Libro N° 4057. Peter Camenzind. Hesse, Hermann.
© Libro N° 4057. Peter Camenzind. Hesse, Hermann. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.
Título
original: © Peter Camenzind
Versión Original: © Peter Camenzind. Hermann
Hesse
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PETER CAMENZIND
Hermann Hesse
Publicada en 1904, Peter Camenzind fue la primera novela
de Hermann Hesse y conoció de inmediato un gran éxito. En ella encontramos ya
en germen las principales señas de identidad del autor y de su obra posterior:
el descontento o turbación interiores, el ansia de trascendencia y de plenitud
(que toma aquí como vía a San Francisco de Asís y que más tarde habría de plasmarse
en obras como Siddhartha), la comunión con la naturaleza enfrentada a la
artificialidad de las relaciones sociales, la persecución por veces desesperada
de una respuesta al sentido de la vida… Genuino representante del malestar que
acompañó al alumbramiento del siglo XX, lo que hace de Hesse un escritor
plenamente actual es su conciencia de ese malestar y su constante afán de
búsqueda de la faceta espiritual del hombre en un mundo cada vez más alejado de
ella.
Título original: Peter Camenzind
Hermann Hesse, 1904
Traducción: Jesús Ruiz
INTRODUCCIÓN
I
Nació Hesse en el pueblecito de Kalw, en el ducado de
Württemberg, región agrícola de cierta altitud, en el verano de 1877. Ignoro
qué estudios cursaría —ni siquiera si los cursó— después de prepararse en el
Gymnasium de su pueblo, pero debió ocurrirle algún percance en su carrera
porque tanto en Peter Camenzind (de una forma velada), como en Unterm Rad (de
una manera agria, satírica y explícita) y en Demian, late una azarosa
preocupación por la escasa solidez de los planes de enseñanza. Tuvo muy diversas
profesiones, que simultaneó con sus primeros balbuceos literarios, a los
veintiún años, en unas poesías aparecidas en Romantischen Lieder. Acuciado por
la llamada del Sur —como más tarde lo sería por la llamada de Oriente— se
dirigió a Suiza e Italia. Un comentarista le llama «romántico vagabundo». Bajo
la influencia del poeta y novelista suizo-alemán Gotffried Keller, escribió en
1901 una narración, Hermann Lauscher, de discreta importancia. Pronto publicó
nuevas poesías, recopiladas en un volumen —Gedichte— y de súbito, se reveló con
insólita fuerza con Peter Camenzind, que alcanzaba cincuenta ediciones en 1909
y Unterm Rad. En esta época le anima una gran actividad literaria, en revistas
y periódicos alemanes y suizos (biografías de Boccaccio y San Francisco de
Asís, en Die Dichtung), que le permite acomodarse en Gaienhof, al pie del
hermoso lago de Constanza y del ancho Rin, tomando la ciudadanía suiza. Algunas
de sus más bellas y profundas páginas en prosa, las cinco narraciones amatorias
reunidas en Diesseits, son de esta fecha, 1907. Pronto su inquietud le arranca
del Rin y le lleva de nuevo al Sur, atravesando el San Gotardo, hasta Lugano,
en el Tesino, el más pintoresco, montañoso y meridional de los cantones suizos,
a donde volverá definitivamente después de un viaje a la India. Este afán
errante, que recuerda a Rilke o a von Kleist, lo reflejan incluso los títulos
de sus narraciones, en su mayoría breves: Wanderung (Peregrinaje, 1920); Die
Morgenlandfahrt (Viaje a Oriente, 1932); Traümfährte (El camino del ensueño,
conjunto de cuentos recopilados en Suiza en 1945). Unos treinta títulos más,
novelas, libros de viajes, críticas, ensayos y poesías, forman el resto de su
obra.
Creo que pueden señalarse en ella tres momentos cruciales,
que coinciden el primero con su período más puro, espontáneo y fecundo, el de
Peter Camenzind y su devoción mística por San Francisco de Asís, a principios
de siglo; el segundo a continuación de la guerra europea, fruto de una profunda
renovación espiritual en el alma de Hesse, que se inicia con Blick ins Chaos
(Mirada al Caos, 1920), prosigue con Demian y se cierra con la más extensa de
sus novelas, Der Steppenwolf (El lobo estepario. 1927), época ésta en la cual
el autor conoce una extensa e intensa fama, despertando un apasionado interés
en cierto sector de la juventud alemana, la curiosidad de los críticos y una
considerable bibliografía. (En 1922 se recopilan sus poesías Ausgewählte
Gedichte, y en 1925 se empiezan a editar sus obras completas, Gesammelte
Werke). El tercer momento hay que situarlo en 1946, con la concesión del Premio
Nobel a los setenta años.
Aunque afincado en Suiza, casi todos sus libros han visto
por primera vez la luz en Berlín, y el contenido de su obra y su pensamiento
son, aunque dentro de una actitud independiente y original, típicamente
alemanes. La misma otorgación del Premio Nobel en un año en el que se realiza
un colosal balance negativo de la filosofía alemana moderna, adquiere en Hesse,
en tanto que alemán, pleno significado.
Las tres fases indicadas no son más que en apariencia
contradictorias. Al leer Peter Camenzind, obra de juventud, se advierte una
desconcertante pluralidad de ideas y sentimientos que, como un manojo de
flechas abiertas en arco, pueden alcanzar madurez y dispararse hacia el blanco.
En presencia de su obra posterior vemos que sólo algunos lo hicieron, y que
estos blancos fueron precisamente los más insospechados, pero es incuestionable
que en la época de Camenzind —hacia sus veintisiete años— el carcaj estaba ya
lleno.
Hendiendo un fondo literario de fabuloso romanticismo,
corren a través de la primera época de Hesse tres corrientes bien definidas:
mística en el terreno religioso, idealista-panteística en el filosófico, y de
furiosa exaltación de la libertad individual, hasta extremos antisociales, en
el politicosocial. Estas tres constantes, tejidas sobre un idéntico cañamazo
romántico, las hallaremos en la obra de Hesse. Únicamente la dirección mística,
que parecía señalar con San Francisco de Asís hacia el Catolicismo, se
encamina, fundiéndose con elementos contemplativos, a una especie de quietismo
búdico (Siddhartha, 1922), del que antes de Hesse ya había otros representantes
en Alemania. A pesar de que estas corrientes no son puras (hay indubitables
influencias en Hesse del pesimismo de Schopenhauer) el paisaje ideológico que
Hesse nos muestra es, pues, radicalmente germánico. En lo que discrepa es en la
enérgica defensa de la personalidad, mejor aun, en su exacerbación casi
morbosa, que va mucho más allá de la exaltación del «yo» fichteana o romántica.
A mi entender en tal supervaloración del hombre frente al Estado y la Sociedad
debe buscarse, además de en su mérito literario, la causa de que se le
distinguiera a él, un alemán, con el Premio Nobel en un momento en que Alemania
se hallaba en la bancarrota, arrastrada por un sistema que era precisamente la
deificación del Estado.
LA HERENCIA ROMÁNTICA
Si no palpitara a lo largo de la literatura alemana un
hálito permanente de romanticismo, cabría considerar a Hermann Hesse un
rezagado del siglo XIX. Pero su forma de manifestarse, lo que Adolfo Salazar
llamaba en música «el bies de la expresión», ata a Hesse a nuestra época. No
obstante, aislado de toda escuela o grupo en particular, es difícil situarle en
el panorama de la literatura moderna. Es un solitario, y en esto se halla en
profundo acuerdo consigo mismo.
Cuando a principios de siglo aparece Peter Camenzind,
corren muy dispares vientos por el mosaico de estados que forman Alemania. No
hace casi aún dos años que ha muerto Zola dejando, con su voluminosa «Historia
Natural y Social de una familia bajo el Segundo Imperio», una extensa cohorte
de seguidores por toda Europa. Los alemanes han recibido al naturalismo como
otrora hicieran con las doctrinas de la Revolución francesa o los soldados de
Napoleón, abriéndoles primero los brazos para después arrojarlos por la borda.
Miguel Jorge Conrad es el único novelista que «colabora con el enemigo». En
Berlín andan a vueltas con las audacias de lbsen y Strindberg y los ásperos
dramas de Hauptmann y Sudermann. Aunque el arte alemán navega alejándose de las
sucias aguas del naturalismo, va cargado de tan amplia inquietud social que se
deleita más que en la creación de tipos humanos, en la de casos o ambientes.
Sus personajes son seres que viven una vida extraña, sujetos a la cadena de los
símbolos; en Sudermann o en el muniqués Pablo Heyse meros representantes de
conceptos distintos del honor o de una moral vieja y otra nueva; en Hauptmann,
ni siquiera son hombres en tanto que hombres, sino oprimidos sociales,
tejedores o mineros vistos en función de su trabajo, como otrosí ocurre en la
obra de Max Kretzer. En Los tejedores, Hilse, los Baumert, el potentado
Dreissinger, constituyen simples pretextos para personificar la honrada
inocencia, el hambre y el capitalismo egoísta. No son hombres a secas, con su
alma, sus problemas, su Dios, sino el proletario, el patrono, el probo
viejecito víctima de la brutalidad de los tiempos… Edificada sobre tales
supuestos, la novelística olvida su íntima esencia humana para convertirse, o
en medio de excitación del sentimiento ajeno, o en mensaje social.
Pues bien, en ese ambiente, cuando Hauptmann y Sudermann
se dedican a subvertir la moral hasta entonces cotidiana o a componer cuadros
estremecedores, cuando Gabriela Reutter inaugura el feminismo y Berta de
Suttner ha lanzado a Europa sus manifiestos pacifistas, cuando los poetas
jóvenes inflamados por Nietzsche o por la loa a los héroes de Stein se
enardecen cantando las hazañas alemanas en África y le vuelven la espalda al
viejo Heyse, que sueña aun con un viaje a Italia, cuando inicia su oración solitaria
Rainer María Rilke, cuando la pomposa exuberancia wagneriana encuentra mil ecos
en la fantástica caja de resonancia del alma germánica y todavía no gusta la
austera música de Brahms, entonces se asoma al mundo Peter Camenzind, cuyo
protagonista es un ser de pureza casi evangélica, un místico que espera oír la
voz de Dios en las armonías de los bosques, los lagos y las montañas de su país
natal, un peregrino del amor que no tiene otro drama" que amar y no ser
amado, un vagabundo que ignora la existencia de Wagner y Nietzsche, un
escritorcillo que en poesía no se ha enterado aún de la oleada de poemas épicos
que despertó la guerra del 70, pues su última divinidad poética es Heine, o más
lejos aún, Goethe.
No es, por tanto, singular, la perplejidad de los eruditos
gremiales de la Literatura, cuando buscan el compartimiento bajo el cual
etiquetar a Hesse. Aunque superficialmente pudiera decirse del Peter Camenzind
que sigue la tónica de la reacción neo-romántica o espiritualista contra el
naturalismo, ni en la forma ni en el fondo puede tenderse un puente entre Hesse
y los simbolistas. Veinte años después, en la época de Demian y El lobo
estepario, Hesse utilizará un simbolismo propio y sui generis, pero ni éste ni
su idealismo de Peter Camenzind guardan relación con la manera vaga y difusa de
aquéllos. Por el contrario, Hesse ha descrito las crisis psicológicas de sus
personajes —en su obra todo son crisis, y en especial de la adolescencia— con
la lúcida, aristada y nítida precisión de contornos que poseen sus amadas
montañas alpinas.
Tal carácter de solitario ha influido en la escasa
atención que Hesse recibe de los historiadores de la Literatura. Max Koch, en
su resumen de Literatura alemana, se limita a ignorarlo. En su anterior
Deutsche Literaturgeschichte en colaboración con Fernando Vogt, le dedica una
línea en el tomo segundo, al ocuparse de los novelistas suizos, y aun así
trayéndolo por los pelos con otro autor, Walter Siegfred, por haber tratado
ambos un tema artístico, Siegfred en una novela titulada Tino Moralt, y Hesse en
el Camenzind. Max Koch juzga, pues, la obra de Hesse en función de una pura
anécdota exterior, y de igual modo podría emparentarle, basándose con causa más
justificada en su vivo sentimiento de la naturaleza, con Ernest Zahn, cantor
del paisaje y de los campesinos alto-alemanes, o con cualquier otro novelista
ya olvidado.[1]
Para comprender a Hesse hay que acercarse a él desde un
punto de partida distinto. Su romanticismo, que un crítico llama «agotador», no
procede puramente de una influencia literaria. Vive en Hesse una alma romántica
de nacimiento, impregnada, como la de Uhland, de una dulce melancolía y de una
amorosa comunión con la Naturaleza. Sobre esta alma va aposentado un espíritu
críticamente lúcido, a veces sarcástico, que recuerda la ironía de Heine. Y aun
me atrevería yo a citar en su genealogía espiritual a Amiel, por su unción
religiosa y porque posee —como Amiel dice en su diario— «la subjetividad del
sentimiento». Sólo una alma que ha amado, anhelado y sufrido mucho puede a la
postre desear el amor sin deseo, el anonadamiento contemplativo de Siddhartha,
y sólo un espíritu penetrante y poderoso puede llegar al voluntarioso frenesí
psicológico de Demian. En Hesse es la experiencia de los sentidos la que ofrece
de modo continuo un torrente de ideas para ser probadas en el fuego del
pensamiento, y que tal experiencia es honda y auténtica, y no engañosa como la
del romanticismo literario y superficial, nos lo indica tanto la raíz eterna de
sus problemas como la altura y perennidad del blanco perseguido. Pues, en
definitiva, Hesse es, como todos los filósofos alemanes, un buscador de Dios,
un peregrino de Dios por caminos equivocados. Y ora le querrá encontrar dentro
de sí, en el trasfondo más intimo de su propia personalidad, en el «hondón de
su alma», como lo objetivará en algo exterior a él, en el amor, en las creaciones
del espíritu o en la Naturaleza, cosas todas que un día fueron capaces de regir
«su completa existencia».
Hay, desde luego, una incuestionable grandeza en su
orgulloso caer y volver a levantarse, en un continuo hacer y rehacer el mundo
en torno a un símbolo. Porque el hombre o es eso, un peregrino de Dios, un
amador o un odiador de Dios, o no es nada. Y Hesse llama desde niño al gran
Dios, pero ni le conoce, ni sabe si es un Dios personal o un mito, ni dónde
vive ni cómo es, y su alma se llena de tristeza, de una melancolía profunda,
procelosa y —confiesa un día— demoníaca. Y será siempre como Peter Camenzind: un
eterno caminante, forastero en todas partes, suspendido entre el tiempo y la
eternidad.
Rigurosamente es imposible señalar dónde comienza en Hesse
la filosofía y dónde la poesía, hasta qué límite su misticismo es sentido como
nostalgia de Dios, o querido por la razón. Sin sonrojo pueden aplicársele
aquellas palabras con que Menéndez y Pelayo calificaba las manifestaciones más
diversas del pensamiento idealista, cuando «el eterno artístico se desborda sin
diques ni barreras y convierte la filosofía en una especie de poética y
deslumbradora teosofía, llena de mitos, alegorías y símbolos que en su origen
tienen tanto de poético como de metafísico, si es que la Metafísica y la Poesía
no se identifican totalmente en su aspiración ideal y en sus determinaciones
más altas». Por esto Hesse comienza el Peter Camenzind, Im Anfang war der
Mythus, como una página de Schelling.
EL PROBLEMA DE DIOS
En Hesse este problema es confuso y a menudo
contradictorio. Hesse da la impresión de ser un hombre que construye con el
corazón, para después derruir lo construido con las frías armas de un
criticismo sarcástico. Si por su sentimiento es un místico, por su espíritu
tiene ribetes de iconoclasta. ¿Cómo conciliar esto?
No se halla en Hesse la menor referencia concreta a un
Dios tal como nosotros lo entendemos, un Dios personal que garantiza la
inmortalidad de nuestra alma, de la nuestra propia, distinta de la de todos los
demás. Hesse cree en la inmortalidad, porque tal certeza la cantan «los
torrentes, los ríos y los mares, las nubes y las tempestades, que siempre
hablan de Dios». Pero ¿qué Dios es éste? En una ocasión dice que sentía el
anhelo infinito de «echarse en el pecho de Dios, viviendo la libre existencia
de las montañas o perdiéndose en el mar». En otro párrafo añade: «tuve la
seguridad de que el zumbido del viento con mil tonos entre las hojas de los
árboles, el ruido de las aguas al precipitarse por las torrenteras y el aullido
de la tempestad en las onduladas llanuras, eran la voz de Dios». Si a estas
palabras se añaden otras no menos significativas: «mis hermanas las nubes», o,
cuando habla de los vecinos de su aldea: «nuestros hombres y mujeres se
parecían a los árboles, y desde niño aprendí yo a considerar a los hombres como
si fuesen árboles, sin reverenciarlos ni amarlos más que a los pinos
silenciosos», obtendremos una impresión decididamente panteísta de su
pensamiento. ¿Y cómo conciliar tan exaltado anhelo de no ser él mismo, de dejar
de ser hombre para fundirse con los espíritus de los lagos y las montañas, de
comulgar con otros entes sin personalidad, con sus otras afirmaciones de
radical defensa de la personalidad humana? ¿Cómo ha salvado Hesse el abismo que
separa su impulso de negación de ser hombre para ser parte del espíritu
universal de Dios, con su tremendo y categórico aserto de que «cada hombre es
único, es un ensayo precioso de la Naturaleza, un punto singular en el que se
cruzan los fenómenos del mundo, sólo una vez de aquel modo y nunca más»? ¿O es
que Hesse pretende, a la inversa de la mayoría de los hombres, que vivamos en
la vida terrena una existencia libre, magnífica y anárquica, ferozmente
individualista, sin limitaciones con los demás hombres ni con la sociedad, para
luego ser inmortales de una forma impersonal, común y anodina?
Su problemática contradicción no se detiene aquí. En Peter
Camenzind y en Diesseits el misticismo de Hesse se vuelca en un cristianísimo
mensaje de fraternidad entre todos los hombres, mucho más, en una fraternidad
franciscana con cualquier ser que pueble el mundo circundante. En Demian por el
contrario, Hesse se dedica a predicar la adoración de la propia personalidad,
hace del individuo un dios y reniega del mundo que le rodea, hasta el extremo
de sólo interesarle el hombre a secas, el hombre dentro de sí mismo, sin
relación social ni histórica. ¿A qué obedece tan notorio renversement des
idées?
Más que una volta face espiritual provocada por la guerra,
yo consideraría esta segunda actitud de Hesse como la consecuencia lógica de
ciertos supuestos que se encontraban ya latentes en la época del Camenzind,
Como señalé antes, de las infinitas posibilidades que apuntaban en la juventud
de Hesse, maduraron las más insospechadas, y al hacerlo dejaron a las otras
nonatas. Por de pronto, esos héroes tristes y nostálgicos de sus relatos de
1904 a 1910, que se redimen de sus errores sintiéndose poseídos de amorosos
anhelos hacia sus semejantes, ofrecen la paradójica actitud de ser unos
solitarios que aprovechan la menor ocasión para excluirse de la sociedad.
Claman la comunión de todos los hombres, pero ellos viven —o intentan vivir—
aparte. Son seres incapaces de desdoblarse en una vida exterior, que es pura
anécdota, y en su vida interior, la que ellos tienen por auténtica. Quieren ser
absolutos y no limitarse; la única limitación que aceptan con gozo es la de su
inmensurable y demoníaca tristeza. Una tristeza de tal índole que por el solo
hecho de experimentarla les invalida para la vida en común, les aísla.
Retirarse «fuera del mundo, y no regresar nunca más a él», es lo que pretende
Peter Camenzind cuando se percata de que es un egoísta. La cultura moderna le
parece varia «y de risible ridiculez». Prefiere andar hecho un arrapiezo por el
vasto mundo: «hay pocos lugares entre Basilea y Brieg, entre Florencia y
Perugia, que no haya hollado dos o tres veces con mis botas, caminando tras
muchos sueños, de los cuales ninguno se ha hecho realidad». El protagonista de
Unterm Rad, que no carece tampoco de talento, huye del seminario, vaga por los
campos, cae torpemente en el amor físico en brazos de una vendimiadora, se
ahoga en una acequia y muere. Peter Camenzind llega a sumirse en «un profundo
menosprecio por todo lo humano». En la novela se advierte que su gesto
posterior, compartiendo su cuarto con un paralítico, viene forzado por la
precisión de dar una moraleja. ¿Qué fraternidad ofrecen pues estos seres, cuyo
camino les lleva a una estéril recreación en sí mismos, a la contemplación de
su más íntima encarnadura? ¿Y no responderá también su anhelo hacia Dios a una
cobardía?
Al final del capítulo IV, cuando Camenzind ha perdido a
Richard y se halla desengañado de la juventud y del amor, exclama: «¿Por qué no
creer en Dios y entregarme a su mano generosa? Pero yo siempre fui orgulloso y
obstinado, y continué esperando el milagro de una existencia propia…».
¿Qué género de existencia es éste? Está claro: una que sea
personal y propia, y que no necesite el sustento cotidiano de la creencia en
Dios. Sobre tales bases —olvido del mundo circundante, hostilidad hacia las
formas sociales organizadas, y progresiva adoración del propio yo— está
edificada precisamente la doctrina de Demian.
Ya en Rosshalde, escrita un año antes de la Guerra
Europea, Hesse planteaba el turbador problema del individuo en cuanto ente
único y solitario. En Rosshalde un hombre y una mujer, que deben vivir juntos a
causa de su hijo, son dos extraños el uno al otro que se sienten separados por
el infinito. No hay ninguna comunidad entre ellos: son dos mundos, dos
universos distanciados por otro universo. Esta terrible concepción de la
radical soledad del hombre en un mundo hostil si bien le eleva de jerarquía («cada
individuo es un ensayo único, existe en función de una fórmula dada en él y en
nadie ni nunca más») y le hace un pequeño dios, le condena a la vez a una
trágica desesperación. Afirma la suprema inviolabilidad personal pero
transforma al hombre en un cerebro que trabaja en el vacío, en un alma sin
esperanza de comunicarse ni perdurar.
Cuando la guerra impone su dura experiencia, su
aplastamiento del individuo, al que reduce a la categoría de masa o número, se
opera en Hesse el paso definitivo hacia lo que él considera la salvación del
hombre. Ese hombre solitario siente una imperiosa necesidad de salvarse, de
evadirse del caos, no para retornar a un estado de cosas anterior, a la
sociedad de anteguerra, donde él ya no se encontraba y de la cual él no se
sentía partícipe, sino para crear un mundo nuevo y distinto. En el fondo se
diría que Hesse, aunque horrorizado por la tragedia, se alegra de que aquella
sociedad ficticia se haya derruido; no sólo se alegra, sino que además acepta
como un hecho cierto la decadencia del mundo occidental. Lo que a él le importa
salvar no es la cultura de occidente, pues ya nos ha dicho que era vana,
risible y ridícula (y en el Camenzind hay un párrafo muy significativo, en el
que los dos amigos alemanes se mofan de la Catedral de Milán) sino al Hombre, a
ese ser precioso y único, e inyectarle la conciencia de su divinidad. Hesse
coloca, pues, una barrera entre el hombre y el mundo; éste puede hundirse —y
debe hundirse— para conseguir la pureza de aquél. Teoría tanto más singular
cuanto que el Hombre —así en abstracto, desligado de una situación ambiente, del
tiempo, de un mundo que le rodea— no existe.
El hombre-dios antihistórico y antisocial de Hesse, no
pasa, en definitiva, de ser más que una quimera. El buscador de Dios se ha
fabricado una anarquía de mil millones de dioses.
DEMIAN
Hacia 1920, fecha de su Zarathustras Wiederker (El regreso
de Zarathustras), Hesse extraviado arriba a las playas de Nietzsche y, como él,
coge la piqueta y empieza a convocar a los hombres para demoler la
configuración actual de la sociedad. Los escritos críticos y filosóficos que
constituyen El regreso de Zarathustra encontrarán nueva expresión dos años
después, en forma simbólico-novelesca, en la «historia de la juventud de Emil
Sinclair»: Demian.
Numerosos comentaristas coinciden en que Hesse da muestras
en Demian —pese a haberla escrito en edad ya madura— de una renovada fuerza
juvenil. Ciertamente, al correr de sus breves páginas, el perfil más acusado
que la obra nos presenta es él de pretender darnos una fórmula absoluta, con el
inflamado e irreductible absolutismo de la juventud. Demian tiene la penetrante
y rotunda contundencia de un aforismo filosófico; es como una frase aislada en
el vacío, que sostiene que es válida y verdadera per se. Cualidad ésta a la par
muy alemana, y por extremista tan peligrosa que cuanto más acentuada sea, más
posibilidades ofrece a un crítico de impugnarla. Su tema fundamental es el tema
eterno en Hesse: la lucha de un espíritu joven, presa de tan altos como vagos
anhelos, contra la sociedad que le rodea. Pero mientras en Peter Camenzind y en
Unterm Rad, Hesse se detiene y no va más allá de la morosa descripción de tal
incompatibilidad, en Demian apunta sus particulares soluciones, y a estos
jóvenes angustiados les predica que se busquen a sí mismos, que hallen su
verdadero «yo», porque en lo más profundo de su alma se encuentra su resorte
mágico, el secreto de su existencia.
Actitud lógica en una mente que en su búsqueda de
salvación se vuelve hacia el mundo circundante, y lo halla en caos, hacia la
sociedad, y la ve inhumana e imperfecta, hacia la cultura, y la siente
ridícula… ¿Y hacia Dios? ¡Pero si Nietzsche ya ha afirmado hace tiempo que Dios
ha muerto! ¿Dónde buscar, pues? Y Hesse responde que el camino y no el fin es
lo que da sentido a la vida, que hay que hurgar en el hombre, cada vez más
profundo, cada vez más dentro. Así, por paradójica ironía, Hesse construye una
doctrina —ni con mucho nueva— que obedece a una singularísima circunstancia
geográfica e histórica. Quiero decir que su Demian, lejos de ser un arquetipo
válido para cualquier tiempo, posee una filiación clara y limitada: el hombre
de la Alemania derrotada de 1920.
«La juventud vivió en Demian su propia angustia» —escribe
un ensayista francés. «Alrededor de Demian surgieron espontáneamente grupos
casi religiosos de admiradores»— dice otro crítico. No en vano Hesse prometía a
los iniciados el dominio de las voluntades ajenas. Tal promesa fue suficiente
para que en Alemania —donde cualquier error espiritual fructifica con tal de
que este al servicio del instinto de dominación— se congregaron en torno a
Sinclair-Demian grupos de jóvenes fervorosos, dedicados a buscar frenéticamente,
con su «yo», las llaves maravillosas de la vida. Al sagaz crítico español le
parece todo esto «muy complicado», y en efecto, nosotros que tenemos conciencia
de que nuestra personalidad es limitada y que lo único infinito que hay en
nuestra alma es el reflejo de Dios —de un Dios personal, no de un vago espíritu
cósmico— sabemos que buscar dentro de nosotros el reflejo de Dios, es lo mismo
que buscar a Dios. Por esto escribía yo antes que la contradictoria filosofía
de Hesse, aunque en Demian no lo diga, me parece que sigue siendo una
despistada navegación hacia la incógnita faz de Dios.
EL CAMINO DE LOS SÍMBOLOS
Después de Demian, que es un poco una especie de
«confession d’un enfant du siècle», Hesse acentúa su menosprecio por todo lo
que no sea la íntima esencia del individuo, y prescinde de su circunstancia.
Pero al poco siente la necesidad de situar a su nuevo «yo» en un mundo, e
inventa un universo tan nuevo como extraño, un mundo de símbolos. Así en El
lobo estepario hace penetrar a su protagonista, después de unas curiosas
aventuras místico-eróticas, en un país fantástico poblado de seres míticos y
simbólicos. Tal clima literario es tan infrecuente, y tan inaceptable para
nuestro pensamiento moderno lleno de criticismo, que hemos de preguntarnos, ¿a
qué se debe esto?
Desde un punto de mira psicológico, este simbolismo
fantástico puede ser el último estadio de un cuadro clínico que comienza con
aquella morbosa y exagerada tristeza, autismo, indiferencia por todo lo humano,
etc. Pero no creo que nos condujera a resultados fructíferos considerarlo bajo
tal aspecto, a mi ver asaz parcial. Más me interesa resaltar aquí lo que hay de
bifronte en todo simbolismo, es decir, en la dilección que un hombre o un grupo
de hombres muestran por expresarse, o por sentir, valiéndose de símbolos.
Generalmente el escritor que de un modo voluntario y
consciente gusta de usar símbolos —y que por ende necesita de una clave bajo la
que ser interpretado— tiene algo de conceptista; aparece en un ambiente de
sedimentación cultural, no en un período de formación cuando las ideas se
empujan unas a otras para nacer y son aun confusas, sino en un período en el
que los conceptos se concretan en torno a ciertas figuras o ciertos nombres,
cuyo sólo enunciado despierta y arrastra tras sí un cortejo de circunstancias
que son las que van implícitas en el símbolo. Hay, pues, un matiz culterano en
su uso, porque el escritor presupone en su público la posesión de las mismas
asociaciones de ideas por las que él se guía. Es un simbolismo de épocas de
plenitud cultural —como que en cuanto se vicia se le llama decadente— preciso
para podar la exuberancia de conceptos, acortar la frase, y quintaesenciar su
concepto. Es lo contrario de la metáfora, que mediante una imagen complementa
el significado de otra anterior. Cuando Esquilo compara a una ciudad griega con
una nave batida por el oleaje de los soldados que la hostigan, está haciendo
una metáfora para lectores de imaginación sencilla; cuando Gracián en El
Criticón se vale de mil obscuras alegorías, se está dirigiendo a unos hombres
que tienen detrás la riquísima experiencia cultural del Renacimiento y
dieciséis siglos de latín y griego.
Pero existe otro género distinto de simbolismo, que hunde
sus raíces no en el intelecto sino en la imaginación, y no tanto en una
tradición cultural como en el inconsciente humano, donde yacen conceptos éticos
y estéticos simples y primitivos. El escritor que de él participa no lo hace
después de un detenido —y voluntario— estudio del valor y alcance del símbolo
que va a utilizar, sino de una forma que en cierto modo podría llamarse
automática, traduciendo las impresiones directas de su conciencia. Simbolismo
eminentemente elemental —de carácter representativo, y que juega con ideas de
la vida cotidiana— ciertos investigadores románticos como J. J. Bachofen, y
otros modernos de la escuela antimecanicista de Luis Klages, Alfredo Schuler y
Carlos Wolfskehl, han creído encontrar en él la cualidad psíquica predominante
de ciertos pueblos primitivos, poseedores de una conciencia páthica, que piensa
con símbolos o imágenes. El hecho de que en Hesse existan reminiscencias de
este simbolismo, carece por sí solo de mayor importancia, ya que significaría
una mera averiguación psicológica, y por otra parte cada día los psicólogos
descubren en nuestra alma remotos restos atávicos o ancestrales. El detalle
cobra, sin embargo, un valor distinto, cuando al espigar entre las páginas de
Hesse vamos percatándonos no sólo de su perenne impulso juvenil, sino
advirtiendo una a modo de concepción primitiva de los hombres y del mundo.
Concepción no insólita en un escritor que es esencialmente dionisíaco.
Cuando en Demian y El lobo estepario Hesse recurre a
efectismos de gran guignol (deformaciones de rostros humanos, etc.), el lector
piensa de una manera instintiva en un lenguaje de representaciones míticas de
pueblos hoy ya desaparecidos. Los personajes centrales de Peter Camenzind, de
Unterm Rad y de Demian profesan tanta veneración por la figura de la madre,
como odio hacia sus padres; y precisamente una sociedad es tanto más
paternalista cuanto más civilizada. El anhelo de fundirse con la inmensidad de la
Naturaleza —que ya antes quedaba señalado— tiene un inconfundible perfil de
llamada pánica. Y yo creo que no es casual, sino muy significativa, la aversión
de Peter Camenzind por el mundo occidental: hacia finales de siglo, en un
ambiente de «tiempos satisfechos», cuando París es considerada la capital de
una Europa donde por doquier brillan luces, esta ciudad despierta en el
personaje de Hesse vehementes ideas de suicidio… Su afán nómada, su singular
dilección por los campesinos —entre los que encontró «verdaderos hombres»— son
otros detalles que incitan a formarse de Hesse una idea de escritor colocado,
no en un grupo decadente, como le sitúa Bartels, sino al principio de un mundo
que está aún por nacer, y que él trata de intuir con vigorosos golpes.
El uso de tales símbolos y alegorías —aunque humanas no
por ello menos extrañas— de que Hesse se vale para demostrarnos que nuestra
sociedad es un organismo caduco, no sería, pues, más que una forma de dar
mandobles para conmover nuestra sensibilidad. Cual Don Quijote alanceando los
báquicos botos de vino del ventero, como si de ellos fueran a surgir gigantes,
así Hesse aporrea el vientre de la humanidad para que nazca ese ser
zaratústrico que, según él, es el hombre.
II
He esbozado en las páginas precedentes una interpretación
personal —y por ello impugnable— de casi toda la obra de Hesse. Ahora quiero
insistir objetivamente sobre ciertos aspectos de la novela a la cual este
trabajo sirve de prólogo.
En rigor Peter Camenzind no es una novela, en el gran
sentido siglo XIX de esta palabra; yo la llamaría más bien relato. Y no me
fundaría para ello en la ausencia de intriga, y aun de otros personajes que no
sean el protagonista, sino en la forma en que está conducida la narración, o
mejor, en la manera en que se ve que está hecha. Porque Peter Camenzind es un
relato tan desnudo, tan austero y tan íntimo, que se le ve la encarnadura.
Nosotros los españoles tenemos un léxico muy poco concreto para estas cosas;
nuestras palabras suelen ser amplias, y podemos aplicar cuatro o cinco a un
solo objeto, con lo que en el fondo hacemos lo contrario de definirlo. Así
hemos dado en llamar novela a escritos que a mi entender no lo son. El asunto
se complica porque la novela —enorme camisa de once varas— carece de una forma
preestablecida. Y precisamente porque carece de ella, habría que limitarla y
que ordenarla. Yo no veo por qué una novela no ha de poseer medidas, como una
octava real en poesía o una sonata en música. ¿O es que quizá la definición de
la novela es ser una cosa indefinida?
Pues bien, llamo a Peter Camenzind relato —para
diferenciarlo de cualquier novela que lo sea de verdad, por ejemplo el Quijote—
porque en él hay muy poco, o nada, de invención, de imaginación. Y esta
palpable ausencia de hálito inventivo es lo que le confiere su forma peculiar,
más que lo que en él se cuenta o se dice, que desde el punto de mira novelesco
es muy poco, y mucho desde el punto de mira humano. Quiero significar con esto
que el distingo entre novela y confesión o relato no tiene nada que ver con el
tema. Schubert escogió la grácil arquitectura del minuetto para escribir una de
sus páginas más acerbas y tristes; el tema en sí hubiera podido formar el
adagio de una sinfonía, pero lo distinguimos por su forma.
Mientras me leía Peter Camenzind me parecía asistir a uno
de esos experimentos que hacen los niños pegando dibujos de colores en las
tapas de sus libros, diversión que tiene su punto de más emocionado interés
cuando se despega poco a poco la calcomanía para ver si se reprodujo bien o
mal. Es tan obvia la comunión personal entre el personaje de Hesse y su autor,
que la obra me despertaba a veces la idea de una inmensa calcomanía, en la que
de una manera dolorosa y cálida se arrancasen sus páginas del alma misma de
Hesse. Confesión, al fin, y tan íntima como llena de pudor. Y, o mucho me
equivoco, o precisamente tal carácter de relato íntimo y sosegado,
rigurosamente referido con moroso deleite siguiendo el orden natural de las
cosas, su marcha temporal, como un río que fluye lento, repantingado en
innúmeros meandros, habrá de desconcertar a bastantes de nuestros lectores.
Porque se nos ha acostumbrado a un género de novela —que yo no niego que sea la
auténtica novela— de agitada vida exterior, donde no caben hombres, o almas o
espíritus, a secas y en soledad. Hesse, como decidido apologista de los
solitarios (a los que ha dedicado un libro, Musikdes Einsamen. 1915), encuentra
que en mayor plenitud está él hombre cuanto más a solas está. Tal idea podrá
ser cierta o no, y tengo para mí que en ciertas personas sí lo es, pero sienta
una afirmación que se contradice radicalmente con la naturaleza de la novela,
que juega con seres que disimulan su irrealidad haciéndose en alto grado
hombres y mujeres sociales. Pues si a la novela le estuviera encomendado
descubrir el hombre real y en qué reside su plenitud, sería entonces una
ciencia metafísica, y no una mera historia de ficción. O ficción de una
historia mejor.
Ni a los personajes ni a la obra de Hesse se les puede
juzgar de un modo unilateral por los azares de su existencia exterior. Si lo
medimos por esta regla, Peter Camenzind no consta de mucho más que de la
anécdota de un joven campesino que sale al mundo con veleidades intelectuales,
y de la descripción de sus correrías, todas iguales en última instancia, bajo
un fondo decorativo de cierto romanticismo, paseos en barca por el lago a la
luz de la luna, fogosos revolcones en la hierba a la luz de las estrellas y
otras lindezas. No hay a lo largo de sus prietas páginas ni un solo golpe de
efecto pour épater al honrado lector, una escena deliberadamente violenta, que
sacuda los nervios y ponga el ánimo tenso, ni siquiera una frase que insinúe
esa morbosidad estragante y estragada que ahora tanto priva. Cito todo esto, no
como prueba de moralidad o de buen gusto, sino de calidad literaria. Porque
nada hay más fácil que componer cuadros terribles y estremecedores; una
historia natural, describiendo las luchas entre animales, está llena de ellos,
y a nadie se le ha ocurrido citarla como modelo de novelas. El lector que
busque, pues, en Peter Camenzind un clima de violencia emotiva, saldrá
necesariamente defraudado. Si se me permite la comparación, diría que saldrá tan
defraudado como el oyente que predispuesto ya a priori por un estado de ánimo
peculiar, abre su radio esperando oír los altisonantes efectismos de Ricardo
Strauss, y le sirven en cambio una pieza de cámara de Brahms, el más austero de
los músicos y el último gran músico. Pero así como para comprender a Brahms no
es preciso pertenecer al que fue su mundo, para entender a Hesse basta tan sólo
un poco de humanísima curiosidad. Porque en definitiva las sensaciones de su
personaje no pretenden constituir una excepción, ni se caen en refinadas de
puro espirituales. El amor platónico, el orgullo que impide arrojarse en brazos
de Dios, el fraterno sentimiento de la naturaleza, la nostalgia de una vida
sencilla, son sentimientos comunes a muchos hombres. Y a mi ver el arte del
escritor se ha de valorar en la manera en que consigue que tales cosas tan
antiguas y resabidas nos parezcan nuevas en su apariencia, y que aun sabiendo
que en el fondo es lo mismo, nos maravillemos primero y después nos
identifiquemos con ellas.
EL PESIMISMO EN PETER CAMENZIND
Sin rubor puede confesarse que Peter Camenzind es, a pesar
de su amable moraleja de fraternidad franciscana, una obra triste. No es que
deje mal sabor de boca, que no se trata ahora de eso, sino que se desprende de
toda ella un angustioso y resignado hálito de infinita tristeza. El
protagonista repite en diversas ocasiones que se sentía triste, que el paisaje
le parecía impregnado de melancolía, que soñaba con «música triste»… Todo esto
parece un cortejo de síntomas románticos, tan decorativos como la luna y el
lago. Sólo una vez concreta más y escribe: «Quien no ha sentido en su alma la
melancolía, no puede comprender lo que representa. Tenía una horrible sensación
de soledad. Todo me era indiferente. Las grandes noticias que publicaban los
periódicos, las desgracias que ocurrían, en la ciudad o en el círculo de mis
relaciones, ¿qué me importaban? Se celebraban fiestas, se enterraban muertos,
nacían nuevas vidas, se daban conciertos, recepciones. ¿Y todo ello para qué?,
¿para qué?».
En esta breve frase el lector perspicaz cree oír todo un
concierto de lejanos ecos: de modo implícito suenan acordes aquellas
afirmaciones de Schopenhauer y Nietzsche de que el mundo es un inmenso
pudridero, la vida una cosa sin sentido, a lo más una rueda que da vueltas y se
repite eternamente. El flamante embajador Leibniz se hubiera lanzado, armado de
punta en lanza con su optimismo, afirmando que este mundo es el mejor de los
posibles, contra estos preguntones del infinito. «¿Para qué vivimos, por qué da
vueltas la tierra, por qué no penetramos la razón de nuestra existencia?»… En
la novela de Hesse la cosa se agrava, porque el personaje es un joven poeta
abrumado de melancolía. Sin querer uno recuerda aquella aguda sátira de uno de
los libros de Aldous Huxley que por inglés y empírico necesariamente ha de
mostrar poca simpatía a las lucubraciones puramente intelectuales, pero que en
cuanto novelista reconoce la autenticidad de ciertos sentimientos en el que un
viejo cínico, Mr. Scogan, clasifica y destruye con cuatro palabras el proyecto
de novela de un poeta amigo suyo, Dionisio Stone: «—No se moleste en
describirme el argumento; su héroe se siente aplastado por ideas melancólicas y
le parece que lleva sobre sus espaldas la carga del universo entero». El
personaje de Hesse comparte su tristeza (y el hecho no me parece ocioso) con un
exacerbado criticismo, que le muestra, bajo una fría lucidez, lo que de
ridículo tiene nuestro mundo. Yo creo que hay aquí un problema más complejo,
por encima de ese fastidio literario y romántico, vago y agobiante, que no le
abandona nunca, no se funda en nada ni conduce a parte alguna, como no sea el
aserto budista de que «el mal es la existencia».
En primer lugar ha de notarse que el criticismo sarcástico
y amargado de Camenzind-Hesse es de raíces más intelectuales que humanas. No es
una actitud crítica ante la vida, en el sentido de una facultad de desentrañar
lo que en nuestros semejantes y en su obra hay de despreciable, que conduce a
adoptar una conducta irónica y socarrona (la actitud de Molière y Voltaire,
Cervantes y Quevedo), sino un criticismo escéptico, seco y demoledor, de
filiación muy fin-de-siglo. Detalle curioso: de él se salva la mujer, que queda
nimbada de una aureola de idealidad. Pero tal criticismo no es por sí solo
fuente de tristeza, sino de menosprecio; y aun es más, es acicate para la
búsqueda de una vida mejor, que Peter Camenzind encontrará entre los campesinos
de Asís. Su angustia, sus por qués a la existencia y al mundo, cobran por tanto
un significado distinto; y yo los haría nacer precisamente de su soledad.
«Tenía una horrible sensación de soledad», escribe. Y como de ella no puede
liberarse, porque es algo connatural a su ser, extiende entonces su tristeza al
mundo circundante, al paisaje, y pronto a los demás hombres, y proclama una
devoción primaria de la humanidad entera en el dolor. Así —otra vez la llamada
oriental— estremece el alma de Peter Camenzind un soplo de fraternidad de todos
los hombres en la tristeza. Lo que con la mente ha rechazado, burlándose de
Buda o Tolstoi, lo construye luego él mismo con su corazón; pero como buen
alemán, su filosofía está constituida por su sentimiento.
EL SENTIMIENTO DE LA NATURALEZA
En Hesse el paisaje, sea Considerado como Naturaleza, como
expresión de Dios, o como un mundo de símbolos, no adopta nunca la forma de un
mero valor plástico. Es algo que posee vida propia, algo que acompaña a la vida
de sus personajes, y que es capaz de sostener una comunicación con ellos; les
rodea, les mece y acuna, o bien se levanta rudo y primitivo ante ellos, no les
abandona jamás y aun en algunos momentos participa de su misma existencia. De
una manera decidida, pues, Hesse no se sitúa ante la Naturaleza en calidad de
espectador, sino de igual. Y no cabe decir que le envidia su espontánea
libertad, porque ésta en cuanto individuo él ya la practica.
