Libro N° 4059. Anaconda Y Otros Cuentos. Quiroga, Horacio
© Libro N° 4059. Anaconda Y Otros Cuentos. Quiroga, Horacio. Antología. Colección E.O. Agosto
12 de 2017.
Título
original: © Anaconda Y Otros
Cuentos. Horacio Quiroga. Antología
Versión Original: © Anaconda Y Otros Cuentos.
Horacio Quiroga. Antología
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ANACONDA Y OTROS CUENTOS
Horacio Quiroga
Antología
CONTENIDO
POLEA LOCA
DIETA DE AMOR
EL CANTO DEL CISNE
EL DIVINO
LOS CASCARUDOS
LA CREMA DE CHOCOLATE
LA MANCHA HIPTALMICA
EL VAMPIRO
LA LENGUA
LAS RAYAS
EN LA NOCHE
EL MONTE NEGRO
LOS FABRICANTES DE CARBÓN
EL YACIYATERE
EL MÁRMOL INÚTIL
GLORIA TROPICAL
EL SIMUN
ANACONDA
POLEA LOCA
En una época en que yo tuve veleidades de ser empleado
nacional, oí hablar de un hombre que durante dos años que desempeñó un puesto
público no contestó una sola nota.
-He aquí un hombre superior me dije-. Merece que vaya a
verlo. Porque debo confesar que el proceder habitual y forzoso de contestar
cuanta notase recibe es uno de los inconvenientes más grandes que hallaba yo a
mi aspiración. El delicado mecanismo de la administración nacional -nadie lo
ignora- requiere que toda nota que se nos hace el honor de dirigir, sea fatal y
pacientemente contestada. Una sola comunicación puesta de lado, la más
insignificante de todas, trastorna hasta lo más hondo de sus dientes el
engranaje de la máquina nacional. Desde las notas del presidente de la
República a las de un oscuro cabo de policía, todas exigen respuesta en igual
grado, todas encarnan igual nobleza administrativa, todas tienen igual austera
trascendencia.
Es, pues, por esto que, convencido y orgulloso, como buen
ciudadano, de la importancia de esas funciones, no me atrevía francamente a
jurar que todas las notas que yo recibiera serían contestadas. Y he aquí que me
aseguraban que un hombre, vivo aún, había permanecido dos años en la
Administración Nacional, sin contestar -ni enviar, desde luego- ninguna
nota...
Fui, por consiguiente, a verlo, en el fondo de la
república. Era un hombre de edad avanzada, español, de mucha cultura, pues esta
intelectualidad inesperada al pie de un quebracho, en una fogata de siringal o
en un aduar del Sahara, es una de las tantas sorpresas del trópico.
Mi hombre se echó a reír de mi juvenil admiración cuando
le conté lo que me llevaba a verlo. Me dijo que no era cierto, por lo menos el
lapso transcurrido sin contestar una sola nota. Que había sido encargado
escolar en una colonia nacional, y que, en efecto, había dejado pasar algo más
de un año sin acusar recibo de nota alguna. Pero que eso tenía en el fondo
poca importancia, habiendo notado por lo demás...
Aquí mi hombre se detuvo un instante, y se echó a reír de
nuevo. -¿Quiere usted que le cuente algo más sabroso que todo esto? -me dijo-.
Verá usted un modelo de funcionario público... ¿Sabe usted qué tiempo dejó
pasar ese tal sin dignarse echar una ojeada a lo que recibía? Dos años y algo
más. ¿Y sabe usted qué puesto desempeñaba? Gobernador... Abra usted ahora la
boca.
En efecto, lo merecía. Para un tímido novio -digámoslo
así- de la Administración Nacional, nada podía abrirme más los ojos sobre la
virtud de mi futura que las hazañas de aquel Don Juan administrativo... Le pedí
que me contara todo, si lo sabía, y a escape.
-¿Si lo sé? -me respondió-. ¿Si conozco bien a mi
funcionario? Como que yo fui el gobernador que le sucedió... Pero, óigame más
bien desde el principio. Era en... En fin, suponga usted que el ochenta y
tantos. Yo acababa de regresar a España, mal curado aún de unas fiebres
cogidas en el golfo de Guinea. Había hecho un crucero de cinco años,
abasteciendo a las factorías españolas de la costa. El último año lo pasé en
Elobey Chico... ¿Usted sabe su geografía, sí?
-Sí, toda; continúe.
-Bien. Sabrá usted entonces que no hay país más malsano en
el mundo entero, así como suena, que la región del delta del Níger. Hasta
ahora, no hay mortal nacido en este planeta que pueda decir, después de haber
cruzado frente a las bocas del Níger: No tuve fiebre...
Comenzaba, pues, a restablecerme en España, cuando un
amigo, muy allegado al Ministerio de Ultramar, me propuso la gobernación de una
de las cuatrocientas y tantas islas que pueblan las Filipinas. Yo era, según
él, el hombre indicado, por mi larga actuación entre negros y negritos.
-Pero no entre malayos -respondí a mi protector- Entiendo
que es bastante distinto...
No crea usted: es la misma cosa -me aseguró-. Cuando el
hombre baja más de dos o tres grados en su color, todos son lo mismo... En
definitiva: ¿le conviene a usted? Tengo facultades para hacerle dar el destino
enseguida.
Consulté un largo rato con mi conciencia, y más
profundamente con mi hígado. Ambos se atrevían, y acepté.
-Muy bien -me dijo entonces mi padrino-. Ahora que es
usted de los nuestros, tengo que ponerlo en conocimiento de algunos detalles.
¿Conoce usted, siquiera de nombre, al actual gobernador de su isla, Félix Pérez
Zúñiga?
-No; fuera del escritor...-le dije.
-Ese no es Félix -me objetó-. Pero casi, casi valen tanto
el uno como el otro... Y no lo digo por mal. Pues bien: desde hace dos años no
se sabe lo que pasa allá. Se han enviado millones de notas, y crea usted que
las últimas son capaces de ponerle los pelos de punta al funcionario peor
nacido... Y nada, como si tal cosa. Usted llevará, juntamente con su
nombramiento, la destitución del personaje. ¿Le conviene siempre?
Ciertamente, me convenía... a menos que el fantástico
gobernador fuera de genio tan vivo cuan grande era su llaneza en eso de las
notas.
-No tal -me respondió-. Según informes, es todo lo
contrario... Creo que se entenderá usted con él a maravillas.
No había, pues, nada que decir. Di aún un poco de solaz a
mi hígado, y un buen día marché a Filipinas. Eso sí, llegué en un mal día, con
un colazo de tifón en el estómago y el malhumor del gobernador general sobre
mi cabeza. A lo que parece, se había prescindido bastante de él en ese asunto.
Logré, sin embargo, conciliarme su buena voluntad y me dirigí a mi isla, tan a
trasmano de toda ruta marítima que si no era ella el fin del mundo era
evidentemente la tumba de toda comunicación civilizada.
Y abrevio, pues noto que usted se fatiga... ¿No? Pues
adelante... ¿En qué estábamos? ¡Ah! En cuanto desembarqué di con mi hombre.
Nunca sufrí desengaño igual. En vez del tipo macizo, atrabiliario y gruñón que
me había figurado a pesar de los informes, tropecé con un muchacho joven de
ojos azules, grandes ojos de pájaro alegre y confiado. Era alto y delgado, muy
calvo para su edad, y el pelo que le restaba -abundante a los costados y tras
la cabeza- era oscuro y muy ondeado. Tenía la frente y la calva muy lustrosas.
La voz muy clara, y hablaba sin apresurarse, con largas entonaciones de hombre
que no tiene prisa y goza exponiendo y recibiendo ideas.
Total: un buen muchacho, inteligente sin duda, muy
expansivo y cordial y con aire de atreverse a ser feliz dondequiera que se
hallase.
-Pase usted, siéntese -me dijo-. Esté todo lo a gusto que
quiera. ¿No desea tomar nada? ¿No, nada? ¿Ni aun chocolate...? El que tengo es
detestable, pero vale la pena probarlo... Oiga su
historia: el otro día un buque costero llegó hasta aquí, y me trajo diez
libras de cacao... lo mejor de lo mejor entre los cacaos. Encargué de la faena
a un indígena inteligentísimo en la manufactura del chocolate. Ya lo conocerá
usted. Se tostó el cacao, se molió, se le incorporó el azúcar -también de
primera-, todo a mi vista y con extremas precauciones. ¿Sabe usted lo que
resultó? Una cosa imposible. ¿Quiere usted probarlo? Vale la pena... Después me
escribirá usted desde España cómo se hace eso... ¡Ah, no vuelve usted...! ¿Se
queda, sí? ¿Y será usted el nuevo gobernador, sin duda...? Mis
felicitaciones...
¿Cómo aquel feliz pájaro podía ser el malhechor
administrativo a quien iba a reemplazar?
-Sí -continuó él-. Hace ya veintidós meses que no debía
ser yo gobernador. Y no era difícil adivinarle a usted. Fue cuando adquirí el
conocimiento pleno de que jamás podría yo llegar a contestar una nota en
adelante. ¿Por qué? Es sumamente complicado esto... Más tarde le diré algo, si
quiere... Y entre tanto, le haré entrega de todo, cuando usted lo desee...
¿Ya...? Pues comencemos.
Y comenzamos, en efecto. Primero que todo, quise enterarme
de la correspondencia oficial recibida, puesto que yo debía estar bien
informado de la remitida.
-¿Las notas dice usted? Con mucho gusto. Aquí están.
Y fue a poner la mano sobre un gran barril abierto, en un
rincón del despacho.
Francamente, aunque esperaba mucho de aquel funcionario,
no creí nunca hallar pliegos con membrete real amontonados en el fondo de un
barril...
-Aquí está -repitió siempre con la mano en el borde, y
mirándome con la misma plácida sonrisa.
Me acerqué, pues, y miré. Todo el barril, y era inmenso,
estaba efectivamente lleno de notas; pero todas sin abrir. ¿Creerá usted?
Todas tenían su respectivo sobre intacto, hacinadas como diarios viejos con
faja aún. Y el hombre tan tranquilo. No sólo no había contestado una sola
comunicación, lo que ya sabía yo; pero ni aun había tenido a bien leerlas...
No pude menos de mirarlo un momento. El hizo lo mismo, con
una sonrisa de criatura cogida en un desliz, pero del que tal vez se
enorgullece. Al fin se echó a reír y me cogió de un brazo.
-Escúcheme me
dijo-. Sentémonos, y hablaremos. ¡Es tan agradable hallar una sorpresa como la
suya, después de dos años de aislamiento! ¡Esas notas...! ¿Quiere usted,
francamente, conservar por el resto de su vida la conciencia tranquila y menos
congestionado su hígado?, se le ve en la cara en seguida... ¿Sí? Pues no
conteste usted jamás una nota. Ni una sola siquiera. No cree, es claro... ¡Es
tan fuerte el prejuicio, señor mío! ¿Y sabe usted de qué proviene? Proviene
sencillamente de creer, como en la Biblia, que la administración de una nación
es una máquina con engranajes, poleas y correas, todo tan íntimamente ligado,
que la detención o el simple tropiezo de una minúscula rueda dentada es capaz
de detener todo el maravilloso mecanismo. ¡Error, profundo error! Entre la
augusta mano que firma Yb y la de un carabinero que debe poner todos sus
ínfimos títulos para que se sepa que existe, hay una porción de manos que
podrían abandonar sus barras sin que por ello el buque pierda el rumbo. La
maquinaria es maravillosa, y cada hombre es una rueda dentada, en efecto. Pero
las tres cuartas partes de ellas son poleas locas, ni más ni menos. Giran
también, y parecen solidarias del gran juego administrativo; pero en verdad
dan vueltas en el aire, y podrían detenerse algunas centenas de ellas sin
trastorno alguno. No, créame usted a mí, que he estudiado el asunto todo el
tiempo libre que me dejaba la digestión de mi chocolate... No hay tal engranaje
continuo y solidario desde el carabinero a su majestad el rey. Es ello una de
las tantas cosas que en el fondo solemos y simulamos ignorar... ¿No? Pues aquí
tiene usted un caso flagrante... Usted ha visto la isla, la cara de sus
habitantes, bastantes más gordos que yo; ha visto al señor gobernador general;
ha atravesado el mundo, y viene de España. Ahora bien: ¿Ha visto usted señales
de trastorno en parte alguna? ¿Ha notado usted algún balanceo peligroso en la
nave del Estado? ¿Cree usted sinceramente que la marcha de la Administración
Nacional se ha entorpecido, en la cantidad de un pelo entre dos dientes de
engranaje, porque yo haya tenido a bien sistemáticamente, no abrir nota alguna?
Me destituyen, y usted me reemplaza, y aprenderá a hacer buen chocolate... Esto
es el. trastorno... ¿No cree usted?
Y el hombre, siempre con la rodilla entre las manos, me
miraba con sus azules ojos de pájaro complaciente, muy satisfecho, al parecer,
de que a él lo destituyeran y de que yo lo reemplazara.
Precisa que yo le diga a usted, ahora que conoce mi propia
historia de cuando fui encargado escolar, que aquel diablo de muchacho tenía
una seducción de todos los demonios. No sé si era lo que se llama un hombre
equilibrado; pero su filosofía pagana, sin pizca de acritud, tentaba
fabulosamente, y no pasó rato sin que simpatizáramos del todo.
Procedía, sin embargo, no dejarme embriagar.
-Es menester -le dije formalizándome un tanto- que yo abra
esa correspondencia.
Pero mi muchacho me detuvo del brazo, mirándome atónito:
-¿Pero está usted loco? -exclamó-. ¿Sabe usted lo que va a
encontrar allí? ¡No sea criatura, por Dios! Queme todo eso, con barril y todo,
y pincelo a la playa...
Sacudí la cabeza y metí la mano en el baúl. Mi hombre se
encogió entonces de hombros y se echó de nuevo en su sillón, con la rodilla
muy alta
entre las manos. Me miraba hacer de reojo, moviendo la
cabeza y sonriendo al final de cada comunicación.
¿Usted supone, no, lo que dirían las últimas notas,
dirigidas a un empleado que desde hacía dos años se libraba muy bien de
contestar a una sola? Eran simplemente cosas para hacer ruborizar, aun en un
cuarto oscuro,
al funcionario de menos vergüenza... Y yo debía cargar con
todo eso, y contestar una por una a todas.
-¡Ya se lo había yo prevenido! -me decía mi muchacho con
voz compasiva- Va usted a sudar mucho más cuando deba contestar... Siga mi
consejo, que aún es tiempo: haga un judas con barril y notas, y se sentirá
feliz.
¡Estaba bien divertido! Y mientras yo continuaba leyendo,
mi hombre, con su calva luciente, su aureola de pelo rizado y su guardapolvo
de brin de hilo, proseguía balanceándose, muy satisfecho de la norma a que
había logrado ajustar su vida.
Yo transpiraba copiosamente, pues cada nueva nota era una
nueva bofetada, y concluí por sentir debilidad.
-¡Ah, ah! -se levantó-. ¿Se halla cansado ya? ¿Desea tomar
algo? ¿Quiere probar mi chocolate? Vale la pena, ya le dije...
Y a pesar de mi gesto desabrido, pidió el chocolate y lo
probé. En efecto, era detestable; pero el hombre quedó muy contento.
-¿Vio usted? No se puede tomar. ¿A qué atribuir esto? No
descansaré hasta saberlo... Me alegro de que no haya podido tomarlo, pues así
cenaremos temprano. Yo lo hago siempre con luz de día aún... Muy bien;
comeremos de aquí a una hora, y mañana proseguiremos con las notas y demás...
Yo estaba cansado, bien cansado. Me di un hermosísimo baño, pues mi joven amigo
tenía una instalación portentosa de confort en esto. Cenamos, y un rato
después mi huésped me acompañó hasta mi cuarto.
-Veo que es usted hombre precavido -me dijo al verme
retirar un mosquitero de la maleta- Sin este chisme, no podría usted dormir.
Solamente yo no lo uso aquí.
-¿No le pican los mosquitos? -le pregunté, extrañado a
medias solamente.
¿Usted cree? -me respondió riendo y llevándose la mano a
su calva frente-. Muchísimo... Pero no puedo soportar eso... ¿No ha oído
hablar usted de personas que se ahogan dentro de mosquiteros? Es una
tontería, si usted quiere, una neurosis inocente, pero se sufre en realidad.
Venga usted a ver mi mosquitero.
Fuimos hasta su cuarto o, mejor dicho, hasta la puerta de
su cuarto. Mi amigo levantó la lámpara hasta los ojos, y miré. Pues bien: toda
la altura y la anchura de la puerta estaba cerrada por una verdadera red de
telarañas, una selva inextricable de telarañas donde no cabía la cabeza de un
fósforo sin hacer temblar todo el telón. Y tan lleno de
polvo, que parecía un muro. Por lo que pude comprender, más que ver, la red se
internaba en el cuarto, sabe Dios hasta dónde.
-¿Y usted duerme aquí? -le pregunté mirándolo un largo
momento.
-Sí -me respondió con infantil orgullo-. Jamás entra un
mosquito. Ni ha entrado ni creo que entre jamás.
-Pero usted ¿por dónde entra? -le pregunté muy preocupado.
-¿Yo, por dónde entro? -respondió. Y agachándose, me
señaló con la punta del dedo:
-Por aquí. Haciéndolo con cuidado, y en cuatro patas, la
cosa no tiene mayor dificultad... Ni mosquitos ni murciélagos... ¿Polvo? No
creo que pase; aquí tiene la prueba... Adentro está muy despejado... y limpio,
crea usted. ¿Ahogarme?... No, lo que ahoga es lo artificial, el mosquitero a
cincuenta centímetros de la boca... ¿Se ahoga usted dentro de una habitación
cerrada por el frío? Y hay -concluyó con la mirada soñadora- una especie de
descanso primitivo en este sueño defendido por millones de arañas que velan
celosamente la quietud de uno... ¿No lo cree usted así? No me mire con esos
ojos... ¡Buenas noches, señor gobernador!, concluyó riendo y sacudiéndose ambas
manos.
A la mañana siguiente, muy temprano, pues éramos uno y
otro muy madrugadores, proseguimos nuestra tarea. En verdad, no faltaba sino
recibirme de los libros de cuentas, fuera de insignificancias de menor
cuantía.
¡Es cierto! -me respondió- Existen también los libros de
cuentas... Hay, creo yo, mucho que pensar sobre eso... Pero lo haré después,
con tiempo. En un instante lo arreglaremos. ¡Urquijo! Hágame el favor de traer
los libros de cuentas. Verá usted que en un momento... No hay nada anotado,
como usted comprenderá; pero en un instante... Bien, Urquijo; siéntese usted
ahí; vamos a poner los libros en forma. Comience usted.
El secretario, a quien había entrevisto apenas la tarde
anterior, era un sujeto de edad, muy bajo y muy flaco, huraño, silencioso y de
mirar desconfiado. Tenía la cara rojiza y lustrosa, dando la sensación de que
no se lavaba nunca. Simple apariencia, desde luego, pues su vieja ropa negra
no tenía una sola mancha. Su cuello de celuloide era tan grande, que dentro de
él cabían dos pescuezos como el suyo. Tipo reconcentrado y de mirar
desconfiado como nadie.
Y comenzó el arreglo de cuentas más original que haya
visto en mi vida. Mi amigo se sentó enfrente del secretario y no apartó un
instante la vista de los libros mientras duró la operación. El secretario
recorría recibos, facturas y operaba en voz alta:
-Veinticinco meses de sueldos al guardafaro, a tanto por
mes, es tanto y tanto...
Y multiplicaba al margen de un papel.
Su jefe seguía los números en línea quebrada, sin
pestañear. Hasta que, por fin, extendió el brazo:
-No, no, Urquijo... Eso no me gusta. Ponga: un mes de
sueldo al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto. Segundo mes de sueldo
al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto; tercer mes de sueldo... Siga
así, y sume. Así entiendo claro.
Y volviéndose a mí:
-Hay yo no sé qué cosa de brujería y sofisma en las
matemáticas, que me da escalofríos.. . ¿Creerá usted que jamás he llegado a
comprender la multiplicación? Me pierdo en seguida... Me resultan diabólicos
esos números sin ton ni son que se van disparando todos hacia la izquierda...
Sume, Urquijo.
El secretario, serio y sin levantar los ojos, como si
fuera aquello muy natural, sumaba en voz alta, y mi amigo golpeaba entonces
ambas manos sobre la mesa:
-Ahora sí -decía-; esto es bien claro.
Pero a una nueva partida de gastos, el secretario se
olvidaba, y recomenzaba:
-Veinticinco meses de provisión de leña, a tanto por mes,
es tanto y tanto...
-¡No, no! ¡Por favor, Urquijo! Ponga: un mes de provisión
de leña, a tanto por mes, es tanto y tanto...; segundo mes de provisión de
leña..., etcétera. Sume después.
Y así continuó el arreglo de libros, ambos con demoníaca
paciencia, el secretario, olvidándose siempre y empeñado en multiplicar al
margen del papel y su jefe deteniéndolo con la mano para ir a una cuenta clara
y sobre todo honesta.
-Aquí tiene usted sus libros en forma -me dijo mi hombre
al final de cuatro largas horas, pero sonriendo siempre con sus grandes ojos de
pájaro inocente.
Nada más me queda por decirle. Permanecí nueve meses
escasos allá, pues mi hígado me llevó otra vez a España. Más tarde, mucho
después, vine aquí, como contador de una empresa... El resto ya lo sabe. En
cuanto a aquel singular muchacho, nunca he vuelto a saber nada de él... Supongo
que habrá solucionado al fin el misterio de por qué su chocolate, hecho con
elementos de primera, había salido tan malo...
Y en cuanto a la influencia del personaje... ya sabe mi
actuación de encargado escolar... Jamás, entre paréntesis, marcharon mejor los
asuntos de la escuela... Créame: las tres cuartas partes de las ideas del
peregrino mozo son ciertas... Incluso las matemáticas...
Yo agrego ahora: las matemáticas, no sé; pero en el resto
-Dios me perdone- le sobraba razón. Así, al parecer, lo comprendió también la
Administración, rehusando admitirme en el manejo de su delicado mecanismo.
DIETA DE AMOR
Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha
delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo
que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la
esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera haberlo estado mi
propia madre. Esto es frecuente.
Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire
de modesta prisa en pasar inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un
badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se
vuelva a su vez, tan cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo
fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.
Aunque yo tenía qué hacer, la seguí y me detuve en la
misma esquina. A la mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa
de altos.
La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias.
Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el
tiempo que en seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien
calzada que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones;
pero juraría que no me equivoqué en un solo número y que llegamos juntos a un
tiempo al vestíbulo.
Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición
de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.
Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran
chapa de bronce, leí:
DOCTOR SWINDENBORG
FÍSICO DIETÉTICO
¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía
pasar esa mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su
lado una ideal ascensión de escalera, para concluir...
¡Físico dietético...! ¡Ah, no! ¡No era ése mi lugar, por
cierto! ¡Dietético! ¿Qué diablos tenía yo que hacer con una muchacha anémica,
hija o pensionista de un físico dietético? ¿A quién se le puede ocurrir
hilvanar, como una sábana, estos dos términos disparatados: amor y dieta? No
era todo eso una promesa de dicha, por cierto. ¡Dietético...! ¡No, por Dios! Si
algo debe comer, y comer bien, es el amor. Amor y dieta... ¡No, con mil
diablos!
Esto era ayer de
mañana. Hoy las cosas han cambiado. La he vuelto a encontrar, en la misma
calle, y sea por la belleza del día o por haber adivinado en mis ojos quién
sabe qué religiosa vocación dietética, lo cierto es que me ha mirado.
"Hoy la he visto... la he visto... y me ha
mirado..."
¡Ah, no! Confieso que no pensaba precisamente en el final
de la estrofa. Lo que yo pensaba era esto: cuál debe ser la tortura de un
grande y noble amor, constantemente sometido a los éxtasis de una inefable
dieta...
Pero que me ha mirado, esto no tiene duda. La seguí, como
el día anterior; y como el día anterior, mientras con una idiota sonrisa iba
soñando tras los zapatos de charol, tropecé con la placa de bronce:
DOCTOR SWINDENBORG
FÍSICO DIETÉTICO
¡Ah! ¿Es decir, que
nada de lo que yo iba soñando podría ser verdad? ;Era posible que tras los
aterciopelados ojos de mi muchacha no hubiera sino una celestial promesa de
amor dietético?
Debo creerlo así, sin duda, porque hoy, hace apenas una
hora, ella acaba de mirarme en la misma calle y en la misma cuadra; y he leído
claro en sus ojos el alborozo de haber visto subir límpido a mis ojos un
fraternal amor dietético...
Han pasado cuarenta
días. No sé ya qué decir, a no ser que estoy muriendo de amor a los pies de mi
chica de traje oscuro... Y si no a sus pies, por lo menos a su lado, porque soy
su novio y voy a su casa todos los días.
Muriendo de amor... Y sí, muriendo de amor, porque no
tiene otro nombre esta exhausta adoración sin sangre. La memoria me falta a
veces; pero me acuerdo muy bien de la noche que llegué a pedirla.
Había tres personas en el comedor -porque me recibieron en
el comedor-: el padre, una tía y ella. El comedor era muy grande, muy mal
alumbrado y muy frío. El doctor Swindenborg me oyó de pie, mirándome sin decir
una palabra. La tía me miraba también, pero desconfiada. Ella, mi Nora, estaba
sentada a la mesa y no se levantó.
Yo dije todo lo que tenía que decir, y me quedé mirando
también. En aquella casa podía haber de todo; pero lo que es apuro, no. Pasó un
momento aún, y el padre me miraba siempre. Tenía un inmenso sobretodo peludo,
y las manos en los bolsillos. Llevaba un grueso pañuelo al cuello y una barba
muy grande.
-¿Usted está bien seguro de amar a la muchacha? me dijo, al fin.
¡Oh, lo que es eso!-le respondí.
No contestó nada, pero me siguió mirando.
-¿Usted come mucho? -me preguntó. Regular -le respondí,
tratando de sonreírme.
La tía abrió entonces la boca y me señaló con el dedo como
quien señala un cuadro:
-El señor debe comer mucho... -dijo. El padre volvió la
cabeza a ella:
-No importa -objetó-. No podríamos poner trabas en su
vía... Y volviéndose esta vez a su hija, sin quitar las manos de los bolsillos:
-Este señor te quiere hacer el amor le dijo-. ¿Tú quieres?
Ella levantó los ojos tranquila y sonrió:
-Yo, sí -repuso.
-Y bien -me dijo entonces el doctor, empujándome del
hombro-.Usted es ya de la casa; siéntese y coma con nosotros.
Me senté enfrente de ella y cenamos. Lo que comí esa
noche, no sé, porque estaba loco de contento con el amor de mi Nora. Pero sé
muy bien lo que hemos comido después, mañana y noche, porque almuerzo y ceno
con ellos todos los días.
Cualquiera sabe el gusto agradable que tiene el té, y esto
no es un misterio para nadie. Las sopas claras son también tónicas y
predisponen a la afabilidad.
Y bien: mañana a mañana, noche a noche, hemos tomado sopas
ligeras y una liviana taza de té. El caldo es la comida, y el té es el postre;
nada más.
Durante una semana entera no puedo decir que haya sido
feliz. Hay en el fondo de todos nosotros un instinto de rebelión bestial que
muy difícilmente es vencido. A las tres de la tarde comenzaba la lucha; y ese
rencor del estómago dirigiéndose a sí mismo de hambre; esa constante protesta
de la sangre convertida a su vez en una sopa fría y clara, son cosas éstas que
no se las deseo a ninguna persona, aunque esté enamorada.
Una semana entera la bestia originaria pugnó por clavar
los dientes. Hoy estoy tranquilo. Mi corazón tiene cuarenta pulsaciones en vez
de sesenta. No sé ya lo que es tumulto ni violencia, y me cuesta trabajo
pensar que los bellos ojos de una muchacha evoquen otra cosa que una inefable y
helada dicha sobre el humo de dos tazas de té.
De mañana no tomo nada, por paternal consejo del doctor. A
mediodía tomamos caldo y té, y de noche caldo y té. Mi amor, purificado de
este modo, adquiere día a día una transparencia que sólo las personas que
vuelven en sí después de una honda hemorragia pueden comprender.
Nuevos días han
pasado. Las filosofías tienen cosas regulares y a veces algunas cosas malas.
Pero la del doctor Swindenborg -con su sobretodo peludo y el pañuelo al cuello-
está impregnada de la más alta idealidad. De todo cuanto he sido en la calle,
no queda rastro alguno. Lo único que vive en mí, fuera de mi inmensa debilidad,
es mi amor. Y no puedo menos de admirar la elevación de alma del doctor, cuando
sigue con ojos de orgullo mi vacilante paso para acercarme a su hija.
Alguna vez, al principio, traté de tomar la mano de mi
Nora, y ella lo consintió por no disgustarme. El doctor lo vio y me miró con
paternal ternura. Pero esa noche, en vez de hacerlo a las ocho, cenamos a las
once. Tomamos solamente una taza de té.
No sé, sin embargo, qué primavera mortuoria había aspirado
yo esa tarde en la calle. Después de cenar quise repetir la aventura, y sólo
tuve fuerzas para levantar la mano y dejarla caer inerte sobre la mesa,
sonriendo de debilidad como una criatura.
El doctor había dominado la última sacudida de la fiera.
Nada más desde entonces. En todo el día, en toda la casa,
no somos sino dos sonámbulos de amor. No tengo fuerzas más que para sentarme a
su lado, y así pasamos las horas, helados de extraterrestre felicidad, con la
sonrisa fija en las paredes.
Uno de estos días
me van a encontrar muerto, estoy seguro. No hago la menor recriminación al
doctor Swindenborg, pues si mi cuerpo no ha podido resistir a esa fácil prueba,
mi amor, en cambio, ha apreciado cuánto de desdeñable ilusión va ascendiendo
con el cuerpo de una chica de oscuro que trepa una escalera. No se culpe,
pues, a nadie de mi muerte. Pero a aquellos que por casualidad me oyeran,
quiero darles este consejo de un hombre que fue un día como ellos:
Nunca, jamás, en el más remoto de los jamases, pongan los
ojos en una muchacha que tiene mucho o poco que ver con un físico dietético.
Y he aquí por qué:
La religión del doctor Swindenborg -la de más alta
idealidad que yo haya conocido, y de ello me vanaglorio al morir por ella- no
tiene sino una falla, y es ésta: haber unido en un abrazo de solidaridad al
Amor y la Dieta. Conozco muchas religiones que rechazan el mundo, la carne y el
amor. Y algunas de ellas son notables. Pero admitir el amor, y darle por único
alimento la dieta, es cosa que no se le ha ocurrido a nadie. Esto es lo que yo
considero una falla del sistema; y acaso por el comedor del doctor vaguen de
noche cuatro o cinco desfallecidos fantasmas de amor, anteriores a mí.
Que los que lleguen a leerme huyan, pues, de toda muchacha
mona cuya intención manifiesta sea entrar en una casa que ostenta una gran
chapa de bronce. Puede hallarse allí un gran amor, pero puede haber también
muchas tazas de té.
Y yo sé lo que es esto.
EL CANTO DEL CISNE
Confieso tener antipatía a los cisnes blancos. Me han
parecido siempre gansos griegos, pesados, patizambos y bastante malos. He
visto así morir el otro día uno en Palermo sin el menor trastorno poético.
Estaba echado de costado en el ribazo, sin moverse. Cuando me acerqué, trató
de levantarse y picarme. Sacudió precipitadamente las patas, golpeándose dos o
tres veces la cabeza contra el suelo y quedó rendido, abriendo
desmesuradamente el pico. Al fin estiró rígidas las uñas, bajó lentamente los
párpados duros y murió.
