El himno.
Heil Hitler!
Sólo entonces se podía empezar.
Cuando llamaron al
grupo de edad de Rudy para la carrera de los
mil
quinientos metros, Liesel le deseó suerte a la típica manera
alemana.
—Hals und Beinbruch, Saukerl.
Le deseó que se rompiera el cuello y una pierna.
Los chicos se reunieron al fondo de la
pista ovalada. Unos hacían
estiramientos, otros se
concentraban y los demás
estaban allí porque no les
quedaba más remedio.
La madre de Rudy, Barbara, estaba sentada al lado de Liesel
con su hijo
pequeño. Una fina manta estaba a rebosar de niños y hierba
arrancada.
—¿Veis a Rudy? —preguntó—. Es el que está más a la izquierda.
Barbara Steiner era una mujer amable y siempre parecía que
llevara el pelo
recién cepillado.
—¿Dónde? —preguntó una de las
niñas. Seguramente Bettina, la
más
pequeña—. No lo veo.
289
Markus Zusak
La ladrona de libros
—El último. No, allí no. Allí.
Todavía estaban intentando
divisarlo cuando la pistola del juez de salida
despidió un disparo y humo. Los pequeños Steiner corrieron hacia
las vallas.
En la primera vuelta,
un grupo
de siete chicos componía el pelotón de
cabeza. En la segunda
sólo quedaban cinco y en
la siguiente, cuatro. Hasta la
última vuelta, Rudy fue
en todo momento en cuarta posición. Un hombre
comentó que el chico que iba segundo parecía el claro vencedor.
Era el más alto.
—Espera y verás —le dijo a su desconcertada esposa—. Se
desmarcará del
grupo cuando queden doscientos metros.
El hombre se equivocaba.
Un colosal oficial de camisa parda —al que estaba claro que no
le afectaba
el racionamiento— informó a los corredores de que sólo quedaba
una vuelta. Se
lo gritó cuando el pelotón de cabeza cruzaba la línea y no fue
el segundo chico
el que aceleró, sino el cuarto. Y doscientos metros antes.
Rudy corrió.
No miró atrás en ningún momento.
La distancia fue aumentando como una cuerda elástica, de tal
modo que se
quebró hasta la más remota esperanza de que cualquier
otro pudiera ganar.
Tomó la curva por su calle mientras los otros tres corredores
que le seguían se
peleaban entre ellos por las sobras. En la recta final sólo se
vio una melena rubia
y una gran distancia, y no se detuvo al cruzar la línea de meta,
no levantó los
brazos, ni siquiera se
agachó para recuperar el aliento. Siguió corriendo unos
veinte metros y al
final volvió la cabeza para ver cómo
los otros cruzaban la
meta.
Cuando se dirigía a reunirse con su familia, primero
se topó con sus
cabecillas y luego con Franz Deutscher. Se saludaron con una
breve inclinación
de cabeza.
—Steiner.
—Deutscher.
—Parece que todas esas vueltas que te hice dar han servido para
algo, ¿eh?
—Eso parece.
No iba a sonreír hasta que hubiera ganado las cuatro carreras.
UN COMENTARIO QUE HABRÁ
QUE TENER EN CUENTA MÁS ADELANTE
A partir de entonces no sólo se conocería a Rudy por ser
un buen estudiante, sino también por ser
un gran atleta.
290
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel participó en los cuatrocientos metros. Terminó en séptimo
lugar y en
el cuarto en la prueba de los doscientos. Lo único que vio
delante de ella fueron
los tendones de la corva
y las coletas
bamboleantes de las chicas
que la
precedían. En el salto de longitud, mordió más polvo que
distancia y tampoco
estuvo en su mejor momento en el lanzamiento de peso. Comprendió
que ese
era el día de Rudy.
En la final de los cuatrocientos
metros, Rudy estuvo en cabeza
desde la
última vuelta hasta el final, y ganó los doscientos por escaso
margen.
—¿Estás cansado? —le preguntó Liesel.
Eran las primeras horas de la tarde.
—Claro que no. —Jadeaba y se masajeaba
las pantorrillas—. Pero ¿qué
dices, Saumensch? ¿Qué sabrás tú?
Cuando anunciaron la
prueba eliminatoria de los cien metros, Rudy se
levantó despacio y
siguió el reguero
de adolescentes hacia la pista.
Liesel fue
detrás de él.
—Eh, Rudy. —Le tiró de la manga—. Buena suerte.
—No estoy cansado —insistió.
—Ya lo sé.
Rudy le guiñó un ojo.
Estaba cansado.
En la eliminatoria, Rudy aflojó el ritmo para acabar segundo, y
al cabo de
diez minutos, durante los que se celebraron otras carreras,
anunciaron la final.
Había dos chicos que
lo habían hecho muy bien y
una rara sensación en el
estómago le dijo a Liesel que Rudy no iba a ganar.
Tommy Müller, que había
quedado penúltimo en su carrera, le hacía compañía, apoyado en
la valla.
—Ganará —aseguró.
—Lo sé.
No, no ganaría.
Cuando los finalistas alcanzaron la línea de salida, Rudy se
puso de rodillas
y empezó a escarbar unos hoyos con las manos para agarrarse
mejor al suelo. A
un camisa parda medio calvo le faltó tiempo para acercarse y
decirle que dejara
de hacerlo. Liesel vio el
dedo acusador del adulto
y la tierra que caía de las
manos de Rudy mientras se las frotaba.
Liesel se aferró con fuerza a la valla cuando ocuparon sus
posiciones. Uno
de los chicos hizo una salida en falso. Se oyeron dos disparos.
Había sido Rudy.
El oficial volvió a tener unas palabras con él y el chico
asintió con la cabeza. Una
vez más y quedaba eliminado.
Volvían a estar preparados para el segundo intento. Liesel, que
observaba
muy atenta, no pudo
creer lo que sucedió
segundos después. Se
registró una
291
Markus Zusak
La ladrona de libros
nueva salida en falso
cometida por el mismo
atleta. Ante sus ojos, Liesel
imaginó una carrera perfecta en la que Rudy iba
a la zaga, pero que acababa
ganando en los últimos diez metros. Sin embargo, lo que en
realidad vio fue la
descalificación de su amigo. Lo acompañaron a un lado de la
pista y lo hicieron
quedarse allí, solo, mientras los demás chicos adelantaban un
pie.
Cuando estuvieron listos, salieron corriendo.
Ganó un chico de cabello castaño oxidado y zancada larga, les sacó
unos
cinco metros de ventaja.
Rudy se quedó donde estaba.
Más tarde, al final del día, cuando desapareció
el sol de Himmelstrasse,
Liesel se sentó en la acera con su amigo.
Hablaron de todo lo demás, desde la cara que se le había quedado
a Franz
Deutscher después de los
mil quinientos hasta el berrinche que había
cogido
una de las niñas de once años después de perder el disco.
Antes de volver cada uno a sus respectivas casas, la voz de Rudy
se estiró y
le tendió a Liesel la verdad. Descansó un momento sobre el
hombro, pero luego
avanzó hasta el oído.
LAS PALABRAS DE RUDY
«Lo hice adrede.»
Una vez digerida la confesión, Liesel le hizo la única pregunta
posible.
—Pero ¿por qué, Rudy? ¿Por qué lo hiciste?
Lo tenía delante, con una
mano en la cadera, pero mudo. La única
respuesta que recibió fue
una sonrisa de complicidad y un
lento paseo que lo
llevó hasta casa con languidez. Nunca más volvieron a hablar del
asunto.
En cuanto a Liesel, a menudo se preguntaba cuál habría sido
la respuesta
de Rudy si ella hubiera
insistido. Tal vez tres medallas habían demostrado lo
que él quería, o
quizá tuviera miedo de perder
la última carrera. Al final, la
única explicación que quiso oír fue la voz interior de una
adolescente.
«Porque no es Jesse Owens.»
Hasta que se levantó para entrar en casa no reparó en que a su
lado había
tres medallas de oro falso. Llamó a la puerta de los Steiner y
se las dio.
—Te las has olvidado.
—No, no me las he olvidado.
Rudy cerró la puerta y Liesel se llevó las medallas a casa. Las
bajó al sótano
y le habló a Max de su amigo Rudy Steiner.
—Mira que es tonto —concluyó Liesel.
—Pues sí —convino Max, aunque dudo que mintiera.
292
Markus Zusak
La ladrona de libros
A continuación, se pusieron a trabajar cada uno
en lo suyo: Max en su
cuaderno y Liesel en El repartidor de sueños. Ya había llegado a
los últimos
capítulos de la novela,
en los que el joven sacerdote dudaba de
su fe tras un
encuentro con una misteriosa y elegante dama.
Max le preguntó cuándo creía que iba a acabarlo al ver que lo
colocaba boca
abajo sobre su regazo.
—Me quedan pocos días.
—¿Y luego a por uno nuevo?
La ladrona de libros alzó la vista al techo.
—Tal vez, Max. —Cerró el libro y se recostó hacia atrás—. Con un
poco de
suerte.
EL SIGUIENTE LIBRO
No es el Gran diccionario de definiciones
y sinónimos, como
cabría esperar.
No, el diccionario llegará al final de esta pequeña trilogía y
todavía estamos
en la segunda entrega. Esta es
la parte en que Liesel termina El repartidor de
sueños y roba
un libro titulado
Una canción en la oscuridad. Como siempre, lo
consiguió en la casa del alcalde; la única diferencia es que
esta vez fue sola a la
parte alta de la ciudad. Ese día Rudy no la acompañó.
Era una mañana llena de sol y nubes espumosas.
Liesel estaba en la biblioteca del alcalde, con codicia en las
manos y títulos
en los labios. Esta vez
se sentía tan a sus anchas que se atrevió a recorrer
los
lomos con los dedos
—una breve recreación de la visita
anterior a la
habitación— susurrando casi todos los títulos, de una estantería
a otra.
Bajo el cerezo.
El décimo teniente.
Como de costumbre, mucho títulos la tentaron, pero tras un par
de minutos
en la habitación, se decidió por Una canción en la oscuridad,
en gran parte porque
el libro era verde y todavía no tenía un libro de ese color. Las
letras grabadas en
la portada eran blancas y había una pequeña flauta dibujada
entre el título y el
nombre del autor. Saltó
desde el alféizar con el
libro bajo el brazo, dando las
gracias mientras salía.
Sin Rudy parecía que le faltaba algo, pero esa mañana, por alguna razón
desconocida, la ladrona de libros se sentía más feliz sola. No
perdió el tiempo y
se puso a leer el libro
junto al Amper, bastante alejada de cualquier posible
cuartel general de Viktor Chemmel y la antigua banda de Arthur
Berg. Nadie
apareció, nadie la interrumpió, y Liesel leyó
feliz cuatro de los brevísimos
capítulos de Una canción en la oscuridad.
293
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se debía al placer y la satisfacción.
De un buen robo.
Una semana después, la trilogía de la felicidad estuvo completa.
A finales de agosto llegó un regalo o, mejor dicho, se fijaron
en él.
Se acercaba la noche y Liesel estaba mirando cómo Kristina
Müller saltaba a
la cuerda en Himmelstrasse. Rudy Steiner derrapó
delante de ella con la
bicicleta de su hermano.
—¿Tienes tiempo? —le preguntó.
Liesel se encogió de hombros.
—¿Para qué?
—Creo que será mejor que vengas.
Soltó la bicicleta y fue a
buscar la otra a casa. Liesel se
quedó mirando el
pedal que giraba delante de ella.
Pedalearon hasta la Grandestrasse, donde Rudy se detuvo y
esperó.
—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó Liesel.
Rudy señaló.
—Mira con atención.
Despacio, se trasladaron a un sitio desde el que podían ver
mejor, detrás de
una pícea azul. Liesel divisó la ventana cerrada a través de las
ramas espinosas
y luego un objeto apoyado contra el cristal.
—¿Es...?
Rudy asintió con la cabeza.
Debatieron el tema
largo y
tendido hasta que llegaron a la conclusión de
que debían hacerlo. Era evidente que lo habían dejado allí
intencionadamente y
que, si era una trampa, valía la pena jugársela.
—Un ladrón de libros
lo haría —aseguró Liesel,
entre las polvorientas
ramas azuladas.
Liesel soltó la bicicleta, echó un vistazo
a la calle y cruzó el patio. Las
sombras de las nubes estaban sepultadas bajo la oscura hierba.
¿Eran agujeros
por los que uno podía colarse u otros pedacitos de oscuridad
donde ocultarse?
Su imaginación la coló
por unos de esos
agujeros para caer en las
malvadas
garras del mismo alcalde. Al menos esas imágenes la ayudaron a
distraerse, y se
encontró junto a la ventana antes de lo esperado.
Todo volvía a ser como con El hombre que silbaba.
Los nervios le lamían las manos.
Reguerillos de sudor se rizaban bajo los brazos.
294
Markus Zusak
La ladrona de libros
Levantó la cabeza y leyó el título: Gran diccionario de
definiciones y sinónimos.
Lacónica, se volvió hacia Rudy y musitó las palabras: «Es un
diccionario». Él se
encogió de hombros y tendió las manos.
Liesel realizó un trabajo
metódico, deslizó la ventana hacia
arriba,
preguntándose cómo debían de verse sus movimientos desde el
interior.
Imaginó su delictiva mano apareciendo por encima del alféizar y
levantando la ventana hasta que el libro volcara. Fue como si se
rindiera
lentamente, como un árbol talado.
Lo tenía.
Apenas había hecho ruido.
El libro se inclinó hacia ella y
lo cogió con la mano libre. Incluso cerró
la
ventana, con suavidad. Luego se volvió y atravesó los baches de
nubes.
—Buen trabajo —admitió Rudy al acercarle la bicicleta.
—Gracias.
Pedalearon hasta la esquina, donde los alcanzó el verdadero hecho
importante del día. Liesel lo notó, otra
vez esa sensación de estar siendo
observada. Una voz pedaleó en su interior. Dio dos vueltas.
Mira la ventana. Mira la ventana.
La obligaba.
Como un picor que exige una uña, sintió el vivo deseo de
detenerse.
Plantó los pies
en el suelo, volvió la cabeza
hacia la casa del alcalde y la
ventana de la biblioteca y
miró. Evidentemente, tendría que haber
sabido que
eso podía pasar,
pero no por ello fue menor la sorpresa que acechaba en su
interior cuando vio a
la mujer del alcalde de pie, detrás del cristal. Era
transparente, pero estaba allí. Llevaba el suave y sedoso
cabello como siempre.
Su mirada herida, su rictus y su expresión se irguieron para ver
mejor.
Muy despacio, la mujer levantó la mano para saludar a la ladrona
de libros
de la calle. Aunque la dejó quieta.
Conmocionada como estaba, Liesel no dijo nada, ni a Rudy ni a sí
misma.
Mantuvo el
equilibrio y levantó
una mano para confirmarle a la
mujer del
alcalde que la había visto en la ventana.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
DEFINICIÓN N.°2
Verzeihung = Perdón: dejar de sentir
enojo, animosidad o
resentimiento. Sinónimos: absolución, exculpación, clemencia.
De camino a casa se detuvieron en el puente y echaron un vistazo
al pesado
libro negro. Al cabo de un
rato de estar pasando
páginas, Rudy encontró una
carta. La levantó y se la entregó despacio a la ladrona de
libros.
295
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Va a tu nombre.
El río corría.
Liesel la cogió.
LA CARTA»
Querida Liesel:
Ya sé que me consideras patética y detestable (busca esta palabra si no la conoces),
pero
debo decirte que no soy
tan tonta como para no percatarme de tus pisadas
en la biblioteca.
Cuando eché en falta el primer libro, pensé que tal vez lo había
puesto en otro sitio, pero luego
vi las huellas de unos pies en el suelo, donde daba la luz.
Me hicieron sonreír.
Me alegré al saber que te habías llevado lo que te pertenecía,
pero cometí el error de creer
que ahí se acababa todo.
Tendría que haberme enfadado cuando volviste, pero no lo hice.
La última vez te oí, pero
decidí dejarte tranquila. Sólo te puedes llevar un libro cada
vez y tendrías que entrar un millar
de veces para llevártelos todos. Lo único que espero es que
algún día llames a la puerta principal
y entres en la biblioteca de una manera más civilizada.
Permíteme volver a disculparme
por no poder
seguir disponiendo de los
servicios de tu
madre.
Por último, espero
que este diccionario te resulte
útil cuando estés leyendo
los libros
robados.
Atentamente,
ILSA HERMANN
—Será mejor que volvamos a casa —sugirió Rudy, pero Liesel no se
movió.
—¿Te importaría esperarme aquí cinco minutos?
—Claro.
Liesel se arrastró hasta
el número ocho de la Grandestrasse y se
dirigió
hacia la entrada principal que tanto había frecuentado. Rudy se
había quedado
con el libro, pero ella tenía la carta. Iba frotando los
dedos contra el papel
doblado. Los
escalones se le hacían cada vez más pesados. Por
cuatro veces
intentó llamar a la amedrentadora puerta, pero no
consiguió reunir suficiente
valor para hacerlo.
Únicamente llegó a colocar los
nudillos sobre la cálida
madera, con suavidad.
Su hermano vino a su encuentro de nuevo.
—Vamos, Liesel, llama —la animó al final de los escalones.
La rodilla se le estaba curando.
296
Markus Zusak
La ladrona de libros
En su segunda huida, pronto distinguió
la figura lejana de Rudy en el
puente. El viento le empapaba el pelo. Sus pies pedaleaban como
si bracearan.
Liesel Meminger era una criminal.
Pero no porque hubiera
entrado a robar un
puñado de libros por
una
ventana abierta.
Tendrías que haber llamado, pensó, y aunque era una reflexión
cargada de
culpa, también se apreciaba el juvenil rastro de la risa.
Intentó decirse algo mientras pedaleaba.
No mereces ser tan feliz, Liesel. En absoluto.
¿Se puede robar la felicidad? ¿O es sólo otro infernal truco
humano?
Liesel se sacudió los pensamientos de encima. Cruzó el puente y
apremió a
Rudy para que se pusiera en marcha y no se olvidara el libro.
Volvieron a casa en las bicicletas oxidadas.
Volvieron a casa como tenían por costumbre, pasando del verano
al otoño y
de una noche tranquila al fragor de las bombas sobre Munich.
297
Markus Zusak
La ladrona de libros
El aullido de las sirenas
Hans llevó a casa una radio de segunda mano con lo poco
que había
recaudado durante el verano.
—Así sabremos cuándo
van a empezar los bombardeos
antes de que
suenen las sirenas —explicó—. Primero se oye un
cucú y luego anuncian las
zonas en peligro.
La colocó sobre la mesa de la
cocina y la encendió. También intentaron
hacer que funcionara en el sótano, para Max, pero por los
altavoces sólo se oían
interferencias y voces entrecortadas.
En septiembre no la oyeron porque estaban durmiendo.
O bien la radio ya estaba medio rota o la sofocó el plañidero
gemido de las
sirenas.
Una mano zarandeó el
hombro de Liesel con suavidad, para que se
despertara. Después la voz de su padre, preocupada.
—Liesel, despierta. Tenemos que irnos.
En medio de la desorientación por el sueño
interrumpido, Liesel apenas
consiguió adivinar el
contorno del rostro de su padre. Lo
único visible era su
voz.
Se detuvieron en el pasillo.
—Esperad —ordenó Rosa.
Todos fueron corriendo al sótano, atravesando la oscuridad.
La lámpara estaba encendida.
Max asomó por detrás de los botes de pintura y las sábanas.
Tenía aspecto
de cansado y, nervioso, se agarró con los pulgares a la
cinturilla del pantalón.
—Hora de irse, ¿no?
Hans se acercó.
—Sí, es hora de irse. —Le estrechó la mano y
le dio un golpecito
en el
brazo—. Nos veremos a la vuelta, ¿de acuerdo?
298
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Por supuesto.
Rosa lo abrazó, igual que Liesel.
—Adiós, Max.
Semanas antes habían
estado discutiendo si debían quedarse todos juntos
en el sótano o si ellos tres debían salir a la calle y dirigirse
al de la casa de los
Fiedler. Max los convenció.
—Dicen que este sótano no está a bastante profundidad
y ya os habéis
arriesgado demasiado por mí.
Hans asintió con la cabeza.
—Es una pena que no puedas venir con nosotros. Qué desgracia.
—Así son las cosas.
Fuera, las sirenas aullaban a las casas, y
la gente salía de sus hogares
corriendo, renqueando o
de espaldas. La noche observaba.
Algunos le
devolvían la mirada, tratando de descubrir los aviones de lata
que cruzaban el
cielo.
Himmelstrasse era una embrollada procesión de gente que
acarreaba sus
bienes más preciados. En algunos casos, un bebé. En otros, una
pila de álbumes
de fotos o una caja de madera. Liesel llevaba sus libros
apretados contra el
pecho. Frau Holtzapfel arrastraba con gran esfuerzo una maleta por la
acera,
con ojos desorbitados y pasitos cortos.
Hans, que lo había
olvidado todo —incluso el acordeón—, se acercó
corriendo y rescató la maleta de sus manos.
—Jesús, María y José, ¿qué lleva aquí dentro? —preguntó—. ¿Un
yunque?
Frau Holtzapfel caminaba a su lado.
—Lo básico.
Los Fiedler vivían seis
casas más allá. En
la familia eran cuatro, todos de
cabello color trigo y
ojos alemanes, como estaba mandado, pero lo más
importante es que contaban
con un buen sótano a gran
profundidad. Allí se
apretujaban veintidós
personas, entre los que se
contaban la familia Steiner,
frau Holtzapfel, Pfiffikus, un joven y la familia Jenson. En
aras de procurar un
ambiente civilizado, mantuvieron separadas a Rosa Hubermann y frau
Holtzapfel, a pesar de que ciertas cosas estaban por encima de
las discusiones
absurdas.
Una bombilla solitaria colgaba del techo y la habitación era
húmeda y fría.
Las paredes estaban llenas de salientes que se clavaban en la
espalda de la gente
mientras estaba sentada y hablaba. El sonido apagado de las
sirenas se colaba
por algún lugar, una
versión distorsionada que había encontrado
el modo de
llegar hasta ellos y, a
pesar de que suscitaba grandes dudas
acerca de la
299
Markus Zusak
La ladrona de libros
idoneidad del refugio, al menos también les garantizaba que oirían las tres
sirenas que anunciaban el final del bombardeo
y que estaban a salvo. No
les
haría falta un Luftschutzwart, un vigilante antiaéreo.
Rudy no tardó mucho en encontrar a Liesel. Su cabello apuntaba
al techo.
—¿No es genial?
Liesel no pudo reprimir cierto sarcasmo.
—Encantador.
—Venga, Liesel, no seas así. ¿Qué es lo peor que puede ocurrir,
además de
acabar aplastados o fritos o lo que sea que hagan las bombas?
Liesel miró a su alrededor, fijándose en los rostros de los
demás. Empezó a
elaborar una lista con los más asustados.
LA LISTA NEGRA
1. Frau Holtzapfel
2. El señor Fiedler
3. El joven
4. Rosa Hubermann
Los ojos de frau Holtzapfel estaban tan abiertos que parecían
imposibles de
cerrar. Tenía el enjuto cuerpo encorvado y su boca era un
círculo. Herr Fiedler
se distraía preguntando a
la gente, a veces repetidamente,
cómo estaba. El
joven, Rolf Schultz, se mantenía apartado en un rincón,
musitando palabras al
aire que lo envolvía, fustigándolo. Tenía las manos cimentadas
en los bolsillos.
Rosa se mecía con suavidad.
—Liesel —la llamó en un susurro—, ven aquí.
Cogió a la niña por la
espalda y la estrechó con fuerza contra ella. Cantó
una canción, pero en voz tan baja que Liesel apenas la oyó. Las
notas nacían en
su aliento y morían en sus
labios. A su lado, Hans
permanecía callado e
inmóvil. En cierto
momento, colocó su cálida mano sobre
el frío cráneo de
Liesel. Vivirás, decía el gesto, y tenía razón.
A su izquierda estaban Alex
y Barbara Steiner con sus
hijas pequeñas,
Emma y Bettina. Las
niñas se aferraban a una pierna de su madre. El hijo
mayor, Kurt, miraba al frente, cual efigie perfecta de las
Juventudes Hitlerianas,
y le daba la mano a Karin, diminuta incluso para tener siete
años. Anna-Marie,
de diez, jugaba con la pulposa superficie de la pared de
cemento.
Al otro lado de los Steiner estaban Pfiffikus y la familia
Jenson.
Pfiffikus se abstenía de silbar.
El barbudo señor Jenson abrazaba a su mujer con fuerza, y sus
dos hijos tan
pronto estaban
callados como no dejaban de hablar. De vez en cuando se
300
Markus Zusak
La ladrona de libros
incordiaban entre ellos, pero se echaban atrás en cuanto rozaban
el inicio de una
pelea de verdad.
Al cabo de unos diez minutos, en el sótano reinaba una
especie de
inmovilidad. Los cuerpos estaban soldados y únicamente los pies
cambiaban de
postura. El silencio absoluto amordazaba los rostros. Se miraban
unos a otros y
esperaban.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
SIGNIFICADO N.°3
Angst- Miedo: emoción desagradable
y a menudo intensa
causada por la intuición o la conciencia de un peligro.
Palabras relacionadas: terror, horror, pánico, aprensión,
alarma.
Se contaban
historias sobre otros
refugios donde la gente cantaba
Deutschland über Alles o se
peleaba tropezando con su propio aliento
viciado.
Esas cosas no ocurrieron en el refugio de los Fiedler. Allí sólo
había lugar para
el miedo y la aprensión, y una sorda canción en los labios
acartonados de Rosa
Hubermann.
Poco antes de que las sirenas anunciaran el final, Alex Steiner
—el hombre
del impasible rostro de madera— convenció a las niñas para que
se soltaran de
las piernas de su mujer y alargó un brazo para coger la mano que
su hijo tenía
libre. Kurt, que seguía en actitud estoica y con la mirada fija,
la aceptó y apretó
con suavidad la de su hermana. Pronto todo
el mundo le daba
la mano a
alguien y el grupo de alemanes formaba un círculo irregular. Las
manos frías se
derretían en las cálidas y, en algunos casos, incluso
transmitían la sensación de
otro pulso humano que se abría camino a través de las
capas de piel pálida y
agarrotada. Algunos cerraron los ojos a la espera de su propio
fin, o de la señal
que anunciaba el final del bombardeo.
¿No les estaba bien empleado?
¿Cuántos de ellos habían
perseguido a otros de forma activa, ebrios de la
mirada penetrante de Hitler, repitiendo sus frases, sus
párrafos, su obra? ¿Rosa
Hubermann era responsable
de algo? ¿La mujer que ocultaba a un judío?
¿O
Hans? ¿Merecían morir? ¿Y los niños?
Me interesa mucho la
respuesta a todas estas cuestiones, aunque no debo
dejarme seducir. Lo
único que sé es que toda esa gente debió de sentir
mi
presencia esa noche,
excluyendo a los niños más pequeños. Yo
era una
insinuación. Un aviso. Mis pies ficticios entraron en la cocina
y avanzaron por el
pasillo.
301
Markus Zusak
La ladrona de libros
Como suele pasarme con
los humanos, cuando leo
lo que la ladrona de
libros escribió sobre ellos, los compadezco, aunque no tanto
como a los que en
aquella época recogí a
paletadas en varios campos. Por
descontado que los
alemanes de los sótanos merecían mi compasión, pero al menos
ellos tenían una
oportunidad de salvarse. Ese sótano no era una ducha de gas.
Para esa gente, la
vida todavía era posible.
Los minutos iban calando en el corro irregular.
Liesel le daba la mano a Rudy y a su madre.
Sólo la entristecía un pensamiento.
Max.
¿Cómo iba a sobrevivir Max si las bombas llegaban a
Himmelstrasse?
Estudió el sótano de los Fiedler. Era bastante más sólido y
profundo que el
del número treinta y tres de Himmelstrasse.
Le preguntó a su padre en silencio.
¿También piensas en él?
Tanto si la muda pregunta llegó a su destino como si no
lo hizo, Hans le
respondió con una breve
inclinación de la cabeza. Unos
minutos después
llegaron las tres sirenas de paz transitoria.
La gente del número
cuarenta y cinco de Himmelstrasse se sumió en el
alivio.
Algunos cerraron los ojos con fuerza y volvieron a abrirlos.
Un cigarrillo pasó de mano en mano.
Cuando Rudy Steiner iba a acercárselo a los labios, su padre se
lo quitó de
un manotazo.
—Tú no, Jesse Owens.
Los niños abrazaron a
sus padres, y todavía
tuvo que pasar un
rato para
que todos fueran
completamente conscientes de que estaban
vivos y
de que
iban a seguir estándolo.
Sólo entonces se atrevieron a subir los
escalones que
desembocaban en la cocina de los Fiedler.
Fuera, una procesión de gente recorría la calle en silencio.
Muchos de ellos
alzaban la vista al cielo y daban gracias a Dios por sus vidas.
Cuando los Hubermann
regresaron a casa, se dirigieron
directamente al
sótano, pero parecía que
Max no estaba allí. La lámpara apenas tenía una
llamita anaranjada y no se lo veía ni se lo oía por ninguna
parte.
—¿Max?
—Ha desaparecido.
—Max, ¿estás ahí?
302
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Estoy aquí.
Al principio creían que las palabras habían salido de detrás de
las sábanas y
los botes de pintura, pero Liesel fue la primera en verlo delante
de ellos. Su
rostro extenuado se confundía con los trastos
de la pintura y las telas. Estaba
sentado allí delante, con los ojos y la boca abiertos de par en
par.
Volvió a hablar cuando se acercaron.
—No pude reprimirme —se disculpó.
—¿De qué hablas, Max?
—preguntó Rosa, agachándose para
mirarlo a la
cara.
—Yo... —intentó
explicarse—. Cuando todo estaba en silencio, subí al
pasillo y la cortina del
comedor estaba un poco
descorrida... Se veía la calle.
Miré, sólo unos segundos.
Hacía veintidós meses que no veía el mundo exterior.
No hubo ni enfados ni reproches.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Hans.
Max levantó la cabeza con gran pesar y estupefacción.
—Había estrellas —contestó—. Me quemaron los ojos.
303
Markus Zusak
La ladrona de libros
El ladrón de cielos
Al final resultó que el primer bombardeo no fue un bombardeo. Si
la gente
se hubiera quedado a esperar los aviones, habrían pasado allí
toda la noche. Eso
explicaría por qué
ningún cucú avisó por la
radio. Según el Molching Express,
cierto controlador de una torre de fuego antiaéreo
se había puesto un poco
nervioso. Juraba que había oído el ruido de los aviones y los
había visto en el
horizonte. Él había dado la voz de alarma.
—Podría haberlo hecho a
propósito —comentó Hans
Hubermann—. ¿Te
gustaría estar
sentado en una torre de
fuego antiaéreo disparando
a aviones
cargados de bombas?
Como es lógico, siguió leyendo Max en el artículo en el sótano,
el hombre
de tan viva imaginación había sido relevado
de su puesto. Seguramente lo
destinarían a algún servicio en alguna parte.
—Que tenga suerte —dijo Max.
Parecía saber lo que le deparaba. Pasó a los crucigramas.
El siguiente bombardeo fue real.
La noche del 19 de septiembre, el cucú avisó por radio. A
continuación, una
voz grave y desapasionada que anunció Molching entre los
posibles objetivos.
Himmelstrasse volvió a convertirse en un sendero de gente y Hans
volvió a
olvidarse el acordeón. Rosa le recordó que se lo llevara, pero
él se negó.
—No me lo llevé la última vez y sobrevivimos —explicó.
Estaba claro que la
guerra confundía los límites entre la lógica y la
superstición.
Una inquietante sensación los siguió hasta el sótano de los
Fiedler.
—Creo que esta noche va en serio —comentó el señor Fiedler.
Los niños enseguida se
dieron cuenta de que sus padres estaban bastante
más preocupados que en la anterior ocasión. Reaccionando de la
única manera
que sabían, los más pequeños
empezaron a chillar y a
llorar cuando la
habitación pareció tambalearse.
304
Markus Zusak
La ladrona de libros
La amortiguada sintonía de las
bombas llegó incluso
hasta el sótano. La
presión del aire los aplastó como si el techo les cayera encima,
como si quisiera
estamparse contra el suelo. Las
desiertas calles de Molching recibieron un
mordisco.