En Peter Camenzind tal sentimiento adquiere calidades
hondas y líricas plasmadas en párrafos de gran belleza, que forman una de las
constantes más auténticas a lo largo de la obra. Y no es el apego utilitario
del campesino por su tierra, sino el impulso panteísta, el que late en su
personaje, nostálgico hijo de las montañas, peregrino de mil sueños y nómada
eterno. Ya nuestro Unamuno veía muy bien que el sentimiento de la naturaleza ha
de ser panteísta cuando le reprochaba a Pereda el escaso fuego que ponía en sus
descripciones montañesas, nada más que minuciosas miniaturas. Peter Camenzind
la contempla, de niño, con el alma «vacía y esperanzada», en una silenciosa y
rendida admiración; yo creo que adopta un poco ante ella idéntica actitud a la
que le sorprendemos de adolescente en la muerte de su madre, que no le inspira
ningún temor, sino un radical y absoluto asombro (Ich war voll Staunen und
Ehrfurcht, escribe, estaba lleno de asombro y veneración) que recuerda, de un
modo asaz categórico, al primordial saber admirarse platónico.
En Peter Camenzind se diferencian muy bien aquellos
pasajes de sentimentalismo romántico, en los que el personaje adscribe a los
árboles, a un riachuelo, etc., la tristeza que él siente (párrafos que suenan a
falso), de aquellos otros en los que se enfrenta con la avasalladora realidad
de ese mundo que se halla a la vez fuera y dentro de él. Cuando canta al viento
del sur, al föhn alpino que precede a la primavera y desnuda de nieve las
laderas de las montañas y riza las aguas de los lagos azules, pasa por la prosa
de Hesse la profunda vibración de los bosques de su país natal. Como él dice,
el hombre «puede estudiar filosofía o historia naturalis durante años enteros,
sin llegar a compenetrarse con la verdad de Dios; pero cuando presiente de
nuevo el inquieto viento del Sur, siente temblarle el corazón en el pecho y
piensa en Dios y en la muerte»… Y en otro párrafo recuerda que en la Biblia los
ángeles se anunciaban con un soplo de viento. Aquí, pese a la rotunda
modernidad del hecho de ocuparse tan hondamente de la naturaleza, se
transparenta el mismo sobrecogido temor ancestral del hombre primitivo, que con
ojos hundidos en el firmamento, o en las cambiantes aguas de los lagos, o en
las vagarosas siluetas de los montes, impetraba o esperaba ver a Dios. Toda la
soledad del hombre, su huidizo pasar por este mundo, su nostalgia inmensa de
asomarse al infinito, su sed de Dios, toda la exaltación del alma desbordándose
del cuerpo para correr con el viento por los valles, las montañas y las
llanuras, ondear con las mieses, vibrar con las espadañas de las ermitas, fluir
con las rápidas aguas de los torrentes, todo ese anhelo de renuncia personal
para entregarse a la vida eterna, halla en Hesse una definitiva expresión.
En Peter Camenzind Hesse se coloca en el ángulo opuesto al
retratista, que considera a la naturaleza un accidente, tanto como distante es
su postura del escritor minucioso que analiza una a una las sensaciones
recíprocas del paisaje y sus personajes. Hesse resuelve entre el realismo y el
psicologismo tirando por el amplio y vigoroso camino de un amor simple y hondo,
tan arraigado y violento como las ráfagas del föhn que desmochan y barren las
quebradas del Sennalpstock. Actitud literaria que, siendo post-romántica, no
tiene ninguna relación con las tendencias de la literatura moderna.
Desde el Renacimiento a nuestros días el hombre ha venido
haciéndose más extenso y profundo. Percepciones que eran desconocidas para el
hombre medieval han prendido en su alma, y la han disparado hacia una fugaz
plenitud, que naturalmente se ha reflejado en el arte. La conquista del paisaje
para la literatura, y la creación de la música de gran estilo, son quizá las
dos formas más ambiciosas con que el hombre moderno ha sabido navegar por su
vasto universo. Luego, cual insaciable Cronos, ha empezado a devorar a sus
propios hijos; ha descompuesto la naturaleza en un mecanismo de impresiones, y
a la música en una escala cromática. Un buscador de afinidades del futuro,
pensará que no fue un milagro que coincidieran en el tiempo Mr. Kodak, Proust y
Strawinsky.
En esta ruta Hesse está, como de costumbre, solo.
III
CONCLUSIÓN
No es insólito que al Hesse preocupado por hallar una
finalidad al mundo (sus para qué sin respuesta a la vida y a la muerte)
sucediera un Hesse que afirmara que es el camino y no el fin lo que da sentido
a nuestra existencia. Aproximadamente por las mismas fechas —cuatro años
después de la guerra europea— otro escritor, D. H. Lawrence, que propugnaba
también un retorno al hombre primitivo, afirmaba lo mismo en Italia: «buscar la
finalidad en el mundo es demolerlo». A Lawrence se le ha falseado —y
calumniado— tanto, que establecer aquí una tabla de semejanzas y contrastes con
Hesse, suena poco menos que a herejía. Por esto no lo haré. Si escojo a
Lawrence entre la pléyade de escritores que pintan al hombre oprimido bajo la
índole actual de la sociedad y predican la necesidad de un mundo nuevo, es
precisamente porque lo busca en la dirección opuesta de Hesse. Lo que no puede
dudarse es del agitado clima de inquietud que a ambos les ha impulsado a
construir sus propias quimeras. Pues resulta curioso que en un tiempo en que
por doquier se han afirmado, social y políticamente, los derechos del
individuo, sea cuando los artistas se han sentido menos satisfechos y con mayor
afición a convertirse en reformadores sociales. ¿O es que el pandemónium de
ismos que se han sucedido en lo que va de siglo es la expresión artística de la
democracia?
En un prólogo a una reciente edición de unos artículos de
Ángel Ganivet, Ortega ha señalado «la estimación máxima y prácticamente
ilimitada de la profesión y figura literarias» que priva en el período de
tránsito a nuestro siglo. Aunque tan exacerbada estima se halle ya en franco
declive. Hesse, Lawrence y muchos otros, han vivido asaz cerca de ella para no
creer que no llegaron a disfrutarla con bastante vigencia. No podemos
explicarnos, pues, por la situación ambiente, su tónica general de angustia y desasosiego
y su furiosa rebelión contra la sociedad. ¿Intuición de los trágicos
acontecimientos que nos iba a tocar vivir? Quizá; pero en este caso se
equivocaron radicalmente en sus soluciones. Porque —y el fenómeno es tan
importante que merece más largo estudio— en el mismo período de tiempo en que
estos artistas, más o menos lejanamente influidos por Max Stirner o Nietzsche,
declaman el valor absoluto del capricho individual, los espíritus más selectos
y perspicaces de Europa les vuelven la espalda e inician una cuidadosa y serena
revisión de los ideales de la Edad Media —edad de deberes— poniéndola ante
nuestros ojos como ejemplo de época histórica donde el hombre había alcanzado
su centro espiritual. Es decir, que mientras en la orilla de la literatura filosófica
se pretende romper la configuración actual de nuestro mundo para alumbrar a un
poderoso hombre nuevo, cuya más distintiva cualidad es la de sentirse
insolidario de su pasado y de la cultura en la cual nace, en la acera de los
historiadores se busca la salvación precisamente hundiendo las manos en ese
pasado que hemos heredado y que en parte nos constituye. La cuestión que esta
disparidad suscita no es menos inquietante. Reside en saber si la cultura es
algo artificial respecto a la vida del hombre, o es una encrucijada de
circunstancias en la cual la existencia humana cobra su más alto sentido. En
otras palabras, si se puede dar o no un corte en el tiempo y hacer tabula rasa;
si lo único que se perpetúa a lo largo de la historia es el hombre biológico a
solas.
*
A. D. H. Lawrence le hubiera irritado profundamente el
camino de introspección previa, de descubrimiento del verdadero «yo», que Hesse
recomendaba —de un modo muy germánico— a los jóvenes de la posguerra. Para él,
que también había buscado materiales para su hombre nuevo por las más remotas
aldeas de Italia, lo que importa no es una abstracción espiritual, sino la
liberación humana con todos los instintos de la naturaleza: «estoy hasta los
pelos de esas gentes que no cesan de escrudiñar su interior», escribe.
Lawrence es en esto todo un primitivo; Hesse me parece más
mesurado. Aunque reniega de la sociedad en que le ha caído en suerte vivir,
sabe que el espíritu del hombre moderno es, precisamente por ser un rico
heredero del pasado, muy complejo. Antes he insistido en las formales
contradicciones que revela el pensamiento de Hesse. Se diría que percatándose
él mismo de su múltiple inquietud, es por lo que aconseja que se consiga
hallar, a toda costa, el auténtico «yo». Para Hesse —dice Klabund— hasta Dios es
a la vez bueno y malo. Y en última instancia tal es su postrera —e
involuntaria— gran lección: la de la maravillosa e inagotable complejidad de la
vida humana.
E. P. de las Heras
PETER CAMENZIND
I
EN un principio fue el mito. Así como el gran Dios
inspiraba las almas de los indios, griegos y germanos, anhelantes de expresión,
vuelve también a inspirar diariamente el alma de cada niño.
Yo no sabía aún cómo se llamaban los lagos, las montañas y
los arroyos de mi tierra natal, pero contemplaba ya ensimismado la superficie
de las aguas, de un color azul verdoso donde reverberaba a trechos un rayo
tembloroso de sol. Las montañas se extendían como una majestuosa corona en
torno al lago, con nieve en sus cumbres, arroyos deslizándose entre los
peñascales y formando pequeñas cascadas, y prados verdes, ligeramente
ondulados, con árboles frutales, chozas y ganado paciendo en sus pastos. Y mi pequeña
alma contemplaba todo aquello en silencio, vacía y esperanzada; escuchando tan
sólo las voces de los espíritus del lago y de las montañas, que hablaban sin
cesar de sus bellas y osadas acciones. Las costumbres, los desfiladeros y los
precipicios repetían respetuosos las alusiones a aquellos primeros tiempos de
su nacimiento. Mostraban sus cicatrices, entreabrían sus grietas y hablaban y
hablaban sin cesar de entonces, cuando la tierra temblorosa se movía
convulsivamente y su superficie se contraía haciendo surgir cimas y cráteres.
Las rocas se embestían unas a otras y los montes pugnaban por abrirse paso
entre ellos. Las luchas eran horribles y sólo vencía el que destruía a su
hermano y ocupaba su lugar. Aún quedaban huellas de aquellos tiempos lejanos.
Eran visibles en las cumbres bravas o las rocas abruptas y a cada deshielo
cedían algunos resquebrajados bloques de granito que acababan de romperse como
cristal contra las orillas o eran arrastrados por la corriente, montaña abajo
hasta las mismas lindes de la pradera.
Pasaban los años, pero las montañas seguían diciendo
siempre lo mismo. Y era fácil comprender su lenguaje. Basta una sola mirada a
las paredes abruptas, a los desfiladeros recónditos, a las rocas
resquebrajadas. Todas ellas estaban llenas de espantosas cicatrices.
—Hicimos algo horrible —repelían sin cesar— y todavía lo
estamos pagando.
Pero aun cuando las palabras sonaban a lamentación, su
tono era orgulloso, sereno y obstinado, como el de un viejo guerrero nunca
vencido.
Y guerreros seguían siendo. Yo contemplaba siempre sus
luchas con la tempestad de aire y agua, en aquellas horrorosas noches que
precedían a la primavera. El irascible «Föhn»[2] rugía en torno a sus cumbres y
los torrentes desatados arrastraban rocas y por sus vertientes arrancaban la
tierra de sus faldas. Como las tempestades menudeaban en la estación, los
montes se aferraban a la madre tierra y oponían sus paredes graníticas a la
violencia de los elementos, haciendo acopio de todas sus fuerzas en unidad obstinada
y difícil. Y a cada herida tronaban temerosos y llenos de ira, llegando su
entrecortado y confuso gemido hasta los más apartados parajes.
Pero mis ojos no sólo estaban acostumbrados a estos
espectáculos. Contemplaban también praderas y laderas cubiertas de hierba, de
flores y de helechos vegetales a los que el dialecto del pueblo había dado
nombres pintorescos y llenos de significado. Eran hijos y nietos del monte y yo
podía tocarlos, aspirar su aroma y aprender su nombre. La vista de los árboles
causaba, en cambio, una impresión mucho más honda y grave en mi ánimo. Mis ojos
trataban de escrutar la vida en cada uno de ellos, la forma peculiar de su copa
y de su tronco y también la propia manera de proyectar su sombra. Me parecían
ermitaños y guerreros, emparentados de cerca con las montañas e identificados
con ellas, pues todos y especialmente los que crecían en las alturas, tenían
también su propia lucha por la existencia; pugna constante con el viento, el
tiempo y las rocas. Cada cual llevaba su cruz y por eso tenía sus propias
conformaciones y sus heridas especiales. Había pinos a los que las tempestades
habían respetado tan sólo las ramas de un lado, y otros que crecían retorcidos
como serpientes en torno a las rocas desprendidas de las cumbres, de tal modo
que ambos se confundían sosteniéndose mutuamente y semejando un solo cuerpo.
Ésos aparecían a mis ojos como los más belicosos de todos los guerreros y en
tal condición despertaban en mí respeto y temor al mismo tiempo.
Nuestros hombres y mujeres se parecían también a los
árboles. Eran duros como ellos, además de severos y poco habladores. Los
mejores eran los más parcos en palabras. Y con su ejemplo aprendí yo a
considerar a los hombres como si fuesen árboles, sin reverenciarlos ni amarlos
más que a los pinos silenciosos.
Nimikon, nuestro pueblecillo, se elevaba en una pradera,
lindante al Norte con las faldas de los montes y al Sur con el lago. Estaba
comprimido entre las cumbres y el agua y sólo un camino estrecho conducía hasta
un monasterio cercano y otro más estrecho todavía hasta una aldea vecina, a la
que se tardaba unos tres cuartos de hora en llegar. Los restantes pueblerinos
del lago sólo eran asequibles por el agua. Nuestras casas estaban construidas
de madera según el estilo antiguo y casi nunca se edificaba ninguna nueva. Las
vetustas viviendas eran reparadas según las necesidades y no era raro que un
año se arreglara el entarimado del vestíbulo y el siguiente la mitad de las
vigas. Algunas veces se utilizaban los arrimaderos procedentes de la pared de
la estancia como vigas y cuando pasaba el tiempo y quedaban también inservibles
para ese menester, iban a parar al establo como remiendos en los pesebres, como
techo del granero o refuerzos para la puerta de la casa. Exactamente igual
sucedía con los habitantes. Cada cual hacía su papel durante el tiempo que le
era posible, se retiraba a engrosar los que eran ya inútiles y luego
desaparecía sin que su ausencia se notara demasiado. Los que regresaban a la
aldea tras largos años de ausencia no hallarán más cambio que un par de tejados
renovados y otro par mucho más viejos que cuando se marcharon. Los ancianos de
entonces también habían desaparecido para dejar paso a otros ancianos que
habitaban las mismas chozas, llevaban iguales nombres, cuidaban de un parecido
regimiento de chiquillos y apenas se diferenciaban en el rostro o la apariencia
de los que ya habían muerto.
Nuestra comunidad carecía de una oleada de sangre fresca y
de vicia nueva que le llegara del exterior. Sus habitantes, de casta vigorosa y
robusta, estaban emparentados estrechamente los unos a los otros y casi unas
tres cuartas partes llevábamos el apellido de Camenzind. Éste llenaba las
páginas del libro parroquial, se veía repetido con mucha frecuencia en las
cruces del cementerio, campaba en las fachadas de las casas pintado al aceite
sobre los portalones o tallado primorosamente en las puertas y podía leerse
sobre el carruaje del correo, en los cubos de los establos y en las barcas que
surcaban las aguas del lago. También sobre el portalón de mi casa paterna era
visible la siguiente inscripción:
ESTA CASA FUE CONSTRUIDA POR JOST Y FRANCISCA CAMENZIND
Pero la leyenda no aludía a mi padre, sino a un antepasado
nuestro que era, según creo, mi bisabuelo. Y yo podía tener la completa
seguridad de que si moría sin dejar descendencia, otro Camenzind ocuparía mi
lugar en el viejo nido y el apellido se prolongaría hasta que el tejado se
sostuviera sobre las cabezas de los moradores.
A despecho de aquella paciente monotonía, existía también
en nuestra aldea lo bueno y lo malo, lo distinguido y lo inferior, lo poderoso
y lo débil y algunos listos al lado de un deleitoso número de insensatos. Como
todo lugar, era aquél una reproducción en pequeño del ancho mundo, con la
particularidad de que se conocían o estaban estrechamente emparentados pequeños
y grandes, cuerdos y locos hasta el punto de darse el caso de albergar un mismo
techo a la más absurda arrogancia y la más estúpida ligereza. Lo hondo y lo
cómico del ser humano estaba patente siempre en los habitantes de la aldea y
sólo un eterno rebozo o una misteriosa opresión estorbaba la libre expansión de
los caracteres. La dependencia de los hombres a las fuerzas de la Naturaleza y
la miseria de un destino lleno de trabajo y penalidades habían ido limando toda
alegría y dando a aquella vieja casta una inclinación a la melancolía. Pero a
pesar de la austeridad, se acostumbraba a prestar atención al par de locos que
no faltaban y que si la mayoría de veces se mostraban reservados y graves, no
dejaban de suministrar ocasiones y lances para risa y burla de sus convecinos.
Una ráfaga regocijante y gozosa atravesaba los adustos semblantes de los hijos
de Nimikon cuando alguno de ellos daba que hablar a causa de una nueva
jugarreta. Y a la alegría de la burla se añadía la propia superioridad y la
complacencia de creerse a cubierto de tales tropezones y locuras. A aquella
mayoría situada en el término medio entre los justes y los pecadores, participando
de ambos sin llegar a ser ninguno, pertenecía también mi padre. No había tenido
lugar en la aldea ninguna locura que no hubiera llenado su alma de inquietud y
su espíritu vacilante nunca supo si inclinarse por la admiración incondicional
hacia el que la había hecho o el reconocimiento de la propia pureza de
intenciones que le había impedido tomar parte en ella.
Mi tío Konrad pertenecía, en cambio, al partido de los
locos. Pero no por ello se sentía empequeñecido en presencia de mi padre o de
otros héroes de la razón. Antes podía asegurarse que se creía mucho más listo
que ellos, pues su espíritu inquieto, tocado siempre de fiebre inventiva, lo
elevaba a mucha altura sobre la realidad circundante. Aquel que buscara algo
nuevo en vez de conformarse con la melancolía perenne de la aldea estaba
llamado a obtener la gloria. Eso pensaba mi tío, sin que los demás habitantes
del lugar compartieran tales ideas. Las relaciones entre mi padre y su cuñado
no eran más que un constante oscilar entre el menosprecio y la admiración. Cada
nuevo proyecto de mi tío despertaba en mi padre una poderosa curiosidad y una
gran agitación, que siempre trataba de ocultar con frases irónicas y alusiones
de doble sentido. Cuando mi tío creía seguro el triunfo, comenzaba a
representar su regio papel. Éste no tardaba en obrar sus efectos y a los pocos
días mi padre se dejaba arrastrar por el entusiasmo y cercaba a su cuñado con
requerimientos fraternos hasta que el fracaso le abría los ojos de nuevo. Mi
tío acogía la desventura con un encogimiento de hombros, un gesto de
indiferencia, mientras que mi padre no podía reprimir las expresiones de mal
humor y durante meses enteros no cruzaba palabra ni saludo con su cuñado.
Nuestra aldea debe a Konrad la aparición de las primeras
velas sobre las aguas del lago. Mi tío las hizo pacientemente, así como el
cordaje necesario y luego las montó sobre un primitivo aparejo en la barca de
mi padre. Claro que no fue suya la culpa si ésta resultó demasiado estrecha
para navegar a vela. Los preparativos duraron semanas enteras. Los días que
precedieron a la prueba estuvieron llenos de esperanzas y de temor para mi
padre y de cierto apasionado interés para mi tío. Tampoco en el pueblo se hablaba
de otra cosa más que del nuevo intento de Konrad Camenzind. Y por fin, un día
memorable para nosotros se deslizó el bote hasta las aguas azules del lago. Era
una mañana de verano y hacía mucho calor. Mi padre parecía sospechar la
catástrofe y se mantenía algo alejado del grupo de vecinos, después de haberme
prohibido una vez más y con la mayor severidad, que acompañara a mi tío.
Fuesli, el hijo del panadero, era el segundo tripulante de la embarcación. Todo
el pueblo estaba en nuestro embarcadero, pues nadie quería perderse el comienzo
de la temeraria proeza.
Un viento procedente del Este rizaba la superficie de las
aguas. Los de la barca tuvieron que remar al principio, hasta entrar en la
corriente de aire que hinchó las velas y empujó la embarcación delante de
nuestros ojos asombrados. Salió una exclamación de todos los labios y en todas
las mentes apuntó la idea de felicitar al inteligente Camenzind a su regreso. Y
volvió efectivamente, bien entrada ya la noche, pero con el aparejo roto y sin
vela y sus tripulantes más muertos que vivos. Mi padre tuvo que poner dos
tablas nuevas a la barca y desde entonces no ha vuelto a Manquear una vela en
la tersa superficie del lago.
Fueron tantas las burlas de los habitantes de la aldea,
que mi padre tuvo que tragarse su ira y adoptar su única solución: desviar la
mirada y escupir despectivamente al suelo tantas veces como tropezó con mi
pobre tío. Aquello duró hasta el día en que su cuñado le expuso el proyecto de
horno para cocer pan que tantas burlas reportó a su inventor y que costó cuatro
táleros a mi padre. ¡Pobre de aquel que se atreviera a recordarle la historia
de aquel dinero! Mucho tiempo después, cuando la miseria había vuelto a
enseñorearse de nuestra casa, se atrevió mi madre a aludir a los cuatro
táleros. Mi padre enrojeció hasta las orejas, pero se contuvo y dijo tan sólo:
—Lo habría gastado en vino en un solo domingo.
Al finalizar cada invierno nos llegaba el viento del Sur
con su zumbido hondo y grave, que los habitantes de las montañas escuchan con
tanto temor y por el que sienten, sin embargo, tanta nostalgia cuando están
lejos del terruño.
La proximidad del viento la advertían muchas horas antes
de su llegada los hombres y las mujeres, las montañas, los venados y el ganado.
Su aparición iba precedida por otros vientos tibios y de menor intensidad. Las
aguas del lago, de un habitual azul verdoso, tomaban un tinte sombrío y en
pocos instantes blancas coronas de espuma cubrían las crestas del oleaje. La
quieta superficie se encrespaba y al silencio solemne sucedían los bramidos
amenazadores, iguales a los que se escuchaban a la orilla del mar. Toda la
campiña parecía entonces replegarse sobre sí misma y los contornos se
destacaban claros y rotundos sobre el cielo. En las cumbres que antes
sobresalían confusas entre la niebla, se podían contar las rocas y se
distinguían también con claridad los tejados y ventanas de los pueblos que
momentos antes no eran más que manchas obscuras en la distancia. Todo parecía
replegarse sobre sí mismo. Las montañas, los prados y las casas, el paisaje
entero, semejaba un ejército que huyera del enemigo. Y luego daba comienzo un
horroroso zumbido acompañado de un gran temblor en la atmósfera. Las olas del
lago se estrellaban contra la orilla con el golpe seco de un latigazo y muy a
menudo, sobre todo durante la noche, se escuchaba el fragor de la lucha que
mantenían las montañas con la tempestad. Al día siguiente llegaban a la aldea
las nuevas que hablaban de arroyos desbordados, de casas derrumbadas, de barcas
hundidas y hombres desaparecidos.
En los años de mi infancia temí tanto al viento del Sur
que casi llegué a odiarlo. Pero los violentos impulsos de la mocedad y el
despertar de la adolescencia cambiaron por completo mis sentimientos y llegué a
amarlo. Se convirtió a mis ojos en un rebelde eternamente joven y pendenciero,
que arrastraba consigo a la primavera. Era impresionante y magnífico verle
comenzar la lucha lleno de vida, de energía y de esperanza, escuchar sus
rugidos a través de las cañadas y de los precipicios, ver cómo acababa con la
nieve de las montañas y arrancaba los pinos que crecían retorcidos en las
laderas. Pasaron los años y mi cariño por el viento del Sur se fue haciendo
cada vez más hondo. En él adiviné el saludo de tierras lejanas que nos enviaban
torrentes de calor y de belleza. Pues nada era tan deliciosamente turbador como
la fiebre dulce que despertaba en la sangre el cálido viento. Sus ráfagas
hacían perder el sueño a los habitantes de la altura y todos, en especial las
mujeres, se sentían inquietos, con la mente presta a la fantasía o la
ensoñación. Y en el fondo no era aquello más que el Sur, avasallando acometedor
al Norte áspero y adusto, trastornándolo y turbándolo. Era el Sur, proclamando
por los agrestes lugares de las montañas la llegada de la buena estación a los
lagos azules, cercanos y lejanos al mismo tiempo, denunciando la floración de
sus orillas en una espléndida abundancia de prímulas, de narcisos y de flores
de azahar.
Luego que el viento cedía en sus violencias y los últimos
aludes se deslizaban por las laderas, llegaba lo más hermoso. Los prados
florecidos extendían por doquier su magnificencia, mientras los picos novados,
los glaciares centelleantes se destacaban sobre el cielo purísimo y se
reflejaban en las aguas mansas y verdosas del lago.
Todo aquello llenó mi infancia y pudo también llenar mi
vida entera. El lenguaje de Dios suena fuerte en la majestuosidad de la
Naturaleza y quien lo ha escuchado en su niñez, sigue oyéndolo durante toda su
existencia aunque quiera taparse los oídos. El nativo de las montañas puede
estudiar filosofía o historia naturalis durante años enteros, sin llegar a
compenetrarse hondamente con la verdad de Dios. Pero cuando presiente de nuevo
el inquieto viento del Sur o escucha los crujidos del alud al desplomarse por
su cauce, siente temblarle el corazón en el pecho y piensa en Dios y en la
muerte.
La casa paterna estaba construida a orillas del lago. Un
esmirriado jardín la precedía por su parte delantera. En él crecían unas
ásperas lechugas, algunas plantas de nabos y varias coles, aparte del cuadro
que mi madre reservaba a las flores y en el que lucían esplendorosos dos
rosales, una mata de dalias y un puñado de resedas. En la parte trasera existía
un pequeño embarcadero en el que se amontonaban dos toneles vacíos y algunas
estacas. En el agua cabeceaba amarrada nuestra barquichuela, que se calafateaba,
reparaba y pintaba cada año. Han permanecido fieles en mi memoria los recuerdos
de cuando esto sucedía. Acostumbraba a ser en una tarde cálida del mediado
verano, cuando las mariposas jugueteaban al sol sobre las tablas del
embarcadero. Las aguas del lago estaban mansas como el aceite y el aire
apestaba a pez y a pintura, olores que la barca seguiría teniendo durante todo
el verano. Muchos años después, durante mis travesías marítimas, me bastaba
oler de nuevo la apestosa mezcla de brea y humedad para que volvieran a mi
memoria los recuerdos de nuestro embarcadero. Y entonces me parecía ver de
nuevo a mi padre, en mangas de camisa, con la brocha en la mano, como lo había
visto tantas veces. También veía las nubecillas azules de su pipa ascendiendo
pesadamente en la atmósfera sofocante de la tarde y los rápidos revoloteos de
las mariposas amarillas por encima de nuestras cabezas. Aquellas tardes daban a
mi padre un buen humor desacostumbrado. Garganteaba a media voz y sólo de
cuando en cuando se aventuraba a alzarla para que el eco resonara contra las
montañas vecinas. Entretanto mi madre se encerraba en la cocina haciendo algo
apetitoso para la noche. Ahora me imagino que mientras cocinaba debía abrigar
la ilusión de que Camenzind no fuera a la taberna, como era su costumbre. Pero
llegada la hora, él se marchaba como siempre.
No puedo decir, sin riesgo a incurrir en falsedad, que mis
padres intervinieran excesivamente en mis cosas o me educaran arbitrariamente
según su propio capricho. Mi madre tenía siempre las manos ocupadas y mi padre
distaba mucho por aquel entonces de ocuparse del problema de mi educación. Le
bastaba el cuidado del par de árboles frutales de su propiedad, la roturación
de la tierra destinada a la siembra de patatas y la siega del heno necesario
para el invierno. Pero aunque aquellos trabajos absorbían todo su tiempo, aún
le quedaba el suficiente para cogerme de la mano cada dos semanas, antes de
marcharse por la noche a la taberna y llevarme hasta las profundidades del
establo. Allí tenía lugar el extraño castigo, especie de acto expiatorio
ejecutado con el rigor y la solemnidad de un rito y que consistía en
administrarme una soberbia paliza. Ni él ni yo sabíamos la razón del castigo.
Eran silenciosas ofrendas en el altar de Némesis y se llevaban a cabo sin
reprimendas ni gritos por su parte y sin lamentos ni gemidos por la mía. Años
después oí hablar a alguien del «ciego destino» y me imaginé inmediatamente
aquellas misteriosas escenas como plásticas representaciones de la idea. De
modo que, sin saberlo siquiera, siguió mi padre el camino que la simple pedagogía
de la vida acostumbra enseñarnos cuando somos mayores. Pero por desgracia no me
fue dado hacer entonces estas reflexiones y bastantes veces acepté el castigo
de mala gana y con la única alegría de saberlo alejado, lo menos por espacio de
dos semanas.
No de mucho mejor talante acogí los intentos de mi padre
para obligarme a trabajar. La caprichosa madre Naturaleza había unido en mí dos
dones extraordinarios: una desacostumbrada fuerza y una pereza no menor. Fue
inútil que mi padre se esforzara en querer transformarme en una ayuda para su
trabajo. Yo me valía de todas las trapacerías y todos los engaños para evitar
aquel empeño suyo, y siendo ya bachiller, no sentí por ningún héroe griego
tanta compasión como por Hércules forzado a sus célebres trabajos cuando tan
hermoso era vagar por los prados y las montañas y nadar en las aguas quietas
del lago.
Mis únicas amistades fueron, en aquellos tiempos, el sol,
el lago y las tempestades. Hablaban conmigo y me deslumbraban con sus
magnificencias, siendo para mí mucho más queridas que cualquier amistad humana.
Pero mis favoritas eran las nubes, antepuestas en los favores de mi admiración
al brillante lago, a los melancólicos pinos o a las rocas bañadas por el sol.
¡Mostradme un solo hombre que conozca mejor las nubes y
las ame más que yo! ¡O indicadme algo que sea en este mundo más hermoso que
ellas! Son recreo y consuelo de la vista, bendición y regalo de Dios. Son
blandas y tranquilas como las almas de los recién nacidos; son bellas,
poderosas y espléndidas como ángeles buenos. Y algunas veces pueden también
transformarse y volverse obscuras, amenazadoras y crueles, como unas mensajeras
de la muerte. Se deslizan suavemente por el cielo, adquieren tonalidades rosadas
con la media luz del crepúsculo y de la aurora y en otras ocasiones semejan
almas fugitivas, huyendo sigilosamente de algún invisible enemigo. Unas tienen
formas de flotantes islas o de ángeles etéreos, otras semejan puños cerrados y
amenazadores, o velas hinchadas por el viento, o grullas lanzadas al vuelo.
Están suspendidas entre el cielo divino y la mísera tierra, como ejemplo
hermoso de todas las ansias y todos los anhelos humanos. Son eterna pauta del
inquieto caminar, del incesante rebuscar, del deseo y del desespero de los
hombres. Y así como ellas están suspendidas, tímidas y anhelantes, entre cielo
y tierra, penden asimismo, anhelantes y tímidas, entre tiempo y eternidad, las
almas humanas.
¡Oh, las nubes hermosas y eternamente cambiantes! Yo era
un niño ignorante y las amaba ya, sintiendo acaso la atracción de nuestra
semejanza. También yo sería una nube más, atravesando, rauda, el cielo de la
vida. Yo sería también un eterno caminante, forastero en cualquier parte y
suspendido siempre entre el tiempo y la eternidad. Quizá por eso han sido las
nubes unas buenas amigas, unas verdaderas hermanas mías. No podía salir a la
calle sin cambiar con ellas un saludo, sin que me hicieran señas con sus algodones
hinchados por el viento y yo correspondiera con una sonrisa a su amabilidad, Y
nunca he olvidado sus formas, sus suaves tonalidades, sus juegos, sus danzas,
sus bailes y descansos. Su realidad, celeste y terrena al mismo tiempo. Y sus
cuentos Henos de fantasía.
Recuerdo aún el de la princesa de las nieves. Eran los
montes sus atalayas y sus castillos en los días tempranos del invierno. La
princesa de las nieves aparecía con su pequeño séquito, procedente de las
escarpadas alturas y buscaba un lugar de descanso en los desfiladeros agrestes
o en las amplias cimas. El cierzo falaz contemplaba envidioso el asentamiento
de la princesa y no tardaba en precipitarse sobre ella, derribándola, tapándola
con obscuras nubes, haciendo escarnio de ella y queriendo ahuyentarla. La
princesa quedaba sorprendida ante el ataque y algunas veces emprendía el
regreso a sus alturas, pero otras, en cambio, reunía en torno suyo a su séquito
atemorizado, descubría su rostro fascinador y arrogante y repelía con mano
helada el embate traicionero del viento. Éste retrocedía aullando y por fin
abandonaba el campo. La princesa podía entonces sentarse de nuevo en su trono
de niebla y cubrir las montañas y los valles con un manto de nieve nueva. Era
su triunfo.
Había en este cuento algo noble y generoso, algo
triunfante y bello que hacía latir mi corazón con fogoso misterio. Las nubes me
lo contaban y yo lo escuchaba, silencioso y lleno de fervor, transido en un
éxtasis.
Transcurrieron los años primeros de mi infancia y llegó
por fin el instante de acercarme a las nubes, de tenerlas al alcance dé la mano
y aun verme más alto que ellas. No había cumplido aún los diez años, cuando
hice mi primera ascensión. La cumbre de Sennalpstock fue la elegida y por vez
primera tuve ocasión de comprobar el horror y la belleza de las montañas.
Angostas torrenteras con los cauces llenos de hielo y agua de nieve,
ventisqueros centelleantes, rocas cortadas a pico, y abarcándolo todo, alto y redondo
como una campana, el cielo azul. Tras diez años de existencia diaria encerrado
entre las altas montañas y las orillas del lago, tuvo lugar ese milagro que aún
recuerdo muy bien. Contemplé por vez primera el cielo abierto sobre mi cabeza y
abarqué con la mirada todo el horizonte. Fue al doblar un recodo, mediada la
ascensión, cuando apareció ante mí con toda su inmensidad. Sentí una gozosa
sorpresa. ¿Tan grande era el mundo? Nuestra aldea estaba recostada en la
hondonada, casi perdida a nuestros ojos, como una mancha insignificante a
orillas del lago. Y las cumbres que desde el valle parecían muy juntas se veían
separadas desde la altura por muchas leguas de camino.
Entonces comencé a presentir la inmensidad del mundo y
tuve la intuición de que allá lejos, detrás de las montañas, existían grandes
cosas de las que yo no tenía ni idea. Y al solo pensamiento noté que temblaba
en mi interior algo semejante a la aguja de una brújula y me sentí atraído por
la nostalgia de lejanía. Y aquello me hizo comprender una vez más la belleza y
el melancólico encanto de las nubes, acuciadas siempre, empujadas por el viento
hacia horizontes infinitos.
Mis dos acompañantes adultos alabaron mi perfecto escalar
y en el breve descanso en la cima helada del monte, se burlaron un poco de mis
ruidosas manifestaciones de alegría. Pero yo no les hice caso y seguí gritando
jubiloso y excitado. Y aquellos gritos fueron mi primer canto, inarticulado
aún, a la belleza. Mis balbuceantes garganteos sonaron en la majestuosidad de
las alturas como el trino entrecortado de un pajarillo y al escucharlos me
llenó un sentimiento de vergüenza. Sólo entonces contuve mi entusiasmo y
procuré mantenerme en silencio.
Pero a partir de entonces pareció romperse el hielo que
pesaba sobre mi vida. A un suceso venturoso siguió otro y fui admitido en todas
las ascensiones a la montaña, incluso en las más difíciles. Poco a poco fui
desentrañando el misterio de las cumbres y entregándome por completo a la
fascinación de la altura. Posteriormente me hice pastor de cabras y tuve
ocasión de recorrer todas las cañadas y los vericuetos de los montes. En uno de
los declives, donde llevaba a pastar con frecuencia a mis animales, había un
recodo protegido del viento de las cumbres y cubierto de gencianas azul cobalto
y saxífraga encarnada, que era mi lugar favorito. El pueblo resultaba invisible
desde allá y tampoco del lago veía más que una franja brillante que se
destacaba entre las rocas. Las flores crecían con generosidad, salpicando el
césped con sus colores vivos y el cielo se destacaba azul tras los picachos
blancos. El murmullo del agua se confundía con el tintineo de las esquilas,
componiendo un arrullo que me adormecía cuando, tendido al sol, contemplaba las
blancas nubecillas que cruzaban el cielo. Las cabras se apercibían entonces de
mi indolencia y comenzaban a retozar y luchar entre sí y yo me tenía que
levantar para imponer la paz. Pero aquella plácida dicha no duró mucho, pues a
la primera semana me caí en un barranco con una cabra huida del rebaño. El
animal se mató y yo me di un golpe muy fuerte en la cabeza. Pero eso no fue
obstáculo para que mi padre me moliera a palos al regresar a casa con una cabra
menos.
Ahora veo con cuánta facilidad podían haber sido aquéllas
mis primeras y últimas aventuras. No estaría entonces escrito este libro, ni
tampoco habría cometido unas cuantas locuras. Es probable que me hubiera helado
en el fondo de un ventisquero o, de quedarme en el pueblo, me hubiera casado
con alguna prima. Pero nada sucedió así, y no es cosa de lamentarlo, ni de
hacer comparaciones entre lo que ocurrió y lo que podía haber ocurrido.
Por aquella época, mi padre efectuaba de cuando en cuando
algunos pequeños servicios en el convento de Welsdorf. Un día cayó enfermo y me
ordenó que fuera a excusar su falta. En vez de ello, pedí papel y pluma a un
vecino y escribí una respetuosa carta al hermano superior del convento. Se la
entregué a la mandadera y me marché luego a efectuar mis acostumbrados
trabajos.
A la semana siguiente, al regresar un día a casa, encontré
a un monje que estaba aguardando al que había escrito la hermosa carta. Me
sorprendí al escuchar sus alabanzas y mi sorpresa llegó al límite al ver que
trataba de convencer a mi padre para que autorizara mis estudios. Tío Konrad,
que disfrutaba también aquella temporada de los favores de mi progenitor, fue
llamado también a formar parte de las deliberaciones. Como es natural, acogió
con entusiasmo la idea de tener un sobrino culto y apoyó con todas sus fuerzas
las pretensiones del monje. Mi padre se dejó convencer y así pasó mi porvenir a
ser una fantasía más de mi peligroso tío pese a sus estrepitosos fracasos
anteriores con la barca de vela, con el horno de cocer pan y otros proyectos
semejantes.
A las palabras siguieron los hechos. Comenzaron mis
estudios de latín, historia bíblica, botánica y geografía, y a mí me hizo mucha
gracia todo aquello, sin que llegara a pensar que podría hacerme perder los
años mejores de mi vida. Claro está que la culpa de todo no la tuvo el latín.
Mi padre estaba decidido a que yo fuera un labrador y lo habría sido, aun
sabiendo de pies a cabeza, al derecho y al revés, todo el viri illustres. Pero
el buen hombre había descubierto mi pecado capital y sabía que mi punto flaco
era aquella invencible pereza que me tenía sometido. Yo huía aterrorizado de
todo trabajo y corría a refugiarme en las montañas, permaneciendo escondido en
los barrancos o tendiéndome a orillas del lago donde soñaba y holgazaneaba a mi
placer. El conocimiento de aquella dolorosa verdad acabó de alejarle de mi
lado, y dejó que estudiara a mi placer.
Creo llegado ya el momento de decir unas pocas palabras
sobre mi padre. Mi madre había sido hermosa antes de casarse, pero de aquel
pasado esplendor le quedaba tan sólo la buena talla y los ojos obscuros y
grandes. Era alta, fornida, laboriosa y callada. A pesar de ser más lista que
mi padre y de sobrepasarte en fuerza, no dominaba en nuestra casa, sino que
había resignado en él todo mando. Mi padre era de estatura mediana, tema
miembros delgados y casi delicados, poseía una mente bastante turbia y un rostro
colorado lleno de pequeñas arrugas casi imperceptibles. Cuando se irritaba, se
le marcaba un profundo surco en la frente y sus pobladas cejas se unían en
línea casi recta. Frecuentemente parecía su rostro estar impregnado de una vaga
melancolía, pero nadie se apercibía de ello, ya que los que habitaban en
nuestra vecindad, tenían también casi, todos el alma turbia y tocada por aquel
obscuro sentimiento cuya causa había que buscarla en el largo invierno, en los
peligros de la montaña y en el aislamiento casi absorto con que estaban
respecto al resto del mundo.
Mis padres influyeron ampliamente en la formación de mi
ser. Mi madre me dio la inteligencia aplicada a la vida, un poco de confianza
en Dios y un natural callado y taciturno. De mi padre heredé un temor a las
súbitas resoluciones, la incapacidad de economizar dinero y el arte de beber
sin descanso, aunque esto último no lo demostrara todavía en aquella tierna
edad. Aparte de los vicios y las cualidades de mis progenitores, tenía los ojos
y la boca de mi padre, y de mi madre la conformación robusta de mi cuerpo, la
fuerza física y el andar lento y pesado. De nuestra raza en general heredé una
cazurrería campesina bastante desarrollada, pero también el turbulento ser y la
inclinación a la melancolía de los habitantes de las montañas.
Pertrechado con ese carácter y vestido con unas ropas
nuevas, emprendí mi primera salida a la vida. Los años pasados al amparo de la
casa paterna no habían sido infructuosos, pues aun hoy sé escalar una montaña,
andar diez horas sin descanso, remar una jornada entera o derribar a un hombre
sin más ayuda que mis brazos. Pero el trato con el mundo no fue capaz de
suavizar mis asperezas, y hoy también me falta tanto como entonces para llegar
a ser un perfecto artífice de la vida.
El contacto diario con la tierra, sus plantas y sus
animales, habían despertado en mí pocas cualidades sociales y aun ahora son mis
sueños una notable demostración de mis inclinaciones hacia una vida puramente
animal. Sueño muy a menudo que estoy a orillas del mar, convertido en un animal
cualquiera, especialmente en foca, y hallo en ello tan grande bienestar que al
despertar me causa decepción la posesión de la naturaleza humana.
Pero volviendo al hilo de mi vida, añadiré que ingresé en
un Gymnasium como becario y que los años de estudio se sucedieron rápidamente.
Entre diversión y clases, quedó también lugar para horas de nostalgia del
hogar, de pensamientos en el futuro y de veneración por la ciencia. Entre unas
y otras apareció mi innata indolencia, responsable de muchas reconvenciones y
castigos y amortiguadora de infinitos e irreflexivos entusiasmos.
—Peter Camenzind —dijo mi maestro de latín—, eres un
hombre terco y nada parece hacer mella en la solidez de tu cerebro. No creo que
logremos hacer gran cosa de ti.
Contemplé fijamente el brillo de sus gafas, escuché sus
palabras y las hallé bastante cómicas.
—Peter Camenzind —dijo el profesor de matemáticas—, eres
un genio dormido en la pereza y lamento que no haya ninguna cifra inferior a
cero.
Yo le miré con indiferencia, presté escasa atención a lo
que estaba diciendo y le hallé aburrido.
—Peter Camenzind —dijo un día el profesor de historia—, no
eres un buen alumno, pero estoy seguro de que podrás llegar a ser un buen
historiador. Eres perezoso, pero sabes distinguir perfectamente lo grande de lo
pequeño.
