© Libro N° 6112.
Los Enigmas De Los Viudos Negros. Los Viudos Negros 5. Asimov, Isaac. Emancipación.
Junio 15 de 2019.
Título
original: © Los
Enigmas De Los Viudos Negros. Los Viudos Negros 5. Isaac Asimov
Versión Original: © Los Enigmas De Los Viudos Negros. Los Viudos
Negros 5. Isaac Asimov
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Portada E.O. de Imagen original:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Una
vez al mes, los siete miembros del Club de los Viudos Negros se reúnen para
cenar en su restaurante favorito, en donde siempre les sirve un camarero
llamado Henry, también miembro del club. Con motivo de cada cena se invita a
alguien especial, quien expone a sus anfitriones un problema de ardua solución.
Los Viudos Negros deberán unir sus esfuerzos mentales para resolver el enigma,
si bien Henry, el camarero, es quien suele dar la última sorpresa…
LOS ENIGMAS DE LOS VIUDOS NEGROS
Los Viudos Negros - 5
Isaac Asimov
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Título original: Puzzles of the Black Widowers
Isaac Asimov, 1990
Traducción: María José Buxó-Dulce Montesinos
Editor digital: viejo_oso
ePub base r1.2
Esta
novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes
son producto de la imaginación del autor, o bien se usan de modo ficticio.
Cualquier parecido con acontecimientos reales o personas vivas o muertas, es
pura coincidencia.
A la
memoria de Linwood V. Carter (1930-1988) y John D. («Doc») Clark (1907-1988),
que me inspiraron a Mario Gonzalo y a James Drake, respectivamente.
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CONTENIDO
«El
cuarto homónimo» (The Fourth Homonym, 1985)
«Que
sea único depende de cómo se mire» (Unique Is Where You Find It, 1985)
«El
amuleto» (The Lucky Piece, 1990)
«El
triple diablo» (Triple Devil, 1985)
«Crepúsculo
sobre el agua» (Sunset on the Water, 1986)
«¿Dónde
está él?» (Where Is He?, 1986)
«El
bolso viejo» (The Old Purse, 1987)
«El
lugar tranquilo» (The Quiet Place, 1988)
«El
trébol de cuatro hojas» (The Four-Leaf Clover, 1990)
«El
sobre» (The Envelope, 1989)
«La
coartada» (The Alibi, 1989)
«La
receta» (The Recipe, 1990)
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INTRODUCCIÓN
Mi
primera historia de Viudos Negros, The Acquisitive Chuckle, fue escrita en 1971
y publicada en la edición de enero de 1972 del Ellery Queen’s Mystery Magazine.
Yo la había concebido como una obra aislada; pero Frederic Dannay (uno de los
dos autores que constituían Ellery Queen) pensó que podía ser una buena serie.
Así pues continué y, hasta ahora, he escrito no menos de sesenta de estas
historias y las he reunido en colecciones, doce relatos en cada una. Ésta, por
tanto, Puzzles of the Black Widowers (Los enigmas de los viudos negros) es la
quinta colección.
Pero,
entre la primera narración y la sexagésima han pasado diecisiete años y esto
significa que ha habido cambios. Por ejemplo, creo que tengo, por lo menos,
tres o cuatro años más que hace diecisiete años, aunque puede que esto se deba
tan sólo a mi pesimismo innato, que no puedo evitar. Un cambio mucho más serio
es que Fred Dannay murió en 1982, una pérdida para todos aquellos que
pertenecen al campo de la narrativa de misterio.
Otros
cambios han afectado al club en el cual está basada esta serie. He explicado en
colecciones anteriores que existe en la realidad una organización llamada los
Trap-Door Spiders que tiene ya más de cuarenta años y que se parece mucho a los
Viudos Negros. En realidad, he configurado a estos últimos, basándome en los
primeros, aunque de un modo muy libre.
Utilicé
seis Spiders como modelos para mis Viudos Negros, escogiéndolos más o menos al
azar y asegurándome de que no les importaba. Describí de ellos tan sólo el
aspecto físico de mis personajes y alguna de las características de su trato
(como la firmeza de opiniones de Emmanuel Rubin, la impaciencia de Thomas
Trumbull, la pedantería ocasional, pero encantadora, de Geoffrey Avalon, etc.).
Para
dejar constancia, aquí están los nombres de las personas auténticas que se
encuentran detrás de mis Viudos Negros:
Lester
del Rey: Emmanuel Rubin.
L.
Sprague de Camp: Geoffrey Avalon.
Don
Bensen: Roger Halsted.
Lin
Carter: Mario Gonzalo.
Gilbert
Cant: Thomas Trumbull.
John
D. Clark: James Drake.
Los
Trap-Door Spiders todavía existen después de diecisiete años, y el club sigue
fuerte; aunque, como es natural, ha habido cambios entre sus miembros. Algunos
de los antiguos socios han muerto, y han sido elegidos otros nuevos.
En
la realidad, y para mi desgracia, tres de aquellos a los que hice cargar con
los alter ego de los Viudos Negros han pasado al banquete perpetuo del cielo.
Son Gilbert Cant, que murió en 1982; y Lin Carter y John D. Clark, fallecidos
ambos en 1988.
Sin
embargo, sus réplicas continúan siendo Viudos Negros, y lo serán mientras yo
mismo
continúe ocupando mi cuerpo, que va envejeciendo. Tampoco nadie se hará mayor o
se pondrá enfermo o se volverá achacoso. Dentro de las historias de los Viudos
Negros, el tiempo no existirá y los enigmas continuarán de forma indefinida.
Podría
añadir, una vez más, que Henry no está calcado de nadie, sino que es mi propia
creación (aunque más de una persona se ha preguntado si yo tenía en la cabeza
al «Jeeves» de P. G. Wodehouse, puesto que idolatro a este autor. Quién sabe,
puede que lo tenga), Henry tampoco envejecerá y, no teman, nunca será
confundido, sino que continuará resolviendo cada enigma que surja mientras yo
viva.
EL
CUARTO HOMÓNIMO
—¡Homónimos!
—exclamó Nicholas Brant, invitado de Thomas Trumbull en el banquete mensual de
los Viudos Negros.
Era
más bien alto y tenía unas bolsas sorprendentemente prominentes bajo los ojos,
a pesar de su apariencia relativamente joven. Su cara era delgada y estaba
afeitada con pulcritud. Su cabello castaño no mostraba por el momento señales
de canas.
—¡Homónimos!
—repitió.
—¿Qué?
—preguntó Mario Gonzalo con tono inexpresivo.
—Las
palabras que llamas «equisonantes». Su verdadero nombre es «homónimos».
—¿Ah,
sí? —inquirió Gonzalo—. Deletréamelo.
Brant
lo deletreó.
Emmanuel
Rubin miró con aire de búho a través de los espesos cristales de sus gafas y
dijo:
—Tendrá
usted que excusar a Mario, Mr. Brant. No domina nuestra lengua. Gonzalo se
cepilló algunas motas de polvo de la manga de su chaqueta y observó: —Manny
está corroído por la envidia porque he inventado un juego de palabras.
Conoce
las palabras, pero no tiene ni una chispa de inventiva y eso le mata. —Seguro
que a Mr. Rubin no le falta inventiva —suavizó Brant—. He leído
algunos
libros suyos.
—Dejemos
mi caso —sugirió Gonzalo—. De todos modos, estoy deseando llamar a mi juego
«homónimos», en lugar de «equisonantes». La cosa es inventar cualquier
situación corta que pueda ser descrita por dos palabras que sean equisonantes…
Bueno, homónimos. Le daré un ejemplo: si el cielo está muy despejado, es fácil
decidir irse de picnic al aire libre. Si está lloviendo a cántaros es fácil
decidir no ir de picnic. Pero qué pasa si está nublado y el pronóstico es de
posibles chubascos; pero parece haber trozos de azul de cuando en cuando, de
modo que uno no puede decidirse en cuanto al picnic. ¿Cómo le llamaría a eso?
—Una
historia estúpida —contestó Trumbull con aspereza, pasándose la mano por su
cabello blanco y rizado.
—Vamos
—intervino Gonzalo—, siga el juego. La respuesta es dos palabras que suenen
igual.
Hubo
un silencio general y Gonzalo continuó:
—La
respuesta es whether weather. Es la clase de weather (tiempo) en la que uno se
pregunta whether (si) ir de picnic o no. Whether weather. ¿No lo capta?
James
Drake aplastó su cigarrillo y contestó:
—Lo
captamos. La cuestión es, ¿cómo nos libramos de esto?
Roger
Halsted dijo con su suave voz:
—No
le hagas caso, Mario. Es un juego de salón razonable, salvo que no parece
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haber
muchas combinaciones que puedas usar.
Geoffrey
Avalon bajó la vista austeramente desde su altura de metro ochenta y tantos y
contestó:
—Más
de las que pueden imaginarse. Supongamos que usted posea un morueco castrado
que esté alegre los días claros y triste los lluviosos. Si estuviera nublado,
usted podría preguntarse si ese morueco estaría triste o alegre. Eso sería
whether, wether, weather.
El
coro replicó indignado:
—¿Quéee?
Avalon
explicó:
—La
primera palabra es whether que significa si. La última palabra es weather que
se refiere a las condiciones atmosféricas. La palabra central es wether, que
significa un morueco castrado. Mírenlo en el diccionario si no me creen.
—No
se preocupen —recomendó Rubin—. Tiene razón.
—Repito
—gruñó Trumbull— que esto es un juego estúpido.
—No
tiene que ser un juego —observó Brant—. Los abogados son muy conscientes de las
ambigüedades creadas en el lenguaje y los homónimos pueden causar dificultades.
La
voz suave de Henry, aquel camarero apto para todas las situaciones, se hizo oír
sobre el barullo por obra de alguna alquimia que solamente funcionaba para él.
—Caballeros
—anunció—, he de interrumpir una discusión acalorada, pero se está sirviendo la
cena.
—Aquí
hay otro —dijo Gonzalo hablando por encima de la trucha ahumada—. Alguien ha
anotado todos los números y en todos ellos, excepto en uno ha dibujado una cara
muy inteligente. Un niño que lo observa está encantado, pero no satisfecho
porque el proyecto no se halla terminado. ¿Qué es lo que dice?
Halsted,
que estaba esparciendo delicadamente sobre su trucha la salsa de rábanos
picantes, contestó:
—El
niño dice: Do that to two, too (Haz esto también a dos).
Gonzalo
preguntó con aire afligido:
—¿Había
oído eso en algún sitio?
—No
—contestó Halsted—; pero es un ejemplo matemático del juego. ¿Cómo voy a
enseñar matemáticas en un instituto si no puedo resolver problemas que implican
el número dos?
Gonzalo
frunció el ceño.
—¿Está
intentando ser gracioso, Roger?
—¿Quién?
¿Yo?
Trumbull
intervino:
—Como
anfitrión de esta noche, me gustaría recomendar que cambiáramos de
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tema.
Nadie
mostró señal alguna de haberle escuchado.
Avalon
sentenció:
—Los
homónimos suelen ser consecuencia de accidentes de la historia del lenguaje.
Por ejemplo, night (noche), palabra por la cual significo lo contrario de día,
es análoga a la alemana Nacht (noche); mientras que knight, por la cual quiero
decir un caballero de la Tabla Redonda, es afín a la alemana Knecht. En inglés,
las vocales cambiaron y la k es invariablemente silenciosa en una inicial kn,
de modo que se termina con dos palabras pronunciadas de modo idéntico.
—Las
iniciales kn no dan invariablemente una k silenciosa —objetó Rubin—. Existen
algunas palabras que no están suficientemente anglificadas. Tengo un amigo
judío que se casó con una señorita de fe no judía. Deseosa de complacer a su
reciente marido, compró algunas delicadezas étnicas para él, que ella exhibió
con orgullo. Enumerando sus compras, dijo: «Y también te he comprado este
nish». Se quedó muy aturdida cuando él rompió en una risa histérica.
Drake
observó:
—No
lo he captado.
Rubin
explicó con un punto de impaciencia:
—La
palabra es knish, con la k fuertemente pronunciada. Es una bola de pasta en
cuyo interior se ponen patatas machacadas con especias, o algún otro relleno, y
luego se fríen o se asan. Cualquier neoyorquino debería saberlo.
Trumbull
suspiró y dijo:
—Bien,
si no puedes vencerlos, únete a ellos. ¿Alguien es capaz de decirme un grupo de
cuatro homónimos, cuatro palabras que se pronuncien igual, con deletreo y
significado distinto en cada caso? Les daré cinco minutos en los cuales espero
un bendito silencio.
Los
cinco minutos transcurrieron de forma bastante agradable, con el único sonido
de las crujientes cascaras de langosta golpeando en los tímpanos, y entonces
Trumbull continuó:
—Les
daré una de las palabras: right, que significa lo contrario de izquierdo.
¿Cuáles son las otras tres?
Halsted
contestó, con la boca todavía llena de patas de langosta:
—Existe
write, que significa escribir palabras y rite, que es un procedimiento
religioso determinado; pero no creo que haya una cuarta.
Avalon
afirmó:
—Sí,
la hay. Es wright, w-r-i-g-h-t, que significa mecánico.
—Eso
es arcaico —protestó Gonzalo.
—No
del todo —dijo Avalon—; todavía hablamos de playwright refiriéndonos a alguien
que escribe comedias.
Brant
intervino:
—Mi
amigo Tom ha mencionado right definiéndolo como lo contrario de
izquierda.
¿Qué opinan de right, que es lo contrario de wrong (equivocado) y right,
significando perpendicular? ¿Serían un quinto y un sexto homónimos?
—No
—observó Gonzalo—, el deletreo tiene que ser distinto para que las palabras
sean homónimos, al menos mientras se siga este juego mío.
Avalon
opinó:
—No
siempre, Mario. Dos palabras pueden ser deletreadas del mismo modo, pero tener
diferentes significados y distintos orígenes etimológicos; y se contarían como
homónimos. Por ejemplo, bear (oso), que se refiere al animal y bear que quiere
decir llevar, tienen el mismo deletreo y pronunciación; pero diferentes
orígenes, de modo que yo les llamaría homónimos; además de bare, desnudo,
naturalmente. Sin embargo, los diferentes usos de right, como en right hand
(mano derecha), right answer (respuesta correcta) y right angle (ángulo recto),
proceden todas de la misma raíz con el mismo significado, de modo que no serían
homónimos.
Hubo
quince minutos adicionales antes de que Trumbull se creyera justificado para
golpear con su cuchara el vaso de agua y detener la conversación.
—Nunca
he estado tan contento —manifestó— en ninguno de los banquetes de los Viudos
Negros en el momento de poner fin a una conversación. Si tuviera poder absoluto
como anfitrión castigaría a Mario con una multa de cinco dólares por haberla
comenzado.
—Usted
ha tomado parte en ella, Tom —observó Gonzalo.
—En
defensa propia… Y a callar —dijo Trumbull—. Me gustaría presentar a mi
invitado, Nicholas Brant. Jeff, usted parece civilizado aunque esté más
homonimizado que ningún otro, de modo que, ¿me haría el honor de comenzar las
preguntas?
Las
formidables cejas de Avalon se levantaron al decir:
—Apenas
creo que homonimizado sea inglés, Tom —y, volviéndose hacia el invitado
preguntó—: Mr. Brant, ¿a qué se dedica usted?
Brant
sonrió con tristeza.
—No
creo que pueda decir «a hacer de abogado». Usted conoce quizás el viejo chiste
del tiempo en que Dios amenazó con poner un pleito a Satán y éste le contestó:
«¿Cómo podrás? Tengo a todos los abogados.» En mi defensa, sin embargo, he de
decir que no soy de la clase de abogado que hace trucos delante de un juez y un
jurado. La mayoría de las veces estoy sentado en mi despacho e intento escribir
documentos que se proponen decir lo que se supone que dicen.
—Yo
mismo soy un abogado manifiesto —declaró Avalon—, de modo que hago la siguiente
pregunta sin mala intención. ¿Alguna vez intenta escribirlos de modo que no
digan lo que se supone que dicen? ¿Trata de establecer argucias?
—Naturalmente
—contestó Brant—, intento diseñar un documento que deje a mi cliente toda la
libertad de acción posible y a la otra parte la menor que esté en mi
mano.
Pero la otra parte también tiene un abogado que está trabajando duramente para
lo contrario, y el resultado suele ser que el contrato termine razonablemente
para ambos.
Avalon
hizo una pausa y luego dijo:
—En
la discusión anterior sobre homónimos, usted afirmó, si recuerdo bien, que los
homónimos eran ambigüedades que podían causar dificultades. ¿Significa eso que
usted, profesionalmente, hizo uso de algún homónimo en la preparación de
contratos y trajo consigo complicaciones inesperadas?
Brant
levantó ambas manos.
—No,
no, nada de eso. Lo que tenía en la cabeza cuando hice esa afirmación no tiene
nada que ver con el tema que discutimos ahora.
Avalon
pasó el dedo alrededor del borde de su vaso de agua.
—Tiene
que entender, Mr. Brant, que esto no es un interrogatorio legal. No hay un tema
particular en discusión y todo tiene que ver. Repito mi pregunta.
Brant
permaneció un momento silencioso y luego continuó:
—Es
algo que tuvo lugar hace poco más de veinte años y acerca de lo cual he pensado
muy pocas veces desde entonces. El juego de los homónimos de Mr. Gonzalo me lo
trajo a la mente; pero no es…, nada. No implica ningún problema legal ni
complicación de ningún tipo. Es tan sólo…, un enigma. Se trata de un asunto
insoluble que no vale la pena discutir.
—¿Es
confidencial? —preguntó Gonzalo—. Porque si es…
—No
hay nada confidencial en ello —respondió Brant—. Nada secreto, nada delicado…,
y por tanto nada interesante.
Gonzalo
intervino:
—Cualquier
cosa que sea insoluble es interesante. ¿No está de acuerdo, Henry?
Henry,
que estaba llenando los vasos de brandy, contestó:
—Creo
que es así cuando existe al menos terreno posible para la especulación, Mr.
Gonzalo.
—Bien
—comenzó Gonzalo—, entonces, si…
—Mario,
déjeme continuar, por favor… —interrumpió Avalon—. Mr. Brant, me pregunto si
podría usted darnos detalles de este enigma insoluble suyo. Agradeceríamos
mucho oírlo.
—Tendrán
una gran decepción.
—Es
un riesgo que querernos correr.
—Está
bien —aceptó Brant—; si me dan sólo una oportunidad de recordar… Apoyó la cara
sobre la mano, pensando, mientras los seis Viudos Negros lo
observaban
expectantes. Henry ocupó su lugar habitual junto al aparador.
Brant
explicó:
—Comencemos
con Alfred Hunzinger. Era un pobre muchacho de una familia de inmigrantes y no
poseía ninguna educación digna de mención. Estoy bastante seguro de que nunca
fue a un colegio medio. Cuando tenía catorce años, estaba trabajando.
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Eran
las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial, y la educación no se
consideraba en absoluto como un derecho innato ni siquiera particularmente
deseable para los que acostumbraban a llamarse trabajadores. Sin embargo,
Hunzinger no era un trabajador corriente. Era industrioso e inteligentísimo. La
inteligencia y la educación no van siempre de la mano, ya lo saben.
Rubin
dijo de modo un tanto forzado:
—En
verdad no lo hacen. He conocido a algunos idiotas educados con mucho esmero.
—Hunzinger
era lo contrario —continuó Brant—. Era un genio de los negocios; sin educación
ninguna. Tenía capacidad para hacer prosperar una empresa. Cualquier cosa que
tocaba marchaba bien y llegó a poseer un negocio formidable. Pero eso no era
bastante para él. Siempre sintió vivamente su falta de instrucción, y se
embarcó en un programa de estudio en casa. No era continuo, porque su negocio
constituía su principal preocupación, y había períodos en los que disponía de
poco tiempo. Además, era incoherente, porque leía con promiscuidad y sin que
nadie lo guiase. Tener una conversación con él era exponerse a una mezcla
curiosa de pedantería e ingenuidad.
—Lo
conocía usted personalmente, supongo —quiso saber Avalon.
—En
realidad, no —contestó Brant—. No íntimamente. Hice algún trabajo para él. El
más importante fue preparar su testamento. Esto, si se hace bien y hay que
considerar asuntos de negocios complejos, requiere mucho tiempo y da como
resultado un documento largo. Periódicamente debe ser puesto al día o revisado,
y las palabras han de elegirse con cuidado a la luz de las leyes fiscales, que
cambian sin cesar. Créanme, era virtualmente una carrera por sí mismo y me vi
forzado a pasar muchas horas de reunión con él y a entrar en una extensa
correspondencia. Sin embargo, fue una relación muy limitada y especializada.
Llegué a conocer la naturaleza de sus finanzas bastante a fondo; pero a él,
como persona, sólo de un modo superficial.
—¿Tenía
hijos? —preguntó Halsted.
—Sí,
los tenía —contestó Brant—. Se casó en una época tardía de su vida; a la edad
de cuarenta y dos años, si no recuerdo mal. Su esposa era bastante más joven.
El matrimonio, aunque no idílicamente feliz, fue bien. No hubo divorcio, ni
perspectiva de ello en ningún momento, y Mrs. Hunzinger murió hace tan sólo
unos cinco años. Tuvieron cuatro hijos, tres chicos y una niña. La chica se
casó bien; sigue casada, tiene sus hijos y está, y ha estado, en muy buena
posición. Apenas aparecía en el testamento. Algunas inversiones pasaron a ella
en vida de Hunzinger y eso fue todo. El negocio se transmitió sobre una base
igualitaria, un tercio a cada uno de los tres hijos cuyos nombres eran Frank,
Mark y Luke.
—¿En
ese orden de edad? —inquirió Drake.
—Sí.
El mayor, para usar su firma legal, es B. Franklin Hunzinger. El mediano es
Mark David Hunzinger. El más joven es Luke Lynn Hunzinger. Naturalmente, yo le
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hice
la observación a Hunzinger de que dejar su negocio por partes iguales a sus
tres hijos iba a causar dificultades. El producto podía dividirse por igual;
pero el poder directivo, el de tomar decisiones, tenía que ser puesto en manos
de uno solo. Pero él se mostró muy tercamente reacio a eso. Dijo que había
educado a sus hijos de acuerdo con los ideales de la antigua república romana;
que todos ellos tenían confianza en él, el paterfamilias (utilizó este término,
para gran sorpresa mía) y también la tenían ellos entre sí. No habría ninguna
dificultad en absoluto, según afirmó. Me tomé la libertad de observar que podía
darse muy bien que fueran hijos ideales mientras él estuviera vivo y con su
fuerte personalidad dirigiendo los asuntos. Después de que se hubiera ido, sin
embargo, era posible que aparecieran rivalidades ocultas. Nunca, insistió él,
nunca. Yo pensé que estaba ciego y me sorprendí de que una persona que era tan
viva ante cualquier asomo de trampa en los asuntos de negocios, tan realista en
las cosas del mundo, pudiera ser tan locamente romántico en lo que se refería a
su propia familia.
Drake
interrumpió:
—¿Cómo
se llamaba la hija?
—Claudia
Jane —contestó Brant—. En este momento, no recuerdo su nombre de casada. ¿Por
qué lo pregunta?
—Por
simple curiosidad. Ella podía haber tenido también ambiciones, ¿no? —No lo
creo. Al menos no con respecto al negocio. Ella dejó claro que no
esperaba
ni quería ninguna participación en él. Su marido era rico… Fortuna antigua…,
posición social…, esa clase de cosas. Lo último que ella quería era ser
identificada con lo que, por decirlo de alguna manera, era un almacén gigante
de ferretería.
—Bien,
ya entiendo —dijo Drake.
—Debo
admitir que la familia parecía estar en armonía total —continuó Brant—. Yo me
encontré con los hijos alguna vez que otra, juntos y por separado, y parecían
jóvenes agradables, que se llevaban muy bien, y por supuesto, muy apegados a su
padre. Entre una cosa y otra llegó un momento en el que a ellos les pareció
apropiado invitarme a las fiestas que se organizaron para celebrar el
octogésimo cumpleaños del anciano. Y, en aquella ocasión, fue cuando Hunzinger
tuvo el ataque de corazón que le llevó a la muerte. No era del todo inesperado.
Estuvo enfermo del corazón durante años; pero fue una desgracia total para él
que sucediera en su cumpleaños. La fiesta se interrumpió, como es lógico, lo
colocaron suavemente sobre el sofá más cercano y se llamó a los médicos. Hubo
una especie de silencioso pandemónium. La confusión fue suficiente para que yo
pudiera quedarme. Puede parecer macabro, pero imaginé que tenía un trabajo que
hacer. Él todavía no había designado a ningún hijo para ser el jefe de la
empresa. Era demasiado tarde para hacer nada por escrito; pero, si él dijera
cualquier cosa, podía tener alguna fuerza. Supongo que los hijos no sabían lo
que yo tenía en la mente. Estaban allí, claro. Su madre, medio presa de un
shock, había sido llevada a otra parte. Nadie parecía darse cuenta de que yo
estaba presente. Me incliné,
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me
acerqué al oído del anciano y le pregunté: ¿Cuál de sus hijos tiene que ser el
jefe de la empresa, Mr. Hunzinger? Era demasiado tarde. Sus ojos estaban
cerrados, su respiración se había convertido en un estertor. Me pregunté si me
habría oído. Un médico se aproximó. Supe que me detendría, así que lo intenté
de nuevo rápidamente. Esta vez las pestañas del moribundo parpadearon y sus
labios hicieron un movimiento como si intentara hablar. Sin embargo, solamente
salía un sonido. Parecía ser la palabra to (a). No oí nada más. Él duró una
hora más; pero no dijo ninguna otra palabra y murió, sin recobrar la
conciencia, en el sofá en que había sido colocado… Y eso fue todo.
Gonzalo
preguntó:
—¿Qué
sucedió con el negocio?
—Nada
—respondió Brant con lo que parecía el residuo de una enorme sorpresa
—.
El anciano tenía razón. Los tres hijos se entienden divinamente. Es una especie
de triunvirato. Cuando tiene que tomarse cualquier decisión, se reúnen y llegan
a una resolución en seguida. Es en verdad algo sorprendente y si esa especie de
cosa se contagiara, los abogados se morirían de hambre.
—Entonces
no importa lo que dijera el anciano, ¿verdad? —opinó Gonzalo. —Ni lo más
mínimo, excepto que durante un tiempo despertó mi curiosidad.
¿Qué
es lo que estaba intentando decirme? Ustedes ven la dificultad, supongo.
—Naturalmente —contestó Drake atusando su bigotito gris—. No se puede hacer
gran
cosa con la palabra to.
—Es
peor que eso —observó Brant—. ¿Qué homónimo? ¿Era to (a) o too (también) o two
(dos)? Existen tres tos en la lengua inglesa. Dicho sea de paso, ¿cómo escriben
esta última frase? A menudo me lo ha preguntado. Pueden decir «tres tos», dado
que los tres se pronuncian del mismo modo, pero ¿cómo lo escriben, si cada uno
de los homónimos se deletrea de modo diferente?
Avalon
planteó:
—Yo
diría «existen tres palabras que se pronuncian tu». La doble o es la manera
menos ambigua de indicar la pronunciación que tienen las tres.
—Bien,
en cualquier caso, aunque yo supiera que era too, no serviría de nada. Trumbull
intervino:
—Puede
que no haya sido una palabra, Nick. Supongamos que estuviera diciendo una
palabra más larga como constitución. Eso son cuatro sílabas y ocurrió que él
sólo consiguió articular la tercera. Todo lo que usted tendría sería tu.
—Quizá
—admitió Brant—. No puedo probar que no fuera así. Pero, en aquel momento, tuve
la impresión de que era una palabra, una de las tres «tos», sea cual sea la
manera en que usted quiera deletrearlo. Supongo que yo estaba intentando
desesperadamente leer en sus labios y él podía haber dicho Headship to
so-and-so (La dirección a fulano) y todo lo que capté fue el to. Lo cual me
deja sin nada. Naturalmente, tal como dije, no importa. Los hijos se llevan muy
bien. De todos modos…
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Brant
meneó la cabeza.
—Yo
soy abogado. Me preocupaba que llegara tan cerca de haberlo hecho bien. Aunque
él estuviera rehusando elegir a ninguno. Aunque estuviera diciendo «A nadie»,
habría estado expresando su último deseo y eso hubiera sido mejor que caer en
una situación por defecto. Así que, durante algún tiempo estuve preguntándome.
Y ahora ustedes me lo han vuelto a poner en la cabeza y seguiré preguntándome
durante otro tiempo… Y sin sacar nada en limpio, porque no hay nada que sacar.
Un
pesado silencio descendió sobre la mesa. Al fin fue roto por Gonzalo, quien
dijo:
—Al
menos es una versión interesante del juego de los homónimos. ¿Cuál de los
equisonantes fue?
Trumbull
preguntó:
—¿Y
qué más da? Ninguno de los tres nos ayudaría a dar sentido a lo que el anciano
intentaba decir.
—Ya
se lo advertí —replicó Brant malhumorado—. Es un problema insoluble.
No
existe suficiente información.
—No
tenemos que resolverlo —observó Halsted—, dado que no existe ninguna crisis que
tenga que solucionarse ni hay delincuente al cual debamos dar castigo. Todo lo
que hemos de hacer es establecer una posibilidad razonable para tranquilizar
nuestra mente. Por ejemplo, supongamos que él estuviera diciendo t-w-o (dos).
—Bien,
supongamos que fuera así —aceptó Avalon.
—Entonces
puede ser que estuviera diciendo algo como «Dárselo al hijo número dos.»
Brant
meneó la cabeza y explicó:
—La
impresión que tuve fue que el to que oí, estaba a mitad del mensaje. Sus labios
se movieron antes y después de que oyera el t-o.
—No
estoy convencido de que usted pueda atenerse a eso —dijo Rubin—. Sus labios
casi no estaban bajo control. Algo de lo que parecía ser movimiento, podía
haber sido solamente un temblor.
—Es
lo pone todavía peor —opinó Brant.
—Espere
un poco —intervino Halsted—. Mi idea va bien incluso con la palabra en medio
del mensaje. Podía haber sido algo como «Darlo a mi hijo número dos» o «Al
número dos le pertenece».
Trumbull
gruñó.
—Charlie
Chan puede decirlo, pero ¿era probable que Hunzinger hiciera eso…?
Al,
¿oyó alguna vez que ese hombre se refiriera a sus hijos por medio de un número?
—No
—respondió Brant—. No creo que lo hiciera nunca.
—Bien
—dijo Trumbull—. ¿Y por qué demonios tenía que comenzar a hacerlo en su lecho
de muerte?
—Me
sorprende —manifestó Rubin—. Consideren lo siguiente. Su segundo hijo se llama
Mark, que es también el nombre del autor del segundo Evangelio. Su tercer
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hijo
se llama Luke, que es el nombre del autor del tercer Evangelio. Apostaría algo
a que si hubiera tenido un cuarto hijo, se hubiera llamado John.
—¿De
qué sirve hacer una suposición así? —preguntó Gonzalo—. No podemos resolverlo y
decidir quién es el ganador.
—¿Por
qué no fue Matthew el nombre del primer hijo? —quiso saber Avalon.
Rubin
argumentó:
—Quizás
Hunzinger no pensó en ello hasta después de que naciera su segundo hijo. O,
simplemente, no le gustaba Matthew. En todo caso, me choca que si la palabra
era t-w-o, tuviera un doble significado. Se referiría al segundo hijo y al
segundo Evangelio e indicaría a Mark en cualquiera de los casos.
Trumbull
comentó:
—Podría
haber un millón de razones por las cuales el número dos indicaría a Mark; pero
aunque las reunamos todas, no resultaría más probable que él se refiriese a «mi
hijo número dos», de lo que sería solamente por una razón. ¿Por qué no decir
Mark, si quería referirse a él?
Brant
continuó:
—Bien,
podía haber dicho to Mark; pero todo lo que yo oí fue to (a).
Avalon
intervino:
—Mr.
Brant, me gustaría saber si usted, en algún momento, observó que Mr. Hunzinger
tuviera más confianza en uno de sus hijos que en otro, que valorase en mayor
grado la perspicacia para los negocios de uno en particular, que lo quisiera
más.
Brant
inclinó la cabeza pensativo. Luego la movió en gesto negativo.
—No
puedo decir que lo notara. No tengo recuerdo alguno de nada parecido.
Naturalmente, tal como dije, mi relación con la familia no era de estrecha
amistad personal. Se trataba tan sólo de una cuestión de negocios. El anciano
nunca confió asuntos familiares más allá de las cosas que fueran importantes
para el testamento.
Gonzalo
apuntó:
—Seguimos
hablando acerca de los hijos. ¿Cómo sabe usted que el anciano no le concedió
ninguna atención a su hija? Supongamos que dejara el negocio a sus tres hijos,
por terceras partes, pero quisiera que su hija tomara las decisiones cruciales.
Podía haber pensado que ella era la que tenía el mejor sentido para los
negocios y dirigiría el cotarro aunque no quisiera estar conectada con los
negocios de la empresa de un modo abierto.
—¿Qué
es lo que le ha inducido a esa idea, Mario? —preguntó Avalon. —Supongamos que
la palabra fuera t-o-o (también). Podía haber estado diciendo
«Mi
hija también debería estar incluida». Algo así.
—No
lo creo —declaró Brant—. Mr. Hunzinger nunca mencionó a su hija en conexión con
la empresa. Recuerden también que sus prejuicios son anteriores a la Primera
Guerra Mundial cuando las mujeres ni siquiera podían votar. Él no era feminista
en modo alguno. Su esposa fue una simple ama de casa, y eso era lo que a
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él
le gustaba. Se cuidó de casar a su hija con un hombre rico y, por lo que a él
concernía, eso constituía el límite de su responsabilidad respecto de ella. Al
menos me veo forzado a esa conclusión cuando pienso en nuestras diversas
discusiones sobre el testamento.
Una
vez más cayó el silencio alrededor de la mesa, hasta que Avalon dijo con un
suspiro bastante teatral:
—No
importa qué hipótesis establezcamos. No importa lo inteligentes e ingeniosas
que éstas puedan ser; no existe modo alguno por el que podamos demostrar que
son verdad. Me temo que, por esta vez, tenemos que decidir que nuestro
anfitrión tiene razón y que el problema, por su misma naturaleza, es insoluble.
Gonzalo
apuntó:
—No,
hasta que preguntemos a Henry.
—¿Henry?
—se sorprendió Brant, y su voz bajó hasta convertirse en un suspiro
—.
¿Se refiere al camarero? Trumbull le dijo:
—No
hay necesidad de hablar tan bajo, Nick. Él es miembro del club.
—Entonces,
le preguntaré —decidió Gonzalo—. Henry, ¿tiene alguna idea acerca de esto?
Desde
su lugar en el aparador, Henry les dirigió una ligera sonrisa y contestó:
—Debo
admitir, Mr. Gonzalo, que me he estado preguntando cuál podría ser el
nombre
del hijo mayor.
Gonzalo
señaló:
—Frank.
¿No lo recuerda?
—Perdón,
Mr. Gonzalo; pero me parece recordar que el hijo mayor es B. Franklin
Hunzinger. Me preguntaba qué significaba la «B».
Todos
los ojos se volvieron hacia Brant, quien se encogió de hombros y dijo:
—Él
está identificado como B. Franklin incluso en el testamento de su padre. Ésa es
la forma legal de su firma. Siempre pensé, sin embargo, que la B. quería decir
Benjamin.
—Es
una suposición normal —convino Henry—. Cualquier norteamericano llamado B.
Franklin parecería que estaba obligado a ser un Benjamin. Pero, ¿oyó alguna vez
que algún miembro de la familia, o cualquier otra persona, se dirigiera a él
como Benjamin o Ben?
Brant
meneó la cabeza muy despacio.
—No
recuerdo nada parecido; pero esto sucedió hace más de veinte años y yo, como he
dicho, no formaba parte del círculo familiar.
—¿Y
después de la muerte del anciano Hunzinger?
—Apenas
tuve contacto con ellos desde entonces, ni siquiera respecto a asuntos legales.
Trumbull
preguntó:
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—¿A
qué viene todo eso, Henry?
—Porque
se me ha ocurrido que existen, para hablar de algún modo, cuatro homónimos con
el sonido t-o-o.
Avalon
inquirió con voz asombrada:
—¿Cuatro?
¿Quiere decir que uno de los homónimos tiene dos significados de derivación
independiente como en el caso de b-e-a-r?
—No,
Mr. Avalon. Me estoy refiriendo a los cuatro homónimos con cuatro distintos
deletreos.
Avalon
se apresuró a decir:
—Imposible,
Henry. Manny, ¿puede usted hallar un cuarto homónimo además de t-o-o y t-w-o?
—No
—respondió Rubin llanamente—. No existe un cuarto homónimo.
Henry
puntualizó:
—He
dicho «para hablar de algún modo». Todo depende del primer nombre de B.
Franklin.
Drake
comentó:
—Henry,
es usted muy misterioso y nos tiene a todos confundidos. Explíquese, por favor.
—Sí,
doctor Drake. Mr. Brant había dicho que el viejo Hunzinger era un autodidacta y
había indicado que estaba particularmente interesado en la historia romana. Él
educó a sus hijos en lo que creía que era la tradición romana. Utilizó términos
tales como «paterfamilias», etc. Y les dio nombres romanos tradicionales. A su
hija le puso Claudia; un hijo es Mark, del romano Marcus; otro es Luke, del
romano Lucius. Es posible, de hecho, que los nombres originales fueran en
realidad Marcus y Lucius y que los jóvenes encontrasen Mark y Luke más
aceptable para sus ambientes. Ahora bien, ¿qué ocurre si el hijo mayor tenía
también un nombre romano sin ninguna forma inglesada usual? Podía no haberlo
usado en absoluto, y se quedó con Franklin que se convierte en el muy común y
aceptable Frank. Un nombre corriente romano que empiece con «B» es Brutus, y no
tiene ninguna forma de adaptación a la lengua inglesa que resulte aceptable.
—Ajá
—exclamó Rubin.
—Sí,
Mr. Rubin —dijo Henry—. Si el anciano Mr. Hunzinger había picoteado briznas del
latín, indudablemente las últimas palabras de Julio César, una de las más
famosas de todas las frases latinas, le sería conocida. Contiene la palabra tú
que es la latina para la forma familiar de you (tú) y es tan conocida entre la
gente educada de habla inglesa, aunque solamente fuera por esa frase, que podía
casi considerarse como un cuarto homónimo. Preguntado acerca de cuál de sus
hijos debería dirigir la empresa, el moribundo pensó en el mayor, recordó el
nombre que le había dado cuando era niño y podía haber dicho algo así como
«todos mis hijos participan y tú, Brutus, serás el jefe». La frase «y tú,
Brutus» se convierte en la exclamación que murmuró César de «et tu, Brute» y
solamente el «tu» sonó lo bastante fuerte para ser
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oído.
—Dios
mío —murmuró Brant—. ¿Quién podría pensar en algo como eso? —Pero es lo más
ingenioso —observó Avalon—. Espero que tenga razón, Henry.
Me
sentaría muy mal ver desperdiciado ese razonamiento. Supongo que podríamos
llamar a Hunzinger e intentar persuadirle de que nos dijera cuál es su primer
nombre.
Gonzalo
dijo con excitación:
—Espere,
Jeff, ¿no figurará en el Who’s Who in America? Normalmente incluyen a hombres
de negocios.
Avalon
objetó:
—Podían
tener tan sólo la versión oficial de su nombre… B. Franklin Hunzinger.
Naturalmente a veces incluyen el resto del nombre entre paréntesis, para
indicar que existe pero que no se usa.
—Veamos
—propuso Gonzalo.
Bajó
el primer tomo de la obra y, durante un ratito, se oyó el sonido de hojas que
se movían. De pronto paró y Gonzalo gritó con voz triunfante:
—Brutus
Franklin Hunzinger. El «r-u-t-u-s» entre paréntesis.
Brant
enterró la cabeza entre las manos.
—Esto
ha estado preocupándome durante veinte años, sin dejar de pensar en ello de
cuando en cuando, y, si lo hubiera mirado en el Who’s Who… ¿Y por qué tenía que
ocurrírseme mirarlo? —Meneó la cabeza—. Tengo que decírselo a ellos. Tendrán
que saberlo.
Henry
apuntó:
—No
creo que sea prudente, Mr. Brant. Los hermanos se llevan bien tal como están;
pero, si averiguan que su padre había escogido a uno de ellos para dirigir la
empresa, de lo cual tampoco podemos estar seguros, es posible que surgieran
sentimientos inconvenientes. No se debe intentar arreglar lo que no está roto.
Post
Scriptum
Varios
de los enigmas de mis Viudos Negros dependen de las vaguedades de la lengua
inglesa. No puedo evitarlo, porque tengo un gran interés y admiración por el
lenguaje.
Debo
admitir, sin embargo, que me doy cuenta, con desagrado, de que siempre que
dependa demasiado del inglés, pongo grandes barreras a los traductores y puedo
disminuir mis oportunidades de conseguir ediciones extranjeras. El problema no
es sólo que las ediciones extranjeras aportan dinero (es bien conocido que mi
carácter es demasiado refinado y noble para que yo esté interesado en el
dinero), sino que las traducciones presentan mi obra a públicos que, de otro
modo, serían incapaces de
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leerme.
Y ser ampliamente leído sí me interesa.
Sin
embargo, debo admitir que, cuando en un punto del lenguaje hallo un truco útil,
como en la historia que acaban de leer, nunca puedo resistirme.
El
relato apareció por primera vez en la edición de marzo de 1985, del Ellery
Queen’s Mystery Magazine.
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QUE
SEA ÚNICO DEPENDE DE CÓMO SE MIRE
Emmanuel
Rubin hubiera peleado hasta la muerte antes que reconocer que la sonrisa de su
cara era fatua. Sin embargo, lo era. Aunque hiciese todo lo posible por
intentarlo, no podía esconder el orgullo en su voz o el brillo de complacencia
en su mirada.
—Compañeros
Viudos —anunció—, ahora que incluso Tom Trumbull está aquí, déjenme presentar a
mi invitado de la noche. Es mi sobrino, Horace Rubin, hijo mayor de mi hermano
menor y luz resplandeciente de la nueva generación.
Horace
sonrió débilmente ante esa introducción. Era más alto que su tío (le sacaba
toda la cabeza) y un poco más delgado. Tenía el cabello oscuro y rizado, la
nariz prominente, arqueada y una ancha boca. No era guapo en absoluto, y Mario
Gonzalo, el artista de los Viudos Negros se estaba esforzando mucho para no
exagerar las facciones. La precisión fotográfica era suficiente caricatura. Lo
que no entraba en el dibujo, naturalmente, era la luz inequívoca de una
inteligencia rápida en los ojos del joven.
—Mi
sobrino —explicó Rubin—, está trabajando para conseguir su doctorado en
Columbia. En química. Y lo está haciendo ahora, Jim, no en mil novecientos,
cuando usted lo hizo.
James
Drake, el único Viudo Negro con un doctorado legítimo (aunque todos tenían
derecho a que se les dieran el tratamiento de «doctor» según las reglas del
club), respondió:
—Bravo
por él… Y mi doctorado fue ganado justo antes de la guerra; la Segunda Guerra
Mundial quiero decir. —Sonrió, con cierta reticencia a través de la fina
columna de humo que subía girando desde su cigarrillo.
Thomas
Trumbull que, según su costumbre, había llegado tarde a la hora del aperitivo,
miró ceñudo por encima de su bebida y dijo:
—Manny,
¿estoy soñando o es costumbre sacar estos detalles durante la sesión de
preguntas después de la comida? ¿Por qué está comenzando la actuación antes de
tiempo?
Ondeó
la mano con aire petulante a través del humo del cigarrillo y se alejó de Drake
de un modo ostensible.
—No
estoy más que estableciendo las bases —protestó Rubín, indignado—. Lo que
espero que usted pregunte a Horace es el tema de su próxima disertación. No
existe razón alguna por la que los Viudos Negros no puedan ganar un poco de
educación.
Gonzalo
añadió:
—¿Va
usted a hacernos reír, Manny, diciéndonos que entiende lo que su sobrino está
haciendo en su laboratorio?
La
corta barba de Rubin se erizó.
—Entiendo
de química mucho más de lo que usted cree.
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—Seguro
que sí, porque creo que usted no entiende de nada. —Gonzalo se volvió hacia
Roger Halsted y dijo—: Supe por casualidad que Manny se especializó en cerámica
babilónica en algún curso por correspondencia.
—No
es verdad —negó Rubin—; pero tengo todavía un grado por encima de su
especialización en cerveza y pretzels.
Geoffrey
Avalon, que escuchaba con desprecio este intercambio de chanzas, apartó su
atención y le preguntó al joven estudiante:
—¿Qué
edad tiene, Mr. Rubin?
—Sería
mejor que me llamara Horace —respondió el joven con una voz de barítono
inesperado— o el tío Manny contestará y nunca conseguiré romper el monólogo.
Avalon
sonrió ceñudo.
—En
verdad él es nuestro monopolizador de la conversación cuando se lo permitimos.
Pero, ¿qué edad tiene, Horace?
—Veintidós
años, señor.
—¿No
es usted un poco joven para ser un doctorando? ¿O empieza nada más? —No.
Debería estar comenzando mi tesis ahora y espero acabarla en medio año.
Soy
bastante joven; pero no insólitamente joven. Robert Woodward obtuvo su
doctorado en química cuando tenía veinte años. Naturalmente casi fue echado del
colegio a los diecisiete.
—Pero
veintidós no está mal.
—Cumpliré
veintitrés el mes que viene. Lo conseguiré a esa edad… o nunca.
Se
encogió de hombros y pareció desanimado.
La
suave voz de Henry, el perenne e irremplazable camarero de todos los banquetes
de los Viudos Negros se hizo oír.
—Caballeros,
la cena está servida. Vamos a tener cordero al curry y me temo que nuestro chef
cree que el curry fue hecho para ser notado, así que, si alguno de ustedes
prefiere algo más suave, que me lo diga ahora y procuraré que quede contento.
Halsted
respondió:
—Henry,
si algún corazón delicado prefiere huevos revueltos, tráigame su porción de
cordero al curry además de la mía. No debemos desperdiciarla.
—Tampoco
debemos contribuir a su problema de exceso de peso, Roger —gruñó Trumbull—.
Tomaremos todos el curry, Henry, y traiga los condimentos de acompañamiento, en
especial la salsa picante y el coco. Yo mismo tengo intención de ser generoso.
—Y
procure que el bicarbonato esté a mano, Henry —añadió Gonzalo—. Los ojos de Tom
son más optimistas que el forro de su estómago.
Henry
estaba sirviendo el brandy cuando Rubin golpeó el vaso de agua con la cuchara y
anunció:
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—Al
asunto, señores, al asunto. Mi sobrino, según he observado, se ha ensañado con
la comida y es hora de que se le haga pagar por ello en la sesión de preguntas…
Jim, tú serás naturalmente quien dirija el interrogatorio, dado que eres una
especie de químico; pero no quiero que Horace y tú os metáis en una discusión
privada de minucias químicas. Roger, usted es un simple matemático, lo cual lo
coloca suficientemente fuera del tema. ¿Nos haría el honor?
—Encantado
—aceptó Halsted, tomando suaves sorbos de curaçao—. Joven Rubin. Bueno, Horace
si lo prefiere: ¿qué es lo que pretende usted en la vida?
Horace
contestó:
—Cuando
consiga mi graduación y encuentre una posición en una buena Facultad, estoy
seguro de que el trabajo que haga será una dedicación amplia. De otro modo…
Se
encogió de hombros.
—Parece
que duda, joven. ¿Cree que tendrá dificultades para conseguir un trabajo?
—No
es una cosa de la que se pueda estar seguro, señor; pero he sido entrevistado
en diversos sitios y, si todo va bien, me parece que se materializará algo
deseable.
—Si
todo va bien, dice. ¿Es que hay algún tropiezo en su investigación?
—No,
no; en absoluto. Tuve el suficiente buen sentido para escoger un problema sin
riesgos. Sí, no, o quizás… cualquiera de las tres respuestas posibles… me
harían conseguir una graduación. Tal como va, parece que será sí, que es la
mejor de las alternativas y yo me considero situado.
Drake
dijo de repente:
—¿Para
quién está trabajando, Horace?
—Para
el doctor Kendall, señor.
—¿El
hombre de la cinética?
—Sí,
señor. Estoy trabajando sobre la cinética de la reproducción del ADN. No es
ninguna cosa a la cual se hayan aplicado rigurosamente las técnicas
fisicoquímicas hasta el momento, y yo puedo ahora realizar gráficos
computadorizados del proceso que…
Halsted
interrumpió.
—Ya
llegaremos a eso, Horace. Más adelante. Por ahora todavía estoy intentando
averiguar lo que le preocupa. Usted tiene perspectivas de un trabajo. Su
investigación ha ido bien. ¿Qué pasa con su trabajo de curso?
—Nunca
he tenido ningún problema en él. Excepto…
Halsted
aguantó la pausa durante un momento y luego inquirió:
—¿Excepto
qué?
—Yo
no lo hice muy bien en mis cursos de laboratorio, en particular en laboratorio
de orgánica. No soy… hábil. Soy un teórico.
—¿Suspendió?
—No,
naturalmente que no. Sólo que no me cubrí de gloria.
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—Bien,
pues ¿qué es lo que le preocupa? Durante la cena oí que le decía a Jeff que
conseguirá su doctorado cuando tenga veintitrés años… o nunca. ¿Por qué nunca?
¿Cuál es la razón de esa posibilidad?
El
joven vaciló.
—No
es la clase de cosa…
Rubin,
claramente aturdido, frunció el ceño y observó:
—Horace,
nunca me habías dicho a mí que tenías problemas.
Horace
miró a su alrededor como si buscase un agujero por el que poder huir. —Bien,
tío Manny, tú tienes tus problemas y no me vienes a mí con ellos. Los
solucionaré
por mí mismo… o no lo conseguiré.
—¿Qué
tienes que solucionar? —preguntó Rubin con la voz cada vez más elevada.
—No
es la clase de cosa… —volvió a decir Horace.
—Primero
—dijo Rubin con energía—: cualquier cosa que digas aquí es totalmente
confidencial. Segundo: ya te dije que en la sesión de preguntas se esperaba que
las contestases todas. Tercero: si no paras de actuar sin seriedad, te
machacaré hasta convertirte en mermelada de frambuesa.
Horace
suspiró.
—Sí,
tío Manny. Sólo quería decir —miró alrededor de la mesa— que él me ha amenazado
de este modo desde que tenía dos años, y nunca me ha puesto la mano encima. Mi
madre lo haría picadillo si se atreviera.
—Siempre
hay una primera vez, y yo no le tengo miedo a tu madre. Puedo manejarla
—replicó Rubin.
—Muy
bien, tío Manny… Pues mi problema es el profesor Richard Youngerlea.
—Oh,
oh —exclamó Drake suavemente.
—¿Le
conoce usted, Mr. Drake?
—Sí.
—¿Es
amigo suyo?
—Bueno,
no. Es un buen químico; pero, de hecho, no le tengo aprecio. La cara bondadosa
de Horace rompió en una amplia sonrisa y dijo: —¿Entonces, puedo hablar
libremente? —Podrías de todas maneras —respondió Drake.
—Pues
ahí va —soltó Horace—. Estoy seguro de que Youngerlea va a estar en el tribunal
que me examinará. No dejará pasar la ocasión y tiene peso suficiente para
salirse con la suya si se lo propone.
Avalon
observó con su voz profunda:
—Supongo,
Horace, que no le gusta a usted.
—En
absoluto —respondió el joven con tono sincero.
—Y
me imagino que usted no le gusta a él.
—Me
lo temo. Yo pasé mi curso de laboratorio de orgánica bajo su autoridad y, como
he dicho, no fui brillante.
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Avalon
comentó:
—Me
imagino que un cierto número de estudiantes no brillan. ¿Le desagradan todos
ellos?
—Bueno,
creo que no le gustan.
—Infiero
que usted sospecha que él quiere estar en el tribunal que le examine con objeto
de cargárselo. ¿Es ésa su manera de reaccionar con todos los estudiantes que no
brillan en su laboratorio?
—Bien;
él parece convencido de que el trabajo de laboratorio es como la maternidad, o
como el pastel de manzana, o como cualquier cosa noble y sublime; pero no, no
es sólo que yo no fuera brillante.
—Bueno,
pues entonces —dijo Halsted continuando el interrogatorio—, estamos llegando al
asunto. Yo doy clases en un colegio de enseñanza media y lo sé todo acerca de
los estudiantes fastidiosos. Estoy seguro de que el profesor le encontró a
usted fastidioso. ¿Por qué razón?
Horace
frunció el ceño.
—Yo
no soy desagradable. Youngerlea sí lo es. Mire, es un perdonavidas. Siempre hay
algunos profesores que sacan ventaja del hecho de que están en una situación
incuestionable. Ellos desuellan a los estudiantes; los tratan groseramente de
palabra; los ponen en ridículo. Hacen esto porque saben muy bien que los
estudiantes no se atreven a defenderse por miedo a sacar una mala nota. ¿Quién
puede discutir con Youngerlea si él puede dar un simple aprobado o incluso un
suspenso? ¿Quién osará contradecirle si él, luego, expresa su muy influyente
opinión en una reunión del claustro de la Universidad, y dice que tal
estudiante no tiene lo que hay que tener para ser un buen químico?
—¿Le
puso a usted en ridículo? —preguntó Halsted.
—Él
puso a todo el mundo en ridículo. Hubo un pobre chico que era inglés y cuando
él se refería al cloruro de aluminio, que se usa como catalizador en la
reacción de Friedel-Crafts, se refería a él como cloruro de «aluminio» con la
pronunciación inglesa. Youngerlea lo machacó. El profesor clamó contra esa
mierda, ésta era su expresión, de añadir una sílaba extra innecesaria, cinco en
lugar de cuatro, y contra la estupidez de hacer cualquier nombre químico más
largo de lo necesario, y cosas así. No era nada; sin embargo humilló al pobre
hombre, que no se atrevió a decir ni una palabra en su propia defensa. Y todos
los malditos pelotilleros de la clase se rieron.
—Bien,
¿y qué es lo que hace que sea usted peor que los demás?
Horace
se ruborizó, pero hubo una nota de orgullo en su voz cuando confesó:
—Yo
contesto. Cuando comienza a meterse conmigo, no me quedo sentado allí y lo
acepto. En realidad, yo le interrumpí en este asunto del aluminio. Dije con una
voz clara y alta: El nombre de un elemento es una convención humana, profesor,
y no una ley de la naturaleza. Esto le paró; pero dijo con su voz burlona: Ah,
Rubin, ¿se dedica a ir derramando las probetas últimamente?
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—Y
la clase se rió, supongo —adelantó Halsted.
—Claro
que lo hicieron, los muy papanatas. Yo había derramado una probeta. ¡Una nada
más! Y fue porque alguien me empujó… Y luego, una vez me encontré con
Youngerlea en la biblioteca de química mirando una fórmula en el Beilstein…
Gonzalo
preguntó:
—¿Qué
es el Beilstein?
—Es
un libro de referencia, de unos setenta y cinco volúmenes, que enumera muchos
miles de compuestos orgánicos, con referencias al trabajo efectuado sobre cada
uno, todos ellos relacionados ordenadamente de acuerdo con su sistema, lógico
pero muy complicado. Youngerlea tenía un par de volúmenes en su mesa y estaba
pasando las hojas del primero y luego del otro. Yo tenía curiosidad y le
pregunté qué compuesto estaba buscando. Él me lo dijo y me sentí abrumado por
el éxtasis cuando me di cuenta de que en realidad estaba buscando en volúmenes
equivocados por completo. Me acerqué con suavidad a los estantes del Beilstein,
bajé un volumen, encontré el compuesto que quería Youngerlea, en lo que tardé
treinta segundos, volví a su mesa y puse el volumen delante de él, abierto por
la página correcta.