Rosa apretaba furiosamente la mano de Liesel.
El machacón llanto de los niños perforaba los oídos.
Incluso Rudy estaba
completamente rígido, fingiendo despreocupación,
tensando los músculos
para combatir la tensión. Brazos
y codos luchaban
por
hacerse sitio. Algunos adultos intentaban calmar a los niños.
Otros ni siquiera
conseguían calmarse a ellos mismos.
—¡Haz callar a ese crío! —gritó frau Holtzapfel, aunque su voz
no fue más
que otro desventurado reproche en medio del frenético caos del
refugio.
Mugrientas lágrimas asomaban a los ojos
de los niños y
el olor a alientos
nocturnos, el sudor de sobaco y ropa sucia de varios días se
mezclaba y bullía
en lo que en esos momentos era un puchero donde flotaban
humanos.
A pesar de que estaban una al lado de la otra, Liesel no tuvo
más remedio
que alzar la voz.
—¿Mamá? —Insistió—: ¡Mamá, me estás destrozando la mano!
—¿Qué?
—¡La mano!
Rosa la soltó y, para sustraerse al barullo del sótano, Liesel
abrió uno de sus
libros y empezó
a leer en busca de consuelo. El
primer libro de la pila era El
hombre que silbaba y lo leyó en voz alta para
concentrarse. El primer párrafo llegó
entumecido hasta sus oídos.
—¿Qué has dicho?
—rugió su madre, pero Liesel la ignoró para no
perderse ya en la primera página.
Al pasar a la siguiente, Rudy reparó en ella. Se fijó en lo que
estaba leyendo
y llamó la atención de sus
hermanos con un golpecito en el hombro
para que
hicieran lo mismo.
Hans Hubermann se acercó
y pidió silencio. La calma se
abrió paso en el abarrotado sótano. A la tercera página, todo el
mundo estaba
en silencio menos Liesel.
El crujir de las páginas los cautivó.
Liesel continuó leyendo.
Compartió la historia durante unos veinte minutos. Su voz
tranquilizó a los
niños más pequeños y los demás imaginaron al hombre que silbaba
huyendo de
la escena del crimen. Liesel no. La ladrona de libros sólo veía
la mecánica de las
palabras, sus
cuerpos varados en el papel, derribadas a golpes
para que ella
pudiera pisotearlas. En
algún lugar también estaba Max, en los espacios
entre
305
Markus Zusak
La ladrona de libros
un punto y la
mayúscula siguiente. Recordó cuando le leía mientras estaba
enfermo. ¿Estará en el sótano? ¿U otra vez al acecho de un
pedacito de cielo?, se
preguntó.
UN PENSAMIENTO AGRADABLE
Ella era una ladrona de libros.
Él asaltaba el cielo.
Todo el mundo esperaba el temblor del suelo.
Seguía siendo inevitable,
pero al menos ahora la chica del libro los
tenía
distraídos. Uno de
los niños pequeños pensó
en echarse a llorar, pero Liesel
paró un momento
e imitó a su padre, o a Rudy, elegid. Le guiñó un
ojo y
retomó la lectura.
Sólo se interrumpió cuando las sirenas se colaron en el sótano.
—Ya pasó —anunció el señor Jenson.
—¡Silencio! —ordenó frau Holtzapfel.
Liesel alzó la cabeza.
—Sólo quedan dos párrafos para acabar el capítulo —informó.
Y continuó leyendo sin mayor énfasis. Sólo palabras.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
DEFINICIÓN N.° 4
Wort- Palabra: unidad de lenguaje
con significado / una
promesa / un comentario, una afirmación o una conversación.
Palabras relacionadas: término, nombre, expresión.
Por respeto, los adultos
obligaron a que todo el
mundo guardara silencio
hasta que Liesel finalizara el primer capítulo de El hombre
que silbaba.
En el momento de salir, los
niños pasaron a su lado como
un vendaval,
pero casi todos los
mayores —incluso frau Holtzapfel y Pfiffikus
(qué
apropiado, teniendo en cuenta el título del libro)—
agradecieron a la niña la
distracción a medida que pasaban junto a ella, con ganas de
salir de la casa para
ver si Himmelstrasse había sufrido algún daño.
Himmelstrasse estaba intacta.
El único indicio de guerra era una nube de polvo que viajaba de este a
oeste, escudriñando las ventanas para encontrar un lugar por el
que colarse. A
medida que se espesaba y
expandía, convertía la estela de humanos en
apariciones.
Ya no había gente en la calle.
306
Markus Zusak
La ladrona de libros
Sólo rumores arrastrando fardos.
En casa, Hans se lo contó todo a Max.
—Hay niebla y cenizas... Creo que nos han dejado salir demasiado
pronto.
—Miró a Rosa—. ¿Crees que
debería ir a ver
si necesitan ayuda donde han
caído las bombas?
Rosa no se dejó impresionar.
—No seas imbécil, te asfixiarás con tanto
polvo —contestó—. No, no,
Saukerl, tú te quedas aquí. —Algo
le pasó por la cabeza y
miró a Hans muy
seria. En realidad, tenía
el orgullo escrito en su rostro—. Quédate aquí y
explícale lo de la niña. —Alzó la voz, apenas ligeramente—. Lo
del libro.
Max le prestó una atención especial.
—El hombre que silbaba —le informó Rosa—. Capítulo
uno.
Le explicó con pelos y señales lo que había ocurrido en el
refugio.
Liesel estaba en un rincón del sótano. Max la miraba fijamente y
se pasaba
la mano por la mandíbula. Personalmente, creo que ese fue el
momento en que
se le ocurrió el tema para su siguiente cuaderno de dibujos.
El árbol de las palabras.
Imaginó a la niña leyendo en el refugio, compartiendo las palabras,
literalmente. Sin embargo, como
siempre, también debió de
ver la
sombra de
Hitler. Puede que ya oyera sus pasos acercándose a Himmelstrasse
y al sótano.
Al cabo de una larga pausa, parecía que estaba a punto de hablar
cuando
Liesel se le adelantó.
—¿Has visto el cielo esta noche?
—No. —Max señaló la
pared. Miraron las palabras y el
dibujo que había
pintado hacía más de un año: la cuerda y el sol chorreante—. Hoy
sólo este.
Esa noche ya no hubo más palabras, sólo pensamientos.
No puedo hablar
por Max, Hans o
Rosa, pero sé que Liesel Meminger
estaba pensando que si las bombas caían alguna vez en
Himmelstrasse, Max no
sólo tendría menos
oportunidades de sobrevivir que los
demás, sino que
también moriría completamente solo.
307
Markus Zusak
La ladrona de libros
La oferta de frau Holtzapfel
Por la mañana comprobaron los daños. No hubo muertos, pero dos
bloques
de pisos habían quedado reducidos a escombros, y el campo
preferido de Rudy
de las Juventudes Hitlerianas
había recibido una buena ración.
Media ciudad
estaba alrededor de la circunferencia. La gente calculaba la profundidad,
comparándola con la de sus refugios. Varios niños y niñas
escupieron dentro.
Rudy estaba junto a Liesel.
—Por lo que se ve, tendrán que abonarlo otra vez.
Las semanas siguientes
se libraron de los bombardeos,
por lo
que la vida
casi volvió a la
normalidad. No obstante, dos
momentos decisivos estaban en
camino.
LOS DOS ACONTECIMIENTOS
DE OCTUBRE
Las manos de frau Holtzapfel.
El desfile de judíos.
Las arrugas de frau Holtzapfel eran como un insulto y su voz se
parecía a
un bastonazo.
De hecho, tuvieron mucha suerte al ver por la
ventana del comedor que
frau Holtzapfel se acercaba, pues sus nudillos aporrearon la
puerta con dureza
y determinación. Sonaban a negocios.
Liesel oyó las palabras que más temía.
—Ve a ver qué quiere —ordenó su madre, y la joven, que sabía muy
bien lo
que le convenía, obedeció.
—¿Está tu madre en casa?
—preguntó frau Holtzapfel. Parecía un manojo
de alambres de cincuenta
años. Se quedó plantada en la entrada,
echando un
vistazo a la calle de vez
en cuando—. ¿Está por ahí esa cerda que tienes por
madre?
308
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel se volvió y la llamó.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
DEFINICIÓN N.°5
Gelegenheit- Oportunidad: ocasión para un
avance o
progreso. Palabras relacionadas: perspectiva, circunstancia,
coyuntura.
Rosa apareció a su espalda en un abrir y cerrar de ojos.
—¿A qué viene? ¿Ahora también quiere escupir en el suelo de la
cocina?
Frau Holtzapfel no se amilanó lo más mínimo.
—¿Es así como recibe a todo el que se presenta a su puerta? Qué G'sindel...
Liesel observaba. Tuvo la desgracia de quedar atrapada en medio,
aunque
Rosa la apartó de un tirón.
—Bueno, ¿va a decirme a qué ha venido o no?
Frau Holtzapfel volvió a echar otro vistazo a la calle.
—Vengo con una oferta.
Rosa cambió el peso a la otra pierna.
—No me diga.
—No, no para usted —le dijo a Rosa con voz desdeñosa, y se
volvió hacia
Liesel—. Para ti.
—Entonces, ¿para qué ha preguntado por mí?
—Pues porque supongo que necesitaré su permiso.
«Madre de Dios
—pensó Liesel—, lo que me faltaba. ¿Qué narices querrá
Holtzapfel de mí?»
—Me gustó ese libro que leíste en el refugio.
«No, no se lo va a llevar.» Liesel lo tenía muy claro.
—¿Sí?
—Esperaba poder oír el final durante los bombardeos, pero por lo
visto por
ahora estamos a salvo.
—Echó los hombros hacia atrás
y enderezó el alambre
que tenía por espalda—.
Así que me gustaría que vinieras a mi casa y
me lo
leyeras.
—Hay que tener cara,
Holtzapfel. —Rosa todavía estaba
considerando si
ponerse hecha una furia o no—. Si cree...
—Dejaré de escupir en su puerta —la interrumpió— y le daré mi
ración de
café.
Rosa decidió no ponerse hecha una furia.
—¿Y harina?
—Pero bueno, ¿acaso es judía? Sólo el café. Cambie el café por
la harina con
otro.
309
Markus Zusak
La ladrona de libros
Estuvieron conformes.
Todas menos la niña.
—Bien, de acuerdo, trato hecho.
—¿Mamá?
—A callar, Saumensch, ve a
buscar el libro. —Rosa se
volvió hacia frau
Holtzapfel—. ¿Qué días le vienen bien?
—Lunes y viernes, a las cuatro. Y hoy, ahora mismo.
Liesel siguió los pasos castrenses hasta la puerta de al lado,
la casa de frau
Holtzapfel, que era igual
a la de los Hubermann
pero con la distribución
al
revés. Tal vez fuera un poco más grande.
La joven se sentó a la
mesa de la cocina y frau Holtzapfel
hizo otro tanto
delante de ella, pero de cara a la ventana.
—Lee —pidió.
—¿El segundo capítulo?
—No, el octavo. ¡Claro que el segundo! Empieza a leer antes de
que te eche
a patadas.
—Sí, frau Holtzapfel.
—Déjate de «sí, frau Holtzapfel» y abre el libro. No tenemos
todo el día.
«Por Dios —pensó
Liesel—. Este es mi castigo
por robar. Al final me han
echado el guante.»
Estuvo leyendo cuarenta y cinco minutos y una bolsa de café
apareció en la
mesa al final del capítulo.
—Gracias —dijo la mujer—, es
una buena historia. —Se volvió
hacia los
fogones y se puso a pelar unas patatas—. Sigues ahí, ¿verdad?
—preguntó, sin
volverse.
Liesel dedujo que le había dado pie para marcharse.
—Danke schön, frau Holtzapfel.
Junto a la puerta
vio las
fotos enmarcadas de dos
jóvenes militares de
uniforme y también
lanzó un
«Heil Hitler!» hacia
la cocina, con el brazo
levantado.
—Sí. —Frau
Holtzapfel estaba orgullosa
y preocupada. Dos hijos
en
Rusia—. Heil
Hitler! —Puso el
agua a hervir e incluso
tuvo el detalle de
acompañar unos pasos a Liesel hasta la entrada—. Bis morgen?
El día siguiente era viernes.
—Sí, frau Holtzapfel. Hasta mañana.
Liesel calculó que todavía hubo cuatro sesiones
más con frau Holtzapfel
antes de que hicieran desfilar a los judíos por Molching.
310
Markus Zusak
La ladrona de libros
Iban al campo de concentración de Dachau.
«Eso son dos semanas —escribiría más tarde, en el sótano—. Dos
semanas
para cambiar el mundo y catorce días para destruirlo.»
311
Markus Zusak
La ladrona de libros
El largo camino hasta Dachau
Dijeron que el camión se había estropeado, pero puedo dar fe de
que no fue
así. Yo estaba allí.
Lo único que
pasó fue que había un cielo oceánico
con nubes vestidas de
blanco.
Además, no había sólo un vehículo. Tres camiones no pueden
estropearse a
la vez.
Cuando los soldados
pararon para compartir algo de comida
y unos
cigarrillos y hurgar entre los judíos, uno de los prisioneros
sucumbió al hambre
y la enfermedad. No sé de dónde venía el convoy,
pero estaría a unos seis
kilómetros de Molching
y a bastantes más
del campo de concentración de
Dachau.
Me colé por el
parabrisas del camión, encontré al
fallecido y bajé de un
salto por la parte de atrás. Su alma estaba en los
huesos. Su barba era una
mordaza. Mis pies crujieron al aterrizar en la gravilla, aunque
ni los soldados ni
los prisioneros lo oyeron. Sin embargo, me olieron.
La memoria me dice que en la parte de atrás de ese camión había
muchos
anhelos. Las voces interiores me llamaron.
¿Por qué él y no yo?
Gracias a Dios no soy yo.
En cambio, los soldados estaban ocupados en otros asuntos. El
que estaba
al mando aplastó el pitillo y les hizo una pregunta turbia:
—¿Cuándo fue la última vez que sacamos a esas ratas a tomar aire
fresco?
El teniente ahogó un acceso de tos.
—No pasa nada porque se lleven un poco, ¿no?
—Bueno, entonces, ¿qué? Hay tiempo, ¿no?
—Siempre hay tiempo, señor.
—Y hace un día perfecto para un desfile, ¿no crees?
—Así es, señor.
—Entonces, ¿a qué esperas?
312
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel estaba jugando al fútbol en Himmelstrasse cuando lo oyó.
Dos chicos
se disputaban el balón en medio del campo cuando se detuvo el
partido. Hasta
Tommy Müller se dio cuenta.
—¿Qué es eso? —preguntó desde la portería.
Todo el mundo se volvió hacía el rumor de los pies que se
arrastraban y las
voces disciplinadas cada vez más próximas.
—¿Es un rebaño de vacas? —preguntó Rudy—. No puede ser. No hacen
ese
ruido, ¿verdad?
Poco a poco, los niños
fueron acercándose al magnético
sonido, hacia la
tienda de frau Diller. De vez en cuando, los gritos cobraban más
fuerza.
En uno de los pisos más altos, a la vuelta de la esquina de
Münchenstrasse,
una anciana con voz de
oráculo desveló la causa del alboroto. Allí
arriba,
asomada a la ventana, su rostro
parecía una bandera blanca, con los
ojos
húmedos y la boca abierta. Su voz aterrizó como un suicida a los
pies de Liesel,
de un golpe seco.
Tenía el cabello gris.
Los ojos azul oscuro, muy oscuro.
—Die Juden —anunció—. Los judíos.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
DEFINICIÓN N.°6
Elend— Desdicha: gran sufrimiento,
infelicidad y aflicción.
Palabras relacionadas: angustia, tormento, desesperación,
desamparo, desolación.
La calle fue llenándose de gente, una calle por
la que ya antes habían
avanzado a empujones otros
grupos de judíos y
criminales. Puede que los
campos de exterminio se mantuvieran en secreto, pero a veces se
mostraba a la
gente la gloria de un campo de trabajo como Dachau.
En el otro extremo, Liesel vio a un
hombre con un carro de pintura. Se
estaba pasando las manos por el cabello; desasosegado.
—Allí está mi padre —le dijo a Rudy, señalando.
Ambos cruzaron y fueron a reunirse con él, aunque la primera
reacción de
Hans Hubermann fue llevárselos de allí.
—Liesel, tal vez...
Sin embargo, se dio
cuenta de que la niña quería
quedarse y decidió que
quizá debía verlo. Soplaba una brisa otoñal. Hans se quedó a su
lado, mudo.
Los vieron pasar por Münchenstrasse.
Otras personas se movían alrededor de ellos o los adelantaban.
313
Markus Zusak
La ladrona de libros
Vieron acercarse a los
judíos como un
torrente de colores. La ladrona
de
libros no los describió así, pero puedo asegurar que eran eso
exactamente, pues
muchos de ellos morirían. Me saludarían como a su último amigo
del alma, con
sus huesos de humo y sus espíritus a la zaga.
El rumor de los pasos vibró sobre la calzada con la llegada del
grueso del
grupo. Los enormes ojos sobresalían en los escuálidos cráneos. Y
la suciedad. La
suciedad florecía en ellos como
el moho. Sus piernas flaqueaban
cuando los
soldados los empujaban: una forzada carrerita incontrolada
antes del lento
retorno a un paso famélico.
Hans los observaba por encima de las cabezas de los cada vez más
nutridos
espectadores. Estoy
segura de que tenía los ojos plateados
y cansados. Liesel
miraba entre los huecos que quedaban o por encima del hombro de
la gente.
Las expresiones atormentadas de hombres y mujeres extenuados se
volvían
para suplicarles, no
ayuda —ya habían renunciado a ella—, sino una
explicación. Algo con lo que acallar la confusión.
Apenas podían levantar los pies del suelo.
Llevaban estrellas de David cosidas a las camisas, en las que se
inscribía la
desdicha como si de una tarea se tratara. «No olvide su
desdicha.» En algunos
casos, los arrollaba como una enredadera.
Los soldados desfilaban a su lado, ordenándoles que se apresuraran y
dejaran de lamentarse. Algunos
no eran más que niños, pero el Führer
se
reflejaba en su mirada.
Contemplándolos, Liesel estaba segura de que eran las almas
vivientes más
desgraciadas que había
visto. Así los describió
por escrito. El tormento
constreñía sus
rostros descarnados. El
hambre los devoraba al caminar.
Algunos miraban al suelo para evitar la mirada de la gente en
las aceras. Otros
observaban suplicantes a
los que habían ido a contemplar
su humillación, el
preludio de sus muertes. Otros rogaban que alguien, quien fuera,
diera un paso
al frente y los cogiera en brazos.
Nadie lo hizo.
Ya observaron el desfile con orgullo, impudor o
vergüenza, nadie se
adelantó para detenerlos. Todavía no.
De vez en cuando, un hombre o
una mujer —no, no eran hombres o
mujeres, eran judíos—
vislumbraba el rostro de Liesel
entre la multitud. Le
presentaban su capitulación, y lo único que podía hacer la
ladrona de libros era
sostener su mirada
durante un largo
y agonizante momento antes
de que
desapareciera entre los demás. Liesel esperaba que fueran
capaces de adivinar y
reconocer en su rostro cuán profundo, genuino y perdurable era
su pesar.
314
Markus Zusak
La ladrona de libros
¡En mi sótano hay uno de los vuestros!, quiso decirles. ¡Hicimos
juntos un
muñeco de nieve! ¡Le llevé trece regalos cuando estaba enfermo!
Liesel no dijo nada.
¿Para qué?
Comprendió que ella no les servía de nada. Estaban condenados y
no tardó
mucho en descubrir qué le sucedía a quien se le ocurría
ayudarlos.
Un hombre, mayor que los demás, avanzaba en medio de un pequeño
claro
abierto en la procesión.
Llevaba barba y ropas raídas.
Sus ojos tenían el color de la agonía a pesar de su ligereza, sus piernas
todavía lo sostenían.
Se desplomó varias veces.
Una de las mejillas quedó aplastada contra el suelo.
Cada vez que se caía, un soldado se cernía sobre él.
—Steh'auf—le gritaba desde lo alto—. Levántate.
El hombre se ponía de rodillas
y se levantaba como podía para seguir
caminando.
En cuanto alcanzaba a los últimos que iban por delante, acababa
perdiendo
fuelle y volvía a tropezar y a desplomarse. Muchos otros venían
detrás de él —
una camionada entera—, amenazando con pisotearlo y rebasarlo.
Era insoportable contemplar
cómo se estremecían sus brazos
doloridos
intentando levantar el cuerpo. Cedieron una vez más antes de
volver a ponerse
en pie y dar unos pasos.
Estaba muerto.
El hombre estaba muerto.
Cinco minutos más
y caería fulminado en la calzada alemana. Todos lo
permitirían, sin apartar la vista.
Pero entonces un humano...
Hans Hubermann.
Todo ocurrió muy deprisa.
La mano que apretaba con firmeza la de Liesel la soltó cuando el
hombre
pasó agonizante por su lado. Al caerle el brazo, la mano rebotó
en la cadera.
Hans rebuscó en el carro
de la pintura y sacó algo. Se abrió paso
entre la
gente, hasta la calzada.
Tenía al judío delante, quien, esperando otro manotazo
desdeñoso, vio —
igual que todos los allí presentes— cómo Hans Hubermann le
tendía la mano y
le ofrecía un trozo de pan, como por arte de magia.
315
Markus Zusak
La ladrona de libros
El judío se desmoronó
cuando el mendrugo llegó
a sus manos. Cayó de
rodillas y, agarrándose a
las pantorrillas de Hans, enterró el rostro entre ellas,
agradecido.
Liesel miraba.
Con lágrimas en los ojos, la niña vio que el hombre resbalaba un
poco más,
empujando a su padre
hacia atrás, y que acababa llorando a la altura de sus
tobillos.
Otros judíos pasaron al lado, sin apartar la
vista de ese pequeño y fútil
milagro.
Después de vadear la corriente, un soldado se personó de
inmediato en la
escena del crimen. Miró fijamente al hombre arrodillado y a
Hans, y luego a la
gente. Tras unos instantes de vacilación, sacó el látigo del
cinturón y lo utilizó.
El judío recibió seis latigazos. En la espalda, en la cabeza y
en las piernas.
—¡Basura! ¡Cerdo!
La oreja le sangraba.
Luego le llegó el turno a Hans.
Otra mano cogió la de la horrorizada Liesel, quien al volverse
vio a Rudy
Steiner a su lado,
tragando saliva cuando empezaron a azotar a Hans
Hubermann en la calle. Los restallidos le revolvieron el
estómago y temía que el
cuerpo de su padre empezara a agrietarse en cualquier momento.
Hans recibió
cuatro latigazos antes de caer al suelo.
Cuando el anciano judío consiguió ponerse en pie por última vez
y seguir
su camino, echó un breve vistazo atrás. Se volvió un último y
amargo momento
hacia el hombre postrado
en cuya espalda ardían cuatro
surcos de fuego, con
las doloridas rodillas
hincadas en el suelo. Al menos el anciano moriría como
un humano. O, al menos, con la convicción de serlo.
¿Que qué creo yo?
No estoy muy segura de que eso sea algo tan bueno.
Las voces los envolvían cuando Liesel y Rudy se abrieron paso
para ayudar
a Hans a ponerse en pie. Palabras y luz. Así lo recordaba ella.
El sol brillaba en
la calzada y las palabras
rompían como olas contra su espalda. Al alejarse se
fijaron en el mendrugo de pan, rechazado y abandonado en la
calle.
Un judío que pasaba por su lado se lo quitó de la mano cuando
Rudy fue a
recogerlo y otros dos se pelearon por él sin dejar de caminar
hacia Dachau.
Lapidaron sus ojos plateados.
Volcaron su carro y la pintura se desparramó por la calle.
Lo llamaron amigo de los judíos.
Otros guardaron silencio y lo ayudaron a ponerse a salvo.
316
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hans Hubermann se apoyó
contra la pared de una casa, con
los brazos
estirados y pronto
empezó a ser abrumadoramente consciente de lo
que
acababa de ocurrir.
Una imagen pasó por su mente, instantánea y sofocante.
El número treinta y tres de Himmelstrasse, su sótano.
Pensamientos
angustiantes quedaron atrapados
entre los intentos
desesperados por respirar.
Ahora vendrán. Vendrán.
Por Dios, por Dios bendito.
Miró a la niña y cerró los ojos.
—¿Te duele algo, papá?
Recibió preguntas por respuesta.
—¿En qué estaba
pensando? —Cerró los
ojos con más fuerza y
volvió a
abrirlos. Tenía el mono
arrugado. Había sangre y pintura en
sus manos. Y
migas de pan. Qué
diferentes al pan del verano—. Dios mío, Liesel, ¿qué he
hecho?
Sí.
No me queda más remedio que darle la razón.
317
Markus Zusak
La ladrona de libros
Paz
Pasadas las once de la noche de ese mismo día, Max Vandenburg
enfilaba
Himmelstrasse con una maleta llena de comida y
ropa de abrigo. En sus
pulmones había aire
alemán. Las estrellas
amarillas ardían. Cuando llegó
a la
tienda de frau Diller,
volvió la vista atrás una última
vez, hacia el número
treinta y tres. No vio la silueta en la ventana de la cocina,
pero ella sí lo vio a él.
La silueta le dijo adiós con la mano y él no respondió.
Liesel todavía sentía los labios de Max en su frente. Todavía
olía su aliento
de despedida.
—Te he dejado algo, pero no te lo darán hasta que estés
preparada —había
dicho Max.
Se fue.
—¿Max?
No volvió.
Había salido de su habitación y había cerrado la puerta sin
hacer ruido.
El pasillo murmuró.
Se había ido.
Cuando Liesel entró en la cocina, sus padres
estaban encorvados y
ocultaban el rostro. Llevaban así treinta eternos segundos.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
DEFINICIÓN N.° 7
Schweigen - Silencio: ausencia de sonido
o ruido. Palabras
relacionadas: quietud, calma, paz.
Qué perfección.
Paz.
En algún lugar cerca de Munich, un judío alemán se abría paso a
través de
la oscuridad. Habían
quedado en que volvería a
encontrarse con Hans
318
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hubermann al cabo de cuatro días (es decir, si no lo habían
cogido antes), en un
lugar bastante alejado, junto a la orilla del Amper, donde un
puente en ruinas
asomaba entre el río y los árboles.
Apareció en el lugar acordado, pero apenas se quedó unos
minutos.
Lo único que Hans
encontró cuando llegó
al cabo de cuatro días
fue una
nota debajo de una
piedra, a los pies de un
árbol. No iba dirigida a nadie en
concreto y sólo contenía una frase.
LAS ÚLTIMAS PALABRAS
DE MAX VANDENBURG
Ya habéis hecho bastante.
Nunca antes el
número treinta y tres
de Himmelstrasse había guardado
tanto silencio, y a nadie se le escapó que el Diccionario de definiciones estaba
completamente equivocado, sobre todo en cuanto a las palabras
relacionadas.
El silencio no era quietud o calma, y desde luego no era paz.
319
Markus Zusak
La ladrona de libros
El imbécil y los hombres con abrigos largos
La noche de la procesión
el imbécil estaba sentado en la cocina,
bebiendo
amargos sorbos del café de Holtzapfel y deseando un cigarrillo.
Esperaba que
llegara la Gestapo, los soldados, la policía —cualquiera— para
llevárselo, como
creía merecer. Rosa le ordenó que volviera a la cama. La niña
remoloneó en la
puerta. Él las despidió a ambas y se pasó las horas muertas
esperando hasta el
amanecer, con la cabeza enterrada entre las manos.
No fue nadie.
Todas las unidades de tiempo traían consigo el esperado sonido
de alguien
llamando a la puerta y palabras amenazadoras.
No fueron.
No hubo más ruido que el producido por él.
¿Qué he hecho?, no dejaba de musitar.
Dios, lo que daría
por un
cigarrillo, se respondía. Estaba totalmente
consumido.
Liesel oyó que repetía las mismas frases varias veces y necesitó
de toda su
fuerza de voluntad para quedarse junto a la puerta.
Le hubiera gustado
consolarlo, pero nunca
había visto a un hombre
tan deshecho. Esa noche no
habría consuelo. Max se había ido y todo por culpa de Hans
Hubermann.
Los armarios de la cocina tenían la forma de la culpa
y las
palmas de las
manos le sudaban sólo de pensar lo que había hecho. Deben de
sudarle, pensó
Liesel, porque tenía las suyas empapadas hasta las muñecas.
Liesel rezó en su habitación.
Con las manos unidas sobre el colchón y de rodillas.
—Por favor, Dios,
por favor, permite que Max viva. Por
favor, Dios, por
favor...
Sus doloridas rodillas.
Sus magullados pies.
En cuanto apuntó la primera luz del día, se levantó y volvió a
la cocina. Su
padre estaba dormido, con la cabeza pegada al mantel, y había un
poco de
320
Markus Zusak
La ladrona de libros
saliva en la comisura de sus labios. El aroma a café era
fortísimo y la imagen de
la estúpida compasión de Hans
Hubermann seguía en el aire. Era
como un
número o una dirección. Si lo repites muchas veces, queda.
El primer intento pasó sin pena ni gloria, pero el segundo
empujón con el
hombro le hizo levantar la cabeza de la mesa como si lo hubieran
zarandeado.
—¿Ya están aquí?
—No, papá, soy yo.
Apuró el rancio poso de café que había en la taza. La nuez subió
y bajó.
—A estas horas ya deberían haberse pasado por
aquí. ¿Por qué no han
venido, Liesel?
Era un insulto.
Ya deberían haberse pasado por la casa y haberla registrado de
arriba abajo
en busca de cualquier indicio de traición o complicidad con los
judíos, pero al
parecer Max se había ido sin motivo alguno. Podría haber seguido
durmiendo
en el sótano o dibujando en su cuaderno.
—¿Cómo podías saber que no iban a venir, papá?
—Lo que tendría que haber sabido es que no debía darle pan a ese
hombre.
No lo pensé.
—Papá, no has hecho nada malo.
—No te creo.
Se levantó y salió
por la puerta de la cocina, que dejó entornada. Y
para
colmo se anunciaba una mañana espléndida.
Cuatro días después, Hans
caminó un largo
trecho siguiendo la orilla del
Amper. Regresó con una nota, que dejó encima de la mesa de la
cocina.
Al cabo de una semana,
Hans Hubermann todavía seguía esperando su
castigo. Los azotes de la espalda estaban cicatrizando y se
pasaba casi todo el
tiempo haraganeando por
Molching. Frau Diller le escupía
a los pies. Frau
Holtzapfel, fiel a su palabra, había dejado de escupir
en la puerta de los
Hubermann, pero había encontrado un sustituto.
—Lo sabía, sucio amigo de los judíos —lo insultaba la tendera.
Hans deambulaba ajeno a todo
y Liesel a menudo lo
encontraba en el
Amper, en el puente. Los
brazos apoyados en la barandilla e inclinado hacia
delante. Los niños
pasaban en bicicleta por su lado o
corrían dando voces,
haciendo crujir la madera bajo sus pies. Nada de todo eso lo
conmovía lo más
mínimo.
«DICCIONARIO DE DEFINICIONES»
DEFINICIÓN N.°8
Nacbtrauern - Arrepentimiento:
pesadumbre colmada de
321
Markus Zusak
La ladrona de libros
melancolía, desilusión o vacío. Palabras relacionadas:
remordimiento, contrición, lamento, pena.
—¿Lo ves? —le preguntó Hans a Liesel una tarde que estaba
asomada al río
con él—. En el agua.
El río corría despacio. En las lentas ondas, Liesel vio el
contorno del rostro
de Max Vandenburg. Veía el cabello plumoso y todo lo demás.
—Solía pelear con el Führer en el sótano.
—Jesús, María y José.
—Las manos de su padre se aferraron a la
madera
astillada—. Soy un imbécil.
No, papá.
Sólo eres un hombre.
Se le ocurrieron esas palabras más de un año después, mientras
escribía en
el sótano. Deseó haber pensado en ellas entonces.
—Soy idiota —le
comunicó Hans Hubermann
a su hija de acogida—. Y
amable. Lo que me
convierte en el mayor imbécil del mundo.
El caso
es que
quiero que vengan a por mí. Cualquier cosa es mejor que esta
espera.
