Libro N° 4061. Ícaro De Las Tinieblas Y Deflación 2001. Shaw, Bob.
© Libro N° 4061. Ícaro De Las Tinieblas Y Deflación
2001. Shaw, Bob. Colección E.O. Agosto 12
de 2017.
Título
original: © Ícaro De Las
Tinieblas Y Deflación 2001. Bob Shaw
Versión Original: © Ícaro De Las Tinieblas Y Deflación
2001. Bob Shaw
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ÍCARO DE LAS TINIEBLAS Y
DEFLACIÓN 2001
Bob Shaw
CONTENIDO
BIOGRAFÍA DE BOB SHAW
ICARO DE LAS TINIEBLAS
DEFLACION 2001
GEORGE BERNARD SHAW
(Dublín, 1856 - Ayot Saint
Lawrence, Reino Unido, 1950) Dramaturgo y periodista irlandés. Perteneciente a
una familia de la burguesía protestante irlandesa, empezó a trabajar a los
dieciséis años, por lo que terminó su formación de modo autodidacto. Cuando sus
padres se separaron fue a vivir a Londres con sus hermanas y su madre, que era
profesora de música (1876). En los años siguientes trabajó como periodista y
crítico teatral y de música para diversos periódicos, al tiempo que publicaba
novelas por entregas, si bien sin éxito; sus ingresos eran muy parcos, por lo
que vivió en una relativa penuria.
Bernard
Shaw
Tras entrar en contacto con
la obra de Marx, se hizo socialista (1884) y pasó a formar parte de la Sociedad
Fabiana, contraria al empleo de métodos revolucionarios para la transformación
de la sociedad. La doctrina marxista se convirtió a partir de entonces en el
principal referente de la brillante y ácida crítica social lo mismo de sus
artículos que de sus obras literarias. En 1898 contrajo matrimonio con la
irlandesa Charlotte Payne-Towshend, que procedía de una familia adinerada.
Sus trabajos como crítico
teatral en el Saturday Review le dieron cierto renombre, gracias a sus críticas
a los modos y las ideas del teatro victoriano, y su defensa del teatro de
Ibsen; su capacidad como crítico musical se puso así mismo de relieve a través
de sus elogiosos análisis de Wagner.
Por esta época orientó su
producción literaria hacia el teatro, género en el que encontraría la mejor
fórmula para desarrollar sus intenciones críticas y didácticas, y también el
que le reportaría sus mayores éxitos. Su primera obra para la escena, Casas de
viudos (1892), reflejaba claramente el influjo de Ibsen; en ella resulta
evidente la intención didáctica que guiaría toda la obra de Shaw, cuyas piezas
constituyen siempre, en cierto sentido, «dramas de ideas», y su finalidad
crítica con las hipocresías y las injusticias sociales.
Lo mismo sucede con La
profesión de la señora Warren (1894), donde el mundo de la prostitución le
brinda la ocasión para su crítica al capitalismo; a pesar del tema y la
intención de ambas obras, el tratamiento no adopta en ningún momento un tono
trágico, sino que la trama y las ideas se aderezan con un humor ácido e
incisivo, que será característico de su extensa obra dramática, y gracias al
cual logró atraer a sus piezas a un amplio público, en su mayor parte
procedente de las mismas clases medias que constituían el objeto de sus
críticas.
En 1905, expuso en Hombre y
superhombre su teoría de la humanidad como estadio más avanzado de la evolución
de la «fuerza vital» hacia formas más espirituales. Divulgador de las ideas de
pensadores como Nietzsche o Bergson, su teatro tenía más éxito en el continente
que en su propio país, donde no logró el reconocimiento público hasta la
representación de La isla de John Bull (1904).
A menudo se considera que la
mejor comedia de Shaw es Pigmalión, cuya intención didáctica era inicialmente
popularizar la fonética, pero que se convierte en una aguda crítica del sistema
de clases inglés, a través del experimento del protagonista, Henry Higgins,
quien pretende hacer pasar a una florista por una dama, para la cual le enseña
dicción y, naturalmente, «buenas maneras».
La agudeza de los diálogos y
el realismo que domina la mayor parte de las obras de Shaw le dieron una gran
popularidad, por lo que al final de su vida se había convertido,
paradójicamente, en toda una institución del incorformismo y de la
extravagancia. Tras la vertiente humorística de sus obras, sin embargo, aflora
siempre una conciencia crítica y pesimista, que sirvió a su vez durante largo
tiempo como conciencia de sus contemporáneos.
Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/shaw.htm
ICARO DE LAS
TINIEBLAS
* *
*
Bob Shaw, oriundo de
Belfast, Irlanda del Norte, trasladado a Inglaterra huyendo de la guerra civil
estallada en su país, es quizá más consciente que los mismos norteamericanos de
lo que supone la gigantesca ola de violencia que azota el mundo contemporáneo.
En Dark Icarus nos ofrece un
ingenioso relato futurista en el que la +gente posee la facultad cotidiana de
volar por los aires mediante unidades individuales de antigravedad, y las
pesquisas que una policía de tráfico aéreo realiza en torno a un asesino que ha
encontrado nuevos caminos para el crimen...
* *
*
El cadáver del polizonte se
deslizaba oblicuamente a una altura de unos tres mil metros, en dirección a la
zona de control de Birmingham. Era una noche de invierno y la temperatura que
imperaba a esa altura, por debajo de los cero grados, había agarrotado sus
miembros y recubierto enteramente su cuerpo de una oscura escarcha. La sangre,
que había fluido por entre el resquebrajado blindaje, habíase congelado sobre
la especie de cangrejo que rodeaba el pecho del hombre con los émulos de
pinzas. El cuerpo, en correcta posición de vuelo, se mecía indefenso a merced
de incontroladas corrientes, experimentando un extraño deslizamiento a través
del espacio. Situada sobre la cintura, podía verse una insistente luz del
tamaño de un guisante que parpadeaba en progresivo descenso, bajo una espesa
capa de hielo.
