Libro N° 4058. Miss Dorothy Phillips, Mi Esposa. Quiroga, Horacio.
© Libro N° 4058. Miss Dorothy Phillips, Mi Esposa. Quiroga, Horacio. Colección E.O. Agosto 12 de
2017.
Título
original: © Miss Dorothy
Phillips, Mi Esposa. Horacio Quiroga
Versión Original: © Miss Dorothy Phillips, Mi
Esposa. Horacio Quiroga
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MISS DOROTHY PHILLIPS, MI
ESPOSA
Horacio Quiroga
HORACIO QUIROGA
(Salto, 1878 - Buenos Aires,
1937) Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores
cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos, cuya obra se sitúa entre la
declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias. Las tragedias
marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su
padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga
mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.
Horacio
Quiroga
Estudió en Montevideo y
pronto comenzó a interesarse por la literatura. Inspirado en su primera novia
escribió Una estación de amor (1898), fundó en su ciudad natal la Revista de
Salto (1899), marchó a Europa y resumió sus recuerdos de esta experiencia en
Diario de viaje a París (1900). A su regreso fundó el Consistorio del Gay
Saber, que pese a su corta existencia presidió la vida literaria de Montevideo
y las polémicas con el grupo de Julio Herrera y Reissig.
Ya instalado en Buenos Aires
publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica (1901), seguidos
de los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos
(1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera hasta
la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio (1908). En
1909 se radicó precisamente en la provincia de Misiones, donde se desempeñó
como juez de paz en San Ignacio, localidad famosa por sus ruinas de las
reducciones jesuíticas, a la par que cultivaba yerba mate y naranjas.
Nuevamente en Buenos Aires,
trabajó en el consulado de Uruguay y dio a la prensa Cuentos de amor, de locura
y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El
salvaje (1920), la obra teatral Las sacrificadas (1920), Anaconda (1921), El
desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y quizá su mejor
libro de relatos, Los desterrados (1926). Colaboró en diferentes medios: Caras
y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre otros.
En 1927 contrajo segundas
nupcias con una joven amiga de su hija Eglé, con quien tuvo una niña. Dos años
después publicó la novela Pasado amor, sin mucho éxito. Sintiendo el rechazo de
las nuevas generaciones literarias, regresó a Misiones para dedicarse a la
floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá.
Hospitalizado en Buenos Aires, se le descubrió un cáncer gástrico, enfermedad
que parece haber sido la causa que lo impulsó al suicidio, ya que puso fin a
sus días ingiriendo cianuro.
Los cuentos de Horacio
Quiroga
Quiroga sintetizó las
técnicas de su oficio en el Decálogo del perfecto cuentista, estableciendo
pautas relativas a la estructura, la tensión narrativa, la consumación de la
historia y el impacto del final. Incursionó asimismo en el relato fantástico.
Sus publicaciones póstumas incluyen Cartas inéditas de H. Quiroga (1959, dos
tomos) y Obras inéditas y desconocidas (ocho volúmenes, 1967-1969).
Influido por Edgar Allan
Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, Horacio Quiroga destiló una notoria
precisión de estilo, que le permitió narrar magistralmente la violencia y el
horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la naturaleza.
Muchos de sus relatos tienen por escenario la selva de Misiones, en el norte
argentino, lugar donde Quiroga residió largos años y del que extrajo
situaciones y personajes para sus narraciones. Sus personajes suelen ser
víctimas propiciatorias de la hostilidad y la desmesura de un mundo bárbaro e
irracional, que se manifiesta en inundaciones, lluvias torrenciales y la
presencia de animales feroces.
Quiroga manejó con destreza
las leyes internas de la narración y se abocó con ahínco a la búsqueda de un
lenguaje que lograra transmitir con veracidad aquello que deseaba narrar; ello
lo alejó paulatinamente de los presupuestos de la escuela modernista, a la que
había adherido en un principio. Fuera de sus cuentos ambientados en el espacio
selvático misionero, abordó los relatos de temática parapsicológica o
paranormal, al estilo de lo que hoy conocemos como literatura de anticipación.
Fuente:
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/q/quiroga_horacio.htm
MISS DOROTHY
PHILLIPS, MI ESPOSA
Horacio Quiroga
En su cuento, “Miss Dorothy
Phillips, mi esposa” Horacio Quiroga escribe de los efectos de la
representación problemática de las estrellas de Hollywood. Los efectos de
Hollywood son muy diferentes que los efectos del melodrama. En contraste a los
melodramas clásicos que veíamos en la clase, las películas de Hollywood
representan las estrellas como personas afueran de la realidad de la gente;
representan una persona ideal como una estrella de la noche, bella pero afuera
de nuestra asido de la realidad. En latino americano el melodrama promueve
identificación entre el espectador/ lector y la protagonista. También aborda en
lugar de suprimir los problemas que enfrentan los grupos marginales. Por
ejemplo, identificación entre Simplemente Maria y el espectador/ lector creó un
aumento en la costura, un aumento de la alfabetización de adultos, un aumento
en la consideración de las sirvientas, y el aumento del programas enfocados en
la educación a través del entretenimiento. Las películas de Hollywood creó
aspiración en los lectores pero con esta aspiración también viene la
insatisfacción con sus propias vidas y el deseo a escapar.
https://laculturaremix.wordpress.com/2014/05/08/miss-dorothy-phillips-mi-esposa/
Yo pertenezco al grupo de
los pobres diablos que salen noche a noche del cinematógrafo enamorados de una
estrella. Me llamo Guillermo Grant, tengo treinta y un años, soy alto, delgado
y trigueño, como cuadra, a efectos de la exportación, a un americano del sur.
Estoy apenas en regular posición, y gozo de buena salud.
Voy pasando la vida sin
quejarme demasiado, muy poco descontento de la suerte, sobre todo cuando he
podido mirar de frente un par de hermosos ojos todo el tiempo que he deseado.
Hay hombres, mucho más
respetables que yo desde luego, que si algo reprochan a la vida es no haberles
dado tiempo para redondear un hermoso pensamiento. Son personas de vasta
responsabilidad moral ante ellos mismos, en quienes no cabe, ni en posesión ni
en comprensión, la frivolidad de mis treinta y un años de existencia. Yo no he
dejado, sin embargo, de tener amarguras, aspiracioncitas, y por mi cabeza ha
pasado una que otra vez algún pensamiento. Pero en ningún instante la angustia
y el ansia han turbado mis horas como al sentir detenidos en mí dos ojos de
gran belleza.
Es una verdad clásica que no
hay hermosura completa si los ojos no son el primer rasgo bello del semblante.
Por mi parte, si yo fuera dictador decretaría la muerte de toda mujer que
presumiera de hermosa, teniendo los ojos feos. Hay derecho para hacer saltar
una sociedad de abajo arriba, y el mismo derecho -pero al revés- para
aplastarla de arriba abajo. Hay derecho para muchísimas cosas. Pero para lo que
no hay derecho, ni lo habrá nunca es para usurpar el título de belleza cuando
la dama tiene los ojos de ratón. No importa que la boca, la nariz, el corte de
cara sean admirables. Faltan los ojos, que son todo.
El alma se ve en los ojos
-dijo alguien-. Y el cuerpo también, agrego yo. Por lo cual, erigido en
comisario de un comité ideal de Belleza Pública, enviaría sin otro motivo al
patíbulo a toda dama que presumiera de bella teniendo los ojos antedichos. Y tal
vez a dos o tres amigas.
Con esta indignación y los deleites
correlativos- he pasado los treinta y un años de mi vida esperando, esperando.
¿Esperando qué? Dios lo
sabe. Acaso el bendito país en que las mujeres consideran cosa muy ligera
mirar largamente en los ojos a un hombre a quien ven por primera vez. Porque no
hay suspensión de aliento, absorción más paralizante que la que ejercen dos
ojos extraordinariamente belios. Es tal, que ni aun se requiere que los ojos
nos miren con amor. Ellos son en sí mismos el abismó, el vértigo en que el
varón pierde la cabeza, sobre todo cuando no puede caer en él. Esto, cuando nos
miran por casualidad; porque si el amor es la clave de esa casualidad, no hay
entonces locura que no sea digna de ser cometida por ellos.