Hans Hubermann necesitaba
una justificación. Necesitaba saber que
Max
Vandenburg había dejado su casa por un buen motivo.
Al final, después de
cerca de tres semanas de espera, creyó que le había
llegado la hora.
Era tarde.
Liesel volvía de casa de frau Holtzapfel cuando vio a
los dos
hombres de
largos abrigos negros y se precipitó adentro.
—¡Papá, papá! —A punto estuvo de derribar la mesa de la cocina—.
¡Papá,
están aquí!
Rosa fue la primera en llegar a la cocina.
—¿Qué son esos gritos, Saumensch? ¿Quién está aquí?
—La Gestapo.
—¡Hansi!
Ya estaba allí y salió
a recibirlos fuera de casa.
Liesel quiso acompañarlo,
pero Rosa la retuvo y miraron por la ventana.
Hans estaba junto a la cancela. Nervioso.
Rosa aumentó la presión
de sus garras sobre
los brazos de Liesel. Los
hombres siguieron su camino.
Hans se volvió hacia la ventana, alarmado. Abrió la cancela y
los llamó.
—¡Eh! Estoy aquí, venís a por mí. Vivo aquí.
322
Markus Zusak
La ladrona de libros
Los hombres con abrigos largos se detuvieron un instante y comprobaron
sus anotaciones en la libreta.
—No, no —contestaron. Tenían una voz profunda y penetrante—. Por
desgracia, es usted un poco viejo para nosotros.
Continuaron su camino, pero
no se alejaron mucho. Se detuvieron en el
número treinta y cinco y abrieron la cancela.
—¿Frau Steiner? —preguntaron cuando se abrió la puerta.
—Sí, soy yo.
—Nos gustaría hablar un momento con usted.
Los hombres con abrigos largos esperaban como columnas
enchaquetadas
en el umbral de la caja de zapatos de los Steiner.
Por alguna razón, habían ido a por el chico.
Los hombres con abrigos largos buscaban a Rudy.
323
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Markus Zusak
La ladrona de libros
OCTAVA PARTE
La recolectora de palabras
Presenta:
el dominó y la oscuridad — la imagen de Rudy desnudo — castigo —
la mujer
de un hombre de palabra — un recolector — los devoradores de pan
— una
vela en los árboles — un cuaderno de dibujo escondido — y la
colección de
trajes del anarquista
324
Markus Zusak
La ladrona de libros
El dominó y la oscuridad
Como dijo la hermana pequeña de Rudy, había dos monstruos
sentados en
la cocina. Sus voces martilleaban la puerta con tesón
mientras tres pequeños
Steiner jugaban al otro lado al dominó. Los otros tres
escuchaban la radio en el
cuarto, ajenos a todo.
Rudy esperaba que eso no tuviera nada que ver
con lo
que había sucedido en el colegio
la semana anterior. Había
decidido no
contárselo a Liesel; tampoco había hablado de ello en casa.
UNA TARDE GRIS, UN PEQUEÑO
DESPACHO ESCOLAR
Tres chicos esperaban en fila. Sus expedientes y sus cuerpos
estaban siendo examinados a conciencia.
Al final de la cuarta partida de dominó, Rudy empezó a poner las
fichas de
pie una detrás de otra
hasta trazar una forma serpenteante por el
suelo del
comedor. Fue dejando
pequeños espacios entre ellas, por si acaso el travieso
dedo de uno de sus hermanos interfería en su trabajo, lo que
solía ocurrir.
—¿Puedo tirarlas, Rudy?
—No.
—¿Y yo?
—No, lo haremos todos.
Construyó tres formaciones por separado que conducían a la misma
torre
de dominó del medio. Juntos
verían caer lo que había planeado con tanto
cuidado y sonreirían ante la belleza de la destrucción.
Las voces de la cocina elevaron el volumen, discutían, unas se montaban
encima de otras para hacerse oír. Las frases se peleaban entre
ellas por atraer la
atención hasta que alguien, en silencio hasta ese momento,
intervino.
—No —dijo. Lo repitió—: No.
La misma voz volvió a silenciarlos cuando se retomó la
discusión, pero esta
vez no se hizo esperar tanto.
325
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Por favor —suplicó Barbara Steiner—, mi niño no.
—¿Podemos encender una vela, Rudy?
Era algo que su padre
solía hacer a menudo
con ellos. Apagaba la luz y
veían caer las fichas de dominó bajo el resplandor de la vela.
Era un misterio,
pero eso hacía que el espectáculo pareciera más grandioso.
De todas maneras, a Rudy le empezaban a doler las piernas.
—Voy a buscar una cerilla.
El interruptor de la luz estaba junto a la puerta.
En silencio, se acercó con la caja de cerillas en una mano y la
vela en la otra.
Al otro lado de la puerta, las voces de los tres hombres y la de
una mujer
jugaban al gato y al ratón.
—Las mejores notas de la clase —apuntaba uno de los monstruos.
Con qué
gravedad y aspereza—. Por no hablar de sus aptitudes deportivas.
Maldita sea, ¿por qué
tuvo que ganar tantas carreras en el festival?
Deutscher.
¡Maldito sea Franz Deutscher!
Sin embargo, entonces lo comprendió.
No era culpa de Franz Deutscher, sino suya. Había querido
demostrarle a
su antiguo torturador de
lo que era capaz, pero
también había querido que
todos lo vieran. Y ahora ese todos estaba en la cocina.
Encendió la vela y apagó la luz.
—¿Preparadas?
—Ya he oído hablar de lo que ocurre allí.
Esa era la inconfundible voz de su padre.
—Vamos, Rudy, date prisa.
—Sí, pero entienda, herr Steiner, que todo esto se hace en aras
de un bien
mayor. Piense en las oportunidades que se le brindarán a su
hijo. En realidad es
un privilegio.
—Rudy, la vela se está derritiendo.
Rudy les hizo un
gesto con la mano para que
le dejaran en paz un
momentito, a la espera de la voz de Alex Steiner. Ahí estaba.
—¿Privilegios? ¿Cómo correr
descalzo por la nieve? ¿Cómo
saltar desde
plataformas de diez metros de altura a un charco de un metro de
profundidad?
Rudy tenía la oreja pegada a la puerta. La cera de la vela se
derretía en su
mano.
—Rumores. —La voz árida, profunda y
pragmática tenía respuesta para
todo—. Nuestra escuela
es una de las mejores
que jamás hayan existido. De
326
Markus Zusak
La ladrona de libros
talla mundial.
Estamos creando un grupo
de élite de ciudadanos alemanes
en
nombre del Führer...
Rudy no quiso seguir escuchando.
Se raspó la cera de la vela de la mano y se apartó del resquicio
de luz que se
colaba a través de
la puerta entornada. Al sentarse, se
apagó la llama —
demasiado
movimiento— y los
engulló la oscuridad. La única luz disponible
era la que entraba por debajo de la puerta de cocina.
Volvió a encender la mecha de la vela con otra cerilla. Qué
agradable olor a
fuego y fósforo.
Rudy y cada una de sus hermanas derribaron una ficha de dominó y
vieron
cómo todas las
demás iban cayendo hasta que la
torre de en medio se
desmoronó. Las niñas gritaron entusiasmadas.
Kurt, el hermano mayor, entró en la habitación.
—Parecen cadáveres —comentó.
—¿Qué?
Rudy se volvió hacia el rostro en sombras, pero Kurt no
respondió. El joven
reparó en la discusión de la cocina.
—¿Qué pasa ahí?
Contestó una de las niñas, la más pequeña, Bettina. Tenía cinco
años.
—Hay dos monstruos —lo informó—. Han venido a por Rudy.
Otra vez la niña humana. Qué lista era.
Más tarde, cuando los hombres de abrigos largos ya se habían
ido, los dos
chicos, uno de diecisiete años y el otro de catorce, reunieron
el valor suficiente
para enfrentarse a la cocina.
Se quedaron en la puerta. La luz castigaba sus ojos.
—¿Se lo van a llevar? —preguntó Kurt.
Su madre tenía los
brazos encima de la mesa, con las palmas
de la mano
hacia arriba.
Alex Steiner levantó la cabeza. Le pesaba mucho.
Tenía una expresión firme y precisa, parecía recién tallada.
Una mano de roble apartó
las astillas del flequillo y el hombre
intentó
encontrar las palabras.
—¿Papá?
Sin embargo, Rudy no se acercó a su padre.
Se sentó a la mesa de la cocina y tomó las manos de su madre.
Alex y Barbara Steiner no revelaron lo que se dijo en la cocina
mientras las
fichas de dominó
caían en el comedor como
cuerpos sin vida. Ojalá Rudy
hubiera seguido con la oreja pegada a la puerta sólo unos
minutos más.
327
Markus Zusak
La ladrona de libros
A partir de entonces estuvo recriminándose —o, de hecho,
poniendo como
pretexto— el no
haber oído el resto
de la conversación y no
haber entrado
mucho antes en la cocina.
Iré, llévenme, por favor, estoy
preparado, habría
dicho.
Sí los hubiera interrumpido, todo podría haber sido diferente.
5 TRES POSIBILIDADES
1. Alex Steiner no habría corrido la misma suerte que Hans
Hubermann.
2. Rudy habría ido a la escuela.
3. Y tal vez no habría muerto.
Sin embargo, el destino
cruel no permitió que Rudy Steiner entrara en la
cocina en el momento oportuno.
Había regresado junto a sus hermanas y las fichas de dominó.
Se sentó.
Rudy Steiner no iría a ninguna parte.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
La imagen de Rudy desnudo
Había una mujer.
En el rincón.
Tenía la trenza más
gruesa que jamás hubiera visto.
Le acordonaba la
espalda y, a veces, cuando se la pasaba por encima del hombro,
reposaba sobre
su colosal delantera como una mascota bien cebada. De hecho,
todo en ella era
colosal. Sus labios, sus piernas, los adoquines de su dentadura.
Tenía una voz
poderosa y directa. No había tiempo que perder.
—Komm —les ordenó—. Adelante. Esperen aquí.
Por el contrario, el médico parecía un roedor medio calvo. Era pequeño y
ágil, y se paseaba
por el despacho escolar con movimientos frenéticos
pero
formales y una peculiar gesticulación. Para colmo, estaba
resfriado.
Es difícil decidir cuál de los tres chicos se mostró más
reticente a la hora de
quitarse la ropa cuando
así se les ordenó. El primero los miró a todos, uno
a
uno: al profesor, luego a
la descomunal enfermera y después al diminuto
médico. El segundo se
limitaba a mirarse los pies y el
último daba las gracias
por estar en un
despacho y no en un
callejón oscuro. Rudy pensó que
habían
llevado a la enfermera para meterles el miedo en el cuerpo.
—¿Quién es el primero? —preguntó la mujer.
—Schwarz —respondió el
maestro encargado de la
supervisión, herr
Heckenstaller, escogiendo
a uno de los chicos
después de echar un
rápido
vistazo.
No parecía un hombre sino un traje oscuro, y tenía un bigote por
cara.
El desgraciado
Jürgen Schwarz se desabrochó
el uniforme con gran
desasosiego, pero se
dejó puestos los
zapatos y los
calzoncillos. En su
rostro
alemán sólo quedó una desesperada súplica.
—¿Y? —inquirió herr Heckenstaller—. Los zapatos.
Se quitó los zapatos y los calcetines.
—Und die Unterhosen —añadió la enfermera—. Y los
calzoncillos.
Tanto Rudy como el otro
chico, Olaf Spiegel, habían
empezado a
desnudarse, pero aún estaban muy lejos de encontrarse en la comprometida
329
Markus Zusak
La ladrona de libros
situación de Jürgen Schwarz. El chico temblaba. Era más joven que los
otros
dos, pero más alto. Se enderezó profundamente humillado después
de bajarse
los calzoncillos en el pequeño y frío despacho. Su amor propio
estaba a la altura
de sus tobillos.
La enfermera lo
observó atenta, con los brazos
cruzados sobre su
portentosa delantera.
Heckenstaller ordenó a los otros dos que espabilaran.
El médico se rascó la coronilla y tosió. El resfriado lo estaba
matando.
Los tres chicos desnudos fueron examinados de pie en el frío
suelo.
Ocultaban los genitales con las manos y se estremecían, como el
futuro.
El reconocimiento
prosiguió entre la tos y la
respiración sibilante del
médico.
—Coge aire. —Estornudo—. Suelta el aire. —Otro estornudo—. Brazos
estirados. —Tos—. He dicho brazos estirados. —Tremendo acceso de
tos.
Típico de los humanos, los chicos no dejaban de intercambiar
miradas entre
ellos en busca de un atisbo de solidaridad. Nada. Los tres
apartaron las manos
de los penes y
estiraron los brazos. Rudy
no sintió que formara parte de una
raza superior.
—Estamos labrando poco a
poco un
nuevo futuro —informaba la
enfermera al profesor—. Una nueva estirpe de alemanes física y
mentalmente
superiores. Una casta de oficiales.
Por desgracia, el sermón quedó interrumpido cuando el médico se
encorvó
y tosió con todas
sus fuerzas sobre
las ropas abandonadas. Las lágrimas
acudieron a sus ojos y Rudy
no pudo evitar preguntarse: «¿Un nuevo futuro?
¿Cómo él?».
Por prudencia, no lo expuso en voz alta.
Al acabar el reconocimiento, entonó su primer «Heil Hitler!»
en pelotas. Con
cierta malicia, tuvo que admitir que no había estado tan mal.
Una vez despojados de su
dignidad, les permitieron volver a vestirse.
Abandonaban el despacho cuando
oyeron a sus espaldas parte de la
conversación sobre ellos.
—Son un poco más
mayores de lo
habitual —decía el médico—,
pero al
menos dos de ellos podrían valer.
La enfermera asintió.
—El primero y el tercero.
Los tres chicos se quedaron fuera.
330
Markus Zusak
La ladrona de libros
El primero y el tercero.
—El primero fuiste tú,
Schwarz —aseguró Rudy. Luego se dirigió
a Olaf
Spiegel—. ¿Quién fue el tercero?
Spiegel hizo sus cálculos. ¿Se refería al tercero de la cola
o al tercero en
pasar la revisión? No importaba. Lo único que sabía era lo que
quería creer.
—Creo que fuiste tú.
—Y una mierda, Spiegel, fuiste tú.
UNA PEQUEÑA CERTEZA
Los hombres con abrigos largos sabían quién fue el tercero.
Al día siguiente de la visita en Himmelstrasse, Rudy se sentó a
la puerta de casa con Liesel y le
contó la odisea, hasta el último detalle. Dio su brazo a torcer
y confesó lo que había sucedido en
el colegio el día que lo sacaron de clase. Incluso rieron cuando
le describió a la colosal enfermera
y la cara que había puesto Jürgen Schwarz. Sin embargo, la mayor
parte del relato estuvo repleta
de angustia, sobre todo cuando llegó a las voces de la cocina y
los cadáveres de las fichas de
dominó.
Liesel no pudo quitarse esa imagen de la cabeza durante varios
días.
La revisión médica de los tres chicos o, para ser honesta, la de
Rudy.
Tumbada en la cama, echaba de menos a Max, se preguntaba dónde
se encontraría, rezaba para
que estuviera vivo, pero en algún lugar, entre todo lo demás,
aparecía Rudy.
Brillaba en la oscuridad, completamente desnudo.
Era una imagen que la aterraba, sobre todo el momento en que lo
obligaban a retirar las manos.
Por desconcertante que fuera, no sabía por qué, pero no podía
dejar de pensar en ello.
331
Markus Zusak
La ladrona de libros
Castigo
En las cartillas de racionamiento de la Alemania nazi no se
contemplaba el
castigo, pero todo el mundo recibió su ración. Para algunos fue
morir en un país
extranjero durante la
guerra. Para otros, la pobreza y
el sentimiento de
culpabilidad al terminar
la guerra, cuando se hicieron
seis millones de
descubrimientos por toda Europa. Mucha gente debió de ver llegar
su castigo,
pero sólo un pequeño porcentaje lo recibió con los brazos
abiertos. Una de esas
personas fue Hans Hubermann.
No se ayuda a un judío en la calle.
No se debe ocultar uno en el sótano.
Al principio, el castigo
fue su conciencia. La
irresponsabilidad de haber
forzado la partida de
Max Vandenburg lo
atormentaba. Liesel veía la culpa
sentada junto al plato de su padre mientras él ignoraba la
comida, o a su lado
en el puente del río
Amper. Ya no tocaba el acordeón. Su optimismo de ojos
plateados estaba herido,
paralizado. Y por si
eso no fuera suficiente,
sólo se
trataba del principio.
El verdadero castigo llegó
por correo un miércoles
a principios de
noviembre. A primera vista parecían buenas noticias.
LA CARTA DE LA COCINA
Nos complace informarle de que su solicitud de afiliación al
NSDAP ha sido aprobada...
—¿En el Partido Nazi? —se extrañó Rosa—. Creía que no te
querían.
—No me querían.
Hans se sentó y releyó la carta.
No lo iban a procesar por traición o por ayudar a un judío o por
nada por el
estilo. A Hans
Hubermann lo iban a recompensar, al menos según algunos.
¿Cómo era posible?
—Tiene que haber algo más.
332
Markus Zusak
La ladrona de libros
Lo había.
El viernes llegó un
comunicado por el que se llamaba a
filas a Hans
Hubermann y se le instaba a incorporarse al ejército alemán.
Acababan diciendo
que un miembro del partido debía sentirse orgulloso de
participar en la guerra.
Si no lo estaba, sin duda habría consecuencias.
Liesel acababa de llegar
de casa de frau Holtzapfel. La humeante sopa de
guisantes y las
expresiones ausentes de Hans
y Rosa Hubermann cargaban el
aire de la cocina. Su padre estaba sentado. Su madre estaba al
lado, mientras la
sopa empezaba a quemarse.
—Dios, por favor, no me envíes a Rusia —suplicó Hans.
—Mamá, la sopa se quema.
—¿Qué?
Liesel se acercó corriendo y la apartó de los fogones.
—La sopa. —Se volvió después de rescatarla con éxito y miró a
sus padres.
Sus rostros eran como una ciudad fantasma—. ¿Qué pasa?
Hans le tendió la carta. Las manos de Liesel empezaron a temblar
a medida
que avanzaba en la lectura. Las palabras habían sido impresas
con fuerza sobre
el papel.
COMPENDIO DE LA IMAGINACIÓN
DE LIESEL MEMINGER
En la cocina aquejada de neurosis de guerra, cerca de los
fogones, hay una imagen de una solitaria máquina de escribir
agotada por el exceso de trabajo. Descansa en una habitación
ausente, casi vacía. Las teclas se han borrado y una paciente
hoja en blanco espera derecha en la posición apropiada. Se
cimbrea ligeramente en la brisa que entra por la ventana. El
descanso está a punto de terminar. Una pila de papel del
tamaño de un humano espera sin prisas junto a la puerta.
Podría estar perfectamente soltando anillos de humo.
Para ser francos, Liesel no vio una máquina de escribir hasta
más adelante,
cuando ya escribía. Se
preguntó cuántas cartas
como esa se enviaban para
castigar a los Hans
Hubermann y Alex
Steiner de Alemania, a esos
que
ayudaban a los desamparados y se negaban a separarse de sus
hijos.
Era una señal de la desesperación creciente del ejército alemán.
Estaban perdiendo en Rusia.
Bombardeaban sus ciudades.
333
Markus Zusak
La ladrona de libros
Necesitaban más gente —y más medios para obtenerla— y, en la
mayoría
de los casos, los peores trabajos se adjudicaban a la gente de
peor calaña.
Al repasar la carta,
Liesel vio la mesa de madera a
través de los agujeros
que habían dejado
las teclas al picar
las letras. Palabras como
«obligatorio» y
«deber» habían recibido una buena tunda. La saliva se acumuló en
su garganta;
tenía ganas de vomitar.
—¿Qué es esto?
—Creía que te había enseñado a leer, jovencita —fue la apagada
respuesta
de su padre.
No lo dijo
ni con enojo ni con
sarcasmo. Era la voz del vacío,
como su
expresión.
Liesel miró a su madre.
Rosa tenía un pequeño rasguño bajo un ojo, y tras pocos segundos
se rajó
todo su rostro acartonado. No por la mitad, sino por un lado. El
tajo le recorría
la mejilla formando un arco y moría en la barbilla.
VEINTE MINUTOS DESPUÉS:
UNA CHICA EN HIMMELSTRASSE
Mira a lo alto. Habla en susurros. «Hoy el cielo está sereno,
Max. Igual que las nubes, esponjosas y tristes, y...» Aparta la
vista y se cruza de brazos. Piensa en su padre yendo a la guerra
y se arropa la chaqueta con fuerza. «Y hace frío, Max. Hace
mucho frío...»
Cinco días después, continuando con la costumbre de salir
a ver qué
tiempo hacía, no pudo ver el cielo.
En la puerta de al lado, Barbara Steiner estaba sentada en el
escalón de casa
con el pelo recién cepillado. Fumaba un cigarrillo y se
estremecía. Liesel iba a
acercarse cuando vio a Kurt. El joven salió de la casa, se sentó
junto a su madre
y, al ver que la chica se detenía, la llamó.
—Ven, Liesel, Rudy saldrá enseguida.
Tras una breve
vacilación, Liesel siguió caminando
hacia la casa de los
Steiner.
Barbara fumaba.
La ceniza se tambaleaba en el extremo del cigarrillo. Kurt se lo
quitó, tiró la
ceniza, le dio una calada y se lo devolvió.
La madre de Rudy alzó la vista cuando se acabó el cigarrillo y
se pasó una
mano por la pulcra melena.
—Mi padre también va —comentó Kurt.
334
Markus Zusak
La ladrona de libros
Silencio.
Un grupo de niños pateaba un balón cerca de la tienda de frau
Diller.
—Cuando vienen a llevarse
a uno de tus hijos
se supone que tienes que
aceptarlo —dijo Barbara Steiner sin dirigirse a nadie en
concreto.
335
Markus Zusak
La ladrona de libros
La mujer del hombre de palabra
EL SÓTANO, NUEVE DE
LA MAÑANA
Seis horas para la despedida: «Toqué el acordeón, Liesel, el de
otra persona. —Hans cierra los ojos—. Fue
un éxito.»
Sin contar la copa de
champán del verano pasado, Hans Hubermann
no
había probado una gota de alcohol desde hacía años. Hasta la
noche anterior a
su partida hacia el ejército.
Por la tarde se fue al
Knoller con Alex Steiner
y no volvieron hasta bien
entrada la noche. Haciendo caso omiso de las recomendaciones de
sus mujeres,
ambos bebieron hasta casi
perder el conocimiento. No ayudó
mucho que el
dueño del Knoller, Dieter Westheimer, les sirviera copas gratis.
Por lo visto, invitaron a Hans, cuando todavía estaba sobrio, a
tocar el
acordeón en el escenario. Tocó una canción muy apropiada para la
ocasión, el
«Domingo sombrío», de
triste fama —un himno húngaro al suicidio—, y a
pesar de que despertó el llanto por el que era célebre esa
música, fue un éxito.
Liesel imaginó la escena y
las notas. Bocas llenas
y jarras de cerveza vacías
veteadas de espuma. Los fuelles del acordeón suspiraron y la
canción acabó. La
gente aplaudió. Lo felicitaron de camino a la barra, con la boca
llena de cerveza.
Después de lograr encontrar el camino a casa, Hans no fue capaz
de meter
la llave en la cerradura, así que llamó a la puerta. Varias
veces.
—¡Rosa!
A la puerta equivocada.
Frau Holtzapfel no pareció muy contenta.
—Schwein! Se
ha equivocado de casa —le espetó a través
del ojo de la
cerradura—. Es la otra puerta, estúpido Saukerl.
—Gracias, frau Holtzapfel.
336
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Ya sabe lo que puede hacer con sus gracias, imbécil.
—¿Cómo dice?
—Que se vaya a casa.
—Gracias, frau Holtzapfel.
—¿No le acabo de decir lo que puede hacer con sus gracias?
—¿Ah, sí?
Hans llegó a casa al cabo de un buen rato, pero no se fue a la
cama, sino al
dormitorio de
Liesel. Se quedó en la puerta, tambaleante, mirando cómo
dormía. Liesel se despertó y lo primero que pensó fue que era
Max.
—¿Eres tú? —preguntó.
—No —contestó Hans. Sabía muy bien a quién se refería
Liesel—. Soy
papá.
Salió de la habitación y Liesel oyó los pasos hacia el sótano.
En el comedor, Rosa roncaba a pleno pulmón.
Cerca de las nueve de la
mañana, en la cocina, Rosa le dio una
orden a
Liesel.
—Pásame ese cubo de ahí.
Lo llenó de agua fría y lo
bajó al sótano. Liesel la siguió tratando
de
detenerla, sin éxito.
—¡Mamá, no!
—¿Que no? —Se detuvo un momento en la escalera y se volvió hacia
ella—.
¿Me he perdido algo, Saumensch? ¿Ahora eres tú la que da
aquí las órdenes?
Ninguna se movió.
La chica no respondió. Lo hizo Rosa.
—Creo que no.
Siguieron bajando y lo encontraron boca arriba, tumbado en un
arrebujo de
sábanas. Hans no se
creía merecedor del colchón de
Max. —Comprobemos si
está vivo.
Rosa levantó el cubo.
—¡Jesús, María y José!
La marca del agua trazó una figura de la mitad del pecho hasta a
la cabeza.
Tenía el pelo pegado a un lado de la cara y le chorreaban hasta
las pestañas.
—¿A qué viene esto?
—¡Viejo borracho!
—Jesús...
Sus ropas desprendían un vapor
extraño. La resaca era visible. Se dio
un
impulso hasta los hombros y se quedó allí sentado, como un saco
de cemento.
337
Markus Zusak
La ladrona de libros
Rosa se pasó el cubo a la otra mano.
—Tienes suerte de ir a la guerra
—lo amenazó, señalándolo con un
dedo
que no se reprimió en agitar—. Sí no, te habría matado yo, ¿te ha quedado
claro?
Hans se secó un hilillo de agua que le caía por el cuello.
—¿Tenías que hacerlo?
—Sí, tenía que hacerlo. —Empezó
a subir los escalones—. O
te veo ahí
arriba en cinco minutos o te tiro otro cubo de agua.
Liesel se quedó en el sótano con su padre y se entretuvo
enjugando el agua
con unas sábanas.
Hans habló. La cogió por el brazo con la mano húmeda.
—¿Liesel? —Pegó su rostro al de la niña—. ¿Crees que está vivo?
Liesel se sentó.
Cruzó las piernas.
La sábana empapada le mojó la rodilla.
—Espero que sí, papá.
Creyó haber dicho una estupidez, una obviedad, pero tampoco
tenía otra
alternativa.
Para decir algo significativo —y dejar de pensar en Max unos
momentos—,
se agachó y metió un dedo en un pequeño charco de agua que se
había formado
en el suelo.
—Guten Morgen, papá.
Hans le guiñó el ojo en respuesta.
No obstante, no era el
guiño de siempre. Este resultó más pesado, más
torpe. La versión post-Max, la versión resacosa. Hans se
enderezó y le contó lo
del acordeón de la noche anterior, y lo de frau Holtzapfel.
LA COCINA: UNA DEL MEDIODÍA
Dos horas para la despedida: «No vayas, papá, por favor». Le
tiembla la mano que sostiene la cuchara. «Primero perdimos a
Max. No puedo perderte a ti también.» En respuesta, el
hombre resacoso hinca el codo en la mesa y se tapa un ojo.
«Ya casi eres toda una mujer, Liesel. —Desearía derrumbarse,
pero lucha para que eso no suceda—. Cuida de mamá, ¿de
acuerdo?» La joven responde con un gesto de la cabeza que
queda interrumpido. «Sí, papá.»
Dejó atrás Himmelstrasse arrastrando el traje y la resaca.
Alex Steiner no debía partir hasta cuatro días después. Una hora
antes de
que Hans saliera para la estación, fue a su casa y le deseó
suerte. Había ido la
338
Markus Zusak
La ladrona de libros
familia Steiner al completo. Todos le estrecharon la mano.
Barbara lo abrazó y
lo besó en las mejillas.
—Vuelve con vida.
—Claro, Barbara —y se
lo había dicho convencido—, por supuesto
que
volveré con vida. —Incluso se permitió unas risas—. Sólo es una
guerra, nada
más. Ya he sobrevivido a una.
La mujer nervuda
salió de la puerta de al lado y
se quedó en la acera
cuando enfilaban Himmelstrasse.
—Adiós, frau Holtzapfel. Disculpe por lo de anoche.
—Adiós, Hans, Saukerl borracho. —Aunque también le tendió
una nota de
amistad—. Vuelva pronto.
—Por supuesto, frau Holtzapfel. Gracias.
Incluso le siguió el juego.
—Ya sabe lo que puede hacer con sus gracias.
En la esquina, frau
Diller observaba la comitiva, parapetada
detrás del
escaparate de la tienda. Liesel le dio la mano a su padre. No la
soltó en todo el
camino, desde Münchenstrasse hasta la Bahnhof. El tren ya
estaba allí.
Se despidieron en el andén.
Rosa lo abrazó primero.
Sin palabras.
Enterró la cabeza en su pecho y luego se apartó.
Después la niña.
—¿Papá?
Nada.
No te vayas, papá,
no te vayas. Que vengan a buscarte, pero no te
vayas,
por favor, no te vayas.
—¿Papá?
ESTACIÓN DE TREN,
TRES DE LA TARDE
No había horas ni minutos que los separaran de la despedida:
sólo un abrazo. Para decir algo, lo que sea, le habla por encima
del hombro de Liesel. «¿Podrías cuidarme el acordeón,
Liesel? He decidido no llevármelo.» Por fin encuentra algo
que realmente desea decir. «Y si hay más bombardeos, sigue
leyéndoles en el refugio.» La joven siente sus pechos
incipientes. Le duelen cuando topa con las costillas de su
padre. «Sí, papá.» Se queda mirando fijamente la tela del traje,
que tiene a un milímetro de sus ojos. Le habla. «¿Nos tocarás
339
Markus Zusak
La ladrona de libros
algo cuando vuelvas a casa?»
Hans Hubermann sonrió a su hija. El tren estaba a punto de
partir. La cogió
por la barbilla y le levantó la cabeza con suavidad.
—Te lo prometo —dijo, y subió al vagón.
Se miraron cuando el tren empezó a rodar.
Liesel y Rosa le dijeron adiós con la mano.
Hans Hubermann fue haciéndose cada vez más pequeño. En su mano
ya no
había nada, sólo aire vacío.
La gente fue desapareciendo a su alrededor hasta que no quedó
nadie en el
andén. Sólo el armario de mujer y la niña de trece años.
Durante algunas semanas,
mientras Hans Hubermann
y Alex Steiner
estuvieron en sus
respectivos campos de entrenamiento, Himmelstrasse
adquirió un aspecto deprimente. Rudy no era el mismo, no
hablaba. Rosa no era
la misma, no regañaba. Liesel también se vio afectada: ya no sentía deseos de
robar un libro, por mucho que intentara convencerse de que eso
la animaría.
Al duodécimo día de la partida de Alex Steiner, Rudy decidió que
tenía que
hacer algo. Atravesó la cancela a la carrera y llamó a la puerta
de Liesel.
—Kommst?
—Ja.
A Liesel no le importaba adónde quisiera ir ni
lo que tuviera planeado,
pero no estaba dispuesta a que Rudy se marchara sin
ella. Enfilaron
Himmelstrasse,
recorrieron Münchenstrasse y salieron de Molching. Más o
menos al cabo de una hora, Liesel por fin se lo preguntó. Hasta
entonces sólo se
había atrevido a mirar de reojo la expresión decidida de Rudy o
a estudiar sus
brazos rígidos con los puños enterrados en los bolsillos.
—¿Adónde vamos?
—¿No es obvio?
Intentó no quedarse atrás.
—Bueno, para ser sincera... No mucho.
—Voy a buscarlo.
—¿A tu padre?
—Sí. —Recapacitó—. En realidad, no. Creo que voy a buscar al
Führer.
Aceleró el paso.
—¿Por qué?
Rudy se detuvo.
—Porque quiero matarlo.
—Incluso se volvió en redondo, como si se
dirigiera al mundo—. ¿Lo has oído, cabrón? —gritó—. ¡Quiero
matar al Führer!