No le oí canto alguno, aunque sí una especie de ronquido
sibilante. Pero yo soy hombre, verdad es, y ella tampoco estaba. ¡Qué hubiera
dado por escuchar ese diálogo! Ella está absolutamente segura de que oyó eso y
de que jamás volverá a hallar en hombre alguno la expresión con que él la miró.
Mercedes, mi hermana, que vivió dos años en Martínez, lo
veía a menudo. Me ha dicho que más de una vez le llamó la atención su rareza,
solo siempre e indiferente a todo, arqueado en una fina silueta desdeñosa.
La historia es ésta: en el lago de una quinta de Martínez
había varios cisnes blancos, uno de los cuales individualizábase en la insulsez
genérica por su modo de ser. Casi siempre estaba en tierra, con las alas
pegadas y el cuello inmóvil en honda curva. Nadaba poco, jamás peleaba con sus
compañeros. Vivía completamente apartado de la pesada familia, como un fino
retoño que hubiera roto ya para siempre con la estupidez natal. Cuando alguien
pasaba a su lado, se apartaba unos pasos, volviendo a su vaga distracción. Si
alguno de sus compañeros pretendía picarlo, se alejaba despacio y aburrido. Al
caer la tarde, sobre todo, su silueta inmóvil y distinta destacábase de lejos
sobre el césped sombrío, dando a la calma morosa del crepúsculo una húmeda
quietud de vieja quinta.
Como la casa en que vivía mi hermana quedaba cerca de
aquélla, Mercedes lo vio muchas tardes en que salió a caminar con sus hijos. A
fines de octubre una amabilidad de vecinos la puso en relación con Celia, y de
aquí los pormenores de su idilio.
Aun Mercedes se había fijado en que el cisne parecía tener
particular aversión a Celia. Esta bajaba todas las tardes al lago, cuyos cisnes
la conocían bien en razón de las galletitas que les tiraba.
Únicamente aquél evitaba su aproximación. Celia lo notó un
día, y fue decidida a su encuentro; pero el cisne se alejó más aún. Ella quedó
un rato mirándolo sorprendida, y repitió su deseo de familiaridad, con igual
resultado. Desde entonces, aunque usó de toda malicia, no pudo nunca acercarse
a él. Permanecía inmóvil e indiferente cuando Celia bajaba al lago; pero si
ésta trataba de aproximarse oblicuamente, fingiendo ir a otra parte, el cisne
se alejaba enseguida.
Una tarde, cansada ya, lo corrió hasta perder el aliento y
dos pinchos. Fue en vano. Sólo cuando Celia no se preocupaba de él, él la
seguía con los ojos. -¡Y sin embargo, estaba tan segura de que me odiaba! -le
dijo la hermosa chica a mi hermana, después que todo concluyó.
Y esto fue en un crepúsculo apacible. Celia, que bajaba
las escaleras, lo vio de lejos echado sobre el césped a la orilla del lago.
Sorprendida de esa poco habitual confianza en ella, avanzó incrédula en su
dirección; pero
el animal continuó tendido. Celia llegó hasta él, y recién
entonces pensó que podría estar enfermo. Se agachó apresuradamente y le levantó
la cabeza. Sus miradas se encontraron, y Celia abrió la boca de sorpresa, lo
miró fijamente y se vio obligada a apartar los ojos. Posiblemente la expresión
de esa mirada anticipó, amenguándola, la impresión de las palabras. El cisne
cerró los ojos.
-Me muero -dijo.
Celia dio un grito y tiró violentamente lo que tenía en
las manos. Yo no la odiaba -murmuró él lentamente, el cuello tendido en tierra.
Cosa rara, Celia le ha dicho a mi hermana que al verlo
así, por morir,
no se le ocurrió un momento preguntarle cómo hablaba. Los
pocos momentos que duró la agonía se dirigió a él y lo escuchó como a un
simple cisne, aunque hablándole sin darse cuenta de usted, por su voz de
hombre. Arrodillóse y afirmó sobre su falda el largo cuello, acariciándolo.
-¿Sufre mucho? -le preguntó. Sí, un poco...
-¿Por qué no estaba con los demás?
-¿Para qué? No podía...
Como se ve, Celia se acordaba de todo.
-¿Por qué no me quería?
El cisne cerró los ojos:
-No, no es eso... Mejor era que me apartara... Sufrir
más...
Tuvo una convulsión y una de sus grandes alas desplegadas
rodeó las rodillas de Celia.
-Y sin embargo, la causa de todo y sobre todo de esto
-concluyó el cisne, mirándola por última vez y muriendo en el crepúsculo, a que
el lago, la humedad y la ligera belleza de la joven daban viejo encanto de
mitología-: ... Ha sido mi amor a ti...
EL DIVINO
Jamás en el confín aquel se había tenido idea de un
teodolito. Por esto cuando se vio a Howard asentar el sospechoso aparato en el
suelo, mirar por los tubitos y correr tornillos, la gente tuvo por él, sus
cintas métricas, niveles y banderitas, un respeto casi diabólico.
Howard había ido al fondo de Misiones, sobre la frontera
del Brasil, a medir cierta propiedad que su dueño quería vender con urgencia.
El terreno no era grande, pero el trabajo era rudo por tratarse de bosque
inextricable y quebradas a prueba de nivel. Howard desempeñóse del mejor de
los modos posibles, y se hallaba en plena tarea cuando le acaeció su singular
aventura.
El agrimensor habíase instalado en un claro del bosque, y
sus trabajos marcharon a maravilla durante el resto del invierno que pudo
aprovechar, pero llegó el verano, y con tan húmedo y sofocante principio que
el
bosque entero zumbó de mosquitos y barigüís, a tal punto
que a Howard le faltó valor para afrontarlos. No siendo por lo demás urgente su
trabajo, dispúsose a descansar quince días.
El rancho de Howard ocupaba la cúspide de una loma que
descendía al oeste hasta la vera del bosque. Cuando el sol caía, la loma se
doraba y el ambiente cobraba tal transparente frescura que un atardecer, en los
treinta y ocho años de Howard revivieron agudas sus grandes glorias de la
infancia. ¡Una pandorga! ¡Una cometa! ¿Qué cosa más bella que remontar a esa
hora el cabeceador barrilete, la bomba ondulante o el inmóvil lucero? A esa
hora, cuando el sol desaparece y el viento cae con él, la pandorga se aquieta.
La cola pende entonces inmóvil y el hilo forma una honda curva. Y allá arriba,
muy alto, fija en vaguísima tremulación, la pandorga en equilibrio constela
triunfalmente el cielo de nuestra industriosa infancia.
Ahora recordaba con sorprendente viveza toda la técnica
infantil que jamás desde entonces tornara a subir a su memoria. Y cuando en
compañía
de su ayudante cortó las tacuaras, tuvo buen cuidado de
afinarlas suficientemente en los extremos, y muy poco en el medio: "Una
pandorga que se quiebra por el centro, deshonra para siempre a su
ingeniero", meditaba el recelo infantil de Howard.
Y fue hecha. Dispusieron primero los dos cuadros que
yuxtapuestos en cruz forman la estrella. Un pliego de seda roja que Howard
tenía en su archivo revistió el armazón, y como cola, a falta del clásico
orillo de casimir, el agrimensor transformó la pierna de un pantalón suyo en
científica cola de pandorga. Y por último los roncadores.
Al día siguiente la ensayaron. Era un sencillo prodigio de
estabilidad, tiro y ascensión. El sol traspasaba la seda punzó en escarlata
vivo, y al remontarla Howard, la vibrante estrella ascendía tirante aureolada
de trémulo ronquido.
Fue al otro día, y en pleno remonte de la cometa, cuando
oyeron el redoble del tambor. En verdad, más que redoble, aquello era un
acompañamiento de comparsa: tan-tan-tan... ratatán... tan-tan...
-¿Qué es eso?
-No sé -repuso el ayudante mirando a todos lados-. Me
parece que se acerca...
-Sí, allá veo una comparsa -afirmó Howard.
En efecto, por el sendero que ascendía a la loma, una
comitiva con estandarte al frente avanzaba.
-Viene aquí... ¿Qué puede ser eso? -se preguntó Howard,
que vivía aislado del mundo.
Un momento después lo supo. Aquello llegó hasta su rancho,
y el agrimensor pudo examinarlo detenidamente.
Primero que todo, el hombre del tambor, un indio descalzo
y con un pañuelo en bandolera; luego una negra gordísima con un mulatillo
erizado en brazos, que venía levantando un estandarte. Era un verdadero
estandarte de satiné punzó y empenachado de cintas flotantes. En la cúspide,
un rosetón de papel calado. Luego seguían en fila: una vieja con un terrible
cigarro; un hombre con el saco al hombro; una muchachita; otro hombre en
calzoncillos y tirador de arpillera; otra mujer con un chico de pecho; otro hombre;
otra mujer con cigarro, y un negro canoso.
Esta era la comitiva. Pero su significado resultó más
grave, según fue enterado Howard. Aquello era El Divino, como podía verse por
la palomita de cera forrada de trapo, atada en el extremo del estandarte. El
Divino recorría la comarca en ciertas épocas curando los males. Si se daba
dinero en recompensa, tanto mayor eficacia.
-;Y el tambor? -preguntó Howard. -Es su música -le
respondieron. Aunque Howard y su ayudante gozaban de excelente salud, aceptaron
de buen grado la intervención paliativa del Espíritu
Santo. De este modo, fue menester que Howard sostuviera de pie al Divino,
mientras el tambor comenzaba su piruetesco acompañamiento, y la comitiva
cantaba:
Aquí está el Divino
que te viene a visitar.
Dios te dé la salud
que te van a cantar.
El Divino que está ahí
te va a curar
y el señor reciba
mucha felicidad.
Santo alabado sea
el señor y la señora.
Que el Divino les dé felicidad.
..................................................................................................................................
Y así por el estilo. Claro es que, aunque Howard estaba
exento de toda señora, la canción no variaba.
Pero a pesar de la unción medicinal de que estaban
poseídos los acólitos, Howard vio muy claramente que éstos no pensaban sino en
la pandorga que sostenía el ayudante. La devoraban con los ojos, de modo que
sus loas al igual de sus bocas abiertas estaban rectamente dirigidas a la
estrella.
Jamás habían visto eso; cosa no extraña en aquellas
tenebrosidades, pues mucho más al sur se desconoce también esa industria. Al
final fue menester que Howard recogiera la estrella y que la remontara de
nuevo. La comparsa no cabía en sí de gozo y lírico asombro. Se fueron por fin
con un par de pesos que la portaestandarte ató al cuello del pájaro.
Con lo cual las cosas hubieran proseguido su marcha de
costumbre, si al caer del segundo día, y mientras Howard remontaba su estrella,
no hubiera llegado de nuevo la procesión.
Howard se asustó, pues casualmente ese día estaba un poco
indispuesto. Pensaba ya en echarlos, cuando los sujetos expusieron su pedido:
querían la cometa para hacer un Divino; le atarían la paloma en la punta. Y el
ruido de los roncadores.
La comparsa sonreía estúpidamente de anticipado deleite.
Morirían sin duda si no obtenían aquello.
¡Su pandorga, convertida en Espíritu Santo! Howard halló
la circunstancia profundamente casuística. ¿Tendría él, aunque agrimensor y
fabricante de su cometa, derecho de impedir aquella como transubstanciación?
Como no creyó tenerlo, entregó el ser sagrado, y en un momento la comitiva ató
la paloma a la estrella, enarboló ésta en una tacuara, y presto la comparsa se
fue, a gran acompañamiento de tambor, llevando triunfalmente en lo alto de una
tacuara la cometa de Howard y sus roncadores vibrantes, transformada en Dios.
Aquello fue evidentemente el más grande éxito registrado
en cien leguas a la redonda: aquel brillante Divino con ruido y cola, y que
volaba, o más bien que había volado, pues nadie se atrevió a restituirle su
antiguo proceder.
Howard vio pasar así muchas veces, siempre triunfante y
otorgadora de bienes, a su pandorga celestial que echaba melancólicamente de
menos. No se atrevía a hacer otra por algo de mística precaución.
Mas pese a esto, un día un viejo del lugar, algo leguleyo
por haber vivido un tiempo en países más civilizados, se quejó vagamente a
Howard de que éste se hubiera burlado de aquella pobre gente dándoles la
cometa. -De ningún modo -se disculpó Howard.
-Sí, de ningún modo... sí, sí -repitió pensativo el viejo,
tratando de recordar qué querría decir de ningún modo. Pero no pudo
conseguirlo, y Howard pudo concluir su mensura sin que el viejo ni nadie se atreviera
a. afrontar su sabiduría.
LOS CASCARUDOS
Hasta el día fatal en que intervino el naturalista, la
quinta de monsieur Robin era un prodigio de corrección. Había allí
plantaciones de yerba mate que, si bien de edad temprana aún, admiraban al
discreto visitante con la promesa de magníficas rentas. Luego, viveros de
cafetos -costoso ensayo en la región-, de chirimoyas y heveas .
Pero lo admirable de la quinta era su bananal. Monsieur
Robin, con arreglo al sistema de cultivo practicado en Cuba, no permitía más de
tres vástagos a cada banano pues sabido es que esta planta, abandonada a sí
misma se torna en un macizo de diez, quince y más pies. De ahí empobrecimiento
de la tierra, exceso de sombra, y lógica degeneración del fruto. Mas los
nativos del país jamás han aclarado sus macizos de bananos, considerando que si
la planta tiende a rodearse de hijos, hay para ello causas muy superiores a
las de su agronomía. Monsieur Robín entendía lo mismo y aun más sumisamente,
puesto que apenas la planta original echaba de su pie dos vástagos, aprontaba
pozos para los nuevos bananitos a venir que, tronchados del pie madre, crearían
a su vez nueva familia.
De este modo, mientras el bananal de los indígenas, a
semejanza de las madres muy fecundas cuya descendencia es al final raquítica,
producía mezquinas vainas sin jugo, las cortas y bien nutridas familias de
monsieur Robín se doblaban al peso de magníficos cachos.
Pero tal glorioso estado de cosas no se obtiene sino a
expensas de mucho sudor y de muchas limas gastadas en afilar palas y azadas.
Monsieur Robín, habiendo llegado a inculcar a cinco peones
del país la necesidad de todo esto, creyó haber hecho obra de bien, aparte de
los tres o cuatro mil cachos que desde noviembre a mayo bajaban a Posadas.
Así, el destino de monsieur Robín, de sus bananos y sus
cinco peones parecía asegurado, cuando llegó a Misiones el sabio naturalista
Fritz Franke, entomólogo distinguidísimo, y adjunto al Museo de Historia
Natural de París. Era un muchacho rubio, muy alto, muy flaco, con lentes de
miope allá arriba, y enormes botines en los pies. Llevaba pantalón corto, lo
acompañaban su esposa y una setter con collar de plata.
Venía el joven sabio efusivamente recomendado a Monsieur
Robín, y éste puso a su completa disposición la quinta del Yabebirí, con lo
cual Fritz Franke pudo fácilmente completar en cuatro o cinco meses sus
colecciones sudamericanas. Por lo demás, el capataz recibió de monsieur Robín
especial recomendación de ayudar al distinguido huésped en cuanto fuere
posible. Fue así como lo tuvimos entre nosotros. En un principio, los peones
habían hallado ridículo sobre toda ponderación a aquel bebé de interminables
pantorrillas que se pasaba las horas en cuclillas revolviendo yuyos. Alguna
vez se detuvieron con la azada en la mano a contemplar aquella zoncísima
manera de perder el tiempo. Veían al naturalista coger un bicharraco, darle
vueltas en todo sentido, para hundirlo, después de maduro examen, en el
estuche de metal. Cuando el sabio se iba, los peones se acercaban, cogían un
insecto semejante, y después de observarlo detenidamente a su vez, se miraban
estupefactos.
Así, a los pocos días, uno de ellos se atrevió a ofrecer
al naturalista un cascarudito que había hallado. El peón llevaba muchísima más
sorna que cascarudito; pero el coleóptero resultó ser de una especie nueva, y
herr Franke, contento, gratificó al peón con cinco cartuchos 16. El peón se
retiró, para volver al rato con sus compañeros.
-Entonces, che patrón..., ¿te gustan los bichitos? interrogó. ¡Oh, sí! Tráiganme
todos... Después, regalo.
-No, patrón; te lo vamos a hacer de balde. Don Robín nos
dijo que te ayudáramos.
Este fue el principio de la catástrofe. Durante dos meses
enteros, sin perder diez segundos en quitar el barro a una azada, los cinco
peones se dedicaron a cazar bichitos. Mariposas, hormigas, larvas, escarabajos
estercoleros, cantáridas de frutales, guitarreros 11 de palos podridos, cuanto
insecto vieron sus ojos, fue llevado al naturalista. Fue aquello un ir y venir
constante de la quinta al rancho. Franke, loco de gozo ante el ardor de
aquellos entusiastas neófitos, prometía escopetas de uno, dos y tres tiros.
Pero los peones no necesitaban estímulo. No quedaba en la
quinta tronco sin remover ni piedra que no dejara al descubierto el húmedo
hueco de su encaje. Aquello era, evidentemente, más divertido que carpir. Las
cajas del naturalista prosperaron así de un modo asombroso, tanto que a fines
de enero dio el sabio por concluida su colección y regresó a Posadas.
-¿Y los peones?-le preguntó Monsieur Robín-. ¿No tuvo
quejas de ellos?
-¡Oh, no! Muy buenos todos... Usted tiene muy buenos
peones. Monsieur Robín creyó entonces deber ir hasta el Yabebirí a constatar
aquella bondad. Halló a los peones como enloquecidos, en pleno furor de cazar
bichitos. Pero lo que era antes glorioso vivero de cafetos y chirimoyas,
desaparecía ahora entre el monstruoso yuyo de un verano entero. Las plantitas,
ahogadas por el vaho quemante de una sombra demasiado baja, habían perdido o
la vida o todo un año de avance. El bananal estaba convertido en un plantío
salvaje, sucio de pajas, lianas y rebrotes de monte, dentro del cual los
bananos asfixiados se agotaban en hijuelos raquíticos. Los cachos, sin fuerza
para una plena fructificación, pendían con miserables bananitas, negruzcas.
Esto era lo que quedaba a monsieur Robín de su quinta, casi experimental tres
meses antes. Fastidiado hasta el infinito de la ciencia de su ilustre huésped
que había enloquecido al personal, despidió a todos los peones. Pero la mala
semilla estaba ya sembrada. A uno de nosotros tocóle en suerte, tiempo después,
tomar dos peones que habían sido de la quinta de monsieur Robín. Encargóseles
el arreglo urgente de un alambrado, partiendo los mozos con taladros, mechas,
llave inglesa y demás. Pero a la media hora estaba uno de vuelta, poseedor de
un cascarudito que había hallado. Se le agradeció el obsequio, y retornó a su
alambre. Al cuarto de hora volvía el otro peón con otro cascarudito.
A pesar de la orden terminante de no prestar más atención
a los insectos, por maravillosos que fueran, regresaron los dos media hora
antes de lo debido, a mostrar a su patrón un bichito que jamás habían visto en
Santa Ana.
Por espacio de muchos meses la aventura se repitió en
diversas granjas. Los peones aquellos, poseídos de verdadero frenesí
entomológico, contagiaron a algún otro; y, aún hoy un patrón que se estime
debe acordarse siempre al tomar un nuevo peón:
-Sobre todo, les prohíbo terminantemente que miren ningún
bichito. Pero lo más horrible de todo es que los peones habían visto ellos
mismos más de una vez comer alacranes al naturalista. Los sacaba de un tarro y
los comía por las patitas...
LA CREMA DE CHOCOLATE
Ser médico y cocinero a un tiempo es, a más de difícil,
peligroso. El peligro vuélvese realmente grave si el cliente lo es del médico y
de su cocina. Esta verdad pudo ser comprobada por mí, cierta vez que en el
Chaco fui agricultor, médico y cocinero.
Las cosas comenzaron por la medicina, a los cuatro días de
llegar allá. Mi campo quedaba en pleno desierto, a ocho leguas de toda
población, si se exceptúan un obraje y una estanzuela, vecinos a media legua.
Mientras íbamos todas las mañanas mi compañero y yo a construir nuestro rancho,
vivíamos en el obraje. Una noche de gran frío fuimos despertados mientras
dormíamos, por un indio del obraje, a quien acababan de apalear un brazo. El
muchacho gimoteaba muy dolorido. Vi en seguida que no era nada, y sí grande su
deseo de farmacia. Como no me divertía levantarme, le froté el brazo con
bicarbonato de soda que tenía al lado de la cama.
-¿Qué le estás haciendo? -me preguntó mi compañero, sin
sacar la nariz de sus plaids .
-Bicarbonato le
respondí-. Ahora -me dirigí al indio- no te va a doler más. Pero para que haga
buen efecto este remedio, es bueno que te pongas trapos mojados encima.
Claro está, al día siguiente no tenía nada; pero sin la
maniobra del polvo blanco encerrado en el frasco azul, jamás el indiecito se
hubiera decidido a curarse con sólo trapos fríos.
El segundo eslabón lo estableció el capataz de la
estanzuela con quien yo estaba en relación. Vino un día a verme por cierta
infección que tenía en una mano, y que persistía desde un mes atrás. Yo tenía
un bisturí, y el hombre resistía heroicamente el dolor. Esta doble
circunstancia autorizó el destrozo que hice en su carne, sin contar el
bicloruro hirviendo, y ocho días después mi hombre estaba curado. Las
infecciones, por allá, suelen ser de muy fastidiosa duración; mas mi valor y el
del otro -bien que de distinto carácter- venciéronlo todo.
Esto pasaba ya en nuestro algodonal, y tres meses después
de haber sido plantado. Mi amistad con el dueño de la estanzuela, que vivía en
su almacén en Resistencia, y la bondad del capataz y su mujer, llevábanme a
menudo a la estancia. La vieja mujer, sobre todo, tenía cierta respetuosa
ternura por mi ciencia y mi democracia. De aquí que quisiera casarme. A legua y
media de casa, en pleno estero Arazá, tenía cien vacas y un rebaño de ovejas el
padre de mi futura.
-¡Pobrecita! -me decía Rosa, la mujer del capataz-.Está
enferma hace tiempo. ¡Flaca, pobrecita! Andá a curarla, don Fernández, y te
casás con ella.
Como los esteros rebosaban agua, no me decidía a ir hasta
ella.
-¿Y es linda? -se me ocurrió un día.
-¡Pero no ha de...` don Fernández! Le voy a mandar a decir
al padre, y la vas a curar y te vas a casar con ella.
Desgraciadamente la misma democracia que encantaba a la
mujer del capataz estuvo a punto de echar abajo mi reputación científica.
Una tarde había ido yo a buscar mi caballo sin riendas
como lo hacía siempre, y volvía con él a escape, cuando hallé en casa a un
hombre que me esperaba. Mi ropa, además, dejaba siempre mucho que desear en
punto a corrección. La camisa de lienzo sin un botón, los brazos arremangados,
y sin sombrero ni peinado de ninguna especie.
En el patio, un paisano de pelo blanco, muy gordo y
fresco, vestido evidentemente con lo mejor que tenía, me miraba con fuerte
sorpresa.
-Perdone, don -se dirigió a mí-. ¿Es ésta la casa de don
Fernández?
-Sí, señor
le respondí.
Agregó entonces con visible dubitación de persona que no
quiere comprometerse.
¿Y no está él...?
-Soy yo.
El hombre no concluía de disculparse, hasta que se fue con
mi receta y la promesa de que iría a ver a su hija.
Fui y la vi. Tosía un poco, estaba flaquísima, aunque
tenía la cara llena, lo que no hacía sino acentuar la delgadez de las piernas.
Tenía sobre todo el estómago perdido. Tenía también hermosos ojos, pero al
mismo tiempo unas abominables zapatillas nuevas de elástico. Se había vestido
de fiesta, y como lujo de calzado no habitual, las zapatillas aquellas.
La chica -se llamaba Eduarda- digería muy mal, y por todo
alimento comía tasajo desde que habían empezado las lluvias. Con el más
elemental régimen, la muchacha comenzó a recobrar vida.
-Es tu amor, don Fernández. Te quiere mucho a usted"
-me explicaba Rosa.
Fui en esa primavera dos o tres veces más al Arazá, y lo
cierto es que yo podía acaso no ser mal partido para la agradecida familia.
En estas circunstancias, el capataz cumplió años y su
mujer me mandó llamar el día anterior, a fin de que yo hiciera un postre para
el baile. A fuerza de paciencia y de horribles quematinas de leche, yo había
conseguido llegar a fabricarme budines, cremas y hasta huevos quimbos. Como el
capataz tenía debilidad visible por la crema de chocolate que había probado en
casa, detúveme en ella, ordenando a Rosa que dispusiera para el día siguiente
diez litros de leche, sesenta huevos y tres kilos de chocolate. Hubo que
enviar por el chocolate a Resistencia, pero volvió a tiempo, mientras mi
compañero y yo nos rompíamos la muñeca batiendo huevos.
Ahora bien, no sé aún qué pasó, pero lo cierto es que en
plena función de crema, la crema se cortó. Y se cortó de modo tal, que aquello
convirtióse en esponja de caucho, una madeja de oscuras hilachas elásticas,
algo como estopa empapada en aceite de linaza.
Nos miramos mi compañero y yo: la crema esa parecíase
endiabladamente a una muerte súbita. ¿Tirarla y privar a la fiesta de su
principal atractivo...? No era posible. Luego, a más de que ella era nuestra
obra personal, siempre muy querida, apagó nuestros escrúpulos el conocimiento
que del paladar y estómago de los comensales teníamos. De modo que resolvimos
prolongar la cocción del maleficio, con objeto de darle buena consistencia.
Hecho lo cual apelmazamos la crema en una olla, y descansamos.
No volvimos a casa; comimos allá. Vinieron la noche y los
mosquitos, y asistimos al baile en el patio. Mi enferma, otra vez con sus
zapatillas, había llegado con su familia en una carreta. Hacía un calor
sofocante, lo que no obstaba para que los peones bailaran con el poncho al
hombro, el 13 de enero.
Nuestro postre debía ser comido a las once. Un rato antes
mi compañero y yo nos habíamos insinuado hipócritamente en el comedor,
buscando moscas por las paredes.
-Van a morir todos -me decía él en voz baja. Yo, sin
creerlo, estaba bastante preocupado por la aceptación que pudiera tener mi
postre. El primero a quien le cupo familiarizarse con él fue el capataz de los
carreros del obraje, un hombrón silencioso, muy cargado de hombros y con
enormes pies descalzos. Acercóse sonriendo a la mesita, mucho más cortado que
mi crema. Se sirvió -a fuerza de cuchillo, claro es- una delicadísima porción.
Pero mi compañero intervino presuroso.
-¡No, no, Juan! Sírvase más. -Y le llenó el plato.
El hombre probó con gran comedimiento, mientras nosotros
no apartábamos los ojos de su boca.
-¿Eh, qué tal? -le preguntamos-. Rico, ¿eh?
-¡Macanudo, che patrón!
¡Sí! Por malo que fuera aquello, tenía gusto a chocolate.
Cuando el hombrón hubo concluido llegó otro, y luego otro más. Tocóle por fin
el turno a mi futuro suegro. Entró alegre, balanceándose.
-¡Hum...! ¡Parece que tenemos un postre, don Fernández!
¡De todo sabe! ¡Hum...! Crema de chocolate... Yo he comido una vez.
Mi compañero y yo tornamos a mirarnos. ¡Estamos frescos!
-murmuré.
¡Completamente lúcidos! ¿Qué podía parecerle la madeja
negra a un hombre que había probado ya crema de chocolate? Sin embargo, con las
manos muy puestas en los bolsillos, esperamos. Mi suegro probó lentamente.
-¿Qué tal la crema?
Se sonrió y alzó la cabeza, dejando cuchillo y tenedor.
¡Rico, le digo! ¡Qué don Fernández! -continuó comiendo-.
¡Sabe de todo!
Se supondrá el peso de que nos libró su respuesta. Pero
cuando hubieron comido el padre, la madre, la hermana, y le llegó el turno a
mi futura, no supe qué hacer.
-¿Eduarda puede comer, eh, don Fernández? -me había
preguntado mi suegro.
Yo creía sinceramente que no. Para un estómago sano,
aquello estaba bien, aun a razón de un plato sopero por boca. Pero para una
dispéptica con digestiones laboriosísimas, mi esponja era un sencillo veneno.
Y me enternecí con la esponja, sin embargo. La muchacha
ojeaba la olla con mucho más amor que a mí, y yo pensaba que acaso jamás en la
vida seríale dado volver a probar cosa tan asombrosa, hecha por un chacarero
médico y pretendiente suyo.
Sí, puede comer. Le va a gustar mucho -respondí
serenamente. Tal fue mi presentación pública de cocinero. Ninguno murió pero
dos semanas después supe por Rosa que mi prometida había estado enferma los
días subsiguientes al baile.
-Sí -le dije, verdaderamente arrepentido-. Yo tengo la
culpa. No debió haber comido la crema aquella.
¡Qué crema! ¡Si le gustó, te digo! Es que usted no
bailaste con ella; por eso se enfermó.
No bailé con ninguna.
¡Pero si es lo que te digo! ¡Y no has ido más a verla,
tampoco!
Fui allá por fin. Pero entonces la muchacha tenía
realmente novio, un ° españolito con gran cinto y pañuelo criollos, con quien
me había encontrado ya alguna vez en casa de ella.
LA MANCHA HIPTALMICA
-¿Qué tiene esa pared?
Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared
estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba
oscurecida por falta de luz.
Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento
inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a
expresar.
-¿P... pared? -formuló al rato.
Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es
posible. -No es nada -contesté-. Es la mancha hiptálmica. ¿Mancha?
-...hiptálmica. La mancha hiptálmica. Este es mi
dormitorio. Mi mujer dormía de aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza...! Bueno.
Estábamos casados desde hacía siete meses y anteayer murió. ¿No es esto...? Es
la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer se despertó sobresaltada.
-¿Qué dices? -le pregunté inquieto.
-¡Qué sueño más raro! -me respondió, angustiada aún.
-¿Qué era?
-No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de
drama... Una cosa oscura y honda... ¡Qué lástima!
¡Trata de acordarte, por Dios! -la insté, vivamente
interesado. Ustedes me conocen como hombre de teatro...
Mi mujer hizo un esfuerzo.
No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha
tele... hita... ¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.
-¿Qué... ?
-Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica.
-¡Raro! -murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en
aquello.
Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio
con la cara atada. Apenas la vi, recordé bruscamente y vi en sus ojos que ella
también se había acordado. Ambos soltamos la carcajada.
-¡Sí..., sí! -se reía- En cuanto me puse el pañuelo, me
acordé...
-¿Un diente?
-No sé; creo que sí...
Durante el día bromeamos aún con aquello, y de noche,
mientras mi mujer se desnudaba, le grité de pronto desde el comedor:
-A que no...
-¡Sí! ¡La mancha hiptálmica! -me contestó riendo. Me eché
a reír a mi vez, y durante quince días vivimos en plena locura de amor. Después
de este lapso de aturdimiento sobrevino un período de amorosa inquietud, el
sordo y mutuo acecho de un disgusto que no llegaba y que se ahogó por fin en
explosiones de radiante y furioso amor. Una tarde, tres o cuatro horas después
de almorzar, mi mujer, no encontrándome, entró en su cuarto y quedó
sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en la cama, extendido como un
muerto.
¡Federico! -gritó corriendo a mí.
No contesté una palabra, ni me moví. ¡Y era ella, mi mujer!
¿Entienden ustedes?
-¡Déjame! -me desasí con rabia, volviéndome a la pared.
Durante un rato no oí nada. Después, sí: los sollozos de
mi mujer, el pañuelo hundido hasta la mitad en la boca.