Robert Hasson, sargento de
la Policía del Aire, se encontraba más cansado e irritable que si hubiera
realizado una jornada de ocho horas de vuelo. Había permanecido en el cuartel
general hasta la hora del almuerzo, dictando y recibiendo informes, ocupado en
formalidades con el propósito de obtener un balance de sus gastos y pagos en el
curso de los dos últimos meses. Y entonces, justo cuando se disponía a
marcharse a casa, bastante disgustado, fue requerido en la oficina del capitán
Nunn para echar una nueva ojeada sobre el asunto de los Ángeles Wellwyn.
Los cuatro Ángeles detenidos
–Joe Sullivan, Flick Bugatti, Denny Johnston y Toddy Thomas– se encontraban
sentados a un lado del despacho, pudiendo verse todavía sobre sus cuerpos los
engranajes de vuelo.
–Le diré qué es lo que me
molesta de todo este asunto –decía Bunny Ormerod, el anciano abogado, con la
actitud propia de su oficio–. La indiferencia rutinaria de la policía. La
despreciativa dureza con que los rancios burócratas aceptan la trágica muerte
de un niño. –Ormerod se volvió protectoramente hacia los cuatro Ángeles, con
cierta complicidad en su gesto–. Uno podría llegar a pensar que se trata de
cotidiana rutina.
Hasson se encogió de
hombros.
–Así es, prácticamente
–dijo.
Ormerod abandonó su boca a
una indolente mueca, al tiempo que giraba el objetivo de la pequeña filmadora
prendida de su camisa de seda hacia la figura de Hasson.
–¿Tendría la amabilidad de
repetir esa declaración? –preguntó.
Hasson posó la mirada
directamente sobre el objetivo del aparato registrador, ahora enteramente al
descubierto.
–Prácticamente, cada día o
cada noche, sucede que algún retrasado mental se ajusta un mecanismo
contragravitatorio, se pone a volar a una velocidad de quinientos o seiscientos
kilómetros por hora y, pensando que es Supermán, merodea por entre los bloques
de viviendas. Entonces estás perdido. Y no exagero.
Créame, yo no los condeno
por cagarse en las paredes de los edificios. –Hasson advirtió que Nunn se
removía tras su abarrotada mesa, pero continuó obstinadamente–.
El asunto sólo nos concierne
cuando comienzan a despanzurrar a la gente.
Sólo entonces me pongo a
perseguirlos.
–Usted los caza abajo.
–No hago otra cosa.
–Me refiero a la forma en
que usted captura a estos niños.
Hasson miró a los Ángeles
con frialdad.
–No veo aquí ningún niño. El
más joven de esta banda tiene dieciséis años.
Ormerod dirigió una sonrisa
de conmiseración hacia los cuatro Ángeles vestidos de negro.
–Vivimos en un mundo difícil
y complejo, sargento –dijo–. Para un joven que tiene dieciséis años, no es
fácil, precisamente a causa de su edad, la comprensión del mundo que lo rodea.
–Mierda –comentó Hasson.
Miró nuevamente a los Ángeles y señaló a un rechoncho y barbudo mozalbete
sentado tras ellos–. Tú, Toddy, acércate.
Los ojos de Toddy
parpadearon brevemente.
–¿Para qué? –preguntó.
–Quiero que enseñes tus
insignias a Mr. Ormerod.
–Ni hablar. No quiero
–respondió Toddy con engreimiento –. Me parece un abuso.
Hasson suspiró, se dirigió
hacia el grupo formado por los cuatro Ángeles, agarró a Toddy por las solapas y
lo condujo hasta donde Ormerod estaba como si lo que arrastraba no fuera sino
un fardo de cuero barato. Tras él se escuchó un rumor de frenéticas protestas y
el crujido de las sillas al moverse, en tanto Toddy era arrancado del coto
protector de sus compañeros. La oportunidad de expresar sus sentimientos
mediante la acción, por limitada que ésta fuera, proporcionaba a Hasson una
satisfacción cercana a cualquier efectiva terapéutica.
Nunn se irguió a medias y
exclamó:
–Sargento, ¿qué supone usted
que está haciendo?
Hasson: ignorándolo por
completo, se dirigió a Ormerod.
–¿Ve este emblema? ¿La «F»
grande con alas? ¿Sabe qué significa?
–Para mí no tiene más
interés que lo que pueda significar su propia conducta, sargento –respondió
Ormerod, al tiempo que una de sus manos, en un ademán pretendidamente casual,
bloqueaba el objetivo de su pequeña filmadora. Hasson comprendió el gesto: la reciente
legislación estipulaba que los tribunales rehusaran considerar cualquier
evidencia filmada a menos que fuera entregado como prueba todo el carrete –y
era evidente que Ormerod no quería registrar la existencia de la insignia.
–Échele una ojeada, ande.
–Hasson repitió la descripción de la insignia para que fuera recogida por la
grabadora de sonido adjunta a la fumadora–. Significa que nuestro niño entre
comillas ha practicado actos sexuales agarrado a su presa en libre caída. Y
está orgulloso de ello, ¿no, Toddy?
–¿Mister Ormerod? –Los ojos
de Toddy se detuvieron suplicantes en la cara del abogado.
–Por su propio bien,
sargento, creo que debería dejar marchar a mi cliente –dijo Ormerod. Su pequeña
mano mariposeaba todavía frente al objetivo de la filmadora.
–Claro que sí. –De un
zarpazo arrancó Hasson la filmadora de la camisa de Ormerod, dejando un agujero
en su lugar, y la irguió frente al pecho de los Ángeles y sus ordenadas
insignias. Apartó luego a Toddy de su lado y devolvió la filmadora a Ormerod
con un amanerado y sarcástico gesto de cortesía.
–No debió hacerlo, Hasson.
–Los aristocráticos modales de Ormerod comenzaban a dejar paso a la ira que
permanecía oculta–. Su comportamiento explica a gritos que se trata de una
venganza personal contra mi cliente.