—Supongo
que no le dio las gracias —comentó Drake.
—No,
no lo hizo —corroboró Horace—; sin embargo, es posible que lo hubiera hecho si,
en mi cara no hubiese aparecido la sonrisa más grande del mundo. En aquel
momento, yo antepuse el placer de mi venganza a mi doctorado… Y ésa puede ser
la causa de que acabe todo.
Rubin
observó:
—Nunca
te he considerado la persona más discreta del mundo, Horace.
—No,
tío Manny —convino Horace con tristeza. Mi madre dice que me parezco a ti… Pero
sólo lo dice cuando está muy enfadada conmigo.
Hasta
Avalon se rió de esta salida; y Rubin murmuró alguna cosa por lo bajo.
Gonzalo
continuó:
—Bien,
¿y qué es lo que le puede hacer? Si sus notas están bien y su investigación es
correcta y usted lo hace como es debido en el examen, tienen que aprobarle.
—No
es tan sencillo, señor —objetó Horace—. En primer lugar, es un examen oral y
las presiones son intensas. Un tipo como Youngerlea es un maestro consumado en
intensificar la presión y puede incluso reducirme a la incoherencia, o hacerme
entrar en una furiosa riña vulgar con él. Por la razón que sea, podrá sostener
que no tengo la estabilidad emocional necesaria para ser un buen químico. Él es
una figura poderosa en el departamento y podría influir decisivamente en el
comité. Aunque yo pase y consiga mi graduación, tiene la suficiente influencia
en los círculos químicos para boicotearme en algunos lugares muy importantes.
Hubo
silencio alrededor de la mesa.
Drake
quiso saber:
—¿Qué
es lo que va a hacer?
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—Bien.
Yo he intentado hacer las paces con ese viejo bastardo. Pensé mucho en ello y
por fin le pedí una cita para mostrarme un poco humilde. Le dije que sabía que
no nos habíamos llevado bien; pero que esperaba que él no pensase que yo sería
un mal químico. Le expliqué que la química era mi vida. Bueno, ya entienden.
Drake
hizo un gesto de asentimiento.
—¿Cómo
reaccionó?
—Él
disfrutó. Me tenía donde quería. Hizo todo lo que pudo para conseguir que me
comportara servilmente; me dijo que yo era un tipo inteligente con un carácter
ingobernable y unas pocas cosas más encaminadas a sacarme de quicio. Sin
embargo, me reprimí, y dije: Pero, admitiendo que tengo mis peculiaridades,
¿diría usted que eso me convierte necesariamente en un mal químico? Y él
contestó: Bien, veamos si es usted un buen químico. Estoy pensando en el nombre
de un elemento químico único. Usted me dice cuál es el elemento y por qué es
único y porqué debo pensar en él, y entonces admitiré que es un buen químico.
Yo objeté: ¿Pero qué tiene que ver eso con que yo sea un buen químico? Él
contestó: El hecho de que usted no ve que esto es un punto contra usted. Usted
debería ser capaz de razonar, y el razonamiento es la herramienta principal de
un químico, o de cualquier científico. Una persona como usted que habla de ser
un científico teórico y que, por tanto desprecia las cosas pequeñas, como la
destreza manual, no debería tener ninguna dificultad en estar de acuerdo con
esto. Bien, use su razón y dígame en qué elemento estoy pensando. Tiene una
semana desde este momento; digamos a las cinco de la tarde del próximo lunes; y
usted solamente tiene una oportunidad. Si su elección del elemento es errónea,
no le daré otra. Yo le dije: Profesor Youngerlea, existen más de cien
elementos. ¿Va usted a darme algunas pistas? Ya lo he hecho, contestó él, le he
dicho que es único y esto es todo lo que usted va a conseguir. Y me dirigió la
misma sonrisa que yo le dirigí a él en el momento del incidente del Beilstein.
Avalon
preguntó:
—Bueno,
joven, ¿y qué sucedió el lunes siguiente? ¿Encontró la solución del problema?
—Todavía
no estamos en el lunes siguiente, señor. Llegará dentro de tres días y estoy
atascado. No hay ninguna manera posible de contestar. Un elemento de entre cien
y la única pista es que es único.
Trumbull
intervino:
—¿Es
honrado ese hombre? Dado que es un perdonavidas y un canalla, ¿cree usted que
está realmente pensando en un elemento y que aceptará una respuesta correcta
por parte de usted? ¿No dictaminará que se equivoca, diga usted lo que diga, y
luego lo usará como arma contra usted?
Horace
hizo una mueca.
—Yo
puedo leer en su mente; pero, como científico, él es sólido. En realidad es un
gran químico y, por lo que sé, es ético en su profesión. Y lo que es más, sus
trabajos están maravillosamente escritos… Son concisos, claros. No usa jerga,
nunca
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emplea
una palabra compleja cuando es suficiente una sencilla, y jamás una frase
enrevesada cuando es suficiente una simple. Hay que admirarle por eso. De modo
que, si hace una pregunta científica, creo que será honrado en ello.
—¿Realmente
está usted atascado? —preguntó Halsted—. ¿No se le ocurre nada? —Por el
contrario, se me ocurren muchas cosas; pero demasiado es tan malo como nada.
Por ejemplo, lo primero que pensé fue que el elemento tenía que ser el
hidrógeno. Es el átomo más simple, el átomo más ligero, el átomo número uno. Es
el único átomo que tiene un núcleo hecho de una sola partícula… solamente un
protón. Es el único átomo con un núcleo que no contiene neutrones, y eso,
ciertamente, lo
convierte
en único.
Drake
inquirió:
—¿Está
usted hablando del hidrógeno 1?
—Exacto
—contestó Horace—. El hidrógeno se encuentra en la naturaleza en tres
variedades o isótopos: hidrógeno 1, hidrógeno 2 e hidrógeno 3. El núcleo del
hidrógeno 1 es nada más que un protón; pero el hidrógeno 2 tiene un núcleo
compuesto de un protón y un neutrón y el hidrógeno 3 tiene uno compuesto de un
protón y dos neutrones. Naturalmente, casi todos los átomos de hidrógeno son
hidrógeno 1, pero Youngerlea pidió un elemento, no un isótopo y si yo digo que
el elemento hidrógeno es el único con un núcleo que no contiene neutrones, me
equivocaría. Me equivocaría. Simplemente me equivocaría.
—Pero
sigue siendo el elemento más ligero y simple —opinó Drake.
—Sin
duda, aunque no es tan obvio. Y existen otras posibilidades. El helio, que es
el elemento número dos, es el más inerte de todos los elementos. Tiene el punto
de ebullición más bajo y no se solidifica al helarse incluso al cero absoluto.
A temperaturas muy bajas, se convierte en helio II, que tiene más propiedades
que ninguna otra sustancia del universo.
—¿Aparece
en distintas variedades? —preguntó Gonzalo.
—Aparecen
dos isótopos en la naturaleza, el helio 3 y el helio 4, pero todas esas
propiedades únicas pertenecen a ambos.
—No
olvide —añadió Drake— que el helio es el único elemento que se descubrió en el
espacio antes de ser descubierto en la Tierra.
—Lo
sé, señor. Fue descubierto en el Sol. El helio puede ser considerado único de
muchos modos; pero no es tan obvio, tampoco. Yo no creo que Youngerlea tuviera
nada obvio en la mente.
Drake,
después de soplar un anillo de humo y mirarlo con cierta satisfacción comentó:
—Supongo
que, si es lo bastante ingenioso, usted puede hallar algo único en cualquier
elemento.
—Así
es —convino Horace—; y creo que acabo de hacerlo. Por ejemplo, el litio, que es
el elemento número tres, es el menos denso de todos los metales. El cesio,
elemento número cincuenta y cinco es el más activo de todos los metales
estables. El
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flúor,
elemento número nueve, es el más activo de los no metales. El carbono, elemento
número seis, es la base de todas las moléculas orgánicas, incluyendo aquellas
que constituyen el tejido vivo. Es probablemente el único átomo capaz de
representar un papel semejante, de modo que es el único elemento de la vida.
—Me
parece —intervino Avalon— que un elemento que esté relacionado de modo único
con la vida es lo suficientemente único…
—No
—se apresuró a decir Horace con vehemencia—. Esa respuesta es la que menos
probabilidades tiene de ser la acertada. Youngerlea es un químico de orgánica,
lo que significa que trata solamente con compuestos de carbono. Estaría
demasiado claro. Luego, existe el mercurio, elemento número ochenta…
Gonzalo
preguntó:
—¿Usted
conoce todos los elementos por el número?
—No
los conocía antes del lunes pasado. Desde entonces, he estado quemándome las
cejas sobre la lista de los elementos. ¿Ven? —Sacó una hoja de papel del
bolsillo interior de su chaqueta—. Ésta es la tabla periódica de los elementos.
Acabo de memorizarla.
Trumbull
opinó:
—Pero
eso no lleva a nada, supongo.
—Hasta
el momento, no. Como estaba diciendo, el mercurio, elemento número ochenta,
tiene el punto más bajo de fusión de cualquier metal, de modo que es el único
que es líquido a temperaturas ordinarias. Eso es ciertamente único.
Rubin
sugirió:
—El
oro es el elemento más hermoso, si quiere meterse en estética y el más valioso.
—El
oro es el elemento número setenta y nueve —aclaró Horace—. Es posible
argumentar, sin embargo, que ni es el más hermoso ni el más valioso. Mucha
gente diría que un diamante adecuadamente tallado es más hermoso que el oro y
peso por peso, ciertamente valdría más dinero… y un diamante es carbono puro.
»El
metal más denso es el osmio, elemento número setenta y seis, y el metal menos
activo es el iridio, elemento número setenta y siete. El metal con el punto más
alto de fusión es el tungsteno, elemento número setenta y cuatro, y el metal
más magnético es el hierro, elemento número veintiséis. El tecnecio, elemento
número cuarenta y tres, es el elemento más ligero y no tiene isótopos estables.
Es radiactivo en todas sus variedades y es el primer elemento que se ha
producido en un laboratorio. El uranio, elemento número noventa y dos, es el
átomo más complicado que aparece en cantidades sustanciales en la corteza de la
Tierra. El yodo, elemento número cincuenta y tres, es el más complicado de
aquellos elementos esenciales para la vida humana, mientras que el bismuto,
elemento número ochenta y tres, es el elemento más complicado que tiene al
menos un isótopo que es estable y no radiactivo.
»Puede
continuar todo lo que quiera. Como dijo el doctor Drake, si es lo bastante
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ingenioso,
usted puede etiquetar todos y cada uno de los elementos poseedores de una
característica única. El problema es que no existe nada que diga en cuál está
pensando Youngerlea, qué cualidad única es su cualidad única y si yo no
encuentro algo correcto, va a decir que eso prueba que no tengo capacidad para
pensar con claridad.
Drake
propuso:
—Si
juntamos nuestras mentes ahora mismo…
Trumbull
interrumpió:
—¿Sería
eso legítimo? Si el joven consigue la respuesta por otros…
—¿Cuáles
son las reglas del juego, Horace? —inquirió Avalon—. ¿Le dijo el profesor
Youngerlea que no podía consultar a nadie?
Horace
hizo un enfático movimiento de cabeza.
—No
se dijo nada de eso. Yo he estado utilizando esta tabla periódica. He estado
empleando libros de referencia. No veo ninguna razón por la que no pueda
preguntar a otras personas. Los libros son palabras de seres humanos, palabras
que han sido congeladas en escritura. Además, sea lo que sea aquello que
ustedes sugieran, soy yo quien tendrá que decidir si la sugerencia es buena o
mala y asumir el riesgo sobre la base de mi decisión. Pero… ¿podrán ayudarme?
—Podríamos
—contestó Drake—. Si Youngerlea es un científico honesto, no le pondrá un
problema en el que no exista la solución. Ha de haber una manera de conseguir
la posibilidad de llegar a una respuesta por medio del razonamiento. Después de
todo, si no puede resolver el problema, usted podría retarle a que le diera la
respuesta correcta. Si no puede hacer eso, o si hace uso de un sendero de
razonamiento a todas luces ridículo, usted podría quejarse abiertamente ante
todas las personas de la escuela. Yo lo haría.
—Estoy
deseando empezar. ¿Hay aquí alguien, además del doctor Drake, que sea químico?
Rubin
observó:
—No
hace falta ser un químico profesional, con doctorado, para saber algo acerca de
los elementos.
—Muy
bien, tío Manny —aprobó Horace—. ¿Cuál es la respuesta, entonces?
Rubin
manifestó:
—Personalmente,
yo me quedo con el carbono. Es la química de la vida y, en forma de diamante
posee también un tipo de cualidad única. Existe otro elemento que, en su forma
pura tiene un aspecto inusual…
—Se
llama alótropo, tío.
—No
me dispares con tu jerga, sabihondo. ¿Existe algún otro elemento que tenga un
alótropo tan inusual como el diamante?
—No.
Y aparte de los juicios humanos referentes a su belleza y valor, ocurre que el
diamante es la sustancia más dura que existe en condiciones normales.
—Sí,
¿y qué?
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—Ya
he dicho que es demasiado obvio para un químico de orgánica que ponga el
carbono como solución del problema.
—Sin
duda —argumentó Rubin—, él ha escogido lo que es obvio, porque cree que tú lo
rechazarás por eso mismo.
—Ya
está hablando el escritor de misterio —murmuró Trumbull.
—E
igual yo rechazo esa solución —dijo Horace—. Ustedes pueden aconsejarme,
cualquiera de ustedes; pero soy el único que toma la decisión de aceptar o
rechazar. ¿Alguna otra idea?
Hubo
un completo silencio alrededor de la mesa.
—En
ese caso —propuso Horace—, yo preferiría contarle una de mis ideas. Me estoy
desesperando, ya lo ven. Youngerlea comentó: «Estoy pensando en el nombre de un
elemento químico único.» No dijo que estuviera pensando en el elemento sino en
el nombre del elemento.
—¿Está
seguro de que recuerda eso con exactitud? —preguntó Avalon—. Usted no grabó la
conversación y la memoria puede ser engañosa.
—No,
no. Lo recuerdo con toda claridad. No tengo la más mínima duda. Ni la más
mínima… Así pues, ayer me puse a pensar que lo que cuenta no son las
propiedades físicas o químicas del elemento. Es simplemente una trampa. Es el
nombre lo que está en juego.
—¿Tiene
usted un nombre único? —preguntó Halsted.
—Por
desgracia —se lamentó Horace—, los nombres le dan a uno el mismo exceso de
información que las propiedades de los elementos. Si uno considera una
enumeración alfabética de los elementos, el actinio, el elemento número ochenta
y nueve, es el primero de la lista; y el zirconio, el elemento número cuarenta,
es el último de la lista. El disprosio, que es el elemento sesenta y seis, es
el único elemento cuyo nombre comienza por D. El criptón (kripton), elemento
número treinta y seis, es el único cuyo nombre comienza por K. El uranio, el
vanadio y el xenón, que son los elementos números noventa y dos, veintitrés y
cincuenta y cuatro, respectivamente, son los únicos elementos que comienzan con
U, V o X. ¿Cómo escojo entre estos cinco? U es la única vocal, pero eso parece
una razón débil.
Gonzalo
preguntó:
—¿Existe
alguna letra por la cual no comience el nombre de ningún elemento? —Tres. No
existe ningún elemento que empiece por J, Q, ni W… Pero, ¿qué tiene
eso
de interesante? Uno no puede proclamar que un elemento es único sólo porque no
existe. Uno puede argumentar que existe un número infinito de elementos que no
existen.
Drake
dijo:
—El
mercurio tiene, como nombre alternativo, Quicksilver (azogue). Eso comienza por
una Q.
—Lo
sé; pero es poca cosa —contestó Horace—. En alemán la I y la J no se distinguen
en la imprenta. El símbolo químico del yodo es I, pero he visto escritos
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alemanes
con letra latina en los cuales el símbolo del elemento se da como J, pero
también esto es más que endeble.
»Hablando
de los símbolos químicos, existen trece elementos con símbolos que son una
única letra. Casi siempre es la inicial del nombre latino del elemento. Así, el
carbono tiene el símbolo C; el oxígeno, la O; el nitrógeno, la N; el fósforo,
la P; el azufre, la S… Sin embargo, el elemento potasio, tiene el símbolo K.
—¿Por
qué? —preguntó Gonzalo.
—Porque
es la inicial del nombre alemán Kalium. Si el potasio fuera el único caso,
podría considerarlo; pero el tungsteno tiene el símbolo W, por el nombre
alemán, Wolfram, así que tampoco es único. El estroncio tiene un nombre que en
latín comienza por tres consonantes, pero también lo hacen el cloro y el cromo.
El iodo tiene un nombre que comienza con dos vocales; pero también lo hacen el
einstenio y el europio. Estoy atascado en cada giro.
Gonzalo
inquirió:
—¿Existe
algo en el deletreo de los nombres de elementos que sea el mismo en casi todos
ellos?
—Casi
todos terminan en io.
—¿De
verdad? —preguntó Gonzalo chasqueando los dedos en un esfuerzo de reflexión—.
¿Qué pasa con el elemento que los ingleses pronuncian de modo distinto? Ellos
le llaman aluminium con la terminación ium; pero nosotros decimos aluminum de
modo que solamente tiene una terminación um, y el profesor se burló de ello.
Quizás el aluminio sea el que es único.
—Una
buena idea —admitió Horace—. Pero existen el lantano, el molibdeno y el
platino, todos los cuales terminan en no. También existen terminaciones en o y
on; pero siempre más de una. Nada único. Nada único.
Avalon
intervino:
—¡Sin
embargo tiene que haber algo!
—Pues
díganme lo que es. El renio fue el último elemento estable que se descubrió en
la naturaleza, el prometio, es el único metal radiactivo escaso en la Tierra;
el gadolinio es el único elemento estable que se llama como un ser humano. No
sirve ninguno. No hay nada convincente.
Horace
meneó la cabeza con aire triste.
—Bueno,
no es el fin del mundo. Iré a Youngerlea con mi mejor adivinación y, si está
equivocada, dejémosle que haga todo el mal que pueda. Si escribo una tesis de
primera clase, puede estar tan bien que no tengan posibilidad de suspenderme; y
si Youngerlea me impide conseguir un puesto en el Instituto Tecnológico de
California o el M.I.T., lo conseguiré en algún otro lugar y me abriré camino.
No voy a dejar que me detenga.
Drake
asintió.
—Ésa
es la actitud correcta, hijo.
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Henry
dijo suavemente:
—¿Mr.
Rubin?
—Dígame,
Henry —contestó Rubin.
—Le
pido excusas, señor. Me estaba dirigiendo a su sobrino, el Mr. Rubin más joven.
Horace
levantó la vista.
—Sí,
camarero. ¿Hay que pedir algo más?
—No,
señor. Me pregunto si puedo comentar el asunto del elemento único.
Horace
frunció el ceño y luego preguntó:
—¿Es
usted químico, camarero?
Gonzalo
intervino:
—No
es químico; pero es Henry y vale la pena que le escuches. Es más listo que
cualquier otra persona de la sala.
—Mr.
Gonzalo —protestó Henry con una suave súplica.
—Es
así, Henry —insistió Gonzalo—. Adelante. ¿Qué es lo que tiene que decir?
—Solamente que, al sopesar una cuestión que no parece tener respuesta, podría
ser
de ayuda considerar a la persona que hace la pregunta. Quizás el profesor
Youngerlea tiene alguna manía que pudiera conducirle a dar importancia a una
cualidad única particular, que, para otros, apenas podría ser notada.
—¿Quiere
decir —preguntó Halsted— que el que sea único depende de como se mire?
—Exacto
—contestó Henry—, como en todas las cosas que permiten un elemento de juicio
humano. Si consideramos al profesor Youngerlea, sabemos esto acerca de él.
Utiliza la lengua inglesa de modo cuidadoso y conciso. No emplea una frase
complicada cuando es suficiente una más sencilla o una palabra larga donde
basta una más corta. Es más, se puso furioso con un estudiante por usar un
nombre aceptable para aluminio; pero que añadía una letra y una sílaba. ¿Estoy
en lo cierto en todo esto, Mr. Rubin?
—Sí
—aprobó Horace—, yo he dicho todo esto.
—Bien;
pues, en el estante de los diccionarios del club, existe el almanaque mundial
que enumera todos los elementos, y tenemos la versión íntegra, naturalmente,
que da de las pronunciaciones. Me he tomado la libertad de estudiar el material
durante el curso de la discusión que se desarrollaba aquí.
—¿Y
qué?
—Se
me ocurre que el elemento praseodimio, que es el número cincuenta y nueve, está
señalado únicamente para despertar la ira del profesor Youngerlea. Praseodimio
es el único nombre con seis sílabas en inglés. Todos los demás nombres tienen
cinco sílabas o menos. Sin duda, al profesor Youngerlea el praseodimio tiene
que parecerle insoportablemente largo e inmanejable; el nombre más irritante de
toda la lista y único en ese aspecto. Si tuviera que utilizar ese elemento en
su trabajo, es muy probable que se quejara mucho y fuerte, y no habría ningún
error en el asunto.
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¿Quizá,
sin embargo, él no utiliza ese elemento?
Los
ojos de Horace estaban brillando.
—No.
Es un elemento escaso en la Tierra y dudo que Youngerlea, como químico de
orgánica, haya tenido nunca que referirse a él. Ésa sería la única razón por la
que le hemos oído hablar sobre el tema. Pero tiene razón, Henry. Su mera
existencia sería una constante irritación para él. Acepto esa sugerencia, e iré
con ella el lunes. Si la respuesta está equivocada, pues lo está. Pero… —se
mostró jubiloso de repente— apuesto a que es correcta. Apuesto cualquier cosa a
que es correcta.
—Si
fuera errónea —dijo Henry—, confío en que usted mantenga su resolución de
abrirse camino de todos modos.
—No
se preocupe, lo haré. Pero praseodimio es la respuesta. Sé que lo es… Sin
embargo, ojalá la hubiera encontrado por mí mismo, Henry. Usted la ha
encontrado.
—No
tiene importancia, señor —se justificó Henry sonriendo paternalmente—. Usted
estaba ya considerando los nombres y, en muy poco tiempo lo raro de praseodimio
le hubiera chocado. A mí se me ocurrió antes tan sólo porque sus trabajos
habían eliminado ya muchísimas pistas falsas.
Post
Scriptum
Que
sea único depende de cómo se mire y el siguiente relato, El amuleto, los
escribí por encargo, para una revista que iba a dedicarse a narraciones cortas
de misterio. Ambos fueron pagados generosamente y luego, como sucede a veces en
el mundo editorial, algo fue mal y las revistas no aparecieron nunca.
Por
tanto, yo coloqué, Que sea único depende de cómo se mire en una colección que
alternaba mis ensayos de ciencia ficción y los de ciencia propiamente dicha.
Así animaba a los lectores a leer ambos y, si ellos estaban familiarizados
conmigo solamente en una de mis facetas, era de esperar que se precipitasen a
la calle para comprar los otros con un arrebato loco. Que sea único depende de
cómo se mire representa el único tema completamente nuevo del libro, que tiene
por título, El filo del mañana y fue publicado por Tor Books en 1985.
Éste
es uno de los casos, no tan raros, en los que algún aspecto del relato está
basado en un acontecimiento real de mi vida. Cuando yo estaba en la
Universidad, tenía un profesor muy parecido a Youngerlea y mi propia reacción
hacia él era muy parecida a la de Horace Rubin. El incidente del Beilstein,
descrito en la narración, sucedió exactamente como está descrito, y yo
aproveché la oportunidad de humillar a aquel profesor, aun corriendo el riesgo
de poner en peligro mi graduación; pero consideré que la oportunidad lo valía.
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EL
AMULETO
—Mr.
Silverstein —preguntó Thomas Trumbull—, ¿a qué se dedica usted? Albert
Silverstein era el invitado de James Drake en aquel banquete mensual de
los
Viudos Negros. Era un caballero de aspecto más bien seco, de cuerpo menudo y
cara amable, como de gnomo; su tez era morena hasta el círculo calvo de su
cabeza. Mostraba una sonrisa fácil.
Estaba
sonriendo cuando afirmó:
—Supongo
que ustedes podrían decir que yo me sumo al sentimiento de seguridad de mucha
gente.
—¿De
verdad? —preguntó Trumbull, arrugando su frente morena en un efecto de tabla de
lavar ondulada—. ¿Y cómo lo consigue?
—Bien
—contestó Silverstein—, poseo una cadena de almacenes de novedades; unas
novedades por completo inocentes, ya entienden, aunque con cierta tendencia a
encontrarse entre las que se consideran de un gusto dudoso.
Mario
Gonzalo se alisó la chaqueta de delicadas rayas y dijo con un toque de
sarcasmo:
—¿Como
las representaciones en pasta de excrementos de perro que uno coloca en la
alfombra del salón de su anfitrión cuando ha llevado consigo a su perro lobo?
Silverstein
se rió.
—No,
nunca hemos tenido cosas así. Sin embargo, un artículo popular en la época de
mi padre fue el frasco de tinta volcado y la mancha de tinta de pasta dura que
en apariencia se extendía, y que uno ponía en el mejor mantel de su amigo.
Naturalmente, la llegada del bolígrafo acabó con los frascos de tinta. Y con
esa novedad. Nuestra industria tiene que ir de acuerdo con los cambios
tecnológicos.
—¿Dónde
entra el sentido de seguridad? —preguntó Trumbull, volviendo al tema.
—El
asunto es que uno de nuestros grandes artículos de perenne venta son los
objetos de la suerte, como éste.
Introdujo
la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño cuadrado de plástico.
Dentro de él había un trébol de cuatro hojas.
—Una
de nuestras buenas ventas constantes —explicó—. Vendemos millares cada año.
Geoffrey
Avalon, que estaba sentado al lado de Silverstein, tomó el objeto de su mano y
lo miró muy atento con una mezcla de sorpresa y desprecio reflejados en su cara
tiesa y aristocrática. Preguntó con desaprobación:
—¿Quiere
decir que miles de personas creen que una mutación de trébol influiría ante el
universo en su favor y que están dispuestos a pagar dinero por una cosa como
ésta?
—Así
es —contestó Silverstein con alegría—. Miles de personas, año tras año. En
estos tiempos, como es natural, ellos dudan en admitir su superstición. Dicen
que lo
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compran
para sus hijos, como un regalo, o como una curiosidad; pero lo compran y lo
cuelgan en su coche o lo ponen en su llavero. Esa cosa se vende por un precio
de hasta cinco dólares.
—Es
repelente —comentó Trumbull—. Usted hace dinero con su locura.
La
sonrisa de Silverstein se desvaneció.
—En
absoluto, —dijo en tono serio—. No es ese objeto lo que vendo, sino una
sensación de seguridad, como ya le he dicho, y eso es un producto muy valioso
que yo vendo por mucho menos dinero de lo que vale. Durante el tiempo en que
alguien posee ese trébol de cuatro hojas, se levanta el peso del temor de su
mente y de su alma, sean hombres o mujeres. Existe menos miedo a cruzar la
calle, a encontrarse con un rufián, a oír malas noticias. Se preocupan menos si
un gato negro se les cruza en el camino, o si, por descuido, pasan por debajo
de una escalera.
—Pero
el sentido de seguridad que consiguen es falso.
—No
lo es, señor. El sentido de seguridad que ellos experimentan es auténtico. La
causa puede no ser auténtica; pero produce el resultado deseado. Consideremos
también que la mayoría de los temores que posee la gente son irreales, en el
sentido de que no tienen tendencia a suceder. Uno no es asaltado cada vez que
da un paseo. Uno no recibe malas noticias cada vez que coge una carta. Uno no
se rompe la pierna cada vez que se cae. Las desgracias, de hecho, son muy
raras. Si mis objetos de la suerte quitan, o al menos disminuyen, estos miedos
innecesarios y aligeran la carga de aprensión que todos nosotros llevamos,
entonces realizo un servicio útil. El precio de ese trébol de cuatro hojas que
tranquilizará a una persona durante todo el tiempo que lo posea, no llegaría
para pagar ni siquiera cinco minutos del tiempo de un psiquiatra.
Roger
Halsted estaba mirando entonces el amuleto. Al pasárselo a Emmanuel Rubin,
preguntó:
—¿Dónde
encuentra miles de sus tréboles de cuatro hojas cada año? ¿Es que paga a un
ejército de ayudantes para peinar los campos de trébol del mundo?
—Por
supuesto que no —contestó Silverstein—. Eso costaría un par de miles de dólares
si tuviera que pagar a un ejército, y dudo que nadie fuera lo bastante
supersticioso para someterse a ese sacrificio financiero. Lo que son esos…
—Hizo una pausa y continuó—: Jim Drake me dijo que todas las cosas que se
dijeran en estas reuniones estaban estrictamente reservadas.
—Por
completo, Al —lo tranquilizó Drake con su voz suavemente ronca de fumador.
Los
ojos de Silverstein se dirigieron al camarero y Halsted intervino en seguida.
—Nuestro camarero, Henry, es miembro de los Viudos Negros, señor, y tan
silencioso
como una momia acerca de cualquier cosa que oiga.
—En
ese caso —dijo Silverstein—, cuatro tréboles de tres hojas, que son casi tan
corrientes como granos de arena, hacen tres tréboles de cuatro hojas. Lo que
usted está sosteniendo es un trébol de tres hojas con una hoja añadida que se
mantiene en
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su
lugar gracias al plástico. Usted podría ver el punto de juntura si lo mirara
con una lupa; pero nadie ha devuelto nunca ninguno por esa razón.
—¿Qué
pasaría si alguien lo hiciera? —preguntó Gonzalo.
—Le
explicaríamos que a veces una hoja se rompe en el proceso de envolverlo en
plástico y le devolveríamos el dinero.
—Pero
eso es un fraude —sentenció Trumbull con dureza—. Usted, en realidad, no les
está vendiendo objetos de la suerte.
Silverstein
replicó:
—Piense
en lo que usted está diciendo, Mr. Trumbull. No existen objetos de la suerte
fuera de la mente del que los posee. Un trébol de cuatro hojas realmente no
trae suerte y un trébol de tres hojas, con una cuarta hoja añadida, no puede
ser peor. Lo que cuenta es que el propietario esté convencido de que es un
objeto que da suerte. Lo mismo podemos decir —continuó de las herraduras de
aluminio que vendemos y las patas de conejo hechas con piel de gato y los
anillos baratos con nudos del amor retorcidos alrededor de ellos, que se dice
que aseguran la fidelidad de la persona amada. Nosotros nunca garantizamos nada
ni decimos que nada hará nada. Nada puede privarnos de decir, sin embargo, que
se dice de algo que hace algo, porque eso es verdad. Un artículo importante en
la época de mi padre era una moneda de cobre barata con una esvástica sobre
ella y las palabras «Buena suerte» en el otro lado. La esvástica era un símbolo
de buena suerte desde los tiempos antiguos, ya sabe. Sin embargo, por razones
obvias, mi abuelo dejó de venderlas en 1928. La industria tiene que ir de
acuerdo también con el cambio social, y supongo que la esvástica nunca volverá
a ser utilizada como símbolo de buena suerte.
Por
el momento, hubo silencio en la sala y la expresión, por lo general, alegre de
Silverstein,
se volvió solemne e infeliz. Luego, se encogió de hombros y continuó:
—Bien,
esperemos que no vuelva a suceder nada como aquello… Y, entretanto, me acuerdo
de un ejemplo peculiar de la fuerza de un objeto de la suerte. No me estoy
refiriendo a su fuerza como portador de buena suerte, sino a su fuerza para
inspirar fe. Aunque no debo olvidar que esto es un interrogatorio y una
historia pasada pudiera no ir bien con la ocasión.
—Espere
—pidió Gonzalo con repentino apremio—. ¿Cómo era de peculiar el ejemplo
peculiar?
—En
mi opinión, muy peculiar.
—En
ese caso, ¿quiere hablarnos de ello?
—Oh,
por el amor de Dios —suplicó Trumbull, con una sonrisa—. Deseo enterarme de
aspectos adicionales del negocio de las novedades.
—No
—añadió Gonzalo haciendo un fruncimiento digno del mismo Trumbull—. La mía es
una pregunta legítima. ¿Soy un Viudo Negro o no… Jim?
Drake
miró pensativo a través del humo de su cigarrillo y, como anfitrión, tomo la
decisión.
—Mario
ha planteado la cuestión y merece una respuesta.
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Háblenos
de ello, Al. Yo también tengo curiosidad.
Silverstein
contestó:
—Encantado.
Fue… veamos… fue hace nueve años. Mi esposa y yo nos hallábamos en un pequeño
lugar de vacaciones y ella había salido para ver un espectáculo de verano en el
cual yo no tenía ningún interés. Por fortuna, a ella no le importaba ir sola,
así que me lo ahorré.
»Me
pasé la noche en el salón de donde nos hospedábamos con alrededor de unas
docenas de personas a los que, como a mí, no les apetecía ver una comedia de
tercera categoría sólo porque, como el monte Everest, estaba allí. Además de
mí, había un hombre, su esposa y su hijo que se imaginaron lo que estaba a
punto de suceder. El hombre era un tanto tieso, un tipo poco sociable; su
esposa era pasiva y tranquila y su hijo, que tenía unos doce años, se
comportaba bien y se veía claramente que era muy listo. Se llamaba Winters.
»Había
también una mujer a la que mi esposa y yo nos referíamos, en privado, como la
Lengua. Su nombre, si no recuerdo mal, era Mrs. Freed. Parecía una mujer amable
y tenía una mente bastante despierta; pero lo más notable en ella era su
perpetua corriente de charla. Nunca parecía dispuesta a detenerse, excepto
cuando alguien se las arreglaba para introducir una observación a viva fuerza.
Su voz no era desagradable. No era ronca, ni aguda, ni intimidante. Podía
incluso considerarse una voz grata, si hubiera habido menos cantidad de ella.
»Recuerdo
que su marido andaba con una ligera joroba, como si siempre estuviera
resistiendo el viento de aquella corriente vocal incesante. No hay ni que decir
que apenas hablaba.
»Había
otras seis personas, si no me equivoco, dos parejas y dos hombres sueltos que,
o eran solteros o, como yo, tenían a sus mujeres viendo la función. No recuerdo
cómo era.
»La
Lengua estaba tricotando hábilmente y yo me quedé observando sus dedos,
mientras ella marcaba el compás con sus palabras. Entre una cosa y otra, yo
estaba hipnotizado en un medio coma que no era desagradable de todo. De cuando
en cuando, al tirar del hilo, su gran ovillo de lana rodaba hasta el suelo y
ella se agachaba para cogerlo. Una vez rodó en dirección a los Winters. El
muchacho saltó a buscarlo y se lo devolvió. Ella se lo agradeció efusivamente,
lo acarició y sonrió. Me imaginé en aquel momento que aquella mujer no tenía
hijos y que su corazón suspiraba cuando veía los de los demás.
»Entonces,
en cierto momento, ella metió la mano en el bolso para buscar una pastilla de
menta. Sospecho que necesitaba un suministro constante para mantener lubricada
su lengua. La cremallera del bolso se abrió haciendo ruido. Hubo muchos ruidos,
porque era un bolso de numerosos compartimientos y, naturalmente, ella tenía
que acertar con el que contenía las pastillas de menta.
»Una
de las mujeres presentes, se las arregló para introducir una afirmación sobre
lo maravilloso que era aquel bolso tan poco corriente. Lo era también por lo
grueso.
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La
Lengua dijo más o menos, según su modo de hablar: Es poco corriente en verdad
yo lo compré en un pequeño almacén de Nueva Orleans y ahora el almacén ya no
está y la empresa que lo hizo ya no trabaja y realmente siempre que encuentro
alguna cosa que me gusta dejan de hacerla en seguida ya saben este bolso tiene
siete cremalleras y siete compartimientos tres de las cremalleras están un poco
dentro y puedo tener un compartimiento distinto para mis lápices de labios y mi
dinero y mis papeles y mis cartas que tengo que mandar al correo y además están
todos divididos con material ligero de modo que puedo vaciar cualquiera de los
compartimientos cuando tengo que hacerlo y no se queda nada olvidado cuando
cambio de bolso aunque Dios sabe que nunca quiero cambiar este que les
mostraré, véanlo…
ȃsa
era más o menos su manera de hablar, ya entienden, sin hacer uso de la
puntuación. Luego, en su esfuerzo para mostrar cómo funcionaba el bolso,
comenzó a hacer ruido de nuevo con las cremalleras, buscando un compartimiento
que pudiera vaciar, sin crearse demasiado problema, supongo.
»Cuando
finalmente se decidió, volvió el bolso del revés, lo sacudió y salió un pequeño
diluvio de monedas y bisutería.
»“No
ha quedado nada —dijo triunfalmente, esparciendo a un lado lo que había abierto
y mostrándolo a la mujer que había preguntado.” Luego, volvió a ponerlo todo en
su sitio, y de nuevo hubo un ruido de cremalleras mientras intentaba decidirse
por otro compartimiento para vaciarlo; pero, al parecer lo pensó mejor. Dejó el
bolso y continuó hablando.
»Recuerdo
este incidente y lo he repetido para mostrarles que, en el negocio de las
novedades, tenemos que mantener los oídos y los ojos abiertos. Escuchar su
charla acerca del bolso me dio la idea de una novedad que yo llamé “el bolso
sin fondo”. Era un bolso auténtico, con tres cremalleras en la parte de arriba
y una cremallera escondida debajo. Las dos cremalleras de arriba eran simples y
se abrían en dos compartimientos, pero no eran obstructivas. La cremallera del
centro de arriba tenía un agarrador muy llamativo de cristal coloreado y era
usualmente el único que veía la víctima.
»El
poseedor del bolso podía llenarlo con objetos sin importancia y se lo daría
entonces a alguna persona candorosa en una fiesta, “¿Quiere sostenérmelo
durante un momento?”. Luego, un poco más tarde, le pediría: “¿Es tan amable de
sacar los polvos compactos de mi bolso? Están en la parte de arriba”… La
víctima, naturalmente, correría la cremallera que se veía y que activaría la
cremallera escondida que estaba debajo. Con los dos compartimientos abiertos,
todas las cosas se caerían al suelo para extrema confusión y horror de la
víctima.
Avalon
dijo con desaprobación:
—Y
otra vieja amistad terminaría.
—En
absoluto —replicó Silverstein—. Una vez la broma resultaba evidente, la víctima
solía reírse más que nadie. Sobre todo teniendo en cuenta que se daba el placer
de sentarse, mientras quien había planeado la broma tenía que molestarse en
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recoger
todas las cosas que habían caído.
»Lo
tuvimos en el mercado la primavera siguiente y fue bastante bien. No un récord
mundial de ventas; pero fue bastante bien. Era un artículo de mujer,
naturalmente; pero es una equivocación pensar que las mujeres no están
interesadas en las novedades. Uno tiene que…
Trumbull
interrumpió:
—¿Y
fue ése el acontecimiento peculiar? ¿Vaciar el bolso?
Fue
como si a Silverstein lo hubieran devuelto a la realidad con una sacudida. Se
sonrojó y luego se rió de una manera incómoda.
—Bueno,
no. En realidad todavía no he llegado a esa parte… Me temo que tengo algo de la
Lengua dentro de mí, en especial cuando se trata de un debate sobre mi
profesión.
»Algún
tiempo después del incidente del bolso, el muchacho de los Winters captó mi
atención. Había estado observando y escuchándolo todo con una mirada de
profundo interés; pero entonces, de repente mostró un aspecto preocupado.
Pareció dudar un momento; luego, se volvió hacia su padre y habló de prisa y en
voz muy baja. Mientras escuchaba, el padre se puso tieso y su cara se volvió
blanca como la de un muerto. Murmuró algo a su esposa, y los tres comenzaron a
buscar por el suelo, a mover las sillas y a mirar debajo. Parecían muy
inquietos, en particular el padre.
»Hice
lo que cualquier otro hubiera hecho, pregunté:
»¿Han
perdido alguna cosa?
»El
padre levantó la mirada, pareció por un momento hallarse perdido en sus
pensamientos y luego, como si hubiera llegado a una decisión difícil, se
levantó y contestó de una manera seca y pedante: Temo que mi hijo ha perdido un
amuleto que él apreciaba mucho; aunque, naturalmente, carece de valor
intrínseco. Tiene el aspecto de una moneda bastante grande con diversos
símbolos de la buena suerte en ambos lados. Puede haber rodado hacia alguna
parte. Si alguien lo ve…
»Todos
nos movimos por el mismo impulso cortés o, si ustedes quieren verlo con
cinismo, porque hallamos que sería divertido buscar algo que estaba perdido y
que no nos producía ninguna angustia personal. En cualquier caso, la habitación
fue sometida en seguida a una búsqueda no sistemática pero minuciosa. Dos
hombres movieron el sofá, buscaron entre el polvo que estaba debajo y luego
volvieron a poner el mueble en su sitio. Fue mirado con detenimiento todo el
material que había en la chimenea, fuera de uso. Se alzaron los bordes de la
alfombra pero no sirvió de nada.
»Yo
me sentía bastante culpable. El amuleto, tal como se le había descrito, no era
uno de los nuestros; pero me sentía responsable de algún modo. Le dije al
muchacho en tono suave: Sabes, hijo, que estos objetos de la suerte no traen en
realidad ninguna buena suerte. Si no aparece, eso no significa que tú vayas a
pasar dificultades de ninguna clase.
»El
muchacho me miró a su manera, rápida e inteligente, aclaró: Lo sé.
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Simplemente
no me gusta perder nada.
»Pero
él me pareció muy preocupado de todos modos y, en mi negocio existe el axioma
de que negar la superstición carece de valor. Los que la niegan es tan probable
que crean como los que lo admiten.
»Cuando
todos volvíamos a tomar asiento, alguien le dijo al muchacho: Quizá lo perdiste
antes de entrar en esta habitación. Mr. Winters se volvió a su hijo y le
preguntó: ¿Es eso posible, Maurice?
»Maurice
pareció más asustado que nunca; pero su voz aguda era firme y contestó: No,
padre, yo tenía el objeto de la suerte cuando entré aquí. Estoy seguro de ello.
»Winters
aceptó sin recelo la palabra de su hijo que ponía el asunto fuera de discusión.
Se aclaró la garganta y dio la impresión de estar incómodo y decidido. Entonces
declaró: Señoras y señores, puede ser que alguno de ustedes haya recogido ese
objeto sin valor hace un rato y lo haya tirado sin pensar, y que ahora se
sienta reacio a admitirlo. Por favor, no dejen que esta molestia se interponga
en el asunto. Esto significa mucho para mi pequeño Maurice.
»Nadie
dijo ni una palabra. Cada uno miró de vecino a vecino como si esperasen que
alguien sacara el amuleto, y curioso por ver quién lo haría. Winters, con la
cara roja por la mortificación, permitió que sus ojos descansaran un momento en
el grueso bolso de la Lengua. Al hacerlo, no pude evitar recordar las monedas
que habían salido rodando de él, cuando ella mostró cómo podía ser vaciado.
»La
Lengua había participado en la búsqueda y había estado inusualmente silenciosa
desde entonces. Ella captó la mirada y no tuvo ninguna dificultad en
interpretarla. Sus labios se pusieron un poco tirantes; pero no mostró ninguna
señal clara de agravio. Luego, sugirió: Bien, supongo que no se conformaría con
que le dijera que yo no tenía esa cosa en mi bolso, usted querría verlo y
cerciorarse por sí mismo así que simplemente vaciemos todo el bolso sobre la
mesa.
»Fue
realmente una representación impresionante y convincente. Ella puso el bolso
sobre la mesa delante de ella y dijo despacio: Uno… dos… tres… cuatro… cinco…
seis… siete… Con cada cifra que decía, llegaba el sonido de una cremallera que
se abría. Entonces, volvió el bolso al revés y una cascada de objetos salió
dando rebotes sobre la mesa. Ustedes no creerían que una mujer pudiera llevar
tantas cosas de tantas clases diferentes en un bolso. Algunos objetos rodaron
fuera de la mesa; pero ella no intentó pararlos. Sacudió el bolso para mostrar
que no salía ya nada más y entonces lo apartó a un lado.
»Luego,
dijo amablemente y sin ningún atisbo de mal humor: Chico, tú sabes cómo es tu
amuleto, así que revuelve todo lo que está sobre la mesa y mira todo lo que ha
caído al suelo. Adelante, puedes mirar en mi cartera, y en cualquier sobre que
veas. Sé que no cogerás nada que no sea tuyo.
»El
muchacho le tomó la palabra y miró todas las cosas con minuciosidad, mientras
su padre permanecía a su lado, observando atento el proceso. Finalmente el
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muchacho
declaró: Padre, no está aquí.
»Winters
asintió con expresión triste y la Lengua comenzó a poner los objetos de nuevo
en su bolso, escogiendo cuidadosamente cuál de los siete compartimientos era el
correcto para cada cosa y haciendo un comentario sobre la marcha mientras lo
efectuaba. El muchacho le recogió los objetos del suelo.
»Después
de eso, naturalmente, las otras dos señoras tuvieron que seguir el ejemplo y
vaciar sus bolsos; pero con menos gracia que la Lengua. Yo fui el primer hombre
que volvió hacia afuera sus bolsillos y luego los otros hicieron lo mismo.
»El
objeto de la suerte no pudo ser encontrado en ningún lugar, ni en ningún bolso
ni bolsillo. Sin embargo Winters seguía allí, reacio a abandonar, pero sin
saber cuál debía ser el siguiente paso que podía dar.
»Yo
todavía sentía un poco de responsabilidad, pero también me encontraba un poco
irritado, así que dije: Si esto le hace sentirse un poco mejor, Mr. Winters,
usted y yo podemos ir a la biblioteca, cerrar la puerta y bajar las persianas.
Yo me quitaré la ropa y usted puede buscar en ella bolsillos escondidos y
amuletos. Usted también puede ver si me lo he pegado a la piel.
»No
pensé ni por un momento que él me cogiera la palabra; pero, maldita sea, sí que
lo hizo. Pasé cinco minutos muy molestos e incómodos totalmente desnudo
mientras él repasaba mis prendas y me estudiaba de frente, de lado y por
detrás.
»Empezaba
ya a preocuparme por si él sugería inspeccionar mis diversas aberturas; pero el
objeto de la suerte, era sin duda demasiado grande para hacer que fueran
lugares de escondite razonables.
»Uno
tras otro, los demás hombres siguieron mi iniciativa. Uno hizo ademán de
disponerse a rehusar; pero cuando todas las miradas se volvieron sobre él con
clara sospecha, cedió. Sin embargo se puso hecho una furia tan pronto fue
completada la investigación. Quizá llevaba sucia la ropa interior.
»Cuando
todo se hubo realizado, la Lengua se levantó y sugirió: Bien, si Mrs. Winters
nos hace el honor no me importa ser investigada después de todo puede haberse
deslizado dentro de mi sujetador habría mucho espacio allí y a través de mi
vestido no se mostraría por la manera que me pongo el chal por encima.
»Se
marchó y, cuando volvió, las otras dos mujeres tuvieron que acceder a ser
examinadas también.
Silverstein
hizo una pausa en su relato para tomar un sorbo de su abandonado brandy, y
Halsted intervino:
—Interpreto
que el amuleto no se encontró sobre nadie.
—Es
cierto —contestó Silverstein— no lo fue. Pero Winters no cedió con facilidad.
Se puso en contacto con el gerente del hotel y le persuadió para que encargara
a dos empleados que le ayudasen a revisar la habitación todavía con más
minuciosidad; y también los pasillos adyacentes, los alféizares y otros
lugares. Al menos, ésa es la historia que corrió al día siguiente.
—¿Y
lo encontraron? —preguntó Halsted.
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—No
—respondió Silverstein—. Al día siguiente Winters se mostró todavía más
sulfurado. Por la noche, realizó lo que supuse que era una marcha anticipada, y
yo mismo oí al gerente asegurándole febrilmente que la búsqueda continuaría y
que tan pronto como el objeto de la suerte apareciera, le sería enviado.
—¿Y
lo encontraron después?
—No,
no se encontró. Al menos, no nos llegó ninguna noticia de ello hasta el momento
en que mi esposa y yo nos marchamos una semana más tarde… Pero ustedes ven el
aspecto peculiar, ¿no?
Gonzalo
contestó:
—Sin
duda. La cosa desapareció en la nada.
—Desde
luego que no —opinó Avalon agudamente—. En primer lugar, ¿qué pruebas tenemos
de que el objeto existiera? Todo el asunto podía haber sido un invento.
—¿Con
qué finalidad? —preguntó Drake haciendo una mueca.
Avalon
repuso:
—Para
demostrar que había desaparecido, naturalmente.
—¿Pero
por qué? —inquirió Drake de nuevo—. Si fuera algo que tuviera valor sí puedo
entender que los Winters estuvieran poniendo la base para una reclamación de
seguro… Pero el valor de un objeto de la suerte, ¿cuánto es? ¿Setenta y cinco
centavos?
—Yo
no sé el motivo —dijo Avalon exasperado—. Lo único que supongo es que los
Winters tenían alguno. Me inclino más a creer en la existencia de un motivo
desconocido que en la total desaparición de un objeto material.
Silverstein
movió la cabeza.
—No
creo que fuera un invento, Mr. Avalon. Si Winters estaba jugando un juego
programado, éste, su esposa y su hijo formaban parte de él.
—En
cuanto a la esposa no lo puedo decir con seguridad; pero aquel muchacho,
Maurice, no estaba actuando. No dudo, ni por un momento, de que estaba
realmente asustado.
»Entonces,
si todos estaban haciendo comedia, ¿por qué Mr. Winters tuvo que creer
necesario llegar a tales extremos? Una búsqueda mucho más sencilla habría sido
suficiente para establecer que el objeto de la suerte se había perdido, si eso
era todo lo que querían. Ésa fue la cosa que me resultaba peculiar. ¿Por qué
tenían los Winters que haber buscado con un cuidado tan extremo y por qué tenía
que haber parecido Maurice asustado, más que simplemente apenado? ¿No ven
ustedes la explicación? A mí me parece obvia.
Durante
unos momentos hubo un silencio entre los Viudos Negros, y luego Rubin sugirió:
—¿Por
qué no nos da su versión, Mr. Silverstein, y entonces nosotros decidimos si es
correcta o no?
Silverstein
sonrió.
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—Oh,
ustedes estarán de acuerdo conmigo. Una vez el asunto quede explicado, les
parecerá tan obvio como me lo parece a mí… El amuleto no era del muchacho, sino
que era de su padre. Winters le había permitido a su hijo tenerlo durante un
rato y el chico lo había perdido. Estoy seguro de que el chaval conocía el gran
valor en que su padre tenía el objeto de la suerte y por eso se mostraba
asustado, muy asustado, y yo no lo critico. Solamente si uno se da cuenta de
que Winters estaba buscando su propio objeto de la suerte, se hace cargo de la
naturaleza de su búsqueda.
Halsted
intervino.
—Él
insistió en que el objeto era de su hijo.
—¡Naturalmente!
La gente es muy dada a negar sus supersticiones, como les dije antes, en
especial si son inteligentes y educados y están en presencia de otra gente
educada, y más todavía si el poder de la superstición es patológicamente
fuerte. Son lo bastante inteligentes para estar avergonzadísimos de su extravío
y, sin embargo, sentirse impotentes ante su dominio. Soy un profesional en
tales asuntos y les digo que es así. Naturalmente, él haría ver que el amuleto
era de su hijo. Yo me lo creí al principio. Sin embargo, a medida que observaba
a Winters, fui reconociendo que sus emociones eran las de alguien aterrorizado
por la creencia de que su suerte se ha desvanecido para siempre. Era tan
víctima del ansia irresistible de aquella protección desaparecida, como un
adicto a las drogas lo es por la heroína que le falta.
Trumbull
apuntó:
—Sin
embargo, usted vende este sucedáneo de la droga a la gente.
Silverstein
meneó la cabeza.
—Un
pequeño porcentaje, que cada vez es menor, están afectados de modo tan extremo.
¿Tiene que acusarse a una fábrica de penicilina de la muerte de unos pocos que
desarrollan una sensibilidad fatal respecto de ella…? Bien, Mr. Rubin, ¿tengo
razón o no?
Silverstein
sonrió confiado.
Rubin
replicó:
—Me
temo que no la tiene. Usted está considerando el comportamiento de Winters de
dos modos irreconciliables. Si él estaba tan dominado por la manía del objeto
de la suerte como para llevar a cabo una búsqueda de psicópata, no parece
lógico que se lo hubiera entregado a su hijo para que jugara con él. No;
considero que es imposible creer en la historia del objeto de la suerte ni en
cuanto al hijo ni en cuanto al padre.
Silverstein
declaró con el tono ofendido de una persona cuya inteligente idea proclamada
triunfalmente es dejada de lado con cortesía.
—Me
gustaría oír una explicación alternativa que tenga sentido.
—No
hay ningún problema —contestó Rubin.
—Yo
supongo que el llamado objeto de la suerte era, en realidad, un artículo muy
valioso.
—¿Quiere
usted decir que era realmente una pieza de oro o que contenía joyas
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auténticas
o que era una obra de arte? —preguntó Silverstein, con lo que era casi una
sonrisa burlona—. Si es así, todavía queda en pie la objeción que usted hizo.
¿Por qué dársela al muchacho para que jugara con ella? Y, además, ¿por qué
llamarle objeto de la suerte? Si Winters hubiera mencionado su valor,
tendríamos que haber mirado con más interés y habernos sometido al registro de
mejor grado.
—Pudiera
ser —sugirió Rubin— que el valor residiera en algo que no se podía mencionar.
Supongamos que fuera un aparato de alguna clase, o que llevase un mensaje… una
talla codiciada, o un microfilme en un compartimiento interior diminuto…
Silverstein
frunció el ceño.
—¿Sospecha
que Winters era un espía?
—Considerémoslo
como una hipótesis —planteó Rubin—. Winters, al tener alguna razón para creer
que había otras personas siguiéndole la pista y que se haría un esfuerzo para
quitarle el objeto que llevaba, se lo pasó a su hijo en lugar de llevarlo él,
creyendo que en el chico nadie pensaría.
Avalon
gruñó con desaprobación.
—Una
cosa un tanto cruel para que la haga un padre.
—No,
en absoluto —le contradijo Rubin—. Winters seguiría siendo el único expuesto a
ser atacado si es que había peligro de una cosa así. Pero entonces no se le
encontraría el objeto encima. Si no se sospechaba de que el chico era el
portador, éste no estaría en peligro en ningún momento. Al menos, ésa debió
haber sido la esperanza del padre. Y si hubiera peligro para el muchacho,
podría ser que él fuera de la clase de patriotas que creen que su país y su
obligación están en primer lugar.
»Cuando
resultó que el objeto había desaparecido, el primer pensamiento de Winters
debió haber sido que se había caído de forma accidental; pero, al no ser
hallado en seguida, llegó sin duda a la conclusión aterradora de que había sido
robado por un enemigo. Entonces, llevó a cabo una búsqueda importante con la
esperanza de que su adversario, quienquiera que resultase serlo, fuera
descubierto en el momento en que se encontrara el objeto. Naturalmente, él
tenía que hacer ver que era una cosa trivial la que estaba buscando. Pero, dado
que no se encontró, se vio obligado a abandonar, con su misión destruida y su
personalidad desvelada. Y con su enemigo seguro. No envidio su situación. Y no
me extraña que su hijo estuviera asustado, si era lo bastante inteligente como
para poder entender lo que estaba pasando.
Los
Viudos Negros no mostraron un entusiasmo particular respecto a esto. Drake
movió la cabeza con aire solemne.
Rubin
manifestó indignación.
—¿Qué
es lo que piensa, Tom? Esto es una especie de hijo suyo.
Trumbull
se encogió de hombros.
—Yo
no sé todo lo que pasa. Esto sucedió hace nueve años, ¿no, Silverstein? —Sí,
señor.
