Libro N° 4056. Siddhartha. Hesse, Hermann.
© Libro N° 4056. Siddhartha. Hesse, Hermann. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.
Título
original: © Siddhartha. Hermann
Hesse
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SIDDHARTHA
Hermann Hesse
Siddharta es una novela alegórica de Hermann Hesse, premio
Nobel 1946, que, publicada en 1922, relata la vida del joven Siddharta, un
hombre para quien el camino de la verdad pasa por la renuncia y la comprensión
de la unidad que subyace en todo lo existente y que, finalmente, se convertirá
en Buda. En sus páginas, el autor ofrece un registro muy original en el que se
unifican elementos líricos y épicos, incluyendo narración y meditación,
elevación de la más alta espiritualidad, y, al mismo tiempo, descarnada
sensualidad: Herman Hesse buceó en el alma de Oriente a fin de aportar sus
aspectos positivos a nuestra sociedad. Siddharta es la obra más representativa
de este proceso y ha ejercido una gran influencia en la cultura occidental del
siglo XX. «La verdadera profesión del hombre es encontrar el camino hacia sí
mismo…»
SIDDHARTA
Hermann Hesse
Publicado en 1922
Traducción: Mª Montserrat Martí
Brugueras
A mi esposa Ninón
PRIMERA PARTE
EL HIJO DEL BRAHMÁN
Siddharta, el agraciado hijo del brahmán, el joven halcón,
creció junto a su amigo Govinda al lado de la sombra de la casa, con el sol de
la orilla del río, junto a las barcas, en lo umbrío del bosque de sauces y de
higueras. EI sol bronceaba sus hombros brillantes al borde del río, en el baño,
en las abluciones sagradas, en los sacrificios religiosos. La sombra se
adentraba por sus negros ojos en el boscaje de mangos, en los juegos de los
niños, en el canto de su madre, en los sacrificios religiosos, en las
enseñanzas de su padre y sus maestros, en la conversación de los sabios. Ya hacía
mucho tiempo que Siddharta participaba en las conferencias de los sabios. Con
Govinda se entrenaba en las lides de la palabra, en el arte de la
contemplación, de saber ensimismarse. Ya podía pronunciar quedamente el Om la
palabra por excelencia. Había conseguido decirlo en silencio, aspirando hacia
adentro; aprendió a enunciarlo calladamente, aspirando hacia afuera,
concentrando su alma y con la frente envuelta en el brillo de la inteligencia.
Ya sabía entender el interior de su atman indestructible en el mundo material.
La alegría invadía el corazón de su padre al ver al hijo
inteligente, con deseos de saber; observaba cómo crecía en Siddharta un gran
sabio y sacerdote, un príncipe entre los brahmanes.
Una deliciosa sensación llenaba el pecho de su madre
cuando le veía andar, sentarse y levantarse. Siddharta el fuerte, el hermoso,
el que caminaba sobre piernas delgadas, el que saludaba con perfectos modales.
EI corazón de las hijas de los brahmanes rebosaba amor
cuando Siddharta paseaba por las callejuelas de la ciudad con la frente
iluminada, con mirada real, con caderas estrechas.
Pero Govinda era el que más amaba a Siddharta, su amigo,
el hijo del brahmán. Sentía afecto por la mirada de Siddharta y por su cálida
voz; gustaba de su manera de andar y de sus armoniosos movimientos; apreciaba
todo lo que Siddharta hacía y decía. Pero lo que veneraba más era su
inteligencia, sus altos pensamientos ardientes, su férrea voluntad y su
vocación sublime. Govinda lo presentía: Este no será un brahmán corriente, ni
un oscuro funcionario de los sacrificios, ni un ávido comerciante de fórmulas
mágicas, ni tampoco un orador vano y vacío, o un sacerdote malicioso. Sin
embargo, tampoco será una mansa y estúpida oveja entre la masa del rebaño. No,
y tampoco él, Govinda, quería ser así, un brahmán como hay diez mil. Quería
seguir a Siddharta, el amado, el maravilloso. Y si Siddharta un día se
convertía en dios, si un día entraba en el imperio de la luz, Govinda le
seguiría entonces, como su amigo, su acompañante, su criado, su escudero, su
sombra.
Todos querían así a Siddharta. A todos daba alegría y
gozo.
No obstante, el propio Siddharta no sentía alegría ni gozo
de sí mismo. Su corazón no compartía ese júbilo general cuando andaba por los
caminos rosados del jardín de higueras, o se hallaba sentado a la sombra azul
del bosque de la contemplación, cuando lavaba sus miembros en el diario baño
propiciatorio, o hacía sacrificios entre las profundas sombras del bosque de
mangos.
Incesantemente se le aparecían sueños y pensamientos en
que veía la corriente del río, el brillo de las estrellas nocturnas, el
resplandor del sol. El ánimo se le intranquilizaba con pesadillas salidas del
humo de los sacrificios, de los versos del Rig Veda, de las doctrinas de los
viejos brahmanes.
Siddharta había empezado a alimentar el descontento en su
interior. Comenzó por comprender que el amor de su padre, el cariño de su
madre, y también el afecto de su amigo, Govinda, no le harían feliz para toda
la vida. No le satisfacía ni le bastaba. Había empezado a presentir que su
venerable padre y los otros profesores, junto con los sabios brahmanes, ya le
habían comunicado la parte más importante de su sabiduría. Adivinaba que ya
habían henchido hasta la plétora el recipiente, y, sin embargo, el recipiente
no se encontraba lleno. El espíritu no se hallaba satisfecho, el alma no estaba
tranquila, el corazón no se sentía saciado. Las abluciones eran buenas, pero
eran agua; no lavaban el pecado, no curaban la sed del espíritu, no
tranquilizaban el temor del corazón.
Los sacrificios y la invocación de los dioses eran
excelentes… Pero, ¿lo eran todo? ¿Daban los sacrificios la felicidad? ¿Y qué
sucedía con los dioses? ¿Realmente era Prajapati el creador del mundo? ¿No era
el atman, lo único, lo indivisible? ¿Acaso los dioses no eran unos seres
creados como yo y como tú, súbditos del tiempo, pasajeros? ¿Tenía sentido,
entonces, ofrecer sacrificios a los dioses? ¿A quién más se debían ofrecer
sacrificios y mostrar devoción, que no fuera al único, al atman? ¿Y dónde se
podía encontrar el atman? ¿Dónde vivía, dónde latía su corazón eterno? ¿Dónde
sino en el propio yo, en nuestro interior, en lo indestructible que cada uno
lleva dentro de sí? ¿Pero dónde se hallaba este yo, este interior, este último?
No es carne ni es hueso, no es pensamiento ni conciencia: así lo enseñan los
grandes sabios. Entonces, ¿dónde? ¿Dónde se encontraba? ¿Existía otro camino
para llegar al yo, al atman…, un camino que valía la pena buscar? ¡Pero nadie
enseñaba ese camino! ¡Nadie lo conocía! ¡Ni el padre, ni los profesores y
sabios, ni los sagrados ritos de los sacrificios! Todo lo sabían los brahmanes
y sus libros religiosos. Lo conocían todo. Se habían preocupado de todo; lo
referente a la creación del mundo, al origen de la oración, de los elementos,
de la aspiración, de la espiración, a las órdenes de los sentidos, a los hechos
de los dioses. Sabían infinidad de cosas. Pero, ¿tenía algún valor saber todo
eso, si se desconocía al Uno, al Único, al más Importante, al únicamente
Importante?
Ciertamente, muchos versos de los libros sagrados, sobre
todo los Upanishandas de Samaveda, hablaban de este interior y último.
Maravillosos versos.
«Tu alma es el mundo entero», se leía allí.
Y escrito está que el hombre, mientras duerme, durante el
sueño profundo, entra en su propio interior y vive en el atman. ¡Qué
maravillosa sabiduría entrañaban esos versos! Todo el conocimiento de los
grandes sabios se había reunido en estas palabras mágicas, puras como la miel
de las abejas. No, no se debían menospreciar los enormes conocimientos que aquí
se guardaban, reunidos por innumerables generaciones de sabios y penitentes,
que habían logrado no sólo conocer este profundo saber, sino también vivirlo.
¿Dónde se encontraba el experto que era capaz de retener el atman desde el
sueño hasta el despertar, durante la vida, con cada paso, palabra o hecho?
Siddharta conocía a muchos brahmanes venerables, sobre
todo a su padre, el puro, el sabio, el más reverenciado. Su padre era digno de
admiración; su comportamiento resultaba sosegado y noble, su vida era pura, su
palabra sabia, los pensamientos de su frente delicados y aristocráticos.
Pero él, que sabía tanto, ¿vivía en la bienaventuranza,
tenía la paz? ¿Acaso no era también uno de los que buscan siempre, sedientos?
¿No necesitaba beber continuamente en las fuentes sagradas, en los sacrificios,
en los libros, en los diálogos con los brahmanes? ¿Por qué él, que era
irreprochable, tenía que lavar diariamente sus pecados, esforzarse cada día en
la purificación, repetirla cotidianamente? ¿No estaba el atman en él, no fluía
la primera fuente de su propio corazón? ¡Esa primera fuente debía, tenía que
encontrarse en el propio yo! ¡Era necesario poseerla!
Todo lo restante era una simple búsqueda, un rodeo, un
desvarío.
Tales eran los pensamientos de Siddharta. Esa era su sed,
su sufrimiento.
A menudo pronunciaba las palabras de un
Chandogya-Upanishad:
—Quizás el nombre del brahmán sea Satyam… Quien lo sabe
con certeza entra diariamente en el mundo celestial.
Siddharta parecía estar a menudo cerca del mundo celeste,
pero nunca lo había alcanzado completamente, jamás había saciado la última sed.
Tampoco ninguno de todos los más sabios que Siddharta conociera, y de cuyas
enseñanzas disfrutó, había conseguido ese mundo celestial que apaga la sed
eterna para siempre.
—Govinda —dijo Siddharta a su amigo—, Govinda, ven conmigo
a la higuera de los banianos.
Tenemos que practicar el arte de la meditación.
Se fueron a la higuera de los banianos. Se sentaron. Aquí
Siddharta y veinte pasos más allá Govinda. Acomodado y dispuesto a decir el Om,
Siddharta repitió el verso murmurando:
Om es el arco, la flecha, es el alma,
la meta de la flecha es el brahmán,
al que sin cesar se debe alcanzar.
Cuando había pasado el tiempo acostumbrado para el
ejercicio del arte de ensimismarse, Govinda se levantó. Se había hecho tarde;
ya era la hora de efectuar la ablución de la noche. Llamó a Siddharta por su
nombre. Siddharta no contestó. Siddharta se hallaba sentado, con la mirada fija
en una meta lejana, con la punta de la lengua saliendo un poco entre los
dientes; parecía que no respiraba. Así sentado, logrado el arte de
ensimismarse, pensaba en el Om, enviaba su alma como una flecha hacia el
brahmán.
Un día, por la ciudad de Siddharta pasaron unos samanas,
ascetas peregrinos; eran tres hombres enjutos y apagados, ni viejos ni jóvenes,
con hombros ensangrentados y llenos de polvo, casi desnudos, quemados por el
sol, rodeados de soledad, forasteros y enemigos del mundo, extraños y flacos
chacales en un reino de hombres. Tras ellos venía un ardiente hálito de
silenciosa pasión, de servicio destructivo, de despersonalización implacable.
Por la noche, después de la hora de la contemplación,
Siddharta declaró a Govinda:
—Mañana de madrugada, amigo, Siddharta irá con los
samanas. Será un nuevo samana.
Govinda palideció al oír tales palabras y al leer en la
cara inmóvil de su amigo aquella decisión imposible de desviar, como la flecha
disparada por el arco. De pronto, y con la primera mirada, Govinda se dio
cuenta: esto es sólo el principio; ahora Siddharta iniciará su camino, ahora
empieza a despertar su destino. Y con el suyo, también el mío. Y se tornó
lívido como la piel seca de un plátano.
—Siddharta —invocó—. ¿Te lo permitirá tu padre?
Siddharta le observó como uno que empieza a despertarse.
Raudo como una flecha leyó en el alma de Govinda, adivinó el miedo, advirtió la
sumisión.
—Govinda —afirmó en voz baja—, no debemos malgastar
palabras. Mañana de madrugada empezaré la vida de los samanas. No se hable más.
Siddharta entró en la habitación donde se encontraba su
padre sentado encima de una estera de maguey; se colocó tras él y aguardó hasta
que se diera cuenta de que alguien se hallaba a sus espaldas.
El brahmán preguntó:
—¿Eres tú, Siddharta? Pues manifiesta lo que has venido a
decirme.
Empezó Siddharta:
—Con tu permiso, padre. He venido a comunicarte que deseo
abandonar mañana tu casa para irme con los ascetas. Mi deseo es convertirme en
un samana. Espero que mi padre no se oponga.
El brahmán quedó en silencio y permaneció así tanto tiempo
que, por la pequeña ventana, pasaron las estrellas y cambiaron su figura antes
de que se rompiera el silencio de aquella habitación. Callado y sin moverse se
hallaba el hijo, con los brazos cruzados; callado y sin moverse el padre seguía
sentado sobre la estera. Y las estrellas pasaban por el cielo. Entonces declaró
el padre:
—No es conveniente que un brahmán pronuncie palabras
violentas y furiosas. Pero la indignación estremece mi alma. No quiero oír de
tu boca este deseo por segunda vez.
Lentamente se levantó el brahmán. Siddharta continuaba
callado, con los brazos cruzados.
—¿Qué esperas? —preguntó el padre.
Siddharta contestó:
—Tú ya sabes.
Buscó su cama y se tendió en ella lleno de ira.
Después de una hora, el sueño no había conseguido cerrarle
los ojos, se levantó el brahmán, paseó de un lado a otro y por fin salió de la
casa. A través de la pequeña ventana de la habitación miró hacia el interior y
vio a Siddharta en el mismo sitio, con los brazos cruzados. Pálido, con su
clara túnica reluciente. El padre regresó a su lecho con el corazón
intranquilo.
Después de una hora sin conseguir conciliar el sueño, se
levantó otra vez, paseó de un lado a otro, salió de la casa y observó que la
luna había salido. A través de la ventana de la alcoba contempló el interior; y
allí se encontraba Siddharta sin haberse movido, con los brazos cruzados, con
la luz de la luna reflejándose en sus desnudas piernas. Con el corazón
abrumado, regresó a su cama.
Y volvió después de una hora, de dos horas; miró a través
de la pequeña ventana y vio a Siddharta a la luz de la luna, de las estrellas,
en la oscuridad. Y lo repitió a cada hora, en silencio; miraba hacia la alcoba
y veía que Siddharta no se movía. Su corazón se llenó de ira, se colmó de
intranquilidad, se saturó de miedo, se nutrió de pena.
Y en la última hora de la noche, antes de que empezara el
día, regresó; entró en el cuarto y observó al joven, que le pareció más alto,
como un extraño.
—Siddharta — invoco—. ¿ Qué esperas?
—Tú ya sabes.
—¿Te quedarás siempre así y aguardarás hasta que se haga
de día, hasta el mediodía, hasta la noche?
—Me quedaré así y esperaré.
—Te cansarás, Siddharta.
—Me cansaré.
—Te dormirás, Siddharta.
—No me dormiré.
—Te morirás, Siddharta.
—Me moriré.
—¿Y prefieres morir antes que obedecer a tu padre?
—Siddharta siempre ha obedecido a su padre.
—Así pues, ¿deseas abandonar tu idea?
—Siddharta hará lo que su padre le diga.
La primera luz del día entró en la habitación. El brahmán
vio que las rodillas de Siddharta temblaban. Sin embargo, en el rostro de su
hijo no vio ninguna duda, sus ojos miraban hacia muy lejos. Entonces el padre
se dio cuenta de que Siddharta ya desde ahora no se hallaba a su lado, en su
tierra. Ahora ya le había abandonado.
El padre tocó el hombro de Siddharta.
—Irás al bosque —dijo—, y serás un samana. Si encuentras
la bienaventuranza en el bosque, regresa y enséñamela. Si hallas el desengaño,
vuelve y de nuevo sacrificaremos juntos ante los dioses. Ahora ve, besa a tu
madre y dile adónde vas. Ya es mi hora de ir al río, a efectuar la primera
ablución.
Retiró la mano del hombro de su hijo y salió. Siddharta
vaciló en el momento en que intentó andar. Dominó sus miembros, se inclinó ante
su padre y se dirigió hacia su madre para obrar tal como le había pedido el
progenitor.
Con la primera luz del día, Siddharta abandonó lentamente
la silenciosa ciudad, con las piernas entumecidas aún. En la última choza
apareció una sombra que se había escondido allí, y que se unió al peregrino:
era Govinda.
—Has venido —declaró Siddharta, sonriente.
—He venido —respondió Govinda.
CON LOS SAMANAS
El mismo día, por la noche, alcanzaron a los ascetas, los
enjutos samanas, y les ofrecieron su compañía y obediencia. Fueron aceptados.
Siddharta regaló su túnica a un pobre de la carretera.
Desde entonces, sólo vistió el taparrabos y la descosida capa de color tierra.
Comió solamente una vez al día y jamás alimentos cocinados.
Ayunó durante quince días. Ayunó durante veintiocho días.
La carne desapareció de sus muslos y mejillas. Ardientes sueños oscilaban en
sus ojos dilatados; en sus dedos huesudos crecían largas uñas, y del mentón le
nacía una barba reseca y despeinada. La mirada se le tornaba fría cuando una
mujer cruzaba por su camino; la boca expresaba desprecio, cuando atravesaba la
ciudad con personas vestidas elegantemente. Vio negociar a los comerciantes, y
cazar a los príncipes; presenció el llanto de los familiares de un difunto;
advirtió cómo las prostitutas se ofrecían, cómo los médicos se preocupaban de
los enfermos, cómo los sacerdotes determinaban el día de la siembra, se percató
de que los amantes se querían, de que las madres daban el pecho a sus hijos. Y
todo ello no era digno de la mirada de sus ojos, todo mentía, todo apestaba;
olía todo a hipocresía, todo aparentaba tener sentido y felicidad y belleza,
mas, sin embargo, todo era ignorancia y putrefacción.
Siddharta tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse
vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegría ni penas. Deseaba morirse
para alejarse de sí mismo, para no ser yo, para encontrar la tranquilidad en el
corazón vacío, para permanecer abierto al milagro a través de los pensamientos
despersonalizados: ése era su objetivo. Cuando todo el yo se encontrase vencido
y muerto, cuando se callasen todos los vicios y todos los impulsos en su
corazón, entonces tendría que despertar lo último, lo más íntimo del ser, lo
que ya no es el yo, sino el gran secreto.
Siddharta permanecía en silencio bajo el calor vertical
del sol ardiente de dolor, de sed; y se quedaba así hasta que ya no sentía
dolor ni sed. Se hallaba en silencio durante la estación lluviosa el agua
corría desde su cabello hasta sus hombros que sentían el frío hasta sus caderas
y hasta sus piernas heladas, y el penitente continuaba así hasta que los
hombros y las piernas ya no sentían frío, hasta que se acallaban Se mantenía
sentado en silencio sobre el bardal, hasta que le goteaba sangre de la piel caliente,
y después de las úlceras. Y Siddharta continuaba erguido, inmóvil, hasta que ya
no le goteaba la sangre, hasta que nada le punzaba hasta que nada le quemaba.
Siddharta estaba sentado con rigidez y trataba de ahorrar
aliento de vivir con poco aire, de detener la respiración. Aprendía a
tranquilizar el latido de su corazón con el aliento, aprendía a disminuir los
latidos de su corazón hasta que eran mínimos, casi nulos.
Instruido por el más anciano samana, Siddharta se
entrenaba en la despersonalización, en el arte de ensimismarse según las nuevas
reglas de los samanas. Una garza voló sobre el bosque de bambú y Siddharta
absorbió a la garza en su alma; voló con ella sobre el bosque y las montañas;
era garza, comía peces, sufría el hambre de la garza, hablaba el idioma de la
garza, sentía la muerte de la garza. Un chacal muerto se hallaba en la orilla
arenosa, y Siddharta entraba en el cadáver: era chacal muerto, yacía en la
playa, se hinchaba, apestaba, se descomponía; sintióse descuartizado por las
hienas, decapitado por los cuervos; se tornó esqueleto, y polvo, y el vendaval
se lo llevó.
El alma de Siddharta regresó; había muerto, se había
convertido en polvo…, había probado la triste borrachera del ciclo. Ahora
aguardaba con una sed nueva, como un cazador, el hueco donde podría escapar del
ciclo, donde empezaría el fin de las causas y de la eternidad, del dolor.
Mataba sus sentidos, destrozaba su memoria, salía de su yo y entraba en mil
configuraciones extrañas: era animal, carroña, piedra, madera, agua. Y cada vez
se encontraba así mismo al despertar; brillaba el sol o la luna, de nuevo era
él, se movía en el ciclo, sentía sed, vencía la sed, y volvía a tener sed.
Siddharta estudió mucho con los samanas. Aprendió a andar
por diversos caminos para alejarse del yo. Anduvo por el camino de la
despersonalización a través del dolor, a través del sufrimiento voluntario y
del vencimiento del dolor, del hambre, de la sed, del cansancio. Caminó por la
despersonalización a través del pensamiento, de vaciar la mente de toda
imaginación. Se enteró de estos y otros métodos, mil veces abandonó su yo;
durante horas y días permanecía en el no-yo.
Pero aunque los caminos se alejaban del yo, su final
conducía siempre de nuevo hacia el yo. Aunque Siddharta huyó mil veces del yo,
permanecía en el vacío, en el animal, en la piedra, no podía evitar el regreso,
como era imposible escapar de la hora en que vuelve uno a encontrarse bajo el
brillo del sol o de la luz de la luna, en la sombra o en la lluvia. Y de nuevo
era el yo y Siddharta, y sentía otra vez la tortura del ciclo impuesto.
A su lado vivía Govinda, su sombra; iba por los mismos
caminos, se sometía a los mismos ejercicios. Pocas veces hablaban juntos de
otra cosa que no fuera lo que exigía el servicio y los ejercicios. A veces los
dos paseaban por los pueblos para pedir alimentos para ellos y sus profesores.
—¿Qué piensas, Govinda? —inquirió Siddharta en ocasión de
una de estas salidas—. ¿Crees que hemos adelantado? ¿Hemos logrado algún fin?
Govinda contestó:
—Hemos aprendido y seguiremos aprendiendo. Tú serás un
gran samana, Siddharta. Has aprendido rápidamente todos los ejercicios, y a
menudo has dejado admirados a los viejos samanas. Algún día serás un santo,
Siddharta.
Y Siddharta replicó:
—No soy de la misma opinión, amigo. Lo que hasta el día de
hoy he aprendido de los samanas, Govinda, lo hubiera podido aprender más
rápidamente y con mayor sencillez en otro lugar. Se puede aprender en cualquier
taberna de un barrio de prostitutas, amigo mío, entre arrieros y jugadores.
Govinda exclamo:
—Siddharta, ¿quieres burlarte de mí? ¿Cómo hubieras podido
aprender el arte de abstraerte, de contener la respiración, de insensibilizarte
contra el hambre y el dolor allí, entre aquellos miserables?
Y Siddharta dijo en voz baja, como si hablara consigo
mismo:
—¿Qué significa el arte de ensimismarse? ¿Qué es el
abandono del cuerpo? ¿Qué representa el ayuno? ¿Qué se pretende al detener la
respiración? Se trata sólo de huir del yo. Es un breve escaparse del dolor de
ser yo, una breve narcosis contra el dolor y lo absurdo de la vida. La misma
huida, la misma breve narcosis encuentra el arriero en el albergue cuando bebe
algunas copas de aguardiente de arroz o de leche de coco fermentada. Entonces
ya no siente su yo, ya no experimenta los dolores de la vida; en aquel momento
ha encontrado una breve narcosis. Dormido sobre su copa de aguardiente de arroz
alcanza lo mismo que Siddharta y Govinda después de largos ejercicios: escapar
de su cuerpo y permanecer en el no-yo. Así sucede, Govinda.
Govinda repuso:
—Así hablas, amigo, y sin embargo sabes que Siddharta no
es ningún arriero y que un samana no es un borracho. Verdad es que el borracho
encuentra su narcosis, alcanza una breve huida y un descanso, pero regresa de
la vana ilusión y se halla igual; no se ha hecho más sabio, no ha ganado
conocimientos.
Siddharta declaró sonriente:
—No lo sé, nunca he estado borracho. Pero sí sé que yo,
Siddharta, en mis ejercicios y en el arte de ensimismarme sólo encuentro una
breve narcosis, y me hallo tan alejado de la sabiduría y de la redención como
cuando de niño, en el vientre de mi madre. Govinda, esto puedo afirmarlo.
Y en otra ocasión, cuando abandonó el bosque Siddharta con
Govinda a fin de pedir alimentos en el pueblo para sus hermanos y profesores,
empezó a hablar de nuevo.
—Govinda —dijo—, ¿cómo podemos saber si vamos por el buen
camino? ¿Nos acercamos a la ciencia? ¿Aceleramos nuestra redención? O, ¿acaso
andamos en círculo, nosotros, los que pretendemos evadirnos del ciclo?
Govinda alegó:
—Hemos aprendido mucho, Siddharta, y mucho queda por
aprender. No damos vueltas, vamos hacia arriba; las vueltas son en espiral y ya
hemos subido muchos peldaños.
Siddharta pregunto:
—¿Cuántos años crees que tiene el más anciano de los
samanas, nuestro venerable profesor?
Dijo Govinda:
—Quizá tenga unos sesenta.
Y Siddharta:
—Tiene sesenta años y no ha llegado al nirvana. Tendrá
setenta, y ochenta años, como tú y yo los tendremos, y seguiremos con los
ejercicios y ayunaremos, y meditaremos. Pero nunca llegaremos al nirvana. Ni
él, ni nosotros. Govinda, creo que seguramente ni uno de todos los samanas
llegará al nirvana. Ni uno. Encontramos consuelo, alcanzamos la narcosis,
aprendemos artes para engañarnos. Pero lo esencial, el camino de los caminos,
ése no lo hallaremos.
Insinuó Govinda:
—Desearía que no pronunciaras palabras tan horribles,
Siddharta. ¿Por qué ninguno encontrará el camino de los caminos de entre tantos
sabios, tantos brahmanes, tantos rígidos samanas venerables, tantos hombres que
buscan, tantos dedicados a profundizar, tantos hombres sagrados?
Sin embargo, Siddharta contestó en voz baja, en tono
triste e irónico a la vez:
—Govinda, tu amigo abandonará pronto la senda de los
samanas, por la que tanto tiempo ha caminado contigo. Sufrí sed, Govinda, y
durante este largo trayecto con los samanas mi sed nada ha disminuido. Siempre
me hallé sediento de ciencia y lleno de preguntas. He interrogado a los
brahmanes año tras año, he indagado entre los sagrados Vedas año tras año.