Hasson rió.
–Toddy no es su cliente.
Usted fue contratado por el padre de Joe Sullivan para intentar salvarlo de una
acusación de homicidio impremeditado, y ocurre que el simplón de Toddy se
encuentra en el mismo lío.
Joe Sullivan, sentado entre
los otros tres Ángeles, abrió la boca para responder pero al punto cambió de
idea. Parecía mejor preparado que sus compañeros.
–Vale, Joe –le dijo Hasson–.
Recuerdas perfectamente que la voz cantante debe llevarla el picapleitos.
–Sullivan pareció resentirse y guardó silencio con la mirada puesta sobre los
azules nudillos de sus puños apretados.
–Me parece que no sacamos
nada en claro –dijo Ormerod a Nunn–. Tengo que hablar en privado con mis
clientes.
–Hágalo –soltó Hasson–.
Dígales que se borren la pintura de guerra. ¿No es eso lo que le preocupa? A
ver si la próxima vez me encuentro con algo mejor. –Aguardó impasible, en tanto
Ormerod y dos policías acompañaban a los cuatro Ángeles fuera de la habitación.
–No le entiendo –dijo Nunn
tan pronto como los otros hubieron salido–. ¿Qué es lo que cree estar haciendo
exactamente? Ese chico puede declarar que usted lo ha estado maltratando...
–Ese chico, como usted lo
llama, sabe dónde podemos encontrar al Fogonero.
Todos ellos lo saben.
–Ha sido usted demasiado
duro con ellos.
–No lo afirme tan aprisa.
–Hasson sabía perfectamente cuándo se sobrepasaba y cuándo no, pero era
demasiado obstinado para retractarse y reconocer sus excesos.
–¿Qué quiere decir? –Nunn
hizo una mueca remilgada que, sin embargo no tenía nada de inofensiva.
–¿Por qué se me ha obligado
a hablar con ese hato de chulos en esta oficina?
¿Qué pasa con los despachos
disponibles en el piso de abajo? ¿Acaso sólo somos una banda de asesinos los
que no hemos obtenido dinero del viejo Sullivan por bajo manga?
–¿Está usted diciendo que yo
he aceptado dinero de Sullivan?
Hasson reflexionó un
momento.
–No creo que sea ése su caso
–dijo–. Permítame aclararle un punto. Sé a ciencia cierta que esos cuatro han
volado con el Fogonero. Si pudiera estar solo con cualquiera de ellos, al menos
media hora, entonces yo...
–Usted mismo se ha quemado,
Hasson. Parece no darse cuenta de que no se puede ir por el mundo sin saber el
suelo que se pisa. Usted es un policía del aire, y esto significa que la gente
no quiere nada con usted. Hace cien años los automovilistas no aguantaban a la
policía de tráfico sólo porque ésta los obligaba a obedecer unas cuantas normas
de sentido común; ahora cualquier persona puede volar por los aires, mejor
incluso que los pájaros, y la gente se encuentra con que también hay policías
por allí arriba, amargándolos, Hasson. Usted amarga a la gente y la gente le
odia a usted.
–Eso no me quita el sueño.
–No pienso en ningún momento
que tema usted los gajes del trabajo policial,
Hasson. De veras que no.
Sólo quiero decir que, en esa obsesión suya por el mítico Fogonero, usted
quiere saltarse las reglas del juego.
Hasson empezó a excitarse,
percatándose de que Nunn estaba llevando la conversación hacia un tema
importante.
–El Fogonero es real –dijo–.
Yo lo he visto.
–Tanto si existe como si no,
voy a impedirle volar a usted.
–No puede hacer eso –exclamó
Hasson súbitamente.
–¿Por qué no? –preguntó
Nunn, mirándolo atentamente.
–Porque... –Hasson luchaba
por encontrar los términos exactos, cualesquiera términos, cuando el
comunicador esférico del escritorio de Nunn titiló con rojos destellos,
indicando la presencia de un mensaje urgente.
–Sí –dijo Nunn en dirección
a la esfera.
–Señor, hemos registrado una
angustiosa llamada automática –contestó una voz masculina–. Alguien vuela sin
control a unos trescientos metros. Creemos que puede ser Inglis.
–¿Muerto?
–Hemos intentado establecer
contacto por radio, señor, pero no contesta.
–Ya. Hay que evitar que
cause algún accidente. Envíe alguien por él. Quiero un informe completo.
–Sí, señor.
–Yo subiré por él –dijo
Hasson, lanzándose hacia la puerta.
–No podrá con el tráfico que
hay a estas horas. –Nunn se puso en pie y dio una vuelta a la mesa–. Además,
usted está cesante de vuelo. Ya se lo dije, Hasson.
Hasson pensó que estaba
sobrepasando los límites de la especial indulgencia para con los miembros de la
Patrulla Aérea.
–Si es Lloyd Inglis el que
está arriba, subiré por él ahora mismo –dijo–. Y si está muerto... me prohibiré
a mí mismo el poder volar. Permanentemente. ¿De acuerdo?
Nunn movió la cabeza
indeciso.
–¿Quiere matarse?
–Tal vez. –Hasson cerró la
puerta y corrió hacia sus aparejos de vuelo.
Dejando a sus pies la cúpula
del cuartel general de policía, Hasson emergió a un firmamento llameante,
surcado por innumerables ríos de fuego. La mayor parte del tráfico estaba
compuesta por viajeros procedentes del sur, que regresaban de una agotadora jornada
de trabajo; una minoría de usuarios provenía de diversos puntos ubicados en la
agitada zona de control de Birmingham. Las luces intermitentes colocadas en
hombros y tobillos de miles y miles de viajeros volantes chisporroteaban y
parpadeaban, alterando su paralaje en virtud de las falsas olas de avance y
retroceso a lo largo del constante flujo. Confundidas en la distancia, la
proximidad y la lejanía conferían una apariencia de orden en forma de enhiestas
columnas verticales. Hasson sabía, sin embargo, que la apariencia no
correspondía a ninguna realidad... Había quienes se precipitaban en cruces y
adelantamientos, concediendo la mínima atención posible a los cambios de luces
y al contingente peligro de colisión. Eran justamente los que se consolaban a sí
mismos pensando en la disminución progresiva de las posibilidades de choque con
cualquier otro infractor; pues no era sólo propio de los habituales agentes de
ventas trasnochadores el volar salvajemente. Estaba también el borracho, el
drogado, el antisocial, el inepto, el suicida, el buscador de emociones
fuertes, el criminal: toda una amplia gama de tipos que no estaban preparados
para las responsabilidades inherentes al vuelo personal, en cuyas manos los
aparejos antigravitatorios se convertían en instrumentos de muerte.