Tampoco les di demasiada importancia a estas palabras. No
obstante, aquella indiferencia nunca me llevó a perder el respeto a mis
profesores, pues yo estaba convencido de que poseían la ciencia y ante la
ciencia sentía un obscuro e inevitable acatamiento. A pesar de que todos
estaban unánimes respecto a mi pereza, progresé rápidamente y alcancé un puesto
mediano. En seguida me di cuenta de que la escuela y la ciencia que en ella se
aprendía era insuficiente, pero supe aguardar a lo que llegaría después. Tras
todos aquellos preparativos y aquella constante rutina, presumía la pura
espiritualidad, la ciencia de la verdad. Y en ella estaba seguro de que sabría
comprender la obscura confusión de la historia, la lucha de los pueblos y
hallaría también respuesta a los constantes problemas e inquietudes que mi alma
se planteaba.
Pero había otro anhelo mucho más fuerte, otro impulso más
arrebatador arrastraba todo mi ser: el deseo de tener un amigo.
Había en la escuela un muchacho de cabello castaño y aire
grave, dos años mayor que yo y llamado Gaspar Huri. Tenía un modo de andar
pausado y seguro, levantaba la cabeza con un aire de adulto y no acostumbraba a
hablar mucho con sus camaradas. Durante meses enteros tuve la mirada puesta en
él, le seguí incluso por la calle y deseé ardientemente que se diera cuenta de
mi presencia. Aquella temporada me sentí envidioso de cada persona —grande o
pequeña— con la que cruzó el saludo y de cada casa en que le vi entrar o salir.
Pero yo estaba dos cursos retrasado con respecto al suyo y por otra parte él no
parecía animado del deseo de entablar una amistad con nadie. En vez de aquél se
acercó a mí, sin autorización para hacerlo, un muchacho delgado y enfermizo. Era
más joven que yo, esmirriado y pálido, aunque con ojos dolorosamente bellos y
facciones de líneas delicadas. Como era débil y paciente, tenía que soportar
muchas bromas por parte de sus compañeros y aquello le hizo buscar en mí,
fuerte y corpulento, un defensor. Pero pronto se puso tan gravemente enfermo
que no pudo volver a la escuela. Ni siquiera le eché a faltar y le olvidé con
bastante rapidez.
En nuestra clase se sentaba un muchacho rubio que estaba
haciendo siempre alarde de sus facultades. Era músico, mímico, sabía cien
tretas y conocía el secreto de hacer reír a los demás. No sin trabajo gané su
amistad y me sentí satisfecho el día en que conté con su confianza. Por fin
tenía un amigo. Le iba a buscar a su pequeño cuarto, leía un par de libros en
su compañía y hacía con él los temas de griego. Algunas veces íbamos también a
pasear juntos y él era siempre hablador, alegre y chistoso y yo le escuchaba
casi con unción, riendo sus gracias y sintiéndome satisfecho de tener un amigo
semejante.
Pero una tarde le hallé en el vestíbulo, rodeado de
algunos camaradas, haciendo sus bromas de siempre. Imitó a un maestro, se quedó
unos instantes silencioso y después añadió con una sonrisa:
—¡Adivinar quién es éste!
Seguidamente comenzó a leer en alta voz unas estrofas de
Homero copiando exactamente mi lectura entrecortada y temerosa, mi claro acento
montañés y también el rápido parpadear del ojo izquierdo que en mí era evidente
signo de turbación. La verdad es que estaba muy cómico y que su vis burlesca
brilló en aquella ocasión con el máximo esplendor.
Pero a mí no me hizo mucha gracia y cuando cerró el libro
y se inclinó en solicitud del merecido aplauso, di unos pasos y tomé venganza.
No hallé palabras que decirle, pero resumí toda mi indignación, vergüenza e ira
en una fuerte bofetada. A los pocos instantes comenzó la lección y el profesor
se dio cuenta de los gemidos y la mejilla enrojecida de mi anterior amigo, que
era al mismo tiempo uno de sus alumnos preferidos.
—¿Quién te ha pegado?
—Camenzind.
—¡Qué se adelante Camenzind! ¿Es verdad eso?
—Sí.
—¿Por qué le has pegado?
No respondí a su pregunta.
—¿No tenías ninguna causa para hacerlo?
—No.
Mi negativa me acarreó un soberbio castigo y callé
estoicamente mientras lo soportaba en la mayor indiferencia. Pero como en el
fondo no era ningún estoico, ni mucho menos un santo, hallé satisfacción a mi
castigo sacándole la lengua al payaso desde mi apartado rincón. Pero quiso mi
mala suerte que las miradas del maestro se volvieran hacia mí en aquel
instante.
—¿No te da vergüenza? ¿Qué quiere significar tu fea
acción?
—Significa que aquél es un ser despreciable —respondí
señalando a mi antiguo amigo—. Además, es también cobarde…
Así terminó mi amistad con el payaso. Como no tuvo ningún
sucesor, me vi obligado a pasar los años de mi adolescencia sin un verdadero
amigo. Pero a pesar de que mi punto de vista ha cambiado mucho desde entonces,
sigo recordando aquella bofetada con entera satisfacción. Y mi deseo es que
tampoco él rubio payaso la haya olvidado.
A los diecisiete años me enamoré de la hija de un abogado.
Era muy bella. Uno de mis profundos orgullos es haberme enamorado sólo de
mujeres hermosas. Quizá en otra ocasión explique con más detalle mis amores,
pero hoy bastará con decir que el primero se llamaba Rosi Girtanner y que aun
ahora, transcurridos muchos años, merece el cariño de un hombre completamente
opuesto al que soy yo.
Pero entonces mi vigor adolescente era incontenible y me
avasallaba por completo. Siempre estaba metido en múltiples peleas con mis
compañeros y tenía el orgullo de ser el mejor luchador, corredor y remero con
que contaba la escuela. Claro está que todo esto no tiene que ver nada con la
historia. Fue sólo la dulce melancolía de la temprana primavera la que me hizo
sentir mucho más desdichado de lo que era en realidad y llenó mi mente de ideas
pesimistas y fúnebres pensamientos. No faltó el camarada que me dejara leer las
canciones de Heine mediante el pago de una pequeña cantidad y mis noches
transcurrieron entre los versos tristes. De lector pasé a protagonista, sacié
en aquellas palabras todo mi corazón, expresé con ellas mis sentimientos y noté
cómo fluían en mi interior en lírico tropel. Hasta entonces no había tenido ni
una sola noción de la «hermosa literatura», pero a Heine siguieron Goethe y
Shakespeare y súbitamente se transformaron las letras en divinidades capaces de
regir mi completa existencia.
Con dulce emoción sentí que me envolvía el hálito
desprendido de aquellos libros, el soplo de una vida que no había existido
sobre la tierra y que tenía, sin embargo, una rotunda realidad, de una
existencia que hacía latir mi corazón acuciado en ansias de vivir su propio
destino. Los personajes de Goethe y Shakespeare salían a mi encuentro
diariamente invadiendo mi rincón de lectura en el desván, desde donde se
escuchaban graves las campanadas del próximo reloj de la torre y el seco
crotorar de las cigüeñas. Me di cuenta de lo divino y lo grotesco de todo el
humano ser: el problema de nuestro corazón y nuestra mente, la honda esencia de
la historia del mundo y el portentoso milagro del espíritu capaz de alumbrar
nuestros cortos días y de elevar nuestra existencia por la fuerza del
conocimiento hasta las alturas de la propia eternidad. Al sacar la cabeza por
la estrecha ventana, contemplaba el brillo del sol en los tejados y las
estrechas callejuelas, escuchaba el rumor de colmena de la diaria tarea y sentía
toda la soledad y el misterio de mi escondrijo del desván, repleto de
espiritualidades y de ansias creadoras. Y cuanto más frecuentes eran mis
lecturas, mayor era la diferencia que hallaba al volver los ojos hacia la
realidad circundante de la vida. Poco a poco se fue infiltrando en mi ánimo la
convicción de que yo era tan sólo un espectador y que el mundo que tenía a mis
píes estaba aguardando a que yo le descubriera una parte de sus tesoros, a que
levantara el velo de lo fortuito y de lo común y que salvara y eternizara lo
descubierto con el vigor de mi poesía.
Comencé a versificar con cierta vergüenza y al poco tenía
ya varios cuadernos llenos de poesías, bosquejos de novelas y pequeñas
narraciones. Los escribía de corrido y al releerlos latía mi corazón alborozado
y sentía una delicia indescriptible. Sólo con mucha lentitud siguieron a
aquellos ensayos una crítica personal y una serena corrección y al llegar al
último curso de la escuela me ocurrió el primer e imprescindible desengaño.
Había ya comenzado a desbrozar la intrincada maraña de mis versos y a considerar
con melancolía todos mis escritos, cuando cayeron por casualidad en mis manos
un par de volúmenes de Gotffried Keller, que leí dos o tres veces, uno detrás
de otro. Aquello me abrió los ojos y me di cuenta de lo lejanos que habían
estado mis sueños del arte verdadero y creador. Quemé mis versos y mis novelas,
volví la mirada a aquel mundo que había querido descubrir y entré en él con
penoso desengaño.
II
Yhablando del amor confieso que he seguido siendo un
adolescente a todo lo largo de mi vida. Para mí ha sido siempre el amor a las
mujeres una limpia adoración, una clara llama levantada sobre el cenagal de mi
ser o un gesto implorante elevado a la altura. Comenzando por mi madre y debido
precisamente a ese confuso sentimiento latente en mi interior, he venerado en
la mujer como si fuera una raza extraña y bella que nos otorgara el don de esa
belleza a cambio de una muda contemplación, de una emoción elevada como la que
nos produce la visión de las estrellas o de las cumbres, lejanas a nosotros
pero mucho más cerca de Dios. La realidad de la vida pudo estorbar esa
convicción y el amor proporcionarme más amarguras que satisfacciones, pero las
mujeres siguieron inmutables en su alto pedestal. Claro está que para mí se
cambiaron los papeles y de sacerdote implorante de un culto que yo mismo había
establecido, pasé a ser una especie de tragicómico loco sacrificado en aras de
su ideal.
Encontraba a Rosi Girtanner casi cada día. Era una
muchacha de diecisiete años, bien conformada y muy hermosa. De su rostro
delgado y tostado se desprendía un hálito de belleza, semejante al que todavía
poseía en ocasiones su madre y que había heredado de su abuela y su bisabuela.
Aquella casa vieja y distinguida había tenido, de generación en generación, una
larga serie de mujeres silenciosas y distinguidas, discretas y hermosas. Existe
en la familia de los Fugger un retrato de muchacha pintado en el siglo XVI por
un desconocido maestro y que es uno de los cuadros de más valor que han
contemplado mis ojos. Muy parecidas eran las mujeres del apellido Girtanner y
también Rosi.
Yo no sabía entonces todo esto y sólo me di cuenta de su
silenciosa dignidad y sentí en mí todos los encantos de su ser. Por las noches
me sentaba en la obscuridad y cerraba los ojos, tratando de recordar su imagen.
Luego los abría bruscamente y así me era dado contemplarla en la obscuridad de
la estancia con la imaginación y sentir un dulce estremecimiento en mi alma
adolescente. Pero pronto ocurrió que la imagen no respondió fielmente a la
evocación y aquellos instantes antes tan dulces se me hicieron dolorosos. Sentí
súbitamente lo extraños que éramos el uno al otro. Ni ella me conocía, ni se
preocupaba de que yo existiera en el mundo. ¿No eran entonces semejantes a un
robo espiritual de su ser aquellos bellos sueños que yo acostumbraba a evocar
en la obscuridad? Y apenas me torturaba con aquel pensamiento cuando volvía a
aparecer su imagen ante mis ojos, tan animada y tan real, que una onda cálida
anegaba mi corazón y el pulso se me alteraba hasta hacerme dolorosos sus
latidos.
Durante el día me acometía aquella onda en medio de una
clase o cuando estábamos en el patio enzarzados en una pelea entre compañeros.
Entonces cerraba los ojos, dejaba caer los brazos a lo largo del cuerpo y me
mecía en la dulce inquietud, hasta que un grito del maestro o el puñetazo de
cualquier compañero me despertaban de mis ensueños. Pero no todo eran fantasías
interiores. La ola de sentimentalismo alcanzó también a lo que me rodeaba.
Súbitamente me di cuenta de lo hermoso y colorido que era todo, cómo la luz y
el hálito transfiguraban las cosas, cómo era claro el río, rojos los tejados y
azules las montañas lejanas. Aquella belleza no servía para distraerme de mis
cuitas y yo la contemplaba silencioso y triste. Cuanto más bello era todo, más
extraño me parecía, convencido como estaba, de que yo no tenía parte alguna en
ello y que permanecía fuera de las satisfacciones del mundo. Y entonces volvían
mis pensamientos a Rosi: Si yo moría en aquel instante, ella ni siquiera se
enterarla ni siquiera preguntaría qué había sido de mí, ni tampoco estaría
triste por mi desventurada suerte.
Pero a pesar de todo, no sentía deseos de que se
apercibiera de mi presencia. De buena gana habría hecho algo por ella o le
habría regalado cualquier cosa sin que supiera de dónde venía.
La verdad es que yo hice mucho por Rosi. Llegó un corto
período de vacaciones y me fui a casa. Allí dediqué todos mis esfuerzos a la
intención de mi dama y así un día escalé un pico por la vertiente más abrupta y
atravesé las aguas agitadas del lago un día de tempestad embarcado en la frágil
barca de mi padre, para regresar al embarcadero bien entrada la noche. Y otros
permanecía sin probar comida o bebida hasta la cena, a pesar de la fatiga y el
apetito que me producían aquellos continuos esfuerzos. Todo lo hacía por Rosi
Girtanner. Su nombre y su gloria fueron llevados por mí hasta las más elevadas
cumbres y las más angostas e inexploradas cañadas.
Pero al mismo tiempo fui ganando en corpulencia y en
fortaleza. Mis hombros se ensancharon, el rostro y los brazos adquirieron un
hermoso color tostado y los músculos poderosos se hincharon al influjo del
diario ejercicio.
El penúltimo día de las vacaciones quise ofrecer a mi
amada el presente de unas flores. Yo sabía que crecían algunas edelweiss en los
ocultos repliegues de las montañas, pero aquellas flores sin aroma ni color me
parecían vacías y sin alma. En cambio conocía el lugar exacto donde crecían un
par de matas de rododendros que florecían tardíos. La empresa era difícil
porque se trataba nada menos que de descender un barranco cortado casi a pico y
volver a subir con las flores en la mano. Pero como para la juventud y el amor
no hay nada imposible, me lancé hacia la meta sin pararme en consideraciones.
En mi difícil posición no pude lanzar un grito de júbilo, pero el corazón me
latió aceleradamente de alegría cuando corté con toda clase de precauciones las
ramas floridas y las contemplé unos instantes antes de emprender la ascensión.
Ésta fue difícil y arriesgada. Con las flores en la boca fui trepando
lentamente y sólo Dios sabe cómo pude alcanzar sano y salvo la firme altura.
Los rododendros floridos habían desaparecido hacía largo tiempo en toda la
montaña y las últimas flores del año estaban en mi mano, hermosas y
aterciopeladas.
Al día siguiente hice todo el largo viaje con las flores
en la mano. Al principio me sentí impaciente al saberme en camino hacia la
ciudad donde vivía la bella Rosi. Cuanto más se alejaban las montadas nativas,
más fuerte renacía el amor en mi corazón. ¡Me acordaba tan bien de mi primer
viaje en ferrocarril! El Sennalpstock se hizo invisible y luego desaparecieron
también, una tras otra; sus estribaciones y con todas ellas se borraron
asimismo de mi corazón las huellas y el recuerdo de la tierra natal. Por fin
desaparecieron todos los montes y el tren se deslizó por paisaje llano y verde.
Apenas había notado el cambio en mi primer viaje, pero aquella vez me acometió
desasosiego, miedo y tristeza, como si me viera obligado a seguir viajando
indefinidamente por la llanura después de haber perdido de vista para siempre a
mis queridos montes. Pero al mismo tiempo se me apareció el bello y fino rostro
de Rosi, tan fresco y tan encantador, que el dolor y la admiración mantuvieron
suspenso mi aliento. Ante las ventanillas pasaban los pueblos, limpios y
alegres, con sus torres esbeltas y sus blancas paredes. Los hombres y las
mujeres subían y bajaban del tren en las estaciones, hablaban, se saludaban los
unos a los otros, reían, fumaban y hacían chistes. Eran los gesticulantes y
alegres habitantes de las tierras bajas; gentes cordiales y educadas que
contrastaban conmigo, zagal de las montañas, que les contemplaba mudo y
temeroso desde su asiento. Y entonces tuve la seguridad de que nunca sería
nativo de ningún lado. Adiviné que estaba desarraigado de las montañas, pero
que tampoco llegaría a ser nunca un habitante de las tierras tejas Nunca sería
tan alegre, tan cordial, ni estaría tan seguro de mí mismo. Aquellas gentes
seguirían siendo extrañas para mí, y yo no pasaría de ser algo grotesco y
risible para ellos. Con un hombre como aquéllos se casaría Rosi Girtanner un
día y ellos serían siempre los que se cruzarían en mi camino o me llevarían
siempre unos pasos de ventaja.
Con estos pensamientos llegué a la ciudad. Tras los
saludos de rigor me subí a mi desván, abrí el cofre y saqué de él un pliego de
papel. No era de los más finos, y cuando hube envuelto mis rododendros, después
de atarlos con una cinta, llevada expresamente de mi casa, comprobé que el
paquete no tenía la menor apariencia de regalo amoroso. Lo cogí y con aire
grave me dirigí a la calle donde vivía el abogado Girtanner. Tras unos
instantes de vacilación, me adentré decidido en el obscuro portal de la casa y
deposité el paquete en el primer escalón.
Nadie me vio y nunca supe si Rosi recibió mi regalo. Pero
yo había descendido al fondo de un barranco con riesgo de mi vida para coger
unas flores y colocarlas sigilosamente en el primer escalón de su casa y eso me
bastaba. Había en la acción algo dulce, alegre y triste al mismo tiempo, que
aun hoy me emociona. Y sólo en las horas desesperadas me río de mí mismo al
recordarlo y me digo que aquella aventura de los rododendros no fue más que el
mismo quijotismo de todas mis posteriores historias amorosas.
Aquel amor primero no tuvo nunca fin. Siguió alentando,
aunque cada vez más débilmente todos los años de mi juventud, con la dulce
nostalgia de lo no logrado y mis siguientes amores lo tuvieron como un hermano
mayor más silencioso y experimentado que ellos. Aun ahora no puedo imaginar
nada más noble, más puro y más hermoso que aquella joven y casta patricia que
iluminó sin saberlo todos los más hermosos años de mi vida. Y cuando, tiempo
después, me fue dado contemplar en un museo histórico de Munich aquel cuadro
anónimo de la muchacha de los Fugger, me pareció tener ante mis ojos a toda mi
melancólica juventud y lo miré tristemente, como se mira algo perdido para
siempre.
Mientras ocurría todo esto en mi interior, mi exterior se
iba formando poco a poco, traspasando las lindes de la adolescencia para entrar
en las de la juventud. Mis fotografías de aquella época muestran un robusto
zagal montañés vestido con un mal traje escolar, ojos abatidos y músculos
indecisos. Sólo la cabeza da la sensación de algo acabado y seguro. Con una
sensación parecida a la sorpresa, vi terminarse mis años de adolescencia y
aguardé con obscura alegría el advenimiento de la época estudiantil.
Necesitaba estudiar en Zurich y para el caso que obtuviera
mención especial habían preparado mis bienhechores un viaje de estudios. Me
imaginé todo aquello muy hermoso, como una imagen clásica; una acogedora
enramada con los bustos de Homero y de platón, yo sentado allí, inclinado sobre
los voluminosos folios y por todos los lados el limpio panorama de la ciudad,
el lago, las montañas y la bella lejanía. Mi alma se había vuelto sobria y al
mismo tiempo llena de vibraciones y yo me regocijaba pensando en la futura
dicha, con la segura confianza de hallar el camino trazado por mi destino.
En el último curso comencé los estudios de italiano y
trabé los primeros conocimientos con los antiguos novelistas, cuyo estudio fue
una de mis tareas preferidas en los semestres pasados en Zurich. Pero luego
llegó el día de dar el adiós a mis maestros y a la casa donde había pasado
aquella venturosa época, llenar el cofre con todas mis cosas y despedirme lleno
de nostalgia de la ciudad y de todos sus encantos, entre los que se contaba la
infructuosa ronda en torno a la casa de Rosi.
Las vacaciones que siguieron, aceleraron el ritmo de mi
vida y rompieron las alas que mis sueños habían forjado. En un principio hallé
enferma a mi madre. Estaba metida en cama, no hablaba casi nada y tampoco hizo
ningún comentario sobre mi llegada. No me mostré quejoso, pero me dolió no
hallar ningún eco para mi alegría y mi joven orgullo. Después me habló mi padre
para decirme que nada tenía que oponer a mis deseos de estudiar, pero que no
podía darme el dinero necesario para ello. Si la pequeña cantidad de la beca no
me alcanzaba, debía proporcionarme lo necesario para vivir, pues bastante
tiempo había estado comiendo el pan paterno, etc., etc.
Tampoco tuve demasiadas distracciones aquellos días y
apenas dediqué algunas horas a mis pasatiempos favoritos, como eran el caminar
carretera adelante hasta llegar a algún lugar de mi gusto, escalar las montañas
tan conocidas y remar con la pequeña barca por las aguas del lago. Los tiempos
habían cambiado y a las distracciones habían sucedido las obligaciones. Tenía
que trabajar en la casa y los campos sin descanso durante toda la jornada, de
modo que cuando llegaba la noche o la tarde que tenía libre, no encontraba
ningún placer ni siquiera en la lectura. Me cansaba y me indignaba ver cómo la
tarea cotidiana reclamaba su derecho y consumía toda la opulencia y la soberbia
que yo había llevado conmigo. A pesar de que mi padre se mostraba conciso y
seco conmigo, no parecía sentir ninguna enemistad ni recelo y en algunas
ocasiones llegaba, contra su costumbre, hasta a ser amable. Pero yo no sentía
por ello ninguna alegría y aun hoy me maravillo de la indiferencia con que
acogía sus alusiones o sus medias sonrisas. También me dolía o me irritaba
según las ocasiones, aquel inusitado y silencioso respeto con que acogía las
muestras de mi instrucción o contemplaba mis libros. Pero los días fueron
transcurriendo y lo que al principio me sorprendiera terminó por hacerse
normal. Volvieron a torturarme los pensamientos sobre Rosi y también sentí de
nuevo aquel enojoso sentimiento de mi inferioridad aldeana. La tortura llegó a
tales extremos que durante días enteros me pregunté si no sería mucho mejor
quedarme en la casa paterna y olvidar mi latín y mis ilusiones en la violencia
de aquella existencia mísera y monótona.
Iba atormentado y desazonado de un lado a otro sin saber
qué hacer, sin hallar tampoco consuelo ni paz al lado del lecho de mi madre
enferma. La imagen de aquella quieta enramada entrevista en sueños, con sus
bustos de Homero y de Platón, volvió a aparecer como una burla e ironía del
destino. Pero yo destruí la ilusión y al hacerlo vacié asimismo toda la furia y
la ciega hostilidad de mi alma torturada. Las semanas fueron transcurriendo
cada vez más lentas, como si aquella desesperanzada temporada de desazón y
sufrimiento fuera a consumir toda mi juventud.
Si estuve sorprendido e indignado al ver que la vida había
destruido tan rápidamente todos mis sueños, la sorpresa aumentó al contemplar
cómo el sufrimiento de aquellos días, se hallaba pronto sobrepasado. La vida me
había mostrado hasta entonces sólo el lado de su obra cotidiana, de todos los
días, pero a partir de aquel instante puso ante mis asombrados ojos sus eternas
profundidades y llenó mi juventud de una cruel y cruda experiencia.
En la madrugada de un cálido día de verano me levanté de
la cama para ir a la cocina, donde acostumbraba a haber una tina llena de agua
fresca. Para ello tuve que atravesar el cuarto donde dormían mis padres y al
hacerlo me sorprendieron los extraños gemidos de mi madre. Me acerqué al lecho
y la llamé. Pero ella no me respondió, sino que siguió en sus gemidos,
parpadeando vivamente y moviendo la cabeza angustiosamente. Aquello no me
produjo una especial inquietud, a pesar de que sentí un ligero temor. Pero luego
bajé la mirada y vi sus manos reposando en la sábana, quietas como dos
durmientes. Y aquellas manos me dijeron que mi madre estaba a punto de morir.
Estaban tan abatidas y tan inmóviles que era imposible que hubiera aún algo de
vida en ellas. Olvidé mi sed, me arrodillé al lado „de la moribunda, posé mi
mano sobre su frente y busqué su mirada. Sus ojos brillaron húmedos, sin el
reflejo de ningún sufrimiento pero próximos a apagarse por completo. No se me
ocurrió despertar a mi padre, que estaba durmiendo al lado, y así permanecí
arrodillado durante dos horas, viendo cómo la muerte hacía presa en mi madre.
Ella la recibía gravemente y con valentía, como había sido su hábito en todas
las cosas y su entereza fue un verdadero ejemplo para mí.
El cuarto estaba en completo silencio y a través de la
estrecha ventana se filtraban las primeras luces de la aurora. La casa y el
pueblo dormían aún y mis conturbados pensamientos abandonaron la cárcel de la
mente para acompañar al alma de la moribunda sobre la casa y el pueblo, sobre
el lago y las heladas cumbres hasta penetrar en la dulce libertad del cielo
puro y matinal. Apenas sentí dolor, pues mi ánimo estaba lleno de asombro y mí
ser entero asistía con el aliento suspenso a la solución del gran enigma de la
vida, contemplando cómo se cerraba con leve temblor el anillo de una
existencia. La valentía de la moribunda fue asimismo tan sublime que su gloria
iluminó con rayo claro toda mi alma, disipando las tinieblas que la envolvían.
Ni siquiera me di cuenta de que mi padre seguía durmiendo al lado, de que
faltaba un sacerdote y que ni sacramentos ni oraciones acompañaban el alma de
mi madre en aquel tránsito supremo. Tan sólo percibí el hálito grave de la
eternidad flotando por la obscura estancia y confundiéndose con mi alma.
En los últimos instantes, cuando toda vida se había
apagado en aquellos ojos que estaban ya vidriosos, me incliné sobre mi madre y
besé sus labios exangües por primera vez. El leve contacto sirvió para acentuar
el horror de aquella hora y me senté al borde de la cama sintiendo que las
lágrimas resbalaban, una tras otra, por mis mejillas y mi barbilla para caer
ardientes sobre mis manos.
A los pocos instantes se despertó mi padre, me vio allí
sentado y preguntó con voz soñolienta lo que ocurría. Quise responder, pero no
pude articular palabra y salí del cuarto, entré como en sueños en el mío y me
desvestí lentamente con movimientos de autómata. Al poco apareció el viejo
delante de mí.
—Tu madre ha muerto —dijo—. ¿Lo sabías ya?
Asentí con un gesto.
—¿Por qué me has dejado dormir? ¡Y ningún sacerdote la ha
asistido! ¡Tendría que…! —Y diciendo estas palabras esbozó un gesto amenazador.
Sentí un vivo dolor en la cabeza, como si una vena se me
hubiera roto. Me acerqué a él y le cogí ambas manos con fuerza —era más débil
que un niño al lado de mi corpulencia— y le miré fijamente a los ojos. No pude
añadir nada, pero sin duda lo que vio en los míos bastó para calmarle, pues se
quedó silencioso y afligido. Cuando volvimos a entrar los dos en el cuarto
donde estaba mi madre, le turbó también la serena majestuosidad de la muerte y
su rostro se contrajo vivamente. Luego se inclinó sobre la difunta y comenzó a
lamentarse en voz baja, como un niño antes de romper en llanto. Salí de mi casa
para comunicar la mala nueva a los vecinos. Me escucharon con cara de
circunstancias y no hicieron ninguna pregunta, sino que me dieron la mano y se
ofrecieron para todo lo que fuera menester. Uno tomó el camino del convento
para buscar un sacerdote y cuando regresé a casa hallé a la vecina que estaba
ya en el establo cuidando de nuestra vaca.
Llegó el reverendo acompañado de casi todas las mujeres
del lugar y a partir de aquel instante todo se fue desarrollando puntualmente,
como si estuviera previsto de antemano. Hasta el propio ataúd, dispuesto sin
dilación, sirvió para que me diera cuenta por vez primera de lo bueno que era
estar en casa en los momentos difíciles y pertenecer a una pequeña y segura
comunidad de vecinos que saben ayudarse los unos a los otros.
Una vez se hubo bendecido y enterrado el ataúd y el
doliente cortejo de sombreros de copa hubo desaparecido, metido cada cual en su
caja y armario, mi padre abandonó toda entereza y se desplomó en un completo
abatimiento. Comenzó a compadecerse de sí mismo y acompañando sus palabras de
multitud de citas bíblicas, se lamentó de que una vez enterrada su mujer,
tuviera que ver marchar también a su hijo y las quejas se prolongaron durante
todo el día. Yo las escuché en silencio, aunque notando que las fuerzas me
abandonaban y que me hallaba al borde de prometerle quedarme en casa.
Pero en el mismo instante en que iba a responderle, me
sucedió algo muy curioso. En un solo segundo se me apareció todo aquello que
desde pequeño había deseado y vi que me aguardaban tareas grandes y hermosas.
Vi libros escritos ante mis asombrados ojos, escuché el silbido del viento del
Sur y contempló lagos lejanos, envueltos en el color y la alegría del Sur. Vi
pasar ante mí hombres de rostros inteligentes y mujeres hermosas y finas, vi
calles, carreteras y pasos sobre los Alpes, trenes lanzados a velocidad por
desconocidos paisajes y pueblos extraños y remotos. Y tras todo aquello, la
claridad meridiana de un claro horizonte, velada apenas por algunas nubecillas.
Aprender, crear, contemplar, viajar; todo el contenido de la vida brillando
ante mis ojos. Y de nuevo como en los tiempos de mi adolescencia sentí dentro
de mí el deseo de salir al mundo, de medir aquella anchura con mis propios
pasos.
Callé y dejé que mi padre siguiera hablando. Sus quejas se
acallaron al anochecer. Y entonces le hice patente mi propósito de seguir
estudiando y buscar una tierra natal en el reino del espíritu, aunque sin
exigir de él ningún apoyo. Ni siquiera respondió, pero durante unos instantes
me miró fijamente con el dolor pintado en la mirada. Luego meneó la cabeza y se
levantó de donde estaba sentado sin decir una sola palabra. Él también
comprendía que yo había elegido ya mi propio destino y que nuestros caminos se
alejaban conforme me iba adentrando en la vida. Cuando hoy recuerdo aquel día,
me parece ver a mi padre sentado aún en la pequeña silla junto a la ventana. Su
cabeza severa de labrador se sostenía erguida e inmóvil sobre el cuello, el
corto pelo comenzaba ya a agrisarse por las sienes y en las facciones duras era
bien visible la lucha que sostenía su tenaz virilidad contra el dolor y la
naciente vejez.
De él y del resto de mi permanencia bajo su techo, me
queda aún que contar un pequeño y no fútil suceso. Corrían las postreras
semanas antes de mi viaje cuando una noche se puso mi padre su vieja gorra y
abrió la puerta sin decir palabra.
—¿Dónde vas? —le pregunté.
—¿Te importa mucho? —me respondió secamente.
—Podrías decírmelo si no se trata de algo inconveniente
—añadí en un tono de indiferencia.
Él se echó entonces a reír y desde el umbral me gritó:
—Puedes acompañarme. Al fin y al cabo no eres ya tan
pequeño.
Y así fue cómo le acompañé a la taberna. Unos cuantos
campesinos estaban sentados ante sus correspondientes jarros de vino tinto, dos
guías forasteros bebían absenta y, en una mesa alejada, varios muchachos
jugaban al jass[3] y gritaban increpándose los unos a los otros a cada jugada.
Yo estaba acostumbrado a beber a menudo un vaso de vino,
pero era la primera vez que entraba sin necesidad en una taberna. Por haber
escuchado habladurías que se decían en la aldea, sabía que mi padre era buen
bebedor, pero nunca, hasta entonces, había tenido ocasión de comprobarlo. Bebía
mucho y bien. La fama estaba bien adquirida y me chocó la atención que su
presencia pareció despertar en el tabernero y en el resto de la concurrencia.
Pidió un litro de vino vaudés y en pocas palabras me instruyó del modo de
beberlo. Había que escanciarlo bajando mucho la botella para luego alargar poco
a popo el chorro y al final volver a bajarlo tanto como fuera posible. Y tras
la explicación se puso a hablar de los diferentes vinos que conocía y las
diversas oportunidades en que había tenido ocasión de beberlos. Aludió con
grave atención al tinto de Valtelina, del que habla que distinguir tres clases
diferentes, y luego habló del vino vaudés, envasado en botellas obscuras y del
que lo estaba en botellas claras. En voz baja, casi con el pueril sigilo de
quien explica un cuento de hadas, me nombró por último el vino de Neuchátel. De
éste había algunas cosechas cuya espuma formaba una estrella al escanciar el
mosto en el vaso. Para subrayar sus palabras trazó con el dedo una estrella en
la mesa y luego se abismó en profundas reflexiones sobre el sabor y los efectos
del champaña, vino que nunca había bebido, pero del que tenía malas noticias,
pues una sola botella era suficiente para emborrachar a dos hombres.
Calló para encender lentamente su pipa. Cuando lo hubo
hecho se dio cuenta de que yo no tenía nada para fumar y me dio diez céntimos
para cigarrillos. Y luego nos sentamos uno enfrente del otro, echándose el humo
a la cara y trago tras trago acabamos con el primer litro de vino vaudés. El
mosto dorado y picante tenía buen sabor y confieso que acabé con mi parte sin
darme apenas cuenta. Los campesinos de la mesa vecina trabaron conversación con
mi padre y poco a poco se fueron sentando todos ellos en torno a la nuestra. No
pasó mucho rato sin que se concentrara en mí la atención de los concurrentes y
sus palabras me demostraron que no se habían olvidado en la aldea de mi fama
como escalador. Fueron comentadas muchas ascensiones y también se habló de
algunas que acabaron en desastre. Una especie de niebla mítica las envolvía a
todas y no se podía saber nunca dónde acababa la verdad y comenzaba la leyenda.
Entretanto habíamos dado fin al segundo libro y yo sentí la sangre agolparse en
mis ojos. Contra mi costumbre y mi propio carácter, comencé a fanfarronear en
alta voz y expliqué también mi descenso hasta el fondo de la cortadura del
Sennalpstock para coger los últimos rododendros y regalárselos a Rosi
Girtanner. Como no me creyeron, insistí y ellos se echaron a reír. Me enfurecí
y desafié al que no me creyera a salir afuera a luchar, advirtiendo que me
sentía capaz de enfrentarme con todos ellos a la vez si era necesario. Entonces
intervino en la disputa un campesino viejo y magro, cogió un gran jarro de piedra
y lo puso sobre la mesa.
—Si tan fuerte te crees —dijo sonriendo—, rompe el jarro
con tus puños. Si lo haces te pagaremos todo el vino que cabe en él y si no
puedes pagarás tú. ¿Conforme?
Mi padre se apresuró a asentir en mi nombre. Así es que me
levanté, lié el pañuelo en torno al puño y pegué un puñetazo contra el jarro.
Los dos primeros no tuvieron ningún efecto, pero al tercero se rompió el jarro
en pedazos.
—¡A pagar! —gritó mi padre radiante.
El viejo volvió a sonreír con la misma mueca maliciosa de
antes.
—Bien —dijo—, pagaré todo el vino que quepa en el jarro,
pero creo que no será demasiado.
Afortunadamente no añadió el viejo ni una palabra más y yo
me quedé únicamente con el dolor del brazo y la mirada burlona de todos los
contertulios. También mi padre se rió de mí.
—Bueno, tú te lo has ganado —grité yo y llenando el vaso
del viejo, lo cogí y se lo eché por la cabeza. De nuevo volvimos a ser los
vencedores entre los aplausos de los demás concurrentes.
Siguieron las bromas hasta una hora avanzada. Mi padre me
arrastró luego a casa y ambos atravesamos tambaleantes la estancia donde había
estado el ataúd de mi madre no hacía aún ni tres semanas. Me tendí en la cama y
quedé como muerto hasta la mañana siguiente, en que desperté molido y con mal
gusto de boca. Mi padre no pudo contener sus burlas en cuanto me vio, pero yo
juré silenciosamente no volver a abusar de la bebida y a partir de aquel
instante aguardé con impaciencia el día de mi marcha.
Llegó aquel día, como llega, farde o temprano, todo lo de
este mundo, pero he de reconocer que no mantuve mi juramento. Desde aquella
noche en que acompañé a mi padre a la taberna, me fueron conocidos el dorado
vino de Vaud, el tinto de Valtelina, el de espuma estrellada de Neuchátel. Y
los años los fueron transformando en unos viejos y fieles amigos.
III
RECIÉN salido del aire opresivo y severo de mi tierra
natal, degusté con gran placer las delicias de la libertad recién adquirida.
Gocé con fruición del aire particular y exaltado de la juventud y respiré a
pleno pulmón la atmósfera limpia y clara que me envolvía. Igual que un joven
guerrero que descansa en las floridas lindes de un bosque, viví en un feliz
desasosiego entre lucha y reposo, entre veras y chanzas. Y semejante también a
un profeta me hundí en el abismo obscuro de la existencia difícil con el pecho
desafiante y el alma preparada para percibir la vibración de las cosas y
escuchar la armonía de la vida. Aquella época me dejó un recuerdo que durará
toda mi vida. Bebí largamente del cáliz de la juventud, sentí en silencio
dulces desazones y dolores pasajeros por hermosas y distinguidas mujeres y
apuré la dicha de una amistad honda que llenó todas mis horas.
Vestido con un traje nuevo y cargado con un pequeño cajón
lleno de libros y papeles, hice mi entrada en la ciudad decidido a conquistar
aquel pedazo de mundo y a demostrar hasta donde fuera posible a los habitantes
del perdido lugar donde vi la luz primera, que yo estaba hecho de una madera
muy diferente a la de los restantes Camenzind. Tres años maravillosos los pasé
viviendo en heladas buhardillas, aprendiendo nuevas cosas, haciendo poesías,
ansiando cada día algo diferente y sintiendo que el mundo me rodeaba con toda
su espléndida belleza. No tuve siempre ocasión de llevarme algo caliente a la
boca, pero todos los días, todas las noches y a cada hora cantaba, reía o
lloraba mi corazón repleto de sentimientos.
Zurich fue la primera gran ciudad que contemplaron mis
ojos y durante un par de semanas sentí admiración por todo lo que iba viendo.
Acostumbraba a salir a la calle para admirar o envidiar la vida ciudadana y mi
alma se alborozaba ante las calles, las casas y la gente. Contemplaba las
calles repletas de carruajes, las plazas, los jardines, los magníficos
edificios y las iglesias, me detenía ante los grupos que se dirigían presurosos
al trabajo y no podían contener la sonrisa ante el barullo de los estudiantes
que se encaminaban a clase. Las elegantes mujeres, ataviadas con ricos vestidos
a la última moda, se me antojaban pavos en un gallinero. Paseaban orgullosas y
sonrientes, saludando ligeramente a los conocidos que encontraban por el camino
y despertando a su paso la admiración. Yo no sentía timidez ante todo aquel
mundo desconocido y sí sólo cierta rigidez y desorientación que no bastaban
para hacerme dudar de la misión que me había asignado el destino. Tenía que
conocer toda aquella vida ciudadana para hallar más tarde mi puesto seguro y
cierto en ella.
La juventud me salió al paso en la persona de un muchacho
que estudiaba en la misma ciudad y tenía alquiladas dos lindas habitaciones en
el primer piso de la casa donde yo vivía. Diaria mente escuchaba desde mi
buhardilla las notas de su piano y por ellas intuí algo del encanto de la
música, la más femenina y dulce de todas las artes. Luego le veía salir con un
libro y una partitura en la mano izquierda y en la derecha el cigarrillo
humeante que se llevaba de cuando en cuando a los labios con un gesto lleno de
indiferencia. Y desde el primer instante sentí una viva simpatía por él, aunque
sin atreverme a trabar conocimiento, ya que su posición desahogada contrastaba
enormemente con la penuria de mis medios. Pero no tuve necesidad de lamentarme
de mi indecisión, porque él mismo fue quien vino a mi Una noche llamaron
débilmente a mi puerta. Sentí una temeros, sorpresa porque hasta entonces nadie
me había visitado abrí lentamente y el estudiante del piso de abajo entró en mí
buhardilla. Me dio la mano, dijo su nombre y se comportó con tanta libertad y
alegría como si fuésemos viejos conocidos.
—Quería preguntarle si no tiene inconveniente en que
hagamos los dos un poco de música me dijo cordialmente. Pero yo no había tenido
en la mano ni un solo instrumento durante toda mi vida. Se lo dije y añadí que
excepto gargantear no conocía ningún arte. El estudiante se echó a reír
haciendo un mohín de disgusto.
—¡Cómo nos equivocamos a veces! —exclamó alegremente—.
¡Por su apariencia exterior habría jurado que era usted músico! ¡Es
extraordinario! ¿Pero sabe usted gargantear? ¡Hágalo, por favor! Le escucharé
con el mayor gusto.
Sentí gran turbación y le dije que dentro de la habitación
y estando él delante no podía hacer ni una quiebra con la garganta. Eso tenía
que hacerse en lo alto de una montaña o al menos al aire libre y por propio
placer.
—¿Lo hará usted entonces en una montaña? ¿Mañana quizá? Le
ruego que acepte. Podemos encontrarnos al anochecer y andar charlando un poco,
cuando estemos en la montaña garganteará usted y cenaremos en cualquier pueblo
de los alrededores. ¿Tiene tiempo para el programa?
¡Oh, sí, tenía tiempo de sobra! Me apresuré a responderle
y luego le rogué que tocara algo. Descendimos a su hermoso y espacioso piso.
Unos cuantos cuadros modernos colgando de las paredes, el piano, un desorden
distinguido y un aroma penetrante a cigarrillos daban a las hermosas
habitaciones una cómoda elegancia y un agradable ambiente que eran
completamente nuevos para mí. Richard se sentó al piano y tocó un par de
compases.
—Conoce usted esto, ¿verdad? —me preguntó con una sonrisa.
—No —respondí yo—. No conozco nada.
—Es de Wagner —volvió a decir él— de los Maestros
Cantores. —Y siguió tocando. La música sonaba fácil y fuerte, llena de ansia y
serena al mismo tiempo, sumergiéndome como un baño tibio y excitante. Contemplé
al mismo tiempo con íntima satisfacción los hombros estrechos y la espalda del
pianista, sus blancas y delgadas manos de músico y toda su débil apariencia,
sintiendo que me invadía el mismo sentimiento de terneza y consideración que en
mis años adolescentes me acercó a aquel compañero de cabellos obscuros a quien
nunca llegué a hablar. Quizás aquel muchacho distinguido y elegante que tenía
delante de mí se hiciera amigo mío y con ello viera satisfecho el viejo y no
olvidado deseo de una verdadera amistad.
Al día siguiente bajé a buscarlo. Despacio y charlando
tomamos el camino de las afueras y ascendimos hasta lo alto de una colina que
dominaba la ciudad. El panorama de las casas, los jardines y el lago se ofreció
magnífico a las postreras luces del crepúsculo.
—¡Y ahora cante usted haciendo quiebras con la garganta!
—exclamó Richard—. Si se avergüenza aún, me volveré de espaldas. Pero, por
favor, hágalo muy alto.
Pudo sentirse satisfecho. Garganteé alegre, lanzando mis
gritos en el aire tibio de la tarde y cambiando las quiebras en todos los tonos
imaginarios. Al finalizar quiso mi amigo decir algo, pero en el mismo instante
nos llegó el eco de mis trinos desde una lejana altura. Luego se escuchó la
respuesta, ondulante y a distancia, repetida varias veces. Un pastor o un
caminante nos enviaba su saludo y nosotros le prestábamos nuestra atención,
silenciosos y alegres por el lazo que las voces tendían entre los desconocidos.
Permanecimos quietos unos instantes, con los ojos clavados en la lejanía. El
lago comenzó a transfigurarse en un cambiante juego de luces vespertino y poco
antes de la puesta del sol entreví en la distancia unos picos alpinos que se
esfumaron prestamente en la neblina del crepúsculo.