Esa noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra,
hasta que a las diez mi mujer me sorprendió en cuclillas delante del ropero,
doblando con extremo cuidado, y pliegue por pliegue, un pañuelo blanco.
¡Pero desgraciado! -exclamó desesperada, alzándome la
cabeza-.¡Qué haces!
¡Era ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e
íntima boca.
-¿Qué hacía? -le respondí-. Buscaba una explicación justa
a lo que nos está pasando.
-Federico... amor mío... -murmuró. Y la ola de locura nos
envolvió de nuevo.
Desde el comedor oí que ella -aquí mismo- se desvestía. Y
aullé con amor:
-¿A que no?...
-¡Hiptálmica, hiptálmica! -respondió riendo y desnudándose
a toda prisa.
Cuando entré, me sorprendió el silencio considerable de
este dormitorio. Me acerqué sin hacer ruido y miré. Mi mujer estaba acostada,
el rostro completamente hinchado y blanco. Tenía atada la cara con un pañuelo.
Corrí suavemente la colcha sobre la sábana, me acosté en
el borde de la cama, y crucé las manos bajo la nuca.
No había aquí ni un crujido de ropa ni una trepidación
lejana. Nada. La llama de la vela ascendía como aspirada por el inmenso
silencio. Pasaron horas y horas. Las paredes, blancas y frías, se oscurecían
progresivamente hacia el techo... ¿Qué es eso? No sé...
Y alcé de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y
los mantuvieron en la pared por dos o tres siglos. Al fin los sentí
pesadamente fijos en mí.
-¿Usted nunca ha estado en el manicomio? -me dijo uno.
-No que yo sepa... -respondí..
-¿Y en presidio?
-Tampoco, hasta ahora...
-Pues tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro.
-Es posible... perfectamente posible... -repuse procurando
dominar mi confusión de ideas.
Salieron.
Estoy seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de
tenderme en el diván: como el dolor de cabeza continúa, me he atado la cara con
un pañuelo blanco.
EL VAMPIRO
-Sí -dijo el abogado Rhode. Yo tuve esa causa. Es un caso,
bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta
entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio
arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las
manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las
uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y
como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los
riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que
habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme,
aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por
fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la
ansiedad de comunicarse.
¡Ah! ¡Usted me entiende! -exclamó, fijando en mí sus ojos
de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que
recuerdo-: ¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Que cómo fue eso del ga... de la gata?
¡Yo! ¡Solamente yo! Óigame: cuando yo llegué... allá, mi mujer...
¿Dónde allá? -le interrumpí.
Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi
mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en senguida se desmayó. Todos se
precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.
¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo
lo que tenía dentro! ¡Esa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!
Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el
hombro, gritándome:
-¿Qué hace? ¡Conteste! Y yo le contesté:
-¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado! Entonces
se levantó un clamor:
-¡No es ella! ¡Esa no es!
Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía
entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas. ¿No era ésa María, la María
de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos
cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a
todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:
-¡Por qué! ¡Por qué!
Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a
todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome.
Entonces comencé a oír de todas partes:
-Murió.
-Murió aplastada.
-Murió.
-Gritó.
-Gritó una sola vez.
-Yo sentí que gritaba.
-Yo también.
-Murió.
-La mujer de él murió aplastada.
¡Por todos los santos! -grité yo entonces retorciéndome
las manos-. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a
los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la
remoción avanzaba a saltos.
A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña
sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho!
¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a
mi María!
No quedaba sino el piano por remover. Había allí un
silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado,
sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.
Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro
paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo
reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a
arrastrarla alrededor del patio. Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso,
otro paso, otro paso!
En el hueco de una puerta -carbón y agujero, nada más-
estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque
estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata
lanzó un aullido de cólera.
¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo
el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo
pedazo de mi María?
La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se
erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y
nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado
de la sirvienta -¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!
-¡Rebuscador de cadáveres! -repetí yo mirándolo- ¡Pero
entonces eso fue en el cementerio!
El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba
con sus inmensos ojos de loco.
¡Conque sabías entonces! -articuló- ¡Conque todos lo saben
y me dejan hablar una hora! ¡Ah! -rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y
deslizándose por la pared hasta caer sentado-: ¡Pero quién me dice al
miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del
alquitrán ni el pelo colgante de mi María!
No necesitaba más, como ustedes comprenden -concluyó el
abogado-, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en
seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado...
-¿Anoche? -exclamó un hombre joven de riguroso luto- ¿Y de
noche se da de alta a los locos?
¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted
y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a
estas horas debe de estar ya en funciones. Pero éstos no son asuntos míos.
Buenas noches, señores.
LA LENGUA
No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy
posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver...! Yo propongo
esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y
calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!
¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no
tuvo la más elemental misericordia. Sabía como el que más que un dentista
sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me
atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de
degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me
enloquecía... ¡Arrancarle la lengua...! Quiero que alguien me diga qué había
hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un
chiste...? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos. ¡Su
lengua...! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido.
Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio,
condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza
que yo solo sé...
Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De
modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para
siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.
Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo
encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por
su broma que me atribuía no sé qué impulsos...
El hombre, un poco desconfiado al principio, se
tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una
infinidad de cuadras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la
ocurrencia.
-Pero de veras me detenía a ratos-. ¿Sabías que era yo el
que había inventado la cosa?
-¡Claro que lo sabía! -le respondía riéndome.
Volvimos a vernos con frecuencia. Conseguí que fuera al
consultorio, donde confiaba en conquistarlo del todo. En efecto, se sorprendió
mucho de un trabajo de puente que me vio ejecutar.
No me imaginaba -murmuró mirándome- que trabajaras tan
bien...
Quedó un rato pensativo y de pronto, como quien se acuerda
de algo que aunque ya muy pasado causa siempre gracia, se echó a reír.
-¿Y desde entonces viene poca gente, no?
-Casi nadie -le contesté sonriendo como un simple.
¡Y sonriendo así tuve la santa paciencia de esperar,
esperar! Hasta que un día vino a verme apurado, porque le dolía vivamente una
muela.
¡Ah, ah! ¡Le dolía a él! ¡Y a mí, nada, nada!
Examiné largamente el raigón doloroso, manejándole las
mejillas con una suavidad de amigo que le encantó. Lo emborraché luego de
ciencia odontológica, haciéndole ver en su raigón un peligro siempre de
temer...
Felippone se entregó en mis brazos, aplazando la
extracción de la muela para el día siguiente.
¡Su lengua!. .. Veinticuatro horas pueden pasar como un
siglo de esperanzas para el hombre que aguarda al final un segundo de dicha.
A las dos en punto llegó Felippone. Pero tenía miedo. Se
sentó en el sillón sin apartar sus ojos de los míos.
-¡Pero hombre! -le dije paternalmente, mientras disimulaba
en la mano el bisturí-. ¡Se trata de un simple raigón! ¿Qué sería si...? ¡Es
curioso que les impresione más el sillón del dentista que la mesa de
operaciones! -concluí, bajándole el labio con el dedo.
-¡Y es verdad! -asintió con la voz gutural.
-¡Claro que lo es! -sonreí aún, introduciendo en su boca
el bisturí para descarnar la encía.
Felippone apretó los ojos, pues era un individuo flojo.
-Abre más la boca -le dije.
Felippone la abrió. Metí la mano izquierda, le sujeté
rápidamente la lengua y se la corté de raíz.
¡Plum! ¡Chismes y chismes y chismes, su lengua! Felippone
mugió echando por la boca una ola de sangre y se desmayó.
Bueno. En la mano yo tenía su lengua. Y el diablo, la
horrible locura de hacer lo que no tiene utilidad alguna, estaban en mis dos
ojos. Con aquella podredumbre de chismes en la mano izquierda, ¿qué necesidad
tenía yo de mirar allá?
Y miré, sin embargo. Le abrí la boca a Felippone, acerqué
bien la cara, y miré en el fondo. ¡Y vi que asomaba por entre la sangre una
lengüita roja! ¡Una lengüita que crecía rápidamente, que crecía y se hinchaba,
como si yo no tuviera la otra en la mano!
Cogí una pinza, la hundí en el fondo de la garganta y
arranqué el maldito retoño. Miré de nuevo, y vi otra vez -¡maldición!- que
subían dos nuevas lengüitas moviéndose...
Metí la pinza y arranqué eso, con ellas una amígdala...
La sangre me impedía ver el resultado. Corrí a la camilla,
ajusté un tubo, y eché en el fondo de la garganta un chorro violento. Volví a
mirar: cuatro lengüitas crecían ya...
¡Desesperación! Inundé otra vez la garganta, hundí los
ojos en la boca abierta, y vi una infinidad de lengüitas que retoñaban
vertiginosamente... Desde ese momento fue una locura de velocidad, una carrera
furibunda, arrancando, echando el chorro, arrancando de nuevo, tornando a echar
agua, sin poder dominar aquella monstruosa reproducción. Al fin lancé un grito
y disparé. De la boca le salía un pulpo de lenguas que tanteaban a todos. ¡Las
lenguas! Ya comenzaban a pronunciar mi nombre...
LAS RAYAS
"...En resumen, yo creo que las palabras valen tanto,
materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por
simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo
que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas
tengan el mismo nombre."
Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan
maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la exponía no era un
viejo y sutil filósofo versado en la escolástica, sino un hombre espinado desde
muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su
promesa de contarnos la cosa, sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de
costado en la silla para oír largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.
-Les contaré la historia -comenzó el hombre- porque es el
mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en
Laboulaye. Mi socio corretea todo el año por las colonias y yo, bastante
inútil para eso, atiendo más bien la barraca. Supondrán que durante ocho meses,
por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados - uno
conmigo en los libros y otro en la venta- nos bastan y sobran. Dado nuestro
radio de acción, ni el Mayor ni el Diario" son engorrosos. Nos ha quedado,
sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros, como si aquella cosa
lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros...! En fin, hace cuatro años de la
aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.
El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo
cortado al rape, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de
los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que
nunca lo vi reírse, mudo y contraído en su Mayor con estricta prolijidad de
rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.
Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha
amistad, y como ninguno tenía familia en Laboulaye, habían alquilado un
caserón con sombríos corredores de bóveda, obra de un escribano que murió loco
allá.
Los dos primeros años no tuvimos la menor queja de
nuestros hombres. Poco después comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de
modo de ser.
El vendedor -se llamaba Tomás Aquino- llegó cierta mañana
a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando
constantemente no sé qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero
cayó con un fuerte ataque de gripe; pero volvió después de almorzar,
inesperadamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con
desesperantes estornudos preliminares que lo habían invadido de golpe. Pero
todo pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco después se repitió
lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornudos de
Figueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe.
Esto era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar
atentamente, pues no se podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando
ambos a la antigua y tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y
Figueroa con su pluma gótica.
Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche
los libros, y con toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del
Mayor estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la
mañana siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró
sorprendido, miró su obra, y se disculpó murmurando.
No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y
en vez de las anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena
de rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado,
rogándoles muy seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron
atentos pestañeando rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra.
Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de
peinarse, echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudecido; trataban de
estar todo el día juntos, pero no hablaban nunca entre ellos. Así varios días,
hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la mesa, rayando el libro de
Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas las páginas llenas
de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo con rayas.
Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces
en otra parte. Llamé a Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no
vi más que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas
rayadas. Hasta una mancha de alquitrán en el suelo, rayada...
No había duda; estaban completamente locos, una terrible
obsesión de rayas que con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los
iba a llevar.
Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de
la Fonda Italiana donde aquéllos comían. Muy preocupado, me preguntó si no
sabía qué se habían hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.
-Estarán en casa de ellos -le dije.
-La puerta está cerrada y no responden -contestó mirándome.
-¡Se habrán ido! -argüí sin embargo.
-No -replicó en voz baja-. Anoche, durante la tormenta, se
han oído gritos que salían de adentro.
Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un
momento. Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al
caserón la fila se engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el agua,
éramos . más de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie respondía, echamos
la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en vano; no había nadie. Pero
el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el techo mismo, todo estaba
rayado, una irradiación delirante de rayas en todo sentido.
Ya no era posible más; habían llegado a un terrible
frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más íntimas células de sus
vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado
las rayas se cruzaban vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin, que
parecía ya haber hecho explosión la locura.
Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua
fangosa dos rayas negras que se revolvían pesadamente.
EN LA NOCHE
Las aguas cargadas y espumosas del Alto Paraná me llevaron
un día de creciente desde San Ignacio al ingenio San Juan, sobre una corriente
que iba midiendo seis millas en el canal, y nueve al caer del lomo de las
restingas.
Desde abril yo estaba a la espera de esa crecida. Mis
vagabundajes en canoa por el Paraná, exhausto de agua, habían concluido por
fastidiar al griego. Es éste un viejo marinero de la Marina de guerra inglesa,
que probablemente había sido antes pirata en el Egeo, su patria, y que con más
certidumbre había sido antes contrabandista de caña en San Ignacio, desde
quince años atrás. Era, pues, mi maestro de río.
-Está bien -me dijo al ver el río grueso-. Usted puede
pasar ahora por un medio, medio regular marinero. Pero le falta una cosa, y es
saber lo que es el Paraná cuando está bien crecido. ¿Ve esa piedraza -me
señaló- sobre la corredera` del Greco? Pues bien; cuando el agua llegue hasta
allí y no se vea una piedra de la restinga, váyase entonces a abrir la boca
ante el Teyucuaré por los cuatro lados, y cuando vuelva podrá decir que sus
puños sirven para algo. Lleve otro remo también, porque con seguridad va a
romper uno o dos. Y traiga de su casa una de sus mil latas de kerosene, bien
tapada con cera. Y así y todo es posible que se ahogue.
Con un remo de más, en consecuencia, me dejé
tranquilamente llevar hasta el Teyucuaré.
La mitad, por lo menos, de los troncos, pajas podridas,
espumas y animales muertos, que bajan con una gran crecida, quedan en esa
profunda ensenada. Espesan el agua, cobran aspecto de tierra firme, remontan
lentamente la costa, deslizándose contra ella como si fueran una porción
desintegrada de la playa, porque ese inmenso remanso es un verdadero mar de
sargazos. Poco a poco, aumentando la elipse de traslación, los troncos son
cogidos por la corriente y bajan por fin velozmente girando sobre sí mismos, para
cruzar dando tumbos frente a la restinga final del Teyucuaré, erguida hasta
ochenta metros de altura.
Estos acantilados de piedra cortan perpendicularmente el
río, avanzan en él hasta reducir su cauce a la tercera parte. El Paraná entero
tropieza con ellos, busca salida, formando una serie de rápidos casi
insalvables aun con aguas bajas, por poco que el remero no esté alerta. Y
tampoco hay manera de evitarlos, porque la corriente central del río se
precipita por la angostura formada, abriéndose desde la restinga en una curva
tumultuosa que rasa el remanso inferior y se delimita de él por una larga fila
de espumas fijas.
A mi vez me dejé coger por la corriente. Pasé como una
exhalación sobre los mismos rápidos y caí en las aguas agitadas del canal, que
me arrastraron de popa y de proa, debiendo tener mucho juicio con los remos que
apoyaba alternativamente en el agua para restablecer el equilibrio, en razón de
que mi canoa medía sesenta centímetros de ancho, pesaba treinta kilos y tenía
tan sólo dos milímetros de espesor en toda su obra; de modo que un firme golpe
de dedo podía perjudicarla seriamente. Pero de sus inconvenientes derivaba una
velocidad fantástica, que me permitía forzar el río de sur a norte y de oeste a
este, siempre, claro está, que no olvidara un instante la inestabilidad del
aparato.
En fin, siempre a la deriva, mezclado con palos y
semillas, que parecían tan inmóviles como yo, aunque bajábamos velozmente
sobre el agua lisa, pasé frente a la isla del Toro, dejé atrás la boca del
Yabebirí, el puerto de Santa Ana, y llegué al ingenio, de donde regresé en
seguida, pues deseaba volver a San Ignacio en la misma tarde.
Pero en Santa Ana me detuve, titubeando. El griego tenía
razón: una cosa es el Paraná bajo o normal, y otra muy distinta con las aguas
hinchadas. Aun con mi canoa, los rápidos salvados al remontar el río me habían
preocupado, no por el esfuerzo para vencerlos, sino por la posibilidad de
volcar. Toda restinga, sabido es, ocasiona un rápido y un remanso adyacente; y
el peligro está en esto precisamente: en salir de un agua muerta, para chocar,
a veces en ángulo recto, contra una correntada que pasa como un infierno. Si la
embarcación es estable, nada hay que temer; pero con la mía nada más fácil que
ir a sondar el rápido cabeza abajo, por poco que la luz me faltara. Y como la
noche caía ya, me disponía a sacar la canoa a tierra y esperar el día
siguiente, cuando vi a un hombre y una mujer que bajaban lá barranca y se aproximaban.
Parecían marido y mujer; extranjeros, a ojos vistas,
aunque familiarizados con la ropa del país. El traía la camisa arremangada
hasta el codo, pero no se notaba en los pliegues del remango la menor mancha
de trabajo. Ella llevaba un delantal enterizo y un cinturón de hule que la
ceñía muy bien. Pulcros burgueses, en suma, pues de tales era el aire de
satisfacción y bienestar, asegurados a expensas del trabajo de cualquier otro.
Ambos, tras un familiar saludo, examinaron con gran
curiosidad la canoa de juguete, y después examinaron el río.
-El señor hace muy bien en quedarse -dijo él- Con el río
así, no se anda de noche.
Ella ajustó su cintura.
-A veces -sonrió coqueteando.
¡Es claro! -replicó él-. Esto no reza con nosotros... Lo
digo por el señor.
Y a mí:
-Si el señor se piensa quedar, le podemos ofrecer buena
comodidad. Hace dos años que tenemos un negocio; poca cosa, pero uno hace lo
que puede... ¿Verdad, señor?
Asentí de buen grado, yendo con ellos hasta el boliche
aludido, pues no de otra cosa se trataba. Cené, sin embargo, mucho mejor que en
mi propia casa, atendido con una porción de detalles de confort, que parecían
un sueño en aquel lugar. Eran unos excelentes tipos mis burgueses, alegres y
limpios, porque nada hacían.
Después de un excelente café, me acompañaron a la playa,
donde interné aún más mi canoa, dado que el Paraná, cuando las aguas llegan
rojas y cribadas de remolinos, sube dos metros en una noche. Ambos
consideraron de nuevo la invisible masa del río.
-Hace muy bien en quedarse, señor -repitió el hombre-. El
Teyucuaré no se puede pasar así como así de noche, como está ahora. No hay
nadie que sea capaz de pasarlo... con excepción de mi mujer.
Yo me volví bruscamente a ella, que conqueteó de nuevo con
el cinturón.
- Usted ha pasado el Teyucuaré de noche? le pregunté.
Oh, sí señor!... Pero una sola vez... y sin ningún deseo
de hacerlo. Entonces éramos un par de locos.
-¿Pero el río...? -insistí.
¿El río? -cortó él- Estaba hecho un loco, también. ¿El
señor conoce los arrecifes de la isla del Toro, no? Ahora están descubiertos
por la mitad. Entonces no se veía nada... Todo era agua, y el agua pasaba por
encima bramando, y la oíamos de aquí. ¡Aquél era otro tiempo, señor! Y aquí
tiene un recuerdo de aquel tiempo... ¿El señor quiere encender un fósforo?
El hombre se levantó el pantalón hasta la corva, y en la
parte interna de la pantorrilla vi una profunda cicatriz, cruzada como un mapa
de costurones duros y plateados.
¿Vio, señor? Es un recuerdo de aquella noche. Una raya...
y no muy, grande, tampoco...
Entonces recordé una historia, vagamente entreoída, de una
mujer
que había remado un día y una noche enteros, llevando a su
marido moribundo. ¿Y era ésa la mujer, aquella burguesita arrobada de éxito y
de pulcritud?
-Sí, señor, era yo -se echó a reír, ante mi asombro, que
no Necesitaba palabras-. Pero ahora me moriría cien veces antes que intentarlo
siquiera. Eran otros tiempos; ¡eso ya pasó!
-¡Para siempre! -apoyó él-. Cuando me acuerdo...
¡Estábamos locos, señor! Los desengaños, la miseria si no nos movíamos... ¡Eran
otros tiempos, sí!
¡Ya lo creo! Eran otros los tiempos, si habían hecho eso.
Pero no quería dormirme sin conocer algún pormenor; y allí, en la oscuridad y
ante el mismo río del cual no veíamos a nuestros pies sino la orilla tibia,
pero que sentíamos subir y subir hasta la otra costa, me di cuenta de lo que
había sido aquella epopeya nocturna.
Engañados respecto de los recursos del país, habiendo
agotado en yerros de colono recién llegado el escaso capital que trajeran, el
matrimonio se encontró un día al extremo de sus recursos. Pero como eran
animosos, emplearon los últimos pesos en una chalana inservible, cuyas
cuadernas recompusieron con infinita fatiga, y con ella emprendieron un
tráfico ribereño, comprando a los pobladores diseminados en la costa, miel,
naranjas, tacuaras, pajas -todo en pequeña escala-, que iban a vender a la
playa de Posadas, malbaratando casi siempre su mercancía, pues ignorantes al
principio del pulso del mercado, llevaban litros de miel de caña cuando habían
llegado barriles de ella el día anterior, y naranjas, cuando la costa
amarilleaba.
Vida muy dura y fracasos diarios, que alejaban de su
espíritu toda otra preocupación que no fuera llegar de madrugada a Posadas y
remontar en seguida el Paraná a fuerza de puño. La mujer acompañaba siempre al
marido, y remaba con él.
En uno de los tantos días de tráfico, llegó un 23 de
diciembre, y la mujer dijo:
-Podríamos llevar a Posadas el tabaco que tenemos, y las
bananas de Francés-cué . De vuelta traeremos tortas de Navidad y velitas de
color. Pasado mañana es Navidad, y las venderemos muy bien en los boliches.
A lo que el hombre contestó:
-En Santa Ana no venderemos muchas; pero en San Ignacio
podremos vender el resto.
Con lo cual descendieron la misma tarde hasta Posadas;
para remontar a la madrugada siguiente, de noche aún.
Ahora bien; el Paraná estaba hinchado con sucias aguas de
crecientes que se alzaban por minutos. Y cuando las lluvias tropicales se han
descargado simultáneamente en toda la cuenca superior, se borran los largos
remansos, que son los más fieles amigos del remero. En todas partes el agua se
desliza hacia abajo, todo el inmenso volumen del río es una huyente masa
líquida que corre en una sola pieza. Y si a la distancia el río aparece en el
canal terso y estirado en rayas luminosas, de cerca, sobre él mismo, se ve el
agua revuelta en pesado moaré de remolinos.
El matrimonio, sin embargo, no titubeó un instante en
remontar tal río en un trayecto de sesenta kilómetros, sin otro aliciente que
el de ganar unos cuantos pesos. El amor nativo al centavo que ya llevaban en
sus entrañas se había exasperado ante la miseria entrevista, y aunque
estuvieran ya próximos a su sueño dorado -que habían de realizar después-, en
aquellos momentos hubieran afrontado el Amazonas entero, ante la perspectiva
de aumentar en cinco pesos sus ahorros.
Emprendieron, pues, el viaje de regreso, la mujer en los
remos y el hombre a la pala en popa. Subían apenas, aunque ponían en ello su
esfuerzo sostenido, que debían duplicar cada veinte minutos en las restingas,
donde los remos de la mujer adquirían una velocidad desesperada, y el hombre se
doblaba en dos con lento y profundo esfuerzo sobre su pala hundida un metro en
el agua.
Pasaron así diez, quince horas, todas iguales. Lamiendo el
bosque o las pajas del litoral, la canoa remontaba imperceptiblemente la
inmensa y luciente avenida de agua, en la cual la diminuta embarcación, rasando
la costa, parecía bien pobre cosa.
El matrimonio estaba en perfecto tren, y no eran remeros a
quienes catorce o dieciséis horas de remo podían abatir. Pero cuando ya a la
vista de Santa Ana se disponían a atracar para pasar la noche, al pisar el
barro el hombre lanzó un juramento y saltó a la canoa: más arriba del talón,
sobre el tendón de Aquiles, un agujero negruzco, de bordes lívidos y ya
abultados, denunciaba el aguijón de la raya.
La mujer sofocó un grito.
-¿Qué...? ¿Una raya?
El hombre se había cogido el pie entre las manos y lo
apretaba con fuerza convulsiva.
-Sí...
-¿Te duele mucho? -agregó ella, al ver su gesto. Y él, con
los dientes apretados:
-De un modo bárbaro...
En esa áspera lucha que había endurecido sus manos y sus
semblantes, habían eliminado de su conversación cuanto no propendiera a
sostener su energía. Ambos buscaron vertiginosamente un remedio. ¿Qué? No
recordaba nada. La mujer de pronto recordó: aplicaciones de ají macho, quemado.
-¡Pronto, Andrés! -exclamó recogiendo los remos-.
Acuéstate en popa: voy a remar hasta Santa Ana.
Y mientras el hombre, con la mano siempre aferrada al
tobillo, se tendía en popa, la mujer comenzó a remar.
Durante tres horas remó en silencio, concentrando su
sombría angustia en un mutismo desesperado, aboliendo de su mente cuanto
pudiera restarle fuerzas. En popa, el hombre devoraba a su vez su tortura,
pues nada hay comparable al atroz dolor que ocasiona la picadura de una raya,
sin excluir el raspaje de un hueso tuberculoso. Sólo de vez en cuando dejaba
escapar un suspiro que a despecho suyo se arrastraba al final en bramido.
Pero ella no lo oía o no quería oírlo, sin otra señal de vida que las miradas
atrás para apreciar la distancia que faltaba aún.
Llegaron por fin a Santa Ana; ninguno de los pobladores de
la costa tenía ají macho. ¿Qué hacer? Ni soñar siquiera en ir hasta el pueblo.
En su ansiedad la mujer recordó de pronto que en el fondo del Teyucuaré, al pie
del bananal de Blosset y sobre el agua misma, vivía desde meses atrás un
naturalista alemán de origen, pero al servicio del Museo de París. Recordaba
también que había curado a dos vecinos de mordeduras de víbora, y era, por
tanto, más que probable que pudiera curar a su marido.
Reanudó, pues, la marcha, y tuvo lugar entonces la lucha
más vigorosa que pueda entablar un pobre ser humano -¡una mujer!- contra la
voluntad implacable de la Naturaleza.
Todo: el río creciendo y el espejismo nocturno que volcaba
el bosque litoral sobre la canoa, cuando en realidad ésta trabajaba en plena
corriente a diez brazas; la extenuación de la mujer y sus manos, que mojaban el
puño del remo de sangre y agua serosa; todo: río, noche y miseria la
empujaban hacia atrás.
Hasta la boca del Yabebirí pudo aún ahorrar alguna fuerza;
pero en la interminable cancha desde el Yabebirí hasta los primeros cantiles
del Teyucuaré, no tuvo un instante de tregua, porque el agua corría por entre
las pajas como en el canal, y cada tres golpes de remo levantaban camalotes en
vez de agua; los cuales cruzaban sobre la proa sus tallos nudosos y seguían a
la rastra, por lo cual la mujer debía ir a arrancarlos bajo el agua. Y cuando
tornaba a caer en el banco, su cuerpo, desde los pies a las manos, pasando por
la cintura y los brazos era un único y prolongado sufrimiento.
Por fin, al norte, el cielo nocturno se entenebrecía ya
hasta el cenit por los cerros del Teyucuaré, cuando el hombre, que desde hacía
un rato había abandonado su tobillo para asirse con las dos manos a la borda,
dejó escapar un grito.
La mujer se detuvo. -¿Te duele mucho?
-Sí... -respondió él, sorprendido a su vez y jadeando-.
Pero no quise gritar. Se me escapó.
Y agregó más bajo, como si temiera sollozar si alzaba la
voz:
-No lo voy a hacer más...
Sabía muy bien lo que era en aquellas circunstancias y
ante su pobre mujer realizando lo imposible, perder el ánimo. El grito se le
había escapado, sin duda, por más que allá abajo, en el pie y el tobillo, el
atroz dolor se exasperaba en punzadas fulgurantes que lo enloquecían.
Pero ya habían caído bajo la sombra del primer acantilado,
rasando y golpeando con el remo de babor la dura mole que ascendía a pico hasta
cien metros. Desde allí hasta la restinga sur del Teyucuaré el agua está muerta
y hay remanso a trechos. Inmenso desahogo del que la mujer no pudo disfrutar,
porque de popa se había alzado otro grito. La mujer no volvió la vista. Pero
el herido, empapado en sudor frío y temblando hasta los mismos dedos adheridos
al listón de la borda, no tenía ya fuerza para contenerse, y lanzaba un nuevo
grito.
Durante largo rato el marido conservó un resto de energía,
de valor, de conmiseración por aquella otra miseria humana, a la que robaba de
ese modo sus últimas fuerzas, y sus lamentos rompían de largo en largo. Pero al
fin toda su resistencia quedó deshecha en una papilla de nervios destrozados,
y desvariado de tortura, sin darse él mismo cuenta, con la boca entreabierta
para no perder tiempo, sus gritos se repitieron a intervalos regulares y
acompasados en un ¡ay! de supremo sufrimiento.
La mujer, entretanto, el cuello doblado, no apartaba los
ojos de la costa para conservar la distancia. No pensaba, no oía, no sentía:
remaba. Sólo cuando un grito más alto, un verdadero clamor de tortura rompía la
noche, las manos de la mujer se desprendían a medias del remo.
Hasta que por fin soltó los remos y echó los brazos sobre
la borda.
-No grites... -murmuró.
-¡No puedo! -clamó él-. Es demasiado sufrimiento. Ella
sollozaba:
-¡Ya sé...! ¡Comprendo...! Pero no grites... ¡No puedo
remar!
-Comprendo también... ¡Pero no puedo! ¡Ay...!
Y enloquecido de dolor y cada vez más alto:
-¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!
La mujer quedó largo rato aplastada sobre los brazos,
inmóvil, muerta. Al fin se incorporó y reanudó muda la marcha.
Lo que la mujer realizó entonces, esa misma mujercita que
llevaba ya dieciocho horas de remo en las manos, y que en el fondo de la canoa
llevaba a su marido moribundo, es una de esas cosas que no se tornan a hacer en
la vida. Tuvo que afrontar en las tinieblas el rápido sur del Teyucuaré, que
la lanzó diez veces a los remolinos del canal. Intentó otras
diez veces sujetarse al peñón para doblarlo con la canoa a
la rastra, y fracasó. Tornó al rápido, que logró por fin incidir con el ángulo
debido, y ya en él se mantuvo sobre su lomo treinta y cinco minutos remando
vertiginosamente para no derivar. Remó todo ese tiempo con los ojos escocidos
por el sudor que la cegaba, y sin poder soltar un solo instante los remos.
Durante esos treinta y cinco minutos tuvo a la vista, a tres metros, el peñón
que no podía doblar, ganando apenas centímetros cada cinco minutos, y con la
desesperante sensación de batir el aire con los remos, pues el agua huía
velozmente.
Con qué fuerzas, que estaban agotadas; con qué increíble
tensión de sus últimos nervios vitales pudo sostener aquella lucha de
pesadilla, ella menos que nadie podría decirlo. Y sobre todo si se piensa que
por único estimulante, la lamentable mujercita no tuvo más que el acompasado
alarido de su marido en popa.
El resto del viaje -dos rápidos más en el fondo del golfo
y uno final al costear el último cerro, pero sumamente largo- no requirió un
esfuerzo superior a aquél. Pero cuando la canoa embicó por fin sobre la
arcilla del puerto de Blosset, y la mujer pretendió bajar para asegurar la
embarcación, se encontró de repente sin brazos, sin piernas y sin cabeza -nada
sentía de sí misma, sino el cerro que se volcaba sobre ella-; y cayó desmayada.
