© Libro N° 3944. Meditaciones Del Quijote. Ortega Y Gasset, José. Colección E.O. Julio 1 de
2017.
Título
original: © Meditaciones Del
Quijote. José Ortega Y Gasset
Versión Original: © Meditaciones Del Quijote.
José Ortega Y Gasset
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MEDITACIONES DEL QUIJOTE
José Ortega Y Gasset
José Ortega y Gasset nació en Madrid, en 1883, y murió, en
Madrid, en 1955.
La vida intelectual española del siglo en curso está llena de la
actuación personal y de la meditación y obra de Ortega. Si, por un azar o una catástrofe,
su huella fuese borrada, imaginémoslo, gran parte de la España contemporánea
carecería de explicación o de punto de apoyo.
Ortega, con sus lecciones universitarias, con sus conferencias,
con sus folletones de El Sol, con sus libros, con su Revista de Occidente,
convidó decididamente a los españoles al banquete de las ideas.
Ha dejado una constelación de libros vigentes por su pensamiento
y su belleza. Su primer libro fue Meditaciones del Quijote. Salió en 1914,
formando parte de las publicaciones de la Residencia de Estudiantes, de Madrid.
No es un libro cervantista más. Como ha señalado recientemente Julián Marías,
en él cobran corporeidad algunas de las grandes cuestiones de la filosofía de
Ortega.
Meditaciones del Quijote, por tanto, es muy adecuada y bella
introducción al pensamiento filosófico de Ortega, a través de uno de los más
sugestivos temas de la cultura española.
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A
RAMIRO DE MAEZTU
CON UN GESTO FRATERNAL
Lector . . . . . .
Bajo el título Meditaciones anuncia este primer volumen unos
ensayos de varia lección y no muchas consecuencias, que va a publicar un
profesor de Filosofía ín partibus infidelium. Versan unos—como esta serie de
Meditaciones del Quijote—, sobre temas de alto rumbo; otros sobre temas más
modestos, algunos sobre temas humildes—todos, directa o indirectamente, acaban
por referirse a las circunstancias españolas. Estos ensayos son para el
autor—como la cátedra, el periódico o la política—, modos diversos de ejercitar
una misma actividad, de dar salida a un mismo afecto. No pretendo que esta
actividad sea reconocida como la más importante en el mundo; me considero ante
mí mismo justificado al advertir que es la única de que soy capaz. El afecto
que a ella me mueve es el más vivo que encuentro en mi corazón. Resucitando el
lindo nombre que usó Spinoza yo le llamaría amor intellectualis. Se trata,
pues, lector, de unos ensayos de amor intelectual.
Carecen por completo de valor informativo; no son tampoco
epítomes, son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado
«salvaciones». Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho—un hombre, un
libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más
corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden, que
la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de
un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones.
Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud.
Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla
para que logre esa su plenitud. Esto es amor—el amor a la perfección de lo
amado.
Es frecuente en los cuadros de Rembrandt que un humilde lienzo
blanco o gris, un grosero utensilio de menaje se halle envuelto en una
atmósfera lumínica e irradiante que otros pintores vierten solo en torno a las
testas de los santos. Y es como si nos dijera en delicada amonestación:
¡Santificadas sean las cosas! ¡Amadlas, amadlas! Cada cosa es un hada que
reviste de miseria y vulgaridad sus tesoros interiores y es una virgen que ha
de ser enamorada para hacerse fecunda.
La «salvación» no equivale a loa ni ditirambo; puede haber en
ella fuertes censuras. Lo importante es que el tema sea puesto en relación
inmediata con las corrientes elementales del espíritu, con los motivos clásicos
de la humana preocupación. Una vez entretejido con ellos queda transfigurado,
transustanciado, salvado.
Va, en consecuencia, fluyendo bajo la tierra espiritual de estos
ensayos, riscosa a veces y áspera—con rumor ensordecido, blando, como si
temiera ser oída demasiado claramente—, una doctrina de amor.
Yo sospecho que, merced a causas desconocidas, la morada íntima
de los españoles fue tomada tiempo hace por el .odio, que permanece allí
artillado, moviendo guerra al mundo. Ahora bien: el odio es un
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afecto que conduce a la aniquilación de los valores. Cuando
odiamos algo, pone un fiero resorte de acero que impide la fusión, siquiera
transitoria, de la cosa con nuestro espíritu. Solo existe para nosotros aquel
punto de ella donde nuestro resorte de odio se fija; todo lo demás, o nos es
desconocido, o lo vamos olvidando, haciéndolo ajeno a nosotros. Cada instante
va siendo el objeto menos, va consumiéndose, perdiendo valor. De esta suerte se
ha convertido para el español el universo en una cosa rígida, seca, sórdida y
desierta. Y cruzan nuestras almas por la vida, haciéndole una agria mueca,
suspicaces y fugitivas como largos canes hambrientos. Entre las páginas
simbólicas de toda una edad española, habrá siempre que incluir aquellas
tremendas donde Mateo Alemán dibuja la alegoría del Descontento.
Por el contrario, el amor nos liga a las cosas, aun cuando sea
pasajeramente. Pregúntese el lector, ¿qué carácter nuevo sobreviene a una cosa
cuando se vierte sobre ella la calidad de amada? ¿Qué es lo que sentimos cuando
amamos a una mujer, cuando amamos la ciencia, cuando amamos la patria? Y antes
que otra nota hallaremos esta: aquello que decimos amar se nos presenta como
algo imprescindible. Lo amado es, por lo pronto, lo que nos parece
imprescindible. ¡Imprescindible! Es decir, que no podemos vivir sin ello, que
no podemos admitir una vida donde nosotros existiéramos y lo amado no, que lo
consideramos como una parte de nosotros mismos. Hay, por consiguiente, en el
amor una ampliación de la individualidad que absorbe otras cosas dentro de
esta, que las funde con nosotros. Tal ligamen y compenetración nos hace
internarnos profundamente en las propiedades de lo amado. Lo vemos entero, se
nos revela en todo su valor. Entonces advertimos que lo amado es, a su vez,
parte de otra cosa, que necesita de ella, que está ligado a ella.
Imprescindible para lo amado, se hace también imprescindible para nosotros. De
este modo va ligando el amor cosa y cosa y todo a nosotros, en firme estructura
esencial. Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo según Platón, «a fin
de que todo en el universo viva en conexión».
La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica
inconexión, que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad.
En el mito caldeo de Izdubar-Nimrod, viéndose la diosa Ishtar, semi-Juno,
semi-Afrodita, desdeñada por este, amenaza a Anu, dios del cielo, con destruir
todo lo creado sin más que suspender un instante las leyes del amor que junta a
los seres, sin más que poner un calderón en la sinfonía del erotismo universal.
Los españoles ofrecemos a la vida un corazón blindado de rencor,
y las cosas, rebotando en él, son despedidas cruelmente. Hay en derredor
nuestro, desde hace siglos, un incesante y progresivo derrumbamiento de los
valores.
Pudiéramos decirnos lo que un poeta satírico del siglo XVII dice
contra Murtela, autor de un poema
Della creatione del mondo:
Il creator di nulla fece il tutto,
Costui del tutto un nulla e in conclusione,
L’ un fece il mondo e l'altro l'ha distrutto.
Yo quisiera proponer en estos ensayos a los lectores más jóvenes
que yo, únicos a quienes puedo, sin inmodestia, dirigirme personalmente, que
expulsen de sus ánimos todo hábito de odiosidad y aspiren fuertemente a que el
amor vuelva a administrar el universo.
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Para intentar esto no hay en mi mano otro medio que presentarles
sinceramente el espectáculo de un hombre agitado por el vivo afán de
comprender. Entre las varias actividades de amor solo hay una que pueda yo
pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión. Y habría henchido
todas mis pretensiones si consiguiera tallar en aquella mínima porción del alma
española que se encuentra a mi alcance algunas facetas nuevas de sensibilidad
ideal.
Las cosas no nos interesan porque no hallan en nosotros
superficies favorables donde refractarse, y es menester que multipliquemos los
haces de nuestro espíritu a fin de que temas innumerables lleguen a herirle.
Llámase en un diálogo platónico a este afán de comprensión,
«locura de amor». Pero aunque no fuera la forma originaria, la génesis y
culminación de todo amor un ímpetu de comprender las cosas, creo que es su
síntoma forzoso. Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera
cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil. Y
he observado que, por lo menos, a nosotros los españoles nos es más fácil
enardecernos por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias de la
veracidad. De mejor grado entregamos definitivamente nuestro albedrío a una
actitud moral rígida que mantenemos siempre abierto nuestro juicio, presto en
todo momento a la reforma y corrección debidas. Diríase que abrazamos el
imperativo moral como un arma para simplificarnos la vida aniquilando porciones
inmensas del orbe.
Con aguda mirada ya había Nietzsche descubierto en ciertas
actitudes morales formas y productos del rencor.
Nada que de este provenga puede sernos simpático. El rencor es
una emanación de la conciencia de inferioridad. Es la supresión imaginaria de
quien no podemos con nuestras propias fuerzas realmente suprimir. Lleva en
nuestra fantasía aquel por quien sentimos rencor, el aspecto lívido de un cadáver;
lo hemos matado, aniquilado con la intención.
Y luego al hallarlo en la realidad firme y tranquilo, nos parece
un muerto indócil, más fuerte que nuestros poderes, cuya existencia significa
la burla personificada, el desdén viviente hacia nuestra débil condición.
Una manera más sabia de esta muerte anticipada que da a su
enemigo el rencoroso, consiste en dejarse penetrar de un dogma moral, donde
alcoholizados por cierta ficción de heroísmo, lleguemos a creer que el enemigo
no tiene ni un adarme de razón ni una tilde de derecho.
Conocido y simbólico es el caso de aquella batalla contra los
marcomanos en que echó Marco Aurelio por delante de sus soldados los leones del
circo. Los enemigos retrocedieron espantados. Pero su caudillo, dando una gran
voz, les dijo: « ¡No temáis! ¡Son perros romanos!» Aquietados los temerosos se
revolvieron en victoriosa embestida. El amor combate también, no vegeta en la
paz turbia de los compromisos, pero combate a los leones como leones y solo
llama perros a los que lo son.
Esta lucha con un enemigo a quien se comprende, es la verdadera
tolerancia, la actitud propia de toda alma robusta. ¿Por qué en nuestra raza es
tan poco frecuente? José de Campos, aquel pensador del
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siglo XVIII, cuyo libro más interesante ha descubierto Azorín,
escribía: «Las virtudes de condescendencia son escasas en los pueblos pobres.»
Es decir, en los pueblos débiles.
*
Espero que al leer esto nadie derivará la consecuencia de serme
indiferente el ideal moral. Yo no desdeño la moralidad en beneficio de un
frívolo jugar con las ideas. Las doctrinas inmoralistas que hasta ahora han
llegado a mi conocimiento carecen de sentido común. Y a decir verdad, yo no
dedico mis esfuerzos a otra cosa que a ver si logro poseer un poco de sentido
común.
Pero, en reverencia del ideal moral, es preciso que combatamos
sus mayores enemigos que son las moralidades perversas. Y en mi entender —y no
solo en el mío—, lo son todas las morales utilitarias. Y no limpia a una moral
del vicio utilitario dar un sesgo de rigidez a sus prescripciones. Conviene que
nos mantengamos en guardia contra la rigidez, librea tradicional de las
hipocresías. Es falso, es inhumano, es inmoral, filiar en la rigidez los rasgos
fisonómicos de la bondad. En fin, no deja de ser utilitaria una moral porque
ella no lo sea, si el individuo que la adopta la maneja utilitariamente para
hacerse más cómoda y fácil la existencia.
Todo un linaje de los más soberanos espíritus viene pugnando
siglo tras siglo para que purifiquemos nuestro ideal ético, haciéndolo cada vez
más delicado y complejo, más cristalino y más íntimo. Gracias a ello hemos
llegado a no confundir el bien con el material cumplimiento de normas legales,
una vez para siempre adoptadas, sino que, por el contrario, solo nos parece
moral un ánimo que antes de cada nueva acción trata de renovar el contacto
inmediato con el valor ético en persona. Decidiendo nuestros actos en virtud de
recetas dogmáticas intermediarías, no puede descender a ellos el carácter de
bondad, exquisito y volátil como el más quintaesencial aroma. Este puede solo
verterse en ellos directamente de la intuición viva y siempre como nueva de lo
perfecto. Por lo tanto, será inmoral toda moral que no impere entre sus deberes
el deber primario de hallarnos dispuestos constantemente a la reforma,
corrección y aumento del ideal ético. Toda ética que ordene la reclusión
perpetua de nuestro albedrío dentro de un sistema cerrado de valoraciones, es
ipso facto perversa. Como en las constituciones civiles que se llaman
«abiertas», ha de existir en ella un principio que mueva a la ampliación y
enriquecimiento de la experiencia moral. Porque es el bien, como la naturaleza,
un paisaje inmenso donde el hombre avanza en secular exploración. Con elevada
conciencia de esto, Flaubert escribía una vez: «El ideal solo es fecundo
—entiéndase moralmente fecundo—, cuando se hace entrar todo en él. Es un
trabajo de amor y no de exclusión.»
No se opone, pues, en mi alma la comprensión a la moral. Se
opone a la moral perversa la moral integral para quien es la comprensión un
claro y primario deber. Merced a él crece indefinidamente nuestro radio de
cordialidad, y, en consecuencia, nuestras probabilidades de ser justos. Hay en
el afán de comprender concentrada toda una actitud religiosa. Y por mi parte he
de confesar que, a la mañana, cuando me levanto, recito una brevísima plegaria,
vieja de miles de años, un versillo del Rig-Veda, que contiene estas pocas
palabras aladas: « ¡Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento!»
Preparado así me interno en las horas luminosas o dolientes que trae el día.
*
7
¿Es, por ventura, demasiado oneroso este imperativo de la
comprensión? ¿No es, acaso, lo menos que podemos hacer en servicio de algo,
comprenderlo? ¿Y quién, que sea leal consigo mismo, estará seguro de hacer lo
más sin haber pasado por lo menos?
*
En este sentido considero que es la filosofía la ciencia general
del amor: dentro del globo intelectual representa el mayor ímpetu hacia una
omnímoda conexión. Tanto que se hace en ella patente un matiz de diferencia
entre el comprender y el mero saber. ¡Sabemos tantas cosas que no comprendemos!
Toda la sabiduría de hechos es, en rigor, incomprensiva, y solo puede
justificarse entrando al servicio de una teoría.
La filosofía es idealmente lo contrario de la noticia, de la
erudición. Lejos de mí desdeñar esta: fue, sin duda, el saber noticioso un modo
de la ciencia. Tuvo su hora. Allá en tiempos de Justo Lipsio, de Huet o de
Casaubon, no había encontrado el conocimiento filológico métodos seguros para
descubrir en las masas torrenciales de hechos históricos la unidad de su
sentido. No podía ser la investigación directamente investigación de la unidad
oculta en los fenómenos. No había otro remedio que dar una cita casual en la
memoria de un individuo al mayor cúmulo posible de noticias. Dotándolas así de
una unidad externa — la unidad que hoy llamamos «cajón de sastre» —, podía
esperarse que entraran unas con otras en espontáneas asociaciones, de las
cuales saliera alguna luz. Esta unidad de los hechos, no en sí mismos, sino en
la cabeza de un sujeto, es la erudición. Volver a ella en nuestra edad,
equivaldría a una regresión de la filología, como si la química tornara a la
alquimia o la medicina a la magia. Poco a poco se van haciendo más raros los
meros eruditos, y pronto asistiremos a la desaparición de los últimos
mandarines.
Ocupa, pues, la erudición el extrarradio de la ciencia, porque
se limita a acumular hechos, mientras la filosofía constituye su aspiración
céntrica, porque es la pura síntesis. En la acumulación, los datos son solo
colegidos, y formando un montón, afirma cada cual su independencia, inconexión.
En la síntesis de hechos por el contrario, desaparecen estos como un alimento
bien asimilado y queda de ellos solo su vigor esencial.
Sería la ambición postrera de filosofía llegar a una sola
proposición en que se dijera toda la verdad. Así las mil y doscientas páginas
de la Lógica de Hegel son solo preparación para poder pronunciar, con toda la
plenitud de su significado, esta frase: «La idea es lo absoluto.» Esta frase,
en apariencia tan pobre, tiene en realidad un sentido literalmente infinito. Y
al pensarla debidamente, todo este tesoro de significación explota de un golpe
y de un golpe vemos esclarecida la enorme perspectiva del mundo. A esta
iluminación máxima llamaba yo comprender. Podrá ser tal o tal otra forma un
error, podrán serlo cuantas se han ensayado; pero de sus ruinas como doctrinal,
renace indeleble la filosofía como aspiración, como afán.
El placer sexual parece consistir en una súbita descarga de
energía nerviosa. La fruición estética es una súbita descarga de emociones
alusivas. Análogamente es la filosofía como una súbita descarga de intelección.
8
*
Estas Meditaciones, exentas de erudición—aun en el buen sentido
que pudiera dejarse a la palabra—, van empujadas por filosóficos deseos. Sin
embargo, yo agradecería al lector que no entrara en su lectura con demasiadas
exigencias. No son filosofía, que es ciencia. Son simplemente unos ensayos. Y
el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita.
Para el escritor hay una cuestión de honor intelectual en no
escribir nada susceptible de prueba sin poseer antes esta. Pero le es lícito
borrar de su obra toda apariencia apodíctica, dejando las comprobaciones
meramente indicadas, en elipse, de modo que quien las necesite pueda
encontrarlas y no estorben, por otra parte, la expansión del íntimo calor con
que los pensamientos fueron pensados. Aun los libros de intención
exclusivamente científica comienzan a escribirse en estilo menos didáctico y de
remediavagos; se suprime en lo posible las notas al pie, y el rígido aparato
mecánico de la prueba es disuelto en una elocución más orgánica, movida y
personal.
Con mayor razón habrá de hacerse así en ensayos de este género,
donde las doctrinas, bien que convicciones científicas para el autor, no
pretenden ser recibidas por el lector como verdades. Yo solo ofrezco modi res
considerandi, posibles maneras nuevas de mirar las cosas. Invito al lector a
que las ensaye por sí mismo, que experimente si, en efecto, proporcionan
visiones fecundas: él, pues, en virtud de su íntima y leal experiencia, probará
su verdad o su error.
En mi intención llevan estas ideas un oficio menos grave que el
científico: no han de obstinarse en que otros las adopten, sino meramente
quisieran despertar en almas hermanas otros pensamientos hermanos, aun cuando
fueren hermanos enemigos. Pretexto y llamamiento a una amplia colaboración
ideológica—sobre los temas nacionales—, nada más.
Al lado de gloriosos asuntos se habla muy frecuentemente en
estas Meditaciones de las cosas más nimias. Se atiende a detalles del paisaje
español, del modo de conversar de los labriegos, del giro de las danzas y
cantos populares, de los colores y estilos en el traje y en los utensilios, de
las peculiaridades del idioma, y en general, de las manifestaciones menudas
donde se revela la intimidad de una raza.
Poniendo mucho cuidado en no confundir lo grande y lo pequeño;
afirmando en todo momento la necesidad de la jerarquía, sin la cual el cosmos
vuelve al caos, considero de urgencia que dirijamos también nuestra atención
reflexiva, nuestra meditación, a lo que se halla cerca de nuestra persona.
El hombre rinde el máximum de su capacidad cuando adquiere la
plena conciencia de sus circunstancias. Por ellas comunica con el universo.
¡La circunstancia! ¡Circum-stantia! ¡Las cosas mudas que están
en nuestro próximo derredor! Muy cerca, muy cerca de nosotros levantan sus
tácitas fisonomías con un gesto de humildad y de anhelo, como menesterosas de
que aceptemos su ofrenda y a la par avergonzadas por la simplicidad aparente de
su donativo. Y marchamos entre ellas ciegos para ellas, fija la mirada en
remotas empresas, proyectados hacia la conquista de lejanas ciudades
esquemáticas. Pocas lecturas me han movido tanto como esas historias donde el
héroe avanza raudo y recto, como un dardo, hacia una meta gloriosa, sin
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parar mientes que va a su vera con rostro humilde y suplicante
la doncella anónima que le ama en secreto, llevando en su blanco cuerpo un
corazón que arde por él, ascua amarilla y roja donde en su honor se queman
aromas. Quisiéramos hacer al héroe una señal para que inclinara un momento su
mirada hacia aquella flor encendida de pasión que se alza a sus pies. Todos, en
varia medida, somos héroes y todos suscitamos en torno humildes amores.
Yo un luchador he sido, y esto quiere decir que he sido un
hombre,
prorrumpe Goethe. Somos héroes, combatimos siempre por algo
lejano y hollamos a nuestro paso aromáticas violas.
En el Ensayo sobre la limitación., se detiene el autor con
delectación morosa a meditar sobre este tema. Creo muy seriamente que uno de
los cambios más hondos del siglo actual con respecto al XIX, va a consistir en
la mutación de nuestra sensibilidad para las circunstancias. Yo no sé qué
inquietud y como apresuramiento reinaba en la pasada centuria—en su segunda
mitad sobre todo—, que impelía los ánimos a desatender todo lo inmediato y
momentáneo de la vida. Conforme la lejanía va dando al siglo último una figura
más sintética, se nos manifiesta mejor su carácter esencialmente político. Hizo
en él la humanidad occidental el aprendizaje de la política, género de vida
hasta entonces reducido a los ministros y los consejos palatinos. La
preocupación política, es decir, la conciencia y actividad de lo social,
derramase sobre las muchedumbres merced a la democracia. Y con un fiero
exclusivismo ocuparon el primer plano de la atención los problemas de la vida
social. Lo otro, la vida individual, quedó relegada, como si fuera cuestión
poco seria e intrascendente. Es sobre manera significativo que la única
poderosa afirmación de lo individual en el siglo XIX—el «individualismo»—fuera
una doctrina política, es decir, social, y que toda su afirmación consistía en
pedir que no se aniquilara al individuo. ¿Cómo dudar de que un día próximo
parecerá esto increíble?
Todas nuestras potencias de seriedad las hemos gastado en la
administración de la sociedad, en el robustecimiento del Estado, en la cultura
social, en las luchas sociales, en la ciencia en cuanto técnica que enriquece
la vida colectiva. Nos hubiera parecido frívolo dedicar una parte de nuestras
mejores energías—y no solamente los residuos—a organizar en torno nuestro la
amistad, a construir un amor perfecto, a ver en el goce de las cosas una
dimensión de la vida que merece ser cultivada con los procedimientos
superiores. Y como esta, multitud de necesidades privadas que ocultan
avergonzados sus rostros en los rincones del ánimo porque no se las quiere
otorgar ciudadanía, quiero decir, sentido cultural.
En mi opinión, toda necesidad, si se la potencia, llega a
convertirse en un nuevo ámbito de cultura. Bueno fuera que el hombre se hallara
por siempre reducido a los valores superiores descubiertos hasta aquí: ciencia
y justicia, arte y religión. A su tiempo nacerá un Newton del placer y un Kant
de las ambiciones.
La cultura nos proporciona objetos ya purificados, que alguna
vez fueron vida espontánea e inmediata, y hoy, gracias a la labor reflexiva,
parecen libres del espacio y del tiempo, de la corrupción y del capricho.
Forman como una zona de vida ideal y abstracta, flotando sobre nuestras
existencias personales, siempre azarosas y problemáticas. Vida individual, lo
inmediato, la circunstancia, son
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diversos nombres para una misma cosa: aquellas porciones de la
vida de que no se ha extraído todavía el espíritu que encierran, su logos.
Y como espíritu, logos no son más que «sentido», conexión,
unidad; todo lo individual, inmediato y circunstante parece casual y falto de
significación.
Debiéramos considerar que así la vida social como las demás
formas de la cultura se nos dan bajo la especie de vida individual, de lo
inmediato. Lo que hoy recibimos ya ornado con sublimes aureolas tuvo a su
tiempo que estrecharse y encogerse para pasar por el corazón de un hombre.