Quizá, Govinda, si hubiera preguntado al cálao o al chimpancé me habrían
instruido tan bien, tan útilmente, con tanta inteligencia. Govinda, ¡he
necesitado tiempo para aprender, y aún no he conseguido entender que no se
puede aprender nada! Creo que realmente no existe eso que nosotros llamamos
«aprender». Sólo existe, amigo mío, un saber que está en todas partes, es
decir, el atman. Éste se halla en mí y en ti, y en cada ser. Y empiezo a creer
que este saber no tiene peor enemigo que el querer saber, que el desear
aprender.
Entonces Govinda se detuvo en el camino, levantó las manos
y exclamó:
—¡Siddharta, desearía que no intranquilizaras a tu amigo
con semejantes palabras! Tus teorías despiertan verdadero temor en mi corazón.
Y piensa únicamente: ¿Qué sería de la santidad, de las oraciones, de la
venerable clase de los brahmanes, de la religiosidad de los samanas, si
sucediera como tú dices, si no existiese el aprender? ¿Qué sería, Siddharta, de
todo lo que es sagrado, valioso y venerable en este mundo?
Y Govinda murmuró unos versos de un Upanishanda:
Al que medite con la mente purificada y
se absorba en el atman,
la bienaventuranza de su corazón no será
explicable con palabras.
Pero Siddharta permanecía callado. Pensaba en las palabras
que Govinda le había dicho, y las meditó en lo más recóndito de su significado.
«Sí, pensó Siddharta con la cabeza inclinada. ¿Qué
quedaría de todo lo que parece sagrado? ¿Qué quedaría? ¿Qué respondería a las
esperanzas?» Y sacudió la cabeza.
Una vez, cuando los jóvenes hacía ya aproximadamente tres
años que vivían con los samanas y habían participado en todos sus ejercicios,
les llegó de lejos una noticia, un rumor, una leyenda: había surgido un hombre,
llamado Gotama, el majestuoso, el buda, que en su persona había superado el
dolor del mundo y había parado la rueda de las reencarnaciones. Enseñando,
rodeado de discípulos, recorría el país sin propiedades, sin casa, sin mujer,
tan sólo con el ropaje amarillo del asceta, pero con la frente alegre, como un
bienaventurado, y los brahmanes y los príncipes se inclinaban ante él y se
convertían en sus discípulos.
Esta leyenda, este rumor, este cuento sonó en el aire,
perfumó la atmósfera aquí y allá. Los brahmanes hablaban de ello en las
ciudades, los samanas en el bosque; siempre se repetía el nombre de Gotama, el
buda, a los oídos de los jóvenes, para bien y para mal, en alabanzas e
improperios.
Como cuando una nación sufre la peste y se dice que allí o
allá hay un hombre, un sabio, un experto cuya palabra y aliento es suficiente
para curar a todos los enfermos, y esta noticia recorre el país y todos hablan
de ella, unos la creen, otros dudan, pero muchos se ponen rápidamente en camino
para buscar al sabio, al salvador, así también con aquel rumor perfumado de
Gotama, el buda, el sabio de la tribu de los Sakias. Los creyentes decían que
Gotama poseía la máxima ciencia, se acordaba de sus vidas pasadas, había
alcanzado el nirvana y jamás volvería al ciclo, jamás se hundiría de nuevo en
la turbia corriente de las configuraciones. Se decía de él muchas cosas
maravillosas e increíbles, había hecho milagros, había superado al demonio,
había hablado con los dioses.
Pero sus enemigos y los incrédulos afirmaban que este
Gotama era un vano seductor, que pasaba sus días, holgadamente, despreciaba los
sacrificios, no era sabio y desconocía los ejercicios y la mortificación.
La leyenda del buda era dulce, los informes llevaban el
perfume del encanto. Ciertamente el mundo se hallaba enfermo y la vida era
difícil de soportar. Y no obstante, pongan atención: una fuente parece sonar
como un suave mensaje, lleno de consuelo y de nobles promesas. En todas partes
adonde llegaba la voz del buda, en todas las regiones de la India, los jóvenes
escuchaban con interés, sentían anhelo, esperanza; cualquier peregrino o
forastero recibía excelente acogida entre los hijos de los brahmanes de las
ciudades, si traía noticias de Gotama, el majestuoso, el Sakiamuni.
La leyenda también había llegado hasta los samanas del
bosque, hasta Siddharta y Govinda.
Lentamente, goteando. Cada gota iba cargada de esperanza,
de duda. Hablaban poco de ese asunto, ya que el más anciano de los samanas no
era amigo de la leyenda. Había oído que aquel presunto buda había sido antes un
asceta y había vivido en el bosque, pero que después había vuelto a la vida
holgada y a los placeres mundanos, y su opinión sobre este Gotama era negativa.
—Siddharta —dijo un día Govinda a su amigo—. Hoy he estado
en el pueblo, y un brahmán me invitó a entrar en su casa, y en ella estaba el
hijo de un brahmán de Magada que había visto con sus propios ojos al buda, y le
había oído predicar. Con certeza me dolía el aliento en el pecho, y pensé: ¡Que
yo también, que nosotros dos, Siddharta y yo, podamos vivir la hora en que
escuchemos la doctrina de los labios de aquel perfecto! Dime, amigo, ¿no
deberíamos ir asimismo nosotros hacia allí para escuchar las enseñanzas de los
mismos labios del buda?
Siddharta contestó:
—Govinda, siempre pensé que Govinda se quedaría con los
samanas; siempre había imaginado que su meta era tener sesenta y setenta años,
y seguir con las artes y los ejercicios que ennoblecen a un samana. Pero mira
por dónde no conocía bien a Govinda, sabía muy poco de su corazón. Así pues,
querido amigo, ahora quieres tomar un sendero y marchar hacia donde el buda
predica su doctrina.
Govinda alegó:
—¡Te gusta burlarte! ¡Pues búrlate como siempre,
Siddharta! ¿Acaso no se ha despertado también en tu interior un deseo, una
afición por escuchar semejante doctrina? ¿Y no dijiste una vez que ya no
pensabas andar mucho tiempo por el camino de los samanas?
Entonces Siddharta rió de la ocurrencia. Luego en su voz,
apareció una sombra de tristeza y de ironía, y declaró:
—Bien, Govinda, has hablado con mucha propiedad, te has
acordado con suma agudeza. Sin embargo, desearía que también recordaras el
resto de lo que oíste de mí; o sea, que desconfío de todo porque estoy cansado
de las doctrinas y de aprender, y que es muy pequeña mi fe en las palabras que
nos llegan de profesores. Pero adelante, querido amigo, estoy dispuesto a
escuchar aquellas enseñanzas, aunque dentro de mi corazón creo que ya hemos
probado el mejor fruto de esa doctrina.
Govinda manifestó:
—Tu decisión alegra mi alma. Pero dime, ¿cómo es posible?
¿Cómo puede darnos su mejor fruto la doctrina de Gotama, aun antes de haberla
escuchado?
Siddharta afirmó:
—¡Gocemos de ese fruto y esperemos la continuación,
Govinda! ¡Lo que hemos de agradecer a Gotama, en primer lugar, es que nos aleje
de los samanas! Si además nos puede dar otra cosa mejor, amigo, esperemos con
el corazón tranquilo.
Ese mismo día, Siddharta hizo saber al más anciano samana
su decisión de abandonarles. Se lo reveló con la cortesía y modestia que
corresponden a un joven discípulo. No obstante, el samana se enfureció porque
los dos jóvenes le querían abandonar, y empezó a vociferar y a maldecir.
Govinda se asustó y desconcertó. Pero Siddharta acercó su
boca a la oreja de Govinda y musitó en voz baja:
—Ahora le demostraré al viejo que he aprendido algo de sus
enseñanzas.
Se colocó ante el samana y concentró su alma; captó la
mirada del anciano con sus ojos, la paralizó, le hizo callar, le dejó sin
voluntad, le sometió a su razón y le ordenó ejecutar en silencio lo que le
exigía. El anciano enmudeció, sus ojos se quedaron fijos, su voluntad
paralizada, sus brazos relajados e impotentes junto a su cuerpo: había sido
vencido por el hechizo de Siddharta.
Y los pensamientos de Siddharta se apoderaron del samana y
éste tuvo que hacer lo que los dos le mandaban. Y así, el anciano se inclinó
varias veces, hizo gestos de bendición y pronunció vacilante un piadoso deseo
para el viaje. Y los jóvenes replicaron agradeciendo las reverencias:
devolvieron el deseo, y tras saludar, se marcharon.
Por el camino comentó Govinda:
—Siddharta, has aprendido de los samanas más de lo que yo
creía. Es difícil, muy difícil hechizar a un viejo samana. Seguro que si te
quedas allí, pronto habrías aprendido a andar por encima del agua.
—No deseo andar por encima del agua —confesó Siddharta—
¡Que los viejos samanas se contenten con semejantes artimañas!
GOTAMA
En la ciudad de Savathi todos los niños conocían el nombre
del majestuoso buda, y cada casa estaba preparada para llenar el plato de
limosnas a los discípulos de Gotama, que pedían en silencio.
Cerca de la ciudad se encontraba el lugar preferido de
Gotama, el bosque Jetavana, que había sido regalado para Gotama y los suyos por
el rico comerciante Anathapindika, un devoto admirador del majestuoso.
Hacia aquella región también se habían encaminado, gracias
a los relatos y respuestas que recibieron, los dos jóvenes ascetas en su
búsqueda del Gotama. Y cuando llegaron a Savathi, ya en la primera casa ante
cuya puerta se detuvieron se les ofreció comida, y ellos la aceptaron.
Siddharta preguntó a la mujer que les daba de comer:
—Buena mujer, nos gustaría mucho que nos dijeras dónde se
halla el buda, el más venerable, pues somos dos samanas del bosque y hemos
venido para ver al perfecto, y escuchar la doctrina de sus labios.
La mujer contestó:
—Realmente os habéis detenido aquí, en el lugar preciso,
samanas del bosque. Debéis saber que el majestuoso se encuentra en Jetavana, en
el jardín de Anathapindika. Allí, peregrinos, podréis pasar la noche, pues hay
suficiente espacio, incluso para los incontables que llegan a escuchar la
doctrina de sus labios.
Esto alegró a Govinda, que lleno de gozo exclamó:
—¡Bien, pues hemos llegado a nuestra meta, y nuestro
camino ha terminado! Pero dinos tú, madre de los peregrinos, ¿conoces al buda,
le has visto con tus propios ojos?
La mujer repuso:
—Muchas veces he visto al majestuoso. Muchos días le he
observado cuando pasa por las callejuelas, en silencio, con su ropaje amarillo,
cuando presenta en silencio su plato de limosnas en la puerta de las casas, y
cuando se lleva el plato lleno.
Govinda escuchaba encantado y quería preguntar y oír mucho
mas. Pero Siddharta acordó seguir el camino. Dieron las gracias y se fueron. Ni
siquiera tuvieron que preguntar por el lugar, pues eran muchos los peregrinos y
monjes de la doctrina de Gotama que hacían el camino hacia Jetavana. Y cuando
de noche arribaron allí, observaron que había un continuo llegar, exclamar y
hablar entre aquellos que buscaban y recibían albergue. Los dos samanas,
acostumbrados a la vida del bosque, encontraron rápidamente y en silencio un
amparo, y descansaron allí hasta la mañana siguiente.
Al salir el sol, vieron con asombro el gran número de
fieles y curiosos que habían pernoctado en aquel lugar. Por todas las sendas
del maravilloso bosque caminaban monjes con su vestidura amarilla; estaban
sentados debajo de los árboles, entregados a la contemplación o dedicados a la
conversación intelectual. Los umbrosos jardines parecían una ciudad llena de
personas, que pululaban como abejas. La mayoría de los monjes salían con el
plato de limosnas, a buscar en la ciudad alimento para la hora de la comida del
mediodía, la única de la jornada. También el mismo buda, el inspirado, solía
pedir limosnas por la mañana.
Siddharta le vio y le conoció en seguida, como si un dios
se lo hubiera mostrado. Lo contempló: un hombre modesto, con su hábito
amarillo, con el plato de las limosnas en la mano, caminando en silencio.
—¡Mira allí! —gritó Siddharta en voz baja a Govinda—. Ése
es el buda.
Govinda miró con atención al monje de vestiduras
amarillas, que no parecía diferenciarse en nada de los centenares de otros
monjes. No obstante, reconoció también Govinda:
—Este es.
Y le siguieron y le observaron.
El buda continuó su camino modestamente, entregado a sus
pensamientos; su rostro sereno no era ni alegre ni triste: parecía sonreír
levemente en su interior. Caminaba el buda con una sonrisa escondida, sosegada,
tranquila, parecida a la de un niño sano; llevaba el hábito y hacía sus pasos
igual que todos los monjes, según unas reglas exactas. Pero su cara y su manera
de andar, su mirada tranquila y discreta, su mano lacia y colgante, y aun cada
dedo de esa mano hablaban de paz, de perfección; no buscaba, no imitaba;
respiraba suavemente, con una tranquilidad imperturbable, con una luz
imperecedera, con una paz intangible.
Así caminaba Gotama hacia la ciudad para pedir limosnas y
los dos samanas sólo le conocieron por la perfección de su alma, por el sosiego
de su figura, en la que no había búsqueda, ni voluntad, ni imitación, ni
esfuerzo, sólo luz y paz.
—Hoy escucharemos la doctrina de sus labios —comentó
Govinda.
Siddharta no contestó.
Sentía poca curiosidad por esa doctrina, no creyó que
llegara a enseñarle nada nuevo, ya que él, al igual que Govinda, había
escuchado una y otra vez el contenido de esa doctrina del buda, aunque por
informes que habían pasado en general de boca en boca.
Pero ahora miró con atención la cabeza de Gotama, sus
hombros, sus pies, su mano tranquilamente relajada; y a Siddharta le pareció
que cualquier miembro de cualquier dedo de esa mano era doctrina; respiraba y
brillaba todo él verdad. Ese hombre era un santo. Jamás Siddharta había
admirado y amado tanto a un hombre como a aquél.
Los dos siguieron al buda hasta la ciudad y volvieron en
silencio, pues ellos mismos pensaban renunciar a los alimentos de aquel día.
Contemplaron a Gotama de regreso; lo observaron rodeado de sus discípulos,
tomando el almuerzo; lo que comía ni siquiera bastaba a un pájaro, y vieron
cómo se retiraba luego a la sombra de los mangos.
Pero por la noche, cuando se apagó el calor y el
campamento se llenó de vida, escucharon la doctrina del buda. Oyeron su voz,
que también era perfecta, tranquila y llena de sosiego. Gotama enseñó la
doctrina del sufrimiento; habló sobre el origen del dolor y sobre el camino
para reducir ese dolor. Su oración era sencilla y serena. La vida era dolor, el
mundo estaba lleno de sufrimiento, pero se había hallado la liberación del
dolor: tal liberación estaba en manos del que seguía el camino del buda.
El majestuoso predicaba con voz suave, pero firme,
enseñaba las cuatro frases principales, mostraba el octavo sendero, repetía con
paciencia y constancia la enseñanza, los ejemplos; su voz flotaba clara y
sosegada sobre los oyentes, como una luz, como un cielo de estrellas.
Ya era de noche cuando el buda terminó su oración. Muchos
peregrinos se le acercaron y rogaron que les aceptara en la comunidad, pues
querían refugiarse en la doctrina. Y Gotama los aceptó diciendo:
—Se os ha enseñado la doctrina y vosotros la habéis
escuchado con atención. Acercaos, pues, y caminad hacia la santidad, para
preparar el fin de todos los dolores.
También se adelantó Govinda, el tímido, y declaró:
—Yo también me refugio en el majestuoso y su doctrina.
Y así Govinda pidió que le aceptaran entre los discípulos,
y fue admitido.
Inmediatamente después, cuando el buda ya se había
retirado para descansar durante la noche, Govinda se dirigió a Siddharta y
manifestó con solicitud:
—Siddharta, no tengo derecho a reprocharte nada. Los dos
hemos escuchado al majestuoso, los dos nos hemos enterado de su doctrina.
Govinda ha oído la predicación y se ha refugiado en ella. Pero tú, a quien
admiro, ¿acaso no quieres caminar por el sendero de la liberación? ¿Prefieres
vacilar? ¿Deseas esperar aún?
Siddharta despertó como de un sueño, al escuchar
semejantes palabras de Govinda. Durante largo tiempo observó el rostro del
amigo. Luego habló en voz baja, sin ironía.
—Govinda, mi amigo —le dijo—, ahora has dado el paso,
ahora has elegido tu camino. Siempre, Govinda, has sido mi amigo, siempre has
andado un paso tras de mí. A menudo he pensado: ¿No dará Govinda nunca un paso
solo, sin mí, por su propia iniciativa? Y ahora te has hecho hombre y eliges tú
mismo el camino. ¡Que lo andes hasta el fin, amigo! ¡Que encuentres la
liberación!
Govinda, que aún no comprendía bien la situación, repitió
su pregunta con tono impaciente:
—¡Por favor, habla! ¡Te lo ruego, amigo! ¡Dime que no me
engaño, que tú también, mi sabio amigo, te refugiarás junto al majestuoso buda!
Siddharta colocó una mano sobre el hombro de Govinda y
repuso:
—¿No has escuchado mi bendición, Govinda? Te la repito:
¡Que recorras ese sendero hasta el fin! ¡Que encuentres la liberación!
En ese momento, Govinda se percató de que su amigo le
abandonaba, y empezó a llorar.
—¡Siddharta! —exclamó entre sollozos. Siddharta se expresó
con cariño:
—¡No olvides, Govinda, que ahora perteneces a los samanas
del buda! Has renunciado a tu casa y a tus padres; has negado tu origen y tu
propiedad, has repudiado tu propia voluntad, has rechazado la amistad. Así lo
quiere la doctrina, así opina el majestuoso. Así has elegido tu mismo. Mañana,
Govinda, me marcharé.
Todavía caminaron durante mucho tiempo los dos amigos por
el bosque; se tendieron por largo tiempo sin encontrar el sueño. Govinda no
dejaba de insistir una y otra vez a su amigo para que le dijera por qué no se
refugiaba en la doctrina de Gotama, qué falta encontraba a esa doctrina. Pero
Siddharta cada vez le rechazaba alegando:
—¡Quédate contento, Govinda! Muy buena es la doctrina del
majestuoso, ¿cómo podría encontrarle una objeción?
De madrugada, un seguidor del buda, uno de sus más
antiguos monjes, pasó por el jardín y llamó a todos aquellos que se habían
refugiado en la doctrina, como novicios, para ponerles las vestiduras amarillas
e instruirlos en las primeras enseñanzas y obligaciones de su clase. Y Govinda
se levantó, abrazó una vez más al amigo de su juventud y siguió a los restantes
novicios.
Siddharta, sin embargo, se quedó meditando en el bosque.
Entonces se cruzó en su camino Gotama, el majestuoso; le
saludó con profundo respeto y al ver la mirada del buda tan llena de paz y
bondad, el joven tuvo valor para solicitar al venerable que le permitiera
hablarle. En silencio, el majestuoso le concedió el permiso.
Siddharta balbuceó:
—Ayer, majestuoso, tuve el honor de escuchar tu singular
doctrina. Vine desde muy lejos con mi amigo para escucharte. Y ahora mi amigo
se quedará con los tuyos, se ha refugiado en ti. Yo, sin embargo, empiezo de
nuevo mi peregrinación.
—Como tú prefieras —dijo el venerable, con cortesía.
—Quizá mis palabras resulten demasiado atrevidas —continuó
Siddharta—, pero no quisiera abandonar al majestuoso sin haberle comunicado mis
pensamientos con sinceridad. ¿Quiere aún prestarme el venerable un momento de
atención?
En silencio el buda se lo concedió.
Siddharta explicó:
—Venerable, he admirado sobre todo una cosa en tu
doctrina. Todo en ella está perfectamente claro y comprobado; muestras el mundo
como una cadena perfecta que nunca se interrumpe, como una eterna cadena hecha
de causas y efectos. Jamás se había visto eso con tanta claridad, nunca había
sido demostrado tan indiscutiblemente; en verdad, el corazón del brahmán
palpita con más fuerza cuando ve el mundo a través de tu doctrina, como
perfecta relación, ininterrumpida, lúcida como un cristal, independiente de la
casualidad, libre de los dioses. Queda en tela de juicio si el mundo es bueno o
malo, si la vida en él es sufrimiento o alegría; quizá sea porque ello no es
esencial. Pero la unidad del mundo, la relación entre todo lo que sucede, el
enlace de todo lo grande y lo pequeño por la misma corriente, por la misma ley
de las causas del nacer y morir, todo eso brilla con luz propia en tu
majestuosa doctrina. No obstante, según tu propia teoría, esa unidad y
consecuencia lógica de todas las cosas, a pesar de todo se encuentra cortada en
un punto, en un pequeño vacío donde entra en este mundo de la unidad algo
extraño, algo nuevo, algo que antes no existía, y que no puede ser enseñado ni
demostrado: ésa es tu doctrina de la superación del mundo, de la redención.
Pero con este pequeño vacío, con esa pequeña fisura, la eterna ley uniforme del
mundo queda destruida y anulada otra vez. Perdóname, si pongo tal objeción.
Gotama le había escuchado con tranquilidad, sin moverse.
Con voz bondadosa, cortés y clara le contestó ahora:
—Tú has escuchado la doctrina, hijo de brahmán ¡Dichoso de
ti por haber pensado en ella! Tú has encontrado un vacío, una falta. Sigue
pensando en la doctrina. Pero deja que te avise, tú que tienes tanto afán por
saber acerca de la dificultad de las opiniones y la desavenencia de las
palabras. No importan las opiniones, sean buenas o malas, inteligentes o
insensatas; cualquiera puede defenderlas o rechazarlas. Pero la doctrina que
has oído de mis labios no es mi opinión, ni su objetivo es explicar el mundo para
los que tienen afán de saber. Su fin es otro: es la redención de los
sufrimientos. Eso es lo que enseña Gotama, nada más.
—No me guardes rencor, majestuoso —exclamó el joven—. No
te he hablado así para buscar un desacuerdo o la desavenencia con palabras.
Desde luego, tienes razón, y poco importan las opiniones. Pero déjame decir una
cosa más: ni un momento he dudado de ti. Ni un momento he dudado de que tú
fueras el buda, de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que
tantos brahmanes e hijos de brahmanes se hallan en camino. Has encontrado la
redención de la muerte. La has hallado con tu misma búsqueda, con tu propio
camino, a través de pensamientos, ensimismaciones, ciencia, reflexión,
inspiración. ¡Pero no la has encontrado a través de una doctrina! Yo pienso,
majestuoso, ¡que nadie encuentra la redención a través de la doctrina! ¡A
nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo
que te ha sucedido a ti en el momento de tu inspiración! Mucho es lo que
contiene la doctrina del inspirado buda, a muchos les enseña a vivir
honradamente, a evitar lo malo. Pero esta doctrina tan clara y tan venerable no
contiene un elemento: el secreto de lo que el majestuoso mismo ha vivido, él
solo, entre centenares de miles de personas. Esto es lo que he pensado y
comprendido cuando escuchaba tu doctrina. Y por ello, continúo mi
peregrinación. No para buscar otra doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino
para dejar todas las doctrinas y a todos los profesores, y para llegar solo a
mi meta, o morirme. Sin embargo, a menudo me acordaré de este día, majestuoso,
y de esta hora en que mis ojos vieron a un santo.
Los ojos del buda miraron sosegadamente hacia el suelo; en
su rostro impenetrable resplandecía la tranquilidad del alma.
—¡Que tus creencias no sean erróneas! —invocó el venerable
lentamente—. ¡Que alcances tu fin! Pero antes dime: ¿Has visto el conjunto de
mis samanas, de mis muchos hermanos, que se han refugiado en la doctrina? ¿Y
crees tú, samana forastero, que para todos ellos sería mejor abandonar la
doctrina y volver a la vida del mundo y de los placeres?
—Tal pensamiento se encuentra muy distante de mí —alegó
Siddharta—. ¡Que todos ellos se queden con la doctrina, que alcancen su meta!
¡No tengo derecho a juzgar la vida de otro! Tan sólo para mí, únicamente para
mí he de juzgar, elegir, rechazar. Nosotros, los samanas, buscamos la redención
del yo, majestuoso. Si ahora fuera uno de tus discípulos, venerable, temo que
me ocurriera que sólo aparentemente mi yo consiguiera la tranquilidad y la
redención; pero me engañaría, pues viviría con la verdad y me haría más
importante, ya que entonces escondería dentro de mi yo la doctrina, la
imitación, mi amor hacia ti y hacia la comunidad de los monjes.
Con media sonrisa y con una amabilidad clara e
inalterable, Gotama fijó sus ojos en la mirada del forastero y le despidió con
un gesto apenas perceptible.
—Eres inteligente, samana —declaró el venerable—; sabes
hablar muy bien, amigo. ¡Guárdate de una inteligencia demasiado grande!
El buda continuó su camino. Su mirada y su media sonrisa
se grabaron para siempre en la memoria de Siddharta.
«Así todavía no he visto mirar ni sonreír, sentarse o
caminar a ninguna persona —pensó Siddharta—; de verdad, que también me gustaría
poder mirar y sonreír, sentarme y caminar tan libremente, con tanta veneración,
tan escondido, abierto, infantil y misterioso a la vez. Es verdad que sólo mira
y camina así una persona que ha penetrado en lo más interior de su propio ser.
Bien, también yo intentaré penetrar en lo más recóndito de mí mismo.
«He visto a una persona —meditó Siddharta—, a una sola,
ante la cual he tenido que bajar la mirada. Ante nadie más quiero bajar mis
ojos, ante nadie más. Ninguna doctrina me tentará, ya que la doctrina de este
hombre no me ha tentado.
«El buda me ha robado —reflexionó Siddharta—. Me ha
robado, pero más aún me ha regalado. Me ha robado un amigo que creía en mí y
que ahora cree en él, que era mi sombra y que ahora es la sombra de Gotama.
Pero me ha regalado a Siddharta, a mí mismo.»
DESPERTAR
Cuando Siddharta abandonó el bosque, dejó al buda, el
perfecto, y también a Govinda; sintió que en ese bosque se quedaba asimismo su
vida actual, que se separaba de él. Caminando despacio, pensó en este
sentimiento que le llenaba por completo. Razonó hondamente, se dejó deslizar
como a través de unas aguas profundas, dejóse caer hasta el fondo de ese
sentimiento, hasta allí donde se encuentran las causas. Creía que comprender
las causas era precisamente pensar, y que sólo a través de la razón, los sentimientos
pueden convertirse en comprensión, es decir, que no se pierden, sino que se
transforman en sustancias y empiezan a derramar su contenido.
Mientras caminaba lentamente, Siddharta meditó. Se dio
cuenta de que ya no era un joven, sino que se había convertido en hombre.