340
Markus Zusak
La ladrona de libros
Reemprendieron la marcha y
recorrieron unos kilómetros más,
hasta que
Liesel creyó que había llegado el momento de dar media vuelta.
—Pronto se hará de noche, Rudy.
Rudy siguió caminando.
—¿Y qué?
—Yo me vuelvo.
Rudy se detuvo y la fulminó con la mirada, como si
lo estuviera
traicionando.
—Muy bonito, ladrona de libros, déjame ahora. Seguro que si
hubiera un
libro al final del camino seguirías andando. ¿A que sí?
Se quedaron unos
segundos en silencio, pero Liesel pronto
encontró
fuerzas para arrancar.
—¿Crees que eres el único que lo está pasando mal, Saukerl ?—Dio media
vuelta—. Y tú sólo has perdido a tu padre...
—¿Qué quieres decir?
Liesel se paró un momento a contar.
Su madre, su hermano, Max
Vandenburg, Hans Hubermann...
Todos se
habían ido, y ella ni siquiera había tenido un padre de verdad.
—Que me voy a casa —contestó.
Hizo el camino de vuelta
sola durante quince minutos y
cuando Rudy la
alcanzó, jadeante y con las mejillas sonrosadas, no volvieron a
intercambiar una
palabra hasta pasada más
de una hora. Simplemente volvieron juntos a casa,
con los pies doloridos y el corazón cansado.
En Una canción en la oscuridad había un capítulo que se
titulaba «Corazones
cansados». Una chica romántica se había prometido con un joven,
pero por lo
visto él había acabado
fugándose con la mejor amiga de
ella. Liesel estaba
segura de que era el capítulo trece. «Tengo el corazón cansado»,
había dicho la
chica. Estaba sentada en una capilla, escribiendo en su diario.
No, pensó Liesel
mientras andaba, para corazón cansado,
el mío.
Un
corazón de trece años no debería sentirse así.
Ya cerca de Molching, Liesel lanzó unas palabras como si fueran
un balón.
Desde allí se veía el estadio Hubert Oval.
—¿Recuerdas cuando hicimos una carrera, Rudy?
—Claro. Estaba pensando en lo mismo... En que los dos nos
caímos.
—Dijiste que estabas rebozado de mierda.
—Sólo era barro. —Ya no
pudo reprimirse más—. La mierda fue con las
Juventudes Hitlerianas. Estás mezclando las cosas, Saumensch.
—No mezclo nada,
sólo repito lo que
dijiste. Lo que uno cuenta y
lo que
sucede de verdad no suele coincidir, Rudy, sobre todo contigo.
341
Markus Zusak
La ladrona de libros
Eso estaba mejor.
Al llegar a
Münchenstrasse, Rudy se detuvo y miró
el escaparate de la
tienda de su padre. Antes de que Alex se fuera, había discutido
con su mujer si
ella debía hacerse cargo
del negocio mientras él estuviera fuera. Al final
decidieron que no, teniendo en cuenta que el trabajo había
disminuido mucho
en los últimos tiempos y que existía la amenaza de que algunos
miembros del
partido se hicieran
notar. Los negocios nunca les
iban bien a los agitadores.
Tendrían que apañárselas con la paga del ejército.
Los trajes colgaban de los rieles y los maniquíes conservaban
sus ridículas
posturas.
—Creo que le gustas a esa —dijo Liesel al cabo de un rato.
Era su forma de decirle que era hora de irse.
En Himmelstrasse, Rosa Hubermann y Barbara Steiner esperaban
juntas en
la acera.
—¡La Virgen! —exclamó Liesel—. ¿Estarán preocupadas?
—Parecen furiosas.
Sufrieron un
interrogatorio nada más llegar, con preguntas del tipo:
«¿Dónde narices os habéis metido vosotros dos?», pero el enojo
pronto dio paso
al alivio.
Barbara estaba interesada en las respuestas.
—¿Y bien, Rudy?
—Iba a matar al Führer —contestó Liesel por él.
Rudy pareció feliz de verdad el tiempo suficiente para que
Liesel se sintiera
complacida.
—Adiós, Liesel.
Horas después se oyó un ruido procedente del comedor que llegó
hasta la
cama de Liesel. La joven se despertó pensando
en fantasmas, en papá, en
intrusos y en Max.
Oyó que abrían y arrastraban algo y
luego un silencio
indefinido. El silencio siempre era la mayor de las tentaciones.
No te muevas, pensó varias veces, pero no lo pensó lo
suficiente.
Sus pies frotaron el suelo.
Sintió el aliento del aire metiéndose por las mangas del pijama.
Se abrió paso a través de la oscuridad del pasillo, en dirección
al lugar de
donde procedía el ruido, hacia
un hilo de luz de luna que la
esperaba en el
comedor. Se detuvo, notando la desnudez de los tobillos y los
dedos de los pies,
y echó un vistazo.
342
Markus Zusak
La ladrona de libros
Necesitó más tiempo
del esperado para que sus ojos
se adaptaran a la
penumbra y, cuando
lo hicieron, tuvieron que
reconocerlo: allí estaba Rosa
Hubermann sentada en el borde de la cama con el acordeón de su
marido atado
al pecho. Los dedos se cernían sobre las teclas. No se movía. Ni
siquiera parecía
respirar.
La imagen se abalanzó sobre la joven en el pasillo.
UN CUADRO
Rosa con un acordeón.
Luz de luna en la oscuridad.
155 cm x instrumento x silencio
La ladrona de libros se quedó allí y miró. La consumía el deseo
de oír una
nota, pero no se cumplió. Nadie tocaba las teclas. Los fuelles
no respiraban. Sólo
estaba la luz de la luna, como si fuera un largo cabello
prendido en la cortina, y
Rosa.
El acordeón seguía atado a su pecho. Al inclinarse, resbaló
hasta el regazo.
Liesel seguía mirando. Sabía que durante unos días su madre
tendría la marca
del acordeón en el cuerpo. También era muy consciente de la gran
belleza que
había en lo que estaba viendo, y decidió no molestarla.
Volvió a la cama y se quedó
dormida con la imagen de su madre y
la
música silenciosa.
Más tarde, cuando se despertó
de la habitual pesadilla y
volvió a arrastrarse hasta el pasillo, Rosa seguía allí, igual
que el acordeón.
Como un ancla, la atraía hacia él. Rosa se hundía. Parecía
muerta.
No puede respirar en esa posición, pensó Liesel; pero cuando se
acercó, lo
oyó.
Su madre volvía a roncar.
¿Quién necesita fuelles cuando se tiene un par de pulmones como
esos?, se
dijo.
Cuando Liesel por fin volvió a la cama, se llevó consigo la
imagen de Rosa
Hubermann y el acordeón. Los ojos
de la ladrona de libros permanecieron
abiertos a la espera del sueño.
343
Markus Zusak
La ladrona de libros
El recolector
Ni Hans Hubermann ni Alex Steiner fueron enviados al campo de
batalla.
A Alex lo mandaron a Austria, a un hospital militar en las
afueras de Viena.
Gracias a su experiencia como sastre, le asignaron un trabajo
relacionado con su
profesión: carretas cargadas de uniformes, calcetines y camisas
llegaban semana
tras semana y él tenía que zurcirlos, aunque apenas sirvieran
más que de ropa
interior para los sufridos soldados que estaban en Rusia.
Ironías del destino, a Hans lo enviaron primero a Stuttgart y
luego a Essen.
Lo destinaron a una de las posiciones menos envidiables del
frente nacional: la
LSE.
EXPLICACIÓN NECESARIA
LSE
Luftwaffe Sondereinheit
Unidad Especial de Bombardeo
El trabajo en la LSE
consistía en permanecer a la intemperie durante los
bombardeos, apagar
incendios, apuntalar paredes de edificios
y rescatar a
cualquiera que hubiera quedado atrapado por el ataque. Hans
pronto descubrió
que también existía una lectura alternativa del acrónimo. El
primer día, los
hombres de la unidad le explicaron que en realidad significaba Leichensammler
Einheit: recolectores de cadáveres.
A su llegada a la unidad, Hans
se preguntó qué habrían hecho
aquellos
hombres para merecer ese trabajo. Lo mismo que se preguntaron
ellos acerca de
él. El hombre al mando,
el sargento Boris Schipper, se lo preguntó
en cuanto
tuvo ocasión. Cuando Hans
le explicó lo del pan, los
judíos y el látigo, el
sargento de cara redonda ahogó una risotada.
—Tienes suerte de
seguir vivo. —También tenía los
ojos redondos y no
dejaba de secárselos. O
los tenía cansados, o le
escocían o se le llenaban de
humo y polvo—. Recuerda que aquí al enemigo no lo tienes
delante.
344
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hans estaba a punto de hacerle la pregunta pertinente cuando oyó
una voz
a su espalda. Junto a
ella venía el enjuto rostro de un
joven de sonrisa
desdeñosa: Reinhold Zucker.
—Para nosotros, el enemigo no está al otro lado de la colina o
en un lugar
en concreto —se explicó—. Está por todas partes. —Volvió a
concentrarse en la
carta que estaba escribiendo—. Ya lo verás.
En el caótico espacio de pocos meses, Reinhold Zucker moriría.
Lo mataría
el asiento de Hans Hubermann.
A medida que la guerra sobrevolaba Alemania con mayor
intensidad, Hans
aprendió que todos los turnos empezaban igual. Los hombres se
reunían junto
al camión para recibir
las instrucciones sobre
el objetivo que había sido
alcanzado durante el descanso, sobre cuál podría ser el próximo
y sobre quién
trabajaba con quién.
Aunque no hubiera bombardeos, seguía habiendo mucho trabajo que
hacer.
Se abrían paso a
través de ciudades destruidas, limpiando escombros. En
el
camión iban doce hombres
encorvados, dando brincos al ritmo
de los baches
del camino.
Desde el principio quedó claro que cada uno tenía su propio
asiento.
Reinhold Zucker ocupaba el del centro de la hilera de la
izquierda.
El de Hans Hubermann estaba al
fondo, donde la luz del día llegaba
inclinada. Aprendió rápido a estar atento a los cascotes que
podían llover desde
cualquier parte y alcanzar el interior del vehículo. Hans reservaba un
respeto
especial por las colillas de cigarrillo encendidas que pasaban
volando.
CARTA A CASA
«A mis queridas Rosa y Liesel:
Por aquí las cosas van tirando.
Espero que las dos estéis bien.
Con cariño, papá.»
A finales de
noviembre probó su primera ración
ahumada de bombardeo
real. Los escombros se abalanzaban sobre el camión y había gente
corriendo y
gritando por todas partes. Los incendios se repetían allí donde
se mirara y los
armazones de los edificios en ruinas se amontonaban en pilas.
Las estructuras
se ladeaban. Había bombas
de humo por el suelo
como si fueran cerillas,
obstruyendo los pulmones de la ciudad.
Hans Hubermann iba en una cuadrilla de cuatro miembros. Habían
hecho
una cadena. El sargento
Boris Schipper estaba al frente, con los
brazos
escondidos entre el humo.
A continuación iba Kessler, luego Brunnenweg
y
345
Markus Zusak
La ladrona de libros
después Hubermann. Cuando el sargento se apuntaló para apagar el
fuego con
la manguera, los otros dos hombres apuntalaron al sargento y,
para asegurarse,
Hubermann los apuntaló a los tres.
A su espalda, un edificio gemía y se tambaleaba.
Cayó de cara, a unos pocos metros de los pies de Hans. El
cemento olía a fresco.
El muro de polvo se precipitó sobre ellos.
—Gottverdammt, Hubermann!
Los gritos se abrieron paso a través
de las llamas. Les siguieron tres
hombres con las gargantas llenas de ceniza. Ni
siquiera al doblar la esquina,
lejos del epicentro de la destrucción, la bruma del edificio
desmoronado dejó de
perseguirlos. Era blanca y cálida y se arrastraba tras ellos.
Se desplomaron, aliviados por el resguardo temporal, y empezaron
a toser
y a maldecir. El sargento volvió a hacer oír su opinión.
—Maldita sea, Hubermann. —Se frotó los labios para
limpiárselos—. ¿Qué
coño era eso?
—Se desplomó justo detrás de nosotros.
—Eso ya lo sé. Me refiero a su tamaño. Debía de tener
diez pisos como
mínimo.
—No, señor, creo que sólo dos.
—Jesús. —Un acceso de tos—. María y José. —Se quitó la mezcla de
sudor y
polvo de las cuencas de los ojos—. No había nada que hacer.
—Por una vez me gustaría estar allí cuando le acierten a un bar,
por amor
de Dios —comentó otro, limpiándose la cara—. Me muero por una
cerveza.
Los hombres se recostaron, saboreándola mientras apagaba los
incendios
de su garganta y ahogaba el humo. Era un
bonito sueño, aunque imposible.
Todos eran muy
conscientes de que la cerveza que se
desparramara por esas
calles no sería cerveza, sino una especie de batido o papilla.
Los cuatro hombres
estaban cubiertos de un grisáceo
conglomerado del
polvo. Al ponerse en pie para reanudar el trabajo, lo único
que los distinguía
del fondo eran las arrugas del uniforme.
El sargento se acercó a Brunnenweg y, sin miramientos, le
sacudió el polvo
del pecho. Le propinó varios manotazos.
—Así está mejor.
Tenías ahí un
poco de polvo, amigo. —Mientras
Brunnenweg reía, el
sargento se volvió hacia su último recluta—. Esta vez tú
irás el primero, Hubermann.
Estuvieron apagando
incendios durante horas
y se las ingeniaron como
pudieron para que los edificios se mantuvieran en pie. A
veces, cuando los lados
habían sufrido
daños, los cantos
asomaban como si fueran codos. Ese era el
punto fuerte de Hans Hubermann. Casi le empezó
a encontrar el gusto a
346
Markus Zusak
La ladrona de libros
descubrir una viga ardiendo lentamente o un bloque de cemento
desmelenado
para apuntalar esos codos y darles algo sobre lo que descansar.
No quedaba ni un milímetro de piel en sus manos que no tuviera
clavada
una astilla, y tenía
los dientes empastados
con sedimentos endurecidos del
desmoronamiento. En
los labios llevaba incrustado el polvo
húmedo que se
había endurecido y no había bolsillo, hilo o arruga oculta en el
uniforme que no
estuviera cubierto por una fina capa depositada por el aire
denso.
Lo peor del trabajo era la gente.
De vez en cuando se topaban con una persona deambulando sin
descanso
entre la niebla,
normalmente con una sola palabra
en los labios. Siempre
gritaban un nombre.
A veces era Wolfgang.
—¿Ha visto a mi Wolfgang?
Las marcas de sus dedos quedaban impresas en la chaqueta.
—¡Stephanie!
—¡Hansi!
—¡Gustel! ¡Gustel Stoboi!
A medida que la espesura se disipaba, la lista de nombres
amainaba por las
calles destrozadas. A
veces acababa con un
abrazo ahogado por
las cenizas o
con un postrado alarido de dolor. Se iban acumulando, una hora
tras otra, como
los dulces sueños o las pesadillas, a la espera de su
oportunidad.
Los peligros —el polvo, el humo, las llamas furibundas—
confluían en uno
solo: la gente destrozada. Como el resto de hombres de la
unidad, Hans tendría
que perfeccionar el arte del olvido.
—¿Cómo estás, Hubermann? —le preguntó el sargento en un momento.
Tenían el fuego a sus espaldas.
Hans, desalentado, respondió a ambos con una leve inclinación de
cabeza.
A medio turno apareció un anciano renqueante e indefenso que
vagaba por
las calles. Cuando Hans
terminó de apuntalar un
edificio, se volvió y se
lo
encontró de frente,
esperando su vez pacientemente. Llevaba un garabato
de
sangre en la cara, que descendía hasta el cuello. Vestía una
camisa blanca con
una corbata granate y se aguantaba la pierna como si la llevara
al lado.
—¿Podría sujetarme a mí, joven?
Hans lo cogió en brazos y lo sacó de la bruma.
UN BREVE Y TRISTE APUNTE
Visité la calle de esa pequeña ciudad con el hombre todavía
en los brazos de Hans Hubermann. El cielo era de un color
347
Markus Zusak
La ladrona de libros
gris perla.
Hans no se dio cuenta hasta que lo dejó en una isleta de hierba
cubierta de
cemento.
—¿Qué ocurre? —preguntó uno de sus compañeros.
Hans sólo pudo señalar.
—Ah, ya. —Una mano se lo llevó de allí—. Acostúmbrate,
Hubermann.
Durante el resto del
turno, se concentró en su trabajo. Intentó hacer
caso
omiso de los lejanos ecos de gente llamando a otra gente.
Al cabo de un par de horas, salió corriendo de un edificio con
el sargento y
dos hombres más. No miró el suelo y tropezó. Sólo cuando se
medio incorporó,
vio a los demás observando el obstáculo con aflicción.
El cuerpo estaba boca abajo.
Estaba tendido sobre un manto de polvo y se tapaba los oídos.
Era un niño.
No tendría más de once o doce años.
Cerca de allí, mientras
seguían con su trabajo a lo
largo de la calle, se
toparon con una
mujer que buscaba a alguien llamado Rudolf. Sus
voces la
atrajeron y los encontró
en medio de la
bruma. Parecía muy frágil, estaba
encorvada por el peso de la angustia.
—¿Han visto a mi hijo?
—¿Qué edad tiene? —preguntó el sargento.
—Doce años.
Oh, Dios. Oh, Dios bendito.
Todos lo pensaron, pero el sargento
no consiguió reunir suficiente
valor
para decírselo o indicarle el lugar.
Boris Schipper la retuvo cuando intentó abrirse camino.
—Acabamos de venir de esa calle. Allí no lo encontrará —le
aseguró.
La mujer encorvada siguió
aferrándose a la esperanza y
continuó
llamándolo, andando apresurada, casi corriendo.
—¡Rudy!
En ese momento, Hans Hubermann pensó en otro
Rudy. En el de
Himmelstrasse. Por favor, le pidió a un cielo que no podía ver,
que Rudy esté
bien. Sus
pensamientos se desviaron de
forma natural hacia Liesel, Rosa, los
Steiner y Max.
Hans se dejó caer al suelo y se tumbó de espaldas cuando se
reunieron con
el resto de los hombres.
348
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Qué tal ha ido por ahí? —preguntó alguien.
Hans tenía los pulmones llenos de cielo.
Horas más tarde, después de ducharse, comer y
vomitar, intentó escribir
una detallada carta a casa. No lograba controlar las manos, por
lo que tuvo que
abreviarla. Si encontraba las fuerzas para hacerlo, el resto se
lo contaría de viva
voz cuando volviera a casa, si es que volvía.
«A mis queridas Rosa y Liesel», empezó.
Tardó varios minutos en escribir esas seis palabras.
349
Markus Zusak
La ladrona de libros
Los devoradores de pan
Había sido un largo
y azaroso año
para Molching, y por fin llegaba a su
término.
Liesel se pasó los últimos
meses de 1942 obsesionada con
los que ella
llamaba los tres hombres
desesperados. Se preguntaba dónde
estaban y qué
hacían.
Una tarde cogió el acordeón y le sacó brillo con un trapo. Antes
de volver a
guardarlo, dio el paso que su madre no había sido capaz de dar,
sólo una vez:
colocó el dedo en una de las teclas y apretó los fuelles con
suavidad. Rosa había
acertado. Sólo logró que la habitación pareciera más vacía.
Siempre que veía a Rudy, le preguntaba por su padre. A veces el
joven le
describía con todo detalle alguna de las cartas de Alex Steiner.
En comparación,
la única carta que su padre les
había enviado era, en cierto modo,
decepcionante.
Por descontado, el tema de Max era cuestión de su imaginación.
Con gran optimismo, lo veía caminando solo por una calle
desierta. De vez
en cuando fantaseaba con que había hallado el camino de la
salvación y que su
documento de identidad le había valido para embaucar a la
persona adecuada.
Los tres hombres aparecían en cualquier parte.
En el colegio, veía a su
padre por la ventana. Max solía sentarse con ella
junto al fuego. Alex
Steiner llegaba cuando
estaba con Rudy, les devolvía la
mirada cuando ellos
soltaban las bicicletas en Münchenstrasse y miraban el
interior de la tienda a través del cristal.
—Mira esos trajes —le decía Rudy, con la cabeza y las
manos pegadas al
cristal—. Qué desperdicio.
Por extraño que parezca, una de las distracciones
preferidas de Liesel era
frau Holtzapfel. Ahora las
sesiones de lectura también
incluían los miércoles,
así que ya habían terminado la versión resumida por el agua de El
hombre que
silbaba y habían empezado El repartidor de
sueños. La anciana a veces preparaba
té o le ofrecía una sopa infinitamente mejor que la de su madre.
Menos aguada.
350
Markus Zusak
La ladrona de libros
Entre octubre y
diciembre había desfilado otra
procesión de judíos, y aún
llegaría una más. Como en
la ocasión anterior, Liesel había
corrido a
Münchenstrasse, pero esta vez para ver si Max Vandenburg estaba
entre ellos.
Se debatía entre la obvia necesidad que sentía de verlo —y
saber que estaba
vivo— y de no
verlo, lo que podría
significar muchas cosas, entre ellas la
libertad.
A mediados de
diciembre hicieron desfilar por
Münchenstrasse a otro
pequeño grupo de judíos y criminales, de camino a Dachau.
Procesión número
tres.
Rudy se dirigió muy resuelto a Himmelstrasse y salió del número
treinta y
cinco con una bolsita y dos bicicletas.
—¿Te apuntas, Saumensch?
EL CONTENIDO DE LA BOLSA
DE RUDY
Seis trozos de pan duro partidos en cuatro.
Adelantaron a la procesión montados en sus
bicicletas, en dirección a
Dachau, y se detuvieron en un tramo de carretera donde no había
nadie. Rudy
le pasó la bolsa a Liesel.
—Coge un puñado.
—No sé si es buena idea.
Rudy le puso un trozo de pan en la mano.
—Tu padre lo hizo.
¿Qué se podía responder a eso? Bien valía un latigazo.
—Si somos rápidos, no nos cogerán. —Empezó a esparcir el pan—.
Mueve
el culo, Saumensch.
Liesel no pudo evitarlo. En su rostro se dibujó un atisbo de
sonrisa cuando
Rudy Steiner, su mejor
amigo, y ella repartieron
los trozos de pan
por la
carretera. Una vez listos, recogieron las bicicletas
y se escondieron entre los
árboles de Navidad.
La carretera era fría y recta. Los soldados y los judíos no
tardaron mucho en
aparecer.
Liesel miró al chico
entre las sombras de los árboles. Cómo
habían
cambiado las cosas, de ladrón de fruta a repartidor de pan. El cabello rubio,
aunque estaba oscureciéndosele, parecía iluminado por
las velas. A Liesel le
sonaban las tripas... y él repartía pan entre la gente.
¿Era eso Alemania?
351
Markus Zusak
La ladrona de libros
¿Era eso la Alemania nazi?
El primer soldado no vio el pan —no tenía hambre—, pero al
primer judío
no se le pasó por alto.
Bajó la mano andrajosa,
recogió un trozo
y se lo metió
en la boca con
fruición.
Liesel se preguntó si sería Max.
Desde allí no lo distinguía bien, así que cambió
de posición para verlo
mejor.
—¡Eh!, no te muevas. —Rudy estaba blanco—. Si nos encuentran
aquí y nos
relacionan con el pan, somos historia.
Liesel no le hizo caso.
Otros judíos se agachaban y cogían el pan de la carretera y,
desde el lindar
de los árboles, la ladrona de libros los examinaba a todos y
cada uno de ellos.
Max Vandenburg no estaba.
El alivio fue efímero.
La emoción se congeló cuando uno de los soldados advirtió que
uno de los
prisioneros alargaba la mano hasta el suelo y dieron la orden de
detenerse para
inspeccionar la carretera a conciencia. Los prisioneros
masticaron todo lo rápido
y en silencio que pudieron y, al unísono, tragaron.
El soldado recogió varios trocitos y miró a ambos lados de la
calzada. Los
prisioneros también miraron.
—¡Allí!
Uno de los soldados se dirigió a grandes zancadas hacia la
muchacha que
había junto al árbol más cercano. A su lado vio al muchacho. Los
dos echaron a
correr.
—¡No te pares, Liesel!
—¿Y las bicicletas?
—Scheiss drauf! ¡A la mierda, a quién le
importan!
Siguieron corriendo y, a unos
cien metros, sintió el
aliento del soldado
cernirse sobre ella. La
alcanzó, y Liesel ya estaba
esperando que la mano la
aferrara.
Tuvo suerte.
Lo único que recibió fue un puntapié en el trasero y un puñado
de palabras.
—¡Sigue corriendo, niña, no deberías estar aquí!
Liesel siguió corriendo
sin parar como mínimo
otros dos kilómetros. Las
ramas le cortaban los
brazos, las piñas rodaban bajo sus
pies y el aroma de la
Navidad inundaba sus pulmones.
352
Markus Zusak
La ladrona de libros
Después de más de tres
cuartos de hora, decidió volver. Encontró a Rudy
sentado junto a las
bicicletas oxidadas. Había
recogido los restos
de pan y
masticaba un mendrugo.
—Te dije que no te acercases tanto —la reprendió Rudy.
—¿Tengo la marca de una bota? —preguntó, enseñándole el trasero.
353
Markus Zusak
La ladrona de libros
El cuaderno de dibujo escondido
Unos días antes de Navidad hubo un nuevo bombardeo, aunque la
ciudad
de Molching se salvó. Según las noticias de la radio, la mayoría
de las bombas
habían caído en campo abierto.
Sin embargo, lo más significativo fue la reacción de la gente en
el refugio de
los Fiedler. Con la llegada del último feligrés, todos se acomodaron con
solemnidad, y la miraron expectantes.
Oyó la voz de su padre, alta y clara.
«Y si hay más bombardeos, sigue leyéndoles en el refugio.»
Liesel esperó. Tenía que asegurarse de que era eso lo que todos
querían.
Rudy habló por ellos.
—Lee, Saumensch.
Liesel abrió el libro y una vez más las palabras encontraron el
camino hasta
los ocupantes del sótano.
Ya en casa, después de que las sirenas dieran permiso para salir
al exterior,
Liesel se sentó a la mesa de la cocina con su madre. La preocupación se
dibujaba en la expresión de Rosa Hubermann, quien no tardó en coger
un
cuchillo y salir de la cocina.
—Ven conmigo.
Entró en el comedor y destrabó la sábana bajera de un lado. En
el lateral del
colchón había una costura, la cual, si no se
sabía de antemano que estaba allí,
había pocas
posibilidades de encontrarla.
Rosa cortó los puntos
con cuidado,
metió primero la mano y luego el brazo hasta el hombro. Al
sacarlo llevaba el
cuaderno de dibujo de Max Vandenburg.
—Dijo que te lo diéramos
cuando estuvieras preparada —se explicó—.
Había pensado
dártelo por tu cumpleaños, pero luego
decidí sacarlo para
Navidad. —Rosa Hubermann se levantó. Tenía una expresión
extraña. No era
orgullo, sino tal vez la consistencia, el peso del recuerdo—. Creo que siempre
has estado preparada
Liesel —opinó—. Desde el día que llegaste, cuando te
aferraste a esa cancela, esto tenía que ser para ti.
354
Markus Zusak
La ladrona de libros
Rosa le entregó el cuaderno.
La tapa decía lo siguiente:
«EL ÁRBOL DE LAS PALABRAS»
Una pequeña recopilación de ideas para Liesel Meminger
Liesel lo cogió con sumo cuidado y se lo quedó mirando
fijamente.
—Gracias, mamá.
La abrazó.
También sintió el
deseo irrefrenable de decirle a Rosa
Hubermann que la
quería. Lástima que no lo hiciera.
Quería leer el libro en el sótano, por los viejos tiempos, pero
su madre se lo
quitó de la cabeza.
—Por alguna razón
Max se puso enfermo
ahí abajo, así que puedes
estar
segura de que no voy a permitir que tú también te pongas mala.
Lo leyó en la cocina.
Junto a las brechas rojas y amarillas de los fogones.
El árbol de las palabras.
Se abrió paso entre los incontables esbozos, historias y
viñetas. Estaba Rudy
sobre un estrado
con tres medallas de oro
colgando del cuello. Debajo decía:
«Cabello de color limón». También aparecía el muñeco de nieve y
una lista de
los trece regalos y, por descontado, la evocación de las
incontables noches en el
sótano o junto al fuego.
Evidentemente también había muchos recuerdos, dibujos y
sueños
relacionados con Stuttgart, Alemania y el Führer, así como de la
familia de Max.
Al final no pudo evitar incluirlos. Tenía que hacerlo.
Entonces llegó a la página 117.
Ahí es donde El árbol de las palabras entraba en escena.
Era una fábula, o un cuento de hadas, Liesel no estaba segura.
Incluso días
después, cuando buscó ambas definiciones en el Gran
diccionario de definiciones,
no supo decidirse entre ninguna de las dos.
En la página anterior había una breve anotación.
PÁGINA 116
«Liesel, esta historia es sólo un esbozo. Imaginé que tal vez
serías demasiado mayor para esta clase de cuentos, pero quizá
ninguno lo seamos. Pensé en ti, en tus libros y en tus palabras,
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Markus Zusak
La ladrona de libros
y esta extraña historia me vino a la mente. Espero que te guste,
aunque sólo sea un poco.»
Pasó de página.
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La ladrona de libros
Sentada a la mesa de la cocina, Liesel se preguntó durante un
buen rato en
qué parte del bosque de ahí fuera estaría Max Vandenburg. La luz
se apagaba a
su alrededor. Se quedó dormida. Rosa la obligó a irse a la cama
y Liesel le
obedeció, con el cuaderno de dibujo de Max apretado contra el
pecho.
Horas después, cuando despertó, la respuesta acudió a ella.
—Claro, ya sé dónde está —susurró.
Y volvió a dormirse.
Soñó con el árbol.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
La colección de trajes del anarquista
HIMMELSTRASSE, 35
24 DE DICIEMBRE
Ante la ausencia de ambos padres, los Steiner han invitado a
Rosa y Trudy Hubermann y a Liesel. Cuando llegan, Rudy
todavía está describiendo su ropa. Mira a Liesel y sonríe, pero
sólo un poco.
Los días previos a la Navidad de 1942 estuvieron cubiertos de
una gruesa y
pesada nieve. Liesel releyó
El árbol de las palabras muchas veces, estudiando la
historia y los numerosos
dibujos y comentarios. En Nochebuena
tomó una
decisión respecto a
Rudy. Al infierno con lo de estar
fuera hasta demasiado
tarde.
Se acercó hasta la puerta de al lado antes de que anocheciera y
le dijo que
tenía un regalo de Navidad para él.
Rudy le miró las manos y a cada lado de los pies.
—Bueno, ¿y dónde narices está?
—Olvídalo.
Sin embargo, Rudy sabía a qué había ido Liesel. Ya la había
visto así antes.
Ojos temerarios y manos largas. La envolvía cierto aire
delictivo y él lo olía.
—Ese regalo... Todavía no lo tienes, ¿verdad?
—No.
—Y tampoco vas a comprarlo, ¿no?
—Claro que no. ¿De dónde
crees que voy a sacar el dinero?
—La nieve
seguía cayendo. El hielo
formaba cristales rotos sobre
la hierba—. ¿Tienes la
llave? —preguntó.
—¿La llave de qué?
Rudy no tardó mucho en
comprenderlo. Se metió dentro y
volvió a salir
poco después. Como diría Viktor Chemmel:
364
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Es hora de ir de compras —dijo.
La luz se desvanecía a marchas
forzadas y, a excepción de la
iglesia, no
había ningún
comercio abierto en toda Münchenstrasse. Era Navidad. Liesel
caminaba deprisa para que las
zancadas de su vecino no la
dejaran atrás.
Llegaron al escaparate de la tienda escogida:
STEINER-SCHNEIDER-MEISTER.
El cristal tenía una fina capa de barro y suciedad acumulada
durante las últimas
semanas. Al otro lado,
los maniquíes, serios y
ridículamente elegantes, hacían
de testigos. Era difícil quitarse de encima la sensación de que
lo estaban viendo
todo.
Rudy rebuscó en el bolsillo.
Era Nochebuena.
Su padre estaba cerca de Viena.
No creía que le importara que asaltaran su preciada tienda. Lo
exigían las
circunstancias.
