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Libro N° 4060. La Hormiga Gigante Y Otros Cuentos. Fast, Howard. Antología. Molina Miranda, Guillermo.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4060. La Hormiga Gigante Y Otros Cuentos. Fast, Howard. Antología. Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.

Título original: ©  LA HORMIGA GIGANTE Y OTROS CUENTOS. Howard Fast. Antología. GMM

 

Versión Original: © La Hormiga Gigante Y Otros Cuentos. Howard Fast. Antología. GMM

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LA HORMIGA GIGANTE Y OTROS CUENTOS

Howard Fast

Antología

Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

BIOGRAFÍA DE HOWARD FAST

LOS INSECTOS

LA HERIDA

EL HUEVO

LA HORMIGA GIGANTE

EL MOHAWK

 

 

 

 

 

 

 

 

HOWARD FAST

 

Escritor de mucho éxito, traduciéndose sus obras a más de cuarenta idiomas, y siendo llevadas al cine algunas de ellas. Fue autor de obras de temática variada, policiacas, de ciencia ficción y fundamentalmente históricas, novelas en las que profundiza en temas sociales y políticos.

 

Contenido

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1 Biografía

1.1 Infancia

1.2 Juventud

1.3 Vida personal

1.4 Carrera

1.5 Obras de este autor

1.6 Cuentos

1.7 Ensayos y artículos

1.8 Filmografía

2 Fuentes

 

Biografía

Infancia

Nació en la ciudad de Nueva York. Su madre, Ida, era un inmigrante judío británico, y su padre, Barney, era un inmigrante judío ucraniano cuyo nombre fue acortado de Fastovsky a su llegada a los EE.UU..

 

Cuando su madre murió en 1923 y su padre se quedó sin trabajo, el hermano más joven de Howard, Julius, se fue a vivir con unos parientes, mientras que él y su hermano mayor Jerome trabajó vendiendo periódicos.

 

Juventud

 

Joven Howard comenzó a escribir a una edad temprana. Mientras hacia autostop y montaba en los ferrocarriles en todo el país para encontrar trabajos, escribió su primera novela, Dos Valles, publicado en 1933, cuando tenía 18 años. Su primera obra popular fue Citizen Tom Paine, un relato de ficción sobre la vida de Thomas Paine.

 

Vida personal

 

Se casó con su primera esposa, Bette Cohen, el 6 de junio de 1937 donde de ese matrimonio nacieron sus hijos Jonathan y Rachel. Bette murió en 1994. En 1999 se casó con Mercedes O'Connor .

 

Carrera

 

Fue corresponsal de guerra en Europa para La Voz de América y a su vuelta se afilió al Partido Comunista, lo que le ocasionó prisión en el periodo de McCarthy. Mientras estaba en la cárcel comenzó a escribir su obra más famosa, Espartaco, una novela acerca de un levantamiento de los esclavos romanos.

 

Por estar dentro de la lista negra que siguieron a su salida de la cárcel, Fast se vio obligado a publicar la novela sí mismo. Para los estándares de un libro de auto-publicación, fue un gran éxito, pasando por siete ediciones en los primeros cuatro meses de la publicación.

 

Posteriormente se estableció el Blue Heron Press, que le permitió continuar la publicación con su nombre durante todo el período de su lista negra. Al igual que la producción de la versión cinematográfica de "Spartacus" es considerado un hito en la ruptura de la lista negra de Hollywood.

 

En 1952, Fast postuló para el Congreso por el Partido Laboral de América. Durante la década de 1950 también trabajó para el periódico comunista Daily Worker. En 1953, fue galardonado con el Premio Stalin de la Paz.

 

A mediados de la década de 1950, Fast trasladó con su familia a Teaneck, Nueva Jersey. En 1974, Fast y su familia se mudaron a California, donde escribió guiones de televisión, incluyendo programas de televisión tales como la forma en la conquista del Oeste. En 1977, publicó Los Inmigrantes, la primera de una serie de seis capítulos de novelas.

 

Obras de este autor

 

Camino De Libertad

Cephes 5

Colección Libros de Howard Fast

Del Tiempo Y Los Gatos

El Aro

El Filo Del Futuro

El General Derribo A Un Angel

El Huevo

El Precio

El Soldado De Hesse

El Wallstreet Journal De Mañana

Espartaco

La Caja Fria Fria

La Herida

La Hormiga Gigante

La Mente De Dios

La Pasion De Sacco Y Vanzetti

La Semilla Pragmatica

La Tienda Marciana

La Vision Del Eden

Lavette 01 - Los inmigrantes

Lavette 02 - Segunda generación

Lavette 03 - El Sistema

Los Primeros Hombres

Malcriar Al Muchacho

Miltyboil Un Visionario

Mis Gloriosos Hermanos

Ovni

Razon Vital

Sylvia

Un Toque De Infinito

Cuentos

 

Salida y otras historias

Rachel

Los primeros hombres

La hormiga grande

The Edge of Tomorrow

El tiempo y el enigma: 31 Relatos Zen

Ensayos y artículos

 

Primero de Mayo

Filmografía

 

Spartacus

Espejismo

The Crossing

Fuentes

Casa del libro

Howard Fast

Digital Universitaria

Lecturalia

 

Fuente: https://www.ecured.cu/Howard_Fast

 

 

 

LOS INSECTOS

The insects

 

La gente se enteró de la primera transmisión por varios medios. Aunque las llamadas no identificadas por radio son bastante frecuentes y por lo común no se sujetan a una divulgación general de noticias –ya que son más o menos excentricidades y a menudo obra de maniáticos–, no se las atiende celosamente. Lo interesante de esta señal era que había sido repetida por lo menos dos docenas de veces y había sido captada en varias partes del mundo en diferentes idiomas: en ruso en Moscú, en chino en Pekín, en inglés en New York y en Londres, en sueco en Estocolmo. En todos estos lugares aparecía en la banda de alta frecuencia, en algo menos de veinticinco megaciclos.

 

Nosotros nos enteramos por Fred Goldman, jefe del salón de monitores de la National Broadcasting Company, cuando él y su esposa cenaron con nosotros a principios de mayo. Él presta atención a estas llamadas; escucha transmisiones del mundo entero en media docena de idiomas, y le gusta comentarlas: un barco que pide auxilio y luego silencio y ni una palabra en la prensa, o una combinación de New Orleans tocando el último rock violento –si tal cosa fuera posible– en Yarensk, en algún lugar de la tundra del norte de Siberia, o cualquier otro suceso de entre una docena de incongruentes acontecimientos diarios transmitidos por las ondas de radio de la Tierra. Pero esa noche estaba algo sofocado y pensativo, y cuando lo dio a conocer, estaba menos extraño que razonable.

–¿Sabén? –dijo–. Hoy ha habido una especie de lamento universal y no logramos identificarlo.

–¡Oh!

Mi esposa sirvió bebidas. Su propia esposa lo miró incisivamente, como si ésta fuera la primera vez que oía hablar del asunto y le supiera mal verse colocada a la par nuestra.

–Una buena señal, muy clara –dijo–. Alta frecuencia. Sin embargo, la voz es extraña... ¿Saben qué dijo?

Había allí otra pareja, los Dennison; él era un cirujano bastante bien conceptuado y ella hizo un intento más bien torpe por tomar el asunto con buen humor. Yo trato de recordar cómo se llamaba esta mujer, pero su nombre no acude a mi memoria. Era rubia, bella y delgada, pero no muy inteligente; ella se ingenió, sin embargo, para hacer volver a Fred al asunto, mas él se retrajo. Procuramos persuadirlo, pero cambió de tema y se convirtió en oyente. Hasta mucho después de la cena no logré obligarlo a seguir hablando de ello.

–¿Acerca de la señal?

–¡Ah, sí!

–Te has vuelto muy sensible.

–No lo sé. Nada muy especial ni misterioso. La voz dijo: "Deben dejar de matamos".

–¿Eso únicamente?

–¿No te sorprende? –preguntó Fred.

–Ah, no... difícilmente. Tal como dijiste, es una especie de imploración universal. Yo podría mencionar por lo menos siete lugares del planeta donde esas mismas palabras serían las más importantes que pudieran transmitirse.

–Supongo que así es. Pero no se originaban en ninguno de esos lugares.

–¿No? ¿Dónde, entonces?

–Esa es la cuestión –manifestó Fred Goldman–. Justamente ésa.

Así fue como yo me enteré del asunto. Me despreocupé, tal como supongo que hicieron muchos otros, y la verdad es que lo olvidé por completo. Dos semanas después pronuncié mi segunda conferencia de la serie Goddard Free, de Harvard. y durante el período destinado a consultas, un estudiante me preguntó:

–¿Qué piensa usted, doctor Cornwall, de la cortina de silencio que el establishment ha tendido sobre los mensajes de radio?

Cometí la ingenuidad de preguntar a qué mensajes se refería y una ristra de carcajadas me dio a entender que yo estaba fuera de la situación.

–"Deben dejar de matarnos" ¿No es eso, doctor Cornwall? –gritó el muchacho y sus palabras fueron saludadas con una ovación mayor que la que celebró las mías–. ¿No es eso? "Deben dejar de matarnos". ¿Es eso?

Bebí después un coñac con el doctor Fleming, el decano, delante del hogar de su cómodo y acogedor estudio y me contó que la universidad hacía una especie de vigilancia del éter.

–Los muchachos no han causado mucha molestia, ¿ verdad? –me preguntó.

Le aseguré que yo estaba de acuerdo con ellos.

–De una u otra manera, nosotros dos representamos al establishment, de manera que no quiero eludir el tema. ¿Pero no es ésa la señal que llega por radio? Un amigo mío me contó algo al respecto. ¿Se ha vuelto a captar?

–Actualmente, todos los días –dijo el decano–. Los muchachos lo han tomado como una especie de grito de combate.

–Pero no he visto nada en los diarios.

–¿Es curioso, no es cierto? –dijo Fleming–. Supongo que de una manera o de otra, Washington se ocupa de acallarlo, aunque no sospecho cuál sea la razón.

–El primer día no pudieron identificar el origen.

–Hemos hecho pruebas por nuestra cuenta, y hasta se han realizado mayores esfuerzos en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Es bastante quejumbroso, ignoro cuál pueda ser el sentido. El estudiantado está muy enardecido con esta cuestión.

–Ya lo he advertido –convine.

Unos días después, en el almuerzo, mi esposa me informó que el día anterior había comido con Rhoda Goldman. Este detalle cayó como una especie de pequeña bomba lanzada con cuidado.

–Sigue –dije muy interesado.

–Vas a burlarte.

–Haz la prueba.

–Poseen algunos antecedentes acerca de esas señales allá en la estación receptora. O creen tenerlos.

–¡Oh!

–Suponen conocer quién las está enviando.

–¡Gracias a Dios! Tal vez podamos impedir que sigan matándolos o contener a quien realiza la matanza. Es la queja más triste de que yo tengo noticia.

–No.

–¿No?

–Dije que no, que no podemos evitarlo –aclaró mi esposa muy en serio–, porque son los insectos.

–¿Qué?

–Eso es lo que me ha dicho Rodha Goldman, los insectos.

Los insectos transmiten los mensajes.

–No tengo más remedio que reír –dije yo a mi vez.

–Sabía que lo harías –opinó mi mujer.

Yo he formado parte de cuatro de las comisiones especiales del alcalde, y al día siguiente su asistente me llamó para preguntarme si estaría conforme en integrar otra. Sin embargo, se .negó a aclararme el propósito, pero me dijo que tenía alguna relación con los mensajes de alta frecuencia.

–Sin duda usted ha oído hablar de ello –dijo el hombre.

Le aseguré que había oído hablar de ello y agregué que integraría la comisión sólo por curiosidad. El día en que fui al centro de la ciudad para la reunión de la nueva comisión era el mismo en que el generar Carl de Hargod, el nuevo jefe de estado, había llegado a New York para hablar durante un banquete en el Waldorf; y en aquel momento era recibido por el alcalde y un millar de manifestantes. Estos constituían un conglomerado de pacifistas y de hippies, y marchaban de un lado a otro al frente del municipio, en silencio y portando letreros que decían: "Usted debe impedir que nos sigan matando".

Llegué lo bastante temprano como para entrar antes de que empezasen las ceremonias de bienvenida, y cuando me uní a los demás integrantes de la flamante comisión, escuché un pedido de disculpas por la ausencia del alcalde y la promesa de que estaría con nosotros antes de media hora. Formaban parte de la comisión otras cinco personas, tres hombres y dos mujeres. Yo conocía a estas últimas, Kate Gordon, que era comisionada de salud pública y Alice Kinderman, que estaba vinculada con el museo de Historia Natural y acababa de ser nombrada asesora de la Dirección de Parques, y conocía también a uno de los hombres, Frank Meyers, abogado que tenía vinculaciones importantes en Washington. Meyers me presentó a los demás, a Basehart, que era jefe del Departamento de Entomología en la enorme universidad de la ciudad y a Krummer, del Departamento de Agricultura de Washington.

La presencia del entomólogo incentivó mi incredulidad, y cuando Meyers me preguntó si conocía el motivo de aquella reunión, contesté que sabía únicamente que tenía algo que ver con las señales de radio.

–Lo curioso es que sabemos quiénes las transmiten.

–Qué es lo que las transmite –corrigió Alice Kinderman–. La idea de quiénes es un poco inquietante.

–Yo no lo creo –dije–. Me inclino hacia los comunistas.

–Hemos estado matando muchos comunistas –convino Basehart con aquella curiosa indiferencia propia de un sabio–. Puedo asegurar que no me gusta el asunto. Bueno, a nadie le hace gracia que lo maten, ¿verdad? Esta vez, sin embargo, son los insectos.

–¡Cuentos! –exclamó Kate Gordon.

Conversamos luego en calma, tal como debía esperarse de seis hombres y mujeres civilizados y de mediana edad, como éramos, y si entre nosotros hubo quienes dudaron, Basehart se encargó de convencerlos. Me convenció a mí. Era un hombre pequeño, de nariz larga, dotado de unos ojos de color azul eléctrico, y cuya sonrisa emocionaba. Cualquiera podía advertir que lo ocurrido, en cuanto a él concernía. era lo más maravilloso y excitante sucedido alguna vez, y, tal como lo explicaba, lo absurdo desaparecía y se afirmaba lo inevitable. Nos convenció de que en todo momento había sido inevitable. Lo único que no pudo conseguir era que compartiésemos su entusiasmo.

–¡Es tan lógico! –aseguró–. El insecto no es una realidad en sí mismo. sino un fragmento. La realidad es la colmena. Los insectos no piensan en los términos nuestros; no tienen cerebros. En el mejor de los casos, tienen algo que podría considerarse como uno de esos circuitos impresos que hacemos para las radios fabricadas en serie. Son células, no órganos. ¿Pero piensa la colmena? ¿Piensa el enjambre? ¿Piensa la ciudad de los insectos? Ése es el interrogante al que nunca hemos podido responder satisfactoriamente. ¿Y qué puede decirse del superenjambre? Siempre hemos sabido que se comunican entre sí .y con el enjambre o con la colmena, ¿Pero cómo? ¿Por radio? Ciertamente alguna especie de onda, ¿y por qué no de alta frecuencia?