Quien esto anota es un
hombre de bien, con ideas juiciosas y ponderadas. Podrá parecer frívolo pero
lo que dice no lo es. Si una pulgada de más o de menos en la nariz de Cleopatra
-según el filósofo- hubiera cambiado el mundo, no quiero pensar en lo que podía
haber pasado si aquella señora llega a tener los ojos más hermosos de lo que
los tuvo: el Occidente desplazado hacia el Oriente trescientos años antes, y
el resto.
Siendo como soy, se comprende muy bien que el
advenimiento del cinematógrafo haya sido para mí el comienzo de una nueva era,
por la cual cuento las noches sucesivas en que he salido mareado y pálido del
cine, porque he dejado mi corazón, con todas sus pulsaciones, en la pantalla
que impregnó por tres cuartos de hora el encanto de Brownie Vernon.
Los pintores odian al
cinematógrafo porque dicen que en éste la luz vibra infinitamente más que en
sus cuadros cinematográficos. Lo comprendo bien. Pero no sé si ellos
comprenderán la vibración que sacude a un pobre mortal, de la cabeza a los
pies, cuando una hermosísima muchacha nos tiende por una hora su propia
vibración personal al alcance de la boca. Porque no debe olvidarse que
contadísimas veces en la vida nos es dado ver tan de cerca a una mujer como en
la pantalla. El paso de una hermosa chica a nuestro lado constituye ya una de
las pocas cosas por las cuales valga la pena retardar el paso, detenerlo,
volver la cabeza, y perderla. No abundan estas pequeñas felicidades.
Ahora bien: ¿qué es este
fugaz deslumbramiento ante el vértigo sostenido, torturador, implacable, de
tener toda una noche a diez centímetros los ojos de Mildred Harris? ¡A diez,
cinco centímetros! Piénsese en esto. Como aun en el cinematógrafo hay mujeres
feas, las pestañas de una mísera, vistas a tal distancia, parecen varas de
mimbre. Pero cuando una hermosa estrella detiene y abre el paraíso de sus
ojos, de toda la vasta sala, y la guerra europea, y el éter sideral, no queda
nada más que el profundo edén de melancolía que desfallece en los ojos de
Miriam Cooper.
Todo esto es cierto. Entre
otras cosas, el cinematógrafo es, hoy por hoy, un torneo de bellezas sumamente
expresivas. Hay hombres que se han enamorado de un retrato y otros que han
perdido para siempre la razón por tal o cual mujer a la que nunca conocieron.
Por mi parte, cuanto pudiera yo perder incluso la vergüenza- me parecería un
bastante buen negocio si al final de la aventura Marion Davies -pongo por
caso- me fuera otorgada por esposa.
Así, provisto de esta
sensibilidad un poco anormal, no es de extrañar mi asiduidad al cine, y que las
más de las veces salga de él mareado. En ciertos malos momentos he llegado a
vivir dos vidas distintas: una durante el día, en mi oficina y el ambiente
normal de Buenos Aires, y la otra de noche, que se prolonga hasta el amanecer.
Porque sueño, sueño siempre. Y se querrá creer que ellos, mis sueños, no tienen
nada que envidiar a los de soltero -ni casado- alguno.
A tanto he llegado, que no
sé en esas ocasiones con quién sueño: Edith Roberts... Wanda Hawley... Dorothy
Phillips... Miriam Cooper...
Y este cuádruple paraíso
ideal, soñado, mentido, todo lo que se quiera, es demasiado mágico, demasiado
vivo, demasiado rojo para las noches blancas de un jefe de sección de
ministerio.
¿Qué hacer? Tengo ya treinta
y un años y no soy, como se ve, una criatura. Dos únicas soluciones me quedan.
Una de ellas es dejar de ir al cinematógrafo. La otra...
Aquí un paréntesis. Yo he estado dos veces a
punto de casarme. He sufrido en esas dos veces lo indecible pensando,
calculando a cuatro decimales las probabilidades de felicidad que podían
concederme mis dos prometidas. Y he roto las dos veces.
La culpa no estaba en ellas
-podrá decirse-, sino en mí, que encendía el fuego y destilaba una esencia que
no se había formado aún. Es muy posible. Pero para algo me sirvió mi ensayo de
química, y cuanto medité y torné a meditar hasta algunos hilos de plata en las
sienes, puede resumirse en este apotegma:
No hay mujer en el mundo de
la cual un hombre -así la conozca desde que usaba pañales- pueda decir: una
vez casada será así y así; tendrá este real carácter y estas tales reacciones.
Sé de muchos hombres que no
se han equivocado, y sé de otro en particular cuya elección ha sido un
verdadero hallazgo, que me hizo esta profunda observación:
Yo soy el hombre más feliz
de la tierra con mi mujer; pero no te cases nunca.
Dejemos; el punto se presta
a demasiadas interpretaciones para insistir, y cerrémosle con una leyenda que,
a lo que entiendo, estaba grabada en las puertas de una feliz población de
Grecia: Cada cual sabe lo que pasa en su casa.
Ahora bien; de esta
convicción expuesta he deducido esta otra: la única esperanza posible para el
que ha resistido hasta los treinta años al matrimonio es casarse
inmediatamente con la primera chica que le guste o le haya gustado mucho al
pasar; sin saber quién es, ni cómo se llama, ni qué probabilidades tiene de
hacernos feliz; ignorándolo todo, en suma, menos que es joven y que tiene
bellos ojos.
En diez minutos, en dos
horas a lo más -el tiempo necesario para las formalidades con ella o los padres
y el R. C.-, la desconocida de media hora antes se convierte en nuestra íntima
esposa.
Ya está. Y ahora, acodados
al escritorio, nos ponemos a meditar sobre lo que hemos hecho.
No nos asustemos demasiado, sin embargo. Creo
sinceramente que una esposa tomada en estas condiciones no está mucho más
distante de hacernos feliz que cualquier otra. La circunstancia de que hayamos
tratado uno o dos años a nuestra novia (en la sala, novias y novios son
sumamente agradables), no es infalible garantía de felicidad. Aparentemente el
previo y largo conocimiento supone otorgar esa garantía. En la práctica, los
resultados son bastante distintos. Por lo cual vuelvo a creer que estamos
tanto o más expuestos a hallar bondades en una esposa improvisada que
decepciones en la que nuestra madura elección juzgó ideal.
Dejemos también esto. Sirva,
por lo menos, para autorizar la resolución muy honda del que escribe estas
líneas, que tras el curso de sus inquietudes ha decidido casarse con una
estrella del cine.
De ellas, en resumen, ¿qué sé? Nada, o poco
menos que nada. Por lo cual mi matrimonio vendría a ser lo que fue
originariamente: una verdadera conquista, en que toda la esposa deseada
-cuerpo, vestidos y perfumes- es un verdadero hallazgo. Queremos creer que el
novio menos devoto de su prometida conoce, poco o mucho, el gusto de sus
labios. Es un placer al que nada se puede objetar, si no es que roba a las
bodas lo que debería ser su primer dulce tropiezo. Pero para el hombre que a
dichas bodas llegue con los ojos vendados, el solo roce del vestido, cuyo tacto
nunca ha conocido, será para él una brusca novedad cargada de amor.
No ignoro que ésta mi
empresa sobrepasa casi las fuerzas de un hombre que está apenas en regular
posición; las estrellas son difíciles de obtener. Allá veremos. Entre tanto,
mientras pongo en orden mis asuntos y obtengo la licencia necesaria, establezco
el siguiente cuadro, que podríamos llamar de diagnóstico diferencial:
Miriam Cooper - Dorothy
Phillips - Brownie Vernon - Grace Cunard. El caso Cooper es demasiado evidente
para no llevar consigo su sentencia: demasiado delgada. Y es lástima, porque
los ojos de esta chica merecen bastante más que el nombre de un pobre diablo
como yo. Las mujeres flacas son encantadoras en la calle, bajo las manos de un
modisto, y siempre y toda vez que el objeto a admirar sea, no la línea del
cuerpo, sino la del vestido. Fuera de estos casos, poco agradables son.