Cuanto es hoy reconocido como verdad, como belleza ejemplar, como altamente
valioso, nació un día en la entraña espiritual de un individuo, confundido con
sus caprichos y humores. Es preciso que no hieraticemos la cultura adquirida,
preocupándonos más de repetirla que de aumentarla. El acto específicamente
cultural es el creador, aquel en que extraemos el logos de algo que todavía era
insignificante (i-lógico). La cultura adquirida solo tiene valor como
instrumento y arma de-nuevas conquistas. Por esto, en comparación con lo
inmediato, con nuestra vida espontánea, todo lo que hemos aprendido parece
abstracto, genérico, esquemático. No solo lo parece, lo es. El martillo es la
abstracción de cada uno de sus martillazos.
Todo lo general, todo lo aprendido, todo lo logrado en la
cultura es solo la vuelta táctica que hemos de tomar para convertirnos a lo
inmediato. Los que viven junto a una catarata no perciben su estruendo: es
necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y
nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido.
Los egipcios creían que el valle del Nilo era todo el mundo.
Semejante afirmación de la circunstancia es monstruosa, y, contra lo que
pudiera parecer, depaupera su sentido. Ciertas almas manifiestan su debilidad
radical cuando no logran interesarse por una cosa, si no se hacen la ilusión de
que es ella todo o es lo mejor del mundo. Este idealismo mucilaginoso y femenil
debe ser raído de nuestra conciencia. No existen más que partes en realidad; el
todo es la abstracción de las partes y necesita de ellas. Del mismo modo no
puede haber algo mejor sino donde hay otras cosas buenas, y solo interesándonos
por estas cobrará su rango lo mejor. ¿Qué es un capitán sin soldados?
¿Cuándo nos abriremos a la convicción de que el ser definitivo
del mundo no es materia ni es alma — no es cosa alguna determinada—, sino una
perspectiva? Dios es la perspectiva y la jerarquía: el pecado de Satán fue un
error de perspectiva.
Ahora bien: la perspectiva se perfecciona por la multiplicación
de sus términos y la exactitud con que reaccionemos ante cada uno de sus
rangos. La intuición de los valores superiores fecunda nuestro contacto con los
mínimos, y el amor hacia lo próximo y menudo da en nuestros pechos realidad y
eficacia a lo sublime. Para quien lo pequeño no es nada, no es grande lo
grande.
Hemos de buscar a nuestra circunstancia, tal y como ella es,
precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar acertado
en la inmensa perspectiva del mundo. No detenernos perpetuamente en éxtasis
ante los valores hieráticos, sino conquistar a nuestra vida individual el
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puesto oportuno entre ellos. En suma: la reabsorción de la
circunstancia es el destino concreto del hombre.
Mi salida natural hacia el universo se abre por los puertos del
Guadarrama o el campo de Ontígola. Este sector de realidad circunstante forma
la otra mitad de mi persona: solo al través de él puedo integrarme y ser
plenamente yo mismo. La ciencia biológica más reciente estudia el organismo
vivo como una unidad compuesta del cuerpo y su medio particular: de modo que el
proceso vital no consiste solo en una adaptación del cuerpo a su medio, sino
también en la adaptación del medio a su cuerpo. La mano procura amoldarse al
objeto material a fin de apresarlo bien; pero, a la vez, cada objeto material
oculta una previa afinidad con una mano determinada.
Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me
salvo yo. Benefac loco illi quo natus es, leemos en la Biblia. Y en la escuela
platónica se nos da como empresa de toda cultura, esta: «salvar las
apariencias», los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea.
Preparados los ojos en el mapamundi, conviene que los volvamos
al Guadarrama. Tal vez nada profundo encontremos. Pero estemos seguros de que
el defecto y la esterilidad provienen de nuestra mirada. Hay también un logos
del Manzanares: esta humildísima ribera, esta líquida ironía que lame los
cimientos de nuestra urbe lleva, sin duda, entre sus pocas gotas de agua,
alguna gota de espiritualidad.
Pues no hay cosa en el orbe por donde no pase algún nervio
divino: la dificultad estriba en llegar hasta él y hacer que se contraiga. A
los amigos que vacilan en entrar a la cocina donde se encuentra, grita
Heráclito: «¡Entrad, entrad! También aquí hay dioses». Goethe escribe a Jacobi
en una de sus excursiones botánico-geológicas: «Heme aquí subiendo y bajando
cerros y buscando lo divino in herbis et lapidibus.» Se cuenta de Rousseau que
herborizaba en la jaula de su canario, y Fabre, quien lo refiere, escribe un
libro sobre los animalillos que habitaban en las patas de su mesa de escribir.
Nada impide el heroísmo—que es la actividad del espíritu—, tanto
como considerarlo adscrito a ciertos contenidos específicos de la vida. Es
menester que dondequiera subsista subterránea la posibilidad del heroísmo, y
que todo hombre, si golpea con vigor la tierra donde pisan sus plantas, espere
que salte una fuente. Para Moisés el Héroe, toda roca es hontanar.
Para Giordano Bruno: est animal sanctum, sacrum et venerabile,
mundus.
*
Pío Baroja y Azorín son dos circunstancias nuestras, y a ellas
dedico sendos ensayos1. Azorín nos ofrece ocasión para meditar, con sesgo
diverso al que acabo de decir, sobre las menudencias y sobre el valor del
pasado. Respecto a lo primero es hora ya de que resolvamos la latente
hipocresía del carácter moderno, que finge interesarse únicamente por ciertas
convenciones sagradas —ciencia o arte o sociedad—, y reserva, como no podía
menos, su más secreta intimidad para lo nimio y aun lo fisiológico. Porque esto
es un hecho: cuando hemos llegado hasta los barrios bajos del pesimismo y no
hallamos nada en el universo que nos parezca una afirmación capaz de salvarnos,
se vuelven los ojos
1 Vid. El
espectador, I y II.
12
hacia las menudas cosas del vivir cotidiano, como los moribundos
recuerdan al punto de la muerte toda suerte de nimiedades que les acaecieron.
Vemos entonces que no son las grandes cosas, los grandes placeres, ni las
grandes ambiciones, quienes nos retienen sobre el haz de la vida, sino este
minuto de bienestar junto a un hogar en invierno, esta grata sensación de una
copa de licor que bebemos, aquella manera de pisar el suelo, cuando camina, de
una moza gentil, que no amamos ni conocemos; tal ingeniosidad que el amigo
ingenioso nos dice con su buena voz de costumbre. Me parece muy humano el
suceso de quien, desesperado, fue a ahorcarse de un árbol y cuando se echaba la
cuerda al cuello sintió el aroma de una rosa que abría al pie del tronco y no
se ahorcó.
Hay aquí un secreto de las bases de vitalidad que, por decencia,
debe el hombre contemporáneo meditar y comprender; hoy se limita a ocultarlo, a
apartar de él la vista, como sobre tantos otros poderes oscuros—la inquietud
sexual, por ejemplo—, que, a vuelta de sigilos e hipocresías, acaban por
triunfar en la conducta de su vida. Lo infrahumano perdura en el hombre: ¿Cuál
puede ser para el hombre el sentido de esa perduración? ¿Cuál es el logos, la
postura clara que hemos de tomar ante esa emoción expresada por Shakespeare en
una de sus comedias, con palabras tan íntimas, cordiales y sinceras que parecen
gotear de uno de sus sonetos? «Mi gravedad—dice un personaje en Measure for
measure—, mi gravedad, de que tanto me enorgullezco, cambiaría con gusto por ser
esta leve pluma que el aire mueve ahora como vano juguete.» ¿No es este un
deseo indecente? Eppur!...
Respecto al pasado, tema estético de Azorín, hemos de ver en él
uno de los terribles morbos nacionales. En la Antropología de Kant hay una
observación tan honda y tan certera sobre España que, al tropezarla, se
sobrecoge el ánimo. Dice Kant que los turcos cuando viajan suelen caracterizar
los países según su vicio genuino, y que, usando de esta manera, él compondría
la tabla siguiente: 1.a Tierra de las modas (Francia). 2.a Tierra del mal humor
(Inglaterra). 3.a Tierra de los antepasados (España). 4.a Tierra de la
ostentación (Italia). 5.a Tierra de los títulos (Alemania). 6.a Tierra de los
señores (Polonia).
¡Tierra de los antepasados!... Por tanto no nuestra, no libre
propiedad de los españoles actuales. Los que antes pasaron siguen gobernándonos
y forman una oligarquía de la muerte que nos oprime. «Sábelo —dice el criado en
las Coéforas—, los muertos matan a los vivos.»
Es esta influencia del pasado sobre nuestra raza una cuestión de
las más delicadas. Al través de ella descubriremos la mecánica psicológica del
reaccionarismo español. Y no me refiero al político, que es solo una
manifestación, la menos honda y significativa, de la general constitución
reaccionaria de nuestro espíritu. Columbraremos en este ensayo cómo el
reaccionarismo radical no se caracteriza en última instancia por su desamor a
la modernidad, sino por la manera de tratar el pasado.
Toléreseme, a beneficio de concisión, una fórmula paradójica: la
muerte de lo muerto es la vida. Solo
un modo hay de dominar el pasado, reino de las cosas fenecidas:
abrir nuestras venas e inyectar de su sangre en las venas vacías de los
muertos. Esto es lo que no puede el reaccionario: tratar el pasado como un modo
de la vida. Lo arranca de la esfera de la vitalidad, y, bien muerto, lo sienta
en su trono para que rija las almas. No es casual que los celtíberos llamaran
la atención en el tiempo antiguo, por ser el único pueblo que adoraba a la
muerte.
13
Esta incapacidad de mantener vivo el pasado es el rasgo
verdaderamente reaccionario. La antipatía hacia lo nuevo parece, en cambio,
común a otros temperamentos psicológicos. ¿Es, por ventura, reaccionario
Rossini por no haber querido viajar jamás en tren y rodar Europa en su coche de
alegres cascabeles? Lo grave es otra cosa: tenemos los ámbitos del alma
infeccionados, y como los pájaros al volar sobre los miasmas de una marisma,
cae muerto el pasado dentro de nuestras memorias.
*
En Pío Baroja tendremos que meditar sobre política y sobre el
arte barroco; en realidad, tendremos que hablar un poco de todo. Porque este
hombre, más bien que un hombre, es una encrucijada.
Por cierto que, tanto en este ensayo sobre Baroja como en los
que se dedican a Goethe y Lope de Vega, a Larra, y aun en algunas de estas
Meditaciones del Quijote, acaso parezca al lector que se habla relativamente
poco del tema concreto a que se refieren. Son, en efecto, estudios de crítica;
pero yo creo que no es la misión importante de esta tasar las obras literarias,
distribuyéndolas en buenas o malas. Cada día me interesa menos sentenciar; a
ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante.
Veo en la crítica un fervoroso esfuerzo para potenciar la obra
elegida. Todo lo contrario, pues, de lo que hace Sainte-Beuve cuando nos lleva
de la obra al autor, y luego pulveriza a este en una llovizna de anécdotas. La
crítica no es biografía ni se justifica como labor independiente, si no se
propone completar la obra. Esto quiere decir, por lo pronto, que el crítico ha
de introducir en su trabajo todos aquellos utensilios sentimentales e
ideológicos pertrechado con los cuales puede el lector medio recibir la
impresión más intensa y clara de la obra que sea posible. Procede orientar la
crítica en un sentido afirmativo y dirigirla, más que a corregir al autor, a
dotar al lector de un órgano visual más perfecto. La obra se completa
completando su lectura. Así, por un estudio crítico sobre Pío Baroja entiendo
el conjunto de puntos de vista bajo los cuales sus libros adquieren una
significación potenciada. No extrañe, pues, que se hable poco del autor y aun
de los detalles de su producción; se trata precisamente de reunir todo aquello
que no está en él, pero que lo completa, de proporcionarle la atmósfera más
favorable.
*
En las Meditaciones del Quijote intento hacer un estudio del
quijotismo. Pero hay en esta palabra un equívoco. Mi quijotismo no tiene nada
que ver con la mercancía bajo tal nombre ostentada en el mercado. Don Quijote
puede significar dos cosas muy distintas: Don Quijote es un libro y Don Quijote
es un personaje de ese libro. Generalmente lo que en bueno o en mal sentido se
entiende por «quijotismo» es el quijotismo del personaje. Estos ensayos, en
cambio, investigan el quijotismo del libro.
La figura de Don Quijote, plantada en medio de la obra como una
antena que recoge todas las alusiones, ha atraído la atención exclusivamente,
en perjuicio del resto de ella, y, en consecuencia, del personaje mismo.
Cierto; con un poco de amor y otro poco de modestia—sin ambas cosas no—, podría
componerse una parodia sutil de los Nombres de Cristo, aquel lindo libro de
simbolización románica que fue urdiendo Fray Luis con teológica voluptuosidad
en el huerto de la Flecha. Podría
14
escribirse unos Nombres de Don Quijote. Porque en cierto modo es
Don Quijote la parodia triste de un cristo más divino y sereno: es él un cristo
gótico, macerado en angustias modernas; un cristo ridículo de nuestro barrio,
creado por una imaginación dolorida que perdió su inocencia y su voluntad y
anda buscando otras nuevas. Cuando se reúnen unos cuantos españoles
sensibilizados por la miseria ideal de su pasado, la sordidez de su presente y
la acre hostilidad de su porvenir, desciende entre ellos Don Quijote, y el
calor fundente de su fisonomía disparatada compagina aquellos corazones
dispersos, los ensarta como en un hilo espiritual, los nacionaliza, poniendo
tras sus amarguras personales un comunal dolor étnico. « ¡Siempre que estéis
juntos—murmuraba Jesús—, me hallaréis entre vosotros!»
Sin embargo, los errores a que ha llevado considerar
aisladamente a Don Quijote son verdaderamente grotescos. Unos, con encantadora
previsión, nos proponen que no seamos Quijotes; y otros, según la moda más
reciente, nos invitan a una existencia absurda, llena de ademanes
congestionados. Para unos y para otros, por lo visto, Cervantes no ha existido.
Pues a poner nuestro ánimo más allá de ese dualismo vino sobre la tierra
Cervantes.
No podemos entender el individuo sino al través de su especie.
Las cosas reales están hechas de materia o de energía; pero las cosas
artísticas —como el personaje Don Quijote—, son de una sustancia llamada
estilo. Cada objeto estético es individuación de un protoplasma-estilo. Así el
individuo Don Quijote es un individuo de la especie Cervantes.
Conviene, pues, que, haciendo un esfuerzo, distraigamos la vista
de Don Quijote, y vertiéndola sobre el resto de la obra ganemos en su vasta
superficie una noción más amplia y clara del estilo cervantino, de quien es el
hidalgo manchego solo una condensación particular. Este es para mí el verdadero
quijotismo: el de Cervantes, no el de Don Quijote. Y no el de Cervantes en los
baños de Argel, no en su vida, sino en su libro. Para eludir esta desviación
biográfica y erudita, prefiero el título quijotismo a cervantismo.
La tarea es tan levantada que el autor entra en ella seguro de
su derrota, como si fuera a combatir con los dioses.
Son arrancados los secretos a la naturaleza de una manera
violenta; después de orientarse en la selva cósmica el científico se dirige
recto al problema, como un cazador. Para Platón, lo mismo que para Santo Tomás,
el hombre científico es un hombre que va de caza, venator. Poseyendo el arma y
la voluntad la pieza es segura; la nueva verdad caerá seguramente a nuestros
pies, herida como un ave en su trasvuelo.
Pero el secreto de una genial obra de arte no se entrega de este
modo a la invasión intelectual. Diríase que se resiste a ser tomado por la
fuerza, y solo se entrega a quien quiere. Necesita, cual la verdad científica,
que le dediquemos una operosa atención, pero sin que vayamos sobre él rectos, a
uso de venadores. No se rinde al arma: se rinde, si acaso, al culto meditativo.
Una obra del rango del Quijote tiene que ser tomada como Jericó. En amplios
giros, nuestros pensamientos y nuestras emociones han de irla estrechando
lentamente, dando al aire como sones de ideales trompetas.
15
¡Cervantes—un paciente hidalgo que escribió un libro—, se halla
sentado en los elíseos prados hace tres siglos, y aguarda, repartiendo en
derredor melancólicas miradas, a que le nazca un nieto capaz de entenderle!
Estas meditaciones, a que seguirán otras, renuncian—claro está—a
invadir los secretos últimos del Quijote. Son anchos círculos de atención que
traza el pensamiento—sin prisas, sin inminencia—, fatalmente atraído por la
obra inmortal.
*
Y una palabra postrera. El lector descubrirá, si no me equivoco,
hasta en los últimos rincones de estos ensayos, los latidos de la preocupación
patriótica. Quien los escribe y a quienes van dirigidos, se originaron
espiritualmente en la negación de la España caduca. Ahora bien: la negación
aislada es una impiedad. El hombre pío y honrado contrae, cuando niega, la
obligación de edificar una nueva afirmación. Se entiende de intentarlo.
Así nosotros. Habiendo negado una España nos encontramos en el
paso honroso de hallar otra. Esta empresa de honor no nos deja vivir. Por eso,
si se penetrara hasta las más íntimas y personales meditaciones nuestras, se
nos sorprendería haciendo con los más humildes rayicos de nuestra alma
experimentos de nueva España.
Madrid, julio 1914.
16
MEDITACIONES DEL
QUIJOTE
17
Ist etwa der Don Quixote nur eine Posse?
¿Es, por ventura., el Don Quijote sólo una bufonada?
HERMANN COHÉN: Ethik des reinen Willens,
pág. 487.
MEDITACIÓN PRELIMINAR
El monasterio de El Escorial se levanta sobre un collado. La
ladera meridional de este collado desciende bajo la cobertura de un boscaje,
que es a un tiempo robledo y fresneda. El sitio se llama «La Herrería». La
cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter
merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno
cobrizo, áureo en otoño y un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí
rauda, instantánea y excesiva, como una imagen erótica por el alma acerada de
un cenobiarca. Los árboles se cubren rápidamente con frondas opulentas de un
verde claro y nuevo; el suelo desparece bajo una hierba de esmeralda que, a su
vez, se viste un día con el amarillo de las margaritas, otro con el morado de
los cantuesos. Hay lugares de excelente silencio, el cual no es nunca un
silencio absoluto. Cuando callan por completo las cosas en torno, el vacío de
rumor que dejan exige ser ocupado por algo, y entonces oímos el martilleo de
nuestro corazón, los latigazos de la sangre en nuestras sienes, el hervor del
aire que invade nuestros pulmones y que luego huye afanoso. Todo esto es
inquietante porque tiene una significación demasiado concreta. Cada latido de
nuestro corazón parece que va a ser el último. El nuevo latido salvador que
llega parece siempre una casualidad y no garantiza el subsecuente. Por esto es
preferible un silencio donde suenen sones puramente decorativos, de referencias
inconcretas. Así en este lugar. Hay aguas claras corrientes que van rumoreando
a lo largo y hay dentro de lo verde avecillas que cantan: verderones,
jilgueros, oropéndolas y algún sublime ruiseñor.
Una de estas tardes de la fugaz primavera, salieron a mi
encuentro en la Herrería estos pensamientos:
1
EL BOSQUE
¿Con cuántos árboles se hace una selva? ¿Con cuántas casas una
ciudad?
Según cantaba el labriego de Poitiers,
La hauteur des maisons
Empèche de voir la ville,
y el adagio germánico afirma que los árboles no dejan ver el
bosque. Selva y ciudad son dos cosas esencialmente profundas, y la profundidad
está condenada de una manera fatal a convertirse en superficie si quiere
manifestarse.
Tengo yo ahora en torno mío hasta dos docenas de robles graves y
de fresnos gentiles. ¿Es esto un bosque? Ciertamente que no; estos son los árboles
que veo de un bosque. El bosque verdadero se compone de los árboles que no veo.
El bosque es una naturaleza invisible, por eso en todos los idiomas conserva su
nombre un halo de misterio.
Yo puedo ahora levantarme y tomar uno de estos vagos senderos
por donde veo cruzar a los mirlos. Los árboles que antes veía serán sustituidos
por otros análogos. Se irá el bosque descomponiendo, desgranando en una serie
de trozos sucesivamente visibles. Pero nunca lo hallaré allí donde me
encuentre. El bosque huye de los ojos.
Cuando llegamos a uno de estos breves claros que deja la
verdura, nos parece que había allí un hombre sentado sobre una piedra, los
codos en las rodillas, las palmas en las sienes, y que, precisamente cuando
íbamos a llegar, se ha levantado y se ha ido. Sospechamos que este hombre,
dando un breve rodeo, ha ido a colocarse en la misma postura no lejos de
nosotros. Si cedemos al deseo de sorprenderle—a ese poder de atracción que
ejerce el centro de los bosques sobre quien en ellos penetra—, la escena se repetirá
indefinidamente.
El bosque está siempre un poco más allá de donde nosotros
estamos. De donde nosotros estamos acaba de marcharse y queda solo su huella
aún fresca. Los antiguos, que proyectaban en formas corpóreas y vivas las
siluetas de sus emociones, poblaron las selvas de ninfas fugitivas. Nada más
exacto y expresivo. Conforme camináis, volved rápidamente la mirada a un claro
entre la espesura y hallaréis un temblor en el aire como si se aprestara a
llenar el hueco que ha dejado al huir un ligero cuerpo desnudo.
Desde uno cualquiera de sus lugares es, en rigor, el bosque una
posibilidad. Es una vereda por donde podríamos internarnos; es un hontanar de
quien nos llega un rumor débil en brazos del silencio y que podríamos descubrir
a los pocos pasos; son versículos de cantos que hacen a lo lejos los pájaros
puestos en unas ramas bajo las cuales podríamos llegar. El bosque es una suma
de posibles actos nuestros, que al realizarse perderían su valor genuino. Lo
que del bosque se halla ante nosotros de una manera inmediata es solo pretexto
para que lo demás se halle oculto y distante.
20
2
PROFUNDIDAD Y SUPERFICIE
Cuando se repite la frase «los árboles no nos dejan ver el
bosque», tal vez no se entiende su riguroso significado. Tal vez la burla que
en ella se quiere hacer vuelva su aguijón contra quien la dice.
Los árboles no dejan ver el bosque, y gracias a que así es, en
efecto, el bosque existe. La misión de los árboles patentes es hacer latente el
resto de ellos, y solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje
visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un
bosque.
La invisibilidad, el hallarse oculto no es un carácter meramente
negativo, sino una cualidad positiva que, al verterse sobre una cosa, la
transforma, hace de ella una cosa nueva. En este sentido es absurdo—como la
frase susodicha declara—, pretender ver el bosque. El bosque es lo latente en
cuanto tal.
Hay aquí una buena lección para los que no ven la multiplicidad
de destinos, igualmente respetables y necesarios, que el mundo contiene.
Existen cosas que, puestas de manifiesto, sucumben o pierden su valor y, en
cambio, ocultas o preteridas llegan a su plenitud. Hay quien alcanzaría la
plena expansión de sí mismo ocupando un lugar secundario y el afán de situarse
en primer plano aniquila toda su virtud. En una novela contemporánea se habla
de cierto muchacho poco inteligente, pero dotado de exquisita sensibilidad
moral, que se consuela de ocupar en las clases escolares el último puesto,
pensando: «¡Al fin y al cabo, alguno tiene que ser el último!» Es esta una
observación fina y capaz de orientarnos. Tanta nobleza puede haber en ser
postrero como en ser primero, porque ultimidad y primacía son magistraturas que
el mundo necesita igualmente, la una para la otra.
Algunos hombres se niegan a reconocer la profundidad de algo
porque exigen de lo profundo que se manifieste como lo superficial. No
aceptando que haya varias especies de claridad, se atienen exclusivamente a la
peculiar claridad de las superficies. No advierten que es a lo profundo
esencial el ocultarse detrás de la superficie y presentarse solo al través de
ella, latiendo bajo ella.