Hasson puso al máximo de
intensidad sus luminosas señales de policía. Con la pistola de tintura al
alcance de la mano, Hasson ascendió con cautela, elevándose hasta que las
luminosas estelas de la ciudad conformaron a sus pies un infinito laberinto de
brillantes trazos regulares. Cuando el altímetro adosado a la pantalla de su
visor le informó que se encontraba a una altura de doscientos metros, comenzó a
prestar mayor atención a las funciones del radar. Se trataba de la altitud
media que frecuentaba la mayor parte de los voladores. Sin embargo, continuó
ascendiendo con creciente atención, ya inmerso en una densa oscuridad que podía
albergar perfectamente el peligro de encontrarse de repente con otro ser
lanzado a mortal velocidad. Los aéreos ríos de viajeros volantes se distinguían
ahora como estratos separados. Pese a la tiniebla, aquéllos no evitaban las
grandes velocidades, adelantándose unos a otros como fugitivas estelas de luz.
Al alcanzar poco más de los
ochocientos metros, Hasson comenzó a sentir un leve relajamiento. Se encontraba
enfrascado en el problema de cómo trasladar a Inglis cuando súbitamente, radar
y alarmas sonoras le avisaron de algún peligro.
Volvió la mirada en la
dirección señalada por los alertas. Ante el terreno barrido por sus propios
faros apareció la figura de un hombre volando sin luces, lanzado a extrema
velocidad. Veterano en miles de lances parecidos, Hasson tuvo tiempo de
calcular con un margen de escaso error su viraje. En la fracción de un segundo
apuntó con su pistola y disparó una nube de indeleble tizne. El otro pasó a
través de ella –rápido vislumbre de rostro pálido y azotado por la soberbia, y
oscuros ojos incapaces de ver– y desapareció entre una estruendosa ráfaga de
turbulencia.
Hasson llamó al cuartel
general e informó detalladamente del suceso, añadiendo de su cosecha que el
delincuente podía estar bajo el efecto de alguna sobredosis de droga. En un
sector que alberga un millón de personas surcando los aires, era prácticamente
imposible –y molesto– la captura del agresor; pero sus arreos de vuelo y equipo
en general habían sido marcados a perpetuidad y la reposición de los mismos
utensilios no estaba al alcance de todos los bolsillos.
Al alcanzar los tres mil
metros, Hasson estabilizó la fuerza de su antigravitación y tomó una dirección
hipotética que le sirviera de referencia para la 1ª búsqueda de Inglis,
iniciando un deslizamiento horizontal con los ojos bien abiertos e interrogando
la oscuridad que le rodeaba. Sus faros iluminaron una espesa neblina,
descubriéndose inmerso en una zona de velada visibilidad que le hacia imposible
detentar cualquier objeto situado más allá. La zona limitaba el vuelo personal
que no fuera provisto de calentadores especiales; Hasson sintió que el frío
comenzaba a traspasarlo. La corriente del tráfico quedaba abajo, cálida y
segura.
Unos cuantos minutos más
tarde el radar de Hasson registró la presencia de un objeto frente a él.
Horadando la oscuridad con los faros alcanzó a descubrir la figura de Lloyd
Inglis, que se deslizaba grotescamente por entre los ríos de negro aire.
Supo al mismo tiempo que su
amigo estaba muerto y comenzó a girar en torno suyo, respetando los límites de
la interferencia de campo, hasta que descubrió la grieta en la placa pectoral
de Inglis. La herida parecía haber sido producida por una lanza.
La última semana Inglis y
Hasson patrullaban rutinariamente por los alrededores de Bedford cuando
descubrieron un grupo de ocho voladores sin luz. La explosión de una pequeña
linterna, desprendida de las manos dé Inglis, permitió descubrir brevemente las
siluetas, entre las cuales ambos hombres entrevieron el delgado contorno de una
lanza. La tenencia de cualquier objeto sólido estaba prohibida para cualquier
persona con aparejos de vuelo, pues representaba un serio peligro para los
otros voladores y para cualquier caminante de tierra firme; es más, no era
frecuente el uso de armas aun entre los delincuentes del aire. Todo parecía
indicar que habían dado con el Fogonero. Extendiendo redes y lazos, Inglis y
Hasson se lanzaron a su persecución. En el curso de la caza organizada
perecieron dos personas: una de ellas, una joven mujer que también volaba sin
luces, lanzada de cabeza contra uno de la banda; el otro había sido uno de los
líderes del grupo, que acabó casi partido por la mitad al caer sobre la antena
de una emisora de radio.
Finalmente, todo cuanto los
policías pudieron mostrar después de tantos inútiles esfuerzos era un grupo de
cuatro segundones de los Ángeles Wellwyn. El Fogonero, portador de la lanza,
había desaparecido amparado en el anonimato.
Ahora, mientras
inspeccionaba el cuerpo congelado de su antiguo camarada, Hasson comprendió que
el Fogonero había actuado bajo el impulso de la venganza.
Había identificado a sus
víctimas a través del reportaje periodístico sobre el arresto de Joe Sullivan.