–¿Energía? –preguntó alguien.

–Energía. ¡Dios mío! ¿Alguien tiene una noción de cuántos existen? Sólo de especies hay más de medio millón. En cuanto a los individuos, está fuera de nuestro alcance calcularlo. Podrían generar cualquier energía requerida. Cumplir cualquier tarea... si, por supuesto, se juntan en una supercolmena o un superenjambre teórico y adquieren conciencia de sí mismos. Y parece que así ha ocurrido. ¿Saben? Nosotros siempre los hemos matado, pero tal vez ahora sean ellos demasiados. Tienen un enorme instinto de supervivencia.

–Y al parecer nosotros, en algún lugar del camino, hemos perdido el nuestro, ¿no es así? –pregunté.

El alcalde tenía demasiadas obligaciones, demasiados problemas en una ciudad a la cual le faltaba poco para ser ingobernable, y resultó difícil precisar la seriedad con que tomó el ruego de los insectos. Quienes militan en la vida pública tienden a mantenerse a la defensiva en cuestiones de esta clase. Tantas veces había pronunciado yo conferencias sobre cuestiones de ecología social, que por fuerza debía conocer lo difícil que es inducir a los dirigentes políticos a meditar en la posibilidad de que, sencillamente, lo que hacemos todos sea cerrarnos el paso hacia un futuro viable.

–Hemos tenido que detener a más de un centenar de pacifistas –dijo el alcalde con cansancio– la mayoría de ellos pertenecientes a buenas familias, lo cual significa que no podré dormir esta noche y dado que sólo dispuse de una o dos horas anoche, creo que ustedes comprenderán mi resistencia, señoras y caballeros, a acalorarme por mensajes enviados por insectos. Lo admito sólo porque el Departamento de Agricultura insiste en que así haga, y por lo tanto pido a ustedes que se avengan a servir en este comité especial y a redactar un informe al respecto. Estamos destinando cinco mil dólares para trabajos de oficina y la Fundación Ford nos ha prometido cooperación plena.

El alcalde no pudo seguir acompañándonos, pero dedicamos otra media hora a comentar el asunto y ponernos de acuerdo para una nueva reunión, luego de lo cual salimos separadamente.

La creencia en lo absurdo no es muy tenaz, y pienso que más o menos en el momento en que se terminó la reunión, habíamos arrojado sobre los insectos una cubierta muy sólida de duda. Dadas las muchas premuras, al llegar la hora de la cena yo me había olvidado del asunto; mi mujer me preguntó entonces con expresión petulante:

–Bien, Alan, ¿qué te propones hacer acerca de los insectos?

Como yo no le contesté inmediatamente, ella me informó que en la tarde había mantenido una conversación con su hermana, Dorothy, de Upper Montclair, y que ellas tomaban el asunto muy en serio. Más aún, el hijo de Dorothy, un estudiante aventajado del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que se especializaba en física, había trabajado en la electrónica –o la física, ella no estaba muy segura– que sustentaba la cuestión de las señales de alta frecuencia.

–Es un joven inteligente –dije.

–Y el tuyo es un comentarlo muy esclarecedor.

–Bien, el alcalde ha formado una comisión. Yo tengo el honor de pertenecer a ella.

–Eso es lo que más me gusta de nuestro apuesto alcalde –dijo Jane–. Nombra comisiones para cualquier cosa, ¿no es cierto? Estoy segura de que ahora tiene la conciencia tranquila...

–¡Cielo Santo! –dije yo–. ¿También de esto tiene que tener conciencia?

Nunca terminé mi defensa de! pobre hombre acosado. Sonó el teléfono. Era Bert Clogmann, uno de los directores del New York Times, a quien algo conocía y quien me informó que habían decidido publicar la noticia en la edición de la mañana, dado que ya había aparecido en Londres y en Roma, y me preguntaba si podría explicarle algo respecto de la comisión.

Le expliqué lo relativo a ella, y luego le pregunté qué pensaba.

–¿Si lo creo? –dijo Clogmann–. Bueno, gracias al cielo no necesito incluir mi opinión en el artículo. Al parecer existen antecedentes suficientes para que podamos citar juicios de personas eminentes, y los rusos lo están tomando tan en serio como para promover la cuestión en la UN. La semana que viene. Además, los pequeños canallas se han devorado mil setecientas hectáreas de trigo en la parte oriental de Nebraska. Como quien silva en una caña. Tal vez eso sea una simple coincidencia.

–¿Qué pequeños canallas?

–Las langostas.

–Bueno, ¿acaso no se trata de un asunto muy antiguo, es decir, que siempre han devorado algo en un sitio u otro?

Pero no conseguí que Clogmann comprometiese opinión al respecto. Siempre tuvo la sensación de que la suya era la opinión del Times, por así decir, y fue muy reticente, pero sin que eso lo diferenciase de casi todos sus colegas. Ello era demasiado grande para esforzarse en creerlo.

–Si estás en una comisión –dijo mi esposa–, entonces tienes que creerlo.

–Yo creo que parte de la labor de esa comisión es comprobar la validez del asunto en sí.

–¿Lo cree alguno de los .miembros?

–Tal vez Basehart. Es entomólogo.

–Yo me siento tonta –dijo mi mujer, sonriendo–, pero he observado insectos acuáticos. Son tan enormes y tan espantosos de todas maneras... quiero decir que ni siquiera se resienten de que los maten. ¡Pero qué idea más horrible! Nosotros damos por sentado que cuanto no sea humano no protesta si se lo mata.

En nuestra primera reunión oficial de la comisión, Krummer, el hombre del Departamento de Agricultura. habló sobre el mismo tema, pero se expresó en forma un tanto ofensiva acerca de los humanistas. Luego de esbozar el nuevo programa que habían preparado en Washington, una campaña de tres puntas, como él dijo, los insecticidas, el gas venenoso y las radiaciones, se ocupó de la posición de aquellas personas sensibles que aseguraban que nosotros tal vez matamos con excesiva facilidad.

–¿Puede alguien imaginar el desastre que sufriría la humanidad si se permitiese libre acción a los insectos? Hambre mundial, para no mencionar enfermedades, y la desazón consiguiente.

De aquí pasó a trazar un cuadro bastante terrible, a lo cual solamente se opuso Basehart, y aun éste en forma suave. Basehart destacó que el hombre había existido antes que los insecticidas y se alimentó perfectamente bien.

–Hay un equilibrio natural en esta clase de cosas, una totalidad ecológica. Los insectos se comen unos a otros, las aves comen insectos y ciertos animales contribuyen a su vez, y hasta la naturaleza de un modo misterioso restringe lo que se exceda en un sentido u otro. Pero hemos matado a las aves sin misericordia y ahora estamos tratando de matar a los insectos, y seguimos quitando partes de ese ciclo ecológico, y quién sabe adónde nos conducirá.

Pero el hecho principal presentado a la comisión fue que los mensajes de alta frecuencia habían cesado, y una vez que se detenía esa manifestación visible de un deseo tan natural como el de la supervivencia, los partidarios de la duda comenzaron a ejercer su dominio y se dedicaron a demostrar que el público había sido burlado. Dado que fuera del simple hecho aislado de la devastación en Nebraska, no se había advertido cambio alguno en la conducta de los insectos en ningún lugar del planeta, la idea de que se trataba de una burla encontró asidero muy fácilmente. Nombramos a Frank Meyers, para que formase una especie de comisión de un único integrante para que investigara los pros y los contras del asunto y dentro de las dos semanas presentara un informe.

–Esto –expliqué a mi esposa– es la forma normal de proceder en las comisiones; no encontrar, sino perder. Perderemos de vista esta crisis muy pronto.

–Dentro de dos semanas tenemos que partir para Vermont –me hizo notar mi esposa.

–Nos quedaremos aquí todo el verano –le aseguré–. También ésa es la forma normal en que operan las comisiones.

Cuando nos reunimos nuevamente dos semanas después, tanto Krummer como Meyers se expresaron de modo tranquilizador.

Con gran deleite, Krummer nos contó que el Pentágono había unido sus fuerzas con las del Departamento de Agricultura para fabricar un insecticida tan mortífero que un solo cuarto de galón de ese producto, en forma de llovizna fina, mataría cualquier insecto en la superficie de una milla cuadrada. Sin embargo, era tan mortífero para animales como para seres humanos, inconveniente que ellos esperaban salvar muy pronto. Pero Meyers opinó que la cuestión no debía preocupar mayormente.

–Los de la C.I.A. –explicó– están más o menos conformes en que los rusos son los responsables de las transmisiones. Tienen por doquier aparatos secretos y es parte de su plan general sembrar el temor y la discordia en el mundo libre. Más aún, sabedores de que ellos mismos lo han hecho público, Pravda publicó ayer un largo artículo en el cual nos culpan a nosotros. También me he entrevistado con veintitrés de los principales naturalistas, y todos, excepto uno, están de acuerdo en que el concepto de una inteligencia colectiva de los insectos al nivel de la inteligencia del hombre es absurdo.

–Por supuesto; nuestra labor no será un desperdicio –dijo Krummer–. Me refiero a que un nuevo insecticida valdrá la que pese en oro, y dado que en su forma presente mata hombres con la misma facilidad que insectos, supone agregar armas secretas a nuestro arsenal. Es un ejemplo excelente de la forma en que las diversas ciencias tienden a superponerse, y creo que podemos darle la bienvenida como parte vital de la forma norteamericana de vivir.

–¿Quién fue el hombre de ciencia que no estuvo de acuerdo? –pregunté.

–Basehart –dijo Meyers.

Basehart sonrió modestamente y respondió:

–Yo no creo que deba tomárseme en cuenta, ya que soy miembro de la comisión. Lo cual hace que la opinión científica sea unánime. O por la menos, creo que así es como debe consignarse este asunto.

–¿Todavía cree que eran los insectos? –preguntó la señora Kinderman.

–¡Ah, sí! Ciertamente, sí.

–¿Por qué?

–Sólo porque es lógico y emocionante –dijo Basehart–, y ustedes saben que los rusos son tan desesperadamente melancólicos y faltos de imaginación, que jamás se les ocurriría pensar semejante cosa, ni aunque pasase un millón de años.

–¡Pero una inteligencia colectiva! –objeté yo–. Me desagrada la palabra absurdo, pero podría decir que esto es bastante increíble.

–Nada de eso –replicó Basehart, casi como si pidiera perdón–. Es un concepto muy familiar entre los entomólogos, y desde hace varias generaciones se viene hablando de ello. Reconoceré que lo utilizamos pragmáticamente cuando nos faltan explicaciones más aceptables, ¡pero es tanto lo relativo a insectos de hábitos sociales que no concuerda con ninguna otra explicación! Naturalmente, aquí tratamos de .una inteligencia mucho más desarrollada y compleja; pero ¿quién dirá que ésta no sea una línea de evolución absolutamente legítima? Somos como niños en nuestro entendimiento de la forma en que procede la evolución, y en cuanto a su propósito, bueno... ni siquiera hemos empezado a investigar.

–¡Oh, vamos! –dijo Kate Gordon, o tal vez, para describirlo mejor, debería decir que lo bufó–, está poniéndose decididamente teleológico, doctor Basehart, y entre hombres de ciencia creo que esto no tiene defensa.

–¡Oh! –pero por lo visto, Basehart no deseaba discutir–. Tal vez. Sin embargo, algunos de nosotros no podemos menos que ser siquiera un poco teleológicos. No siempre nos sobreponemos a la educación religiosa de nuestra niñez.

–Intelectualmente, se la debe superar –dijo muy relamida Kate Gordon.

–Basehart –dije yo–, supongamos que debamos aceptar esa inteligencia, no como una realidad, sino como un tema de discusión. ¿Deberíamos tener motivo para temerla? ¿ Tendría que ser maligna?

–¿Maligna? ¡Ah! No... absolutamente, no. Nunca ha sido ése el concepto que yo tengo de la inteligencia. El mal es mediocre y más bien estúpido. No, la sabiduría no es maligna, todo lo contrario. Pero, tengamos o no que temerlos... bueno, me refiero a que no hemos aportado ninguna explicación satisfactoria. Yo no quiero decir nosotros, los de esta comisión. Hablo de la humanidad. La humanidad sólo avanzó en dos direcciones, en la de convencerse de que una inteligencia de insectos no existía y en la de fabricar un nuevo insecticida. Pero lo que ellos nos piden es que no sigamos matándolos. ¿Qué van a hacer ellos?

–Vamos, vamos –dijo Meyers riendo– ¿no estamos jugando demasiado bien este juego? Hemos formado una comisión de ciudadanos sinceros e interesados, y no me parece que hayamos solucionado el problema. Yo propongo que pasemos a cuarto intermedio hasta el mes de septiembre.

La moción fue aprobada y puesta en práctica.

 

Mientras nos dirigíamos a nuestra propiedad veraniega de Vermont, mi mujer, Jane, me dijo un tanto entristecida:

–Si nuestro hijo estuviese vivo, yo no dormiría demasiado bien. ¿Sabes una cosa? Hace tres años que murió, y me parece que hubiera sido ayer.

–Vamos a iniciar unas vacaciones para descansar –le dije–, y no soporto esta clase de humor.

–Se trata sencillamente de que a veces dejo de preocuparme. ¿Eso será parte del envejecimiento?

–Nos seguimos preocupando –respondí vivazmente. Pero entendía perfectamente lo que ella quería decir.

Nuestra propiedad de veraneo está situada en un valle aislado y maravilloso de tierra adentro, al igual que tantos otros valles de tierras altas en Vermont, llenos de días soleados y noches frescas, y con un cielo estrellado sobre los verdes pliegues del terreno. Es un lugar donde las horas avanzan de diferente manera y luego de estar allí un tiempo nosotros avanzamos con el ritmo del lugar.

De cuando en cuando teníamos compañía, pero no con demasiada frecuencia ni demasiado numerosa y sobre todo los fines de semana. El pueblo estaba a diez kilómetros, por un camino de tierra, y a algo más de treinta kilómetros de allí se encontraba una colonia de artistas de magnitud bastante respetable, donde funcionaban una orquesta sinfónica y un teatro, ambos de verano, y siempre había muchos con quienes hablar si nos sentíamos solos en nuestra casa. Pero íbamos poco, dos o tres veces por verano y raramente nos sentíamos tristes o solitarios en la forma en que suele entenderse la soledad. Siguiendo nuestro mismo camino, a más o menos un kilómetro y medio, vivía nuestro vecino más cercano, un hombre viudo llamado Glenn Olson, que en el verano preparaba miel y en el invierno jarabe de arce. Ambos eran deliciosos. Los arces que tenía en su casa eran viejos y fuertes y las abejas trabajaban entre las flores silvestres del terreno de pastoreo abandonado.

