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Libro N° 4059. Anaconda Y Otros Cuentos. Quiroga, Horacio

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4059. Anaconda Y Otros Cuentos. Quiroga, Horacio. Antología. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.

Título original: ©  Anaconda Y Otros Cuentos. Horacio Quiroga. Antología

 

Versión Original: © Anaconda Y Otros Cuentos. Horacio Quiroga. Antología

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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ANACONDA Y OTROS CUENTOS

Horacio Quiroga

Antología

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

POLEA LOCA

DIETA DE AMOR

EL CANTO DEL CISNE

EL DIVINO

LOS CASCARUDOS

LA CREMA DE CHOCOLATE

LA MANCHA HIPTALMICA

EL VAMPIRO

LA LENGUA

LAS RAYAS

EN LA NOCHE

EL MONTE NEGRO

LOS FABRICANTES DE CARBÓN

EL YACIYATERE

EL MÁRMOL INÚTIL

GLORIA TROPICAL

EL SIMUN

ANACONDA

 

 

POLEA LOCA

 

En una época en que yo tuve veleidades de ser empleado nacional, oí hablar de un hombre que durante dos años que desempeñó un puesto pú­blico no contestó una sola nota.

-He aquí un hombre superior me dije-. Merece que vaya a verlo. Porque debo confesar que el proceder habitual y forzoso de contestar cuanta notase recibe es uno de los inconvenientes más grandes que halla­ba yo a mi aspiración. El delicado mecanismo de la administración nacio­nal -nadie lo ignora- requiere que toda nota que se nos hace el honor de dirigir, sea fatal y pacientemente contestada. Una sola comunicación pues­ta de lado, la más insignificante de todas, trastorna hasta lo más hondo de sus dientes el engranaje de la máquina nacional. Desde las notas del presi­dente de la República a las de un oscuro cabo de policía, todas exigen res­puesta en igual grado, todas encarnan igual nobleza administrativa, todas tienen igual austera trascendencia.

Es, pues, por esto que, convencido y orgulloso, como buen ciudada­no, de la importancia de esas funciones, no me atrevía francamente a jurar que todas las notas que yo recibiera serían contestadas. Y he aquí que me aseguraban que un hombre, vivo aún, había permanecido dos años en la Administración Nacional, sin contestar -ni enviar, desde luego- ningu­na nota...

Fui, por consiguiente, a verlo, en el fondo de la república. Era un hombre de edad avanzada, español, de mucha cultura, pues esta intelectua­lidad inesperada al pie de un quebracho, en una fogata de siringal o en un aduar del Sahara, es una de las tantas sorpresas del trópico.

Mi hombre se echó a reír de mi juvenil admiración cuando le conté lo que me llevaba a verlo. Me dijo que no era cierto, por lo menos el lapso transcurrido sin contestar una sola nota. Que había sido encargado escolar en una colonia nacional, y que, en efecto, había dejado pasar algo más de un año sin acusar recibo de nota alguna. Pero que eso tenía en el fondo po­ca importancia, habiendo notado por lo demás...

Aquí mi hombre se detuvo un instante, y se echó a reír de nuevo. -¿Quiere usted que le cuente algo más sabroso que todo esto? -me dijo-. Verá usted un modelo de funcionario público... ¿Sabe usted qué tiempo dejó pasar ese tal sin dignarse echar una ojeada a lo que recibía? Dos años y algo más. ¿Y sabe usted qué puesto desempeñaba? Goberna­dor... Abra usted ahora la boca.

En efecto, lo merecía. Para un tímido novio -digámoslo así- de la Administración Nacional, nada podía abrirme más los ojos sobre la virtud de mi futura que las hazañas de aquel Don Juan administrativo... Le pedí que me contara todo, si lo sabía, y a escape.

-¿Si lo sé? -me respondió-. ¿Si conozco bien a mi funcionario? Como que yo fui el gobernador que le sucedió... Pero, óigame más bien desde el principio. Era en... En fin, suponga usted que el ochenta y tan­tos. Yo acababa de regresar a España, mal curado aún de unas fiebres cogi­das en el golfo de Guinea. Había hecho un crucero de cinco años, abaste­ciendo a las factorías españolas de la costa. El último año lo pasé en Elobey Chico... ¿Usted sabe su geografía, sí?

-Sí, toda; continúe.

-Bien. Sabrá usted entonces que no hay país más malsano en el mun­do entero, así como suena, que la región del delta del Níger. Hasta ahora, no hay mortal nacido en este planeta que pueda decir, después de haber cru­zado frente a las bocas del Níger: No tuve fiebre...

Comenzaba, pues, a restablecerme en España, cuando un amigo, muy allegado al Ministerio de Ultramar, me propuso la gobernación de una de las cuatrocientas y tantas islas que pueblan las Filipinas. Yo era, según él, el hombre indicado, por mi larga actuación entre negros y negritos.

-Pero no entre malayos -respondí a mi protector- Entiendo que es bastante distinto...

No crea usted: es la misma cosa -me aseguró-. Cuando el hom­bre baja más de dos o tres grados en su color, todos son lo mismo... En de­finitiva: ¿le conviene a usted? Tengo facultades para hacerle dar el destino enseguida.

Consulté un largo rato con mi conciencia, y más profundamente con mi hígado. Ambos se atrevían, y acepté.

-Muy bien -me dijo entonces mi padrino-. Ahora que es usted de los nuestros, tengo que ponerlo en conocimiento de algunos detalles. ¿Conoce usted, siquiera de nombre, al actual gobernador de su isla, Félix Pérez Zúñiga?

-No; fuera del escritor...-le dije.

-Ese no es Félix -me objetó-. Pero casi, casi valen tanto el uno como el otro... Y no lo digo por mal. Pues bien: desde hace dos años no se sabe lo que pasa allá. Se han enviado millones de notas, y crea usted que las últimas son capaces de ponerle los pelos de punta al funcionario peor naci­do... Y nada, como si tal cosa. Usted llevará, juntamente con su nombra­miento, la destitución del personaje. ¿Le conviene siempre?

Ciertamente, me convenía... a menos que el fantástico gobernador fuera de genio tan vivo cuan grande era su llaneza en eso de las notas.

-No tal -me respondió-. Según informes, es todo lo contrario... Creo que se entenderá usted con él a maravillas.

No había, pues, nada que decir. Di aún un poco de solaz a mi hígado, y un buen día marché a Filipinas. Eso sí, llegué en un mal día, con un co­lazo de tifón en el estómago y el malhumor del gobernador general sobre mi cabeza. A lo que parece, se había prescindido bastante de él en ese asun­to. Logré, sin embargo, conciliarme su buena voluntad y me dirigí a mi is­la, tan a trasmano de toda ruta marítima que si no era ella el fin del mun­do era evidentemente la tumba de toda comunicación civilizada.

Y abrevio, pues noto que usted se fatiga... ¿No? Pues adelante... ¿En qué estábamos? ¡Ah! En cuanto desembarqué di con mi hombre. Nunca sufrí desengaño igual. En vez del tipo macizo, atrabiliario y gru­ñón que me había figurado a pesar de los informes, tropecé con un mu­chacho joven de ojos azules, grandes ojos de pájaro alegre y confiado. Era alto y delgado, muy calvo para su edad, y el pelo que le restaba -abun­dante a los costados y tras la cabeza- era oscuro y muy ondeado. Tenía la frente y la calva muy lustrosas. La voz muy clara, y hablaba sin apresurar­se, con largas entonaciones de hombre que no tiene prisa y goza exponien­do y recibiendo ideas.

Total: un buen muchacho, inteligente sin duda, muy expansivo y cor­dial y con aire de atreverse a ser feliz dondequiera que se hallase.

-Pase usted, siéntese -me dijo-. Esté todo lo a gusto que quiera. ¿No desea tomar nada? ¿No, nada? ¿Ni aun chocolate...? El que tengo es

detestable, pero vale la pena probarlo... Oiga su historia: el otro día un bu­que costero llegó hasta aquí, y me trajo diez libras de cacao... lo mejor de lo mejor entre los cacaos. Encargué de la faena a un indígena inteligentísimo en la manufactura del chocolate. Ya lo conocerá usted. Se tostó el ca­cao, se molió, se le incorporó el azúcar -también de primera-, todo a mi vista y con extremas precauciones. ¿Sabe usted lo que resultó? Una cosa imposible. ¿Quiere usted probarlo? Vale la pena... Después me escribirá usted desde España cómo se hace eso... ¡Ah, no vuelve usted...! ¿Se que­da, sí? ¿Y será usted el nuevo gobernador, sin duda...? Mis felicitaciones...

¿Cómo aquel feliz pájaro podía ser el malhechor administrativo a quien iba a reemplazar?

-Sí -continuó él-. Hace ya veintidós meses que no debía ser yo gobernador. Y no era difícil adivinarle a usted. Fue cuando adquirí el co­nocimiento pleno de que jamás podría yo llegar a contestar una nota en adelante. ¿Por qué? Es sumamente complicado esto... Más tarde le diré al­go, si quiere... Y entre tanto, le haré entrega de todo, cuando usted lo de­see... ¿Ya...? Pues comencemos.

Y comenzamos, en efecto. Primero que todo, quise enterarme de la correspondencia oficial recibida, puesto que yo debía estar bien informado de la remitida.

-¿Las notas dice usted? Con mucho gusto. Aquí están.

Y fue a poner la mano sobre un gran barril abierto, en un rincón del despacho.

Francamente, aunque esperaba mucho de aquel funcionario, no creí nun­ca hallar pliegos con membrete real amontonados en el fondo de un barril...

-Aquí está -repitió siempre con la mano en el borde, y mirándo­me con la misma plácida sonrisa.

Me acerqué, pues, y miré. Todo el barril, y era inmenso, estaba efec­tivamente lleno de notas; pero todas sin abrir. ¿Creerá usted? Todas tenían su respectivo sobre intacto, hacinadas como diarios viejos con faja aún. Y el hombre tan tranquilo. No sólo no había contestado una sola comunica­ción, lo que ya sabía yo; pero ni aun había tenido a bien leerlas...

No pude menos de mirarlo un momento. El hizo lo mismo, con una sonrisa de criatura cogida en un desliz, pero del que tal vez se enorgullece. Al fin se echó a reír y me cogió de un brazo.

-Escúcheme    me dijo-. Sentémonos, y hablaremos. ¡Es tan agra­dable hallar una sorpresa como la suya, después de dos años de aislamien­to! ¡Esas notas...! ¿Quiere usted, francamente, conservar por el resto de su vida la conciencia tranquila y menos congestionado su hígado?, se le ve en la cara en seguida... ¿Sí? Pues no conteste usted jamás una nota. Ni una sola siquiera. No cree, es claro... ¡Es tan fuerte el prejuicio, señor mío! ¿Y sabe usted de qué proviene? Proviene sencillamente de creer, como en la Biblia, que la administración de una nación es una máquina con engrana­jes, poleas y correas, todo tan íntimamente ligado, que la detención o el simple tropiezo de una minúscula rueda dentada es capaz de detener todo el maravilloso mecanismo. ¡Error, profundo error! Entre la augusta mano que firma Yb y la de un carabinero que debe poner todos sus ínfimos títu­los para que se sepa que existe, hay una porción de manos que podrían abandonar sus barras sin que por ello el buque pierda el rumbo. La maqui­naria es maravillosa, y cada hombre es una rueda dentada, en efecto. Pero las tres cuartas partes de ellas son poleas locas, ni más ni menos. Giran también, y parecen solidarias del gran juego administrativo; pero en ver­dad dan vueltas en el aire, y podrían detenerse algunas centenas de ellas sin trastorno alguno. No, créame usted a mí, que he estudiado el asunto todo el tiempo libre que me dejaba la digestión de mi chocolate... No hay tal engranaje continuo y solidario desde el carabinero a su majestad el rey. Es ello una de las tantas cosas que en el fondo solemos y simulamos ignorar... ¿No? Pues aquí tiene usted un caso flagrante... Usted ha visto la isla, la cara de sus habitantes, bastantes más gordos que yo; ha visto al señor gobernador general; ha atravesado el mundo, y viene de España. Ahora bien: ¿Ha visto usted señales de trastorno en parte alguna? ¿Ha notado usted al­gún balanceo peligroso en la nave del Estado? ¿Cree usted sinceramente que la marcha de la Administración Nacional se ha entorpecido, en la can­tidad de un pelo entre dos dientes de engranaje, porque yo haya tenido a bien sistemáticamente, no abrir nota alguna? Me destituyen, y usted me reemplaza, y aprenderá a hacer buen chocolate... Esto es el. trastorno... ¿No cree usted?

Y el hombre, siempre con la rodilla entre las manos, me miraba con sus azules ojos de pájaro complaciente, muy satisfecho, al parecer, de que a él lo destituyeran y de que yo lo reemplazara.

Precisa que yo le diga a usted, ahora que conoce mi propia historia de cuando fui encargado escolar, que aquel diablo de muchacho tenía una se­ducción de todos los demonios. No sé si era lo que se llama un hombre equilibrado; pero su filosofía pagana, sin pizca de acritud, tentaba fabulo­samente, y no pasó rato sin que simpatizáramos del todo.

Procedía, sin embargo, no dejarme embriagar.

-Es menester -le dije formalizándome un tanto- que yo abra esa correspondencia.

Pero mi muchacho me detuvo del brazo, mirándome atónito:

-¿Pero está usted loco? -exclamó-. ¿Sabe usted lo que va a encon­trar allí? ¡No sea criatura, por Dios! Queme todo eso, con barril y todo, y pincelo a la playa...

Sacudí la cabeza y metí la mano en el baúl. Mi hombre se encogió en­tonces de hombros y se echó de nuevo en su sillón, con la rodilla muy alta

entre las manos. Me miraba hacer de reojo, moviendo la cabeza y sonrien­do al final de cada comunicación.

¿Usted supone, no, lo que dirían las últimas notas, dirigidas a un em­pleado que desde hacía dos años se libraba muy bien de contestar a una so­la? Eran simplemente cosas para hacer ruborizar, aun en un cuarto oscuro,

al funcionario de menos vergüenza... Y yo debía cargar con todo eso, y contestar una por una a todas.

-¡Ya se lo había yo prevenido! -me decía mi muchacho con voz compasiva- Va usted a sudar mucho más cuando deba contestar... Siga mi consejo, que aún es tiempo: haga un judas con barril y notas, y se sen­tirá feliz.

¡Estaba bien divertido! Y mientras yo continuaba leyendo, mi hom­bre, con su calva luciente, su aureola de pelo rizado y su guardapolvo de brin de hilo, proseguía balanceándose, muy satisfecho de la norma a que había logrado ajustar su vida.

Yo transpiraba copiosamente, pues cada nueva nota era una nueva bo­fetada, y concluí por sentir debilidad.

-¡Ah, ah! -se levantó-. ¿Se halla cansado ya? ¿Desea tomar algo? ¿Quiere probar mi chocolate? Vale la pena, ya le dije...

Y a pesar de mi gesto desabrido, pidió el chocolate y lo probé. En efecto, era detestable; pero el hombre quedó muy contento.

-¿Vio usted? No se puede tomar. ¿A qué atribuir esto? No descansa­ré hasta saberlo... Me alegro de que no haya podido tomarlo, pues así cena­remos temprano. Yo lo hago siempre con luz de día aún... Muy bien; come­remos de aquí a una hora, y mañana proseguiremos con las notas y demás... Yo estaba cansado, bien cansado. Me di un hermosísimo baño, pues mi joven amigo tenía una instalación portentosa de confort en esto. Cena­mos, y un rato después mi huésped me acompañó hasta mi cuarto.

-Veo que es usted hombre precavido -me dijo al verme retirar un mosquitero de la maleta- Sin este chisme, no podría usted dormir. Sola­mente yo no lo uso aquí.

-¿No le pican los mosquitos? -le pregunté, extrañado a medias so­lamente.

¿Usted cree? -me respondió riendo y llevándose la mano a su cal­va frente-. Muchísimo... Pero no puedo soportar eso... ¿No ha oído ha­blar usted de personas que se ahogan dentro de mosquiteros? Es una ton­tería, si usted quiere, una neurosis inocente, pero se sufre en realidad. Ven­ga usted a ver mi mosquitero.

Fuimos hasta su cuarto o, mejor dicho, hasta la puerta de su cuarto. Mi amigo levantó la lámpara hasta los ojos, y miré. Pues bien: toda la al­tura y la anchura de la puerta estaba cerrada por una verdadera red de te­larañas, una selva inextricable de telarañas donde no cabía la cabeza de un

fósforo sin hacer temblar todo el telón. Y tan lleno de polvo, que parecía un muro. Por lo que pude comprender, más que ver, la red se internaba en el cuarto, sabe Dios hasta dónde.

-¿Y usted duerme aquí? -le pregunté mirándolo un largo momento.

-Sí -me respondió con infantil orgullo-. Jamás entra un mosqui­to. Ni ha entrado ni creo que entre jamás.

-Pero usted ¿por dónde entra? -le pregunté muy preocupado.

-¿Yo, por dónde entro? -respondió. Y agachándose, me señaló con la punta del dedo:

-Por aquí. Haciéndolo con cuidado, y en cuatro patas, la cosa no tiene mayor dificultad... Ni mosquitos ni murciélagos... ¿Pol­vo? No creo que pase; aquí tiene la prueba... Adentro está muy despeja­do... y limpio, crea usted. ¿Ahogarme?... No, lo que ahoga es lo artificial, el mosquitero a cincuenta centímetros de la boca... ¿Se ahoga usted den­tro de una habitación cerrada por el frío? Y hay -concluyó con la mirada soñadora- una especie de descanso primitivo en este sueño defendido por millones de arañas que velan celosamente la quietud de uno... ¿No lo cree usted así? No me mire con esos ojos... ¡Buenas noches, señor gobernador!, concluyó riendo y sacudiéndose ambas manos.

A la mañana siguiente, muy temprano, pues éramos uno y otro muy madrugadores, proseguimos nuestra tarea. En verdad, no faltaba sino recibirme de los libros de cuentas, fuera de insignificancias de me­nor cuantía.

¡Es cierto! -me respondió- Existen también los libros de cuentas... Hay, creo yo, mucho que pensar sobre eso... Pero lo haré des­pués, con tiempo. En un instante lo arreglaremos. ¡Urquijo! Hágame el favor de traer los libros de cuentas. Verá usted que en un momento... No hay nada anotado, como usted comprenderá; pero en un instante... Bien, Urquijo; siéntese usted ahí; vamos a poner los libros en forma. Co­mience usted.

El secretario, a quien había entrevisto apenas la tarde anterior, era un sujeto de edad, muy bajo y muy flaco, huraño, silencioso y de mirar des­confiado. Tenía la cara rojiza y lustrosa, dando la sensación de que no se la­vaba nunca. Simple apariencia, desde luego, pues su vieja ropa negra no te­nía una sola mancha. Su cuello de celuloide era tan grande, que dentro de él cabían dos pescuezos como el suyo. Tipo reconcentrado y de mirar des­confiado como nadie.

Y comenzó el arreglo de cuentas más original que haya visto en mi vida. Mi amigo se sentó enfrente del secretario y no apartó un instante la vista de los libros mientras duró la operación. El secretario recorría recibos, facturas y operaba en voz alta:

-Veinticinco meses de sueldos al guardafaro, a tanto por mes, es tan­to y tanto...

Y multiplicaba al margen de un papel.

Su jefe seguía los números en línea quebrada, sin pestañear. Hasta que, por fin, extendió el brazo:

-No, no, Urquijo... Eso no me gusta. Ponga: un mes de sueldo al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto. Segundo mes de sueldo al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto; tercer mes de sueldo... Siga así, y sume. Así entiendo claro.

Y volviéndose a mí:

-Hay yo no sé qué cosa de brujería y sofisma en las matemáticas, que me da escalofríos.. . ¿Creerá usted que jamás he llegado a comprender la mul­tiplicación? Me pierdo en seguida... Me resultan diabólicos esos números sin ton ni son que se van disparando todos hacia la izquierda... Sume, Urquijo.

El secretario, serio y sin levantar los ojos, como si fuera aquello muy natural, sumaba en voz alta, y mi amigo golpeaba entonces ambas manos sobre la mesa:

-Ahora sí -decía-; esto es bien claro.

Pero a una nueva partida de gastos, el secretario se olvidaba, y reco­menzaba:

-Veinticinco meses de provisión de leña, a tanto por mes, es tanto y tanto...

-¡No, no! ¡Por favor, Urquijo! Ponga: un mes de provisión de leña, a tanto por mes, es tanto y tanto...; segundo mes de provisión de leña..., etcétera. Sume después.

Y así continuó el arreglo de libros, ambos con demoníaca paciencia, el secretario, olvidándose siempre y empeñado en multiplicar al margen del papel y su jefe deteniéndolo con la mano para ir a una cuenta clara y sobre todo honesta.

-Aquí tiene usted sus libros en forma -me dijo mi hombre al final de cuatro largas horas, pero sonriendo siempre con sus grandes ojos de pá­jaro inocente.

Nada más me queda por decirle. Permanecí nueve meses escasos allá, pues mi hígado me llevó otra vez a España. Más tarde, mucho después, vi­ne aquí, como contador de una empresa... El resto ya lo sabe. En cuanto a aquel singular muchacho, nunca he vuelto a saber nada de él... Supongo que habrá solucionado al fin el misterio de por qué su chocolate, hecho con elementos de primera, había salido tan malo...

Y en cuanto a la influencia del personaje... ya sabe mi actuación de encargado escolar... Jamás, entre paréntesis, marcharon mejor los asuntos de la escuela... Créame: las tres cuartas partes de las ideas del peregrino mozo son ciertas... Incluso las matemáticas...

 

Yo agrego ahora: las matemáticas, no sé; pero en el resto -Dios me perdone- le sobraba razón. Así, al parecer, lo comprendió también la Ad­ministración, rehusando admitirme en el manejo de su delicado mecanismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIETA DE AMOR

 

Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de ves­tido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pare­ció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.

Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un badula­que cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se vuel­va a su vez, tan cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.

Aunque yo tenía qué hacer, la seguí y me detuve en la misma esquina. A la mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa de altos.

La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiem­po que en seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien cal­zada que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones; pe­ro juraría que no me equivoqué en un solo número y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo.

Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.

Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bron­ce, leí:

 

DOCTOR SWINDENBORG

FÍSICO DIETÉTICO

 

¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa ma­ñana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de escalera, para concluir...

¡Físico dietético...! ¡Ah, no! ¡No era ése mi lugar, por cierto! ¡Dietéti­co! ¿Qué diablos tenía yo que hacer con una muchacha anémica, hija o pen­sionista de un físico dietético? ¿A quién se le puede ocurrir hilvanar, como una sábana, estos dos términos disparatados: amor y dieta? No era todo eso una promesa de dicha, por cierto. ¡Dietético...! ¡No, por Dios! Si algo debe comer, y comer bien, es el amor. Amor y dieta... ¡No, con mil diablos!

 Esto era ayer de mañana. Hoy las cosas han cambiado. La he vuelto a encontrar, en la misma calle, y sea por la belleza del día o por haber adivi­nado en mis ojos quién sabe qué religiosa vocación dietética, lo cierto es que me ha mirado.

"Hoy la he visto... la he visto... y me ha mirado..."

¡Ah, no! Confieso que no pensaba precisamente en el final de la estro­fa. Lo que yo pensaba era esto: cuál debe ser la tortura de un grande y no­ble amor, constantemente sometido a los éxtasis de una inefable dieta...

Pero que me ha mirado, esto no tiene duda. La seguí, como el día an­terior; y como el día anterior, mientras con una idiota sonrisa iba soñando tras los zapatos de charol, tropecé con la placa de bronce:

DOCTOR SWINDENBORG

FÍSICO DIETÉTICO

 

 ¡Ah! ¿Es decir, que nada de lo que yo iba soñando podría ser verdad? ;Era posible que tras los aterciopelados ojos de mi muchacha no hubiera si­no una celestial promesa de amor dietético?

Debo creerlo así, sin duda, porque hoy, hace apenas una hora, ella aca­ba de mirarme en la misma calle y en la misma cuadra; y he leído claro en sus ojos el alborozo de haber visto subir límpido a mis ojos un fraternal amor dietético...

 Han pasado cuarenta días. No sé ya qué decir, a no ser que estoy mu­riendo de amor a los pies de mi chica de traje oscuro... Y si no a sus pies, por lo menos a su lado, porque soy su novio y voy a su casa todos los días.

Muriendo de amor... Y sí, muriendo de amor, porque no tiene otro nombre esta exhausta adoración sin sangre. La memoria me falta a veces; pero me acuerdo muy bien de la noche que llegué a pedirla.

Había tres personas en el comedor -porque me recibieron en el co­medor-: el padre, una tía y ella. El comedor era muy grande, muy mal alumbrado y muy frío. El doctor Swindenborg me oyó de pie, mirándome sin decir una palabra. La tía me miraba también, pero desconfiada. Ella, mi Nora, estaba sentada a la mesa y no se levantó.

Yo dije todo lo que tenía que decir, y me quedé mirando también. En aquella casa podía haber de todo; pero lo que es apuro, no. Pasó un mo­mento aún, y el padre me miraba siempre. Tenía un inmenso sobretodo pe­ludo, y las manos en los bolsillos. Llevaba un grueso pañuelo al cuello y una barba muy grande.

-¿Usted está bien seguro de amar a la muchacha?          me dijo, al fin.

¡Oh, lo que es eso!-le respondí.

No contestó nada, pero me siguió mirando.

-¿Usted come mucho? -me preguntó. Regular -le respondí, tratando de sonreírme.

La tía abrió entonces la boca y me señaló con el dedo como quien se­ñala un cuadro:

-El señor debe comer mucho... -dijo. El padre volvió la cabeza a ella:

-No importa -objetó-. No podríamos poner trabas en su vía... Y volviéndose esta vez a su hija, sin quitar las manos de los bolsillos:

-Este señor te quiere hacer el amor            le dijo-. ¿Tú quieres?

Ella levantó los ojos tranquila y sonrió:

-Yo, sí -repuso.

-Y bien -me dijo entonces el doctor, empujándome del hombro-.­Usted es ya de la casa; siéntese y coma con nosotros.

Me senté enfrente de ella y cenamos. Lo que comí esa noche, no sé, porque estaba loco de contento con el amor de mi Nora. Pero sé muy bien lo que hemos comido después, mañana y noche, porque almuerzo y ceno con ellos todos los días.

Cualquiera sabe el gusto agradable que tiene el té, y esto no es un misterio para nadie. Las sopas claras son también tónicas y predisponen a la afabilidad.

Y bien: mañana a mañana, noche a noche, hemos tomado sopas ligeras y una liviana taza de té. El caldo es la comida, y el té es el postre; nada más.

Durante una semana entera no puedo decir que haya sido feliz. Hay en el fondo de todos nosotros un instinto de rebelión bestial que muy di­fícilmente es vencido. A las tres de la tarde comenzaba la lucha; y ese ren­cor del estómago dirigiéndose a sí mismo de hambre; esa constante protes­ta de la sangre convertida a su vez en una sopa fría y clara, son cosas éstas que no se las deseo a ninguna persona, aunque esté enamorada.

Una semana entera la bestia originaria pugnó por clavar los dientes. Hoy estoy tranquilo. Mi corazón tiene cuarenta pulsaciones en vez de se­senta. No sé ya lo que es tumulto ni violencia, y me cuesta trabajo pensar que los bellos ojos de una muchacha evoquen otra cosa que una inefable y helada dicha sobre el humo de dos tazas de té.

De mañana no tomo nada, por paternal consejo del doctor. A medio­día tomamos caldo y té, y de noche caldo y té. Mi amor, purificado de es­te modo, adquiere día a día una transparencia que sólo las personas que vuelven en sí después de una honda hemorragia pueden comprender.

 Nuevos días han pasado. Las filosofías tienen cosas regulares y a veces algunas cosas malas. Pero la del doctor Swindenborg -con su sobretodo peludo y el pañuelo al cuello- está impregnada de la más alta idealidad. De todo cuanto he sido en la calle, no queda rastro alguno. Lo único que vive en mí, fuera de mi inmensa debilidad, es mi amor. Y no puedo menos de admirar la elevación de alma del doctor, cuando sigue con ojos de orgu­llo mi vacilante paso para acercarme a su hija.

Alguna vez, al principio, traté de tomar la mano de mi Nora, y ella lo consintió por no disgustarme. El doctor lo vio y me miró con paternal ternura. Pero esa noche, en vez de hacerlo a las ocho, cenamos a las once. Tomamos solamente una taza de té.

No sé, sin embargo, qué primavera mortuoria había aspirado yo esa tarde en la calle. Después de cenar quise repetir la aventura, y sólo tuve fuerzas para levantar la mano y dejarla caer inerte sobre la mesa, sonriendo de debilidad como una criatura.

El doctor había dominado la última sacudida de la fiera.

Nada más desde entonces. En todo el día, en toda la casa, no somos sino dos sonámbulos de amor. No tengo fuerzas más que para sentarme a su lado, y así pasamos las horas, helados de extraterrestre felicidad, con la sonrisa fija en las paredes.

 Uno de estos días me van a encontrar muerto, estoy seguro. No hago la menor recriminación al doctor Swindenborg, pues si mi cuerpo no ha podido resistir a esa fácil prueba, mi amor, en cambio, ha apreciado cuán­to de desdeñable ilusión va ascendiendo con el cuerpo de una chica de os­curo que trepa una escalera. No se culpe, pues, a nadie de mi muerte. Pe­ro a aquellos que por casualidad me oyeran, quiero darles este consejo de un hombre que fue un día como ellos:

Nunca, jamás, en el más remoto de los jamases, pongan los ojos en una muchacha que tiene mucho o poco que ver con un físico dietético.

Y he aquí por qué:

La religión del doctor Swindenborg -la de más alta idealidad que yo haya conocido, y de ello me vanaglorio al morir por ella- no tiene sino una falla, y es ésta: haber unido en un abrazo de solidaridad al Amor y la Dieta. Conozco muchas religiones que rechazan el mundo, la carne y el amor. Y al­gunas de ellas son notables. Pero admitir el amor, y darle por único alimen­to la dieta, es cosa que no se le ha ocurrido a nadie. Esto es lo que yo consi­dero una falla del sistema; y acaso por el comedor del doctor vaguen de no­che cuatro o cinco desfallecidos fantasmas de amor, anteriores a mí.

Que los que lleguen a leerme huyan, pues, de toda muchacha mona cuya intención manifiesta sea entrar en una casa que ostenta una gran cha­pa de bronce. Puede hallarse allí un gran amor, pero puede haber también muchas tazas de té.

 

Y yo sé lo que es esto.

 

 

 

EL CANTO DEL CISNE

 

 

Confieso tener antipatía a los cisnes blancos. Me han parecido siem­pre gansos griegos, pesados, patizambos y bastante malos. He visto así mo­rir el otro día uno en Palermo sin el menor trastorno poético. Estaba echa­do de costado en el ribazo, sin moverse. Cuando me acerqué, trató de le­vantarse y picarme. Sacudió precipitadamente las patas, golpeándose dos o tres veces la cabeza contra el suelo y quedó rendido, abriendo desmesura­damente el pico. Al fin estiró rígidas las uñas, bajó lentamente los párpa­dos duros y murió.

