© Libro N° 6108.
El Informe Pelícano. Grisham, John. Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título
original: © El Informe Pelícano. John Grisham
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL INFORME PELÍCANO
John Grisham
DEDICATORIA
A mi
junta de lectores: Renée, mi esposa y editoraextraoficial; mis hermanas, Beth
Bryant y WendyGrisham; mi suegra, Lib Jones, y mi amigo y compañero de
conspiración, Bill Ballard
AGRADECIMIENTOS
Muchas
gracias a mi agente literario, Jay Garon, que hace cinco años descubrió mi
primera novela y la paseó por
Nueva
York, hasta que alguien dijo sí.
Muchas
gracias a David Gernert, mi editor, con quien comparto además una buena amistad
y un entusiasmo por el puritanismo del béisbol, a Steve Rubin, Ellen Archer y
al resto de la familia de Doubleday, y a Jackie Cantor, mi editora en Dell.
Muchas
gracias a quienes me han escrito. He procurado contestar todas las cartas, pero
si he olvidado una o dos, os ruego que me perdonéis.
Mi
especial agradecimiento a Raymond Brown, auténtico caballero y excelente
abogado de Pascagoula, Mississippi„ que me sacó de un aprieto; a Chris
Sharlton, compañero de facultad que conoce los callejones de Nueva Orleans; a
Murray Avernt, amigo de Oxford y de Ole Miss que reside ahora en Washington; a
Greg Block del Washington Post; y, por
supuesto,
a Richard y a su equipo en Square Books.
UNO
Parecía
incapaz de crear tal caos, pero gran parte de lo que presenciaba en la calle
era culpa suya. Y le parecía bien. Tenía noventa y un años, estaba paralizado
en una silla de ruedas y conectado a una bombona de oxígeno. Hacía siete años,
su segundo síncope había estado a punto de acabar con él, pero Abraham
Rosenberg seguía vivo y, a pesar de los tubos en su nariz, tenía más influencia
legal que los otros ocho. Era el único personaje legendario que quedaba en el
tribunal y el hecho de que todavía respirara irritaba a la mayoría de la
muchedumbre en la calle.
Estaba
sentado en una pequeña silla de ruedas, en un despacho del piso principal del
edificio del Tribunal Supremo. Tocaba con los pies el borde de la ventana y
hacía un esfuerzo para inclinarse hacia delante, conforme aumentaba el ruido.
Odiaba a los policías, pero el tupido y ordenado cordón policial le resultaba
en cierto modo tranquilizante. Se mantenían enhiestos e inmóviles, ante un
populacho de por lo menos cincuenta mil que pedía sangre.
–¡La
mayor aglomeración nunca vista! –chilló Rosenberg junto a la ventana.
Estaba
casi sordo. Jason Kline, su primer secretario, estaba de pie a su espalda. Era
el primer lunes de octubre, día de la inauguración del nuevo período judicial,
y consagrado por tradición a la celebración de la Primera Enmienda. Una
celebración gloriosa. Rosenberg estaba emocionado. Para él la libertad de
expresión significaba libertad de rebelión.
–¿Están
ahí los indios? –preguntó levantando la voz.
–¡Sí!
–respondió Jason Kline junto a su oreja derecha.
–¿Con
maquillaje bélico?
–¡Sí!
Vestidos para entrar en batalla.
–¿Bailan?
–¡Sí!
Indios,
negros, blancos, castaños, mujeres, homosexuales, amantes de los árboles,
cristianos, defensores del aborto, arios, nazis, ateos, cazadores, amantes de
los animales, defensores de la supremacía blanca, defensores de la supremacía
negra, anticontribuyentes, leñadores, agricultores: un enorme océano de
protesta. Y la policía antidisturbios, porra negra en mano.
–¡Los
indios deberían admirarme!
–Estoy
seguro de que lo hacen –asintió Kline con una sonrisa, al frágil hombrecillo de
puños cerrados.
Su
ideología era sencilla: el gobierno por encima de los negocios, el individuo
por encima del gobierno, el medio ambiente por encima de todo lo demás. Y en
cuanto a los indios, entregarles todo lo que quisieran.
Los
chillidos, las oraciones, los cantos, los cánticos y el griterío aumentaron de
volumen, y los policías antidisturbios se acercaron aun más unos a otros. La
manifestación era mayor y más vociferante que en los últimos años. Había
aumentado la tensión. La violencia se había convertido en algo común. Habían
estallado bombas en clínicas abortistas. Algunos médicos habían sido atacados y
apaleados. Uno había sido asesinado en Pensacola: atado y amordazado en
posición fetal y abrasado con ácido. Todas las semanas tenían lugar luchas
callejeras. Activistas homosexuales habían profanado iglesias y atacado
sacerdotes. Los partidarios de la supremacía blanca operaban al amparo de una
docena de conocidas y sombrías organizaciones paramilitares, y atacaban cada vez
con mayor descaro a los negros, hispanos y asiáticos. El odio era ahora el
pasatiempo predilecto en Norteamérica.
Y el
Tribunal, evidentemente, era un objetivo fácil. Las amenazas graves contra los
jueces se habían multiplicado por diez desde mil novecientos noventa. La fuerza
policial asignada al Tribunal Supremo se había triplicado en tamaño. Cada juez
disponía de por lo menos dos agentes del FBI para su protección, y otros
cincuenta agentes se dedicaban a investigar amenazas.
–Me
odian, ¿no es cierto? –preguntó en voz alta, sin dejar de mirar por la ventana.
–Sí,
algunos –respondió Kline con una sonrisa.
A
Rosenberg le complacía. Sonrió y respiró hondo. El ochenta por ciento de las
amenazas de muerte iban dirigidas contra él.
–¿Distingue
alguna de esas pancartas? –preguntó, puesto que era casi ciego.
–Unas
cuantas.
–¿Qué
dicen?
–Lo
de siempre. Muera Rosenberg. Fuera Rosenberg. Corten el oxígeno.
–Hace
un montón de años que llevan esas malditas pancartas. ¿Por qué no consiguen
otras nuevas?
El
secretario no respondió. Abe debía haberse jubilado hacía muchos años, pero
esperaría a que tuvieran que sacarlo en camilla. Sus tres secretarios se
ocupaban de la mayor parte de la investigación, pero insistía en escribir sus
propios informes. Lo hacía con un rotulador de punta gruesa, con grandes letras
sobre un cuaderno blanco, como en el parvulario cuando se aprende a escribir.
La operación era lenta, pero con un cargo vitalicio,
¿a
quién le importa el tiempo? Los secretarios verificaban sus informes, pero
raramente encontraban error alguno.
–Deberíamos
entregar Runyan a los indios –rió Rosenberg.
El
presidente del Tribunal Supremo era John Runyan, un duro conservador nombrado
por los republicanos y odiado por los indios, así como por la mayoría de las
demás minorías. De los nueve jueces, siete habían sido nombrados por
presidentes republicanos. Hacía quince años que Rosenberg esperaba la llegada
de un demócrata a la Casa Blanca. Quería, necesitaba, jubilarse, pero no
soportaba la idea de que un derechista como Runyan ocupara su preciado cargo.
Estaba
dispuesto a esperar. Permanecería aquí, en su silla de ruedas y respirando
oxígeno, para proteger a los indios, los negros,.las mujeres, los pobres, los
minusválidos y el medio ambiente, hasta cumplir los ciento cinco años. Y nadie
en el mundo podía impedírselo, a no ser que le asesinaran. Lo cual tampoco
sería una mala idea.
La cabeza
del gran hombre
asintió y se
movió, hasta descansar
en su hombro.
Se había quedado nuevamente dormido. Kline se retiró
sigilosamente, para regresar a su investigación en la biblioteca. Volvería
dentro de media hora, para comprobar el oxígeno y administrarle a Abe sus
píldoras.
El
despacho del presidente del Tribunal está en el piso principal y está más
ornamentado que los otros ocho. La antesala se utiliza para pequeñas
recepciones y reuniones formales, y el despacho interior es donde el presidente
trabaja.
La
puerta del despacho estaba cerrada, y en su interior se encontraban el
presidente, sus tres secretarios, el capitán de la policía del Tribunal
Supremo, tres agentes del FBI y K. O. Lewis, subdirector del FBI. El ambiente
era formal y se hacía un serio esfuerzo para ignorar el ruido de la calle. No
era fácil. Lewis y el presidente hablaban de la última serie de amenazas de
asesinato y todos los demás se limitaban a escuchar. Los secretarios tomaban
notas.
En
los últimos sesenta días, el Bureau había registrado más de doscientas
amenazas; todo un récord. Había la colección habitual de amenazas de bomba,
pero algunas mencionaban nombres, casos y temas específicos.
Runyan
no se molestaba en ocultar su angustia. Con un informe confidencial del FBI en
las manos, leyó los nombres de individuos y grupos sospechosos: el Klan, los
arios, los nazis, los palestinos, los separatistas negros, los defensores de la
vida, los hómofóbicos. Incluso el IRA. Todos, al parecer, a excepción de los
rotarianos y de los Boy Scouts.
Un grupo del
Oriente medio con
apoyo iraní había
prometido sangre en
territorio norteamericano para vengar la muerte de dos ministros de
Justicia en Teherán. No había absolutamente ninguna prueba que vinculara los
asesinatos con una nueva organización terrorista norteamericana, conocida como
ejército clandestino, que había saltado últimamente a la fama por el asesinato
de un juez en Texas con un coche bomba. No se había efectuado ninguna
detención, pero el ejército clandestino se había atribuido la
responsabilidad del hecho.
Era también el
principal sospechoso de
una docena de
bombas contra las dependencias del ACLU, pero actuaba sin dejar
huellas.
–¿Y
esos terroristas portorriqueños? –preguntó Runyan, sin levantar la mirada.
–Son
de poca monta. No nos preocupan –respondió tranquilamente K. O. Lewis–. Hace
veinte años que se limitan a amenazar.
–Puede
que hayan decidido pasar del dicho al hecho. El ambiente es propicio, ¿no le
parece?
–Olvide
a los portorriqueños, presidente. Sólo amenazan porque también lo hacen todos
los demás.
A
Runyan le gustaba que le llamaran presidente. No presidente del Tribunal, ni
señor presidente del
Tribunal,
sino simplemente presidente.
–Muy
gracioso –dijo el presidente, sin sonreír–. Muy gracioso. Sería lamentable no
haber incluido a todos los grupos –agregó, después de arrojar el informe sobre
la mesa y frotarse las sienes con los ojos cerrados–. Hablemos de seguridad.
K.
O. Lewis colocó la copia de su informe sobre la mesa del presidente.
–El
director opina que deberíamos asignar cuatro agentes a cada juez, por lo menos
durante los próximos noventa días. Utilizaremos limusinas con escolta para los
desplazamientos, con el apoyo de la policía del Tribunal Supremo, que además se
ocupará de la seguridad de este edificio.
–¿Y
los viajes?
–Es
preferible evitarlos, por lo menos por ahora. El director cree que los jueces
deberían permanecer en
Washington
hasta fin de año.
–¿Está
usted loco? ¿Se ha vuelto loco el director? Si les comunico esto a mis colegas,
saldrán todos esta noche y no dejarán de viajar durante un mes. Esto es absurdo
–exclamó Runyan mientras miraba con ceño a sus secretarios, que movían
asqueados la cabeza–. Auténticamente absurdo.
Lewis
no se inmutó. Su reacción era previsible.
–Como
usted diga. No era más que una sugerencia.
–Una
sugerencia estúpida.
–El
director no contaba con su cooperación en este tema. Sin embargo, espera que se
le notifiquen con antelación sus planes de viaje, para que podamos tomar las
medidas de seguridad oportunas.
–¿Quiere
decir que pretenden escoltar a los jueces, cada vez que uno de ellos abandone
la ciudad?
–Sí,
presidente. Ésa es nuestra intención.
–No
funcionará. Esa gente no está acostumbrada a tener niñera.
–Por
supuesto, señor, pero tampoco están acostumbrados a ser acechados. Lo único que
pretendemos es protegerle a usted y a sus ilustrísimos colegas. Claro que nadie
dice que debamos intervenir. Si mal no recuerdo, señor, fue usted quien nos
llamó. Si lo desea podemos retirarnos.
Runyan
se balanceó en su silla, cogió un sujetapapeles que tenía sobre la mesa y
empezó a enderezarlo, procurando convertir sus curvas en una línea
perfectamente recta.
–¿Qué
medidas hay que tomar aquí?
–Este
edificio no nos preocupa, presidente –suspiró Lewis casi sonriente–. Aquí es
fácil tomar medidas de seguridad y no esperamos ningún problema.
–¿Entonces
dónde?
–Ahí
fuera, en cualquier lugar –respondió Lewis, al tiempo que movía la cabeza en
dirección a la ventana–. Las calles están llenas de maniáticos, locos y
fanáticos.
–Y
todos nos odian.
–Evidentemente.
Oiga, presidente, nos preocupa muchísimo el juez Rosenberg. Todavía no permite
que nuestros agentes entren en su casa; les obliga a pasar la noche entera en
el coche. Llega a permitir que su agente predilecto del Tribunal Supremo,
Ferguson si mal no recuerdo, se instale junto a la puerta posterior de la casa,
pero sólo desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Nadie entra
en la casa, a excepción del juez Rosenberg y su enfermero. El edificio no es
seguro.
Runyan
se limpió las uñas con el sujetapapeles y sonrió ligeramente para sí. La muerte
de Rosenberg, independientemente de sus circunstancias, sería un alivio. Más
que eso, sería una ocasión gloriosa. El presidente tendría que vestirse de luto
y pronunciar un encomio, pero a puerta cerrada lo celebraría con sus
secretarios. Le encantaba la idea.
–¿Qué
sugiere? –preguntó.
–¿Puede
hablar con él?
–Lo
he intentado. Le he explicado que probablemente es el hombre más odiado de
Norteamérica, que millones de personas le maldicen todos los días, que mucha
gente querría verle muerto, que él solo recibe una cantidad cuatro veces
superior de cartas insultantes que todos los demás jueces juntos, y que es una
víctima potencial de un asesinato perfecto y fácil.
–¿Y
bien?
–Me
respondió que le besara el culo y se quedó dormido.
Los
secretarios soltaron unas carcajadas y, al comprender que el humor estaba
permitido, los agentes del
FBI
también se rieron.
–¿Entonces
qué hacemos? –preguntó Lewis con toda seriedad.
–Protéjanle
lo mejor que puedan, redacten su informe y no se preocupen. No le teme a nada,
ni siquiera a la muerte, y si a él no le importa, ¿por qué debería preocuparles
a ustedes?
–El
director está nervioso y, por consiguiente, también lo estoy yo. Es muy
sencillo, presidente. Si alguno de ustedes sufre un percance, el Bureau se ve
comprometido.
El
presidente se meció en su sillón. El bullicio de la calle era enervante. La
reunión se había prolongado ya demasiado.
–Olvide
a Rosenberg. Puede que muera mientras duerme. Estoy más preocupado por Jensen.
–Jensen
es un problema –dijo Lewis, mientras hojeaba unos documentos.
–Sé
que es un problema –declaró lentamente Runyán–. Es un embarazo. Ahora se cree
liberal. La mitad de las veces vota lo mismo que Rosenberg. El mes próximo será
partidario de la supremacía blanca y defenderá la segregación de las escuelas.
A continuación se enamorará de los indios y querrá darles Montana. Es como
tener que vérselas con un niño retrasado.
–¿Sabe
que recibe tratamiento por depresión?
–Lo
sé, lo sé. Me lo ha contado. Soy como un padre simbólico para él. ¿Qué
medicamento toma?
–Prozac.
–¿Qué
se sabe de aquella monitora de aeróbic con la que tenía relaciones? –preguntó
el presidente, mientras se hurgaba las uñas–. ¿Todavía sale con ella?
–Parece
que no, presidente. Creo que no le interesan las mujeres –respondió Lewis en un
tono afectado. Sabía más. Miró a uno de sus agentes y confirmó la sabrosa
indiscreción, de la que Runyan hizo caso
omiso.
No le interesaba.
–¿Coopera?
–Claro
que no. En muchos sentidos es peor que Rosenberg. Permite que le acompañemos a
su bloque de pisos y nos obliga a permanecer toda la noche en el aparcamiento.
No olvide que vive en el séptimo piso. Ni siquiera permite que nos instalemos
en el pasillo. Dice que podría molestar a los vecinos. De modo que nos quedamos
en el coche. Hay diez formas distintas de entrar y salir del edificio, de modo
que es imposible protegerle. Le gusta jugar con nosotros al escondite. Siempre
se escabulle y nunca sabemos si está o no en el edificio. Por lo menos sabemos
que Rosenberg pasa la noche en su casa. Jensen es imposible.
–Magnífico.
Si ustedes son incapaces de seguirle, ¿cómo se las arreglaría un asesino? A
Lewis no se le había ocurrido y no le vio la gracia.
–El
director. está muy preocupado por la seguridad del juez Jensen.
–No
recibe muchas amenazas.
–Es
el número seis de la lista, con sólo unas pocas menos que usted, su señoría.
–De
modo que yo soy el número cinco.
–Efectivamente.
Detrás del juez Manning. Que dicho sea de paso, coopera plenamente.
–Tiene
miedo hasta de su sombra –dijo el presidente.
–Lo
siento. No debí haber dicho eso –agregó después de titubear unos instantes.
–A
decir verdad –prosiguió Lewis, haciendo caso omiso del comentario–, la
cooperación es bastante buena, a excepción de Rosenberg y Jensen. El juez Stone
protesta muchísimo, pero nos escucha.
–No
se lo tome a pecho, protesta con todo el mundo. ¿Dónde supone que va Jensen
cuando se escabulle?
–No
tenemos ni idea –respondió Lewis, al tiempo que miraba a uno de sus agentes.
Gran
cantidad de la muchedumbre formó de pronto un coro incontrolado, al que
parecieron unirse el resto de los presentes en la calle. El presidente no pudo
ignorarlo. Las ventanas vibraban. Se puso de pie y clausuró la reunión.
El
despacho del juez Glenn Jensen estaba en el segundo piso, alejado de la calle y
del ruido. Era una sala espaciosa y, no obstante, la más pequeña de las nueve.
Jensen era el más joven y tenía suerte de tener un despacho. Cuando hacía seis
años se le había nombrado a los cuarenta y dos años, se le suponía un exegeta
de la Constitución de ideas
profundamente conservadoras, como
las de quien
le propuso para
el cargo. Su confirmación por parte del Senado había
sido muy controvertida. En temas delicados se mostraba indeciso y recibía
ataques de ambos bandos. Los republicanos estaban avergonzados. Los demócratas
olían sangre. El presidente ejerció toda la influencia de la que fue capaz y se
le confirmó en el cargo, gracias a un voto sumamente indeciso.
Pero
lo consiguió, para el resto de su vida. En seis años, no había complacido a
nadie. Profundamente afectado por las audiencias de su confirmación, juró que
la compasión regiría sus actos. Esto había enojado a los republicanos. Se
sintieron traicionados, especialmente cuando el nuevo juez descubrió una pasión
latente por los derechos de los delincuentes. Con escasa base ideológica,
abandonó inmediatamente la derecha, se trasladó al centro y a continuación a la
izquierda. Pero cuando los eruditos profesores empezaron a rascarse la
barbilla, Jensen volvió a la derecha para unirse al juez Sloan, en uno de sus
virulentos ataques contra las mujeres. A Jensen no le gustaba el sexo femenino.
Era neutral en cuanto a la religión, escéptico respecto a la libertad de
expresión, simpatizaba con quienes protestaban contra los impuestos, sentía
indiferencia para con los indios, temía a los negros, era duro con los
pornógrafos, blando con los delincuentes y bastante persistente como protector
del medio ambiente. Y para mayor desesperación de los republicanos, que habían
derramado sangre para lograr su nombramiento, Jensen había manifestado una
perturbadora simpatía por los derechos de los homosexuales.
A
petición suya, se le había asignado un escabroso caso conocido como caso
Dumond. Ronald Dumond había vivido ocho años con un amante masculino. Formaban
una pareja feliz, completamente entregados el uno al otro y satisfechos de
compartir las experiencias de la vida. Intentaron casarse, pero las leyes de
Ohio no permitían dicha unión. Entonces el amante contrajo el SIDA y tuvo una
muerte horrible. Ronald sabía exactamente cómo disponer de su cadáver, pero
intervino la familia del amante y le excluyó del funeral y del entierro.
Aturdido, Ronald entabló juicio con la familia, por daños emocionales y
psicológicos. El caso había circulado por los tribunales inferiores a lo largo
de seis años, y ahora se encontraba de pronto sobre la mesa de Jensen.
El
tema en cuestión era el de los derechos de los «esposos» homosexuales. Dumond
se había convertido en una consigna para los activistas homosexuales. Su mera
mención había bastado para provocar peleas callejeras.
Y el
caso estaba en manos de Jensen. La puerta de su despacho estaba cerrada. Jensen
y sus tres secretarios estaban sentados alrededor de la mesa de conferencias.
Después de dos horas dedicadas al caso Dumond, no habían llegado a ninguna
parte. Estaban cansados de discutir. Uno de los secretarios, un liberal de
Cornell, proponía un pronunciamiento amplio que otorgara plenos derechos a los
miembros de las parejas homosexuales. Jensen también lo deseaba, pero no estaba
dispuesto a admitirlo. Los otros dos secretarios eran escépticos. Sabían, al
igual que Jensen, que una mayoría de cinco era imposible.
Decidieron
hablar de otros temas.
–El
presidente ha manifestado su descontento respecto a usted, Glenn –dijo el
secretario de Duke.
En
el despacho le llamaban por su nombre de pila; el título de «su señoría»
resultaba demasiado engorroso.
–¿Debería
sorprenderme? –exclamó Glenn, al tiempo que se frotaba los ojos.
–Uno
de sus secretarios me ha comunicado que el presidente y el FBI están
preocupados por su seguridad. Dice que usted no coopera y que el presidente
está bastante perturbado. Quiere que usted lo sepa.
Todo
se comunicaba a través de la red de secretarios, absolutamente todo.
–Se
supone que debe estar preocupado. En eso consiste su trabajo.
–Quiere
asignarle otros dos federales como guardaespaldas y desean tener acceso a su
casa. Además, el FBI
quiere
llevarle de casa al trabajo y del trabajo a casa. También se proponen limitar
sus desplazamientos.
–Ya
me lo han dicho otras veces.
–Sí,
lo sabemos. Pero el secretario del presidente dice que el presidente quiere que
insistamos en que coopere con el FBI, para que puedan salvarle la vida.
–Comprendo.
–De
modo que nos limitamos a insistir.
–Gracias.
Respóndale al secretario del presidente que no sólo han insistido, sino que se
han ensañado conmigo, y que agradezco su insistencia y su preocupación, pero
que me ha entrado por una oreja y salido por la otra. Dígales que Glenn se
considera ya mayorcito.
–Por
supuesto, Glenn. ¿Pero no tiene usted miedo?
–En
absoluto. DOS
Thomas
Callahan era uno de los profesores más populares de Tulane, primordialmente
porque se negaba a dar clases antes de las once de la mañana. Bebía mucho, al
igual que la mayoría de sus alumnos, y necesitaba las primeras horas de la
mañana para dormir, antes de resucitar. Asistir a clase a las nueve o las diez
de la mañana era una abominación. También era popular por su aspecto
despreocupado: vaqueros descoloridos, chaquetas de mezclilla con los codos
desgastados, sin calcetines y sin corbata. El aspecto elegante de un
intelectual liberal. Tenía cuarenta y cinco años, pero con su cabello oscuro y
gafas de concha podría pasar por treinta y cinco, aunque le importaba un comino
la edad que aparentara. Se afeitaba una vez por semana, cuando empezaba a escocerle
la cara, y cuando hacía frío, cosa poco corriente en Nueva Orleans, se dejaba
crecer la barba. Tenía un historial de relaciones íntimas con sus alumnas.
También
era popular porque enseñaba Derecho constitucional, la menos popular de las
asignaturas, pero obligatoria, que gracias a su auténtica genialidad y
desparpajo convertía en un tema interesante. Era el único en Tulane capaz de
lograrlo. A decir verdad, nadie se lo proponía y los estudiantes peleaban para
asistir a las clases de Derecho constitucional de Callahan, a las once de la
mañana, tres veces por semana.
Ochenta
estudiantes sentados en seis hileras de pupitres elevados susurraban, mientras
Callahan se limpiaba las gafas de pie frente a su escritorio. Eran exactamente
las once y cinco, en su opinión todavía demasiado temprano.
–¿Quién
comprende el disenso de Rosenberg en Nash contra Nueva Jersey?
Todas
las cabezas se agacharon y el silencio llenó la sala. Debía de tener una fuerte
resaca. Sus ojos estaban irritados. Cuando empezaba con Rosenberg, la clase
solía ser dura. No salió ningún voluntario. ¿Nash? Callahan paseó lenta y
metódicamente la mirada por la sala, a la espera. El silencio era sepulcral.
Se
oyó un fuerte ruido de la manecilla de la puerta, que rompió la tensión. Una
atractiva joven con vaqueros descoloridos y jersey de algodón irrumpió
elegantemente en la sala, avanzó como si flotara junto a la pared hasta la
tercera fila, se introdujo hábilmente en la misma y tomó asiento. Los muchachos
de la cuarta fila la contemplaban con admiración. Los de la quinta estiraban el
cuello para no perderse el espectáculo. A lo largo de dos duros años, uno de
los escasos placeres de la facultad de derecho había consistido en admirarla,
cuando alegraba las salas y los pasillos con sus largas piernas y holgados
suéters. Sabían que allí se ocultaba un cuerpo fabuloso, pero que a ella no le
apetecía exhibir. Se portaba como una más de la pandilla y vestía vaqueros,
camisas de franela, viejos suéters, o pantalón deportivo holgado, como era
habitual en la facultad. Qué no habrían dado por verla con una minifalda de
cuero negro.
Le
brindó una breve sonrisa al muchacho sentado junto a ella y, momentáneamente,
todo el mundo olvidó a Callahan y su pregunta sobre Nash. Su cabellera
pelirroja oscura le llegaba hasta los hombros. Era una de esas chicas
espectaculares, con una sonrisa y cabellera perfectas, de la que todo el mundo
se enamoraba por lo menos dos veces en el instituto. Y, con toda probabilidad,
por lo menos una en la facultad.
Callahan
no le prestó atención alguna. De haber sido una estudiante de primer curso y
asustada de su profesor, probablemente le habría chillado varias veces «¡no se
puede llegar tarde al juzgado!», como solían repetir incesantemente los
profesores de derecho.
Pero
Callahan no estaba de humor para chillar, ni Darby Shaw le temía, y
momentáneamente se preguntó si alguien sabía que se acostaban juntos.
Probablemente no. Ella había insistido en mantenerlo en el más absoluto
secreto.
–¿Ha
leído alguien el disenso de Rosenberg en Nash contra Nueva Jersey?
De
pronto el profesor se había convertido nuevamente en el centro de atención y el
silencio era absoluto. Levantar la mano podía significar un interrogatorio de
media hora. No había voluntarios. Los fumadores de la última fila encendieron
sus cigarrillos. La mayoría de los asistentes hacían garabatos en sus
cuadernos. Todas las cabezas estaban agachadas. Habría sido demasiado evidente
y arriesgado abrir el libro de casos y encontrarse con Nash; era demasiado
tarde para eso. Cualquier movimiento podía llamar la atención. Alguien estaba a
punto de ser crucificado.
Nash
no estaba en el libro de casos. Era uno de los numerosos casos secundarios que
Callahan había mencionado apresuradamente la semana anterior y que ahora quería
saber si alguien lo había leído. Solía hacerlo con frecuencia. Basaba su examen
de fin de curso en mil doscientos casos, mil de los cuales no figuraban en el
libro de casos. El examen era un hueso, pero él era encantador, muy generoso
con las notas, y había que ser muy zoquete para no aprobar el curso.
Sin
embargo, en estos momentos su encanto brillaba por su ausencia. Paseó la mirada
por la sala. Había llegado el momento de encontrar una víctima.
–¿Qué
opina usted, señor Sallinger? ¿Puede explicarnos el disenso de Rosenberg?
–No
señor –respondió inmediatamente Sallinger, desde la cuarta fila.
–Comprendo.
¿Podría eso ser debido a que usted no ha leído el disenso de Rosenberg?
–Podría.
Sí señor.
Callahan
le miró fijamente. La irritación de sus ojos hacía que su soberbia fuera aun
más amenazante, aunque sólo Sallinger era consciente de ello, porque todos los
demás tenían la mirada fija en sus cuadernos.
–¿Y
por qué no?
–Porque
procuro no leer los disensos. En particular los de Rosenberg.
Sallinger
cometía una soberana estupidez al optar por la lucha, especialmente desprovisto
de munición.
¿Tiene
algo contra Rosenberg, señor Sallinger?
Callahan
reverenciaba a Rosenberg. Le adoraba. Leía libros sobre él y sus opiniones. Lo
estudiaba. Incluso había comido con él en una ocasión.
–Claro
que no, señor –respondió Sallinger nervioso. Pero no me gustan los disensos.
A
pesar de que había cierto humor en las respuestas de Sallinger, no provocó una
sola sonrisa. Más tarde, con un vaso de cerveza en la mano, él y sus compañeros
se reirían a carcajadas al contar una y otra vez su aversión por los disensos,
especialmente los de Rosenberg. Pero no ahora.
–Comprendo.
¿Lee usted las opiniones mayoritarias?
Titubeo.
El conato de discusión de Sallinger estaba a punto de causar humillación.
–Sí
señor. Muchísimas.
–Magnífico.
En tal caso, tenga la bondad de hablarnos de la opinión mayoritaria en el caso
de Nash contra
Nueva
Jersey.
Sallinger
nunca había oído hablar de Nash, pero ahora ya no lo olvidaría en su vida
profesional.
–No
recuerdo haberla leído.
–De
modo, señor Sallinger, que usted no lee los disensos y ahora descubrimos que
tampoco presta atención a las opiniones mayoritarias. ¿Qué lee usted, señor
Sallinger, novelas, la prensa sensacionalista?
Se
oyó una risa sumamente discreta de más allá de la cuarta fila, procedente de
unos estudiantes que se sentían obligados a reírse, pero que no deseaban llamar
la atención.
Sallinger,
ruborizado, se limitaba a mirar fijamente a Callahan.
–¿Por
qué no ha leído el caso, señor Sallinger? –preguntó Callahan.
–No
lo sé. Supongo que se me ha pasado inadvertido.
–No
me sorprende –respondió Callaban de buen talante–. Lo mencioné la semana
pasada. El miércoles para ser exactos. Formará parte del examen de fin de
curso. No comprendo por qué ignora un caso incluido en el programa –dijo
Callahan mientras paseaba lentamente frente a su escritorio, con la mirada fija
en sus alumnos–.
¿Se
ha molestado alguien en leerlo?
Silencio.
Callahan bajó la mirada y dejó que el silencio impregnara la sala. Todas las
cabezas estaban agachadas, las plumas y los lápices paralizados. El humo
emanaba de la última fila.
Por
último, lentamente, en la cuarta silla de la tercera fila, Darby Shaw levantó
discretamente la mano y en la clase se oyó un suspiro colectivo de alivio. Una
vez más les había socorrido. Era, en cierto modo, lo que se esperaba de ella.
Con el número dos de su promoción y a poca distancia del primero, era capaz de
recitar los hechos, las pruebas, los recursos, los disensos y las opiniones
mayoritarias de casi todos los casos mencionados
por
Callahan. No se perdía ningún detalle. Aquella encantadora muchacha se había
licenciado con matrícula de honor en biología, ahora se disponía a hacerlo en
derecho, y a continuación ganarse cómodamente la vida, persiguiendo ante los
tribunales a las empresas químicas que destruyen el medio ambiente.
Callahan
fingió sentirse frustrado al mirarla. Hacía tres horas que ella había
abandonado la casa del profesor, después de una larga noche de vino y leyes.
Pero no le había hablado de Nash.
–Caramba,
caramba, señorita Shaw. ¿Por qué está Rosenberg molesto?
–Cree
que el estatuto de Nueva Jersey viola la Segunda Enmienda –respondió, sin mirar
al profesor.
–Muy
bien. Y para que se entere el resto de la clase, ¿qué prohibe dicho estatuto?
–Las
metralletas semiautomáticas, entre otras cosas.
–Maravilloso.
Y por pura curiosidad, ¿qué tenía el señor Nash en su posesión, en el momento
de su detención?
–Un
rifle de asalto AK 47.
–¿Y
qué le ocurrió?
–Fue
declarado culpable, condenado a tres años y presentó recurso de apelación
–respondió, conocedora de los detalles.
–¿Cuál
era la ocupación del señor Nash?
–No
quedó muy claro en el juicio, pero se mencionó una acusación adicional por
tráfico de drogas. No tenía antecedentes en el momento de su detención.
–De
modo que se trataba de un narcotraficante con un AK 47. Pero cuenta con la
amistad de Rosenberg,
¿no
es cierto?
–Desde
luego –respondió, mirándole ahora a los ojos.
La
tensión había desaparecido. La mayoría de las miradas estaban clavadas en el
profesor, conforme caminaba lentamente por el aula en busca de otra víctima.
Con frecuencia Darby dominaba la clase, pero Callaban aspiraba a una mayor
participación.
–¿A
qué creen que se debe la simpatía de Rosenberg? –preguntó en general.
–Siente
debilidad por los narcotraficantes –respondió Sallinger dolido, pero intentando
recuperarse. Callahan, para quien los debates tenían una enorme importancia,
sonrió a su víctima como si le alegrara su
regreso
a la arena.
–¿Usted
cree, señor Sallinger?
–Desde
luego. Rosenberg siente gran admiración por los camellos, los que abusan
sexualmente de los menores, los traficantes de armas y los terroristas. Para él
son como hijos débiles y maltratados a los que debe proteger –respondió
Sallinger, con la aparente indignación de un hombre de bien.
–Y
en su erudita opinión, señor Sallinger, ¿qué habría que hacer con esas
personas?
–Muy
sencillo. Someterlas a un juicio imparcial, con un buen abogado, seguido de una
apelación rápida e imparcial, y del castigo adecuado si son culpables.
Sallinger
estaba peligrosamente cerca de parecer un derechista defensor de la ley y el
orden, pecado capital entre los estudiantes de derecho de Tulane.
–Por
favor, prosiga –dijo Callahan, después de cruzarse de brazos.
Sallinger
intuyó que se metía en una trampa, pero siguió adelante. No tenía nada que
perder.
–Bueno,
hemos leído un caso tras otro en los que Rosenberg intenta redactar de nuevo la
Constitución, a fin de excluir pruebas y permitir que un acusado evidentemente
culpable salga en libertad. Es casi nauseabundo. Cree que todas las cárceles
son crueles e inadecuadas, y que de acuerdo con la Octava Enmienda, todos los
presos deberían ser puestos en libertad. Afortunadamente, ahora forma parte de
una minoría, una decreciente minoría.
–Parece
ser que le gusta dirigir al Tribunal, ¿no es cierto, señor Sallinger? –sonrió
Callahan con el entrecejo fruncido.
–No
le quepa la menor duda.
–¿Es
usted uno de esos norteamericanos normales, patrióticos, iracundos y sin
convicciones específicas, a quienes les gustaría que ese viejo cabrón muriera
mientras duerme?
Se
oyeron unas cuantas carcajadas en el aula. Ahora era menos peligroso reírse.
–Eso
no se lo desearía a nadie –respondió Sallinger casi avergonzado, demasiado
astuto para ser sincero.
–Gracias,
señor Sallinger –dijo Callahan, después de empezar de nuevo a pasear–. Siempre
me gusta oír sus comentarios. Como de costumbre, nos ha brindado la visión
profana de la ley.
Se
oyeron ahora muchas carcajadas y Sallinger se dejó caer en su silla,
intensamente ruborizado.
–Si
no les importa –dijo Callahan sin sonreír–, me gustaría elevar el nivel
intelectual de este debate. Señorita Shaw, ¿por qué simpatiza Rosenberg con
Nash?
–La
Segunda Enmienda garantiza el derecho a poseer y llevar armas. Para el juez
Rosenberg, su significado es literal y absoluto. Nada debería estar prohibido.
Si Nash desea poseer un AK 47, una granada o un bazooka, el estado de Nueva
Jersey no puede dictar una ley que se lo impida.
–¿Está
de acuerdo con él?
–No,
ni soy la única. Fue una decisión de ocho contra uno. Nadie le apoyó.
–¿Cuáles
son las razones de los otros ocho?
–Son
perfectamente evidentes. Los estados tienen razones muy poderosas para prohibir
la venta y posesión de cierto tipo de armas. Los intereses del estado de Nueva
Jersey superan a los derechos del señor Nash según la Segunda Enmienda. La
sociedad no puede permitir que sus miembros posean armas de gran,
sofisticación.
Callahan la
observaba atentamente. Las
estudiantes atractivas eran
poco frecuentes en
la facultad de Derecho de Tulane, pero cuando aparecía
alguna actuaba con rapidez. A lo largo de los últimos ocho años había tenido
bastante éxito. En general le había sido fácil. Las mujeres llegaban a la
facultad de Derecho liberadas y disponibles. El caso de Darby había sido
distinto. La vio por primera vez en la biblioteca durante el segundo semestre
de su primer curso y tardó un mes en conseguir que saliera a cenar con él.
–¿Quién
redactó la opinión mayoritaria? –preguntó Callahan.
–Runyan.
–¿Y
está usted de acuerdo con él?
–Sí.
A decir verdad, es un caso sencillo.
–¿Entonces
qué le ocurrió a Rosenberg?
–Creo
que odia a los demás jueces.
–¿De
modo que disiente por el mero placer de hacerlo?
–A
menudo creo que sí. Sus opiniones son cada vez más difíciles de defender.
Tomemos el caso de Nash. Para un liberal como Rosenberg, el tema del control
armamentista es sencillo. Debió haber redactado la opinión mayoritaria, y hace
diez años lo habría hecho. En el caso de Fordice contra Oregon, de mil
novecientos setenta y siete, optó por una interpretación mucho más limitada de
la Segunda Enmienda. Sus incoherencias son casi embarazosas.
–¿Sugiere
usted que el juez Rosenberg ha entrado en la senectud? –preguntó Callahan, que
había olvidado el caso de Fordice.
–Está
como un cencerro y usted lo sabe –se apresuró a declarar Sallinger, como un
púgil que se lanza al cuadrilátero para el último ataque–. Sus opiniones no
tienen defensa.
–No
siempre, señor Sallinger, pero por lo menos sigue ahí.
–Está
su cuerpo, pero su mente ha fallecido.
–Todavía
respira, señor Sallinger.
–Sí,
con un pulmón artificial. Han de introducirle el oxígeno por la nariz.
–Pero
aún cuenta, señor Sallinger. Es el último de los grandes activistas jurídicos y
todavía respira.
–Tal
vez debería llamar para comprobarlo.
Las
palabras de Sallinger se perdieron en la lejanía. Ya había dicho bastante. No,
había hablado demasiado. Agachó la cabeza, bajo la mirada fija del profesor. Se
acurrucó sobre el cuaderno y empezó a preguntarse por qué había hablado tanto.
Después
de dominarlo con la mirada, Callahan empezó a pasear de nuevo. Tenía realmente
una resaca terrible.
TRES
Por
lo menos tenía el aspecto de un viejo agricultor, con su sombrero de paja, mono
limpio de peto, camisa caqui bien planchada y botas. Mascaba tabaco y escupía
al agua oscura bajo el embarcadero. Mascaba como un
agricultor.
Su camioneta, aunque de un modelo reciente, se veía debidamente usada y
polvorienta. Llevaba matrícula de Carolina del Norte y estaba aparcada a cien
metros en la arena, al otro extremo del embarcadero.
Era
la medianoche del lunes, el primer lunes de octubre, y durante los próximos
treinta minutos esperaría en la fresca oscuridad del desierto embarcadero,
mascando meditabundo y apoyado en la balaustrada mientras contemplaba fijamente
el mar. Sabía que estaría solo. Así estaba previsto. El embarcadero a aquella
hora estaba siempre desierto. De vez en cuando se avistaba el destello de los
faros de un coche en la orilla, pero los vehículos nunca se detenían a aquellas
horas.
Contemplaba
las luces rojas y azules del estrecho, lejos de la orilla. Consultó su reloj
sin mover la cabeza. Las nubes eran bajas y espesas, y sería difícil verlo
hasta que llegara casi al embarcadero. Así estaba previsto.
La
camioneta no era de Carolina del Norte, ni tampoco el agricultor. La matrícula
había sido robada de un camión de desguace cerca de Durham. La camioneta había
sido robada en Baton Rouge. El agricultor era de origen desconocido y no se
ensuciaba las manos. Era un profesional y dejaba para otros las pequeñas
alevosías.
Al
cabo de veinte minutos, un objeto oscuro se acercó flotando al embarcadero.
Crecía el ronroneo amortiguado y silencioso de un motor. El objeto se convirtió
en una pequeña embarcación, con una oculta silueta agachada que manipulaba el
motor. El agricultor no movió un dedo. Paró el ronroneo y la negra balsa
neumática se detuvo en las aguas tranquilas, a diez metros del embarcadero. No
había ningún faro en la orilla.
El
agricultor se llevó meticulosamente un cigarrillo a la boca, lo encendió, dio
dos caladas y a continuación lo arrojó en dirección a la balsa.
–¿Qué
clase de cigarrillo? –preguntó el individuo de la embarcación, que distinguía
la silueta del agricultor en la balaustrada, pero no su rostro.
–Lucky
Strike –respondió el agricultor.
Parecía
un juego estúpido. ¿Cuántas balsas negras neumáticas podían llegar navegando
por el Atlántico, para acercarse precisamente a aquel viejo embarcadero, a
aquella hora específica? Estúpido, pero de suma importancia.
–¿Luke?
–preguntó la voz de la embarcación.
–Sam
–respondió el agricultor.
Su
nombre era Khamel, no Sam, pero Sam serviría durante los próximos cinco minutos
hasta que Khamel atracara la balsa.
Khamel
no respondió, no se esperaba que lo hiciera, se limitó a poner en marcha el
motor y acercar la balsa a lo largo del embarcadero hasta la playa. Luke la
siguió andando. Se reunieron junto a la camioneta sin darse la mano. Khamel
colocó su bolsa deportiva Adidas entre ambos sobre el asiento delantero y la
camioneta se alejó por la orilla.
Luke
conducía, Khamel fumaba y ambos se ignoraban perfectamente entre sí. No se
atrevían a mirarse a los ojos. Con su frondosa barba, gafas oscuras y jersey
negro, el rostro de Khamel era siniestro, pero imposible de identificar. Luke
no quería verlo. Parte de su misión, además de recoger a aquel desconocido
procedente del mar, consistía en no mirarle. En realidad era fácil. Se buscaba
aquel rostro en nueve países.
Al
cruzar el puente de Manteo, Luke encendió otro Lucky Strike y decidió que ya se
habían visto antes. Su encuentro había sido breve y preciso en el aeropuerto de
Roma, hacía cinco o seis años, si mal no recordaba. No había habido
presentaciones. Había tenido lugar en una sala de espera. Luke, que en aquella
ocasión vestía un impecable traje de ejecutivo norteamericano, había dejado un
maletín de piel de anguila junto al lavabo donde se enjuagaba lentamente las
manos, y de pronto había desaparecido. Al mirar de reojo por el espejo, había
visto a aquel individuo, ese tal Khamel, ahora estaba seguro de ello. Al cabo
de treinta minutos, el maletín había hecho explosión entre las piernas del
embajador británico en Nigeria.
En
los protegidos susurros de su hermandad invisible, Luke había oído hablar a
menudo de Khamel, individuo de muchos nombres, rostros y lenguas, que actuaba
con rapidez y sin dejar huellas, asesino meticuloso que deambulaba por todo el
mundo sin que nunca se le encontrara. Mientras surcaban la oscuridad hacia el
norte, Luke se acomodó en su asiento, con el ala de su sombrero casi sobre la
nariz y, las manos relajadas al volante, intentando recordar lo que le habían
contado sobre su pasajero. Asombrosas hazañas de terror. Lo del embajador
británico. La emboscada de diecisiete soldados israelíes en la Orilla Oeste en
mil novecientos noventa, atribuida a Khamel. Único sospechoso del coche bomba
en el que había fallecido un acaudalado banquero alemán, junto con su familia,
en mil novecientos ochenta y cinco. Se rumoreaba que sus honorarios por aquel
trabajo habían sido tres millones al contado. La mayoría de los expertos de los
servicios secretos le creían responsable de haber planeado el atentado contra
el papa de mil novecientos ochenta y uno. Aunque, por otra parte, se le
atribuían casi todos los actos terroristas y asesinatos no resueltos. Era fácil
culpar a Khamel, porque nadie estaba seguro de que existiera.
Luke
estaba emocionado. Khamel estaba a punto de actuar en territorio
norteamericano. Luke desconocía los objetivos, pero se estaba a punto de
derramar la sangre de alguien importante.
Al
alba, la camioneta robada se detuvo en la esquina de las calles treinta y uno y
M de Georgetown. Khamel cogió su bolsa deportiva sin decir palabra y echó a
andar por la acera.
Caminó
varias manzanas hacia el este hasta el hotel Four Seasons, compró el Post en el
vestíbulo y cogió tranquilamente el ascensor hasta el séptimo piso. A las siete
y cuarto en punto, llamó a la puerta del fondo del pasillo.
–¿Sí?
–respondió una voz nerviosa desde el interior.
–Estoy
buscando al señor Sneller –dijo pausadamente Khamel, con un perfecto acento
norteamericano, mientras colocaba el pulgar sobre la mirilla.
–¿El
señor Sneller?
–Sí.
Edwin F. Sneller.
La
manecilla no giró, ni hizo ruido alguno, ni se abrió la puerta. Transcurridos
unos segundos, salió un sobre blanco por debajo de la puerta, que Khamel
recogió.
–De
acuerdo –dijo lo suficientemente alto, para que Sneller o quien fuera le oyera.
–Es
la habitación contigua –dijo Sneller–. Esperaré su llamada.
Parecía
la voz de un norteamericano que, al contrario de Luke, nunca había visto a
Khamel ni, a decir verdad, deseaba hacerlo. Ahora Luke le había visto dos veces
y tenía suerte de seguir vivo.
En
la habitación de Khamel había dos camas y una mesilla cerca de la ventana. Por
las persianas, completamente cerradas, no se filtraba un solo rayo de luz. Dejó
la bolsa sobre una de las camas, junto a dos gruesos maletines. Se acercó a la
ventana, echó una ojeada y luego descolgó el teléfono.
–Soy
yo –le dijo a Sneller–. Hábleme del coche.
–Está
aparcado en la calle. Un Ford completamente blanco, con matrícula de
Connecticut. Las llaves están sobre la mesa –respondió lentamente Sneller.
–¿Robado?
–Por
supuesto, pero tratado. Está limpio.
–Lo
dejaré en Dulles poco después de la medianoche. Quiero que se destruya, ¿de
acuerdo? –dijo en un impecable inglés.
–Sí,
ésas son mis instrucciones –respondió Sneller, atento y eficaz.
–No
olvide que es muy importante. Me propongo dejar el arma en el coche. Las armas
dejan balas y la gente ve los
coches, de modo
que es importante
destruir completamente el
coche y todo
su contenido.
¿Comprendido?
–Ésas
son mis instrucciones –repitió Sneller.
No
le gustaba que le sermonearan. No era ningún novato en el campo del asesinato.
–Los
cuatro millones se recibieron hace una semana, debo puntualizar que con un día
de retraso –dijo
Khamel,
sentado al borde de la cama–. Ahora estoy en Washington y quiero otros tres.
–Se
hará la transferencia antes del mediodía. Tal como está acordado.
–Sí,
pero me preocupa el acuerdo. No olvidemos que la transferencia anterior se hizo
con un día de retraso. Esto enojó a
Sneller y puesto
que el asesino
estaba en la
habitación contigua, donde
de momento
permanecería,
podía permitirse exteriorizar su irritación. .
–La
culpa fue del banco, no nuestra.
–De
acuerdo –respondió Khamel enojado–. Quiero que usted y su banco manden esos
tres millones por transferencia telegráfica a la cuenta de Zurich, en el
momento en que abran en Nueva York. Es decir, dentro de unas dos horas. Lo
comprobaré.
–De
acuerdo.
–Entendido.
Y no quiero ningún problema cuando el trabajo esté realizado. Estaré en París
al cabo de veinticuatro horas y de allí me dirigiré a Zurich. Quiero que todo
el dinero me esté esperando cuando llegue.
–Allí
estará, si se termina el trabajo.
–El
trabajo se terminará, señor Sneller, a medianoche –sonrió Khamel para sí–. En
el supuesto, claro está, de que su información sea correcta.
–Hasta
estos momentos lo es. Y hoy no se espera ningún cambio. Nuestro personal está
en la calle. Los dos
maletines
contienen todo lo que nos pidió: mapas, horarios, herramientas y demás
artículos.
Khamel
contempló los maletines que tenía delante y se frotó los ojos con la mano
derecha.
–Tengo
que dormir un rato –susurró–. No he pegado ojo en veinticuatro horas.
Sneller
no supo qué responder. Disponían de mucho tiempo y si a Khamel le apetecía
dormir, no tenía por qué no hacerlo. Le pagaban un total de diez millones.
–¿Le
apetece algo de comer? –preguntó torpemente Sneller.
–No.
Llámeme dentro de tres horas. Exactamente a las diez y media –respondió antes
de colgar el teléfono y tumbarse sobre la cama.
Las
calles estaban tranquilas y silenciosas, en el segundo día del período de
sesiones de otoño. Los jueces pasaron el día en el estrado, escuchando los
complejos argumentos y aburridos casos de un abogado tras otro. Rosenberg
durmió durante la mayor parte del tiempo. Resucitó brevemente cuando el fiscal
general de Texas argumentaba que debería administrársele algún medicamento a
cierto recluso condenado a muerte, a fin de que estuviera lúcido cuando se le
administrara la inyección letal. ¿Cómo se le puede ejecutar si está mentalmente
enajenado?, preguntó Rosenberg con incredulidad. Por la sencilla razón de que
su enfermedad puede controlarse con medicamentos, respondió el fiscal general
de Texas. Se trataba, por consiguiente, de administrarle una pequeña inyección
para que estuviera lúcido, seguida de otra para acabar con su vida. Podía ser
todo muy nítido y constitucional. Rosenberg profirió unas cuantas quejas y
objeciones, hasta que se le acabó el conato de energía. Su pequeña silla de
ruedas era mucho más baja que los tronos de los demás jueces.
Su
aspecto inspiraba compasión. En otra época había sido un tigre, capaz de
intimidar despiadadamente y confundir a los más astutos abogados. Pero ya no
era el caso. Empezó a susurrar y sus palabras se perdieron en la lejanía. El
fiscal general le sonrió burlonamente y prosiguió.
Durante
la última vista oral del día, un aburrido caso de antisegregación de Virginia,
Rosenberg empezó a roncar. El presidente
Runyan miró fijamente
a lo largo
del estrado y
Jason Kline, primer
secretario de Rosenberg, se dio
por aludido. Retiró lentamente la silla de ruedas del estrado, salió de la sala
y empujó a su jefe con rapidez por el vestíbulo posterior.
El
juez recuperó el conocimiento en su despacho, tomó sus píldoras y les comunicó
a sus subordinados que deseaba regresar a su casa. Kline se lo comunicó al FBI
y al cabo de unos momentos subían a Rosenberg a su furgoneta, aparcada en el
sótano. Dos agentes del FBI vigilaban. Un enfermero llamado Frederic fijó la
silla de ruedas en su posición y el sargento Ferguson, de la policía del
Tribunal Supremo, se colocó al volante de la furgoneta. El juez no permitía que
se le acercara ningún agente del FBI. Podían considerarse afortunados de que se
les permitiera seguir su coche y vigilar su casa desde la calle. No confiaba en
los policías, ni mucho menos en los agentes del FBI. No necesitaba que le
protegieran.
Al
llegar a Volta Street, en Georgetown, la furgoneta se detuvo y retrocedió por
un pequeño camino privado. Frederic, el enfermero, y Ferguson, el policía, le
introdujeron cuidadosamente en la casa, mientras los agentes vigilaban desde su
Dodge Aries negro oficial aparcado en la calle. El jardín frontal era diminuto
y el coche se encontraba a pocos metros de la puerta principal de la casa. Eran
casi las cuatro de la tarde.
Al
cabo de pocos minutos, Ferguson se vio obligado a abandonar la casa, e
intercambió unas palabras con los agentes. Después de mucho discutir, hacía una
semana que Rosenberg había accedido a que Ferguson inspeccionara discretamente
todas las habitaciones, cuando regresaban a su casa por la tarde. A
continuación Ferguson debía retirarse, pero podía regresar a las diez de la
noche y sentarse junto a la puerta trasera, hasta las seis en punto de la
mañana. Sólo a Ferguson le estaba permitido hacerlo y estaba harto de trabajar
tantas horas.
–Todo
correcto –les comunicó a los agentes–. Supongo que regresaré a las diez.
¿Todavía
está vivo? –preguntó, como de costumbre, uno de los agentes.
–Me
temo que sí –respondió Ferguson con aspecto cansado, mientras se dirigía a la
furgoneta.
Frederic
era fofo y débil, pero no se necesitaba fuerza para ocuparse de su paciente:
Después de arreglar los cojines, lo levantó de la silla de ruedas para
colocarlo cuidadosamente sobre el sofá, donde permanecería inmóvil durante las
próximas dos horas, mientras dormitaba y veía la CNN. Frederic se preparó un
bocadillo de jamón, se sirvió un plato de galletas y hojeó el National Enquirer
en la mesa de la cocina. Rosenberg susurró algo en voz alta y cambió de canal
con el control remoto.
A
las siete en punto, Frederic colocó la cena especial para pacientes cardíacos
sobre la mesa, que consistía en caldo de pollo, patatas hervidas y cebollas
asadas, y acercó a su jefe en la silla de ruedas. Insistía en comer solo y no
era agradable ver cómo lo hacía. Frederic miraba la televisión. Después se
ocuparía de limpiarlo todo.
A
las nueve había tomado su baño y estaba debidamente arropado en la cama, con su
camisón. Dormía en una cama estrecha, reclinable, de color verde pálido como
las de los hospitales militares, con un colchón duro,
controles
automáticos y barandillas, que Rosenberg insistía en que no se levantaran.
Estaba situada en una habitación contigua a la cocina, que había utilizado
durante treinta años como estudio, hasta su primer ataque. La sala parecía
ahora la de un hospital, un olor a desinfectante y la presencia amenazante de
la muerte. Junto a la cama había una enorme mesa, con una lámpara de hospital y
por lo menos veinte frascos de medicamentos. La estancia estaba repleta de
nítidos montones de gruesos textos jurídicos. El enfermero, desde una vieja
silla situada cerca de la mesa, empezaba a leer un sumario. Como todas las
noches, leería hasta oír sus ronquidos. Leía con lentitud, a voces, mientras
Rosenberg permanecía rígido, inmóvil, pero atento. El sumario correspondía a un
caso en el que redactaría la opinión mayoritaria. Durante un rato, absorbía
todas y cada una de las palabras.
Después
de una hora de leer a voces, Frederic estaba cansado y el juez empezaba a
quedarse dormido. Levantó ligeramente la mano y cerró los ojos. Con uno de los
botones de la cama, bajó las luces. La habitación estaba casi a oscuras.
Frederic dio una sacudida. Dejó el sumario en el suelo y cerró los ojos.
Rosenberg roncaba.
No
por mucho tiempo.
Poco
después de las diez, cuando la casa estaba oscura y silenciosa, se entreabrió
la puerta de un armario de una habitación del primer piso y Khamel salió
sigilosamente del mismo. Sus muñequeras, gorra de nilón y pantalón corto
deportivo eran de color azul marino. Su camisa era de manga larga, y sus
calcetines y zapatillas eran de color
blanco con borde
azul. Una coordinación
cromática perfecta. Khamel
el corredor. Iba perfectamente afeitado y su cortísimo
cabello era ahora rubio, casi blanco.
La
habitación estaba a oscuras, al igual que el vestíbulo. Los peldaños crujieron
ligeramente bajo sus zapatillas. Media metro setenta y siete, y pesaba menos de
setenta y ocho kilos, todo músculo. Se conservaba fuerte y ágil, para que sus
movimientos fueran rápidos y silenciosos. La escalera desembocaba en un
vestíbulo, cerca de la puerta principal. Sabía que había dos agentes en un
coche aparcado junto a la acera, que probablemente no vigilaban la casa. Sabía
que Ferguson había llegado hacía siete minutos. Oía los ronquidos procedentes
de la habitación posterior. Mientras esperaba en el armario, había pensado en
actuar antes de que llegara Ferguson, para no tener que matarle. El hecho en sí
no le preocupaba, pero supondría la presencia de otro cadáver. Sin embargo
supuso, erróneamente, que con toda probabilidad Ferguson hablaría con el
enfermero al entrar de servicio. En tal caso, el policía descubriría el
asesinato y él perdería unas horas. Por consiguiente decidió esperar.
Cruzó
el vestíbulo sin hacer ningún ruido. En la cocina, una pequeña luz del
extractor iluminaba la superficie y creaba cierto peligro. Khamel se lamentó de
no haber comprobado la bombilla y haberla aflojado. Esos pequeños errores eran
imperdonables. Se agachó bajo una ventana que daba al jardín posterior. No pudo
ver a Ferguson, aunque sabía que tenía sesenta y un años, medía metro ochenta y
ocho, tenía cataratas, y era incapaz de darle a un elefante con su Magnum 357.
Ambos
roncaban. Khamel sonrió al agacharse junto a la puerta, para desenfundar
rápidamente la automática del calibre veintidós y el silenciador de la faja de
su cintura. Después de atornillar el tubo de diez centímetros al cañón del
arma, entró agachado en la habitación. El enfermero estaba tumbado sobre su
asiento, con los pies al aire, los brazos colgando y la boca abierta. Khamel
acercó el extremo del silenciador a dos centímetros de su sien derecha y
disparó tres veces. Temblaron sus manos, sus pies se agitaron, pero los ojos
permanecieron cerrados. Khamel se acercó rápidamente a la pálida y arrugada
cabeza del juez Abraham Rosenberg y efectuó otros tres disparos.
En
la habitación no había ninguna ventana. Durante un minuto, observó los cuerpos
y escuchó. Los talones del enfermero dieron unas cuantas sacudidas, pero por
fin se detuvieron. Los cuerpos permanecían inmóviles.
Quería
matar a Ferguson en el interior de la casa. Eran las diez y once minutos, hora
probable en la que algún vecino podía salir a dar una última vuelta con el
perro antes de acostarse. Avanzó sigilosamente por la oscuridad hasta la puerta
trasera, desde donde vio que el policía paseaba tranquilamente junto a la verja
de madera, a siete metros de distancia. Instintivamente, Khamel abrió la puerta
trasera, encendió la luz del jardín y exclamó en voz alta:
–Ferguson.
Dejó
la puerta abierta y se ocultó en un rincón oscuro junto al refrigerador.
Ferguson cruzó obedientemente el pequeño jardín y entró en la cocina. No tenía
nada de inusual. A menudo Frederic le llamaba cuando su señoría se quedaba
dormido, para tomar un café y jugar a los naipes.
En
esta ocasión no había café, ni le esperaba Frederic. Khamel le disparó tres
balas en la nuca y se desplomó sobre la mesa de la cocina.
Apagó
la luz del jardín y retiró el silenciador de la pistola. No volvería a
necesitarlo. Lo guardó de nuevo en la faja, junto con la pistola, y miró por la
ventana frontal. La luz interior del coche estaba encendida y los agentes
leían. Pasó por encima del cuerpo de Ferguson, cerró la puerta posterior y se
perdió en la oscuridad del pequeño jardín. Saltó un par de verjas sin hacer
ningún ruido, llegó a la calle y echó a correr. Khamel el Corredor.
Glenn
Jensen estaba sentado a solas en el oscuro primer piso del cine Montrose,
contemplando los cuerpos activos y desnudos de los jóvenes de la pantalla.
Tenía en las manos un gran recipiente de palomitas de maíz y estaba plenamente
concentrado en la
película. Su atuendo
era bastante convencional:
jersey azul marino, pantalón deportivo y mocasines. Unas
grandes gafas de sol ocultaban sus ojos y un sombrero de fieltro le cubría la
cabeza. Dios le había concedido una cara que se olvidaba con facilidad y,
cuando la disimulaba, nadie podía reconocerla. Especialmente en el primer piso
casi vacío de un cine pornográfico homosexual a medianoche. No llevaba ningún
pendiente, pañuelo estampado, cadena de oro, ni joya alguna, indicativos de que
buscara un compañero. Quería pasar inadvertido.
A
decir verdad, jugar al escondite con el FBI y con el resto del mundo se había
convertido en un reto para él. Aquella noche se habían situado debidamente en
el aparcamiento adjunto a su edificio. Había otra pareja aparcada cerca de la
terraza posterior. Al cabo de cuatro horas y media, disfrazado, había
descendido tranquilamente al aparcamiento subterráneo y salido en el coche de
un amigo. El edificio tenía demasiadas entradas y salidas para que los pobres
federales pudieran controlar sus movimientos. Hasta cierto punto cooperaba,
pero quería vivir su vida. Si los federales no lograban encontrarle, ¿cómo se
las arreglaría un asesino?
El
primer piso del cine estaba dividido en tres secciones de seis filas cada una.
Estaba muy oscuro; la única luz era la del potente rayo azul del proyector. En
los pasillos laterales había montones de butacas rotas y mesillas plegables.
Las cortinas de terciopelo de los costados estaban rasgadas y deterioradas. Era
un magnífico lugar donde ocultarse.
Al
principio le preocupaba ser descubierto. En los primeros meses de su
confirmación en el cargo estaba aterrorizado. No podía comer palomitas de maíz,
ni disfrutar en modo alguno de las películas. Pero se convenció a sí mismo de
que si era descubierto o reconocido, o de algún modo terrible expuesto, se
limitaría a alegar que estaba investigando para un caso de obscenidad
pendiente. Siempre había alguno en los archivos y puede que de algún modo
pareciera plausible. Después de repetirse insistentemente que el pretexto
funcionaría, creció su audacia. Sin embargo, en una noche de mil novecientos
noventa, un cine se incendió y fallecieron cuatro personas. Sus nombres
aparecieron en los periódicos, en grandes titulares. Se dio la casualidad de
que el juez Glenn Jensen estaba en los servicios cuando oyó los gritos y olió
el humo.
Corrió
a la calle y desapareció. Los cadáveres se encontraron en el primer piso.
Conocía a uno de ellos. Dejó de ir al cine durante dos meses, pero después
volvió. Se dijo a sí mismo que su investigación no había concluido.
Además,
¿qué importaba que le descubrieran? Su cargo era vitalicio. Los electores no
podían despedirle.
Le
gustaba el Montrose porque los martes había sesión continua toda la noche y
siempre había poca gente. Le gustaban las palomitas de maíz y la cerveza de
barril costaba cincuenta centavos.
Había
dos ancianos en la sección central que no dejaban de manosearse. De vez en
cuando Jensen les echaba una ojeada, pero se concentraba en la película. Le
pareció que era triste llegar a los setenta años, con la perspectiva cercana de
la muerte, procurando eludir el SIDA, y verse obligado a buscar la felicidad en
las sucias butacas de un cine pornográfico.
No
tardó en llegar un cuarto espectador que, después de echarle una mirada a
Jensen y a los dos hombres abrazados, se dirigió silenciosamente a la parte
superior de la sección central, con su cerveza de barril y una bolsa de
palomitas de maíz. Tenía el proyector directamente a su espalda. Tres filas más
adelante, a su derecha, se encontraba el juez. Delante de él, los canosos
amantes se besaban, susurraban y se reían, ajenos al mundo exterior.
Su
atuendo era apropiado: vaqueros ceñidos, camisa negra de seda, pendiente, gafas
de concha y el cabello y bigote impecables, de un marica. Khamel el Homosexual.
Esperó
unos minutos antes de acercarse al pasillo de la derecha. Nadie se percató de
ello. ¿A quién podía importarle dónde se sentara?
A
las doce y veinte, los ancianos se habían cansado. Se levantaron cogidos del
brazo y salieron de puntillas, entre risas y susurros. Jensen no les dirigió la
mirada. Estaba concentrado en la película, en la que tenía lugar una gran orgía
en un yate, en pleno huracán. Khamel se deslizó como un gato por el pasillo,
para colocarse tres butacas a la espalda del juez. Tomó un sorbo de cerveza.
Estaban solos. Al cabo de un minuto, avanzó otra butaca. Jensen estaba a dos
metros y medio.
Conforme
aumentaba la fuerza del huracán, también lo hacía la orgía. Los aullidos del
viento y los gritos de los festejantes eran ensordecedores. Khamel dejó la
cerveza y la bolsa de palomitas de maíz en el suelo, y sacó un metro de cuerda
dé nilón amarillo que llevaba en la cintura. Se enrolló rápidamente los
extremos en las manos y pasó a la próxima fila. Su presa jadeaba. Le temblaban
las palomitas de maíz.
El
ataque fue rápido y brutal. Khamel le colocó la cuerda bajo la laringe y la
estrujó con violencia. Tiró de la cuerda hacia abajo, doblándole la cabeza
sobre el respaldo del asiento. Quedó inmediatamente desnucado.
Hizo
girar la cuerda y la ató en la nuca. Introdujo una varilla de acero de quince
centímetros en el nudo y la hizo girar hasta que la cuerda segó la carne y
empezó a sangrar. En diez segundos todo había terminado.
De
pronto había amainado el huracán y empezó otra orgía para celebrarlo. Jensen se
desplomó en su asiento. Las palomitas de maíz se habían desparramado sobre sus
zapatos. Khamel no era de los que admiran su obra. Abandonó el auditorio, pasó
tranquilamente entre las estanterías de revistas y artilugios del vestíbulo, y
salió a la calle.
Condujo
su genérico Ford blanco con matrícula de Connecticut hasta el aeropuerto de
Dulles, se cambió de ropa en los servicios y esperó su vuelo a París.
CUATRO
La
primera dama se encontraba en la costa oeste, para asistir a una serie de
desayunos de cinco mil dólares el plato, en los que los ricos y ostentosos
derrochaban a gusto su dinero, a cambio de huevos fríos, champán barato, y la
oportunidad de ser vistos y tal vez fotografiados junto a la comúnmente
conocida como reina. Por consiguiente, el presidente dormía solo cuando sonó el
teléfono. Según la venerable tradición de los presidentes norteamericanos, en
otra época había pensado en tener una amante. Sin embargo, en la actualidad eso
parecía muy antirrepublicano. Además, estaba viejo y cansado. A menudo dormía
solo, incluso cuando la reina estaba en la Casa Blanca.
Dormía
profundamente. El teléfono sonó dos veces antes de que lo oyera. Levantó el
auricular y consultó el reloj. Las cuatro y media de la madrugada. Escuchó, se
incorporó de un brinco y al cabo de ocho minutos estaba en el despacho ovalado.
Sin ducharse ni ponerse la corbata. Miraba fijamente a Fletcher Coal, jefe del
gabinete, correctamente sentado tras su escritorio.
Coal
sonreía. Su impecable dentadura y su calva brillaban. Con sólo treinta y siete
años, era el joven prodigio que cuatro años antes había rescatado una
desastrosa campaña, para colocar a su jefe en la Casa Blanca. Era un
manipulador insidioso y despiadado colaborador que se había abierto paso con
uñas y dientes hasta ocupar el segundo cargo de mayor responsabilidad. Muchos
le consideraban el auténtico jefe. La mera mención de su nombre bastaba para
que cundiera el pánico entre sus subordinados.
–¿Qué
ha ocurrido? –preguntó lentamente el presidente. Coal paseaba frente al
escritorio.
–No se
sabe gran cosa
–respondió–. Están ambos
muertos. Dos agentes
del FBI han
encontrado a Rosenberg
aproximadamente a la una. Muerto en la cama. Su enfermero y un policía del
Tribunal Supremo también han sido asesinados. Los tres con balazos en la
cabeza. Un trabajo muy limpio. Cuando el FBI y la policía de Washington estaban
investigando, han recibido una llamada para comunicarles que había aparecido el
cadáver de Jensen en un club de maricas. Lo han encontrado hace un par de
horas. Voyles me ha llamado a las cuatro y yo le he llamado a usted. Él y
Gminski llegarán de un momento a otro.
¿Gminski?
–Conviene
incluir a la CIA, por lo menos inicialmente.
–Rosenberg
ha muerto –dijo el presidente, al tiempo que se desperezaba con las manos en la
nuca.
–Sí,
efectivamente. Sugiero que se dirija a la nación dentro de un par de horas.
Mabry está preparando un borrador. Yo lo terminaré. Esperemos a que amanezca,
por lo menos hasta las siete. De lo contrario será demasiado temprano y
perderemos mucha audiencia.
–La
prensa...
–Sí.
Ya lo saben. Han filmado a los camilleros, cuando entraban con Jensen en el
depósito de cadáveres.
–No
sabía que fuera homosexual.
–Ahora
no cabe la menor duda de ello. Es la crisis perfecta, señor presidente.
Piénselo. No la hemos creado nosotros. No es culpa nuestra. Nadie puede
responsabilizarnos de la misma. Y la conmoción hará que la nación reaccione con
cierto grado de solidaridad. Es el momento de agruparse alrededor del líder. Es
fantástico. Ningún inconveniente.
El
presidente sorbía una taza de café y contemplaba los documentos sobre su
escritorio.
–Y
esto me permitirá reestructurar el Tribunal.
–Ésta
es la mejor parte. Será su legado. He llamado ya a Duval, de Justicia, para
ordenarle que se pusiera en contacto con Horton y empezaran a redactar una
lista preliminar de candidatos. Horton hizo un discurso anoche en Omaha, pero
su avión ha emprendido ya el camino de regreso. Sugiero que nos reunamos con él
más tarde, por la mañana.
El
presidente asintió, para dar como de costumbre el visto bueno a las sugerencias
de Coal. Dejaba que fuera él quien elaborara los detalles. Nunca le habían
interesado los aspectos minuciosos de las cosas.
–¿Algún
sospechoso?
–Todavía
no. A decir verdad, no lo sé. Le he dicho a Voyles que usted esperaría un
informe a su llegada.
–Tenía
entendido que el FBI se ocupaba de la protección del Tribunal Supremo.
–Exactamente
–sonrió Coal, antes de soltar una carcajada–. Voyles es quien tiene la cara
manchada de huevo. A decir verdad, es bastante embarazoso.
–Magnífico.
Quiero que Voyles cargue con parte de la culpa. Cuide de la prensa. Deseo verle
humillado. Entonces puede que logremos librarnos de él.
A
Coal le encantaba la idea. Dejó de pasear para tomar una nota en su cuaderno.
Un guardia de seguridad llamó a la puerta antes de abrirla. Los directores
Voyles y Gminski entraron juntos en el despacho. El ambiente adoptó
inmediatamente un tono sombrío, cuando los cuatro se dieron la mano. Los dos
recién llegados se sentaron frente a la mesa del presidente, mientras Coal se
colocaba como de costumbre cerca de la ventana, junto al presidente. Odiaba a
Voyles y a Gminski, y el sentimiento era mutuo. No le importaba el rencor.
Contaba con la confianza del presidente y eso era lo que importaba. Durante
unos minutos guardaría silencio. Era importante permitirle al presidente que
cogiera la batuta, en presencia de otras personas.
–Lamento
mucho que estén aquí, pero agradezco que hayan venido –dijo el presidente–.
¿Qué ha ocurrido?
–agregó,
mientras sus visitantes asentían sobriamente en reconocimiento de su evidente
mentira.
Voyles
habló con rapidez y sin rodeos. Describió la situación en la casa de Rosenberg,
cuando se descubrieron los cadáveres. Todas las noches a la una de la
madrugada, el sargento Ferguson se ponía rutinariamente en contacto con los
agentes aparcados en la calle. Cuando no apareció, fueron a investigar. Los
asesinatos eran muy limpios y profesionales. Describió lo que sabía acerca de
Jensen. Cuello partido. Estrangulado. Encontrado por otro personaje en el
primer piso del cine. Evidentemente, nadie había visto nada. Voyles no era tan
arisco y descortés como de costumbre. Era un día sombrío para el Bureau y
presentía la tormenta que se avecinaba. Sin embargo, había sobrevivido a cinco
presidentes y sin duda lograría tomarle la delantera a aquel imbécil.
–Ambos
incidentes están evidentemente relacionados –dijo el presidente, con la mirada
fija en Voyles.
–Tal
vez. Ciertamente eso parece, pero...
–Vamos,
director. En doscientos veinte años han sido asesinados cuatro presidentes, dos
o tres candidatos, unos cuantos líderes de los derechos civiles, un par de
gobernadores, pero nunca un juez del Tribunal Supremo. Y ahora, en una sola
noche, en menos de dos horas, son dos los asesinados. ¿Y usted no está
convencido de que estén relacionados?
–No
he dicho eso. Debe de haber un vínculo en algún lugar. El caso es que los
métodos han sido muy distintos. Y muy profesionales. Recuerde que hemos
recibido millares de amenazas contra el Tribunal Supremo.
–Bien.
¿Quiénes son los sospechosos?
F.
Denton Voyles miró fijamente al presidente; nadie se atrevía a interrogarle.
–Es
demasiado pronto para sospechosos. Todavía acumulamos pruebas.
–¿Cómo
ha entrado el asesino en casa de Rosenberg?
–Nadie
lo sabe. Comprenda que nosotros no le hemos visto entrar. Evidentemente llevaba
rato en la casa, con toda probabilidad escondido en el ático o en algún
armario. No hemos tenido oportunidad de comprobarlo, Rosenberg no nos permitía
entrar en su casa. Ferguson hacía una inspección rutinaria de la casa todas las
tardes, cuando el juez regresaba del trabajo. Todavía es pronto, pero no hemos
encontrado ninguna huella del asesino. Ninguna, a excepción de los tres
cadáveres. Esta tarde tendremos los informes de balística y de las autopsias.
–Quiero
verlos tan pronto como los reciba.
–Sí,
señor presidente.
–También
quiero una lista de sospechosos a las cinco de esta tarde. ¿Comprendido?
–Desde
luego, señor presidente.
–Además,
quiero un informe de sus medidas de seguridad y del aspecto en el que han
fracasado.
–Supone
usted que han fracasado.
–Han
muerto dos jueces, que gozaban ambos de la protección del FBI. Creo que el
pueblo norteamericano merece conocer lo ocurrido, director. Sí, las medidas de
seguridad han fracasado.
–¿El
informe es para usted, o para el pueblo norteamericano?
–Para
mí.
–¿Y
a continuación usted convocará una conferencia de prensa y se lo comunicará al
pueblo?
–¿Tiene
miedo del escrutinio, director?
–En
absoluto. Rosenberg y Jensen están muertos porque se negaron a cooperar con
nosotros. Eran perfectamente conscientes del peligro, pero no les importaba.
Los otros siete cooperan y siguen vivos.
–De
momento. Mejor será que lo compruebe. Caen como moscas –sonrió el presidente,
mirando a Coal. Coal disimuló una risita, miró a Voyles casi con desprecio y
decidió que había llegado el momento de
hablar.
–Director,
¿sabía usted que Jensen frecuentara ese tipo de lugares?
–Era
un adulto con un cargo vitalicio. Si hubiera decidido bailar desnudo sobre la
mesa, no habríamos podido impedírselo.
–Por
supuesto –dijo atentamente Coal–. Pero no ha respondido a mi pregunta.
–Sí –respondió
Voyles, después de
respirar hondo y
desviar la mirada–.
Sospechábamos que era homosexual y sabíamos que le gustaban
cierta clase de cines. No estamos autorizados, señor Coal, ni sentimos ningún
deseo de divulgar este tipo de información.
–Quiero
los informes esta tarde –dijo el presidente.
Voyles
escuchaba, con la mirada fija en la ventana, pero sin responder.
–Bob,
quiero que me responda sin tapujos –le dijo entonces el presidente a Robert
Gminski, director de la
CIA.
–Sí
señor. ¿De qué se trata? –respondió Gminski, con el entrecejo fruncido.
–Quiero
saber si estos asesinatos están de algún modo relacionados con alguna agencia,
operación, grupo, o
lo
que sea, del gobierno de Estados Unidos.
–¡Por
Dios, señor presidente! ¡No hablará en serio! Esto es absurdo.
Gminski
parecía horrorizado, pero el presidente, Coal, e incluso Voyles, sabían que hoy
en día todo era posible con la CIA.
–Hablo
muy en serio, Bob.
–Yo
también. Y le aseguro que no hemos tenido nada que ver con el asunto. Me
horroriza que haya podido siquiera pensarlo. ¡Es absurdo!
–Cerciórese,
Bob. Quiero estar absolutamente seguro. Rosenberg no creía en la seguridad
nacional. Tenía muchos enemigos en los servicios secretos. Compruébelo, ¿de
acuerdo?
–De
acuerdo, de acuerdo.
–Y
quiero un informe a las cinco de esta tarde.
–Bien.
De acuerdo. Pero es una pérdida de tiempo. Fletcher Coal se acercó al
escritorio, junto al presidente.
–Sugiero,
caballeros, que nos reunamos aquí a las cinco de esta tarde. ¿Les parece bien?
Ambos asintieron antes de levantarse y Coal les acompañó a la puerta, sin decir
palabra.
–Lo
ha manejado usted muy bien –le dijo al presidente,
después
de cerrar la puerta–. Voyles es consciente de su vulnerabilidad. Huelo a
sangre. Empezaremos a presionarlo a través de la prensa.
–Rosenberg
está muerto –repitió para sí el presidente–. No puedo creerlo.
–Tengo
una idea para la televisión –declaró Coal mientras paseaba de nuevo; controlaba
perfectamente la situación–. Debemos aprovecharnos de la conmoción del suceso.
Usted debe parecer cansado, como si hubiera pasado la noche en vela dirigiendo
la crisis. ¿De acuerdo? Toda la nación le verá, pendiente de que facilite
detalles de lo ocurrido y ofrezca garantías de seguridad. Creo que debería
vestir algo cómodo y hogareño. Traje y corbata a las siete de la mañana puede
parecer excesivamente estudiado. Es preferible algo más relajado.
–¿Un
albornoz? –preguntó el presidente, que escuchaba con gran atención.
–Sería
exagerado. ¿Qué le parece un pantalón y chaqueta de lana? Sin corbata. Camisa
blanca. En cierto modo con aspecto de abuelo.
–¿Pretende
que me dirija a la nación en este momento de crisis con un jersey?
–Sí.
Me gusta la idea. Un jersey abierto de color castaño, con una camisa blanca.
–No
estoy seguro.
–La
imagen es buena. Escúcheme, jefe, las elecciones tendrán lugar dentro de un
año, a partir del próximo mes. Ésta es nuestra primera crisis en noventa días y
es una crisis maravillosa. La gente debe verle con algo
distinto,
especialmente a las siete de la mañana. Debe tener un aspecto relajado,
hogareño, pero firme. Ganará cinco puntos, tal vez diez, en el índice de
popularidad. Confíe en mí, jefe.
–No
me gustan los jerseys.
–Confíe
en mí.
–No
estoy seguro. CINCO
Darby
Shaw despertó a primera hora de la madrugada, con un poco de resaca. Después de
quince meses en la facultad de derecho, su mente se negaba a descansar más de
seis horas. A menudo se levantaba antes del alba, razón por la cual no dormía a
gusto con Callahan. El sexo era maravilloso, pero el resto de la noche se
convertía en una lucha por sábanas y almohadas.
Ella
se dedicaba a contemplar el techo y, ocasionalmente, a escuchar los ronquidos
de su compañero, en su coma inducido por el whisky. Las sábanas parecían
tenazas alrededor de sus rodillas. A pesar de no tener con qué cubrirse, no
tenía frío. El mes de octubre en Nueva Orleans es todavía húmedo y caluroso. El
aire pesado y bochornoso se elevaba de Dauphine Street, invadía el pequeño
balcón y penetraba por la vidriera. Con el mismo llegaban los primeros
destellos del alba. Darby se acercó al balcón, con el albornoz de terciopelo de
su compañero. Salía el sol, pero Dauphine Street seguía a oscuras. El alba
pasaba desapercibida en el barrio francés. Tenía la boca seca.
Darby bajó
a la cocina
y preparó una
cafetera de café
francés con achicoria.
Las cifras azules
del microondas indicaban que eran las seis menos diez. Para una persona
que bebía poco, la vida con Callahan era una lucha constante. Su límite eran
tres vasos de vino. No tenía el título de abogado ni trabajo, y no podía
permitirse emborracharse todas las noches y dormir por la mañana. Además,
pesaba cincuenta kilos y estaba decidida a no aumentar de peso. Él no tenía
límite.
Después
de tomarse tres vasos de agua helada, sirvió una buena taza de café con
achicoria. Encendió las luces al subir por la escalera y volvió a meterse en la
cama. Pulsó el control remoto de la televisión y, de pronto, ahí estaba el
presidente detrás de su escritorio, con un aspecto un tanto curioso sin corbata
y con un jersey castaño. Era un informativo especial de la NBC.
–¡Thomas!
–exclamó, al tiempo que le sacudía el hombro. No reaccionó.
–¡Thomas!
¡Despierta!
Pulsó
otro botón y subió el volumen. El presidente dijo buenos días.
–¡Thomas!
–repitió, después de acercarse al televisor.
Callahan
dio una patada a las sábanas, se incorporó, se frotó los ojos, e intentó
enfocar la mirada. Ella le ofreció la taza de café.
Las
noticias del presidente eran trágicas. Tenía los ojos cansados y el aspecto
triste, pero su aterciopelada voz de barítono inspiraba confianza. Tenía notas,
pero no las utilizaba. Con la mirada fija en la cámara, le contaba al pueblo
norteamericano los trágicos sucesos de la noche anterior.
–Maldita
sea –susurró Callahan.
Después
de dar a conocer las muertes, el presidente pronunció un elocuente panegírico
dedicado a Abraham Rosenberg, a quien describió como ejemplar y legendario.
Tuvo que hacer un esfuerzo, pero mantuvo una expresión sobria al alabar la
distinguida carrera de uno de los hombres más odiados en Norteamérica.
Callahan
estaba encandilado ante el receptor. Darby no se perdía palabra.
–Muy
conmovedor –declaró Darby, paralizada al borde de la cama.
Según
la información que le había facilitado el FBI y la CIA, explicaba el
presidente, ambas muertes parecían estar relacionadas. Había ordenado una
investigación amplia e inmediata, y los responsables responderían de sus actos
ante los tribunales.
Callahan
se incorporó y se cubrió con las sábanas. Después de parpadear, se pasó los
dedos por su despeinada cabellera.
–¿Rosenberg?
¿Asesinado? –susurró, sin dejar de mirar fijamente la pantalla.
Había
desaparecido inmediatamente la niebla de su mente y el dolor estaba presente,
pero no lo percibía.
–Fíjate
en el jersey –dijo Darby mientras tomaba un sorbo de café y contemplaba aquel
rostro anaranjado cubierto de maquillaje, con su cabellera plateada
impecablemente peinada.
Era
un hombre sumamente apuesto y con una voz muy confortante; de ahí su enorme
éxito político. Se agrupaban los surcos de su frente y ahora era aun mayor su
tristeza, al hablar de su íntimo amigo, el juez Glenn
Jensen.
–El
cine Montrose, a medianoche –repitió Callahan.
–¿Dónde
está? –preguntó Darby.
–No
estoy seguro –respondió Callahan, que había terminado sus estudios de Derecho
en Georgetown–. Pero creo que se encuentra en el barrio homosexual.
–¿Era
marica?
–Evidentemente.
Había oído rumores.
Estaban
ambos sentados al borde de la cama, con las sábanas sobre las rodillas. El
presidente ordenaba una semana de luto nacional, con banderas a media asta. Al
día siguiente permanecerían cerradas las dependencias federales. Todavía no se
habían ultimado los detalles de los funerales. Habló otros pocos minutos,
todavía muy apenado, incluso trastornado, con gran compasión, pero claramente
como presidente y en control de la situación. Se despidió con su tradicional
sonrisa de abuelo, llena de confianza y sabiduría.
Apareció
un corresponsal de la NBC en los jardines de la Casa Blanca, que llenó los
espacios en blanco. La policía guardaba silencio, pero parecía que de momento
no había pistas ni sospechosos. Efectivamente, ambos jueces estaban bajo
protección del FBI, que de momento no hacía ningún comentario. Sí, el Montrose
era un lugar frecuentado por homosexuales. Sí, había habido muchas amenazas
contra ambas víctimas, especialmente Rosenberg. Y podría haber muchos
sospechosos, antes de que se cerrara el caso.
Callahan
apagó el televisor y se acercó al balcón, donde el aire matutino era cada vez
más bochornoso.
–Ningún
sospechoso –susurró.
–A
mí se me ocurren por lo menos veinte –dijo Darby.
–Sí,
¿pero por qué esos dos? Rosenberg es fácil, ¿pero por qué Jensen? ¿Por qué no
McDowell o Yount, que son considerablemente más liberales que Jensen? No tiene
sentido –dijo Callahan, sentado en un sillón de mimbre junto al balcón,
mientras se mullía la cabellera.
–Te
traeré un poco más de café –sugirió Darby.
–No,
no. Ya estoy despierto.
–¿Cómo
está tu cabeza?
–Estaría
mejor si hubiera podido dormir otras tres horas. Creo que anularé la clase. No
me siento inspirado.
–Magnífico.
–Maldita
sea, no puedo creerlo. Ese cretino cuenta ahora con dos nominaciones. Eso
significa que ocho de los nueve serán republicanos.
–Antes
tendrán que ser confirmados en sus cargos.
–Dentro
de diez años no reconoceremos la Constitución. Es un asco.
Ésa
es la razón por la que los han matado, Thomas. Alguien, o algún grupo, quiere
un Tribunal distinto, con una mayoría conservadora absoluta. El próximo año hay
elecciones. Rosenberg tiene, o tenía, noventa y un años. Manning ochenta y
cuatro. Yount pasa de los ochenta. Podrían morir pronto, o vivir otros diez
años. Puede que el próximo presidente
sea demócrata. ¿Para
qué arriesgarse? Mejor
matarlos ahora, un
año antes de las
elecciones. Es perfectamente lógico, para alguien que piense de ese modo.
–¿Pero
por qué Jensen?
–Suponía
un embarazo. Y, evidentemente, era un blanco fácil.
–Sí,
pero era básicamente un moderado, con impulsos ocasionales a la izquierda.
Además, lo había nombrado un republicano.
–¿Te
apetece un Bloody Mary?
–Buena
idea. Dentro de un minuto. Intento pensar.
Darby
se acostó sobre la cama y se tomó el café, mientras contemplaba el sol que se
filtraba por el balcón.
–Piénsatelo
bien, Thomas. La sincronización es perfecta. Reelecciones, nominaciones, la
política y todo lo demás. Pero piensa en la violencia y en los radicales, los
fanáticos, los defensores de la vida y los que odian a los homosexuales, los
arios y los nazis, piensa en todos los grupos capaces de matar y en todas las
amenazas contra el Tribunal, y la sincronización es perfecta para que un grupo
inconspicuo y desconocido cometa los asesinatos. Es macabro, pero la
sincronización es perfecta.
–¿Y
de qué grupo se trataría?
–¿Quién
sabe?
–¿El
ejército clandestino?
–No
es precisamente inconspicuo. Asesinaron al juez Fernández en Texas.
–¿No
utilizan bombas?
–Sí,
son expertos en explosivos plásticos.
–Bórralos
de la lista.
–De
momento no descarto a nadie –dijo Darby, al tiempo que se ponía de pie y ataba
el cinturón del albornoz–. Voy a prepararte un Bloody Mary.
–Sólo
lo tomaré si me acompañas.
–Thomas,
tú eres profesor. Puedes anular la clase si se te antoja. Yo soy estudiante
y...
–Comprendo
la diferencia.
–No
puedo faltar a más clases.
–Te
suspenderé en Derecho constitucional si no te saltas las demás clases y te
quedas a beber conmigo. Tengo un libro sobre las opiniones de Rosenberg.
Leámoslas juntos, tomemos Bloody Marys, luego vino y a continuación lo que sea.
Ya empiezo a echarle de menos.
–Tengo
una clase de Procedimiento Federal a las nueve y no puedo perdérmela.
–Pienso
llamar al decano y pedirle que anule todas las clases. ¿Te quedarás entonces a
beber conmigo?
–No.
Vamos, Thomas.
El
profesor la siguió a la cocina, donde se encontraban el café y los licores.
SEIS
Sin
quitarse el auricular del hombro, Fletcher Coal marcó otro número en el
teléfono situado sobre el escritorio del despacho ovalado. Tres líneas
parpadeaban a la espera. Paseaba lentamente frente a la mesa y escuchaba,
mientras hojeaba el informe de dos páginas de Horton, del Departamento de
Justicia. Hacía caso omiso del presidente,
que estaba agachado
frente a las
ventanas, con guantes
y su putter
en las manos, plenamente concentrado primero en la
bola amarilla y luego, lentamente a lo largo de la alfombra azul, en la taza de
latón a tres metros de distancia. Coal farfulló algo por teléfono. El
presidente, que acababa de golpear suavemente la bola y vio cómo se deslizaba
con precisión hasta la taza, no oyó sus palabras. La taza hizo un clic, dejó
caer nuevamente la bola y ésta se desplazó un metro de costado. El presidente
se acercó con calcetines a la próxima bola, la miró y respiró hondo. Ésta era
de color naranja. La golpeó con suavidad y entró directamente en la taza. Ocho
aciertos seguidos. Veintisiete sobre treinta.
–Era
el presidente Runyan –dijo Coal, después de colgar el teléfono–. Está bastante
disgustado. Quería reunirse con usted esta tarde.
–Dígale
que se ponga en la cola.
–Le
he dicho que viniera mañana a las diez de la mañana. Usted tiene reunión con el
gabinete a las diez y media, y con el personal de seguridad a las once y media.
Sin
levantar la cabeza, el presidente agarró el putter y estudió la próxima bola.
–Me
muero de impaciencia. ¿Cómo está el índice de opinión pública? –preguntó, al
mismo tiempo que golpeaba cuidadosamente la bola y la seguía con la mirada.
–Acabo
de hablar con Nelson. El ordenador está digiriendo la información, pero cree
que el índice estará alrededor de los cincuenta y dos o cincuenta y tres
puntos.
El
jugador de golf levantó brevemente la mirada y sonrió, antes de concentrarse de
nuevo en el juego.
–¿A
cuánto estaba la semana pasada?
–Cuarenta
y cuatro. Ha sido el jersey sin corbata. Tal como se lo dije.
–Creí
que eran cuarenta y cinco –dijo mientras golpeaba la bola amarilla y veía cómo
llegaba perfectamente a la taza.
–Tiene
razón. Cuarenta y cinco.
–El
más alto en...
–Once
meses. No hemos pasado de los cincuenta desde el vuelo cuatro cero dos, en
noviembre del año pasado. Ésta es una crisis maravillosa, jefe. El pueblo está
aturdido, a pesar de que muchos se alegren de que Rosenberg haya muerto. Y
usted está en el centro de la crisis. Simplemente maravilloso.
Coal
pulsó un botón parpadeante y levantó el auricular. Lo colgó de nuevo sin decir
palabra. Se arregló la corbata y se abrochó la chaqueta.
–Son
las cinco y media, jefe. Voyles y Gminski están esperando.
Golpeó
la bola y observó su trayectoria. Pasó a dos centímetros de la taza e hizo una
mueca.
–Que
esperen. Daremos una conferencia de prensa a las nueve de la mañana. Quiero que
Voyles me acompañe, pero que mantenga la boca cerrada. Ocúpese de que esté de
pie a mi espalda. Daré algunos detalles y contestaré a unas preguntas. Las
cadenas nacionales lo transmitirán en directo, ¿no cree?
–Por
supuesto. Buena idea. Empezaré inmediatamente los preparativos. Se quitó los
guantes y los arrojó a un rincón.
–Hágales
pasar –dijo mientras apoyaba cuidadosamente el putter contra la pared y se
ponía sus mocasines
Bally.
Como
de costumbre, se había cambiado seis veces de ropa desde la hora del desayuno y
ahora llevaba un traje cruzado de mezclilla, con una corbata a topos rojos.
Ropa de despacho. La chaqueta colgaba junto a la puerta. Se sentó a la mesa y
empezó a examinar unos documentos, con el entrecejo fruncido. Saludó a Voyles y
Gminski con la cabeza, sin levantarse ni tenderles la mano. Los visitantes se
sentaron frente a su escritorio y Coal adoptó su actitud habitual de centinela,
impaciente por disparar. El presidente se pellizcó el puente de la nariz, como
si la tensión de la jornada le hubiera producido una jaqueca.
–Ha
sido un día muy duro, señor presidente –dijo Gminski para romper el hielo,
mientras Coal asentía.
–Sí,
Bob –respondió el presidente–. Un día muy duro. Y esta noche tengo a un montón
de etíopes invitados a cenar, de modo que démonos prisa. Empiece usted, Bob.
¿Quién les ha asesinado?
–No
lo sé, señor presidente. Pero le aseguro que no hemos tenido nada que ver con
el asunto.
–¿Me
lo promete, Bob? –preguntó, casi en forma de plegaria.
–Se
lo juro –respondió Gminski, después de levantar la palma de la mano derecha–.
Se lo juro sobre la tumba de mi madre.
Coal
asintió tímidamente como si le creyera y su aprobación fuera definitiva.
El
presidente miró fijamente a Voyles, cuyo robusto cuerpo llenaba la silla y que
todavía llevaba puesta una voluminosa gabardina. El director se mordía
lentamente los labios y miraba con una risita al presidente.
–¿Balística?
¿Autopsias?
–Aquí
lo tengo –respondió Voyles, al tiempo que abría su maletín.
–Cuéntemelo.
Lo leeré más tarde.
–El
arma era de pequeño calibre, probablemente del veintidós. Disparos a quemarropa
contra Rosenberg y su enfermero, a juzgar por las quemaduras de pólvora. Más
difícil de determinar en el caso de Ferguson, pero los disparos no se
efectuaron a más de veinticinco centímetros. Comprenda que no presenciamos el
tiroteo. Tres balas en cada cabeza. Le han extraído dos a Rosenberg y han
encontrado la tercera en su almohada. Parece que tanto él como su enfermero
estaban dormidos. Las mismas balas, la misma arma, evidentemente el mismo
pistolero. Se están redactando los informes completos de las autopsias, pero no
han descubierto nada sorprendente. Las causas de las muertes son perfectamente
evidentes.
–¿Huellas?
–Ninguna.
Seguimos buscando, pero se trata de un trabajo muy limpio. Parece .que lo único
que ha dejado han sido las balas y los cadáveres.
–¿Cómo
entró en la casa?
–No
se ve nada forzado. Ferguson inspeccionó la vivienda cuando llegó Rosenberg, a
eso de las cuatro. Una operación rutinaria. Al cabo de dos horas entregó su
informe escrito, en el que dice haber inspeccionado dos dormitorios, un cuarto
de baño y tres armarios en el primer piso, así como todas las salas de la
planta baja, sin haber encontrado evidentemente nada. Dice que comprobó todas
las puertas y ventanas. Según las instrucciones de Rosenberg, nuestros agentes
estaban en la calle y calculan que la inspección de Ferguson duró de tres a
cuatro minutos. Sospecho que el asesino estaba escondido en la casa cuando
regresó el juez y Ferguson no le vio.
–¿Por
qué? –preguntó Coal.