El caso Phillips es más
serio, porque esta mujer tiene una inteligencia tan grande como su corazón, y
éste, casi tanto como sus ojos.
Brownie Vernon: fuera de la
Cooper, nadie ha abierto los ojos al sol con más hermosura en ellos. Su sola
sonrisa es una aurora de felicidad. Grace Cunard, ella, guarda en sus ojos más
picardía que Alice Lake, lo que es ya bastante decir. Muy inteligente también;
demasiado, si se quiere. Se notará que lo que busca el autor es un matrimonio
por los ojos. Y de aquí su desasosiego, porque, si bien se mira, una mano más o
menos descarnada o un ángulo donde la piel debe ser tensa, pesan menos que la
melancolía insondable, que está muriendo de amor, en los ojos de María. Elijo,
pues, por esposa, a miss Dorothy Phillips. Es casada, pero no importa.
El momento tiene para mí
seria importancia. He vivido treinta y un años pasando por encima de dos
noviazgos que a nada me condujeron. Y ahora tengo vivísimo interés en destilar
la felicidad -a doble condensador esta vez- y con el fuego debido.
Como plan de campaña he
pensado en varios, y todos dependientes de la necesidad de figurar en ellos
como hombre de fortuna. ¿Cómo, si no, miss Phillips se sentiría inclinada a
aceptar mi mano, sin contar el previo divorcio con su mal esposo?
Tal simulación es fácil,
pero no basta. Precisa además revestir mi nombre de una cierta responsabilidad
en el orden artístico, que un jefe de sección de ministerio no es común posea.
Con esto y la protección del dios que está más allá de las probabilidades
lógicas, cambio de estado.
Con cuanto he podido hallar de chic en
recortes y una profusión verdaderamente conmovedora de retratos y cuadros de
estrellas, he ido a ver a un impresor.
-Hágame -le dije- un número
único de esta ilustración. Deseo una cosa extraordinaria como papel, impresión
y lujo.
-¿Y estas observaciones?
- me consultó-. ¿Tricromías?
-Desde luego.
-¿Y aquí?
-Lo que ve.
El hombre hojeó lentamente
una por una las páginas y me miró. De esta ilustración no se va a vender un
solo ejemplar -me dijo.
-Ya lo sé. Por esto no haga
sino uno solo.
-Es que ni éste se va a
vender.
-Me quedaré con él. Lo que
deseo ahora es saber qué podrá costar. -Estas cosas no se pueden contestar
así... Ponga ocho mil pesos, que pueden resultar diez mil.
-Perfectamente; pongamos
diez mil como máximo por diez ejemplares. ¿Le conviene?
-A mí, sí; pero a usted creo
que no.
-A mí, también.
Apróntemelos, pues, con la rapidez que den sus máquinas.
Las máquinas de la casa
impresora en cuestión son una maravilla; pero lo que le he pedido es algo para
poner a prueba sus máximas virtudes. Véase, si no: una ilustración tipo
L'Illustration en su número de Navidad, pero cuatro veces más voluminosa. Jamás,
como publicación quincenal, se ha visto nada semejante.
De diez mil pesos, y aun
cincuenta mil, yo puedo disponer para la campaña. No más, y de aquí mi
aristocrático empeño en un tiraje reducidísimo. Y el impresor tiene a su vez,
razón de reírse de mi pretensión de poner en venta tal número.
En lo que se equivoca, sin
embargo, porque mi plan es mucho más sencillo. Con ese número en la mano, del
cual soy director, me presentaré ante empresarios, accionistas, directores de
escena y artistas del cine, como quien dice: en Buenos Aires, capital de Sud
América, de las estancias y del entusiasmo por las estrellas, se fabrican estas
pequeñeces. Y los yanquis, a mirarse a la cara.
A los compatriotas de aquí
que hallen que esta combinación rasa como una tangente a la estafa, les diré
que tienen mil veces razón. Y más aún: como el constituirse en editor de tal
publicación supone conjuntamente con una devoción muy viva por las bellas
actrices, una fortuna también ardiente, la segunda parte de mi plan consiste
en pasar por hombre que se ríe de unas decenas de miles de pesos para hacer su
gusto. Segunda estafa, como se ve, más rasante que la interior.
Pero los mismos puritanos
apreciarán que yo juego mucho para ganar muy poco: dos ojos, por hermosos que
sean, no han constituido nunca un valor de bolsa.
Y si al final de mi empresa
obtengo esos ojos, y ellos me devuelven en una larga mirada el honor que perdí
por conquistarlos, creo que estaré en paz con el mundo, conmigo mismo, y con el
impresor de mi revista.
Estoy a bordo. No dejo en
tierra sino algunos amigos y unas cuantas ilusiones, la mitad de las cuales se
comieron como bombones mis dos novias. Llevo conmigo la licencia por seis
meses, y en la valija los diez ejemplares. Además, un buen número de cartas,
porque cae de su peso que a mi edad no considero bastante para acercarme a miss
Phillips, toda la psicología de que he hecho gala en las anteriores líneas.
¿Qué más? Cierro los ojos y
veo, allá lejos, flamear en la noche una bandera estrellada. Allá voy, divina
incógnita, estrella divina y vendada como el Amor.
Por fin en Nueva York, desde hace cinco días.
He tenido poca suerte, pues una semana antes se ha iniciado la temporada en Los
Angeles. El tiempo es magnífico.
-No se queje de la suerte
-me ha dicho mientras almorzábamos mi informante, un alto personaje del
cinematógrafo-. Tal como comienza el verano, tendrán allá luz como para
impresionar a oscuras. Podrá ver a todas las estrellas que parecen
preocuparle, y esto en los talleres, lo que será muy halagador para ellas; y a
pleno sol, lo que no lo será tanto para usted.
-¿Por qué?
-Porque las estrellas de día
lucen poco. Tienen manchas y arrugas.
-Creo que su esposa, sin
embargo -me he atrevido- es...
-Una estrella. También ella
tiene esas cosas. Por esto puedo informarle. Y si quiere un consejo sano, se
lo voy a dar. Usted, por lo que puedo deducir, tiene fortuna; ¿no es cierto?
-Algo.
-Muy bien. Y lo que es más
fácil de ver, tiene un confortante entusiasmo por las actrices. Por lo tanto,
o usted se irá a pasear por Europa con una de ellas y será muerto por la
vanidad y la insolencia de su estrella, o se casará usted y se irán a su estancia
de Buenos Aires, donde entonces será usted quien la mate a ella, a lazo limpio.
Es un modo de decir pero expresa la cosa. Yo estoy casado.
-Yo no; pero he hecho
algunas reflexiones sobre el matrimonio... -Bien. ¿Y las va a poner en práctica
casándose con una estrella? Usted es un hombre joven. En South América todos
son jóvenes en este orden. De negocios no entienden la primera parte de un
film, pero en cuestiones de faldas van a prisa. He visto a algunos correr muy
ligero. Su fortuna, ¿la ganó o la ha heredado?
-La heredé.
-Se conoce. Gástela a gusto.
Y con un cordial y grueso
apretón de manos me dejó hasta el día siguiente.
Esto pasaba anteayer. Volví
dos veces más, en las cuales amplió mis conocimientos. No he creído deber
enterarlo a fondo de mis planes, aunque el hombre podría serme muy útil por el
vasto dominio que tiene de la cosa, lo que no le ha impedido, a pesar de todo,
casarse con una estrella.
-En el cielo del cine me ha dicho de despedida-, hay estrellas,
asteroides y cometas de larga cola y ninguna sustancia dentro. ¡Ojo, amigo...
panamericano! ¿También entre ustedes está de moda este film? Cuando vuelva lo
llevaré a comer con mi mujer; quedará encantada de tener un nuevo admirador
más. ¿Qué cartas lleva para allá?... No, no; rompa eso. Espere un segundo...
Esto sí. No tiene más que presentarse y casarse. ¡Ciao!
Al partir el tren me he
quedado pensando en dos cosas: que aquí también el ¡ciao! aligera notablemente
las despedidas, y que por poco que tropiece con dos o tres tipos como este
demonio escéptico y cordial, sentiré el frío del matrimonio.