La puerta se abrió sin oponer resistencia y entraron. La primera
reacción de
Rudy fue encender la luz, pero ya habían cortado la
electricidad.
—¿Velas?
Rudy la miró consternado.
—Yo he traído la llave. Además, era idea tuya.
Mientras discutían, Liesel tropezó con un bulto que estaba en el
suelo. Un
maniquí se cayó con ella. Le golpeó con el brazo
y se desmontó, cubriéndola
con las ropas.
—¡Quítame esto de encima!
Se desmembró en cuatro partes: el torso y la cabeza, las piernas
y los dos
brazos por separado.
—Jesús, María y José —masculló Liesel en cuanto se desembarazó
de él.
Rudy encontró uno de los
brazos, lo cogió por
un extremo y le
dio unos
golpecitos en el
hombro con la mano. Liesel se
volvió aterrorizada y Rudy
volvió a tendérsela, esta vez en señal amistosa.
—Encantado de conocerla.
Estuvieron recorriendo con cautela los estrechos pasillos de la
tienda. Rudy
se dirigió hacia el mostrador, pero por el
camino tropezó con una caja vacía,
soltó un grito y una maldición, y retrocedió hasta la entrada.
—Esto es ridículo —dijo—. Espera un momento.
Liesel se sentó a
esperar, con el brazo del maniquí en la mano, hasta que
Rudy regresó con un farolillo de la iglesia.
Un anillo de luz envolvía su cara.
365
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Bueno, ¿dónde está ese regalo del que tanto fanfarroneabas?
Será mejor
que no sea uno de esos extraños maniquíes.
—Acerca la luz.
Al llegar a su lado, le
cogió el farolillo y curioseó
los trajes colgados.
Escogió uno, pero enseguida lo cambió por otro.
—No, demasiado grande. —Estuvo a punto de elegir un par de
trajes más,
hasta que se decidió
por uno azul
marino. Lo sacó
y se lo enseñó a Rudy
Steiner—. ¿Crees que es de tu talla?
Mientras Liesel esperaba sentada en la oscuridad, Rudy se
probaba el traje
detrás de unas cortinas. Se veía un
pequeño círculo de luz
y una sombra
vistiéndose.
Al cabo de un rato, le tendió el farolillo a Liesel para que le echara un
vistazo. Sin cortina de por medio, la luz era como una columna
que iluminaba
el elegante traje. Aunque
también resaltaba la camisa sucia y
los gastados
zapatos de Rudy.
—¿Y bien? —preguntó.
Liesel prosiguió el examen. Dio una vuelta a su alrededor y se
encogió de
hombros.
—No está mal.
—¡¿Que no está mal?! Esta percha se merece algo más
que un «No
está
mal».
—Los zapatos te traicionan. Y la cara.
Rudy dejó el farolillo sobre el mostrador y se acercó a ella
fingiendo enojo.
Liesel tuvo que admitir que se había puesto un poco nerviosa.
Sintió alivio y a
la vez desilusión al ver cómo Rudy tropezaba con el pobre
maniquí y se caía.
Rudy se echó a reír, tirado en el suelo.
Y luego cerró los ojos, con fuerza.
Liesel se acercó corriendo.
Se agachó delante de él.
Bésalo, Liesel, bésalo.
—¿Estás bien, Rudy? ¿Rudy?
—Le echo de menos —confesó el chico, de lado, en el suelo.
—Frohe Weihnachten —contestó
Liesel. Lo ayudó a
ponerse en pie y a
sacudirse el traje—. Feliz Navidad.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
NOVENA PARTE
La última extranjera
Presenta:
la siguiente tentación — un jugador de cartas — las nieves de
Stalingrado — un
hermano eternamente joven — un accidente — el sabor amargo de
las
preguntas — una caja de herramientas, un delincuente, un oso de
peluche — un
avión estrellado — y una vuelta a casa
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Markus Zusak
La ladrona de libros
La siguiente tentación
Esta vez fueron los dulces.
Pero estaban duros.
Eran Kipferl que habían sobrado de Navidad y llevaban
abandonados en el
escritorio dos semanas
como mínimo. Parecían
herraduras en miniatura con
una capa de azúcar glasé.
Las del fondo estaban enganchadas al
plato y las
demás se apilaban unas encima de las otras formando una
montañita. Sintió el
aroma en cuanto sus dedos tocaron el alféizar de la ventana. En
la habitación se
respiraba azúcar y masa, y miles de páginas.
No había ninguna nota,
pero Liesel no tardó
en adivinar la mano de Ilsa
Hermann en el asunto; además, tampoco iba a arriesgarse a que no
fueran para
ella. Regresó junto a la ventana y coló un susurro por el
resquicio. El susurro se
llamaba Rudy.
Ese día se habían ido a pie porque la calzada estaba demasiado
resbaladiza
para las bicicletas.
El muchacho esperaba debajo de la ventana, haciendo
guardia. Liesel lo llamó, y cuando asomó la cabeza le obsequió
con el plato. No
tuvo que insistir demasiado para que lo aceptara.
Con los ojos atiborrándose de pastas, Rudy hizo algunas
preguntas.
—¿Nada más? ¿Ni un poco de leche?
—¿Qué?
—Leche —repitió Rudy, esta vez un poco más alto.
Si había reparado
en el tono ofendido de Liesel, era evidente que lo
disimulaba muy bien. El rostro
de la ladrona de libros
asomó de nuevo en lo
alto.
—¿Eres tonto o qué? ¿Te importa que robe el libro y nos vamos?
—Claro, sólo decía que...
Liesel se acercó a la
estantería del fondo, la de detrás del
escritorio.
Encontró papel y pluma en el cajón de arriba y escribió un
«Gracias» en la nota
que dejó sobre la mesa.
A la derecha, un libro sobresalía como un hueso desencajado. Las
oscuras
letras del título habían dejado
una evidente marca en su blancura. Die Letzte
368
Markus Zusak
La ladrona de libros
Menschliche Fremde. La última extranjera, susurró
el libro al sacarlo del estante,
arrastrando consigo una fina lluvia de polvo.
Ya en la ventana, a punto
de salir, oyó el chirrido de la
puerta de la
biblioteca.
Tenía una rodilla encima y la mano criminal en el marco de la
ventana. Al
volverse hacia el ruido,
se encontró con la mujer del alcalde con un albornoz
nuevo y en pantuflas. Llevaba una esvástica bordada en el
bolsillo del pecho. La
propaganda llegaba incluso hasta el baño.
Se miraron.
Liesel miró el bolsillo del pecho de Ilsa Hermann y levantó un
brazo. —Heil
Hitler!
Estaba a punto de salir cuando de repente se dio cuenta.
Los dulces.
Llevaban semanas ahí.
Eso significaba que el
alcalde tenía que haberlos visto por
fuerza si
utilizaba la biblioteca
y que debía de haber preguntado
qué hacían allí. O, y
nada más pensarlo se sintió
invadida por un extraño optimismo, tal vez la
biblioteca no fuera del alcalde, sino de su mujer, de Ilsa
Hermann.
Liesel no sabía por qué era tan importante, pero le gustó la
idea de que la
habitación llena de libros
perteneciera a la mujer. Había sido
ella quien se la
había presentado y, casi literalmente, le había abierto las
puertas —aunque en
este caso se tratara de
una ventana— a un nuevo
mundo. Así estaba mejor.
Todo parecía encajar.
Estaba a punto de ponerse en marcha cuando preguntó:
—Esta habitación es suya, ¿verdad?
La mujer del alcalde se puso tensa.
—Solía leer aquí con mi hijo, pero entonces...
Liesel sintió el aire a su espalda. Vio una madre leyendo en el
suelo con un
niño que señalaba los
dibujos y las
palabras. Luego vio una guerra por la
ventana.
—Ya lo sé.
—¡¿Qué has dicho?! —exclamó alguien desde fuera.
—Cierra la boca, Saukerl, y vigila la calle —le espetó
Liesel, en voz baja—.
Así que todos estos libros... —le ofreció las palabras,
suavemente.
—Casi todos son míos. Algunos son de mi
marido, otros eran de mi hijo,
como ya sabes.
Liesel se sintió muy incómoda en ese momento. Las mejillas le
ardían.
—Siempre pensé que era del alcalde.
—¿Por qué?
369
Markus Zusak
La ladrona de libros
Parecía haberle hecho
gracia. Liesel se fijó en que
las pantuflas también
llevaban una esvástica bordada en la puntera.
—Porque es el alcalde. Pensaba que leería mucho.
La mujer del alcalde metió las manos en los bolsillos.
—Últimamente tú eres la que más utiliza esta habitación.
—¿Ha leído este?
Liesel levantó La última extranjera. Ilsa examinó el
título de cerca.
—Sí, lo he leído.
—¿Está bien?
—No está mal.
En ese momento tuvo
ganas de irse y, sin
embargo, también sintió la
peculiar obligación de
quedarse. Hizo el amago
de decir algo, pero tenía que
escoger entre muchas palabras
demasiado rápidas. Intentó echarles
el guante
varias veces, aunque fue la mujer del alcalde la que tomó la
iniciativa.
Vio la cara de Rudy en la ventana o, para ser exactos, su
cabello iluminado
por las velas.
—Creo que será mejor que te vayas —dijo—. Te están esperando.
Se comieron los dulces de camino a casa.
—¿Estás segura de que no
había nada más? —preguntó Rudy—. Igual
te
has dejado algo.
—Da las gracias de haber
encontrado los dulces.
—Liesel examinó con
atención el regalo que Rudy llevaba en las manos—. Oye, Rudy,
¿te has comido
alguno antes de que saliera?
Rudy se indignó.
—Eh, tú eres la ladrona, no yo.
—No me engañes, Saukerl, todavía
tienes azúcar en la comisura de los
labios.
Alterado, Rudy aguantó el plato con una sola mano y se limpió
con la otra.
—No me he comido ninguno, te lo prometo.
Se acabaron la mitad de los dulces antes de llegar al puente y
compartieron
el resto con Tommy Müller en Himmelstrasse.
Cuando se comieron el último, sólo quedó una pregunta en el
aire, a la que
Rudy le puso voz:
—¿Qué narices hacemos con el plato?
370
Markus Zusak
La ladrona de libros
El jugador de cartas
Más o menos a la misma hora en que Liesel y Rudy devoraban los
dulces,
los hombres de la LSE jugaban a las cartas durante un descanso
en una ciudad
cercana a Essen. Habían salido de Stuttgart y acababan de llegar
del largo viaje.
Se estaban apostando cigarrillos, y a Reinhold Zucker las cosas
no le iban muy
bien.
—Está haciendo trampas, seguro —masculló.
Jugaban en un
cobertizo que hacía las veces
de barracones y Hans
Hubermann acababa de ganar la
tercera mano consecutiva. Zucker
arrojó sus
cartas, indignado, y se peinó el grasiento pelo con tres uñas
sucias.
ALGUNOS DATOS SOBRE
REINHOLD ZUCKER
Tenía veinticuatro años. Se regocijaba cuando ganaba una
partida de cartas, se llevaba los finos cilindros de tabaco a la
nariz y los aspiraba. «El aroma de la victoria», decía. Ah, y
una
cosa más. Moriría con la boca abierta.
A diferencia del joven a su izquierda, Hans Hubermann
no se regocijaba
cuando ganaba. Incluso
tuvo la generosidad de
devolver a cada uno de sus
compañeros un cigarrillo y encendérselo. Todos aceptaron la
invitación menos
Reinhold Zucker, que hizo saltar por los aires el cigarrillo de
un manotazo. El
pitillo acabó en medio de la caja volcada que utilizaban como
mesa.
—No necesito tu caridad, viejo.
Se levantó y se fue.
—¿Qué le pasa a ese?
—preguntó el sargento, pero nadie se molestó en
contestar.
Reinhold Zucker sólo era
un muchacho de veinticuatro años que no sabía
jugarse la vida a las cartas.
371
Markus Zusak
La ladrona de libros
Si no hubiera perdido sus cigarrillos contra Hans Hubermann, no
lo habría
despreciado. Si no
lo hubiera despreciado, tal vez no se
habría sentado en su
sitio unas semanas después, en una carretera inofensiva.
Un asiento, dos hombres, una breve discusión y yo.
A veces me mata ver cómo muere la gente.
372
Markus Zusak
La ladrona de libros
Las nieves de Stalingrado
A mediados de enero de 1943, Himmelstrasse era tan sombría y
deprimente
como de costumbre. Liesel cerró la puerta de la cancela, se
dirigió a casa de frau
Holtzapfel y llamó a la puerta. Salió a recibirla toda una
sorpresa.
Lo primero que pensó fue que el hombre debía de ser uno de sus
hijos, pero
no se parecía a ninguno de los otros hermanos de la fotografía
enmarcada que
colgaba junto a la puerta. Aparentaba ser bastante más mayor,
pero no habría
puesto la mano en el
fuego. La barba le salpicaba la cara
y tenía una mirada
contundente y apenada. Una mano con un vendaje salpicado de cerezas
sanguinolentas asomaba inerte por la manga del abrigo.
—Será mejor que vuelvas más tarde.
Liesel intentó echar un vistazo al interior y estaba a punto de
llamar a frau
Holtzapfel cuando el hombre se le adelantó.
—Niña, vuelve más tarde —insistió—. Iré a buscarte. ¿Dónde
vives?
Más de tres horas después alguien llamó a la puerta del número
treinta y
tres de Himmelstrasse y el hombre apareció ante Liesel. Las
cerezas de sangre
se habían convertido en ciruelas.
—Ahora ya puede atenderte.
Fuera, bajo la
difusa y
lánguida luz, Liesel no pudo
reprimirse y le
preguntó qué le
había pasado en la mano. El hombre resopló una sola sílaba
antes de responder.
—Stalingrado.
—¿Cómo dice? —preguntó Liesel. El hombre había contestado
mirando al
frente—. No le he entendido.
Lo repitió, esta vez más alto y explicándose.
—Stalingrado es lo que le ocurrió a mi mano. Me dispararon en
las costillas
y me volaron tres dedos. ¿Responde eso tu pregunta? —Metió la
mano ilesa en
el bolsillo y se estremeció con desdén, mofándose del viento
alemán—. ¿Crees
que aquí hace frío?
373
Markus Zusak
La ladrona de libros
Liesel tocó la pared que tenía al lado. No podía mentir.
—Sí, claro.
El hombre se echó a reír.
—Esto no es frío.
Sacó un cigarrillo, se lo llevó a la boca y trató de encender
una cerilla con
una mano. Si con el mal tiempo que hacía ya era complicado
encenderlo con las
dos, con una era imposible. Tiró la caja de cerillas y soltó un
taco.
Liesel la recogió.
Le quitó el cigarrillo y lo sujetó entre sus propios labios.
Ella tampoco fue
capaz de encenderlo.
—Tienes que aspirar
—explicó el hombre—. Con este
tiempo, sólo lo
encenderás si aspiras. Verstehst?
Liesel volvió a intentarlo, tratando de recordar cómo lo hacía
su padre. Esta
vez su boca se llenó de un humo que atravesó sus dientes y le
raspó la garganta,
pero se obligó a no toser.
—Bien hecho —la felicitó. Cuando
recuperó su cigarrillo y le dio
una
calada, le tendió la mano ilesa, la izquierda—. Michael
Holtzapfel.
—Liesel Meminger.
—¿Tú eres la que viene a leerle a mi madre?
Rosa apareció detrás de Liesel en ese momento y la niña sintió a
su espalda
su estupor.
—¿Michael? ¿Eres tú? —preguntó.
Michael Holtzapfel asintió con la cabeza.
—Guten Tag, frau Hubermann. Ha pasado mucho
tiempo.
—Pareces tan...
—¿Viejo?
Rosa seguía conmocionada, pero logró recomponerse.
—¿Quieres entrar? Ya veo que conoces a mi hija de acogida... —Su
voz se
fue apagando cuando reparó en la mano ensangrentada.
—Mi hermano ha muerto —la informó Michael Holtzapfel; no podría
haber
lanzado un derechazo más directo con su único puño útil.
Porque Rosa se tambaleó. Era evidente que la guerra implicaba la
muerte,
pero el suelo siempre
se estremecía bajo los pies
de una persona cuando le
llegaba a alguien que había vivido y respirado tan cerca. Rosa
había visto crecer
a los dos niños de los Holtzapfel.
El joven envejecido
encontró el modo
de informarla de lo sucedido sin
desmoronarse.
—Yo estaba en uno de los edificios que usábamos como hospital
cuando lo
trajeron. La semana
anterior a que me enviaran a casa. Me pasé tres días
sentado a su lado antes de que muriera...
374
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Lo siento.
Liesel tuvo la impresión de que esas palabras no habían salido
de la boca de
Rosa. Era otra persona la que esa tarde estaba detrás de ella,
pero no se atrevió a
volverse para averiguar de quién se trataba.
—Por favor, no diga nada más —le rogó Michael—. ¿Me puedo llevar
a la
niña para que lea? Dudo que mi madre la escuche, pero me dijo
que viniera a
buscarla.
—Claro, llévatela.
Habían dado unos
pasos cuando Michael Holtzapfel se acordó de
algo y
volvió.
—¡Rosa! —Esperó un momento hasta que Rosa volvió a abrir la puerta—.
Me dijeron que su hijo estaba allí, en Rusia; me lo contó una
gente de Molching
con quien me encontré. Aunque seguro que ya lo sabe.
Rosa intentó evitar que se fuera. Salió corriendo y lo cogió por
la manga.
—No, un día se fue y nunca volvió. Hemos intentado
encontrarlo, pero
ocurrieron muchas cosas, hubo...
Michael Holtzapfel estaba decidido a irse. Lo
último que deseaba oír era
otra historia de lloros.
—Por lo que sé, está vivo —dijo, zafándose de ella.
Se reunió con Liesel en la cancela, pero la niña no lo siguió
hasta la puerta
de al lado. Se quedó mirando el rostro de Rosa, animado y
desolado a la vez.
—¿Mamá?
Rosa levantó una mano.
—Ve.
Liesel se quedó donde estaba.
—He dicho que vayas.
El soldado intentó entablar
una conversación cuando Liesel
lo alcanzó.
Debía de arrepentirse del
desliz que había cometido con Rosa y
trataba de
enterrarlo bajo otras palabras.
—Todavía no he conseguido que deje de sangrar —comentó,
levantando la
mano vendada.
Liesel se sintió aliviada
al entrar en la cocina de los
Holtzapfel. Cuanto
antes empezara a leer, mejor.
Frau Holtzapfel estaba sentada. Las lágrimas
le corrían por las mejillas
como si fueran alambres.
Su hijo estaba muerto.
Y no sabía ni la mitad.
En realidad, nunca sabría cómo había ocurrido, pero no te quepa
la menor
duda de que uno de nosotros sí lo sabe. Por lo visto, tengo el
don de saber qué
375
Markus Zusak
La ladrona de libros
ha ocurrido siempre que hay nieve, armas y un confuso
batiburrillo de idiomas
humanos de por medio.
Cuando imagino la cocina
de frau Holtzapfel, basándome en las
palabras
de la ladrona de libros,
no veo los fogones,
ni las cucharas de madera, ni la
bomba de agua, ni nada por el estilo. Al menos no de buenas a
primeras. Lo que
veo es el invierno ruso y la
nieve cayendo del cielo y la suerte
que corrió el
segundo hijo de frau Holtzapfel.
Se llamaba Robert y lo que le ocurrió fue lo siguiente.
UNA PEQUEÑA HISTORIA BÉLICA
Le amputaron las piernas a la altura de la rodilla y su hermano
lo vio morir en un frío y pestilente hospital.
Rusia, 5 de enero de 1943, otro gélido día más. Fuera, entre la
ciudad y la
nieve, había rusos y alemanes
muertos por todas
partes. Los que quedaban,
disparaban a las
páginas en blanco que tenían delante. Tres lenguas
se
entrelazaban: el ruso, las balas y el alemán.
Mientras avanzaba entre las almas caídas, uno de los hombres no
dejaba de
repetir una y otra vez: «Me escuece la barriga».
Muchas veces. A pesar del
dolor, se arrastró hasta una oscura silueta desfigurada que estaba sentada,
desangrándose, en el suelo. Cuando el soldado herido en la
barriga llegó hasta
él, vio que se trataba de Robert Holtzapfel. Tenía las manos
cubiertas de sangre
reseca y estaba amontonando nieve sobre las rodillas, en el
lugar donde estaban
sus piernas antes de que se las volara la última explosión.
Manos calientes y un
grito encarnado.
El suelo humeaba. La imagen y el olor de la nieve pudriéndose.
—Soy yo —le dijo el soldado—. Pieter.
Se arrastró unos centímetros más.
—¿Pieter? —preguntó Robert
con voz desvaída. Debió de
sentirme muy
cerca—. ¿Pieter? —repitió.
No sé por qué, los moribundos siempre hacen preguntas retóricas.
Tal vez
sea para morir satisfechos de haber acertado.
De repente, todas las voces sonaban igual.
Robert Holtzapfel se desplomó a un lado, sobre el frío y
humeante suelo.
Estoy segura de que esperaba encontrarme allí en ese mismo
momento.
No fue así.
Por desgracia para
el joven alemán, no me lo
llevé esa tarde. Pasé por
encima de él con otras pobres almas en los brazos y me volví con
los rusos.
Estuve yendo todo el día de un lado al otro.
376
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hombres desmembrados.
No fue una excursión a la nieve, eso te lo aseguro.
Tal como Michael le contó a su
madre, pasaron tres largos días
hasta que
finalmente pasé a buscar al soldado que había perdido sus pies,
en Stalingrado.
Me presenté en ese
hospital provisional al que tenía
acceso libre y el
olor me
estremeció.
Un hombre con una mano vendada le estaba diciendo al soldado
mudo y
espantado que sobreviviría.
—Pronto estarás en casa —le aseguró.
Sí, en casa, pensé. Para siempre.
—Te esperaré —añadió—. Iba a volver al final de la semana, pero
esperaré.
En medio de la frase de su hermano, recogí el alma de Robert
Holtzapfel.
Por lo general tengo
que esforzarme para poder
ver a través del techo
cuando estoy dentro,
pero tuve suerte con ese edificio en
concreto. Una
pequeña sección del tejado
había quedado destruida y nada obstaculizaba la
visión. A un metro
de nosotros, Michael Holtzapfel
seguía hablando. Intenté
ignorarlo mirando por el
agujero del techo. El cielo estaba
blanco, pero
empeoraba por momentos.
Como siempre, se estaba convirtiendo en
una
enorme sábana para trapos
manchada de sangre. Las
nubes estaban sucias,
como las pisadas en la nieve medio derretida.
¿Pisadas?, te extrañarás.
Bueno, me pregunto de quién podrían ser.
Liesel leía en la cocina de frau Holtzapfel. Las páginas iban
pasando sin que
nadie les prestara
atención y, en cuanto a mí, cuando la escena rusa se
desvanece ante mis ojos, la nieve se niega a dejar de caer del
techo. Ha cubierto
la tetera y la mesa.
También se acumula sobre la cabeza y
los hombros
humanos.
El hermano se estremece.
La mujer solloza.
Y la niña sigue leyendo, pues para eso está allí, y le hace
sentir bien ser útil
para algo tras las nieves de Stalingrado.
377
Markus Zusak
La ladrona de libros
El hermano eternamente joven
A Liesel Meminger le faltaban unas semanas para cumplir catorce
años.
Su padre aún no había regresado.
Habían tenido lugar tres sesiones de lectura más con la mujer
destrozada, y
muchas noches vio a
Rosa sentada con el acordeón y rezando con la barbilla
apoyada en los fuelles.
Decidió que había llegado el momento. Por lo general, robar algo
era lo que
la animaba, pero ese día fue restituirlo.
Rebuscó debajo de la cama y sacó el plato. Lo limpió en la
cocina y salió de
casa todo lo rápido
que pudo. Le gustaba pasearse por
Molching. El aire era
cortante y contundente, como el Watschen de un profesor o
una monja sádicos.
Lo único que se oía en Münchenstrasse era el crujido de sus
pisadas.
Al cruzar el río, un rayo de sol se filtró a través de las
nubes.
Subió los peldaños de la entrada del número ocho de
Grandestrasse, dejó el
plato en el suelo y llamó a la puerta. La chica ya estaba a la
vuelta de la esquina
cuando abrieron. Liesel no miró atrás, pero sabía que si lo
hubiera hecho habría
vuelto a encontrarse a su
hermano al final de los escalones, con
la rodilla
totalmente curada. Incluso llegó a oír su voz.
—Así está mejor, Liesel.
Con gran tristeza descubrió que su hermano tendría seis años
para siempre
jamás, y mientras asumía la idea se obligó a sonreír.
Se detuvo en el Amper, en el puente, donde su padre solía estar.
Sonrió y no dejó
de hacerlo hasta que salió todo. Entonces supo
que ya
podía volver a casa y que su hermano no volvería a colarse en
sus sueños nunca
más. Lo añoraría, pero jamás iba a echar de menos los
cadavéricos ojos fijos en
el suelo del tren o el sonido de una tos funesta.
Esa noche, estirada en la cama, la ladrona de libros sólo
recibió la visita del
niño antes de cerrar los ojos. Un miembro más de todo un
repertorio, pues era
378
Markus Zusak
La ladrona de libros
en esa habitación donde Liesel siempre los recibía. Su padre se
levantó y le dijo
que ya casi era toda una mujer. Max estaba escribiendo El
árbol de las palabras en
el rincón. Rudy estaba desnudo junto a la puerta. De vez en
cuando, su madre
aparecía en un andén de
tren junto a la cama. Y lejos, en la habitación que se
tendía como un puente hacia una ciudad sin
nombre, su hermano, Werner,
jugaba con la nieve.
Al otro lado del pasillo,
Rosa roncaba haciendo de metrónomo para las
visiones de Liesel, quien, despierta y rodeada de gente, recordó
una cita de su
libro más reciente.
«LA ÚLTIMA EXTRANJERA»
PÁGINA 38
«Las calles de la ciudad estaban llenas de gente, pero la
extranjera no se habría sentido más sola de haber estado
desiertas.»
Al llegar la mañana,
las visiones se
habían desvanecido y
oyó la apagada
retahíla de palabras
procedente del comedor. Rosa
estaba sentada con el
acordeón, rezando.
—Que vuelvan con vida —repetía—. Por favor, Señor, por favor.
Todos.
Incluso las arrugas de los ojos tenían las manos entrelazadas.
El acordeón debía de hacerle daño, pero a ella no parecía
importarle.
Rosa jamás le habló a
Hans de esos momentos, pero Liesel creía
que esas
oraciones ayudaron a su padre a sobrevivir al accidente de la
LSE en Essen. Y si
no fueron de ayuda, tampoco le hicieron daño a nadie.
379
Markus Zusak
La ladrona de libros
El accidente
Era una mañana sorprendentemente luminosa y los
hombres estaban
subiendo al camión. Hans Hubermann acababa de sentarse en el
asiento que le
habían asignado. Reinhold Zucker estaba a su lado, de pie.
—Mueve el culo —dijo.
—Bitte? ¿Cómo dices?
Zucker tenía que encorvarse bajo la capota del vehículo.
—He dicho que muevas el culo, Arschloch. —La mata
grasienta del flequillo
le caía como un mazacote sobre la frente—. Te cambio el asiento.
Hans se quedó desconcertado. El asiento de atrás probablemente
era el más
incómodo de todos, el más frío y estaba expuesto a las
corrientes de aire.
—¿Por qué?
—¿Qué más da? —Zucker empezaba a perder la paciencia—. Tal vez
quiera
salir el primero para usar las letrinas.
Hans enseguida se
dio cuenta de que el resto de la unidad seguía la
lamentable pelea entre dos
supuestos adultos. Hans no quería
claudicar, pero
tampoco ser un incordio. Además, acababan de terminar un turno
extenuante y
no le quedaban fuerzas
para seguir discutiendo. Con la
espalda encorvada,
ocupó el asiento vacante, en medio del camión.
—¿Por qué has dado
tu brazo a torcer delante de ese Scheisskopf? —le
preguntó el hombre que se sentaba al lado.
Hans encendió un cigarrillo y le ofreció una calada.
—El aire me da dolor los oídos.
El camión verde oliva regresaba al campamento, a unos quince
kilómetros
de distancia. Brunnenweg
estaba contando un chiste sobre
una camarera
francesa cuando una de las ruedas delanteras sufrió un pinchazo
y el conductor
perdió el control del
vehículo. El camión dio varias vueltas
de campana y los
hombres maldecían
mientras se golpeaban con el aire, la luz, los
trastos y el
tabaco. Cuando intentaron
aferrarse a algo, el cielo azul ya no hacía de techo
sino de suelo.
380
Markus Zusak
La ladrona de libros
Todos acabaron con
las caras aplastadas
contra el sucio uniforme del
compañero que tenían al
lado, apiñados en uno de los
laterales del camión
cuando este por fin
se detuvo. Estaban
preguntando si todo
el mundo estaba
bien cuando uno de los hombres, Eddie Alma, empezó a gritar.
—¡Sacadme este cabrón de encima!
Lo repitió tres veces, muy nervioso. Los ojos sin vida de
Reinhold Zucker lo
miraban de frente.
LOS DAÑOS, ESSEN
Seis hombres con quemaduras de cigarrillo.
Dos manos rotas.
Varios dedos rotos.
Una pierna rota, la de Hans Hubermann.
Un cuello roto, el de Reinhold Zucker, fracturado casi a la
altura de los lóbulos de las orejas.
Unos a otros se ayudaron a salir del camión como pudieron hasta que
dentro sólo quedó el cadáver.
El conductor, Helmut Brohmann, estaba sentado en el suelo,
rascándose la
cabeza.
—El neumático se ha reventado —informó.
Varios hombres se sentaron a
su lado y le repitieron que no había sido
culpa suya. Otros se
pusieron a dar vueltas, fumando,
preguntándose entre
ellos si creían que las heridas que sufrían eran de suficiente
consideración para
que los relevaran
del trabajo. Un pequeño grupo
se había reunido en la parte
trasera del camión para examinar el cuerpo.
Junto a un árbol, un
fino jirón de intenso dolor seguía desgarrando la
pierna de Hans Hubermann.
—Tendría que haber sido yo —dijo.
—¿Qué? —preguntó el sargento desde el camión.
—Iba en mi sitio.
Helmut Brohmann
recobró la compostura y regresó
al asiento del
conductor. De lado, intentó
encender el motor, pero
no hubo manera de
volverlo a poner en marcha. Pidieron un nuevo
camión y una ambulancia. La
ambulancia no apareció.
—Ya sabéis lo que eso significa, ¿no? —dijo Boris Schipper.
Lo sabían.
381
Markus Zusak
La ladrona de libros
Todos intentaron esquivar el rictus desdeñoso de Reinhold Zucker
cuando
reanudaron el viaje de vuelta al campamento.
—Os dije que tendríamos que haberlo puesto boca abajo —rezongó
alguien.
A veces, alguno lo
olvidaba y descansaba los pies
sobre el cadáver. A la
llegada, todos intentaron escaquearse para no sacarlo del
camión. En cuanto el
trabajo estuvo hecho,
Hans Hubermann apenas
tuvo tiempo de dar
unos
pasitos antes de que el dolor de la pierna lo hiciera caer.
Una hora después,
tras el reconocimiento médico, le confirmaron la
fractura. El sargento
estaba cerca y se lo quedó
mirando con un esbozo de
sonrisa.
—Bien, Hubermann, por lo visto te has salido con la tuya, ¿eh?
—Negó con
la redonda cabeza, le dio una calada al cigarrillo y le facilitó
una lista de lo que
ocurriría a continuación—: Tú
reposarás, ellos me preguntarán
qué hacemos
contigo y yo
les diré que has realizado
un gran trabajo. —Le dio una nueva
calada—. Y creo que añadiré que ya no nos sirves
en la LSE y que deberían
enviarte de vuelta a Munich y ponerte a trabajar en una oficina
o a limpiar lo
que haga falta por allí. ¿Qué te parece?
—Me parece bien, sargento
—respondió Hans, incapaz de reprimir
una
carcajada en medio de una mueca de dolor.
Boris Schipper se acabó el cigarrillo.
—Maldita sea, ¿qué te va a parecer si no? Tienes suerte de que
me gustes,
Hubermann. Tienes suerte
de ser un buen hombre y
de ser generoso con los
cigarrillos.