—Allá está mi tierra natal —dije—. El de la derecha es el
Geishorn y el de la izquierda y más alejado, el redondo Sennalpstock. A los
diez años y tres semanas puse por vez primera el pie en su cima.
Forcé la vista para poder seguir viendo los picachos que
el sol había ocultado por el Sur. Pasaron unos instantes y luego dijo Richard
algo que yo no comprendí bien.
—¿Qué decía usted? —pregunté.
—Decía que ahora sé qué arte cultiva usted.
—¿Cuál?
—Es usted poeta.
Me ruboricé y quedé bastante confuso y sin saber qué
decir. Luego mostré mi sorpresa y por último pude decir algo.
—¡No! —exclamé—. No soy poeta. Hice versos cuando estaba
en el colegio, pero desde hace tiempo no he vuelto a intentarlo.
—¿Podré leer sus versos?
—Los quemé. Pero si los tuviera tampoco se los dejaría
leer.
—Seguramente eran algo muy moderno con mucho Nietzsche en
el fondo.
—¿Qué es eso?
—¿Nietzsche? ¡Por Dios santo! ¿No sabe usted quién es?
—No. ¿Por qué había de saberlo?
Mi amigo se mostró sorprendido al ver que yo no sabía
quién era Nietzsche. Pero no pude soportar su sorpresa y le pregunté cuántos
glaciares había atravesado. Cuando respondió que ninguno, le miré con la misma
burlona sorpresa que él había tenido momentos antes para mí. Entonces puso su
mano en mi brazo y me dijo con gran seriedad:
—Es usted muy susceptible. Pero no sabe el hombre tan
envidiable y tan inocente que llega a ser. Hay pocos como usted, muy pocos.
Dentro de un año o de dos conocerá usted a Nietzsche y todos ésos mucho mejor
que yo, pues es usted mucho más inteligente. Pero le prefiero tal como es
ahora. No conoce a Nietzsche ni a Wagner, pero ha estado en lo alto de las
montañas y tiene el rostro curtido de un habitante de las alturas. Y a buen
seguro que es además poeta. Puedo verlo en la mirada y en la frente.
Tanto su tono como sus palabras me sorprendieron. Estaba
tan poco acostumbrado a oír hablar de mí que me causaron una gran extrañeza sus
alabanzas.
Pero mucho más sorprendido y dichoso me sentí cuando ocho
días después, en una concurrida cervecería al aire libre, convinimos estrecha
hermandad entre los dos. Él saltó de su silla, me abrazó delante de toda la
gente, me besó y se puso a bailar como loco alrededor de la mesa.
—¿Qué pensará la gente? —insinué temeroso.
—Pensará que somos extraordinariamente dichosos o estamos
extraordinariamente borrachos. Pero la mayoría no pensará nada en absoluto.
Habitualmente parecía Richard un niño a mi lado, a pesar
de ser mayor, más inteligente, ir mejor vestido y tener gustos mucho más
refinados que los míos. Por la calle hacía la corte a las muchachas de un modo
solemne y burlón, interrumpía las piezas de piano que estaba tocando para hacer
algún chiste y un día que habíamos ido a la iglesia me tocó insistentemente el
brazo en medio del sermón. Volví la cabeza y oí que me decía con aire
pensativo:
—¿No crees que el cura se parece a un conejo?
La semejanza era exacta, pero yo opiné que habría podido
aguardar a la salida para decírmelo. Así se lo hice notar.
—Es cierto —dijo—. Pero seguramente me habría olvidado
antes de terminar el oficio.
Richard me hizo entablar conocimiento con otra gente
joven, estudiantes, músicos, pintores, literatos, diversos extranjeros, pues
todas las personas interesantes y amigas de las artes que llegaban a la ciudad
tenían relación con él. Había algunos espíritus graves y luchadores, filósofos,
estetas y socialistas y de ellos pude aprender bastantes cosas. Conocimientos
de campos muy distintos que fueron llegando a pedazos y que yo completé leyendo
sin descanso. Así fui adquiriendo sucesivamente un cierto conocimiento sobre
las causas y motivos que discutían los más activos cerebros y pude lanzar
algunas avispadas ojeadas en el interior de aquella internacional intelectual.
Sus deseos, sus pensamientos, sus trabajos y sus ideales me eran atractivos y
claros, sin que un propio impulso hubiera hecho ningún esfuerzo para
comprenderlos. En los más, hallé toda la energía del pensamiento y de pasión
dirigida a las condiciones y organización de la sociedad, del Estado, de las
ciencias, de las artes y de los métodos de enseñanza, y en los menos me pareció
ver el conocimiento de la necesidad de dedicarse a sí mismos, sin dejarse
llevar por d provecho exterior y de aclarar su personal razón frente a otras
preocupaciones de carácter menos urgente. En mí mismo sentí latir también esa
misma, ansia, aún medio oculta y adormilada en mi interior.
A pesar del contacto que tuve con toda aquella gente, no
entablé íntima amistad con nadie, pues sólo Richard, a quien apreciaba
rotundamente, podía ser amigo mío. En realidad me sentí celoso muchas veces y
quise apartarlo hasta de la compañía de las mujeres con quienes era frecuente
su trato y su relación. Tomaba en consideración hasta la menor palabra que se
cambiaba entre nosotros y se mostraba particularmente sensible a que me hiciera
esperar. Un día me rogó que fuera a buscarlo a una hora determinada para ir a
remar al lago. Estuve puntualmente en su piso, no le hallé y aguardé
inútilmente su llegada durante tres largas horas. Días después tuve ocasión de
echarle en cara su falta de formalidad.
—¿Por qué no te fuiste solo a remar? —me preguntó riendo—.
La verdad es que me olvidé de nuestra cita. No era tan importante y al fin y al
cabo, igual se puede remar un día que otro.
—Yo acostumbro a mantener siempre mi palabra y acudir
puntualmente a las citas —respondí con sequedad—. Pero por fortuna estoy
acostumbrado a que tú le restes importancia y no te importe saber que te estoy
aguardando en cualquier sitio. ¡Nadie puede tener tantos amigos como tú!
Él me miró con creciente asombro.
—¿Tomas tan en serio esa bagatela?
—La amistad no es para mí una bagatela.
Richard exclamó alegremente:
Le entró tanto en el cuerpo la palabra
Que prestamente su reforma jura.
Y cogiéndome la cabeza frotó la punta de su nariz con la
mía a la afectuosa manera oriental y prodigándome al tiempo tantas
satisfacciones que mí enfado no pudo resistir ni un momento más y se disipó al
conjuro de la risa. La amistad se había salvado nuevamente.
Mi buhardilla estaba siempre repleta de libros prestados
por Richard. Con frecuencia valiosos volúmenes de los modernos filósofos,
poetas y críticos, revistas literarias de Alemania y Francia, nuevas piezas de
teatro, folletones parisinos y fascículos de Viena sobre las tendencias
estéticas de moda. Más seriedad y cariño dedicaba yo a mis antiguos novelistas
italianos y mis estudios históricos. Era mi deseo abandonar cuanto antes
posible la filosofía y dedicarme exclusivamente a los estudios históricos. Al lado
de obras sobre historia general y métodos históricos empecé a leer también
crónicas y monografías sobre los últimos tiempos de la Edad Media en Italia y
Francia. Y así estudié por vez primera la figura de mi favorito entre todos los
hombres, de Francisco de Asís, el más espiritual y divino de todos los santos y
aprendí a conocerla y amarla. Y también se fue haciendo realidad el sueño en
que vi ante mí la plenitud de la vida y el espíritu y su logro confortó mi
corazón llenándolo de alegría y de vanidad juvenil. En el aula me absorbía la
severa ciencia, algo áspera y también bastante aburrida, pero al regresar a
casa me sumergía por completo en las piadosas o lúgubres historias de la Edad
Media o en los antiguos novelistas, cuyo mundo hermoso y arrebatador me
envolvía como un halo luminoso. Otras veces escuchaba música, charlaba o reía
con Richard, tomaba parte en las reuniones de sus amigos y departía con
franceses, alemanes y rusos, escuchaba la lectura de libros modernos, iba de un
lado para otro, recorriendo el taller de un pintor o asistiendo a veladas en
las que hacían acto de presencia grupos de intelectuales jóvenes o de
estudiantes y que a mí me parecían fantásticas visiones de un imaginario
carnaval.
Un domingo visité en compañía de Richard una pequeña
exposición de nuevas pinturas. Mi amigo se detuvo ante un cuadro que
representaba un pastor alpino con unas cuantas cabras. Estaba bien pintado,
excesivamente bien, pero con un estilo pasado de moda y sin verdadero espíritu
artístico. En cada salón de arte se veían muchos cuadritos semejantes. Eran
bellos, atractivos, pero de poca importancia. Sin embargo, aquél me gustó por
ver en él una representación casi fiel de los prados nativos y pregunté a Richard
qué es lo que le había hecho detenerse.
—Esto —respondió señalando la firma del pintor. Miré
fijamente, pero no pude descifrar las letras rojas.
—El cuadro —prosiguió Richard— no es una gran obra.
Existen otros muchos más bellos. Pero no existe otra pintora más hermosa que la
que ha realizado este paisaje. Se llama Erminia Aglietti y si quieres podemos
ir mañana a su casa a felicitarla.
—¿La conoces?
—Sí. Y si sus cuadros fueran tan bellos como ella misma,
sería rica hace mucho tiempo y no tendría que seguir pintando. Lo hace sin
ningún entusiasmo y sólo por no tener otra cosa con que ganarse la vida.
Richard volvió a olvidar la cosa y sólo unas dos semanas
después volvió a hacer mención de la pintora.
—Ayer tropecé con la Aglietti. Iremos hoy a visitarla.
Quiero que vengas conmigo y que conozcas a esa extraordinaria mujer. ¿Tienes
una camisa limpia que ponerte?
Encontré una camisa limpia que ponerme y nos dirigimos a
casa de la Aglietti. Yo fui todo el camino con una íntima repugnancia, ya que
nunca me había gustado el trato libre y atrevido que Richard y sus cantaradas
tenían con las pintoras y las estudiantes. Ellos se mostraban siempre faltos de
consideración y respeto, tan pronto groseros e irónicos como falsamente
corteses. Ellas eran prácticas, inteligentes y osadas, sin que se advirtiera ni
en sus modales ni en sus palabras aquel aire marcadamente femenino que a mí me
gustaba hallar en todas las mujeres.
Algo confuso entré en el taller. Estaba familiarizado con
la atmósfera de los estudios de pintores, pero era la primera vez que pisaba el
de una mujer. Tenía una apariencia limpia y bien cuidada. Dos o tres cuadros
acabados colgaban enmarcados de las paredes y otro aún sin terminar estaba
colgado en el caballete. El resto de las paredes estaba cubierto por una serie
de bocetos a lápiz y una estantería medio vacía. La pintora nos recibió con
bastante frialdad. Dejó a un lado el pincel y se apoyó contra la estantería
mirando la tela que estaba pintando, como si no perdiera a gusto mucho tiempo
en nosotros.
Richard dedicó algunos cumplidos al cuadro de la
exposición. Ella se rió de sus amabilidades y negó mérito a la obra.
—¡Pero, señorita, yo podía tener idea de comprar el
cuadro! —protestó Richard—. Las vacas sobre el prado tienen una completa
apariencia de realidad…
—Son cabras dijo ella serenamente.
—¿Cabras? ¡Cabras, naturalmente! Lo que me ha pasmado ha
sido el paisaje. Ni por un momento he dudado de que fueran cabras. Si no quiere
creerme, pregúnteselo a mi amigo Camenzind, que es un hijo de las montañas. Él
me dará la razón.
El rostro de la pintora se volvió hacia mí. Tras unos
instantes de vacilación preguntó:
—¿Es usted de las tierras altas?
—Sí, señorita.
—Se ve inmediatamente. ¿Y qué opina usted de mis cabras?
—¡Oh, están muy bien! Al menos no las he tomado por vacas,
como Richard.
—Muy amable. ¿Es usted músico?
—No. Soy estudiante.
No siguió hablando conmigo y hallé la ocasión para
contemplarla a mi gusto. Iba vestida con una larga blusa y su rostro no me
pareció hermoso. Las líneas eran ceñidas y casi duras, los ojos de mirada
severa y llevaba el pelo suelto y largo. Pero lo que me causó gran impresión
fue la tonalidad de su piel. Yo no había visto aún en nadie aquella palidez
italiana y en aquel instante, a la luz matinal del estudio, me produjo un
efecto extraño y turbador. Su piel tenía la nitidez del mármol, pero no parecía
fría como él, sino que aparentaba una tibieza atractiva. Yo no estaba
acostumbrado a examinar las formas de un rostro de mujer, sino que buscaba en
ellos, quizá con una ansiedad un poco adolescente, más atractivo que
perfección, pero me extasié en su contemplación.
Tampoco Richard pareció hallarse muy a gusto en el pequeño
taller. La conversación derivó hacia diferentes derroteros y calcúlese mi
sorpresa cuando escuché de labios de la Aglietti su interés por dibujarme. Se
trataba tan sólo de unos cuantos bocetos. No necesitaba el rostro, pero mi
ancha figura tenía algo típico.
Pero antes de que esos propósitos llegasen a ser algo más
que palabras, sucedió otro pequeño suceso que cambió por completo la faz de mi
vida y fijó por algún tiempo mi futuro. Al despertarme una mañana, me hallé
convertido en escritor.
A instancias de Richard había yo descrito algunos tipos de
nuestro círculo en narraciones cortas. Eran brevísimas, de más forma que fondo
y nunca pasé de considerarlas más que como ejercicios de estilo. También
escribí algunos ensayos sobre literatura e historia, dedicados más bien a la
recopilación de mis propios datos que a ser leídos por otros ojos que no fueran
los míos o los de Richard.
Una mañana, cuando yo estaba aún en la cama, entró mi
amigo y me echó treinta y cinco francos sobre la colcha.
—Te pertenece —dijo en un tono seco de negocios.
Como es natural me mostré muy sorprendido y sólo cuando
hube agotado todas las conjeturas acerca de la procedencia de aquel dinero,
sacó un periódico del bolsillo y me mostró publicada una de mis pequeñas
novelas. Había recogido muchos de mis manuscritos, los había llevado a un
redactor y los había vendido en mi nombre. Los treinta y cinco francos eran el
pago del primero que se publicaba.
Al principio no pude contener una ligera irritación. El
interés que Richard se había tomado por una cosa exclusivamente mía me pareció
humillante. Pero luego me venció el dulce orgullo de escritor y a la vista de
aquellos francos sobre la sucia colcha de mi cama, se me pasó el mal humor. El
pensamiento de mi pequeña gloria y un ligero sentimiento de superioridad sobre
el mundo que me rodeaba, serenaron mi ánimo.
En un café me presentó mi amigo al redactor que había
aceptado mis trabajos. Me rogó que le entregara los restantes que Richard le
había mostrado y también me animó a que le remitiera otros nuevos. Me dijo que
aceptaría mucho más a gusto los ensayos históricos y también me aseguró que
estaba dispuesto a pagármelos mucho mejor. Sólo entonces me di perfecta cuenta
de la importancia que tenía aquello. Con los ingresos no sólo podría comer
diariamente y pagar todas mis deudas sino que me permitirían rechazar los
estudios obligatorios y alcanzar quizá muy pronto la ansiada meta de mis
estudios preferidos y vivir de sus propias ganancias.
Entretanto recibí un lote de libros que me mandó el
redactor para que hiciera la crítica de ellos. Viví a costa de ellos varias
semanas, pues como el pago sólo podía hacerse efectivo a fines de trimestre y
yo había elevado un poco el nivel de mi existencia confiando en aquel dinero,
me encontré un día sin un céntimo, y tuve que sentir nuevamente los espantosos
tormentos del hambre. Estuve alimentándome unos cuantos días con pan y café,
pero luego el hambre me empujó hasta la puerta de una casa de comidas. Llevé
tres de mis volúmenes de crítica para dejarlos como hipoteca de mi consumición
después de haber tratado inútilmente de vendérselos a un anticuario. La comida
fue excelente, pero al llegar al café sentí un cierto temor en el corazón.
Tímidamente dije a la camarera que no tenía dinero, pero que estaba dispuesto a
dejar los libros como prenda. Cogió uno de ellos en la mano, un volumen de
poesías, lo hojeó curiosa y me preguntó si estaba bien. Era aficionada a la
lectura, según se apresuró a decirme, pero nunca podía comprar libros. Vi que
estaba salvado y puse ante ella los tres volúmenes. Se mostró conforme con el
pago y día tras día me fue admitiendo libros hasta hacer un total de diecisiete
francos. Un pequeño volumen de versos me autorizaba a exigir una ración de
queso con pan, las novelas largas igual, aunque con un poco de vino y las
novelas cortas únicamente una taza de café con pan. Si mal no recuerdo, todos
los libros eran bastante inferiores, pertenecían a las tendencias nuevas y
estaban escritos en el espasmódico estilo de moda. Sin duda alguna la buena
muchacha de la casa de comidas adquirió con su lectura una idea muy singular
acerca de los progresos de la literatura alemana contemporánea. Pero siguió
admitiéndolos y recuerdo con solaz aquellas mañanas en que yo terminaba de leer
con rapidez algunos de los volúmenes y escribía unas cuantas líneas sobre ellos
con el tiempo más que justo para llegar a la casa de comidas y hacer una de mis
acostumbradas consumiciones de pan y queso. En todo momento traté de ocultar a
los ojos de Richard aquella dificultad de dinero, pues me avergonzaba la
solicitud con que procuraba ponerles remedio y sólo admití su ayuda de mala
gana cuando la situación se volvió agobiante y faltaban pocos días para que
hicieran efectivos los pagos de mis trabajos.
Yo no me tenía por un poeta. Lo que escribí con más
asiduidad eran folletines y no poesía. Pero en silencio me animaba la esperanza
secreta de componer un largo poema, un gran canto que glosara a la pasión y a
la vida.
El alegre y claro espejo de mi alma se veía empañado con
frecuencia por una especie de melancolía que me invadía un día o una noche
cualquiera, semejante a un sueño o a una fantasía, desaparecía luego y volvía a
acometerme unas semanas o unos meses después. Estaba acostumbrado a ella como a
una fiel amiga y no la encontraba mortificante, sino que sentía únicamente algo
así como una fatiga inquieta que también tenía su propia dulzura. Cuando hacía
presa en mí por las noches, permanecía horas enteras en la ventana, sin dormir,
contemplando las aguas obscuras del lago, las siluetas de los montes dibujadas
contra el cielo y sobre ellas las hermosas estrellas. Luego sentía penetrar con
frecuencia en mi alma un temeroso y dulce sentimiento, como si toda aquella belleza
nocturna fuera un mudo reproche para mí. Como si estrellas, montañas y lagos
acuciaran a alguien para que cantara la belleza y el tormento de su muda
existencia, como si ese alguien fuera yo mismo y estuviera traicionando la
verdadera vocación de plasmar en un poema la muda presencia de la Naturaleza.
Ni siquiera me paraba a pensar en qué medida era aquello posible, sino que
sentía únicamente en mi interior los silenciosos requerimientos de la noche,
deseaba calmar sus impaciencias y cumplir sus deseos. Pero tampoco aceptaba a
escribir una sola palabra en aquella disposición de ánimo. Las obscuras voces
me empujaban con demasiada prisa y carecía del necesario reposo para pensar.
Entonces comencé mis solitarios paseos por los alrededores de la ciudad. Me
parecía que los pies acariciaban de aquel modo la tierra, prodigándole un poco
de amor, dándole una satisfacción por no cumplir su anhelo imperioso. Los
paseos fueron transformándose luego en verdaderas caminatas. Y ahora sospecho
también que el destino quiso anticiparme entonces algunas horas de mi posterior
existencia, pues una gran parte de los años siguientes los pasé como caminante.
Semanas y aún meses enteros duraron mis recorridos por muchos países y poco a
poco me fui acostumbrando a andar un día entero con poco dinero y un pedazo de
pan en el bolsillo, a recorrer kilómetros y kilómetros completamente solo y a
pernoctar frecuentemente al aire libre.
La recién adquirida profesión de escritor me había hecho
olvidar por completo a la pintora. Pero uno de aquellos días llegó una tarjeta
de ella:
Unos cuantos amigos y amigas vendrán el jueves a tomar el
té. Le ruego que venga y que traiga consigo a su amigo.
Cumplimentamos la invitación y hallamos reunidas en la
casa una pequeña colonia de artistas. Casi todos eran obscuros y sin fama,
olvidados del público y la celebridad, rechazados por la crítica y la opinión.
En conjunto llegaron a conmoverme a pesar de que parecían estar satisfechos y
tenían todos ellos un aire reposado. Sirvieron té, mantequilla, jamón y
ensalada. Como no hallé en todo el salón ni un solo conocido y mi natural no
era demasiado sociable ni hablador, dediqué todos los esfuerzos a calmar el hambre
que me atenazaba desde el mediodía y estuve comiendo durante media hora,
mientras los demás saboreaban el té y charlaban entre sí. Pero cuando ellos
quisieron comer a su vez y se acercaron uno tras otro a la bandeja del jamón,
se hizo patente que yo había acabado casi con todo su contenido. Por espacio de
unos instantes confié inútilmente en que hubiera una segunda bandeja en
reserva. Pero no fue así y pronto a las risas silenciosas sucedieron algunas
miradas irónicas. Entonces me enfurecí y con voz abogada agradecí a la italiana
su jamón. Me levanté y tras murmurar una disculpa fui a coger mi sombrero que
estaba en la habitación contigua.
Pero la Aglietti me siguió, cogió el sombrero de mis
manos, me contempló unos instantes silenciosa y luego rogó cortésmente que me
quedara. Sobre su rostro caía la luz tamizada de una lámpara y ni siquiera mi
propia indignación bastó para borrar la majestuosa belleza de aquella mujer. A
su conjuro se me disipó la irritación, y sentí solamente una gran vergüenza. Me
fui a sentar, cabizbajo y confuso como un colegial. Permanecí así mucho rato,
hojeando sin verlo, un álbum del lago de Como. Los demás seguían bebiendo té y
yendo de un lado para otro entre risas y charlas insustanciales. Se escucharon
luego las notas de varios violines y un violoncelo al ser afinados, alguien
corrió una cortina y aparecieron cuatro jóvenes, sentados ante unos
improvisados atriles y dispuestos a comenzar la parte musical de la reunión. En
aquel instante se acercó la pintora, colocó una taza de té en una mesita
próxima y se sentó sonriente a mi lado. Comenzó el cuarteto su interpretación
que duró largo rato, pero yo no escuché nada de lo que tocaban, sino que
contemplé únicamente con los ojos muy abiertos la fina distinción de la dama
que tenía a mi lado. Con alegría y temor me acordé de que había querido
dibujarme. Y entonces pensé en Rosi Girtanner, en el descenso al barranco alpino
para coger los últimos rododendros y en el cuento de la reina de la nieve. Y
todo aquello no me pareció más que un largo anticipo del instante que estaba
viviendo.
Cuando la música hubo terminado, no se marchó la pintora
de mi lado, como yo había temido, sino que permaneció sentada y comenzó a
charlar conmigo. Me felicitó por una de mis novelas cortas que había leído en
el periódico donde se publicaban y gastó algunas bromas a propósito de Richard,
alrededor del cual revoloteaban dos jovencitas y cuya risa se escuchaba
frecuentemente por encima de los demás risas y voces. Luego me pidió nuevamente
que posara para ella. Entonces tuve una ocurrencia y seguí la conversación en
italiano. No obtuve sólo por ello el pago de un resplandor alegremente
sorprendido de sus ojos vivos y meridionales, sino que asimismo tuve la
satisfacción de escuchar el idioma que hablaba su boca, sus ojos y su figura
entera, la elegante y ceremoniosa lingua Toscana con un ligero y encantador
acento de Tessino. Yo no lograba tanta belleza ni tanta fluidez en las
palabras, pero ello no fue obstáculo para que nos entendiéramos a las mil
maravillas.
—A rívederla —dije como despedida, haciendo la reverencia
más ceremoniosa que me fue posible.
—A rivederci domani —sonrió ella, asintiendo con un gesto.
Salí de su casa y seguí andando hasta alcanzar una colina
próxima a la ciudad. En su cima me detuve, contemplando a mis pies todo el
dormido paisaje. El farol rojo de una única barca rompía la quietud obscura de
las aguas, en las que cabrilleaban los reflejos escarlata. De un jardín cercano
llegaban ecos de risas y de mandolinas. El cielo estaba cubierto casi en su
totalidad y un viento fuerte y cálido alborotaba mis cabellos.
Y como el viento jugueteaba con las ramas de los árboles
frutales y las obscuras copas de los castaños haciéndolas gemir, reír y
temblar, así jugó conmigo la pasión. Me arrodillé en la cima de la colina, me
eché sobre la tierra áspera, volví a levantarme de un salto y gemí
entrecortadamente, pisoteé con rabia el suelo, arrojé el sombrero lejos de mí,
froté mi cara contra la hierba húmeda, sacudí las ramas de los árboles, lloré,
reí, sollocé, me enfurecí, me avergoncé sintiéndome feliz y desdichado al mismo
tiempo. Una hora después, todo había pasado y mi ser entero estaba sumido en
una calma de muerte. Ya no pensaba nada, no decidía nada, no sentía nada. Eché
a andar como en sueños y descendí la colina con paso lento. Vagué por la ciudad
sin rumbo fijo y al ver en una calleja que todavía estaba abierta una taberna,
entré y me bebí dos litros de vino vaudés. Bien entrada la aurora regresé a
casa completamente borracho.
Por la tarde fui a casa de la Aglietti como le había
prometido y la pintora se asustó al ver mi aspecto.
—¿Qué le pasa? ¿Está usted enfermo? Tiene muy mala cara.
—Nada importante —respondí—. Esta noche pasada he bebido
bastante y eso es todo lo que me ocurre. ¿Comenzamos ya?
Me hizo sentar en una silla rogándome al mismo tiempo que
me estuviera inmóvil. Lo hice a las mil maravillas y pronto quedé sumido en una
creciente soñolencia y toda aquella tarde la pasé durmiendo en el taller de la
Aglietti. Por efecto seguramente del olor a trementina que llenaba el estudio,
soñé que estaba en mi casa pintando la barca. Desde el embarcadero veía a mi
padre con el pote de pintura en una mano y la brocha en la otra. También mi
madre estaba allí y cuando yo le preguntaba si no había muerto, me decía en voz
muy baja:
—No, no he muerto. Si yo no estuviera viva, terminarías
por volverte como tu padre.
Al despertarme, caí de la silla y con asombro me hallé
transportado al taller de Erminia Aglietti. Ella no estaba allí, pero escuché
sus pasos en la habitación contigua, acompañados de un ruido de tazas y supuse
que debía ser aproximadamente la hora de la cena.
—¿Está usted despierto? —preguntó desde la puerta.
—Sí. ¿He dormido mucho rato?
—Cuatro horas. ¿No le da vergüenza?
—Sí. Pero he tenido un sueño tan hermoso…
—¡Cuéntemelo!
—Lo haré si entra y me perdona.
Traspuso el umbral, pero no quiso otorgar su perdón hasta
que le hubiera explicado el sueño. Así lo hice y del sueño pasé al olvidado
tiempo de la infancia y cuando Gallé era ya de noche y había explicado a ella,
al mismo tiempo que me lo hacía a mí mismo, la completa historia de mi niñez y
mi adolescencia Me dio la mano, alisó luego mi arrugada chaqueta, me rogó que
volviera al día siguiente para proseguir el dibujo o me di por satisfecho,
teniendo la certeza de que me perdonado también la inconveniencia de aquel día.
Al siguiente posé, hora tras hora, durante casi toda la tarde. No hablamos
durante la sesión ni una sola palabra. Permanecí sentado o de pie, en silencio
y como encantado, escuchando el leve chasquido del carboncillo sobre el papel,
aspirando el olor a óleo y no sintiendo otra cosa más que la cercanía de la
mujer amada. Con frecuencia su mirada se levantaba hacia mí para captar un
rasgo y yo entonces apartaba mis ojos de ella y los dejaba vagar por las
paredes claras del estudio en las que se reflejaba la luz blanca. Unas cuantas
moscas soñolientas zumbaban en los cristales de los amplios ventanales y en el
cuartito de al lado cantaba el infiernillo de alcohol, donde se calentaba el
agua para la taza de café que tomábamos al final de cada sesión.
Una vez en casa, mis pensamientos volvían a Erminia. Mi
pasión no llevaba trazas de aminorarse y sentía envidia de cuanto la rodeaba,
incluso de su arte ¿Qué me importaban sus cuadros si ella misma era tan
hermosa, tan bondadosa, tan segura y tan clara? En su trabajo hallaba un mucho
de heroísmo, pero nada de arte. Ella era la mujer en lucha con la vida, la
heroína silenciosa, mártir y valiente. No existe además nada tan infructuoso
como las reflexiones sobre alguien que se ama. Tales pensamientos son como determinadas
canciones populares o militares donde salen a relucir mil cosas y el estribillo
se repite con igual monotonía aun cuando no tenga ninguna relación con lo que
se está cantando.
Y eso mismo sucedía con la imagen de la bella italiana. Yo
la llevaba siempre conmigo, y la evocaba aun cuando no viniera a cuento.
Todavía hoy me acuerdo bien de ella, aunque sin detalle en sus rasgos y
facciones. No recuerdo ya qué peinado llevaba, ni cómo acostumbraba a vestir;
etc. Tampoco puedo recordar si su estatura era alta o baja y cuando pienso en
ella, veo con la imaginación una morena cabeza de mujer, un par de ojos
cortantes y no muy grandes en un rostro pálido y animado y una boca bien dibujada
y de labios delgados y apretados. Y si pienso en la época que duró mi amor por
ella, recuerdo tan sólo aquella noche en la colina, cuando el viento cálido
exacerbaba el ardor de mis sentimientos y yo lloraba y reía al mismo tiempo. Y
también me acuerdo de otra noche, de la que ahora quiero explicar lo ocurrido.
Fueron transcurriendo los días y a cada uno que pasaba se
me hacía más patente la necesidad de declarar a la pintora mi amor. De haber
estado alejado de ella, la habría seguido amando y sufriendo en silencio y sin
ninguna esperanza. Pero verla casi diariamente, hablar con ella, estrecharle la
mano y entrar en su casa, era un tormento que no podía seguir resistiendo largo
tiempo. Y así sucedió lo que fatalmente tenía que ocurrir.
Fue preparada una pequeña fiesta de verano por los
artistas y algunos amigos suyos. Tuvo lugar a orillas del lago, en un jardín
pequeño y coquetón, una noche tibia y hermosa de los últimos días de julio.
Bebimos vino y agua helada, escuchamos la música y contemplamos admirados los
rojos farolillos de papel que colgaban en forma de guirnaldas entre los
árboles. Se charló, se rió, se gastaron bromas y se cantaron hermosas
canciones. Un pintor de los más jóvenes, apenas un adolescente, interpretó el
papel de romántico, tocado con un atrevido birrete, apoyado lánguidamente en la
balaustrada y rasgueando con melancolía una guitarra. Le secundaron dos
muchachas ataviadas con unos vestidos vaporosos que aparecieron en lo alto de
la escalinata. Sonó la música y el estudiante y las muchachas comenzaron a
bailar, seguidos por todos los demás. Richard parecía hallarse a sus anchas en
aquel ambiente. Yo, por el contrario, me sentía extrañamente desasosegado y a
pesar del calor y la excitación, bebía muy poco, aguardando a la Aglietti que
había prometido pasear conmigo por el lago aquella noche. Llegó por fin, me
obsequió con dos flores que llevaba en la mano y embarcamos en el pequeño bote.
El lago estaba tranquilo como aceite y sus aguas tenían
una obscuridad inmóvil. De dos golpes de remo empujé la ligera embarcación lago
adentro, sin dejar de contemplar a la delgada mujer que estaba sentada frente a
mí, en el banco del timonel. El cielo tenía aun las desvaídas tintas del
crepúsculo y poco a poco iban apareciendo las estrellas. La orilla se fue
alejando y la música se escuchó apenas, dominada por el ruido de los remos al
chocar con el agua. Algunas barcas, apenas visibles en la obscura superficie,
se cruzaron con la nuestra, pero yo no les presté atención, abstraído como
estaba en la sola contemplación de la bella timonel. Lo hermoso y poético de
todo aquel escenario vespertino, el rumor de las aguas, las estrellas y el
silencioso lago me turbaron hasta el punto de creerme en medio de una
decoración teatral en la que iba a representarse una bella escena sentimental.
Ambos estábamos callados y mi excitación, acrecentada por el silencio, me hizo
remar con fuerza.
—¡Qué fuerte es usted! —exclamó la pintora con admiración.
—¿Quiere usted decir grueso? —pregunté yo.
—No. Aludía a sus músculos.
—Sí, soy bastante fuerte.
No era éste un principio apropiado para una declaración de
amor. Seguí remando, sintiendo tristeza e irritación a un mismo tiempo.
Transcurrieron algunos minutos. Incapaz de resistir el silencio por más tiempo,
le rogué que me contara algo de su vida.
—¿Qué quiere usted saber?
—Todo —dije yo—. Pero preferiría escuchar algo de amor.
Luego le hablaré a mi vez de mi amor, de mi único amor. La historia es bastante
breve y es posible que le divierta.
—¡Qué dice usted! ¡Cuéntelo, por favor!
—No. Primero tiene que contar usted lo suyo. Quisiera
saber si ha estado alguna vez enamorada verdaderamente o si, como temo, es
usted demasiado inteligente y superior para dejarse arrastrar por el amor.
Erminia pareció reflexionar unos instantes.
—Escuchar la historia de amor de una mujer, meciéndose de
noche sobre las aguas obscuras del lago, es otra de sus románticas ideas —dijo
luego—. Pero, por desgracia, yo no puedo explicar nada. Ustedes, los poetas,
están acostumbrados a hallar bellas palabras para todo y precisamente esas
bellas palabras esconden una horrible frialdad. Pero se ha equivocado conmigo.
Yo no puedo hablar, precisamente porque no creo que nadie ame con la fuerza y
la pasión con que yo lo hago. Amo a un hombre que está atado a otra mujer y él
tampoco me ama menos. Pero ambos sabemos que nunca será posible nuestra unión.
Nos escribimos y algunas veces nos encontramos…
—¿Puedo preguntarle si ese amor la hace feliz o
desgraciada? ¿O acaso es usted ambas cosas a la vez?
—El amor no existe para nuestra ventura Creo que su
existencia sirve para mostrarnos lo fuertes que podemos ser en el sufrimiento.
Comprendí perfectamente sus palabras y no pude impedir que
algo parecido a un gemido me viniera a los labios.
Ella lo escuchó.
—¿Conoce usted lo que es eso? ¡Parece tan joven! ¿Quiere
ahora hacer su confesión? Pero sólo estoy dispuesta a escucharla si realmente
desea hacerla…
—Quizá se la haga otro día, señorita Aglietti. Hoy me
sería penoso y siento verdaderamente haber despertado quizá en usted penosos
recuerdos. ¿Damos la vuelta? ¿Regresamos?
—Si usted lo desea. ¿Estamos muy lejos?
Como toda respuesta hundí con fuerza los remos en el agua.
La barca se deslizó rápida por el agua y en medio del torbellino de dolor y
vergüenza que se agitaba en mi interior, sentí cómo el sudor corría en gruesas
gotas por la cara y se enfriaba al instante. Cuando pensaba enteramente lo
cerca que había estado de suplicar un amor imposible a aquella mujer que me
trataba con una amistad maternal tan alejada a mis sentimientos, sentía un
estremecimiento que me llegaba hasta el tuétano. Si el dolor era poco menos que
insoportable, al menos me había ahorrado el bochorno del ridículo. Y su solo
pensamiento me hizo forzar los remos y alcanzar la orilla en unos instantes.
La hermosa señorita pareció bastante sorprendida cuando
después de alcanzar la orilla, me despedí brevemente y la dejé sola.
El lago estaba tan terso, la música era tan alegre y los
farolillos de papel despedían una luz tan roja como antes, pero a mí me pareció
todo completamente estúpido y risible. Especialmente la música. De buena gana
hubiera arrojado al agua al jovencito de antes que seguía rasgueando su
guitarra incansablemente. Luego comenzaron los fuegos artificiales. ¿Por qué
era todo tan infantil?
Pedí prestados a Richard un par de francos, me encasqueté
el sombrero y eché a andar hacia las afueras de la ciudad. Anduve y anduve sin
descanso, una hora tras otra, hasta sentir fatiga y sueño. Me eché sobre la
hierba de un prado, pero una hora después ya estaba despierto, completamente
mojado por el rocío, yerto de frío y tiritando. Me levanté y seguí andando
hasta el pueblo vecino. Llegué cuando comenzaba a amanecer. Los segadores de
alfalfa recorrían las estrechas callejuelas camino de su labor y los mozos
soñolientos abrían las puertas de las cuadras. Todo respiraba un aire campestre
que contribuyó a hacer más penosos mis sentimientos. Me repetí una vez más que
mi deber habría sido seguir siendo campesino y con la cabeza baja atravesé el
pueblo y seguí andando hasta donde los primeros rayos fuertes del sol me
permitieron un reposo. Me eché en el borde de un hayal, sobre la hierba verde y
dormí al sol hasta bien entrada la tarde. Cuando me desperté, con la cabeza
llena de aromas del campo y el cuerpo molido por el largo tiempo que había
estado echado en el santo suelo, me pareció que la fiesta, el paseo en barca y
todo aquello, estaba tan lejano y era tan triste y extraño a mí como alguna
novela leída meses atrás.
Permanecí tres días en el campo, curtiéndome la piel al
sol y dudando entre regresar a la ciudad o volver a Nimikon para ayudar a mi
padre en las faenas de aquella época del año.
Afortunadamente no fue tan grande el dolor como para
empujarme a aquella decisión. Tras mí vuelta a la ciudad comencé por huir de la
pintora como de la peste. Pero la cortesía y las conveniencias sociales no me
pudieron mantener apartado mucho tiempo y tantas veces como tropezaba con ella
y cambiamos alguna palabra, sentía que la angustia taponaba mi garganta.
IV
LO que mi padre no había logrado años atrás, lo alcanzó
aquella angustia de amor que me atenazaba. Me lanzó a la bebida.
Para mi vida y mi alma tuvo esto mucho más importancia que
nada de lo que he contado hasta ahora. El dulce dios se convirtió en un fiel
amigo mío y sigue siéndolo aún en la actualidad. ¿Quién es tan poderoso como
él? ¿Quién es tan hermoso, tan fantástico, tan exaltado, tan alegre y tan
melancólica al mismo tiempo? Es héroe y mago, seductor y hermano de los
hombres. Logra lo imposible y llena sus pobres corazones de bella y maravillosa
poesía. Colma las existencias vacías, abre horizontes y crea esperanza a las
desesperanzadas, devuelve la confianza a las que están llenas de desesperación.
Así es el vino. Pero con él sucede lo que con todos los
dones valiosos y con todas las artes. Desea ser amado, buscado, comprendido y
conquistado con esfuerzo, poco a poco. Sólo unos pocos pueden lograrlo y el
dios alegre juguetea con los débiles mientras se rinde a los fuertes. A los
primeros los transforma de jóvenes en viejos y llega a matarlos o a apagar por
completo en ellos la llama del espíritu. Pero a los segundos, en cambio, les
infunde vigor y fuerza, tendiéndoles el puente de arco iris que ha de conducirles
hasta las islas felices. Coloca almohadas bajo su cabeza cuando están cansados
y les abraza con el amor de consuelo de una madre o de un amigo, cuando la
tristeza hace presa en sus corazones. Y a su influjo se truecan las
turbulencias de la vida en grandes mitos, mientras toca en su arpa la dulce
canción de la Naturaleza.
Pero a pesar de eso sigue siendo un niño de cabello sedoso
y rizado, hombros delgados y finos miembros. Se apoya en los corazones de sus
favoritos, levanta el delgado rostro hacia el de ellos y los contempla
largamente, con aire sorprendido y soñador en sus grandes ojos, en los que se
reflejan recuerdos paradisíacos y perennes destellos de una divina infancia.
Y entonces se transforma el dulce dios en un remolino
vertiginoso como los que agitan la tierra en las tormentosas noches de
primavera. Semejante a un mar que meciera en sus olas a la tempestad y al sol
conjuntamente, arrebata a las almas de sus favoritos y las eleva a las alturas
para hundirlas luego en el abismo.
Cuando habla con ellos, descubre ese tempestuoso mar de
los secretos, de los recuerdos, de los presentimientos y la poesía. El mundo
conocido se empequeñece y se pierde y el alma se precipita llena de regocijo en
la inmensidad sin camino de lo desconocido, donde todo es extraño e íntimo a un
tiempo y donde sólo se escucha el lenguaje de la música, de la poesía y del
ensueño.
Pero antes de seguir adelante debo explicar todo lo que
ocurrió.
Tras mi desengaño amoroso me sumí en una actividad febril.
Pasé horas enteras estudiando y escribiendo y sólo de cuando en cuando
escuchaba la música que tocaba Richard. Pero ni un día transcurrió sin su
correspondiente dolor. Algunas veces me acometía cuando estaba en la cama y
entonces rebullía nervioso, presa de una extraña angustia y lardaba mucho en
conciliar el sueño. Otras se despertaba en mi interior cuando tropezaba con la
Aglietti. Pero en general lo sentía al caer la tarde, cuando comenzaban las horas
hermosas y un poco tristes de los crepúsculos veraniegos. Acostumbraba entonces
a irme hasta el lago, coger una barca y remar hasta que el cansancio y el sueño
me hacían casi imposible regresar a casa. Así es que iba a parar a una taberna
o cualquier cervecería al aire libre. Allí probaba vinos diferentes, bebía y
bebía sin tasa ni tino y en algunas ocasiones estaba al día siguiente medio
enfermo.
Docenas de veces me prometí a mí mismo no volver a probar
un solo trago y otras tantas rompí mi promesa y seguí bebiendo. Probé todos los
vinos hasta bailar satisfacción en el tinto de Valtelina. Tenía un gusto áspero
y excitante en el primer vaso, luego iba velando poco a poco las ideas hasta
alcanzar una quieta soñolencia que se transformaba al poco en una maravillosa
energía. Y el vino creaba y poetizaba entonces por si mismo, sin que
interviniera para nada mi voluntad. En aquellas ocasiones veía en torno mío a
todos los paisajes que me habían gustado y me veía a mi mismo caminando a
través de ellos, cantando, soñando y sintiendo en mi interior la plenitud de la
vida. Y al final acababa por sentir una especie de tristeza indecisa, como si
escuchara en la lejanía el eco de un nostálgico violín y tuviera la certeza de
haber dejado escapar una gran felicidad que había estado persiguiendo largo
tiempo.
Y poco a poco fui acostumbrándome a la bebida hasta no
poder pasar sin ella. Entonces ocurrió que mis libaciones ya no fueron
solitarias, sino que hallé por doquier generosas compañías. Tan pronto como
estaba rodeado de gente, obraba el vino otros efectos en mí. Entonces me volvía
hablador, aunque sin desbarrar y todo mi cuerpo se animaba a influjos de una
extraña fiebre. Despertaba una parte de mi ser totalmente desconocida para mí y
mi carácter se transformaba hasta el punto de hacerme agudo e irónico. Si había
alguna gente cuya presencia me estorbaba, procuraba mofarme de ellos, tan
pronto finamente y con habilidad como con grosería y rudeza, hasta que optaban
por marcharse. Ya desde mis años infantiles había sentido bastante indiferencia
por mis semejantes, pero a partir de aquel instante comencé a considerarlos
bajo el ángulo crítico de mi ironía. Hallé placer en idear y explicar pequeñas
historias o sucedidos en los cuales se resaltaban con sátiras los defectos
humanos y se consideraban irónicamente sus virtudes. Aun hoy desconozco de
dónde me vino aquel tono menospreciable y acaso no me equivoque a pensar que
surgió como un maligno absceso de mi propio interior. La propia vida se había
encargado de enconarlo.