Los
ojos irritados de Voyles, miraban al presidente, sin prestarle atención a su
subordinado.
–Se
trata, evidentemente, de un individuo de mucho talento. Ha asesinado a un juez
del Tribunal Supremo, tal vez a dos, sin dejar prácticamente ninguna huella.
Probablemente un asesino profesional. Para él entrar en la casa no supondría
ningún problema. Como tampoco lo sería eludir la inspección rutinaria de
Ferguson. Probablemente tiene mucha paciencia. No se arriesgaría a entrar
cuando la casa estaba ocupada y vigilada por la policía. En mi opinión entró en
algún momento de la tarde y se limitó a esperar, probablemente en algún armario
del
primer piso, o tal vez en el desván. Hemos encontrado dos pequeños fragmentos
del material aislante del desván junto a la escalera plegable, que sugieren su
utilización reciente.
–En
realidad no importa donde se escondiera –dijo el presidente–. No le
descubrieron.
–Tiene
usted razón. Comprenda que no se nos permitía inspeccionar la casa.
–Lo
que comprendo es que está muerto. ¿Qué me dice de Jensen?
–También
está muerto. Desnucado. Estrangulado con un trozo de cuerda de nilón amarillo
que se puede comprar en cualquier tienda. Los forenses dudan de que el
desnucamiento produjera la muerte. Están bastante seguros de que la causó la
cuerda. Ninguna huella. Ningún testigo. No es el tipo de lugar donde los
testigos hagan cola para declarar, de modo que no esperamos encontrar ninguno.
Hora aproximada de la muerte: doce treinta de la madrugada. Transcurrieron dos
horas entre un asesinato y otro.
¿Cuándo
salió Jensen de su apartamento? –preguntó el presidente, mientras tomaba notas.
–No
lo sé. No olvide que estábamos relegados al aparcamiento. Le seguimos hasta su
casa a eso de las seis de la tarde y vigilamos el edificio durante siete horas,
hasta que nos enteramos de que había sido estrangulado en un antro de maricas.
Evidentemente nos limitábamos a obedecer sus órdenes. Salió a hurtadillas del
edificio en el coche de un amigo. Lo encontramos a dos manzanas del antro.
Coal
dio dos pasos al frente, con las manos rígidamente entrelazadas a la espalda.
–Director,
¿cree usted que un asesino ha cometido ambos crímenes?
–Quién
diablos lo sabe. Todavía no se han enfriado los cadáveres. Denos un respiro. En
estos momentos las pruebas son casi inexistentes. Sin testigos, huellas, ni
errores, tardaremos algún tiempo en juntar las piezas sueltas. Podría tratarse
del mismo individuo, no lo sé. Es demasiado pronto.
–Debe
tener sin duda algún presentimiento –dijo el presidente.
–Podría
tratarse del mismo individuo, pero debe de ser un superhombre –respondió Voyles
después de una pausa y de mirar por la ventana–. Es más probable que sean dos o
tres, pero de todos modos deben de haber contado con mucha ayuda. Alguien les
ha facilitado un montón de información.
–¿Por
ejemplo?
–Por
ejemplo con qué frecuencia iba Jensen al cine, dónde se sentaba, a qué hora
llegaba, si iba solo o se encontraba con algún amigo. Información que,
evidentemente, nosotros no teníamos. Pensemos en Rosenberg. Alguien tenía que
saber que en su casita no había ningún sistema de seguridad, que a nuestros
agentes se les obligaba a permanecer en la calle, que Ferguson llegaba a las
diez, se marchaba a las seis y debía quedarse en el jardín posterior, que...
–Usted
sabía todo eso –interrumpió el presidente.
–Por
supuesto. Pero le aseguro que no se lo comunicamos a nadie.
El
presidente le dirigió una mirada conspiratoria a Coal, que se rascaba
meditabundo la barbilla.
Voyles
acomodó su voluminoso trasero y sonrió mirando a Gminski, como para decir:
«sigámosles la corriente».
–Sugiere
usted una conspiración –observó inteligentemente Coal, con el entrecejo
fruncido.
–No
sugiero absolutamente nada. Le comunico a usted, señor Coal, y a usted, señor
presidente, que efectivamente ha conspirado un gran número de personas para
perpetrar estos asesinatos. Puede que sólo haya habido uno o dos asesinos, pero
han contado con mucha ayuda. Todo ha sido demasiado nítido, rápido y bien
organizado.
Coal
parecía satisfecho. Volvió a incorporarse y juntar las manos a su espalda.
–¿Entonces,
quiénes son los conspiradores? –preguntó el presidente–. ¿Quiénes son sus
sospechosos? Voyles respiró hondo y pareció acomodarse en su asiento. Cerró el
maletín y lo dejó junto a sus pies.
–De
momento no tenemos a ningún sospechoso principal, sólo ciertas probabilidades.
Y es preciso guardar el secreto.
–Claro
que es confidencial –exclamó Coal después de acercarse–. Está usted en el
despacho ovalado.
–Y
he estado aquí muchas veces. A decir verdad, he estado aquí cuando usted andaba
todavía en pañales, señor Coal. La información encuentra la forma de filtrarse.
–Creo
que las filtraciones no son ajenas a su organización –dijo Coal.
–Es
confidencial, Denton –dijo el presidente, después de levantar la mano y de que
Coal retrocediera un paso–. Tiene mi palabra.
–Como
usted sabe –respondió Voyles, con la mirada fija en el presidente el lunes tuvo
lugar la inauguración de este período judicial y los fanáticos están en la
ciudad desde hace unos días. Durante las últimas dos semanas,
hemos
vigilado a varios movimientos. Conocemos a por lo menos once miembros del
ejército clandestino, que están en la región de Washington desde hace una
semana. Hoy hemos hablado con un par de ellos y los hemos vuelto a soltar.
Sabemos que el grupo cuenta con la capacidad necesaria, y el deseo. En este
momento suponen nuestra mejor posibilidad. Puede cambiar mañana.
Coal
no estaba impresionado. Todo el mundo conocía al ejército clandestino.
–He
oído hablar de ellos –declaró estúpidamente el presidente.
–Sí,
claro. Se están haciendo bastante populares. Creemos que asesinaron a un juez
en Texas. Pero no podemos demostrarlo. Son expertos en explosivos. Sospechamos
que han hecho estallar por lo menos un centenar de bombas en clínicas
abortistas, oficinas del ACLU, tiendas pornográficas y locales de homosexuales,
a lo largo y ancho del país. Son el tipo de gente que sentiría odio por
Rosenberg y Jensen.
–¿Algún
otro sospechoso? –preguntó Coal.
–Hay
un grupo ario denominado Resistencia Blanca que vigilamos desde hace dos años.
Actúa en Idaho y Oregón. Su jefe pronunció un discurso en Virginia occidental
la semana pasada, y hace varios días que está por aquí. Se le vio el lunes en
la manifestación frente al Tribunal Supremo. Mañana procuraremos hablar con él.
–¿Pero
son esas personas asesinos profesionales? –preguntó Coal.
–Comprenda
que no ponen anuncios en los periódicos. Dudo de que ninguno de esos grupos
haya cometido directamente los asesinatos. Se habrán limitado a contratar a los
asesinos y efectuar el trabajo preliminar.
–¿Entonces
quiénes son los asesinos? –preguntó el presidente.
–Sinceramente,
puede que nunca lo sepamos.
El
presidente se puso de pie y estiró las piernas. Un día más de trabajo duro en
el despacho. Miró a Voyles con una sonrisa.
–Tiene
una misión difícil que cumplir –dijo con su voz de abuelo, llena de calor y
comprensión–. No le envidio. A ser posible, quiero un informe de dos páginas
mecanografiadas a doble espacio, a las cinco de la tarde todos los días, siete
días por semana, con los últimos detalles de la investigación. Si descubren
algo, espero que me lo comuniquen inmediatamente.
Voyles
asintió, sin decir palabra.
–Celebraré
una conferencia de prensa a las nueve de la mañana. Me gustaría que asistiera a
la misma.
Voyles
asintió, sin decir palabra. Transcurrieron varios segundos sin que nadie
hablara. Voyles se levantó ruidosamente y se ató el cinturón de la gabardina.
–Bien,
nos retiraremos. Usted tiene que ocuparse de sus etíopes y todo lo demás –dijo,
al tiempo que le entregaba a Coal los informes de balística y de las autopsias,
convencido de que el presidente no se los leería.
–Gracias
por haber venido, caballeros –dijo calurosamente el presidente.
Después
de que se retiraran, Coal cerró la puerta y el presidente cogió nuevamente su
putter.
–No
voy a cenar con los etíopes –declaró el presidente, con la mirada fija en la
bola amarilla sobre la alfombra.
–Lo
sé. Les he mandado ya sus disculpas. Éste es un momento de gran crisis, señor
presidente, y se supone que debe permanecer en su despacho, rodeado de sus
consejeros.
Golpeó
la bola, que se deslizó perfectamente hasta la taza.
–Quiero
hablar con Horton. Las nominaciones deben ser perfectas.
–Ha
mandado una lista de diez candidatos. Parece prometedora.
–Quiero
jóvenes conservadores blancos contrarios al aborto, la pornografía, los
homosexuales, el control armamentista,
las cuotas raciales
y toda esa
basura –dijo, al
tiempo que fallaba
el tiro y
se quitaba los mocasines–. Quiero jueces que odien la
droga y a los delincuentes, y a quienes les entusiasme la pena de muerte.
¿Comprende?
Coal
asentía, mientras marcaba un número de teléfono. Primero seleccionaría a los
candidatos y luego convencería al presidente.
K.
O. Lewis estaba sentado junto al director, en el asiento posterior de la
silenciosa limusina, cuando salieron de la Casa Blanca para unirse al tráfico
de la hora punta. Voyles no tenía nada que decir. Hasta ahora, en las primeras
horas desde la tragedia, la prensa había sido despiadada. Los buitres habían
levantado el vuelo. No menos de tres grupos parlamentarios habían anunciado ya
su intención de celebrar audiencias e investigaciones relacionadas con los
asesinatos. Y todavía no se habían enfriado los cadáveres. Los políticos
estaban ansiosos y luchaban por las candilejas. A un comentario descabellado le
sucedía otro. El senador Larkin de Ohio odiaba a Voyles y Voyles odiaba al
senador Larkin de Ohio, que había convocado una conferencia de prensa tres
horas
antes,
para anunciar que el grupo parlamentario que encabezaba empezaría a investigar
inmediatamente la protección de los jueces fallecidos, por parte del FBI. Pero
Larkin tenía una amiga, una chica bastante joven, y el FBI tenía ciertas
fotografías, gracias a las cuales Voyles estaba seguro de que se postergaría la
investigación.
–¿Cómo
está el presidente? –preguntó finalmente Lewis.
–¿Cuál?
–No
Coal. El otro.
–Magnífico.
Simplemente magnífico. Pero muy turbado por lo de Rosenberg.
–Es
de suponer.
Circularon
en silencio, en dirección al edificio Hoover. Les esperaba una larga noche.
–Tenemos
un nuevo sospechoso –dijo por último Lewis.
–¿De
quién se trata?
–Un
individuo llamado Nelson Muncie.
–Nunca
he oído hablar de él –respondió Voyles, mientras movía lentamente la cabeza.
–Yo
tampoco. Es una larga historia.
–Resúmala.
–Muncie
es un industrial muy rico de Florida. Hace dieciséis años su sobrina fue
violada y asesinada por un afroamericano llamado Buck Tyrone. La niña tenía
doce años. Fue una violación y un asesinato muy brutal. Le ahorraré los
detalles. Muncie no tiene hijos y adoraba a su sobrina. Tyrone fue juzgado en
Orlando y condenado a la pena de muerte. Lo tuvieron muy bien protegido, porque
había habido un montón de amenazas. Un grupo de abogados judíos de un bufete de
Nueva York presentó un montón de recursos, hasta que en mil novecientos ochenta
y cuatro el caso llegó al Tribunal Supremo. Estoy seguro de que ya lo ha
adivinado: Rosenberg se enamoró de Tyrone y amañó un absurdo argumento de
autoincriminación, basado en la Quinta Enmienda, para excluir la declaración
que ese gamberro había prestado, una semana después de su detención. Una
confesión de ocho páginas, escrita por el propio Tyrone. Sin confesión, no
había caso. Rosenberg escribió una compleja propuesta, aprobada por cinco votos
a favor y cuatro en contra, anulando la sentencia. Una decisión sumamente
polémica. Tyrone salió en libertad. Al cabo de dos años desapareció y no se le
ha vuelto a ver jamás. Se rumorea que Muncie pagó para que le castraran,
mutilaran y ofrecieran como pasto a los tiburones. Simples rumores, según las
autoridades de Florida. En mil novecientos ochenta y nueve, el abogado
principal de Tyrone, un individuo llamado Kaplan, fue abatido a balazos por un
supuesto ladrón, frente a su piso de Manhattan. Curiosa coincidencia.
–¿Cómo
lo ha sabido?
–Han
llamado de Florida hace dos horas. Están convencidos de que Muncie pagó un
montón de dinero para eliminar a Tyrone y a su abogado. Sólo que no pueden
demostrarlo. Disponen de un colaborador no identificado, que dice conocer a
Muncie y les facilita un poco de información a regañadientes. Asegura que,
desde hace muchos años, Muncie habla de eliminar a Rosenberg. Creen que no está
en sus cabales desde el asesinato de su sobrina.
–¿Cuánto
dinero tiene?
–El
suficiente. Millones. Nadie lo sabe con certeza. Es un personaje muy secreto.
En Florida están convencidos de que puede hacerlo.
–Investiguémoslo.
Parece interesante.
–Me
ocuparé de ello esta misma noche. ¿Está seguro de que quiere trescientos
agentes en este caso? Voyles encendió un cigarro y abrió un poco la ventana.
–Sí,
tal vez cuatrocientos. Debemos resolver este problema antes de que la prensa
nos coma vivos.
–No
será fácil. A excepción de las balas y de la cuerda, no han dejado ninguna
pista.
–Lo
sé –respondió Voyles, al tiempo que soltaba una bocanada de humo por la
ventana–. Parece casi demasiado limpio.
SIETE
El
presidente del Tribunal estaba doblado sobre su escritorio, con la corbata
suelta y aspecto macilento. En la sala, tres de sus colegas y media docena de
secretarios charlaban sentados en tono subyugado. El disgusto y la fatiga eran
evidentes. Jason Kline, primer secretario de Rosenberg, parecía particularmente
afectado. Estaba sentado en un pequeño sofá, con la mirada fija en el suelo,
mientras el juez Archibald Manning, el mayor ahora
de
los jueces, hablaba del protocolo y de los funerales. La madre de Jensen quería
una pequeña ceremonia episcopal privada, el viernes en Providence. El hijo de
Rosenberg, que era abogado, le había entregado a Runyan una lista de
instrucciones, que el juez había redactado después de su segundo ataque
cardíaco, en la que expresaba su deseo de ser incinerado después de una
ceremonia civil y de que sus cenizas fueran desparramadas por la reserva de
indios Sioux en Dakota del sur. A pesar de que Rosenberg era judío, había
abandonado su iglesia para declararse agnóstico. Quería ser enterrado con los
indios. Runyan no tenía ningún inconveniente, pero no lo expresó. En la
antesala, seis agentes del FBI tomaban café y susurraban nerviosos. Había
habido más amenazas durante el día, algunas de ellas a las pocas horas del
discurso matutino del presidente. Ya había oscurecido y era casi hora de
acompañar a los jueces que quedaban a sus respectivas casas. Cada uno disponía
de cuatro agentes como guardaespaldas.
El
juez Andrew McDowell, ahora, con sus sesenta y un años, el más joven de los
componentes del Tribunal Supremo, fumaba su pipa junto a la ventana y
contemplaba el tráfico. Si Jensen tenía un amigo entre sus colegas, éste era
McDowell. Fletcher Coal le había comunicado a Runyan que el presidente no sólo
asistiría al funeral de Jensen, sino que quería pronunciar unas palabras.
Ninguno de los miembros del sanctasanctórum quería que el presidente hablara.
El presidente del Tribunal le había pedido a McDowell que preparara un pequeño
discurso. Tímido y enemigo de hablar en público, McDowell jugaba con su
pajarita e intentaba imaginar a su amigo en el cine, con una soga alrededor del
cuello. Era demasiado horrible para pensar en ello. Un juez del Tribunal Supremo,
uno de sus distinguidos colegas, uno de los nueve, oculto en semejante lugar
viendo ese tipo de películas y expuesto de un modo tan horrible. Una embarazosa
tragedia. Intentó imaginarse a sí mismo en la iglesia, ante la madre y demás
parientes de Jensen, consciente de que todo el mundo pensaba en el cine
Montrose. «¿Sabías que era marica?», se preguntarían unos a otros al oído.
McDowell no lo sabía, ni lo sospechaba. Ni quería hablar en el funeral.
Al
juez Ben Thurow, de sesenta y ocho años, no le preocupaban tanto los funerales
como atrapar a los asesinos. Había sido
fiscal federal en
Minnesota y, según
su teoría, agrupaba
a los sospechosos
en dos categorías: los que
actuaban por odio y sed de venganza, y los que pretendían afectar las
decisiones futuras. Había dado instrucciones a sus secretarios, para que
empezaran a investigar.
–Entre
todos somos veintisiete secretarios y siete jueces –dijo mientras paseaba por
la sala y sin dirigirse a nadie en particular–. Es evidente que no podremos
hacer mucho trabajo durante las dos próximas semanas y todas las decisiones
importantes tendrán que esperar a que el Tribunal esté de nuevo completo, para
lo cual puede que transcurran algunos meses. Sugiero que utilicemos los
secretarios para intentar resolver los asesinatos.
–No
somos la policía –respondió pacientemente Manning.
–¿No
podemos esperar por lo menos hasta después de los funerales para ponernos a
jugar a Dick Tracy? –
dijo
McDowell, sin volver la cabeza de la ventana.
Thurow,
como de costumbre, hizo caso omiso de sus palabras.
–Yo
dirigiré la investigación. Préstenme sus secretarios durante dos semanas y creo
que lograremos confeccionar una lista de sospechosos probables.
–El
FBI está perfectamente capacitado para hacerlo, Ben –respondió el presidente
del Tribunal–. Y no ha solicitado nuestra ayuda.
–Preferiría
no hablar del FBI –dijo Thurow–. Podemos pasar dos semanas de luto oficial
lamentándonos, o ponernos a trabajar y descubrir a esos cabrones.
–¿Cómo
puede estar tan seguro de que logrará averiguarlo? –preguntó Manning.
–No
estoy seguro de poder hacerlo, pero creo que vale la pena intentarlo. Nuestros
colegas han sido asesinados por alguna razón y dicha razón está directamente
relacionada con algún caso o asunto ya decidido, o pendiente de decisión por
parte de este Tribunal. Si se trata de una venganza, nuestra labor es
imposible. Maldita sea, todo el mundo nos odia por una razón u otra. Pero si no
se trata de odio ni de venganza, puede que alguien quiera un Tribunal distinto
para una decisión futura. Eso es lo intrigante. ¿Quién mataría a Abe y a Glenn
por la forma en que pudieran votar en algún caso de este año, el año próximo, o
dentro de cinco años? Quiero que los secretarios examinen todos los casos
pendientes en las once audiencias territoriales.
–Por
Dios, Ben –exclamó el juez McDowell, al tiempo que movía la cabeza–. Son más de
cinco mil casos, una pequeña porción de los cuales acabarán en nuestras manos.
Es como buscar una aguja en un pajar.
–Escúchenme,
compañeros –agregó Manning, que tampoco estaba impresionado–. He trabajado con
Abe Rosenberg durante treinta y un años, y a menudo he sentido la tentación de
asesinarle personalmente. Pero le quería como a un hermano. Sus ideas liberales
eran aceptadas en los sesenta y los setenta, pero quedaron anticuadas en los
ochenta, y se han convertido en motivo de resentimiento ahora en los noventa.
Se convirtió en un símbolo de todo lo que anda mal en este país. Estoy
convencido de que ha sido asesinado por uno de esos odiosos grupos de derechas
y, aunque investiguemos hasta el fin de los tiempos, no encontraremos nada.
Ben, se trata pura y simplemente de una venganza.
–¿Y
Glenn? –preguntó Thurow.
–Evidentemente,
nuestro amigo tenía insólitas predisposiciones. Debió correrse la voz y era un
blanco fácil para dichos grupos. Odian a los homosexuales, Ben.
Ben
no dejaba de pasear, sin prestar atención a sus compañeros.
–Nos
odian a todos nosotros y si han matado por odio, la policía los atrapará. Tal
vez. Pero supongamos que hayan matado para manipular este Tribunal. ¿No cabe la
posibilidad de que hayan aprovechado este momento de inquietud y violencia para
eliminar a dos de nuestros compañeros, con el propósito de modificar el
Tribunal? A mí me parece muy plausible.
–Y a
mí me parece que no haremos nada hasta que hayan sido enterrados, o sus cenizas
desparramadas – dijo el presidente del Tribunal, después de aclararse la
garganta–. No me niego a su propuesta, Ben, sólo insisto en que esperemos unos
días. Dejemos que amaine la tormenta. Todos estamos todavía trastornados.
Thurow
se disculpó y abandonó la sala. Sus guardaespaldas le siguieron por el pasillo.
El juez Manning se levantó bastón en mano, para dirigirse al presidente del
Tribunal.
–Yo
no pienso ir a Providence. Odio los aviones y odio los funerales. Dentro de
poco tendré que asistir al mío propio y no me gusta que me lo recuerden.
Mandaré mi pésame a la familia. Cuando les vean, les ruego se disculpen en mi
nombre. Soy muy anciano –dijo, antes de retirarse acompañado de su secretario.
–Creo
que el juez Thurow tiene razón –dijo Jason Kline–. Me parece que debemos
examinar por lo menos los casos pendientes y los que probablemente lleguen a
nuestras manos, procedentes de las audiencias territoriales. La posibilidad es
remota, pero puede que descubramos algo.
–Estoy
de acuerdo –respondió el presidente–. Sólo que me parece un poco prematuro. ¿A
usted no?
–Sí,
pero de todos modos me gustaría empezar cuanto antes.
–No.
Espere hasta el lunes y trabajará con Thurow.
Kline
se encogió de hombros y se retiró seguido de otros dos secretarios, para
dirigirse al despacho de
Rosenberg,
donde se sentaron en la oscuridad a saborear el último brandy de Abe.
En un
abigarrado escritorio del
quinto piso de
la biblioteca jurídica,
entre hileras de
gruesos libros raramente
consultados, Darby Shaw estudiaba una lista de casos del Tribunal Supremo. La
había examinado ya dos veces y la encontraba llena de controversia, pero no
había descubierto nada interesante. Dumond provocaba disturbios. Había un caso
de pornografía infantil de Nueva Jersey, uno de sodomía de Kentucky, una docena
de apelaciones penales, una docena de casos civiles diversos, y la selección
habitual de casos de impuestos, delimitaciones, indios, y pleitos contra las
grandes empresas. Había obtenido resúmenes informáticos de cada uno de los
casos y los había examinado dos veces. A continuación elaboró una lista de
posibles sospechosos, pero que sería evidente para cualquiera. Ahora la había
arrojado ya a la papelera.
Callahan
estaba seguro de que habían sido los arios, los nazis o el Klan; algún
colectivo claramente identificable de terroristas domésticos; algún grupo
radical de vigilantes. Para él era evidente que tenían que ser los derechistas.
Darby no estaba segura. Los grupos inspirados en el odio eran demasiado
evidentes. Habían proferido demasiadas amenazas, tirado demasiadas piedras,
celebrado demasiadas manifestaciones, pronunciado demasiados discursos.
Necesitaban a Rosenberg vivo, porque era un blanco irresistible para su odio.
Rosenberg justificaba su existencia. En su opinión, se trataba de alguien mucho
más siniestro.
Callahan
estaba ahora en un bar de Canal Street, borracho, esperándola a ella, aunque no
le había prometido que viniera. Darby había pasado por su casa a la hora del
almuerzo y se lo había encontrado borracho en el balcón del primer piso,
leyendo un libro de opiniones de Rosenberg. Había decidido anular las clases de
Derecho constitucional durante una semana, e incluso dudaba de que pudiera
volver a dar clases de la asignatura, ahora que su héroe había fallecido. Le
había dejado solo, después de aconsejarle que dejara de beber.
Poco
después de las diez, Darby había entrado en la sala de ordenadores del cuarto
piso de la biblioteca para sentarse delante de un monitor. La estancia estaba
vacía. Tecleó, encontró lo que buscaba, y pronto la impresora empezó a escupir
página tras página de los recursos de apelación pendientes, en los once
tribunales federales de apelación de todo el país. Al cabo de una hora, cuando
paró la impresora, tenía en su poder un sumario de quince centímetros de
grosor, con las listas de casos de los once tribunales. Eran más de las once y
el quinto piso estaba desierto. Desde una estrecha ventana, se divisaba el
paisaje poco inspirador de un aparcamiento y unos árboles.
Se
quitó los zapatos y contempló el barniz rojo de las uñas de sus pies. A
continuación tomó un refresco, con la mirada perdida en la lejanía. El primer
supuesto era fácil: ambos asesinatos habían sido cometidos por el mismo grupo y
por las mismas razones. El segundo era difícil: el motivo no era el odio ni la
sed de venganza, sino la manipulación. En algún lugar había un caso o algún
asunto de camino al Tribunal Supremo, y alguien quería que los jueces fueran
otros. El tercer supuesto era un poco más fácil: del caso o asunto en cuestión
dependía una gran cantidad de dinero.
La
respuesta no se hallaría en los papeles que tenía delante. Siguió examinándolos
hasta la medianoche y se retiró cuando cerraron la biblioteca.
OCHO
El
jueves a las doce del mediodía, una secretaria entró con una bolsa decorada con
manchas de grasa, llena de bocadillos y aros de cebolla a la romana, en la
húmeda sala de conferencias del quinto piso del edificio Hoover. En el centro
de la sala cuadrada, había una mesa de caoba con veinte sillas a cada lado,
rodeada del personal más selecto del FBI. Todas las corbatas estaban sueltas y
las mangas arremangadas. Una fina nube de humo azul flotaba alrededor de la
ordinaria lámpara gubernamental, un metro y medio por encima de la mesa.
El
director Voyles tenía la palabra. Cansado y enojado, daba caladas a su cuarto
cigarro de la mañana y paseaba lentamente frente a la pantalla, situada junto a
su extremo de la mesa. La mitad de los presentes le escuchaban. La otra mitad
habían cogido informes del centro de la mesa, para informarse acerca de las
autopsias, el dictamen del laboratorio sobre la cuerda de nilón, Nelson Muncie,
y otros pocos temas investigados apresuradamente. Los informes constaban de
pocas páginas.
Uno
de los que escuchaban y leían atentamente era el agente especial Eric East,
brillante investigador aunque sólo llevaba diez años en el servicio. Seis horas
antes, Voyles le había elegido para dirigir la investigación. El resto del
equipo había sido elegido a lo largo de la mañana y ésta era su reunión
organizativa.
East
escuchaba y oía lo que ya sabía. La investigación podía durar semanas,
probablemente meses. A excepción de las balas, nueve en total, la cuerda y la
varilla de acero utilizada para el torniquete, no había ninguna prueba. Los
vecinos de Georgetown no habían visto nada, ni se había detectado ningún
personaje excepcionalmente sospechoso en el Montrose. No había huellas. Ninguna
fibra. Nada. Se necesitaba mucho talento para matar con tanta nitidez, y mucho
dinero para alquilar dicho talento. Voyles era pesimista en cuanto a la
perspectiva de descubrir a los pistoleros. Debían concentrarse en quien les
hubiera contratado.
–Hay
un informe sobre la mesa –decía Voyles entre caladas–, referente a cierto
Nelson Muncie, un millonario de Jackonville, Florida, que ha efectuado
presuntas amenazas contra Rosenberg. Las autoridades de Florida están
convencidas de que ha pagado un montón de dinero, para ordenar el asesinato del
violador y de su abogado. Está todo en el informe. Dos de nuestros hombres han
hablado con el abogado de Muncie esta mañana y les ha tratado con mucha
hostilidad. Según el abogado, Muncie está en el extranjero y, evidentemente, no
tiene idea de cuándo regresará. He asignado veinte agentes a que lo
investiguen.
–El
número cuatro es un pequeño grupo llamado Resistencia Blanca, formado por
comandos de edad madura –prosiguió el director, después de encender nuevamente
su cigarro y coger un documento de la mesa–, que vigilamos desde hace
aproximadamente tres años. Ahí tienen el informe. A decir verdad, un sospechoso
bastante improbable. Prefieren las bombas incendiarias y las cruces ardientes.
Su especialidad no es la sutileza. Y lo que es más importante, no tienen mucho
dinero. Dudo seriamente de que pudieran contratar pistoleros tan profesionales.
De todos modos, he asignado veinte agentes a que los investiguen.
East
desenvolvió un grueso bocadillo, lo olió, pero decidió no comérselo. La cebolla
estaba fría. Se había quedado sin apetito. Escuchaba y tomaba notas. El número
seis de la lista era un poco inusual. Un psicópata llamado Clinton Lane había
declarado la guerra a los homosexuales. Su único hijo había abandonado la casa
de campo de la familia en Iowa, para gozar de la vida homosexual en San
Francisco, pero al poco tiempo había muerto del SIDA. Lane enloqueció e
incendió las oficinas de la Coalición Homosexual en Des Moines. En mil
novecientos ochenta y nueve, después de que le hubieran atrapado y condenado a
cuatro años, escapó de la cárcel y desapareció. Según el informe, había
organizado una sofisticada red de contrabando de cocaína y se había convertido
en millonario. El
dinero que ganaba
lo utilizaba en
su guerra privada
contra maricas y lesbianas. El FBI intentaba atraparlo desde
hacía cinco años, pero al parecer dirigía su organización desde México. Hacía
años que mandaba cartas difamatorias al Congreso, al Tribunal Supremo y al
presidente de la nación. A Voyles no le impresionaba Lane como sospechoso. No
era más que un loco descabellado, pero no dejaría ninguna posibilidad por
investigar. Le asignó sólo seis agentes.
Había
diez nombres en la lista. Entre seis y veinte de los mejores agentes especiales
eran asignados a cada sospechoso. Se elegía un jefe para cada unidad, que debía
informar a East dos veces al día, quien a su vez se reunía con
el director todas
las mañanas y
todas las tardes.
Otro centenar de
agentes, aproximadamente,
recorrería las calles y el campo en busca de pistas.
Voyles
habló de la discreción. Los periodistas les seguirían como sabuesos y, por
consiguiente, la investigación debía ser estrictamente confidencial. Sólo él,
el director, hablaría con la prensa y no les soltaría prácticamente nada.
Cuando
se sentó, K. O. Lewis pronunció un monótono discurso sobre los funerales, la
seguridad y la petición del presidente Runyan para colaborar en la
investigación.
Eric
East tomaba café frío y estudiaba la lista.
En
treinta y cuatro años, Abraham Rosenberg había escrito nada menos que mil
doscientos dictámenes. Su producción era fuente permanente de asombro para los
exegetas constitucionales. De vez en cuando ignoraba los casos contra las
grandes empresas y los relacionados con los impuestos, pero si en el asunto
detectaba el más ligero indicio de controversia, lo atacaba con todos sus
sentidos. Había redactado opiniones mayoritarias, declaraciones de apoyo a la
opinión mayoritaria, declaraciones de apoyo a las disensiones, y muchísimas
disensiones. A menudo era el único en disentir. Todos los asuntos importantes a
lo largo de treinta y cuatro años habían merecido algún tipo de opinión por
parte de Rosenberg. Los críticos y los eruditos le admiraban. Publicaban libros,
ensayos y críticas sobre su trabajo. Darby encontró cinco tomos independientes
de dictámenes recopilados, con notas y anotaciones editoriales. Uno de los
libros estaba dedicado exclusivamente a sus principales disensiones.
En
lugar de ir a clase, el jueves se recluyó en el estudio del quinto piso de la
biblioteca. Tenía el suelo nítidamente cubierto de impresiones informáticas.
Los libros de Rosenberg estaban abiertos, señalados y amontonados uno encima de
otro.
Había
una razón para los asesinatos. El odio y la venganza serían aceptables sólo
para Rosenberg. Pero si se agregaba Jensen a la ecuación, el odio y la venganza
ya no tenían tanto sentido. Sin duda era susceptible de inspirar odio, pero no
había despertado tantas pasiones como Yount, o incluso Manning.
Darby
no encontró ningún libro crítico sobre los dictámenes del juez Glenn Jensen. En
seis años, sólo había redactado veintiocho opiniones mayoritarias, la
producción más reducida del Tribunal Supremo. Había redactado unos pocos
disensos y apoyado otros, pero trabajaba con una lentitud pasmosa. Unas veces
se expresaba con claridad y lucidez, y otras con torpeza y confusión.
Estudió
los dictámenes de Jensen. Su ideología variaba radicalmente de año en año. Era
generalmente coherente en su protección de los derechos de los acusados, pero
había suficientes excepciones para desconcertar a cualquier erudito. Entre
siete propuestas, había votado cinco a favor de los indios. Había redactado
tres opiniones mayoritarias definitivamente proteccionistas del medio ambiente.
Era casi impecable en su apoyo por los que protestaban contra los impuestos.
Pero
no había pistas. Jensen era demasiado excéntrico para tomárselo en serio.
Comparado con los otros ocho, era inofensivo.
Acabó
de tomarse otro refresco y abandonó de momento las notas sobre Jensen. Había
guardado su reloj en un cajón. No tenía ni idea de la hora que era. A Callahan
se le había pasado la borrachera y le apetecía cenar tarde en el restaurante de
Mister B’s, en el Quarter. Darby sentía la necesidad de llamarle.
Dick
Mabry, actual redactor de discursos y mago de la palabra, estaba sentado junto
al escritorio del presidente, mientras éste y Coal leían el tercer borrador del
discurso propuesto para el funeral del juez Jensen. Coal había rechazado los
dos primeros, y Mabry todavía no estaba seguro de lo que querían. Coal sugería
algo. El presidente pedía otra cosa. Al principio Coal había llamado para decir
que olvidaran lo del discurso, porque el presidente no asistiría al funeral. A
continuación había llamado el presidente y le había pedido que preparara unas
palabras, porque Jensen era amigo suyo y no por el hecho de ser marica dejaba
de serlo.
Mabry
sabía que Jensen no era amigo del presidente, sino un juez recién asesinado que
gozaría de un visible funeral. Luego había vuelto a llamar Coal, para decir que
no estaban seguros de si el presidente asistiría al funeral, pero que preparara
de todos modos unas palabras por si acaso. El despacho de Mabry estaba en el
antiguo edificio ejecutivo, junto a la Casa Blanca, y a lo largo del día se
hacían apuestas sobre si el presidente asistiría al funeral de un conocido
homosexual. Dos tercios del personal de la oficina apostaba que no lo haría.
–Mucho
mejor, Dick –dijo Coal, después de doblar el papel.
–A
mí también me gusta –agregó el presidente.
Mabry
se había percatado de que el presidente solía esperar a que Coal expresara su
aprobación, antes de manifestar su opinión.
–Puedo
intentarlo de nuevo –declaró Mabry, al tiempo que se ponía de pie.
–No,
no –insistió Coal–. Éste tiene el toque correcto. Muy penetrante. Me gusta.
Acompañó a Mabry a la puerta y la cerró.
–¿Qué
le parece? –preguntó el presidente.
–Debemos
anularlo. Tengo un mal presentimiento. La publicidad sería fantástica, pero
usted pronunciaría estas hermosas palabras sobre un cuerpo hallado en un antro
pornográfico de maricas. Demasiado arriesgado.
–Sí.
Creo que...
–Ésta
es nuestra crisis, jefe. El índice de popularidad sigue aumentando y,
simplemente, no quiero arriesgarme.
–¿Deberíamos
mandar a alguien?
–Por
supuesto. ¿Qué le parece el vicepresidente?
–¿Dónde
está?
–En
un avión procedente de Guatemala. Llegará esta noche –respondió Coal, sonriendo
de pronto para sí–. El funeral de un homosexual, ideal para el vicepresidente.
–Perfecto
–rió el presidente.
–Hay
un pequeño problema –dijo Coal después de dejar de sonreír, mientras paseaba
frente al escritorio–. El funeral de Rosenberg se celebrará el sábado, a sólo
ocho manzanas de aquí.
–Prefiero
pasar el día en el infierno.
–Lo
sé. Pero su ausencia llamará mucho la atención.
–Podría
ingresar en el hospital de Walter Reed con un ataque de lumbago. No sería la
primera vez.
–No,
jefe. La reelección es el próximo año. Debe mantenerse alejado de los
hospitales.
El
presidente golpeó la superficie del escritorio con las palmas de ambas manos y
se puso de pie.
–¡Maldita
sea, Fletcher! No puedo asistir a ese funeral, porque no podré dejar de
sonreír. Le odiaba el noventa por ciento de la población norteamericana. Al
pueblo le encantará que no asista.
–Cuestión
de protocolo, jefe. De buen gusto. La prensa le crucificará, si no lo hace. No
le causará ningún daño. No tiene que decir nada. Sólo entrar y salir con
aspecto compungido, y permitir que le capten las cámaras. Tardará menos de una
hora.
El
presidente estaba agachado sobre una bola color naranja, con su putter en las
manos.
–Entonces
también tendré que asistir al de Jensen.
–Exactamente.
Pero olvídese del discurso.
–Sólo
hablé con él dos veces –dijo el presidente, mientras golpeaba la bola.
–Lo
sé. Asistamos discretamente a ambos funerales, sin decir palabra y
desaparezcamos.
–Creo
que tiene razón –asintió, al tiempo que golpeaba de nuevo la bola. NUEVE
Thomas
Callahan se levantó tarde, después de dormir solo. Se había acostado temprano,
sobrio y también solo. Hacía tres días que anulaba sus clases. Hoy era viernes,
al día siguiente se celebraría el funeral de Rosenberg, y por respeto a su
ídolo no daría clases de Derecho constitucional, hasta que descansara
debidamente en paz.
Después
de prepararse un café, se sentó en el balcón con su albornoz. La temperatura
estaba por debajo de los veinte grados, había refrescado por primera vez desde
la entrada del otoño, y había mucha animación en la calle. Saludó con la cabeza
a la anciana de nombre desconocido, que vivía en la casa de enfrente. A sólo
una manzana se encontraba Bourbon, lleno ya de turistas con sus pequeños mapas
y sus cámaras. El alba pasaba inadvertida en el barrio, pero a las diez sus
callejuelas estaban llenas de camiones de reparto y taxis.
En
dichas mañanas de holgazanería, que en su caso eran abundantes, Callahan
disfrutaba de su libertad. Hacía
veinte años que
se había licenciado
y la mayoría
de sus contemporáneos trabajaban
setenta horas semanales en
agobiantes fábricas jurídicas. Había trabajado dos años en un bufete. Un
monstruoso despacho de Washington, con doscientos abogados, le había ofrecido
trabajo recién salido de Georgetown y había pasado los primeros seis meses
escribiendo informes, en un escritorio diminuto. A continuación había pasado a
formar parte de la cadena de montaje, donde su misión consistía en responder a
interrogatorios sobre anticonceptivos intrauterinos doce
horas diarias, con
la expectativa de
que facturara dieciséis.
Le dijeron que
si lograba condensar veinte años
en los próximos diez, cabía la posibilidad de que llegara a ser socio de la
empresa a la abrumadora edad de treinta y cinco años.
Con
la esperanza de vivir más de cincuenta años, Callahan abandonó el aburrimiento
de la abogacía. Obtuvo un master en Derecho y se convirtió en profesor. Se
levantaba tarde, trabajaba cinco horas diarias, de vez en cuando escribía algún
artículo y, durante la mayor parte del tiempo, se divertía enormemente. Sin
familia a la que mantener, su salario de setenta mil dólares anuales era más
que suficiente para costear su dúplex, su Porsche y la bebida. Si moría joven,
sería a causa del whisky y no del trabajo.
Suponía
también un sacrificio. Muchos de sus compañeros de estudios eran ahora
copropietarios de grandes bufetes, con espectaculares placas de bronce e
ingresos de medio millón de dólares anuales. Se codeaban con altos ejecutivos
de IBM, Texaco y State Farm. Rivalizaban en poder con los senadores. Tenían
despachos en Tokyo y en Londres. Pero no los envidiaba.
Uno
de sus mejores amigos de la facultad era Gavin Verheek, que también había
abandonado la abogacía privada para trabajar para el gobierno. Primero había
trabajado en el Departamento de Derechos civiles del Ministerio de Justicia y,
más adelante, le habían trasladado al FBI. Ahora era asesor especial del
director. Callahan debía estar en Washington el lunes, para asistir a una
conferencia de profesores de Derecho constitucional. Él y Verheek pensaban
verse, para cenar juntos y emborracharse el lunes por la noche.
Debía
llamarle, a fin de confirmar la cita y aprovecharse de sus conocimientos. Marcó
el número de memoria. Transfirieron su llamada de una extensión a otra y,
después de cinco minutos de preguntar por Gavin Verheek, su amigo estaba al
teléfono.
–Estoy
muy ocupado –dijo Verheek.
–Es
un placer oír tu voz –respondió Callahan.
–¿Cómo
estás, Thomas?
–Son
las diez y media. Todavía no me he vestido. Estoy sentado aquí, en el barrio
francés, tomando café y contemplando a la gente que pasea por Dauphine Street.
¿Cómo estás tú?
–Vaya
vida. Aquí son las once y media, y no he salido de mi despacho desde que
encontraron los cadáveres el miércoles por la mañana.
–Me
pone enfermo, Gavin. Nombrará a un par de nazis.
–Bien,
claro, en mi situación no puedo comentar sobre este asunto. Pero sospecho que
tienes razón.
–Sospechar
un carajo. Apuesto a que ya has visto la lista de candidatos, ¿no es cierto,
Gavin? Seguro que ya estáis investigando su historial. Válgame Dios, Gavin,
puedes confiar en mí. ¿Quién está en la lista? No se lo contaré a nadie.
–Ni
yo tampoco, Thomas. Pero puedo prometerte una cosa, tu nombre no figura en la
misma.
–Menuda
decepción.
–¿Cómo
está la chica?
–¿Qué
chica?
–Por
Dios, Thomas. La chica.
–Encantadora,
brillante, llena de amabilidad y de ternura...
–Sigue.
–¿Quién
ha cometido los asesinatos, Gavin? Tengo derecho a saberlo. Pago mis impuestos
y tengo derecho a conocer el nombre de los asesinos.
–¿Cómo
se llama la chica?
–Darby.
¿Quién los ha asesinado y por qué?
–Siempre
has sabido elegir los nombres, Thomas. Recuerdo ocasiones en las que te negaste
a tener relaciones con alguna chica porque no te gustaba su nombre. Podía ser
encantadora y apasionada, pero con un nombre insípido. Darby. Tiene un toque
atractivamente erótico. Menudo nombre. ¿Cuándo la conoceré?
–No
lo sé.
–¿Vive
contigo?
–No
es de tu incumbencia. Escúchame, Gavin. ¿Quién ha cometido los asesinatos?
–¿No
lees los periódicos? No tenemos ningún sospechoso. Ninguno. Nada.
–¿Conoceréis
sin duda el motivo?
–Muchos
motivos. En la calle hay mucho odio, Thomas. Curiosa combinación, ¿no te
parece? Jensen es difícil de imaginar. El director nos ha ordenado investigar
casos pendientes, dictámenes recientes, pautas en las votaciones y bobadas por
el estilo.
–Maravilloso,
Gavin. Todos los exegetas de la Constitución del país juegan ahora a ser
detectives, e intentan resolver los asesinatos.
–¿Tú
no?
–No.
Decidí emborracharme cuando oí la noticia, pero ahora ya estoy sobrio. Mi
chica, sin embargo, se ha entregado plenamente al mismo tipo de investigación
que hacéis vosotros, y no me hace ningún caso.
–Darby.
Vaya nombre. ¿De dónde es?
–De
Denver. ¿Nos vemos el lunes?
–Tal
vez. Voyles quiere que trabajemos día y noche, hasta que los ordenadores nos
faciliten los nombres de los asesinos. De todos modos, tengo el propósito de
incluirte en la investigación.
–Gracias.
Confío en que me facilites un informe completo, Gavin. No simples rumores.
–Thomas,
Thomas. Siempre en busca de información. Y, como de costumbre, no tengo ninguna
para darte.
–Me
lo contarás todo cuando estés borracho, Gavin. Siempre lo haces.
–¿Por
qué no traes a Darby contigo? ¿Qué edad tiene? ¿Diecinueve?
–Veinticuatro
y no ha sido invitada. Puede que más adelante.
–Tal
vez. Amigo mío, tengo que dejarte. He de reunirme con el director dentro de
treinta minutos. Por aquí la tensión es tan palpable, que hasta se huele en el
ambiente.
Callahan
marcó el número de la biblioteca jurídica y preguntó si habían visto a Darby
Shaw. Respuesta negativa.
Darby
dejó el coche en el aparcamiento casi vacío del edificio federal en Lafayette y
entró en la secretaría del primer piso. Era viernes al mediodía, no se
celebraba ningún juicio y los pasillos estaban casi desiertos. Se acercó al
mostrador, miró por una ventanilla abierta y esperó. Una secretaria, que se
disponía a salir para almorzar, se acercó de mal talante.
–¿En
qué puedo servirla? –preguntó, en el tono característico de un funcionario de
bajo rango, dispuesta a cualquier cosa menos a prestar un servicio.
–Deseo
consultar este sumario –respondió Darby, al tiempo que entregaba un papel en la
ventanilla.
–¿Por
qué? –preguntó la secretaria, después de echar una ojeada al papel.
–No
tengo por qué dar explicaciones. Los archivos son públicos, ¿no es cierto?
–Semipúblicos.
–¿Está
usted familiarizada con la Ley de la Libertad de Información? –preguntó Darby,
al tiempo que cogía el papel y lo doblaba.
–¿Es
usted abogado?
–No
tengo por qué serlo para consultar el sumario.
La
secretaria abrió un cajón del mostrador y cogió un llavero.
–Sígame
–dijo con un movimiento de la cabeza.
En
la puerta decía «SALA DEL JURADO», pero en el interior no había mesas ni
sillas, sólo archivos y cajas junto a las paredes. Darby miró a su alrededor.
–Ahí
lo tiene, junto a esa pared –declaró la secretaria. El resto son otras cosas.
En el primer armario están todos los alegatos y la correspondencia. Lo demás
son pruebas, exposiciones y el juicio.
–¿Cuándo
se celebró el juicio?
–El
verano pasado. Duró dos meses.
–¿Dónde
está el recurso de apelación?
–Todavía
no está completo. Creo que la fecha límite es el primero de noviembre. ¿Es
usted periodista o algo por el estilo?
–No.
–Bien.
Como usted evidentemente sabe, estos archivos son en realidad públicos. Pero el
juez ha impuesto ciertas limitaciones. En primer lugar, debe darme su nombre y
la hora exacta de su visita. En segundo lugar, no se puede sacar nada de esta
sala. En tercer lugar, no está permitido copiar ningún documento, hasta que
esté completo el recurso de apelación. En cuarto lugar, debe volver a dejar
todo lo que toque en el lugar exacto donde lo encontró. Ordenes del juez.
–¿Por
qué no puedo hacer copias? –preguntó Darby, mientras contemplaba la pared llena
de archivos.
–Pregúnteselo
a su señoría. Y ahora, ¿le importaría darme su nombre?
–Darby
Shaw.
–¿Cuánto
tiempo piensa permanecer aquí? –preguntó la secretaria, después de tomar nota
en una carpeta colgada cerca de la puerta.
–No
lo sé. Tres o cuatro horas.
–Cerramos
a las cinco. Pase por mi despacho cuando termine.
La
secretaria cerró la puerta con una mueca. Darby abrió un cajón lleno de
alegatos, y empezó a examinar los documentos y tomar notas. El pleito había
empezado hacía siete años, entre un demandante y treinta y ocho poderosas
grandes empresas demandadas, que habían contratado y despedido nada menos que a
quince bufetes a lo largo y ancho del país. Grandes bufetes, muchos de ellos
con centenares de abogados y docenas de despachos.
Después
de siete años de batallas jurídicas, el resultado era todavía sumamente dudoso.
La lucha era encarnizada. El veredicto del juicio sólo había supuesto una
victoria temporal para los demandados. Los demandantes, en el recurso de
apelación, alegaban que el veredicto había sido comprado u obtenido de algún
otro modo ilegal. Numerosas cajas de mociones. Acusaciones y contraacusaciones.
Peticiones de sanciones y multas, de los demandantes a los demandados y
viceversa. Un sinfín de declaraciones juradas, en las que se detallaban
mentiras y abusos por parte de los abogados y de sus defendidos. Uno de los
abogados había fallecido.
Otro,
según un compañero de Darby que había trabajado en aspectos periféricos del
caso, había intentado suicidarse. Su amigo había trabajado como pasante durante
el verano para un bufete de Houston y, aunque tenía poca información a su
alcance, oía las habladurías.
Darby
desplegó una silla y contempló los archivos. Tardaría cinco horas sólo para
encontrar el material.
La
publicidad no había beneficiado al cine Montrose. La mayoría de sus clientes
usaban gafas oscuras por la noche y solían entrar y salir con la mayor
discreción posible. Ahora que un juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos
había sido hallado muerto en una butaca, el local era famoso y los curiosos
pasaban a todas horas para verlo y tomar fotografías. La mayoría de los
clientes habituales iban a otros lugares. Sólo los más audaces entraban
apresuradamente cuando había poco tráfico.
Tenía
el aspecto de un cliente habitual cuando entró apresuradamente y compró su
entrada sin mirar a la taquillera. Gorra de béisbol, gafas oscuras, vaqueros,
cabello impecable y chaqueta de cuero. Su disfraz era perfecto, pero no porque
fuera homosexual y le avergonzara ser visto en semejantes lugares.
Era
medianoche. Subió la escalera hasta el primer piso, con una sonrisa en los
labios al pensar en Jensen con la soga alrededor del cuello. Después de cerrar
la puerta, se instaló en la sección central lejos de todo el mundo. Se dejó las
gafas puestas e intentó no mirar a la pantalla. Pero era difícil y le
molestaba.
Había
otras cinco personas en el cine. Cuatro filas más arriba, a su derecha, una
pareja de enamorados no dejaba de besarse y manosearse. De haber tenido un bate
de béisbol a mano, los habría mandado a ambos a mejor vida. O un trozo de
cuerda de nilón amarillo.
Después
de veinte minutos de sufrimiento y cuando estaba a punto de sacarse algo del
bolsillo, alguien le puso la mano en el hombro. Una mano suave. Reaccionó con
tranquilidad.
–¿Puedo
sentarme contigo? –preguntó una voz profunda y masculina a su espalda.
–No.
Y retira la mano.
La
mano se retiró. Transcurrieron unos segundos y era evidente que no insistiría.
Entonces desapareció. Aquello era una tortura para alguien que odiaba la
pornografía. Tenía ganas de vomitar. Después de mirar
por
encima del hombro, se llevó cuidadosamente la mano al bolsillo de la chaqueta y
sacó una caja negra de
quince
centímetros de longitud, once de anchura y siete de altura, que dejó en el
suelo entre los pies. Con un bisturí, practicó una meticulosa incisión en la
tapicería de la butaca adjunta y, después de echar una ojeada a su alrededor,
introdujo la caja negra en el asiento. Era una butaca verdaderamente antigua,
de muelles, en la que tuvo que mover cuidadosamente la caja de costado para
insertarla en la misma, de modo que el interruptor y el tubo fueran apenas
visibles a través de la incisión.
Respiró
hondo. A pesar de que el artefacto había sido construido por un auténtico
profesional, un genio legendario de las bombas en miniatura, no resultaba
agradable. circular con el maldito artilugio en el bolsillo de la chaqueta, a
escasos centímetros del corazón y demás órganos vitales. Tampoco se sentía
particularmente cómodo sentado junto al mismo.
Aquella
era la tercera instalación de la noche y le quedaba otra por hacer, en un cine
donde proyectaban anticuadas películas de pornografía heterosexual. Casi le
consumía el deseo de llevar a cabo su misión, y eso le intranquilizaba.
Contempló
a los dos amantes, cada vez más excitados y sin prestar atención alguna a la
película, y pensó que ojalá estuvieran sentados cerca de la pequeña caja negra
cuando ésta empezara a liberar su gas, y al cabo de treinta segundos cuando la
bola de fuego abrasara todo lo existente entre la pantalla y la máquina de
palomitas de maíz. Eso le gustaría.
Pero
el grupo al que pertenecía no era partidario de la violencia, ni de la matanza
indiscriminada de personas inocentes o insignificantes. Habían ejecutado a
algunas víctimas que se lo merecían. Sin embargo, su especialidad era
la demolición de
estructuras utilizadas por
el enemigo. Elegían
blancos fáciles: clínicas
abortistas
desarmadas, desprotegidas dependencias del ACLU, o insospechables antros de
perdición. No podían irles mejor las cosas. Ni una sola detención en dieciocho
meses.
Eran
las doce cuarenta, hora de regresar apresuradamente a su coche, aparcado a
cuatro manzanas, en busca de otra caja negra para instalarla en el cine
Pussycat, a seis manzanas de distancia, que cerraba a la una y media. El
Pussycat ocupaba el número dieciocho o diecinueve en la lista, no lo recordaba
con exactitud, pero de lo que sí estaba seguro era de que en tres horas y
veinte minutos exactamente, los cines porno de Washington volarían por los
aires. Se suponía que se habrían instalado cajas negras en veintidós antros
aquella noche, que a las cuatro de la madrugada estarían cerrados, desiertos y
arrasados. Tres de sesión continua habían sido eliminados de la lista, porque
el grupo no era partidario de la violencia.
Se
ajustó las gafas oscuras y echó una última ojeada a la butaca contigua. A
juzgar por los vasos y bolsas de palomitas en el suelo, el local sólo se barría
una vez por semana. Nadie detectaría el interruptor y el tubo, apenas visibles
entre la harapienta tapicería. Pulsó cautelosamente el interruptor y abandonó
el Montrose.
DIEZ
Eric
East no había hablado nunca con el presidente, ni había estado en la Casa
Blanca. Tampoco había hablado nunca con Fletcher Coal, pero sabía que no le
gustaría.
A
las siete de la mañana del sábado, entró en el despacho ovalado detrás del
director Voyles y de K. O. Lewis. No hubo sonrisas ni se estrecharon la mano.
El presidente movió la cabeza tras su escritorio, pero no se levantó. Coal leía
alguna cosa.
Veinte
locales pornográficos habían sido incendiados en la zona de Washington y muchos
todavía humeaban. Habían visto el humo que flotaba sobre la ciudad, desde la
parte posterior de la limusina. En un antro llamado Angels, el vigilante había
sufrido quemaduras graves y no se esperaba que sobreviviera.
Hacía
una hora que les había llegado la noticia de que una emisora de radio había
recibido una llamada anónima, en la que el ejército clandestino se
responsabilizaba de los ataques y prometía otros semejantes para celebrar la
muerte de Rosenberg.
El
presidente fue el primero en tomar la palabra. A East le pareció que tenía el
aspecto cansado. Era muy temprano para él.
–¿Cuántos
locales han sido bombardeados?
–Veinte
en esta zona –respondió Voyles–. Diecisiete en Baltimore y unos quince en
Atlanta. Parece que el asalto ha sido meticulosamente coordinado, porque todas
las explosiones han tenido lugar a las cuatro en punto de la madrugada.
–¿Cree
usted, director, que se trata del ejército clandestino? –preguntó Coal, después
de levantar la mirada de su documento.
–Hasta
ahora, ellos han sido los únicos en responsabilizarse de los hechos. Parece su
estilo. Podría serlo –
respondió
Voyles, sin mirar a Coal.
–¿Entonces
cuándo empezará a efectuar detenciones? –preguntó el presidente.
–En
el momento en que dispongamos de una causa probable, señor presidente.
Comprenda que así lo marca la ley.
–Comprendo
que esta organización encabeza la lista de sospechosos de los asesinatos de
Rosenberg y Jensen, que está seguro de que asesinaron a un juez federal en
Texas, y que con toda probabilidad anoche bombardearon cincuenta y dos antros
pornográficos. No comprendo que maten y bombardeen impunemente. Maldita sea,
director, nos están asediando.
A
Voyles se le subieron los colores a la cara, pero no dijo nada. Se limitó a
desviar la mirada, mientras el presidente le atravesaba con la suya.
–Señor
presidente –dijo K. O. Lewis, después de aclararse la garganta–, permítame que
le diga que no estamos convencidos de la participación del ejército clandestino
en los asesinatos de Rosenberg y Jensen. A decir verdad, no hay ninguna prueba
que los relacione con los mismos. Son sólo uno, entre una docena de
sospechosos. Como le dijimos anteriormente, los asesinatos se cometieron de un
modo extraordinariamente limpio, bien organizado y muy profesional. Sumamente
profesional.
–Lo
que intenta decirnos, señor Lewis –intervino Coal, después de dar un paso al
frente–, es que no tienen ni idea de quién cometió los asesinatos y puede que
nunca lo averigüen.
–No,
no es eso lo que estoy diciendo. Los atraparemos, pero tardaremos algún tiempo
en hacerlo.
–¿Cuánto
tiempo? –preguntó el presidente.
La
pregunta, propia de
un estudiante de segundo curso, no tenía respuesta. East
sintió una antipatía inmediata por el presidente, por haberla formulado.
–Meses
–respondió Lewis.
–¿Cuántos
meses?
–Muchos.
El
presidente levantó la mirada, movió la cabeza con asco, se levantó y se dirigió
a la ventana.
–No
puedo creer que no haya ninguna relación entre lo ocurrido anoche y la muerte
de los jueces –dijo, sin dejar de mirar por la ventana–. No lo sé. Puede que no
sea más que una paranoia por mi parte.
Voyles
miró fugazmente a Lewis con una sonrisa. Paranoico, inseguro, ignaro, bobo,
despistado... A Voyles se le ocurrían muchos más calificativos.
–Me
pone nervioso pensar que hay asesinos que andan sueltos y bombas que estallan
–prosiguió el presidente, meditando todavía junto a la ventana––¿Quién podría
recriminármelo? Hace más de treinta años que no se ha asesinado a un
presidente.
–Creo
que usted no corre ningún peligro, señor presidente –respondió Voyles, en un
tono ligeramente humorístico. Los servicios secretos tienen la situación
perfectamente controlada.
–Magnífico.
¿Entonces por qué me siento como si estuviera en Beirut? –le susurró casi a la
ventana.
Coal
intuyó lo incómodo de la situación, cogió un grueso documento de la mesa y se
dirigió a Voyles como un catedrático a sus alumnos.
–Aquí
está la lista de los candidatos potenciales al Tribunal Supremo. Hay ocho
nombres, cada uno con su correspondiente biografía. La ha preparado el
Departamento de Justicia. Empezamos con veinte nombres, pero luego el
presidente, el fiscal general Hornton y yo los hemos reducido a ocho, ninguno
de los cuales tiene la más remota idea de que se le considera para el cargo.
Voyles
miraba todavía a otra parte. El presidente regresó lentamente a su escritorio y
cogió su copia del informe.
–Algunas
de estas personas son polémicas –prosiguió Coal– y si finalmente se las propone
como candidatas al cargo, tendrá lugar una pequeña guerra con el Senado para su
aprobación. Preferiríamos que la lucha no empezara inmediatamente. Esto debe
tratarse de un modo confidencial.
–¡Es
usted un imbécil, Coal! –exclamó de pronto Voyles, con la mirada fija en su
interlocutor–. Hemos hecho esto en otras ocasiones y le aseguro que a partir
del momento en que empecemos a investigar, se correrá la voz. Quiere que
hagamos una investigación a fondo y pretende que las personas con las que
hablemos guarden silencio. Así no es como funcionan las cosas, jovencito.
Coal
se acercó a Voyles con fuego en la mirada.
–Usted
asegúrese de que estos nombres no aparezcan en los periódicos hasta que se
formalice su candidatura. Lógrelo, director.
Evite que se
divulgue la noticia
y que llegue
a oídos de
los periodistas,
¿comprende?
–Escúcheme,
cretino –exclamó Voyles ahora de pie y señalando a Coal con el dedo–, si quiere
investigar a esas personas, hágalo usted mismo. No me venga con ese montón de
bobadas infantiles.
Lewis
se colocó entre ambos, el presidente se puso de pie tras su escritorio y,
durante un par de segundos, nadie dijo palabra. Coal dejó su copia del
documento sobre la mesa, desvió la mirada y se retiró unos pasos. El presidente
se había convertido ahora en el pacificador.
–Siéntese,
Denton. Siéntese.
Voyles
regresó a su asiento, sin dejar de mirar fijamente a Coal. El presidente le
sonrió a Lewis y todo el mundo se sentó.
–Somos
todos víctimas de una enorme presión –dijo calurosamente el presidente.
–Llevaremos
a cabo las investigaciones rutinarias sobre las personas citadas en la lista,
señor presidente – declaró sosegadamente Lewis–, y se hará de un modo
estrictamente confidencial. Sin embargo, sabe perfectamente que no podemos
controlar a todas las personas con las que hablemos.
–Sí,
señor Lewis, lo sé. Pero quiero que se tomen precauciones excepcionales. Estos
hombres son jóvenes, e interpretarán y modificarán la Constitución mucho
después de mi muerte. Son fervientes conservadores y la prensa los crucificará.
Deben estar libres de culpa y de trapos sucios. Nada de drogas, hijos
ilegítimos, actividades revolucionarias en la universidad, ni divorcios.
¿Comprendido? No quiero sorpresas.
–Sí,
señor presidente. Pero no podemos garantizar que nuestras investigaciones se
desenvuelvan en un secreto absoluto.
–Inténtenlo,
¿de acuerdo?
–Sí
señor –respondió Lewis, al tiempo que le entregaba el documento a Eric East.
–¿Eso
es todo? –preguntó Voyles.
El
presidente miró de refilón a Coal, que estaba frente a la ventana sin hacerles
caso alguno.
–Sí,
Denton, eso es todo. Me gustaría que esta investigación hubiera concluido
dentro de diez días. No quiero perder tiempo en este asunto.
–Tendrá
el informe dentro de diez días –respondió Voyles después de ponerse de pie.
Callahan
estaba irritado, cuando llamó a la puerta del piso de Darby. Estaba bastante
trastornado, había muchas cosas que le preocupaban y de las que deseaba hablar,
pero no estaba dispuesto a provocar una pelea, porque había algo que anhelaba
mucho más que desahogarse. Hacía cuatro días que eludía su presencia mientras
jugaba a detectives y se encerraba en la biblioteca jurídica. No acudía a
clase, no contestaba sus llamadas, ni en general le prestaba atención en su
momento de crisis. Pero sabía que cuando abriera la puerta sonreiría y
olvidaría su negligencia.
Traía
consigo un litro de vino y una auténtica pizza de Mama Rosa. Eran algo más de
las diez del sábado por la noche. Llamó de nuevo y miró las demás casas, de un
lado para otro de la calle. Se oyó el ruido de la cadena en el interior y
sonrió inmediatamente. La negligencia se había desvanecido.
–¿Quién
es? –preguntó con la puerta trabada por la cadena.
–Thomas
Callaban. ¿Me recuerdas? Te suplico que me dejes pasar para que podamos jugar y
volver a ser amigos. Se abrió la puerta y Callahan entró en el piso. Darby
cogió el vino y le dio un beso en la mejilla.
–¿Seguimos
siendo amigos? –preguntó Callahan.
–Sí,
Thomas. He estado ocupada –respondió mientras se dirigía a la cocina, a través
de la abigarrada madriguera, seguida de su compañero.
Un
ordenador y un montón de gruesos libros cubrían la mesa.
–Te
he llamado. ¿Por qué no me has devuelto las llamadas?
–No
estaba en casa –respondió, al tiempo que abría un cajón y sacaba un
sacacorchos.
–Tienes
un contestador automático. Te he dejado varios mensajes.
–¿Buscas
pelea, Thomas?
–¡No!
–respondió, después de contemplar sus piernas desnudas–. Te aseguro que no
estoy loco. Te lo prometo. Te ruego que me perdones si parezco preocupado.
–Déjalo
ya.
–¿Cuándo
podemos acostarnos?
–¿Tienes
sueño?
–Todo
lo contrario. Por Dios, Darby, han transcurrido tres noches.
–Cinco.
¿De qué es la pizza? –dijo mientras descorchaba la botella y servía dos copas,
bajo la atenta mirada de Callahan.
–Es
una de esas especialidades del sábado por la noche, a las que le echan todo lo
destinado a la basura. Colas de gamba, huevos, cabezas de langostino. El vino
también es barato.
Ando
un poco mal de fondos y, dado que mañana me marcho de la ciudad, no puedo
gastar mucho. Y puesto que voy a ausentarme, he pensado que vendría a acostarme
contigo esta noche, para evitar la tentación de hacerlo con alguna mujer
infecciosa en Washington. ¿Qué te parece?
–Parecen
salchichas y pimientos –dijo Darby, mientras abría la caja de la pizza.
–¿Todavía
puedo acostarme contigo?
–Tal
vez más tarde. Toma unos vasos de vino y charlemos. Hace tiempo que no tenemos
una buena conversación.
–Yo
lo he hecho. He pasado toda la semana charlando con tu contestador automático.
Cogió
su copa y la botella de vino, y la siguió de cerca al interior de la
madriguera, donde Darby conectó la música, antes de sentarse junto a él en el
sofá.
–Emborrachémonos
–dijo Callahan.
–Eres
muy romántico.
–Reservo
mi romanticismo para ti.
–Has
estado borracho toda la semana.
–No
es cierto. El ochenta por ciento de la semana. Es culpa tuya por esconderte de
mí.
–¿Qué
te ocurre, Thomas?
–Tengo
temblores. Estoy excitado y necesito compañerismo para tranquilizarme. ¿Qué me
dices?
–Emborrachémonos
un poco –respondió Darby mientras saboreaba el vino y estiraba las piernas
sobre sus rodillas, al tiempo que él suspiraba como si le doliera–. ¿A qué hora
sale tu avión?
–A
la una y media. Directo a la capital –dijo después de un buen trago–. Debo
presentarme a las cinco y asistir a una cena a las ocho. Después de lo cual,
tal vez me vea obligado a deambular por las calles en busca de amor.
–De
acuerdo, de acuerdo –sonrió Darby–. Lo haremos dentro de un minuto. Pero antes
charlemos.
–Puedo
pasar diez minutos charlando –suspiró aliviado Callahan–, pero luego me
desmayaré.
–¿Qué
hay previsto para el lunes?
–Las
ocho horas habituales de debate etéreo sobre el futuro de la Quinta Enmienda,
seguidas de una propuesta elaborada por la junta que nadie aprobará. Otro
debate el martes, un nuevo informe, tal vez un par de altercados, entonces se
levantará la sesión sin haber conseguido nada y regresaremos a casa. Llegaré
tarde el martes por la noche y me gustaría cenar contigo en un buen
restaurante, después de lo cual podemos ir a mi casa para mantener un debate
intelectual y explorar el sexo animal. ¿Dónde está la pizza?
–Allí.
Ahora la traigo.
–No
te muevas –dijo, mientras le acariciaba las piernas–. No tengo nada de hambre.
–¿Por
qué asistes a esas conferencias?
–Soy
socio, catedrático, y se supone que debo desplazarme para reunirme con otros
ilustrados cretinos y contribuir a redactar informes que nadie lee. Si no
asistiera, el decano creería que no contribuyo al desarrollo intelectual.
–Estás
tenso, Thomas –dijo Darby, mientras llenaba los vasos vacíos.
–Lo
sé. Ha sido una semana muy dura. Detesto la perspectiva de un puñado de
neandertales que redacten una nueva interpretación de la Constitución. Dentro
de diez años viviremos en un estado policial. No puedo hacer nada para evitarlo
y, por consiguiente, es probable que recurra al alcohol.
Darby
bebía despacio y le observaba. La música era suave y la luz tenue.
–Empiezo
a sentirme alegre –dijo.
–Ésta
es más o menos tu medida. Un par de copas y pierdes el mundo de vista. Si
fueras irlandesa, podrías beber toda la noche.
–Mi
padre era medio escocés.
–No
es suficiente –respondió Callahan, al tiempo que cruzaba los pies sobre la
mesilla, se relajaba y le acariciaba las pantorrillas–. ¿Puedo pintarte los
dedos de los pies?
Darby
no respondió. A Callahan le fascinaban los dedos de sus pies, e insistía en
pintarle las uñas rojas por lo menos dos veces al mes. Lo habían visto en Bull
Durham y a pesar de que no era tan pulcro ni sobrio como Kevin Costner, a Darby
había llegado a gustarle la intimidad del rito.
–¿No
quieres que te pinte las uñas esta noche?
–Tal
vez más tarde. Pareces cansado.
–Estoy
relajado, pero hierve en mis venas la electricidad viril y no me desalentarás
diciéndome que parezco cansado.
–Toma
un poco más de vino.
Callahan
tomó más vino y se hundió un poco más en el sofá.
–Y
bien, señorita Shaw, ¿quién lo ha hecho?
–Profesionales.
¿No has leído los periódicos?
–Por
supuesto. ¿Pero quién está detrás de los profesionales?
–No
lo sé. Después de lo de anoche, la elección unánime es el ejército clandestino.
–Pero
tú no estás convencida.
–No.
No se ha practicado ninguna detención. No estoy convencida.
–Y
tienes a algún sombrío sospechoso, que el resto del país desconoce.
–Tenía
uno, pero ahora ya no estoy tan segura. He pasado tres días investigándolo,
incluso lo he resumido nítidamente en mi pequeño ordenador y he redactado el
borrador de un informe, pero ahora lo he descartado.
–¿Quieres
decir que has pasado tres días sin asistir a clase, sin hacerme ningún caso,
trabajando día y noche como Sherlock Holmes, y ahora lo arrojas al cubo de la
basura? –preguntó Callaban, sin dejar de mirarla fijamente.
–Está
ahí, sobre la mesa.
–No
puedo creerlo. Mientras sufría a solas durante toda la semana, sabía que lo
hacía por una buena causa. Sabía que mi dolor era por el bien del país, porque
tú penetrarías en el meollo de la cuestión y esta noche, o tal vez mañana, me
dirías quién lo había hecho.
–Es
imposible, por lo menos por la vía de la investigación jurídica. No hay ninguna
pauta ni elemento común entre los asesinatos. He estado a punto de quemar los
ordenadores de la facultad.
–¡Claro,
ya te lo dije! Olvidas, querida, que soy un genio en Derecho constitucional, y
supe inmediatamente que Rosenberg y Jensen no tenían nada en común, a excepción
de las togas y las amenazas de muerte. Los nazis, los arios, el Klan, la mafia,
o alguna otra organización por el estilo los asesinó, a Rosenberg por ser
Rosenberg, y a Jensen por –ser un blanco fácil y en cierto modo un embarazo.
–En
tal caso, ¿por qué no llamas al FBI para compartir con ellos tu visión? Estoy
segura de que esperan junto al teléfono.
–No
te enojes. Lo siento. Perdóname.
–Eres
un asno, Thomas.
–Sí,
pero tú me quieres, ¿no es cierto?
–No
lo sé.
–¿Todavía
podemos acostarnos juntos? Lo has prometido.
–Veremos.
Callahan
dejó el vaso sobre la mesa y se abalanzó sobre ella.
–Bueno,
cariño, leeré tu informe, ¿de acuerdo? Y luego lo comentaremos. Pero ahora
tengo las ideas un poco confusas y no podré proseguir hasta que cojas mi débil
y temblorosa mano y me lleves a tu cama.
–Olvida
mi pequeño informe.
–Por
favor, maldita sea, Darby, te lo ruego.
Darby
le agarró del cuello y se lo acercó. Se dieron un beso prolongado, duro,
húmedo, casi violento. ONCE
El
policía apoyó el pulgar en el timbre junto al nombre de Gray Grantham y lo
mantuvo apretado veinte segundos. Una breve pausa. Otros veinte segundos.
Pausa. Veinte segundos. Pausa. Veinte segundos. Al agente le parecía gracioso,
porque Grantham era un pájaro nocturno, que probablemente sólo había dormido
tres o cuatro horas, antes de que el timbre sonara con insistencia en el
vestíbulo de su casa. Pulsó nuevamente el timbre y echó una ojeada a su coche
oficial, aparcado ilegalmente sobre la acera junto a una farola. Era domingo,
poco antes del amanecer y la calle estaba desierta. Veinte segundos. Pausa.
Veinte segundos.
Puede
que Grantham estuviera muerto. O en estado comatoso después de su borrachera y
noche de juerga. Tal vez estuviera con la mujer de otro y no tuviera intención
de abrir la puerta. Pausa. Veinte segundos.
–¿Quién
es? –crujió el altavoz del portero automático.
–¡Policía!
–respondió el agente, que era negro, y enfatizó la sílaba «pop sólo para
divertirse.
–¿Qué
quieren? –preguntó Grantham.
–Puede
que tenga una orden de detención –dijo el agente, a punto de soltar una
carcajada.
–¿Eres
tú, Cleve? –preguntó Grantham en un tono más suave y aparentemente molesto.
–Sí,
soy yo.
–¿Qué
hora es?
–Casi
las cinco y media.
–Debe
tratarse de algo importante.
–No
lo sé. Sarge no me lo ha contado. Sólo me ha dicho que te despertara, porque
quería hablar contigo.
–¿Por
qué siempre quiere hablar antes de que salga el sol?
–Una
pregunta muy estúpida, Grantham.
–Supongo
que tienes razón –dijo después de una pausa. Es de suponer que quiere hablar
inmediatamente.
–No.
Dispones de treinta minutos. Ha dicho que estuvieras allí a las seis.
–¿Dónde?
–Hay
un pequeño café en la calle Catorce, cerca del parque de Trinidad. Es oscuro,
seguro y a Sarge le gusta.
–¿Cómo
encuentra esos lugares?
–Para
ser periodista, haces unas preguntas muy estúpidas. El lugar se llama Glendas y
sugiero que te pongas en camino, o de lo contrario llegarás tarde.
–¿Estarás
tú allí?
–Me
dejaré caer, para asegurarme de que no corres ningún peligro.
–Creí
que me habías dicho que era un lugar seguro.
–Lo
es, teniendo en cuenta el barrio donde se encuentra. ¿Sabrás llegar?
–Sí.
Estaré allí cuanto antes.
–Hasta
luego, Grantham.
Sarge
era viejo, muy negro y con una cabeza llena de cabello blanco reluciente, que
salía en todas direcciones. Cuando estaba despierto usaba unos lentes gruesos
ahumados y la mayoría de sus compañeros de trabajo, en el ala oeste de la Casa
Blanca, creían que estaba medio ciego. Andaba con la cabeza ladeada y sonreía
como Ray Charles. A veces tropezaba con puertas cerradas y escritorios, cuando
vaciaba las papeleras o limpiaba los muebles. Andaba despacio y con precaución,
como si contara los pasos. Trabajaba con paciencia, siempre con una sonrisa y
siempre dispuesto a intercambiar una palabra amable con quien se prestara a
ello. La mayoría de la gente no le prestaba ninguna atención y le consideraba
tan sólo como otro bedel negro, viejo, amable y parcialmente disminuido.
Sarge
era capaz de verlo todo. Su territorio era el ala oeste, donde se ocupaba de la
limpieza desde hacía treinta años. Limpiaba y escuchaba. Limpiaba y observaba.
Veía y oía a personajes enormemente importantes, a menudo demasiado ocupados
para preocuparse de lo que decían, particularmente en presencia de aquel pobre
anciano.
Sabía
qué puertas permanecían abiertas, qué paredes eran delgadas y por qué canales
de ventilación se trasladaba el sonido. Podía desaparecer en un instante y
reaparecer en una sombra, donde aquellos personajes terriblemente importantes
no pudieran verle.
Guardaba
para sí la mayoría de lo que oía. Pero de vez en cuando, se enteraba de algo
particularmente interesante que cuadraba con algo que ya sabía, y tomaba la
decisión de repetirlo. Era muy cauteloso. Le faltaban tres años para la
jubilación y no se arriesgaba.
Nadie
sospechó jamás que Sarge divulgara información a la prensa. Había suficientes
bocazas en la Casa Blanca para que se acusaran entre sí. Era realmente cómico.
Sarge hablaba con Grantham, del Post, luego esperaba emocionado la aparición
del artículo y a continuación escuchaba los lamentos del sótano cuando rodaban
cabezas.
Era una
fuente de información
impecable y sólo
hablaba con Grantham.
Su hilo Cleve,
el policía, organizaba los
encuentros, siempre a horas extrañas en lugares oscuros y disimulados. Sarge
llevaba puestas sus gafas de sol. Grantham llevaba también gafas oscuras,
además de algún tipo de sombrero o gorra. Cleve solía sentarse con ellos y
contemplar el movimiento de la calle.
Grantham
llegó a Glendas unos minutos después de las seis y se dirigió a una mesa de la
parte posterior. Había otros tres clientes en el local. La propia Glenda se
ocupaba de freír unos huevos, en un fogón cerca de la caja. Cleve la observaba
sentado en un taburete.
Se
dieron la mano. Grantham se encontró con una taza de café ya servida.
–Lamento
llegar tarde –dijo.
–No
importa, amigo mío. Encantado de verte –respondió Sarge con su voz carrasposa,
difícil de convertir en susurro.
Nadie
les escuchaba.
–¿Una
semana ajetreada en la Casa Blanca? –preguntó Grantham, después de tomarse el
café.
–Podríamos
decir que sí. Mucha emoción. Mucha felicidad.
–No
me digas –respondió Grantham, a quien Sarge le había prohibido tomar notas
durante sus encuentros, porque sería demasiado evidente.
–Sí.
Al presidente y a sus muchachos les alegró enormemente la noticia del juez
Rosenberg. Hizo que se sintieran muy felices.
–¿Qué
efecto les produjo la del juez Jensen?
–Como
habrás comprobado, el presidente asistió al funeral, pero no pronunció ningún
discurso. Se había propuesto hacerlo y cambió de parecer, porque habría dicho
cosas agradables de un marica.
–¿Quién
escribió el encomio?
–Los
redactores de discursos. Principalmente Mabry. Dedicó todo el día del jueves a
prepararlo y luego lo abandonó.
–También
asistió al funeral de Rosenberg..
–Sí,
pero a regañadientes. Dijo que preferiría pasar el día en el infierno. No
obstante, a última hora cedió y asistió al funeral. Está bastante contento de
que hayan asesinado a Rosenberg. El miércoles casi parecía que estuvieran de
fiesta. La baraja del destino le ha librado unos buenos naipes. Ahora podrá
reestructurar el Tribunal Supremo y está muy emocionado.
Grantham
escuchaba atentamente.
–Tienen
una lista de candidatos –prosiguió Sarge–. En la original había veinte nombres,
que se han reducido a ocho.
–¿Quién
ha hecho la selección?
–¿Quién
crees? El presidente y Fletcher Coal. Les aterroriza que se divulgue la
información en este momento. Evidentemente en la lista sólo figuran jueces
jóvenes conservadores, la mayoría desconocidos.
–¿Algún
nombre?
–Sólo
dos. Un individuo llamado Pryce, de Idaho, y otro llamado MacLawrence, de
Vermont. Son los únicos nombres que conozco. Creo que ambos son jueces
federales. Eso es todo.
–¿Qué
ocurre con la investigación?
–No
he oído casi nada, pero como de costumbre mantendré las orejas bien abiertas.
No parece que ocurra gran cosa.
–¿Algo
más?
–No.
¿Cuándo lo publicarás?
–Por
la mañana.
–Será
divertido.
–Gracias,
Sarge.
Ahora
había salido ya el sol y el café estaba más concurrido. Cleve se acercó y se
sentó junto a su padre.
–¿Habéis
terminado? –preguntó.
–Sí
–respondió Sarge.
–Creo
que debemos marcharnos –dijo Cleve, después de mirar a su alrededor–. Grantham
saldrá primero, yo le seguiré y tú, papá, quédate todo el tiempo qué se te
antoje.
–Eres
muy amable –respondió Sarge.
–Gracias,
amigos –dijo Grantham, cuando se dirigía a la puerta. DOCE
Verheek
llegó tarde como de costumbre. En los veintitrés años que hacía que se
conocían, nunca había llegado a la hora, ni sus retrasos eran sólo de unos
minutos. No tenía noción del tiempo, ni le importaba. Llevaba reloj, pero nunca
lo consultaba. Llegar tarde para Verheek significaba por lo menos una hora, a
veces dos, especialmente cuando la persona con quien debía encontrarse era un
amigo que esperaba que llegara tarde y le perdonaría.
Por
consiguiente, Callahan pasó una hora en el bar, donde se sentía muy a gusto.
Después de ocho horas de discusiones intelectuales, sentía desprecio por la
Constitución y sus exegetas. Necesitaba introducir Chivas en sus venas y,
después de dos dobles con hielo, se sentía mucho mejor. Se contemplaba a sí
mismo en el espejo detrás de las hileras de botellas, y a lo lejos por encima
del hombro observaba y esperaba la llegada de Gavin Verheek. No era
sorprendente que su amigo fuera incapaz de desenvolverse en un bufete
particular, donde la vida dependía del reloj.
Cuando
acababan de servirle el tercer doble, una hora y once minutos después de las
siete, Verheek se acercó a la barra y pidió una Moosehead.
–Siento
llegar tarde –dijo, mientras le daba la mano. Sabía que te gustaría estar un
rato a solas con tu
Chivas.
–Pareces
cansado –respondió Callahan al tiempo que le miraba.
Viejo
y cansado. Verheek envejecía mal y aumentaba de peso. Le había crecido un par
de centímetros la frente desde la última visita, y la palidez de su piel hacía
resaltar sus enormes ojeras.
–¿Cuánto
pesas? –preguntó Callahan.
–No
es de tu incumbencia –respondió su amigo mientras se tomaba la cerveza–. ¿Dónde
está nuestra mesa?
–La
he reservado para las ocho y media. Calculaba que llegarías por lo menos con
noventa minutos de retraso.
–Entonces
he llegado temprano.
–En
cierto modo. ¿Has venido directamente del despacho?
–Ahora
vivo en la oficina. El director quiere que trabajemos un mínimo de cien horas
semanales, hasta que se descubra algo. Le he dicho a mi esposa que nos veremos
por Navidad.
–¿Cómo
está?
–Muy
bien. Tiene mucha paciencia. Nos llevamos mucho mejor cuando paso la vida en el
despacho. Era la tercera esposa en diecisiete años.
–Me
gustaría conocerla.
–No,
no te gustaría. Me casé con las dos primeras por el sexo y les gustaba tanto,
que lo compartían con otros. Lo que me indujo a casarme con ésta fue el dinero
y no es muy atractiva. No te impresionaría –dijo, mientras vaciaba la botella.
Dudo que pueda soportarla hasta la muerte.
–¿Qué
edad tiene?
–No
quieras saberlo. Realmente la quiero. Te lo prometo. Pero después de dos años
me he dado cuenta de que no tenemos nada en común, a excepción de un profundo
concienciamiento de los valores de la bolsa – respondió, antes de hacer una
pausa para mirar al barman–. Otra, por favor.
¿Cuánto
dinero tiene? –rió Callahan, sin dejar de saborear su whisky.
–Mucho
menos de lo que suponía. En realidad no lo sé. Creo que alrededor de cinco
millones. Desplumó a sus dos primeros maridos, y creo que lo que le atrajo de
mí fue el reto de casarse con un individuo del montón. También dijo que el sexo
era maravilloso. Pero eso lo dicen todas.
–Tú
siempre has elegido a las perdedoras, Gavin, incluso en la facultad. Te atraen
las mujeres neuróticas y deprimidas.
–Y
ellas se sienten atraídas hacia mí –dijo al tiempo que vaciaba media botella–.
¿Por qué comemos siempre en este lugar?
–No
lo sé. Es una especie de tradición. Evoca recuerdos agradables de la facultad.
–Odiábamos
la facultad, Thomas. Todo el mundo odia la facultad de Derecho. Todo el mundo
odia a los abogados.
–Estás
de muy buen humor.
–Lo
siento. He dormido seis horas desde que encontraron los cadáveres. El director
me chilla por lo menos cinco veces al día. Yo me ensaño con todos mis
subordinados. Es como un gran campo de batalla.
–Bebe, muchacho.
Nuestra mesa está
lista. Bebamos, comamos,
charlemos y procuremos
divertirnos durante las pocas horas que compartiremos.
–Te
quiero más que a mi esposa, Thomas. ¿Lo sabías?
–Eso
no significa gran cosa.
–Tienes
razón.
Siguieron
al maitre a la misma mesa del rincón que siempre reservaban. Callahan pidió
otra ronda y explicó que no tendrían prisa por comer.
–¿Has
visto ese maldito artículo en el Post? –preguntó Verheek.
–Lo
he visto. ¿Quién se ha ido de la lengua?
–Quién
sabe. El director recibió la lista el sábado por la mañana, de manos del propio
presidente, con instrucciones específicas de guardar el secreto. No se la
mostró a nadie durante el fin de semana y esta mañana aparece el artículo con
los nombres de Pryce y MacLawrence. Voyles estaba como loco cuando lo vio y a
los pocos minutos lo llamó el presidente. Salió corriendo hacia la Casa Blanca
y tuvieron una pelea terrible. Voyles intentó atacar a Fletcher Coal y K. O.
Lewis tuvo que apaciguarlo. Muy desagradable.
–Eso
está muy bien –dijo Callahan, que no se perdía palabra.
–Sí.
Te lo cuento porque más tarde, después de unas cuantas copas más, esperarás que
te revele los demás nombres de la lista y no pienso hacerlo. Procuro ser tu
amigo, Thomas.
–Sigue.
–En
todo caso, no hay forma de que la información haya salido de nuestras
dependencias. Imposible. Ha debido salir de la Casa Blanca. Ese lugar está
lleno de gente que odia a Coal y tiene más grietas que un tubo oxidado.
–Probablemente
lo ha divulgado el propio Coal.
–Tal
vez. Es un cabrón maquiavélico y se dice que podría haber divulgado los nombres
de Pryce y MacLawrence a fin de asustar a todo el mundo, para más adelante
anunciar la candidatura de dos miembros más moderados. Parece una estratagema
propia de él.
–Nunca
he oído hablar de Pryce y MacLawrence.
–Bienvenido
a bordo. Son ambos muy jóvenes, poco más de cuarenta años, con escasa
experiencia en el estrado. No los hemos investigado, pero parecen conservadores
radicales.
–¿Y
los demás de la lista?
–Vaya
rapidez. Sólo dos cervezas y ya te lanzas. Llegaron las bebidas.
–Tráigame
unas setas rellenas de carne de cangrejo –le dijo Verheek al camarero–. Sólo
para abrir el apetito. Estoy muerto de hambre.
–Y
otras para mí –agregó Callahan, al tiempo que le entregaba su vaso vacío.
–No
vuelvas a preguntármelo, Thomas. Puede que dentro de tres horas tengas que
llevarme en brazos, pero nunca te lo revelaré. Y tú lo sabes. Digamos que Pryce
y MacLawrence son un reflejo de todos los demás.
–¿Todos
desconocidos?
–Básicamente
sí.
Callahan
saboreaba lentamente su whisky y movía la cabeza. Verheek se quitó la chaqueta
y aflojó la corbata.
–Hablemos
de mujeres.
–No.
–¿Qué
edad tiene?
–Veinticuatro,
pero es muy madura.
–Podrías
ser su padre.
–Puede
que lo sea. Quién sabe.
–¿De
dónde es?
–De
Denver. Ya te lo dije.
–Me
encantan las chicas del oeste. Son independientes, sencillas, y suelen vestir
Levis y tener las piernas largas. Tal vez me case con una de ellas. ¿Tiene
dinero?
–No.
Su padre murió en un accidente de aviación hace cuatro años y su madre recibió
una buena compensación.
–Entonces
tiene dinero.
–Disfruta
de una posición acomodada.
–Estoy
seguro de ello. ¿Tienes alguna foto?
–No.
No es mi nieta ni mi perrito.
–¿Por
qué no has traído ninguna fotografía?
–Le
pediré que te mande una. ¿Por qué te resulta esto tan divertido?
–Es
para troncharse de risa. El gran Thomas Callahan, el de las mujeres
desechables, enamorado como un adolescente.
–No
es cierto.
–Debe
ser todo un récord. ¿Cuánto hace que dura? ¿Nueve o diez meses? Hace casi un
año que mantienes una relación estable, ¿no es cierto?
–Ocho
meses y tres semanas, pero no se lo cuentes a nadie, Gavin. No es fácil para
mí.
–Tu
secreto está a salvo. Pero dame todos los detalles. ¿Cuánto mide de altura?
–Metro
setenta y dos, cincuenta kilos, piernas largas, Levis ceñidos, independiente,
sencilla, tu típica muchacha del oeste.
–Debo
encontrar otra para mí. ¿Vas a casarte con ella?
–¡Claro
que no! Acaba tu copa.
–¿Practicas
ahora la monogamia?
–¿Lo
haces tú?
–Ni
soñarlo. Nunca lo he hecho. Pero no hablamos de mí, Thomas, hablamos de este
Peter Pan, el imperturbable
Callahan, el hombre
con la versión mensual
de las mujeres
más espectaculares. Cuéntame, Thomas, y no le mientas a tu mejor
amigo, mírame a los ojos y cuéntame si has sucumbido a la monogamia.
Verheek
le miraba con medio cuerpo apoyado sobre la mesa y una estúpida sonrisa en los
labios.
–No
tan fuerte –dijo Callahan, mirando a su alrededor.
–Contéstame.
–Dame
los otros nombres de la lista y lo haré.
–Te
felicito por intentarlo –dijo Verheek, al tiempo que se acomodaba en su silla–.
Creo que la respuesta es afirmativa. Creo que estás enamorado de esa chica,
pero eres demasiado cobarde para admitirlo. Creo que te ha cazado, amigo.
–De
acuerdo, lo ha conseguido. ¿Te sientes mejor ahora?
–Sí,
"mucho mejor. ¿Cuándo podré conocerla?
–¿Cuándo
podré conocer a tu mujer?
–Estás
confundido, Thomas. Aquí hay una diferencia esencial. Tú no quieres conocer a
mi esposa, pero yo deseo conocer a Darby. ¿Comprendes? Te aseguro que son muy
distintas. Callahan sonrió y sorbió el líquido de su copa. Verheek se relajó y
cruzó las piernas en el pasillo. Se llevó la cerveza a la boca.
–Estás
muy nervioso, amigo –dijo Callahan.
–Lo
siento. Bebo tan deprisa como puedo.
Llegaron
las setas hirviendo en pequeñas cazoletas. Verheek se llevó dos a la boca y
empezó a masticar furiosamente.
Callahan
le observaba. El Chivas le había quitado el apetito y esperaría unos minutos.
En todo caso, prefería el alcohol a la comida.
En
la mesa contigua, cuatro árabes charlaban ruidosamente en su idioma. Todos
pidieron Jack Daniel's.
–¿Quién
cometió los asesinatos, Gavin?
–Aunque
lo supiera, no te lo diría –respondió después de masticar un rato y tragar lo
que tenía en la boca–. Pero te juro
que no lo
sé. Es desconcertante. Los
asesinos desaparecieron sin
dejar rastro. Estaba meticulosamente planeado y ejecutado a
la perfección. Ni idea.
–¿Por
qué la combinación?
–Es
muy simple –respondió, después de llevarse otro bocado a la boca–. Es tan
simple, que es fácil que pase por alto. Ambos eran blancos fáciles. Rosenberg
no tenía ningún sistema de seguridad en su casa. Cualquier ratero respetable
podía entrar y salir a su antojo. Y el pobre Jensen merodeaba por esos antros a
medianoche. Estaban expuestos. A la hora en que ambos fallecieron, los otros
siete jueces del Tribunal Supremo tenían agentes del FBI en sus casas. Ésa fue
la razón por la que fueron seleccionados. Eran estúpidos.
–¿Entonces
quién los seleccionó?
–Alguien
con mucho dinero. Los asesinos eran profesionales y probablemente habían
abandonado el país a las pocas horas. Calculamos que fueron tres, tal vez más.
Lo de la casa de Rosenberg puede que fuera obra de una sola persona. Calculamos
que los que se ocuparon de Jensen fueron por lo menos dos. Uno como mínimo
vigilando, mientras otro hacía su trabajo con la cuerda. Aunque se tratara de
un antro de mala muerte, el local es público y bastante arriesgado. Pero eran
buenos, muy buenos.
–He
leído la teoría de un asesino solitario.
–Olvídala.
Es imposible que un individuo los asesinara a ambos. Imposible.
–¿Cuánto
cobrarían esos asesinos?
–Millones.
Y costó un montón de dinero planearlo todo.
–¿Y
no tenéis ni idea?
–Mira,
Thomas, yo no estoy involucrado en la investigación, tendrás que preguntárselo
a ellos. Estoy seguro de que
saben mucho más
que yo. No
soy más que
un abogado que
ocupa un pequeño
cargo administrativo.
–Sí,
que se tutea con el presidente del Tribunal Supremo.
–Me
llama de vez en cuando. Esto es muy aburrido. Hablemos de mujeres. Detesto
hablar de leyes.
–¿Has
hablado con él últimamente?
–Por
Dios, Thomas, no dejas de pescar. Sí, hemos charlado brevemente esta mañana. Ha
puesto a los veintisiete secretarios a investigar todos los sumarios federales,
grandes y pequeños, en busca de pistas. Es una pérdida de tiempo y así se lo he
dicho. Todos los casos que llegan al Tribunal Supremo tienen por lo menos dos
partes, y todas las partes implicadas se beneficiarían indudablemente de la
desaparición de dos o tres jueces, y de su sustitución por otros más afines a
su causa. Hay millares de recursos de apelación que podrían acabar en sus manos
y es imposible elegir uno como responsable de los asesinatos. Es absurdo.
–¿Qué
te ha respondido?
–Por
supuesto ha estado de acuerdo con mi brillante análisis. Creo que ha llamado
después de leer el artículo del Post, para ver si podía sonsacarme algo.
¿Imaginas semejante audacia?
El
camarero merodeaba con impaciencia junto a la mesa. Verheek examinó la carta,
la cerró y se la devolvió.
–Pez
espada a la plancha, queso azul y nada de verduras.
–Yo
comeré setas –dijo Callahan, antes de que desapareciera el camarero.
Callahan
se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y sacó un grueso sobre, que dejó
sobre la mesa junto a la botella vacía de Moosehead.
–Échale
una ojeada a esto cuando tengas tiempo.
–¿De
qué se trata?
–Es
una especie de informe.
–Detesto
los informes, Thomas. A decir verdad, detesto el Derecho, a los abogados y,
salvo tú, a los profesores de Derecho.
–Darby
lo ha redactado.
–Lo
leeré esta noche. ¿De qué trata?
–Creo
que ya te lo he dicho. Es una estudiante muy astuta, inteligente y agresiva.
Redacta mejor que la mayoría. Siente pasión, por supuesto mejorando lo
presente, por la ley constitucional.
–Pobre
chica.
–Se
tomó cuatro días la semana pasada, durante los que no prestó atención alguna a
mí ni al resto del mundo, y elaboró su propia teoría, que ahora ha desechado.
Pero léela de todos modos. Es fascinante.
–¿Quién
es el sospechoso?
Los
árabes empezaron a reírse a carcajadas, dándose palmadas entre sí y derramando
el whisky. Los observaron unos momentos, hasta que se apaciguaron.
–¿No
te dan asco los borrachos? –preguntó Verheek.