Desconocer que cada cosa tiene su propia condición y no la que
nosotros queremos exigirle es, a mi juicio, el verdadero pecado capital, que yo
llamo pecado cordial por tomar su oriundez de la falta de amor. Nada hay tan
ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras,
disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es.
Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la
misma manera que lo superficial. No; hay cosas que presentan de sí mismas lo
estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están detrás
ocultas.
Para hallar esto evidente no es menester recurrir a nada muy
abstracto. Todas las cosas profundas son de análoga condición. Los objetos
materiales, por ejemplo, que vemos y tocamos tienen una tercera dimensión que
constituye su profundidad, su interioridad. Sin embargo, esta tercera dimensión
ni la vemos ni la tocamos. Encontramos, es cierto, en sus superficies alusiones
a algo que yace dentro de ellas; pero este dentro no puede nunca salir afuera y
hacerse patente en la misma forma que los haces del objeto. Vano será que
comencemos a seccionar en capas superficiales la tercera dimensión: por finos
que los cortes sean, siempre las capas tendrán algún grosor, es decir, alguna
profundidad, algún dentro invisible e intangible. Y si llegamos a obtener capas
tan delicadas que la vista penetre a su través, entonces no veremos ni lo
profundo ni la superficie, mas una perfecta transparencia, o lo que es lo
mismo, nada. Pues de la misma suerte que lo profundo necesita una superficie
tras de que esconderse, necesita la superficie o sobrehaz, para serlo, de algo
sobre que se extienda y que ella tape. Es esta una perogrullada, más no del
todo inútil. Porque aún hay gentes las cuales exigen que les hagamos ver todo
tan claro como ven esta naranja delante de sus ojos. Y es el caso, que si por
ver se entiende, como ellos entienden, una función meramente sensitiva, ni
ellos ni nadie ha visto jamás una naranja. Es esta un cuerpo esférico, por
tanto, con anverso y reverso. ¿Pretenderán tener delante a la vez el anverso y
el reverso de la naranja? Con los ojos vemos una parte de la naranja, pero el
fruto entero no se nos da nunca en forma sensible; la mayor porción del cuerpo
de la naranja se halla latente a nuestras miradas.
No hay, pues, que recurrir a objetos sutiles y metafísicos para
indicar que poseen las cosas maneras diferentes de presentarse; pero cada cual
en su orden igualmente claras. No es solo lo que se ve claro. Con la misma
claridad se nos ofrece la tercera dimensión de un cuerpo que las otras dos, y
sin embargo, de no haber otro modo de ver que el pasivo de la estricta visión,
las cosas o ciertas cualidades de ellas no existirían para nosotros.
3
ARROYOS Y OROPÉNDOLAS
Es ahora el pensamiento un dialéctico fauno que persigue, como a
una ninfa fugaz, la esencia del bosque. El pensamiento siente una fruición muy
parecida a la amorosa cuando palpa el cuerpo desnudo de una idea.
Con haber reconocido en el bosque su naturaleza fugitiva,
siempre ausente, siempre oculta—un conjunto de posibilidades—, no tenemos
entera la idea del bosque. Si lo profundo y latente ha de existir para
nosotros, habrá de presentársenos y al presentársenos ha de ser en tal forma
que no pierda su calidad de profundidad y latencia.
Según decía, la profundidad padece el sino irrevocable de
manifestarse en caracteres superficiales.
Veamos cómo lo realiza.
Esta agua que corre a mis pies hace una blanda quejumbre al
tropezar con las guijas y forma un curvo brazo de cristal que ciñe la raíz de
este roble. En el roble ha entrado ahora poco una oropéndola como en un palacio
la hija de un rey. La oropéndola da un denso grito de su garganta, tan musical
que parece una esquirla arrancada al canto del ruiseñor, un son breve y súbito
que un instante llena por completo el volumen perceptible del bosque. De la
misma manera llena súbitamente el volumen de nuestra conciencia un latido de
dolor.
Tengo ahora delante de mí estos dos sonidos: pero no están ellos
solos. Son meramente líneas o puntos de sonoridad que destacan por su genuina
plenitud y su peculiar brillo sobre una muchedumbre de otros rumores y sones
con ellos entretejidos.
Si del canto de la oropéndola posada sobre mi cabeza y del son
del agua que fluye a mis pies hago resbalar la atención a otros sonidos, me
encuentro de nuevo con un canto de oropéndola y un rumorear de agua que se
afana en su áspero cauce. Pero ¿qué acontece a estos nuevos sones? Reconozco
uno de ellos sin vacilar como el canto de una oropéndola, pero le falta brillo,
intensión: no da en el aire su puñalada de sonoridad con la misma energía, no
llena el ámbito de la manera que el otro, más bien se desliza subrepticiamente,
medrosamente. También reconozco el nuevo clamor de fontana; pero, ¡ay!, da pena
oírlo. ¿Es una fuente valetudinaria? Es un sonido como el otro, pero más
entrecortado, más sollozante, menos rico de sones interiores, como apagado,
como borroso: a veces no tiene fuerza para llegar a mi oído: es un pobre rumor
débil que se cae en el camino.
Tal es la presencia de estos nuevos sonidos, tales son como
meras impresiones. Pero yo, al escucharlos, no me he detenido a describir—según
aquí he hecho—su simple presencia. Sin necesidad de deliberar, apenas los oigo
los envuelvo en un acto de interpretación ideal y los lanzo lejos .de mí: los
oigo como lejanos.
Si me limito a recibirlas pasivamente en mi audición estas dos
parejas de sonidos son igualmente presentes y próximas. Pero la diferente
calidad sonora de ambas parejas me invita a que las distancie, atribuyéndoles
distinta calidad espacial. Soy yo, pues, por un acto mío, quien las mantiene en
una distensión virtual: si este acto faltara, la distancia desparecería y todo
ocuparía indistintamente un solo plano.
Resulta de aquí que es la lejanía una cualidad virtual de
ciertas cosas presentes, cualidad que solo adquieren en virtud de un acto del
sujeto. El sonido no es lejano, lo hago yo lejano.
Análogas reflexiones cabe hacer sobre la lejanía visual de los
árboles, sobre las veredas que avanzan buscando el corazón del bosque. Toda
esta profundidad de lontananza existe en virtud de mi colaboración, nace de una
estructura de relaciones que mi mente interpone entre unas sensaciones y otras.
Hay, pues, toda una parte de la realidad que se nos ofrece sin
más esfuerzo que abrir ojos y oídos—el mundo de las puras impresiones—. Bien
que le llamemos mundo patente. Pero hay un trasmundo constituido por
estructuras de impresiones, que si es latente con relación a aquel no es, por
ello, menos real. Necesitamos, es cierto, para que este mundo superior exista
ante nosotros, abrir algo más que los ojos, ejercitar actos de mayor esfuerzo,
pero la medida de este esfuerzo no quita ni pone realidad a aquel. El mundo
profundo es tan claro como el superficial, solo que exige más de nosotros.
4
TRASMUNDOS
Este bosque benéfico que unge mi cuerpo de salud ha
proporcionado a mi espíritu una grande enseñanza. Es un bosque magistral, viejo
como deben ser los maestros, sereno y múltiple. Además practica la pedagogía de
la alusión, única pedagogía delicada y fecunda. Quien quiera enseñarnos una
verdad que no nos la diga: simplemente que aluda a ella con un breve gesto,
gesto que inicie en el aire una ideal trayectoria, deslizándonos por la cual
lleguemos nosotros mismos hasta los pies de la nueva verdad. Las verdades, una
vez sabidas, adquieren una costra utilitaria; no nos interesan ya como
verdades, sino como recetas útiles. Esa pura iluminación subitánea que
caracteriza a la verdad, tiénela esta solo en el instante de su descubrimiento.
Por esto su nombre griego, alétheia—significó originariamente lo mismo que
después la palabra apocalipsis—, es decir, descubrimiento, revelación,
propiamente desvelación, quitar de un velo o cubridor. Quien quiera enseñarnos
una verdad que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros.
Me ha enseñado este bosque que hay un primer plano de realidades
el cual se impone a mí de una manera violenta; son los colores, los sonidos, el
placer y dolor sensibles. Ante él mi situación es pasiva. Pero tras esas
realidades aparecen otras, como en una sierra los perfiles de montañas más
altas cuando hemos llegado sobre los primeros contrafuertes. Erigidos los unos
sobre los otros, nuevos planos de realidad, cada vez más profundos, más
sugestivos, esperan que ascendamos a ellos, que penetremos hasta ellos. Pero
estas realidades superiores son más pudorosas: no caen sobre nosotros como
sobre presas. Al contrario, para hacerse patentes nos ponen una condición: que
queramos su existencia y nos esforcemos hacia ellas. Viven, pues, en cierto
modo apoyadas en nuestra voluntad. La ciencia, el arte, la justicia, la
cortesía, la religión son órbitas de realidad que no invaden bárbaramente
nuestra persona como hace el hambre o el frío; solo existen para quien tiene la
voluntad de ellas.
Cuando dice el hombre de mucha fe que ve a Dios en la campiña
florecida y en la faz combada de la noche, no se expresa más metafóricamente
que si hablara de haber visto una naranja. Si no hubiera más que un ver pasivo
quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos. Pero hay sobre el
pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve interpretando, un ver que
es mirar. Platón supo hallar para estas visiones que son miradas una palabra
divina: las llamó ideas. Pues bien: la tercera dimensión de la naranja no es
más que una idea y Dios es la última dimensión de la campiña.
No hay en esto mayor cantidad de misticismo que cuando decimos
estar viendo un color desteñido. ¿Qué color vemos cuando vemos un color
desteñido? El azul que tenemos delante lo vemos como habiendo sido otro azul
más intenso y este mirar el color actual con el pasado, a través del que fue,
es una visión activa que no existe para un espejo, es una idea. La decadencia o
desvaído de un color es una cualidad nueva y virtual que le sobreviene,
dotándole de una como profundidad temporal. Sin necesidad del discurso, en una
visión única y momentánea descubrimos el color y su historia, su hora de
esplendor y su presente ruina. Y algo en nosotros repite, de una manera
instantánea, ese mismo movimiento de caída, de mengua; ello es que ante un
color desteñido hallamos en nosotros como una pesadumbre.
La dimensión de profundidad, sea espacial o de tiempo, sea
visual o auditiva, se presenta siempre en una superficie. De suerte que esta
superficie posee en rigor dos valores: el uno cuando la tomamos
24
corno lo que es materialmente; el otro cuando la vemos en su
segunda vida virtual. En el último caso la superficie, sin dejar de serlo, se
dilata en un sentido profundo. Esto es lo que llamamos escorzo.
El escorzo es el órgano de la profundidad visual; en él hallamos
un caso límite donde la simple visión está fundida con un acto puramente
intelectual.
5
RESTAURACIÓN Y ERUDICIÓN
En torno mío abre sus hondos flancos el bosque.
En mi mano está un libro: Don Quijote, una selva ideal.
He aquí otro caso de profundidad: la de un libro, la de este
libro máximo. Don Quijote es el libro-escorzo por excelencia.
Ha habido una época de la vida española en que no se quería
reconocer la profundidad del Quijote. Esta época queda recogida en la historia
con el nombre de Restauración. Durante ella llegó el corazón de España a dar el
menor número de latidos por minuto.
Permítaseme reproducir aquí unas palabras sobre este, instante
de nuestra existencia colectiva, dichas en otra ocasión:
¿Qué es la Restauración? Según Cánovas, la continuación de la
historia de España. ¡Mal año para la historia de España si legítimamente
valiera la Restauración como su secuencia! Afortunadamente es todo lo
contrario. La Restauración significa la detención de la vida nacional. No había
habido en los españoles durante los primeros cincuenta años del siglo XIX
complejidad, reflexión, plenitud de intelecto, pero había habido coraje,
esfuerzo, dinamismo. Si se quemaran los discursos y los libros compuestos en
ese medio siglo y fueran sustituidos por las biografías de sus autores,
saldríamos ganando ciento por uno. Riego y Narváez, por ejemplo, son, como
pensadores, ¡la verdad!, un par de desventuras; pero son como seres vivos dos
altas llamaradas de esfuerzo.
Hacia el año 1854—que es donde en lo soterraño se inicia la
Restauración—, comienzan a apagarse sobre este haz triste de España los
esplendores de aquel incendio de energías; los dinamismos van viniendo luego a
tierra como proyectiles que han cumplido su parábola; la vida española se
repliega sobre sí misma, se hace hueco de sí misma. Este vivir el hueco de la
propia vida fue la Restauración.
En pueblos de ánimo más completo y armónico que el nuestro puede
a una época de dinamismo suceder fecundamente una época de tranquilidad, de
quietud, de éxtasis. El intelecto es el encargado de suscitar y organizar los intereses
tranquilos y estáticos, como son el buen gobierno, la economía, el aumento de
los medios, de la técnica. Pero ha sido la característica de nuestro pueblo
haber brillado más como esforzado que como inteligente.
Vida española, digámoslo lealmente, vida española, hasta ahora,
ha sido posible solo como dinamismo.
25
Cuando nuestra nación deja de ser dinámica cae de golpe en un
hondísimo letargo y no ejerce más función vital que la de soñar que vive.
Así parece corno que en la Restauración nada falta. Hay allí
grandes estadistas, grandes pensadores, grandes generales, grandes partidos,
grandes aprestos, grandes luchas: nuestro ejército en Tetuán combate con los
moros lo mismo que en tiempo de Gonzalo de Córdoba; en busca del Norte enemigo
hienden la espalda del mar nuestras carenas, como en tiempos de Felipe II;
Pereda es Hurtado de Mendoza y en Echegaray retoña Calderón. Pero todo esto
acontece dentro de la órbita de un sueño; es la imagen de una vida donde solo
hay de real el acto que la imagina.
La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y
Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría2.
¿Cómo es posible, cómo es posible que se contente todo un pueblo
con semejantes valores falsos? En el orden de la cantidad es la unidad de
medida lo mínimo; en el orden de los valores, son los valores máximos la unidad
de medida. Solo comparándolas con lo más estimable quedan justamente estimadas
las cosas. Conforme se van suprimiendo en la perspectiva de los valores los
verdaderamente más altos se alzan con esta dignidad los que les siguen. El
corazón del hombre no tolera el vacío de lo excelente y supremo. Con palabras
diversas viene a decir lo mismo el refrán viejo: «En tierra de ciegos, el
tuerto es rey.» Los rangos van siendo ocupados de manera automática por cosas y
personas cada vez menos compatibles con ellos.
Perdióse en la Restauración la sensibilidad para todo lo
verdaderamente fuerte, excelso, plenario y profundo. Se embotó el órgano
encargado de temblar ante la genialidad transeúnte. Fue, como Nietzsche diría,
una etapa de perversión en los instintos valoradores. Lo grande no se sentía
como grande; lo puro no sobrecogía los corazones; la calidad de perfección y
excelsitud era invisible para aquellos hombres, como un rayo ultravioleta. Y
fatalmente lo mediocre y liviano pareció aumentar su densidad. Las motas se
hincharon como cerros y Núñez de Arce pareció un poeta.
Estúdiese la crítica literaria de la época; léase con detención
a Menéndez Pelayo, a Valera, y se advertirá esta falta de perspectiva. De buena
fe aquellos hombres aplaudían la mediocridad porque no tuvieron la experiencia
de lo profundo3. Digo experiencia, porque lo genial no es una expresión
ditirámbica; es un hallazgo experimental, un fenómeno de experiencia religiosa.
Schleiermacher encuentra la esencia de lo religioso en el sentimiento de pura y
simple dependencia. El hombre, al ponerse en aguda intimidad consigo mismo, se
siente flotar en el universo sin dominio alguno sobre sí ni sobre lo demás; se
siente dependiendo absolutamente de algo, llámese a este algo como se quiera.
Pues bien, la mente sana queda, a lo mejor, sobrecogida en sus lecturas o en la
vida por la sensación de una absoluta superioridad, quiero decir, halla una
obra, un carácter de quien los límites trascienden
2 Vieja y nueva
política, págs. 22-24
3 Estas palabras
no implican por mi parte un desdén caprichoso hacia ambos autores, que sería
incorrecto. Señalan meramente un grave defecto de su obra, que pudo coexistir
con no pocas virtudes.
26
por todos lados la órbita de nuestra dominación comprensiva. El
síntoma de los valores máximos es la ilimitación4.
En estas circunstancias, ¿cómo esperar que se pusiera a
Cervantes en su lugar? Allá fue el libro divino mezclado eruditamente con
nuestros frailecicos místicos, con nuestros dramaturgos torrenciales, con
nuestros líricos, desiertos sin flores.
Sin duda; la profundidad del Quijote, como toda profundidad,
dista mucho de ser palmaria. Del mismo modo que hay un ver que es un mirar, hay
un leer que es un intelligere o leer lo de dentro, un leer pensativo. Solo ante
este se presenta el sentido profundo del Quijote. Mas acaso, en una hora de
sinceridad, hubieran coincidido todos los hombres representativos de la
Restauración en definir el pensar con estas palabras: pensar, es buscarle tres
pies al gato.
6
CULTURA MEDITERRÁNEA
Las impresiones forman un tapiz superficial, donde parecen
desembocar caminos ideales que conducen hacia otra realidad más honda. La
meditación es el movimiento en que abandonamos las superficies, como costas de
tierra firme, y nos sentimos lanzados a un elemento más tenue, donde no hay
puntos materiales de apoyo. Avanzamos atenidos a nosotros mismos,
manteniéndonos en suspensión merced al propio esfuerzo dentro de un orbe etéreo
habitado por formas ingrávidas. Una viva sospecha nos acompaña de que a la menor
vacilación por nuestra parte todo aquello se vendría abajo y nosotros con ello.
Cuando meditamos tiene que sostenerse el ánimo a toda tensión; es un esfuerzo
doloroso e integral.
En la meditación nos vamos abriendo un camino entre masas de
pensamientos; separamos unos de otros los conceptos, hacemos penetrar nuestra
mirada por el imperceptible intersticio que queda entre los más próximos, y una
vez puesto cada uno en su lugar dejamos tendidos resortes ideales que les
impidan confundirse de nuevo. Así, podemos ir y venir a nuestro sabor por los
paisajes de las ideas, que nos presentan claros y radiantes sus perfiles.
Pero hay quien es incapaz de realizar este esfuerzo; hay quien,
puesto a bogar en la región de las ideas, es acometido de un intelectual mareo.
Ciérrale el paso un tropel de conceptos fundidos los unos con los otros. No
halla salida por parte alguna; no ve sino una densa confusión en torno, una
niebla muda y opresora.
Cuando yo era muchacho leía, transido de fe, los libros de
Menéndez Pelayo. En estos libros se habla con frecuencia de las «nieblas
germánicas», frente a las cuales sitúa el autor «la claridad latina». Yo me
sentía, de una parte, profundamente halagado; de otra, me nacía una compasión
grande hacia estos pobres hombres del Norte, condenados a llevar dentro una
niebla.
4 Hace poco
tiempo—una tarde de primavera, caminando por una galiana de Extremadura, en un
ancho paisaje de olivos, a quien daba unción dramática el vuelo solemne de unas
águilas, y, al fondo, el azul encorvamiento de la sierra de Gata—, quiso Pío
Baroja, mi entrañable amigo, convencerme de que admiramos solo lo que no
comprendemos, que la admiración es efecto de la incomprensión. No logró
convencerme, y no habiéndolo conseguido él, es difícil que me convenza otro.
Hay, sí, incomprensión en la raíz del acto admirativo, pero es una
incomprensión positiva: cuanto más comprendemos del genio, más nos queda por
comprender.
27
No dejaba de maravillarme la paciencia con que millones de
hombres, durante miles de años, arrastraban su triste sino, al parecer sin
quejas y hasta con algún contentamiento.
Más tarde he podido averiguar que se trata simplemente de una
inexactitud, como otras tantas con que se viene envenenando a nuestra raza sin
ventura. No hay tales «nieblas germánicas», ni mucho menos tal «claridad
latina». Hay solo dos palabras que, si significan algo concreto, significan un
interesado error.
Existe, efectivamente, una diferencia esencial entre la cultura
germánica y la latina: aquella es la cultura de las realidades profundas y esta
la cultura de las superficies. En rigor, pues, dos dimensiones distintas de la
cultura europea integral. Pero no existe entre ambas una diferencia de
claridad.
Sin embargo, antes de ensayar la sustitución de esta antítesis:
claridad-confusión, por esta otra:
superficie-profundidad, es necesario cegar la fuente del error.
El error procede de lo que quisiéramos entender bajo las
palabras «cultura latina».
Se trata de una ilusión dorada que nos anda por dentro y con la
cual queremos consolarnos— franceses, italianos y españoles—, en las horas de
menoscabo. Tenemos la debilidad de creernos hijos de los dioses; el latinismo
es un acueducto genealógico que tenemos entre nuestras venas y los riñones de
Zeus. Nuestra latinidad es un pretexto y una hipocresía; Roma, en el fondo, nos
trae sin cuidado. Las siete colinas son las localidades más cómodas que podemos
tomar para descubrir a lo lejos el glorioso esplendor puesto sobre el mar Egeo,
el centro de las divinas irradiaciones: Grecia. Esta es nuestra ilusión: nos
creemos herederos del espíritu helénico.
Hasta hace cincuenta años solía hablarse indistintamente de
Grecia y Roma como de los dos pueblos clásicos. De entonces acá la filología ha
caminado mucho: ha aprendido a separar delicadamente lo puro y esencial de las
imitaciones y mezclas bárbaras.
Cada día que pasa afirma Grecia más enérgicamente su posición
hors ligne en la historia del mundo. Este privilegio se apoya en títulos
perfectamente concretos y definidos: Grecia ha inventado los temas sustanciales
de la cultura europea y la cultura europea es el protagonista de la historia,
mientras no exista otra superior.
Y cada nuevo avance en las investigaciones históricas separa más
de Grecia el mundo oriental, rebajando el influjo directo que sobre los helenos
parecía haber ejercido. Del otro lado va haciéndose patente la incapacidad del
pueblo romano para inventar temas clásicos; no ha colaborado con Grecia; en
rigor, no llegó nunca a comprenderla. La cultura de Roma es, en los órdenes
superiores, totalmente refleja: un Japón occidental. Solo le quedaba el
derecho, la musa ideadora de instituciones, y ahora resulta que también el
derecho lo había aprendido de Grecia.
Una vez rota la cadena de tópicos que mantenía a Roma anclada en
el Pirco, las olas del mar Jónico, de inquietud tan afamada, la han ido
removiendo hasta soltarla en el Mediterráneo, como quien arroja de casa a un
intruso.
Y ahora vemos que Roma no es más que un pueblo mediterráneo.
28
Con esto ganamos un nuevo concepto que sustituye al confuso e
hipócrita de la cultura latina; hay, no una cultura latina, sino una cultura
mediterránea. Durante unos siglos, la historia del mundo está circunscrita a la
cuenca de este mar interior: es una historia costera donde intervienen los
pueblos asentados en una breve zona próxima a la marina desde Alejandría a
Calpe, desde Calpe a Barcelona, a Marsella, a Ostia, a Sicilia, a Creta5. La
onda de específica cultura empieza, tal vez, en Roma, y de allí se transmite
bajo la divina vibración del sol en mediodía a lo largo de la faja costera. Lo
mismo, sin embargo, podía haber comenzado en cualquier otro punto de esta. Es
más, hubo un momento en que la suerte estuvo a punto de decidir la iniciativa
en favor de otro pueblo: Cartago. En aquellas magníficas guerras—nuestro mar
conserva en sus reflejos innumerables el recuerdo de aquellas espadas
refulgentes de lumínica sangre solar—, en aquellas magníficas guerras luchaban
dos pueblos idénticos en todo lo esencial. Probablemente no hubiera variado
mucho la faz de los siglos siguientes si la victoria se hubiera transferido de
Roma a Cartago. Ambas estaban del alma helénica a la misma absoluta distancia.