No le oí canto alguno, aunque sí una especie de ronquido sibilante. Pero yo soy hombre, verdad es, y ella tampoco estaba. ¡Qué hubiera da­do por escuchar ese diálogo! Ella está absolutamente segura de que oyó eso y de que jamás volverá a hallar en hombre alguno la expresión con que él la miró.

Mercedes, mi hermana, que vivió dos años en Martínez, lo veía a me­nudo. Me ha dicho que más de una vez le llamó la atención su rareza, solo siempre e indiferente a todo, arqueado en una fina silueta desdeñosa.

La historia es ésta: en el lago de una quinta de Martínez había varios cisnes blancos, uno de los cuales individualizábase en la insulsez genérica por su modo de ser. Casi siempre estaba en tierra, con las alas pegadas y el cuello inmóvil en honda curva. Nadaba poco, jamás peleaba con sus com­pañeros. Vivía completamente apartado de la pesada familia, como un fino retoño que hubiera roto ya para siempre con la estupidez natal. Cuando al­guien pasaba a su lado, se apartaba unos pasos, volviendo a su vaga distrac­ción. Si alguno de sus compañeros pretendía picarlo, se alejaba despacio y aburrido. Al caer la tarde, sobre todo, su silueta inmóvil y distinta desta­cábase de lejos sobre el césped sombrío, dando a la calma morosa del cre­púsculo una húmeda quietud de vieja quinta.

Como la casa en que vivía mi hermana quedaba cerca de aquélla, Mer­cedes lo vio muchas tardes en que salió a caminar con sus hijos. A fines de octubre una amabilidad de vecinos la puso en relación con Celia, y de aquí los pormenores de su idilio.

Aun Mercedes se había fijado en que el cisne parecía tener particular aversión a Celia. Esta bajaba todas las tardes al lago, cuyos cisnes la cono­cían bien en razón de las galletitas que les tiraba.

Únicamente aquél evitaba su aproximación. Celia lo notó un día, y fue decidida a su encuentro; pero el cisne se alejó más aún. Ella quedó un rato mirándolo sorprendida, y repitió su deseo de familiaridad, con igual resultado. Desde entonces, aunque usó de toda malicia, no pudo nunca acercarse a él. Permanecía inmóvil e indiferente cuando Celia bajaba al la­go; pero si ésta trataba de aproximarse oblicuamente, fingiendo ir a otra parte, el cisne se alejaba enseguida.

Una tarde, cansada ya, lo corrió hasta perder el aliento y dos pinchos. Fue en vano. Sólo cuando Celia no se preocupaba de él, él la seguía con los ojos. -¡Y sin embargo, estaba tan segura de que me odiaba! -le dijo la hermosa chica a mi hermana, después que todo concluyó.

Y esto fue en un crepúsculo apacible. Celia, que bajaba las escaleras, lo vio de lejos echado sobre el césped a la orilla del lago. Sorprendida de esa poco habitual confianza en ella, avanzó incrédula en su dirección; pero

el animal continuó tendido. Celia llegó hasta él, y recién entonces pensó que podría estar enfermo. Se agachó apresuradamente y le levantó la cabe­za. Sus miradas se encontraron, y Celia abrió la boca de sorpresa, lo miró fijamente y se vio obligada a apartar los ojos. Posiblemente la expresión de esa mirada anticipó, amenguándola, la impresión de las palabras. El cisne cerró los ojos.

-Me muero -dijo.

Celia dio un grito y tiró violentamente lo que tenía en las manos. Yo no la odiaba -murmuró él lentamente, el cuello tendido en tierra.

Cosa rara, Celia le ha dicho a mi hermana que al verlo así, por morir,

no se le ocurrió un momento preguntarle cómo hablaba. Los pocos mo­mentos que duró la agonía se dirigió a él y lo escuchó como a un simple cisne, aunque hablándole sin darse cuenta de usted, por su voz de hombre. Arrodillóse y afirmó sobre su falda el largo cuello, acariciándolo.

-¿Sufre mucho? -le preguntó. Sí, un poco...

-¿Por qué no estaba con los demás?

-¿Para qué? No podía...

Como se ve, Celia se acordaba de todo.

-¿Por qué no me quería?

El cisne cerró los ojos:

-No, no es eso... Mejor era que me apartara... Sufrir más...

Tuvo una convulsión y una de sus grandes alas desplegadas rodeó las rodillas de Celia.

 

-Y sin embargo, la causa de todo y sobre todo de esto -concluyó el cisne, mirándola por última vez y muriendo en el crepúsculo, a que el la­go, la humedad y la ligera belleza de la joven daban viejo encanto de mi­tología-: ... Ha sido mi amor a ti...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL DIVINO

 

 

Jamás en el confín aquel se había tenido idea de un teodolito. Por es­to cuando se vio a Howard asentar el sospechoso aparato en el suelo, mirar por los tubitos y correr tornillos, la gente tuvo por él, sus cintas métricas, niveles y banderitas, un respeto casi diabólico.

 

Howard había ido al fondo de Misiones, sobre la frontera del Brasil, a medir cierta propiedad que su dueño quería vender con urgencia. El te­rreno no era grande, pero el trabajo era rudo por tratarse de bosque inex­tricable y quebradas a prueba de nivel. Howard desempeñóse del mejor de los modos posibles, y se hallaba en plena tarea cuando le acaeció su singu­lar aventura.

El agrimensor habíase instalado en un claro del bosque, y sus traba­jos marcharon a maravilla durante el resto del invierno que pudo aprove­char, pero llegó el verano, y con tan húmedo y sofocante principio que el

bosque entero zumbó de mosquitos y barigüís, a tal punto que a Howard le faltó valor para afrontarlos. No siendo por lo demás urgente su trabajo, dispúsose a descansar quince días.

El rancho de Howard ocupaba la cúspide de una loma que descendía al oeste hasta la vera del bosque. Cuando el sol caía, la loma se doraba y el ambiente cobraba tal transparente frescura que un atardecer, en los treinta y ocho años de Howard revivieron agudas sus grandes glorias de la infancia. ¡Una pandorga! ¡Una cometa! ¿Qué cosa más bella que remontar a esa hora el cabeceador barrilete, la bomba ondulante o el inmóvil lucero? A esa hora, cuando el sol desaparece y el viento cae con él, la pandorga se aquie­ta. La cola pende entonces inmóvil y el hilo forma una honda curva. Y allá arriba, muy alto, fija en vaguísima tremulación, la pandorga en equilibrio constela triunfalmente el cielo de nuestra industriosa infancia.

Ahora recordaba con sorprendente viveza toda la técnica infantil que jamás desde entonces tornara a subir a su memoria. Y cuando en compañía

de su ayudante cortó las tacuaras, tuvo buen cuidado de afinarlas suficien­temente en los extremos, y muy poco en el medio: "Una pandorga que se quiebra por el centro, deshonra para siempre a su ingeniero", meditaba el recelo infantil de Howard.

Y fue hecha. Dispusieron primero los dos cuadros que yuxtapuestos en cruz forman la estrella. Un pliego de seda roja que Howard tenía en su archivo revistió el armazón, y como cola, a falta del clásico orillo de casimir, el agrimensor transformó la pierna de un pantalón suyo en científica cola de pandorga. Y por último los roncadores.

Al día siguiente la ensayaron. Era un sencillo prodigio de estabilidad, tiro y ascensión. El sol traspasaba la seda punzó en escarlata vivo, y al re­montarla Howard, la vibrante estrella ascendía tirante aureolada de trému­lo ronquido.

Fue al otro día, y en pleno remonte de la cometa, cuando oyeron el re­doble del tambor. En verdad, más que redoble, aquello era un acompaña­miento de comparsa: tan-tan-tan... ratatán... tan-tan...

-¿Qué es eso?

-No sé -repuso el ayudante mirando a todos lados-. Me parece que se acerca...

-Sí, allá veo una comparsa -afirmó Howard.

En efecto, por el sendero que ascendía a la loma, una comitiva con es­tandarte al frente avanzaba.

-Viene aquí... ¿Qué puede ser eso? -se preguntó Howard, que vi­vía aislado del mundo.

Un momento después lo supo. Aquello llegó hasta su rancho, y el agrimensor pudo examinarlo detenidamente.

Primero que todo, el hombre del tambor, un indio descalzo y con un pañuelo en bandolera; luego una negra gordísima con un mulatillo eriza­do en brazos, que venía levantando un estandarte. Era un verdadero estan­darte de satiné punzó y empenachado de cintas flotantes. En la cúspide, un rosetón de papel calado. Luego seguían en fila: una vieja con un terri­ble cigarro; un hombre con el saco al hombro; una muchachita; otro hom­bre en calzoncillos y tirador de arpillera; otra mujer con un chico de pecho; otro hombre; otra mujer con cigarro, y un negro canoso.

Esta era la comitiva. Pero su significado resultó más grave, según fue enterado Howard. Aquello era El Divino, como podía verse por la palomi­ta de cera forrada de trapo, atada en el extremo del estandarte. El Divino recorría la comarca en ciertas épocas curando los males. Si se daba dinero en recompensa, tanto mayor eficacia.

-;Y el tambor? -preguntó Howard. -Es su música -le respondieron. Aunque Howard y su ayudante gozaban de excelente salud, aceptaron

de buen grado la intervención paliativa del Espíritu Santo. De este modo, fue menester que Howard sostuviera de pie al Divino, mientras el tambor comenzaba su piruetesco acompañamiento, y la comitiva cantaba:

 

 

 

Aquí está el Divino

que te viene a visitar.

Dios te dé la salud

que te van a cantar.

El Divino que está ahí

te va a curar

y el señor reciba

mucha felicidad.

Santo alabado sea

el señor y la señora.

Que el Divino les dé felicidad.

 

 

 

..................................................................................................................................

 

 

 

Y así por el estilo. Claro es que, aunque Howard estaba exento de to­da señora, la canción no variaba.

Pero a pesar de la unción medicinal de que estaban poseídos los acóli­tos, Howard vio muy claramente que éstos no pensaban sino en la pandorga que sostenía el ayudante. La devoraban con los ojos, de modo que sus loas al igual de sus bocas abiertas estaban rectamente dirigidas a la estrella.

Jamás habían visto eso; cosa no extraña en aquellas tenebrosidades, pues mucho más al sur se desconoce también esa industria. Al final fue me­nester que Howard recogiera la estrella y que la remontara de nuevo. La comparsa no cabía en sí de gozo y lírico asombro. Se fueron por fin con un par de pesos que la portaestandarte ató al cuello del pájaro.

Con lo cual las cosas hubieran proseguido su marcha de costumbre, si al caer del segundo día, y mientras Howard remontaba su estrella, no hu­biera llegado de nuevo la procesión.

Howard se asustó, pues casualmente ese día estaba un poco indispues­to. Pensaba ya en echarlos, cuando los sujetos expusieron su pedido: que­rían la cometa para hacer un Divino; le atarían la paloma en la punta. Y el ruido de los roncadores.

La comparsa sonreía estúpidamente de anticipado deleite. Morirían sin duda si no obtenían aquello.

¡Su pandorga, convertida en Espíritu Santo! Howard halló la circuns­tancia profundamente casuística. ¿Tendría él, aunque agrimensor y fabri­cante de su cometa, derecho de impedir aquella como transubstanciación? Como no creyó tenerlo, entregó el ser sagrado, y en un momento la comitiva ató la paloma a la estrella, enarboló ésta en una tacuara, y presto la comparsa se fue, a gran acompañamiento de tambor, llevando triunfal­mente en lo alto de una tacuara la cometa de Howard y sus roncadores vi­brantes, transformada en Dios.

Aquello fue evidentemente el más grande éxito registrado en cien le­guas a la redonda: aquel brillante Divino con ruido y cola, y que volaba, o más bien que había volado, pues nadie se atrevió a restituirle su antiguo proceder.

Howard vio pasar así muchas veces, siempre triunfante y otorgadora de bienes, a su pandorga celestial que echaba melancólicamente de menos. No se atrevía a hacer otra por algo de mística precaución.

Mas pese a esto, un día un viejo del lugar, algo leguleyo por haber vi­vido un tiempo en países más civilizados, se quejó vagamente a Howard de que éste se hubiera burlado de aquella pobre gente dándoles la cometa. -De ningún modo -se disculpó Howard.

-Sí, de ningún modo... sí, sí -repitió pensativo el viejo, tratando de recordar qué querría decir de ningún modo. Pero no pudo conseguirlo, y Howard pudo concluir su mensura sin que el viejo ni nadie se atreviera a. afrontar su sabiduría.

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS CASCARUDOS

 

 

Hasta el día fatal en que intervino el naturalista, la quinta de mon­sieur Robin era un prodigio de corrección. Había allí plantaciones de yer­ba mate que, si bien de edad temprana aún, admiraban al discreto visitan­te con la promesa de magníficas rentas. Luego, viveros de cafetos -costo­so ensayo en la región-, de chirimoyas y heveas .

Pero lo admirable de la quinta era su bananal. Monsieur Robin, con arreglo al sistema de cultivo practicado en Cuba, no permitía más de tres vástagos a cada banano pues sabido es que esta planta, abandonada a sí misma se torna en un macizo de diez, quince y más pies. De ahí empobreci­miento de la tierra, exceso de sombra, y lógica degeneración del fruto. Mas los nativos del país jamás han aclarado sus macizos de bananos, considerando que si la planta tiende a rodearse de hijos, hay para ello cau­sas muy superiores a las de su agronomía. Monsieur Robín entendía lo mis­mo y aun más sumisamente, puesto que apenas la planta original echaba de su pie dos vástagos, aprontaba pozos para los nuevos bananitos a venir que, tronchados del pie madre, crearían a su vez nueva familia.

De este modo, mientras el bananal de los indígenas, a semejanza de las madres muy fecundas cuya descendencia es al final raquítica, producía mezquinas vainas sin jugo, las cortas y bien nutridas familias de monsieur Robín se doblaban al peso de magníficos cachos.

Pero tal glorioso estado de cosas no se obtiene sino a expensas de mu­cho sudor y de muchas limas gastadas en afilar palas y azadas.

Monsieur Robín, habiendo llegado a inculcar a cinco peones del país la necesidad de todo esto, creyó haber hecho obra de bien, aparte de los tres o cuatro mil cachos que desde noviembre a mayo bajaban a Posadas.

Así, el destino de monsieur Robín, de sus bananos y sus cinco peones parecía asegurado, cuando llegó a Misiones el sabio naturalista Fritz Fran­ke, entomólogo distinguidísimo, y adjunto al Museo de Historia Natural de París. Era un muchacho rubio, muy alto, muy flaco, con lentes de mio­pe allá arriba, y enormes botines en los pies. Llevaba pantalón corto, lo acompañaban su esposa y una setter con collar de plata.

Venía el joven sabio efusivamente recomendado a Monsieur Robín, y éste puso a su completa disposición la quinta del Yabebirí, con lo cual Fritz Franke pudo fácilmente completar en cuatro o cinco meses sus colecciones sudamericanas. Por lo demás, el capataz recibió de monsieur Robín especial recomendación de ayudar al distinguido huésped en cuanto fuere posible. Fue así como lo tuvimos entre nosotros. En un principio, los peones habían hallado ridículo sobre toda ponderación a aquel bebé de intermina­bles pantorrillas que se pasaba las horas en cuclillas revolviendo yuyos. Al­guna vez se detuvieron con la azada en la mano a contemplar aquella zon­císima manera de perder el tiempo. Veían al naturalista coger un bicharra­co, darle vueltas en todo sentido, para hundirlo, después de maduro exa­men, en el estuche de metal. Cuando el sabio se iba, los peones se acerca­ban, cogían un insecto semejante, y después de observarlo detenidamente a su vez, se miraban estupefactos.

Así, a los pocos días, uno de ellos se atrevió a ofrecer al naturalista un cascarudito que había hallado. El peón llevaba muchísima más sorna que cascarudito; pero el coleóptero resultó ser de una especie nueva, y herr Fran­ke, contento, gratificó al peón con cinco cartuchos 16. El peón se retiró, para volver al rato con sus compañeros.

-Entonces, che patrón..., ¿te gustan los bichitos?            interrogó. ¡Oh, sí! Tráiganme todos... Después, regalo.

-No, patrón; te lo vamos a hacer de balde. Don Robín nos dijo que te ayudáramos.

Este fue el principio de la catástrofe. Durante dos meses enteros, sin perder diez segundos en quitar el barro a una azada, los cinco peones se de­dicaron a cazar bichitos. Mariposas, hormigas, larvas, escarabajos esterco­leros, cantáridas de frutales, guitarreros 11 de palos podridos, cuanto insec­to vieron sus ojos, fue llevado al naturalista. Fue aquello un ir y venir cons­tante de la quinta al rancho. Franke, loco de gozo ante el ardor de aquellos entusiastas neófitos, prometía escopetas de uno, dos y tres tiros.

Pero los peones no necesitaban estímulo. No quedaba en la quinta tronco sin remover ni piedra que no dejara al descubierto el húmedo hue­co de su encaje. Aquello era, evidentemente, más divertido que carpir. Las cajas del naturalista prosperaron así de un modo asombroso, tanto que a fi­nes de enero dio el sabio por concluida su colección y regresó a Posadas.

-¿Y los peones?-le preguntó Monsieur Robín-. ¿No tuvo quejas de ellos?

-¡Oh, no! Muy buenos todos... Usted tiene muy buenos peones. Monsieur Robín creyó entonces deber ir hasta el Yabebirí a constatar aquella bondad. Halló a los peones como enloquecidos, en pleno furor de ca­zar bichitos. Pero lo que era antes glorioso vivero de cafetos y chirimoyas, de­saparecía ahora entre el monstruoso yuyo de un verano entero. Las plantitas, ahogadas por el vaho quemante de una sombra demasiado baja, habían per­dido o la vida o todo un año de avance. El bananal estaba convertido en un plantío salvaje, sucio de pajas, lianas y rebrotes de monte, dentro del cual los bananos asfixiados se agotaban en hijuelos raquíticos. Los cachos, sin fuerza para una plena fructificación, pendían con miserables bananitas, negruzcas. Esto era lo que quedaba a monsieur Robín de su quinta, casi experi­mental tres meses antes. Fastidiado hasta el infinito de la ciencia de su ilus­tre huésped que había enloquecido al personal, despidió a todos los peones. Pero la mala semilla estaba ya sembrada. A uno de nosotros tocóle en suerte, tiempo después, tomar dos peones que habían sido de la quinta de monsieur Robín. Encargóseles el arreglo urgente de un alambrado, par­tiendo los mozos con taladros, mechas, llave inglesa y demás. Pero a la me­dia hora estaba uno de vuelta, poseedor de un cascarudito que había halla­do. Se le agradeció el obsequio, y retornó a su alambre. Al cuarto de hora volvía el otro peón con otro cascarudito.

A pesar de la orden terminante de no prestar más atención a los in­sectos, por maravillosos que fueran, regresaron los dos media hora antes de lo debido, a mostrar a su patrón un bichito que jamás habían visto en San­ta Ana.

Por espacio de muchos meses la aventura se repitió en diversas gran­jas. Los peones aquellos, poseídos de verdadero frenesí entomológico, con­tagiaron a algún otro; y, aún hoy un patrón que se estime debe acordarse siempre al tomar un nuevo peón:

 

-Sobre todo, les prohíbo terminantemente que miren ningún bichito. Pero lo más horrible de todo es que los peones habían visto ellos mis­mos más de una vez comer alacranes al naturalista. Los sacaba de un tarro y los comía por las patitas...

 

 

 

LA CREMA DE CHOCOLATE

 

 

Ser médico y cocinero a un tiempo es, a más de difícil, peligroso. El peligro vuélvese realmente grave si el cliente lo es del médico y de su co­cina. Esta verdad pudo ser comprobada por mí, cierta vez que en el Chaco fui agricultor, médico y cocinero.

Las cosas comenzaron por la medicina, a los cuatro días de llegar allá. Mi campo quedaba en pleno desierto, a ocho leguas de toda población, si se exceptúan un obraje y una estanzuela, vecinos a media legua. Mientras íbamos todas las mañanas mi compañero y yo a construir nuestro rancho, vivíamos en el obraje. Una noche de gran frío fuimos despertados mientras dormíamos, por un indio del obraje, a quien acababan de apalear un brazo. El muchacho gimoteaba muy dolorido. Vi en seguida que no era nada, y sí grande su deseo de farmacia. Como no me divertía levantarme, le froté el brazo con bicarbonato de soda que tenía al lado de la cama.

-¿Qué le estás haciendo? -me preguntó mi compañero, sin sacar la nariz de sus plaids .

-Bicarbonato   le respondí-. Ahora -me dirigí al indio- no te va a doler más. Pero para que haga buen efecto este remedio, es bueno que te pongas trapos mojados encima.

Claro está, al día siguiente no tenía nada; pero sin la maniobra del polvo blanco encerrado en el frasco azul, jamás el indiecito se hubiera de­cidido a curarse con sólo trapos fríos.

El segundo eslabón lo estableció el capataz de la estanzuela con quien yo estaba en relación. Vino un día a verme por cierta infección que tenía en una mano, y que persistía desde un mes atrás. Yo tenía un bisturí, y el hombre resistía heroicamente el dolor. Esta doble circunstancia autorizó el destrozo que hice en su carne, sin contar el bicloruro hirviendo, y ocho días después mi hombre estaba curado. Las infecciones, por allá, suelen ser de muy fastidiosa duración; mas mi valor y el del otro -bien que de distin­to carácter- venciéronlo todo.

Esto pasaba ya en nuestro algodonal, y tres meses después de haber si­do plantado. Mi amistad con el dueño de la estanzuela, que vivía en su al­macén en Resistencia, y la bondad del capataz y su mujer, llevábanme a menudo a la estancia. La vieja mujer, sobre todo, tenía cierta respetuosa ternura por mi ciencia y mi democracia. De aquí que quisiera casarme. A legua y media de casa, en pleno estero Arazá, tenía cien vacas y un rebaño de ovejas el padre de mi futura.

-¡Pobrecita! -me decía Rosa, la mujer del capataz-.Está enferma hace tiempo. ¡Flaca, pobrecita! Andá a curarla, don Fernández, y te casás con ella.

Como los esteros rebosaban agua, no me decidía a ir hasta ella.

-¿Y es linda? -se me ocurrió un día.

-¡Pero no ha de...` don Fernández! Le voy a mandar a decir al pa­dre, y la vas a curar y te vas a casar con ella.

Desgraciadamente la misma democracia que encantaba a la mujer del capataz estuvo a punto de echar abajo mi reputación científica.

Una tarde había ido yo a buscar mi caballo sin riendas como lo hacía siempre, y volvía con él a escape, cuando hallé en casa a un hombre que me esperaba. Mi ropa, además, dejaba siempre mucho que desear en punto a corrección. La camisa de lienzo sin un botón, los brazos arremangados, y sin sombrero ni peinado de ninguna especie.

En el patio, un paisano de pelo blanco, muy gordo y fresco, vestido evidentemente con lo mejor que tenía, me miraba con fuerte sorpresa.

-Perdone, don -se dirigió a mí-. ¿Es ésta la casa de don Fernández?

-Sí, señor         le respondí.

Agregó entonces con visible dubitación de persona que no quiere comprometerse.

¿Y no está él...?

-Soy yo.

El hombre no concluía de disculparse, hasta que se fue con mi receta y la promesa de que iría a ver a su hija.

Fui y la vi. Tosía un poco, estaba flaquísima, aunque tenía la cara lle­na, lo que no hacía sino acentuar la delgadez de las piernas. Tenía sobre to­do el estómago perdido. Tenía también hermosos ojos, pero al mismo tiem­po unas abominables zapatillas nuevas de elástico. Se había vestido de fies­ta, y como lujo de calzado no habitual, las zapatillas aquellas.

La chica -se llamaba Eduarda- digería muy mal, y por todo ali­mento comía tasajo desde que habían empezado las lluvias. Con el más ele­mental régimen, la muchacha comenzó a recobrar vida.

-Es tu amor, don Fernández. Te quiere mucho a usted" -me expli­caba Rosa.

Fui en esa primavera dos o tres veces más al Arazá, y lo cierto es que yo podía acaso no ser mal partido para la agradecida familia.

En estas circunstancias, el capataz cumplió años y su mujer me man­dó llamar el día anterior, a fin de que yo hiciera un postre para el baile. A fuerza de paciencia y de horribles quematinas de leche, yo había con­seguido llegar a fabricarme budines, cremas y hasta huevos quimbos. Como el capataz tenía debilidad visible por la crema de chocolate que había pro­bado en casa, detúveme en ella, ordenando a Rosa que dispusiera para el día siguiente diez litros de leche, sesenta huevos y tres kilos de chocolate. Hu­bo que enviar por el chocolate a Resistencia, pero volvió a tiempo, mientras mi compañero y yo nos rompíamos la muñeca batiendo huevos.

Ahora bien, no sé aún qué pasó, pero lo cierto es que en plena función de crema, la crema se cortó. Y se cortó de modo tal, que aquello convirtió­se en esponja de caucho, una madeja de oscuras hilachas elásticas, algo co­mo estopa empapada en aceite de linaza.

Nos miramos mi compañero y yo: la crema esa parecíase endiabla­damente a una muerte súbita. ¿Tirarla y privar a la fiesta de su principal atractivo...? No era posible. Luego, a más de que ella era nuestra obra personal, siempre muy querida, apagó nuestros escrúpulos el conoci­miento que del paladar y estómago de los comensales teníamos. De mo­do que resolvimos prolongar la cocción del maleficio, con objeto de dar­le buena consistencia. Hecho lo cual apelmazamos la crema en una olla, y descansamos.

No volvimos a casa; comimos allá. Vinieron la noche y los mosquitos, y asistimos al baile en el patio. Mi enferma, otra vez con sus zapatillas, había lle­gado con su familia en una carreta. Hacía un calor sofocante, lo que no obsta­ba para que los peones bailaran con el poncho al hombro, el 13 de enero.

Nuestro postre debía ser comido a las once. Un rato antes mi compa­ñero y yo nos habíamos insinuado hipócritamente en el comedor, buscan­do moscas por las paredes.

-Van a morir todos -me decía él en voz baja. Yo, sin creerlo, esta­ba bastante preocupado por la aceptación que pudiera tener mi postre. El primero a quien le cupo familiarizarse con él fue el capataz de los carreros del obraje, un hombrón silencioso, muy cargado de hombros y con enormes pies descalzos. Acercóse sonriendo a la mesita, mucho más corta­do que mi crema. Se sirvió -a fuerza de cuchillo, claro es- una delicadí­sima porción. Pero mi compañero intervino presuroso.

-¡No, no, Juan! Sírvase más. -Y le llenó el plato.

El hombre probó con gran comedimiento, mientras nosotros no apar­tábamos los ojos de su boca.

-¿Eh, qué tal? -le preguntamos-. Rico, ¿eh?

-¡Macanudo, che patrón!

¡Sí! Por malo que fuera aquello, tenía gusto a chocolate. Cuando el hombrón hubo concluido llegó otro, y luego otro más. Tocóle por fin el turno a mi futuro suegro. Entró alegre, balanceándose.

-¡Hum...! ¡Parece que tenemos un postre, don Fernández! ¡De todo sabe! ¡Hum...! Crema de chocolate... Yo he comido una vez.

Mi compañero y yo tornamos a mirarnos. ¡Estamos frescos! -murmuré.

¡Completamente lúcidos! ¿Qué podía parecerle la madeja negra a un hombre que había probado ya crema de chocolate? Sin embargo, con las ma­nos muy puestas en los bolsillos, esperamos. Mi suegro probó lentamente. -¿Qué tal la crema?

Se sonrió y alzó la cabeza, dejando cuchillo y tenedor.

¡Rico, le digo! ¡Qué don Fernández! -continuó comiendo-. ¡Sa­be de todo!

Se supondrá el peso de que nos libró su respuesta. Pero cuando hubie­ron comido el padre, la madre, la hermana, y le llegó el turno a mi futura, no supe qué hacer.

-¿Eduarda puede comer, eh, don Fernández? -me había pregunta­do mi suegro.

Yo creía sinceramente que no. Para un estómago sano, aquello estaba bien, aun a razón de un plato sopero por boca. Pero para una dispéptica con digestiones laboriosísimas, mi esponja era un sencillo veneno.

Y me enternecí con la esponja, sin embargo. La muchacha ojeaba la olla con mucho más amor que a mí, y yo pensaba que acaso jamás en la vi­da seríale dado volver a probar cosa tan asombrosa, hecha por un chacare­ro médico y pretendiente suyo.

Sí, puede comer. Le va a gustar mucho -respondí serenamente. Tal fue mi presentación pública de cocinero. Ninguno murió pero dos semanas después supe por Rosa que mi prometida había estado enferma los días subsiguientes al baile.

-Sí -le dije, verdaderamente arrepentido-. Yo tengo la culpa. No debió haber comido la crema aquella.

¡Qué crema! ¡Si le gustó, te digo! Es que usted no bailaste con ella; por eso se enfermó.

No bailé con ninguna.

¡Pero si es lo que te digo! ¡Y no has ido más a verla, tampoco!

 

Fui allá por fin. Pero entonces la muchacha tenía realmente novio, un ° españolito con gran cinto y pañuelo criollos, con quien me había encontra­do ya alguna vez en casa de ella.

 

 

 

 

LA MANCHA HIPTALMICA

 

 

-¿Qué tiene esa pared?

Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.

Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.

 

-¿P... pared? -formuló al rato.

Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible. -No es nada -contesté-. Es la mancha hiptálmica. ¿Mancha?

-...hiptálmica. La mancha hiptálmica. Este es mi dormitorio. Mi mujer dormía de aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza...! Bueno. Estábamos casados desde hacía siete meses y anteayer murió. ¿No es esto...? Es la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer se despertó sobresaltada.

-¿Qué dices? -le pregunté inquieto.

-¡Qué sueño más raro! -me respondió, angustiada aún.

-¿Qué era?

-No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y honda... ¡Qué lástima!

¡Trata de acordarte, por Dios! -la insté, vivamente interesado. Us­tedes me conocen como hombre de teatro...

Mi mujer hizo un esfuerzo.

No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita... ¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.

-¿Qué... ?

-Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica.

-¡Raro! -murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello.

Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada. Apenas la vi, recordé bruscamente y vi en sus ojos que ella tam­bién se había acordado. Ambos soltamos la carcajada.

-¡Sí..., sí! -se reía- En cuanto me puse el pañuelo, me acordé...

-¿Un diente?

-No sé; creo que sí...

Durante el día bromeamos aún con aquello, y de noche, mientras mi mujer se desnudaba, le grité de pronto desde el comedor:

-A que no...

-¡Sí! ¡La mancha hiptálmica! -me contestó riendo. Me eché a reír a mi vez, y durante quince días vivimos en plena locura de amor. Después de este lapso de aturdimiento sobrevino un período de amo­rosa inquietud, el sordo y mutuo acecho de un disgusto que no llegaba y que se ahogó por fin en explosiones de radiante y furioso amor. Una tarde, tres o cuatro horas después de almorzar, mi mujer, no en­contrándome, entró en su cuarto y quedó sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en la cama, extendido como un muerto.