–Me
producen náuseas.
–¿Cuál
es su teoría? –dijo Verheek, después de guardar el sobre en el bolsillo de su
chaqueta, que colgaba del respaldo de la silla.
–Es
un poco inusual. Pero léela. No perderás nada por hacerlo. Necesitáis que
alguien os eche una mano.
–Lo
leeré sólo porque lo ha escrito ella. ¿Cómo se porta en la cama?
–¿Cómo
es tu esposa en la cama?
–Rica.
Así como en la ducha, en la cocina, o cuando va de compras. Es rica en todo lo
que hace.
–No
puede durar.
–Solicitará
el divorcio a fin de año. Puede que me quede con la casa de la ciudad y un poco
de dinero.
–¿Estáis
casados sin separación de bienes?
–No,
pero no olvides que soy abogado. En el contrato hay más subterfugios que en un
decreto de reforma presupuestaria. Lo elaboró un compañero. ¿No te encanta
hablar de leyes?
–Cambiemos
de tema.
–¿Mujeres?
–Tengo
una idea. Tú quieres conocer a la chica, ¿no es cierto?
–¿Hablamos
de Darby?
–Sí,
Darby.
–Me
encantaría conocerla.
–Iremos
a Saint Thomas durante las vacaciones de Acción de Gracias. ¿Por qué no te
reúnes con nosotros?
–¿Tengo
que traer a mi esposa?
–No.
No ha sido invitada.
–¿Circulará
por la playa con uno de esos minibiquinis de cuerda? ¿Como quien dice,
exhibiéndose para nosotros?
–Probablemente.
–Caramba.
No puedo creerlo.
–Puedes
alquilar un apartamento junto al nuestro y nos correremos la gran juerga.
–Maravilloso,
maravilloso. Simplemente maravilloso. TRECE
El
teléfono llamó cuatro veces, se conectó el contestador automático, la voz
grabada retumbó por el piso, se oyó el pitido y ningún mensaje. Llamó otras
cuatro veces, la misma operación y ningún mensaje. Al cabo de un minuto llamó
de nuevo y Gray Grantham lo descolgó desde la cama. Se sentó sobre la almohada,
e intentó concentrar la mirada.
–¿Quién
es? –preguntó con esfuerzo, después de comprobar que no entraba luz por la
ventana.
–¿Hablo
con Gray Grantham del Washington Post? –dijo una voz suave y tímida.
–Sí.
¿Quién llama?
–No
puedo darle mi nombre –respondió lentamente la voz.
Empezó
a disiparse la niebla, fijó la mirada en el reloj y comprobó que eran las cinco
cuarenta.
–De
acuerdo, olvidemos el nombre. ¿Por qué me llama?
–Ayer
leí su artículo sobre la Casa Blanca y los candidatos.
–Me
alegro.
–Usted
y otro millón de lectores, pensó ¿Por qué me llama a una hora tan intempestiva?
–Lo
siento. Voy de camino al trabajo y he parado en una cabina. No puedo llamar
desde mi casa, ni desde el despacho. La voz parecía clara, elocuente e
inteligente.
–¿Qué
clase de despacho?
–Soy
abogado.
Maravilloso.
En Washington había por los menos medio millón de abogados.
–¿Trabaja
en el sector privada o para el gobierno?
–Prefiero
no decírselo –respondió, después de titubear unos instantes.
–De
acuerdo. Escúcheme, yo prefiero dormir. ¿Puede decirme exactamente por qué me
ha llamado?
–Puede
que sepa algo relacionado con Rosenberg y Jensen.
–Por
ejemplo... –dijo Grantham, sentado al borde de la cama.
–¿Está
grabando esta conversación? –preguntó, después de una larga pausa.
–No.
¿Debería hacerlo?
–No
lo sé. En realidad estoy muy asustado y confundido, señor Grantham. Prefiero
que no lo grabe. Tal vez la próxima llamada, ¿de acuerdo?
–Lo
que usted diga. Le escucho.
–¿Pueden
localizar esta llamada?
–Supongo
que es posible. Pero usted llama desde una cabina, ¿no es cierto? ¿Qué importa
que lo hagan?
–No
lo sé. Tengo miedo.
–No
se preocupe. Le prometo que no estoy grabando, ni intentaré localizar la
llamada. Y ahora hable.
–Puede
que sepa quién los asesinó.
–Ésta
es una información muy valiosa –dijo Grantham, después de ponerse de pie.
–Podría
costarme la vida. ¿Cree que me siguen?
–¿Quién?
¿Quién podría seguirle?
–No
lo sé –respondió la voz, que se perdió en la lejanía como si mirara por encima
del hombro.
–Tranquilícese
–dijo Grantham, paseando junto a la cama–. Por qué no me da su nombre. Le juro
que es confidencial.
–García.
–¿Éste
no es su verdadero nombre?
–Claro
que no, pero es lo mejor que se me ocurre.
–De
acuerdo, García. Hábleme.
–Mire,
no estoy seguro. Pero creo que he tropezado con algo en el despacho que al
parecer no debía haber visto.
–¿Tiene
una copia?
–Tal
vez.
–Oiga,
García, usted me ha llamado, ¿no es cierto? ¿Quiere hablar conmigo o no?
–No
estoy seguro. ¿Qué hará usted si le cuento algo?
–Investigarlo
a fondo. Si vamos a acusar a alguien del asesinato de dos jueces del Tribunal
Supremo, créame, el asunto se llevará con suma delicadeza.
Se
hizo un prolongado silencio. Grantham esperaba inmóvil junto a la mecedora.
–García.
¿Está usted ahí?
–Sí.
¿Podemos hablar más tarde?
–Por
supuesto. También podemos hablar ahora.
–Debo
reflexionar. Hace una semana que no como ni duermo, y no pienso con claridad.
Puede que le llame más tarde.
–De
acuerdo, de acuerdo. Me parece perfecto. Llámeme a mi despacho, al...
–No.
No le llamaré al despacho. Disculpe por haberle despertado.
Colgó.
Grantham contempló el teclado de su teléfono y marcó siete cifras, esperó,
luego otras seis y a continuación otras cuatro. Escribió un número en el bloque
junto al teléfono y colgó. La cabina estaba en la calle quince, en el barrio
del Pentágono.
Gavin
Verheek durmió cuatro horas y despertó borracho. Cuando llegó al edificio
Hoover al cabo de una hora, el alcohol empezaba a disiparse y el malestar a
aposentarse. Se maldijo a sí mismo y a Callahan, que sin duda dormiría hasta el
mediodía y despertaría fresco y revitalizado, listo para su vuelo a Nueva
Orleans. Habían abandonado el restaurante a medianoche cuando cerraba, para
visitar unos cuantos bares y habían bromeado sobre la posibilidad de ver un par
de películas pornográficas, pero no pudieron hacerlo porque su cine predilecto
había sido bombardeado. De modo que siguieron bebiendo hasta las tres o cuatro
de la madrugada.
Tenía
una reunión con Voyles a las once, para la que era esencial que estuviera
sobrio y atento. Le sería imposible. Le ordenó a su secretaria que cerrara la
puerta, le contó que había cogido algún virus nefasto, tal vez la gripe, y que
no quería que nadie le molestara, a no ser que fuera de vital importancia. Ella
le miró a los ojos y olió más de lo habitual. El olor a cerveza no siempre
desaparece con el sueño.
La
secretaria se retiró, cerró la puerta y él echó la llave. Para vengarse, llamó
por teléfono a la habitación de
Callahan,
pero no obtuvo respuesta alguna.
Vaya
vida. Su mejor amigo ganaba casi tanto como él, pero trabajaba treinta horas a
la semana cuando estaba muy ocupado y tenía a su alcance chicas disponibles,
veinte años más jóvenes que él. Entonces recordó sus magníficos planes para
pasar una semana en Saint Thomas, con la perspectiva de ver a Darby paseando
por la playa. No se lo perdería, aunque provocara el divorcio.
Una
oleada de náuseas invadió su tórax y esófago, y se tumbó rápidamente en el
suelo. Sobre una ordinaria alfombra gubernamental. Respiró hondo y empezó a
sentir palpitaciones en la coronilla. El techo de escayola no daba vueltas y
esto era alentador. Al cabo de tres minutos comprendió que no vomitaría, por lo
menos ahora.
Su
maletín estaba a mano y se lo acercó cautelosamente. En su interior estaba el
sobre, junto al periódico matutino. Cogió el sobre, abrió el informe y lo
levantó a quince centímetros de su rostro.
Eran
trece páginas de papel informático, a doble espacio, con amplios márgenes.
Sería capaz de leerlo. En los márgenes había notas escritas a mano y párrafos
subrayados. En la parte superior figuraban las palabras PRIMER BORRADOR»,
escritas a mano con un rotulador. Su nombre, dirección y número de teléfono
estaban mecanografiados en la portada.
Lo
examinaría unos minutos mientras seguía tumbado en el suelo, con la esperanza
de sentarse luego junto a su escrito río y actuar como un importante abogado
del gobierno. Pensó en Voyles y aumentaron sus palpitaciones.
Redactaba
bien, al estilo tradicional de los juristas intelectuales, con largas oraciones
repletas de complejos términos. Pero se expresaba con claridad. Evitaba los
dobles sentidos y la jerga jurídica, que tanto entusiasmaba a los demás
estudiantes. Nunca podría trabajar como abogado para el gobierno de Estados
Unidos.
Gavin
nunca había oído hablar de su sospechoso y estaba seguro de que no figuraba en
ninguna lista. Desde un punto de vista técnico, más que un informe, era el
relato de un pleito en Louisiana. Describía brevemente los hechos, de un modo
interesante. A decir verdad, fascinante. No lo leía sólo por encima.
El
relato de los hechos ocupaba cuatro páginas y dedicaba otras tres a un breve
historial de las partes. Esto le resultó un poco aburrido, pero siguió leyendo.
Estaba atrapado. En la página ocho del informe, o lo que fuera, resumía el
juicio. En la novena mencionaba la apelación y en las últimas tres una secuela
improbable para eliminar a Rosenberg y Jensen del Tribunal. Callahan había
dicho que había desechado la teoría, que parecía debilitarse hacia el final.
Pero
su lectura resultaba muy agradable. Momentáneamente había olvidado su malestar
y había leído un informe de trece páginas de una estudiante de Derecho, tumbado
sobre una sucia alfombra, cuando tenía mil cosas que hacer.
Alguien
llamó suavemente a la puerta. Se sentó lentamente, se levantó con suma cautela
y se acercó a la puerta.
–¿Quién
es?
–Lamento
molestarle –respondió su secretaria–. Pero el director le espera en su despacho
dentro de diez minutos.
–¿Cómo?
–preguntó Verheek después de abrir la puerta.
–Sí
señor. Dentro de diez minutos.
–¿Para
qué? –preguntó mientras se frotaba los ojos y aspiraba con rapidez.
–Conseguiría
que me degradaran si formulara este tipo de preguntas, señor.
–¿Tiene
algún antiséptico bucal?
–Creo
que sí. ¿Lo quiere?
–¿Se
lo pediría si no lo quisiera? Tráigamelo. ¿Tiene chicle? .
–¿Chicle?
–Chicle
para mascar.
–Sí,
señor. ¿También lo quiere?
–Tráigame
el antiséptico bucal, el chicle y un par de aspirinas si las tiene.
Se
acercó a su escritorio, se sentó con la cabeza entre las manos y se frotó las
sienes. Oyó que su secretaria abría y cerraba cajones, antes de que apareciera
con lo que le había pedido.
–Gracias.
Disculpe mi mal humor –dijo, mientras señalaba a un documento sobre una silla
junto a la puerta–. Mande ese informe a Eric East, está en el cuarto piso.
Agregue una nota de mi parte. Dígale que lo lea cuando disponga de un minuto.
La
secretaria se retiró con el informe.
Fletcher
Coal abrió la puerta del despacho ovalado y habló con gravedad a K. O. Lewis y
Eric East. El presidente estaba en Puerto Rico, para ver los daños causados por
un huracán y el director Voyles se negaba a reunirse con Coal a solas. Mandaba
a sus subordinados.
Coal
les indicó que se sentaran en el sofá y él se colocó al otro lado de la
mesilla. Llevaba la chaqueta abrochada y el nudo de su corbata era impecable.
Nunca se relajaba. East había oído habladurías sobre sus costumbres. Trabajaba
veinte horas diarias, siete días por semana, bebía sólo agua y la mayor parte
de la comida que consumía procedía de las máquinas del sótano. Era capaz de
leer como un ordenador y pasaba muchas horas al día repasando notas, informes,
correspondencia y montones de decretos pendientes. Su memoria era perfecta.
Hacía ahora una semana que traían informes a diario a este despacho y se los
entregaban a Coal, que devoraba el
material
y lo memorizaba para el próximo encuentro. Si cometían algún error, los
aterrorizaba. Le odiaban, pero era imposible no respetarle. Era más inteligente
que ellos y trabajaba más duro. Además, él lo sabía.
Su
actitud era condescendiente en la intimidad del despacho ovalado. Su jefe había
salido para actuar ante las cámaras, pero el auténtico poder se había quedado
para dirigir el país.
K.
O. Lewis colocó un montón de documentos con las últimas informaciones, de diez
centímetros de grosor, sobre la mesa.
–¿Alguna
novedad? –preguntó Coal.
–Tal
vez. Las autoridades francesas revisaban rutinariamente las filmaciones de las
cámaras de seguridad del aeropuerto de París, cuando creyeron reconocer a
alguien. Lo comprobaron con otras dos cámaras de la terminal, desde distintos
ángulos, e informaron a Interpol. La cara está disimulada, pero Interpol cree
que se trata del terrorista Khamel. Estoy seguro de que ha oído hablar de...
–Efectivamente.
–Estudiaron
cuidadosamente la filmación y están casi seguros de que llegó en un vuelo
directo procedente de Dulles, el pasado miércoles, unas diez horas después de
que se descubriera el cuerpo de Jensen.
–¿El
Concorde?
–No,
United. A juzgar por la hora y posición de las cámaras, pueden determinar las
puertas y los vuelos.
–¿E
Interpol se ha puesto en contacto con la CIA?
–Sí.
Han llamado a Gminski aproximadamente a la una de la tarde. El rostro de Coal
permaneció inexpresivo.
–¿Están
seguros?
–El
ochenta por ciento. Es un maestro de la simulación y sería un poco inusual para
él viajar de este modo. Por
consiguiente, hay lugar
a dudas. Disponemos
de fotografías y
de un resumen
para el presidente. Francamente, he examinado las
fotografías y no me dicen nada. Pero Interpol le conoce.
–¿No
es cierto que no ha permitido que se le fotografiara voluntariamente desde hace
muchos años?
–Eso
nos consta. Además, se rumorea que cada dos o tres años se somete a cirugía
plástica y obtiene un nuevo rostro.
–De
acuerdo –dijo Coal, después de unos instantes de reflexión–. Supongamos que se
trata de Khamel y que esté involucrado en los asesinatos. ¿Qué significa eso?
–Significa
que nunca le encontraremos. Hay por lo menos nueve países, incluido Israel, que
le buscan activamente en estos momentos. Significa que alguien le ha pagado un
montón de dinero para utilizar su pericia en nuestro país. Hemos dicho en todo
momento que el asesino o asesinos eran profesionales, que habían desaparecido
antes de que se enfriaran los cadáveres.
–De
modo que no significa gran cosa.
–Efectivamente.
–Bien.
¿Qué más tienen?
–El
resumen diario de costumbre –respondió Lewis, después de mirar a Eric East de
refilón.
–Últimamente
parecen ser bastante escuetos.
–Sí,
lo son. Disponemos de trescientos ochenta agentes, que trabajan doce horas
diarias. Ayer interrogaron a ciento sesenta personas, en treinta estados
distintos. Hemos...
–Déjelo
–interrumpió Coal, levantando la mano–. Leeré el informe. Parece justo afirmar
que no hay nada nuevo.
–Puede
que una nueva faceta –respondió Lewis al tiempo que miraba a Eric East, que
tenía una copia del informe en la mano.
–¿De
qué se trata? –preguntó Coal.
East
se movía nervioso. El informe había circulado todo el día hasta llegar a manos
de Voyles, y le había gustado. Lo consideraba como un tiro a ciegas, al que no
merecía que se prestara mucha atención, pero digno de mencionárselo al
presidente, y le encantaba la idea de poner a Coal y a su jefe nerviosos. Les
había ordenado a Lewis y a East que se lo entregaran a Coal, como si se tratara
de una teoría importante que el Bureau investigaba seriamente. Por primera vez
en una semana, Voyles había sonreído al hablar de los imbéciles del despacho
ovalado, que correrían en busca de refugio después de leer aquel pequeño
informe. Trabájenlo, les había dicho Voyles. Díganles que pensamos destinar
veinte agentes a que lo investiguen.
–Se
trata de una teoría que ha surgido en las últimas veinticuatro horas y que ha
intrigado bastante al director Voyles. Teme que pudiera perjudicar al
presidente.
–¿En
qué sentido? –preguntó Coal imperturbable.
–Está
todo en este informe –respondió East, después de dejar el documento sobre la
mesa.
–De
acuerdo –dijo Coal con la mirada fija en East, después de echar una ojeada a
los papeles–. Después lo leeré. ¿Eso es todo?
–Sí.
Ahora nos retiraremos.
Lewis
se puso de pie y se abrochó la chaqueta. Coal les acompañó a la puerta.
No
había charanga alguna cuando aterrizó el avión número uno de las fuerzas aéreas
en el aeropuerto de Andrews, pocos minutos después de las diez. La «reina»
estaba en algún lugar recaudando fondos, y ningún amigo ni pariente acudió a
recibir al presidente cuando bajó del avión, para dirigirse apresuradamente a
su limusina. Coal le esperaba.
–No
esperaba verle –dijo el presidente, después de acomodarse en su asiento.
–Lo
siento. Hemos de hablar –respondió Coal, cuando la limusina se dirigía
velozmente a la Casa Blanca.
–Es
tarde y estoy cansado.
–¿Qué
tal el huracán?
–Impresionante.
Ha arrasado un millón de chabolas y cabañas de cartón, y ahora tendremos que
gastar un par de millares de millones para construir nuevas viviendas y
centrales eléctricas. Necesitan un buen huracán cada cinco años.
–He
preparado la declaración de la catástrofe.
–De
acuerdo. ¿Qué ocurre que sea tan importante?
Coal
le entregó una copia de lo que ahora se conocía como el informe pelícano.
–No
quiero leerlo –dijo el presidente–. Dígame sólo de qué se trata.
–Voyles
y su surtido equipo han tropezado con un sospechoso que nadie había mencionado
hasta ahora. Un sospechoso sombrío y sumamente improbable. Una estudiante de
derecho, exageradamente diligente, de Tulane, ha redactado ese maldito informe
y, de algún modo, ha llegado a manos de Voyles que, después de leerlo, ha
decidido que tenía mérito. No olvidemos que buscan desesperadamente
sospechosos. La teoría es tan descabellada, que resulta inverosímil, y a nivel
superficial no me preocupa. Pero quien me preocupa es Voyles. Ha decidido
investigarla activamente y la prensa está pendiente de todos sus movimientos.
Podría correrse la voz.
–No
podemos controlar su investigación.
–Podemos
manipularla. Gminski espera en la Casa Blanca y...
–¡Gminski!
–Tranquilícese,
jefe. Hace tres horas le he entregado personalmente una copia del informe,
después de hacerle jurar que guardaría el secreto. Puede que sea incompetente,
pero es capaz de guardar un secreto. Me inspira mucha más confianza que Voyles.
–Yo
no confío en ninguno de ellos.
A
Coal le satisfacía oír aquello. Quería que el presidente confiara sólo en él.
–Creo
que debería pedirle a la CIA que lo investigue inmediatamente. Me gustaría
estar al corriente de todo, antes de que Voyles empiece a indagar. Nadie
encontrará nada, pero si sabemos más que Voyles, usted podrá convencerle de que
abandone la investigación. Es lógico, jefe.
–Es
un asunto interno –dijo frustrado el presidente. No es competencia de la CIA.
Probablemente sea ilegal.
–Técnicamente
lo es. Pero Gminski lo hará por usted, y además con rapidez, en secreto y más
concienzudamente que el FBI.
–Es
ilegal.
–No
será la primera vez, jefe, se ha hecho ya muchas veces.
El
presidente contemplaba el tráfico. Tenía los ojos hinchados e irritados, pero
no de cansancio. Había dormido tres horas en el avión. Sin embargo, después de
pasar todo el día con aspecto triste y preocupado para las cámaras, no le
resultaba fácil volver a la normalidad.
–¿Se
trata de alguien a quien conocemos? –preguntó, después de coger el informe y
dejarlo sobre el asiento vacío junto a él.
–Sí.
CATORCE
Puesto
que la ciudad vive de noche, Nueva Orleans despierta despacio. En la misma
impera el silencio hasta mucho después del alba, cuando empieza a sacudirse las
telarañas y entrar suavemente en la mañana. No hay hora punta matutina, a
excepción de las vías que enlazan con los suburbios y las abigarradas calles
del centro de la ciudad. Esto ocurre en todas las ciudades. Pero en el barrio
francés, alma de Nueva Orleans, el olor a whisky, arroz y pescado de la noche
anterior flota a poca altura por encima de las calles desiertas, hasta la
llegada del sol. Al cabo de un par de horas, lo sustituye el aroma a café
francés y buñuelos, cuando las aceras empiezan a mostrar recalcitrantes signos
de vida.
Darby
se acurrucó en una silla del pequeño balcón, con una taza de café, a la espera
del sol. A pocos metros estaba Callahan, todavía bajo las sábanas, y muerto en
lo que concernía al mundo exterior. Había una ligera brisa, pero la humedad
volvería al mediodía. Darby se ajustó el albornoz de su compañero y olió la
fragancia de su colonia. Pensó en su padre y en las holgadas camisas que le
permitía usar de adolescente. Solía subirse las mangas hasta los codos, la
camisa suelta hasta las rodillas, y salir a pasear con sus amigos, convencida
de que nadie tenía mejor aspecto que ella. Su padre era su amigo. Cuando acabó
sus estudios en el instituto, tenía todo el vestuario de su padre a su
disposición, a condición de que lavara y planchara las prendas que utilizaba, y
las guardara nuevamente en el armario. Todavía recordaba el olor a Grey Flannel
con el que se rociaba todos los días la cara.
Si
viviera, sería cuatro años mayor que Thomas Callahan. Su madre, después de
volverse a casar, se había trasladado a Boise. Darby tenía un hermano en
Alemania. Los tres raramente se hablaban. Su padre había mantenido unida a una
familia fraccionada, que se había dispersado después de su muerte.
Otras
veinte personas habían fallecido en el accidente de aviación y, antes de haber
ultimado los detalles del funeral, empezaron a llamar los abogados. Aquél fue
realmente su primer contacto con el mundo jurídico y no le resultó agradable.
El abogado de la familia estaba especializado en el traspaso de fincas y no
sabía nada sobre litigación. Un artero perseguidor de ambulancias cameló a su
hermano y persuadió a la familia para que entablara un juicio cuanto antes. Se
llamaba Herschel y, durante dos años, la familia sufrió mientras el abogado
demoraba el caso y mentía. Llegaron a un acuerdo una semana antes del juicio
por medio millón de dólares, después de que Herschel se quedara con su parte, y
a Darby le correspondieron cien mil dólares.
Entonces
decidió hacerse abogado. Si un payaso como Herschel lo había logrado y ganaba
montones de dinero, al mismo tiempo que causaba caos en la sociedad, ella
podría sin duda conseguirlo con un propósito más noble. A menudo pensaba en
Herschel. Cuando lograra colegiarse, su primer pleito sería contra él por falta
de ética profesional. Quería trabajar para una empresa dedicada a la protección
del medio ambiente. Sabía que encontrar trabajo no le resultaría difícil.
Los
cien mil dólares seguían intactos. El nuevo marido de su madre trabajaba como
ejecutivo en una empresa papelera, y era algo mayor y mucho más rico que ella.
Poco después de la boda, ella repartió su parte de la compensación entre Darby
y su hermano, porque dijo que el dinero le recordaba a su difunto marido y el
gesto era simbólico. Darby estaba un poco confundida, pero aceptó el dinero
agradecida.
Los
cien mil se habían doblado. Invirtió la mayor parte en mutualidades, pero sólo
en las que no tenían inversiones en empresas químicas y petroleras. Conducía un
Accord y vivía modestamente. Su vestuario era el normal de los estudiantes de
Derecho, comprado en las rebajas. Ella y Callahan frecuentaban los mejores
restaurantes de la ciudad y nunca comían dos veces en el mismo lugar. Cada uno
se pagaba siempre lo suyo.
A él
no le importaba el dinero, ni le hacía preguntas al respecto. Darby era más
rica que la mayoría de los estudiantes de Derecho, pero Tulane tenía su cuota
de jóvenes acomodados.
Cortejaron
durante un mes antes de acostarse juntos. Ella fijó las normas y él las acató
sin reservas. No habría otras mujeres. Serían muy discretos. Y él tendría que
beber menos.
Callahan
obedeció las dos primeras, pero siguió bebiendo. Su padre, su abuelo y sus
hermanos eran grandes bebedores, y de algún modo se esperaba que él también lo
fuera. Pero por primera vez en su vida, Thomas Callahan estaba enamorado,
locamente enamorado, y conocía el punto a partir del cual el whisky entorpecía
la relación con su compañera. Era cuidadoso. A excepción de la última semana y
del trauma personal causado por la pérdida de Rosenberg, nunca bebía antes de
las cinco de la tarde. Cuando estaban juntos, dejaba de tomar Chivas en el
momento en que creía que afectaría su actuación.
Era
divertido ver a un hombre de cuarenta y cinco años caer por primera vez. Se
esforzaba para conservar cierto nivel de serenidad, pero en sus momentos de
intimidad era tan bobo como un adolescente.
Ella
le dio un beso en la mejilla y lo cubrió con el edredón. Su ropa estaba
perfectamente doblada sobre una silla. Cerró silenciosamente la puerta después
de salir del piso. El sol estaba en lo alto del firmamento y asomaba entre los
edificios de Dauphine Street. La acera estaba vacía.
Tenía
una clase dentro de tres horas y otra a las once de Derecho constitucional con
Callahan. Disponía de dos semanas para presentar el proyecto de un recurso de
apelación. Sobre sus apuntes se había ido acumulando el polvo.
Se había retrasado
respecto a dos
asignaturas. Debía afrontar
nuevamente sus obligaciones estudiantiles. Había perdido
cuatro días jugando a detectives y se maldecía por ello.
El
Accord estaba a la vuelta de la esquina, a media manzana de distancia.
La
observaban y era agradable hacerlo. Vaqueros ceñidos, jersey holgado, piernas
largas, y unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos sin maquillar. Vieron como
cerraba la puerta y caminaba de prisa a lo largo de Royale, hasta desaparecer a
la vuelta de la esquina. El cabello le llegaba a la altura de los hombros y
parecía ser pelirrojo oscuro.
Era
ella.
Llevaba
su almuerzo en una pequeña bolsa de papel castaño y encontró un banco vacío en
el parque, de espaldas a New Hampshire. Odiaba Dupont Circle, con sus mendigos,
drogadictos, pervertidos, hippys de edad avanzada y punks de chaqueta de cuero
negro, con su cabello rojo encrestado y lengua viperina. Al otro lado de la
fuente, un individuo bien vestido y con un altavoz en las manos reunía su grupo
de defensores de los derechos civiles para manifestarse ante la Casa Blanca.
Los punks chillaban y los insultaban, pero había cuatro policías montados lo
suficientemente cerca para evitar problemas.
Consultó
su reloj y peló un plátano. Era mediodía y habría preferido comer en otro
lugar. El encuentro sería breve. Contemplaba a los que chillaban y vociferaban,
cuando vio a su contacto que aparecía entre la muchedumbre. Se miraron,
movieron ligeramente la cabeza y se sentó junto a él en el banco. Se llamaba
Booker y era de Langley. Se reunían aquí de vez en cuando, cuando las líneas de
comunicación se cruzaban o eran confusas, y sus respectivos jefes necesitaban
oír con claridad lo que nadie más podía escuchar.
Booker
no llevaba almuerzo. Empezó a pelar cacahuetes y a arrojar las cáscaras bajo el
banco.
–¿Cómo
está el señor Voyles?
–De
muy mala uva. Como de costumbre.
–Anoche
Gminski estuvo en la Casa Blanca hasta las doce –dijo Booker, después de
llenarse la boca de cacahuetes.
Su
interlocutor no respondió. Voyles ya lo sabía.
–Ha
cundido el pánico –prosiguió Booker–. Ese pequeño pelícano los ha asustado.
Nosotros también lo hemos leído y estamos casi seguros de que no nos ha
impresionado, pero por alguna razón Coal está aterrorizado y ha logrado
preocupar al presidente. Hemos deducido que os estáis divirtiendo un poco con
Coal y su jefe, y puesto que menciona al presidente e incluye esa foto, nos ha
parecido que para vosotros es una especie de pasatiempo. ¿Me explico?
Mordió
el plátano, sin decir palabra.
Los
amantes de los animales emprendieron desorganizadamente la marcha, bajo el
abucheo de los de las chaquetas de cuero.
–En
todo caso, no es de nuestra incumbencia, ni tiene por qué serlo, pero el
presidente quiere que investiguemos secretamente el informe pelícano, antes de
que lo hagáis vosotros. Está convencido de que no descubriremos nada, pero
quiere estar seguro de ello para persuadir a Voyles de que abandone la
investigación.
–No
hay nada que descubrir.
Booker
vio como un borracho meaba en la fuente. La policía montada se alejaba.
–Voyles
se está divirtiendo, ¿no es cierto?
–Investigamos
todas las pistas.
–Pero
no tenéis ningún sospechoso digno de serlo.
–No
–respondió, después de haber deglutido el plátano. ¿Por qué les preocupa tanto
que investiguemos esa insignificancia?
–El
caso es que para ellos es muy, sencillo –dijo Booker, mientras mordía la
cáscara de un pequeño cacahuete–. Están furiosos por la divulgación de los
nombres de Pryce y MacLawrence que, evidentemente, os atribuyen a vosotros.
Desconfían profundamente de Voyles. Y si empezáis a hurgar en el informe
pelícano, les aterroriza que lo descubra la prensa y afecte al presidente. La
reelección es el próximo año, etcétera, etcétera.
–¿Qué
le ha dicho Gminski al presidente?
–Que
no deseaba entrometerse en la investigación del FBI, que tenía mejores cosas
que hacer, y que sería completamente ilegal hacerlo. Pero puesto que el
presidente no dejaba de suplicar y Coal de amenazar, lo haremos de todos modos.
Y aquí estoy para que lo sepas.
–Voyles
os lo agradece.
–Hoy
empezaremos a indagar, pero todo eso es absurdo. Tomaremos las medidas
acostumbradas, no nos entrometeremos y dentro de una semana aproximadamente le
contaremos al presidente que la teoría es descabellada.
–Bien
–dijo después de levantarse y doblar la bolsa de papel castaño–. Se lo
comunicaré a Voyles. Gracias. Empezó a caminar en dirección a Connecticut,
lejos de los punks, y desapareció.
El
monitor estaba sobre una abigarrada mesa en el centro de la redacción y Gray
Grantham lo miraba fijamente, entre el rumor y parloteo del intercambio de
información. Las palabras no llegaban y esperaba con la mirada fija en la
pantalla. Sonó el teléfono. Pulsó un botón y levantó el auricular, sin alejar
la mirada del monitor.
–Gray
Grantham.
–Soy
García.
–¿Qué
me cuenta? –preguntó, olvidándose del monitor.
–Debo
formularle dos preguntas. La primera es si graba estas llamadas y la segunda si
puede localizarlas.
–No
y sí. No grabamos hasta que nos dan permiso para hacerlo y podemos localizar
las llamadas, pero no lo hacemos. Creí que me había dicho que no me llamaría al
despacho.
–¿Quiere
que cuelgue?
–No.
Me parece bien. Prefiero hablar a las tres de la tarde en la redacción, que a
las seis de la madrugada en la cama.
–Lo
siento. Estoy asustado, eso es todo. Hablaré mientras pueda confiar en usted,
pero si algún día me miente, señor Grantham, dejaré de hacerlo.
–De
acuerdo. ¿Cuándo empezará a hablar?
–Ahora
no puedo. Estoy en una cabina en el centro de la ciudad y tengo prisa.
–Ha
dicho que tenía una copia de algo.
–No,
he dicho que tal vez obtendría una copia de algo. Veremos.
–De
acuerdo. ¿Cuándo puede que vuelva a llamar?
–¿He
de concertar hora?
–No.
Pero entro y salgo permanentemente.
–Llamaré
mañana, a la hora del almuerzo.
–Esperaré
su llamada.
García
había desaparecido. Grantham marcó siete cifras, luego seis y entonces otras
cuatro. Tomó nota del número y entonces consultó las páginas amarillas, en
busca de la compañía propietaria de las cabinas. La cabina en cuestión se
encontraba en Pennsylvania Avenue, cerca del Departamento de Justicia.
QUINCE
La
discusión empezó con el postre, parte de la comida que Callahan prefería tomar
en forma líquida. Ella había sido bastante amable al olvidar las bebidas que
había consumido ya con la comida: dos whiskys dobles antes de empezar, otro
antes de que les sirvieran la cena, y dos botellas de vino con el pescado, de
las que ella sólo había tomado
un par de
vasos. Bebía con
excesiva rapidez y se
estaba embriagando. Cuando
se lo recriminó, se enojó con
ella. De postre pidió un Drambuie, no sólo porque le gustaba, sino porque se
había convertido en una cuestión de principios. Se lo tomó de un trago, pidió
otro, y ella se puso furiosa.
Darby
movía su café con la cucharilla, sin prestarle atención. Mounton's estaba lleno
y lo único que ella deseaba era salir sin hacer ninguna escena, para regresar
sola a su casa.
La
discusión empezó a ser desagradable en la acera, cuando se alejaban del
restaurante. Él se sacó las llaves del Porsche del bolsillo y ella le dijo que
estaba demasiado borracho para conducir. Intentó quitarle las llaves. Él las
agarró con fuerza y se tambaleó en dirección al aparcamiento, a tres manzanas
de donde se encontraban. Ella dijo que prefería andar. Diviértete, dijo él.
Ella le seguía a pocos pasos, avergonzada de aquel individuo que se tambaleaba.
Le suplicó. Su nivel de alcohol en la sangre era por lo menos de cero coma dos.
Maldita sea, era un catedrático de Derecho. Podía matar a alguien. Él aceleró
el paso, se acercó peligrosamente al borde de la acera, pero recuperó el
equilibrio. Farfulló algo de que conducía mejor borracho que ella sobria. Ella
aflojó el paso.
Había
estado con él en el coche cuando estaba en ese estado y sabía de lo que era
capaz un borracho en un
Porsche.
Cruzó
sin mirar la calle, con las manos hundidas en los bolsillos, como si diera un
tranquilo paseo nocturno. Calculó mal la distancia del bordillo, tropezó,
perdió el equilibrio, se tambaleó y avanzó por la acera echando maldiciones.
Aceleró antes de que ella pudiera alcanzarle. Maldita sea, déjame solo, le
dijo. Ella le suplicó que le diera las llaves; de lo contrario iría andando. Él
le dio un empujón. Diviértete, dijo él con una carcajada. Nunca le había visto
tan borracho. Él jamás la había agredido, estuviera o no bebido.
Junto al
aparcamiento había un
pequeño antro, con
un anuncio luminoso
de cerveza que
cubría sus ventanas. Ella se
asomó a la puerta en busca de ayuda, pero se dio cuenta de la estupidez que
cometía. El local estaba lleno de borrachos.
–¡Thomas!
¡Por favor! ¡Déjame que conduzca! –chilló desde la acera, decidida a no seguir,
cuando él se acercaba al Porsche.
Él
siguió avanzando y le indicó con la mano que se largara, mientras farfullaba
algo para sus adentros. Abrió la puerta del coche, se dejó caer junto al
volante y desapareció entre los demás coches. Se oían los ronquidos del motor
cuando aceleraba.
Darby
se apoyó contra una pared, a pocos metros de la salida del aparcamiento.
Contempló la calle, casi con la esperanza de que apareciera un policía. Era
preferible verle detenido que muerto.
Estaba
demasiado lejos para ir andando. Vería cómo se alejaba, llamaría un taxi y no
le dirigiría la palabra en una semana. Por lo menos una semana. Diviértete, se
dijo a sí misma. Se oyó otro acelerón y chirriaron los neumáticos.
La
explosión la tiró sobre la acera. Cayó de bruces en el suelo, aturdida durante
unos instantes, y de pronto consciente del calor y de los fragmentos en llamas
que caían sobre la calle. Miró horrorizada al aparcamiento. El Porsche hizo una
perfecta voltereta en el aire y cayó invertido. Los neumáticos, las ruedas, las
puertas y los parachoques se desprendieron del coche. El vehículo se había
convertido en una reluciente bola de fuego, devorado inmediatamente por sus
voraces llamas.
Darby
empezó a acercarse, llamando a voces a su compañero. La lluvia de fragmentos y
el calor la obligaron a detenerse a diez metros del vehículo, desde donde
gritaba con las manos junto a la boca.
Entonces
tuvo lugar una segunda explosión, que la obligó a retroceder. Tropezó y se
golpeó fuertemente la cabeza contra el parachoques de otro coche. Lo último que
sintió de momento fue el calor del suelo en la cara.
El
antro se vació y los borrachos estaban por todas partes. Miraban desde la
acera. Dos de ellos intentaron avanzar, pero el calor que les abrasaba el
rostro se lo impidió. Una columna de humo espeso se elevaba de la bola de
fuego, y en pocos segundos se incendiaron otros dos coches. Se oían gritos y
voces aterradas.
–¿De
quién es el coche?
–¡Llamen
al nueve uno uno!
–¿Hay
alguien dentro?
–¡Llamen
al nueve uno uno!
La
cogieron por los codos y la llevaron a la acera, en medio de la muchedumbre. No
dejaba de repetir el nombre de Thomas. Una toalla húmeda apareció del antro y
se la colocaron en la frente.
Cada
vez era mayor el número de gente y de movimiento en la calle. Sirenas, oyó
sirenas al recuperar el conocimiento. Tenía un chichón en la nuca y frescor en
la cara. Su boca estaba seca.
–Thomas,
Thomas –repetía.
–Tranquila,
tranquila –decía un rostro negro cerca de ella, que le sostenía cuidadosamente
la cabeza y le acariciaba el brazo.
Otros
rostros la miraban.
–Tranquila
–asentían.
Ahora
aullaban las sirenas. Se retiró cuidadosamente la toalla y miró. Luces rojas y
azules parpadeaban en la calle. Las sirenas eran ensordecedoras. Se incorporó.
La apoyaron contra la pared, bajo el letrero luminoso de cerveza, se retiraron
y la observaron atentamente.
–¿Está
bien, señorita? –preguntaba el negro.
No
pudo responderle. No lo intentó. Le dolía la cabeza.
–¿Dónde
está Thomas? –preguntó, con la mirada fija en una grieta de la acera.
Los
presentes se miraron entre sí. El primer coche de bomberos dio un frenazo a
siete metros y se retiró la gente. Los bomberos se apearon y empezaron a
circular por todas partes.
–¿Dónde
está Thomas? –repitió.
–¿Quién
es Thomas, señorita? –preguntó el negro.
–Thomas
Callahan –respondió en voz baja, como si todo el mundo le conociera.
–¿Estaba
en el coche?
Darby
asintió y cerró los ojos. Dejaron de aullar las sirenas. Oía gritos de angustia
y el crujido de las llamas. Olía el fuego.
El
segundo y tercer coche de bomberos llegaron velozmente de distintas
direcciones. Un policía se abrió paso entre la muchedumbre.
–Policía.
Retírense. Policía –decía mientras avanzaba hasta encontrarla–. Sargento
Rupert, señora, del
Departamento
de policía de Nueva Orleans –dijo después de agacharse y mostrarle una placa.
Darby
le oyó, pero no reaccionó. Ese tal Rupert estaba a escasos centímetros de su
rostro, con su frondosa cabellera, una gorra de béisbol, y una chaqueta negra y
dorada de los Saints. Le miró desinteresadamente.
–¿Es
ése su coche, señora? Alguien ha dicho que era suyo. Darby movió negativamente
la cabeza.
Rupert
la había agarrado por los codos y la ayudaba a levantarse. Hablaba
incesantemente y le preguntaba si estaba bien, sin dejar de tirar de ella para
que se levantara. Le dolía muchísimo. Parecía tener la cabeza fracturada, rota,
abierta, y estaba desconcertada, pero a aquel imbécil no le importaba. Se puso
de pie. Las rodillas no cooperaban y cojeaba. El negro miró a Rupert como si
estuviera loco.
Entonces
empezaron a funcionarle las piernas y avanzó en compañía de Rupert entre la
muchedumbre, por detrás de un coche de bomberos, alrededor de otro, hasta
llegar a un coche de policía sin distintivos. Agachó la cabeza y se negó a
mirar al aparcamiento. Rupert no dejaba de hablar. Decía algo acerca de una
ambulancia. Abrió la puerta delantera del vehículo y la introdujo
cuidadosamente en el mismo.
Otro
policía se agachó junto a la puerta y empezó a formular preguntas. Llevaba
tejanos y botas de vaquero puntiagudas. Darby se inclinó y se colocó la cabeza
entre las manos.
–Creo
que necesito ayuda –dijo.
–Por
supuesto, señora. Están en camino. Sólo un par de preguntas. ¿Cómo se llama?
–Darby
Shaw. Creo que estoy en estado de shock. Estoy mareada y tengo ganas de
vomitar.
–Ahora
mismo llegará la ambulancia. ¿Es aquél su coche?
–No.
Otro
coche de policía, con luces e inscripciones, paró frente al de Rupert. Rupert
desapareció momentáneamente. De pronto el policía vestido de vaquero cerró la
puerta y se quedó sola en el coche. Se inclinó al frente y vomitó entre sus
piernas. Echó a llorar. Tenía frío. Apoyó lentamente la cabeza en el asiento
del conductor y se acurrucó. Silencio. Oscuridad.
Alguien
daba golpes en la ventana. Abrió los ojos y vio a un individuo uniformado, con
una gorra y una placa. La puerta estaba cerrada con llave.
–Abra
la puerta, señora. Se incorporó y obedeció.
–¿Está
usted bebida, señora?
–No
–respondió angustiada, con una terrible jaqueca.
–¿Es
éste su coche? –preguntó el agente, después de abrir la puerta de par en par.
–¡No!
–exclamó–. Pertenece a Rupert.
–¿Quién
diablos es Rupert?
Sólo
quedaba un coche de bomberos y la mayoría de la gente se había retirado. Su
interlocutor era evidentemente un agente de policía.
–El
sargento Rupert. Uno de ustedes –respondió.
–Salga
del coche, señora –ordenó el agente enojado. Con mucho gusto. Darby se apeó y
se quedó de pie en la acera. A lo lejos, un solo bombero rociaba el chasis
humeante del Porsche.
Se
le acercó otro agente uniformado.
–¿Cómo
se llama usted? –preguntó el primer policía.
–Darby
Shaw.
–¿Por
qué estaba inconsciente en este coche?
–No
lo sé –respondió, después de mirar el vehículo–. Me lastimé y Rupert me llevó
al coche. ¿Dónde está
Rupert?
Los
policías se miraron entre sí.
–¿Quién
diablos es Rupert? –preguntó el primer agente. Eso la enfureció y el enojo le
aclaró la mente.
–Rupert
dijo que era policía.
–¿Cómo
se lastimó? –preguntó el segundo agente. Darby le miró fijamente y señaló el
aparcamiento, al otro lado de la calle.
–Yo
debía haber estado en ese coche. Pero no estaba, y ahora estoy aquí, escuchando
sus estúpidas preguntas. ¿Dónde está Rupert?
Los
policías volvieron a mirarse desconcertados.
–No
se mueva de aquí –dijo el primer agente, antes de cruzar la calle, para
dirigirse a otro coche de policía, junto al que un individuo de traje hablaba
con un pequeño grupo de personas.
Después
de hablarse en voz baja, el primer agente regresó junto a Darby, acompañado del
individuo del traje.
–Soy
el teniente Olson, del Departamento de policía de Nueva Orleans. ¿Conocía al
individuo del coche? –
preguntó,
señalando al aparcamiento.
Le
flaquearon las rodillas y se mordió el labio. Asintió.
–¿Cómo
se llama?
–Thomas
Callahan.
–Eso
es lo que dice el ordenador –dijo Olson, mirando al primer agente–. Y ahora,
dígame, ¿quién es ese
Rupert?
–¡Dijo
que era policía! –exclamó Darby.
–Lo
siento –dijo Olson, en tono compasivo–. No hay ningún policía llamado Rupert.
Darby
no lograba dejar de sollozar. Olson la apoyó sobre el capó del coche y le
sujetó los hombros, hasta que cedió el llanto y empezó a recuperarse.
–Compruebe
la matrícula –le ordenó Olson al segundo agente, que tomó inmediatamente nota y
llamó a la central. Olson la sostenía suavemente por los hombros y la miraba a
los ojos.
–¿Estaba
usted con Callahan?
Darby
asintió, sin dejar de llorar, pero mucho más suave. Olson miró al primer
agente.
–¿Cómo
entró en este coche? –preguntó amablemente el teniente. Darby se frotó los ojos
con los dedos y le miró.
–Ese
individuo llamado Rupert, que dijo ser policía, vino a buscarme al otro lado de
la calle y me acompañó hasta aquí. Me hizo subir al coche y otro policía con
botas de vaquero empezó a formularme preguntas. Cuando llegó otro coche de
policía, se marcharon. Entonces supongo que perdí el conocimiento. No lo sé. Me
gustaría que me viera un médico.
–Traiga
mi coche –le dijo Olson al primer agente. El segundo agente regresó con aspecto
perplejo.
–El
ordenador no tiene constancia de esta matrícula. Debe ser falsa. Olson la cogió
del brazo y la llevó a su coche.
–Voy
a llevarla al hospital –les dijo a los agentes–. Cuando terminéis, reuníos
conmigo. Confiscad el coche. Después lo examinaremos.
En
el coche de Olson, Darby oía el parloteo de la radio mientras contemplaba el
aparcamiento. Habían ardido cuatro coches. El Porsche, convertido en un montón
de chatarra, estaba invertido en el centro. Todavía circulaba un puñado de
bomberos y personal de emergencia. Un policía cercaba la zona con una cinta
amarilla.
Palpó
el chichón que tenía en la nuca. No había sangre. Las lágrimas le rodaban por
las mejillas.
Olson
cerró la puerta y empezaron a circular en dirección a Saint Charles. Llevaba
las luces azules encendidas, pero no la sirena.
–¿Está
en condiciones de hablar? –preguntó.
–Supongo
–respondió Darby, mientras circulaban por Saint Charles–. Está muerto, ¿no es
cierto?
–Sí,
Darby. Lo siento. Supongo que estaba solo en el coche.
–Sí.
–¿Cómo
se ha lastimado? –preguntó, al tiempo que le ofrecía un pañuelo, con el que se
secó los ojos.
–Creo
que me caí. Hubo dos explosiones y me parece que la segunda me derribó. No
recuerdo todos los detalles. Por favor, dígame quién es Rupert.
–No
tengo ni idea. No conozco a ningún policía llamado Rupert, ni había aquí ningún
agente con botas de vaquero.
Darby
reflexionó durante una manzana y media.
–¿Cómo
se ganaba la vida Callahan?
–Era
profesor de Derecho en Tulane. Yo estudio en la facultad.
–¿Quién
querría matarle?
–¿Está
seguro de que ha sido– intencionado? –preguntó Darby, con la mirada fija en las
luces del tráfico, después de mover la cabeza.
–No
cabe la menor duda. Han utilizado un explosivo de mucha potencia. Hemos
encontrado un trozo de pie en una verja, a veinticinco metros de distancia. Lo
siento, créame. Ha sido asesinado.
–Puede
que se equivocaran de coche.
–Es
posible. Lo comprobaremos todo. Tengo entendido que usted debía haber estado
con él en el coche. Intentó responder, pero se lo impidieron las lágrimas. Se
cubrió el rostro con el pañuelo.
Aparcó
entre dos ambulancias, cerca de la entrada de urgencias del hospital, y dejó
las luces azules encendidas. Entonces la acompañó a una sucia sala de espera,
donde había una cincuentena de personas, con diversos niveles de dolor y
molestias. Darby encontró una silla cerca del grifo. Olson habló con la mujer
de la ventanilla y, a
pesar de que
levantó la voz,
Darby no logró
oír lo que
decía. Un niño,
con una toalla ensangrentada envuelta en un pie, lloraba
sobre las rodillas de su madre. Una joven negra estaba a punto de dar a luz. No
se veía a ningún médico ni a ninguna enfermera por ninguna parte. Nadie tenía
prisa.
–Tardarán
unos minutos en atenderla –dijo Olson, después de agacharse frente a Darby–. No
se mueva. Voy a aparcar el coche y vuelvo en seguida. ¿Le apetece charlar?
–Sí,
por supuesto.
El
teniente desapareció. Darby se tocó de nuevo la nuca para comprobar si había
sangre. No la había. Se abrió la puerta doble de par en par y entraron dos
malhumoradas enfermeras para llevarse a la parturienta. Prácticamente la
arrastraron por la puerta y a lo largo del pasillo.
Darby
esperó unos instantes y las siguió. Con los ojos irritados y el pañuelo en la
mano, parecía la madre de algún chiquillo enfermo La sala parecía un parque
zoológico, con enfermeras, enfermeros y heridos chillando y moviéndose de un
lado para otro. Volvió una esquina y vio un letrero que decía «SALIDA». Cruzó
la puerta, llegó a otra sala mucho más silenciosa, otra puerta, y llegó a una
zona de carga. El callejón estaba iluminado. No corras. Sé fuerte. Conserva la
serenidad. Nadie te observa. Caminaba a buen paso por la calle. El aire fresco
le aclaró los ojos. Se negó a llorar.
Olson
tardaría unos minutos y cuando regresara supondría que la habían llamado para
ocuparse de ella. Esperaría y esperaría.
Volvió
varias esquinas y llegó a Rampart. Estaba cerca del barrio francés, donde
podría pasar fácilmente desapercibida. Royal estaba llena de turistas que
paseaban. Se sintió más segura. Entró en el Holiday Inn, pagó con tarjeta y
cogió una habitación en el quinto piso. Después de cerrar la puerta con llave y
trabar la cadena, se acurrucó en la cama con todas las luces encendidas.
La
señora Verheek desplazó su rollizo pero rico trasero del centro de la cama y
cogió el teléfono.
–¡Es
para ti, Gavin! –chilló en dirección al baño.
Gavin
apareció con crema de afeitar en media cara y cogió el teléfono de las manos de
su esposa, que se ocultó rápidamente bajo las sábanas. Como un gorrino
revolcándose en el fango, pensó.
–Diga.
–Me
llamo Darby Shaw –respondió una voz femenina, que oía por primera vez–. ¿Sabe
quién soy? Sonrió inmediatamente y, durante unos instantes, pensó en el
minibiquini de Saint Thomas.
–Pues,
sí. Creo que tenemos un amigo en común.
–¿Ha
leído la pequeña teoría que escribí?
–Pues,
sí. Nosotros la denominamos el informe pelícano.
–¿A
quién se refiere al decir nosotros?
Verheek
se sentó junto a la mesilla de noche. No era una llamada meramente amistosa.
–¿Cuál
es el motivo de la llamada, Darby?
–Necesito
ciertas respuestas, señor Verheek. Estoy muerta de miedo.
–Llámame
Gavin, ¿de acuerdo?
–Muy
bien, Gavin. ¿Dónde está ahora el informe?
–En
varios sitios. ¿Ocurre algo?
–Ahora
te lo contaré. De momento dime lo que has hecho con el informe.
–Lo
leí, luego lo mandé a otro departamento, lo vieron ciertas personas del Bureau,
se lo mostraron al director Voyles y le causó buena impresión.
–¿Lo
ha visto alguien fuera del FBI?
–No
puedo decírtelo, Darby.
–Entonces
no te contaré lo que le ha ocurrido a Thomas. Verheek reflexionó durante un
buen minuto, mientras ella esperaba pacientemente.
–De
acuerdo. Sí, lo ha visto gente ajena al FBI. Quiénes y cuántos, no lo sé.
–Está
muerto, Gavin. Fue asesinado anoche, alrededor de las diez. Alguien colocó una
bomba para deshacerse de ambos. Yo tuve suerte, pero ahora me persiguen.
–¿Estás
herida? –preguntó Verheek, mientras tomaba notas.
–Físicamente
estoy bien.
–¿Dónde
estás?
–En
Nueva Orleans.
–¿Estás
segura, Darby? Bueno, ya sé que lo estás, pero, maldita sea, ¿quién querría
matarle?
–Conocí
a un par de ellos.
–¿Cómo...?
–Sería
muy largo de contar. ¿Quién ha visto el informe, Gavin? Thomas te lo entregó el
lunes por la noche. Ha circulado de mano en mano y, al cabo de cuarenta y ocho
horas, está muerto. Además, yo debería haber muerto con él. ¿No dirías que ha
caído en manos inapropiadas?
–¿Estás
a salvo?
–¿Quién
diablos lo sabe?
–¿Dónde
estás? ¿Cuál es tu número de teléfono?
–No
tan deprisa, Gavin. En estos momentos voy con pies de plomo. Estoy en una
cabina, o sea que no te pases de listo.
–¡Por
favor, Darby! ¡Dame una oportunidad! Thomas Callahan era mi mejor amigo. Debes
entregarte.
–¿Qué
quieres decir con eso?
–Escúchame,
Darby, dame quince minutos y una docena de agentes vendrán a recogerte. Cogeré
un avión y estaré contigo antes del mediodía. No debes permanecer en la calle.
–¿Por
qué, Gavin? ¿Quién me persigue? Háblame, Gavin.
–Hablaré
contigo cuando nos veamos.
–No
estoy segura. Thomas está muerto porque habló contigo. En estos momentos no
estoy ansiosa por conocerte.
–Escúchame,
Darby, no sé quién ni por qué, pero te aseguro que estás en una situación muy
peligrosa. Podemos protegerte.
–Tal
vez más adelante.
–Puedes
confiar en mí, Darby –suspiró, sentado al borde de la cama.
–De
acuerdo, confío en ti. ¿Pero qué me dices de los otros? Es muy duro, Gavin. Mi
pequeño informe ha molestado enormemente a alguien, ¿no crees?
–¿Sufrió
antes de morir?
–No
lo creo –titubeó, con la voz entrecortada.
–¿Me
llamarás al despacho dentro de un par de horas? Te daré un número privado.
–Dame
el número y lo pensaré.
–Te
lo ruego, Darby. Hablaré inmediatamente con el director cuando llegue al
despacho. Llámame a las ocho, hora de Nueva Orleans.
–Dame
el número.
La
explosión tuvo lugar demasiado tarde, para que la recogiera la edición matutina
del jueves del Times– Picayune. Darby lo hojeó rápidamente en la habitación de
su hotel. Nada. Encendió la televisión y ahí estaba. Una filmación en directo
del Porsche calcinado, todavía entre los escombros del aparcamiento,
cuidadosamente aislado con cinta amarilla por todas partes. La policía lo
trataba como caso de homicidio. Ningún sospechoso. Ningún comentario. Entonces
mencionaron el nombre de Thomas Callahan, de cuarenta y cinco años, destacado
profesor de Derecho en la universidad de Tulane. De pronto apareció el decano
de la facultad ante un micrófono, hablando del profesor Callahan y de la
conmoción del suceso.
La
conmoción, la fatiga, el miedo, el dolor, y Darby hundió la cabeza en la
almohada. Detestaba llorar y ésta sería la última vez durante algún tiempo. La
pena sólo serviría para que la mataran.
DIECISÉIS
A
pesar de tratarse de una crisis maravillosa, con el índice de popularidad en
ascenso y Rosenberg muerto, con su imagen limpia e impecable y el pueblo
norteamericano satisfecho de que controlara la situación, con los demócratas en
busca de cobijo y la reelección del próximo año garantizada, le tenía harto,
así como las persistentes reuniones antes del alba. Estaba harto de F. Denton
Voyles, así como de su autocomplacencia y su arrogancia, y de su achaparrada
figura al otro lado de su escritorio con su gabardina arrugada, mirando por la
ventana mientras se dirigía al presidente de Estados Unidos. Estaba a punto de
llegar para otra reunión antes del desayuno, otro tenso encuentro en el que
Voyles sólo le revelaría parte de lo que sabía.
Estaba
harto de estar en Babia y de sólo recibir los mendrugos que Voyles decidía
arrojarle. Gminski también le arrojaba algunos, y entre los unos y los otros,
se suponía que debía darse por satisfecho. No sabía nada comparado con ellos.
Por lo menos contaba con Coal para examinar todos sus documentos, memorizarlos,
y asegurar su honradez.
También
estaba harto de Coal. Harto de su perfección y de su insomnio. Harto de su
ingenio. Harto de su propensión a empezar la jornada cuando el sol estaba en
algún lugar sobre el Atlántico, y a planificar cada maldito minuto de cada
maldita hora del día, hasta que llegaba al Pacífico. Entonces llenaba una caja
con toda la documentación del día, se la llevaba a su casa, la leía, la
descifraba, la archivaba y regresaba radiante al cabo de unas pocas horas, con
la dolorosamente aburrida mescolanza que había devorado. Cuando Coal estaba
cansado, dormía cinco horas, pero lo habitual para él eran tres o cuatro. Salía
de su despacho en el ala oeste todas las noches a las once, leía durante todo
el camino a su casa en su limusina y,
cuando el coche apenas se había enfriado, esperaba ya que le llevaran de nuevo
a la Casa Blanca. Para él era un pecado llegar a su despacho después de las
cinco de la madrugada. Y si él era capaz de trabajar ciento veinte horas a la
semana, todos los demás podían trabajar por lo menos ochenta. Exigía ochenta.
Después de tres años, nadie en la administración recordaba a cuánta gente había
despedido Fletcher Coal, por no trabajar ochenta horas semanales. Ocurría como
mínimo tres veces al mes.
Coal
se sentía más feliz las mañanas en que había mucha tensión y debía celebrarse
alguna reunión conflictiva. Durante la última semana, la tensión con Voyles
había alimentado su buen humor. Estaba junto al escritorio, repasando la
correspondencia, mientras el presidente examinaba el Post y un par de
secretarias circulaban atareadas por el despacho.
El
presidente le echó una ojeada. Impecable traje negro, camisa blanca, corbata de
seda roja, demasiada brillantina en el pelo encima de las orejas. Estaba harto
de él, pero se le pasaría cuando terminara la crisis y pudiera volver a
concentrarse en el golf y Coal en la solución de detalles minuciosos. Se decía
a sí mismo que él también tenía tanta energía y resistencia a los treinta y
siete años, pero sabía que se mentía.
Coal
chasqueó los dedos, miró fijamente a las secretarias y ellas se retiraron
alegremente del despacho ovalado.
–Y
ha dicho que no vendría si yo estaba presente. Es cómico –dijo Coal, claramente
divertido.
–Creo
que no le gusta –respondió el presidente.
–Le
encantan las personas a las que puede dominar.
–Supongo
que debo ser amable con él.
–Insista,
jefe. Es preciso que abandone la investigación. Esa teoría es tan insustancial
que resulta ridícula, pero en sus manos puede ser peligrosa.
–¿Qué
ocurre con esa estudiante de Derecho?
–Lo
estamos investigando. Parece inofensiva.
El
presidente se puso de pie y se desperezó. Coal ordenaba papeles. Una secretaria
anunció la llegada de
Voyles
por el intercomunicador.
–Me
retiro –dijo Coal, para observar y escuchar la conversación a la vuelta de la
esquina.
A
instancias suyas, se habían instalado tres cámaras de circuito cerrado en el
despacho ovalado. Los monitores estaban en una pequeña sala cerrada con llave
del ala oeste. Él tenía la única llave. Sarge conocía la existencia de dicha
sala, pero nunca se había molestado en entrar en la misma. Todavía. Las cámaras
eran invisibles y supuestamente secretas.
El
presidente se sentía mejor, sabiendo que Coal por lo menos vigilaría. Recibió a
Voyles en la puerta con un caluroso apretón de manos y le acompañó al sofá,
para charlar con franqueza y comodidad. Voyles no estaba impresionado. Sabía
que Coal le estaría escuchando. Y observando.
Pero
llevado por el espíritu de la ocasión, se quitó la gabardina y la dejó
cuidadosamente sobre una silla. No quiso tomar café.
El
presidente se cruzó de piernas. Llevaba puesto el jersey castaño. El abuelo.
–Denton
–dijo con gravedad–, quiero pedirle disculpas por Fletcher Coal. No es una
persona muy delicada. Voyles movió ligeramente
la cabeza. Serás
imbécil. Hay suficientes
cables en este
despacho para
electrocutar
a la mitad de los funcionarios de Washington. Coal estaba en algún lugar del
sótano, oyendo cómo
se
hablaba de su falta de delicadeza.
–Puede
ser un auténtico imbécil, ¿no le parece? –refunfuñó Voyles.
–Indudablemente.
Tendré que llamarle la atención. Es muy inteligente y trabaja muchísimo, pero a
veces tiene tendencia a excederse.
–Es
un cabrón y estoy dispuesto a decírselo a la cara –dijo Voyles, al tiempo que
levantaba la cabeza para mirar a un respiradero encima del retrato de Thomas
Jefferson, donde había oculta una cámara.
–Bien,
procuraré que no se cruce en su camino, hasta que todo esto haya terminado.
–Sí,
hágalo.
El
presidente sorbía lentamente su café, mientras reflexionaba sobre lo que diría
a continuación. Voyles no era conocido por su expresividad.
–Necesito
un favor.
–Diga,
señor –respondió Voyles imperturbable y sin parpadear.
–Necesito
que se abandone ese asunto pelícano. Es una idea descabellada pero, diablos, en
cierto modo me menciona a mí. ¿Con qué seriedad se lo toma?
La
situación era cómica. Voyles tuvo que esforzarse para no sonreír. Funcionaba.
El informe pelícano había inquietado al señor presidente y al señor Coal. Lo
habían recibido el martes por la noche, les había preocupado durante todo el
día del miércoles y ahora, en la madrugada del jueves, estaban de rodillas
sobre algo que era casi una broma.
–Lo
estamos investigando, señor presidente –mintió, sin que su interlocutor pudiera
saberlo–. Seguimos todas las pistas y a todos los sospechosos. No se lo habría
mandado, si no fuera serio.
Todos
los surcos se agruparon en la tez morena del presidente y a Voyles le apetecía
soltar una carcajada.
–¿Qué
ha descubierto?
–Poca
cosa, pero sólo hemos empezado. Llegó a nuestras manos hace menos de cuarenta y
ocho horas y he asignado catorce agentes de Nueva Orleans a que lo indaguen.
Pura rutina.
Mintió
con tanta convicción, que casi oyó que Coal se atragantaba.
¡Catorce!
Le produjo tal impacto en las entrañas que se puso de pie y dejó el café sobre
la mesa. Catorce agentes federales exhibiendo sus placas y formulando
preguntas. Era sólo cuestión de tiempo hasta que se divulgara la noticia.
–¿Ha
dicho catorce? Parece bastante grave.
–Trabajamos
con mucha seriedad, señor presidente –respondió Voyles, firme en su posición–.
Hace una semana que se cometieron los asesinatos y empiezan a enfriarse las
huellas. Investigamos las pistas tan rápido como podemos. Mis hombres trabajan
día y noche.
–Lo
comprendo perfectamente, ¿pero qué credibilidad le atribuye a esa teoría
pelícano?
Era
divertidísimo. Todavía no había mandado el informe a Nueva Orleans. A decir
verdad, ni siquiera se había puesto en contacto con la oficina de Nueva
Orleans. Le había ordenado a Eric East que mandara una copia por correo, con
instrucciones de formular algunas preguntas discretas. Era un callejón sin
salida, como tantas otras pistas que investigaban.
–Dudo
de que haya algo sustancial en ello, señor presidente, pero debemos
cercioramos. Desaparecieron los surcos y se esbozó una sonrisa.
–No
hace falta que le diga, Denton, los perjuicios que podría causar esa tontería
si llegara a oídos de la prensa.
–No
consultamos a la prensa cuando investigamos.
–Lo
sé. No es preciso insistir en ello. Pero me gustaría que abandonara ese tema.
Maldita sea, es absurdo, pero podría perjudicarme bastante. ¿Comprende lo que
le digo?
–¿Me
pide que haga caso omiso de un sospechoso, señor presidente? –preguntó Voyles
con toda brutalidad. Coal se inclinó sobre la pantalla.
–¡No,
lo que le digo es que abandone el informe pelícano!, Lo dijo casi en voz alta.
A Voyles podía decírselo con toda claridad. Se lo podía deletrear y luego darle
un bofetón si se pasaba de listo. Pero estaba oculto en una habitación cerrada
con llave, alejado de la acción. Y, de momento, sabía que estaba donde le
correspondía.
El
presidente cambió de posición y se cruzó de piernas.
–Vamos,
Denton, sabe perfectamente a lo que me refiero. Hay peces gordos en el
estanque. La prensa observa esta investigación, con anhelo por descubrir
quiénes son los sospechosos. Ya sabe cómo son los periodistas. No tengo que
recordarle que no gozo de su simpatía. No le caigo simpático ni a mi propio
secretario de prensa. Olvídelo por un tiempo. Deje eso y persiga a los
auténticos sospechosos. Esto es una majadería, pero podría colocarme en una
situación sumamente embarazosa.
Denton
le miró con dureza e inflexibilidad. El presidente cambió nuevamente de
posición.
–¿Qué
me dice de ese asunto de Khamel? ¿No es cierto que parece prometedor?
–Podría
serlo.
–Puesto
que hablamos de cifras, ¿cuántos agentes ha asignado a Khamel?
–Quince
–respondió Voyles, casi con una carcajada.
El
presidente quedó boquiabierto. Al principal sospechoso del caso se le asignaban
quince agentes y a ese maldito asunto pelícano catorce.
Coal
sonrió y movió la cabeza. Había atrapado a Voyles en sus propias mentiras. Al
final de la página cuatro del informe del miércoles, Eric East y K. O. Lewis
daban la cifra de treinta, no quince. Tranquilícese, jefe, le susurró Coal a la
pantalla. Está jugando con usted.
El
presidente estaba cualquier cosa menos tranquilo.
–Santo
cielo, Denton. ¿Por qué sólo quince? Creí que se trataba de una pista
significativa.
–Tal
vez sean algunos más. Soy yo quien dirige la investigación, señor presidente.
–Lo
sé. Y está haciendo un trabajo maravilloso. No pretendo entrometerme. Pero me
gustaría que dirigiera sus esfuerzos en otra dirección. Eso es todo. Cuando leí
el informe pelícano estuve a punto de vomitar. Si la prensa lo viera y empezara
a indagar, me crucificaría.
–¿De
modo que me pide que lo abandone?
El
presidente se inclinó y le dirigió una furibunda mirada.
–No
se lo pido, Denton. Le ordeno que lo abandone. Deje este asunto tranquilo un
par de semanas. Dedíquese a otras cosas. Si sale a relucir de nuevo, échele
otra ojeada. No olvide que aquí todavía soy yo quien manda.
Voyles
cedió y sonrió ligeramente.
–Le
propongo un trato. Su esbirro, Coal, me ha hecho una mala jugada con la prensa.
Se han ensañado conmigo, por nuestras medidas de seguridad para proteger a
Rosenberg y Jensen.
El
presidente asintió con solemnidad.
–Mantenga
a ese toro de lidia alejado de mí y yo olvidaré la teoría pelícano.
–Yo
no hago tratos.
–De
acuerdo –respondió Voyles con una mueca, pero sin perder la serenidad–. Mañana
mandaré cincuenta agentes a Nueva Orleans. Y otros cincuenta al día siguiente.
Pasearán por toda la ciudad mostrando sus placas y procurando llamar la
atención.
El
presidente se puso inmediatamente de pie y se acercó a la ventana que daba al
jardín de las rosas. Voyles permaneció inmóvil, a la espera.
–De
acuerdo, de acuerdo. Trato hecho. Controlaré a Fletcher Coal. Voyles se
levantó, para acercarse lentamente al escritorio.
–No
confío en él y si vuelvo a oler su presencia durante esta investigación, el
trato quedará anulado e investigaremos el informe pelícano con todos los medios
a nuestra disposición.
–Trato
hecho –sonrió calurosamente el presidente, con las manos en alto.
Voyles
sonreía, el presidente sonreía y, en una pequeña habitación cerca de la sala de
reuniones del gabinete, Fletcher Coal sonreía ante la pantalla. Esbirro y toro
de lidia. Le encantaba. Esos eran términos que generaban leyendas.
Apagó
las pantallas y cerró la puerta con llave. Podían hablar otros diez minutos
sobre las investigaciones de los candidatos y les escucharía desde su despacho,
donde tenía audio pero no vídeo. A las nueve tenía una reunión de personal. Un
despido a las diez. Y tenía algo que mecanografiar. Grababa la mayoría de las
circulares en un magnetófono y le entregaba la cinta a una secretaria. Pero de
vez en cuando, Coal se veía obligado a recurrir a la circular fantasma. Se
trataba de circulares que aparecían en el ala oeste, siempre muy polémicas, y
que acababan habitualmente en manos de la prensa. Puesto que eran anónimas,
podían encontrarse casi en cualquier escritorio. Coal chillaba y acusaba.
Incluso había llegado a despedir a alguien por las circulares fantasmas, que
procedían ineludiblemente de su máquina de escribir.
Constaba
de cuatro párrafos a un espacio en una página, en los que se resumía lo que
sabía acerca de Khamel y de su reciente salida de Washington. Sugería tenues
vínculos con los libios y los palestinos. Coal estaba admirado. ¿Cuánto
tardaría antes de llegar al Post o al Times? Hacía pequeñas apuestas consigo
mismo, para saber cuál sería el periódico que lo recibiría primero.
El
director estaba en la Casa Blanca, y de allí cogería el avión a Nueva York para
regresar al día siguiente. Gavin merodeaba por la antesala del despacho de K.
O. Lewis, a la espera de un pequeño hueco, y entró.
–Pareces
asustado –dijo Lewis, que estaba irritado, pero que no dejaba de comportarse
nunca como un caballero.
–Acabo
de perder a mi mejor amigo.
Lewis
siguió a la espera de más información.
–Se
llamaba Thomas Callahan. Era el individuo de Tulane que me trajo el informe
pelícano, que ha circulado de mano en mano, se ha mandado a la Casa Blanca y
quién sabe adónde, y ahora está muerto. Hecho añicos anoche por un coche bomba
en Nueva Orleans. Asesinado, K. O.
–Lo
siento.
–No
es cuestión de sentirlo. Evidentemente la bomba iba dirigida contra Callahan y
la estudiante que escribió el informe, una chica llamada Darby Shaw.
–Vi
su nombre en el informe.
–Exactamente.
Salían juntos y se suponía que estarían ambos en el coche cuando estalló la
bomba. Pero ella sobrevivió y me ha llamado por teléfono a las cinco de la
madrugada. Muerta de miedo.
–No
sabes con seguridad que se tratara de una bomba –respondió Lewis que le
escuchaba, pero sin darle importancia al asunto.
–Ella
me ha dicho que fue una bomba. ¡Estalló! y lo hizo volar todo por los aires.
Tengo la seguridad de que él está muerto.
–¿Y
crees que hay alguna relación entre su muerte y el informe?
Gavin
era abogado, carecía de formación en el arte de la investigación, y no quería
parecer ingenuo.
–Podría
haberla. Sí, creo que sí. ¿Tú no lo crees?
–No
importa, Gavin. Acabo de hablar por teléfono con el director. Hemos abandonado
el asunto pelícano. No estoy seguro de que jamás nos hayamos ocupado de ello,
pero no le vamos a dedicar más tiempo.
–Mi
amigo ha muerto a consecuencia de un coche bomba.
–Lo
siento. Estoy seguro de que las autoridades locales lo investigarán.
–Escúchame,
K. O. Te estoy pidiendo un favor.
–Escúchame
tú a mí, Gavin. No puedo hacer favores. Son muchas las liebres que perseguimos
en estos momentos y si el director nos ordena parar, paramos. Habla con él si
lo deseas, pero no te lo aconsejo.
–Puede que
no lo haya
enfocado debidamente. Creí
que me escucharías
y, por lo
menos, fingirías interesarte.
–Gavin,
tienes mal aspecto –dijo Lewis, mientras daba la vuelta a su escritorio–.
Tómate el día libre.
–No.
Regresaré a mi despacho, esperaré una hora y volveré aquí para insistir de
nuevo. ¿Podemos volver a intentarlo dentro de una hora?
–No.
Voyles ha sido muy explícito.
–También
lo ha sido la chica, K. O. Él ha sido asesinado y ella está ahora escondida en
algún lugar de Nueva Orleans, aterrorizada de su propia sombra, nos llama para
pedir ayuda y resulta que estamos demasiado ocupados.
–Lo
siento.
–No,
no lo sientes. Es culpa mía. Debía haber arrojado ese maldito "documento a
la papelera.
–Ha
surtido un efecto útil, Gavin –respondió Lewis, al tiempo que le colocaba la
mano sobre el hombro, como si su tiempo hubiera concluido y estuviera cansado
de discutir aquel tema.
Gavin
se separó de él y se dirigió a la puerta.
–Claro,
os ha facilitado algo con qué jugar. Debí haberlo quemada. Es demasiado bueno
para quemarlo, Gavin.
–No
me doy por vencido. Regresaré dentro de una hora y volveremos a intentarlo.
Esto no ha funcionado como era debido.
Verheek
salió dando un portazo.
Darby
entró en los almacenes de Rubinstein Brothers por la puerta de Canal Street y
se ocultó entre las estanterías de camisas
masculinas. Nadie la
seguía. Cogió rápidamente
un anorak azul
marino, tamaño masculino pequeño,
unas gafas de sol estilo aviador unisex, y una gorra de piloto automovilístico
británico, también de tamaño masculino pequeño, pero a su medida. Pagó con
plástico. Después de que la dependienta extendiera la factura, retiró las
etiquetas y se puso el anorak. Era holgado, como las prendas que solía usar
para asistir a clase. Ocultó la cabellera bajo el cuello de la chaqueta,
mientras la dependienta la observaba discretamente, salió del almacén y se
perdió entre la muchedumbre.
Estaba
de nuevo en Canal Street. Un grupo de turistas entraba en Sheraton y se unió a
ellos. Se dirigió a las cabinas que había junto a la pared, encontró el número
y llamó a la señora Chen, su vecina que vivía en el dúplex contiguo. ¿Había
visto u oído algo? Muy temprano, alguien había llamado a la puerta. Todavía no
había amanecido y el ruido la había despertado. No había visto nada, sólo el
ruido. Su coche seguía en la calle. ¿Todo bien? Sí, perfecto. Gracias.
Mientras
observaba a los turistas, marcó el número particular de Gavin Verheek. Después
de relativamente pocos problemas y de repetir durante tres minutos el nombre de
Gavin, sin querer dar el suyo, oyó su voz.
–¿Dónde
estás? –preguntó.
–Deja
que te explique algo. De momento, no te diré a ti ni a nadie donde me
encuentro. De modo que no me lo preguntes.
–De
acuerdo. Supongo que eres tú quien fija las reglas.
–Gracias.
¿Qué ha dicho el señor Voyles?
–El
señor Voyles estaba en la Casa Blanca y no he podido hablar con él. Intentaré
hacerlo más tarde.
–Eso
me parece muy insatisfactorio, Gavin. Llevas casi cuatro horas en el despacho y
no has conseguido nada. Esperaba más de ti.
–Ten
paciencia, Darby.
–Con
paciencia lograré que me maten. Andan tras de mí, ¿no es cierto, Gavin?
–No
lo sé.
–¿Qué
harías si supieras que deberías haber muerto, que la gente que intenta matarte
ha ordenado el asesinato de dos jueces del Tribunal Supremo, ha eliminado a un
simple profesor de Derecho, y dispone de miles de millones de dólares que
evidentemente está dispuesta a utilizar para asesinar? ¿Qué harías, Gavin?
–Acudir
al FBI.
–Thomas
lo hizo y está muerto.
–Gracias,
Darby. Eso no es justo.
–No
son las susceptibilidades o los sentimientos lo que me preocupa. Mi propósito
es el de sobrevivir hasta el mediodía.
–No
vayas a tu casa.
–No
soy imbécil. Ya han estado allí. Y estoy segura de que vigilan su casa.
–¿Dónde
está la familia de Thomas?
–Sus
padres viven en Nápoles, Florida. Supongo que la universidad se pondrá en
contacto con ellos. No lo sé. Tiene un hermano en Mobile y había pensado en
llamarle, para contarle lo ocurrido.
Darby
vio un rostro. Caminaba entre los turistas junto a la caja. Llevaba un
periódico doblado bajo el brazo y procuraba pasar desapercibido, como cualquier
otro cliente, pero titubeaba al andar y buscaba con la mirada. Era un rostro
largo y delgado, con gafas redondas y una frente reluciente.
–Escúchame,
Gavin. Escribe lo que te voy a decir. Veo a un hombre al que he visto antes,
hace poco. Más o menos una hora. Metro ochenta y cinco o seis, delgado, unos
treinta años, gafas, entradas, piel oscura. Ha desaparecido. Ha desaparecido.
–¿Quién
diablos es?
–¡Maldita
sea, no nos han presentado!
–¿Te
ha visto? ¿Dónde diablos estás?
–En
el vestíbulo de un hotel. No sé si me ha visto. Me largo.
–¡Darby!
Escúchame. Hagas lo que hagas, manténte en contacto conmigo, ¿de acuerdo?
–Lo
intentaré.
Los
servicios estaban a la vuelta de la esquina. Entró en el último retrete, cerró
la puerta y permaneció allí una hora.
DIECISIETE
El
fotógrafo se llamaba Croft y había trabajado para el Post durante siete años,
hasta que a raíz de su tercera condena por drogas le cayeron nueve meses.
Cuando consiguió la condicional, decidió convertirse en artista por cuenta
propia y puso un anuncio en las páginas amarillas. Raramente sonaba el
teléfono. Parte de su trabajo consistía en fotografiar a personas sin su
consentimiento. Muchos de sus clientes eran abogados especializados en
divorcios, que necesitaban pruebas para el juicio. Después de dos años en la
profesión, había aprendido algunos trucos y ahora se consideraba medio
investigador privado. Cobraba cuarenta dólares por hora, cuando encontraba a
alguien dispuesto a pagarlos.
Uno
de sus clientes era Gray Grantham, viejo amigo del periódico, que le llamaba
cuando necesitaba algún trabajo sucio. Grantham era un periodista ético y
serio, con sólo un pequeño deje de impudicia, que acudía a él cuando había que
hacer algo deshonesto. Le gustaba Grantham porque era honrado dentro de su
impudicia. Los demás eran unos mojigatos.
Utilizaba
el Volvo de Grantham, porque tenía teléfono. Era mediodía y se estaba perdiendo
el almuerzo, mientras pensaba en si se impregnaría el olor en la tapicería con
las ventanas abiertas. Trabajaba mejor cuando estaba medio colocado. Cuando lo
que uno hace es vigilar moteles para ganarse la vida, necesita estar colocado.
Soplaba
una buena brisa del lado derecho, que se llevaba él olor hacia Pennsylvania.
Estaba aparcado en un lugar prohibido, fumando marihuana y perfectamente
tranquilo. Llevaba encima menos de treinta y cinco gramos y, qué diablos, el
funcionario ante el que respondía durante su libertad condicional también
fumaba.
La
cabina telefónica estaba a una manzana y media, en la acera, pero separada de
la pared. Con su teleobjetivo casi podía leer la guía colgada en el interior de
la misma. Pan comido. Una voluminosa mujer ocupaba la mayor parte de su
interior y no dejaba de gesticular. Croft dio una calada y miró por el
retrovisor, por si se veía algún policía. En aquella zona, los coches mal
aparcados se los llevaba la grúa. Había mucho tráfico en Pennsylvania.
A
las doce y veinte, la mujer salió con cierta dificultad de la cabina, y como
por arte de magia apareció una joven con un bonito traje, que cerró la puerta.
Croft levantó su Nikon y apoyó el objetivo sobre el volante. Hacía un día
fresco y soleado, y la acera estaba llena de gente que iba y venía del
almuerzo. Los hombros y las cabezas desfilaban con rapidez. Un hueco. Clic.
Otro hueco. Clic. El sujeto marcaba un número de teléfono y miraba a su
alrededor. Aquél era su hombre.
Cuando
hacía treinta segundos que hablaba, el teléfono del coche sonó tres veces y
paró. Era la señal de Grantham desde el Post. Aquél era su hombre y estaba
hablando. Croft disparaba repetidamente la máquina. Toma tantas fotos como
puedas, le había dicho Grantham. Un hueco. Clic. Clic. Cabezas y hombros. Un
hueco. Clic. Clic. Movía los ojos de un lado para otro mientras hablaba, pero
siempre de espaldas a la calle. Mostró el rostro. Clic. Croft agotó un carrete
de treinta y seis en dos minutos, y cogió otra Nikon. Encajó el teleobjetivo y
esperó a que pasara un grupo de gente.
Después
de tomar la última calada, arrojó el porro por la ventanilla. El trabajo era
asombrosamente fácil. Por supuesto se necesitaba talento para captar la imagen
en un estudio, pero este tipo de trabajo callejero era mucho más divertido.
Tenía algo de perverso robar un rostro con una cámara oculta.
El
sujeto era hombre de pocas palabras. Colgó, miró a su alrededor, abrió la
puerta, miró de nuevo a su alrededor y echó a andar en dirección a Croft. Clic,
clic, clic. Rostro entero, cuerpo entero, acelera el paso, se acerca,
maravilloso, maravilloso. Croft disparaba sin cesar, hasta que en el último
momento dejó la Nikon sobre el asiento y contempló a los transeúntes, mientras
el sujeto pasaba junto a él y desaparecía entre un grupo de secretarias.
Qué
ingenuo. Un fugitivo no debería utilizar nunca la misma cabina dos veces.
García
luchaba desde las tinieblas. Tenía esposa e hijo, y decía que estaba asustado.
Sus perspectivas profesionales eran muy halagüeñas, y si cumplía con su
obligación y no abría la boca llegaría a ser un hombre rico. Pero quería
hablar. Insistía en que quería hablar, que tenía algo que decir, pero no
acababa de decidirse. No confiaba en nadie.
Grantham
no le presionó. Dejó que se, desahogara, para darle tiempo a Croft a hacer su
trabajo. García acabaría por contar todo lo que sabía. Se moría de ganas de
hacerlo. Había llamado ya tres veces y cada vez se sentía más a gusto con su
nuevo amigo Grantham, que había practicado aquel juego muchas veces y sabía
cómo funcionaba. El primer paso consistía en relajarse e inspirar confianza,
tratar al sujeto con amabilidad y respeto, hablar del bien y del mal y de la
ética. Luego hablaría.
Las
fotografías eran maravillosas. Croft no era su primera elección. Generalmente
estaba tan «colocado», que se reflejaba en las fotos. Pero era astuto y
discreto, con experiencia periodística, y resultó estar disponible a toque de
campana.
Había
elegido doce instantáneas, que había ampliado a trece por dieciocho, y eran
excepcionales. Perfil derecho. Perfil izquierdo. De frente junto al teléfono.
De frente mirando al objetivo. De cuerpo entero a menos de siete metros. Según
Croft, pan comido.
García
era un abogado muy apuesto y elegante, de menos de treinta años. Cabello corto
y oscuro. Ojos oscuros. Tal vez hispano, pero su piel no era oscura. Su ropa
era cara. Traje azul marino, probablemente de lana. Sin rayas ni dibujos.
Cuello blanco clásico, con corbata de seda. Zapatos negros o granates
convencionales, impecablemente lustrados. La ausencia de maletín era
desconcertante. Pero era la hora del almuerzo y probablemente sólo había salido
de su despacho para hacer la llamada. El Departamento de Justicia estaba a una
manzana.
Grantham
examinaba las fotografías, mientras vigilaba la puerta. Sarge nunca llegaba
tarde. Era oscuro y el local se llenaba de gente. El rostro de Grantham era el
único blanco en tres manzanas a la redonda.
Entre
decenas de millares de abogados gubernamentales en Washington, había visto a
unos pocos que vestían con elegancia, pero no muchos. En particular los más
jóvenes. Empezaban con un salario de cuarenta mil anuales y la ropa carecía de
importancia. Para García la ropa tenía importancia, y era demasiado joven y
elegante para ser abogado gubernamental.
De
modo que debía trabajar en el sector privado, en algún bufete desde hacía tres
o cuatro años, y debía ganar unos ochenta mil. Magnífico. Esto reducía las
posibilidades a unos cincuenta mil abogados, cuya cifra aumentaba
indudablemente cada instante.
Se
abrió la puerta y entró un policía. Entre el humo y la bruma, logró distinguir
a Cleve. Era un local respetable, sin dados ni prostitutas, y la presencia de
un policía no resultaba alarmante. Se sentó frente a Grantham.
–¿Has
elegido tú este lugar? –preguntó Grantham.
–Sí.
¿Te gusta?
–Te
lo diré en pocas palabras. Procuramos pasar inadvertidos, ¿no es cierto? He
venido para recibir información de un funcionario de la Casa Blanca. Un asunto
de considerable gravedad. Y ahora dime, Cleve,
¿crees
que paso inadvertido aquí en toda mi blancura?
–Lamento
comunicártelo, Grantham, pero no eres tan famoso como supones. Fíjate en esos
individuos de la barra –dijo mientras dirigían la mirada a un grupo de obreros
de la construcción–. Apostaría la paga de un mes a
que
ninguno de ellos ha leído jamás el Washington Post, oído hablar de Gray
Grantham, o le preocupe en absoluto lo que ocurra en la Casa Blanca.
–De
acuerdo, de acuerdo. ¿Dónde está Sarge?
–Sarge
no se encuentra bien. Me ha dado un recado para ti. No funcionaría. Podía
utilizar a Sarge como fuente anónima, pero no a su hijo, ni a cualquier otra
persona con la que Sarge hablara.
–¿Qué
le ocurre?
–Se
hace viejo. Esta noche no le apetecía hablar, pero dice que es urgente.
Grantham escuchaba y esperaba.
–Tengo
un sobre en mi coche, perfectamente cerrado y sellado. Sarge ha sido muy
categórico al entregármelo y me ha ordenado que no lo abriera. –Limítate a
entregárselo al señor Grantham –dijo. Creo que es importante.
–Vámonos.
Se
abrieron paso entre la gente hasta llegar a la puerta. El coche patrulla estaba
aparcado junto a la acera, en un lugar prohibido. Cleve abrió la puerta derecha
y cogió un sobre en la guantera.
–Ha
encontrado esto en el ala oeste.
Grantham
se lo guardó en el bolsillo. Sarge no acostumbraba a llevarse nada y, desde que
se conocían, nunca le había traído ningún documento.
–Gracias,
Cleve.
–No
ha querido decirme de qué se trataba. Dice que tendré que esperar y leerlo en
el periódico.
–Dile
a Sarge que le quiero.
–Estoy
seguro de que le emocionará.
El
coche patrulla se alejó y Grantham se apresuró a regresar a su Volvo,
impregnado ahora de olor a marihuana. Cerró la puerta con el seguro, encendió
la luz interior y abrió el sobre. Era claramente una circular interna de la
Casa Blanca y hacía referencia a un asesino llamado Khamel.
Cruzaba
velozmente la ciudad. Había salido de Brightwood para entrar en la calle
Dieciséis, en dirección al centro de Washington. Eran casi las siete y media, y
si lograba compaginarlo todo en una hora, todavía podría incluirlo en la última
edición de la ciudad, la mayor de media docena de ediciones, que empezaba a
salir de las rotativas a las diez y media. Gracias a Dios que llevaba su
pequeño teléfono de ejecutivo en el coche, que le había hecho sentir vergüenza
a la hora de comprarlo. Llamó a Smith Keen, ayudante de redacción de la sección
de investigaciones, que estaba todavía en su despacho del quinto piso. Llamó
también a un compañero en la sección de asuntos extranjeros y le pidió que
buscara todo lo que tuvieran acerca de Khamel.
La
circular le inspiraba recelo. El tema era demasiado delicado para plasmarlo en
blanco y negro, y luego distribuirlo por la oficina como si se tratara de las
últimas directrices sobre el café, el agua embotellada, o las vacaciones.
Alguien, probablemente Fletcher Coal, quería comunicarle al mundo que Khamel
había emergido como sospechoso, que por si fuera poco era árabe y estrechamente
vinculado a Libia, Irán e Irak, países gobernados por locos sanguinarios que
odiaban Norteamérica. Alguien, en la Casa Blanca de los locos, deseaba que
aquello se imprimiera en primera plana.
Pero
se trataba de una noticia sensacional, digna de la primera página.
Grantham
y Smith Keen habían terminado a las nueve. Habían encontrado dos viejas
fotografías de alguien que todo el mundo creía que se trataba de Khamel, pero
tan distintas la una de la otra que parecían personas diferentes. Keen decidió
imprimirlas ambas. En la ficha de Khamel había poca información. Muchos rumores
y leyendas, pero escasos datos. Grantham mencionó al papa, al diplomático
británico, al banquero alemán y la emboscada de soldados israelíes. Y ahora,
según una fuente confidencial de la Casa Blanca, una fuente sumamente fiable y
digna de credibilidad, Khamel era uno de los sospechosos de los asesinatos de
los jueces Rosenberg y Jensen.
Veinticuatro
horas después de salir a la calle, estaba todavía viva. Si lograba sobrevivir
hasta la mañana siguiente, podría empezar otro día con nuevas ideas sobre qué
hacer y adónde ir. De momento estaba cansada. Se encontraba en una habitación
del decimoquinto piso del Marriott, con la puerta atrancada, las luces
encendidas, y un enorme recipiente de nuez moscada en polvo sobre la cama. Su
espesa cabellera pelirroja estaba ahora en una bolsa del armario. Se había
cortado el pelo por última vez cuando tenía tres años y su madre se había
puesto furiosa.
Había
trabajado penosamente durante dos horas, con unas tijeras rudimentarias, para
cortarse el cabello y conservar cierto semblante de estilo. Lo ocultaría bajo
una gorra o un sombrero hasta quién sabe cuando. Tardó otras dos horas en
teñirlo de negro. Podía habérselo aclarado y convertirse en rubia, pero era
demasiado evidente. Suponía que quienes la perseguían eran profesionales y por
alguna razón insondable, había decidido en la perfumería que esperarían que se
convirtiera en rubia. Además, qué importaba. El producto sé vendía en una
botella y si al despertar al día siguiente no le gustaba su cabellera; podría
teñirla de rubio. La estrategia camaleónica. Cambiar de color todos los días y
volverlos locos. Clariol tenía por lo menos ochenta y cinco tonos.
Estaba
terriblemente cansada, pero tenía miedo de dormirse. En todo el día no había
visto a su amigo del Sheraton, pero cuanto más circulaba más familiares le
resultaban los rostros que veía. Sabía que estaba ahí, al acecho. Y que tenía
compañeros. Si habían sido capaces de asesinar a Rosenberg y Jensen, y de
aniquilar a Thomas Callahan, no tendrían ninguna dificultad en eliminarla a
ella.
No
podía acercarse a su coche, ni alquilar uno. Para alquilar vehículos hay que
facilitar datos y probablemente
estaban al acecho.
Podría coger un
avión, pero sin
duda vigilaban los
aeropuertos. Otra alternativa
sería el autobús, pero nunca lo había hecho, ni había visto el interior de una
estación de Greyhound.
Y al
darse cuenta de que había desaparecido, esperarían que huyera. No era más que
una aficionada, una joven estudiante universitaria, con el corazón destrozado
después de ver morir a su compañero en un coche bomba. Escaparía alocadamente,
huiría a toda prisa de la ciudad, y la atraparían sin dificultad.
En
aquellos momentos se sentía bastante a gusto en la ciudad. Contaba con un
millón de habitaciones de hotel, casi el mismo número de callejones, bares y
antros diversos, y una muchedumbre que siempre circulaba por Bourbon, Chartres,
Dauphine y Royal. Conocía bien la zona, especialmente el barrio francés, donde
se podía andar por todas partes. Durante unos días se trasladaría de hotel en
hotel. ¿Hasta cuándo? No lo sabía. Tampoco sabía por qué. Trasladarse parecía
lo sensato dadas las circunstancias. Permanecería alejada de las calles por la
mañana y procuraría dormir. Cambiaría de ropa, de gafas y de sombrero.
Empezaría a fumar y circularía con un cigarrillo en la boca. Circularía hasta
cansarse y entonces tal vez se marcharía. No estaba mal tener miedo. Debía
seguir pensando. Sobreviviría.
Pensó
en llamar a la policía, pero no en aquel momento. Pedían el nombre y otros
datos, y podían ser peligrosos. Pensó en llamar al hermano de Thomas a Mobile,
pero no había nada que aquel pobre hombre pudiera hacer por ella en aquel
momento. Pensó en llamar al decano, pero cómo explicarle lo del informe, Gavin
Verheek, el FBI, el coche bomba, Rosenberg y Jensen, y lo de su huida, de modo
que pareciera plausible. Olvidaría al decano. En todo caso, no se llevaba bien
con él. Pensó en llamar a un par de compañeros de la facultad, pero la gente
habla y otros escuchan, y podría ser que estuvieran allí para oír lo que se
decía acerca de Callahan. Quería hablar con Alice Stark, su mejor amiga. Alice
estaba preocupada e iría a la policía, para denunciar la desaparición de su
amiga Darby Shaw. La llamaría mañana.
Llamó
al servicio de habitaciones y pidió una ensalada mexicana y una botella de vino
tinto. Se la bebería toda y entonces se sentaría en una silla con su bote de
nuez moscada, vigilando la puerta hasta quedarse dormida.
DIECIOCHO
La limusina
de Gminski giró
en redondo en
Canal, como si
le perteneciera la
calle, y se
detuvo abruptamente frente al Sheraton. Ambas puertas traseras se
abrieron de par en par. Gminski fue el primero en apearse, seguido de tres
ayudantes que corrieron tras él con bolsas y maletines.
Eran
casi las dos de la madrugada y era evidente que el director tenía prisa. En
lugar de pararse junto a la recepción, se dirigió inmediatamente a los
ascensores. Sus ayudantes mantuvieron las puertas del ascensor abiertas para
que entrara y subieron al sexto piso sin decir palabra.
Tres
de sus agentes estaban en una habitación de la esquina. Uno de ellos abrió la
puerta y Gminski entró sin molestarse en saludar a nadie. Los ayudantes dejaron
las bolsas sobre una cama. El director se quitó la chaqueta y la arrojó sobre
una silla.
–¿Dónde
está la chica? –le preguntó a un agente llamado Hooten.
Otro
llamado Swank abrió las cortinas y Gminski se acercó a la ventana.
–Está
en el piso decimoquinto –respondió Swank, al tiempo que señalaba el Marriott,
al otro lado de la calle y a una manzana de distancia–. Tercera habitación
desde la calle. Todavía tiene las luces encendidas.
–¿Está
seguro? –preguntó Gminski con la mirada fija en el Marriott.
–Sí.
La hemos visto entrar y ha pagado con una tarjeta de crédito.
–Pobre
chica –dijo Gminski, mientras se alejaba de la ventana.
–¿Dónde
estuvo anoche?
–En
el Holiday Inn de Royal. Pagó con tarjeta de crédito.