Si algunas noches me tocaba estar solo, volvían entonces
mis pensamientos a la pasada existencia y soñaba con montañas, estrellas y
música triste.
En aquellas semanas de intenso trabajo escribí una serie
de observaciones sobre la sociedad, la cultura y el arte de nuestros tiempos y
las reuní en un pequeño librito, cuyo próximo origen eran las charlas en la
cervecería y en la taberna. Y mis prolongados estudios históricos me
proporcionaron un excelente material para dar a mis sátiras una especie de
fondo sólido que les restó el aire frívolo y superfluo que hubieran podido
tener.
A causa de aquel trabajo obtuve el grado de colaborador
habitual de un gran periódico y casi al mismo tiempo aparecieron mis ensayos en
forma de un volumen que tuvo bastante éxito. Todo aquello me animó a lanzar por
la borda a la filología y comenzar un nuevo método de vida. Estaba ya en los
últimos cursos y los requerimientos de varias revistas alemanas me alzaron
desde la obscuridad y la miseria de los últimos años al círculo de los
consagrados. Gané mi sustento, renuncié a la larga beca que me obligaba a
determinados estudios y penetré decididamente en la vida del modesto literato.
Pero a pesar del éxito y de la satisfacción de mi vanidad,
a pesar de las sátiras y el desengaño amoroso, sentía sobre mí, alegre y
melancólico, el cálido brillo de la juventud. Pese a todas las ironías y todas
las sátiras, seguía viendo en sueños una meta, una dicha, una mayor perfección
delante de mí. Ni siquiera sabía lo que tenía que ser. Sentía tan sólo la
sensación de que la vida debía poner a mis pies una dicha especial, con la
liberación de los anhelos que me consumían y la elevación de mi alma. Era aún
el paje que sueña con damas de corte, con torneos heroicos y grandes glorias.
Creía estar en el comienzo de un camino ascensional sin
saber que todo lo que hasta entonces había vivido no habían sido más que
casualidades y que a mi vida y mi alma les faltaba aún el profundo acorde
propio. Yo no sabía que un anhelo me poseería, sin que ese anhelo tuviera como
límite y contenido el amor a la gloria.
Y así viví mi gloria pequeña y algo áspera con todas las
fuerzas de mi juventud. Me placía sentarme en compañía de hombres inteligentes,
con un vaso de buen vino delante de mí y ver cómo sus ojos se abrían y en sus
rostros aparecía un gesto de interés en cuanto yo despegaba los labios para
hablar. Algunas veces me alegraba también el examen de la inquietud que llenaba
todas aquellas almas y los caminos tortuosos que elegían para satisfacerla. Era
tenido por tonto y casi por anormal el creer en Dios, pero en cambio se creía
en muchos maestros y en muchos nombres; en Schopenhauer, en Buda, en
Zarathustra y muchos otros. Existían poetas jóvenes y desconocidos capaces de
sumirse en solemnes devociones ante estatuas y pinturas. Se habrían avergonzado
de arrodillarse ante Dios, pero permanecían largo rato postrados ante el Zeus
de Otricoli. Había ascetas que se atormentaban con la continencia y cuyo Dios
se llamaba Buda o Tolstoi y artistas que se estimulaban a si mismos por medios
artificiales y hablaban de la independencia de las líneas musicales y de los
acordes del color. Estaban siempre al acecho de la «nota personal», que para
los más no era más que un pequeño y discreto atisbo de locura o de
excentricidad y se esforzaban en remarcarla a todas horas y en todos los
momentos, En el fondo, toda aquella comedia era para mí divertida y risible,
pero algunas veces me paraba a pensar con horror cuántos anhelos serios y
verdaderas fuerzas anímicas se perdían y consumían en toda aquella ridícula
afectación.
Entre todos los más fantásticos poetas, artistas y
filósofos que conocí en aquella época no supe de ninguno que hubiera realizado
algo notable. Había entre ellos un alemán del Norte de igual edad que yo, que
era de una delicadeza y sensibilidad extraordinarias para todo lo que tuviera
algo que ver con el arte. Su figura no desmentía su carácter y era de aspecto
frágil y enfermizo. Se tenía por uno de los grandes poetas del futuro y
confieso que su vanidad era bastante fundada. Escuché un par de veces la lectura
de sus poemas y aún conservo en mi memoria la idea de algo extraordinariamente
vaporoso, de una rara belleza y una riqueza de imágenes como hasta entonces no
había nunca escuchado. Quizá era el único entre todos nosotros que habría
podido llegar a ser un verdadero poeta. Casualmente conocí luego su corta
historia. Temeroso de un mal éxito literario, se sustrajo a toda publicidad y
fama y cayó en manos de un mecenas bribón que, en vez de animarle a la labor,
le arruinó y aniquiló en él toda inquietud creadora. Por deseo del rico señor
ejercitó con damas histéricas un embaucamiento ascético, ascendió con
presunción a la categoría de conocido héroe y por último la música de Chopin y
los éxtasis prerrafaelísticos le fueron sumiendo sistemáticamente en el abismo
de la locura.
Sólo puedo acordarme con espanto y compasión de todo aquel
pintoresco conjunto de poetas bien peinados y artistas incomprendidos, de
espíritus torturados por el pecado de la vanidad o la soberbia, que conocí en
aquellos años de mi vida. Desde el primer momento comprendí lo peligroso de su
trato y sólo mi cazurrería aldeana y mi carácter de montañés pudieron
preservarme del contagio y evitar que me volviera como ellos.
Mucho más noble y dichosa que la gloria, el amor, el vino
o la sabiduría, fue mi amistad. Ella sola iluminó aquella época de mi vida y
prestó color y alegría a mis años juveniles de estudiante. Aún hoy sé que en el
mundo no hay nada más delicioso que una amistad leal y verdadera entre hombres
y si al recuerdo de los días pasados me acomete algo parecido a la nostalgia de
la juventud, únicamente se lo debo a aquella amistad de estudiantes.
Desde los principios de mi amor por Erminia me había
apartado un poco de Richard. Al principio lo hice sin darme cuenta, pero
algunas semanas después reparé en ello. Se lo confesé, él me descubrió que
había adivinado toda la desgracia y me dijo que no debía tomármelo con tanta
gravedad. Aquellas mutuas confesiones volvieron a unirnos y sin volver a aludir
los motivos que nos habían mantenido distanciados, reanudamos nuestra normal
existencia. En todos mis recuerdos de entonces está presente la imagen de mi amigo
Richard. Era hermoso y alegre de cuerpo y alma y la vida no parecía tener para
él sombra ninguna. Conocía las pasiones y las locuras de la edad, pero todas
parecían resbalar sin consecuencias por su exterior. Su andar, sus palabras y
su ser entero era flexible, cordial y amable. ¡Aún recuerdo su risa!
Tenía poca comprensión para mi afición a la bebida.
Acostumbraba a acompañarme en algunas ocasiones, bebía dos vasos apenas y
contemplaba mi enorme consumo con sencilla admiración. Pero cuando se daba
cuenta de que la melancolía volvía a ganarme y de que me atenazaba de nuevo la
angustia del recuerdo, hacía música para mí, me leía alguna cosa o me
acompañaba en los largos paseos que yo acostumbraba a hacer a la hora del
crepúsculo. Nuestras pequeñas excursiones nos alborotaban como si fuésemos
colegiales. Un día anduvimos hasta el mediodía, hora en que nos tendimos a
descansar en un valle boscoso. A los pocos momentos ya estábamos echándonos el
uno al otro agujas de pino mientras recitábamos versos y canturreábamos
canciones. A pocos pasos se deslizaba rumoroso un arroyo y no transcurrió mucho
rato sin que estuviéramos sumergidos en el agua fresca. Richard tuvo entonces
la idea de representar un drama. Se echó sobre una roca musgosa y dijo que era
Lorelei, mientras yo hacía las veces de barquero y remontaba la corriente como
si navegara. Desde su roca, mi amigo comenzó a hacer gestos y muecas, imitando
tan grotescamente a una pudorosa doncella, que no pude contener la risa y
estallé en ruidosas carcajadas. En aquel instante se escucharon voces en las
inmediaciones y vimos aparecer entre los árboles a un grupo de turistas. Nos
ocultamos entre la maleza de la orilla y desde nuestro escondrijo comenzó
Richard a hacer los ruidos más variados. Gruñó, silbó, siseó y gritó. Los
turistas se detuvieron, miraron a su alrededor, volvieron la cabeza una y otra
vez y estuvieron a punto de descubrirnos. Entonces mi amigo se zambulló en el
arroyo, sacó la cabeza del agua y exclamó con voz honda y entonación
sacerdotal:
—¡Seguid en paz vuestro camino!
Luego volvió a hundirse y nadó entre dos aguas hasta
nuestro escondrijo.
Al alcanzarlo me dijo con toda seriedad:
—Esto ha sido también una alegoría.
—¿Cuál? —pregunté.
—Pan asustando a los pastores —dijo jovial.
—Lo malo es que había algunas mujeres entre ellos.
Escenas parecidas se repetían en nuestra vida de
estudiantes. Richard llenaba por completo mi existencia, aunque se mantuviera
casi apartado de mis estudios históricos. Pero, sin embargo, llegó a compartir
mi veneración por la figura de Francisco de Asís, a pesar de que algunas veces
se permitiera bromas que llegaban a indignarme. A los dos nos entusiasmaba el
divino padecer del santo, su peregrinación por los campos de Umbría, su amor
por las criaturas de Dios y su caridad inagotable para con sus semejantes.
Leíamos juntos su imperecedero canto al sol y lo sabíamos casi de memoria. Un
día regresamos a casa cruzando el lago en un barquichuelo a vapor de los que
hacían el servicio entre ambas orillas. La brisa crepuscular agitaba las aguas,
en las que reverberaba el sol poniente. Richard me preguntó en voz baja:
—¿Cómo lo describe el santo?
Y yo cité:
Laúdato si, mi Signore, per frate vento e per aere e
nubilo et sereno et onne tempo!
Algunas veces se turbaba aquella paz fraterna que nos unía
y discutíamos y nos peleábamos, en ocasiones durante un día entero. Richard
acostumbraba entonces a prodigarme, medio en serio y medio en broma, una larga
serie de epítetos y era tan infantil su indignación que al verle no podía
contener la risa consoladora que terminaba con todas nuestras diferencias. Mi
amigo sólo mostraba alguna seriedad cuando escuchaba o tocaba su música
preferida. Aun entonces se interrumpía en alguna ocasión para hacer un chiste o
alguna aguda observación y sin embargo su amor por el arte era de una completa
entrega y su sentido para lo auténtico y lo importante me parecía absolutamente
infalible.
Sabía ejercer maravillosamente el arte fino y tierno del
consuelo, de la ayuda o el auxilio discreto, cuando alguno de sus amigos se
hallaba en una necesidad. Si me hallaba de mal humor por cualquier causa o veía
que me estaba abandonando de nuevo a la nostalgia, me entretenía con cien mil
chistes y anécdotas regocijantes. Yo le escuchaba en silencio, casi sin prestar
atención a sus palabras. Pero había en el tono de su voz algo tan calmante y
sereno, que no sabía resistirme al encanto y mal humor o nostalgia me
abandonaban poco a poco.
Me tenía un poco de respeto porque yo era mucho más serio
que él. Pero lo que más le imponía era mi fuerza física. Hablaba de ello con
los otros conocidos y se mostraba orgulloso de tener un amigo que habría podido
ahogarle con una sola mano. Pero no se crea que eso era signo de debilidad.
Daba gran importancia a los ejercicios corporales y ambos jugábamos al tenis,
remábamos o nadábamos, hacíamos carreras y no me dio un instante de reposo
hasta que supe jugar al billar como él. Era su juego preferido y no lo jugaba
con aires de gran maestro consumado, sino que gustaba mostrarse alegre y vivaz
mientras duraba la partida. Muy a menudo daba a las tres bolas nombres de
gentes conocidas y a cada golpe de taco hacía comentarios mordaces y burlescas
comparaciones. Pero el juego acababa por abstraerle y entonces daba gusto
seguir la partida hasta el final, que las más de las veces era victoriosa.
No apreciaba más que yo mismo mi recién adquirida
profesión de escritor. En una ocasión llegó a decirme con aire cordial:
—Siempre te tuve por un escritor y sigo manteniendo mi
opinión. Pero no a causa de tus folletines, sino porque presiento en tu
interior algo hondo y bello que saldrá a flor de piel tarde o temprano. Y
entonces habrás creado un verdadero poema.
Entretanto fueron transcurriendo los semestres y
deslizándose el tiempo como pequeñas monedas entre los dedos de una mano
pródiga. Llegó el instante en que Richard tuvo que pensar en un regreso a su
patria. Aprovechando las vacaciones hice un recorrido por los Alpes berneses,
pero eran los primeros días de la primavera y hacía aún mal tiempo para la alta
montaña Mi amigo se quedó en la ciudad y mientras yo me rompía la cabeza
buscando soluciones para retrasar su partida, escribió a su padre y me preparó
en el mayor silencio una gran sorpresa. Un día entró en mí buhardilla y con
gran prosopopeya me invitó a acompañarle en calidad de gula a un viaje por el
norte de Italia.
El efecto fue completo y mi corazón latió sorprendido y
gozoso. El deseo mil veces repetido desde mis lejanos tiempos de muchacho iba a
hacerse realidad. Sin poder apenas creerlo, comencé a hacer mis preparativos
con aire febril. Enseñé a mi amigo unas cuantas palabras en italiano y hasta el
mismo día anterior a la partida temí que alguna causa imprevista nos obligara a
suspender el viaje.
Nuestro equipaje nos precedió hasta la primera ciudad
italiana. Sentados en el vagón vimos sucederse los campos verdes y las colinas
primeramente, luego el lago de Uri y el San Gotardo, los montes nevados del
Tessino y por fin las primeras y obscuras casas de piedra entre los dilatados
viñedos. El tren siguió por las orillas del lago y a través de la ubérrima
Lombardía hasta alcanzar las llanuras fértiles que anteceden a la ciudad de
Milán.
Richard no se había hecho una idea de la catedral
milanesa, creyendo sin duda que iba a ver una antigua y famosa obra más, y fue
regocijante su sorpresa y desilusión ante ella Pasado el primer asombro hizo
gala de aquel excelente humor que le caracterizaba, se le ocurrió la idea de
subir hasta el tejado para pasearse entre las estatuas que adornaban el
pináculo. Permanecimos casi dos horas sobre la plataforma de mármol, brillante
al sol de aquel día de abril Richard estuvo largo rato en silencio y luego habló
casi quedamente:
—En el fondo no tengo nada en contra de las desilusiones
Semejantes a la que he sufrido con esta obra de locos. Durante todo el viaje
estuve sintiendo un cierto temor de las grandes obras ele arte que íbamos a
contemplar y de lo empequeñecidos que nos íbamos a sentir ante ellas. Pero
ahora veo que me había equivocado y apenas puedo contener la risa ante esta
creación tan humana. —Y diciendo esto abarcó con un gesto a la catedral. Luego
las estatuas que nos rodeaban, le inspiraron toda clase de barro cas fantasías.
—Es presumible —dijo con una sonrisa— que allá, sobro la
torre del coro, en su punta más alta estén colocados también los santos más
distinguidos y altos. Y como no debe ser muy divertido estar eternamente en
equilibrio, como un pétreo volatinero, es justo que el santo vuelva al cielo
pasado un tiempo. ¡Y ahora piensa conmigo el espectáculo que se da cada vez que
esto sucede! Cada uno de los restantes avanzará un puesto, siempre según su
rigurosa jerarquía y cada cual tendrá que dar un salto para alcanzar el
pináculo de su predecesor, todos con gran prisa y cada uno jaloux hacia todos
los que están delante de él.
Tantas veces como volví a Milán en mi vida, me acordé de
aquella tarde y siempre me pareció ver a los cientos de imágenes saltando de
pináculo en pináculo para alcanzar el turno de regreso al cielo. Y otras tantas
se dibujó en mis labios una sonrisa melancólica y dolorosa. Me acordaba de
Richard.
Siempre permanecerán también en mi memoria los días de mi
estancia en Génova. Me acuerdo de un día claro y ventoso, poco rato después del
mediodía. Yo estaba apoyado en una ancha balaustrada, detrás de mí estaba la
pintoresca ciudad y ante mis ojos tenía el ancho mar. El mar con obscuros
rugidos e incomprensibles anhelos me salió al encuentro, perenne e inmutable, y
yo me apercibí de que algo me ataba ya por vida y muerte a aquel mar azul y
atrayente.
El vasto horizonte me causó también gran impresión. Volví
a ver en él, como en mis tiempos infantiles había visto en la inmensidad azul
del cielo, un anhelo de lejanía. De nuevo tuve la convicción de que yo no
estaba hecho para la vida hogareña y reposada entre los hombres, en el seno de
las ciudades y de la casa, sino para la libre existencia en las montañas o el
continuo navegar por el mar y el obscuro impulso volvió a surgir en mi, el
viejo y melancólico anhelo de echarme en el pecho de Dios y hermanar mi
minúscula vida con lo infinito y lo perenne.
En Rapallo nadé por vez primera en las aguas del mar,
gusté la áspera agua salada y me abismé en las delicias de sentirme mecido por
las olas y besado por los rayos del sol sobre la arena fina de la playa.
Contemplé en la lejanía el paso de los barcos, velas blancas y obscuros
mástiles o la bandera de humo de un vapor, y después de mis queridas nubes; no
sé ninguna imagen que refleje con tanta fidelidad el anhelo de viaje y de
lejanía, como un barco que poco a poco, se va empequeñeciendo, hasta desaparecer
por completo tras la línea del horizonte.
Y llegamos a Florencia. La ciudad era tal como yo la había
visto ya en cien cuadros y mil sueños: luminosa, extensa, cruzada por el río de
aguas verdes y rodeada de un cinturón de colinas. La torre atrevida del
«palazzo vecchio» parecía querer horadar el azul del cielo y todas las colinas
circundantes tenían los colores blanco y rojo de la flor de sus árboles
frutales. La vida toscana, con su animación y su inocencia, me pareció al
principio una maravilla y luego me hallé en ella mucho más a gusto que si estuviera
en mi propia casa. Perdíamos los días vagando por iglesias, plazas, callejas,
logias y mercados y por las noches soñábamos en los jardines de las colinas,
donde ya florecían los limoneros o en las pequeñas tabernas donde se servía el
«chianti». También pasamos horas inolvidables en los museos, en los conventos,
en las bibliotecas y en las sacristías y tardes de eterno recuerdo en Fiesole,
San Mimato, Settignano y Prato.
Tras un atinado concierto entre los dos, dejé a Richard
por espacio de una semana y recorrí, solo como en los años de mi juventud, toda
la ondulada campiña de Umbría. Seguía las huellas de San Francisco y en muchas
ocasiones me pareció que el santo caminaba a mi lado, llena el alma de
desbordante amor por cada pájaro, por cada arroyo, por cada rosal silvestre de
los que crecían en las lindes del camino. Atravesé los pueblos claros y
alegres, haciendo noche unas veces en ellos y otras andando hasta la salida del
sol, en que caía rendido en un prado y dormía hasta bien entrada la tarde.
Anduve cantando y sintiendo en mi interior toda la poesía de aquellos días.
Festejé la Pascua en el mismo Asís, asistiendo a los oficios religiosos en la
propia iglesia de mi amado santo.
Recuerdo con nostalgia aquella semana pasada en alegre
caminar y me parece que los ocho días fueron coronación y crepúsculo de mi
juventud. Cada día elevaba un himno de gracias al Señor por haber puesto en la
tierra a las flores, a la hierba, al agua de loe arroyos y de las fuentes y
contemplaba el paisaje primaveral creyendo estar mirando en los propios ojos de
Dios.
Si dediqué los días de mi recorrido por Umbría para
reverenciar el recuerdo de Francisco de Asís, el «músico de Dios», en Florencia
disfruté del constante recuerdo de la vida del Quatrocento. Ya en Zurich había
escrito algunas sátiras sobre la forma de nuestra existencia actual, pero en
Florencia me di cuenta por vez primera de toda la risible ridiculez de nuestra
moderna cultura. Y también allí me acometió la sospecha de que acaso mí sino
fuera ser durante toda mi vida un extraño para aquella sociedad a la que
pertenecía. Y entonces sentí despertar en mí el deseo de la huida y durante
unos días estuve tentado de quedarme en el Sur. Allí podía departir libremente
con los hombres, allí alegraba mi ánimo la franqueza y la serenidad de la
existencia, sobre la que resplandecía la tradición de una cultura y una
historia clásicas.
Las semanas transcurrieron raudas y los últimos días de
nuestra permanencia en Italia fueron melancólicos hasta para el propio Richard.
Arrogantes y gozosos apuramos hasta la última gota de belleza y placer.
Recorrimos el campo en todas direcciones y trabamos amistad con venteros, con
monjes, con muchachas campesinas y modestos curas de pueblo, merendamos con las
sencillas gentes de las aldeas, comimos pan y fruta con cualquier rapaz
requemado y contemplamos las alturas de Toscana bañadas por la luz incomparable
de la primavera, con el mar de Liguria como fondo azul e inamovible. Y ambos
tuvimos entonces el mismo sentimiento de fortaleza, sintiéndonos capaces de
abandonar aquella molicie feliz para salir al encuentro de una nueva vida.
Trabajo, lucha, placer y gloria eran cosas que nos parecían tan cercanas y
seguras que degustábamos los días felices sin ninguna prisa. Tampoco sentíamos
angustia ante la cercana separación, que nos parecía fácil y transitoria, pues
sabíamos con mayor seguridad que antes que nos éramos necesarios el uno al otro
y que los dos teníamos nuestra existencia segura.
*
Esta es la eterna historia de mi juventud. Cuando pienso
en ella, me parece que fue tan breve como una noche de verano. Un poco de
música, un poco de espíritu, un poco de amor y un poco de vanidad. Pero todo
ello hermoso, rico y lleno de colorido, como una fiesta eleusina.
Y se apagó, rápida y mezquina, como una llama al viento.
En Zurich se despidió Richard de mi. Dos veces descendió
del vagón para besarme y desde la ventanilla siguió diciéndome adiós con la
mano hasta que el tren salió de la estación.
Dos semanas después se ahogó bañándose en un pequeño río
de Alemania del Sur. No volví a verlo jamás y tampoco asistí a su entierro,
pues me enteré de todo, dos días después, cuando ya el ataúd estaba en la fosa.
La mala nueva me causó tal impresión que creo que pasé muchas horas echado en
el suelo de mi cuarto, maldiciendo del destino y de la vida, llorando e increpando
con furia. Hasta entonces no me había parado a pensar nunca que mi único goce
de aquellos años había sido la amistad. Y ésta había desaparecido para siempre.
No pude soportar largo tiempo la ciudad, donde diariamente
me salían al encuentro los recuerdos y donde la presencia constante de todo
aquello que había sido común a mi amigo y a mí, me robaba el aire. Lo que
sucedió después, me fue completamente igual; sentí que estaba gravemente
afectado y tuve horror a todo lo vivo que me rodeaba. Dios había querido que
los mejores años de mi vida se vieran aureolados con el nimbo de una amistad
pura y alegre. Richard y yo habíamos sido como dos barcas flotando en el mar de
la vida. Él la más veloz, la más viva y multicolor, la más alegre, en la que
estuvieron siempre fijos mis ojos y en la que puse mi más absoluta confianza
para alcanzar puerto seguro. Pero se hundió súbitamente y yo seguí dando
vueltas, sin rumbo ni timón, por las aguas procelosas.
Para subsistir de la dura prueba, habría tenido que volver
mí mirada a las estrellas, variar la ruta y comenzar una nueva singladura.
Habla creído en la amistad, en el amor de las mujeres y en la juventud. Una y
otra me habían abandonado. ¿Por qué no creer en Dios y entregarme a su mano
generosa? Pero yo habla sido durante mi vida obstinado y terco como un niño y
seguí esperando el milagro de una existencia propia, que me hiciera rico y
poderoso y me alzara en sus alas hasta las alturas de la felicidad.
Pero la esperada existencia no hizo mi juego, sino que
aguardó a que me convirtiera en un ser insignificante y paciente para vencer mi
obstinación. Dejó que representara mi comedia de orgullo y vanidad y supo
esperar hasta el instante en que el niño perdido quiso volver al seno de su
madre.
V
Ytengo una época de mi vida, mucho más movida y pintoresca
en apariencia que la anterior y quizá parecida a una novela de moda. Tendría
que explicar cómo fui solicitado como redactor por un gran periódico alemán.
Cómo deseé para mi pluma demasiada libertad, fui por ello censurado y me vi
embrollado en un delicado asunto. Cómo me acusaron de borracho hasta hacerme
abandonar el puesto que ocupaba y marchar a París como corresponsal. Cómo vagué
y viví como un gitano en ese maldito nido, perdiendo el tiempo, malgastando
dinero y frecuentando los más diversos y opuestos ambientes de la capital.
Y no se me tache de cobarde si hago una pausa ante mis
lectores y soslayo todo lo referente a esa corta época. Reconozco haber seguido
muchos caminos falsos, haber sufrido muchos extravíos, haber visto mucha
suciedad y mugre e incluso haber estado sumido en ella. Pero desde entonces he
perdido el sentido de ese romanticismo de la «bohème» y hay que permitirme que
sólo quiera acordarme de lo limpio y lo bueno, que era también mi verdadera
vida, dejando a un lado el tiempo perdido y la energía malgastada en otras
cosas.
La estancia en París fue horrible. La propia capital no
era más que una mezcolanza de arte, política, literatura y prostitución, en la
que vivían su lánguida y ruidosa existencia infinidad de artistas, literatos,
políticos y mujeres equívocas. Los primeros eran tan fastidiosos y estaban tan
llenos de vanidad como los segundos, los políticos eran aun más vanidosos e
inoportunos y las prostitutas ganaban a los anteriores en las mismas
cualidades.
Me senté una noche en el «Bois», tratando de decidir entre
marcharme de París o abandonar al mismo tiempo la capital y la vida. Y por
primera vez en mucho tiempo, volví a recordar toda mi existencia y llegué a la
conclusión de que no tenía mucho que perder.
Pero cuando iba ya a decidirme, me vino a la memoria el
recuerdo de un día muy lejano, casi perdido ya entre las brumas del olvido. Era
una madrugada de verano en la casa paterna y yo estaba arrodillado ante una
cama en la que yacía mi madre moribunda.
El pensamiento me llenó de temor y de vergüenza. Temor de
la muerte y vergüenza de haber olvidado aquel día durante tanto tiempo. Se
disiparon los estúpidos deseos del suicidio y me sentí mucho mejor. Ningún
hombre entero puede seguir considerando seriamente la cobardía de quitarse la
vida, si ha visto apagarse alguna vez una existencia sana y buena. Volví a ver
con los ojos el recuerdo, la muerte de mi madre. Volví a ver sus facciones
alteradas por el lento trabajo de la muerte y sus manos exánimes. Su rostro,
agrio y cansado, pero transido en un aire de bondad, como si la muerte fuera
una madre solícita que quisiera arrullarla en su regazo.
Su ejemplo hizo que considerara en aquellos instantes a la
muerte como una hermana solícita, inteligente y buena, que conoce la hora justa
y a la que debemos esperar con confianza. Y comencé a comprender también que el
dolor, los desengaños y la melancolía no existen para molestarnos, para
sumirnos en un abismo de desasosiego e inutilidad, sino para poner a prueba
nuestro temple y madurar nuestro ser.
Ocho días después facturé mis baúles para Basilea y me
eché a andar, recorriendo los más bellos parajes del sur de Francia. Ya cada
día transcurrido sentí alejarse de mí los recuerdos de las desgraciadas semanas
pasadas en París. Concurrí a una cour d’amour y pernocté en castillos, en
molinos y en chozas, Trabé amistad con los campesinos y bebí el vino soleado y
caliente en compañía de aquellos mozos morenos y parlanchines.
Magro, andrajoso y requemado por el sol, llegué a Basilea
dos meses más tarde, con el alma tan cambiada como mi propia apariencia
exterior. Aquél fue mi primer gran recorrido de caminante, el primero de una
larga serie. Existen pocos lugares entre Basilea y Brieg, entre Florencia y
Perugia, que no haya hollado dos o tres veces con mis botas, caminando tras
muchos sueños, de los cuales ninguno se ha hecho realidad.
*
En Basilea alquilé un piso en los suburbios, reuní allí
todos mis enseres y comencé a trabajar. Me alegraba vivir en aquella callada
ciudad, donde nadie me conocía. Continué las relaciones con algunos periódicos
y revistas y con ello tuve lo suficiente para vivir. Las primeras semanas
fueron apacibles y llenas de tranquilidad, pero luego volvió a despertarse en
mí la vieja tristeza, que me llenó días y semanas enteras, sin que consiguiera
disiparla el constante trabajo. Quien no haya sentido en su alma la melancolía,
no podrá comprender lo que eso representa. ¿Cómo describirlo? Tenía una
sensación de horrible soledad y me apercibía de que entre los hombres y yo,
entre la vida de la ciudad, de las plazas, de las calles, de las casas y mi
propia existencia, se abría un ancho abismo. Todo me era indiferente. Las
grandes noticias que publicaban los periódicos, las desgracias que ocurrían en
la ciudad o entre el círculo de mis relaciones, ¿qué importaban? Se celebraban
fiestas, se enterraban muertos, nacían nuevas vidas, se daban conciertos,
recepciones. ¿Y todo ello por qué? ¿Para qué? Tampoco pude resistir mucho
tiempo aquel tormento prolongado y reanudé mis largos paseos solitarios por los
bosques, las carreteras y las colinas. Contemplaba mudo el paisaje. Los prados,
los árboles y los campos callaban como sumidos en un silencioso dolor. Y yo me
complacía en adivinar en ellos el deseo de decirme algo, de salir a mi
encuentro y saludarme. Pero seguían allá, sin poder decir nada y yo comprendía
su dolor y me sentía conmovido, ya que nada podía hacer por evitarlo.
Fui a visitar a un médico, le llevé unas amplias notas y
traté de describirle con toda clase de detalles el abatimiento que había hecho
presa en mí. Leyó las notas atentamente, me hizo algunas preguntas y después me
practicó un reconocimiento.
—Está usted completamente sano —aseguró luego—, no tiene
nada que pueda ser identificado como una dolencia corporal. Intente usted leer
mucho o escuchar buena música.
—Mi profesión me obliga a leer diariamente una multitud de
cosas —respondí con una sonrisa.
—Entonces haga algún ejercicio al aire libre. Quizá sea
necesario a su espíritu el movimiento del cuerpo. Ande usted mucho.
Volví a sonreír.
—Ando de tres a cuatro harás diariamente y en época de
vacaciones, el doble aproximadamente.
—Entonces tiene usted que obligarse a sí mismo el trato
con las demás personas. Está a punto de caer en una exacerbada melancolía que
le inspirará un gran desdén por todo lo humano.
—¿Y qué importa eso?
—Importa mucho. Cuanto mayor sea su disgusto de conversar,
de tratar y departir con las demás gentes, más grande debe ser el deber que le
obligue a hacerlo. Todavía no está enfermo y sus melancólicas inclinaciones me
parecen de fácil arreglo, pero si no deja de mostrarse tan abatido y termina
con su pasiva holganza, acabará por estar al borde de la neurosis.
El médico era hombre comprensivo y bondadoso. Supo calar
la hondura de mi mal y me presentó a un erudito, en cuya casa se vivía una
existencia consagrada a la literatura y los valores del espíritu. Frecuenté sus
salones una corta temporada. El dueño de la casa, que conocía ya de antemano mi
nombre, era de una amabilidad afectuosa y me acogió siempre con grandes
muestras de agrado.
Una fría tarde de otoño fui como de costumbre y hallé tan
sólo un joven historiador y una muchacha morena y muy delgada. Aparte de ellos
no había ningún invitado más. La muchacha estaba al cuidado del infiernillo de
alcohol donde hervía el agua para el té, hablaba mucho al mismo tiempo y no
cesaba de gastar algunas veladas ironías al joven historiador. Sirvió el
aromático brebaje y luego se puso a tocar el piano. Cuando se canso de teclear,
tomó asiento a mi lado y me dijo que había leído mis sátiras, pero que se
sentía incapaz de degustadas. Me pareció sensata y le respondí con amabilidad.
Charlamos brevemente y, aunque su conversación era agradable, regresé pronto a
casa.
Entretanto se había hecho ya del dominio público mí
prolongado vagar de taberna en taberna y todos me tenían por un borracho
consuetudinario. No me extrañaba que el chisme hubiera surgido en aquella
sociedad académica que acostumbraba a frecuentar y menos aún que se fuera
extendiendo por boca de los hombres y mujeres que la componían. Con el cambio
de ciudad, mi profesión no se resentía en lo más mínimo del vergonzoso
descubrimiento, que por otra parte me hacía más interesante, pues inspirados
precisamente por la temperancia, damas y caballeros pertenecían al comité de la
asociación para la continencia y se alegraban de que cayera en sus manos un
pecador. Un día tuve que soportar el primer ataque cortés. Se me demostró toda
la ignominia de la vida tabernaria, todos los defectos del alcoholismo, su
nefasta influencia desde el punto de vista sanitario, ético y social y fui
invitado a participar en una fiesta conmemorativa de la asociación. A duras
penas pude contener la extrañeza que me causó todo aquello, pues hasta entonces
no había tenido ni una idea de la existencia de tales asociaciones. La sesión
conmemorativa, con su música y sus ribetes religiosos, fue más cómica que otra
cosa y bastantes veces llegué a arrepentirme de haber asistido a ella. Durante
una semana entera estuve oyendo la misma cantinela que llegó a causarme un
atroz aburrimiento. La asociación para la continencia sólo sabía repetir una
retahíla interminable de tópicos que yo me sabía ya de memoria. Una tarde,
cuando me repetían por vigésima vez la misma canción y se mostraban deseosos de
mi pronta conversión, no pude contener mi desespero y rogué con energía a mis
interlocutores que me eximieran de la constante salmodia. La muchacha morena y
delgada, que estaba también presente, escuchó con atención mis protestas, y me
dijo muy afectuosa:
—¡Bravo! Yo siempre lo creí demasiado discordante para que
usted apreciara la propuesta.
Tan obsesionante llegó a ser la actividad de aquella
dichosa asociación, que me causó gran placer ser espectador de un divertido
lance que ocurrió en el curso de una solemnidad de los abstemios. La gran junta
había dispuesto la recepción de los invitados, que tuvimos que asistir a los
actos conmemorativos y soportar conferencias, desfiles, cantos de coros y
gozosos «hosannas» con que fue festejada la buena marcha de todas las cosas.
Pero a uno de los mozos de cuerda, cuyos servicios habían sido alquilados como
abanderado, le parecieron demasiado largas las charlas abstemias y se entró en
una taberna vecina. Y cuando terminó la conferencia y dio principio a un
desfile demostrativo por las calles de la ciudad, fue dado presenciar a un
alegre borracho a la cabeza de la entusiasta tropa y contemplar el bamboleo de
la bandera de la cruz azul, que en sus manos parecía el mástil de un barco
azotado por furiosa tempestad.
El infiel mozo de cuerda fue despedido, pero no pudo ser
evitado el hormigueo de las humanas vanidades, pasiones e intrigas, alzadas y
alentadas en el seno de las juntas y comisiones y que llegaron a provocar
cismas y escisiones en el seno de la asociación. El movimiento se resquebrajó,
un par de ambiciosos quisieron llevarse para sí toda la gloria y acusaron al
resto de traición en los ideales. Colaboradores respetables y desinteresados
fueron separados de sus puestos y en breve tuvimos todos ocasión de ver cómo
bajo la etiqueta del ideal se encubrían toda clase de humanas flaquezas. Seguí
tan de cerca toda aquella comedia, que muchas noches, tras un total retorno a
la bebida, se me ocurrió el pensamiento de que nosotros, los salvajes, los
despreciables, los hundidos en el cenagal, éramos, al fin y al cabo, mejores
que los demás hombres.
En mi pequeña y cómoda habitación con ventanas al Rin,
filosofaba y estudiaba continuamente. Me causaba gran desconsuelo contemplar el
plácido deslizamiento de mi vida, sin que ningún desbordado torrente me
arrastrara, sin que ninguna pasión o ningún interés por algo turbara mi reposo,
ni me quitaran el pesado sueño. Es verdad que al lado de los artículos diarios,
trabajaba en la preparación de una nueva obra, pero aquello no era en verdad un
trabajo de creación y sí una simple recopilación que no bastaba para satisfacer
la inquietud de mi espíritu. Y cuando mi pensamiento retrocedía a las horas
pasadas y recordaba París, Berlín y Zurich, comenzaban a hacérseme claros los
deseos, las pasiones y los ideales de mis contemporáneos. Unos dedicaban sus
esfuerzos a la abolición de los muebles, los trajes y los tapices utilizados
hasta entonces, acostumbrando a los hombres a los contornos libres y bellos.
Otros se abstraían por completo de la labor de ampliar el monismo en caracteres
y dicciones populares. Otros consideraban de la mayor necesidad su trabajo por
la paz del mundo, mientras otros luchaban por los estamentos inferiores de la
sociedad o hacían reuniones y conferencias para que los teatros y los museos
fueran construidos y abiertos para el pueblo. Y allí, en Basilea, se combatía
con saña el alcohol.
En todas aquellas ambiciones había vida, impulso y
movimiento, pero ninguna de ellas me parecía importante, y mi existencia no
habría sufrido aún en el caso de que algunas hubieran alcanzado su meta. Me
dejé caer desesperanzado en una silla, hojeé algunos libros con languidez y
permanecí mucho rato pensativo. Luego escuché el rumor de las aguas del Rin al
pasar frente la ventana y el zumbido del viento y en ambos hallé un eco de
nostalgia y de tristeza. Miré al exterior y vi pasar las nubes obscuras por el cielo
nocturno, semejantes a bandadas de pájaros siniestros que atravesaban la noche.
Otra vez escuché el ruido de la corriente del río y mi pensamiento voló lejos.
Me vi a mí mismo trepando por las rocas y descendiendo por los riscos del
barranco en busca de los rododendros para Rosi Girtanner, volví a verme en
Zurich, excitado por el ajetreo diario de mis tiempos estudiantiles, devoto
incondicional de los libros y de la música, navegando por las aguas nocturnas
del lago con la Aglietti, desesperado y abatido por la muerte de Richard,
viajando y regresando, caminando sin descanso y reposando inmóvil, como si
estuviera muerto. ¿Y todo aquello por qué? ¿Para qué? ¿Había sido sólo un
juego, una casualidad, una imagen bellamente iluminada? ¿No había buscado inútilmente
la belleza, la verdad y el amor? ¿No me seguía atormentando la ola constante
del anhelo y del amor? ¡Y todo para nada! ¡Sólo tormento mío y satisfacción de
nadie!
Cesaron los pensamientos y me sentí maduro para la
taberna. Apagué la luz, descendí despacio los gastados escalones de madera y
tras un corto camino, entré en la taberna donde servían a cualquier hora el
vino de Valtelina y el mosto vaudés. Me recibieron con respeto, como un buen
cliente, preparándome la silla donde me dejé caer con desgana. Cogí el
«Simplizissimus», que solía llenarme de irritación cada vez que lo leía, bebí
mi vino y aguardé a que hiciera su efecto, Y el dulce dios no tardó en tocarme
con su mano blandamente femenina, relajando mis miembros y mis músculos y
conduciendo mi alma hasta el país de los bellos ensueños.
Yo mismo era el primer sorprendido de mi trato áspero y
descortés con toda la gente y de la especie de satisfacción que sentía en
atropellarles. En las tabernas que frecuentaba, las camareras se atemorizaban
delante de mí y me tenían por un paleto y regañón que acostumbraba a reclamar
eternamente. Si trababa por casualidad conversación con los demás concurrentes,
no tardaba en mostrarme burlón, y grosero, de tal modo que abandonaban todo
trato conmigo y en lo sucesivo no volvían a dirigirme la palabra. Pero a pesar
de mi aspereza, entablé alguna amistad con unos cuantos compañeros de taberna,
viejos e insalvables pecadores, con quienes me sentaba de cuando en cuando
alguna noche. Entre ellos había un viejo escabroso, dibujante según él, enemigo
de las mujeres, rudo, mal educado y bebedor de primera clase. Cuando le hallaba
solo en cualquier taberna, se entablaba entre nosotros un mudo duelo a ver
quién bebía más. Al principio charlábamos, bromeábamos y nos gastábamos
mutuamente algunas bromas, mientras vaciábamos como entretenimiento una botella
de vino tinto. Luego pasaba a primer plano la bebida, moría la conversación y
permanecíamos uno frente al otro, atentos tan sólo al nivel de la botella de
cada cual. Cuando les dábamos fin, las mandábamos llenar nuevamente y nos
mirábamos el uno al otro, la mitad con atención y la otra mitad con recelo. Al
llegar el tiempo del nuevo, en los últimos días del otoño, recorrimos algunos
pueblos vinícolas del margraviato y en el camino, el viejo truhan me contó su
historia. Creo que era bastante interesante y lamento extraordinariamente
haberla olvidado. Sólo ha permanecido en mi memoria una anécdota de bebedores
que me explicó. Sucedió en el campo, durante una festividad pueblerina. Fue
invitado a la mesa de honor y tratado como huésped distinguido, pero a los dos
tragos ya había tentado al alcalde y al cura y las botellas se sucedían
incansablemente. El cura tema todavía que dar un sermón y tras ser izado hasta
lo alto del púlpito, soltó desde allí tal sarta de incoherencias que tuvieron
que retirarlo. Pero decidido el alcalde a que la festividad no quedara sin su
sermón correspondiente, comenzó a improvisar con ardor, se sintió súbitamente
indispuesto a causa de sus violentos movimientos y terminó su alocución de un
modo desacostumbrado y poco fino.
De buena gana habría seguido escuchando anécdotas tan
deliciosas como ésa, Pero medió lo imprevisto y en una tarde borrascosa tuvimos
una agarrada bastante fuerte. Nos insultamos lindamente, nos tiramos de la
barba y finalmente nos separamos furiosos y llenos de irritación. A partir de
entonces sucedió en alguna ocasión que nos sentáramos como enemigos en la misma
taberna, cada uno en su mesa aparte, naturalmente, pero mirándonos con atención
según la vieja costumbre, bebiendo al mismo ritmo y permaneciendo sentados
hasta que los últimos concurrentes abandonaban el local y nos veíamos forzados
a marcharnos. Nunca llegamos a una reconciliación.
Era cansado e infructuoso el eterno cavilar sobre las
causas de mi tristeza y mi incapacidad para la vida. Pero a pesar de todo, no
tenía la sensación de hallarme acabado y consumido, sino que sentía aún
obscuros impulsos y seguía creyendo que se me presentaría la ocasión de hacer
algo hondo y bueno, que me proporcionara al menos un poco de felicidad. ¿Pero
llegaría aquella ocasión y aquel momento? Al hacerme la pregunta pensaba con
amargura en esos hombres nerviosos y modernos, que por cien mil medios artificiales
logran la energía necesaria para su trabajo de creación y los comparaba a mí,
en quien permanecían muchas fuerzas inactivas, como muertas. Y de nuevo trataba
de adivinar qué genio o qué demonio me poseía y separaba mi cuerpo fuerte de mi
alma débil, impidiendo que se complementaran. Y entonces me acometían extraños
pensamientos y me parecía que yo era un ser completamente extraño, llegado
hacía poco de cualquier lugar lejano y cuyos dolores nadie conocía, comprendía
ni compartía. Pues eso es lo más demoníaco de la melancolía, que no sólo pone a
uno enfermo, sino además le hace corto de vista, desdeñoso para la realidad que
le rodea y casi arrogante de su propio dolor. A cada cual le parece llevar a la
espalda todos los problemas, todas las tristezas y congojas de este pobre
mundo, sin pararse a pensar en que hay otros mil que están afligidos por las
mismas causas y que recorren también el laberinto sin salida de sus
tribulaciones.
Mi melancolía no era tan aguda como para impedirme salir
de casa y cada dos semanas acostumbraba aún frecuentar los salones del acogedor
erudito. Poco a poco fui conociendo a toda la gente habitual en aquella casa.