Maldiciendo con tristeza y amargura, Hasson inclinó su cuerpo, quedando
horizontal por el peso de sus útiles de vuelo. Súbitamente, se dejó caer sobre
el rígido cadáver pasando los brazos en torno suyo; inmediatamente ambos
cuerpos iniciaron un rápido descenso, a causa de la recíproca anulación de los
campos antigravitatorios. No desconociendo los trucos de la libre caída, Hasson
se esmeró para atar una cuerda a uno de los ojales del cinturón de Inglis,
hecho lo cual alejó el cuerpo de sí. Mientras los dos cuerpos se separaban más
allá de la distancia de interferencia de campo, la violencia de la fuerza del
aire en torno a ellos desaparecía gradualmente. Hasson consultó su posición y
vio que había caído poco más de cien metros. Sujetó la cuerda largada a su
cintura y se dirigió hacia el
Oeste, en dirección a
cualquier lugar donde pudiera descender mediante los conmutadores de
nivelación. Muy por debajo de él se apreciaba el tráfico de la zona de control
de Birmingham, arremolinándose como una galaxia de dorados tonos; pero Hasson
–situado ahora en el centro de su propio universo, de blanca y neblinosa luz– –
se encontraba aislado de todo ello, absorbido por sus pensamientos.
Lloyd Inglis, el bebedor de
cerveza, el amante de los libros, el nunca tacaño Lloyd – estaba muerto. Y
antes que él otros habían caído: diaspar, Singleton, Larmor, y luego McMeekin.
La mitad de los hombres que desde siete años atrás compusieron el equipo de
Hasson había muerto en el cumplimiento de su deber... ¿y para qué?
Para un policía era
insoportable la existencia de esta humanidad agraciada con la libertad
tridimensional que proporcionaban los utensilios de vuelo. Utilizando la propia
gravedad de la Tierra, volviéndola contra sí misma, el vuelo había sido
posible. Era algo fácil, no demasiado costoso, incluso divertido... e imposible
de controlar. Tan sólo en las Islas Británicas había ocho millones de voladores
individuales, y cada uno de ellos era como un superhombre impaciente por
desatar su intemperancia y 'lanzarse en busca del ocaso sobre el curvo
horizonte del mundo.
La aviación había ido
progresivamente desapareciendo del cielo, casi de la noche a la mañana, y no
porque no fuera en definitiva una necesidad sino porque resultaba peligroso
deslizarse entre núcleos atestados de insoportables novatos con su recién estrenado
juguete. En cambio, el alado delincuente nocturno, el Icaro de las tinieblas,
era el verdadero héroe de la época. ¿Dónde estaba la solución para un policía
del aire?, se preguntaba Hasson. Quizás el tradicional concepto de policía,
perro guardián de la responsabilidad ajena, no era ya del todo válido. Quizás
el inevitable precio de la libertad consistiera en una lenta lluvia de cuerpos
destrozados sobre la tierra, en tanto la hipotética autoridad iba menguando...
El ataque cogió a Hasson por
sorpresa.
Sobrevino tan rápidamente
que fue simultánea la doble peligrosidad de la alarmante cercanía y el
desplazamiento del aire tras el cuerpo atacante. Hasson se dobló, vio la lanza
negra, viró para esquivarla, recibió un terrible golpe tangencial producido por
el viento y salió catapultado mientras giraba sobre sí mismo. Todo ello en la
fracción de un segundo. La caída, causada por la momentánea interferencia de
campos antigravitatorios, no había sido gran cosa. Desconectó los faros y luces
de vuelo en un acto de precaución refleja; luego forcejeó para desasir sus
brazos de la cuerda que lo unía al cadáver, ahora enrollada en torno suyo por
efecto de su rotación. Cuando obtuvo cierta estabilidad permaneció
completamente inmóvil, intentando darse cuenta de la situación. Su cadera
derecha estaba resintiéndose desde el impacto, pero, dentro del margen que le
permitían sus sensaciones, podía asegurar que ninguno de sus huesos se había
roto. Se preguntó entonces si su atacante se habría marchado, satisfecho con un
único embate, o si permanecía por allí en espera de continuar lo que no habría
sido sino el comienzo de un duelo.
–Eres un tío rápido, Hasson
–dijo una voz en la oscuridad –. Más rápido que tu compinche. Pero eso no te
salvara.
–¿Quién eres? –gritó Hasson
mientras buscaba el mando del radar.
–Lo sabes perfectamente. Soy
el Fogonero.
–Eso es una horterada.
–Hasson mantenía la firmeza de su voz mientras comenzaba a desplegar sus redes
y lazos–. ¿Cuál es tu verdadero nombre? Te pregunto por el que puede leerse en
los libros psiquiátricos que comentan tu caso.
La tiniebla río.
–Muy bien, sargento Hasson.
Eres un chico impaciente: pretendes ganar tiempo, intentas amoscarme y quieres
saber mi nombre. Todo a la vez.
–No necesito ganar tiempo.
Acabo de lanzar un mensaje por radio.
–Quieres ganar el tiempo que
tardarán en venir los encargados de encontrarte muerto.
–¿Por qué muerto? ¿Por qué
quieres matarme?
–Porque te dedicas a cazar a
mis amigos y a impedirles que vuelen.
–Son una amenaza para ellos
mismos, y también para el resto de la gente.
–Eres tú quien los obliga a
ser una amenaza. Te engañas a ti mismo, Hasson.
Sólo eres un poli al que le
gusta rastrear a la gente para acabar con ella. Voy a enviarte a tierra por ser
tan buen poli: voy a enviaros a ti y a los lazos con los que quieres
auxiliarte.
–¿Lazos? –gritó Hasson en
dirección a la voz.
Hubo otra risa y el Fogonero
empezó a cantar: «Yo puedo verte en las tinieblas porque yo soy el Fogonero;
puedo volar contigo aunque no adviertas que estoy ahí.» Las conocidas palabras
crecían chillonamente a medida que su origen se aproximaba. Y, repentinamente,
iluminada por el tráfico que abajo circulaba y por las estrellas que
chisporroteaban arriba, –Hasson distinguió la forma de un hombre corpulento.