–¿Han
visto a alguien que la siguiera? –preguntó el director.
–No.
–Quiero
un vaso de agua –le dijo a uno de sus ayudantes, que se dirigió inmediatamente
al cubo del hielo. Gminski se sentó al borde de la cama, entrelazó los dedos de
ambas manos, e hizo crujir todas las
articulaciones
posibles.
–¿Cuál
es su opinión? –le preguntó a Hooten, el mayor de los tres agentes.
–La
persiguen. La buscan por todas partes. Utiliza tarjetas de crédito. Estará
muerta en menos de cuarenta y ocho horas.
–No
es completamente estúpida –agregó Swank–. Se ha cortado el pelo y se lo ha
teñido de negro. No deja de moverse. Es evidente que no se propone abandonar la
ciudad en un futuro inmediato. Yo le daría setenta y dos horas antes de que la
encuentren.
–Eso
significa que su pequeño informe ha puesto el dedo en la llaga –dijo Gminski,
mientras tomaba un trago de agua–. Y también significa que nuestro amigo está
muy desesperado. ¿Dónde está?
–No
tenemos ni idea –respondió inmediatamente Hooten.
–Hemos
de encontrarle.
–No
se le ha visto desde hace tres semanas.
Gminski
dejó el vaso sobre la mesa y cogió una llave.
–¿Entonces
qué le parece? –le preguntó a Hooten.
–¿La
aprehendemos? –respondió el agente.
–No
será fácil –agregó Swank–. Puede que vaya armada. Podría lastimarse alguien.
–Es
una niña asustada –dijo Gminski–. Además, no pertenece a la organización. No
podemos detener a una persona normal en plena calle.
–Entonces
no durará mucho –agregó Swank.
–¿Cómo
la detenemos? –preguntó Gminski.
–Hay
formas de hacerlo –respondió Hooten–. La podemos sorprender en la calle. Ir a
su habitación. Podría estar en su habitación dentro de diez minutos, si saliera
ahora mismo. No es difícil. No es profesional.
Gminski
paseaba lentamente por la habitación, bajo la mirada atenta de todos los demás.
–No
soy partidario de aprehenderla –dijo, después de consultar su reloj–. Durmamos
cuatro horas y reunámonos de nuevo aquí a las seis y media. Reflexionemos
mientras dormimos. Si logran convencerme, la detendremos. ¿De acuerdo?
Asintieron
obedientemente.
El
vino surtió su efecto. Se le cerraban los ojos en la silla, logró trasladarse a
la cama y durmió profundamente. Sonaba el teléfono. La colcha estaba en el
suelo y tenía los pies sobre la almohada. Sonaba el teléfono. No lograba
despegar los párpados. Su mente estaba entumecida y perdida en el mundo de los
sueños, pero un destello recóndito de lucidez le indicaba que el teléfono
estaba sonando.
Abrió
los ojos, pero todo parecía turbio. Miró el teléfono. Había salido el sol y las
luces estaban encendidas. No, no había pedido que la despertaran. Reflexionó un
instante y decidió que estaba segura de ello. No había ordenado que la
llamaran. Se sentó al borde de la cama y escuchó el timbre del teléfono. Cinco,
diez, quince, veinte timbrazos. No iba a parar. Podía ser alguien que se
hubiera equivocado de número, pero dejaría de llamar después de veinte
timbrazos.
No
se habían equivocado. Empezaron a disiparse las tinieblas de su mente y se
acercó al teléfono. A excepción del recepcionista, tal vez su jefe, y quizás el
servicio de habitaciones, no había un alma en el mundo que supiera dónde
estaba. La única llamada que había hecho había sido para pedir comida.
El
teléfono dejó de llamar. Perfecto, alguien se había equivocado de número. Se
dirigió al baño y empezó a llamar de nuevo. Contó. Después de catorce
timbrazos, levantó el auricular.
–Diga.
–Darby,
soy Gavin Verheek. ¿Estás bien?
–¿Cómo
has sabido dónde encontrarme? –preguntó, después de sentarse al borde de la
cama.
–Tenemos
nuestros métodos. Escúchame...
–Un
momento, Gavin. Un momento. Déjame pensar. Las tarjetas de crédito, ¿no es
cierto?
–Efectivamente.
La tarjeta de crédito. El sendero documental. Somos el FBI, Darby. Tenemos
formas de averiguarlo. No es tan difícil.
–Entonces
también podrían hacerlo ellos.
–Supongo.
Instálate en lugares pequeños y paga al contado.
Se
le formó un nudo en el estómago y se tumbó sobre la cama. Así de fácil. Sin
ninguna dificultad. El sendero documental. Podían haberla matado ya.
–Darby,
¿estás ahí?
–Sí
–respondió, al tiempo que miraba la puerta para comprobar que estaba trabada
con la cadena–. Sí, aquí estoy.
–¿Estás
a salvo?
–Eso
creía.
–Tenemos
cierta información. Se celebrará un funeral mañana a las tres en el campus,
seguido del entierro en la ciudad. He hablado con su hermano y la familia me ha
pedido que participe en el duelo. Llegaré esta noche. Creo que deberíamos
vernos.
–¿Por
qué?
–Debes
confiar en mí, Darby. En estos momentos tu vida corre peligro y debes
escucharme.
–¿Se
puede saber qué maquináis?
–¿A
qué te refieres? –preguntó, después de una pausa.
–¿Qué
ha dicho Voyles?
–No
he hablado con él.
–Creí
que eras su abogado, por así decirlo. ¿Qué ocurre, Gavin?
–En
este momento no tomamos ninguna acción.
–¿Y
eso qué significa, Gavin? Cuéntame.
–Ésa
es la razón por la que debemos vernos. No quiero hablar de ello por teléfono.
–El
teléfono funciona perfectamente y es lo único de lo que dispones de momento. De
modo que habla, Gavin.
–¿Por
qué no confías en mí? –preguntó ofendido.
–Voy
a colgar, ¿de acuerdo? Esto no me gusta. Si vosotros sabéis donde estoy, podría
haber alguien en el pasillo esperándome.
–No
digas bobadas, Darby. Usa la cabeza. Hace una hora que conozco el número de tu
habitación y lo único que he hecho ha sido llamar por teléfono. Estamos de
parte tuya, te lo juro,
Lo
reflexionó durante unos instantes. Parecía lógico, pero la habían localizado
con excesiva facilidad.
–Te
escucho. No has hablado con el director, pero el FBI no toma acción alguna.
¿Por qué no?
–No
estoy seguro. Ayer decidió abandonar el informe pelícano y dio orden de no
actuar. Es todo lo que puedo decirte.
–No
es mucho. ¿Sabe lo ocurrido a Thomas? ¿Sabe que yo debería estar muerta por
haberlo escrito y que cuarenta y ocho horas después de que Thomas te lo
entregara, a ti, su viejo amigo de la facultad, esos tipos, quienquiera que
sean, intentaron matarnos a ambos? ¿Lo sabe, Gavin?
–Creo
que no.
–Eso
significa no, ¿no es cierto?
–Efectivamente,
significa no.
–Bien,
escúchame. ¿Crees que le mataron a causa del informe?
–Probablemente.
–Eso
significa sí, ¿no es cierto?
–Sí.
–Gracias.
Si Thomas falleció a causa del informe, sabemos quién le ha asesinado. Y si
sabemos quién ha asesinado a Thomas, también sabemos quién ha asesinado a
Rosenberg y Jensen. ¿No es cierto?
Verheek
titubeó.
–¡Maldita
sea, di que sí! –exclamó Darby.
–Diré
probablemente.
–De
acuerdo. «Probablemente» significa sí para un abogado. Comprendo que es lo
mejor que puedes hacer. Existe un índice muy alto de «probabilidades» y, no
obstante, dices que el FBI se desentiende de mi sospechoso.
–Tranquilízate,
Darby. Veámonos esta noche y hablemos de ello. Podría salvarte la vida.
Dejó
cuidadosamente el auricular bajo la almohada y se dirigió al cuarto de baño. Se
cepilló los dientes y lo que le quedaba de pelo, y a continuación guardó los
cosméticos y una muda en una nueva bolsa de lona. Se puso el anorak, la gorra,
las gafas de sol, y cerró cuidadosamente la puerta, después de salir de la
habitación. El pasillo estaba desierto. Subió dos plantas por la escalera hasta
el decimoséptimo piso, cogió el ascensor hasta el décimo, y bajó pausadamente
por la escalera hasta el vestíbulo. La puerta de la escalera estaba cerca de
los servicios y entró inmediatamente en el de señoras. El servicio parecía
desierto. Entró en un retrete, cerró la puerta y esperó un rato.
Viernes
por la mañana en el barrio francés. El aire era fresco y limpio, sin olor a
comida y pecado. Las ocho de la mañana; demasiado temprano para la gente. Dio
la vuelta a un par de manzanas para despejar la cabeza y planear el día. En
Dumaine, cerca de Jackson Square, encontró un café que había visto antes.
Estaba casi vacío y tenía un teléfono público al fondo. Se sirvió ella misma un
café bien cargado y se sentó en una mesa cerca del teléfono. Allí podría
hablar.
En
menos de un minuto, Verheek estaba al teléfono.
–Te
escucho.
–¿Dónde
estarás esta noche? –preguntó, con la mirada fija en la puerta.
–En
el Hilton, junto al río.
–Sé
donde está. Te llamaré tarde por la noche o temprano por la mañana. No te
molestes en buscarme. Ahora pago al contado. Se acabaron las tarjetas.
–Haces
bien, Darby. No dejes de moverte.
–Puede
que ya esté muerta cuando llegues.
–No,
no lo estarás. ¿Puedes encontrar el Washington Post ahí abajo?
–Tal
vez. ¿Por qué?
–Compra
uno cuanto antes. El de esta mañana. Un bonito artículo sobre Rosenberg y
Jensen, y tal vez sobre su asesino.
–Me
muero de impaciencia. Te llamaré más tarde.
En
el primer quiosco no tenían el Post. Zigzagueó hacia Canal, cubriendo sus
huellas y sin dejar de mirar a su espalda, descendió por Saint Ann, frente a
las tiendas de antigüedades de Royal, entre los lúgubres bares a ambos lados de
Bienville, hasta llegar por último al mercado francés a lo largo de Decatur y
North Peters. Caminaba de prisa, pero con tranquilidad. Su actitud era la de
alguien ocupado, que no dejaba de mirar a todas partes, más allá de las
sombras. Si estaban todavía ahí, siguiéndole la pista, eran muy profesionales.
Le
compró un Post y un Times–Picayune a un vendedor de periódicos callejero y
encontró una mesa en un rincón solitario del Café du Monde.
Primera
página. El artículo, que citaba una fuente confidencial, se explayaba en la
leyenda de Khamel y en su reciente participación en los asesinatos. En sus
primeros tiempos, decía el artículo, había matado por convicción, pero ahora lo
hacía sólo por dinero. Muchísimo dinero, especulaba un agente secreto retirado,
que había permitido que se le citara, pero ciertamente no que se le
identificara. Las fotografías, aunque confusas y borrosas, tenían un aspecto
siniestro la una junto a la otra. No podían ser de la misma persona. Sin
embargo, el experto afirmaba que el personaje no era identificable y que no se
le había fotografiado desde hacía más de una década.
Por
fin llegó un camarero y Darby pidió un café y un panecillo. El experto decía
que muchos le creían muerto. Interpol creía que había cometido asesinatos en
los últimos seis meses. Los expertos dudaban de que viajara en líneas aéreas
comerciales. Ocupaba uno de los primeros puestos en las listas del FBI.
Abrió
lentamente el periódico de Nueva Orleans. Thomas no aparecía en primera plana,
pero su fotografía lo hacía en la página dos, seguida de un largo artículo. La
policía lo trataba como caso de homicidio, pero no había mucho en qué basarse.
Una mujer blanca había sido vista en la zona, poco antes de la explosión. La
facultad de derecho estaba horrorizada, según el decano. La policía tenía poco
que decir. Mañana se celebrarían los funerales en el campus. Se había cometido
un lamentable error, declaraba el decano. Si se trataba de un asesinato,
alguien había matado evidentemente a la persona equivocada.
un
simple error. Era una ciudad violenta llena de locos, y puede que a alguien se
le hubieran cruzado los cables y se hubiera equivocado de coche. Tal vez nadie
la acechaba.
Se
puso las gafas de sol y contempló la foto de Thomas. La habían sacado del
anuario de la facultad y sonreía con ironía, como solía hacerlo cuando daba
clase. Iba bien afeitado y era muy apuesto.
El
artículo de Grantham sobre Khamel electrificó a Washington el viernes por la
mañana. No mencionaba la circular, ni la Casa Blanca, por lo que la mayor
especulación en la ciudad giraba en torno de la fuente.
La
situación era particularmente tensa en el edificio Hoover. En el despacho del
director, Eric East y K. O. Lewis andaban nerviosos de un lado para otro,
mientras Voyles hablaba con el presidente por tercera vez en dos horas. Voyles
chillaba, no directamente al presidente sino en general. Maldecía a Coal y
cuando el presidente también empezó a chillar, sugirió que se sometiera a todo
el personal, empezando por Coal, a un detector de mentiras, para averiguar
quién había divulgado la información. Por supuesto que él, el propio Voyles, se
sometería a la prueba, como lo haría todo el personal que trabajaba en el
edificio Hoover. Iban y venían los gritos por la línea. Voyles estaba rojo y
sudado, y el hecho de hablar a voces por teléfono y de que el presidente
estuviera al otro extremo de la línea, no le importaba en absoluto. Sabía que
Coal estaba a la escucha en algún lugar.
Evidentemente,
el presidente se hizo con el control de la conversación y soltó un prolongado
sermón. Voyles se secó la frente con un pañuelo, se sentó en su viejo sillón de
cuero, y empezó a respirar rítmicamente para controlar la presión y el pulso.
Había sobrevivido a un infarto, le habían pronosticado otro, y le había dicho
muchas veces a K. O. Lewis que Fletcher Coal y el imbécil de su jefe acabarían
con su vida. Pero lo mismo había dicho de los tres últimos presidentes. Se
pellizcó las gruesas arrugas de la frente y se acomodó en su sillón.
–Podemos
hacerlo, señor presidente –dijo casi con amabilidad–. Gracias, señor
presidente. Ahí estaré mañana.
Cambiaba
rápida y radicalmente de humor. De pronto, ante sus mismos ojos, acababa de
convertirse en una persona amable y encantadora.
–Quiere
que vigilemos a ese periodista del Post –dijo después de colgar suavemente el
teléfono, con los ojos cerrados. Dice que ya lo hemos hecho en otras ocasiones
y por qué no hacerlo ahora. Le he respondido que lo haríamos.
–¿Qué
clase de vigilancia? –preguntó K. O.
–Limitémonos
a seguirle por la ciudad. Veinticuatro horas al día con dos hombres.
Averigüemos dónde va por la noche y con quién se acuesta. Es soltero, ¿no es
cierto?
–Divorciado
desde hace siete años –respondió Lewis.
–Asegúrense
de que no nos descubran. Manden agentes de paisano y cámbienlos cada tres días.
–¿Cree
realmente que somos nosotros los que hemos divulgado la información?
–No,
creo que no. Si lo creyera, ¿por qué nos pediría que siguiéramos al periodista?
Creo que sabe que es su propia gente. Y quiere descubrirlo.
–Es
un pequeño favor –agregó Lewis.
–Sí.
Pero asegúrense de que no nos descubran, ¿de acuerdo?
El
despacho de L. Matthew Barr estaba escondido en el tercer piso de un decrépito
y mugriento edificio de la calle M, en Georgetown. No había ningún letrero en
las puertas. Un guardia armado, con chaqueta y corbata, impedía la entrada del
público junto al ascensor. La moqueta era usada y el mobiliario viejo. El polvo
indicaba que la unidad no gastaba dinero en limpieza.
Barr
dirigía la unidad, que era una pequeña división oculta y extraoficial de la
Junta de Reelección del Presidente. La Junta disponía de unas lujosas oficinas
al otro lado del río, en Rosslyn, con ventanas que se abrían, sonrientes
secretarias y mujeres que limpiaban todas las noches. Pero no este tugurio.
Fletcher
Coal se apeó del ascensor y saludó con la cabeza al guardia de seguridad, que
le devolvió el saludo sin moverse. Eran viejos conocidos. Avanzó por un
laberinto de diminutos despachos, en dirección al de Barr. Coal se enorgullecía
de ser honrado consigo mismo y ciertamente no le temía a nadie en Washington,
con la posible excepción de Matthew Barr. Unas veces le temía y otras no, pero
siempre le admiraba.
Barr
era ex marine, ex agente de la CIA y ex espía, con dos condenas por
infracciones de la seguridad, que le habían reportado millones que había
escondido. Había pasado unos meses en una institución penitenciaria, pero nada
grave. Coal le había reclutado personalmente para dirigir la unidad, que
oficialmente no existía.
supervisaba
a un reducido grupo de rufianes muy adiestrados que llevaban a cabo el trabajo
de la unidad.
La
puerta de Barr estaba siempre cerrada con llave. La abrió y Coal entró en su
despacho. La entrevista sería breve, como de costumbre.
–Deje
que lo adivine –dijo Barr–. Quiere descubrir la fuga.
–Sí,
en cierto modo. Quiero que sigan a ese periodista Grantham, día y noche, y
averigüen con quién habla. Obtiene muy buena información y me temo que proviene
de nosotros.
–Tienen
más fugas que el cartón.
–Tenemos
algunos problemas, pero la información sobre Khamel se ha divulgado
deliberadamente. Lo he hecho yo mismo.
–Lo
suponía –sonrió Barr–. Parecía demasiado pulcro y metódico.
–¿Se
ha encontrado alguna vez con Khamel?
–No.
Hace diez años estábamos seguros de que había muerto. Le gusta que lo crean. No
tiene ego y, por consiguiente, nunca le atraparán. Es capaz de vivir seis meses
en una chabola de Sáo Paulo, comiendo raíces y ratas, luego coger un avión a
Roma para asesinar a un diplomático y a continuación ir a pasar unos meses en
Singapur. No lee lo que los periódicos publican sobre él.
–¿Qué
edad tiene?
–¿Por
qué le interesa saberlo?
–Me
fascina. Creo que sé quién le contrató para asesinar a Rosenberg y Jensen.
–¿En
serio? ¿Está dispuesto a compartir ese pequeño chismorreo?
–No.
Todavía no.
–Tiene
entre cuarenta y cuarenta y cinco años, que no es mucho, pero mató a un general
libanés a los quince años. De modo que su carrera es bastante larga. Tenga en
cuenta que es todo leyenda. Es capaz de matar con ambas manos, ambos pies, la
llave de un coche, un lápiz, o lo que tenga a mano.
Es
eficiente a la perfección con cualquier tipo de arma. Habla doce idiomas.
Supongo que ya lo sabe, ¿no es cierto?
–Sí,
pero me gusta.
–Se
le supone el asesino más eficaz y caro del mundo. En su primera época, no era
más que otro terrorista, pero tenía demasiado talento para limitarse a tirar
bombas. Por consiguiente, se convirtió en un asesino a sueldo. Ahora es más
maduro y sólo mata por dinero.
–¿Cuánto
dinero?
–Buena
pregunta. Probablemente cobra de diez a veinte millones por trabajo y sólo hay
otra persona que yo sepa en esa categoría. Hay quien cree que lo comparte con
grupos terroristas. En realidad nadie lo sabe. Deje que lo adivine, quiere que
encuentre a Khamel y se lo traiga vivo.
–Deje
a Khamel tranquilo. No me desagrada lo que hizo aquí.
–Tiene
mucho talento.
–Quiero
que siga a Gray Grantham y averigüe con quién habla.
–¿Alguna
idea?
–Un
par. Hay un individuo llamado Milton Hardy, que trabaja como bedel en el ala
oeste –respondió Coal, al tiempo que arrojaba un sobre a la mesa–. Está ahí
desde hace mucho tiempo, parece medio ciego, pero creo que ve y oye muchas
cosas. Síganle durante una o dos semanas. Todo el mundo le llama Sarge. Haga
planes para deshacerse de él.
–Maravilloso,
Coal. Vamos a gastar un montón de dinero para seguir negros ciegos.
–Limítese
a hacer lo que le digo. Que sean tres semanas –dijo Coal después de levantarse,
para dirigirse hacia la puerta.
–¿De
modo que sabe quién contrató al asesino? –preguntó Barr.
–Estamos
cada vez más cerca.
–La
unidad está más que ansiosa por cooperar.
–Estoy
seguro. DIECINUEVE
quince
años. Era puntillosa pero discreta y no le importaba lo que hicieran los demás,
mientras no causaran molestias. La casa estaba a seis manzanas del campus.
Era
oscuro cuando acudió a la puerta. La chica que acababa de llamar era atractiva,
con el cabello corto y oscuro, y una sonrisa nerviosa. Muy nerviosa.
La
señora Chen frunció el ceño, hasta que la oyó hablar.
–Soy
Alice Stark, amiga de Darby. ¿Puedo pasar?
Miró
por encima de su hombro. La calle estaba tranquila y silenciosa. La señora Chen
vivía sola, con puertas y ventanas perfectamente cerradas, pero se trataba de
una chica atractiva con una inocente sonrisa y, si era amiga de Darby, se podía
confiar en ella. Abrió la puerta y Alice entró en la casa.
–Algo
anda mal –dijo la señora Chen.
–Efectivamente.
Darby tiene problemas, pero podemos hablar de ello. ¿Ha llamado por teléfono
esta tarde?
–Sí.
Ha dicho que una joven vendría a su casa. Alice respiró hondo y procuró parecer
tranquila.
–Sólo
tardaré un momento. Me ha dicho que había una puerta interior en algún. lugar.
Prefiero no usar la puerta principal, ni la trasera.
La
señora Chen frunció nuevamente el entrecejo y preguntó ¿por qué? con la mirada,
pero no dijo nada.
–¿Ha
estado alguien en la casa en los dos últimos días? –preguntó Alice, mientras
seguía a la señora Chen por un estrecho pasillo.
–No
he visto a nadie. Ayer llamó alguien a la puerta, antes del amanecer, pero no
me asomé –respondió mientras movía una mesa situada delante de una puerta,
insertaba una llave en el cerrojo y la abría.
–Me
ha dicho que entrara sola –dijo Alice.
A la
señora Chen le habría gustado echar un vistazo, pero asintió y cerró la puerta,
que daba a un pequeño vestíbulo, donde Alice se encontró de pronto a oscuras. A
su izquierda estaba el piso y un interruptor que no podía utilizar. Quedó
paralizada en la oscuridad. El interior de la casa estaba negro, cálido y con
un fuerte hedor a basura. Esperaba estar sola pero, maldita sea, no era más que
una estudiante de Derecho de segundo curso y no un experto detective privado.
Contrólate.
Introdujo la mano en un gran bolso y encontró una pequeña linterna. Había tres,
por si acaso. Por si acaso qué, no lo sabía. Darby le había dado instrucciones
muy específicas. No se debía ver ninguna luz desde las ventanas. La casa podía
estar vigilada.
¿Quién
la vigilaría? A Alice le habría gustado saberlo. Darby no lo sabía, dijo que se
lo explicaría más adelante, pero primero era preciso inspeccionar el piso.
Alice
lo había visitado una docena de veces durante el último año, pero se le había
permitido entrar por la puerta principal, con abundante luz y otras
comodidades. Había estado. en todas las habitaciones y estaba segura de poderse
desplazar en la oscuridad. Ahora la confianza la había abandonado.
Desaparecido. Sustituida por temblores de miedo.
Contrólate.
Estás sola. No se instalarían aquí, con una ruidosa mujer al lado. Si habían
entrado, había sido sólo para una breve visita.
Después
de examinar el extremo de la misma, decidió que la linterna funcionaba.
Iluminaba con toda la potencia de un fósforo feneciente. Dirigió el haz
luminoso al suelo y logró discernir un tenue círculo, del tamaño de una pequeña
naranja. El círculo temblaba.
Avanzó
de puntillas en dirección al estudio. Darby le había dicho que había una
pequeña lámpara sobre las estanterías de libros, junto al televisor, que estaba
siempre encendida. La utilizaba para no estar completamente a oscuras durante
la noche y se suponía que su débil brillo debía extenderse hasta la cocina. O
bien Darby le había mentido, o la bombilla se había fundido, o alguien la había
apagado. En todo caso ahora ya no importaba, porque estaba todo completamente a
oscuras.
Estaba
sobre la alfombra del centro del estudio, avanzando lentamente hacia la mesa
sobre la que se suponía que había un ordenador. Tropezó con una de las patas de
la mesa y se apagó la linterna. La sacudió. Nada. Encontró la número dos en el
bolso.
El
hedor era más fuerte en la cocina. El ordenador estaba sobre la mesa, junto a
diversos cuadernos y carpetas vacías. Examinó el artefacto con su diminuta
linterna. El interruptor de puesta en marcha estaba en la parte frontal. Lo
pulsó y la pantalla monocromática cobró lentamente vida. Su luz verdosa
iluminaba la mesa, pero no salía de la cocina.
Alice
se sentó frente al monitor y empezó a pulsar teclas. Encontró «Menú», luego
«List» y por último
«Fichas».
El índice llenaba la pantalla. La estudió atentamente. Se suponía que debía
haber alrededor de cuarenta entradas, pero sólo vio unas diez. La mayor parte
de la memoria del disco duro había desaparecido. Encendió la impresora láser y,
en pocos segundos, tenía el índice en blanco y negro. Cogió el papel y se lo
guardó en el
bolso.
Se
levantó con la linterna y examinó lo que había sobre la mesa. Darby calculaba
que debía haber unos veinte disquetes, pero todos habían desaparecido. Ni un
solo disquete. Los cuadernos trataban de Derecho constitucional y procesos
civiles, y eran tan genéricos y aburridos que nadie los querría. Las carpetas
rojas estaban meticulosamente apiladas, pero vacías.
El
trabajo había sido paciente y meticuloso. Una o varias personas habían pasado
un par de horas borrando y compaginando, para marcharse con un maletín o una
bolsa de mercancía.
En
el estudio, junto al televisor, Alice se asomó a la ventana. El Accord rojo
seguía ahí, a poco más de un metro de la ventana. Parecía perfecto.
Apretó la
bombilla de la
lámpara, y encendió
y apagó rápidamente
el interruptor. Funcionaba perfectamente. Volvió a aflojarla,
tal como la habían dejado.
Sus
ojos se habían acostumbrado a la oscuridad;, ahora veía los perfiles de las
puertas y los muebles. Apagó el ordenador y regresó al vestíbulo.
La
señora Chen la esperaba exactamente donde la había dejado.
–¿Todo
en orden? –preguntó.
–Todo
perfecto –respondió Alice–. Pero manténgase atenta. La llamaré dentro de un día
o dos, para saber si ha venido alguien. Y le ruego que no le diga a nadie que
he venido.
–¿Y
el coche? preguntó la señora Chen, después de escuchar atentamente, mientras
colocaba la mesa delante de la puerta.
–Está
bien donde está. Limítese a vigilarlo.
–¿Está
bien Darby?
–Todo
se arreglará –respondió, casi junto a la puerta–.
Creo
que regresará dentro de unos días. Gracias, señora Chen. La señora Chen cerró
la puerta, echó el pestillo y miró por una pequeña ventana. La joven estaba en
la acera, antes de perderse en la oscuridad.
Alice
caminó tres manzanas hasta su coche.
¡Viernes
por la noche en el barrio francés! Tulane jugaba en el Dome mañana, los Saints
el domingo, y habían acudido millares de forofos que aparcaban donde podían,
bloqueaban las calles, circulaban en ruidosos grupos, bebían en vasos de
plástico, llenaban los bares y se divertían alborotándolo todo. A las nueve el
centro del barrio estaba abarrotado.
Alice
aparcó en Poydras, muy lejos de donde se proponía hacerlo, y llegó con una hora
de retraso a la concurrida marisquería de Saint Peter, en el corazón del
barrio. No había ninguna mesa libre. Tres filas de gente se amontonaban junto a
la barra. Se retiró a un rincón, junto a la máquina de cigarrillos y observó a
los clientes. La mayoría eran estudiantes, que habían venido para presenciar el
partido.
–¿Está
buscando a otra chica? –le preguntó un camarero, que había ido directamente
hacia ella.
–Pues,
sí –titubeó.
–A
la vuelta de la esquina, en la primera sala a la derecha, hay algunas mesas
–dijo el camarero, al tiempo que señalaba más allá de la barra–. Creo que su
amiga está allí.
Darby
estaba en un rincón, inclinada sobre la mesa, con una cerveza, gafas de sol y
sombrero. Alice le estrechó la mano.
–Me
alegro de verte.
Contempló
su peinado y le pareció divertido. Darby se quitó las gafas. Tenía los ojos
irritados y cansados.
–No
tenía a nadie más a quien llamar.
Alice
la miraba con cara inexpresiva, sin que se le ocurriera ningún comentario
apropiado, ni poder dejar de contemplar su pelo.
–¿Quién
te ha arreglado el pelo? –preguntó.
–Bonito,
¿no te parece? Es una especie de estilo punk, que creo volverá a ponerse de
moda y sin duda impresionará a la gente cuando me entrevisten para algún
trabajo.
–¿Por
qué lo has hecho?
–Han
intentado matarme, Alice. Mi nombre está en la lista de gente muy malvada. Creo
que me siguen.
–¿Matarte?
¿Has dicho «matarte»? ¿Quién puede querer matarte, Darby?
–No
estoy segura. ¿Qué has descubierto en mi casa?
Alice
dejó de contemplar el cabello y le entregó la copia del índice. Darby lo
estudió. Era verdad. No era un sueño ni un error. La bomba estaba donde debía
estar. Rupert y el vaquero le habían puesto las manos encima. El rostro que
había visto la estaba buscando. Habían estado en su casa y borrado lo que
deseaban. Estaban ahí.
–¿Y
los disquetes?
–No
había ninguno. Las carpetas de la mesa de la cocina estaban muy bien apiladas,
pero completamente vacías. Todo lo demás parecía estar en orden. Han aflojado
la bombilla de la lámpara de noche, de modo que la oscuridad es total. Lo he
comprobado. Funciona perfectamente. Esa gente tiene mucha paciencia.
–¿Qué
cuenta la señora Chen?
–No
ha visto nada.
–Escúchame, Alice
–dijo Darby, después
de guardarse el
índice en el
bolsillo–de pronto estoy
muy asustada. Es preciso que no te vean conmigo. Puede que esto no haya
sido una buena idea.
–¿Quién
es esa gente?
–No
lo sé. Han asesinado a Thomas, e intentaron asesinarme a mí. Tuve suerte y
ahora me persiguen.
–Pero,
¿por qué, Darby?
–Es
preferible que no lo sepas y no voy a contártelo. Cuanto más sabes, mayor es el
peligro que corres. Confía en mí, Alice. No puedo contarte lo que sé.
–Juro
que no se lo diré a nadie.
–¿Y
si te obligan?
Alice
miró a su alrededor como si no ocurriera nada y observó atentamente a su amiga.
Habían estado juntas desde su ingreso en la facultad. Habían compartido horas
de estudio, apuntes, la angustia de los exámenes, juicios de ensayo y
confidencias sobre los hombres. Alice era probablemente la única estudiante que
sabía lo de Darby con Callahan.
–Quiero
ayudarte, Darby. No tengo miedo.
Darby,
que no había probado la cerveza, hacía girar lentamente la botella.
–Pues
yo estoy aterrorizada. Estaba allí cuando murió, Al¡ce. Tembló el suelo. Voló
en mil pedazos y se suponía que yo debía haber estado con él. La bomba iba
dirigida contra mí.
–Entonces
acude a la policía.
–Todavía
no. Tal vez más adelante. Me da miedo. Thomas acudió al FBI y al cabo de dos
días se suponía que debíamos estar muertos.
–¿Entonces
es el FBI quien te persigue?
–No
lo creo. Empezaron a hablar, otros escuchaban muy atentamente y llegó a oídos
de quien no debía haberlo sabido.
–¿Hablar
de qué? ¡Por Dios, Darby, soy yo, tu mejor amiga! Déjate de juegos.
Darby
tomó el primer sorbo de cerveza, con la mirada fija en la mesa, evitando los
ojos de su amiga.
–Por
favor, Alice. Permíteme esperar un poco. Sería absurdo contarte algo que puede
costarte la vida. Si quieres ayudarme –prosiguió, después de una prolongada
pausa–, acude mañana al funeral. Obsérvalo todo atentamente. Haz correr la voz
de que te he llamado desde Denver, donde me hospedo con una tía cuyo nombre
desconoces, y de que de momento he abandonado los estudios, pero volveré en
primavera. Asegúrate de que se divulgue la noticia. Creo que habrá quien
escuche atentamente.
–El
periódico hablaba de una mujer blanca cerca del lugar donde fue asesinado, como
si fuera sospechosa o algo por el estilo.
–O
algo por el estilo. Estaba allí y se suponía que debía haber perecido en la
explosión. Leo los periódicos con lupa. La policía no tiene ninguna pista.
–De
acuerdo, Darby. Eres más inteligente que yo. Eres la persona más inteligente
que he conocido en mi vida. ¿Y ahora qué?
–En
primer lugar dirígete a la puerta trasera. Hay una puerta blanca al fondo del
pasillo, junto a los servicios. Conduce a un almacén, luego a la cocina y allí
encontrarás la puerta posterior. No te detengas. El callejón conduce a Royal.
Coge un taxi y vuelve a tu coche. No dejes dé vigilar a tu espalda.
–¿Hablas
en serio?
–Fíjate
en mi cabello, Alice. ¿Crees que me mutilaría de ese modo si se tratara de un
juego?
–De
acuerdo, de acuerdo. ¿Y luego qué?
–Acude
mañana al funeral, haz correr la voz, y te llamaré en el transcurso de los dos
próximos días.
–¿Dónde
te alojas?
–En
ningún lugar fijo. No dejo de moverme.
Alice
se puso de pie y le dio un beso en la mejilla, antes de retirarse.
Verheek
pasó dos horas andando de un lado para otro de la habitación, abriendo
revistas, dejándolas de nuevo sobre la mesa, pidiendo algo al servicio de
habitaciones, y deshaciendo las maletas. Durante las dos horas siguientes,
permaneció sentado al borde de la cama, con una cerveza caliente en las manos y
la mirada fija en el teléfono. Se había dicho a sí mismo que esperaría hasta
medianoche y entonces... ¿entonces qué?
Ella
había dicho que llamaría.
Podía
salvarle la vida, si por lo menos llamaba.
A
las doce arrojó otra revista y salió de la habitación. Un agente de Nueva
Orleans había ayudado un poco y le había facilitado información de un par de
locales frecuentados por estudiantes de Derecho, cerca del campus. Iría allí,
se mezclaría con los clientes, tomaría una cerveza y escucharía. Los
estudiantes estaban en la ciudad para asistir al partido. Ella no estaría allí
y tampoco importaba, porque nunca la había visto. Pero tal vez oiría algo y él
mencionaría algún nombre, dejaría una tarjeta de visita, trabaría amistad con
alguien que la conocía, o que conocía a alguien que la conocía. Bastante
improbable, pero mucho mejor que permanecer ahí sentado con la mirada fija en
el teléfono. .
Encontró
un taburete junto a la barra, en un local llamado Barrister's, a tres manzanas
del campus. Tenía un agradable aspecto universitario, con calendarios de fútbol
y pósters en las paredes. La clientela era ruidosa y de menos de treinta años.
El
barman tenía aspecto de estudiante. Después de un par de cervezas, se marchó
bastante gente y la barra estaba medio vacía. Dentro de un momento llegaría
otra oleada de clientes.
Era
la una y media, cuando Verheek pidió la tercera cerveza.
–¿Eres
estudiante? –le preguntó al barman.
–Eso
me temo.
–No
está tan mal.
–Me
lo he pasado mejor –respondió, mientras recogía cacahuetes.
Verheek
recordó con anhelo a los que trabajaban en los bares, cuando él estaba en la
facultad. Expertos en el arte de conversar. Ante cualquier desconocido, estaban
dispuestos a hablar de cualquier tema.
–Soy
abogado –dijo Verheek desesperado.
Santo
cielo, es abogado. Qué extraño. Alguien especial. El muchacho le dio la espalda
y se alejó.
Hijo
de puta. Ojalá te suspendan. Verheek cogió su cerveza y se volvió para mirar
hacia las mesas. Se sentía como un abuelo entre aquellos chiquillos. A pesar de
que odiaba la facultad y sus recuerdos, había pasado algunas veladas agradables
los viernes por la noche, en los bares de Georgetown con su compañero Callahan.
Aquellos eran buenos recuerdos.
–¿Qué
clase de abogado? –preguntó el barman, que había regresado.
–Asesor
especial, FBI –sonrió Gavin, después de volverse de nuevo hacia la barra.
–¿Entonces
debes trabajar en Washington? –preguntó, sin dejar de frotar la barra.
–Sí,
he venido para el partido del domingo. Soy un forofo de los Redskins.
Odiaba
los Redskins y todo lo relacionado con la liga de fútbol, y prefería cambiar de
tema.
–¿Dónde
estudias?
–Aquí,
en Tulane. Acabo en mayo.
–¿Y
a continuación?
–Probablemente
iré a Cincinnati, para trabajar como pasante un año o dos.
–Debes
ser un buen estudiante.
–¿Otra
cerveza? –exclamó, al tiempo que se encogía de hombros.
–No.
¿Te daba clases Thomas Callahan?
–Por
supuesto. ¿Le conocías?
–Estuvimos
juntos en la facultad, en Georgetown –respondió Verheek, al tiempo que se
sacaba una tarjeta de visita del bolsillo y se la entregaba–. Me llamo Gavin
Verheek.
El
muchacho la aceptó y la dejó cuidadosamente junto a la nevera. El bar estaba
tranquilo y estaba harto de charla.
–¿Conoces
a una estudiante llamada Darby Shaw?
–Nunca
he hablado con ella, pero sé quien es –respondió el muchacho, mientras echaba
una ojeada a las mesas–. Creo que está en segundo curso. ¿Por qué? –agregó con
suspicacia, después de una prolongada pausa.
–Queremos
hablar con ella. ¿Viene por aquí?
Había
dicho «queremos», lo cual sonaba mucho más grave, como si hablara en nombre del
FBI y no en el suyo propio.
–La
he visto algunas veces. Es difícil que pase desapercibida.
–Eso
me han dicho –dijo Gavin, mientras miraba las mesas–. ¿Crees que alguno de esos
puede conocerla?
–Lo
dudo. Son todos de primer curso. ¿No se les nota? No dejan de discutir los
derechos de propiedad, la posesión y el desahucio.
Sí,
como en otros tiempos. Gavin se sacó una docena de tarjetas del bolsillo y las
dejó sobre la barra.
–Estaré
en el Hilton unos días. Si la ves u oyes algo de ella, dale una tarjeta.
–Desde
luego. Anoche vino un policía formulando preguntas. ¿No supondrán que está
involucrada en su muerte?
–No,
en absoluto. Sólo queremos hablar con ella.
–Mantendré
los ojos abiertos.
Verheek
pagó la cerveza, le dio las gracias al muchacho y salió a la calle. Anduvo tres
manzanas hasta el Half Shell. Eran casi las dos. Estaba agotado, medio borracho
y un conjunto empezó a tocar cuando llegó al umbral de la puerta. El local
estaba oscuro, abarrotado de gente y una cincuentena de parejas empezaron a
bailar inmediatamente sobre las mesas. Se abrió paso entre la alborotada
muchedumbre, hasta cobijarse en el fondo junto a la barra. La gente estaba
amontonada, hombro contra hombro, y nadie se movía. Llegó con gran dificultad a
la barra, pidió una cerveza para pasar desapercibido y comprobó una vez más que
era mucho mayor que los demás clientes. Se retiró a un rincón oscuro, pero
también abarrotado. Era una pérdida de tiempo. No podía oír siquiera sus
propios pensamientos, ni soñar lo que decían los demás.
Observó
a los chicos detrás de la barra: todos jóvenes, todos estudiantes. El mayor
parecía tener casi treinta años y no dejaba de preparar cuentas, como si se
dispusiera a cerrar. Se movía con rapidez, como si tuviera prisa por marcharse.
Gavin le observó atentamente.
Se
desabrochó el delantal, lo arrojó a un rincón, pasó por debajo de la barra y se
marchó. Gavin se abrió paso con los codos y lo alcanzó junto a la puerta de la
cocina, con una tarjeta del FBI en la mano.
–Disculpe.
Soy del FBI –dijo, al tiempo que le mostraba la tarjeta–. ¿Cómo se llama? El
muchacho quedó paralizado, con la mirada fija en Verheek.
–Fountain.
Jeff Fountain.
–Muy
bien, Jeff. No ocurre nada, ¿de acuerdo? Sólo un par de preguntas. Le
entretendré sólo un momento. La cocina había cerrado hacía muchas horas y
estaban a solas.
–Bien,
de acuerdo. ¿Qué desea?
–Usted
estudia Derecho, ¿no es cierto?
Por
favor dime que sí. Su amigo le había dicho que la mayoría de los que trabajaban
en los bares eran estudiantes de Derecho.
–Sí,
en Loyola.
¡Loyola!
¿Dónde diablos estaba eso?
–Bien,
eso suponía. Habrá oído hablar del profesor Callahan de Tulane. El funeral se
celebra mañana.
–Desde
luego. Está en todos los periódicos. La mayoría de mis amigos estudian en
Tulane.
–¿Conoce
a una estudiante de segundo curso llamada Darby Shaw? Una chica muy atractiva.
–Sí.
El año pasado salía con un amigo mío. De vez en cuando viene por aquí.
–¿Cuándo
fue la última vez?
–Debe
de hacer un mes o dos. ¿Qué ocurre?
–Hemos
de hablar con ella –respondió, al tiempo que le ofrecía un puñado de tarjetas–.
Guárdeselas. Estaré en el Hilton unos días. Si la ve o sabe algo de ella,
llámeme.
–¿Qué
puedo saber?
–Algo
relacionado con Callahan. Es muy importante que hablemos con ella, ¿de acuerdo?
–Desde
luego –respondió, después de guardarse las tarjetas en el bolsillo.
Verheek
le dio las gracias y regresó a la fiesta. Avanzó lentamente entre la
muchedumbre y escuchó los intentos de conversar. Llegaba un nuevo grupo de
clientes y se abrió paso hasta la puerta. Era demasiado viejo para eso.
A
seis manzanas, aparcó en zona prohibida frente a otro local frecuentado por
estudiantes, junto al campus. Su visita a aquella pequeña sala de billar
semioscura, en aquel momento poco concurrida, sería la última de la noche.
Pidió una cerveza en la barra, la pagó, e inspeccionó el local. Había cuatro
mesas de billar y escaso movimiento. Un joven con camiseta se acercó a la barra
y pidió otra cerveza. Su camiseta era verde y gris, con las palabras «FACULTAD
DE DERECHO DE TULANE»
en
el pecho y bajo las mismas un número, que parecía del de identificación de un
preso.
–¿Estudia
usted Derecho? –preguntó Verheek sin titubeo alguno.
–Me
temo que sí –respondió el joven, al tiempo que sacaba dinero del bolsillo de
sus vaqueros.
–¿Conocía
a Thomas Callahan?
–¿Quién
es usted?
–FBI.
Callahan era amigo mío.
–Yo
estaba en su clase de Derecho constitucional –respondió con suspicacia, después
de tomar un sorbo de cerveza.
¡Diana!
También Darby. Verheek procuró parecer desinteresado.
–¿Conoce
a Darby Shaw?
–¿Por
qué quiere saberlo?
–Tenemos
que hablar con ella. Eso es todo.
–¿A quién
se refiere al
decir «tenemos»? –preguntó
el estudiante con
mayor suspicacia, después
de acercarse a Gavin como para exigirle respuestas claras.
–El
FBI –respondió tranquilamente Verheek.
–¿Lleva
una placa o algo por el estilo?
–Desde
luego –respondió, al tiempo que se sacaba una tarjeta de visita del bolsillo y
se la ofrecía.
–Usted
no es agente, sino abogado –dijo el estudiante, después de examinar la tarjeta
y devolvérsela.
Tenía
mucha razón y el abogado sabía que perdería el empleo si su jefe descubría que
había estado formulando preguntas y, en general, suplantando a un agente.
–Sí,
soy abogado. Callahan y yo estudiamos juntos en la facultad.
–¿Entonces
por qué quiere ver a Darby Shaw?
El
barman se había acercado y escuchaba la conversación.
–¿La
conoce?
–No
lo sé –respondió, aunque era evidente que la conocía–. ¿Tiene algún problema?
–No.
Pero usted la conoce, ¿no es cierto?
–Puede
que sí y puede que no.
–Vamos
a ver. ¿Cómo se llama usted?
–Muéstreme
una placa y le diré mi nombre.
Gavin
tomó un sorbo de cerveza de la botella y le sonrió al barman.
–Tengo
que hablar con ella, ¿de acuerdo? Es muy importante. Pasaré unos días en el
Hilton. Si la ve, dígale que me llame –dijo, al tiempo que le ofrecía la
tarjeta al estudiante, que la miró, volvió la espalda y se alejó.
A
las tres abrió la puerta de su habitación y comprobó el teléfono. Ningún
mensaje. Dondequiera que Darby estuviera, todavía no había llamado. En el
supuesto, naturalmente, de que siguiera viva.
VEINTE
García
llamó por última vez. Grantham contestó el teléfono el sábado antes del alba,
con menos de dos horas de antelación a lo que debía ser su primer encuentro.
Dijo que había cambiado de opinión. El momento no era oportuno. Si salía a
relucir la historia, se derrumbarían algunos abogados muy poderosos y sus
clientes
inmensamente
ricos, y arrastrarían a otros en su caída. El propio García podría salir
perjudicado. Tenía esposa y una hija menor. Y un trabajo que podía soportar,
porque estaba muy bien pagado. ¿Para qué arriesgarse? Él no había hecho nada
malo. Tenía la conciencia tranquila.
–¿Entonces
por qué sigue llamándome? –preguntó Grantham.
–Creo
que sé por qué fueron asesinados. No estoy seguro, pero tengo una buena idea.
He visto algo,
¿comprende?
–Hace
una semana que repetimos la misma conversación, García. Usted ha visto algo o
tiene algo. Pero de nada sirve si no me lo muestra –dijo Grantham, al tiempo
que abría una carpeta con las fotografías de su interlocutor–Lo que a usted le
impulsa, García, es el sentido de la moralidad. Ésa es la razón por la que
quiere hablar.
–Sí,
pero existe la posibilidad de que sepan que lo sé. Me tratan de un modo
extraño, como si quisieran preguntarme si lo he visto. Pero no pueden hacerlo,
porque no están seguros.
–¿Se
refiere a los colegas de su bufete?
–Sí.
No. Espere un momento. ¿Cómo sabe que trabajo en un bufete? Yo no se lo he
dicho.
–Es
fácil de deducir. Va a trabajar demasiado temprano para ser abogado del
gobierno. Tiene que formar parte de uno de esos bufetes de doscientos abogados,
en los que se exige que los más jóvenes trabajen cien horas semanales. Cuando
me llamó por primera vez me dijo que se dirigía al despacho y eran
aproximadamente las cinco de la madrugada.
–Vaya,
vaya. ¿Qué más ha descubierto?
–Poca
cosa. Esto es como un juego, García. Si no está dispuesto a hablar, cuelgue y
déjeme tranquilo. Me hace perder horas de sueño.
–Duerma
a gusto –dijo García, antes de colgar el teléfono. Grantham se quedó con la
mirada fija en el auricular.
En
los últimos ocho años había cambiado tres veces de número de teléfono, sin que
apareciera en la guía. Vivía junto al teléfono, a través del cual le llegaba la
información más importante de lugares insospechados. Pero por cada información
importante, recibía un millar de comunicaciones insignificantes a cualquier
hora del día o de la noche, de personas que se sentían obligadas a compartir lo
poco que sabían. Tenía la reputación de estar dispuesto a enfrentarse a un
piquete de ejecución, antes de revelar la identidad de su informador, y no
dejaban de llamarle. Cuando estaba harto, solicitaba un nuevo número de
teléfono que no figurara en la guía. Entonces tenía un período de tranquilidad
y a continuación se apresuraba a incluir su número en la guía de Washington.
Ahora
estaba en la guía. Gray S. Grantham. No había otro. Podían localizarle en el
despacho doce horas al día, pero era mucho más discreto y reservado llamarle a
su casa, especialmente a horas inusuales, cuando intentaba dormir.
Permaneció
enojado con García durante treinta minutos, y se durmió. Se había quedado como
un tronco, sumergido en otro mundo, cuando volvió a sonar el teléfono. Lo
descolgó en la oscuridad.
–Diga.
No
era García, sino una voz femenina.
–¿Hablo
con Gray Grantham, del Washington Post?
–Sí.
¿Quién es usted?
–¿Trabaja
todavía en el tema de Rosenberg y Jensen? Se sentó en la oscuridad y contempló
el reloj. Las cinco y media.
–Es
un tema muy importante. Hay muchas personas involucradas en el mismo, pero sí,
sigo investigando.
–¿Ha
oído hablar del informe pelícano?
–El
informe pelícano –repitió mientras respiraba hondo y procuraba concentrarse–.
No. ¿Qué es?
–Una
pequeña teoría inofensiva sobre quién cometió los asesinatos. Un profesor de
Derecho de Tulane llamado Thomas Callahan la llevó a Washington el domingo
pasado. Se la entregó a un amigo en el FBI y empezó a circular de mano en mano.
El grano de arena se convirtió en una montaña y Callahan fue asesinado en un
coche bomba, el miércoles por la noche en Nueva Orleans.
–¿Desde
dónde llama? –preguntó, con la luz encendida y sin dejar de tomar notas.
–Nueva
Orleans. Desde una cabina, o sea que no se moleste.
–¿Cómo
sabe lo que me cuenta?
–Yo
escribí el informe.
Ahora
estaba completamente despierto, con los ojos muy abiertos y el pulso acelerado.
–Bien,
si usted lo escribió, hábleme del mismo.
–No
quiero hacerlo de este modo, porque aunque tuviera una copia del mismo, no
podría publicarlo.
–Póngame
a prueba.
–No
podría. Hay que hacer algunas comprobaciones.
–De
acuerdo. Tenemos el Klan, al terrorista Khamel, al ejército clandestino, a los
arios...
–No.
Nada de eso. Es todo demasiado evidente. El informe habla de un sospechoso
desconocido. Paseaba al pie de la cama con el teléfono en la mano.
–¿Por
qué no puede decirme de quién se trata?
–Tal
vez más adelante. Usted parece tener fuentes mágicas de información. Veamos lo
que es capaz de averiguar.
–Lo
de Callahan es fácil. Basta con una llamada telefónica. Deme veinticuatro
horas.
–Procuraré
llamarle el lunes por la mañana. Si vamos a trabajar juntos, señor Grantham,
tendrá que mostrarme algo.
La
próxima vez que le llame, dígame algo que yo no sepa.
–¿Corre
usted peligro?
–Creo
que sí –respondió, en una cabina en la oscuridad–. Pero por ahora estoy a
salvo.
Parecía
joven, tal vez de unos veinticinco años. Había escrito un informe. Y conocía al
profesor de Derecho.
–¿Es
usted abogado?
–No,
y no pierda el tiempo investigándome a mí. Póngase a trabajar, señor Grantham,
o de lo contrario acudiré a otro.
–De
acuerdo. Necesita un nombre.
–Ya
lo tengo.
–Me
refiero a un nombre en clave.
–¿Quiere
decir un apodo, como los espías y gente por el estilo? ¡Vaya emoción!
–Déme
su nombre verdadero si lo prefiere.
–Muy
astuto. Llámeme Pelícano.
Sus
padres eran buenos católicos irlandeses, pero él había dejado de ser
practicante desde hacía muchísimos años. Formaban una atractiva pareja, muy
respetable, vestidos de luto, morenos y elegantes. Apenas había hablado de
ellos. Entraron con el resto de la comitiva en la capilla Rogers. Su hermano de
Mobile era de menor estatura y parecía mucho más viejo. Thomas decía que tenía
problemas con la bebida.
Desde
hacía media hora, estudiantes y profesores habían ido llegando a la pequeña
capilla. Por la noche se jugaría el partido y había mucha gente en el campus.
En la calle había un furgón de la televisión, con un cámara a una distancia
prudencial, que filmaba la entrada de la capilla bajo la atenta vigilancia de
un policía del campus.
Era
curioso ver a los estudiantes de Derecho con trajes, zapatos, chaquetas y
corbatas. En una habitación oscura del tercer piso de Newcomb Hall, Pelícano
miraba por la ventana a los grupos de estudiantes que charlaban entre sí sin
levantar la voz, mientras acababan de fumarse sus cigarrillos. Bajo la silla en
la que estaba sentada había cuatro periódicos, ya leídos y abandonados. Hacía
dos horas que estaba allí, leyendo a la luz del sol a la espera del funeral. No
tenía otro lugar. Estaba segura de que los malos deambulaban por los
alrededores de la capilla, ocultos entre los matorrales, pero aprendía a ser
paciente. Había llegado temprano, se marcharía tarde y avanzaría entre las
tinieblas. Si la descubrían, tal vez actuarían con rapidez y todo habría terminado.
Cogió
una servilleta de papel y se secó los ojos. No importaba que llorara ahora,
pero sería la última vez. Todo el mundo estaba en el interior de la capilla y
el furgón de la televisión se retiró. El periódico decía que primero se
celebraría el funeral, seguido más tarde de un pequeño entierro privado. El
ataúd no estaba en la iglesia.
Había
elegido aquel momento para huir, alquilar un coche, dirigirse a Baton Rouge y
subirse a un avión que fuera a cualquier parte menos Nueva Orleans. Abandonaría
el país, para irse tal vez a Montreal o Calgary. Entonces permanecería un año
oculta, con la esperanza de que entretanto se resolviera el crimen y los malos
acabaran en la cárcel.
Pero
no era más que un sueño. El camino más rápido para que se hiciera justicia
pasaba por ella. Sabía más que cualquier otra persona. Los federales se habían
acercado, para luego retirarse y perseguir ahora a Dios sabe quién. Verheek no
había logrado nada, a pesar de su proximidad al director. Ella tendría que
resolver el rompecabezas. Su pequeño informe había causado la muerte de Thomas
y ahora la perseguían a ella. Conocía la identidad del hombre que estaba tras
los asesinatos de Rosenberg, Jensen y Callahan, y eso la convertía en una
persona muy excepcional.
De
pronto se inclinó hacia la ventana. Las lágrimas se habían secado en sus
mejillas. ¡Ahí estaba! ¡El individuo delgado de cara alargada! Con su chaqueta
y su corbata, parecía debidamente compungido cuando entró a toda prisa en la
iglesia. ¡Era él! El individuo que había visto en el vestíbulo del Sheraton,
cuándo fue, el jueves por la mañana. Estaba hablando con Verheek, cuando le vio
cruzar desconfiadamente.
Se
detuvo al llegar a la puerta y miró con nerviosismo a su alrededor: una
torpeza, una metedura de pata. Fijó momentáneamente la mirada en los tres
coches aparcados inocentemente al otro lado de la calle, a menos de cincuenta
metros. Abrió la puerta y entró en la capilla. Maravilloso. Esos cabrones le
habían asesinado y ahora se unían a sus parientes y amigos para presentarle sus
últimos respetos.
Tenía
la nariz pegada al cristal. Los coches estaban demasiado lejos, pero estaba
segura de que en uno de ellos había un individuo que la buscaba. Debían saber
que indudablemente no era tan estúpida, ni estaba tan compungida, como para
hacer acto de presencia en el funeral de su amante. Lo sabían. Desde hacía dos
días y medio, lograba que no dieran con ella. Las lágrimas habían desaparecido.
Al
cabo de diez minutos, el hombre delgado salió solo, encendió un cigarrillo y
echó a andar lentamente en dirección a los tres coches. Parecía triste. Vaya
individuo.
Pasó
por delante de los coches, pero no se detuvo. Cuando ya no se le veía, se abrió
la puerta del coche central y del mismo se apeó un individuo, con un jersey
verde de la universidad de Tulane. Se alejó por la calle, detrás del delgado.
Él no lo era. Era bajo, robusto y corpulento. Un verdadero tocón.
Desapareció
tras el delgado, a la vuelta de la esquina. Darby se sentó al borde de la silla
plegable. En menos de un minuto, aparecieron en la acera al otro lado de la
iglesia. Ahora iban juntos y se hablaban en voz baja, pero al cabo de un
instante el delgado se separó, para alejarse solo por la calle. El tocón se
acercó rápidamente a su coche y se subió al mismo. Se limitó a quedarse ahí
sentado, a la espera de que concluyera el funeral, para echar un último
vistazo, por si después de todo era tan estúpida como para hacer acto de
presencia.
El
delgado había tardado menos de diez minutos en infiltrarse en la iglesia,
observar un grupo de unas doscientas personas y decidir que no estaba entre las
mismas. Tal vez buscaba la cabellera pelirroja. O a una rubia teñida. No, tenía
más sentido que tuvieran gente en el interior, con aspecto triste y compungido,
para buscarla a ella o a alguien que se le pareciera, y hacerle alguna seña o
guiño al delgado.
Estaban
por todas partes.
La
Habana era un santuario perfecto. No importaba que una decena o un centenar de
países hubieran puesto precio a su cabeza. Fidel era un admirador y cliente
ocasional. Bebían juntos, compartían mujeres y fumaban cigarros. Circulaba como
Pedro por su casa: un bonito piso en la calle de Torre, en el barrio antiguo,
coche con chofer, un banquero muy astuto para mover dinero por todo el mundo,
cualquier tipo de embarcación que se le antojara, un avión militar si era
necesario, y abundantes mujeres jóvenes. Hablaba su idioma y no tenía la piel
pálida. Le encantaba el lugar.
En
una ocasión se había comprometido para matar a Fidel, pero no pudo hacerlo.
Estaba en el lugar convenido y con tiempo suficiente para el asesinato, pero no
fue capaz de llevarlo a cabo. Sentía demasiada admiración por él. Ocurrió en la
época en que no siempre mataba por dinero. Traicionó a quien le había
contratado y se lo confesó a Fidel. Fingieron una emboscada y se corrió la voz
de que el famoso Khamel había sido abatido a balazos en la calles de La Habana.
Nunca
volvería a viajar en vuelos comerciales. Las fotografías de París eran una
vergüenza para un profesional de su talla. Empezaba a perder el toque, se
volvía descuidado en el crepúsculo de su carrera. Su fotografía había
aparecido en primera
plana en Norteamérica.
Menuda vergüenza. Su
cliente no estaba satisfecho.
El
barco era una goleta de trece metros, con dos tripulantes y una mujer joven,
todos cubanos. Ella estaba en el camarote. Khamel había terminado con ella,
pocos minutos antes de avistar las luces de Biloxi. Ahora estaba plenamente
concentrado en su trabajo y, sin decir palabra, inspeccionó la balsa y preparó
la bolsa. Los tripulantes estaban agachados en cubierta, sin cruzarse en su
camino.
A
las nueve en punto, echaron la balsa al agua. Él arrojó su bolsa y se alejó.
Oyeron el ronroneo del motor cuando se perdía en la oscuridad. Debían
permanecer anclados hasta el alba, levar anclas y regresar a La Habana.
Llevaban todos los papeles en regla como norteamericanos, por si alguien les
descubría y empezaba a formular preguntas.
que
otra pequeña embarcación. Llevaba también todos los documentos en regla y tres
armas en la bolsa.
Hacía
muchos años que no actuaba dos veces en un mismo mes. Después de haber sido
supuestamente abatido a balazos en Cuba, había pasado cinco años sin trabajar.
Era sumamente paciente. De promedio hacía un trabajo por año.
Y
esa víctima actual pasaría inadvertida. Nadie sospecharía de él. Era una
trabajo insignificante, pero su cliente había insistido y puesto que estaba en
la zona y que el dinero era correcto, ahí estaba de nuevo en una balsa de goma
de dos metros, acercándose lentamente a una playa, con la esperanza de que su
amigo Luke en esta ocasión se hubiera vestido de pescador y no de agricultor.
Ésta
sería la última vez en mucho tiempo, tal vez la definitiva. Tenía más dinero
del que podía llegar a gastar o regalar. Y había empezado a cometer pequeños
errores.
A lo
lejos vio el embarcadero y se alejó del mismo. Tenía treinta minutos que
perder. Navegó un cuarto de milla paralelo a la costa, antes de dirigirse a la
orilla. A doscientos metros de la orilla paró el motor, lo levantó y lo dejó
caer al agua. Agachado en la balsa y con remo de plástico, se acercó suavemente
a una zona oscura, tras unos sencillos edificios de ladrillo a diez metros de
la orilla. De pie en cuatro palmos de agua, pinchó y rasgó la balsa con un
cortaplumas. Se hundió y desapareció. La playa estaba desierta.
Luke
estaba solo al fondo del embarcadero. Eran exactamente las once, y estaba en el
lugar convenido con una caña y un carrete. Llevaba una gorra blanca y la visera
se movía de un lado para otro, conforme escudriñaba el agua en busca de la
balsa. Consultó su reloj.
De
pronto junto a él vio a un hombre, aparecido de la nada como un ángel.
–¿Luke?
–preguntó el recién llegado.
Aquello
no era lo convenido. Luke estaba desconcertado.
Tenía
una pistola en la cesta, a sus pies, pero no tenía forma de hacerse con ella.
–¿Sam?
–preguntó.
Tal
vez le había pasado algo por alto. Quizá Khamel no había visto el embarcadero
desde la balsa.
–Sí,
Luke, soy yo. Lamento la desviación. He tenido problemas con la balsa. Luke se
tranquilizó y dio un suspiro de alivio.
–¿Dónde
está el vehículo? –preguntó Khamel.
Luke
le echó una ligera ojeada. Sí, era Khamel, y contemplaba el océano con gafas
oscuras.
–Es
el Pontiac rojo, junto a la bodega –respondió, mientras movía la cabeza en
dirección a un edificio.
–¿A
qué distancia estamos de Nueva Orleans?
–Media
hora –respondió Luke, al tiempo que recogía el hilo.
Khamel
retrocedió y le golpeó dos veces en la nuca. Una con cada mano. Las vértebras
se fracturaron y cortaron la médula espinal. Luke se desplomó con un solo
quejido. Khamel le vio morir, cogió las llaves de su bolsillo y empujó el
cadáver al agua.
Edwin
Sneller, o comoquiera que se llamara, no abrió la puerta; se limitó a pasar una
llave por debajo de la misma. Khamel la cogió y abrió la puerta de la
habitación contigua. Entró, se acercó rápidamente a la cama donde depositó su
bolsa, y a continuación se dirigió a la ventana, cuyas cortinas estaban
abiertas y a través de la cual se divisaba el río en la lejanía. Cerró
parcialmente las cortinas y contempló las luces del barrio francés a sus pies.
Se
acercó al teléfono y marcó el número de Sneller.
–Hábleme
de ella –dijo suavemente Khamel, sin levantar la vista del suelo.
–Hay
dos fotografías en el maletín. Khamel lo abrió y sacó las fotos.
–Ya
las tengo.
–Están
numeradas uno y dos. Hemos obtenido la número uno del anuario de la facultad de
derecho. Tiene aproximadamente un año y es la más reciente que tenemos. Es una
ampliación de una fotografía muy pequeña y, por consiguiente, ha perdido
bastante detalle. La otra tiene dos años. La hemos sacado de un anuario de la
estatal de Arizona.
–Es
una mujer encantadora –dijo Khamel, mientras las admiraba.
–Sí.
Muy hermosa. Aunque esa bonita cabellera ahora ha desaparecido. El jueves por
la noche pagó en un hotel con una tarjeta de crédito. Se nos escapó por los
pelos el viernes por la mañana. Encontramos algunos
cabello.
Muy negro.
–Qué
pena.
–No
la hemos visto desde el miércoles por la noche. Ha resultado muy escurridiza:
tarjeta de crédito para pagar el hotel el miércoles, tarjeta de crédito en otro
hotel el jueves, y luego nada desde anoche. Retiró cinco mil al contado de su
cuenta el viernes por la tarde, y ahora se ha enfriado la pista.
–Puede
que se haya marchado.
–Podría
ser, pero no lo creo. Alguien estuvo en su piso anoche. Hemos instalado
micrófonos en el mismo y llegamos con dos minutos de retraso.
–Parece
que actúan con cierta lentitud.
–Es
una gran ciudad. Hemos vigilado el aeropuerto y las estaciones de ferrocarril.
Vigilamos la casa de su madre en Idaho. Ni rastro de ella. Creo que sigue aquí.
–¿Dónde
podría estar?
–Moviéndose
continuamente, cambiando de hotel, utilizando cabinas telefónicas, alejada de
los lugares habituales. La policía de Nueva Orleans la busca. Hablaron con ella
el miércoles después de la explosión y luego la perdieron. Nosotros la
buscamos, ellos la buscan, aparecerá.
–¿Qué
ocurrió con la bomba?
–Muy
sencillo. No se subió al coche.
–¿Quién
fabricó la bomba?
–No
puedo decírselo –titubeó Sneller.
A
Khamel se le esbozó una ligera sonrisa en el rostro, cuando sacaba unos planos
del maletín.
–Hábleme
de los planos.
–No
son más que algunos puntos de interés en la ciudad. Su casa, la de su amante,
la facultad de Derecho, los hoteles en los
que se ha hospedado, el lugar donde estalló la bomba, y algunos pequeños bares
que acostumbra a frecuentar.
–Ha
permanecido hasta ahora en el barrio francés.
–Es
una chica lista. Hay un millón de lugares donde esconderse.
Khamel
cogió la fotografía más reciente y se sentó en la otra cama. Le gustaba el
rostro. Incluso con el cabello corto y negro sería interesante. Podía matarla,
pero no sería agradable.
–Es
una pena, ¿no le parece? –dijo, hablando casi consigo mismo.
–Sí.
Lo es. VEINTIUNO
Gavin
Verheek se sentía viejo y cansado al llegar a Nueva Orleans, y después de dos
días deambulando por los bares estaba débil y agotado. Había entrado en el
primer bar poco después del funeral, para hablar durante más de siete horas con
jóvenes enérgicos e inquietos de agravios, contratos, Wall Street y otros temas
odiosos, sin dejar de tomar cerveza. Sabía que no debía revelarles a
desconocidos que pertenecía al FBI. No era agente del FBI. No tenía placa.
Estuvo
en cinco o seis bares el sábado por la noche. Tulane perdió una vez más y
después del partido los bares se llenaron de forofos. La situación se hizo
desesperante y se retiró a medianoche.
Dormía
profundamente con los zapatos puestos cuando sonó el teléfono. Se incorporó de
un brinco y levantó el auricular.
–¡Diga!
¡Diga!
–¿Gavin?
–preguntó una voz femenina.
–¡Darby!
¿Eres tú?
–¿Quién
si no?
–¿Por
qué no me has llamado antes?
–Por
favor, no empieces a formularme un montón de preguntas estúpidas. Estoy en una
cabina, de modo que ninguna jugarreta.
–Por
favor, Darby. Te juro que puedes confiar en mí.
–De
acuerdo, confío en ti. ¿Y ahora qué?
Consultó
su reloj y empezó a desabrocharse los cordones de los zapatos.
–Dímelo
tú. ¿Ahora qué? ¿Cuánto tiempo piensas permanecer oculta en Nueva Orleans?
–¿Cómo
sabes que estoy en Nueva Orleans? Gavin hizo una pausa momentánea.
–Estoy
en Nueva Orleans –prosiguió Darby–. Supongo que pretendes que me reúna contigo,
trabemos amistad, me ponga en vuestras manos como tú sueles decir y confíe en
que me protejáis el resto de la vida.
–Exacto.
Habrás muerto en unos días si no lo haces.
–Veo
que vas directo al grano.
–Efectivamente.
Estás jugando y no sabes lo que haces.
–¿Quién
me persigue, Gavin?
–Podrían
ser distintas personas.
–¿Quiénes
son?
–No
lo sé.
–Ahora
eres tú quien juega, Gavin. ¿Cómo puedo confiar en ti, si no me hablas con
sinceridad?
–De
acuerdo. Creo que podemos afirmar que tu pequeño informe metió el dedo en la
llaga de alguien. Estabas en lo cierto, ha llegado a oídos de la gente errónea
y ahora Thomas está muerto. Y a ti te matarán cuando te encuentren.
–Sabemos
quién mató a Rosenberg y Jensen, ¿no es cierto, Gavin?
–Creo
que sí.
–¿Entonces
por qué no hace algo el FBI?
–Puede
que se trate de una tapadera.
–Bendito
seas por admitirlo. Bendito seas.
–Podría
perder el empleo.
–¿A
quién podría contárselo, Gavin? ¿Quién esconde qué?
–No
estoy seguro. El informe había despertado mucho interés en nuestra
organización, hasta que se recibieron fuertes presiones de la Casa Blanca y
ahora lo hemos descartado.
–Creo
que lo comprendo. ¿Qué les hace suponer que si me matan no se divulgará?
–No
lo sé. Quizá creen que tienes más información.
–¿Puedo
decirte algo? Momento después de la explosión, cuando Thomas estaba en el coche
incendiado y yo semiconsciente, un policía llamado Rupert me llevó a su coche y
me hizo subir al mismo. Otro policía con botas de vaquero y tejanos empezó a
formularme preguntas. Yo me sentía indispuesta y trastornada. Entonces Rupert y
su vaquero desaparecieron, y no regresaron. No eran policías, Gavin.
Contemplaron la explosión y pasaron al plan B al darse cuenta de que no estaba
en el coche. Yo no lo sabía, pero probablemente estaba a un minuto o dos de
acabar con una bala en la cabeza.
–¿Qué
ocurrió con esos individuos? –preguntó Verheek, que escuchaba con los ojos
cerrados.
–No
estoy segura. Creo que se asustaron cuando los verdaderos policías ocuparon la
zona. Se esfumaron. Yo estaba en su coche, Gavin. Me habían cogido.
–Debes
entregarte, Darby. Escúchame.
–¿Recuerdas
nuestra conversación telefónica el jueves por la mañana, cuando de pronto vi
una cara que me resultó familiar y te la describí?
–Por
supuesto.
–Ayer
estaba en el funeral, acompañado de unos amigos.
–¿Dónde
estabas tú?
–Observando.
Entró en la iglesia un poco tarde, se quedó diez minutos y luego salió para
reunirse con
Tocón.
–¿Tocón?
–Sí,
es uno de los de la banda. Tocón, Rupert, el Vaquero y el Delgado. Grandes
personajes. Estoy segura de que hay otros, pero todavía no los he conocido.
–El
próximo encuentro será el último, Darby. Te quedan unas cuarenta y ocho horas
de vida.
–Ya
lo veremos. ¿Cuánto tiempo piensas permanecer en la ciudad?
–Unos
días. Mi propósito era el de quedarme hasta que te encontrara.
–Aquí
estoy. Puede que te llame mañana.
–De
acuerdo, Darby. Lo que tú digas. Pero, cuídate. Darby colgó. Gavin arrojó el
teléfono y echó una maldición.
A
dos manzanas de distancia y quince pisos de altura, Khamel miraba la televisión
y hablaba en voz baja consigo mismo. Se trataba de una película sobre gente en
una gran ciudad. Hablaban inglés, tercer idioma de Khamel, y repetía todo lo
que decían en el mejor acento norteamericano. Lo practicaba durante muchas
horas. Había asimilado el idioma cuando estaba oculto en Belfast, y en los
últimos veinte años había visto millares de películas norteamericanas. Su
película predilecta era Los tres días del Cóndor. La había visto cuatro veces,
antes de dilucidar quién mataba a quién y por qué. Él podía haber matado a
Robert Redford.
Repetía
palabra por palabra en voz alta. Le habían dicho que su inglés podía pasar por
el de un norteamericano, pero un simple error, un pequeño error, bastaría para
que ella desapareciera.
El
Volvo estaba aparcado a una manzana y media de su dueño, en un aparcamiento por
el que pagaba cien dólares mensuales por su supuesta seguridad. Entraron por el
portalón que se suponía cerrado con llave.
Era
un GL de 1986 sin sistema de seguridad y, en pocos segundos, la puerta del
conductor estaba abierta. Uno de ellos se sentó sobre el maletero y encendió un
cigarrillo. Eran casi las cuatro de la madrugada del domingo.
Su
compañero abrió una pequeña caja de herramientas que llevaba en el bolsillo y
empezó a trabajar en el teléfono de ejecutivo, que a Grantham le había
avergonzado comprar. Le bastaba con la luz interior del vehículo y se puso a
trabajar con rapidez. Era fácil. Abierto el auricular, instaló un diminuto
transmisor y lo pegó con cola. Al cabo de un minuto se apeó del coche y se
agachó junto al parachoques trasero. El del cigarrillo le entregó un pequeño
cubo negro, que colocó bajo el coche detrás del depósito de combustible. Era un
transmisor magnetizado, que transmitiría señales durante seis días, antes de
agotarse y hubiera que reemplazarlo.
Se
retiraron antes de transcurridos siete minutos. El lunes, en el momento en que
le vieran entrar en el edificio del Post en la calle Quince, penetrarían en su
piso y trampearían sus teléfonos.
VEINTIDÓS
Su
segunda noche en la pensión fue mejor que la primera. Durmió hasta media
mañana. Tal vez se había acostumbrado. Contempló las cortinas de la diminuta
ventana y decidió que no había tenido ninguna pesadilla, no había habido ningún
movimiento en la oscuridad con pistolas ni puñales dispuestos a atacarla. Había
dormido como un tronco y, durante mucho rato, observó las cortinas mientras
despertaba su cerebro.
Intentó
ordenar sus pensamientos. Éste era su cuarto día como Pelícano y si deseaba ver
el quinto, tendría que pensar como un meticuloso asesino. Era el cuarto día del
resto de su vida. Se suponía que debía estar muerta.
Pero
después de abrir los ojos y percatarse de que estaba viva y a salvo, de que la
puerta no crujía ni rechinaba el suelo, y de que no había ningún pistolero al
acecho en el armario, lo primero en lo que siempre pensaba era Thomas. Empezaba
a pasarle el susto de su muerte, y tanto el ruido de la explosión como el
rugido de las llamas estaban cada vez más lejanos en su mente. Sabía que la
bomba le había hecho pedazos y que su muerte había sido instantánea. Sabía que
no había sufrido.
Por
consiguiente pensaba en otras cosas, como el contacto de su cuerpo, sus
susurros y caricias en la cama después de hacer el amor, cuando quería
abrazarla. Le gustaban las caricias, e insistía en jugar, besar y mimar después
del sexo. Y reírse. La amaba locamente, se había enamorado como un adolescente,
y por primera vez en su vida podía actuar cándidamente con una mujer. Muchas
veces en clase había pensado en sus susurros y caricias, y había tenido que
morderse el labio para no sonreírse.
Ella
también le quería. Y estaba profundamente apenada. Le apetecía quedarse en cama
llorando una semana. Al día siguiente del funeral de su padre, un psiquiatra le
había explicado que el alma necesita un período breve pero muy intenso de
aflicción, antes de pasar a una nueva fase. Pero debía experimentar el dolor,
sufrir sin restricciones para poder realmente avanzar. Siguió su consejo y,
después de dos semanas de profunda aflicción, se hartó y pasó a la próxima
etapa. Funcionó.
Pero
no funcionaba en el caso de Thomas. No podía llorar ni desahogarse como le
apetecía. Rupert, el
Delgado
y el resto de los muchachos se lo impedían.
Después
de pensar en Thomas unos minutos, ellos eran quienes ocupaban su mente. ¿Dónde
estarían hoy?
¿Dónde
podría ir sin ser vista? ¿Le convenía trasladarse a otro lugar, después de dos
noches en la misma habitación? Sí, lo haría. Al oscurecer. Llamaría para
reservar una habitación en otra pequeña pensión. ¿Dónde se
hospedaban
los muchachos? ¿Circulaban por las calles con la esperanza de tropezarse con
ella? ¿Sabían dónde se encontraba ahora? No. Estaría muerta. ¿Sabían que ahora
era rubia?
El
cabello hizo que se levantara. Se acercó a la mesa y se miró al espejo situado
sobre la misma. Ahora era todavía más corto y muy blanco. No estaba mal. Anoche
le había dedicado tres horas. Si vivía una semana más, posiblemente sería
calva.
Sintió
un pinchazo en el estómago y, momentáneamente, tuvo hambre. No comía y tendría
que empezar a hacerlo. Eran casi las diez. Curiosamente, en aquella pensión no
se servía desayuno los domingos por la mañana. Se aventuraría a salir a la
calle en busca de comida y de un Post dominical, y al mismo tiempo comprobaría
si eran capaces de reconocerla, ahora que se había convertido en una rubia
hombruna.
Se
duchó velozmente y tardó menos de un minuto en lavarse el pelo. Nada de
maquillaje. Se puso un nuevo pantalón militar, una chaqueta nueva de piloto y
estaba lista para entrar en batalla. Unas gafas oscuras de aviador le cubrían
los ojos.
A
pesar de que había salido varias veces, nunca lo había hecho por la puerta
principal. Se escabullía a través de una oscura cocina, abría la puerta
posterior y salía a un callejón detrás de la posada. Hacía el suficiente frío
para usar chaqueta sin llamar la atención. Vaya bobada, pensó. En el barrio
francés podría vestir con una piel de oso sin alarmar a nadie. Avanzó
rápidamente por el callejón, con las manos hundidas en los bolsillos del
pantalón y los ojos atentos tras sus gafas oscuras.
La
vio al subirse a la acera junto a Burgúndy Street. El cabello bajo la gorra era
distinto, pero seguía midiendo ineludiblemente metro setenta y dos. Sus piernas
eran largas, tenía cierto modo de caminar y, después de cuatro días, era capaz
de reconocerla entre la muchedumbre independientemente de su rostro y su
cabello. Las botas de vaquero, puntiagudas y de piel de serpiente, empezaron a
seguirla.
Era
una chica inteligente, que no dejaba de doblar esquinas, cambiar de calle a
cada manzana y caminar de prisa sin exagerar. Calculó que se dirigía a Jackson
Square, donde se reunía mucha gente los domingos, entre la que creía poder
desaparecer. Se mezclaría con los turistas y residentes locales para dar un
paseo, tal vez comer algo, disfrutar del sol y comprar un periódico.
Darby
encendió tranquilamente un cigarrillo y dio unas caladas sin dejar de caminar.
No podía tragarse el humo. Lo había probado tres días antes y se había mareado.
Era una costumbre muy desagradable. Menuda paradoja si ahora lograra sobrevivir
para morir más adelante de cáncer pulmonar. Ojalá lograra morir de cáncer.
Estaba
sentado en la terraza de un abarrotado café en la esquina de Saint Peter y
Chartres, a menos de tres metros cuando ella le vio. Al cabo de una fracción de
segundo, él la vio a ella, y tal vez habría pasado inadvertida, de no haber
sido porque titubeó momentáneamente al verle. Con toda probabilidad él se
habría limitado a sospechar, a no ser por la incertidumbre y curiosidad de su
mirada que la delató. Siguió caminando, pero a un ritmo más acelerado.
Se
trataba de Tocón. Se había levantado y caminaba entre las mesas, cuando le vio
por última vez. A ras de suelo, no tenía nada de rechoncho. Parecía ágil y
musculoso. Le perdió momentáneamente en Chartres, cuando se agachó por debajo
de los arcos de la catedral de Saint Louis. La iglesia estaba abierta y pensó
que tal vez le convendría entrar en la misma, como si se tratara de un
santuario donde no la mataría. Pero estaba convencida de que lo haría allí, en
la calle, o entre la gente. La liquidaría donde la alcanzara. Volvía a seguirla
y Darby quería saber con qué rapidez se le acercaba. ¿Se limitaba a caminar de
prisa y disimular? ¿Había echado a correr? ¿O avanzaba velozmente
por los callejones,
con el propósito
de echársele encima
cuando la viera?
Siguió avanzando.
Dobló
a la izquierda en Saint Ann, cruzó la calle, y había llegado casi a Royal
cuando volvió fugazmente la cabeza. La seguía. Estaba al otro lado de la calle,
pero sin duda tras ella.
El
hecho de volver nerviosamente la cabeza acabó de delatarla. Fue un signo
inequívoco y él echó a correr. Darby decidió que intentaría llegar a Bourbon
Street. Faltaban cuatro horas para el comienzo del partido y
los
forofos de los Saints habían salido en masa a celebrarlo antes del
acontecimiento, porque no tendrían de qué
alegrarse
cuando hubiera terminado. Entró en Royal y corrió unos pasos, antes de volver a
caminar a paso ligero. Él entró en Royal al trote, preparado para echar a
correr en cualquier momento. Darby se dirigió al centro de la calle, por donde
circulaba un grupo de forofos para pasar el tiempo. Estaba cerca de Bourbon y
había gente por todas partes.
Ahora
podía incluso oírle. De nada servía volver la cabeza. Estaba ahí, corriendo,
cada vez más cerca. Cuando llegó a Bourbon, el señor Tocón estaba dieciséis
metros a su espalda y la carrera había terminado. Vio a sus ángeles
protectores, cuando salían dando voces de un bar. Tres jóvenes robustos y con
exceso de peso, que
la
calle cuando Darby se les acercó.
–¡Socorro! –chilló
histérica, al tiempo
que señalaba a
Tocón–. ¡Socorro! ¡Este
hombre me persigue!
¡Pretende
violarme!
No
es que el sexo en las calles de Nueva Orleans tuviera nada de extraordinario,
pero no iban a permitir que alguien abusara de esa chica.
–¡Por
favor, ayudadme! –suplicó.
De
pronto se hizo un silencio en la calle. Todo el mundo quedó paralizado,
incluido Tocón, que se detuvo unos instantes antes de volver a avanzar. Los
tres Saints se le pusieron delante, con los brazos cruzados y fuego en la
mirada. Sólo duró unos segundos. Tocón usó ambas manos al mismo tiempo, con la
derecha golpeó al primero en la garganta y con la izquierda al segundo en la
boca. Ambos gimieron y se desplomaron. El tercero no estaba dispuesto a echar a
correr. Sus compañeros estaban lastimados y eso le molestó. Habría sido pan
comido para Tocón, pero el primero se había desplomado sobre su pie derecho y
eso le hizo perder el equilibrio. Cuando daba un tirón para retirar el pie, el
señor Benjamín Chop de Thibodaux, Louisiana, el número tres, le propinó una
soberana patada en la entrepierna y Tocón pasó a la historia. Cuando Darby se
perdía entre la muchedumbre, le oyó que chillaba de dolor.
Mientras
caía, el señor Chop le dio un puntapié en las costillas. El número dos, con la
cara ensangrentada, cargó ferozmente contra Tocón y empezó la carnicería. Se
retorcía, con las manos protegía sus doloridos testículos, mientras le pateaban
y maldecían, hasta que alguien chilló:
–¡Policía!
Esto
le salvó la vida. Entre el señor Chop y el número dos ayudaron al número uno a
levantarse, y se les vio por última vez cuando entraban en un bar. Tocón logró
levantarse y se tambaleó como un perro que hubiera sobrevivido después de
chocar contra un enorme camión, decidido a morir en casa.
Darby
se ocultó en un rincón oscuro de un bar de Decatur, donde tomó un café seguido
de una cerveza, luego otro café y a continuación otra cerveza. Le temblaban las
manos y tenía un nudo en el estómago. La comida olía de maravilla, pero era
incapaz de tragar un bocado. Después de tres horas y tres cervezas, pidió un
plato de gambas al vapor y una botella de agua mineral.
El
alcohol la había tranquilizado y las gambas la dejaron como nueva. Puesto que
creía sentirse a salvo donde estaba, por qué no mirar el partido y quedarse,
tal vez, hasta que cerraran.
El
bar estaba lleno cuando salieron los jugadores al campo. Los clientes
contemplaban la pantalla gigante situada por encima de la barra y se
emborrachaban. Darby se había convertido ahora en una entusiasta de los
Saints. Esperaba que
sus tres compañeros estuvieran
bien y disfrutaran del partido.. El público silbaba y maldecía a los
Redskins.
Darby
se quedó en su pequeño rincón hasta mucho después de terminado el partido, y se
deslizó en la oscuridad de la noche.
En
algún momento del cuarto tiempo, cuando los Saints perdían por cuatro goles,
Edwin Sneller colgó el teléfono y apagó la televisión. Estiró las piernas,
levantó de nuevo el teléfono y llamó a Khamel a la habitación contigua.
–Fíjese
en mi inglés –dijo el asesino–. Dígame si detecta algún acento.
–De
acuerdo. Está aquí –respondió Sneller–. Uno de nuestros hombres la ha visto
esta mañana en Jackson
Square.
Después de seguirla tres manzanas, la ha perdido.
–¿Cómo
la ha perdido?
–No
importa, ¿no le parece? Se ha escabullido, pero está aquí. Su cabello es muy
corto y casi blanco.
–¿Blanco?
Sneller
odiaba repetirse, especialmente con ese mestizo.
–Ha
dicho que no era rubio sino blanco, y que vestía pantalón verde de combate y
una chaqueta de piloto color castaño. De algún modo le reconoció y se dio a la
fuga.
–¿Cómo
podía reconocerle? ¿Le había visto antes?
Qué
estupidez de preguntas. Era difícil creer que se le considerara un superhombre.
–No
puedo responderle.
–¿Qué
le parece mi inglés?
–Perfecto.
Hay una pequeña tarjeta bajo su puerta. Debe verla.
nuevo
el teléfono.
–¿Quién
es ése?
–Se llama
Verheek. Norteamericano de
origen holandés. Trabaja
para el FBI
en Washington. Evidentemente era
amigo de Callahan. Se licenciaron juntos en Georgetown y Verheek participó
oficialmente en el luto ayer en el funeral. Anoche estaba en un bar cerca del
campus y formulaba preguntas sobre la chica. Hace un par de horas, uno de
nuestros hombres que suplantaba a un agente del FBI, estaba en el mismo bar y
ha entablado una conversación con el barman, que ha resultado ser un estudiante
de Derecho que conoce a la chica. Después de mirar juntos el partido y charlar
un rato, el joven le ha mostrado la tarjeta. Mire el reverso de la misma. Está
en la habitación diecinueve cero nueve del Hilton.
–Eso
está a cinco minutos andando –dijo, con los planos abiertos sobre una de las
camas.
–Efectivamente.
Hemos hecho unas cuantas llamadas a Washington. No es agente, sino sólo
abogado. Conocía a Callahan y puede que conozca a la chica. Es evidente que
intenta encontrarla.
–Ella
hablaría con él, ¿no es cierto?
–Probablemente.
–¿Qué
le parece mi inglés?
–Perfecto.
Khamel
esperó una hora y abandonó el hotel. Con chaqueta y corbata, pasaba totalmente
desapercibido a la hora del crepúsculo, al pasear por Canal en dirección al
río. Llevaba consigo una gran bolsa deportiva, fumaba un cigarrillo, y al cabo
de cinco minutos entraba en el vestíbulo del Hilton. Se abrió paso entre el
grupo de entusiastas que regresaba del estadio. El ascensor paró en el vigésimo
piso y descendió por la escalera hasta el decimonoveno.
No
obtuvo respuesta alguna en la habitación diecinueve cero nueve. De haberse
abierto la puerta con la cadena trabada, habría pedido disculpas por haberse
equivocado de habitación. Si lo hubiera hecho sin la cadena y con un rostro en
la rendija, le habría dado un decidido puntapié y habría entrado en la
habitación. Pero no se abrió.
Su nuevo
amigo Verheek estaba
probablemente en algún
bar, distribuyendo tarjetas
de visita y suplicándoles a los jóvenes que le hablaran
de Darby Shaw. Menudo imbécil.
Llamó
de nuevo y, mientras lo hacía, introdujo una regla de plástico de quince
centímetros entre la puerta y el marco, y la movió hasta que se abrió el
pestillo. Los cerrojos no eran más que un pequeño inconveniente para Khamel.
Sin llave, era capaz de abrir un coche cerrado y arrancar el motor en menos de
treinta segundos.
Desde
el interior, volvió a correr el pestillo y dejó la bolsa sobre la cama. Al
igual que un cirujano, se sacó unos guantes del bolsillo y se los puso
cuidadosamente. Dejó una pistola del calibre veintidós y un silenciador sobre
la mesa.
Tardó
sólo un momento en manipular el teléfono. Entonces conectó el magnetófono en un
enchufe situado bajo la cama, donde podría permanecer varias semanas sin que
nadie lo viera. Llamó dos veces al servicio meteorológico para probarlo.
Perfecto.
Su
nuevo amigo Verheek era descuidado. La mayoría de sus prendas estaban sucias,
esparcidas por la habitación; simplemente arrojadas en dirección a la maleta,
situada sobre una mesa. No se había molestado en guardarlas. Una bolsa barata
colgaba del armario, con una sola camisa.
Khamel
borró sus huellas y se instaló en el armario. Era un hombre paciente y
esperaría varias horas. Tenía la pistola en la mano, por si a ese imbécil se le
ocurría abrir el armario y se veía obligado a matarlo a balazos. De lo
contrario, se limitaría a escuchar.
VEINTITRÉS
Gávin
optó por abandonar los bares el domingo. No sacaba nada en limpio. Qué diablos,
ella le había llamado y era evidente que no circulaba por esos lugares. Por
otra parte, bebía demasiado, comía demasiado y estaba harto de Nueva Orleans.
Había reservado ya un vuelo para el lunes por la tarde y, aunque no volviera a
llamarle, estaba harto de jugar a detectives.
No
era capaz de encontrarla y no era culpa suya. Incluso los taxistas se perdían
en esa ciudad. A las doce del mediodía, Voyles pondría el grito en el cielo.
Había hecho cuanto estaba en su mano.
Se
tumbó sobre la cama en calzoncillos, con una revista en las manos y haciendo
caso omiso de la televisión. Eran casi las once. Esperaría hasta las doce y
luego procuraría dormir.
Sonó
exactamente a las once. Pulsó un botón y apagó el televisor con el mando a
distancia.
–Diga.
–Soy
yo, Gavin. Era ella.
–De
modo que sigues viva.
–Por
los pelos.
–¿Qué
ha ocurrido? –preguntó, sentado al borde de la cama.
–Hoy
me han visto y uno de sus esbirros, mi amigo Tocón, me ha perseguido por el
barrio francés. Tú no le conoces, pero es el que os vigilaba, a ti y a todos
los demás, cuando entrabais en la iglesia.
–Pero
has logrado escapar.
–Casi
por milagro, pero lo he conseguido.
–¿Qué
le ha ocurrido a Tocón?
–Está
gravemente herido. Probablemente está en cama, con una bolsa de hielo en los
calzoncillos. Estaba a pocos pasos de mí, cuando le dio por pelearse con unos
individuos de muy malas pulgas. Tengo miedo, Gavin.
–¿Te
siguió desde algún lugar?
–No.
Se puede decir que nos cruzamos por la calle.
Verheek
hizo una pausa momentánea. A Darby le temblaba la voz, aunque todavía la
controlaba. Empezaba a perder la serenidad.
–Escúchame,
Darby, he reservado plaza en un vuelo para marcharme de aquí mañana por la
tarde. Tengo trabajo y mi jefe quiere que regrese a la oficina. De modo que no
puedo quedarme un mes entero en Nueva Orleans, con la esperanza de que no te
maten, que recuperes el sentido común y decidas confiar en mí. Me marcho mañana
y creo que te conviene venir conmigo.
–¿Dónde?
–A
Washington. A mi casa. A cualquier lugar alejado de donde estás ahora.
–¿Qué
ocurrirá entonces?
–Para
empezar, conservarás la vida. Se lo suplicaré al director y te prometo que
estarás a salvo. Maldita sea, algo haremos. Cualquier cosa es mejor que esto.
–¿Qué
te hace suponer que podremos salir de aquí tranquilamente en un avión?
–Porque
te escoltarán tres agentes del FBI. Porque no estoy completamente tarado.
Escúchame, Darby, dime dónde quieres que nos reunamos ahora mismo y en menos de
quince minutos vendré a recogerte con tres agentes. Esos muchachos van armados
y no le temen a tu pequeño Tocón, ni a sus amigos. Te sacaremos de la ciudad
esta noche y te llevaremos a Washington mañana. Te prometo que mañana mismo me
entrevistaré personalmente con mi jefe, el excelentísimo F. Denton Voyles, y lo
solventaremos sobre la marcha.
–Tenía
entendido que el FBI había abandonado el caso.
–Lo
ha hecho, pero puede que cambie.
–¿Entonces
de dónde van a salir los tres agentes?
–Tengo
amigos.
Reflexionó
unos instantes y de pronto su voz cobró vigor.
–Detrás
de tu hotel hay un lugar llamado Riverwalk. Son unas galerías con tiendas,
restaurantes y...
–Esta
tarde he pasado allí un par de horas.
–Perfecto.
En la segunda planta hay una tienda de confección llamada Frenchmen's Bend.
–La
he visto.
–A
las doce en punto del mediodía de mañana, quiero que estés junto a la puerta y
esperes cinco minutos.
–Por
Dios, Darby. Mañana al mediodía puedes estar muerta. Ya basta de jugar al gato
y el ratón.
–Haz
lo que te digo, Gavin. Puesto que nunca nos hemos visto, no sé qué aspecto
tienes. Ponte una camisa negra y una gorra roja de béisbol.
–¿Dónde
voy a encontrar semejantes prendas?
–Búscalas.
–De
acuerdo, de acuerdo, las encontraré. Supongo que querrás que me hurgue la nariz
con una pala, o algo por el estilo. Esto es absurdo.
–No
estoy de humor para bromas y si no te callas lo olvidamos todo.
–Es
tu cabeza la que está en juego.
–Por
favor, Gavin.
–Lo
siento. Seguiré tus instrucciones. Has elegido un lugar muy transitado.
–Sí,
lo sé. Me siento más segura entre la gente. Quédate junto a la puerta unos
cinco minutos, con un periódico doblado bajo el brazo. Te estaré observando. Al
cabo de cinco minutos, entra en la tienda y dirígete al fondo a la derecha,
donde verás una estantería de cazadoras. Dedícate a mirarlas un poco y yo te
encontraré.
–¿Cómo
irás vestida?
–No
te preocupes por mí.
–De
acuerdo. ¿Entonces qué haremos?
–Tú
y yo, y sólo tú y yo, saldremos de la ciudad. No quiero que nadie más lo sepa.
¿Comprendes?
–No,
no lo comprendo. Puedo tomar medidas de seguridad.
–No,
Gavin. Las decisiones las tomo yo, ¿de acuerdo? Nadie más. Olvida a tus tres
agentes con los que tienes amistad. ¿Me lo prometes?
–Prometido.
¿Cómo propones que salgamos de la ciudad?
–Tengo
un plan.
–No
me gustan tus planes, Darby. Esos malvados te siguen de cerca y ahora me metes
también a mí en el atolladero. Eso no es lo que me proponía. Es mucho más
seguro hacerlo a mi estilo. Tanto para ti como para mí.
–Pero
estarás allí a las doce, ¿no es cierto?
–Sí,
allí estaré –respondió con los ojos cerrados, después de levantarse de la
cama–. Espero que tú también.
–¿Cuánto
mides de altura?
–Metro
setenta y ocho.
–¿Cuánto
pesas?
–Me
lo temía. Generalmente miento. Noventa kilos, pero pienso perder peso. Te lo
juro.
–Nos
veremos mañana, Gavin.
–Eso
espero, querida.
Darby
ya se había ido, cuando Gavin colgó el teléfono.
–¡Maldita
sea! –exclamó–. ¡Maldita sea!
Cruzó
un par de veces la habitación de un lado para otro, antes de dirigirse al
cuarto de baño, cerrar la puerta y abrir el grifo de la ducha.