En la habitación contigua preparaban la escayola.
382
Markus Zusak
La ladrona de libros
El amargo sabor de las preguntas
A mediados de febrero,
una semana después del cumpleaños de
Liesel,
Rosa y ella por fin
recibieron una carta detallada de Hans
Hubermann. Liesel
entró corriendo después de abrir el buzón y se la enseñó a su
madre. Rosa se la
hizo leer en voz alta y no lograron reprimir la emoción cuando
Liesel llegó a lo
de la pierna rota. Estaba tan pasmada, que la joven leyó la
frase en silencio.
—¿Qué ocurre, Saumensch? —se angustió Rosa.
Liesel la miró, a punto de escapársele un grito. El sargento
había cumplido
su palabra.
—Vuelve a casa, mamá. ¡Papá vuelve a casa!
Se abrazaron y la carta quedó estrujada entre sus cuerpos. Una
pierna rota
era algo digno de celebrar.
Barbara Steiner se puso contentísima cuando Liesel anunció la
noticia en la
puerta de al lado. Le frotó los brazos en señal de felicitación
y llamó al resto de
la familia. Reunida en la cocina, parecía que la buena nueva de
la vuelta a casa
de Hans Hubermann había elevado el ánimo de la familia Steiner.
Rudy sonrió
y se rió, y Liesel comprendió que al menos le ponía empeño; sin embargo,
también sintió el amargo sabor de las preguntas en los labios de
su amigo.
¿Por qué él?
¿Por qué Hans Hubermann y no Alex Steiner?
En eso tenía razón.
383
Markus Zusak
La ladrona de libros
Una caja de herramientas, un delincuente, un oso de
peluche
Desde que el ejército había reclutado a su padre el pasado
octubre, la rabia
de Rudy había ido en aumento de manera considerable y la noticia
del regreso
de Hans Hubermann fue la gota que colmó el vaso. No se lo contó
a Liesel. No
protestó ante lo que creía una injusticia, sino que prefirió
actuar.
Se puso a arrastrar una caja metálica por Himmelstrasse a la típica hora
delictiva: el crepúsculo.
LA CAJA DE HERRAMIENTAS
DE RUDY
Tenía partes rojas y era del tamaño de una caja de zapatos muy
grande. Contenía lo siguiente:
Navaja oxidada x 1
Linterna pequeña x 1
Martillo x 2
(uno pequeño y uno mediano)
Toalla de manos x 1
Destornillador x 3
(varios tamaños)
Pasamontañas x 1
Calzoncillos limpios x 1
Oso de peluche x 1
Liesel lo vio
por la ventana de la cocina, con
el mismo paso decidido
y
expresión entregada que el día que salió en busca de su padre.
Agarraba el asa
con todas sus fuerzas y la rabia estrangulaba sus movimientos.
La ladrona de libros soltó la toalla que tenía en las manos y la
sustituyó por
una sola idea.
Va a robar.
384
Markus Zusak
La ladrona de libros
Salió corriendo para reunirse con él.
No hubo ni asomo de un saludo.
Rudy siguió caminando y le habló al aire frío frente a él.
—¿Sabes qué, Liesel? He estado pensando —le dijo cuando pasaron
junto al
bloque de pisos de
Tommy Müller—. Tú no eres
una ladrona. —No le dio
oportunidad de
defenderse—. Esa mujer te deja
entrar; si incluso te deja
galletas, por el amor de Dios. Yo a eso no lo llamo robar. Robar
es lo que hace el
ejército llevándose a tu padre y al mío. —Pateó una piedra, que
resonó contra
una puerta. Apresuró el
paso—. Esos nazis ricos
de ahí arriba, de la
Grandestrasse, Gelbstrasse y Heidestrasse.
En esos momentos Liesel solo podía centrar sus esfuerzos en no perder el
paso. Habían dejado
atrás la tienda de frau
Diller y
se encontraban en
Münchenstrasse.
—Rudy...
—De todos modos, ¿qué se siente?
—¿Qué se siente cuándo?
—Cuando robas un libro.
Liesel decidió guardar
silencio. Si lo que quería era una respuesta, Rudy
tendría que volver a la carga. Y lo hizo.
—¿Y bien? —Sin embargo,
Rudy contestó de nuevo antes
de que Liesel
pudiese abrir la boca—. Te sientes bien,
¿verdad? Porque les das a
probar su
propia medicina.
Liesel concentró su
atención en la caja de herramientas, intentando
que
aflojara el paso.
—¿Qué llevas ahí?
Rudy se agachó y la abrió.
Todo parecía tener sentido menos el oso de peluche.
Rudy le explicó con
pelos y
señales lo que pensaba hacer con la caja de
herramientas y con cada uno
de los objetos que contenía
mientras seguían
caminando. Por ejemplo, los martillos eran para romper ventanas
y la toalla era
para envolverlos, para amortiguar el ruido.
—¿Y el oso de peluche?
Era de Anna-Marie Steiner y no mucho más grande que uno de los
libros
de Liesel. Estaba gastado
y tenía el pelo enmarañado. Le habían recosido los
ojos y las orejas varias veces, pero aun así seguía pareciendo
muy tierno.
—Es uno de los golpes maestros —se explicó Rudy—. Es por si
aparece un
niño cuando esté dentro. Se lo daré para tranquilizarlo.
—¿Y qué tienes pensado robar?
Se encogió de hombros.
385
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Dinero, comida, joyas, lo que caiga en mis manos.
Parecía bastante sencillo.
Al cabo de un cuarto
de hora, Liesel reparó en el súbito
mutismo de su
expresión y
comprendió que Rudy Steiner no iba
a robar nada. La
determinación se había
esfumado y aunque
el chico todavía soñaba con los
imaginarios laureles del delincuente, Liesel sabía que Rudy ya
no se lo creía. Lo
intentaba y eso nunca era buena señal. Su grandeza criminal
recogía velas ante
sus ojos. Al ir aflojando
el paso y contemplando
las casas, Liesel se sintió
interiormente aliviada y entristecida.
Estaban en la Gelbstrasse.
Las casas se alzaban como enormes moles oscuras.
Rudy se quitó los zapatos y los sostuvo en una mano. En la otra
llevaba la
caja de herramientas.
La luna asomaba entre las nubes. Tal vez más de un kilómetro de
luz.
—¿A qué espero? —preguntó Rudy en voz alta, pero Liesel no
contestó.
Rudy volvió a abrir la boca, pero
no pronunció palabra. Dejó
la caja de
herramientas en el suelo y se sentó encima.
Se le había enfriado el ánimo.
—Por suerte llevas unos calzoncillos de repuesto en la caja de
herramientas
—comentó Liesel, y vio que Rudy hacía esfuerzos para no reír.
Rudy cambió de postura,
volviéndose hacía el otro lado para dejar sitio
a
Liesel.
La ladrona de libros
y su mejor amigo
estaban sentados espalda contra
espalda en una caja de herramientas con partes rojas en medio de
la calle. Cada
uno miraba hacia un lado distinto
y así siguieron un
buen rato. Cuando se
levantaron para volver a casa, Rudy fue a cambiarse los
calzoncillos y dejó los
usados en la calzada. Decidió hacerle un regalo a la
Gelbstrasse.
LA VERDAD DE RUDY STEINER
«Creo que se me da mejor dejar cosas atrás que robarlas.»
Semanas después, la caja
de herramientas al menos acabó sirviendo
para
algo. Rudy la vació de
martillos y destornilladores y
decidió guardar en ella
parte de los objetos valiosos
de los Steiner en previsión del siguiente
bombardeo. Lo único que no sacó fue el oso de peluche.
El 9 de marzo, Rudy la sacó de casa cuando las sirenas volvieron
a hacerse
oír en Molching.
386
Markus Zusak
La ladrona de libros
Mientras los Steiner
corrían por Himmelstrasse,
Michael Holtzapfel
llamaba frenéticamente a la puerta de Rosa Hubermann. Les informó
del
problema en cuanto Liesel y ella abrieron.
—Mi madre no quiere salir —les dijo. Seguía teniendo ciruelas de
sangre en
el vendaje—. Está sentada en la cocina.
A pesar de las
semanas transcurridas, frau
Holtzapfel ni siquiera había
empezado a recuperarse.
Durante las visitas de Liesel, la mujer se pasaba la
mayor parte del tiempo con la mirada perdida en la ventana y
hablaba con una
quietud cercana al
estancamiento; la brutalidad
y el encono habían
desaparecido de sus gestos. Solía ser Michael el que despedía a
Liesel o le daba
el café y las gracias. Y ahora eso.
Rosa entró en acción.
Cruzó la cancela sin perder tiempo y se plantó en la puerta.
—¡Holtzapfel! —Sólo se
oían las
sirenas y a
Rosa—. ¡Holtzapfel, salga de
ahí ahora mismo, vieja asquerosa y ruin! —El tacto nunca había
sido el punto
fuerte de Rosa—. ¡Si no sale, moriremos todos en la calle! —Se
volvió hacia los
otros dos, que esperaban
impotentes en la entrada. Una sirena
acababa de
aullar—. ¿Y ahora qué?
Michael se encogió de hombros, perdido, confuso. Liesel dejó
caer la bolsa
con los libros y lo miró.
—¡¿Puedo entrar?! —le
gritó cuando se oyó
un nuevo aullido, aunque no
esperó la respuesta.
Se acercó corriendo a la puerta y apartó a su madre de un
empujón.
Frau Holtzapfel seguía impasible sentada a la mesa.
¿Qué le digo?, pensó Liesel.
¿Cómo hago que se mueva?
Cuando las sirenas
volvieron a coger aire oyó que
Rosa la llamaba. —
¡Déjala, Liesel, tenemos que irnos! Si quiere morirse, es asunto
suyo...
Las sirenas se reanudaron en ese momento. Irrumpieron en
la casa
y
sofocaron la voz de Rosa.
Sólo había el ruido, una chica y una mujer enjuta.
—¡Frau Holtzapfel, por favor!
Como en la conversación
que mantuvo con Ilsa Hermann el día de los
dulces, tenía a mano innumerables palabras y frases. La
diferencia estribaba en
que ese día además había bombas, ese día debía darse un poco más
de prisa.
LAS OPCIONES
• Frau Holtzapfel tenemos
que irnos
• Frau Holtzapfel si nos
quedamos aquí moriremos
• Todavía le queda un hijo
387
Markus Zusak
La ladrona de libros
• Todo el mundo la está esperando
• Las bombas le volarán la cabeza
• Si no se viene conmigo
dejaré de venir a leerle y eso
significa que habrá perdido a su única amiga.
Probó con la última, intentando gritar las
palabras por encima del
estruendo de las sirenas. Tenía las manos plantadas en la mesa.
La mujer la miró y tomó una decisión: se quedaba allí.
Liesel se fue. Se apartó de la mesa y salió corriendo de la
casa.
Rosa le aguantó la puerta
de la cancela y ambas echaron a correr hacia el
número cuarenta y cinco. Michael Holtzapfel parecía un náufrago
abandonado
a su suerte en Himmelstrasse.
—¡Vamos! —le imploró Rosa, pero el soldado vaciló.
Estaba a punto de volver adentro cuando algo le hizo dar media
vuelta. La
mano mutilada era lo
único que lo seguía
reteniendo a la cancela y,
avergonzado, la arrancó de allí y las siguió.
Todos miraron atrás varias
veces, pero en ningún momento
vieron a frau
Holtzapfel.
La calle estaba desierta. Con el desvanecimiento del último
aullido en el
aire, las únicas tres
personas que quedaban en
Himmelstrasse se dirigieron
hacia el sótano de los Fiedler.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Rudy.
Sujetaba la caja de herramientas. Liesel dejó la bolsa de libros
en el suelo y
se sentó encima.
—Estábamos intentando sacar a frau Holtzapfel de casa.
Rudy miró a su alrededor.
—¿Dónde está?
—En casa. En la cocina.
Michael se estremecía hecho un ovillo en el rincón más alejado
del refugio.
—Tendría que haberme quedado
—no dejaba de repetir—, tendría que
haberme quedado, tendría que haberme quedado...
Su voz rozaba el silencio, pero sus ojos eran más contundentes
que nunca.
Palpitaban furiosos
en sus cuencas
mientras se estrujaba la mano
herida y la
sangre empapaba las vendas.
Rosa lo detuvo.
—Por favor, Michael, tú no tienes la culpa.
Sin embargo, el joven al que le quedaban pocos dedos en la mano
derecha
no tenía consuelo. Se encogió ante la mirada de Rosa.
388
Markus Zusak
La ladrona de libros
—Dígame algo, porque no entiendo... —le pidió. Se apoyó en la
pared y se
dejó resbalar hasta quedar sentado—. Dígame, Rosa, ¿cómo puede
quedarse allí
sentada dispuesta a morir mientras yo quiero seguir viviendo?
—La sangre se
espesó—. ¿Por qué quiero vivir? No debería y, sin embargo,
quiero vivir.
El joven lloró
desolado con la mano de Rosa en
su hombro. Los demás
miraban. Ni siquiera pudo dejar de llorar cuando la puerta del
sótano se abrió y
cerró y frau Holtzapfel entró en el refugio.
Su hijo la miró.
Rosa se hizo a un lado.
—Mamá, lo siento, debería
haberme quedado contigo —se disculpó
Michael cuando se reunió con él.
Frau Holtzapfel no lo escuchó. Se limitó a sentarse a su lado y
le levantó la
mano herida.
—Vuelves a sangrar —dijo.
Y esperaron sentados, igual que todos los demás.
Liesel metió la mano en la bolsa y rebuscó entre los libros.
EL BOMBARDEO DE MUNICH
9 Y 10 DE MARZO
Las bombas y la lectura amenizaron la larga noche. Tenía la
boca seca, pero la ladrona de libros leyó cuarenta y cuatro
páginas.
La mayoría de los niños
se habían dormido y no oyeron las
sirenas que
anunciaban el fin del
peligro. Sus padres los
despertaron o los sacaron en
brazos del refugio hacia un mundo de oscuridad.
A lo lejos, los incendios
seguían vivos y yo ya
había recogido a más de
doscientas almas asesinadas.
Iba de camino a Molching, a por una más.
Himmelstrasse estaba despejada.
Habían esperado varias horas antes de hacer aullar de nuevo las
sirenas por
temor a una nueva amenaza y para que el humo se disipara.
Fue Bettina Steiner la que se fijó en el pequeño incendio y en
el lejano hilo
de humo que trepaba hacia el cielo cerca del Amper. La niña
levantó un dedo.
—Mira.
Puede que la niña fuera la primera en verlo, pero Rudy fue el
primero en
reaccionar. A pesar de las prisas no soltó la caja de
herramientas mientras corría
por Himmelstrasse y cruzaba varias calles
laterales hasta adentrarse en la
389
Markus Zusak
La ladrona de libros
arboleda. La siguiente fue Liesel —después de entregar
los libros a una
notoriamente disconforme Rosa—, seguida de cuatro
gatos y poco
más, que
también salían en esos momentos de otros refugios.
—¡Rudy, espera!
Rudy no esperó.
De vez en cuando Liesel
vislumbraba la caja de herramientas
entre los
árboles a medida que Rudy
iba abriéndose camino hacia el
resplandor
agonizante y el brumoso avión, el cual descansaba humeante en el
claro junto al
río, donde el piloto había intentado aterrizar.
Rudy se detuvo a unos veinte metros del aparato.
Cuando llegué, lo vi allí de pie, intentando recuperar el
aliento.
Las ramas de los árboles se esparcían en la oscuridad.
Había arbustos y troncos
por todas partes
rodeando el avión, como si se
tratara de leña apilada para encender una hoguera. A uno de los
lados se abrían
tres profundos cortes en el suelo. El desenfrenado tictac del
metal enfriándose
aceleró el paso de los
minutos y los
segundos y les
hizo pensar que llevaban
horas allí. Cada vez iba congregándose más gente detrás de
ellos, cuyos alientos
y conversaciones se pegaban a la espalda de Liesel.
—Bueno, ¿echamos un vistazo? —propuso Rudy.
Dejó atrás el lindar de los árboles y se acercó al cuerpo del
avión encajado
en el suelo. Tenía el morro en el agua y las alas se le habían
torcido hacia atrás.
Rudy lo rodeó lentamente, empezando por la cola.
—Hay cristales —advirtió—. Hay trocitos de parabrisas por todas
partes.
Entonces vio el cuerpo.
Rudy Steiner nunca había visto a nadie tan pálido.
—No vengas, Liesel.
Pero Liesel fue.
Vio el rostro apenas
consciente del piloto enemigo,
junto a los atentos
árboles y el caudaloso
río. El avión dio sus últimas
boqueadas y el piloto,
ladeando la cabeza, dijo algo que, obviamente, no entendieron.
—Jesús, María y José —balbució Rudy—. Está vivo.
La caja de herramientas golpeó un lado del avión y despertó un
rumor de
voces y pasos humanos.
El resplandor del
incendio se había extinguido y
había quedado una
mañana serena y oscura.
Lo único
que todavía se resistía era el
humo, pero
pronto se disiparía.
La muralla de árboles
mantenía alejado el color de Munich en llamas. A
esas alturas, la visión del chico se había acostumbrado no sólo a la oscuridad,
390
Markus Zusak
La ladrona de libros
sino también al rostro del piloto. Sus ojos parecían manchas de
café y unos tajos
le cubrían las
mejillas y la barbilla de renglones. Un uniforme
arrugado
descansaba, indisciplinado, sobre su pecho.
A pesar de la advertencia de Rudy, Liesel se acercó aún más y te
prometo
que nos reconocimos en ese momento.
Te conozco, pensé.
Había un tren y un niño tosiendo. Había nieve y una niña
destrozada por el
dolor.
Has crecido, pero te reconozco.
Ni retrocedió ni me plantó cara, pero sé que algo le dijo a la
joven que yo
estaba allí. ¿Olió mi aliento? ¿Oyó mi malhadado latido
circular, que da vueltas
y más vueltas en mi sepulcral pecho? No lo sé, pero ella me
reconoció, me miró
a la cara y no apartó la vista.
Cuando el cielo de carboncillo empezó a clarear, cada una siguió su
camino. Nos quedamos mirando
al chico que, revolviendo en la caja de
herramientas, apartó
unas fotografías enmarcadas
y sacó un
pequeño y
amarillento peluche.
Trepó con cuidado hasta el hombre agonizante.
Dejó el sonriente oso de peluche sobre el hombro del piloto, con
suavidad.
La punta de la orejita le tocaba el cuello.
El hombre agonizante lo
olió. Habló. Dijo «Gracias»
en inglés. Los
renglones se separaron al
abrir la boca y una gotita de sangre le rodó por el
cuello.
—¿Qué? —preguntó Rudy—. Was hast du gesagt? ¿Qué has
dicho?
Por desgracia, me adelanté a la respuesta. Había llegado el momento, y
metí las manos en la cabina. Extraje despacio el alma del piloto del uniforme
arrugado y lo rescaté del aparato estrellado. Los curiosos se
entretuvieron con
el silencio mientras me abría camino entre ellos, a empujones.
Lo cierto es que
durante los años que duró
la hegemonía de Hitler, nadie
logró servir al Führer con mayor lealtad que yo. El corazón de
los humanos no
es como el mío. El de los humanos es
una línea, mientras que el
mío es un
círculo y poseo
la infinita habilidad de
estar en el lugar apropiado
en el
momento oportuno. La consecuencia es que siempre encuentro
humanos en su
mejor y en su peor momento. Veo su fealdad y su belleza y me
pregunto cómo
ambas pueden ser lo mismo. Sin embargo, tienen algo que les
envidio: al menos
los humanos tienen el buen juicio de morir.
391
Markus Zusak
La ladrona de libros
De vuelta en casa
Fue una época de
delincuentes, aviones estrellados
y ositos
de peluche,
pero el primer trimestre de 1943 finalizaría con una nota
positiva para la
ladrona de libros.
A principios de abril, Hans Hubermann se subió a un tren con
dirección a
Munich con una escayola que le cubría la pierna hasta la
rodilla. Le concedieron
una semana de descanso en casa antes de engrosar las listas de
chupatintas del
ejército en la ciudad. Tendría que echar una mano en los
trámites burocráticos
para llevar a cabo la retirada de escombros de fábricas, casas, iglesias y
hospitales de Munich. El tiempo diría si lo devolvían a la calle
para encargarse
de las reparaciones. Todo dependía del estado de su pierna y de
la ciudad.
Ya había oscurecido cuando llegó a casa un día después de lo
esperado. El
tren había sufrido un retraso a causa de una amenaza de
bombardeo aéreo. Se
plantó ante la puerta del número treinta y
tres de Himmelstrasse y
cerró la
mano en un puño.
Cuatro años antes, habían tenido que obligar a Liesel Meminger a
traspasar
esa misma verja por primera vez. Max Vandenburg
había estado allí con una
llave que le quemaba en la mano. Ahora le tocaba a Hans
Hubermann. Llamó
cuatro veces y respondió la ladrona de libros.
—Papá, papá.
Debió de decirlo cientos de veces, abrazada a él en la cocina,
resistiéndose a
soltarlo.
Más tarde, después de cenar, Hans les
contó todo a su mujer
y a Liesel,
sentados a la mesa de la cocina hasta entrada la noche. Les
habló de la LSE, de
las calles llenas
de humo y de las
pobres almas que vagaban perdidas. Y de
Reinhold Zucker. Del pobre imbécil de Reinhold Zucker. Le llevó
horas.
Liesel se fue a la cama a la una de la madrugada y
su padre entró en el
dormitorio para sentarse
a su lado, como solía hacer. La joven se
despertó en
varias ocasiones para comprobar que seguía allí y él no le falló
ni una sola vez.
Fue una noche tranquila.
392
Markus Zusak
La ladrona de libros
La dicha hacía de su cama un lugar cálido y apacible.
393
![]()
Markus Zusak
La ladrona de libros
DÉCIMA PARTE
La ladrona de libros
Presenta:
el fin del mundo — el nonagésimo octavo día — un instigador de
guerras — el
estilo de las palabras — una joven catatónica — confesiones — el
librito negro
de Ilsa Hermann — unos aviones con caja torácica — y una montaña
de
escombros
394
Markus Zusak
La ladrona de libros
El fin del mundo (parte I)
Te ofrezco un nuevo atisbo del final. Tal vez lo haga con el fin
de suavizar
el golpe posterior o para prepararme mejor cuando
llegue el momento de
explicarlo. De cualquier modo, debo informarte de que llovía en
Himmelstrasse
cuando el mundo se acabó para Liesel Meminger.
El cielo goteaba.
Como un grifo que un niño no ha conseguido cerrar por completo a
pesar
de haberlo intentado con todas
sus fuerzas. Las primeras
gotas eran frías. Las
sentí en las manos cuando esperaba a la puerta de la tienda de
frau Diller.
Los oí en lo alto.
Levanté la vista y vi
los aviones de lata en el cielo encapotado. Vi cómo
abrían sus barrigas y
dejaban caer las bombas
con toda tranquilidad. No
acertaron, claro. No solían estar acertados.
UNA PEQUEÑA Y
TRISTE ESPERANZA
Nadie quería bombardear Himmelstrasse.
Nadie bombardearía un lugar llamado paraíso, ¿no? ¿No?
Las bombas cayeron, y las nubes no tardarían en arder ni las
frías gotas de
lluvia en convertirse en cenizas. Nevarían abrasadores copos de
nieve.
Para abreviar, Himmelstrasse quedó arrasada.
Las casas saltaron por
los aires y
salpicaron la acera de
enfrente. Sobre el
destrozado suelo, una fotografía enmarcada de un Führer de porte
serio acabó
machacada. Aun así, sonreía, con su gravedad acostumbrada. Él
sabía algo que
los demás ignorábamos. Aunque yo sabía algo que él ignoraba. Y
todo sucedió
mientras la gente dormía.
Rudy Steiner dormía.
Hans y
Rosa dormían. Frau Holtzapfel,
frau Diller.
Tommy Müller. Todos dormían. Todos murieron.
395
Markus Zusak
La ladrona de libros
Sólo sobrevivió una persona.
Sobrevivió porque estaba en un sótano releyendo la historia de
su vida en
busca de errores. Habían considerado que el habitáculo no estaba a suficiente
profundidad, pero esa noche, el 7 de octubre, bastó. Las
ruinosas estructuras se
fueron desmoronando
despacio y horas
después, cuando el extraño y
desaliñado silencio se impuso en Molching, la LSE local oyó
algo. Un eco. Por
allí abajo, en algún lugar, una niña golpeaba con furor un bote
de pintura con
un lápiz.
Se detuvieron, aguzando el oído, y se pusieron a cavar en cuanto
volvieron
a oír el sonido.
OBJETOS QUE PASAN
DE MANO EN MANO
Bloques de cemento y tejas. Un trozo de pared con un sol
chorreante pintado en él. Un acordeón de aspecto triste
asomando a través de la funda carcomida.
Lo apartaron todo.
Uno de ellos vio el cabello
de la ladrona de libros al
retirar un bloque de
pared desmoronada.
El hombre se puso a reír, complacido. Traía al mundo una recién
nacida.
—Es increíble... ¡Está viva!
El júbilo se extendió a
los hombres que
iban acercándose mientras
anunciaban la buena nueva; sin
embargo, no pude compartir
enteramente su
entusiasmo.
Antes, había acogido a su padre en un brazo y a su madre en el
otro. Tenían
el alma suave.
Habían amortajado
sus cuerpos un
poco más allá, como
el de todos los
demás. Los preciosos ojos plateados de Hans habían empezado a
oxidarse y los
labios acartonados de Rosa habían quedado medio abiertos,
seguramente en un
ronquido inconcluso. Para blasfemar como los alemanes: Jesús,
María y José.
Las manos tiraron de Liesel y le sacudieron los cascotes de la
ropa.
—Jovencita, las
sirenas avisaron demasiado tarde —le contaron—. ¿Qué
hacías en el sótano? ¿Cómo lo sabías?
No repararon en que la
niña todavía llevaba el libro en las
manos.
Respondió con un grito. El prodigioso grito de los vivos.
—¡Papá!
396
Markus Zusak
La ladrona de libros
Una segunda vez. Su rostro
se contrajo al alcanzar un
tono más alto, más
angustiado.
—¡Papá, papá!
Fueron pasándola de mano en mano para sacarla de allí mientras
no dejaba
de gritar, gemir y llorar. Si estaba herida, aún tardarían en
descubrirlo, pues se
zafó de ellos y buscó, llamó y siguió sollozando.
No se había desprendido del libro.
Se aferraba con desesperación a las palabras que le habían
salvado la vida.
397
Markus Zusak
La ladrona de libros
El nonagésimo octavo día
Todo fue bien durante los primeros noventa y siete días tras el
regreso de
Hans Hubermann, en abril de 1943. Solía quedarse pensativo
imaginando a su
hijo en el frente de Stalingrado, con la esperanza de que por
las venas del joven
corriera algo de su suerte.
A la tercera noche de su regreso, tocó el
acordeón en la cocina. Una
promesa era una promesa. Hubo música, sopa, chistes y la risa de
una niña de
catorce años.
—Saumensch, deja de armar tanto escándalo con esas
risas —le advirtió su
madre—. Sus chistes no tienen tanta gracia. Además, son
verdes...
Hans se reincorporó al trabajo al cabo de una semana, en una de
las oficinas
del ejército, en la ciudad. Le contó a su familia que tenían una
buena provisión
de cigarrillos y comida,
y de
vez en cuando llevaba galletas o
un poco de
mermelada a casa. Era como
en los viejos tiempos. Un bombardeo aéreo
de
poca importancia en mayo. Un «Heil Hitler!» por aquí o
por allá. Todo iba bien.
Hasta el nonagésimo octavo día.
PEQUEÑO COMENTARIO
DE UNA ANCIANA
En Münchenstrasse, dijo: «Jesús, María y José, ojalá no los
hicieran pasar por aquí. Esos condenados judíos traen mala
suerte. Son una mala señal. Es verlos y saber que sólo nos
traerán desgracias».
Era la misma anciana que anunció a los judíos la primera vez que
Liesel los
vio. A la altura de la calle, su rostro era una pasa, sus ojos
tenían el color azul
oscuro de una vena y su predicción resultó bastante acertada.
En pleno verano, Molching recibió una señal de lo que el destino le
deparaba. Se anunció
como solía hacerlo: primero los
movimientos de cabeza
398
Markus Zusak
La ladrona de libros
de un soldado y
su arma asomando por
detrás, apuntando al aire. A
continuación, una tintineante cadena de judíos.
Esta vez la única diferencia estribaba en que procedían de la
dirección
contraria. Los llevaban a
la ciudad vecina de Nebling para que
despejaran las
calles y realizaran las tareas
de limpieza que el ejército se
negaba a efectuar.
Volvieron al campo de
concentración al acabar el día, a
paso lento y
cansado,
derrotados.
Una vez más, Liesel buscó
a Max Vandenburg pensando
que bien podría
haber acabado en Dachau
sin que antes hubiera tenido que
desfilar por
Molching. No estaba. Esa vez no.
Aunque tiempo al tiempo,
porque una cálida tarde de agosto, Max
desfilaría por la ciudad con los demás. Sin embargo, a
diferencia de los otros, él
no miraría fijamente la
carretera, no se volvería al azar hacia
las gradas
alemanas del Führer.
UN APUNTE ACERCA
DE MAX VANDENBURG
Buscaría a una joven ladrona de libros entre los rostros de
Münchenstrasse.
En aquella ocasión, en
julio, aquel día que Liesel calculó como
el
nonagésimo octavo después
del regreso de su padre, se
quedó allí, de pie, y
estudió la masa en movimiento de fúnebres judíos... buscando a
Max. Al menos
eso aliviaba el dolor de no hacer otra cosa que mirar.
«Es una idea repugnante»,
escribiría en el sótano de Himmelstrasse, pero
sabía que era cierto. Dolía contemplarlos. ¿Y el dolor
de ellos? ¿Y el dolor
de
unos zapatos que sólo
sabían tropezar y el de su tormento y el
de las puertas
del campo al cerrarse?
Atravesaron la ciudad dos veces en diez días y, poco después, se
demostró
que la anónima mujer de cara de pasa de Münchenstrasse estaba
totalmente en
lo cierto. El
sufrimiento había aparecido y si
culparon a los judíos por
ser sus
anunciadores o su prólogo,
también deberían haber culpado al Führer y a su
obsesión con Rusia como
la verdadera causa... porque más
tarde, un día de
julio, cuando
Himmelstrasse se despertó, se encontró
con un soldado muerto.
Colgaba de una de
las vigas de una lavandería, no lejos de la
tienda de frau
Diller. Otro péndulo humano. Otro reloj, parado.
El descuidado dueño había dejado la puerta abierta.
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Markus Zusak
La ladrona de libros
24 DE JULIO, 6.03 DE LA MAÑANA
En la lavandería hacía calor, las vigas eran firmes y Michael
Holtzapfel saltó de la silla como si lo hiciera desde un
precipicio.
En aquella época mucha gente me perseguía, me reclamaba y me
pedía que
me la llevara. Unos
pocos llamaban mi atención
por casualidad y me
susurraban al oído con voz apagada.
Llévame, decían, y
no había forma de que callaran. Tenían miedo, de
acuerdo, pero no de mí. Les asustaba echarlo todo a perder y
tener que volver a
enfrentarse a ellos mismos y al mundo y a gente como tú.
Estaba atada de manos.
Eran muy ingeniosos,
contaban con muchos recursos y, cuando les
salía
bien, fuera cual
fuese el método que
hubieran escogido, me era imposible
rechazarlos.
Michael Holtzapfel sabía lo que hacía.
Se mató por querer vivir.
Por descontado, no vi a Liesel Meminger aquel día. Como suele
ocurrir en
estos casos, me dije que
tenía demasiado trabajo para quedarme en
Himmelstrasse a escuchar los
lamentos. Es duro cuando
alguien te sorprende
con las manos en la masa, así que tomé la habitual decisión de
retirarme hacia el
sol matutino.
No oí estallar la voz de un anciano cuando encontró el cuerpo
colgando, ni
los correteos o
los atónitos gritos
ahogados de la gente que iba
llegando.
Tampoco oí murmurar a un hombre esquelético y con bigote: «Qué
lástima, es
una verdadera lástima...».