Advirtió algo espantoso e inhumano en sus mecanismos de volar.
Hasson, suspirando por el
arma de fuego que le había sido denegada por la tradición de la policía
británica, observó algo.
–¿Dónde está la lanza?
–¿Quién la necesita? Déjala
estar.
El Fogonero extendió sus
brazos y, aun en medio de la confusión, aun sin la menor referencia de puntos
en el espacio, hízose evidente que aquel hombre era un gigante, un ser que no
tenía ninguna necesidad de otras armas que las que la naturaleza le había
concedido.
Hasson pensó en la lanza
cayendo pesadamente sobre un concurrido suburbio tres mil metros más abajo, y
un odio helado comenzó a serpear dentro de él reconciliándolo con la futura
pelea, a despecho de los resultados. Mientras el Fogonero se preparaba, Hasson
volteó un lazo en lentos círculos, inclinando sus aparejos para contrarrestar
la inercia que las vueltas del lazo provocaban. Alzó las piernas preparándolas
para algún rápido golpe, al tiempo que acababa de desembarazarse de la cuerda
que hacía del cuerpo de Inglis un fantasmal espectador de los acontecimientos.
Sintióse nervioso y excitado, pero no particularmente asustado desde que el
Fogonero había descartado el empleo de la lanza. El combate aéreo tenía
características especiales que no se daban en el comúnmente sostenido sobre
suelo firme, donde tenía primacía la participación de los instintos; el combate
aéreo debía ser aprendido y practicado necesariamente, e incluso los mismos
profesionales nunca abandonaban cierta inseguridad de aficionado, a despecho de
la fuerza y la inteligencia del otro. El Fogonero, por ejemplo, había cometido
un serio error al permitir a Hasson la estabilidad necesaria para el uso
agresivo de sus piernas.
Pese a sus bravatas, el
Fogonero, según se podía apreciar vagamente, vectoraba la nivelación de sus
aparejos con apenas perceptibles movimientos de hombros. Es un buen volador,
pensó Hasson, aunque no sea tan bueno en la teoría del combate...
El Fogonero cayó como una
exhalación, aunque no tan rápido como debiera haberlo hecho. Hasson experimentó
algo parecido a una desbordante lujuria cuando se contempló a sí mismo con
tiempo suficiente para calcular y colocar su golpe justo donde quería. Había
escogido un punto vulnerable, exactamente bajo el visor, y cuando propinó la
patada su movimiento fue imprevistamente contrarrestado por la abrupta caída
provocada por la mutua supresión de los dos campos contragravitatorios,
conllevando empero suficiente energía como para reventar el cuello de un
hombre. De cualquier modo que fuera había fallado y el Fogonero, al tiempo que
apartaba la cabeza, asió la erecta pierna de Hasson. Ambos hombres cayeron de
nuevo, ahora en condiciones desiguales, pues Hasson sujetaba todavía el cuerpo
de Inglis, cuyo campo contragravitatorio se encontraba demasiado lejos para ser
suprimido. Un segundo después, el Fogonero, usando la fuerza de sus enormes
brazos, quebró la pierna de Hasson doblándola al revés por la articulación de
la rodilla.
Aturdido por el dolor,
Hasson sintió su cabeza sin fuerzas siquiera para pensar.
Flotó en la negrura durante
un tiempo indefinido, agitando los brazos incontroladamente, contraído su
rostro en desesperada mueca. Lejanamente percibía el movimiento de la nebulosa
espiral que se agitaba a miles de metros debajo de ellos; precisamente por
allí, interponiéndose entre esa imagen lejana y su aturdida mirada, una oscura
silueta se movía amenazan te. Una parte del cerebro de Hasson informó de que
era imposible entretenerse con reacciones primarias; intentó desesperadamente
recuperar el equilibrio físico, pensando que si la vida debía continuar para él
sólo iría mediante el ejercicio de la inteligencia. Pero, ¿estaba en
disposición de pensar cuando el dolor invadía su cuerpo un ejército que
arrojara insoportables bombas de mortero continuamente sobre su cerebro?
En principio, se dijo Hasson
a sí mismo, debes zafarte de Lloyd Inglis. Y comenzó a manipular el nudo que la
cuerda formaba en la hebilla de su cinturón; entonces la voz del Fogonero sonó
cerca de él, a sus espaldas.
–¿Cómo te gustaría, Hasson?
–El tono de la voz era triunfal–. Eso es para mostrarte que puedo participar de
tu propio juego. Pero podemos también intentar jugar al mío.
Hasson aceleró sus
movimientos sobre el nudo, al tiempo que tiraba de la cuerda. El cuerpo de
Inglis se encontraba ya próximo y finalmente apareció con su interferencia
radial. Manteniéndolo en esa provechosa cercanía, Hasson e Inglis comenzaron a
caer. Al instante, pudo verse al Fogonero lanzarse en picado sobre ellos,
alargando un brazo y atrapando el cuerpo de Hasson, cayendo el trífido grupo en
confuso descenso. Remolinos de fuego comenzaron a expandirse bajo ellos.
–Este es mi juego –cantaba
el Fogonero en la conjunta caída–. Puedo cabalgar sobre ti durante todo el
camino hasta el suelo, porque yo soy el Fogonero.
Hasson, conociendo los
trucos típicos del aire, acalló su dolor y alcanzó el interruptor general de
energía, pero dudó un momento sin atreverse a accionarlo.
En la interacción de dos
cuerpos, la extinción de un campo contragravitatorio restauraría al otro su
normal funcionamiento, desatándose una fuerza que repelería a ambos entre sí.
Éste era un dato previo en el juego del Fogonero, pues todo consistía en una
prueba de nervios, en la que el continuo descenso y la recíproca anulación de
campo contragravitatorio desafiaba la fortaleza y resistencia de los
contrincantes. Aquí, sin embargo, la situación se complicaba por la presencia
de Inglis, el silencioso compañero que ya había perdido: su campo
contragravitatorio anulaba el de los otros dos, a despecho de la muerte de
cualquiera, a me–nos que...