Tenía intención de visitarlo tanto por la miel como por el jarabe, pero venía difiriendo la visita de día en día. Hasta entonces, nada fue muy diferente, únicamente los días calurosos del verano, y las aves y los insectos que zumbaban indolentemente en el aire cálido. Podríamos haber olvidado todo aquello con sólo que hubiésemos sido poco crédulos, pero de alguna manera había en ambos un pequeño esbozo de creencia. Recibimos una tarjeta postal de Basehart, que se encontraba en las islas Virgenes, donde estaba catalogando especies y tipos de insectos. La tarjeta terminaba con una despedida un tanto sentimental. Ni mi esposa ni yo lo notamos, porque como he dicho, poseíamos una pequeña facultad capaz de creer.

Por supuesto, entonces, hacia el principio del verano, las ciudades morían.

Ha habido muchas especulaciones acerca de insectos y lo que podrían hacer si fuesen como algunos pensaban. Se escribieron artículos, se imprimieron libros apresuradamente y hasta se proyectaron películas. Hubo pesadillas acerca de superinsectos, ejércitos de hormigas, demonios alados; pero nadie aceptaba la simple sencillez del hecho. Los insectos, ante todo, se desplazaban simplemente contra las ciudades. Al parecer, una inteligencia única regía todos los movimientos de los insectos, y que millones de personas perecieran no significó nada que alterase la supervivencia de la inteligencia. Llenaron los acueductos y detuvieron la circulación del agua. Pusieron en corto circuito los cables y cesó el fluir de la electricidad. Consumieron la comida que había en las ciudades y millones de ellos se lanzaron sobre las provisiones que llegaban. Obstruyeron las cloacas y diseminaron enfermedades y las ciudades murieron. Los insectos murieron en millares de millones, pero esta vez ya no fue necesario matarlos. Ellos mismos se impusieron la muerte, y las ciudades ulcerosas, atacadas de malarias y acosadas por plagas murieron junto con ellos.

Primero vimos en !a televisión cómo esto sucedía, pero la televisión desapareció muy pronto. Poseemos una torre retransmisora. pero ésta dejó de funcionar a los tres días de iniciarse el ataque contra las ciudades; el cuadro fue luego tan terrible como para perder el sentido y unos pocos días después desapareció. Entonces escuchamos radio hasta que la radio también se acalló. Quedaba el valle como si jamás hubiera existido, el silencio y los insectos pendientes en el aire caluroso, a la luz del sol, y en la obscuridad de las noches.

Mi propia idea fue ir en el auto a la ciudad, y día a día tuve la sensación de que debía hacerlo, pero mi esposa me lo impidió. Su temor de abandonar nuestra casa para ir a la ciudad era tan grande que hasta que el alimento comenzó a escasear, no estuvo de acuerdo en que yo fuese, ni aun acompañado por ella. Nuestro teléfono había dejado de funcionar mucho tiempo atrás, y después de días de no ver un avión por el cielo me di cuenta de que los aviones ya no volaban. Finalmente, yendo en el auto a la ciudad, nos detuvimos en la casa de Glenn Olson para preguntarle si él sabía cómo estaba el pueblo, y para comprar tal vez algo de miel y jarabe. Lo encontramos muerto en su dormitorio; no muerto desde mucho antes, tal vez sólo desde el día anterior. Había sido picado en un antebrazo tres veces mientras dormía. Mi mujer, que en un tiempo fue enfermera. explicó el proceso mediante el cual tres pinchazos consecutivos de abeja bastarían para matar a un hombre. El aire estaba lleno de abejas que zumbaban, trabajaban y volaban.

–Creo que volveremos a casa –dije.

–No podemos dejarlo así.

–Podemos –dije, pensando. que millones de otros seres estaban igual que él.

Olson tenía una alacena bien provista. Llené algunas bolsas con mercaderías en lata, harina, habas, miel en tarros y jarabe de arce, y llevé todo al auto, mientras Jane se quedaba en la casa. Luego cubrí el cadáver de Olson con una frazada y tomé a Jane de un brazo.

–No quiero ir allí –dijo.

–Bueno, debes saber que no tenemos otra solución. Aquí no podemos quedarnos.

–Tengo miedo.

–Pero no podemos quedarnos aquí.

Finalmente la convencí y fuimos al auto. Tenía los brazos cubiertos y sostenía una toalla sobre la cara, pero las abejas no hicieron caso de nosotros. En el auto levantamos las ventanillas y volvimos a nuestra casa de verano, a la cual entramos casi corriendo.

Sin embargo, me sobrepuse al pánico y resistí la tentación de cubrirme con telas de mosquitero. Hablé con Jane y finalmente la convencí de que aquello no era algo que pudiera evitarse o contra lo cual fuera posible tomar medidas. Era como el viento, la lluvia, la salida y la puesta del sol. Sucedía y nada que hiciésemos lo alteraría.

–Alan, ¿le ocurrirá a todo el mundo? –me preguntó–. ¿Será así en el mundo entero?

–No sé.

–¿Qué beneficio aportaría a ellos el que esto alcance a todo el mundo?

–No querría vivir si le sucediese a todos.

–No es cuestión de la que nosotros queramos. Es la forma en que las cosas se presentan. Sólo podemos vivir con esto tal como es.

Sin embargo, cuando volví al automóvil para recoger las provisiones que habíamos tomado de la casa de Olson, tuve que apelar a cuanto coraje y fuerza poseía.

Las cosas fueron algo mejor al día siguiente, y al tercer día pude inducir a Jane a que saliese de la casa conmigo para caminar un rato.. Al principio se negó, pero al cabo de poco su temor comenzó a desaparecer y entonces, paulatinamente, aquello se convirtió en algo con lo cual se vive, como supongo que todo puede convertirse. La semana siguiente yo me senté a escribir este relato. He estado trabajando en él tres días. Ayer una abeja se posó en el dorso de mi mano, una abeja obrera zumbadora, escandalosa y grande. Sostuve la mano con firmeza. miré a la abeja y la abeja me devolvió la mirada.

Entonces se alejó volando, y tuve una sensación de que todo había sucedido y de que lo pasado no se repetiría. Pero cómo lo recibiríamos y cómo volveríamos a acomodarnos a la vida, yo no lo sé. Anoche hablé de ello con mi esposa.

–¡Ojalá que Basehart esté vivo y bien! –dijo–. Me gustaría volver a verlo.

Lo cual resultó bastante curioso, dado que lo único que ella sabía al respecto de Basehart era lo que yo le había contado.

Después se echó a llorar. No era mujer que llorase mucho y pronto se enjugó las lágrimas y se dedicó a coser no sé qué cosa que había dejado abandonada semanas antes. Encendí la pipa. Fue lo último que hice aquel día. Estábamos sentados y en silencio cuando obscureció.

Encendí nuestra pequeña lámpara de kerosene y ella me dijo:

–Más pronto o más tarde tendremos que ir al pueblo, ¿no es verdad?

–Más pronto o más tarde –le dije.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA HERIDA

The wound

 

Max Gaffey insistía siempre en que, esencialmente, la industria del petróleo se podía resumir en una simple expresión: lo que debe hacerse, pero no dónde debe hacerse. Mi esposa, Martha, no sentía ningún aprecio por Max y afirmaba que era un destructor. Supongo que lo era, pero ¿en qué difería, por ese motivo, de cualquiera de nosotros? Todos somos destructores, y si en realidad no practicamos directamente la destrucción, invertimos para que otros lo hagan y nos sirva para enriquecernos. Por mi parte, yo había invertido los escasos ahorros a que puede aspirar un profesor universitario en unas acciones que Max Gaffey me proporcionó. Pertenecían a una empresa llamada Trueno S. A., y la misión de la compañía era utilizar bombas atómicas para extraer gas natural y petróleo aprisionados en los enormes depósitos de esquisto que tenemos aquí en los Estados Unidos.

 

El esquisto petrolífero no es una fuente de petróleo muy económica. Este está encerrado en el esquisto y alrededor del 60 por ciento del costo total está representado por los laboriosos métodos de extracción del esquisto de las minas, la trituración para liberar el petróleo y luego la separación del esquisto agotado.

Gaffey vendió a Trueno S. A. un método enteramente nuevo, con el cual se empleaban bombas atómicas sobrantes para la extracción del petróleo esquistoso. Expresado en términos muy simples, se practica una perforación muy profunda en depósitos de petróleo esquistoso. Luego, se introduce una bomba atómica, haciéndola descender hasta que se posa en el fondo de esa perforación, después de lo cual se obtura la perforación y la bomba es detonada. Teóricamente, el calor y la fuerza desarrollados por la explosión atómica trituran el esquisto y ponen en libertad el petróleo, llenándose la caverna subterránea formada por la fuerza gigantesca de la bomba. El petróleo no arde debido a que la perforación está cerrada herméticamente y, de ese modo, con un costo comparativamente pequeño, pueden extraerse cantidades infinitas de petróleo –suficiente quizá para que dure hasta la época en que se produzca la conversión total de la energía atómica–, tan vastos son los depósitos de esquisto.

Tal, por de pronto, fue la forma en que Max Gaffey me explicó su idea, en una especie de acicateamiento mental mutuo. Sentía él la máxima admiración por mi conocimiento de la corteza terrestre y yo, a mi vez, sentía una admiración igualmente profunda por su capacidad para hacer que apareciesen dos, cinco o diez dólares donde antes sólo había uno.

Mi esposa no era tan complaciente con él ni con sus conceptos, y, por sobre todas las cosas, con el proyecto de introducir bombas atómicas en la corteza de la Tierra.

–Es un error –dijo lisa y llanamente–. No sé por qué ni cómo, pero lo que sé es que todo lo relacionado con la maldita bomba está mal.

–¿ Pero no podrías mirar este asunto como una especie de salvación? –argüí–. Nos encontramos aquí en los Estados Unidos con bombas atómicas en cantidad suficiente como para aniquilar la vida en diez Tierras del tamaño de la nuestra; y cada una de ellas representa una inversión de millones de dólares. No podría estar más de acuerdo contigo cuando sostienes que son los objetos más aborrecibles y espantosos que ha concebido la mente humana.

–¿Entonces cómo puedes hablar de salvación?

–Porque mientras esas bombas están aquí inactivas, representan una amenaza constante, día y noche, la amenaza de que a algún general cabeza de chorlito o a un político sin cerebro se le dé por arrojarlas contra nuestros vecinos. Pero ya ves que Gaffey ha venido con la posibilidad de un uso pacífico para esas bombas. ¿No te das cuenta de lo que eso significa?

–Lo siento, pero no –reconoció Martha.

–Significa que podemos usar las malditas bombas para algo que no es suicidio, porque si eso se pone en marcha, será el fin del. género humano. Peto hay depósitos de esquisto petrolífero y gasógeno en lodo el planeta, y si podemos emplear la bomba para abastecer al hombre de combustible durante un siglo. y eso sin tomar en cuenta los subproductos químicos, podemos sencillamente encontrar una manera de emplear provechosamente esas bombas inmundas.

–¡Ah! No es posible ni por un momento que lo creas –replicó burlona Martha.

–Lo creo. Sin duda alguna, lo creo.

Y sospecho que lo creía. Revisé los planes elaborados por Gaffey y sus asociados y no pude descubrir ninguna falla. Si la perforación se hacía debidamente, no habría desprendimientos nocivos. Sabíamos eso y poseíamos los conocimientos necesarios para hacer la perforación; se había demostrado por lo menos en veinte explosiones subterráneas. El temblor de la Tierra carecería de importancia a pesar del calor, no se produciría ignición de petróleo. y no obstante el costo de las bombas atómicas, la economía sería monumental. Más aún, Gaffey insinuó que alguna componenda entre el gobierno y Trueno S. A. estaba en estudio y que si resultaba tal como se había proyectado, las bombas atómicas no costarían a Trueno S. A. nada en absoluto, pues todo el asunto sería aceptado como un experimento de la sociedad.

Después de todo, Trueno S. A. no poseía ningún yacimiento de esquisto petrolífero y no actuaba en la industria petrolera. Era sencillamente una organización de servicio dotada del conocimiento requerido y que a cambio de una remuneración, si el procedimiento daba resultado, produciría petróleo para otros. No se habla mencionado cuales serían los honorarios, pero Max Gaffey, contestando a mi pregunta, sugirió que yo podría adquirir algunas acciones, no sólo de Trueno S. A., sino también de General Shale Holdings, una compañía financiera.

Yo tenía en total unos diez mil dólares de ahorro disponibles y otros diez mil en títulos de American Telephone y del gobierno. Martha poseía también un poco de dinero suyo, pero eso lo dejé aparte y, sin decirle nada, vendí mis acciones y títulos de Telephone y del gobierno. Las acciones de Trueno S. A, se vendían a cinco dólares cada una, y yo compré dos mil. Las de General Shale se vendían a dos dólares y de éstas compré cuatro mil. No vi nada inmoral –tal como se considera la inmoralidad en el comercio– en los procedimientos adoptados por Trueno S. A.. Su relación con el gobierno no era distinta de las relaciones de varias otras compañías y mi propio proceso de inversión era perfectamente serio y honorable. Ni siquiera recibía información secreta, pues la idea de usar la bomba atómica para extraer petróleo de esquistos ha tenido amplia publicidad, aunque poco se la ha creído.

Aun antes de que se llevase a cabo la primera explosión de prueba, las acciones de Trueno S. A. subieron de cinco a sesenta y cinco dólares cada una. Mis diez mil dólares se convirtieron en ciento treinta mil y un año después este valor se duplicó a su vez. Las cuatro mil acciones de General Shale subieron a dieciocho dólares, y del profesor modestamente pobre que yo era pase a ser un profesor modestamente rico. Cuando por fin, casi dos años después de que Max Gaffey me vino con la idea, realizaron la primera explosión de bomba atómica en un pozo horadado en un yacimiento de esquistos petrolíferos, yo había dejado atrás las simples ansiedades de los pobres, y había desarrollado un modo de vida enteramente propio de la clase media alta. Nos convertimos en una familia de dos automóviles, y mi Martha, que tan enemiga había sido de la idea, me acompañó a comprar una casa más grande. Ya en la casa nueva, Gaffey y su esposa vinieron a cenar y Martha misma se despachó dos martinis puros. Luego fue muy cortés hasta que Gaffey se puso a hablar del bienestar social. Pintó con palabras un cuadro venturoso de lo que podría rendir el petróleo esquistoso y lo ricos que podríamos ser.

–¡Ah, sí, sí! –convino Martha–. Contaminar la atmósfera, matar más gente con más automóviles, aumentar la velocidad con la que podemos dar vueltas zumbando sin llegar precisamente a ningún sitio.

–¡Oh, eres una pesimista! –opinó la esposa de Gaffey, que era joven y bonita, pero no un gigante mental.

–Claro que el asunto tiene dos aspectos –admitió Gaffey–. No es posible detener el progreso, pero me parece que es posible orientarlo.

–De la misma forma en que venimos orientándolo, para que nuestros ríos apesten, nuestros lagos sean cloacas llenas de peces muertos, nuestras aves se envenenen con DDT y nuestros recursos naturales queden destruidos. Todos somos destructores, ¿no es cierto?