-¡Así fue, señor! Estuve dos meses en cama, y ya vio cómo
me quedó la pierna. ¡Pero el dolor, señor! Si no es por ésta, no hubiera podido
contarle el cuento, señor -concluyó poniéndole la mano en el hombro a su mujer.
La mujercita dejó hacer, riendo. Ambos sonreían, por lo
demás, tranquilos, limpios y establecidos por fin con un boliche lucrativo,
que había sido su ideal.
Y mientras quedábamos de nuevo mirando el río oscuro y
tibio que pasaba creciendo, me pregunté qué cantidad de ideal hay en la entraña
misma de la acción, cuando prescinde en un todo del móvil que la ha encendido,
pues allí, tal cual, desconocido de ellos mismos, estaba el heroísmo a la
espalda de los míseros comerciantes.
EL MONTE NEGRO
Cuando los asuntos se pusieron decididamente mal, Borderán
y Cía., capitalistas de la empresa de Quebracho y Tanino del Chaco, quitaron a
Braccamonte la gerencia. A los dos meses la empresa, falta de la vivacidad del
italiano, que era en todo caso el único capaz de haberla salvado, iba a la
liquidación. Borderán acusó furiosamente a Braccamonte por no haber visto que
el quebracho era pobre; que la distancia a puerto era mucha; que el tanino iba
a bajar; que no se hacen contratos de soga al cuello en el Chaco -léase
chasco-; que, según informes, los bueyes eran viejos y las alzaprimas más,
etcétera, etcétera. En una palabra, que no entendía de negocios. Braccamonte,
por su parte, gritaba que los famosos 100.000 pesos invertidos en la empresa,
lo fueron con una parsimonia tal, que cuando él pedía 4.000 pesos, enviábanle
3.500; cuando 2.000, 1.800. Y así todo. Nunca consiguió la cantidad exacta.
Aun a la semana de un telegrama recibió 800 pesos en vez de 1.000 que había
pedido.
Total: lluvias inacabables, acreedores urgentes, la
liquidación, y Braccamonte en la calle, con 10.000 pesos de deuda.
Este solo detalle debería haber bastado para justificar la
buena fe de Braccamonte, dejando a su completo cargo la deficiencia de
dirección. Pero la condena pública fue absoluta: mal gerente, pésimo
administrador, y aun cosas más graves.
En cuanto a su deuda, los mayoristas de la localidad
perdieron desde el primer momento toda esperanza de satisfacción. Hízose broma
de esto en Resistencia.
"¿Y usted no tiene cuentas con Braccamonte?",
era lo primero que se decían dos personas al encontrarse. Y las carcajadas
crecían si, en efecto, acertaban. Concedían a Braccamonte ojo perspicaz para
adivinar un negocio, pero sólo eso. Hubieran deseado menos cálculos brillantes
y más actividad reposada. Negábanle, sobre todo, experiencia del terreno. No
era posible llegar así a un país y triunfar de golpe en lo más difícil que hay
en él. No era capaz de una tarea ruda y juiciosa, y mucho menos visto el cuidado
que el advenedizo tenía de su figura: no era hombre de trabajo.
Ahora bien, aunque a Braccamonte le dolía la falta de fe
en su honradez, ésta le exasperaba menos, a fuer de italiano ardiente, que la
creencia de que él no fuera capaz de ganar dinero. Con su hambre de triunfo,
rabiaba tras ese primer fracaso.
Pasó un mes nervioso, hostigando su imaginación. Hizo dos
o tres viajes a Rosario, donde tenía amigos, y por fin dio con su negocio:
comprar por menos de nada una legua de campo en el suroeste de Resistencia y
abrirle salida al Paraná, aprovechando el alza del quebracho.
En esa región de esteros y zanjones la empresa era fuerte,
sobre todo debiendo efectuarla a todo vapor; pero Braccamonte ardía como un
tizón. Asocióse con Banker, sujeto inglés, viejo contrabandista de obraje, y a
los tres meses de su bancarrota emprendía marcha al Salado, con bueyes,
carretas, mulas y útiles. Como obra preparatoria tuvieron que construir sobre
el Salado una balsa de cuarenta bordelesas. Braccamonte, con su ojo preciso de
ingeniero nato, dirigía los trabajos.
Pasaron. Marcharon luego dos días, arrastrando penosamente
las carretas y alzaprimas hundidas en el estero, y llegaron al fin al Monte
Negro. Sobre la única loma del país hallaron agua a tres metros, y el pozo se
afianzó con cuatro bordelesas desfondadas. Al lado levantaron el rancho
campal, y en seguida comenzó la tarea de los puentes. Las cinco leguas desde
el campo al Paraná estaban cortadas por zanjones y riachos, en que los puentes
. eran indispensables. Se cortaban palmas en la barranca y se las echaba en
sentido longitudinal a la corriente, hasta llenar la zanja. Se cubría todo con
tierra, y una vez pasados bagajes y carretas avanzaban todos hacia el Paraná.
Poco a poco se alejaban del rancho, y a partir del quinto
puente tuvieron que acampar sobre el terreno de operaciones. El undécimo fue
la obra más seria de la campaña. El riacho tenía 60 metros de ancho, y allí no
era utilizable el desbarrancamiento en montón de palmas. Fue preciso construir
en forma pilares de palmeras, que se comenzaron arrojando las palmas, hasta
lograr con ellas un piso firme. Sobre este piso colocaban una línea de
palmeras nivelada, encima otra transversal, luego una longitudinal, y así
hasta conseguir el nivel de la barranca. Sobre el plano superior tendían una
línea definitiva de palmas, afirmadas con clavos de urunday a estaciones
verticales, que afianzaban el primer pilar del puente. Desde esta base
repetían el procedimiento, avanzando otros cuatro metros hacia la barranca
opuesta. En cuanto al agua, filtraba sin ruido por entre los troncos.
Pero esa tarea fue lenta, pesadísima, en un terrible
verano, y duró dos meses. Como agua, artículo principal, tenían la límpida, si
bien oscura, del riacho. Un día, sin embargo, después de una noche de tormenta,
aquél amaneció plateado de peces muertos. Cubrían el riacho y derivaban sin
cesar. Recién al anochecer, disminuyeron. Días después pasaba aún uno que otro.
A todo evento, los hombres se abstuvieron por una semana de tomar esa agua,
teniendo que enviar un peón a buscar la del pozo, que llegaba tibia.
No era sólo esto. Los bueyes y mulas se perdían de noche
en el campo abierto, y los peones, que salían al aclarar, volvían con ellos ya
alto el sol, cuando el calor agotaba a los bueyes en tres horas. Luego pasaban
toda la mañana en el riacho luchando, sin un momento de descanso, contra la
falta de iniciativa de los peones, teniendo que estar en todo, escogiendo las
palmas, dirigiendo el derrumbe, afirmando, con los brazos arremangados, los
catres de los pilares, bajo el sol de fuego y el vaho asfixiante del pajonal,
hinchados por tábanos y barigüís . La greda amarilla y reverberante del palmar
les irritaba los ojos y quemaba los pies. De vez en cuando sentíanse detenidos
por la vibración crepitante de una serpiente de cascabel, que sólo se hacía oír
cuando estaban a punto de pisarla.
Concluida la mañana, almorzaban. Comían, mañana y noche,
un plato de locro, que mantenían alejado sobre las rodillas, para que el sudor
no cayera dentro. Esto, bajo su único albergue, un cobertizo hecho con cuatro
chapas de cinc, que enceguecían entre moarés
de aire caldeado. Era tal allí el calor, que no se sentía entrar el aire
en los pulmones. Las barretas de fierro quemaban en la sombra.
Dormían la siesta, defendidos de los polvorines por
mosquiteros de gasa que, permitiendo apenas pasar el aire, levantaban aún la
temperatura. Con todo, ese martirio era preferible al de los polvorines.
A las dos volvían a los puentes, pues debían a cada
momento reemplazar a un peón que no comprendía bien, hundidos hasta las
rodillas en el fondo podrido y fofo del riacho, que burbujeaba a la menor
remoción, exhalando un olor nauseabundo. Como en estos casos no podían separar
las manos del tronco, que sostenían en alto a fuerza de riñones, los tábanos
los aguijoneaban a mansalva.
Pero, no obstante esto, el momento verdaderamente duro era
el de la cena. A esa hora el estero comenzaba a zumbar, y enviaba sobre ellos
nubes de mosquitos, tan densas, que tenían que comer el plato de locro
caminando de un lado para otro. Aun así no lograban paz; o devoraban mosquitos
o eran devorados por ellos. Dos minutos de esta tensión acababa con los nervios
más templados.
En estas circunstancias, cuando acarreaban tierra al
puente grande, llovió cinco días seguidos, y el charque se concluyó. Los
zanjones, desbordados, imposibilitaron nueva provista, y tuvieron que pasar
quince días a locro guacho, maíz cocido en agua únicamente. Como el tiempo
continuó pesado, los mosquitos recrudecieron en forma tal que ya ni caminando
era posible librar el locro de ellos. En una de esas tarde, Banker, que se
paseaba entre un oscuro nimbo de mosquitos, sin hablar una palabra, tiró de pronto
el plato contra el suelo, y dijo que no era posible vivir más así; que eso no
era vida; que él se iba. Fue menester todo el calor elocuente de Braccamonte,
y en especial la evocación del muy serio contrato entre ellos para que Banker
se calmara. Pero Braccamonte, en su interior, había pasado tres días
maldiciéndose a sí mismo por esa estúpida empresa.
El tiempo se afirmó por fin, y aunque el calor creció y el
viento norte sopló su fuego sobre las caras, sentíase aire en el pecho por lo
menos. La vida suavizóse algo -más carne y menos mosquitos de comida--, y
concluyeron por fin el puente grande, tras dos meses de penurias. Había
devorado 2.700 palmas. La mañana en que echaron la última palada de tierra,
mientras las carretas lo cruzaban entre la gritería de triunfo de los peones,
Braccamonte y Banker, parados uno al lado de otro, miraron largo rato su obra
común, cambiando cortas observaciones a su respecto, que ambos comprendían sin
oírlas casi.
Los demás puentes, pequeños todos, fueron un juego, además
de que al verano había sucedido un seco y frío otoño. Hasta que por fin
llegaron al río.
Así, en seis meses de trabajo rudo y tenaz, quebrantos y
cosas amargas, mucho más para contadas que pasadas, los dos socios
construyeron catorce puentes, con la sola ingeniería de su experiencia y de su
decisión incontrastable. Habían abierto puerto a la madera sobre el Paraná, y
la especulación estaba hecha. Pero salieron de ella con las mejillas
excavadas, las duras manos jaspeadas por blancas cicatrices de granos, con
rabiosas ganas de sentarse en paz a una mesa con mantel.
Un mes después -el quebracho siempre en suba-, Braccamonte
había vendido su campo, comprado en 8.000 pesos, en 22.000. Los comerciantes
de Resistencia no cupieron de satisfacción al verse pagados, cuando ya no lo
esperaban, aunque creyeron siempre que en la cabeza del italiano había más
fantasía que otra cosa.
LOS FABRICANTES DE CARBÓN
Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y
se sentaron sobre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún
treinta metros y el cajón pesaba. Era esa la cuarta detención -y la última-,
pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja.
Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza
desnuda de los dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo
lívido de eclipse, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de
Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban.
De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y
la bajaban en seguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en
las precoces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol
tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la angarilla, y
paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de espaldas a pleno sol,
y con el brazo se taparon la cara.
El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro
chapas galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies
de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que
nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el
artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos mismos
habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de calefacción
circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos hombres estaban
vestidos como peones y hablaban como ingenieros, no eran ni ingenieros ni
peones.
Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro.
Padres ingleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos
tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen. Personificaban
así un tipo de americano que ha espantado a Huret , como tantos otros: el hijo
de europeo que se ríe de su patria heredada con tanta frescura como de la suya
propia.
Pero Rienzi y Dréver, tirados de espaldas, el brazo sobre
los ojos, no se reían en esa ocasión, porque estaban hartos de trabajar desde
las cinco de la mañana y desde un mes atrás, bajo un frío de cero grado las más
de las veces.
Esto era en Misiones. A las ocho, y hasta las cuatro de la
tarde, el sol tropical hacía de las suyas, pero apenas bajaba el sol, el
termómetro comenzaba a caer con él, tan velozmente que se podía seguir con los
ojos el descenso del mercurio. A esa hora el país comenzaba a helarse
literalmente; de modo que los treinta grados del mediodía se reducían a cuatro
a las ocho de la noche, para comenzar a las cuatro de la mañana el galope
descendente: -1, -2, -3. La noche anterior había bajado a 4, con la consiguiente
sacudida de los conocimientos geográficos de Rienzi, que no concluía de
orientarse en aquella climatología de carnaval, con la que poco tenían que ver
los informes meteorológicos.
-Este es un país subtropical de calor asfixiante -decía
Rienzi tirando el cortafierro quemante de frío y yéndose a caminar. Porque
antes de salir el sol, en la penumbra glacial del campo escarchado, un trabajo
a fierro vivo despelleja las manos con harta facilidad.
Dréver y Rienzi, sin embargo, no abandonaron una sola vez
su caldera en todo ese mes, salvo los días de lluvia, en que estudiaban
modificaciones sobre el plano, muertos de frío. Cuando se decidieron por la
destilación en vaso cerrado, sabían ya prácticamente a qué atenerse respecto de
los diversos sistemas a fuego directo, incluso el de Schwartz . Puestos de
firme en su caldera, lo único que no había variado nunca era su capacidad:
1.400 CM'. Pero forma, ajuste, tapas, diámetro del tubo de escape, condensador,
todo había sido estudiado y reestudiado cien veces. De
noche, al acostarse, se repetía siempre la misma escena. Hablaban un rato en la
cama de a o b, cualquier cosa que nada tenía que ver con su tarea del momento.
Cesaba la conversación, porque tenían sueño. Así al menos lo creían ellos. A la
hora de profundo silencio, uno levantaba la voz:
-Yo creo que diecisiete debe ser bastante.
-Creo lo mismo -respondía en seguida el otro.
¿Diecisiete qué? Centímetros, remaches, días, intervalos,
cualquier cosa. Pero ellos sabían perfectamente que se trataba de su caldera y
a qué se referían.
Un día, tres meses atrás, Rienzi había escrito a Dréver
desde Buenos Aires, diciéndole que quería ir a Misiones. ¿Qué se podía hacer?
El creía que a despecho de las aleluyas nacionales sobre la industrialización
del país, una pequeña industria, bien entendida, podría dar resultado por lo
menos durante la guerra. ¿Qué le parecía esto?
Dréver contestó: "Véngase, y estudiaremos el asunto
carbón y alquitrán". A lo que Rienzi repuso embarcándose para allá.
Ahora bien; la destilación a fuego de la madera es un
problema interesante de resolver, pero para el cual se requiere un capital
bastante mayor del que podía disponer Dréver. En verdad, el capital de éste
consistía en la leña de su monte, y el recurso de sus herramientas. Con esto,
cuatro chapas que le habían sobrado al armar el galpón, y la ayuda de Rienzi,
se podía ensayar.
Ensayaron, pues. Como en la destilación de la madera los
gases no trabajaban a presión, el material aquel les bastaba. Con hierros T
para la armadura y L para las bocas, montaron la caldera rectangular de 4,20 x
0,70 metros. Fue un trabajo prolijo y tenaz, pues a más de las dificultades
técnicas debieron contar con las derivadas de la escasez de material y de una
que otra herramienta. El ajuste inicial, por ejemplo, fue un desastre:
imposible pestañar aquellos bordes quebradizos, y poco menos que en el aire.
Tuvieron, pues, que ajustarla a fuerza de remaches, a uno por centímetro, lo
que da 1.680 para la sola unión longitudinal de las chapas. Y como no tenían
remaches, cortaron 1.680 clavos, y algunos centenares más para la armadura.
Rienzi remachaba de afuera. Dréver, apretado dentro de la
caldera, con las rodillas en el pecho, soportaba el golpe. Y los clavos, sabido
es, sólo pueden ser remachados a costa de una gran paciencia que a Dréver,
allá adentro, se le escapaba con rapidez vertiginosa. A la hora turnaban, y
mientras Dréver salía acalambrado, doblado, incorporándose a sacudidas,
Rienzi entraba a poner su paciencia a prueba con las corridas del martillo por
el contragolpe.
Tal fue su trabajo. Pero el empeño en hacer lo que querían
fue asimismo tan serio, que los dos hombres no dejaron pasar un día sin
machucarse las uñas. Con las modificaciones sabidas los días de lluvia, y los
inevitables comentarios a medianoche.
No tuvieron en ese mes otra diversión -esto desde el punto
de vista urbano- que entrar los domingos de mañana en el monte a punta de
machete. Dréver, hecho a aquella vida, tenía la muñeca bastante sólida para no
cortar sino lo que quería; pero cuando Rienzi era quien abría monte, su
compañero tenía buen cuidado de mantenerse atrás a cuatro o cinco metros. Y no
es que el puño de Rienzi fuera malo; pero el machete es cosa de un largo
aprendizaje.
Luego, como distracción diaria, tenían la que les
proporcionaba su ayudante, la hija de Dréver. Era ésta una rubia de cinco años,
sin madre, porque Dréver había enviudado a los tres años de estar allá. El la
había criado solo, con una paciencia infinitamente mayor que la que le pedían
los remaches de la caldera. Dréver no tenía el carácter manso, y era difícil de
manejar. De dónde aquel hombrón había sacado la ternura y la paciencia
necesarias para criar solo y hacerse adorar de su hija, no lo sé; pero lo cierto
es que cuando caminaban juntos al crepúsculo, se oían diálogos como éste:
-¡Piapiá!
-¡Mi vida...!
-¿Va a estar pronto tu caldera? -Sí, mi vida.
--¿Y vas a destilar toda la leña del monte?
-No; vamos a ensayar solamente.
-¿Y vas a ganar platita?
-No creo, chiquita.
-¡Pobre piapiacito querido! No podés nunca ganar mucha
plata.
-Así es...
-Pero vas a hacer un ensayo lindo, piapiá. ¡Lindo como
vos, piapiacito querido!
-Sí, mi amor.
-¡Yo te quiero mucho, mucho, piapiá!
-Sí, mi vida... Y el brazo de Dréver bajaba por sobre el
hombro de su hija y la criatura besaba la mano dura y quebrada de su padre,
tan grande que le ocupaba todo el pecho.
Rienzi tampoco era pródigo de palabras, y fácilmente podía
considerárseles tipos inabordables. Mas la chica de Dréver conocía un poco a
aquella clase de gente, y se reía a carcajadas del terrible ceño de Rienzi,
cada vez que éste trataba de imponer con su entrecejo tregua a las diarias
exigencias
de su ayudante: vueltas de carnero en la gramilla,
carreras a babucha, hamaca, trampolín, sube y baja, alambrecarril, sin contar
uno que otro jarro de agua a la cara de su amigo, cuando éste, a mediodía, se
tiraba al sol sobre el pasto.
Dréver oía un juramento e inquiría la causa.
-¡Es la maldita viejita! -gritaba Rienzi-. No se le ocurre
sino... Pero ante la -bien que remota- probabilidad de una injusticia propia
del padre, Rienzi se apresuraba a hacer las paces con la chica, la cual
festejaba en cuclillas la cara lavada como una botella de Rienzi.
Su padre jugaba menos con ella; pero seguía con los ojos
el pesado galope de su amigo alrededor de la meseta, cargado con la chica en
los hombros. Era un terceto bien curioso el de los dos hombres de grandes
zancadas y su rubia ayudante de cinco años, que iban, venían y volvían a ir de
la meseta al horno. Porque la chica, criada y educada constantemente al lado
de su padre, conocía una por una las herramientas, y sabía qué presión, más o
menos, se necesita para partir diez cocos juntos, y a qué olor se le puede
llamar con propiedad de piroleñoso. Sabía leer, y escribía todo con
mayúsculas. Aquellos doscientos metros del bungalow, al monte fueron recorridos
a cada momento mientras se construyó el horno. Con paso fuerte de madrugada, o
tardo a mediodía, iban y venían como hormigas por el mismo sendero, con las
mismas sinuosidades y la misma curva para evitar el florecimiento de arenisca
negra a flor de pasto.
Si la elección del sistema de calefacción les había
costado, su ejecución sobrepasó con mucho lo concebido.
Una cosa es en el papel, y otra en el terreno, decía
Rienzi con las manos en los bolsillos, cada vez que un laborioso cálculo sobre
volumen de gases, toma de aire, superficie de la parrilla, cámara de tiro, se
les iba al diablo por la pobreza del material.
Desde luego, se les había ocurrido la cosa más arriesgada
que quepa en asuntos de ese orden: calefacción en espiral para una caldera
horizontal. ¿Por qué? Tenían ellos sus razones y dejémoselas. Mas lo cierto es
que cuando encendieron por primera vez el horno, y acto continuo el humo
escapó de la chimenea, después de haberse visto forzado a descender cuatro
veces bajo la caldera, al ver esto, los dos hombres se sentaron a fumar sin
decir nada, mirando aquello con aire más bien distraído, el aire de hombres de
carácter que ven el éxito de un duro trabajo en el que han puesto todas sus
fuerzas.
¡Ya estaba, por fin! Las instalaciones accesorias
-condensador de alquitrán y quemador de gases- eran un juego de niños. La
condensación se dispuso en ocho bordelesas, pues no tenían agua; y los gases
fueron envíados directamente al hogar. Con lo que la chica de Dréver tuvo
ocasión de maravillarse de aquel grueso chorro de fuego que salía de la caldera
donde no había fuego.
¡Qué lindo, piapiá! -exclamaba, inmóvil de sorpresa. Y con
los besos de siempre a la mano de su padre:
-¡Cuántas cosas sabés hacer, piapiacito querido! Tras lo
cual entraban en el monte a comer naranjas.
Entre las pocas cosas que Dréver tenía en este mundo
-fuera de su hija, claro está- la de mayor valor era su naranjal, que no le
daba renta alguna, pero que era un encanto de ver. Plantación original de los
jesuitas, hace doscientos años, el naranjal había sido invadido y sobrepasado
por el bosque, en cuyo sous-bois , digamos, los naranjos continuaban enervando
el monte de perfume de azahar, que al crepúsculo llegaba hasta los senderos
del campo. Los naranjos de Misiones no han conocido jamás enfermedad alguna.
Costaría trabajo encontrar una naranja con una sola peca. Y como riqueza de
sabor y hermosura aquella fruta no tiene rival.
De los tres visitantes, Rienzi era el más goloso. Comía
fácilmente diez o doce naranjas, y cuando volvía a casa llevaba siempre una
bolsa cargada al hombro. Es fama allá que una helada favorece a la fruta. En
aquellos momentos, a fines de junio, eran ya un almíbar; lo cual reconciliaba
un tanto a Rienzi con el frío.
Este frío de Misiones que Rienzi no esperaba y del cual no
había oído hablar nunca en Buenos Aires, molestó las primeras hornadas de
carbón ocasionándoles un gasto extraordinario de combustible.
En efecto, por razones de organización encendían el horno
a las cuatro o cinco de la tarde. Y como el tiempo para una completa
carbonización de la madera no baja normalmente de ocho horas, debían alimentar
el fuego hasta las doce o la una de la mañana hundidos en el foso ante la roja
boca del hogar, mientras a sus espaldas caía una mansa helada. Si la
calefacción subía, la condensación se efectuaba a las mil maravillas en el
aire de hielo, que les permitía obtener en el primer ensayo un 2 por ciento de alquitrán,
lo que era muy halagüeño, vistas las circunstancias.
Uno u otro debía vigilar constantemente la marcha, pues el
peón accidental que les cortaba leña persistía en no entender aquel modo de
hacer carbón. Observaba atentamente las diversas partes de la fábrica, pero
sacudía la cabeza a la menor insinuación de encargarle el fuego.
Era un mestizo de indio, un muchachón flaco, de ralo
bigote, que tenía siete hijos y que jamás contestaba de inmediato la más fácil
pregunta sin consultar un rato el cielo, silbando vagamente. Después respondía:
"Puede ser". En balde le habían dicho que diera fuego sin inquietarse
hasta que la tapa opuesta de la caldera chispeara al ser tocada con el dedo
mojado. Se reía con ganas, pero no aceptaba. Por lo cual el vaivén de la
meseta al monte proseguía de noche, mientras la chica de Dréver, sola en el
bungalow, se entretenía tras los vidrios en reconocer, al relámpago del hogar,
si era su padre o Rienzi quien atizaba el fuego.
Alguna vez, algún turista que pasó de noche hacia el
puerto a tomar el vapor que lo llevaría al Iguazú, debió de extrañarse no poco
de aquel resplandor que salía de bajo tierra, entre el humo y el vapor de los
escapes: mucho de solfatara y un poco de infierno, que iba a herir directamente
la imaginación del peón indio.
La atención de éste era vivamente solicitada por la
elección del combustible. Cuando descubría en su sector un buen "palo
noble para el fuego", lo llevaba en su carretilla hasta el horno,
impasible, como si ignorara el tesoro que conducía. Y ante el halago de los
foguistas, volvía indiferente la cabeza a otro lado, para sonreírse a gusto,
según decir de Rienzi.
Los dos hombres se encontraron así un día con tal stock de
esencias muy combustibles, que debieron disminuir en el hogar la toma de aire,
el que entraba ahora silbando y vibraba bajo la parrilla.
Entretanto, el rendimiento de alquitrán aumentaba.
Anotaban los porcentajes en carbón, alquitrán y piroleñoso de las esencias más
aptas, aunque todo grosso modo. Pero lo que, en cambio, anotaron muy bien
fueron los inconvenientes -uno por uno- de la calefacción circular para una
caldera horizontal: en esto podían reconocerse maestros. El gasto de
combustible poco les interesaba. Fuera de que con una temperatura de 0 grado,
las más de las veces, no era posible cálculo alguno.
Ese invierno fue en extremo riguroso, y no sólo en
Misiones. Pero desde fines de junio las cosas tomaron un cariz extraordinario,
que el país sufrió hasta las raíces de su vida subtropical.
En efecto, tras cuatro días de pesadez y amenaza de gruesa
tormenta, resuelta en llovizna de hielo y cielo claro al sur, el tiempo se
serenó. Comenzó el frío, calmo y agudo, apenas sensible a mediodía, pero que a
las cuatro mordía ya las orejas. El país pasaba sin transición de las
madrugadas blancas al esplendor casi mareante de un mediodía invernal en
Misiones, para helarse en la oscuridad a las primeras horas de la noche.
La primera mañana de ésas, Rienzi, helado de frío, salió a
caminar de madrugada y volvió al rato tan helado como antes. Miró el termómetro
y habló a Dréver que se levantaba.
-¿Sabe qué temperatura tenemos? Seis grados bajo cero.
-Es la primera vez que pasa esto -repuso Dréver.
-Así es -asintió Rienzi-. Todas las cosas que noto aquí
pasan por primera vez.
Se refería al encuentro en pleno invierno con una yarará,
y donde menos lo esperaba.
La mañana siguiente hubo siete grados bajo cero. Dréver
llegó a dudar de su termómetro, y montó a caballo, a verificar la temperatura
en casa de dos amigos, uno de los cuales atendía una pequeña estación
meteorológica oficial. No había duda: eran efectivamente nueve grados bajo
cero; y la diferencia con la temperatura registrada en su casa provenía de que
estando la meseta de Dréver muy alta sobre el río y abierta al viento, tenía
siempre dos grados menos en invierno, y dos más en verano, claro está.
-No se ha visto jamás cosa igual -dijo Dréver, de vuelta,
desensillando el caballo.
-Así es -confirmó Rienzi.
Mientras aclaraba al día siguiente, llegó al bungalow un
muchacho con una carta del amigo que atendía la estación meteorológica. Decía
así: "Hágame el favor de registrar hoy la temperatura de su termómetro al
salir el sol. Anteayer comuniqué la observada aquí, y anoche he recibido un
pedido de Buenos Aires de que rectifique en forma la temperatura comunicada.
Allá se ríen de los nueve grados bajo cero. ¿Cuánto tiene usted ahora?"
Dréver esperó la salida del sol y anotó en la respuesta:
"27 de junio: 9 grados bajo 0".
El amigo telegrafió entonces a la oficina central de
Buenos Aires el registro de su estación: "27 de junio: 11 grados bajo
0".
Rienzi vio algo del efecto que puede tener tal temperatura
sobre una vegetación casi de trópico; pero le estaba reservado para más
adelante constatarlo de pleno. Entretanto, su atención y la de Dréver se
vieron duramente solicitadas por la enfermedad de la hija de éste.
Desde una semana atrás la chica no estaba bien. (Esto,
claro está, lo notó Dréver después, y constituyó uno de los entretenimientos
de sus largos silencios.) Un poco de desgano, mucha sed, y los ojos irritados
cuando corría.
Una tarde, después de almorzar, al salir Dréver afuera
encontró a su hija acostada en el suelo, fatigada. Tenía 39° de fiebre. Rienzi
llegó un momento después, y la halló ya en cama, las mejillas abrasadas y la
boca abierta. -¿Qué tiene? -preguntó extrañado a Dréver.
-No sé... 39 y pico.
Rienzi se dobló sobre la cama.
-¡Hola, viejita! Parece que no tenemos alambrecarril, hoy.
La pequeña no respondió. Era característica de la
criatura, cuando tenía fiebre, cerrarse a toda pregunta sin objeto y responder
apenas con monosílabos secos, en que se transparentaba a la legua el carácter
del padre. Esa tarde, Rienzi se ocupó de la caldera, pero volvía de rato en
rato a
ver a su ayudante, que en aquel momento ocupaba un
rinconcito rubio en la cama de su padre.
A las tres, la chica tenía 39,5 y 40 a las seis. Dréver
había hecho lo que se debe hacer en esos casos, incluso el baño.
Ahora bien: bañar, cuidar y atender a una criatura de
cinco años en una casa de tablas peor ajustada que una caldera, con un frío de
hielo y por dos hombres de manos encallecidas, no es tarea fácil. Hay
cuestiones de camisitas, ropas minúsculas, bebidas a horas fijas, detalles que
están por encima de las fuerzas de un hombre. Los dos hombres, sin embargo,
con los duros brazos arremangados, bañaron a la criatura y la secaron. Hubo,
desde luego, que calentar el ambiente con alcohol; y en lo sucesivo, que cambiar
los paños de agua fría en la cabeza.
La pequeña había condescendido a sonreírse mientras Rienzi
le secaba los pies, lo que pareció a éste de buen augurio. Pero Dréver temía
un golpe de fiebre perniciosa, que en temperamentos vivos no se sabe nunca
adónde puede llegar.
A las siete la temperatura subió a 40,8, para descender a
39 en el resto de la noche y montar de nuevo a 40,3 a la mañana siguiente.
-¡Bah! -decía Rienzi con aire despreocupado-. La viejita
es fuerte, y no es esta fiebre la que la va a tumbar.
Y se iba a la caldera silbando, porque no era cosa de
ponerse a pensar estupideces.
Dréver no decía nada. Caminaba de un lado para otro en el
comedor, y sólo se interrumpía para entrar a ver a su hija. La chica, devorada
de fiebre, persistía en responder con monosílabos secos a su padre.
-¿Cómo te sientes, chiquita?
-Bien.
-¿No tienes calor? ¿Quieres que te retire un poco la
colcha? No.
-¿Quieres agua?
-No.
Y todo sin dignarse volver los ojos a él.