Esta sensación
particularísima la sufren los solteros comprometidos, cuando en la plena,
somnolienta y feliz distracción que les proporciona su libertad, recuerdan
bruscamente que al mes siguiente se casan. ¡Animo, corazón!
El escalofrío no me abandona, aunque estoy ya
en Los Angeles y esta tarde veré a la Phillips.
Mi informante de Nueva York
tenía cien veces razón; sin las cartas que él me dio no hubiera podido
acercarme ni aun a las espaldas de un director de escena. Entre otros motivos,
parece que los astrónomos de mi jaez abundan en Los Angeles, efecto del destello
estelar. He visto así allanadas todas las dificultades, y dentro de dos o tres
horas asistiré a la filmación de La gran pasión, de la Blue Bird, con la
Phillips, Stowell, Chaney y demás, ¡por fin!
He vuelto a tener ricos
informes de otro personaje, Tom H. Burns, accionista de todas las empresas,
primer recomendado de mi amigo neoyorquino. Ambos pertenecen al mismo tipo
rápido y cortante. Estas gentes nada parecen ignorar tanto como la perífrasis.
-Que usted ha tenido suerte
-me dijo el nuevo personaje-, se ve con sólo mirarlo. La Universal había
proyectado un raid por el Arizona, con el grupo Blue Bird. Buen país aquél. Una
víbora de cascabel ha estado a punto de concluir con Chaney el año pasado. Hay
más de las que se merece el Arizona. No se fíe, si va allá. ¿Y su
ilustración...? ¡Ah!, muy bien. ¿Esto lo hicieron ustedes en la Argentina?
Magnífico. Cuando yo tenga la fortuna suya voy a hacer también una zoncera como
ésta. Zoncera, en boca de un buen yanqui, ya sabe lo que quiere decir. ¡Ah,
ah...! Todas las estrellas. Y algunas repetidas. Demasiado repetidas, es la
palabra, para un simple editor. ¿Usted es el editor?
-Sí.
-No tenía la menor duda. ¿Y
la Phillips? Hay lo menos ocho retratos suyos.
-Tenemos en la Argentina una
estimación muy grande por esta artista.
-¡Ya lo creo! Esto se ve con
sólo mirarle a usted la cara. ¿Le gusta? -Bastante.
-¿Mucho?
-Locamente.
-Es un buen modo de decir.
Hasta luego. Lo espero a las tres en la Universal.
Y se fue. Todo lo que pido
es que este sentimiento hacia la Phillips, que, según parece, se me ve en
seguida en la cara, no sea visto por ella. Y si lo ve, que lo guarde su corazón
y me lo devuelvan sus ojos.
Mientras escribo esto no me conformo del todo
con la idea de que ayer vi a Dorothy Phillips, a ella misma, con su cuerpo, su
traje y sus ojos. Algo imprevisto me había ocupado la tarde, de modo que
apenas pude llegar al taller cuando el grupo Blue Bird se retiraba al centro.
-Ha hecho mal -me dijo mi
amigo-. ¿Trae su ilustración? Mejor; así podrá hojeársela a su favorita. Venga
con nosotros al bar. ¿Conoce a aquel tipo?
-Sí; Lon Chaney.
-El mismo. Tenía los
pliegues de la boca más marcados cuando se acostó con el crótalo. Ahí tiene a
su estrella. Acérquese.
Pero alguno lo llamó, y
Burns se olvidó de mí hasta la mitad de la tarde, ocupado en chismes del
oficio.
En la mesa del bar -éramos
más de quince- yo ocupé un rincón de la cabecera, lejos de la Phillips, a cuyo
lado mi amigo tomó asiento. Y si la miraba yo a ella no hay para qué insistir.
Yo no hablaba, desde luego, pues no conocía a nadie; ellos, por su parte, no se
preocupaban en lo más mínimo de mí, ocupados en cruzar la mesa de diálogos en
voz muy alta.
Al cabo de una hora Burns me
vio.
-¡Hola! -me gritó-.
Acérquese aquí. Duncan, deje su asiento, y cámbielo por el del señor. Es un
amigo reciente, pero de unos puños magníficos para hacerse ilusiones. ¿Cierto?
Bien, siéntese. Aquí tiene a su estrella. Puede acercarse más. Dolly, le presento
a mi amigo Grant, Guillermo Grant. Habla inglés, pero es sudamericano, como a
mil leguas de México. ¡Ojalá se
hubieran quedado con el
Arizona! No la presento a usted, porque mi amigo la conoce. ¿La ilustración,
Grant? Usted verá, Dolly, si digo bien.
No tuve más remedio que
tender el número, que mi amigo comenzó a hojear del lado derecho de la
Phillips.
-Vaya viendo, Dolly. Aquí,
como es usted. Aquí, como era en la Lola Morgan...
Le pasó el número, que ella
prosiguió hojeando con una sonrisa. Mi amigo había dicho ocho, pero eran doce
los retratos de ella. Sonreía siempre, pasando rápidamente la vista sobre sus
fotografías, hasta que se dignó volverse a mí:
-¿Suya, verdad, la edición?
Es decir, ¿usted la dirige?
-Sí, señora.
Aquí una buena pausa, hasta
que concluyó el número. Entonces mirándome por primera vez en los ojos, me
dijo:
-Estoy encantada...
-No deseaba otra cosa.
-Muy amable. ¿Podría
quedarme con este número? Como yo demorara un instante en responder, ella
añadió:
-Si le causa la menor
molestia...
-¿A él? -volvió la cabeza a
nosotros mi amigo-. No. -No es usted, Tom -objetó ella-, quien debe responder.
A lo que repuse mirándola a
mi vez en los ojos con tanta cordialidad como ella a mí un momento antes:
-Es que el solo hecho, miss
Phillips, de haber dado en la revista doce fotografías suyas me excusa de
contestar a su pedido.
-Miss -observó mi amigo,
volviéndose de nuevo-. Muy bien. Un kanaca de tres años no se equivocaría. Pero
para un americano de allá abajo no hay diferencia. Mistress Phillips, aquí
presente, tiene un esposo. Aunque bien mirado... Dolly, ¿ya arregló eso?
-Casi. A fin de semana, me
parece...
-Entonces, miss de nuevo.
Grant: si usted se casa, divórciese; no hay nada más seductor, a excepción de
la propia mujer, después. Miss. Usted tenía razón hace un momento. Dios le
conserve siempre ese olfato.
Y se despidió de nosotros.
-Es nuestro mejor amigo -me
dijo la Phillips-. Sin él, que sirve de lazo de unión, no sé qué sería de las
empresas unas en contra de las otras. No respondí nada, claro está y ella
aprovechó la feliz circunstancia para volverse al nuevo ocupante de su derecha
y no preocuparse en absoluto de mí.
Quedé virtualmente solo, y
bastante triste. Pero como tengo muy buen estómago, comí y bebí con digna
tranquilidad que dejó, supongo, bien sentado mi nombre a este respecto.
Así, al retirarnos en
comparsa, y mientras cruzábamos el jardín para alcanzar los automóviles, no me
extrañó que la Phillips se hubiera olvidado hasta de sus doce retratos en mi
revista -y ¡qué diremos de mí!-. Pero cuando puso un pie en el automóvil se
volvió a dar la mano a alguno, y entonces alcanzó a verme.
-¡Señor Grant! me gritó-. No se olvide de que nos
prometió ir al taller esta noche.
Y levantando el brazo, con
ese adorable saludo de la mano suelta que las artistas dominan a la perfección:
-¡Ciao! -se despidió.
Tal como está planteado este asunto, hoy por
hoy, pueden deducirse dos cosas:
Primera. Que soy un
desgraciado tipo si pretendo otra cosa que ser un south americano salvaje y
millonario.
Segunda. Que la señorita
Phillips se preocupa muy poco de ambos aspectos, a no ser para recordarme por
casualidad una invitación que no se me había hecho.
-"No se olvide que lo
esperamos"...
Muy bien. Tras de mi color
trigueño hay dos o tres estancias que se pueden obtener fácilmente, sin
necesidad en lo sucesivo de hacer muecas en la pantalla. Un sudamericano es y
será toda la vida un rastacuero, magnífico marido que no pedirá sino cajones
de champaña a las tres de la mañana, en compañía de su esposa y de cuatro o
cinco amigos solteros. Tal piensa miss Phillips.