¡Federico! -gritó corriendo a mí.

No contesté una palabra, ni me moví. ¡Y era ella, mi mujer! ¿Entien­den ustedes?

-¡Déjame! -me desasí con rabia, volviéndome a la pared.

Durante un rato no oí nada. Después, sí: los sollozos de mi mujer, el pañuelo hundido hasta la mitad en la boca.

Esa noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra, hasta que a las diez mi mujer me sorprendió en cuclillas delante del ropero, doblan­do con extremo cuidado, y pliegue por pliegue, un pañuelo blanco.

¡Pero desgraciado! -exclamó desesperada, alzándome la cabeza­-.¡Qué haces!

¡Era ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e íntima boca.

-¿Qué hacía? -le respondí-. Buscaba una explicación justa a lo que nos está pasando.

-Federico... amor mío... -murmuró. Y la ola de locura nos envolvió de nuevo.

Desde el comedor oí que ella -aquí mismo- se desvestía. Y aullé con amor:

-¿A que no?...

-¡Hiptálmica, hiptálmica! -respondió riendo y desnudándose a to­da prisa.

Cuando entré, me sorprendió el silencio considerable de este dormi­torio. Me acerqué sin hacer ruido y miré. Mi mujer estaba acostada, el ros­tro completamente hinchado y blanco. Tenía atada la cara con un pañuelo.

Corrí suavemente la colcha sobre la sábana, me acosté en el borde de la cama, y crucé las manos bajo la nuca.

No había aquí ni un crujido de ropa ni una trepidación lejana. Nada. La llama de la vela ascendía como aspirada por el inmenso silencio. Pasaron horas y horas. Las paredes, blancas y frías, se oscurecían pro­gresivamente hacia el techo... ¿Qué es eso? No sé...

Y alcé de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y los mantuvie­ron en la pared por dos o tres siglos. Al fin los sentí pesadamente fijos en mí.

-¿Usted nunca ha estado en el manicomio? -me dijo uno.

-No que yo sepa... -respondí..

-¿Y en presidio?

-Tampoco, hasta ahora...

-Pues tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro.

-Es posible... perfectamente posible... -repuse procurando domi­nar mi confusión de ideas.

Salieron.

Estoy seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de tenderme en el diván: como el dolor de cabeza continúa, me he atado la cara con un pa­ñuelo blanco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL VAMPIRO

 

 

-Sí -dijo el abogado Rhode. Yo tuve esa causa. Es un caso, bas­tante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta en­tonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El indi­viduo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbi­co de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda foras­tero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

¡Ah! ¡Usted me entiende! -exclamó, fijando en mí sus ojos de fie­bre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuer­do-: ¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Que cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo! Óigame: cuando yo llegué... allá, mi mujer...

¿Dónde allá? -le interrumpí.

Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en senguida se desmayó. Todos se pre­cipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.

¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Esa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:

-¿Qué hace? ¡Conteste! Y yo le contesté:

-¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado! Entonces se levantó un clamor:

-¡No es ella! ¡Esa no es!

Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis bra­zos, querían saltarse de las órbitas. ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:

-¡Por qué! ¡Por qué!

Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pe­lo de costado. Y los ojos de fuera mirándome.

Entonces comencé a oír de todas partes:

-Murió.

-Murió aplastada.

-Murió.

-Gritó.

-Gritó una sola vez.

-Yo sentí que gritaba.

-Yo también.

-Murió.

-La mujer de él murió aplastada.

¡Por todos los santos! -grité yo entonces retorciéndome las ma­nos-. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!

Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avan­zaba a saltos.

A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!

No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epi­demia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.

Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silencio­sas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo os­curo. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del pa­tio. Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso, otro paso!

En el hueco de una puerta -carbón y agujero, nada más- estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropea­da. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.

¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que bus­có entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María?

La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La sép­tima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió en­tonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sir­vienta -¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!

-¡Rebuscador de cadáveres! -repetí yo mirándolo- ¡Pero enton­ces eso fue en el cementerio!

El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus in­mensos ojos de loco.

¡Conque sabías entonces! -articuló- ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! ¡Ah! -rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado-: ¡Pero quién me di­ce al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!

No necesitaba más, como ustedes comprenden -concluyó el aboga­do-, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente cu­rado...

-¿Anoche? -exclamó un hombre joven de riguroso luto- ¿Y de noche se da de alta a los locos?

¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y co­mo yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a es­tas horas debe de estar ya en funciones. Pero éstos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA LENGUA

 

 

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que con­sigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver...! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calum­niando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!

¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más ele­mental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impul­sividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía... ¡Arrancarle la lengua...! Quiero que alguien me diga qué había he­cho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste...? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos. ¡Su lengua...! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé...

Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.

Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos...

El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cua­dras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.

-Pero de veras me detenía a ratos-. ¿Sabías que era yo el que ha­bía inventado la cosa?

-¡Claro que lo sabía! -le respondía riéndome.

Volvimos a vernos con frecuencia. Conseguí que fuera al consultorio, donde confiaba en conquistarlo del todo. En efecto, se sorprendió mucho de un trabajo de puente que me vio ejecutar.

No me imaginaba -murmuró mirándome- que trabajaras tan bien...

Quedó un rato pensativo y de pronto, como quien se acuerda de algo que aunque ya muy pasado causa siempre gracia, se echó a reír.

-¿Y desde entonces viene poca gente, no?

-Casi nadie -le contesté sonriendo como un simple.

¡Y sonriendo así tuve la santa paciencia de esperar, esperar! Hasta que un día vino a verme apurado, porque le dolía vivamente una muela.

¡Ah, ah! ¡Le dolía a él! ¡Y a mí, nada, nada!

Examiné largamente el raigón doloroso, manejándole las mejillas con una suavidad de amigo que le encantó. Lo emborraché luego de ciencia odontológica, haciéndole ver en su raigón un peligro siempre de temer...

Felippone se entregó en mis brazos, aplazando la extracción de la muela para el día siguiente.

¡Su lengua!. .. Veinticuatro horas pueden pasar como un siglo de es­peranzas para el hombre que aguarda al final un segundo de dicha.

A las dos en punto llegó Felippone. Pero tenía miedo. Se sentó en el sillón sin apartar sus ojos de los míos.

-¡Pero hombre! -le dije paternalmente, mientras disimulaba en la mano el bisturí-. ¡Se trata de un simple raigón! ¿Qué sería si...? ¡Es cu­rioso que les impresione más el sillón del dentista que la mesa de operacio­nes! -concluí, bajándole el labio con el dedo.

-¡Y es verdad! -asintió con la voz gutural.

-¡Claro que lo es! -sonreí aún, introduciendo en su boca el bisturí para descarnar la encía.

Felippone apretó los ojos, pues era un individuo flojo.

-Abre más la boca -le dije.

Felippone la abrió. Metí la mano izquierda, le sujeté rápidamente la lengua y se la corté de raíz.

¡Plum! ¡Chismes y chismes y chismes, su lengua! Felippone mugió echando por la boca una ola de sangre y se desmayó.

Bueno. En la mano yo tenía su lengua. Y el diablo, la horrible locura de hacer lo que no tiene utilidad alguna, estaban en mis dos ojos. Con aquella podredumbre de chismes en la mano izquierda, ¿qué necesidad te­nía yo de mirar allá?

Y miré, sin embargo. Le abrí la boca a Felippone, acerqué bien la ca­ra, y miré en el fondo. ¡Y vi que asomaba por entre la sangre una lengüita roja! ¡Una lengüita que crecía rápidamente, que crecía y se hinchaba, co­mo si yo no tuviera la otra en la mano!

Cogí una pinza, la hundí en el fondo de la garganta y arranqué el mal­dito retoño. Miré de nuevo, y vi otra vez -¡maldición!- que subían dos nuevas lengüitas moviéndose...

Metí la pinza y arranqué eso, con ellas una amígdala...

La sangre me impedía ver el resultado. Corrí a la camilla, ajusté un tubo, y eché en el fondo de la garganta un chorro violento. Volví a mirar: cuatro lengüitas crecían ya...

¡Desesperación! Inundé otra vez la garganta, hundí los ojos en la boca abierta, y vi una infinidad de lengüitas que retoñaban vertiginosamente... Desde ese momento fue una locura de velocidad, una carrera furibunda, arrancando, echando el chorro, arrancando de nuevo, tornando a echar agua, sin poder dominar aquella monstruosa reproducción. Al fin lancé un grito y disparé. De la boca le salía un pulpo de lenguas que tanteaban a todos. ¡Las lenguas! Ya comenzaban a pronunciar mi nombre...

 

 

 

 

 

LAS RAYAS

 

 

"...En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."

Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.

-Les contaré la historia -comenzó el hombre- porque es el mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en La­boulaye. Mi socio corretea todo el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la barraca. Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados - uno conmigo en los libros y otro en la venta- nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el Diario" son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros, como si aque­lla cosa lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros...! En fin, hace cuatro años de la aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.

El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al ra­pe, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.

Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y co­mo ninguno tenía familia en Laboulaye, habían alquilado un caserón con sombríos corredores de bóveda, obra de un escribano que murió loco allá.

Los dos primeros años no tuvimos la menor queja de nuestros hom­bres. Poco después comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser.

El vendedor -se llamaba Tomás Aquino- llegó cierta mañana a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero ca­yó con un fuerte ataque de gripe; pero volvió después de almorzar, inespe­radamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con deses­perantes estornudos preliminares que lo habían invadido de golpe. Pero to­do pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco después se repi­tió lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornu­dos de Figueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe.

Esto era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar atentamen­te, pues no se podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando ambos a la antigua y tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y Figueroa con su pluma gótica.

Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor es­taba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la maña­na siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró sorprendi­do, miró su obra, y se disculpó murmurando.

No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado, rogán­doles muy seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron aten­tos pestañeando rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra. Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse, echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudeci­do; trataban de estar todo el día juntos, pero no hablaban nunca entre ellos. Así varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la mesa, rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por ho­ja; todas las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo con rayas.

Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llamé a Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una mancha de alquitrán en el suelo, rayada...

No había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de rayas que con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a llevar.

Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de la Fonda Italiana donde aquéllos comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía qué se habían hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.

-Estarán en casa de ellos -le dije.

-La puerta está cerrada y no responden -contestó mirándome.

-¡Se habrán ido! -argüí sin embargo.

-No -replicó en voz baja-. Anoche, durante la tormenta, se han oído gritos que salían de adentro.

Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento. Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al ca­serón la fila se engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el agua, éramos . más de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie respondía, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en vano; no había nadie. Pe­ro el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el techo mismo, todo esta­ba rayado, una irradiación delirante de rayas en todo sentido.

Ya no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más íntimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cru­zaban vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin, que parecía ya ha­ber hecho explosión la locura.

Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos rayas negras que se revolvían pesadamente.

 

 

 

EN LA NOCHE

 

 

Las aguas cargadas y espumosas del Alto Paraná me llevaron un día de creciente desde San Ignacio al ingenio San Juan, sobre una corriente que iba midiendo seis millas en el canal, y nueve al caer del lomo de las restingas.

Desde abril yo estaba a la espera de esa crecida. Mis vagabundajes en canoa por el Paraná, exhausto de agua, habían concluido por fastidiar al griego. Es éste un viejo marinero de la Marina de guerra inglesa, que pro­bablemente había sido antes pirata en el Egeo, su patria, y que con más cer­tidumbre había sido antes contrabandista de caña en San Ignacio, desde quince años atrás. Era, pues, mi maestro de río.

-Está bien -me dijo al ver el río grueso-. Usted puede pasar aho­ra por un medio, medio regular marinero. Pero le falta una cosa, y es saber lo que es el Paraná cuando está bien crecido. ¿Ve esa piedraza -me seña­ló- sobre la corredera` del Greco? Pues bien; cuando el agua llegue has­ta allí y no se vea una piedra de la restinga, váyase entonces a abrir la bo­ca ante el Teyucuaré por los cuatro lados, y cuando vuelva podrá decir que sus puños sirven para algo. Lleve otro remo también, porque con seguridad va a romper uno o dos. Y traiga de su casa una de sus mil latas de kerose­ne, bien tapada con cera. Y así y todo es posible que se ahogue.

Con un remo de más, en consecuencia, me dejé tranquilamente llevar hasta el Teyucuaré.

La mitad, por lo menos, de los troncos, pajas podridas, espumas y ani­males muertos, que bajan con una gran crecida, quedan en esa profunda en­senada. Espesan el agua, cobran aspecto de tierra firme, remontan lentamen­te la costa, deslizándose contra ella como si fueran una porción desintegrada de la playa, porque ese inmenso remanso es un verdadero mar de sargazos. Poco a poco, aumentando la elipse de traslación, los troncos son cogi­dos por la corriente y bajan por fin velozmente girando sobre sí mismos, para cruzar dando tumbos frente a la restinga final del Teyucuaré, erguida hasta ochenta metros de altura.

Estos acantilados de piedra cortan perpendicularmente el río, avanzan en él hasta reducir su cauce a la tercera parte. El Paraná entero tropieza con ellos, busca salida, formando una serie de rápidos casi insalvables aun con aguas bajas, por poco que el remero no esté alerta. Y tampoco hay manera de evitarlos, porque la corriente central del río se precipita por la angostu­ra formada, abriéndose desde la restinga en una curva tumultuosa que rasa el remanso inferior y se delimita de él por una larga fila de espumas fijas.

A mi vez me dejé coger por la corriente. Pasé como una exhalación sobre los mismos rápidos y caí en las aguas agitadas del canal, que me arrastraron de popa y de proa, debiendo tener mucho juicio con los remos que apoyaba alternativamente en el agua para restablecer el equilibrio, en razón de que mi canoa medía sesenta centímetros de ancho, pesaba treinta kilos y tenía tan sólo dos milímetros de espesor en toda su obra; de modo que un firme golpe de dedo podía perjudicarla seriamente. Pero de sus in­convenientes derivaba una velocidad fantástica, que me permitía forzar el río de sur a norte y de oeste a este, siempre, claro está, que no olvidara un instante la inestabilidad del aparato.

En fin, siempre a la deriva, mezclado con palos y semillas, que pare­cían tan inmóviles como yo, aunque bajábamos velozmente sobre el agua lisa, pasé frente a la isla del Toro, dejé atrás la boca del Yabebirí, el puerto de Santa Ana, y llegué al ingenio, de donde regresé en seguida, pues desea­ba volver a San Ignacio en la misma tarde.

Pero en Santa Ana me detuve, titubeando. El griego tenía razón: una cosa es el Paraná bajo o normal, y otra muy distinta con las aguas hincha­das. Aun con mi canoa, los rápidos salvados al remontar el río me habían preocupado, no por el esfuerzo para vencerlos, sino por la posibilidad de volcar. Toda restinga, sabido es, ocasiona un rápido y un remanso adyacen­te; y el peligro está en esto precisamente: en salir de un agua muerta, para chocar, a veces en ángulo recto, contra una correntada que pasa como un infierno. Si la embarcación es estable, nada hay que temer; pero con la mía nada más fácil que ir a sondar el rápido cabeza abajo, por poco que la luz me faltara. Y como la noche caía ya, me disponía a sacar la canoa a tierra y esperar el día siguiente, cuando vi a un hombre y una mujer que bajaban  lá barranca y se aproximaban.

Parecían marido y mujer; extranjeros, a ojos vistas, aunque familiari­zados con la ropa del país. El traía la camisa arremangada hasta el codo, pe­ro no se notaba en los pliegues del remango la menor mancha de trabajo. Ella llevaba un delantal enterizo y un cinturón de hule que la ceñía muy bien. Pulcros burgueses, en suma, pues de tales era el aire de satisfacción y bienestar, asegurados a expensas del trabajo de cualquier otro.

Ambos, tras un familiar saludo, examinaron con gran curiosidad la canoa de juguete, y después examinaron el río.

-El señor hace muy bien en quedarse -dijo él- Con el río así, no se anda de noche.

Ella ajustó su cintura.

-A veces -sonrió coqueteando.

¡Es claro! -replicó él-. Esto no reza con nosotros... Lo digo por el señor.

Y a mí:

-Si el señor se piensa quedar, le podemos ofrecer buena comodidad. Hace dos años que tenemos un negocio; poca cosa, pero uno hace lo que puede... ¿Verdad, señor?

Asentí de buen grado, yendo con ellos hasta el boliche aludido, pues no de otra cosa se trataba. Cené, sin embargo, mucho mejor que en mi pro­pia casa, atendido con una porción de detalles de confort, que parecían un sueño en aquel lugar. Eran unos excelentes tipos mis burgueses, alegres y limpios, porque nada hacían.

Después de un excelente café, me acompañaron a la playa, donde in­terné aún más mi canoa, dado que el Paraná, cuando las aguas llegan rojas y cribadas de remolinos, sube dos metros en una noche. Ambos considera­ron de nuevo la invisible masa del río.

-Hace muy bien en quedarse, señor -repitió el hombre-. El Te­yucuaré no se puede pasar así como así de noche, como está ahora. No hay nadie que sea capaz de pasarlo... con excepción de mi mujer.

Yo me volví bruscamente a ella, que conqueteó de nuevo con el cin­turón.

- Usted ha pasado el Teyucuaré de noche?          le pregunté.

Oh, sí señor!... Pero una sola vez... y sin ningún deseo de hacer­lo. Entonces éramos un par de locos.

-¿Pero el río...? -insistí.

¿El río? -cortó él- Estaba hecho un loco, también. ¿El señor conoce los arrecifes de la isla del Toro, no? Ahora están descubiertos por la mitad. Entonces no se veía nada... Todo era agua, y el agua pasaba por encima bramando, y la oíamos de aquí. ¡Aquél era otro tiempo, señor! Y aquí tiene un recuerdo de aquel tiempo... ¿El señor quiere encender un fósforo?

El hombre se levantó el pantalón hasta la corva, y en la parte interna de la pantorrilla vi una profunda cicatriz, cruzada como un mapa de costu­rones duros y plateados.

¿Vio, señor? Es un recuerdo de aquella noche. Una raya... y no muy, grande, tampoco...

Entonces recordé una historia, vagamente entreoída, de una mujer

que había remado un día y una noche enteros, llevando a su marido mori­bundo. ¿Y era ésa la mujer, aquella burguesita arrobada de éxito y de pul­critud?

-Sí, señor, era yo -se echó a reír, ante mi asombro, que no Necesitaba palabras-. Pero ahora me moriría cien veces antes que intentarlo si­quiera. Eran otros tiempos; ¡eso ya pasó!

-¡Para siempre! -apoyó él-. Cuando me acuerdo... ¡Estábamos locos, señor! Los desengaños, la miseria si no nos movíamos... ¡Eran otros tiempos, sí!

¡Ya lo creo! Eran otros los tiempos, si habían hecho eso. Pero no que­ría dormirme sin conocer algún pormenor; y allí, en la oscuridad y ante el mismo río del cual no veíamos a nuestros pies sino la orilla tibia, pero que sentíamos subir y subir hasta la otra costa, me di cuenta de lo que había si­do aquella epopeya nocturna.

Engañados respecto de los recursos del país, habiendo agotado en ye­rros de colono recién llegado el escaso capital que trajeran, el matrimonio se encontró un día al extremo de sus recursos. Pero como eran animosos, em­plearon los últimos pesos en una chalana inservible, cuyas cuadernas recom­pusieron con infinita fatiga, y con ella emprendieron un tráfico ribereño, comprando a los pobladores diseminados en la costa, miel, naranjas, tacua­ras, pajas -todo en pequeña escala-, que iban a vender a la playa de Po­sadas, malbaratando casi siempre su mercancía, pues ignorantes al principio del pulso del mercado, llevaban litros de miel de caña cuando habían llega­do barriles de ella el día anterior, y naranjas, cuando la costa amarilleaba.

Vida muy dura y fracasos diarios, que alejaban de su espíritu toda otra preocupación que no fuera llegar de madrugada a Posadas y remontar en seguida el Paraná a fuerza de puño. La mujer acompañaba siempre al ma­rido, y remaba con él.

En uno de los tantos días de tráfico, llegó un 23 de diciembre, y la mujer dijo:

-Podríamos llevar a Posadas el tabaco que tenemos, y las bananas de Francés-cué . De vuelta traeremos tortas de Navidad y velitas de color. Pa­sado mañana es Navidad, y las venderemos muy bien en los boliches.

A lo que el hombre contestó:

-En Santa Ana no venderemos muchas; pero en San Ignacio podre­mos vender el resto.

Con lo cual descendieron la misma tarde hasta Posadas; para remon­tar a la madrugada siguiente, de noche aún.

Ahora bien; el Paraná estaba hinchado con sucias aguas de crecientes que se alzaban por minutos. Y cuando las lluvias tropicales se han descar­gado simultáneamente en toda la cuenca superior, se borran los largos re­mansos, que son los más fieles amigos del remero. En todas partes el agua se desliza hacia abajo, todo el inmenso volumen del río es una huyente ma­sa líquida que corre en una sola pieza. Y si a la distancia el río aparece en el canal terso y estirado en rayas luminosas, de cerca, sobre él mismo, se ve el agua revuelta en pesado moaré de remolinos.

El matrimonio, sin embargo, no titubeó un instante en remontar tal río en un trayecto de sesenta kilómetros, sin otro aliciente que el de ganar unos cuantos pesos. El amor nativo al centavo que ya llevaban en sus en­trañas se había exasperado ante la miseria entrevista, y aunque estuvieran ya próximos a su sueño dorado -que habían de realizar después-, en aquellos momentos hubieran afrontado el Amazonas entero, ante la pers­pectiva de aumentar en cinco pesos sus ahorros.

Emprendieron, pues, el viaje de regreso, la mujer en los remos y el hombre a la pala en popa. Subían apenas, aunque ponían en ello su esfuer­zo sostenido, que debían duplicar cada veinte minutos en las restingas, donde los remos de la mujer adquirían una velocidad desesperada, y el hombre se doblaba en dos con lento y profundo esfuerzo sobre su pala hun­dida un metro en el agua.

Pasaron así diez, quince horas, todas iguales. Lamiendo el bosque o las pajas del litoral, la canoa remontaba imperceptiblemente la inmensa y luciente avenida de agua, en la cual la diminuta embarcación, rasando la costa, parecía bien pobre cosa.

El matrimonio estaba en perfecto tren, y no eran remeros a quienes catorce o dieciséis horas de remo podían abatir. Pero cuando ya a la vista de Santa Ana se disponían a atracar para pasar la noche, al pisar el barro el hombre lanzó un juramento y saltó a la canoa: más arriba del talón, sobre el tendón de Aquiles, un agujero negruzco, de bordes lívidos y ya abulta­dos, denunciaba el aguijón de la raya.

La mujer sofocó un grito.

-¿Qué...? ¿Una raya?

El hombre se había cogido el pie entre las manos y lo apretaba con fuerza convulsiva.

-Sí...

-¿Te duele mucho? -agregó ella, al ver su gesto. Y él, con los dien­tes apretados:

-De un modo bárbaro...

En esa áspera lucha que había endurecido sus manos y sus semblan­tes, habían eliminado de su conversación cuanto no propendiera a sostener su energía. Ambos buscaron vertiginosamente un remedio. ¿Qué? No recordaba nada. La mujer de pronto recordó: aplicaciones de ají macho, quemado.

-¡Pronto, Andrés! -exclamó recogiendo los remos-. Acuéstate en popa: voy a remar hasta Santa Ana.

Y mientras el hombre, con la mano siempre aferrada al tobillo, se ten­día en popa, la mujer comenzó a remar.

Durante tres horas remó en silencio, concentrando su sombría angus­tia en un mutismo desesperado, aboliendo de su mente cuanto pudiera res­tarle fuerzas. En popa, el hombre devoraba a su vez su tortura, pues nada hay comparable al atroz dolor que ocasiona la picadura de una raya, sin ex­cluir el raspaje de un hueso tuberculoso. Sólo de vez en cuando dejaba es­capar un suspiro que a despecho suyo se arrastraba al final en bramido. Pe­ro ella no lo oía o no quería oírlo, sin otra señal de vida que las miradas atrás para apreciar la distancia que faltaba aún.

Llegaron por fin a Santa Ana; ninguno de los pobladores de la costa tenía ají macho. ¿Qué hacer? Ni soñar siquiera en ir hasta el pueblo. En su ansiedad la mujer recordó de pronto que en el fondo del Teyucuaré, al pie del bananal de Blosset y sobre el agua misma, vivía desde meses atrás un naturalista alemán de origen, pero al servicio del Museo de París. Recorda­ba también que había curado a dos vecinos de mordeduras de víbora, y era, por tanto, más que probable que pudiera curar a su marido.

Reanudó, pues, la marcha, y tuvo lugar entonces la lucha más vigo­rosa que pueda entablar un pobre ser humano -¡una mujer!- contra la voluntad implacable de la Naturaleza.

Todo: el río creciendo y el espejismo nocturno que volcaba el bosque litoral sobre la canoa, cuando en realidad ésta trabajaba en plena corriente a diez brazas; la extenuación de la mujer y sus manos, que mojaban el pu­ño del remo de sangre y agua serosa; todo: río, noche y miseria la empuja­ban hacia atrás.

Hasta la boca del Yabebirí pudo aún ahorrar alguna fuerza; pero en la interminable cancha desde el Yabebirí hasta los primeros cantiles del Teyucuaré, no tuvo un instante de tregua, porque el agua corría por en­tre las pajas como en el canal, y cada tres golpes de remo levantaban ca­malotes en vez de agua; los cuales cruzaban sobre la proa sus tallos nudo­sos y seguían a la rastra, por lo cual la mujer debía ir a arrancarlos bajo el agua. Y cuando tornaba a caer en el banco, su cuerpo, desde los pies a las manos, pasando por la cintura y los brazos era un único y prolongado sufrimiento.

Por fin, al norte, el cielo nocturno se entenebrecía ya hasta el cenit por los cerros del Teyucuaré, cuando el hombre, que desde hacía un rato había abandonado su tobillo para asirse con las dos manos a la borda, dejó esca­par un grito.

La mujer se detuvo. -¿Te duele mucho?

-Sí... -respondió él, sorprendido a su vez y jadeando-. Pero no quise gritar. Se me escapó.

Y agregó más bajo, como si temiera sollozar si alzaba la voz:

-No lo voy a hacer más...

Sabía muy bien lo que era en aquellas circunstancias y ante su pobre mujer realizando lo imposible, perder el ánimo. El grito se le había esca­pado, sin duda, por más que allá abajo, en el pie y el tobillo, el atroz dolor se exasperaba en punzadas fulgurantes que lo enloquecían.

Pero ya habían caído bajo la sombra del primer acantilado, rasando y golpeando con el remo de babor la dura mole que ascendía a pico hasta cien metros. Desde allí hasta la restinga sur del Teyucuaré el agua está muerta y hay remanso a trechos. Inmenso desahogo del que la mujer no pudo dis­frutar, porque de popa se había alzado otro grito. La mujer no volvió la vis­ta. Pero el herido, empapado en sudor frío y temblando hasta los mismos dedos adheridos al listón de la borda, no tenía ya fuerza para contenerse, y lanzaba un nuevo grito.

Durante largo rato el marido conservó un resto de energía, de valor, de conmiseración por aquella otra miseria humana, a la que robaba de ese modo sus últimas fuerzas, y sus lamentos rompían de largo en largo. Pero al fin toda su resistencia quedó deshecha en una papilla de nervios destro­zados, y desvariado de tortura, sin darse él mismo cuenta, con la boca en­treabierta para no perder tiempo, sus gritos se repitieron a intervalos regu­lares y acompasados en un ¡ay! de supremo sufrimiento.

La mujer, entretanto, el cuello doblado, no apartaba los ojos de la cos­ta para conservar la distancia. No pensaba, no oía, no sentía: remaba. Sólo cuando un grito más alto, un verdadero clamor de tortura rompía la noche, las manos de la mujer se desprendían a medias del remo.

Hasta que por fin soltó los remos y echó los brazos sobre la borda.

-No grites... -murmuró.

-¡No puedo! -clamó él-. Es demasiado sufrimiento. Ella sollozaba:

-¡Ya sé...! ¡Comprendo...! Pero no grites... ¡No puedo remar!

-Comprendo también... ¡Pero no puedo! ¡Ay...!

Y enloquecido de dolor y cada vez más alto:

-¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!

La mujer quedó largo rato aplastada sobre los brazos, inmóvil, muer­ta. Al fin se incorporó y reanudó muda la marcha.

Lo que la mujer realizó entonces, esa misma mujercita que llevaba ya dieciocho horas de remo en las manos, y que en el fondo de la canoa llevaba a su marido moribundo, es una de esas cosas que no se tornan a hacer en la vida. Tuvo que afrontar en las tinieblas el rápido sur del Te­yucuaré, que la lanzó diez veces a los remolinos del canal. Intentó otras

diez veces sujetarse al peñón para doblarlo con la canoa a la rastra, y fra­casó. Tornó al rápido, que logró por fin incidir con el ángulo debido, y ya en él se mantuvo sobre su lomo treinta y cinco minutos remando ver­tiginosamente para no derivar. Remó todo ese tiempo con los ojos esco­cidos por el sudor que la cegaba, y sin poder soltar un solo instante los remos. Durante esos treinta y cinco minutos tuvo a la vista, a tres me­tros, el peñón que no podía doblar, ganando apenas centímetros cada cin­co minutos, y con la desesperante sensación de batir el aire con los remos, pues el agua huía velozmente.

Con qué fuerzas, que estaban agotadas; con qué increíble tensión de sus últimos nervios vitales pudo sostener aquella lucha de pesadilla, ella menos que nadie podría decirlo. Y sobre todo si se piensa que por único es­timulante, la lamentable mujercita no tuvo más que el acompasado alari­do de su marido en popa.

El resto del viaje -dos rápidos más en el fondo del golfo y uno final al costear el último cerro, pero sumamente largo- no requirió un esfuer­zo superior a aquél. Pero cuando la canoa embicó por fin sobre la arcilla del puerto de Blosset, y la mujer pretendió bajar para asegurar la embarcación, se encontró de repente sin brazos, sin piernas y sin cabeza -nada sentía de sí misma, sino el cerro que se volcaba sobre ella-; y cayó desmayada.

-¡Así fue, señor! Estuve dos meses en cama, y ya vio cómo me quedó la pierna. ¡Pero el dolor, señor! Si no es por ésta, no hubiera podido contarle el cuento, señor -concluyó poniéndole la mano en el hombro a su mujer.

La mujercita dejó hacer, riendo. Ambos sonreían, por lo demás, tran­quilos, limpios y establecidos por fin con un boliche lucrativo, que había sido su ideal.