Durante seis días Dréver durmió un par de horas de mañana,
mientras Rienzi lo hacía de noche. Pero cuando la fiebre se mantenía
amenazante, Rienzi veía la silueta del padre detenido, inmóvil al lado de la
cama, y se encontraba a la vez sin sueño. Se levantaba y preparaba café, que
los hombres tomaban en el comedor. Instábanse mutuamente a descansar un rato,
con un rondo encogimiento de hombros por común respuesta. Tras lo cual uno se
ponía a recorrer por centésima vez el título de los libros, mientras el otro
hacía obstinadamente cigarros en un rincón de la mesa.
Y los baños siempre, la calefacción, los paños fríos, la
quinina. La chica se dormía a veces con una mano de su padre entre las suyas, y
apenas éste intentaba retirarla, la criatura lo sentía y apretaba los dedos.
Con lo cual Dréver se quedaba sentado, inmóvil, en la cama un buen rato; y como
no tenía nada que hacer, miraba sin tregua la pobre carita extenuada de su
hija.
Luego, delirio de vez en cuando, con súbitos
incorporamientos sobre los brazos. Dréver la tranquilizaba, pero la chica
rechazaba su contacto, volviéndose al otro lado. El padre recomenzaba entonces
su paseo, e iba a tomar el eterno café de Rienzi.
-¿Qué tal? -preguntaba éste.
-Ahí va -respondía Dréver.
A veces, cuando estaba despierta, Rienzi se acercaba
esforzándose en levantar la moral de todos, con bromas a la viejita que se
hacía la enferma y no tenía nada. Pero la chica, aun reconociéndolo, lo miraba
seria, con una hosca fijeza de gran fiebre.
La quinta tarde, Rienzi la pasó en el horno trabajando, lo
que constituía un buen derivativo. Dréver lo llamó por un rato y fue a su vez
a alimentar el fuego, echando automáticamente leña tras leña en el hogar.
Esa madrugada la fiebre bajó más que de costumbre, bajó
más a mediodía, y a las dos de la tarde la criatura estaba con los ojos
cerrados, inmóvil, con excepción de un rictus intermitente del labio y de
pequeñas conmociones que le salpicaban de tics el rostro. Estaba helada; tenía
sólo 35 grados.
-Una anemia cerebral fulminante, casi seguro -respondió
Dréver a una mirada interrogante de su amigo-. Tengo suerte...
Durante tres horas la chica continuó de espaldas con sus
muecas cerebrales, rodeada y quemada por ocho botellas de agua hirviendo.
Durante esas tres horas Rienzi caminó muy despacio por la pieza, mirando con el
ceño fruncido la figura del padre sentado a los pies de la cama. Y en esas tres
horas Dréver se dio cuenta precisa del inmenso lugar que ocupaba en su corazón
aquella pobre cosita que le había quedado de su matrimonio, y que iba a llevar
al día siguiente al lado de su madre.
A las cinco, Rienzi, en el comedor, oyó que Dréver se
incorporaba; y con el ceño más contraído aún entró en el cuarto. Pero desde la
puerta distinguió el brillo de la frente de la chica empapada en sudor,
¡salvada!
-Por fin... -dijo Rienzi con la garganta estúpidamente
apretada.
-¡Sí, por fin! -murmuró Dréver.
La chica continuaba literalmente bañada en sudor. Cuando
abrió al rato los ojos, buscó a su padre y al verlo tendió los dedos hacia la
boca de él. Rienzi se acercó entonces:
-¿Y...? ¿Cómo vamos, madamita? La chica volvió los ojos a
su amigo.
-¿Me conoces bien ahora? ¿A que no? Sí...
-¿Quién soy?
La criatura sonrió.
-Rienzi.
-¡Muy bien! Así me gusta... No, no. Ahora, a dormir...
Salieron a la meseta, por fin.
-¡Qué viejita! -decía Rienzi, haciendo con una vara largas
rayas en la arena.
Dréver -seis días de tensión nerviosa con las tres horas
finales son demasiado para un padre solo- se sentó en el sube y baja y echó la
cabeza sobre los brazos. Y Rienzi se fue al otro lado del bungalow, porque los
hombros de su amigo se sacudían.
La convalecencia comenzaba a escape desde ese momento.
Entre taza y taza de café de aquellas largas noches, Rienzi había meditado que
mientras no cambiaran los dos primeros vasos de condensación obtendrían
siempre más brea de la necesaria. Resolvió, pues, utilizar dos grandes
bordelesas en que Dréver había preparado su vino de naranja, y con la ayuda
del peón, dejó todo listo al anochecer. Encendió el fuego, y después de
confiarlo al cuidado de aquél, volvió a la meseta, donde tras los vidrios del
bungalow los dos hombres miraron con singular placer el humo rojizo que
tornaba a montar en paz.
Conversaban a las doce, cuando el indio vino a anunciarles
que el fuego salía por otra parte; que se había hundido el horno. A ambos vino
instantáneamente la misma idea.
-¿Abriste la toma de aire? -le preguntó Dréver.
-Abrí -repuso el otro.
-¿Qué leña pusiste?
-La carga que estaba allaité .
-¿Lapacho?
-Sí.
Rienzi y Dréver se miraron entonces y salieron con el
peón.
La cosa era bien clara: la parte superior del horno estaba
cerrada con dos chapas de cinc sobre traviesas de hierro L, y como capa
aisladora habían colocado encima cinco centímetros de arena. En la primera
sección de tiro, que las llamas lamían, habían resguardado el metal con una
capa de arcilla sobre tejido de alambre; arcilla armada, digamos.
Todo había ido bien mientras Rienzi o Dréver vigilaron el
hogar. Pero el peón, para apresurar la calefacción en beneficio de sus
patrones, había abierto toda la puerta del cenicero, precisamente cuando
sostenía el fuego con lapacho. Y como el lapacho es a la llama lo que la nafta
a un fósforo, la altísima temperatura desarrollada había barrido con arcilla,
tejido de alambre y la chapa misma, por cuyo boquete la llamarada ascendía
apretada y rugiente.
Es lo que vieron los dos hombres al llegar allá. Retiraron
la leña del hogar, y la llama cesó; pero el boquete quedaba vibrando al rojo
blanco, y la arena caída sobre la caldera enceguecía al ser revuelta.
Nada más había que hacer. Volvieron sin hablar a la
meseta, y en el camino Dréver dijo:
-Pensar que con cincuenta pesos más hubiéramos hecho un
horno en forma...
-¡Bah! -repuso Rienzi al rato-. Hemos hecho lo que
debíamos hacer. Con una cosa concluida no nos hubiéramos dado cuenta de una
porción de cosas.
Y tras una pausa:
-Y tal vez hubiéramos hecho algo un poco pour la
galérie...
-Puede ser -asintió Dréver.
La noche era muy suave, y quedaron un largo rato sentados
fumando en el dintel` del comedor.
Demasiado suave la temperatura. El tiempo descargó, y
durante tres días y tres noches llovió con temporal del sur, lo que mantuvo a
los dos hombres bloqueados en el bungalow oscilante. Dréver aprovechó el
tiempo concluyendo un ensayo sobre creolina cuyo poder hormiguicida y
parasiticida era por lo menos tan fuerte como el de la creolina a base de
alquitrán de hulla. Rienzi, desganado, pasaba el día yendo de una puerta a
otra a mirar el cielo.
Hasta que la tercera noche, mientras Dréver jugaba con su
hija en las rodillas, Rienzi se levantó con las manos en los bolsillos y dijo:
-Yo me voy a ir. Ya hemos hecho aquí lo que podíamos. Si
llega a encontrar unos pesos para trabajar en eso, avíseme y le puedo conseguir
en Buenos Aires lo que necesite. Allá abajo, en el ojo del agua, se pueden
montar tres calderas... Sin agua es imposible hacer nada. Escríbame, cuando
consiga eso, y vengo a ayudarlo. Por lo menos -concluyó después de un momento-
podemos tener el gusto de creer que no hay en el país muchos tipos que sepan
lo que nosotros sobre carbón.
-Creo lo mismo -apoyó Dréver, sin dejar de jugar con su
hija. Cinco días después, con un mediodía radiante, y el sulky pronto en el
portón, los dos hombres y su ayudante fueron a echar una última mirada a su
obra, a la cual no se habían aproximado más. El peón retiró la tapa del horno,
y como una crisálida quemada, abollada, torcida, apareció la caldera en su
envoltura de alambre tejido y arcilla gris. Las chapas retiradas tenían
alrededor del boquete abierto por la llama un espesor considerable por
la oxidación del fuego, y se descascaraban en escamas
azules al menor contacto, con las cuales la chica de Dréver se llenó el
bolsillo del delantal. Desde allí mismo, por toda la vera del monte inmediato y
el circundante hasta la lejanía, Rienzi pudo apreciar el efecto de un frío de
-9 grados sobre la vegetación tropical de hojas lustrosas y tibias. Vio los
bananos podridos en pulpa chocolate, hundidos dentro de sí mismos como en una
funda. Vio plantas de hierba de doce años -un grueso árbol en fin-, quemadas
para siempre hasta la raíz por el fuego blanco. Y en el naranjal, donde
entraron para una última colecta, Rienzi buscó en vano en lo alto el reflejo
de oro habitual, porque el suelo estaba totalmente amarillo de naranjas, que
el día de la gran helada habían caído todas al salir el sol, con un sordo
tronar que llenaba el monte.
Asimismo Rienzi pudo completar su bolsa, y como la hora
apremiaba se dirigieron al puerto. La chica hizo el trayecto en las rodillas
de Rienzi, con quien alimentaba un larguísimo diálogo.
El vaporcito salía ya. Los dos amigos, uno enfrente de
otro, se miraron sonriendo.
-A bientót -dijo uno.
-Ciao -respondió el otro. Pero la despedida de Rienzi y la
chica fue bastante más expresiva. Cuando ya el vaporcito viraba aguas abajo,
ella le gritó aún:
-¡Rienzi! ¡Rienzi!
-¡Qué, viejita! -se alcanzó a oír.
-¡Voleé pronto!
Dréver y la chica quedaron en la playa hasta que el
vaporcito se ocultó tras los macizos del Teyucuaré. Y, cuando subían lentos la
barranca, Dréver callado, su hija le tendió los brazos para que la alzara.
-¡Se te quemó la caldera, pobre piapiá! ... Pero no estés
triste... ¡Vas a inventar muchas cosas más, ingenierito de mi vida!
EL YACIYATERE
Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la
mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera
ronda un yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que
van hasta el fondo de los nervios.
Se trata aquí de una simple superstición. La gente del sur
dice que el yaciyateré es un pajarraco desgarbado que canta de noche. Yo no lo
he visto, pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y melancólico.
Repetido y obsediante, como el que más. Pero en el norte, el yaciyateré es otra
cosa.
Una tarde, en Misiones, fuimos un amigo y yo a probar una
vela nueva en el Paraná, pues la latina" no nos había dado resultado con
un río de corriente feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era
también obra nuestra, construida en la bizarra proporción de 1:8 . Poco
estable, como se ve, pero capaz de filar como una torpedera.
Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde la
mañana no había viento. Se aprontaba una magnífica tormenta, y el calor pasaba
de lo soportable. El río corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos
quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la doble reverberación de
cielo y agua enceguecía. Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni el
más leve soplo de aire.
Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera de ésas
tras cinco días de viento norte, no indica nada bueno para el sujeto que está
derivando por el Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por otro lado,
que remar en ese ambiente.
Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del sur, hasta
llegar al Teyucuaré. La tormenta venía.
Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico sobre el río
en enormes cantiles de asperón rosado, por los que se descuelgan las lianas del
bosque, entran profundamente en el Paraná formando hacia San Ignacio una honda
ensenada, a perfecto resguardo del viento sur. Grandes bloques de piedra
desprendidos del acantilado erizan el litoral, contra el cual el Paraná entero
tropieza, remolinea y se escapa por fin aguas abajo, en rápidos agujereados de
remolinos. Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el agua remansa
lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta el fondo del golfo.
En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque para
evitar las sorpresas del viento, encallamos la canoa y nos sentamos a esperar.
Pero las piedras barnizadas quemaban literalmente, aunque no había sol, y
bajamos a aguardar en cuclillas a orillas del agua.
El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto. Sobre el
monte lejano, un blanco rollo de viento ascendía en curva, arrastrando tras él
un toldo azul de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado.
Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos la canoa,
y bruscamente, tras el negro bloque, el viento pasó rapando el agua. Fue una
sola sacudida de cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la punta de la
restinga, pues tras el parapeto del acantilado no se movía aún una hoja. De
pronto cruzamos la línea imaginaria, si se quiere, pero perfectamente
definida-, y el viento nos cogió.
Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros cuadrados, lo
que es bien poco, y entramos con 35 grados en el viento. Pues bien; la vela
voló, arrancada como un simple pañuelo y sin que la canoa hubiera tenido
tiempo de sentir la sacudida. Instantáneamente el viento nos arrastró. No
mordía sino en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero era bastante para
contrarrestar remos, timón, todo lo que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos
llevaba de costado, borda tumbada como una cosa náufraga.
Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la cresta de las
olas, estaba blanco por el chal de lluvia que el viento llevaba de una ola a
otra, rompía y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la fulminante
rapidez con que se forman las olas a contracorriente en un río que no da fondo
allí a sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había transformado en un
mar huracanado, y nosotros, en dos náufragos. Íbamos siempre empujados de
costado, tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe de ola, ciegos
de agua, con la cara dolorida por los latigazos de la lluvia y temblando de
frío.
En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa muy
fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un solo cuarto de hora. No se
enferma nadie, porque el país es así, pero se muere uno de frío.
Plena mar, en fin. Nuestra única esperanza era la playa de
Blosset -playa de arcilla, felizmente-, contra la cual nos precipitábamos. No
sé si la canoa hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero cuando una
ola nos lanzó a cinco metros dentro de tierra, nos consideramos bien felices.
Aun así tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al pajonal como un
corcho, mientras nos hundíamos en la arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba
como piedras.
Salimos de allí; pero a las cinco cuadras estábamos
muertos de fatiga, bien calientes esta vez. ¿Continuar por la playa? Imposible.
Y cortar el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un Collins en la mano,
es cosa de locos.
Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de pronto -o,
mejor, aulló; porque los perros de monte sólo aúllan-, y tropezamos con un
rancho. En el rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón, un peón, su
mujer
y tres chiquilines. Además, una arpillera tendida como
hamaca, dentro de la cual una criatura se moría con un ataque cerebral.
-¿Qué tiene? -preguntamos.
-Es un daño -respondieron los padres, después de volver un
instante la cabeza a la arpillera.
Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en cambio,
eran todo ojos hacia afuera. En ese momento, lejos, cantó el yaciyateré.
Instantáneamente los muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos.
-¡Ah! El yaciyateré -pensamos- Viene a buscar al
chiquilín. Por lo menos lo dejará loco.
El viento y el agua habían pasado, pero la atmósfera
estaba muy fría. Un rato después, pero mucho más cerca, el yaciyateré cantó de
nuevo. El chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres miraban siempre el
fogón, indiferentes. Les hablamos de paños de agua fría en la cabeza. No nos
entendían, ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso contra el
yaciyateré?
Creo que mi compañero había notado, como yo, la agitación
del chico al acercarse el pájaro. Proseguimos tomando mate, desnudos de
cintura arriba, mientras nuestras camisas humeaban secándose contra el fuego.
No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se veían muy bien los ojos espantados
de los muchachos.
Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media cuadra
escasa, el yaciyateré cantó. La criatura enferma respondió con una carcajada.
Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una meningitis y respondía con
una carcajada al llamado del yaciyateré.
Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se secaban. La
criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de vez en cuando roncaba, con un sacudón de
cabeza hacia atrás. Afuera, en el
bananal esta vez, el yaciyateré cantó. La criatura respondió en seguida con
otra carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama del fogón se apagó.
A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba abajo.
Alguien, que cantaba afuera, se iba acercando, y de esto no había duda. Un
pájaro; muy bien, y nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a robar o
enloquecer a la criatura, la criatura misma respondía con una carcajada a
cuarenta y dos grados.
La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos ojos de
los chicos lucían otra vez. Salimos un instante afuera. La noche había
aclarado, y podríamos encontrar la picada. Algo de humo había todavía en
nuestras camisas; pero cualquier cosa antes que aquella risa de meningitis...
Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días después pasó
el padre por allí, y me dijo que el chico seguía bien, y que se levantaba ya.
Sano, en suma.
Cuatro años después de esto, estando yo allá, debí
contribuir a levantar el censo de 1914, correspondiéndome el sector
Yabebirí-Teyucuaré. Fui por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple
remo. Era también de tarde.
Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a nadie. De
vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco vi a nadie. Pero veinte metros más
adelante, parado en el ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba un
muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las piernas sumamente flacas
-los muslos más aún que las pantorrillas- y el vientre enorme. Llevaba una vara
de pescar en la mano derecha, y en la izquierda sujetaba una banana a medio
comer. Me miraba inmóvil, sin decidirse a comer ni a bajar del todo el brazo.
Le hablé, inútilmente. Insistí aún, preguntándole por los
habitantes del rancho. Echó, por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo
de baba hasta el vientre. Era el muchacho de la meningitis.
Salí de la ensenada: el chico me había seguido
furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos ojos mi canoa. Tiré los
remos y me dejé llevar por el remanso, a la vista siempre del idiota
crepuscular, que no se decidía a concluir su banana por admirar la canoa
blanca.
EL MÁRMOL INÚTIL
¿Usted, comerciante? -exclamé con viva sorpresa
dirigiéndome a Gómez Alcain . ¡Sería
digno de verse! ¿Y cómo haría usted?
Estábamos detenidos con el escultor ante una figura de
mármol, una
tarde de exposición de sus obras. Todas las miradas del
grupo expresaron la misma risueña certidumbre de que en efecto debía ser muy
curioso el ejercicio comercial de un artista tan reconocidamente inútil para
ello como Gómez Alcain.
-Lo cierto es -repuso éste, con un cierto orgullo- que ya
lo he sido dos veces; y mi mujer también -añadió señalándola.
Nuestra sorpresa subió de punto:
-¿Cómo, señora, usted también? ¿Querría decirnos cómo
hizo? Porque...
La joven se reía también de todo corazón.
-Sí, yo también vendía... Pero Héctor les puede contar
mejor que yo... El se acuerda de todo.
-¡Desde luego! Si creen ustedes que puede tener interés...
-¿Interés, el comercio ejercido por usted? exclamamos todos-. ¡Cuente en
seguida!
Gómez Alcain nos contó entonces sus dos episodios
comerciales, bastante ejemplares, como se verá.
Mis dos empresas -comenzó- acaecieron en el Chaco. Durante
la primera yo era soltero aún, y fui allá a raíz de mi exposición de 1903.
Había en ella mucho mármol y mucho barro, todo el trabajo de tres años de
enfermiza actividad. Mis bustos agradaron, mis composiciones, no. De todos
modos, aquellos tres años de arte frenético tuvieron por resultado cansarme
hasta lo indecible de cuanto trascendiera a celebridades teatrales, crónicas de
garden party 31, críticas de exposiciones y demás.
"Entonces llegó hasta mí desde el Chaco un viejo
conocido que trabajaba allá hacía cuatro años. El hombre aquel -un hombre
entusiasta, si lo hay- me habló de su vida libre, de sus plantaciones de
algodón. Aunque presté mucha atención a lo primero, la agricultura aquella no
me interesó mayormente. Pero cuando por mera curiosidad pedí datos sobre ella,
perdí el resto de sentido comercial que podía quedarme.
"Vean ustedes cómo me planteé la especulación:
"Una hectárea admite quince mil algodoneros, que
producen en un buen año tres mil kilos de algodón. El kilo de capullos se vende
a dieciocho centavos, lo que da quinientos cuarenta pesos por hectárea. Como
por razón de gastos treinta hectáreas pedían el primer año seis mil doscientos
pesos, me hallaría yo, al final de la primera cosecha, con diez mil pesos de
ganancia. El segundo año plantaría cien hectáreas, y el tercero, doscientas. No
pasaría de este número. Pero ellas me darían cien mil pesos anuales, lo
suficiente para quedar libre de exposiciones, crónicas, cronistas y dueños de
salones.
"Así decidido, vendí en siete mil pesos todo lo que
me quedaba de la exposición, casi todo, por lo pronto. Como ven ustedes,
emprendía un negocio nuevo, lejano y difícil, con la cantidad justa, pues los
ochocientos pesos sobrantes desaparecieron antes de ponerme en viaje: por aquí
comenzaba mi sabiduría comercial.
Lo que vino luego es más curioso. Me construí un edificio
muy raro, con algo de rancho y mucho de semáforo; hice un carrito de asombrosa
inutilidad, y planté cien palmeras alrededor de mi casa. Pero en cuanto a lo
fundamental de mi ida allá, apenas me quedó capital para plantar diez
hectáreas de algodón, que por razones de sequía y mala semilla, resultaron en
realidad cuatro o cinco.
"Todo esto podía, sin embargo, pasar por un relativo
éxito; hasta que llegó el momento de la recolección. Ustedes deben de saber que
éste es el real escollo del algodón: la carestía y precio excesivo del brazo.
Yo lo supe entonces, y a duras penas conseguí que cinco indios viejos
recogieran mis capullos, a razón de cinco centavos por kilo. En Estados Unidos,
según parece, es común la recolección de quince a veinte kilos diarios por
persona. Mis indios recogían apenas seis o siete. Me pidieron luego un aumento
de dos centavos, y accedí, pues las lluvias comenzaban y el capullo sufre
mucho con ellas.
"No mejoraban las cosas. Los indios llegaban a las
nueve de la mañana, por temor del rocío en los pies, y se iban a las doce. No
volvían de tarde. Cambié de sistema, y los tomé por día, pensando así asegurar
-aunque cara- la recolección. Trabajaban todo el día, pero me presentaban dos
kilos de mañana y tres de tarde.
"Como ven, los cinco indios viejos me robaban
descaradamente. Llegaron a recogerme cuatro kilos diarios por cabeza, y
entonces, exasperado con toda esa bellaquería de haraganes, resolví
desquitarme.
"Yo había notado que los indios -salvo excepciones-
no tienen la más vaga idea de los números. Al principio sufrí fuertes chascos.
-¿Qué vale esto? -había preguntado a uno de ellos que
venía a ofrecerme un cuero de ciervo.
Veinte pesos -me respondió.
Claro es, rehusé. Llegó otro indio, días después, con un
arco y flechas: aquello valía veinte pesos, siendo así que dos es un precio
casi excesivo. "No era posible entenderse con aquellos audaces
especuladores. Hasta que un capataz de obraje me dio la clave del mercado. Fui
en consecuencia a ver al indio de los arcos y le pedí nuevo precio.
Veinte pesos -me repitió.
'-Aquí están -le dije, poniéndole dos pesos en la mano.
Quedó perfectamente seguro de que recibía sus veinte pesos.
"Aun más: a cierto diablo que me pedía cinco pesos
por un cachorro de aguará, le puse en la mano con lento énfasis tres monedas de
diez centavos:
'-Uno... tres... cinco... Cinco pesos; aquí están los
cinco pesos.
El vendedor quedó luminosamente convencido. Un momento
después, so pretexto de equivocación, le completé su precio. Y aun creyó
acaso -por nativa desconfianza del hombre blanco-, que la primera cuenta
hubiera sido más provechosa para él.
"Esta ignorancia se extiende desde luego a la romana,
balanza usual en las pesadas de algodón. Para mi desquite de que he hablado,
era necesario tomar de nuevo los peones a tanto el kilo. Así lo hice, y la
primera tarde comencé. La bolsa del primero acusaba seis kilos.
-Cuatro kilos: veintiocho centavos -le dije.
"El segundo había recogido cuatro kilos; le acusé
dos. El tercero, seis; le acusé tres. Al cuarto, en vez de siete, cinco. Y al
quinto, que me había recogido cinco, le conté sólo dos. De este modo, en un
solo día, había recuperado setenta centavos. Pensaba firmemente resarcirme con
este sistema de las pillerías y los adelantos.
"Al día siguiente hice lo mismo. "Si hay una
cosa lícita, me decía yo, es lo que hago. Ellos me roban con toda conciencia,
riéndose evidentemente de mí, y nada más justo que compensar con la merma de
su jornal el dinero que me llevan."
"Pero cierto malhumor que ya había comenzado en la
segunda operación, subió del todo en la tercera. Sentía honda rabia contra los
indios, y en vez de aplacarse ésta con mi sistema de desquite, se exasperaba
más. Tanto creció este hondo disgusto, que al cuarto día acusé al primer indio
el peso cabal, e hice lo mismo con el segundo. Pero la rabia crecía. Al tercer
indio le aumenté dos kilos; al cuarto, tres, y al quinto, ocho kilos.
"Es que a pesar de las razones en que me apoyaba, yo
estaba sencillamente robando. No obstante los justificativos que me dieran las
doscientas legislaciones del inundo, yo no dejaba de robar. En el fondo, mi
famosa compensación no encerraba ni una pizca más del valor moral que el
franco robo de los indios. De aquí mi rabia contra mí mismo.
"A la siguiente tarde aumenté de igual modo las
pesadas de algodón, con lo que al final pagué más de lo convenido, perdí los
adelantos y la confianza de los indios que llegaron a darse cuenta, por las
inesperadas oscilaciones del peso, de que yo y mi romana éramos dos raros
sujetos.
"Este es mi primer episodio comercial. El segundo fue
más productivo. "Mi mujer tuvo siempre la convicción de que yo soy de una
nulidad única en asunto de negocios.
-Todo cuanto emprendas te saldrá mal -me decía-. Tú no
tienes absoluta idea de lo que es el dinero. Acuérdate de la harina.
"Esto de la harina pasó así: Como mis peones se
abastecían en el almacén de los obrajes vecinos, supuse que proveyéndome yo de
lo elemental -yerba, grasa, harina- podría obtener un veinte por ciento de
utilidad sobre el sueldo de los peones. Esto es cuerdo. Pero cuando tuve los
artítulos en casa y comencé a vender la harina a un precio que yo recordaba de
otras casas, fui muy contento a ver a mi mujer.
-¡Fíjate! -le dije-. Vamos a ahorrar una porción de pesos
con este sistema. Ya hemos ganado cuarenta centavos con estos kilos de harina.
"Me quedé mirándola. Lo cierto es que yo no sabía lo que me costaba, pues
ni aun siquiera había echado el ojo sobre la factura.
"Esta es la historia de la harina. Mi mujer me la
recordaba siempre, y aunque me era forzoso darle la razón, el demonio del
comercio que he heredado de mi padre me tentaba como un fruto prohibido.
"Hasta que un día a ambos -pues yo conté en esta
aventura con la complicidad de mi mujer- se nos ocurrió una empresa: abrir un
restaurante para peones. En vez de las sardinas, chipás o malos asados que los que no tienen familia
o viven lejos comen en el almacén de los obrajes, nosotros les daríamos un
buen puchero que los nutriría, y a bajo precio. No pretendíamos ganar nada; y
en negocios así -según mi mujer- había cierta probabilidad de que me fuera
bien.
"Dijimos a los peones que podrían comer en casa, y
pronto acudieron otros de los obrajes próximos. Los tres primeros días todo fue
perfectamente. Al cuarto vino a verme un peón de miserable flacura.
-Mirá, patrón me
dijo-. Yo voy a comer en tu casa si querés, pero no te podré pagar. Me voy el
otro mes a Corrientes porque el chucho... He estado veinte días tirado...
Ahora no puedo mover mi hacha. Si vuelvo, te pagaré.
"Consulté a mi mujer.
-¿Qué te parece? -le dije-. El diablo éste no nos pagará
nunca.
-Parece tener mucha hambre... -murmuró ella.
"El sujeto comió un mes entero y se fue para siempre.
"En ese tiempo llegó cierta mañana un peón indio con
una criatura de cinco años, que miró comer a su padre con inmensos ojos de
gula.
-¡Pero esa criatura! -me dijo mi mujer-. ¡Es un crimen
hacerla sufrir así!
"Se sirvió al chico. Era muy mono, y mi mujer lo
acarició al irse.
-Tienes hambre aún?
-Sí, ¡hame! -respondió con toda la boca el hombrecito.
-¡Pero ha comido un plato lleno! -se sorprendió mi mujer.
-Sí, ¡pato! En casa... ¡hame!
-¡Ah, en tu casa! ¿Son muchos?
"El padre entonces intervino. Eran ocho criaturas, y
a veces él estaba enfermo y no podía trabajar. Entonces... ¡mucha hambre!
-¡Me lo figuro! -murmuró mi mujer mirándome. Dio al chico
tasajo, galletitas, y a más dos latas de jamón del diablo que yo guardaba.
-¡Eh, mi jamón! -le dije rápidamente cuando huía con su
robo.
-¿No es nada, verdad? -se rió-. ¡Supón la felicidad de esa
pobre gente con esto!
"Al otro día volvió el indio con dos nuevos hijos, y
como mi mujer no es capaz de resistir a una cara de hambre, todos comieron. Tan
bien, que una semana después nuestra casa estaba convertida en un jardín de
infantes. Los buenos peones traían cuanto hijo propio o ajeno les era dado
tener. Y si a esto se agregan los muchos sujetos que comprendieron que nada
disponía mejor nuestro corazón que la confesión llana y lisa de tener hambre y
carecer al mismo tiempo de dinero, todo esto hizo que al fin de mes nuestro
comercio cesara. Teníamos, claro es, un déficit bastante fuerte.
"Este fue mi segundo episodio comercial. No cuento el
serio -el del algodón- porque éste estaba perdido desde el principio. Perdí
allá cuanto tenía, y abandonando todo lo que habíamos construido en tierra
arrendada, volvimos a Buenos Aires. Ahora -concluyó señalando con la cabeza
sus mármoles- hago de nuevo esto.
-¡Y aquí no cabe comercio! -exclamó con fugitiva sonrisa
un oyente. Gómez Alcain lo miró como hombre que al hablar con tranquila
seriedad se siente por encima de todas las ironías:
-Sí, cabe -repuso-. Pero no yo.
GLORIA TROPICAL
Un amigo mío se fue a Fernando Poo y volvió a los cinco
meses, casi muerto.
Cuando aún titubeaba en emprender la aventura, un viajero
comercial, encanecido de fiebres y contrabandos coloniales, le dijo:
-¿Piensa usted entonces en ir a Fernando Poo? Si va, no
vuelve, se lo aseguro.
-¿Por qué? -objetó mi amigo-. ¿Por el paludismo? Usted ha
vuelto, sin embargo. Y yo soy americano.
A lo que el otro respondió:
Primero, si yo no he muerto allá, sólo Dios sabe por qué,
pues no faltó mucho. Segundo, el que usted sea americano no supone gran cosa
como preventivo. He visto en la cuenca del Níger varios brasileños de Manaos,
y en Fernando Poo infinidad de antillanos, todos muriéndose. No se juega con el
Níger. Usted, que es joven, juicioso y de temperamento tranquilo, lleva
bastantes probabilidades de no naufragar en seguida. Un consejo: no cometa
desarreglos ni excesos de ninguna especie; ¡usted me entinde! Y ahora,
felicidad.
Hubo también un arboricultor que miró a mi amigo con
ojillos húmedos de enternecimiento.
-¡Cómo lo envidio, amigo! ¡Qué dicha la suya en aquel
esplendor de naturaleza! ¿Sabe usted que allá los duraznos prenden de gajo? ¿Y
los damascos? ¿Y los guayabos? Y aquí, enloqueciéndonos de cuidados... ¿Sabe
que las hojas caídas de los naranjos brotan, echan raíces? ¡Ah, mi amigo! Si
usted tuviera gusto para plantar allí...
-Parece que el paludismo no me dejará mucho tiempo -objetó
tranquilamente mi amigo, que en realidad amaba mucho sembrar. -¡Qué paludismo!
¡Eso no es nada! Una buena plantación de quina y todo está concluido... ¿Usted
sabe cuánto necesita allá para brotar un poroto... ?