—Puede
ser que hubiera algo entonces que implicara a Sudáfrica y a sus intentos
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de
desarrollar una bomba nuclear… Sin embargo, el Gobierno norteamericano no
estaba implicado en ese asunto.
—No
tenía que estarlo —contestó Rubin—, por lo que sabemos. Pero considero, Tom,
que mi interpretación es posible.
—Posible,
sin duda, pero no pasa de ahí.
Gonzalo
intervino.
—Se
están saliendo del tema. Están hablando de motivaciones, y de por qué un niño
tendría que parecer asustado, y de por qué un tipo tendría que registrar como
un loco a las personas. Nadie parece tener el menor interés por el enigma
auténtico. ¿Cuál es la diferencia entre que sea un amuleto o la llave de una
bomba nuclear? ¿Qué le sucedió? ¿A dónde fue a parar?
Avalon
declaró con aire sereno:
—No
veo ningún misterio ahí. Para empezar, la única manera de que el objeto pudiera
desaparecer en la nada era que no hubiera sido llevado a aquel lugar. A pesar
de la negativa del joven, él debió de haberlo perdido antes de entrar en la
habitación, y tenía miedo de admitirlo… Eso, si aceptamos en primer lugar que
existió. Después de todo, fuera o no inteligente, tenía doce años. No pudo
resistirse a jugar con él y tal vez lo dejo caer en cualquier sitio
inaccesible. Él, entonces, no se atrevió a decir nada acerca de ello, porque
sabía que era importante para su padre. Luego, en la habitación, su padre le
pregunta si está seguro. Él tiene que admitir que se ha perdido; pero no puede
confesar que lo ha perdido antes. No se atreve.
—¡No!
—gritó Silverstein en tono violento—. Él no era de esa clase de jóvenes. Si
ustedes lo hubieran visto, se hubieran dado cuenta de que había sido educado
para cumplir con una rigidez de conducta propia de adultos. El padre no le
preguntó por el objeto de la suerte. El muchacho fue hasta él para comunicarle
que había desaparecido. Si él lo hubiera perdido anteriormente, le habría
informado entonces. Estoy seguro de eso.
Drake
propuso:
—Supongamos
que la pérdida fuera accidental. Él podía haber sacado un pañuelo del bolsillo
una hora antes en algún lugar y el objeto salirse y caer en la hierba, por
ejemplo. Podía no haber notado la pérdida hasta que estuvo en la habitación.
—¡No!
—protestó de nuevo Silverstein—. El muchacho dijo que él lo tenía cuando entró
en la habitación y su padre le creyó sin dudarlo ni un momento. Conocía a su
hijo.
Avalon
inquirió:
—Bien,
Mr. Silverstein, si usted insiste en que el objeto existió de verdad y se
perdió en la sala, ¿tiene alguna idea de a dónde fue a parar?
Silverstein
se encogió de hombros.
—No
lo sé. Quizá cayó por una grieta al sótano. Quizás estaba en un sitio normal y,
por alguna razón, todo el mundo lo pasó por alto. Muchas veces he registrado mi
apartamento en busca de alguna cosa que parecía haberse desvanecido, y luego,
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cuando
la encontré, resultó que había estado a la vista todo el tiempo.
—Sí,
después de que usted la encontrara —puntualizó Avalon—. Uno siempre lo
encuentra. Incluso sin una búsqueda tan prolongada e intensa como la de
Winters.
Se
hizo un momentáneo silencio y luego Trumbull continuó:
—Parece
que estamos en un callejón sin salida. El enigma es interesante; pero no veo
que se pueda resolver. No tenemos suficiente información.
Gonzalo
intervino:
—Bien,
esperemos. No hemos escuchado la opinión de Henry.
Trumbull
protestó:
—No
se lo encasquete a Henry. Si un enigma es insoluble, lo es incluso para Henry.
—¿Es
cierto eso? —preguntó Gonzalo—. Bien, quiero oírselo decir a Henry… ¿Henry?
El
camarero, que, desde el mostrador, había escuchado con atención todos los
argumentos, les dirigió una leve sonrisa amable y familiar.
—La
verdad, Mr. Gonzalo, es que no puedo dejar de pensar en que cabe sugerir una
solución. No es necesario considerar que el objeto haya desaparecido de manera
misteriosa.
Las
cejas de Trumbull se alzaron.
—¿De
veras, Henry? ¿Qué es lo que sugiere?
—Bien,
señor, consideremos el comentario de Mr. Silverstein de que él había diseñado
un bolso con truco gracias a la inspiración del que usaba Mrs. Freed, la mujer
que hablaba tanto.
Silverstein
se quedó mirando fijamente.
—¿Quiere
decir que la Lengua poseía un bolso con trampa?
—No,
señor; pero se me ocurrió que podían hacerse trucos incluso con un bolso normal
si éste tenía siete cremalleras y siete compartimientos.
—Convendría
que se explicase mejor, Henry, —dijo Drake.
Henry
continuó:
—Esto
es sólo una suposición, caballeros, pero imaginemos que Mrs. Freed hablara sin
cesar con un propósito. Una persona que se gana el sobrenombre de La Lengua,
tiene que parecer tonta a cualquiera que sea menos penetrante que Mr.
Silverstein y puede dar por seguro que será infravalorada… lo cual es una
ventaja para un espía.
»Supongamos
que ella hubiera tenido noticias de la existencia del objeto y, por alguna
razón, sospechase que estaba en posesión del muchacho, Maurice. Su ovillo de
lana se cayó al suelo varias veces y, al menos una, según Mr. Silverstein, rodó
en dirección al chico. Éste se precipitó a ayudarle; ella lo acarició; y, de
este modo, lo distrajo al mismo tiempo que lo tocaba… Un viejo truco de
carterista. Un momento después, el objeto no estaba en el bolsillo del
muchacho, sino en la mano de Mrs. Freed.
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»Seguidamente,
ella buscó una pastilla de menta. Al hacerlo, el objeto fue dejado caer en el
compartimiento que ya había abierto y que no contenía nada. Tuvo que mover las
cremalleras en busca de las pastillas, y, cuando acabó de hacerlo, todos los
compartimientos estaban cerrados, incluyendo el que guardaba el objeto.
»Entonces
ella mostró lo seguro que era el bolso y con qué facilidad podía ser vaciado
abriendo un compartimiento y volviendo el bolso al revés. Después de haber
hecho esa demostración, intentó impresionar a todo el mundo, volvió a manipular
las cremalleras, según Mr. Silverstein, como si estuviera buscando otro
compartimiento con el cual hacer las demostraciones; pero, al parecer, con la
intención contraria. Al terminar sus manipulaciones, todos los compartimientos
se hallaban cerrados, excepto el que tenía el objeto. Ése estaba abierto. Ella
solamente tenía que esperar. Si no se daban cuenta de que el objeto se había
perdido, estupendo. Si era notada la pérdida, estaba preparada.
»La
desaparición fue descubierta, y la mirada de Winters cayó sobre el bolso. Ella
en seguida se ofreció a vaciarlo y tiró de todas las cremalleras, contando
ostentosamente del uno al siete a medida que lo hacía. Cuando terminó, los seis
compartimientos que habían estado cerrados, se encontraban abiertos, y el único
que estaba cerrado era el que tenía dentro el objeto, y nada más; porque había
sido cerrado al correr la cremallera fingiendo que lo abría.
»Entonces
ella volcó el bolso y de él cayó hasta la última cosa que contenía excepto
aquel objeto. Y como ella se había esforzado mucho en no parecer más que una
charlatana, se cuidó mucho de establecer un ambiente adecuado y, además, se
mostró de acuerdo, encantada, con la búsqueda, a nadie se le ocurrió la idea de
investigar el bolso aparentemente vacío. Al final, por tanto, el objeto pareció
haberse desvanecido en el aire.
Mr.
Silverstein, cuya boca se había ido quedando abierta mientras Henry hablaba, la
cerró con lo que pareció ser un esfuerzo y luego dijo:
—Pudo
haber sucedido exactamente así. Parece estar perfectamente de acuerdo con lo
que vi, y he explicado el relato tantas veces durante nueve años, que no hay
duda de que no me he olvidado de lo que vi. Sin embargo, supongo que no podemos
tenerlo nunca por cierto.
—No,
—convino Trumbull—; pero yo apostaría por Henry y de ahora en adelante, creo
que mi gente estará vigilante con las charlatanas inocentes que lleven bolsos
intrincados.
—Solamente
si tienen cremalleras, señor —puntualizó Henry—. Los bolsos con pasadores y
cierres se abren suavemente; pero se cierran con un fuerte golpe. En cambio, el
sonido de una cremallera que se abre no se puede distinguir del de una
cremallera que se cierra, porque ambos son exactamente iguales.
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Post
Scriptum
Tal
como he explicado en el post scriptum anterior, El amuleto fue comprado y
remunerado; pero la revista que iba a publicarlo nunca apareció. La narración,
por tanto, hace su primera aparición en este libro. Eso no me preocupa. En cada
una de mis colecciones de los Viudos Negros, me las he arreglado para incluir
algunos relatos que no han aparecido en ningún otro lugar. Yo lo considero como
un premio para quienes tienen la generosidad de comprar estos libros.
De
cuando en cuando, necesito incluir unos detalles gráficos de alguna faceta de
la experiencia humana como parte del fondo de estas narraciones. En El amuleto,
por ejemplo, yo hablo de forma un poco extensa del negocio de las novedades.
Puede que ustedes hayan admirado la pulcritud de mi investigación en el asunto;
pero, por favor, no lo hagan. Soy demasiado perezoso (y estoy demasiado ocupado
escribiendo un millón de cosas más) para desperdiciar el tiempo en la
investigación. Cuando necesito detalles sobre el negocio de las novedades, me
limito a sacarlos de mi imaginación siempre febril. Por tanto, si alguno de mis
lectores lleva un negocio de novedades y cree que he cometido un error, le
ruego que me escriba y me ilustre.
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EL
TRIPLE DIABLO
No
era sorprendente que en este particular banquete de los Viudos Negros la
conversación derivara hacia el tema de los hombres que se han hecho a sí
mismos.
Después
de todo, Mario Gonzalo, anfitrión de la noche, había traído como invitado al
propietario retirado, muy conocido, de una cadena de librerías, Benjamin
Manfred. Era también muy sabido que Manfred había vendido periódicos cuando era
muchacho, hacía más de medio siglo, y era hijo de padres pobres, pero honrados…
Muy honrados, y muy, muy pobres.
Y
ahora él estaba aquí, no como un Getty o un Onassis; pero muy bien situado. Y
con cuatro hijos y muchos nietos, todos ocupados en algún aspecto de la cadena.
Él era el fundador de la dinastía, nada menos.
Manfred
había telefoneado para decir, con muchas excusas, que se retrasaría un poco,
pero que seguro que estaría allí antes de que el banquete hubiera comenzado.
Eso significaba que el aperitivo tenía lugar sin su presencia, y la
conversación se desarrollaba con toda libertad, sin la inhibición lógica que se
produce cuando está delante quien es tema de la conversación.
Tampoco
sorprendió que fuera Emmanuel Rubin el que pontificara más alto. —Ya no quedan
personas que se hayan hecho a sí mismas, ni hombres ni mujeres
—dijo,
con pasión.
Y
cuando Rubin hablaba con pasión no había más remedio que escuchar. Si su metro
sesenta de altura le hacía ser el más bajo de los Viudos Negros, su voz era,
sin lugar a dudas, la más fuerte. Añadamos a eso la hirsutez de su barba gris y
escasa y el brillo de sus ojos a través de sus espesas gafas, que servían para
magnificarlos de modo casi amenazador, y resultaba imposible ignorarlo.
—Ben
Manfred es un self-made man —dijo Gonzalo a la defensiva.
—Quizá
lo sea —aceptó Rubin, reacio a hacer excepciones a cualquier generalización que
hubiera lanzado—. Pero él se hizo a sí mismo en los años veinte y treinta.
Estoy hablando de ahora, de la Norteamérica de después de la Segunda Guerra
Mundial, que es próspera y con la mentalidad del bienestar. Uno siempre puede
encontrar ayuda abriéndose camino a través de la escuela, apoyándose en la
protección del desempleo, consiguiendo beneficios de algún tipo para poder
empezar. Seguro que, si quieres, lo haces; pero no por ti mismo, nunca por ti
mismo. Existe todo un aparato gubernamental que te respalda.
—Puede
que tenga algo de razón en lo que dice, Manny —admitió Geoffrey Avalon.
Bajó
la vista con aire de diversión algo distante. Su estatura de metro ochenta y
cinco hacía de él el más alto de los Viudos Negros.
—Sin
embargo —continuó—, ¿usted no se consideraría un self-made man? Nunca oí que
usted heredase o se casara con una mujer de fortuna y no le veo a usted, de
ningún modo, aceptando ayudas del Gobierno.
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—Bien,
yo no he conseguido nada con facilidad —manifestó Rubin—. Pero uno no puede ser
un self-made man hasta que sus logros no sean totales. Aunque no tuve un padre
rico ni tengo una esposa rica, tampoco soy yo mismo rico, lo que se dice rico.
Puedo permitirme algunas de las cosas bonitas de la vida, pero rico no soy. Lo
que tenemos que hacer es definir al hombre autorrealizado. No es suficiente que
no se esté muriendo de hambre. No es suficiente que se halle en mejor posición
de lo que acostumbraba a estar. Un self-made man es alguien que comienza siendo
pobre, sin ningún dinero por encima de su nivel de subsistencia. Luego, sin que
le vengan grandes tajadas de dinero del exterior, él se las arregla, por medio
de un duro trabajo y de una aguda perspicacia para los negocios, o con un
enorme talento para convertirse en millonario.
—¿Y
dónde deja la suerte? —gruñó Thomas Trumbull—. Supongamos que apuesta en las
carreras y gana un millón de dólares, o que está continuamente al lado de los
ganadores en una pista de carreras.
—Ustedes
saben que eso no cuenta —respondió Rubin—. En ese caso, se es una persona de
suerte y nada más. Eso ocurre si uno saca a un anciano de debajo de un coche de
caballos y él invoca la bendición del cielo sobre ti y te da un millón de
dólares. Y tampoco tengo en cuenta a aquellas personas que se hacen ricas por
medio de una actividad ilegal. Al Capone, partiendo de una base de cero, estaba
haciendo sesenta millones al año antes de haber cumplido los treinta años, en
el tiempo en que el dólar valía un dólar y no veintidós centavos. Por otra
parte, tampoco pagaba impuestos. Ustedes pueden llamarle self-made man; pero,
según mi definición, no lo era.
—El
problema que hay con usted, Manny —observó Roger Halsted—, es que quiere
restringir el término a la gente que usted aprueba moralmente. Andrew Carnegie
era un self-made man y fue un gran filántropo, después de que hubiera hecho sus
millones, y, por lo que sé, nunca le metieron en la cárcel. Sin embargo, en su
camino hacia arriba, apostaría a que se metió en actividades empresariales
cuestionables y que se las arregló para explotar a los pobres todo lo que pudo.
Rubin
aclaró:
—Estar
dentro de la ley es todo lo que pido. No espero que nadie sea un santo.
Gonzalo
preguntó con un aire de inocencia nada convincente:
—¿Y
qué pasa con su amigo, Isaac Asimov, Mannie…?
Naturalmente,
Rubin picó el anzuelo en seguida.
—¿Mi
amigo? Sólo porque le presto unos pocos dólares de cuando en cuando para
ayudarle a pagar el alquiler, dinero que no espero volver a ver, él va diciendo
por ahí que es mi amigo.
—Vamos,
Manny. Nadie va a creerse esa calumnia. Él está en buena posición. Y, según su
autobiografía, comenzó sin nada. Trabajaba en la confitería de su padre y
también repartió periódicos. Es un self-made man.
—¿Es
verdad eso? —inquirió Rubin—. Bien, en tal caso, todo lo que puedo decir
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es
que él adora a su creador.
Rubin
hubiera seguido improvisando, de forma interminable, variaciones sobre el tema;
pero en ese momento llegó Benjamin Manfred y la conversación se detuvo en
seguida, mientras Gonzalo hacía las presentaciones.
Manfred
era de estatura media, muy delgado, con la cara arrugada pero agradable. Tenía
el cabello escaso y blanco; y vestía de una manera pulcra, pero pasada de moda.
Por ejemplo, llevaba un chaleco, y uno se sorprendía de que no llevara también
una cadena de reloj que cruzara de un lado al otro. En lugar de esto, llevaba
un reloj de pulsera, pero estaba tan anticuado que había que darle cuerda.
Recibió
las presentaciones con una agradable sonrisa y, cuando Rubin y él se dieron la
mano, dijo:
—Estoy
muy complacido de conocerle, Mr. Rubin. Leo con gran placer sus narraciones de
misterio.
—Gracias,
señor —contestó Rubin, esforzándose por ser modesto.
—En
mis librerías siempre puedo contar con buenas ventas de sus libros. Casi iguala
a Asimov.
Se
fue hacia otro lado para saludar a James Drake, mientras Rubin, lentamente, se
volvía de un furioso color magenta y los otros cuatro Viudos Negros pasaban
grandes apuros en sus esfuerzos desesperados para no reír.
Henry,
el camarero perpetuo de los Viudos Negros, después de cerciorarse de que le
habían servido al anciano un generoso Martini seco, anunció que la cena estaba
servida.
Drake
apagó el cigarrillo y miró con placer el pequeño montículo de caviar que había
en su plato. Se sirvió él mismo de los condimentos que iba pasando Henry. Dudó
con la cebolla picada y luego, con decisión, tomó dos porciones.
Después,
susurró a Gonzalo:
—¿Cómo
puede permitirse tomar caviar, Mario?
Mario
le susurró a su vez:
—El
viejo Manfred me paga muy bien por un retrato para el que está posando. Por eso
lo conozco y puedo, al mismo tiempo, proporcionarle un buen rato con su dinero.
—Es
bonito conocer a gente que todavía quiera que pinten retratos suyos.
—Algunas
personas todavía tienen buen gusto —contestó Gonzalo.
Drake
sonrió.
—¿Le
importaría repetir eso en voz lo bastante alta como para que Manny lo oyese?
—No,
gracias —repuso Gonzalo—. Yo soy el anfitrión y tengo la responsabilidad del
decoro de la mesa.
La
mesa, tal como estaba, no podía ser más decorosa. Rubin parecía dominado y
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dejó
pasar una docena de oportunidades de decirle a Manfred lo que iba mal en el
negocio de la venta de libros y cómo esto contribuía al empobrecimiento de
autores jóvenes de valor.
Aunque
los Viudos Negros estaban más sosegados al abstenerse Rubin de discutir, se
sentían lo suficientemente felices y, conforme pasaban los platos, iban
expresando en voz alta sus alabanzas: la sopa de tortuga, el pato asado con
hojuelas de patatas y lombarda, el alaska cocido al horno… Quizá les faltó un
poco de tacto al manifestar su sorpresa porque la cena dirigida por Gonzalo
tuviera tales refinamientos.
Gonzalo
lo aceptó con buen humor y, cuando llegó la hora de hacer sonar melodiosamente
su vaso de agua con la cuchara, realizó incluso un noble intento de apaciguar a
Rubin.
—Manny,
usted es la persona que tiene idea de libros aquí, y todos estamos de acuerdo
en que es el mejor de la clase sin discusión. ¿Querría, por favor, hacernos el
honor de interrogar a Mr. Manfred?
Rubin
resopló con fuerza, y afirmó, sin aumentar su habitual caudal de malhumor:
—Puedo,
desde luego. Dudo de que haya ningún otro entre ustedes que sea lo bastante
instruido para ello.
Se
volvió hacia Manfred y preguntó:
—Mr.
Manfred, ¿a qué se dedica usted?
Manfred
no pareció sorprendido por la pregunta y contestó:
—Si
existe una persona que no deba tener ninguna dificultad en explicar lo que
hace, es alguien cuyo negocio consista en ser proveedor de libros. Los libros,
caballeros, contienen toda la sabiduría reunida de la Humanidad, el
conocimiento recogido de los pensadores del mundo, la diversión y la ilusión
construida por las imaginaciones de gente brillante. Los libros encierran
humor, belleza, ingenio, emoción, pensamiento y, en verdad, todo lo relativo a
la vida. La vida sin libros está vacía.
Halsted
murmuró:
—En
los tiempos actuales existen el Cine y la Televisión.
Manfred
escuchó y dijo con una sonrisa:
—Miro
la televisión, también a veces deseo ver una película. Porque aprecie una
comida como la que acabamos de hacer, no significa que no pueda comer un
perrito caliente alguna vez que otra. Pero no confundo las dos cosas. Por muy
espléndidas que puedan parecer las películas y la televisión, son basura para
la mente, diversión para los analfabetos, un poco de entretenimiento para
aquellos que, de momento, no están de humor para nada más.
—Por
desgracia —observó Avalon con aire solemne—, Hollywood es el lugar donde está
el dinero.
—Naturalmente
—convino Manfred—; pero, ¿qué es lo que eso significa? Sin
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duda,
una cadena de hamburgueserías harán más dinero que un restaurante de cuatro
estrellas; sin embargo, eso no convierte a la hamburguesa en pato de Pekín.
—No
obstante —intervino Rubin—, y puesto que estamos discutiendo sobre dinero,
¿puedo preguntarle si usted se considera un self-made man?
Manfred
levantó las cejas.
—Es
una frase anticuada, ¿no?
—Cierto
—reconoció Rubin con un gesto de entusiasmo—. Yo mantuve exactamente eso mismo
durante el aperitivo. Mi opinión es que, en el día de hoy, es imposible que
nadie sea un auténtico self-made man. Existe demasiada ayuda rutinaria por
parte del Gobierno.
Manfred
se movió con una risa silenciosa.
—Antes
del New Deal no ocurría así. El Gobierno en aquellos días era un arbitro
neutral y muy moral. Si una gran sociedad tenía una discusión con un pequeño
empleado, el trabajo del Gobierno consistía en asegurarse de que las dos partes
tuviesen sólo la ayuda que pudieran permitirse. ¿Se puede ser más justo?
Naturalmente, los ricos siempre ganaban; pero eso era sólo una coincidencia, y
si el pobre no lo veía así, el Gobierno enviaba a la Guardia Nacional para
explicarle las cosas. Aquéllos eran días grandes.
—Sin
embargo, el caso es que usted era pobre de joven, ¿no?
—Muy
pobre. Mis padres llegaron a los Estados Unidos desde Alemania en mil
novecientos siete, y me trajeron con ellos. Tenía tres años en aquel momento.
Mi padre estaba empleado en una sastrería y, para empezar, ganaba cinco dólares
a la semana. Yo era entonces el único hijo; pero pueden imaginar cómo mejoró su
posición económica cuando más tarde tuvo tres hijas, una detrás de la otra. Él
era socialista y elocuente, y tan pronto como adquirió la ciudadanía, votó por
Eugene V. Debs. Esto hizo que algunas personas, cuyas opiniones sobre la
libertad de expresión estaban estrictamente limitadas a la libertad de su
expresión, creyeran que él debía ser deportado.
»Mi
madre ayudaba con un trabajo a tiempo parcial entre hijo e hijo. Desde la edad
de nueve años, yo repartía periódicos por la mañana antes del colegio y tenía
trabajos sueltos después de las clases. De algún modo, mi padre consiguió
ahorrar lo suficiente para comprar al contado una pequeña sastrería y yo
trabajaba con él después de la escuela. Cuando tuve dieciséis años, ya no tuve
que permanecer en la escuela, así que la abandoné en seguida para trabajar en
la tienda todo el tiempo. Nunca terminé el bachillerato.
Rubin
comentó:
—Usted
no parece una persona sin instrucción.
—Depende
de cómo defina usted la instrucción. Si está dispuesto a estimar la clase de
instrucción que uno pesca por sí mismo en los libros, entonces yo soy
instruido, gracias al viejo Mr. Lineweaver.
—¿Ese
Mr. Lineweaver le dio libros a usted?
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—En
realidad, sólo uno. Pero hizo que me interesara por los libros. De hecho, yo le
debo casi todo. Sin él, no habría conseguido despegar; así que quizá no sea un
self-made man; sin embargo, no es que me diera nada. Tuve que hacérmelo todo
por mí mismo, así que acaso soy en realidad un self-made man. Bueno…, no estoy
seguro.
Drake
intervino:
—Usted
hace que me sienta confundido, Mr. Manfred. ¿Lo que ocurrió es que tuvo que
trabajar por sí mismo? ¿Un enigma de alguna clase?
—En
cierto modo.
—¿Existe
algún episodio de su vida que sea bien sabido?
—Hubo
alguna mención en los periódicos de la época —repuso Manfred—, pero fue hace
mucho tiempo y ya está olvidado. A veces, sin embargo, me sorprendo de lo
bonito que fue todo. ¿Le saqué provecho? Yo fui acusado de influencia indebida
y de Dios sabe qué. Pero gané.
Rubin
añadió:
—Me
temo, Mr. Manfred, que debo pedirle que nos cuente la historia con detalle.
Cualquier cosa que usted diga será considerada confidencial, y nadie la
comentará fuera de aquí.
Manfred
comentó:
—Así
me lo explicó Mr. Gonzalo, señor, y lo acepto.
Por
un momento, los ojos de Manfred se posaron en Henry, el cual permanecía en el
mostrador con su aire acostumbrado de atención respetuosa.
Trumbull
captó la mirada y aclaró:
—Nuestro
camarero, que se llama Henry, es miembro del club.
—En
ese caso —continuó Manfred—, les relataré la historia y, si ustedes la
encuentran pesada, no tienen más que quejarse.
—Espere
—interrumpió Gonzalo con cierta autoridad—. Si hay en ello cualquier enigma o
misterio, me imagino que usted lo resolvió. ¿Es verdad?
—Oh,
sí. No hay ningún misterio que espere ser esclarecido. —Hizo un gesto con las
manos como de borrar—. No existe ningún enigma.
—En
ese caso —pidió Gonzalo—, cuando hable de la historia de Mr. Lineweaver, no nos
cuente la solución del enigma. Deje que la adivinemos.
Manfred
se rió.
—Ustedes
no la adivinarán. Al menos de forma correcta.
—Bien
—dijo Rubin—; por favor, continúe con el relato e intentaremos no interrumpir.
Manfred
explicó:
—La
narración comienza cuando yo aún no tenía quince años, justo después del final
de la guerra…, la Primera Guerra Mundial. Era sábado, no había escuela; pero
todavía tenía periódicos que repartir y la última parada de la ruta era una
vieja mansión. Yo dejaba el periódico en un pequeño gancho que estaba al lado
de la puerta y, una vez a la semana, tocaba el timbre, salía un sirviente,
pagaba los periódicos y
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me
daba un cuarto de dólar como propina. El pago normal era diez centavos, así que
me sentía siempre agradecido a ese lugar singular.
»El
sábado era el día de cobro, así que pulsé el timbre, y en esta ocasión, por
primera vez que recordase, salió el viejo Mr. Lineweaver. Quizás ocurrió
simplemente que él estaba cerca de la puerta cuando toqué el timbre. Tenía unos
setenta años y me creí que era otro sirviente… Ya he dicho que yo nunca lo
había visto hasta entonces.
»Era
un día de enero intensamente frío. Estábamos en 1919. Yo iba vestido de un modo
inadecuado. Llevaba el único abrigo que tenía, y era bastante fino. Mis manos y
mi cara estaban de color azul, y temblaba. Yo no sentía una particular pena por
mí, dado que había repartido periódicos en muchos días de frío y la cosas iba
como iba, eso era todo. ¿Qué podía hacérsele?
»Mr.
Lineweaver, sin embargo, parecía alterado y me dijo:
»—Entra,
muchacho. Te pagaré en un lugar que esté caliente.
»Su
aire autoritario hizo que me diera cuenta de que él era el propietario de la
casa, y eso me asustó.
»Luego,
cuando me pagó, me dio un dólar como propina. Nunca había oído hablar de una
propina de un dólar. A continuación, me llevó a su biblioteca…, una gran
habitación con estantes desde el suelo hasta el techo en todas las paredes y
una galería con libros adicionales. Hizo que un sirviente me trajera un
chocolate caliente y me tuvo allí durante casi una hora, haciéndome preguntas.
»Yo
intenté ser muy educado, pero, finalmente, le dije que tenía que irme a casa
porque mis padres pensarían que me había ocurrido algo. No podía llamarles para
tranquilizarlos; porque, en 1919, muy poca gente tenía teléfono.
»Cuando
llegué a mi casa mis padres estaban muy impresionados, en especial con la
propina de un dólar, que mi padre cogió y se llevó. No fue crueldad por su
parte; era simplemente que había un cofre común para las ganancias de toda la
familia y ninguno de nosotros podía sacar nada de él para sí mismo. Mi sueldo
de la semana era exactamente cero.
»Al
sábado siguiente, el viejo Mr. Lineweaver me estaba esperando. No hacía tanto
frío como la semana anterior; pero volvió a invitarme a un chocolate caliente.
Cuando me ofreció otro dólar, yo seguí las instrucciones de mi padre y le dije
que era demasiado y que un cuarto de dólar era suficiente. Mi padre, me temo,
había aprendido de la vida a desconfiar de la generosidad inexplicable. Mr.
Lineweaver se rió y dijo que no tenía nada más pequeño y que debía tomarlo.
»Sospecho
que él se dio cuenta de las miradas curiosas que estaba dirigiendo a los
libros, porque preguntó si yo tenía libros en casa. Le respondí que mi padre
tenía un par de ellos, pero que estaban en alemán. Me preguntó si iba a la
escuela y, naturalmente, le dije que sí; pero que, en cuanto tuviera dieciséis
años, tendría que dejarla. Quiso saber si iba a la biblioteca pública y yo le
contesté que a veces, pero que, con el reparto de periódicos y la sastrería, la
verdad era que, no tenía demasiadas
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oportunidades
para hacerlo.
»—¿Te
gustaría echar una mirada a estos libros?, preguntó, haciendo un gesto con la
mano hacia las paredes.
»—Podría
ensuciarlos, Mr. Lineweaver, respondí, con timidez, mirándome las manos que
estaban negras de la tinta de los periódicos.
ȃl
replicó:
»—Te
explicaré lo que hay que hacer. Los domingos, cuando no tengas colegio y la
sastrería esté cerrada, vienes aquí después de que hayas repartido los diarios
y puedes lavarte las manos y quedarte en la biblioteca todo el tiempo que
quieras y leer algunos libros. ¿Te gustaría eso?
»—Oh,
sí —respondí.
»—Bien
—continuó—, entonces explica a tus padres que estarás pasando el tiempo aquí.
»Yo
lo hice y, durante diez años, estuve allí fielmente todos los domingos, excepto
cuando me hallaba enfermo o él se encontraba ausente. Cuando me hice mayor, yo
iba los sábados por la tarde e incluso alguna que otra noche entre semana.
ȃl
tenía una variedad de libros maravillosamente amplia para poder escoger y una
gran proporción de novela inglesa. Leí a Thackeray y a Trollope y pensé mucho
sobre Tristram Shandy. Recuerdo haberme sentido fascinado por Ten Thousand a
Year de Warren. Era una mezcla de humor y política reaccionaria increíble. El
antihéroe era Tittlebat Titmouse y había un villano muy efectivo llamado Oily
Gammon. Gracias a mis lecturas, acabé aprendiendo que gammon era un término
slang equivalente a nuestro término slang actual de boloney (tontería).
»Leí
a Pope, Byron, Shelley, Keats, Tennyson, Coleridge… Por alguna razón, no me
gustaba Wordsworth ni Browning. Había muchas obras de Shakespeare, como es
natural. No me atraía mucho lo que no fuera narrativa; pero recuerdo haber
intentado leer el Origen de las especies de Darwin y no haber llegado demasiado
lejos. Había un libro reciente, Perfil de la Historia de H. G. Wells, que me
fascinaba. Leí también a algunos escritores norteamericanos. Mark Twain y
Hawthorne; pero no pude estarme mucho con Moby Dick. Leí algo de Walter Scott.
Todo esto se fue desarrollado a costa de algunos años, desde luego.
Trumbull
se movió en su silla y comentó:
—Mr.
Manfred, supongo que este Lineweaver era un hombre rico.
—Estaba
en muy buena posición, sí.
—¿Tenía
hijos?
—Dos
hijos ya mayores. Una hija, también mayor.
—¿Nietos?
—Varios.
—¿Por
qué, entonces, le convirtió a usted en un substituto de su hijo? Manfred meditó
un momento.
—No
lo sé. La casa estaba vacía con excepción de los sirvientes. Él era viudo.
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Sus
hijos y nietos rara vez iban a visitarle. Estaba solo, supongo, y le gustaba
tener a un joven en la casa, de cuando en cuando. Tengo la impresión de que él
pensaba que yo era brillante, y se veía que disfrutaba con mi afición por los
libros. En algunas ocasiones, se sentaba y hablaba conmigo acerca de ellos, me
preguntaba lo que pensaba de éste o de aquél, y me sugería algunos que podía
leer.
—¿Alguna
vez le dio algo de dinero? —preguntó Trumbull.
—Solamente
aquel dólar a la semana que me entregaba sin falta cada sábado. Finalmente,
abandoné la ruta de los periódicos; pero él no lo supo. Yo seguí llevándole el
diario cada día. Yo mismo lo compraba y lo entregaba.
—¿Le
daba de comer?
—El
chocolate caliente. Cuando me quedaba a la hora de la comida, un sirviente me
traía un bocadillo de jamón y leche o algo así.
—¿Le
dio libros?
Manfred
meneó la cabeza lentamente.
—Mientras
vivió, no. Nunca. No me dio ninguno ni me prestó ninguno. Yo podía leer lo que
quisiera; pero sólo mientras permaneciera en la biblioteca. Tenía que lavarme
las manos antes de entrar en ella, y debía volver a colocar cada libro en el
estante en el lugar de donde lo había sacado, antes de tomar otro.
Avalon
intervino:
—Me
imagino que los hijos de Mr. Lineweaver estarían disgustados con usted. —Creo
que lo estaban —reconoció Manfred—. Pero nunca los vi en vida del
anciano.
Una vez, él me dijo con una risita: «Uno de mis hijos ha dicho que debo
vigilarte o te llevarás algunos de mis libros.» Debí parecer horrorizado ante
el insulto a mis padres. ¿Sería ésa la clase de hijo que ellos educaron? Él se
rió, me revolvió el cabello y concluyó: «Yo le he dicho que no sabía de qué
estaba hablando.»
Rubin
preguntó:
—¿Eran
valiosos esos libros?
—En
aquel tiempo, nunca se me ocurrió que pudieran serlo. No tenía idea de lo que
costaban los libros, o de que algunos pudieran tener más valor que otros.
Aunque, al final lo averigüé. Él estaba orgulloso de ellos, ya ven. Me contó
que cada uno de aquellos volúmenes lo había comprado él mismo. Le comenté que
algunos de ellos parecían tan viejos que debía haberlos comprado cuando era un
muchachito.
»Se
rió y observó:
»—No,
he comprado muchos de ellos en librerías de segunda mano. Eran viejos cuando
los compré, ya ves. Si haces eso, a veces puedes pescar algunos libros valiosos
por casi nada. Un triple diablo; dijo. Un triple diablo.
»Yo
pensé que se estaba refiriendo a sí mismo y a lo listo que era para encontrar
esos libros valiosos. Naturalmente, yo no sabía distinguir cuáles podían ser
los libros de valor.
»A
medida que pasaron los años, desarrollé una ambición. Lo que yo quería era
poseer una librería algún día. Quería estar rodeado de libros y venderlos hasta
que
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hubiera
ganado el suficiente dinero para formar una biblioteca propia, una colección de
libros que no tuviera que vender y que pudiera leer para contento de mi
corazón.
»Se
lo expliqué una vez a Mr. Lineweaver, cuando él me preguntó. Le dije que iba a
trabajar en la sastrería y a ahorrar cada centavo hasta que tuviera suficiente
para comprar una librería o quizás un almacén vacío y luego adquirir los
libros.
»Lineweaver
meneó la cabeza:
»—Necesitarás
mucho tiempo para eso, Bennie. El problema es que tengo hijos propios, aunque
son muy egoístas. Sin embargo, no hay ninguna razón para que no pueda ayudarte
de alguna manera solapada en la cual ellos no puedan hacer nada. Simplemente,
recuerda que tengo un libro muy valioso.
»Yo
le dije:
»—Espero
que esté escondido, Mr. Lineweaver.
»—En
el mejor lugar del mundo —contestó—. ¿Recuerdas tu Chesterton? ¿Cuál es el
mejor lugar para esconder un guijarro?
»Yo
reí. Las historias del Padre Brown eran nuevas entonces y me gustaban mucho.
»—En
la playa —respondí—; y el mejor sitio para esconder una hoja es el bosque.
—Exactamente
—convino Mr. Lineweaver—; y mi libro está escondido en la biblioteca.
»Yo
miré alrededor con curiosidad.
»—¿Cuál
es? —pregunté, e inmediatamente lo sentí, porque él podía haber pensado que
quería cogerlo.
»Mr.
Lineweaver meneó la cabeza:
»—No
te lo diré.
»¡El
triple diablo! De nuevo creí que se estaba refiriendo a su propia astucia para
no revelar el secreto.
»A
principios de 1929, casi diez años después del día que yo lo había visto por
primera vez, él murió y yo recibí una llamada de los abogados para asistir a la
lectura del testamento. Eso me sorprendió; pero mi madre estaba en el séptimo
cielo. Ella creyó que yo heredaría mucho dinero. Mi padre frunció el ceño y se
preocupó porque el dinero pertenecía a la familia y yo podía ser un ladrón al
quedarme con lo que era de ellos. Él era de esa clase de personas.
»Asistí,
vestido con mi mejor traje, y me sentí increíblemente incómodo y fuera de
lugar. Estaba rodeado por la familia, los hijos y los nietos. Nunca los había
visto hasta ese día, y las miradas que me dirigieron eran todo lo contrario de
amables. Creo que ellos también pensaban que yo recibiría mucho dinero.
»Pero
no tuvieron que preocuparse. Me dejó un libro, uno, de su biblioteca. Un libro
cualquiera que desease yo. Tenía que ser a mi libre elección. Sabía que él
quería que yo tuviera el valioso, pero nunca me dijo cuál era.
»El
legado no satisfizo a la familia. Ustedes pensarán que ellos podían prescindir
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de
un libro de entre quizá diez mil; pero, al parecer, les disgustaba el hecho de
que yo fuera mencionado en el testamento. El abogado me dijo que podía hacer mi
elección tan pronto como fuera oficial el testamento.
»Yo
pregunté si podía ir a la biblioteca y estudiar los libros con objeto de hacer
esa elección. El abogado pareció pensar que era razonable, pero fue objetado en
seguida por la familia, quienes señalaron que el testamento no decía nada
acerca de que yo fuera a la biblioteca.
»—Tú
has estado allí con la frecuencia y el tiempo suficientes —dijo el mayor—.
Simplemente
haz tu elección y puedes tenerlo cuando sea oficial el testamento.
»El
abogado no se sintió demasiado complacido por ello y afirmó que precintaría la
biblioteca hasta la ejecución del testamento y que nadie podía entrar. Eso me
hizo sentir mejor, porque yo pensaba que quizá la familia sabía qué libro era
el valioso y lo sacarían ellos mismos.
»Requería
tiempo el que el testamento se hiciera oficial; así que rehusé la elección de
inmediato. La familia gruñó ante eso; pero el abogado triunfó con su opinión.
Estuve pensando mucho. ¿Me había dicho el anciano Mr. Lineweaver alguna cosa
especial que pudiera haber tenido como intención dar una pista? Yo no podía
pensar en nada sino en el «triple diablo» que él acostumbraba a llamarse a sí
mismo cuando quería alabar su propia astucia… Pero él solamente decía eso
cuando hablaba del libro valioso. ¿Podía la frase referirse al libro y no a sí
mismo?
»Yo
tenía ya veinticuatro años y estaba lejos de ser el niño inocente de diez años
antes. Poseía una amplia variedad de información en las puntas de los dedos,
gracias a la lectura y, cuando llegó el momento de hacer mi elección, no tuve
que entrar en la biblioteca. Di el nombre del libro que quería y expliqué con
toda exactitud en qué estante y lugar estaba, porque lo había leído,
naturalmente, aunque nunca sospeché que fuera valioso.
»El
mismo abogado entró y lo cogió para dármelo, y fue el adecuado. Como
comerciante de libros, sé ahora por qué era valioso; pero eso no importa. El
asunto es que yo hice que el abogado, un buen hombre, se ocupara de valorarlo y
luego venderlo en subasta pública. El libro consiguió setenta mil dólares, una
verdadera fortuna en aquellos días. Si fuera ofrecido ahora en subasta,
conseguiría un cuarto de millón; pero yo necesitaba el dinero entonces.
»La
familia se puso furiosa, naturalmente, pero no pudieron hacer nada. Apelaron;
pero el hecho de que no me hubieran dejado entrar en la biblioteca y estudiar
los libros les hizo perder muchas simpatías. El caso es que, después de que se
terminara la batalla legal, compré una librería, logré pagarla gracias a la
Depresión, cuando los libros eran una forma de diversión relativamente barata,
y puse las cosas en el lugar que están ahora… Así que…, ¿puede decirse que soy
un self-made man?
Rubin
manifestó:
—En
mi opinión, eso no entra en el concepto de suerte. Usted tenía que pescar un
libro de entre diez mil sobre la base de una pista pequeña y oscura, y lo hizo.
Eso es
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ingenio
y, por tanto, usted se ganó el dinero. Simplemente, por curiosidad, ¿cuál era
el libro?
—¡Eh!
—advirtió Gonzalo con enfado.
Manfred
recordó:
—Mr.
Gonzalo me pidió que no les diera la solución. Dijo que ustedes podían querer
averiguarla por sí mismos.
El
humo del cigarrillo de Drake dio vueltas hacia el techo. Con su voz ligeramente
ronca, dijo:
—Uno
de entre diez mil sobre la base del «triple diablo». Nosotros nunca vimos la
biblioteca y usted sí la vio. Usted sabía qué libros había allí y nosotros no.
No es una prueba equitativa.
—Lo
admito —contestó Manfred—; así que se lo diré si lo desean.
—No
—se opuso Gonzalo—. Hemos de disponer de una oportunidad. El libro debía tener
la palabra «diablo» en el título. Podía haber sido El diablo y Daniel Webster,
por ejemplo.
—Eso
es un relato corto de Stephen Vincent Benét —explicó Manfred—. Y no fue
publicado hasta mil novecientos treinta y siete.
Halsted
intervino:
—La
imagen usual del diablo, con cuernos, pezuñas y rabo está sacada, en realidad,
del dios griego de la Naturaleza, Pan. ¿Se trataba de un libro de Pan o con la
palabra «Pan» en el título?
—En
realidad —contestó Manfred—, no puedo pensar en ninguno.
Avalon
continuó:
—La
diosa ocultista Hécate es considerada a menudo como triple: virgen, matrona y
vieja arrugada, porque también era una diosa de la Luna, y ésas eran las fases:
cuarto creciente, llena, y cuarto menguante. Como diosa bruja, podía ser
considerada un triple diablo. Las Memorias del Condado de Hécate fueron
publicadas demasiado tarde para ser la solución; pero…, ¿hay algo anterior con
Hécate en el título?
—No,
que yo sepa —contestó Manfred.
Hubo
un silencio en la mesa y Rubin dijo:
—No
tenemos suficiente información. Creo que el relato ha sido interesante en sí
mismo y que Mr. Manfred puede explicarnos ahora la solución.
Gonzalo
objetó:
—Henry
no ha tenido su oportunidad. Henry…, ¿tiene alguna idea de cuál puede ser el
libro?
El
camarero sonrió.
—Tengo
una pequeña noción.
Manfred
sonrió también.
—No
creo que sea correcta.
Henry
añadió:
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—Quizá
no. En cualquier caso, la gente a menudo siente temor de mencionar al diablo
por su nombre por miedo de evocarlo al hacerlo, así que usan numerosos apodos o
eufemismos para él. Es muy frecuente que usen el diminutivo de algún nombre
corriente masculino, como una especie de gesto amistoso que pudiera servir para
aplacarle. Me viene a la mente «Old Nick».
Manfred
medio se levantó del asiento; pero Henry no le prestó atención.
—Una
vez se cae en eso, es sencillo pasar a pensar en Nicholas Nickleby; el cual,
por decirlo de alguna manera, es el «Oíd Nick» dos veces y por tanto el «doble
diablo».
—Pero
nosotros queremos el «triple diablo», Henry —apuntó Gonzalo.
—El
diminutivo de Richard nos da «dickens», un eufemismo muy conocido para el
diablo como en What the dickens! (¡qué demonios!) y el autor de Nicholas
Nickleby es, naturalmente, Charles Dickens, y aquí tenemos el «triple diablo».
¿Tengo razón, Mr. Manfred?
Manfred
asintió.
—Tiene
toda la razón, Henry. Me temo que yo no fui tan ingenioso como he creído
durante cincuenta y cinco años. Usted lo ha hecho en mucho menos tiempo que yo
y sin siquiera ver la biblioteca.
Henry
replicó:
—No,
Mr. Manfred. Yo tengo mucho menos mérito que usted. Ya ve, usted dio la
solución al relatar los acontecimientos.
—¿Cuándo?
—preguntó Manfred frunciendo el ceño—. He tenido cuidado de no decir nada en
absoluto que pudiera darles a ustedes un indicio.
—Exactamente,
señor. Usted mencionó muchos autores y ni siquiera una vez nombró el novelista
preeminente del siglo XIX y probablemente de cualquier otro siglo, quizás
incluso de cualquier lengua. El hecho de que dejara de mencionarlo me hizo
pensar en seguida que había una significación particular en el nombre de
Charles Dickens y el «triple diablo». Entonces, no representó ningún misterio
para mí.
Post
Scriptum
Puede
que ustedes hayan notado en este relato que Isaac Asimov es mencionado como un
amigo de Emmanuel Rubin, quien, al instante, aprovecha la oportunidad para
criticar y desacreditar al pobre Asimov.
Yo
hago eso más o menos cada diez relatos, porque disfruto haciéndolo; pero,
naturalmente, es con el pobre Rubin con el que soy injusto y no conmigo mismo.
Rubin,
en su personificación en la vida real, es Lester del Rey. Y es un buen amigo
mío. Lo ha sido durante cerca de cincuenta años. Nosotros disputamos
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agradablemente
en público (cosa que me dio la idea de hacer actuar a Rubin como lo hace);
aunque la verdad es que los dos estamos dispuestos a quedarnos sin camisa para
dársela al otro si la necesita. Lester es uno de los mejores hombres que he
tenido la suerte de conocer, absolutamente honrado y absolutamente de fiar…
Pero muy suyo, como yo.
Lester
niega con insistencia que exista parecido alguno entre él y Rubin, aunque yo le
aseguro que los extraños a menudo me paran en la calle y dicen:
—¡Eh!,
ese tipo Rubin de sus historias…, se parece muchísimo a Lester del Rey. Esta
narración apareció por primera vez en el número de agosto de 1985 del
Ellery
Queen’s Mystery Magazine.
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CREPÚSCULO
SOBRE EL AGUA
No
pasó demasiado tiempo antes de que Emmanuel Rubin se indignara hasta el punto
de que su barba (lo que había de ella) se le erizase. No tardó mucho más en
ponerse furioso y en que sus ojos relampaguearan detrás de sus gafas de gruesos
cristales.
Rubin
estaba a medio camino entre la indignación y la rabia y su voz resonaba en el
salón de arriba, en el «Milano», donde los Viudos Negros se encontraban para
celebrar sus banquetes mensuales.
—Recibo
esta carta de un entusiasta de California —dijo—, y después de la palabrería
habitual sobre lo buenos que son mis libros…
—Palabrería
es la expresión adecuada —comentó Mario Gonzalo, mirando complacido el dibujo
que estaba haciendo del anfitrión del banquete, un dibujo en el que todo eran
cejas.
Rubin
continuó con su frase sin preocuparse en interrumpirse para demoler a los
demás, cosa inusual en él y que indicaba lo concentrado de su ira.
—Me
escribe diciendo que, si alguna vez estoy en la Costa, tendría que dejarme caer
por allí y él me instalaría.
—Está
dicho con buena intención, sin duda —terció Roger Halsted, mordisqueando un
rollo de salchicha, uno de los aperitivos calientes que el inapreciable Henry
había sacado esta vez como acompañamiento de las bebidas.
—Nadie
puede ser amable y estúpido a la vez —razonó Rubín, inventándose una ley
cósmica sobre la marcha—. Le he escrito y le he dicho: «Yo ya estoy en la
Costa, gracias.»
—¡Santo
Dios! —exclamó Thomas Trumbull.
Había
llegado tres minutos antes y había aceptado un whisky con soda de Henry. Lo
dijo con su pose habitual, como si acabara de volver del Valle de la Muerte y
se encontrara en el último extremo de la sed.
—¿Por
eso es por lo que está furioso? —preguntó—. ¿Porque los de California hablan de
su costa como si fuera la única del mundo? Es sólo un modo de hablar.
—En
realidad —observó James Drake, que había nacido en Alaska—, los de la Costa
Oeste, si me perdonan la expresión, no son los únicos culpables. Tan pronto
como alguien de la Costa Este ha estado en California durante cinco minutos,
comienza a decir: «Aquí en la Costa…» De la misma manera, uno puede ver cómo un
tipo de Ohio que ha llamado a su tierra natal «los Estados Unidos» toda la
vida, en cuanto está en Europa durante cinco minutos comienza a hablar de los
«Estados».
Geoffrey
Avalon, anfitrión del banquete en esta ocasión, y conocido por su molesta
habilidad para ver los dos lados de una cuestión, manifestó:
—El
provincianismo no es monopolio de nadie. Se cuenta la historia de las dos
viudas de Boston que se encontraron en octubre en Los Ángeles con temperaturas
de cuarenta grados. Una dijo: «Dios mío, Prudence, hace muchísimo calor.» La
otra
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contestó:
«¿Qué esperabas, Hepzibah? Después de todo, estamos a casi cinco mil kilómetros
del océano.»
Avalon
tomó entonces un sorbo de su bebida, a la manera seria que acostumbraba, y
dijo:
—Tom,
usted no ha tenido oportunidad de conocer a mi invitado, Chester Dunhill.
Chester, le presento a Tom Trumbull, que tiene alguna especie de empleo
específico en el Gobierno. Él nunca habla de ello.
Trumbull
respondió:
—Encantado
de conocerle, Mr. Dunhill. Si nuestro modo de comportarnos aquí le sorprende,
debo explicarle que es costumbre que los Viudos Negros discutan furiosamente
sobre bagatelas.
Dunhill
era un hombre alto, con una cabeza maciza de cabello blanco, y cejas de un
negro enmarañado sorprendente.
Con
una voz grave y retumbante, indicó:
—Podemos
sobrevivir a las catástrofes. Son las bagatelas las que nos matan. Gonzalo
pareció sorprendido y dio la impresión de estar a punto de decir alguna
cosa;
pero Henry anunció, con tranquila determinación:
—Caballeros,
la cena está servida.
Rubin
dio buena cuenta del jamón y la sopa de guisantes, e hizo estragos en el
lenguado a la parrilla y la sencilla ensalada. Sin embargo, no se terminó las
tartas individuales presentadas con todo el orgullo de su costra dorada y
crujiente.
—Henry
—preguntó Rubin con una lenta resonancia—, ¿qué es lo que hay debajo de esta
costra?
Henry
respondió:
—Me
temo, Mr. Rubin, que Mr. Avalon, a la manera británica, ha pedido que sirvamos
bistec y pastel de riñones.
—¿Riñones?
¿Riñones? —Rubin pareció molesto—. Eso es hígado arreglado.
Jeff,
no hubiera pensado que usted fuera capaz de tal falta de gusto.
Avalon
parecía afligido y se justificó:
—Bistec
y pastel de riñones bien preparados son una gran exquisitez… —¿Para quién?
¿Para los buitres?
—Para
todos los que estamos en esta mesa. ¿Por qué no lo prueba, Manny?
Rubin
continuó intransigente:
—Los
riñones tienen sabor a orina.
Gonzalo
intervino:
—También
lo tiene su marca favorita de cerveza, Manny; y usted la bebe.
—¡Por
el amor de Dios! —exclamó Trumbull—. ¿Qué clase de conversación de mesa es
ésta? Manny, si usted no se puede comer lo que tiene delante, estoy seguro de
que Henry puede traerle unos huevos revueltos.
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Rubin
rió con aire despreciativo y declaró:
—Me
comeré el bistec.
Permaneció
enfurruñado durante todo el plato principal, la tarta de melaza, el entremés de
sardina sobre tostada y el té fuerte. Eso ayudaba a que fuera una cena
tranquila y, tal como Gonzalo señaló en un espectáculo mudo, Rubín se las
arregló para comerse todo el pastel, con los riñones incluidos.
Finalmente,
Avalon golpeó el vaso de agua con la cuchara y declaró:
—Caballeros,
requiero a Mario para que comience a preguntar a nuestro invitado de honor, mi
buen amigo, Chester Dunhill. Ya le he explicado a él las reglas del juego, y
está dispuesto a contestar a todo sin reservas.
Gonzalo
hizo la pregunta:
—Mr.
Dunhill, ¿a qué se dedica usted?
Dunhill
pestañeó y luego dijo:
—Bien,
intentaré mantener vivo el pasado para el público en general. Si consideramos
que quizá no sea posible ordenar el presente como es debido, a menos que
aprendamos las lecciones del pasado, creo que yo me merezco mi lugar en la
Tierra.
Gonzalo
inquirió:
—¿Cómo
mantiene vivo el pasado?
—Escribiendo
acerca de él. Supongo que podría llamarme historiador ante un profano.
—¿Puede
usted ganarse la vida con eso? —preguntó Gonzalo.
Halsted
se apresuró a intervenir:
—Will
Durant lo hizo y Barbara Tuchman todavía lo hace.
Dunhill
sonrió con un aire tímido que mostraba que estaba un poco incómodo.
—Yo
no me considero a su nivel. Sin embargo, sí me gano la vida.
Avalon
se aclaró la garganta con vehemencia.
—¿Puedo
interrumpir? Mi amigo Chester se pasa de modesto. Además de sus narraciones,
también escribe novelas históricas para quinceañeros, la mayoría situadas en la
Grecia de la Guerra del Peloponeso y la Roma de la Segunda Guerra Púnica. Ambas
han sido un éxito popular y de crítica.
Gonzalo
quiso saber:
—¿Por
qué esos períodos en particular, Mr. Dunhill?
—Los
dos fueron períodos de conflicto épico entre dos poderes casi igualados —
aclaró Dunhill—. Atenas y Esparta en un caso; Roma y Cartago en el otro. Ambas
guerras se hallan bien documentadas, y estuvieron llenas de grandes batallas,
con triunfos y desastres dramáticos, con generales y políticos, unos brillantes
y otros estúpidos. Los dos períodos, para resumir, son equivalentes al que
estamos viviendo. Podemos entender, simpatizar y ver las lecciones que yo
intento explicar. Y, lo que es
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más,
no podemos siquiera sacar una conclusión completa porque, en un caso, el
adversario que admiramos prevaleció sobre el otro, Roma derrotando a Cartago.
En el otro, el adversario que admiramos perdió, Atenas sucumbiendo ante
Esparta. Naturalmente, siempre he tenido un afecto personal en mi corazón por
el general cartaginés Aníbal. Es uno de los tres grandes generales de la
Historia que terminaron siendo perdedores sin que eso empañara lo más mínimo su
reputación.
Rubin
apuntó:
—Napoleón
fue el segundo. ¿Cuál fue el tercero?
—Robert
E. Lee, naturalmente —contestó Dunhill con su voz retumbando de nuevo.
Rubin
pareció desconcertado; pero se recobró y comentó:
—Pensaba
que iba a decir Carlos XII de Suecia, y eso habría sido incorrecto. —Es cierto
—reconoció Dunhill—, habría sido incorrecto. A Carlos XII le faltaba
prudencia.