Con lo que se equivoca
profundamente.
Adorada mía: un sudamericano
puede no entender de negocios ni la primera parte de un film; pero si se trata
de una falda, no es el cónclave entero de cinematografistas quien va a caldear
el mercado a su capricho. Mucho antes, allá, en Buenos Aires, cambié lo que me
quedaba de vergüenza por la esperanza de poseer dos bellos ojos.
De modo que yo soy quien
dirige la operación, y yo quien me pongo en venta, con mi acento latino y mis
millones. ¡Ciao!
A las diez en punto estaba en los talleres de
la Universal. La protección de mi prepotente amigo me colocó junto al director
de escena, inmediatamente debajo de las máquinas, de modo que pude seguir hito
a hito la impresión de varios cuadros.
No creo que haya muchas
cosas más artificiales e incongruentes que las escenas de interior del film. Y
lo más sorprendente, desde luego, es que los actores lleguen a expresar con
naturalidad una emoción cualquiera ante la comparsa de tipos plantados a un
metro de sus ojos, observando su juego.
En el teatro, a quince o
treinta metros del público, concibo muy bien que un actor, cuya novia del caso
está junto a él en la escena, pueda expresar más o menos bien un amor fingido.
Pero en el taller el escenario desaparece totalmente, cuando los cuadros son
de detalle. Aquí el actor permanece quieto y solo mientras la máquina se va
aproximando a su cara, hasta tocarla casi. Y el director le grita:
-Mire ahora aquí... Ella se
ha ido, ¿entiende? Usted cree que la va a perder... ¡Mírela con melancolía...!
¡Más! ¡Eso no es melancolía...! Bueno, ahora, sí... ¡La luz!
Y mientras los focos inundan
hasta enceguecerlo la cara del infeliz, él permanece mirando con aire de
enamorado a una escoba o a un tramoyista, ante el rostro aburrido del
director.
Sin duda alguna se necesita
una muy fuerte dosis de desparpajo para expresar no importa qué en tales
circunstancias. Y ello proviene de que Dios hizo el pudor del alma para los
hombres y algunas mujeres, pero no para los actores.
Admirables, de todos modos,
estos seres que nos muestran luego en la totalidad del film una caracterización
sumamente fuerte a veces. En Casa de muñecas, por ejemplo, obra laboriosamente
interpretada en las tablas, está aún por nacer la actriz que pueda medirse con
la Nora de Dorothy Phillips, aunque no se oiga su voz ni sea ésta de oro, como
la de Sarah. Y de paso sea dicho: todo el concepto latino del cine vale menos
que un humilde film yanqui, a diez centavos. Aquél pivota entero sobre la
afectación, y en éste suele hallarse muy a menudo la divina condición que es
primera en las obras de arte, como en las cartas de amor: la sinceridad, que es
la verdad de expresión interna y externa.
"Vale más una
declaración de amor torpemente hecha en prosa, que una afiligranada en
verso."
Este humilde aforismo de los
jóvenes da la razón de cuándo el arte es obra de modistas, y cuándo de varones.
-Sí, pero las gentes no lo
ven -me decía Stowell cuando salíamos del taller-. Usted conoce las concesiones
ineludibles al público en cada film.
-Desde luego; pero el mismo público
es quien ha hecho la fama del arte de ustedes. Algo pesca siempre; algo hay de
lúcido en la honradez -aun la artística- que abre los ojos del mismo ciego.
-En el país de usted es
posible; pero en Europa levantamos siempre resistencia. Cuantas veces pueden no
dejar de imputarnos lo que ellos llaman falta de expresión, y que no es más
que falta de gesticulación. Esta les encanta. Los hombres, sobre todo, les
resultamos sobrios en exceso. Ahí tiene, por ejemplo, Sendero de espinas. Es
el trabajo que he hecho más a gusto... ¿Se va? Venga con nosotros al bar. ¡Oh,
la mesa es grande...! ¡Dolly! La interpelada, que cruzaba ya el veredón, se
volvió.
-Dolly, lleve al señor Grant
al bar. Thedy se llevó mi auto.
-¡Y sí! Siento no poder
llevarlo, Stowell... Está lleno.
-Si me permite podríamos ir
en mi máquina -me ofrecí.
-¡Ya lo creo! Entre,
Stowell. ¡Cuidado! Usted cada vez se pone más grande.
Y he aquí cómo hice el
primer viaje en automóvil con Dorothy Phillips, y cómo he sentido también por
primera vez el roce de su falda, ¡y nada más!
Stowell, por su parte, me miraba con atención,
debida, creo, a la rareza de hallar conceptos razonables sobre arte en un hijo
pródigo de la Argentina. Por lo cual hicimos mesa aparte en el bar. Y para
satisfacer del todo su curiosidad, me dejé ir a diversas impresiones, incluso
las anotadas más arriba, sobre el taller.
Stowell es inteligente. Es
además, el hombre que en este mundo ha visto más cerca el corazón de la
Phillips desmayándosele en los ojos. Este privilegio suyo crea así entre
nosotros un tierno parentesco que yo soy el único en advertir.
A excepción de Burns.
-Buenas noches a uno y otro
-nos ha puesto las manos en los hombros-. ¿Bien, Stowell? No pude ir. ¿Cuántos
cuadros? No adelantan gran cosa, que digamos. ¿Y usted, Grant? ¿Adelanta algo?
No responda, es inútil...
-¿Se me ve también en la
cara? -no he podido menos de reírme.
-Todavía no; lo que se ve
desde ya es que a Stowell alcanza también su efusión. Dolly quiere almorzar
mañana con usted y Stowell. No está segura de que sean doce las fotografías de
su número. Seremos los cuatro. ¿No le ha dicho nada Dolly? ¡Dolly! Deje a su
Lon un momento. Aquí están los dos Stowell. Y la ventana es fresca.
-¡Cómo lo olvidé! -nos dijo
la Phillips viniendo a sentarse con nosotros-. Estaba segura de habérselo
dicho... Tendré mucho gusto, señor Grant. Tom: ¿usted dice que está más fresco
aquí? Bajemos, por lo menos, al jardín.
Bajamos al jardín. Stowell
tuvo el buen gusto de buscarme la boca, y no hallé el menor inconveniente en
recordar toda la serie de meditaciones que había hecho en Buenos Aires sobre
este extraordinario arte nuevo, en un pasado remoto, cuando Dorothy Phillips,
con la sombra del sombrero hasta los labios, no me estaba mirando, ¡hace miles
de años!
Lo cierto es que aunque no
hablé mucho, pues soy más bien parco de palabras, me observaban con atención.
-¡Hum...! -me dije-. Torna a
reproducirse el asombro ante el hijo pródigo del Sur.
-¿Usted es argentino?
-rompió Stowell al cabo de un momento.
-Sí.
-Su nombre es inglés.
-Mi abuelo lo era. No creo
tener ya nada de inglés.
-¡Ni el acento!
-Desde luego. He aprendido
el idioma solo, y lo practico poco. La Phillips me miraba.
-Es que le queda muy bien
ese acento. Conozco muchos mejicanos que hablan nuestra lengua, y no parece...
No es lo mismo.
-¿Usted es escritor? -tornó
Stowell.
-No -repuse.
-Es lástima, porque sus
observaciones tendrían mucho valor para nosotros, viniendo de tan lejos y de
otra raza.
-Es lo que pensaba -apoyó la
Phillips-. La literatura de ustedes se vería muy reanimada con un poco de
parsimonia en la expresión.
-Y en las ideas -dijo
Burns-. Esto no hay allá. Dolly es muy fuerte en este sector.
-¿Y usted escribe? -me volví
a ella.
-No; leo cuantas veces tengo
tiempo... Conozco bastante, para ser mujer, lo que se escribe en Sud América.
Mi abuela era de Texas. Leo el español, pero no puedo hablarlo.
-¿Y le gusta?
-¿Qué?
-La literatura latina de
América. Se sonrió.
-¿Sinceramente? No.