Sin
dejar de pensar en Darby, echó unas cuantas maldiciones mientras se duchaba y,
al cabo de diez minutos, cerró la ducha y se secó. Su peso era más bien de unos
ciento diez kilos, repartidos por su metro setenta y seis. Tenía un aspecto
lamentable. Estaba a punto de conocer a esa hermosa mujer, que de pronto ponía
su vida en sus manos, y no era más que una piltrafa humana.
Abrió
la puerta. La habitación estaba a oscuras. ¿A oscuras? Había dejado las luces
encendidas. ¿Qué diablos? Se dirigió al interruptor, situado junto a la cómoda.
El
primer golpe le aplastó la laringe. Fue un golpe perfecto procedente de un
costado, de algún lugar cerca de la pared. Emitió un doloroso quejido y cayó
sobre una rodilla, lo cual facilitó el segundo golpe, como un hachazo sobre un
grueso tronco. Cayó como una roca sobre su nuca y Gavin había fallecido.
Khamel
encendió la luz y contempló aquel lamentable cuerpo paralizado en el suelo. No
era de los que admiran su trabajo. A fin de no dañar la moqueta, lo levantó
sobre sus hombros y lo depositó en la cama. Con rapidez y sin desperdiciar
ningún movimiento, Khamel encendió la televisión, subió el volumen, abrió su
bolsa, sacó un revólver barato calibre veinticinco y lo colocó junto a la sien
derecha del difunto Gavin Verheek. Cubrió el arma y la cabeza con dos
almohadas, y apretó el gatillo. Ahora venía lo más delicado: colocó una de las
almohadas cuidadosamente bajo la cabeza del difunto, arrojó la segunda al
suelo, dobló meticulosamente los dedos de su mano derecha sobre la empuñadura
del revólver y la colocó a veinte centímetros de la cabeza.
Recogió
el magnetófono de debajo de la cama y conectó directamente el teléfono. Pulsó
un botón, escuchó y ahí estaba. Apagó el televisor.
Todos
los trabajos eran distintos. En una ocasión había acechado a su víctima tres
semanas en Ciudad de México y finalmente la había atrapado en la cama, con dos
prostitutas. Había cometido un error estúpido y, a lo largo de su carrera, se
había aprovechado varias veces de las equivocaciones de sus enemigos. Ese
individuo era un error estúpido. Un abogado imbécil que hablaba demasiado y por
todas partes dejaba tarjetas con el número de su habitación. Se había asomado
al mundo de los asesinos de primera división y ahí estaba ahora.
Con
un poco de suerte, la policía echaría un breve vistazo a la habitación y
decidiría que se trataba de un suicidio. De acuerdo con sus normas, se
formularían un par de preguntas que no podrían responder, pero que siempre se
hacían. Por tratarse de un abogado importante del FBI, en un día o dos se le
practicaría una autopsia y, probablemente el martes, alguien descubriría que no
se trataba de un suicidio.
El
martes la chica estaría muerta y él se encontraría en Managua. VEINTICUATRO
Sus
habituales fuentes oficiales en la Casa Blanca negaron todo conocimiento del
informe pelícano. Sarge nunca había oído hablar del mismo. Algunas llamadas
tentativas al FBI fueron también infructuosas. Un amigo del Departamento de
Justicia negó haber oído algo al respecto. Después de un fin de semana de
investigación, no había descubierto nada. Comprobó lo ocurrido a Callahan, con
un ejemplar del periódico de Nueva Orleans. Cuando el lunes ella le llamó a la
redacción, él no tenía nada nuevo que contarle. Pero por lo menos llamó.
Pelícano
dijo que no se molestara en localizar la llamada, porque estaba en un teléfono
público.
–Sigo
investigando. Si existe dicho informe en la ciudad, está cuidadosamente
protegido.
–No
le quepa la menor duda de que está ahí y comprendo que lo oculten.
–Estoy
seguro de que puede contarme algo más.
–Mucho
más. Ayer estuvieron a punto de matarme a causa del informe y, por
consiguiente, puede que esté dispuesta a hablar antes de lo que pensaba. Debo
aprovechar que sigo viva para desahogarme.
–¿Quién
pretende matarla?
–La
misma gente que mató a Rosenberg, Jensen y Thomas Callahan.
¿Conoce
sus nombres?
–No,
pero he visto por lo menos a cuatro de ellos desde el miércoles. Están aquí, en
Nueva Orleans, husmeando, a la espera de que cometa algún estúpido error y
puedan matarme.
–¿Cuánta
gente conoce la existencia del informe pelícano?
–Buena
pregunta. Callahan se lo entregó al FBI y creo que de allí pasó a la Casa
Blanca, donde evidentemente provocó un escándalo, y a partir de ahí quién sabe
dónde. Dos días después de entregárselo al FBI, Callahan estaba muerto. Yo, por
supuesto, debía haber muerto con él.
–¿Estaban
juntos?
–Yo
estaba cerca, pero no lo suficiente.
–¿De
modo que usted es la mujer no identificada en la escena del crimen?
–Así
es como me ha descrito el periódico.
–¿Entonces
la policía tiene su nombre?
–Me
llamo Darby Shaw. Soy estudiante de segundo curso en la facultad de Derecho de
Tulane. Thomas
Callahan
era mi profesor y mi amante. Escribí el informe, se lo entregué a él y ya
conoce el resto de la historia.
¿Toma
nota?
–Sí
–respondió, mientras escribía afanosamente–. La escucho.
–Estoy
bastante harta del barrio francés y hoy pienso marcharme. Mañana le llamaré
desde algún otro lugar.
¿Tiene
usted acceso a la documentación de la campaña presidencial?
–Esa
documentación es pública.
–Lo
sé. ¿Pero con qué rapidez puede conseguir la información?
–¿Qué
información?
–Una
lista de los principales contribuyentes a la última elección presidencial.
–Es
fácil. Puedo tenerla esta misma tarde.
–Hágalo
y le llamaré por la mañana.
–De
acuerdo. ¿Tiene una copia del informe?
–No
–titubeó–, pero está grabado en mi memoria.
–¿Y
sabe quién comete los asesinatos?
–Sí,
y tan pronto como se lo diga, le incluirán en la lista de las víctimas..
–Dígamelo
ahora.
–Tranquilícese.
Le llamaré mañana.
Grantham
escuchó atentamente, hasta que colgó el teléfono. Entonces cogió su cuaderno de
notas y zigzagueó entre un laberinto de escritorios, hasta llegar al despacho
de cristal de su redactor, Smith Keen. Keen era un individuo sano y robusto,
que insistía en que la puerta de su despacho permaneciera abierta, con lo que
garantizaba un caos permanente en el mismo. Acababa de colgar el teléfono
cuando Grantham irrumpió en el despacho y cerró la puerta.
–Deje
la puerta abierta –ordenó Keen.
–Hemos
de hablar, Smith.
–Hablaremos
con la puerta abierta. Abra esa maldita puerta.
–La
abriré dentro de un momento –respondió Grantham, al tiempo que le mostraba las
palmas de ambas manos a su redactor, para indicar la gravedad del caso–. Hemos
de hablar.
–De
acuerdo. ¿De qué se trata?
–Es
gordo, Smith.
–Ya
sé que es gordo. Ha cerrado esa maldita puerta, debe ser muy gordo.
–Acabo
de mantener mi segunda conversación telefónica con una joven llamada Darby
Shaw, que sabe quién mató a Rosenberg y Jensen.
Keen
se sentó lentamente, con la mirada fija en Grantham.
–Sí,
hijo, es gordo. ¿Pero cómo lo sabe? ¿Cómo lo sabe ella? ¿Cómo puede
demostrarlo?
–Todavía no
tengo pruebas, Smith,
pero habla conmigo.
Lea eso –dijo
Grantham, al tiempo
que le entregaba un ejemplar del
periódico donde se describía la muerte de Callaban.
Keen
lo leyó lentamente.
–Bien,
¿quién es Callahan?
–Hoy
hace una semana entregó un pequeño documento conocido como informe pelícano al
FBI, aquí en la capital. Evidentemente, el informe implica a un oscuro
personaje en los asesinatos. El informe pasó de mano en mano, luego acabó en la
Casa Blanca y de allí nadie sabe dónde. Al cabo de dos días, Callahan arrancó
su Porsche por última vez. Darby Shaw asegura ser la mujer sin identificar que
se menciona en el artículo. Estaba con Callahan y se suponía que debía morir
con él.
–¿Por
qué se suponía que debía morir?
–Ella
fue quien escribió el informe, Smith. O, por lo menos, eso afirma.
Keen
se acomodó en su sillón y colocó los pies sobre la mesa, mientras observaba la
fotografía de Callaban.
–¿Dónde
está el informe?
–No
lo sé.
–¿Qué
contiene?
–Tampoco
lo sé.
–Entonces
no tenemos nada, ¿no es cierto?
–Todavía
no. ¿Pero y si me cuenta todo el contenido del informe?
–¿Cuándo
lo hará?
–Creo
que pronto. Muy pronto –titubeó Grantham. Keen movió la cabeza y arrojó el
periódico sobre la mesa.
–Si
tuviéramos el informe, Gray, tendríamos un artículo extraordinario, pero no
podríamos publicarlo. Será preciso verificarlo escrupulosamente y con toda
suerte de detalles antes de poder hacerlo.
–¿Pero
cuento con luz verde?
–Sí,
a condición de que me mantenga permanentemente informado. No escriba una
palabra sin hablar conmigo. Grantham sonrió y abrió la puerta.
Éste
no era un trabajo de cuarenta dólares por hora. Ni siquiera de treinta, ni de
veinte. Croft sabía que tendría suerte de sacarle quince a Grantham, por esa
menudencia que era como buscar una aguja en un pajar. Si
hubiera
tenido otro trabajo, le habría dicho a Grantham que se buscara a otro, o
todavía mejor, que lo hiciera él mismo.
Pero
andaba escaso de trabajo y no estaba en condiciones de rechazar quince dólares
por hora. Acabó de fumarse un porro en el último retrete, tiró de la cadena y
abrió la puerta. Se colocó las gafas oscuras sobre las orejas y salió al
vestíbulo que conducía a la plataforma, desde donde cuatro escaleras
automáticas transportaban un millar de abogados a sus pequeños despachos, en
los que pasarían el día discutiendo y amenazando a tanto la hora. Había grabado
el rostro de García en su mente. Veía incluso en sueños la cara despierta y
atractiva de aquel muchacho, así como su esbelto cuerpo con su costoso traje.
Le reconocería si le veía.
Estaba
junto a una columna, con un periódico en las manos, procurando observar a todo
el mundo tras sus gafas oscuras. Estaba todo lleno de abogados, que subían
apresuradamente con sus afectados rostros y afectados maletines. Cuánto odiaba
a los abogados. ¿Por qué vestían todos del mismo modo? Traje oscuro. Zapatos
oscuros. Mirada lúgubre. De vez en cuando algún inconformista con una atrevida
pajarita. ¿De dónde salían todos? Poco después de su detención por posesión de
drogas, sus abogados habían sido un grupo de enojados chillones, contratados
por el Post. Luego contrató a su propio abogado, un cretino que cobraba
honorarios abusivos y era incapaz de encontrar la sala de la audiencia. El
fiscal, evidentemente, también era abogado. Abogados, abogados.
Dos
horas por la mañana, dos horas al mediodía, dos horas por la tarde, y luego
Grantham le encargó vigilar otro edificio. Noventa dólares diarios era barato y
lo dejaría cuando encontrara algo mejor. Le dijo a Grantham que aquello era
perder el tiempo, andar a tientas en la oscuridad. Grantham estaba de acuerdo,
pero insistió en que persistiera. Era lo único que podían hacer. Dijo que
García estaba asustado y no volvería a llamar. Tenían que encontrarle.
Llevaba
dos fotografías en el bolsillo, por si acaso, y después de consultar la guía
telefónica, había confeccionado una lista de todos los bufetes del edificio.
Era una larga lista. El edificio tenía doce plantas, predominantemente llenas
de despachos ocupados por letrados. Estaba en una madriguera de víboras.
A
las nueve y media había acabado la aglomeración y algunos rostros familiares
descendían por las escaleras automáticas, de camino sin duda a los juzgados,
agencias y comisiones. Croft salió por la puerta giratoria y se limpió los pies
en la acera.
A
cuatro manzanas, Fletcher Coal paseaba frente al escritorio del presidente y
escuchaba atentamente con el teléfono pegado a la oreja. Frunció el entrecejo,
cerró los ojos y a continuación miró fijamente al presidente, como para
decirle: «Malas noticias, jefe, muy malas noticias.» El presidente tenía una
carta en las manos y miraba a Coal por encima de las gafas. El hecho que Coal
paseara como el Führer realmente le irritaba y decidió mentalmente
comentárselo.
Coal
colgó violentamente el teléfono.
–¡No
golpee los malditos teléfonos! –exclamó el presidente.
–Lo
siento –respondió Coal imperturbable– Era Zikman. Gray Grantham ha llamado hace
treinta minutos para preguntarle si sabía algo acerca del informe pelícano.
–Fabuloso.
Maravilloso. ¿Cómo se las ha arreglado para conseguir una copia?
–Zikman
no sabe nada sobre el mismo –respondió Coal, sin dejar de pasear–de modo que su
ignorancia era sincera.
–Su
ignorancia siempre es sincera. Es el más imbécil de mis empleados, Fletcher, y
quiero que se largue.
–Lo
que usted mande –dijo Coal después de sentarse frente al escritorio y juntar
las manos en forma de pirámide bajo la barbilla.
Estaba
plenamente inmerso en sus pensamientos y el presidente intentaba ignorarlo.
Reflexionaron durante unos instantes.
–¿Lo
ha divulgado Voyles? –dijo finalmente el presidente.
–Tal
vez, si se ha divulgado. A Grantham se le conoce por sus faroles. No podemos
estar seguros de que haya visto el informe. Puede que sólo haya oído hablar del
mismo y esté pescando.
–Y
una mierda. ¿Qué ocurrirá si publican algún artículo descabellado sobre ese
maldito asunto? ¿Qué ocurrirá entonces? –exclamó el presidente, al tiempo que
daba un manotazo sobre la mesa y se ponía de pie–.
¿Qué
ocurrirá, Fletcher? ¡Ese periódico me odia! –se lamentó frente a la ventana.
–No
pueden publicarlo sin otra fuente y no puede haber otra fuente porque es falso.
Es una idea descabellada, que no ha ido mucho más allá de lo que merece.
–¿Cómo
ha llegado a oídos de Grantham? –preguntó el presidente, después de amorrarse
un rato a la ventana.
Coal
se levantó y empezó de nuevo a pasear, aunque ahora mucho más despacio. Estaba
todavía profundamente inmerso en sus pensamientos.
–Quién
sabe. Aquí nadie lo sabe, a excepción de usted y yo. Trajeron una copia y está
bajo llave en mi despacho. Yo hice personalmente la fotocopia que le entregué a
Gminski. Le obligué a jurar que guardaría el secreto.
El
presidente hizo una mueca frente a la ventana.
–De
acuerdo, tiene usted razón –prosiguió Coal–. Ahora podría circular un millar de
copias. Pero es inofensivo, a no ser, claro está, que nuestro amigo haya
cometido realmente esas fechorías, en cuyo caso...
–En
cuyo caso estoy metido en un buen lío.
–Efectivamente,
están metidos en un buen lío.
–¿Cuánto
dinero recibimos?
–Directa
e indirectamente, varios millones.
Así
como legal e ilegalmente, aunque el presidente tenía escaso conocimiento de
dichas transacciones y
Coal
decidió guardar silencio.
–¿Por
qué no llama a Grantham? –preguntó el presidente, después de acercarse
lentamente al sofá–. Hágale preguntas. Averigüe lo que sabe. Si se trata de un
farol, será evidente. ¿Qué le parece?
–No
lo sé.
–Ha
hablado con él en otras ocasiones, ¿no es cierto? Todo el mundo conoce a
Grantham.
–Sí,
he hablado con él en otras ocasiones –respondió Coal, que ahora paseaba por
detrás del sofá–. Pero si ahora le llamo inesperadamente, sospechará.
–Sí,
supongo que tiene razón –dijo el presidente, que paseaba por el otro lado del
sofá–. ¿Qué es lo peor que puede ocurrir? –preguntó finalmente.
–Que
nuestro amigo esté involucrado. Usted le pidió a Voyles que no le molestará. La
prensa podría exponer a nuestro amigo. Voyles se cubriría las espaldas y
declararía que usted le ordenó no meterse con nuestro amigo, para concentrarse
en otros sospechosos. El Post se pondría las botas con otra operación de
tapadera. Y podríamos olvidar la reelección.
–¿Eso
es todo?
–Sí,
pero es descabellado –respondió Coal, después de unos instantes de reflexión–.
El informe es una fantasía. Grantham no encontrará nada y yo voy a llegar tarde
a una reunión de personal –agregó mientras se dirigía a la puerta–. Voy a jugar
una partida de squash a la hora del almuerzo. Regresaré a la una.
El
presidente vio cómo se cerraba la puerta y respiró hondo. Tenía planeado
dieciocho agujeros por la tarde y por tanto no se preocuparía de ese asunto
pelícano. Si Coal no estaba intranquilo, tampoco él.
Pulsó
unos números en su teléfono, esperó pacientemente, y por fin oyó la voz de Bob
Gminski por la línea. El director de la CIA era un terrible jugador de golf,
uno de los pocos a los que el presidente podía humillar y le invitó a jugar por
la tarde. Por supuesto, respondió Gminski, que tenía un montón de cosas que
hacer pero, claro, tratándose del presidente, estaría encantado de jugar con
él.
–A
propósito, Bob, ¿qué me dice de ese asunto pelícano en Nueva Orleans? Gminski
se aclaró la garganta y procuró parecer relajado.
–Bien,
jefe, el viernes le dije a Fletcher Coal que es un asunto muy imaginativo y
repleto de ficción. Creo que su autora debería olvidarse del Derecho y
consagrarse a la literatura –concluyó, con una carcajada.
–Me
alegro, Bob. Entonces no hay nada de verdad en ello.
–Seguimos
investigando.
–Nos
veremos a las tres.
El
presidente colgó el teléfono y fue inmediatamente a por su putter. VEINTICINCO
Riverwalk
ocupa medio kilómetro a lo largo del río y siempre está lleno de gente. En el
mismo hay dos centenares de tiendas y restaurantes en diversas plantas, la
mayoría bajo el mismo techo, y bastantes con la entrada por el amplio paseo
junto al río. Se encuentra al fondo de Poydras Street y a cuatro pasos del
barrio francés.
Llegó
a las once y se tomó un expreso al fondo de un pequeño café, mientras intentaba
leer un periódico y aparentar tranquilidad. Frenchmen's Bend estaba a la vuelta
de la esquina, en la planta inferior. Estaba muy nerviosa y el expreso no
contribuyó a mejorar su condición.
Llevaba
una lista en el bolsillo de cosas que debía hacer, pasos específicos en
momentos concretos, incluso palabras y frases que había memorizado por si las
cosas se ponían realmente feas y Verheek perdía el control de la situación.
Había dormido sólo dos horas y pasado el resto del tiempo con un cuaderno en
las manos, formulando planes y diagramas. Si moría, no sería por falta de
preparación.
No
podía confiar en Gavin Verheek. Trabajaba para una agencia de seguridad
gubernamental, que a veces operaba según sus propias normas. El hombre de quien
recibía órdenes tenía un historial de paranoia y juego sucio. Su jefe era
responsable ante el presidente, al frente de una administración dirigida por
imbéciles. El presidente tenía amigos ricos y poco escrupulosos, que le daban
montones de dinero.
En
aquel momento, no había nadie más en quien confiar. Después de cinco días y de
haber estado dos veces a punto de perder la vida, había decidido tirar la
toalla. Nueva Orleans había perdido su encanto. Necesitaba ayuda y si tenía que
confiar en la policía, la federal era tan buena como cualquiera.
Las
once cuarenta y cinco. Pagó el café, esperó a que pasara un grupo de gente y se
unió al mismo. Había una docena de personas que circulaban por Frenchmen's Bend
cuando pasó junto a la puerta, donde su amigo debería encontrarse dentro de
unos diez minutos. Entró en la librería, dos puertas más allá. Había por lo
menos tres tiendas en la zona, en las que podía comprar, ocultarse y vigilar la
puerta de Frenchmen's Bend. Eligió la librería, porque los dependientes no
presionaban a los clientes que se esperaba circularan a sus anchas. Examinó
primero las revistas, a continuación, cuando faltaban todavía tres minutos, se
colocó entre dos estanterías de libros de cocina para observar la llegada de
Gavin.
Thomas
le había dicho que siempre llegaba tarde. Una hora de retraso era temprano para
él, pero sólo estaba dispuesta a esperarle quince minutos.
Se
suponía que debía llegar a las doce en punto y ahí estaba. Jersey negro, gorra
roja de béisbol y un periódico doblado bajo el brazo. Era un poco más delgado
de lo que imaginaba, pero podía perder unos kilos. Se le aceleró el pulso.
Tranquilízate, se dijo a sí misma. Maldita sea, tranquilízate.
Levantó
un libro de cocina y miró por encima del mismo. Tenía el pelo gris y la piel
oscura. Unas gafas de sol ocultaban sus ojos. Se movía como si estuviera
irritado, al igual que cuando hablaba por teléfono. Se pasaba el periódico de
una mano a otra, levantaba alternativamente los pies y miraba con nerviosismo a
su alrededor.
Parecía
un buen tipo. Le gustaba su aspecto. Manifestaba una actitud vulnerable y poco
profesional, que indicaba que también estaba asustado.
Al
cabo de cinco minutos entró en la tienda, tal como se le había ordenado, y se
dirigió al fondo a la derecha.
Khamel
había sido entrenado para galantear con la muerte. Muchas veces había estado
cerca de ella, pero nunca la había temido. Y después de treinta años a la
expectativa, nada, absolutamente nada le ponía nervioso. Le emocionaba un poco
el sexo, pero eso era todo. Su nerviosismo era fingido. Los pequeños
movimientos estudiados. Había sobrevivido en situaciones fingidas con
individuos de casi tanto talento como él y no tendría ninguna dificultad en
controlar aquel encuentro con una niña desesperada. Examinó las cazadoras y
procuró parecer nervioso.
Llevaba
un pañuelo en el bolsillo, porque de pronto se había resfriado y tenía la voz
un poco ronca y carrasposa. Había escuchado la grabación un centenar de veces y
estaba seguro de poder imitar la inflexión, el ritmo y el ligero acento del
medio oeste septentrional. Pero la voz de Verheek era un poco más nasal, de ahí
el pañuelo para el resfriado.
Era
difícil permitir que alguien se le acercara por la espalda, pero sabía que
debía hacerlo. No la vio llegar. Estaba a su espalda, muy cerca de él, cuando
dijo:
–Gavin.
Se
dio inmediatamente la vuelta. Ella tenía un sombrero de fieltro blanco en las
manos, con el que parecía estar hablando.
–Darby
–respondió, al tiempo que se sacaba el pañuelo y fingía un estornudo. Tosió y
estornudó. El cabello de Darby era dorado y más corto que el suyo.
–Larguémonos
de aquí –agregó–. Esto no me gusta.
A
Darby tampoco le gustaba. Era lunes, y mientras sus compañeros se esforzaban
para seguir penosamente sus estudios en la facultad, ella estaba ahí
disfrazada, practicando juegos de capa y espada, con un individuo que podía
conducirla a la muerte.
río.
–Limítate
a hacer lo que te diga, ¿de acuerdo? ¿Cómo te has resfriado?
Se
llevó el pañuelo a la boca, estornudó y habló tan bajo como pudo, como si le
doliera.
–Fue
anoche. Dejé el aire acondicionado demasiado bajo. Larguémonos de aquí.
–Sígueme.
Salieron
de la tienda. Darby le cogió de la mano y bajaron rápidamente por la escalera
que llegaba junto al
–¿Los
has visto? –preguntó él.
–No.
Todavía no. Pero estoy segura de que están ahí.
–¿Adónde
diablos nos dirigimos? –preguntó con la voz carrasposa. Avanzaban por el paseo
junto a la orilla, casi al trote, sin mirarse.
–Ven
conmigo sin hacer preguntas.
–Vas
demasiado de prisa, Darby. Llamamos la atención. Anda más despacio. Esto es una
locura. Déjame
llamar
por teléfono y estaremos seguros. Puedo tener aquí tres agentes en diez
minutos.
Era
convincente. Funcionaba. Corrían cogidos de la mano, como si la vida de ambos
corriera peligro.
–No
–respondió Darby, después de aflojar el paso.
El
paseo estaba lleno de gente y se había formado una cola junto al Bayou Queen,
un transbordador de ruedas. Se pusieron en la cola.
–¿Qué
diablos es esto?
–¿No
dejas nunca de quejarte? –casi susurró Darby.
–No.
Especialmente ante las estupideces y esto lo es. ¿Vamos a embarcar en ese
buque?
–Sí.
–¿Por
qué? –estornudó de nuevo, antes de toser involuntariamente.
Podría
liquidarla ahora mismo con una sola mano, pero estaba todo lleno de gente,
delante y detrás. Él presumía de su pulcritud y aquél era un lugar poco
indicado para llevar a cabo su misión. Subirían a bordo, le seguiría la
corriente unos minutos y vería cómo se desenvolvían los acontecimientos. Podría
llevarla a la cubierta superior, matarla, tirarla por la borda y empezar a
chillar. Otro terrible accidente en el río. Puede que funcionara. De lo
contrario, tendría paciencia. Habría muerto en menos de una hora. Gavin era un
importuno, de modo que no debía dejar de fastidiar.
–Porque
tengo un coche en un aparcamiento junto al río, a dos kilómetros de aquí, donde
nos detendremos en treinta minutos –explicó en voz baja–. Desembarcaremos,
cogeremos el coche y nos largaremos.
–No
me gustan los buques –dijo mientras avanzaba la cola–. Me mareo. Esto es
peligroso, Darby –tosió y miró a su espalda, como si le persiguieran.
–Tranquilízate,
Gavin. Todo saldrá bien.
Khamel
tiró de sus pantalones. Medían noventa y un centímetros de cintura y cubrían
ocho pares de calzoncillos y pantalones deportivos. Su jersey era
desmesuradamente grande y, en lugar de sesenta y ocho kilos, parecía que pesara
ochenta y seis. No obstante, parecía que funcionaba.
Estaban
a punto de embarcar en el Bayou Queen.
–Esto
no me gusta –susurró lo suficientemente alto para que ella lo oyera.
–Cállate.
El
individuo de la pistola corrió hasta llegar a la cola, y se abrió paso con los
codos entre la gente cargada con bolsos y cámaras. Los turistas estaban
apretujados, como si un paseo por el río fuera lo más emocionante del mundo. No
era la primera vez que asesinaba, pero nunca lo había hecho en un lugar tan
público. La nuca de Darby era visible entre la muchedumbre. Él se abría
desesperadamente paso entre la gente. Recibía algunos insultos, pero no le
importaba. Llevaba la pistola en el bolsillo, pero al acercarse a la chica, se
la sacó y la sujetó junto a la pierna derecha. Estaba a punto de embarcarse.
Avanzó con mayor rapidez y empujó a unas cuantas personas, que protestaron
hasta que vieron la pistola y empezaron a chillar. La chica iba cogida de la mano
de un individuo, que no dejaba de hablar. Ella estaba a punto de subir al
buque, cuando él quitó de en medio a la última persona de un empujón y colocó
rápidamente el cañón de la pistola en la nuca, bajo la gorra roja de béisbol.
Hizo un solo disparo. La gente gritó y se arrojó al suelo.
Gavin
se desplomó sobre la pasarela. Darby chilló y se retiró horrorizada. Había
quedado ensordecida del disparo y la gente chillaba y señalaba. El individuo de
la pistola corría velozmente hacia una hilera de tiendas
entre
la muchedumbre. Tal vez le había visto antes, pero no estaba segura. No podía
parar de gritar.
–¡Tiene
una pistola! –chilló una mujer cerca del buque.
La
gente se alejó de Gavin, que estaba a cuatro patas con una pequeña pistola en
la mano derecha. Se balanceaba tristemente hacia delante y hacia atrás, como un
bebé que intentara andar a gatas. De su barbilla goteaba sangre, que formaba un
charco bajo su cabeza casi a ras del suelo. Logró avanzar unos centímetros,
hasta llegar con las rodillas al charco rojo oscuro.
La
gente siguió retrocediendo, horrorizada ante aquel herido que luchaba con la
muerte. Entre temblores y estremecimientos siguió avanzando, sin dirigirse a
ningún lugar pero con el anhelo de moverse, de vivir. Empezó a chillar. Emitía
unos dolorosos quejidos en un idioma que Darby no reconoció.
No
dejaba de brotar la sangre de su nariz y barbilla. Gemía en un lenguaje
desconocido. Dos miembros de la tripulación del buque se acercaron a la
pasarela, desde donde observaban sin atreverse a mover un dedo. Les preocupaba
la pistola.
Una
mujer empezó a llorar, luego otra. Darby retrocedió.
–Es
egipcio –exclamó una mujer baja y morena. La noticia no significaba nada para
la muchedumbre, ahora magnetizada.
Avanzó
hasta llegar al borde del embarcadero. La pistola cayó al agua. Se desplomó en
el suelo, con la cabeza, de la que no dejaba de gotear sangre, colgando sobre
el agua. Se oyeron unos gritos y dos policías se le aproximaron.
Un
centenar de personas se acercaban ahora para contemplar al muerto. Darby
retrocedió, y abandonó el lugar. La policía formularía preguntas y, puesto que
no tenía respuestas, prefería no hablar. Se sentía débil y necesitaba sentarse
un rato, y reflexionar. Había una marisquería en Riverwalk. Estaba llena a la
hora del almuerzo y fue directamente a los servicios en la parte trasera. Cerró
la puerta y se sentó en el retrete.
Poco
después de oscurecer, abandonó Riverwalk. El hotel Westin se encontraba a dos
manzanas y esperaba poder llegar al mismo sin que la abatieran a tiros en la
acera. Su ropa era distinta y la ocultaba una gabardina negra. Las gafas y el
sombrero también eran nuevos. Estaba harta de gastar dinero en ropa, para
tirarla. Estaba harta de muchas cosas.
Llegó
al Westin sana y salva. No tenían habitaciones y se quedó una hora en el bien
iluminado salón, tomando café. Había llegado el momento de moverse, pero no
podía permitirse errores. Debía reflexionar.
Tal
vez reflexionaba demasiado. Puede que ahora pensaran en ella como alguien que
siempre reflexionaba, y actuaran en consecuencia.
Salió
del Westin para dirigirse a Poydras, donde llamó un taxi. La cabeza del viejo
negro estaba un poco por encima del volante.
–Tengo
que ir a Baton Rouge –dijo Darby.
–Válgame
Dios, querida, es un camino muy largo.
–¿Cuánto?
–preguntó apresuradamente.
–Ciento
cincuenta –respondió el taxista, después de un momento de reflexión. Se instaló
en el asiento posterior y arrojó un par de billetes junto al conductor.
–Aquí
tiene doscientos. Procure llegar cuanto antes y vigile por el retrovisor. Puede
que nos sigan.
Paró
el taxímetro y se guardó el dinero en el bolsillo de la camisa. Darby se
acomodó en el asiento trasero y cerró los ojos. Aquél no era un acto
inteligente, pero la sensatez no conducía a nada. El anciano conducía de prisa
y en pocos minutos llegaron a la autopista.
Habían
dejado de silbarle los oídos, pero todavía oía el disparo y le veía a gatas,
balanceándose, intentando prolongar un momento la vida. Thomas le había llamado
en una ocasión el holandés Verheek, pero dijo que había abandonado el apodo al
salir de la facultad y concentrarse en su carrera. El holandés Verheek no era
egipcio.
Sólo
había logrado ver de refilón al asesino cuando huía. Tenía algo de familiar.
Había vuelto la cabeza a la derecha una sola vez cuando corría y algo le había
sonado. Pero en aquel momento ella chillaba histérica y lo veía todo borroso.
Todo
borroso. A mitad de camino de Baton Rouge, cayó en un profundo sueño.
VEINTISÉIS
los
botones de su camisa arrugada estaban desabrochados. Eran las nueve de la noche
y, a juzgar por su aspecto, hacía por lo menos quince horas que no salía de la
oficina. Ni tenía previsto hacerlo.
Escuchó
la voz del teléfono, susurró algunas instrucciones y colgó. K. O. Lewis estaba
sentado frente al escritorio. La puerta estaba abierta, las luces encendidas y
todos seguían ahí. Los ánimos eran sombríos y sólo se oían pequeños susurros.
–Era
Eric East –dijo Voyles, después de sentarse suavemente en su sillón–. Llegó
hace un par de horas y ahora han acabado con la autopsia. Es la primera que ha
presenciado. Una sola bala en la sien derecha, pero la muerte la
había causado un
solo golpe en
las vértebras segunda
y tercera cervicales,
que quedaron desmenuzadas. No
tenía quemaduras de pólvora en la mano. Otro golpe le había lesionado gravemente
la laringe, pero no le había causado la muerte. Estaba desnudo. Se calcula que
falleció anoche, entre las diez y las once.
–¿Quién
descubrió el cadáver? –preguntó Lewis.
–Las
camareras entraron en la habitación, aproximadamente a las diez de esta mañana.
¿Se lo comunicará usted a su esposa?
–Sí,
claro –respondió K. O: . ¿Cuándo traerán el cadáver?
–East
dice que lo librarán en un par de horas y debería estar aquí a eso de las dos
de la tarde. Dígale que haremos todo lo que desee. Dígale que mañana mandaré a
un centenar de agentes para que cubran toda la ciudad. Dígale que encontraremos
al asesino, etcétera, etcétera.
–¿Alguna
prueba?
–Probablemente
ninguna. East dice que han inspeccionado la habitación desde las tres de la
tarde y parece un trabajo limpio. Nada forzado. Ningún signo de resistencia.
Nada que pudiera servirnos de ayuda, pero todavía es pronto –respondió Voyles,
mientras se frotaba los ojos irritados y reflexionaba.
–¿Cómo
es posible que viajara para asistir a un simple funeral y acabara muerto?
–preguntó Lewis.
–Se
dedicaba a husmear en el asunto pelícano. Uno de nuestros agentes llamado
Carlton le ha dicho a East que Gavin intentaba encontrar a la muchacha, que
ella le había llamado, y que tal vez necesitaría ayuda para traerla consigo.
Carlton habló con él varias veces y le dio los nombres de algunos lugares de la
ciudad, frecuentados por estudiantes. Según él, eso fue todo. Carlton dice que
estaba un poco preocupado, por el hecho de que Gavin se jactara de pertenecer
al FBI. Dice que se portaba como un imbécil.
–¿Ha
visto alguien a la chica?
–Probablemente
esté muerta. He ordenado a Nueva Orleans que procuren encontrarla.
–Su
pequeño informe está causando muertes a diestro y siniestro. ¿Cuándo vamos a
tomárnoslo en serio? Voyles movió la cabeza en dirección a la puerta y Lewis se
levantó para cerrarla. El director se había puesto
nuevamente
de pie, hacía crujir sus articulaciones y pensaba en voz alta.
–Debemos cubrirnos
las espaldas. Creo
que deberíamos destinar
por lo menos
doscientos agentes a pelícano, pero procurar por todos los
medios mantenerlo discreto. Ahí hay algo, K. O., algo realmente perverso. Pero
por otra parte, le he prometido al presidente que no lo investigaríamos.
Recuerde que él me pidió personalmente que nos despreocupáramos del informe
pelícano y yo accedí, en parte porque todos creíamos que era una broma –forzó
una pequeña sonrisa–. Pues bien, grabé la conversación en la que me pidió que
lo abandonáramos. Pensé que si él y Coal lo graban todo en un radio de un
kilómetro de la Casa Blanca, ¿por qué no puedo hacerlo yo? Utilicé el mejor
grabador en miniatura y he escuchado la cinta. Es de una claridad
extraordinaria.
–No
le sigo.
–Es
muy simple. Nos concentramos plenamente en la investigación. Si van por ahí los
tiros, resolvemos el caso, conseguimos los autos de procesamiento y todo el
mundo contento. Pero va a ser muy difícil resolverlo con rapidez. Entretanto, a
ese idiota y a Coal no se les dice nada de la investigación. Si la prensa oye
tocar campanas y el informe pelícano está en el punto de mira, me aseguraré de
que el país sepa que el presidente nos pidió que no lo investigáramos, por
tratarse de uno de sus amigos.
–Acabará
con él –sonrió Lewis.
–¡Sí!
Coal se desangrará y el presidente no logrará recuperarse. Las elecciones son
el próximo año, K. O.
–Me
gusta, Denton, pero debemos resolver el caso.
Denton
caminó lentamente tras su sillón y se quitó los zapatos. Ahora era todavía más
bajo.
–No
dejaremos piedra sin remover, K. O., pero no será fácil. Si se trata de
Mattiece, nos encontramos ante alguien muy opulento en una confabulación muy
sofisticada, para eliminar a dos jueces con asesinos de mucho talento. Esa
gente no habla,
ni deja huellas.
Fíjese en nuestro
amigo Gavin. Pasaremos
dos mil horas
Rosenberg
y Jensen.
–Y
Callahan.
–Y
Callahan. Y probablemente la chica, si algún día encontramos su cadáver.
–Me
siento parcialmente responsable, Denton. Gavin acudió a mí el jueves por la
mañana, cuando se enteró de lo de Callahan, y no quise escucharle. Sabía que
iba a Nueva Orleans, pero no le hice caso.
–Lamento
que haya muerto. Era un buen abogado y me era fiel. Para mí tiene mucho valor.
Confiaba en Gavin. Pero logró que le mataran por actuar fuera de sus límites.
No le correspondía actuar como un policía, e intentar encontrar a la muchacha.
–Será
mejor que vaya a ver a la señora Verheek –dijo Lewis después de ponerse de pie
y desperezarse–.
–¿Qué
le cuento?
–Dígale
que parece un robo, que la policía local no está segura, que sigue
investigando, que mañana sabremos algo más, etcétera. Dígale que estoy desolado
y que haremos lo que desee.
La
limusina de Coal paró de pronto junto a la acera, para ceder el paso a una
ambulancia. El lujoso vehículo circulaba sin rumbo fijo por la ciudad, como
solía hacerlo cuando Coal y Matthew Barr se reunían para hablar de negocios
sucios. Estaban ambos cómodamente sentados en la parte posterior, con bebidas
en la mano. Coal tomaba agua mineral y Barr consumía una botella de Bud, que
habían comprado en una tienda de comestibles.
Hicieron
caso omiso de la ambulancia.
–Debo
saber cuánto sabe Grantham –decía Coal–. Hoy ha llamado a Zikman, a su ayudante
Trandell, y a Nelson DeVan, uno de mis antiguos ayudantes, que ahora forma
parte de la junta de reelección. Y ésas son sólo las llamadas de las que estoy
al corriente. Sigue con mucho interés lo del informe pelícano.
–¿Cree
que lo ha visto? –preguntó, mientras circulaba la limusina.
–No.
En absoluto. Si conociera su contenido, no andaría haciendo preguntas. Pero,
maldita sea, sabe que existe.
–Es
bueno. Hace muchos años que le observo. Parece moverse en las tinieblas y se
mantiene en contacto con una curiosa red de fuentes diversas. Ha escrito
algunas cosas muy extrañas, pero generalmente da en el clavo.
–Eso
es lo que me preocupa. Es tenaz y en este caso huele a sangre.
–Supongo
que sería pedir demasiado que me dijera lo que contiene el informe –dijo Barr,
al tiempo que tomaba un trago de la botella.
–No
me lo pregunte. Es tan confidencial, que da miedo.
–¿Entonces
cómo se ha enterado Grantham?
–Magnífica
pregunta. Y eso es precisamente lo que quiero saber. ¿Cómo lo ha averiguado y
cuánto sabe?
¿Cuáles
son sus fuentes?
–Hemos
pinchado el teléfono de su coche, pero no hemos entrado todavía en su casa.
–¿Por
qué no?
–Esta
mañana ha estado a punto de descubrirnos la mujer de la limpieza. Mañana lo
intentaremos de nuevo.
–No
se dejen atrapar, Barr. Recuerde Watergate.
–Eran
muy torpes, Fletcher. Sin embargo, nosotros tenemos mucho talento.
–Cierto.
Entonces, dígame, ¿cómo se las arreglarán usted y sus ingeniosos amigos para
pinchar el teléfono de Grantham en el Post?
Barr
volvió la cabeza y miró a Coal con el entrecejo fruncido.
–¿Se
ha vuelto usted loco? Es imposible. En ese lugar trabajan veinticuatro horas al
día. Tienen guardias de seguridad. De todo.
–Es
posible hacerlo.
–Entonces
hágalo, Coal. Si tanto sabe, hágalo usted mismo.
–Empiece
a pensar en cómo hacerlo, ¿de acuerdo? Piénselo.
–De
acuerdo. Ya lo he pensado. Es imposible.
A
Coal la idea le parecía divertida y Barr se sentía molesto. La limusina se
dirigió hacia el centro de la ciudad.
–Pinchen
los teléfonos de su casa –ordenó Coal–. Quiero un informe dos veces al día de
sus llamadas.
La
limusina paró y Barr se apeó. VEINTISIETE
Desayuno
en Dupont Circle. Hacía bastante frío, pero por lo menos los drogadictos y los
travestis permanecían inconscientes en sus mundos enfermizos. Había algunos
borrachos tumbados como troncos a la deriva. Pero ya había salido el sol y se
sentía seguro, porque todavía era un agente del FBI, con una pistolera al
hombro y una arma bajo el brazo. ¿De quién podía tener miedo? No había
utilizado el arma en quince años y raramente salía de la oficina, pero le
encantaría desenfundarla y liarse a tiros.
Su
nombre era Trope y era un ayudante muy especial del señor Voyles. Tan especial,
que sólo él y el propio señor Voyles estaban al corriente de sus conversaciones
con Booker, de Langley. Estaba sentado en un banco circular, de espaldas a New
Hampshire, cuando desenvolvió el pastelito de plátano que había comprado para
desayunar. Booker no llegaba nunca tarde. Trope era siempre el primero en
llegar, Booker lo hacía al cabo de cinco minutos, hablaban con rapidez y Trope
era el primero en marcharse, seguido de Booker. Ahora ambos ocupaban cargos
administrativos, sumergidos en el crepúsculo de sus carreras, pero gozaban de
mucha intimidad con sus respectivos jefes, que de vez en cuando acababan
perplejos de intentar dilucidar lo que el otro hacía, o simplemente necesitaban
saber algo con rapidez.
Trope
era su nombre verdadero y se preguntaba si Booker también lo era. Probablemente
no. Booker era de Langley, donde eran tan paranoicos que incluso los
administrativos probablemente usaban nombres falsos. Le dio un mordisco a su
pastel de plátano. Maldita sea, incluso las secretarias probablemente tenían
tres o cuatro nombres.
Booker
se acercó paseando a la fuente, con una gran taza de plástico llena de café.
Miró a su alrededor y se sentó junto a su amigo. Voyles había solicitado la
reunión, de modo que Trope hablaría primero.
–Hemos
perdido a un hombre en Nueva Orleans –dijo.
–Sí,
pero no sabíamos que estuviera allí. Estábamos cerca, pero vigilábamos a otros.
¿Qué hacía? Trope acabó de desenvolver el pastelito frío.
–No
lo sabemos. Se fue para asistir a un funeral, intentó encontrar a una muchacha,
en su lugar encontró a otra persona y aquí estamos. Fue un trabajo limpio, ¿no
es cierto? –agregó, después de darle otro mordisco al plátano.
Booker
se encogió de hombros. ¿Qué sabía el FBI sobre la matanza de gente?
–No
estaba mal. Una imitación muy mediocre de un suicidio, por lo que hemos oído
–respondió, mientras tomaba un sorbo de café caliente.
–¿Dónde
está la chica? –preguntó Trope.
–La
perdimos en O'Hare. Puede que esté en Manhattan, pero no estamos seguros. La
estamos buscando.
–Ellos
también la buscan –agregó Trope, mientras tomaba café frío.
–Estoy
seguro de ello.
Contemplaron
a un borracho que se levantaba tambaleándose de un banco y se caía. Lo primero
en golpear el suelo fue su cabeza, pero probablemente no sintió nada. Se dio la
vuelta y le sangraba la frente.
Booker
consultó su reloj. Aquellas reuniones eran sumamente breves.
–¿Qué
se propone el señor Voyles?
–Va
a entrar en combate. Ayer mandó cincuenta soldados y hoy les seguirán otros. No
le gusta perder a nadie, particularmente cuando se trata de alguien a quien
conoce personalmente.
–¿Qué
ocurre con la Casa Blanca?
–No
vamos a contárselo y puede que no lo averigüen. ¿Qué saben?
–Conocen
a Mattiece.
–¿Dónde
está el señor Mattiece? –sonrió ligeramente Trope.
–Quién
sabe. En los últimos tres años, apenas se le ha visto en este país. Tiene por
lo menos media docena de casas, todas en países diferentes, además de aviones y
buques, de modo que quién sabe.
Trope
acabó de comerse el pastelito y guardó el envoltorio en la bolsa.
–El
informe le ha condenado, ¿no es cierto?
–Es
maravilloso. Y si hubiera actuado con serenidad, se habría hecho caso omiso del
informe. Pero ha empezado a matar gente como un loco y cuanto más asesina,
mayor credibilidad adquiere el informe.
Trope
consultó su reloj. Había durado ya demasiado, pero el tema valía la pena.
–Voyles
dice que podríamos necesitar vuestra ayuda.
–Concedida
–asintió Booker–. Pero va a ser un asunto muy difícil. En primer lugar, el
probable asesino está muerto. En segundo lugar, el probable intermediario es
muy escurridizo. Había una sofisticada conspiración, pero los conspiradores han
desaparecido. Intentaremos encontrar a Mattiece.
–¿Y
a la muchacha?
–Sí.
Lo intentaremos.
–¿En
qué piensa?
–En
cómo sobrevivir.
–¿Podéis
traérnosla? –preguntó Trope.
–No.
No sabemos dónde está, ni podemos detener a civiles inocentes de la calle. En
estos momentos no confía en nadie.
–No
se lo reprocho –dijo Trope después de levantarse, con su café y su bolsa.
Desapareció.
Grantham
tenía en la mano una borrosa fotografía que había recibido por fax desde
Phoenix. Era entonces una atractiva estudiante veinteañera, en la universidad
estatal de Arizona. En su ficha decía que era de Denver y se especializaba en
biología. Había llamado a veinte personas llamadas Shaw en Denver, antes de
darse por vencido. El segundo fax lo había mandado el corresponsal de AP en
Nueva Orleans. Era una copia de su foto de ingreso en Tulane. Su cabello era
más largo. En medio del anuario de la facultad, el corresponsal había
encontrado una fotografía de Darby Shaw, que tomaba una Coca Cola Light en un
picnic estudiantil. Llevaba un holgado jersey con unos vaqueros descoloridos
perfectamente ajustados a su figura, y era evidente que había sido introducida
en el anuario por un gran admirador suyo. Parecía recién salida de Vogue. Se
reía de algo o alguien en la fiesta. Tenía una dentadura perfecta y un rostro
cálido. Había pegado esta fotografía en el pequeño tablón de corcho situado
junto a su nuevo escritorio.
Había
un cuarto fax, una fotografía de Thomas Callahan, como dato de interés.
Colocó
los pies sobre la mesa. Eran casi las nueve y media, martes. La redacción
traqueteaba y ronroneaba como un organizado caos. Había hecho ochenta llamadas
en las últimas veinticuatro horas, y lo único que había conseguido habían sido
las fotografías y un montón de formularios de financiación electoral. No
descubría nada y, a decir verdad, ¿por qué preocuparse? Ella estaba a punto de
contárselo todo.
Hojeó
el Post y vio el extraño artículo sobre cierto Gavin Verheek y su aniquilación.
Sonó el teléfono. Era
Darby.
–¿Ha
visto el Post? –preguntó.
–¿Ha
olvidado que escribo en dicho periódico?
–El
artículo sobre el abogado del FBI, asesinado en Nueva Orleans, ¿lo ha visto?
–dijo, directo al grano.
–Lo
estoy leyendo. ¿Tiene algo que ver con usted?
–Júzguelo
por sí mismo. Escúcheme, Grantham. Callahan le entregó el informe a Verheek,
que era su mejor amigo. El viernes Verheek vino a Nueva Orleans, para asistir
al funeral. Hablé con él por teléfono durante el fin de semana. Él quería
ayudarme, pero yo tenía miedo. Quedamos en vernos ayer al mediodía. Verheek fue
asesinado en su habitación, alrededor de las once de la noche del domingo. ¿Ha
tomado nota?
–Sí,
lo tengo todo.
–Verheek
no se presentó a la cita. Evidentemente, para entonces estaba muerto. Yo me
asusté y salí de la ciudad. Ahora estoy en Nueva York.
–Bien
–dijo Grantham, que no dejaba de tomar apuntes ¿Quién mató a Verheek?
–No
lo sé. Aquí no acaba la historia. He leído el Post y el New York Times palabra
por palabra, y no he visto nada sobre otro asesinato cometido en Nueva Orleans.
La víctima fue un hombre con el que estaba hablando y a quien había tomado por
Verheek. Sería largo de explicar.
–Eso
parece. ¿Cuándo piensa contármelo?
–¿Cuándo
puede venir a Nueva York?
–Puedo
estar allí a las doce del mediodía.
–Eso
es un poco rápido. Organicémoslo para mañana. Le llamaré a la misma hora para
darle instrucciones. Debe ir con cuidado, Grantham.
–Llámeme
Gray, ¿de acuerdo? No. Grantham –dijo, mientras admiraba los vaqueros y la
sonrisa del tablón.
–Como
quiera. Hay gente muy poderosa asustada por lo que sé. Si se lo cuento, puede
costarle la vida. He visto los cadáveres, Gray. He oído las bombas y los tiros.
Ayer vi cómo a un hombre le volaban los sesos, y no tengo ni idea de quién era
ni de por qué le asesinaron, sólo sé que estaba al corriente del informe
pelícano. Creí que era amigo mío. Puse mi vida en sus manos y le pegaron un
tiro en la cabeza, delante de cincuenta personas. Al verle morir, comprendí que
tal vez no era mi amigo. Al leer el periódico esta mañana, me he percatado de
que definitivamente no lo era.
–¿Quién
lo mató?
–Hablaremos
de ello cuando esté aquí.
–De
acuerdo, Darby.
–Hay
una pequeña cuestión que quiero aclarar. Le contaré todo lo que sé, pero no
quiero que jamás utilice mi nombre. Ya he escrito lo suficiente para lograr que
murieran por lo menos tres personas y tengo la seguridad de que yo seré la
próxima. Pero no deseo crear más problemas. Permaneceré en todo momento sin
identificar,
¿de
acuerdo, Gray?
–Trato
hecho.
–Estoy
depositando mucha confianza en usted y no estoy segura de por qué lo hago. Si
en algún momento tengo cualquier duda, desapareceré.
–Tiene
mi palabra, Darby. Se lo juro.
–Creo
que comete un error. Ésta no es una de sus investigaciones habituales. Puede
costarle la vida.
–¿En
manos de la misma gente que asesinó a Rosenberg y Jensen?
–Sí.
–¿Sabe
quién lo hizo?
–Sé
quién pagó para que lo hicieran. Conozco su nombre. Su negocio. Su política.
–¿Y
me lo contará mañana?
–Si
sigo viva.
Se
hizo una larga pausa, mientras ambos pensaban en algo apropiado que decir.
–Tal
vez deberíamos hablar ahora mismo –dijo Grantham.
–Tal
vez. Pero le llamaré por la mañana.
Grantham
colgó el teléfono y admiró momentáneamente la fotografía ligeramente borrosa de
aquella hermosa estudiante, que estaba convencida de que estaba a punto de
morir. Durante unos instantes, sucumbió a la idea del caballerismo, la
galantería y el rescate. Tenía poco más de veinte años, a juzgar por la foto de
Callahan le gustaban los hombres maduros y de pronto confiaba exclusivamente en
él. Lograría que funcionara. Y la protegería.
Los
coches oficiales salían discretamente de la ciudad. Debía pronunciar un
discurso en College Park dentro de una hora, e iba cómodamente sentado en la
parte posterior de su limusina, en mangas de camisa, mientras leía el texto que
Mabry había redactado. Movió la cabeza y escribió algo al margen. Normalmente,
éste habría sido un día agradable fuera de la ciudad, para pronunciar un
pequeño discurso en un hermoso campus, pero hoy las cosas no salían a pedir de
boca. Coal estaba sentado junto a él en la limusina.
El
jefe del gabinete no solía acompañarle en dichas salidas. Amaba los momentos en
que el presidente se ausentaba de la Casa Blanca y dejaba la dirección en sus
manos. Pero hoy tenían que hablar.
–Estoy
harto de los discursos de Mabry –declaró frustrado el presidente–. Todos suenan
igual. Juraría que pronuncié este mismo la semana pasada, en la convención de
Rotary.
–Es
el mejor que tenemos, pero estoy explorando –respondió Coal, sin levantar la
mirada de su circular. Había leído el discurso y no estaba mal. Pero después de
seis meses de escribir discursos, las ideas de
Mabry
empezaban a ser repetitivas y, en todo caso, Coal tenía ganas de despedirle.
–¿Qué
es eso? –preguntó el presidente, con una mirada a la circular que Coal tenía en
las manos.
–La
lista resumida.
–¿Quién
queda?
–Siler
Spence, Watson y Calderón –respondió Coal, después de volver la página.
–Estupendo,
Fletcher. Una mujer, un negro y un cubano. ¿Qué les ha ocurrido a los hombres
blancos? Creí haber dicho que quería jóvenes blancos. Jueces jóvenes, duros y
conservadores, con impecables credenciales y muchos años por delante. ¿No fue
eso lo que dije?
–Están
pendientes de confirmación, jefe.
–Serán
confirmados. Presionaré todo lo que haga falta, pero serán confirmados. ¿Se da
cuenta de que nueve de cada diez hombres blancos en este país votan por mí?
–Ochenta
y cuatro por ciento.
–De
acuerdo. ¿Entonces qué tienen de malo los blancos?
–Esto
no es exactamente un patrocinio.
–Claro
que lo es. Es pura y simplemente un patrocinio. Premio a mis amigos y castigo a
mis enemigos. Así es como se sobrevive en la política. Uno corteja con los que
le han ofrecido su apoyo. No puedo creer que quiera a una mujer y a un negro.
Empieza a perder facultades, Fletcher.
Coal
volvió otra página. Ya había oído aquello antes.
–Lo
que más me preocupa es la reelección –dijo, sin levantar la voz.
–¿Y
a mí no? He nombrado a tantos asiáticos, hispanos, mujeres y negros, que me
tomarían por un demócrata. Maldita sea, Fletcher, ¿qué tienen de malo los
blancos? En este país debe haber un centenar de buenos jueces conservadores y
con la formación adecuada, ¿no es cierto? ¿Por qué no podemos encontrar dos,
sólo dos, con ideas y criterios como los míos?
–Recibió
el noventa por ciento del voto cubano.
El
presidente dejó el discurso sobre el asiento y cogió el Post de la mañana.
–De
acuerdo, hábleme de Calderón. ¿Qué edad tiene?
–Cincuenta
y uno. Casado, ocho hijos, católico, de familia humilde, trabajó para pagarse
los estudios en Yale, muy sólido. Muy conservador. Ningún trapo sucio en el
armario, a excepción de un problema de alcoholismo hace veinte años. No ha
probado el alcohol desde entonces. Es totalmente abstemio.
–¿Ha
fumado alguna vez marihuana?
–Asegura
no haberlo hecho.
–Me
gusta –dijo el presidente, mientras leía la primera página del periódico.
–A
mí también. El departamento de justicia y el FBI han investigado su vida
privada, y es impecable. Entre los otros dos, ¿prefiere a Siler Spence o a
Watson?
–¿Qué
clase de nombre es Siler Spence? ¿Qué tienen en la cabeza esas mujeres que usan
dos apellidos?
¿Qué
ocurriría si su nombre de soltera fuera Skowinski y se casara con un individuo
llamado Levondowski?
¿Insistiría
su pequeña alma liberada en que circulara por la vida con los nombres de F.
Gwendolyn Skowinski
Levondowski?
Por Dios. Nunca nombraré a una mujer con dos apellidos.
–Ya
lo ha hecho.
–¿Quién?
–Kay
Jones Roddy, embajadora en Brasil.
–Entonces
llámela y despídala.
En
el rostro de Coal se dibujó una leve sonrisa y dejó la circular sobre el
asiento. Contempló el tráfico por la ventana. Decidirían sobre el número dos
más adelante. Calderón ya estaba decidido y, puesto que pretendía nombrar a
Linda Siler Spence, insistiría en el negro, a fin de que el presidente eligiera
a la mujer. Manipulación elemental.
–Creo
que deberíamos esperar otras dos semanas, antes de emitir el comunicado.
–Como
le parezca –susurró el presidente, mientras leía el artículo de primera plana.
Emitiría
el comunicado cuando se le antojara, independientemente del calendario de Coal.
Todavía no estaba convencido de que debieran anunciarse ambos nombramientos al
mismo tiempo.
–Watson
es un juez negro muy conservador y tiene la reputación de ser muy severo. Sería
ideal.
–No
estoy seguro –susurró el presidente, mientras leía acerca de Gavin Verheek.
Coal
había leído el artículo de la segunda página. Habían encontrado a Verheek
muerto en una habitación del Hilton de Nueva Orleans, en misteriosas
circunstancias. Según dicho artículo, el FBI desconocía oficialmente el motivo
de su visita a Nueva Orleans. Voyles estaba profundamente apenado. Era un buen
funcionario, leal, etcétera.
–Nuestro
amigo Grantham ha guardado silencio –dijo el presidente, mientras hojeaba el
periódico.
–Está
investigando. Creo que ha oído hablar del informe, pero no logra dar en el
clavo. Ha llamado a todo el mundo en la ciudad, pero no sabe qué preguntar.
Está pescando a ciegas.
–Ayer
yo jugué al golf con Gminski –declaró con orgullo el presidente–, y me aseguró
que todo estaba bajo control. Mantuvimos una conversación íntima, a lo largo de
dieciocho agujeros. Es un jugador horrible, no lograba salir del agua y de la
arena. A decir verdad, fue divertido.
Coal
nunca había tocado un palo de golf y detestaba perder el tiempo hablando de
agujeros y cosas por el estilo.
–¿Cree
que Voyles investiga en Nueva Orleans?
–No.
Me dio su palabra de que no lo haría. No es que confíe en él, pero Gminski no
mencionó nada al respecto.
–¿Hasta
qué punto confía en Gminski? –preguntó Coal, mientras miraba de refilón al
presidente con el entrecejo fruncido.
–En
absoluto. Pero si supiera algo del informe pelícano, creo que me lo contaría...
Las
palabras del presidente se perdieron en la lejanía y se dio cuenta de que
hablaba como un ingenuo. Coal manifestó su incredulidad en un murmullo.
Cruzaron
el río Anacostia y entraron en el condado de Prince George. El presidente cogió
el discurso y miró por la ventana. Dos semanas después de los asesinatos, el
índice de popularidad se mantenía todavía por encima del cincuenta por ciento.
Los demócratas no tenían a ningún candidato que diera señales de vida. Su
posición era fuerte y mejoraba. Los norteamericanos estaban hartos de droga y
delincuencia, de vociferantes minorías que reclamaban toda la atención, y de
liberales idiotas que interpretaban la Constitución en beneficio de
delincuentes y radicales. Aquél era su momento. Dos nombramientos simultáneos
en el Tribunal Supremo. Sería su legado.
Sonrió
para sí. Qué tragedia tan maravillosa. VEINTIOCHO
El
taxi paró de pronto en la esquina de la Quinta Avenida y la calle Cincuenta y
dos, y Gray, obedeciendo al pie de la letra sus instrucciones, se apeó con su
bolsa después de pagar al taxista. El conductor a su espalda tocaba la bocina y
hacía gesticulaciones, y pensó en lo agradable que era estar de nuevo en Nueva
York.
Eran casi
las cinco de
la tarde, con
la Quinta Avenida
repleta de peatones,
y calculó que
eso era precisamente lo que ella
deseaba. Le había dado instrucciones específicas. Un vuelo determinado de
National a La Guardia. Un taxi al hotel Vista en el World Trade Center.
Entonces a un bar a tomar una o dos copas, sin dejar de vigilar a su alrededor,
y al cabo de una hora coger un taxi hasta la esquina de la Quinta Avenida y la
calle Cincuenta y dos. Debía caminar rápido, usar gafas oscuras y estar siempre
muy atento, porque si alguien le seguía, podrían perder ambos la vida.
Le
obligó a que tomara nota de todo. Parecía una bobada, un poco exagerado, pero
le hablaba en un tono que no daba lugar a discusiones. Tampoco se lo proponía.
Ella también le dijo que tenía suerte de seguir con vida y no quería volver a
arriesgarse. Si quería hablar con ella, tendría que hacer exactamente lo que le
indicaba.
Tomó
nota de todo. Abriéndose paso entre la muchedumbre, caminó tan rápido como pudo
por la Quinta Avenida, hasta el Plaza en la Cincuenta y nueve, por las
escaleras al vestíbulo y luego salió a la zona sur de Central Park. Nadie podía
haberle seguido. Y si ella tomaba las mismas precauciones, tampoco podían
seguirla.
La
acera estaba llena de gente a lo largo de Central Park y, al acercarse a la
Sexta Avenida, aceleró todavía más el paso. Estaba excitado y, por mucho que
procurara tranquilizarse, le emocionaba enormemente la perspectiva de
conocerla. Por teléfono parecía metódica y relajada, pero con cierto vestigio
de miedo e incertidumbre. Le había recordado que no era más que una estudiante
de Derecho de segundo curso, que no sabía lo que estaba haciendo y que
probablemente habría muerto en una semana a lo sumo, pero que en todo caso
aquéllas eran las reglas del juego. Siempre hay que suponer que alguien te
sigue, dijo. Ella había sobrevivido siete días acechada por sabuesos y le
rogaba que siguiera sus instrucciones.
Le
dijo que entrara disimuladamente en el Saint Moritz, en la esquina de la Sexta
Avenida, y así lo hizo. Le había reservado una habitación a nombre de Warren
Clark. Pagó al contado y subió en el ascensor hasta el noveno piso. Tenía que
esperar. Simplemente esperar.
Pasó
una hora junto a la ventana y vio cómo oscurecía en Central Park. Sonó el
teléfono.
–¿Señor
Clark? –preguntó una voz femenina.
–Pues...
Sí.
–Soy
yo. ¿Ha llegado solo?
–Sí.
¿Dónde está usted?
–Seis
pisos más arriba. Coja el ascensor hasta el decimoctavo y baje por la escalera
al decimoquinto. Habitación quince veinte.
–De
acuerdo. ¿Ahora?
–Sí.
Le espero.
Volvió
a cepillarse los dientes, se aseguró de que iba bien peinado y al cabo de diez
minutos estaba frente a la puerta quince veinte. Se sentía como un adolescente
en su primera cita. No había estado tan nervioso desde que jugaba a fútbol en
el instituto.
Pero
él era Gray Grantham, del Washington Post, y aquello no era más que otra de sus
investigaciones con una de tantas mujeres, de modo que no tenía por qué no
estar en control de la situación.
Llamó
a la puerta y esperó.
–¿Quién
es?
–Grantham
–respondió.
Corrió
el pestillo y abrió lentamente la puerta. El cabello ya no era el mismo, pero
sonrió y ahí estaba la chica de la portada, que le estrechó firmemente la mano.
–Pase.
¿Le apetece tomar algo? –preguntó, después de cerrar nuevamente la puerta y
correr el pestillo.
–Desde
luego. ¿Qué tiene?
–Agua
con hielo.
–Perfecto.
Entró
en una pequeña sala, donde había un televisor encendido pero sin sonido.
–Por
aquí –indicó la chica.
Dejó
la bolsa sobre la mesa y se sentó en el sofá. Ella estaba de pie junto al
mueble bar y, momentáneamente, admiró sus vaqueros. Iba descalza. Un jersey
extra grande con el cuello ladeado dejaba entrever una tira de su sujetador.
Le
entregó un vaso de agua y se sentó en una silla, junto a la puerta.
–Gracias.
–¿Ha
comido?
–No
me dijo que lo hiciera.
–Discúlpeme
–rió–. He atravesado muchas dificultades. Pediré algo al servicio de
habitaciones.
–Claro
–sonrió Grantham–. Estoy a su disposición.
–Me
apetece una hamburguesa grasienta con queso, patatas fritas y una cerveza bien
fría.
–Perfecto.
Levantó
el teléfono y pidió la comida. Grantham se acercó a la ventana y observó las
luces que circulaban por la Quinta Avenida.
–Tengo
veinticuatro años. ¿Cuántos tiene usted? –preguntó, sentada ahora en el sofá,
con un vaso de agua fría en la mano.
–Treinta
y ocho –respondió, al tiempo que se sentaba en la silla más próxima–. Casado
una vez. Divorciado hace siete años y tres meses. Sin hijos. Vivo solo con un
gato. ¿Por qué ha elegido el Saint Moritz?
–Tenían
habitaciones libres y pude convencerles de que era importante pagar al contado
y no presentar identificación. ¿Le gusta?
–No
está mal. Parece haber pasado sus mejores momentos.
–No
son exactamente unas vacaciones.
–No
está mal. ¿Cuánto tiempo cree que permaneceremos aquí?
Le
observó atentamente. Hacía seis años que había publicado un libro sobre
escándalos relacionados con HUD y, a pesar de que había tenido escaso éxito,
encontró un ejemplar del mismo en una biblioteca pública de Nueva Orleans.
Parecía seis años mayor que en la foto de la solapa, pero maduraba con
elegancia y las canas de sus patillas le daban un toque de distinción.
–No
sé cuánto tiempo se quedará usted –respondió–. Mis planes pueden cambiar de un
momento a otro. Puede que vea un rostro en la calle y coja un avión a Nueva
Zelanda.
–¿Cuándo
salió de Nueva Orleans?
–El
lunes por la noche. Cogí un taxi a Baton Rouge, que alguien pudo seguir con
mucha facilidad. Me trasladé en avión a Chicago, donde compré billetes con
cuatro destinos distintos, incluido Boise, donde vive mi madre. En el último
momento cogí un avión a La Guardia. Creo que no me siguió nadie.
–Está
a salvo.
–Puede
que por ahora. Nos perseguirán a ambos cuando se publique este artículo. En el
supuesto de que se haga.
Gray
movió los cubitos de hielo en el vaso y la observó.
–Depende
de lo que me cuente. Y de lo que pueda confirmarse de otras fuentes.
–La
comprobación es cosa suya. Le contaré lo que sé y a partir de entonces se las
arreglará solito.
–De
acuerdo. ¿Cuándo empezamos a hablar?
–Después
de cenar. Prefiero hacerlo con el estómago lleno. ¿No tendrá usted prisa?
–Claro
que no. Dispongo de toda la noche, todo el día de mañana, el día siguiente y el
siguiente. Lo que usted sabe constituye la historia más sensacional de los
últimos veinte años, de modo que me quedaré mientras esté dispuesta a hablar
conmigo.
Darby
sonrió y desvió la mirada. Hacía exactamente una semana que ella y Thomas
esperaban para cenar en el bar de Mouton's. Él vestía chaqueta de seda negra,
camisa de lona, corbata roja a cuadros y un pantalón caqui muy almidonado.
Zapatos sin calcetines. Llevaba la camisa desabrochada y la corbata suelta.
Habían hablado de las islas Vírgenes, del día de Acción de Gracias y de Gavin
Verheek, mientras esperaban que se vaciara una mesa. Él bebía sin parar, lo
cual no era inusual. Luego se emborrachó y le salvó la vida.
Había
vivido un año en los últimos siete días y ahora mantenía una auténtica
conversación con un ser vivo, que no deseaba su muerte. Cruzó lo pies y los
colocó sobre la mesilla. No le resultaba incómoda su compañia en su habitación.
Se sentía relajada. «Confíe en mí», se leía en su rostro. ¿Y por qué no? ¿En
quién podía confiar de lo contrario?
–¿En
qué piensa? –preguntó Grantham.
–Ha
sido una semana muy larga. Hace sólo siete días era una estudiante de Derecho
como cualquier otra, que se esforzaba por alcanzar la. cima. Y ahora míreme.
Era
lo que hacía. Procuraba conservar la serenidad y que no se le abriera la boca
como a un adolescente, pero la miraba. Su cabello era oscuro, muy corto y
bastante elegante, pero prefería la versión de la foto del día anterior.
–Hábleme
de Thomas Callahan.
–¿Por
qué?
–No
lo sé. Forma parte de la historia, ¿no es cierto?
–Sí.
Le hablaré de él más adelante.
–Muy
bien. ¿Su madre vive en Boise?
–Sí,
pero no sabe nada. ¿Dónde vive la suya?
–En
Short Hills, Nueva Jersey –respondió con una sonrisa, mientras mordía un cubito
de hielo a la espera de que ella hablara.
Darby
reflexionaba.
–¿Qué
es lo que más le gusta de Nueva York? –preguntó Darby.
–El
aeropuerto. Es la forma más rápida de largarse.
–Thomas
y yo estuvimos aquí en verano. Hacía más calor que en Nueva Orleans.
De
pronto Grantham comprendió que no era sólo una joven estudiante, sino una viuda
afligida. La pobre muchacha sufría. No había podido cuidar de su cabello, su
ropa, ni su mirada. ¡Maldita sea, la consumía el dolor!
–Lamento
muchísimo lo de Thomas –dijo–. No volveré a interesarme por él. Ella le sonrió
sin decir palabra.
Alguien
llamó con fuerza a la puerta. Darby retiró inmediatamente los pies de la
mesilla y miró fijamente a la puerta. Luego respiró hondo. Era la comida.
–Me
ocuparé yo –dijo Gray–. Relájese. VEINTINUEVE
Durante muchos
siglos, se libró
sin entrometimiento una
silenciosa pero descomunal
batalla de la naturaleza, a lo largo de la costa de lo
que sería Louisiana. Fue una batalla territorial, en la que los seres humanos
no participaron hasta hace unos pocos años. Desde el sur, el océano empujaba
tierra adentro con sus mareas, vientos, e inundaciones. Desde el norte, el río
Mississippi transportaba un suministro inagotable de agua dulce y sedimentos, y
alimentaba los pantanos con la tierra que necesitaban para que floreciera la
vegetación. El agua salada del golfo erosionaba la costa y destruía los
pantanos de agua dulce, al quemar la vegetación que los mantenía unidos. El río
contra atacaba erosionando medio continente y depositando sus aluviones en la
baja Louisiana. Lentamente formó una larga sucesión de deltas aluviales, cada
uno de los cuales en su momento interrumpió el curso del río y le obligó a
abrirse un nuevo cauce. En los deltas crecieron sus frondosas marismas.
Fue
una lucha épica de toma y daca, plenamente bajo control de las fuerzas de la
naturaleza. Gracias a la constante aportación del poderoso río, los deltas no
sólo resistieron las acometidas del golfo, sino que se expandieron.
Las
marismas eran una maravilla de la evolución natural. Gracias a la riqueza de
los aluviones se convirtieron en un paraíso verde de cipreses y robles, con
densas áreas de pontederias, juncos y espadañas. En sus aguas proliferaban las
cigalas, las gambas, las ostras, los snappers, los lenguados, los pompanos, las
bremas, los cangrejos y los caimanes. La llanura de la costa era un santuario
natural, utilizado por centenares de especies de aves migratorias.
Las
marismas eran vastas e ilimitadas, ricas y abundantes.
Entonces,
en mil novecientos treinta, se descubrió petróleo y empezó la desolación. Las
compañías petrolíferas dragaron quince mil kilómetros de canales para extraer
el crudo. Una pulcra e inagotable red de canalizaciones cruzaba el delicado
delta en todas direcciones. Dividieron las marismas en mil pedazos.
Perforaron, encontraron
petróleo, dragaron como
locos para extraerlo.
Sus canales eran
vías de comunicación perfectas
para el agua salada del golfo, que destruyó las marismas.
Desde
el descubrimiento del petróleo, decenas de millares de hectáreas de tierra
fértil del delta han sido devoradas por el océano. Ciento cincuenta y cinco
kilómetros cuadrados de Louisiana desaparecen anualmente. Cada veintiocho
minutos las aguas devoran una nueva hectárea.
En
mil novecientos setenta y nueve, una compañía petrolífera perforó un profundo
pozo en Terrebonne Parish y encontró petróleo. Era un día como cualquier otro y
una plataforma como cualquiera de las demás, pero el hallazgo era excepcional.
Habían descubierto mucho petróleo. Perforaron de nuevo a un cuarto de kilómetro
y descubrieron otro gran yacimiento. A cinco kilómetros, les sonrió de nuevo la
fortuna.
La
compañía petrolífera cubrió los pozos y estudió la situación, que parecía
indicar la existencia de un nuevo yacimiento petrolífero de mayor importancia.
Su
propietario era Victor Mattiece, un louisiano descendiente de franceses nacido
en Lafayette, que había ganado y perdido varias fortunas buscando petróleo en
Louisiana del sur. En mil novecientos setenta y nueve, se daba el caso de que
era rico y, todavía más importante, tenía acceso al dinero de otras personas.
No tardó en convencerse de que
había descubierto un
yacimiento de mayor
importancia y empezó
a comprar terreno alrededor de los pozos cubiertos.
El
secreto es fundamental, pero difícil de guardar en los campos petrolíferos.
Además, Mattiece sabía que si empezaba a gastar montones de dinero, no tardaría
en desencadenarse una fiebre perforadora alrededor de sus nuevos pozos. Con la
infinita paciencia y capacidad de planificación que le caracterizaba,
reflexionó sobre el conjunto de la situación y decidió no optar por el dinero
fácil. Proyectó quedarse con todo. Rodeado de abogados y otros asesores,
elaboró un plan para adquirir metódicamente todo el terreno circundante, bajo
una infinidad de nombres de empresas. Fundaron nuevas compañías, usaron algunas
ya existentes, compraron una parte o la totalidad de empresas con dificultades
financieras, y se dedicaron a comprar terreno.
Los
que estaban en el negocio conocían a Mattiece, sabían que tenía dinero y que
podía conseguir más. Mattiece sabía que lo sabían
y lanzó silenciosamente dos
docenas de inconspicuas
entidades sobre los propietarios de Terrebonne Parish.
Funcionó a pedir de boca.
El
plan consistía en consolidar territorio, y luego dragar un nuevo canal en las
desventuradas y bloqueadas marismas, para facilitar el movimiento de hombres y
materiales a las nuevas plataformas, y extraer apresuradamente el crudo. El
canal mediría cincuenta kilómetros de longitud y tendría una anchura doble a la
de los demás canales. El tráfico sería intenso.
Puesto
que Mattiece tenía dinero, era popular entre los políticos y funcionarios de la
administración. Practicaba su juego con pericia. Daba el dinero donde
correspondía. Le encantaba la política, pero detestaba la publicidad. Era un
recluso paranoico.
Conforme
progresaba felizmente la adquisición de terrenos, de pronto Mattiece se
encontró corto de capital: A principios de los años ochenta hubo una depresión
en el sector petrolífero y cesó la extracción en sus otros pozos. Necesitaba
grandes cantidades de dinero y quería socios capaces de aportarlo
silenciosamente. Por consiguiente, se mantuvo alejado de Texas. Viajó al
extranjero y encontró unos árabes que, después de estudiar sus mapas, se
convencieron de la existencia de un yacimiento descomunal de crudo y gas
natural. Compraron parte de la operación y de pronto Mattiece volvió a disponer
de abundante dinero.
Repartió
los sobornos adecuados y consiguió permiso oficial para infiltrarse en las
delicadas marismas y cipresales. Todo caía majestuosamente en su lugar y Victor
Mattiece olía mil millones de dólares. Tal vez dos o tres millares de millones.
Entonces
ocurrió algo curioso. Apareció una denuncia ante los tribunales para detener
los dragados y perforaciones. El demandante era un grupo desconocido de
protección ambiental, conocido simplemente con el nombre de Green Fund.
El
pleito era inesperado, porque a lo largo de cincuenta años se había permitido
la destrucción y contaminación de Louisiana por parte de compañías petrolíferas
y de gente como Victor Mattiece. Era un acuerdo comercial. La industria
petrolífera empleaba a mucha gente y pagaba buenos salarios. Los impuestos del
petróleo y gas recaudados en Baton Rouge servían para pagar a los funcionarios
estatales. Los pequeños pueblos junto al río se habían convertido en villas
florecientes. Todos los políticos, incluidos los gobernadores, aceptaban el
dinero del petróleo y hacían la vista gorda. Todo funcionaba a pedir de boca y
poco importaba que sufrieran las marismas.
Green
Fund presentó la denuncia ante el Tribunal Territorial de Estados Unidos en
Lafayette. Un juez federal ordenó que se paralizara el proyecto, a la espera de
que se celebrara un juicio.
Mattiece
se puso frenético. Pasó semanas con sus abogados elaborando planes y
estrategias. No repararía en gastos para ganar. Les ordenó que hicieran lo que
fuera necesario. Quebrantar cualquier regla, violar cualquier código moral,
contratar a cualquier experto, ordenar cualquier estudio, degollar a
cualquiera, gastar lo que fuera. Lo único importante era ganar el pleito.
Fiel
a su discreción habitual, adoptó una actitud todavía más reservada. Se trasladó
a las Bahamas y dirigió la operación desde una fortaleza armada en Lyford Cay.
Se trasladaba en avión a Nueva Orleans una vez por semana, para reunirse con
sus abogados, antes de regresar a su isla.
Aunque
convertido en invisible, se aseguró de que aumentaran sus donativos políticos.
Su tesoro seguía a salvo bajo tierra en Terrabonne Parish y algún día lo
extraería, pero uno nunca sabe cuándo puede necesitar un favor.
Cuando
ambos abogados de Green Fund se habían adentrado en el cenagal hasta los
tobillos, treinta demandados distintos habían sido identificados. Algunos eran
propietarios de terrenos. Otros se dedicaban a la exploración. Unos eran
instaladores de tuberías. Otros perforadores. Los negocios compartidos,
sociedades anónimas y asociaciones corporativas constituían un laberinto
impenetrable.
Los
demandados, con su legión de exclusivos abogados, reaccionaron con virulencia.
Presentaron un extenso recurso, en el que se le solicitaba al juez que
absolviera la causa en base a su frivolidad. Denegado. Solicitaron que se
permitiera seguir perforando, en espera del juicio. Denegado. Gimieron de dolor
y explicaron en otro extenso recurso la gran cantidad de dinero invertida en la
exploración, la perforación, etcétera. Nuevamente denegado. Presentaron
infinidad de recursos, todos ellos denegados, y cuando era evidente que algún
día se celebraría un juicio ante un jurado, los abogados de los intereses
petrolíferos decidieron jugar sucio.
Afortunadamente
para el pleito de Green Fund, el centro del yacimiento petrolífero estaba cerca
de un conjunto de marismas, convertido desde hacía muchos años en refugio de
aves acuáticas. Pandiones, airones, pelícanos, patos, grullas y cisnes se
encontraban entre las muchas especies migratorias que las utilizaban. A pesar
de que Louisiana no siempre se ha mostrado amable con su tierra, ha manifestado
un poco más de respeto por sus animales. Puesto que el veredicto sería algún
día emitido por un jurado de personas normales y con un poco de suerte de
sentido común, los abogados de Green Fund hicieron hincapié en las aves.
El
pelícano se convirtió en un héroe. Después de treinta años de contaminación
solapada con DDT y otros pesticidas, el pelícano castaño de Louisiana estaba al
borde de la extinción. Casi demasiado tarde se lo calificó como especie
en peligro de
extinción y se
le otorgó una
protección especial. Green
Fund singularizó la majestuosa ave y reclutó a media docena de
expertos, a lo largo y ancho del país, para declarar en su defensa.
Con
un centenar de abogados involucrados en el caso, el proceso avanzaba
lentamente. A veces no se movía, lo cual favorecía los intereses de Green Fund.
Las plataformas permanecían paralizadas.
Siete
años después de que Mattiece volara por primera vez sobre Terrebonne Parish en
su helicóptero de propulsión a chorro y trazara en la superficie de las
marismas la ruta que seguiría su preciado canal, se celebró el
juicio
de los pelícanos en Lake Charles. Fue un juicio espinoso que duró diez semanas.
Green Fund pedía compensación por el daño ya causado y solicitaba una
prohibición permanente de las perforaciones.
Las
compañías petrolíferas trajeron a un especialista de Houston para dirigirse al
jurado. Usaba zapatos de piel de elefante,
Stetson, y era
capaz de hablar
como un louisiano
de descendencia francesa
cuando era necesario. Resultó ser
muy eficaz, especialmente comparado con los abogados de Green Fund, ambos
barbudos y con la mirada muy intensa.
Green
Fund perdió el juicio, lo cual no era totalmente inesperado. Las compañías
petrolíferas habían gastado millones y es difícil azotar un oso con un
bastoncillo. David ganó la batalla, pero siempre es preferible apostar a favor
de Goliat. Los miembros del jurado no estaban impresionados con los peligros de
la contaminación y la fragilidad de la ecología de las marismas. El petróleo
significaba dinero y la gente necesitaba trabajo.
El
juez mantuvo los cargos por dos razones. En primer lugar, consideró que Green
Fund había demostrado su argumento respecto a los pelícanos, especie que gozaba
de protección federal. Además, era evidente para todos que Green Fund
presentaría recurso de apelación, y por consiguiente el asunto estaba lejos de
haber terminado.
Todo
se apaciguó durante algún tiempo y Mattiece había ganado una pequeña batalla.
Pero sabía que habría otras vistas, en otros juzgados. Era un hombre
infinitamente paciente y calculador.
TREINTA
El
magnetófono estaba en medio de la mesilla, rodeado de cuatro botellas vacías de
cerveza. Escuchaba y tomaba notas.
–¿Quién
te habló del proceso?
–Un
individuo llamado John Del Greco. Estudia derecho en Tulane, va un curso más
adelantado que yo. El año pasado trabajó como pasante en un gran bufete de
Houston, que se ocupaba de aspectos periféricos del litigio. No tuvo contacto
directo con el caso, pero abundaban los chismes y los rumores.
–¿Y
todos los abogados eran de Nueva Orleans y Houston?
–Sí,
casi todos los de las partes demandadas. Pero las empresas son de una docena de
ciudades distintas, de modo que evidentemente trajeron también sus propios
abogados. Había abogados de Dallas, Chicago y de muchas otras ciudades. Parecía
un circo.
–¿En
qué nivel se encuentra el proceso?
–Está
en proceso de apelación al quinto Tribunal Territorial de apelación. El recurso
no está terminado, pero seguramente lo estará dentro de un mes aproximadamente.
–¿Dónde
está el quinto tribunal?
–Nueva
Orleans. Unos veinticuatro meses después de su presentación, lo estudiarán tres
jueces y tomarán una decisión. La parte perdedora solicitará indudablemente una
nueva audiencia ante el tribunal completo, para lo cual se necesitarán otros
tres o cuatro meses. Hay suficientes fallos en el veredicto para asegurar una
revocación o un auto de envío.
–¿Qué
es un auto de envío?
–El
tribunal de apelación tiene tres opciones. Confirmar el veredicto, revocar el
veredicto, o encontrar los suficientes errores para ordenar que se celebre un
nuevo juicio. En este caso, se dicta auto de envío a otro tribunal. También es
posible que confirme una parte, revoque otra y dicte auto de envío con respecto
a otra. Es decir, una especie de mescolanza.
Gray
movió frustrado la cabeza, sin dejar de tomar notas.
–¿Por
qué querrá alguien ser abogado?
–Me
he hecho varias veces la misma pregunta durante la última semana.
–¿Alguna
idea de cómo reaccionará el quinto tribunal?
–Ninguna.
Todavía no han visto el sumario. Los demandantes alegan multitud de fallos de
procedimiento por parte de los demandados y, dada la naturaleza de la
conspiración, es probable que en gran parte tengan razón. Cabe la posibilidad
de una revocación.
–¿Qué
ocurriría entonces?
–Empezarían
los fuegos artificiales. Si alguna de las partes no está satisfecha con el
quinto tribunal, puede apelar al Tribunal Supremo.
–Vaya
sorpresa.
–Todos
los años el Tribunal Supremo recibe millares de recursos de apelación, pero es
muy selectivo en cuanto a los que acepta. Debido a la cantidad de dinero,
presión y temas de este caso, cuenta con una buena posibilidad de que lo
acepten.
–A
partir de hoy, ¿cuánto tiempo tardaría este caso en ser decidido por el
Tribunal Supremo?
–De
tres a cinco años.
–Rosenberg
habría fallecido de muerte natural.
–Sí,
pero podría haber un demócrata en la Casa Blanca cuando lo hiciera.
Eliminándolo ahora, cabe prever el tipo de persona que le sucederá.
–Parece
lógico.
–Es
maravilloso. Si tú fueras Victor Mattiece, tuvieras sólo unos cincuenta
millones, tu ambición fuera la de convertirte en billonario, y no te importara
asesinar a un par de jueces del Tribunal Supremo, ahora sería el momento de
hacerlo.
–¿Pero,
qué ocurriría si el Tribunal Supremo se negara a aceptar el caso?
–Si
el quinto tribunal confirma el veredicto, puede sentirse satisfecho. Pero en el
supuesto de que lo revoque y el Supremo lo rechace, tendrá problemas. En mi
opinión volverá a empezar desde el principio, iniciará un nuevo pleito y lo
someterá todo nuevamente a juicio. Hay demasiado dinero en juego para que se dé
por vencido. Cuando decidió eliminar a Rosenberg y Jensen, hay que suponer que
se comprometió plenamente con la causa.
–¿Dónde
estaba él durante el juicio?
–Completamente
invisible. Ten en cuenta que no es del dominio público que él sea el cabecilla
de las partes demandadas. Cuando se inició el juicio había treinta y ocho
empresas entre los demandados. No se mencionó a ningún individuo, sólo los
nombres de las empresas. Entre las treinta y ocho, siete cotizan en bolsa, y él
es propietario del veinte por ciento como máximo de cada una de ellas. Éstas no
son más que pequeñas empresas de compra
y venta libre
de acciones. Las
otras treinta y
una son privadas
y no he
podido obtener mucha información. Pero he averiguado que
dentro de dicho grupo de empresas privadas muchas son propiedad de otras y
algunas de corporaciones públicas. Es casi impenetrable.
–Pero
él las controla.
–Sí.
Sospecho que es propietario o tiene el control del ochenta por ciento del
proyecto. He investigado cuatro de las empresas privadas y tres de ellas están
registradas en el extranjero. Dos en las Bahamas y una en las Caimanes. Del
Greco oyó que Mattiece operaba a través de bancos y compañías de ultramar.
–¿Recuerdas
los nombres de las siete empresas públicas?
–La
mayoría. Evidentemente aparecían en las notas a pie de página en el informe,
del que no tengo ninguna copia. Pero he vuelto a escribirlo casi todo a mano.
–¿Puedo
verlo?
–Puedes
quedártelo. Pero es sumamente peligroso.
–Lo
leeré más tarde. Háblame de la fotografía.
–Mattiece
es de una pequeña ciudad cerca de Lafayette, y cuando era más joven distribuía
mucho dinero entre los políticos de Louisiana del sur. Ya entonces era un
individuo tenebroso, que repartía dinero entre bastidores. Gastó mucho dinero
con los demócratas a nivel local y con los republicanos a nivel nacional, y a
lo largo de los años le invitaron a festines los poderosos de Washington.
Siempre ha eludido la publicidad, pero es difícil disimular la cantidad de
dinero que posee, especialmente cuando se lo ofrece a los políticos. Hace siete
años, cuando el actual presidente era vicepresidente, visitó Nueva Orleans con
el propósito de recaudar fondos para el partido republicano. Todos los
poderosos acudieron, incluido Mattiece. La cena costaba diez mil dólares por
persona y la prensa logró introducirse. Un fotógrafo se las arregló para
conseguir una fotografía de Mattiece, cuando estrechaba la mano del
vicepresidente. Al día siguiente la publicó el periódico de Nueva Orleans. Es
una foto maravillosa. Se sonríen mutuamente como buenos amigos.
–No
será difícil de conseguir.
–Sólo
para divertirme, pegué una copia en la última página del informe. ¿No te parece
divertido?
–Me
lo paso de maravilla.
–Mattiece
se esfumó hace algunos años y ahora se le supone domiciliado en varios lugares.
Es muy excéntrico. Del Greco dijo que la mayoría de la gente le cree loco.
El
magnetófono hizo un pitido y Gray cambió la cinta. Darby se puso de pie para
estirar sus largas piernas. Él la observaba mientras manipulaba el magnetófono.
Las otras dos cintas estaban ya grabadas y etiquetadas.
–¿Estás
cansada? –preguntó Gray.
–No
he dormido muy bien. ¿Quedan muchas preguntas?
–¿Sabes
muchas más cosas?
–Hemos
cubierto todo lo básico. Quedan algunas lagunas que podemos llenar por la
mañana.
Gray
paró el magnetófono y se puso de pie. Darby estaba junto a la ventana,
bostezando y desperezándose, mientras él se acomodaba en el sofá.
–¿Qué
ha ocurrido con tu cabello? –preguntó Gray.
Darby
acercó una silla y cruzó las piernas. Llevaba las uñas de los dedos de los pies
pintadas de rojo. Apoyó la barbilla en las rodillas.
–Lo
abandoné en un hotel de Nueva Orleans. ¿Cómo lo sabes?
–He
visto una fotografía.
–¿De
dónde?
–A
decir verdad, he visto tres fotografías. Dos del anuario de Tulane y una del de
Arizona.
–¿Quién
te las mandó?
–Tengo
contactos. Las recibí por fax, de modo que no eran muy buenas, pero la
cabellera era maravillosa.
–Preferiría
que no lo hubieras hecho.
–¿Por
qué?
–Toda
llamada telefónica deja una huella.
–Por
favor, Darby. Confía un poco en mí.
–Me
has estado investigando.
–Sólo
algunos detalles generales. Eso es todo.
–Que
no se repita, ¿de acuerdo? Si quieres algo de mí, pregúntamelo. Y si te digo
que lo olvides, olvídalo. Grantham
se encogió de
hombros y aceptó.
Olvidaría el cabello,
para concentrarse en
temas menos
delicados.
–¿Entonces
quién seleccionó a Rosenberg y a Jensen? Mattiece no es abogado.
–Rosenberg
fue fácil. Jensen no había escrito mucho sobre temas medio ambientales, pero
votaba consistentemente contra todo tipo de proyectos industriales. Si en algo
estaban persistentemente de acuerdo, era en la protección del medio ambiente.
–¿Y
crees que Mattiece lo descubrió por sí solo?
–Claro
que no. Alguna perversa mente jurídica le presentó los dos nombres. Tiene un
millar de abogados.
–¿Y
ninguno en Washington?
–¿Cómo
dices? –preguntó Darby con el entrecejo fruncido, después de levantar la
barbilla.
–Que
ninguno de sus abogados está en Washington.
–No
he dicho eso.
–Creí
que me habías dicho que la mayoría de los abogados eran de Nueva Orleans,
Houston y otras ciudades. No has mencionado Washington.
–Supones
demasiado –respondió Darby, mientras movía la cabeza–. Recuerdo haberme
encontrado por lo menos con dos bufetes de Washington. Uno de ellos es el de
White & Blazevich, un bufete muy antiguo, poderoso, rico y republicano, con
cuatrocientos abogados.
Gray
se acercó al borde del sofá.
–¿Qué
ocurre? –preguntó Darby.
De
pronto Gray estaba excitado. Se puso de pie, caminó hasta la puerta y regresó
al sofá.
–Puede
que esto encaje. Puede que hayamos dado en el clavo, Darby.
–Te
escucho.
–¿Me
escuchas atentamente?
–Te
lo juro.
–Presta
atención –dijo desde la ventana–. La semana pasada recibí tres llamadas
telefónicas de un abogado de Washington llamado García, aunque éste no es su
verdadero nombre. Me dijo que sabía algo, que había visto algo, relacionado con
Rosenberg y Jensen, y que estaba ansioso por contarme lo que sabía. Pero se
asustó y desapareció.
–Hay
un millón de abogados en Washington.
–Dos
millones. Pero sé que trabaja en un bufete particular. Prácticamente lo
admitió. Era sincero, estaba muy asustado, y creía que le seguían. Le pregunté
de quién se trataba y, por supuesto, no me lo dijo.
–¿Qué
le ocurrió?
–Nos
habíamos puesto de acuerdo para reunirnos el sábado por la mañana, pero llamó a
primera hora para decirme que lo olvidara. Me contó que estaba casado, tenía un
buen empleo y para qué arriesgarse. No me lo aseguró, pero creo que tiene una
copia de algo que estaba a punto de mostrarme.
–Ahí
podría estar tu confirmación.
–¿Y
si trabajara en White & Blazevich? De pronto se habrían reducido las
posibilidades a una entre cuatrocientas.
–El
pajar es mucho más pequeño.
Grantham
se acercó inmediatamente a su bolsa, buscó entre sus papeles y, como por arte
de magia, sacó una fotografía en blanco y negro, que dejó caer sobre las
rodillas de Darby.
–Éste
es García.
Darby
estudió la foto. Era la de un hombre en una concurrida acera. Se distinguía
perfectamente su rostro.
–Se
diría que no posó para que se la tomaran.
–No
exactamente –respondió Grantham, sin dejar de caminar.
–¿Entonces
cómo la conseguiste?
–No
puedo revelar mis fuentes.
–Me
asustas, Grantham –dijo Darby, después de dejar la fotografía sobre la mesilla
y frotarse los ojos–. Esto parece insalubre. Dime que no lo es.
–Sólo
un poco, ¿de acuerdo? Ese chico utilizaba siempre la misma cabina telefónica y
eso es un error.
–Sí,
lo sé. Es un error.
–Y
yo quería saber qué aspecto tenía.
–¿Le
pediste permiso para tomar su fotografía?
–No.
–Entonces
es muy insalubre.
–De
acuerdo, es insalubre. Pero ya está hecho, aquí está, y podría ser nuestro
vínculo con Mattiece.
–¿Nuestro
vínculo?
–Sí,
nuestro vínculo. Creí que lo que deseabas era atrapar a Mattiece.
–¿He
dicho yo eso? Quería hacerle pagar, pero prefiero no meterme con él. Me ha
convertido en creyente, Gray. Tardaré mucho en olvidar la sangre que he visto.
Coge la pelota y echa a correr.
Fingió
no haberla oído. Pasó por detrás de su silla hasta la ventana y regresó al
mueble bar.
–Me
has hablado de dos bufetes. ¿Cuál era el segundo?
–Brims,
Stearns y alguien más. No tuve oportunidad de investigarlos. Es curioso porque
ninguno de ellos figuraba entre los defensores de los demandados, pero ambos y
especialmente White & Blazevich aparecían repetidamente en el sumario.
–¿De
qué tamaño es Brim, Stearns y alguien más?
–Puedo
averiguarlo mañana.
–¿Es
tan grande como White & Blazevich?
–Lo
dudo.
–¿Qué
tamaño crees que puede tener?
–Doscientos
abogados.
–Muy
bien. Ahora tenemos seiscientos abogados en dos bufetes. Tú eres abogado,
Darby. ¿Cómo podemos encontrar a García?
–No
soy abogado, ni detective privado. Tú eres el periodista investigador
–respondió Darby, a quien no le gustaba que su interlocutor hablara en plural.