—¿Y
qué me dice de los generales que no perdieron nunca? —preguntó Drake. —De ésos
hay muy pocos —continuó Dunhill—. Genghis Khan, Cromwell,
Alejandro
Magno, Julio César, el duque de Marlborough y algunos más. Su fama depende del
estilo de sus victorias y de la calidad de sus adversarios. Al menos dos
generales que yo recuerde perdieron casi siempre, pero siguieron siendo
grandes, considerando lo que hicieron con lo que tenían. Son George Washington,
naturalmente, y el general Giap, de Vietnam del Norte.
—Supongo
que en sus libros de historia y en sus novelas —dijo Gonzalo— usted trata de
catástrofes a las que sobrevive la gente. ¿Cuáles son las bagatelas que pueden
matarle a uno?
Todo
el mundo se volvió para mirar a Gonzalo, el cual se puso nervioso bajo la
mirada general.
—¿Qué
hay de malo en la pregunta? Mr. Dunhill ha dicho que uno podía sobrevivir a las
catástrofes, pero que las bagatelas matan.
—¿He
dicho eso? —se extrañó Dunhill, frunciendo el ceño.
—Sí,
lo ha dicho. Usted se lo dijo a Tom Trumbull. —Se volvió hacia Trumbull, que
estaba disfrutando de su brandy—. Tom, ¿no es cierto que lo dijo?
Trumbull
asintió.
—Usted
ha afirmado eso, Mr. Dunhill.
—Bueno
—dijo Gonzalo—. ¿Qué bagatelas son las que tiene usted en la mente? —En
realidad —manifestó Avalon—, cualquier derrota sufrida por un general
competente
puede ser achacada a alguna fruslería. De hecho, en Guerra y paz, Tolstoi
defendió, con lo que estimo era detalle aburrido, la tesis de que ningún
general controla una batalla, y que las trivialidades lo deciden todo.
Gonzalo
intervino:
—Vamos,
Jeff, usted está intentando sacar del apuro a su invitado, y eso no es ético.
Yo no creo que Mr. Dunhill estuviera pensando en grandes batallas. Me parece
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que
tenía en la cabeza algo personal. Así me lo pareció y ésa es la razón por la
cual quiero saber cosas acerca de ello.
Dunhill
meneó la cabeza.
—Fue
sólo una observación. Todos hacemos observaciones.
Gonzalo
argumentó:
—Las
observaciones no se hacen porque sí. Usted debe de tener algo en la mente.
Dunhill
volvió a menear la cabeza.
Trumbull
lanzó un suspiro y continuó:
—A
mí también me pareció, Mr. Dunhill, que, cuando hizo aquella observación, algo
le preocupaba. Jeff dijo que él le explicó a usted el juego. Usted estuvo de
acuerdo en contestar a todas las preguntas, y nosotros estamos de acuerdo, a
cambio, a considerar absolutamente confidencial cuanto usted diga. Si quiere
afirmar que la frase no tenía un significado especial para usted y que habló
sin un propósito especial, tendremos que aceptarlo; pero, por favor, al menos
no diga que eso es la verdad.
Avalon
le recordó en tono de profunda incomodidad:
—Yo
le he explicado a usted perfectamente que esto sería confidencial, Mr. Chet.
Dunhill
respondió con un toque de enfado en su voz:
—No
existe en ello más que una profunda decepción personal, cuyo pensamiento apenas
puedo soportar, y no digamos discutir. La dificultad es que se trata de un
asunto que no tiene ninguna importancia para nadie que no sea yo, y los demás
no harán otra cosa sino reírse. Implica una insignificancia ridícula, que hace
recaer toda la culpa sobre mí. Ésa es la parte insoportable. Si yo pudiera
culpar de ello al Gobierno, al Destino, al Universo, no sería tan…
Se
detuvo, meditando.
—¿Podemos
oír algo acerca de ello? —preguntó Gonzalo con terquedad.
—Se
lo advierto —insistió Dunhill—. Es una larga historia que no tiene ningún
interés para nadie, excepto para mí.
—Eso
no tiene nada que ver —objetó Gonzalo.
—Muy
bien. Pero usted ha preguntado… Durante la Segunda Guerra Mundial, yo era un
muchacho que dejó de prestar el servicio militar efectivo. Por unos pocos años,
porque estaba trabajando para la Marina como químico. Esto ocurrió en
Filadelfia. Yo era un ser más bien insociable en aquellos días, y mi principal
diversión consistía en procurarme el acceso a la Biblioteca Libre y leer
cualquier cosa con la que me tropezara. Y una de las cosas con las que tropecé
fue The Historians’ History of the World en veinticuatro volúmenes. Fue
publicada en 1902, y hubo una segunda edición en 1907, con dos volúmenes
suplementarios que aportaban material hasta la Primera Guerra Mundial y un
volumen de índices… Veintisiete en conjunto. ¿Alguno de ustedes ha oído hablar
de ella?
Hubo
un silencio. Dunhill continuó:
—No
me sorprende. Para la mayoría de la gente sería un libro pesado. Hacía
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tiempo
que estaba agotado, incluso en el momento en que yo lo encontré hace cuarenta
años. Y ahora…
Se
encogió de hombros y continuó:
—Esos
volúmenes son un trabajo de cortar y pegar. Algunas secciones de los
historiadores griegos y romanos y de los historiadores modernos de los siglos
XVIII y XIX fueron incluidas dentro de un orden adecuado en una serie de
historias que trataba de las diversas naciones por separado. Los volúmenes tres
y cuatro trataban de Grecia; los volúmenes cinco y seis de Roma… Hay una gran
cantidad de superposiciones, naturalmente, pero eso sólo significa que los
mismos acontecimientos están descritos desde los puntos de vista de diferentes
historiadores, con toda probabilidad de distintas nacionalidades.
»El
editor general, Henry Smith Williams, llenó las lagunas con ensayos suyos. »Era
una persona humana de opiniones liberales y casi cada vez que yo leía algo
que
me llamaba la atención y consideraba significativo, resultaba que era suyo.
Ustedes deben entender que fue editado para que, al leerlo, resultara lo más
coherente posible. Había solamente un discreto indicativo que te guiaba hasta
el final del volumen, donde tú averiguabas que estabas leyendo a Gibson, o a
Prescott, o a Bury, o a Macaulay, o a Tucídides o a quien fuera.
»La
biblioteca tenía el conjunto en volúmenes dobles, que yo fui cogiendo uno tras
otro. Pronto me di cuenta de que no podía soportar dejar de leerlos por una
cosa tonta como mi trabajo diario. Me los llevé conmigo al laboratorio y los
leía durante el almuerzo o los tenía en una mesa parcialmente abierta y
aprovechaba el tiempo mientras tenía alguna cosa que hervía lentamente bajo un
condensador reflejo. Mis recuerdos de todo aquel período son vagos, excepto en
lo que se refiere a aquellos volúmenes.
»Siempre
había estado interesado en la Historia; pero fueron esos volúmenes los que
convirtieron aquel interés en obsesión. Eran libros de lo más pasado de moda,
naturalmente, porque, antes del siglo XX, la Historia se reducía casi por
completo a un asunto de batallas y de intrigas de corte. Sin embargo, era lo
que me gustaba, y mis propias narraciones son igual de anticuadas. Yo trato muy
poco los temas sociales y económicos.
Rubin
observó:
—Los
temas sociales y económicos harían más valiosos sus relatos.
—Y
más aburridos, quizás —opinó Dunhill—. En conjunto, no omito dichas cosas; pero
siempre recuerdo que soy un escritor para el público en general, no para
especialistas. En cualquier caso, a finales de los años cincuenta, casi diez
años después de que hubiera tenido en las manos, por última vez, aquellos
libros de la biblioteca, abandoné la química y comencé a dedicar todo mi tiempo
a relatos y novelas históricas.
Dunhill
hizo una pausa y pareció pensar un poco.
Drake
se rió mientras apagaba un cigarrillo y observó:
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—A
menos que usted esté contándonos esto con una ausencia total de malicia, cosa
que no puedo creer de un novelista, esa The Historians’ History of the World va
a volver a aparecer.
Dunhill
asintió con vigor.
—Tiene
toda la razón. Hace pocos años, conocí a una persona; mi esposa y yo visitamos
su casa y tuvimos allí una cena con otras personas. Después de cenar, me dirigí
a sus estantes de libros y los estudié…, una mala costumbre que exaspera a mi
esposa, pero de la cual no puedo curarme.
»Y
allí, llenando todo el estante, estaba The Historians’ History of the World. Yo
no había pensado en aquella obra durante años; la había olvidado del todo. Sin
embargo, en el momento en que la vi, todo volvió a inundarme. El recuerdo de
haber leído aquellos volúmenes en una época terrible de la historia moderna,
con evocaciones doradas y convertidas en maravillosas por el paso de los años,
era dolorosamente dulce e intenso.
»Yo
ya no era el muchacho sin recursos de hacía unas décadas. Estoy muy bien
situado y puedo permitirme satisfacer mis caprichos. Me acerqué en seguida a mi
anfitrión y le ofrecí comprarle su colección. Yo no podía creer que tuviera
ningún atractivo para nadie que no fuera yo; y estaba dispuesto a pagar mucho
más de lo que valía. Desgraciadamente mi anfitrión, por alguna razón nunca
explicada, no quería venderla y se mantuvo muy firme en ello.
»Se
lo digo, caballeros, si hubiera un millón de dólares sobre esta mesa y supiera
que puedo cogerlo sin peligro de que se dieran cuenta, yo no lo tocaría, por un
simple sentido de honradez. Pero la verdad es que pensé en robar aquellos
volúmenes que mi amigo no quiso venderme. Lo único que me reprimió fue el temor
a que me descubrieran si intentaba irrumpir en aquella casa. Mi sentido de la
ética se hizo pedazos bajo la tensión, y terminé con aquella nueva amistad
antes que exponerme a la amargura dé ver los libros en posesión de otra
persona.
»Comencé
a visitar todas las librerías de viejo que tenía al alcance, y a llamar a las
que no lo estaban preguntándoles si tenían o podían conseguir una colección de
aquellos volúmenes. Incluso puse un anuncio en el New York Times Book Review,
en revistas de información general y en publicaciones periódicas de interés
para los aficionados a la Historia. Cuanto más esperaba, más dispuesto estaba a
pagar lo que fuera… Y esto me trae hasta el presente.
Halsted
interrumpió:
—Espero
que no vaya a decirnos que usted se quedó sin los libros y que ése es el fin de
la anécdota.
Dunhill
frunció el ceño, con las cejas dobladas hacia abajo, y dijo en tono amargo:
—Ojalá
pudiera decirles exactamente eso. Puse un número de apartado en el anuncio, y
todos los libreros tenían la dirección de mi casa. No conseguí nada. Nada.
Cero.
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»Hace
una semana, sin embargo, recogí una carta en mi editorial. Yo los veo una vez a
la semana y ellos me entregan las cartas destinadas a mí que les han enviado a
su dirección. Nunca son importantes. Por lo general, proceden de gente que
critican mezquinamente algún punto histórico que establezco; es una cosa
normal; pero que siempre me deprime.
»Estaba
sosteniendo la carta en la mano mientras abandonaba mi editorial y caminaba
calle abajo hacia la estación Grand Central. Con cierta pereza miré el sobre,
vi que tenía la dirección escrita a mano, con
rasgos embrollados, cosa que tomé como una mala señal. Decidí que procedía de
un hombre mayor que expondría algún punto débil y quejumbroso referente a
alguna teoría suya favorita. Con mal humor rasgué el sobre y saqué la hoja de
papel que estaba dentro. En aquel instante pasé junto a un camión de basura y
arrojé el sobre dentro de sus fauces abiertas, como buen ciudadano. Pero
entonces tuve que cruzar la calle, cosa que reclama toda la concentración de
uno en Manhattan, y metí la nota en el bolsillo.
»No
me acordé de ella hasta que, tras hacer el transbordo, estuve en mi tren.
Sacando la nota, la leí, y un acceso repentino de éxtasis me inundó… Aquí, aquí
tengo la carta. Déjenme que se la lea.
Dunhill
desplegó una carta y leyó su escritura intrincada en voz alta y cómodamente,
como si la hubiera memorizado.
Querido
Mr. Dunhill:
Soy
un gran entusiasta de sus libros y he leído su anuncio. Me complace decirle que
tengo una colección completa de The Historians’ History of the World y que
estaría encantado de cedérsela. Mi padre me la compró cuando yo era muy joven y
disfruté con ella. Todavía se encuentra en buen estado y, si usted está
dispuesto a pagar un precio razonable, más los gastos de envío, se la mandaré
por correo urgente certificado. Yo no había pensado nunca en vender la
colección; pero soy ya muy viejo y voy a trasladarme a una casita cerca de mi
hija. Allí no habrá espacio para tener tan voluminosa obra. Soy viudo y me temo
que ya no puedo seguir viviendo solo. No me es posible hacer frente a los duros
inviernos. Eso significa tener que vivir en una ciudad pequeña en lugar de en
una grande. Y también abandonar mi apartamento de la playa, donde, en las
noches claras, he observado a menudo ponerse el sol en la extensión infinita
del agua, de modo que yo casi imaginaba que podía oír su silbido. He de
desprenderme de estos libros; no puedo pensar en ningún otro a quien me guste
más cederlos. Espero que usted pase muchos años de deleite con ellos. Por
favor, envíeme sus noticias pronto.
Sinceramente,
LUDOVIC
BROADBOTTOM.
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Rubin
exclamó:
—Enhorabuena,
Mr. Dunhill. ¿Está todo arreglado, o es ahí donde entran las trivialidades?
Dunhill
respondió con tristeza:
—Aquí
es donde entran las trivialidades. Miren, tomen esta carta, obsérvenla y
díganme a dónde tengo que escribir.
Rubin
cogió la carta y pasó la vista por la escritura que llenaba un lado de la hoja.
La
volvió y miró el otro lado, que estaba totalmente en blanco.
—No
hay ningún remite en ella —observó.
—No,
no lo hay —exclamó Dunhill indignado—. ¿Pueden ustedes imaginar la estupidez de
la gente que no pone su dirección en sus cartas y luego esperan que les
contesten?
—Pero
pone el remite en el sobre —dijo Avalon, y de pronto recordó—. ¡Oh! —Es cierto
—continuó Dunhill—. Yo arrojé el maldito sobre. Aquí están sus
bagatelas.
Aquí hay un tipo que lee un anuncio en el que aparece claramente un número de
apartado. Sin embargo, él escribe a la dirección de mi editor, lo cual no sólo
significa un retraso de varios días, sino que me priva de la oportunidad de
saber en seguida que la carta es importante.
»Entonces,
entre todos los lugares posibles, elijo abrir la carta en la calle y arrojar el
sobre, sin haberlo mirado, en un camión de la basura que está al alcance. Sólo
con que me hubiera fijado en el nombre de la ciudad, podría haber conseguido su
dirección en la guía de teléfonos. No puede haber más que un Ludovic
Broadbottom en cada ciudad. Y, para acabarlo de arreglar, él no incluye su
remite en la carta. ¿Cuál es el resultado de todas estas trivialidades? Yo
tengo una oferta de mi The Historians’ History of the World y no puedo tender
la mano y cogerla.
Gonzalo
sugirió:
—Existe
la solución de adquirir otros libros de consulta para sus historias y novelas.
Dunhill
dijo con auténtica ansiedad:
—¿Conseguir
otros libros? Ya tengo otros libros. Tengo dos habitaciones grandes atiborradas
de material histórico de consulta de la mejor clase, por no hablar de los
recursos de la Biblioteca Pública de Nueva York y de la Universidad de
Columbia. Ustedes no captan la cuestión. Quiero un ejemplar de The Historians’
History of the World para mí mismo, por razones sentimentales, por lo que ha
hecho por mí mismo, por lo que ha significado para mí. Y yo lo tengo y no puedo
conseguirlo.
Durante
un momento, lo que fue casi el sollozo de un niño entró en su voz profunda. Él
debió darse cuenta, aunque un poco tarde, porque se reclinó hacia atrás en su
silla, dio un profundo suspiro y exclamó:
—Perdónenme,
caballeros, no es mi intención quejarme inútilmente del destino. —¿Por qué no?
—dijo Avalon—. Todos nosotros lo hacemos alguna vez. Pero
pensemos;
usualmente vemos más de lo que creemos. Usted miró el sobre el tiempo
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suficiente
para ver que estaba dirigido a usted y notar que se trataba de la escritura de
una persona mayor…
—Sí
—reconoció Dunhill con vehemencia—. Otra bagatela. La escritura me distrajo
también, y reforzó mi convicción de que la carta no tenía importancia. Si él
hubiera escrito el sobre a máquina, seguramente lo habría tratado con más
respeto.
—Sí
—insistió Avalon—; pero la cuestión es que usted debió haber mirado también el
remite. Si usted se concentra con sosiego, puede ser que recuerde algo acerca
de él.
—No
—insistió Dunhill desesperanzado—. He estado intentándolo durante muchos días.
Es inútil.
Trumbull
sugirió:
—¿Por
qué no trabajamos a partir de lo que dice en su carta? Él vive en una ciudad
grande a la orilla del mar, y ve el crepúsculo sobre el océano. Eso significa
que está en la Costa Oeste, o «la Costa», como dice el entusiasta de Manny.
Aquí en Nueva York podemos ver salir el sol por encima del agua, pero nunca
ponerse tras ella. ¿Y si establecemos un punto de partida con eso?
Dunhill
pareció haber recobrado el control y dijo serenamente:
—Caballeros,
yo he sido químico y soy historiador. Estoy acostumbrado al proceso de
razonamiento. Por favor, dense cuenta de que él habla de los crudos inviernos
que sufre y que ya no puede soportar más. Ni Los Ángeles ni San Francisco
pueden considerarse ciudades que tengan inviernos duros. Ninguna ciudad de la
Costa Oeste puede serlo.
—Seattle
es bastante lluvioso —apuntó Gonzalo—. Yo estuve una vez allí y, pueden
creerme, aquello era para poner enfermo a cualquiera.
—Entonces
él hablaría de tiempo lluvioso. Nadie habla de inviernos duros a menos que
quiera decir frío y nieve. Eso elimina la Costa Oeste, y Hawai también; pero…
—Espere
—interrumpió Rubin—. ¿Cómo saben que procedía de los Estados Unidos? La carta
está escrita en inglés, pero podría venir de Canadá, Escocia, Australia. Si es
por eso, casi cualquier extranjero instruido, de habla no inglesa, puede
escribir en inglés en los tiempos actuales.
Dunhill
se sonrojó.
—Bien,
pues yo me di cuenta de algo en el sobre. Tenía un sello norteamericano. Lo sé
porque guardo sellos extranjeros para un amigo mío y en cuanto cojo un sobre
automáticamente me fijo en el sello. Si hubiera sido del extranjero, yo lo
habría desprendido antes de tirar el sobre. Creo que incluso me habría dado
cuenta de un franqueo a máquina extranjero… Como digo, podemos eliminar
California, Oregón, Washington y Hawai. Nos queda Alaska.
—No
había pensado en Alaska —murmuró Gonzalo.
—Yo
sí —dijo Drake sonriendo—. Nací allí.
—En
cualquier caso —continuó Dunhill—, la única ciudad de Alaska que incluso
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un
habitante de allí consideraría grande es Anchorage. Está en la costa, perno no
en el océano abierto. Se halla en la ría de Cook, la cual está situada al oeste
de Anchorage. Quizá se pueda ver la puesta de sol en la ría. Quizá. Yo no tuve
oportunidad. Llamé a la central de Teléfonos de Anchorage, y a la oficina de
Correos. No hay ningún Ludovic Broadbottom en la ciudad. Sólo para asegurarme
llamé también a Juneau y a Sitka. Juneau está situada sobre otra ría mucho más
al Sur, y Sitka tiene una población de menos de diez mil almas. Pero yo los
llamé…, y no hubo nada que hacer.
Halsted
dijo con aire pensativo:
—Si
usted va a contar ciudades que estén situadas junto a rías, ¿qué decir de la
Costa Este? El océano puede estar en el Este; pero hay muchas rías mirando al
Oeste.
—Lo
sé —contestó Dunhill—. Florida tiene una larga costa occidental, y cualquiera
que viviera en la orilla de Tampa o Key West podría observar el crepúsculo
sobre el agua cuando el sol se zambulle en el golfo de México. Sin embargo,
¿dónde encajamos los inviernos crudos?
»Existe
una larga península que forma la orilla este de la bahía de Chesapeake. La
ciudad mayor sobre la orilla occidental de aquella península es Cambridge.
Tiene una población de unos once o doce mil habitantes, pero desde allí se
puede observar la puesta de sol en el agua, dado que la bahía de Chesapeake es
una extensión ancha. Así que llamé a la ciudad y tampoco conseguí nada.
»Además,
los únicos inviernos crudos en la Costa Este pueden darse desde Filadelfia
hacia el Norte…, Nueva Inglaterra en particular. Cualquier ciudad de la Costa
Noreste, sin embargo, se encara con el océano en el Este o Sur. Incluso
Princetown, en la punta de Cabo Cood, que podría enfrentarse con el océano
mirando al Oeste, está puesta hacia el Sur. Falmouth está de cara al Oeste;
pero es una ciudad pequeña. No hay ninguna ciudad que pueda ser considerada
como grande y tenga una fachada occidental al océano.
Gonzalo
dijo, más para sí mismo que para los demás:
—Desde
Manhattan, uno puede ver el sol cayendo sobre el Hudson. —No, no puede —se
opuso Drake—. Se pone por Nueva Jersey. Halsted se frotó su frente alta y
rosada y añadió:
—Ustedes
no creen que el autor de la carta tuviera las direcciones cambiadas, ¿verdad?
No hace mucho tiempo un delegado norteamericano ante las Naciones Unidas invitó
a cualquier extranjero que no estuviera satisfecho de la hospitalidad
norteamericana a marcharse. Manifestó que estaría encantado de despedirlos
mientras ellos zarpaban con el barco hacia poniente. No se preocupó de explicar
cómo una persona podía navegar hacia poniente desde Nueva York.
Dunhill
dio un ruidoso resoplido.
—Recuerdo
ese incidente. Él estaba usando una metáfora simplemente estúpida. Además, no
estamos hablando de ningún miembro de la Administración actual. Estamos
hablando de un norteamericano medio de una inteligencia media, es de
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suponer.
—Además
—dijo Avalon—, un hombre puede equivocar el Este y el Oeste; pero, si está
describiendo los movimientos solares, no hay modo de que pueda confundir la
salida y la puesta del sol. No, necesitamos una ciudad grande que tenga el
océano a occidente y con un invierno crudo. Confieso que no puedo pensar en
ninguna que cumpla los requisitos.
Gonzalo
intervino:
—¿Y
qué me dicen de las islas norteamericanas que no son parte de los Estados?
Puerto
Rico, Guam. Podrían utilizar también sellos norteamericanos, ¿no?
—Sí,
podrían —admitió Dunhill—, y todas ellas son islas tropicales también… Créanme,
caballeros, estoy al final de la cuerda.
Halsted
inquirió:
—Usted
no cree que todo este asunto pueda ser una broma, ¿no es cierto? Quizá Ludovic
Broadbottom es un nombre inventado y él deliberadamente le mandó a usted pistas
que no conducían a ninguna parte. Tal vez, tampoco había remite en el sobre. O
era falso.
Dunhill
habló despacio:
—¿Por
qué tendría que preocuparse nadie de hacer eso? Soy una persona inocente y mi
petición es inocente también. ¿Qué sentido tendría una broma pesada de esta
naturaleza?
—El
bromista pesado típico —contestó Avalon— no precisa de razón alguna; excepto en
su cabeza, naturalmente.
Halsted
preguntó:
—¿Tiene
amigos que sean bromistas de mal estilo?
—No,
que yo sepa —repuso Dunhill—. Yo escojo mis amigos con cierto cuidado.
Gonzalo
sugirió:
—Quizá
Henry tenga alguna idea. —Se volvió en su asiento y dijo sorprendido
—:
¿Dónde está Henry? Se hallaba aquí hace un momento, escuchándonos. —
Levantó
la voz—. ¡Henry!
Henry
salió del guardarropa y dijo, imperturbable:
—Aquí
estoy, caballeros. Estaba dedicado a una pequeña tarea. Mr. Dunhill, tengo a
Mr. Ludovic Broadbottom al teléfono. Está deseoso de hablar con usted.
Los
ojos de Dunhill se salieron de las órbitas. Con voz ahogada, murmuró:
—Mr.
Ludovic… ¿Lo dice en serio?
—Completamente
en serio —contestó Henry con una suave sonrisa—. Quizá sea mejor que no se
retrase. Y me permito advertirle que ofrezca una suma generosa. Va a
trasladarse la semana que viene y no habrá tiempo para regatear.
Dunhill
se levantó con aspecto aturdido y desapareció en el guardarropa hacia la cabina
de teléfonos que estaba situada allí.
Los
Viudos Negros se sentaron con un silencio asombrado y permanecieron así unos
momentos. Luego, Rubin preguntó:
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—Muy
bien, Henry. ¿Qué clase de magia ha utilizado?
Henry
explicó:
—Ninguna
magia, caballeros. Fue Mr. Rubin quien me dio la idea cuando inició la
discusión sobre actitudes provincianas hacia las costas…, la manera en la cual
los norteamericanos de una costa olvidan o ignoran, a la otra.
»Me
parece que los norteamericanos de las tres costas marítimas, la pacífica, la
atlántica y el golfo también, si quieren contarlo por separado, tienden en
general a ignorar la cuarta costa norteamericana, que es muy larga.
—¿La
cuarta costa? —preguntó Rubin, meneando la cabeza con disgusto.
—Sí,
Mr. Rubin —contestó Henry—. Estoy pensando en los Grandes Lagos. No pensamos en
ellos como una línea de la costa, pero Mr. Broadbottom no se refería a ella
como tal. Habló de la «orilla» de los Grandes Lagos; ciertamente, tienen una
playa. Nosotros solemos hablar de la orilla del lago. Y cualquiera que viva en
un lugar en esa orilla, percibiría el mismo efecto que si estuviera mirando un
océano. Son unos enormes lagos, señores. Sin embargo, todas las ciudades
grandes de las orillas de los lagos los tienen al Este, Sur o Norte. Hasta
podemos incluir las ciudades canadienses, si queremos. Duluth tiene el lago
Superior al Este. Milwaukee y Chicago tienen el lago Míchigan al Este. Gary
tiene el lago Míchigan al Norte. Detroit tiene el lago St. Clair al Este…,
diminuto en contraposición con los grandes lagos; pero lo bastante grande para
causar el efecto de salida del sol del agua. Toledo tiene el lago Erie en el
Este. Cleveland y Erie tienen el lago Erie en el Norte, aunque Erie posee
alguna vista a occidente. Hamilton tiene el lago Ontario al Este; mientras que
Toronto tiene el lago en el Sur y el Este y Rochester lo tiene al Norte.
»La
única ciudad realmente grande que mira occidentalmente a un gran lago es
Buffalo, Nueva York. Tiene el lago Erie al Oeste. Desde un lugar adecuado de
Buffalo, puede verse el sol poniéndose en el lago Erie…, y Buffalo es conocido
por sus inviernos de grandes nevadas. Así que probé esta ciudad primero.
Telefoneé a Buffalo, obtuve el número de Mr. Broadbottom, lo llamé y él
contestó en seguida. Estaba muy preocupado por no haber sabido nada de Mr.
Dunhill. Se halla deseoso de vender si Mr. Dunhill…
En
ese momento, Dunhill salió del guardarropa, con la cara iluminada de alegría.
—Todo arreglado —dijo—. Pagaré quinientos dólares más los gastos de envío, y
espero
tenerlo en cuestión de días.
Buscó
su cartera antes que Avalon, horrorizado, pudiera detenerlo.
—Henry,
usted se merece un diez por ciento en concepto de premio al descubridor —dijo
Dunhill—. ¿Cómo lo ha hecho?
Henry
levantó la mano con un suave gesto de rechazo.
—Mr.
Dunhill —declaró con serena firmeza—, como miembro de los Viudos Negros, no
puedo aceptar un pago en conexión con mis deberes con el club.
Dunhill
dudó; luego, volvió a guardar la cartera en el bolsillo.
—Pero,
¿cómo lo hizo, hombre?
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Henry
contestó:
—Simplemente,
es cuestión de pensar en los Grandes Lagos como pequeños océanos. No vale la
pena discutirlo. Lo importante es que usted tendrá sus libros.
Post
Scriptum
Observen
que Dunhill codiciaba The Historians’ History of the World. Era yo quien la
codiciaba. Era yo quien la había leído de muchacho tomando volumen tras volumen
de la biblioteca pública de mi amigo. Y era yo quien la habría robado si se me
hubiera ocurrido algún modo de hacerlo. Era la única cosa que alguna vez estuve
tentado de robar.
Sin
embargo, mi propia historia terminó muy felizmente. Intenté encontrar una
colección que pudiera comprar de forma legítima, por dinero, y fracasé. Mi
amigo se las arregló para conseguir otra colección y me la regaló. Después de
una larga persuasión, conseguí que él aceptase una pequeña cantidad a cambio.
Todavía poseo la colección y es una de las niñas de mis ojos.
Pero,
como asunto de conciencia, debo hacerles una confesión. A la colección de mi
amigo le faltaba un volumen. En la colección que me regaló no faltaba. Durante
un tiempo intenté convencerme a mí mismo de que debía ofrecerle el tomo que él
no tenía…, pero no me decidí. ¿Qué se le va a hacer, si uno es un perdulario
mezquino?
El
relato apareció por primera vez en el número de enero de 1986 del Ellery
Queen’s Mystery Magazine.
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¿DÓNDE
ESTA ÉL?
Cuando
Roger Halsted presentó a su invitado como su agente de inversiones, los
miembros de los Viudos Negros, reunidos en su banquete mensual, respondieron al
principio con un silencio de asombro.
Halsted
no se preocupó por ello y se movió por la sala, presentando a los miembros
metódicamente.
—Tal
como he dicho, éste es W. Bradford Hume, señores… Brad, quiero presentarle a
Emmanuel Rubin, que escribe narraciones de misterio; a Mario Gonzalo, que
pronto estará haciendo su retrato; a James Drake, que tose sobre su cigarrillo
y que fue químico antes de retirarse; a Geoffrey Avalon, un abogado de
patentes, aunque nunca he averiguado para qué sirven, y Thomas Trumbull, que
trabaja para una rama del Gobierno mantenida muy en secreto… Y éste es nuestro
camarero, Henry, que también es miembro y que acaba de traerle su bebida.
Hume
aceptó todas las presentaciones con gracia y una sonrisa. Tomó su martini con
un «Gracias, Henry» y para entonces la reunión se había serenado.
Rubin,
con los ojos muy abiertos detrás de sus gruesos lentes, preguntó:
—¿Está
usted diciéndonos que éste es su agente de inversiones?
—Eso
es exactamente —asintió Halsted con orgullo. —¿Le han aumentado el sueldo?
¿Quintuplicado? Halsted replicó:
—No
hay que suponer que yo sea un mendigo, Manny, sólo porque enseño matemáticas en
una escuela media. Tengo antigüedad, seguridad y un salario ni espléndido ni
mezquino; pero razonable. Además, Alice trabaja y gana más que yo y recibí una
pequeña herencia de mi madre, que en paz descanse…, así que Brad se cuida de
unos pocos dólares por mi cuenta, y muy bien, por cierto.
Hume
sonrió y dijo:
—No
me propongo pregonar mis negocios, señores, porque entiendo que ésta es una
noche puramente amistosa.
—¡Puramente!
—gruñó Trumbull.
Avalon
se aclaró la garganta.
—Yo
pensaría, Mr. Hume, que ser un asesor financiero en estos tiempos inseguros
contribuye a tener una vida intensa.
—Así
es, Mr. Avalon; pero todas las épocas son inseguras, y ésa es la gran
dificultad a la que se enfrenta un asesor financiero, dado que se espera que él
vea el futuro… Al menos, el futuro inmediato.
—¿Qué
valores suben? ¿Qué valores bajan? —murmuró Gonzalo. Ya estaba trabajando en la
caricatura de Hume y había puesto la mata de cabello oscuro bajo la cual
intentaba colgar una cara casi de querubín.
—Eso
es cierto —convino Hume—. Pero hay algo más. Usted tiene que poder juzgar lo
que será útil como inversión a largo plazo, prever los cambios en los
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impuestos…
Halsted
puso la mano sobre el brazo de Hume.
—No
hable de eso ahora, Brad. Van a interrogarle después de la comida y hasta
entonces usted tiene derecho a relajarse.
—Eso
me conviene —comentó Hume—. ¿Cuál es el menú de esta noche? ¿O no he de
preguntar?
—¿Por
qué no va a poder preguntar? —contestó Halsted—. Henry, ¿qué es lo que hay?
La
cara lisa, sexagenaria, se arrugó un poco.
—Habrá
salmón a la parrilla, Mr. Halsted, y creo que usted lo encontrará
extraordinario. La salsa de langosta es una receta personal del chef.
—Va
a probarla con nosotros, ¿no? —zumbó Drake con su voz ronca.
—Usted
no quedará decepcionado, doctor Drake. Estará precedida por un pescado
portugués al que puede que encuentre un poco picante.
—Eso
no me preocupa a mí —manifestó Avalon, con sus cejas enmarañadas y caídas, que
daban a su cara un aspecto satánico pero afable.
Resultó
que Henry tenía razón. Desde la sopa hasta el pastel de chocolate con ron hubo
murmullos de aprobación. Ni siquiera la afirmación decidida de Rubin de que
estaba vacío de contenido el ejercicio del futurismo, ahora tan de moda,
provocó una oposición demasiado clamorosa.
—Todo
lo que tienen que hacer —opinó Rubin— es volver atrás y leer las predicciones
para el presente lanzadas por los charlatanes de hace medio siglo. Encontrarán
que vieron un millón de cosas que no han sucedido y que no vieron casi nada de
lo que luego sucedió.
Hume
escuchaba muy serio la discusión que siguió; pero no dijo nada.
Gonzalo
preguntó, con obvia desconfianza en sus ojos:
—Su
buen amigo Asimov es un futurista, ¿no?
—¿Él?
—dijo Rubin, con todos los pelos de su escasa barba a punto de erizarse
—.
Describe el futuro en lo que llama ciencia ficción; pero las únicas cuestiones
que acierta son las que están penosamente claras para todo el mundo. Y no puede
ser considerado mi amigo. Tan sólo le ayudo alguna vez en la trama de una
historia, cuando él se halla estancado.
Halsted
se acarició el estómago con una sonrisa de satisfacción y golpeó su vaso de
agua con la cuchara.
—Caballeros,
ya es hora de que Brad pague por su excelente cena haciendo frente a un
interrogatorio. Manny, dado que usted tiene una opinión tan baja del futurismo,
¿querrá servir como moderador? Y, por favor, recuerde que ha de mantener un
nivel elemental de cortesía hacia quien es nuestro invitado de honor.
Rubin
resopló.
—Me
permito recordarle, Mr. Roger, que no necesito lecciones de modales… Mr. Hume,
¿a qué se dedica usted?
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—Si
esperan que les diga que me dedico a hacer rica a la gente por medio de
inversiones inteligentes, quedarán decepcionados. La dedicación viene de mi
habilidad como orador en los banquetes.
—¿Es
cierto? He de suponer que usted se considera brillante en eso.
—Sí.
He estado haciéndolo durante quince años y, en este momento, he llegado a un
precio de rutina de siete mil quinientos dólares por la charla de una hora.
Creo que es la cantidad adecuada a mi habilidad.
—Huy
—exclamó Rubin, al no encontrar oportunidad inmediata para dar una respuesta—.
¿Y se molesta en hacer otras cosas?
Hume
se encogió de hombros.
—A
mí no me gusta mucho viajar, y quiero estar en una posición en la que pueda
permitirme seleccionar con gran cuidado…, rechazar una charla, sea cual sea su
precio. Eso puedo hacerlo mejor si tengo un trabajo regular como soporte
financiero. Y ésa es la razón por la cual no tengo agente. Ellos te presionan…,
y se llevan el treinta por ciento.
Rubin
quiso saber:
—Si
usted no tiene agente, ¿cómo consigue contratos de charlas?
—De
boca en boca. Si eres capaz de dar una buena charla, la gente te abrirá camino
y te llevará hasta donde puedas llegar.
—¿Cuál
es su tema?
—Futurismo,
Mr. Rubin…, cosa en la que usted no cree. A pesar de sus comentarios sobre el
tema, todo el mundo, en estos tiempos, parece interesado por lo que nos pueda
deparar el futuro. ¿Cuál es el futuro de la educación? ¿De los robots? ¿De las
relaciones internacionales? ¿De la exploración espacial? Uno lo plantea…, y los
demás se interesan.
—¿Y
usted habla de todo eso?
—Sí.
—¿Cuántas
charlas distintas tiene preparadas?
—Ninguna.
Si tuviera que prepararlas, habría de descuidar mi trabajo de asesor
financiero, y no puedo hacerlo. Yo improviso, y no necesito preparación.
Díganme un tema y yo me levantaré y hablaré durante una hora… Pero ustedes
tendrán que pagarme mis honorarios.
Halsted
observó:
—Escuchen
yo le he oído hablar. Lo hace bien.
Gonzalo
preguntó:
—¿Ha
tenido usted algunas experiencias chocantes en su carrera de orador, Mr. Hume?
—¿Chocantes?
—repitió Hume, apoyándose en su silla y con aspecto de sentirse cómodo—. He
tenido algunas presentaciones memorables, que yo no consideré divertidas,
aunque los demás pudieran reírse. Una vez alguien hizo objeciones a mis
honorarios y me escribió una carta diciendo que éstos eran cuatro veces mayores
que
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los
que había pagado a nadie. Yo le contesté diciendo: «Yo soy cuatro veces mejor…,
por lo menos.» Al presentarme, él leyó la correspondencia. El público, una
organización profesional de ingenieros, de repente se dio cuenta de que estaban
siendo desplumados el cuádruplo de lo habitual por un gorrón arrogante. Yo pude
sentir algo así como el soplo frío del viento del Norte cuando me levantaba, y
necesité la mitad de la charla para ganarme su apoyo.
»Otra
vez, una mujer me presentó de un modo muy pedestre…, cosa a la que estoy
acostumbrado. Se oyó un suave aplauso y yo me levanté con objeto de comenzar,
en cuanto éste hubiera culminado, a fin de empezar con la autohipnosis del
público a mi favor. Sólo que la mujer que me presentó, y puede ser que ella
tenga un lugar especial en el infierno algún día, comenzó a gritarles a los
retrasados que había sillas al lado. Continuó hasta que cesaron los aplausos y
yo tuve que dirigirme a una audiencia muerta. No acabé de animarlos del todo.
»Luego
está el gracioso. Tuve uno que dio una charla de quince minutos como
presentación. ¡Quince minutos! Lo comprobé con el reloj. Y él fue cómico,
realmente cómico. Tenía al público tronchándose y no cobraba ni un penique. Yo
tuve que seguirle y me di cuenta de que el público me iba a considerar a mí
mucho menos divertido… y a un precio exorbitante. Estaba pensando en perder el
dinero y marcharme, cuando mi presentador concluyó diciendo: «Pero no dejen que
les dé la impresión de que Mr. Hume puede hacer cualquier cosa. Ocurre que sé
que nunca ha cantado el papel del duque en Rigoletto.» Y se sentó, en medio de
grandes risas.
»Lo
que él no sabía era que me lo había servido en bandeja. Me levanté, esperé que
el aplauso de rutina se extinguiera del todo y, en medio de un silencio
sepulcral, canté con mi potente voz de tenor Bella figlia dell’amore, las
primeras notas de la contribución del duque al famoso cuarteto. El público se
tambaleó con la risa más fuerte de la noche, y yo me lo gané.
»Tuve
que dar una conferencia doce horas antes de tener un ataque al corazón, y luego
otra doce horas después del ataque. Por fortuna, no sabía en aquel momento que
se trataba de un ataque cardíaco. La segunda charla estaba dirigida a un grupo
de cardiólogos, y ninguno de ellos…
Gonzalo
interrumpió:
—Espere
un momento. ¡Espere!
Hume
se calló y pareció sorprendido.
—Le
ruego que me disculpe —dijo Gonzalo—. Yo le creo a usted cuando afirma que
puede hablar, improvisando, sin previo aviso; pero usted no ha captado mi
pregunta.
—Usted
me preguntó si yo había tenido algunas experiencias chocantes, ¿no? —Sí; pero
yo no me refería a experiencias graciosas, cómicas… Yo quería decir
extrañas
o sorprendentes. Pretendía saber si le habían ocurrido cosas raras.
Hume
se frotó la nariz y continuó:
—¿Podría
usted concretar más, Mr. Gonzalo?
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—Yo
quería decir, algo que usted no pudiera explicar. Un enigma. Un misterio.
Avalon
bajó la palma de la mano hasta la mesa y dio un fuerte golpe.
—Mario,
propongo que le expulsemos a usted de la sociedad.
—No
puede hacerlo —protestó Gonzalo, con disgusto—. No existen restricciones sobre
las preguntas que hacemos.
—Excepto
los cánones del buen gusto. ¡Por el amor de Dios!
—¿Qué
hay de mal gusto en pedir un misterio? A mí me gustan los misterios. Si él no
tiene ninguno, puede manifestarlo y ya está. —Se volvió a Hume, frunciendo el
ceño, y con voz claramente autoritaria inquirió—: Bien, ¿ha tenido usted alguna
especie de misterio en conexión con sus contratos de orador?
Pasó
las palmas de las manos por las mangas de su chaqueta de terciopelo rojo, como
si barriera todas las objeciones triviales a la pregunta.
Hume
sonreía encantado.
—¡Claro
que sí! En efecto, los he tenido. Es extraño que usted pregunte una cosa
semejante. Fue hace años, naturalmente, pero se trató de un misterio auténtico.
No teníamos ni la más ligera idea de a dónde se había ido aquel tipo… ¿Quiere
usted oírla?
Gonzalo
se levantó de la silla y declaró:
—Yo
sí, pero me gustaría someterlo a votación. ¿Hay alguien que no quiera oírlo?
Todos
permanecieron silenciosos; entonces, Avalon declaró:
—Bien,
Mario, escucharemos.
Gonzalo
asintió enfáticamente con la cabeza.
—Muy
bien. Mr. Hume, tiene usted el derecho de hablar.
Hume
dijo en tono suave:
—Me
alegrará hacerlo. Pero, ¿van ustedes a interrumpirme a la mitad, o se me
permitirá hablar libremente?
—Yo
le garantizo, Mr. Hume —contestó Avalon—, que a usted se le permitirá hablar.
Roger, como anfitrión, tendrá un control absoluto sobre la conversación y,
cuando diga «hablen», hablaremos, y cuando diga «no hablen», permaneceremos
callados. ¿De acuerdo, Roger?
—De
acuerdo —convino Halsted.
—Empezaré
—dijo Hume—, y confío en tener suerte. La historia comienza hace algunos años,
cuando fui invitado a dar una charla en Seattle. Aquello significaba que
tendría que ir en avión, y a mí no me gusta mucho volar. Nunca lo hago por mi
voluntad; y menos en enero. Y, lo que es más, el precio ofrecido era bastante
menor del que a mí me gustaba. Así que, para arreglarlo todo de una vez, dije
que no.
»Y
fue una buena cosa que lo hiciera, porque sucedió que el Noroeste fue invadido
por una niebla tenaz justo el día en el cual yo habría llegado. Incluso
suponiendo que aterrizara con toda normalidad, muy pocos aviones partieron de
Seattle durante la semana siguiente, y me habría quedado embarrancado. Eso me
habría perturbado, dado que tenía trabajo que hacer en casa, y habría molestado
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también
a mi jefe. A la empresa no le importan mis conferencias, puesto que suelo
intercalar en ellas uno o dos anuncios, y a mis directivos les parece bueno que
esté preocupado por el futuro y hallarse ellos relacionados con él. De todos
modos, que yo estuviera fuera una semana les habría parecido abusivo.
»Todo
eso carece de importancia. Lo importante es que el caballero que estaba en el
otro extremo del teléfono no aceptó mi negativa. Él y sus socios aprovecharon
el milagro de la comunicación moderna y volvieron a mí con la sugerencia de que
me quedara en Nueva York y me sometiera a una entrevista de televisión de
veinte minutos. La entrevista sería grabada y luego proyectada para un público
al que se presumía ansioso de escucharme.
»El
precio seguía siendo menor del que a mí me gustaba; pero me halagó su
insistencia. Entonces, tampoco tendría que viajar. La entrevista se realizaría
en un sitio del centro, a una distancia que representaba un paseo desde mi
apartamento, si el tiempo era pasable, cosa que no es en absoluto previsible en
diciembre. Acepté.
»El
caballero que me invitó, cuyo nombre he olvidado; pero no tiene importancia, le
llamaré Smith, notó en mí un residuo de falta de entusiasmo e intentó
asegurarme que todo se haría de la manera que me resultara más cómoda. Me dijo
que vendría a buscarme en un taxi a las nueve y veinte de la mañana con objeto
de llevarme allí a las nueve treinta. El cámara, que se había planeado que
estuviera poco después de las nueve de la mañana, lo tendría todo a punto y
estaría dispuesto cuando yo llegara.
ȃsa
era una cuestión importante para mí. Yo he hecho trabajos de televisión, con
las cámaras preparadas para una entrevista en alguna habitación de hotel, por
ejemplo, y déjenme decirles que no hay manera más fácil de volverse loco. La
televisión existe desde hace unos cuarenta años; pero los cámaras todavía no
han encontrado un sistema de poner las luces de manera que el sujeto esté bien
iluminado y sin sombras perturbadoras.
»Además,
todos ellos se consideran unos artistas y, al parecer, existe una especie de
ley que impulsa a los artistas a no estar nunca contentos. Cada ajuste que
hacen aquí, implica alguna cosa allí. Necesitan horas para llegar a un punto de
casi satisfacción. Y entonces, cuando te sientas, se dan cuenta de que llevas
gafas, y de que esa gafas pueden producir un efecto no deseable… Todo el
trabajo comienza de nuevo.
»Pregunté:
»—¿Está
usted seguro de que el cámara se hallará a punto y de que todo lo que tendré
que hacer será sentarme?
»—Seguro
—afirmó. Y eso lo decidió todo.
»Llegó
el día. Smith llegó en su taxi a la hora convenida y nos marchamos. A los diez
minutos, estábamos en el lugar. Cuando salimos del coche, Smith me dijo:
»—Todo
estará listo para nosotros.
»Yo
intenté que no se trasluciera mi pesimismo. Estoy convencido de que los cámaras
no están listos en ningún momento para nada ni para nadie.
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»—Bien
—convine.
»Subimos
a uno de los pisos superiores y pasamos al despacho un poquitín antes de las
nueve y media. Habíamos entrado en las oficinas de una empresa de abogados muy
grande, en la cual un viejo compañero del Ejército de Smith era un miembro
senior. Llamémosle Jones, porque tampoco recuerdo su nombre. Ellos nos
prestaban la sala de conferencias.
»Smith
dijo jovialmente al recepcionista:
»—Hola,
soy Smith, y este señor es Mr. Hume. Estamos aquí para efectuar la grabación de
televisión. Supongo que el cámara ha llegado y está instalado.
»El
recepcionista explicó con bastante indiferencia:
»—No
he visto a ningún cámara, señor.
»—¿Cómo?
—se sorprendió Smith—. ¿Ningún cámara?
»—No,
señor —dijo el recepcionista.
»Smith
frunció el ceño, pero decidió ser invenciblemente optimista.
»—No
puede ser —contestó—. Nos está esperando.
»Pero
no lo estaba. Entramos en la sala de conferencias y se hallaba tan vacía como
un escenario de Shakespeare.
»—¿Dónde
está? —pregunté.
»—No
lo sé —repuso Smith.
»Entonces,
bajó el compañero de Smith, Jones, me dio la mano y le dijo a Smith:
»—Bien,
¿dónde está?
»—No
lo sé —volvió a decir Smith.
»Yo
insinué:
»—Será
mejor que llamemos a su despacho.
»Pero
Smith explicó:
»—Su
despacho está en Indianápolis.
»Yo,
muy perplejo, pregunté:
»—¿Es
que no hay ningún cámara en Nueva York? ¿Por qué hay que traer uno de
Indianápolis?
»Smith
se encogió de hombros.
»—Es
la empresa con la que siempre trabajamos.
»Jones
señaló un teléfono que estaba en el rincón y se dirigió a Smith:
»—Aprieta
cualquier botón del fondo que no esté encendido; luego, presiona el ocho y
espera que vuelvan a dar la señal para marcar, aprieta el uno, el código de la
zona y el número.
»Aguardé,
paciente. Algo sorprendente, pues la única cosa que me pone furioso es tener
que esperar. Puede salir mal cualquier cosa, y yo soy la paciencia
personificada. Todo el mundo reconoce lo apacible que soy. Pero sí alguien no
aparece en el instante acordado, se me arruga la frente. Y, a los cinco
minutos, me sale humo por las orejas.
»El
tiempo pasaba; era casi la hora en la que yo contaba con haber terminado la
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entrevista,
y el cámara ni siquiera había aparecido. Sin embargo, no me alteré lo más
mínimo. Había un misterio en ello y me sentí interesado.
»Smith
regresó del teléfono e informó:
»—Vino
para acá ayer; y el gerente dice que tenía el nombre correcto, la dirección
correcta y que todo era como tenía que ser. Además, el gerente afirma que el
cámara que nos han asignado es conocido como El Viejo Infalible. Ha trabajado
por todo el mundo y nunca falta a una cita.
»—Ha
faltado a ésta —observé—. ¿Dónde tendría que estar hoy, pues, si se marchó
ayer?
»—En
un hotel —contestó Smith.
»—¿Estuvo
allí alguna vez? —pregunté.
»Volvió
al teléfono y, después de un rato, Smith aclaró:
»—Se
inscribió la noche pasada.
»Jones
sugirió:
»—Sin
duda él tomó un taxi, el taxista se dio cuenta de que era forastero y lo trajo
a este lugar a través del barrio de Yonkers. Ya se sabe que los taxistas hacen
esas cosas.
»—Es
imposible —opinó Smith con una intensa irritación—. Él se halla alojado en el
«New York Hilton». ¿No está en este mismo barrio?
»Jones
pareció muy perplejo.
»—¿El
«New York Hilton»? Sí, lo está. Se encuentra enfrente. Todo lo que tiene que
hacer es cruzar la Calle 54.
»—Así
que no tendría que coger un taxi, ¿verdad?
»—Creo
que no —contestó—. La dirección del hotel es Sexta Avenida 1335, y estamos en
Sexta Avenida 1345. La persona menos experimentada del mundo no habría tomado
un taxi para recorrer diez números de una calle concreta en la que sabe que
está, y este tipo es una persona que ha viajado por todo el mundo y al que
llaman el Viejo Infalible.
»Sentí
que me inundaba una oleada de pesimismo, y sugerí:
»—Así
que el Viejo Infalible está aquí en la gran ciudad. Ha cogido una trompa, se lo
ha llevado a casa una joven bondadosa y está durmiendo la mona.
»Smith
parecía indignado:
»—Vamos,
el gerente dijo que tenía cuarenta y ocho años. No es un muchacho alocado.
»—Tampoco
es un fósil —repliqué—. Yo soy mayor que él y podría hacerlo con facilidad.
Quiero decir, no es que lo haga, pero podría hacerlo si quisiera.
»—Bien,
él no lo haría si tuviera que acudir a una cita por la mañana. Es un
profesional.
»—Muy
bien —acepté—. Usted se está preguntando si él habrá tenido un ataque al
corazón por la noche; si en este momento puede estar tumbado en la cama de ese
hotel, muriéndose, o quizá muerto.
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»Smith
y Jones parecían incómodos. Smith preguntó de modo inseguro:
»—¿Usted
cree que deberíamos llamar a la Policía?
»Jones
opinó:
»—No
antes de que alguien vaya a mirar en su habitación.
»Jones
fue al teléfono esta vez. Habló crispadamente y luego colgó. Todos nosotros
mantuvimos un silencio preocupado durante un rato.
»Smith
inquirió:
»—¿Usted
cree que ha venido a este edificio y no ha podido entrar? Me imagino que la
seguridad es rígida y que, en estos momentos, puede estar dando vueltas por el
vestíbulo.
»—La
seguridad es rígida, cierto… —convino Jones—; pero le entregaron un pase la
noche anterior. No debería tener ninguna dificultad en entrar.
»—Quizá
no se lo dieron —sugerí yo, siempre pesimista—, y no ha podido pasar del
vestíbulo.
»Jones
dijo:
»—Enviaré
a alguien a la entrada para mirar.
»El
teléfono sonó. Jones lo atendió, habló un rato y volvió para decir:
»—La
seguridad del hotel ha ido a su habitación. Su equipaje se encuentra allí, pero
él no está. Y no hay ningún equipo de cámara. Así que se marchó con sus
bártulos.
»—Entonces,
¿dónde está? —pregunté yo.
»No
hubo respuesta, por supuesto. Jones pensó un poco y añadió:
»—Supongo
que han mirado en el cuarto de baño.
»Smith
se encogió de hombros y dijo:
»—Imagino
que la gente de seguridad conoce su oficio.
»Hacía
casi una hora que yo estaba allí, y dijeron que no había señal alguna de ningún
cámara dando vueltas por el vestíbulo. No cabía duda de que, si él llevaba su
equipo, lo habrían visto fácilmente. Pero el agente de seguridad que estaba
abajo no había visto a nadie que entrara con un equipo semejante, con pase o
sin él. Yo indagué:
»—¿Comprobaron
si él ha firmado?
»Jones
meneó la cabeza.
»—No
tendría que firmar si llevaba un pase. Simplemente le hacen señal de que entre.
»Smith
dijo:
»—Usted
no supone que saliera del ascensor en un piso equivocado, ¿verdad? Podría ser
que estuviera dando vueltas perdido por ahí.
»Jones
miró su reloj:
»—Tenía
que estar aquí hace hora y media. ¿Cómo puede pasarse todo ese tiempo dando
vueltas por un piso equivocado? No hay ningún piso en este edificio que no
tenga guardias de seguridad. A nadie se le permitiría dar vueltas de un lado
para
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otro…
Y él además no lo haría. Él preguntaría. Después de todo, sabe el nombre de
esta empresa y sabe en qué piso está.
»Hubo
un silencio pegajoso y todos nosotros íbamos mirando nuestros relojes por
turnos. Al fin, Jones murmuró un «excúsenme» y se marchó. Volvió al cabo de
tres minutos y declaró:
»—Acabo
de hablar con Josie…
»—¿Quién
es Josie? —le pregunté.
»—La
recepcionista —me contestó—. Ella jura que no ha entrado ningún cámara. De
hecho, no ha entrado absolutamente nadie que no fuera miembro de la empresa,
excepto usted, Smith, y usted, Mr. Hume.
»—¿Estuvo
ella en su mesa todo el tiempo? —preguntó Smith.
»—La
recepcionista insiste en que sí estuvo.
»—¿Quiere
usted decir que ella no salió para empolvarse la nariz o lo que fuera?
»—Asegura que no. Dice que estuvo trabajando y atenta toda la mañana, y que no
es
posible que entrara nadie sin que ella le viera.
»—¿Es
una mujer de fiar? —pregunté.
»Jones
frunció el ceño.
»—Podemos
confiar en ella. La hemos tenido en este trabajo cerca de cinco años y, si dice
que nadie entró, es que nadie entró.
»—Entonces,
¿dónde está él? ¿Cómo puede perderse sólo cruzando la calle? — preguntó Smith.
»Yo
indiqué:
»—Estamos
eliminando todas las cosas, excepto la posibilidad de que tuviera un accidente
mientras cruzaba la calle.