Sentía que algo le había abandonado, como la vieja piel desampara a la
serpiente; comprendió que algo ya no existía en él, algo que siempre le había
acompañado y que había sido parte interesante de su ser durante toda su
juventud: el deseo de tener profesores y de recibir enseñanzas. Incluso había
abandonado al buda, el último profesor que se cruzara en su camino; también él,
el más grande y más sabio de los profesores, el más sagrado se vio obligado a
separarse de él, no había podido aceptar su doctrina.
Pensativo, Siddharta retrasó todavía más su paso, mientras
se preguntaba a sí mismo:
«¿Qué has querido aprender de las doctrinas y de los
profesores? ¿Qué es lo que ellos no han podido enseñarte, a pesar de lo mucho
que te han ilustrado?»
Y se contestó:
«Era el yo, cuyo sentido y carácter quería aprender. Era
el yo, del cual me quería librar, al que quería superar. Pero no lo conseguí,
tan sólo podía engañarlo, únicamente podía huir de él, esconderme.
¡Ciertamente, ninguna cosa del mundo me ha obsesionado tanto como este mi yo,
este enigma de vivir: que soy un individuo separado y aislado de todos los
demás, que soy Siddharta! ¡Y de ninguna otra cosa del mundo sé tan poco como de
mí, de Siddharta!»
El pensador, que caminaba lentamente, se detuvo dominado
por esta idea; y de pronto, saltó de este pensamiento a otro, uno nuevo que
decía:
«Unicamente hay una causa, una sola causa que explique por
qué yo no sé nada de mí, que Siddharta me sea tan extraño y desconocido: ¡Yo
tenía miedo de mí mismo, huía de mí mismo!Buscaba el atman a Brahma; estaba
dispuesto a despedazar y a descamar mi yo para encontrar en su interior el
núcleo de todo, el atman, la vida, lo divino, lo último. Pero me he perdido a
mí mismo.»
Siddharta abrió los ojos y miró a su alrededor; una
sonrisa iluminó su rostro y recorrió todo su cuerpo, hasta la yema de los
dedos: era el profundo sentimiento del despertar, después de largos sueños. De
repente se encontró andando otra vez, con paso rápido, como el de un hombre que
sabe lo que tiene que hacer.
«¡Oh! —pensó respirando profundamente—. ¡Ahora ya no
permitiré que se escape Siddharta! Ya no quiero empezar mis reflexiones y mi
vida con el atman y con la pena del mundo. Ya no deseo matarme ni despedazarme
para hallar un misterio detrás de las ruinas. Ya no me enseñará el yoga-veda,
ni el atharva-veda, ni los ascetas, ni cualquier otra doctrina. Quiero aprender
de mí mismo, deseo ser mi discípulo, conocerme, adentrarme en el misterio de
Siddharta.»
Miraba a su alrededor, como si viese al mundo por primera
vez. ¡Era hermoso el mundo, y de variados colores! El mundo se le presentaba
curioso y enigmático. Aquí azul, allí amarillo, allá verde, el cielo y el río
corrían, el bosque y el monte mezclaban su belleza, misteriosa y mágica, y
allí, en medio, Siddharta, que se despertaba, que se ponía en camino hacia sí
mismo. A través del ojo de Siddharta entró por primera vez todo eso, el
amarillo y el azul, el río y el bosque, ya no era la magia de Mara, ni el velo
de Maja; ya no era la multiplicidad inútil y casual del mundo visible y
despreciable para el brahmán profundo, que desprecia lo múltiple y busca la
unidad. Azul, era azul, río era río, aunque dentro del azul y del río y de
Siddharta vivía escondido lo único y lo divino; precisamente, pues, el carácter
y la esencia de lo divino era el ser aquí amarillo, allí azul, allá cielo,
acullá bosque y aquí Siddharta. El sentido y el carácter no estaban detrás de
las cosas, estaban dentro de ellos, dentro de todo.
«¡Qué sordo y torpe he sido! —meditó a paso ligero—. Si
alguien lee un escrito para buscarle un sentido, no desprecia los signos y las
letras, ni los llama engaño, casualidad o cáscara inútil; al contrario, los
lee, los estudia, los ama letra por letra. Sin embargo, yo quería leer el libro
del mundo y el de mi propio carácter; sin embargo, he despreciado los signos y
las letras en favor de un sentido imaginado ya de antemano; llamaba al mundo
visible un engaño, consideraba mi ojo y mi lengua como apariencias casuales y
sin valor. No, esto ha pasado ya: ahora me he despertado, realmente he
conseguido desvelarme; y hoy, por fin, he nacido.»
Mientras Siddharta reflexionaba así, de nuevo se detuvo,
ahora de repente, como si se le hubiera cruzado una serpiente en el camino.
Y es que de improviso había comprendido también lo
siguiente: él, realmente, era como una persona que se despierta o como un
recién nacido, tenía que comenzar de nuevo su vida desde un principio. Aquella
misma mañana, al abandonar el bosque de Jatavana, el de aquel majestuoso, y
empezar a despertarse, a caminar hacia sí mismo, le había parecido natural su
intención de regresar a su tierra y a su casa paterna, después de los años de
ascetismo. Pero ahora, en este momento, cuando se detuvo como si se le hubiera
cruzado una serpiente en el camino, también se despertaron sus sospechas.
«Ya no soy el que fui —se dijo—; ya no soy asceta, ni
sacerdote, ni brahmán. ¿Qué haría en casa de mi padre? ¿Estudiar? ¿Sacrificar?
¿Ejercer el arte de reflexionar? Todo ello ya es pasado, ya no se halla en mi
camino.»
Siddharta estaba inmóvil y, por un momento, su corazón
sintió frío; cuando se dio cuenta de lo solo que se hallaba, sintió en su pecho
un escalofrío, como si se tratara de un animal pequeño, un pájaro o una liebre.
Durante años no había tenido casa, y no la había necesitado. Ahora si. Siempre,
incluso en la máxima entrega, había sido el hijo de su padre, había sido
brahmán, de elevada casta, un sacerdote. Ahora, únicamente era Siddharta, el
que se había despertado: nada más. Respiró profundamente y, por un momento, al
sentir frío, se estremeció. Nadie estaba tan solo como él. No existía el noble
que no perteneciese a la nobleza, ni el artesano que no formara parte del
gremio de los artesanos y que no encontrara refugio entre ellos, que no
participase en su vida y hablase su idioma. Todos los brahmanes se hallaban
entre los brahmanes y vivían con ellos; el asceta, que no encuentra refugio en
la clase de los samanas, e incluso el ermitaño perdido en el bosque, no era un
solitario: también a éste le rodeaba su pertenencia, también compartía con una
casta, que era el suelo patrio. Govinda se había convertido en monje, y mil
monjes eran sus hermanos, llevaban su mismo vestido, tenían su misma fe,
hablaban su idioma. ¿Pero él, Siddharta, a qué pertenecía? ¿La vida de quién
compartiría? ¿Qué idioma hablaría?
A partir de este momento surgió un Siddharta con un yo más
profundo, más concentrado; y fue precisamente en el instante en que el mundo de
su alrededor se fundía, cuando se encontró solo como una estrella en el
firmamento, al experimentar frío y desaliento. Siddharta percibía; había sido
el último estremecimiento del despertar, la última contracción del parto. Y de
pronto, volvió a caminar, echó a andar rápidamente, con impaciencia; ya no se
dirigía a su casa, ni iba hacia su padre, ni marchaba hacia atrás.
SEGUNDA PARTE
KAMALA
A cada paso del camino aprendía Siddharta cosas nuevas,
pues el mundo se encontraba cambiado, y su corazón se solazaba. Veía salir el
sol por encima de los montes verdes y lo veía ponerse sobre la lejana playa de
palmeras. Por la noche contemplaba las estrellas, ordenadas en el cielo, y la
luna creciente flotando en el azul, como una barca. Observaba los árboles, los
astros, los animales, las nubes, las lejanas y altas montañas, azules y suaves;
los pájaros y las abejas que zumbaban, el viento que soplaba sobre los campos
de arroz. Todo ello siempre había existido de mil maneras diferentes y en
multitud de colores, siempre había brilIado el sol y la luna; siempre los ríos
habían murmurado y las abejas habían zumbado.
Sin embargo, en otros tiempos, todo ello no fue más que un
velo pasajero y engañoso para el ojo de Siddharta, que observaba con
desconfianza; como penetraba en todo con el pensamiento, y no queriendo
destruir lo que no era sustancia, resultó que la sustancia se le colocó más
allá de lo visible. Pero ahora, su ojo libre veía más cerca, observaba y
comprendía lo que se hallaba ante su vista; buscaba su patria en este mundo, y
no en la sustancia; su fin ya no estaba en el más allá. El mundo era bello, si
se lo contemplaba con la sencillez de un niño. Hermosas eran la luna y las
estrellas, el riachuelo y la orilla, el bosque y la roca, la oveja y el cárabo
dorado, la flor y la mariposa. Bello y gozoso era el caminar por este mundo, de
manera tan infantil, tan despierta, tan abierta a lo cercano, tan confiada.
El calor del sol sobre la cabeza era diferente, igual que
el frescor de la sombra del bosque, el sabor del riachuelo y de la cisterna, de
la calabaza y del plátano. Los días eran cortos, y también las noches; cada
hora huía con rapidez, como una vela sobre el mar, la de un barco repleto de
riquezas, de alegrías. Siddharta veía una familia de monos saltando por las
copas de los árboles y escuchaba un canto ávido y salvaje. Siddharta miraba
cómo un carnero perseguía a una oveja y cómo luego se juntaron. En el lago
cubierto de cañas observó al lucio hambriento cazando de noche; delante de él
saltaban en el agua los peces jóvenes, llenos de miedo, y los remolinos que
originaba el impetuoso cazador llevaban el hálito imperioso de la fuerza y la
pasión.
Todo eso siempre había existido, y él no se había
percatado, no había participado del mundo. Ahora sí. Por su ojo pasaba la luz y
la sombra, por su corazón circulaban las estrellas y la luna.
Por el camino, Siddharta también recordó todo lo que había
vivido en el jardín de Jetavana, la doctrina que había escuchado allí, de
labios del divino buda, la despedida de Govinda, la conversación con el
majestuoso. Acordóse de nuevo de las propias palabras que había dirigido al
majestuoso, de cada frase, comprendió con asombro que había dicho cosas que
hasta entonces realmente no sabía. Lo que dijera a Gotama: que el tesoro y el
secreto del buda no eran la doctrina, sino lo inexplicable, lo que no podía enseñarse,
lo que él había vivido en la hora de su inspiración, esto era precisamente lo
que él pensaba vivir ahora, lo que en aquel momento comenzaba a vivir. Ahora
tenía que existir consigo mismo. Incluso antes supo que su propio yo era atman,
hecho de la misma sustancia eterna del Brahma. Pero nunca había encontrado ese
yo, realmente, porque quería pescarlo con la red del pensamiento.
No obstante, lo más seguro es que el cuerpo no fuera el
yo, ni en el juego del sentido tampoco lo era el pensar, ni la inteligencia ni
la sabiduría aprendida, ni la enseñanza en el arte de sacar conclusiones y de
construir nuevos pensamientos por entre las teorías ya enunciadas. No, también
el mundo de los pensamientos se encontraba aún de este lado, y no conducía a
ningún fin; se mataba al fugaz yo de los sentidos, y, sin embargo, se
alimentaba al fugaz yo de las reflexiones y la sabiduría.
Ambos, los pensamientos como los sentidos, eran cosas
hermosas; detrás de ambas se escondía el último sentido; debía escucharse a los
dos, se tenía que jugar con ambos, no se debía menospreciar ni atribuir
demasiado valor a ninguno de ellos; era necesario escuchar las voces interiores
y secretas de ambos.
Tan sólo deseo que la voz no me mande detenerme en otra
parte que no sea la que desee la voz, pensaba. ¿Porqué Gotama en la hora de las
horas se había sentado bajo aquel árbol donde tuvo la inspiración? Había oído
una voz, un grito en su propio corazón que le ordenaba descansar debajo de
aquel árbol; y Gotama no había preferido la mortificación, ni el sacrificio, ni
el baño, ni la oración, ni la comida ni la bebida, ni el sueño, sino que había
obedecido a la voz. Obedecer así, no era doblegarse a una orden exterior, sino
sólo a la voz interior; estar tan dispuesto era lo mejor, lo necesario, lo más
conveniente.
Durante la noche, cuando dormía en la choza de paja de un
barquero, junto al río, Siddharta tuvo un sueño: Govinda estaba delante de él
con su vestidura amarilla de asceta. Govinda tenía un aspecto triste y con
melancolía le preguntaba: «¿Por qué me has abandonado?» Entonces Siddharta
abrazó a Govinda, lo tomó entre sus brazos, lo estrechó contra su pecho y lo
besó… ya no era Govinda, sino una mujer, y del vestido le salía un seno
turgente. Tendíase Siddharta, y bebía. La leche de ese pecho sabía dulce y fuerte.
Su sabor era de mujer y de hombre, de sol y de bosque, de flor y de animal, de
todas las frutas y todos los placeres; embriagaba y hacía perder el sentido.
Cuando Siddharta despertó, el río pálido brillaba a través
de la puerta de la choza, y en el bosque se oía grave y sonoro el grito sombrío
de un búho.
Al amanecer, Siddharta rogó a su anfitrión, el barquero,
que le llevara al otro lado del río. El barquero le trasladó en su balsa de
bambú. El agua ancha resplandecía con el color cobrizo del crepúsculo matutino.
—Éste es, en verdad, un hermoso río —dijo a su
acompañante.
—Sí —respondió el barquero—; es un río espléndido. Es lo
que más quiero. A menudo le he escuchado, me he mirado en sus ojos, y siempre
he aprendido algo nuevo de él. Se puede aprender mucho de un río.
—Te doy las gracias, mi bienhechor —exclamó Siddharta,
cuando saltó a la otra orilla—. No tengo ningún regalo para darte, amigo, ni
puedo pagarte. Soy un vagabundo, un hijo de un brahmán y un samana.
—Ya me di cuenta de ello —contestó el barquero—. Y no
esperaba de ti sueldo ni regalo. Me harás el obsequio en otra ocasión.
—¿Así lo crees? —preguntó alegre Siddharta.
—Desde luego. También eso lo he aprendido del río: ¡todo
vuelve! Tú también volverás, samana. Ahora, ¡adiós! Que tu amistad sea mi paga.
¡Que pienses en mí, cuando sacrifiques ante los dioses!
Sonrientes se despidieron. Siddharta sintióse contento por
la amistad y la amabilidad del barquero.
«Es como Govinda —pensó Siddharta, jocoso—: todos los que
encuentro en mi camino son como Govinda. Todos son agradecidos, a pesar de que
ellos mismos podrían pedir agradecimiento. Todos son sumisos, a todos les gusta
ser amigos, les agrada obedecer, pensar poco. Los hombres son como niños.»
Al mediodía pasó por un pueblo. Delante de las cabañas de
barro, los pequeños se revolcaban en la calle, jugaban con pipas de calabazas y
con caracolas, se gritaban y se peleaban, pero todos huían tímidos ante el
samana forastero. Al final del pueblo, en el camino por el que cruzaba un
riachuelo, una joven estaba arrodillada, lavando vestidos a la orilla del
torrente. Cuando Siddharta la saludó, la muchacha alzó la cabeza y le miró con
una sonrisa que hizo brillar la blancura de sus dientes.
Siddharta pronunció la bendición de los peregrinos y
preguntó cuánto faltaba para llegar a la gran ciudad. Entonces la joven
levantóse y se le acercó; el brillo de su boca húmeda resplandecía en el rostro
juvenil. Echó a andar junto a Siddharta y entre bromas le preguntó si ya había
comido, y si era verdad que los samanas dormían solos por la noche en el
bosque, y que no podían tener una mujer. En esto, la muchacha colocó su pie
izquierdo sobre el derecho de Siddharta, e hizo un ademán, el que hace la mujer
cuando invita al hombre al placer sensual que los libros llaman «la subida al
árbol».
Siddharta sintió cómo se le caldeaba la sangre, y en aquel
instante recordó su sueño. Inclinóse un poco hacia la mujer y besó con los
labios el botón oscuro de su pecho. Luego levantó la mirada y vio que la joven
le sonreía con vivo anhelo, y que con los ojos le suplicaba.
También Siddharta sintió el deseo y notó cómo en su
interior brotaba la fuente del sexo: nunca había tocado a una mujer. Vaciló un
momento, a pesar de que sus manos ya estaban dispuestas a tomarla. Y en aquel
mismo instante, escuchó estremecido la voz de su interior; y la voz dijo no.
Entonces desapareció el encanto del rostro de la joven;
Siddharta tan sólo veía la húmeda mirada de una hembra animal en celo.
Afectuosamente pasó la mano por su mejilla y se separó de la muchacha. Con
pasos ligeros desapareció por el bosque de bambú, dejando atrás a la joven
desengañada.
El mismo día, antes de hacerse de noche, llegó a una gran
ciudad y se alegró, pues tenía ganas de hallarse entre personas. Había vivido
mucho tiempo en el bosque, y la choza de paja del barquero, donde durmiera la
noche pasada, había sido su primer lecho después de mucho tiempo.
Delante de la ciudad, junto a un hermoso bosque rodeado
por una valía, el caminante se encontró con un grupo de criados y siervos
cargados de cestos. En medio del grupo iba el ama, una mujer reclinada en una
litera adornada y que llevaban cuatro esclavos; iba encima de rojos
almohadones, y bajo una sombrilla de colores. Siddharta se detuvo a la entrada
del bosque y observó el espectáculo: vio a los criados, las siervas, los
cestos, la litera; observó a la dama dentro de su silla de mano. Debajo de sus
cabellos negros, recogidos en un alto peinado, pudo ver un rostro muy blanco,
muy delicado, muy inteligente; y una boca de un rojo pálido, como un higo
recién abierto; también vio unas cejas cuidadas y pintadas en forma de alto
arco, unos ojos inteligentes y despiertos; un cuello esbelto que salía de un
vestido verde y oro; unas manos largas y delgadas, con anchos aros de oro en
las muñecas.
Siddharta se dio cuenta de lo hermosa que era aquella
dama, y su corazón sonrió. Cuando se acercó la litera, inclinóse y,
seguidamente, al enderezarse, vio el rostro bello y sereno; por un momento leyó
en sus ojos inteligentes, bajo las altas cejas, y aspiró un perfume que
desconocía.
La hermosa dama sonrió un instante y luego desapareció en
el parque, y con ella los criados.
Siddharta entró en la ciudad bajo un signo mágico. Tuvo
deseos de entrar inmediatamente en el parque, pero reflexionó y recordó cómo le
habían observado los criados y criadas; con qué desprecio, desconfianza,
repulsión.
Pensó que era un samana, un asceta, un mendigo. «No puedo
seguir así, no —se dijo—. Me sería imposible entrar en el parque.» Y se echó a
reír.
A la primera persona que se cruzó en su camino le preguntó
por el parque y por el nombre de aquella mujer; así se enteró de que aquél era
el parque de Kamala, la famosa cortesana, y que, además del parque, ella poseía
una casa en la ciudad.
Seguidamente entró en la población. Ahora tenía un
objetivo.
Siguiendo su meta se dejó absorber por la ciudad; siguió
por las callejuelas, se detuvo en las plazas, descansó en las escaleras de
piedra, a la orilla del río. Por la noche hizo amistad con un barbero al que
había visto trabajar a la sombra, en una bodega, y que volvió a encontrar
rezando en un templo de Vishnú; le narró entonces la historia de Vishnú y de
los Laksmios. Durante la noche durmió junto a las barcas del río, y por la
mañana, de madrugada, antes de que llegaran los primeros clientes a su tienda,
el barbero le cortó el cabello, le afeitó la barba, le peinó y le dio
fricciones con aceites perfumados. Luego Siddharta se fue a bañar al río.
Cuando por la tarde la bella Kamala se acercó al parque,
en su litera, a la entrada se encontraba Siddharta, el cual hizo una reverencia
y recibió el saludo de la cortesana. Siddharta hizo una señal al último criado
del séquito y le rogó que comunicara a su ama que un joven brahmán deseaba
hablar con ella. Después de un tiempo regresó el criado y le rogó que le
siguiera. En silencio le condujo a un pabellón donde Kamala descansaba sobre un
diván, y le dejó a solas con ella.
—¿No estabas ya ayer ahí fuera, y me saludaste? —preguntó
Kamala.
—Sí, te vi ayer y te saludé.
—¿Pero ayer no llevabas barba, y el cabello largo y lleno
de polvo?
—Observaste bien, no perdiste ningún detalle. Viste a
Siddharta, al hijo del brahmán, que abandonó su casa para convertirse en
samana, y que durante tres años ha sido un samana. Pero ahora he abandonado
aquel camino y he venido a esta ciudad. La primera persona que se cruzó en mi
senda, aun antes de entrar en la población, fuiste tú. ¡He venido a decirte
todo esto, Kamala! Eres la primera mujer a la que Siddharta habla sin bajar la
vista. Nunca jamás quiero bajar mi vista cuando me encuentre con una mujer hermosa.
Kamala sonreía y jugaba con su abanico de plumas de pavo
real. Le preguntó:
—¿Y para decirme eso has venido hasta mí, Siddharta?
—Para decirte eso, y para darte las gracias por ser tan
bella. Y si no te disgustara, Kamala, te rogaría que fueras mi amiga y maestra,
pues todavía no sé nada del arte que tú dominas.
Entonces Kamala se echó a reír.
—¡Jamás me había ocurrido, amigo, que un samana del bosque
viniera a aprender de mí! ¡Jamás me había sucedido que un samana de cabellos
largos, vestido con un taparrabos viejo y raído se me acercara! Muchos jóvenes
vienen a verme, y entre ellos también los hay que son hijos de brahmanes; pero
vienen con atavíos elegantes, con finos zapatos, cabellos perfumados y dinero
en el bolsillo. Así son, samana, los jóvenes que me visitan.
Siddharta contesto:
—Ya empiezo a aprender de ti. También ayer me enseñaste
algo. Ya me he afeitado la barba, me he peinado, y llevo aceite en el cabello.
Es poco lo que me falta: vestidos elegantes, finos zapatos, dinero en el
bolsillo. Quiero que sepas que Siddharta se ha propuesto cosas más difíciles
que esas pequeñeces, y lo ha logrado. ¿Por qué no voy a conseguir lo que me
propuse ayer, ser tu amigo y aprender de ti los placeres del amor? Me verás
dócil, Kamala; he aprendido cosas más difíciles que lo que tú me puedas enseñar.
Y ahora, dime: ¿No te basta con Siddharta tal como está, con aceite en el
cabello, pero sin vestidos, ni zapatos, ni dinero?
Kamala exclamó riendo:
—No, querido, no me basta. Tienes que ir vestido con ropas
elegantes, y debes llevar finos zapatos y mucho dinero encima, y traer también
regalos para Kamala. ¿Vas aprendiendo? ¿Te fijas, samana del bosque?
—Naturalmente, me fijo —repuso Siddharta—. ¿Cómo podría
desatender las palabras de esa boca Tus labios son como un higo recién abierto,
Kamala. También mi boca es roja y fresca y hará juego con la tuya, lo verás.
Pero dime, bella Kamala, ¿no temes ni siquiera un poco al samana del bosque,
que ha venido a aprender el amor?
—¿Cómo podría tener miedo de un samana? ¿De un necio
samana del bosque, que habita con los chacales y que todavía desconoce lo que
es una mujer?
—¡Ah! Pero el samana es fuerte y no se arredra ante nada.
Podría forzarte, bella muchacha. Robarte, hacerte daño.
—No, samana, no temo nada de eso. ¿Alguna vez un samana o
un brahmán ha temido que alguien le pudiera robar su sabiduría, su devoción o
su profundidad de pensamiento? No, pues es suyo, y sólo da lo que quiere dar y
a quien quiere. Lo mismo, exactamente, pasa con Kamala y las alegrías del amor.
La boca de Kamala es bonita y encarnada, pero intenta besarla contra la
voluntad de Kamala, y no disfrutarás ni una sola gota de la dulzura que sabe
dar. Tú tienes facilidad para aprender, Siddharta, pues aprende también esto:
el amor se puede suplicar, comprar, recibir como obsequio, encontrar en la
calle, ¡pero no se puede robar! El camino que te has imaginado es erróneo.
Sería una lástima que un joven tan agraciado como tú, empezara tan mal.
Siddharta se inclinó sonriendo y contestó:
—¡Sería una lástima! ¡Tienes razón! Sería una verdadera
lástima. ¡No, de tu boca no se debe perder ni una sola gota de dulzura, ni tú
de la mía! Quedamos, pues, así, en que Siddharta volverá cuando tenga lo que le
falta: vestidos, zapatos, dinero. Pero antes, bella Kamala, ¿no podrías darme
un pequeño consejo, todavía?
—¿Un consejo? ¿Por qué no? ¿Quién se negaría a dar un
consejo a un pobre e ignorante samana que viene de los chacales del bosque?
—Dime, pues, querida Kamala: ¿Dónde debo ir para encontrar
rápidamente esas cosas?
—Amigo, eso es lo que muchos quisieran saber. Debes hacer
lo que has aprendido, y exigir por elIo dinero, vestidos y zapatos. De otra
forma, un pobre no logra tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
—Sé pensar. Esperar. Ayunar.
—¿Nada más?
—Nada más… Pues sí, también sé hacer poesías. ¿Quieres
darme un beso por una poesía?
—Si me gusta la poesía, sí. ¿Cómo se llama?
Siddharta, después de pensar un instante, empezó a recitar
estos versos:
En un umbrío parque entró la bella Kamala,
a la entrada de la fronda hallábase el moreno samana.
Al ver la flor de loto se inclinó profundamente,
y, sonriendo, se lo agradeció Kamala.
A ella prefiero, en vez de sacrificar ante
los dioses, pensó el joven.
Sí, prefiero ofrecer los sacrificios a la bella Kamala.
Kamala aplaudió tan fuerte que sus pulseras de oro
resonaron argentinas.
—Me gustan tus versos, moreno samana. Y, en verdad, no
pierdo nada, si te doy un beso.
Con los ojos le atrajo; Siddharta inclinó el rostro sobre
el de Kamala y depositó su boca sobre la del higo recién abierto. El beso de
Kamala fue largo; con profundo asombro, Siddharta se dio cuenta de que le
enseñaba, pues era sabia; le dominaba, le rechazaba, le atraía, y tras el
primer beso le esperaba una larga sucesión de besos bien ordenados, bien
probados, cada uno distinto del siguiente. Respiró profundamente y en ese
momento sintióse sorprendido como un niño, ante la abundancia de cosas nuevas y
dignas de aprender que se descubrían ante sus ojos.
—Tus versos son muy bellos —exclamó Kamala—; si yo fuera
rica te los pagaría a precio de oro. Pero te será difícil ganar con versos
tanto dinero como el que tú necesitas. Pues necesitarás mucho, si quieres ser
amigo de Kamala.
—¡Cómo sabes besar, Kamala! —balbució Siddharta.
—Sí, eso lo sé hacer; por ello tampoco no me faltan
vestidos, ni zapatos ni pulseras, ni otras cosas bonitas. ¿Pero qué será de ti?