–¡Vamos, vamos! –protesté–. Las cosas son así. y todos estamos indignados, Martha.

–¿De veras lo están?

–Creo que sí.

–Los hombres siempre han excavado la tierra –dijo Gaffey–. Si así no fuese. estaríamos todavía en la edad de piedra.

–Y tal vez seriamos algo más felices.

–No, no, no –dije yo–. La edad de piedra, Martha, fue una época muy desagradable. No puedes desear que volvamos a ella.

–¿Recuerdan –dijo Martha despacio– que hubo una época en que los hombres hablaban de la Tierra como de una madre? Era la Madre Tierra y lo creían. Era la fuente de la vida y de la existencia.

–Lo sigue siendo.

–La han secado –dijo Martha–. Cuando se seca a una mujer, sus hijos perecen.

Era una extraña y poética afirmación y,.tal como yo lo pensé, de mal gusto. Para castigar a Martha dejé a la señora Gaffey con ella, so pretexto de que Max y yo teníamos que conversar de ciertas cosas comerciales, lo cual en realidad hicimos. Entramos en el estudio nuevo de la nueva casa, encendimos cigarrillos de cincuenta céntimos de dólar cada uno y Max me describió minuciosamente lo que habían bautizado con mucho acierto el “Proyecto Hades".

–La cuestión es –dijo Max– que yo puedo conseguir que entres en esto desde el principio mismo. Desde abajo. Están en el asunto once compañías, empresas muy sólidas y de buena reputación –y las nombró, lo cual me impresionó debidamente– y esas empresas aportan capital para lo que será una subsidiaria de Trueno S. A.. A cambio de su dinero se les da un veinticinco por ciento de interés. Hay además un diez por ciento en forma de certificados de opción para compra de acciones, puesto a un lado para consultas y consejos, y tú entenderás el motivo. Yo puedo acomodarte con un uno y medio por ciento –alrededor de tres cuartos de millón– simplemente a cambio de. unas semanas que dediques y te pagaremos todos los gastos, además de otras compensaciones.

–Da la impresión de ser interesante.

–Tiene que ser más que una impresión. Si el "Proyecto Hades" resulta, el valor de tu parte aumentará diez veces dentro de cuestión de cinco años. No conozco manera mas rápida de llegar a millonario.

–Está bien. Estoy más que interesado. Sigue.

Gaffey sacó de un bolsillo un mapa de Arizona, lo desdobló y con un dedo señaló una parte recuadrada.

–Esto –dijo– es lo que, según nuestros conocimientos geológicos, debe ser una de: las regiones más ricas en producción petrolera de todo el país. ¿Coincides conmigo?

–Sí, conozco la región –respondí–. La he recorrido. Su potencial en petróleo es puramente teórico. Jamás nadie ha sacado algo de allí, ni siquiera agua salada. Es seco y muerto.

–¿Por qué?

–Es así –agregué encogiéndome de hombros–. Si pudiéramos encontrar petróleo guiándonos por presunciones y teorías, tú y yo seríamos más ricos que Creso. Como bien sabes, el hecho es que a veces hay y a veces no hay. Esto último con más frecuencia.

–¿Por qué? Nosotros conocemos nuestro trabajo. Perforamos donde debe perforarse.

–¿Adónde quieres llegar, Max?

–A una especulación, especialmente en esta área. Hace meses que hablamos de esta especulación. La hemos puesto a prueba lo mejor posible. La hemos examinado desde todos los puntos de vista concebibles, y ahora estamos dispuestos a quemar más o menos cinco millones de dólares para comprobar nuestra hipótesis... siempre que...

–¿Siempre que... qué?

–Que tu experta opinión concuerde con la nuestra. Dicho con otras palabras, tiramos los dados junto contigo. Estudia la situación y si nos dices que sigamos adelante, seguiremos adelante. Y si nos dices que es un castillo de naipes, bueno... plegamos nuestras tiendas, como los árabes, y nos alejamos sigilosamente.

–¿Sólo por lo que yo diga?

–Sólo porque tienes conocimiento y sabes hacer las cosas.

–Max, ¿no estás tomando el rábano por las hojas? Yo soy apenas un profesor de Geología de una universidad del Oeste sin importancia, y hay por lo menos veinte hombres que pueden enseñarme mucho...

–A nuestro juicio, no. No en lo relativo al sitio donde encontrar lo que buscamos. Sabemos quiénes están en actividad y conocemos sus antecedentes en este aspecto. Eres modesto, pero nosotros sabemos qué es lo que necesitamos. De manera que no discutas. O es un trato hecho o no lo es. ¿No?

–¿Cómo diablos puedo yo contestar cuando ni siquiera sé de qué me estás hablando?

–Está bien... te lo explicaré en forma rápida y sencilla. Allí en un tiempo hubo petróleo, justo donde debe estar ahora. Después una convulsión natural ocasionó una falla muy profunda. La tierra se quebró y el petróleo descendió a una gran profundidad; en este momento hay bolsones gigantescos de petróleo enterrados donde ningún trépano los puede alcanzar.

–¿A qué profundidad?

–¡Vaya uno a saber! A veinte o treinta kilómetros.

–Eso es muy profundo.

–Tal vez sea más. Cuando piensas en esa medida por debajo de la superficie, te encuentras. con un misterio más obscuro que el de Marte o Venus... todo lo cual conoces.

–Todo lo cual conozco –le dije y experimenté una sensación desagradable e incómoda, y sin duda en algún grado se me vio en el rostro.

–No lo sé. ¿ Por qué no dejas este asunto en paz, Max?

–¿Qué motivo hay para que lo deje?

–Vamos, Max... no estamos hablando de perforar para buscar petróleo. Veinte, treinta kilómetros... Hay un equipo cerca de Pecos, en Texas, y acaban de pasar el nivel de los veinticinco mil pies, y eso es lo que ocurre. O, tal vez otro millar, pero estás hablando de petróleo enterrado a cien mil pies por debajo de la superficie. No es posible hacer perforación para llegar ahí, lo único que podrán hacer es...

–¿Qué?

–Dinamitarlo.

–Por supuesto... ¿Y qué encuentras de malo en esa idea? ¿En qué está equivocada? Sabemos, o por la menos tenemos una buena razón para creerlo, que hay una fisura que se abrió y se cerró. El petróleo debe estar sometido a una presión enorme. Introducimos una bomba atómica, una bomba mayor de las que hasta ahora hemos usado, y logramos que la fisura se abra. ¡Dios Todopoderoso! Sería el pozo más grande de toda la historia de la explotación petrolera.

–Ya han hecho la perforación, ¿no es verdad Max?

–Así es.

–¿Hasta qué profundidad?

–Veintidós mil pies.

–¿Y tienen la bomba?

Max asintió con una inclinación de cabeza.

–Tenemos la bomba. Venimos trabajando en esto desde hace cinco años y hace siete meses los muchachos de Washington lograron que la bomba esté a su disposición. Está allá afuera, en Arizona, esperando...

–¿Esperando qué?

–Que tú revises todo y nos digas si podemos continuar.

–¿Por qué? Ya tenemos suficiente petróleo...

–¡Un demonio! Sabes perfectamente bien por qué... ¿ Y supones que podemos dejar el asunto en suspenso, ahora, después de todo el dinero y el tiempo que en esto hemos invertido?

–Aseguraste que desistirían si yo les decía que lo hiciesen.

–Como geólogo a quien pagamos, te conozco lo suficiente como para darme cuenta de lo que ello significa en relación con tu habilidad y orgullo profesionales.

Yo permanecí despierto la mitad de la noche hablando con Martha acerca de este asunto y tratando de colocar la cuestión dentro de un cierto marco moral. Pero lo único que pude conseguir fue la seguridad de que habría una bomba atómica menos con qué matar gente y destruir la vida en la Tierra y de que yo no podía discutir eso. Un día después estaba en el campo de la exploración, en Arizona.

El lugar estaba bien elegido. Desde todos los puntos de vista, aquello era el sueño de un buscador de petróleo, y supongo que era conocido desde hacía medio siglo, pues se veían restos de un centenar de instalaciones inútiles, metal y madera podrida hasta donde la vista alcanzaba, cobertizos abandonados, remolques dejados junto con esperanzas perdidas, testimonios todo ello de la confianza que brota eternamente en el pecho de un atolondrado buscador de petróleo.

Trueno s. A. era algo diferente, una gran instalación en mitad del hondo valle, un equipo de sondeo mayor y más completo que cualquiera de los que yo había visto, una pared para contener el petróleo en el caso de que brotase inmediatamente, un taller de maquinarias, un pequeño grupo electrógeno, por lo menos un centenar de vehículos de diversas clases y tal vez cincuenta casas rodantes. Bastaba con advertir la extensión y la vastedad de lo hecho allí en medio de aquellas tierras improductivas para sentirse atónito; y dejé que Max supiese lo que pensaba de su afirmación de que todo aquello se abandonaría si decía que la idea era descabellada.

–Tal vez si... tal vez no. ¿Qué dices?

–Dame tiempo.

–Por supuesto, todo el tiempo que quieras.

Jamás se me había tratado con tanto respeto. Anduve rondando por allí y, en un Jeep, recorrí el terreno y más o menos en un sentido y otro subí las laderas y volví a bajarlas; pero por mucho que revisaba el lugar, que husmeaba y calculaba, lo mío no sería más que una acostumbrada conjetura. Me convencí también de que ellos no abandonarían el proyecto aunque yo me opusiera y dijese que iba a ser un fracaso. Creían en mí como una especie de rabdomante *, sobre todo si les decía que podían seguir adelante. Lo que en realidad buscaban era la corroboración por un experto de su propia fe. Y eso se advertía al solo ver que ya habían realizado una costosa perforación de veintidós mil pies, y que habían instalado todo aquel equipo. Si les decía que estaban equivocados disminuiría tal vez un poco su confianza, pero se recobrarían y encontrarían otro rabdomante.

* _ zahorí.

Cuando le hablé por teléfono a Martha se lo conté.

–¿Bueno qué piensas tú honestamente?

–Es comarca petrolera. Pero yo no soy el primero que hace esta observación brillante. La cuestión es si ello puede tomarse como indicio de que hay petróleo.

–¿Lo hay?

–No lo sé, no lo sabe nadie. Y delante de mis narices están agitando la esperanza de un millón de dólares.

–Yo no puedo ayudarte –dijo Martha–. Tienes que resolver tú solo este conflicto.

Claro que no podía ayudarme. Nadie podría haberme ayudado. El enigma estaba muy hondo, demasiado oculto. Sabemos cuál es el aspecto de la cara que la luna no nos enseña y sabemos algo acerca de Marte y de otros planetas, ¿pero qué hemos averiguado acerca de nosotros y del lugar en que vivimos?

Al día siguiente de que hablé con Martha. me reuní con Max y su directorio.

–Estoy de acuerdo –declaré–. El petróleo debe estar allí. Mi opinión es que ustedes tienen que continuar el plan y probar con la explosión.

Me hicieron preguntas durante más o menos una hora, pero cuando uno está representando el papel de rabdomante, las preguntas y las respuestas pasan a convertirse en una especie de ritual mágico. El hecho en sí es que ninguno había hecho detonar una bomba de ese poder a semejante profundidad, y hasta que se hiciese, nadie sabría lo que podía suceder.

Yo observé con gran interés los preparativos de la explosión. La bomba, con su revestimiento implosivo, fue hecha especialmente para esta tarea –rehecha, sería mejor expresarlo–, muy larga, casi siete metros, y muy delgada. Fue armada una vez que estuvo en la torre, y entonces la junta de directores, ingenieros, técnicos, periodistas, Max y yo nos retiramos al refugio y estación de control de hormigón, que había sido edificado a más de un kilómetro y medio del pozo. Un circuito cerrado de televisión nos comunicaba con la perforación; y aunque nadie esperaba que la explosión hiciese otra cosa que quebrar la Tierra en la superficie, la Comisión de Energía Atómica especificó las precauciones que debimos adoptar.

Permanecimos en el refugio durante cinco horas mientras la bomba hacía su largo descenso, hasta que por fin nuestros instrumentos nos dijeron que estaba apoyada en el fondo de la perforación. Realizamos entonces una sencilla cuenta regresiva y el presidente del directorio oprimió el botón rojo. Los botones rojos y blancos son la gloria del hombre. Apriétese un botón blanco y una campanilla suena o se enciende una luz eléctrica; apriétese. un botón rojo y la fuerza infernal del sol entra en actividad, esta vez a cinco millas por debajo de la superficie terrestre.

Tal vez fuese esta parte y este lugar de la superficie terrestre; tal vez no hubiese ningún otro lugar donde esto mismo exactamente hubiese ocurrido. Tal vez la falla que desviaba el petróleo estuviese a mayor profundidad de lo que habíamos imaginado. La realidad no se conocerá jamás; nosotros sólo vimos lo que vimos. observándolo a través del circuito cerrado de televisión. Vimos que la Tierra se dilataba. La dilatación aumentaba, como una burbuja –una burbuja de alrededor de doscientos metros de diámetro–, y entonces la superficie de la burbuja se disipó en una columna de polvo o de humo que se elevó tal vez a quinientos pies del fondo del valle, permaneció allí un momento con el sol amenazante detrás de ella, tal como la misma columna de fuego del Monte Sinaí, y finalmente se elevó íntegra y se deshizo repentinamente en el viento. Hasta en nuestro refugio oímos el retumbar ensordecedor, y, al quedar despejada la superficie del enorme orificio que el polvo había abandonado, una columna de petróleo que quizá tuviese treinta y cinco metros de diámetro se elevó borboteando. ¿Pero sería petróleo?

En el instante en que lo vimos, los que estábamos juntos en aquel lugar lanzamos tremendos gritos de entusiasmo, pero de pronto las exclamaciones se interrumpieron por obra y gracia de su propio eco. Nuestro sistema de circuito cerrado de televisión era en colores, y la columna de petróleo tenía un color rojo vivo.

–¡Petróleo rojo! –murmuró uno.

Siguió el silencio.

–¿Cuando podremos salir –preguntó otro.

–Dentro de diez minutos.

El polvo seguía en la altura y se alejaba en dirección contraria; y durante diez minutos seguimos de pie observando la burbuja de brillante petróleo rojo que salía del orificio y que formaba un gran estanque dentro de las paredes de contención, llenando el espacio disponible con rapidez sorprendente y rebasándolo, pues la erupción debió ser de cien mil galones por segundo o tal vez más, y luego, fuera de las paredes y en una masa que se extendía por todo el. valle, su nivel. subió tan rápidamente que desde la altura en que nosotros nos encontrábamos vimos que quedaríamos aislados por completo de la instalación. En este momento ya no esperamos, sino que nos arriesgamos a sufrir las consecuencias de la radiación .y echamos a correr por la colina del desierto hacia la perforación, las casas rodantes y los camiones, pero no con rapidez suficiente. En el borde de un gran lago de petróleo rojo tuvimos que detenernos.

–No es petróleo rojo –dijo alguien.

–¡Maldición, no es petróleo!