Su posición geográfica era equivalente y no se habrían desviado las grandes
rutas del comercio. Sus propensiones espirituales eran también equivalentes:
las mismas ideas habrían peregrinado por los mismos caminos mentales. En el
fondo de nuestras entrañas mediterráneas podíamos sustituir a Scipión por
Aníbal sin que nosotros notásemos la suplantación.
Nada hay de extraño, pues, si aparecen semejanzas entre las
instituciones de los pueblos norteafricanos y los sudeuropeos.
Estas costas son hijas del mar, le pertenecen y viven de
espaldas al interior. La unidad del mar funda la identidad de las costas
fronteras.
La escisión que ha querido hacerse del mundo mediterráneo,
atribuyendo distintos valores a la ribera del Norte y a la del Sur, es un error
de perspectiva histórica. Las ideas Europa y África, como dos enormes centros
de atracción conceptual, han reabsorbido las costas respectivas en el
pensamiento de los historiadores. No se advirtió que cuando la cultura
mediterránea era una realidad ni Europa ni África existían. Europa comienza
cuando los germanos entran plenamente en el organismo unitario del mundo histórico.
África nace entonces como la no-Europa. Germanizadas Italia, Francia y España,
la cultura mediterránea deja de ser una realidad pura y queda reducida a un más
o menos de germanismo.
Las rutas comerciales van desviándose del mar interior y
transmigran lentamente hacia la tierra firme de Europa: los pensamientos
nacidos en Grecia toman la vuelta de Germania. Después de un largo sueño, las
ideas platónicas despiertan bajo los cráneos de Galileo, Descartes, Leibniz y
Kant, germanos. El Dios de Esquilo, más ético que metafísico, repercute
toscamente, fuertemente, en Lutero, la pura democracia ática en Rousseau, y las
musas del Partenón, intactas durante siglos, se entregan un buen día a
Donatello y Miguel Ángel, mozos florentinos de germánica prosapia.
7
5 Para mí el punto
en que nace este concepto de la cultura mediterránea—es decir, no latina—, es
el problema histórico planteado por las relaciones entre la cultura cretense y
la griega. En Creta desemboca la civilización oriental y se inicia otra que no
es la griega. Mientras Grecia es cretense no es helénica.
29
LO QUE DIJO A GOETHE UN CAPITÁN
Cuando se habla de una cultura específica no podemos menos de
pensar en el sujeto que la ha producido, en la raza; no hay duda que la
diversidad de genios culturales arguye a la postre una diferencia fisiológica
de que aquella en una u otra forma proviene. Pero convendría hacer constar que
aunque lo uno lleve a lo otro, son, en rigor, dos cuestiones muy distintas la
de establecer tipos específicos de productos históricos—tipos de ciencia,
artes, costumbres, etc. —y la de buscar, una vez hecho esto, para cada uno de
ellos el esquema anatómico, o en general, biológico que le corresponde.
Hoy nos faltan por completo los medios para fijar relaciones de
causa a efecto entre las razas como constituciones orgánicas y las razas como
maneras de ser históricas, como tendencias intelectuales emotivas, artísticas,
jurídicas, etc. Tenemos que contentarnos, y no es poco, con la operación
meramente descriptiva de clasificar los hechos o productos históricos según el
estilo o nota general que en ellos encontramos manifiesto.
La expresión «cultura mediterránea» deja, pues, por completo
intacto el problema del parentesco étnico entre los hombres que vivieron y
viven en las playas del mar interior. Sea cualquiera su afinidad, es un hecho
que las obras de espíritu entre ellos suscitadas tienen unos ciertos caracteres
diferenciales respecto a las griegas y germánicas. Sería una labor sumamente
útil ensayar una reconstrucción de los rasgos primarios, de las modulaciones
elementales que integran la cultura mediterránea. Al realizarla convendría no
mezclar con aquellos lo que la inundación germánica haya dejado en los pueblos
que solo durante unos siglos fueron puramente mediterráneos.
Quede tal investigación para algún filólogo, capaz de
sensibilidad altamente científica: al presente yo no he de referirme sino a
esta nota tópicamente admitida como aneja al llamado latinismo, ahora rebajado
a mediterranismo: la claridad.
No hay—según el bosque me ha dicho en sus rumores—una claridad
absoluta; cada plano u orbe de realidades tiene su claridad patrimonial. Antes
de reconocer en la claridad un privilegio adscrito al Mediterráneo, sería
oportuno preguntarse si la producción mediterránea es ilimitada; quiero decir,
si hemos dejado caer sobre toda suerte de cosas, las gentes meridionales, esa
nuestra doméstica iluminación.
La respuesta es obvia: la cultura mediterránea no puede oponer a
la ciencia germánica—filosofía, mecánica, biología—productos propios. Mientras
fue pura—es decir, desde Alejandro a la invasión bárbara—, la cosa no ofrece
duda. Después, ¿con qué seguridad podemos hablar de latinos o mediterráneos?
Italia, Francia, España, están anegadas de sangre germánica. Somos razas
esencialmente impuras; por nuestras venas fluye una trágica contradicción
fisiológica. Houston Chamberlain ha podido hablar de las razas caos.
Pero dejando a un lado, según es debido, todo este vago problema
étnico, y admitiendo la producción ideológica llevada a cabo en nuestras
tierras desde la Edad Media hasta hoy como relativamente mediterránea,
encontramos solo dos cimas ideológicas capaces de emular las magníficas cumbres
de
30
Germania: el pensamiento renacentista italiano y Descartes. Pues
bien; dado que uno y otro fenómenos no pertenezcan en lo esencial, como yo
creo, al capital germánico, hemos de reconocer en ellos todas las virtudes,
salvo la claridad. Leibniz o Kant o Hegel, son difíciles, pero son claros como
una mañana de primavera; Giordano Bruno y Descartes, tal vez no sean del mismo
modo difíciles, pero, en cambio, son confusos.
Si de estas alturas descendemos por las laderas de la ideología
mediterránea llegamos a descubrir que es característico de nuestros pensadores
latinos una gentileza aparente, bajo la cual yacen, cuando no grotescas
combinaciones de conceptos, una radical imprecisión, un defecto de elegancia
mental, esa torpeza de movimientos que padece el organismo cuando se mueve en
un elemento que no le es afín.
Una figura muy representativa del intelecto mediterráneo es Juan
Bautista Vico; no puede negársele genio ideológico, pero quien haya entrado por
su obra aprende de cerca lo que es un caos.
En el pensar, pues, no ha de buscarse la claridad latina, como
no se llame claridad a esa vulgar prolijidad del estilo francés, a ese arte del
développement que se enseña en los liceos.
Cuando Goethe bajó a Italia hizo algunas etapas del viaje en
compañía de un capitán italiano. «Este capitán —dice Goethe—es un verdadero
representante de muchos compatriotas suyos. He aquí un rasgo que le caracteriza
muy peculiarmente. Como yo a menudo permaneciera silencioso y meditabundo, me
dijo una vez: «Che pensa! non debe mai pensar l'uomo, pensando s'invecchia! Non
debe fermarsi l'uomo in una sola cosa perché allora divien matto; bisogna aver
mulé cose, una confusione nella testa.»
8
LA PANTERA O DEL SENSUALISMO
Hay, por el contrario, en el dominio de las artes plásticas, un
rasgo que sí parece genuino de nuestra cultura. «El arte griego se encuentra en
Roma—dice Wickhoff—frente a un arte común latino, basado en la tradición
etrusca.» El arte griego, que busca lo típico y esencial bajo las apariencias
concretas, no puede afirmar su ideal conato frente a la voluntad de imitación
ilusionista que halla desde tiempo inmemorial dominando en Roma6.
Pocas noticias podían de la suerte de esta sernos una
revelación. La inspiración griega, no obstante su suficiencia estética y su
autoridad, se quiebra al llegar a Italia contra un instinto artístico de
aspiración opuesta. Y es este tan fuerte e inequívoco, que no es necesario
esperar para que se inyecte en la plástica helénica a que nazcan escultores
autóctonos; el que hace el encargo ejerce de tal modo una espiritual presión
sobre los artistas de Grecia arribados a Roma que en las propias manos de estos
se desvía el cincel, y en lugar de lo ideal latente, va a fijar sobre el haz
marmóreo lo concreto, lo aparente, lo individual.
Aquí tenemos desde luego iniciado lo que después va a llamarse
impropiamente realismo y que, en rigor, conviene denominar impresionismo.
Durante veinte siglos los pueblos del Mediterráneo
6 Franz Wickhoff: Werke,
tomo III, 52-53.
31
enrolan sus artistas bajo esta bandera del arte impresionista:
con exclusivismo unas veces, tácita y parcialmente otras, triunfa siempre la
voluntad de buscar lo sensible como tal. Para el griego lo que vemos está
gobernado y corregido por lo que pensamos y tiene solo valor cuando asciende a
símbolo de lo ideal. Para nosotros esta ascensión es más bien un descender: lo
sensual rompe sus cadenas de esclavo de la idea y se declara independiente. El
Mediterráneo es una ardiente y perpetua justificación de la sensualidad, de la
apariencia, de las superficies, de las impresiones fugaces que dejan las cosas
sobre nuestros nervios conmovidos.
La misma distancia que hallamos entre un pensador mediterráneo y
un pensador germánico, volvemos a encontrarla si comparamos una retina
mediterránea con una retina germánica. Pero esta vez la comparación decide en
favor nuestro. Los mediterráneos, que no pensamos claro, vemos claro. Si
desmontamos el complicado andamiaje conceptual de alegoría filosófica y
teológica que forma la arquitectura de la Divina Comedia nos quedan entre las
manos fulgurando como piedras preciosas unas breves imágenes, a veces aprisionadas
en el angosto cuerpo de un endecasílabo, por las cuales renunciaríamos al resto
del poema. Son simples visiones sin trascendencia donde el poeta ha retenido la
naturaleza fugitiva de un color, de un paisaje, de una hora matinal. En
Cervantes esta potencia de visualidad es literalmente incomparable: llega a tal
punto que no necesita proponerse la descripción de una cosa para que entre los
giros de la narración se deslicen sus propios puros colores, su sonido, su
íntegra corporeidad. Con razón exclamaba Flaubert aludiendo al Quijote: Comme
on voit ces routes d'Espagne qui ne sont nulle part décrites!7.
Si de una página de Cervantes nos trasladamos a una de
Goethe—antes e independientemente de que comparemos el valor de los mundos
creados por ambos poetas—percibimos una radical diferencia: el mundo de Goethe
no se presenta de una manera inmediata ante nosotros. Cosas y personas flotan
en una definitiva lejanía, son como el recuerdo o el ensueño de sí mismas.
Cuando una cosa tiene todo lo que necesita para ser lo que es,
aún le falta un don decisivo: la apariencia, la actualidad. La frase famosa en
que Kant combate la metafísica de Descartes—«treinta thaler posibles no son
menos que treinta thaler reales»—es filosóficamente exacta, pero a la vez
equivale a una ingenua confesión de los límites propios al germanismo. Para un
mediterráneo no es lo más importante la esencia de una cosa, sino su presencia,
su actualidad: a las cosas preferimos la sensación viva de las cosas.
Los latinos han llamado a esto realismo. Como «realismo» es ya
un concepto latino y no una visión latina, es un término exento de claridad.
¿De qué cosa—res—habla ese realismo? Mientras no distingamos entre las cosas y
la apariencia de las cosas lo más genuino del arte meridional se escapará a
nuestra comprensión.
También Goethe busca las cosas: como él mismo dice: «El órgano
con que yo he comprendido el
mundo es el ojo»8, y Emerson agrega: Goethe sees at every pore.
7
8
Correspondance, II, 305.
Verdad y Poesía, libro 6,"
32
Tal vez dentro de la limitación germánica puede valer Goethe
como un visual, como un temperamento para quien lo aparente existe. Pero puesto
en confrontación con nuestros artistas del Sur ese ver goethiano es más bien un
pensar con los ojos.
Nos oculos eruditos habemus9: lo que en el ver pertenece a la
pura impresión es incomparablemente más enérgico en el mediterráneo. Por eso
suele contentarse con ello: el placer de la visión, de recorrer, de palpar con
la pupila la piel de las cosas es el carácter diferencial de nuestro arte. No
se le llame realismo porque no consiste en la acentuación de la res, de las
cosas, sino de la apariencia de las cosas. Mejor fuera denominado aparentismo,
ilusionismo, impresionismo.
Realistas fueron los griegos—pero realistas de las cosas
recordadas—. La reminiscencia al alejar los objetos los purifica e idealiza,
quitándoles sobre todo esa nota de aspereza que aun lo más dulce y blando posee
cuando obra actualmente sobre nuestros sentidos. Y el arte que se inicia en
Roma—y que podía haber partido de Cartago, de Marsella o de Málaga—, el arte
mediterráneo busca precisamente esa áspera fiereza de lo presente como tal.
Un día del siglo I a. de J. C. corrió por Roma la noticia de que
Pasiteles, el gran escultor según nuestro gusto, había sido devorado por una
pantera que le servía de modelo. Fue el primer mártir. ¿Qué se cree? La
claridad mediterránea tiene sus mártires específicos. En el santoral de nuestra
cultura podemos inscribir, desde luego, este nombre: Pasiteles, mártir del
sensualismo.
Porque así debiéramos, en definitiva, llamar la clara aptitud
adscrita a nuestro mar interior: sensualismo. Somos meros soportes de los
órganos de los sentidos: vemos, oímos, olemos, palpamos, gustamos, sentimos el
placer y el dolor orgánicos... Con cierto orgullo repetimos la expresión de
Gautier: «el mundo exterior existe para nosotros».
¡El mundo exterior! Pero ¿es que los mundos insensibles—las
tierras profundas—no son también exteriores al sujeto? Sin duda alguna: son
exteriores y aun en grado eminente. La única diferencia está en que la
«realidad»—la fiera, la pantera—cae sobre nosotros de una manera violenta,
penetrándonos por las brechas de los sentidos mientras la idealidad solo se
entrega a nuestro esfuerzo. Y andamos en peligro de que esa invasión de lo
externo nos desaloje de nosotros mismos, vacíe nuestra intimidad, y exentos de ella
quedemos transformados en postigos de camino real por donde va y viene el
tropel de las cosas.
El predominio de los sentidos arguye de ordinario falta de
potencias interiores. ¿Qué es meditar comparado al ver? Apenas herida la retina
por la saeta forastera acude allí nuestra íntima, personal energía y detiene la
irrupción. La impresión es filiada, sometida a civilidad, pensada, y de este
modo entra a cooperar en el edificio de nuestra personalidad.
9
LAS COSAS Y SU SENTIDO
9 Cicerón: De
paradox.
33
Toda esta famosa pendencia entre las nieblas germánicas y la
claridad latina viene a aquietarse con el reconocimiento de dos castas de
hombres: los meditadores y los sensuales. Para estos es el mundo una
reverberante superficie: su reino es el haz esplendoroso del universo—facies
totius mundi, que Spinoza decía— Aquellos, por el contrario, viven en la
dimensión de profundidad.
Como para el sensual el órgano es la retina, el paladar, las
pulpas de los dedos, etc., el meditador posee el órgano del concepto. El
concepto es el órgano normal de la profundidad.
Antes me he fijado principalmente en la profundidad temporal,
que es el pasado, y en la espacial, que es la lejanía. Pero ambas no son más
que dos ejemplos, dos casos particulares de profundidad. ¿En qué consiste esta
tomada in genere? En forma de alusión queda ya indicado cuando oponía el mundo
patente de las puras impresiones a los mundos latentes constituidos por
estructuras de impresiones. Una estructura es una cosa de segundo grado, quiero
decir, un conjunto de cosas o simples elementos materiales, más un orden en que
esos elementos se hallan dispuestos. Es evidente que la realidad de ese orden
tiene un valor, una significación distintos de la realidad que poseen sus
elementos. Este fresno es verde y está a mi derecha: el ser verde y el estar a
mi derecha son cualidades que él posee, pero su posesión no significa lo mismo
con respecto a la una y a la otra. Cuando el sol caiga por detrás de estos
cerros yo tomaré una de estas confusas sendas abiertas como surcos ideales en
la alta grama. Cortaré al paso unas menudas flores amarillas que aquí crecen lo
mismo que en los cuadros primitivos, y moviendo mis pasos hacia el monasterio
dejaré el bosque solitario, mientras allá en su fondo vierte el cuco sobre el
paisaje su impertinencia vespertina. Entonces este fresno seguirá siendo verde,
pero habrá quedado desposeído de la otra cualidad, no estará ya a mi derecha.
Los colores son cualidades materiales; derecha e izquierda, cualidades
relativas que solo poseen las cosas en relación unas con otras. Pues bien, las cosas
trabadas en una relación forman una estructura.
¡Cuán poca cosa sería una cosa si fuera solo lo que es en el
aislamiento! ¡Qué pobre, qué yerma, qué borrosa! Diríase que hay en cada una
cierta secreta potencialidad de ser mucho más, la cual se liberta y expansiona
cuando otra u otras entran en relación con ella. Diríase que cada cosa es
fecundada por las demás, diríase que se desean como machos y hembras, diríase
que se aman y aspiran a maridarse, juntarse en sociedades, en organismos, en
edificios, en mundos. Eso que llamamos «Naturaleza» no es sino la máxima
estructura en que todos los elementos materiales han entrado. Y es obra de amor
naturaleza, porque significa generación, engendro de las unas cosas en las
otras, nacer la una de la otra donde estaba premeditada, preformada,
virtualmente inclusa.
Cuando abrimos los ojos—se habrá observado—hay un primer
instante en que los objetos penetran convulsos dentro del campo visual. Parece
que se ensanchan, se estiran, se descoyuntan como si fueran de una corporeidad
gaseosa a quien una ráfaga de viento atormenta. Más poco a poco entra el orden.
Primero se aquietan y fijan las cosas que caen en el centro de la visión, luego
las que ocupan los bordes. Este aquieta-miento y fijeza de los contornos
procede de nuestra atención que las ha ordenado, es decir, que ha tendido entre
ellas una red de relaciones. Una cosa no se puede fijar y confinar más que con
otras. Si seguimos atendiendo a un objeto este se irá fijando más porque iremos
hallando en él más reflejos y conexiones de las cosas circundantes. El ideal sería
hacer de cada cosa centro del universo.
34
Y esto es la profundidad de algo: lo que hay en ello de reflejo
de lo demás, de alusión a lo demás. El reflejo es la forma más sensible de
existencia virtual de una cosa en otra. El «sentido» de una cosa es la forma
suprema de su coexistencia con las demás, es su dimensión de profundidad. No,
no me basta con tener la materialidad de una cosa, necesito, además, conocer el
«sentido» que tiene, es decir, la sombra mística que sobre ella vierte el resto
del universo.
Preguntémonos por el sentido de las cosas, o, lo que es lo
mismo, hagamos, de cada una el centro virtual del mundo.
Pero ¿no es esto lo que hace el amor? Decir de un objeto que lo
amamos y decir que es para nosotros centro del universo, lugar donde se anudan
los hilos todos cuya trama es nuestra vida; nuestro mundo, ¿no son expresiones
equivalentes? ¡Ah! Sin duda, sin duda. La doctrina es vieja y venerable: Platón
ve en el «eros» un ímpetu que lleva a enlazar las cosas entre sí; es—dice—una
fuerza unitiva y es la pasión de la síntesis. Por esto, en su opinión, la
filosofía, que busca el sentido de las cosas, va inducida por el «eros». La
meditación es ejercicio erótico. El concepto, rito amoroso.
Un poco extraña parece, acaso, la aproximación de la
sensibilidad filosófica a esta inquietud muscular y este súbito hervor de la
sangre que experimentamos cuando una moza valiente pasa a nuestra vera hiriendo
el suelo con sus tacones. Extraña y equívoca y peligrosa, tanto para la
filosofía como para nuestro trato con la mujer. Pero, acaso, lleva razón
Nietzsche cuando nos envía su grito; ¡Vivid en peligro!
Dejemos la cuestión para otra coyuntura10. Ahora nos interesa
notar que si la impresión de una cosa nos da su materia, su carne, el concepto
contiene todo aquello que esa cosa es en relación con las demás, todo ese
superior tesoro con que queda enriquecido un objeto cuando entra a formar parte
de una estructura.
Lo que hay entre las cosas es el contenido del concepto. Ahora
bien: entre las cosas hay, por lo pronto, sus límites.
¿Nos hemos preguntado alguna vez dónde están los límites del
objeto? ¿Están en él mismo? Evidentemente, no. Si no existiera más que un
objeto aislado y señero, sería ilimitado. Un objeto acaba donde otro empieza.
¿Ocurrirá, entonces, que el límite de una cosa está en la otra? Tampoco, porque
esta otra necesita, a su vez, ser limitada por la primera. ¿Dónde, pues?
Hegel escribe que donde está el límite de una cosa no está esta
cosa. Según esto los límites son como nuevas cosas virtuales que se interpolan
e interyectan entre las materiales, naturalezas esquemáticas cuya misión
consiste en marcar los confines de los seres, aproximarlos para que convivan y
a la vez distanciarlos para que no se confundan y aniquilen. Esto es el
concepto: no más, pero tampoco menos. Merced a él las cosas se respetan
mutuamente y pueden venir a unión sin invadirse las unas a las otras.
10
10 Un amplio
desarrollo de estas relaciones entre el pensar, la atención y el amor, así como
de las distancias entre el amor y el impulso sexual, puede verse en el libro en
preparación La estética de «Myo Cid», capítulo VI: «Diálogo del amor a orillas
del Duero».
35
EL CONCEPTO
Conviene a todo el que ame honrada, profundamente la futura
España, suma claridad en este asunto de la misión que atañe al concepto. A
primera vista, es cierto, parece tal cuestión demasiado académica para hacer de
ella un menester nacional. Mas sin renunciar a la primera vista de una
cuestión, ¿por qué no hemos de aspirar a una segunda y a una tercera vista?
Sería, pues, oportuno que nos preguntásemos: cuando además de
estar viendo algo, tenemos su concepto, ¿qué nos proporciona este sobre aquella
visión? Cuando sobre el sentir el bosque en torno nuestro como un misterioso
abrazo, tenemos el concepto del bosque, ¿qué salimos ganando? Por lo pronto, se
nos presenta el concepto corno una repetición o reproducción de la cosa misma,
vaciada en una materia espectral. Pensamos en lo que los egipcios llamaban el
doble de cada ser, umbrátil duplicación del organismo. Comparado con la cosa
misma, el concepto no es más que un espectro .o menos aún que un espectro.
Por consiguiente, a nadie que esté en su juicio le puede ocurrir
cambiar su fortuna en cosas por una fortuna en espectros. El concepto no puede
ser como una nueva cosa sutil destinada a suplantar las cosas materiales. La
misión del concepto no estriba, pues, en desalojar la intuición, la impresión
real. La razón no puede, no tiene que aspirar a sustituir la vida.
Esta misma oposición, tan usada hoy por los que no quieren
trabajar, entre la razón y la vida es ya sospechosa. ¡Como si la razón no fuera
una función vital y espontánea del mismo linaje que el ver o el palpar!
Avancemos un poco más. Lo que da al concepto ese carácter
espectral es su contenido esquemático. De la cosa retiene el concepto meramente
el esquema. Ahora bien: en un esquema poseemos solo los límites de la cosa, la
caja lineal donde la materia, la sustancia real de la cosa queda inscrita. Y
estos límites, según se ha indicado, no significan más que la relación en que
un objeto se halla respecto de los demás. Si de un mosaico arrancamos uno de
sus trozos, nos queda el perfil de este en forma de hueco, limitado por los
trozos confinantes. Del mismo modo el concepto expresa el lugar ideal, el ideal
hueco que corresponde a cada cosa dentro del sistema de las realidades. Sin el
concepto, no sabríamos bien dónde empieza y dónde acaba una cosa; es decir, las
cosas como impresiones son fugaces, huideras, se nos van de entre las manos, no
las poseemos. Al atar el concepto unas con otras las fija y nos las entrega
prisioneras. Platón dice que las impresiones se nos escapan si no las ligamos
con la razón como, según la leyenda, las estatuas de Demetrios huían
nocturnamente de los jardines si no se las ataba.