Málter -así se llamaba mi amigo- se marchó al fin. Iba con
el más singular empleo que quepa en el país del tse-tsé y los gorilas: el de dactilógrafo. No es
posiblemente común en las factorías coloniales un empleado cuya misión
consiste en anotar, con el extremo de los dedos, cuántas toneladas de maní y
de aceite de palma se remiten a Liverpool. Pero la casa, muy fuerte, pagábase
el lujo. Y luego, Málter era un prodigio de golpe de vista y rapidez. Y si digo
era se debe a que las fiebres han hecho de él una quisicosa trémula que no
sirve para nada.
Cuando regresó de Fernando Poo a Montevideo, sus amigos
paseaban por los muelles haciendo conjeturas sobre cómo volvería Málter.
Sabíamos que había habido fiebres y que el hombre no podía, por lo tanto,
regresar en el esplendor de su bella salud normal. Pálido, desde luego. ¿Pero
qué más? El ser que vieron avanzar a su encuentro era un cadáver amarillo, con
un pescuezo de desmesurada flacura, que danzaba dentro del cuello postizo,
dando todo él, en la expresión de los ojos y la dificultad del paso, la impresión
de un pobre viejo que ya nunca más volvería a ser joven. Sus amigos lo miraban
mudos.
-Creía que bastaba cambiar de aire para curar la fiebre...
-murmuró alguno. Málter tuvo una sonrisa triste.
-Casi siempre. Yo no... -repuso castañeteando los dientes.
Muchísimo más había castañeteado en Fernando Poo. Llegado que hubo a Santa
Isabel, capital de la isla, se instaló en el pontón que servía de sede
comercial a la casa que lo enviaba. Sus compañeros sujetos aniquilados por la anemia-
mostráronse en seguida muy curiosos.
-Usted ha tenido fiebre ya, ¿no es verdad? -le
preguntaron.
-No, nunca
repuso Malter-. ¿Por qué?
Los otros lo miraron con más curiosidad aún.
-Porque aquí la va a tener. Aquí todos la tienen. ¿Usted
sabe cuál es el país en que abundan más las fiebres?
-Las bocas del Níger, he oído...
Es decir, estas inmediaciones. Solamente una persona que
ya ha perdido el hígado o estima su vida en menos que un coco es capaz de venir
aquí. ¿No se animaría usted a regresar a su país? Es un sano consejo.
Málter respondió que no, por varios motivos que expuso.
Además confiaba en su buena suerte. Sus compañeros se miraron con unánime
sonrisa y lo dejaron en paz.
Málter escribió, anotó y copió cartas y facturas con
asiduo celo. No bajaba casi nunca a tierra. Al cabo de dos meses, como
comenzara a fatigarse de la monotonía de su quehacer, recordó, con sus propias
aficiones hortícolas, el entusiasmo del arboricultor amigo.
-¡Nunca se me ha ocurrido cosa mejor! -se dijo Málter
contento. El primer domingo bajó a tierra y comenzó su huerta. Terreno no
faltaba, desde luego, aunque, por razones de facilidad, eligió un área sobre
toda la costa misma. Con verdadera pena debió machetear a ras del suelo un
espléndido bambú que se alzaba en medio del terreno. Era un crimen; pero las
raicillas de sus futuros porotos lo exigían. Luego cercó su huerta con varas
recién cortadas, de las que usó también para la división de los canteros, y
luego como tutores. Sembradas al fin sus semillas, esperó.
Esto, claro es, fue trabajo de más de un día. Málter
bajaba todas las tardes a vigilar su huerta -o, mejor dicho, pensaba hacerlo
así-, porque al tercer día, mientras regaba, sintió un ligero hormigueo en los
dedos del pie. Un momento después sintió el hormigueo en toda la espalda.
Málter constató que tenía la piel extremadamente sensible al contacto de la
ropa. Continuó asimismo regando, y media hora después sus compañeros lo veían
llegar al pontón, tiritando.
-Ahí viene el americano refractario al chucho -dijeron con
pesada risa los otros-. ¿Qué hay, Málter? ¿Frío? Hace treinta y nueve grados.
Pero a Málter los dientes le castañeteaban de tal modo, que apenas podía
hablar, y pasó de largo a acostarse.
Durante quince días de asfixiante calor estuvo estirado a
razón de tres accesos. Los escalofríos eran tan violentos, que sus compañeros
sentían, por encima de sus cabezas, el bailoteo del catre.
-Ya empieza Málter -exclamaban levantando los ojos al
techo.
En la primera tregua Málter recordó su huerta y bajó a
tierra. Halló todas sus semillas brotadas y ascendiendo con sorprendente vigor.
Pero al mismo tiempo todos los tutores de sus porotos habían prendido también,
así como las estacas de los canteros y del cerco. El bambú, con cinco
espléndidos retoños, subía a un metro.
Málter, bien que encantado de aquel ardor tropical, tuvo
que arrancar una por una sus inesperadas plantas, rehízo todo y empleó, al fin,
una larga hora en extirpar la mata de bambú a fondo de azada.
En tres días de sol abierto, sus porotos ascendieron en un
verdadero
vértigo vegetativo, todo hasta que un ligero cosquilleo en
la espalda advirtió a Málter que debía volver en seguida al pontón.
Sus compañeros, que no lo habían visto subir, sintieron de
pronto que el catre se sacudía.
-¡Calle! -exclamaron alzando la cabeza-. El americano está
otra vez con frío.
Con esto, los delirios abrumadores que las altas fiebres
de la Guinea no escatiman. Málter quedaba postrado de sudor y cansancio, hasta
que el siguiente acceso le traía nuevos témpanos de frío con cuarenta y tres a
la sombra.
Dos semanas más y Málter abrió la puerta de la cabina con
una mano que ya estaba flaca y tenía las uñas blancas. Bajó a su huerta y halló
que sus porotos trepaban con enérgico brío por los tutores. Pero éstos habían
prendido todos, como las estacas que dividían los canteros, y como las que
cercaban la huerta. Exactamente como la vez anterior. El bambú destrozado,
extirpado, ascendía en veinte magníficos retoños a dos metros de altura.
Málter sintió que la fatalidad lo llevaba rápidamente de
la mano. ¿Pero es que en aquel país prendía todo de gajo? ¿No era posible
contener aquello? Málter, porfiado ya, se propuso obtener únicamente porotos,
con prescindencia absoluta de todo árbol o bambú. Arrancó de nuevo todo,
reemplazándolo, tras prolijo examen, con varas de cierto vecino árbol
deshojado y leproso. Para mayor eficacia, las clavó al revés. Luego, con pala
de media punta y hacha de tumba, ocasionó tal desperfecto al raigón del bambú,
que esperó en definitiva paz agrícola un nuevo acceso.
Y éste llegó, con nuevos días de postración. Llegó luego
la tregua, y Málter bajó a su huerta. Los porotos subían siempre. Pero los
gajos leprosos y clavados a contrasavia habían prendido todos. Entre las
legumbres, y agujereando la tierra con sus agudos brotes, el bambú aniquilado
echaba al aire triunfantes retoños, como monstruosos y verdes habanos.
Durante tres meses la fiebre se obstinó en destruir toda
esperanza de salud que el enfermo pudiera conservar para el porvenir, y Málter
se empeñó a su vez en evitar que las estacas más resecas, reviviendo en
lustrosa brotación, ahogaran a sus porotos.
Sobrevinieron entonces las grandes lluvias de junio. No se
respiraba sino agua. La ropa se enmohecía sobre el cuerpo mismo. La carne se
pudría en tres horas y el chocolate se licuaba con frío olor de moho.
Cuando, por fin, su hígado no fue más que una cosa informe
y envenenada y su cuerpo no pareció sino un esqueleto febril, Málter regresó a
Montevideo. De su organismo refractario al chucho dejaba allá su juventud
entera, y la salud para siempre jamás. De sus afanes hortícolas en tierra
fecunda, quedaba un vivero de lujuriosos árboles, entre el yuyo invasor que
crecía ahora trece milímetros por día.
Poco después, el arboricultor dio con Málter, y su pasmo
ante aquella ruina fue grande.
-Pero allá
interrumpió, sin embargo- aquello es maravilloso, ¿eh? ¡Qué vegetación!
¿Hizo algún ensayo, no es cierto?
Málter, con una sonrisa de las más tristes, asintió con la
cabeza. Y se fue a su casa a morir.
EL SIMUN
En vez de lo que deseaba, me dieron un empleo en el
Ministerio de Agricultura. Fui nombrado inspector de las estaciones
meteorológicas en los países limítrofes.
Estas estaciones, a cargo del gobierno argentino, aunque
ubicadas en territorio extranjero, desempeñan un papel muy importante en el
estudio del régimen climatológico. Su inconveniente estriba en que de las tres
observaciones normales a hacer en el día, el encargado suele efectuar
únicamente dos, y muchas veces, ninguna. Llena luego las observaciones en
blanco con temperaturas y presiones de pálpito. Y esto explica por qué en dos
estaciones en territorio nacional, a tres leguas distantes, mientras una marcó
durante un mes las oscilaciones naturales de una primavera tornadiza, la otra
oficina acusó obstinadamente, y para todo el mes, una misma presión atmosférica
y una constante dirección del viento.
El caso no es común, claro está, pero por poco que el
observador se distraiga cazando mariposas, las observaciones de pálpito son una
constante amenaza para las estadísticas de meteorología.
Yo había a mi vez cazado muchas mariposas mientras tuve a
mi cargo una estación y por esto acaso el Ministerio halló en mí méritos para
vigilar oficinas cuyo mecanismo tan bien conocía. Fui especialmente
encomendado de informar sobre una estación instalada en territorio brasileño,
al norte del Iguazú. La estación había sido creada un año antes, a pedido de
una empresa de maderas. El obraje marchaba bien, según informes suministrados
al gobierno; pero era un misterio lo que pasaba en la estación. Para aclararlo
fui enviado yo, cazador de mariposas meteorológicas, y quiero creer que por el
mismo criterio con que los gobiernos sofocan una vasta huelga, nombrando
ministro precisamente a un huelguista.
Remonté, pues, el Paraná hasta Corrientes, trayecto que
conocía bien. Desde allí a Posadas el país era nuevo para mí, y admiré como es
debido el cauce del gran río anchísimo, lento y plateado, con islas
empenachadas en todo el circuito de tacuaras dobladas sobre el agua como
inmensas canastillas de bambú. Tábanos, los que se deseen.
Pero desde Posadas hasta el término del viaje, el río
cambió singularmente. Al cauce pleno y manso sucedía una especie de lúgubre
Aqueronte -encajonado entre sombrías murallas de cien metros-, en el fondo del
cual corre el Paraná revuelto en torbellinos, de un gris tan opaco que más que
agua apenas parece otra cosa que lívida sombra de los murallones. Ni aun
sensación de río, pues las sinuosidades incesantes del curso cortan la
perspectiva a cada trecho. Se trata, en realidad, de una serie de lagos de montaña
hundidos entre tétricos cantiles de bosque, basalto y arenisca barnizada en
negro.
Ahora bien: el paisaje tiene una belleza sombría que no se
halla fácilmente en los lagos de Palermo. Al caer la noche, sobre todo, el
aire adquiere en la honda depresión, una frescura y transparencia glaciales.
El monte vuelca sobre el río su perfume crepuscular, y en esa vasta quietud de
la hora el pasajero avanza sentado en proa, tiritando de frío y excesiva
soledad. Esto es bello, y yo sentí hondamente su encanto. Pero yo comencé a
empaparme en su severa hermosura un lunes de tarde; y el martes de mañana vi
lo mismo, e igual cosa el miércoles, y lo mismo vi el jueves y el viernes.
Durante cinco días, a dondequiera que volviera la vista no veía sino dos
colores: el negro de los murallones y el gris lívido del río.
Llegué, por fin. Trepé como pude la barranca de ciento
viente metros y me presenté al gerente del obraje, que era a la vez el
encargado de la estación meteorológica. Me hallé con un hombre joven aún, de
color cetrino y muchas patas de gallo en los ojos.
-Bueno -me dije-; las clásicas arrugas tropicales. Este
hombre ha pasado su vida en un país de sol.
Era francés y se llamaba Briand, como el actual ministro
de su patria . Por lo demás, un sujeto cortés y de pocas palabras. Era visible
que el hombre había vivido mucho y que al cansancio de sus ojos,
contrarrestando la luz, correspondía a todas veras igual fatiga del espíritu:
una buena necesidad de hablar poco, por haber pensado mucho.
Hallé que el obraje estaba en ese momento poco menos que
paralizado por la crisis de madera, pues en Buenos Aires y Rosario no sabían
qué hacer con el stock formidable de lapacho, incienso, peterebí y cedro, de
toda viga, que flotara o no. Felizmente, la parálisis no había alcanzado a la
estación meteorológica. Todo subía y bajaba, giraba y registraba en ella, que
era un encanto. Lo cual tiene su real mérito, pues cuando las pilas Edison se
ponen en relaciones tirantes con el registrador del anemómetro, puede decirse
que el caso es serio. No sólo esto: mi hombre había inventado un aparatito para
registrar el rocío -un hechizo regional- con el que nada tenían que ver los
instrumentos oficiales; pero aquello andaba a maravillas.
Observé todo, toqué, compulsé libretas y estadísticas, con
la certeza creciente de que aquel hombre no sabía cazar mariposas. Si lo sabía,
no lo hacía por lo menos. Y esto era un ejemplo tan saludable como moralizador
para mí.
No pude menos de informarme, sin embargo, respecto del
gran retraso de las observaciones remitidas a Buenos Aires. El hombre me dijo
que es bastante común, aun en obrajes con puerto y chalana en forma, que la
correspondencia se reciba y haga llegar a los vapores metiéndola dentro de una
botella que se lanza al río. A veces es recogida; a veces, no.
¿Qué objetar a esto? Quedé, pues, encantado. Nada tenía
que hacer ya. Mi hombre se prestó amablemente a organizarme una cacería de
antas -que no cacé- y se negó a acompañarme a pasear en guabiroba- por el río.
El Paraná corre allá nueve millas, con remolinos capaces de poner proa al aire
a remolcadores de jangadas. Paseé, sin embargo, y crucé el río; pero jamás
volveré a hacerlo.
Entretanto la estada me era muy agradable, hasta que uno
de esos días comenzaron las lluvias. Nadie tiene idea en Buenos Aires de lo que
es aquello cuando un temporal de agua se asienta sobre el bosque. Llueve todo
el día sin cesar, y al otro, y al siguiente, como si recién comenzara, en la
más espantosa humedad de ambiente que sea posible imaginar. No hay frotador de
caja de fósforos que conserve un grano de arena, y si un cigarro ya tiraba mal
30 en pleno sol, no queda otro recurso que secarlo en el horno de la cocina
económica, donde se quema, claro está.
Yo estaba ya bastante harto del paisaje aquel: la inmensa
depresión negra y el río gris en el fondo; nada más. Pero cuando me tocó
sentarme en el corredor por toda una semana, teniendo por delante la gotera,
detrás la lluvia y allá abajo el Paraná blanco; cuando, después de volver la
cabeza a todos lados y ver siempre el bosque inmóvil bajo el agua, tornaba
fatalmente la vista al horizonte de basalto y bruma, confieso que entonces
sentía crecer en mí, como un hongo, una inmensa admiración por aquel hombre que
asistía sin inmutarse al liquidamiento de su energía y de sus cajas de
fósforos.
Tuve, por fin, una idea salvadora:
tomáramos algo? -propuse-. De continuar esto dos días más,
me voy en canoa.
Eran las tres de la tarde. En la comunidad de los casos,
no es ésta hora formal para tomar caña. Pero cualquier cosa me parecía
profundamente razonable -aun iniciar a las tres el aperitivo-, ante aquel
paisaje de Divina Comedia empapado en siete días de lluvia.
Comenzamos, pues. No diré si tomamos poco o mucho, porque
la cantidad es en sí un detalle superficial. Lo fundamental es el giro
particular de las ideas, así la indignación que se iba apoderando de mí por la
manera con que mi compañero soportaba aquella desolación de paisaje. Miraba
él hacia el río con la calma de un individuo que espera el final de un diluvio
universal que ha comenzado ya, pero que demorará aún catorce o quince años: no
había por qué inquietarse. Yo se lo dije; no sé de qué modo, pero se lo dije.
Mi compañero se echó a reír pero no me respondió. Mi indignación crecía.
-Sangre de pato... -murmuraba yo mirándolo- No tiene ya
dos dedos de energía...
Algo oyó, supongo, porque, dejando su sillón de tela vino
a sentarse a la mesa, enfrente de mí. Le vi hacer aquello un si es no es
estupefacto, como quien mira a un sapo acodarse ante nuestra mesa. Mi hombre
se acodó, en efecto, y noté entonces que lo veía con enérgico relieve.
Habíamos comenzado a las tres, recuerdo que dije. No sé
qué hora sería entonces.
Tropical farsante...
murmuré aún-. Borracho perdido... El se sonrió de nuevo, y me dijo con
voz muy clara:
-Óigame, mi joven amigo: usted, a pesar de su título y su
empleo y su mariposeo mental, es una criatura. No ha hallado otro recurso para
sobrellevar unos cuantos días que se le antojan aburridos, que recurrir al
alcohol. Usted no tiene idea de lo que es aburrimiento, y se escandaliza de
que yo no me enloquezca con usted. ¿Qué sabe usted de lo que es un país
realmente de infierno? Usted es una criatura, y nada más. ¿Quiere oír una
historia de aburrimiento? Oiga, entonces:
Yo no me aburro aquí porque he pasado por cosas que usted
no resistiría quince días. Yo estuve siete meses... Era allá, en el Sahara, en
un fortín avanzado. Que soy oficial del ejército francés, ya lo sabe... Ah,
¿no? Bueno, capitán... Lo que no sabe es que pasé siete meses allá, en un país
totalmente desierto, donde no hay más que sol de cuarenta y ocho grados a la
sombra, arena que deja ciego y escorpiones. Nada más. Y esto cuando no hay
siroco... Éramos dos oficiales y ochenta soldados. No había nadie ni nada más
en doscientas leguas a la redonda. No había sino una horrible luz y un
horrible calor, día y noche... Y constantes palpitaciones de corazón, porque
uno se ahoga... Y un silencio tan grande como puede desearlo un sujeto con
jaqueca.
Las tropas van a esos fortines porque es su deber. También
van los oficiales; pero todos vuelven locos o poco menos. ¿Sabe a qué tiempo
de marcha están esos fortines? A veinte y treinta días de caravana... Nada más
que
arena: arena en los dientes, en la sopa, en cuanto se
come; arena en la máquina de los relojes que hay que llevar encerrados en
bolsitas de gamuza. Y en los ojos, hasta enceguecer al ochenta por ciento de
los indígenas, cuanta quiera. Divertido, ¿eh? Y el cafard... ¡Ah! Una
diversión...
Cuando sopla el siroco, si no quiere usted estar todo el
día escupiendo sangre, debe acostarse entre sábanas mojadas, renovándolas sin
cesar, porque se secan antes de que usted se acuerde. Así, dos, tres días. A
veces siete... ¿Oye bien?, siete días. Y usted no tiene otro entretenimiento,
fuera de empapar sus sábanas, que triturar arena, azularse de disnea por la
falta de aire y cuidarse bien de cerrar los ojos porque están llenos de
arena... y adentro, afuera, donde vaya, tiene cincuenta y dos grados a la
sombra. Y si usted adquiere bruscamente ideas suicidas -incuban allá con una
rapidez desconcertante-, no tiene más que pasear cien metros al sol,
protegido por todos los sombreros que usted quiera: una buena y súbita
congestión a la médula lo tiende en medio minuto entre los escorpiones.
¿Cree usted, con esto, que haya muchos oficiales que
aspiren seriamente a ir allí? Hay el cafard, además... ¿Sabe usted lo que pasa
y se repite por intervalos? El gobierno recibe un día, cien, quinientas
renuncias de empleados de toda categoría. Todas lo mismo... "Vida perra...
Hostilidad de los jefes... Insultos de los compañeros... Imposibilidad de vivir
un solo segundo más con ellos..."
-Bueno -dice la Administración-; parece que por allá sopla
el siroco.
Y deja pasar quince días. Al cabo de este tiempo pasa el
siroco, y los nervios recobran su elasticidad normal. Nadie recuerda ya nada, y
los renunciantes se quedan atónitos por lo que han hecho.
Esto es el guebli... Así decimos allá al siroco, o simún
de las geografías... Observe que en ninguna parte del Sahara del Norte he oído
llamar simún al guebli. Bien. ¡Y usted no puede soportar esta lluvia! ¡El
guebli... ! Cuando sopla, usted no puede escribir. Moja la pluma en el tintero
y ya está seca al llegar al papel. Si usted quiere doblar el papel, se rompe
como vidrio. Yo he visto un repollo, fresquísimo al comenzar el viento,
doblarse; amarillear y secarse en un minuto. ¿Usted sabe bien lo que es un
minuto? Saque el reloj y cuente.
Y los nervios y los golpes de sangre... Multiplique usted
por diez la tensión de nuestros meridionales cuando llega allá un colazo de
guebli y apreciará lo que es irritabilidad explosiva.
¿Y sabe usted por qué no quieren ir los oficiales, fuera
del tormento corporal? Porque no hay relación, ni amistad, ni amor que
resistan a la vida en común en esos parajes... ¡Ah! ¿Usted cree que no? Usted
es una criatura, ya le he dicho... Yo lo fui también, y pedí mis seis meses en
un fortín en el Sahara, con un teniente a mis órdenes. Éramos íntimos amigos,
infinitamente más de lo que pudiéramos llegar a serlo usted y yo en veinte
generaciones.
Bueno; fuimos allá y durante dos meses nos reímos de
arena, sol y cafard. Hay allá cosas bellas, no se puede negar. Al salir el
sol, todos los montículos de arena brillan; es un verdadero mar de olas de
oro. De tarde, los crepúsculos son violeta, puramente violeta. Y comienza el
guebli a soplar sobre los médanos, va rasando las cúspides y arrancando la
arena en nubecillas, como humo de diminutos volcanes. Se los ve disminuir,
desaparecer, para formarse de nuevo más lejos. Sí, así pasa cuando sopla el siroco...
Y esto lo veíamos con gran placer en los primeros tiempos.
Poco a poco el cafard comenzó a arañar con sus patas
nuestras cabezas debilitadas por la soledad y la luz; un aislamiento tan fuera
de la Humanidad, que se comienza a dar paseos cortos de vaivén. La arena
constante entre los dientes... La piel hiperestesiada hasta convertir en
tormento el menor pliegue de la camisa... Este es el grado inicial -diremos
delicioso aún de aquello.
Por poca honradez que se tenga, nuestra propia alma es el
receptáculo donde guardamos todas esas miserias, pues, comprendiéndonos únicos
culpables, cargamos virilmente con la responsabilidad. ¿Quién podría tener la
culpa?
Hay, pues, una lucha heroica en eso. Hasta que un día;
después de cuatro de siroco, el cafard clava más hondamente sus patas en la
cabeza y ésta no es más dueña de sí. Los nervios se ponen tan tirantes, que ya
no hay sensaciones, sino heridas y punzadas. El más simple roce es un empujón;
una voz amiga es un grito irritante; una mirada de cansancio es una
provocación; un detalle diario y anodino cobra una novedad hostil y
ultrajante.
¡Ah! Usted no sabe nada... Óigame: ambos, mi amigo y yo,
comprendimos que las cosas iban mal, y dejamos casi de hablar. Uno y otro
sentíamos que la culpa estaba en nuestra irritabilidad, exasperada por el
aislamiento, el calor, el cafard, en fin. Conservábamos, pues, nuestra razón.
Lo poco que hablábamos era en la mesa.
Mi amigo tenía un tic. ¡Figúrese usted si estaría yo
acostumbrado a él después de veinte años (le estrecha amistad! Consistía
simplemente en un movimiento seco de la cabeza, echándola a un lado, como si le
apretara o molestara un cuello de camisa.
Ahora bien; un día, bajo amenaza de siroco, cuya depresión
angustiosa es tan terrible como el viento mismo, ese día, al levantar los ojos
del plato, noté que mi amigo efectuaba su movimiento de cabeza. Volví a bajar
los ojos, y cuando los levanté de nuevo, vi que otra vez repetía su tic. Torné
a bajar los ojos, pero ya en una tensión nerviosa insufrible. ¿Por qué hacía
así? ¿Para provocarme? ¿Qué me importaba que hiciera tiempo que hacía eso? ¿Por
qué lo hacía cada vez que lo miraba? Y lo terrible era que estaba seguro
-¡seguro!- de que cuando levantara los ojos lo iba a ver sacudiendo la cabeza
de lado. Resistí cuanto pude, pero el ansia hostil y enfermiza me hizo mirarlo
bruscamente. En ese momento echaba la cabeza a un lado, como si le irritara el
cuello de la camisa.
-¡Pero hasta cuándo vas a estar con esas estupideces! -le
grité con toda la rabia provocativa que pude.
Mi amigo me miró, estupefacto al principio, y en seguida
con rabia también. No había comprendido por qué lo provocaba, pero había allí
un brusco escape a su propia tensión nerviosa.
-¡Mejor es que dejemos! -repuso con voz sorda y trémula-.
Voy a comer solo en adelante.
Y tiró la servilleta -la estrelló- contra la silla.
Quedé en la mesa, inmóvil, pero en una inmovilidad de
resorte tendido. Sólo la pierna derecha, sólo ella, bailaba sobre la punta del
pie. Poco a poco recobré la calma. ¡Pero era idiota lo que había hecho! ¡El, mi
amigo más que íntimo, con los lazos de fraternidad que nos unían! Fui a verle y
lo tomé del brazo.
-Estamos locos -le dije-. Perdóname.
Esa noche cenamos juntos otra vez. Pero el guebli rapaba
ya los montículos, nos ahogábamos a cincuenta y dos grados y los nervios
punzaban enloquecidos a flor de epidermis. Yo no me atrevía a levantar los ojos
porque sabía que él estaba en ese momento sacudiendo la cabeza de lado, y me
hubiera sido completamente imposible ver con calma eso. Y la tensión crecía,
porque había una tortura mayor que aquélla; era saber que, sin que yo lo viera,
él estaba en ese instante con su tic.
¿Comprende usted esto? El, mi amigo, pasaba por lo mismo
que yo, pero exactamente con razonamientos al revés... Y teníamos una
precaución inmensa en los movimientos, al alzar un porrón de barro, al apartar
un plato, al frotar con pausa un fósforo; porque comprendíamos que al menor
movimiento brusco hubiéramos saltado como dos fieras.
No comimos más juntos. Vencidos ambos en la primera
batalla del mutuo respeto y la tolerancia, el cafard se apoderó del todo de
nosotros. Le he contado con detalles este caso porque fue el primero. Hubo cien
más. Llegamos a no hablarnos sino lo estrictamente necesario al servicio,
dejamos el tú y nos tratamos de usted. Además, capitán y teniente, mutuamente.
. Si por una circunstancia excepcional, cambiábamos más de dos palabras, no nos
mirábamos, de miedo de ver, flagrante, la provocación en los ojos del otro... Y
al no mirarnos sentíamos igualmente la patente hostilidad de esa actitud,
atentos ambos al menor gesto, a una mano puesta sobre la mesa, al molinete de
una silla que se cambia de lugar, para explotar con loco frenesí. No podíamos
más, y pedimos el relevo.
Abrevio. No sé bien, porque aquellos dos meses últimos
fueron una pesadilla, qué pasó en ese tiempo. Recuerdo, sí, que yo, por un
esfuerzo final de salud o un comienzo real de locura, me di con alma y vida a
cuidar de cinco o seis legumbres que defendía a fuerza de diluvios de agua y
sábanas mojadas. El, por su parte, y en el otro extremo del fortín, para
evitar todo contacto, puso su amor en un chanchito, ¡no sé aún de dónde pudo
salir! Lo que recuerdo muy bien es que una tarde hallé rastros del animal en mi
huerta, y cuando llegó esa noche la caravana oficial que nos relevaba, yo
estaba agachado, acechando con un fusil al chanchito para matarlo de un tiro.
¿Qué más le puedo decir? ¡Ah! Me olvidaba... Una vez por
mes, más o menos, acampaba allí una tribu indígena, cuyas bellezas, harto
fáciles, quitaban a nuestra tropa, entre siroco y siroco, el último resto de
solidez que quedaba a sus nervios. Una de ellas, de alta jerarquía, era
realmente muy bella... Figúrese ahora en este detalle- cuán bien aceitados
estarían en estas ocasiones el revólver de mi teniente y el mío...
Bueno, se acabó todo. Ahora estoy aquí, muy tranquilo,
tomando caña brasileña con usted, mientras llueve. ¿Desde cuándo? Martes,
miércoles... siete días. Y con una buena casa, un excelente amigo, aunque muy
joven... ¿Y quiere usted que me pegue un tiro por esto? Tomemos más caña, si
le place, y después cenaremos, cosa siempre agradable con un compañero como
usted... Mañana -pasado mañana, dicen-- debe bajar el Meteoro. Se embarca en él
y cuando vuelva a hallar pesados estos siete días de lluvia, acuérdese del tic,
del cafard y del chanchito...
¡Ah! Y de mascar constantemente arena, sobre todo cuando
se está rabioso... Le aseguro que es una sensación que vale la pena.
ANACONDA
Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El
tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de
carbón se entreabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a
otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos.
Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco,
avanzaba Lanceolada con la lentitud genérica de las víboras. Era una
hermosísima yarará, de un metro cincuenta, con los negros ángulos de su flanco
bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del
terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.
Iba de caza. Al llegar a un cruce de senderos se detuvo,
se arrolló prolijamente sobre sí misma, removióse aún un momento acomodándose
y después de bajar la cabeza al nivel de sus anillos. asentó la mandíbula
inferior y esperó inmóvil.
Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este
tiempo continuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día
e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se
recortaba una inmensa sombra.
-Quisiera pasar cerca de la Casa -se dijo la yarará . Hace días que siento ruido, y es
menester estar alerta...
Y marchó prudentemente hacia la sombra.
La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo
edificio de tablas rodeado de corredores y todo blanqueado. En torno se
levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio había
estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de fierros,
relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la
presencia del Hombre. Mal asunto...
Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho
más pronto de lo que hubiera querido.
Un inequívoco ruido de puerta abierta llegó a sus oídos.
La víbora irguió la cabeza, y mientras notaba que una rubia claridad en el
horizonte anunciaba la aurora vio una angosta sombra, alta y robusta, que
avanzaba hacia ella. Oyó también el ruido de las pisadas, el golpe seguro,
pleno, enormemente distanciado que denunciaba también a la legua al enemigo.
-¡El Hombre! -murmuró Lanceolada. Y rápida como el rayo se
arrolló en guardia.
La sombra estuvo sobre ella. Un enorme pie cayó a su lado,
y la yarará, con toda la violencia de un ataque al que jugaba la vida, lanzó
la cabeza contra aquello y la recogió a la posición anterior.
El hombre se detuvo: había creído sentir un golpe en las
botas. Miró el yuyo a su alrededor sin mover los pies de su lugar; pero nada
vio en la oscuridad apenas rota por el vago día naciente, y siguió adelante.
Pero Lanceolada vio que la Casa comenzaba a vivir, esta
vez real y efectivamente con la vida del Hombre. La yarará emprendió la
retirada a su cubil llevando consigo la seguridad de que aquel acto nocturno no
era sino el prólogo del gran drama a desarrollarse en breve.
II
Al día siguiente la primera preocupación de Lanceolada fue
el peligro que con la llegada del Hombre se cernía sobre la familia entera.