»Smith
balbuceó, tembloroso:
»—¿Piensa
usted que pudo haber sido atropellado por un coche?
»—Ya
se sabe que eso ocurre —observé.
»—Tendría
que haber sido algo muy serio —insistió Jones—. Siendo un profesional, él nos
llamaría, o llamaría a su oficina. Aunque no pudiera moverse, encargaría a
alguien que nos llamara.
»—Si
estuviera consciente. Si estuviera vivo —dije yo.
»—Si
hubiera sido un accidente serio en la calle, justo delante de aquí, lo sabrían
en la planta baja —opinó Jones.
»—¿Lo
ha preguntado alguien? —planteé yo.
»Jones
dudó un par de segundos y llamó a la planta baja. No necesitó mucho tiempo.
Meneó la cabeza:
»—Nadie
de abajo sabe nada de un accidente.
»—Llamemos
a la Policía. Ellos tendrían que tener constancia —sugirió Smith. »Jones no
parecía desear hacerlo, pero lo hizo. Eso requirió un poco más de
tiempo;
pero el resultado fue el mismo. Explicó que la Policía había dicho que no hubo
registro de ningún accidente esa mañana en la Calle 54 y la Sexta Avenida.
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»Smith
insistió:
»—Entonces,
¿dónde está él?
»Me
levanté.
»—Caballeros
—dije—, yo no sé dónde está; pero no puedo esperar más. Tengo otras citas que
cumplir, otro trabajo que hacer. Sintiéndolo muchísimo, he de marcharme. Sin
embargo, me gustaría saber la respuesta a este enigma. Cuando lo averigüen,
hagan el favor de telefonearme. Si son tan amables de hacerlo, volveré para
llevar a cabo la grabación.
»Así
que me marché… Al cabo de una hora, Smith me llamó y me explicó la situación.
Una semana después, yo volví e hice aquel trabajo. Aquí está su misterio.
Los
Viudos Negros miraron incrédulos a su invitado. Halsted habló por todos al
preguntar:
—¿Sucedió
eso realmente, Brad? ¿O quiere gastarnos una broma?
—No,
no —negó Hume—. Cuanto he dicho es verdad. Palabra de Boy scout.
Sucedió
exactamente como lo he descrito.
—Bien;
entonces, explíquenos lo que le sucedió al cámara.
Hume
meneó la cabeza sin dejar de sonreír.
—Ustedes
querían un relato de misterio y yo se lo he dado. Son ustedes quienes han de
decirme a mí lo que sucedió. Ya conocen los hechos. Les daré dos pistas. Nadie
estaba acostado. No fue un montaje de ninguna clase. La segunda pista es que no
hubo tragedia alguna. El cámara no estaba lesionado en absoluto. ¿Dónde estaba?
Gonzalo
preguntó:
—¿Es
que tuvo un ataque de amnesia temporal y se quedó dando vueltas por ahí?
Hume
contestó:
—No;
no sufrió ninguna clase de mal. Ni físico ni mental.
—Veamos
—planteó Avalon, más bien sombrío—. Usted realmente no sabe en absoluto que él
estuviera en el hotel…, ni en Nueva York siquiera. Nadie le vio allí aquella
mañana. El pase fue enviado la noche anterior; pero apostaría que lo dejaron en
la recepción para él. ¿Alguien sabe quién estuvo en la habitación?
Hume
señaló:
—Alguien
que firmó en el registro con el nombre del cámara.
—Cualquiera
podría haber sido si supiera cómo se llamaba —opinó Avalon—. El cámara tenía
una reserva en el hotel y alguien lo sabía. Ese alguien lo entretuvo de algún
modo, se registró en su nombre y tuvo una habitación por una noche en un hotel
muy lujoso a expensas de otro. El servicio del hotel encontró el equipaje allí
por la mañana, cuando el impostor había salido a sus propios asuntos, pero
ningún equipo de cámara. Eso, para empezar, podía significar que no lo había.
Hume
se sorprendió.
—¿Por
qué tendría nadie que hacer eso?
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Avalon
replicó:
—No
lo sé. Me sería fácil inventar motivos quizá; pero no podría probar ninguno.
Trumbull
intervino:
—Algún
fugitivo que necesitaba un nombre falso y una habitación segura sólo para una
noche…, un espía…
Drake
comentó con un tono que mostraba claramente que no hablaba en serio:
—Un
atentado con bomba. Necesitaba una habitación en la cual pudiera plantar
una
bomba.
—Caballeros
—intervino Hume, echando hacia atrás su guedeja—. Ustedes están inventando
cosas. En realidad, no se nos ocurrió localizar al botones que llevó el
equipaje del cámara a su habitación; pero, si lo hubiéramos hecho, ese botones
nos habría dicho que él había subido algunos artículos que parecía que podían
ser un equipo de cámara. No, no; es absolutamente cierto que la persona que se
registró en el hotel era la que tenía que ser.
—En
ese caso —opinó Rubin—, él mismo estaba en plan de hacer alguna jugarreta.
Tenía una chica a la que quería ver; algún asunto de dinero del que debía
ocuparse, algo que le interesaba hacer en la gran ciudad. Cuando bajó al
vestíbulo del hotel, comprobó su equipo, cogió un taxi y se marchó
precipitadamente. Quizá pensó que estaría de vuelta en media hora y que le
esperarían durante ese tiempo sin enfadarse demasiado. Pero tardó dos horas,
porque no tuvo en cuenta el tráfico de Nueva York o se metió en algún problema
que le hizo retrasarse.
Hume
intervino:
—No
creo que hiciera eso. El trabajo era lo primero en todo para el Viejo
Infalible.
Hubo
entonces un silencio largo, pesado, mientras todas las caras se arrugaban y
todos los labios se fruncían. Así se lo pareció a Hume, hasta que se dio cuenta
de la excepción y comentó:
—Henry
es el único que está sonriendo… Henry, ¿de qué se ríe?
Henry
contestó:
—Pido
excusas, señor. No quiero faltar al respeto; pero usted dijo que no hubo
ninguna tragedia y se me ocurre que fue una farsa, por eso no puedo evitar
reírme.
Avalon
preguntó, con su voz vibrante de barítono: —¿Tiene una solución, Henry? Si es
así, suéltela. Henry aceptó.
—¿Me
lo permiten, caballeros?
El
coro fue inmediato y unánime.
Henry
explicó:
—Mr.
Hume dejó claro que el cámara era un viejo profesional de confianza que había
trabajado por todo el mundo y que se sabía que siempre había cumplido bien.
Dado que no fue encontrado muerto en la habitación y que la Policía no tenía
registro de ningún accidente, sólo podemos suponer que, por la mañana, él se
había dispuesto
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a
hacer su trabajo, cruzó la calle hasta el edificio de la oficina, tal como se
le había indicado, fue al lugar que correspondía y colocó su equipo de
televisión.
—No
—protestó Avalon—. La recepcionista jura que él no entró, y Mr. Hume nos ha
dicho que la recepcionista no mentía. Eso significa… Mr. Hume, por favor,
perdóneme la pregunta que me veo forzado a hacer. ¿Se trata meramente de buscar
una solución? Cuando usted nos dijo que la recepcionista no mentía, ¿puedo
suponer que usted no mentía?
—Yo
no mentía —declaró Hume con aplomo.
—En
ese caso, Henry —sugirió Avalon—, su suposición es errónea.
—Quizá
no, Mr. Avalon —contestó Henry—. Se esperaba que Mr. Hume llegara a las nueve y
media de la mañana y que el cámara estuviera allí hacia las nueve, con objeto
de estar preparado a las nueve y media. ¿No es cierto, Mr. Hume?
—Es
cierto.
—La
recepcionista se hubiera pasado en su celo profesional si hubiera llegado mucho
antes de las nueve de la mañana, hora en que se abría la oficina. El cámara,
sin embargo, era tan de fiar, tan eficiente y profesional, que es muy probable
que llegara a las ocho y media. Eso explicaría el hecho de que la recepcionista
no lo viera. Y, lo que es más, esperó que entrara un nuevo turno en el
vestíbulo a las nueve de la mañana, y ésa es la razón de que nadie del turno
siguiente lo viera entrar.
—La
puerta habría estado cerrada —objetó Avalon—, y él tendría que haber estado
esperando.
—¿De
veras? Era una gran empresa de abogados, según nos han dicho, así que tenía que
haber muchos abogados trabajando allí. Por lo menos uno habría llegado temprano
al trabajo. Él atendería a la puerta, vería el pase del cámara, le dejaría
entrar, regresaría a su propio trabajo y olvidaría todo el asunto.
Avalon
inquirió:
—¿Y
qué le sucedió al cámara después? ¿Se cayó por un agujero del suelo? ¿Dónde
estaba? Nadie le vio.
—Mr.
Hume —dijo Henry—, ¿puedo hacerle otra pregunta?
—Adelante,
Henry.
—Considerando
que era una gran empresa de abogados, ¿tenía ésta más de una sala de
conferencias?
Hume
inclinó la cabeza hacia atrás y se rió con gran alegría.
—Dos.
Resultó, Henry. ¡Dos!
—Lo
pensé —dijo Henry—. El abogado que le dejó entrar le llevó a la sala de
conferencias que no era la convenida. El cámara esperó en una y usted esperó en
la otra toda la mañana, y ninguno de los dos sabía dónde estaba el otro.
—¡No!
—protestó Avalon—. ¿Cómo fue eso posible? No salió el cámara y preguntó: ¿Dónde
está la gente?
—En
cierto modo, lo hizo —explicó Hume, dejando de reírse—. Utilizó el teléfono que
había en aquella habitación para llamar a Jones. La secretaria de Jones
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contestó
y dijo que Jones no estaba en su despacho…, cosa que era verdad, ya que estaba
en la otra sala de conferencias preguntándose dónde se había metido el cámara.
El hombre dijo que tenía que hacer una grabación para alguien, y la secretaria
contestó que ella se lo diría a Jones en cuanto volviera. Sólo que Jones no
volvió hasta que yo me marché… ¿Cómo lo dedujo, Henry?
—De
la manera habitual —contestó Henry—. Una vez usted y los otros dos caballeros
de la sala de conferencias y mis compañeros miembros de los Viudos Negros,
también, hubieron eliminado todas las posibilidades complicadas, la única cosa
que quedaba era algo muy sencillo, y yo simplemente lo señalé.
Post
Scriptum
De
todos los relatos de los Viudos Negros que he escrito, éste ha sido el que ha
pedido menos esfuerzo a mi imaginación. Sucedió de verdad. Sucedió exactamente
tal y como lo he descrito en la narración. Debo decir que hizo que me diera
cuenta de que soy mucho menos inteligente que Henry. Estaba perdido por
completo, falto de una solución, cuando me sucedió.
Por
cierto, me divirtió mucho el hecho de que este relato recibiera mucho peor
trato por parte de mis lectores que cualquier otro de los que he escrito de los
Viudos Negros. Quedé sorprendido al ver las muchísimas personas que escribieron
para poner objeciones a esta o aquella faceta del relato como improbable.
Algunos incluso criticaron las direcciones de las calles que había utilizado;
aunque yo di las reales que tenían los edificios.
La
conclusión es que, en mis ficciones, yo tengo cuidado en hacer probables todas
las cosas y en atar todos los cabos perdidos. La vida real no es sometida a
tales consideraciones.
La
narración apareció por primera vez en el número de octubre de 1986 del Ellery
Queen’s Mystery Magazine.
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EL
BOLSO VIEJO
—¡William
Teller! —anunció Thomas Trumbull.
Era
el anfitrión en el banquete de aquel mes de los Viudos Negros y, al presentar
al invitado de la noche, lo hizo con una cierta agitación. Su rostro fruncido
se fijó de manera particular en Mario Gonzalo, el cual, llamativamente ataviado
como de costumbre, esta vez con una chaqueta de terciopelo marrón, lo ignoró.
—¡William
Teller! —dijo encantado—. ¿Es usted descendiente de Guillermo Tell, quizá?
—No,
en absoluto —contestó Teller con agrado.
Tenía
tez olivácea, espeso cabello negro y un copioso bigote, también negro. —En
realidad —continuó—, Tell es una simple leyenda y probablemente no
existió
nunca. Sin embargo, soy de procedencia suiza, y el primer nombre es frecuente
en la familia, quizás en homenaje a aquel viejo granuja. En realidad, Teller es
una palabra corriente alemana que significa «plato».
Geoffrey
Avalon bajó la vista desde su metro ochenta y cinco y comentó:
—Los
padres a menudo son sensibles a los apuros de un muchacho. Yo me salvé de ser
una penosa víctima propiciatoria por el hecho de que siempre utilicé como
nombre el de Jeff. En eso tuve suerte, dado que el nombre se alterna con
Broderick, y es mi hijo mayor, y no yo, el que debe apechugar con él. Por
suerte, siempre ha sido un joven musculoso, cosa que yo no fui nunca.
—Los
nombres pueden ser una inspiración, también —opinó Teller—. Cuando yo era
joven, soñaba ser un arquero superlativo. Quería que la gente dijera:
«Guillermo Tell era bueno, pero William Teller es mejor.» Yo era un arquero
asiduo en el campamento de verano por esa razón.
—¿Y
lo consiguió? —preguntó James Drake con interés, al tiempo que encendía su
inevitable cigarrillo.
—No.
Yo estaba notablemente poco dotado. Sólo daba en el blanco, no digamos ya en la
diana, cuando apuntaba a alguna otra parte. Lo hacía fatal. Si hubiera ganado
la competición nacional de arqueros con mi nombre, habría salido en todos los
periódicos de los Estados Unidos, en las columnas de «Créase o no», si es que
existen todavía.
—Usted
hubiera resultado incluso mejor —dijo Emmanuel Rubin discretamente
— si
su nombre hubiera sido Robin Hood. Roger Halsted manifestó con vehemencia:
—Muchas
de las llamadas coincidencias suceden de esa manera. Si alguien se
llama
Robin Hood, se ve obligado a probar su habilidad en el tiro con arco y, si
resulta bueno, decir «créase o no» estaría fuera de lugar. Sería una
consecuencia lógica. De hecho, tengo la sospecha de que las cosas curiosas que
le suceden a todo el mundo no son paranormales, sino naturales. Por ejemplo…
Todos
se quedaron sin enterarse de cuál era el ejemplo que Halsted estaba a punto
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de
dar, porque Henry, el camarero supremo, escogió aquel momento para anunciar,
según su tranquila y efectiva manera, que la cena estaba servida.
Los
Viudos se sentaron para tomar el pastel de callos, seguido por un crujiente
pato asado con salsa de licor de cerezas, acompañado de arroz integral y
trufas, algo que hizo que se extinguiera la conversación. Y, durante la cena,
se mantuvo una especie de quietud satisfecha en la cual incluso los comentarios
ocasionales de Rubin fueron expresados con una serena contención. Hasta que
Trumbull, a la hora del café, golpeó el vaso de agua con la cuchara y señaló a
Avalon como moderador del interrogatorio.
—Mr.
Teller —preguntó Avalon—, ¿a qué se dedica usted?
Teller
repuso sin inmutarse:
—A
hacer que la gente piense.
—¿Y
qué procedimiento emplea?
—Tengo
una columna en los periódicos titulada Por el contrario. No aparece en ningún
periódico de Nueva York; pero lo hace en ciento dos diarios de difusión
moderada en otros lugares de la nación. En mi columna, presento la parte
impopular de cualquier controversia, no porque apoye siempre con pasión esa
parte, sino porque creo que es propensa a ser presentada de manera inadecuada
al público. El público, después de todo, puede ser inducido a error; a veces,
incluso de forma peligrosa, si escucha sólo a una parte de una cuestión. Muchas
personas podían no saber siquiera que existe otro punto de vista.
—¿Puede
usted darnos algún ejemplo? —preguntó Avalon.
—Por
supuesto. En una columna reciente presenté la opinión que los llamados
terroristas tienen de sí mismos.
—¿Llamados?
—dijo Drake en suave tono de interrogación.
—Sí,
«llamados» —respondió Teller—. Ellos no se consideran a sí mismos terroristas,
de la misma manera que nosotros no pensamos que lo sean quienes están a nuestro
lado. Cuando aprobamos sus objetivos, decimos que son luchadores por la
libertad y los comparamos con George Washington.
—¿Defiende
usted entonces el terrorismo? —inquirió Avalon.
—No
es que lo defienda, sino que intento penetrar en el razonamiento que existe
para su defensa. Por ejemplo, los Estados Unidos piensan que todos los
conflictos tendrían que tener lugar con misiles, aviones, tanques y todo el
aparato de la guerra; o mediante votos, resoluciones, argumentos, debates y
toda la maquinaria de la política. Sin embargo, ¿qué ocurre si existe gente que
cree que tiene una causa justa pero que no posee la maquinaria de la guerra y
se le niega la maquinaria de la política? ¿Qué han de hacer, entonces? Sin
duda, ellos tienen que luchar con las armas que poseen. Nuestro grito entonces
es que son cobardes que golpean sin avisar y matan al azar a víctimas civiles.
Pero, ¿es justo por nuestra parte «luchar limpiamente» contra fuerzas
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que
son muchísimo más pequeñas que las nuestras?
—Veo
su punto de vista —dijo Rubin—, pero se puede argumentar contra el terrorismo
con bases pragmáticas, incluso dejando a un lado el gran sentido moral.
Simplemente, el terrorismo no es eficaz. Tirar bombas al azar llena titulares y
causa dolor personal y frustración pública; pero no consigue sus fines.
—A
veces lo hace —afirmó Teller—. El asalto iraní a la Embajada de los Estados
Unidos llevó a éstos al ridículo mundial, convirtió a Jomeini en el héroe de
los radicales árabes por todo el Islam y destruyó la Presidencia de Carter. Y
ni siquiera mataron a nadie.
—Sí
—contestó Rubin—; pero fue autodestructivo porque condujo a la Presidencia de
Reagan, que ha asumido una actitud mucho más dura contra el terrorismo, y trajo
el bombardeo de Libia, por ejemplo, como castigo por su apoyo al terrorismo.
—Todavía
tenemos que ver a qué conducirá esto por el otro lado. Para continuar mi
argumentación, diré que durante la guerra, los terroristas se llaman guerrillas
o fuerzas de resistencia, o «raiders», o comandos, o cualquier cosa, excepto
terroristas. En la Segunda Guerra Mundial, dichas fuerzas irregulares que
estaban en cualquier nación supuestamente conquistada, sobre todo en
Yugoslavia, hicieron mucho para ayudar a la derrota de los nazis. De modo
similar, las guerrillas de España hicieron mucho para vencer a Napoleón.
—Quizás
—apuntó Avalon— usted no se mostraría tan comprensivo con ellos si hubiera
sufrido directamente a manos de los terroristas.
—Supongo
que no; pero el argumento existiría incluso si yo, por resentimiento personal,
me negara a reconocerlo.
Drake
prorrumpió en una risa ahogada.
—Ya
sabe usted, Tom. Supongo que Mr. Teller es amigo de usted, puesto que usted lo
ha traído como invitado. Con las opiniones que él tiene, ¿no resulta un amigo
peligroso, considerando el tipo de empleo que usted tiene en el Gobierno?
—Nada
en absoluto —negó Trumbull—. Es sólo un abogado del diablo profesional. A
menudo apoya con todas sus fuerzas al Gobierno cuando ha ocurrido algo que lo
hace impopular.
—Es
una gran verdad —corroboró Teller.
Se
detuvo y frunció el ceño como si le hubiera asaltado un pensamiento repentino.
Dijo, hablando muy despacio:
—Ustedes
saben que esto no se me habría ocurrido si no hubiera habido aquella charla
antes de la cena acerca de conexiones extrañas, como la que se produce entre el
tiro con arco y yo. Existe una conexión aquí en el asunto del terrorismo.
—¿Puedo
preguntar qué conexión es ésa? —solicitó Avalon.
—Mr.
Rubin había apuntado que mis opiniones podrían cambiar si yo fuera una víctima.
Para decirlo con precisión, yo no lo he sido; pero mi esposa sí, y eso podría
considerarse como casi equivalente. El mismo día en que aparecía mi columna
sobre
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el
terrorismo, el mismo día, mi esposa fue víctima de una especie de terrorismo
suave. Le robaron el bolso. Naturalmente, eso fue la más simple de las
coincidencias. Sin embargo…
Se
detuvo de nuevo.
—Diga,
Mr. Teller —pidió Avalon.
—No
es nada importante. Estaba pensando en las secuelas del incidente, que fueron
realmente humorísticas e incluso desconcertantes. Pero eso no importa.
Retomemos nuestro debate sobre el trabajo a que me dedico. En la época de
nuestra desgracia en el Líbano…
—Espere,
espere —intervino Gonzalo, golpeando con la cuchara el vaso de agua
—.
Volvamos atrás, Mr. Teller. Quiero enterarme de la secuela humorística y
desconcertante del robo del bolso.
Teller
pareció sorprendido y se volvió automáticamente a Trumbull. —Tom…
Trumbull
se encogió de hombros.
—Adelante,
hablemos de la secuela desconcertante. Si no, Mario nos amargará la vida a
todos nosotros.
—Espere
—volvió a pedir Gonzalo—. Espere un minuto. Henry no está aquí. —¿Henry? —se
extrañó Teller.
—Nuestro
camarero. —Y Gonzalo levantó la voz—: ¡Henry! Henry entró en el comedor.
—Dígame,
Mr. Gonzalo.
—No
desaparezca de ese modo —le espetó Gonzalo, malhumorado—. ¿Dónde estaba?
—Ordenando
los platos y los cubiertos, Mr. Gonzalo; pero ya estoy a su servicio. —Bien.
Quiero que usted oiga esto. Mr. Teller, por favor, comience desde el
principio.
Teller
miraba sorprendido.
—No
es realmente gran cosa. Mi esposa estaba en la estación Grand Central y, en una
escalera mecánica abarrotada, desapareció su bolso. Ella lo llevaba colgado del
hombro izquierdo, porque tenía alguna otra cosa en cada mano, y creemos que
alguien que se hallaba detrás de ella cortó la correa con cuidado, sostuvo el
bolso seguro hasta que llegaron al final de la escalera y entonces se escapó
rápidamente, con el bolso bajo el brazo. Ella no vio nada, no sintió nada. Sabe
que tenía el bolso en su poder cuando ella se hallaba en la parte superior de
la escalera mecánica, porque se lo echó hacia la espalda para mayor comodidad,
y no lo llevaba cuando terminó de bajar. Eso es todo lo que hay en cuanto a la
historia. No le hicieron daño, no la empujaron, no la amenazaron. Fue un
trabajo muy profesional.
—Usted
no parece disgustado —observó Gonzalo.
—Lo
estuve, naturalmente, y también lo estuvo mi esposa. Una pérdida semejante
siempre es desagradable. No llevaba mucho dinero dentro, unos pocos dólares;
pero
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tenía
varias tarjetas de crédito, su permiso de conducir, los documentos de su coche,
algunos papeles personales, fotografías… Eso significaba que tenía que informar
de la pérdida de las tarjetas de crédito y enfrentarse al hecho de prescindir
de ellas durante unas cuantas semanas, o usar las mías. Significaba también
hacer gestiones en el Ayuntamiento sobre lo referente al automóvil, y decir
adiós a toda la chatarra que llevaba en el bolso. Sin embargo, lo más
importante es que fue herido su orgullo. El bolso era viejo, viejísimo; estaba
en las últimas. Lo llevaba así a propósito. Tenía unos cuantos bolsos nuevos y
bonitos que utilizaba cuando iba bien vestida; pero ese cochambroso lo usaba
cuando iba de compras, cuando esperaba estar en medio de multitudes. Ella
proclamaba que ningún ladrón que se preciase soñaría en coger un bolso que daba
vergüenza. Ellos sabrían que no había nada que valiera la pena dentro. Bien,
pues ellos sí lo cogieron; y aunque yo tuve sumo cuidado en no hacer ninguna
referencia a sus afirmaciones anteriores, pues ella siempre había estado muy
orgullosa de su inteligencia en ese aspecto, me miró y supo lo que yo estaba
pensando.
—¿Y
cuál fue la consecuencia desconcertante? —preguntó Gonzalo.
—Bien;
ayer, dos días después del robo, abrí la puerta de mi apartamento con objeto de
llevar la basura al compacter, pues yo trabajo en casa, y casi tropecé con un
paquete que llevaba el nombre de mi esposa con escritura desordenada. En el
primer momento, supuse que era algo que había dejado el cartero, aunque él
sabía muy bien que no tenía que hacerlo sin tocar el timbre. Pero, cuando lo
recogí, encontré que no tenía ninguna dirección y ningún sello. Así que debía
haber sido llevado a mano, y eso más bien me disgustó. Después de todo se
confía en que nuestra casa de apartamentos tiene un seguridad rígida y nadie
debería poder entrar en el ascensor sin ser inspeccionado, por los porteros y
llamarnos por el interfono y pedir nuestro consentimiento para que él o ella
suban. Naturalmente, esto no siempre ocurre. Alguien entra cuando los porteros
están ocupados con alguna otra cosa, o sigue a cualquiera que pertenece a la
casa, de modo que da la sensación de que es un invitado… Pero, así y todo, me
disgustó.
»Me
puse lo bastante furioso para inspeccionar por entero el vestíbulo y mirar en
los dos cuartitos de la escalera y en la habitación del compacter, lo que no
fue muy inteligente por mi parte, y no encontré a nadie. Entonces llamé a mi
esposa, le mostré el paquete y le pregunté si sabía qué podía ser.
»Ella
dijo en seguida y con gran convicción:
»—Es
una bomba.
»Naturalmente,
yo me reí. Todos nos estamos volviendo ridículamente sensibles al terrorismo.
El paquete me pareció demasiado pequeño para contener una bomba. Sin embargo,
no tuve valor para intentar abrirlo. Después de una gran indecisión, tras
escuchar si había algún tictac indicador, aunque no sé si las bombas hacen
tictac en el día de hoy; y después de olerlo, y sin tener el suficiente valor
para sacudirlo, llamé a la Policía. Ellos nos dijeron que lo pusiéramos en el
centro de nuestra habitación más
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grande
y abandonáramos el apartamento. En un momento, llegó una brigada especializada
en explosivos con una unidad portátil de rayos X y, bueno…, no era una bomba.
»Ellos
nos lo abrieron y, cuando nos volvieron a llamar al apartamento, nos mostraron
el contenido. Y era todo lo que habían robado a mi esposa dos días antes.
¡Todo! El paquete contenía los papeles, incluyendo las tarjetas de crédito, las
menudencias. Y el dinero, hasta la moneda más pequeña que estaba abajo, en el
pequeño escondite de cuartos de dólar que ella guardaba para el transporte
público. Mi mujer lo contó con sorpresa y todo estaba allí. No habían cogido
nada. ¿Han oído ustedes alguna vez una cosa parecida? Yo lo considero
desconcertante. Es de suponer que se trataba de un ladrón con un ataque de
arrepentimiento.
Gonzalo,
que había escuchado con gran atención, pareció decepcionado. —¿Es ése el final
del asunto?
—El
final total —contestó Teller—. Pero yo ya les dije que no había gran cosa, así
que no deben sentirse molestos conmigo.
Gonzalo
meneó la cabeza, confuso a todas luces.
Henry
dijo serenamente:
—Perdón,
Mr. Teller. ¿Me permite hacer una pregunta?
—Desde
luego, si así lo desea; pero no veo qué es lo que hay que preguntar. —Es sólo
que usted mencionó el contenido, señor; pero no mencionó el bolso
mismo.
¿También fue devuelto?
Teller
pareció quedarse atónito.
—No,
no lo fue. Me alegro de que me lo haya preguntado. Fue la única cosa que no
volvió. Mi esposa estaba preocupada por eso. Decía que el bolso tenía valor
para ella y que podían haberlo devuelto también. Mi opinión es que era
demasiado voluminoso para meterlo en un paquetito. Naturalmente yo comenté que,
puesto que el plan de ella de llevar un bolso viejo no había dado resultado, no
representaba una gran pérdida. Como es natural, me lanzó la mirada exasperada
que las esposas lanzan siempre a los maridos que descienden a la pura lógica.
En todo caso, así fue. Ellos devolvieron todas las cosas menos el bolso.
Halsted
sentenció:
—Eso
es desconcertante. Podían haber hecho un paquete algo mayor. Si el ladrón
estaba tan agobiado por el arrepentimiento como para devolver hasta el último
penique, su conciencia tenía que haberle movido a devolver el bolso.
Rubin
dijo:
—Quizá
se rompió y él creyó que no tenía sentido devolver los jirones.
—No,
no, no —interrumpió Teller—. Era un bolso fuerte, de piel. Estaba viejo y
rozado por el tiempo y tenía un aspecto horrible; pero no iba a romperse.
Trumbull
intervino:
—¿Usted
cree que lo guardaron a propósito? Quiero decir, que quizás el bolso era lo que
ellos querían, así que devolvieron las demás cosas.
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—Es
ridículo —manifestó Rubin—. Si ellos querían el bolso, podían simplemente
vaciar el contenido, al menos aquellas partes que ellos no pudieran utilizar.
Drake
apagó su cigarrillo y argumentó con su voz suavemente ronca:
—Usted
no puede plantearlo de las dos maneras, Manny. O el ladrón no estaba perturbado
por el arrepentimiento y no devolvería nada, sino que simplemente tiraría lo
que no quisiera, tal como usted sugiere, o tendría conciencia y devolvería
todas las cosas excepto lo que le hacía verdadera falta. Por lo que veo,
resulta que él estaba robando de mala gana algo que quería desesperadamente y
que no tenía intención de robar nada más.
Avalon
añadió:
—Quiero
decir que era un hombre honrado que no tenía más remedio que robar una cosa
concreta; pero que el robo de ningún otro artículo iba a mancillar su alma
tierna y caballerosa.
—Es
cierto —ratificó Drake—. Entonces, si es éste el caso, piense un poco en ello.
Él quiere robar un bolso con objeto de conseguir alguna cosa específica que
éste contiene. Pero él solamente ve el bolso y nada más. Él no ve lo que hay
dentro. Si quería algo de lo que contenía, no podía estar seguro de que ese
bolso en particular lo contenía. Podía tener que robar media docena de bolsos,
examinar cada uno y luego, desilusionado, devolver todas las cosas a su
propietario; o si, por fin, encontraba un bolso que llevaba dentro lo que él
quería, sacar el objeto deseado y devolver todas las demás cosas.
—Yo
no creo que un hombre honrado, un hombre tan honrado que sintiera el impulso de
hacer un paquete con lo que había cogido y corriera el riesgo de devolverlo
personalmente, robara en general de una manera tan caballerosa. Si admitimos
que…
—Espere
—intervino Rubin—. Nosotros no tenemos por qué aceptar eso. Podía ser que el
ladrón fuera detrás de lo que se supone que contiene cualquier bolso: dinero,
tarjetas de crédito…
—También
pudo ser —sugirió Trumbull— que viera a Mrs. Teller abrir el bolso y observara
que dentro había algo de lo que buscaba. Entonces la siguió con objeto de
aprovechar la oportunidad de cogerlo.
—O,
por alguna razón —dijo Gonzalo—, todo lo que quería era la identificación de
ella. Él solamente deseaba saber su nombre y dirección.
Drake
meditó el asunto por un momento, haciendo un zumbido al respirar, y luego dijo:
—No
lo creo. Si él quería dinero o tarjetas de crédito, las habría conservado; y
las devolvió. Si hubiera espiado cualquier cosa que quería, pero que no tenía
un valor intrínseco, no habría devuelto eso; pero lo hizo.
—Espere
—intervino Gonzalo—. ¿Cómo podemos estar seguros de que lo devolvió todo? Tal
vez hubo algún pequeño objeto que Mrs. Teller no se diera cuenta
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de
que había desaparecido. Quizás había algo en el bolso que incluso Mrs. Teller
no sabía que estaba allí o había olvidado que estaba.
—No
lo creo —replicó Teller en tono ambiguo—. Yo no puedo hablar por mi esposa;
pero ella es una persona muy metódica con un cerebro ordenado. Si dice que se
lo devolvieron todo, estoy dispuesto a apostar a que tiene razón.
Avalon
se aclaró la garganta y comentó:
—Debe
entender, Mr. Teller, que esto es un juego. Estamos intentando averiguar las
implicaciones de este suceso extraño. Por favor, no se ofenda si sugiero, como
una posibilidad remota, que su esposa tenía, digamos, una carta en su bolso que
no quería que nadie viera. Si el ladrón la tiene, su esposa no se atreve a
admitir que ha desaparecido…
Teller
dijo con gesto sombrío:
—Usted
está dando a entender que el ladrón intentará ahora hacerle chantaje.
Caballeros, tendrán que aceptar que conozco a mi esposa. Ella preferiría ver al
chantajista, y a sí misma, en el infierno, que pagar un penique. Por favor,
quítense de la cabeza lo del chantaje.
Halsted
intervino:
—Podría
ser que él devolviera las tarjetas de crédito, pero guardara un registro del
número para una posterior falsificación. O de la matrícula del coche.
Teller
manifestó desaprobación.
—Es
absurdo. Mi esposa ya ha cancelado todas esas cosas y pronto tendrá otras
nuevas. Las falsificaciones no podrían utilizarse.
—¿Y
qué me dice de la identificación? —insistió Gonzalo—. Ella llevaba su nombre y
dirección, y el ladrón no necesitaba guardar los objetos físicos que le dieron
la información.
—¿Por
qué diablos —exclamó Trumbull— tendría que correr el riesgo de robar un bolso
para eso? Podía simplemente haberla seguido a casa, emprender algún tipo de
relación con ella. ¿Y por qué tendría que desear saber el nombre y la dirección
de una mujer desconocida para él? ¿Me perdonará, Bill, si digo que ella no es
una belleza arrebatadora?
Teller
sonrió.
—Me
parece hermosa a mí; pero para cualquier otro no es más que una mujer de
mediana edad, de aspecto bastante corriente.
Drake
iba mirando de uno a otro mientras hablaba cada uno de ellos. Al fin concluyó:
—Si
hemos eliminado todas las variadas razones para robar un bolso y devolver su
contenido, ¿se me puede permitir que termine mi razonamiento?
—Adelante,
Jim —invitó Avalon.
—Muy
bien. Todos nosotros hemos estado jugando con complejidades y, como Henry, voy
a ir a la simplicidad. El ladrón devolvió todas las cosas excepto el bolso. Y,
lo que es más, todo lo que pudo ver en el momento en que decidió robar alguna
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cosa
de Mrs. Teller fue el bolso, no su contenido. Conclusión: él iba detrás del
bolso mismo, de nada más, así que devolvió todo lo que éste contenía.
Rubin
objetó:
—Pero,
Jim, eso lo único que hace es sustituir un problema por otro. ¿Por qué demonios
iba a querer el bolso el ladrón…? Mr. Teller, ¿está usted seguro de que el
bolso no tenía ningún valor intrínseco?
—Ninguno
—repuso Teller con énfasis.
—No
era una antigüedad de ninguna clase, ¿verdad?
Teller
pensó un momento.
—No
soy experto en antigüedades. Mi esposa compró el bolso hace al menos veinte
años; pero tengo la impresión de que lo pescó en «Klein’s». Nada que venda
«Klein’s» se convertiría en una antigüedad, ¿no?
Gonzalo
opinó:
—Los
relojes de Mickey Mouse, para empezar, que se vendieron a un dólar la pieza,
son ahora antigüedades valiosas.
—Sí
—convino Avalon—, pero si aquel hombre fuera un coleccionista y conociera que
un objeto pudiera valer, digamos, diez mil dólares, lo lógico es que dijera:
«Perdone, señora, pero su bolso me recuerda uno que tuvo mi querida esposa
difunta. ¿Estaría usted dispuesta a vendérmelo por diez dólares a fin de que yo
pudiera tenerlo por su valor sentimental?» Aunque fuera empujado al robo,
primero intentaría conseguirlo de forma legal.
Drake
comentó:
—Parece
como si fuéramos impelidos a la conclusión de que él quería un bolso viejo y
raído por su valor intrínseco.
—¿Por
qué? —inquirió Avalon.
—Porque
él no podía comprar otro así. Todos los que están en venta son nuevos. Aunque
fuera a un almacén de objetos de segunda mano, los bolsos estarían entintados y
abrillantados, para que tuvieran el mejor aspecto posible. Él tenía que
encontrar uno que ya fuera viejo y gastado y lo pareciera.
Gonzalo
insistió:
—¿No
les parece que intentaría comprarlo primero? «Eh, señora, ¿no querría venderme
ese bolso deslucido y sin valor? Le doy diez dólares. ¿Qué le parece, señora?»
—Además
—observó Trumbull—, ¿para qué iba a querer alguien un bolso viejo y rozado?
Halsted
les recordó:
—En
la historia de Aladino, el brujo malvado iba ofreciendo por ahí lámparas nuevas
por viejas, porque quería la vieja lámpara maravillosa de Aladino.
Avalon
favoreció a Halsted con una mirada altiva.
—Creo
que podemos eliminar la posibilidad de que Mrs. Teller poseyera un bolso
mágico.
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—Era
sólo una broma —aclaró Halsted.
—Quizás
el ladrón era director de teatro y necesitaba un bolso viejo para una comedia
que estaba haciendo —opinó Gonzalo.
—¡Qué
tontería! —exclamó Rubin despectivo—, esa gente compraría un bolso nuevo y lo
arrastraría.
Trumbull
agregó:
—Eso
elimina la necesidad de un bolso viejo y rozado. Fuera cual fuera el uso que
quisieran darle, ¿no podían comprar uno nuevo, o uno de segunda mano en buen
estado, y estropearlo, patearlo y arañarlo? ¿Por qué robárselo a una señora?
La
conversación llegó a un punto muerto. Hasta que Avalon concluyó:
—Creo
que hemos acabado con el tema. No existe una explicación lógica. Sólo nos queda
admitir que la gente hace a veces cosas absurdas, y abandonar la cuestión.
—¡Oh,
no! —exclamó Gonzalo—; no hasta que Henry haya dicho algo… Henry, ¿qué piensa
de todo esto?
Henry
sonrió suavemente y manifestó:
—Creo,
al igual que Mr. Avalon, que la gente, a veces, hace cosas sin sentido. No
obstante, si queremos continuar el juego, hay una sola ocasión en la cual robar
un bolso viejo es más efectivo que comprar uno nuevo y estropearlo. —¿Cuándo se
da esa situación, Henry? —preguntó Teller.
—Cuando
el ladrón quiere asegurarse de no ser identificado. Si el bolso es comprado,
entonces es concebible que algo de él pueda llevar a los investigadores al
lugar donde ha sido adquirido, y lo más fácil es que el vendedor identifique a
la persona que lo compró. En este caso, el ladrón no fue visto y cabe presumir
que nadie tiene posibilidad de identificarlo. Aunque se le llevara frente a
Mrs. Teller, ella no puede reconocerlo. Es posible que sea un hombre tan
honrado que asuma el riesgo de devolver todas las demás cosas; pero teniendo
buen cuidado de utilizar una caja y papel de envolver de lo más común, y de
llevar guantes. Se limita a garabatear el nombre, entra con sigilo y lo
deposita sin ser visto. Así no es probable que sea identificado.
—En
ese caso —planteó Teller—, él querría el bolso para un propósito delictivo.
—Es
de suponer que sí —contestó Henry.
—¿Cuál,
por ejemplo?
—Sigamos
el juego —propuso Henry—. Puedo inventar una finalidad…, traída por los pelos;
pero con cierta lógica. El bolso fue robado en la estación Grand Central y es
bien sabido que allí hay gente sin hogar que vive en la estación y que es
ignorada por una sociedad que es demasiado insensible para salirse de su camino
y ayudarles, aunque no tan insensible como para expulsarlos de un sitio
caliente y seguro.
»Nadie
presta mucha atención a estos abandonados de la suerte. La persona media, sea
hombre o mujer, tiende a apartar la vista de tan tristes individuos, aunque
sólo sea porque tienen aspecto sucio y miserable, de modo que el observador se
siente incómodamente repelido o penosamente asaltado por el remordimiento.
Sería fácil
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para
cualquiera adoptar el vestido viejo y sucio y la horrible apariencia de una
persona sin hogar y contar con que nadie se meterá con él, ni siquiera se
fijará en su existencia. Supongamos luego que una mujer se hubiera
caracterizado como lo que se llama una «tía de la bolsa» y necesita un bolso
para completar el engaño…
Gonzalo
interrumpió:
—Espere,
usted les llama «tías de la bolsa» porque llevan sus pertenencias personales en
bolsas de papel de embalaje.
—Estoy
seguro de que éste es el origen del mote, Mr. Gonzalo —observó Henry —; pero se
ha convertido en una palabra genérica para designar a esas personas
abandonadas. Estoy seguro de que una mujer sin hogar, con un bolso, continuaría
siendo considerada como una «tía de la bolsa». Sin embargo, el bolso no podía
ser nuevo. Una mujer de ésas, que llevara un bolso nuevo, seguramente llamaría
la atención. Tendría que ser un viejo bolso raído que fuera bien con el resto
de la indumentaria.
Teller
se rió.
—Una
trama muy inteligente, Henry; pero no creo que mi esposa llevara un bolso
adecuado para una tía de ésas. ¿Y para qué necesitaba un bolso la individua
disfrazada? ¿Por qué no una bolsa de papel de embalar?
—Quizás
—opinó Henry— porque una bolsa de papel no sería lo bastante fuerte para
contener lo que tuviera que llevar la tía, lo que necesitaba era un fuerte
bolso viejo. Por ejemplo…, y esa idea se me ocurre solamente a causa del
anterior debate sobre terrorismo, ¿qué pasaría si la supuesta tía de la bolsa
hubiese de transportar un artilugio explosivo que planeaba colocar en la
estación para que hiciera un gran daño? Como ha dicho Mr. Teller, los
terroristas pueden considerarse a sí mismos como sublimes y nobles patriotas.
Ellos robarían un bolso que era esencial para sus necesidades, si robarlo fuera
la manera más segura de obtenerlo; pero les repugnaría quedarse con su
contenido. Ellos no son ladrones, sino patriotas. Ante sus propios ojos, al
menos.
Gonzalo
exclamó con admiración:
—¡Dios
mío, Henry, qué bien hace que cuadre todo!
—Es
un simple juego, señor. El doctor Drake hizo el trabajo auténtico.
Trumbull
intervino frunciendo el ceño de modo sombrío mientras pasaba la mano sobre su
cabello blanco, de recias ondas.
—Usted
lo presenta de un modo que cuadra muy bien, Henry. ¿Existe alguna probabilidad
de que esto sea lo que realmente sucedió?
—Casi
diría que no, Mr. Trumbull —contestó Henry—. No ha habido noticia alguna de que
haya ocurrido una explosión en ningún lugar de la ciudad.
—Tan
sólo han pasado tres días desde que fue robado el bolso —observó Trumbull. Y se
volvió a Teller—. No creo que su esposa denunciara el robo, ¿verdad? —No, claro
que no. Ella no podía dar ninguna identificación, ni la más mínima.
Lo
mismo podía decir que el bolso había desaparecido por obra de una varita
mágica.
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—Aunque
lo hubiera hecho —dijo Avalon—, ¿qué podría hacer la Policía a propósito de
ello, Tom? ¿Y por qué tendrían que pensar en nada parecido a la historia que ha
soñado Henry? eso sólo ha surgido del hecho de que todas las cosas fueran
devueltas ayer.
—Supongo
que usted tampoco informó de ello, ¿verdad, Bill? —preguntó Trumbull.
—No,
naturalmente que no —contestó Teller.
—Bien
—dijo Trumbull, poniéndose en pie pesadamente—. Puede ser una locura, pero voy
a llamar a alguien que conozco. Y si… —miró su reloj—. Si lo encuentro viendo
la televisión o preparándose para ir a la cama, será una lástima.
—Puede
que no esté en casa, Tom —observó Avalon.
—Encontraré
a alguien —insistió Trumbull, inflexible.
Se
marchó hacia el teléfono que estaba en la habitación de al lado, mientras los
demás Viudos Negros y su invitado permanecían en un silencio incómodo.
Solamente Henry se mostraba impávido.
Finalmente,
Gonzalo preguntó:
—¿Usted
cree que puede haber algo de realidad en lo que ha pensado, Henry?
Henry
sugirió:
—Es
mejor que esperemos a que vuelva Mr. Trumbull.
Cuando
por fin lo hizo, se sentó y, durante unos quince segundos, se dedicó a mirar
muy fijo a Henry.
—Bueno,
Tom… —dijo Avalon, instándole a que hablara.
Tom
explicó:
—La
cosa consiste en lo siguiente: si alguna vez esto se hace público, Henry va a
ser acusado de brujería.
Las
cejas de Henry se elevaron un poco.
—Si
usted quiere decir con eso, señor, que había una bomba, creo que sería más
apropiado conceder crédito a las mentes lógicas de los Viudos Negros.
—A
la suya, Henry —puntualizó Trumbull—. Había realmente una bomba. Fue colocada
en un lugar donde quizá no habría causado demasiadas víctimas, pero sin duda
habría interrumpido el servicio de trenes durante semanas… Y, lo que es más
importante, estaba metida en un viejo bolso de piel.
—Pero,
supongo que no hubo explosión —dijo Henry.
—No;
porque el bolso fue visto, por pura casualidad, y porque la persona que lo vio
lo levantó y se sorprendió de su peso. Luego, como estamos en tiempos
complicados, se le ocurrió hacer lo correcto. Llamó a la brigada especializada
en bombas…, lo mismo que hizo usted, Bill.
—¡Qué
suerte! —exclamó Gonzalo—. Si no lo hubieran encontrado, las conclusiones de
Henry habrían llegado demasiado tarde.
—No
es demasiado tarde para nada. Me temo que les conté a ellos lo suficiente de la
historia; de modo que su esposa tendrá que ir allí e identificar el bolso. Si
es su
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bolso,
y estoy dispuesto a apostar mi último sueldo del año a que lo es, entonces
ellos saben algo importante que los terroristas ignoran que ellos conocen.
Comenzarán a mirar a todas las personas abandonadas de la estación y puede ser
muy bien que encuentren algo. Gracias, Henry.
Teller
pareció alterado.
—No
creo que Jenny se alegre de verse implicada en esto.
Trumbull
observó:
—No
tiene elección. Simplemente dígale que no le queda más remedio que hacerlo.
—Eso
es fácil de decir para usted —contestó Teller, con malestar.
Henry
añadió:
—Ánimo,
Mr. Teller. Estoy seguro de que su capacidad profesional para defender los
puntos de vista impopulares de un modo convincente, hará posible que realice
esta tarea con facilidad.
Post
Scriptum
La
gente me pregunta de dónde saco las ideas. Pues de donde puedo.
La
mayoría de las veces tengo que pensar y pensar antes de que se me ocurra algo,
y eso es un duro trabajo. (Pruébenlo, si no me creen.) Por tanto, cuando algo
me sale al paso que puede ser transformado en una narración sin que tenga que
agotarme mucho pensando, lo agarro en seguida.
Una
mujer me dijo que le habían robado una vez un bolso y luego se lo habían
devuelto de modo parecido al que se describe en mi relato. Le pregunté por qué
se lo devolvieron y ella me contestó que no lo sabía.
Cuando
oigo decir «no lo sé», mis antenas se ponen a vibrar. Y pienso que Henry lo
sabría. Todo lo que tengo que hacer es inventar una historia alrededor del
incidente. En este caso, eso fue exactamente lo que hice.
El
relato apareció por primera vez en el número de marzo de 1987 del Ellery
Queen’s Mystery Magazine.
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EL
LUGAR TRANQUILO
Emmanuel
Rubin, que era el anfitrión del banquete de los Viudos Negros, aquella noche
había estado de lo más alborotador y pendenciero.
Insistió
en la poca importancia del álgebra ante Roger Halsted, el cual era profesor de
esta asignatura en un centro de enseñanza media; había denunciado el sistema de
patentes ante Geoffrey Avalon, abogado de patentes; había negado la validez de
la teoría cuántica en conexión con la estructura molecular ante James Drake,
químico, había señalado la inutilidad del espionaje en la guerra moderna ante
Thomas Trumbull, experto en claves; y, por último, había puesto la guinda en el
pastel cuando contempló a Mario Gonzalo dibujar, con facilidad y pericia
consumadas, una caricatura del invitado de aquella noche, y le dijo que no
sabía nada en absoluto acerca de caricaturas.
Trumbull,
que de todos los Viudos Negros era el menos propenso a que le divirtiera Rubin
en sus momentos locos, acabó diciendo:
—¿Qué
demonios le pasa, Manny? Estamos acostumbrados a que diga usted tonterías a
grandes voces y a que se meta con alguno de nosotros desde un punto de vista
indefendible; pero esta vez nos está usted pinchando a todos a la vez.
Fue
el invitado de Rubin quien contestó a Trumbull con voz tranquila. Era casi la
primera vez que hablaba aquella noche. Se trataba de un joven que no parecía
tener mucho más de treinta años, con fino cabello rubio, ojos azul claro, una
cara amplia entre los pómulos y una sonrisa que parecía fácil y que, sin
embargo, tenía un deje de tristeza. Se llamaba Theodore Jarvik.
—Lo
siento, caballeros, la culpa es mía, si es que es una falta seguir el
procedimiento profesional. Hace poco, me he convertido en el editor de Manny y
me
vi obligado a devolverle su último manuscrito
pidiendo que lo revisara. —Para una revisión que lo destriparía —farfulló
Rubin.
—Yo
ofrecí cancelar la invitación para esta noche —explicó Jarvik con su triste
sonrisa—,
partiendo del supuesto de que Manny no me miraría a la cara en este momento.
Gonzalo
levantó las cejas y manifestó:
—A
Manny no le importan esas cosas. Todos le hemos oído decir miles de veces que
el verdadero escritor profesional acepta sin gran esfuerzo las revisiones e
incluso los rechazos. Él comenta que una manera de identificar a un aficionado
o a un principiante es observar que él considera que cada una de sus palabras
esag…
—¡Oh,
cállese, Mario! —exclamó Rubin, muy irritado—. Usted no conoce los detalles.
—En
realidad —dijo Jarvik—, Manny y yo lo arreglaremos.
Avalon,
desde su metro ochenta y siete de altura, habló con su grave voz de barítono:
—Tengo
una curiosidad, Manny. ¿Todavía no le ha llamado «joven punk» a Mr.
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Jarvik?
—¡Oh,
por el amor de Dios! —protestó Rubin, enrojeciendo.
—No,
no lo ha hecho, Mr. Avalon —informó Jarvik—; pero lo ha pensado en voz muy
alta.
—¡Eso
no es verdad! —gritó Rubin, en la cumbre de su considerable capacidad de
producir decibelios.
—Dejémoslo
por esta noche —propuso Drake con resignación. Va a estar usted tan agresivo,
Manny, que…
—¿He
estado alguna vez agresivo? —comenzó a decir Rubin.
Entonces
Henry, la perla de los camareros, interrumpió:
—Caballeros,
por favor, tengan la bondad de sentarse. La comida está servida.
Para
hacerle justicia a Rubin, hay que decir que él hizo todo lo que pudo para
controlarse durante la cena. Sus ojos relampagueaban detrás de sus gruesas
gafas; su escasa barba estaba erizada; gruñía sin cesar; pero se las arregló
para hablar poco y dejar que la conversación la llevaran los demás.
Gonzalo,
que se hallaba sentado al lado de Jarvik, le dijo:
—Perdone,
pero usted no para de canturrear.
Jarvik
enrojeció de nuevo, cosa que le facilitaba su fina piel.
—Lo
siento, no quería molestarle.
—Usted
no me molesta. Es sólo que no reconozco la música.
—No
sé. Estoy improvisando, supongo.
—¿De
veras?
Gonzalo
permaneció callado durante el resto de la cena hasta que el golpear de la
cuchara contra el vaso marcó el comienzo del interrogatorio del invitado.
Gonzalo
inquirió:
—¿Puedo
presentarme voluntario para el interrogatorio?
—Por
mi parte, puede hacerlo —gruñó Rubin quien, como anfitrión, tenía el cometido
de elegir al que hacía el interrogatorio—. Pero no le pregunte a qué se dedica.
No hay editor que pueda justificar lo que hace.
—Todo
lo contrario —opinó Gonzalo—. Cualquier editor que haya devuelto un manuscrito
de usted ha justificado ya lo que hace. Cien veces.
Halsted
intervino:
—¿Puedo
sugerir que sigamos con el interrogatorio a nuestro invitado y dejemos de
pincharnos unos a otros?
Gonzalo
se sacudió una imaginaria mota de polvo de la manga de su chaqueta de
llamativos cuadros, y dijo:
—Mr.
Jarvik, durante el curso de la cena yo le he preguntado qué música estaba
canturreando y usted me ha dicho que improvisaba. No creo que sea cierto del
todo. Una o dos veces usted volvió a canturrearla, y era siempre la misma
tonadilla. Ahora
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que
le están interrogando, usted está obligado a dar respuestas completas y
sinceras, como supongo que Manny le ha explicado. Por tanto, repito: ¿Cuál es
la melodía que estaba canturreando?
Trumbull
intervino:
—¿Qué
clase de pregunta estúpida es ésa?
Gonzalo
volvió la cara con arrogancia hacia Trumbull.
—En
mi calidad de interrogador, tengo la impresión de que puedo hacer cualquier
pregunta que elija mientras esté de acuerdo con la dignidad humana. Es decisión
del anfitrión.
—Adelante,
Mario —le invitó Rubin—. Pregunte lo que quiera… Y déjele tranquilo, Tom.
Gonzalo
continuó:
—Conteste
la pregunta, Mr. Jarvik. —Y mientras Jarvik todavía dudaba, Gonzalo añadió—: Le
ayudaré. Ésta es la música. —Tarareó cuantos compases.
Avalon
dijo en seguida:
—Sé
lo que es. Es The Lost Chord. La música es de Arthur Sullivan, de las operetas
de Gilbert y Sullivan. Con excepción de esas operetas, a Sullivan se le conoce
solamente por la música de dos canciones. Una es Onward, Christian Soldiers y
la otra es la que acabo de mencionar, The Lost Chord.
—¿Es
eso lo que usted estaba canturreando, Jarvik?
—Supongo
que sí. Ustedes saben que hay veces en que se le mete a uno una canción en la
cabeza y no sale.
Hubo
un coro de asentimiento por parte de los presentes, y Avalon dijo con aire
sentencioso:
—Es
una queja universal.
—Bien,
siempre que estoy sumido en alguna clase de turbulencia —explicó Jarvik—, esa
canción no cesa de cruzárseme por la cabeza.
Drake
se rió entre dientes.
—Si
usted va a estar en tratos con Manny, la estará canturreando hasta que muera
uno de los dos.
Gonzalo
preguntó:
—¿Es
que tiene algún significado especial? ¿Cuál es la letra?
—Sólo
conozco unas cuantas palabras.
—Yo
sí conozco la letra —intervino Avalon.
—¡No
la cante! —gritó Trumbull, alarmado de repente.
Avalon,
que todo el mundo sabía que, cuando cantaba, su voz se parecía al sonido de un
caimán en medio de un fuerte calor, afirmó con dignidad:
—La
recitaré. La letra está compuesta por una dama llamada Adelaide Anne Procter,
de la cual no sé nada, y el poema es como sigue:
Se
aclaró la garganta.
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Un
día, sentado ante el órgano, me sentía cansado y desasosegado.
Y
mis dedos vagaron perezosamente sobre las claves ruidosas.
No
sé lo que estaba tocando, o lo que estaba soñando entonces.
Pero
di una nota de música, como el sonido de un gran Amén.
El
sonido inundó el crepúsculo carmesí semejante a la conclusión del salmo de un
ángel.
Y
éste cubrió mi espíritu febril con un toque de calma infinita.
Aquietó
el dolor y la tristeza, igual que el amor cuando supera la lucha.
Parecía
el eco armonioso de nuestra vida discordante.
Unió
todos los significados confusos en una paz perfecta.