-¿Y la de Argentina?
-¿En particular? No sé... Es
tan parecido todo... ¡tan mejicano!
-¡Bien, Dolly! -reforzó
Burns-. En el Arizona, que es México, desde los mestizos hasta su mismo
infierno, hay crótalos. Pero en el resto hay sinsontes, y pálidas desposadas,
y declamación en todo. Y el resto, ¡falso! Nunca vi cosa que sea distinta en la
América de ustedes. ¡Salud, Grant!
-No hay de qué. Nosotros
decimos, en cambio, que aquí no hay sino máquinas.
-¡Y estrellas de
cinematógrafo! -se levantó Burns, poniéndome la mano en el hombro, mientras
Stowell recordaba una cita y retiraba a su vez la silla.
-Vamos, Tom; se nos va a ir
el tren. Hasta mañana, Dolly. Buenas noches, Grant.
Y quedamos solos. Recuerdo
muy bien haber dicho que de ella deseaba reservarlo todo para el matrimonio,
desde su perfume habitual hasta el escote de sus zapatos. Pero ahora, enfrente
de mí, inconmensurablemente divina por la evocación que había volcado la urna
repleta de mis recuerdos, yo estaba inmóvil, devorándola con los ojos.
Pasó un instante de completo
silencio.
-Hermosa noche -dijo ella.
Yo no contesté. Entonces se
volvió a mí.
-¿Qué mira?-me preguntó.
La pregunta era lógica; pero
su mirada no tenía la naturalidad exigible. -La miro a usted -respondí.
-Dése el gusto.
-Me lo doy. Nueva pausa, que
tampoco resistió ella esta vez. -¿Son tan divertidos como usted en la
Argentina?
-Algunos.-Y agregué-: Es que
lo que le he dicho está a una legua de lo que cree.
-¿Qué creo?
-Que he comenzado con esa
frase una conquista de suramericano. Ella me miró un instante sin pestañear.
-No -me respondió
sencillamente- Tal vez lo creí un momento, pero reflexioné.
-¿Y no le parezco un
piratilla de rica familia, no es cierto?
-Dejemos, Grant, ¿le parece?
-se levantó.
-Con mucho gusto, señora.
Pero me dolería muchísimo más de lo que usted cree que me desconociera hasta
este punto.
-No lo conozco aún; usted
mejor que yo debe de comprenderlo. Pero no es nada. Mañana hablaremos con más
calma. A la una, no se olvide.
He pasado mala noche. Mi estado de ánimo será
muy comprensible para los muchachos de veinte años a la mañana siguiente de un
baile, cuando sienten los nervios lánguidos y la impresión deliciosa de algo
muy lejano, y que ha pasado hace apenas siete horas.
-Duerme, corazón.
Diez nuevos días transcurridos sin adelantar
gran cosa. Ayer he ido, como siempre, a reunirme con ellos a la salida del
taller.
-Vamos, Grant me dijo Stowell-. Lon quiere
contarle eso de la víbora de cascabel.
-Hace mucho calor en el bar
-observé.
-¿No es cierto? -se volvió
la Phillips-. Yo voy a tomar un poco de aire. ¿Me acompaña, Grant?
-Con mucho gusto. Stowell: a
Chaney, que esta noche 1o veré. Allá, en mi tierra, hay, pero son de otra
especie. A sus órdenes, miss Phillips.
Ella se rió.
-¡Todavía no!
-Perdón.
Y salimos a buena velocidad,
mientras el crepúsculo comenzaba a caer. Durante un buen rato ella miró
adelante, hasta que se volvió francamente a mí.
-Y bien: dígame ahora, pero
la verdad, por qué me miraba con tanta atención aquella noche... y otras
veces.
Yo estaba también dispuesto
a ser franco. Mi propia voz me resultó a mí grave.
-Yo la miro con atención -le
dije- porque durante dos años he pensado en usted cuanto puede un hombre pensar
en una mujer; no hay otro motivo.
-¿Otra vez...?
-No; ¡ya sabe que no! -¿Y
qué piensa?
-Que usted es la mujer con
más corazón y más inteligencia que haya interpretado personaje alguno.
-¿Siempre le pareció eso?
-Siempre. Desde Lola Morgan.
-No es ése mi primer film.
-Lo sé; pero antes no era usted dueña de sí. Me callé un instante.
-Usted tiene -proseguí-, por
encima de todo, un profundo sentimiento de compasión. No hay para qué
recordar; pero en los momentos de sus films, en que la persona a quien usted
ama cree serle indiferente por no merecerla, y usted lo mira sin que él lo advierta,
la mirada suya en esos momentos, y ese lento cabeceo suyo y el mohín de sus
labios hinchados de ternura, todo esto no es posible que surja sino de una
estimación muy honda por el hombre viril, y de un corazón que sabe hondamente
lo que es amar. Nada más.
-Gracias, pero se equivoca.
-No.
-¡Está muy seguro!
-Sí. Nadie, créame, la
conoce a usted como yo. Tal vez conocer no es la palabra; valorar, esto quiero
decir.
-¿Me valora muy alto?
-Sí.
-¿Como artista?
-Y como mujer. En usted son
una misma cosa.
-No todos piensan como usted.
-Es posible.
Y me callé. El auto se
detuvo.
-¿Bajamos un instante?
-dijo-. Es tan distinto este aire al del centro...
Caminamos un momento, hasta
que se dejó caer en un banco de la alameda.
-Estoy cansada; ¿usted no?
Yo no estaba cansado, pero
tenía los nervios tirantes. Exactamente como en un film estaba el automóvil
detenido en la calzada. Era ese mismo banco de piedra que yo conocía bien,
donde ella, Dorothy Phillips, estaba esperando. Y Stowell... Pero no; era yo
mismo quien me acercaba, no Stowell; yo, con el alma temblándome en los labios
por caer a sus pies. Quedé inmóvil frente a ella, que soñaba:
-¿Por qué me dice esas
cosas...?
-Se las hubiera dicho mucho
antes. No la conocía.
-Queda muy raro lo que dice,
con su acento...
-Puedo callarme -corté.
Ella alzó entonces los ojos
desde el banco, y sonrió vagamente, pero un largo instante.
-¿Qué edad tiene? -murmuró
al fin.
-Treinta y un años.
-¿Y después de todo lo que
me ha dicho, y que yo he escuchado, me ofrece callarse porque le digo que le
queda muy bien su acento?
-¡Dolly!
Pero ella se levantaba con
brusco despertar.
-¡Volvamos...! La culpa la
tengo yo, prestándome a esto... Usted es un muchacho loco, y nada más.
En un momento estuve delante
de ella, cerrándole el paso.
-¡Dolly! ¡Míreme! Usted
tiene ahora la obligación de mirarme. Oiga esto, solamente: desde lo más hondo
de mi alma le juro que una sola palabra de cariño suya redimiría todas las
canalladas que haya yo podido cometer con las mujeres. Y que si hay para mí
una cosa respetable, ¿oye bien?, ¡es usted misma! Aquí tiene -concluí marchando
adelante-. Piense ahora lo que quiera de mí.
Pero a los veinte pasos ella
me detenía a su vez.
-Óigame usted ahora a mí.
Usted me conoce hace apenas quince días.
Y yo bruscamente:
-Hace dos años; no son un
día.
-Pero, ¿qué valor quiere
usted que dé a un... a una predilección como la suya por mis condiciones de
interpretación? Usted mismo lo ha dicho. ¡Y a mil leguas!
-O a dos mil; ¡es lo mismo!
Pero el solo hecho de haber conocido a mil leguas todo lo que usted vale... Y
ahora no estoy en Buenos Aires -concluí.
-¿A qué vino?
-A verla.
-¿Exclusivamente?
-Exclusivamente.
-¿Está contento?
-Sí.
Pero mi voz era bastante
sorda.
-¿Aun después de lo que le
he dicho?
No contesté.
-¿No me responde?
-insistió-. Usted, que es tan amigo de jurar, ¿puede jurarme que está contento?
Entonces, de una ojeada,
abarqué el paisaje crepuscular, cuyo costado ocupaba el automóvil esperándonos.