 

Y mientras quedábamos de nuevo mirando el río oscuro y tibio que pasaba creciendo, me pregunté qué cantidad de ideal hay en la entraña misma de la acción, cuando prescinde en un todo del móvil que la ha en­cendido, pues allí, tal cual, desconocido de ellos mismos, estaba el heroís­mo a la espalda de los míseros comerciantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MONTE NEGRO

 

 

Cuando los asuntos se pusieron decididamente mal, Borderán y Cía., capitalistas de la empresa de Quebracho y Tanino del Chaco, quitaron a Braccamonte la gerencia. A los dos meses la empresa, falta de la vivacidad del italiano, que era en todo caso el único capaz de haberla salvado, iba a la liquidación. Borderán acusó furiosamente a Braccamonte por no haber vis­to que el quebracho era pobre; que la distancia a puerto era mucha; que el tanino iba a bajar; que no se hacen contratos de soga al cuello en el Chaco -léase chasco-; que, según informes, los bueyes eran viejos y las alzapri­mas más, etcétera, etcétera. En una palabra, que no entendía de negocios. Braccamonte, por su parte, gritaba que los famosos 100.000 pesos in­vertidos en la empresa, lo fueron con una parsimonia tal, que cuando él pe­día 4.000 pesos, enviábanle 3.500; cuando 2.000, 1.800. Y así todo. Nun­ca consiguió la cantidad exacta. Aun a la semana de un telegrama recibió 800 pesos en vez de 1.000 que había pedido.

Total: lluvias inacabables, acreedores urgentes, la liquidación, y Brac­camonte en la calle, con 10.000 pesos de deuda.

Este solo detalle debería haber bastado para justificar la buena fe de Braccamonte, dejando a su completo cargo la deficiencia de dirección. Pe­ro la condena pública fue absoluta: mal gerente, pésimo administrador, y aun cosas más graves.

En cuanto a su deuda, los mayoristas de la localidad perdieron desde el primer momento toda esperanza de satisfacción. Hízose broma de esto en Resistencia.

"¿Y usted no tiene cuentas con Braccamonte?", era lo primero que se decían dos personas al encontrarse. Y las carcajadas crecían si, en efecto, acertaban. Concedían a Braccamonte ojo perspicaz para adivinar un nego­cio, pero sólo eso. Hubieran deseado menos cálculos brillantes y más acti­vidad reposada. Negábanle, sobre todo, experiencia del terreno. No era po­sible llegar así a un país y triunfar de golpe en lo más difícil que hay en él. No era capaz de una tarea ruda y juiciosa, y mucho menos visto el cuidado que el advenedizo tenía de su figura: no era hombre de trabajo.

Ahora bien, aunque a Braccamonte le dolía la falta de fe en su honra­dez, ésta le exasperaba menos, a fuer de italiano ardiente, que la creencia de que él no fuera capaz de ganar dinero. Con su hambre de triunfo, rabia­ba tras ese primer fracaso.

Pasó un mes nervioso, hostigando su imaginación. Hizo dos o tres viajes a Rosario, donde tenía amigos, y por fin dio con su negocio: comprar por menos de nada una legua de campo en el suroeste de Resistencia y abrirle salida al Paraná, aprovechando el alza del quebracho.

En esa región de esteros y zanjones la empresa era fuerte, sobre todo debiendo efectuarla a todo vapor; pero Braccamonte ardía como un tizón. Asocióse con Banker, sujeto inglés, viejo contrabandista de obraje, y a los tres meses de su bancarrota emprendía marcha al Salado, con bueyes, carre­tas, mulas y útiles. Como obra preparatoria tuvieron que construir sobre el Salado una balsa de cuarenta bordelesas. Braccamonte, con su ojo preciso de ingeniero nato, dirigía los trabajos.

Pasaron. Marcharon luego dos días, arrastrando penosamente las ca­rretas y alzaprimas hundidas en el estero, y llegaron al fin al Monte Negro. Sobre la única loma del país hallaron agua a tres metros, y el pozo se afianzó con cuatro bordelesas desfondadas. Al lado levantaron el rancho cam­pal, y en seguida comenzó la tarea de los puentes. Las cinco leguas desde el campo al Paraná estaban cortadas por zanjones y riachos, en que los puentes . eran indispensables. Se cortaban palmas en la barranca y se las echaba en sen­tido longitudinal a la corriente, hasta llenar la zanja. Se cubría todo con tie­rra, y una vez pasados bagajes y carretas avanzaban todos hacia el Paraná.

Poco a poco se alejaban del rancho, y a partir del quinto puente tuvie­ron que acampar sobre el terreno de operaciones. El undécimo fue la obra más seria de la campaña. El riacho tenía 60 metros de ancho, y allí no era utilizable el desbarrancamiento en montón de palmas. Fue preciso construir en forma pilares de palmeras, que se comenzaron arrojando las palmas, has­ta lograr con ellas un piso firme. Sobre este piso colocaban una línea de pal­meras nivelada, encima otra transversal, luego una longitudinal, y así hasta conseguir el nivel de la barranca. Sobre el plano superior tendían una línea definitiva de palmas, afirmadas con clavos de urunday a estaciones vertica­les, que afianzaban el primer pilar del puente. Desde esta base repetían el procedimiento, avanzando otros cuatro metros hacia la barranca opuesta. En cuanto al agua, filtraba sin ruido por entre los troncos.

Pero esa tarea fue lenta, pesadísima, en un terrible verano, y duró dos meses. Como agua, artículo principal, tenían la límpida, si bien oscura, del riacho. Un día, sin embargo, después de una noche de tormenta, aquél ama­neció plateado de peces muertos. Cubrían el riacho y derivaban sin cesar. Recién al anochecer, disminuyeron. Días después pasaba aún uno que otro. A todo evento, los hombres se abstuvieron por una semana de tomar esa agua, teniendo que enviar un peón a buscar la del pozo, que llegaba tibia.

No era sólo esto. Los bueyes y mulas se perdían de noche en el cam­po abierto, y los peones, que salían al aclarar, volvían con ellos ya alto el sol, cuando el calor agotaba a los bueyes en tres horas. Luego pasaban toda la mañana en el riacho luchando, sin un momento de descanso, contra la falta de iniciativa de los peones, teniendo que estar en todo, escogiendo las palmas, dirigiendo el derrumbe, afirmando, con los brazos arremangados, los catres de los pilares, bajo el sol de fuego y el vaho asfixiante del pajo­nal, hinchados por tábanos y barigüís . La greda amarilla y reverberante del palmar les irritaba los ojos y quemaba los pies. De vez en cuando sen­tíanse detenidos por la vibración crepitante de una serpiente de cascabel, que sólo se hacía oír cuando estaban a punto de pisarla.

Concluida la mañana, almorzaban. Comían, mañana y noche, un pla­to de locro, que mantenían alejado sobre las rodillas, para que el sudor no cayera dentro. Esto, bajo su único albergue, un cobertizo hecho con cuatro chapas de cinc, que enceguecían entre moarés  de aire caldeado. Era tal allí el calor, que no se sentía entrar el aire en los pulmones. Las barretas de fie­rro quemaban en la sombra.

Dormían la siesta, defendidos de los polvorines por mosquiteros de gasa que, permitiendo apenas pasar el aire, levantaban aún la temperatura. Con todo, ese martirio era preferible al de los polvorines.

A las dos volvían a los puentes, pues debían a cada momento reem­plazar a un peón que no comprendía bien, hundidos hasta las rodillas en el fondo podrido y fofo del riacho, que burbujeaba a la menor remoción, ex­halando un olor nauseabundo. Como en estos casos no podían separar las manos del tronco, que sostenían en alto a fuerza de riñones, los tábanos los aguijoneaban a mansalva.

Pero, no obstante esto, el momento verdaderamente duro era el de la cena. A esa hora el estero comenzaba a zumbar, y enviaba sobre ellos nubes de mosquitos, tan densas, que tenían que comer el plato de locro caminan­do de un lado para otro. Aun así no lograban paz; o devoraban mosquitos o eran devorados por ellos. Dos minutos de esta tensión acababa con los nervios más templados.

En estas circunstancias, cuando acarreaban tierra al puente grande, llovió cinco días seguidos, y el charque se concluyó. Los zanjones, desbor­dados, imposibilitaron nueva provista, y tuvieron que pasar quince días a locro guacho, maíz cocido en agua únicamente. Como el tiempo continuó pesado, los mosquitos recrudecieron en forma tal que ya ni caminando era posible librar el locro de ellos. En una de esas tarde, Banker, que se pasea­ba entre un oscuro nimbo de mosquitos, sin hablar una palabra, tiró de pronto el plato contra el suelo, y dijo que no era posible vivir más así; que eso no era vida; que él se iba. Fue menester todo el calor elocuente de Brac­camonte, y en especial la evocación del muy serio contrato entre ellos para que Banker se calmara. Pero Braccamonte, en su interior, había pasado tres días maldiciéndose a sí mismo por esa estúpida empresa.

El tiempo se afirmó por fin, y aunque el calor creció y el viento nor­te sopló su fuego sobre las caras, sentíase aire en el pecho por lo menos. La vida suavizóse algo -más carne y menos mosquitos de comida--, y con­cluyeron por fin el puente grande, tras dos meses de penurias. Había devo­rado 2.700 palmas. La mañana en que echaron la última palada de tierra, mientras las carretas lo cruzaban entre la gritería de triunfo de los peones, Braccamonte y Banker, parados uno al lado de otro, miraron largo rato su obra común, cambiando cortas observaciones a su respecto, que ambos comprendían sin oírlas casi.

Los demás puentes, pequeños todos, fueron un juego, además de que al verano había sucedido un seco y frío otoño. Hasta que por fin lle­garon al río.

Así, en seis meses de trabajo rudo y tenaz, quebrantos y cosas amar­gas, mucho más para contadas que pasadas, los dos socios construyeron ca­torce puentes, con la sola ingeniería de su experiencia y de su decisión in­contrastable. Habían abierto puerto a la madera sobre el Paraná, y la espe­culación estaba hecha. Pero salieron de ella con las mejillas excavadas, las duras manos jaspeadas por blancas cicatrices de granos, con rabiosas ganas de sentarse en paz a una mesa con mantel.

 

Un mes después -el quebracho siempre en suba-, Braccamonte ha­bía vendido su campo, comprado en 8.000 pesos, en 22.000. Los comer­ciantes de Resistencia no cupieron de satisfacción al verse pagados, cuando ya no lo esperaban, aunque creyeron siempre que en la cabeza del italiano había más fantasía que otra cosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS FABRICANTES DE CARBÓN

 

 

Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron so­bre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta me­tros y el cajón pesaba. Era esa la cuarta detención -y la última-, pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja.

Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de eclip­se, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban.

De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban en seguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las pre­coces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara.

El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos mismos habían construido y la trinche­ra no era otra cosa que el horno de calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos hombres estaban vestidos como peo­nes y hablaban como ingenieros, no eran ni ingenieros ni peones.

Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres in­gleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen. Personificaban así un tipo de americano que ha espantado a Huret , como tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria heredada con tanta frescura como de la suya propia.

Pero Rienzi y Dréver, tirados de espaldas, el brazo sobre los ojos, no se reían en esa ocasión, porque estaban hartos de trabajar desde las cinco de la mañana y desde un mes atrás, bajo un frío de cero grado las más de las veces.

Esto era en Misiones. A las ocho, y hasta las cuatro de la tarde, el sol tropical hacía de las suyas, pero apenas bajaba el sol, el termómetro comen­zaba a caer con él, tan velozmente que se podía seguir con los ojos el des­censo del mercurio. A esa hora el país comenzaba a helarse literalmente; de modo que los treinta grados del mediodía se reducían a cuatro a las ocho de la noche, para comenzar a las cuatro de la mañana el galope descenden­te: -1, -2, -3. La noche anterior había bajado a 4, con la consiguiente sa­cudida de los conocimientos geográficos de Rienzi, que no concluía de orientarse en aquella climatología de carnaval, con la que poco tenían que ver los informes meteorológicos.

-Este es un país subtropical de calor asfixiante -decía Rienzi tiran­do el cortafierro quemante de frío y yéndose a caminar. Porque antes de sa­lir el sol, en la penumbra glacial del campo escarchado, un trabajo a fierro vivo despelleja las manos con harta facilidad.

Dréver y Rienzi, sin embargo, no abandonaron una sola vez su calde­ra en todo ese mes, salvo los días de lluvia, en que estudiaban modificacio­nes sobre el plano, muertos de frío. Cuando se decidieron por la destilación en vaso cerrado, sabían ya prácticamente a qué atenerse respecto de los di­versos sistemas a fuego directo, incluso el de Schwartz . Puestos de firme en su caldera, lo único que no había variado nunca era su capacidad: 1.400 CM'. Pero forma, ajuste, tapas, diámetro del tubo de escape, condensador,

todo había sido estudiado y reestudiado cien veces. De noche, al acostarse, se repetía siempre la misma escena. Hablaban un rato en la cama de a o b, cualquier cosa que nada tenía que ver con su tarea del momento. Cesaba la conversación, porque tenían sueño. Así al menos lo creían ellos. A la hora de profundo silencio, uno levantaba la voz:

-Yo creo que diecisiete debe ser bastante.

-Creo lo mismo -respondía en seguida el otro.

¿Diecisiete qué? Centímetros, remaches, días, intervalos, cualquier cosa. Pero ellos sabían perfectamente que se trataba de su caldera y a qué se referían.

Un día, tres meses atrás, Rienzi había escrito a Dréver desde Buenos Aires, diciéndole que quería ir a Misiones. ¿Qué se podía hacer? El creía que a despecho de las aleluyas nacionales sobre la industrialización del país, una pequeña industria, bien entendida, podría dar resultado por lo menos durante la guerra. ¿Qué le parecía esto?

Dréver contestó: "Véngase, y estudiaremos el asunto carbón y alquitrán". A lo que Rienzi repuso embarcándose para allá.

Ahora bien; la destilación a fuego de la madera es un problema inte­resante de resolver, pero para el cual se requiere un capital bastante mayor del que podía disponer Dréver. En verdad, el capital de éste consistía en la leña de su monte, y el recurso de sus herramientas. Con esto, cuatro cha­pas que le habían sobrado al armar el galpón, y la ayuda de Rienzi, se po­día ensayar.

Ensayaron, pues. Como en la destilación de la madera los gases no tra­bajaban a presión, el material aquel les bastaba. Con hierros T para la arma­dura y L para las bocas, montaron la caldera rectangular de 4,20 x 0,70 me­tros. Fue un trabajo prolijo y tenaz, pues a más de las dificultades técnicas debieron contar con las derivadas de la escasez de material y de una que otra herramienta. El ajuste inicial, por ejemplo, fue un desastre: imposible pes­tañar aquellos bordes quebradizos, y poco menos que en el aire. Tuvieron, pues, que ajustarla a fuerza de remaches, a uno por centímetro, lo que da 1.680 para la sola unión longitudinal de las chapas. Y como no tenían re­maches, cortaron 1.680 clavos, y algunos centenares más para la armadura.

Rienzi remachaba de afuera. Dréver, apretado dentro de la caldera, con las rodillas en el pecho, soportaba el golpe. Y los clavos, sabido es, só­lo pueden ser remachados a costa de una gran paciencia que a Dréver, allá adentro, se le escapaba con rapidez vertiginosa. A la hora turnaban, y mien­tras Dréver salía acalambrado, doblado, incorporándose a sacudidas, Rien­zi entraba a poner su paciencia a prueba con las corridas del martillo por el contragolpe.

Tal fue su trabajo. Pero el empeño en hacer lo que querían fue asimis­mo tan serio, que los dos hombres no dejaron pasar un día sin machucarse las uñas. Con las modificaciones sabidas los días de lluvia, y los inevitables comentarios a medianoche.

No tuvieron en ese mes otra diversión -esto desde el punto de vista urbano- que entrar los domingos de mañana en el monte a punta de ma­chete. Dréver, hecho a aquella vida, tenía la muñeca bastante sólida para no cortar sino lo que quería; pero cuando Rienzi era quien abría monte, su compañero tenía buen cuidado de mantenerse atrás a cuatro o cinco me­tros. Y no es que el puño de Rienzi fuera malo; pero el machete es cosa de un largo aprendizaje.

Luego, como distracción diaria, tenían la que les proporcionaba su ayudante, la hija de Dréver. Era ésta una rubia de cinco años, sin madre, porque Dréver había enviudado a los tres años de estar allá. El la había criado solo, con una paciencia infinitamente mayor que la que le pedían los remaches de la caldera. Dréver no tenía el carácter manso, y era difícil de manejar. De dónde aquel hombrón había sacado la ternura y la pacien­cia necesarias para criar solo y hacerse adorar de su hija, no lo sé; pero lo cierto es que cuando caminaban juntos al crepúsculo, se oían diálogos co­mo éste:

-¡Piapiá!

-¡Mi vida...!

-¿Va a estar pronto tu caldera? -Sí, mi vida.

--¿Y vas a destilar toda la leña del monte?

-No; vamos a ensayar solamente.

-¿Y vas a ganar platita?

-No creo, chiquita.

-¡Pobre piapiacito querido! No podés nunca ganar mucha plata.

-Así es...

-Pero vas a hacer un ensayo lindo, piapiá. ¡Lindo como vos, piapia­cito querido!

-Sí, mi amor.

-¡Yo te quiero mucho, mucho, piapiá!

-Sí, mi vida... Y el brazo de Dréver bajaba por sobre el hombro de su hija y la cria­tura besaba la mano dura y quebrada de su padre, tan grande que le ocu­paba todo el pecho.

Rienzi tampoco era pródigo de palabras, y fácilmente podía conside­rárseles tipos inabordables. Mas la chica de Dréver conocía un poco a aque­lla clase de gente, y se reía a carcajadas del terrible ceño de Rienzi, cada vez que éste trataba de imponer con su entrecejo tregua a las diarias exigencias

de su ayudante: vueltas de carnero en la gramilla, carreras a babucha, ha­maca, trampolín, sube y baja, alambrecarril, sin contar uno que otro jarro de agua a la cara de su amigo, cuando éste, a mediodía, se tiraba al sol so­bre el pasto.

Dréver oía un juramento e inquiría la causa.

-¡Es la maldita viejita! -gritaba Rienzi-. No se le ocurre sino... Pero ante la -bien que remota- probabilidad de una injusticia pro­pia del padre, Rienzi se apresuraba a hacer las paces con la chica, la cual festejaba en cuclillas la cara lavada como una botella de Rienzi.

Su padre jugaba menos con ella; pero seguía con los ojos el pesado galo­pe de su amigo alrededor de la meseta, cargado con la chica en los hombros. Era un terceto bien curioso el de los dos hombres de grandes zancadas y su rubia ayudante de cinco años, que iban, venían y volvían a ir de la me­seta al horno. Porque la chica, criada y educada constantemente al lado de su padre, conocía una por una las herramientas, y sabía qué presión, más o menos, se necesita para partir diez cocos juntos, y a qué olor se le puede lla­mar con propiedad de piroleñoso. Sabía leer, y escribía todo con mayúsculas. Aquellos doscientos metros del bungalow, al monte fueron recorridos a cada momento mientras se construyó el horno. Con paso fuerte de ma­drugada, o tardo a mediodía, iban y venían como hormigas por el mismo sendero, con las mismas sinuosidades y la misma curva para evitar el flore­cimiento de arenisca negra a flor de pasto.

Si la elección del sistema de calefacción les había costado, su ejecución sobrepasó con mucho lo concebido.

Una cosa es en el papel, y otra en el terreno, decía Rienzi con las ma­nos en los bolsillos, cada vez que un laborioso cálculo sobre volumen de ga­ses, toma de aire, superficie de la parrilla, cámara de tiro, se les iba al dia­blo por la pobreza del material.

Desde luego, se les había ocurrido la cosa más arriesgada que quepa en asuntos de ese orden: calefacción en espiral para una caldera horizontal. ¿Por qué? Tenían ellos sus razones y dejémoselas. Mas lo cierto es que cuando encendieron por primera vez el horno, y acto continuo el humo es­capó de la chimenea, después de haberse visto forzado a descender cuatro veces bajo la caldera, al ver esto, los dos hombres se sentaron a fumar sin decir nada, mirando aquello con aire más bien distraído, el aire de hom­bres de carácter que ven el éxito de un duro trabajo en el que han puesto todas sus fuerzas.

¡Ya estaba, por fin! Las instalaciones accesorias -condensador de al­quitrán y quemador de gases- eran un juego de niños. La condensación se dispuso en ocho bordelesas, pues no tenían agua; y los gases fueron envíados directamente al hogar. Con lo que la chica de Dréver tuvo ocasión de maravillarse de aquel grueso chorro de fuego que salía de la caldera donde no había fuego.

¡Qué lindo, piapiá! -exclamaba, inmóvil de sorpresa. Y con los besos de siempre a la mano de su padre:

-¡Cuántas cosas sabés hacer, piapiacito querido! Tras lo cual entraban en el monte a comer naranjas.

Entre las pocas cosas que Dréver tenía en este mundo -fuera de su hija, claro está- la de mayor valor era su naranjal, que no le daba renta al­guna, pero que era un encanto de ver. Plantación original de los jesuitas, hace doscientos años, el naranjal había sido invadido y sobrepasado por el bosque, en cuyo sous-bois , digamos, los naranjos continuaban enervando el monte de perfume de azahar, que al crepúsculo llegaba hasta los sende­ros del campo. Los naranjos de Misiones no han conocido jamás enferme­dad alguna. Costaría trabajo encontrar una naranja con una sola peca. Y co­mo riqueza de sabor y hermosura aquella fruta no tiene rival.

De los tres visitantes, Rienzi era el más goloso. Comía fácilmente diez o doce naranjas, y cuando volvía a casa llevaba siempre una bolsa cargada al hombro. Es fama allá que una helada favorece a la fruta. En aquellos mo­mentos, a fines de junio, eran ya un almíbar; lo cual reconciliaba un tanto a Rienzi con el frío.

Este frío de Misiones que Rienzi no esperaba y del cual no había oído hablar nunca en Buenos Aires, molestó las primeras hornadas de carbón ocasionándoles un gasto extraordinario de combustible.

En efecto, por razones de organización encendían el horno a las cua­tro o cinco de la tarde. Y como el tiempo para una completa carbonización de la madera no baja normalmente de ocho horas, debían alimentar el fue­go hasta las doce o la una de la mañana hundidos en el foso ante la roja bo­ca del hogar, mientras a sus espaldas caía una mansa helada. Si la calefac­ción subía, la condensación se efectuaba a las mil maravillas en el aire de hielo, que les permitía obtener en el primer ensayo un 2 por ciento de al­quitrán, lo que era muy halagüeño, vistas las circunstancias.

Uno u otro debía vigilar constantemente la marcha, pues el peón ac­cidental que les cortaba leña persistía en no entender aquel modo de hacer carbón. Observaba atentamente las diversas partes de la fábrica, pero sacu­día la cabeza a la menor insinuación de encargarle el fuego.

Era un mestizo de indio, un muchachón flaco, de ralo bigote, que te­nía siete hijos y que jamás contestaba de inmediato la más fácil pregunta sin consultar un rato el cielo, silbando vagamente. Después respondía: "Puede ser". En balde le habían dicho que diera fuego sin inquietarse has­ta que la tapa opuesta de la caldera chispeara al ser tocada con el dedo mo­jado. Se reía con ganas, pero no aceptaba. Por lo cual el vaivén de la mese­ta al monte proseguía de noche, mientras la chica de Dréver, sola en el bun­galow, se entretenía tras los vidrios en reconocer, al relámpago del hogar, si era su padre o Rienzi quien atizaba el fuego.

Alguna vez, algún turista que pasó de noche hacia el puerto a tomar el vapor que lo llevaría al Iguazú, debió de extrañarse no poco de aquel res­plandor que salía de bajo tierra, entre el humo y el vapor de los escapes: mucho de solfatara y un poco de infierno, que iba a herir directamente la imaginación del peón indio.

La atención de éste era vivamente solicitada por la elección del combustible. Cuando descubría en su sector un buen "palo noble para el fuego", lo llevaba en su carretilla hasta el horno, impasible, como si ig­norara el tesoro que conducía. Y ante el halago de los foguistas, volvía indiferente la cabeza a otro lado, para sonreírse a gusto, según decir de Rienzi.

Los dos hombres se encontraron así un día con tal stock de esencias muy combustibles, que debieron disminuir en el hogar la toma de aire, el que entraba ahora silbando y vibraba bajo la parrilla.

Entretanto, el rendimiento de alquitrán aumentaba. Anotaban los porcentajes en carbón, alquitrán y piroleñoso de las esencias más aptas, aunque todo grosso modo. Pero lo que, en cambio, anotaron muy bien fue­ron los inconvenientes -uno por uno- de la calefacción circular para una caldera horizontal: en esto podían reconocerse maestros. El gasto de com­bustible poco les interesaba. Fuera de que con una temperatura de 0 gra­do, las más de las veces, no era posible cálculo alguno.

Ese invierno fue en extremo riguroso, y no sólo en Misiones. Pero des­de fines de junio las cosas tomaron un cariz extraordinario, que el país su­frió hasta las raíces de su vida subtropical.

En efecto, tras cuatro días de pesadez y amenaza de gruesa tormenta, resuelta en llovizna de hielo y cielo claro al sur, el tiempo se serenó. Co­menzó el frío, calmo y agudo, apenas sensible a mediodía, pero que a las cuatro mordía ya las orejas. El país pasaba sin transición de las madruga­das blancas al esplendor casi mareante de un mediodía invernal en Misio­nes, para helarse en la oscuridad a las primeras horas de la noche.

La primera mañana de ésas, Rienzi, helado de frío, salió a caminar de madrugada y volvió al rato tan helado como antes. Miró el termómetro y habló a Dréver que se levantaba.

-¿Sabe qué temperatura tenemos? Seis grados bajo cero.

-Es la primera vez que pasa esto -repuso Dréver.

-Así es -asintió Rienzi-. Todas las cosas que noto aquí pasan por primera vez.

Se refería al encuentro en pleno invierno con una yarará, y donde me­nos lo esperaba.

La mañana siguiente hubo siete grados bajo cero. Dréver llegó a du­dar de su termómetro, y montó a caballo, a verificar la temperatura en casa de dos amigos, uno de los cuales atendía una pequeña estación me­teorológica oficial. No había duda: eran efectivamente nueve grados ba­jo cero; y la diferencia con la temperatura registrada en su casa provenía de que estando la meseta de Dréver muy alta sobre el río y abierta al viento, tenía siempre dos grados menos en invierno, y dos más en vera­no, claro está.

-No se ha visto jamás cosa igual -dijo Dréver, de vuelta, desensi­llando el caballo.

-Así es -confirmó Rienzi.

Mientras aclaraba al día siguiente, llegó al bungalow un muchacho con una carta del amigo que atendía la estación meteorológica. Decía así: "Hágame el favor de registrar hoy la temperatura de su termómetro al salir el sol. Anteayer comuniqué la observada aquí, y anoche he recibido un pedido de Buenos Aires de que rectifique en forma la temperatura co­municada. Allá se ríen de los nueve grados bajo cero. ¿Cuánto tiene usted ahora?"

Dréver esperó la salida del sol y anotó en la respuesta: "27 de junio: 9 grados bajo 0".

El amigo telegrafió entonces a la oficina central de Buenos Aires el re­gistro de su estación: "27 de junio: 11 grados bajo 0".

Rienzi vio algo del efecto que puede tener tal temperatura sobre una vegetación casi de trópico; pero le estaba reservado para más adelante cons­tatarlo de pleno. Entretanto, su atención y la de Dréver se vieron duramen­te solicitadas por la enfermedad de la hija de éste.

Desde una semana atrás la chica no estaba bien. (Esto, claro está, lo no­tó Dréver después, y constituyó uno de los entretenimientos de sus largos si­lencios.) Un poco de desgano, mucha sed, y los ojos irritados cuando corría.

Una tarde, después de almorzar, al salir Dréver afuera encontró a su hi­ja acostada en el suelo, fatigada. Tenía 39° de fiebre. Rienzi llegó un momen­to después, y la halló ya en cama, las mejillas abrasadas y la boca abierta. -¿Qué tiene? -preguntó extrañado a Dréver.

-No sé... 39 y pico.

Rienzi se dobló sobre la cama.

-¡Hola, viejita! Parece que no tenemos alambrecarril, hoy.

La pequeña no respondió. Era característica de la criatura, cuando te­nía fiebre, cerrarse a toda pregunta sin objeto y responder apenas con mo­nosílabos secos, en que se transparentaba a la legua el carácter del padre. Esa tarde, Rienzi se ocupó de la caldera, pero volvía de rato en rato a

ver a su ayudante, que en aquel momento ocupaba un rinconcito rubio en la cama de su padre.

A las tres, la chica tenía 39,5 y 40 a las seis. Dréver había hecho lo que se debe hacer en esos casos, incluso el baño.

Ahora bien: bañar, cuidar y atender a una criatura de cinco años en una casa de tablas peor ajustada que una caldera, con un frío de hielo y por dos hombres de manos encallecidas, no es tarea fácil. Hay cuestiones de camisitas, ropas minúsculas, bebidas a horas fijas, detalles que están por en­cima de las fuerzas de un hombre. Los dos hombres, sin embargo, con los duros brazos arremangados, bañaron a la criatura y la secaron. Hubo, des­de luego, que calentar el ambiente con alcohol; y en lo sucesivo, que cam­biar los paños de agua fría en la cabeza.

La pequeña había condescendido a sonreírse mientras Rienzi le seca­ba los pies, lo que pareció a éste de buen augurio. Pero Dréver temía un golpe de fiebre perniciosa, que en temperamentos vivos no se sabe nunca adónde puede llegar.

A las siete la temperatura subió a 40,8, para descender a 39 en el res­to de la noche y montar de nuevo a 40,3 a la mañana siguiente.

-¡Bah! -decía Rienzi con aire despreocupado-. La viejita es fuer­te, y no es esta fiebre la que la va a tumbar.

Y se iba a la caldera silbando, porque no era cosa de ponerse a pensar estupideces.

Dréver no decía nada. Caminaba de un lado para otro en el comedor, y sólo se interrumpía para entrar a ver a su hija. La chica, devorada de fie­bre, persistía en responder con monosílabos secos a su padre.

-¿Cómo te sientes, chiquita?

-Bien.

-¿No tienes calor? ¿Quieres que te retire un poco la colcha? No.

-¿Quieres agua?

-No.

Y todo sin dignarse volver los ojos a él.

Durante seis días Dréver durmió un par de horas de mañana, mien­tras Rienzi lo hacía de noche. Pero cuando la fiebre se mantenía amenazan­te, Rienzi veía la silueta del padre detenido, inmóvil al lado de la cama, y se encontraba a la vez sin sueño. Se levantaba y preparaba café, que los hombres tomaban en el comedor. Instábanse mutuamente a descansar un rato, con un rondo encogimiento de hombros por común respuesta. Tras lo cual uno se ponía a recorrer por centésima vez el título de los libros, mien­tras el otro hacía obstinadamente cigarros en un rincón de la mesa.

Y los baños siempre, la calefacción, los paños fríos, la quinina. La chica se dormía a veces con una mano de su padre entre las suyas, y apenas éste intentaba retirarla, la criatura lo sentía y apretaba los dedos. Con lo cual Dréver se quedaba sentado, inmóvil, en la cama un buen rato; y como no tenía nada que hacer, miraba sin tregua la pobre carita extenua­da de su hija.