–¿Qué saben ustedes? ¡Es petróleo!

Estábamos retrocediendo al tiempo en que aquella masa líquida se extendía y subía y cubría los camiones y las casas, y llegaba a una depresión del valle y pasaba por ella descendiendo al desierto, y se internaba en las sombras que proyectaban las grandes rocas, lanzando reflejos rojos a la luz del sol poniente, y más tarde reflejos negros en la obscuridad.

Alguien tocó el líquido viscoso y se llevó la mano a la boca.

–¡Es sangre!

Max estaba a mi lado y dijo:

–Está loco.

Algún otro dijo también que era sangre.

Yo metí un dedo en el líquido rojo y lo llevé a mi nariz. Era cálido, casi muy caliente, y no cabía error alguno en cuanto al olor de la sangre caliente y fresca. Tomé el gusto con la punta de la lengua.

–¿Qué es? –me dijo en voz baja Max.

Los demás se congregaron en torno, silenciosos, con el sol rojo poniéndose del otro lado del lago rojo y el rojo reflejado en nuestras facciones, destellando en nuestros ojos.

–¡Dios Santo! ¿Qué es? –inquirió Max.

–Es sangre –contesté.

–¿De dónde?

Todos guardamos silencio.

Pasamos la noche en un lado del montecillo en el cual se había edificado el refugio, y por la mañana, hasta donde nuestra vista alcanzaba, estábamos rodeados por un mar de sangre roja caliente y humeante, cuyo olor era tan penetrante y denso que todos nos sentíamos asqueados; y todos vomitamos unas seis veces antes de que viniesen helicópteros a rescatarnos.

Al día siguiente de mi regreso a casa, Martha y yo estábamos sentados en la sala de estar, ella con un libro en las manos y yo con el diario, en el cual había leído sobre los intentos para contener la afluencia de líquido, y que ni siquiera con trajes de buzo podían descender al lugar de donde surgía; Martha levantó la vista de su libro para decirme:

–¿Recuerdas aquello que Se contaba de una madre?

–¿Qué?

–Algo muy antiguo. Creo que oí decir una vez que databa de tiempo inmemorial, o tal vez fuese una fábula griega..o algo similar, pero de todas maneras, la madre tenía un hijo que era el deleite de su corazón y todo cuanto puede ser un hijo, para una madre, y de pronto el hijo se enamoró de una mujer bella y perversa y cayó bajo su hechizo; una mujer perversa y muy bella. Y él deseó complacerla, oh, lo hizo realmente, y le dijo: "Lo que desees, te lo traeré..."

–Lo cual es como no decir nada a una mujer, pero de cualquier manera... –intervine yo.

–No voy a discutirte eso –dijo suavemente Martha–. porque cuando él se lo dijo, ella contestó que lo que deseaba más que nada en el mundo era el corazón viviente de su madre, arrancado de su pecho. ¿Y qué supondrás que hizo este indigno y homicida idiota, sino correr a su hogar, donde estaba la madre, y con un cuchillo abrirle el pecho y arrancarle el corazón viviente de su cuerpo...?

–No me gusta tu cuento.

–...y con el corazón en la mano, corrió veloz y alegremente a juntarse con la mujer amada. Pero en el. Camino, atravesando el bosque, se le enredó un dedo del pie en una raíz, vaciló y cayó cuan largo era, y de resultas del golpe el corazón de la madre se le escapó de la mano. Al levantarse y acercarse al corazón, éste le dijo: “¿Te lastimaste al caer, hijo mío?"

–Un relato encantador. ¿Pero qué es lo que demuestra?

–Supongo que nada. ¿Cesará en algún momento esta sangría? ¿Cerrarán la herida?

–No lo creo.

–¿Entonces tu madre seguirá sangrando hasta que su vida se extinga?

–¿Mi madre?

–Sí.

–¡Oh!

–Mi madre –dijo Martha–. ¿Sangrará hasta morir?

–Supongo que sí.

–¿Eso es lo único que sabes decir, que supones que sí?

–¿Qué otra cosa?

–Supongamos que les hubieses dicho que no siguieran con su idea.

–Martha, eso me lo pediste veinte veces. Ya te dije. Hubiesen buscado otro rabdomante.

–¿Y otro? ¿Y otro?

–Sí.

–¿Por qué? –dijo ella gritando–. ¿Por amor de Dios, por qué?

–No lo sé.

–Pero ustedes, hombres despreciables, saben todo lo demás.

–Casi lo único que sabemos es matar. Eso no es todo lo demás. Nunca hemos aprendido a dar vida a nada.

–Y ahora es demasiado tarde –dijo Martha.

–Sí, es demasiado tarde –aprobé, y volví a la lectura de mi diario.

 

Pero Martha siguió sencillamente allí sentada, con el libro abierto en su regazo, contemplándome: y luego, después de un rato, cerró el libro y subió a acostarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL HUEVO

 

Fue un hecho afortunado, como lo reconocieron todos, que Souvan estuviera a cargo de las excavaciones –167-arco II, porque aunque era un arqueólogo de segundo orden, su hobby o afición lateral era las excentricidades de las ideas sociales de la segunda mitad del siglo veinte. No era simplemente un historiador, sino un estudioso cuya curiosidad lo llevó por los pequeños atajos olvidados por la historia. De otra manera, el huevo no hubiera recibido el tratamiento que tuvo.

La excavación tenía lugar en la parte norte de una región que en tiempos antiguos se había llamado Ohio, perteneciente a un ente nacional conocido como Estados Unidos de América en aquel entonces. Había sido una nación tan poderosa que había resistido tres incendios atómicos antes de desintegrarse, y por eso era más rica en tesoros enterrados que cualquier otra parte del mundo. Como lo sabe cualquier escolar, fue sólo en el siglo pasado que logramos llegar a entender las antiguas costumbres sociales de las últimas décadas de la era anterior. No es muy fácil superar una brecha de tres mil años, y es muy natural que la edad de la guerra atómica esté más allá de la comprensión de los seres humanos normales.

Souvan había pasado años de investigación calculando el lugar exacto para la excavación, y aunque nunca lo había declarado públicamente, no estaba interesado en refugios atómicos sino en otra manifestación de aquella época, una manifestación olvidada. Habían sido tiempos de muerte (el mundo no había visto antes tantas muertes), y por eso habían sido tiempos en que se había tratado de conquistar la muerte, mediante curas, sueros, anticuerpos, y mediante algo que le interesaba a Souvan de manera especial: el método de congelación.

A Souvan le interesaba sobremanera la cuestión de .la congelación. Según sus investigaciones, parecería que al comenzar la segunda mitad del siglo veinte, se habían congelado órganos humanos así como también animales enteros. Los más simples habían sido descongelados y revividos. Algunos médicos habían concebido la idea de congelar a seres humanos que padecían enfermedades incurables, manteniéndolos luego en hibernación hasta que se hubiera descubierto la cura de la enfermedad en cuestión. Para entonces, en teoría, se los reviviría para curarlos. Si bien sólo los ricos aprovecharon las ventajas del método, fueron varios cientos de miles de personas las que lo utilizaron (no se conocía a ciencia cierta si alguien había sido revivido y curado), y los centros construidos a tal efecto fueron destruidos por los incendios y los siglos de barbarie y salvajismo.

Sin embargo, Souvan había hallado una referencia a uno de esos centros, construido durante la última década de la era atómica. Era subterráneo y aparentemente tenía compresores accionados por energía atómica. Los años de trabajo e investigación estaban apunto de dar fruto. Habían hundido el socavón a unos cien pies dentro de la materia como lava que estaba al sur del lago, y ya habían llegado a las ruinas de lo que parecía ser la instalación que buscaban. Ya habían penetrado en el antiguo edificio y ahora, armados con poderosos reflectores, picos y palas, Souvan y los estudiantes que lo ayudaban caminaban por las ruinas, pasando de habitación .en habitación y de sala en sala.

Sus investigaciones y cálculos no lo habían defraudado. El lugar era precisamente lo que había esperado: un instituto para la congelación y preservación de seres humanos.

Entraron en todas las cámaras donde estaban apilados los ataúdes. Parecían las catacumbas cristianas de un pasado remotísimo. La energía que impulsaba los compresores se había detenido hacía tres milenios y hasta los esqueletos dentro de los ataúdes se habían convertido en polvo.

–Ahí termina el sueño de la inmortalidad del hombre –pensó Souvan, preguntándose quiénes habrían sido esos pobres diablos y cuáles habrían sido sus últimos pensamientos antes de ser congelados para desafiar lo más ineludible del universo, el tiempo mismo. Sus estudiantes charlaban excitados, y si bien Souvan sabía que su descubrimiento sería recibido como uno de los más importantes de su tiempo, se sentía profundamente decepcionado. Él había esperado encontrar algún cuerpo bien preservado en alguna parte, y con ayuda de la medicina, al lado de la cual la del siglo veinte había sido bastante primitiva, volverlo a la vida y así obtener un informe directo de esas misteriosas décadas en que la raza humana, en un ataque de locura generalizado en el mundo entero, se había vuelto contra sí misma destruyendo no sólo el 99 % de la humanidad sino también todas las formas de vida animal existente. Sólo habían sobrevivido datos muy incompletos de las formas de vida de esa época, mucho menos de los pájaros que de otros animales, a tal extremo que las maravillosas criaturas aéreas que surcaban los vientos del cielo eran parte integrante de mitos más que de la realidad histórica.

El sueño dorado de Souvan, ahora destrozado, había sido encontrar un hombre o una mujer, un ser humano que hubiera sido capaz de arrojar luz sobre el origen de los incendios provocados por las naciones de la Tierra para destruirse entre sí. Por todas partes se veían importantes trozos de esqueletos que permanecían intactos, como un cráneo que presentaba un maravilloso trabajo de restauración en la dentadura (Souvan quedó impresionado por la eficiencia técnica de los antiguos), un fémur, un pie, y en un ataúd encontró un brazo momificado, lo que lo sorprendió. Todo esto era fascinante e importante, pero nada si se lo comparaba con las posibilidades inherentes a su sueño destrozado.

No obstante Souvan inspeccionó todo con gran cuidado. Condujo por las ruinas a sus estudiantes, y no se perdieron nada. Examinaron más de dos mil ataúdes, en los que no encontraron más que el polvo de la muerte y del tiempo.

Pero el sólo hecho de que la instalación hubiera sido construida a tal profundidad sugería que pertenecía a la última parte de la era atómica. Indudablemente los científicos de la época se habrían dado cuenta de la vulnerabilidad de la energía eléctrica cuyo origen no fuera atómico, y a menos que los historiadores estuvieran equivocados, ya se utilizaba la energía atómica para la producción de electricidad.

Pero, ¿qué clase de energía atómica? ¿Cuánto tiempo podría funcionar? ¿ Dónde había estado la planta de energía? ¿Utilizaban el agua como agente refrigerante? En ese caso, la planta de energía estaría en la ribera del lago, ahora convertida en vidrio y lava. Posiblemente no habían llegado a descubrir cómo se construía una unidad atómica autónoma capaz de producir energía por lo menos para cinco mil años. Si bien no habían encontrado una planta así en ninguna de las ruinas, había que considerar que la mayor parte de la civilización antigua había sido destruida por los incendios y por eso sólo habían sobrevivido fragmentos de su cultura.

En ese momento de sus meditaciones fue interrumpido por el alarido proferido por uno de sus estudiantes, cuya tarea era detectar radiaciones.

–Tenemos radiación, señor.

No era extraño en una excavación a bajo nivel, pero muy inusual a esa profundidad.

–¿Cuánto?

–De 003. Muy baja.

–Muy bien –dijo Souvan–. Guíenos, proceda lentamente.

Sólo faltaba examinar un recinto, una especie de laboratorio. ¡Qué extraño cómo los huesos perecían pero sobrevivían la maquinaria y los equipos! Souvan caminaba detrás del detector de radiaciones, y detrás de él todos los otros, desplazándose con gran lentitud.

–Es energía atómica, señor, ahora 007, todavía inofensiva. Creo que ésa es la unidad, la que está en el rincón, señor.

Del rincón se oía un murmullo muy débil.

Había una gran unidad sellada conectada por un cable a una caja de unos treinta centímetros cuadrados. La caja, construida de acero inoxidable, en partes todavía brillante, emitía un sonido apenas audible.

Souvan se volvió a uno de sus discípulos.

–Análisis de sonido, por favor.

El estudiante abrió una caja que llevaba, la puso sobre el suelo, ajustó los diales, y leyó los resultados.

–Es un generador –dijo, excitado–. Activado por energía atómica, más bien simple y primitivo, pero increíble. No demasiada energía, pero constante. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

–Tres mil años.

–¿Y la caja?

–Presenta algunos problemas –dijo el estudiante–. Parece que hay una bomba, un sistema de circulación, quizás un compresor. El sistema está funcionando, lo que indicaría que hay refrigeración en alguna parte. Es una unidad sellada, señor.

Souvan tocó la caja. Estaba fría, pero no más fría que los demás objetos metálicos que había en las ruinas. Bien aislado, pensó, maravillándose nuevamente del genio técnico de esos antiguos.

–¿Qué porcentaje –preguntó al estudiante– estima que está dedicado a la maquinaria?

El estudiante volvió a tocar los diales y estudió las agujas de su detector de sonido.

–Es difícil decirlo, señor. Si quiere algo aproximado, yo diría que un ochenta por ciento.

–Así que si contiene un objeto congelado, debe ser muy pequeño, ¿verdad? –preguntó Souvan, tratando de que no se notara que le temblaba la voz de ansiedad.

–Muy pequeño, sí señor.

Dos semanas más tarde Souvan habló por televisión. Habló para la gente. Con el final de los grandes incendios atómicos de hacía tres mil años se habían terminado las razas y los idiomas. Las pocas personas que sobrevivieron se juntaron y se casaron entre sí, y de todas las lenguas salió una sola. Con el tiempo se propagaron a los cinco continentes de la Tierra.

Ahora había medio billón de habitantes. Volvía a haber campos de trigo, huertos y bosques, y peces en el mar. Pero no existía el canto de los pájaros ni el grito de ninguna bestia, porque ni bestias ni pájaros habían sobrevivido.

–“Sin embargo, algo sabemos acerca de los pájaros.” –dijo Souvan, un poco nervioso porque era la primera vez que hablaba por el circuito mundial. Ya les había contado acerca de sus cálculos, la excavación y el hallazgo.

–"No es mucho, desgraciadamente, porque no ha quedado ninguna imagen ni representación de un pájaro. Pero durante nuestras investigaciones hemos tenido la suerte de encontrar algún libro que mencionaba a los pájaros, o un verso, una referencia en una novela. Sabemos que su hábitat era el aire, que volaban sobre alas extendidas, no como vuelan nuestros aviones impulsados por sus chorros atómicos, sino como nadan los peces, con belleza y gracia. Sabemos que algunos era pequeños, otros muy grandes, y sabemos también que estaban cubiertos por una pelusa que llamaban plumas. Pero cómo era exactamente un ave o una pluma o un ala, eso no lo sabemos, fuera de la imaginación de nuestros artistas, que tantas veces han imaginado a los pájaros.”