¿No sabes otra cosa que pensar, ayunar y hacer poesías?
—También sé las canciones de los sacrificios —comentó
Siddharta—, pero ya no las quiero cantar. También conozco las fórmulas mágicas,
pero ya no las quiero pronunciar. He leído las escrituras…
—¡Alto! —le interrumpió Kamala—. ¿Sabes leer? ¿Sabes
escribir?
—Sí, naturalmente. Hay muchos que saben.
—La mayoría no. Tampoco yo lo sé. Es muy interesante que
sepas leer y escribir, muy interesante. También te servirán las fórmulas
mágicas.
En ese instante entró corriendo una sirvienta y dijo unas
palabras al oído de su ama.
—Tengo visita —exclamó Kamala—. ¡Date prisa! ¡Vete,
Siddharta, nadie debe encontrarte por aquí, no lo olvides! Mañana te veré de
nuevo.
Y ordenó a la sierva que entregara al devoto brahmán una
túnica blanca. Sin saber lo que ocurría, Siddharta se vio conducido por la
criada a otro pabellón, a través de un camino desconocido; luego fue obsequiado
con una túnica, y ya en la espesura, le dijeron que se alejara del parque tan
pronto como pudiera, y sin ser visto.
Contento hizo lo que se le había mandado. Acostumbrado al
bosque, salió del parque por encima del seto, sin hacer ruido. Alegre regresó a
la ciudad, con la túnica bajo el brazo. En un albergue frecuentado por
viajeros, se colocó a un lado de la puerta y pidió comida con un gesto; recibió
un trozo de pastel de arroz. «Quizá mañana ya no tenga que pedir más comida»,
se dijo.
De repente, se le encendió el orgullo. Ya no era un
samana, ya no debía pedir limosnas. Arrojó el pastel de arroz a un perro y se
quedó sin comer.
«La vida que se vive en este mundo es simple —reflexionó
Siddharta—. Cuando todavía era un samana, todo era difícil, y al final
desesperado. Ahora todo es fácil, tan sencillo como las enseñanzas en el arte
de besar, que me ofrece Kamala. Necesito vestidos y dinero, nada más; son dos
metas pequeñas y cercanas, que no quitan el sueño.»
Hace tiempo que se había enterado del lugar en que estaba
la casa de Kamala, en la ciudad, y allí se presentó al día siguiente.
—Todo va bien —le dijo Kamala—. Te espera Kamaswami, el
más rico comerciante de la ciudad. Si le gustas, te empleará. Sé inteligente,
moreno samana. He hecho que otros le hablaran de ti. Sé amable con él, es muy
influyente. ¡Pero no seas demasiado modesto! No quiero que te conviertas en su
criado; has de ser su igual, si no, no estaré contenta de ti. Kamaswami empieza
a envejecer y a volverse comodón. Si le gustas, te confiará muchos asuntos.
Siddharta le dio las gracias y sonrió. Cuando Kamala se
enteró que en dos días no había comido, mandó traer pan y fruta y se las
ofreció.
—Has tenido suerte —comentó Kamala, al despedirse—; se te
abre una puerta tras otra. ¿Por qué será? ¿Eres un mago?
Siddharta replicó:
—Ayer te conté que sé pensar, esperar y ayunar, y tú
encontraste que todo ello no servía para nada. Sin embargo, sirve para mucho.
Te darás cuenta de que los ignorantes samanas aprenden en el bosque y saben
muchas cosas hermosas, que vosotros no sabéis. Anteayer todavía era un mendigo
sucio; ayer besé a Kamala; y pronto seré un comerciante y tendré dinero y todas
las cosas que a ti te gusten.
—Eso es cierto —reconoció Kamala—. Pero, ¿qué sería de ti,
si no fuera por Kamala? ¿Qué serías tú sin mi ayuda?
—Querida Kamala —manifestó Siddharta, al tiempo que se
incorporaba—, cuando entré en tu parque, di el primer paso. Me había propuesto
aprender el amor de la más bella de las mujeres. Y desde el momento en que me
lo propuse, también sabía que lo lograría. Sabía que tú me ibas a ayudar; lo
supe desde tu primera mirada, a la entrada del bosque.
—¿Y si yo no hubiese querido?
—Pero has querido. Mira, Kamala: si echas una piedra al
agua, ésta se precipita hasta el fondo por el camino más rápido. Lo mismo
ocurre cuando Siddharta tiene un fin, cuando se propone algo.
Siddharta no hace nada, sólo espera, piensa, ayuna, sin
hacer nada, sin moverse: se deja llevar, se deja caer. Su meta le atrae, pues
él no permite que entre en su alma nada que pueda contrariar su objetivo. Eso
es lo que Siddharta ha aprendido de los samanas. Es lo que los necios llaman
magia y creen que es obra de demonios. Nada es obra de los malos espíritus,
éstos no existen. Cualquiera puede ejercer la magia si sabe pensar, esperar,
ayunar.
Kamala le escuchó. Amaba su voz, le gustaba la mirada de
sus ojos.
—Quizá sea así como dices, amigo —musitó en voz baja—.
Pero quizá también es porque Siddharta es hermoso, porque su mirada gusta a las
mujeres, y por ello tiene suerte.
Siddharta se despidió con un beso.
—Así sea, profesora mía. ¡Que mi mirada te agrade siempre!
¡Que a tu lado siempre tenga suerte!
CON LOS HUMANOS
Siddharta marchó a casa del comerciante Kamaswami. Le
habían enviado a una rica mansión; los criados le guiaron sobre valiosas
alfombras hasta un salón, donde debía esperar al dueño de la casa.
Entró Kamaswami. Era un hombre ágil y atlético, con el
cabello muy canoso, unos ojos sabios y prudentes, una boca exigente.
Amablemente se saludaron anfitrión y huésped.
—Me han dicho —empezó el comerciante— que tú eres un
brahmán, un sabio, pero que buscas empleo en casa de un comerciante. ¿Acaso te
encuentras en la miseria, brahmán, y por eso buscas empleo?
—No —contestó Siddharta—, no me encuentro en la miseria, y
jamás me he encontrado así. Has de saber que vengo de entre los samanas con los
que he vivido mucho tiempo.
—Si vienes de los samanas, ¿cómo no vas a estar en la miseria?
Los samanas no poseen nada, ¿verdad?
—Nada tengo —repuso Siddharta—, si es lo que quieres
decir. Desde luego que no. Sin embargo, eso ocurre porque así lo quiero; por lo
tanto, no estoy en la miseria.
—Pero, ¿de qué piensas vivir, si no posees nada?
—Nunca he pensado en ello, señor. Durante más de tres años
no he poseído nada, y jamás pensé de qué debía vivir.
—Es decir, que has vivido a expensas de los demás.
—Supongo que así es. También el comerciante vive a
expensas de los otros.
—Bien dicho. Pero no les quita a los otros lo suyo sin
darles nada: en compensación les entrega mercancías.
—Así parecen ir las cosas. Todos quitan, todos dan: ésa es
la vida.
—Conforme, pero, dime, por favor: si no posees nada, ¿qué
quieres dar?
—Cada uno da lo que tiene. El guerrero da fuerza; el
comerciante, mercancía; el profesor, enseñanza; el campesino, arroz; el
pescador, peces.
—Muy bien. ¿Y qué es, pues, lo que tú puedes dar? ¿Qué es
lo que has aprendido? ¿Qué sabes hacer?
—Sé pensar. Esperar. Ayunar.
—¿Y eso es todo?
—¡Creo que es todo!
—¿Y para qué sirve? Por ejemplo, el ayuno… ¿Para qué vale?
—Es muy útil, señor. Cuando una persona no tiene nada que
comer, lo más inteligente será que ayune. Si, por ejemplo, Siddharta no hubiera
aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar cualquier empleo, sea en tu
casa o en cualquier otro lugar, pues el hambre le obligaría. Sin embargo,
Siddharta puede esperar tranquilamente, desconoce la impaciencia, la miseria;
puede contener el asedio del hambre durante mucho tiempo y, además, puede
echarse a reír. Para eso sirve el ayuno, señor.
—Tienes razón, samana. Espera un momento.
Kamaswami salió y al momento regresó con un papel
enrollado que entregó a su huésped al tiempo que le preguntaba:
—¿Sabes leer lo que dice aquí?
Siddharta observó el documento, que contenía un contrato
de compra, y empezó a leerlo.
—Perfecto —exclamó Kamaswami—. ¿Quieres escribirme algo en
este papel?
Le entregó una hoja y un lápiz; Siddharta escribió y le
devolvió la hoja.
Kamaswami leyó:
«Escribir es bueno, pensar es mejor. La inteligencia es
buena, la paciencia es mejor.»
—Sabes escribir excelentemente —alabó el comerciante—. Aún
tenemos que hablar de muchas cosas. Por hoy te ruego que seas mi invitado y que
te alojes en esta casa.
Siddharta le dio las gracias y aceptó; y se alojó en casa
del comerciante. Le entregaron vestidos y zapatos, y un criado le preparaba
diariamente el baño. Dos veces al día servían un ágape abundante, pero
Siddharta tan sólo asistía una vez, y nunca comía carne ni bebía vino.
Kamaswami le habló de sus negocios, le enseñó la mercancía
y los almacenes, le mostró las cuentas.
Siddharta llegó a conocer muchas cosas nuevas, escuchaba
mucho y hablaba poco. Sin desatender las palabras de Kamala, jamás se subordinó
al comerciante, sino que le obligó a que le tratara como a un igual, e incluso
como a un superior. Kamaswami llevaba sus negocios con cuidado, y a menudo,
incluso, con pasión; Siddharta, por el contrario, lo observaba todo como si se
tratara de un juego cuyas reglas se esforzaba por aprender, pero sin que
afectase a su corazón el contenido.
No hacía mucho tiempo que se encontraba en casa de
Kamaswami, cuando ya participaba en los negocios del dueño de la casa. Pero
diariamente, a la hora indicada, visitaba a la bella Kamala con vestidos
elegantes, finos zapatos, y pronto también le llevó regalos. Aprendía mucho de
la roja boca inteligente. Mucho le enseñó la mano suave y delicada.
Siddharta, en el amor, todavía era un chiquillo inclinado
a hundirse con ceguera insaciable en el placer, como en un precipicio. Kamala
le enseñó, desde el principio, que no se puede recibir placer sin darlo; que
todo gesto, caricia, contacto, mirada, todo lugar del cuerpo, tiene su secreto,
que al despertarse produce felicidad al entendido. También le dijo que los
amantes, después de celebrar el rito del amor, no pueden separarse sin que se
admiren mutuamente, sin sentirse a la vez vencido y vencedor; de ese modo,
ninguno de los dos notará saciedad, monotonía, ni tendrá la mala impresión de
haber abusado o de haber padecido abuso. Pasaba Siddharta maravillosas horas
con la bella mujer; se convirtió en su discípulo, su amante, su amigo. Allí,
junto a Kamala, encontraba el valor y el sentido a su vida, no en los negocios
de Kamaswami.
El comerciante encargaba a Siddharta las cartas y los
contratos importantes, y se acostumbró a pedirle consejo en todos los asuntos
trascendentales. Pronto se dio cuenta de que Siddharta entendía poco de arroz y
de lana, de navegación y de negocios; y, no obstante, la ayuda de Siddharta era
eficaz, e incluso superaba al comerciante en tranquilidad, serenidad y en el
arte de saber escuchar y penetrar en el alma de los extraños.
—Este brahmán —comentó Kamaswami a un amigo— no es un
verdadero comerciante, y jamás lo será; los negocios nunca apasionan a su alma.
Pero posee el secreto de las personas que tienen éxito sin esforzarse, ya sea
por su buena estrella, por magia, o por algo que habrá aprendido de los
samanas. Siempre parece que juega a los negocios; jamás se siente ligado o
dominado por ellos; nunca teme al fracaso, ni le preocupa una pérdida.
El amigo aconsejó al comerciante:
—De los negocios que te lleva, entrégale una tercera parte
de los beneficios, pero deja que también pague la misma participación en las
pérdidas que se produzcan. Así lograrás que se interese más.
Kamaswami siguió su consejo. No obstante, Siddharta se
inmutó muy poco. Si conseguía beneficios, los recibía con indiferencia; si
existía una pérdida, se echaba a reír y exclamaba:
—¡Pues mira, esto no ha salido bien!
A decir verdad, Siddharta continuaba siendo indiferente
con los negocios. En una ocasión fue a un pueblo a comprar una gran cosecha de
arroz. Sin embargo, al llegar, supo que el arroz ya había sido vendido a otro
comerciante. A pesar de ello, Siddharta se quedó varios días en la aldea,
invitó a los campesinos, regaló monedas de cobre a sus hijos, asistió a una de
sus bodas y regresó contentísimo del viaje.
Kamaswami le reprobó por no volver en seguida y por haber
malgastado tiempo y dinero.
Siddharta contestó:
—¡No te enfades, amigo! Jamás se ha logrado nada con
enfados. Si hemos tenido una pérdida, asumo la responsabilidad. Estoy contento
de ese viaje. He conocido a muchas personas, un brahmán me otorgó su amistad,
los niños han cabalgado sobre mis rodillas, los campesinos me han enseñado sus
campos; nadie me tuvo por comerciante.
—Todo eso está muy bien —exclamó Kamaswami indignado—.
¡Pero en realidad eres un comerciante, o al menos eso creo yo! ¿O acaso has
viajado por placer?
—Naturalmente —sonrió Siddharta—, naturalmente que he
viajado por placer. ¿Por qué, si no? He conocido nuevas personas y lugares, he
recibido amabilidad y confianza, he encontrado amistad. Mira, amigo, si yo
hubiese sido Kamaswami, al ver frustrada la venta habría regresado en seguida,
fastidiado y con prisas; entonces sí que realmente se habría perdido tiempo y
dinero. Ahora, sin embargo, he pasado unos días gratos, he aprendido, he tenido
alegría y no he perjudicado a nadie con mi fastidio y mis prisas. Y si alguna
vez vuelvo allí, quizá para comprar otra cosecha o con cualquier otro fin, me
recibirán personas amables, llenas de alegría y cordialidad, y yo me sentiré
orgulloso por no haber demostrado entonces prisa o mal humor. Así, pues, amigo,
sé bueno y no te perjudiques con enfados. El día que creas que ese Siddharta te
perjudica, di una sola palabra y Siddharta se marchará. Pero hasta entonces,
deja que vivamos mutuamente contentos.
También eran vanos los intentos del comerciante por
convencer a Siddharta de que se comía su pan, el de Kamaswami. Siddharta comía
su propio pan —decía él—, o más bien, ambos comían el pan de otros, el de
todos. Jamás Siddharta prestó oídos a las preocupaciones de Kamaswami, y eso
que tenía muchos problemas. Nunca Kamaswami pudo convencer a su colaborador de
la utilidad de gastar palabras en regaños o aflicciones, de fruncir el ceño o
dormir mal cuando algún negocio amenazaba con un fracaso, o si se presentaba la
pérdida de una cantidad de mercancías, o cuando parecía que un deudor no podía
pagar. Si en alguna ocasión Kamaswami le reprochaba que todo lo que Siddharta
sabia, lo había aprendido de él, éste contestaba:
—Veo que te gustan las bromas. De ti he aprendido cuánto
vale un cesto de pescado y cuánto interés se puede pedir por un dinero
prestado. Estas son tus ciencias. Pero pensar, eso no lo he aprendido de ti,
amigo Kamaswami; mas tú harías muy bien, si lo aprendieras de mí.
Realmente, el alma de Siddharta no se hallaba en el
comercio. Los negocios eran buenos para lograr el dinero para Kamala, y le
proporcionaban mucho más de lo que necesitaba. Por lo demás, el interés y la
curiosidad de Siddharta sólo recaía en las personas, mas sus negocios, oficios,
preocupaciones, alegrías y necedades, podían serle tan extraños y lejanos como
la luna. A pesar de la facilidad que tenía para alternar con todos, para vivir
y aprender de todos, Siddharta notaba que existía algo que le separaba de los
otros: su ascetismo. Observaba que los humanos vivían de una manera infantil,
casi animal, que él a la vez amaba y despreciaba. Los veía esforzarse, sufrir y
encanecer por asuntos que no merecían ese precio: por dinero, pequeños placeres
y discretos honores; contemplaba cómo se insultaban mutuamente, se quejaban de
sus penas, de las que un samana se reía, y sufrían por algo que a un samana
tiene sin cuidado.
Siddharta acogía a todas las personas. Daba la bienvenida
al comerciante que le ofrecía tela, al que estaba cargado de deudas y buscaba
un crédito, al mendigo que durante una hora le explicaba la historia de su
pobreza, a pesar de que no era la mitad de pobre que un samana.
No diferenciaba en el trato a un rico comerciante
extranjero, del barbero que le afeitaba o del vendedor ambulante que le
engañaba en el cambio de las pequeñas monedas. Cuando Kamaswami se le quejaba
de sus preocupaciones o le reprochaba algún negocio, él escuchaba con
curiosidad, serenamente; luego se asombraba, intentaba entenderle, le daba un
poco la razón —únicamente la que le parecía imprescindible—, y le dejaba para
ocuparse del siguiente asunto.
Y eran muchos, muchos los que llegaban a la ciudad para
negociar con Siddharta, para engañarle o sondearle; muchos también para
suscitar su compasión, o escuchar su consejo. Siddharta los compadecía,
aconsejaba, regalaba, y se dejaba engañar un poquito. Y ahora ocupaba su
pensamiento todo ese juego y la pasión con que lo jugaban los seres humanos,
como antes lo ocuparon los dioses y Brahma.
A veces le llegaba del fondo de su pecho una débil voz,
casi moribunda, que le avisaba y se lamentaba; pero era tan endeble que apenas
se notaba. Cuando la oía, por una hora tenía conciencia de que llevaba una vida
especial, de que hacía cosas que únicamente eran un juego; sí, se sentía sereno
y a veces alegre, pero la verdadera vida pasaba de largo y no le tocaba.
Como un jugador de pelota domina su arte, así también
Siddharta jugaba con sus negocios, con las personas que había a su alrededor;
los observaba, y ellos le alegraban. No obstante, su corazón, la fuente del
ser, no participaba. La fuente corría por alguna parte, pero lejos de él, se
deslizaba invisible, y ya no pertenecía en nada a su propia vida. Ante tales
pensamientos alguna vez se asustó; entonces deseó participar también, en lo
posible, en la actividad pueril del día, con ardor y con el corazón: quería
vivir de verdad, obrar auténticamente, disfrutar realmente, vivir en vez de
permanecer como espectador solitario.
No obstante, continuaba sus visitas a la bella Kamala,
aprendía el arte del amor, se entrenaba en el culto al placer, donde más que en
ningún otro asunto, el dar y el recibir es una misma cosa.
Charlaba con Kamala, aprendía mejor que Govinda en los
tiempos pasados; Kamala se parecía más a Siddharta que el viejo amigo.
En una ocasión manifestó él:
—Tú eres como yo, diferente de la mayoría de los seres
humanos. Tú eres Kamala, nada más; y dentro de ti hay un sosiego y un refugio
donde puedes retirarte en cualquier momento, como yo puedo hacerlo. Pocas
personas lo tienen, y, sin embargo, lo podrían poseer todas.
—No todo el mundo es inteligente —opinó Kamala.
—No —replicó Siddharta—, no es por eso. Kamaswami es tan
inteligente como yo, y, sin embargo, no lleva ese refugio en su interior. Otros
lo tienen, pero si medimos su inteligencia son igual que chiquillos. La mayoría
de los seres humanos, Kamala, son como las hojas que caen de los árboles, que
vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al suelo.
Otros, por el contrario, casi son como estrellas: siguen un camino fijo, ningún
viento les alcanza, pues llevan en su interior su ley y su meta. Entre todos
los samanas y los sabios —y yo he conocido a muchos—, había uno de esos
últimos, una persona perfecta. Jamás lo podré olvidar. Se trata del Gotama, el
majestuoso, el predicador de aquella doctrina. Diariamente escuchan sus
palabras más de mil discípulos, y a todas horas siguen sus consejos; pero los
otros son hojas de las que caen, pues no llevan en sí mismos la doctrina y la
ley.
Kamala objetó sonriente:
—Otra vez vuelves a hablar de él. Nuevamente tienes
pensamientos de samana.
Siddharta no contestó. Continuó con el juego del amor, uno
los treinta o cuarenta juegos diferentes que conocía Kamala. El cuerpo de ella
era elástico como el de una pantera, como el arco de un cazador; quien aprendía
el amor con Kamala, sabía muchos placeres, muchos secretos.
Durante mucho tiempo jugaba con Siddharta: le atraía, le
rechazaba, le obligaba, le abrazaba; se alegraba de su maestría hasta que él,
vencido y agotado, descansaba junto a Kamala.
La hetera se inclinó sobre Siddharta, observando
largamente su cara y los ojos cansados.
—Eres el mejor amante que he conocido —declaró pensativa—.
Eres más fuerte que otros, más flexible y espontáneo. Has aprendido mi arte muy
bien, Siddharta. Algún día, cuando yo sea mayor, quiero tener un hijo tuyo. Y
sin embargo, querido, sé que sigues siendo un samana, que no me quieres, que no
amas a nadie. ¿No es eso verdad?
—Puede que lo sea —contestó cansado—. Pero soy como tú:
tampoco amas… ¿Cómo podrías ejercer el amor, como un arte? Las personas de
nuestra naturaleza quizá no sepan amar. Los seres humanos que no pasan de la
edad pueril sí que saben: ése es su secreto.
SANSARA
Durante largo tiempo Siddharta había vivido la vida del
mundo y de los placeres, pero sin formar parte de esa existencia. Se le habían
despertado los sentidos que adormeció en los ardientes años de samana; había
probado la riqueza, la voluptuosidad, el poder; no obstante, durante mucho
tiempo permaneció siendo un samana dentro del corazón. Se dio cuenta de ello la
misma Kamala, la inteligente. La vida de Siddharta seguía estando presidida por
tres cosas: pensar, esperar y ayunar; todavía la gente del mundo, los seres
humanos le eran extraños, igual que él lo era para los demás.
Los años pasaban, y Siddharta, rodeado de bienestar,
apenas se daba cuenta. Se había hecho rico; ya poseía su propia casa con los
correspondientes criados, y un jardín en las afueras de la ciudad, junto al
río. La gente le quería; le iban a ver cuando necesitaban dinero o consejos.
Pero, a excepción de Kamala, nadie consiguió ser su amigo íntimo.
Poco a poco se había convertido en recuerdo aquel estado
alto y sereno de renacido —el que sintió en su juventud, días después del
sermón de Gotama y de la separación de Govinda—, aquella esperanza expectante,
aquel orgullo de soledad sin profesores ni doctrinas, aquella disposición dócil
a oír la voz divina en su propio interior; todo fue pasajero; la fuente sagrada
murmuraba en la lejanía y con voz muy débil —la que antes estuvo muy cerca—, en
su propio interior. Sin embargo, le había quedado todavía mucho de lo que
aprendió de los samanas, de Gotama, de su padre, el brahmán: la vida moderada,
el placer de pensar, las horas de meditación, el conocer secretamente el yo, el
eterno yo, que no es cuerpo ni conciencia.
Sí, le había quedado algo de todo aquel pasado, pero ello
se encontraba en el olvido, cubierto de polvo. Era como la rueda del alfarero
que, una vez en marcha, no se detiene bruscamente, sino que con lentitud y
cansancio aminora la marcha hasta pararse del todo. En el alma de Siddharta, la
rueda del ascetismo, de la reflexión, había girado durante mucho tiempo; y
ahora todavía daba vueltas, pero muy despacio, vacilando: se hallaba a punto de
detenerse. Paulatinamente, como la humedad penetra en la corteza del árbol y la
invade y la pudre, así el mundo y la pereza habían penetrado en el alma de
Siddharta; con insidia le llenaban el alma, daban pesadez a su cuerpo, le
cansaban, le adormecían. Por el contrario, sus sentidos se habían despertado,
habían aprendido mucho, poseían gran experiencia.
Siddharta había aprendido a comerciar, a ejercitar su
poder sobre las personas, a divertirse con una mujer; se había aficionado a
vestir ropas elegantes, a ordenar a los servidores, a bañarse en aguas
perfumadas. Le gustaba comer sabrosos platos preparados con cuidado; platos de
pescado, carne, aves, especias y dulces, y bebía el vino que da pereza y ayuda
a olvidar. Había progresado en el juego de los dados, en el tablero de ajedrez,
en el saber mirar a las bailarinas; sabía dejarse llevar en una litera, y
dormir en una cama blanda.
Pero aún no se sentía diferente o superior a los demás;
siempre los observaba con un poco de ironía y desprecio, precisamente con ese
desdén que siente un samana por la gente de mundo.
Cuando Kamaswami se encontraba enfermo, cuando le
perseguían las preocupaciones de los negocios, Siddharta siempre le lanzaba una
mirada burlona. Sólo que, lentamente, sin que se notara en el continuo ritmo de
las cosechas y estaciones de lluvia, su ironía se había cansado, su
superioridad había conseguido calmarse. Y despacio, en medio de su riqueza
creciente, Siddharta se había adaptado un poco a las maneras de los pueriles
seres humanos, a su candidez, a sus temores.
Y sin embargo, los envidiaba. Sentía cada vez más celos, a
medida que se iba pareciendo más a ellos. Codiciaba lo único que a él le
faltaba y que los hombres tenían: la importancia que lograban dar a su
existencia, la pasión de sus alegrías y temores, la dulzura inquietante y la
felicidad de sus amoríos. Los envidiaba a ellos, a sus mujeres, a sus hijos, a
su honor o su dinero; esos seres siempre se hallaban llenos de planes y
esperanzas.
Pero precisamente era eso lo que no conseguía disimular:
esa alegría y necedad infantiles.
Aprendía de ellos tan sólo lo desagradable, lo que
despreciaba. Cada vez con más frecuencia le ocurría que tras pasar una noche en
sociedad, a la mañana siguiente se quedaba mucho tiempo en la cama, se sentía
estúpido, y cansado. Cada vez más a menudo se enfadaba y perdía la paciencia
cuando Kamaswami le aburría con sus preocupaciones.
Primero, cuando perdía en el juego de los dados reía
demasiado fuerte. Su rostro aún parecía más inteligente y sereno que el de los
otros. Pero luego empezó a reír poco y adoptó uno tras otro aquellos gestos que
se veían con frecuencia en los rostros de los potentados, los gestos de
descontento, de dolor, del mal humor, de desidia, de dureza del corazón.
Paulatinamente le atacó la enfermedad de los hombres ricos.
Lentamente el cansancio cubría a Siddharta como un velo,
con una niebla fina; cada día un poco más turbia, cada año algo más pesada.