No vi a frau Holtzapfel tendida en Himmelstrasse, con los brazos
abiertos y
el rostro
desfigurado por la desesperación. No, todo eso se
me pasó por alto
hasta que volví unos meses después y leí algo titulado La ladrona de libros. Me
enteré de que no fue la
mano herida ni ninguna otra herida
lo que acabó
finalmente con Michael Holtzapfel, sino la culpa de estar vivo.
Tiempo antes de su muerte, la niña se había percatado de que
Michael no
dormía, que las
noches eran como un
veneno. Suelo imaginármelo desvelado,
sudando entre sábanas de nieve o viendo las piernas cercenadas
de su hermano.
Liesel escribió que en varias ocasiones estuvo a punto de
hablarle de su propio
hermano como lo había hecho con Max, pero parecía existir una
gran diferencia
entre una tos de
largo recorrido y
dos piernas desaparecidas. ¿Cómo se
consuela a un hombre que
ha visto algo así?
¿Le dices que el Führer
está
orgulloso de él, que el
Führer lo estima por
lo que ha hecho en Stalingrado?
¿Cómo te atreves siquiera?
Lo único que puedes
hacer es dejarlo
hablar. Por
400
Markus Zusak
La ladrona de libros
descontado, el problema es
que esa clase de gente se guarda las palabras más
importantes para después,
para cuando los humanos que los rodean tienen la
desgracia de encontrarlos. Una nota, una frase, incluso una
pregunta o una
carta, como en la de Himmelstrasse en julio de 1943.
MICHAEL HOLTZAPFEL
EL ÚLTIMO ADIÓS
Querida madre:
¿Me perdonarás? Ya no podía soportarlo más. Voy a reunirme
con Robert. No me importa lo que los malditos católicos
tengan que decir al respecto, tiene que haber un lugar en el
cielo para los que han estado donde he estado yo. Puede que
creas que no te quiero por lo que te he hecho, pero te quiero.
Tu Michael
Le pidieron a Hans
Hubermann que fuera él quien se
lo dijera a frau
Holtzapfel. Hans se quedó en el umbral de la puerta y ella debió
de verlo en su
cara. Dos hijos en seis meses.
El sol de la mañana resplandecía a su espalda cuando la enjuta
mujer pasó
por su lado, dándole un empujón. Sollozante, acudió corriendo al
lugar donde
se reunía la gente, al
final de Himmelstrasse.
Repitió el nombre de Michael
veinticinco veces como
mínimo, pero Michael ya
había contestado. Según la
ladrona de libros, frau Holtzapfel estuvo abrazando el cuerpo cerca de una
hora. Luego se volvió hacia el sol cegador de Himmelstrasse y se
sentó. Ya no
podía caminar.
La gente observaba de lejos. Era más fácil desde cierta
distancia.
Hans Hubermann se sentó a su lado.
Le cogió las manos cuando ella se tumbó en el duro suelo.
Dejó que sus gritos inundaran la calle.
401
Markus Zusak
La ladrona de libros
El instigador de guerras
Qué olor a ataúd recién tallado. Ropas negras. Enormes bolsas
bajo los ojos.
Liesel estaba junto a los demás, en la hierba. Había leído para
frau Holtzapfel
esa misma tarde. El repartidor de sueños, el favorito de
su vecina.
La verdad es que fue un día bastante ajetreado.
27 DE JULIO DE 1943
Michael Holtzapfel fue enterrado y la ladrona de libros leyó a
los afligidos. Los aliados bombardearon Hamburgo...
A propósito, es una suerte que, en cierta forma, yo sea capaz
de hacer milagros. Nadie más podría llevarse cerca de cuarenta
y cinco mil personas en tan poco tiempo. Ni en un millón de
años humanos.
Los alemanes estaban empezando a pagarlo con
creces. Al Führer le
empezaban a temblar las rodillitas.
Aun así, tengo que reconocerle algo a ese Führer.
Desde luego, tenía una voluntad férrea.
En ningún momento
se aflojó el ritmo durante
la guerra, ni se redujo el
castigo y exterminio de una plaga judía. Aunque la mayoría de
los campos de
exterminio estaban desperdigados por toda Europa, todavía
quedaban algunos
en la propia Alemania.
Aún se obligaba a mucha gente a trabajar en esos campos, y a
caminar.
Max Vandenburg era uno de esos judíos.
402
Markus Zusak
La ladrona de libros
El estilo de las palabras
Ocurrió en una pequeña ciudad del feudo de Hitler.
Habían conseguido
controlar el torrente de
sufrimiento, pero llegó otra
pequeña porción. Un
grupo de judíos había
sido obligado a
desfilar en las
afueras de Munich y una adolescente hizo lo
impensable: se abrió paso para
caminar con ellos. Cuando
los soldados la apartaron con brusquedad y la
tiraron al suelo, ella volvió a levantarse. Y continuó.
Esa mañana hacía calor.
Otro bonito día para un desfile.
Los soldados y
los judíos habían
cruzado varias ciudades
y estaban
llegando a Molching. Era posible que el campo de concentración requiriera
trabajos de reparación o que hubieran muerto algunos presos. Por
la razón que
fuera, conducían a pie un
nuevo cargamento de judíos
extenuados hasta
Dachau.
Liesel corrió a
Münchenstrasse como solía hacer, donde
se reunió con el
habitual grupo de espectadores.
—Heil Hitler!
Oyó al primer soldado desde lejos, y hacia él se encaminó
abriéndose paso
entre la multitud, al encuentro de la procesión. La voz la había
dejado pasmada,
convirtiendo el cielo
infinito en un techo a la altura de la cabeza del soldado,
contra el que rebotaban las palabras que acababan a los
renqueantes pies de los
judíos.
Los ojos de aquellos hombres y mujeres.
Observaban el movimiento
en las calles, uno tras
otro. En cuanto Liesel
encontró una buena
posición, se detuvo y los
estudió con detenimiento.
Repasaba rápidamente cada rostro
intentando relacionarlos con el
judío que
escribió El vigilante y El árbol de las palabras.
Pelo de plumas, pensó.
403
Markus Zusak
La ladrona de libros
No, pelo de cañas. Ese es el aspecto que tiene cuando lo lleva
sucio. Busca
pelo de cañas y ojos cenagosos y una barba rasposa.
Dios, había tantos...
Tantos juegos de miradas agónicas y pasos arrastrándose.
Liesel siguió buscando y no fue el reconocimiento de unos rasgos
faciales lo
que descubrió a Max Vandenburg, sino el modo
en que se comportaba su
rostro, porque él también buscaba entre la multitud.
Concentrado. Liesel sintió
que todo se detenía cuando dio con los únicos ojos que miraban
directamente a
la cara a los
espectadores alemanes. Los estudiaba con tal intensidad que la
gente que rodeaba a la ladrona de libros se percató y lo señaló.
—¿Qué mira ese? —preguntó a su lado una voz masculina.
La ladrona de libros bajó del bordillo.
Moverse nunca había
sido una carga tan pesada. Su
pecho adolescente
nunca había sentido el corazón tan henchido. Dio un paso al
frente.
—Me busca a mí —dijo con un hilo de voz.
Su voz se fue
apagando y cayó
en picado por su garganta. Tuvo que
reencontrarla, rebuscando en el fondo, para aprender a hablar de
nuevo y decir
su nombre. Max.
—¡Max, estoy aquí!
Más alto.
—¡Max, estoy aquí!
La oyó.
MAX VANDENBURG,
AGOSTO DE 1943
Allí estaba, con el pelo hecho unas ramas secas, como
imaginaba Liesel, y los ojos cenagosos que se abrieron paso
hacia ella, saltando de hombro judío en hombro judío. La
miraron suplicantes al llegar a su lado. La barba ocultaba el
rostro y le temblaron los labios cuando pronunció la palabra,
el nombre, la niña. Liesel.
Liesel se desmarcó definitivamente de la multitud y se adentró
en la marea
de judíos, abriéndose paso entre ellos hasta que se aferró al
brazo de Max con
una mano.
El rostro de Max dio con ella.
404
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se agachó cuando Liesel tropezó y el judío, el asqueroso judío,
la ayudó a
levantarse. Necesitó de todas sus fuerzas.
—Estoy aquí, Max —repitió—, estoy aquí.
—No puedo creerlo... —Las palabras
se deslizaban por los labios
de Max
Vandenburg—. Mira cómo
has crecido. —Había una profunda
tristeza en sus
ojos. Se llenaron de lágrimas—. Liesel... me cogieron hace unos
meses. —Tenía
la voz herida, pero logró llegar hasta la chica—. A medio camino
de Stuttgart.
Desde dentro, el torrente de judíos era un turbio caos de brazos
y piernas.
De uniformes hechos
jirones. Los soldados todavía no la habían visto, por lo
que Max la avisó.
—Tienes que soltarme, Liesel.
Incluso intentó apartarla de un empujón, pero la niña era
demasiado fuerte.
Los famélicos brazos de Max no lograron convencerla y ella
siguió caminando a
su lado, entre la mugre, el hambre y la confusión.
Al cabo de muchos pasos, un soldado se fijó en ella.
—¡Eh! —le llamó la atención, apuntándola con el látigo—. Eh, niña, ¿qué
haces? Sal de ahí.
Al ver que lo ignoraba por completo, el soldado se abrió paso a
empujones,
separando con el brazo el pringue que los unía. Liesel seguía
avanzando como
podía cuando se percató
de la agónica expresión de Max
Vandenburg ante la
inminente aparición del soldado. Lo había visto asustado, pero
nunca como en
ese momento.
El soldado la cogió.
Sus manos rasgaron la ropa de Liesel.
La joven sintió los huesos
de los dedos y la
bola de los nudillos. Le
arañaron la piel.
—¡He dicho que salgas! —le ordenó, y la arrastró hasta la acera,
donde la
arrojó contra el muro de expectantes alemanes.
Cada vez hacía más calor. El sol le quemaba la cara. La niña
quedó tendida
en el suelo, dolorida, pero
volvió a levantarse. Se
recompuso y esperó... para
volver a entrar.
Esta vez Liesel se abrió paso desde la retaguardia.
Delante sólo veía el inconfundible ramaje, hacia el que encaminó
sus pasos.
Esta vez no lo alcanzó, se detuvo. Allí, en algún lugar dentro
de ella,
estaban las almas de las palabras. Salieron trepando hacia fuera
y se colocaron a
su lado.
—Max —lo llamó. El judío se volvió y cerró los ojos un
instante—. «Había
una vez un hombre
bajito y
extraño» —continuó la joven.
Tenía los brazos
colgando, pero cerraba
las manos en un puño—. Aunque también
había una
recolectora de palabras.
405
Markus Zusak
La ladrona de libros
Uno de los judíos de camino a Dachau había dejado de andar.
Estaba totalmente inmóvil mientras los
demás lo esquivaban, taciturnos,
abandonándolo a su
suerte. Sus ojos vacilaron. Fue todo muy sencillo: las
palabras pasaron de la joven al judío, treparon hacia él.
Cuando la niña
volvió a hablar, las preguntas tropezaron en su boca.
Lágrimas calientes luchaban por
hacerse sitio en sus ojos, pero
ella estaba
decidida a retenerlas. Mejor mantenerse firme, con orgullo. Que
se encargaran
las palabras.
—«¿De verdad eres tú?,
preguntó el joven» —dijo
Liesel—. «¿Fue de tu
mejilla de donde recogí la semilla?»
Max Vandenburg permaneció firme.
No se cayó de rodillas.
La gente, los judíos y las nubes, todos se detuvieron. A mirar.
Max observó a la joven y
luego volvió la vista hacia el vasto y
resplandeciente cielo azul. Contundentes rayos —columnas de sol—
alcanzaban
maravillados la calzada al azar. Las nubes arquearon la espalda
para echar un
vistazo atrás al reanudar la marcha.
—Hace un día precioso —dijo Max con voz quebrada.
Un gran día para morir. Un gran día para morir así.
Liesel se acercó y esta vez encontró el valor
para alargar una mano y
acariciar su barbuda mejilla.
—¿De verdad eres tú, Max?
Qué espléndido día alemán, con su atenta multitud.
Max dejó que sus labios besaran la palma de la joven.
—Sí, Liesel, soy yo.
Con su mano, sostuvo la de Liesel sobre su mejilla y lloró entre
sus dedos.
Lloraba mientras los soldados se acercaban y un pequeño grupo de
insolentes
judíos los miraba.
Lo azotaron, en pie.
—Max —sollozó la niña.
Pronunció su nombre otra
vez, en silencio, mientras la sacaban a
rastras:
Max.
El púgil judío.
En su interior, Liesel lo dijo todo.
Maxi Taxi. Así es como
ese amigo tuyo te llamaba en
Sttutgart cuando
peleabas en la calle, ¿te acuerdas? ¿Te acuerdas, Max? Tú me
lo contaste. Lo
recuerdo todo...
406
Markus Zusak
La ladrona de libros
Ese eras tú, el chico de los puños de acero, y dijiste que la
muerte sentiría tu
puño en su cara cuando viniera a por ti.
¿Recuerdas el muñeco de nieve, Max?
¿Lo recuerdas?
¿En el sótano?
¿Recuerdas la nube blanca de corazón gris?
El Führer todavía baja algunas veces preguntando por ti. Te echa
de menos.
Todos te echamos de menos.
El látigo. El látigo.
El látigo era una
continuación de la mano del soldado. Se
abatió sobre la
cara de Max. Le azotó la barbilla y le abrió un surco en el
cuello.
Max se desplomó y el soldado se volvió hacia la niña. Con la
boca abierta.
Tenía unos dientes inmaculados.
Una imagen repentina resplandeció ante los ojos de Liesel.
Recordó el día
en que deseó que la abofeteara Ilsa Hermann o, al menos, la
infalible Rosa, pero
ninguna de las dos lo hizo. Esta vez no la decepcionaron.
El látigo le hizo un corte en la clavícula y le alcanzó el
omoplato.
—¡Liesel!
Reconoció la voz.
Cuando el soldado echó el brazo hacia atrás, Liesel vislumbró
entre la gente
a un Rudy Steiner aterrado. La estaba llamando. Distinguió el rostro
atormentado y el cabello rubio.
—¡Liesel, sal de ahí!
La ladrona de libros no se movió.
Liesel cerró los ojos y en su cuerpo se abrió una nueva y
abrasadora veta, y
otra más, hasta que cayó contra el cálido suelo, que le calentó
la mejilla.
Llegaron más palabras, esta vez del soldado.
—Steh'auf. —La lacónica frase iba dirigida al
judío, no a la joven, aunque no
tardó en desarrollarla—. Levántate, asqueroso imbécil, puerco
judío, levántate,
levántate...
Max se puso en pie como pudo.
Una flexión más, Max.
Una flexión más en el frío suelo del sótano.
Movió los pies.
Los arrastró y continuó su camino.
Le temblaban las
piernas y se pasaba las
manos por las marcas
de los
latigazos, para calmar el
escozor. Cuando intentó
volver a buscar
a Liesel, las
407
Markus Zusak
La ladrona de libros
manos del soldado lo cogieron por
los hombros ensangrentados y lo
empujaron.
Llegó el niño. Dobló las larguiruchas piernas y llamó a alguien,
a su lado.
—Tommy, ven aquí y ayúdame. Hay que sacarla de aquí. ¡Tommy,
date
prisa! —Levantó a la ladrona de libros por las axilas—. Liesel,
vamos, tienes que
salir de la calle.
Cuando Liesel logró ponerse en pie, miró a los
atónitos y conmocionados
alemanes, recién sacados de su envoltorio. Se había dejado caer
a sus pies, pero
sólo un momento.
Un roce encendió un fósforo
en la mejilla que había
impactado contra el suelo. Cada latido la hacía temblar.
Vio las piernas y los talones desdibujados de los últimos judíos
errantes al
final de la calle.
La cara le ardía y sentía un acuciante dolor en los brazos y las
piernas, un
entumecimiento molesto y extenuante al mismo tiempo.
Se puso en pie otra vez.
Fuera de sí, se puso a
caminar y enseguida echó a correr por
Münchenstrasse tras los últimos pasos de Max Vandenburg.
—Liesel, ¡¿qué haces?!
Se escapó del lazo de
las palabras de Rudy
e hizo caso omiso
de la gente
que la miraba al pasar por su lado. La mayoría de ellos estaban
mudos. Estatuas
con corazones. Como
espectadores del último tramo
de una maratón. Liesel
volvió a gritar, pero no la oyeron. El pelo le tapaba los ojos.
—¡Por favor, Max!
Unos treinta metros después, justo cuando un soldado se volvía,
derribaron
a la chica. Unas manos la agarraron por detrás y el chico de la
puerta de al lado
la tiró al suelo. La
obligó a arrodillarse en la calle,
y por
ello fue castigado,
aunque recibió los puñetazos
como si fueran regalos. Aceptó las
manos y los
codos huesudos con
apenas unos breves
quejidos. Fue acumulando las
violentas y pastosas raciones de saliva y lágrimas como si
fueran lo que su cara
necesitaba y, lo más importante, logró que no se levantara.
Un niño y una niña se entrelazaban en Münchenstrasse.
Se retorcían, incómodos, en el asfalto.
Juntos, vieron desaparecer a los humanos. Los vieron disolverse
en el aire
húmedo como si fueran grageas en movimiento.
408
Markus Zusak
La ladrona de libros
Confesiones
En cuanto los
judíos desaparecieron, Rudy y
Liesel se separaron. La
ladrona de libros no
abrió la boca. Las preguntas
de Rudy quedaron sin
respuesta.
Liesel no se fue a casa. Abatida, se dirigió a la estación de
tren a esperar a
su padre, que no llegaría hasta al cabo de unas
horas. Rudy la acompañó los
primeros veinte minutos, pero como todavía faltaba más de medio
día para que
Hans volviera a casa, fue en busca de Rosa. Le explicó lo que
había ocurrido por
el camino. Rosa ya había encajado todas
las piezas del rompecabezas cuando
llegó a la estación,
por lo
que no le preguntó nada, se
limitó a quedarse a su
lado hasta que al final logró
convencerla para que se sentara. Lo
esperaron
juntas.
Hans dejó caer
la bolsa y dio
patadas al aire de la Bahnhof cuando
se lo
explicaron.
Esa noche no cenaron. Los
dedos de Hans profanaron el acordeón: por
mucho que lo intentara, asesinaba una canción tras otra. Ya nada
salía bien.
La ladrona de libros guardó cama tres días seguidos.
Mañana y tarde, Rudy
Steiner llamaba a la
puerta y preguntaba si seguía
enferma. Liesel no estaba enferma.
Al cuarto día, Liesel se
acercó a la puerta de su vecino de
enfrente y le
preguntó si le apetecía acompañarla a la arboleda, donde habían repartido
el
pan el año anterior.
—Te lo tendría que haber contado antes —admitió.
Avanzaron un buen trecho por la carretera
que conducía a Dachau. Se
adentraron entre los
árboles. Las largas figuras de luces y
sombras estaban
salpicadas de piñas, que parecían galletas esparcidas.
Gracias, Rudy.
Por todo. Por ayudarme, por detenerme...
No lo dijo.
409
Markus Zusak
La ladrona de libros
Descansaba una mano sobre una rama astillada.
—Rudy, si te cuento algo, ¿me prometes que no se lo contarás a
nadie?
—Claro. —Rudy percibió la
seriedad en el rostro de la chica y
la
pesadumbre en su voz. Se apoyó en el árbol contiguo al de ella—.
¿De qué se
trata?
—Promételo.
—Ya lo he hecho.
—Vuelve a hacerlo. No puedes decírselo ni a tu madre, ni a tu
hermano ni a
Tommy Müller. A nadie.
—Lo prometo.
Se inclinó.
Miró al suelo.
Liesel intentó encontrar por dónde empezar varias veces, leyendo
las frases
a sus pies mientras mezclaba las palabras con las piñas y los
trocitos de ramas
rotas.
—¿Recuerdas cuando me hice
daño jugando al fútbol en la calle?
—se
decidió.
Necesitó unos tres
cuartos de hora para explicarle dos guerras, un
acordeón, un púgil judío y un sótano. Sin olvidar lo que había
ocurrido cuatro
días antes en Münchenstrasse.
—Por eso te acercaste a mirar más de
cerca el día del pan,
para ver si lo
encontrabas —concluyó él.
—Sí.
—Por los clavos de Cristo.
—Sí.
Los árboles eran altos y triangulares. Estaban serenos.
Liesel sacó El árbol de las palabras de la bolsa y le
enseñó a Rudy una de las
páginas en la que aparecía un niño con tres medallas colgando
del cuello.
—«El pelo de color limón» —leyó Rudy. Tocó las palabras con los
dedos—.
¿Le hablabas de mí?
Liesel no pudo
responder enseguida. Tal vez
fue la súbita sacudida
amorosa que sintió por él. ¿O había sido así siempre? Era
probable. Privada del
habla, deseó que la besara, que la agarrara de la mano y la
atrajera hacia él. No
importaba dónde. En la boca, en el cuello, en la mejilla. Tenía
toda la piel libre
para él, a la espera.
Unos años antes,
cuando corrían por un
campo embarrado, Rudy
era un
saco de huesos ensamblados
con prisas, de sonrisa escarpada e irregular. Esa
tarde entre los
árboles era alguien que repartía pan y ositos de peluche. Era
410
Markus Zusak
La ladrona de libros
tricampeón de atletismo
de las Juventudes Hitlerianas. Era su mejor amigo. Y
faltaba un mes para su muerte.
—Claro que le hablaba de ti —respondió Liesel.
Se estaba despidiendo y ni siquiera lo sabía.
411
Markus Zusak
La ladrona de libros
El librito negro de Ilsa Hermann
A mediados de agosto, creía que acudía al número ocho de
Grandestrasse
en busca del mismo remedio de siempre.
Para animarse.
Eso era lo que creía.
El día había sido
caluroso, pero se esperaban
lluvias por la noche. En
La
última extranjera, había una cita cerca ya
del final, que Liesel recordó cuando
pasaba junto a la tienda de frau Diller.
«LA ÚLTIMA EXTRANJERA»
PÁGINA 211
«El sol remueve la tierra. Una y otra vez, nos va removiendo,
como a un guiso.»
Liesel cruzó el puente del Amper. El agua
corría soberbia, esmeralda y
exuberante. Veía las piedras del lecho y oía el familiar rumor
de la corriente. El
mundo no se merecía un río así.
Subió la colina
hasta Grandestrasse. Las mansiones
eran fascinantes y
detestables. Se regodeó
con el ligero dolorcillo que
sentía en las piernas y los
pulmones. Camina más
rápido, pensó, y empezó a remontar, como un
monstruo saliendo de la arena. Olía a hierba recién cortada de
los jardines. Era
un olor fresco y dulzón, verde con motitas amarillas. Cruzó el
patio sin volver
la cabeza ni una sola vez o el mínimo asomo de paranoia.
La ventana.
Manos en el marco, tijereta con las piernas.
Pies en el suelo.
Libros, hojas y un lugar dichoso.
Sacó un libro de las estanterías y se sentó con él en el suelo.
412
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se preguntó si estaría en casa, aunque le daba igual si Ilsa
Hermann estaba
pelando patatas en la
cocina o haciendo cola en correos.
O de
pie como un
fantasma cerniéndose sobre ella, intentado adivinar qué leía.
Sinceramente, ya no le importaba.
Durante un buen rato se limitó a quedarse sentada y a mirar.
Había visto morir a su hermano con un ojo
abierto y el otro
todavía
soñando. Se había despedido de su madre y había imaginado la
solitaria espera
de un tren que la llevaría de vuelta al olvido. Una mujer hecha
un manojo de
nervios se había tumbado en el suelo y su grito había rodado por
la calle hasta
volcarse, como una moneda que ha perdido empuje. Un joven
colgaba de una
cuerda hecha de nieve de Stalingrado. Había visto
morir a un piloto de
bombardero en una caja
metálica. Había visto desfilar
hacia un campo de
concentración a un judío
que en dos ocasiones le había entregado las
páginas
más hermosas de su vida. Y
en medio de todo, veía al
Führer gritando sus
palabras y repartiéndolas a su alrededor.
Esas imágenes eran el mundo, que se removía en su
interior mientras
seguía allí sentada, con los hermosos libros de cuidados
títulos. Se removía en
ella al tiempo que hojeaba las páginas atestadas de párrafos y
palabras.
Qué hijos de puta, pensó.
Qué adorables hijos de puta.
No me hagáis feliz. Por
favor, no me cameléis y me dejéis
creer que algo
bueno puede salir de todo
esto. ¿No veis los
moretones? ¿No veis
esta
raspadura? ¿No veis la herida que tengo dentro? ¿No veis cómo se
extiende y
me corroe ante vuestros ojos? No quiero volver a tener
esperanzas. No quiero
rezar para que Max esté vivo y a salvo. O Alex Steiner.
Porque el mundo no se los merece.
Arrancó una página del libro y la partió en dos.
Luego un capítulo.
Pronto no quedaron
más que trocitos de palabras
esparcidos entre sus
piernas a su alrededor. Las palabras. ¿Por qué tenían que
existir? Sin ellas nada
hubiera pasado. Sin
palabras, el Führer no era nada.
No habría prisioneros
renqueantes, ni
nadie necesitaría consuelo
o trucos palabreros
para hacernos
sentir mejor.
¿Qué tenían de bueno las palabras?
Esta vez lo dijo en alto a la luz anaranjada que inundaba la
habitación.
—¿Qué tienen de bueno las palabras?
La ladrona de libros se
levantó y se dirigió
con cuidado a la puerta de la
biblioteca, que chirrió
débilmente. El amplio
vestíbulo estaba inmerso en un
vacío de madera.
413
Markus Zusak
La ladrona de libros
—¿Frau Hermann?
La pregunta regresó hasta ella y rebotó de nuevo hacia la puerta
de la calle,
aunque se detuvo
lánguidamente a medio camino, sobre
un par de gruesas
tablas de madera.
—¿Frau Hermann?
El silencio fue el
único que contestó a su llamada, por lo que
se sintió
tentada a rebuscar en la
cocina, por Rudy. Se reprimió. No estaría
bien robar
comida a una mujer que le había dejado un diccionario apoyado en
el cristal de
la ventana. Eso y que acababa de destruir uno de sus libros,
hoja a hoja, capítulo
a capítulo. Ya había causado suficiente perjuicio.
Liesel volvió a la
biblioteca y abrió uno de
los cajones del escritorio. Se
sentó.
LA ÚLTIMA CARTA
Querida Sra. Hermann:
Como puede ver, he vuelto a estar en su biblioteca y he
estropeado
uno de sus libros.
Estaba muy enfadada y preocupada y
quería matar las palabras.
Le he
robado y ahora, además, he estropeado algo de su propiedad. Lo
siento. Como castigo, creo que
dejaré de venir. Aunque, ¿hasta qué punto es eso un castigo?
Adoro y detesto este lugar porque
lo habitan las palabras.
Ha continuado siendo mi
amiga a pesar de haberla
ofendido, a pesar de que he sido
insufrible (una palabra que he buscado en su diccionario) y creo
que es hora de que la deje en
paz. Lo siento.
Gracias otra vez.
LIESEL MEMINGER
Dejó la nota sobre el escritorio y se despidió por última vez de
la habitación
dando tres vueltas
y pasando las
manos por encima de
los libros. Por mucho
que los odiara, no pudo resistirse. Había esparcidos trochos de
papel alrededor
de uno titulado Las reglas de Tommy Hoffmann. La
brisa que entraba por la
ventana los hizo revolotear.
La luz aún era
anaranjada, pero no tan resplandeciente
como antes. Sus
manos sintieron la última presión sobre el
marco de madera de la ventana,
sensación seguida de la sacudida del estómago durante
el descenso y la
punzada de dolor en los pies al plantarlos en el suelo.
Después de bajar la colina y cruzar el puente, la luz anaranjada
ya se había
desvanecido. Las nubes barrían el cielo.
Las primeras gotas
de lluvia empezaron a caer
cuando llegaba a
Himmelstrasse. Pensó que no volvería a ver a Ilsa Hermann nunca
más, aunque
414
a la ladrona de libros se le daba mejor la lectura y la
destrucción de libros que
vaticinar acontecimientos.
TRES DÍAS DESPUÉS
La mujer ha llamado al número treinta y tres y espera a que
alguien responda.
A Liesel le resultó
extraño verla sin el albornoz. El vestido veraniego
era
amarillo con un
ribete rojo. Tenía un bolsillo
con un florecilla. Sin esvásticas.
Zapatos negros. Nunca se
había fijado en las pantorrillas
de Ilsa Hermann.
Tenía piernas de porcelana.
—Frau Hermann, siento... Lo
que hice la última vez que estuve
en su
biblioteca.
La mujer la tranquilizó.
Buscó en el bolso y
sacó un librito
negro cuyas
tapas no albergaban una historia, sino papel pautado.
—Se me ocurrió que si ya
no ibas a leer mis
libros, tal vez te gustaría
escribir uno. Tu
carta era... —Le tendió el
libro con ambas manos—. Sabes
escribir. Escribes
bien. —El libro pesaba. Las
tapas eran de pasta apelmazada,
como las de El hombre que se encogía de hombros—. Y, por
favor, no te castigues
como dijiste que harías —le pidió Ilsa Hermann—. No seas como
yo, Liesel.
La niña abrió el libro y tocó el papel.
—Danke schön, frau Hermann. Puedo preparar
café si le apetece. ¿Quiere
entrar? Estoy sola, mi madre está en la casa de al lado, con
frau Holtzapfel.
—¿Por la puerta o por la ventana?
Liesel sospechó que era la sonrisa más amplia que Ilsa Hermann se había
permitido en años.
—Creo que será mejor que entre por la puerta, es más fácil.
Se sentaron en la cocina.
Tazas de café y pan
con mermelada. Les costó entablar
conversación y
Liesel la oía tragar, pero
en cierto modo no le resultó
incómodo; incluso
encontraba agradable ver cómo la mujer soplaba con suavidad el
café para que
se enfriara.
—Si alguna vez escribo algo y lo acabo, se lo enseñaré —le
aseguró.
—Eso estaría bien.
Liesel siguió con la
mirada a la mujer del alcalde
cuando esta enfiló
Himmelstrasse, fascinada por
el vestido amarillo, los zapatos
negros y las
piernas de porcelana.
—¿Esa era quien creo que era? —preguntó Rudy, junto al buzón.
—Sí.
—Estás de guasa.
—Me ha traído un regalo.
Al final resultaría que Ilsa Hermann no sólo le había entregado
un libro ese
día, sino también una razón
para pasar más tiempo
en el sótano, el lugar
favorito de Liesel Meminger, primero con su padre y luego con
Max. Le había
entregado una razón para
escribir sus propias
palabras, para que descubriera
que las palabras también le habían salvado la vida.
De noche, cuando sus padres
dormían, Liesel bajó al sótano con sigilo y
encendió la lámpara de
queroseno. Durante la primera hora estuvo
mirando
fijamente el lápiz y el papel. Se obligó a recordar y, como
solía hacer, no apartó
la mirada.
Schreibe, se exhortó. Escribe.
Más de dos horas después, Liesel Meminger empezó a escribir sin
saber si
iba a salirle bien.
¿Cómo iba a adivinar que alguien recogería su historia
y la
llevaría consigo a todas partes?
Nadie espera esas cosas.
No las planea.
Liesel escogió un pequeño bote de pintura como asiento, uno
grande como
mesa y hundió el lápiz en la primera página. En el centro,
escribió lo siguiente:
«LA LADRONA DE LIBROS»
un breve relato
de
Liesel Meminger
Los aviones con caja torácica
En la tercera página ya tenía la mano dolorida.
«Cómo pesan las palabras», pensó, pero a medida que transcurría
la noche
consiguió completar once páginas.
PÁGINA 1
«Intento hacer oídos sordos, pero sé que todo empezó con el
tren y la nieve y la tos de mi hermano. Ese día robé el primer
libro, un manual para cavar sepulturas. Me hice con él de
camino a Himmelstrasse...»
Se quedó dormida en el sótano, sobre un
lecho de sábanas viejas, con el
papel rizado en los bordes
sobre el bote de pintura más
alto. Por la mañana,
Rosa se alzaba vigilante sobre ella con sus ojos clorados de
mirada inquisitiva.
—Liesel, ¿qué puñetas haces aquí abajo? —preguntó.
—Escribo, mamá.
—Jesús, María y José. —Rosa volvió a subir, pisoteando los
escalones—. Te
quiero arriba en cinco minutos o probarás mi medicina. Verstehst?