Y se
marchó vibrando hasta el silencio como si se sintiera reacio a cesar.
He
buscado, pero la busco en vano, aquella divina nota perdida, que vino del alma
del órgano y entró en la mía.
Puede
ser que el ángel brillante de la Muerte hable otra vez con ese sonido.
Puede
ser que solamente en el cielo escuche ese gran Amén.
Hubo
un corto silencio y entonces Halsted explicó:
—Verán,
hay una cosa que me interesa. No sé cuántas notas distintas puede uno obtener
en un gran órgano, considerando todas las teclas que se puedan pulsar de un
modo o de otro, y las cosas que se hagan con los pedales. Supongo que son
muchas en verdad y que no es probable que uno encuentre una nota particular
sólo tonteando al azar.
Rubin
comentó con gravedad:
—Tendremos
que encomendar a la vocación matemática de usted que averigüe el número total
de acordes, Roger. En cuanto a usted, Ted Jarvik, al menos podemos ver por qué
canturrea esa canción cuando las cosas están turbulentas. Habla de calma
infinita, de paz perfecta, de vibrar para desaparecer en el silencio. Está
claro que su mente se vuelve hacia la canción.
—No
—negó Jarvik con serenidad, al tiempo que movía la cabeza—; no es eso. —¡Ah!
—gritó Gonzalo triunfal—. Lo sabía. Lo sabía. Tengo un sexto sentido
para
estas cosas. ¿De qué se trata? ¿Qué significa esa canción para usted?
—Tranquilo, Mario —le aconsejó Avalon—. Ahora, Mr. Jarvik, aunque Mario
haya
tocado un punto sensible, algo acerca de lo cual a usted no le gusta hablar,
por favor, hágalo, de todos modos. Yo le garantizo que nada de lo que usted
diga saldrá nunca de esta habitación.
Jarvik
miró desconcertado a los Viudos Negros reunidos y comentó:
—¿Por
qué será que este tema acaba siempre por salir? Es un punto delicado, cierto;
no obstante, puedo hablar de él sin problema. Ocurre sólo que se trata de algo
que está totalmente desprovisto de interés para cualquiera que no sea yo.
—Eso
no se puede decir nunca —observó Gonzalo, riendo.
Henry
volvió a llenar los copas de brandy. Jarvik suspiró y comenzó así:
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—Soy
un hombre tranquilo, como quizás han notado. Me dicen que esto se ve. Hay algo
irónico en el hecho de que tengo que vivir y trabajar en Manhattan; pero hemos
de ganarnos la vida.
»De
momento estoy soltero; no tengo esposa ni hijos que mantener, al menos por
ahora, y puedo permitirme algún capricho de cuando en cuando. Así, dos o tres
veces al año me tomo una semana de vacaciones y me voy a un lugar de recreo en
la parte alta del río Hudson. Es una gran mansión irregular con una atmósfera
victoriana. La clientela está compuesta en su mayoría por gente de mediana
edad, o personas mayores, y todas las cosas del lugar son serias y respetables.
Incluso la gente joven que va allí se siente impresionada, o quizás oprimida
por la atmósfera, y se comporta con circunspección.
»Esto
significa que es tranquilo hasta cierto punto y, por la noche, en particular,
es tranquilísimo. Infunde calma y serenidad. Me gusta y, como es lógico,
intento escapar del ruido que existe. La gente quiere hablar, después de todo,
y, dado que siempre hay cientos de personas en la casa, la conversación puede
subir de tono. También existen vehículos…, camiones, cortadoras de césped…
»Sin
embargo, el lugar está situado en una finca de miles de hectáreas y senderos,
algunos de los cuales son muy rústicos en verdad. Para mí, representa un placer
especial pasear por esos senderos donde sólo veo árboles y enormes peñas
traídas por los glaciares, sentarme en una de las mirandas que bordean las
carreteras, contemplar lo salvaje agreste del panorama y escuchar el silencio.
Se oye, sin duda, el canto de los pájaros, el moverse de las hojas… Pero eso no
importa. Son sonidos naturales que subrayan el silencio.
»Pero,
vaya a donde vaya, cuando me siento, más tarde o más temprano, por lo general
más temprano, acabo por oír voces humanas. Son grupos que van por los caminos
cercanos o que siguen el que yo acabo de tomar. Siempre lo encuentro irritante
y me siento invadido. Es una tontería, lo sé. Después de todo, yo no soy más
que uno entre centenares. No obstante, me creía con derecho a no ser estorbado.
Me levantaba y seguía vagando, buscando siempre un lugar tranquilo, un lugar
realmente silencioso… Y no lo encontraba nunca.
»Una
vez, mientras estaba sentado en uno de mis observatorios favoritos, pasó un
hombre; me miró, dudó un momento y dijo en un medio susurro:
»—¿Puedo
quedarme con usted?
»Yo
asentí. No podía negarme, aunque en seguida me incomodó. No podía levantarme e
irme sin caer en la más intolerable descortesía.
»Después
de haber permanecido allí en absoluto silencio durante unos cinco minutos, el
inevitable sonido de una conversación llegó desde la carretera y se oyó una
explosión de risa femenina. Mi improvisado compañero hizo un gesto y dijo:
»—¿Verdad
que es molesto?
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»Mi
corazón se inclinó en su favor en seguida. Moví la cabeza y comenté:
»—No
hay modo de librarse de ello.
ȃl
observó:
»—Puede
hacerlo en su lugar.
»Se
detuvo como si le hubieran atrapado hablando demasiado. Pero yo esperé con
expresión indagadora, aunque no dije nada. Él continuó:
»—Existe
un lugar que yo descubrí hace tres o cuatro años… ¿Le gustaría verlo?
»—¿Es
silencioso?
»—Oh,
sí.
»—Entonces,
me encantará.
»—Venga
conmigo.
»Se
levantó y miró a su alrededor como si se estuviera orientando. Era un hermoso
día de sol, con el cielo de un azul claro, sin nubes, y no demasiado caluroso;
así que, cuando él comenzó a andar, yo le seguí complacido.
»Yo
no tenía ganas de hablar, pero acabé por decir:
»—No
le he visto a usted por aquí.
»—Suelo
hallarme fuera, paseando por los caminos.
»—Yo
también —comenté con el corazón entusiasmándose cada vez más—. Me llamo Ted
Jarvik —dije, tendiéndole la mano.
ȃl
la tomó y me la estrechó calurosamente.
»—Llámeme
Caballo Negro —me dijo.
»De
repente, caminó directamente hacia el interior del bosque y comenzó a revolver
entre las matas. Yo me sentí contento de llevar pantalones largos. Si hubiera
hecho más calor, podía haber ido en pantalón corto, y habría sido arañado por
las matas y atacado por los insectos. Tal como iba la cosa, yo seguí,
obediente.
»No
podía averiguar a dónde iba él. No había ningún sendero y estábamos gateando
por peñascos como si estuviéramos haciendo montañismo. A pesar del frescor del
día, yo iba resoplando, tenía mucho calor y ya hacía rato que sudaba. Por fin
nos detuvimos un poco bajo los abetos y mi compañero dijo:
»—Habitualmente
me paro aquí para tomar aliento. En estos días empleo más tiempo.
»Yo
jadeaba un poco, agradeciendo la pausa, y dije:
»—¿Cómo
sabe usted adónde vamos?
»—Por
las señales. Un árbol que tiene justo ese aspecto. Una roca con una muestra
particular de musgo. Me doy cuenta de esas cosas automáticamente y no las
olvido. Es sólo una habilidad. No me pierdo nunca.
»Yo
me lamenté:
»—Usted
tiene suerte. Yo no poseo en absoluto sentido de la orientación. Me
pierdo
sin remedio en los pasillos del hotel. Las doncellas tienen que llevarme de la
mano
y conducirme a mi habitación.
»Mi
compañero se rió y dijo:
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»—Estoy
seguro de que usted tiene muchos talentos. Mi incapacidad para perderme es el
único que yo tengo.
»—Me
ha dicho que su nombre es Caballo Negro. Usted no es indio, ¿verdad?
¿Un
americano nativo?
»Yo
le estaba mirando fijamente. Él tenía tan poco aspecto de indio como yo. »—No
es mi nombre. Yo solamente dije que usted me llamara de ese modo. Ya
ve,
creo que si uno realmente quiere salir de vacaciones, debe desprenderse de todo
el bagaje de su vida ordinaria. Yo he de dar mi nombre auténtico en el hotel
porque tengo que hacer una reserva y necesito utilizar mí tarjeta de crédito;
pero, mientras estoy aquí, no quiero que me llamen por mi nombre. Tampoco deseo
hablar de mis negocios. Simplemente no quiero reconocer ninguna parte de mi
personalidad habitual. Lo que yo sea oficialmente, eso se queda en Manhattan.
No está aquí.
»Me
sentí impresionado por ello.
»—Es
una idea interesante. Yo debería hacer lo mismo. No es que sea muy sociable
cuando subo aquí.
ȃl
me preguntó:
»—¿Ha
descansado un poco? Vayamos, pues. No nos queda mucho.
»Intenté
observar dónde giraba y vigilar las señales, pero fue inútil. No soy persona
observadora. Para mí, un árbol es un árbol y una roca es una roca, sin más
detalles… Pero luego nos deslizamos hacia un hueco y Caballo Negro susurró:
»—Ya
estamos.
»Yo
miré alrededor. Las rocas nos rodeaban casi por todas partes. Había árboles que
crecían entre ellas por aquí y por allí. Florecían los helechos. Hacía fresco,
mucho fresco, un fresco que se agradecía. Y, por encima de todo lo demás, había
silencio. No se oía ni un sonido. Algún movimiento de hojas; el débil zumbido
de un insecto. Alguna que otra vez, el breve canto de un pájaro. Pero había
silencio, un silencio curativo en un mundo que era una cacofonía de ruido,
grande, larga, eterna.
»Había
un saliente rocoso a una altura conveniente, y mi compañero lo indicó con un
gesto. Nos sentamos y dejé que el silencio me inundara. ¿Qué es lo que decía el
poema? «Cubrió mi espíritu febril con un toque de calma infinita.»
»Permanecimos
allí durante media hora. En todo ese tiempo no dije nada, y mi compañero
tampoco. No hubo sonido humano de ninguna clase. Ni risa distante, ni murmullo
de conversación lejana, ni vibración de ningún motor de explosión. Nada. Nunca
había experimentado una sensación así.
»Finalmente,
mi compañero se levantó y sin decir nada, por gestos, planteó la cuestión de si
debíamos irnos entonces. De mala gana, y por el mismo sistema, contesté que
podíamos hacerlo.
»Nos
fuimos. Nos alejamos unos cuatrocientos metros antes de que yo me atreviera a
hablar.
»—¿Cómo
encontró ese lugar tranquilo? —pregunté.
»Me
contestó:
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»—De
forma accidental; pero, desde que lo descubrí, he vuelto al menos media docena
de veces. Me gusta. Es un lugar fuera del acceso de todos los caminos y, por lo
que sé, no está en ninguno de los mapas del hotel. Es un rincón escondido sin
descubrir, que sólo yo conozco, creo…, y ahora usted.
»—Gracias
por mostrármelo —dije, con infinita gratitud—. Uno no pensaría que había un
lugar no pisado por los humanos en un sitio como éste.
»—¿Por
qué no? —repuso Caballo Negro—. Supongo que por todo el mundo existen pequeñas
zonas no perturbadas por el ser humano, a veces en lugares que tienen mucho
movimiento y están muy poblados en conjunto. Hay menos de los que acostumbraba
a haber, estoy seguro, y quizás algún día habrán desaparecido todos… Pero
todavía no, todavía no.
»Sin
vacilar, me condujo de nuevo a una de las sendas principales. Volvimos a
arrastrarnos sobre rocas y raíces, a través de la maleza, y en las dos
ocasiones me pareció que íbamos colina arriba…, pero volvimos al mismo punto de
partida. Le dije adiós, le di otra vez las gracias y nos estrechamos la mano.
Regresé a la habitación, me arreglé y me dispuse para la comida.
»No
le vi en el comedor, aunque miré, y, de hecho, no le volví a ver durante todo
el resto de la estancia. Para decirlo escuetamente, no he vuelto a verlo más.
»El
día después de que él me hubiera llevado hasta el lugar tranquilo, intenté
volver por mi cuenta. Me llevé un libro y algunos bocadillos que había pedido
en la cocina, con la intención de permanecer allí la mayor parte de la jornada,
si el tiempo ayudaba; pero, naturalmente, no lo hice. No tuve suerte en
absoluto. Creo que me equivoqué en la primera curva.
»No
me rendí, sin embargo. Después de volver a la ciudad, seguí soñando con aquel
lugar tranquilo y, en cuanto pude arreglarlo, volví a aquel paraje de
vacaciones, estudié el mapa y marqué la zona que creía que debía contenerlo.
Podía hacer el camino hasta el mirador donde había encontrado a Caballo Negro
y, desde allí, organicé un programa sistemático de exploración.
»No
saqué nada de ello. Nunca pude encontrar aquel lugar. Por mucho que intentara
recordar los giros y vueltas, por mucho que me engañara con la creencia de que
reconocía uno de aquellos árboles o rocas agostados, por más cenagales que
atravesara, por más riscos sobre los que tropezara, no fui a parar a ninguna
parte. Logré picaduras y arañazos; quemaduras, contusiones y torceduras. Lo que
no logré fue llegar a aquel lugar.
»Creo
que se ha convertido en una obsesión para mí. Ocurre que conozco el pasaje de
The Lost Chord y supongo que comencé a oírlo en mi cabeza con los cambios de
palabras adecuados. He buscado, pero he buscado en vano. Ese lugar divino
perdido, desde el cual llegó el espíritu del silencio que entró dentro de mí.
»Y
supongo que lo canturreo cuando las cosas se ponen tumultuosas y caóticas.
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Hubo
una profunda pausa cuando Jarvik terminó. Hasta que Halsted dio su opinión.
—Supongo
que usted necesita a ese tipo que le llevó allí para que vuelva a
conducirlo
otra vez al lugar, para que usted pueda señalar lo mejor posible cada giro
de
cada encrucijada.
Gonzalo
vaciló.
—Supongo
que el tipo realmente existió. Usted no lo soñó, ¿verdad?
Jarvik
frunció el ceño.
—Créanme,
no lo soñé. Ni era un enanito que me llevara al país de las hadas. La cosa
ocurrió exactamente como les he contado. El problema es que él tenía un gran
sentido de la orientación y yo no lo tengo en absoluto.
—Entonces,
usted debería tratar de encontrarlo —dijo Rubin categóricamente—, si es que de
verdad está bloqueado en medio del vacío.
—Bien
—convino Jarvik—. Estoy de acuerdo. Debería encontrarlo. Ahora, díganme cómo.
No sé su número de habitación. No sé su nombre. No se me ocurrió intentar
identificarlo en la recepción aquella noche ni al día siguiente.
Meneó
la cabeza y pareció debatir consigo mismo si seguir o no. Luego, se encogió de
hombros y continuó:
—Yo
podría contarles también lo obsesionado que me he vuelto. La última vez que
estuve en aquel lugar, pasé la mitad del día con los diversos empleados de la
recepción intentando conseguir una lista de las personas que habían estado en
el hotel el día que me llevó a aquel lugar silencioso.
»Costó
mucha negociación y mucho escudriñar por los archivos, y luego ellos fueron tan
amables que prepararon para mí una lista alfabética que contenía doscientos
cuarenta y nueve nombres. Me lo hicieron porque era un cliente habitual y
porque repartí cincuenta dólares entre ellos.
»No
incluyeron las direcciones, porque dijeron que eso iba contra las normas y que,
si les cogían haciéndolo, serían despedidos y puestos en las listas negras, y
quién sabe qué más. Tuve que arreglarme con la relación de nombres. Realicé un
último esfuerzo para encontrar el lugar al día siguiente…, y fracasé,
naturalmente, y luego pasé el resto de mi estancia estudiando la lista de
huéspedes.
»Ya
ven, los he aprendido de memoria. No a propósito, naturalmente. Simplemente los
memoricé. Puedo decirlos por el orden alfabético en que fueron puestos. Ocurre
que tengo una memoria así. —Caviló un poco—. Si mi sentido de la orientación
fuese tan bueno como mi memoria para temas triviales puestos en una lista…, es
decir, si mi sentido de la observación pudiera darme pequeñas variaciones que
recordara luego, supongo que no estaría en el apuro en el que me encuentro.
Drake
preguntó, frunciendo el ceño a través del humo de su cigarrillo:
—¿Cómo
podría ayudarle la lista de nombres?
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Jarvik
respondió:
—La
primera cosa que se me ocurrió fue que el nombre falso que utilizaba debía
obedecer a alguna razón oculta. ¿Por qué tendría que llamarse Caballo Negro?
Posiblemente, porque las iniciales eran las mismas que las de su nombre
auténtico. Así, pues, fui repasando la lista y había solamente un D. H. (Dark
Horse) y el nombre era Dora Harboard. Bien, fuera quien fuera mi amigo, no era
una mujer, así que esto quedaba excluido.
»Entonces
pensé que quizá las iniciales estaban invertidas.
Así
que busqué un H. D. y no había ninguno. Entonces busqué los nombres solos.
Muchas personas estaban anotadas, digamos, como Ira y Hortense Abel, para citar
los primeros nombres de la lista. Me pareció que debía eliminarlos,
especialmente si tenían hijos. Eso me dejó con diecisiete hombres solos. Al
principio pensé que era un gran avance.
»Pero
entonces me di cuenta de que Caballo Negro no me había hecho ninguna indicación
de que estuviera solo. Podía muy bien haber tenido esposa e hijos en su
habitación, o fuera, asistiendo a la partida de mah-jongg que se estaba jugando
en el salón de tertulia aquella tarde.
Trumbull
sugirió:
—Usted
podía intentar una force majeure. Seguir todos los nombres masculinos de la
lista y ver si uno de ellos era Caballo Negro. Quién sabe, podía tener suerte
la primera vez que probara. Y usted sabe que vive en Manhattan. Él se lo dijo.
Para empezar, inténtelo con la guía telefónica.
Jarvik
señaló:
—Una
de las personas de la lista es S. Smith. Me espanta la idea de cuántos Smith
existen en la guía telefónica con la S como primera inicial. Además, si
recuerdo bien, él dijo que lo que fuera oficialmente se había quedado olvidado
en Manhattan. Me parece que quería decir que trabajaba en Manhattan; pero no
necesariamente que vivía allí. Podía vivir en cualquiera de los cinco distritos
o en Nueva Jersey, o en Connecticut, o Westchester.
»Miren,
ya he pensado en una force majeure. Sólo para mostrárselo a ustedes, se me
ocurrió que podía contratar a alguien en cualquier campo de aviación cercano
para que me llevase hasta el lugar de vacaciones de modo que pudiera ver el
sitio desde arriba. Pero sé que no lo reconocería visto desde el aire en una
pasada rápida. Y aunque lo hiciera, tendrían que llevarme a aterrizar otra vez
al aeropuerto y, si entonces intentase alcanzar el lugar tranquilo desde el
suelo, fracasaría de nuevo.
»Pensé
que quizá podría alquilar un helicóptero y, si reconocía el lugar, hacer que me
descendieran por medio de alguna especie de cuerda mientras el helicóptero se
mantenía en la vertical. Es ridículo, sin embargo. No tendría valor para
colgarme de un helicóptero aunque reconociera el lugar y luego, después de
dejarlo, ¿qué pasaría si no podía encontrar el camino de vuelta? No era fácil
utilizar el helicóptero cada vez que quisiera ir, ¿no es cierto?
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Gonzalo
observó:
—¡Caballo
Negro! ¿No es un término de carreras?
—En
su origen —memorizó Avalon—. Se refiere a algún caballo de potencial
desconocido que pueda tener una oportunidad remota de ganar, especialmente si
entra en una carrera en la que todos los demás caballos son valores conocidos.
—¿Por
qué caballo negro? —preguntó Halsted.
—Imagino
—contestó Avalon— que indica lo mínima que es la información. Después de todo,
la mayoría de los caballos son oscuros. Además, «negro» da la impresión de
misterio, de algo desconocido.
—Bien
—dijo Gonzalo—, quizás ese tipo tiene alguna conexión con el juego de las
carreras.
Jarvik
aceptó con aspereza:
—Bueno,
supongamos que la tiene. ¿En qué me ayuda eso para encontrarlo? —Además
—observó Trumbull—, me parece que la expresión «caballo negro» se
ha
extendido para significar a alguien que entra en una competición sin ser un
elemento conocido en ella. En boxeo, tenis; en política, incluso.
—¿Y
eso de qué me sirve para encontrarlo? —se desalentó Jarvik.
Avalon
suspiró hondo y dijo:
—Mr.
Jarvik, ¿por qué no contemplamos The Lost Chord desde otra perspectiva? Roger
Halsted señaló que un órgano complejo puede tener muchas, muchas variedades de
sonidos y que un sonido se podía perder entre muchos. Pero, sin duda, este modo
de mirarlo es demasiado simplista.
»Cualquier
sensación consiste en la sensación misma, de forma objetiva; y en la persona
que recibe la sensación, de manera subjetiva. Un acorde es siempre el mismo
acorde, si está medido por un instrumento que analiza su función de onda. Sin
embargo, el sonido que uno oye puede variar con el humor y las circunstancias
inmediatas del que escucha.
»La
persona que toca el órgano en el poema estaba «fatigada y desconcertada». Por
esa razón, el sonido tuvo un efecto particular sobre él. «Suavizaba la pena y
el dolor» que él podía haber estado sintiendo. A partir de entonces, cuando
buscaba el acorde de nuevo, su humor podía ser de expectación ansiosa, de
minuciosa atención. Aunque volviera a oír el mismo sonido, el mismo sonido
precisamente, no le impresionaría de igual manera y él consideraría que no era
el que escuchó en aquel otro momento. No es de extrañar que lo buscara en vano.
Estaba intentando repetir no solamente el acorde, sino a sí mismo tal como se
había sentido.
Jarvik
preguntó:
—¿Qué
es lo que dice?
—Estoy
diciendo, Mr. Jarvik —respondió Avalon—, que quizás usted debería dar menos
importancia al lugar. Usted lo encontró en un día perfecto. Lo descubrió porque
otra persona lo guió hasta allí, de modo que usted estaba, en cierto sentido,
despreocupado. Si lo encuentra de nuevo, es muy posible que ocurra en un día
menos
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ideal…,
cuando haga más calor, o más frío, o esté más nublado. Usted mismo estará
buscando ansiosamente, no se encontrará cómodo. El resultado es que puede que
no sea el mismo lugar que usted recuerda. Se sentirá amargamente decepcionado.
¿No sería mejor quedarse con el recuerdo y dejar de buscarlo?
Jarvik
inclinó la cabeza y por unos pocos instantes pareció perdido en sus
pensamientos. Luego, dijo:
—Gracias,
Mr. Avalon. Creo que tiene razón. Si fracaso en dar con ese lugar, intentaré
seguir su consejo y recrearme en su evocación. Sin embargo…, me gustaría, si
puedo, encontrarlo una vez más, sólo para cerciorarme. Después de todo, Caballo
Negro lo halló muchas veces, y lo disfrutó todas ellas.
—Caballo
Negro sabía cómo ir allí —observó Avalon—. Su propio humor era bastante
constante y podía ser que él escogiera siempre días en los que el tiempo fuese
adecuado.
—Incluso
así —insistió Jarvik con terquedad—, me gustaría encontrarlo, si hubiese manera
de conseguirlo.
—Pero,
al parecer, no la hay —le recordó Avalon—. Debe admitirlo.
—No
lo sé —concluyó Mario—. Nadie ha preguntado a Henry.
—En
este caso —arguyó Avalon con tozudez—, ni siquiera Henry puede hacer nada. No
hay nada a qué agarrarse.
—¿Qué
podemos perder? —preguntó Mario—. Henry, ¿qué puede decirnos? Jarvik, que había
estado escuchando atónito, se volvió entonces a Rubin y,
sacudiendo
el pulgar sobre el hombro, murmuró muy quedo:
—¿El
camarero?
Rubin
se puso el dedo en los labios y movió ligeramente la cabeza.
Henry,
que había estado escuchando absorto, dijo:
—Debo
indicar que estoy completamente de acuerdo con Mr. Avalon respecto a la
naturaleza subjetiva de los encantos del lugar y no me gustaría estropear a Mr.
Jarvik un recuerdo idílico. Sin embargo…
—¡Ajá!
—exclamó Gonzalo—. Adelante, Henry.
Henry
sonrió a su manera familiar y continuó:
—Sin
embargo, la única cosa a la que podemos agarrarnos es «caballo negro», a la que
todo el mundo se ha estado agarrando, por lo que veo. ¿Puedo preguntar, Mr.
Jarvik, si por casualidad había alguien en la lista llamado Polk…?, un nombre
no muy común. ¿Un James Polk, quizá?
Jarvik
abrió mucho los ojos.
—¿Está
usted bromeando?
—No,
en absoluto. ¿Puedo pensar que había un nombre así? —Existe un J. Polk,
ciertamente. Podría ser James. —Entonces, quizás es su hombre. —Pero, ¿por qué?
—Mr.
Trumbull explicó: «Creo que la expresión “caballo negro” se usa en la
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política.»
Y sospecho que es de uso común en el día de hoy. Un caballo negro es un
político en el que nunca se piensa en relación con el nombramiento por parte de
un partido importante; y que, sin embargo, es nombrado como manera de romper lo
que, de otra forma, parece un punto muerto insuperable. En la actualidad, los
caballos negros aparecen rara vez, porque la nominación es decidida por las
elecciones primarias. Sin embargo, en 1940, sin ir más lejos, Wendell Willkie
era un caballo negro nombrado por el Partido Republicano.
»El
nombre aparece usado la mayoría de las veces en la historia norteamericana
aplicándose al primerísimo candidato de un partido que era un caballo negro. En
1884, los demócratas estaban todos dispuestos a nominar al ex presidente Martin
Van Buren; pero éste necesitaba una mayoría de dos tercios y la intransigente
oposición del Sur lo impidió. Por puro aburrimiento, la convención se volvió
hacia el senador de Tennessee, James Knox Polk, a quien nadie había considerado
en relación con la nominación. Fue el primer candidato caballo negro y siguió
hasta ganar las elecciones. Fue un Presidente de un solo mandato, pero bastante
bueno.
—Tiene
razón —reconoció Rubin—. Usted lo sabe todo, Henry.
—No,
Mr. Rubin —protestó el camarero—; pero tenía un vago recuerdo de ello y,
mientras seguía la discusión, busqué en el estante de nuestros libros de
consulta. Puede ser que el J. Polk de la lista de Mr. Jarvik sea un
descendiente lineal o colateral, razón por la cual él tomó el nombre de Caballo
Negro.
—Es
sorprendente —murmuró Jarvik.
—Sin
embargo —observó Henry—, si todavía puede tener dificultades para encontrarlo,
Mr. Jarvik, e incluso lo encuentra, puede ocurrir que no sea ya la misma
persona y que, incluso en el caso de que lo sea, usted acabe decepcionado de
aquel lugar tranquilo. No obstante…, le deseo suerte.
Post
Scriptum
Mi
querida esposa, Janet, y yo tenemos como nuestro lugar favorito de vacaciones
Mohonk Mountain House, que está situado a unos ciento cincuenta kilómetros de
nuestra casa en New Paltz, Nueva York. Tiene zonas amplias por las que podemos
pasear. Janet lo hace porque le gusta estar en soledad; y yo lo hago porque me
gusta estar con Janet.
Una
vez, encontramos un lugar donde nos pareció estar totalmente aislados y donde,
durante unos pocos minutos mágicos, pareció que la Humanidad todavía no había
sido inventada.
Pero
existe una diferencia entre Janet y yo. A ella le producen placer aquel lugar y
aquellos momentos en sí mismos solamente, con un amor puro y santo sin mezcla
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ninguna.
Yo, por otro lado pensaba: «Apostaría cualquier cosa a que puedo sacar una
historia de Viudos Negros de esto.» Y lo hice, y ustedes acaban de leerla.
El
relato apareció por primera vez en el número de marzo de 1988 del Ellery
Queen’s Mystery Magazine.
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EL
TRÉBOL DE CUATRO HOJAS
Si
se tenían en cuenta las circunstancias, podía haberse predicho que cuando los
Viudos Negros se encontraran en el restaurante «Milano» para celebrar su
banquete mensual, el único tema de la conversación serían las audiencias del
Irán-Contra.
Cada
uno de los Viudos Negros tenía algo que decir, uno acerca de la mirada de
muchachito ofendido de Oliver North y su atractivo para las mujeres de mediana
edad; otro respecto a la memoria selectiva de John Poindexter. James Drake, que
era el anfitrión del banquete, comentó que, entre North y Poindexter, habían
empañado gravemente la presidencia de Reagan, a la cual todos los demócratas
juntos no habían logrado hacer ni siquiera un arañazo. ¿Por qué, pues, estaban
los republicanos de la derecha convirtiendo en héroes a aquella pareja de
Laurel y Hardy?
Fue
Emmanuel Rubin quien, tal como se esperaba, llevó el tema al asunto de los
rehenes y los principios.
—La
cosa es —comentó—, ¿cómo negociar asuntos que implican pérdidas de vidas, o
pérdidas potenciales de vidas, o incluso sólo un problema de cárcel? ¿Debe el
interés nacional ir detrás del rescate de rehenes? Si ése es el caso, ¿cómo nos
atreveríamos a llevar a cabo una lucha armada? En cualquier movimiento
semejante, incluso uno tan sencillo y seguro como atacar el poderoso ejército
de Granada o bombardear la gran fortaleza de Trípoli, nosotros sufrimos muertes
y corremos el riesgo de que nos hagan prisioneros.
Geoffrey
Avalon, mirando al metro y medio de Rubin desde la altura de su metro ochenta y
cinco, dijo:
—Ustedes
están hablando de la acción militar. Los rehenes son personas civiles, que
persiguen una vida pacífica, que son cogidos sin razón por gangsters y
rufianes. ¿No pagarían ustedes cualquier precio y abandonarían cualquier
principio para conseguir la libertad de alguien a quien amaran? ¿No pagarían un
rescate a los secuestradores para evitar que mataran a sus esposas?
—Sí,
naturalmente que lo haría —admitió Rubin con los ojos relampagueando a través
de sus gruesas gafas—. Yo lo haría, como individuo. Pero, ¿iba a esperar que
doscientos treinta millones de norteamericanos sufrieran un debilitamiento del
interés nacional porque yo estuviera sufriendo? Ni siquiera un Presidente
norteamericano tiene derecho a hacerlo. Y eso fue la equivocación de Reagan. No
pensemos que la toma de rehenes es una aberración de la paz. No lo es. Estamos
en guerra con el terrorismo y los rehenes son prisioneros de guerra. No
pensaríamos en dar armas al enemigo para comprar otra vez a nuestros
prisioneros de guerra. Hubiera sido una traición hacer eso en cualquier otra
guerra en la que hayamos luchado.
—El
terrorismo no es como cualquier otra guerra —gruñó Thomas Trumbull—, y ustedes
no pueden establecer una analogía punto por punto.
—En
realidad —intervino Roger Halsted—, toda esta charla acerca del interés
nacional es irrelevante. Sin duda el terrorismo es un problema global que sólo
cederá
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a
una acción global.
Mario
Gonzalo exclamó:
—¡Oh,
ya lo creo, global! ¿Cómo se organiza una solución global cuando cada nación
está deseosa de hacer un trato con los terroristas, con las esperanzas de que
la dejen en paz y se vayan al infierno sus vecinos?
—Eso
tiene que acabar —observó Halsted muy serio—. Intentar comprar a los
terroristas es la manera de hacerles ver que pueden sacar un provecho. Si los
rehenes se venden a un precio, ellos tomarán más rehenes siempre que vayan
cortos de fondos.
—Naturalmente,
y nuestra respuesta adecuada es hacer que el procedimiento resulte caro para
los que toman rehenes. Se les deben causar bajas —opinó Gonzalo.
—Si
se conoce quién es el enemigo —protestó Avalon—. Uno no puede matar gente al
azar.
—¿Por
qué no? Lo hacemos en todas las guerras. Cuando bombardeamos las ciudades
alemanas y japonesas durante la Segunda Guerra Mundial, ¿no sabíamos que
morirían millares y millares de personas totalmente inocentes, incluyendo niños
pequeños? ¿Pensamos acaso que nuestras bombas eran lo bastante selectivas para
matar únicamente a los malvados?
—Toda
Alemania y todo Japón estaban luchando contra nosotros; aunque sólo fuera
pasivamente apoyando a los Gobiernos alemán y japonés —observó Avalon.
—¿Y
usted cree que el terrorismo puede sobrevivir sin al menos la aprobación pasiva
o la conformidad de la sociedad en la que existe? —preguntó Rubin.
En
aquel momento James Drake, que había estado escuchando la conversación con
incomodidad manifiesta dijo:
—Caballeros,
mi invitado está subiendo las escaleras. ¿Podríamos suspender el debate por
ahora y no volver a él tampoco? ¡Por favor! —Luego, se apresuró a advertir—:
Henry, mi invitado no bebe. ¿Podría traerle un gran vaso de cola dietética? Con
poco hielo.
Henry,
el camarero perpetuo de los banquetes de los Viudos Negros, hizo una ligera
señal afirmativa con la cabeza justo en el momento en que el invitado entraba
en el comedor.
Era
un hombre alto, de piel oscura, con una gran nariz curvada y ojos azules que
contrastaban de modo sorprendente con su color moreno. Su cabello, todavía
abundante, se estaba volviendo gris. Representaba unos cincuenta años.
—Lamento
llegar tarde, Jim —se disculpó tomando la mano de Drake—. El tren se portó como
si el horario no tuviera nada que ver con él.
—No
es demasiado tarde, Sandy —lo tranquilizó—. Permítame que le presente a los
Viudos Negros. Éste es Alexander Mountjoy, caballeros.
Uno
por uno, los Viudos Negros se adelantaron para estrecharle la mano. Finalmente
llegó Henry con su alto vaso. Mountjoy lo olió y dirigió una sonrisa a su
amigo.
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—Usted
advirtió al camarero, por lo que veo.
Drake
asintió.
—Y
ahora debo añadir que nuestro camarero se llama Henry y es un miembro
especialmente valioso de nuestro club.
La
comida fue cordial. Melón, seguido por una espesa sopa de verduras, un
excelente asado de costillar con patatas y brécoles, y pastel de manzana con
queso para postre.
Rubin,
que había abandonado los temas generales, optó por mencionar la contribución de
Charles Dickens a la evolución de la moderna novela de detectives. Para ello,
hizo una disquisición rigurosa sobre La casa lúgubre que, de todos los que se
sentaban a la mesa, tan sólo él había leído. Drake, que se mostraba muy
aliviado por este nuevo rumbo de la conversación, apuntó que el detective de
Dickens había llegado una generación después de Edgar Allan Poe y que, si las
descripciones de Rubin eran correctas, Dickens no se había aprovechado en
absoluto de la obra de Poe.
Esto
provocó un gruñido de desprecio por parte de Rubin, quien señaló a Wilkie
Collins y Émile Gaboriau. En un momento crucial, Drake mencionó a Arthur Conan
Doyle. Entonces Mountjoy intervino alegremente y la conversación se hizo
general.
A la
hora del café, Drake produjo el tintineo habitual en el vaso de agua y dijo:
—Manny
ha consumido su participación de charla de la noche por ahora, de modo que, si
no le importa, Mario, puede hacerse cargo del interrogatorio. Confío en que
usted mantenga tranquilo a Manny.
Gonzalo
se ajustó la chaqueta de suaves franjas verdes, se aseguró de que llevaba la
corbata bien colocada, se apoyó en el respaldo de la silla y preguntó:
—¿A
qué se dedica usted, Mr. Mountjoy?
Mountjoy
parecía saciado y observaba satisfecho cómo Henry escanciaba el brandy.
—Soy
un entusiasta de Sherlock Holmes —contestó— y miembro de los «Baker Street
Irregular». Lo cual debería ser justificación suficiente para esta tropa, ¿no
es así?
Gonzalo
dudó.
—No
lo sé. En realidad, Manny es el único realmente interesado en misterios porque
escribe acerca de ellos, o hace algo que él llama escribir, y con ello se gana
la vida más o menos. —Levantó la mano, con la palma extendida hacia Rubin,
quien se movió en su asiento y dio todas las señales de querer estallar en un
discurso—. Intente otra cosa.
—En
ese caso —dijo Mountjoy—, podría mencionar que soy presidente de un colegio
pero no sé si alguna fracción perceptible de la población mundial consideraría
eso como una dedicación de mi existencia.
—Todos
nosotros somos personalidades académicas, de un modo o de otro —
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afirmó
Avalon—, y podríamos estar dispuestos a considerar ese asunto discutible.
Mountjoy
sonrió.
—Si
el colegio le ha enseñado a usted a hablar de esa manera, eso es una mancha
negra contra mí.
Gonzalo
preguntó con clara decepción: —¿Presidente de un colegio? ¿Eso es todo? Las
cejas de Mountjoy se elevaron.
—Bien,
el puesto puede que no absorba mi dedicación; pero no podría pensar en él como
una cosa trivial. Tratar con los estudiantes y con el profesorado; con
administradores, con posibles donantes y con el público en general es más que
suficiente. ¿Qué quiere decir con «eso es todo»?
Gonzalo
lo aclaró.
—Quiero
decir que si usted trabaja para el Gobierno de algún modo.
—No;
me he librado de eso.
—¿Nunca
ha estado relacionado con ninguna investigación del Gobierno? —No, naturalmente
que no.
—Bien
—dijo Gonzalo—. En ese caso, ¿cuál es la razón por la cual Drake nos pidió que
no debatiéramos el asunto de los rehenes delante de usted?
—¡Oh,
por el amor de Dios! —explotó Drake—. Si yo les pedí que no lo hicieran, ¿por
qué saca usted el tema?
Era
imposible que Mountjoy se pusiera pálido, pero adoptó un aspecto rígido y dijo
enfadado:
—¡Jim!
Drake
meneó la cabeza.
—Lo
siento, Sandy. La conversación trataba de rehenes antes de que usted viniera.
Tenía que tratar de eso, considerando lo que ha estado pasando en la nación.
Pero yo les pedí que olvidaran el tema.
—Y
yo quiero saber por qué —insistió Gonzalo con terquedad.
—No
puedo decir el porqué —declaró Drake—. Pero yo quise apartar el tema de la
mesa. Como anfitrión…
—Ni
siquiera como anfitrión puede usted hacer eso —le reprochó Gonzalo—. La
principal condición de las comidas del club es que no existen temas prohibidos
en el interrogatorio. Ni siquiera el anfitrión puede establecer límites. Es… es
inconstitucional.
Avalon,
moviendo el vaso de brandy que tenía en su mano habló con aire pensativo.
—Mario
tiene una observación que hacer. Mr. Mountjoy, puedo asegurarle que nada de lo
que se diga dentro de estas paredes se repetirá nunca fuera de ellas. El
sentido de la confidencia es muy fuerte, e incluye a nuestro excelente
camarero, Henry. ¿Le sirve de ayuda?
—No,
no —contestó Mountjoy—. Yo no tengo secretos; pero el Gobierno, sí.
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Estoy
absolutamente convencido del honor y la sinceridad de todas las personas que se
hallan aquí, pero el Gobierno no se convence con tanta facilidad como yo.
—Usted
dijo que no trabajaba para el Gobierno —le recordó Gonzalo.
—No
lo hago; pero ha sucedido que me he enredado con él igualmente, y sin desearlo
yo.
Thomas
Trumbull dijo con suavidad:
—Yo
estoy empleado por el Gobierno y se me confiaron secretos en mi época. Yo
respondo también de esos caballeros. Habría sido mucho mejor que hubiéramos
evitado ese tema; pero, en un interrogatorio totalmente libre, éste habría
surgido más tarde o más temprano, y quizás habría sido preferible que Jim
hubiera traído a usted como invitado en otro momento. Pero usted está aquí, y
la pregunta de Mario nos pone cara a cara con el tema. Si cree, Mr. Mountjoy,
que no puede debatir el asunto, entonces las reglas del club ponen fin a la
cena, cosa que todos lamentaríamos. ¿Hay alguna cosa que usted pueda decirnos?
Si decidimos que sirve como respuesta satisfactoria a la pregunta, podemos
abandonar el tema y pasar a otros asuntos.
—La
cuestión es ésta —señaló Gonzalo—: ¿Por qué no podemos debatir el tema de los
rehenes delante de usted? Es sólo para recordárselo.
Mountjoy
se quedó un momento pensativo, con la cabeza inclinada y la barbilla tocando su
pecho. Cuando levantó la vista, sus ojos eran amigables y tenía un aspecto
normal.
—Yo
se lo diré, si ustedes son tan amables que no me preguntan los nombres, los
lugares y los detalles que no me es permitido dar. Les he dicho que soy
presidente de un colegio. Bien, algunos miembros del profesorado fueron
secuestrados hace varios meses por los terroristas.
—Pero
no hay ningún secreto en ello —interrumpió Rubin—. Salió en todos los
periódicos. Está claro que usted es el presidente de…
—¡Por
favor! —protestó Mountjoy—. No me importa lo seguros que estén ustedes de
conocer los detalles del caso. Por favor, han de darse cuenta de que puede ser
que no los tengan todos y que yo no puedo confirmar ni negar ninguna cosa.
Simplemente escuchen lo que digo. Varios miembros del profesorado fueron
secuestrados. Están mantenidos como rehenes. Un rehén que tenían, y tengo que
reprimirme mucho para evitar decir si era uno de los miembros del profesorado o
no, fue muerto. Al parecer fue torturado primero.
»Así
pues, el tema de los secuestros me afecta de modo personal, dado que conozco a
los rehenes y es preocupante para mí, de modo oficial, porque he sido
preguntado hasta la saciedad por organismos del Gobierno sobre varios aspectos
del acontecimiento. ¿Les satisface lo que les digo, caballeros? ¿Podemos pasar
a otros temas?
—No
—insistió Gonzalo—. ¿Por qué le sometieron a usted a tan largos
interrogatorios? ¿Qué tenía usted que ver con ello?
—¿Con
la toma de rehenes? Nada en absoluto.
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—Con
el asunto en general. Usted ha dicho que fue interrogado sobre varios aspectos
del tema. ¿Qué aspectos? ¿Por qué limitarlo a la toma de rehenes?
—No
sé a qué se refiere usted.
—¿Qué
tiene de difícil la pregunta? Quiero decir que por qué fue usted extensamente
interrogado. ¿Si no fue acerca de la toma de rehenes entonces, acerca de qué
fue?
—No
puedo responder a la pregunta.
—En
ese caso, no me siento satisfecho.
Drake
intervino:
—Vamos,
Mario, no sea un loco obstinado.
—No
soy un loco obstinado. Tengo una idea. Existe alguna cosa implicada además de
la toma de rehenes. Mountjoy ha dicho que las entrevistas no tenían nada que
ver con eso; pero se referían a varios aspectos del asunto, lo cual significa
que hay otros aspectos además de la toma de rehenes. Creo que debe haber alguna
especie de negocio inacabado en todo esto. Si no fuera así, no se llevaría tan
a la chita callando. Apostaría algo a que existe un problema de alguna clase,
algún enigma, algún misterio. ¿Qué hay acerca de eso, Mr. Mountjoy?
—No
tengo nada que decir sobre el tema —repuso Mountjoy en tono frío. —Ocurre
—observó Gonzalo— que este club ha resuelto muchos enigmas en el
pasado.
Podríamos ayudarle a usted ahora.
Mountjoy
miró a Drake de modo inquisitivo.
Drake
aplastó su cigarrillo hasta extinguirlo y corroboró:
—Es
verdad, pero no podemos garantizar el resolver ninguno en especial.
Mountjoy
murmuró:
—Ojalá
pudieran resolver esto.
—Ah
—exclamó Gonzalo—, entonces es que hay un misterio. Eh, Tom, dígale que podemos
ayudarle y dígale que puede confiar en nosotros sin límites.
Trumbull
señaló:
—Ya
le he explicado que puede confiar en todos nosotros… Si existe algún problema,
Mountjoy, y si está preocupado por él, entonces Mario tiene razón. Quizá
podamos ayudar.
Mountjoy
continuó:
—Bien,
veamos lo que puedo decirles.
Miró
fijamente a los Viudos Negros, quienes permanecieron silenciosos. Apenas se
movían.
Por
fin Mountjoy explicó:
—El
rehén que fue muerto no era exactamente inocente, al menos a los ojos de los
terroristas. Normalmente los rehenes que se toman son sólo periodistas, u
hombres de negocios o profesores…, personas cuyo único valor para los
secuestradores es el de servir como prenda. Son manejables y el Gobierno
norteamericano y la gente quieren que vuelvan. Por eso se discuten las
condiciones.
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El
rehén que mataron, y al que no puedo nombrar ni decir a ustedes nada acerca de
su persona, estaba trabajando para el Gobierno, y los terroristas podían
considerarlo un espía, un agente secreto o algo parecido. Lo mataron bien
porque lo consideraron un castigo justo por el delito de pertenecer al otro
bando, o se les murió de forma accidental durante el proceso de tortura con
objeto de conseguir información. La cuestión es: ¿cómo sabían que valía la pena
torturarlo? No torturan a todos sus rehenes como cosa rutinaria. Por el
contrario, suelen tratarlos todo lo bien que pueden, porque un rehén muerto no
tiene ningún valor para ellos; y porque cualquier rehén que se encuentre en
unas condiciones que no sean buenas, sólo sirve para inflamar la opinión pública
norteamericana y puede animar a los Estados Unidos a represalias más violentas,
algo que, como es lógico, no desean.
»La
creencia general es que alguien lo identificó. Para resumir, que hay implicado
algún traidor de alguna especie. El rehén muerto había confiado su verdadera
misión a alguien por alguna razón, o la había dejado entrever sin darse cuenta,
y alguien lo había delatado. La cuestión, naturalmente, es quién. Por supuesto,
el Gobierno quiere saberlo; no sólo con objeto de vengar la muerte castigando
al traidor, sino porque si el traidor queda a sus anchas, está en una posición
en la cual su traición puede continuar. Ya entienden.
»Yo
me vi metido en ello a causa de que las circunstancias del secuestro de los
miembros del profesorado, ésos en particular y no otros, hicieron que pareciera
claro que el traidor es también miembro del claustro. Hay un buen razonamiento
detrás de eso, pero yo no puedo transmitírselo a ustedes. Simplemente digo que
ésa es la conclusión… Tenemos un traidor dentro del profesorado.
»Fui
entrevistado extensamente sobre el asunto, y también lo fueron otras personas,
y parece que la conclusión va a parar a que el traidor es uno de los cuatro
miembros del claustro. Pero…, ¿cuál de los cuatro? Ahí está la cosa.
Rubin
observó:
—Lo
único seguro que se puede hacer es apartar a los cuatro de sus puestos,
ponerlos donde no puedan hacer daño y mantenerlos bajo vigilancia mientras
usted continúa la investigación.
—Y
eso es lo que se ha hecho —informó Mountjoy—. Sin embargo, ¿no les parece a
ustedes que se está haciendo un gran daño injustificado a tres personas
inocentes que son norteamericanos leales y que no merecen tal trato?
—Son
bajas de guerra —declaró Rubin.
Halsted
protestó:
—Está
usted muy áspero hoy, Manny. ¿Es que le da problemas su novela actual? —Eso no
tiene nada que ver —contestó Rubin—. Digo lo que pienso.
—Bien;
lo que yo creo —manifestó Mountjoy— es que es mucho más importante absolver a
tres inocentes que coger al culpable. Y existe una manera de hacerlo si somos
lo bastante inteligentes. Supongamos, por ejemplo, que el rehén muerto conocía
quién era el traidor. Él sabría, después de todo, en quién había confiado, o
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ante
quién dejó escapar algo del asunto. Luego, fue obligado a escribir una carta
que los secuestradores publicaron después. Ya saben de qué clase.
Los
Viudos Negros asintieron y Halsted continuó:
—El
secuestrado admite que es miembro de la CIA y que hizo espionaje sobre los
pobres grupos maltratados a los cuales pertenecen los secuestradores. Continúa
confesando toda clase de fechorías y acabó denunciando al Gobierno
norteamericano por no ceder a las sencillas demandas de los apresadores para
que él sea dejado en libertad.
—Exacto
—convino Mountjoy—. Así es. Por entonces, sin duda, había estado sujeto a
alguna tortura, de modo que no publicarían una fotografía suya, como hicieron
en el caso de otros rehenes. Incluso así, puede ser que él no hubiera
consentido en firmar aquella carta cuya firma no ofrecía dudas, si no fuera
porque el rehén del que estamos hablando esperaba darnos información delante de
las narices de sus raptores. Añadió al final de la carta que esperaba tener la
suerte de que el Gobierno organizase su puesta en libertad, y dibujaba un
trébol de cuatro hojas. Muy bien dibujado. Lo mataron poco tiempo después.
Avalon
inquirió:
—¿Cree
que el trébol de cuatro hojas tenía algo que ver con eso, Mr. Mountjoy? —El
Gobierno lo cree así. Él tenía que escoger algún signo que indicase al
traidor,
y hacerlo de una manera lo suficientemente sutil como para que no se dieran
cuenta los secuestradores. Por desgracia, fue lo suficientemente sutil como
para que se nos escapara también a nosotros. El Gobierno no ha podido averiguar
el significado del trébol de cuatro hojas. Sin embargo, puede ser que el
traidor lo hiciera…, que el traidor viera la carta reproducida en la televisión
y se diera cuenta de que el trébol de cuatro hojas le estaba señalando
directamente. Él se las arregló para enviar un mensaje a los secuestradores,
quienes después siguieron torturando a su víctima y la mataron.
—Bien
—observó Avalon—, un trébol de cuatro hojas es un símbolo muy conocido de buena
suerte. ¿No puede ser que el pobre rehén tan sólo deseara tener la suerte de
ser liberado y dibujase un trébol de cuatro hojas como símbolo de buenos
augurios?
—Es
posible —admitió Mountjoy—. Todo es posible. Sin embargo, el Gobierno no le da
esa interpretación. El rehén era un racionalista claro, despreciaba cualquier
cosa que tuviera un gustillo de esoterismo o superstición. La gente que lo
conocía mejor, dice que es impensable que dibujara un trébol de cuatro hojas
con la esperanza de que le trajese buena suerte.
—La
desesperación hace que la gente se agarre a un clavo ardiendo —murmuró Avalon.
Trumbull
comentó:
—Es
un símbolo irlandés. ¿Alguno de los cuatro sospechosos es irlandés o
descendiente de irlandeses? El traidor podía ser miembro del Ejército
Republicano
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Irlandés
(IRA) y tener simpatía por otros grupos clandestinos de lucha.
Mountjoy
meneó la cabeza con energía.
—En
primer lugar, el trébol de cuatro hojas no es un símbolo irlandés. Lo es el
trébol de tres hojas. Fue arrancado por San Patricio, según la leyenda, para
explicarle a un rey irlandés cómo podía existir la Santísima Trinidad, un solo
Dios en tres personas. El rey irlandés se convirtió, y el trébol de tres hojas
pasó a ser el emblema de Irlanda. Además, ninguno de los cuatro sospechosos es
en modo alguno irlandés.
Trumbull
preguntó:
—¿Qué
puede usted decirnos acerca de los cuatro sospechosos? No nos será posible
establecer a cuál está señalando el trébol de cuatro hojas, si no sabemos nada
de ellos.
—No
puedo ayudar en eso —dijo Mountjoy con desánimo—. No puedo darles sus nombres
ni decirles quiénes son.
—¿Puede
usted darnos los campos de sus especialidades? —preguntó Avalon. —No estoy
seguro. Quizá me atreva a arriesgarme. —Fue levantando los dedos
—:
uno es historiador, otro es entomólogo, otro es astrónomo y otro es matemático.
¿Sirve
de algo? A nosotros no nos ayudó para nada.
Halsted
inquirió:
—¿Está
usted seguro de que lo que dibujó era un trébol de cuatro hojas?
—Por
supuesto que lo era. ¿Qué otra cosa iba a ser?
Halsted
se encogió de hombros.
—No
lo sé. Yo no lo vi. Pero era algo con cuatro cosas que salían de él. ¿Cierto?
—Sí.
—Entonces,
¿podía haber tratado de dibujar una estrella? ¿Un punto con rayos de luz que
salían de él? Eso indicaría al astrónomo.
Mountjoy
meneó la cabeza.
—Podría
ser el astrónomo, según todo lo que sé, pero no por esa razón. No dibujó líneas
que irradiaban, sino cuatro hojas de trébol reconocibles. El dibujo también
tenía un tallo. Las estrellas no tienen tallo.
Drake
preguntó:
—¿De
qué clase es el matemático?
Mountjoy
respondió:
—No
podría decírselo. Estoy metido en ciencias políticas y todas las matemáticas
que conozco apenas son suficientes para permitirme mantener en equilibrio mi
talonario de cheques.
—¿Había
hecho él trabajos sobre probabilidades?
—Supongo
que podría averiguarlo; pero no lo sé así de repente.
—Porque
lo que pasa con el trébol de cuatro hojas es que es raro. No sé qué
posibilidades hay de encontrar uno si se mira a través de campos de trébol al
azar; pero deben ser muy pequeñas. Cuando era muchacho, recuerdo que me tumbaba
en un campo de tréboles y pasaba horas examinándolos uno por uno. Nunca
encontré
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ninguno
que tuviera cuatro hojas. Así que encontrar uno resulta notable, y es la clase
de cosa que puede interesar a un matemático que está especializado en
probabilidades.
Halsted,
que era también matemático le contradijo:
—Eso
no parece probable en absoluto. ¿Y el historiador? ¿Qué clase de historiador
era?
—Ah
—contestó Mountjoy—. Eso puedo decírselo a ustedes. Escribió un libro conocido
titulado… Bien, no; está claro que no se lo puedo decir. Eso lo identificaría.
Digamos —añadió débilmente— que es medievalista.
—¿Está
especializado en historia medieval?
—Sí.
El Imperio bizantino. Los fatimitas. Cosas como ésas. —¿Algo que tenga que ver
con el trébol de cuatro hojas? —No, que yo sepa.
—Y
qué nos dice acerca del entomólogo, que obviamente estudia los insectos.
—Pues
eso, que los estudia.
—¿Qué
clase de insectos? ¿Abejas?
Gonzalo
interrumpió.
—¿Por
qué abejas, Roger?
—¿Por
qué no? Las abejas vuelan desde una flor de trébol a otra flor de trébol
recogiendo miel y esparciendo polen. ¿No conoce la cuarteta de Emily Dickinson:
«El pedigree de la miel / no concierne a la abeja. / Un trébol en algún momento
interviene en él. / Es aristocracia»? Bien, pues, un trébol de cuatro hojas
podría significar una abeja, lo cual aludiría a nuestro entomólogo.
Avalon
planteó:
—¿Por
qué un trébol de cuatro hojas en ese caso? Un trébol de tres hojas serviría lo
mismo y sería más sencillo de dibujar.
Mountjoy
opinó:
—No
importa cuál sea. El entomólogo no se ocupaba de abejas. Trabajaba con insectos
más pequeños y ni siquiera podría darles a ustedes el nombre. Él me lo dijo una
vez y a mí me sonó como si saliera directamente de la Comedia de los errores de
Shakespeare. No puedo repetirlo.
—Bien
—se preguntó Rubin—. ¿A dónde nos lleva eso? El trébol de cuatro hojas no
señala a nadie. Francamente, me encuentro yo mismo mirando con preferencia a la
idea original de Jeff de que no era más que un símbolo de buena suerte. El
pobre hombre necesitaba suerte, y no la tuvo.
—¿El
pobre hombre? —se sorprendió Halsted—. Es sólo una baja de guerra, Manny.
Rubin
parecía disgustado.
—Estaba
hablando en sentido teórico. Cuando pasamos a los individuos no soy más áspero
que ustedes, y lo saben.