Como un vestido nuevo que con el tiempo se vuelve viejo, pierde su color
brillante, se mancha, se arruga, se gasta en los dobladillos y muestra algunos
deshilachados, así fue la vida que Siddharta empezó tras la separación de
Govinda; había envejecido, y al compás de los años perdía su brillo, se
manchaba y se arrugaba, escondiendo en el fondo el desengaño y el asco. Siddharta
no lo advertía. Sólo notaba que aquella voz clara y segura de su interior, la
que le acompañó en los tiempos de brillantez desde que se despertara, habíase
silenciado ahora.
Le habían capturado el mundo, el placer, las exigencias,
la pereza y, por último, también, aquel vicio que por ser el más insensato,
siempre había despreciado más: la codicia. Por fin, las ansias de posesión y de
riqueza se habían apoderado de Siddharta; ya no era un juego, sino una carga y
una cadena.
Siddharta había llegado a esta triste servidumbre por un
camino raro y lleno de sinsabores: el juego de los dados. Desde el momento en
que su corazón dejó de ser el de un samana, empezó a jugar por dinero y por
objetos valiosos, con pasión, con furia creciente; era el mismo juego que antes
había considerado, entre sonrisas e ironías, como una costumbre más de los
seres humanos.
Como jugador le temían; pocos se atrevían con él; a tanta
altura habían llegado sus atrevidas apuestas. Jugador, inducido por la miseria
de su corazón, al malgastar el dichoso dinero experimentaba una salvaje
alegría; de ninguna otra forma podía demostrar con más claridad y sarcasmo su
desdén por la riqueza, la diosa de los comerciantes.
Así, pues, jugaba mucho y sin miramientos; se odiaba a sí
mismo, se burlaba del dinero; ganaba a miles, perdía por millares; disipaba el
dinero, las joyas, una casa de campo; y volvía a resarcirse, y volvía a perder.
Le gustaba aquel miedo, aquella angustia terrible que
sentía en el juego de los dados, tras haber apostado mucho; buscaba poder
renovarlo siempre, aumentarlo cada vez más, pues sólo esa sensación le producía
algo parecido a una felicidad, a un entusiasmo, a una vida elevada en medio de
la mediocridad, de la existencia gris e indiferente. Y después de una gran
pérdida buscaba nuevas riquezas, hacía los negocios con más diligencia,
obligaba a saldar las deudas con más severidad, pues quería seguir jugando, malgastando,
demostrando su desprecio por el dinero. Mas cuando le iba mal en el juego,
perdía la tranquilidad, agotaba su paciencia contra los mendigos, ya no poseía
el placer de regalar ni de prestar cómo antes. ¡Siddharta, el que en una sola
jugada perdía diez mil, y además se reía, ahora en los negocios cada vez se
volvía más severo y pedante! ¡Y por la noche soñaba con dinero! Y Siddharta
huía cada vez que se despertaba de ese espantoso letargo, cuando veía su cara
envejecida y fea reflejada en el espejo de la pared de su dormitorio, y le
atacaban la vergüenza y la repugnancia; huía hacia nuevos juegos de fortuna,
hacia el embeleso de la lujuria y del vino; y de ahí regresaba otra vez al
principio del círculo vicioso, para ganar y amontonar riquezas. En esa noria
sin sentido se agotaba, envejecía y enfermaba.
Un día tuvo un sueño fatídico. Había pasado las horas de
la tarde con Kamala, en el hermoso parque. Se habían sentado bajo los árboles,
a conversar; Kamala pronunció palabras melancólicas, detrás de las que se
escondía la tristeza y el cansancio. Le había rogado que le hablara de Gotama,
y no se cansó de escuchar sobre la pureza de su mirada, la bella tranquilidad
de sus labios, la bondad de su sonrisa, la paz de su andar. Durante mucho
tiempo le había tenido que contar los hechos del majestuoso buda; Kamala
suspiró y manifestó:
—Algún día, quizá pronto, también yo seguiré a ese buda.
Le regalaré mi parque y me refugiaré en su doctrina.
Sin embargo, volvió después a seducir a Siddharta en el
juego del amor. Le cautivó con vehemencia dolorosa, entre mordiscos y lágrimas,
como si quisiera exprimir, una vez más, la última y dulce gota de ese placer
vano y pasajero.
Nunca, como entonces, Siddharta se había dado cuenta con
tanta claridad del cercano parentesco que hay entre la voluptuosidad y la
muerte. Entonces sentóse junto a Kamala, su cara junto a la de ella; bajo sus
ojos y cerca de los labios había notado un trazo inquietante, más diáfano que
nunca, como una escritura de finas líneas, de leves arrugas, un alfabeto que
recordaba el otoño y la vejez…, igual que había notado Siddharta alguna cana en
sus cabellos negros, a pesar de que sólo tenía cuarenta años. El cansancio
escribía ya en el rostro de Kamala; era la fatiga de un largo camino sin
objetivo concreto; el agotamiento que llevaba consigo el principio de la
decadencia y un temor escondido, todavía no muy pronunciado, quizá ni siquiera
conocido: el temor a la vejez, al otoño, a la muerte.
Siddharta se había despedido de Kamala sollozando, con el
alma repleta de hastío y de recóndito temor.
Después Siddharta había pasado la noche en su casa,
bebiendo vino con las bailarinas; le gustaba representar el papel de personaje
superior a sus semejantes, aunque en realidad no lo era; bebió demasiado vino,
y pasada la medianoche, cansado y excitado a la vez, buscó el lecho con ansias
de llorar, queriendo desesperarse. Durante largo tiempo procuró en vano
conciliar el sueño, pero su corazón se encontraba repleto de una pena
insoportable, de un asco profundo por el vino demasiado fuerte, por la música
demasiado suave y monótona, por la sonrisa frágil de las bailarinas, el perfume
dulzón de sus cabellos y sus senos. No obstante, lo que más le repelía era su
propia persona, su pelo perfumado, su boca con olor a alcohol, su piel cansada,
marchita, deshidratada.
Como cuando uno come y bebe excesivamente y con facilidad
vomita sintiéndose después contento y aliviado, así también Siddharta, sin
conseguir conciliar el sueño, deseaba en medio de multitud de hastíos,
deshacerse de esos placeres, esas costumbres, de toda su vida inútil, e incluso
de sí mismo. Por fin, al amanecer, cuando la vida empezaba a desperezarse en la
calle, en su ciudad, consiguió dormirse. Poco después tuvo un sueño. Era así:
Kamala poseía en una jaula de oro un exótico pajarillo
cantor. Soñó con ese pájaro. De madrugada, el pájaro se encontraba en silencio;
le llamó la atención, pues siempre cantaba a esa hora; se acercó y vio el
pequeño pájaro muerto en el suelo de la jaula. Lo sacó, lo acarició un momento
entre sus manos y seguidamente lo arrojó a la calle; en ese mismo instante se
asustó terriblemente y sintió que el corazón le dolía tanto como si con el
pájaro muerto hubiera arrojado todo lo bueno y valioso de su vida.
Al despertarse del sueño le invadió una profunda tristeza.
Le parecía sin valor y sin sentido toda su vida pasada. No le había quedado
nada viviente, nada que poseyera exquisitez, nada que mereciese la pena de
guardar. Se encontraba solo y vacío, como un náufrago en una desierta orilla.
Tristemente, Siddharta se marchó a un parque que le
pertenecía, cerró la puerta y se sentó bajo un árbol; se hallaba sentado allí y
sentía que en su interior habitaba la muerte, existía lo marchito, el fin.
Paulatinamente concentró sus pensamientos; recorrió con su mente todo el camino
de su vida, desde los primeros días que aún podía recordar. ¿Cuándo había
disfrutado de felicidad, de una auténtica alegría? Sí, varias veces. En sus
años de adolescente la había probado cuando ganaba el elogio de los brahmanes,
al adelantarse a todos los chicos de su misma edad para recitar los versos
sagrados; o en las discusiones con los sabios, o como ayudante en los
sacrificios. Entonces oía decir a su corazón:
«Hay un camino ante ti, y es tu vocación; los dioses te
esperan.» Y también sintió ese gozo con más fuerza, cuando sus meditaciones,
cada vez más elevadas, le habían destacado de la mayoría de los que como él
buscaban la felicidad, cuando luchaba con ansia por sentir a Brahma, cuando a
cada nuevo conocimiento se le despertaba una sed mayor en su interior.
Entonces, en medio de aquella sed, en medio del dolor, había escuchado las
mismas palabras:
«¡Adelante! ¡Adelante! ¡Es tu vocación!»
Esta voz la había oído al abandonar a sus padres para
elegir la vida de samana y, otra vez, al ir de los samanas hacia aquel ser
perfecto, y nuevamente al ir del majestuoso hasta lo inseguro. Contento con los
pequeños placeres, pero nunca satisfecho, había pasado mucho tiempo sin oír la
voz, sin llegar a ninguna cumbre; durante largos años el camino había sido
monótono y llano, sin elevado objetivo, sin sed, sin elevación. Sin saberlo
siquiera el propio Siddharta se había esforzado por parecer un ser humano como
todos los que le rodeaban, como esos ninos; pero la vida de ellos era mucho más
mísera y pobre que la suya; sus fines no eran los de él, ni tampoco sus
preocupaciones. Todo aquel mundo de Kamaswami, para Siddharta tan sólo había
sido un juego, un baile, una comedia. Unicamente había apreciado y amado a
Kamala. Pero, ¿aún la necesitaba, o Kamala le necesitaba a él? ¿No jugaban un
juego sin fin? ¿Era necesario vivir para eso?
¡No, no lo era! Ese juego se llamaba sansara, un juego de
niños, quizá grato de jugar una vez, dos, diez veces… ¿Pero una y otra vez para
siempre?
Siddharta se daba cuenta de que el juego ya había
terminado, y que ya no podía jugar.
Estremecióse y sintió en su interior que algo había
muerto.
Todo aquel día lo pasó sentado bajo el árbol, pensando en
su padre, en Govinda, en Gotama. ¿Había tenido que abandonar a aquéllos para
convertirse en un Kamaswami? Aún estaba allí cuando se hizo de noche. Al
levantar la mirada y observar las estrellas, pensó:
«Aquí estoy sentado bajo el árbol, bajo el mango, en mi
parque.»
Sonrióse un poco.
«¿Pero es necesario? ¿No es un juego necio el poseer un
mango, un jardín?»
También murieron estas palabras en su interior. Se levantó
y despidióse del mango y del parque. Como se había pasado el día sin comer,
sentía un hambre feroz; pensó en su casa de la ciudad, en su habitación, en su
cama, en su mesa llena de viandas. Cansado sonrió, se agitó un poco y
despidióse de todo ello.
No hacía una hora que Siddharta abandonara el jardín,
cuando también abandonó la ciudad, y nunca más volvió a ella. Durante mucho
tiempo Kamaswami ordenó buscarle, pues creía que había caído en manos de los
bandoleros.
Kamala no le buscó. Cuando supo que Siddharta había
desaparecido, ni siquiera se sorprendió. ¿No esperó eso siempre? ¿No se trataba
de un samana, de un hombre sin patria, de un peregrino? Se dio cuenta
perfectamente de ello en el último encuentro; y en medio del dolor por aquella
pérdida, se alegraba de que todavía la última vez la hubiera estrechado con
ardor contra su pecho, y de haber sentido una vez más cómo Siddharta la poseía
y cómo Kamala se fundía con él.
Cuando recibió la noticia de la desaparición de Siddharta,
se acercó a la ventana en que tenía la jaula de oro con el exótico pájaro
cantor. Abrió la portezuela, sacó el pájaro y lo dejó volar libremente. Durante
mucho tiempo siguió con la mirada el vuelo del ave.
A partir de ese día, Kamala ya no recibió más visitas, y
cerró la casa. Después de un tiempo se dio cuenta de que había quedado encinta
después del último encuentro con Siddharta.
JUNTO AL RÍO
Ya lejos de la ciudad, Siddharta caminó por el bosque.
Sólo sabía una cosa con certeza: que no podía volver, que la vida que había
llevado durante años había pasado, concluido, y que la había gozado hasta
hastiarse.
Había muerto el pájaro cantor con el que soñara. El ave de
su corazón había dejado de existir.
Fue un profundo cautivo del sansara, se embebió de asco y
muerte por todas partes, como una esponja absorbe agua hasta empaparse.
Siddharta estaba lleno de fastidio, de miseria y muerte; ya no existía nada en
el mundo que pudiese alegrarle o consolarle.
Con ansiedad deseaba no saber nada de sí mismo, permanecer
tranquilo, muerto. «¡Que caiga un rayo y me mate! —pensaba—. ¡Que venga un
tigre y me coma! ¡Que tome un vino, un veneno que me adormezca, que me haga
olvidar y me dé un sueño sin final! ¿Queda alguna suciedad con la que todavía
no me haya manchado? ¿Un pecado o una necedad que no haya cometido? ¿Un vacío
del alma sin sentir? ¿Era posible respirar y aspirar una y otra vez, sentir
hambre, volver a comer, dormir, permanecer junto a una mujer? ¿No se había
agotado ya ese círculo para Siddharta?»
Llegó junto a la orilla del gran río del bosque, el mismo
que le hizo cruzar un barquero cuando todavía era joven y venía de la ciudad de
Gotama. Se detuvo vacilante a la orilla del río. El cansancio y el hambre le
habían debilitado. ¿Para qué seguir adelante? ¿Hacia dónde ir? ¿A qué destino?
No, ya no existían objetivos; lo único que palpitaba era una ansiedad profunda
y dolorosa de arrojar ese sueño confuso, de escupir ese vino soso, de zanjar
esa vida mí.erable y vergonzosa.
Un árbol se inclinaba sobre la ribera del río: era un
cocotero, en cuyo tronco apoyó Siddharta el hombro; Siddharta abrazó luego el
tronco y observó el agua verde que se deslizaba a sus pies; miró hacia abajo y
sintió deseos de soltarse y de desaparecer bajo el agua. Un vacío estremecedor
se reflejaba entre las ondas, al que replicaba el terrible hueco de su alma.
Sí, estaba acabado. Sí, para Siddharta, con la vida destrozada y sin meta, con
su formación malograda, ya no quedaba otra solución que lanzar su existencia a
los pies de los dioses con una sonrisa irónica.
Ese era su deseo: ¡La muerte, la destrucción de la forma
odiada! ¡Que los peces devoren ese perro de Siddharta, ese demente, ese cuerpo
desmantelado y podrido, esa alma decadente! ¡Que los cocodrilos se lo coman!
¡Que los demonios lo descuarticen!
Con el rostro desencajado clavó su vista en el agua: al
ver el reflejo de su cara escupió en el agua. Lleno de abatimiento separó el
brazo que apoyaba en el tronco y se volvió un poco para deslizarse y hundirse
de una vez para siempre. Se hundía hacia la muerte con los ojos cerrados.
En ese instante sintió una voz llegar desde remotos
lugares de su alma, del pasado de su agotada existencia. Era una palabra, una
sílaba que repetía maquinalmente una voz balbuciente; se trataba de la vieja
palabra, principio y fin de todas las oraciones de los brahmanes: el sagrado
Om, que significa «lo perfecto» o «la perfección». Y en el momento en que la
palabra Om alcanzó el oído de Siddharta, de repente despertóse su espíritu
adormecido y reconoció la necedad de su intención.
Siddharta se asustó profundamente, y pensó cómo había
podido llegar a aquel punto; se encontraba perdido, confuso, abandonado de toda
sabiduría. Había intentado buscar la muerte. Un deseo tan pueril había podido
crecer en su interior: ¡Encontrar la tranquilidad apagando su vida! Lo que no
habían logrado en todo ese tiempo la tortura, el despecho y la desesperación,
lo consiguió el Om al penetrar en su conciencia. Siddharta reconoció su miseria
y su error.
—Om —repetía—. ¡Om!
Y de nuevo volvió a tener conciencia del Brahma, del
carácter indestructible de la vida… que había llegado a olvidar.
Pero ese momento tan sólo duró un segundo, como un rayo.
Siddharta se desvaneció al pie del cocotero, quedó su cabeza junto a la raíz y
durmió profundamente.
Su sueño era hondo y libre de pesadillas; hacía mucho
tiempo que no conseguía dormir así.
Cuando despertó, después de varias horas, le pareció que
habían pasado diez años: escuchó el ruido del agua; no recordaba dónde se
encontraba ni cómo había llegado hasta allí. Abrió los ojos y con asombro
observó sobre su cabeza los árboles y el firmamento; lo pasado parecía estar
cubierto por un velo inmensamente lejano e indiferente.
Sólo sabía que la vida abandonada había sido una
encarnación pasada, anterior a su actual yo; comprendía que había conseguido
apartarse de su anterior existencia, y se hallaba tan lleno de asco y de
miseria que hasta había pretendido quitarse la vida; allí, junto a un río, bajo
un cocotero, volvió en sí. Se había quedado dormido con la palabra sagrada Om,
en los labios, y ahora se despertaba y contemplaba el mundo como un ser nuevo.
Con voz baja pronunció el vocablo, con el que se había
quedado adormecido; le pareció que en todo su largo sueño no hizo otra cosa que
hablar del Om, pensar en el Om, hundirse y penetrar en el Om, en lo indecible,
en lo perfecto. ¡Qué sueño tan maravilloso! ¡Jamás le había refrescado tanto un
sueño, y renovado y rejuvenecido! ¿Acaso estaba muerto realmente, o se había
hundido y había vuelto a nacer con una nueva encarnación? Pero no, Siddharta se
reconocía: sus manos y sus pies, el lugar donde se encontraba, el yo en su
interior, el Siddharta caprichoso, raro; no obstante, Siddharta había cambiado,
se había renovado, se encontraba descansado, despierto, alegre y curioso.
Siddharta se incorporó y vio frente a él a una persona: un
forastero, un monje vestido con la túnica amarilla y la cabeza afeitada, en
postura de meditación. Contempló al hombre, que no tenía cabello ni barba, y no
tardó mucho en advertir que el monje era Govinda, el amigo de su juventud.
Govinda, el que se había refugiado con el majestuoso.
También había envejecido Govinda, como él, pero su rostro
aún mantenía los mismos rasgos, expresaba diligencia, lealtad, búsqueda y
temor. Y cuando Govinda levantó la mí.ada al sentirse observado, Siddharta se
dio cuenta inmediatamente de que su amigo no le reconocía. Govinda se alegró al
verle despierto; evidentemente, hacía mucho tiempo que esperaba que despertase,
aunque no le conocía.
—Me he dormido —manifestó Siddharta—. ¿Cómo has llegado
hasta aquí?
—Sí, ya te he visto dormir —contestó Govinda—. Y no es muy
recomendable hacerlo en estos sitios, pues a menudo hay serpientes, y además
éste es el camino de los animales del bosque. Yo, señor, soy un discípulo del
majestuoso buda, del Sakia Muni, pasaba por aquí, con otros de mis compañeros,
cuando te vi dormir en lugar tan peligroso. Por ello intenté despertarte,
señor, y al comprobar que tu sueño era muy profundo, me rezagué y me senté a un
lado. Y mientras deseaba vigilar tu sueño, creo que yo también me he dormido.
Mal cumplí mi servicio, pues el cansancio me venció. Pero ya que ahora estás
despierto, dame licencia para reunirme con mis compañeros.
—Te agradezco mucho, samana, que vigilaras mi sueño
—continuó Siddharta—. Los discípulos del majestuoso sois muy amables. Ahora ya
puedes irte.
—Me marcho, con tu permiso. Que el Señor proteja tu salud.
—Gracias, samana.
Govinda hizo la señal del saludo y declaró:
—Adiós.
—Adiós, Govinda —contestó Siddharta.
El monje se detuvo.
—Permíteme, señor. ¿De dónde conoces mi nombre?
Siddharta sonrió.
—Govinda, te conozco de la casa de tu padre y de la
escuela de los brahmanes, de los sacrificios, de nuestro viaje con los samanas,
y de aquella hora cuando tú, en el bosque de Jetavana, te refugiaste en el
majestuoso.
—¡Eres Siddharta! —exclamó Govinda—. Ahora te reconozco, y
no comprendo cómo antes no me he dado cuenta inmediatamente. Bien venido,
Siddharta. Siento un gran gozo al volver a verte.
—También yo me alegro de verte otra vez. Has sido el
vigilante de mi sueño: una vez más te doy las gracias, aunque no hubiera
necesitado una custodia. ¿Adónde vas, amigo?
—No me dirijo a ninguna parte, en concreto. Los monjes
siempre caminamos, mientras no es la estación de las lluvias; vamos siempre de
un sitio a otro, vivimos según la regla, pregonamos la doctrina, recibimos
limosnas y continuamos nuestro viaje. Siempre así. ¿Pero tú, Siddharta, adónde
vas?
Contestó Siddharta:
—Yo hago lo mismo que tú, amigo. No voy a ninguna parte.
Sólo estoy en camino. Soy un peregrino.
Govinda replicó:
—Dices que eres un peregrino, y te creo. Pero, perdóname,
Siddharta, no tienes aspecto de peregrino. Llevas el atuendo de un hombre rico,
calzas zapatos de aristócrata, y tu cabello perfumado no es el de un samana.
—Muy bien, amigo, has observado con agudeza, no has
perdido detalle. Pero yo no he dicho que sea un samana. Tan sólo dije: soy un
peregrino. Y así es.
—Es posible —respondió Govinda—. Pero pocos peregrinan con
esas ropas, con esos zapatos, con esos cabellos. Jamás he encontrado un
peregrino así, en todos los años que camino.
—Te creo, Govinda. Pero hoy has encontrado un peregrino
con estos zapatos y así vestido. Acuérdate, amigo, que el mundo de las formas
es pasajero, temporal, sobre todo con nuestros vestidos, nuestro cabello y todo
nuestro cuerpo. Llevo el ropaje de un rico, te has fijado bien. Lo llevo porque
he sido rico. Y llevo el pelo como la gente mundana y los libertinos, porque he
sido también uno de ellos.
—¿Y ahora, Siddharta? ¿Qué eres ahora?
—No lo sé. Lo ignoro tanto como tú. Estoy en camino. He
sido un potentado, y ya no lo soy. Y no sé lo que seré mañana.
—¿Te has arruinado?
—He perdido las riquezas o ellas me arruinaron a mí.
Digamos que se me han extraviado. Govinda, la rueda de lo ingrato gira con
extremada rapidez. ¿Dónde se halla el brahma Siddharta? ¿Dónde se encuentra el
samana Siddharta? ¿Dónde quedó el rico Siddharta? Lo temporal cambia muy
aprisa, Govinda. Tú bien lo sabes.
Govinda contempló durante largo tiempo al amigo de su
juventud, y en sus ojos apareció una duda. Entonces le saludó como se saluda a
los aristócratas, y se puso en marcha.
Siddharta, con el rostro sonriente, le siguió con la
mí.ada. ¡Todavía amaba a ese hombre fiel y temeroso! ¡Cómo habría sido posible
no amar a nadie o a nada, después de un sueño tan maravilloso, tan lleno del
Om! Precisamente el encantamiento estaba allí: en el sueño se le había
preparado para amarlo todo; se encontraba lleno de amor hacia todo lo que
contemplaba. Y justamente ésa fue su enfermedad anterior, según le parecía
ahora: el no saber amar a nada ni a nadie.
Sonriente, continuaba observando Siddharta al monje que se
alejaba. El sueño le había devuelto las fuerzas, pero le seguía molestando el
hambre, ya que ahora hacía dos días que no comía y el tiempo en que solía
ayunar se encontraba muy lejano. Con preocupación, pero feliz, recordó aquel
pasado.
Fue entonces cuando recordó cómo había glorificado ante
Kamala tres artes que antes había dominado perfectamente: ayunar, esperar,
pensar. Ésta había sido su fortuna,su poder y su fuerza.
Había aprendido esas artes en los años penosos y difíciles
de su juventud, nada más. Y ahora le habían abandonado, ninguna de las tres
artes le pertenecía ya: ni el ayunar, ni el esperar, ni el pensar. ¡Las había
trocado por lo más miserable y más pasajero, por los deleites de los sentidos,
el bienestar físico, las riquezas! Realmente le había sucedido algo extraño. Y
ahora parecía que de nuevo se había convertido en un ser humano.
Siddharta reflexionó acerca de su situación. Le costó
meditar; en el fondo no le apetecía, pero se obligó a sí mismo.
Pensó:
«Ahora que por fin han sucumbido todas las cosas
pasajeras, ahora que vuelvo a estar bajo el sol, como cuando fui un chiquillo,
me doy cuenta de que no sé nada, de que no soy capaz de nada, de que no he
aprendido nada. ¡Qué raro es todo esto! ¡Ahora voy a empezar de nuevo, como un
niño, a pesar de que ya no soy joven y que mis cabellos empiezan a encanecer
—sonrió otra vez—. Sí, tu destino será muy singular.»
Siddharta se perdía, pero ahora volvía a encontrarse en
este mundo y se veía vacío, desnudo e ignorante. Y sin embargo, no podía sentir
pena por lo sucedido. No. Al contrario, tenía deseos de reír, de burlarse de sí
mismo, de chancearse de todo ese mundo tan necio y tan absurdo.
«¡Estás en decadencia!», se acusó a sí mismo, y
seguidamente echóse a reír.
Al pronunciar estas palabras, miró al río, que también se
deslizaba por una pendiente, siempre hacia abajo, sin dejar de estar alegre y
de canturrear. Eso gustó a Siddharta que sonrió amablemente al río. ¿No era el
mismo río en el que había querido ahogarse, hacía ya tiempo, quizás unos cien
años? ¿O tal vez lo soñó?
Siddharta continuó meditando: «Realmente mi vida ha
seguido un curso muy especial, dando muchos rodeos. De chiquillo sólo oía
hablar de dioses y sacrificios. De mozo sólo me entretenía con ascetas,
pensamientos, meditaciones, buscando a Brahma, venerando al eterno atman. Ya de
joven seguía los ascetas, viví en el bosque, sufrí calor y frío, aprendí a
pasar hambre, aprendí a apagar mi cuerpo. Entonces la doctrina del gran buda me
pareció una maravilla; sentí circular en mi interior todo el sabor de la unidad
del mundo, como si se tratara de mi propia sangre. No obstante, tuve que
alejarme del mismo buda y del gran saber. Me fui y aprendí el arte del amor con
Kamala, el comercio con Kamaswami; amontoné dinero, malgasté, aprendí a
contentar a mí.estómago, a lisonjear a mí. sentidos. He necesitado muchos años
para perder mi espíritu, para olvidarme del pensar y la unidad.
«¿No parece que he precisado dar grandes rodeos para
convertirme paulatinamente en un hombre, para dejar de ser filósofo y vivir
como una persona vulgar?» Y, a pesar de todo, ha sido un buen camino, no ha
muerto completamente el pájaro que se alberga en mi interior. Pero, ¡qué camino
es ése! He tenido que sobrevivir a tanta ignorancia, vicio, error, asco y
desengaño, tan sólo para volver a ser un hombre que no piensa, como los niños,
y así, poder empezar de nuevo. No obstante, todo ha ido bien, mi corazón se
alegra, mis ojos ríen. He tenido que sufrir con desesperación, me he visto
obligado a rebajarme hasta la idea más necia, la del suicidio, para poder
recibir la gracia de sentir el Om, para volver a dormir bien y a despertarme
mejor. Tuve que convertirme en un ignorante para poder encontrar al atman en mi
interior. He tenido que pecar para volver a resucitar.