–Sí,
pero nunca he visitado el despacho de un abogado, a excepción de cuando tramité
el divorcio.
–Entonces
eres muy afortunado.
–¿Cómo
podemos encontrarle?
Darby
había empezado de nuevo a bostezar. Hacía casi tres horas que charlaban y
estaba agotada. Podrían continuar por la mañana.
–No
sé cómo encontrarle y, la verdad, no he pensado mucho en ello. Reflexionaré
mientras duermo y te responderé por la mañana.
De
pronto Grantham se tranquilizó. Darby se levantó y se dirigió al mueble bar, en
busca de un vaso de agua.
–Recogeré
mis cosas –dijo Grantham, mientras guardaba las cintas.
–¿Puedes
hacerme un favor?
–Tal
vez.
–¿Te
importaría dormir en este sofá esta noche? Hace tiempo que no duermo bien y
necesito descansar. Me sentiría mucho más tranquila si supiera que estás aquí.
Grantham
contempló el sofá y respiró hondo. Medía un metro y medio a lo sumo, y no
parecía muy cómodo.
–Por
supuesto –sonrió–. Te comprendo perfectamente.
–Lo
siento, tengo miedo.
–Lo
comprendo.
–Es
agradable poder contar con alguien como tú. Le sonrió recatadamente y él se
derritió.
–No
me importa, te lo aseguro.
–Gracias.
–Cierra
la puerta con llave, métete en la cama y duerme a gusto. No me moveré de aquí,
puedes quedarte tranquila.
–Gracias
–asintió, sonrió de nuevo y cerró la puerta del dormitorio, sin echar el
pestillo.
Gray
se quedó a oscuras en el sofá, con la mirada fija en la puerta. Poco después de
la medianoche se quedó dormido, con las rodillas no muy lejos de su barbilla.
TREINTA
Y UNO
Su
jefe era Jackson Feldman, redactor ejecutivo, aquél era su territorio, y no le
toleraba insolencias a nadie a excepción del señor Feldman. Y especialmente a
un desvergonzado como Gray Grantham, de pie junto a la puerta del señor
Feldman, que custodiaba como un sabueso. No conocía la razón de la presencia de
Grantham, pero aquél era su territorio.
Sonó
el teléfono de la secretaria y Grantham le chilló:
–¡Ninguna
llamada!
Se
le subieron los colores a las mejillas y quedó boquiabierta. Levantó el
auricular, escuchó unos segundos y respondió:
–Lo
siento, el señor Feldman está reunido. Sí, le diré que le llame cuanto antes
–agregó antes de colgar, sin dejar de mirar fijamente a Grantham, que movía la
cabeza como para desafiarla.
–¡Gracias!
–exclamó Grantham.
Su
cortesía la desconcertó. Estaba a punto de insultarle, pero al oír sus
«gracias» le quedó la mente en blanco. Él le sonrió y ella se puso todavía más
furiosa.
Eran
las cinco y media, hora de abandonar el despacho, pero el señor Feldman le
había pedido que se quedara. Grantham seguía junto a la puerta, a menos de tres
metros, sin dejar de mirarla con una sonrisita. Nunca le había gustado aquel
individuo. Aunque, por otra parte, no había mucha gente en el Post que le
gustara. Apareció un ayudante de redacción, que se dirigía decididamente a la
puerta, cuando el sabueso le cortó el paso.
–Lo
siento, ahora no se puede pasar –dijo Grantham.
–¿Y
por qué no?
–Están
reunidos. Déjaselo a ella –dijo señalando a la secretaria, que después de
veintiún años en la empresa detestaba que la señalaran con el dedo y que la
llamaran simplemente «ella».
El
ayudante de redacción no se dejaba intimidar fácilmente.
–No
tengo ningún inconveniente. Pero el señor Feldman me ha ordenado traer estos
papeles exactamente a las cinco y media. Es la hora en punto, aquí estoy y he
traído los papeles.
–Nos
sentimos muy orgullosos de ti, pero ya puedes marcharte, ¿de acuerdo? Ahora
entrégale los papeles a esa encantadora dama y mañana será otro día –dijo
Grantham frente a la puerta, aparentemente dispuesto a luchar si el muchacho
insistía.
–Yo
los guardaré –declaró la secretaria, antes de que el joven se retirara.
–¡Gracias!
–exclamó nuevamente Grantham.
–Creo
que es usted un mal educado.
–Le
he dado las gracias –dijo, procurando parecer ofendido.
–Usted
es un listillo.
–¡Gracias!
De
pronto se abrió la puerta y se oyó un grito:
–¡Grantham!
Sonrió
a la secretaria y entró en el despacho. Jackson Feldman estaba de pie detrás de
su escritorio. Llevaba la corbata suelta y las mangas arremangadas hasta los
codos. Medía metro noventa y cinco, sin un gramo de grasa. A sus cincuenta y
ocho años, corría en dos maratones todos los años y trabajaba quince horas
diarias.
Smith
Keen también estaba de pie en el despacho, con un borrador de cuatro páginas de
un artículo y la copia reproducida a mano por Darby del informe pelícano. La
copia de Feldman estaba sobre la mesa. Parecían estar aturdidos.
–Cierre
la puerta –ordenó Feldman.
Gray
obedeció y se sentó al borde de la mesa. Nadie decía palabra.
–Caramba
–exclamó finalmente Feldman, después de frotarse los ojos y mirar a Keen.
–¿Eso
es todo? –sonrió Gray–. Le entrego la historia más sensacional de los últimos
veinte años y está tan emocionado que sólo se le ocurre decir «caramba».
–¿Dónde
está Darby Shaw? –preguntó Keen.
–No
puedo decírselo. Forma parte del trato.
–¿Qué
trato? –preguntó Keen.
–Tampoco
puedo decírselo.
–¿Cuándo
habló con ella?
–Anoche
y de nuevo esta mañana.
–¿Y
esto ocurrió en Nueva York? –preguntó Keen.
–¿Qué
importa dónde habláramos? El caso es que lo hemos hecho, ¿de acuerdo? Ella ha
hablado y yo la he escuchado. He regresado en avión y he escrito el borrador.
¿Qué les parece?
Feldman
dobló lentamente su fino cuerpo y se acomodó en su silla.
–¿Cuánto
sabe la Casa Blanca?
–No
estoy seguro. Verheek le dijo a Darby que se entregó a la Casa Blanca algún día
de la semana pasada y que en aquellos momentos el FBI consideraba que debía ser
investigado. A continuación, después de que entrara en posesión de la Casa
Blanca y por alguna razón desconocida, el FBI abandonó el caso. Eso es todo lo
que sé.
–¿Cuánto
le dio Mattiece al presidente hace tres años?
–Muchos
millones. Casi todo a través de un sinfín de asesores financieros privados que
controla. Ese individuo es muy astuto. Tiene infinidad de abogados, que
calculan cómo mover dinero de un lado para otro. Probablemente sin quebrantar
ninguna ley.
Los
redactores reflexionaban. Estaban aturdidos, como si acabaran de sobrevivir a
la explosión de una bomba. Grantham se sentía bastante orgulloso de sí mismo y
mecía los pies bajo la mesa, como un chiquillo sentado al borde de un muelle.
Feldman
cogió los papeles y los hojeó, hasta encontrar la fotografía de Mattiece junto
al presidente. Movió la cabeza.
–Es
dinamita, Gray –dijo Keen–. Pero no lo podemos publicar sin abundante
corroboración. Diablos, hablamos de la mayor tarea de verificación del mundo.
Este material es muy poderoso, hijo.
–¿Cómo
se las arreglará? –preguntó Feldman.
–Tengo
algunas ideas.
–Me
gustaría oírlas. Esto podría costarle la vida.
–En
primer lugar, intentaremos encontrar a García –respondió Grantham, después de
ponerse de pie, con las manos en los bolsillos.
–¿Intentaremos?
¿Con quién piensa trabajar? –preguntó Keen.
–Intentaré,
¿de acuerdo? Yo solo. Intentaré encontrar a García.
–¿Está
la chica involucrada? –preguntó Keen.
–No
puedo decírselo. Forma parte del trato.
–Quiero
que responda –dijo Feldman–. Piense en nuestra situación si pierde la vida
mientras le ayuda. Es demasiado arriesgado. Díganos dónde está y qué se
proponen.
–No
puedo revelarles dónde se encuentra. Es mi fuente de información y siempre
protejo a mis informadores. No me ayuda en la investigación. Es sólo una
fuente, ¿de acuerdo?
Le
observaron con incredulidad, se miraron entre sí y por fin Keen se encogió de
hombros.
–¿Necesita
ayuda? –preguntó Feldman.
–No.
Ella insiste en que trabaje solo. Está muy asustada y no se lo reprocho.
–Yo
me he asustado sólo con leerlo –dijo Keen.
Feldman
echó atrás su silla y cruzó los pies sobre la mesa. Tamaño cuarenta y seis.
–Debe
empezar por García –dijo, al tiempo que sonreía por primera vez–. Si no le
encuentra, puede que tenga que dedicarle meses a investigar a Mattiece, sin
llegar a recomponer el rompecabezas. Y antes de que empiece a investigar a
Mattiece, quiero que tengamos una larga charla. Usted me cae bastante bien,
Grantham, y este asunto no merece que le maten.
–Quiero
ver todo lo que escriba, ¿de acuerdo? –dijo Keen.
–Y
yo quiero un informe diario, ¿entendido? –agregó Feldman.
–Desde
luego.
Keen
se acercó a la pared de cristal y contempló el caos de la redacción. Todos los
días se producían media docena de ajetreos. A las cinco y media se convertía en
una locura. Se estaban escribiendo las noticias y la segunda conferencia se
celebraba a las seis y media.
–Esto
podría significar el fin de la depresión –comentó Feldman sin moverse de su
escritorio, con la mirada fija en Gray–. ¿Cuánto ha durado? ¿Cinco, seis años?
–Yo
diría siete –agregó Keen.
–He
escrito algunos buenos artículos –replicó Gray, a la defensiva.
–Por
supuesto –dijo Feldman, sin dejar de contemplar la redacción–. Pero se ha
estado moviendo entre los dobles y los triples. Del último «gordo» hace ya
mucho tiempo.
–Mucho
se debe a las circunstancias –agregó cooperativamente Keen.
–Se
hace lo que se puede –dijo Gray–. Pero ésta será la victoria de la recopa
–agregó, desde el umbral de la puerta.
–Cuídese
y no permita que le ocurra ningún daño a la chica. ¿Entendido? –dijo Feldman,
con la mirada fija en sus ojos. Gray sonrió y abandonó el despacho.
Había
llegado casi a Thomas Circle cuando vio las luces azules a su espalda. El
policía no le adelantó, pero siguió pegado a la cola de su coche. No prestaba
ninguna atención al límite permitido, ni a la velocidad a la que conducía.
Sería su tercera multa en dieciséis meses.
Paró
en un pequeño aparcamiento, junto a un edificio de varios pisos. Estaba oscuro
y las luces azules parpadeaban en su retrovisor. Se frotó las sienes.
–Apéese
–ordenó el policía, desde el parachoques.
Gray
abrió la puerta y obedeció. El policía era negro y de pronto empezó a sonreír.
Era Cleve.
–Sube
–dijo, al tiempo que señalaba el coche patrulla.
–¿Por
qué me haces esas cosas? –preguntó Gray, cuando estaban ambos sentados en el
coche bajo las luces azules y contemplaban el Volvo.
–Tenemos
cuotas, Grantham. Hemos de parar a un número determinado de blancos para
incordiarlos. El jefe quiere que equilibremos las cosas. Los policías blancos
incordian a los negros pobres e inocentes, y los policías negros incordiamos a
los blancos ricos e inocentes.
–Supongo
que querrás esposarme y darme una paliza.
–Sólo
si me lo suplicas. Sarge no puede seguir hablando contigo.
–Te
escucho.
–Presiente
que algo anda mal en palacio. Ha captado algunas extrañas miradas y ha oído un
par de cosas.
–¿Por
ejemplo?
–Por
ejemplo que hablan de ti y de lo mucho que les interesa conocer lo que sabes.
Cree que es posible que te estén escuchando.
–Válgame
Dios, Cleve. ¿Habla en serio?
–Les
ha oído hablar de ti y de que formulas preguntas sobre ese asunto pelícano o lo
que sea. Los has trastornado.
–¿Qué
ha oído sobre ese asunto pelícano?
–Sólo
que te acercas demasiado y que para ellos es grave.
Son
unos paranoicos sin escrúpulos, Gray. Sarge dice que tengas cuidado donde vayas
y con quien hables.
–¿Y
no podemos volver a vernos?
–No
durante un tiempo. Desea actuar con discreción y utilizarme a mí como
mensajero.
–De
acuerdo. Necesito su ayuda, pero dile que no se arriesgue. Es un asunto muy
delicado.
–¿Qué
es eso de pelícano?
–No
puedo decírtelo. Pero dile a Sarge que podría costarle la vida.
–No
te preocupes por Sarge. Es más astuto que todos los que le rodean.
–Gracias,
Cleve –dijo Gray antes de abrir la puerta y apearse del coche.
–Andaré
por ahí –respondió Cleve, después de apagar las luces azules–. Durante los
próximos seis meses haré el turno de noche y procuraré vigilarte.
–Gracias.
Rupert
pagó su panecillo de canela y se sentó en un taburete junto a la barra, desde
donde se veía la acera. Era medianoche, las doce en punto, y empezaban a
vaciarse las calles de Georgetown. Por la calle M circulaban todavía algunos
coches y los pocos peatones que quedaban regresaban a sus casas. El café estaba
concurrido, pero no abarrotado. Tomaba un café solo.
Reconoció
un rostro en la acera, que al cabo de un momento estaba sentado junto a él en
la barra. Era una especie de lacayo, con el que se había reunido hacía unos
días en Nueva Orleans.
–¿Qué
hay de nuevo? –preguntó Rupert.
–No
logramos encontrarla. Y eso nos preocupa, porque hoy hemos recibido malas
noticias.
–¿Bien?
–El
caso es que hemos oído rumores, no confirmados, de que los malos están
trastornados y su número uno quiere empezar a matar a todo el mundo. No piensa
reparar en gastos y los rumores indican que gastará lo que sea necesario, para
salirse con la suya. Va a mandar tipos duros, armados hasta los dientes.
Evidentemente, dicen que está loco, pero es terriblemente malvado y con dinero
se puede matar a mucha gente.
–¿Quién
está en la lista? –preguntó Rupert, sin que le inquietara la idea de las
matanzas.
–La
chica. Y supongo que cualquier otra persona del exterior, que sepa algo del
pequeño documento.
–¿Entonces
qué debo hacer?
–Esperar.
Volveremos a reunirnos aquí mañana por la noche, a la misma hora. Si
encontramos a la chica, tendrás que ocuparte tú del asunto.
–¿Cómo
pensáis encontrarla?
–Creemos
que está en Nueva York. Disponemos de medios.
Rupert
cogió un trozo de panecillo de canela y se lo llevó a la boca.
–¿Tú
dónde estarías?
El
mensajero pensó en una docena de lugares adonde tal vez iría pero, maldita sea,
eran sitios como París, Roma o Montecarlo, que ya conocía y todo el mundo
visitaba. No se le ocurría ningún lugar exótico donde ocultarse el resto de su
vida.
–No
lo sé. ¿Dónde estarías tú?
–En
la ciudad de Nueva York. Se pueden vivir allí muchos años sin ser visto. No hay
problemas de idioma ni de costumbres. Para un norteamericano, es el lugar
perfecto donde ocultarse.
–Sí,
supongo que tienes razón. ¿Crees que está allí?
–No
lo sé. A veces es muy lista. Pero también tiene malos momentos.
–Hasta
mañana –dijo el mensajero, cuando ya se marchaba.
Rupert
le saludó con la mano. Menudo cretino está hecho, pensó. Andando de un lado
para otro para susurrar mensajes importantes
en algún bar
o cervecería, para luego
contarle detalladamente a
su jefe lo sucedido.
Arrojó
la taza vacía al cubo de la basura y salió a la calle. TREINTA Y DOS
Brim,
Stearns & Kidlow tenía ciento noventa abogados, según la última edición del
catálogo jurídico Martindale Hubbell. Y White & Blazevich tenía
cuatrocientos doce. Por consiguiente, con un poco de suerte, García podía ser
uno de los seiscientos dos. Sin embargo Mattiece utilizaba otros bufetes en
Washington, lo cual podía incrementar el número y convertir su tarea en
imposible.
Como
era de suponer, White & Blazevich no tenía nadie llamado García. Darby
buscó otros nombres hispánicos, pero no encontró ninguno. Era una de esas
pulcras organizaciones, con personal de apellidos rimbombantes, procedente de
las universidades de élite de la costa este. Había algunos nombres de mujeres,
pero sólo dos en calidad de socios de la empresa. La mayoría de las mujeres
habían ingresado después de mil novecientos ochenta. Si vivía el tiempo
suficiente para acabar su licenciatura, no se plantearía la posibilidad de
trabajar para una especie de fábrica como la de White & Blazevich.
Grantham
había sugerido que se concentrara en los hispanos, porque García era un poco
inusual como seudónimo. Puede que el muchacho fuera hispano y, puesto que
García era un nombre común en su cultura, fuera el primero que se le había
ocurrido. No funcionó. No había ningún hispano en la empresa.
Según
la guía, sus clientes eran ricos y poderosos. Bancos, grandes empresas y muchas
compañías petrolíferas. Entre sus clientes figuraban cuatro de los demandados
en el pleito, pero no el señor Mattiece. Había empresas químicas y líneas
marítimas, además de representar a los gobiernos de Corea del Sur, Libia y
Siria. Qué absurdo, pensó. Algunos de nuestros enemigos contratan a nuestros
abogados para cabildear en nuestro propio gobierno. Aunque, por otra parte, uno
puede contratar a los abogados para hacer cualquier cosa.
Brim,
Stearns & Kidlow eran una versión reducida de White & Blazevich, pero
caramba, entre sus componentes figuraban cuatro nombres hispanos, de los que
Darby tomó nota. Dos hombres y dos mujeres. Supuso que el bufete había sido
denunciado por discriminación racial y sexual. En los últimos
diez
años habían contratado a toda clase de gente. La lista de sus clientes era
pronosticable: gas y petróleo, seguros, bancos, relaciones gubernamentales.
Todo bastante aburrido.
Permaneció
sentada en un rincón de la biblioteca jurídica Fordham durante una hora. Era
viernes por la mañana, las diez en Nueva York y las nueve en Nueva Orleans, y
en lugar de ocultarse en una biblioteca hasta ahora para ella desconocida, se
suponía que debía estar en la clase de Procedimiento federal de Alleck, un
profesor por el que nunca había sentido ninguna simpatía, pero a quien ahora
echaba de menos. Alice Stark estaría sentada junto a ella. Uno de sus bobos
predilectos, D. Ronald Petrie estaría a su espalda intentando ligar con ella
con propuestas deshonestas. También le echaba de menos. Echaba de menos las
mañanas tranquilas en el balcón de Thomas, con una taza de café en la mano, a
la espera de que el barrio francés se quitara las telarañas y cobrara vida.
Echaba de menos el olor a colonia de su armario.
Después
de darle las gracias a la bibliotecaria, abandonó el edificio. Al llegar a la
calle Sesenta y Dos, se encaminó hacia el este en dirección al parque. Era una
maravillosa mañana de octubre, con un firmamento perfecto y una fresca brisa.
Muy agradable comparado con Nueva Orleans, pero difícil de apreciar dadas las
circunstancias. Llevaba unas Ray Ban nuevas y una bufanda hasta la barbilla. Su
cabello era todavía oscuro, pero había
dejado de cortárselo.
Había tomado la
decisión de caminar
sin mirar por
encima del hombro. Probablemente no la seguían, pero
sabía que pasarían muchos años antes de que pudiera pasear con absoluta
tranquilidad.
Los
árboles del parque formaban un magnífico cuadro de amarillos, naranjas y rojos.
Las hojas caían suavemente a merced de la brisa. Al llegar a la zona oeste de
Central Park, se encaminó hacia el sur. Pensaba marcharse al día siguiente,
para pasar unos días en Washington. Si sobrevivía, abandonaría el país y se
iría probablemente al Caribe. Había estado allí un par de veces y sabía que
existían millares de pequeñas islas, donde los habitantes hablaban alguna forma
de inglés.
Había
llegado el momento de abandonar el país. Habían perdido su pista y ya había
pedido información sobre vuelos a Nassau y Jamaica. Llegaría al oscurecer.
Encontró
un teléfono público al fondo de un pequeño café de la calle Seis y marcó el
número de Gray en el
Post.
–Soy
yo.
–Menos
mal. Temía que hubieras abandonado el país.
–Estoy
pensando en ello.
–¿Puedes
esperar una semana?
–Probablemente.
Estaré ahí mañana. ¿Qué has averiguado?
–Me
he limitado a acumular un montón de basura. Tengo copias de los balances
anuales de siete corporaciones públicas, involucradas en la querella.
–No
es una querella, sino un pleito. Lo primero se confunde con una disputa
callejera.
–Te
pido mil perdones. Mattiece no figura como ejecutivo ni director en ninguna de
ellas.
–¿Algo
más?
–Sólo
el millar habitual de llamadas telefónicas. Ayer pasé tres horas en los
juzgados buscando a García.
–No
le encontrarás en ningún juzgado, Gray. No es ese tipo de abogado. Trabaja en
un bufete corporativo.
–Supongo
que tú tienes una idea mejor.
–Tengo
varias ideas.
–Bien,
pues aquí te espero.
–Te
llamaré cuando llegue.
–No
llames a mi casa.
–¿Te
importaría decirme por qué?
–preguntó,
después de una pausa.
–Cabe
la posibilidad de que alguien escuche y puede que me sigan. Uno de mis mejores
contactos cree que he levantado suficiente oleaje para que me coloquen bajo
vigilancia.
–Maravilloso.
¿Y pretendes que venga para reunirme contigo?
–Estaremos
a salvo, Darby. Sólo debemos ser cautelosos. Darby agarró con fuerza el
teléfono y apretó los dientes.
–¡Cómo
te atreves a hablarme de cautela! Desde hace diez días no hago más que esquivar
bombas y balas, y tú tienes la osadía de hablarme de cautela. ¡Vete a la
mierda, Grantham! Tal vez debería mantenerme alejada de ti.
Se
hizo una pausa, mientras miraba a su alrededor. Dos hombres la observaban,
desde la mesa más próxima del diminuto café. Chillaba demasiado. Volvió la
cabeza y respiró hondo.
–Lo
siento –dijo lentamente Grantham–. Sólo pretendía...
–Olvídalo.
Simplemente, olvídalo.
–¿Estás
bien? –preguntó Gray, después de una pequeña. pausa.
–De
maravilla. Nunca me he sentido mejor.
–¿Vas
a venir a Washington?
–No
lo sé. Aquí estoy a salvo y lo estaré aun más cuando coja un avión para salir
del país.
–Por
supuesto, pero creí que tenías una idea maravillosa para encontrar a García y
luego, con un poco de suerte, atrapar a Mattiece. Creí que estabas
escandalizada, moralmente indignada, y motivada por la sed de venganza. ¿Qué te
ha ocurrido?
–En
primer lugar, siento un deseo anhelante de poder celebrar mi vigésimo quinto
aniversario. No soy particularmente egoísta, pero tal vez me gustaría llegar
también a los treinta. Sería agradable.
–Lo
comprendo.
–No
estoy segura. Creo que te interesan más los Pulitzers y la fama que mi cabeza.
–Te
aseguro que esto no es cierto. Confía en mí, Darby. Estarás a salvo. Me has
contado la historia de tu vida. Debes confiar en mí.
–Me
lo pensaré.
–Esto
no es una promesa.
–No,
no lo es. Dame tiempo para reflexionar.
–De
acuerdo.
Darby
colgó el teléfono y pidió algo de comer. Oyó una docena de lenguas a su
alrededor; de pronto se llenó el café. Corre, niña, corre, le decía su sentido
común. Coge un taxi al aeropuerto. Compra un billete al contado a Miami. Súbete
al primer avión hacia el sur. Deja que Grantham investigue y deséale suerte.
Era muy bueno y encontraría la forma de descubrir la verdad. Un buen día leería
su artículo en una soleada playa, mientras contemplaba a los windsurfers con
una piña colada en la mano.
Tocón
pasó cojeando por la acera. Darby le vio de reojo entre la muchedumbre a través
de la ventana. De pronto se sintió mareada y con la garganta seca. No miró
hacia el interior del café. Se limitó a pasar, como si anduviera sin rumbo
fijo. Darby corrió entre las mesas y le observó desde la puerta. Llegó cojeando
ligeramente hasta la esquina de la Sexta Avenida y la calle Cincuenta y Ocho, y
esperó a que cambiara el semáforo. Empezó a cruzar la Sexta Avenida, pero
entonces cambió de opinión y cruzó la calle Cincuenta y Ocho. Casi le atropelló
un taxi.
No
iba a ningún lugar, sólo paseaba con su ligera renquera.
Croft
le vio cuando se apeaba del ascensor en el vestíbulo. Le acompañaba otro joven
abogado y, puesto que no llevaban maletines, era evidente que iban a almorzar.
Después de observar abogados durante cinco días, Croft se había familiarizado
con su conducta.
El
edificio estaba en Pennsylvania, y Brim, Stearns & Kidlow ocupaba desde el
piso tercero hasta el undécimo. García salió del edificio con su compañero y se
alejaron por la acera riéndose. Algo tenía mucha gracia. Croft se mantuvo lo
más cerca posible de ellos. Después de caminar y reírse a lo largo de cinco
manzanas, entraron previsiblemente en un elegante bar de jóvenes ejecutivos
para comer un bocado rápido.
Croft
tuvo que llamar tres veces para localizar a Grantham. Eran casi las dos,
estaban terminando de comer, y si Grantham quería atrapar a ese individuo no
debía alejarse del teléfono. Gray colgó. Se reunirían en el edificio.
García
y su amigo caminaron un poco más despacio a su regreso. Hacía un tiempo
maravilloso, era viernes, y disfrutaban de aquel breve descanso de sus
rutinarias litigaciones, si eso era lo que hacían por doscientos dólares por
hora. Croft se ocultaba tras sus gafas oscuras, a una distancia prudencial.
Gray
estaba sentado en el vestíbulo, cerca de los ascensores. Croft les pisaba los
talones, cuando entraron por la puerta giratoria,.y señaló rápidamente a su
hombre. Gray captó la señal y pulsó el botón del ascensor. Cuando se abrió la
puerta, entró delante de García y de su amigo. Croft se quedó en el vestíbulo.
García
pulsó el botón del sexto piso, un momento antes de que también lo hiciera Gray,
que empezó a leer el periódico mientras escuchaba a los abogados que hablaban
de fútbol. Aquel joven no tenía más de veintisiete o veintiocho años. Puede que
su voz le resultara vagamente familiar, pero sólo la había oído por teléfono y
no tenía ningún rasgo particular. Su rostro estaba muy cerca, pero no podía
examinarlo. La ley de probabilidades le aconsejaba lanzarse. Era muy parecido
al individuo de la fotografía y trabajaba para Brim, Stearns & Kidlow, uno
de cuyos numerosos clientes era el señor Mattiece. Lo intentaría, pero con
cautela. Era periodista. Su trabajo consistía en formular preguntas.
Salieron
del ascensor sin dejar de charlar sobre los Redskins y Gray les siguió, leyendo
tranquilamente su periódico.
El
vestíbulo de la empresa era lujoso y opulento, con candelabros y alfombras
orientales, y unas gruesas letras doradas en una pared con el nombre de la
empresa. Los abogados se detuvieron en la recepción y recogieron sus mensajes
telefónicos. Gray se acercó a la recepcionista, que le miró cautelosamente.
–¿En
qué puedo servirle? –preguntó, en un tono que sugería: «¿qué diablos quieres?»
–Estoy
en una reunión con Roger Martin –respondió Gray, perfectamente al quite.
Había
encontrado el nombre en la guía y había llamado desde el vestíbulo hacía un
minuto, para asegurarse de que el letrado Martin estaba en su despacho. En la
guía telefónica aparecía el nombre de la empresa, que ocupaba desde el piso
tercero hasta el undécimo, pero no los de los ciento noventa abogados. Con la
información de las páginas amarillas, había hecho una docena de llamadas
rápidas, para localizar un abogado en cada piso. Roger Martin era el del sexto.
–He
estado reunido con él las últimas dos horas –agregó Gray, con el entrecejo
fruncido.
Eso
desconcertó a la recepcionista, que no supo qué responder. Gray aprovechó la
confusión para entrar y avanzar por el pasillo, a tiempo de ver a García que
entraba en su despacho por la cuarta puerta.
En
una placa junto a la misma aparecía el nombre de David M. Underwood. Gray no
llamó. Quería atacar con rapidez y, tal vez, retirarse apresuradamente. El
señor Underwood colgaba su chaqueta.
–Hola.
Soy Gray Grantham del Washington Post. Estoy buscando a un individuo llamado
García.
–¿Cómo
ha entrado aquí? –preguntó Underwood, confundido y paralizado.
–Andando
–respondió Gray, a quien de pronto la voz le pareció familiar–. Usted es
García, ¿no es cierto? El abogado señaló una placa sobre el escritorio, con
letras doradas.
–David
M. Underwood –dijo–. En este piso no hay nadie llamado García. En nuestro
bufete no conozco a nadie por ese nombre.
Gray
sonrió como para seguirle la corriente. Underwood estaba asustado. O irritado.
–¿Cómo
está su hija? –preguntó Gray.
–¿Cuál?
–preguntó Underwood, que se le acercaba con la mirada fija y muy perturbado.
Aquello
no encajaba. García estaba muy preocupado por su hija menor y, de haber tenido
otra, lo habría mencionado.
–La
menor. ¿Y su esposa?
Underwood
estaba cada vez más cerca y, al parecer, dispuesto a darle un puñetazo. Era un
individuo que claramente no le tenía miedo al contacto físico.
–No
tengo esposa. Estoy divorciado.
Levantó
el puño y, durante una fracción de segundo, Gray creyó que se había vuelto
loco. Entonces comprobó que no llevaba ningún anillo. No tenía esposa. No usaba
alianza. García adoraba a su esposa y habría llevado una alianza. Había llegado
el momento de retirarse.
–¿Qué
quiere? –preguntó Underwood.
–Creí
que García estaba en este piso –respondió Gray, al tiempo que se retiraba.
–¿Es
su amigo García abogado?
–Sí.
–No
en este bufete –dijo Underwood, un poco más tranquilo–. Tenemos un Pérez, un
Hernández y puede que uno más. Pero no conozco a ningún García.
–Aquí
trabaja mucha gente –comentó Gray, desde el umbral de la puerta–. Lamento
haberle molestado.
–Señor
Grantham, aquí no estamos acostumbrados a que irrumpan los periodistas en
nuestros despachos. Llamaré al servicio de seguridad y tal vez ellos puedan
ayudarle.
–No
será necesario. Gracias –dijo desde el pasillo, antes de desaparecer. Underwood
llamó al servicio de seguridad.
Grantham
se maldijo a sí mismo en el ascensor. Era el único pasajero y blasfemaba en voz
alta. Al pensar en Croft se enojó con él y, cuando se abrieron las puertas del
ascensor, le vio en el vestíbulo junto a las cabinas telefónicas.
Tranquilízate, se dijo a sí mismo.
–No
ha funcionado –dijo Gray, cuando salían juntos del edificio.
–¿Has
hablado con él?
–Sí.
Nos hemos equivocado de hombre.
–Maldita
sea. Estaba seguro de que era él. Era el de las fotografías, ¿no es cierto?
–No.
Casi pero no. Sigue buscando.
–Estoy
harto, Grantham. He...
–¿Cobras
por tu trabajo, no es cierto? Una semana más, ¿de acuerdo? Se me ocurren muchas
cosas peores. Croft se paró en la acera y Gray siguió caminando.
–Una
semana y lo abandono –exclamó Croft.
Grantham
le saludó con la mano. Abrió su Volvo aparcado en zona prohibida y regresó
apresuradamente al Post. Lo que había hecho no era inteligente. Había cometido
una estupidez, imperdonable para alguien de su experiencia. No se lo
mencionaría a Jackson Feldman y Smith Keen en su charla cotidiana.
Otro
periodista le informó de que Feldman le estaba buscando y se dirigió
inmediatamente a su despacho. Al ver a la secretaria dispuesta a atacar, le
brindó una dulce sonrisa. Keen y Howard Krauthammer, redactor ejecutivo,
esperaban con Feldman. Keen cerró la puerta y le entregó un periódico a Gray.
–¿Ha
visto esto?
Se
trataba del periódico de Nueva Orleans, el Times Picayune, en cuya primera
página se hablaba de las muertes de Verheek y Callahan, junto a grandes
fotografías. Lo leyó rápidamente mientras le observaban. El
artículo
comentaba su amistad y sus extrañas muertes con un intervalo sólo de seis días.
Mencionaba también a
Darby
Shaw, que había desaparecido. Pero nada acerca del informe.
–Parece
que ha empezado a circular la noticia –dijo Feldman.
–No
mencionan más que lo más básico. Dos cadáveres, el nombre de la chica y un
millar de preguntas sin respuesta. Han encontrado a un policía dispuesto a
hablar, pero lo único que conoce son los aspectos sangrientos y
sensacionalistas del caso.
–Pero
investigan, Gray –dijo Keen.
–¿Quiere
que se lo impida?
–El
Times ha recogido la noticia –agregó Feldman–. Van a publicar algo mañana o
domingo. ¿Qué pueden saber?
–¿Por
qué me lo pregunta a mí? Es posible que tengan una copia del informe. Muy
improbable, pero posible. Sin embargo, no han hablado con la chica. La tenemos
nosotros. Es nuestra.
–Eso
suponemos –dijo Krauthammer. Feldman se frotó los ojos y miró al techo.
–Supongamos
que tienen una copia del informe, que saben que ella lo ha escrito y que ha
desaparecido. No pueden
verificarlo
en estos momentos, pero no temen mencionar el informe sin hablar de Mattiece.
Supongamos que saben que Callahan era su profesor, entre otras cosas, que fue
él quien trajo el informe a Washington y que se lo entregó a su buen amigo
Verheek. Y ahora ambos están muertos y ella ha huido. La historia no está nada
mal, ¿no le parece, Gray?
–Es
una gran historia –agregó Krauthammer.
–Es
una menudencia comparado con lo que se avecina –dijo Gray–. No quiero
publicarlo porque no es más que la punta del iceberg y atraerá a todos los
periódicos del país. No necesitamos un millar de periodistas husmeando como
moscas.
–Yo
soy partidario de publicarlo –afirmó Krauthammer–. De lo contrario, el Times se
nos adelantará.
–No
podemos publicarlo –dijo Gray.
–¿Por
qué no? –preguntó Krauthammer.
–Porque
no voy a escribirlo y si lo escribe otro, perderemos a la chica. Es así de
simple. En estos momentos se plantea si subirse o no a un avión y abandonar el
país. Cualquier pequeño error por nuestra parte y desaparecerá.
–Pero
ya nos ha contado todo lo que sabe –dijo Keen.
–Le
he dado mi palabra, ¿de acuerdo? No escribiré el artículo hasta que haya atado
los cabos sueltos y pueda mencionar a Mattiece. Es muy sencillo.
–Usted
la utiliza, ¿no es cierto? –preguntó Keen.
–Es
un contacto. Pero no está en la ciudad.
–Si
el Times tiene el informe, sabe lo de Mattiece –dijo Feldman–. Y si sabe lo de
Mattiece, puede apostar lo que quiera a que investigan como locos para
verificarlo. ¿Qué ocurrirá si se nos anticipan?
–Nos
quedaremos sentados como bobos y perderemos la historia más sensacional que he
visto en veinte años –refunfuñó Krauthammer de mala gana–. Yo soy partidario de
que publiquemos lo que tenemos. Aunque sólo sea superficial, es ya una historia
muy sensacional.
–No
–dijo Gray–. No lo escribiré hasta tener toda la información.
–¿Y
cuánto tiempo puede necesitar para ello? –preguntó Feldman.
–Tal
vez una semana.
–No
disponemos de una semana –agregó Krauthammer.
–Puedo
averiguar cuánto sabe el Times –suplicó Gray, desesperado–. Denme cuarenta y
ocho horas.
–Van
a publicar algo mañana o domingo –repitió Feldman.
–Deje
que lo publiquen. Apuesto a que será el mismo artículo, probablemente con las
mismas fotografías. Suponen demasiado. Suponen que tienen una copia del
informe, pero ni su propia autora la tiene. Nosotros no la tenemos. Esperemos,
leamos su pequeño artículo y sigamos a partir de ahí.
Los
redactores se miraron entre sí. Krauthammer estaba frustrado. Keen angustiado.
Pero el jefe era
Feldman
y dijo:
–De
acuerdo. Si publican algo por la mañana, nos reuniremos aquí a las doce para
examinarlo.
–Muy
bien –respondió rápidamente Gray, cuando se dirigía hacia la puerta.
–No
pierda el tiempo, Grantham –agregó Feldman–. Ya no podemos demorar la
publicación mucho tiempo. Grantham se retiró.
TREINTA
Y TRÉS
La
limusina avanzaba pacientemente a la hora punta por el cinturón. Era oscuro y
Matthew Barr leía con la luz interior del vehículo encendida. Coal tomaba
Perrier y contemplaba el tráfico. Se conocía el informe de memoria y podía
habérselo explicado fácilmente a Barr, pero quería ver su reacción.
Barr
no reaccionó hasta llegar a la fotografía, cuando movió lentamente la cabeza.
Se acomodó en su asiento y reflexionó unos instantes.
–Muy
desagradable –dijo. Coal refunfuñó.
–¿Qué
hay de verdad? –preguntó Barr.
–Me
encantaría saberlo.
–¿Cuándo
lo vio por primera vez?
–El
martes de la semana pasada. Llegó con uno de los informes cotidianos del FBI.
–¿Qué
dijo el presidente?
–No
le gustó, pero tampoco lo consideró alarmante. Le pareció uno de tantos
disparos a ciegas. Se lo mencionó a Voyles y éste accedió a olvidarlo por un
tiempo. Ahora ya no estoy tan seguro.
–¿Le
pidió el presidente a Voyles que no investigara el caso? –preguntó lentamente
Barr.
–Sí.
–Esto
está terriblemente cerca de constituir obstrucción de justicia, en el supuesto
de que el informe sea cierto.
–¿Y
si lo fuera?
–Entonces
el presidente tendrá problemas. Me han condenado una vez por obstrucción de la
justicia, de modo que conozco el paño. Es como fraude por correspondencia. Es
muy amplio y fácil de demostrar. ¿Está usted involucrado?
–¿A
usted qué le parece?
–Entonces
creo que también tendrá problemas.
Circularon
en silencio contemplando el tráfico. Coal había reflexionado mucho sobre el
aspecto de la obstrucción, pero quería conocer la opinión de Barr. No eran los
cargos judiciales lo que le preocupaba. El presidente se había limitado a
mantener una pequeña charla con Voyles, para sugerirle que de momento buscara
en otras direcciones. No era exactamente una conducta delincuente. Lo que le
preocupaba enormemente a Coal era la reelección, y un escándalo que involucrara
a un colaborador financiero tan importante como Mattiece sería devastador. La
idea le producía náuseas. Un conocido del presidente, de quien había recibido
millones de dólares, había pagado para que asesinaran a dos jueces del Tribunal
Supremo, a fin de que su amigo, el presidente, pudiera nombrar a dos personas
más razonables que permitieran la extracción del petróleo. Los demócratas
estallarían por las calles de alegría. Se reunirían todas las juntas
parlamentarias. Todos los periódicos se ocuparían del tema un año entero. El
Departamento de Justicia se vería obligado a investigar. Coal tendría que
aceptar responsabilidades y dimitir. Diablos, a excepción del presidente, todo
el personal de la Casa Blanca tendría que hacerlo.
–Debemos
averiguar si el informe es cierto –dijo Coal, sin dejar de mirar por la
ventana.
–Si
está muriendo gente, es porque lo es. Déme una razón mejor para matar a
Callahan y Verheek. No la había y Coal lo sabía.
–Quiero
que haga algo.
–Encontrar
a la muchacha.
–No.
La chica está muerta u oculta en alguna cueva. Quiero que hable con Mattiece.
–Seguro
que lo encontraré en las páginas amarillas.
–Logrará
encontrarlo. Debemos establecer un contacto sobre el que el presidente no sepa
nada. Primero debemos determinar cuánto hay de verdad en todo esto.
–Y
cree que Victor confiará en mí y me contará sus secretos.
–Sí,
acabará por hacerlo. Recuerde que usted pertenece a las fuerzas de seguridad.
Supongamos que sea cierto y que él crea que está a punto de ser descubierto.
Está desesperado y se dedica a matar gente. ¿Qué le parece si le contara que la
información está en manos de la prensa, que el fin está cerca, y que si había
pensado en desaparecer ahora era el momento de hacerlo? No olvide que irá a
verle como mensajero de Washington. En lo que a él concierne, de parte del
presidente. Le escuchará.
–De
acuerdo. Supongamos que me dice que es verdad. ¿Qué hacemos entonces?
–Tengo
algunas ideas destinadas a controlar los perjuicios. Lo primero que haremos
será nombrar a dos amantes de la
naturaleza como jueces
del Tribunal Supremo.
Me refiero a
auténticos fanáticos de la
conservación del medio ambiente. Eso demostraría que, en el fondo, nos preocupa
verdaderamente la protección de la naturaleza. Al mismo tiempo, acabaría con
Mattiece, su yacimiento petrolífero, etcétera. Podríamos hacerlo en cuestión de
horas. Casi simultáneamente, el presidente llamaría a Voyles, al fiscal general
y al Departamento de Justicia, para exigir que investigaran inmediatamente a
Mattiece. Divulgaríamos el informe entre todos los periodistas de la ciudad,
nos agacharíamos y dejaríamos pasar la tormenta.
Barr
sonreía de admiración.
–No
será agradable –prosiguió Coal–, pero es preferible a permanecer inmóviles, con
la esperanza de que el informe sea ficticio.
–¿Cómo
puede justificar la fotografía?
–No
hay forma de hacerlo. Dolerá algún tiempo, pero se tomó hace siete años y hay
personas que enloquecen. Declararemos que en aquella época Mattiece era una
buena persona, pero que ahora se ha vuelto loco.
–Está
loco.
–Sí,
lo está. Y ahora es como un perro herido y acorralado. Debe convencerle de que
tire la toalla y desaparezca. Creo que le escuchará. Además, creo que a través
de él sabremos si es verdad.
–¿Cómo
me las arreglo para encontrarle?
–Tengo
a un individuo que se ocupa de ello. Pulsaré algunos botones y estableceré el
contacto. Dispóngase a viajar el domingo.
Barr
sonrió con la mirada fija en la ventana. Le apetecía conocer a Mattiece. El
tráfico aminoró la marcha. Coal tomaba sorbos de agua.
–¿Se
sabe algo de Grantham?
–Realmente,
no. Escuchamos y vigilamos, pero no ha ocurrido nada emocionante. Habla con su
madre y con un par de chicas, pero nada digno de mención. Trabaja mucho. Salió
de la ciudad el miércoles y regresó el jueves.
–¿Adónde
fue?
–A
Nueva York. Probablemente para preparar algún artículo.
Se
suponía que Cleve debía estar en la esquina de Rhode Island y la Sexta Avenida
a las diez en punto, pero no estaba. Gray debía circular a toda prisa por Rhode
Island hasta que Cleve le alcanzara, de modo que si alguien realmente le seguía
creyera que no era más que un conductor peligroso. Aceleró a lo largo de la
calle, a ochenta kilómetros por hora, a la espera de ver unas luces azules. No
aparecieron. Dio media vuelta y, al cabo de quince minutos, repitió la
operación. ¡Ahí estaban! Vio unas luces azules y paró junto a la acera.
No
era Cleve, sino un policía blanco que estaba muy agitado. Sacudió el permiso de
conducir de Gray, lo examinó y le preguntó si había bebido. No señor, respondió
Grantham. El policía extendió la multa y se la entregó ceremoniosamente a Gray,
que la examinó sentado al volante hasta que oyó unas voces en la cola del
vehículo.
Había
llegado otro policía, que discutía con el primero. Era Cleve, que pretendía que
el policía blanco olvidara la multa, pero éste le explicó que ya era demasiado
tarde y que, además, aquel imbécil había pasado por el cruce a cien kilómetros
por hora. Es amigo mío, decía Cleve. Entonces enséñale a conducir antes de que
mate a alguien, dijo el policía blanco antes de subirse a su coche patrulla y
alejarse.
Cleve
se reía cuando se acercó a la ventana del coche de Gray.
–Lo
siento.
–Es
todo por tu culpa.
–Conduce
más despacio la próxima vez. Gray arrojó la multa al suelo del vehículo.
–Démonos
prisa. Sarge te dijo que los muchachos del ala oeste hablaban de mí. ¿No es
cierto?
–Cierto.
–Bien,
necesito que Sarge me diga si hablan de algún otro periodista, especialmente
del New York Times. Preciso saber si creen que hay alguien más que tenga
bastante información sobre el caso.
–¿Eso
es todo?
–Sí.
He de saberlo pronto.
–Más
despacio –dijo Cleve en voz alta, mientras regresaba a su coche.
Darby
pagó la habitación para los próximos siete días, en parte para poder regresar a
un lugar familiar si era necesario, y en parte porque quería guardar algunas
prendas nuevas que había comprado. Era pecaminoso eso de correr y abandonarlo
todo. La ropa no tenía nada de especial, era de un estilo deportivo elegante a
nivel universitario, pero en Nueva York era todavía más cara y sería agradable
poder conservarla. No estaba dispuesta a arriesgarse por la ropa, pero le
gustaba la habitación, la ciudad y deseaba conservar aquellas prendas.
Había
llegado el momento de echar de nuevo a correr y viajaría con poco equipaje.
Llevaba consigo una pequeña bolsa de lona, cuando salió del Saint Moritz para
subirse a un taxi que la esperaba. Eran casi las once de la noche del viernes y
la zona sur de Central Park estaba animada. Al otro lado de la calle, había una
fila de coches de caballos a la espera de clientes, para llevarles a dar una
vuelta por el parque.
El
taxi tardó diez minutos en llegar a la esquina de la calle Setenta y Dos y
Broadway, en dirección opuesta a la que pensaba tomar, pero el desplazamiento
en su conjunto sería difícil de seguir. Caminó unos pasos y desapareció por una
boca de metro. Había estudiado un plano y un libro de la red, y esperaba que le
resultara fácil. El metro no le gustaba porque nunca lo había utilizado y le
habían contado cosas horribles del mismo. Pero aquella era la línea de
Broadway, la más utilizada de Manhattan y se rumoreaba que, de vez en cuando,
era segura. Por otra parte, la seguridad tampoco estaba garantizada en la
calle. El metro no podía ser peor.
Esperó
en el lugar adecuado, junto a un grupo de adolescentes borrachos pero bien
vestidos, y el tren llegó al cabo de un par de minutos. No iba lleno y Darby se
sentó cerca de las puertas centrales. Tenía la cabeza agachada, pero desde
detrás de sus gafas oscuras observaba a la gente. Era su noche de suerte.
Ningún gamberro con navaja. Ningún pedigüeño. Ningún pervertido, por lo menos
manifiesto. Pero para una novata, la experiencia era a pesar de todo
aterradora.
Los
jóvenes borrachos se apearon en Times Square y ella bajó apresuradamente del
tren en la próxima estación. Nunca había estado en Penn Station, pero aquél no
era el momento de admirar el paisaje. Tal vez algún día regresaría para pasar
un mes en la ciudad, y poder contemplarla sin preocuparse de Tocón, el Delgado
y sus demás compañeros. Pero no ahora.
Disponía
de cinco minutos y encontró su tren cuando estaba a punto de salir. Se sentó de
nuevo en la parte posterior y observó a todos los pasajeros. No vio ningún
rostro que le resultara familiar. Confiaba en que no la hubieran seguido a lo
largo de aquel zigzagueante desplazamiento. Una vez más, había cometido el
error de utilizar tarjetas de crédito. Había comprado cuatro billetes en O'Hare
con una tarjeta de la American Express, y de algún modo sabían que estaba en
Nueva York. Estaba segura de que Tocón no la había visto, pero estaba en la
ciudad y, evidentemente, tenía amigos. Podrían ser hasta veinte. Aunque, por
otra parte, no estaba segura de nada.
El
tren salió con seis minutos de retraso. Iba medio vacío. Sacó un libro de la
bolsa y fingió que leía.
Al
cabo de quince minutos pararon en Newark y se apeó: Era una chica afortunada.
Había taxis aparcados a la salida de la estación y, al cabo de diez minutos,
estaba en el aeropuerto.
TREINTA
Y CUATRO
Era
sábado por la mañana, la «reina» estaba en Florida recaudando fondos de los
ricos, y hacía un día fresco y claro. Le apetecía levantarse tarde y jugar al
golf cuando despertara. Pero eran las siete y estaba junto a su escritorio con
corbata, escuchando las recomendaciones de Coal. Richard Horton, fiscal
general, había hablado con Coal y éste estaba alarmado.
Alguien
abrió la puerta y Horton entró a solas. Después de estrecharse la mano, Horton
se sentó al otro lado del escritorio. Coal se quedó de pie sin alejarse, lo
cual irritaba realmente al presidente.
Horton
era apagado, pero sincero. No era lento ni tonto, sino que pensaba
cuidadosamente en todo antes de actuar. Meditaba sobre cada palabra antes de
pronunciarla. Era leal al presidente y su juicio era digno de confianza.
–Estamos
pensando seriamente en reunir un gran jurado para que investigue las muertes de
Rosenberg y Jensen –anunció con gravedad–. En vista de lo ocurrido en Nueva
Orleans, creemos que la investigación debería empezar inmediatamente.
–El
FBI ya lo está haciendo –dijo el presidente–. Han destinado trescientos agentes
al caso. ¿Qué necesidad tenemos de entrometernos?
–¿Están
investigando el informe pelícano? –preguntó Horton, que conocía ya la
respuesta.
Sabía
que en aquellos momentos Voyles estaba en Nueva Orleans, con centenares de
agentes. Sabía que habían hablado con centenares de personas y recogido
montones de pruebas inútiles. Sabía que el presidente le había pedido a Voyles
que abandonara el caso y sabía que Voyles no se lo contaba todo al presidente.
Horton
nunca le había mencionado el informe pelícano al presidente, y el mero hecho de
que conociera la existencia de ese maldito documento le sacaba de quicio.
¿Cuántas otras personas la conocerían? Probablemente millares.
–Siguen
todas las pistas –respondió Coal–. Nos entregaron una copia de dicho informe
hace casi dos semanas, de modo que suponemos que lo investigan.
Eso
era exactamente lo que Horton esperaba de Coal.
–Estoy
convencido de que la administración debería investigar este asunto
inmediatamente –declaró, como si lo tuviera grabado en su mente, lo cual irritó
al presidente.
–¿Por
qué? –preguntó el presidente.
–¿Qué
ocurrirá si el informe es cierto? Si no actuamos y la verdad acaba por surgir a
la superficie, el daño será irreparable.
–¿Cree
realmente que hay algo de verdad en el informe? –preguntó el presidente.
–Es
terriblemente sospechoso. Los dos primeros en verlo están muertos y la persona
que lo escribió ha desaparecido. Es perfectamente lógico, si hay alguien
dispuesto a asesinar jueces del Tribunal Supremo. No hay ningún otro sospechoso
plausible. A juzgar por lo que oigo, el FBI está perplejo. Sí, es preciso
investigarlo.
Las
investigaciones de Horton tenían más filtraciones que el sótano de la Casa
Blanca, y Coal estaba horrorizado ante la perspectiva de que aquel payaso
nombrara un gran jurado y empezara a llamar testigos. Horton era un hombre
honrado, pero el Departamento de Justicia estaba lleno de abogados que hablaban
demasiado.
–¿No
le parece un poco prematuro? –preguntó Coal.
–Creo
que no.
–¿Ha
leído el periódico esta mañana? –preguntó Coal.
Horton
había hojeado la primera plana del Post y leído la sección deportiva. Después
de todo era sábado. Había oído que Coal leía ocho periódicos antes del alba y,
por consiguiente, no le gustó la pregunta.
–He
leído un par de periódicos.
–Yo
he hojeado unos cuantos –declaró modestamente Coal–, y no he visto una. palabra
sobre esos abogados muertos, ni la muchacha, ni Mattiece, ni nada relacionado
con el informe. Si inicia una investigación en estos momentos, lo convertirá en
noticia de primera plana durante un mes.
–¿Cree
que simplemente desaparecerá? –le preguntó Horton a Coal.
–Tal
vez. Por razones perfectamente evidentes, eso esperamos.
–Me
parece que es usted muy optimista, señor Coal. No solemos esperar a que la
prensa haga nuestra investigación.
Coal
sonrió y estuvo casi a punto de soltar una carcajada. Miró sonriente al
presidente, que le devolvió la mirada y Horton empezó a sulfurarse.
–¿Qué
hay de malo en esperar una semana? –preguntó el presidente.
–Nada
–respondió Coal.
Así,
de forma tan simple se había tomado la decisión de esperar una semana y Horton
era consciente de
ello.
–El
asunto podría estallar en una semana –dijo sin convicción.
–Espere
una semana –ordenó el presidente–. Volveremos a reunirnos aquí el próximo
viernes y veremos lo
que
hacemos. No digo que no, Richard, sino que espere una semana.
Horton
se encogió de hombros. Era más de lo que esperaba. De momento ya se había
cubierto las espaldas. Regresaría inmediatamente a su despacho y dictaría una
extensa circular, en la que detallaría todo lo que recordara de aquel
encuentro, con lo cual protegería su cabeza.
Coal
se acercó y le entregó una hoja de papel.
–¿De
qué se trata?
–Más
nombres. ¿Los conoce?
Era
la lista de amantes de la naturaleza: cuatro jueces demasiado liberales para su
gusto, pero el plan B
exigía
el nombramiento de defensores del medio ambiente.
Horton
parpadeó varias veces, mientras examinaba atentamente la lista.
–Debe
tratarse de una broma.
–Investíguelos
–dijo el presidente.
–Esos
individuos son liberales radicales –refunfuñó Horton.
–Sí,
pero adoran el sol y la luna, los árboles y los pájaros –aclaró Coal.
–Comprendo
–sonrió de pronto Horton–. Amantes de los pelícanos.
–¿Sabía
que estaban casi extinguidos? –comentó el presidente.
–Ojalá
hubieran desaparecido hace diez años –afirmó Coal, cuando se dirigía hacia la
puerta.
A
las nueve no había llamado, cuando Gray llegó a la redacción Leyó el Times y no
vio nada. Abrió el periódico de Nueva Orleans para echarle una ojeada. Nada.
Habían publicado todo lo que sabían. Callahan, Verheek, Darby y un millar de
preguntas sin respuesta. Había supuesto que Times o quizá el Times Picayune de
Nueva Orleans habrían visto el informe, o por lo menos oído hablar de él, y por
consiguiente sabrían algo acerca de Mattiece. Además suponía que estarían
escarbando ferozmente para comprobarlo. Pero él tenía a Darby, encontrarían a
García y si lo de Mattiece era comprobable, ellos lo lograrían.
De
momento no tenía ningún plan alternativo. Si García había desaparecido o se
negaba a cooperar, se verían obligados a explorar el mundo oscuro y cenagoso de
Victor Mattiece. Darby no aguantaría mucho y no se lo reprochaba. Tampoco
estaba seguro de cuánto duraría él.
Smith
Keen apareció con una taza de café y se sentó en el escritorio.
–Si
el Times tuviera la información, ¿esperaría a mañana?
–No
–respondió Gray, al tiempo que movía la cabeza. Si supieran algo más que el
Times Picayune lo publicarían hoy.
–Krauthammer
quiere publicar lo que tenemos. Cree que podemos nombrar a Mattiece.
–No
comprendo.
–Está
presionando a Feldman. A su parecer podemos publicar todo lo que sabemos acerca
del asesinato de Callahan y Verheek a causa del informe, en el que resulta que
se menciona a Mattiece, que resulta ser amigo del presidente, sin acusar
directamente a Mattiece. Según él podemos ser sumamente cautelosos y señalar en
el artículo que no somos nosotros, sino el informe, el que menciona a Mattiece.
Y puesto que dicho informe está causando tantas muertes, ha sido hasta cierto
punto comprobado.
–Pretende
ocultarse tras el informe.
–Exactamente.
–Pero
no es más que especulación, hasta que se haya demostrado. Krauthammer está
perdiendo el sentido. Supongamos momentáneamente que el señor Mattiece no tenga
nada que ver con el asunto. Que sea completamente inocente. ¿Qué ocurrirá
cuando hayamos publicado el artículo con su nombre? Quedaremos como unos
imbéciles y tendremos pleitos durante los próximos diez años. No pienso
escribirlo.
–Quiere
que lo escriba otra persona.
–Si este
periódico publica un
artículo sobre el
asunto pelícano sin
que yo lo
haya escrito, la
chica desaparece, ¿comprende? Ayer creía haberlo aclarado.
–Lo
hizo. Y Feldman lo comprendió. Está de parte suya, Gray, y también yo. Pero si
esto es cierto, estallará en unos días. Todos estamos convencidos de ello.
Usted sabe el desdén que Krauthammer siente por el Times y tiene miedo de que
esos cabrones lo publiquen.
–No
pueden publicarlo, Smith. Puede que sepan algo más que el Times Picayune, pero
no lo suficiente para citar a Mattiece. Nosotros seremos los primeros en
comprobarlo. Y cuando lo tengamos todo bien atado, escribiré el artículo con
todos los nombres, junto a esa curiosa fotografía de Mattiece y de su amigo en
la Casa Blanca, y todos satisfechos.
–¿Nosotros?
Ha vuelto a decirlo. Ha dicho: «nosotros seremos los primeros en comprobarlo».
–Mi
contacto y yo, ¿de acuerdo? –respondió Gray al tiempo que abría un cajón, del
que sacó la fotografía de Darby con su Coca Cola Light.
Keen
cogió la fotografía y la admiró.
–¿Dónde
está? –preguntó.
–No
estoy seguro. Creo que viene hacia aquí desde Nueva York.
–No
permita que la maten.
–Somos
muy cautelosos –dijo Gray, después de mirar por encima de ambos hombros, y
acercarse a su interlocutor–, A propósito, Smith, creo que me siguen. Sólo
quiero que lo sepa.
–¿De
quién puede tratarse?
–Me
lo ha comunicado un contacto en la Casa Blanca. No utilizo mis teléfonos.
–Será
mejor que se lo comunique a Feldman.
–De
acuerdo. Creo que todavía no es peligroso.
–Es
preciso que lo sepa.
Keen
se puso inmediatamente de pie y desapareció. Al cabo de unos momentos llamó
Darby.
–Estoy
aquí –dijo–. No sé a cuánta gente he traído conmigo, pero estoy aquí, viva, y
de momento a salvo.
–¿Dónde
estás?
–En
el Tabard Inn, en la calle N. Ayer vi a un viejo amigo en la Sexta Avenida.
¿Recuerdas a Tocón, gravemente herido en una reyerta en Bourbon Street? ¿Te lo
conté?
–Sí.
–Pues
ya camina. Cojea un poco, pero ayer deambulaba por Manhattan. Creo que no me
vio.
–¿Hablas
en serio? Eso es terrible, Darby.
–Es
peor que terrible. Anoche dejé pistas de seis itinerarios distintos antes de
abandonar la ciudad y si le veo aquí, renqueando por alguna acera, estoy
decidida a entregarme. Me acercaré a él y me rendiré.
–No
sé qué decirte.
–Lo
menos posible, porque esa gente tiene radar. Jugaré a detective privado durante
tres días y me largaré. Si logro sobrevivir hasta el miércoles por la mañana,
cogeré un avión a Aruba, Trinidad, o cualquier otro lugar que tenga playas. Si
han de matarme, quiero que sea en una playa.
–¿Cuándo
nos veremos?
–Es
en lo que estoy pensando. Quiero que hagas un par de cosas.
–Te
escucho.
–¿Dónde
aparcas el coche?
–Cerca
de mi casa.
–Déjalo
ahí y alquila otro coche. Nada especial, un simple Ford o algo por el estilo.
Imagina que alguien te vigila por la mira telescópica de un rifle. Dirígete al
hotel Marbury de Georgetown y alquila una habitación para tres noches.
Aceptarán que les pagues al contado, ya lo he comprobado. Dales un nombre
falso.
Grantham
tomaba notas y movía la cabeza.
–¿Puedes
salir de tu casa sin ser visto cuando haya oscurecido? –preguntó Darby.
–Creo
que sí.
–Hazlo
y dirígete al Marbury en taxi. Ordena que te entreguen allí el coche alquilado.
Coge dos taxis para llegar al Tabard Inn y entra en el restaurante a las nueve
en punto.
–De
acuerdo. ¿Algo más?
–Trae
algo de ropa. Debes estar dispuesto a no pasar por tu casa en tres días. Y a
mantenerte alejado de la redacción.
–Por
Dios, Darby, creo que el periódico es un lugar seguro.
–No
estoy de humor para discutir. Si vas a ponerte difícil, Gray, sencillamente
desapareceré. Estoy convencida de que cuanto antes abandone el país, más
prolongada será mi vida.
–Sí
señora.
–Buen
chico.
–Supongo
que por algún lugar de tu cerebro barrunta un plan genial.
–Puede
ser. Hablaremos de ello durante la cena.
–¿Es
como una especie de cita?
–Se
trata de comer algo y llamarlo reunión de negocios.
–Sí
señora.
–Ahora
voy a colgar. Ten cuidado, Gray. Están vigilando. Darby desapareció.
Estaba
sentada junto a la mesa número treinta y siete, en un rincón oscuro del
diminuto restaurante, cuando llegó Grantham a las nueve en punto. Lo primero de
lo que se dio cuenta fue del vestido y, al acercarse a la mesa, sabía que sus
piernas estaban debajo pero no podía verlas. Tal vez más adelante, cuando se
pusiera de pie. Él llevaba chaqueta y corbata y formaban una atractiva pareja.
Se
sentó junto a ella en la oscuridad, de forma que ambos pudieran observar la
reducida clientela. El Tabard Inn parecía lo suficientemente antiguo como para
haberle servido comida a Thomas Jefferson. Un grupo de alemanes reía y
vociferaba en el patio del restaurante. Las ventanas estaban abiertas, el aire
era fresco y, momentáneamente, resultó fácil olvidar la razón por la que se
ocultaban.
–¿De
dónde has sacado el vestido?
–¿Te
gusta?
–Es
muy bonito.
–He
hecho unas pocas compras esta tarde. Al igual que la mayoría de mis prendas
últimamente, son para usar y tirar. Probablemente lo abandonaré en la
habitación cuando vuelva a huir para salvar la vida.
Llegó
el camarero con la carta. Pidieron bebidas. El restaurante era tranquilo e
inofensivo.
–¿Cómo
has llegado hasta aquí? –preguntó Gray.
–Dando
la vuelta al mundo.
–Me
gustaría saberlo.
–Por
tren hasta Newark, avión a Boston, avión a Detroit y avión a Dulles. No he
dormido en toda la noche, y en un par de ocasiones he olvidado dónde estaba.
–¿Cómo
pueden haberte seguido?
–No
pueden. He pagado al contado, pero empiezo a andar escasa de dinero.
–¿Cuánto
necesitas?
–Me
gustaría hacer una transferencia, desde mi banco en Nueva Orleans.
–Lo
haremos el lunes. Creo que estás a salvo, Darby.
–También
lo he creído en otras ocasiones. A decir verdad, me sentía muy segura cuando
estaba a punto de embarcarme con Verheek, pero no era Verheek. Y me sentía muy
segura en Nueva York, hasta que vi a Tocón renqueando por la acera y no he
podido comer desde entonces.
–Te
veo delgada.
–Gracias.
Supongo. ¿Has comido antes aquí? –preguntó, mientras consultaba la carta.
–No,
pero tengo entendido que la comida es excelente. Te has cambiado nuevamente el
cabello. Era castaño claro, y llevaba un poco de rímel, colorete y los labios
pintados.
–Voy
a quedarme calva si sigo viendo a esa gente. Llegaron las bebidas y pidieron la
comida.
–Suponemos
que el Times publicará algo por la mañana –dijo, sin mencionar el periódico de
Nueva
Orleans,
por las fotografías de Callahan y de Verheek, que suponía ya habría visto.
–¿Como
qué? –preguntó desinteresadamente, mientras miraba a su alrededor.
–No
estamos seguros. Nos sabría muy mal que el Times se nos adelantara. Es una
antigua rivalidad.
–Eso
a mí no me interesa. No sé nada de periodismo, ni quiero averiguarlo. Estoy
aquí porque tengo una idea, y sólo una, en cuanto a cómo encontrar a García. Y
si no funciona rápidamente, me largo.
–Discúlpame.
¿De qué te gustaría hablar?
–De
Europa. ¿Cuál es tu lugar predilecto en Europa?
–Detesto
Europa y a los europeos. De vez en cuando voy a Canadá, Australia y Nueva
Zelanda. ¿Te gusta
Europa?
–Mi
abuelo era un inmigrante escocés y tengo un montón de primos en Escocia. He
estado dos veces.
Gray
exprimió la lima en su ginebra con tónico. Un grupo de seis personas entró en
el restaurante y Darby las observó atentamente. Cuando hablaba, su mirada se
paseaba velozmente por la sala.
–Creo
que necesitas un par de copas para relajarte –dijo Gray.
Darby
asintió, sin decir palabra. Los seis se sentaron en una mesa cercana y
empezaron a hablar en francés. Era agradable oírles.
–¿Has
oído alguna vez el francés de los inmigrantes sureños? –preguntó Darby.
–No.
–Es
un dialecto en vías de desaparición, al igual que las marismas. Dicen que los
franceses son incapaces de comprenderlo.
–Me
parece justo. Estoy seguro de que los inmigrantes sureños tampoco entienden a
los franceses.
–¿Te
he hablado de Chad Brunet? –preguntó Darby, después de tomar un buen trago de
vino blanco.
–Creo
que no.
–Era
un pobre inmigrante francés de Eunice. Su familia sobrevivió cazando con
trampas y pescando en las marismas. Era un chico muy inteligente que consiguió
una beca para estudiar en la universidad estatal de Louisiana, luego ingresó en
la facultad de Derecho de Stanford y se licenció con la nota más alta de la
historia. Tenía veintiún años cuando se colegió en California. Podía haber
trabajado para cualquier bufete del país, pero aceptó un empleo en una
organización destinada a la defensa del medio ambiente, en San Francisco. Era
brillante, un verdadero genio jurídico que trabajaba muy duro y pronto empezó a
ganar pleitos importantes contra empresas químicas y petrolíferas. A los
veintiocho años había adquirido una buena experiencia en los juzgados. Era temido
por las grandes compañías petrolíferas y demás empresas contaminadoras –dijo,
antes de hacer una pausa para tomar un trago de vino–. Ganó mucho dinero y
fundó una asociación, para la conservación de
las marismas de
Louisiana. Quería participar
en el caso
conocido como de
los pelícanos, pero
tenía demasiados
compromisos. Entregó mucho
dinero a Green
Fund para gastos
jurídicos. Poco antes
de que empezara a celebrarse el
juicio en Lafayette, anunció que vendría para ayudar a los abogados de Green
Fund. Se publicaron un par de artículos sobre él en el periódico de Nueva
Orleans.
–¿Qué
le ocurrió?
–Se
suicidó.
–¿Cómo?
–Una
semana antes del juicio, le encontraron en un coche con el motor en marcha.
Había una manguera en el interior del vehículo, conectada al tubo de escape.
Uno de tantos suicidios por envenenamiento con monóxido de carbono.
–¿Dónde
estaba el coche?
–En
un pequeño bosque junto a Bayou Lafourche, cerca de la ciudad de Galliano.
Conocía muy bien la zona. Llevaba material para acampar y pescar en el
maletero. Ninguna nota sobre una presunta intención de suicidio. La policía
investigó, pero no encontró nada sospechoso. Se cerró el caso.
–Es
increíble.
–Había
tenido algunos problemas con el alcohol y recibido tratamiento psicoanalítico
en San Francisco. Pero el suicidio fue una sorpresa.
–¿Crees
que le asesinaron?
–Mucha
gente lo cree. Su muerte supuso un duro golpe para Green Fund. Su pasión por
las marismas habría tenido mucho peso en el juzgado.
Gray
vació el vaso y sacudió los cubitos de hielo. Darby se le acercó. Llegó el
camarero y pidieron la comida.
TREINTA
Y CINCO
El
vestíbulo del hotel Marbury estaba vacío a las seis de la madrugada del
domingo, cuando Gray recogió un ejemplar del Times. Medía quince centímetros de
grueso, pesaba cinco kilos, y se preguntaba hasta cuándo pensaban seguir
ampliando su volumen. Regresó inmediatamente a la habitación en el octavo piso,
abrió el periódico sobre la cama y empezó a examinarlo atentamente. En primera
plana no había nada y eso era fundamental. Si hubieran descubierto algo,
estaría evidentemente ahí. Temía ver grandes fotografías de Rosenberg, Jensen,
Callahan, Verheek, tal vez de Darby y de Khamel, quién sabe, quizá una bella
foto de Mattiece, todas ellas en primera plana como un elenco teatral, y una
vez más el Times se les habría adelantado. Había soñado con ello durante el
poco rato que había dormido.
Pero
no había nada. Y cuanto menos encontraba con mayor rapidez hojeaba, hasta
llegar a los deportes y los anuncios, cuando dejó de leer para acercarse
alegremente al teléfono y llamar a Smith Keen, que estaba ya despierto.
–¿Lo
ha visto? –preguntó Gray.
–Es
maravilloso –respondió Keen–. Me pregunto qué habrá ocurrido.
–No
lo tienen, Smith. Buscan como locos, pero no lo tienen. ¿Con quién habló
Feldman?
–Nunca
lo dice. Pero se suponía que era fiable.
Keen
estaba divorciado y vivía solo en un piso, no lejos de Marbury.
–¿Está
ocupado? –preguntó Gray.
–No
exactamente. Son casi las seis y media de un domingo por la mañana.
–Hemos
de hablar. ¿Puede recogerme frente al hotel Marbury dentro de quince minutos?
–¿El
hotel Marbury?
–Es
una larga historia. Ya se lo explicaré.
–Ah,
la chica. Afortunado bribón.
–Ojalá.
Ella se hospeda en otro hotel.
–¿Aquí?
¿En Washington?
–Sí.
Dentro de quince minutos.
–Ahí
estaré.
Gray
esperaba nervioso en el vestíbulo, mientras tomaba café en una taza de
plástico. Darby le había convertido en un paranoico y estaba medio a la
expectativa de que aparecieran unos pistoleros en la acera con armas
automáticas. Eso hacía que se sintiera frustrado. Vio que el Toyota de Keen
llegaba lentamente por la calle M y se acercó rápidamente al vehículo.
–¿Qué
le apetece ver? –preguntó Keen, mientras se alejaba de la acera.
–No
lo sé. Hace un día maravilloso. ¿Qué le parece Virginia?
–Como
quiera. ¿Le han echado de su casa?
–No
exactamente. Sigo órdenes de la chica. Piensa como un mariscal de campo y estoy
aquí porque ella me lo ha ordenado. Debo quedarme aquí hasta el martes, o hasta
que se ponga nerviosa y vuelva a trasladarme. Estoy en la habitación
ochocientos treinta y tres, por si me necesita, pero no se lo diga a nadie.
–Supongo
que querrá que el Post le pague los gastos –sonrió Keen.
–En
estos momentos no es el dinero lo que me preocupa. La misma gente que intentó
matarla en Nueva Orleans apareció el viernes en Nueva York, o eso cree ella.
Tienen mucho talento para seguir a la gente y ella es dolorosamente cautelosa.
–Si
le siguen a usted y la siguen a ella, puede que sepa lo que se hace.
–No
le quepa la menor duda, Smith, sabe exactamente lo que se hace. Es tan eficaz
que da miedo y piensa marcharse definitivamente el miércoles. De modo que
disponemos de dos días para encontrar a García.
–¿Qué
ocurrirá si García ha sido sobrevalorado? ¿Si cuando le encuentren se niega a
hablar, o resulta que no sabe nada? ¿Ha pensado en eso?
–He
tenido pesadillas pensando en ello. Creo que sabe algo importante. Hay algún
papel o documento, algo tangible, que él tiene. Lo mencionó un par de veces,
pero cuando lo presioné no quiso admitirlo. No obstante, el día en que íbamos a
encontrarnos, se proponía mostrármelo. Estoy convencido de ello. Tiene algo,
Smith.
–¿Y
si se niega á mostrárselo?
–Le
partiré la cara.
Cruzaron
el Potomac y circularon junto al cementerio de Arlington. Keen encendió su pipa
y abrió un poco la ventana.
–¿Y
si no logran encontrar a García?
–Plan
B. La chica se marchará y nuestro convenio quedará anulado. Cuando haya
abandonado el país, cuento con su permiso para hacer lo que se me antoje con el
informe, a excepción de utilizar su nombre como fuente. La pobre chica está
convencida de que acabarán con ella, logremos o no resolver el caso, pero
quiere la mayor protección posible. No puedo utilizar jamás su nombre, ni
siquiera como autora del informe.
–¿Habla
mucho del informe?
–No
de su redacción. Fue una locura que se le metió en la cabeza y que había casi
desechado, cuando empezaron a estallar bombas. Lamenta haber escrito ese
maldito documento. Ella y Callahan estaban realmente enamorados, y ahora se
siente culpable y está enormemente afligida.
–¿Y
cuál es el plan B?
–Atacaremos
a los abogados. Mattiece es demasiado astuto y escurridizo para alcanzarle sin
órdenes judiciales y documentos que no podemos conseguir, pero conocemos a sus
abogados. Aquí en la capital hay dos grandes bufetes que le representan y nos
dirigiremos contra ellos. Algún abogado o grupo de letrados analizó
cuidadosamente el Tribunal Supremo, y sugirió los nombres de Rosenberg y
Jensen. Mattiece no habría sabido a quién matar. De modo que sus abogados se lo
dijeron. Lo enfocaremos desde el punto de vista de una conspiración.
–Pero
no podrá obligarles a que hablen.
–No
acerca de un cliente. Pero si los abogados son culpables y empezamos a formular
preguntas, algo cederá. Necesitaremos una docena de periodistas que hagan un
millón de llamadas telefónicas a abogados, pasantes, administrativos,
secretarias, ayudantes, etcétera. Asediaremos a esos cabrones.
–¿De
qué bufetes se trata? –preguntó Keen, con cierta indiferencia.
–White
& Blazevich y Brim, Stearns & Kidlow. Compruebe qué información tenemos
sobre ellos en nuestros archivos.
–He
oído hablar de White & Blazevich. Es una gran organización republicana.
Gray asintió, mientras se tomaba el último sorbo de café.
–¿Y
si se tratara de otro bufete? –preguntó Keen–. ¿Y si el bufete en cuestión no
estuviera en Washington?
¿Y
si los conspiradores no se dan por vencidos? ¿Y si es todo producto de una sola
mente jurídica, que pertenece a un pasante eventual de Shreveport? ¿Y si el
proyecto es obra de algún abogado que trabaja directamente para Mattiece?
–¿Sabe
que a veces me resulta muy molesto?
–Son
preguntas válidas. ¿Qué ocurre en cualquiera de esos casos?
–Entonces
pasaremos al plan C.
–¿En
qué consiste?
–Todavía
no lo sé. La chica no ha llegado tan lejos.
Le
había ordenado que no circulara por las calles y que comiera en su habitación.
Con un bocadillo y una bolsa de patatas fritas en la mano, se dirigía
obedientemente a su habitación en el octavo piso del Marbury. Una camarera
asiática empujaba su carrito por el pasillo. Gray se detuvo frente a la puerta
y se sacó la llave del bolsillo.
–¿Ha
olvidado algo, señor? –preguntó la camarera.
–¿Cómo
dice? –exclamó Gray extrañado.
–¿Que
si ha olvidado algo?
–Pues...
no. ¿Por qué?
La
camarera se le acercó un poco.
–Porque
acaba de marcharse y ya ha regresado.
–Me
marché hace cuatro horas.
Ella
movió la cabeza y se le acercó un poco más, para verle mejor.
–No,
señor. Un caballero ha salido de su habitación hace diez minutos –titubeó,
mientras le observaba atentamente–. Pero ahora que le veo bien, creo que era
otro caballero.
Gray
miró el número de la puerta. Ochocientos treinta y tres.
–¿Está
segura de que ha visto a otro hombre en esta habitación? –preguntó Gray, con la
mirada fija en los ojos de la camarera.
–Sí,
señor. Hace sólo diez minutos.
Le
entró pánico. Se dirigió rápidamente a la escalera y bajó corriendo los ocho
pisos. ¿Qué había en la habitación? Sólo ropa. Nada relacionado con Darby. Paró
y se llevó la mano al bolsillo. El papel con la dirección del Tabard Inn y su
número de teléfono estaban en el bolsillo. Descansó un momento y entró en el
vestíbulo.
Tenía
que encontrarla rápidamente.
Darby
encontró una mesa vacía en la sala de lectura del segundo piso de la biblioteca
jurídica Edward Bennet William, en Georgetown. En su nueva afición, como
crítico ambulante de bibliotecas jurídicas, la de Georgetown le resultó la más
atractiva que había visitado. Estaba situada en un edificio independiente de
cinco plantas, separada por un pequeño patio del edificio llamado McDonough
Hall, que albergaba la facultad de Derecho. La biblioteca era nueva, moderna y
elegante, pero biblioteca jurídica a pesar de todo, que se iba llenando
gradualmente de estudiantes domingueros preocupados ahora por los exámenes de
fin de curso.
Abrió
el quinto tomo de Martindale Hubbell y encontró la sección de bufetes de
Washington. White & Blazevich ocupaba veintiocho páginas. Nombres, lugares
y fechas de nacimiento, estudios, organizaciones profesionales, distinciones,
premios, juntas y publicaciones de cuatrocientos doce abogados, empezando por
los socios y siguiendo por los miembros asociados. Tomó notas en su cuaderno.
En
el bufete había ochenta y un socios, y los demás eran miembros asociados.
Después de colocarlos por orden alfabético, tomó nota de todos sus nombres. Era
como cualquier otro estudiante de Derecho, en busca desesperada de empleo.
El
trabajo era aburrido y su mente divagaba. Thomas había estudiado allí, hacía
veinte años. Había sido un excelente estudiante y aseguraba haber pasado muchas
horas en la biblioteca. Escribía para la revista jurídica, labor que ella
también desempeñaría en circunstancias normales.
La
muerte era un tema que había analizado desde distintos ángulos, durante los
últimos diez días. A excepción de la muerte discreta durante el sueño, no había
decidido cuál era la preferible. La defunción precedida de una agonía lenta
provocada por una enfermedad suponía una pesadilla para la víctima y los seres
queridos, pero por
lo menos brindaba
la oportunidad de
prepararse y despedirse.
La muerte violenta
e inesperada, que se producía en un segundo, probablemente era
preferible para el difunto. Pero el disgusto era terrible para los demás. Había
tantas preguntas dolorosas. ¿Había sufrido? ¿Cuál había sido su último
pensamiento? ¿Por qué había ocurrido? Y presenciar la muerte instantánea de un
ser querido era algo indescriptible.
Le
quería todavía más por haberlo visto morir y se repetía a sí misma que debía
dejar de oír la explosión, oler el humo, presenciar su muerte. Si sobrevivía
otros tres días, estaría en algún lugar donde pudiera cerrar la puerta, llorar
y patalear hasta superar su aflicción. Estaba decidida a lograrlo. Estaba
decidida a sufrir y sanar. Era lo mínimo que merecía.
Memorizó
nombres hasta saber más acerca de White & Blazevich que cualquier otra
persona ajena a la organización. Salió cautelosamente al amparo de la oscuridad
y cogió un taxi a su hotel.
Matthew
Barr se trasladó a Nueva Orleans, donde le recibió un abogado que le ordenó
coger un avión, para dirigirse a cierto hotel de Fort Lauderdale. El abogado no
le aclaró lo que ocurriría en el mismo, pero cuando Barr llegó el domingo por
la noche, se encontró con una habitación reservada para él. Una nota en la
recepción le comunicaba que recibiría una llamada telefónica por la madrugada.
A
las diez llamó a Fletcher Coal a su casa y le resumió el viaje hasta entonces.
A Coal le preocupaban otras cosas.
–Grantham
se ha vuelto loco –dijo–. Él y un individuo llamado Rifkin, del Times, no paran
de llamar a todas partes. Podría ser muy grave.
–¿Han
visto el informe?
–No
sé si lo han visto, pero han oído hablar del mismo. Ayer Rifkin llamó a uno de
mis ayudantes a su casa y le preguntó qué sabía acerca del informe pelícano. Mi
ayudante no sabía nada y tuvo la impresión de que Rifkin sabía todavía menos
que él. No creo que lo haya visto, pero no podemos estar seguros de ello.
–Maldita
sea, Fletcher. No podemos controlar a un puñado de periodistas. Esos tipos
hacen un centenar de llamadas telefónicas por minuto.
–Son
sólo dos. Grantham y Rifkin. Los teléfonos de Grantham ya están pinchados. Haga
lo mismo con
Rifkin.
–Los
teléfonos de Grantham están intervenidos, pero no utiliza los de su casa ni el
del coche. He llamado a Bailey desde el aeropuerto de Nueva Orleans. Grantham
no está en su casa desde hace veinticuatro horas, pero su coche sigue allí. Han
llamado por teléfono y a la puerta. O bien está muerto en su casa, o se
escabulló anoche.
–Puede
que esté muerto.
–No
lo creo. Nosotros le seguíamos y también los federales. Sospecho que se lo ha
olido.
–Es
preciso que le encuentre.
–Aparecerá.
No puede alejarse mucho de la redacción en el quinto piso.
–Quiero
que intervengan los teléfonos de Rifkin. Llame a Bailey esta noche y dígale que
lo haga, ¿de acuerdo? .
–Sí
señor –respondió Barr.
–¿Cómo
cree que reaccionaría Mattiece si creyera que Grantham está al corriente de
todo y va a publicarlo en la primera plana del Washington Post? –preguntó Coal.
Barr
se tumbó en la cama de su habitación y cerró los ojos. Meses atrás había tomado
la decisión de no antagonizar nunca a Fletcher Coal. Era un animal.
–No
tiene ningún reparo en matar, ¿no es cierto? –respondió Barr.
–¿Cree
que verá a Mattiece mañana?
–No
lo sé. Estos individuos son muy reservados. Hablan en voz baja tras puertas
cerradas. No me han dicho casi nada.
–¿Por
qué le han mandado a Fort Lauderdale?
–No
lo sé, pero está mucho más cerca de las Bahamas. Creo que mañana iré a las
islas, o puede que él venga aquí. La verdad es que no lo sé.
–Tal
vez debería exagerar la situación de Grantham. Mattiece desenmascarará la
historia.
–Lo
pensaré.
–Llámame
por la mañana.
Pisó
la nota al abrir la puerta. Decía: «Darby, estoy en el patio. Es urgente, Gray.
» Respiró hondo y se guardó la nota arrugada en el bolsillo. Cerró la puerta
con llave, avanzó por los estrechos y tortuosos pasillos hasta el vestíbulo,
cruzó el oscuro salón junto al bar, atravesó el restaurante y salió al patio.
Le encontró en una pequeña mesa, parcialmente oculto tras el muro de ladrillos.
–¿Qué
estás haciendo aquí? –preguntó en un susurro, después de sentarse cerca de él.
–¿Dónde
has estado? –respondió Gray, con aspecto cansado y preocupado.
–Eso
no tiene tanta importancia como el hecho de que tú estés aquí. No debías haber
venido, a no ser que te llamara. ¿Qué ocurre?
Le
resumió brevemente lo ocurrido por la mañana, desde su primera llamada a Smith
Keen hasta lo de la camarera del hotel. Había pasado el resto del día dando
vueltas por la ciudad, en diversos taxis, que le habían costado casi ochenta
dólares, y había esperado a que oscureciera para entrar a hurtadillas en el
Tabard Inn. Estaba seguro de que no le habían seguido.
Ella
le escuchaba sin perder palabra, mientras vigilaba el restaurante y la entrada
del patio.
–No
comprendo cómo alguien puede haber encontrado mi habitación –dijo Gray.
–¿Le
has dado a alguien el número de tu habitación?
–Sólo
a Smith Keen –respondió después de reflexionar unos instantes–. Pero él no se
lo repetiría a nadie.
–¿Dónde
estabais cuando le diste el número de tu habitación? –preguntó Darby, sin
mirarle.
–En
su coche.
–Te
dije claramente que no se lo dijeras a nadie, ¿no es cierto? –dijo Darby,
mientras movía lentamente la cabeza.
Grantham
no respondió.
–Para
ti es todo como un juego, ¿verdad, Gray? Como un día de playa. Eres el
periodista intrépido que ha recibido amenazas de muerte, pero a quien nada le
asusta. Las balas no lograrán penetrar en tu cuerpo. Tú y yo podemos pasar unos
días divirtiéndonos por la ciudad, jugando a detectives, a fin de que tú puedas
ganar un Pulitzer y hacerte rico y famoso, y después de todo los malos no son
tan malos, porque tú eres Gray Grantham del Washington Post y eso te convierte
en un tipo peligroso.
–Por
favor, Darby.
–He
intentado hacerte comprender lo peligrosa que es esa gente. He visto lo que son
capaces de hacer. Sé lo que harán conmigo si me encuentran. Pero para ti, Gray,
es todo como un juego. Guardias y ladrones. El juego del escondite.
–Me
has convencido, ¿de acuerdo?
–Eso
espero, campeón. Si vuelves a meter la pata perderemos la vida. Presiento que
se me ha acabado la suerte. ¿Comprendes?
–¡Sí!
Te juro que lo comprendo.
–Coge
una habitación aquí. Mañana, si seguimos vivos, te encontraré otro pequeño
hotel.
–¿Y
si está lleno?
–Dormirás
en mi cuarto de baño, con la puerta cerrada.
Darby
hablaba muy en serio. Gray se sentía como un alumno de primer curso, que acaba
de recibir su primera reprimenda. Durante cinco minutos no dijeron palabra.
–¿Cómo
se las han arreglado para encontrarme? –preguntó finalmente.
–Supongo
que los teléfonos de tu casa están intervenidos y que han instalado micrófonos
en tu coche. Y
supongo
que también lo han hecho en el coche de Smith Keen. Esos individuos no son
aficionados.
TREINTA
Y SEIS
Pasó
la noche en la habitación catorce del último piso, pero durmió poco. El
restaurante abría a las seis y bajó a hurtadillas para tomar un café, antes de
regresar discretamente a su habitación. El hotelito era antiguo y singular,
formado por tres casas unidas entre sí. Había pequeñas puertas y estrechos
pasillos por todas partes. Su ambiente era atemporal.
Sería
un día largo y pesado, pero estaría siempre junto a ella y lo esperaba con
ilusión. Había cometido un error, grave, pero ella le había perdonado. A las
ocho y media en punto, llamó a la puerta de la habitación número uno. Darby la
abrió y cerró rápidamente, después de que entrara.
Vestía
de nuevo como una estudiante de Derecho, con vaqueros y camisa de franela.
Después de servirle un café, se sentó junto a la mesilla, donde el teléfono
estaba rodeado de notas.
–¿Has
dormido bien? –preguntó Darby, pero no por cortesía.
–No.
Gray
arrojó un ejemplar del Times sobre la cama, que él ya había hojeado sin
encontrar nada.
Darby
cogió el teléfono y marcó el número de la facultad de Derecho de Georgetown.
Escuchó y, sin dejar de mirar a Gray, dijo:
–Con
la oficina de empleo, por favor. Sí, soy Sandra Jernigan –agregó después de una
prolongada pausa–, uno de los socios de White & Blazevich, y tenemos
problemas con nuestros ordenadores. Estamos intentando reconstruir una lista de
pagos y el departamento de contabilidad me ha pedido que les pregunte por los
nombres de sus estudiantes que trabajaron para nosotros como pasantes el verano
pasado, creo que fueron cuatro. Sí, Jernigan, Sandra Jernigan –repitió al cabo
de unos segundos–. Comprendo. ¿Cuánto tardarán? Y su nombre es Joan. Gracias,
Joan.
Darby
cubrió el auricular y respiró hondo. Gray la miraba atentamente, con una
sonrisa de admiración.
–Sí,
Joan. Eran siete. Nuestros ficheros son un lío. ¿Tiene sus nombres y números de
la seguridad social? Los necesitamos por cuestiones de impuestos. Por supuesto.
¿Cuánto tardarán? De acuerdo. Uno de nuestros mensajeros está en su zona. Se
llama Snowden y pasará dentro de treinta minutos.
Gracias,
Joan.
Darby
colgó y cerró los ojos.
–¿Sandra
Jernigan? –preguntó Gray.
–Soy
muy mala mintiendo.
–Eres
maravillosa. Supongo que el mensajero soy yo.
–Puedes
pasar por mensajero de un bufete. Tienes aspecto de un ex estudiante de Derecho
que ha colgado la
toga.
Y en
cierto modo bastante atractivo, pensó para sus adentros.
–Me
gusta la camisa de franela. .
–Hoy
podría ser un día muy largo –dijo Darby, después de tomar un largo trago de
café.
–De
momento todo va bien. Recojo la lista y me reúno contigo en la biblioteca. ¿No
es eso?
–Sí.
La oficina de empleo está en el quinto piso de la facultad. Yo estaré en la
sala trescientos treinta y seis.
Es
una pequeña sala de conferencias en el tercer piso. Sal tú primero y coge un
taxi. Me reuniré allí contigo dentro de quince minutos.
–Sí
señora –dijo Gray de camino a la puerta.
Darby
esperó cinco minutos y salió con su bolsa de lona. El camino en taxi era corto,
pero lento con el tráfico de la mañana. Vivir como una fugitiva era penoso,
pero actuar al mismo tiempo como detective era ya demasiado. Hacía cinco
minutos que viajaba en taxi, cuando se le ocurrió que talvez pudieran seguirla.
Y quizá era preferible. Puede que una jornada intensa como periodista
investigadora le ayudaría a olvidar a Tocón y a los demás esbirros. Trabajaría
hoy, mañana, y el miércoles por la noche estaría en alguna playa. Empezaría por
la facultad de Derecho de Georgetown. Si resultaba ser un callejón sin salida,
probaría la de George Washington. Si el tiempo lo permitía, probaría la
American University. Tres intentos y se largaría.
El
taxi paró frente a McDonough Hall, al pie de la mugrienta colina del Capitolio.
Con su bolsa y su camisa de franela, parecía uno de tantos estudiantes que iban
a sus clases. Subió por la escalera hasta el tercer piso y cerró la puerta de
la sala de conferencias a su espalda. Aquella sala se utilizaba de vez en
cuando para alguna clase y para celebrar entrevistas de trabajo. Desparramó sus
notas sobre la mesa y cualquiera la habría tomado por una estudiante más,
enfrascada en sus tareas.
A
los pocos minutos, entró Gray en la estancia.
–Joan
es una dama encantadora –dijo, después de dejar la lista sobre la mesa–.
Nombres, direcciones y números de la seguridad social. ¿No es maravilloso?
Darby
contempló la lista y sacó una guía telefónica de la bolsa. Encontraron cinco de
aquellos nombres en la guía. Consultó su reloj.
–Son
las nueve y cinco. Apuesto a que sólo la mitad están en clase a estas horas.
Algunos irán más tarde. Llamaré a estos cinco para comprobar quién está en
casa. Tú ocúpate de los dos que no tienen teléfono y consigue su horario de
clases en la secretaría.
–Podemos
reunirnos de nuevo aquí, dentro de quince minutos –dijo Gray, después de
consultar su reloj.
Él
salió primero, seguido de Darby. Ella se dirigió a las cabinas telefónicas de
la planta baja y marcó el número de James Maylor.
–Diga
–respondió una voz masculina.
–¿Hablo
con Dannis Maylor? –preguntó Darby.
–No.
Yo me llamo James Maylor.
–Usted
perdone –dijo y colgó.
Su
casa estaba a diez minutos de la facultad. No tenía clase a las nueve y si
tenía una a las diez, no saldría hasta dentro de cuarenta minutos. Quizá.
Llamó
a los otros cuatro. Dos contestaron e hizo la comprobación, y no obtuvo
respuesta de los otros dos. Gray esperaba impaciente en la secretaría, situada
en el tercer piso. Una estudiante que trabajaba como
oficinista
a horas intentaba localizar a la secretaria, que estaba al fondo en algún
lugar. La estudiante le había
dicho
que no estaba segura de que estuvieran autorizados a facilitar el horario de
clases. Gray respondió que estaba convencido de que podían hacerlo, si lo
deseaban.
–¿Puedo
servirle en algo? –preguntó con suspicacia la secretaria, que acababa de
asomarse por una esquina.
–Sí,
soy Gray Grantham del Washington Post, e intento localizar a dos de sus
estudiantes: Laura Kaas y
Michael
Akers.
–¿Hay
algún problema?
–No,
ninguno. Sólo deseo formularles unas preguntas. ¿Tienen clase esta mañana?
–preguntó con una sonrisa tierna y cariñosa, que reservaba habitualmente para
las mujeres mayores y casi nunca le fallaba.
–¿Tiene
algún documento de identificación?
–Por supuesto
–respondió al tiempo
que abría la cartera
y le mostraba lentamente su documento
de identidad, con la confianza de un policía que sabe que lo es y no le
importa deletrearlo.
–En
realidad tendría que hablar con el decano, pero...
–De
acuerdo. ¿Dónde está su despacho?
–No
está aquí. Ha salido de la ciudad.
–Sólo
necesito su horario de clases, para poder localizarlos. No le pido sus
direcciones, sus notas, ni ningún documento reservado. Nada personal ni
confidencial.
La
secretaria miró a la oficinista; que se encogió de hombros como diciendo: «¿qué
hay de malo en ello?»
–Un
momento –dijo, antes de retirarse.
Darby
esperaba en la pequeña sala de conferencias, cuando Gray colocó el horario
sobre la mesa.
–Según
parece, Akers y Kaas deberían estar en clase ahora –declaró.
–Akers
tiene clase de Procedimiento criminal y Kaas de Derecho administrativo –dijo
Darby, después de consultar el horario–. Ambos de nueve a diez. Intentaré
localizarlos –agregó, antes de mostrarle a Gray sus notas–. Maylor, Reinhart y
Wilson están en casa. No he logrado localizar a Ratliff ni a Linney.
–Maylor
es el más cercano. Puedo estar en su casa dentro de unos minutos.
–Estás
sin coche –dijo Darby.
–He
llamado a Hertz. Han dicho que me traerían uno al aparcamiento del Post, dentro
de quince minutos.
El
piso de Maylor estaba en la tercera planta de un almacén, convertido en
alojamiento de estudiantes y personas de escasos medios. Abrió la puerta poco
después de la primera llamada, sin quitar la cadena.
–Estoy
buscando a James Maylor –dijo Gray como un viejo amigo.
–Soy
yo.
–Me
llamo Gray Grantham y trabajo para el Washington Post. Me gustaría hacerte un
par de preguntas rápidas. Retiró la cadena y abrió la puerta. Gray entró en el
piso de dos habitaciones. En el centro había una bicicleta, que ocupaba la
mayor parte del espacio.
–¿Qué
ocurre? –preguntó Maylor intrigado, perfectamente dispuesto a contestar a sus
preguntas.