Jamás nos dará el concepto lo que nos da la impresión, a saber:
la carne de las cosas. Pero esto no obedece a una insuficiencia del concepto,
sino a que el concepto no pretende tal oficio. Jamás nos dará la impresión lo
que nos da el concepto, a saber: la forma, el sentido físico y moral de las
cosas.
De suerte que, si devolvemos a la palabra percepción su valor
etimológico, donde se alude a coger, apresar, el concepto será el verdadero
instrumento u órgano de la percepción y apresamiento de las cosas.
36
Agota, pues, su misión y su esencia, con ser no una nueva cosa,
sino un órgano o aparato para la posesión de las cosas.
Muy lejos nos. sentimos hoy del dogma hegeliano, que hace del
pensamiento sustancia última de toda realidad. Es demasiado ancho el mundo y
demasiado rico para que asuma el pensamiento la responsabilidad de cuanto en él
ocurre. Pero al destronar la razón, cuidemos de ponerla en su lugar. No todo es
pensamiento, pero sin él no poseemos nada con plenitud.
Esta es la adehala que sobre la impresión nos ofrece el
concepto; cada concepto es literalmente un órgano con que captamos las cosas.
Solo la visión mediante el concepto es una visión completa; la sensación nos da
solo la materia difusa y plasmable de cada objeto; nos da la impresión de las
cosas, no las cosas.
11
CULTURA, SEGURIDAD
Solo cuando algo ha sido pensado, cae debajo de nuestro poder. Y
solo cuando están sometidas las cosas elementales, podemos adelantarnos hacia
las más complejas.
Toda progresión de dominio y aumento de territorios morales
supone la tranquila, definitiva posesión de otros donde nos apoyemos. Si nada
es seguro bajo nuestras plantas, fracasarán todas las conquistas superiores.
Por eso una cultura impresionista está condenada a no ser una
cultura progresiva. Vivirá de modo discontinuo, podrá ofrecer grandes figuras y
obras aisladas a lo largo del tiempo, pero todas retenidas en el mismo plano.
Cada genial impresionista vuelve a tomar el mundo de la nada, no allí donde
otro genial antecesor lo dejó.
¿No es esta la historia de la cultura española? Todo genio
español ha vuelto a partir del caos, como si nada hubiera sido antes. Es
innegable que a esto se debe el carácter bronco, originario, áspero de nuestros
grandes artistas y hombres de acción. Sería incomprensivo desdeñar esta virtud,
sería necio, tan necio como creer que con esa virtud basta, que esa virtud es
toda la virtud.
Nuestros grandes hombres se caracterizan por una psicología de
adanes. Goya es Adán, un primer hombre.
El espíritu de sus cuadros—cambiando la indumentaria y lo más
externo de la técnica—sería transferible al siglo X d. de J. C., y aun al siglo
X a. de J. C. Encerrado en la cueva de Altamira, Goya hubiera sido el pintor de
los uros o toros salvajes. Hombre sin edad, ni historia. Goya representa— como
acaso España—una forma paradójica de la cultura: la cultura salvaje, la cultura
sin ayer, sin progresión, sin seguridad; la cultura en perpetua lucha con lo
elemental, disputando todos los días la posesión del terreno que ocupan sus
plantas. En suma, cultura fronteriza11.
11 Véase en La
estética de «Myo Cid» la exposición de esta idea y un ensayo panorámico sobre
la cultura de España interpretada como cultura fronteriza.
37
No se dé a estas palabras ningún sentido estimativo. Yo no
pretendo decir ahora que la cultura española valga menos ni más que otra. No se
trata de avalorar, sino de comprender lo español. Desertemos de la vana
ocupación ditirámbica con que los eruditos han tratado los hechos españoles.
Ensayemos fórmulas de comprensión e inteligencia; no sentenciemos, no tasemos.
Solo así podrá llegar un día en que sea fecunda la afirmación de españolismo.
El caso Goya ilumina perfectamente lo que ahora intento decir.
Nuestra emoción—me refiero a la emoción de quien sea capaz de emociones
sinceras y hondas—es acaso fuerte y punzante ante sus lienzos, pero no es
segura. Un día nos arrebata en su frenético dinamismo, y otro día nos irrita
con su caprichosidad y falta de sentido. Es siempre problemático lo que vierte
el atroz aragonés en nuestros corazones.
Pudiera ocurrir que esta indocilidad fuera el síntoma de todo lo
definitivamente grande. Pudiera ocurrir todo lo contrario. Pero es un hecho que
los productos mejores de nuestra cultura contienen un equívoco, una peculiar
inseguridad.
En cambio, la preocupación que, como un nuevo temblor, comienza
a levantarse en los pechos de Grecia para extenderse luego sobre las gentes del
continente europeo, es la preocupación por la seguridad, la firmeza12. Cultura
—meditan, prueban, cantan, predican, sueñan los hombres de ojos negros en
Jonia, en Ática en Sicilia, en la magna Grecia—es lo firme frente a lo
vacilante, es lo fijo frente a lo huidero, es lo claro frente a lo oscuro.
Cultura no es la vida toda, sino solo el momento de seguridad, de firmeza, de
claridad. E inventan el concepto como instrumento, no para sustituir la
espontaneidad vital, sino para asegurarla.
12
LA LUZ COMO IMPERATIVO
Una vez reducida a su punto la misión del concepto, una, vez
manifiesto que no podrá nunca darnos la carne del universo, no corro el riesgo
de parecer demasiado intelectualista sí cerceno levemente lo dicho más arriba
sobre las varias suertes de claridad. Hay ciertamente una peculiar manera de
ser claras las superficies y otra de ser claro lo profundo. Hay claridad de
impresión y claridad de meditación.
Sin embargo, ya que se nos presenta la cuestión en tono de
polémica, ya que con la supuesta claridad latina se quiere negar la claridad
germánica, no puedo menos de confesar todo mi pensamiento.
Mi pensamiento— ¡y no solo mi pensamiento!—tiende a recoger en
una fuerte integración toda la herencia familiar. Mi alma es oriunda de padres
conocidos: yo no soy solo mediterráneo. No estoy dispuesto a confinarme en el
rincón ibero de mí mismo. Necesito toda la herencia para que mi corazón no se
sienta miserable. Toda la herencia y no solo el haz de áureos reflejos que
vierte el sol sobre la larga turquesa marina. Vuelcan mis pupilas dentro de mi
alma las visiones luminosas; pero del fondo de ella se levantan a la vez
enérgicas meditaciones. ¿Quién ha puesto en mi pecho estas
12 Platón, véase
Fedón, 100 D, 101 D.
38
reminiscencias sonoras, donde—como en un caracol—perviven las
voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas? ¿Por qué
el español se obstina en vivir anacrónicamente consigo mismo? ¿Por qué se
olvida de su herencia germánica? Sin ella—no hay duda—padecería un destino
equívoco. Detrás de las facciones mediterráneas parece esconderse el gesto
asiático o africano, y en este—en los ojos, en los labios asiáticos o
africanos—yace como solo adormecida la bestia infrahumana, presta a invadir la
entera fisonomía.
Y hay en mí una sustancial, cósmica aspiración a levantarme de
la fiera como de un lecho sangriento.
No me obliguéis a ser solo español si español solo significa
para vosotros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas
guerras civiles; no azucéis al ibero que va en mí con sus ásperas, hirsutas
pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental, que alienta en la
zona crepuscular de mi alma. Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores
y los empujo hacia una colaboración.
Para esto es necesario una jerarquía. Y entre las dos claridades
es menester que hagamos la una eminente.
Claridad significa tranquila posesión espiritual, dominio
suficiente de nuestra conciencia sobre las imágenes, un no padecer inquietud
ante la amenaza de que el objeto apresado nos huya.
Pues bien: esta claridad nos es dada por el concepto. Esta
claridad, esta seguridad, esta plenitud de posesión trasciende a nosotros de
las obras continentales y suelen faltar en el arte, en la ciencia, en la
política españolas. Toda labor de cultura es una
interpretación—esclarecimiento, explicación o exégesis—de la vida. La vida es
el texto eterno, la retama ardiendo al borde del camino donde Dios da sus
voces. La cultura—arte o ciencia o política—es el comentario, es aquel modo de
la vida en que, refractándose esta dentro de sí misma, adquiere pulimento y
ordenación. Por esto no puede nunca la obra de cultura conservar el carácter
problemático anejo a todo lo simplemente vital. Para dominar el indócil
torrente de la vida medita el sabio, tiembla el poeta y levanta la barbacana de
su voluntad el héroe político. ¡Bueno fuera que el producto de todas estas
solicitudes no llevara a más que a duplicar el problema del universo! No, no;
el hombre tiene una misión de claridad sobre la tierra. Esta misión no le ha sido
revelada por un Dios ni le es impuesta desde fuera por nadie ni por nada. La
lleva dentro de sí, es la raíz misma de su constitución. Dentro de su pecho se
levanta perpetuamente una inmensa ambición de claridad, como Goethe, haciéndose
un lugar en la hilera de las altas cimas humanas, cantaba:
Yo me declaro del linaje de esos que de lo oscuro hacia lo claro
aspiran.
Y a la hora de morir, en la plenitud de un día, cara a la
primavera inminente, lanza en un clamor postrero un último deseo, la última
saeta del viejo arquero ejemplar:
¡Luz, más luz!
Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida.
39
¿Cómo conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro
de la vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más. Nada menos.
Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se abre en nosotros
sobre una porción del mundo, tácita antes e invisible. El que os da una idea os
aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente exacta es
la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino a través o por medio
de los ojos; miramos con los conceptos13. Idea en Platón quería decir punto de
vista.
Por el contrario, la superfetación de lo problemático, de lo
oscuro de la vida hace de la religión una forma insuficiente de la cultura.
Frente a lo problemático de la vida la cultura representa el tesoro de los
principios. Podremos disputar sobre cuáles sean los principios suficientes para
resolver aquel problema; pero sean cualesquiera, tendrán que ser principios. Y
para poder ser algo principio tiene que comenzar por no ser a su vez problema.
Ahora bien: los principios religiosos son problemáticos en grado superior a la
vida misma que tratan de esclarecer y sustentar. Al fin y al cabo, la vida se
nos presenta como un problema; pero como un problema soluble, o, cuando menos,
no insoluble. La religión nos propone que lo expliquemos por medio de
misterios, es decir, de problemas formalmente insolubles. El misterio nos lleva
de lo oscuro a lo tenebroso. El misterio es la lujuria de la oscuridad.
13
INTEGRACIÓN
La obra de arte no tiene menos que las restantes formas del
espíritu, esta misión esclarecedora, si se quiere luciferina. Un estilo
artístico que no contenga la clave de la interpretación de sí mismo, que
consista en una mera reacción de una parte de la vida—el corazón individual—al
resto de ella producirá solo valores equívocos. Hay en los grandes estilos como
un ambiente estelar o de alta sierra en que la vida se refracta vencida y
superada, transida de claridad. El artista no se ha limitado a dar versos como
flores en marzo el almendro; se ha levantado sobre sí mismo, sobre su
espontaneidad vital; se ha cernido en majestuosos giros aguileños sobre su
propio corazón y la existencia en derredor. Al través de sus ritmos, de sus
armonías de color y de línea, de sus percepciones y sus sentimientos
descubrimos en él un fuerte poder de reflexión, de meditación. Bajo las formas
más diversas, todo grande estilo encierra un fulgor de mediodía y es serenidad
vertida sobre las borrascas.
Esto ha solido faltar en nuestras producciones castizas. Nos
encontramos ante ellas como ante la vida. ¡He ahí su grande virtud!, se dice.
¡He ahí su grave defecto!, respondo yo. Para vida, para espontaneidad, para
dolores y tinieblas me bastan con los míos, con los que ruedan por mis venas;
me basto yo con mi carne y mis huesos y la gota de fuego sin llama de mi
conciencia puesta sobre mi carne y sobre mis huesos. Ahora necesito claridad,
necesito sobre mi vida un amanecer. Y estas obras castizas son meramente una
ampliación de mi carne y de mis huesos y un horrible incendio que repite el de
mi ánimo. Son como yo, y yo voy buscando algo que sea más que yo, más seguro
que yo.
13 Véase el diálogo
Teetetos.
40
Representamos en el mapa moral de Europa el extremo predominio
de la impresión. El concepto no ha sido nunca nuestro elemento. No hay duda que
seríamos infieles a nuestro destino si abandonáramos la enérgica afirmación de
impresionismo yacente en nuestro pasado. Yo no propongo ningún abandono, sino
todo lo contrario: una integración.
Tradición castiza no puede significar, en su mejor sentido, otra
cosa que lugar de apoyo para las vacilaciones individuales, una tierra firme
para el espíritu. Esto es lo que no podrá nunca ser nuestra cultura si no
afirma y organiza su sensualismo en el cultivo de la meditación.
El caso del Quijote es, en este como en todo orden,
verdaderamente representativo. ¿Habrá un libro más profundo que esta humilde
novela de aire burlesco? Y, sin embargo, ¿qué es el Quijote? ¿Sabemos bien lo
que de la vida aspira a sugerirnos? Las breves iluminaciones que sobre él han
caído proceden de almas extranjeras: Schelling, Heine, Tufgueniev... Claridades
momentáneas e insuficientes. Para esos hombres era el Quijote una divina
curiosidad: no era, como para nosotros, el problema de su destino.
Seamos sinceros: el Quijote es un equívoco. Todos los ditirambos
de la elocuencia nacional no han servido de nada. Todas las rebuscas eruditas
en torno a la vida de Cervantes no han aclarado ni un rincón del colosal
equívoco. ¿Se burla Cervantes? ¿Y, de qué se burla? De lejos, solo en la
abierta llanada manchega la larga figura de Don Quijote se encorva como un
signo de interrogación: y es como un guardián del secreto español, del equívoco
de la cultura española. ¿De qué se burla este pobre alcabalero desde el fondo
de una cárcel? ¿Y qué cosa es burlarse? ¿Es burla forzosamente una negación?
No existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al
sentido universal de la vida sea tan grande, y, sin embargo, no existe libro
alguno en que hallemos menos anticipaciones, menos indicios para su propia
interpretación. Por esto, confrontado con Cervantes, parece Shakespeare un
ideólogo. Nunca falta en Shakespeare como un contrapunto reflexivo, una sutil
línea de conceptos en que la comprensión se apoya. Unas palabras de Hebbel, el
gran dramaturgo alemán del pasado siglo, aclaran lo que intento ahora expresar:
«Me he solido dar siempre cuenta en mis trabajos—dice—de un cierto fondo de
ideas: se me ha acusado de que partiendo de él formaba yo mis obras; pero esto
no es exacto. Ese fondo de ideas ha de entenderse como una cadena de montañas
que cerrara el paisaje.» Algo así creo yo que hay en Shakespeare: una línea de
conceptos puestos en el último plano de la inspiración como pauta delicadísima
donde nuestros ojos se orientan mientras atravesamos su fantástica selva de
poesía. Más o menos, Shakespeare se explica siempre a sí mismo.
¿Ocurre esto en Cervantes? ¿No es, acaso, lo que se quiere
indicar cuando se le llama realista, su retención dentro de las puras
impresiones y su apartamiento de toda fórmula general e ideológica? ¿No es, tal
vez, esto el don supremo de Cervantes?
Es, por lo menos, dudoso que haya otros libros españoles
verdaderamente profundos. Razón de más para que concentremos en el Quijote la
magna pregunta: Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio de
las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin,
bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es esta España,
este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental?
41
¿Dónde está—decidme—una palabra clara, una sola palabra radiante
que pueda satisfacer a un corazón honrado y a una mente delicada, una palabra
que alumbre el destino de España?
¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes
de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no
siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades
sobre su misión en la historia!
El individuo no puede orientarse en el universo sino a través de
su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.
14
PARÁBOLA
Cuenta Parry que en su viaje polar avanzó un día entero en
dirección Norte, haciendo galopar valientemente los perros de su trineo. A la
noche verificó las observaciones para determinar la altura a que se hallaba y,
con gran sorpresa, notó que se encontraba mucho más al Sur que de mañana.
Durante todo el día se había afanado hacia el Norte corriendo sobre un inmenso
témpano a quien una corriente oceánica arrastraba hacia el Sur.
15
LA CRITICA COMO PATRIOTISMO
Lo que hace problema a un problema es contener una contradicción
real. Nada, en mi opinión, nos importa hoy tanto como aguzar nuestra
sensibilidad para el problema de la cultura española, es decir, sentir a España
como una contradicción. Quien sea incapaz de esto, quien no perciba el equívoco
subterráneo sobre que pisan nuestras plantas, nos servirá de muy poco.
Conviene que nuestra meditación penetre hasta la última capa de
conciencia étnica, que someta a análisis sus últimos tejidos, que revise todos
los supuestos nacionales sin aceptar supersticiosamente ninguno.
Dicen que toda la sangre puramente griega que queda hoy en el
mundo, cabría en un vaso de vino. ¿Cuán difícil no será encontrar una gota de
pura sangre helénica? Pues bien, yo creo que es mucho más difícil encontrar ni
hoy ni en otro tiempo verdaderos españoles. De ninguna especie existen acaso
ejemplares menos numerosos.
Hay, es cierto, quienes piensan de otra suerte. Nace la
discrepancia de que, usada tan a menudo, la palabra español corre el riesgo de
no ser entendida en toda su dignidad. Olvidamos que es, en definitiva, cada
raza un ensayo de una nueva manera de vivir, de una nueva sensibilidad. Cuando
la raza consigue desenvolver plenamente sus energías peculiares, el orbe se
enriquece de un modo incalculable; la nueva sensibilidad suscita nuevos usos e
instituciones, nueva arquitectura y nueva poesía, nuevas ciencias y nuevas
aspiraciones, nuevos sentimientos y nueva religión. Por el contrario, cuando
una raza fracasa, toda esta posible novedad y aumento quedan irremediablemente
nonatos porque la sensibilidad que los crea es intransferible. Un pueblo es un
estilo de vida, y, como tal,
42
consiste en cierta modulación simple y diferencial que va
organizando la materia en torno. Causas exteriores desvían a lo mejor de su
ideal trayectoria este movimiento de organización creadora en que se va
desarrollando el estilo de un pueblo y el resultado es el más monstruoso y
lamentable que cabe imaginar. Cada paso de avance en ese proceso de desviación
soterra y oprime más la intención original, la va envolviendo en una costra
muerta de productos fracasados, torpes, insuficientes. Cada día es ese pueblo
menos lo que tenía que haber sido.
Como este es el caso de España, tiene que parecemos perverso un
patriotismo sin perspectiva, sin jerarquías, que acepta como español cuanto ha
tenido a bien producirse en nuestras tierras, confundiendo las más ineptas
degeneraciones con lo que es a España esencial.
¿No es un cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de
descamado vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición!
La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el
aniquilamiento progresivo de la posibilidad España. No, no podemos seguir la
tradición. Español significa para mí una altísima promesa que solo en casos de
extrema rareza ha sido cumplida. No, no podemos seguir la tradición; todo lo
contrario; tenemos que ir contra la tradición, más allá de la tradición. De
entre los escombros tradicionales, nos urge salvar la primaria sustancia de la
raza, el módulo hispánico, aquel simple temblor español ante el caos. Lo que
suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso. En un
grande, doloroso incendio habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional,
la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos
como una gema iridiscente, la España que pudo ser.
Para ello será necesario que nos libertemos de la superstición
del pasado, que no nos dejemos seducir por él como si España estuviese inscrita
en su pretérito. Los marinos mediterráneos averiguaron que solo un medio había
para salvarse del canto mortal que hacen las sirenas y era cantarlo del revés.
Así los que amen hoy las posibilidades españolas tienen que cantar a la inversa
la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella
media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus
puros e intensos latidos.
Una de estas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la
mayor. He aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión
podemos blandir como si fuera una lanza. ¡Ah! Si supiéramos con evidencia en
qué consiste el estilo de Cervantes, La manera cervantina de acercarse a las
cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en estas cimas espirituales reina
inquebrantable solidaridad y un estilo poético lleva consigo una filosofía y
una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos
descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos
sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a nueva
vida. Entonces, si hay entre nosotros coraje y genio, cabría hacer con toda
pureza el nuevo ensayo español.
Más en tanto que ese alguien llega, contentémonos con vagas
indicaciones, más fervorosas que exactas, procurando mantenernos a una
distancia respetuosa de la intimidad del gran novelista; no vaya a ser que por
acercarnos demasiado digamos alguna cosa poco delicada o extravagante. Tal
aconteció en mi entender al más famoso maestro de literatura española, cuando
hace no muchos años pretendió resumir a Cervantes diciendo que su
característica era… el buen sentido. Nada hay tan peligroso como tomarse estas confianzas
con un semidiós, aunque este sea un semidiós alcabalero.
43
*
Tales fueron los pensamientos de una tarde de primavera en el
boscaje que ciñe el monasterio de El Escorial, nuestra gran piedra lírica.
Ellos me llevaron a la resolución de escribir estos ensayos sobre el Quijote.
El azul crepuscular había inundado todo el paisaje. Las voces de
los pájaros yacían dormidas en sus menudas gargantas. Al alejarme de las aguas
que corrían, entré en una zona de absoluto silencio. Y mi corazón salió
entonces del fondo de las cosas como un actor se adelanta en la escena para
decir las últimas palabras dramáticas. Paf... paf... Comenzó el rítmico
martilleo y por él se filtró en mi ánimo una emoción telúrica. En lo alto, un
lucero latía al mismo compás, como si fuera un corazón sideral, hermano gemelo
del mío y como el mío lleno de asombro y de ternura por lo maravilloso que es
el mundo.
44
MEDITACIÓN PRIMERA
BREVE TRATADO DE LA NOVELA
45
Vamos, primero, a pensar un poco sobre lo que parece más externo
del Quijote. Se dice de él que es una novela; se añade, acaso con razón, que es
la primera novela en el orden del tiempo y del valor. No pocas de las
satisfacciones que halla en su lectura el lector contemporáneo proceden de lo
que hay en el Quijote común con un género de obras literarias, predilecto de
nuestro tiempo. Al resbalar la mirada por las viejas páginas, encuentra un tono
de modernidad que aproxima certeramente el libro venerable a nuestros
corazones: lo sentimos, de nuestra más profunda sensibilidad, por lo menos tan
cerca como a Balzac, Dickens, Flaubert, Dostoyevsky, labradores de la novela
contemporánea.
Pero, ¿qué es una novela?
Acaso anda fuera de la moda disertar sobre la esencia de los
géneros literarios. Tiénese el asunto por retórico. Hay quien niega hasta la
existencia de géneros literarios.
No obstante, nosotros, fugitivos de las modas y resueltos a
vivir entre gentes apresuradas con una calma faraónica, vamos a preguntarnos:
¿qué es una novela?
1
GÉNEROS LITERARIOS
La antigua poética entendía por géneros literarios ciertas
reglas de creación a que el poeta había de ¿justarse, vacíos esquemas,
estructuras formales dentro de quienes la musa, como una abeja dócil, deponía
su miel. En este sentido no hablo yo de géneros literarios. La forma y el fondo
son inseparables y el fondo poético fluye libérrimamente sin que quepa
imponerle normas abstractas.
Pero, no obstante, hay que distinguir entre fondo y forma: no
son una misma cosa. Flaubert decía: la forma sale del fondo como el calor del
fuego. La metáfora es exacta. Más exacto aún sería decir que la forma es el
órgano y el fondo la función que lo va creando. Pues bien: los géneros
literarios son las funciones poéticas, direcciones en que gravita la generación
estética.