Luego, delirio de vez en cuando, con súbitos incorporamientos sobre los brazos. Dréver la tranquilizaba, pero la chica rechazaba su contacto, volviéndose al otro lado. El padre recomenzaba entonces su paseo, e iba a tomar el eterno café de Rienzi.

-¿Qué tal? -preguntaba éste.

-Ahí va -respondía Dréver.

A veces, cuando estaba despierta, Rienzi se acercaba esforzándose en levantar la moral de todos, con bromas a la viejita que se hacía la enferma y no tenía nada. Pero la chica, aun reconociéndolo, lo miraba seria, con una hosca fijeza de gran fiebre.

La quinta tarde, Rienzi la pasó en el horno trabajando, lo que consti­tuía un buen derivativo. Dréver lo llamó por un rato y fue a su vez a ali­mentar el fuego, echando automáticamente leña tras leña en el hogar.

Esa madrugada la fiebre bajó más que de costumbre, bajó más a medio­día, y a las dos de la tarde la criatura estaba con los ojos cerrados, inmóvil, con excepción de un rictus intermitente del labio y de pequeñas conmocio­nes que le salpicaban de tics el rostro. Estaba helada; tenía sólo 35 grados.

-Una anemia cerebral fulminante, casi seguro -respondió Dréver a una mirada interrogante de su amigo-. Tengo suerte...

Durante tres horas la chica continuó de espaldas con sus muecas cere­brales, rodeada y quemada por ocho botellas de agua hirviendo. Durante esas tres horas Rienzi caminó muy despacio por la pieza, mirando con el ceño fruncido la figura del padre sentado a los pies de la cama. Y en esas tres horas Dréver se dio cuenta precisa del inmenso lugar que ocupaba en su corazón aquella pobre cosita que le había quedado de su matrimonio, y que iba a llevar al día siguiente al lado de su madre.

A las cinco, Rienzi, en el comedor, oyó que Dréver se incorporaba; y con el ceño más contraído aún entró en el cuarto. Pero desde la puerta dis­tinguió el brillo de la frente de la chica empapada en sudor, ¡salvada!

-Por fin... -dijo Rienzi con la garganta estúpidamente apretada.

-¡Sí, por fin! -murmuró Dréver.

La chica continuaba literalmente bañada en sudor. Cuando abrió al ra­to los ojos, buscó a su padre y al verlo tendió los dedos hacia la boca de él. Rienzi se acercó entonces:

-¿Y...? ¿Cómo vamos, madamita? La chica volvió los ojos a su amigo.

-¿Me conoces bien ahora? ¿A que no? Sí...

-¿Quién soy?

La criatura sonrió.

-Rienzi.

-¡Muy bien! Así me gusta... No, no. Ahora, a dormir... Salieron a la meseta, por fin.

-¡Qué viejita! -decía Rienzi, haciendo con una vara largas rayas en la arena.

Dréver -seis días de tensión nerviosa con las tres horas finales son demasiado para un padre solo- se sentó en el sube y baja y echó la cabe­za sobre los brazos. Y Rienzi se fue al otro lado del bungalow, porque los hombros de su amigo se sacudían.

La convalecencia comenzaba a escape desde ese momento. Entre taza y taza de café de aquellas largas noches, Rienzi había meditado que mien­tras no cambiaran los dos primeros vasos de condensación obtendrían siem­pre más brea de la necesaria. Resolvió, pues, utilizar dos grandes bordele­sas en que Dréver había preparado su vino de naranja, y con la ayuda del peón, dejó todo listo al anochecer. Encendió el fuego, y después de confiar­lo al cuidado de aquél, volvió a la meseta, donde tras los vidrios del bun­galow los dos hombres miraron con singular placer el humo rojizo que tor­naba a montar en paz.

Conversaban a las doce, cuando el indio vino a anunciarles que el fue­go salía por otra parte; que se había hundido el horno. A ambos vino ins­tantáneamente la misma idea.

-¿Abriste la toma de aire? -le preguntó Dréver.

-Abrí -repuso el otro.

-¿Qué leña pusiste?

-La carga que estaba allaité .

-¿Lapacho?

-Sí.

Rienzi y Dréver se miraron entonces y salieron con el peón.

La cosa era bien clara: la parte superior del horno estaba cerrada con dos chapas de cinc sobre traviesas de hierro L, y como capa aisladora habían colocado encima cinco centímetros de arena. En la primera sección de tiro, que las llamas lamían, habían resguardado el metal con una capa de arcilla sobre tejido de alambre; arcilla armada, digamos.

Todo había ido bien mientras Rienzi o Dréver vigilaron el hogar. Pe­ro el peón, para apresurar la calefacción en beneficio de sus patrones, había abierto toda la puerta del cenicero, precisamente cuando sostenía el fuego con lapacho. Y como el lapacho es a la llama lo que la nafta a un fósforo, la altísima temperatura desarrollada había barrido con arcilla, tejido de alambre y la chapa misma, por cuyo boquete la llamarada ascendía apreta­da y rugiente.

Es lo que vieron los dos hombres al llegar allá. Retiraron la leña del hogar, y la llama cesó; pero el boquete quedaba vibrando al rojo blanco, y la arena caída sobre la caldera enceguecía al ser revuelta.

Nada más había que hacer. Volvieron sin hablar a la meseta, y en el camino Dréver dijo:

-Pensar que con cincuenta pesos más hubiéramos hecho un horno en forma...

-¡Bah! -repuso Rienzi al rato-. Hemos hecho lo que debíamos hacer. Con una cosa concluida no nos hubiéramos dado cuenta de una por­ción de cosas.

Y tras una pausa:

-Y tal vez hubiéramos hecho algo un poco pour la galérie...

-Puede ser -asintió Dréver.

La noche era muy suave, y quedaron un largo rato sentados fumando en el dintel` del comedor.

Demasiado suave la temperatura. El tiempo descargó, y durante tres días y tres noches llovió con temporal del sur, lo que mantuvo a los dos hombres bloqueados en el bungalow oscilante. Dréver aprovechó el tiem­po concluyendo un ensayo sobre creolina cuyo poder hormiguicida y para­siticida era por lo menos tan fuerte como el de la creolina a base de alqui­trán de hulla. Rienzi, desganado, pasaba el día yendo de una puerta a otra a mirar el cielo.

Hasta que la tercera noche, mientras Dréver jugaba con su hija en las rodillas, Rienzi se levantó con las manos en los bolsillos y dijo:

-Yo me voy a ir. Ya hemos hecho aquí lo que podíamos. Si llega a encontrar unos pesos para trabajar en eso, avíseme y le puedo conseguir en Buenos Aires lo que necesite. Allá abajo, en el ojo del agua, se pueden montar tres calderas... Sin agua es imposible hacer nada. Escríbame, cuan­do consiga eso, y vengo a ayudarlo. Por lo menos -concluyó después de un momento- podemos tener el gusto de creer que no hay en el país mu­chos tipos que sepan lo que nosotros sobre carbón.

-Creo lo mismo -apoyó Dréver, sin dejar de jugar con su hija. Cinco días después, con un mediodía radiante, y el sulky pronto en el portón, los dos hombres y su ayudante fueron a echar una última mirada a su obra, a la cual no se habían aproximado más. El peón retiró la tapa del horno, y como una crisálida quemada, abollada, torcida, apareció la caldera en su envoltura de alambre tejido y arcilla gris. Las chapas retiradas te­nían alrededor del boquete abierto por la llama un espesor considerable por

la oxidación del fuego, y se descascaraban en escamas azules al menor con­tacto, con las cuales la chica de Dréver se llenó el bolsillo del delantal. Desde allí mismo, por toda la vera del monte inmediato y el circun­dante hasta la lejanía, Rienzi pudo apreciar el efecto de un frío de -9 gra­dos sobre la vegetación tropical de hojas lustrosas y tibias. Vio los bananos podridos en pulpa chocolate, hundidos dentro de sí mismos como en una funda. Vio plantas de hierba de doce años -un grueso árbol en fin-, que­madas para siempre hasta la raíz por el fuego blanco. Y en el naranjal, don­de entraron para una última colecta, Rienzi buscó en vano en lo alto el re­flejo de oro habitual, porque el suelo estaba totalmente amarillo de naran­jas, que el día de la gran helada habían caído todas al salir el sol, con un sordo tronar que llenaba el monte.

Asimismo Rienzi pudo completar su bolsa, y como la hora apremia­ba se dirigieron al puerto. La chica hizo el trayecto en las rodillas de Rien­zi, con quien alimentaba un larguísimo diálogo.

El vaporcito salía ya. Los dos amigos, uno enfrente de otro, se mira­ron sonriendo.

-A bientót -dijo uno.

-Ciao -respondió el otro. Pero la despedida de Rienzi y la chica fue bastante más expresiva. Cuando ya el vaporcito viraba aguas abajo, ella le gritó aún:

-¡Rienzi! ¡Rienzi!

-¡Qué, viejita! -se alcanzó a oír.

-¡Voleé pronto!

Dréver y la chica quedaron en la playa hasta que el vaporcito se ocul­tó tras los macizos del Teyucuaré. Y, cuando subían lentos la barranca, Dré­ver callado, su hija le tendió los brazos para que la alzara.

 

-¡Se te quemó la caldera, pobre piapiá! ... Pero no estés triste... ¡Vas a inventar muchas cosas más, ingenierito de mi vida!

 

EL YACIYATERE

 

 

Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana co­mo un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ron­da un yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.

Se trata aquí de una simple superstición. La gente del sur dice que el yaciyateré es un pajarraco desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto, pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y melancólico. Repetido y obsediante, como el que más. Pero en el norte, el yaciyateré es otra cosa.

Una tarde, en Misiones, fuimos un amigo y yo a probar una vela nue­va en el Paraná, pues la latina" no nos había dado resultado con un río de corriente feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era también obra nuestra, construida en la bizarra proporción de 1:8 . Poco estable, co­mo se ve, pero capaz de filar como una torpedera.

Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde la mañana no había viento. Se aprontaba una magnífica tormenta, y el calor pasaba de lo sopor­table. El río corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la doble reverberación de cielo y agua enceguecía. Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni el más leve soplo de aire.

Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera de ésas tras cinco días de viento norte, no indica nada bueno para el sujeto que está derivan­do por el Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por otro lado, que remar en ese ambiente.

Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del sur, hasta llegar al Te­yucuaré. La tormenta venía.

Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado, por los que se descuelgan las lianas del bosque, entran profundamente en el Paraná formando hacia San Ignacio una hon­da ensenada, a perfecto resguardo del viento sur. Grandes bloques de pie­dra desprendidos del acantilado erizan el litoral, contra el cual el Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin aguas abajo, en rápidos agu­jereados de remolinos. Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta el fondo del golfo.

En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque para evitar las sorpresas del viento, encallamos la canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras barnizadas quemaban literalmente, aunque no había sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a orillas del agua.

El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto. Sobre el monte leja­no, un blanco rollo de viento ascendía en curva, arrastrando tras él un tol­do azul de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado.

Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos la canoa, y brusca­mente, tras el negro bloque, el viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la punta de la restinga, pues tras el parapeto del acantilado no se movía aún una hoja. De pronto cruzamos la línea imaginaria, si se quiere, pero perfectamente de­finida-, y el viento nos cogió.

Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros cuadrados, lo que es bien poco, y entramos con 35 grados en el viento. Pues bien; la vela voló, arran­cada como un simple pañuelo y sin que la canoa hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida. Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía si­no en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero era bastante para con­trarrestar remos, timón, todo lo que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de costado, borda tumbada como una cosa náufraga.

Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la cresta de las olas, estaba blanco por el chal de lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la fulminante rapidez con que se forman las olas a contracorriente en un río que no da fondo allí a sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos náufragos. Íbamos siempre empujados de costado, tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe de ola, ciegos de agua, con la cara dolorida por los latigazos de la lluvia y temblan­do de frío.

En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa muy fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un solo cuarto de hora. No se enferma na­die, porque el país es así, pero se muere uno de frío.

Plena mar, en fin. Nuestra única esperanza era la playa de Blosset -playa de arcilla, felizmente-, contra la cual nos precipitábamos. No sé si la canoa hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero cuan­do una ola nos lanzó a cinco metros dentro de tierra, nos consideramos bien felices. Aun así tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras.

Salimos de allí; pero a las cinco cuadras estábamos muertos de fatiga, bien calientes esta vez. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un Collins en la mano, es cosa de locos.

Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de pronto -o, mejor, aulló; porque los perros de monte sólo aúllan-, y tropezamos con un rancho. En el rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón, un peón, su mujer

y tres chiquilines. Además, una arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual una criatura se moría con un ataque cerebral.

-¿Qué tiene? -preguntamos.

-Es un daño -respondieron los padres, después de volver un ins­tante la cabeza a la arpillera.

Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en cambio, eran todo ojos hacia afuera. En ese momento, lejos, cantó el yaciyateré. Instantáneamente los muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos.

-¡Ah! El yaciyateré -pensamos- Viene a buscar al chiquilín. Por lo menos lo dejará loco.

El viento y el agua habían pasado, pero la atmósfera estaba muy fría. Un rato después, pero mucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres miraban siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos de paños de agua fría en la cabeza. No nos en­tendían, ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso contra el ya­ciyateré?

Creo que mi compañero había notado, como yo, la agitación del chi­co al acercarse el pájaro. Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba, mientras nuestras camisas humeaban secándose contra el fuego. No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se veían muy bien los ojos espanta­dos de los muchachos.

Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media cuadra escasa, el yaciyateré cantó. La criatura enferma respondió con una carcajada. Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una meningitis y res­pondía con una carcajada al llamado del yaciyateré.

Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se secaban. La criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia atrás.        Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré cantó. La criatura respon­dió en seguida con otra carcajada. Los muchachos dieron un grito y la lla­ma del fogón se apagó.

A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba abajo. Alguien, que can­taba afuera, se iba acercando, y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien, y nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a robar o enloquecer a la cria­tura, la criatura misma respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados.

La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos ojos de los chicos lucían otra vez. Salimos un instante afuera. La noche había aclarado, y po­dríamos encontrar la picada. Algo de humo había todavía en nuestras ca­misas; pero cualquier cosa antes que aquella risa de meningitis...

Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días después pasó el padre por allí, y me dijo que el chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en suma.

Cuatro años después de esto, estando yo allá, debí contribuir a levan­tar el censo de 1914, correspondiéndome el sector Yabebirí-Teyucuaré. Fui por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple remo. Era también de tarde.

Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco vi a nadie. Pero veinte metros más adelante, parado en el ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba un muchacho desnu­do, de siete a ocho años. Tenía las piernas sumamente flacas -los muslos más aún que las pantorrillas- y el vientre enorme. Llevaba una vara de pes­car en la mano derecha, y en la izquierda sujetaba una banana a medio co­mer. Me miraba inmóvil, sin decidirse a comer ni a bajar del todo el brazo.

Le hablé, inútilmente. Insistí aún, preguntándole por los habitantes del rancho. Echó, por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de baba hasta el vientre. Era el muchacho de la meningitis.

 

Salí de la ensenada: el chico me había seguido furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé lle­var por el remanso, a la vista siempre del idiota crepuscular, que no se de­cidía a concluir su banana por admirar la canoa blanca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MÁRMOL INÚTIL

 

 

¿Usted, comerciante? -exclamé con viva sorpresa dirigiéndome a Gómez Alcain  . ¡Sería digno de verse! ¿Y cómo haría usted?

Estábamos detenidos con el escultor ante una figura de mármol, una

tarde de exposición de sus obras. Todas las miradas del grupo expresaron la misma risueña certidumbre de que en efecto debía ser muy curioso el ejer­cicio comercial de un artista tan reconocidamente inútil para ello como Gómez Alcain.

-Lo cierto es -repuso éste, con un cierto orgullo- que ya lo he si­do dos veces; y mi mujer también -añadió señalándola.

Nuestra sorpresa subió de punto:

-¿Cómo, señora, usted también? ¿Querría decirnos cómo hizo? Porque...

La joven se reía también de todo corazón.

-Sí, yo también vendía... Pero Héctor les puede contar mejor que yo... El se acuerda de todo.

-¡Desde luego! Si creen ustedes que puede tener interés...

-¿Interés, el comercio ejercido por usted?           exclamamos todos-. ¡Cuente en seguida!

Gómez Alcain nos contó entonces sus dos episodios comerciales, bas­tante ejemplares, como se verá.

Mis dos empresas -comenzó- acaecieron en el Chaco. Durante la primera yo era soltero aún, y fui allá a raíz de mi exposición de 1903. Ha­bía en ella mucho mármol y mucho barro, todo el trabajo de tres años de enfermiza actividad. Mis bustos agradaron, mis composiciones, no. De to­dos modos, aquellos tres años de arte frenético tuvieron por resultado can­sarme hasta lo indecible de cuanto trascendiera a celebridades teatrales, crónicas de garden party 31, críticas de exposiciones y demás.

"Entonces llegó hasta mí desde el Chaco un viejo conocido que traba­jaba allá hacía cuatro años. El hombre aquel -un hombre entusiasta, si lo hay- me habló de su vida libre, de sus plantaciones de algodón. Aunque presté mucha atención a lo primero, la agricultura aquella no me interesó mayormente. Pero cuando por mera curiosidad pedí datos sobre ella, per­dí el resto de sentido comercial que podía quedarme.

"Vean ustedes cómo me planteé la especulación:

"Una hectárea admite quince mil algodoneros, que producen en un buen año tres mil kilos de algodón. El kilo de capullos se vende a dieciocho centavos, lo que da quinientos cuarenta pesos por hectárea. Como por razón de gastos treinta hectáreas pedían el primer año seis mil doscientos pesos, me hallaría yo, al final de la primera cosecha, con diez mil pesos de ganancia. El segundo año plantaría cien hectáreas, y el tercero, doscientas. No pasaría de este número. Pero ellas me darían cien mil pesos anuales, lo suficiente para quedar libre de exposiciones, crónicas, cronistas y dueños de salones.

"Así decidido, vendí en siete mil pesos todo lo que me quedaba de la exposición, casi todo, por lo pronto. Como ven ustedes, emprendía un ne­gocio nuevo, lejano y difícil, con la cantidad justa, pues los ochocientos pe­sos sobrantes desaparecieron antes de ponerme en viaje: por aquí comenza­ba mi sabiduría comercial.

Lo que vino luego es más curioso. Me construí un edificio muy raro, con algo de rancho y mucho de semáforo; hice un carrito de asombrosa inu­tilidad, y planté cien palmeras alrededor de mi casa. Pero en cuanto a lo fundamental de mi ida allá, apenas me quedó capital para plantar diez hec­táreas de algodón, que por razones de sequía y mala semilla, resultaron en realidad cuatro o cinco.

"Todo esto podía, sin embargo, pasar por un relativo éxito; hasta que llegó el momento de la recolección. Ustedes deben de saber que éste es el real escollo del algodón: la carestía y precio excesivo del brazo. Yo lo supe entonces, y a duras penas conseguí que cinco indios viejos recogieran mis capullos, a razón de cinco centavos por kilo. En Estados Unidos, según pa­rece, es común la recolección de quince a veinte kilos diarios por persona. Mis indios recogían apenas seis o siete. Me pidieron luego un aumento de dos centavos, y accedí, pues las lluvias comenzaban y el capullo sufre mu­cho con ellas.

"No mejoraban las cosas. Los indios llegaban a las nueve de la maña­na, por temor del rocío en los pies, y se iban a las doce. No volvían de tar­de. Cambié de sistema, y los tomé por día, pensando así asegurar -aun­que cara- la recolección. Trabajaban todo el día, pero me presentaban dos kilos de mañana y tres de tarde.

"Como ven, los cinco indios viejos me robaban descaradamente. Lle­garon a recogerme cuatro kilos diarios por cabeza, y entonces, exasperado con toda esa bellaquería de haraganes, resolví desquitarme.

"Yo había notado que los indios -salvo excepciones- no tienen la más vaga idea de los números. Al principio sufrí fuertes chascos.

-¿Qué vale esto? -había preguntado a uno de ellos que venía a ofrecerme un cuero de ciervo.

Veinte pesos -me respondió.

Claro es, rehusé. Llegó otro indio, días después, con un arco y flechas: aquello valía veinte pesos, siendo así que dos es un precio casi excesivo. "No era posible entenderse con aquellos audaces especuladores. Has­ta que un capataz de obraje me dio la clave del mercado. Fui en consecuen­cia a ver al indio de los arcos y le pedí nuevo precio.

Veinte pesos -me repitió.

'-Aquí están -le dije, poniéndole dos pesos en la mano. Quedó perfectamente seguro de que recibía sus veinte pesos.

"Aun más: a cierto diablo que me pedía cinco pesos por un cachorro de aguará, le puse en la mano con lento énfasis tres monedas de diez cen­tavos:

'-Uno... tres... cinco... Cinco pesos; aquí están los cinco pesos.

El vendedor quedó luminosamente convencido. Un momento des­pués, so pretexto de equivocación, le completé su precio. Y aun creyó aca­so -por nativa desconfianza del hombre blanco-, que la primera cuenta hubiera sido más provechosa para él.

"Esta ignorancia se extiende desde luego a la romana, balanza usual en las pesadas de algodón. Para mi desquite de que he hablado, era necesa­rio tomar de nuevo los peones a tanto el kilo. Así lo hice, y la primera tar­de comencé. La bolsa del primero acusaba seis kilos.

-Cuatro kilos: veintiocho centavos -le dije.

"El segundo había recogido cuatro kilos; le acusé dos. El tercero, seis; le acusé tres. Al cuarto, en vez de siete, cinco. Y al quinto, que me había recogido cinco, le conté sólo dos. De este modo, en un solo día, había re­cuperado setenta centavos. Pensaba firmemente resarcirme con este siste­ma de las pillerías y los adelantos.

"Al día siguiente hice lo mismo. "Si hay una cosa lícita, me decía yo, es lo que hago. Ellos me roban con toda conciencia, riéndose evidentemen­te de mí, y nada más justo que compensar con la merma de su jornal el di­nero que me llevan."

"Pero cierto malhumor que ya había comenzado en la segunda opera­ción, subió del todo en la tercera. Sentía honda rabia contra los indios, y en vez de aplacarse ésta con mi sistema de desquite, se exasperaba más. Tanto creció este hondo disgusto, que al cuarto día acusé al primer indio el peso cabal, e hice lo mismo con el segundo. Pero la rabia crecía. Al tercer indio le aumenté dos kilos; al cuarto, tres, y al quinto, ocho kilos.

"Es que a pesar de las razones en que me apoyaba, yo estaba sencilla­mente robando. No obstante los justificativos que me dieran las doscien­tas legislaciones del inundo, yo no dejaba de robar. En el fondo, mi famo­sa compensación no encerraba ni una pizca más del valor moral que el fran­co robo de los indios. De aquí mi rabia contra mí mismo.

"A la siguiente tarde aumenté de igual modo las pesadas de algodón, con lo que al final pagué más de lo convenido, perdí los adelantos y la con­fianza de los indios que llegaron a darse cuenta, por las inesperadas oscila­ciones del peso, de que yo y mi romana éramos dos raros sujetos.

"Este es mi primer episodio comercial. El segundo fue más productivo. "Mi mujer tuvo siempre la convicción de que yo soy de una nulidad única en asunto de negocios.

-Todo cuanto emprendas te saldrá mal -me decía-. Tú no tienes absoluta idea de lo que es el dinero. Acuérdate de la harina.

"Esto de la harina pasó así: Como mis peones se abastecían en el al­macén de los obrajes vecinos, supuse que proveyéndome yo de lo elemen­tal -yerba, grasa, harina- podría obtener un veinte por ciento de utili­dad sobre el sueldo de los peones. Esto es cuerdo. Pero cuando tuve los ar­títulos en casa y comencé a vender la harina a un precio que yo recordaba de otras casas, fui muy contento a ver a mi mujer.

-¡Fíjate! -le dije-. Vamos a ahorrar una porción de pesos con es­te sistema. Ya hemos ganado cuarenta centavos con estos kilos de harina. "Me quedé mirándola. Lo cierto es que yo no sabía lo que me costa­ba, pues ni aun siquiera había echado el ojo sobre la factura.

"Esta es la historia de la harina. Mi mujer me la recordaba siempre, y aunque me era forzoso darle la razón, el demonio del comercio que he he­redado de mi padre me tentaba como un fruto prohibido.

"Hasta que un día a ambos -pues yo conté en esta aventura con la complicidad de mi mujer- se nos ocurrió una empresa: abrir un restau­rante para peones. En vez de las sardinas, chipás  o malos asados que los que no tienen familia o viven lejos comen en el almacén de los obrajes, no­sotros les daríamos un buen puchero que los nutriría, y a bajo precio. No pretendíamos ganar nada; y en negocios así -según mi mujer- había cierta probabilidad de que me fuera bien.

"Dijimos a los peones que podrían comer en casa, y pronto acudieron otros de los obrajes próximos. Los tres primeros días todo fue perfectamen­te. Al cuarto vino a verme un peón de miserable flacura.

-Mirá, patrón  me dijo-. Yo voy a comer en tu casa si querés, pero no te podré pagar. Me voy el otro mes a Corrientes porque el chu­cho... He estado veinte días tirado... Ahora no puedo mover mi hacha. Si vuelvo, te pagaré.

"Consulté a mi mujer.

-¿Qué te parece? -le dije-. El diablo éste no nos pagará nunca.

-Parece tener mucha hambre... -murmuró ella.

"El sujeto comió un mes entero y se fue para siempre.

"En ese tiempo llegó cierta mañana un peón indio con una criatura de cinco años, que miró comer a su padre con inmensos ojos de gula.

-¡Pero esa criatura! -me dijo mi mujer-. ¡Es un crimen hacerla sufrir así!

"Se sirvió al chico. Era muy mono, y mi mujer lo acarició al irse.

-Tienes hambre aún?

-Sí, ¡hame! -respondió con toda la boca el hombrecito.

-¡Pero ha comido un plato lleno! -se sorprendió mi mujer.

-Sí, ¡pato! En casa... ¡hame!

-¡Ah, en tu casa! ¿Son muchos?

"El padre entonces intervino. Eran ocho criaturas, y a veces él estaba enfermo y no podía trabajar. Entonces... ¡mucha hambre!

-¡Me lo figuro! -murmuró mi mujer mirándome. Dio al chico ta­sajo, galletitas, y a más dos latas de jamón del diablo que yo guardaba.

-¡Eh, mi jamón! -le dije rápidamente cuando huía con su robo.

-¿No es nada, verdad? -se rió-. ¡Supón la felicidad de esa pobre gente con esto!

"Al otro día volvió el indio con dos nuevos hijos, y como mi mujer no es capaz de resistir a una cara de hambre, todos comieron. Tan bien, que una semana después nuestra casa estaba convertida en un jardín de infan­tes. Los buenos peones traían cuanto hijo propio o ajeno les era dado tener. Y si a esto se agregan los muchos sujetos que comprendieron que nada dis­ponía mejor nuestro corazón que la confesión llana y lisa de tener hambre y carecer al mismo tiempo de dinero, todo esto hizo que al fin de mes nues­tro comercio cesara. Teníamos, claro es, un déficit bastante fuerte.

"Este fue mi segundo episodio comercial. No cuento el serio -el del algodón- porque éste estaba perdido desde el principio. Perdí allá cuan­to tenía, y abandonando todo lo que habíamos construido en tierra arren­dada, volvimos a Buenos Aires. Ahora -concluyó señalando con la cabeza sus mármoles- hago de nuevo esto.

-¡Y aquí no cabe comercio! -exclamó con fugitiva sonrisa un oyente. Gómez Alcain lo miró como hombre que al hablar con tranquila se­riedad se siente por encima de todas las ironías:

-Sí, cabe -repuso-. Pero no yo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GLORIA TROPICAL

 

 

Un amigo mío se fue a Fernando Poo y volvió a los cinco meses, casi muerto.

Cuando aún titubeaba en emprender la aventura, un viajero comer­cial, encanecido de fiebres y contrabandos coloniales, le dijo:

-¿Piensa usted entonces en ir a Fernando Poo? Si va, no vuelve, se lo aseguro.

-¿Por qué? -objetó mi amigo-. ¿Por el paludismo? Usted ha vuelto, sin embargo. Y yo soy americano.

A lo que el otro respondió:

Primero, si yo no he muerto allá, sólo Dios sabe por qué, pues no faltó mucho. Segundo, el que usted sea americano no supone gran cosa co­mo preventivo. He visto en la cuenca del Níger varios brasileños de Ma­naos, y en Fernando Poo infinidad de antillanos, todos muriéndose. No se juega con el Níger. Usted, que es joven, juicioso y de temperamento tran­quilo, lleva bastantes probabilidades de no naufragar en seguida. Un con­sejo: no cometa desarreglos ni excesos de ninguna especie; ¡usted me en­tinde! Y ahora, felicidad.

Hubo también un arboricultor que miró a mi amigo con ojillos hú­medos de enternecimiento.

-¡Cómo lo envidio, amigo! ¡Qué dicha la suya en aquel esplendor de naturaleza! ¿Sabe usted que allá los duraznos prenden de gajo? ¿Y los da­mascos? ¿Y los guayabos? Y aquí, enloqueciéndonos de cuidados... ¿Sabe que las hojas caídas de los naranjos brotan, echan raíces? ¡Ah, mi amigo! Si usted tuviera gusto para plantar allí...

-Parece que el paludismo no me dejará mucho tiempo -objetó tranquilamente mi amigo, que en realidad amaba mucho sembrar. -¡Qué paludismo! ¡Eso no es nada! Una buena plantación de quina y todo está concluido... ¿Usted sabe cuánto necesita allá para brotar un poroto... ?

Málter -así se llamaba mi amigo- se marchó al fin. Iba con el más singular empleo que quepa en el país del tse-tsé  y los gorilas: el de dac­tilógrafo. No es posiblemente común en las factorías coloniales un emplea­do cuya misión consiste en anotar, con el extremo de los dedos, cuántas to­neladas de maní y de aceite de palma se remiten a Liverpool. Pero la casa, muy fuerte, pagábase el lujo. Y luego, Málter era un prodigio de golpe de vista y rapidez. Y si digo era se debe a que las fiebres han hecho de él una quisicosa trémula que no sirve para nada.

Cuando regresó de Fernando Poo a Montevideo, sus amigos paseaban por los muelles haciendo conjeturas sobre cómo volvería Málter. Sabíamos que había habido fiebres y que el hombre no podía, por lo tanto, regresar en el esplendor de su bella salud normal. Pálido, desde luego. ¿Pero qué más? El ser que vieron avanzar a su encuentro era un cadáver amarillo, con un pescuezo de desmesurada flacura, que danzaba dentro del cuello posti­zo, dando todo él, en la expresión de los ojos y la dificultad del paso, la im­presión de un pobre viejo que ya nunca más volvería a ser joven. Sus ami­gos lo miraban mudos.

-Creía que bastaba cambiar de aire para curar la fiebre... -murmu­ró alguno. Málter tuvo una sonrisa triste.