Drake
comentó:
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—Bien,
nosotros hemos estado apremiando y torturando al pobre Sandy para que nos
dijera más de lo que debería, probablemente, y poniéndolo bajo la tensión
nerviosa de temer que el Gobierno pueda de algún modo averiguar que lo ha
hecho. Y nosotros no hemos podido ayudarle en absoluto… Lo siento, Sandy.
—Esperen
—dijo Gonzalo, haciendo balancear su silla sobre dos patas—. Todavía no hemos
terminado. Me he dado cuenta de que Henry está buscando por el estante de los
libros de consulta.
—Oh,
es verdad —observó Trumbull—. Le preguntaremos en cuanto vuelva. —¿De quién
están hablando? —preguntó Mountjoy, frunciendo el ceño—. ¿Del
camarero?
—Estamos
hablando de Henry. El mejor de los Viudos Negros. Henry volvió a tomar su sitio
habitual junto a la mesa de servicio. Gonzalo intervino:
—Bien,
Henry, ¿puede ayudarnos?
—He
tenido una idea, Mr. Gonzalo, referente a los tréboles de cuatro hojas.
—Díganosla.
—Los
tréboles casi siempre tienen tres hojas. En alguna ocasión, un trébol crece a
partir de una semilla que es ligeramente anormal y, en consecuencia, desarrolla
cuatro hojas. Un cambio tan repentino entre padre y descendencia se llama una
mutación — dijo Henry con tono muy educado.
—Así
es —convino Halsted.
—Las
mutaciones tienen lugar de cuando en cuando en todas las especies. Se puede
conseguir un mirlo blanco o un ternero de dos cabezas o un bebé con seis dedos.
Me atrevo a decir que la lista es infinita.
—Probablemente
—murmuró Avalon.
—En
su mayoría, las mutaciones son desfavorables y se consideran deformidades y
distorsiones monstruosas. Sin embargo, el trébol de cuatro hojas es un ejemplo
de mutación que no sólo no impresiona a la gente como deformidad, sino que es
valorado y considerado como un tesoro por todo el mundo; bueno, por casi todo,
como algo muy deseable, como símbolo y portador de buena suerte. Eso lo
convierte en algo muy inusual como mutación y es la única mutación que puede
ser fácilmente dibujada sin que repela a la gente, y hacerse de modo que no
parezca nada más que un modo natural de atraer la buena suerte. Puede, por
tanto, simbolizar la idea de mutación y, sin embargo, escapar a que lo perciban
aquellas personas que no tengan un cierto grado de instrucción. Quienes conocen
la fuerte racionalidad del rehén, deberían dejar a un lado lo de la buena
suerte y aferrarse al símbolo de su mutación.
—¿A
dónde nos conduce todo eso, Henry? —preguntó Trumbull.
—Para
cambiar un poco de tema, Mr. Mountjoy mencionó la Comedia de los errores de
Shakespeare. Existen dos personajes en ella llamados Antipholus. Son hermanos
gemelos, uno que procede de la ciudad de Siracusa en Sicilia y otro de Efeso en
el Asia Menor. ¿El nombre de Antipholus le trae algo a la memoria, Mr.
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Mountjoy?
—Sí
—respondió Mountjoy—. Los insectos con los que estaba trabajando el entomólogo.
Todavía no puedo darle a usted el nombre exacto, sin embargo.
—¿Era
Drosophila?
—¡Sí!
¡Por Dios, sí!
—Es
conocida comúnmente como la mosca de la fruta y es el insecto clásico utilizado
para el estudio de las mutaciones. Me parece, pues, que el trébol de cuatro
hojas puede haber sido dibujado para significar mutaciones y que intentaba
señalar con bastante precisión al entomólogo como traidor. Al menos, me lo
parece.
—¡Cielos!
—exclamó Mountjoy—. También me lo parece a mí… Lo primero que haré mañana será
ponerme en contacto con algunas personas de Washington para sugerirlo…
Drosophila. Drosophila. Tendré que recordar el nombre.
—Mosca
de fruta será suficiente, señor —le recordó Henry—, y si se acepta la
sugerencia, querría proponerle que dé a entender que se le ocurrió a usted
solo. No hay por qué admitir que habló del asunto con los Viudos Negros.
Post
Scriptum
A
veces, me siento realmente perezoso, pienso en cualquier cosa y veo si puedo
inventar una historia basándome en ella. Así pues, estaba yo en un lugar lleno
de hierba en Mohonk (ver el post scriptum anterior) y me di cuenta de que éste
abundaba en tréboles. Según tengo por costumbre, observé a mi alrededor
tratando de descubrir un trébol de cuatro hojas. Después de unos dos segundos y
medio, decidí que no había ninguno. Nunca en mi vida he encontrado un trébol de
cuatro hojas; pero he tenido bastante buena suerte incluso sin él.
Así
que pensé: escribamos una historia acerca de un trébol de cuatro hojas. Y lo
hice.
Sin
embargo, esta vez Eleonor Sullivan, la bella editora del Ellery Queen’s Mystery
Magazine lo rechazó. Ella pensaba que la narración era tan exageradamente
arcana que resultaba desleal para con el lector. Yo no estaba de acuerdo (nunca
estoy de acuerdo con el rechazo); pero la palabra del editor es ley; y presento
este relato aquí como el segundo de esta colección que hace su aparición por
primera vez.
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EL
SOBRE
Emmanuel
Rubín llegó al banquete de los Viudos Negros de un humor repugnante. Sin duda,
éste no era mucho peor que su acritud habitual; pero sus ojos, magnificados por
los gruesos cristales de sus gafas, relampagueaban peligrosamente.
—¡Oh!
—exclamó Mario Gonzalo, anfitrión en esa ocasión—. Alguien ha recibido un
rechazo bien merecido.
—Yo
no he recibido ningún rechazo —soltó Rubin—. Ni merecido ni inmerecido.
Es
mucho peor que eso.
Geoffrey
Avalon bajó la mirada desde su altura de metro ochenta y cinco hasta el
diminuto Rubin y dijo con su voz imponente de barítono:
—¿Mucho
peor que un rechazo? ¿Para un escritor independiente como usted, Manny?
¡Hombre!
—Escuche
—dijo Rubin enfurecido—. He entrado en la oficina de Correos esta mañana y he
pedido un rollo de sellos de veinticinco centavos. Para empezar, eso me
fastidiaba. Puedo recordar la época en que costaba dos centavos enviar una
carta; pero el precio sigue subiendo cada vez más sin que parezca que afecte al
eterno déficit…
—Al
menos —observó Roger Halsted—, el servicio se hace peor para equilibrar el
incremento de dinero.
—Usted
dice eso porque piensa que es divertido, Roger —se quejó Rubin—, pero ocurre
que tiene toda la razón… Gracias, Henry.
Henry,
el imprescindible camarero de los banquetes de los Viudos Negros, al darse
cuenta de las demandas que se le estaban haciendo a Rubin por su
apasionamiento, le había traído una botella para rellenar su vaso.
James
Drake, encendió su perenne cigarrillo y comentó:
—Recuerdo
cuando los sellos eran de dos centavos, y el periódico de la mañana valía
también dos centavos, y un paquete de cigarrillos costaba trece… y mi salario
semanal era de quince dólares. ¿Qué les parece?
—No
he terminado —le advirtió Rubin—. Así pues, pedí un rollo de sellos de
veinticinco centavos y el idiota rematado que estaba en la ventanilla me miró
fijamente a los ojos y contestó: «No tenemos.» Me quedé estupefacto. Era una
oficina de Correos, maldita sea. Yo le dije: «¿Por qué no?» Y él se encogió de
hombros y gritó: «¡El siguiente!» Es decir, no dio ninguna señal de lamento ni
de sentirse incómodo. Podían haber puesto un anuncio que dijera que los sellos
se habían acabado de momento. Tuve que esperar media hora en la cola para que
se me dijera que no podía conseguir ninguno.
Gonzalo
comentó:
—Supongamos
que le apaciguamos hasta ponerle en su estado habitual de semicordura, Manny, a
fin de que pueda presentar a mi invitado… Francis MacShannon. Es un buen amigo
mío.
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Rubin
le estrechó la mano con altivez.
—Cualquier
buen amigo de Mario, Mr. MacShannon, es sospechoso para mí. —¿Qué puedo esperar
—observó Gonzalo— de alguien que se pone hecho una
furia
por un rollo de sellos de veinte centavos? Le daré unos pocos para resolver su
problema, Manny. Y sin ningún cargo.
—No,
gracias —rehusó Rubin—. Ya he comprado los sellos después. Pero es cuestión de
principios.
—Me
excuso por los principios dudosos de Manny, Frank —dijo Gonzalo—. Él siempre se
fabrica uno cuando no logra salirse con la suya.
Francis
MacShannon respondió con una sonrisa. Aparentaba unos sesenta años; tenía una
cara redonda y alegre sobre un cuerpo bajo y rechoncho. Poseía una tez colorada
y llevaba una perilla gris que le daban el aspecto de un Santa Claus medio
afeitado.
—Estoy
con usted, Mr. Rubin —afirmó con voz aguda, que estropeaba un poco la imagen de
Santa Claus—. Yo también tengo quejas de Correos.
—Las
tiene todo el mundo —gruñó Thomas Trumbull, que había llegado un momento antes
y se había lanzado sobre el whisky con soda que Henry le ofrecía.
Hubo
una pausa mientras MacShannon era presentado a la última persona que había
llegado, y luego continuó:
—Mi
propia queja se refería al asunto de los matasellos. En la actualidad, no son
más que manchas sucias. Cuando yo era joven, los matasellos eran legibles y
hermosamente claros. Eran lecciones de geografía. Yo formé una enorme colección
de ellos.
Las
imponentes cejas de Avalon se levantaron.
—¿Cómo
se hace eso, Mr. MacShannon?
—Para
empezar, mis padres me daban los sobres que recibían por correo. También lo
hacían los vecinos de toda la calle, una vez sabían lo muy en serio que me lo
tomaba. Lo mejor de todo, sin embargo, era encontrar sobres abandonados por el
suelo: en las aceras, en los patios traseros, bajo los matorrales. Se
sorprenderían de ver cuántos sobres era posible encontrar. Cada nuevo
matasellos que descubría era un tesoro, y yo le buscaba el nombre en el atlas.
Los ordenaba por Estados y naciones y encolaba los sobres en libretas de un
modo organizado. Llegué a ser tan aficionado a los sobres, que ustedes
difícilmente se lo pueden imaginar. En realidad, fue mi interés por los sobres
lo que me llevó a…
En
este punto, Henry, con una voz suavemente autoritaria anunció:
—La
comida está servida, caballeros.
Se
sentaron para tomar su melón con jamón, seguido por crema de espárragos y una
ensalada mixta. La conversación trató sobre la nueva sonda rusa diseñada para
estudiar el satélite de Marte, Phobos; y, sobre el capón asado, la discusión se
fue
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calentando
a propósito de si una expedición americano-soviética a Marte era deseable o no.
Los correos y sus múltiples pecados pasaron a segundo término y acabaron por
desaparecer al fuego de la nueva controversia. Siguieron el pastel de almendra
con chocolate y el café. A la hora del brandy, Gonzalo los requirió para el
interrogatorio.
—Manny
—dijo señalándolo—, usted será quien haga las preguntas, y yo invoco el
privilegio de anfitrión para decirle que el tema del correo no debe ser
mencionado.
Rubin
se puso ceñudo y preguntó:
—Mr.
MacShannon, ¿a qué se dedica usted?
MacShannon
contestó de forma amigable:
—Soy
programador y diseñador de ordenadores. En el día de hoy creo que esto habla
por sí mismo.
—Quizás
—admitió Rubin—. Más tarde podemos volver a eso. Obviamente, sus trabajos
presentes no tienen nada que ver con sus actividades de cuando era un niño…
Quiero decir, su colección de matasellos. Usted había dicho…
—Manny
—intervino Gonzalo con sequedad—. He desechado el tema de Correos.
—¡Rayos
y truenos! —explotó Rubin—. ¿Quién está hablando del correo? Estoy hablando de
la colección de matasellos. Apelo a los miembros de la reunión.
—Muy
bien. Adelante —aceptó Gonzalo con resignación.
—Entonces
veamos —dijo Rubin echando a Gonzalo una mirada demasiado prolongada—: usted
comentó que había sido su interés en los sobres lo que le había llevado a su… Y
entonces, antes de que usted pudiera terminar la frase, fue interrumpido por el
anuncio de que la comida estaba a punto. Así pues, me gustaría que terminase la
frase. ¿A qué le condujo su interés por los sobres?
MacShannon
frunció el ceño, pensativo.
—¿He
dicho eso? —Su semblante se aclaró y una expresión de satisfacción casi cómica
invadió su cara—. Oh, sí, naturalmente. Volviendo a 1953, fue gracias a mi
interés por los sobres por lo que cogí a un espía. Un auténtico espía.
—¿En
1953? —preguntó Avalon, frunciendo el ceño de repente—. No me diga que usted
era uno de los jóvenes que trabajaban para el senador Joseph McCarthy.
—¿Quién?
¿Yo? —se extrañó MacShannon, atónito ante la sugerencia—. ¡Nunca! Nunca me
gustó McCarthy en absoluto. Naturalmente… —meditó el asunto durante un
momento—, él convirtió a la nación en atenta al espionaje y a la traición y eso
no pudo dejar de afectarme, supongo. Uno no puede evitar pensar en esa
dirección incluso si desaprueba las tácticas de McCarthy, como yo.
—Paranoia
nacional, le llamo yo —dijo Rubin, muy serio.
—Quizás
—admitió MacShannon—; pero, en todo caso, le llame como le llame, supongo que
eso es lo que metió todo el melodrama en mi mente. En una época más tranquila,
menos frenética, yo habría visto aquel sobre y no le habría concedido ni un
pensamiento.
—Háblenos
de ello —pidió Rubin.
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—Lo
haré si lo desea. Después de treinta y seis años, no puede ser delicado.
Además, no conozco los detalles, sólo el bosquejo general. Yo estaba comenzando
en el mundo, había acabado mi grado de ingeniería, tenía un pequeño trabajo,
estaba viviendo por mi cuenta por primera vez. Contaba veinticuatro años y
estaba todavía un poco inseguro de mí mismo.
»Había
otra persona que vivía al otro lado del vestíbulo de mi casa… Se apellidaba
Benham. No recuerdo su nombre. Tenía unos treinta años, creo, y yo lo veía a
veces saliendo o entrando. Era un mal encarado, creo que saben lo que quiero
decir, un sujeto poco amistoso que nunca me saludaba. Yo le dije hola una vez o
dos, al pasar; pero él me hacía un gesto con la cabeza, lo más seco posible, y
me dejaba helado con su expresión. Llegó a serme muy desagradable, desde luego
y, dado que yo, en aquellos días, era un gran lector de narraciones
espeluznantes, me hice fantasías sobre que tenía algo de malvado…, que era un
criminal, un asesino a sueldo y, más que nada, un espía.
»Entonces,
un día, mientras los dos estábamos esperando el ascensor para que nos llevara a
nuestros apartamentos del piso octavo, rasgó un sobre que llevaba, y que yo
pensé que acababa de coger de su buzón. Yo había mirado el mío antes y estaba
vacío, como lo estaba casi siempre por aquella época, excepto cuando mi madre
me escribía. Observaba a mi vecino por el rabillo del ojo, en parte por vigilar
a alguien sobre quien yo estaba fantaseando que era un villano misterioso; en
parte porque envidiaba a cualquiera que recibiese una carta, y en parte,
también, porque nunca superé del todo mi fascinación infantil por los sobres.
»Después
de haberlo rasgado para abrirlo, extrajo la carta, la desplegó, la leyó sin la
más mínima expresión en su cara; luego, la arrugó y la tiró a la papelera que
había junto a los ascensores del vestíbulo. Después, todavía sin ninguna
expresión, colocó el sobre vacío dentro del bolsillo interior de su chaqueta.
Lo hizo con sumo cuidado, y acarició la parte delantera de la prenda como para
asegurarse de que estaba bien colocado.
Trumbull
interrumpió:
—¿Cómo
sabía que era un sobre vacío? Podía haber alguna cosa más con la carta.
Un
cheque, por ejemplo.
MacShannon
meneó la cabeza con gesto cordial.
—Ya
les he dicho que yo tenía esta actitud casi profesional en lo relativo a
sobres. Era de una clase endeble, casi transparente. Él lo había sostenido en
la mano cerca de mí mientras examinaba la carta, y yo podía asegurar que estaba
vacío. No era posible equivocarme.
—Es
extraño —observó Halsted.
—Lo
extraño de ello —continuó MacShannon— era que al principio, no pensé que era
extraño. Después de todo la gente con frecuencia desecha los sobres y guarda
las cartas, pero nunca había visto a nadie que desechara una carta y guardase
un sobre vacío. Sin embargo, no se me antojó extraño. Me dije a mí mismo:
«Vaya, está
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coleccionando
matasellos.» Y, por un momento, tuve otra vez diez años y recordé la emoción
estremecedora de la captura. Por un momento, tuve a este Benham por Un
compañero coleccionista de matasellos, y me sentí bien dispuesto hacia él.
»Quizás
estuve acertado porque si yo no hubiera tenido el pensamiento del matasellos,
podía ser que no hubiera conservado el sobre en mi mente. Pero sucedió que lo
conservé y, en el tiempo en que llegaba al piso octavo, cambié de pensamiento.
Como de costumbre, mi vecino no me había dirigido ni una palabra ni me había
echado una mirada, y mi corazón se volvió a endurecer respecto de él. No podía
ser un coleccionista de matasellos, pensé, porque los matasellos ya se habían
deteriorado más allá del punto en el que coleccionarlos podía ser provechoso.
Ya entonces, uno nunca veía un matasellos claro, excepto en el sobre
conmemorativo ocasional.
»¿Por
qué, entonces, guardaba el sobre? Me costó solamente diez segundos convertir el
asunto en un relato de espías, y lo obtuve. Él había recibido un mensaje
casual, sin significado, que cualquiera podía ver y desechar; pero el mensaje
auténtico estaba en el sobre donde nadie lo buscaría, y que él, por tanto,
guardó para estudiarlo después.
»En
el tiempo en que había estado pensando en eso, ya me hallaba en mi apartamento.
Esperé allí como medio minuto; luego, miré al vestíbulo para asegurarme de que
mi vecino no se estaba entreteniendo por allí. No lo estaba, así que volví al
ascensor, bajé al pasillo y recuperé aquella carta arrugada.
Rubin
avanzó:
—La
cual, supongo, resultó ser por completo carente de interés.
—Bien
—continuó MacShannon—, al menos parecía mostrar a Benham con una luz más
humana. La carta estaba hecha con una escritura femenina, pero en absoluto
cultivada…, unos garabatos poco legibles.
Avalon
dijo con un suspiro:
—Eso
es lo mejor que uno puede esperar en estos días de degeneración.
MacShannon
sonrió.
—Lo
creo. En cualquier caso, estudié aquella carta tan a fondo durante los días
siguientes que todavía la recuerdo treinta y seis años después. Y no es que
hubiera mucho para recordar. No tenía fecha y simplemente comenzaba: Querido
Mr. Benham, lo he pasado muy bien, y ha sido usted muy amable al prometerme
comprobar el asunto de la oportunidad de trabajo. Por favor, hágamelo saber y
gracias.
—Veo
lo que usted quiere decir —observó Halsted—. Su vecino podía tener para usted
un trato glacial; pero la mujer que le escribía creía que era un hombre amable.
Trumbull
comentó:
—Muchos
hombres esquinados se ablandan ante una joven para llegar al final
acostumbrado.
MacShannon
mostró desacuerdo.
—No
pensé en nada así. Lo que me pareció fue que la carta sonaba a tan inocente
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como
yo había pensado que tenía que ser. Todo el asunto sobre oportunidades de
trabajo y amabilidad podía ser sólo un propósito de escribir al azar, por
decirlo de alguna manera. Para mí, eso significaba que era muy probable que el
sobre fuese lo importante. La cuestión era: ¿Qué tenía que hacer yo? Estuve
agitado durante algunos días y luego, por fin, me puse en acción… Por favor,
recuerden que era joven e ingenuo en aquellos tiempos, porque, al fin me fui a
la oficina local del FBI.
Drake
sonrió y manoseó el cenicero que tenía delante.
—Usted
se arriesgó a ponerse en ridículo.
—Incluso
yo me di cuenta —reconoció MacShannon—. Recuerdo que, a medida que yo contaba
mi historia a un funcionario al parecer educadamente aburrido, me sentía más
tonto, puesto que me sonaba cada vez menos convincente en mis propios oídos.
Tenía varias cosas a mi favor, sin embargo. El senador McCarthy había logrado
que fuera imposible para cualquier agente pasar por alto ninguna historia de
espías. Después de todo, le costaría una gran bronca si dejaba escapar uno sin
tener que haberlo hecho.
—Puedo
entenderlo —intervino Halsted—. Un agente que desechara algo por equivocación
sería probablemente acusado de ser un espía él mismo, o un miembro con carnet
del partido comunista.
—Sí
—convino MacShannon—. El FBI tiene que investigar cualquier cosa que se le
lleve, incluso en épocas fáciles. Imagínese en la cumbre de la manía de
McCarthy… Luego, también, resultó que Benham, este vecino mío, tenía un puesto
en la industria de videojuegos y estaba en situación de conocer unas pocas
cosas que el Pentágono deseaba claramente que fueran conservadas en secreto. En
realidad, fue mi comprensión final de este hecho lo que suscitó mi propio
interés por los ordenadores, de modo que en cierto modo, le debo mi carrera
presente a Benham. En cualquier caso, fui escuchado y se quedaron con la carta.
Me dieron un recibo, aunque no era mía.
—Estaba
en posesión suya —observó Rubin—, y le pertenecía, dado que su amo anterior la
había tirado y abandonado, convirtiéndola en propiedad de cualquiera que la
cogiese.
—En
cierto modo —explicó MacShannon—, entré en una asociación distante con el FBI,
porque me pidieron que vigilara a Benham e informase de cualquier otra cosa que
considerase insólita o sospechosa. Esto me convirtió en un espía vulgar; lo
cual, mirando hacia atrás, hace que me sienta un poco incómodo; pero yo tenía
el convencimiento de que se trataba de un agente enemigo, y era un poco
romántico en aquel entonces.
—Y
usted podía haber sido contagiado por la época —opinó Avalon.
—No
me sorprendería —asintió MacShannon—. En aquel momento, naturalmente, no sabía
de cierto lo que estaba haciendo el FBI; pero, al final, me hice amigo del
agente con el que había hablado la primera vez, en particular cuando se fue
viendo que Benham era en verdad otra cosa distinta a la que parecía, de modo
que el
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agente
no pudo dejar de pensar en mí favorablemente.
Rubin
concluyó:
—Entonces
el sobre escondido resultó ser importante, supongo.
—Déjenme
contarles, por orden, cómo sucedieron las cosas —rogó MacShannon
—.
Investigaron la carta que les di, buscando alguna especie de clave. Lo que a mí
me parecía insignificante podía tener un sentido oculto. No pudieron encontrar
ninguno. Tampoco hallaron escritura escondida o cualquier cosa técnicamente
avanzada, y eso hizo que mi historia fuera más persuasiva, dado que yo, desde
el principio, sin duda, había insistido en la importancia del sobre.
»Tomaron
por costumbre interceptar la correspondencia de Benham y abrirla, leerla,
volverla a cerrar y enviarla de nuevo. Observé el proceso en una ocasión y me
causó una sensación horrorosa. Me pareció muy poco norteamericano. No había
modo de decir, al acabar, que la carta había sido abierta, o que se había
manipulado de algún modo, y yo, desde entonces, nunca he podido confiar del
todo en mi propio correo. ¿Quién sabe si alguien estaba estudiándolo sin mi
conocimiento?
Rubin
comentó secamente:
—Si
pensamos así, las llamadas telefónicas pueden ser escuchadas, las habitaciones
pueden ser provistas de micrófonos secretos, las conversaciones al aire libre
pueden ser oídas.
Vivimos
en un mundo falto de intimidad.
—Estoy
seguro de que tiene razón —convino MacShannon—. En cualquier caso, ellos tenían
un particular interés en cualquier carta que Benham recibiera de la joven cuyo
escrito había cogido yo. Éstas tenían sus propios puntos de interés para un
entrometido, porque, tal como finalmente mi amigo el agente me explicó, estaba
claro que había un asunto de amor que estaba brotando allí. Las cartas se iban
haciendo más apasionadas y decididas; pero las de la mujer, al menos, siempre
eran garabatos breves y continuaban mostrando que no había ninguna gran
capacidad intelectual en ellas.
Drake
sonrió.
—La
capacidad intelectual no es siempre lo que persigue un hombre. Halsted
preguntó:
—¿Cuánto
tiempo siguió la investigación?
—Meses
—respondió MacShannon—. Fue un asunto intermitente.
—Oiga
—objetó Gonzalo—, si la carta se refería a un asunto amoroso podía no ser
importante. Los agentes están en la tarea de recoger y transmitir información.
Y no van a enamorarse.
—¿Por
qué no? —exclamó Avalon sentencioso—. El amor llega cuando quiere, a veces a
las personas que menos se espera y en las situaciones más improbables. Ésta es
la razón por la cual Eros, el dios del amor, suele representarse como ciego.
—No
es eso lo que quiero decir —protestó Gonzalo—. Naturalmente que pueden
enamorarse; pero no utilizarían sus comunicaciones oficiales, si pueden
llamarse así,
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como
vehículo. Tratarían del amor en su momento, por hablar un poco a su manera,
dejarían tranquilos los mensajes importantes.
MacShannon
opinó:
—No,
si los mensajes auténticos estuvieran en el sobre. Cuanto más intrascendente
fuera la carta en sí, mejor. ¿Por qué no expresar un asunto amoroso, incluso un
asunto amoroso sincero, en la misma carta? ¿Quién pensaría en mirar los sobres
en los casos en que la carta misma parece tan importante al que la escribe y al
que la lee? Si yo no le hubiera visto conservar el primer sobre…
—Bien
—intervino Trumbull, un poco impaciente—, sigamos con ello. Tengo alguna
conexión con el contraespionaje y estoy seguro de que investigaron los sobres.
—Lo
hacían, en verdad —afirmó MacShannon—. Cada uno de ellos, tanto si eran de la
joven como si no. Al menos, el agente me dijo que lo hacían, y yo no tenía
ninguna razón para creer que mintiera. Por supuesto que yo me preguntaba, en
aquel momento, si lo que estaban haciendo era legal. Me parecía muy poco
norteamericano, tal como he dicho.
—Sin
duda era ilegal —observó Trumbull—. No tenían ninguna prueba de acción
delictiva. Conservar un sobre vacío puede parecer sorprendente, pero no es un
delito. Sin embargo, la seguridad nacional perdona multitud de pecados y hace
la vista gorda, de cuando en cuando, ante un poco de ilegalidad.
—Es
malo en principio —gruñó Rubin—. Un poco de ilegalidad conduce a mucha y en
menos de nada sería como la Gestapo.
—No
hemos llegado a eso todavía —dijo Trumbull—, y existe un rígido freno sobre
estas organizaciones.
—Sí,
cuando las cogen —comentó Rubin.
—Las
cogen lo bastante a menudo como para que se mantengan dentro de unos límites.
Vamos, Manny, dejemos continuar a MacShannon. Nos está contando que el FBI
inspeccionaba los sobres.
—En
efecto, lo hacían —afirmó MacShannon—. Despegaban los sellos para ver lo que
había debajo. Estudiaban cualquier cosa escrita que hubiera en el sobre hasta
el último detalle y sometían el papel a todas las pruebas conocidas. Incluso lo
sustituían por sobres nuevos que ellos hacían exactos a los viejos, con la
excepción de que introducían pequeños cambios sin importancia. Querían ver si
el sobre nuevo tenía algo mixtificado que redujera su mensaje a una tontería.
Drake
observó:
—Se
tomaron muchas molestias por una cosa tan endeble como el relato de usted.
—Se
lo pueden agradecer a McCarthy —aclaró MacShannon de forma escueta—.
Pero
nunca encontraron nada ni en las cartas ni en los sobres.
Rubin
intervino:
—Espere,
Mr. MacShannon, cuando usted comenzó esta historia, dijo que como resultado de
su interés por los sobres usted descubrió a un espía cabal. ¿Lo hizo o no lo
hizo?
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—Lo
hice —afirmó MacShannon con vehemencia—. Lo hice.
—¿Va
usted a decirnos —preguntó Rubin— que, como resultado de la investigación, otra
persona fue atrapada como espía?
—No,
no. Fue Benham. Benham.
—Pero
usted acaba de decir que las cartas y los sobres no mostraban nada. Lo ha
dicho, ¿no?
—Yo
no dije exactamente que no mostraban nada; lo que dije fue que él FBI no
encontró nada en la correspondencia. Sin embargo, ellos no se limitaron a eso.
Trabajaron en el otro extremo: su empleo. Inspeccionaron su carrera en el
trabajo, lo mantuvieron bajo vigilancia oculta y finalmente encontraron lo que
estaba haciendo y con quién. Llegué a la conclusión de que se había roto un
anillo importante de espías y escuché algunas palabras agradables por parte del
FBI. Nada oficial, naturalmente; pero fue la gran emoción de mi vida. Y yo
debía todo ello, en cierto modo, a haber coleccionado matasellos cuando era
muchacho.
Hubo
quizá menos satisfacción en las caras de los Viudos Negros reunidos que en la
de MacShannon.
Avalon
inquirió:
—¿Qué
pasó con la joven? ¿Con el amor de Benham? ¿También la pescaron a ella?
Por
un momento, MacShannon pareció dudar.
—No
estoy seguro del todo —reconoció—. Nunca me lo dijeron. Mi impresión, en aquel
momento, fue que había pruebas insuficientes en el expediente de ella, dado que
no sacaron nada de las cartas o los sobres… Pero ésa es la única cosa que me
preocupa. Yo cogí a Benham porque él había conservado aquel sobre. ¿Por qué no
pudieron ellos encontrar nada en los sobres? Si Benham y los demás tenían algún
sistema secreto de comunicación en el cual el FBI no logró penetrar, quién sabe
qué daño se ha hecho desde entonces por este medio.
Halsted
comentó:
—Quizás
el FBI no encontró nada en el sobre porque no había nada que encontrar allí.
Los espías no son espías todos los minutos de su vida. Quizás el asunto amoroso
era tan sólo un asunto amoroso.
El
buen humor de MacShannon, hasta entonces infalible, comenzó a evaporarse.
Tenía
un aspecto un poco sombrío cuando preguntó:
—Pero
entonces, ¿por qué conservó aquel sobre? Siempre vamos a parar a eso. No
estamos hablando de una persona corriente, sino de un espía, un espía
auténtico. ¿Por qué tendría que desechar una carta con tanta despreocupación,
de modo que cualquiera pudiese cogerla, y conservar un sobre vacío? Tiene que
haber una razón. Si existe una razón inocente que no tiene nada que ver con su
profesión, ¿cuál es?
Avalon
dijo suavemente:
—Supongo
que usted mismo nunca ha pensado que exista una razón adecuada, Mr. MacShannon.
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—Ninguna,
salvo que el sobre llevara un mensaje de alguna especie —respondió MacShannon.
—Sospecho
—dijo Rubin— que usted no ha intentado pensar en lo que hemos estado llamando
una explicación inocente, Mr. MacShannon. Quizás estaba muy satisfecho con su
teoría del mensaje.
—En
ese caso, piense usted mismo en una razón alternativa, Mr. Rubin —le pidió
MacShannon, desafiante.
—Espere
—intervino Halsted—. Mr. MacShannon no pensó al principio que fuera cosa de
espías. Primero pensó que Benham estaba coleccionando matasellos…, o
posiblemente sellos, por lo que se ve. Supongamos que aquella primerísima idea
fuera correcta.
MacShannon
observó:
—No,
no infravaloren al FBI. Yo había mencionado mi primer pensamiento y, en una
ocasión, se las arreglaron para registrar su apartamento. No había señal alguna
de manía coleccionista de ninguna clase. Ciertamente, no había ninguna
colección de sobres. Eso fue lo que me dijeron.
—Podía
usted habernos informado de eso —se quejó Rubin.
—Acabo
de hacerlo —contestó MacShannon—; pero no es importante. La probabilidad de que
guardase el sobre con propósitos coleccionistas era tan pequeña que no tenía
sentido entretenerse con ella… Pues bien, ¿ha encontrado usted alguna otra
explicación para el hecho de que conservase el sobre, Mr. Rubin? ¿O alguno de
ustedes?
Drake
sugirió:
—Podía
haber sido una acción realizada sin pensar. La gente hace cosas por costumbre,
las cosas más tontas. Su Mr. Benham quería guardar la carta y desechar el sobre
y, sin pensar, hizo lo contrario.
—No
puedo creer eso —declaró MacShannon.
—¿Por
qué no? Se llama estar distraído —comentó Drake—. Posteriormente, cuando
encontró que había conservado el sobre, pudo haber bajado para recuperar la
carta y advertir que ya no estaba.
MacShannon
opinó:
—Un
hombre cuya carrera es el espionaje, sin duda no es distraído. No duraría mucho
tiempo en ello si lo fuese. Además, sabía lo que estaba haciendo. Leyó la carta
y la arrugó al momento y la desechó. Entonces miró el sobre pensativo y lo
guardó con cuidado. Sabía muy bien lo que estaba haciendo.
—¿Está
usted seguro? —preguntó Drake—. Sucedió hace treinta y seis años. Con todos los
respetos, usted puede ser sincero recordando lo que usted quiere recordar.
—En
absoluto —se opuso MacShannon fríamente—. Era la emoción más grande de mi vida
y yo pasé mucho tiempo pensando en ello. Mi memoria es precisa.
Drake
se encogió de hombros.
—Si
usted insiste, es imposible discutir, naturalmente.
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MacShannon
observó, una tras otra, las caras que estaban alrededor de la mesa.
—Bueno…,
¿quién tiene una explicación alternativa? No era ninguna colección. Ninguna
distracción. ¿Qué más…? Y no había ninguna atadura sentimental para el que
escribía. Podía haber sido un asunto amoroso después, pero esa carta que Benham
desechó era claramente la primera que él recibía. Él acababa de conocerla. E
incluso si fue amor a primera vista, algo que él no me pareció propenso a que
le ocurriese, habría guardado la carta, no el sobre.
Hubo
silencio alrededor de la mesa, y MacShannon exclamó:
—¡Me
ha preocupado este tema durante todos estos años! ¿Qué había en el sobre que
hizo fracasar al FBI? Tendré que seguir preguntándomelo durante el resto de mi
vida.
—Espere
—dijo Avalon—. La comunicación, si es que había alguna en realidad, podía haber
estado solamente en el primer sobre, el que conservó, y el que el FBI
presumiblemente no vio nunca. Todos los demás pueden haber sido limpios e
intrascendentes.
La
barbita de MacShannon tembló ante eso.
—Lo
dejaré a Mr. Trumbull —aclaró—. Ha dicho que estuvo relacionado con el
contraespionaje. ¿Hay algún conspirador que abandone un sistema de comunicación
una vez se ha comprobado que es bueno?
Trumbull
contestó:
—No
es una ley cósmica; pero los trucos no se abandonan con facilidad, es cierto.
Sin embargo, puede que no haya sido muy bueno a la larga. Ese sobre que
conservó pudo ser el último de una serie en la que se empleaba una técnica que
se estaba volviendo arriesgada. Podía, entonces, haber sido abandonada.
—¡Puede!
¡Puede que lo haya sido! —convino MacShannon con la voz elevándose hasta un
chillido—. Tenemos dos hechos ciertos. Aquel hombre era un espía. Aquel hombre
guardó un sobre vacío. Encontremos una explicación a por qué un espía tendría
que guardar un sobre vacío, una explicación que no sea una pura especulación.
De
nuevo hubo silencio en la mesa; MacShannon sonrió sardónico y concluyó:
—No
existe tal explicación, salvo que llevase un mensaje.
En
este momento, Henry, desde su situación junto al aparador, dijo suavemente:
—¿Puedo
ofrecerle una sugerencia?
MacShannon
se volvió ante esta entrada inesperada en la conversación y preguntó con aire
fastidiado:
—¿Qué
es lo que desea, camarero?
Gonzalo,
inmediatamente, levantó la mano en un gesto que le invitaba a detenerse.
—Henry
es miembro del club, Frank —explicó—. Se espera de él que contribuya.
—Ya
veo —aceptó MacShannon, sin que sus modales se suavizaran.
—¿Qué
es lo que usted desea decir, pues, buen hombre?
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—Solamente,
señor, que conservar un sobre vacío es algo tan normal que cualquiera de
nosotros podría hacerlo y que todos lo hemos hecho en alguna ocasión.
—Lo
niego —exclamó MacShannon.
—Considere,
señor —dijo Henry tranquilamente—, que la carta que usted sacó de la papelera,
era, tal como usted dijo, la primera que se había cruzado entre ellos. Los dos
habían salido juntos en cierto momento, o quizá como resultado de un encuentro
casual. Hablaron. Ella, le contó las dificultades de conseguir un empleo
adecuado y él se ofreció a ayudarle. Dado que él no era una persona agradable,
como se desprende de la descripción que usted hizo de él, Mr. MacShannon, él
debió sentirse atraído por ella y se esforzó en ser agradable contra su
inclinación natural. No sabemos si era joven y bonita, pero es una suposición
razonable. Ella debió haberse sentido atraída por él, también. Ciertamente la
carta expresaba gratitud y animaba a continuar la correspondencia. Ella decía:
«Por favor hágame saber lo que haya.» Y, de hecho, hubo más correspondencia y,
al parecer, no existe ninguna otra cuestión sino que finalmente comenzó entre
ellos un cierto romance. ¿Considera usted que todo esto es correcto?
—Sí
—afirmó MacShannon—. ¿Pero a qué conduce todo ello?
—Podríamos
seguir entendiendo —señaló Henry— que Mr. Benham quiso continuar la
correspondencia con una mujer que podía ser joven y bonita y que, ciertamente
estaba agradecida y bien dispuesta. Entonces usted nos contó el contenido de la
carta, Mr. MacShannon, y dijo que lo recordaba palabra por palabra. No era una
carta larga y acepto que tenga buena memoria. Era la carta de una mujer joven
agradable; pero no bien organizada, porque usted dijo que no tenía fecha y casi
todo el mundo que tenga algún sentido del orden pondría fecha en una carta.
—Sí
—asintió MacShannon—. No tenía fecha; pero todavía no capto a dónde va usted a
parar.
Henry
observó:
—Alguien
que sea lo bastante descuidado para dejar una carta sin fecha puede igualmente
haber omitido otras cosas. Usted dijo que comenzaba, sin preámbulo, con un
«Querido Mr. Benham». Supongo, pues, que no había ningún remite incluido en la
hoja de la carta.
El
gesto fruncido de MacShannon de suavizó y dijo con una nota de sorpresa:
—No,
no lo había.
—Entonces
—continuó Henry—, dado que la carta no era una carta de amor y que Benham no
era el tipo de persona, quizá, que ponga cerca de su corazón ni siquiera una
carta de amor, él la arrugó y la tiró. Sin embargo, quería contestarla y quizás
animar una relación que sospechaba que podía ser sexualmente satisfactoria. Las
personas que no ponen el remite en la misma carta a menudo lo ponen en el
sobre. Así que Mr. Benham miró el sobre, se dio cuenta de que llevaba remite, y
lo conservó para poder contestar a la joven. Sin duda, es una explicación
razonable.
Una
ola de breve aprobación barrió la mesa y Henry, ruborizándose ligeramente,
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exclamó:
—Gracias,
caballeros.
MacShannon,
claramente desconcertado, observó:
—Pero,
en ese caso, el sobre no tenía nada que ver con el espionaje de Benham. —Tal
como Mr. Halsted ha comentado antes —dijo Henry—, un espía no tiene
que
serlo en cada momento de su vida. Ha de tener intervalos de normalidad. Sin
embargo, él transgredió una regla principal de la profesión, creo.
—¿Cuál
era, Henry? —preguntó Trumbull.
—Me
parece que cualquiera que esté metido en la difícil profesión del espionaje
debe, ante todo, no llamar la atención.
No
debería haber conservado el sobre ni desechado la carta delante de un testigo.
Ni siquiera debería haberla abierto y leído en presencia de nadie…
Naturalmente, Mr. Benham, no tenía manera de saber que el joven al que siempre
ignoraba deliberadamente, había coleccionado matasellos en cierto momento y
que, por tanto, estaba sensibilizado respecto de los sobres.
Post
Scriptum
Alguna
vez que otra, mi momento favorito para escribir historias de Viudos Negros es
cuando estoy de vacaciones. Janet y yo vamos de crucero a las Bermudas. Durante
siete días, estoy lejos de mi máquina de escribir, mi procesador de textos y mi
biblioteca de consulta. Lo que hago, bajo condiciones tan abismales, es meter,
como de matute un bloc de papel y algunos bolígrafos en mi equipaje, y entonces
escribo historias de ficción. Esta narración y la siguiente fueron escritas en
un viaje a las Bermudas, en julio de 1988, junto con una tercera historia que
no era de Viudos Negros, así que las vacaciones no fueron del todo una pérdida
de tiempo.
Por
cierto, hasta que no reuní las narraciones para formar esta colección, no me di
cuenta de que el punto central de El sobre estaba utilizado también en
Atardecer en el agua. Esto ocurre a veces, sobre todo cuando uno escribe tanto
y tan asiduamente como yo; pero me hace sentir igualmente incómodo.
Este
relato apareció por vez primera en Ellery Queen’s Mystery Magazine.
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LA
COARTADA
Durante
la hora del aperitivo que precedía al banquete de los Viudos Negros, Emmanuel
Rubin estaba de un humor suave, cosa desacostumbrada en él. Y también era
desacostumbrada su actitud pensativa… Pero se mostraba didáctico de modo
tópico.
Estaba
explicando a Geoffrey Avalon, aunque su voz era lo bastante fuerte como para
llegar a todos los rincones de la habitación:
—No
sé cuántas narraciones de misterio, o historias de suspense, como se tiende a
llamarles ahora, se han escrito; pero el número se acerca a lo astronómico. Por
supuesto, no las he leído todas. Naturalmente, el anticuado relato de enigmas
está pasado, aunque me gusta escribir alguno de cuando en cuando; pero incluso
el relato psicológico moderno en el cual el crimen se menciona sólo de pasada,
y en cambio los mecanismos internos del alma torturada del criminal ocupan
miles de palabras torturadas, puede tener sus aspectos enigmáticos. A lo que me
refiero, es a que estoy intentando imaginar una nueva clase de coartada que se
destruya de una forma nueva y me pregunto qué probabilidades tengo de inventar
alguna que no haya sido utilizada nunca. Por ingenioso que sea, ¿cómo puedo
saber que alguien, hace mucho tiempo, en algún volumen oscuro que nunca he
leído no utilizó precisamente la misma clase de ingenio? Envidio a los primeros
que cultivaron la especialidad. Casi ninguna de las cosas que inventaron había
sido utilizada antes.
Avalon
inquirió:
—¿Cuáles
son las probabilidades, Manny? Si usted no ha leído todos los relatos de
suspense que se han escrito, tampoco lo ha hecho ningún otro lector.
Simplemente invente algo. Si es una repetición de algún artilugio oscuro que
apareció en una novela publicada hace cincuenta y dos años, ¿quién lo sabrá?
Rubin
contestó en tono áspero:
—Alguien,
en algún lugar, habrá leído aquella novela temprana y me escribirá para
comunicármelo. Y lo más probable es que lo haga de un modo sarcástico.
Mario
Gonzalo, desde el otro extremo de la habitación, gritó:
—En
su caso, no tendrá importancia, Manny. Existen tantas otras cosas para criticar
en sus relatos, que probablemente nadie se preocupará de señalar que sus trucos
son viejos.
—Habla
una persona —comentó Rubin— que en toda una vida de dedicarse al retrato,
solamente ha producido caricaturas.
—La
caricatura es un arte difícil —contestó Gonzalo—, como debería usted saber, si
supiera algo de arte.
Gonzalo
estaba bosquejando al invitado de la noche con objeto de que el dibujo pudiera
añadirse a los que estaban colocados en la pared de la habitación del
restaurante «Milano», donde tenían lugar los banquetes.
Esta
vez tenía lo que parecía una tarea fácil, porque el invitado traído por Avalon,
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que
era el anfitrión de la noche, lucía una magnífica mata de pelo blanco, espeso y
algo ondulado que brillaba como la plata a la luz de la lámpara. Sus facciones
regulares y su espontánea sonrisa, que mostraba sus dientes bien alineados,
hacía ver claramente que era uno de aquellos hombres que van haciéndose más
majestuosos y agraciados con la edad. Se llamaba Leonard Koenig, y Avalon lo
había presentado solamente como «mi amigo».
Koenig
observó:
—Usted
me está haciendo parecer como una estrella de cine superveterana, Mr.
Gonzalo.
—No
puede engañar al ojo de un artista, Mr. Koenig —repuso Gonzalo—. ¿Lo es usted,
por casualidad?
—No
—contestó Koenig sin más explicaciones.
Rubin
se rió.
—Mario
tiene razón, Mr. Koenig —afirmó Rubin—. Usted no puede engañar al ojo de un
artista.
Con
eso la conversación se hizo más general, interrumpiéndose temporalmente sólo
cuando la suave voz de aquel incomparable camarero, Henry, anunció:
—Por
favor, tomen asiento, caballeros. La cena se está sirviendo.
Todos
se sentaron para tomar su sopa de tortuga, la cual Roger Halsted, como gourmet
del club, probó con cuidado antes de darle la bendición de una amplia sonrisa.
A la
hora del brandy, Thomas Trumbull, cuyo cabello blanco muy rizado perdía
categoría de algún modo, frente al del invitado, más brillante y suave, asumió
la tarea del interrogatorio.
—Mr.
Koenig, ¿a qué se dedica usted? —preguntó.
Koenig
le dirigió una amplia sonrisa y luego dijo:
—A
la vista de los problemas de Mr. Rubin con la invención de coartadas, supongo
que puedo fácilmente explicar mi ocupación y revelarles que, en mi época, fui
un rompedor de coartadas.
—Su
profesión no ha sido anunciada por Jeff —observó Trumbull—. ¿Puedo suponer,
pues, que pertenece usted a las fuerzas de la Policía?
—No
del todo. No estoy en una fuerza ordinaria de Policía. Me encuentro en el
contraespionaje; o, para decirlo con más exactitud, me encontraba. Me retiré
pronto y me pasé a la abogacía, que es como conocí a Jeff Avalon. Las cejas de
Trumbull se alzaron de modo brusco.
—¿Contraespionaje?
Koenig
volvió a sonreír.
—He
leído en su mente, Mr. Trumbull. Conozco su situación con el Gobierno y usted
se está preguntando por qué no sabe mi nombre. Le aseguro que soy un
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elemento
menor y que, excepto en una ocasión, nunca hice nada notable. Además, como
sabe, no entra en la política del departamento hacer públicos los nombres de
sus miembros. Realizamos mejor nuestro trabajo en la oscuridad. Y, como he
dicho, me retiré pronto. En cualquier caso, he sido olvidado.
Gonzalo
preguntó con avidez:
—Esa
coartada que rompió usted, ¿cómo lo hizo?
—Es
una larga historia —respondió Koenig— y no es ninguna cosa de la que debiera
hablar con detalle.
—Puede
usted confiar en nosotros —le aseguró Gonzalo—. Nada de lo que se diga en
ninguna reunión de los Viudos Negros es mencionado jamás fuera de ella. Eso
incluye a nuestro camarero, Henry, que también es miembro del club. Tom,
explíqueselo.
—Bien,
es verdad —corroboró Trumbull de mala gana—. Todos nosotros somos
modelos
de discreción. A pesar de ello, no puedo presionarle a usted para que hable
de
asuntos de los que no debería hablar.
Avalon
frunció los labios, pensativo:
—No
estoy seguro de que podamos tomar esa actitud, Tom. Las condiciones del
banquete son que el invitado debe contestar a todas las preguntas y confiar en
nuestra discreción.
Gonzalo
intervino:
—Verá,
Mr. Koenig, usted puede omitir cualquier cosa que crea que es demasiado
delicada para hablar de ella. Describa sólo la coartada y no nos explique cómo
la rompió. Nosotros la romperemos por usted.
James
Drake se rió.
—No
haga promesas precipitadas, Mario.
—Podemos
intentarlo —decidió Gonzalo.
Koenig
dijo, pensativo:
—¿Quiere
decir que desean convertir esto en un juego?
—¿Por
qué no, Mr. Koenig? —respondió Gonzalo—. Y Tom Trumbull puede descalificarse a
sí mismo si resulta que recuerda el caso.
—Dudo
de que sea así. Todo el asunto consistía en «buscar más información» y él no
formaba parte de la misma organización que yo. —Koenig hizo una pausa para
pensar durante un momento—. Supongo que es posible transformarlo en juego; pero
esto sucedió hace casi treinta años. Espero recordar todos los detalles.
Se
aclaró la garganta y empezó.
—Es
interesante —comentó Koenig— que Mr. Rubin mencionara los relatos que hablan de
la psicología del criminal, porque, en mi antiguo trabajo, había muchas cosas
que dependían de la psicología del espía. Había gente que traicionaba a su país
por dinero, o por rencor, o por apasionamiento sexual. Estas personas son
fáciles de
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manejar
porque, en cierto modo, no tienen un fuerte apuntalamiento de convicción y, si
se las coge, aflojan con facilidad.
—La
codicia es lo que cuenta —señaló Halsted vivamente—, y uno no tiene que ser un
espía. El político corrupto, el hombre de negocios que engaña al fisco, el
industrial que defrauda a las Fuerzas Armadas con precios exagerados y trabajos
de mala calidad, pueden hacer tanto daño al país como un espía.
—Sí
—convino Rubin—; pero estos tipos irán pregonando su patriotismo por todo el
país. Pueden robar al Gobierno y a la gente; y, mientras cuelguen la bandera en
el Memorial Day y denigren a los extranjeros y a cualquiera que esté a la
izquierda de Genghis Khan, serán grandes tipos.
—Ésa
es la razón —señaló Avalon— por la que Samuel Johnson señaló que el patriotismo
era el último refugio del granuja.
—Sin
duda —asintió Koenig—. Pero nos estamos desviando del tema. Iba a decir que
también existen espías que hacen su trabajo por un sentimiento ideológico
fuerte. Pueden hacerlo por admiración hacia los ideales de otra nación, o
porque sienten que están sirviendo a la causa de la paz mundial o que, de
alguna otra manera, se están comportando con nobleza ante sus propios ojos. No
podemos realmente quejarnos de eso, porque hay gente en países extranjeros que
trabajan para nosotros por razones idealistas similares. De hecho, tenemos más
colaboradores de ésos que nuestros enemigos. En cualquier caso, estos ideólogos
son los espías realmente peligrosos, porque hacen planes más cuidadosos, están
deseosos de asumir riesgos mayores y son mucho más resueltos cuando los cogen.
Un hombre de esa clase era Stephen. Dense cuenta de que estoy utilizando sólo
su nombre, y Stephen tampoco es su nombre de verdad.
—Stephen
vivía una vida tranquila —dijo Koenig—; no atraía la atención. No cometió el
error de intentar cubrir sus verdaderos propósitos mediante una falsa profesión
de patriotismo. Lo que ocurría era que, por su trabajo y circunstancia, tenía a
su disposición muchos asuntos que no queríamos que el enemigo alcanzara. Sin
embargo, hay muchísima gente que conoce cosas que sería mejor que fueran
confidenciales, y la gran mayoría son personas dignas de confianza. No existe
ninguna razón para suponer que Stephen no era tan de fiar como cualquiera de
ellos.
»Sin
embargo, había ciertos datos que el enemigo desearía conocer de modo
particular, datos a los cuales tenía acceso Stephen. Él podía con facilidad
pasárselos al enemigo; pero, si lo hacía, las circunstancias eran tales que, en
seguida se convertiría en sospechoso. Pues llevaría a una certeza moral de que
él era el culpable. Sin embargo, era tanta la importancia de la información,
que él tenía que obtenerla.
»Observen,
a propósito, que yo no les cuento nada en absoluto acerca de la naturaleza de
los datos en cuestión, acerca del modo en el cual él tenía acceso a ellos, o la
manera que tenía de hacer la transferencia. Todo eso carece de importancia para
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el
pequeño juego que estamos haciendo. Ahora déjenme intentar ponerme en el lugar
de Stephen…
ȃl
sabía que tenía que realizar una tarea y que instantáneamente resultaría
sospechoso, muy sospechoso. Creyó que debía protegerse a sí mismo de algún
modo. No era tanto por temor a la prisión, puesto que podía ser canjeado.
Tampoco, me imagino, temía a la muerte, dado que las circunstancias de su vida
eran tales que debía saber que vivía con la posibilidad de la muerte, incluso
de una muerte desagradable.
»Sin
embargo, como patriota, pues supongo que él se consideraba como tal, no quería
ser cogido, porque sabía que no podría ser remplazado con facilidad. Además, si
podía de alguna manera ser absuelto de sospecha, nuestro departamento tendría
que mirar por otro lado. Eso desperdiciaría nuestras energías y colocaría bajo
sospecha a muchas personas inocentes, todo lo cual redundaría en desventaja
nuestra.
»¿Pero
cómo podía evitar ser cogido cuando él era, por necesidad, el evidente
culpable? Estaba claro que tendría que estar en dos lugares…, en la ciudad,
donde podría continuar su tarea, y al mismo tiempo en un lugar lejano, de modo
que pareciera que no podía tener nada que ver con la tarea aquella. La única
manera de conseguirlo era que hubiera dos personas.
»Aquí
está el modo en que lo arregló, como por fin averiguaremos. El país para el
cual trabajaba Stephen proporcionó un sosias a quien podemos llamar Stephen
Dos. Imagino que si Stephen y Stephen Dos estuvieran juntos, sería fácil
distinguirlos; pero si alguien veía a Stephen Dos y luego, al cabo de unos
cuantos días, al mismo Stephen, creería que había visto a la misma persona.
»También
sería lógico suponer que la semejanza de Stephen Dos con Stephen fue reforzada.
Se le peinaría igual, se le dejaría el mismo bigotito, imitaría la voz de
Stephen, según las grabaciones que le proporcionaban, y haría su firma tal como
estaba registrada en documentos. Incluso habría aprendido a hacer uso de
algunas de las expresiones favoritas de Stephen. Naturalmente, tendría que ser
alguien que hablase inglés y entendiera la cultura igual que lo hacía Stephen.
»Todo
esto debió requerir tiempo y esfuerzo considerables; pero eso demuestra la
importancia de lo que el enemigo pretendía.
»Nosotros
acabamos reconstruyendo lo que hizo Stephen y estamos convencidos de que la
reconstrucción es, en esencia, correcta. A medida que se acercaba el momento,
Stephen hizo que se supiese de un modo casual, como parecía adecuado, que él se
iría a las Bermudas para pasar una semana de vacaciones en un crucero. Cuando
llegó la hora, se escondió y cambió ligeramente su aspecto, de modo que no
fuera reconocido mientras efectuaba el robo y la transmisión de los datos con
toda la suavidad y tan a escondidas como le fue posible. Fue Stephen Dos,
naturalmente, quien hizo el viaje a las Bermudas.
»Ocurría
que el verdadero Stephen nunca había estado en las Bermudas y eso le resultó
útil. Haber estado allí sólo una vez justificaría que no conociera todo lo que
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había
que conocer acerca de la isla. Sin embargo, tenía que saber lo que él mismo
había hecho en la isla. Con ese propósito, había encargado a Stephen Dos que le
enviara, por medio de una simple clave y de una dirección segura de
alojamiento, una relación condensada, pero detallada, de lo que hizo y vio
allí. En particular, Stephen Dos tenía que hacer muchas cosas sin importancia
que él debería explicar con detalle, para que Stephen pudiera utilizarlas como
prueba de haber estado en las Bermudas. Una referencia casual a algo sin
importancia, podía hacer que pareciera una prueba convincente.