La mayoría eran jóvenes licenciados de todas las facultades, entre los que se
contaban muchos alemanes. Unos cuantos pintores, algunos músicos y algunos
vulgares ciudadanos con sus mujeres y sus hijas, componían el resto de la
sociedad. Con frecuencia no podía reprimir mi sorpresa ante aquella gente, que
me acogía y me saludaba como un invitado distinguido y de quien yo sabía que se
veían entre ellos tantas y tantas veces a la semana. ¿De qué hablaban y qué
hacían en aquellas ocasiones? Los más tenían el estereotipado aspecto del homo
socialis y me parecía que todos estaban emparentados entre sí, en virtud de un
espíritu nivelador y sociable que yo era el único en no poseer. Entre ellos
había algunos hombres importantes, personas de verdadera selección a quienes su
eterna sociabilidad no menguaba un ápice de su fuerza personal. Con algunos de
ellos me era posible hablar seriamente y con interés. Pero me era completamente
imposible ir de un lado a otro, permaneciendo con cada cual un solo minuto,
decir cuatro galanterías a las damas, tener fija mi atención en una taza de té
o atender al mismo tiempo a dos conversaciones y a una pieza de música que
tocaba alguien en el piano, hacer, en fin, lo que hacían los demás. Sin
embargo, era mucho más terrible para mí, tener que hablar de arte o de
literatura. Había observado que sobre estas materias se pensaba poco, se mentía
mucho y se charlaba infinitamente más. Así es que no me quedó mas remedio, que
mentir también, pero sin sentir en ello ninguna satisfacción y escapando apenas
a la repugnancia que me causaba. Mucho más a gusto escuchaba lo que decía una
mujer cualquiera sobre sus hijos o explicaba yo mismo cosas de mis viajes,
pequeñas anécdotas de la vida diaria o desarrollaba cualquier otro tema de
conversación. Pero la mayoría de las veces no podía resistir la tentación y al
salir de la casa me metía en cualquier taberna, tratando de remozar el gaznate
y ahogar el perezoso aburrimiento en los vasos de vino de Valtelina.
En una de aquellas reuniones volví a ver a la muchacha
morena. El salón estaba aquella tarde lleno de gente. Unos hacían música, otros
departían amablemente, otros reían y charlaban como era de costumbre. Sólo yo
permanecía silencioso, sentado en un rincón con una carpeta de postales en la
mano. Eran vistas de Toscana, no las postales efectistas y habituales que
poseen todos los que han viajado por el norte de Italia, sino bocetos y apuntes
íntimos, en su mayoría regalos de compañeros de viaje y amigos del señor de la
casa. Hojeándolas, había encontrado el dibujo de una pequeña casa de piedra, de
ventanas estrechas y aleros muy inclinados, que había en el solitario valle de
San Clemente y que yo conocía muy bien por haber estado allí muchas veces. El
valle está muy cerca de Fiesole, pero la corriente de viajeros no llega hasta
él porque no alberga ninguna notable antigüedad. Es un valle de belleza algo
áspera y triste, seco y apenas habitado, situado entre montañas altas y grandes
rocas, que le dan un tinte grave de melancolía.
Volaba mi recuerdo hacia los días lejanos en que había
visitado el valle, cuando la muchacha se acercó a mí y miró las postales por
encima de mi hombro.
—¿Por qué está usted siempre tan solo, señor Camenzind?
Su pregunta me irritó. Supuse que el resto de los
habituales le habían dado de lado y por eso venía a mí.
Mi silencio extrañó sin duda a la muchacha:
—¿No soy digna de su respuesta?
—Perdóneme, señorita; ¿pero qué puedo contestar? Estoy
siempre solo porque me gusta estarlo.
—¿Entonces le estorbo?
—Es divertido.
—Muchas gracias; la diversión es mutua.
Se sentó y yo sostuve cortésmente la postal entre los
dedos.
—¿Es usted de las tierras altas? —preguntó—. Quisiera que
me explicara usted algo de allá. Mi hermano dice que en la aldea de usted
existe tan sólo un apellido y que es el de Camenzind. ¿Es verdad?
—Casi es cierto. Pero también hay un panadero llamado
Füssli y un posadero llamado Nyggeder.
—¿Y aparte de ésos, todos los demás son Camenzind? ¿Acaso
están todos emparentados entre sí?
—Más o menos.
Le alargué la carpeta de las postales. La cogió con
delicadeza y por su gesto me di cuenta de que sabía bien el modo de coger
aquellas cosas. Así se lo dije.
—Me alaba usted —dijo echándose a reír—, como un maestro
podría hacerlo con sus alumnas.
—¿No quiere usted mirar las postales? —pregunté con
rudeza—. Entonces cerraré la carpeta y la pondré en su sitio.
—¿Qué paisaje es éste?
—San Clemente.
—¿De dónde?
—Cerca de Fiesole.
—¿Ha estado usted allí alguna vez?
—Sí, muchas.
—¿Qué aspecto tiene el valle? Esto es tan sólo una parte.
Me quedé pensativo unos instantes. El paisaje adusto y grave volvió a aparecer
ante mis ojos y los entorné brevemente para conservarlo. Transcurrieron unos
segundos antes que comenzara a hablar y me causó una impresión agradable que
ella permaneciera silenciosa, aguardando. Sin duda comprendió que estaba
recordando.
Y con palabra cálida comencé a describir San Clemente, tal
como lo había visto, silencioso y adusto en el bochorno de una tarde de verano.
Cerca, muy cerca, en Fiesole, se trabaja en la confección de sombreros de paja
y de cestas, se venden recuerdos de viaje y naranjas frescas, se embauca a los
turistas o se mendiga algo de ellos. Más lejana, en la llanura, está Florencia,
donde se enlazan las mareas de una existencia vieja y otra nueva. Pero ninguno
de los dos lugares son visibles desde San Clemente. Allí no trabajaron famosos
pintores, ni los romanos elevaron sus construcciones. La Historia se olvidó del
mísero valle y nadie busca ahora nada en él. Pero allí luchan el sol y la
lluvia con la tierra, allí hunden sus raíces en la tierra seca unos pinos achaparrados
y unos cuantos cipreses elevan sus puntiagudas copas hacia el cielo, ignorantes
ambos de la existencia de las tempestades enemigas que acortarán su vida,
socavando la tierra en que se asientan o arrancando sus ramas con violencia.
Del caserío sale alguna lenta carreta de bueyes o una familia de campesinos se
dirige andando hacia Fiesole, la ciudad donde sólo serán huéspedes ocasionales
y sus blusas rojas, allí tan grotescas y llamativas, son un complemento en el
paisaje de la tierra natal.
Y le expliqué también mi llegada al valle, cuando era casi
un muchacho aún, acompañado de un amigo muy querido. Y nuestro descanso,
tendidos bajo los cipreses, para resguardarnos del sol ardiente de la tarde
veraniega. Y tampoco pude callar el encanto hermoso de aquella soledad, que
tanto me había recordado las cañadas de mi tierra natal.
Callé y ambos permanecimos en silencio unos instantes.
—Es usted poeta —dijo la muchacha.
Esbocé un gesto que quiso ser burlón.
—No quise decir eso —rectificó turbada la muchacha.
—No es usted poeta y escritor porque escribe novelas
cortas y ensayos en los periódicos, sino porque comprende bien la Naturaleza y
ama sus encantos. ¿Qué sienten los demás cuando el viento agita las ramas de un
árbol o el sol se refleja en las rocas de la montaña? Para ellos eso no es
nada. Pero para usted es toda una vida, toda una existencia que puede vivir
también.
Respondí que nadie «comprendía a la Naturaleza» y que
todos los anhelos y las búsquedas incesantes de un ideal sólo llevaban a
encontrar problemas y a entristecerse.
—Un árbol bañado por el sol; una roca, un animal o una
montaña —dije— tienen una vida, una historia; viven, sufren, desafían, gozan y
mueren. Pero nosotros no somos capaces de comprenderlos.
Y mientras hablaba y me sentía satisfecho por su atención,
comencé a contemplarla. Su mirada no se retiraba de mi rostro, mientras el suyo
estaba completamente inmóvil y un poco tenso por la misma atención. Era igual
que cuando me escuchaba un niño, o mejor, como cuando un interlocutor se
abandona a la escucha y sin saberlo los ojos se le vuelven como los de un
chiquillo. Y en mi contemplación sorprendí, con ingenua alegría de descubridor,
que era en realidad muy hermosa.
Callé, y la muchacha permaneció asimismo en silencio.
Luego se levantó y la luz tamizada de la lámpara jugueteó en sus cabellos. La
miré, inclinándome al mismo tiempo en una cortés reverencia.
—¿Cómo se llama usted, señorita? —pregunté esbozando una
sonrisa.
—Elizabeth.
Se alejó y al poco la vi acercarse al piano y ponerse a
tocar. Tocaba bien. Pero al verla de lejos, me pareció que ya no era tan
hermosa.
Cuando descendía las escaleras para regresar a casa,
escuché unas cuantas palabras aisladas de la conversación de dos pintores que
descolgaban sus abrigos en el vestíbulo de la mansión.
—Ha estado toda la noche atareado con la hermosa Elizabeth
—decía uno entre risas.
—¡Diablos! —exclamó el otro—. En verdad que no ha perdido
el tiempo.
¿De modo que ya se comentaba? Me pareció que contra mi
deseo acababa de entregar a aquella muchacha, desconocida hasta entonces, un
pedazo de mi alma, donde se albergaban los más lejanos recuerdos. ¿Cómo pude
hacerlo? ¡Y ya las malas lenguas…!
Apresuré el paso y durante meses no volví a aparecer por
la mansión. Casualmente fue uno de aquellos dos pintores el que me preguntó la
causa de mi alejamiento, al tropezármelo un día en la calle.
—¿Por qué no va usted por allí?
—Porque no puedo soportar el chismorreo que despierta mi
presencia —respondí.
—Sí, nuestras damas son en verdad un poco indiscretas
—dijo él, echándose a reír.
—¿Las damas? No; yo aludía concretamente a los hombres y
en especial a los señores pintores.
A Elizabeth la vi durante aquellos meses muy pocas veces.
Una de ellas en un comercio y la otra en un museo. Era linda, aunque no tenía
gran belleza. Los movimientos de su cuerpo esbelto tenían algo distinguido que
la hacían diferente de las demás mujeres y que la hacían aparecer hermosa en
alguna ocasión. Tal en aquella de su visita al museo. Ella no me vio y pude
contemplarla a placer desde un rincón. Estaba detenida ante un gran Segantini y
se hallaba sumergida por completo en el cuadro que tenía ante sus ojos.
Representaba un par de muchachas campesinas segando la hierba de un prado, tras
el que aparecían las cumbres destacándose sobre un cielo luminoso, velado tan
sólo por una nube marfileña pintada con genialidad. La nube era el centro de la
primera ojeada al cuadro, por su acertada colocación, por su masa, etérea y
sólida al mismo tiempo, que daba a la pintura entera una poderosa sensación de
profundidad. Parecía que el viento la arrastraba, que jugueteara con ella y
quisiera diluirla en airones por la superficie clara del cielo. Era evidente
que Elizabeth comprendía el valor de aquella nube, pues estaba completamente
abstraída en su contemplación. Y de nuevo me pareció ver su alma asomada al
rostro, sonriendo en sus ojos ligeramente entornados, patente en sus labios
tensos por la admiración, en el aire extático de toda su figura. La belleza y
el realismo de una obra de arte obligaban a su alma a mostrarse a sí mismo real
y descubierta.
Abandoné mi rincón y me acerqué a ella, permaneciendo
inmóvil y silencioso a su lado y contemplando a mi vez la hermosa nube del
Segantini y el abstraído rostro de la muchacha. Luego sentí temor de que se
volviera, de que me hablara y que entonces se perdiera nuevamente su belleza.
Permanecí unos instantes indeciso y luego abandoné la sala, apresurado y quedo.
Por aquella época comenzó también a variar mi alegría ante
la muda Naturaleza y mis reacciones ante ella. Seguí recorriendo los
maravillosos alrededores de la ciudad y especialmente me adentré por los
senderos del Jura. Volví a contemplar los bosques y las montañas, los prados,
les árboles frutales y los matorrales. Los vi sumergidos en su eterna espera y
me parecieron impregnados en una inmensa tristeza. ¿A quién esperaban? Quizá a
mí mismo, en todo caso al amor.
Y así comencé a amarlos con todas las fuerzas de mi ser.
Su silenciosa e inmóvil belleza fue despertando en mí un acuciante anhelo. Yo
también era como ellos; también en mí alentaba un impulso de honda vida y de
ansia profunda que me hacía buscar conocimiento, comprensión y amor.
Muchos son los que dicen que «aman a la Naturaleza». Eso
significa que no están dispuestos a menospreciar sus encantos como tantos
otros. Salen al campo y se regocijan en la belleza de la tierra, corretean por
los prados y cogen infinidad de flores para volverlas a tirar en seguida o
verlas mustiarse en un florero cualquiera. Ése es su modo de amar la
Naturaleza. Sólo se acuerdan de ese amor en domingo, cuando hace buen tiempo y
después se sienten conmovidos por su buen corazón y su alma sensitiva. ¿Acaso no
es el hombre la «corona de la Naturaleza»?
Estos pensamientos me hicieron mirar cada vez con más
codicia el hondo abismo de las cosas. Escuché el zumbido del viento resonar con
mil tonos entre las hojas de los árboles, escuché el ruido de las aguas al
precipitarse por las torrenteras y el aullido de la tempestad recorriendo las
onduladas llanuras y tuve la seguridad de que todos aquellos tonos eran la voz
de Dios y que comprender aquel lenguaje obscuro y primitivamente hermoso, sería
recobrar el Paraíso perdido por los hombres. Traté de confirmar en los libros
aquella intuición, pero las páginas impresas no sabían nada de ella. Sólo en la
Biblia se alude con maravillosas palabras el «indecible sollozo» de las
criaturas. Y yo tenía también la seguridad de que habían existido en todo
tiempo hombres capaces de abandonar sus tareas diarias y buscar el silencio que
les permitiera escuchar el canto absoluto de la Creación, la quietud que les
hiciera posible la contemplación de las nubes y la paz que les otorgara la
dicha inmensa de levantar sus brazos implorantes al Eterno. Eremitas,
penitentes y santos, han sido tales hombres.
¿No habéis estado en Pisa alguna vez? ¿No habéis visitado
el camposanto? Las paredes están cubiertas de cuadros descoloridos que
representan pasadas edades. Uno de ellos muestra la vida de los eremitas en el
desierto de Tebas. El cuadro ingenuo evoca aún hoy con sus tintes pálidos, el
encanto de una paz tan santa que súbitamente sentís un fuerte pesar y deseáis
llorar vuestros pecados en cualquier lugar alejado del mundo y no regresar más
a su seno. Innumerables pintores han tratado de reflejar su nostalgia en
cuadros llenos de espiritualismo y cualquier pintura infantil de Ludwig Richter
canta el mismo canto que los grandes frescos de Pisa. ¿Por qué Ticiano, amigo
de lo presente y lo corpóreo, dio algunas veces a sus cuadros claros y
objetivos el fondo de un azul de lejanía? Son tan soló unas pinceladas de color
obscuro y cálido y no se percibe si quiso representar unas lejanas montañas o
tan sólo unos contornos indefinidos, Ticiano el realista, ni siquiera lo supo.
Y su acción no tuvo fundamento, como tratan de explicar los historiadores del
arte, en la armonía de los colores, sino que fue un tributo a la inquietud que
moraba también agazapada en su alma. Pues a mi entender, el arte de todos los
tiempos se ha esforzado en dar un lenguaje y una expresión al mudo anhelo de lo
divino que late en el alma de los humanos.
Más encantadoras, más hermosas y mucho más infantiles
fueron las palabras de San Francisco para expresar ese mismo mudo anhelo. Sólo
entonces llegué a comprenderle plenamente. Mientras interpretaba la existencia
de toda la tierra, de las plantas, de los animales, del viento y de la lluvia,
de acuerdo con su amor a Dios, superó la Edad Media e incluso al mismo Dante y
halló el lenguaje de la amorosa Humanidad. Todas las criaturas y las fuerzas de
la Naturaleza fueron para él sus hermanos y cuando en sus últimos años fue
condenado por los médicos a abrasarse la frente con un hierro candente, se
sobrepuso al temor instintivo del enfermo grave y saludó en aquel hierro a «su
querido hermano, el fuego».
Cuando comencé a amar personalmente a la Naturaleza y a
prestarle oído como a una amiga o compañera de viaje que hablara un extraño
lenguaje, no diré que me sentí curado de mi melancolía, pero sí menos abatido y
más animado. Mis ojos y mis oídos se agudizaron, aprendí a diferenciar los
tonos y los colores que antes me parecían iguales y fui percibiendo el latido
de toda la vida mucho más cercano y con mayor claridad. En mi ánimo se fue
abriendo camino la esperanza de llegar a comprenderlo algún día y tuve la
sensación de que quizá me fuera dado el don de poder cantarlo en las bellas
estrofas de un poema para que los demás se sintieran atraídos a las fuentes de
toda pureza, de toda inocencia y toda candorosidad. Entretanto era aquello sólo
un deseo, un sueño… No sabía si llegaría a hacerse realidad algún día, pero por
de pronto el anhelo había aventado de mi ser la indiferencia que le vencía y me
había acostumbrado a no contemplar nada con desprecio y con indiferencia.
¡No puedo expresar con palabras los efectos que obró la
corriente renovadora en el interior de mi obscura existencia! No existe nada
que sea tan ennoblecedor como un amor sin palabras, extático y sin pasión. Y no
deseo otra cosa más que, a instancias de estas pobres palabras mías, los que me
leen comenzaran a aprender este arte puro y limpio del amor a la Naturaleza.
Quizás algunos la amen ya sin necesidad ninguna de aprendizaje. Éstos serán
favoritos de Dios; los justos, los buenos y los niños para los demás hombres.
Otros, acaso, hayan aprendido el amor por medio del dolor… ¿No los conocéis?
¿No los habéis visto muchas veces entre los impedidos y los miserables, con los
ojos brillantes y reposados? Si quisierais hacer caso a mis pobres palabras os
acercaríais a ellos y veríais cómo el amor sin deseo, les mitiga el dolor y les
prodiga el consuelo.
Pero todavía estoy hoy muy lejos de esa perfección que he
venerado en algunos pobres mártires porque en estos años he carecido de la fe
consoladora que me pusiera en el justo camino.
Dos inclinaciones poderosas luchaban en mí contra el puro
amor de la Naturaleza y le impedían conducirme hasta el conocimiento verdadero
de la vida. Era bebedor y detestaba a los hombres. Frecuentemente reducía mi
ración de vino y pasaba días enteros sin probar un trago, pero luego volvía a
sonar en mis oídos la voz seductora del dios y me echaba de nuevo en sus brazos
con más fuerza que antes. Claro está que nunca había ocurrido que me durmiera
en el arroyo o me sucedieran cosas parecidas, porque el vino me amaba con
ternura y sólo me llevaba hasta el límite de la razón con la fantasía y de los
sueños con la realidad. Prestaba inspiración y fuerza a mi mente, pero no la
velaba con los vapores embrutecedores de que se vale para vencer a los que
odia. Pero a pesar de todo, la voz de la conciencia me perseguía después de
cada escapada a la taberna. Luché y me debatí furiosamente, mas toda la fuerza
de mi voluntad, todo el amor de mi ser no bastaron para apartarme del vino.
Había heredado de mi padre la fuerte inclinación. Durante años enteros había
cultivado esa herencia con piedad y cuidado, de tal modo que en aquellos
momentos de la pugna, me ayudó la antigua veneración y entre instinto y
conciencia se estableció un contrato, mitad serio y mitad burlesco. Al canto de
amor del santo de Asís, añadí la estrofa correspondiente a mi «querido hermano,
el vino».
VI
MUCHO más grave era la segunda inclinación. No me alegraba
la compañía de mis semejantes, vivía en la soledad de un eremita y estaba
siempre dispuesto a arremeter contra las cosas humanas con las armas del
sarcasmo y el menosprecio.
Al principio de mi nueva existencia ni siquiera pensé en
ello. Encontraba justo abandonar los hombres a su suerte y dedicar toda mi
ternura, mis sacrificios y mi interés únicamente a la vida muda de la
Naturaleza. Ésta llenaba por completo mis anhelos y mi ser entero.
De noche, cuando me disponía a acostarme, me venía
súbitamente a la memoria la imagen de una colina, del lindero de un bosque o de
un único árbol favorito, a los que no había visitado hacía mucho tiempo.
Pensaba que en aquel instante se hallaban envueltos por las tinieblas de la
noche, azotados por el viento. ¿Se habría desgajado alguna rama del árbol? Me
sentía inquieto, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera aquello y por fin
abandonaba la casa, andaba hasta que se me aparecía la indecisa silueta del
árbol en la obscuridad, le contemplaba largamente con sorprendida ternura y
regresaba con su imagen grabada en mi memoria. No, no le faltaba ninguna rama…
¿Os reís de mí? Quizás era algo loco aquel amor, pero lo
que sí puedo asegurar es que no estaba malgastado. ¿Pero cómo hallar en él un
camino que me condujera hasta el amor a los hombres?
Pero donde existe ya un principio, llega siempre lo mejor
por añadidura. La idea de mi poema seguía atrayéndome y cada día que
transcurría la consideraba mucho más cercana y posible. ¿Y si el amor a los
campos y a los bosques me impulsaba algún día a hablar su lenguaje, a escribir
un canto sobre ellos, para quién sería aquella obra? No sólo para mis
favoritos, sino para todos los hombres, de quienes quería yo llegar a ser un
maestro y un guía en el amor. Y en el trato de aquellos hombres me mostraba rudo,
sarcástico y despectivo. Sentí todo el absurdo de mi postura y me hice el
propósito de salvar el abismo que me separaba del resto de la Humanidad y
mostrar también a los hombres el camino de la hermandad. Pero la empresa no era
fácil, pues la soledad y el destino me habían hecho áspero e intransigente en
este punto. No bastaba que en casa o en la taberna pusiera gran afán en
mostrarme menos acerbo y mordaz y que al andar por la calle saludara con
efusión al primer conocido con que tropezaba. Al mismo tiempo me di cuenta de
cuán había calado mi habitual actitud hacia la gente, pues los más acogían con
desconfianza y frialdad mis intentos amistosos, tomándolos sin duda por una
burla más. Lo peor era mi alejamiento durante más de un año de casa del
erudito, que constituía mi único círculo de relaciones en la ciudad. No tenía
otro camino que volver a frecuentar sus salones, departir de nuevo con los
licenciados, con los artistas y con toda aquella gama de gente que los llenaba
habitualmente.
Y entonces me fue de considerable ayuda la propia
Humanidad tan escarnecida por mí. Pero apenas hube pensado nuevamente en
aquella casa, cuando volvió a mi mente la imagen de Elizabeth, hermosa como
durante la contemplación de la nube del Segantini, y me di cuenta de la mucha
parte que ella tenía en mis indeterminados anhelos y mi vaga melancolía. Y
sucedió que llegué a pensar seriamente por vez primera en galantear a una
mujer. Hasta entonces había estado tan convencido de mi completa incapacidad
para el matrimonio, que a su sola enunciación me había entregado a una
mordiente ironía. ¡Yo era escritor y poeta, caminante, bebedor y solitario!
Pero en aquellos instantes creí conocer mi destino y tuve la seguridad de que
en el amor a una mujer me deparaba el puente necesario para reconciliarme con
el mundo y los hombres. ¡Todo lo vi tan seductor y tan seguro! Había visto
claramente que Elizabeth me distinguía con su atención y su interés y también
que tenía una alma noble y atractiva. Recordé la charla sobre San Clemente y
luego volví a imaginar su belleza cambiante durante la extática contemplación
del Segantini. Durante años enteros había ido yo reuniendo un tesoro interior
de arte y Naturaleza; sería para ella y juntos aprenderíamos a ver la belleza
dormida por doquier. Yo la rodearía de tal modo con lo bello y lo verdadero,
que su rostro y su alma olvidarían todas las turbulencias y se desplegarían en
un mágico florecer de sus capacidades. La propia excitación no me permitió
darme cuenta del lado cómico de mi súbito cambio. Yo, solitario y original, me
había convertido en una noche en un fatuo enamorado, que soñaba con la dicha
del amor.
Me apresuré en volver a la casa del erudito, donde fui
recibido con los brazos abiertos. Repetí mis frecuentes visitas y algunos días
después tuve la dicha de coincidir con Elizabeth. ¡Qué hermosa era! Era la
realización de mi ideal y reunía en ella las perfecciones que yo había
imaginado para mi amada: bella y feliz. Y durante una hora entera me estuve
saciando con la alegre belleza de su presencia. Me saludó amablemente, casi con
efusión y su confiado aire de amistad me hizo sentirme dichoso.
*
¿Os acordáis aun de aquella noche en el lago? ¿De aquella
noche en que los farolillos rojos hacían guiños desde la orilla, en que sonaba
suave la música y se frustraba mi declaración de amor sobre el ligero esquife
que cortaba las aguas obscuras? Fue la triste y grotesca historia de un
adolescente enamorado.
Grotesca y triste también, es la historia del enamorado
adulto, Peter Camenzind.
Incidentalmente me enteré que Elizabeth estaba prometida
desde hacía poco tiempo. La felicité, rogué que me presentara a su prometido,
que fue a buscarla, y le felicité también. Durante toda la velada jugueteó por
mis labios una sonrisa protectora, que me embarazó a mí mismo como una máscara.
Me marché a medianoche, pero en vez de ir al bosque o a la taberna, entré en mi
casa y me senté en el borde de la cama. Permanecí inmóvil mucho rato,
contemplando fijamente la lámpara con los ojos desorbitados y muy abiertos.
Noté que las lágrimas mojaban mis mejillas y que el dolor y la desesperación
tendían de nuevo sus alas obscuras sobre mi alma. Y entonces me sentí diminuto,
débil y sin fuerzas, abatí la cabeza sobre el pecho y me puse a sollozar como
un niño.
Al día siguiente descolgué mi mochila, cogí el tren y
regresé a la casa paterna, Se me había hecho insoportable la nostalgia de las
montañas y sentía grandes deseos de volver a trepar por los riscos del
Sennalpstock, pensar en mi infancia y ver si mi padre vivía aún.
La verdad era que nos habíamos vuelto extraños el uno al
otro. Mi padre estaba totalmente encanecido, tenía el cuerpo un poco inclinado
hacia delante y su apariencia era bastante deslucida. Me recibió apacible y con
algún temor, no hizo ninguna pregunta y pareció no menos confuso que
sorprendido de mi súbita visita. La casa era aun de su pertenencia, pero había
vendido los prados y el buey, disfrutaba de una pequeña renta y bacía acá y
acullá algún trabajo fácil.
Cuando me dejó solo, me acerqué al lugar donde había
estado el lecho matrimonial y el pasado me anegó totalmente como un ancho y
turbulento torrente. No era ya un jovencito y los años pasaban muy de prisa. Yo
también me transformaría en un hombrecillo inclinado y encanecido, caminando
inexorablemente hacia la muerte. La estancia estaba casi igual a como yo la
había dejado. Allí habían transcurrido los años de mi infancia, allí había
estudiado latín y en sus rincones había meditado hondamente, fija la vista en
las montañas cercanas y tendida la imaginación hacia un futuro de ensueño.
Recordé con gratitud todas las incidencias de mi niñez y entonces me vino a la
memoria el verso de Lorenzo de Médicis, aprendido de memoria en Florencia:
Quant’e bella giovinezza,
Ma si fugge tuttavia
Chi vuoi esser lieto, sla:
Di doman non c’è certezza.
Y al mismo instante me sorprendí de que me asaltaran
recuerdos de Italia y de la Historia, del ancho reino del espíritu y de mi
antigua existencia, allí en la vieja estancia de mi niñez.
Entregué a mi padre algún dinero y comimos en silencio.
Por la noche fuimos a la taberna. Todo estaba igual que entonces y las únicas
diferencias fueron que yo pagué esta vez el vino, que mi padre se dirigió a mí
al hablar del champaña y el vino estrellado de Neuchfttel y que yo soporté más
bebida que el viejo. Pregunté dónde estaba el viejo labrador que me gastó la
broma. Mi padre me respondió con un resoplido y un gesto vaga Había sido
gracioso y ocurrente, pero había muerto desde hacía bastante tiempo y sobre su
tumba había crecido ya la hierba. Bebí buen vino vaudés, escuché las
conversaciones, hablé algo también y cuando regresé a casa en compañía de mi
padre, me pareció que el tiempo se había detenido en el día de mi primera
visita a la taberna. Y entonces me asaltaron las imágenes vivas del tiempo
viejo y vi a tío Konrad, a Rosi Girtanner, a mi madre, a Richard y a la
Aglietti. Toda mi vida desfiló ante mis ojos como las páginas de un hermoso
álbum de postales que fuera volviendo una mano invisible. Y me sorprendió la
brillantez y claridad de todas aquellas imágenes con sus contornos fantásticos,
tan diferentes y tan lejanos de la realidad.
Sólo cuando llegamos a casa y mi padre se acostó, volví a
pensar en Elizabeth. Me pareció imposible que d día anterior hubiera estrechado
aún su mano y hubiera también felicitado a su prometido. ¿No había transcurrido
un largo tiempo desde entonces? Y el dolor se despertó en mi alma, se mezcló
con la marea de los turbadores recuerdos y sacudió mi corazón sensible y mal
defendido, como el viento del Sur sacude los árboles en las alturas. Di unas
vueltas por el cuarto, como animal enjaulado, sin poder permanecer un momento
más en la casa Salí por la baja ventana y me llegué hasta el embarcadero.
Desaté las amarras del ligero esquife y me alejé remando despacio. El silencio
era solemne y la luna casi llena iluminaba con pálidos tintes la noche. Las
montañas semejaban gigantescos espectros y la quietud nocturna era tan grande
que se podía escuchar el rumor del agua al precipitarse por la lejana cascada
del Sennalpstock. El espíritu de la tierra natal y el propio espíritu de mis
años de adolescencia, me rozaron con sus alas blandas, llenando el pequeño
esquife y señalándome suplicantes, dolorosos e incomprensibles.
¿Qué había sido mi vida entera y para qué había pasado
sobre mí tanta alegría y tanto dolor? ¿Por qué había sentido aquella sed de
verdad y belleza y seguía estando aún sediento? ¿Por qué había amado quedamente
a unas mujeres, sintiendo todo el dolor de mi amor inalcanzable… yo, que en
aquellos instantes volvía a abatir la cabeza, con lágrimas y vergüenza de otro
triste amor? ¿Y por qué había prendido Dios aquella inextinguible melancolía de
amor en mi corazón, prescribiéndome luego la existencia de un solitario, sin
nada que amar ni nada que sentir?
El agua gorgoteaba en la proa y tenía reflejos plateados
al ser levantada por los remos. Y los montes parecían callados centinelas y
sobre la niebla de las cañadas brillaba la luz blanca de la luna. Y los
espíritus de mi adolescencia seguían rodeándome silenciosos, contemplándome con
ojos profundos, quietos e inquisitivos. Me pareció como si entre ellos
estuviera también la hermosa Elizabeth, que me habría amado y habría sido mía,
si yo hubiera llegado a tiempo.
Me di cuenta de que el viejo carcomido esquife hacía agua
y remé con más celeridad. Súbitamente sentí unos escalofríos, y me pareció que
la luz de la luna se había vuelto mucho más pálida y más helada. Me apresuré a
regresar a casa y meterme en la cama. Permanecí mucho rato tendido con fatiga
sobre las sábanas, con los ojos abiertos en la obscuridad y reflexionando sobre
mi vida. ¿Qué me hacía falta, qué me era necesario, para ser más feliz y estar
más cerca del propio corazón de la existencia?
Bien sabía yo que todos los bienes y las alegrías
constituyen el meollo del amor y que a pesar de mi reciente dolor por
Elizabeth, tenía que comenzar por acercarme a mis semejantes. Tenía que hacerlo
si quería vivir feliz. ¿Pero cómo? ¿Y cuándo?
Entonces pensé en mi padre y por primera vez me di cuenta
de que no le había querido nunca. De muchacho le había agriado la vida, luego
me había apartado de su lado, dejándole solo tras de la muerte de mi madre,
para olvidarlo casi por completo durante mi estancia en la ciudad. Y por un
instante me representé el momento de su muerte, imaginando su cuerpo menguado
tendido sobre el lecho mortuorio y contemplando la evasión de su alma, que
siempre me había sido extraña y cuyo amor nunca me había tomado el trabajo de
ganar.
Así comencé la tarea de enseñar el arte dulce y difícil a
un rudo y empedernido bebedor, en vez de a una hermosa y encantadora amada. No
le respondí más groseramente, aproveché todas las oportunidades para hablar con
él, le leí diariamente las historietas del calendario y le expliqué las
particularidades de los vinos que había bebido en Francia y en Italia. Pero lo
que no pude lograr fue que echara el trago nocturno en casa, conmigo, en vez de
hacerlo en la taberna. Lo intentamos unas cuantas noches. Compré vino y
cigarros y me esforcé en distraer al viejo con narraciones de mis viajes. Pero
al tercer o cuarto día se mostró silencioso y despectivo y cuando le pregunté
qué le ocurría, no pudo contener su queja:
—Creo que no quieres dejar que tu padre vuelva más a la
taberna.
—¡Ni qué hablar! —protesté—. No era ése mi propósito. Tú
eres el padre y yo el hijo. Haremos lo que desees.
Me miró con alguna desconfianza, luego cogió su vieja
gorra, se la puso y juntos nos encaminamos a la taberna.
A los pocos días me di cuenta de que, a pesar de que él
nada decía, una larga permanencia mía hubiera resultado fastidiosa a mi padre.
Por otra parte, comencé a sentir nuevamente aquella inquietud que yo había
creído ya dormida en mí.
—¿Qué dirías si me marchara uno de estos días? —pregunté
al viejo.
Se rascó el cogote, encogió sus hombros estrechos y sonrió
con cierta cazurrería:
—¡Cómo quieras! —fue toda su respuesta.
Antes de marcharme visité a algunos vecinos y también a
los moradores del convento vecino, rogándoles que no apartaran los ojos de él.
Y aún me quedé un día para hacer una nueva ascensión al Sennalpstock. Desde su
cima contemplé las montañas obscuras y los valles verdes, las aguas claras del
lago y la neblina indecisa de las ciudades lejanas. Y volví a sentir los mismos
anhelos que me asaltaron en los tiempos de mi adolescencia. Desde aquel mismo
lugar contemplé el mundo ancho y bello sintiendo deseos de conquistarlo, de
hacerlo mío. Y en aquellos momentos volvía a estar a mis pies, tan hermoso y
tan desconocido como entonces y yo me sentía con fuerzas para lanzarme de nuevo
a él y seguir buscando con ahínco el anhelado paraíso.
Aprovechando la estación, decidí llevar a cabo el deseo
tanto tiempo soñado de permanecer algún tiempo en Asís. Regresó antes a
Basilea, me procuré lo necesario para el viaje, hice el equipaje y lo facturé a
Perugia. Yo mismo viajé en tren hasta Florencia y desde allí peregriné a pie
hasta el pueblo de Asís. En mi camino atravesé muchos pequeños pueblecillos, y
traté con sus moradores. Aquella gente vivía una existencia simple, libre e
ingenua, eran tan afables y tenían muchas atenciones con el forastero. A su
lado me sentí aliviado del lastre que pesaba sobre mi alma y me pareció volver
a vivir con toda intensidad.
En Perugia y Asís tuvo de nuevo interés mi trabajo de
historiador. La tarea diaria y la existencia cotidiana contribuyeron también
para salvar el abismo que me tenía alejado de la existencia. Mi posadera de
Asís era una vendedora de legumbres, habladora y piadosa, que se sintió feliz
en poder hablar del santo. Las conversaciones fueron menudeando y poco a poco
llegué a intimar con todas aquellas buenas gentes. La mujer se llamaba
Annunziata Nardini, tenía treinta y cuatro años de edad y era viuda. Su cuerpo
era de una gordura desmedida, pero sus maneras y su trato rebosaban amabilidad.
El primer domingo de mi estancia en Asís, me sorprendió verla ataviada con un
vestido floreado, de colorido vivo y alegre. Llevaba unos gruesos pendientes y
una pesada cadena que le caía sobre el pecho y de la que colgaba una hilera de
medallas de hojalata que brillaban y entrechocaban entre sí, en la mano un
breviario de cubiertas plateadas, cuyo uso debía serle difícil cuando no
imposible y un bonito rosario de cuentas negras. Así pertrechada, marchó a la
iglesia. Y cuando estuvo sentada en su sitio de costumbre, contando a las
admiradas vecinas los pecados de las amigas ausentes, la expresión de su rostro
redondeado y piadoso fue la exteriorización de un alma sencilla y plácida.
Como mi apellido era de difícil pronunciación para
aquellas gentes, me llamaban sencillamente «Signor Pietro». En las tardes
hermosas y doradas nos sentábamos todos, vecinos, niños y gatos, bajo los
árboles del patio y entre los cestos de fruta y de verdura, los sacos de
legumbres secas y las cajas de semilla, nos explicábamos mutuamente nuestras
cosas, hablábamos del campo o del tiempo que se preparaba para el día
siguiente, fumábamos un cigarro y nos comíamos algunas sabrosas rajas de melón.
Yo relataba algo sobre San Francisco, la historia de la Porciuncula y la
Iglesia del santo, sobre Santa Clara o los primeros hermanos. Todos me
escuchaban con gravedad, haciendo cien mil pequeñas preguntas o alabando la
vida del santo. Luego la conversación tomaba otros rumbos y cualquiera de los
del pueblo explicaba una sensacional historia de ladrones o discutía
acaloradamente de política con los demás. Enredados entre nuestras piernas
jugueteaban los gatos, los niños y los perros En otras ocasiones era yo quien leía
algo. Me alegré muchas veces de haber incluido en mi equipaje, entre otros
muchos libros, el de Arnold: «Vida de los antiguos Padres y otras pías
personas», cuyas anécdotas enternecedoras traduje al italiano vulgar sin más
que algunas pequeñas variaciones. Los asistentes iban y venían, permanecían
unos instantes escuchando, charlaban un poco y algunas veces variaba dos o tres
veces toda la concurrencia en el curso de una tarde. Sólo la señora Nardini y
yo, permanecíamos en nuestro sitio y no faltábamos nunca. La botella de vino
tinto estaba al alcance de mi mano y los míseros y continentes labradores se
asombraban de mi sed insaciable. Con frecuencia asistían también a nuestra
tertulia algunas temerosas muchachitas de la vecindad, que se detenían medrosas
en la puerta, admitían las estampas que yo les regalaba y comenzaban a creer en
mi santidad, pues nunca les gastaba bromas o les prodigaba galanterías, sino
que procuraba ganar su confianza con palabras sencillas. Entre ellas había
algunas de grandes ojos y ensoñadora belleza, que parecían arrancadas de algún
cuadro de Perugino. Yo las apreciaba a todas por igual y me alegraba de su
presencia, pero nunca me sentí atraído por ninguna, pues las más bonitas se
parecían tanto entre sí, que su belleza se me antojaba el producto de una casta
y nunca una superioridad personal. Con frecuencia nos visitaba también Mateo
Spinelli, el hijo del panadero, un muchacho despierto y avispado que conocía
todos los chismes del pueblo. Cuando yo explicaba alguna leyenda, me escuchaba
con una piedad y humildad como no había visto otras, pero al terminar comenzaba
a hacer preguntas sobre los santos padres con una ingenuidad falsa y llena de
malicia que acompañaba de divertidas comparaciones y conjeturas capaces de
horrorizar a la madura mujer y maravillar a la mayoría de los concurrentes.
Una tarde estábamos sentados en el decrépito vestíbulo. Yo
acababa de cantar una canción suiza que había encantado a muchachas y pequeños.
La coroné con un gozoso garganteo y los niños se volvieron hacia mí llenos de
alegría, imitando el extraño sonido y mostrándome lo grotesco de los
movimientos de mi cabeza al lanzar el grito. Alguien comenzó entonces a hablar
del amor. Las muchachas sonrieron, la señora Nardini entornó los ojos y dejó
escapar un suspiro sentimental y yo me vi requerido para que explicara mi
propia historia de amor. Callé lo referente a Elizabeth, pero conté con todo
detalle el paseo por el lago con la Aglietti y mi declaración de amor frustrada
y triste. Mis palabras me sorprendieron a mí mismo. ¿Por qué contaba toda
aquella penosa historia, que nunca me había atrevido a confiar a nadie, excepto
a Richard? Ni aun ahora sabría explicarlo. Lo conté sin mucha reflexión, al
modo de las antiguas novelas, pero poniendo en ello todo mi corazón y temiendo
a cada instante que los que me escuchaban se rieran de mí.
Pero cuando hube terminado, vi en todos los ojos una
expresión insondable de tristeza.
—¡Un hombre tan entero! —exclamó impulsiva una de las
muchachas—. ¿Cómo ha podido tener un hombre tan entero, un amor tan
desgraciado?
Y la señora Nardini se acercó más a mí, me pasó lentamente
su mano gruesa y blanda por el cabello y dijo con emoción:
—Poverino!
Otra muchacha me obsequió con una pera grande y jugosa. Le
rogué que le diera el primer mordisco y así lo hizo, mientras me miraba con una
desacostumbrada seriedad. Cuando le señalé las demás y le dije que también
podía morderlas, no quiso hacerlo, protestando vivamente:
—No; son para usted. Se las he regalado porque nos ha
contado su desventura.
Y un labrador moreno, alzó sus cejas y dibujó una sonrisa
en su rostro curtido:
—Pero estoy seguro de que ahora ama usted ya a otra.
—No —respondí.
—¿Sigue queriendo a esa pérfida Erminia? —me preguntó la
muchacha de las peras.
—Ahora amo a San Francisco. Él me ha enseñado a querer a
todos los hombres por igual: a vosotros, a las gentes de Perugia, a todos los
niños que corretean por las lindes del camino e incluso al amado de Erminia.
Callaron todos y durante unos instantes pasó una ráfaga de
emoción por todos los rostros.
Transcurrieron los días y las semanas hasta que la idílica
existencia se vio turbada por una súbita complicación. La casualidad me hizo
descubrir que la señora Nardini estaba animada por el ardiente deseo de que yo
permaneciera en el pueblo y me casara con ella. El pequeño asunto puso a prueba
todas mis dotes diplomáticas, pues no era tarea fácil destruir aquellos
ensueños sin echar a perder la armonía que reinaba entre los dos, ni acabar con
la amistad que nos unía. Se impuso, pues, la conveniencia de pensar en el
regreso. De no haber puesto en el futuro poema toda mi ambición, ni ser mi
cambiante profesión todo mí caudal, quizá me hubiera quedado. Y acaso me habría
casado también con la Nardini. Pero se impuso en mi alma la nostalgia de la
ausencia y súbitamente me sentí acuciado por el deseo de volver a ver a
Elizabeth.
La voluminosa viuda tuvo que resignarse a lo inevitable y,
contra todo lo esperado, no me hizo sentir su desilusión y su desengaño. Acaso
me fue a mi más penosa que a ella la despedida, pues dejaba en Asís mucho más
de lo que iba a encontrar en la patria. Nunca me ha estrechado la mano tanta
gente como en aquel momento de mi partida, ni jamás me despidió nadie con mayor
efusión que aquellos sencillos campesinos italianos. Me dieron frutas, vino,
pan y salchichas para el viaje y por vez primera tuve la sensación de que me
separaba de unos amigos a los que no era indiferente mi marcha. Y la señora
Annunziata Nardini llegó a besarme ambas mejillas, con lágrimas en los ojos
grandes y negros y un temblor en sus manos gruesas llenas de hoyuelos y de
anillos.
Tiempo atrás, llegué a creer que ser amado sin amar a
nuestra vez, debía ser un goce especial y delicioso. Pero en aquel momento me
di cuenta de la falsedad de mi pensamiento y sentí todo lo penoso que era
saberme querido sin poder corresponder. Y tampoco sentí orgullo de que una
mujer extranjera estuviera enamorada de mí y me deseara como marido.