Hombre y Devastación son sinónimos desde tiempo inmemorial en el Pueblo entero
de los Animales. Para las Víboras en particular, el desastre se personificaba
en dos horrores: el machete escudriñando, revolviendo el vientre mismo de la
selva, y el fuego aniquilando el bosque en seguida, y con él los recónditos
cubiles.
Tornábase, pues, urgente prevenir aquello. Lanceolada
esperó la nueva noche para ponerse en campaña. Sin gran trabajo halló a dos
compañeras, que lanzaron la voz de alarma. Ella, por su parte, recorrió hasta
las doce los lugares más indicados para un feliz encuentro, con suerte tal que
a las dos de la mañana el Congreso se hallaba, si no en pleno, por lo menos con
mayoría de especies para decidir qué se haría.
En la base de un murallón de piedra viva, de cinco metros
de altura, y en pleno bosque, desde luego, existía una caverna disimulada por
los helechos que obstruían casi la entrada. Servía de guarida desde mucho
tiempo atrás a Terrífica, una serpiente de cascabel, vieja entre las viejas,
cuya cola contaba treinta y dos cascabeles. Su largo no pasaba de un metro
cuarenta, pero en cambio su grueso alcanzaba al de una botella. Magnífico
ejemplar, cruzada de rombos amarillos, vigorosa, tenaz, capaz de quedar siete
horas en el mismo lugar frente al enemigo, pronta a enderezar los colmillos
con canal interno que son, como se sabe, si no los más grandes, los más
admirablemente constituidos de todas las serpientes venenosas.
Fue allí, en consecuencia, donde, ante la inminencia del
peligro y presidido por la víbora de cascabel, se reunió el Congreso de las
Víboras. Estaban allí, fuera de Lanceolada y Terrífica, las demás yararás del
país: la pequeña Coatiarita , benjamín de la Familia, con la línea rojiza de
sus costados bien visibles y su cabeza particularmente afilada. Estaba allí,
negligentemente tendida como si se tratara de todo menos de hacer admirar las
curvas blancas y café de su lomo sobre largas bandas salmón; la esbelta Neuwied
, dechado de belleza, y que había guardado para sí el nombre del naturalista
que determinó su especie. Estaba Cruzada -que en el sur llaman víbora de la
cruz-, potente y audaz rival de Neuwied en punto a belleza de dibujo. Estaba
Atroz, de nombre suficientemente fatídico; y por último, Urutú Dorado, la
yararacusú , disimulando discretamente en el fondo de la caverna sus ciento
setenta centímetros de terciopelo negro cruzado oblicuamente por bandas de
oro.
Es de notar que las especies del formidable género
Lachesis, o yararás, a que pertenecían todas las congresales menos Terrífica,
sostienen una vieja rivalidad por la belleza del dibujo y el color. Pocos
seres, en efecto, tan bien dotados como ellas.
Según las leyes de las víboras, ninguna especie poco
abundante y sin dominio real en el país puede presidir las asambleas del
Imperio. Por esto Urutú Dorado, magnífico animal de muerte, pero cuya especie
es más bien rara, no pretendía este honor, cediéndolo de buen grado a la víbora
de cascabel, más débil, pero que abunda milagrosamente.
El Congreso estaba, pues, en mayoría, y Terrífica abrió la
sesión. ¡Compañeras! -dijo-. Hemos sido todas enteradas por Lanceolada de la
presencia nefasta del Hombre. Creo interpretar el anhelo de todas nosotras, al
tratar de salvar nuestro Imperio de la invasión enemiga. Sólo un medio cabe,
pues la experiencia nos dice que el abandono del terreno no remedia nada. Este
medio, ustedes lo saben bien, es la guerra al Hombre, sin tregua ni cuartel,
desde esta noche misma, a la cual cada especie aportará sus virtudes. Me halaga
en esta circunstancia olvidar mi especificación humana: No soy ahora una
serpiente de cascabel: soy una yarará, como ustedes. Las yararás, que tienen a
la Muerte por negro pabellón. ¡Nosotras somos la Muerte, compañeras! Y
entretanto, que alguna de las presentes proponga un plan de campaña. Nadie
ignora, por lo menos en el Imperio de las Víboras, que todo lo que Terrífica
tiene de largo en sus colmillos, lo tiene de corto en su inteligencia. Ella lo
sabe también, y aunque incapaz por lo tanto de idear plan alguno, posee, a fuer
de vieja reina, el suficiente tacto para callarse.
Entonces Cruzada, desperezándose, dijo:
-Soy de la opinión de Terrífica, y considero que mientras
no tengamos un plan, nada podemos ni debemos hacer. Lo que lamento es la falta
en este Congreso de nuestras primas sin veneno: las Culebras.
Se hizo un largo silencio. Evidentemente, la proposición
no halagaba a las víboras. Cruzada se sonrió de un modo vago y continuó:
-Lamento lo que pasa... Pero quisiera solamente recordar
esto: si entre todas nosotras pretendiéramos vencer a una culebra, no lo
conseguiríamos. Nada más quiero decir.
-Si es por su resistencia al veneno -objetó perezosamente
Urutú Dorado, desde el fondo del antro-, creo que yo sola me encargaría de
desengañarlas...
No se trata de veneno replicó desdeñosamente Cruzada-. Yo
también me bastaría... agregó con una mirada de reojo a la yararacusú. Se
trata de su fuerza, de su destreza, de su nerviosidad, como quiera llamársele.
Cualidades de lucha que nadie pretenderá negar a nuestras primas. Insisto en
que en una campaña como la que queremos emprender las serpientes nos serán de
gran utilidad; más: de imprescindible necesidad.
Pero la proposición desagradaba siempre:
-¿Por qué las culebras? -exclamó Atroz- Son despreciables.
Tienen ojos de pescado agregó la presuntuosa Coatiarita.
-¡Me dan asco!
protestó desdeñosamente Lanceolada.
-Tal vez sea otra cosa lo que te dan... -murmuró Cruzada
mirándola de reojo.
-¿A mí? -silbó Lanceolada, irguiéndose-. ¡Te advierto que
haces mala figura aquí, defendiendo a esos gusanos corredores!
Si te oyen las Cazadoras..." murmuró irónicamente Cruzada. Pero al oír
este nombre, Cazadoras, la asamblea entera se agitó.
¡No hay para qué decir eso! gritaron-. ¡Ellas son culebras, y
nada más!
¡Ellas se llaman a sí mismas las Cazadoras! -replicó
secamente Cruzada-. Y estamos en Congreso.
También desde tiempo inmemorial es fama entre las víboras
la rivalidad particular de las dos yararás: Lanceolada, hija del extremo
norte, y Cruzada, cuyo hábitat se extiende más al sur. Cuestión de coquetería
en punto a belleza, según las culebras.
-¡Vamos, vamos! -intervino Terrífica- Que Cruzada explique
para qué quiere la ayuda de las culebras, siendo así que no representan la
Muerte como nosotras.
-¡Para esto! -replicó Cruzada ya en calma- Es
indispensable saber qué hace el Hombre en la casa; y para ello se precisa ir
hasta allá, a la casa misma. Ahora bien, la empresa no es fácil, porque si el
pabellón de nuestra especie es la Muerte, el pabellón del Hombre es también la
Muerte, ¡y bastante más rápida que la nuestra! Las serpientes nos aventajan
inmensamente en agilidad. Cualquiera de nosotras iría y vería. Pero
¿volvería? Nadie mejor para esto que la Nacaniná. Estas exploraciones forman
parte de sus hábitos diarios, y podría, trepada al techo, ver, oír, y regresar
a informarnos antes de que sea de día.
La proposición era tan razonable que esta vez la asamblea
entera asintió, aunque con un resto de desagrado.
-¿Quién va a buscarla? -preguntaron varias voces. Cruzada
desprendió la cola de un tronco y se deslizó afuera. ¡Voy yo! -dijo- En seguida
vuelvo.
-¡Eso es! -le lanzó Lanceolada de atrás-. ¡Tú que eres su
protectora la hallarás en seguida!
Cruzada tuvo aún tiempo de volver la cabeza hacia ella, y
le sacó la lengua, reto a largo plazo.
III
Cruzada halló a la Nacaniná" cuando ésta trepaba a un
árbol. -¡Eh, Nacaniná! -llamó con un leve silbido.
La Nancaniná oyó su nombre; pero se abstuvo prudentemente
de contestar hasta nueva llamada.
-¡Nacaniná! -repitió Cruzada, levantando medio tono su
silbido. -¿Quién me llama?
respondió la culebra.
-¡Soy yo, Cruzada!
-¡Ah, la prima...! ¿Qué quieres, prima adorada?
-No se trata de bromas, Nacaniná... ¿Sabes lo que pasa en
la Casa? -Sí, que ha llegado el Hombre... ¿Qué más?
Y, ¿sabes que estamos en Congreso?
¡Ah, no; esto no lo sabía! -repuso la Nacaniná,
deslizándose cabeza abajo contra el árbol, con tanta seguridad como si
marchara sobre un plano horizontal-. Algo grave debe pasar para eso... ¿Qué
ocurre?
-Por el momento, nada; pero nos hemos reunido en Congreso
precisamente para evitar que nos ocurra algo. En dos palabras: se sabe que hay
varios hombres en la Casa, y que se van a quedar definitivamente. Es la Muerte
para nosotras.
Yo creía que ustedes eran la Muerte por sí mismas... ¡No
se cansan de repetirlo! -murmuró irónicamente la culebra.
¡Dejemos esto! Necesitamos de tu ayuda, Ñacaniná. ¿Para
qué? ¡Yo no tengo nada que ver aquí!
¿Quién sabe? Para desgracia tuya, te pareces bastante a
nosotras, las Venenosas. Defendiendo nuestros intereses, defiendes los tuyos.
-¡Comprendo! -repuso la Ñacaniná después de un momento en
el que valoró la suma de contingencias desfavorables para ella por aquella
semejanza.
-Bueno: ¿contamos contigo?
-¿Qué debo hacer?
-Muy poco. Ir en seguida a la Casa, y arreglarte allí de
modo que veas y oigas lo que pasa.
-¡No es mucho, no! -repuso negligentemente Ñacaniná,
restregando la cabeza contra el tronco-. Pero es el caso agregó- que allá
arriba tengo la cena segura... Una pava del monte a la que desde anteayer se le
ha puesto en el copete anidar allí...
-Tal vez allá encuentres algo que comer -1a consoló
suavemente Cruzada. Su prima la miró de reojo.
-Bueno, en marcha -reanudó la yarará-. Pasemos primero por
el Congreso.
-¡Ah, no! -protestó la Ñacaniná-. ¡Eso no! ¡Les hago a
ustedes el favor, y en paz! Iré al Congreso cuando vuelva... si vuelvo. Pero
ver antes de tiempo la cáscara rugosa de Terrífica, los ojos de matón de
Lanceolada y la cara estúpida de Coralina". ¡Eso, no!
-No está Coralina.
-¡No importa! Con el resto tengo bastante.
-¡Bueno, bueno! -repuso Cruzada, que no quería hacer
hincapié-.Pero si no disminuyes un poco la marcha, no te sigo.
En efecto, aun a todo correr, la yarará no podía acompañar
el deslizar -casi lento para ella- de la Nacaniná.
-Quédate, ya estás cerca de las otras -contestó la
culebra. Y se lanzó a toda velocidad, dejando en un segundo atrás a su prima
Venenosa.
IV
Un cuarto de hora después la Cazadora llegabaa su destino.
Velaban todavía en la casa. Por las puertas, abiertas de par en par, salían
chorros de luz, y ya desde lejos la Nacaniná pudo ver cuatro honbres sentados
alrededor de la mesa.
Para llegar con impunidad sólo faltaba evitarel
problemático tropiezo con un perro. ¿Los habría? Mucho lo temí¿ Nacaniná. Por
esto deslizóse adelante con gran cautela, sobre todo cuando llegó ante el
corredor.
Ya en él observó con atención. Ni enfrente, ni ala
derecha, ni a la izquierda había perro alguno. Sólo allá, en el corredor
apuesto y que la culebra podía ver por entre las piernas de los hombres, un
perro negro dormía echado de costado.
La plaza, pues, estaba libre. Como desde el lugar en que
se encontraba podía oír, pero no ver el panorama entero de los hombres
hablando, la culebra, tras una ojeada arriba, tuvo lo que deseaba en un
momento. Trepó por una escalera recostada a la pared bajo el corredor y se
instaló en el espacio libre entre pared y techo, tendida sobre el tirante.
Pero por más precauciones que tomara al deslizarse, un viejo clavo cayó al
suelo y un hombre levantó los ojos. -¡Se acabó! -se dijo Ñacaniná, conteniendo
la respiración. Otro hombre miró también arriba.
-¿Qué hay?
preguntó.
-Nada -repuso el primero-. Me pareció ver algo negro por
allá.
-Una rata.
-Se equivocó el Hombre -murmuró para sí la culebra.
-O alguna ñacaniná.
-Acertó el otro Hombre -murmuró de nuevo la aludida,
aprestándose a la lucha.
Pero los hombres bajaron de nuevo la vista, y la Nacaniná
vio y oyó durante media hora.
V
La Casa, motivo de preocupación de la selva, habíase
convertido en establecimiento científico de la más grande importancia.
Conocida ya desde tiempo atrás la particular riqueza en víboras de aquel rincón
del territorio, el Gobierno de la Nación había decidido la creación de un
Instituto de Seroterapia Ofídica, donde se prepararían sueros contra el veneno
de las víboras. La abundancia de éstas es un punto capital, pues nadie ignora
que la carencia de víboras de que extraer el veneno es el principal
inconveniente para una vasta y segura preparación del suero.
El nuevo establecimiento podía comenzar casi en seguida,
porque contaba con dos animales -un caballo y una mula- ya en vías de completa
inmunización. Habíase logrado organizar el laboratorio y el serpentario. Este
último prometía enriquecerse de un modo asombroso, por más que el Instituto
hubiera llevado consigo no pocas serpientes venenosas, las mismas que servían
para inmunizar a los animales citados.
Pero si se tiene en cuenta que un caballo, en su último
grado de inmunización, necesita seis gramos de veneno en cada inyección
(cantidad suficiente para matar doscientos cincuenta caballos), se comprenderá
que deba ser muy grande el número de víboras en disponibilidad que requiere un
Instituto del género.
Los días, duros al principio, de una instalación en la
selva, mantenían al personal superior del Instituto en vela hasta medianoche,
entre planes de laboratorio y demás.
Y los caballos, ¿cómo están hoy? -preguntó uno, de lentes
negros, y que parecía ser el jefe del Instituto.
-Muy caídos -repuso otro-. Si no podemos hacer una buena
recolección en estos días...
La Nacaniná, inmóvil sobre el tirante, ojos y oídos
alerta, comenzaba a tranquilizarse.
-Me parece se
dijo- que las primas venenosas se han llevado un susto magnífico. De estos
hombres no hay gran cosa que temer... Y avanzando más la cabeza, a tal punto
que su nariz pasaba ya la línea del tirante, observó con más atención.
Pero un contratiempo evoca otro.
-Hemos tenido hoy un día malo agregó alguno-. Cinco tubos de ensayo se
han roto...
La Nacaniná sentíase cada vez más inclinada a la
compasión. -¡Pobre gente!
murmuró-. Se les han roto cinco tubos...
Y se disponía a abandonar su escondite para explorar
aquella inocente casa, cuando oyó:
-En cambio, las víboras están magníficas... Parece
sentarles el país.
-¿Eh? -dio una sacudida la culebra, jugando velozmente con
la lengua-. ¿Qué dice ese pelado de traje blanco?
Pero el hombre proseguía:
-Para ellas, sí, el lugar me parece ideal... Y las
necesitamos urgentemente, los caballos y nosotros.
-Por suerte, vamos a hacer una famosa cacería de víboras
en este país. No hay duda de que es el país de las víboras.
-Hum..., hum..., hum... -murmuró Nacaniná, arrollándose en
el tirante cuanto le fue posible-. Las cosas comienzan a ser un poco
distintas... Hay que quedar un poco más con esta buena gente... Se aprenden
cosas curiosas.
Tantas cosas curiosas oyó, que cuando, al cabo de media
hora, quiso retirarse, el exceso de sabiduría adquirida le hizo hacer un falso
movimiento, y la tercera parte de su cuerpo cayó, golpeando la pared de
tablas. Como había caído de cabeza, en un instante la tuvo enderezada hacia
la mesa, la lengua vibrante.
La Nacaniná, cuyo largo puede alcanzar a tres metros, es
valiente, con seguridad la más valiente de nuestras serpientes. Resiste un
ataque serio del hombre, que es inmensamente mayor que ella, y hace frente
siempre. Como su propio coraje le hace creer que es muy temida, la nuestra se
sorprendió un poco al ver que los hombres, enterados de que se trataba de una
simple ñacaniná, se echaron a reír tranquilos.
Es una ñacaniná... Mejor; así nos limpiará la casa de
ratas.
¿Ratas?... -silbó la otra. Y como continuaba provocativa,
un hombre se levantó al fin.
-Por útil que sea, no deja de ser un mal bicho... Una de
estas noches la voy a encontrar buscando ratones dentro de mi cama...
Y cogiendo un palo próximo, lo lanzó contra la Nacaniná a
todo vuelo. El palo pasó silbando junto a la cabeza de la intrusa y golpeó con
terrible estruendo la pared.
Hay ataque y ataque. Fuera de la selva, y entre cuatro
hombres, la Ñacanina no se hallaba a gusto. Se retiró a escape, concentrando
toda su energía en la cualidad que, juntamente con el valor, forman sus dos
facultades primas: la velocidad para correr.
Perseguida por los ladridos del perro, y aun rastreada
buen trecho por éste -lo que abrió una nueva luz respecto a las gentes
aquellas-, la culebra llegó a la caverna. Pasó por encima de Lanceolada y
Atroz, y se arrolló a descansar, muerta de fatiga.
VI
-¡Por fin! exclamaron todas, rodeando a la exploradora--.
Creíamos que te ibas a quedar con tus amigos los Hombres...
¡Hum!... -murmuró Nacaniná.
-¿Qué nuevas nos traes? -preguntó Terrífica.
-¿Debemos esperar un ataque, o no tomar en cuenta a los
Hombres? -Tal vez fuera mejor esto... Y pasar al otro lado del río repuso
Nacaniná.
¿Qué?... ¿Cómo?... -saltaron todas-. ¿Estás loca?
-Oigan, primero.
¡Cuenta, entonces!
Y Ñacaniná contó todo lo que había visto y oído: la
instalación del instituto Seroterápico, sus planes, sus fines y la decisión de
los hombres de cazar cuanta víbora hubiera en el país.
-¡Cazarnos! -saltaron. Urutú Dorado, Cruzada y Lanceolada,
heridas en lo más vivo de su orgullo-. ¡Matarnos, querrás decir!
-¡No! ¡Cazarlas, nada más! Encerrarlas, darles bien de
comer y extraerles cada veinte días el veneno. ¿Quieren vida más dulce?
La asamblea quedó estupefacta. Ñacaniná había explicado
muy bien el fin de esta recolección de veneno; pero lo que no había explicado
eran los medios para llegar a obtener el suero.
¡Un suero antivenenoso! Es decir, la curación asegurada,
la inmunización de hombres y animales contra la mordedura; la Familia entera
condenada a perecer de hambre en plena selva natal.
-¡Exactamente! -apoyó Nacaniná
-No se trata sino de esto.
Para la Nacaniná, el peligro previsto era mucho menor.
¿Qué le importaba a ella y sus hermanas las cazadoras -a ellas, que cazaban a
diente limpio, a fuerza de músculos- que los animales estuvieran o no
inmunizados? Un solo punto oscuro veía ella, y es el excesivo parecido de una
culebra con una víbora % que favorecía confusiones mortales. Be aquí el
interés de la culebra en suprimir el Instituto.
-Yo me ofrezco a empezar la campaña -dijo Cruzada.
-¿Tienes un plan? -preguntó ansiosa Terrífica, siempre
falta de ideas.
-Ninguno. Iré sencillamente mañana de tarde a tropezar con
alguien.
-¡Ten cuidado! -le dijo Nacaniná, con voz persuasiva-, Hay
varias jaulas vacías... ¡Ah, me olvidaba! -agregó, dirigiéndose a Cruzada-.
Hace un rato, cuando salí de allí... Hay un perro negro muy peludo... Creo que
sigue el rastro de una víbora... ¡Ten cuidado!
-¡Allá veremos! Pero pido que se llame a Congreso pleno
para mañana de noche. Si yo no puedo asistir tanto peor...
Mas la asamblea había caído en nueva sorpresa. -¿Perro que
sigue nuestro rastro...? ¿Estás segura?
-Casi. ¡Ojo con ese perro, porque puede hacernos más daño
que todos los hombres juntos!
-Yo me encargo de él -exclamó Terrífica, contenta de (sin
mayor esfuerzo mental) poder poner en juego sus glándulas de veneno, que a la
menor contracción nerviosa se escurría por el canal de los colmillos.
Pero ya cada víbora se disponía a hacer correr la palabra
en su distrito, y a Nacaniná, gran trepadora, se le encomendó especialmente
llevar la voz de alerta a los árboles, reino preferido de las culebras.
A las tres de la mañana la asamblea se disolvió. Las
víboras, vueltas a la vida normal, se alejaron en distintas direcciones,
desconocidas ya las unas para las otras, silenciosas, sombrías, mientras en el
fondo de la caverna la serpiente de cascabel quedaba arrollada e inmóvil,
fijando sus duros ojos de vidrio en un ensueño de mil perros paralizados.
VII
Era la una de la tarde. Por el campo de fuego, al
resguardo de las matas de espartillo, se arrastraba Cruzada hacia la Casa. No
llevaba otra idea, ni creía necesario tener otra, que matar al primer hombre
que se pusiera a su encuentro. Llegó al corredor y se arrolló allí, esperando.
Pasó así media hora. El calor sofocante que reinaba desde tres días atrás
comenzaba a pesar sobre los ojos de la yarará, cuando un temblor sordo avanzó
desde la pieza. La puerta estaba abierta, y ante la víbora, a treinta centímetros
de su cabeza, apareció el perro, el perro negro y peludo, con los ojos
entornados de sueño.
¡Maldita bestia...! -se dijo Cruzada-. Hubiera preferido
un hombre...
En ese instante el perro se detuvo husmeando, y volvió la
cabeza... ¡Tarde ya! Ahogó un aullido de sorpresa y movió desesperadamente el
hocico mordido.
-Ya tiene éste su asunto listo... -murmuró Cruzada,
replegándose de nuevo. Pero cuando el perro iba a lanzarse sobre la víbora,
sintió los pasos de su amo y se arqueó ladrando a la yarará. El hombre de los
lentes ahumados apareció junto a Cruzada.
-¿Qué pasa? -preguntaron desde el otro corredor.
-Una alternatus... Buen ejemplar -respondió el hombre. Y
antes de que hubiera podido defenderse, la víbora se sintió estrangulada en una
especie de prensa afirmada al extremo de un palo.
La yarará crujió de orgullo al verse así; lanzó su cuerpo
a todos lados, trató en vano de recoger el cuerpo y arrollarlo en el palo.
Imposible; le faltaba el punto de apoyo en la cola, el famoso punto de apoyo
sin el cual una poderosa boa se encuentra reducida a la más vergonzosa
impotencia. El hombre la llevó así colgando, y fue arrojada en el Serpentario.
Constituíalo éste un simple espacio de tierra cercado con chapas de cinc liso,
provisto de algunas jaulas, y que albergaba a treinta o cuarenta víboras.
Cruzada cayó en tierra y se mantuvo un momento arrollada y congestionada bajo
el sol de fuego.
La instalación era evidentemente provisoria; grandes y
chatos cajones alquitranados servían de bañadera a las víboras, y varias
casillas y piedras amontonadas ofrecían reparo a los huéspedes de ese paraíso
improvisado.
Un instante después la yarará se veía rodeada y pasada por
encima por cinco o seis compañeras que iban a reconocer su especie.
Cruzada las conocía a todas; pero no así a una gran víbora
que se bañaba en una jaula cerrada con tejido de alambre. ¿Quién era? Era
absolutamente desconocida para la yarará. Curiosa a su vez se acercó
lentamente.
Se acercó tanto, que la otra se irguió. Cruzada ahogó un
silbido de estupor, mientras caía en guardia, arrollada. La gran víbora
acababa de hinchar el cuello, pero monstruosamente, como jamás había visto
hacerlo a nadie. Quedaba realmente extraordinaria así.
-¿Quién eres? -murmuró Cruzada-. ¿Eres de las nuestras?
Es decir, venenosa. La otra, convencida de que no había
habido intención de ataque en la aproximación de la yarará, aplastó sus dos
grandes orejas.
-Sí -repuso- Pero no de aquí; de muy lejos... de la India.
-¿Cómo te llamas?
-Hamadrías... o cobra capelo real ".
-Yo soy Cruzada.
-Sí, no necesitas decirlo. He visto muchas hermanas tuyas
ya... ¿Cuándo te cazaron?
-Hace un rato. No pude matar.
-Mejor hubiera sido para ti que te hubieran muerto...
-Pero maté al perro.
-¿Qué perro? ¿El de aquí?
-Sí.
La cobra real se echó a reír, a tiempo que Cruzada tenía
una nueva sacudida: el perro lanudo que creía haber matado estaba ladrando...
-¿Te sorprende, eh? -agregó Hamadrías-. A muchas les ha
pasado lo mismo.
-Pero es que mordí en la cabeza... -contestó Cruzada, cada
vez más aturdida-. ¡No me queda una gota de veneno! -concluyó. Es patrimonio
de las yararás vaciar casi en una mordida sus glándulas.
-Para él es lo mismo que te hayas vaciado o no... -¿No
puede morir?
-Sí, pero no por cuenta nuestra... Está inmunizado. Pero
tú no sabes lo que es esto...
-¡Sé! -repuso vivamente Cruzada-. ¡Ñacaniná nos contó...!
La cobra real la consideró entonces atentamente.
-Tú me pareces inteligente...
-¡Tanto como tú..., por lo menos! -replicó Cruzada.
El cuello de la asiática se expandió bruscamente de nuevo,
y de nuevo la yarará cayó en guardia.
Ambas víboras se miraron largo rato, y el capuchón de la
cobra bajó lentamente.
-Inteligente y valiente -murmuró Hamadrías-. A ti se te
puede hablar... ¿Conoces el nombre de mi especie?
-Hamadrías, supongo.
-O Naja búngaro... o Cobra capelo real. Nosotras somos
respecto de la vulgar cobra capelo de la India, lo que tú respecto de una de
esas coatiaritas... ¿Y sabes de qué nos alimentamos?
-No.
-De víboras americanas..., entre otras cosas -concluyó
balanceando la cabeza ante Cruzada.
Esta apreció rápidamente el tamaño de la extranjera
ofiófaga.
-¿Dos metros cincuenta? -preguntó.
-Sesenta... dos sesenta, pequeña Cruzada -repuso la otra,
que había seguido su mirada.
-Es un buen tamaño... Más o menos, el largo de Anaconda,
una prima mía. ¿Sabes de qué se alimenta?
- -Supongo...
-Sí, de víboras asiáticas -y miró a su vez a Hamadrías.
-¡Bien contestado! -repuso ésta, balanceándose de nuevo. Y
después de refrescarse la cabeza en el agua, agregó perezosamente:
-¿Prima tuya, dijiste?
-Sí.
-¿Sin veneno, entonces?
-Así es... Y por esto justamente tiene gran debilidad por
las extranjeras venenosas.
Pero la asiática no la escuchaba ya, absorta en sus
pensamientos.
-¡Oyeme! -dijo de pronto-. ¡Estoy harta de hombres,
perros, caballos y de todo este infierno de estupidez y crueldad! Tú me puedes
entender, porque lo que es ésas... Llevo año y medio encerrada en una jaula
como si fuera una rata, maltratada, torturada periódicamente. Y, lo que es
peor, despreciada, manejada como un trapo por viles hombres... Y yo, que tengo
valor, fuerza y veneno suficiente para concluir con todos ellos, estoy
condenada a entregar mi veneno para la preparación de sueros antivenenosos. ¡No
te puedes dar cuenta de lo que esto supone para mi orgullo! ¿Me entiendes?
-concluyó mirando en los ojos a la yarará.
Sí -repuso la otra-. ¿Qué debo hacer?
-Una sola cosa; un solo medio tenemos de vengarnos hasta
las heces... Acércate, que no nos oigan... Tú sabes la necesidad absoluta de
un punto de apoyo para poder desplegar nuestra fuerza... Toda nuestra
salvación depende de esto. Solamente...
-¿Qué?
La cobra real miró otra vez fijamente a Cruzada.
-Solamente que puedes morir...
-¿Sola?
-¡Oh, no! Ellos, algunos de los hombres también morirán...
-¡Es lo único que deseo! Continúa.
-Pero acércate aún... ¡Más cerca!
El diálogo continuó un rato en voz tan baja, que el cuerpo
de la yarará frotaba, descarnándose, contra las mallas de alambre. De pronto,
la cobra se abalanzó y mordió por tres veces a Cruzada. Las víboras, que
habían seguido de lejos el incidente, gritaron:
-¡Ya está! ¡Ya la mató! ¡Es una traicionera!
Cruzada, mordida por tres veces en el cuello, se arrastró
pesadamente por el pasto. Muy pronto quedó inmóvil, y fue a ella a quien
encontró el empleado del Instituto cuando, tres horas después, entró en el
Serpentario.
El hombre vio a la yarará, y empujándola con el pie, le
hizo dar vuelta como a una soga y miró su vientre blanco.
-Está muerta, bien muerta... -murmuro- Pero ¿de qué? -Y se
agachó a observar a la víbora. No fue largo su examen: en el cuello y en la
misma base de la cabeza notó huellas inequívocas de colmillos venenosos.
-¡Hum! se dijo el hombre- Esta no puede ser más que la
hamadrías... Allí está, arrodillada y mirándome como si yo fuera otra
alternatus... Veinte veces le he dicho al director que las mallas del tejido
son demasiado grandes. Ahí está la prueba... En fin -concluyó, cogiendo a
Cruzada por la cola y lanzándola por encima de la barrera de cinc-. ¡Un bicho
menos que vigilar!
Fue a ver al director:
-La hamadrías ha mordido a la yarará que introdujimos hace
un rato. Vamos a extraerle muy poco veneno.
-Es un fastidio grande -repuso aquél-. Pero necesitamos
para hoy el veneno... No nos queda más que un solo tubo de suero... ¿Murió la
alternatus?
-Sí; la tiré afuera... ¿Traigo a la hamadrías?
-No hay más remedio... Pero para la segunda recolección,
de aquí a dos o tres horas.
VIII
................................................................................................................................
...Se hallaba quebrantada, exhausta de fuerzas. Sentía la
boca llena de tierra y sangre. ¿Dónde estaba?
El velo denso de sus ojos comenzaba a desvanecerse, y
Cruzada alcanzó a distinguir el contorno. Vio -y reconoció- el muro de cinc, y
súbitamente recordó todo: el perro negro, el lazo, la inmensa serpiente
asiática
y el plan de batalla de ésta en que ella misma, Cruzada,
iba jugando su vida. Recordaba todo, ahora que la parálisis provocada por el
veneno comenzaba a abandonarla. Con el recuerdo, tuvo conciencia plena de lo
que debía hacer. ¿Sería tiempo todavía?
Intentó arrastrarse, mas en vano; su cuerpo ondulaba, pero
en el mismo sitio, sin avanzar. Pasó un rato aún y su inquietud crecía.
-¡Y no estoy sino a treinta metros! -murmuraba-. ¡Dos
minutos, un solo minuto de vida, y llego a tiempo!
Y tras nuevo esfuerzo consiguió deslizarse, arrastrarse
desesperadamente hacia el laboratorio.