La propensión moderna a negar la distinción entre el fondo o
tema y la forma o aparato expresivo de aquel, me parece tan trivial como su
escolástica separación. Se trata, en realidad, de la misma diferencia que
existe entre una dirección y un camino. Tomar una dirección no es lo mismo que
haber caminado hasta la meta que nos propusimos. La piedra que se lanza lleva
en sí predispuesta la curva de su aérea excursión. Esta curva viene a ser como
la explicación, desarrollo y cumplimiento del impulso original.
Así es la tragedia la expansión de un cierto tema poético
fundamental y solo de él, es la expansión de lo trágico. Hay, pues, en la forma
lo mismo que había en el fondo, pero en aquella está manifiesto, articulado,
desenvuelto lo que en este se hallaba con el carácter de tendencia o pura
intención. De aquí proviene la inseparabilidad entre ambos, como que son dos
momentos distintos de una misma cosa.
Entiendo, pues, por géneros literarios, a la inversa que la
poética antigua, ciertos temas radicales, irreductibles entre sí, verdaderas
categorías estéticas. La epopeya, por ejemplo, no es el nombre de una forma
poética, sino de un fondo poético sustantivo que en el progreso de su expansión
o
46
manifestación llega a la plenitud. La lírica no es un idioma
convencional al que puede traducirse lo ya dicho en idioma dramático o
novelesco, sino, a la vez, una cierta cosa a decir y la manera única de decirlo
plenamente.
De uno u otro modo, es siempre el hombre el tema esencial del
arte. Y los géneros entendidos como temas estéticos irreductibles entre sí,
igualmente necesarios y últimos, son amplias vistas que se toman sobre las
vertientes cardinales de lo humano. Cada época trae consigo una interpretación
radical del hombre. Mejor dicho, no la trae consigo, sino que cada época es
eso. Por esto, cada época prefiere un determinado género.
2
NOVELAS EJEMPLARES
Durante la segunda mitad del siglo XIX, las gentes de Europa se
satisfacían leyendo novelas.
No hay duda de que cuando el transcurso del tiempo haya cribado
bien los hechos innumerables que compusieron esa época, quedará como un
fenómeno ejemplar y representativo el triunfo de la novela.
Sin embargo, ¿es asunto claro qué deba entenderse en la palabra
novela? Cervantes llamó «Novelas ejemplares» a ciertas producciones menores
suyas. ¿No ofrece dificultades la comprensión de este título?
Lo de «ejemplares» no es tan extraño: esa sospecha de moralidad
que el más profano de nuestros escritores vierte sobre sus cuentos, pertenece a
la heroica hipocresía ejercida por los hombres superiores del siglo XVII. Este
siglo en que rinde sus cosechas áureas la gran siembra espiritual del
Renacimiento, no halla empacho en aceptar la Contrarreforma y acude a los
colegios de jesuitas. Es el siglo en que Galileo, después de instaurar la nueva
física, no encuentra inconveniente en desdecirse cuando la iglesia romana le
impone su áspera mano dogmática. Es el siglo en que Descartes, apenas descubre
el principio de su método, que va a hacer de la teología ancilla philosophiae,
corre a Loreto para agradecer a nuestra Señora la ventura de tal
descubrimiento. Este siglo de católicos triunfos no es tan mala sazón que no
puedan llegar, por vez primera, a levantarse en él los grandes sistemas
racionalistas, formidables barbacanas erectas contra la fe. Vaya este recuerdo
para los que, con envidiable simplismo, cargan sobre la Inquisición toda la
culpa de que España no haya sido más meditabunda.
Pero volvamos al título de novelas que da Cervantes a su
colección. Yo hallo en esta dos series muy distintas de composiciones, sin que
sea decir que no interviene en la una algo del espíritu de la otra. Lo
importante es que prevalezca inequívocamente una intención artística distinta
en ambas series, que gravite en ellas hacia diversos centros la generación
poética. ¿Cómo es posible introducir dentro de un mismo género El amante
liberal., La española inglesa, La fuerza de la sangre, Las dos doncellas, de un
lado, y Rinconete y El celoso extremeño, de otro? Marquemos en pocas palabras
la diferencia: en la primera serie nos son referidos casos de amor y fortuna.
Son hijos que, arrancados al árbol familiar, quedan sometidos a imprevistas
andanzas; son mancebos que, arrebatados por un vendaval erótico, cruzan
vertiginosos el horizonte como astros errantes y encendidos; son damiselas
transidas y andariegas, que
47
dan hondos suspiros en los cuartos de las ventas y hablan en
compás ciceroniano de su virginidad maltrecha. A lo mejor, en una de tales
ventas vienen a anudarse tres o cuatro de estos hilos incandescentes tendidos
por el azar y la pasión entre otras tantas parejas de corazones: con grande
estupor del ambiente venteril sobrevienen entonces las más extraordinarias
anagnórisis y coincidencias. Todo lo que en estas novelas se nos cuenta es
inverosímil y el interés que su lectura nos proporciona nace de su inverosimilitud
misma. El Persiles, que es como una larga novela ejemplar de este tipo, nos
garantiza que Cervantes quiso la inverosimilitud como tal inverosimilitud. Y el
hecho de que cerrara con este libro su ciclo de creación, nos invita a no
simplificar demasiado las cosas.
Ello es que los temas referidos por Cervantes, en parte de sus
novelas, son los mismos venerables temas inventados por la imaginación aria,
muchos, muchos siglos hace. Tantos siglos hace, que los hallaremos preformados
en los mitos originales de Grecia y del Asia occidental. ¿Creéis que debemos
llamar «novela» al género literario que comprende esta primera serie
cervantina? No hay inconveniente; pero haciendo constar que este género
literario consiste en la narración de sucesos inverosímiles, inventados, irreales.
Cosa bien distinta parece intentada en la otra serie de que
podemos hacer representante a Rinconete y Cortadillo. Aquí apenas si pasa nada;
nuestros ánimos no se sienten solicitados por dinámicos apasionamientos ni se
apresuran de un párrafo al siguiente para descubrir el sesgo que toman los
asuntos. Si se avanza un paso es con el fin de tomar nuevo descanso y extender
la mirada en derredor. Ahora se busca una serie de visiones estáticas y
minuciosas. Los personajes y los actos de ellos andan tan lejos de ser
insólitos e increíbles que ni siquiera llegan a ser interesantes. No se me diga
que los mozalbetes picaros Rincón y Cortado; que las revueltas damas Gananciosa
y Cariharta; que el rufián Repelido, etc., poseen en sí mismos atractivo
alguno. Al ir leyendo, con efecto, nos percatamos de que no son ellos, sino la
representación que el autor nos da de ellos, quien logra interesarnos. Más aún:
si no nos fueran indiferentes de puro conocidos y usuales, la obra conduciría
nuestra emoción estética por muy otros caminos. La insignificancia, la
indiferencia, la verosimilitud de estas criaturas, son aquí esenciales.
El contraste con la intención artística que manifiesta la serie
anterior no puede ser más grande. Allí eran los personajes mismos y sus
andanzas mismas motivo de la fruición estética: el escritor podía reducir al
mínimo su intervención. Aquí, por el contrario, solo nos interesa el modo como
el autor deja reflejarse en su retina las vulgares fisonomías de que nos habla.
No faltó a Cervantes clara conciencia de esta diversidad cuando escribe en el
Coloquio de los perros:
«Quiérete advertir de una cosa, de la cual verás la experiencia
cuando te cuente los sucesos de mi vida, y es que los cuentos, unos encierran y
tienen la gracia en ellos mismos; otros, en el modo de contarlos; quiero decir,
que algunos hay que, aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras,
dan contento; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con
demostraciones del rostro y de las manos, y con mudar la voz se hacen algo de
nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos.»
¿Qué es, pues, novela?
48
3
ÉPICA
Una cosa es, por lo pronto, muy clara: lo que el lector de la
pasada centuria buscaba tras el título «novela» no tiene nada que ver con lo
que la edad antigua buscaba en la épica. Hacer de esta derivarse aquella, es
cerrarnos el camino para comprender las vicisitudes del género novelesco, dado
que por tal entendemos principalmente la evolución literaria, que vino a
madurar en la novela del siglo XIX.
Novela y épica son justamente lo contrario. El tema de la épica
es el pasado como tal pasado: háblasenos en ella de un mundo que fue y
concluyó, de una edad mítica cuya antigüedad no es del mismo modo un pretérito
que lo es cualquier tiempo histórico remoto. Cierto que la piedad local fue
tendiendo unos hilos tenues entre los hombres y dioses homéricos y los
ciudadanos del presente; pero esta red de tradiciones genealógicas no logra
hacer viable la distancia absoluta que existe entre el ayer mítico y el hoy
real. Por muchos ayer reales que interpolemos, el orbe habitado por los Aquiles
y los Agamenón no tiene comunicación con nuestra existencia y no podemos llegar
a ellos paso a paso, desandando el camino hacia atrás que el tiempo abrió hacia
adelante. El pasado épico no es nuestro pasado. Nuestro pasado no repugna que
lo consideremos como habiendo sido presente alguna vez. Mas el pasado épico
huye de todo presente, y cuando queremos con la reminiscencia llegarnos hasta
él, se aleja de nosotros galopando como los caballos de Diomedes, y mantiene
una eterna, idéntica distancia. No es, no, el pasado del recuerdo, sino un
pasado ideal.
Si el poeta pide a la Mneme, a la Memoria, que le haga saber los
dolores aqueos, no acude a su memoria subjetiva, sino a una fuerza cósmica de
recordar que supone latiendo en el universo. La Mneme no es la reminiscencia
del individuo, sino un poder elemental.
Esta esencial lejanía de lo legendario libra a los objetos
épicos de la corrupción. La misma causa que nos impide acercarlos demasiado a
nosotros y proporcionarles una excesiva juventud—la de lo presente—, conserva
sus cuerpos inmunes a la obra de la vejez. Y el eterno frescor y la sobria
fragancia perenne de los cantos homéricos, más bien que una tenaz juventud,
significan la incapacidad de envejecer. Porque la vejez no lo sería si se
detuviera. Las cosas se hacen viejas porque cada hora, al transcurrir, las
aleja más de nosotros, y esto indefinidamente. Lo viejo es cada vez más viejo.
Aquiles, empero, está a igual distancia de nosotros que de Platón.
4
POESÍA DEL PASADO
Conviene hacer almoneda de los juicios que mereció Homero a la
filología de hace cien años. Homero no es la ingenuidad, ni es un temperamento
de alborada. Nadie ignora hoy que la Iliada, por lo menos nuestra Iliada, no ha
sido nunca en tendida por el pueblo. Es decir, que fue desde luego una obra
arcaizante. El rapsoda compone en un lenguaje convencional que le sonaba a él
mismo como algo viejo, sacramental y rudo. Las costumbres que presta a los
personajes son también de vetusta aspereza.
49
¿Quién lo diría? ¡Homero, un arcaizante: la infancia de la
poesía consistiendo en una ficción arqueológica! ¿Quién lo diría? Y no se trata
meramente de que en la épica haya arcaísmo, sino de que la épica es arcaísmo, y
esencialmente no es sino arcaísmo. El tema de la épica es el pasado ideal, la
absoluta antigüedad, decíamos. Ahora añadimos que el arcaísmo es la forma
literaria de la épica, el instrumento de poetización.
Esto me parece de una importancia suma para que veamos claro el
sentido de la novela. Después de Homero fueron necesarios a Grecia muchos
siglos hasta aceptar lo actual como posibilidad poética. En rigor no lo aceptó
nunca ex abundantia cordis. Poético estrictamente era para Grecia solo lo
antiguo, mejor aún, lo primario en el orden del tiempo. No lo antiguo del
romanticismo, que se parece demasiado a lo antiguo de los chamarileros y ejerce
una atracción morbosa, suscitando pervertidas complacencias por lo que tiene de
ruinoso, de carcomido, de fermentado, de caduco. Todas estas cosas moribundas
contienen solo una belleza refleja, y no son ellas, sino las nubes de emoción
que su aspecto en nosotros levanta fuente de poesía. Mas para el griego fue
belleza un atributo íntimo de las cosas esenciales: lo accidental y momentáneo
le parecía exento de ella. Tuvieron un sentido racionalista de la estética14
que les impedía separar el valor poético de la dignidad metafísica. Bello
juzgaban lo que contiene en sí el origen y la norma, la causa y el módulo de
los fenómenos. Y este universo cerrado del mito épico está compuesto
exclusivamente de objetos esenciales y ejemplares que fueron realidad cuando
este mundo nuestro no había comenzado aún a existir.
Del orbe épico al que nos rodea no había comunicación, compuerta
ni resquicio. Toda esta vida nuestra con su hoy y con su ayer pertenece a una
segunda etapa de la vida cósmica. Formamos parte de una realidad sucedánea y
decaída: los hombres que nos rodean no lo son en el mismo sentido que Ulises y
Héctor. Hasta el punto que no sabemos bien si Ulises y Héctor son hombres o son
dioses. Los dioses estaban entonces más al nivel de los hombres, porque estos
eran divinos. ¿Dónde acaba el dios y empieza el hombre para Homero? El problema
revela la decadencia de nuestro mundo. Las figuras épicas corresponden a una
fauna desaparecida, cuyo carácter es precisamente la indiferencia entre el dios
y el hombre, por lo menos la contigüidad entre ambas especies. De aquel se
llega a este, sin más peldaño que el desliz de una diosa o la brama de un dios.
En suma, para los griegos son plenamente poéticas solo las cosas
que fueron primero, no por ser antiguas, sino por ser las más antiguas, por
contener en sí los principios y las causas15. El stock de mitos que constituían
a la vez la religión, la física y la historia tradicionales, encierra todo el
material poético del arte griego en su buena época. El poeta tiene que partir
de él, y dentro de él moverse, aunque sea—como los trágicos—para modificarlo.
No cabe en la mente de estos hombres que pueda inventarse un objeto poético,
como no cabría en la nuestra que se fantaseara una ley mecánica. Con esto queda
marcada la limitación de la épica y del arte griego en general, ya que hasta su
hora de decadencia no logra este desprenderse del útero mítico.
14 El concepto de
proporción, de medida que acude siempre al labio heleno cuando habla de arte,
ostenta bien a la vista su musculatura matemática.
15 «Se creía que lo
más sagrado es lo inmemorial, lo antiquísimo», dice Aristóteles refiriéndose al
pensamiento mítico. Metafísica, 983 b
33.
50
Homero cree que las cosas acontecieron como sus hexámetros nos
refieren: el auditorio lo creía también.
Más aún: Homero no pretende contar nada nuevo. Lo que él cuenta
lo sabe ya el público y Homero sabe que lo sabe. Su operación no es propiamente
creadora y huye de sorprender al que escucha. Se trata simplemente de una labor
artística, más aún que poética, de una virtuosidad técnica. Yo no encuentro en
la historia del arte otra intención más parecida a la que llevaba el rapsoda,
que la resplandeciente en la puerta del baptisterio florentino labrada por
Ghiberti. No son los objetos representados lo que a este preocupa, sino que va
movido por un loco placer de representar, de transcribir en bronce figuras de
hombres, de animales, de árboles, de rocas, de frutos.
Así Homero. La mansa fluencia de la épica ribera, la calma
rítmica con que por igual se atiende a lo grande y lo pequeño sería absurda si
imaginásemos al poeta preocupado en la invención de su argumento. El tema
poético existe previamente de una vez para siempre: se trata solo de
actualizarlo en los corazones, de traerlo a plenitud de presencia. Por eso no
hay absurdo en dedicar cuatro versos a la muerte de un héroe, y no menos que
dos al cerrar de una puerta. El ama de Telémaco
salió del aposento; del anillo dé plata tirando,
tras sí cerró la puerta, y afianzó en la correa el cerrojo.
5
EL RAPSODA
Los tópicos estéticos de nuestra época pueden ser causa de que
interpretemos mal esta fruición que en hacer ver los objetos bellos del
pretérito sentía el quieto y el dulce ciego de Jonia. Puede ocurrírsenos, con
efecto, llamarla realismo. ¡Terrible, incómoda palabra! ¿Qué haría con ella un
griego si la deslizáramos en su alma? Para nosotros real es lo sensible, lo que
ojos y oídos nos van volcando dentro: hemos sido educados por una edad
rencorosa que había laminado el universo y hecho de él una superficie, una pura
apariencia. Cuando buscamos la realidad buscamos las apariencias. Mas el griego
entendía por realidad todo lo contrario: real es lo esencial, lo profundo y
latente; no la apariencia, sino las fuentes vivas de toda la apariencia.
Plotino no pudo nunca determinarse a que le hicieran un retrato, porque era
esto, según él, legar al mundo la sombra de una sombra. El poeta épico, con la
batuta en la mano, se alza en medio de nosotros, su faz ciega se orienta
vagamente hacia donde se derrama una mayor luminosidad; el sol es para él una
mano de padre que palpa en la noche las mejillas de un hijo; su cuerpo ha
aprendido la torsión del heliotropo y aspira a coincidir con la amplia caricia
que pasa. Sus labios se estremecen un poco, como las cuerdas de un instrumento
que alguien templa. ¿Cuál es su afán? Quisiera ponernos bien claras delante las
cosas que pasaron. Comienza a hablar. Pero no; esto no es hablar, es recitar.
Las palabras vienen sometidas a una disciplina, y parecen desintegradas de la
existencia trivial que llevaban en el hablar ordinario. Como un aparato de
ascensión, el hexámetro mantiene suspensos en un aire imaginario los vocablos e
impide que con los pies toquen en la tierra. Esto es simbólico. Esto es lo que
quiere el rapsoda: arrancarnos de la realidad cuotidiana. Las frases son
rituales, los giros solemnes y un poco
51
hieratizados, la gramática milenaria. De lo actual torna solo la
flor: de cuando en cuando una comparación extraída de los fenómenos cardinales,
siempre idénticos, del cosmos—el mar, el viento, las fieras, las aves—, inyecta
en el bloque arcaico la savia de actualidad estrictamente necesaria para que el
pasado, como tal pasado, se posesione de nosotros y desaloje el presente.
Tal es el ejercicio del rapsoda, tal su papel en el edificio de
la obra épica. A diferencia del poeta moderno, no vive aquejado por el ansia de
originalidad. Sabe que su canto no es suyo solo. La conciencia étnica,
forjadora del mito, ha cumplido antes que él naciera el trabajo principal; ha
creado los objetos bellos. Su papel queda reducido a la escrupulosidad de un
artífice.
6
HELENA Y MADAME BOVARY
Yo no comprendo cómo un español, maestro de griego, ha podido
decir que facilita la inteligencia de la Ilíada imaginar la lucha entre los
mozos de dos pueblos castellanos por el dominio de una garrida aldeana.
Comprendo que a propósito de Madame Bovary se nos indicara que dirigiésemos
nuestra atención hacia el tipo de una provinciana practicante del adulterio.
Esto sería oportuno; el novelista consume su tarea cuando ha logrado
presentarnos en concreto lo que en abstracto conocíamos ya16. Al cerrar el libro,
decimos: «Así son, en efecto, las provincianas adúlteras. Y estos comicios
agrícolas son, en verdad, unos comicios agrícolas». Con tal resultado hemos
satisfecho al novelista. Pero leyendo la Ilíada no se nos ocurre congratular a
Homero, porque su Aquiles es efectivamente un buen Aquiles, un perfecto
Aquiles, y una Helena inconfundible su Helena. Las figuras épicas no son
representantes de tipos, sino criaturas únicas. Solo un Aquiles ha existido y
una sola Helena; solo una guerra al margen del Scamandros. Si en la distraída
mujer de Menelao creyéramos ver una moza cualquiera, requerida de amores
enemigos, Homero habría fracasado. Porque su misión era muy circunscrita—no
libre como la de Ghiberti o Flaubert—, nos ha de hacer ver esta Helena y este
Aquiles, los cuales, por ventura, no se parecen a los humanos que solemos
hallar por los trivios.
La épica es primero invención de seres únicos, de naturalezas
«heroicas»: la centenaria fantasía popular se encarga de esta primera
operación. La épica es luego realización, evocación plena de aquellos seres:
esta es la faena del rapsoda.
Con este largo rodeo hemos ganado, creo yo, alguna claridad,
desde la cual nos sea patente el sentido de la novela. Porque en ella
encontramos la contraposición al género épico. Si el tema de este es el pasado,
como tal pasado, el de la novela es la actualidad como tal actualidad. Si las
figuras épicas son inventadas, si son naturalezas únicas e incomparables, que
por sí mismas tienen valor poético, los personajes de la novela son típicos y
extrapoéticos; tómanse, no del mito, que es ya un elemento o atmósfera estética
y creadora, sino de la calle, del mundo físico, del contorno real vivido por el
autor y por el lector. Una tercera claridad hemos logrado: el arte literario no
es toda la poesía, sino solo una actividad poética secundaria. El arte es la
técnica, es el mecanismo de realización. Este mecanismo podrá y deberá en
ocasiones ser realista; pero no forzosamente y en todos los casos. La apetencia
de
16 «Ma pauvre Bovary
sans doute souffre et pleure dans vingt villages de France á la fois, á cette
heure méme.» Flaubert: Correspondance, II, 284.
52
realismo, característica de nuestro tiempo, no puede levantarse
al rango de una norma. Nosotros queremos la ilusión de la apariencia, pero
otras edades han tenido otras predilecciones. Presumir que la especie humana ha
querido y querrá siempre lo mismo que nosotros, sería una vanidad. No;
dilatemos bien a lo ancho nuestro corazón para que coja en él todo aquello
humano que nos es ajeno. Prefiramos sobre la tierra una indócil diversidad a
una monótona coincidencia.
7
EL MITO, FERMENTO DE LA HISTORIA
La perspectiva épica que consiste, según hemos visto, en mirar
los sucesos del mundo desde ciertos mitos cardinales, como desde cimas
supremas, no muere con Grecia. Llega hasta nosotros. No morirá nunca. Cuando
las gentes dejan de creer en la realidad cosmogónica e histórica de sus
narraciones ha pasado, es cierto, el buen tiempo de la raza helénica. Mas
descargados los motivos épicos, las simientes míticas de todo valor dogmático
no solo perduran como espléndidos fantasmas insustituibles, sino que ganan en
agilidad y poder plástico. Hacinados en la memoria literaria, escondidos en el
subsuelo de la reminiscencia popular, constituyen una levadura poética de
incalculable energía. Acercad la historia verídica de un rey, de Antíoco, por
ejemplo, o de Alejandro a estas materias incandescentes. La historia verídica
comenzará a arder por los cuatro costados: lo normal y consuetudinario que en
ella había perecerá indefectiblemente consumido. Después del incendio os
quedará ante los ojos atónitos, refulgiendo como un diamante, la historia
maravillosa de un mágico Apolonio17, de un milagroso Alejandro. Esta historia
maravillosa, claro es que no es historia: se la ha llamado novela. De este modo
ha podido hablarse de la novela griega.
Ahora resulta patente el equívoco que en esta palabra existe. La
novela griega no es más que historia corrompida, divinamente corrompida por el
mito, o bien, como el viaje al país de los Arímaspes, geografía fantástica,
recuerdos de viajes que el mito ha descoyuntado y luego, a su sabor,
recompuesto.
Al mismo género pertenece toda la literatura de imaginación,
todo eso que se llama cuento, balada, leyenda y libros de caballerías. Siempre
se trata de un cierto material histórico que el mito ha dislocado y
reabsorbido.
No se olvide que el mito es el representante de un mundo
distinto del nuestro. Si el nuestro es el real, el mundo mítico nos parecerá
irreal. De todos modos, lo que en uno es posible es imposible en el otro; la
mecánica de nuestro sistema planetario no rige en el sistema mítico. La
reabsorción de un acontecimiento sublunar por un mito consiste, pues, en hacer
de él una imposibilidad física e histórica. Consérvase la materia terrenal,
pero es sometida a un régimen tan diverso del vigente en nuestro cosmos que
para nosotros equivale a la falta de todo régimen.