«¿Hacia dónde me seguirá llevando este camino? Mi sendero
sigue un itinerario absurdo, da rodeos, y quizá también vueltas. ¡Que siga por
donde quiera! ¡Yo lo seguiré!»
Sintió en su pecho una alegría maravillosa.
«¿De dónde sale esa alegría tan grande? —preguntó a su
corazón—. ¿Acaso te viene de ese largo sueño, que tanto bien te hizo? ¿O
proviene de la palabra Om, que pronuncié? ¿O acaso es porque he conseguido
escapar, he logrado la fuga y por fin me encuentro otra vez libre, como un
chiquillo bajo el cielo?
«¡Qué maravilla es poder huir, ser libre! ¡Qué aire más
limpio y puro se respira aquí! ¡Qué delicia aspirarlo! Allí, de donde escapé,
todo olía a cremas, especias, vino, saciedad, ocio. ¡Cómo odiaba ese mundo de
ricos, vividores y jugadores! ¡Cómo me aborrecía, me robaba, envenenaba,
torturaba, envejecía y maldecía! ¡No, jamás creeré en mí, como antes, cuando me
gustaba pensar que Siddharta era un sabio! Sin embargo, ahora sí que he obrado
bien; ¡me gusta, puedo elogiar mi obra! ¡Ahora termina el odio contra mí mismo,
contra esa vida necia y monótona! Te felicito, Siddharta, ya que después de
tantos años de ocio has vuelto a tener una nueva idea, has obrado, has oído
cantar al pájaro en tu pecho, ¡y le has seguido!»
De esta forma se elogió y se sintió satisfecho de sí
mismo, a la vez que oía los rugidos del hambre en su estómago. Un retazo de
pena, un mendrugo de miseria: eso era lo que ahora percibía; en los últimos
días había apurado hasta el máximo y luego lo escupió todo; se sació hasta la
desesperación y la muerte.
Así era mejor. Hubiera podido quedarse mucho más tiempo
con Kamaswami, ganar dinero, malgastarlo, hinchar su barriga y dejar que su
alma muriese de sed; habría podido vivir todavía mucho tiempo en aquel infierno
suave y bien acolchado, si no le hubiera llegado el momento del desconsuelo
total, de la desesperación. Fue aquel instante, cuando se balanceaba por encima
de la corriente del agua, dispuesto a destruirse. Había sentido esa
desesperación, esa profunda repugnancia, pero no se dejó vencer; el pájaro, la
fuente y la voz de su interior continuaban con vida. Esa era su alegría, su
risa; por eso brillaba su rostro bajo las canas.
«Es bueno —pensó— probar personalmente todo lo que hace
falta aprender. Desde niño, desde mucho tiempo, sabía que los placeres mundanos
y las riquezas no acarrean ningún bien; pero ahora lo he vivido. Y ahora lo sé,
no sólo porque me lo enseñaron, sino porque lo han visto mis ojos, mi corazón,
mi estómago. ¡Qué bello es saberlo!»
Mucho tiempo permaneció meditando acerca del cambio que se
había producido en su ser.
Escuchó al pájaro que trinaba alegre. ¿No había muerto el
pájaro en su interior, no había sufrido su muerte? No; en Siddharta había
muerto algo muy distinto, que desde hacía tiempo deseaba sucumbir. ¿No era lo
mismo que en sus ardientes años de asceta había querido apagar? ¿No era su yo,
el yo pequeño, temeroso, orgulloso, con que había luchado durante tantos días,
el que siempre le vencía, el que después de cada penitencia, volvía a surgir, y
le quitaba la alegría, y le daba temor? ¿Acaso no era eso lo que por fin hoy
había encontrado la muerte, allí en el bosque, junto a ese río idílico? ¿No era
esa muerte por lo que Siddharta había vuelto a ser un niño, y sintió confianza,
alegría y temeridad?
Ahora también comprendió por qué había luchado inútilmente
contra ese yo, mientras era brahmán o asceta. ¡Se lo había impedido el exceso
de sabiduría, de versos sagrados, de reglas para sacrificios, de
mortificaciones, la excesiva ambición! Con arrogancia, siempre había sido el
primero, el más inteligente, el más sabio, el más diligente; siempre se
encontraba un paso más adelante de los demás compañeros, sabios, sacerdotes o
eruditos. Su yo se había escondido en ese sacerdocio, en aquella erudición e intelectualidad;
estaba allí y crecía, mientras Siddharta creía apagarlo con ayunos y
penitencias. Ahora se daba cuenta y observaba que la voz secreta tenía razón:
ningún profesor se lo hubiera podido reprimir jamás.
Por ello tuvo que lanzarse al mundo, perderse entre los
placeres y el poder, la mujer y el dinero; se había tenido que convertir en
comerciante, jugador, bebedor, glotón, hasta que el brahmán y el samana de su
interior se murieran. Por tal causa había tenido que soportar esos años
monstruosos, ese hastío, vacío y absurdo de una vida monótona y perdida, hasta
que por fin, como una desesperación, el vividor y el Siddharta ávido habían
llegado a sucumbir. Muerto, un nuevo Siddharta había resucitado. También éste
se volvería viejo, también tendría que morir algún día; Siddharta era
transitorio, como pasajera es toda formación. Pero hoy se hallaba en plena
forma, joven como un chiquillo, un nuevo Siddharta. Estaba lleno de alegría.
Meditaba todas estas ideas, escuchaba sonriente su
estómago y agradecía el zumbido de una abeja. Miraba con alegría la corriente
del río: jamás un agua le había gustado tanto, jamás había percibido la voz y
el ejemplo de la corriente con tanta fuerza. Le parecía que ese río poseía algo
especial, algo que aún desconocía, pero que le esperaba. En ese río se había
querido ahogar Siddharta, y en él había sucumbido el Siddharta viejo, cansado,
desesperado. Sin embargo, el nuevo Siddharta sentía por esa corriente un
profundo amor que le obligaba a no abandonarla con prisas.
EL BARQUERO
«Junto a este río deseo quedarme —pensó Siddharta—. Es el
mismo por el que un amable barquero me condujo al camino de los humanos, de los
niños. Me dirigiré a su vivienda. Desde su choza me encaminó entonces hacia una
nueva vida, que ahora ya está vieja y muerta. ¡Que mi nuevo camino también
empiece desde allí.»
Observaba la corriente con cariño, su verde transparencia,
sus ondas cristalinas, con dibujos llenos de misterio. Contempló las perlas
claras que subían desde el fondo, las burbujas que flotaban en la superficie,
el espejo del azul del cielo. El río también le miraba con sus mil ojos,
verdes, blancos, ambarinos, celestes. ¡Cuánto amaba aquella corriente! ¡Cuántas
cosas le agradecía! Desde el interior de su corazón escuchaba la voz que
despertaba de nuevo y le decía:
«Ama a este río! ¡Quédate con él! ¡Aprende de él!» ¡ Oh,
sí! Siddharta quería aprender del río, deseaba escucharlo. Le parecía que el
que comprendiera a esta corriente y sus secretos, también entendería muchas
otras cosas, muchos secretos, todos los misterios.
Hoy únicamente podía conocer un secreto del río: el que se
apoderó de su alma. Se daba cuenta de que el agua corría y corría, siempre se
deslizaba y, sin embargo, siempre se encontraba allí, en todo momento. ¡Y no
obstante, siempre era agua nueva! ¿Quién podía comprenderlo? Siddharta, no; tan
sólo tenía una vislumbre, escuchaba un recuerdo lejano, unas voces divinas.
Siddharta se levantó. El rugido del hambre en el estómago
se hacía insoportable. Mientras sufría, continuó su camino a lo largo de la
ribera, contra la corriente, escuchando el rumor y los alaridos de su estómago.
Cuando llegó a la lancha de cruce, la halló dispuesta para
la salida.
A su lado estaba el mismo barquero que había conducido al
joven samana. Siddharta le reconoció al momento; también el barquero había
envejecido mucho.
—¿Quieres pasarme? —preguntó.
El barquero se sorprendió al ver a un hombre tan
distinguido viajar solo y a pie. Le acogió en su barca y abandonó la orilla.
—Has elegido una vida muy bella —declaró el viajero—. Debe
de ser muy hermoso vivir junto a estas aguas y deslizarse por su superficie.
El remero se balanceó sonriente y repuso:
—Es hermoso, señor, como tú dices, ¿pero acaso no es bella
la vida toda y todos los trabajos?
—Quizá. Pero yo envidio el tuyo.
—¡Oh! Pronto te cansarías. Esto no es para gentes
elegantes.
Siddharta sonrió.
—Ya me miraste una vez por mis ropajes y además, con
desconfianza. ¿No te gustaría aceptarlos, barquero, puesto que a mí me
molestan? Debes saber que no tengo con qué pagarte.
—El señor bromea —dijo el barquero, festivo.
—No bromeo, amigo. Mira, ya una vez crucé en tu barca por
el río, gracias a tu bondad. Hazlo también hoy y acepta mis vestidos como pago.
—¿Y el señor piensa seguir su viaje sin vestidos?
—Lo que me gustaría es no proseguir el viaje. Lo que más
me apetecería, barquero, es que me dieras un delantal, y así podría quedarme
como ayudante tuyo, o mejor, como tu aprendiz, pues primero debo aprender a
llevar la barca.
Durante largo tiempo el barquero observó al forastero,
como si buscara algo.
—Ahora te reconozco —manifestó por fin—. En otra ocasión
dormiste en mi choza, hace mucho tiempo, quizá más de veinte años. Yo te llevé
al otro lado del río y nos despedimos como buenos amigos. ¿No fuiste un samana?
De tu nombre no me acuerdo.
—Me llamo Siddharta, y era un samana cuando me viste por
última vez.
—Bien venido seas, Siddharta. Yo me llamo Vasudeva. Espero
que también hoy seas mi invitado, que duermas en mi choza y me cuentes de dónde
vienes y por qué te molestan tus elegantes ropas.
Habían alcanzado el centro del río y Vasudeva tuvo que
remar con más fuerza para ir contra la corriente. Su trabajo era tranquilo, y
él bogaba con su mirada fija en la proa de la barca, con sus brazos curtidos.
Siddharta se hallaba sentado y le observaba; recordó
entonces que ya en aquel su último día de samana, habíase despertado en su
corazón el amor hacia aquel hombre. Agradecido aceptó la invitación de
Vasudeva. Cuando llegaron a la orilla le ayudó a atar la barca en los postes;
después el barquero le invitó a entrar en la cabaña y le ofreció pan y agua.
Siddharta lo comió con gusto, como también los frutos del mango, que le ofreció
el barquero.
Ya cerca del atardecer se sentaron los dos en un tronco de
la orilla y Siddharta contó al barquero su origen y su vida, tal y como la
había visto hoy en aquella hora de desesperación. El relato duró hasta altas
horas de la noche.
Vasudeva escuchó con suma atención. Lo comprendió todo, el
origen, la niñez, todo el aprendizaje, la búsqueda, la alegría y la miseria.
Entre las muchas virtudes del barquero, destacaba la de saber escuchar como
pocas personas. Sin decir palabras, Siddharta notó que Vasudeva asimilaba todas
sus explicaciones, sosegado, abierto, esperando sin perder una sola palabra,
sin impaciencias, sin críticas ni elogios: únicamente escuchaba.
Siddharta sintió la felicidad de confesarse a tal oyente,
de hundir en su corazón su propia vida, la propia búsqueda, el propio
sufrimiento.
Al finalizar el relato, sin embargo, cuando habló del
árbol junto al río y de su profundo desfallecimiento, del sagrado Om y de cómo
después del sueño se había sentido mucho mejor, el barquero escuchó con doble
atención, totalmente entregado, con los ojos cerrados.
No obstante, Siddharta enmudeció, transcurrió un largo
silencio hasta que Vasudeva empezó a decir:
—Es lo que yo me imaginaba. El río te ha hablado. También
es amigo tuyo, también él te habla. Esa es una buena señal, muy buena. Quédate
conmigo, Siddharta, amigo. Tenía una esposa, su cama está junto a la mía; pero
ha muerto ya hace mucho tiempo, y vivo solo. Convive conmigo: hay sitio y
comida para ambos.
—Te lo agradezco —declaró Siddharta—. Te lo agradezco y
acepto. Y también te doy las gracias por haberme escuchado tan bien. Hay pocas
personas que sepan escuchar, y no encontré a nadie que lo hiciera como tú.
También quiero aprender esto de ti.
—Lo aprenderás —contestó Vasudeva—, pero no de mí. Yo lo
aprendí del río, a ti también te lo enseñará. El río lo sabe todo y todo se
puede aprender de él. Mira, ya te has enterado por el agua de que es necesario
dirigirse hacia abajo, descender, buscar la profundidad. El rico y distinguido
Siddharta se convierte en remero; el sabio brahmán Siddharta se convierte en
barquero; también eso te lo ha enseñado el río. Progresarás asimismo con el
resto.
Después de una larga pausa, preguntó Siddharta:
—¿Qué resto, Vasudeva?
—Se ha hecho tarde —contestó—. Vayamos a dormir. No te
puedo decir yo el «resto», amigo. Ya lo sabrás, quizá ya los has estudiado.
Mira, yo no soy un sabio, y no sé hablar y tampoco pensar. Sólo sé escuchar y
ser piadoso: no he aprendido otra cosa. Si lo supiera decir y enseñar, quizá
fuera un sabio; así, sin embargo, sólo soy un barquero y mi deber es cruzar a
la gente por este río. He cruzado a muchos, a miles, y para todos ellos mi río
sólo ha sido un obstáculo en sus itinerarios.
Viajaban por dinero y negocios, iban a bodas y romerías;
el río se interponía en su camino y el barquero estaba allí para pasarlos
rápidamente sobre ese obstáculo. Pero para algunos entre miles, para muy pocos,
el río dejaba de ser un obstáculo; ellos han oído su voz, la han escuchado, y
el río se ha convertido para ellos en algo sagrado, igual que para mí. Y ahora
vámonos a descansar, Siddharta.
Siddharta se quedó con el barquero y aprendió a manejar la
barca; y si no tenía trabajo con la barca, ayudaba a Vasudeva en el campo de
arroz, recogía la madera, cosechaba los frutos del bananero. Aprendió a
construir un remo, y a reparar la embarcación, y a trenzar cestos. Estaba
alegre por todo lo que aprendía y los días y los meses pasaban con rapidez.
Pero, más de lo que podía enseñarle Vasudeva, le instruía
el río. De él aprendía continuamente.
Sobre todo le enseñó a escuchar, a atender con el corazón
tranquilo, con el alma serena y abierta, sin pasión, sin deseo, sin juicio ni
opinión.
Le gustaba vivir al lado de Vasudeva, y a veces cambiaba
unas palabras, pocas, pero bien pensadas. Vasudeva no era amigo de palabras:
pocas veces lograba hacerle hablar.
—¿También has aprendido tú —le preguntó una vez—, has
aprendido del río el secreto de que no existe el tiempo?
El rostro de Vasudeva se iluminó con una radiante sonrisa.
—Sí, Siddharta —contestó—. ¿Quieres decir esto: que el río
está en todas partes a la vez? ¿ En su fuente y en la desembocadura, en la
cascada, en la balsa, en la catarata, en el mar, en la montaña, en todas partes
a la vez? ¿Y que para él sólo existe el presente y desconoce la sombra del
futuro?
—Eso es —repuso Siddharta—. Y cuando lo conocí, descubrí
mi vida, que también era un niño, y el niño Siddharta, el hombre Siddharta, el
viejo Siddharta sólo estaban separados por sombras, por nada real. Y tampoco
los nacimientos anteriores de Siddharta eran pasado, ni su muerte y su
renacimiento al Brahma han sido futuro. Nada fue, ni será; todo es, todo tiene
esencia y presente.
Siddharta hablaba encantado: la inspiración le había
producido una profunda felicidad. Mas, ¿no era tiempo todo el sufrimiento? ¿No
era todo él temor y tortura, el tiempo? ¿No se superaba y alejaba todo lo
difícil y hostil en el mundo, si se superaba el tiempo, si se lo anulaba? Había
hablado gozoso. Pero Vasudeva le sonrió con el rostro iluminado e hizo un gesto
de afirmación. En silencio pasó su mano por el hombro de Siddharta y regresó a
su trabajo.
Y otra vez, cuando en la estación de las lluvias el río
crecía y el rugido aumentaba poderoso, manifestó Siddharta:
—¿Verdad, amigo, que el río tiene muchas, muchísimas,
voces? ¿No posee la voz de un rey y de un guerrero, la de un toro y la de un
pájaro nocturno, la de una pantera y la de un hombre que suspira, y otras voces
más?
—Así es —declaró Vasudeva—. Todas las voces de la creación
están en el río.
—¿Y puedes descifrar lo que dicen —continuó Siddharta—
cuando oyes sus diez mil tonos a la vez?
El rostro de Vasudeva sonreía feliz, se inclinó hacia
Siddharta y le dijo al oído lo que el sagrado Om le había comunicado: lo mismo
que antes había dicho a Siddharta.
La sonrisa de Siddharta se parecía cada vez más a la del
barquero; era casi igual de brillante, expresaba casi la misma felicidad,
brillaba igual en sus mil pequeñas arrugas; era equivalente en inocencia y en
madurez.
Muchos de los viajeros, al ver a los dos barqueros, los
tenían por hermanos. A menudo se sentaban por la noche en el tronco, junto a la
orilla; en silencio escuchaban el susurro del agua, que para ellos ya no era la
corriente, sino la voz de la vida, de la existencia, de lo que siempre será. Y
a veces ocurría que al escuchar ambos al río, pensaban en las mismas cosas, en
una conversación de anteayer, en un viajero cuya cara y destino les interesaba,
en la muerte, en su niñez; y los dos, en el mismo instante que habían escuchado
del río algo bueno, se miraban mutuamente, pensando ambos exactamente igual, se
sentían felices ante la misma contestación por idéntica pregunta.
Algunos de los viajeros percibían que de la barca y de los
barqueros emanaba algo especial. A veces ocurría que un viajero, después de
haber observado la cara de los barqueros, empezaba a narrar su vida, sus
pesares, confesaba sus pecados y terminaba pidiendo consuelo y consejo. En
otras ocasiones, les pedían permiso para quedarse una noche con ellos y así
poder escuchar la voz del río. También sucedía que llegaban curiosos a los que
les habían contado que en ese lugar vivían dos sabios, o magos, o santos. Los
curiosos preguntaban entonces, pero no recibían ninguna contestación; y tampoco
encontraban que fueran magos ni sabios, y sólo hallaban a dos ancianos amables,
que parecían mudos, extraños y seniles. Los curiosos se reían y comentaban
entre sí la buena fe y la necedad de la plebe, que propagaba rumores sin
fundamento.
Los años pasaban y nadie se entretenía en contarlos. Un
día llegaron unos monjes, discípulos de Gotama, del buda, y pidieron que les
cruzaran a la otra orilla del río; los barqueros se enteraron por ellos que les
había llegado la noticia de que el majestuoso estaba enfermo de gravedad y
pronto moriría su última muerte humana, para entrar en la redención.
No pasó mucho tiempo, y llegó un nuevo grupo de monjes
hasta la barca, y otro, y monjes y viajeros no hablaban de otra cosa sino de
Gotama y su próxima muerte. De todas partes llegaba la gente atraída como por
arte de magia, para presenciar la muerte del gran buda, como si se tratara de
ir a una campaña o a la coronación de un rey; todos dirigían sus pasos hacia el
lugar en donde debería suceder algo prodigioso, donde el más perfecto de ese
tiempo debía entrar en la gloria.
Durante esos días, Siddharta pensaba frecuentemente en el
moribundo, en el gran profesor cuya voz había avisado a los pueblos, había
despertado a millares de gentes; en ese tono que también escuchó Siddharta,
igual que contempló su sagrado rostro. Pensaba en él como en un viejo amigo,
veía el camino de perfección ante sus ojos, y sonriendo recordaba las palabras
que de joven había dirigido al majestuoso. Ahora le parecían términos
orgullosos e impertinentes: los recordaba sonriente. Hacía ya mucho que no se
sentía separado de Gotama, cuya doctrina no había querido aceptar. No, el que
realmente quiere encontrar, y por ello busca, no puede aceptar ninguna
doctrina. Pero el que ha encontrado, ya puede aceptar cualquier doctrina,
cualquier camino u objetivo; a éste ya no le separa nada de los miles restantes
que viven en lo eterno, que respiran lo divino.
Uno de esos días, cuando tantos peregrinaban hacia el buda
moribundo, también lo hizo Kamala, que en otros tiempos fue la más bella
cortesana. Hacía ya tiempo que se había retirado de su vida anterior; había
regalado su jardín a los monjes de Gotama, se había refugiado en su doctrina y
pertenecía al número de las amigas y bienhechoras de los peregrinos. Junto con
el pequeño Siddharta, su hijo, se había puesto en camino al recibir la noticia
de la próxima muerte de Gotama.
Iba a pie y vestida con sencillez. Con su chiquillo andaba
por la orilla del río; pero el niño se cansó pronto, quería regresar,
descansar, comer. Estaba impaciente y lloriqueaba. Kamala tuvo que detenerse
varias veces, el pequeño se hallaba acostumbrado a imponer su voluntad, y
Kamala debía darle comida y consuelo. El niño no comprendía por qué tenía que
hacer aquella penosa y triste peregrinación con su madre, hacia un lugar
desconocido, hacia un hombre extraño, pero que era un santo y se estaba muriendo.
¿Qué le importaba al chiquillo que se muriera?
Los peregrinos no se hallaban lejos de la barca de
Vasudeva cuando el pequeño Siddharta obligó a descansar otra vez a su madre.
También Kamala se encontraba fatigada, y mientras el muchacho se comía un
plátano, sentóse ella en el suelo, cerró un poco los ojos y se dispuso a
descansar.
Pero de improviso, Kamala lanzó un grito de dolor; el
muchacho la miró asustado y vio cómo las mejillas de su madre estaban pálidas
de horror. Debajo de su vestido asomó una pequeña serpiente negra, que acababa
de morder a Kamala.
Los dos juntos echaron a correr en busca de otros seres
humanos, y pronto llegaron cerca de la barca. Allí se desplomó Kamala, pues no
pudo continuar en pie. El niño abrazó y besó a su madre mientras no cesaba de
gritar; también Kamala pidió socorro hasta que sus gritos llegaron a oídos de
Vasudeva, que se encontraba junto a la barca. Se les acercó rápidamente, cogió
a la mujer entre sus brazos y la llevó a la barca, mientras el pequeño corría a
su lado. Pronto llegaron a la choza donde se encontraba Siddharta encendiendo
el fuego de la cocina.
Levantó la vista y lo primero que vio fue al niño, que le
recordaba de una manera extraña cosas pasadas. Seguidamente contempló a Kamala,
a la que reconoció inmediatamente, a pesar de encontrarse desmayada en brazos
del barquero. Ahora comprendió también que el rostro del pequeño le llamó la
atención porque era su propio hijo, y el corazón le saltó dentro del pecho.
Lavaron la herida de Kamala, pero ya estaba negra, el
vientre de la mujer se había hinchado. Le dieron a beber una tisana. Poco a
poco Kamala volvió en sí; yacía en el lecho de Siddharta, en la choza.
Inclinado a su lado se encontraba Siddharta, el que en otros tiempos la había
amado tanto.
Le parecía un sueño. Sonriente miró el rostro de su amigo;
únicamente percatóse de su situación poco después. Recordó la mordedura… y
llamó temerosa al pequeño.
—No te preocupes, está aquí —declaró Siddharta.
Kamala le miró a los ojos. Empezó a hablar con lengua
pesada, debido a la paralización del veneno.
—Te has vuelto viejo, querido —dijo—. Tus cabellos ya son
grises. Pero aún pareces el joven samana que se acercó a mi jardín sin vestido
y con los pies polvorientos. Te asemejas más a él ahora que cuando nos
abandonaste a Kamaswami y a mí. Sobre todo en los ojos, Siddharta. Sí, yo
también me he vuelto vieja… ¿Me has reconocido?
Siddharta sonrío.
—Al momento, Kamala querida.
Kamala señaló a su hijo y continuó:
—¿Y a él? Es tu hijo.
Siddharta desvió la mirada y cerró los ojos.
El pequeño echóse a llorar. Siddharta lo sentó en sus
rodillas y le dejó que llorase. Acarició sus cabellos y al contemplar el rostro
infantil, se acordó de una oración de los brahmanes que había aprendido siendo
niño. Empezó a pronunciarla lentamente, como un cántico; el pasado y la niñez
le dictaban los versos. Y con ese canto monótono el niño se tranquilizó. De vez
en cuando todavía lloriqueaba, pero por fin se durmió.
Siddharta lo depositó en la cama de Vasudeva. El barquero
se hallaba en la cocina y preparaba un poco de arroz. Siddharta le miró y
Vasudeva contestó con una leve sonrisa.
—Morirá —balbuceó Siddharta, en voz baja.
Vasudeva afirmó con la cabeza. Su amable rostro se hallaba
iluminado por el fuego de la cocina.
Kamala volvió en sí otra vez. El dolor le contraía el
semblante, los ojos de Siddharta notaban el sufrimiento en su boca y en sus
pálidas mejillas. Lo leía en silencio, con atención, esperando, entregado al
sufrimiento. Kamala se percató y buscó su mirada.
Luego manifestó:
—Ahora me doy cuenta de que tus ojos también han cambiado.
¿En qué conozco que tú eres Siddharta? Lo eres y no lo eres.
Siddharta no habló. En silencio fijó sus ojos en los de
Kamala.
—¿Lo has conseguido? —preguntó Kamala—. ¿Has encontrado la
paz?
Siddharta sonrió y colocó su mano sobre la de Kamala.
—Ya me doy cuenta —continuó Kamala—. Ya lo veo. Yo también
encontraré la paz.
—La has hallado —repuso Siddharta, en un susurro.
Kamala continuaba con la mirada fija en los ojos de
Siddharta. Pensó que había querido peregrinar hacia Gotama para ver el rostro
de una persona perfecta, para respirar la paz, y en vez de Gotama se había
encontrado con Siddharta. Pero todo había salido bien, como si hubiera visto al
perfecto e iluminado. Quiso decírselo a Siddharta, pero la lengua ya no le
obedecía.
Continuó Siddharta mirándola en silencio, y notó cómo la
vida se apagaba en sus ojos. Cuando el último dolor estremeció sus ojos y los
veló al contraerse sus miembros por última vez, Siddharta le cerró los párpados
con los dedos.