—De acuerdo.
Liesel bajaba al sótano
todas las noches
y nunca se separaba del libro.
Escribía durante horas,
intentando completar cada noche diez páginas de su
vida. Había muchas cosas que debía tener en cuenta, tantas que
corrían peligro
de quedar fuera. Sé
paciente, se decía, y la fuerza de su
puño y
letra fue
aumentando al tiempo que la pila de páginas.
A veces escribía sobre lo que ocurría en el sótano mientras
escribía. Había
llegado hasta el momento en que su padre la había abofeteado en
los escalones
de la iglesia y habían «heilhitlereado» juntos. Enfrente,
Hans Hubermann
estaba guardando el acordeón. Había estado tocando
media hora, mientras
Liesel trabajaba.
PÁGINA 42
«Papá me ha acompañado esta noche. Se trajo el acordeón y se
sentó cerca de donde solía hacerlo Max. A menudo observo su
cara y sus dedos cuando toca. El acordeón respira. Papá tiene
las mejillas surcadas de arrugas que parecen dibujos y no sé
por qué, pero cuando las veo siento ganas de llorar, aunque no
por tristeza o porque me sienta orgullosa, sino porque me
gusta cómo se mueven y cambian. A veces pienso que mi
padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira y
sonríe y respira.»
Tras diez noches de redacción, Munich volvió a sufrir un
bombardeo. Liesel
había llegado a la página 102 y estaba dormida en el sótano. No
oyó ni el cucú
ni las sirenas, y estaba abrazada al libro cuando su padre bajó
a despertarla.
—Liesel, ven.
La joven cogió La ladrona
de libros y todos
sus otros tesoros
y fueron a
buscar a frau Holtzapfel.
PÁGINA 175
«Un libro flotaba en el Amper. Un niño saltó al agua, lo atrapó
y lo alzó con una mano. Sonrió de oreja a oreja. Estaba
hundido hasta la cintura en las gélidas aguas de diciembre.
»—¿Y ese beso, Saumensch? —preguntó.»
Liesel había terminado el relato cuando se produjo el siguiente
bombardeo,
el 2 de octubre. Sólo quedaban unas pocas hojas en blanco y la
ladrona de libros
ya había empezado a
leer lo
que había escrito. La historia se
dividía en diez
partes, todas ellas encabezadas
con títulos de libros
o relatos que explicaban
cómo habían afectado a su vida.
A menudo suelo preguntarme en qué página se encontraría cuando cinco
noches después me paseé por Himmelstrasse bajo el repiqueteo de
las gotas de
lluvia. Me pregunto qué
estaría leyendo cuando cayó la primera bomba de la
caja torácica de un avión.
Personalmente, me gusta imaginarla echando un
breve vistazo a la pared
donde está la nube de Max
Vandenburg, su sol chorreante y
las figuras que
caminan hacia él. Luego mira las titubeantes tentativas
ortográficas escritas con
pintura. Veo al
Führer bajando la escalera del sótano despreocupado, con los
guantes de boxeo atados
por las correas, colgados del cuello. Y
la ladrona de
libros lee, relee y vuelve a leer la última frase, durante
horas.
«LA LADRONA DE LIBROS»
ÚLTIMA LÍNEA
«He odiado las palabras y las he amado, y espero haber estado
a su altura.»
Fuera, el mundo aullaba. La lluvia estaba sucia.
El fin del mundo (parte II)
Ahora casi todas las palabras
se han difuminado. El libro negro
se
desintegra con tanto trajín y esa es otra de las razones por las
que cuento esta
historia. ¿Cómo era
eso que habíamos dicho? Si
repites algo muchas
veces,
nunca lo olvidarás.
También puedo contarte qué ocurrió después
de que se
acabaran las palabras de
la ladrona de libros y, para empezar,
cómo llegué a
conocer su historia. Fue así:
Imagínate andando por Himmelstrasse en la oscuridad. Se te está
mojando
el pelo y la presión del aire está a punto de sufrir
un cambio drástico. La
primera bomba alcanza el bloque de pisos de Tommy
Müller. Su rostro se
contrae con inocencia mientras
duerme y me arrodillo junto a su cama. A su
lado, su hermana Kristina. Los
pies que asoman por debajo
de la manta
coinciden con las
pisadas de la rayuela que
hay en la calle. Sus deditos. Su
madre duerme a pocos
metros de ellos. Cuatro cigarrillos descansan
desfigurados en el
cenicero y el tejado
sin techo arde al rojo vivo.
Himmelstrasse está en llamas.
Las sirenas empiezan a aullar.
—Demasiado tarde para esa maniobra —murmuré, porque todo el
mundo
había sido engañado, y no una, sino dos veces.
Primero, los Aliados habían fingido un
bombardeo sobre Munich para
acabar atacando Stuttgart, pero luego
diez aviones siguieron su marcha. Sí,
claro, hubo avisos. A Molching llegaron con las bombas.
UN LISTADO DE CALLES
Münchenstrasse, Ellenbergstrasse, Johannsonstrasse,
Himmelstrasse.
La calle principal + otras tres, en la zona más pobre de la
ciudad.
Todas desaparecieron en cuestión de minutos.
Arrancaron una iglesia de raíz.
La tierra que había pisado Max Vandenburg quedó destruida.
Me dio la impresión de
que frau Holtzapfel estaba esperándome en la
cocina del número treinta
y uno
de Himmelstrasse. Tenía delante una taza
resquebrajada, y en un último momento de lucidez su rostro
pareció preguntar
por qué narices me había retrasado tanto.
Por el contrario, frau
Diller estaba profundamente dormida.
Las gafas a
prueba de balas estaban hechas añicos junto a la cama. La tienda
había quedado
destruida, el
mostrador había aterrizado en medio
de la calle y la
foto
enmarcada de Hitler había saltado de la pared y acabó en el
suelo. El hombre
había quedado hecho un amasijo de esquirlas de cristal después
de la paliza. Lo
pisé al salir.
Los Fiedler estaban bien organizados, todos en la cama,
bien tapados. De
Pfiffikus sólo asomaba la nariz.
Acaricié el precioso cabello cepillado de Barbara en casa de los
Steiner, me
fijé en la expresión del serio
rostro durmiente de Kurt y, una a
una, deseé
buenas noches a las pequeñas con un beso.
Luego vino Rudy.
Por los clavos de Cristo, Rudy...
Estaba en la cama con una de sus hermanas, quien debía de
haberle dado
una patada o un buen empujón para conseguir casi todo el espacio
disponible
porque el pobre estaba en el borde, rodeándola con un brazo. El
niño dormía.
Su cabello iluminado por
las velas incendiaba la cama y los
recogí a ambos, a
Bettina y a él, con
sus almas todavía en la
manta. Al menos fue una muerte
rápida y aún no estaban fríos. El chico del avión, pensé. El del
oso de peluche.
¿Dónde estaba el último
consuelo de Rudy? ¿Dónde estaba
esa persona que
consolarle de que le robaran la vida? ¿Quién estaba allí para tranquilizarlo
cuando le arrancaron la alfombra de la vida bajo los pies
dormidos?
Nadie.
Allí sólo estaba yo.
Y lo de consolar a la gente no es que se me dé muy bien que
digamos, sobre
todo con las manos frías
y estando la cama
tan caliente. Cargué con él, con
suavidad, por la
calle destrozada, con sabor a sal en un
ojo y el sepulcral
corazón en un puño. Con él me esmeré un poco más. Miré un
momento lo que
contenía su alma y vi
un niño
tiznado de negro gritando
el nombre de Tesse
Owens mientras se llevaba por delante la cinta de llegada. Lo vi
hundido hasta
la cintura en el agua gélida, intentado atrapar un libro, y vi
un niño tumbado en
la cama imaginando el sabor que tendría un beso de su
extraordinaria vecina.
Este chico puede conmigo.
Siempre. Es lo único
malo que tiene. Me rompe el
corazón. Me hace llorar.
Por último, los Hubermann.
Hans.
Papá.
Estaba tumbado en la cama cuan largo era y distinguí el brillo
de la plata a
través de los párpados. Su alma se incorporó y me saludó. Esa
clase de alma, la
mejor, siempre saluda. Es
de las que se levanta y
dice: «Sé quién eres y estoy
preparada. No es que quiera ir, claro, pero iré». Esas almas son
ligeras porque
gran parte de ellas ya ha
zarpado, gran parte de ellas
ya ha encontrado el
rumbo hacia otros
lugares. La botaron el aliento de
un acordeón, el extraño
regusto a champán en verano y el arte de cumplir las promesas.
Se acomodó en
mis brazos y descansó. Sentí un pulmón ansioso por un último
cigarrillo y un
firme y magnético tirón hacia el sótano en busca de la niña, su
hija, que estaba
escribiendo allí abajo un libro que deseaba poder leer algún
día.
Liesel.
Su alma lo susurró cuando me la llevaba, pese a que en esa casa
no había
ninguna Liesel. Al menos para mí.
Para mí sólo estaba Rosa, y sí, francamente creo que la
sorprendí a medio
ronquido porque tenía la
boca abierta y los
apergaminados y rosáceos
labios
habían quedado a
medio gesto. Si me hubiera visto,
estoy segura de que me
habría llamado Saumensch, aunque no se lo habría tenido
en cuenta. Después de
leer La ladrona de
libros, descubrí que llamaba así a todo el mundo: Saumensch,
Saukerl. Especialmente a la gente que quería.
Llevaba suelto el elástico cabello,
que se restregaba contra la almohada. Su cuerpo grande como
un armario se
incorporó con el latido del corazón pues, no te quepa la menor
duda, la mujer
tenía corazón y mucho más grande de lo que la gente creería.
Repleto hasta los
bordes, con kilómetros de estantes ocultos apilados hasta
arriba. Recuerda que
era la mujer con el instrumento atado al cuerpo en la larga
noche iluminada por
la luna, era la mujer que había dado de comer a un judío en su
primera noche
en Molching sin hacer ni una sola pregunta y era la mujer que
había hundido el
brazo en lo más
hondo de un colchón para entregar un
cuaderno de dibujo a
una adolescente.
Es cierto que empezó a llorar y a gritar
en busca de Hans Hubermann en
cuanto la sacaron.
Los hombres de la LSE intentaron retenerla en sus
polvorientos brazos,
pero la ladrona de libros
consiguió zafarse de ellos. Los
humanos desesperados suelen ser capaces de hacer esas cosas.
Liesel no sabía hacia dónde correr, pues Himmelstrasse ya no
existía. Todo
era nuevo y apocalíptico. ¿Por qué el cielo
estaba rojo? ¿Cómo podía estar
nevando? ¿Y por qué los copos de nieve le abrasaban los brazos?
Liesel aminoró el paso. Se
volvió hacia lo que creía el final de la calle,
caminando tambaleante.
¿Dónde está la tienda de frau Diller? ¿Dónde está...?
Siguió deambulando sin
rumbo hasta que el hombre que la
había
encontrado la cogió del brazo, sin dejar de hablar.
—Estás aturdida, jovencita. Es la impresión, te pondrás bien.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Liesel—. ¿Esto es Himmelstrasse?
—Sí. —El hombre tenía una mirada desengañada. ¿Qué habría visto
en esos
últimos años?—. Esto es Himmelstrasse. Os bombardearon,
jovencita. Es tut mir
leid, Schatzi. Lo siento, guapa.
Los labios de la joven no dejaban de errar a pesar de que su
cuerpo no se
movía. Había olvidado que
estuvo llamando a Hans
Hubermann entre
lágrimas. Eso había
sucedido hacía años, ¿no...? Un bombardeo tiene estas
cosas.
—Tenemos que sacar a mis padres —dijo—. Tenemos que sacar a Max
del
sótano. Si no está
ahí, estará en el pasillo, mirando
por la ventana. Lo hace a
veces, cuando hay un bombardeo. No
suele ver mucho el cielo, ¿sabe? Tengo
que decirle qué tiempo hace. No se va a creer...
El cuerpo cedió, se
doblegó y el hombre de la LSE la cogió y la
obligó a
sentarse.
—La moveremos en un minuto —le comunicó a su sargento. La
ladrona de
libros bajó la vista hacia lo que le pesaba tanto y le lastimaba
la mano.
El libro.
Las palabras.
Le sangraban los dedos,
igual que cuando llegó
por primera vez a ese
lugar.
El hombre de la LSE la levantó
y la sacó de allí. Una cuchara de madera
ardía. Un hombre
pasó por
su lado con una funda de acordeón rota y Liesel
vislumbró el
instrumento en el interior. Vio los
dientes blancos con sus
notas
negras intercaladas sonriéndole y la obligaron a regresar a la
realidad. «Nos han
bombardeado», se dijo, y se volvió hacia el hombre de al lado.
—Ese es el acordeón de mi padre. —Una vez más—: Ese es el
acordeón de
mi padre.
—No te preocupes, jovencita, estás a salvo. Alejémonos un poco.
Pero Liesel se quedó donde estaba.
Miró al hombre que
llevaba el acordeón, lo siguió y le
pidió al espigado
trabajador de la LSE que se detuviera. Las bellas cenizas no
dejaban de llover de
un cielo rojo.
—Ya me lo llevo yo, si no le importa... Es de mi padre
—insistió.
Se lo quitó de las
manos sin brusquedad y dio
media vuelta. En ese
momento vio el primer cuerpo.
La funda del acordeón se le cayó de las manos. Sonó como una
explosión.
El cadáver de frau Holtzapfel dibujaba una equis en el suelo.
LOS SIGUIENTES SEGUNDOS
DE LA VIDA DE LIESEL MEMINGER
Da media vuelta y contempla hasta donde le llega la vista ese
canal en ruinas que una vez fue Himmelstrasse. Ve dos
hombres llevando un cuerpo y los sigue.
Liesel tosió al ver a todos
los demás y
oyó cómo un
hombre decía que
habían encontrado un cuerpo hecho pedazos en un arce.
Se topó con pijamas destrozados y rostros desgarrados. El
cabello del chico
fue lo primero que vio.
¿Rudy?
Al segundo intento, no sólo musitó su nombre.
—¿Rudy?
Estaba tendido en el
suelo, con su cabello rubio y los
ojos cerrados. La
ladrona de libros corrió hacia él y cayó de rodillas. Soltó el
libro negro.
—Rudy, despierta... —sollozó. Lo
cogió por la camisa del pijama y lo
sacudió con suma suavidad, incrédula—. Despierta, Rudy.
—Mientras el cielo
seguía caldeándose y
lloviznaba ceniza, Liesel sujetaba a Rudy Steiner
por la
camisa—. Rudy, por favor. —Intentando reprimir
las lágrimas—. Rudy, por
favor, despierta, maldita sea,
despierta, te quiero. Vamos, Rudy, vamos, Jesse
Owens, pero si te quiero, despierta, despierta, despierta...
No sirvió de nada.
La montaña de escombros
era cada vez mayor. Colinas
de cemento
coronadas de rojo. Una bella joven vapuleada por las lágrimas,
zarandeando a
los muertos.
Incrédula, Liesel enterró la cara en el pecho de Rudy. Incorporó
el cuerpo
inerte intentando que no
se fuera hacia atrás, pese a que no le
quedó más
remedio que devolverlo al suelo devastado. Con suavidad.
Despacio. Despacio.
—Dios, Rudy...
Se inclinó sobre el rostro sin vida y besó en los labios con
delicadeza a su
mejor amigo, Rudy
Steiner. Rudy tenía un sabor dulce y
a polvo, sabía a
reproche entre las
sombras de los árboles y el
resplandor de la colección de
trajes del anarquista. Lo besó larga y suavemente, y cuando se
retiró, le acarició
los labios con los
dedos. Le temblaban las manos.
Volvió a inclinarse una vez
más, pero esta vez
perdió el control y sus
labios carnosos no acertaron. Sus
dientes colisionaron contra el desolado mundo de Himmelstrasse.
No se despidió. No tuvo fuerzas. Minutos después, logró
apartarse de él y
arrancarse del suelo. Me maravilla lo que los
humanos son capaces de hacer
aunque estén llorando a
lágrima viva, que sigan adelante, tambaleantes,
tosiendo, rebuscando y hallando.
EL SIGUIENTE DESCUBRIMIENTO
Los cuerpos de sus padres, hechos una maraña sobre el manto
de gravilla de Himmelstrasse.
Liesel no corrió, ni
caminó, ni siquiera se movió. Había
rebuscado con la
mirada entre los humanos
y se había detenido, confundida, al reparar
en el
hombre alto y en la mujer
bajita con cuerpo de armario ropero. Esa es mi
madre. Ese es mi padre. Llevaba las palabras grapadas.
—No se mueven —murmuró—. No se mueven.
Tal vez si se
quedaba quieta el tiempo suficiente
serían ellos los que se
movieran, pero
permanecieron inmóviles
tanto tiempo como
Liesel. En ese
momento me percaté de que la joven estaba descalza. Qué cosa tan
rara fijarse
en eso en un momento así. Tal vez intentaba evitar su rostro,
pues la ladrona de
libros estaba hecha un lío imposible de desenredar.
Dio un paso, negándose a seguir, aunque lo hizo. Liesel se
acercó despacio
a sus padres y se sentó entre los dos. Cogió la mano de su madre
y empezó a
hablarle.
—¿Recuerdas cuando llegué aquí, mamá? Me agarré a la verja y me
puse a
llorar. ¿Recuerdas lo que le dijiste a la gente que había en la
calle ese día? —Le
temblaba la voz—.
Dijiste: «¿Qué estáis mirando,
imbéciles?». —Le apretó la
mano y le tocó la muñeca—. Mamá, sé que tú... Me gustó mucho que
vinieras al
colegio para decirme que Max
había despertado. ¿Sabías que te
vi con el
acordeón de papá? —Apretó más fuerte la mano, que empezaba a
agarrotarse—
. Me asomé y te vi,
y estabas hermosa. Maldita sea, estabas tan hermosa,
mamá...
MUCHOS MOMENTOS
DE INDECISIÓN
Su padre. No quería, y no pudo, mirar a su padre. Todavía no.
En ese momento no.
Su padre era un hombre de ojos plateados, no apagados.
¡Su padre era un acordeón!
Pero sus fuelles se habían quedado sin aire.
Nada entraba y nada salía.
Empezó a mecerse adelante y atrás. Una nota estridente, muda,
sucia quedó
atrapada entre sus labios hasta que fue capaz de volverse.
Hacia su padre.
Llegado ese momento, no pude refrenarme: me acerqué para verla
mejor, y
en cuanto conseguí volver a contemplar su cara adiviné que ese
era el humano
al que la joven más
quería. Su gesto le acarició el rostro, resiguió una de las
arrugas que le recorrían la mejilla. Él se había sentado en el
baño con ella y le
había enseñado a liar
cigarrillos. Le había dado pan
a un cadáver en
Münchenstrasse y le había dicho que siguiera leyendo en el
refugio antiaéreo. Si
no lo hubiera hecho, tal vez ella no habría acabado escribiendo
en el sótano.
Su padre —el acordeonista— y Himmelstrasse.
Uno no podía existir sin la otra porque, para Liesel, ambos querían
decir
hogar. Sí, eso significaba Hans Hubermann para Liesel Meminger.
Se dio la vuelta y se dirigió a la cuadrilla de la LSE.
—Por favor, ¿podrían acercarme el acordeón de mi padre?
Tras unos momentos de confusión, uno de los miembros de mayor
edad le
llevó la funda rota
y Liesel
la abrió, sacó el maltrecho
instrumento y lo
dejó
junto al cuerpo de su padre.
—Aquí lo tienes, papá.
Y te prometo una cosa, que cuando se arrodilló junto a Hans
Hubermann lo
vio levantarse y tocar
el acordeón. Se puso en pie, se
lo colgó
a los hombros,
sobre el macizo montañoso de casas derruidas
y tocó el acordeón, con sus
amables ojos plateados y un indolente cigarrillo entre los
labios. Incluso falló en
una nota y se echó a reír, una simpática retrospectiva. Los
fuelles respiraron y el
hombre alto tocó para Liesel Meminger una última vez mientras sacaban
despacio el cielo del horno.
Sigue tocando, papá.
Hans se detuvo.
Soltó el acordeón y sus ojos plateados continuaron oxidándose.
Ahora sólo
era un cuerpo tumbado en el suelo. Liesel lo atrajo hacia sí y
lo abrazó.
Sus brazos se negaban a soltarlo. Lo besó en el hombro —no podía
soportar
mirarlo a la cara— y volvió a dejarlo en el suelo.
La ladrona de libros lloró hasta que se la llevaron de allí, con
delicadeza.
Al cabo de un rato se acordaron del acordeón, pero nadie reparó
en el libro.
Había mucho trabajo que
hacer y, junto a otro
montón de objetos
variopintos, La ladrona
de libros acabó
pisoteado varias veces
hasta que lo
recogieron sin echarle siquiera un vistazo y lo arrojaron al
camión de la basura.
Me subí de un salto y lo rescaté antes de que el camión
arrancara.
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EPÍLOGO
El último color
Presenta:
la muerte y Liesel — unas lágrimas de madera — Max y la entrega
La muerte y Liesel
Han pasado muchos
años desde entonces, pero todavía
queda mucho
trabajo que hacer.
Créeme, el mundo es una fábrica.
El sol lo remueve, los
humanos lo gobiernan y yo soy la que persevera. Me los llevo.
En cuanto a lo que queda de historia, voy a dejarme de rodeos
porque estoy
cansada, muy cansada, así que intentaré ir al grano.
UN ÚLTIMO SUCESO
Supongo que debería decirte que la ladrona de libros murió
ayer.
Liesel Meminger vivió hasta edad avanzada, muy lejos de Molching
y de la
desaparición de Himmelstrasse.
Falleció en un barrio de las afueras de Sidney. El número de la
casa era el 45
—el mismo que el del refugio antiaéreo de los Fiedler— y el
cielo lucía el azul
más bello de la tarde. Igual que la de su padre, su alma se
incorporó.
En sus últimos instantes, vio a sus tres hijos, a sus nietos, a
su marido y la
larga lista de vidas que
confluían con la suya. Entre ellas, luminosas
como
faroles, estaban Hans
y Rosa Hubermann, su hermano y el
chico cuyo cabello
seguirá siendo siempre de color limón.
No obstante, también hubo otras visiones.
Acompáñame y te contaré una historia.
Te enseñaré algo.
Un bosque al atardecer
Una vez que despejaron Himmelstrasse, Liesel Meminger —a quien se
referían como «la del acordeón»— no tuvo adonde ir, así que se
la llevaron a la
policía, donde se devanaron los sesos decidiendo qué hacer con
ella.
Estaba sentada en una silla muy dura. El acordeón la miraba a
través de un
agujero de la funda.
Pasó tres horas en la comisaría, hasta que el alcalde y una
mujer de cabello
suave y sedoso asomaron la nariz por allí.
—Dicen que una niña ha sobrevivido al bombardeo de Himmelstrasse
—se
interesó la señora.
Un policía la señaló.
Ilsa Hermann se
ofreció a llevar
el acordeón, pero Liesel lo sujetó
con
firmeza mientras bajaban los escalones de la comisaría. Unas
manzanas más allá
de Münchenstrasse se dibujaba
una clara línea que separaba a los
bombardeados de los afortunados.
Condujo el alcalde.
Ilsa se sentó con ella, detrás.
La niña dejó que le
cogiera la mano que tenía
sobre el
acordeón,
acomodado entre las dos.
Con lo fácil que habría sido permanecer en silencio, Liesel
experimentó la
reacción contraria ante
su devastación. Sentada en la exquisita habitación de
invitados de la casa del alcalde, habló y no dejó de hablar —consigo misma—
hasta entrada la noche. Comió muy poco. A lo único que se negó
tajantemente
fue a bañarse.
Arrastró los restos
de Himmelstrasse por las alfombras
y los suelos
entarimados del
número ocho de Grandestrasse durante cuatro
días. Dormía
mucho, sin sueños, y casi siempre se arrepentía de despertarse.
Dormida, todo
desaparecía.
Llegado el día de
los funerales, Liesel todavía no se
había bañado, por lo
que Ilsa Hermann le preguntó con suma delicadeza si querría
hacerlo. Antes de
eso, se había limitado a
enseñarle dónde estaba el baño y le había dado una
toalla.
La gente que ese día asistió al sepelio de Hans y Rosa Hubermann
hablaría
durante mucho tiempo de la niña que se presentó luciendo un
precioso vestido
y una capa de mugre de
Himmelstrasse. También corrió el
rumor de que, ese
mismo día, más tarde, entró
completamente vestida en el Amper
y dijo algo
muy raro.
Algo sobre un beso.
Algo sobre una Saumensch.
¿Cuántas veces tenía que despedirse?
Transcurrieron semanas y meses y guerra. Liesel recordaba sus
libros en los
momentos de mayor abatimiento, sobre todo
los escritos para ella
y el que le
salvó la vida. Una
mañana, víctima de un nuevo estado de shock, incluso se
acercó hasta Himmelstrasse para buscarlos, pero ya no quedaba
nada. No había
remedio ante lo ocurrido. Necesitaría décadas, toda una vida
para recuperarse.
Se celebraron dos ceremonias para la familia Steiner. La
primera, el mismo
día del entierro. La segunda se ofició en cuanto a Alex Steiner
le dieron permiso
para regresar a casa después del bombardeo.
Alex había ido menguando desde que le llegó la noticia.
—Por los clavos de Cristo, ojalá hubiera dejado ir a Rudy a esa
escuela —
diría.
Salvas a alguien.
Lo matas.
¿Cómo iba a saberlo el hombre?
Lo que sí sabía era que habría dado cualquier cosa por estar esa
noche en
Himmelstrasse y poder cambiarse por Rudy.
Eso fue lo que le dijo
a Liesel en los escalones del
número ocho de
Grandestrasse, cuando corrió hasta allí tras oír que la joven
había sobrevivido.
Aquel día, en la entrada, Alex Steiner estaba hecho trizas.
Liesel le confesó que había besado a Rudy en los labios. Le dio
vergüenza,
pero creyó, que a él le gustaría saberlo. Sobre su rostro
asomaron lágrimas de
madera y una sonrisa de roble. El cielo era gris y brillante.
Una tarde plateada.
Max
Alex Steiner volvió
a abrir la sastrería cuando acabó
la guerra y Hitler
corrió a mis brazos. No le rentaba ningún beneficio, pero al
menos se mantenía
ocupado unas horas
al día, junto a Liesel, quien
solía acompañarlo. Pasaban
mucho tiempo juntos y a menudo se daban un paseo hasta Dachau
después de
su liberación, aunque allí eran los estadounidenses quienes los
rechazaban.
Al fin, en octubre de 1945, un
hombre de ojos cenagosos, plumas por
cabello y un rostro recién rasurado entró en la tienda. Se
acercó al mostrador.
—¿Hay por aquí alguien llamado Liesel Meminger?
—Sí, está dentro
—contestó Alex. No quiso
hacerse falsas esperanzas, así
que decidió asegurarse—. ¿Quién pregunta por ella?
Liesel salió.
Se abrazaron y lloraron y cayeron de rodillas.
La entrega
Sí, he visto
muchísimas cosas en este mundo. Soy testigo
de los peores
desastres y trabajo para los peores villanos.
Con todo, también tiene sus momentos.
Existen diversas
historias (como ya antes
he apuntado, un puñado nada
más) que me procuran distracción mientras trabajo, igual que los
colores. Las
recojo en los lugares
más infortunados e inverosímiles y
me aseguro de
recordarlas mientras me dedico a mis quehaceres. La ladrona
de libros es una de
esas historias.
Por fin pude hacer algo que llevaba mucho tiempo deseando cuando
viajé
hasta Sidney y me llevé a Liesel. La dejé en el suelo y,
mientras paseábamos por
la avenida Anzac, cerca del campo de fútbol, saqué un
polvoriento libro negro
del bolsillo.
La anciana se quedó muda de asombro.
—¿De verdad es lo que creo que es? —preguntó, cogiéndolo.
Asentí con la cabeza.
Nerviosa, abrió La ladrona de libros y pasó las páginas.
—Es increíble...
A pesar de que el texto se había desvaído, leyó las palabras.
Los dedos de
su alma acariciaron la
historia escrita tanto tiempo atrás, en un sótano de
Himmelstrasse.
Se sentó en el bordillo y yo hice lo propio, a su lado.
—¿Lo has leído?
—me preguntó, aunque sin mirarme.
Tenía los ojos
clavados en las palabras.
—Muchas veces.
—¿Lo entendiste?
Se hizo un gran silencio.
Pasaron varios
coches en ambas direcciones. Los conducían
múltiples
Hitlers, Hubermanns, Maxes, asesinos, Dillers y Steiners...
Quise decirle muchas cosas
a la ladrona de libros, sobre la
belleza y la
crueldad, pero ¿qué podía
contarle sobre todo eso
que ella no supiera?
Quise
explicarle que no dejo de
sobreestimar e infravalorar a la raza humana, que
pocas veces me limito
únicamente a valoraría.
Quise preguntarle cómo un
mismo hecho puede
ser espléndido y
terrible a la vez, y una misma
palabra,
dura y sublime. Sin
embargo, no abrí la boca. Sólo conseguí
hablar para
confiarle a Liesel Meminger
la única verdad que hago
mía. Se lo dije a la
ladrona de libros, y ahora te lo digo a ti.
ÚLTIMA NOTA DE LA NARRADORA
Los humanos me acechan.
Agradecimientos
Me gustaría empezar por dar las gracias a Arma McFarlane (tan
afectuosa
como inteligente) y a Erin Clarke (por su previsión, amabilidad y por
contar
siempre con el consejo
adecuado en el momento propicio). También quisiera
expresar mi gratitud a Bri Tunnicliffe por aguantarme y por no
perder la fe en
las fechas de entrega de las correcciones.
Estoy en deuda con Trudy White por su cortesía y talento. Es un
honor que
su obra ilustre estas páginas.
Mil gracias a Melissa Nelson por hacer que un trabajo difícil
pareciera fácil.
Tomé nota.
Este libro tampoco habría sido posible sin Cate Paterson, Nikki
Christer, Jo
Jarrah, Anyez Lindop,
Jane Novak, Fiona Inglis y
Catherine Drayton. Gracias
por poner vuestro valioso tiempo a mi disposición e invertirlo
en esta historia.
No encuentro palabras para expresar mi agradecimiento.
También desearía expresar
mi gratitud al Museo
Judío de Sidney, al
Australian War Memorial,
a Doris Seider del Museo
Judío de Munich, a
Andreus Heusler del Archivo Municipal de Munich y a Rebecca
Biehler (por su
información sobre el comportamiento estacional de los manzanos).
Mis sinceros agradecimientos a Dominica Zusak, Kinga Kovacs y
Andrew
Janson por sus estimulantes conversaciones y por su aguante.
Por último, mi gratitud
incondicional a Lisa y Helmut Zusak
por esas
historias que tanto cuestan creer, por sus risas y por enseñarme
el otro lado.
índice
Tabla de contenido
Convertirse en una «Saumensch»................................................................
26
El beso¶ (Un momento decisivo
de la infancia) ..................................... 39
La campeona de los
pesos pesados del patio del colegio ....................... 61
El hombre que se
encogía de hombros ......................................................... 68
Cien por cien puro
sudor alemán .............................................................. 90
435
El acordeonista (La
vida secreta de Hans Hubermann) ....................... 141
Los jugadores (un dado
de siete caras) ................................................... 199
El hombre que silbaba y
los zapatos ....................................................... 231
Tres estupideces de
Rudy Steiner ............................................................ 240
Aire fresco, una vieja
pesadilla y qué hacer con un cadáver judío ..... 264
El diario de la muerte:
Colonia ................................................................ 272
El «Gran diccionario de
definiciones y sinónimos» .................................. 282
El largo camino hasta
Dachau .................................................................. 312
El imbécil y los
hombres con abrigos largos .......................................... 320
La imagen de Rudy
desnudo ................................................................... 329
La mujer del hombre de
palabra .............................................................. 336
El cuaderno de dibujo
escondido............................................................. 354
La colección de trajes
del anarquista ....................................................... 364
El hermano eternamente
joven ................................................................ 378
El amargo sabor de las
preguntas ............................................................ 383
Una caja de
herramientas, un delincuente, un oso de peluche ........... 384
El librito negro de
Ilsa Hermann ............................................................. 412


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