-Casi siempre. Yo no... -repuso castañeteando los dientes. Muchísimo más había castañeteado en Fernando Poo. Llegado que hubo a Santa Isabel, capital de la isla, se instaló en el pontón que servía de sede comercial a la casa que lo enviaba. Sus compañeros      sujetos aniqui­lados por la anemia- mostráronse en seguida muy curiosos.

-Usted ha tenido fiebre ya, ¿no es verdad? -le preguntaron.

-No, nunca      repuso Malter-. ¿Por qué?

Los otros lo miraron con más curiosidad aún.

-Porque aquí la va a tener. Aquí todos la tienen. ¿Usted sabe cuál es el país en que abundan más las fiebres?

-Las bocas del Níger, he oído...

Es decir, estas inmediaciones. Solamente una persona que ya ha perdido el hígado o estima su vida en menos que un coco es capaz de venir aquí. ¿No se animaría usted a regresar a su país? Es un sano consejo.

Málter respondió que no, por varios motivos que expuso. Además confiaba en su buena suerte. Sus compañeros se miraron con unánime son­risa y lo dejaron en paz.

Málter escribió, anotó y copió cartas y facturas con asiduo celo. No bajaba casi nunca a tierra. Al cabo de dos meses, como comenzara a fatigar­se de la monotonía de su quehacer, recordó, con sus propias aficiones hor­tícolas, el entusiasmo del arboricultor amigo.

-¡Nunca se me ha ocurrido cosa mejor! -se dijo Málter contento. El primer domingo bajó a tierra y comenzó su huerta. Terreno no fal­taba, desde luego, aunque, por razones de facilidad, eligió un área sobre to­da la costa misma. Con verdadera pena debió machetear a ras del suelo un espléndido bambú que se alzaba en medio del terreno. Era un crimen; pe­ro las raicillas de sus futuros porotos lo exigían. Luego cercó su huerta con varas recién cortadas, de las que usó también para la división de los cante­ros, y luego como tutores. Sembradas al fin sus semillas, esperó.

Esto, claro es, fue trabajo de más de un día. Málter bajaba todas las tardes a vigilar su huerta -o, mejor dicho, pensaba hacerlo así-, porque al tercer día, mientras regaba, sintió un ligero hormigueo en los dedos del pie. Un momento después sintió el hormigueo en toda la espalda. Málter constató que tenía la piel extremadamente sensible al contacto de la ropa. Continuó asimismo regando, y media hora después sus compañeros lo veían llegar al pontón, tiritando.

-Ahí viene el americano refractario al chucho -dijeron con pesada risa los otros-. ¿Qué hay, Málter? ¿Frío? Hace treinta y nueve grados. Pero a Málter los dientes le castañeteaban de tal modo, que apenas po­día hablar, y pasó de largo a acostarse.

Durante quince días de asfixiante calor estuvo estirado a razón de tres accesos. Los escalofríos eran tan violentos, que sus compañeros sentían, por encima de sus cabezas, el bailoteo del catre.

-Ya empieza Málter -exclamaban levantando los ojos al techo.

En la primera tregua Málter recordó su huerta y bajó a tierra. Halló todas sus semillas brotadas y ascendiendo con sorprendente vigor. Pero al mismo tiempo todos los tutores de sus porotos habían prendido también, así como las estacas de los canteros y del cerco. El bambú, con cinco esplén­didos retoños, subía a un metro.

Málter, bien que encantado de aquel ardor tropical, tuvo que arrancar una por una sus inesperadas plantas, rehízo todo y empleó, al fin, una lar­ga hora en extirpar la mata de bambú a fondo de azada.

En tres días de sol abierto, sus porotos ascendieron en un verdadero

vértigo vegetativo, todo hasta que un ligero cosquilleo en la espalda advir­tió a Málter que debía volver en seguida al pontón.

Sus compañeros, que no lo habían visto subir, sintieron de pronto que el catre se sacudía.

-¡Calle! -exclamaron alzando la cabeza-. El americano está otra vez con frío.

Con esto, los delirios abrumadores que las altas fiebres de la Guinea no escatiman. Málter quedaba postrado de sudor y cansancio, hasta que el siguiente acceso le traía nuevos témpanos de frío con cuarenta y tres a la sombra.

Dos semanas más y Málter abrió la puerta de la cabina con una mano que ya estaba flaca y tenía las uñas blancas. Bajó a su huerta y halló que sus porotos trepaban con enérgico brío por los tutores. Pero éstos habían pren­dido todos, como las estacas que dividían los canteros, y como las que cer­caban la huerta. Exactamente como la vez anterior. El bambú destrozado, extirpado, ascendía en veinte magníficos retoños a dos metros de altura.

Málter sintió que la fatalidad lo llevaba rápidamente de la mano. ¿Pe­ro es que en aquel país prendía todo de gajo? ¿No era posible contener aquello? Málter, porfiado ya, se propuso obtener únicamente porotos, con prescindencia absoluta de todo árbol o bambú. Arrancó de nuevo todo, reemplazándolo, tras prolijo examen, con varas de cierto vecino árbol des­hojado y leproso. Para mayor eficacia, las clavó al revés. Luego, con pala de media punta y hacha de tumba, ocasionó tal desperfecto al raigón del bambú, que esperó en definitiva paz agrícola un nuevo acceso.

Y éste llegó, con nuevos días de postración. Llegó luego la tregua, y Málter bajó a su huerta. Los porotos subían siempre. Pero los gajos lepro­sos y clavados a contrasavia habían prendido todos. Entre las legumbres, y agujereando la tierra con sus agudos brotes, el bambú aniquilado echaba al aire triunfantes retoños, como monstruosos y verdes habanos.

Durante tres meses la fiebre se obstinó en destruir toda esperanza de salud que el enfermo pudiera conservar para el porvenir, y Málter se empe­ñó a su vez en evitar que las estacas más resecas, reviviendo en lustrosa bro­tación, ahogaran a sus porotos.

Sobrevinieron entonces las grandes lluvias de junio. No se respiraba sino agua. La ropa se enmohecía sobre el cuerpo mismo. La carne se pudría en tres horas y el chocolate se licuaba con frío olor de moho.

Cuando, por fin, su hígado no fue más que una cosa informe y enve­nenada y su cuerpo no pareció sino un esqueleto febril, Málter regresó a Montevideo. De su organismo refractario al chucho dejaba allá su juventud entera, y la salud para siempre jamás. De sus afanes hortícolas en tierra fe­cunda, quedaba un vivero de lujuriosos árboles, entre el yuyo invasor que crecía ahora trece milímetros por día.

Poco después, el arboricultor dio con Málter, y su pasmo ante aquella ruina fue grande.

-Pero allá         interrumpió, sin embargo- aquello es maravilloso, ¿eh? ¡Qué vegetación! ¿Hizo algún ensayo, no es cierto?

 

Málter, con una sonrisa de las más tristes, asintió con la cabeza. Y se fue a su casa a morir.

 

 

 

 

 

 

EL SIMUN

 

 

En vez de lo que deseaba, me dieron un empleo en el Ministerio de Agricultura. Fui nombrado inspector de las estaciones meteorológicas en los países limítrofes.

Estas estaciones, a cargo del gobierno argentino, aunque ubicadas en territorio extranjero, desempeñan un papel muy importante en el estudio del régimen climatológico. Su inconveniente estriba en que de las tres ob­servaciones normales a hacer en el día, el encargado suele efectuar única­mente dos, y muchas veces, ninguna. Llena luego las observaciones en blanco con temperaturas y presiones de pálpito. Y esto explica por qué en dos estaciones en territorio nacional, a tres leguas distantes, mientras una marcó durante un mes las oscilaciones naturales de una primavera tornadi­za, la otra oficina acusó obstinadamente, y para todo el mes, una misma presión atmosférica y una constante dirección del viento.

El caso no es común, claro está, pero por poco que el observador se distraiga cazando mariposas, las observaciones de pálpito son una constan­te amenaza para las estadísticas de meteorología.

Yo había a mi vez cazado muchas mariposas mientras tuve a mi car­go una estación y por esto acaso el Ministerio halló en mí méritos para vi­gilar oficinas cuyo mecanismo tan bien conocía. Fui especialmente enco­mendado de informar sobre una estación instalada en territorio brasileño, al norte del Iguazú. La estación había sido creada un año antes, a pedido de una empresa de maderas. El obraje marchaba bien, según informes sumi­nistrados al gobierno; pero era un misterio lo que pasaba en la estación. Pa­ra aclararlo fui enviado yo, cazador de mariposas meteorológicas, y quiero creer que por el mismo criterio con que los gobiernos sofocan una vasta huelga, nombrando ministro precisamente a un huelguista.

Remonté, pues, el Paraná hasta Corrientes, trayecto que conocía bien. Desde allí a Posadas el país era nuevo para mí, y admiré como es debido el cauce del gran río anchísimo, lento y plateado, con islas empenachadas en todo el circuito de tacuaras dobladas sobre el agua como inmensas canasti­llas de bambú. Tábanos, los que se deseen.

Pero desde Posadas hasta el término del viaje, el río cambió singular­mente. Al cauce pleno y manso sucedía una especie de lúgubre Aqueronte -encajonado entre sombrías murallas de cien metros-, en el fondo del cual corre el Paraná revuelto en torbellinos, de un gris tan opaco que más que agua apenas parece otra cosa que lívida sombra de los murallones. Ni aun sensación de río, pues las sinuosidades incesantes del curso cortan la perspectiva a cada trecho. Se trata, en realidad, de una serie de lagos de montaña hundidos entre tétricos cantiles de bosque, basalto y arenisca bar­nizada en negro.

Ahora bien: el paisaje tiene una belleza sombría que no se halla fácil­mente en los lagos de Palermo. Al caer la noche, sobre todo, el aire adquie­re en la honda depresión, una frescura y transparencia glaciales. El monte vuelca sobre el río su perfume crepuscular, y en esa vasta quietud de la ho­ra el pasajero avanza sentado en proa, tiritando de frío y excesiva soledad. Esto es bello, y yo sentí hondamente su encanto. Pero yo comencé a empaparme en su severa hermosura un lunes de tarde; y el martes de ma­ñana vi lo mismo, e igual cosa el miércoles, y lo mismo vi el jueves y el viernes. Durante cinco días, a dondequiera que volviera la vista no veía si­no dos colores: el negro de los murallones y el gris lívido del río.

Llegué, por fin. Trepé como pude la barranca de ciento viente metros y me presenté al gerente del obraje, que era a la vez el encargado de la es­tación meteorológica. Me hallé con un hombre joven aún, de color cetrino y muchas patas de gallo en los ojos.

-Bueno -me dije-; las clásicas arrugas tropicales. Este hombre ha pasado su vida en un país de sol.

Era francés y se llamaba Briand, como el actual ministro de su patria . Por lo demás, un sujeto cortés y de pocas palabras. Era visible que el hom­bre había vivido mucho y que al cansancio de sus ojos, contrarrestando la luz, correspondía a todas veras igual fatiga del espíritu: una buena necesi­dad de hablar poco, por haber pensado mucho.

Hallé que el obraje estaba en ese momento poco menos que paraliza­do por la crisis de madera, pues en Buenos Aires y Rosario no sabían qué hacer con el stock formidable de lapacho, incienso, peterebí y cedro, de to­da viga, que flotara o no. Felizmente, la parálisis no había alcanzado a la estación meteorológica. Todo subía y bajaba, giraba y registraba en ella, que era un encanto. Lo cual tiene su real mérito, pues cuando las pilas Edi­son se ponen en relaciones tirantes con el registrador del anemómetro, pue­de decirse que el caso es serio. No sólo esto: mi hombre había inventado un aparatito para registrar el rocío -un hechizo regional- con el que nada tenían que ver los instrumentos oficiales; pero aquello andaba a maravillas.

Observé todo, toqué, compulsé libretas y estadísticas, con la certeza creciente de que aquel hombre no sabía cazar mariposas. Si lo sabía, no lo hacía por lo menos. Y esto era un ejemplo tan saludable como moralizador para mí.

No pude menos de informarme, sin embargo, respecto del gran retra­so de las observaciones remitidas a Buenos Aires. El hombre me dijo que es bastante común, aun en obrajes con puerto y chalana en forma, que la correspondencia se reciba y haga llegar a los vapores metiéndola dentro de una botella que se lanza al río. A veces es recogida; a veces, no.

¿Qué objetar a esto? Quedé, pues, encantado. Nada tenía que hacer ya. Mi hombre se prestó amablemente a organizarme una cacería de antas -que no cacé- y se negó a acompañarme a pasear en guabiroba- por el río. El Paraná corre allá nueve millas, con remolinos capaces de poner proa al aire a remolcadores de jangadas. Paseé, sin embargo, y crucé el río; pero jamás volveré a hacerlo.

Entretanto la estada me era muy agradable, hasta que uno de esos días comenzaron las lluvias. Nadie tiene idea en Buenos Aires de lo que es aque­llo cuando un temporal de agua se asienta sobre el bosque. Llueve todo el día sin cesar, y al otro, y al siguiente, como si recién comenzara, en la más espantosa humedad de ambiente que sea posible imaginar. No hay frota­dor de caja de fósforos que conserve un grano de arena, y si un cigarro ya tiraba mal 30 en pleno sol, no queda otro recurso que secarlo en el horno de la cocina económica, donde se quema, claro está.

Yo estaba ya bastante harto del paisaje aquel: la inmensa depresión negra y el río gris en el fondo; nada más. Pero cuando me tocó sentarme en el corredor por toda una semana, teniendo por delante la gotera, detrás la lluvia y allá abajo el Paraná blanco; cuando, después de volver la cabe­za a todos lados y ver siempre el bosque inmóvil bajo el agua, tornaba fa­talmente la vista al horizonte de basalto y bruma, confieso que entonces sentía crecer en mí, como un hongo, una inmensa admiración por aquel hombre que asistía sin inmutarse al liquidamiento de su energía y de sus cajas de fósforos.

Tuve, por fin, una idea salvadora:

tomáramos algo? -propuse-. De continuar esto dos días más, me voy en canoa.

Eran las tres de la tarde. En la comunidad de los casos, no es ésta ho­ra formal para tomar caña. Pero cualquier cosa me parecía profundamente razonable -aun iniciar a las tres el aperitivo-, ante aquel paisaje de Di­vina Comedia empapado en siete días de lluvia.

Comenzamos, pues. No diré si tomamos poco o mucho, porque la cantidad es en sí un detalle superficial. Lo fundamental es el giro particu­lar de las ideas, así la indignación que se iba apoderando de mí por la ma­nera con que mi compañero soportaba aquella desolación de paisaje. Mira­ba él hacia el río con la calma de un individuo que espera el final de un di­luvio universal que ha comenzado ya, pero que demorará aún catorce o quince años: no había por qué inquietarse. Yo se lo dije; no sé de qué mo­do, pero se lo dije. Mi compañero se echó a reír pero no me respondió. Mi indignación crecía.

-Sangre de pato... -murmuraba yo mirándolo- No tiene ya dos dedos de energía...

Algo oyó, supongo, porque, dejando su sillón de tela vino a sentarse a la mesa, enfrente de mí. Le vi hacer aquello un si es no es estupefacto, co­mo quien mira a un sapo acodarse ante nuestra mesa. Mi hombre se acodó, en efecto, y noté entonces que lo veía con enérgico relieve.

Habíamos comenzado a las tres, recuerdo que dije. No sé qué hora se­ría entonces.

Tropical farsante...    murmuré aún-. Borracho perdido... El se sonrió de nuevo, y me dijo con voz muy clara:

-Óigame, mi joven amigo: usted, a pesar de su título y su empleo y su mariposeo mental, es una criatura. No ha hallado otro recurso para so­brellevar unos cuantos días que se le antojan aburridos, que recurrir al al­cohol. Usted no tiene idea de lo que es aburrimiento, y se escandaliza de que yo no me enloquezca con usted. ¿Qué sabe usted de lo que es un país realmente de infierno? Usted es una criatura, y nada más. ¿Quiere oír una historia de aburrimiento? Oiga, entonces:

Yo no me aburro aquí porque he pasado por cosas que usted no resisti­ría quince días. Yo estuve siete meses... Era allá, en el Sahara, en un fortín avanzado. Que soy oficial del ejército francés, ya lo sabe... Ah, ¿no? Bueno, capitán... Lo que no sabe es que pasé siete meses allá, en un país totalmente desierto, donde no hay más que sol de cuarenta y ocho grados a la sombra, arena que deja ciego y escorpiones. Nada más. Y esto cuando no hay siroco... Éramos dos oficiales y ochenta soldados. No había nadie ni nada más en doscientas leguas a la redonda. No había sino una horrible luz y un ho­rrible calor, día y noche... Y constantes palpitaciones de corazón, porque uno se ahoga... Y un silencio tan grande como puede desearlo un sujeto con jaqueca.

Las tropas van a esos fortines porque es su deber. También van los ofi­ciales; pero todos vuelven locos o poco menos. ¿Sabe a qué tiempo de mar­cha están esos fortines? A veinte y treinta días de caravana... Nada más que

arena: arena en los dientes, en la sopa, en cuanto se come; arena en la má­quina de los relojes que hay que llevar encerrados en bolsitas de gamuza. Y en los ojos, hasta enceguecer al ochenta por ciento de los indígenas, cuanta quiera. Divertido, ¿eh? Y el cafard... ¡Ah! Una diversión...

Cuando sopla el siroco, si no quiere usted estar todo el día escupien­do sangre, debe acostarse entre sábanas mojadas, renovándolas sin cesar, porque se secan antes de que usted se acuerde. Así, dos, tres días. A veces siete... ¿Oye bien?, siete días. Y usted no tiene otro entretenimiento, fue­ra de empapar sus sábanas, que triturar arena, azularse de disnea por la fal­ta de aire y cuidarse bien de cerrar los ojos porque están llenos de arena... y adentro, afuera, donde vaya, tiene cincuenta y dos grados a la sombra. Y si usted adquiere bruscamente ideas suicidas -incuban allá con una rapi­dez desconcertante-, no tiene más que pasear cien metros al sol, protegi­do por todos los sombreros que usted quiera: una buena y súbita conges­tión a la médula lo tiende en medio minuto entre los escorpiones.

¿Cree usted, con esto, que haya muchos oficiales que aspiren seria­mente a ir allí? Hay el cafard, además... ¿Sabe usted lo que pasa y se repi­te por intervalos? El gobierno recibe un día, cien, quinientas renuncias de empleados de toda categoría. Todas lo mismo... "Vida perra... Hostilidad de los jefes... Insultos de los compañeros... Imposibilidad de vivir un so­lo segundo más con ellos..."

-Bueno -dice la Administración-; parece que por allá sopla el siroco.

Y deja pasar quince días. Al cabo de este tiempo pasa el siroco, y los nervios recobran su elasticidad normal. Nadie recuerda ya nada, y los re­nunciantes se quedan atónitos por lo que han hecho.

Esto es el guebli... Así decimos allá al siroco, o simún de las geogra­fías... Observe que en ninguna parte del Sahara del Norte he oído llamar simún al guebli. Bien. ¡Y usted no puede soportar esta lluvia! ¡El guebli... ! Cuando sopla, usted no puede escribir. Moja la pluma en el tintero y ya es­tá seca al llegar al papel. Si usted quiere doblar el papel, se rompe como vi­drio. Yo he visto un repollo, fresquísimo al comenzar el viento, doblarse; amarillear y secarse en un minuto. ¿Usted sabe bien lo que es un minuto? Saque el reloj y cuente.

Y los nervios y los golpes de sangre... Multiplique usted por diez la tensión de nuestros meridionales cuando llega allá un colazo de guebli y apreciará lo que es irritabilidad explosiva.

¿Y sabe usted por qué no quieren ir los oficiales, fuera del tormento cor­poral? Porque no hay relación, ni amistad, ni amor que resistan a la vida en común en esos parajes... ¡Ah! ¿Usted cree que no? Usted es una criatura, ya le he dicho... Yo lo fui también, y pedí mis seis meses en un fortín en el Sa­hara, con un teniente a mis órdenes. Éramos íntimos amigos, infinitamente más de lo que pudiéramos llegar a serlo usted y yo en veinte generaciones.

Bueno; fuimos allá y durante dos meses nos reímos de arena, sol y ca­fard. Hay allá cosas bellas, no se puede negar. Al salir el sol, todos los mon­tículos de arena brillan; es un verdadero mar de olas de oro. De tarde, los crepúsculos son violeta, puramente violeta. Y comienza el guebli a soplar sobre los médanos, va rasando las cúspides y arrancando la arena en nube­cillas, como humo de diminutos volcanes. Se los ve disminuir, desaparecer, para formarse de nuevo más lejos. Sí, así pasa cuando sopla el siroco... Y esto lo veíamos con gran placer en los primeros tiempos.

Poco a poco el cafard comenzó a arañar con sus patas nuestras cabezas debilitadas por la soledad y la luz; un aislamiento tan fuera de la Humani­dad, que se comienza a dar paseos cortos de vaivén. La arena constante en­tre los dientes... La piel hiperestesiada hasta convertir en tormento el me­nor pliegue de la camisa... Este es el grado inicial -diremos delicioso aún de aquello.

Por poca honradez que se tenga, nuestra propia alma es el receptácu­lo donde guardamos todas esas miserias, pues, comprendiéndonos únicos culpables, cargamos virilmente con la responsabilidad. ¿Quién podría te­ner la culpa?

Hay, pues, una lucha heroica en eso. Hasta que un día; después de cuatro de siroco, el cafard clava más hondamente sus patas en la cabeza y ésta no es más dueña de sí. Los nervios se ponen tan tirantes, que ya no hay sensaciones, sino heridas y punzadas. El más simple roce es un empujón; una voz amiga es un grito irritante; una mirada de cansancio es una provo­cación; un detalle diario y anodino cobra una novedad hostil y ultrajante.

¡Ah! Usted no sabe nada... Óigame: ambos, mi amigo y yo, compren­dimos que las cosas iban mal, y dejamos casi de hablar. Uno y otro sentía­mos que la culpa estaba en nuestra irritabilidad, exasperada por el aisla­miento, el calor, el cafard, en fin. Conservábamos, pues, nuestra razón. Lo poco que hablábamos era en la mesa.

Mi amigo tenía un tic. ¡Figúrese usted si estaría yo acostumbrado a él después de veinte años (le estrecha amistad! Consistía simplemente en un movimiento seco de la cabeza, echándola a un lado, como si le apretara o molestara un cuello de camisa.

Ahora bien; un día, bajo amenaza de siroco, cuya depresión angustio­sa es tan terrible como el viento mismo, ese día, al levantar los ojos del pla­to, noté que mi amigo efectuaba su movimiento de cabeza. Volví a bajar los ojos, y cuando los levanté de nuevo, vi que otra vez repetía su tic. Torné a bajar los ojos, pero ya en una tensión nerviosa insufrible. ¿Por qué hacía así? ¿Para provocarme? ¿Qué me importaba que hiciera tiempo que hacía eso? ¿Por qué lo hacía cada vez que lo miraba? Y lo terrible era que estaba seguro -¡seguro!- de que cuando levantara los ojos lo iba a ver sacudien­do la cabeza de lado. Resistí cuanto pude, pero el ansia hostil y enfermiza me hizo mirarlo bruscamente. En ese momento echaba la cabeza a un lado, como si le irritara el cuello de la camisa.

-¡Pero hasta cuándo vas a estar con esas estupideces! -le grité con toda la rabia provocativa que pude.

Mi amigo me miró, estupefacto al principio, y en seguida con rabia también. No había comprendido por qué lo provocaba, pero había allí un brusco escape a su propia tensión nerviosa.

-¡Mejor es que dejemos! -repuso con voz sorda y trémula-. Voy a comer solo en adelante.

Y tiró la servilleta -la estrelló- contra la silla.

Quedé en la mesa, inmóvil, pero en una inmovilidad de resorte ten­dido. Sólo la pierna derecha, sólo ella, bailaba sobre la punta del pie. Poco a poco recobré la calma. ¡Pero era idiota lo que había hecho! ¡El, mi amigo más que íntimo, con los lazos de fraternidad que nos unían! Fui a verle y lo tomé del brazo.

-Estamos locos -le dije-. Perdóname.

Esa noche cenamos juntos otra vez. Pero el guebli rapaba ya los mon­tículos, nos ahogábamos a cincuenta y dos grados y los nervios punzaban enloquecidos a flor de epidermis. Yo no me atrevía a levantar los ojos por­que sabía que él estaba en ese momento sacudiendo la cabeza de lado, y me hubiera sido completamente imposible ver con calma eso. Y la tensión cre­cía, porque había una tortura mayor que aquélla; era saber que, sin que yo lo viera, él estaba en ese instante con su tic.

¿Comprende usted esto? El, mi amigo, pasaba por lo mismo que yo, pero exactamente con razonamientos al revés... Y teníamos una precaución inmensa en los movimientos, al alzar un porrón de barro, al apartar un pla­to, al frotar con pausa un fósforo; porque comprendíamos que al menor movimiento brusco hubiéramos saltado como dos fieras.

No comimos más juntos. Vencidos ambos en la primera batalla del mutuo respeto y la tolerancia, el cafard se apoderó del todo de nosotros. Le he contado con detalles este caso porque fue el primero. Hubo cien más. Llegamos a no hablarnos sino lo estrictamente necesario al servicio, de­jamos el tú y nos tratamos de usted. Además, capitán y teniente, mutuamente. . Si por una circunstancia excepcional, cambiábamos más de dos palabras, no nos mirábamos, de miedo de ver, flagrante, la provocación en los ojos del otro... Y al no mirarnos sentíamos igualmente la patente hostilidad de esa actitud, atentos ambos al menor gesto, a una mano puesta sobre la mesa, al molinete de una silla que se cambia de lugar, para explotar con loco frenesí. No podíamos más, y pedimos el relevo.

Abrevio. No sé bien, porque aquellos dos meses últimos fueron una pe­sadilla, qué pasó en ese tiempo. Recuerdo, sí, que yo, por un esfuerzo final de salud o un comienzo real de locura, me di con alma y vida a cuidar de cin­co o seis legumbres que defendía a fuerza de diluvios de agua y sábanas mo­jadas. El, por su parte, y en el otro extremo del fortín, para evitar todo con­tacto, puso su amor en un chanchito, ¡no sé aún de dónde pudo salir! Lo que recuerdo muy bien es que una tarde hallé rastros del animal en mi huerta, y cuando llegó esa noche la caravana oficial que nos relevaba, yo estaba agacha­do, acechando con un fusil al chanchito para matarlo de un tiro.

¿Qué más le puedo decir? ¡Ah! Me olvidaba... Una vez por mes, más o menos, acampaba allí una tribu indígena, cuyas bellezas, harto fáciles, quitaban a nuestra tropa, entre siroco y siroco, el último resto de solidez que quedaba a sus nervios. Una de ellas, de alta jerarquía, era realmente muy bella... Figúrese ahora en este detalle- cuán bien aceitados esta­rían en estas ocasiones el revólver de mi teniente y el mío...

Bueno, se acabó todo. Ahora estoy aquí, muy tranquilo, tomando ca­ña brasileña con usted, mientras llueve. ¿Desde cuándo? Martes, miérco­les... siete días. Y con una buena casa, un excelente amigo, aunque muy joven... ¿Y quiere usted que me pegue un tiro por esto? Tomemos más ca­ña, si le place, y después cenaremos, cosa siempre agradable con un com­pañero como usted... Mañana -pasado mañana, dicen-- debe bajar el Meteoro. Se embarca en él y cuando vuelva a hallar pesados estos siete días de lluvia, acuérdese del tic, del cafard y del chanchito...

¡Ah! Y de mascar constantemente arena, sobre todo cuando se está ra­bioso... Le aseguro que es una sensación que vale la pena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANACONDA

 

 

Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo carga­do pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se en­treabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos.

Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceo­lada con la lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará, de un metro cincuenta, con los negros ángulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.

Iba de caza. Al llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arrolló pro­lijamente sobre sí misma, removióse aún un momento acomodándose y después de bajar la cabeza al nivel de sus anillos. asentó la mandíbula in­ferior y esperó inmóvil.

Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este tiempo con­tinuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se re­cortaba una inmensa sombra.

-Quisiera pasar cerca de la Casa -se dijo la yarará         . Hace días que siento ruido, y es menester estar alerta...

Y marchó prudentemente hacia la sombra.

La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de ta­blas rodeado de corredores y todo blanqueado. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio había estado desha­bitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la presencia del Hom­bre. Mal asunto...

Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que hubiera querido.

Un inequívoco ruido de puerta abierta llegó a sus oídos. La víbora ir­guió la cabeza, y mientras notaba que una rubia claridad en el horizonte anunciaba la aurora vio una angosta sombra, alta y robusta, que avanzaba hacia ella. Oyó también el ruido de las pisadas, el golpe seguro, pleno, enormemente distanciado que denunciaba también a la legua al enemigo.

-¡El Hombre! -murmuró Lanceolada. Y rápida como el rayo se arrolló en guardia.

La sombra estuvo sobre ella. Un enorme pie cayó a su lado, y la yara­rá, con toda la violencia de un ataque al que jugaba la vida, lanzó la cabe­za contra aquello y la recogió a la posición anterior.

El hombre se detuvo: había creído sentir un golpe en las botas. Miró el yuyo a su alrededor sin mover los pies de su lugar; pero nada vio en la oscuridad apenas rota por el vago día naciente, y siguió adelante.

Pero Lanceolada vio que la Casa comenzaba a vivir, esta vez real y efectivamente con la vida del Hombre. La yarará emprendió la retirada a su cubil llevando consigo la seguridad de que aquel acto nocturno no era sino el prólogo del gran drama a desarrollarse en breve.

 

 

 

II

 

 

Al día siguiente la primera preocupación de Lanceolada fue el peligro que con la llegada del Hombre se cernía sobre la familia entera. Hombre y Devastación son sinónimos desde tiempo inmemorial en el Pueblo entero de los Animales. Para las Víboras en particular, el desastre se personifica­ba en dos horrores: el machete escudriñando, revolviendo el vientre mismo de la selva, y el fuego aniquilando el bosque en seguida, y con él los recón­ditos cubiles.

Tornábase, pues, urgente prevenir aquello. Lanceolada esperó la nue­va noche para ponerse en campaña. Sin gran trabajo halló a dos compañe­ras, que lanzaron la voz de alarma. Ella, por su parte, recorrió hasta las do­ce los lugares más indicados para un feliz encuentro, con suerte tal que a las dos de la mañana el Congreso se hallaba, si no en pleno, por lo menos con mayoría de especies para decidir qué se haría.

En la base de un murallón de piedra viva, de cinco metros de altura, y en pleno bosque, desde luego, existía una caverna disimulada por los he­lechos que obstruían casi la entrada. Servía de guarida desde mucho tiem­po atrás a Terrífica, una serpiente de cascabel, vieja entre las viejas, cuya cola contaba treinta y dos cascabeles. Su largo no pasaba de un metro cua­renta, pero en cambio su grueso alcanzaba al de una botella. Magnífico ejemplar, cruzada de rombos amarillos, vigorosa, tenaz, capaz de quedar siete horas en el mismo lugar frente al enemigo, pronta a enderezar los col­millos con canal interno que son, como se sabe, si no los más grandes, los más admirablemente constituidos de todas las serpientes venenosas.