–"Bien, en el último cuarto que examinamos en el extraño lugar de resurrección construido por los antiguos en América, en la única célula de refrigeración que todavía funcionaba, descubrimos una cosita ovoide que creemos que es el huevo de un pájaro. Como saben, existe una disputa entre los naturalistas; algunos sostienen que no es posible que una criatura de sangre caliente se reproduzca por medio de huevos, otros dicen que sí, que es igual que los insectos y los peces, pero esa disputa no ha sido resuelta todavía. Muchos hombres de ciencia de gran reputación creen que el huevo del pájaro era simplemente un símbolo, un símbolo mitológico. Otros sostienen con igual firmeza que los pájaros se reproducían poniendo huevos. Quizá podamos por fin resolver esta disputa.”

–"De cualquier modo, hora verán el dibujo de un huevo"

En las cámaras de televisión apareció una cosa pequeña, de una pulgada de largo, y toda la gente de la Tierra la miró.

–"He aquí el huevo. Lo hemos sacado de la cámara de refrigeración con el mayor de los cuidados, y ahora está en una incubadora que le hemos construido especialmente. Hemos analizado todos los factores que podrían indicarnos cuál sería el calor adecuado, y ahora que hemos hecho todo lo posible, debemos esperar. No tenemos idea de cuánto tiempo llevará la incubación. La máquina que se usó para congelarlo y mantenerlo fue probablemente la primera de su tipo que se construyó (tal vez la única), y seguramente se planeaba congelar el huevo por un período muy breve, quizá para comprobar la eficacia de la máquina. Sólo podemos tener esperanzas de que, tres mil años después, quede un germen de vida".

Pero Souvan tenía mucho más que esperanzas. El huevo había sido puesto bajo el cuidado de una comisión de naturalistas y biólogos, pero como él había sido su descubridor, Souvan podía estar presente en todo. Ni sus amigos ni su familia lo veían. Vivía en el laboratorio, comía y dormía allí. Las cámaras de televisión, fijas sobre el minúsculo objeto en la incubadora de vidrio, informaban en la hora de su progreso a todo el mundo. Souvan, junto con la comisión de científicos, no podían apartarse del lugar. El arqueólogo se despertaba y en seguida recorría los silenciosos corredores para ir a mirar el huevo. Cuando dormía, soñaba con el huevo. Observó cientos de dibujos hechos por artistas sobre pájaros, y recordó antiguas leyendas de seres metafísicos llamados ángeles, preguntándose si no habían tenido origen en alguna especie de pájaro.

Él no era el único cuyo interés era fanático. En un mundo sin fronteras; sin guerras ni enfermedades, casi sin odio, no había sucedido nada tan excitante como el descubrimiento del huevo. Millones y millones de personas observaban el huevo en sus televisores. Millones soñaban con lo que podría llegar a convertirse.

Y luego sucedió. A los catorce días Souvan fue despertado por uno de los ayudantes del laboratorio.

–¡Está saliendo del cascarón! –exclamó–. ¡Venga, Souvan, que está saliendo!

Todavía en su ropa de dormir, Souvan corrió al cuarto de la incubadora, donde ya estaban reunidos los naturalistas y los biólogos junto a la máquina. En medio de las voces se oía el ruego de los camarógrafos pidiendo más espacio para la imagen. Souvan los ignoró, abriéndose paso para ver.

Estaba sucediendo. Ya la cáscara estaba agrietada, y mientras observaba vio un pequeño pico que se abría paso, seguido de una bolita de plumas amarillas. Su primera reacción fue de gran desilusión. ¿Así que éste era un pájaro? ¿Esta minúscula e informe bolita de vida parada sobre dos patas que apenas si podía caminar, y que evidentemente era incapaz de volar? Luego su entrenamiento científico lo hizo razonar asegurándole que el infante no necesariamente se parece al adulto, y que el hecho de que emergiera vida de un antiguo huevo congelado era el milagro. más grande que hubiera presenciado.

Ahora se hicieron cargo de todo los naturalistas y los biólogos. Ya habían determinado, recomponiendo todos los fragmentos de información que poseían, y utilizando el ingenio, además, que la dieta de la mayoría de los pájaros debía haber consistido de raíces y de insectos, y ya tenían preparado todas las variaciones posibles de dietas, listos para ver cuál era la mejor para el velloncito amarillo. Trabajaron siguiendo el instinto pero también rezando, y por suerte hallaron una dieta adecuada.

Durante las semanas siguientes el mundo y Souvan observaron la cosa más maravillosa, el crecimiento de un polluelo que llegó a convertirse en un hermoso pájaro cantor. Lo trasladaron de la incubadora a una jaula y luego a otra jaula más grande, y luego un día extendió las alas e hizo el primer intento para volar.

Casi medio billón de personas gritaron de alegría, pero nada de esto sabía el pájaro. Cantó, débilmente al principio, luego cada vez con más fuerza. Hizo sus trinos, y el mundo escuchó con más interés que el que prestaba a sus grandes orquestas sinfónicas.

Construyeron una gran jaula de, treinta pies de alto, cincuenta de largo y cincuenta de ancho, y colocaron la jaula en el medio de un parque, y el pájaro volaba y cantaba dentro de la jaula como si fuera una veloz bola sonora.

Millones de personas iban al parque a ver el pájaro con sus propios ojos. Atravesaban los continentes y los anchos mares. Llegaban de todos los confines de la Tierra para ver el pájaro.

Quizás algunos de ellos sintieron que les cambiaba la vida, así como Souvan sintió que su vida había cambiado. Vivía ahora con los sueños y recuerdos de un mundo que había existido, un mundo en el que esos bailarines plumados eran cosa de todos los días, en el que el cielo estaba lleno de sus formas que planeaban, se precipitaban y bailaban. Vivir con ellos debe haber sido un goce sin fin. Verlos desde la puerta de la casa, observarlos, oír sus trinos de la mañana hasta el atardecer debe haber sido un éxtasis. Iba a menudo al parque (tan a menudo que interfería con su trabajo), se abría paso entre las inmensas muchedumbres hasta que se acercaba y podía ver el rayito de sol que había regresado al mundo desde la inmensidad de los tiempos. y un día; parado allí, miró la lejanía azul del cielo y supo lo que debía hacer.

Era una figura de fama mundial, así que no le fue difícil que el Consejo le diera audiencia.

Parado ante el augusto cuerpo de cien hombres y mujeres que administraban todo lo relacionado con la vida en la Tierra, esperó hasta que el presidente del consejo, un venerable viejo de barba blanca y más de noventa años, le dijo:

–Te escuchamos, Souvan.

Estaba nervioso, intranquilo, pero sabía qué era lo que debía decir y juntó ánimos para decirlo.

–El pájaro debe ser puesto en libertad –dijo Souvan.

Se hizo un silencio que duró varios minutos, hasta que se puso de pie una mujer y le preguntó, no sin amabilidad:

–¿Por qué dices eso, Souvan?

–Quizá porque, sin querer ser egoísta, estoy en condiciones de decir que mi relación con el pájaro es especial. De cualquier manera, ha entrado en mi vida y en mi ser, dándome algo de lo que antes carecía.

–Posiblemente lo mismo nos pase a todos, Souvan.

–Posiblemente, y por eso sabrán lo que siento. El pájaro está con nosotros desde hace más de un año. Los naturalistas con los que he discutido creen que un ser tan pequeño no puede vivir mucho. Vivimos por amor y hermandad.

Damos porque recibimos. El pájaro nos ha dado el don más precioso, un nuevo sentido de la maravilla que es la vida. Todo lo que podemos darle en cambio es el cielo azul, para el que fue creado. Es por eso que sugiero que soltemos el pájaro.

Souvan se retiró y los consejeros se pusieron a hablar entre ellos, hasta que al día siguiente anunciaron al mundo su decisión. Iban a soltar el pájaro. La explicación que dieron fueron las palabras de Souvan. Así llegó un día, no mucho después, en que medio millón de personas se agolparon en las colinas y valles del parque donde estaba la jaula, mientras medio billón más miraba en sus televisores.

Había miles de largavistas enfocados sobre la jaula. Souvan no tenía necesidad de ellos, porque estaba junto a la jaula. Observó cómo corrían el techo de la jaula, y luego observó al pájaro.

Se quedó sobre la percha, cantando con todos sus bríos, mientras un torrente de sonidos brotaba de su pequeña garganta. Luego, de alguna manera, se dio cuenta de la libertad. Voló, primero dentro de la jaula, luego en círculos, elevándose cada vez más alto hasta que sólo fue un aleteo brillante de sol, y luego nada más.

–A lo mejor regresa –dijo alguien que estaba cerca de Souvan.

Extrañamente, el arqueólogo deseó que no fuera así. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero sentía una alegría y una plenitud que nunca había experimentado en su vida.

 

 

 

LA HORMIGA GIGANTE

 

 

A veces nuestra parte animal-instintiva le gana a nuestra parte racional. Es el problema de ser animales racionales... Por más civilizados que nos consideremos, por más alto nivel educativo que hayamos alcanzado, cuando el miedo o la sorpresa de lo inesperado asalta actuamos instintivamente. Y de eso nos habla Howard Fast en "La hormiga gigante".

El cuento pertenece al libro "El filo del futuro", una recopilación de algunos de sus cuentos de ciencia ficción editado por primera vez en argentina en 1963.

Espero que les guste

:D

 

 

La Hormiga Gigante

Ha habido toda clase de opiniones y conjeturas acerca del fin. Se dijo que más pronto o más tarde habría demasiada gente, o que nos mataríamos unos a otros (con la bomba atómica era muy probable). Toda clase de opiniones, pero nadie recordaba que somos lo que somos. Podemos encontrar un modo de alimentar a cualquier número de hombres, y quizá también de evitar que nos eliminemos mutuamente con la bomba; en eso somos gente experta, pero nunca hemos sido expertos en modificarnos a nosotros mismos, o en modificar nuestra conducta.

 

Lo sé. No soy un malvado ni un hombre cruel; todo lo contrario: soy un ser humano común, quiero a mi esposa y a mis hijos y me llevo bien con mis vecinos. Soy como otros muchos hombres, y hago las mismas cosas que ellos, y de la misma manera irreflexiva.

 

Soy también escritor, y les dije a Lieberman, el conservador del museo, y a Fitzgerald, el funcionario del gobierno, que me gustaría escribir la historia. se encogieron de hombros.

 

- Escríbala - dijeron -, no cambiará nada.

- ¿No creen ustedes que alarmará a la gente?

- ¿Cómo puede alarmar a nadie si nadie lo creerá?

- Podría incluir una o dos fotografías.

- ¡Oh, no! ¡Fotografías no!

- ¿Qué sentido tiene esto? Me permiten que escriba la historia, pero no que publique fotografías para que la gente me crea.

- Sería inútil. Dirían que usted ha falsificado las fotografías, y eso aumentaría la confusión. Y si hay alguna probabilidad de salir bien de ese asunto, la confusión no ayudaría.

- ¿Qué ayudaría?

 

No podrían decírmelo, porque no lo sabían. En consecuencia, he aquí lo que ocurrió, relatado de un modo directo y simple.

 

Todos los veranos, en el mes de agosto, cuatro buenos amigos mías y yo vamos a pescar durante una semana en la cadena de lagos de St. Regis, en los Adirondacks. Alquilamos la misma cabaña todos los veranos, vamos de un lado a otro en canoas, y a veces pescamos unas pocas lobinas. La pesca no es muy buena, pero jugamos a los naipes, cocinamos, y descansamos en general. El verano último yo tuve que hacer algunas cosas que no podía dejar de lado. Llegué con tres días de retraso y el tiempo era tan caluroso y apacible que decidí quedarme solo un día o dos después de haberse ido los otros. Había un pequeño prado delante de la cabaña y me propuse pasar tres o cuatro horas jugando al golf. Por eso yo tenía el palo de golf junto a mi cama.

 

El primer día que estuve solo abrí una lata de legumbres y otra de cerveza, cené, y me tendí en la cama con La vida en el Misisipi, un paquete de cigarrillos y una barra de chocolate de ocho onzas. No tenía nada que hacer, ni teléfono, ni obligaciones, ni diarios. Me sentpia tan tranquilo como puede estarlo un hombre en estos tiempos de nerviosidad.

 

No había oscurecido aún, y yo leía a la luz que entraba por la ventana, sobre mi cabeza. Iba a tomar un nuevo cigarrillo cuando alcé la vista, y la vi al pie de la cama. El borde de mi mano tocaba el palo de golf y con un simple movimiento blandí el palo, le asesté un golpe violento y exacto, y la maté. A eso me refería anteriormente. Yo seré de este o de aquel modo, peror eacciono como un hombre. Creo que cualquier hombre, negro, blanco, o amarillo, en China, en Africa, o en Rusia, hubiese hecho lo mismo.

 

Me sentí completamente empapado en sudor al principio, y luego me di cuenta de que iba a vomitar. Salí de la cabaña, recordando que no me sucedía, recordando que no me sucedía eso desde 1943, en mi viaje a Europa en la bodega de un barco en la cabaña y mirarla. Estaba muerta, pero yo ya había decidido no dormir solo allí.

 

No podía tocarla con las manos desnudas. La recogí con un pedazo de papel de estraza, la eché en mi cesta de pesca, y puse la cesta en el guardabaúles del coche junto con el equipaje. Luego cerré la puerta de la cabaña, subí al coche y volví a Nueva York. Me detuve una vez en el camino, poco antes de llegar a Thruway, y dormité en el coche algo más de una hora. Casi amanecía cuando llegué a la ciudad, y me afeité, y me di un baño caliente, y me cambié la ropa antes que despertara mi mujer.

 

Le expliqué durante el desayuno que no me las arreglaba solo, y como ella lo sabía, y los viajes de noche no eran en mí nada extraordinarios, no me abrumó con preguntas. Me serví dos huevos, un poco de café, y fumé un cigarrillo. Luego fui a mi estudio, encendí otro cigarrillo, y contemplé la cesta de pesca, que yo había puesto sobre el escritorio.

 

Mi mujer entró, vio la cesta, notó que tenía un olor demasiado fuerte, y me pidió que la llevara al sótano.

 

- Voy a vestirme - dijo -. Los muchachos están todavía en el campo. Tengo una cita con Ann para el almuerzo, pues no pensé que volverías hoy. ¿Me quedo?

- No, por favor. Aprovecharé para hacer algunas cosas.

 

Me senté y fumé algunos cigarrillos más, y al fin llamé al museo y pregunté quién era el encargado de los insectos. Me dijeron que se llamaba Bertram Lieberman y pedí que me permitieran hablar con él. Tenía una voz agradable. Le dije que me llamo Morgan y soy escritor, y él me indicó cortésmente que había visto mi nombre, y él me indicó cortésmente que había visto mi nombre, y había leído algo que yo había escrito. Lo que suele oírse cuando un escritor se presenta a una persona amable y educada.