Hasson pudo liberar un brazo
de la tenaza paródicamente lasciva en que lo tenía el Fogonero y atrajo hacia
sí el cuerpo de Inglis. Tanteó buscando el interruptor general de energía del
hombre muerto, pero sólo encontró una lisa capa de sangre helada.
Los antes lejanamente
brillantes horizontes volvíanse cercanos, con su flujo de tráfico abriéndose
como una planta carnívora. El aire, a causa de la velocidad de caída, rugía de
manera ensordecedora. Hasson intentó romper el helado casquete que cubría el
interruptor del artefacto de Inglis, pero instantáneamente el brazo del
Fogonero se aferró en torno a su cuello, obligándole a torcer la cabeza.
–No conseguirás escaparte de
mí –gritó al oído de Hasson–. No conseguirás huir como un cagón. Quiero
comprobar lo bien que botas en el suelo.
Continuaban cayendo.
Hasson, todavía preso por el
nudo que la cuerda formaba en la hebilla de su cinturón, se resintió del peso
de Inglis y se dispuso a desembarazarse de él de una vez por todas. Sin
embargo, pensó entonces que ganaría muy poco con ello. Cualquier niñato
juguetón mantendría la interferencia de campo hasta el último momento, pero
hasta tan postrer instante que, aun con su mecanismo funcionando a la máxima
potencia, el golpe contra el suelo seria inevitable. El Fogonero, conocedor de
su resistencia, probablemente intentaba prevenirse de ser destrozado en el
impacto. El juego era un desafío a muerte, de manera que deshacerse del cuerpo
de Inglis no conducía a nada.
Habían descendido casi dos
mil metros y les faltaban ya pocos segundos para penetrar en el campo de acción
de los niveladores de las vías aéreas. El Fogonero comenzó a jadear con
excitación, restregándose contra Hasson como un perro en celo. Sujetando a Inglis
con la mano izquierda, Hasson usó la derecha para sujetar el extremo de la
cuerda en torno al alzado muslo del Fogonero, anudándola violentamente. Todavía
se encontraba en esta operación cuando irrumpieron en plena zona de tráfico.
Las luces relampagueaban por todas partes y la vertiginosa galaxia se cernió
sobre sus cuerpos. Los contornos de las calles podían apreciarse bajo ellos,
divisándose claramente la circulación de tráfico rodado. Supo Hasson entonces
que estaba cerca el momento en que el Fogonero liberaría el abrazo.
–Gracias por el paseo –gritó
el Fogonero de súbito, con la voz entrecortada por efecto de la caída –. A ver
si llegas pronto.
Hasson encendió sus faros y
acabó de apretar el nudo, provocando la atención del Fogonero. Éste miró el
nudo en torno a su muslo. Su cuerpo sufrió una convulsión al comprobar que era
él y no Hasson quien permanecía sujeto al muerto y mortal policía del aire. Dio
un empellón a Hasson y comenzó a arañar la cuerda.
Hasson quedó libre a merced
del viento, sabiendo que la cuerda resistiría aun ante la fuerza del gigantesco
Fogonero. Al ponerse en funcionamiento el campo contragravitatorio, pareció que
alas invisibles comenzaban a agitarse; entonces volvió la vista atrás. Vio
ambos cuerpos cayendo, el uno gritando frenéticamente, rebasar el alcance de
sus luces, rumbo a un mortal impacto con la tierra.
Hasson no disponía de tiempo
para perderlo en introspecciones estériles su propio aterrizaje forzoso estaba
a punto de suceder y requeriría de toda su destreza y experiencia para salir
airoso y con vida–, pero no podía dejar de considerar que no le era satisfactoria
la forma en que el Fogonero había encontrado la muerte. Nunn y los otros
estaban equivocados con él.
–Aun así, –pensó durante los
precipitados últimos segundos, –he estado cazando como un halcón por demasiado
tiempo. Este será mi último vuelo.
Sin temor, se preparó para
el irracional abrazo de la tierra.
FIN
Edición electrónica de
diaspar. Málaga Marzo de 1999
©Terry Carr, 1975
De Viajeros del Tiempo
Ciencia–ficción 3
Luis de Caralt Editor S. A.
1976
DEFLACION 2001
El tener que pagar diez dólares
por una taza de café dejó petrificado a Lester Perry.
Hacía casi un mes que el
precio se había estabilizado en ocho dólares, y había comenzado a alimentar la
engañosa esperanza de que ya no iba a cambiar. Miró tristemente a la máquina
distribuidora mientras el negro líquido chorreaba en el vasito de plástico. Su
expresión se hizo miserable cuando llevó el vaso a sus labios.
– Diez dólares – murmuró -,
¡y resulta que está frío!
Boyd Dunhill, su piloto, se
alzó de hombros y se sacudió unas imaginarias motas de polvo de las doradas
charreteras de su uniforme, quizá temeroso de que aquel desusado movimiento
hubiera enturbiado el esplendor de su atuendo.
– ¿Y qué esperaba usted? –
dijo con tono indiferente -. Las autoridades del aeropuerto rechazaron la
semana pasada las peticiones de aumentos salariales del Sindicato de Empleados
de Máquinas Distribuidoras de Café, así que al sindicato no le quedó más remedio
que prohibir a sus miembros el hacer horas extraordinarias, lo cual ha traído
inevitablemente un aumento de los precios.
– ¡Pero si hace un mes que
consiguieron un aumento de un cien por cien! ¡Fue a raíz de ello que el café
subió a ocho dólares la taza!
– El sindicato reclamaba un
doscientos por cien.
– ¡El aeropuerto nunca
aceptaría un aumento de un doscientos por cien!
– Los empleados de las
Máquinas Distribuidoras de Chocolate lo obtuvieron.
– ¿De veras? – Perry agitó
asombrado la cabeza -. ¿Lo dieron por televisión?