-Estamos haciendo un film
-le dije-. Continuémoslo. Y poniéndole la mano derecha en el hombro:
-Míreme bien en los ojos...
Dígame ahora. ¿Cree usted que tengo cara de odiarla cuando la miro?
Ella me miró, me miró...
-Vamos -se arrancó
pestañeando.
Pero yo había sentido, a mi
vez, al tener sus ojos en los míos, lo que nadie es capaz de sentir sin
romperse los dedos de impotente felicidad.
-Cuando usted vuelva -dijo
por fin en el auto- va a tener otra idea de mí.
-Nunca.
-Ya verá. Usted no debía
haber venido...
-¿Por usted o por mí?
-Por los dos... ¡A casa, Harry!
Y a mí:
-¿Quiere que lo deje en
alguna parte?
-No; la acompaño hasta su
casa.
Pero antes de bajar me dijo
con voz clara y grave:
-Grant... respóndame con
toda franqueza... ¿Usted tiene fortuna?
En el espacio de un décimo
de segundo reviví desde el principio toda esta historia, y vi la sima abierta
por mí mismo, en la que me precipitaba.
-Sí respondí.
-¿Muy grande? ¿Comprende por
qué se lo pregunto?
-Sí -reafirmé.
Sus inmensos ojos se
iluminaron, y me tendió la mano.
-¡Hasta pronto, entonces!
;Ciao!
Caminé los primeros pasos
con los ojos cerrados. Otra voz y otro ¡Ciao!, que era ahora una bofetada, me
llegaban desde el fondo de quince días lejanísimos, cuando al verla y soñar en
su conquista me olvidé un instante de que yo no era sino un vulgar pillete.
Nada más que esto; he aquí a
lo que he llegado, y lo que busqué con todas mis psicologías. ¿No descubrí allá
abajo que las estrellas son difíciles de obtener porque sí, y que se requiere
una gran fortuna para adquirirlas? Allí estaba, pues, la confirmación. ¿No
levanté un edificio cínico para comprar una sola mirada de amor de Dorothy
Phillips? No podía quejarme.
¿De qué, pues, me quejo?
Surgen nítidas las palabras
de mi amigo: "De negocios los sudamericanos no entienden ni el
abecé".
¡Ni de faldas, señor Burns!
Porque si me faltó dignidad para vestirme ante ella de pavo real, siento que me
sobra vergüenza para continuar recibiendo por más tiempo una sonrisa que está
aspirando sobre mi cara trigueña la inmensa pampa alfalfada. Conté con muchas
cosas; pero con lo que no conté nunca es con este rubor tardío que me impide
robar -aun tratándose de faldas- un beso, un roce de vestido, una simple mirada
que no conquisté pobre.
He aquí a lo que he llegado.
Duerme, corazón, ¡para siempre!
Imposible. Cada día la quiero más, y ella...
Precisamente por esto debo concluir. Si fuera ella a esta regia aventura
matrimonial con indiferencia hacia mí, acaso hallara fuerzas para llegar al
fin. Negocio contra negocio. Pero cuando muy cerca a su lado encuentro su
mirada, y el tiempo se detiene sobre nosotros, soñando él a su vez, entonces mi
amor a ella me oprime la mano como a un viejo criminal y vuelvo en mí.
¡Amor mío! Una vez canté
;Ciao! porque tenía todos los triunfos en mi juego. Los rindo ahora, mano sobre
mano, ante una última trampa más fuerte que yo: sacrificarte.
Llevo la vida de siempre, en
constante sociedad con Dorothy Phillips, Burns, Stowell, Chaney del cual he
obtenido todos los informes apetecidos sobre las víboras de cascabel y su
manera de morder.
Aunque el calor aumenta, no
hay modo de evitar el bar a la salida del taller. Cierto es que el hielo lo
congela aquí todo, desde el chicle a los ananás. Rara vez como solo. De noche,
con la Phillips. Y de mañana, con Burns y Stowell, por lo menos. Sé por mi
amigo que el divorcio de la Phillips es cosa definitiva, miss, por lo tanto.
-Como usted lo meditó antes
de adivinarlo me ha dicho
Burns-. ¿Matrimonio, Grant? No es malo. Dolly vale lo que usted, y otro tanto.
-¿Pero ella me quiere
realmente? he dejado caer.
-Grant: usted haría un buen
film; pero no poniéndome a mí de director de escena. Cásese con su estrella y
gaste dos millones en una empresa. Yo se la administro. Hasta aquí Burns. ¿Qué
le parece La gran pasión?
-Muy buena. El autor no es
tonto. Salvo un poco de amaneramiento de Stowell, ese tipo de carácter le
sale. Dolly tiene pasajes como hace tiempo no hallaba.
-Perfecto. No llegue tarde a
la comida.
-¿Hoy? Creía que era el
lunes.
-No. El lunes es el banquete
oficial, con damas de mundo, y además. La consagración. A propósito: ¿usted
tiene la cabeza fuerte?
-Ya se lo probé la primera
noche.
-No basta. Hoy habrá
concierto de rom al final.
-Pierda cuidado.
Magnífico. Para mi situación
actual, una orquesta es lo que me conviene.
Concluido todo. Sólo me resta hacer los
preparativos y abandonar Los Angeles. ¿Qué dejo, en suma? Un mal negocillo
imaginativo, frustrado. Y más abajo, hecho trizas, mi corazón.
El incidente de anoche pudo
haberme costado, según Burns, a quien acabo de dejar en la estación, rojo de
calor.
-¿Qué mosquitos tienen
ustedes allá? -me ha dicho-. No haga tonterías, Grant. Cuando uno no es dueño
de sí, se queda en Buenos Aires. ¿Lo ha visto ya? Bueno, hasta luego.
Se refiere a lo siguiente:
Anoche, después del
banquete, cuando quedamos solos los hombres, hubo concierto general, en mangas
de camisa. Yo no sé hasta dónde puede llegar la bonachona tolerancia de esta
gente para el alcohol. Cierto es que son de origen inglés.
Pero yo soy suramericano. El
alcohol es conmigo menos benevolente, y no tengo además motivo alguno de
felicidad. El rom interminable me ponía constantemente por delante a Stowell,
con su pelo movedizo y su alta nariz de cerco. Es en el fondo un buen muchacho
con suerte, nada más. ¿Y por qué me mira? ¿Cree que le voy a envidiar algo, sus
bufonadas amorosas con cualquier cómica, para compadecerme así? ¡Infeliz!
-¡A su salud, Stowell! brindé-. ¡Al gran Stowell!
-¡A la salud de Grant!
-Y a la de todos ustedes...
¡Pobres diablos!
El ruido cesó bruscamente;
todas las miradas estaban sobre mí.
-¿Qué pasa, Grant? -articuló
Burns.
-Nada, queridos amigos...
sino que brindo por ustedes. Y me puse de pie.
-Brindo a la salud de
ustedes, porque son los grandes ases del cinematógrafo: empresa Universal,
grupo Blue Bird, Lon Chaney, William S. Stowell y... ¡todos! Intérpretes del
impulso, ¿eh, Chaney? Y del amor... ¡todos! ¡Y del amor, nosotros, William S. Stowell!
Intérpretes y negociantes del arte, ¿no es esto? ¡Brindo por la gran fortuna
del arte, amigos únicos! ¡Y por la de alguno de nosotros! ¡Y por el amor
artístico a esa fortuna, William S. Stowell, compañero!
Vi las caras contraídas de
disgusto. Un resto de lucidez me permitió apreciar hasta el fondo las heces de
mi actitud, y el mismo resto de dominio de mí me contuvo. Me retiré, saludando
ampliamente.
-¡Buenas noches, señores! Y
si alguno de los presentes, o Stowell o quienquiera que sea, quiere seguir
hablando mañana conmigo, estoy a sus órdenes. ¡Ciao!
Se comprende bien que lo primero que he hecho
esta mañana al levantarme ha sido ir a buscar a Stowell.
-Perdóneme le he dicho-. Ustedes son aquí de otra
pasta. Allá, el alcohol nos pone agresivos e idiotas.
-Hay algo de esto -me ha
apretado la mano sonriendo-. Vamos al bar; allá encontraremos la soda y el
hielo necesarios.