Fue allí, en consecuencia, donde, ante la inminencia del peligro y presi­dido por la víbora de cascabel, se reunió el Congreso de las Víboras. Estaban allí, fuera de Lanceolada y Terrífica, las demás yararás del país: la pequeña Coa­tiarita , benjamín de la Familia, con la línea rojiza de sus costados bien visi­bles y su cabeza particularmente afilada. Estaba allí, negligentemente tendida como si se tratara de todo menos de hacer admirar las curvas blancas y café de su lomo sobre largas bandas salmón; la esbelta Neuwied , dechado de belleza, y que había guardado para sí el nombre del naturalista que determinó su es­pecie. Estaba Cruzada -que en el sur llaman víbora de la cruz-, potente y audaz rival de Neuwied en punto a belleza de dibujo. Estaba Atroz, de nom­bre suficientemente fatídico; y por último, Urutú Dorado, la yararacusú , di­simulando discretamente en el fondo de la caverna sus ciento setenta centíme­tros de terciopelo negro cruzado oblicuamente por bandas de oro.

Es de notar que las especies del formidable género Lachesis, o yararás, a que pertenecían todas las congresales menos Terrífica, sostienen una vie­ja rivalidad por la belleza del dibujo y el color. Pocos seres, en efecto, tan bien dotados como ellas.

Según las leyes de las víboras, ninguna especie poco abundante y sin dominio real en el país puede presidir las asambleas del Imperio. Por esto Urutú Dorado, magnífico animal de muerte, pero cuya especie es más bien rara, no pretendía este honor, cediéndolo de buen grado a la víbora de cas­cabel, más débil, pero que abunda milagrosamente.

El Congreso estaba, pues, en mayoría, y Terrífica abrió la sesión. ¡Compañeras! -dijo-. Hemos sido todas enteradas por Lanceolada de la presencia nefasta del Hombre. Creo interpretar el anhelo de todas noso­tras, al tratar de salvar nuestro Imperio de la invasión enemiga. Sólo un medio cabe, pues la experiencia nos dice que el abandono del terreno no remedia na­da. Este medio, ustedes lo saben bien, es la guerra al Hombre, sin tregua ni cuartel, desde esta noche misma, a la cual cada especie aportará sus virtudes. Me halaga en esta circunstancia olvidar mi especificación humana: No soy ahora una serpiente de cascabel: soy una yarará, como ustedes. Las yararás, que tienen a la Muerte por negro pabellón. ¡Nosotras somos la Muerte, compañe­ras! Y entretanto, que alguna de las presentes proponga un plan de campaña. Nadie ignora, por lo menos en el Imperio de las Víboras, que todo lo que Terrífica tiene de largo en sus colmillos, lo tiene de corto en su inteli­gencia. Ella lo sabe también, y aunque incapaz por lo tanto de idear plan alguno, posee, a fuer de vieja reina, el suficiente tacto para callarse.

Entonces Cruzada, desperezándose, dijo:

-Soy de la opinión de Terrífica, y considero que mientras no tenga­mos un plan, nada podemos ni debemos hacer. Lo que lamento es la falta en este Congreso de nuestras primas sin veneno: las Culebras.

Se hizo un largo silencio. Evidentemente, la proposición no halagaba a las víboras. Cruzada se sonrió de un modo vago y continuó:

-Lamento lo que pasa... Pero quisiera solamente recordar esto: si entre todas nosotras pretendiéramos vencer a una culebra, no lo consegui­ríamos. Nada más quiero decir.

-Si es por su resistencia al veneno -objetó perezosamente Urutú Dorado, desde el fondo del antro-, creo que yo sola me encargaría de de­sengañarlas...

No se trata de veneno           replicó desdeñosamente Cruzada-. Yo también me bastaría... agregó con una mirada de reojo a la yararacusú­. Se trata de su fuerza, de su destreza, de su nerviosidad, como quiera lla­mársele. Cualidades de lucha que nadie pretenderá negar a nuestras primas. Insisto en que en una campaña como la que queremos emprender las ser­pientes nos serán de gran utilidad; más: de imprescindible necesidad.

Pero la proposición desagradaba siempre:

-¿Por qué las culebras? -exclamó Atroz- Son despreciables. Tienen ojos de pescado agregó la presuntuosa Coatiarita.

-¡Me dan asco!           protestó desdeñosamente Lanceolada.

-Tal vez sea otra cosa lo que te dan... -murmuró Cruzada mirán­dola de reojo.

-¿A mí? -silbó Lanceolada, irguiéndose-. ¡Te advierto que haces mala figura aquí, defendiendo a esos gusanos corredores!

Si te oyen las Cazadoras..."  murmuró irónicamente Cruzada. Pero al oír este nombre, Cazadoras, la asamblea entera se agitó.

¡No hay para qué decir eso!            gritaron-. ¡Ellas son culebras, y na­da más!

¡Ellas se llaman a sí mismas las Cazadoras! -replicó secamente Cruzada-. Y estamos en Congreso.

También desde tiempo inmemorial es fama entre las víboras la rivali­dad particular de las dos yararás: Lanceolada, hija del extremo norte, y Cru­zada, cuyo hábitat se extiende más al sur. Cuestión de coquetería en pun­to a belleza, según las culebras.

-¡Vamos, vamos! -intervino Terrífica- Que Cruzada explique para qué quiere la ayuda de las culebras, siendo así que no representan la Muerte como nosotras.

-¡Para esto! -replicó Cruzada ya en calma- Es indispensable sa­ber qué hace el Hombre en la casa; y para ello se precisa ir hasta allá, a la casa misma. Ahora bien, la empresa no es fácil, porque si el pabellón de nuestra especie es la Muerte, el pabellón del Hombre es también la Muer­te, ¡y bastante más rápida que la nuestra! Las serpientes nos aventajan in­mensamente en agilidad. Cualquiera de nosotras iría y vería. Pero ¿volve­ría? Nadie mejor para esto que la Nacaniná. Estas exploraciones forman parte de sus hábitos diarios, y podría, trepada al techo, ver, oír, y regresar a informarnos antes de que sea de día.

La proposición era tan razonable que esta vez la asamblea entera asin­tió, aunque con un resto de desagrado.

-¿Quién va a buscarla? -preguntaron varias voces. Cruzada desprendió la cola de un tronco y se deslizó afuera. ¡Voy yo! -dijo- En seguida vuelvo.

-¡Eso es! -le lanzó Lanceolada de atrás-. ¡Tú que eres su protec­tora la hallarás en seguida!

Cruzada tuvo aún tiempo de volver la cabeza hacia ella, y le sacó la lengua, reto a largo plazo.

 

 

 

III

 

 

Cruzada halló a la Nacaniná" cuando ésta trepaba a un árbol. -¡Eh, Nacaniná! -llamó con un leve silbido.

La Nancaniná oyó su nombre; pero se abstuvo prudentemente de con­testar hasta nueva llamada.

-¡Nacaniná! -repitió Cruzada, levantando medio tono su silbido. -¿Quién me llama?        respondió la culebra.

-¡Soy yo, Cruzada!

-¡Ah, la prima...! ¿Qué quieres, prima adorada?

-No se trata de bromas, Nacaniná... ¿Sabes lo que pasa en la Casa? -Sí, que ha llegado el Hombre... ¿Qué más?

Y, ¿sabes que estamos en Congreso?

¡Ah, no; esto no lo sabía! -repuso la Nacaniná, deslizándose cabe­za abajo contra el árbol, con tanta seguridad como si marchara sobre un plano horizontal-. Algo grave debe pasar para eso... ¿Qué ocurre?

-Por el momento, nada; pero nos hemos reunido en Congreso preci­samente para evitar que nos ocurra algo. En dos palabras: se sabe que hay varios hombres en la Casa, y que se van a quedar definitivamente. Es la Muerte para nosotras.

Yo creía que ustedes eran la Muerte por sí mismas... ¡No se cansan de repetirlo! -murmuró irónicamente la culebra.

¡Dejemos esto! Necesitamos de tu ayuda, Ñacaniná. ¿Para qué? ¡Yo no tengo nada que ver aquí!

¿Quién sabe? Para desgracia tuya, te pareces bastante a nosotras, las Venenosas. Defendiendo nuestros intereses, defiendes los tuyos.

-¡Comprendo! -repuso la Ñacaniná después de un momento en el que valoró la suma de contingencias desfavorables para ella por aquella se­mejanza.

-Bueno: ¿contamos contigo?

-¿Qué debo hacer?

-Muy poco. Ir en seguida a la Casa, y arreglarte allí de modo que veas y oigas lo que pasa.

-¡No es mucho, no! -repuso negligentemente Ñacaniná, restre­gando la cabeza contra el tronco-. Pero es el caso agregó- que allá arriba tengo la cena segura... Una pava del monte a la que desde anteayer se le ha puesto en el copete anidar allí...

-Tal vez allá encuentres algo que comer -1a consoló suavemente Cruzada. Su prima la miró de reojo.

-Bueno, en marcha -reanudó la yarará-. Pasemos primero por el Congreso.

-¡Ah, no! -protestó la Ñacaniná-. ¡Eso no! ¡Les hago a ustedes el favor, y en paz! Iré al Congreso cuando vuelva... si vuelvo. Pero ver antes de tiempo la cáscara rugosa de Terrífica, los ojos de matón de Lanceolada y la cara estúpida de Coralina". ¡Eso, no!

-No está Coralina.

-¡No importa! Con el resto tengo bastante.

-¡Bueno, bueno! -repuso Cruzada, que no quería hacer hincapié­-.Pero si no disminuyes un poco la marcha, no te sigo.

En efecto, aun a todo correr, la yarará no podía acompañar el deslizar -casi lento para ella- de la Nacaniná.

-Quédate, ya estás cerca de las otras -contestó la culebra. Y se lan­zó a toda velocidad, dejando en un segundo atrás a su prima Venenosa.

 

 

IV

 

 

Un cuarto de hora después la Cazadora llegabaa su destino. Velaban todavía en la casa. Por las puertas, abiertas de par en par, salían chorros de luz, y ya desde lejos la Nacaniná pudo ver cuatro honbres sentados alrede­dor de la mesa.

Para llegar con impunidad sólo faltaba evitarel problemático tro­piezo con un perro. ¿Los habría? Mucho lo temí¿ Nacaniná. Por esto deslizóse adelante con gran cautela, sobre todo cuando llegó ante el co­rredor.

Ya en él observó con atención. Ni enfrente, ni ala derecha, ni a la iz­quierda había perro alguno. Sólo allá, en el corredor apuesto y que la cule­bra podía ver por entre las piernas de los hombres, un perro negro dormía echado de costado.

La plaza, pues, estaba libre. Como desde el lugar en que se encontraba podía oír, pero no ver el panorama entero de los hombres hablando, la culebra, tras una ojeada arriba, tuvo lo que deseaba en un momento. Trepó por una es­calera recostada a la pared bajo el corredor y se instaló en el espacio libre en­tre pared y techo, tendida sobre el tirante. Pero por más precauciones que to­mara al deslizarse, un viejo clavo cayó al suelo y un hombre levantó los ojos. -¡Se acabó! -se dijo Ñacaniná, conteniendo la respiración. Otro hombre miró también arriba.

-¿Qué hay?      preguntó.

-Nada -repuso el primero-. Me pareció ver algo negro por allá.

-Una rata.

-Se equivocó el Hombre -murmuró para sí la culebra.

-O alguna ñacaniná.

-Acertó el otro Hombre -murmuró de nuevo la aludida, aprestán­dose a la lucha.

Pero los hombres bajaron de nuevo la vista, y la Nacaniná vio y oyó durante media hora.

 

 

 

V

 

 

La Casa, motivo de preocupación de la selva, habíase convertido en es­tablecimiento científico de la más grande importancia. Conocida ya desde tiempo atrás la particular riqueza en víboras de aquel rincón del territorio, el Gobierno de la Nación había decidido la creación de un Instituto de Se­roterapia Ofídica, donde se prepararían sueros contra el veneno de las ví­boras. La abundancia de éstas es un punto capital, pues nadie ignora que la carencia de víboras de que extraer el veneno es el principal inconveniente para una vasta y segura preparación del suero.

El nuevo establecimiento podía comenzar casi en seguida, porque contaba con dos animales -un caballo y una mula- ya en vías de com­pleta inmunización. Habíase logrado organizar el laboratorio y el serpen­tario. Este último prometía enriquecerse de un modo asombroso, por más que el Instituto hubiera llevado consigo no pocas serpientes venenosas, las mismas que servían para inmunizar a los animales citados.

Pero si se tiene en cuenta que un caballo, en su último grado de in­munización, necesita seis gramos de veneno en cada inyección (cantidad suficiente para matar doscientos cincuenta caballos), se comprenderá que deba ser muy grande el número de víboras en disponibilidad que requiere un Instituto del género.

Los días, duros al principio, de una instalación en la selva, mantenían al personal superior del Instituto en vela hasta medianoche, entre planes de laboratorio y demás.

Y los caballos, ¿cómo están hoy? -preguntó uno, de lentes ne­gros, y que parecía ser el jefe del Instituto.

-Muy caídos -repuso otro-. Si no podemos hacer una buena re­colección en estos días...

La Nacaniná, inmóvil sobre el tirante, ojos y oídos alerta, comen­zaba a tranquilizarse.

-Me parece      se dijo- que las primas venenosas se han llevado un susto magnífico. De estos hombres no hay gran cosa que temer... Y avanzando más la cabeza, a tal punto que su nariz pasaba ya la lí­nea del tirante, observó con más atención.

Pero un contratiempo evoca otro.

-Hemos tenido hoy un día malo      agregó alguno-. Cinco tubos de ensayo se han roto...

La Nacaniná sentíase cada vez más inclinada a la compasión. -¡Pobre gente!         murmuró-. Se les han roto cinco tubos...

Y se disponía a abandonar su escondite para explorar aquella ino­cente casa, cuando oyó:

-En cambio, las víboras están magníficas... Parece sentarles el país.

-¿Eh? -dio una sacudida la culebra, jugando velozmente con la lengua-. ¿Qué dice ese pelado de traje blanco?

Pero el hombre proseguía:

-Para ellas, sí, el lugar me parece ideal... Y las necesitamos ur­gentemente, los caballos y nosotros.

-Por suerte, vamos a hacer una famosa cacería de víboras en este país. No hay duda de que es el país de las víboras.

-Hum..., hum..., hum... -murmuró Nacaniná, arrollándose en el tirante cuanto le fue posible-. Las cosas comienzan a ser un poco dis­tintas... Hay que quedar un poco más con esta buena gente... Se apren­den cosas curiosas.

Tantas cosas curiosas oyó, que cuando, al cabo de media hora, qui­so retirarse, el exceso de sabiduría adquirida le hizo hacer un falso mo­vimiento, y la tercera parte de su cuerpo cayó, golpeando la pared de ta­blas. Como había caído de cabeza, en un instante la tuvo enderezada ha­cia la mesa, la lengua vibrante.

La Nacaniná, cuyo largo puede alcanzar a tres metros, es valiente, con seguridad la más valiente de nuestras serpientes. Resiste un ataque serio del hombre, que es inmensamente mayor que ella, y hace frente siempre. Como su propio coraje le hace creer que es muy temida, la nuestra se sorprendió un poco al ver que los hombres, enterados de que se trataba de una simple ñacaniná, se echaron a reír tranquilos.

Es una ñacaniná... Mejor; así nos limpiará la casa de ratas.

¿Ratas?... -silbó la otra. Y como continuaba provocativa, un hombre se levantó al fin.

-Por útil que sea, no deja de ser un mal bicho... Una de estas no­ches la voy a encontrar buscando ratones dentro de mi cama...

Y cogiendo un palo próximo, lo lanzó contra la Nacaniná a todo vue­lo. El palo pasó silbando junto a la cabeza de la intrusa y golpeó con terri­ble estruendo la pared.

Hay ataque y ataque. Fuera de la selva, y entre cuatro hombres, la Ña­canina no se hallaba a gusto. Se retiró a escape, concentrando toda su ener­gía en la cualidad que, juntamente con el valor, forman sus dos facultades primas: la velocidad para correr.

Perseguida por los ladridos del perro, y aun rastreada buen trecho por éste -lo que abrió una nueva luz respecto a las gentes aquellas-, la cule­bra llegó a la caverna. Pasó por encima de Lanceolada y Atroz, y se arrolló a descansar, muerta de fatiga.

 

 

 

VI

 

 

-¡Por fin! exclamaron todas, rodeando a la exploradora--. Creía­mos que te ibas a quedar con tus amigos los Hombres...

¡Hum!... -murmuró Nacaniná.

-¿Qué nuevas nos traes? -preguntó Terrífica.

-¿Debemos esperar un ataque, o no tomar en cuenta a los Hombres? -Tal vez fuera mejor esto... Y pasar al otro lado del río repuso Nacaniná.

¿Qué?... ¿Cómo?... -saltaron todas-. ¿Estás loca?

-Oigan, primero.

¡Cuenta, entonces!

Y Ñacaniná contó todo lo que había visto y oído: la instalación del instituto Seroterápico, sus planes, sus fines y la decisión de los hombres de cazar cuanta víbora hubiera en el país.

-¡Cazarnos! -saltaron. Urutú Dorado, Cruzada y Lanceolada, heri­das en lo más vivo de su orgullo-. ¡Matarnos, querrás decir!

-¡No! ¡Cazarlas, nada más! Encerrarlas, darles bien de comer y ex­traerles cada veinte días el veneno. ¿Quieren vida más dulce?

La asamblea quedó estupefacta. Ñacaniná había explicado muy bien el fin de esta recolección de veneno; pero lo que no había explicado eran los medios para llegar a obtener el suero.

¡Un suero antivenenoso! Es decir, la curación asegurada, la inmuniza­ción de hombres y animales contra la mordedura; la Familia entera conde­nada a perecer de hambre en plena selva natal.

-¡Exactamente! -apoyó Nacaniná 

-No se trata sino de esto.

Para la Nacaniná, el peligro previsto era mucho menor. ¿Qué le im­portaba a ella y sus hermanas las cazadoras -a ellas, que cazaban a diente limpio, a fuerza de músculos- que los animales estuvieran o no inmuni­zados? Un solo punto oscuro veía ella, y es el excesivo parecido de una cu­lebra con una víbora % que favorecía confusiones mortales. Be aquí el in­terés de la culebra en suprimir el Instituto.

-Yo me ofrezco a empezar la campaña -dijo Cruzada.

-¿Tienes un plan? -preguntó ansiosa Terrífica, siempre falta de ideas.

-Ninguno. Iré sencillamente mañana de tarde a tropezar con al­guien.

-¡Ten cuidado! -le dijo Nacaniná, con voz persuasiva-, Hay varias jaulas vacías... ¡Ah, me olvidaba! -agregó, dirigiéndose a Cruzada-. Ha­ce un rato, cuando salí de allí... Hay un perro negro muy peludo... Creo que sigue el rastro de una víbora... ¡Ten cuidado!

-¡Allá veremos! Pero pido que se llame a Congreso pleno para ma­ñana de noche. Si yo no puedo asistir tanto peor...

Mas la asamblea había caído en nueva sorpresa. -¿Perro que sigue nuestro rastro...? ¿Estás segura?

-Casi. ¡Ojo con ese perro, porque puede hacernos más daño que to­dos los hombres juntos!

-Yo me encargo de él -exclamó Terrífica, contenta de (sin mayor esfuerzo mental) poder poner en juego sus glándulas de veneno, que a la menor contracción nerviosa se escurría por el canal de los colmillos.

Pero ya cada víbora se disponía a hacer correr la palabra en su distri­to, y a Nacaniná, gran trepadora, se le encomendó especialmente llevar la voz de alerta a los árboles, reino preferido de las culebras.

A las tres de la mañana la asamblea se disolvió. Las víboras, vueltas a la vida normal, se alejaron en distintas direcciones, desconocidas ya las unas para las otras, silenciosas, sombrías, mientras en el fondo de la caver­na la serpiente de cascabel quedaba arrollada e inmóvil, fijando sus duros ojos de vidrio en un ensueño de mil perros paralizados.

 

 

 

VII

 

 

Era la una de la tarde. Por el campo de fuego, al resguardo de las ma­tas de espartillo, se arrastraba Cruzada hacia la Casa. No llevaba otra idea, ni creía necesario tener otra, que matar al primer hombre que se pusiera a su encuentro. Llegó al corredor y se arrolló allí, esperando. Pasó así media hora. El calor sofocante que reinaba desde tres días atrás comenzaba a pe­sar sobre los ojos de la yarará, cuando un temblor sordo avanzó desde la pieza. La puerta estaba abierta, y ante la víbora, a treinta centímetros de su cabeza, apareció el perro, el perro negro y peludo, con los ojos entorna­dos de sueño.

¡Maldita bestia...! -se dijo Cruzada-. Hubiera preferido un hombre...

En ese instante el perro se detuvo husmeando, y volvió la cabeza... ¡Tarde ya! Ahogó un aullido de sorpresa y movió desesperadamente el ho­cico mordido.

-Ya tiene éste su asunto listo... -murmuró Cruzada, replegándose de nuevo. Pero cuando el perro iba a lanzarse sobre la víbora, sintió los pa­sos de su amo y se arqueó ladrando a la yarará. El hombre de los lentes ahu­mados apareció junto a Cruzada.

-¿Qué pasa? -preguntaron desde el otro corredor.

-Una alternatus... Buen ejemplar -respondió el hombre. Y antes de que hubiera podido defenderse, la víbora se sintió estrangulada en una especie de prensa afirmada al extremo de un palo.

La yarará crujió de orgullo al verse así; lanzó su cuerpo a todos lados, trató en vano de recoger el cuerpo y arrollarlo en el palo. Imposible; le fal­taba el punto de apoyo en la cola, el famoso punto de apoyo sin el cual una poderosa boa se encuentra reducida a la más vergonzosa impotencia. El hombre la llevó así colgando, y fue arrojada en el Serpentario. Constituíalo éste un simple espacio de tierra cercado con chapas de cinc liso, provisto de algunas jaulas, y que albergaba a treinta o cuarenta víboras. Cruzada cayó en tierra y se mantuvo un momento arrollada y con­gestionada bajo el sol de fuego.

La instalación era evidentemente provisoria; grandes y chatos cajo­nes alquitranados servían de bañadera a las víboras, y varias casillas y pie­dras amontonadas ofrecían reparo a los huéspedes de ese paraíso impro­visado.

Un instante después la yarará se veía rodeada y pasada por encima por cinco o seis compañeras que iban a reconocer su especie.

Cruzada las conocía a todas; pero no así a una gran víbora que se ba­ñaba en una jaula cerrada con tejido de alambre. ¿Quién era? Era absolu­tamente desconocida para la yarará. Curiosa a su vez se acercó lentamente.

Se acercó tanto, que la otra se irguió. Cruzada ahogó un silbido de es­tupor, mientras caía en guardia, arrollada. La gran víbora acababa de hin­char el cuello, pero monstruosamente, como jamás había visto hacerlo a na­die. Quedaba realmente extraordinaria así.

-¿Quién eres? -murmuró Cruzada-. ¿Eres de las nuestras?

Es decir, venenosa. La otra, convencida de que no había habido in­tención de ataque en la aproximación de la yarará, aplastó sus dos gran­des orejas.

-Sí -repuso- Pero no de aquí; de muy lejos... de la India.

-¿Cómo te llamas?

-Hamadrías... o cobra capelo real ".

-Yo soy Cruzada.

-Sí, no necesitas decirlo. He visto muchas hermanas tuyas ya... ¿Cuándo te cazaron?

-Hace un rato. No pude matar.

-Mejor hubiera sido para ti que te hubieran muerto... -Pero maté al perro.

-¿Qué perro? ¿El de aquí?

-Sí.

La cobra real se echó a reír, a tiempo que Cruzada tenía una nueva sa­cudida: el perro lanudo que creía haber matado estaba ladrando...

-¿Te sorprende, eh? -agregó Hamadrías-. A muchas les ha pasa­do lo mismo.

-Pero es que mordí en la cabeza... -contestó Cruzada, cada vez más aturdida-. ¡No me queda una gota de veneno! -concluyó. Es patri­monio de las yararás vaciar casi en una mordida sus glándulas.

-Para él es lo mismo que te hayas vaciado o no... -¿No puede morir?

-Sí, pero no por cuenta nuestra... Está inmunizado. Pero tú no sa­bes lo que es esto...

-¡Sé! -repuso vivamente Cruzada-. ¡Ñacaniná nos contó...! La cobra real la consideró entonces atentamente.

-Tú me pareces inteligente...

-¡Tanto como tú..., por lo menos! -replicó Cruzada.

El cuello de la asiática se expandió bruscamente de nuevo, y de nue­vo la yarará cayó en guardia.

Ambas víboras se miraron largo rato, y el capuchón de la cobra bajó lentamente.

-Inteligente y valiente -murmuró Hamadrías-. A ti se te puede hablar... ¿Conoces el nombre de mi especie?

-Hamadrías, supongo.

-O Naja búngaro... o Cobra capelo real. Nosotras somos respecto de la vulgar cobra capelo de la India, lo que tú respecto de una de esas coatia­ritas... ¿Y sabes de qué nos alimentamos?

-No.

 

-De víboras americanas..., entre otras cosas -concluyó balancean­do la cabeza ante Cruzada.

Esta apreció rápidamente el tamaño de la extranjera ofiófaga.

-¿Dos metros cincuenta? -preguntó.

-Sesenta... dos sesenta, pequeña Cruzada -repuso la otra, que ha­bía seguido su mirada.

-Es un buen tamaño... Más o menos, el largo de Anaconda, una pri­ma mía. ¿Sabes de qué se alimenta?

- -Supongo...

-Sí, de víboras asiáticas -y miró a su vez a Hamadrías.

-¡Bien contestado! -repuso ésta, balanceándose de nuevo. Y des­pués de refrescarse la cabeza en el agua, agregó perezosamente:

-¿Prima tuya, dijiste?

-Sí.

-¿Sin veneno, entonces?

-Así es... Y por esto justamente tiene gran debilidad por las extran­jeras venenosas.

Pero la asiática no la escuchaba ya, absorta en sus pensamientos.

-¡Oyeme! -dijo de pronto-. ¡Estoy harta de hombres, perros, caballos y de todo este infierno de estupidez y crueldad! Tú me puedes entender, porque lo que es ésas... Llevo año y medio encerrada en una jaula como si fuera una rata, maltratada, torturada periódicamente. Y, lo que es peor, despreciada, manejada como un trapo por viles hom­bres... Y yo, que tengo valor, fuerza y veneno suficiente para concluir con todos ellos, estoy condenada a entregar mi veneno para la prepara­ción de sueros antivenenosos. ¡No te puedes dar cuenta de lo que esto supone para mi orgullo! ¿Me entiendes? -concluyó mirando en los ojos a la yarará.

Sí -repuso la otra-. ¿Qué debo hacer?

-Una sola cosa; un solo medio tenemos de vengarnos hasta las he­ces... Acércate, que no nos oigan... Tú sabes la necesidad absoluta de un punto de apoyo para poder desplegar nuestra fuerza... Toda nuestra salva­ción depende de esto. Solamente...

-¿Qué?

La cobra real miró otra vez fijamente a Cruzada.

-Solamente que puedes morir...

-¿Sola?

-¡Oh, no! Ellos, algunos de los hombres también morirán...

-¡Es lo único que deseo! Continúa.

-Pero acércate aún... ¡Más cerca!

El diálogo continuó un rato en voz tan baja, que el cuerpo de la yara­rá frotaba, descarnándose, contra las mallas de alambre. De pronto, la co­bra se abalanzó y mordió por tres veces a Cruzada. Las víboras, que habían seguido de lejos el incidente, gritaron:

-¡Ya está! ¡Ya la mató! ¡Es una traicionera!

Cruzada, mordida por tres veces en el cuello, se arrastró pesadamente por el pasto. Muy pronto quedó inmóvil, y fue a ella a quien encontró el empleado del Instituto cuando, tres horas después, entró en el Serpentario.

El hombre vio a la yarará, y empujándola con el pie, le hizo dar vuelta co­mo a una soga y miró su vientre blanco.

-Está muerta, bien muerta... -murmuro- Pero ¿de qué? -Y se agachó a observar a la víbora. No fue largo su examen: en el cuello y en la misma base de la cabeza notó huellas inequívocas de colmillos venenosos.

-¡Hum! se dijo el hombre- Esta no puede ser más que la hama­drías... Allí está, arrodillada y mirándome como si yo fuera otra alterna­tus... Veinte veces le he dicho al director que las mallas del tejido son de­masiado grandes. Ahí está la prueba... En fin -concluyó, cogiendo a Cru­zada por la cola y lanzándola por encima de la barrera de cinc-. ¡Un bi­cho menos que vigilar!

Fue a ver al director:

-La hamadrías ha mordido a la yarará que introdujimos hace un ra­to. Vamos a extraerle muy poco veneno.

-Es un fastidio grande -repuso aquél-. Pero necesitamos para hoy el veneno... No nos queda más que un solo tubo de suero... ¿Murió la al­ternatus?

-Sí; la tiré afuera... ¿Traigo a la hamadrías?

-No hay más remedio... Pero para la segunda recolección, de aquí a dos o tres horas.

 

 

 

VIII

 

 

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...Se hallaba quebrantada, exhausta de fuerzas. Sentía la boca llena de tierra y sangre. ¿Dónde estaba?

El velo denso de sus ojos comenzaba a desvanecerse, y Cruzada alcan­zó a distinguir el contorno. Vio -y reconoció- el muro de cinc, y súbi­tamente recordó todo: el perro negro, el lazo, la inmensa serpiente asiática

y el plan de batalla de ésta en que ella misma, Cruzada, iba jugando su vi­da. Recordaba todo, ahora que la parálisis provocada por el veneno comen­zaba a abandonarla. Con el recuerdo, tuvo conciencia plena de lo que debía hacer. ¿Sería tiempo todavía?

Intentó arrastrarse, mas en vano; su cuerpo ondulaba, pero en el mis­mo sitio, sin avanzar. Pasó un rato aún y su inquietud crecía.

-¡Y no estoy sino a treinta metros! -murmuraba-. ¡Dos minutos, un solo minuto de vida, y llego a tiempo!

Y tras nuevo esfuerzo consiguió deslizarse, arrastrarse desesperada­mente hacia el laboratorio.

Atravesó el patio, llegó a la puerta en el momento en que el emplea­do, con las dos manos sostenía, colgando en el aire, la Hamadrías, mien­tras el hombre de los lentes ahumados le introducía el vidrio de reloj en la boca. La mano se dirigía a oprimir las glándulas, y Cruzada estaba aún en el umbral.