– Hace tres meses que ya no
tenemos televisión – le hizo observar el piloto -. Los técnicos reclaman que se
les garantice un salario mínimo de dos millones de dólares al año, y las
negociaciones aún no han desembocado en un acuerdo.
Perry vació de un trago su vaso de café y lo
echó a la papelera.
– ¿Está listo mi avión? ¿Podemos irnos ya?
– Hace cuatro horas que está
preparado.
– Entonces, ¿a qué estamos
esperando?
– El convenio colectivo de
Trabajadores de la Aviación Ligera exige un mínimo de ocho horas de trabajo
para cualquier reparación.
– ¿Ocho horas para cambiar
la escobilla de un limpiaparabrisas? – Perry no pudo por menos que dejar
escapar una risita sarcástica -. ¿De qué se trata, de un concurso de
productividad?
– De pleno empleo. Ha habido
que doblar el número de operarios del aeropuerto.
– ¡Oh, por supuesto! ¡Ocho
horas para realizar un trabajo de treinta minutos! Este es un modo de pensar y
de actuar completamente falseado…
Se interrumpió bruscamente
al ver la expresión helada de su piloto. Recordó justo a tiempo que existía un
conflicto salarial entre la Asociación Patronal de Aviación y el Sindicato de
Pilotos de Aviones Privados Bimotores de Alas Bajas. La patronal proponía un
aumento de un setenta y cinco por ciento, mientras que los pilotos reclamaban
un ciento cincuenta por ciento más una prima por kilometraje.
– ¿Puede llamar a un
maletero para el equipaje?
Dunhill agitó la cabeza.
– Tendrá que llevarse las
maletas usted mismo. Los maleteros están en huelga desde el viernes.
– ¿Por qué?
– Hay demasiada gente que se
lleva su propio equipaje.
– Ah, bueno…
Perry tomó su maleta y la
transportó hasta la pista donde aguardaba su aparato. Tomó asiento en uno de
los cinco asientos, se sujetó el cinturón de seguridad, y avanzó la mano hacia
el portarrevistas para buscar algo que leer durante el trayecto hasta Denver.
Entonces recordó que hacía casi quince días que no aparecía ningún periódico ni
revista. Los preliminares del despegue requirieron un tiempo interminable –
parecía como si, en la torre de control, los controladores aéreos estuvieran
enfrascados en interminables discusiones laborales -, y finalmente Perry se
durmió con un sueño agitado.
Le despertó con un
sobresalto el rugir del viento en sus oídos, indicándole que la puerta del
aparato había sido abierta en pleno vuelo. Helado física y mentalmente, abrió
los ojos y vio a Dunhill de pie al borde del vacío. Su impecable uniforme
estaba arrugado y deformado por los tirantes de un paracaídas.
– ¿Qué ocurre? – preguntó Perry -. ¿Una
emergencia?
– En absoluto – dijo Dunhill
con su voz más oficial -. Debo comunicarle, señor Perry, que desde este mismo
instante estoy en huelga.
– Supongo que es una broma.
– ¿Realmente lo cree? Acabo
de ser avisado por radio. La patronal ha rechazado las razonables exigencias
del Sindicato de Pilotos de Aviones Privados Bimotores de Alas Bajas, y esto,
por supuesto, ha puesto fin inmediatamente a las negociaciones. Estamos
apoyados por nuestros amigos de los Sindicatos de Monomotores de Alas Bajas y
de Bimotores de Alas Altas; consecuentemente, todos nuestros miembros deben
abandonar sus puestos de trabajo exactamente a la medianoche, o sea – consultó
su cronómetro – dentro de treinta segundos.
– ¡Pero Boyd! ¡No tengo
paracaídas! ¿Qué voy a hacer?
El rostro del piloto se ensombreció. Dijo
secamente:
– ¿Y por qué tendría que
preocuparme por ello? Usted no se preocupó en absoluto por mí mientras estuve
intentando sobrevivir mes tras mes con apenas tres millones de dólares anuales
de salario.
– Era un egoísta, ahora lo
comprendo. Y lo lamento. – Perry se soltó el cinturón y se levantó -. No salte,
Boyd. Le doblo el sueldo desde ahora mismo.
– Esto es menos de lo que reclama nuestro
sindicato.
– ¿Oh? ¡Está bien, se lo
triplico! Tres veces lo que cobra usted ahora, Boyd.
– Lo siento, señor Perry. No
podemos negociar acuerdos separados. Esto debilita la solidaridad sindical. –
Dio media vuelta y se lanzó al vacío.
Perry lo contempló caer
durante unos instantes, luego se estiró para alcanzar la puerta y cerrarla. Se
dirigió al puesto del piloto. El avión se mantenía en rumbo gracias al piloto
automático. Se sentó en el asiento de la izquierda y tomó el timón, retrocediendo
mentalmente varias decenas de años, hasta su época de piloto de caza en
Vietnam. Haciendo aterrizar el aparato con sus propias manos iba a buscarse
serios problemas, ya que los sindicatos lo considerarían como un transgresor de
la huelga, pero no sentía el menor deseo de morir, no todavía. Desconectó el
piloto automático y, lentamente, fue recordando los antiguos gestos.
A varios cientos de metros
bajo el aparato, Boyd Dunhill tiró de la anilla y aguardó a que se abriera su
paracaídas. La sacudida fue menos violenta de lo que esperaba, y al cabo de
unos segundos se dio cuenta de que seguía cayendo a la misma velocidad que
antes. Levantó los ojos y, en el lugar que debía ocupar la inmensa corola, vio
un amasijo de azotantes segmentos de nylon flotando libremente al viento.
Demasiado tarde, recordó la
amenaza del Sindicato de Dobladores y Empaquetadores de Paracaídas de iniciar
una huelga sorpresa para apoyar sus reivindicaciones de unas vacaciones pagadas
más largas.
– ¡Comunistas! – gritó -.
Sucios cerdos anarquistas rojos, banda de…
Fin