Esta literatura de imaginación prolongará sobre la humanidad
hasta el fin de los tiempos el influjo bienhechor de la épica, que fue su
madre. Ella duplicará el universo, ella nos traerá a menudo nuevas de un orbe
deleitable, donde, si no continúan habitando los dioses de Homero, gobiernan
sus
17 La figura de
Apolonio está hecha con material de la historia de Antíoco.
53
legítimos sucesores. Los dioses significan una dinastía, bajo la
cual lo imposible es posible. Donde ellos reinan, lo normal no existe; emana de
su trono omnímodo desorden. La constitución que han jurado tiene un solo
artículo: Se permite la aventura.
8
LIBROS DE CABALLERÍAS
Cuando la visión del mundo que el mito proporciona es derrocada
del imperio sobre las ánimas por su hermana enemiga la ciencia, pierde la épica
su empaque religioso y toma a campo traviesa en busca de aventuras. Caballerías
quiere decir aventuras: los libros de caballerías fueron el último grande
retoñar del viejo tronco épico. El último hasta ahora, no simplemente el
último.
El libro de caballerías conserva los caracteres épicos, salvo la
creencia en la realidad de lo contado18. También en él se dan por antiguos, de
una ideal antigüedad, los sucesos referidos. El tiempo del rey Artus, como el
tiempo de Maricastaña, son telones de un pretérito convencional que penden
vaga, indecisamente sobre la cronología.
Aparte los discreteos de algunos diálogos, el instrumento
poético en el libro de caballerías es, como en la épica, la narración. Yo tengo
que discrepar de la opinión recibida que hace de la narración el instrumento de
la novela. Se explica esta opinión por no haber contrapuesto los dos géneros
bajo tal nombre confundidos. El libro de imaginación narra; pero la novela
describe. La narración es la forma en que existe para nosotros el pasado, y
solo cabe narrar lo que pasó, es decir, lo que ya no es. Se describe, en
cambio, lo actual. La épica gozaba, según es sabido, de un pretérito ideal—como
el pasado que refiere—que ha recibido en las gramáticas el nombre de aoristo
épico o gnómico.
Por otra parte, en la novela nos interesa la descripción,
precisamente porque, en rigor, no nos interesa lo descrito. Desatendemos a los
objetos que se nos ponen delante para atender a la manera como nos son
presentados. Ni Sancho, ni el cura, ni el barbero, ni el caballero del Verde
Gabán, ni madame Bovary, ni su marido, ni el majadero de Homais son
interesantes. No daríamos dos reales por verlos a ellos. En cambio, nos
desprenderíamos de un reino en pago a la fruición de verlos captados dentro de
los dos libros famosos. Yo no comprendo cómo ha pasado esto desapercibido a los
que piensan sobre cosas estéticas. Lo que, faltos de piedad, solemos llamar
lata, es todo un género literario, bien que fracasado. La lata consiste en una
narración de algo que no nos interesa19. La narración tiene que justificarse
por su asunto, y será tanto mejor cuanto más somera, cuanto menos se interponga
entre lo acontecido y nosotros.
De modo que el autor del libro de caballerías, a diferencia del
novelista, hace gravitar toda su energía poética hacia la invención de sucesos
interesantes. Estas son las aventuras. Hoy pudiéramos leer la Odisea como una
relación de aventuras; la obra perdería sin duda nobleza y significación, pero
no habríamos errado por completo su intención estética. Bajo Ulises, el igual a
los dioses, asoma Sindbad
18 Aun esto diría yo
que, en cierto modo, se conserva. Pero me vería obligado a escribir muchas
páginas aquí innecesarias sobre esa misteriosa especie de alucinación que yace,
a no dudarlo, en el placer sentido cuando leemos un libro de aventuras.
19 En un cuaderno de
La Crítica cita Croce la definición que un italiano da del latoso: es, dice, el
que nos quita la soledad y no nos da la compañía.
54
el marino, y apunta, bien que muy lejanamente, la honrada musa
burguesa de Julio Verne. La proximidad se funda en la intervención del capricho
gobernando los acontecimientos. En la Odisea el capricho actúa consagrado por
los varios humores de los dioses; en la patraña, en las caballerías ostenta
cínicamente su naturaleza. Y si en el viejo poema las andanzas cobran interés
levantado por emanar del capricho de un dios—razón al cabo teológica—, es la
aventura interesante por sí misma, por su inmanente caprichosidad.
Si apretamos un poco nuestra noción vulgar de realidad, tal vez
halláramos que no consideramos real lo que efectivamente acaece, sino una
cierta manera de acaecer las cosas que nos es familiar. En este vago sentido
es, pues, real, no tanto lo visto como lo previsto; no tanto lo que vemos como
lo que sabemos. Y si una serie de acontecimientos toma un giro imprevisto,
decimos que nos parece mentira. Por eso nuestros antepasados llamaban al cuento
aventurero una patraña.
La aventura quiebra como un cristal la opresora, insistente
realidad. Es lo imprevisto, lo impensado, lo nuevo. Cada aventura es un nuevo
nacer del mundo, un proceso único. ¿No ha de ser interesante?
A poco que vivimos hemos palpado ya los confines de nuestra
prisión. Treinta años cuando más tardamos en reconocer los límites dentro de
los cuales van a moverse nuestras posibilidades. Tomamos posesión de lo real,
que es como haber medido los metros de una cadena prendida en nuestros pies.
Entonces decimos: « ¿Esto es la vida? ¿Nada más que esto? ¿Un ciclo concluso
que se repite, siempre idéntico?» He aquí una hora peligrosa para todo hombre.
Recuerdo a este propósito un admirable dibujo de Gavarni. Es un
viejo socarrón junto a un tinglado de esos donde se enseña el mundo por un
agujero. Y el viejo está diciendo: Il faut montrer á l'homme des images, la
réalité Pembéte! Gavarni vivía entre unos cuantos escritores y artistas de
París defensores del realismo estético. La facilidad con que el público era
atraído por los cuentos de aventuras le indignaba. Y, en efecto, razas débiles
pueden convertir en un vicio esta fuerte droga de la imaginación, que nos
permite escapar al peso grave de la existencia.
9
EL RETABLO DE MAESE PEDRO
Conforme va la línea de la aventura desenvolviéndose
experimentamos una tensión emocional creciente, como si, acompañando a aquella
en su trayectoria, nos sintiéramos violentamente apartados de la línea que
sigue la inerte realidad. A cada paso da esta sus tirones amenazando con hacer
entrar el suceso en el curso natural de las cosas, y es necesario que un nuevo
envite del poder aventurero lo liberte y empuje hacia mayores imposibles.
Nosotros vamos lanzados en la aventura como dentro de un proyectil, y en la
lucha dinámica entre este, que avanza por la tangente, que ya escapa, y el
centro de la tierra, que aspira a sujetarlo, tornamos el partido de aquel. Esta
parcialidad nuestra aumenta con cada peripecia y contribuye a una especie de
alucinación, en que tomamos por un instante la aventura como verdadera
realidad.
Cervantes ha representado maravillosamente esta mecánica
psicológica del lector de patrañas en el proceso que sigue el espíritu de Don
Quijote ante el retablo de maese Pedro.
55
El caballo de don Gaiferos, en su galope vertiginoso, va
abriendo tras su cola una estela de vacío: en ella se precipita una corriente
de aire alucinado que arrastra consigo cuanto no está muy firme sobre la
tierra. Y allá va volteando, arrebatada en el vórtice ilusorio, el alma de Don
Quijote, ingrávida como un vilano, como una hoja seca. Y allá irá siempre en su
seguimiento cuanto quede en el mundo de ingenuo y de doliente.
Los bastidores del retablo que anda mostrando maese Pedro son
frontera de dos continentes espirituales. Hacia dentro el retablo constriñe un
orbe fantástico, articulado por el genio de lo imposible: es el ámbito de la
aventura, de la imaginación, del mito. Hacia fuera se hace lugar un aposento
donde se agrupan unos cuantos hombres ingenuos, de estos que vemos a todas
horas ocupados en el pobre afán de vivir. En medio de ellos está un mentecato,
un hidalgo de nuestra vecindad, que una mañana abandonó el pueblo impelido por
una pequeña anomalía anatómica de sus centros cerebrales. Nada nos impide
entrar en este aposento: podríamos respirar en su atmósfera y tocar a los
presentes en el hombro, pues son de nuestro mismo tejido y condición. Sin
embargo, este aposento está a su vez incluso en un libro, es decir, en otro
como retablo más amplio que el primero. Si entráramos al aposento, habríamos
puesto el pie dentro de un objeto ideal, nos moveríamos en la concavidad de un
cuerpo estético. (Velázquez en Las Meninas nos ofrece un caso análogo: al
tiempo que pintaba un cuadro de reyes, ha metido su estudio en el cuadro. Y en
Las hilanderas ha unido para siempre la acción legendaria que representa un
tapiz a la estancia humilde donde se fabricó.)
Por el conducto de la simplicidad y la amencia van y vienen
efluvios del uno al otro continente, del retablo a la estancia, de esta a
aquel. Diríase que lo importante es precisamente la osmosis y endósmosis entre
ambos.
10
POESÍA Y REALIDAD
Afirma Cervantes que escribe su libro contra los de caballerías.
En la crítica de los últimos tiempos se ha perdido la atención hacia este
propósito de Cervantes. Tal vez se ha pensado que era una manera de decir, una
presentación convencional de la obra, como lo fue la sospecha de ejemplaridad
con que cubre sus novelas cortas. No obstante hay que volver a este punto de
vista. Para la estética es esencial ver la obra de Cervantes como una polémica
contra las caballerías.
Si no, ¿cómo entender la ampliación incalculable que aquí
experimenta el arte literario? El plano épico donde se deslizan los objetos
imaginarios era ahora el único, y podía definirse lo poético con las mismas
notas constituyentes de aquel20. Pero ahora el plano imaginario pasa a ser un
segundo plano. El arte se enriquece con un término más; por decirlo así, se
aumenta en una tercera dimensión, conquista la profundidad estética, que, como
la geométrica, supone una pluralidad de términos. Ya no puede, en consecuencia,
hacerse consistir lo poético en ese peculiar atractivo del pasado ideal ni en
el interés que a la aventura presta su proceder, siempre nuevo, único y
sorprendente. Ahora tenemos que acomodar en la capacidad poética la realidad
actual.
20 Desde el
principio nos hemos desentendido del lirismo, que es una gravitación estética
independiente.
56
Nótese toda la estringencia del problema. Llegábamos hasta aquí
a lo poético merced a una superación y abandono dé lo circunstante, de lo
actual. De modo que tanto vale decir «realidad actual» como decir lo «no
poético». Es, pues, la máxima ampliación estética que cabe pensar.
¿Cómo es posible que sean poéticos esta venta y este Sancho y
este arriero y este trabucaire de maese Pedro? Sin duda alguna que ellos no lo
son. Frente al retablo significan formalmente la agresión a lo poético.
Cervantes destaca a Sancho contra toda aventura, a fin de que al pasar por ella
la haga imposible. Esta es su misión. No vemos, pues, cómo pueda sobre lo real
extenderse el campo de la poesía. Mientras lo imaginario era por sí mismo
poético, la realidad es por sí misma antipoética. Hic Rhodus, hic salta: aquí
es donde la estética tiene que aguzar su visión. Contra lo que supone la
ingenuidad de nuestros almogávares eruditos, la tendencia realista es la que
necesita más de justificación y explicación, es el exemplum crucis de la
estética.
En efecto, sería ininteligible si la gran gesticulación de Don
Quijote no acertara a orientarnos. Dónde colocaremos a Don Quijote, ¿del lado
de allá o del lado de acá? Sería torcido decidirse por uno u otro continente.
Don Quijote es la arista en que ambos mundos se cortan formando un bisel.
Si se nos dice que Don Quijote pertenece íntegramente a la
realidad, no nos enojaremos. Solo haríamos notar que con Don Quijote entraría a
formar parte de lo real su indómita voluntad. Y esta voluntad se halla plena de
una decisión: es la voluntad de la aventura. Don Quijote, que es real, quiere
realmente las aventuras. Como él mismo dice: «Bien podrán los encantadores
quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible.» Por eso con tan
pasmosa facilidad transita de la sala del espectáculo al interior de la
patraña. Es una naturaleza fronteriza, como lo es, en general, según Platón, la
naturaleza del hombre.
Tal vez no sospechábamos hace un momento lo que ahora nos
ocurre: que la realidad entra en la poesía para elevar a una potencia estética
más alta la aventura. Si esto se confirmara, veríamos a la realidad abrirse
para dar cabida al continente imaginario y servirle de soporte, del mismo modo
que la venta es esta clara noche un bajel que boga sobre las tórridas llanadas
manchegas, llevando en su vientre a Carlomagno y los doce Pares, a Marsilio de
Sansueña y la sin par Melisendra. Ello es que lo referido en los libros de
caballerías tiene realidad dentro de la fantasía de Don Quijote, el cual, a su
vez, goza de una indubitable existencia. De modo que aunque la novela realista
haya nacido como oposición a la llamada novela imaginaria lleva dentro de sí
infartada la aventura.
11
LA REALIDAD, FERMENTO DEL MITO
La nueva poesía que ejerce Cervantes no puede ser de tan
sencilla contextura como la griega y la medieval. Cervantes mira el mundo desde
la cumbre del Renacimiento. El Renacimiento ha apretado un poco más las cosas:
es una superación integral de la antigua sensibilidad. Galileo da una severa
policía al universo con su física. Un nuevo régimen ha comenzado; todo anda más
dentro de horma. En el nuevo orden de cosas las aventuras son imposibles. No va
a tardar mucho en declarar Leibniz que la simple posibilidad carece por
completo de vigor, que solo es posible lo «compossibile», es decir,
57
lo que se halle en estrecha conexión con las leyes naturales21.
De este modo lo posible, que en el mito, en el milagro, afirma una arisca
independencia, queda infartado en lo real como la aventura en el verismo de
Cervantes.
Otro carácter del Renacimiento es la primacía que adquiere lo
psicológico. El mundo antiguo parece una pura corporeidad sin morada y secretos
interiores. El Renacimiento descubre en toda su vasta amplitud el mundo
interno, el me ipsum, la conciencia, lo subjetivo.
Flor de este nuevo y grande giro que toma la cultura es el
Quijote. En él periclita para siempre la épica con su aspiración a sostener un
orbe mítico lindando con el de los fenómenos materiales, pero de él distinto.
Se salva, es cierto, la realidad de la aventura; pero tal salvación envuelve la
más punzante ironía. La realidad de la aventura queda reducida a lo
psicológico, a un humor del organismo tal vez. Es real en cuanto vapor de un
cerebro. De modo que su realidad es, más bien, la de su contrario, la material.
En verano vuelca el sol torrentes de fuego sobre la Mancha, y a
menudo la tierra ardiente produce el fenómeno del espejismo. El agua que vemos
no es agua real, pero algo de real hay en ella: su fuente. Y esta fuente
amarga, que mana el agua del espejismo, es la sequedad desesperada de la
tierra.
Fenómeno semejante podemos vivirlo en dos direcciones: una
ingenua y rectilínea; entonces el agua que el sol pinta es para nosotros
efectiva; otra irónica, oblicua cuando la vemos como tal espejismo, es decir,
cuando a través de la frescura del agua vemos la sequedad de la tierra que la
finge. La novela de aventuras, el cuento, la épica, son aquella manera ingenua
de vivir las cosas imaginarias y significativas. La novela realista es esta
segunda manera oblicua. Necesita, pues, de la primera: necesita del espejismo
para hacérnoslo ver como tal. De suerte que no es solo el Quijote quien fue
escrito contra los libros de caballerías, y, en consecuencia, lleva a estos
dentro, sino que el género literario «novela» consiste esencialmente en aquella
intususcepción.
Esto ofrece una explicación a lo que parecía inexplicable: cómo
la realidad, lo actual, puede convertirse en sustancia poética. Por sí misma,
mirada en sentido directo, no lo sería nunca: esto es privilegio de lo mítico.
Mas podemos tomarla oblicuamente como destrucción del mito, como crítica del
mito. En esta forma la realidad, que es de naturaleza inerte e insignificante,
quieta y muda, adquiere un movimiento, se convierte en un poder activo de
agresión al orbe cristalino de lo ideal. Roto el encanto de este cae en
polvillo irisado que va perdiendo sus colores hasta volverse pardo terruño. A
esta escena asistimos en toda novela. De suerte que, hablando con rigor, la
realidad no se hace poética ni entra en la obra de arte, sino solo aquel gesto
o movimiento suyo en que reabsorbe lo ideal.
En resolución se trata de un proceso estrictamente inverso al
que engendra la novela de imaginación. Hay además la diferencia de que la
novela realista describe el proceso mismo, y aquella solo el objeto producido,
la aventura.
21 Para Aristóteles
y la Edad Media, es posible lo que no envuelve en si contradicción. Lo
«compossibile» necesita más. Para Aristóteles es posible el centauro: para
nosotros no, porque no lo tolera la biología.
58
12
LOS MOLINOS DE VIENTO
Es ahora para nosotros el campo de Montiel un área reverberante
e ilimitada, donde se hallan todas las cosas del mundo como en un ejemplo.
Caminando a lo largo de él con Don Quijote y Sancho venimos a la comprensión de
que las cosas tienen dos vertientes. Es una el «sentido» de las cosas, su
significación, lo que son cuando se las interpreta. Es otra la «materialidad»
de las cosas, su positiva sustancia, lo que las constituye antes y por encima
de toda interpretación.
Sobre la línea del horizonte en estas puestas de sol inyectadas
de sangre—como si una vena del firmamento hubiera sido punzada—, levántanse los
molinos harineros de Criptana y hacen al ocaso sus aspavientos. Estos molinos
tienen un sentido: como «sentido» estos molinos son gigantes. Verdad es que Don
Quijote no anda en su juicio. Pero el problema no queda resuelto porque Don
Quijote sea declarado demente. Lo que en él es anormal, ha sido y seguirá
siendo normal en la humanidad. Bien que estos gigantes no lo sean, pero... ¿y
los otros?; quiero decir, ¿y los gigantes en general? ¿De dónde ha sacado el
hombre los gigantes? Porque ni los hubo ni los hay en realidad. Fuere cuando
fuere, la ocasión en que el hombre pensó por vez primera los gigantes no se
diferencia en nada esencial de esta escena cervantina. Siempre se trataría de
una cosa que no era gigante, pero que mirada desde su vertiente ideal tendía a
hacerse gigante. En las aspas giratorias de estos molinos hay alusión hacia
unos brazos briareos. Si obedecemos al impulso de esa alusión y nos dejamos ir
según la curva allí anunciada, llegaremos al gigante.
También justicia y verdad, la obra toda del espíritu, son
espejismos que se producen en la materia. La cultura—la vertiente ideal de las
cosas— pretende establecerse como un mundo aparte y suficiente, adonde podamos
trasladar nuestras entrañas. Esto es una ilusión y solo mirada como ilusión,
solo puesta como un espejismo sobre la tierra, está la cultura puesta en su
lugar.
13
LA POESÍA REALISTA
Del mismo modo que las siluetas de las rocas y de las nubes
encierran alusiones a ciertas formas animales, las cosas todas desde su inerte
materialidad hacen como señas que nosotros interpretamos. Estas
interpretaciones se condensan hasta formar una objetividad que viene a ser una
duplicación de la primaria, de la llamada real. Nace de aquí un perenne
conflicto: la «idea» o «sentido» de cada cosa y su «materialidad» aspiran a
encajarse una en otra. Pero esto supone la victoria de una de ellas. Si la
«idea» triunfa, la «materialidad» queda suplantada y vivimos alucinados. Si la
materialidad se impone y, penetrando el vaho de la idea, reabsorbe esta,
vivimos desilusionados.
Sabido es que la acción de ver consiste en aplicar una imagen
previa que tenemos sobre una sensación ocurrente. Un punto oscuro en la lejanía
es visto por nosotros sucesivamente como una torre, como un árbol, como un
hombre. Viénese a dar la razón a Platón, que explicaba la percepción como la
resultante de algo que va de la pupila al objeto y algo que viene del objeto a
la pupila. Solía Leonardo de Vinci poner a sus alumnos frente a una tapia con
el fin de que se acostumbraran a intuir en las
59
formas de las piedras, en las líneas de sus junturas, en los
juegos de sombra y claridad, multitud de formas imaginarias. Platónico en el
fondo de su ser, buscaba en la realidad Leonardo solo el paracleto, el
despertador del espíritu.
Ahora bien, hay distancias, luces e inclinaciones desde las
cuales el material sensitivo de las cosas reduce a un mínimo la esfera de
nuestras interpretaciones. Una fuerza de concreción impide el movimiento de
nuestras imágenes. La cosa inerte y áspera escupe de sí cuantos «sentidos»
queramos darle: está ahí, frente a nosotros, afirmando su muda, terrible
materialidad frente a todos lo« fantasmas.
He ahí lo que llamamos realismo: traer las cosas a una
distancia, ponerlas bajo una luz, inclinarlas de modo que se acentúe la
vertiente de ellas que baja hacia la pura materialidad.
El mito es siempre el punto de partida de toda poesía, inclusive
de la realista. Solo que en esta acompañamos al mito en su descenso, en su
caída. El tema de la poesía realista es el desmoronamiento de una poesía. Yo no
creo que pueda de otra manera ingresar la realidad en el arte que haciendo de
su misma inercia y desolación un elemento activo y combatiente. Ella no puede
interesarnos. Mucho menos puede interesarnos su duplicación. Repito lo que
arriba dije: los personajes de la novela carecen de atractivo. ¿Cómo es posible
que su representación nos conmueva? Y, sin embargo, es así: no ellos, no las
realidades nos conmueven, sino su representación, es decir, la representación
de la realidad de ellos. Esta distinción es, en mi entender, decisiva: lo
poético de la realidad no es la realidad como esta o aquella cosa, sino la
realidad como función genérica. Por eso es, en rigor, indiferente, qué objetos
elija el realismo para describirlos. Cualquiera es bueno, todos tienen un halo
imaginario en torno. Se trata de mostrar bajo él la pura materialidad. Vemos en
ella lo que tiene de instancia última, de poder crítico, ante quien se rinde la
pretensión de todo lo ideal, de todo lo querido e imaginado por el hombre a
declararse suficiente.
La insuficiencia, en una palabra, de la cultura, de cuanto es
noble, claro, aspirante, este es el sentido del realismo poético. Cervantes
reconoce que la cultura es todo eso, pero, ¡ay!, es una ficción. Envolviendo a
la cultura—como la venta el retablo de la fantasía—yace la bárbara, brutal,
muda, insignificante realidad de las cosas. Es triste que tal se nos muestre,
¡pero qué le vamos a hacer!, es real, está ahí: de una manera terrible se basta
a sí misma. Su fuerza y su significado único radica en su presencia. Recuerdos
y promesas es la cultura, pasado irreversible, futuro soñado.
Mas la realidad es un simple y pavoroso «estar ahí». Presencia,
yacimiento, inercia. Materialidad22.
14
22 En pintura se
hace más patente aún la intención del realismo. Rafael, Miguel Ángel, pintan
las formas de las cosas. La forma es siempre ideal, una imagen del recuerdo o
una construcción nuestra. Velázquez busca la impresión de las cosas. La
impresión es informe y acentúa la materia—raso, terciopelo, lienzo, madera,
protoplasma orgánico— de que están hechas las cosas.
60
MIMO
Claro es que Cervantes no inventa a nihilo el tema poético de la
realidad: simplemente lo lleva a una expansión clásica. Hasta encontrar en la
novela, en el Quijote., la estructura orgánica que le conviene, el tema ha
caminado como un hilillo de agua buscando su salida, vacilante, tentando los
estorbos, buscándoles la vuelta, filtrándose dentro de otros cuerpos. De todos
modos tiene una extraña oriundez: Nace en los antípodas del mito y de la épica.
En rigor, nace fuera de la literatura.