Durante mucho tiempo permaneció sentado mirando la cara de
Kamala. Contempló su boca, cansada y vieja, con sus labios delgados, y se
acordó de que en la primavera de su vida la había comparado con un higo recién
abierto. Durante mucho tiempo leyó en el rostro pálido las arrugas del
cansancio, se llenó de esa imagen y vio entonces su propia cara, igual de
blanca y de marchita; a la vez pudo observar los dos rostros jóvenes, de labios
rojos, de ojos ardientes…, y la sensación de presente y simultaneidad le llenó
totalmente, con un sentimiento de eternidad.
En ese momento sentía más profundamente que nunca el
carácter indestructible de toda la vida, de la eternidad de cada instante.
Cuando se levantó, Vasudeva había preparado un poco de
arroz. Pero Siddharta no comió.
Prepararon un lecho en el establo, donde se hallaba la
cabra, y Vasudeva se marchó a dormir.
Siddharta, en cambio, salió y pasó toda la noche delante
de la cabaña, escuchando al río que bañaba el pasado, rodeado a la vez de todos
los tiempos de su vida. De vez en cuando, se acercaba a la puerta de la cabaña
para saber si dormía el niño.
Muy pronto, de madrugada, aun antes de salir el sol, salió
Vasudeva de la cuadra y se acercó a su amigo.
—No has dormido —le dijo.
—No, Vasudeva. He permanecido aquí y he escuchado la voz
del río. Me ha dicho muchas cosas, me ha llenado profundamente con la idea de
la unidad.
—Has sufrido, Siddharta, pero veo que la tristeza no ha
entrado en tu corazón.
—No, amigo. ¿Cómo podría estar triste? Yo, que he sido
rico y feliz, ahora lo soy todavía más. Me han regalado a mi hijo.
—Bien venido sea tu hijo. Pero ahora, Siddharta, empecemos
a trabajar, pues hay mucho por hacer. Kamala ha muerto en el lecho en que murió
mi esposa. También haremos fuego en la misma colina en que encendí la hoguera
para mi mujer.
Y mientras el niño seguía dormido, levantaron la pira.
EL HIJO
El niño había presenciado el funeral de su madre con
timidez y lloriqueos; asustado y sombrío había escuchado a Siddharta, que le
saludaba como hijo y le daba la bienvenida a la choza de Vasudeva.
Durante varios días quiso permanecer en la colina de su
madre muerta; se hallaba demacrado, sin apetito. Cerraba los ojos y el corazón;
se rebelaba obstinadamente contra su destino.
Siddharta le trató con tacto y le dejó hacer: respetó su
duelo. Comprendió Siddharta que su hijo no le conocía, y por lo tanto, no podía
amarle como a un padre. Paulatinamente, también se dio cuenta de que ese niño,
que ya tenía once años, era una personilla mimada, pues fue criado entre
algodones, educado en las costumbres de los adinerados: comidas exquisitas,
cama blanda, órdenes a los criados. Siddharta comprendió que entre sus hábitos
y la pena, no podía contentarse de repente, con buena voluntad, ante la
pobreza.
No le obligó a hacer nada, le sirvió paciente y le guardó
siempre la mejor ración. Esperaba ganarle poco a poco, con amable paciencia.
Cuando llegó el niño, Siddharta se creyó rico y feliz. Sin
embargo, al observar que el tiempo pasaba y el chico continuaba siendo extraño
y sombrío, al ver que mostraba un corazón orgulloso y terco, que no quería
trabajar ni respetar a los viejos, pero sí robar de los árboles frutas de
Vasudeva, entonces Siddharta empezó a entender que con su hijo no le había
llegado la paz y la felicidad, sino la pena y la preocupación.
No obstante, Siddharta amaba al muchacho, y prefería los
disgustos del amor, a su anterior paz y felicidad sin el pequeño.
Desde que el joven Siddharta vivía en la cabaña, los
viejos se habían tenido que repartir la tarea.
Vasudeva cumplía el deber de barquero, otra vez solo, y
Siddharta hacía el trabajo de la vivienda y del campo, para mantenerse cerca de
su hijo.
Durante mucho tiempo, incluso largos meses, Siddharta
esperó inútilmente que su hijo le comprendiera, que aceptara su amor, que quizá
le correspondiera. Vasudeva esperó durante muchos meses; confiaba y callaba. Un
día el joven Siddharta vejó una vez más a su padre con su testarudez y sus
caprichos, y le rompió dos fuentes de arroz; aquella noche, Vasudeva llamó a su
amigo y habló con él.
—Perdóname —empezó—. Te hablo con el corazón de un amigo.
Veo que tienes preocupaciones, problemas. Tu hijo amado te preocupa, y también
me inquieta a mí. El joven pájaro está acostumbrado a otra vida, a otro nido.
No se ha escapado, como tú, de la riqueza y de la ciudad por hastío o
aburrimiento, sino que lo ha abandonado en contra de su voluntad. Pregunté al
río, amigo; muchas veces le he interrogado. Pero la corriente se ríe de mí y de
ti, y se burla de nuestra necedad. El agua quiere estar junto al agua, la
juventud con la juventud. Tu hijo no se encuentra en el lugar apropiado para
poder desarrollarse bien. ¡Pregunta también al río, y sigue su consejo!
Siddharta observó el amable semblante, en cuyos
innumerables surcos se albergaba una continua serenidad.
—Pero, ¿puedo yo separarme de él? —preguntó Siddharta en
voz baja, avergonzado—. ¡Deja que pase un tiempo, amigo! Mira, yo lucho por
ganar el corazón de mi hijo, me esfuerzo con paciencia y amor, quiero
conseguirlo. También el río llegará a hablarle a él; también tiene vocación.
La sonrisa de Vasudeva se hizo más afectuosa.
—Pues claro, también el pequeño tiene vocación y sirve
para la vida eterna. No obstante, ¿sabemos nosotros, tú y yo, qué vocación
tiene, qué vida le espera, qué obras y qué sufrimientos?
Sus dolores no serán pocos, ya que su corazón es orgulloso
y duro, y esas personas tienen que sufrir mucho, equivocarse infinidad de
veces, cometer innumerables injusticias, pecar una y otra vez. Dime, amigo, ¿no
educas a tu hijo? ¿No le obligas? ¿No le pegas? ¿No le castigas?
—No, Vasudeva, no hago nada de eso.
—Me lo imaginaba. No le obligas, ni le pegas, ni le
mandas, y es que sabes que lo blando es más fuerte que lo duro, que el agua es
más potente que la roca, que el amor es más vigoroso que la violencia.
Conforme, y te elogio. Sin embargo, ¿no te equivocas pensando que no le obligas
ni castigas? ¿No te atas con tu amor? ¿ No le avergüenzas día a día y le
dificultas sus obras con tu bondad y paciencia? ¿No obligas al muchacho
arrogante y mimado a vivir en una choza con dos viejos que se alimentan de
plátanos y para los que un plato de arroz es un bocado exquisito? Nuestros
pensamientos nunca podrán ser los suyos, igual que nuestro corazón viejo y
quieto lleva otra marcha, que no es la suya. ¿No crees que ya ha sido bastante
castigado con todo ello?
Siddharta bajó la cabeza, consternado. En voz baja
preguntó:
—¿Qué me aconsejas que debo hacer?
Vasudeva continuo:
—Llévale a la ciudad, a casa de su madre. Allá todavía
estarán los criados; déjale con ellos. Y si no los hay, condúcelo a casa de un
profesor, no por lo que le pueda enseñar, sino para que se halle junto a otros
chicos y chicas de su edad, en ese mundo que es el suyo. ¿Nunca lo pensaste?
—Tú lees en mi corazón —repuso Siddharta—. A menudo lo
pensé. Pero oye, ¿cómo puedo trasladarlo a ese mundo, si tiene débil el
corazón? ¿No se volverá disoluto, no se perderá entre los placeres y el poder?
¿No repetirá los errores de su padre? ¿No se hundirá para siempre en el
sansara?
La sonrisa del barquero se iluminó. Suavemente oprimió el
brazo de Siddharta y declaró:
—¡Pregunta al río, amigo! ¡Escucha su risa! ¿Realmente
crees que has cometido tú esas necedades para ahorrárselas a tu hijo? ¿Acaso
puedes protegerlo contra el sansara? ¿Y cómo? ¿Con la doctrina, con oraciones,
advertencias? Amigo, ¿has olvidado totalmente aquella historia, la del hijo de
un brahmán, llamado Siddharta, que me contaste aquí mismo? ¿Quién ha protegido
del sansara al samana Siddharta? ¿Quién del pecado, de la codicia, de la
necedad? ¿Le pudo custodiar la piedad de su padre, las advertencias de los
profesores, sus propios conocimientos, su propia búsqueda? ¿Qué padre o qué
profesor han conseguido evitar que él mismo viva la vida, se ensucie con la
existencia, se cargue de culpabilidad, beba el brebaje amargo, encuentre su
camino? Amigo, ¿ acaso crees que ese camino se lo podías ahorrar a alguien?
¿Quizás a tu hijo, porque le amas y desearías ahorrarle penas, dolor y
desilusiones? Aunque te murieras diez veces por él, no conseguirías apartarle
lo más mínimo de su destino.
Jamás Vasudeva había gastado tantas palabras. Siddharta se
lo agradeció amablemente; preocupado, regresó a la cabaña y durante mucho
tiempo no logró conciliar el sueño. Vasudeva no le había dicho nada que antes
no hubiera advertido y reflexionado. Pero era una idea que no podía poner en
práctica; el amor hacia el muchacho era más fuerte que el conocimiento de la
realidad, su cariño era más fuerte que el temor a perderlo. ¿Se había
preocupado antes su corazón tan profundamente por algo? Jamás había amado a una
persona tan ciegamente, nunca sufrió tanto por nadie, encontrándose feliz y
desdichado a la vez.
Siddharta no era capaz de seguir el consejo de su amigo:
no podía abandonar a su hijo. Se dejó mandar y despreciar por el muchacho.
Callaba y esperaba; diariamente empezaba la lucha silenciosa de la amabilidad,
de la paciencia. También Vasudeva se callaba y esperaba, amable, sabio,
indulgente. Ambos eran maestros en la paciencia.
En una ocasión, como las facciones del muchacho le
recordaran mucho a Kamala, Siddharta se vio obligado a pensar en una frase que
le dijo Kamala una vez.
«Tú no sabes amar», le había manifestado.
Y Siddharta le había dado la razón. Y entonces se comparó
con una estrella, y a los humanos con las hojas secas que se desprenden de los
árboles; mas a pesar de todo, Siddharta advirtió en aquella frase un reproche.
Realmente, nunca había podido perderse ni entregarse totalmente a una persona;
olvidarse de sí mismo y cometer necedades por amor a otro; no, jamás supo
hacerlo y ésta —así se lo parecía— había sido la gran diferencia que le
separaba de los pueriles humanos.
No obstante, ahora, desde que tenía a su hijo, también
Siddharta se había convertido en un ser humano: sufría por una persona ajena,
la amaba, y perdido por su amor se había convertido en un necio. También
Siddharta sentía ahora, por primera vez en su vida, aunque tarde, aquella
pasión, la más fuerte y especial pasión; sufría por ella, penaba
extraordinariamente, y sin embargo, a la vez experimentaba una felicidad, una
renovación, una nueva riqueza.
Se daba perfecta cuenta de que ese amor ciego hacia su
hijo era una verdadera pasión; algo muy humano, un sansara, una fuente turbia,
un agua oscura. A pesar de ello, a la vez sentía que le era valioso, necesario,
como su propio ser. También se tenía que satisfacer aquel placer, también se
tenían que probar esos dolores, también se debían cometer esas necedades.
Mientras tanto, el hijo le dejaba cometer esas necedades,
y consentía que se humillara diariamente ante sus caprichos. Ese padre no
poseía nada que pudiera admirar el muchacho, nada que le hiciera temer. Era un
buen hombre, bondadoso, amable, quizá piadoso, o un santo…, pero estas
cualidades no podían convencer al joven. Le aburría ese padre que le encerraba
en aquella miserable choza; se cansaba que a cada grosería suya le contestara
con una sonrisa, a cada insulto con un gesto de amabilidad, a cada malicia con
bondad. Eso era precisamente lo que más odiaba del viejo. El muchacho habría
preferido que le amenazara, que le maltratase.
Y llegó el día en que estallaron los sentimientos del
joven Siddharta, y se dirigieron directamente contra su padre. Le había dado
éste una orden que recogiera leña. Pero el chico no salía de la choza;
permaneció allí testarudo y furioso; pataleó, apretó los puños, y en pleno
acceso arrojó todo su odio y desprecio a la cara del padre.
—¡Busca tú mismo la leña! —le gritó excitado—. Yo no soy
tu criado. Ya sé que no me pegas, que no te atreves; ya sé que con tu piedad y
paciencia continuamente me quieres castigar y seducir. ¡Deseas que sea como tú:
piadoso, amable, sabio! Sin embargo, escúchame: ¡Prefiero ser un ladrón o un
asesino e irme al infierno, antes que ser como tú! ¡Te odio! ¡No eres mi padre,
aunque hayas sido diez veces el amante de mi madre!
La ira y el disgusto le desbordaron, cien palabras
funestas se lanzaron contra el padre.
Seguidamente el muchacho desapareció corriendo y no
regresó hasta la última hora del crepúsculo.
Sin embargo, a la mañana siguiente, había desaparecido;
Tampoco hallaron el pequeño cesto de mimbre de dos colores en el que los
barqueros guardaban las monedas de plata y cobre que recibían, como paga de su
trabajo. Igualmente se había perdido la barca. Siddharta la vio en la otra
orilla del río. Su hijo se había escapado.
—Debo seguirle —se dijo Siddharta, que todavía temblaba
por los insultos del muchacho, del día anterior—. Un niño no puede cruzar solo
el bosque. Se perderá. Tendremos que construir un bote, Vasudeva, para llegar a
la otra orilla.
—Haremos una lancha —contestó Vasudeva— para ir a buscar
la barca que el joven se ha llevado.
Pero a él deberías dejarle correr, amigo. Ya no es un
niño, sabrá arreglárselas. El muchacho busca el camino de la ciudad, y tiene
razón, no lo olvides. Hace lo que tú mismo has olvidado hacer. Se preocupa por
sí mismo, sigue su camino. Siddharta, veo que sufres, pero son tormentos de los
que uno puede reírse, y tú te burlarás de ellos muy pronto.
Siddharta no contestó.
Ya tenía el hacha entre las manos y empezó a construir un
bote de bambú. Vasudeva le ayudaba para atar las cañas con cuerdas de hierbas.
Entonces abandonaron la orilla, la corriente los llevó río abajo; en la otra
ribera arrastraron al bote corriente arriba.
—¿Para qué te has traído el hacha? —inquirió Siddharta.
Vasudeva contestó:
—Podría ocurrir que el remo de nuestra embarcación se
hubiera perdido.
Sin embargo, Siddharta sabía lo que su amigo pensaba.
Creía que el muchacho habría roto o arrojado el remo para vengarse, y a la vez
impedir que le siguieran. Y, realmente, en la barca no había remo.
Vasudeva señaló el suelo de la barca y fijó la mirada en
su amigo con una sonrisa, como si quisiera decir:
«¿No ves lo que tu hijo desea decirte? ¿No te das cuenta
de que no quiere que le sigas?»
Pero no lo expuso con palabras.
Tomó el hacha y empezó a cortar un nuevo remo. No
obstante, Siddharta se despidió para ir a buscar al fugitivo. Vasudeva no se lo
impidió.
Cuando Siddharta llevaba ya mucho tiempo en el bosque, se
dio cuenta de la inutilidad de la búsqueda. Pensó que el zagal ya se le habría
adelantado mucho, llegando entonces a la ciudad, o bien, si todavía estaba en
camino, se escondía de él. Al seguir reflexionando comprendió que realmente no
se preocupaba de su hijo; en su interior tenía la certeza de que no le había
sucedido nada y que en el bosque no le amenazaba ningún peligro. A pesar de
ello, corría sin descanso, no ya para salvarle, sino sólo por el fuerte deseo
de verle una vez más. Y así llegó hasta la ciudad.
En la carretera ancha, cerca de la población, se detuvo
ante la entrada del hermoso parque que antes fuera propiedad de Kamala, allí
donde la vio por primera vez, sentada en su litera. Su alma despertó. De nuevo
se vio allí de joven, un samana barbudo y desnudo, con el cabello polvoriento.
Siddharta se quedó durante mucho tiempo ante la puerta y
observó el interior del jardín. Pudo ver allí monjes de hábito amarillo
paseándose bajo los frondosos árboles.
Permaneció en el mismo lugar un buen rato; pensó, recordó
la imagen, escuchó la historia de su vida. Mucho tiempo contempló a los monjes,
pero viendo a los jóvenes Siddharta y Kamala bajo los altos árboles. Con
claridad observó cómo Kamala le entregaba el primer beso; vio a Siddharta que
sentía desprecio y orgullo por su antigua vida de brahmán, y buscaba
afanosamente y con vanidad la vida mundana.
También pudo percibir a Kamaswami, a los criados, vio las
fiestas, los jugadores de dados, los músicos; sintió que el pájaro de Kamala
vivía otra vez, respiró el sansara, volvióse a encontrar viejo y cansado,
hastiado, deseoso de suicidarse. Y por segunda vez le salvó el Om.
Después de permanecer junto a la puerta del parque,
Siddharta comprendió que era necio el deseo que le había conducido hasta aquel
lugar: no podía ayudar a su hijo, no debía atarse a su hijo.
Dentro de su corazón sentía el profundo amor hacia el
muchacho, como si se tratara de una herida; pero, a la vez, esa herida no era
dolorosa, sino que se convertiría en una brillante flor.
Se puso triste porque hasta entonces aún no había brotado
la flor, ni siquiera brillaba. Ahora tan sólo existía el vacío en aquel mismo
lugar en el que había ido a buscar a su hijo. Se sentó tristemente, experimentó
como si algo muriese en su corazón; un vacío, una desilusión, una falta de
objetivo. Se encontraba allí ensimismado, esperando. Lo había aprendido del
río: aguardar, tener paciencia, escuchar.
Y se hallaba allí, contemplando el polvo del camino,
atendiendo a su corazón triste y cansado: esperaba la voz. Durante muchas horas
permaneció aguardando; ya no podía ver ninguna imagen, estaba hundido en el
vacío, se hundía sin ver el camino.
Y cuando sentía el dolor de la herida, hablaba en silencio
con el Om se llenaba del Om. Los monjes del jardín le vieron; al notar que se
quedaba allí durante horas y horas y que en su cabello gris se depositaba el
polvo, uno de ellos se le acercó y le colocó a su lado dos frutos del bananero.
El anciano no los vio.
Una mano que tocó su hombro le despertó del sueño.
Inmediatamente reconoció aquel contacto cariñoso; avergonzado volvió en sí. Se
levantó y saludó a Vasudeva, que le había seguido a distancia. Al ver la cara
cordial de Vasudeva, con sus ojos serenos, arrugados por la sonrisa, también
sonrió Siddharta.
Ahora advirtió los frutos del bananero; los levantó, dio
uno al barquero y se comió el otro. En silencio regresó con Vasudeva al bosque,
a la barca. Ninguno de los dos habló sobre lo sucedido, nunca más nombraron al
muchacho; jamás se mencionó la fuga, en ningún momento se renovó la herida.
Al llegar a la cabaña, Siddharta se tendió encima del
lecho. Poco después, Vasudeva se le acercó para ofrecerle una copa de leche de
coco, pero Siddharta ya dormía.
OM
Durante mucho tiempo aún se resentía de la herida.
Siddharta tuvo que pasar por el río muchos viajeros que iban acompañados de un
hijo o una hija. Le era imposible fijarse en ellos sin sentir envidia, sin
pensar:
«Tantas personas, tantos miles de personas poseen la más
dulce felicidad. ¿Y por qué yo no? Incluso son personas malas, bandidos y
ladrones, y tienen hijos y los aman, y son amados por ellos. Únicamente yo no
lo tengo.»
Pensaba con tanta simpleza, que Siddharta ahora se parecía
a esos seres humanos que nunca pierden el fondo infantil.
Ahora observaba a las personas desde otro ángulo distinto;
quizá menos inteligente y menos orgulloso, pero más cálido, mas carinoso, con
más interés. Cuando cruzaban viajeros corrientes, gentes infantiles,
comerciantes, guerreros, mujeres…, ya no se mostraba tan asombrado de esas
personas como antes. Los comprendía y se interesaba por su vida, que no se
guiaba por raciocinios y conocimientos, sino únicamente por instintos y deseos.
Ahora sentía igual que ellos.
Aunque Siddharta se encontraba cerca de la perfección,
llevaba consigo la última herida; ahora le parecía que esos humanos pueriles
eran sus hermanos; sus vanidades, deseos y absurdos perdían ante él lo
ridículo, se volvían comprensibles, simpáticos e incluso venerables. El amor
ciego de una madre hacia su hijo, el orgullo estúpido de un padre presumido por
su único vástago, el afán ofuscado de una mujer joven y frívola por las joyas,
por la mirada de admiración de los hombres…, todos esos instintos y pasiones
simples y necias, pero de enorme fuerza, se imponían ahora ante Siddharta con
un poder avasallador; ya no eran chiquilladas. Se daba cuenta de que por todo
ello la gente vivía, deseaba lograr una infinidad de metas, efectuaba viajes,
combatía en guerras, sufría infinitamente, soportaba hasta lo indecible. Por
ello, Siddharta los amaba; veía en ellos la vida, la existencia, lo
indestructibIe; el Brahma se hallaba en cada una de sus pasiones, de sus obras.
Esos seres le eran simpáticos y admirables por su ciega fidelidad, por su
ofuscada fuerza y resistencia.
No les faltaba nada; y sin embargo, el sabio y el filósofo
sólo les aventajaba en un detalle diminuto: la conciencia, la idea consciente
de la unidad de toda la vida.
Y Siddharta llegaba a veces a dudar de si esa idea o
conocimiento tenía valor, o si quizá se trataba también de otra necedad de los
humanos pensadores. En todo lo demás, los seres mundanos eran iguales a los
sabios, incluso a menudo los superaban, como también los animales, al obrar con
fortaleza y sin dejarse inmutar.
Poco a poco maduraba en Siddharta la plena conciencia de
saber lo que realmente era sabiduría, la meta de su larga búsqueda. Sin
embargo, no se trataba más que de una disposición de alma, de una capacidad, de
un arte secreto de poder pensar la teoría de la unidad en cualquier momento, en
medio de la vida, de poder sentir y respirar esa unidad.
Paulatinamente se abría esa flor en su interior, se
reflejaba en el arrugado rostro aniñado de Vasudeva: armonía, conocimiento de
la eterna perfección del mundo, sonrisa, unidad.
No obstante, la herida le dolía aún; Siddharta pensaba en
su hijo con ansiedad y amargura, mantenía su amor y afecto dentro de su
corazón, permitía que el dolor le consumiera, cometía todas las necedades del
amor. La llama no se podía apagar por sí sola.
Y un día, cuando la herida le desgarraba, Siddharta cruzó
la otra orilla del río con ansiedad, se bajó de la barca y se encontró
dispuesto a dirigirse a la ciudad, en busca de su hijo. El río se deslizaba
suavemente, en silencio, ya que era el tiempo de la sequía. Sin embargo, su voz
sonaba de manera extraña: ¡Reía!
Sencillamente, el río se reía. Evidentemente se reía del
viejo barquero. Siddharta se detuvo, se inclinó hacia el agua para poderla
escuchar mejor, y vio reflejado su rostro; aquella cara le recordaba cosas
pasadas, y se dio cuenta de lo siguiente: aquel rostro se parecía mucho a otro
que él había conocido, amado e incluso temido. Se parecía al de su padre, el
brahmán. Y recordó que hacía mucho tiempo, de joven, había obligado a su padre
a que le dejara marcharse con los ascetas; y luego fue su despedida, su marcha
y su aplazado regreso. ¿No había sufrido su padre la misma pena que hoy sufría
Siddharta por su hijo? ¿No había muerto su padre hacía tiempo, solo, sin haber
visto a su hijo una vez más? ¿Por qué no tenía que esperar Siddharta la misma
suerte? ¿No se trataba de una farsa, de una circunstancia rara y estúpida, esa
repetición, ese recorrer el mismo círculo fatal?
El río se reía. Sí, así era; todo lo que no se había
terminado de sufrir y solucionar, regresaba de nuevo. Siempre se volvían a
sufrir las mismas penas. Y Siddharta regresó a la barca, volvió a la choza y
siguió pensando en su padre, en su hijo, en el río que se burlaba, en su
enemistad consigo mismo. Iba a desesperarse, incluso a echarse a reír, con el
propio río, de sí mismo y de todo el mundo.
Sí, todavía no florecía la herida; el corazón aún se
defendía contra el destino. Todavía no brillaba la serenidad y la victoria del
sufrimiento. Pero Siddharta sentía la esperanza, y al regresar a la choza un
deseo irresistible le obligó a abrir su alma ante Vasudeva, a mostrarle todo, a
contarle todo al maestro de audiencia.
Vasudeva se encontraba en la cabaña trenzando un cesto. Ya
no conducía la barca, pues sus ojos empezaban a volverse débiles; y no tan sólo
le fallaba la vista, sino también los brazos y las manos.
Lo único que no cambiaba era su floreciente alegría y la
serena benevolencia del rostro.
Siddharta se sentó junto al anciano y empezó a hablar
lentamente. Ahora contaba lo que nunca había dicho: sobre su camino hacia la
ciudad, de la herida dolorosa, de su envidia al ver a otros padres felices, de
su conocimiento, de la necedad ante tales deseos, de su inútil lucha contra
todo aquello. Lo contó todo; podía decirle todo, incluso lo más delicado; a
Vasudeva se le podía explicar todo, mostrárselo, narrárselo. Le mostró su
herida, le contó su última fuga: cómo hoy se había dirigido al otro lado del
río, como un niño fugitivo, dispuesto a ir a la ciudad. Y de cómo el río se le
había burlado.
Habló durante largo tiempo. Mientras se desahogaba.
Vasudeva escuchaba con su cara sonrosada; Siddharta sentía que esa atención de
Vasudeva era más fuerte que nunca. Notó que sus dolores y temores se le
transmitían, y cómo Vasudeva se los devolvía.
Mostrar la herida a ese oyente era como bañarla en el río
hasta que se refrescara la herida y el cuerpo que la padecía. Y Siddharta
continuó hablando, reconociendo, confesando; cada vez se percataba que el que
le escuchaba ya no era Vasudeva, ya no era aquel hombre inmóvil, que se
impregnaba de su confesión como el árbol se empapa con la lluvia; ese ser
inmóvil era el propio río, el dios mismo, la eternidad. en persona.
Y a la vez que Siddharta dejaba de pensar en sí mismo y en
su herida, empezaba a comprender el cambio de Vasudeva; cuanto más lo sentía y
penetraba, menos sorprendente le parecía; percatábase entonces de que todo era
natural. Vasudeva ya hacía tiempo que estaba así, casi desde siempre,
únicamente que Siddharta no se había dado cuenta. También a Siddharta le
faltaba muy poco para llegar a ser igual que Vasudeva. Sentía que ahora le
miraba como el pueblo observa a los dioses, y que esa situación no podía durar;
su corazón comenzó a despedirse de Vasudeva, mientras su boca continuaba
hablando sin detenerse.