Aquella pequeña vanidad constituyó para mi un verdadero
paso hacia la curación. Me dolía la desilusión de la Nardini, pero en el fondo
me alegraba de la ocasión que me había deparado para limpiar mi alma de una
parte de sus impurezas. Y con ello me fui dando cada vez más cuenta de que la
felicidad tiene muy poco que ver con la satisfacción de los deseos externos y
que los dolores de los jovencillos enamorados, tan penosos y desoladores,
están, sin embargo, desprovistos de toda tragedia. Era cierto que me dolía no
poder alcanzar el amor de Elizabeth, pero mi vida, mi libertad, mi trabajo y
mis convicciones permanecían enteras y podía seguir amándola a distancia como
antes, tanto como quisiera. Estas reflexiones y aun más, la ingenua serenidad
de mi existencia en las semanas anteriores fueron verdaderos antídotos contra
la melancolía de mi alma.
Siempre tuve ojos para todo lo grotesco y lo irónico de la
vida y siempre arruiné la alegría en el sarcasmo, pero a partir de aquel
instante fui volviendo poco a poco la mirada hacia el humor de la existencia y
me pareció mucho más posible y más sencillo reconciliarme con mis estrellas y
alcanzar aun algunos apetitosos bocados del festín de la vida.
Por cierto que ocurre siempre igual cuando se regresa de
Italia. Se desprecian los principios y las convicciones, se rechaza el hábito y
se entra de nuevo en la existencia con la fuerza y despreocupación de un
autentico artista y gustador de la vida. Después de estar sumergido una
temporada en la cálida existencia popular, en las expansiones y la falta de
prejuicios del Sur, se cree que va a poder seguir siendo igual en casa. También
a mi me ocurrió siempre lo mismo a cada regreso de Italia y aquella vez lo
sentí con mucha mayor intensidad. Cuando volví a Basilea y me encontré de nuevo
con la antigua vida, siempre igual e inmutable, descendí unos cuantos escalones
desde lo alto de mi serenidad y tuve la sensación de hundirme nuevamente en la
irritable mezquindad de antes. Pero en el fondo de mi alma siguió latiendo algo
provechoso y a partir de entonces no atravesó la barquilla de mi ser, aguas
turbias y obscuras sin que hiciera al menos ondear al viento, insolente y
retador, un airón pequeño y colorido.
También me di cuenta entonces, de que mis puntos de vista
habían variado lentamente. Me sentí alejado de los años juveniles y sin mucha
lástima tuve la sensación de que había terminado para mí la época en que se
aprende a contemplar la propia vida como un camino corto y llano. Había pasado
él tiempo de llevar una meta, un ensueño favorito en los ojos y caminar hacia
él sin llegar a alcanzarlo nunca, aquellos años en que la juventud gusta
tenderse en la hierba, recitando cualquier verso en voz baja y sentirse
inquieta, desasosegada por sus fantasías. Pero todo aquello había pasado ya. Me
daba cuenta de que no existían fronteras serias y fuertes y que en el círculo
de los pequeños, de los oprimidos y de los pobres, la existencia no es tan sólo
más varia, sino también muchas veces más cálida, verdadera y ejemplar a la de
los favorecidos y los rutilantes.
Llegué a Basilea con tiempo de asistir a la primera velada
en los salones de Elizabeth, casada durante el tiempo que había durado mi
ausencia. Me mostré alegre y gozoso y expliqué un montón de pequeños recuerdos
del viaje. La hermosa dama me distinguió con su confianza y durante toda la
noche me alegré de mi suerte que me había ahorrado a su tiempo del bochorno de
una tardía petición de mano. Pero a pesar de mi experiencia italiana, seguía
sintiendo un ligero recelo de las mujeres, seguro de su alegría y su regocijo
por los sufrimientos desesperanzados de los hombres que se enamoran de ellas.
No pretendo con ello hacer una apología de la crueldad de las mujeres y me
limitaré a traer a cuento un pequeño sucedido de la vida escolar, que escuché
de labios de un niño de cinco años y que vino a corroborar mis convicciones. En
la escuela a la que asistía, existía la siguiente simbólica y curiosa
costumbre. Cuando un niño hacia cualquier inconveniencia o travesura acreedora
de castigo, eran seis niñas pequeñas las encargadas de mantenerle sujeto al
banco mientras el maestro ejecutaba la ignominiosa sentencia. Como hacer estas
funciones era tenido en la vida interna de la escuela por un alto honor y un
valioso premio, se elegían para ello las seis niñas que más se habían
distinguido durante la semana. La divertida historia me dio ocasión para
reflexionar mucho rato e incluso le debo haber turbado mis sueños algunas
veces. Pero gracias a ella llegué a saber, aunque sólo fuera en sueños, lo
penoso que era estar en semejante situación.
VII
MI profesión me inspiraba tan poco respeto como antes. El
trabajo me daba para vivir y aun podía ir haciendo pequeños ahorros y mandar,
de cuando en cuando, algún dinero a mi padre. Él se lo gastaba alegremente en
la taberna, cantando allí alabanzas a mi persona y aun pensando en prestarme
algún servicio a su vez. Yo le había confesado en alguna ocasión que ganaba mi
pan diario con el producto de artículos periodísticos y me tenía por un
redactor o un corresponsal como los de los periódicos cantonales. Eso le
impulsó a escribirme cartas paternales comunicándome sucesos que creía
importantes y que le parecían convenientes para darme lema y reportarme dinero.
Unas veces era el incendio de unas chozas, otras la caída de dos alpinistas y
otras los resultados de la votación para elegir alcalde. Todas estas noticias
estaban, redactadas en un grotesco estilo periodístico y resultaban bastante
ingenuas, pero a mí me alegraba recibirlas, pues eran la señal de un amistoso
lazo entre los dos y las primeras cartas de la tierra natal que me llegaban
desde hacía mucho tiempo. También me parecían algunas veces, involuntarias
burlas de mi propia actividad, pues mes tras mes fui discutiendo cierto libro,
cuyas páginas reflejaban un interés y una importancia que estaba muy por debajo
de la que tenían los sucesos rurales de que hacían mención las cartas paternas.
Por aquella época aparecieron también dos libros cuyos
autores no me eran desconocidos. Habían sido dos jovencitos extravagantes y
líricos de las reuniones literarias de Zurich y el tiempo y sus artes les
habían llevado a escribir las correspondientes obras. Uno de ellos vivía en
Berlín y sabía describir bien todo el sucio ambiente de cafés y burdeles de la
gran ciudad. El segundo se había construido en los alrededores, de Munich una
especie de retiro lujurioso y titubeaba entre una neurasténica autocontemplación
o unas veleidades espiritistas. Tuve que comentar ambos libros y, como es
natural, mostré cierto sarcástico escepticismo sobre las posibilidades
literarias de ambos autores. El neurasténico no tardó en contestarme con una
carta llena de menosprecio y redactada en un verdadero estilo principesco. Pero
el de Berlín no se contentó con eso y provocó un escándalo desde las columnas
de una revista, trayendo y llevando a Zola, defendiendo su estilo y sus
convicciones y poniendo en duda, no sólo mi capacidad para la crítica
literaria, sino también la cultura de los suizos en general. La verdad era que
quizás aquel hombre había hallado en Zurich la única época serena, sana y
provechosa de toda su vida literaria.
Yo no había sido nunca un patriota excepcional, pero los
gritos histéricos del berlinés me sacaron fuera de tino. Respondí al
insatisfecho con una larga epístola en la que hacía gala de todo mi espíritu
desdeñoso para despreciar a las grandes ciudades modernas, que al compararse,
quedaban muy por debajo de las altas montañas y los lagos azules de mi patria.
Esta querella me obligó a reflexionar nuevamente sobre mi
interpretación de la vida cultural moderna. El trabajo fue fatigoso y aburrido
y los resultados diarios poco satisfactorios. Mi librito no perderá nada si
guardo el más absoluto silencio sobre él.
Pero al mismo tiempo me impulsaron esas meditaciones a
pensar en mí mismo y en mi obra vital, largamente planeada, pero nunca llevada
a cabo.
Como ya se sabrá, yo tenía el deseo de lograr un poema,
una obra que acercara la vida sencilla y silenciosa de la Naturaleza al hombre
actual y le hiciera amarla con toda intensidad. Yo deseaba enseñarles a
escuchar el latido de la tierra, a tomar parte en la vida del todo y a
recordarles que no somos dioses creados por nosotros mismos, sino criaturas y
partes de la tierra, de la cósmica generalidad. Quería recordarles que tanto
los cantos de los poetas como los sueños de nuestras noches, tanto los torrentes,
los ríos y los mares, como las nubes y las tempestades, son símbolos y
portadores de nuestros anhelos de inmortalidad. El más íntimo meollo de cada
ser, de cada alma, es esa seguridad de ser inmortales que llevamos en nosotros.
Sabemos que lo bueno, lo sano, lo luminoso, nos habla de Dios y la
inmortalidad, mientras que lo malo, lo enfermo y lo horroroso, sólo acierta a
expresarse y creer en la idea de la muerte.
Y yo quería enseñar a los hombres el modo de hallar en el
fraterno amor a la Naturaleza, las fuentes de la alegría y de la vida; deseaba
predicarles el arte de la contemplación, del caminar y del placer puro, la
alegría en el presente. Quería hablarles con palabra pujante y poderosa de las
montañas, de los mares y de las verdes islas, para obligarles a pensar en la
vida múltiple y atractiva que florece diariamente fuera de sus casas y de sus
ciudades. Deseaba lograr que se avergonzaran de saber más detalles y más cosas
sobre las guerras extranjeras, sobre la moda, el arte y la literatura, que
sobre la primavera, brillante con todo su esplendor fuera de sus ciudades,
sobre el torrente que se desborda rugiente por las laderas de las montañas,
sobre los bosques y las praderas que atraviesa el ferrocarril. Y quería sobre
todo, posar en su corazón el dulce secreto del amor. Deseaba enseñarles a ser
buenos hermanos de todo lo creado, de todo lo vivo y llegar a estar tan
henchidos de amor, que incluso el dolor de la muerte no pudiera atemorizarlos y
la recibieran como una hermana seria y mayor cuando fuera a buscarles.
Todo eso quería expresar en mi poema, en mi obra. Pero no
en forma de himnos y cantos arrebatados y difíciles, sino en lenguaje sencillo
y tierno, como la propia lengua de la Naturaleza o la que un caminante emplea
para expresarse con su compañero.
Quería… deseaba… Esperaba… Todo eso me suena ahora
demasiado grotesco. Pero entonces aguardaba con impaciencia el momento de
ordenar todos mis impulsos en un plan y comenzar cuanto antes la tarea. Pasando
revista a mis anotaciones y mis apuntes, vi que había reunido muy pocos. A
partir de aquel momento, me proveí de unas pequeñas libretas que llevé conmigo
en todos los viajes y las marchas. Llenaba una cada dos semanas y de este modo
reuní en poco tiempo una infinidad de pequeñas notas e impresiones sobre todo
lo visible de este mundo. Las libretas eran cuadernos de bocetos como los de un
dibujante y en pocas palabras sintetizaban todo un mundo de cosas, de
sensaciones y de ideas: imágenes sobre las carreteras y las callejas de la
ciudad, conversaciones de campesinos, de artesanos, de mujeres del mercado y de
sencillos transeúntes, notas sobre la naturaleza de los vientos y de la lluvia,
sobre los minerales, las plantas, el vuelo de los pájaros, el juego cambiante
de colores de las aguas del mar y las formas de las nubes. Todo un mundo vario
e informe encerrado en mis libretas. Ocasionalmente publiqué también pequeñas
narraciones sobre aquellos temas y algunos estudios sobre la naturaleza y el
espíritu del caminante.
Tenía el propósito de no sacar un solo hombre en toda mi
obra y aunque algunas veces, parándome a considerar seriamente mi intención,
llegué a pensar que no pasaba de ser una quimera, seguí, a pesar de ello,
manteniendo mi ideal y acariciando la difusa esperanza de que quizá la
inspiración me prestara fuerzas para lograr lo que parecía imposible. Pero
luego cambié de idea y me apresuré a llenar con hombres los bellos paisajes.
Antes tuve que entablar conocimiento con ellos, que analizarlos a fondo y que
vencer el instintivo recelo que me causaba su proximidad. Hasta entonces habían
sido los hombres un todo extraño y alejado para mí, pero a partir del momento
en que decidí cambiar la orientación de mi obra, aprendí nuevamente las
olvidadas artes de la conversación y la amabilidad, supe lo difícil que era
juzgar y analizar a una alma humana y llené mis libretas de notas y mi
imaginación con nuevas imágenes.
El comienzo de aquellos estudios fue muy regocijante. Salí
de mi ingenua indiferencia y me tomé interés por ciertas personas.
Los primeros contactos me hicieron ver lo alejado que
había permanecido de la realidad basta entonces, pero también me dieron la
seguridad de que el continuo caminar y observar habían dado sus frutos y me
habían abierto mucho los ojos.
Siempre me fue más gozosa la contemplación de las nubes y
de las aguas, al estudio de los hombres. Por eso fue grande mi sorpresa al
darme cuenta de que el hombre se diferencia del resto de la Naturaleza por una
capa de mentiras y falsedades que le cubre y le protege. En breve fui
observando en todos mis conocidos igual fenómeno: el efecto de la circunstancia
hacía que cada persona viera en los demás una clara figura, mientras nadie
conocía bien su verdadero ser. En la mayoría era más importante esa capa, esa
envoltura, que su propio interior. Existía en todos, incluso en los niños,
quienes a menudo caían en una afectación, consciente o inconsciente, que les
satisfacía mucho más que sus actos propios e instintivos.
Transcurrió algún tiempo y sólo entonces me di cuenta de
que no hacía ningún progreso y de que me estaba perdiendo en pasajeras
frivolidades. Busqué el defecto en mí mismo y no pude ocultarme por más tiempo
la realidad: estaba desengañado y a mí alrededor no existían los hombres que
necesitaba. Yo no quería fenómenos interesantes, sino tipos tan sólo. Pero para
eso no me servían los académicos ni los hombres de sociedad, las gentes comunes
que consentían mi trato en la ciudad. Y entonces pensé con nostalgia en Italia
y en los únicos amigos y acompañantes de mis muchas marchas a pie, de pueblo en
pueblo: los, artesanos. Anduve mucho con ellos y entre sus componentes hallé
hombres verdaderos.
Fue en vano la búsqueda por los mesones de las carreteras
y la amistad con algunos empedernidos vagabundos. La mayoría de los caminantes
no me servían para nada. Entonces permanecí suspenso e indeciso y me dediqué a
recorrer de nuevo las tabernas, donde, como es natural, no hallé nada. Y así
transcurrieron dos semanas. Me sentí de nuevo desengañado y melancólico,
considerando ya irónicamente mis esperanzas y mis deseos, después de haber
pasado muchos días a la intemperie, y de haberme entregado algunas noches a la
bebida.
En mi mesa de trabajo estaban amontonados nuevamente dos
rimeros de libros. Apenas me quedaba sitio para escribir, pero no me quería
desprender de ellos y por otra parte tampoco me cabían en las abarrotadas
estanterías. Uno de aquellos días me decidí por fin a encargar otra estantería
y a tal efecto rogué al carpintero que pasase por mi casa para tomar medida a
la pared.
Fue una mañana temprano y apenas tuve tiempo de levantarme
de la cama para abrirle la puerta. Era un hombre de baja estatura, aspecto
calmoso y maneras reposadas. Tomó la medida de las paredes, se arrodilló
después en el suelo, extendió su metro por encima de la alfombra, sopló algunas
motas de polvo y anotó una cifra en su libreta. Al levantarse, se apoyó
casualmente en la estantería llena de libros e hizo caer algunos. Volvió a
inclinarse calmosamente y los cogió uno a uno. Entre ellos había un pequeño diccionario
de mano del léxico de los oficiales artesanos que podía hallarse en todas las
librerías del país.
El carpintero contempló unos instantes las cubiertas del
libro y luego volvió sus miradas hacia mí.
—¿Qué es? —pregunté.
—Con permiso. Aquí veo un libro que me es conocido. ¿Ha
estudiado eso en serio?
—He estudiado el habla de los parroquianos, en las
carreteras —respondí—, pero algunas veces se busca de buena gana alguna
expresión.
—¡Estupendo! —exclamó—. ¿También ha tomado parte en el
baile?
—No como usted cree, amigo. Aunque también he andado por
muchas carreteras y pernoctado en algunas ventas.
Entretanto, él puso ya los libros en su sitio y quiso
marcharse.
—¿Qué caminos recorrió en su tiempo? —le pregunté.
—Desde aquí a Coblenza y más tarde, por el Sur, hasta
Ginebra. Fueron mis mejores tiempos.
—Algún día tendrá que contarme todas esas andanzas ¿Nos
veremos alguna vez bajo un cobertizo?
—No lo creo, señor. Trabajo ahora aquí. Pero si durante
las vacaciones se le ocurre venir a mi casa y preguntarme: ¿Cómo va? ¿Qué tal
estamos?, nos pondremos de acuerdo. Claro está que sí no tiene inconveniente de
hacer compañía a esta carroña… —dijo señalándose a sí mismo.
Unos días después —era el día de recibo de Elizabeth— me
detuve en la calle y reflexioné unos instantes si no sería mejor ir a casa de
mi carpintero. Di media vuelta y fui a visitar al artesano. El taller estaba ya
a oscuras y cerrado y tuve necesidad de atravesar un patio interior, subir una
escalera estrecha y empinada, deteniéndome por fin ante una puerta que tenía
una pequeña placa con el nombre del maestro. La empujé y me metí hasta el
interior de una cocina donde una mujer estaba haciendo la cena, sin apartar al
mismo tiempo la mirada de tres niños que llenaban la estancia con sus juegos y
sus risas. La mujer me condujo algo asombrada hasta el cuarto contiguo, donde
el carpintero estaba sentado junto a la ventana, leyendo el periódico a la
media luz del crepúsculo. Al principio también pareció asombrado de tener un
visitante, pero luego me reconoció y estrechó mi mano con efusión.
Tras los saludos, me incliné hacia los niños que
correteaban a mí alrededor. Pero mi atención les avergonzó y huyeron a la
cocina. Les seguí y como viera allí que la mujer estaba preparando arroz, me
acordé de la cocina de mi patrona en la Umbría y me interesé por el guiso.
Entre nosotros es costumbre cocer el arroz hasta formar una especie de gachas
insípidas que son un verdadero tormento para el paladar. También en la cocina
del carpintero estaba a punto de acaecer tal desgracia, pero mi llegada providencial
pudo evitarlo a tiempo. Pedí cuchara y tenedor, destapé la cazuela donde se
cocía y me puse a prepararlo al modo italiano. La mujer me miraba sorprendida y
curiosa, haciendo algunas preguntas de cuando en cuando. Cuando estuvo a punto
el guiso, lo retiramos del fuego, lo dejamos sobre la mesa y yo mismo me
coloqué un cubierto para mí.
La mujer del carpintero me atormentó todo el tiempo con
preguntas culinarias, de tal modo que su marido apenas pudo dirigirme la
palabra una o dos veces. Tuvimos que dejar para otra vez la narración de sus
aventuras. Al poco de permanecer en la casa, ya había comprendido aquella gente
que yo era tan sólo un caballero de ciudad en apariencia y que en realidad no
pasaba de ser un campesino, hijo como ellos del pobre pueblo. Aquello les hizo
perder el resto de su desconfianza y mostrarse conmigo tal como eran. Pasamos
una velada agradable y al marcharme me hicieron prometer que volvería otro día.
Volví muchas veces y la compañía del carpintero y su
familia me hizo olvidar no sólo el mezquino fárrago de la sociedad, sino
también mi tristeza y mi desventura inquieta. Me parecía que encontraba bajo el
techo de su pobre vivienda, un pedazo de mi propia niñez y que continuaba
aquella existencia interrumpida cuando los monjes tomaron la decisión de
mandarme a la escuela.
Sus hijos eran bulliciosos y juguetones. Mi preferida era
una niña de cinco años, de aspecto delicado y maneras dulces. Se llamaba Agnes,
pero acostumbraban a llamarla Agi, era pálida y muy rubia, con ojos grandes y
azules en los que parecía reflejarse siempre algún temor. Un domingo, cuando
fui a buscar a la familia para ir de paseo, encontré enferma a Agnes. La madre
se quedó con ella, mientras los demás peregrinábamos despacio por la ciudad.
Nos sentamos en un banco, detrás de Santa Margarita. Los niños corretearon por
el Césped, buscando piedrecillas, flores y escarabajos, mientras los hombres
contemplábamos los prados bañados por el sol, el cementerio lejano y la silueta
azulenca del Jura.
—¿Qué le sucede, maestro? —pregunté cuando los niños se
alejaron y nos quedamos solos. Él me miró con una gran tristeza reflejada en el
rostro.
—¿No lo está viendo? —preguntó—. Agi va a morirse. Lo sé
desde hace tiempo y me extraña que haya llegado a la edad que tiene. La muerte
se refleja en sus ojos y no hay para ella ninguna salvación. Tenemos que ir
acostumbrándonos a esa idea.
Intenté consolarle, pero a los pocos instantes me di
cuenta de la inutilidad de mis esfuerzos.
—¡Ya lo ve! —me dijo el padre desesperanzado—. Tampoco
usted cree que la niña pueda sobrevivir este trance. Yo no soy ningún impío,
aunque sólo baya ido a la iglesia una vez en el año del jubileo y me parece que
el Señor quiere ahora ajustar las cuentas conmigo. Ella es sólo una niña y ha
estado siempre enfermiza, pero bien sabe Dios que me era más querida que todos
los demás juntos.
Volvieron los niños con su algazara de siempre y sus mil
pequeñas preguntas sobre las flores y las hierbas, sobre los escarabajos, las
mariposas y las piedrecillas. Y yo las fui contestando todas, diciéndoles con
leve sonrisa que también las flores, los árboles y los matorrales tenían su
propia alma y su propio ángel como los niños. El padre me escuchaba con
tristeza. Contemplamos cómo los montes lejanos se obscurecían poco a poco,
escuchamos el tañido de las campanas vespertinas y regresamos a casa lentamente.
Los pequeños parecían cansados, y andaban en completo silencio. Sin duda
pensaban cada cual en su propio ángel y en los de las flores, los árboles y las
piedras. Los mayores, en cambio, no podíamos apartar el pensamiento de la pobre
Agi, cuya pobre alma estaba ya dispuesta a extender las alas y abandonar
nuestra pequeña tropa.
Las dos semanas siguientes fueron buenas. La muchacha
pareció entrar en vías de franca curación y pudo abandonar algunos ratos la
cama y descansar al sol. Su rostro había adquirido algunos colores y destacaba
risueño sobre las almohadas donde apoyaba la cabeza. Pero a los quince días
varió el curso de la enfermedad y siguieron dos noches terribles y febriles en
las que la dolencia se recrudeció. Permanecimos al lado de su cama, inmóviles,
silenciosos, sin decimos nada los unos a los otros, pero con la seguridad de
que la niña viviría apenas unos días o unas semanas. A los tres días se agravó
tanto su establo que creí necesario advertir a su padre. Bajé al taller y te vi
atareado en un trabajo. Sin que me lo dijera, tuve la seguridad de que estaba
haciendo un ataúd para su hija.
—Tiene que suceder un día u otro —me dijo con una
expresión inenarrable—. Prefiero aprovechar las vacaciones y terminarlo de una
vez.
Me senté en un taburete viéndole trabajar. Cuando las
tablas estuvieron pulimentadas me las enseñó con un cierto aire de orgullo.
—No quiero emplear un solo clavo. Las maderas ensambladas
formarán una pieza única y resistente. Pero por hoy basta ya de trabajo.
Volvamos arriba con mi mujer.
Le advertí de la gravedad de Agi, pero no pareció
sorprenderse.
—¿Pasará de esta noche? —me preguntó—. Le respondí
únicamente con un gesto de duda.
Transcurrieron los días y la pequeña Agi no murió. Yo me pasé
las horas muertas al lado de su cama contándole cosas de los bosques y de las
praderas, de las montañas altas y los valles verdes, con su diminuta mano entre
las mías y la mirada atenta a sus menores gestos. A las dos semanas de la
primera crisis, vimos cómo su cuerpo esmirriado hacía acopio de nuevas fuerzas
para presentar la batalla definitiva a la muerte. La madre permanecía
silenciosa el día entero, aunque sin dejarse llevar por el abatimiento. Llegó
por fin la noche fatal, la muerte pudo más que el débil organismo y la pequeña
Agi murió. El padre se arrodilló al lado de la cama, despidiéndose por
centésima vez de la niña mientras acariciaba sus cabellos rubios, su pálido
rostro, sus manos exangües. Y la madre permanecía a su lado, lívida y muda como
una estatua petrificada por el dolor.
Y luego llegó la breve solemnidad del entierro y el
regreso por los tristes senderos del cementerio. El carpintero y yo nos dejamos
caer en el banco de costumbre, contemplando desde lejos la tierra donde estaba
enterrada nuestra favorita y el vuelo de los pájaros sobre los árboles obscuros
y tristes.
El tiempo fue borrando poco a poco las huellas de la
herida. Volvió a escucharse el martilleo en el taller, volvieron los niños a
reír, a cantar y a querer que les contara cuentos, y sin darnos cuenta, todos
nos fuimos acostumbrando a no ver más a Agi en la tierra y a tener un ángel en
el cielo.
Con todo aquello, yo no había vuelto a poner los pies en
casa del erudito, ni en los salones de Elizabeth. Sentí deseos de conversar de
nuevo, de volver a contemplar la belleza imposible de mi amada y dejé que mis
pasos me llevaran hasta ambas casas. Las hallé cerradas y con sus habitantes en
el campo. Y sólo entonces me di cuenta de que la amistad con el artesano y las
zozobras de la enfermedad de su hija me habían hecho olvidar que nos hallábamos
en verano y que otros años me había sido completamente imposible permanecer en
la ciudad durante los meses de julio y agosto…
Me despedí para una corta temporada y emprendí una marcha
a pie a través de la Selva Negra y de Oden. Hice muchas paradas durante el
camino y en cada una de ellas tomé por costumbre mandar postales y bellas
vistas del viaje a los hijos del carpintero de Basilea, añadiendo unas breves
palabras para acompañar el envío y renovar la promesa de contarles al regreso
todas las incidencias del viaje.
Me detuve en Francfort unos días y en Aschaffenburg, en
Nuremberg, en Munich y en Ulm hice también breves paradas para contemplar con
nueva alegría las viejas obras de arte. De regreso, hice alto en Zurich. Volví
a recorrer las conocidas calles, visité las viejas tabernas y cervecerías al
aire libre y también pensé sin demasiado dolor en los años pasados y hermosos.
Me dieron la dirección de la pintora Aglietti y tuve noticias de que se había
casado. Al atardecer me acerqué a su casa, leí en la puerta el nombre de su
marido, elevé la mirada hasta las ventanas y vacilé en entrar. Pero entonces
comenzaron a animarse en mi interior los viejos tiempos y mi amor juvenil se
despertó a medias de su sopor. Di media vuelta y regresé lentamente por el
dédalo de calles, decidido a no hacer sangrar de nuevo la herida con una inútil
contemplación de la italiana. Los pasos me llevaron hasta el jardín, a orillas
del lago, donde se había celebrado aquella lejana fiesta nocturna. A la media
luz del crepúsculo eché un mirada hacia la casita en cuya buhardilla viví tres
años coitos y deliciosos y dominando todos los recuerdos de Zurich me vino a
los labios el nombre de Elizabeth. El nuevo amor era más fuerte que todos los
anteriores y también más silencioso, más recogido e impregnado de una mayor
beatitud.
Sin poder contener mis impulsos, alquilé un bote y me
alejé por las aguas cambiantes del lago. El cielo reflejaba las postreras
tonalidades de la tarde y sobre las lejanas montañas estaba suspendida una
única nube rosácea. Levanté la mirada y la fijé en ella, pensando en mis
preferencias infantiles, en mis nostalgias juveniles y también en aquella nube
del maravilloso Segantini, ante la que se había quedado suspensa la hermosa
Elizabeth. Ni una palabra, ni un anhelo, ni un deseo de mi oculto amor me había
dado tanta dicha como la muda contemplación de la nube. En ella volví a ver
todas las locas ambiciones, todas las pasiones ardientes y los anhelos
irrealizables de mi adolescencia, en ella contemplé la idealización de todos
mis sueños de amor y de dominio, suspendidos en el cielo crepuscular de la
vida.
El chapoteo regular de los remos en el agua me dio deseo
de cantar. Comencé a hacerlo, casi maquinalmente, al principio muy bajo, luego
más alto y más alto, hasta llenar con mí voz las aguas quietas del lago. Luego
dejé de cantar y me puse a recitar, otra vez en voz baja. Fui improvisando unos
versos lentos y cadenciosos. El crepúsculo, el agua cambiante a los reflejos
del cielo, los recuerdos… Todo eso contribuyó a mi canto. Los versos se
quedaron en mi memoria y al llegar a casa los escribí como recuerdo de aquel
hermoso atardecer.
Como una nube tenue
Tendida por el cielo
Clara y rauda en su vuelo
Eres tú, Elizabeth.
La nube corre y corre,
Sin notar tu presencia
Y son sueños de ausencia
Los que la hacen volar
Y es su sueño tan alto
Que sin lograr descanso
Sientes por esa nube
Una nostalgia, azul.
Regresé a Basilea con el corazón Heno de nostalgias. En mi
casa encontré una carta. Era de la señora Annunziata Nardini y estaba repleta
de gozosas noticias. ¡Por fin había encontrado un segundo marido! Pero será
mucho mejor que transcriba por completo toda la misiva:
Querido señor Peter:
Permita usted a su fiel amiga la libertad de escribirle.
Dios ha hecho posible mi gran felicidad y tengo el honor de invitarle a usted a
mi boda, que se celebrará el 12 de octubre. Él se llama Menotti y no tiene
mucho dinero, pero me quiere mucho y desde hace mucho tiempo trata en frutas y
legumbres. Es lindo, aunque no tan corpulento y tan hermoso como usted, señor
Peter. Se encargará de ir a la «piazza» a vender la fruta, mientras yo
permanezco en casa. También la hermosa Marietta, nuestra vecina, está próxima
al casamiento, aunque ella lo hace con un extranjero.
He pensado mucho en usted y no he parado de explicar a los
demás cosas referentes a su persona. Tampoco he dejado un solo día de rogar a
los santos que le concedieran su protección. Menotti se alegrará también mucho
de que venga a la boda, a la que asistirá, como es natural, todo el pueblo. El
pequeño Mateo Spinelli ha mostrado muy malas inclinaciones estos últimos
tiempos. Me roba limones con mucha frecuencia y ahora ha llegado a robarle
también doce liras a su padre y a envenenar el perro del Giangiacomo, el
mendigo.
Le deseo todas las bendiciones de Dios y de los santos,
esperando su visita para el día de mi boda.
Su fiel amiga.
ANNUNZIATA NARDINI
Posdata: La cosecha fue regular. Las uvas se presentaron
muy mal y las peras fueron insuficientes. Pero los limones llegaron a ser tan
abundantes que los tuvimos que vender a muy bajos precios. En Spello sucedió
una desgracia horrorosa. Un hombre joven asesinó con una hacha a su hermano. No
se sabe la causa, aunque se cree que fue por celos. Es horrible.
Desgraciadamente, no pude asistir al casamiento de mi
antigua patrona. Le escribí deseándole toda clase de venturas y anunciando mi
visita para el año venidero, lamentando las ocupaciones que me retenían en
Basilea. Una vez cumplido aquel deber de amistad, me dispuse a ejecutar el
segundo. Cogí algunos juguetes comprados a mi paso por Nuremberg y me encaminé
sin más dilación a casa del carpintero. Pero allí encontré una inesperada
novedad que me causó al principio una penosa impresión. A un lado de la mesa,
junto a la ventana, se alzaba una figura grotesca, sentada en una silla pequeña
y con un travesaño apoyado en el pecho que le impedía caer. Era Boppi, el
hermano de la mujer del artesano, un contrahecho medio paralítico al que la
reciente muerte de la madre había dejado sin techo ni hogar. El carpintero no
había tenido más remedio que recogerlo y la presencia del jorobado enfermo
ponía cierto oculto horror en la vida antes tan plácida de la casa. Todavía no
se habían acostumbrado a él; los niños le temían, la madre estaba confusa y
como avergonzada, mientras que el padre no podía ocultar su visible enojo.
Boppi tenía encima de su doble joroba, una cabeza grande,
de ancha frente y boca hermosa, plegada en un rictus de dolor. Sus ojos eran
claros, pero apagados y algo temerosos y las manos blancas y alargadas
descansaban lánguidas sobre el travesaño que le impedía caerse de la silla.
Quedé desagradablemente sorprendido por su presencia y me fue penoso escuchar
de labios del carpintero la corta historia de Boppi, mientras éste seguía
sentado a nuestro lado, sin levantar la mirada de sus manos, como si no hablaran
de él. Era jorobado de nacimiento, pero a pesar de ello había cursado los
estudios primarios y secundarios y durante largos años había ganado algo
tejiendo paja.
Todo el tiempo lo pasaba en la cama o sentado entre
almohadones en su extraña silla. Su hermana decía que tenía buena voz y que
antes cantaba con mucha frecuencia, pero todavía no lo había hecho desde que
estaba en su nueva casa. Y mientras el carpintero me explicaba todo eso, el
pobre jorobado seguía mirando sus manos, sin levantar los ojos ni pronunciar
una sola palabra. Permanecí poco rato en casa de mi buen artesano. La presencia
del tullido parecía haber disipado la agradable atmósfera de antes. Pretexté
unos asuntos importantes y me alejé presuroso, sin volver tampoco en los días
siguientes.
Hasta entonces había estado durante toda mi vida fuerte y
sano, no había tenido una sola enfermedad grave y los enfermos, especialmente
los impedidos y jorobados, me habían dado siempre una extraña mezcla de
compasión y repulsión al mismo tiempo. La estancia de aquél en casa de mis
buenos artesanos fue causa de que no volviera a visitarles en muchos días. Yo
mismo me avergoncé de mi fea acción y, poco a poco, fui aplazando
indefinidamente una segunda visita, aunque el recuerdo de Boppi no dejó de
atormentarme. Tenía que existir una posibilidad de poderle ingresar en un
hospital o un asilo, con poco gasto para sus familias. Varias veces me sentí
tentado de visitar al carpintero para tratar de aquello, pero otras tantas me
arrepentí con temor completamente infantil. Me horrorizaba volver a ver al
tullido, tener que hablarle, que estrechar su mano lánguida, que contemplar sus
ojos grandes y doloridos.
Dejé pasar dos domingos. Pero al tercero me arrepentí de
mi cobardía y abandonando el proyecto de escalar el Jura aquel día, me encaminé
lentamente a casa del artesano.
No pude estrechar la mano de Boppi sin un estremecimiento.
El carpintero lo notó y su irritación contra el pobre tullido fue en aumento.
Tras varias vacilaciones propuso que saliéramos de paseo como de costumbre. Los
niños asintieron alborozados y yo mismo me sentí satisfecho de poder salir de
la casa. La mujer quiso quedarse para cuidar de su hermano, pero el jorobado le
dijo que, podía muy bien quedarse solo y que sólo necesitaba un libro y un vaso
de agua al alcance de la mano.
De modo que se quedó en casa, mientras nos fuimos de
paseo. ¡Nosotros, que nos preciábamos de compasivos y honrados, accedimos a
cerrarle y marcharnos! Y echamos a andar satisfechos, riéndonos con las gracias
de los niños, empapándonos gozosos del tibio sol otoñal, pero sin que ninguno
de nosotros se avergonzara siquiera, sin que ninguno sintiera la congoja del
pobre tullido que habíamos dejado en casa. Estábamos alegres y satisfechos,
respirábamos aliviados el aire libre y puro y éramos a los ojos de todos una
alegre familia que disfrutaba del domingo en paz y gracia de Dios.
Cuando ya de regreso nos sentamos en una cervecería al
aire libre, no puedo evitar el carpintero que la conversación recayera sobre
Boppi. Se quejó del caro huésped, se lamentó de su intrusión en la casa y por
fin suspiró aliviado, diciendo con una sonrisa:
—¡Al menos hemos podido pasarlo bien durante una hora, sin
que nos haya molestado su presencia!
Estas palabras me hicieron imaginar el jorobado con sus
grandes ojos, con sus manos lánguidas y su boca doliente. Lo vi sentado junto a
la ventana, con el libro abierto y el vaso de agua al alcance de la mano. Así
lo habíamos dejado. ¿Estaría aún en la misma posición? Había comenzado a
anochecer y no tenía nadie que le acercara más a la ventana o le encendiera la
luz. Y volví a imaginarlo, con el libro cerrado en las manos, los ojos medio
entornados y la expresión pensativa. Estaría envuelto en la penumbra y el
silencio, mientras nosotros bebíamos, reíamos y nos divertíamos. Recordé mis
palabras en Asís, cuando comenté el amor de San Francisco por todos los
hombres, por todos los animales y todas las cosas de la Creación. ¿De qué me
había servido seguir las huellas del santo, llegar hasta su pequeño pueblo de
Asís, hablar con sus habitantes, abismarme en sus lecturas y saberme de memoria
sus cantos de amor, si dejaba que un hermano mío, que un desventurado tullido,
se abandonara a sus pensamientos y a su dolor mientras yo me divertía en vez de
consolarle?
Sentí una congoja en el corazón y el dolor y la vergüenza
hicieron presa en mí, hasta hacerme temblar de excitación. Tuve la sensación de
que Dios me hablaba y que su voz tonante decía:
—¡Oh, poeta! ¡Oh, alumno del santo de Umbría! ¡Oh profeta,
que querías enseñar a los hombres el amor, soñador que creías escuchar mi voz
en los vientos y en las aguas! ¡Sentías apego a una casa en la que pasabas a
gusto las horas, te complacías en buscar los halagos de sus moradores, la
alegría de sus niños, el gozo de todos. Y cuando esta casa se llena de dolor,
de sufrimiento, de tristeza, huyes de ella y te repugna volver, oh, santo, oh,
profeta, oh, soñador!
Así sonó la voz de Dios en el interior de mi alma. Sus
palabras levantaron ronchas de dolor y de inquietud porque eran la verdad que
yo mismo no me había atrevido a confesar: la verdad de mi cobardía.
Me despedí presuroso alegando una cita olvidada, dejé el
vaso de vino a medio tomar y el pan sobre la mesa y regresé a la ciudad. La
propia excitación me hizo temer que hubiera sucedido una desgracia. En vano
intenté tranquilizarme, decirme a mí mismo que era imposible que hubiera
ocurrido nada; una voz interior más fuerte que mi razón me decía que podía
haberse prendido fuego a la casa o que el pobre jorobado podía haberse caído de
la silla y estar herido o muerto en el suelo. Y de nuevo los ojos de la imaginación
me lo mostraron. Pero aquella vez su inmovilidad no era la de la parálisis,
sino la de la muerte y sus ojos no tenían atisbos de dolor, sino que estaban
vidriosos, dilatados en un horror postrero.
Llegué sin aliento a la ciudad, alcancé la casa y subí las
escaleras como una exhalación. Sólo ante la puerta cerrada, caí por vez primera
en que no tenía llave. Pero mi temor se disipó completamente al escuchar una
canción en el interior. No cabía duda: era Boppi. Cantaba lentamente, con
sentimiento y un poco de dolor la canción popular «Rosa blanca y roja». Me
quedé inmóvil ante la puerta cerrada, conteniendo los latidos alborotados de mi
corazón y escuchando atentamente la canción del jorobado. Su hermana había
dicho que no cantaba desde que estaba en su nueva casa y ahora tenía yo la
prueba de que sí lo hacia, aprovechando las horas solitarias para procurarse a
su manera un poco de alegría.
Siempre gusta la vida poner lo cómico al lado de lo serio,
lo risible junto a lo más grave y hondo. Así en aquella ocasión se complació en
resaltar lo divertido y lo vergonzoso de mi situación. Tocado de una súbita
explosión de amor y temor había abandonado a mi compañía, corriendo a través de
la ciudad hasta llegar ante una puerta de la que carecía de llave para abrir.
Permanecí largo rato indeciso. No me quedaba más opción que marcharme otra vez
o gritar al jorobado mis buenos propósitos a través de la puerta. Pero él
estaba tranquilo, no parecía necesitar nada y sus cantos, aunque tristes, eran
serenos. Mis gritos y mis golpes en la puerta le habrían asustado sin duda y el
efecto hubiera sido precisamente el contrario del que yo trataba de alcanzar.
No me quedó más remedio que marcharme. Deambulé una hora
entera por las calles soleadas y endomingadas de la ciudad. Luego volví a
encontrar a la familia del artesano que regresaba a su casa. Inventé una excusa
y les acompañé a su casa a modo de desagravio. El jorobado había dejado de
cantar y su rostro estaba pálido y triste como siempre. No me costó ningún
esfuerzo estrechar su mano y me senté a su lado preguntándole qué era lo que
había leído. Resultó bastante enterado de literatura y se sabía de memoria los
títulos de las obras de Jeremías Gotthelf, que había leído casi en su
totalidad. Gotffried Keller, en cambio, le era aún desconocido. Le prometí
prestarle sus libras.
Al día siguiente, cuando le llevé los volúmenes, hallé la
oportunidad de quedarme a solas con él, ya que el carpintero estaba en el
taller y su mujer tuvo que marcharse a la compra. Aproveché el momento para
decirle cuánto me había avergonzado de haberle dejado solo el día anterior y de
la satisfacción que hallaría teniendo largas conversaciones con él y siendo su
amigo.
El menudo jorobado volvió a medias su cabeza, me miró con
sus ojos entornados y dijo únicamente:
—¡Muchas gracias!
Eso fue todo. Pero volver la cabeza le cansaba y el gesto
era en él mucho más valioso que diez abrazos de un sano. También su mirada fue
tan clara y tuvo un resplandor tan infantil, que la vergüenza me hizo ruborizar
intensamente y por unos instantes permanecí con los ojos fijos en la ventana.
Sólo quedaba ya lo más difícil, que era hablar con el
carpintero. Me pareció lo más conveniente confesarle con franqueza mi vergüenza
y mi temor por el jorobado. Desgraciadamente no lo comprendió, aunque me dejó
hablar sobre ello tanto como quise. Decidimos considerar al enfermo como un
huésped común y dividirnos por lo tanto los gastos de su manutención,
quedándome a mí la libertad de entrar y salir en la casa cuando quisiera y de
considerar al pobre Boppi como un hermano. Ni que decir tiene que utilicé esa
libertad con prodigalidad. Como el otoño fue largo y soleado, lo primero que
hice fue comprar al pobre Boppi una silla de ruedas y sacarlo a pasear
diariamente, las más de las veces en compañía de los niños.
VIII
SIEMPRE fue mi destino recibir de la vida y de mis amigos
mucho más de lo que yo podía darles. Así me sucedió con Richard, con Elizabeth,
con la señora Nardini y con el carpintero. Y así pude llegar a ser alumno
sorprendido y agradecido de un corcovado en los años de mi más completa madurez
y suficiente estima en mí mismo. Si algún día llego a escribir esa obra que
pugna por abrirse paso en mi imaginación y que los sentimientos se esfuerzan
por imponer a la razón, habrá en ella muy poco bueno que no haya aprendido de
Boppi. La temporada que siguió a mi trato con el carpintero fue alegre y
dichosa. En ella me fue dado contemplar con claridad y hondura una alma humana,
que ni la enfermedad, ni la soledad, la miseria y el desprecio, habían podido
enturbiar más que con nubecillas pasajeras.
Todos los pequeños males que amargan y estropean la vida
hermosa y corta: la cólera, la impaciencia, la melancolía y la mentira, todos
esos abscesos dolorosos que brotan en nuestra alma, en nuestro espíritu o
nuestro carácter, se habían consumido en la hoguera del sufrimiento y dolor que
ardía en aquel hombre. No era ningún santo, ni ningún ángel, pero sí una
persona llena de compasión y espíritu de sacrificio, que había aprendido en la
escuela del dolor a mostrarse débil sin avergonzarse y a ponerse por entero en
las manos de Dios.