»Estamos
completamente seguros de que Stephen ordenó a Stephen Dos que hiciera amistad
en el barco con alguna mujer lo bastante atractiva, y estuviera tan amable con
ella que, sin duda, le recordara…, aunque no tanto que ella pudiera detectar
alguna diferencia entre los dos Stephen.
»No
quería de ningún modo que Stephen Dos la tratase más íntimamente y comenzara un
romance. Imagino que Stephen no deseaba que le crearan una situación que
pudiera hacerle sentirse incómodo; y una mujer que imaginase que habían sido
amantes, cuando eso era algo que no podría negar sin incurrir en gran peligro
para sí mismo, representaría sin duda una molestia.
»La
semana durante la cual Stephen Dos estuvo en las Bermudas debió haber sido un
período de gran suspense para Stephen. Llevó a cabo su propia tarea, pero ¿qué
pasaría si el barco del crucero embarrancaba o si Stephen Dos caía por la borda
o tenía un accidente en las Bermudas y era hospitalizado, lisiado o incluso
muerto? O, supongamos, que a Stephen Dos se le tomaran las huellas digitales
por alguna razón o se volviera traidor (o hubiera abandonado la causa, desde
nuestro punto de vista). Cualquier cosa de este tipo habría destruido la
coartada de Stephen y hubiera causado con seguridad su encarcelamiento.
»Naturalmente,
no ocurrió nada de eso. Stephen Dos envió sus cartas como era debido, numerando
cada una de ellas de modo que Stephen pudiera estar seguro de que ninguna se
había perdido. Stephen memorizó, con cuidado todas las cartas lo mejor que
pudo.
»Finalmente,
Stephen Dos volvió de las Bermudas y, con tranquila habilidad, desapareció y se
volvió a su propio país, mientras Stephen reasumía su identidad.
»Dos
semanas después del viaje a las Bermudas, nosotros tuvimos motivo para
sospechar que los datos que había buscado Stephen habían sido interferidos. Una
rápida investigación probó el caso y el dedo de la sospecha señaló con fuerza y
sin discusión a Stephen.
»Un
grupo de los nuestros cayó sobre él.
»Stephen
era digno de admiración a su modo. Su disgusto ante la pérdida de la
información parecía totalmente sincero y admitió, afligido, que era el lógico
sospechoso, y en verdad el único.
»—Pero
—señaló con suave paciencia— yo estaba en el Island Duchess desde el día nueve
hasta el dieciséis y estuve en las Bermudas entre el once y el catorce. Si la
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pérdida
tuvo lugar durante ese período, yo, simplemente, no pude haberlo hecho. »Nos
dio muchos detalles y, naturalmente, disponía de amplia documentación en
el
sentido de que había comprado tickets, embarcado, desembarcado, pagado su
cuenta del bar y algunos otros gastos, etc. Todo parecía estar en orden. Ni
siquiera resultaba sospechoso que pudiera proporcionar todo esto si se le
pedía. Él aclaró: “Voy a desgravar parte de esto como gastos de trabajo y, por
tanto, necesitaré documentos para Hacienda.”
»Parecía
haber, entre mis compañeros, una tendencia a aceptar esto y preguntarse si
podía haber otros sospechosos, después de todo. Me mantuve alejado. Stephen
parecía, por alguna razón, demasiado suave conmigo, y yo insistí en continuar
preguntándole mientras los demás abordaban otros aspectos del caso. Ése fue mi
gran éxito como cazador de espías, naturalmente. Si yo hubiera tenido uno o dos
más así, el departamento quizá no hubiera estado tan dispuesto a dejarme
marchar cuando pedí el retiro; pero no los tuve. Ése fue mi único triunfo.
»En
una segunda entrevista, le dije: “¿Estuvo usted en el barco o en las Bermudas
en todo momento desde el embarque hasta el desembarco?” “Sí, naturalmente —
respondió—. Yo estaba a merced del barco.” “No del todo, señor”, le dije. Él
frunció un poco el ceño, como si intentase penetrar lo que yo quería decir y
entonces inquirió: “¿Quiere decir que yo podía haber volado desde el barco
hasta aquí y luego otra vez al barco y, de ese modo, haber estado aquí para
realizar el trabajo y allí para tener una coartada?” “Algo así”, contesté
sombrío. Él, entonces, me dijo: “Yo no podía entrar en un avión sin
identificarme.” Y le contesté: “Existen cosas tales como falsas
identificaciones deliberadas.” “Lo entiendo —respondió—; pero supongo que uno
puede comprobar si un helicóptero ha abandonado el barco en algún momento.
Supongo que se puede comprobar cada pasajero de cualquier vuelo entre aquí y
las Bermudas durante el tiempo en que yo estuve en la isla y ver si hay algún
pasajero sin registrar o si hay algo que no sea una persona real de mis
características.”
»No
me preocupé en decirle a Stephen que dichas comprobaciones estaban en marcha…,
y que, a la postre, no habían descubierto nada.
»Nuestras
entrevistas fueron grabadas, naturalmente, con el permiso de Stephen. Le
habíamos leído sus derechos; pero él dijo que estaba dispuesto a hablar y no
pidió ningún abogado. Era el mismísimo modelo de ciudadano inocente confiado en
su inocencia y eso bastó para levantar mis sospechas de algún modo. Él parecía
demasiado bueno para ser sincero, y demasiado confiado. Entonces comencé a
preguntarme si tendría un hermano gemelo, de modo que pudiera parecer que él
estaba en las Bermudas mientras permanecía en casa. Eso se averiguó también, y
se estableció que era hijo de un parto único y en realidad hijo único… Pero la
idea de un sosias permaneció en mi mente.
»Yo
le dije en una entrevista posterior: “¿Permaneció usted en el barco mientras
estaba en las Bermudas? ¿O en un hotel?” “En el barco”, me respondió. Y seguí
preguntándole: “¿Había estado usted alguna vez antes en las Bermudas? ¿Es usted
un
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personaje
conocido allí de algún modo?” “Era mi primer viaje a las Bermudas”, me dijo.
“¿Hay alguien que pueda testificar su presencia en el barco cada día? ¿Hay
alguien que pueda atestiguar que usted estaba en las Bermudas cuando se hallaba
fuera del barco?” Él dudó. “Yo estaba solo en el crucero —explicó—. No fui con
amigos. Después de todo, no tenía idea, no tenía ni la más mínima noción…,
¿cómo podía tenerla…?, de que tendría que probar que estaba en el barco.” Yo me
sonreí. Eso parecía demasiado ingenioso.
»“No
me irá usted a decir —argumenté— que usted era un recluso que se escondía por
los rincones sin hablar con nadie.” “No —respondió, con aspecto un poco
incómodo—. En realidad yo era bastante amable, pero no puedo garantizar que
ninguna de las personas con las que me relacioné casualmente pueda recordarme.
Excepto…” “¡Siga! —le presioné—. ¿Cuál es la excepción?”
»“Había
cierta joven con la cual hice amistad al principio del crucero. Se convirtió en
mi compañera constante para decirlo de algún modo, en las comidas del barco y
durante gran parte del tiempo que estuve en las Bermudas… No piense mal, Mr.
Koenig. No había nada incorrecto en aquella relación. No estoy casado; pero,
aunque lo estuviera, era solamente una amistad casual. Creo que ella podría
recordarme. Bailamos en el barco, y en las Bermudas visitamos el acuario,
fuimos juntos en el barco de fondo de cristal, hicimos excursiones, comimos en
el Princess Hotel. Cosas así. Ella fue a la playa sola, sin embargo, porque yo
tengo tendencia a evitar el sol.”
»“¿La
vio usted cada día?”, le pregunté. Él pensó durante un momento y repuso: “Sí,
cada día. No durante todo el día, naturalmente. Y tampoco por la noche. Ella
nunca estuvo en mi habitación ni yo jamás en la suya.” “No nos preocupa su
moral, señor”, le dije. “Estoy seguro de ello —contestó—; pero no quiero decir
nada que pudiera influir desfavorablemente en la moral de ella.” “Es usted muy
considerado — comenté—. ¿Cómo se llamaba la joven?” “Artemis.”
»“¿Artemis?”,
pregunté un tanto incrédulo. “Ése es el nombre que ella me dijo, y así es como
oí que los demás la llamaban. Era una mujer muy bonita, que estaba a principios
de sus treinta años, diría yo, con cabello rubio oscuro y ojos azules. Medía
alrededor de un metro sesenta y cuatro.”
»“¿Y
cuál era su apellido?”, le pregunté. Él dudó. “No recuerdo —dijo—. Puede que
ella ni siquiera lo mencionase. Estábamos a bordo, ya sabe, todo era muy
informal. Ella me llamaba Stephen. No creo que yo mencionara ninguna vez mi
apellido.” “¿Y su dirección?” “No la sé. Ella hablaba como si fuera de Nueva
York; pero no lo sé. Siempre se puede ir a mirar los registros del barco en
aquella semana. Estaría en la lista y yo diría que las posibilidades de que
haya dos Artemis son casi nulas. Seguramente tendrán su apellido y la dirección
de su casa.”
»Cerré
el aparato de grabar al oír eso y le advertí que, tal como se había acordado,
él continuaría confinado en su apartamento durante el curso del interrogatorio;
pero que se le llevaría cualquier cosa que necesitara y se le harían los
recados que fueran
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razonables.
»Yo
estaba decidido a probar, si podía, que el que había estado en las Bermudas no
era Stephen, y estaba claro que, para esto necesitaría a aquella mujer.
»Se
tardó tres días en arreglar los asuntos y cada uno de ellos fue un fastidio.
Era obvio que yo no podía mantener a Stephen escondido indefinidamente, y en
cierto momento él comenzó a quejarse bastante en serio, diciendo que tendríamos
que presentar algo definitivo o dejarle marchar.
»Pero
él no presentó demanda. Continuaba siendo un ciudadano modélico y, una vez tuve
a Artemis localizada, lo organicé todo para que ella lo viera sin que él
supiera que le estaba contemplando. Ella comentó: “Ciertamente tiene el mismo
aspecto que Stephen.” Y yo propuse: “Vayamos a encontrarle, pues. Simplemente
actúe con naturalidad; pero, por favor, mantenga los ojos abiertos y hágame
saber si, por alguna razón, cree usted que no es el hombre que conoció en el
barco.”
»La
llevé a la habitación y Stephen la miró, sonrió y dijo sin dudar: “Hola,
Artemis.”
»Ella
dijo un poco vacilante: “Hola, Stephen.”
»Ella
no era una buena actriz. Lo miró con ansiedad y Stephen habría tenido que ser
mucho menos inteligente de lo que claramente era para no adivinar que ella
había recibido instrucciones y estaba intentando descubrir si él podía ser un
impostor.
»Finalmente
observó: “Ciertamente tiene el mismo aspecto que Stephen, excepto que Stephen
tenía pelitos en la parte baja de los dedos. Yo lo consideraba muy viril. No
los veo ahora.”
»A
Stephen no pareció importarle que se hablara de él en tercera persona, ni
ofenderse porque la mujer buscara una diferencia. Solamente sonrió y levantó
las manos: “El pelo está aquí.” Ella declaró: “Tendría que ser más oscuro.” Sin
embargo, no parecía muy segura acerca de ello.
»Stephen
dijo: “¿Recuerda la vez en la que yo tropecé con mis propios pies mientras
estábamos bailando y mi mano se escapó de la suya y usted dijo que era porque
eran tan suaves? Esto da a entender que usted estaba muy impresionada por mi
vello, ¿no es cierto?”
»La
cara de Artemis se iluminó. Ella se volvió hacia mí y dijo: “Sí, sucedió así.”
»“Y usted recuerda que me excusé por ser un mal bailarín y usted siguió
diciendo
que
era un buen bailarín, pero yo sabía que usted sólo se mostraba amable e
intentaba hacer que me sintiera mejor. ¿Lo recuerda, Artemis?”
»Ella
asintió con cara de felicidad. “Sí, lo recuerdo. Hola, Stephen. Me alegro de
que sea usted.”
»Stephen
exclamó: “Gracias por reconocerme, Artemis. Me habría encontrado en un apuro
considerable si no lo hubiera hecho.”
»Yo
interrumpí, con algo de irritación, supongo: “Espere, Miss Cataldo. No se
precipite a sacar conclusiones.”
ȃl
intervino: “¿Es ése su apellido, Artemis? Me lo preguntaron, pero yo no lo
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sabía.
Nunca me lo dijo.”
»Yo
le hice un gesto de que se detuviera y continué: “Hágale algunas preguntas,
Miss Cataldo; cosas pequeñas que él tenga que acertar.”
»Artemis
se ruborizó: “¿Me besó alguna vez, Stephen?”
»Stephen
pareció un poco incómodo: “Lo hice una vez… solamente una vez. En el taxi,
Artemis. ¿Recuerda?”
»No
le di a la mujer ocasión de contestar. Dije ásperamente: “Vaya a los detalles,
Stephen. Y sin vacilar.”
ȃl
se encogió de hombros: “Estábamos en el taxi que nos llevaba a un lugar llamado
Spittal Pond, un refugio de aves que Artemis deseaba ver. Artemis me riñó
porque expresé lo agradable que era estar con una mujer joven que desease ver
refugios de aves y no clubes nocturnos, y ella dijo que a la semana siguiente
yo la habría olvidado por completo y ni siquiera recordaría su nombre. Así que
protesté galantemente: ‘¿Qué dice? ¿Olvidar a Artemis, la casta cazadora?’ Yo
pasé la mano por delante de ella y escribí el nombre en la ventanilla del coche
a la izquierda. Era un día húmedo y había una delgada película de vaho sobre el
cristal.”
»“¿Dónde
entra el beso?”, pregunté. Y él contestó: “Bien yo estaba sentado a la derecha
y me incliné por delante de su pecho con el brazo derecho para escribir su
nombre. Mi brazo izquierdo estaba en el respaldo del asiento.” Él me mostró
cómo estaba, estirando su brazo izquierdo detrás de un compañero imaginario y
luego empujando su mano derecha por delante de él de modo que sus brazos casi
encerraban a aquel compañero. Continuó: “Había acabado de escribir el nombre de
ella, cuando el taxi dio un bandazo, por alguna razón. Mi codo casi tropezó con
la cabeza del conductor, así que yo agarré el hombro de Artemis para mantenerme
firme, por puro reflejo, y quedé abrazándola.” Él todavía estaba haciendo
demostraciones. “Encontré la posición tan irresistible que la besé. Solamente
en la mejilla, siento decir.”
»Yo
miré a la mujer. “¿Qué?”
»Sus
ojos estaban brillando y ella afirmó: “Así fue exactamente como sucedió. Mr.
Koenig. Éste es Stephen, de acuerdo. No hay duda acerca de ello. —Y añadió con
énfasis—: Identifico a este hombre como el hombre del barco y de las Bermudas.”
»Stephen
sonrió con un toque de triunfo, según me pareció, y yo dije: “Muy bien, puede
marcharse, Miss Cataldo.”
»Y
eso fue todo.
Koenig
dejó de hablar y miró a los Viudos Negros con las cejas levantadas.
Gonzalo
explotó:
—¿Eso
es todo? Pensaba que usted rompió la coartada.
—Lo
hice, sí. Pero ustedes querían sólo que yo les hablara de la coartada. Y ahora
les toca romperla.
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—¿Y
usted no se ha dejado nada?
—Nada
esencial —respondió Koenig.
Avalon
se aclaró la garganta y observó:
—Supongo
que usted encontró a Stephen Dos. Eso rompería la coartada.
—Sí
que lo hubiera hecho —asintió Koenig alegre—; pero nosotros nunca pudimos
encontrar a Stephen Dos, lamento decirlo.
Halsted
inquirió:
—¿Es
posible que Miss como se llamase fuera pagada? ¿Que estuviera mintiendo?
—Si
era así —respondió Koenig—, nosotros no encontramos ninguna prueba que lo
respaldase. En cualquier caso, la coartada fue rota completamente aparte de
cualquier cosa que ella dijera o dejase de decir… ¿Alguno de ustedes,
caballeros, ha visitado alguna vez las Bermudas?
Hubo
un silencio general y por fin Gonzalo respondió:
—Me
llevaron allí cuando tenía cuatro años o algo así. No recuerdo nada.
Trumbull
preguntó:
—¿Está
usted insinuando que Stephen equivocó algunos de los lugares de las Bermudas?
¿Ocurrió que no había ningún refugio de aves de la clase que mencionó o ningún
«Princess Hotel» o algo así?
—No,
citó correctamente todos los lugares. No hubo ninguna equivocación que
pudiéramos encontrar en cuanto se refería a la geografía o las vistas del
lugar.
Hubo
silencio de nuevo y Drake por fin preguntó:
—Henry,
¿hay alguna cosa en eso que le choque como pista aprovechable? Henry, que
estaba precisamente volviendo del estante de libros de consulta,
comentó
pensativo:
—No
puedo hablar con conocimiento de primera mano, porque yo tampoco he estado
nunca en las Bermudas; pero es posible que lo que Mr. Stephen contó, pudiera
probar que él tampoco estuvo nunca en las Bermudas.
Drake
inquirió con sorpresa:
—¿Por
qué? ¿Qué es lo que dijo?
Henry
explicó:
—Mr.
Koenig terminó su relato con la descripción del beso en el taxi, así que yo
pensé que algo en aquella explicación rompía la coartada. Las Bermudas son una
colonia de la Corona británica y me llama la atención que pueda seguir la
costumbre inglesa en cuanto se refiere a tráfico. Acabo de comprobar la
Enciclopedia Columbia en el estante de consulta y no dice nada de eso; pero es
una posibilidad.
»Sí,
en las Bermudas el tráfico va por la izquierda, como en Gran Bretaña. Los
coches deben tener el volante, y por tanto el conductor, en el lado derecho del
asiento delantero, como en Gran Bretaña. Mientras que en los Estados Unidos,
con el tráfico a la derecha, el volante y el conductor están a la izquierda. Si
Mr. Stephen estaba sentado a la derecha de la joven y pasándole la mano por
delante para escribir su
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nombre
en la ventanilla izquierda, tal como explicó, difícilmente podía haber estado a
punto de tocar al conductor cuando el taxi dio un bandazo. El conductor habría
estado en el otro lado.
»Yo
supongo que Stephen Dos le habló a Stephen del incidente del beso; pero olvidó
mencionarle el tema del volante o del conductor, dándolo por sabido. Mr.
Stephen añadió el asunto del conductor para darle más verosimilitud al relato,
y ése fue su gran error. Porque, sin duda, Mr. Koenig se dio cuenta de ello en
seguida.
Koenig
se arrellanó en la silla y sonrió con admiración:
—Eso
está muy bien, Henry.
—No,
en absoluto. El mérito es de usted, Mr. Koenig —protestó Henry—. Yo sabía que
usted había roto la coartada; sabía que lo había hecho por medio de un
razonamiento lógico; y sabía que este razonamiento tenía que deducirse de los
hechos que usted nos daba. Usted, al romper la coartada, no tenía la ventaja de
ese conocimiento especial.
Post
Scriptum
La
influencia de que yo haya pasado mis vacaciones en las Bermudas (ver el post
scriptum anterior) se muestra claramente en este relato.
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LA
RECETA
Roger
Halsted susurró a Geoffrey Avalon:
—Él
es mi fontanero.
Avalon
lo miró durante unos momentos, más con incredulidad que con desaprobación.
—¿Su
fontanero?
—Lo
era, más bien. Está retirado y se ha trasladado a los suburbios. Es un buen
tipo, y si se le quiere juzgar por los criterios usuales norteamericanos acerca
del éxito, siempre ha hecho mucho más dinero que yo.
—No
me sorprende en absoluto —respondió Avalon—. Un maestro fontanero… —Él lo era.
Y yo simplemente enseño álgebra en una escuela media. No hay
comparación.
Pero ya sabe, Jeff, nosotros siempre tenemos a intelectuales como invitados en
estos banquetes de los Viudos Negros, y pensé que sería refrescante contar con
alguien que trabaje con las manos.
Avalon
dijo, con poco convencimiento:
—Está
lejos de mí el abandonarme al esnobismo social, Roger; pero puede ser que él
pueda encontrarnos incómodos a nosotros.
—Nunca
se sabe… Y puede darnos una oportunidad de averiguar cosas acerca de
fontanería.
En
otra parte de la habitación, Thomas Trumbull daba cuenta de su whisky con soda
y añadió:
—Acabo
de leer The Third Bullet de John Dickson Carr, Jim.
James
Drake miró de soslayo a Trumbull y comentó:
—Esto
es una antigualla.
—Tiene
medio siglo de antigüedad, según la ficha del copyright. Yo lo leí hace unas
décadas; pero no lo recuerdo lo bastante como para no volver a entretenerme. Es
una de esas historias de misterio de habitaciones cerradas, ya sabe.
—Lo
sé. Era la especialidad de Carr. Nadie lo hizo con tanta coherencia o tan bien
como él.
—Sin
embargo… —Trumbull meneó la cabeza—. Algo me dejó preocupado. Emmanuel Rubin
había gravitado hacia la pareja al oír la primera mención de
misterio
y comentó:
—Déjeme
adivinar lo que le preocupa, Tom. Carr es magnífico, pero tiene sus defectos.
En cierto modo sus escritos tienden a ser demasiado dramáticos, de modo que el
lector no deja de percibir, con cierta incomodidad, que está leyendo una obra
de ficción. Luego, cuando Carr finalmente llega a la solución, ha inventado una
que al menos requiere veinte páginas. Y lo que es más, es tan intrincado que el
lector no puede seguirlo sin leerlo varias veces, cosa que nunca hace. Y eso
significa que todo resulta poco convincente.
—Ahí
está la cuestión —afirmó Trumbull—. En ese último detalle. No es
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convincente.
Un relato de misterio de habitaciones cerradas normalmente está tan torturado
en su construcción y en su solución que uno no puede aceptarlo. Quiero decir,
¿ha habido alguna vez una historia de misterio de habitaciones cerradas en la
vida real? Lo dudo.
Drake
sugirió:
—Tendríamos
que preguntar a alguien que sea un conocedor de los misterios de la vida real.
¿Manny?
—No
me miren a mí. Yo me limito a la ficción. Nunca he intentado escribir un relato
de misterio de puertas cerradas porque, francamente, creo que Carr acabó con el
mercado. No puedo decidirme a inventar una nueva variación.
Mario
Gonzalo se unió al grupo en ese momento y afirmó:
—Esto
me recuerda un juego que ustedes pueden probar de cuando en cuando. Se llama:
«Cuál es el… más grande que no sea el de…»
—¿Qué
quiere decir eso? —preguntó Rubin con suspicacia—. Suponiendo que usted lo
sepa.
—Es
fácil. Se trata de hacer una pregunta como, ¿cuál es la tragedia más grande de
la época isabelina que no sea de Shakespeare?
—La
respuesta normal a eso —respondió Rubin—, es La duquesa de Malfi, de Webster,
aunque a mí nunca me ha gustado.
—Muy
bien. ¿Cuál es el mejor vals que no sea de Johann Strauss? —El vals de La Viuda
Alegre de Franz Lehár, diría yo —afirmó Rubin. —¿Y qué pasa con el vals de Los
patinadores? —inquirió Gonzalo. —Es cuestión de gusto —opinó Rubin.
—¿Cuál
es la ópera cómica más grande que no haya sido escrita por Gilbert y Sullivan?
—¿Y
que les parece El Murciélago de Strauss? —preguntó Rubin.
—¿O
cualquier cosa de Offenbach? —sugirió Drake.
—Y
ahora —concluyó Gonzalo—, ¿cuál es la historia de misterio de habitaciones
cerradas más importante que no esté escrita por John Dickson Carr?
Hubo
un tremendo silencio, seguido por el comienzo de charla de tres personas a la
vez y otras que se juntaban al grupo. En medio de la cháchara creciente, Henry,
el imperturbable camarero, anunció que la cena estaba servida.
El
invitado de Halsted, el fontanero, era Myron Dynast. Su proceso de
envejecimiento no había sido muy benévolo. La mayor parte de su cabello había
desaparecido, tenía bolsas bajo los ojos, un cuello arrugado y una barriga
pronunciada. Sus ojos, sin embargo, eran vivos; su voz no era áspera y su
vocabulario era razonablemente bueno. Avalon, en consecuencia, comentó por lo
bajo a Halsted:
—No
parece un fontanero.
Halsted
contestó:
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—Lo
que usted quiere decir, Jeff, es que él no se parece al estereotipo mental de
fontanero que tiene usted.
Avalon
se irguió totalmente y bajó sus cejas formidables, para dirigir a Halsted una
mirada ofendida. Pero luego, se lo pensó mejor y dijo con suavidad:
—Quizá
tenga razón, Roger.
Dynast,
sin embargo, no habló mucho. Ya fuera porque se sintiese confundido al
encontrarse en compañía de intelectuales, o porque sólo estaba interesado en
los temas de conversación que animaban la comida, permaneció callado durante
casi todo el tiempo, con sus ojos rápidos echando flechas de un orador a otro.
Finalmente,
a la hora del brandy, Halsted golpeó su vaso de agua con la cuchara y dijo:
—Jeff,
¿nos hará los honores respecto a su invitado?
—Tendré
mucho gusto —contestó Avalon.
Con
una cortesía algo exagerada, se volvió a Dynast y le explicó:
—Es
costumbre, en estos banquetes nuestros, comenzar por solicitar a nuestro
invitado que explique a qué se dedica. Mr. Dynast, ¿a qué se dedica usted? Con
otras palabras…
—No
necesito otras palabras, Mr. Avalon —respondió Dynast—. Ser un buen fontanero
es toda la dedicación que necesito. ¿Ha habido alguien que se haya levantado a
media noche y se haya dado cuenta de que, de repente, necesitaba un físico
nuclear revolucionario? Piense en todas las emergencias en las cuales uno se
sentiría mucho más feliz si tuviera en la puerta de al lado a un fontanero como
yo, en vez de un profesor como…, como…
—Como
cualquiera de nosotros —concluyó Avalon, y se aclaró la garganta—. Usted tiene
razón, Mr. Dynast. Acepto su respuesta. Dígame, ¿durante cuánto tiempo ha sido
usted fontanero?
Dynast
de repente pareció lleno de ansiedad.
—¿Va
a consistir en esto? ¿Van ustedes a hacerme preguntas sobre toda la fontanería?
—Es
posible que lo hagamos, Mr. Dynast.
Halsted
interrumpió con su voz suave:
—Ya
le he explicado, Mike, que las condiciones del banquete son que usted debe
contestar a todas las preguntas que se le dirijan.
—Lo
haré, Rog; pero tengo algo más interesante que contar…, si me dejan. Avalon
hizo una pausa, se quedó pensativo durante un momento y luego
continuó:
—No
tenemos ninguna intención de estorbarle demasiado, Mr. Dynast. Usted puede
decirnos qué es lo que desea explicar; pero si volvemos al tema de la
fontanería, usted debe aceptarlo. Esto es…
—Sé
lo que quiere decir, Mr. Avalon, y me parece muy bien —respondió—. Lo que yo
quiero decir es que antes del banquete he oído que hablaban de relatos de
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misterio
de habitaciones cerradas. Decían que no sabían si una historia de misterio de
habitaciones cerradas podía suceder en la vida real. La cosa es que yo tengo
una.
Esto
llevó a la mesa a un momento glacial de inmovilidad. Incluso Henry, que estaba
callado y recogiendo, eficiente, los últimos restos del banquete, levantó la
vista con sorpresa pensativa.
Finalmente
Trumbull preguntó con un tono que era casi susurrante:
—¿Quiere
decir que ha oído hablar de alguna, o que usted ha tenido alguna experiencia en
ese sentido? ¿Se ha visto usted metido en una historia de ésas?
—Yo
no. Mi esposa. Ella lo estuvo.
Mario
Gonzalo, al otro extremo de la mesa, se estaba inclinando hacia delante en su
silla, con expresión de morboso regocijo.
—Espere
un poco, Mr. Dynast. ¿Va usted a decirnos que había una habitación cerrada y
que alguien apareció muerto dentro, que no fue un suicidio, que no había ningún
asesino dentro y que su esposa estuvo allí y lo conoce todo acerca del asunto?
Dynast
pareció horrorizado al oír esto.
—¿Asesinato?
No estoy hablando de asesinato. Dios mío, no hubo ningún asesinato. Nada de
eso.
Gonzalo
se desinfló visiblemente.
—¿Entonces,
de qué está hablando?
Dynast
explicó:
—Había
una habitación que estaba cerrada. Y sucedió algo que no podía suceder, eso es
todo. Y eso implicó a mi esposa. No tiene que ser un asesinato para tratarse de
un misterio en una habitación cerrada, ¿no?
Avalon
levantó la mano y expresó con su más profunda voz de barítono:
—Estoy
llevando a cabo el interrogatorio, caballeros, así que tengamos orden. Esto
puede ser interesante y puede que sustituya a nuestro análisis de la profesión
de fontanero, al menos de momento; pero procedamos con método.
Con
el ceño fruncido, esperó a que se hiciera silencio y luego dijo:
—Mr.
Dynast, ¿qué sucedió en la habitación cerrada, que no podía haber sucedido?
—Fue
robada una cosa.
—¿Algo
de valor?
—Para
mi esposa tenía mucho valor. ¿Puedo explicarlo? Realmente no puedo hablar
acerca de ello sin dar un poco de explicación.
Avalon
miró a los que rodeaban la mesa.
—¿Hay
alguna objeción a que escuchemos a Mr. Dynast?
Gonzalo
manifestó:
—Yo
tengo objeciones a no escucharle.
—Sí,
Mario, debería suponer que usted las tiene. Muy bien, Mr. Dynast. Pero usted
debe entender que interrumpiremos con preguntas cuando las tengamos que hacer.
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—Sin
duda. Adelante. —Se volvió a Henry, que había ocupado su lugar acostumbrado
junto al parador—. Camarero, ¿podría traerme un poco más de café?
Henry
le sirvió y Dynast comenzó su relato.
—Mi
esposa, caballeros, nació en una ciudad pequeña. Se casó conmigo cuando tenía
treinta y tres años y ocurrió que no tuvimos hijos. Pasamos unos veinte años en
la ciudad, pero ella nunca superó el hecho de ser una muchacha provinciana.
Anticuada, también. Creo que saben lo que quiero decir.
—No
estoy seguro de que lo entendamos —contestó Avalon—. ¿Qué es lo que quiere
decir?
—Quiero
decir que ella salía para acudir a actos sociales de la iglesia, a excursiones
y a toda clase de actividades de vecindario. Realmente, no podía hacer mucho
más en la ciudad, ya comprenden. Pero, una vez me retiré y nos trasladamos
fuera de la ciudad y compramos una bonita casa con algo de terreno, ella volvió
con todo su empuje a la natación. Era como si intentara ser otra vez una
muchacha. Sin niños y sin problemas de dinero, ella podía consumir todo el
tiempo con esa afición. Y yo estoy dispuesto a ello…, siempre que no me
arrastre a hacer lo mismo.
—Supongo,
pues, que usted no es un muchacho provinciano —dijo Rubin.
—Rotundamente
no. Soy un tío del asfalto de Nueva York.
—¿Y
no le aburre entonces vivir en las afueras?
—Oh,
sin duda. Pero, en primer lugar, no estoy tan lejos de la ciudad que no pueda
venir, alguna vez que otra, para llenar mis pulmones de aire sucio. A Ginny, mi
esposa, no le importa. Y además, no estoy retirado del todo. Realizo trabajos
de fontanería cuando alguien lo necesita, y eso llena una parte de mi tiempo.
Ya saben, cada trabajo de fontanería es distinto, cada uno es un reto,
especialmente si uno quiere hacerlo bien. Y la fontanería en las afueras es lo
suficientemente distinta de la de la ciudad para ser interesante. Además…
Hizo
una pausa y se sonrojó un poco.
—Además
—continuó—, Ginny ha sido una buena esposa. Ella aguantó en la ciudad cuando
las cosas, a veces, no eran tan favorables y no se quejó más de lo que tenía
que quejarse. Ahora le ha llegado su turno y ella es feliz, o era feliz, y yo
no iba a estropeárselo. Ginny se mantiene ocupada. Al no tener hijos, lo
sustituye en cierto modo al estar siempre dispuesta a cuidar niños. La mitad
del tiempo tenemos en casa chicos que corren y hacen ruido. A ella le encanta.
—¿Ya
usted le encanta? —preguntó Trumbull mirando ceñudo.
—No,
a mí no; pero es cosa suya. Ella no me pide que le ayude. No entiendo nada de
niños.
—¿Y
entiende su esposa? Si no tiene ninguno propio… —comentó Avalon. —¡Oh, Dios
mío! Ella no ha parido ninguno… Pero era la mayor de seis
hermanos.
Pasó prácticamente toda la vida hasta que se casó conmigo siendo una especie de
auxiliar de su madre. Yo tenía un solo hermano mayor y así nos quedamos. Los
niños son un libro cerrado para mí, pero no los echo de menos. Una vez
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hablamos
de adopción; pero yo estaba medio en contra y ella no me forzó.
Gonzalo
preguntó con un toque de impaciencia:
—¿Vamos
a hablar de la habitación cerrada?
—Existe
otro punto que tengo que exponer. Lo que hace popular a mi esposa en estos
actos sociales de la iglesia es que es una gran cocinera. Yo no puedo
explicarlo por mí mismo. Soy solamente un buen comedor y no sé lo que hace
especial a la comida; pero la de ella es especial, y he pasado toda mi vida
intentando no engordar a causa de ello.
Bajó
la vista hacia su abdomen con algo de pena mientras lo decía.
—Escuchen
—prosiguió—, si ella fuera una mala esposa, la toleraría por su arte de
cocinar… Pero ella es una buena esposa. Yo no digo que su cocina sea
fantasiosa. A ella no le sale la clase de comida que a uno le dan en los
restaurantes elegantes. Lo de ella es un producto sencillo, pero se derrite en
la boca. Sólo para que ustedes lo sepan: la especialidad de ella son los bollos
de arándanos. Eso no parece gran cosa porque uno puede conseguirlos en todas
partes, pero una vez se han probado los que hace Ginny, nunca se volverán a
comprar. Comparados con los suyos, todo lo demás es basura.
»Ella
tiene docenas de pequeñas cosas que hace mejor que nadie. No sé cómo. Quizá son
las especias o la manera en que las mezcla o el tiempo que pasa en cocinarlas o
quién sabe qué… Es un genio en eso, igual que yo soy bastante bueno en
fontanería. Cuando lleva sus creaciones a uno de esos actos sociales o
excursiones campestres a que va, todo el mundo se queda a su alrededor
haciéndoseles la boca agua. Y a ella le gusta. Es su pasaporte a la fama y al
éxito. Pero la cosa de la que está más orgullosa, lo que está más cerca de su
corazón, son esos bollos de arándanos.
»Nadie
puede sacarle recetas. Sólo las lleva en su cabeza, y ahí es donde las guarda.
¡En secreto! Son sus joyas de la corona. Nunca deja a nadie entrar en la cocina
cuando está cocinando, excepto a mí, porque sabe que no soy capaz de enterarme
de lo que está pasando.
Drake
intervino:
—Recuerdo
que mi madre acostumbraba a ser un poco así. Cuando la cocina es la
especialidad propia, uno no quiere que nadie le haga la competencia haciendo
uso de sus descubrimientos.
—Es
cierto —corroboró Dynast—. Pero la gente insistía en que escribiera las recetas
e hiciera un libro con ellas. Una de las damas trajo un amigo que trabajaba en
una editorial; ella habló con Ginny y le dijo que los libros de cocina daban
dinero y que un buen libro de cocina de comida sencilla podía ser una mina de
oro. También dijo que algún día Ginny se moriría y que no estaría bien que sus
secretos culinarios murieran con ella. La aduló una barbaridad y yo pude ver
que Ginny estaba empezando a pensar que la cosa tenía interés.
»Para
decirles la verdad, yo también estaba un poco a favor de esto. Me habría
gustado que ella fuera conocida ampliamente por su cocina. Yo me sentiría
orgulloso.
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Así
que la animé y ella comenzó a pensar en eso cada vez más.
»No
es que fuera fácil, ya saben. Ella hablaba acerca del tema y decía cosas como:
“Sólo cocino. Hago cosas sin ni siquiera pensar en ello. Añado y mezclo y todo
está en la punta de mis dedos, no en mi cerebro. Si me pongo a escribir una
receta, tendría que inventármela toda…” Entonces yo le dije: “Hazlo, de todos
modos. Aunque sea difícil, lo haces. Escribir cualquier clase de libro es
difícil. ¿Por qué no tendría que ser también difícil un libro de cocina?”
»Así
que comenzó a trabajar a ratos en ello. Iba guardando todas las recetas que
elaboraba en una cajita a prueba de fuego, que cerraba con una llave y me dijo:
“No puedo incluir la receta de los bollos de arándanos. Es mi secreto.” Yo
dije: “Vamos, Ginny, déjate de secretos.” Pero yo sabía lo que ella pensaba.
»Aquellos
bollos de arándanos eran la única cosa que creaba sentimientos duros contra
Ginny. Eran tan buenos y a todos los maridos les gustaban tanto, que todas las
esposas tenían envidia. Las otras cosas las podían hacer muchas de ellas
iguales de bien; pero los bollos de Ginny estaban fuera de su alcance. Existía
el gran convencimiento de que ella estaba obligada a poner la receta en el
tablón de anuncios de la iglesia, y que representaba una falta de caridad
cristiana ser tan avara respecto del tema. Pero a Ginny no la conmoverían.
»En
todo caso, ahora tienen ustedes la explicación. Un día iban a celebrar alguna
reunión en la iglesia y, cosa rara, Ginny no creyó que tuviera que asistir.
Explicó que quería permanecer en casa y trabajar con las recetas y que, además,
se encargaría de algunos de los niños más pequeños de aquellos que asistían a
la reunión para compensar el no acudir a ella. Acabó teniendo cinco chicos en
casa durante unas tres horas. Durante aquellas tres horas la casa estuvo
cerrada, incluso las ventanas, porque teníamos aire acondicionado. No había
nadie en la casa, excepto Ginny y cinco chiquillos. Así fue.
—¿Dónde
estaba usted, Mr. Dynast? —preguntó Avalon.
—En
la ciudad. Para ser sincero, diré que siempre intento estar en cualquier otro
lugar cuando hay demasiados niños. A Ginny no le importa. Supongo que está
contenta de no tenerme por allí.
Gonzalo
pregunto:
—¿Es
ésa la habitación cerrada de la que usted está hablando, Mr. Dynast? ¿Su casa
estaba cerrada sólo con su esposa y los cinco niños?
—Eso
es.
—Supongo
—dijo Avalon— que Mrs. Dynast haría muy poco trabajo con cinco niños alrededor.
—No
fue de las veces peores —informó Dynast—. Cuatro de los niños eran veteranos,
por decirlo de alguna manera, habían estado en casa muchas veces. Conocían a
Ginny y ella los conocía también. Todos tenían entre tres y cuatro años y les
había dado dulces y leche, muñecos y otros juguetes. Uno de los chavalines era
nuevo; pero era el mejor de todos. Era hijo de una prima de una de las madres
que
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venía
regularmente. La prima y su marido iban a ir a la reunión con la madre, y Ginny
se alegró de hacerse cargo del nuevo niño. Se llamaba Harold. Tendría cerca de
cinco años; se comportaba muy bien y era de buen carácter, según Ginny. Hasta
ayudó a entretener a los otros niños. Era muy hábil con ellos.
»Así
que Ginny siguió trabajando con sus recetas y, por primera vez, anotó la de los
bollos de arándanos. No le gustaba hacerlo; no le gustaba en absoluto, según
dijo. Por eso la escribió a lápiz, ligeramente, como si aquello equivaliera a
escribirlo a medias. Incluso así, ella se desanimó, porque, justo antes de que
todo hubiera terminado y se llevaran a los niños, rompió la ficha hasta dejarla
reducida a confetti.
»Así
sucedió lo que luego fue tan imposible de explicar. Ella había anotado la
receta casi al principio de su tarea de cuidar niños; la había roto cerca del
final. La receta había existido, quizá durante unas dos horas y media en
aquella casa cerrada, sin nadie dentro, excepto ella y los cinco niños y,
durante aquellas dos horas y media el texto fue robado. ¿Llamarían ustedes a
eso una historia de misterio de habitación cerrada?
Trumbull
preguntó:
—¿Fue
robada la receta? Entendí que usted había dicho que ella la rompió.
—No
dije que el trozo de papel fuera robado. La receta que estaba en él fue robada.
Al día siguiente, la receta estaba en el tablón de anuncios de la iglesia,
palabra por palabra, tal como la había escrito ella. ¡Pobre Ginny! Estaba
desolada. Desde entonces, ha sido una mujer distinta. Ya no va a hacer el libro
de cocina y no quiere tener nada que ver con la iglesia.
—¿Está
disgustada con toda la iglesia? —preguntó Gonzalo—. ¿Quién la robó? —No lo sabe
y yo tampoco lo sé. No sabemos quién la robó y no sabemos cómo
fue
robada. Si lo supiéramos, ella podría superarlo. Podría tener a alguna persona
concreta con la que enfurecerse. Podría ver que se debía a su propia falta de
cuidado. Tal como ha ido la cosa… —Meneó la cabeza—. Ésa es la razón por la que
yo me sentí tan interesado cuando alguien dijo que, en la vida real, no había
historia de misterio de habitaciones cerradas. ¿Cómo le llaman ustedes a eso?
Se
hizo un silencio y luego Rubin preguntó:
—¿Usted
estuvo fuera todo el tiempo? ¿No vio nada de eso?
—Casi
todo el tiempo, Mr. Rubin. Yo llegué a casa justo cuando la reunión se estaba
acabando. Los demás estaban alborotados llevándose a sus niños, y dándoles las
gracias a Ginny. Se hallaban la prima y su marido, padres del pequeño Harold.
Los dos eran muy bajos de estatura, poco más de metro y medio, pero simpáticos
y amables. Vi a su chico durante un momento. Me lo presentaron y él me dio la
mano como un hombrecito. Todo era contento en su más alto grado. Para entonces,
Ginny ya había roto la receta y ésta había sido robada de alguna manera.
Halsted
se arrellanó en su silla, con las manos cruzadas sobre su abdomen. —¿Qué
certeza puede tener usted, Mike, de que la casa era el equivalente de una
habitación
cerrada, de que no había ninguna ventana abierta y no existía modo de
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entrar?
Dynast
meneó la cabeza.
—Eso,
en realidad, no importa, ¿verdad? Todas las puertas y ventanas estaban
cerradas, porque Ginny es muy cuidadosa y, mientras los niños estén bajo su
custodia, no quiere que ninguno de ellos pueda caerse por una ventana o salir
de la casa. Pero esto no interesa. El hecho es que ella y la receta estaban en
esta habitación especial y que nadie entró en esa habitación durante todo el
tiempo que existió la receta. No es posible que alguien pudiera haber entrado
sin que ella lo notara.
—¿Ni
aunque ella estuviera absorta en sus tareas? —preguntó Rubin.
—No
podía estar absorta hasta ese punto. Los niños eran primero. Estaría atenta en
todo momento.
Gonzalo
intervino:
—¿Y
no dejó la habitación en ningún instante? ¿No fue al cuarto de baño? —Oigan
—contestó Dynast—. Nosotros hemos hablado de esto y yo le pregunté
esa
cuestión en particular. No, ella no tuvo que ir al cuarto de baño, pero sí
salió de la habitación. Salió de la casa, incluso.
—¡Ah!
—exclamó Gonzalo—. ¿Por qué?
—Recordó
que había prometido entregar alguna cosa a los vecinos que vivían al otro lado
del camino y temió que seguiría olvidándolo si no lo llevaba entonces. Fue sólo
cuestión de quince metros, y no tardó más que un minuto. Así que corrió, tocó
el timbre, salió el marido, pues su esposa estaba en la reunión, se lo puso en
las manos con una rapidísima explicación, intercambiaron dos frases y
desapareció. Todo el tema se desarrolló en dos minutos como máximo.
Gonzalo
señaló:
—Usted
no estaba allí, Mr. Dynast. Una mujer puede creer que tardó solamente dos
minutos cuando en realidad tardó veinte.
—Eso
nunca —dijo Dynast con indignación—. Tenía la casa llena de niños que atender.
No tardó más de dos minutos. No tenía motivo para entretenerse más de dos
minutos.
—¿Cerró
la puerta cuando se marchó? —preguntó Gonzalo.
—No,
no le gustaba hacerlo. Al no estar allí, tenía miedo de que, si le sucedía algo
a ella y luego le sucedía algo a los niños, hubiera una puerta cerrada que
pudiera retrasar que la gente entrara. Bien… Eso no importa. Tenía la puerta
principal bajo observación en todo momento. Nadie se acercó. Nadie fue a ningún
sitio que estuviera cerca de ella. Cuando volvió, cerró la puerta de nuevo,
preguntó al pequeño Harold si había sucedido algo mientras estaba fuera y él
dijo que no. Ciertamente no había habido ninguna perturbación y los niños
seguían tan contentos.
Gonzalo
objetó:
—En
realidad, no se trata de una habitación cerrada si se abrió en cierto momento.
—No
sea tan estricto, Mario —protestó Avalon—. Si la narración es exacta, la
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casa
sigue siendo el equivalente de una habitación cerrada. Debo admitir, sin
embargo, que el relato es de segunda mano. Ojalá pudiéramos interrogar a Mrs.
Dynast.
—Bien,
no podemos —dijo Rubin.
Trumbull
añadió:
—Esperemos
un poco. Si estábamos hablando de algo material que fue robado, entonces la
casa podía ser considerada como una habitación cerrada. Sin embargo, no fue
robado nada material. La tarjeta en la cual fue escrita la receta fue destruida
por la propia Mrs. Dynast. Lo que robaron fue la información que había en la
ficha, y eso hace que cambie la situación… Mr. Dynast, creo que usted dio a
entender que los amigos de Mrs. Dynast, sus compañeras de la comunidad de la
iglesia, sabían que estaba preparando recetas.
—Oh,
sí. Era la gran noticia.
—¿Y
no sabrían que ella estaba trabajando en aquellas recetas en aquel momento
especial cuando el resto asistía a la reunión de la parroquia?
—Sí,
creo que mencioné que ella se lo había dicho, como excusa para no ir. —Y, al
preparar las recetas, ella les pondría una etiqueta y las identificaría, ¿no?
—Ciertamente. La receta de los bollos de arándanos se llamaría «Bollos de
arándanos
de la abuelita», porque ésa era la manera en la cual siempre se refería a ellos
cuando hablaba conmigo o con cualquier otra persona. Su abuela, al parecer, le
había dado la receta; y ella, luego, la había mejorado.
—Y
supongo que la habitación en la cual trabajaba tenía ventana.
—Sí,
naturalmente.
—En
ese caso —objetó Trumbull—, usted no contaba con una habitación cerrada. Puede
ser que la gente no hubiera podido entrar físicamente para robar una ficha de
receta; pero seguramente podían mirar por una ventana y leer lo que estaba
escrito en la tarjetita, ¿no?
—No,
no lo creo, Mr. Trumbull —contestó Dynast—. La parte delantera de nuestra casa
estaba a nivel de la calle; pero el suelo se inclinaba hacia abajo cuando uno
se alejaba de la calle. Eso dejaba espacio para un sótano y un garaje con
huecos a nivel del suelo en el patio trasero y con una salida de coches que
volvía allí. Pero las habitaciones traseras, en las cuales estaba trabajando
Ginny y tenía a los niños, estaban a la altura de un piso. Uno no podría mirar
fácilmente a través de las ventanas a menos que tuviera una estatura de unos
cuantos metros o que utilizase una escalera. Y creo que Ginny lo habría notado
en cualquiera de los dos casos.
Trumbull
no dejó el tema.
—Podía
ser que esa persona hubiera estado en un árbol si la habitación daba a un patio
trasero.
—Cabe
que él, o ella, hubieran estado allí pero no había ningún árbol a una distancia
de seis metros de aquellas ventanas. Además, como he dicho, Ginny no estaba muy
decidida y había escrito la receta muy ligeramente, a lápiz. No creo que
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nadie
pudiera haberla leído aunque hubiera presionado la nariz contra el cristal de
la ventana. Y luego, para complicar más las cosas, Ginny después de escribir la
receta, la puso debajo de un libro con objeto de que estuviera más segura.
Estaba bajo el libro cuando ella se desanimó y la sacó para romperla.
Drake
preguntó:
—¿Fue
ésa la única vez que fue anotada la receta?
—La
única vez.
—¿Y
la reprodujeron palabra por palabra? ¿No podía haber sido solamente una receta
similar que alguna otra persona hubiera inventado de forma independiente?
Después de todo, debo decirle que incluso los mayores descubrimientos
científicos a veces son ideados por separado por dos investigadores, y más o
menos en el mismo momento. Estas cosas suceden.
—Eran
las mismas palabras —insistió Dynast con firmeza—. Ginny lo jura y yo la creo.
En cierto momento, ella escribió: «Batir furiosamente hasta que vuestra mano
esté en peligro de desprenderse. Luego, contar diez respiraciones rápidas y…»
Todo eso estaba precisamente allí. Ésa es la manera que tiene de hablar de
cocina cuando habla conmigo. No es probable que nadie más se exprese de esa
manera, y con tanta exactitud.
Hubo
un silencio alrededor de la mesa, y Avalon continuó:
—Me
temo, Mr. Dynast, que no comprendo cómo pudo hacerse esto. Usted no estará
bromeando con nosotros, supongo.
Dynast
meneó la cabeza.
—Ojalá
estuviera haciéndolo, Mr. Avalon; pero no es ninguna broma para Ginny, y si no
averiguamos cómo se hizo, no me sorprendería que al final, tuviéramos que
vender nuestra casa y marcharnos a otro lugar. Ginny no puede soportar la idea
de vivir cerca de la gente que le hizo esto.
Drake
preguntó:
—¿Usted
afirmaría que su esposa ha dicho realmente toda la verdad? —Apostaría mi vida
por ello —contestó Dynast.
—Entonces,
con una habitación en la que había una mujer y cinco niños pequeños, tiene
usted que llegar a la conclusión de que la mujer misma robó su propia receta.
¿Usted supone que es posible que Mrs. Dynast organizara el asunto ella misma
como una excusa para poder trasladarse a otro lado?
Dynast
respondió:
—Si
ella quería trasladarse, simplemente podía decirlo. No tenía que organizar un
truco grande y fantasioso. Y si ustedes conocieran a Ginny, sabrían le habría
sido imposible hacer trucos con sus bollos de arándanos. No pueden imaginarse
lo que éstos significan para ella.
Rubin
comentó:
—Bien,
es la historia de misterio de habitación cerrada más endiablada que he oído
nunca. No existe ninguna solución.
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En
este momento, Henry dijo medio excusándose:
—¿Caballeros?
Rubin
levantó la vista.
—Vamos,
Henry. ¿Está usted intentando decirnos que existe una solución? —No puedo
asegurarlo; pero me encantaría hacerle a Mr. Dynast una pregunta. Avalon
inquinó:
—¿Le
parece bien, Mr. Dynast? Henry es un miembro valioso de nuestra organización.
—Lo
supongo —dijo Dynast—. Sin duda.
—En
ese caso, el chico mayor… Harold.
—¿Sí?
—¿Qué
edad dijo usted que tenía Harold?
—Cinco
años a lo sumo.
—¿Cómo
lo sabe, Mr. Dynast?
—Ginny
lo dijo.
—¿Cómo
lo sabía ella, Mr. Dynast?
—Supongo
que ella se lo preguntó.
—¿Le
dijo ella que se lo había preguntado?
—No…
Pero yo mismo lo vi cuando llegué a casa. Ya se lo he dicho. Era un muchachito
pequeño. Parecía tener unos cinco años.
—Pero,
Mr. Dynast, usted también dijo que vio a los padres de Harold y que los dos
medían algo más de metro y medio. Usted no iría a decir que, porque midieran
metro y medio, eran unos quinceañeros.
—No.
Eran simplemente bajitos.
—Exacto.
Y los padres bajitos pueden muy bien tener hijos bajitos. Es posible que
pudiera parecer que Harold tenía cinco años si se juzgaba su estatura y tamaño,
y sin embargo tener ocho años. Y, por lo que sabemos, él es extraordinariamente
brillante para su edad.
—¡Dios
mío! —exclamó Avalon—. ¿Usted cree realmente que eso pudo ser así, Henry?
—Considere
usted los hechos, Mr. Avalon. Una de las mujeres del vecindario quiere
desesperadamente la receta. Ella tiene una hermana de baja estatura, la cual se
ha casado con un hombre igual de pequeño y los dos tienen un hijo de talla
singularmente reducida, el cual resulta ser un niño prodigio. Es un chico
inteligente, de ocho años, que puede pasar con facilidad por un nene de cinco.
Ese muchacho listo es introducido en casa de ustedes, Mr. Dynast, y aleccionado
acerca de lo que debe hacer.
»Mrs.
Dynast no sentiría preocupación alguna por el hecho de que aquel muchachito la
estuviera observando, o mirara con curiosidad lo que ella estaba escribiendo.
Al fin y al cabo, según las apariencias, se trata de un niño de edad
parvularia, que no sabe leer. El niño la vería escribir una receta de «Bollos
de
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arándanos
de la abuelita» y cómo la ponía debajo de un libro. Luego, cuando ella se
marcha a su recado, aunque sólo sea por dos minutos, el muchacho saca la receta
de debajo del libro, la lee, se la aprende de memoria y la vuelve a poner en el
mismo sitio. No debía de ser una cosa tan larga como para no retenerla en la
memoria, y los chicos que son listos de modo especial pueden captar semejantes
cosas como si su mente fuera papel secante.
»Lo
recuerdo muy bien de mi propia infancia.
Gonzalo
dijo triunfal:
—Sin
duda. Esto lo aclara todo, y no hay otra explicación posible.
Henry
intervino:
—Es
sólo una posibilidad. Sin embargo, si ustedes pueden descubrir el nombre de su
prima y de su marido, sería fácil averiguar qué edad tiene el chico, a qué
escuela asiste, en qué grado cursa y cómo se porta. Si aquella mujer rehúsa
darles información alguna sobre su prima y su sobrino, esto mismo entrañará que
nuestra versión es la correcta.
—¿Quién
lo había de pensar? —dijo Dynast con abatimiento.
—Todo
debe tener una explicación racional, señor —murmuró Henry—, y, como de
costumbre, los Viudos Negros han eliminado con cuidado todas las explicaciones
posibles y me han dejado a mí el trabajo de indicar lo que quedaba.
Post
Scriptum
Yo
estaba leyendo The third bullet, de John Dickson Carr, tal como lo hace
Trumbull en el relato, y se me ocurrió que yo no había escrito nunca una
narración de Viudos Negros en la que se implicase un misterio del estilo de los
de habitación cerrada.
Naturalmente,
me sentí en seguida acuciado por el deseo de hacerlo; pero no me pareció
posible elaborar un nuevo mecanismo en que se implicaba una habitación cerrada.
John Dickson Carr los había agotado todos, y otros escritores habían rellenado
los pequeños huecos que pudieran quedar.
De
todos modos, me molestaba rendirme. ¿Podría pensar yo en alguna nueva modalidad
de historia de misterio de habitación cerrada? Y, para asombro mío, encontré
que sí que podía.
Con
gran entusiasmo me senté y escribí La receta. En una sesión…, toda la historia.
Creo que nunca he disfrutado más escribiendo un relato.
Y
ahora que está hecha esta colección, puedo decirles, una vez más, que me
encuentro todavía con una salud razonablemente buena y que no tengo intención
de parar. Los Viudos Negros, se lo garantizo, durarán tanto como yo.


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