 

Pregunté a Lieberman si podía verlo y contestó que le esperaba una mañana de mucho trabajo. ¿Podía ser al día siguiente?

 

- Me temo que tenga que ser ahora mismo - repliqué con firmeza.

- Oh. ¿Necesita alguna información?

- No. Tengo un ejemplar para usted.

- Oh.

 

Este "Oh" era un intervalo culto y neutral. No preguntaba ni respondía. Había que interpretarlo.

 

-Sí, creo que le interesará.

- ¿Un insecto? - preguntó suavemente.

- Así creo.

- Oh. ¿Grande?

- Muy grande.

- ¿A las once en punto? ¿Puede venir a esa hora? En el primer piso entrando por la derecha.

- Iré.

- Una pregunta. ¿Está muerto?

- Si, está muerto.

- Oh. Tendré el gusto de verlo a las once en punto, señor Morgan.

 

Mi mujer estaba ya vestida. Abrió la puerta del estudio y dijo firmemente:

 

- Llévate esa cesta de pesca. Huele mal.

- Sí, querida. Me la llevvaré.

- Creía que necesitabas dormir un poco después de viajar toda la noche.

- Es gracioso, pero no tengo sueño. Creo que daré una vuelta por el museo.

 

Mi mujer me dijo que eso era lo que le gustaba de mi, que nunca me cansaba de lugares como los museos, los tribunales de policía y los clubes nocturnos de tercera clase.

 

De todos modos, aparte del hipódromo, un museo es el lugar más interesante e insólito del mundo. Era en verdad insólito que además del señor Lieberman me esperaran otros dos hombres. Lieberman era un hombre flaco, de facciones agudas, y unos sesenta años de edad. El funcionario del gobierno, Fitzgerald, era bajo, de ojos negros, y llevaba anteojos con armazón de oro. Se mostró muy vivaz, pero no me dijo a qué parte del gobierno representaba. se limitaba a decir "nosotors" refiriéndose al gobierno. Hopper, el tercer hombre, bien vestido, regordete y afable, era un senador de los Estados Unidos que se interesaba por la entomología, aunque con anterioridad a aquella mañana yo hubiera jurado que un senador entomólogo era algo que no existía no podía existir.

 

La habitación era grande y cuadrada, estaba amueblada con sencillez, y había estanterías y armarios en todas las paredes.

 

Nos estrechamos las manos y luego Lieberman me preguntó, señalando la cesta con la cabeza:

 

- ¿Es eso?

- Es eso.

- ¿Puedo verlo?

- Véalo. No es nada que quiera pasar de contrabando. Se lor egalo.

- Muchas gracias señor Morgan.

 

Lieberman abrió la cesta y miró adentro. Luego se irguió y los otros dos lo miraron inquisitivamente.

 

- Sí - dijo Lieberman.

 

El senador cerró los ojos un largo rato. Fitzgerald se quitó los anteojos y los limpió cuidadosamente. Lieberman extendió un mantel de plástico sobre el escritorio, y luego sacó la cosa de la cesta y la puso sobre el plástico. Los otros dos hombres no se movieron. Se quedaron sentados, mirando.

 

- ¿Qué opina usted, señor Morgan? - me preguntó Lieberman

- Creía que esto era sunto suyo - dije.

- Sí, por supuesto, pero quisiera tener su impresión.

- Una hormiga. Esa es mi impresión. Es la primera vez que veo una hormiga de cuarenta, cincuenta centímetros de largo. Y espero que sea la última.

- Un deseo comprensible - asintió Lieberman.

 

Fitzgerald dijo entonces:

 

- ¿Puedo preguntarle cómo la mató, señor Morgan?

- Con un palo. Un palo de golf, quiero decir. Fui a pescar con unos amigos en St. Regis, en los Adirondacks, y llevé el palo para practicar un poco. Los tiros cortos son la peor parte de mi juego. Yo me quedé sólo en la cabaña, y se me ocurrió practicar cuatro o cinco horas. Pero...

- No es necesario que lo explique - interrumpió Hopper sonriendo, pero con una sombra de tristeza en el rostro -. Algunos de nuestros mejores jugadores de golf tienen la misma dificultad.

- Estaba acostado, leyendo, y la vi al pie de mi cama. Yo tenía el palo...

- Comprendo - me interrumpió Fitzgerald.

- Evita usted mirarla - dijo Hopper.

- Me revuelve el estómago.

- Sí, si, claro.

 

Lieberman preguntó:

 

- ¿Quiere explicarnos por qué la mató, señor Morgan?

- ¿Por qué?

- Sí, ¿por qué?

- No entiendo. ¿Qué quieren decirme?

- Siéntese, por favor, señor Morgan - dijo Hopper -. Trate de descansar. Esto ha sido muy penoso para usted.

- Todavía no he dormido. Y no sé qué pesadillas tendré realmente.

- No queremos inquietarlo, señor Morgan - declaró Lieberman -. Creemos, sin embargo, que ciertos aspectos de este asunto son muy importantes. Por eso le preguntó por qué la mató. Tuvo que tener usted algún motivo. ¿Se vio usted atacado?

- No.

- ¿Se sorprendió usted de un movimiento súbito?

- No. Estaba ahí, simplemente.

- Entonces, ¿por qué?

- La pregunta es inútil - intervino Fitzgerald -. Sabemos por qué la mató.

- ¿Lo saben?

- La respuesta es muy sencilla, señor Morgan. Usted la mató porque usted es un ser humano.

-Oh.

- Si. ¿Comprende?

- No, no comprendo.

- Entonces, ¿por qué la mató? - preguntó Hopper.

- Estaba muy asustado. Y todavía lo estoy, para decir verdad.

- Es usted un hombre inteligente, señor Morgan - dijo Lieberman -. Permítame que le muestre algo.

 

Abrió las puertas de un armario adosado a la pared y me mostró ocho frascos de aldehído fórmico con ocho ejemplares como el mío, mutilados todos por un golpe violento y mortal. Yo me limité a mirar sin decir nada.

 

Lieberman cerró el armario y dijo, encogiéndose de hombros:

 

- Todas en cinco días.

- Una nueva raza de hormigas - murmuré tontamente.

- No. No son hormigas. Venga.

 

Me indicó que me acercara al escritorio y los otros dos se unieron a nosotros. Lieberman sacó de un cajón un equipo de instrumentos de disección, dio vuelta al bicho con unas pinzas, y señaló, dio vuelta al bicho con unas pinzas, y señaló la parte baja de lo que sería el tórax en un insecto.

 

- Esto parece parte del cuerpo, ¿no es así señor Morgan?

- Así es.

 

Utilizando dos instrumentos, Lieberman encontró una fisura, y tironeó hacia los lados. el tórax se abrió como el vientre de un avión de bombardeo. Era un receptáculo, una bolsa, y adentro había cuatro utensilios o instrumentos, hermosos y diminutos, de unos cinco centímetros de largo. eran hermosos como es hermoso todo objeto de propósito funcional creado con amor, como la misma criatura, si ella no hubiera sido un insecto y yo un hombre. Utilizando unas pinzas, Lieberman sacó los instrumentos de las grapas que los sostenían y me los ofreció. Y yo los tomé, los palpé, los examiné y los dejé.

 

Luego miré la hormiga y me di cuenta de que no la había observado verdaderamente hasta entonces. No observamos atentamente lo que nos parece horrible o repugnante. No se puede ver nada a través de una pantalla de aborrecimiento. Pero el aborrecimiento y el temor se habían diluido, y mirando aquello comprobé que no era una hormiga, aunque lo parecía. En verdad, yo nunca había visto ni imaginado nada semejante.

 

Los tres hombres me observaban y de pronto me defendí.

 

- ¡Yo no lo sabía! - exclamé -. ¿Qué esperan ustedes que haga uno cuando ve un insecto de este tamaño?

 

Lieberman movió la cabeza afirmativamente.

 

-¿Qué es, en nombre de Dios? - pregunté.

 

Lieberman sacó de su escritorio una botella y cuatro copas. Nos sirvió y bebimos. Yo no había esperado encontrar un buen whisky en aquella oficina.

 

- No lo sabemos - dijo Hopper -. No sabemos qué es.

 

Lieberman señaló el cráneo roto donde asomaba una sustancia blanca.

 

- Materia cerebral - dijo -, gran cantidad.

- Una criatura muy inteligente, quizá - declaró Hopper.

- Un insecto, con una estructura en evolución - dijo Lieberman -. sabemos muy poco de la inteligencia de nuestros insectos. No es exactamente lo que llamamos inteligencia. es un fenómeno colectivo, como las partes que componen un cuerpo humano. Cada parte vive independientemente, pero la inteligencia es el resultado del conjunto. Si sucediera lo mismo en criaturas como esta...

 

Los hombres se quedaron mirando el bicho y pregunté:

 

- ¿Y si tienen eso?

- ¿Qué?

- La inteligencia colectiva de la que usted ha hablado.

- Oh. bueno, no podría decirlo. Sería algo que superaría nuestros sueños más extravagantes. Comparadas con nosotros serían... bueno, lo que somos nosotros comparados con una hormiga ordinaria.

- No lo creo - dije lacónicamente.

 

Y Fitzgerald, el funcionario, me replicó con calma:

 

- Tampoco nosotros lo creemos. Lo suponemos.

- Si es tan inteligente, ¿ por qué no empleó contra mí una de sus armas?

- ¿Hubiera sido eso una muestra de inteligencia? - preguntó Hopper suavemente.

- Quizá ninguno de esos instrumentos sea un arma?

- ¿No lo sabe? ¿Las otras no llevaban instrumentos?

- Los llevaban - contestó Fitzgerald lacónicamente.

- ¿Y qué eran?

- No lo sabemos - dijo Lieberman.

- Pero ustedes pueden averiguarlo. Tenemos hombres de ciencia, ingenieros. Esta es una era de instrumentos, qué son, cómo funcionan, para qué sirven?

- Así es exactamente - replicó Hopper -. No sabemos nada, señor Morgan. Carecen de sentido para los mejores ingenieros y técnicos de los Estados unidos. Conoce usted la vieja anécdota. Dele a Aristóteles un aparato de radio. ¿Qué haría Aristóteles? ¿Dónde encontraría energía eléctrica? ¿Y qué recibiría si nadie transmite nada? No es que esos instrumentos sean complicados. En realidad son muy sencillos. Pero no tenemos idea de lo que pueden o podrían hacer.

- Pero tienen que ser un arma de alguna clase.

- ¿Por qué? - preguntó lieberman -. Mírese a sí mismo, señor Morgan; es usted un hombre culto e inteligente, pero no concibe un mundo donde las armas no sean un artículo de primera necesidad. Sin embargo, un arma es algo raro, señor Morgan, un instrumento homicida. Nosotros no pensamos así porque las armas son hoy el símbolo de nuestro mundo. ¿Es eso civilización, señor Morgan? ¿O no son las armas y la civilización, en un sentido esencial, incompatibles? ¿No puede usted imaginar una mentalidad que no acepte, o no conciba la idea del crimen? nosotros vemos todo a través de nuestra subjetividad. ¿Por qué otros - esta criatura, por ejemplo - no han de poder ver el proceso de la actividad mental fuera de su subjetividad? Se acerca a un ser de este mundo y la matan. ¿Por qué? ¿Qué explicación tiene? Dígame, señor Morgan. ¿Cómo se lo explicaría usted a una criatura completamente racional? - Y Lieberman señaló el bicho que estaba sobre el escritorio -. Se lo pregunto muy seriamente, ¿cómo lo explicaría usted?

- ¿Un accidente? - murmuré.

- ¿Y los ocho frascos del armario? ¿Ocho accidentes?

- Creo, señor Lieberman - dijo Fitzgerald -, que por ese camino puede ir usted un poco demasiado lejos.

- Sí, para ustedes puede ser así. Es una parte del ambiente en que viven. Pero mi ambiente es la ciencia. Y como hombre de ciencia trato de ser racional. La creación de una estructura de lo bueno y lo malo, o lo que llamamos moralidad y ética, es función de la inteligencia, e indiscutiblemente el mal fundamental puede ser la destrucción de la inteligencia consciente. Por eso, y desde hace tanto tiempo, hemos aceptado al menos el mandamiento "No matarás", aunque sólo de labios afuera. Pero para una inteligencia colectiva, de la que podría ser parte esta criatura, la idea del asesinato sería inconcebiblemente monstruosa.

 

Me senté y encendí un cigarrillo. Me temblaban las manos. Hopper se excusó:

 

- Hemos sido un tanto duros con usted, señor Morgan. pero en los últimos días otros ocho hombres han hecho exactamente lo mismo que usted. Estamos metidos en una trampa: somos lo que somos.

- Pero dígame, ¿de dónde viene estas cosas?

- No importa casi de dónde vienen - contestó Hopper desanimadamente -. Quizá de otro planeta, quizá de los abismos de la tierra, o de la Luna o de Marte. No importa de dónde. Fitzgerald cree que vienen de un planeta menor, pues sus movimientos son aquí aparentemente lentos. Pero el doctor Lieberman opina que se mueven con lentitud porque no han descubierto la necesidad de moverse con rapidez. Entretanto, tienen que resolver el problema de estos asesinatos. Sólo Dios sabe cuántas han muerto en otros lugares, en Africa, Asia y Europa.

- Entonces, ¿por qué no se lo dicen al mundo? ¡Pronto, antes que sea demasiado tarde!

- Lo hemos pensado - dijo Fitzgerald -. ¿Pero y el pánico, la histeria? ¿Y si nos dicen que la culpa la tiene la bomba atómica? No podemos cambiar: somos lo que somos.

- Si, pueden hacerlo - declaró Lieberman -. Pero si no padecen la maldición del asesinato, quizá estén exentas también de la maldición del temor. Pueden ser sociales en el sentido más elevado. ¿Qué hace la sociedad con los asesinos?

- Hay sociedades que los condenan a muerte, y otras que reconocen su enfermedad y los encierran en un sitio donde no pueden seguir matando - dijo hopper -. Por supuesto, es distinto cuando todo un mundo está en el banquillo. Ahora tenemos bombas atómicas y otras cosas, y estamos alcanzando las estrellas...

- Yo me inclino a creer que se irán - dijo Fitgerald -. Quizá padezcan la maldición del temor, doctor.

- Quizá - admitió Lieberman -. Así lo espero.

 

Pero cuanto más lo pienso, más me parece que el temor y el odio son dos caras de la misma moneda. Trato aún de recordar, de recrear el momento en que vi al animal al pie de mi cama en la cabaña. Trato aún de extraer de mi memoria una visión clara de su aspecto, y descubrir si detrás de aquella cara quitinosa y de las dos antenas que se movían suavemente había alguna muestra de temor y de ira. Pero cuanto más se me aclaran los recuerdos, tanto más me parece descubrir una dignidad y una calma admirables. Nada de temor ni de ira.