–Tengo
entendido que trabajaste como pasante para White & Blazevich el verano
pasado.
–Correcto.
Durante tres meses.
–¿En
qué sección trabajabas? –preguntó Gray, mientras tomaba notas.
–Internacional.
Casi todo trabajo pesado. Nada interesante. Mucha investigación y redacción de
borradores de contratos.
¿Quién
era tu supervisor?
–Nadie
en particular. Tres miembros asociados me mantenían ocupado. El socio que
estaba por encima de ellos era Stanley Coopman.
Gray
se sacó una fotografía del bolsillo. Era la de García en la acera.
–¿Reconoces
este rostro?
Maylor
cogió la foto, la examinó atentamente y movió negativamente la cabeza.
–Me
parece que no. ¿Quién es?
–Un
abogado. Creo que trabaja para White & Blazevich.
–Es
un bufete muy grande. Yo no me moví del rincón de uno de sus departamentos.
¿Sabe que allí trabajan más de cuatrocientos abogados?
–Sí,
eso tengo entendido. ¿Estás seguro de que no le reconoces?
–Absolutamente.
Las oficinas ocupan doce pisos, la mayoría de los cuales no llegué a visitar.
–¿Conociste
a otros pasantes? –preguntó Gray, después de guardarse la fotografía en el
bolsillo.
–Por
supuesto. Dos de Georgetown que ya conocía, Laura Kaas y JoAnne Ratliff. Dos
individuos de George Washington, Patrick Franks y un tipo llamado
Vanlandingham. Una chica de Harvard llamada Elizabeth Larson, otra de Michigan
llamada Amy MacGregor, y un individuo de Emeroy llamado Moke, a quien creo que
despidieron. En verano hay siempre muchos pasantes.
–¿Piensas
trabajar allí cuando termines?
–No
lo sé. No estoy seguro de que los grandes bufetes sean lo mío. Gray sonrió y se
guardó el cuaderno en el bolsillo trasero.
–Habiendo
trabajado allí, ¿qué me aconsejarías para encontrar a ese individuo?
–Supongo
que ir a formular preguntas en el bufete está descartado –dijo Maylor, después
de unos segundos de reflexión.
–Efectivamente.
–¿Y
la única pista es la fotografía?
–Así
es.
–Entonces
creo que éste es el mejor método. Algún pasante le reconocerá.
–Gracias.
–¿Está
metido en algún lío?
–No.
Puede que haya sido testigo de algo. Una posibilidad entre mil –dijo Gray desde
la puerta–. Repito, gracias.
Darby
examinó los horarios lectivos de otoño, en el tablón de anuncios del vestíbulo,
frente a las cabinas telefónicas. No estaba exactamente segura de lo que haría
cuando acabaran las clases de las nueve, pero hacía un enorme esfuerzo para
pensar en algo. El tablón de anuncios era igual al de Tulane: el horario
lectivo meticulosamente ordenado, avisos de empleos, anuncios de libros,
bicicletas, habitaciones, compañeros de alojamiento y otro sinfín de
comunicados desparramados por el tablón, invitaciones a fiestas, juegos y
reuniones. Una joven con mochila y botas de montaña se acercó al tablón de
anuncios. Se trataba indudablemente de una estudiante.
–Discúlpame
–sonrió Darby–. ¿Conoces por casualidad a Laura Kaas?
–Desde
luego.
–He
de darle un recado. ¿Podrías decirme quién es?
–Sí,
ahora tiene clase de Derecho administrativo con Ship, en el aula dos cero
siete.
Caminaron
juntas y charlaron, en dirección al aula en cuestión. De pronto se llenó el
pasillo cuando terminó la clase, y la montañista señaló a una chica alta y
robusta que venía hacia ellas. Darby le dio las gracias y siguió a Laura Kaas
hasta que empezó a dispersarse la muchedumbre.
–Disculpa,
Laura. ¿Eres Laura Kaas?
–Sí
–respondió la corpulenta chica, después de detenerse y mirarla fijamente. Ahora
venía la parte que no le gustaba, la de mentir.
–Me
llamo Sara Jacobs y preparo un artículo para el Washington Post. ¿Me permites
que te formule unas preguntas? Había elegido a Laura Kaas en primer lugar,
porque no tenía clase a las diez, al contrario de Michael Akers, con quien
procuraría hablar a las once.
–¿Sobre
qué?
–Sólo
será un minuto. ¿Podemos entrar aquí? –preguntó Darby, al tiempo que entraba en
una clase vacía, seguida lentamente de Laura.
–El
verano pasado trabajaste como pasante para White & Blazevich.
–Así
es –respondió con lentitud y suspicacia.
Sara
Jacobs se esforzaba para controlar los nervios. Aquello era terrible.
–¿En
qué sección?
–Impuestos.
–De
modo que te gustan los impuestos, ¿eh? –intentó bromear.
–Me
gustaban. Ahora los odio.
Darby
sonrió, como si aquello fuera lo más gracioso que había oído en mucho tiempo.
Se sacó una fotografía del bolsillo y se la ofreció a Laura Kaas. –Le
reconoces?
–No.
–Creo
que trabaja como abogado en White & Blazevich.
–Allí
trabajan muchos abogados.
–¿Estás
segura?
–Sí
–respondió, después de devolverle la foto–. No salí nunca del quinto piso. Se
necesitan años para reconocer a todo el mundo y cambian de personal con mucha
frecuencia. Ya sabes cómo son los abogados.
Laura
miró a su alrededor y la conversación había concluido.
–Te
estoy muy agradecida –dijo Darby.
–Encantada
–respondió Laura, de camino hacia la puerta.
A
las diez y media en punto, se reunieron de nuevo en la sala trescientos treinta
y seis. Gray había encontrado a Ellen Reinhart en la puerta de su casa, cuando
se dirigía a clase. Había trabajado en la sección de litigación, a las órdenes
de un socio llamado Daniel O'Malley y había pasado la mayor parte del verano en
un juicio en Miami. Había estado ausente dos meses y había pasado muy poco
tiempo en la oficina de Washington. White & Blazevich tenía oficinas en
cuatro ciudades, incluida Tampa. No reconoció a García y tenía prisa.
Judith
Wilson no estaba en su casa, pero la chica con la que compartía el piso dijo
que volvería a eso de la
una.
Tacharon
los nombres de Maylor, Kaas y Reinhart. Confirmaron sus planes en un susurro y
volvieron a
separarse.
Gray fue en busca de Edward Linney, que según la lista había trabajado como
pasante en White &
Blazevich
los dos últimos veranos. No estaba en la guía telefónica, pero vivía en Wesley
Heights, al norte del campus principal de Georgetown.
A
las once menos cuarto, Darby deambulaba de nuevo frente al tablón de anuncios,
a la espera de otro milagro. Akers era varón y había diferentes formas de
acercarse a él. Esperaba que estuviera donde se suponía que debía estar, en la
clase de Procedimiento criminal en el aula dos cero uno. Se acercó a la misma,
las puertas se abrieron, y una cincuentena de estudiantes salieron al pasillo.
Nunca podría ser periodista. Era incapaz de acercarse a un desconocido y
formularle un montón de preguntas. Le resultaba incómodo y desagradable. No
obstante, se acercó a un joven de aspecto tímido, mirada triste y gafas, y le
dijo:
–Discúlpame.
¿Conoces por casualidad a Michael Akers? Creo que está en esta clase. El
muchacho sonrió. Era agradable que alguien se percatara de su existencia. –
–Es
aquél –respondió, mientras señalaba a un grupo de chicos que se dirigía a la
puerta principal–. El del jersey gris.
–Gracias
–dijo Darby y le dejó plantado.
El
grupo se dispersó al salir del edificio y Akers permaneció en la acera con un
amigo.
–Señor
Akers –exclamó Darby.
Ambos
volvieron la cabeza y sonrieron cuando ella se les acercaba.
–¿Eres
Michael Akers? –preguntó.
–Efectivamente.
¿Y tú quién eres?
–Me
llamo Sara Jacobs y estoy preparando un artículo para el Washington Post.
¿Puedo hablar contigo a solas?
–Desde
luego.
Su
amigo captó la indirecta y se retiró.
–¿Sobre
qué? –preguntó Akers.
–¿Trabajaste
como pasante para White & Blazevich el verano pasado?
–Sí
–respondió amablemente Akers. Aquello le gustaba.
–¿En
qué sección?
–Transacciones
inmobiliarias. Terriblemente aburrido, pero era un trabajo. ¿Por qué te
interesa?
–¿Reconoces
a este hombre? –preguntó Darby, después de darle la fotografía–. Trabaja para
White & Blazevich.
Akers
quería reconocerle. Deseaba cooperar y mantener una larga conversación con
ella, pero aquel rostro no le decía nada.
–Parece
una foto bastante sospechosa, ¿verdad?
–Supongo.
¿Le reconoces?
–No.
Nunca le he visto. Es un bufete muy grande. Los socios llevan etiquetas con su
nombre cuando acuden a una reunión. ¿No te parece increíble? Los propietarios
de la empresa no se conocen entre sí. Debe haber un centenar de socios. Ochenta
y uno para ser exactos.
–¿Tenías
algún supervisor?
–Sí,
un socio llamado Walter Welch. Un verdadero bribón. A decir verdad, no me gustó
la empresa.
–¿Recuerdas
a algún otro pasante?
–Por
supuesto. El bufete estaba lleno de pasantes eventuales.
–Si
necesitara sus nombres, ¿te importaría que volviera a ponerme en contacto
contigo?
–Estoy
a tu disposición. ¿Se ha metido en algún lío ese individuo?
–Creo
que no. Puede que sepa algo.
–Espero
que los expulsen a todos del Colegio de abogados. No son más que un puñado de
ladrones. Es un lugar horrible. Todo gira en torno a la política.
–Gracias
–sonrió Darby, antes de dar media vuelta para retirarse.
–Llámame
cuando quieras –dijo Akers, mientras admiraba su trasero.
–Gracias.
Darby,
en su capacidad de periodista investigadora, entró en la biblioteca situada en
el edificio adjunto, y subió por la escalera hasta el quinto piso, donde se
encontraban las abigarradas oficinas del Georgetown Law Journal. Había visto el
último ejemplar, de la revista en la biblioteca y se había percatado de que
JoAnne Ratliff era ayudante de redacción. Suponía que la mayoría de las
revistas y periódicos jurídicos eran muy parecidos; lugares frecuentados por
los mejores estudiantes, donde preparan sus eruditos artículos y comentarios.
Se consideraban superiores a los demás estudiantes y formaban un círculo
cerrado en el que admiraban sus mentes privilegiadas. Solían pulular por las
salas de la redacción. Era como su segundo domicilio.
Darby
entró y le preguntó al primero que vio por JoAnne Ratliff. Indicó que se
dirigiera a la vuelta de la esquina, segunda puerta a la derecha. La puerta
daba a un despacho repleto de estanterías de libros, donde había dos mujeres
inmersas en su trabajo.
–JoAnne
Ratliff –dijo Darby.
–Soy
yo –respondió la mayor; tal vez de unos cuarenta años.
–Hola. Me
llamo Sara Jacobs
y preparo un
artículo para el
Washington Post. ¿Puedo
hacerte unas preguntas?
Dejó
lentamente la pluma sobre la mesa y miró a la otra mujer con el entrecejo
fruncido. Lo que estuvieran haciendo
era terriblemente importante
y aquella interrupción
les causaba una
verdadera molestia. Eran estudiantes de élite.
A
Darby le habría gustado mofarse y hacer algún comentario ingenioso. ¡Maldita
sea, ella ocupaba el segundo lugar en su promoción! No tenía por qué tolerar
que la trataran con desdén.
–¿De
qué trata el artículo? –preguntó Ratliff.
–¿Podemos
hablar en privado?
Volvieron
a mirarse entre sí con el entrecejo fruncido.
–Estoy
muy ocupada –dijo Ratliff.
También
yo, pensó Darby. Vosotras estáis ahí verificando citas para algún artículo
insignificante y yo intento atrapar al individuo que asesinó a dos jueces del
Tribunal Supremo.
–Lo
siento –dijo Darby–. Te prometo que sólo tardaremos un minuto. Lamento mucho
molestarte –agregó cuando salieron juntas al pasillo–, pero tengo bastante
prisa.
–¿Y
eres periodista del Post –dijo, más en tono de reto que de pregunta, obligando
a Darby a seguir mintiendo.
Se
había prometido a sí misma que mentiría, engañaría y robaría durante dos días,
pero a continuación se iría al Caribe y lo dejaría todo en manos de Grantham.
–Sí.
¿Trabajaste para White & Blazevich el verano pasado?
–Sí,
¿por qué?
Le
mostró rápidamente la fotografía. Ratcliff la tomó para examinarla
detenidamente.
–¿Le
reconoces?
–Creo
que no –respondió, mientras movía lentamente la cabeza–. ¿Quién es?
Esa
zorra se convertiría en un buen abogado. Tantas preguntas. Si supiera quién
era, no estaría en ese diminuto pasillo fingiendo ser periodista y soportando a
ese presuntuoso buitre.
–Es
un abogado de White & Blazevich –respondió Darby, con toda la sinceridad de
la que fue capaz–. Creí que le reconocerías.
–No
–dijo, al tiempo que le devolvía la foto. Basta.
–Bien,
gracias. Lamento haberte molestado.
–De
nada –dijo Ratliff, cuando Darby desaparecía por la puerta.
Se
subió al nuevo Pontiac de Hertz cuando paró en la esquina y se perdieron en el
tráfico. Estaba harta de la facultad de Derecho de Georgetown.
–No
ha habido suerte –dijo Gray–. Linney no estaba en casa.
–Yo
he hablado con Akers y con Ratliff, y ambos han dicho que no. Cinco de los
siete no han reconocido a
García.
–Tengo
hambre. ¿Te apetece comer algo?
–Desde
luego.
–¿Es
posible que cinco pasantes que hayan trabajado tres meses en un bufete no
reconozcan a un joven asociado?
–Sí.
No sólo es posible, sino muy probable. No olvides que esto es un palo a
tientas. Cuatrocientos abogados significa un millar de personas, si uno incluye
a las secretarias, los ayudantes, los pasantes, oficinistas, multicopistas,
encargados de la correspondencia, empleados diversos y personal de apoyo. Los
abogados suelen mantenerse aislados en sus propios despachos.
–¿Las
distintas secciones están físicamente separadas?
–Sí.
Es perfectamente posible que un abogado bancario del tercer piso pase varias
semanas sin ver a un compañero de litigación que trabaje en el décimo piso. No
olvides que están muy ocupados.
¿Crees
que nos hemos equivocado de bufete?
–Tal
vez de bufete y tal vez de facultad.
–El
primer individuo, Maylor, me ha dado los nombres de dos estudiantes de George
Washington que trabajaron allí como pasantes el verano pasado. Vayamos a por
ellos después del almuerzo.
Redujo
la velocidad y aparcó en zona prohibida, tras una hilera de pequeños edificios.
–¿Dónde
estamos? –preguntó Darby.
–A
una manzana de Mount Vernon Square, en el centro de la ciudad. El Post está a
seis manzanas de aquí. Mi banco a cuatro manzanas. Y hay un pequeño restaurante
a la vuelta de la esquina.
Anduvieron
hasta el restaurante, al que llegaba bastante gente para almorzar. Darby se
dirigió a una mesa junto a la ventana, mientras Gray pedía unos bocadillos en
la barra. La mitad del día había volado y, aunque no le gustaba aquel tipo de
trabajo, era agradable estar ocupada y olvidar los duendes. No quería ser
periodista y, en aquellos momentos, parecía dudoso que se dedicara a la
abogacía. Hacía poco había pensado en llegar a juez, después de ejercer unos
años como abogado. Olvídalo. Era demasiado peligroso.
Gray
llegó con una bandeja llena de comida y té helado, y empezaron a comer.
–¿Es
éste un día normal para ti? –preguntó Darby.
–Así
es como me gano la vida. Paso todo el día husmeando, escribo mis artículos ya
avanzada la tarde, e investigo hasta la noche.
–¿Cuántos
artículos por semana?
–A
veces tres o cuatro, a veces ninguno. Yo elijo, con muy poca supervisión. Pero
esto es distinto. No he publicado nada desde hace diez días.
–¿Qué
ocurrirá si no logras implicar a Mattiece? ¿Qué escribirás sobre el caso?
–Depende
de dónde llegue. Podíamos haber publicado un artículo sobre Verheek y Callahan,
pero para qué molestarse. Fue un gran artículo, pero sin nada para
sustanciarlo. Sólo escarbaba la superficie.
–Y
tú vas a por todas.
–Eso
espero. Si logramos verificar tu pequeño informe, publicaremos una historia
fabulosa.
–Ya
ves los titulares, ¿no es cierto?
–Efectivamente.
Circula la adrenalina. Ésta será la historia más sensacional desde...
–¿Watergate?
–No.
Watergate fueron una serie de artículos, modestos al principio pero que fueron
creciendo. Aquellos individuos siguieron pistas durante muchos meses y no
dejaron de hurgar hasta componer el rompecabezas. Mucha gente conocía distintas
partes de la historia. Esto, querida, es muy diferente. Es una historia de
mucho más peso y la verdad la conoce sólo un pequeño grupo de gente. Watergate
fue un robo estúpido y una torpe tapadera. Éstos son crímenes magistralmente
organizados, por personas muy ricas e inteligentes.
–¿Y
la tapadera?
–Eso
viene a continuación. Cuando logremos vincular a Mattiece con "los
asesinatos, publicaremos la gran historia. Una vez revelado el secreto, se
desencadenarán media docena de investigaciones de un día para otro. Habrá una
enorme conmoción, particularmente ante la noticia de que el presidente y
Mattiece son viejos amigos. Cuando empiecen a calmarse los ánimos, iremos a por
la administración, e intentaremos determinar quién sabía qué y cuándo.
–Pero
lo primero es García.
–Sí,
claro. Sé que está ahí. Es uno de los abogados de esta ciudad y sabe algo muy
importante.
–¿Qué
ocurrirá si le encontramos y se niega a hablar?
–Tenemos
medios de obligarle a que lo haga.
–¿Por
ejemplo?
–La
tortura, el secuestro, la extorsión, toda clase de amenazas.
–¡Dense
prisa! –exclamó de pronto un tipo corpulento junto a su mesa–. Hablan
demasiado.
–Gracias,
Pete –dijo Gray, sin levantar la mirada.
Pete
se retiró y se le oyó chillar junto a otra mesa. A Darby se le cayó el
bocadillo de las manos.
–Es
el propietario –aclaró Gray–. Forma parte de la ambivalencia del lugar.
–Encantador.
¿Hay que pagar algún suplemento?
–Todo
lo contrario. La comida es barata y, por consiguiente, depende del volumen de
ventas. Se niega a servir café, para que los clientes no se entretengan. Espera
que comamos como refugiados y nos larguemos.
–He
terminado.
–Son
las doce y cuarto –dijo Gray, después de consultar su reloj–. Tenemos que estar
en el piso de Judith
Wilson
a la una. ¿Quieres ocuparte ahora de tu transferencia?
–¿Cuánto
tardará?
–Podemos
iniciarla ahora y recoger el dinero más tarde.
–Vamos.
¿Cuánto
quieres transferir?
–Quince
mil.
Judith
Wilson vivía en el segundo piso de un edificio viejo y decrépito, lleno de
pisos de dos habitaciones para estudiantes. A la una no había llegado y pasaron
una hora dando vueltas en el coche. Gray hacía de guía de la ciudad. Condujo
lentamente hasta el cine Montrose, todavía en ruinas y rodeado de andamios. Le
mostró el espectáculo cotidiano de Dupont Circle.
Estaban
aparcados en la calle a las dos y cuarto, cuando un Mazda rojo paró frente a la
casa.
–Ahí
está –dijo Gray, al tiempo que se apeaba.
Darby
se quedó en el coche. Gray alcanzó a Judith, que resultó ser bastante amable,
junto a la puerta principal. Charlaron, le mostró la fotografía, la contempló
unos segundos y empezó a mover la cabeza. Al cabo de unos momentos, estaba de
nuevo en el coche.
–Cero
entre seis –dijo.
–Ya
sólo nos queda Edward Linney, que seguramente es nuestra mejor probabilidad,
porque ha trabajado allí dos veranos.
Encontraron
un teléfono público a tres manzanas en unos almacenes y Gray marcó el número de
Linney. Nada. Colgó el teléfono y regresó al coche.
–No
estaba en su casa a las diez de esta mañana y ahora tampoco está.
–Podría
estar en clase –dijo Darby–. Necesitamos su horario. Debías haberlo recogido
junto con los demás.
–Entonces
no me lo sugeriste.
–¿Quién
es el detective? ¿Quién es el famoso periodista investigador del Washington
Post? Yo no soy más que una modesta ex estudiante de Derecho, emocionada de
estar aquí sentada y verte actuar.
Podrías
instalarte en el asiento trasero, estuvo a punto de decir.
–Lo
que tú digas. ¿Y ahora adónde?
–De
nuevo a la facultad –respondió Darby–. Esperaré en el coche, mientras tú entras
en la secretaría y consigues el horario de Linney.
–Sí
señora.
En
esta ocasión había otro estudiante tras el mostrador de la secretaria. Gray le
pidió el horario de Edward
Linney
y él fue en busca de la secretaria. Al cabo de cinco minutos ésta se asomó y le
miró fijamente.
–Hola,
¿me recuerda? –sonrió–. Soy Gray Grantham, del Post. Necesito otro horario.
–El
decano dice que no.
–Creí
que el decano había salido de la ciudad.
–Así
es. El decano adjunto es quien dice que no. No más horarios. Ha logrado ya
meterme en un buen lío.
–No
comprendo. No le he pedido nada confidencial.
–El
decano adjunto dice que no.
–¿Dónde
está el decano adjunto?
–Está
ocupado.
–Esperaré.
¿Dónde está su despacho?
–Estará
ocupado durante mucho rato.
–Esperaré
el tiempo que sea necesario.
–No
le facilitará ningún otro horario –afirmó categóricamente la secretaria,
después de cruzarse de brazos–. Nuestros estudiantes tienen derecho a que se
respete su intimidad.
–Por
supuesto. ¿Qué clase de problemas he causado?
–Bien,
se lo diré.
–Se
lo ruego.
–El
estudiante que trabajaba como ayudante desapareció.
–Uno
de los estudiantes con los que he hablado esta mañana ha llamado a White &
Blazevich, ellos han llamado al decano adjunto, el decano adjunto me ha llamado
a mí y me ha ordenado que no vuelva a facilitar horarios a ningún periodista.
–¿Por
qué les preocupa?
–Les
preocupa y basta. Hace mucho tiempo que mantenemos relaciones con White &
Blazevich. Contratan a muchos de nuestros estudiantes.
–Lo
único que me propongo es encontrar a Edward Linney –dijo Gray, procurando
inspirar lástima y compasión–. Le juro que no está metido en ningún lío. Sólo
deseo hacerle unas preguntas.
La
secretaria empezó a sentirse victoriosa. Había logrado dominar a un periodista
del Post y se sentía bastante orgullosa. ¿Por qué no ofrecerle unas migajas?
–El
señor Linney ya no está matriculado en esta facultad. Eso es todo lo que puedo
decirle.
–Gracias
–farfulló de camino a la puerta.
Casi
había llegado al coche, cuando alguien le llamó por su nombre. Era el
estudiante de la secretaría.
–Señor
Grantham –dijo, mientras se acercaba corriendo–. Yo conozco a Edward. Más o
menos ha abandonado los estudios por algún tiempo. Problemas personales.
–¿Dónde
está?
–Sus
padres le han ingresado en una clínica privada. Se está desintoxicando.
–¿Dónde?
–En
Silver Spring. En una clínica llamada Parklane.
–¿Cuánto
hace que está allí?
–Aproximadamente
un mes.
–Gracias
–dijo Grantham, al tiempo que le estrechaba la mano–. No le diré a nadie que me
lo has contado.
–¿No
se habrá metido en algún lío?
–No.
Te lo prometo.
Pararon
en el banco y Darby salió con quince mil al contado. Llevar el dinero encima le
daba miedo. Linney le daba miedo. White & Blazevich de pronto le daba
miedo.
Parklane
era un centro de desintoxicación para los ricos, o para quienes tuvieran un
seguro caro. Estaba en un pequeño edificio, rodeado de árboles, a un kilómetro
de la carretera. Aquello podría ser difícil, pensaron.
Gray
entró primero en el vestíbulo y le preguntó a la recepcionista por Edward
Linney.
–Es
uno de nuestros pacientes –respondió en un tono bastante formal.
–Sí,
lo sé –dijo Gray, con su mejor sonrisa–. Me lo han dicho en la facultad. ¿Cuál
es el número de su habitación? Darby entró entonces en el vestíbulo y se acercó
lentamente a la fuente, para tomar un largo trago de agua.
–Está
en la habitación veintidós, pero no puede verle.
–En
la facultad me han dicho que podría verle.
–¿Quién
es usted?
–Gray
Grantham, del Washington Post. En la facultad me han dicho que podría
formularle un par de preguntas –declaró con suma dulzura.
–Lamento
que se lo hayan dicho, señor Grantham. Verá usted, la clínica la dirigimos
nosotros, ellos dirigen la facultad. Darby cogió una revista y se sentó en un
sofá.
–Comprendo
–dijo todavía con cortesía, pero con la sonrisa considerablemente menguada–.
–¿Puedo
hablar con el administrador?
–¿Para
qué?
–Porque
éste es un asunto sumamente importante y es preciso que vea al señor Linney
esta tarde. No me marcharé sin haber hablado con el administrador.
La
recepcionista le brindó su mejor sonrisa de «váyase a freír espárragos» y se
retiró del mostrador.
–Un
momento. Tome asiento.
–Gracias.
Cuando
se ausentó la recepcionista, Gray volvió la cabeza para mirar a Darby y señalar
una doble puerta, que parecía conducir al único pasillo. Respiró hondo y la
cruzó. Daba a un recibidor, del que salían tres estériles pasillos. Una placa
de bronce indicaba la dirección de las habitaciones dieciocho a la treinta. Era
el ala central de la clínica, con un pasillo oscuro y silencioso, con una
gruesa moqueta industrial y papel pintado con un motivo floral en las paredes.
Acabaría
en manos de la policía. Se encontraría de pronto con un robusto guardia de
seguridad o un fornido enfermero que la encerraría bajo llave en una habitación
hasta que llegara la policía para maltratarla y luego llevársela encadenada,
ante la mirada impotente de su compañero. Su nombre aparecería en el periódico,
el Post, y Tocón, si no era analfabeto, lo vería y la capturarían.
Mientras
avanzaba entre puertas cerradas, las playas y las piñas coladas parecían
inalcanzables. La puerta número veintidós estaba cerrada, y sobre la misma
figuraban los nombres de Edward. Linney y del doctor Wayne McLatchee. Llamó.
El
administrador era más imbécil que la recepcionista. Pero también era superior
su sueldo. Explicó que tenían una política
muy rigurosa en
cuanto a las
visitas. Sus pacientes
eran personas muy
enfermas y vulnerables, a las que
debían proteger. Y sus médicos, que eran los mejores de su especialidad, eran
muy particulares en cuanto a quién podía visitar a los pacientes.. Sólo los
sábados y domingos eran días de visita, e incluso entonces se permitía
exclusivamente la entrada a un grupo cuidadosamente seleccionado de personas,
por regla general parientes y amigos, que podían pasar sólo treinta minutos con
los pacientes. Tenían que ser muy rigurosos.
Eran
personas muy vulnerables, indudablemente incapaces de soportar un
interrogatorio por parte de un periodista, por graves que fueran las
circunstancias.
El
señor Grantham preguntó cuándo esperaban dar de alta al señor Linney.
Absolutamente confidencial, afirmó el administrador. Probablemente cuando el
seguro dejara de pagar, sugirió el señor Grantham, que hablaba para ganar
tiempo, medio a la expectativa de oír ruidos y voces del otro lado de la doble
puerta.
La
mención del seguro perturbó realmente al administrador. El señor Grantham le
preguntó si estaría dispuesto a decirle al señor Linney que el señor Grantham
deseaba formularle un par de preguntas, y que tardarían menos de treinta
segundos.
Ni
soñarlo, replicó el administrador. Su política era muy rigurosa.
Una
voz respondió suavemente y Darby entró en la habitación. La moqueta era todavía
más gruesa y el mobiliario de madera. Estaba sentado en la cama, con vaqueros,
sin camisa, y una gruesa novela en las manos. Le asombró ver lo atractivo que
era.
–Discúlpame
–dijo cariñosamente Darby, después de cerrar la puerta a su espalda.
–Pasa
–sonrió con ternura.
Era
el primer rostro no médico que veía en dos días. Y era hermoso. Cerró el libro.
–Me
llamo Sara Jacobs y preparo un artículo para el Washington Post –dijo, mientras
se acercaba a los pies de la cama.
–¿Cómo
has logrado entrar aquí? –preguntó, evidente mente contento de que lo hubiera
conseguido.
–Andando.
¿Trabajaste como pasante el verano pasado para White & Blazevich?
–Sí,
y el verano anterior. Me han ofrecido trabajo para cuando me licencie. Si acabo
la carrera.
–¿Reconoces
a este hombre? –preguntó, después de entregarle la fotografía.
–Sí
–sonrió–. Se llama... espera un momento. Trabaja en la sección de gas y
petróleo del noveno piso.
¿Cómo
se llama? Darby se aguantaba la respiración. Linney cerró los ojos e intentó
recordar.
–Morgan
–dijo después de volver a mirar la foto–. Sí. Creo que se llama Morgan.
–¿Morgan
de apellido?
–Efectivamente.
No recuerdo su primer nombre. Es algo parecido a Charles, pero distinto. Creo
que empieza por C.
–¿Y
estás seguro de que trabaja en la sección de gas y petróleo?
Aunque
no recordaba exactamente cuántos, estaba segura de que había más de un Morgan
en White & Blazevich.
–Sí.
–¿En
el noveno piso?
–Sí.
Yo trabajé en la sección de quiebras, en el octavo piso, y gas y petróleo ocupa
la mitad del octavo y la totalidad del noveno.
Le
devolvió la fotografía.
–¿Cuándo
te darán de alta? –preguntó, para no marcharse sin decir nada.
–Espero
que la próxima semana. ¿Qué ha hecho ese tipo?
–Nada.
Sólo queremos hablar con él –respondió ya cerca de la puerta–. Debo marcharme.
Gracias. Y buena suerte.
–No
hay de qué.
Cerró
silenciosamente la puerta y empezó a dirigirse hacia el vestíbulo, cuando oyó
una voz a su espalda.
–¡Eh!
¡Oiga! ¿Qué hace aquí?
Darby
se dio la vuelta, para encontrarse frente a un robusto guardia de seguridad
negro, con una pistola al cinto. Tenía el aspecto de ser completamente
culpable.
–¿Qué
hace aquí? –repitió, al tiempo que la acorralaba contra la pared.
–He
venido a ver a mi hermano –respondió–. Y no vuelva a chillarme.
–¿Quién
es su hermano?
–Está
en la habitación veintidós.
–Ahora
no es hora de visita. Está prohibido estar aquí.
–Era
importante y ya me voy, ¿de acuerdo? Se abrió la puerta de la habitación
veintidós y Linney asomó la cabeza.
–¿Es
ésta su hermana? –preguntó el guardia. Darby le suplicó con la mirada.
–Sí,
no la moleste –respondió Linney–. Ya se va. Darby suspiró y le sonrió a Linney.
–Mamá
vendrá el fin de semana.
–Me
alegro –dijo Linney.
El
guardia se retiró y Darby casi corrió hasta la doble puerta. Grantham
sermoneaba al administrador sobre el coste de la atención sanitaria. Cruzó
rápidamente la puerta, avanzó por el vestíbulo y había llegado casi a la puerta
principal, cuando la llamó el administrador.
–¡Señorita!
¡Oiga, señorita! ¿Puede darme su nombre? Darby salió directamente al coche.
Grantham se encogió de hombros y abandonó el edificio. Subieron al coche y
salieron a toda velocidad.
–El
apellido de García es Morgan. Linney le ha reconocido inmediatamente, pero no
lograba recordar su nombre de pila. Empieza por C –dijo mientras buscaba las
notas de Martindale Hubbell–. Dice que trabaja en la sección de gas y petróleo
en el noveno piso.
–¡Gas
y petróleo! –exclamó Grantham, mientras se alejaban velozmente de Parklane.
–Eso
ha dicho. Curtis D. Morgan, sección de gas y petróleo, edad veintinueve años
–dijo Darby, después de encontrar la nota–. Hay otro Morgan en litigación, pero
es uno de los socios y tiene, vamos a ver, cincuenta y un años.
–García
es Curtis Morgan –dijo Gray aliviado, antes de consultar su reloj–. Son las
cuatro menos cuarto. Hemos de darnos prisa.
–Me
muero de impaciencia.
Rupert
los había localizado al salir del portal de Parklane. El Pontiac alquilado
avanzaba como un rayo y se vio obligado a conducir como un loco para no
perderlos. Llamó por radio.
TREINTA
Y SIETE
Matthew
Barr nunca había viajado en una lancha rápida y, después de cinco horas de
ajetreada travesía por el océano, estaba empapado y dolorido. Le había quedado
el cuerpo adormecido y cuando vio tierra rezó, por primera vez en muchas
décadas. A continuación, siguió maldiciendo incesantemente a Fletcher Coal.
Atracaron
en un pequeño embarcadero cerca de una ciudad, que en su opinión debía ser
Freeport. El capitán le había dicho algo sobre Freeport a un individuo llamado
Larry, al salir de Florida. No se había pronunciado otra palabra durante toda
la epopeya. El papel de Larry en el viaje no estaba claro. Medía por lo menos
metro ochenta y cinco, con un cuello tan grueso como un poste de teléfonos, y
no hacía otra cosa más que vigilar a Barr, lo cual no le había importado al
principio, pero al cabo de cinco horas empezaba a ser molesto.
Se
levantaron con dificultad cuando paró la embarcación. Larry fue el primero en
desembarcar y le hizo una seña a Barr para que le siguiera. Otro voluminoso
individuo se les acercó por el muelle y ambos escoltaron a Barr a una furgoneta
que esperaba. El vehículo se caracterizaba por una sospechosa ausencia de
ventanas.
En
aquel momento Barr habría preferido despedirse de sus nuevos amigos y limitarse
a desaparecer en dirección a Freeport. Cogería un avión a Washington y se
ensañaría con Coal cuando vislumbrara su reluciente calva. Pero debía actuar
con naturalidad. No se atreverían a hacerle ningún daño.
Al
cabo de unos momentos, la furgoneta paró en un pequeño aeródromo, y condujeron
a Barr a un Lear negro. Lo admiró brevemente antes de seguir a Larry por la
escalerilla. Estaba relajado y tranquilo; no era más que otro trabajo. Después
de todo, en otra época había sido uno de los mejores agentes de la CIA en
Europa. Había sido infante de marina. Sabía cuidar de sí mismo.
Se
sentó a solas en la cabina. Las ventanas estaban cubiertas y eso le molestó.
Pero lo comprendió. El señor Mattiece protegía celosamente su intimidad y Barr
lo respetaba. Larry y su corpulento compañero estaban en la parte delantera de
la cabina, hojeando revistas y sin hacerle ningún caso.
Treinta
minutos después de despegar, el Lear inició su descenso y Larry se le acercó.
–Póngase
esto –ordenó, al tiempo que le entregaba una gruesa venda para cubrirse los
ojos.
En
aquel momento, un novato se habría dejado llevar por el pánico. Un aficionado
empezaría a formular preguntas. Pero a Barr no era la primera vez que le
vendaban los ojos y, a pesar de que tenía serias dudas acerca de aquella
misión, cogió tranquilamente la venda y se cubrió los ojos.
El
individuo que le retiró la venda dijo llamarse Emil, uno de los ayudantes del
señor Mattiece. Era un tipo bajo y delgado, de cabello oscuro, con un pequeño
bigote pegado al labio. Se instaló en una silla a poco más de un metro y
encendió un cigarrillo.
–Nuestra
gente nos informa de que usted es, más o menos, legal –dijo con una amable
sonrisa.
Barr
miró a su alrededor. No había paredes, sólo pequeñas ventanas. Brillaba el sol
y le molestaba a la vista. En el exterior, un elegante jardín rodeaba una serie
de fuentes y estanques. Estaban en la parte posterior de una enorme mansión.
–He
venido en nombre del presidente –dijo Barr.
–Le
creemos –asintió Emil, que era evidentemente un sureño de descendencia
francesa.
–¿Le
importaría decirme quién es usted? –preguntó Barr.
–Me
llamo Emil y eso basta. El señor Mattiece está indispuesto. Tal vez debería
darme a mí el mensaje.
–Tengo
órdenes de hablar directamente con él.
–órdenes
del señor Coal, por lo que tengo entendido –dijo Emil, sin dejar de sonreír.
–Exactamente.
–Comprendo.
El señor Mattiece prefiere no verle. Desea que hable usted conmigo.
Barr
movió la cabeza. Si la presión llegaba a ser excesiva, si las cosas se salían
de quicio, hablaría gustoso con Emil. Pero de momento se mantendría firme en su
actitud.
–Sólo
estoy autorizado a hablar con el señor Mattiece –dijo correctamente Barr.
Casi
desapareció la sonrisa. Emil señaló más allá de las fuentes y estanques, a un
gran edificio en forma de glorieta, con grandes ventanales desde el suelo hasta
el techo. Varias hileras de impecables setos y flores lo rodeaban.
–El
señor Mattiece está en ese edificio. Sígame.
Salieron
del solario y avanzaron lentamente alrededor de un serpenteante estanque. Barr
tenía un nudo en el estómago, pero siguió a su pequeño amigó como si se tratara
simplemente de un día cualquiera en la oficina. El sonido de agua que caía
impregnaba el ambiente. Una estrecha pasarela conducía al edificio. Se
detuvieron junto a la puerta.
–Me
temo que debe quitarse los zapatos –sonrió Emil, que iba descalzo. Barr se
desató los cordones y dejó los zapatos junto a la puerta.
–No
pise las toallas –dijo seriamente Emil.
–¿Las
toallas?
Emil
le abrió la puerta y Barr entró solo. La sala formaba un círculo perfecto, de
unos dieciséis metros de diámetro. Había tres sillones y un sofá, todos
cubiertos con sábanas blancas. En el suelo había gruesas toallas de algodón,
perfectamente alineadas alrededor de la sala. El sol brillaba con fuerza a
través de las claraboyas. Se abrió una puerta y apareció Victor Mattiece de un
pequeño cuarto.
Barr
permaneció inmóvil, con la mirada fija en aquel individuo. Estaba delgado y
demacrado, con una larga cabellera canosa y una sucia barba. Llevaba sólo un
pantalón corto blanco y caminaba cautelosamente sobre las toallas, sin mirar a
Barr.
–Siéntese
ahí –dijo, señalando un sillón–. No pise las toallas.
Barr
obedeció. Mattiece se volvió de espaldas y miró por las ventanas. Su piel era
apergaminada y oscura como el bronce. Sus pies desnudos estaban llenos de
horribles venas. Las uñas de sus pies eran largas y amarillas. Estaba como un
cencerro.
–¿Qué
quiere? –preguntó en voz baja frente a la ventana.
–Me
ha mandado el presidente.
–No
es cierto. Le ha mandado Coal. Dudo que el presidente sepa que está aquí. Tal
vez no estaba loco. Hablaba sin mover un solo músculo.
–Fletcher
Coal es el jefe del gabinete. Él me ha mandado.
–Sé
quien es Coal. Y también sé quién es usted. Y conozco su pequeña unidad. Y
ahora, ¿qué quiere?
–Información.
–No
juegue conmigo. ¿Qué quiere?
–¿Ha
leído el informe pelícano? –preguntó Bárr.
–¿Lo
ha leído usted? –replicó, sin alterarse en absoluto.
–Sí
–respondió inmediatamente Barr.
–¿Cree
que es cierto?
–Tal
vez. Ésa es la razón de mi visita.
–¿Por
qué está el señor Coal tan preocupado por el informe pelícano?
–Porque
ha llegado a oídos de un par de periodistas. Y si es cierto, debemos saberlo
inmediatamente.
–¿Quiénes
son esos periodistas?
–Gray
Grantham, del Washington Post, ha sido el primero en enterarse y el que está
mejor informado. Investiga con mucho ahínco. Coal cree que está a punto de
publicar algo.
–Podemos
ocuparnos de él, ¿no es cierto? –dijo Mattiece, sin dejar de mirar por la
ventana–. ¿Quién es el otro?
–Rifkin,
del Times.
Mattiece
todavía no se había movido en absoluto. Barr contempló las sábanas y las
toallas. Sí, tenía que estar loco. El lugar había sido desinfectado y olía a
alcohol. Puede que estuviera enfermo.
–¿Cree
el señor Coal que es cierto?
–No
lo sé. Le preocupa muchísimo. Ésa es la razón de mi visita, señor Mattiece.
Debemos saberlo.
–¿Qué
ocurre si es cierto?
–Tenemos
problemas.
Por
fin Mattiece se movió. Trasladó el peso de su cuerpo a la pierna derecha y
cruzó los brazos sobre su estrechó tórax. Pero sus ojos permanecieron
inmóviles. A lo lejos se vislumbraban dunas y algas, pero no el océano.
–¿Sabe
lo que pienso? –dijo lentamente.
–¿Qué?
–Creo
que Coal es el problema. Le dio el informe a demasiada gente. Se lo entregó a
la CIA. Permitió que usted lo viera. Esto realmente me preocupa.
Barr
no sabía qué decir. Era absurdo sugerir que Coal quería divulgar el informe. El
problema es usted, señor Mattiece. Asesinó a dos jueces. Arrastrado por el
pánico, asesinó a Callahan. No es más que un cabrón avaricioso, que no se
contenta con sus meros cincuenta millones.
Mattiece
se volvió lentamente, para mirar a Barr. Tenía los ojos oscuros e irritados. No
se parecía en nada a la fotografía con el vicepresidente, pero desde entonces
habían transcurrido siete años. Había envejecido veinte años en los últimos
siete y, tal vez, había perdido los cabales por el camino.
–Ustedes
en Washington son unos payasos y tienen la culpa de todo esto –dijo, levantando
un poco la voz.
–¿Es
cierto, señor Mattiece? Es lo único que deseo saber –preguntó Barr, sin poder
mirarle.
A la
espalda de Barr, se abrió silenciosamente una puerta. Larry, con calcetines y
sin pisar las toallas, dio un par de pasos antes de detenerse.
Mattiece
caminó por las toallas hasta una puerta de cristal y la abrió.
–Claro
que es cierto –dijo en un tono muy suave, mientras miraba al exterior.
Salió
y cerró lentamente la puerta a su espalda. Barr contempló a aquel imbécil, que
avanzaba lentamente por una acera hacia las dunas.
¿Y
ahora qué?, pensó. Tal vez Emil vendría a buscarle. Tal vez.
Larry
avanzó sigilosamente con una cuerda y Barr no oyó ni sintió nada, hasta que era
demasiado tarde. Mattiece no quería sangre en su glorieta, de modo que Larry se
limitó a desnucarlo y estrangularlo hasta dejarlo sin vida.
TREINTA
Y OCHO
Su
plan de juego exigía que ella estuviera en el ascensor en este momento de la
investigación, pero Darby consideraba que habían ocurrido suficientes
imprevistos para justificar un cambio de planes. Él no lo creía así. Habían
discutido extensamente la subida en el ascensor y ahí estaba. Gray tenía razón,
aquélla era la ruta más rápida para llegar hasta Curtis Morgan. Y Darby también
tenía razón, era la más peligrosa. Pero las demás también podían serlo. El
conjunto de su plan de juego era mortífero.
Llevaba
puesto su único vestido y sus únicos zapatos de tacón. Gray dijo que estaba muy
atractiva, pero eso era de esperar. Cuando el ascensor paró en el noveno piso y
Darby se apeó, le dolía el estómago y apenas podía respirar.
La
recepcionista estaba al otro lado de un elegante vestíbulo. Unas gruesas letras
de bronce que formaban las palabras White & Blazevich cubrían la pared a su
espalda. A pesar de que le temblaban las rodillas, se acercó a la
recepcionista, que la recibió con la debida sonrisa. Eran las cinco menos diez.
–¿En
qué puedo servirla? –preguntó Peggy Young, según proclamaba su placa de
identidad.
–Tengo
una cita con Curtis Morgan a las cinco –logró decir Darby, después de aclararse
la garganta–. Mi nombre es Dorothy Blythe.
La
recepcionista estaba desconcertada. Miró fijamente a Darby, convertida ahora en
Dorothy, con la boca abierta e incapaz de pronunciar una palabra.
–¿Algún
problema? –preguntó Darby, cuyo corazón había dejado de latir.
–No.
Lo siento. Un momento, por favor –respondió Peggy Young antes de levantarse y
desaparecer rápidamente.
¡Corre!
Su corazón latía como un tambor. ¡Corre! Intentó controlar su respiración, pero
tenía que esforzarse para evitar la hiperventilación. Sus piernas parecían de
goma. ¡Corre!
Miró
tranquilamente a su alrededor, procurando parecerse a cualquier cliente en
espera de su abogado. No se atreverían a abatirla a balazos en el vestíbulo de
un bufete.
Él
entró primero, seguido de la recepcionista. Tenía unos cincuenta años, con una
frondosa cabellera canosa y un terrible ceño.
–Hola
–dijo, sólo por obligación–. Me llamo Jarreld Schwabe y soy socio de la
empresa. Dice usted que tiene una cita con Curtis Morgan.
–Sí,
a las cinco –insistió–. ¿Algún problema?
–¿Y
su nombre es Dorothy Blythe? Sí, pero llámeme Dot, pensó.
–Efectivamente.
Eso he dicho. ¿Qué ocurre? –exclamó auténticamente enojada.
–¿Cuándo
concertó la cita? –preguntó, después de acercarse.
–No
lo sé. Hace un par de semanas. Conocí a Curtis en una fiesta en Georgetown. Me
dijo que trabajaba en gas y petróleo, y precisamente necesitaba un abogado de
dicha especialidad. Llamé a sus oficinas y concerté una cita. ¿Y ahora tendrá
la bondad de decirme qué ocurre?
Le
sorprendía la facilidad con que fluían las palabras de su boca seca.
–¿Para
qué necesita a un especialista en gas y petróleo?
–No
veo por qué tendría que darle a usted explicaciones –exclamó, verdaderamente
enojada.
Se
abrió la puerta del ascensor y un individuo con un traje barato se unió a la
conversación. Darby le echó una mala mirada. Estaban a punto de doblársele las
rodillas.
–No
hay constancia alguna de que se haya concertado dicha cita –insistía Schwabe.
–Entonces sugiero
que despidan a la secretaria.
¿Es así como
reciben a sus
nuevos clientes? –dijo indignada, ante la persistencia de
Schwabe.
–No
puede ver a Curtis Morgan –afirmó.
–¿Por
qué no?
–Está
muerto.
Sus
piernas parecían de goma y estaban a punto de ceder.
Un
doloroso calambre le recorría el vientre. Pero pensó con rapidez y era normal
que estuviera trastornada. Después de todo, se suponía que el difunto era su
nuevo abogado.
–Lo
siento. ¿Por qué no me lo han comunicado?
–Ya
le he dicho que no existe constancia alguna de Dorothy Blythe –respondió
Schwabe, todavía con suspicacia.
–¿Qué
le ha ocurrido? –preguntó, aturdida.
–Fue
víctima de un ataque callejero hace una semana. Tenemos entendido que tres
gamberros le dispararon. El individuo del traje barato se acercó un paso.
–¿Tiene
algún documento de identidad?
–¿Quién
diablos es usted? –exclamó Darby.
–Un
agente de seguridad –respondió Schwabe.
–¿Seguridad
para qué? –preguntó, levantando la voz. ¿Es esto un bufete o una cárcel?
El
abogado miró al individuo del traje barato, y era evidente que ninguno de ellos
sabía qué hacer en aquellas circunstancias. Era una mujer muy atractiva, a la
que habían incordiado, y su versión era en cierto modo plausible. Se relajaron
un poco.
–¿Por
qué no se marcha, señora Blythe? –sugirió Schwabe.
–¡Inmediatamente!
–Acompáñeme
–dijo el agente de seguridad, al tiempo que extendía el brazo.
–Si
me toca, lo primero que haré por la mañana será denunciarle –exclamó Darby,
después de golpearle la mano¡Aléjese de mí!
Esto
les desconcertó ligeramente. Estaba loca y golpeaba. Tal vez habían sido
demasiado duros con ella.
–La
acompañaré al vestíbulo –insistió el agente de seguridad.
–Conozco
el camino. Me asombra que unos payasos como ustedes tengan algún cliente
–exclamó mientras retrocedía con el rostro encendido, pero no de ira sino de
miedo–. Tengo abogados en cuatro estados y nunca me han tratado de ese modo
–chilló, desde el centro del vestíbulo. El año pasado pagué medio millón en
gastos jurídicos y para el año próximo tengo previsto un millón, pero ustedes,
por idiotas, no recibirán ni un centavo.
Cuanto
más cerca estaba del ascensor, mayor era el volumen de su voz. Estaba loca. La
observaron hasta que se cerraron las puertas y desapareció.
Gray
paseaba al pie de la cama, con el teléfono en la mano, a la espera de Smith
Keen. Darby estaba tumbada sobre la cama, con los ojos cerrados.
–Hola,
Smith –dijo Gray, parado–. Necesito que verifiquen algo rápidamente.
–¿Dónde
está? –preguntó Keen.
–En
un hotel. Busquen las necrológicas de hace seis o siete días. Necesito la de
Curtis D. Morgan.
–¿Quién
es?
–García.
–¡García!
¿Qué le ha ocurrido?
–Evidentemente
está muerto. Le dispararon unos gamberros.
–Ahora
lo recuerdo. Publicamos un artículo la semana pasada sobre un joven abogado al
que habían robado y matado a tiros.
–Probablemente
era él. ¿Puede verificarlo? Necesito el nombre y dirección de su esposa, si lo
tenemos.
–¿Cómo
lo ha encontrado?
–Sería
largo de contar. Esta noche intentaremos hablar con su viuda.
–García
muerto. Esto huele a chamusquina, amigo.
–Peor
que chamusquina. El muchacho sabía algo y lo han eliminado.
–¿Cree
que está a salvo?
–¿Quién
sabe?
–¿Dónde
está la chica?
–Conmigo.
–¿Y
si vigilan su casa?
A
Gray no se le había ocurrido.
–Tendremos
que tomar ese riesgo. Volveré a llamar dentro de quince minutos.
Dejó
el teléfono en el suelo y se sentó en una antigua mecedora. Había una cerveza
caliente sobre la mesa y tomó un buen trago, mientras contemplaba a Darby, que
se cubría los ojos con el antebrazo. Llevaba puesto un jersey y unos vaqueros.
El vestido estaba tirado en un rincón y los zapatos de tacón al otro lado de la
habitación.
–¿Estás
bien? –preguntó con ternura.
–Estupendamente.
Era una
listilla y eso
le encantaba en
una mujer. Claro
que era casi
abogado y, probablemente, les enseñaban a los alumnos a ser listillos
en la facultad. Sorbía su cerveza y admiraba sus vaqueros. Disfrutaba de la
contemplación ininterrumpida, sin ser descubierto.
–¿Me
estás mirando? –preguntó Darby.
–Sí.
–El
sexo es lo más remoto de mi mente.
–¿Entonces
por qué lo mencionas?
–Porque
percibo el deseo lujurioso que despiertan en ti las uñas rojas de mis pies.
–Cierto.
–Tengo
jaqueca. Una molesta y persistente jaqueca.
–Te
la has ganado a pulso. ¿Puedo traerte algo?
–Sí.
Un billete para Jamaica.
–Puedes
salir esta noche. Te llevaré al aeropuerto ahora mismo.
Retiró
el antebrazo que le cubría los ojos y se frotó suavemente las sienes.
–Siento
haber llorado.
–Te
has ganado el derecho a hacerlo –respondió Gray, después de vaciar la cerveza
de un trago.
Le
saltaban las lágrimas al salir del ascensor. Él la esperaba como un padre en la
sala de maternidad, con la diferencia de que llevaba un revólver del calibre
treinta y ocho en el bolsillo, del que ella no sabía absolutamente nada.
–¿Qué
te parece la investigación periodística? –preguntó.
–Prefiero
la matanza de cerdos.
–Para
ser sinceros, no todos los días son tan accidentados como hoy. A veces paso el
día en la redacción y me limito a hacer centenares de llamadas, a burócratas
que no tienen nada que decir.
–Parece
maravilloso. Eso es lo que haremos mañana.
Gray
se quitó los zapatos y puso los pies sobre la cama. Darby cerró los ojos y
respiró hondo. Durante varios minutos no dijeron palabra.
–¿Sabías
que Lousiana era conocida como el estado de los pelícanos? –preguntó Darby, sin
abrir los ojos.
–No.
No lo sabía.
–Es
realmente una pena, porque los pelícanos llegaron casi a desaparecer a
principios de los años sesenta.
–¿Qué
les ocurrió?
–Pesticidas.
Comen sólo pescado y el pescado vive en las aguas del río, saturadas de
hidrocarburos dorados de los pesticidas. Las lluvias arrastran los pesticidas
de la tierra a los torrentes, que desembocan en los ríos y que a su vez acaban
en el Mississippi. Cuando los pelícanos de Louisiana comen el pescado; está
saturado de DDT y otros productos químicos que se concentran en los tejidos
grasos de las aves. Raramente mueren de un modo inmediato, pero en condiciones
difíciles de hambre o mal tiempo, los pelícanos, las águilas y los cormoranes
se ven obligados a utilizar sus reservas, y se envenenan literalmente con su
propia grasa. Si no llega a provocarles la muerte, generalmente no pueden
reproducirse. Sus huevos son tan frágiles y delicados, que se rompen durante la
incubación. ¿Lo sabías?
–¿Por
qué tendría que saberlo?
–A
finales de los años sesenta, Louisiana empezó a ser repoblada con pelícanos
castaños del sur de Florida y, a lo largo de diez años, empezaron a recuperarse
dichas aves. Pero todavía corren mucho peligro. Hace cuarenta años, había
millares de pelícanos. Las marismas de los cipreses que Mattiece pretende
destruir albergan sólo unas docenas.
Gray
reflexionó sobre el tema y Darby guardó silencio un buen rato.
–¿Qué
día es hoy? –preguntó, sin abrir los ojos.
–Lunes.
–Hoy
hace una semana que salí de Nueva Orleans. Thomas y Verheek cenaron juntos hace
exactamente dos semanas. Y aquel fue, evidentemente, el maldito momento en que
el informe pelícano cambió de manos.
–Mañana
se cumplirán tres semanas del asesinato de Rosenberg y Jensen.
–Yo
era entonces una ingenua estudiante de Derecho que no se metía con nadie, y
mantenía una maravillosa relación amorosa con mi profesor. Supongo que esos
días ya nunca volverán.
La
facultad y el profesor puede que no vuelvan, pensó Gray.
–¿Qué
planes tienes?
–Ninguno.
Sólo pretendo salir de este maldito lío y seguir viviendo. Huiré a algún lugar
y me ocultaré algunos meses, tal vez años. Tengo bastante dinero para vivir
mucho tiempo.
Si
llega el día en que no tenga que mirar por encima del hombro, puede que
regrese.
–¿A
la facultad de Derecho?
–No
lo creo. El Derecho ha perdido su atractivo.
–¿Por
qué querías ser abogado?
–Por
idealismo y dinero. Creía poder cambiar el mundo y cobrar por ello.
–Pero
el mundo está ya lleno de malditos abogados.
–¿Qué
atractivo tiene para esos jóvenes inteligentes la facultad de Derecho?
–Muy
sencillo. La avaricia. Quieren un BMW y una tarjeta de crédito ilimitada. Si
estudias Derecho, te licencias entre el diez por ciento de los mejores y
consigues un trabajo en un gran bufete, en pocos años estarás ganando cifras
con seis ceros, que sólo van en aumento. Está garantizado. A los treinta y
cinco años habrás alcanzado el rango de socio, con unos ingresos no inferiores
a los doscientos mil dólares anuales. Algunos ganan mucho más.
–¿Qué
ocurre con el otro noventa por ciento?
–No
les van tan bien las cosas. Reciben las sobras.
–La
mayoría de los abogados a los que conozco odian la profesión. Preferirían hacer
cualquier otra cosa.
–Pero
no pueden dejarlo debido al dinero. Incluso un abogaducho en un pequeño bufete
puede ganar cien mil dólares anuales, con diez años de experiencia, y puede que
deteste su trabajo, ¿pero dónde podría ir para ganar una suma parecida?
–Odio
a los abogados.
–Y
supongo que crees que la gente adora a los periodistas.
Tenía
razón. Gray consultó su reloj y levantó el teléfono para marcar el número de
Keen. Keen le leyó la necrológica y el artículo publicado en el Post, sobre el
absurdo asesinato de aquel joven abogado. Gray tomaba notas.
–Un
par de cosas más –dijo Keen–. A Feldman le preocupa su seguridad. Esperaba un
informe hoy en su despacho y le ha molestado no recibirlo. Procure hablar con
él mañana, antes del mediodía. ¿Comprendido?
–Lo
procuraré.
–No
basta con procurarlo. Hágalo, Gray. Aquí estamos muy nerviosos.
–¿Es
el Times lo que les inquieta?
–En
estos momentos el Times no me preocupa. Me interesa mucho más su seguridad y la
de la chica.
–Estamos
bien. Todo es encantador. ¿Hay algo más?
–Se
han recibido tres mensajes para usted en las últimas dos horas, de un individuo
llamado Cleve. Dice que es policía.
¿Le
conoce?
–Sí.
–Quiere
hablar con usted esta noche. Dice que es urgente.
–Luego
le llamaré.
–De
acuerdo. Tengan cuidado. Estaremos aquí hasta tarde, póngase en contacto. Gray
colgó y examinó las notas. Eran casi las siete.
–Voy
a visitar a la señora Morgan. Quiero que te quedes aquí.
Darby
se sentó entre las almohadas y cruzó los brazos sobre las rodillas.
–Prefiero
acompañarte.
–¿Y
si vigilan la casa?
–¿Por
qué tendrían que hacerlo? Está muerto.
–Puede
que ahora sospechen algo, después de la aparición de una cliente misteriosa que
preguntaba por él. A pesar de estar muerto, todavía llama la atención.
–No.
Voy contigo –declaró, después de reflexionar unos instantes.
–Es
demasiado arriesgado, Darby.
–No
me hables de riesgos. He sobrevivido doce días en los campos minados. Esto es
fácil.
–Por
cierto –dijo Gray, cuando la esperaba junto a la puerta–¿dónde voy a dormir
esta noche?
–En
el hotel Jefferson.
–¿Tienes
el número de teléfono?
–¿Tú
qué crees?
–Que
es una pregunta estúpida.
El
reactor privado en el que viajaba Edwin Sneller aterrizó en el aeropuerto
National de Washington, pocos minutos después de las siete. Estaba encantado de
haber abandonado Nueva York. Había pasado allí seis días, volviéndose loco, en
sus habitaciones del Plaza. Durante casi una semana sus hombres habían
comprobado hoteles, vigilado aeropuertos y caminado por las calles, convencidos
de que perdían el tiempo, pero obedecían órdenes. Se les había dicho que no se
movieran de allí hasta que ocurriera algo y pudieran actuar. Era absurdo
intentar encontrar a la chica en Manhattan, pero tenían que estar cerca por si
cometía un error como llamar por teléfono o efectuar alguna transacción con
tarjeta de crédito que fuera localizable, y de pronto se necesitaran sus
servicios.
No
había cometido ningún error hasta las dos y media de esta tarde, cuando
necesitó dinero y lo sacó de su cuenta. Sabían que ocurriría, especialmente si
se proponía abandonar el país y tenía miedo de utilizar tarjetas de crédito. En
algún momento necesitaría dinero y tendría que hacer una transferencia, porque
su banco estaba en Nueva Orleans, pero ella no. El cliente de Sneller era
propietario del ocho por ciento del banco; no era mucho, una pequeña inversión
de doce millones de dólares, con la que se podían conseguir ciertas cosas. Poco
después de las tres había recibido una llamada de Freeport.
No
sospechaban que estuviera en Washington. Era una chica inteligente que huía de
los problemas, no hacia ellos. Tampoco esperaban que se relacionara con un
periodista. No se les había ocurrido, pero ahora parecía perfectamente lógico.
Y era sumamente grave.
Quince
mil dólares pasaron de la cuenta de la chica a la del periodista y Sneller
entró de nuevo en acción. Dos hombres le acompañaban. Otro reactor privado
estaba en camino desde Miami. Había pedido una docena de hombres
inmediatamente. El trabajo se efectuaría con rapidez, o no se llevaría a cabo.
No podían perder ni un segundo.
Sneller
no tenía demasiadas esperanzas. Cuando Khamel formaba parte del equipo, todo
parecía posible. Había asesinado con toda pulcritud a Rosenberg y Jensen, para
luego desaparecer sin dejar rastro. Pero ahora estaba muerto, de un disparo en
la nuca, a causa de una inocente estudiante de derecho.
La
casa de Morgan estaba en una agradable zona residencial de Alexandria. Sus
habitantes eran jóvenes y ricos, con bicicletas y triciclos en todos los
jardines.
Había
tres coches frente a la casa. Uno con matrícula de Ohio. Gray llamó a la puerta
y observó desde la calle. Nada sospechoso.
Un
hombre mayor entreabrió la puerta. Su voz era suave.
–Diga.
–Soy
Gray Grantham, del Washington Post, y ésta es mi ayudante, Sara Jacobs –dijo
Gray, mientras Darby forzaba una sonrisa–. Desearíamos hablar con la señora
Morgan.
–Me
parece que no se va a poder.
–Se
lo ruego. Es muy importante.
–Esperen
un momento –dijo después de mirarles atentamente. Cerró la puerta y
desapareció.
La
casa tenía un estrecho pórtico de madera, con una pequeña terraza encima del
mismo. Estaban a oscuras y se les podía ver desde la calle. Un coche pasó
lentamente frente a la casa.
–Soy
Tom Kupcheck, su padre –dijo el anciano, después de abrir nuevamente la
puerta–. Mi hija no quiere hablar con ustedes.
Gray
asintió, como si lo comprendiera.
–Tardaremos
menos de cinco minutos. Se lo prometo. Cerró la puerta y se les acercó.
–Parece
usted duro de oído. Acabo de decirle que no quiere hablar.
–Le
he oído, señor Kupcheck. Respeto su voluntad y comprendo por lo que ha pasado.
–¿Desde
cuándo respetan ustedes la voluntad de alguien?
Evidentemente
al señor Kupcheck le costaba poco perder los estribos. Estaba a punto de
ocurrir.
Gray
conservó la serenidad. Darby se echó atrás. Había estado metida en suficientes
altercados por un día.
–Su
marido me llamó tres veces antes de morir. Hablé con él por teléfono y no creo
que su muerte haya sido accidental.
–Está
muerto. Mi hija está afligida. No quiere hablar con ustedes. Y ahora lárguense.
–Señor
Kupcheck –dijo Darby con ternura–. Tenemos razones para creer que su yerno fue
testigo de ciertas actividades criminales, sumamente organizadas.
Esto
le tranquilizó un poco y miró fijamente a Darby.
–¿En
serio? Pues ahora no podrán preguntárselo, ¿no le parece? Mi hija no sabe nada.
Ha pasado muy mal día y tomado algunos medicamentos. Y ahora márchense.
–¿Podremos
verla mañana? –preguntó Darby.
–Lo
dudo. Llamen antes por teléfono. Gray le entregó su tarjeta de visita.
–Si
decide hablar, que llame al número del reverso. Me hospedo en un hotel. Llamaré
mañana alrededor de las doce.
–Hágalo.
Pero ahora márchense. Ya la han disgustado bastante.
–Lo
siento –dijo Gray cuando ya se marchaban, bajo la atenta mirada del señor
Kupcheck desde el umbral de la puerta–Por cierto –agregó, después de volver la
cabeza–, ¿ha venido algún otro periodista?
–Un
montón al día siguiente del asesinato. Querían conocer toda clase de detalles.
Eran unos impertinentes.
–¿Pero
ninguno en los últimos días?
–No.
Y ahora márchense.
–¿Alguno
del New York Times?
–No.
Entró
y dio un portazo.
Regresaron
apresuradamente al coche, aparcado cuatro puertas más allá. No circulaba ningún
vehículo por la calle. Gray zigzagueó por las pequeñas calles de la
urbanización, hasta abandonar aquella zona residencial, sin dejar de mirar por
el retrovisor para convencerse de que no les seguía nadie.
–Éste
es el fin de García –dijo Darby, cuando entraron en la carretera trescientos
noventa y cinco, en dirección a la ciudad.
–No
necesariamente. Volveremos a intentarlo mañana y puede que hable con nosotros.
–Si
ella supiera algo, también lo sabría su padre. Y si su padre lo supiera, ¿por
qué no cooperaría? No saben nada, Gray.
Era
perfectamente lógico. Condujeron en silencio unos minutos. Empezaba a
dominarles la fatiga.
–Podemos
estar en el aeropuerto en quince minutos –dijo Gray–. Puedo llevarte y dentro
de media hora habrás abandonado el país. Puedes subirte a cualquier avión,
desaparecer.
–Me
iré mañana. Necesito descansar y quiero pensar adónde ir. Gracias.
–¿Te
sientes segura?
–En
este momento sí. Pero puede cambiar en cualquier momento.
–Estaré
encantado de dormir en tu habitación esta noche. Igual que en Nueva York.
–En
Nueva York no dormiste en mi habitación, sino en el sofá de la salita –sonrió,
lo cual era una buena señal.
–De
acuerdo –sonrió también Gray–. Esta noche dormiré en la salita.
–No
tengo salita.
–Pues
entonces... ¿Dónde dormiré?
De
pronto Darby dejó de sonreír. Se mordió el labio y se le llenaron los ojos de
lágrimas. Había ido demasiado lejos.
Pensaba
nuevamente en Callahan.
–No
estoy en condiciones –dijo Darby.
–¿Cuándo
lo estarás?
–Por
favor, Gray. Déjalo.
Darby
contempló el tráfico, sin decir palabra.
–Lo
siento –dijo Gray.
Darby
se tumbó lentamente sobre el asiento y apoyó la cabeza en sus rodillas. Él le
acarició suavemente el hombro y ella le cogió la mano.
–Estoy
muerta de miedo –susurró. TREINTA Y NUEVE
Salió
de la habitación de Darby alrededor de las diez, después de una botella de vino
y unos huevos empanados. Había llamado a Mason Paypur, corresponsal nocturno de
asuntos policíacos del Post, para pedirle que se informara a través de sus
contactos acerca del asesinato callejero de Morgan. Había ocurrido en el centro
de la ciudad, donde se daba algún atraco violento, pero no asesinatos.
Estaba
cansado y desalentado. Y disgustado porque Darby pensaba marcharse al día
siguiente. El Post le debía seis semanas de vacaciones y tenía la tentación de
irse con ella. Mattiece podía quedarse con su petróleo. Pero temía que nunca
volvería, lo cual no sería el fin del mundo, a no ser por el hecho preocupante
de que ella tenía dinero y él no. Podrían tumbarse en la playa y disfrutar del
sol durante un par de meses con su dinero, pero luego dependería de ella.
Además, lo más importante era que no le había invitado a huir con ella. Estaba
afligida. Cuando mencionaba a Thomas Callahan, incluso él sentía su dolor.
Ahora
estaba en el hotel Jefferson en la calle Dieciséis, si guiendo evidentemente
las instrucciones de
Darby.
Llamó a Cleve a su casa.
–¿Dónde
estás? –preguntó Cleve enojado.
–En
un hotel. Sería muy largo de contar. ¿Qué ocurre?
–Han
dado a Sarge noventa días de baja, por razones médicas.
–¿Qué
le ocurre?
–Nada.
Dice que quieren deshacerse de él una temporada. Aquello es como una fortaleza.
Se le ha ordenado a todo el mundo que cierre la boca y no hable con nadie.
Están muertos de miedo. Han obligado a Sarge a marcharse hoy al mediodía. Cree
que tal vez corras mucho peligro. Ha oído tu nombre un millar de veces esta
semana. Están obsesionados contigo y lo que puedas saber.
–¿Quiénes?
–Coal,
por supuesto, y su ayudante Birchfield. Dirigen el ala oeste como la Gestapo. A
veces incluyen a esa pequeña ardilla de pajarita, ¿cómo se llama? ¿El de
asuntos interiores?
–Emmitt
Waycross. .
–Exactamente.
Pero son principalmente Coal y Birchfield los que amenazan y urden la
estrategia.
–¿Qué
clase de amenazas?
–Nadie
en la Casa Blanca, a excepción del presidente, puede hablar con la prensa,
oficial o extraoficialmente, sin la autorización de Coal. Incluido el
secretario de prensa. Todo pasa por las manos de Coal.
–Es
increíble.
–Están
aterrorizados. Y Sarge cree que son peligrosos.
–De
acuerdo. Estoy escondido.
–Pasé
por tu casa anoche. Me gustaría que me lo dijeras cuando desapareces.
–Mañana
echaré un vistazo.
–¿Qué
coche conduces?
–Un
Pontiac alquilado de cuatro puertas. Muy deportivo.
–Esta
tarde le he echado una ojeada al Volvo. Está bien.
–Gracias,
Cleve.
–¿Estás
bien tú?
–Creo
que sí. Díselo a Sarge.
–Llámame
mañana. Estoy preocupado.
Durmió
cuatro horas y despertó cuando sonó el teléfono. Estaba oscuro en la calle y
así seguiría durante, por lo menos, un par de horas. Miró el teléfono y lo
levantó a la quinta llamada.
–Diga
–respondió con desconfianza.
–¿Hablo
con Gray Grantham? –preguntó una tímida voz femenina.
–Sí.
¿Quién es usted?
–Beverly
Morgan. Usted pasó por mi casa anoche.
Gray
se puso inmediatamente de pie y empezó a escuchar con atención, completamente
despierto.
–Sí.
Lamento haberla disgustado.
–No
se preocupe. Mi padre es muy protector. E iracundo. Los periodistas fueron muy
impertinentes después de la muerte de Curtis. Llamaron de todas partes. Querían
antiguas fotografías suyas y nuevas fotos mías y de la niña. Llamaban a todas
horas. Fue terrible y mi padre se hartó. Sacó a dos de ellos a empujones.
–Supongo
que tuvimos suerte.
–Espero
que no les haya ofendido –decía aquella voz vacía y lejana, que intentaba ser
fuerte.
–En
absoluto.
–Ahora
está dormido abajo, en el sofá, de modo que podemos hablar.
–¿Por
qué no está usted durmiendo? –preguntó Gray.
–Tomo
pastillas para dormir y he perdido la sincronización. Ahora duermo durante el
día y circulo de noche.
Era
evidente que estaba despierta y deseaba hablar. Gray se sentó en la cama y
procuró relajarse.
–No
puedo imaginar el disgusto de lo sucedido.
–Se
necesitan días para asimilarlo. Al principio el dolor es terrible. Realmente
insoportable. No podía mover el cuerpo sin que me doliera. Era incapaz de
pensar, debido al espanto y la incredulidad. Asistí como una autómata al
funeral, que ahora parece una pesadilla. ¿Le aburro?
–En
absoluto.
–Debo
dejar de tomar esas pastillas. Duermo tanto, que no llego a hablar con personas
adultas. Además, mi padre tiende a mantenerme aislada de la gente. ¿Está usted
grabando esta conversación?
–No.
Sólo la escucho.
–Hoy
hace una semana que fue asesinado. Creí que se había quedado hasta muy tarde en
el despacho, lo cual no era inusual. Le dispararon y le robaron la cartera, de
modo que la policía no pudo identificarlo. Vi en las noticias de la noche donde
habían asesinado a un joven abogado y supe que se trataba de Curtis. No me
pregunte cómo sabían que era abogado, sin conocer su nombre. Es extraño, todos
los detalles curiosos que rodean un crimen.
–¿Por
qué trabajaba tarde?
–Trabajaba
ochenta horas semanales, a veces más. En White & Blazevich son unos
negreros. Intentan matar a los jóvenes asociados durante siete años y si no lo
logran, los convierten en socios. Curtís odiaba aquel lugar. Estaba harto de
ser abogado.
–¿Cuánto
tiempo estuvo en la empresa?
–Cinco
años. Ganaba noventa mil anuales y se aguantaba las molestias.
–¿Sabía
usted que me había llamado?
–No.
Mi padre lo ha mencionado y he pensado en ello toda la noche. ¿Qué le dijo?
–No
se identificó. Utilizó el sobrenombre de García. No me pregunte cómo he
averiguado su identidad, tardaría horas en contárselo. Me dijo que tal vez
sabía algo relacionado con el asesinato de los jueces Rosenberg y Jensen, y
quería contarme lo que sabía.
–Randy
García era su mejor amigo en la escuela.
–Me
dio la impresión de que había visto algo en la oficina y tal vez alguien de la
empresa sabía que lo había visto. Estaba muy nervioso y llamaba siempre desde
una cabina telefónica. Creía que le seguían. Habíamos quedado en vernos el
sábado de la semana pasada, pero me llamó por la mañana para anular la cita.
Tenía miedo y dijo que debía proteger a su familia. ¿Sabía usted algo de todo
esto?
–No.
Sabía que estaba muy intranquilo, pero eso ocurría desde hacía cinco años.
Nunca hablaba del trabajo en casa. En realidad, detestaba aquel lugar.
–¿Por
qué lo detestaba?
–Trabajaba
para un puñado de sanguijuelas, un montón de bandidos capaces de ver cómo se
desangra alguien por un dólar. Gastan un montón de dinero en su maravillosa
fachada de respetabilidad, pero son pura escoria. Curtís fue un estudiante
excelente y pudo elegir entre muchos trabajos. Eran unos tipos maravillosos
cuando le reclutaron y unos auténticos monstruos a la hora de trabajar con
ellos. Muy inmorales.
–¿Por
qué permaneció en la empresa?
–Cada
vez ganaba más dinero. Estuvo a punto de marcharse hace un año, pero el trabajo
que le habían ofrecido no se materializó. Se sentía muy desgraciado, pero
procuraba disimularlo. Creo que se sentía culpable de haber cometido un error
tan descomunal. Aquí teníamos cierta rutina. Cuando llegaba a casa, le
preguntaba cómo le había ido el día en la oficina. A veces esto ocurría a las
diez de la noche y, por consiguiente, sabía que había tenido un mal día. Pero
siempre respondía que había sido provechoso: ésa era la palabra que utilizaba:
provechoso. A continuación hablábamos de nuestra hija. A él no le apetecía
hablar del trabajo y yo no quería enterarme.
Vaya
con el pobre García. Estaba muerto y no le había contado nada a su mujer.
–¿Quién
recogió las cosas de su despacho?
–Alguien
de la oficina. Lo trajeron todo el viernes, cuidadosamente empaquetado y
precintado en cajas de cartón. Está a su disposición si desea examinarlo.
–No,
gracias. Estoy seguro de que ha sido meticulosamente inspeccionado. ¿En cuánto
tenía asegurada la vida?
–Es
usted muy astuto, señor Grantham –respondió, después de una pausa momentánea–.
Hace dos semanas que contrató una póliza de un millón de dólares, con doble
indemnización en el caso de muerte accidental.
–Eso
son dos millones de dólares.
–Sí
señor. Creo que está en lo cierto. Supongo que algo sospechaba.
–Creo
que no fueron gamberros los que le asesinaron, señora Morgan.
–No
puedo creerlo –dijo con la respiración entrecortada, pero esforzándose para no
llorar.
–¿Le
ha formulado la policía muchas preguntas?
–No.
Lo han tratado como uno de tantos atracos callejeros de Washington, que ha ido
un poco más allá. Nada importante. Ocurre todos los días.
La
cuestión del seguro era interesante, pero inútil. Gray empezaba a hartarse de
la señora Morgan y de su parsimoniosa monotonía. Sentía compasión por ella,
pero si no sabía nada, había llegado el momento de despedirse.
–¿Qué
cree usted que sabía? –preguntó la señora Morgan.
–No
lo sé –respondió Gray, al tiempo que consultaba su reloj y pensaba que aquello
podía durar muchas horas–. Dijo que sabía algo acerca de los asesinatos, pero
eso fue todo lo que me reveló. Yo estaba convencido de que nos reuniríamos en
algún lugar, me contaría todo lo que sabía y me mostraría algo. Estaba
equivocado.
–¿Cómo
podía saber algo relacionado con la muerte de esos jueces?
–No
lo sé. Me llamó inesperadamente.
–Si
tenía algo que mostrarle, ¿de qué podía tratarse?
–preguntó
la señora Morgan.
Él
era el periodista. Las preguntas debería formularlas él.
–No
tengo ni idea. No me dio ninguna pista.
–¿Dónde
escondería lo que quisiera mostrarle?
La
pregunta era sincera, pero irritante. De pronto se dio cuenta de que el
interrogatorio no era en vano.
–No
lo sé. ¿Dónde guardaba sus documentos importantes?
–Tenemos
una caja en el banco para escrituras, testamentos y cosas por el estilo.
Siempre he sabido que existía. Él se ocupaba de todos los aspectos legales,
señor Grantham. El jueves pasado fui a ver la caja con mi padre y no había nada
inusual en la misma.
–¿Esperaba
usted que hubiera algo inusual?
–No.
Luego, a primera hora del sábado por la mañana, antes del amanecer, me dediqué
a repasar los documentos de su escritorio en el dormitorio. Tenemos un antiguo
escritorio de persiana, que él utilizaba para su correspondencia y documentos
personales, en el que encontré algo un poco inusual.
Gray
se había puesto nuevamente de pie, con el teléfono en la mano y la mirada fija
en el suelo. La señora Morgan le había llamado a las cuatro de la madrugada,
había charlado durante veinte minutos, y había esperado hasta que estaba a
punto de colgar el teléfono para soltar la bomba.
–¿De
qué se trata? –preguntó Gray, con la mayor serenidad posible.
–De
una llave.
–¿Qué
tipo de llave? –preguntó, con un nudo en la garganta.
–De
otra caja de seguridad.
–¿De
qué banco?
–First
Columbia. Nunca hemos trabajado con el mismo.
–Comprendo.
¿Y usted no sabía nada acerca de esta segunda caja?
–Desde
luego que no. Hasta el sábado por la mañana. Me intrigó, y todavía siento
curiosidad, pero como había encontrado todos nuestros documentos en la antigua
caja, no tenía ninguna razón para inspeccionarla. Pensé que algún día, sin
prisas, iría a verla.
–¿Le
parece bien que vaya con usted?
–Supuse
que me lo propondría. ¿Y si encuentra lo que anda buscando?
–No
sé lo que busco. Pero supongamos que dejó algo, que resulta ser muy importante,
digamos, como noticia.
–Utilícelo.
–¿Incondicionalmente?
–Con
una condición. Si de algún modo desacredita a mi marido, no podrá utilizarlo.
–Trato
hecho. Se lo juro.
–¿Cuándo
quiere la llave?
–¿La
tiene a mano?
–Sí.
–Vaya
a la puerta, llegaré dentro de unos tres segundos.
El
reactor privado de Miami había traído sólo a cinco hombres, de modo que Edwin
Sneller disponía exclusivamente de siete para llevar a cabo sus planes. Siete
hombres, poco tiempo y una carencia casi absoluta de instrumental. No había
dormido el lunes por la noche. Sus habitaciones en el hotel eran un pequeño
centro de mando, donde habían pasado la noche consultando planos, e intentando
planificar las próximas veinticuatro horas. Algunas cosas eran seguras.
Grantham tenía un piso, pero no estaba allí. Tenía un coche que no utilizaba.
Trabajaba en el Post y su despacho estaba en la calle Quince. White &
Blazevich estaba en un edificio de la calle Diez, cerca de New York, pero la
chica no volvería por allí. La viuda de Morgan vivía en Alexandria. Por otra
parte, buscaban a dos personas entre tres millones de habitantes.
Sus
hombres no eran de los que uno puede sacar de las trincheras y ordenarles que
se lancen al campo de batalla. Primero había que encontrarlos, contratarlos y
le habían prometido tantos como fueran posibles al final del día.
Sneller
no era un novato en el campo del asesinato y aquello era imposible.
Desesperante. Se hundía el firmamento. Haría todo lo posible dadas las
circunstancias, pero Edwin Sneller estaba con un pie en la calle.
Pensaba
en ella. Se había reunido con Khamel en condiciones aceptadas por él, y había
huido. Había eludido balas, bombas, y burlado a los mejores profesionales. Le
encantaría conocerla, no para matarla, sino para felicitarla. Una novata que
andaba suelta y sobrevivía para contarlo.
Se
concentrarían en el edificio del Post. Era el lugar al que tendría que
regresar. CUARENTA
El
tráfico en el centro de la ciudad era muy denso y Darby estaba encantada. No
tenía prisa. El banco abría a las nueve y media y, alrededor de las siete,
mientras tomaban café sin probar los panecillos en su habitación, Gray la había
convencido de que debía ser ella quien visitara la caja fuerte. A ella no
acababa de convencerle la idea, pero debía hacerlo una mujer y no eran tantas
las disponibles. Beverly Morgan le había dicho que su banco, el First Hamilton,
había congelado su caja fuerte al conocer la noticia de la muerte de Curtis, y
sólo le había permitido inspeccionar su contenido y hacer un inventario del
mismo. También le habían permitido copiar el testamento, pero el original había
quedado en la caja custodiada por el banco. Sólo se liberaría cuando los
inspectores de hacienda terminaran su trabajo.
Por
consiguiente, la primera pregunta era si el First Columbia estaba al corriente
de su muerte. Los Morgan nunca habían trabajado con dicho banco y Beverly no
tenía ni idea de la razón que le había impulsado a elegirlo. Era un banco
enorme, con millones de clientes, y decidieron que era improbable que lo
supieran.
Darby estaba
harta de exponerse
al juego de
las probabilidades. Anoche
había desperdiciado una oportunidad maravillosa de coger un
avión, y ahora aquí estaba, a punto de suplantar a Beverly Morgan y medir su
ingenio con los funcionarios del First Columbia, para robarle a un muerto. ¿Y
qué haría entretanto su acompañante? Le protegería. Llevaba consigo su revólver
que a ella le daba un miedo de muerte, y también a él, aunque no estaba
dispuesto a reconocerlo, y se proponía actuar como guardaespaldas junto a la
puerta, mientras ella desvalijaba la caja.
–¿Qué
haremos si saben que está muerto y yo les digo que no lo está? –preguntó Darby.
–Le
das un bofetón a esa bruja y echas a correr como el diablo. Yo te esperaré
junto a la puerta. Voy armado y huiremos disparando.
–En
serio, Gray. No sé si soy capaz de hacerlo.
–Lo
eres, ¿de acuerdo? Conserva la serenidad. Manténte segura de ti misma. Actúa
como una listilla. Compórtate con naturalidad.
–Muchas
gracias. ¿Qué ocurrirá si llaman a los agentes de seguridad? De pronto siento
fobia de esa gente.
–Yo
te rescataré. Irrumpiré en el vestíbulo como un comando.
–Acabaremos
ambos muertos.
–Tranquilízate,
Darby. Todo saldrá bien.
–¿Cómo
puedes ser tan optimista?
–Porque
puedo olerlo. Hay algo en esa caja, Darby. Y tú tienes que sacarlo. Todo
depende de ti.
–Gracias
por tranquilizarme.
Estaban
en la calle E, cerca de la Nueve. Gray redujo la velocidad, para aparcar
ilegalmente en una zona de carga y descarga, a quince metros de la puerta
principal del First Columbia. Se apeó. Darby lo hizo más despacio. Caminaron
rápidamente hasta la puerta. Eran casi las diez.
–Te
esperaré aquí –dijo, al tiempo que señalaba una columna de mármol–. Adelante.
–Adelante
–repitió ella para sus adentros, mientras entraba por la puerta giratoria.
Siempre
era ella a quien se ofrecía como pasto a los leones. El vestíbulo era amplio
como un campo de fútbol, con columnas, candelabros y alfombras persas falsas.
–¿Las
cajas de seguridad? –le preguntó a una joven en el mostrador de recepción. La
chica señaló hacia el fondo a la derecha.
–Gracias
–respondió Darby mientras empezaba a andar.
Había
colas frente a todos los cajeros a su izquierda y, a su derecha, un centenar de
vicepresidentes atareados hablaban por teléfono. Era el mayor banco de la
ciudad y nadie le prestó atención alguna.
La
caja fuerte estaba tras unas enormes puertas de bronce, tan bruñidas que
parecían casi de oro, sin duda para dar la impresión de infinita seguridad e
invulnerabilidad. Las puertas estaban entreabiertas, para permitir la entrada y
salida de unos pocos elegidos.
A la
izquierda había una señora de unos sesenta años y aspecto importante, con un
letrero sobre su escritorio en el que se leía: «CAJAS DE SEGURIDAD.» Su nombre
era Virginia Baskin.
Virginia
Baskin miró fijamente a Darby, cuando se acercaba a su escritorio. No sonreía.
–Necesito
acceder a una caja –dijo Darby sin respirar.
Hacía
dos minutos y medio que se aguantaba la respiración.
–Número,
por favor –dijo la señora Baskin, al tiempo que pulsaba su teclado y miraba el
monitor.
–Efe.
cinco seis seis.
Tecleó
el número y esperó a que aparecieran instrucciones en pantalla. Frunció el
entrecejo y se acercó a escasos centímetros del monitor. ¡Corre!, pensó Darby.
Aumentó su ceño y se rascó la barbilla. Corre antes de que levante el teléfono
y llame a los servicios de seguridad. Corre, antes de que empiece a sonar la
alarma y el imbécil de mi acompañante entre disparando en el vestíbulo.
La
señora Baskin retiró la cabeza del monitor.
–Esta
caja fue alquilada hace sólo dos semanas –dijo, hablando casi consigo misma.
–Efectivamente
–respondió Darby, como si la hubiera alquilado ella misma.
–Supongo
que usted es la señora Morgan –agregó la señora Baskin, mientras escribía en su
teclado.
–Sí,
Berverly Anne Morgan. Sigue suponiendo, encanto.
–¿Y
su dirección?
–Ochocientos
noventa y uno, Pembroke, Alexandria. Asintió a la pantalla, como si pudiera
verla y darle su conformidad.
–¿Teléfono?
–preguntó, mientras pulsaba otras teclas.
–Siete
cero tres, seis seis cuatro, cinco nueve ocho cero. A la señora Baskin también
le gustó la respuesta, así como al ordenador.
–¿Quién
alquiló la caja?
–Mi
marido, Curtis D. Morgan.
–¿Y
su número de la seguridad social?
Darby
abrió tranquilamente su enorme bolso de cuero y sacó el monedero. ¿Cuántas
esposas conocen de memoria el número de la seguridad social de su marido? Abrió
el monedero.
–Cinco
uno cero, nueve seis, ocho seis ocho seis.
–Muy
bien –dijo con mucha corrección la señora Baskin, al tiempo que dejaba el
teclado para abrir un cajón–. ¿Cuánto tiempo necesita?
–Sólo
un minuto.
Colocó
una tarjeta blanca sobre una carpeta en el escritorio y la señaló con el dedo.
–Firme
aquí, señora Morgan.
Darby,
muy nerviosa, firmó en la segunda casilla. El señor Morgan había firmado en la
primera, al alquilar la caja.
La
señora Baskin examinó la firma, mientras Darby se aguantaba la respiración.
–¿Tiene
su llave? –preguntó.
–Por
supuesto –respondió Darby con una cálida sonrisa.
La
señora Baskin cogió una pequeña caja del cajón y dio la vuelta al escritorio.
–Sígame.
Entraron
por la puerta de bronce. En el interior del edificio, cuya construcción
recordaba la de un mausoleo y tan grande como una de las agencias del banco en
los arrabales, había un laberinto de pasillos y pequeñas salas. Se cruzaron con
dos individuos uniformados. Pasaron frente a cuatro salas idénticas, con las
paredes cubiertas de hileras de cajas. En la quinta, evidentemente, se
encontraba la efe cinco seis seis, porque allí entró la señora Baskin y abrió
su pequeña caja negra. Darby miraba intranquila a su alrededor y a su espalda.
Virginia
no perdía un segundo. Se dirigió a la caja en cuestión, que estaba a la altura
del hombro, introdujo su llave en la misma y miró a Darby con los párpados
caídos, como para decirle: «tu turno, imbécil». Darby se sacó la llave del
bolsillo y la introdujo junto a la otra. Entonces Virginia hizo girar ambas
llaves, dejó la caja entreabierta y retiró la llave del banco.
–Llévesela
allí –dijo, mientras le señalaba un cubículo, con una puerta plegable de
madera–. Cuando termine devuélvala a su lugar y venga a verme –agregó, cuando
abandonaba la sala.
–Gracias
–respondió Darby.
Esperó
a que Virginia desapareciera, para retirar la caja de la pared. Pesaba poco. La
parte frontal medía quince por veinticinco centímetros, y cuarenta y cinco
centímetros de profundidad. En su interior había dos artículos: un fino sobre
castaño y una cinta de vídeo sin etiqueta.
No
necesitó utilizar el cubículo. Guardó el sobre y la cinta en el bolso, devolvió
la caja a su lugar y abandonó la sala.
No
había llegado Virginia todavía a su escritorio, cuando Darby se le acercó por
la espalda.
–He
terminado –dijo.
–Caramba,
qué rapidez.
Y
que lo diga. Todo va muy rápido cuando los nervios están a flor de piel.
–He
encontrado lo que buscaba –respondió Darby.
–Muy
bien –dijo la señora Baskin, ahora con suma amabilidad–. En el periódico de la
semana pasada había un artículo horrible sobre un abogado. ¿Lo recuerda? Al que
mataron unos gamberros cerca de aquí. ¿No se llamaba también Curtis Morgan? Me
parece que sí. Qué pena.
Menuda
imbecilidad la de esa mujer.
–No,
no lo vi –respondió Darby–. He estado en el extranjero. Gracias.
Ahora,
por segunda vez, cruzó el vestíbulo con mayor rapidez. El banco estaba lleno de
gente y no había ningún guardia de seguridad a la vista. Pan comido. Ya era
hora de que lograra hacer algo, sin que le atraparan.
El
pistolero custodiaba la columna de mármol. La puerta giratoria la dejó en la
acera y había llegado ya casi al coche, cuando la alcanzó su compañero.
–¡Sube
al coche! –ordenó.
–¿Qué
has encontrado? –preguntó Gray.
–Larguémonos
de aquí.
Abrió
la puerta, subieron al coche, arrancó el motor y salieron a toda velocidad.
–Háblame
–insistió Gray.
–He
vaciado la caja –respondió Darby–. ¿Nos sigue alguien? Gray miró por el
retrovisor.
–¿Cómo
quieres que lo sepa? ¿De qué se trata?
Darby
abrió el bolso y sacó el sobre. Lo abrió. Gray dio un frenazo y casi chocó
contra el coche que tenía delante.
–¡Mira
por dónde vas! –exclamó Darby.
–¡De
acuerdo! ¡De acuerdo! ¿Qué hay en el sobre?
–¡No
lo sé! Todavía no lo he leído y si me matas, nunca lo leeré. El coche estaba de
nuevo en marcha. Gray respiró hondo.
–Mira,
dejemos de chillar, ¿de acuerdo? Actuemos con serenidad.
–Sí.
Tú conduce y yo actuaré con serenidad.
–De
acuerdo. Ahora. ¿Estamos tranquilos?
–Sí.
Tú tranquilízate. Y mira por dónde vas. ¿Dónde vamos?
–No
lo sé. ¿Qué hay en el sobre? Sacó algún tipo de documento.
–Mira
por dónde vas.
–Limítate
a leer este maldito papel.
–Me
mareo. No puedo leer con el coche en marcha.
–¡Maldita
sea! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
–Estás
chillando otra vez.
Dio
un golpe de volante a la derecha y paró en otra zona de aparcamiento prohibido
en la calle E. Sonaron varias bocinas cuando frenó y miró fijamente a Darby.
–Gracias
–respondió ella y empezó a leer en voz alta.
Se
trataba de una declaración jurada de cuatro páginas, meticulosamente
mecanografiada, y certificada por un notario. Había sido fechada el viernes, el
día anterior a la última llamada a Grantham. Bajo juramento, Curtis Morgan
declaraba que trabajaba en la sección de gas y petróleo de White &
Blazevich, desde que, se había incorporado a la empresa hacía cinco años. Sus
clientes eran empresas privadas de exploración petrolífera de muchos países,
pero predominantemente norteamericanas. Desde su incorporación a la empresa,
había trabajado para un cliente involucrado en un enorme pleito en el sur de
Louisiana. El cliente en cuestión era un individuo llamado Victor Mattiece, y
el señor Mattiece, a quien nunca había tenido la oportunidad de conocer, pero
que era muy conocido de los socios decanos de White & Blazevich, tenía
muchísimo interés en ganar el pleito, para poder extraer millones de barriles
de petróleo de las marismas de Terrebonne Parish, en Louisiana. En el mismo
lugar había también centenares de millones de metros cúbicos de gas natural. El
decano que supervisaba el caso en White & Blazevich era F. Sims Wakefield,
íntimo amigo de Victor Mattiece, a quien visitaba a menudo en las Bahamas.
Estaban
parados en una zona de aparcamiento prohibido, con el parachoques del Pontiac
que invadía peligrosamente el carril derecho de la calzada y sin prestar
atención a los coches que se veían obligados a maniobrar para eludirlo. Darby
leía lentamente y Gray escuchaba con los ojos cerrados.
El
pleito era muy importante para White & Blazevich. El bufete no participaba
directamente en el juicio ni en la apelación, pero todo pasaba por las manos de
Wakefield. Trabajaba exclusivamente en lo conocido como caso pelícano. Pasaba
la mayor parte del tiempo al teléfono, hablando con Mattiece, o con alguno de
los muchísimos abogados que trabajaban en el caso. Morgan dedicaba una media de
diez horas semanales al caso, pero siempre a aspectos periféricos. Sus minutas
iban directamente a Wakefield, lo cual era inusual, porque las demás pasaban al
encargado de cuentas de gas y petróleo, que las mandaba al departamento de
contabilidad. A lo largo de los años había oído rumores, en su opinión dignos
de crédito, según los cuales Mattiece no pagaba a White & Blazevich por
horas como era habitual. Estaba convencido de que el bufete había aceptado el
caso, a cambio de un porcentaje de la extracción. Había oído mencionar la cifra
del diez por ciento, de los beneficios netos de los pozos. Esto era algo inaudito
en la industria petrolífera.
Se
oyó un fuerte frenazo y se prepararon para el impacto, que no se produjo por
los pelos.
–Aquí
van a matarnos –exclamó Darby.
Gray
puso el coche en marcha, giró el volante a la derecha y subió el vehículo a la
acera. Ahora ya no molestaban al tráfico. El coche estaba aparcado en zona
prohibida, con el parachoques delantero en plena acera y el trasero a escaso
centímetros de la calzada.
–Sigue
leyendo –insistió Gray.
El
día veintiocho de setiembre aproximadamente, Morgan había estado en el despacho
de Wakefield. Entró con dos sumarios y un montón de documentos, ajenos al caso
pelícano. Wakefield hablaba por teléfono. Como de costumbre, las secretarias
entraban y salían. Había siempre ajetreo en el despacho. Esperó unos minutos a
que Wakefield acabara de hablar por teléfono, pero la conversación se
prolongaba.
–Por
último, después de esperar quince minutos, Morgan cogió los sumarios y demás
documentos que había dejado sobre el escritorio de Wakefield, y se marchó.