Cuando terminó, Vasudeva dirigió a él su mirada amable, ya
algo débil; no pronunció una palabra, su rostro silencioso expresaba amor y
serenidad, comprensión y sabiduría. Tomó la mano de Siddharta, la condujo al
banco junto a la orilla del río, y se sentó con él. Vasudeva sonrió a la
corriente.
—Le has oído reír —comentó—. Pero no lo has oído todo.
Escuchemos y verás cómo dice más cosas.
Y prestaron atención. El canto polífono del agua se oía
suavemente. Siddharta tenía la mirada fija en el río y en la corriente se le
aparecieron imágenes: su padre solitario, llorando por el hijo;
Siddharta mismo, también solitario y atado a su hijo con
los lejanos brazos del anhelo; también su hijo, el joven Siddharta, ansioso,
corriendo por la ardiente senda de los jóvenes deseos. Cada uno se hallaba
dirigido hacia su meta, obsesionado con su fin, sufriendo por su objetivo. El
río lo narraba todo con voz de sufrimiento, con cantos ansiosos, tonalidades
tristes, corrientes curiosas.
«¿Lo oyes?», preguntó la mirada silenciosa de Vasudeva.
Siddharta negó con la cabeza.
—¡Escucha mejor! —susurró Vasudeva.
Siddharta se esforzó por atender mejor. La imagen de su
padre, la suya y la de su hijo se juntaban; también se le apareció la figura de
Kamala, pero se deshizo; igualmente vio la imagen de Govinda y de otros, y
todas se entremezclaban y terminaban por desaparecer en el agua; todas corrían
como el río, hacia su meta, ansiosos, sufriendo. Y la voz del río resonaba
llena de ansiedad, de dolor, de un deseo insaciable.
El río corría hacia su meta. Siddharta observaba a ese río
forjado por él, por los suyos, por todas las personas a las que jamás había
visto. Todas las corrientes de agua se deslizaban con prisa, sufriendo, hacia
sus fines, y en cada meta se encontraban con otra, y llegaban a todos los
objetivos, y siempre seguía otro más; y el agua se convertía en vapor, subía al
cielo, se transformaba en lluvia, se precipitaba desde el cielo, se convertía
en fuente, en torrente, en río, y de nuevo se deslizaba corriendo hacia su
próximo fin.
Pero aquella voz ansiosa había cambiado. Aún sonaba con
resabios de sufrimiento y ansiedad, pero a ella se le unían otras voces de
alegría y sufrimiento, sonidos buenos y malos, que reían y lloraban. Cien
voces, mil voces.
Siddharta escuchaba. Ahora tan sólo permanecía atento,
totalmente entregado a esa sensación; completamente vacío, sólo dedicado a
asimilar, se daba cuenta de que acababa de aprender a escuchar. Ya, en muchas
ocasiones, había oído las voces, el río, pero hoy sonaban diferentes. Ya no
podía diferenciar las alegres de las tristes, las del niño y las del hombre:
todas eran una, el lamento, el anhelo y la risa del sabio, el grito de ira y el
suspiro del moribundo. Todo era uno, todo permanecía estrechamente enlazado, y
mil veces entremezclado.
Y todo aquello unido era el río, todas las voces, los
fines, los anhelos, los sufrimientos, los placeres; el río era la música de la
vida. Y cuando Siddharta escuchaba con atención al río, podía oír esa canción
de mil voces; y si no escuchaba el dolor ni la risa, si no ataba su alma a una
de aquellas voces y no penetraba su yo en ella ni oía todas las tonalidades,
entonces percibía únicamente el total, la unidad. En aquel momento, la canción
de mil voces, consistía en una sola palabra: el Om, la perfección.
«¿Lo oyes?», le preguntó nuevamente la mirada de Vasudeva.
Su sonrisa era clara; todas las arrugas de su vetusto
rostro brillaban, como cuando el Om flota sobre todas las voces del río. Su
sonrisa era diáfana cuando se dirigía al amigo; y ahora también el rostro de
Siddharta brillaba con la misma clase de sonrisa. Su herida florecía, su
sufrimiento se iluminaba, su yo había entrado en la unidad.
En aquel momento, Siddharta dejó de luchar contra el
destino, terminó el sufrir. En su cara se dibujaba la serenidad que da la
sabiduría, a la que ya no se opone ninguna voluntad, la que conoce toda la
perfección, la que está de acuerdo con el río de los sucesos, con la corriente
de la vida, lleno de igualdad de sentimientos, entregado a la corriente,
perteneciente a la unidad.
Cuando Vasudeva se levantó de su asiento junto a la
orilla, miró a los ojos de Siddharta y observó en ellos el brillo y la
serenidad de la sabiduría; suavemente le tocó el hombro con la mano, con cariño
y cuidado, y declaró:
—He estado esperando este momento, amigo. Ahora que ha
llegado, por fin, dejad que me marche. Durante mucho tiempo he aguardado; ya he
sido bastante tiempo el barquero Vasudeva. ¡Adiós, río! ¡Adiós, choza! ¡Adiós,
Siddharta!
Siddharta se inclinó profundamente ante Vasudeva.
—Lo sabía —manifestó en voz baja—. ¿Te irás a los bosques?
—Me voy a los bosques, hacia la unidad —contestó Vasudeva,
y su rostro resplandecía.
Se alejó con rostro refulgente; Siddharta le siguió con la
mirada llena de profunda alegría, de honda serenidad; contempló su caminar
lleno de paz, observó su cabeza rodeada de resplandor, vio su cuerpo rebosante
de luz.
GOVINDA
En una ocasión se encontraba Govinda con otros monjes
descansando en el jardín que la cortesana Kamala había regalado a los
discípulos de Gotama. Oyó hablar de un viejo barquero que vivía junto al río, a
la distancia de una jornada, y que era considerado como un sabio. Cuando llegó
el día en que tuvo que continuar su camino, Govinda eligió el camino en
dirección a la barca, ya que deseaba conocer a aquel barquero. Pues, a pesar de
que él había vivido toda su existencia según las reglas, y aunque los monjes jóvenes
le respetaban por su edad y modestia, dentro de su corazón no se había apagado
la llama de la inquietud y la búsqueda.
Llegó al río, rogó al viejo que le llevara al otro lado, y
cuando bajaron de la barca, declaró:
—Mucho bien nos has hecho a nosotros, los monjes y
peregrinos, ya que a la mayoría nos cruzaste por este río. ¿No eres tú también,
barquero, uno de los que buscan el camino de la verdad?
Los ojos viejos de Siddharta sonrieron al contestar:
—¿Te encuentras también tú entre los que buscan,
venerable? Mas, ¿no tienes ya muchos años y llevas el hábito de los monjes de
Gotama?
—Aunque soy viejo —repuso Govinda—, no he dejado de
buscar. Jamás dejaré de hacerlo: ése parece ser mi destino. Y creo que tú
también has buscado. ¿Quieres darme un consejo, venerable?
Siddharta declaró:
—¿Qué podría decirte, venerable? Quizá que has buscado
demasiado. Que de tanto buscar, no tienes ocasión para encontrar.
—¿Cómo es eso? —preguntó Govinda.
—Cuando alguien busca —continuó Siddharta—, fácilmente
puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo que busca; pero como no lo halla,
tampoco deja entrar en su ser otra cosa, ya que únicamente piensa en lo que
busca, tiene un fin y está obsesionado con esa meta. Buscar significa tener un
objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no necesitar
ningún fin. Tú, venerable, quizás eres realmente uno que busca, pues
persiguiendo tu objetivo, no ves muchas cosas que están a la vista.
—Todavía no te comprendo muy bien —objetó Govinda—. ¿Qué
quieres decir?
Y Siddharta contestó:
—Hace tiempo, venerable, hace muchos años, que ya
estuviste aquí una vez, junto a este río, y en su ribera hallaste a una persona
durmiendo; entonces te sentaste a su lado para velar su sueño. Pero no
reconociste a la persona que dormía, Govinda.
Sorprendido, y como hechizado, el monje miró a los ojos
del barquero.
—¿Eres tú, Siddharta? —preguntó con voz temblorosa—.
¡Tampoco esta vez te habría reconocido! ¡Te saludo de corazón, Siddharta, y me
alegra profundamente volverte a ver! Has cambiado mucho, amigo… ¿Así que te has
convertido en barquero?
Siddharta sonrió amablemente.
—Pues, sí, en barquero. Hay que cambiar mucho, Govinda.
Hay quien debe llevar muchos hábitos, y yo soy uno de ellos, amigo. Sé bien
venido, Govinda, y quédate esta noche en mi choza.
Govinda permaneció aquella noche en la cabaña y durmió en
el lecho que antes fuera de Vasudeva. Interrogó mucho a su amigo de juventud, y
Siddharta se vio obligado a contarle su vida.
Cuando a la mañana siguiente había llegado la hora de
empezar la marcha diaria, preguntó vacilante Govinda:
—Antes de continuar mi camino, Siddharta, permíteme una
pregunta. ¿Tienes una doctrina? ¿Tienes una fe o una creencia que sigues, que
te ayuda a vivir y a obrar bien?
Siddharta declaró:
—Tú ya sabes, amigo, que de joven, cuando vivía con los
ascetas, en el bosque, llegué a creer que debía desconfiar de las doctrinas y
los profesores, y darles la espalda. No he cambiado de opinión.
No obstante, he tenido muchos otros maestros desde
entonces. Incluso una bella cortesana fue mi instructora por un largo tiempo,
así como un rico comerciante y unos jugadores de dados. También lo ha sido en
una ocasión un discípulo de Buda; estaba sentado a mi lado, en el bosque,
cuando yo me había adormecido en mi peregrinar. También aprendí de él, y le
estoy agradecido, de veras. Sin embargo, de quien aprendí más fue de este río y
de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era una persona muy sencilla; no se trataba
de ningún filósofo, y sin embargo, sabía tanto como Gotama: era perfecto, un
santo.
Govinda exclamo:
—¡Me parece, Siddharta, que todavía te gusta la burla! Te
creo y sé que no has seguido a ningún profesor. ¿Pero, acaso no has encontrado
tú mismo esta doctrina, con algunos razonamientos o conocimientos tuyos, que te
ayuden a vivir? Si quisieras decirme alguna de esas teorías, alegrarías mi
corazón.
Siddharta repuso:
—He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en
cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí cómo se percibe la vida en el
corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería
difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que he
descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito
intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
—¿Bromeas? —inquirió Govinda.
—No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable,
pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos
sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era
lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores.
«He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente
tomarás por broma o chifladura, pero, en realidad, se trata de mi mejor
pensamiento. Es éste: ¡Lo contrario a cada verdad es igual de auténtico! O sea:
una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y
unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con
palabras; todo lo unilateral, todo lo mediocre, todo lo que carece de
integridad, de redondez, de unidad».
«Cuando el venerable Gotama enseñaba el mundo por medio de
palabras, lo tenía que dividir en sansara y nirvana en ilusión y verdad, en
sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No
obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio
interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo sansara o
del todo nirvana nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que
es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo
no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es
real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre
el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión».
—¿Qué quieres decir? —preguntó Govinda angustiado.
—¡Escucha bien, amigo, escucha bien! El pecador, que lo
somos tú y yo, es pecador, pero algún día volverá a ser Brahma, llegará a
nirvana será buda…, y ahora fíjate bien: ese «algún» es una ilusión. ¡Es sólo
metáfora! El pecador no está en camino hacia el budismo, no se encuentra en un
desarrollo, aunque no nos lo podemos imaginar de otra forma. No; en el pecador,
ahora y hoy, ya está presente el buda futuro, todo su futuro, en él, en ti, en
todo se debe respetar el posible buda escondido.
«EI mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se
encuentra en un camino lento hacia la perfección. No; él es perfecto en
cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón, todos los lactantes,
la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de
ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en
el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón».
«En la profunda meditación existe la posibilidad de anular
el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces
todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe me parece bueno;
creo que todo debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la
santidad, la inteligencia o la necedad; todo necesita únicamente mi afirmación,
mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca
podrá perjudicarme».
«He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma,
que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y
que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi
resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún
mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino
dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto».
«Estas son, Govinda, algunas de las ideas que se me han
ocurrido».
Siddharta se inclinó, levantó una piedra del suelo y la
sopesó en la mano.
—Esto —declaró mientras jugaba—, es una piedra, y dentro
de un tiempo quizá sea polvo de la tierra, y de la tierra pasará a ser una
planta, o animal o un ser humano. En otro tiempo hubiera dicho: «Esta piedra
sólo es piedra, no tiene valor, pertenece al mundo de Maja; pero como en el
circuito de las transformaciones también puede llegar a ser un ente humano y un
espíritu, por ello le doy valor». Así, quizás, hubiera pensado antes. Pero
ahora razono: esta piedra es una piedra, también un animal, también un dios,
también un buda; no la venero ni amo porque algún día pueda llegar a ser esto o
lo otro, sino porque todo esto lo es desde hace tiempo, desde siempre. Y,
precisamente, esto que ahora se me presenta como una piedra, que ahora y hoy
veo que es una piedra, justamente por ello la amo y le doy un valor y un
sentido en cada una de sus líneas y huecos, en el amarillo, en el gris, en la
dureza, en el sonido que produce cuando la golpeo, en la sequedad o humedad de
su superficie.
»Hay piedras que al tocarlas parecen aceite o jabón, y
otras semejan hojas o arena, y cada una es diferente y roza el Om a su manera;
cada una es Brahma, pero a la vez es una piedra, está grasienta o jabonosa, y
precisamente esto es lo que me gusta y me parece maravilloso y digno de
adoración.
»Pero no me hagas hablar más sobre todo ello. Las palabras
no son buenas para el sentido secreto; en cuanto se pronuncia algo ya cambia un
poquito, se lo falsifica…, sí, y también esto es muy bueno y me gusta asimismo,
estoy muy de acuerdo que lo que es tesoro y sabiduría de una persona, parezca a
otra una locura.
Govinda escuchaba en silencio.
—¿Por qué me has dicho lo de la piedra? —preguntó
vacilante, tras una pausa.
—Lo dije con intención. O quizás he querido declarar que
amo precisamente a la piedra y al río, a esas cosas que contemplamos y de las
que podemos aprender. Govinda, puedo amar a una piedra, a un árbol o a su
corteza. Son objetos que pueden amarse. Pero no a las palabras. Por ello, las
doctrinas no me sirven, no tienen dureza, ni blandura, no poseen colores, ni
cantos, ni olor, ni sabor, no encierran más que palabras. Acaso sea eso lo que
te impide encontrar la paz, quizá sean tantas palabras. También redención y
virtud, lo mismo que sansara y nirvana son sólo palabras, Govinda. Fuera del
nirvana no existe nada más: únicamente palpita el vocablo nirvana.
Govinda exclamó:
—Amigo, nirvana no es tan sólo un término. Nirvana es un
pensamiento.
Siddharta continuó:
—Un pensamiento, puede ser así. Amigo, he de hacerte una
confesión: no me gusta diferenciar mucho entre pensamientos y palabras. Para
serte sincero, tampoco soy partidario de las teorías. Me gustan más los
objetos. Aquí, en esta barca, por ejemplo, mi antecesor fue un hombre, un santo
que durante muchos años creyó simplemente en el río, en nada más. Notó él que
la voz del río le hablaba; de ella aprendió, pues el agua le educó y enseñó; el
río le parecía un dios. Durante muchos años ignoró que todo viento, nube,
pájaro o escarabajo, es igual de divino, y sabe tanto que también puede enseñar
como el río. No obstante, cuando ese santo se marchó a los bosques, lo sabía
todo, más que tú y yo, y sin profesor, ni libros; únicamente porque había
creído en el río.
Govinda replicó:
—Pero, lo que tú llamas «objeto», ¿es realmente algo que
tiene sustancia? ¿No se trata sólo de un engaño de Maja: únicamente imagen y
apariencia? Tu piedra, tu árbol, tu río…, ¿son realidades?
—Tampoco eso me preocupa mucho —repuso Siddharta—. ¡Qué
más da que las cosas sean engaños o no! Y si lo son, también yo lo seré
entonces, y de ese modo nunca me importará. Este es el motivo que me obliga a
tenerles tanto aprecio y veneración: son mis semejantes. Por ello puedo
amarlos.
»Y ahora voy a exponerte una teoría de la que te vas a
reír: el amor, Govinda, me parece que es lo más importante que existe. Penetrar
en el mundo, explicarlo y despreciarlo, puede ser cuestión de interés para los
grandes filósofos. Pero para mí, únicamente me interesa el poder amar a ese
mundo, no despreciarlo; no odiarlo ni aborrecerme a mí mismo; a mí sólo me
atrae la contemplación del mundo y de mí mismo, y de todos los seres, con amor,
admiración y respeto.
—Eso sí que lo comprendo —interrumpió Govinda—. Pero
precisamente fue este punto lo que el majestuoso reconoció como engaño. Gotama
ordena benevolencia, respeto, compasión, tolerancia, pero no amor; nos prohibió
atar a nuestro corazón en el amor hacia lo terrenal.
—Lo sé —repuso Siddharta. Y su sonrisa tenía un brillo
dorado—. Lo sé, Govinda. Y mira, ya nos encontramos en medio de la espesura de
las opiniones, en la discusión por palabras. No puedo negarlo: mis palabras
sobre el amor contradicen, mejor dicho, parece que contradicen a las palabras
de Gotama. Esa es la causa que me hace desconfiar de los términos, pues sé que
esta contradicción es un engaño. Sé que estoy de acuerdo con Gotama. ¡Es
imposible que el majestuoso no conozca el amor! ¡Él, que ha llegado a conocer
todo lo humano en su carácter transitorio y vanidoso, y que a pesar de ello amó
tanto a los seres humanos! ¡Él, que empleo toda su larga y penosa vida
únicamente para ayudarles, para enseñarles!
»También en Gotama, tu maestro, prefiero sus hechos antes
que sus palabras. Sus actos y su vida me parecen más importantes que sus
oraciones, el gesto de su mano es más interesante que sus opiniones. No veo su
grandeza en el hablar, ni en el pensar, sino en sus obras y su existencia.
Durante mucho tiempo permanecieron callados los dos
ancianos. Entonces Govinda dijo al despedirse:
—Te agradezco, Siddharta, que me hayas comunicado tus
pensamientos. Por un lado son extraños, y no todos los entendí de primera
intención. Pero sea como sea, te lo agradezco y deseo que pases tus días en
paz.
«Sin embargo —pensó para sus adentros—, este Siddharta es
una persona extraña, habla de raras teorías y su doctrina me suena a locura. La
del majestuoso se ve más clara, distinta, pura, comprensible; no contiene nada
de rarezas, ni locuras o ridiculeces. Pero ya no me parecen tan distintos al
majestuoso, las manos y los pies de Siddharta, ni su frente, su aliento, su
sonrisa, su saludo, su manera de andar. Jamás nadie, después de que nuestro
majestuoso buda entrara en el nirvana me obligó a exclamar: ¡Este es un santo!
Sólo ante Gotama, y ahora ante Siddharta.Aunque su doctrina sea extraña y sus
palabras suenen a locura, la mirada, la mano, la piel, el cabello, todo él
respira una pureza, una tranquilidad, una serenidad y clemencia y santidad que
no he visto en ningún otro hombre, después de la muerte de nuestro majestuoso
profesor.»
Mientras Govinda pensaba así, en su corazón mantenía un
conflicto, y de nuevo se sintió atraído a Siddharta por amor. Se inclinó
profundamente ante aquel hombre que se hallaba sentado, lleno de serenidad.
—Siddharta —empezó—, hemos llegado a ser hombres viejos.
Difícilmente en esta vida volveremos a encontrarnos. Veo, amigo, que has
hallado la paz. Yo te confieso que no la he conseguido. ¡Dime, venerable, una
palabra más! ¡Dame algo para el camino, algo que pueda entender y comprender!
Concédeme algo para ese camino. Frecuentemente mi marcha es difícil y sombría,
Siddharta.
Siddharta no pronunció palabra; le miró con sonrisa
tranquila, siempre igual. Govinda clavó su vista fijamente en su rostro, con
temor, con anhelo. Su mirada expresaba sufrimiento y una búsqueda eterna y un
eterno rastrear.
Siddharta le observó y sonrió.
— ¡Acércate a mí! — susurró al oído de Govinda —.
¡Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y ahora, ¡besa mi frente, Govinda!
Y sucedió algo maravilloso mientras Govinda obedecía sus
palabras, entre un presentimiento y el amor que le atraía: se le acercó mucho y
rozó su frente con los labios. Todo ocurrió mientras sus pensamientos se
ocupaban todavía de las extrañas palabras de Siddharta, mientras se esforzaba
aún por quitar el tiempo en vano y con resistencia de sus pensamientos, y de
imaginarse el nirvana y sansara como una misma cosa, a la vez que sentía
desprecio por las palabras de su amigo y luchaba en su interior con un enorme
respeto y amor. Así fue.
Ya no contemplaba el rostro de su amigo Siddharta, sino
que veía otras caras, muchas, una larga hilera, un río de rostros, de
centenares, de miles de facciones; todas venían y pasaban, y sin embargo,
parecía que todas desfilaban a la vez, que se renovaban continuamente, y que al
mismo tiempo eran Siddharta. Observó la cara de un pez, de una carpa, con la
boca abierta por un inmenso dolor, de un pez moribundo, con los ojos sin vida…,
vio la cara de un niño recién nacido, encarnada y llena de arrugas, a punto de
echarse a llorar…, divisó el rostro de un asesino, le acechó mientras hundía un
cuchillo en el cuerpo de una persona…, y al instante vislumbró a este criminal
arrodillado y maniatado, y cómo el verdugo le decapitó con un golpe de espada…,
distinguió los cuerpos de hombres y mujeres desnudos y en posturas de lucha, en
un amor frenético…, entrevió cadáveres quietos, fríos, vacíos…, reparó en
cabezas de animales, de jabalíes, de cocodrilos, de elefantes, de toros, de
pájaros…, observó a los dioses, reconoció a Krishna y a Agni…, captó todas
estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellos, cada una en ayuda de la
otra, amando, odiando, destruyendo y creando de nuevo. Cada figura era un
querer morir, una confesión apasionada y dolorosa del carácter transitorio;
pero ninguna moría, sólo cambiaban, siempre volvían a nacer con otro rostro
nuevo, pero sin tiempo entre cara y cara… Y todas estas figuras descansaban,
corrían, se creaban, flotaban, se reunían, y encima de todas ellas se mantenía
continuamente algo débil, sin sustancia, pero a la vez existente, como un
cristal fino o como hielo, como una piel transparente, una cáscara, un
recipiente, un molde o una máscara de agua; y esa máscara sonreía, y se trataba
del rostro sonriente de Siddharta, el que Govinda rozaba con sus labios en
aquel momento.
Así vio Govinda esa sonrisa de la máscara, la sonrisa de
la unidad por encima de las figuras, la sonrisa de la simultaneidad sobre las
mil muertes y nacimientos; esa sonrisa de Siddharta era exactamente la misma
del buda, serena, fina, impenetrable, quizá bondadosa, acaso irónica, siempre
inteligente y múltiple, la sonrisa de Gotama que había contemplado cien veces
con profundo respeto. Govinda lo sabía: así sonríen los que han alcanzado la
perfección.
Sin saber si existía el tiempo, si había pasado un segundo
o cien años, desconociendo si eran realidad un Gotama, un Siddharta, si vivía
el yo y el tú, alcanzado su interior por una flecha divina cuya herida es
dulce, encantado y roto su corazón…, Govinda permaneció todavía un tiempo
inclinado sobre el rostro bronceado de Siddharta, el que besara hacía un
momento, el que fuera escenario de todas las transformaciones, de todos los
orígenes, de todo lo existente.
El rostro de Siddharta no había cambiado tras cerrarse en
su superficie la profundidad y la multiplicidad; sonreía sereno, suavemente,
quizá muy bondadoso, acaso irónico, exactamente como había sonreído el
majestuoso.
Govinda se inclinó profundamente: las lágrimas rodaron por
sus mejillas arrugadas, sin que él siquiera lo notara; sintió como fuego su más
profundo amor, su más modesta veneración en el alma. Se inclinó ante Siddharta
casi hasta el suelo; Siddharta permanecía sentado, sin moverse, y su sonrisa
recordaba todo cuanto había amado en la vida, todo cuanto había considerado
valioso y sagrado.
AUTOR
Hermann Karl Hesse
Poeta y novelista alemán; nació en Calw (Selva Negra) el 2
de Julio de 1877, murió en Montagnola (Suiza) el 9 de agosto de 1962. Es uno de
los escritores más representativos de la Europa actual, continuador de la línea
del romanticismo alemán e intérprete al mismo tiempo de los problemas de la
sociedad moderna. El tema central de su obra es la inquietud del hombre en
busca de su destino. Hijo de un pastor protestante, ingresó en 1891 en el
seminario de Maulbronn, que abandonó al año siguiente; trabajó primero como
mecánico y luego de librero. En 1903 viajó a Italia y en 1911 a la India. Vivió
varios años en Berna y, desde 1919, en Montagnola, junto a Lugano. En 1946
obtuvo el premio Nobel. Las raíces espirituales de Hesse hay que buscarlas en
el pietismo al que vino a unirse la experiencia del Lejano Oriente. Entre estos
dos polos busca el auténtico ideal humano. Sus obras son en gran parte
confesión de su interior. En su edad madura intenta armonizar los valores
éticos y estéticos, la sabiduría del Oriente y la del Occidente. Su lenguaje es
sencillo, fluido y musical y sabe expresar los más diversos matices del
sentimiento.
Sus principales novelas son : Peter Camenzind (1904),
historia de un vagabundo con rasgos autobiográficos; Unterm Rad (Bajo la
rueda), 1906, en la que critica la educación escolar; Gertrud (1910) y
Rosshalde (1914), que tratan del conflicto entre la vocación artística y los
deberes conyugales; Demian (1919), que es de nuevo la historia de un joven en
busca de su destino; Siddharta (1922), en que varía el tema de la novela
anterior poniendo por fondo el mundo de la India; Der Steppenwolf (El lobo
estepario), 1927, muestra como en el hombre hay dos almas: una humana y otra de
lobo; Narziss und Goldmund (1930) representan al asceta y al esteta
Hermann Hesse desarrolló una literatura que ha influido en
millones de jóvenes. Por ejemplo, el grupo Steppenwolf (el lobo estepario)
conocidos por su famoso tema "Born to be wild". Actualmente existe un
grupo hardcore muy influido por el pensamiento de H.H. Stretch Arm Strong, en
uno de sus últimos discos incluyeron la siguiente cita de Siddharta.
"La mayoría de los seres humanos son como las hojas
que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por
último se precipitan al suelo. Otros casi son como estrellas, siguen su camino
fijo, ningún viento los alcanza, pues llevan en su interior su ley y su
meta".


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