Atravesó el patio, llegó a la puerta en el momento en que
el empleado, con las dos manos sostenía, colgando en el aire, la Hamadrías,
mientras el hombre de los lentes ahumados le introducía el vidrio de reloj en
la boca. La mano se dirigía a oprimir las glándulas, y Cruzada estaba aún en el
umbral.
-¡No tendré tiempo!
se dijo desesperada. Y arrastrándose en un supremo esfuerzo, tendió
adelante los blanquísimos colmillos. El peón, al sentir su pie descalzo
abrasado por los dientes de la yarará, lanzó un grito
y bailó. No mucho; pero lo suficiente para que el cuerpo
colgante de la cobra real oscilara y alcanzase a la pata de la mesa, donde se
arrolló velozmente. Y con ese punto de apoyo, arrancó su cabeza de entre las
manos del peón y fue a clavar hasta la raíz los colmillos en la muñeca
izquierda del hombre de lentes negros, justamente en una vena.
¡Ya estaba! Con los primeros gritos, ambas, la cobra
asiática y la varará, huían sin ser perseguidas.
-¡Un punto de apoyo! murmuraba la cobra volando a escape
por el campo-. Nada más que eso me faltaba. ¡Ya lo conseguí, por fin!
-Sí -corría la yarará a su lado, muy dolorida aún-. Pero
no volvería a repetir el juego...
Allá, de la muñeca del hombre pendían dos negros hilos de
sangre pegajosa. La inyección de una hamadrías en una vena es cosa demasiado
seria para que un mortal pueda resistirla largo rato con los ojos abiertos -y
los del herido se cerraban para siempre a los cuatro minutos.
IX
El Congreso estaba en pleno. Fuera de Terrífica y
Nacaniná, y las vararás Urutú Dorado, Coatiarita, Neuwied, Atroz y Lanceolada,
había acudido Coralina -de cabeza estúpida, según Nacaniná-, lo que no obsta
para que su mordedura sea de las más dolorosas. Además es hermosa,
incontestablemente hermosa con sus anillos rojos y negros.
Siendo, como es sabido, muy fuerte la vanidad de las
víboras en punto de belleza, Coralina se alegraba bastante de la ausencia de
su hermana Frontal", cuyos triples anillos negros y blancos sobre fondo de
púrpura colocan a esta víbora de coral en el más alto escalón de la belleza
ofidica.
Las Cazadoras estaban representadas esa noche por
Drimobia, cuyo destino 'es ser llamada yararacusú del monte, aunque su aspecto
sea bien distinto. Asistían Cipó ", de un hermoso verde y gran cazadora de
pájaros; Radínea, pequeña y oscura, que no abandona jamás los charcos; Boipeva
, cuya característica es achatarse completamente contra el suelo, apenas se
siente amenazada. Trigémina, culebra de coral, muy fina de cuerpo, como sus
compañeras arborícolas; y por último Esculap¡a 23, también de coral, cuya entrada,
por razones que se verá enseguida, fue acogida con generales miradas de
desconfianza.
Faltaban asimismo varias especies de las venenosas y las
cazadoras, ausencia ésta que requiere una aclaración.
Al decir Congreso pleno, hemos hecho referencia a la gran
mayoría de las especies, y sobre todo de las que se podrían llamar reales por
su importancia. Desde el primer Congreso de las Víboras se acordó que las
especies numerosas, estando en mayoría, podían dar carácter de absoluta fuerza
a sus decisiones. De aquí la plenitud del Congreso actual, bien que fuera
lamentable la ausencia de la yarará Surucusú`, a quien no había sido posible
hallar por ninguna parte; hecho tanto más de sentir cuanto que esta víbora,
que puede alcanzar a tres metros, es, a la vez la que reina en América,
viceemperatriz del Imperio Mundial de las Víboras, pues sólo una la aventaja
en tamaño y potencia de veneno: la hamadrías asiática.
Alguna faltaba -fuera de Cruzada-; pero las víboras todas
afectaban no darse cuenta de su ausencia.
A pesar de todo, se vieron forzadas a volverse al ver
asomar por entre los helechos una cabeza de grandes ojos vivos.
-¿Se puede? -decía la visitante alegremente.
Como si una chispa eléctrica hubiera recorrido todos los
cuerpos, las víboras irguieron la cabeza al oír aquella voz.
-¿Qué quieres aquí? -gritó Lanceolada con profunda
irritación. -¡Este no es tu lugar! -exclamó Urutú Dorado, dando por primera
vez señales de vivacidad.
-¡Fuera! ¡Fuera! -gritaron varias con intenso desasosiego.
Pero Terrífica, con silbido claro, aunque trémulo, logró
hacerse oír.
-¡Compañeras! No olviden que estamos en Congreso, y todas
conocemos sus leyes; nadie, mientras dure, puede ejercer acto alguno de
violencia. ¡Entra, Anaconda!
-¡Bien dicho! -exclamó Ñacaniná con sorda ironía-. Las
nobles palabras de nuestra reina nos aseguran. ¡Entra, Anaconda!
Y la cabeza viva y simpática de Anaconda avanzó,
arrastrando tras de sí dos metros cincuenta de cuerpo oscuro y elástico. Pasó
ante todas, cruzando una mirada de inteligencia con la Nacaniná, y fue a
arrollarse, con leves silbidos de satisfacción, junto a Terrífica, quien no
pudo menos de estremecerse.
-¿Te incomodo? -le preguntó cortésmente Anaconda.
-¡No, de ninguna manera! -contestó Terrífica-. Son las
glándulas de veneno que me incomodan, de hinchadas...
Anaconda y Nacaniná tornaron a cruzar una mirada irónica,
y prestaron atención.
La hostilidad bien evidente de la asamblea hacia la recién
llegada tenía un cierto fundamento, que no se dejará de apreciar. La Anaconda
es la reina de todas las serpientes habidas y por haber, sin exceptuar al pitón
malayo . Su fuerza es extraordinaria, y no hay animal de carne y hueso capaz
de resistir un abrazo suyo. Cuando comienza a dejar caer del follaje sus diez
metros de cuerpo liso con grandes manchas de terciopelo negro, la selva entera
se crispa y encoge. Pero la Anaconda es demasiado fuerte para odiar a sea quien
fuere -con una sola excepción-, y esta conciencia de su valor le hace conservar
siempre buena amistad con el hombre. Si a alguien detesta, es, naturalmente, a
las serpientes venenosas; y de aquí la conmoción de las víboras ante la cortés
Anaconda.
Anaconda no es, sin embargo, hija de la región.
Vagabundeando en las aguas espumosas del Paraná había llegado hasta allí con
una gran creciente, y continuaba en la región muy contenta del país, en buena
relación con todos, y en particular con la Nacaniná, con quien había trabado
viva amistad. Era, por lo demás, aquel ejemplar una joven Anaconda que distaba
aún mucho de alcanzar a los diez metros de sus felices abuelos. Pero los dos
metros cincuenta que medía ya valían por el doble, si se considera la fuerza de
esta magnífica boa, que por divertirse, al crepúsculo, atraviesa el Amazonas
entero con la mitad del cuerpo erguido fuera del agua.
Pero Atroz acaba de tomar la palabra ante la asamblea, ya
distraída.
-Creo que podríamos comenzar ya -dijo-. Ante todo, es
menester saber algo de Cruzada. Prometió estar aquí en seguida.
Lo que prometió -intervino la Nacaniná- es estar aquí
cuando pudiera. Debemos esperarla.
-¿Para qué? -replicó Lanceolada; sin dignarse volver la
cabeza a la culebra.
-¿Cómo para qué? -exclamó ésta, irguiéndose-. Se necesita
toda la estupidez de una Lanceolada para decir esto... ¡Estoy cansada ya de oír
en este Congreso disparate tras disparate! ¡No parece sino que las Venenosas
representaran a la Familia entera! Nadie, menos ésa -señaló con la cola a
Lanceolada , ignora que precisamente de las noticias que traiga Cruzada
depende nuestro plan... ¿Que para qué esperarla...? ¡Estamos frescas si las
inteligencias capaces de preguntar esto dominan en este Congreso!
-No insultes -le reprochó gravemente Coatiarita. La
Nacaniná se volvió a ella:
-¿Y a ti, quién te mete en esto?
-No insultes -repitió la pequeña, dignamente.
Nacaniná consideró al pundonoroso benjamín y cambió de
voz.
-Tiene razón la minúscula prima -concluyó tranquila-;
Lanceolada, te pido disculpa.
-¡No es nada! -replicó con rabia la yarará.
-¡No importa!; pero vuelvo a pedirte disculpa.
Felizmente, Coralina, que acechaba a la entrada de la
caverna, entró silbando:
¡Ahí viene Cruzada!
-¡Por fin! -exclamaron los congresales, alegres. Pero su
alegría transformóse en estupefacción cuando, detrás de la yarará, vieron
entrar a una inmensa víbora, totalmente desconocida de ellas.
Mientras Cruzada iba a tenderse al lado de Atroz, la
intrusa se arrolló lenta y paulatinamente en el centro de la caverna y se
mantuvo inmóvil. -¡Terrífica! -dijo Cruzada-. Dale la bienvenida. Es de las
nuestras. -¡Somos hermanas! -se apresuró la de cascabel, observándola
inquieta.
Todas las víboras, muertas de curiosidad, se arrastraron
hacia la recién llegada.
-Parece una prima sin veneno -decía una, con un tanto de
desdén.
-Sí -agregó otra-. Tiene ojos redondos.
-Y cola larga.
-Y además...
Pero de pronto quedaron mudas, porque la desconocida
acababa de hinchar monstruosamente el cuello. No duró aquello más que un
segundo; el capuchón se replegó, mientras la recién llegada se volvía a su
amiga, con la voz alterada.
-Cruzada: diles que no se acerquen tanto... No puedo
dominarme.
-Sí, ¡déjenla tranquila! -exclamó Cruzada-. Tanto más
-agregó- cuanto que acaba de salvarme la vida, y tal vez la de todas nosotras.
No era menester más. El Congreso quedó un instante pendiente de la narración de
Cruzada, que tuvo que contarlo todo: el encuentro con el perro, el lazo del
hombre de lentes ahumados, el magnífico plan de Hamadrías, con la catástrofe
final, y el profundo sueño que acometió luego a la yarará hasta una hora antes
de llegar.
-Resultado -concluyó-: dos hombres fuera de combate, y de
los más peligrosos. Ahora no nos resta más que eliminar a los que quedan. -¡O a
los caballos! -dijo Hamadrías.
-¡O al perro! -agregó la Nacaniná.
-Yo creo que a los caballos -insistió la cobra real-. Y me
fundo en esto: mientras queden vivos los caballos, un solo hombre puede
preparar miles de tubos de suero, con los cuales se inmunizarán contra
nosotras. Raras veces -ustedes lo saben bien- se presenta la ocasión de morder
una vena... como ayer. Insisto, pues, en que debemos dirigir todo nuestro
ataque contra los caballos. ¡Después veremos! En cuanto al perro -concluyó con
una mirada de reojo a la Ñacaniná , me
parece despreciable.
Era evidente que desde el primer momento la serpiente
asiática y la Ñacaniná indígena habíanse disgustado mutuamente. Si la una, en
su carácter de animal venenoso, representaba un tipo inferior para la
Cazadora, esta última, a fuer de fuerte y ágil, provocaba el odio y los celos
de Hamadrías..
De modo que la vieja y tenaz rivalidad entre serpientes
venenosas y no venenosas llevaba miras de exasperarse aún más en aquel último
Congreso. -Por mi parte -contestó Nacaniná-, creo que caballos y hombres son
secundarios en esta lucha. Por gran facilidad que podamos tener para eliminar a
unos y otros, no es nada esta facilidad comparada con la que puede tener el
perro el primer día que se les ocurra dar una batida en forma, y la darán,
estén bien seguras, antes de veinticuatro horas. Un perro inmunizado contra
cualquier mordedura, aun la de esta señora con sombrero en el cuello agregó
señalando de costado a la cobra real-, es el enemigo más temible que podamos
tener, y sobre todo si se recuerda que ese enemigo ha sido adiestrado a seguir
nuestro rastro. ¿Qué opinas, Cruzada?
No se ignoraba tampoco en el Congreso la amistad singular
que unía a la víbora y la culebra; posiblemente, más que amistad, era aquello
una estimación recíproca de su mutua inteligencia.
-Yo opino como Nacaniná -repuso-. Si el perro se pone a
trabajar, estamos perdidas.
-¡Pero adelantémonos! -replicó Hamadrías.
-¡No podríamos adelantarnos tanto...! Me inclino
decididamente por la prima.
-Estaba segura -dijo ésta tranquilamente.
Era esto más de lo que podía oír la cobra real sin que la
ira subiera a inundarle los colmillos de veneno.
-No sé hasta qué punto puede tener valor la opinión de
esta señorita conversadora -dijo, devolviendo a la Ñacaniná su mirada de
reojo-.El peligro real en esta circunstancia es para nosotras, las Venenosas,
que tenemos por negro pabellón a la Muerte. Las culebras saben bien que el
hombre no las teme, porque son completamente incapaces de hacerse temer. -¡He
aquí una cosa bien dicha! -dijo una voz que no había sonado aún.
Hamadrías se volvió vivamente, porque en el tono tranquilo
de la voz había creído notar una vaguísima .ironía, y vio dos grandes ojos
brillantes que la miraban apaciblemente.
¿A mí me hablas? -preguntó con desdén.
-Sí, a ti -repuso mansamente la interruptora-. Lo que has
dicho está empapado en profunda verdad.
La cobra real volvió a sentir la ironía anterior, y como
por un presentimiento, midió a la ligera con la vista el cuerpo de su
interlocutora, arrollada en la sombra.
¡Tú eres Anaconda!
¡Tú lo has dicho! -repuso aquélla inclinándose. Pero la
Nacaniná quería de una vez por todas aclarar las cosas.
-¡Un instante! -exclamó.
-¡No! -interrumpió Anaconda- Permíteme, Nacaniná. Cuando
un ser es bien formado, ágil, fuerte y veloz, se apodera de su enemigo con la
energía de nervios y músculos que constituye su honor, como lo es el de todos
los luchadores de la creación. Así cazan el gavilán, el gato onza, el tigre,
nosotras, todos los seres de noble estructura. Pero cuando se es torpe, pesado,
poco inteligente e incapaz, por lo tanto, de luchar francamente por la vida,
entonces se tiene un par de colmillos para asesinar a traición, ¡como esa dama
importada que nos quiere deslumbrar con su gran sombrero!
En efecto, la cobra real, fuera de sí, había dilatado el
monstruoso cuello para lanzarse sobre la insolente. Pero también el Congreso
entero se había erguido amenazador al ver esto.
-¡Cuidado! -gritaron varias a un tiempo-. ¡El Congreso es
inviolable!
-¡Abajo el capuchón! -alzóse Atroz, con los ojos hechos
ascua. Hamadrías se volvió a ella con un silbido de rabia.
-¡Abajo el capuchón! -se adelantaron Urutú Dorado y
Lanceolada. Hamadrías tuvo un instante de loca rebelión, pensando en la
facilidad con que hubiera destrozado una tras otra a cada una de sus contrincantes.
Pero ante la actitud de combate del Congreso entero, bajó el capuchón
lentamente.
-¡Está bien! -silbó-. Respeto al Congreso. Pero pido que
cuando se concluya..., ¡no me provoquen!
-Nadie te provocará -dijo Anaconda.
La cobra se volvió a ella con reconcentrado odio:
-¡Y tú menos que nadie, porque me tienes miedo! -¡Miedo
yo! -contestó Anaconda, avanzando.
-¡Paz, paz! -clamaron todas de nuevo-. ¡Estamos dando un
pésimo ejemplo! ¡Decidamos de una vez lo que debemos hacer!
-Sí, ya es tiempo de esto -dijo Terrífica-. Tenemos dos
planes a seguir: el propuesto por Nacaniná, y el de nuestra aliada.
¿Comenzamos el ataque por el perro, o bien lanzamos todas nuestras fuerzas
contra los caballos?
Ahora bien, aunque la mayoría se inclinaba acaso a adoptar
el plan de la culebra, el aspecto, tamaño e inteligencia demostrados por la
serpiente asiática habían impresionado favorablemente al Congreso en su favor.
Estaba aún viva su magnífica combinación contra el personal del Instituto; y
fuera lo que pudiere ser su nuevo plan, es lo cierto que se le debía ya la
eliminación de dos hombres. Agréguese que, salvo la Nacaniná y Cruzada, que
habían estado ya en campaña, ninguna se había dado cuenta del terrible enemigo
que había en un perro inmunizado y rastreador de víboras. Se comprenderá así
que el plan de la cobra real triunfara al fin.
Aunque era ya muy tarde, era también cuestión de vida o
muerte llevar el ataque en seguida, y se decidió partir sobre la marcha.
-¡Adelante, pues! -concluyó la de cascabel-. ¿Nadie tiene
nada más que decir?
-¡Nada...! -gritó Nacaniná-. ¡Sino que nos arrepentiremos!
Y las víboras y culebras, inmensamente aumentadas por los
individuos de las especies cuyos representantes salían de la caverna,
lanzáronse hacia el Instituto.
-¡Una palabra! -advirtió aún Terrífica-. ¡Mientras dure la
campaña estamos en Congreso y somos inviolables las unas para las otras!
¿Entendido?
-¡Sí, sí, basta de palabras! -silbaron todas.
La cobra real, a cuyo lado pasaba Anaconda, le dijo
mirándola sombríamente:
-Después...
-¡Ya lo creo! -la cortó alegremente Anaconda, lanzándose
como una flecha a la vanguardia.
X
El personal del Instituto velaba al pie de la cama del
peón mordido por la yarará. Pronto debía amanecer. Un empleado se asomó a la
ventana por donde entraba la noche caliente y creyó oír ruido en uno de los
galpones. Prestó oído un rato y dijo:
-Me parece que es en la caballeriza... Vaya a ver,
Fragoso.
El aludido encendió el farol de viento y salió, en tanto
que los demás quedaban atentos, con el oído alerta.
No había transcurrido medio minuto cuando sintieron pasos
precipitados en el patio y Fragoso aparecía, pálido de sorpresa.
-¡La caballeriza está llena de víboras! -dijo.
-¿Llena?
preguntó el nuevo jefe-. ¿Qué es eso? ¿Qué pasa...?
-No sé...
-Vayamos.
Y se lanzaron afuera.
-¡Daboy! ¡Daboy! -llamó el jefe al perro que gemía soñando
bajo la cama del enfermo. Y corriendo todos entraron en la caballeriza.
Allí, a la luz del farol de viento, pudieron ver al
caballo y a la mula debatiéndose a patadas contra sesenta u ochenta víboras que
inundaban la caballeriza. Los animales relinchaban y hacían volar a coces los
pesebres; pero las víboras, como si las dirigiera una inteligencia superior,
esquivaban los golpes y mordían con furia.
Los hombres, con el impulso de la llegada, habían caído
entre ellas. Ante el brusco golpe de luz, las invasoras se detuvieron un
instante, para lanzarse en seguida silbando a un nuevo asalto, que dada la
confusión de caballos y hombres no se sabía contra quién iba dirigido.
El personal del Instituto se vio así rodeado por todas
partes de víboras. Fragoso sintió un golpe de colmillos en el borde de las
botas, a medio centímetro de su rodilla, y descargó su vara -vara dura y
flexible que nunca falta en una casa de bosque- sobre el atacante. El nuevo
director partió en dos a otra, y el otro empleado tuvo tiempo de aplastar la
cabeza, sobre el cuello mismo del perro, a una gran víbora que acababa de
arrollarse con pasmosa velocidad al pescuezo del animal.
Esto pasó en menos de diez segundos. Las varas caían con
furioso vigor sobre las víboras que avanzaban siempre, mordían las botas,
pretendían trepar por las piernas. Y en medio del relinchar de los caballos,
los gritos de los hombres, los ladridos del perro y el silbido de las víboras,
el asalto ejercía cada vez más presión sobre los defensores, cuando Fragoso,
al precipitarse sobre una inmensa víbora que creyera reconocer, pisó sobre un
cuerpo a toda velocidad y cayó, mientras el farol, roto en mil pedazos, se
apagaba. -¡Atrás! -gritó el nuevo director-. ¡Daboy, aquí!
Y salieron atrás, al patio, seguidos por el perro, que
felizmente había podido desenredarse de entre la madeja de víboras.
Pálidos y jadeantes, se miraron.
Parece cosa del diablo... -murmuró el jefe-. Jamás he
visto cosa igual... ¿Qué tienen las víboras de este país? Ayer, aquella doble
mordedura, como matemáticamente combinada... Hoy... Por suerte ignoran que nos
han salvado a los caballos con sus mordeduras... Pronto amanecerá, y entonces
será otra cosa.
-Me pareció que allí andaba la cobra real -dejó caer
Fragoso, mientras se ligaba los músculos doloridos de la muñeca.
-Sí -agregó el otro empleado-. Yo la vi bien... Y Daboy,
¿no tiene nada?
-No; muy mordido... Felizmente puede resistir cuanto
quieran. Volvieron los hombres otra vez al enfermo, cuya respiración era
mejor. Estaba ahora inundado en copiosa transpiración.
-Comienza a aclarar -dijo el nuevo director, asomándose a
la ventana-. Usted, Antonio, podrá quedarse aquí. Fragoso y yo vamos a salir.
-¿Llevamos los lazos? -preguntó Fragoso.
-¡Oh, no! -repuso el jefe, sacudiendo la cabeza- Con otras
víboras, las hubiéramos cazado a todas en un segundo. Estas son demasiado
singulares... Las varas y, a todo evento, el machete.
XI
No singulares, sino víboras, que ante un inmenso peligro
sumaban la inteligencia reunida de la especie, era el enemigo que había
asaltado el Instituto Seroterápico.
La súbita oscuridad que siguiera al farol roto había
advertido a las combatientes el peligro de mayor luz y mayor resistencia.
Además, comenzaban a sentir ya en la humedad de la atmósfera la inminencia del
día.
-Si nos quedamos un momento más exclamó Cruzada-, nos cortan la
retirada. ¡Atrás!
-¡Atrás, atrás! -gritaron todas. Y atropellándose,
pasándose las unas sobre las otras, se lanzaron al campo. Marchaban en tropel,
espantadas, derrotadas, viendo con consternación que el día comenzaba a romper
a lo lejos.
Llevaban ya veinte minutos de fuga, cuando un ladrido
claro y agudo, pero distante aún detuvo a la columna jadeante.
-¡Un instante! -gritó Urutú Dorado- Veamos cuántas somos,
y qué podemos hacer.
A la luz aún incierta de la madrugada examinaron sus
fuerzas. Entre las patas de los caballos habían quedado dieciocho serpientes
muertas, entre ellas las dos culebras de coral. Atroz había sido partida en
dos por Fragoso, y Drimobia yacía allá con el cráneo roto, mientras
estrangulaba al perro. Faltaban además Coatiarita, Radínea y Boipeva. En
total, veintitrés combatientes aniquilados. Pero las restantes, sin excepción
de una sola, estaban todas magulladas, pisadas, pateadas, llenas de polvo y
sangre entre las escamas rotas.
-He aquí el éxito de nuestra campaña -dijo amargamente
Ñacani-ná, deteniéndose un instante a restregar contra una piedra su cabeza-
¡Te felicito, Hamadrías!
Pero para sí sola se guardaba lo que había oído tras la
puerta cerrada de la caballeriza, pues había salido la última. ¡En vez de
matar, habían salvado la vida a los caballos, que se extenuaban precisamente
por falta de veneno!
Sabido es que para un caballo que se está inmunizando, el
veneno le es tan indispensable para su vida diaria como el agua misma y muere
si le llega a faltar.
Un segundo ladrido de perro sobre el rastro sonó tras
ellas.
¡Estamos en inminente peligro! -gritó Terrífica-. ¿Qué
hacemos?
-¡A la gruta! -clamaron todas, deslizándose a toda
velocidad. -¡Pero están locas! -gritó la Ñacaniná, mientras corría-. ¡Las van
a aplastar a todas! ¡Van a la muerte! Óiganme:
¡desbandémonos!
Las fugitivas se detuvieron, irresolutas. A pesar de su
pánico, algo les decía que el desbande era la única medida salvadora, y miraron
alocadas a todas partes. Una sola voz de apoyo, una sola, y se decidían.
Pero la cobra real, humillada, vencida en su segundo
esfuerzo de dominación, repleta de odio para un país que en adelante debía
serle eminentemente hostil, prefirió hundirse del todo, arrastrando con ella a
las demás especies.
-¡Está loca Ñacaniná! -exclamó-. Separándonos nos matarán
una a una sin que podamos defendernos... Allá es distinto. ¡A la caverna!
-¡Sí, a la caverna! -respondió la columna despavorida,
huyendo-. ¡A la caverna!
La Ñacaniná vio aquello y comprendió que iban a la muerte.
Pero viles, derrotadas, locas de pánico, las víboras iban a sacrificarse, a
pesar de todo. Y con una altiva sacudida de lengua, ella, que podía ponerse
impunemente a salvo por su velocidad, se dirigió como las otras directamente a
la muerte.
Sintió así un cuerpo a su lado, y se alegró al reconocer a
Anaconda.
-Ya ves -le dijo con una sonrisa- a lo que nos ha traído
la asiática.
-Sí, es un mal bicho... -murmuró Anaconda, mientras
corrían una junto a otra.
-¡Y ahora las lleva a hacerse masacrar todas juntas...!
-Ella, por lo menos -advirtió Anaconda con voz sombría-,
no va a tener ese gusto...
Y ambas, con un esfuerzo de velocidad, alcanzaron a la
columna. Ya habían llegado.
-¡Un momento! -se adelantó Anaconda, cuyos ojos
brillaban-. Ustedes lo ignoran, pero yo lo sé con certeza, que dentro de diez
minutos no va a quedar viva una de nosotras. El Congreso y sus leyes están,
pues, ya concluidos. ¿No es eso, Terrífica?
Se hizo un largo silencio.
-Sí -murmuró abrumada Terrífica-. Está concluido...
-Entonces -prosiguió Anaconda volviendo la cabeza a todos
lados-, antes de morir quisiera... ¡Ah, mejor así! -concluyó satisfecha al ver
a la cobra real que avanzaba lentamente hacia ella.
No era aquel probablemente el momento ideal para un
combate. Pero desde que el mundo es mundo, nada, ni la presencia del Hombre
sobre ellas, podrá evitar que una Venenosa y una Cazadora solucionen sus
asuntos particulares.
El primer choque fue favorable a la cobra real: sus
colmillos se hundieron hasta la encía en el cuello de Anaconda. Esta, con la
maravillosa maniobra de las boas de devolver en ataque una cogida casi mortal,
lanzó su cuerpo adelante como un látigo y envolvió en él a la Hamadrías, que en
un instante se sintió ahogada. La boa, concentrando toda su vida en aquel
abrazo, cerraba progresivamente sus anillos de acero, pero la cobra real no
soltaba presa. Hubo aún un instante en que Anaconda sintió crujir su cabeza
entre los dientes de la Hamadrías. Pero logró hacer un supremo esfuerzo, y
este postrer relámpago de voluntad decidió la balanza a su favor. La boca de la
cobra semiasfixiada se desprendió babeando, mientras la cabeza libre de
Anaconda hacía presa en el cuerpo de la Hamadrías.
Poco a poco, segura del terrible abrazo con que
inmovilizaba a su rival, su boca fue subiendo a lo largo del cuello, con cortas
y bruscas dentelladas, en tanto que la cobra sacudía desesperada la cabeza. Los
noventa y seis agudos dientes de Anaconda subían siempre, llegaron al
capuchón, treparon, alcanzaron la garganta, subieron aún, hasta que se
clavaron por fin en la cabeza de su enemiga, con un sordo y larguísimo crujido
de huesos masticados.
Ya estaba concluido. La boa abrió sus anillos, y el macizo
cuerpo de la cobra real se escurrió pesadamente a tierra, muerta.
-Por lo menos estoy contenta... -murmuró Anaconda, cayendo
a su vez exánime sobre el cuerpo de la asiática.
Fue en ese instante cuando las víboras oyeron a menos de
cien metros el ladrido agudo del perro.
Y ellas, que diez minutos antes atropellaban aterradas la
entrada de la caverna, sintieron subir a sus ojos la llamarada salvaje de la
lucha a muerte por la selva entera.
-¡Entremos! -agregaron, sin embargo, algunas.
-¡No, aquí! ¡Muramos aquí! -ahogaron todas con sus
silbidos. Y contra el murallón de piedra que les cortaba toda retirada, el
cuello y la cabeza erguidos sobre el cuerpo arrollado, los ojos hechos ascua,
esperaron.
No fue larga su espera. En el día aún lívido y contra el
fondo negro del monte, vieron surgir ante ellas las dos altas siluetas del
nuevo director y de Fragoso, reteniendo en traílla al perro, que, loco de
rabia, se abalanzaba adelante.
-¡Se acabó! ¡Y esta vez definitivamente! -murmuró
Ñacaniná, despidiéndose con esas seis palabras de una vida bastante feliz,
cuyo sacrificio acababa de decidir. Y con un violento empuje se lanzó al
encuentro del perro, que, suelto y con la boca blanca de espuma, llegaba sobre
ellas. El animal esquivó el golpe y cayó furioso sobre Terrífica, que hundió
los colmillos en el hocico del perro. Daboy agitó furiosamente la cabeza,
sacudiendo en el aire a la de cascabel; pero ésta no soltaba.
Neuwied aprovechó el instante para hundir los colmillos en
el vientre del animal; mas también en ese momento llegaban los hombres. En un
segundo, Terrífica y Neuwied cayeron muertas, con los riñones quebrados.
Urutú Dorado fue partida en dos, y lo mismo Cipó.
Lanceolada logró hacer presa en la lengua del perro; pero dos segundos después
caía tronchada en tres pedazos por el doble golpe de vara, al lado de
Esculapia.
El combate, o más bien exterminio, continuaba furioso,
entre silbidos y roncos ladridos de Daboy, que estaba en todas partes. Cayeron
una tras otra, sin perdón -que tampoco pedían-, con el cráneo triturado entre
las mandíbulas del perro o aplastadas por los hombres. Fueron quedando
masacradas frente a la caverna de su último Congreso. Y de las últimas,
cayeron Cruzada y Ñacaniná.
No quedaba una ya. Los hombres se sentaron, mirando
aquella total masacre de las especies, triunfantes un día. Daboy, jadeando a
sus pies, acusaba algunos síntomas de envenenamiento, a pesar de estar
poderosamente inmunizado. Había sido mordido sesenta y cuatro veces.
Cuando los hombres se levantaban para irse se fijaron por
primera vez en Anaconda, que comenzaba a revivir.
-¿Qué hace esta boa por aquí? -dijo el nuevo director-. No
es éste su país... A lo que parece, ha trabado relación con la cobra real...,
y nos ha vengado a su manera. Si logramos salvarla haremos una gran cosa,
porque parece terriblemente envenenada. Llevémosla. Acaso un día nos salve a
nosotros de toda esta chusma venenosa.
Y se fueron, llevando de un palo que cargaban en los
hombros, a Anaconda, que herida y exhausta de fuerzas, iba pensando en
Ñacaniná, cuyo destino, con un poco menos de altivez, podía haber sido
semejante al suyo.
Anaconda no murió. Vivió un año con los hombres,
curioseando y observándolo todo, hasta que una noche se fue. Pero la historia
de este viaje remontando por largos meses el Paraná hasta más allá del Guayra,
más allá todavía del golfo letal donde el Paraná toma el nombre de río Muerto;
la vida extraña que llevó Anaconda y el segundo viaje que emprendió por fin
con sus hermanos sobre las aguas sucias de una gran inundación -toda esta
historia de rebelión y asalto de camalotes, pertenece a otro relato.