Regresó a su despacho, al otro extremo del edificio, y se puso a trabajar en su
escritorio. Eran aproximadamente las dos de la tarde. Al ir a coger un sumario,
encontró una nota escrita
a mano, debajo
de los documentos
que acababa de
recoger, traída inadvertidamente del escritorio de Wakefield. Se puso
inmediatamente en pie, con la intención de devolverla. Entonces la leyó. Y la
leyó de nuevo. Miró el teléfono. La línea de Wakefield seguía ocupada. Había
una copia de dicha nota, junto a la declaración jurada.
–Lee
la nota –exclamó Gray.
–No
he acabado con la declaración jurada –replicó Darby.
De
nada serviría discutir con ella. Era la mente jurídica, se trataba de un
documento jurídico y lo leería exactamente como se le antojara.
La
nota le había dejado atónito. Inmediatamente se sintió aterrorizado. Salió de
su despacho, acudió a la fotocopiadora más cercana y sacó una copia. Regresó a
su despacho y devolvió la nota a su posición inicial. Juraría no haberla visto.
La
nota constaba de dos párrafos escritos a mano, en papel timbrado de White &
Blazevich para aso interno. Era de M. Velmano, es decir Marty Velmano, socio
decano del bufete. Fechada el veintiocho de setiembre, dirigida a Wakefield, y
decía así: «Sims: comuníquele al cliente que la investigación ha terminado y
que el tribunal será mucho más suave si se retira a Rosenberg. El segundo
retiro es un poco inusual. Einstein ha encontrado un vínculo precisamente con
Jensen. Ese muchacho, evidentemente, tiene otros problemas.
»Comuníquele
también que el asunto pelícano debería llegar aquí dentro de cuatro años,
teniendo en cuenta otros factores. »
No
llevaba firma.
Gray
se reía y fruncía el entrecejo simultáneamente. Tenía la boca abierta. Darby
leía ahora con mayor rapidez.
Marty
Velmano era un buitre despiadado, que trabajaba dieciocho horas diarias, y se
sentía inútil si no tenía a alguien cerca de él que se desangrara. Era el alma
y corazón de White & Blazevich. Para los poderosos de Washington, era un
operador duro cargado de dinero. Almorzaba con congresistas y jugaba al golf
con los miembros del gabinete. Hacía el trabajo sucio tras la puerta cerrada de
su despacho.
Einstein
era el apodo de Nathaniel Jones, un demencial genio jurídico, al que tenían
encerrado en su propia biblioteca del sexto piso. Leía todos los casos fallados
por el Tribunal Supremo, los once tribunales de apelación y los tribunales
supremos de los cincuenta estados. Morgan no había visto nunca a Einstein. Los
encuentros eran inusuales en la empresa.
Después
de fotocopiar la nota, dobló la copia y la guardó en un cajón de su escritorio.
Al cabo de diez minutos, Wakefield irrumpió en su despacho, muy pálido y
trastornado. Buscaron sobre el escritorio de Morgan y encontraron la nota.
Wakefield estaba furioso, lo cual no era inusual. Le preguntó a Morgan si la
había leído. Insistió en que no lo había hecho. Evidentemente la había cogido
por error, al salir de su despacho. ¿Qué importancia tenía? Wakefield estaba
furioso. Sermoneó a Morgan sobre el respeto que se debe observar por los
escritorios de los demás. Actuaba como un idiota, chillando y gesticulando en
el despacho de Morgan. Por último se percató de que su reacción era
desmesurada, e intentó calmarse; demasiado tarde para evitar el impacto causado.
Se retiró con la nota.
Morgan
escondió la fotocopia en un libro de la biblioteca del noveno piso. La paranoia
e histeria de Wakefield le habían dejado atónito. Antes de abandonar su
despacho, ordenó cuidadosamente los artículos de su escritorio y estanterías.
Al día siguiente comprobó que alguien los había tocado durante la noche.
Morgan
empezó a ser muy cauteloso. Dos días después encontró un pequeño
destornillador, detrás de un libro en su escritorio. Más adelante vio un poco
de cinta aislante en el cubo de la basura. Supuso que habían instalado
micrófonos en su despacho, e intervenido sus teléfonos. Descubrió que Wakefield
le miraba de un modo extraño. Vio a Velmano en el despacho de Wakefield con
mayor frecuencia que antes.
Entonces
los jueces Rosenberg y Jensen fueron asesinados. No le cabía ninguna duda de
que era obra de Mattiece y sus colaboradores. La nota no mencionaba a Mattiece,
pero se refería a un «cliente». Wakefield tenía un solo cliente. Además, ningún
cliente se beneficiaria tanto de un nuevo tribunal como Mattiece.
El
último párrafo de la declaración jurada era aterrador. En dos ocasiones después
de los asesinatos, Morgan comprobó que le seguían. Le retiraron del caso
pelícano. Le dieron más trabajo, más horas y más exigencias. Temía que le
mataran. Si eran capaces de asesinar a dos jueces del Tribunal Supremo, no les
importaría deshacerse de un joven abogado sin importancia.
Lo
firmó bajo juramento ante Emily Stanford, notario público. La dirección de la
señora Stanford figuraba bajo su firma.
–No
te muevas, ahora vuelvo –exclamó Gray después de abrir la puerta del coche y
apearse.
Sorteó
los coches de la calle E. Había una cabina telefónica, junto a una panadería.
Marcó el número de
Smith
Keen y observó su coche alquilado, aparcado precariamente al otro lado de la
calle.
–Smith,
soy Gray, Escúcheme atentamente y haga lo que le digo. Tengo otra fuente acerca
del informe pelícano. Es descomunal, Smith, y necesito que usted y Krauthammer
se reúnan conmigo en el despacho de Feldman, dentro de quince minutos.
–¿De
qué se trata?
–García
dejó un mensaje de despedida. Nos queda una sola cosa por hacer y venimos.
–¿En
plural? ¿Viene también la chica?
–Sí.
Asegúrese de que haya un televisor y un magnetoscopio en la sala de
conferencias. Creo que García quiere hablarnos.
–¿Ha
dejado una cinta?
–Sí.
Dentro de quince minutos.
–¿Corren
peligro?
–Creo
que no. Sólo estoy muy nervioso, Smith. Colgó y regresó al coche.
La
señora Stanford era propietaria de un servicio de información judicial en
Vermont. Estaba sacando el polvo de las estanterías, cuando llegaron Gray y
Darby. Tenían prisa.
–¿Es
usted Emily Stanford? –preguntó Gray.
–Sí.
¿Por qué?
Gray
le mostró la última página de la declaración jurada.
–¿Ha
certificado usted este documento?
–¿Quién
es usted?
–Soy
Gray Grantham, del Washington Post. ¿Es ésta su firma?
–Sí.
Yo lo he certificado.
Darby
le entregó la fotografía de García, ahora Morgan, en la acera.
–¿Es
éste el hombre que firmó la declaración? –preguntó.
–Sí.
Éste es Curtis Morgan. Sí. Es él.
–Gracias
–dijo Gray.
–Está
muerto, ¿no es cierto? –preguntó la señora Stanford–. Lo leí en el periódico.
–Sí.
Está muerto –respondió Gray–. ¿Tuvo usted oportunidad de leer esta declaración?
–Claro
que no. Yo sólo presencié su firma. Pero supe que había algún problema.
–Gracias,
señora Stanford.
Salieron
tan rápido como habían llegado.
El
hombre delgado ocultaba su despejada frente bajo un harapiento sombrero de
fieltro. Sus pantalones eran trapos y llevaba los zapatos destrozados, sentado
en una viejísima silla de ruedas frente al edificio del Post, con un cartel que
le proclamaba «HAMBRIENTO Y SIN CASA». Movía la cabeza de hombro a hombro, como
si su cuello hubiera colapsado de hambre. Un cuenco de cartón, con unos pocos
dólares y algunas monedas, descansaba sobre sus rodillas, pero se trataba de su
propio dinero. Tal vez le iría mejor el negocio, si fuera ciego.
Daba
lástima, sentado ahí como un vegetal, con la cabeza dando tumbos de un lado
para otro, y con sus gafas de Kermit, corresponsal de Barrio Sésamo. Observaba
todo lo que ocurría en la calle.
Vio
un coche que doblaba la esquina a toda velocidad y aparcaba en zona prohibida.
Un hombre y una mujer saltaron del vehículo y corrieron hacia él. Tenía una
pistola bajo la harapienta manta, pero se movían con excesiva rapidez. Además,
había demasiada gente en la acera. Entraron en el edificio del Post.
Esperó
un momento y empezó a alejarse en su silla de ruedas. CUARENTA Y UNO
Smith
Keen paseaba nervioso frente a la puerta del despacho de Feldman, mientras la
secretaria vigilaba. Les vio llegar sorteando apresuradamente los escritorios
de la redacción. Gray la llevaba de la mano. Era decididamente atractiva, pero
eso lo apreciarían más adelante. Jadeaban.
–Smith
Keen, le presento a Darby Shaw –dijo Gray entre suspiros. Se dieron la mano.
–Hola
–dijo Darby, mientras miraba a su alrededor.
–Encantado,
Darby. Por lo que he oído decir, es usted una mujer extraordinaria.
–Exactamente
–agregó Gray–. Después tendremos tiempo para charlar.
–Síganme
–dijo Keen, al tiempo que se ponían de nuevo en marcha–. Feldman quiere que nos
reunamos en la sala de conferencias.
Cruzaron
la abigarrada sala de redacción y entraron en una elegante sala, con una larga
mesa en el centro de la misma.
Estaba
llena de hombres charlando, que guardaron inmediatamente silencio cuando ella
entró. Feldman cerró la puerta y le tendió la mano.
–Soy
Jackson Feldman, redactor ejecutivo –dijo–. Usted debe de ser Darby.
–¿Quién
si no? –exclamó Gray, con la respiración todavía entrecortada. Feldman le
ignoró, miró a su alrededor y señaló a los presentes.
–Éste
es Howard Krauthammer, director de redacción; Ernie DeBasio, subdirector de
redacción, asuntos extranjeros; Elliot Cohen, subdirector de redacción,
nacional; y Vince Litsky, nuestro abogado.
Darby
asintió educadamente y olvidó todos los nombres después de oírlos. Todos tenían
por lo menos cincuenta años, iban en mangas de camisa y parecían profundamente
preocupados. Se respiraba la tensión en el ambiente.
–Dame
la cinta –dijo Gray.
Darby
la sacó del bolso y se la entregó. El televisor y el magnetoscopio estaban en
unas estanterías móviles, al fondo de la sala. Gray introdujo la cinta en el
magnetoscopio.
–Hemos
conseguido esta cinta hace veinte minutos, de modo que no hemos tenido tiempo
de verla todavía. Darby se sentó en una silla junto a la pared. Los presentes
se acercaron al televisor, a la espera de que
apareciera
la imagen.
Sobre
la, pantalla en blanco apareció una fecha: doce de octubre. A continuación
apareció Curtis Morgan, sentado junto a una mesa de cocina. Tenía un
interruptor en la mano, evidentemente para operar la cámara.
«Me
llamo Curtis Morgan y, puesto que están viendo esto, probablemente estoy
muerto. » Vaya forma de empezar. Los presentes hicieron una mueca y se
acercaron a la pantalla.
«Hoy
estamos a doce de octubre y estoy grabando esto en mi casa. Estoy solo. Mi
esposa ha ido al médico. Yo debería estar en el despacho, pero he llamado para
decir que estaba enfermo. Mi esposa no sabe nada de todo esto. No se lo he
contado a nadie. Puesto que están viendo esta cinta, también han visto esto
–dijo, al tiempo que mostraba a la cámara la declaración jurada–. Se trata de
una declaración jurada que he firmado y que tengo el propósito de dejar, junto
con esta cinta, probablemente en una caja de seguridad de algún banco del
centro de la ciudad. Leeré la declaración jurada y comentaré algunos puntos.»
–Tenemos
la declaración jurada –dijo rápidamente Gray, apoyado contra la pared, junto a
Darby.
Nadie
le miró. Estaban todos pendientes de la pantalla. Morgan leyó lentamente la
declaración jurada. Su mirada subía y bajaba repetidamente, entre el objetivo y
el documento.
Tardó
diez minutos. Cada vez que oía la palabra «pelícano», Darby cerraba los ojos y
movía lentamente la cabeza. En eso se resumía todo. Era una pesadilla.
Procuraba prestar atención.
Cuando
Morgan acabó de leer la declaración jurada, dejó el documento sobre la mesa y
consultó unas notas. Estaba cómodo y relajado. Era un joven apuesto, que
aparentaba menos de veintinueve años. Estaba en su casa y, por consiguiente, no
llevaba corbata. Sólo camisa blanca almidonada. White & Blazevich no era el
lugar ideal donde trabajar, decía, pero la mayoría de sus cuatrocientos
abogados eran honrados y probablemente no sabían nada acerca de Mattiece. A
decir verdad, dudaba de que muchos de ellos, a excepción de Wakefield, Velmano
y Einstein, formaran parte de la conspiración. Había un socio llamado Jarreld
Schwabe, que era lo suficientemente siniestro para estar involucrado, pero
Morgan no tenía prueba de ello. (Darby le recordaba perfectamente.) Una ex
secretaria había abandonado inesperadamente la empresa, unos días después de
los asesinatos. Su nombre era Miriam LaRue, y había trabajado en la sección de
gas y petróleo dieciocho años. Puede que supiera algo. Vivía en Falls Church.
Otra secretaria, cuyo nombre no estaba dispuesto a revelar, le había dicho que
había oído una conversación entre Wakefield y Velmano, en la que discutían si
él, Morgan, era digno de confianza. Pero sólo había oído fragmentos de lo que
decían. Empezaron a tratarle de otro modo, después de que la nota apareciera en
su escritorio. Especialmente Schwabe y Wakefield. Era como si pretendieran
acorralarlo contra la pared y amenazarlo de muerte si mencionaba la nota, pero
no podían hacerlo porque no estaban seguros de que la hubiera visto. Y si
habían conspirado para asesinar a Rosenberg y Jensen. Santo cielo, él no era
más que un joven abogado. Podían reemplazarle en pocos segundos.
Litsky,
el abogado, movía la cabeza con incredulidad. El embeleso empezaba a
desaparecer y comenzaron a moverse en sus asientos.
Morgan
iba y venía del despacho en coche, y en dos ocasiones le habían seguido. En una
ocasión durante el almuerzo, vio a un individuo que le vigilaba. Habló un poco
del tema y empezó a divagar. Era evidente que ya
había
revelado todo lo importante. Gray le entregó la declaración jurada y la nota a
Feldman, quien a su vez las pasó a Krauthammer después de leerlas, y así
sucesivamente.
Morgan
concluyó con una escalofriante despedida:
–No
sé quién verá esta cinta. Entonces estaré muerto, de modo que supongo que no
importa. Espero que la utilicen para atrapar a Mattiece y a los granujas que
tiene como abogados. Pero si son los granujas los que ven esta cinta, pueden
irse todos al infierno.
Gray
paró la cinta. Se frotó las manos y miró a los presentes.
–Bien,
caballeros, ¿les hemos traído suficientes pruebas, o quieren más?
–Conozco
a esos individuos –declaró Litsky aturdido. El año pasado jugué al tenis con
Wakefield.
–¿Cómo
encontró a Morgan? –preguntó Feldman, que se había puesto de pie y caminaba por
la sala.
–Es
una larga historia –respondió Gray.
–Déme
una versión resumida.
–Encontramos
a un estudiante de derecho de Georgetown, que el verano pasado había trabajado
como pasante en White & Blazevich. Él identificó la fotografía de Morgan.
–¿Cómo
consiguió la fotografía? –preguntó Litsky.
–No
me lo pregunte. No forma parte de la historia.
–Creo
que debemos publicarlo –declaró Krauthammer.
–Publiquémoslo
–agregó Elliot Cohen.
–¿Cómo
descubrió que estaba muerto? –preguntó Feldman.
–Darby
fue a White & Blazevich ayer. Ellos le dieron la noticia.
–¿Dónde
estaban el vídeo y la declaración jurada?
–En
una caja de seguridad del First Columbia. La esposa de Morgan me ha entregado
la llave a las cinco de esta madrugada. No he hecho nada indebido. El informe
pelícano ha sido plenamente comprobado por una fuente independiente.
–Publiquémoslo –dijo
Ernie DeBasio–. Publiquémoslo
con los mayores
titulares, desde «NIXON DIMITE».
Feldman
se detuvo cerca de Smith Keen. Los compañeros se observaron atentamente.
–Publiquémoslo
–dijo Keen.
–¿Vine?
–le preguntó Feldman al abogado.
–Legalmente
no hay nada que objetar. Pero me gustaría ver el artículo cuando esté escrito.
–¿Cuánto
tardará en escribirlo? –preguntó el redactor, dirigiéndose a Gray.
–Lo
que hace referencia al informe ya está esbozado. Puedo terminarlo en un par de
horas. Denme dos horas para Morgan. Tres a lo sumo.
Feldman
no había sonreído desde que había estrechado la mano de Darby. Se dirigió al
otro lado de la sala, para acercarse a Gray.
–¿Y
si la cinta fuera falsa?
–¿Falsa?
Hablamos de cadáveres, Jackson. He visto a la viuda. Es una viuda verdadera.
Este periódico publicó la noticia de su muerte. Está muerto. Incluso su bufete
confirma su muerte. Y éste es él, en la cinta, hablando de muerte. Sé que es
él. Y hemos hablado con el notario que certificó su firma en la declaración
jurada. Le ha identificado –decía Gray, levantando la voz–. Todo lo que dice
confirma el informe pelícano. Todo. Mattiece, el pleito, los asesinatos. Además
tenemos a Darby, autora del informe. Y más cadáveres. Y la han perseguido por
todo el país. Lo tenemos todo, Jackson. La historia está completa.
–Es
más que una historia –sonrió finalmente Feldman–. Termine de escribirla antes
de las dos. Ahora son las once. Utilice la sala de conferencias y cierre la
puerta –agregó, mientras paseaba de nuevo–. Nos reuniremos aquí exactamente a
las dos y leeremos el borrador. Ni una palabra a nadie.
Los
presentes se pusieron de pie y salieron de la estancia, pero no sin antes
estrechar la mano de Darby Shaw. No estaban seguros de si debían felicitarla o
darle las gracias, y se limitaron a sonreírle. Ella permaneció sentada.
Cuando
todos se hubieron marchado, Gray se sentó junto a ella y se cogieron de la
mano. Tenían ante sí la mesa despejada de conferencias. Las sillas estaban
perfectamente ordenadas a su alrededor. Las paredes eran blancas y la sala
estaba iluminada por luces fluorescentes y dos estrechas ventanas.
–¿Cómo
te sientes? –preguntó Gray.
–No
lo sé. Supongo que éste es el fin de la epopeya. Lo hemos logrado.
–No
pareces muy contenta.
–He
tenido meses mejores. Me alegro por ti. Gray la miró.
–¿Por
qué te alegras por mí?
–Tú
has atado los cabos sueltos y se publicará mañana. Tiene todo lo necesario para
ser un Pulitzer.
–No
se me había ocurrido.
–Mentiroso.
–De
acuerdo, puede que lo haya pensado una vez. Pero cuando saliste ayer del
ascensor y me dijiste que
García
estaba muerto, dejé de pensar en el Pulitzer.
–No
es justo. Yo hago todo el trabajo. Utilizamos mi cerebro, mi belleza y mis
piernas, y tú eres quien se lleva la fama.
–Me
encantará utilizar tu nombre. Te reconoceré como autora del informe.
Publicaremos tu fotografía en primera plana, junto a las de Rosenberg, Jensen,
Mattiece y el presidente, Verheek y...
–¿Thomas?
¿Publicaréis también su fotografía?
–Depende
de Feldman. En este caso él tiene la última palabra. Darby reflexionó, pero no
dijo nada.
–Bien,
señorita Shaw, dispongo de tres horas para escribir la historia más importante
de mi vida. Una historia que conmocionará al mundo. Una historia que podría
derrocar al presidente. Una historia que resolverá los asesinatos. Una historia
que me hará rico y famoso.
–Será
mejor que dejes que yo la escriba.
–¿Lo
harías? Estoy cansado.
–Trae
tus notas. Y un poco de café.
Cerraron
la puerta y despejaron la mesa. Un ayudante de la redacción trajo un PC, con
una impresora. Le mandaron por una
cafetera. Y luego por fruta. Diagramaron la historia por secciones, empezando
por los asesinatos, luego el caso pelícano en el sur de Louisiana, a
continuación Mattiece y su vínculo con el presidente, seguido del informe
pelícano y todos los trastornos que había causado, Callahan, Verheek, acto
seguido Curtis Morgan y sus agresores, White & Blazevich y Wakefield,
Velmano y Einstein. Darby prefería escribir a mano. Resumió el pleito, el
informe y lo conocido acerca de Mattiece. Gray se ocupó de lo demás y escribió
borradores a máquina.
Darby
era un modelo de organización, con notas cuidadosamente ordenadas sobre la mesa
y palabras meticulosamente escritas sobre papel. Él era un torbellino
desordenado: papeles en el suelo, charlas con el ordenador, y párrafos
descartados apenas acababan de ser impresos. Ella no dejaba de pedirle que
guardara silencio. Esto no es la biblioteca de una facultad de Derecho,
respondió Gray. Sino un periódico. Aquí se trabaja con un teléfono en cada
oreja y alguien dando voces.
A
las doce y media, Smith Keen les mandó algo de comer. Darby comió un bocadillo
frío y contempló el tráfico de la calle. Gray examinaba informes electorales.
Darby
le vio. Estaba apoyado contra un edificio al otro lado de la calle Quince, y no
habría tenido nada de sospechoso, a no ser porque una hora antes estaba apoyado
junto al hotel Madison. Tomaba algo en un gran vaso de plástico y vigilaba la
entrada principal del Post. Llevaba una gorra negra, chaqueta de lona y
tejanos. Tenía menos de treinta años. Y permanecía ahí inmóvil, vigilando.
Darby mordisqueó su bocadillo y le observó durante diez minutos. Tomaba sorbos
de su taza, pero no se movía.
–Gray,
ven aquí, por favor.
–¿Qué
ocurre? –preguntó después de acercarse. Darby señaló al individuo de la gorra
negra.
–Obsérvale
atentamente –dijo Darby–. Dime lo que está haciendo.
–Bebe
algo, probablemente café. Está apoyado contra la pared y observa este edificio.
–¿Qué
lleva puesto?
–Lona
azul de pies a cabeza y una gorra negra. Parece que lleva botas. ¿Qué tiene de
particular?
telefónico,
pero sé que era él. Ahora ha cambiado de posición.
–¿Y
bien?
–Desde
hace por lo menos una hora está ahí sin hacer nada, aparte de vigilar este
edificio.
Gray
asintió. Aquél no era el momento para elucubraciones. El tipo parecía
sospechoso y Darby estaba preocupada. Hacía ahora dos semanas que la seguían,
desde Nueva Orleans a Nueva York, ahora tal vez en Washington, y conocía el
tema mucho mejor que él.
–¿Qué
me estás diciendo, Darby?
–Dame
una buena razón por la que ese individuo, que evidentemente no es un
pordiosero, se comporta de ese modo.
El
individuo en cuestión consultó su reloj y se alejó por la acera. Darby consultó
su reloj.
–Es
la una en punto –dijo–. Vigilemos cada quince minutos, ¿de acuerdo?
–De
acuerdo. Dudo que sea algo importante –dijo, procurando tranquilizarla, sin
lograrlo.
Darby
se sentó junto a la mesa y examinó las notas. Gray la observó antes de
concentrarse de nuevo en el ordenador. Después de escribir afanosamente durante
quince minutos, volvió a la ventana. Darby le observaba atentamente.
–No
le veo –dijo.
Pero
le vio a la una y media.
–Darby
–exclamó, al tiempo que señalaba el lugar donde ella le había visto por primera
vez Darby miró por la ventana y fijó lentamente la mirada en el individuo de
gorra negra. Ahora llevaba una chaqueta verde oscuro y no estaba de cara al
Post. Se contemplaba las botas y, cada diez segundos más o menos, echaba una
ojeada a la puerta principal. Esto
le convertía todavía
en más sospechoso,
pero estaba parcialmente
oculto tras una camioneta de reparto. La taza de plástico
había desaparecido. Encendió un cigarrillo. Echó una mirada al Post y luego
contempló la acera.
–¿Por
qué tengo un nudo en el estómago? –preguntó Darby.
–¿Cómo
pueden haberte seguido? Es imposible.
–Sabían
que estaba en Nueva York. Eso también parecía imposible en aquellos momentos.
–Puede
que me sigan a mí. Me han advertido que me vigilaban. Eso debe ser lo que hace
ese individuo.
¿Cómo
podría saber que estás tú aquí? El individuo me sigue a mí.
–Tal
vez –respondió lentamente Darby.
–¿Le
has visto antes?
–No
suelen presentarse.
–Escúchame.
Disponemos de treinta minutos, antes de que lleguen con sus dagas a
descuartizar nuestra historia. Acabemos de escribirla y luego vigilaremos a ese
individuo.
Regresaron
a su trabajo. A las dos menos cuarto, Gray se acercó de nuevo a la ventana y el
individuo había desaparecido. De la impresora salía el primer borrador y ella
lo corregía.
Los
redactores leyeron lápiz en mano. Litsky, el abogado, leía por puro placer.
Parecía disfrutar más que los demás.
Era
un artículo muy largo y Feldman se ocupaba de amputarlo como un cirujano. Smith
Keen escribía notas al margen. A Krauthammer le gustaba lo que veía.
Leían
atentamente y en silencio. Gray volvió a corregirlo. Darby miraba por la
ventana. El individuo había regresado, ahora con una chaqueta azul y tejanos.
Estaba nublado, con una temperatura de unos dieciséis grados, y tenía una taza
en la mano. La acariciaba para ahuyentar el frío. Tomó un sorbo, miró hacia el
Post, de nuevo a la calle y luego a la taza. Ahora estaba frente a otro
edificio y, a las dos y cuarto en punto, empezó a mirar hacia el norte por la
calle Quince.
Paró
un coche junto a él. Se abrió la puerta posterior y ahí estaba. El coche se
alejó y miró a su alrededor. Con una ligera renquera, Tocón se acercó al
individuo de la gorra negra. Hablaron unos segundos, luego Tocón se dirigió
hacia la intersección de las calles L y Quince, y el individuo permaneció en el
mismo lugar.
Darby
miró a su alrededor. Estaban todos sumergidos en la historia. Tocón había
desaparecido, de modo que no podía mostrárselo a Gray, que leía y sonreía. No,
no vigilaban al periodista. Querían apresar a la chica.
Y
debían estar desesperados. Estaban en la calle a la espera de que ocurriera
algún milagro, la chica saliera de algún modo del edificio y pudieran
deshacerse de ella. Estaban asustados. Ella estaba dentro del edificio,
acabado.
De algún modo tenían que detenerla. Habían recibido órdenes.
Estaba
en una habitación llena de hombres y, de pronto, dejó de sentirse segura.
Feldman fue el último en terminar y le entregó su copia a Gray.
–Pocas
modificaciones. Debería estar listo dentro de aproximadamente una hora.
Hablemos de llamadas telefónicas.
–Creo
que sólo tres –dijo Gray–. La Casa Blanca, el FBI y White & Blazevich.
–Sólo
menciona a Sims Wakefield del bufete. ¿Por qué?
–preguntó
Krauthammer.
–Morgan
habla de él más que de los demás.
–Pero
la nota es de Velmano. Creo que habría que mencionarlo.
–Estoy
de acuerdo –dijo Smith Keen.
–Yo
también –agregó DeBasio.
–He
introducido su nombre –dijo Feldman–. Más adelante nos ocuparemos de Einstein.
Espere a las cuatro y media o las cinco antes de llamar a la Casa Blanca y a
White & Blazevich. Si lo hace antes, puede que se suban por las paredes y
acudan al juzgado.
–Estoy
de acuerdo –dijo Litsky, el abogado–. No pueden impedir que lo publiquemos,
pero podrían intentarlo. Yo esperaría hasta las cinco para llamarles.
–De
acuerdo –respondió Gray–. Lo habré redactado de nuevo a las tres y media. Luego
llamaré al FBI, por si tienen algo que decir. A continuación a la Casa Blanca y
por último a White & Blazevich.
–Nos
reuniremos aquí de nuevo a las tres y media –dijo Feldman casi desde la
puerta–. No se alejen de sus teléfonos.
Cuando
la sala quedó de nuevo vacía, Darby cerró la puerta y señaló la ventana.
–¿Te
he mencionado a Tocón?
–No
me lo digas. Observaron la calle.
–Eso
me temo. Habló con nuestro amigo y desapareció. Sé que era él..
–Supongo
que quedo eliminado.
–Eso
creo. Quiero largarme de aquí.
–Algo
se nos ocurrirá. Avisaré al servicio de seguridad. ¿Quieres que hable con
Feldman?
–No.
Todavía no.
–Conozco
a algunos policías.
–Maravilloso.
Y crees que podrán venir y pegarle una paliza a ese individuo.
–Los
policías que yo conozco sí.
–No
pueden meterse con esa gente. ¿Qué hacen de malo?
–Sólo
piensan en asesinar a alguien.
–¿Estamos
a salvo en este edificio?
–Deja
que hable con Feldman –respondió Gray, después de reflexionar unos instantes–.
Pondrán dos guardias de seguridad en la puerta.
–De
acuerdo.
Feldman
dio el visto bueno al segundo borrador a las tres y media, y concedió permiso a
Gray para que llamara al FBI. Se trajeron cuatro teléfonos a las salas de
conferencias y conectaron un magnetófono. Feldman, Smith Keen y Krauthammer
escuchaban por los teléfonos supletorios.
Gray
llamó a Phil Norvell, buen amigo y a veces contacto en el FBI, si tal cosa
existía. Norvell tenía su propia línea.
–Phil,
soy Gray Grantham, del Post.
–Creo
que sé quien eres, Gray.
–Estoy
grabando la conversación.
–Debe
de ser grave. ¿De qué se trata?
Rosenberg
y Jensen. Mencionamos a Victor Mattiece, un especulador petrolífero, y a dos de
sus abogados aquí en la capital. También mencionamos a Verheek, evidentemente
no como conspirador. Creemos que el FBI tenía conocimiento de Mattiece en los
primeros momentos, pero se negó a investigar a instancias de la Casa Blanca.
Deseamos brindaros la oportunidad de hacer algún comentario.
El
silencio era absoluto al otro extremo de la línea.
–¿Phil,
estás ahí?
–Sí.
Creo que sí.
–¿Algún
comentario?
–Seguro
que tendremos algo que decir, pero tendré que llamarte luego.
–No
tardaremos en empezar a imprimir, de modo que debes darte prisa.
–Bueno,
Gray, esto es como una puñalada por la espalda.
¿Podéis
esperar un día?
–De
ningún modo.
–De
acuerdo –dijo Norvell, después de una pausa–. Déjame hablar con el señor Voyles
y te volveré a llamar.
–Esperamos
tu llamada –respondió Gray, antes de pulsar un botón para cerrar la línea. Keen
paró el magnetófono.
Al
cabo de ocho minutos, el propio Voyles estaba al teléfono. Insistió en hablar
con Jackson Feldman. El magnetófono estaba de nuevo en funcionamiento.
–¿Señor
Voyles? –dijo calurosamente Feldman.
Se
habían visto muchas veces y, por consiguiente, el «señor» era innecesario.
–Llámame
Denton, maldita sea. Dime, Jackson, ¿qué ha descubierto tu muchacho? Esto es
una locura. Os estáis arrojando a un precipicio. Nosotros hemos investigado a
Mattiece, todavía le investigamos, y es demasiado pronto para actuar. Dime,
¿con qué pruebas cuenta tu muchacho?
–¿Te
suena el nombre de Darby Shaw? –dijo Feldman con una sonrisa a Darby, que
estaba de pie junto a la pared, mientras formulaba la pregunta.
–Sí
–se limitó a responder, después de una pausa.
–Mi
muchacho tiene el informe pelícano, Denton, y en estos momentos Darby Shaw está
junto a mí.
–Temía
que estuviera muerta.
–No.
Está muy viva. Ella y Grantham han confirmado a través de otra fuente los
hechos descritos en el informe. Es una historia monumental, Denton.
Voyles
emitió un profundo suspiro y arrojó la toalla.
–Investigamos
a Mattiece como sospechoso –dijo.
–El
magnetófono está grabando, Denton, ten cuidado.
–Tenemos
que hablar. Me refiero cara a cara. Tengo cosas muy importantes que contarte.
–Me
encantará que vengas a mi despacho.
–De
acuerdo. Estaré ahí dentro de veinte minutos.
A
los redactores les divirtió muchísimo la idea de que el gran F. Denton Voyles
cogiera su limusina para acudir a toda prisa al Post. Hacía muchos años que le
observaban y sabían que era un maestro en el arte de nadar y guardar la ropa.
Odiaba la prensa, y el hecho de que estuviera dispuesto a hablar en su campo y
bajo sus condiciones sólo podía justificar una cosa: se proponía inculpar a
otras personas. Y el objetivo más probable era la Casa Blanca.
Darby
no sentía deseo alguno de conocerle. En lo que pensaba era en huir. Podía
mostrarle al individuo de la gorra negra, pero ahora hacía treinta minutos que
había desaparecido. Además, ¿qué podía hacer el FBI? Primero tendrían que
encontrarle, ¿y luego qué? ¿Acusarle de vagabundear y de planificar una
emboscada?
¿Torturarle
y obligarle a hablar? Con toda probabilidad, no la creerían.
No
sentía deseo alguno de tener tratos con el FBI. No quería su protección. Estaba
a punto de emprender un viaje y nadie sabría adónde. A excepción tal vez de
Gray. O tal vez no.
Gray
marcó el número de la Casa Blanca y los demás levantaron sus supletorios. Keen
puso el magnetófono en funcionamiento.
–Con
Fletcher Coal, por favor. Habla Gray Grantham del Washington Post y es muy
urgente.
–¿Por
qué Coal? –preguntó Keen, mientras esperaba.
–Todo
tiene que pasar por sus manos –respondió Gray, con la mano sobre el auricular.
–¿Quién
lo dice?
–Un
contacto.
La
secretaria regresó al teléfono, para decir que Coal se pondría dentro de un
momento. No cuelgue. Gray sonrió. Le subía la adrenalina.
–Fletcher
Coal –se oyó finalmente por la línea.
–Oiga,
señor Coal, le habla Gray Grantham del Post. Estoy grabando la conversación.
¿Me comprende?
–Sí.
–¿Es
cierto que ha ordenado a todo el personal de la Casa Blanca, a excepción del
presidente, que obtengan su aprobación antes de hablar con la prensa?
–Completamente
falso. Esto es competencia del secretario de prensa.
–Comprendo.
Vamos a publicar un artículo por la mañana que, en resumen, confirma los hechos
descritos en el informe pelícano. ¿Está usted familiarizado con dicho informe?
–Sí
–respondió lentamente.
–Hemos
comprobado que el señor Mattiece aportó más de cuatro millones de dólares a la
campaña presidencial, hace tres años.
–Cuatro
millones doscientos mil dólares, por conductos perfectamente legales.
–También
creemos que la Casa Blanca intervino e intentó entorpecer la investigación del
FBI respecto al señor Mattiece, y nos gustaría oír su comentario.
–¿Es
esto algo que creen o que van a imprimir?.
–Intentamos
confirmarlo en estos momentos.
–¿Y
quién cree que se lo confirmará?
–Tenemos
nuestras fuentes, señor Coal.
–Qué
duda cabe. La Casa Blanca niega rotundamente todo contacto con dicha
investigación. El presidente expresó su deseo de ser informado del progreso de
la misma, después de la muerte de los jueces Rosenberg y Jensen, pero no ha
habido ninguna participación directa o indirecta por parte de la Casa Blanca en
ningún aspecto de la investigación. Le han informado mal.
–¿Considera
el presidente a Victor Mattiece como amigo?
–No.
Hablaron en una ocasión y, como ya le he dicho, el señor Mattiece ha aportado
una cantidad significativa, pero no es amigo del presidente.
–¿No
es cierto que la suya fue la mayor de todas las aportaciones?
–No
puedo confirmárselo.
–¿Algún
otro comentario?
–No.
Estoy seguro de que el secretario de prensa se ocupará de este asunto por la
mañana. Colgaron y Keen paró el magnetófono. Feldman estaba de pie y se frotaba
las manos.
–Daría
un año de mi sueldo por estar ahora en la Casa Blanca –dijo.
–Menuda
frialdad la suya, ¿no les parece? –exclamó Gray con admiración.
–Sí,
pero su frío trasero está ahora en una olla de agua hirviendo. CUARENTA Y DOS
Para
alguien acostumbrado a salirse con la suya y ver cómo los demás temblaban ante
su presencia, no le resultaba fácil acercarse humildemente, sombrero en mano,
en busca de clemencia. Fanfarroneaba con la mayor modestia de la que era capaz,
al cruzar la sala de redacción, acompañado de K. O. Lewis y dos agentes que les
seguían. Vestía su acostumbrada gabardina arrugada, con el cinturón ligeramente
sujeto alrededor del centro de su rechoncho cuerpo. No era un personaje
imponente, pero su manera de andar y comportarse delataban que estaba
acostumbrado a salirse con la suya. Con todos sus acompañantes de chaqueta
oscura, parecía un capo mafioso rodeado de guardaespaldas. Cundió el silencio
en la atareada redacción cuando cruzaron. Sin llegar a imponente, la presencia
de F. Denton Voyles era impresionante, con o sin humildad.
En
el pequeño pasillo frente al despacho de Feldman esperaban nerviosos los
redactores. Howard Krauthammer conocía a Voyles y le saludó a su llegada. Se
dieron la mano y hablaron en un susurro. Feldman hablaba por teléfono con el
señor Ludwig, el director del periódico, que estaba en China. Smith Keen se
unió a la conversación y estrechó las manos de Voyles y Lewis. Los dos agentes
guardaban una distancia prudencial.
Feldman
abrió la puerta, miró hacia la redacción y vio a Denton Voyles. Le invitó a
entrar en su despacho y
K.
O. Lewis le siguió. Intercambiaron cumplidos hasta que Smith Keen cerró la
puerta y se sentaron.
–Supongo
que tenéis confirmación irrefutable del informe pelícano –dijo Voyles.
–Efectivamente
–respondió Feldman–. ¿Por qué no leéis, tú y el señor Lewis, el borrador de
nuestro artículo? Creo que os aclarará las cosas. Se empezará a imprimir
aproximadamente dentro de una hora y el periodista, el señor Grantham, desea
brindarte la oportunidad de que hagas algún comentario.
–Muy
agradecido.
Feldman
cogió una copia del borrador y se la entregó a Voyles, que la recibió con
cautela. Lewis se le acercó y empezaron a leer inmediatamente.
–Os
dejaremos solos –dijo Feldman–. No hay ninguna prisa.
Él y
Keen salieron del despacho, cerraron la puerta y los agentes se acercaron.
Feldman
y Keen cruzaron la redacción, para dirigirse a la sala de conferencias. Dos
corpulentos guardias custodiaban la puerta. Gray y Darby estaban solos en la
estancia cuando entraron.
–Tiene
que llamar a White & Blazevich –dijo Feldman.
–Le
esperaba a usted.
Levantaron
sus supletorios. Krauthammer se había ausentado un momento y Keen le ofreció su
teléfono a
Darby.
Gray marcó el número.
–Con
Marty Velmano, por favor –dijo Gray–. Sí, soy Gray Grantham del Washington Post
y necesito hablar con él. Es muy urgente.
–Un
momento, por favor –respondió la secretaria.
Al
cabo de un instante, apareció otra secretaria en la línea.
–Despacho
del señor Velmano. Gray se identificó de nuevo y preguntó por su jefe.
–Está
reunido –respondió la secretaria.
–También
yo –dijo Gray–. Interrumpa la reunión, dígale quién soy y comuníquele que su
fotografía aparecerá en primera plana del Post, hoy a medianoche.
–Bien,
señor.
–Sí,
¿qué ocurre? –dijo Velmano, al cabo de unos segundos.
Gray
se identificó por tercera vez y explicó que grababa la conversación.
–Comprendo
–respondió Velmano.
–Publicaremos
un artículo por la mañana acerca de su cliente, Victor Mattiece, y su
participación en los asesinatos de los jueces Rosenberg y Jensen.
–¡Magnífico!
No saldrán de los juzgados en los próximos veinte años. Se mete usted en un
berenjenal, amigo. Acabaremos siendo propietarios del Post.
–Sí
señor. Le recuerdo que estoy grabando.
–¡Grabe
lo que se le antoje! Usted será uno de los demandados. ¡Será estupendo! ¡Victor
Mattiece será propietario del Washington Post! ¡Es fabuloso!
Gray
miró a Darby y movió la cabeza con incredulidad. Los redactores sonreían. La
conversación iba a ser muy divertida.
–Sí
señor. ¿Ha oído usted hablar del informe pelícano? Tenemos una copia del mismo.
Se
hizo un profundo silencio. A continuación se le oyó refunfuñar en la lejanía,
como si se tratara del último suspiro de un perro moribundo. Más silencio.
–Señor
Velmano. ¿Está usted ahí?
–Sí.
–También
tenemos una copia de una nota que usted le mandó a Sims Wakefield, con fecha
del veintiocho de setiembre, en la que usted sugiere que la situación de su
cliente mejorará enormemente si se elimina a Rosenberg y Jensen del Tribunal.
Una de nuestras fuentes asegura que dicha idea fue investigada por alguien
conocido como Einstein, que según tengo entendido está habitualmente en una
biblioteca del sexto piso.
Silencio.
–El
artículo está a punto de ir a imprenta –prosiguió Gray–, pero hemos querido
brindarle la oportunidad de hacer algún comentario. ¿Desea declarar algo, señor
Velmano?
–Me
duele la cabeza.
–Tomo
nota. ¿Algo más?
–¿Publicarán
la nota palabra por palabra?
–Sí.
–¿Publicarán
mi fotografía?
–Sí.
Es una foto antigua de una vista del Senado.
–Hijo
de puta.
–Gracias.
¿Algo más?
–Veo
que han esperado hasta las cinco. Una hora antes habríamos tenido la
oportunidad de acudir al juzgado y detener esa infamia.
–Sí
señor. Estaba previsto.
–Hijo
de puta.
–Muy
bien.
–¿No
le importa destrozar a la gente?
Su
voz, convertida casi en un lamento, se perdió en la lejanía. Qué cita tan
maravillosa. Gray había mencionado dos veces el magnetófono, pero estaba
demasiado trastornado para recordarlo.
–No
señor. ¿Algo más?
–Dígale
a Jackson Feldman que el pleito se iniciará a las nueve de la mañana, cuando se
abran las puertas del juzgado.
–Se
lo diré. ¿Niega haber escrito la nota?
–Por
supuesto.
–¿Niega
la existencia de dicha nota?
–Es
un invento.
–No
habrá pleito, señor Velmano, y creo que usted lo sabe. Silencio.
–Hijo
de puta.
Se
oyó un clic y la línea quedó interrumpida. Sonrieron con incredulidad.
–¿No
le gustaría ser periodista, Darby? –preguntó Smith Keen.
–Esto
es divertido –respondió Pero ayer estuve apunto de recibir dos palizas. No,
gracias.
–Yo
no utilizaría nada de todo eso –dijo Feldman señalando el magnetófono, después
de ponerse de pie.
–El
caso es que me ha gustado eso de destrozar a la gente. ¿Y qué me dice de sus
amenazas?
–No
lo necesita, Gray. El artículo ocupa ahora la totalidad de la primera plana.
Tal vez más adelante. Alguien llamó a la puerta. Era Krauthammer.
–Voyles
quiere verte –le dijo a Feldman.
–Que
venga aquí.
Gray
se puso inmediatamente de pie y Darby se dirigió a la ventana. El sol se
apagaba y las sombras se apoderaban del paisaje. El tráfico avanzaba
penosamente por la calle. No había rastro de Tocón y su banda de confederados,
pero estaban ahí, esperando sin dudó a que oscureciera, confabulándose para
intentar por última vez asesinarla, por precaución o por venganza. Gray dijo
que tenía un plan para salir del edificio sin tiroteos, cuando empezaran a
girar las rotativas. No había aclarado de qué se trataba.
Voyles
entró en compañía de K. O. Lewis. Feldman les presentó a Gray Grantham y a
Darby Shaw. Voyles se acercó a la chica con una sonrisa y la cabeza levantada.
–De
modo que usted es la que empezó todo este lío –dijo, en un tono que pretendía
ser admirativo. Darby no lo interpretó como tal y sintió un desprecio inmediato
por aquel individuo.
–Creo
que fue Mattiece quien lo empezó.
–¿Podemos
sentarnos? –preguntó Voyles en general, después de quitarse la gabardina.
Voyles,
Lewis, Feldman, Keen, Grantham y Krauthammer se instalaron alrededor de la
mesa. Darby se quedó junto a la ventana.
–Deseo
hacer algunos comentarios a nivel oficial –declaró Voyles, al tiempo que
recogía un papel que le entregaba Lewis y Gray se disponía a tomar notas–. En
primer lugar, recibimos una copia del informe pelícano hoy hace
dos semanas y
la entregamos a
la Casa Blanca
aquel mismo día.
Fue entregada por el propio subdirector, K. O. Lewis, al señor
Fletcher Coal, que la recibió junto a nuestro informe cotidiano a la Casa
Blanca. El agente especial Eric East estaba presente durante la reunión. A
nuestro parecer planteaba suficientes incógnitas para ser investigado, pero no
lo hicimos hasta seis días más tarde, cuando el señor Gavin Verheek, asesor
especial del director, fue hallado asesinado en Nueva Orleans. A partir de
aquel momento, el FBI inició inmediatamente una investigación a gran escala
sobre Victor Mattiece. Más de cuatrocientos agentes de veintisiete dependencias
han tomado parte en la investigación, con un total de más de once mil horas de
trabajo, durante las que se han interrogado a más de seiscientas personas y se
han visitado cinco países extranjeros. La investigación sigue a pleno ritmo en
estos momentos. Creemos que Victor Mattiece es el principal sospechoso de los
asesinatos de los jueces Rosenberg y Jensen, y en estos momentos intentamos
localizar su paradero.
Voyles
dobló el papel y se lo devolvió a Lewis.
–¿Qué
piensa hacer cuando encuentre a Mattiece? –preguntó Grantham.
–Detenerle.
–¿Tiene
una orden de detención contra él?
–Pronto
la tendremos.
–¿Tiene
alguna idea de su paradero?
–Francamente,
no. Hace una semana que le buscamos en vano.
–¿Se
ha entrometido la Casa Blanca en su investigación sobre Mattiece?
–Lo
comentaré extraoficialmente. ¿De acuerdo? Gray miró al director ejecutivo.
–De
acuerdo –respondió Feldman.
Voyles
miró sucesivamente a Feldman, Keen, Krauthammer y finalmente a Grantham.
–Ahora
hablamos extraoficialmente, ¿de acuerdo? No pueden utilizar esto bajo ninguna
circunstancia. ¿Lo comprendemos todos?
Asintieron
y le miraron atentamente. Darby también observaba. Voyles miró con suspicacia a
Lewis.
–Hace
doce días, en el despacho ovalado, el presidente de Estados Unidos me pidió que
ignorara a Victor
Mattiece
como sospechoso. En sus propias palabras, me pidió que le olvidara.
–¿Le
dio alguna razón para ello? –preguntó Grantham.
–La
evidente. Dijo que sería muy embarazoso y que perjudicaría gravemente sus
perspectivas para la reelección. No creía que el informe pelícano fuera digno
de crédito, pero si se investigaba llegaría a oídos de la prensa y él saldría
políticamente perjudicado.
Krauthammer
escuchaba con la boca abierta. Keen tenía la mirada fija en la mesa. Feldman no
se perdía palabra.
–¿Está
usted seguro? –preguntó Gray.
–Grabé
la conversación. Tengo una cinta, que no dejaré escuchar a nadie, a no ser que
el presidente antes lo niegue. Se hizo un prolongado silencio, mientras
admiraban a aquel pequeño cabrón y su magnetófono. ¡Una cinta!
–Acabas
de leer nuestro artículo –dijo Feldman, después de aclararse la garganta–. Hubo
un retraso por parte de FBI desde el momento en que recibió el informe hasta el
de iniciar la investigación. Esto debe explicarse en el artículo.
–He
hecho mi declaración, eso es todo.
–¿Quién
asesinó a Gavin Verheek? –preguntó Gray.
–No
hablaré de los detalles de la investigación.
–¿Pero
usted lo sabe?
–Tenemos
una idea. Pero no diré nada más.
Gray
miró a su alrededor. Era evidente que Voyles no tenía nada más que decir por
ahora y todo el mundo se relajó al mismo tiempo. Los redactores paladearon el
momento.
Voyles
se aflojó la corbata y casi sonrió.
–Esto
es extraoficial, por supuesto, ¿pero cómo se las arreglaron para descubrir lo
de Morgan, el abogado muerto?
–No
hablaré de los detalles de la investigación –respondió Gray, con una pícara
sonrisa. Todos se rieron.
–¿Y
ahora qué pensáis hacer? –preguntó Krauthammer.
–Habrá
un gran jurado mañana al mediodía. Se extenderán rápidamente autos de
procesamiento. Intentaremos encontrar a Mattiece, pero no será fácil. No
tenemos ni idea de su paradero. Ha pasado la mayor parte de los últimos cinco
años en las Bahamas, pero tiene domicilios en México, Panamá y Paraguay –
respondió Voyles, mientras miraba por segunda vez a Darby, que escuchaba
atentamente apoyada contra la pared, junto a la ventana–. ¿A qué hora sale de
la imprenta la primera edición? –preguntó.
–Imprimen
toda la noche, a partir de las diez y media –respondió Keen.
–¿En
qué edición saldrá este artículo?
–La
última de la ciudad, poco antes de la medianoche. Es la de mayor tirada.
–¿Aparecerá
la fotografía de Coal en primera plana?
Keen
miró a Krauthammer, quien a su vez miró a Feldman.
–Supongo
que sí. Te citaremos diciendo que el informe se entregó personalmente a
Fletcher Coal, y le citaremos a él diciendo que Mattiece le dio al presidente
cuatro coma dos millones. Sí, creo que el rostro del señor Coal debe aparecer
en primera plana, junto a los demás.
–Yo
también lo creo –agregó Voyles–. Si mando a alguien a medianoche, ¿podrá
recoger unos cuantos ejemplares?
–Por
supuesto –respondió Feldman–. ¿Por qué?
–Porque
quiero entregárselo personalmente a Coal. A medianoche quiero llamar a la
puerta de su casa, verle en pijama y mostrarle el periódico. Entonces quiero
decirle que volveré con la orden del gran jurado y poco después con el auto de
procesamiento. Y poco después con unas esposas.
Era
aterrador ver el placer con que se expresaba.
–Me
alegra comprobar que no es usted vengativo –dijo Gray. Sólo a Smith Keen le
hizo gracia.
–¿Crees
que se dictará auto de procesamiento contra él? –preguntó ingenuamente
Krauthammer.
–Hará
de cabeza de turco para el presidente –respondió Voyles, al tiempo que miraba
nuevamente a Darby–
. Se
ofrecería a aparecer ante un pelotón de ejecución para salvar a su jefe.
Feldman
consultó su reloj y se levantó de la mesa.
–¿Puedo
pediros un favor? –preguntó Voyles.
–Por
supuesto. ¿De qué se trata?
–Me
gustaría pasar unos minutos a solas con la señorita Shaw. En el supuesto, claro
está, de que a ella no le importe.
Todos
miraron a Darby, que manifestó su aprobación encogiéndose de hombros. Los
redactores y K. O. Lewis se levantaron simultáneamente y abandonaron la sala.
Darby cogió a Gray de la mano y le pidió que se quedará. Se sentaron frente a
Voyles.
–Deseaba
hablar en privado –dijo Voyles, mirando a Gray.
–Él
se queda –dijo Darby–. Lo que se diga es extraoficial.
–Muy
bien.
Darby
le tomó la delantera.
–Si
va a interrogarme, exijo que lo haga en presencia de un abogado. Voyles movía
la cabeza.
–En
absoluto. Sólo me preguntaba que haría usted a partir de ahora.
–¿Por
qué debería contárselo?
–Porque
nosotros podríamos ayudarla.
–¿Quién
asesinó a Gavin?
–Extraoficialmente
–titubeó Voyles.
–Extraoficialmente
–afirmó Gray.
–Les
diré quién creemos que le asesinó, pero antes dígame cuánto habló con él antes
de su muerte.
–Hablamos
varias veces durante el fin de semana. Habíamos decidido reunirnos el lunes
pasado y salir de
Nueva
Orleans.
–¿Cuándo
habló con él por última vez?
–El
domingo por la noche.
–¿Y
él dónde estaba?
–En
su habitación del Hilton.
Voyles
respiró hondo y levantó la mirada al techo.
–¿Y
usted habló con él de su encuentro previsto para el lunes?
–¿Le
había visto antes?
–No.
–El
hombre que le mató es el mismo con el que iba cogida de la mano cuando le
volaron la tapa de los sesos.
Darby
no se atrevía a formular la pregunta. Gray lo hizo en su lugar.
–¿Quién
era?
–El
gran Khamel.
Se
le agarrotó la garganta, se cubrió los ojos, e intentó hablar. Pero no pudo.
–Esto
es bastante confuso –dijo Gray, en honor a la razón.
–Sí,
bastante. El individuo que mató a Khamel es un profesional independiente
contratado por la CIA. Estaba presente cuando Callahan fue asesinado y creo que
estuvo en contacto con Darby.
–Rupert
–susurró Darby.
–Evidentemente,
éste no es su nombre verdadero, pero llamémosle Rupert. Probablemente tiene
unos veinte nombres. Si es quien yo supongo, es un británico digno de toda
confianza.
–¿Se
da usted cuenta de lo confuso que es todo esto? –preguntó Darby.
–Me
lo imagino.
–¿Qué
hacía Rupert en Nueva Orleans? ¿Por qué seguía a Darby? –preguntó Gray.
–Es
muy largo de contar y no conozco todos los detalles. Procuro mantenerme alejado
de la CIA, créanme. Ya tengo bastantes dolores de cabeza. Todo va relacionado
con Mattiece. Hace algunos años necesitó dinero para avanzar en su grandioso
proyecto, y vendió una participación al gobierno libio. No sé si la operación
fue legal, pero intervino la CIA. Evidentemente, observaban a Mattiece y a los
libios con un enorme interés, y cuando se inició el pleito, la CIA pasó a
inspeccionarlo. No creo que considerara a Mattiece sospechoso de los asesinatos
de los jueces, pero Bob Gminski recibió una copia de su pequeño informe, a las
pocas horas de que nosotros entregáramos un ejemplar del mismo a la Casa
Blanca. Fletcher Coal se lo dio. No
tengo ni idea a quién se lo mencionó Gmiski, pero la información llegó a quien
no debía haberla recibido, y al cabo de veinticuatro horas el señor Callahan
estaba muerto. Y usted, señorita, tuvo mucha suerte.
–¿Por
qué será que no me siento afortunada?
–Esto
no explica lo de Rupert –dijo Gray.
–Sí.
–No
lo sé con seguridad, pero sospecho que Gminski mandó inmediatamente a Rupert
para que siguiera a Darby. Creo que inicialmente el informe asustó a Gminski
más que a los demás. Probablemente le ordenó a Rupert que la siguiera, en parte
para vigilarla y en parte para protegerla. Entonces estalló el coche y de
pronto Mattiece acababa de ratificar la veracidad del informe. ¿Qué otra razón
podía haber para asesinar a Callahan y a Darby? Tengo buenas razones para creer
que, a las pocas horas de la explosión del coche, había docenas de agentes de
la CIA en Nueva Orleans.
–Pero,
¿por qué? –preguntó Gray.
–El
informe había sido legitimizado y Mattiece estaba matando gente. La mayor parte
de su negocio está en Nueva Orleans. Y creo que la CIA estaba muy preocupada
por Darby. Afortunadamente para ella. Intervinieron en el momento preciso.
–Si
la CIA fue capaz de movilizarse con tanta rapidez, ¿por qué no lo hicieron
ustedes? –preguntó Darby.
–Buena
pregunta. No le habíamos dado tanta importancia al informe, ni sabíamos la
mitad de lo que sabía la CIA. Le juro que me pareció un palo a ciegas y
teníamos ya una docena de sospechosos. Lo subestimamos. Así de simple. Además,
el presidente nos había pedido que no investigáramos, lo cual no resultó
difícil, porque nunca había oído hablar de Mattiece. No tenía por qué haberlo
hecho. Entonces mi amigo Gavin cayó asesinado y mandé la tropa.
–¿Por
qué le entregaría Coal el informe a Gminski? –preguntó Gray.
–Le
dio miedo. Y a decir verdad, ésa fue una de las razones para mandárselo. Pero
Gminski es Gminski, y a veces hace cosas sin demasiada consideración por los
pequeños obstáculos, por ejemplo la ley. Coal pretendía que se verificara el
informe, y calculó que Gminski lo haría con rapidez y discreción.
–De
modo que Gminski no habló sinceramente con Coal.
–Detesta
a Coal, lo cual es perfectamente comprensible. Gminski trató con el presidente
y no, no le habló con toda franqueza. Todo ocurrió con mucha rapidez. Recuerden
que Gminski, Coal, el presidente y yo vimos el informe por primera vez hoy hace
sólo dos semanas. Gminski probablemente iba a contarle parte de la historia al
presidente, pero no ha tenido oportunidad de hacerlo.
Darby
se levantó de la mesa, para dirigirse de nuevo a la ventana. Ahora había
oscurecido, pero el tráfico era todavía lento y denso. Era agradable que le
revelaran aquellos misterios, pero sólo servía para abrir otras incógnitas. Lo
único que deseaba era marcharse. Estaba cansada de huir y de que la
persiguieran, cansada de jugar a periodistas con Gray, cansada de preguntarse
quién hacía qué y por qué, cansada de comprar un cepillo de dientes cada tres
días. Sentía anhelo de una pequeña casa en una playa desierta, sin teléfonos ni
gente, especialmente de la que se oculta detrás de los vehículos y los
edificios. Quería pasar tres días en la cama sin pesadillas y sin duendes.
Había llegado el momento de marcharse.
Gray
la observaba atentamente.
–La
siguieron a Nueva York y luego la han seguido hasta aquí –le dijo a Voyles–.
¿De quién se trata?
–¿Están
seguros? –preguntó Voyles.
–Han
estado todo el día en la calle, vigilando este edificio –respondió Darby,
indicando la ventana.
–Les
hemos visto –agregó Gray–. Estaban ahí.
–¿Los
había visto antes? –preguntó Voyles con cierto escepticismo, dirigiéndose a
Darby.
–A
uno de ellos. Vi cómo vigilaba el funeral de Thomas en Nueva Orleans. Me
persiguió por el barrio francés. Casi me descubrió en Manhattan, y le he visto
hablando con otro individuo, hace unas cinco horas. Sé que es él.
–¿De
quién se trata? –preguntó nuevamente Gray.
–No
creo que la CIA la persiga.
–No
le quepa duda de que me persiguió.
–¿Pueden
verlos ahora?
–No.
Desaparecieron hace un par de horas. Pero estaban ahí.
Voyles
se levantó y estiró sus gruesos brazos. Rodeó lentamente la mesa, mientras
abría el envoltorio de un cigarro.
–¿Les
importa que fume?
–Sí,
me importa –respondió Darby sin mirarle, y Voyles dejó el cigarro sobre la
mesa.
–Podemos
ayudarla –dijo.
–No
quiero su ayuda –respondió, como si hablara con la ventana.
–¿Qué
es lo que quiere?
–Quiero
marcharme del país. Pero cuando lo hago, asegurarme de que nadie me sigue. Ni
ustedes ni ellos, ni Rupert, ni ninguno de sus amigos.
–Tendrá
que volver para declarar ante el gran jurado.
–Sólo
si logran encontrarme. Voy a ir a un lugar donde no simpatizan con las órdenes
judiciales.
–¿Qué
me dice del juicio? Su presencia será necesaria entonces.
–Para
eso tiene que transcurrir por lo menos un año. Me lo pensaré.
Voyles
se llevó el cigarro a la boca, pero sin encenderlo. Caminaba y pensaba mejor
con un cigarro entre los dientes.
–Le
haré un trato.
–No
estoy de humor para tratos –respondió, apoyada ahora contra la pared, sin dejar
de mirar alternativamente a ambos hombres.
–Es
un buen trato. Tengo aviones, helicópteros y un montón de hombres armados que
no les tienen ningún miedo a esos muchachos que juegan al escondite. En primer
lugar, la sacaremos del edificio sin que nadie lo sepa. En segundo lugar, la
instalaremos en mi avión para que la lleve donde usted quiera. En tercer lugar,
puede
desaparecer
a partir de allí. Le doy mi palabra de que no la seguiremos. Pero, en cuarto
lugar, me permitirá que me ponga en contacto con usted a través del señor
Grantham aquí presente, en caso de extrema necesidad.
Miraba
a Gray mientras se le hacía la oferta, y era evidente que a él le gustaba. No
cambió la expresión de su rostro pero, maldita sea, parecía una buena oferta.
Si hubiera confiado en Gavin después de la primera llamada telefónica, hoy
seguiría vivo y ella nunca habría ido cogida de la mano de Khamel. Si se
hubiera limitado a abandonar Nueva Orleans con él cuando se lo sugirió, no le
habrían asesinado. Había pensado en ello cada cinco minutos durante los siete
últimos días.
Aquello
era superior a sus fuerzas. Llega un momento en el que una persona se da por
vencida y empieza a confiar en los
demás. Aquel hombre
no le gustaba,
pero durante los
diez últimos minutos
había sido enormemente sincero
con ella.
–¿Es
su avión y sus pilotos?
–Sí.
–¿Dónde
está?
–En
la base aérea de Andrews.
–Hagámoslo
de la forma siguiente. Subo al avión y despega con dirección a Denver. Sin que
haya nadie a bordo, a excepción de Gray, yo y los pilotos. Y media hora después
de despegar, les digo a los pilotos que me lleven, por ejemplo, a Chicago. ¿Es
factible?
–El
piloto debe entregar un plan de vuelo antes de despegar.
–Lo
sé. Pero usted es el director del FBI y tiene numerosos medios a su
disposición.
–De
acuerdo. ¿Qué hará cuando llegue a Chicago?
–Me
apearé del avión sola y el aparato regresará a Andrews con Gray.
–¿Y
qué piensa hacer en Chicago?
–Perderme
en un ajetreado aeropuerto y coger el primer avión.
–Puede
hacerse, pero le he dado mi palabra de que no la seguiremos.
–Lo
sé. Disculpe mi cautela.
–Trato
hecho. ¿Cuándo quiere marcharse?
–¿Cuándo?
–repitió Darby, mirando a Gray.
–Tardaré
una hora en revisarlo de nuevo y agregar los comentarios del señor Voyles.
–Dentro
de una hora –dijo Darby.
–Esperaré.
–¿Le
importaría dejarnos un momento a solas? –le preguntó Darby a Voyles, al tiempo
que señalaba a Gray con la cabeza.
–Por
supuesto –respondió de camino ya hacia la puerta, con la gabardina en la mano–.
Es usted una mujer extraordinaria, señorita Shaw –sonrió desde el umbral–. Su
cerebro y su valentía han provocado la caída de uno de los hombres más
siniestros de este país. La admiro. Y le prometo que siempre seré sincero con
usted.
Introdujo
el cigarro en medio de su rechoncha sonrisa y abandonó la estancia.
–¿Crees
que estaré a salvo? –preguntó Darby, después de ver como se cerraba la puerta.
–Sí.
Creo que es sincero. Además, dispone de hombres armados que pueden sacarte de
aquí. Puedes estar tranquila, Darby.
–¿Vendrás
conmigo, verdad?
–Desde
luego.
Se
le acercó y le rodeó la cintura con sus brazos. Gray la abrazó y cerró los
ojos.
A
las siete, los redactores se reunieron alrededor de la mesa, por última vez el
martes por la noche. Leyeron rápidamente la sección que Gray había agregado,
que incluía los comentarios de Voyles. Feldman llegó tarde, con una enorme
sonrisa en los labios.
–Les
parecerá increíble –declaró–. Acabo de recibir dos llamadas telefónicas. Ludwig
ha llamado desde China. El presidente le ha localizado y le ha suplicado que
postergue la publicación del artículo veinticuatro horas. Ludwig dice que al
presidente estaban a punto de saltarle las lágrimas. Como corresponde a un
caballero, le ha escuchado con atención y se ha negado respetuosamente. La
segunda llamada ha sido del juez Roland, un viejo amigo mío. Al parecer los
muchachos de White & Blazevich le han obligado a levantarse de la mesa
cuando
estaba cenando para solicitar la presentación de un interdicto esta misma
noche, seguido de una vista inmediata. El juez Roland les ha escuchado de mala
gana y ha denegado sin contemplaciones su solicitud.
–¡Publiquémoslo!
–exclamó Krauthammer. CUARENTA Y TRES
El
despegue fue suave y el reactor emprendió rumbo oeste, supuestamente hacia
Denver. El avión era adecuado pero sin lujos, lo cual era comprensible teniendo
en cuenta que era propiedad de los contribuyentes y a su usufructuario no le
importaban en absoluto los refinamientos. Cuando Gray abrió los armarios, descubrió que el buen whisky
brillaba por su ausencia. Voyles era abstemio y, en aquel momento, Gray se
sintió molesto por el hecho de ser un invitado y de estar muerto de sed.
Encontró dos Sprites semifríos en la nevera y le ofreció uno a Darby, quien
abrió inmediatamente la lata.
El
reactor parecía volar horizontal cuando apareció el copiloto en la puerta de la
cabina y se presentó con muy buenos modales.
–Se
nos ha dicho que se nos comunicaría un nuevo punto de destino, poco después de
despegar.
–Es
cierto –respondió Darby.
–Pues...
Necesitaremos saber algo dentro de unos diez minutos.
–De
acuerdo.
–¿Hay
algo de alcohol en este cacharro? –preguntó Gray.
–Lo
siento –sonrió el copiloto, antes de regresar a la cabina de vuelo.
Darby
y sus largas piernas ocupaban la mayor parte del sofá, pero Gray estaba
decidido a sentarse junto a ella. Le levantó los pies y se acomodó en el
extremo del sofá. Estaban ahora sobre sus rodillas. Con sus uñas rojas. Le
frotó los tobillos y pensó sólo en aquel primer gran acontecimiento:
acariciarle los pies. Era muy emocionante para él, pero ella parecía
imperturbable. En sus labios se dibujó una pequeña sonrisa, empezaba a
relajarse. Había terminado.
–¿Tenías
miedo? –preguntó Gray.
–Sí.
¿Y tú?
–También,
pero me sentía seguro. Es difícil sentirse vulnerable, cuando te rodean seis
individuos armados que te protegen con sus cuerpos. Y es fácil no mirar a tu
espalda, cuando viajas en una furgoneta sin ventanas.
–¿No
crees que Voyles estaba encantado?
–Parecía
Napoleón, haciendo planes y dirigiendo la tropa. Es un gran momento para él.
Recibirá un golpe por la mañana, pero se recuperará. La única persona que puede
obligarle a dimitir es el propio presidente y yo diría que, en estos momentos,
Voyles lo controla.
–Y
los asesinatos están resueltos. Eso debe satisfacerle.
–Creo
que hemos prolongado en una década su carrera. ¡Qué hemos hecho!
–Parece
simpático –dijo Darby–. Al principio no me gustaba, pero de algún modo resulta
más agradable cuando se le va conociendo. Y es humanitario. Cuando mencionó a
Verheek, vi que se le humedecían los ojos.
–Un
verdadero encanto. Estoy seguro de que Fletcher Coal se alegrará de ver a ese
amable pequeño caballero dentro de unas horas.
Los
pies de Darby eran largos y delgados. A decir verdad, perfectos. Gray le
acarició los tobillos y se sintió como un adolescente, que se atreve a subir
más arriba de la rodilla en su segunda cita. Estaban pálidos, necesitaban tomar
el sol, y sabía que dentro de unos días estarían morenos y con arena
permanentemente entre los dedos. No le había invitado a visitarla más adelante
y eso le preocupaba. No tenía ni idea de su destino, y eso no era intencional.
Tampoco estaba seguro de que ella lo supiera.
A
Darby, el juego de pies le recordaba a Thomas. Solía emborracharse y embadurnar
sus uñas con esmalte rojo. Con el zumbido del reactor y su suave traqueteo, de
pronto se sintió muy alejada de él. Hacía dos semanas que había fallecido, pero
parecía haber transcurrido mucho más tiempo. Habían ocurrido tantas cosas. Así
era preferible. Si estuviera en Tulane, caminando frente a su despacho, viendo
su aula, hablando con los demás profesores, contemplando su casa desde la
calle, sería terriblemente doloroso. Los pequeños recuerdos son agradables a la
larga, pero durante el período de luto son un estorbo. Ahora se había
convertido en otra persona, con otra vida en otro lugar.
Y
otro hombre le acariciaba los pies. Al principio era un imbécil, soberbio y
corrosivo, como un típico periodista. Pero no había tardado en descongelarse y,
bajo su coraza, descubría a un hombre cálido que evidentemente sentía mucho
afecto por ella.
–Mañana
es un gran día para ti –dijo Darby.
Gray
tomó un trago de Sprite. Habría pagado cualquier cosa por una cerveza helada de
importación, en una botella verde.
–Un
gran día –repitió Gray, mientras admiraba los dedos de los pies de su
compañera.
Sería
más que un gran día, pero se sentía obligado a no darle importancia. Ahora era
a ella a quien dirigía toda su atención y no al caos del día siguiente.
–¿Qué
ocurrirá? –preguntó Darby.
–Probablemente
regresaré a la redacción y esperaré a que estalle la bomba. Smith Keen ha dicho
que pasaría allí la noche. Mucha gente vendrá temprano. Nos reuniremos en la
sala de conferencias y traerán más aparatos de televisión. Pasaremos la ñapa
viendo cómo se divulga la noticia. Será muy divertido ver la reacción oficial
de la Casa Blanca. White & Blazevich también hará alguna declaración. Quién
sabe si Mattiece reaccionará. El presidente Runyan tendrá algo que decir.
Voyles estará en la candilejas. Los abogados reunirán un gran jurado. Y los
políicos andarán como locos. Durante todo el día celebrarán conferencias de
prensa en el Capitolio. Las noticias de hoy serán bastante significativas.
Siento que te las pierdas.
–¿De
qué tratará tu próximo artículo? –preguntó Darby, con una risita sarcástica.
–Probablemente
de Voyles y su cinta. Cabe anticipar que la Casa Blanca negará toda intromisión
en el caso y, si el asunto se pone demasiado feo para el gusto de Voyles,
atacará con virulencia. Me encantaría tener su cinta.
–¿Y
luego?
–Depende
de muchas incógnitas. Después de las seis de la mañana, la competencia es mucho
más fuerte. Habrá un millar de rumores y un sinfín de historias, pero todos los
periódicos del país tocarán el tema.
–Pero
tú serás la estrella –dijo, no con sarcasmo, sino admiración.
–Sí,
tendré mis quince minutos.
El
copiloto asomó la cabeza por la puerta y miró a Darby.
–Atlanta
–dijo, antes de que el copiloto volviera a retirarse.
–¿Por
qué Atlanta? –preguntó Gray.
–¿Has
hecho algún transbordo en Atlanta?
–Creo
que sí.
–Entonces
no tengo nada más que decir. Es un aeropuerto enorme y muy ajetreado. Gray
vació la lata y la dejó en el suelo.
–¿Y
luego dónde?
Sabía
que no debía preguntárselo, puesto que ella no se lo había dicho por iniciativa
propia. Pero deseaba saberlo.
–Cogeré
un vuelo rápido a algún lugar. Pondré en práctica mi acostumbrado truco de
cuatro aeropuertos en una noche. Probablemente no sea necesario, pero me
sentiré más segura. Y por último acabaré en algún lugar del Caribe.
Algún
lugar del Caribe. Esto lo limitaba a un millar de islas. ¿Por qué era tan
imprecisa? ¿No confiaba en él? Estaba ahí, acariciándole los pies, y no estaba
dispuesta a revelarle su destino.
–¿Qué
le digo a Voyles? –preguntó Gray.
–Te
llamaré cuando llegue. O puede que te escriba.
¡Estupendo!
Podrían ser amigos por correspondencia. Él podría mandarle sus artículos y ella
le mandaría postales de la playa.
–¿Te
ocultarás de mí? –preguntó, mirándola a los ojos.
–No
sé cuál será mi destino, Gray. Lo sabré cuando llegue.
–¿Pero
me llamarás?
–Tarde
o temprano, sí. Te lo prometo.
A
las once de la noche sólo quedaban cinco abogados en las oficinas de White
& Blazevich, reunidos en el despacho de Marty Velmano, en el décimo piso.
Eran el propio Velmano, Sims Wakefield, Jarreld Schwabe, Nathaniel (Einstein)
Jones, y un socio retirado, llamado Frank Cortz. Sobre el escritorio de Velmano
había dos botellas de whisky
escocés. Una estaba
vacía y la
otra casi. Einstein
estaba sentado solo,
en un rincón, farfullando para sus adentros. Tenía
una cabellera rizada y despeinada, llena de canas, la nariz puntiaguda y
parecía
estar realmente loco. Especialmente ahora. Sims Wakefield y Jarreld Schwabe
estaban sentados frente al escritorio, sin corbata, y con las mangas
arremangadas.
Cortz
acabó de hablar por teléfono con un ayudante de Víctor Mattiece, le entregó el
auricular a Velmano y éste lo dejó sobre la mesa.
–Acabo
de hablar con Strider –dijo Cortz–. Están en El Cairo, hospedados en algún
hotel. Mattiece no desea hablar con nosotros. Strider dice que se ha trastocado
y actúa de un modo muy peculiar. Se ha encerrado en una habitación y, por
supuesto, no tiene intención alguna de viajar a este lado del océano. Strider
dice que les han ordenado a sus pistoleros que abandonen inmediatamente la
ciudad. La persecución ha terminado. La orquesta ha empezado a sonar.
–¿Entonces,
qué se supone que debemos hacer? –preguntó Wakefield.
–Estamos
solos –respondió Cortz–; Mattiece se ha desentendido de nosotros.
Hablaban
con lentitud y precisión. Las voces habían terminado hacía unas horas.
Wakefield había culpado a Velmano de la nota. Velmano culpaba a Cortz por haber
traído al bufete a un cliente tan corrupto como Mattiece. Esto había ocurrido
hacía doce años, respondía a voces Cortz, y desde entonces se habían
aprovechado de sus dilatadas minutas. Schwabe culpaba a Velmano y Wakefield,
por ser tan descuidados con la nota. Se ensañaron contra Morgan una y mil
veces. Había sido él. Einstein les observaba desde su rincón. Pero ahora todo
había concluido.
–Grantham
sólo nos a mencionado a mí y a Sims –dijo Velmano–. Puede que lo demás no
corráis ningún peligro.
–¿Por
qué tú y Sims o abandonáis el país? –sugirió Schwabe.
–Yo
estaré en Nueva York a las seis de la madrugada –respondió Velmano–. Y de allí
a Europa, para pasar un mes viajando en tren.
–Yo
no puedo huir –decía Wakefield–. Tengo mujer y seis hijos.
Hacía
horas que se quejaba de sus seis hijos. Como si los demás no tuvieran también
una familia. Velmano estaba divorciado y sus dos hijos eran mayores. Sabrían
defenderse.
Tenía
mucho dinero escondido y le encantaba Europa, particularmente España, y por
tanto para él aquello era un adiós.
En
cierto modo sentía compasión por Wakefield, que tenía sólo cuarenta y dos años
y su fortuna era escasa. Ganaba mucho, pero tenía una esposa derrochadora con
debilidad por los niños. Wakefield estaba ahora trastornado.
–No
sé qué haré –decía Wakefield por duodécima vez. Simplemente no lo sé. Schwabe
intentaba ayudarle.
–Creo
que deberías ir a tu casa y contárselo a tu mujer.
Yo
no tengo esposa, pero si la tuviera procuraría prepararla para el golpe.
–No
puedo hacerlo –se lamentaba Wakefield.
–Claro
que puedes. Puedes contárselo ahora, o esperar seis horas a que vea tu
fotografía en primera plana. Debes ir a contárselo, Sims.
–No
puedo hacerlo –respondió, una vez más, casi llorando. Schwabe miró a Velmano y
a Cortz.
–¿Y
mis hijos? –exclamó otra vez–. El mayor tiene trece años –agregó, al tiempo que
se frotaba los ojos.
–Vamos,
Sims, contrólate –dijo Cortz. Einstein se puso de pie y se dirigió a la puerta.
–Estaré
en mi casa de Florida. No me llaméis si no es urgente –dijo antes de salir y
dar un portazo a su espalda. Wakefield se levantó lentamente y empezó a
dirigirse a la puerta.
–¿Dónde
vas, Sims? –preguntó Schwabe.
–A
mi despacho.
–¿Para
qué?
–Quiero
descansar un poco. Estoy bien.
–Deja
que te lleve a casa –dijo Schwabe.
Todos
le observaron atentamente mientras abría la puerta.
–Estoy
bien –repitió, con la voz un poco más fuerte, antes de salir y cerrar la
puerta.
–¿Crees
que está bien? –le preguntó Schwabe a Velmano–. Me preocupa.
–Yo
no diría que estuviera bien –respondió Velmano–.
Todos
hemos tenido días mejores. ¿Por qué no vas a verle dentro de unos minutos?
Wakefield
avanzó decididamente hacia la escalera y descendió al noveno piso. Aceleró al
acercarse a su despacho. Estaba llorando cuando cerró la puerta con llave a su
espalda.
¡Hazlo
rápido! Olvídate de la nota. Si empiezas a escribir, te convencerás a ti mismo
de no hacerlo. Tienes un seguro de vida por un millón de dólares. Abrió un
cajón de su escritorio. No pienses en los hijos. Sería igual que morir en un
accidente de aviación. Sacó una arma corta calibre treinta y ocho de debajo de
un sumario.
¡Hazlo
rápido! No mires las fotografías de la pared.
Puede
que algún día lo comprendan. Introdujo el cañón en la boca y apretó el gatillo.
La
limusina paró de pronto frente a una casa de dos plantas en Dumbarton Oaks, en
la zona alta de Georgetown. Estaba en medio de la calle, pero eso no importaba,
porque eran las doce y veinte de la madrugada y no había tráfico. Voyles y dos
agentes se apearon del vehículo y se dirigieron apresuradamente a la puerta
principal de la casa. Voyles llevaba un periódico en la mano. Golpeó la puerta
con el puño.
Coal
no dormía. Estaba sentado en su estudio, a oscuras, con pijama y albornoz, y
Voyles se alegró de verle cuando abrió la puerta.
–Bonito
pijama –exclamó Voyles, admirando su pantalón. Coal salió al pequeño recibidor,
mientras los agentes vigilaban desde la acera.
–¿Qué
diablos desea? –preguntó lentamente.
–Sólo
he venido para traerle esto –respondió Voyles, al tiempo que levantaba el
periódico ante sus narices–. Hay una bonita foto suya, junto a la del
presidente abrazado a Mattiece. Sé lo mucho que le gustan los periódicos y he
querido traérselo personalmente.
–Mañana
será su fotografía la que aparecerá –dijo Coal, como si ya hubiera escrito el
artículo. Voyles arrojó el periódico a sus pies y empezó a retirarse.
–Tengo
unas cintas, Coal. Si empieza a mentir, le bajaré los pantalones en público.
Coal le miró fijamente, pero sin decir palabra.
–Volveré
dentro de dos días con una orden del gran jurado –agregó Voyles, casi desde la
calle–. Vendré a eso de las dos de la madrugada, para entregársela
personalmente –exclamó desde el coche–. Luego volveré con el auto de
procesamiento. Claro que para entonces ya formará parte de la historía, y el
presidente tendrá un nuevo puñado de imbéciles que le digan lo que debe hacer.
Subió
a su limusina y se alejó a toda velocidad. Coal cogió el periódico y entró en
su casa.
CUARENTA
Y CUATRO
Gray
y Smith Keen estaban solos en la sala de conferencias, leyendo el artículo
impreso. Hacía muchos años que había dejado de emocionarle ver sus trabajos en
primera plana, pero éste era distinto. No había habido otro más sensacional.
Los rostros estaban alineados en la parte superior: Mattiece abrazado al
presidente, Coal ostentosamente al teléfono en una fotografía oficial de la
Casa Blanca, Velmano ante una subcomisión del Senado, Wakefield extraído de una
foto de una convención de abogados, Verheek sonriente ante la cámara en una
fotografía facilitada por el FBI, Callahan sacado del anuario de la universidad
y Morgan en una fotografía obtenida del vídeo. La señora Morgan había otorgado
su consentimiento. Paypur, el corresponsal de noche de asuntos policíacos,
hacía una hora que les había comunicado lo de Wakefield. A Gray le deprimía lo
sucedido, pero no se responsabilizaba de ello.
Los
demás empezaron a llegar a las tres de la madrugada. Krauthammer trajo una
docena de buñuelos y se comió inmediatamente cuatro, mientras admiraba la
primera plana. Ernie DeBasio estaba junto a él. Dijo que no había pegado ojo.
Feldman llegó alegre y animado. A las cuatro y media la sala estaba llena y
había cuatro televisores en funcionamiento. La CNN fue la primera en dar la
noticia y, a los pocos minutos, las cadenas nacionales transmitían en directo
desde la Casa Blanca, que en aquel momento no tenía nada que decir, pero Zikman
haría una declaración a las siete.
A
excepción de la muerte de Wakefield, de momento no había nada nuevo. Las
cadenas de televisión alternaban sus transmisiones entre la Casa Blanca, el
Tribunal Supremo y sus estudios. Esperaban en el edificio Hoover, que de
momento estaba muy tranquilo. Transmitían fotografías del periódico. No
lograban encontrar a Velmano. Especulaban acerca de Mattiece. La CNN transmitió
en directo desde la casa de los Morgan en Alexandria, pero el suegro de Morgan
ordenó a los cámaras que abandonaran su propiedad. La NBC tenía a un periodista
frente al edificio donde estaban situadas las oficinas de White &
Blazevich, pero no había descubierto
nada
nuevo. Y a pesar de que no se mencionaba su nombre en el artículo, la identidad
de la autora del informe no era un secreto para nadie. Se especulaba mucho
acerca de Darby Shaw.
A
las siete la sala estaba abarrotada y silenciosa. La imagen en las cuatro
pantallas era idéntica, cuando Zikman se acercó con nerviosismo al estrado, en
la sala de prensa de la Casa Blanca. Estaba cansado y macilento. Leyó un breve
comunicado, en el que la Casa Blanca admitía haber recibido fondos para la
campaña electoral de diversas fuentes controladas por Victor Mattiece, pero
negaba categóricamente que el dinero fuera sucio. El presidente había hablado
con el señor Mattiece una sola vez en su vida, cuando ocupaba la
vicepresidencia. No había hablado con él desde su elección a la presidencia, ni
le consideraba amigo suyo, a pesar de sus aportaciones económicas. Se habían
recibido más de cincuenta millones para la campaña, de los que el presidente no
había administrado un solo centavo. Disponía de una junta que se ocupaba de
ello. Ningún miembro de la Casa Blanca había intentado entorpecer la
investigación de Victor Mattiece como sospechoso y cualquier alegación a dicho
efecto era completamente falsa. A juzgar por su limitado conocimiento del caso,
el señor Mattiece había dejado de residir en Estados Unidos. El presidente
deseaba que se llevara a cabo una investigación a fondo, en cuanto a las
alegaciones publicadas en el artículo del Post y si el señor Mattiece había
perpetrado aquellos repugnantes crímenes, debía responder de ellos ante los
tribunales. Eso fue todo por el momento. Más adelante se celebraría una
conferencia de prensa. Zikman abandonó apresuradamente el estrado.
Fue
una actuación pobre, por parte de un secretario de prensa trastornado, y Gray
se sentía aliviado. De pronto sintió claustrofobia y decidió salir la calle. En
la puerta se encontró con Smith Keen.
–Vamos
a desayunar –susurró.
–Claro.
–También
he de pasar por mi casa, si no le importa. Hace cuatro días que no voy por
allí.
Llamaron
un taxi en la calle Quince y paladearon el aire fresco otoñal que entraba por
las ventanas abiertas.
–¿Dónde
está la chica? –preguntó Keen.
–No
tengo ni idea. La vi por última vez en Atlanta, hace aproximadamente nueve
horas. Dijo que se dirigía al Caribe.
–Supongo
que querrá tomarse unas largas vacaciones, –sonrió Keen.
–¿Cómo
lo sabe?
–Hay
mucho que hacer, Gray. Ahora estamos en plena explosión y pronto empezarán a
caer residuos. Usted es el hombre del momento, debe seguir presionando. Ha de
recoger las piezas sueltas.
–Conozco
mi trabajo, Smith.
–Sí,
pero tiene una mirada lejana en los ojos. Me preocupa.
–Usted
es redactor. Le pagan para que se preocupe. Pararon en el cruce de la avenida
de Pennsylvania. Ante ellos se levantaba el majestuoso edificio de la Casa
Blanca.
Era
casi noviembre y el viento arrastraba las hojas secas por el césped. CUARENTA Y
CINCO
Después
de ocho días al sol, tenía la piel bastante morena y su cabello empezaba a
recuperar su color natural. Tal vez no lo había estropeado. Caminaba varios
kilómetros por la playa y se alimentaba exclusivamente de pescado asado y fruta
fresca de la isla. Durmió muchísimo los primeros días, pero pronto se hartó de
hacerlo.
Había
pasado la primera noche en San Juan, donde encontró a un agente de viajes que
se consideraba experto en las Islas Vírgenes. Se instaló en la pequeña
habitación de una pensión del centro de Charlotte Amalie, en la isla de Santo
Thomé. Durante por lo menos un par de días, a Darby le apetecía un lugar
abigarrado, con mucho tráfico y lleno de callejuelas. Charlotte Amalie era el
lugar perfecto. La pensión estaba en la ladera de una colina, a cuatro manzanas
del puerto, y su pequeña habitación se encontraba en el tercer piso. No tenía
persianas ni cortinas que cubrieran los cristales rotos de la ventana y el sol
la despertó el primer día, un despertar sensual que la obligó a acercarse a la
ventana y contemplar la majestuosa vista del puerto. Era asombroso. Una docena
de cruceros de tamaños varios descansaba cómodamente sobre sus relucientes
aguas. Caprichosamente ordenada, su formación se extendía casi hasta el
horizonte. En primer plano, cerca del muelle, había un centenar de veleros que
parecían mantener alejados a los voluminosos buques turísticos. El agua en la
que reposaban los yates era clara, de un azul suave, y su superficie lisa como
la de un cristal. Abrazaba con ternura la ajetreada isla, para adquirir un tono
azul intenso, que se convertía luego en violeta al llegar al horizonte. Una
hilera perfecta de cúmulos marcaba la línea de encuentro entre el cielo y el
agua.
Su
reloj estaba en el bolso y no se proponía usarlo durante por lo menos seis
meses. Pero a pesar de todo se miró la muñeca. La ventana se abrió con un
crujido y los ruidos de la zona comercial retumbaban por las calles. El calor
penetraba en la habitación como en una sauna.
Pasó
la primera mañana en la isla junto a la pequeña ventana, viendo cómo el puerto
cobraba vida. No tenía ninguna prisa. Despertaba con suavidad, con los grandes
buques avanzando lentamente sobre las aguas y las voces lejanas de las
cubiertas de los veleros. La primera persona a la que vio aparecer en uno de
los yates se lanzó al agua para tomar un baño matutino.
Le
sería fácil acostumbrarse a aquel estilo de vida. Su habitación era pequeña,
pero limpia. No tenía aire acondicionado, pero el ventilador funcionaba
perfectamente y no era desagradable. Casi siempre había agua. Decidió quedarse
un par de días, tal vez una semana. El edificio era uno de los muchos
construidos, unos junto a otros, a lo largo de las calles que rodeaban el
puerto. De momento le tranquilizaba la seguridad de la gente y las calles. Con
sólo andar un poco, podía encontrar todo lo que necesitara. Santo Thomé era un
conocido centro comercial y le encantaba la idea de comprar ropa que pudiera
conservar.
Había
habitaciones más lujosas, pero aquella era adecuada por el momento. Al salir de
San Juan, se había prometido a sí misma dejar de mirar por encima del hombro.
Había
visto el periódico en Miami y el frenesí por televisión en el aeropuerto, y
sabía que Mattiece había desaparecido. Si todavía la acechaban, debía ser por
pura venganza. Y si lograban encontrarla después de su zigzagueante viaje, es
que no eran seres humanos y nunca se desprendería de ellos.
Habían
desaparecido, estaba convencida de ello. Pasó dos días cerca de su pequeña
habitación, sin alejarse demasiado.
El
centro comercial estaba a cuatro pasos. Cubría una zona de cuatro manzanas de
longitud, por dos de anchura, con un laberinto de centenares de pequeñas e
inusuales tiendas, donde se vendía de todo. Las aceras y los callejones estaban
llenos de norteamericanos, que viajaban en los grandes buques. Ella no era más
que una de tantos turistas, con su ancho sombrero de paja y pantalón corto
estampado.
Compró
su primera novela desde hacía un año y medio, y la leyó en dos días tumbada en
su pequeña cama, acariciada por la suave brisa del ventilador del techo. Se
prometió no volver a leer un libro de leyes hasta que cumpliera los cincuenta
años. Por lo menos una vez por hora, se acercaba a la ventana para contemplar
el puerto. En una ocasión contó veinte cruceros a la espera de atracar.
La
habitación surtió su propósito. Pasó tiempo con Thomas, lloró, y decidió que
aquella sería la última vez. Quería dejar la culpa y el dolor en aquel diminuto
rincón de Charlotte Amalie, para emerger con los buenos recuerdos y una
conciencia tranquila. No era tan difícil como suponía y al tercer día dejó de
llorar. Sólo en una ocasión había arrojado el libro al suelo.
Por
la mañana del cuarto día empaquetó sus nuevas maletas y se embarcó en el
transbordador a Cruz Bay, a veinte minutos en la isla de Saint John. Cogió un
taxi a lo largo de North Shore Road. Las ventanas estaban abiertas y el viento
acariciaba el asiento posterior. La música era una mezcla rítmica de blues y
reggae. El taxista acompañaba a la orquesta con la voz y unos golpecitos en el
volante. Ella llevaba el ritmo con el pie y se dejaba acariciar por la brisa
con los ojos cerrados. Era embriagador.
Abandonaron
la carretera al llegar a Maho Bay y avanzaron lentamente hacia el mar. Darby
había elegido aquel lugar, entre un centenar de islas, porque no era turístico.
En aquella bahía sólo se había permitido construir un puñado de cabañas y
chalets. El chofer paró en un pequeño camino arbolado y Darby le pagó.
La
casa estaba casi en el punto donde la montaña se encontraba con el mar. La
arquitectura era típicamente caribeña, con paredes de madera blanca y tejado de
tejas rojas, construida en la pendiente para que tuviera mejor vista. Bajó por
un pequeño sendero desde el camino y subió unos peldaños hasta la casa. Era un
edificio de una sola planta, con dos habitaciones y una terraza frente al mar.
Costaba dos mil semanales y la había alquilado por un mes.
Dejó
su equipaje en el vestíbulo y se dirigió a la terraza. La playa empezaba diez
metros a sus pies. Las olas rodaban silenciosamente hacia la orilla. Dos
veleros permanecían inmóviles en la bahía, rodeada de montañas. Un bote de goma
lleno de niños que chapoteaban vagaba sin rumbo fijo entre las embarcaciones.
La
vivienda más cercana estaba a lo largo de la playa. Apenas veía su tejado entre
los árboles. Unos pocos cuerpos descansaban en la arena. Se puso rápidamente un
diminuto biquini y se dirigió al agua.
Había
casi oscurecido cuando el taxi paró finalmente junto al sendero. Se apeó, pagó
al taxista, y contempló las luces mientras el vehículo se alejaba hasta
desaparecer. Con su única bolsa, bajó por el sendero hacia la casa, que estaba
abierta. Las luces estaban encendidas. La encontró en la terraza, con un
refresco en la mano y morena como una indígena.
Ella
le esperaba y eso era muy importante. No deseaba que le tratara como a un
invitado. Le sonrió inmediatamente y dejó el vaso sobre la mesa.
Se
besaron en la entrada durante un largo minuto.
–Has
llegado tarde –dijo Darby, sin dejar de abrazarle.
–No
ha sido fácil encontrar el lugar –respondió Gray, al tiempo que le acariciaba
la espalda, desnuda hasta la cintura.
Una
larga falda le cubría las piernas casi por completo. Las vería más tarde.
–¿No
te parece hermoso? –preguntó Darby, admirando la bahía.
–Es
magnífico –respondió Gray a su espalda, mientras contemplaban un velero que se
hacía a la mar–. Eres maravillosa –agregó, con las manos sobre sus hombros.
–Vamos
a dar un paseo.
Se
puso rápidamente un pantalón corto y descubrió que ella le esperaba ya junto a
la orilla. Caminaron despacio cogidos de la mano.
–Has
de ejercitar esas piernas –dijo Darby.
–Están
bastante pálidas, ¿no es cierto?
Sí,
pensó Darby, pálidas pero no están mal. No están nada mal. Barriga plana.
Después de una semana en la playa con ella, parecería un atleta. Salpicaban con
los pies en el agua.
–No
has tardado en marcharte –dijo Darby.
–Me
he hartado. He escrito un artículo diario desde el bombazo y todavía no están
satisfechos. Keen quería esto y Feldman aquello, y yo trabajaba dieciocho horas
diarias. Ayer les dije adiós.
–Hace
una semana que no leo un periódico –dijo Darby.
–Coal
ha dimitido. Lo han utilizado como cabeza de turco, pero los autos de
procesamiento parecen dudosos. A decir verdad, no creo que el presidente
hiciera gran cosa. Es sencillamente estúpido y no puede remediarlo. ¿Te
enteraste de lo de Wakefield?
–Sí.
–Se
ha dictado auto de procesamiento contra Schwabe, Velmano y Einstein, pero no
logran encontrar a Velmano. Evidentemente, se ha dictado auto de procesamiento
contra Mattiece y cuatro de sus hombres. Más adelante habrá otros procesados.
Hace unos días se me ocurrió que no había habido ninguna gran tapadera en la
Casa Blanca y perdí entusiasmo. Me parece que esto ha destruido sus
posibilidades de ser reelegido, pero no creo que sea un delincuente. La capital
es como un circo.
Caminaron
en silencio conforme oscurecía. A ella ya no le interesaba el tema y él también
estaba harto. Había media luna, que se reflejaba en el agua tranquila. Ella le
cogió por la cintura y él la abrazó. Estaban en la arena, lejos del agua. La
casa se encontraba un kilómetro a su espalda.
–Te
he echado de menos –dijo Darby con ternura. Gray suspiró, sin decir palabra.
–¿Cuánto
tiempo piensas quedarte? –preguntó Darby.
–No
lo sé. Un par de semanas. Tal vez un año. Depende de ti.
–¿Qué
te parece un mes?
–Puedo
permitírmelo.
Ella
le sonrió y a él le flaquearon las rodillas.
Darby
contempló la bahía, con la luna reflejada en las aguas que surcaba un velero.
–¿Qué
te parece, Gray, si lo hacemos por meses prorrogables?
–Perfecto.
FIN


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