 

Y cada vez más, mientras hago mi trabajo, tengo la impresión de lo que Hopper llamó "un mundo en el banquillo". Yo tampoco siento ira. Como un criminal que ya no puede vivir consigo mismo, me satisface que me juzguen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MOHAWK

 

 

tomado de FAST, Howard: El general derribó un Ángel. Ciencia Ficción Azimut. Montevideo, Uruguay, 1976. pp. 49-57

 

 

Cuando Clyde Lightfeather subió la escalinata de la catedral de San Patricio en la Quinta Avenida, llevaba un viejo impermeable de mala calidad, que luego se quitó, sentándose con las piernas cruzadas delante de los portales. Por debajo vestía como los indios que aporrean los tambores en las danzas rituales; es decir, que llevaba blandas polainas de piel de gamo, mocasines de bosque y nada en absoluto de la cintura para arriba. Tenía el cabello cortado al estilo de mechón en el medio y el resto de la cabeza afeitado, con una única pluma que le atravesaba la trenza que caía en la nuca. Era en general un joven indio de pura sangre mohawk, robusto y simpático.

Una multitud se agolpó, puesto que no hace falta gran cosa para congregar gente en Nueva York, y el padre Michael O’Conner salió de la catedral y el policía Patrick Muldoon se acercó desde la calle, y los rayos del plácido sol de junio se posaron sobre todos.

—¿Ahora qué demonios es lo que estás buscando? —preguntó a Clyde Lightfeather el oficial Muldoon—. Había en su voz una nota quejumbrosa, pues estaba harto de tipos extravagantes, voraces consumidores de ácido lisérgico, hippies comunes, hippies que sólo hablan de amor, hippies de esos que reparten flores, fumadores de marihuana, representantes del poder negro, miembros de Estudiantes para una Sociedad Democrática, ocupaciones de fábricas y demostraciones callejeras; y aunque le gustaba decir que había visto todo, era la vez que veía un indio mohawk sentado a la entrada de la catedral de San Patricio.

—Dios y la gracia de Dios, supongo —respondió Clyde Lightfeather.

—¿No sabes —le dijo Muldoon, cuya voz emprendía ese fatigoso sendero de paciencia y amenaza velada—, que estás en propiedad privada y que no tienes ningún derecho a clavarte una pluma en el pelo y venir a sentarte aquí y congregar multitud, creando dificultades a los fieles honestos?

—¿Por qué no? Esto no es propiedad privada. Es propiedad de Dios y ya que tú no trabajas a las órdenes de Dios, ¿por qué no te vas de aquí con tu traste grande y gordo y me dejas en paz?

El oficial Muldoon se disponía a responder adecuadamente a esas palabras, sin prestar atención al hecho de que se trataba de un indio mohawk —con una muchedumbre que reía entre dientes y estaba a medias inclinada a favor del indio—, en el momento en que el padre O’Conner intervino y le hizo notar que el indio tenía toda la razón del mundo. Aquello no era propiedad privada, sino propiedad de Dios.

—¡Pero qué diablos está usted diciendo! —exclamó el oficial Muldoon—. ¿Va a permitir que ese hereje siga ahí sentado?

Hasta aquel momento la intención del padre O’Conner había sido decir unas cuantas palabras razonables que fuesen lo bastante persuasivas para que el indio se marchase. Pero cambió de idea súbitamente.

—Quizá lo haga —declaró.

—Gracias —le dijo Lightfeather.

—Siempre que me dé una buena razón para hacer así

—La de que yo he venido aquí a meditar.

—¿Y usted considera que éste es un lugar apropiado la meditación, señor . . .?

—Lightfeather. El mejor del mundo. ¿Lo niega? —preguntó él belicosamente.

—¿Qué es para usted meditación, señor Lightfeather?

—La oración… Dios… el ser.

—¿Entonces cómo podría yo negarlo? —inquirió el sacerdote

—¿Y le permitirá que siga ahí? —preguntó Muldoon.

—Creo que sí.

—Mire —dijo Muldoon—. Yo me crié como católico y tal no sepa mucho, pero de una cosa estoy seguro: las catedrales son lugares hechos para practicar adoración adentro, no afuera de ellas.

No obstante, el indio siguió allí y en el transcurso de unas horas llegaron las cámaras de la televisión y la prensa y el padre O’Conner se vio nada menos que frente al propio cardenal. Los medios de indagación de los grandes canales se el concentraron en la letra m —m de meditación y de mohawk—. Chet Huntley informó a millones de seres, no sólo que la meditación era un importante ejercicio espiritual de significación interior, una íntima concentración en uno u otro pensamiento de honda trascendencia religiosa, sino que los indios mohawk fueron grandes en su tiempo, la fuerza organizadora de las poderosas Seis Naciones de la Confederación Iroquesa. La paz de los bosques era la paz mohawk, hasta la ley era la ley mohawk, codificada en tiempos antiguos por aquel apacible y sabio Hiawatha. Desde el río San Lorenzo, en el norte, al Hudson, en el sur, la paz mohawk y la ley mohawk imperaron antes de que llegasen los blancos.

Menos apoyados en la historia, los comentaristas de la CBS se preguntaban si aquello no era simplemente otro poco de truhanería de que la juventud universitaria hacía víctima a un público paciente. Habían indagado los antecedentes del propio Lightfeather, y descubrieron que después de cursar estudios en Harvard, se doctoró en Filosofía en la Universidad de Columbia —su tesis doctoral era un estudio sobre el uso de varias plantas alucinógenas en las religiones de los indios norteamericanos—. “Desalienta”, dijo Walter Cronkite, “encontrar a un joven indio norteamericano de inteligencia tan brillante dedicado a esa clase de bufonadas aburridas”.

 

 

 

Su Eminencia el Cardenal adoptó un método de ataque completamente distinto. No se propuso descifrar lo que era un indio rnohawk. En cambio, preguntó fríamente al padre O’Conner qué era exactamente lo que aconsejaba.

—Bueno, Eminencia, yo quiero decir que no hace mal a nadie, ¿verdad?

—En realidad, está absorto en el concepto de que Dios es el dueño de esta propiedad, ¿no es así, Padre?

—Bueno, eso lo expresó de un modo muy natural y directo, Eminencia.

—¿Se le ha ocurrido pensar alguna vez que los derechos de propiedad de Dios van más allá de la catedral de San Patricio? Usted sabe que Él es propietario de Wall Street, de la Casa Blanca, de las iglesias protestantes, de un buen número de sinagogas, de la Unión Soviética y de China Roja, para no mencionar una o dos galaxias allá lejos. De modo que yo. en su lugar, padre O’Conner, aconsejaría para la meditación algún sitio más adecuado que el pórtico de la catedral de San Patricio. A mi juicio, usted debería inducirlo a que se vaya mañana a la mañana.

—Sí, Eminencia.

—Pacíficamente.

—Sí, Eminencia.

—Hasta ahora nunca habíamos tenido una huelga de brazos caídos en San, Patricio.

—Entiendo perfectamente, Eminencia.

Pero al plan de acción del padre O’Conner algo le faltaba para ser perfecto. Eran ya más o menos las cinco de la tarde y las calles se habían llenado de gente que iba presurosa a sus horas, Pese a lo poco que se necesitaba para formar una multitud en Nueva York, es menos lo que hace falta para dispersarla; y en aquel momento el indio era como si formase parte del edificio. El padre O’Conner permaneció un rato de pie al lado de Lightfeather, cavilando todo lo creativamente que podía, y luego preguntó cortésmente al indio si lo había oído.,

—¿Por qué no? La meditación es un estado de cerebro alerta, no de sueño.

—Estuvo muy quieto.

—Por dentro, Padre, sigo estándolo.

—¿Por qué vino aquí? —quiso saber el padre O’Conner.

—Ya se lo dije. Quería meditar.

—¿Pero por qué aquí?

—Porque aquí son buenas…

—¿Buenas qué?

—Las vibraciones.

—¡Ah!

—Es una cuestión de creencia. Este lugar esta lleno de creencia. Por eso lo elegí. Necesito creencia.

—¿Para qué? —preguntó con curiosidad el padre O’Conner.

—Para poder yo creer.

—¿Qué es lo que quiere creer?

—Qué Dios es cuerdo.

—Yo le aseguro … que lo es —le dijo muy convencido el padre O’Conner.

—¿Cómo demonios lo sabe?

—Es una cuestión de creencia propia mía.

—No lo sería si usted fuese un indio mohawk.

—Eso no lo sé. Nunca he sido mohawk.

—Yo sí.

 

El padre O'Conner recapacitó en ello un minuto o dos, y con toda justicia no podía haber negado que un indio mohawk podía tener un punto de vista muy diferente.

 

—Su Eminencia, el Cardenal, está enojado conmigo —con­fesó por último—. Quiere que lo induzca a irse.

—Así volverá a traer a la policía.

—No. Pacíficamente.

—Antes estaba conmigo en que Dios era el amo de esto. ¿Lo ha convencido de lo contrario Su Eminencia?

—Puso de relieve que el Todopoderoso tiene igual derecho a la Unión Soviética. Supongo que dondequiera que sea, los residentes dictan los reglamentos.

—Está bien. Hable entonces.

—Detesto fingirme sargento primero para esto —dijo el pa­dre O’Conner— ¿Cuánto tiempo proyecta quedarse?

—Hasta que Dios me responda.

—Bueno, puede pasar mucho tiempo —dijo entristecido el padre O’Conner.

—O un instante. Yo estoy meditando en el tiempo.

—¿En el tiempo?

—Siempre pienso en el tiempo cuando pienso en Dios —reconoció el indio—. Él tiene Su tiempo. Nosotros tenemos el nuestro. Yo quiero que Él me abra Su tiempo. ¿Qué demo­nios estoy haciendo aquí en la Quinta Avenida? Soy un indio mohawk. ¿No es así?

 

 

El padre O’Conner contestó que sí con la cabeza.

 

 

 

—No sé —expresó el indio—. Haremos la antigua prueba escolar y luego podrá llamar a la policía. ¿Qué le parece? ¿Hasta la mañana?

—Hasta la mañana —dijo el padre O’Conner.

—Alguna vez haré otro tanto por usted —dijo el indio, y éstas fueron las últimas palabras que se le oyó pronunciar. Los periodistas llegaron y los de la televisión hicieron una segunda visita, pero el indio no dijo nada más.

 

 

El indio meditaba. Déjo que su pensamiento abandonase su mente y observó cómo su aliento entraba y salía y se convirtió en una especie de universo en sí mismo. Consideró el tiempo de Dios y el tiempo del hombre; pero sin pensamiento. El hombre no conoce pensamientos capaces de ocuparse ni siquiera del tiempo del hombre y cuanto menos del tiempo de Dios; pero el indio no estaba tan distante de sus antepasados como para dejarse atrapar por el pensamiento. Sus antepasados habían conocido el secreto del tiempo grande, que todos los blancos han olvidado.

El indio fue fotografiado y televisado hasta que las propias cadenas estuvieron saturadas de él y el padre O’Conner se quedó allí para cuidar que la meditación del indio no fuese interrumpida. El sacerdote se sintió muy hermanado con el indio, pero, siendo sacerdote, también él sabía que muchos preguntaron pero pocos tuvieron respuesta.

Al llegar la medianoche los de la prensa se habían ido y aun los contados transeúntes hicieron caso omiso del indio. El padre O’Conner estaba sorprendido de su larga permanencia allí, inmóvil, en lo que se denomina la posición de loto; pero había oído siempre decir que los indios son estoicos y soportan el dolor y el deseo, y suponía que aquel indio no sería distinto. Y se sintió complacido de que la noche de junio fuese tan cálida y agradable; por lo menos, el indio no sufriría frío.

Antes de quedarse dormido aquella noche, el sacerdote rezó pidiendo que al indio fuese concedida una u otra especie de gracia. De cuál clase de gracia no estaba en absoluto seguro y ni tampoco estaba dispuesto a implorar que se concediese al indio el privilegio de tomar el sabor al tiempo de Dios. La idea del tiempo de Dios aterraba justamente un poco al padre O’Conner.

Durmió bien, pero no mucho tiempo, y ya estaba levantado y vestido cuando se filtraron los primeros rayos grises del alba. El sacerdote caminó al pórtico de la catedral, y allí encontró al indio tal como él lo había dejado. Tan erguido y con el cuerpo tan inmóvil, que de no ser por el leve movimiento de su vientre desnudo, hubiese podido creer que estaba muerto.

 

En cuanto al indio Clyde Lightfeather, estaba alerta y dentro de sí mismo, con su mente clara y receptiva. Con sus ojos cerrados, sintió en sus mejillas las brisas del amanecer y el aroma de la mañana en sus fosas nasales. No tuvo necesidad de orar; todo su ser era un dulce recuerdo, y así fue como oyó cantar a un ave.

Dejó que el sonido lo atravesara; lo sintió pero no lo retuvo. Y luego oyó el paso saltarino y rumoroso de un arroyo. Lo oyó también sin retenerlo. Y entonces aspiró el perfume de la tierra de junio, el maravilloso olor húmedo, dulzón y denso de la vida que viene y de la vida que va y a este aroma se aferró, pues sabía que su meditación había terminado y que le había sido concedido un momento del tiempo de Dios.

Abrió los ojos y, en lugar de las grandes masas del Centro Rockefeller, vio una antigua formación de tuliperos, todos ellos de cuatro metros y medio de diámetro en la base y tan altos que sólo las aves sabían dónde terminaban. Finos dedos del alba trazaron un encaje por entre los tuliperos y por el gran conocimiento que se proviene del gran tiempo, el indio supo que, en la orilla del Hudson había canoas de corteza de abedul, puestas al abrigo de las inclemencias a la, espera del día en que se las necesitase, y que el Hudson era el camino al valle Mohawk, donde estaban las lejanas viviendas iroquesas. Ya no esperó más, sino que se puso de pie de un salto y echó a correr entre los tuliperos.

 

El sacerdote se había vuelto un momento para contemplar la imponente majestad de la catedral de San Patricio; cuando volvió a mirar, el indio había desaparecido. En lugar de sentirse complacido por haber logrado lo que deseaba el Cardenal, experimentó una sensación de pérdida.

 

Horas después el Cardenal mandó llamar al padre O'Conner y éste le dijo que el indio había partido muy temprano a la mañana.

 

 

—Confío en que no habrá habido ningún incidente desagradable.

—No, Eminencia.

—¿No intervino la policía?

—No, Eminencia. Sólo intervine yo —dijo vacilante el padre O’Conner, y en lugar de irse, tosió.

—¿Sí? —preguntó el Cardenal.

—¿Me permite hacerle una pregunta, Eminencia?,

—Hágala.

—¿Qué es el tiempo de Dios, Eminencia?

 

El Cardenal sonrió, pero no divertido. La sonrisa era un giro hacia adentro, como si recordase cosas que habían sucedido mucho, pero mucho tiempo antes.

 

—¿Eso era un concepto del indio?

 

Turbado, el padre O’Conner contestó afirmativamente con una inclinación de cabeza.

 

—¿Se lo preguntó a él?

—No, no se lo pregunté.

—Entonces —dijo el Cardenal—, cuando vuelva, le aconsejo que se lo pregunte.

 

 

 

 

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