-¡No tendré tiempo!  se dijo desesperada. Y arrastrándose en un supremo esfuerzo, tendió adelante los blanquísimos colmillos. El peón, al sentir su pie descalzo abrasado por los dientes de la yarará, lanzó un grito

y bailó. No mucho; pero lo suficiente para que el cuerpo colgante de la co­bra real oscilara y alcanzase a la pata de la mesa, donde se arrolló velozmen­te. Y con ese punto de apoyo, arrancó su cabeza de entre las manos del peón y fue a clavar hasta la raíz los colmillos en la muñeca izquierda del hombre de lentes negros, justamente en una vena.

¡Ya estaba! Con los primeros gritos, ambas, la cobra asiática y la va­rará, huían sin ser perseguidas.

-¡Un punto de apoyo!           murmuraba la cobra volando a escape por el campo-. Nada más que eso me faltaba. ¡Ya lo conseguí, por fin!

-Sí -corría la yarará a su lado, muy dolorida aún-. Pero no volve­ría a repetir el juego...

Allá, de la muñeca del hombre pendían dos negros hilos de sangre pe­gajosa. La inyección de una hamadrías en una vena es cosa demasiado seria para que un mortal pueda resistirla largo rato con los ojos abiertos -y los del herido se cerraban para siempre a los cuatro minutos.

 

 

IX

 

 

El Congreso estaba en pleno. Fuera de Terrífica y Nacaniná, y las va­rarás Urutú Dorado, Coatiarita, Neuwied, Atroz y Lanceolada, había acu­dido Coralina -de cabeza estúpida, según Nacaniná-, lo que no obsta para que su mordedura sea de las más dolorosas. Además es hermosa, in­contestablemente hermosa con sus anillos rojos y negros.

Siendo, como es sabido, muy fuerte la vanidad de las víboras en pun­to de belleza, Coralina se alegraba bastante de la ausencia de su hermana Frontal", cuyos triples anillos negros y blancos sobre fondo de púrpura co­locan a esta víbora de coral en el más alto escalón de la belleza ofidica.

Las Cazadoras estaban representadas esa noche por Drimobia, cuyo destino 'es ser llamada yararacusú del monte, aunque su aspecto sea bien distinto. Asistían Cipó ", de un hermoso verde y gran cazadora de pájaros; Radínea, pequeña y oscura, que no abandona jamás los charcos; Boipeva , cuya característica es achatarse completamente contra el suelo, apenas se siente amenazada. Trigémina, culebra de coral, muy fina de cuerpo, co­mo sus compañeras arborícolas; y por último Esculap¡a 23, también de co­ral, cuya entrada, por razones que se verá enseguida, fue acogida con gene­rales miradas de desconfianza.

Faltaban asimismo varias especies de las venenosas y las cazadoras, au­sencia ésta que requiere una aclaración.

Al decir Congreso pleno, hemos hecho referencia a la gran mayoría de las especies, y sobre todo de las que se podrían llamar reales por su impor­tancia. Desde el primer Congreso de las Víboras se acordó que las especies numerosas, estando en mayoría, podían dar carácter de absoluta fuerza a sus decisiones. De aquí la plenitud del Congreso actual, bien que fuera lamen­table la ausencia de la yarará Surucusú`, a quien no había sido posible ha­llar por ninguna parte; hecho tanto más de sentir cuanto que esta víbora, que puede alcanzar a tres metros, es, a la vez la que reina en América, vi­ceemperatriz del Imperio Mundial de las Víboras, pues sólo una la aventa­ja en tamaño y potencia de veneno: la hamadrías asiática.

Alguna faltaba -fuera de Cruzada-; pero las víboras todas afecta­ban no darse cuenta de su ausencia.

A pesar de todo, se vieron forzadas a volverse al ver asomar por entre los helechos una cabeza de grandes ojos vivos.

-¿Se puede? -decía la visitante alegremente.

Como si una chispa eléctrica hubiera recorrido todos los cuerpos, las víboras irguieron la cabeza al oír aquella voz.

-¿Qué quieres aquí? -gritó Lanceolada con profunda irritación. -¡Este no es tu lugar! -exclamó Urutú Dorado, dando por prime­ra vez señales de vivacidad.

-¡Fuera! ¡Fuera! -gritaron varias con intenso desasosiego.

Pero Terrífica, con silbido claro, aunque trémulo, logró hacerse oír.

-¡Compañeras! No olviden que estamos en Congreso, y todas cono­cemos sus leyes; nadie, mientras dure, puede ejercer acto alguno de violen­cia. ¡Entra, Anaconda!

-¡Bien dicho! -exclamó Ñacaniná con sorda ironía-. Las nobles palabras de nuestra reina nos aseguran. ¡Entra, Anaconda!

Y la cabeza viva y simpática de Anaconda avanzó, arrastrando tras de sí dos metros cincuenta de cuerpo oscuro y elástico. Pasó ante todas, cru­zando una mirada de inteligencia con la Nacaniná, y fue a arrollarse, con leves silbidos de satisfacción, junto a Terrífica, quien no pudo menos de es­tremecerse.

-¿Te incomodo? -le preguntó cortésmente Anaconda.

-¡No, de ninguna manera! -contestó Terrífica-. Son las glándu­las de veneno que me incomodan, de hinchadas...

Anaconda y Nacaniná tornaron a cruzar una mirada irónica, y presta­ron atención.

La hostilidad bien evidente de la asamblea hacia la recién llegada te­nía un cierto fundamento, que no se dejará de apreciar. La Anaconda es la reina de todas las serpientes habidas y por haber, sin exceptuar al pitón ma­layo . Su fuerza es extraordinaria, y no hay animal de carne y hueso capaz de resistir un abrazo suyo. Cuando comienza a dejar caer del follaje sus diez metros de cuerpo liso con grandes manchas de terciopelo negro, la selva en­tera se crispa y encoge. Pero la Anaconda es demasiado fuerte para odiar a sea quien fuere -con una sola excepción-, y esta conciencia de su valor le hace conservar siempre buena amistad con el hombre. Si a alguien de­testa, es, naturalmente, a las serpientes venenosas; y de aquí la conmoción de las víboras ante la cortés Anaconda.

Anaconda no es, sin embargo, hija de la región. Vagabundeando en las aguas espumosas del Paraná había llegado hasta allí con una gran cre­ciente, y continuaba en la región muy contenta del país, en buena relación con todos, y en particular con la Nacaniná, con quien había trabado viva amistad. Era, por lo demás, aquel ejemplar una joven Anaconda que dista­ba aún mucho de alcanzar a los diez metros de sus felices abuelos. Pero los dos metros cincuenta que medía ya valían por el doble, si se considera la fuerza de esta magnífica boa, que por divertirse, al crepúsculo, atraviesa el Amazonas entero con la mitad del cuerpo erguido fuera del agua.

Pero Atroz acaba de tomar la palabra ante la asamblea, ya distraída.

-Creo que podríamos comenzar ya -dijo-. Ante todo, es menes­ter saber algo de Cruzada. Prometió estar aquí en seguida.

Lo que prometió -intervino la Nacaniná- es estar aquí cuando pudiera. Debemos esperarla.

-¿Para qué? -replicó Lanceolada; sin dignarse volver la cabeza a la culebra.

-¿Cómo para qué? -exclamó ésta, irguiéndose-. Se necesita toda la estupidez de una Lanceolada para decir esto... ¡Estoy cansada ya de oír en este Congreso disparate tras disparate! ¡No parece sino que las Veneno­sas representaran a la Familia entera! Nadie, menos ésa -señaló con la co­la a Lanceolada , ignora que precisamente de las noticias que traiga Cru­zada depende nuestro plan... ¿Que para qué esperarla...? ¡Estamos frescas si las inteligencias capaces de preguntar esto dominan en este Congreso!

-No insultes -le reprochó gravemente Coatiarita. La Nacaniná se volvió a ella:

-¿Y a ti, quién te mete en esto?

-No insultes -repitió la pequeña, dignamente.

Nacaniná consideró al pundonoroso benjamín y cambió de voz.

-Tiene razón la minúscula prima -concluyó tranquila-; Lanceo­lada, te pido disculpa.

-¡No es nada! -replicó con rabia la yarará.

-¡No importa!; pero vuelvo a pedirte disculpa.

Felizmente, Coralina, que acechaba a la entrada de la caverna, entró silbando:

¡Ahí viene Cruzada!

-¡Por fin! -exclamaron los congresales, alegres. Pero su alegría transformóse en estupefacción cuando, detrás de la yarará, vieron entrar a una inmensa víbora, totalmente desconocida de ellas.

Mientras Cruzada iba a tenderse al lado de Atroz, la intrusa se arrolló lenta y paulatinamente en el centro de la caverna y se mantuvo inmóvil. -¡Terrífica! -dijo Cruzada-. Dale la bienvenida. Es de las nuestras. -¡Somos hermanas! -se apresuró la de cascabel, observándola in­quieta.

Todas las víboras, muertas de curiosidad, se arrastraron hacia la recién llegada.

-Parece una prima sin veneno -decía una, con un tanto de desdén.

-Sí -agregó otra-. Tiene ojos redondos.

-Y cola larga.

-Y además...

Pero de pronto quedaron mudas, porque la desconocida acababa de hinchar monstruosamente el cuello. No duró aquello más que un segundo; el capuchón se replegó, mientras la recién llegada se volvía a su amiga, con la voz alterada.

-Cruzada: diles que no se acerquen tanto... No puedo dominarme.

-Sí, ¡déjenla tranquila! -exclamó Cruzada-. Tanto más -agre­gó- cuanto que acaba de salvarme la vida, y tal vez la de todas nosotras. No era menester más. El Congreso quedó un instante pendiente de la narración de Cruzada, que tuvo que contarlo todo: el encuentro con el pe­rro, el lazo del hombre de lentes ahumados, el magnífico plan de Hama­drías, con la catástrofe final, y el profundo sueño que acometió luego a la yarará hasta una hora antes de llegar.

-Resultado -concluyó-: dos hombres fuera de combate, y de los más peligrosos. Ahora no nos resta más que eliminar a los que quedan. -¡O a los caballos! -dijo Hamadrías.

-¡O al perro! -agregó la Nacaniná.

-Yo creo que a los caballos -insistió la cobra real-. Y me fundo en esto: mientras queden vivos los caballos, un solo hombre puede prepa­rar miles de tubos de suero, con los cuales se inmunizarán contra nosotras. Raras veces -ustedes lo saben bien- se presenta la ocasión de morder una vena... como ayer. Insisto, pues, en que debemos dirigir todo nuestro ata­que contra los caballos. ¡Después veremos! En cuanto al perro -concluyó con una mirada de reojo a la Ñacaniná   , me parece despreciable.

Era evidente que desde el primer momento la serpiente asiática y la Ñacaniná indígena habíanse disgustado mutuamente. Si la una, en su carác­ter de animal venenoso, representaba un tipo inferior para la Cazadora, esta última, a fuer de fuerte y ágil, provocaba el odio y los celos de Hamadrías..

De modo que la vieja y tenaz rivalidad entre serpientes venenosas y no ve­nenosas llevaba miras de exasperarse aún más en aquel último Congreso. -Por mi parte -contestó Nacaniná-, creo que caballos y hombres son secundarios en esta lucha. Por gran facilidad que podamos tener para eliminar a unos y otros, no es nada esta facilidad comparada con la que pue­de tener el perro el primer día que se les ocurra dar una batida en forma, y la darán, estén bien seguras, antes de veinticuatro horas. Un perro inmu­nizado contra cualquier mordedura, aun la de esta señora con sombrero en el cuello agregó señalando de costado a la cobra real-, es el enemigo más temible que podamos tener, y sobre todo si se recuerda que ese enemi­go ha sido adiestrado a seguir nuestro rastro. ¿Qué opinas, Cruzada?

No se ignoraba tampoco en el Congreso la amistad singular que unía a la víbora y la culebra; posiblemente, más que amistad, era aquello una es­timación recíproca de su mutua inteligencia.

-Yo opino como Nacaniná -repuso-. Si el perro se pone a traba­jar, estamos perdidas.

-¡Pero adelantémonos! -replicó Hamadrías.

-¡No podríamos adelantarnos tanto...! Me inclino decididamente por la prima.

-Estaba segura -dijo ésta tranquilamente.

Era esto más de lo que podía oír la cobra real sin que la ira subiera a inundarle los colmillos de veneno.

-No sé hasta qué punto puede tener valor la opinión de esta señori­ta conversadora -dijo, devolviendo a la Ñacaniná su mirada de reojo­-.El peligro real en esta circunstancia es para nosotras, las Venenosas, que te­nemos por negro pabellón a la Muerte. Las culebras saben bien que el hom­bre no las teme, porque son completamente incapaces de hacerse temer. -¡He aquí una cosa bien dicha! -dijo una voz que no había sonado aún.

Hamadrías se volvió vivamente, porque en el tono tranquilo de la voz había creído notar una vaguísima .ironía, y vio dos grandes ojos brillantes que la miraban apaciblemente.

¿A mí me hablas? -preguntó con desdén.

-Sí, a ti -repuso mansamente la interruptora-. Lo que has dicho está empapado en profunda verdad.

La cobra real volvió a sentir la ironía anterior, y como por un presen­timiento, midió a la ligera con la vista el cuerpo de su interlocutora, arro­llada en la sombra.

¡Tú eres Anaconda!

¡Tú lo has dicho! -repuso aquélla inclinándose. Pero la Nacaniná quería de una vez por todas aclarar las cosas.

-¡Un instante! -exclamó.

-¡No! -interrumpió Anaconda- Permíteme, Nacaniná. Cuando un ser es bien formado, ágil, fuerte y veloz, se apodera de su enemigo con la energía de nervios y músculos que constituye su honor, como lo es el de todos los luchadores de la creación. Así cazan el gavilán, el gato onza, el ti­gre, nosotras, todos los seres de noble estructura. Pero cuando se es torpe, pesado, poco inteligente e incapaz, por lo tanto, de luchar francamente por la vida, entonces se tiene un par de colmillos para asesinar a traición, ¡co­mo esa dama importada que nos quiere deslumbrar con su gran sombrero!

En efecto, la cobra real, fuera de sí, había dilatado el monstruoso cue­llo para lanzarse sobre la insolente. Pero también el Congreso entero se ha­bía erguido amenazador al ver esto.

-¡Cuidado! -gritaron varias a un tiempo-. ¡El Congreso es in­violable!

-¡Abajo el capuchón! -alzóse Atroz, con los ojos hechos ascua. Hamadrías se volvió a ella con un silbido de rabia.

-¡Abajo el capuchón! -se adelantaron Urutú Dorado y Lanceolada. Hamadrías tuvo un instante de loca rebelión, pensando en la facilidad con que hubiera destrozado una tras otra a cada una de sus contrincantes. Pero ante la actitud de combate del Congreso entero, bajó el capuchón len­tamente.

-¡Está bien! -silbó-. Respeto al Congreso. Pero pido que cuando se concluya..., ¡no me provoquen!

-Nadie te provocará -dijo Anaconda.

La cobra se volvió a ella con reconcentrado odio:

-¡Y tú menos que nadie, porque me tienes miedo! -¡Miedo yo! -contestó Anaconda, avanzando.

-¡Paz, paz! -clamaron todas de nuevo-. ¡Estamos dando un pési­mo ejemplo! ¡Decidamos de una vez lo que debemos hacer!

-Sí, ya es tiempo de esto -dijo Terrífica-. Tenemos dos planes a se­guir: el propuesto por Nacaniná, y el de nuestra aliada. ¿Comenzamos el ata­que por el perro, o bien lanzamos todas nuestras fuerzas contra los caballos?

Ahora bien, aunque la mayoría se inclinaba acaso a adoptar el plan de la culebra, el aspecto, tamaño e inteligencia demostrados por la serpiente asiática habían impresionado favorablemente al Congreso en su favor. Es­taba aún viva su magnífica combinación contra el personal del Instituto; y fuera lo que pudiere ser su nuevo plan, es lo cierto que se le debía ya la eli­minación de dos hombres. Agréguese que, salvo la Nacaniná y Cruzada, que habían estado ya en campaña, ninguna se había dado cuenta del terri­ble enemigo que había en un perro inmunizado y rastreador de víboras. Se comprenderá así que el plan de la cobra real triunfara al fin.

Aunque era ya muy tarde, era también cuestión de vida o muerte lle­var el ataque en seguida, y se decidió partir sobre la marcha.

-¡Adelante, pues! -concluyó la de cascabel-. ¿Nadie tiene nada más que decir?

-¡Nada...! -gritó Nacaniná-. ¡Sino que nos arrepentiremos!

Y las víboras y culebras, inmensamente aumentadas por los indivi­duos de las especies cuyos representantes salían de la caverna, lanzáronse hacia el Instituto.

-¡Una palabra! -advirtió aún Terrífica-. ¡Mientras dure la campaña estamos en Congreso y somos inviolables las unas para las otras! ¿Entendido?

-¡Sí, sí, basta de palabras! -silbaron todas.

La cobra real, a cuyo lado pasaba Anaconda, le dijo mirándola som­bríamente:

-Después...

-¡Ya lo creo! -la cortó alegremente Anaconda, lanzándose como una flecha a la vanguardia.

 

 

 

X

 

 

El personal del Instituto velaba al pie de la cama del peón mordido por la yarará. Pronto debía amanecer. Un empleado se asomó a la ventana por donde entraba la noche caliente y creyó oír ruido en uno de los galpo­nes. Prestó oído un rato y dijo:

-Me parece que es en la caballeriza... Vaya a ver, Fragoso.

El aludido encendió el farol de viento y salió, en tanto que los demás quedaban atentos, con el oído alerta.

No había transcurrido medio minuto cuando sintieron pasos precipi­tados en el patio y Fragoso aparecía, pálido de sorpresa.

-¡La caballeriza está llena de víboras! -dijo.

-¿Llena?          preguntó el nuevo jefe-. ¿Qué es eso? ¿Qué pasa...?

-No sé...

-Vayamos.

Y se lanzaron afuera.

-¡Daboy! ¡Daboy! -llamó el jefe al perro que gemía soñando bajo la cama del enfermo. Y corriendo todos entraron en la caballeriza.

Allí, a la luz del farol de viento, pudieron ver al caballo y a la mula debatiéndose a patadas contra sesenta u ochenta víboras que inundaban la caballeriza. Los animales relinchaban y hacían volar a coces los pesebres; pero las víboras, como si las dirigiera una inteligencia superior, esquivaban los golpes y mordían con furia.

Los hombres, con el impulso de la llegada, habían caído entre ellas. Ante el brusco golpe de luz, las invasoras se detuvieron un instante, para lanzarse en seguida silbando a un nuevo asalto, que dada la confusión de caballos y hombres no se sabía contra quién iba dirigido.

El personal del Instituto se vio así rodeado por todas partes de víbo­ras. Fragoso sintió un golpe de colmillos en el borde de las botas, a medio centímetro de su rodilla, y descargó su vara -vara dura y flexible que nunca falta en una casa de bosque- sobre el atacante. El nuevo director par­tió en dos a otra, y el otro empleado tuvo tiempo de aplastar la cabeza, so­bre el cuello mismo del perro, a una gran víbora que acababa de arrollarse con pasmosa velocidad al pescuezo del animal.

Esto pasó en menos de diez segundos. Las varas caían con furioso vigor sobre las víboras que avanzaban siempre, mordían las botas, pretendían tre­par por las piernas. Y en medio del relinchar de los caballos, los gritos de los hombres, los ladridos del perro y el silbido de las víboras, el asalto ejer­cía cada vez más presión sobre los defensores, cuando Fragoso, al precipitar­se sobre una inmensa víbora que creyera reconocer, pisó sobre un cuerpo a toda velocidad y cayó, mientras el farol, roto en mil pedazos, se apagaba. -¡Atrás! -gritó el nuevo director-. ¡Daboy, aquí!

Y salieron atrás, al patio, seguidos por el perro, que felizmente había podido desenredarse de entre la madeja de víboras.

Pálidos y jadeantes, se miraron.

Parece cosa del diablo... -murmuró el jefe-. Jamás he visto co­sa igual... ¿Qué tienen las víboras de este país? Ayer, aquella doble mor­dedura, como matemáticamente combinada... Hoy... Por suerte ignoran que nos han salvado a los caballos con sus mordeduras... Pronto amanece­rá, y entonces será otra cosa.

-Me pareció que allí andaba la cobra real -dejó caer Fragoso, mien­tras se ligaba los músculos doloridos de la muñeca.

-Sí -agregó el otro empleado-. Yo la vi bien... Y Daboy, ¿no tie­ne nada?

-No; muy mordido... Felizmente puede resistir cuanto quieran. Volvieron los hombres otra vez al enfermo, cuya respiración era me­jor. Estaba ahora inundado en copiosa transpiración.

-Comienza a aclarar -dijo el nuevo director, asomándose a la ven­tana-. Usted, Antonio, podrá quedarse aquí. Fragoso y yo vamos a salir.

-¿Llevamos los lazos? -preguntó Fragoso.

-¡Oh, no! -repuso el jefe, sacudiendo la cabeza- Con otras víbo­ras, las hubiéramos cazado a todas en un segundo. Estas son demasiado sin­gulares... Las varas y, a todo evento, el machete.

 

 

 

XI

 

 

No singulares, sino víboras, que ante un inmenso peligro sumaban la inteligencia reunida de la especie, era el enemigo que había asaltado el Ins­tituto Seroterápico.

La súbita oscuridad que siguiera al farol roto había advertido a las combatientes el peligro de mayor luz y mayor resistencia. Además, comen­zaban a sentir ya en la humedad de la atmósfera la inminencia del día.

-Si nos quedamos un momento más           exclamó Cruzada-, nos cor­tan la retirada. ¡Atrás!

-¡Atrás, atrás! -gritaron todas. Y atropellándose, pasándose las unas sobre las otras, se lanzaron al campo. Marchaban en tropel, espanta­das, derrotadas, viendo con consternación que el día comenzaba a romper a lo lejos.

Llevaban ya veinte minutos de fuga, cuando un ladrido claro y agu­do, pero distante aún detuvo a la columna jadeante.

-¡Un instante! -gritó Urutú Dorado- Veamos cuántas somos, y qué podemos hacer.

A la luz aún incierta de la madrugada examinaron sus fuerzas. Entre las patas de los caballos habían quedado dieciocho serpientes muertas, en­tre ellas las dos culebras de coral. Atroz había sido partida en dos por Fra­goso, y Drimobia yacía allá con el cráneo roto, mientras estrangulaba al pe­rro. Faltaban además Coatiarita, Radínea y Boipeva. En total, veintitrés combatientes aniquilados. Pero las restantes, sin excepción de una sola, es­taban todas magulladas, pisadas, pateadas, llenas de polvo y sangre entre las escamas rotas.

-He aquí el éxito de nuestra campaña -dijo amargamente Ñacani-ná, deteniéndose un instante a restregar contra una piedra su cabeza- ¡Te felicito, Hamadrías!

Pero para sí sola se guardaba lo que había oído tras la puerta cerrada de la caballeriza, pues había salido la última. ¡En vez de matar, habían salvado la vida a los caballos, que se extenuaban precisamente por falta de veneno!

Sabido es que para un caballo que se está inmunizando, el veneno le es tan indispensable para su vida diaria como el agua misma y muere si le llega a faltar.

Un segundo ladrido de perro sobre el rastro sonó tras ellas.

¡Estamos en inminente peligro! -gritó Terrífica-. ¿Qué hacemos?

-¡A la gruta! -clamaron todas, deslizándose a toda velocidad. -¡Pero están locas! -gritó la Ñacaniná, mientras corría-. ¡Las van

a aplastar a todas! ¡Van a la muerte! Óiganme: ¡desbandémonos!

Las fugitivas se detuvieron, irresolutas. A pesar de su pánico, algo les decía que el desbande era la única medida salvadora, y miraron alocadas a todas partes. Una sola voz de apoyo, una sola, y se decidían.

Pero la cobra real, humillada, vencida en su segundo esfuerzo de do­minación, repleta de odio para un país que en adelante debía serle eminen­temente hostil, prefirió hundirse del todo, arrastrando con ella a las demás especies.

-¡Está loca Ñacaniná! -exclamó-. Separándonos nos matarán una a una sin que podamos defendernos... Allá es distinto. ¡A la caverna!

-¡Sí, a la caverna! -respondió la columna despavorida, huyendo-. ¡A la caverna!

La Ñacaniná vio aquello y comprendió que iban a la muerte. Pero vi­les, derrotadas, locas de pánico, las víboras iban a sacrificarse, a pesar de to­do. Y con una altiva sacudida de lengua, ella, que podía ponerse impune­mente a salvo por su velocidad, se dirigió como las otras directamente a la muerte.

Sintió así un cuerpo a su lado, y se alegró al reconocer a Anaconda.

-Ya ves -le dijo con una sonrisa- a lo que nos ha traído la asiática.

-Sí, es un mal bicho... -murmuró Anaconda, mientras corrían una junto a otra.

-¡Y ahora las lleva a hacerse masacrar todas juntas...!

-Ella, por lo menos -advirtió Anaconda con voz sombría-, no va a tener ese gusto...

Y ambas, con un esfuerzo de velocidad, alcanzaron a la columna. Ya habían llegado.

-¡Un momento! -se adelantó Anaconda, cuyos ojos brillaban-. Ustedes lo ignoran, pero yo lo sé con certeza, que dentro de diez minutos no va a quedar viva una de nosotras. El Congreso y sus leyes están, pues, ya concluidos. ¿No es eso, Terrífica?

Se hizo un largo silencio.

-Sí -murmuró abrumada Terrífica-. Está concluido...

-Entonces -prosiguió Anaconda volviendo la cabeza a todos la­dos-, antes de morir quisiera... ¡Ah, mejor así! -concluyó satisfecha al ver a la cobra real que avanzaba lentamente hacia ella.

No era aquel probablemente el momento ideal para un combate. Pe­ro desde que el mundo es mundo, nada, ni la presencia del Hombre sobre ellas, podrá evitar que una Venenosa y una Cazadora solucionen sus asun­tos particulares.

El primer choque fue favorable a la cobra real: sus colmillos se hun­dieron hasta la encía en el cuello de Anaconda. Esta, con la maravillosa ma­niobra de las boas de devolver en ataque una cogida casi mortal, lanzó su cuerpo adelante como un látigo y envolvió en él a la Hamadrías, que en un instante se sintió ahogada. La boa, concentrando toda su vida en aquel abrazo, cerraba progresivamente sus anillos de acero, pero la cobra real no soltaba presa. Hubo aún un instante en que Anaconda sintió crujir su ca­beza entre los dientes de la Hamadrías. Pero logró hacer un supremo es­fuerzo, y este postrer relámpago de voluntad decidió la balanza a su favor. La boca de la cobra semiasfixiada se desprendió babeando, mientras la ca­beza libre de Anaconda hacía presa en el cuerpo de la Hamadrías.

Poco a poco, segura del terrible abrazo con que inmovilizaba a su rival, su boca fue subiendo a lo largo del cuello, con cortas y bruscas dentelladas, en tanto que la cobra sacudía desesperada la cabeza. Los noventa y seis agu­dos dientes de Anaconda subían siempre, llegaron al capuchón, treparon, al­canzaron la garganta, subieron aún, hasta que se clavaron por fin en la cabe­za de su enemiga, con un sordo y larguísimo crujido de huesos masticados.

Ya estaba concluido. La boa abrió sus anillos, y el macizo cuerpo de la cobra real se escurrió pesadamente a tierra, muerta.

-Por lo menos estoy contenta... -murmuró Anaconda, cayendo a su vez exánime sobre el cuerpo de la asiática.

Fue en ese instante cuando las víboras oyeron a menos de cien metros el ladrido agudo del perro.

Y ellas, que diez minutos antes atropellaban aterradas la entrada de la caverna, sintieron subir a sus ojos la llamarada salvaje de la lucha a muer­te por la selva entera.

-¡Entremos! -agregaron, sin embargo, algunas.

-¡No, aquí! ¡Muramos aquí! -ahogaron todas con sus silbidos. Y contra el murallón de piedra que les cortaba toda retirada, el cuello y la ca­beza erguidos sobre el cuerpo arrollado, los ojos hechos ascua, esperaron.

No fue larga su espera. En el día aún lívido y contra el fondo negro del monte, vieron surgir ante ellas las dos altas siluetas del nuevo director y de Fragoso, reteniendo en traílla al perro, que, loco de rabia, se abalanza­ba adelante.

-¡Se acabó! ¡Y esta vez definitivamente! -murmuró Ñacaniná, des­pidiéndose con esas seis palabras de una vida bastante feliz, cuyo sacrificio acababa de decidir. Y con un violento empuje se lanzó al encuentro del pe­rro, que, suelto y con la boca blanca de espuma, llegaba sobre ellas. El ani­mal esquivó el golpe y cayó furioso sobre Terrífica, que hundió los colmi­llos en el hocico del perro. Daboy agitó furiosamente la cabeza, sacudien­do en el aire a la de cascabel; pero ésta no soltaba.

Neuwied aprovechó el instante para hundir los colmillos en el vien­tre del animal; mas también en ese momento llegaban los hombres. En un segundo, Terrífica y Neuwied cayeron muertas, con los riñones quebrados.

Urutú Dorado fue partida en dos, y lo mismo Cipó. Lanceolada logró hacer presa en la lengua del perro; pero dos segundos después caía troncha­da en tres pedazos por el doble golpe de vara, al lado de Esculapia.

El combate, o más bien exterminio, continuaba furioso, entre silbidos y roncos ladridos de Daboy, que estaba en todas partes. Cayeron una tras otra, sin perdón -que tampoco pedían-, con el cráneo triturado entre las mandíbulas del perro o aplastadas por los hombres. Fueron quedando ma­sacradas frente a la caverna de su último Congreso. Y de las últimas, caye­ron Cruzada y Ñacaniná.

No quedaba una ya. Los hombres se sentaron, mirando aquella total masacre de las especies, triunfantes un día. Daboy, jadeando a sus pies, acu­saba algunos síntomas de envenenamiento, a pesar de estar poderosamente inmunizado. Había sido mordido sesenta y cuatro veces.

Cuando los hombres se levantaban para irse se fijaron por primera vez en Anaconda, que comenzaba a revivir.

-¿Qué hace esta boa por aquí? -dijo el nuevo director-. No es és­te su país... A lo que parece, ha trabado relación con la cobra real..., y nos ha vengado a su manera. Si logramos salvarla haremos una gran cosa, por­que parece terriblemente envenenada. Llevémosla. Acaso un día nos salve a nosotros de toda esta chusma venenosa.

Y se fueron, llevando de un palo que cargaban en los hombros, a Ana­conda, que herida y exhausta de fuerzas, iba pensando en Ñacaniná, cuyo destino, con un poco menos de altivez, podía haber sido semejante al suyo.

Anaconda no murió. Vivió un año con los hombres, curioseando y observándolo todo, hasta que una noche se fue. Pero la historia de este viaje remontando por largos meses el Paraná hasta más allá del Guayra, más allá todavía del golfo letal donde el Paraná toma el nombre de río Muerto; la vida extraña que llevó Anaconda y el segundo viaje que em­prendió por fin con sus hermanos sobre las aguas sucias de una gran inundación -toda esta historia de rebelión y asalto de camalotes, perte­nece a otro relato.

 

 

 

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