Pero en el camino me ha
observado:
-Lo que me extraña un poco
en usted es que no creo tenga motivos para estar disgustado de nadie. ¿No es
cierto? -Me ha mirado con intención. -Más o menos -he cortado.
-Bien.
La soda y el hielo son
pobres recursos, cuando lo que se busca es sólo un poco de satisfacción de sí
mismo.
"Concluyó todo"
-anoté este mediodía-. Sí, concluyó.
A las siete, cuando
comenzaba a poner orden en la valija, el teléfono me llamó.
-¿Grant?
-Sí.
-Dolly. ¿No va a venir,
Grant? Estoy un poco triste.
-Yo más. Voy en seguida.
Y fui, con el estado de
ánimo de Régulo cuando volvía a Cartago a sacrificar su vida por
insignificancias de honor.
¡Dolly! ¡Dorothy Phillips!
¡Ni la ilusión de haberte gustado un día me queda!
Estaba en traje de calle.
-Sí; hace un momento pensaba
salir. Pero le telefoneé. ¿No tenía nada que hacer?
-Nada.
-¿Ni aun deseos de verme?
Pero al mirarme de cerca me
puso lentamente los dedos en el brazo.
-¡Grant! ¿Qué tiene usted
hoy?
Vi sus ojos angustiados por
mi dolor huraño.
-¿Qué es eso, Grant?
Y su mano izquierda me tomó
del otro brazo. Entonces fijé mis ojos en los de ella y la miré larga y
claramente.
-¡Dolly! -le dije-. ¿Qué
idea tiene usted de mí?
-¿Qué?
-¿Qué idea tiene usted de
mí? No, no responda... ya sé; que soy esto y aquello... ¡Dolly! Se lo quería
decir, y desde hace mucho tiempo... Desde hace mucho tiempo no soy más que un
simple miserable. ¡Y si siquiera fuese esto...! Usted no sabe nada. ¿Sabe lo
que soy? Un pillete, nada más. Un ladronzuelo vulgar, menos que esto... Esto
es lo que soy. ¡Dolly! ¿Usted cree que tengo fortuna, no es cierto?
Sus manos cayeron; como
estaba cayendo su última ilusión de amor por un hombre; como había caído yo...
-¡Respóndame! ¿Usted lo
creía?
-Usted mismo me lo dijo
-murmuró.
-¡Exactamente! Yo mismo se
lo dije, y lo dejé decir a todo el mundo. Que tenía una gran fortuna,
millones... Esto le dije. ¿Se da bien cuenta ahora de lo que soy? ¡No tengo
nada, ni un millón, ni nada! Menos que un miserable, ya se lo dije; ¡un pillete
vulgar! Esto soy, Dolly.
Y me callé. Pudo haberse
oído durante un rato el vuelo de una mosca. Y mucho más la lenta voz, si no
lejana, terriblemente distante de mí:
-¿Por qué me engañó,
Grant...?
-¿Engañar? -salté entonces
volviéndome bruscamente a ella-. ¡Ah, no! ¡No la he engañado! Esto no... Por
lo menos... ¡No, no la engañé, porque acabo de hacer lo que no sé si todos
harían! Es lo único que me levanta aún ante mí mismo. ¡No, no! Engaño, antes,
puede ser; pero en lo demás... ¿Usted se acuerda de lo que le dije la primera
tarde? Quince días decía usted. ¡Eran dos años! ¡Y aun sin conocerla! Nadie en
el mundo la ha valorado ni ha visto lo que era usted como mujer, como yo. ¡Ni
nadie la querrá jamás todo cuanto la quiero! ¿Me oye? ¡Nadie, nadie!
Caminé tres pasos; pero me
senté en un taburete y apoyé los codos en las rodillas, postura cómoda cuando
el firmamento se desploma sobre nosotros.
-Ahora ya está...-murmuré-.
Me voy mañana... Por eso se lo he dicho...
Y más lento:
-Yo le hablé una vez de sus
ojos cuando la persona a quien usted amaba no se daba cuenta...
Y callé otra vez, porque en
la situación mía aquella evocación radiante era demasiado cruel. Y en aquel
nuevo silencio de amargura desesperada -y final- oí, pero como en sueños, su
voz.
-¡Zonzote!
¿Pero era posible? Levanté
la cabeza y la vi a mi lado, ¡a ella! ¡Y vi sus ojos inmensos, húmedos de
entregado amor! ¡Y el mohín de sus labios, hinchados de ternura consoladora,
como la soñaba en ese instante! ¡Como siempre la vi conmigo!
-¡Dolly! -salté.
Y ella, entre mis brazos:
-¡Zonzo...! ¡Crees que no lo
sabía!
-¿Qué...? ¿Sabías que era
pobre?
-¡Y sí!
-¡Mi vida! ¡Mi estrella! ¡Mi
Dolly!
-Mi suramericano...
-¡Ah, mujer siempre...! ¿Por
qué me torturaste así?
-Quería saber bien... Ahora
soy toda tuya.
-¡Toda, toda! No sabes lo
que he sufrido... ¡Soy un canalla, Dolly!
-Canalla mío...
-¿Y tú?
-Tuya.
-¡Farsante, eso eres! ¿Cómo
pudiste tenerme en ese taburete media hora, si sabías ya? Y con ese aire:
"¿Por qué me engañó, Grant...?".
-¿No te encantaba yo como
intérprete?
-¡Mi amor adorado! ¡Todo me
encanta! Hasta el film que hemos hecho. ¡Contigo, por fin, Dorothy Phillips!
-¿Verdad que es un film?
-Ya lo creo. Y tú ¿qué eres?
-Tu estrella.
-¿Y yo?
-Mi sol.
-¡Pst! Soy hombre. ¿Qué soy?
Y con su arrullo:
-Mi suramericano...
He volado en el auto a buscar a Burns.
-Me caso con ella -le he
dicho-. Burns: usted es el más grande hombre de este país, incluso el Arizona.
Otra buena noticia: no tengo un centavo.
-Ni uno. Esto lo sabe todo
Los Angeles. He quedado aturdido.
-No se aflija -me ha
respondido-. ¿Usted cree que no ha habido antes que usted mozalbetes con mejor
fortuna que la suya alrededor de Dolly? Cuando pretenda otra vez ser millonario
-para divorciarse de Dolly, por ejemplo-, suprima las informaciones telegráficas.
Mal negociante, Grant.
Pero una sola cosa me ha
inquietado.
-¿Por qué dice que me voy a
divorciar de Dolly?
-¿Usted? Jamás. Ella vale
dos o tres Grant, y usted tiene más suerte ante los ojos de ella de la que se
merece. Aproveche.
-¡Déme un abrazo, Burns!
-Gracias. ¿Y usted qué hace
ahora, sin un centavo? Dolly no le va a copiar sus informes del ministerio.
Me he quedado mirándolo.
-Si usted fuera otro, le
aconsejaría que se contratara con Stowell y Chaney. Con menos carácter y menos
ojos que los suyos, otros han ido lejos. Pero usted no sirve.
-¿Entonces?
-Ponga en orden el film que
ha hecho con Dolly; tal cual, reforzando la escena del bar. El final ya lo
tienen pronto. Le daré la sugestión de otras escenas, y propóngaselo a la Blue
Bird. ¿El pago? No sé; pero le alcanzará para un paseo por Buenos Aires con
Dolly, siempre que jure devolvérnosla para la próxima temporada. O'Mara lo
mataría.
-¿Quién?
-El director. Ahora déjeme
bañar. ¿Cuándo se casa?
-Enseguida.
-Bien hecho. Hasta luego. Y
mientras yo salía apurado:
-¿Vuelve otra vez con ella?
Dígale que me guarde el número de su ilustración. Es un buen documento.
Pero esto es un sueño. Punto por punto, como
acabo de contarlo, lo he soñado. No me queda sino para el resto de mis días su
profunda emoción, y el pobre paliativo de remitir a Dolly el relato -como lo
haré en seguida-, con esta dedicatoria:
"A la señora Dorothy
Phillips, rogándole perdone las impertinencias de este sueño, muy dulce para el
autor".