En una ocasión le pregunté qué sentía al verse atado
siempre a su enfermedad incurable y a su cuerpo contrahecho. Me miró fijamente
antes de responder y luego una sonrisa un poco dolorosa se dibujó en sus
labios:
—Es muy sencillo —respondió cordialmente—. La enfermedad y
yo nos tenemos declarada guerra eterna. Tan pronto gano una batalla, como la
gana ella. Esa sucesión de derrotas y victorias hace que a menudo lleguemos a
concertar un armisticio, hasta que uno de nosotros lo rompe y vuelve a
desencadenarse la lucha entre los dos.
Hasta entonces había creído yo tener un ojo seguro y ser
un atento observador de todo lo que se ponía a mi alcance. Pero Boppi resultó
ser un maestro consumado. Como le gustaba la Naturaleza y en especial los
animales, le conduje frecuentemente al parque zoológico. Allí pasábamos las
horas más deliciosas. Al poco tiempo conoció Boppi todos los animales y como
acostumbrábamos a llevarles pan y azúcar, también nos conocieron ellos a
nosotros. De modo que nos hicimos buenos amigos de todos los huéspedes del parque.
Una especial debilidad sentíamos por el tapir, cuya única virtud no es más que
una especial limpieza. En lo demás lo encontrábamos fanfarrón, poco inteligente
y amistoso, desagradecido y comilón. Otros animales, en especial el elefante,
los corzos, las gamuzas y hasta el peludo bisonte, mostraban gran
agradecimiento por el azúcar que les dábamos, mirándonos fieles con sus grandes
ojos y no apartándose de las rejas hasta que nos marchábamos. En el tapir no
había ni el más ligero rastro de tal comportamiento. Tan pronto como nos
acercábamos a él, aparecía ante la reja, comía despacio lo que le dábamos y
cuando dejábamos de echarle, se marchaba con su paso de siempre, sin dirigirnos
siquiera una mirada. En todos sus movimientos encontrábamos la señal de su
orgullo y de su carácter independiente e indiferente a la gratitud. Como Boppi
no podía dar alimento a los animales por su propia mano, con frecuencia
sosteníamos una discusión sobre si el tapir tenía bastante o no. Boppi
aseguraba que no y yo sostenía siempre que sí. Ambos nos aferrábamos a nuestras
diferentes opiniones con un encarnizamiento digno de mejor causa y muchas veces
todavía duraba la discusión cuando llegábamos a casa. En una de aquellas
ocasiones, defendió Boppi con tal ardor su negativa, que volvimos a la jaula
del tapir. Llegamos hasta las mismas rejas, pero el animal no se levantó
siquiera de su montón de paja. Pero Boppi no era capaz de guardar rencor a
nadie y le gritó alegremente:
—¡Perdone usted, señor tapir! —y luego se disculpó
brevemente conmigo, mientras nos acercábamos al elefante, que ya se movía
inquieto de un lado a otro y nos alargaba su trompa movediza y tibia. Aquél era
el único animal al que Boppi podía dar de comer y lo contemplaba siempre con
admiración y respeto mientras cogía con la trompa el pan de su mano y le miraba
a su vez con los ojillos brillantes y astutos.
Para que Boppi pudiera tomar el sol y ver los animales los
días en que yo no tenía tiempo que dedicarle, contraté los servicios de un
asistente para que empujara su silla de ruedas. Luego iba a verle y el jorobado
me explicaba todo lo que había visto. Sus dotes de observación eran admirables
y no se le escapaba un solo detalle de lo que ocurría a su alrededor. También
tenía una gran facilidad para explicarlo, pues mi cariño sincero había roto la
capa de hielo interpuesta entre él y los hombres y su ser entero se expandía en
las conversaciones que manteníamos.
Un hermoso día de aquel otoño conté a Boppi mis dos
fracasadas historias de amor. Teníamos tanta confianza el uno en el otro que no
pude callar por más tiempo las interioridades que guardaba mi corazón. Me
escuchó cordial y gravemente, sin decir una sola palabra. Pero algunos días
después me manifestó su deseo de ver a Elizabeth, la blanca nube, y me rogó que
lo recordara si alguna vez tropezábamos en la calle con ella.
Pero como eso no sucedió y los días comenzaron a hacerse
cada vez más fríos, fui a casa de Elizabeth y le rogué que hiciera posible
aquella alegría del pobre jorobado. Ella se mostró bondadosa y accedió a mis
súplicas permitiendo que fuera a buscarla un día y la acompañara hasta el
parque zoológico, donde Boppi nos aguardaba sentado en su silla de ruedas.
Cuando la hermosa y elegante dama dio la mano al corcovado y se inclinó
ligeramente sobre él y cuando el pobre Boppi, con el rostro resplandeciente de
gozo y los ojos muy abiertos, la estrechó entre la suya, no hubiera podido
distinguir cuál de los dos estaba en aquel momento más conmovedor y cercano a
mi corazón. La dama dijo unas cuantas palabras amistosas, el tullido no apartó
los ojos de ella y yo estuve al lado de ambos, contemplándolos a la vez y
llenándome de su presencia. Boppi no habló durante toda la tarde más que de
Elizabeth. Alabó su belleza, su distinción y su bondad. Todo lo que ella
llevaba, fue objeto de su comentario favorable: su vestido, sus guantes
amarillos, sus zapatos verdes y su bonito sombrero. Y tampoco en los días
siguientes se cansó de encomiar su modo de andar y de mirar, su voz sugestiva y
cálida, sus manos blancas y pequeñas: todos los encantos de su persona, que tan
llena estaba de ellos. Yo no traté de poner freno a tal entusiasmo, pero me
pareció doloroso y grotesco el que hubiera sido despertado tan sólo por una
limosna de mi amada al amigo de mi corazón.
Boppi leía mucho. En el breve espacio de un mes se leyó
«Gruñe Heinrich» y «Las gentes de Seldwyla»[4] penetrando tan hondamente en el
mundo de aquellos libros, que casi se puede decir que sus personajes fueron
pronto los mejores de sus amigos. Cuando los hubo leído, quise dejarle algo de
Conrad Ferdinand Meyer, pero me pareció que la apretada y enigmática prosa de
este escritor no sería comprendida por el tullido y en vez de ello le expliqué
algunas anécdotas y milagros de San Francisco y le presté las «Narraciones» de
Mórike.
Era regocijante que hubiéramos llegado poco a poco a una
amistad tan íntima. Yo nunca se lo propuse y él tampoco lo aceptó, pero el
tuteo se estableció entre nosotros como algo natural y lógico. El día en que
nos dimos cuenta de ello, nos echamos a reír y lo dejamos ya como costumbre.
Como los días primeros del invierno hicieron imposibles
nuestros paseos, permanecíamos todas las tardes en su habitación o en la
pequeña estancia donde cosía la mujer del carpintero y jugaban sus hijos. Y
allí fue donde me di cuenta de que nuestra amistad no le había caído bien en el
ánimo del artesano. Cuando Boppi estaba presente permanecía largo rato sin
levantar los ojos del periódico, ni pronunciar palabra. No le molestaba tanto
la carga que representaba el jorobado, como la estrecha amistad que nos unía a
ambos y pude convencerme de ello el día en que intenté inútilmente hablar con
él y hacerle nuevas propuestas para la manutención del tullido. No quiso
siquiera escucharme y a partir de aquel instante su trato se hizo insoportable
y sus esfuerzos tendieron únicamente a romper la fraternal amistad que me unía
a Boppi. A tanto llegaron los malos tratos al enfermo, que se me impuso la
necesidad de tomar una determinación. Pero como yo odiaba las decisiones
apresuradas —ya en los lejanos tiempos de mi estancia en Zurich me había
bautizado Richard con el nombre de Petnis Cunctator— aguardé, semanas enteras
antes de hacerlo. Y aquel tiempo lo pasé sobre ascuas, temeroso a cada instante
de perder la amistad del jorobado o el carpintero, o acaso ambas a la vez.
El cambiante malestar de aquellos turbios días me empujó
con más frecuencia a la taberna. Una noche, después de sostener otra fuerte
discusión con el carpintero, entré en una de ellas y me bebí varios litros de
vino vaudés. Por vez primera en dos años me costó bastante trabajo llegar
derecho a casa. A la noche siguiente repetí la visita y durante varios días
seguidos me dejé arrebatar nuevamente por el torbellino de la bebida. Pero
aquella vez me sirvió de algo mi afición, pues el vino me dio una entereza que
no tenía y me impulsó a ir a casa del carpintero y poner de una vez fin a
aquella odiosa comedia. Mi aire decidido surtió, sin duda, su efecto, pues el
artesano accedió inmediatamente a la propuesta que le hice para que me dejara a
Boppi. Llegamos por fin a un acuerdo y en presencia de la mujer y de los hijos,
anuncié a todos que el jorobado se iría a vivir conmigo.
Tuve que buscar una nueva vivienda para los dos y encargar
algunas cosas que yo hasta entonces había juzgado superfluas, pero que eran
necesarias para una vida en común. Fue para mí como si hubiera contraído
matrimonio, ya que en vez del acostumbrado cuarto solitario de soltero pasé a
habitar un pequeño piso de dos habitaciones. Los primeros experimentos de
economía casera fueron desastrosos y tuve pronto que alquilar los servicios de
una mujer que lavara la ropa y arreglara la casa. Nos hacíamos subir la comida
de un restaurante vecino y muchos domingos íbamos a comer a cualquier lado.
Pronto hallamos un remanso de paz y de felicidad en aquella existencia común y
hasta en mi trabajo noté la influencia bienhechora del paralítico. Los pequeños
cuidados al enfermo me parecieron algo enojosos al principio, pero mi amigo se
mostró siempre tan paciente y tan agradecido que pronto me avergoncé de mi mala
gana y procuré que tuviera todo lo que necesitaba.
*
Pasó el tiempo y poco a poco fui dejando de asistir a las
reuniones en casa del erudito profesor. Con mayor frecuencia visité la casa de
Elizabeth, que me atraía aun, con renovado entusiasmo. Mis visitas fueron
breves, pero siempre me quedó el tiempo suficiente para tomar una taza de té o
beber una copa de vino, contemplar a mi anfitriona y cambiar unas palabras con
ella. Su contemplación renovaba mis ímpetus sentimentales y por unos instantes
me sentía completamente desgraciado, aunque sin caer en los extremos
wertherianos que siempre me habían parecido grotescos. Pero a pesar de esas
súbitas explosiones, mi amor por Elizabeth fue cambiando y al egoísmo amoroso
de la juventud sucedió una veneración silenciosa y llena de respeto. No ardía
ya en mi corazón una hoguera avasalladora, sino una brasa constante, un fervor
prolongado que mantenía vivos los anhelos de la juventud. Desde que Boppi
estaba a mi lado y me rodeaba con su aprecio noble y fiel, podía permitir que
el amor por Elizabeth alentara sin gran peligro en mi interior, como un
nostálgico eco de juventud y poesía.
Nuestra existencia era placentera y reposada. Mis visitas
a Elizabeth se fueron espaciando cada vez más y supe del placer de quedarme en
casa haciendo compañía a Boppi. Unas veces leíamos algún libro, otras
hojeábamos un álbum o jugábamos al dominó. También en algunas ocasiones
contemplábamos reposadamente la llegada del invierno desde la ventana y la
misma placidez de nuestra existencia nos hacía agradable la contemplación.
Cuando las nevadas se recrudecían y soplaba helado el viento del Norte, dejábamos
nuestros puestos al lado de la ventana y nos sentábamos junto a la chimenea con
infantil voluptuosidad. El enfermo tenía un juicio especial del mundo y
contemplaba la vida desde un punto de vista completamente original. El arte de
conocer a las personas, el modo de saber sus reacciones y distinguir sus
caracteres era una habilidad constante de Boppi. Durante las largas veladas
invernales me explicó su vida anterior y yo aprendí muchas cosas de él. El
jorobado no había conocido apenas una docena de personas en toda su existencia,
pero a pesar de ello sabía distinguir perfectamente los caracteres como el más
perfecto conocedor del género humano. Le faltaba la experiencia, pero tenía la
intuición. Estaba acostumbrado a fijarse aún en lo más ínfimo y a hallar en
cada hombre un manantial de sucesos, de alegría y de conocimiento.
Nuestra diversión favorita consistía en recordar a los
animales del parque zoológico que ya no podíamos visitar. Con ellos componíamos
cuentos y fábulas de todas clases, que no escribíamos en su mayor parte, sino
que improvisábamos en forma de diálogo. Una declaración amorosa entre dos
papagayos, las desavenencias familiares de los bisontes y las aventuras de los
jabalíes, eran motivo de regocijo y alborozo para nosotros.
—¿Cómo está usted, señor marta?[5]
—Muy mal, señor zorro. Ya sabe usted que cuando intentaron
apresarme, perdí a mi querida mujer. Se llamaba «Cola de pincel», como ya tuve
el honor de comunicarle. Era una perla, se lo aseguro, una…
—¡Deje a un lado esas viejas historias, señor vecino! Si
no me equivoco, me ha explicado usted muchas veces cosas de esa perla. Pero
sólo se vive una vez, querido marta. Y no hay que perder nunca, ese poco de
diversión que nos anima la vida.
—No hablaría usted así si hubiera conocido a mi mujer.
—Le comprendo bien, querido amigo. ¿Ella se llamaba «Cola
de pincel»? ¡Un bello nombre, en verdad! ¿Pero qué iba yo a decirle…? ¿Ha visto
usted la plaga de gorriones que ha invadido nuestros dominios? Tengo un pequeño
plan…
—¿Contra los gorriones?
—Contra los gorriones. Verá usted: pongamos un poco de pan
ante las rejas y esperemos que lleguen esos bribones. Tendremos que ser muy
diestros si no conseguimos desembarazarnos de algunos. ¿Qué opina usted de mi
idea?
—¡Magnifica, querido vecino!
—¿Tiene la bondad de poner un poco de pan? Así…
perfectamente. ¿Quiere empujarlo un poco más a la derecha y así podremos ver
bien a nuestras presas? ¡Muchas gracias! ¡Atención! Echémonos en el suelo y
cerremos los ojos… ¡Ahí viene el primero! (Pausa).
—¿Nada aún, señor zorro?
—¡Qué impaciente es usted! Parece que haya salido de caza
por vez primera. Un buen cazador tiene que saber esperar, esperar siempre.
¡Otra vez vienen!
—¿Dónde ha ido a parar el pan?
—¿Decía…?
—Que el pan ya no está aquí.
—¡No es posible! ¿El pan? Ha desaparecido verdaderamente.
Sin duda a causa de ese aire endemoniado…
—¡Tengo mis sospechas! Antes me pareció que estaba usted
comiendo algo…
—¿Yo? ¿Comiendo algo? ¿Qué podía comer?
—El pan, sin duda.
—Está usted autorizado a pensar lo que crea, señor marta.
Pero su sospecha me hiere en lo más íntimo de mí ser. ¡Es demasiado! ¡Es
demasiado! ¿Me entiende bien…? Ahora resulta que me he comido el pan… Primero
tengo que oír esa eterna historia de su perla y luego que soportar la peor de
las humillaciones. Colocamos el pan, me quedo ojo avizor y cuando parece que
todo va a salir a pedir de boca, se pone usted a hablar y lo estropea. Pero no
se contenta con eso y me acusa de haberme comido el pan. ¡Puede esperar sentado
a que salga de caza con usted!
Las tardes y las veladas de invierno iban transcurriendo
con rapidez. Yo estaba de mejor humor, trabajaba de prisa y a gusto y me
asombraba al pensar en mi pesimista y ahogada existencia anterior. Ni los
mejores tiempos de mi amistad con Richard habían sido tan hermosos como
aquellos días confortadores y agradables, pasados al amor de la lumbre,
mientras los copos de nieve danzaban alocados en los cristales de la ventana.
Pero aquella misma felicidad me vendó los ojos. No me di
cuenta de que el pobre Boppi sufría mucho más que antes y él tampoco se atrevió
a decírmelo. De sus labios no salió ni una sola queja y aunque su tos fue de
día en día más desgarradora, ni siquiera me prohibió fumar y procuró contenerla
cuando yo estaba delante. Una noche estaba yo escribiendo en la estancia,
cuando le oí gemir en la cama. Sin duda creía que yo estaba acostado desde
hacía largo rato y quedó muy sorprendido y confuso al verme entrar. Dejé la
lámpara encima de la mesilla, me senté en el borde de la cama y comencé a
interrogarle. Al principio intentó disimular, pero luego confesó contrito que
se encontraba peor.
—¡No es grave, te lo aseguro! —dijo con sonrisa ligera—.
Sólo una sensación de angustia en el corazón al hacer algunos movimientos y al
respirar.
Parecía que quisiera disculparse. Como si su enfermedad
fuera un crimen y como si a cada instante temiera que yo le abandonara. A pesar
de sus protestas fui a visitar a un médico a la mañana siguiente. La mañana era
fría y clara y un sol pálido brillaba en la nieve de las calles. Pensé en la
próxima Navidad y en el regalo que le gustaría a Boppi. El médico atendió
cortésmente mi perentoria llamada. Llegamos a casa, subimos las escaleras
precipitadamente y entramos en el cuarto de Boppi.
El médico le auscultó con atención, luego reconoció el
cuerpo y le hizo algunas preguntas. Su voz tuvo luego una grave entonación que
dio al traste con todas mis esperanzas.
—Gota, debilidad cardíaca, bastante grave…
Escuché las palabras lacónicas y me asombré de no oponer
resistencia cuando el médico aconsejó la conducción del enfermo al hospital.
Por la tarde se detuvo la ambulancia ante nuestra puerta y
cuando al anochecer regresé del hospital me pareció la casa siniestramente
vacía. Largo rato estuve midiendo la habitación con mis pasos, luego me dejé
caer en un sillón y entorné los ojos cayendo en una especie de soñolencia
turbada a ratos por horribles visiones de pesadilla.
El amor siempre es así. Va unido al dolor y tardé o
temprano atormenta a los que se rinden a él. ¿Pero qué importa lo doloroso de
toda nuestra existencia si al mismo tiempo nos sentimos unidos a nuestros
semejantes, estrechamente ligados a todo lo que nos rodea y vive al mismo
tiempo que nosotros? Yo cambiaría de buena gana todos los días alegres y
risueños de mi existencia, todos mis enamoramientos y mis ambiciones de
escritor por poder entrever el santo amor de la existencia como entonces.
Cierto que duele el corazón y duelen los ojos, que el orgullo y la vanidad
resultan heridos y que la propia personalidad parece abatirse por completo,
pero luego el interior queda limpio, sereno y satisfecho hasta en las más
íntimas fibras.
Ya con la muerte de la pequeña y rubia Agi, dejó de
existir un pedazo de mi antigua alma. Y mi ser entero se estremeció nuevamente
cuando vi a mi jorobado postrado en la cama, presa de la enfermedad que iba
invadiendo poco a poco su cuerpo deformado. Boppi se moría sin remedio. Y yo,
que apenas era un principiante en el ars amandi, tuve que comenzar asimismo el
grave capítulo del ars moriendi. No callaré lo sucedido en esta época, como
callé la temporada pasada en París. Hablaré de ella en voz muy alta, como una
mujer en sus días nupciales y un hombre de sus años de muchacho.
Ante mis ojos fue muriendo poco a poco un hombre cuya vida
sólo había sido un compendio de sufrimiento y amor. Tuve tiempo de escuchar de
sus labios palabras consoladoras y animosas mientras la muerte iba haciendo su
trabajo fatal. Vi cómo su mirada dolorosa buscaba mis ojos, no implorante ni
acongojada, sino llena de entereza, firme y decidida como no lo había estado
nunca.
—¿Puedo hacer algo por ti, Boppi?
—Cuéntame algo. Quizá sobre el tapir.
Le hablé del tapir y él cerró los ojos para escucharme.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para que mi voz no temblara y para que las
lágrimas no me rodaran por las mejillas. Cuando creí que se había dormido,
callé y me quedé contemplándolo unos instantes.
Boppi volvió a abrir los ojos.
—¿Y después?
Seguí explicando cosas del tapir, de las montañas, de mi
padre, del pequeño y malvado Mateo Spinelli, de Elizabeth.
—Se casó con un tonto y no apreció bien tus condiciones,
Peter. ¡Así es la vida!
Bruscamente cambió de conversación y se puso a hablar de
la muerte.
—No es ninguna broma, querido Peter. El trabajo más
difícil no lo es tanto como morir. Y a pesar de todo, lo hacemos todos los
hombres.
Calló unos instantes antes de proseguir:
—Cuando el tormento esté sufrido ya, podré reírme con toda
libertad. La muerte no será penosa para mí y el alma abandonará satisfecha este
cuerpo contrahecho. En cambio, será para ti una verdadera desgracia, con tus
anchas espaldas y tus brazos y piemos fornidos, hechos a moverse y andar.
Y otra vez, ya en los últimos días, se despertó de su
corta soñolencia y dijo en voz alta:
—El cielo es hermoso, mucho más hermoso de lo que todos
podemos imaginarnos.
La mujer del carpintero visitaba también con mucha
frecuencia el hospital. Se mostraba afectuosa con su hermano y le llevaba
pequeños obsequios. Su marido, en cambio, no se acercaba una sola vez y en
algunas ocasiones llegó incluso a reprender a su mujer por sus visitas.
—¿Qué crees? —pregunté un día a Boppi—. ¿Habrá también un
tapir en el cielo?
—Estoy seguro —respondió él con ingenua confianza—. Allí
habrá toda clase de animales. También gamuzas y elefantes.
Llegó Navidad y celebramos una pequeña fiesta junto a la
cama de Boppi. Hacía mucho frío y nevaba copiosamente sobre la endurecida capa
de hielo que cubría las calles y las plazas. Pero yo no me di cuenta siquiera
de ello. Oí que Elizabeth había tenido un hijo y lo olvidé al poco rato. Llegó
una carta de la señora Nardini y apenas pasé la vista por encima. Todo había
dejado de existir para mí y hacía mi diario trabajo con rapidez para poder
estar cada minuto con el enfermo. Desde mi casa corría al hospital y allí me
dejaba caer junto a la cama de Boppi, sintiéndome inmerso en una paz honda y
sedante.
Próximo el fin, tuvo unos días mejores. Era extraordinaria
la claridad con que recordaba los menores actos de su vida pasada y los revivía
con la memoria. Durante dos largos días no habló de otra cosa más que de su
madre. Le costaba bastante el pronunciar las palabras, pero, sus largos
silencios dejaban traslucir que seguía pensando en ella.
—Te he hablado muy poco dé mi madre —se lamentó— y no
quiero pasar más tiempo sin hacerlo. No olvides nunca lo que hizo por mí y de
ese modo parecerá que mi agradecimiento es imperecedero aunque yo muera. Yo
quisiera que todos los hombres tuvieran una madre así, querido Peter. Fue
buena, muy buena… nunca desmayó en su trabajo, ni me mandó al asilo cuando tuvo
que dejar de trabajar.
Calló y respiró hondamente, como si le costara trabajo
hablar. Logré que callara durante una hora, pero luego volvió a reanudar su
interrumpida evocación:
—Fui el más querido de sus hijos y siempre me tuvo a su
lado. Sólo la muerte fue capaz de apartarme de ella. Los demás hermanos
emigraron y la hermana se casó con el carpintero; sólo yo me quedé en casa y a
pesar de nuestra pobreza fuimos siempre felices. No debes olvidar nunca a mi
madre, Peter. Era muy bajita, quizá mucho más que yo. Cuando me daba la mano
era igual que si un pájaro se posara levemente en mi palma. Cuando murió,
nuestro vecino Rütimann dijo que un ataúd de niño bastaría para enterrarla.
Pensé que también para él bastaría un ataúd de niño. Su
cuerpo parecía mucho más menudo y contrahecho bajo las sábanas limpias de la
cama del hospital y sus manos semejaban enfermas manos de mujer, largas,
delgadas y muy blancas. Cuando dejó de soñar en su madre me tocó el turno a mí.
Habló sobre mi persona como si yo no me hallara presente y al hacerlo se dibujó
una sonrisa beatífica en su rostro sudoroso:
—Es un desdichado y sin duda ha sufrido mucho en esta
vida. Su madre murió cuando él era aun muy joven.
—¿Me conoces aun, Boppi?
—Sí, señor Camenzind —respondió con entonación gozosa,
riendo quedamente.
Pasaron varios días y el estado de Boppi siguió
estacionario. Una mañana preguntó:
—¿Cuesta mucho el hospital? Te estoy saliendo muy caro.
Supongo que ni él mismo aguardaba respuesta a sus palabras. Un súbito rubor le
llenó el pálido rostro, cerró los ojos y durante unos segundos pareció que sus
facciones se transfiguraban en un éxtasis feliz.
—Se acerca el final —dijo la hermana que le cuidaba. Pero
Boppi volvió a abrir los ojos, me miró con expresión burlona y parpadeó
vivamente como si quisiera decirme algo. Me acerqué a él, pasé mi mano por su
espalda y le incorporé con suavidad. Me lo agradeció con una sonrisa,
transformada inmediatamente en una mueca de dolor. Luego inclinó levemente la
cabeza y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Era el fin.
—¿Estás bien así, Boppi? —pregunté yo. Pero ya había
terminado de sufrir y su mano izquierda se iba enfriando en mi diestra. Era el
siete de enero, una hora después del mediodía. Al mediar la tarde quedó todo
dispuesto para su entierro. El ataúd no era mayor que el de un niño y el
contrahecho cuerpo de Boppi había adquirido una rigidez que no tuvo en vida.
Aun ahora me asombro al recordar que su muerte no produjo en mí tristeza alguna
y ni siquiera vertí unas lágrimas por el desgraciado tullido. Su larga enfermedad
había hecho que me acostumbrara tanto a la idea de la despedida y la
separación, que la muerte no pudo siquiera agudizarla. El alma de Boppi había
abandonado su refugio contrahecho para ascender a las alturas, para escalar la
cima de la bienaventuranza reportada por sus propios sufrimientos. ¿Cómo podía
entristecerme aquello?
Pero estos sentimientos no variaron en nada mi propósito
de abandonar la ciudad y refugiarme en cualquier lugar, a ser posible en el
Sur, para hilar, por fin, la hebra de mi gran obra. Un poco de dinero ahorrado
me sirvió para desatender mis perentorias obligaciones literarias y prepararme
para la marcha en cuanto aparecieran los primeros atisbos de la primavera.
Primeramente pensé dirigirme a Asís, donde la buena señora Nardini aguardaba mi
visita y después buscar cualquier olvidado repliegue de la montaña y ponerme
allí a trabajar. Me pareció que había experimentado en mi carne y mi alma los
embates de la vida con demasiada frecuencia y que estaba autorizado a exigir a
las demás gentes que me escucharan con un poco de razonable atención. Con
verdadera impaciencia aguardé el mes de marzo, presintiendo ya en mi oído las
palabras italianas y en mi olfato el aroma del risotto, las naranjas y el
chianti.
El plan era perfecto y me satisfacía cada vez que pensaba
en él. Pero entretanto hice bien en imaginar el chianti por anticipado, pues
mis propósitos no se llevaron a cabo y todo ocurrió de un modo totalmente
opuesto a como había previsto.
Una carta escrita en un fantástico estilo por el posadero
Nyggeder me notificó a últimos de febrero que había demasiada nieve en la
aldea, que ni el ganado ni las personas estaban como era de desear, que
especialmente era inquietante el estado de mi señor padre y que sería muy bien
acogido el envío de dinero o mi propia presencia. Como no me plació enviar
dinero y el estado del viejo me inspiró serios cuidados, no dudé un solo
instante en ponerme en camino hacia Nimikon. Llegué a la aldea un día horroroso,
en el que el viento y la nieve no dejaban ver a dos pasos y las montañas y las
casas estaban cubiertas por espesa niebla. Me vino muy bien conocer el camino a
ciegas, pues tuve que andar un gran trecho envuelto en el vendaval. Contra mis
previsiones, el viejo Camenzind no estaba en la cama, sino sentado junto a la
estufa y cuidado por una vecina que le había llevado leche y que le estaba
leyendo unos pasajes de un libro piadoso. Ni siquiera se dio cuenta de mi
entrada y sólo pasados unos instantes volvió la cabeza hacia mí.
—¡Mira, Peter está aquí![6] —dijo el pecador guiñándome el
ojo izquierdo.
Pero ella prosiguió inmutable su sermón. Me senté en una
silla y aguardé a que la vecina terminara de leer, entreteniéndome en
contemplar cómo la nieve que cubría mi abrigo y mis zapatos iba fundiéndose y
formaba al principio una húmeda mancha en torno a mi silla, que se convirtió a
poco en un reposado charco. Sólo cuando la mujer dio por terminada la lectura y
sus comentarios, pudo celebrarse mi recibimiento oficial en el que ella también
tomó parte alborozada.
Mi padre me pareció más abatido y consumido que la última
vez que le vi. Pasadas las primeras efusiones mostró su verdadero carácter y vi
que su humor se había hecho mucho más agrio y su aspereza más insoportable.
Claro está que no podía pedirse de un viejo labrador, que
ni siquiera en sus buenos tiempos había sido modelo de virtudes y de amor
paterno, que cambiara en sus días de enfermedad y de vejez, convirtiéndose en
un modelo de ternezas y correspondiendo por entero al aprecio filial. Mi padre
no hizo eso y conforme fue agravándose la enfermedad se fue haciendo mucho más
fastidioso e irritante. Me hacía pagar con creces todo lo que yo le había hecho
sufrir en mis tiempos de infancia y adolescencia, complaciéndose en
manifestarlo en alta voz a cada instante. Sus palabras eran ásperas e hirientes
y conocía una multitud de maneras de mostrarse rudo e intratable sin despegar
para nada los labios. Seguía bebiendo con tanto gusto como antaño y acogía con
maldiciones y mal humor el vaso de excelente vino del Sur con que le obsequiaba
cada mañana, solamente porque volvía a encerrar la botella en la alacena vacía,
cuya llave me cuidaba de no abandonar nunca en sus manos.
A finales de febrero hicieron su aparición los días claros
que hacen tan bello el invierno de la alta montaña. Las altas cumbres se
destacaban contra el cielo azul, muy próximas en la atmósfera clara. Los prados
y las cañadas estaban cubiertos de nieve, de nieve de la montaña, nunca tan
blanca, tan cristalina y tan esponjosa en los repliegues del valle. Los rayos
del sol brillaban al mediodía con gran fiesta de resplandores sobre los
cristales de hielo; en los barrancos y las pendientes se deslizaban las sombras
azuladas y el aire era tan límpido, tras muchas semanas de continua nevada, que
al sol era un goce cada aspiración. En las pequeñas pendientes disfrutaban los
muchachos deslizándose cada vez con mayor rapidez sobre la helada nieve y en
las horas reposadas del mediodía salían los viejos a tomar el sol. En medio del
paisaje blanco destacaba sereno y azul el lago nunca helado, mucho más hermoso
que en verano. Diariamente llevaba a mi padre hasta el borde mismo del
embarcadero y contemplaba cómo sus manos heladas y sarmentosas se extendían al
sol. Unos instantes después comenzaba a toser y a quejarse del frío. Pero yo
sabía que eso no era más que una estratagema para solicitar luego un trago y
que ni la tos ni el frío eran para tomarlo en serio. Le daba una copa de
genciana o absenta, volvía a escuchar su fingida tos y leía en el brillo
malicioso de sus ojos la satisfacción de haberme engañado. Después de la comida
dejaba solo al viejo y andaba durante dos horas siguiendo mi antigua costumbre.
Los prados blancos y los barrancos helados parecían darme cada día la
bienvenida y al abismarme en su contemplación me parecía revivir los días ya
muy lejanos dé mi adolescencia.
Llegó la época fijada para mi viaje a Asís y los caminos
estaban aún cubiertos de nieve. A primeros de abril tuvo lugar un deshielo tan
rápido como no se había visto nunca en el pueblo.
Día y noche se escucharon los aullidos del viento del Sur,
unidos al crujido de las avalanchas lejanas y el rugido de los desbordados
torrentes que arrastraban tierra y troncos de árboles y los lanzaban contra
nuestras pobres huertas de árboles frutales. La fiebre del Sur no me dejó
conciliar el sueño y noche tras noche escuché el gemido de la tempestad, el
tronar de las avalanchas y el chocar del encrespado lago contra la orilla. En
aquellos días febriles de lucha primaveral de los elementos, volvió a recrudecerse
mi dolencia de amor con tanta fuerza, que me levantaba a medianoche, y apoyado
en el alféizar de la ventana, con los cabellos revueltos por el viento y el
rostro húmedo por el polvo de nieve, musitaba palabras de amor a Elizabeth.
Desde aquella noche de Zurich en que la turbación y el naciente cariño a la
pintora italiana me empujaron a llorar y reír, gritar y rezar en la colina que
dominaba la ciudad, no había vuelto a sentir con tanto arrebato la fuerza de la
pasión. A menudo me parecía que Elizabeth estaba a mi lado y otras veces sentía
multiplicada su lejanía. Mis pensamientos y mis ideas fluían en desordenado
torrente y sentía que me aprisionaban fuerzas desconocidas, ocultas y obscuras.
Era el viento del Sur. Su misma influencia me poseyó en los años de la
adolescencia cuando pensaba en la bella Rosi y sentí que me invadía la misma
ola obscura que entonces.
Convencido que contra aquella dolencia no había ningún
remedio, intenté trabajar un poco. Comencé a ordenar las notas para mi obra y
llevé a cabo algunos estudios atrasados, pero pronto me di cuenta de que no era
tiempo de hacer aquello. Mientras, llegaron a la aldea las graves noticias que
seguían a cada deshielo. Los pequeños diques que contenían el torrente estaban
medio destruidos, algunas casas, cabañas y establos habían sufrido graves daños
y en los municipios vecinos había muchas personas sin techo ni hogar. Por
doquier lamentos y miseria, sin que hubiera dinero con que poner remedio a
tanta desolación. La situación fue tan precaria que el alcalde me llamó a su
casa y me rogó que contribuyera con mi esfuerzo a remediar la necesidad. Se
trataba de llevar la representación del municipio hasta las autoridades
cantonales y emprender una campaña en los periódicos para solicitar auxilios.
Comprendí que se me presentaba la ocasión de olvidar mis propias penalidades en
aras de una causa elevada y acepté calurosamente la propuesta. Mis cartas
despertaron algún eco en Basilea, pero el cantón, como ya suponíamos de
antemano, no tenía dinero y sólo pudo mandar algunos trabajadores. Entonces
dirigí mis súplicas a los periódicos y llovieron las cartas, los donativos y
las preguntas sobre el pobre escritorio aldeano del alcalde.
Las dos semanas de trabajo ininterrumpido me hicieron
mucho bien. Cuando la cosa estuvo encarrilada y no fueron ya necesarios mis
servicios, verdeaban ya los prados y las laderas limpias de nieve se reflejaban
en las aguas del lago. Mi padre tenía unos días soportables y mis postreras
irritaciones habían desaparecido al mismo tiempo que los sucios restos de las a
va lanchas. Llegaron los días calurosos y con ellos la época en que mi
progenitor acostumbraba, años atrás, a pintar y calafatear nuestra barca. Contemplando
las aguas del lago, recordé que mi madre acostumbraba hacer una buena cena
aquellos días y me volví a ver a mí mismo pendiente de las idas y venidas de mi
padre, de las volutas de humo de su pipa y del revoloteo de las mariposas sobre
el embarcadero. Todo aquello había pasado ya. La barca no existía, mi madre
había muerto hacía mucho tiempo y mi padre estaba postrado en su silla. Pero
aquella evocación de los viejos tiempos hizo que me acordara de mí tío Konrad.
Acostumbraba a visitarnos con bastante frecuencia y valía la pena de oírle
recordar sus proyectos con una sonrisa de orgullo, mientras bebía a pequeños
tragos su vaso de vino. La edad le había obligado a no hacer otros nuevos y
estaba ya des engañado de los viejos, pero a pesar de todo había en su sonrisa
algo infantil que me atraía. A menudo era él mi único consuelo cuando las
impertinencias y el mal humor del viejo habían llegado a su máxima expresión.
Entonces bebíamos juntos un trago y su charla obraba el milagro de calmar mis
nervios y disipar mi irritación.
Además de cuidar a mi padre, dediqué mis horas a la
conservación de nuestra deteriorada casa. Las vigas estaban resquebrajadas en
su mayoría, el fogón y la estufa eran defectuosos y humeaban continuamente; las
puertas no cerraban y las escaleras que conducían al desván era peligrosas.
Antes de poner manos a la obra, tuve que afilar el hacha, encajar el martillo y
buscar los clavos. Después rebusqué entre las maderas medio podridas del jardín
hasta hallar unas que fueran utilizables. En la reparación de la piedra de
amolar y de las herramientas tuve que admitir la ayuda de tío Konrad, a pesar
de que se había vuelto demasiado viejo y tardo para poder ayudar gran cosa. Una
mañana soleada comencé la tarea y mis blancas manos de escritor empuñando el
hacha y el martillo, accionaron la piedra de amolar y cogieron la madera sucia
y áspera. Trepé luego al tejado y comencé a clavar, a martillear, a aserrar y a
partir con tanto ímpetu que pronto estuvo mi frente completamente empapada en
sudor. Conforme fueron pasando las horas y el sol se fue levantando, también
aumentó mi fatiga. De cuando en cuando pasaba algún vecino, mujer, viejo o
niño, y no dejaba de levantar la mirada. Al verme sonreían y saludaban
cordiales. Yo correspondía con fervor, sintiéndome uno más entre dios y les
dirigía la palabra, gozoso y satisfecho:
—¡Hace calor hoy, Isabel!
—Cierto, Peter. ¿Qué estás haciendo?
—Arreglar el tejado.
—Desde hace tiempo le hacía falta.
—Es verdad. Es verdad.
—¿Qué hace el viejo? Pronto cumplirá sus setenta.
—Ochenta, Isabel, ochenta. ¿Crees que nosotros llegaremos
a esa edad? No me haría ninguna gracia.
—No, Peter. Pero ahora tengo que irme para dar la comida a
mi marido. ¡Qué te salga bien!
—¡Adiós, Isabel!
Y mientras la vecina se alejaba, con la escudilla envuelta
en un trapo, elevaba yo la mirada a las nubes y reflexionaba cómo era posible
que todas las gentes hicieran su trabajo con tanta diligencia, mientras yo
claveteaba la misma madera desde hacia ya dos días. Pero por fin estuvo
arreglado el tejado. Mi padre se interesó vivamente por el trabajo y como no
pude izarlo hasta el mismo tejado, hube de darle cuenta de cada madera puesta y
de cada lata clavada para que gastara bromas a su entero gusto.
—Está bien —dijo con la malicia bailándole en los ojos—,
está bien. Pero nunca creí que acabaras este año.
*
Cuando medito en mis sucesivas transformaciones y vuelvo a
recordar todos mis vitales intentos, me alegra y me irrita a un tiempo haber
dado cauce a mis impulsos más instintivos. Dice un viejo refrán que los peces
pertenecen al agua y los campesinos a la tierra y la sentencia es cierta, así
como que de un Camenzind de Nimikon no saldrá nunca un buen hombre de ciudad y
de mundo. Pero pese a la leve nostalgia que ello me causa, no dejo de sentirme
orgulloso de haber terminado mi peregrinación tras la felicidad en este viejo
rincón, entre las montañas y el lago, donde pertenezco y donde mis virtudes y
mis vicios, especialmente los vicios, son algo ordinario y tradicional. Afuera
llegué a olvidar mi tierra natal y estuve a punto de creerme a mí mismo una
planta rara y especial, pero ahora me doy cuenta de que era el espíritu de
Nimikon el que alentaba en mi interior y me impedía asimilarme al resto del
mundo. No se le ocurre aquí a nadie ver en mí un ente original y cuando
contemplo a mi viejo padre o a tío Konrad, veo que soy su sobrino y su hijo
normal. Mi par de vueltas por las regiones del espíritu y mi llamada
ilustración pueden compararse muy bien a la travesía a vela de mi tío, con la
diferencia de que la primera me costó dinero, esfuerzos y juventud. También
cambié exteriormente desde que mi primo Kuoni me aconsejó que me dejara la
barba y desde que me puse pantalones de cuero y me acostumbré a ir en mangas de
camisa. Las gentes de la aldea saben que estuve mucho tiempo en la ciudad y la
verdad es que me guardo mucho de decirles la clase de individuo que fui allí.
Algunas veces explico algo referente a mis estancias en
Alemania, en Italia o en París y entonces me avergüenzo un poco al ver un gesto
de duda o una sonrisa de escepticismo.
¿Y qué quedó, de todos aquellos años pasados? La mujer que
amé y que sigo amando está casada y tiene dos hermosos niños. La otra, que me
amó y cuyo amor no correspondí, se consoló y sigue con su comercio de verduras
y frutas. Mi padre, causa de mi regreso a este alejado nido, no se muere ni
está sano, sino que se pasa los días sentado en su silla tratando de quitarme
la llave de la alacena.
Pero eso no es todo. Aparte de mi madre y del ahogado
Richard, tengo a la rubia Agi y al pequeño y contrahecho Boppi como ángeles en
el cielo y gracias a mis esfuerzos se han reparado muchos tejados en el pueblo
y se ha levantado de nuevo el dique que encauza las aguas del torrente. Si
quisiera podría sentarme también en la asamblea municipal, pero creo que ya hay
allí demasiados Camenzind.
Próximo ya el invierno, se me abrió otra amplia
perspectiva. El posadero Nyggeder, en cuya sala se bebió mi padre tantos litros
de vino Valtelina, vaudés o de Wallis, se sintió hastiado de su negocio y me
propuso el traspaso. Desde que presté oído a sus palabras no tuve un instante
más de reposo. En Basilea me quedaba aun un poco de dinero en el Banco y el
viejo me prestó lo que faltaba para convertirme en sucesor de Nyggeder. Lo malo
es que no puedo hacerme cargo de la hostería mientras viva mi padre, pues jamás
podría soportar su aire de triunfo al ver que los latines y la ilustración no
habían servido para otra cosa más que para hacerme posadero. Comprendí que no
era posible tal humillación y comencé a aguardar la muerte del viejo, no con
impaciencia, sino con la naciente esperanza de las cosas que aun están muy
lejanas.
Tío Konrad ha vuelto a sentir la llamada de las grandes
ambiciones y recorre a pequeños pasos la estancia con el índice apoyado en los
labios y el ceño fruncido por la constante meditación. De cuando en cuando se
llega hasta el embarcadero y clava su mirada en el agua.
—Creo que voy a construir barquillas de nuevo —me dijo en
una ocasión. No pude evitar un gesto de disgusto, que se disipó prontamente al
ver su expresión esperanzada y clara como la de un muchacho. Su cuerpo está
viejo, pero su alma no. Sigue siendo el inquieto y el disconforme y lo seguirá
siendo hasta el día de su muerte. Y entonces los habitantes de Nimikon verán
algo extraordinario. Pues yo me he prometido a mí mismo hablar unas cuantas
palabras al lado de su tumba, tras el corto responso del cura y después de las
bendiciones de rigor. Recordaré a mi tío y proclamaré a los cuatro vientos la
convicción de que era un favorito de Dios, pese a las burlas y las chanzas de
sus vecinos que no supieron comprenderlo. Supongo que todos se ofenderán y que
nadie me hará gran caso. Pero yo habré cumplido con un deber sagrado y uno de
mis más ardientes deseos es que viva aun mi padre para presenciarlo.
En el arca está el comienzo de mi gran obra literaria. «La
obra de mi vida» podría llamarla. Pero el título suena demasiado patético y
prefiero no ponerlo, pues tengo que reconocer que está aún muy lejos su final.
Quizá llegue el tiempo en que reanude su escritura y lo termine. Entonces mis
anhelos adolescentes se habrán cumplido y seré un escritor. Creo que con eso me
quedaré más satisfecho que con la construcción de los diques o la asistencia a
la asamblea municipal. Lo pasado y perdido de mi vida habrá reunido todas las
imágenes que por ella transcurrieron, desde la esbelta Rosi Girtanner al pobre
Boppi. Entonces podré morir en paz.
FIN


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