El germen del realismo se halla en un cierto impulso que lleva
al hombre a imitar lo característico de sus semejantes o de los animales. Lo
característico consiste en un rasgo de tal valor dentro de una fisonomía
—persona, animal o cosa—, que al ser reproducido suscita los demás, pronta y
enérgicamente, ante nosotros, los hace presentes. Ahora bien: no se imita por
imitar: este impulso imitativo—como las formas más complejas de realismo que
quedan descritas—, no es original, no nace de sí mismo. Vive de una intención
forastera. El que imita, imita para burlarse. Aquí tenemos el origen que
buscamos: el mimo.
Solo, pues, con motivo de una intención cómica parece adquirir
la realidad un interés estético. Esto sería una curiosísima confirmación
histórica de lo que acabo de decir acerca de la novela.
Con efecto, en Grecia, donde la poesía exige una distancia ideal
a todo objeto para estetizarlo, solo encontramos temas actuales en la comedia.
Como Cervantes, echa mano Aristófanes de las gentes que roza en las plazuelas y
las introduce dentro de la obra artística. Pero es para burlarse de ellas.
De la comedia nace, a su vez, el diálogo—un género que no ha
podido lograr independencia—. El diálogo de Platón también describe lo real y
también se burla de lo real. Cuando trasciende de lo cómico es que se apoya en
un interés extrapoético, el científico. Otro dato a conservar. Lo real, como
comedia o como ciencia, puede pasar a la poesía, jamás encontramos la poesía de
lo real como simplemente real.
He aquí los únicos puntos de la literatura griega donde podemos
amarrar el hilo de la evolución novelesca23. Nace, pues, la novela llevando
dentro el aguijón cómico. Y este genio y esta figura la acompañarán hasta su
sepultura. La crítica, la zumba, no es un ornamento inesencial del Quijote,
sino que forma la textura misma del género, tal vez de todo realismo.
15
EL HÉROE
Mas hasta ahora no habíamos tenido ocasión de mirar con alguna
insistencia la faz de lo cómico. Cuando escribía que la novela nos manifiesta
un espejismo como tal espejismo, la palabra comedia venía a merodear en torno a
los puntos de la pluma como un can que se hubiera sentido llamar. No sabemos
por qué, una semejanza oculta nos hace aproximar el espejismo sobre las
calcinadas rastrojeras y las comedias en las almas de los hombres.
23 La historia de
amor—los Erotici—procede de la comedia nueva. Wilamowitz-Moellendorf, en Greek
historical writing (1908), págs.
22-23.
61
La historia nos obliga ahora a volver sobre el asunto. Algo nos
quedaba en el aire, vacilando entre la estancia de la venta y el retablo de
maese Pedro. Este algo es nada menos que la voluntad de Don Quijote.
Podrán a este vecino nuestro quitarle la ventura, pero el
esfuerzo y el ánimo es imposible. Serán las aventuras vahos de un cerebro en
fermentación, pero la voluntad de la aventura es real y verdadera. Ahora bien,
la aventura es una dislocación del orden material, una irrealidad. En la
voluntad de aventuras, en el esfuerzo y en el ánimo nos sale al camino una
extraña naturaleza biforme. Sus dos elementos pertenecen a mundos contrarios:
la querencia es real, pero lo querido es irreal.
Objeto semejante es ignoto en la épica. Los hombres de Homero
pertenecen al mismo orbe que sus deseos. Aquí tenemos, en cambio, un hombre que
quiere reformar la realidad. Pero ¿no es él una porción de esa realidad? ¿No
vive de ella, no es una consecuencia de ella? ¿Cómo hay modo de que lo que no
es—el proyecto de una aventura—gobierne y componga la dura realidad? Tal vez no
lo haya, pero es un hecho que existen hombres decididos a no contentarse con la
realidad. Aspiran los tales a que las cosas lleven un curso distinto: se niegan
a repetir los gestos que la costumbre, la tradición, en una palabra, los
instintos biológicos les fuerzan a hacer. Estos hombres llamamos héroes. Porque
ser héroe consiste en ser uno, uno mismo. Si nos resistimos a que la herencia,
a que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas es que buscamos
asentar en nosotros, y solo en nosotros, el origen de nuestros actos. Cuando el
héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente quienes
quieren, sino él mismo. Y este querer él ser él mismo es la heroicidad.
No creo que exista especie de originalidad más profunda que esta
originalidad «práctica», activa del héroe. Su vida es una perpetua resistencia
a lo habitual y consueto. Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer
a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto. Una vida así es un perenne
dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito,
prisionera de la materia.
16
INTERVENCIÓN DEL LIRISMO
Ahora bien, ante el hecho de la heroicidad—de la voluntad de
aventura—, cabe tomar dos posiciones: o nos lanzamos con él hacia el dolor, por
parecemos que la vida heroica tiene «sentido», o damos a la realidad el leve
empujón que a esta basta para aniquilar todo heroísmo, como se aniquila un
sueño sacudiendo al que lo duerme. Antes he llamado a estas dos direcciones de
nuestro interés, la recta y la oblicua.
Conviene subrayar ahora que el núcleo de realidad a que ambas se
refieren es uno mismo. La diferencia, pues, proviene del modo subjetivo en que
nos acerquemos a él. De modo que si la épica y la novela discrepaban por sus
objetos—el pasado y la realidad—, aún cabe una nueva división dentro del tema
realidad. Mas esta división no se funda ya puramente en el objeto, sino que se
origina en un elemento subjetivo, en nuestra postura ante aquel.
62
En lo anterior se ha abstraído, por completo, del lirismo que
es, frente a la épica, el otro manantial de poesía. No conviene en estas
páginas perseguir su esencia ni detenerse a meditar qué cosa puede ser lirismo.
Otra vez llegará la sazón. Baste con recordar lo admitido por todo el mundo: el
lirismo es una proyección estética de la tonalidad general de nuestros
sentimientos. La épica no es triste ni es alegre: es un arte apolíneo,
indiferente, todo él formas de objetos eternos, sin edad, extrínseco e invulnerable.
Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y
tornadiza. La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos, el vértice
de su sentimentalismo gravita unas veces hacia Oriente y otras hacia Poniente.
Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de que el balance que
hace el hombre de su propio valer le parezca, en definitiva, favorable o
adverso.
No creo que haya sido necesario insistir sobre lo que va
sugerido al comienzo de este breve tratado: que —consista en el pretérito o en
lo actual el tema de la poesía—la poesía y todo arte versa sobre lo humano y
solo sobre lo humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un
escenario para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que todas
las formas del arte toman su origen de la variación en las interpretaciones del
hombre por el hombre. Dime lo que del hombre sientes y decirte he qué arte
cultivas.
Y como todo género literario, aun dejando cierto margen, es un
cauce que se ha abierto una de estas interpretaciones del hombre, nada menos
sorprendente que la predilección de cada época por uno determinado.
Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión
general de la intimidad humana entonces.
Pues bien: volviendo al hecho del heroísmo, notamos que unas
veces se le ha mirado rectamente y otras oblicuamente. En el primer caso
convertía nuestra mirada al héroe en un objeto estético que llamamos lo
trágico. En el segundo hacía de él un objeto estético que llamamos lo cómico.
Ha habido épocas que apenas han tenido sensibilidad para lo
trágico, tiempos embebidos de humorismo y comedia. El siglo XX—siglo burgués,
democrático y positivista—, se ha inclinado con exceso a ver la comedia sobre
la tierra.
La correlación que entre la épica y la novela queda dibujada se
repite aquí entre la propensión trágica y la propensión cómica de nuestro
ánimo.
17
LA TRAGEDIA
Héroe es, decía, quien quiere ser él mismo. La raíz de lo
heroico hállase, pues, en un acto real de voluntad. Nada parecido en la épica.
Por esto Don Quijote no es una figura épica, pero sí es un héroe. Aquiles hace
la epopeya, el héroe la quiere. De modo que el sujeto trágico no es trágico, y,
por tanto, poético, en cuanto hombre de carne y. hueso, sino sólo en cuanto que
quiere. La voluntad—ese objeto paradoxal que empieza en la realidad y acaba en
lo ideal, pues solo se quiere lo que no es—, es
63
él tema trágico, y una época para quien la voluntad no existe,
una época determinista y darwiniana, por ejemplo, no puede interesarse en la
tragedia.
No nos fijemos demasiado en la griega. Si somos sinceros,
declararemos que no la entendemos bien. Aún la filología no nos ha adaptado
suficientemente el órgano para asistir a una tragedia griega. Acaso no haya
producción más entreverada de motivos puramente históricos, transitorios. No se
olvide que era en Atenas un oficio religioso. De modo que la obra se verifica
más aún que sobre las planchas del teatro, dentro del ánimo de los
espectadores. Envolviendo la escena y el público está una atmósfera extrapoética:
la religión. Y lo que ha llegado a nosotros es como el libreto de una ópera
cuya música no hemos oído nunca, es el revés de un tapiz, cabos de hilos
multicolores que llegan de un envés tejido por la fe. Ahora bien: los
helenistas se encuentran detenidos ante la fe de los atenienses, no aciertan a
reconstruirla. Mientras no lo logren, la tragedia griega será una página
escrita en un idioma de que no poseemos diccionario.
Solo vemos claro que los poetas trágicos de Grecia nos hablan
personalmente desde las máscaras de sus héroes. ¿Cuándo hace esto Shakespeare?
Esquilo compone movido por una intención confusa entre poética y teológica. Su
tema es tanto, por lo menos, como estético, metafísico y ético. Yo le llamaría
teopoeta. Le acongojan los problemas del bien y el mal, de la libertad, de la
justificación, del orden en el cosmos, del causante de todo. Y sus obras son
una serie progresiva de acometidas a estas cuestiones divinas. Su estilo parece
más bien un ímpetu de reforma religiosa. Y se asemeja, antes que a un homme de
lettres, a San Pablo o a Lutero. A fuerza de piedad quisiera superar la
religión popular, que es insuficiente para la madurez dé los tiempos. En otro
lugar, esta moción no habría conducido a un hombre hacia los versos, pero en
Grecia, por ser la religión menos sacerdotal, más fluida y ambiente, podía el
interés teológico andar menos diferenciado del poético, político y filosófico.
Dejemos, pues, el drama griego y todas las teorías que, basando
la tragedia en no sé qué fatalidad, creen que es la derrota, la muerte del
héroe quien le presta la calidad trágica.
No es necesaria la intervención de la fatalidad, y aunque suele
ser vencido, no arranca el triunfo, si llega, al héroe su heroísmo. Oigamos el
efecto que el drama produce al espectador villano. Si es sincero no dejará de
confesarnos que en el fondo le parece un poco inverosímil. Veinte veces ha
estado por levantarse de su asiento para aconsejar al protagonista que renuncie
a su empeño, que abandone su posición. Porque el villano piensa muy
juiciosamente que todas las cosas malas sobrevienen al héroe porque se obstina
en tal o cual propósito. Desentendiéndose de él todo llegaría a buen arreglo, y
como dicen al fin de los cuentos los chinos, aludiendo a su nomadismo antiguo,
podría asentarse y tener muchos hijos. No hay, pues, fatalidad, o más bien, lo
que fatalmente acaece, acaece fatalmente porque el héroe ha dado lugar a ello.
Las desdichas del Príncipe Constante eran fatales desde el punto en que decidió
ser constante, pero no es él fatalmente constante.
Yo creo que las teorías clásicas padecen aquí un simple quid pro
quo, y que conviene corregirlas aprovechando la impresión que el heroísmo
produce en el alma del villano, incapaz de heroicidad. El villano desconoce
aquel estrato de la vida en que esta ejercita solamente actividades suntuarias,
superfluas. Ignora el rebasar y el sobrar de la vitalidad. Vive atenido a lo
necesario y lo que hace lo hace por fuerza. Obra siempre empujado; sus acciones
son reacciones. No le cabe en la cabeza que
64
alguien se meta en andanzas por lo que no le va ni le viene. Le
parece un poco orate todo el que tenga la voluntad de la ventura, y se
encuentra en la tragedia con un hombre forzado a sufrir las consecuencias de un
empeño que nadie le fuerza a querer.
Lejos, pues, de originarse en la fatalidad lo trágico, es
esencial al héroe querer su trágico destino. Por eso, mirada la tragedia desde
la vida vegetativa, tiene siempre un carácter ficticio. Todo el dolor nace de
que el héroe se resiste a resignar un papel ideal, un role imaginario que ha
elegido. El actor en el drama, podrá decirse paradójicamente, representa un
papel que es, a su vez, la representación de un papel, bien que en serio esta
última. De todos modos la volición libérrima inicia y engendra el proceso
trágico. Y este «querer», creador de un nuevo ámbito de realidades que solo por
él son—el orden trágico—, es, naturalmente, una ficción para quien no haya más
querer que el de la necesidad natural, la cual se contenta con solo lo que es.
18
LA COMEDIA
La tragedia no se produce a ras de nuestro suelo; tenemos que
elevarnos a ella. Somos asumptos a ella. Es irreal. Si queremos buscar en lo
existente algo parecido hemos de levantar los ojos y posarlos en las cimas más
altas de la historia.
Supone la tragedia en nuestro ánimo una predisposición hacia los
grandes actos—de otra suerte nos parecerá una fanfarronada—. No se impone a
nosotros con la evidencia y forzosidad del realismo, que hace comenzar la obra
bajo nuestros mismos pies, y sin sentirlo, pasivamente, nos introduce en ella.
En cierta manera el fruir la tragedia pide de nosotros que la queramos también
un poco, como el héroe quiere su destino. Viene, en consecuencia, a hacer presa
en los síntomas de heroísmo atrofiado que existan en nosotros. Porque todos
llevamos dentro como el muñón de un héroe.
Mas una vez embarcados según el heroico rumbo, veremos que nos
repercuten en lo hondo los fuertes movimientos y el ímpetu de ascensión que
hinchen la tragedia. Sorprendidos hallaremos que somos capaces de vivir a una
tensión formidable y que todo en torno nuestro aumenta sus proporciones,
recibiendo una superior dignidad. La tragedia en el teatro nos abre los ojos
para descubrir y estimar lo heroico en la realidad. Así Napoleón, que sabía
algo de psicología, no quiso que durante su estancia en Frankfurt, ante aquel
público de reyes vencidos, representara comedias su compañía ambulante, y
obligó a Taima a que produjera las figuras de Racine y de Corneille.
Mas en torno al héroe muñón que dentro conducimos, se agita una
caterva de instintos plebeyos. En virtud de razones, sin duda suficientes,
solemos abrigar una grande desconfianza hacia todo el que quiere hacer usos
nuevos. No pedimos justificación al que no se afana en rebasar la línea vulgar,
pero la exigimos perentoriamente al esforzado que intenta trascenderla. Pocas
cosas odia tanto nuestro plebeyo interior como al ambicioso. Y el héroe, claro
está que empieza por ser un ambicioso. La vulgaridad no nos irrita tanto como
las pretensiones. De aquí que el héroe ande siempre a dos dedos de caer, no en
la desgracia, que esto sería subir a ella, sino de caer en el ridículo. El
aforismo: «de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso», formula este
peligro que amenaza genuinamente al
65
héroe. ¡Ay de él como no justifique con exuberancia de grandeza,
con sobra de calidades, su pretensión de no ser como son los demás, «como son
las cosas»! El reformador, el que ensaya nuevo arte, nueva ciencia, nueva
política, atraviesa, mientras vive, un medio hostil, corrosivo, que supone en
él un fatuo, cuando no un mixtificador. Tiene en contra suya aquello por negar
lo cual es él un héroe: la tradición, lo recibido, lo habitual, los usos de
nuestros padres, las costumbres nacionales, lo castizo, la inercia omnímoda, en
fin. Todo esto, acumulado en centenario aluvión, forma una costra de siete
estados a lo profundo. Y el héroe pretende que una idea, un corpúsculo menos
que aéreo, súbitamente aparecido en su fantasía, haga explotar tan oneroso
volumen. El instinto de inercia y de conservación no lo puede tolerar y se
venga. Envía contra él al realismo, y lo envuelve en una comedia.
Como el carácter de lo heroico estriba en la voluntad de ser lo
que aún no se es, tiene el personaje trágico medio cuerpo fuera de la realidad.
Con tirarle de los pies y volverle a ella por completo, queda convertido en un
carácter cómico. Difícilmente, a fuerza de fuerzas, se incorpora sobre la
inercia real la noble ficción heroica: toda ella vive de aspiración. Su
testimonio es el futuro. La vis cómica se limita a acentuar la vertiente del
héroe que da hacia la pura materialidad. Al través de la ficción, avanza la
realidad, se impone a nuestra vista y reabsorbe el role trágico24. El héroe
hacía de este su ser mismo, se fundía con él. La reabsorción por la realidad
consiste en solidificar, materializar la intención aspirante sobre el cuerpo
del héroe. De esta guisa vemos el role como un disfraz ridículo, como una
máscara bajo la cual se mueve una criatura vulgar.
El héroe anticipa el porvenir y a él apela. Sus ademanes tienen
una significación utópica. El no dice que sea, sino que quiere ser. Así la
mujer feminista aspira a que un día las mujeres no necesiten ser mujeres
feministas. Pero el cómico suplanta el ideal de las feministas por la mujer que
hoy sustenta sobre su voluntad ese ideal. Congelado y retrotraído al presente
lo que está hecho para vivir en una atmósfera futura, no acierta a realizar las
más triviales funciones de la existencia. Y la gente ríe. Presencia la caída
del pájaro ideal al volar sobre el aliento de un agua muerta. La gente ríe. Es
una risa útil: por cada héroe que hiere, tritura a cien mixtificadores.
Vive, en consecuencia, la comedia sobre la tragedia, como la
novela sobre la épica. Así nació históricamente en Grecia a modo de reacción
contra los trágicos y los filósofos que querían introducir dioses nuevos y
fabricar nuevas costumbres. En nombre de la tradición popular, de «nuestros
padres» y de los hábitos sacrosantos, Aristófanes produce en la escena las
figuras actuales de Sócrates y Eurípides. Y lo que aquel puso en su filosofía y
este en sus versos, lo pone él en las personas de Sócrates y Eurípides.
La comedia es el género literario de los partidos conservadores.
De querer ser a creer que se es ya va la distancia de lo trágico
a lo cómico. Este es el paso entre la sublimidad y la ridiculez. La
transferencia del carácter heroico desde la voluntad a la percepción causa
24 Cita Bergson un
ejemplo curioso. La reina de Prusia entra en el cuarto donde está Napoleón.
Llega furibunda, ululante y conminatoria. Napoleón se limita a rogarle que tome
asiento. Sentada la reina, enmudece; el role trágico no puede afirmarse en la
postura burguesa propia de una visita y se abate sobre quien lo llevaba.
66
la involución de la tragedia, su desmoronamiento, su comedia. El
espejismo aparece como tal espejismo.
Esto acontece con Don Quijote cuando, no contento con afirmar su
voluntad de la aventura, se obstina en creerse aventurero. La novela inmortal
está a pique de convertirse simplemente en comedia. Siempre va el canto de un
duro, según hemos indicado, de la novela a la pura comedia.
A los primeros lectores del Quijote debió parecerles tal aquella
novedad literaria. En el prólogo de Avellaneda se insiste dos veces sobre ello:
«Como casi es comedia toda la Historia de Don Quijote de la Mancha», comienza
dicho prólogo, y luego añade: «conténtese con su Galaica y comedias en prosa,
que eso son las más de sus novelas». No quedan suficientemente explicadas estas
frases con advertir que entonces era comedia el nombre genérico de toda obra
teatral.
19
LA TRAGICOMEDIA
El género novelesco es, sin duda, cómico. No digamos que
humorístico, porque bajo el manto del humorismo se esconden muchas vanidades.
Por lo pronto se trata simplemente de aprovechar la significación poética que
hay en la caída violenta del cuerpo trágico, vencido por la fuerza de inercia,
por la realidad. Cuando se ha insistido sobre el realismo de la novela debiera
haberse notado que en dicho realismo algo más que realidad se encerraba, algo
que permitía a esta alcanzar un vigor de poetización que le es tan ajeno.
Entonces se hubiera patentizado que no está en la realidad yacente lo poético
del realismo, sino en la fuerza atractiva que ejerce sobre los aerolitos
ideales.
La línea superior de la novela es una tragedia; de allí se
descuelga la musa siguiendo a lo trágico en su caída. La línea trágica es
inevitable, tiene que formar parte de la novela, siquiera sea como el perfil
sutilísimo que la limita. Por esto yo creo que conviene atenerse al nombre
buscado por Fernando de Rojas para su Celestina: tragicomedia. La novela es
tragicomedia. Acaso en la Celestina hace crisis la evolución de este género,
conquistando una madurez que permite en el Quijote la plena expansión.
Claro está que la línea trágica puede engrosar sobre manera y
hasta ocupar en el volumen novelesco tanto espacio y valor como la materia
cómica. Caben aquí todos los grados y oscilaciones.
En la novela como síntesis de tragedia y comedia se ha realizado
el extraño deseo que, sin comentario alguno, deja escapar una vez Platón. Es
allá en el Banquete, de madrugada. Los comensales, rendidos por el jugo
dionisíaco, yacen dormitando en confuso desorden. Aristodemos despierta
vagamente, «cuando ya cantan los gallos»; le parece ver que solo Sócrates,
Agatón y Aristófanes siguen vigilantes. Cree oír que están trabados en un
difícil diálogo, donde Sócrates sostiene frente a Agatón, el joven autor de tragedias,
y Aristófanes, el cómico, que no dos hombres distintos, sino uno mismo debía
ser el poeta de la tragedia y el de la comedia.
Esto no ha recibido explicación satisfactoria, mas siempre al
leerlo he sospechado que Platón, alma llena de gérmenes, ponía aquí la simiente
de la novela. Prolongando el ademán que Sócrates hace
67
desde el Symposion en la lívida claridad del amanecer, parece
como que topamos con Don Quijote, el héroe y el orate.
20
FLAUBERT, CERVANTES, DARWIN
La infecundidad de lo que ha solido llamarse patriotismo en el
pensamiento español, se manifiesta en que los hechos españoles positivamente
grandes no han sido bastante estudiados. El entusiasmo se gasta en alabanzas
estériles de lo que no es loable, y no puede emplearse, con la energía
suficiente, allí donde hace más falta.
Falta el libro donde se demuestre al detalle que toda novela
lleva dentro, como una íntima filigrana, el Quijote, de la misma manera que
todo poema épico lleva, como el fruto el hueso, la Iliada.
Flaubert no siente empacho en proclamarlo: «Je retrouve—dice—mes
origines dans le livre que je savais par cœur avant de savoir lire, don
Quichotte»25. Madame Bovary es un Don Quijote con faldas y un mínimo de
tragedia sobre el alma. Es la lectora de novelas románticas y representante de
los ideales burgueses que se han cernido sobre Europa durante medio siglo.
¡Míseros ideales! ¡Democracia burguesa, romanticismo positivista!
Flaubert se da perfecta cuenta de que el arte novelesco es un
género de intención crítica y cómico nervio: «Je tourne beaucoup a la critique
—escribe al tiempo que compone la Bovary—; le roman que j'écris m'aiguise cette
faculté, car c'est une œuvre surtout de critique ou plutôt d'anatomie»26. Y en
otro lugar: «Ah! ce qui manque á la société moderne ce n'est pas un Christ, ni
un Washington, ni un Socrate, ni un Voltaire, c'est un Aristophane»27.
Yo creo que en achaques de realismo no ha de parecer Flaubert
sospechoso y que será aceptado como testigo de mayor excepción.
Si la novela contemporánea pone menos al descubierto su
mecanismo cómico débese a que los ideales por ella atacados apenas se
distancian de la realidad con que se los combate. La tirantez es muy débil: el
ideal cae desde poquísima altura. Por esta razón puede augurarse que la novela
del siglo XIX será ilegible muy pronto: contiene la menor cantidad posible de
dinamismo poético. Ya hoy nos sorprendemos cuando al caer en nuestras manos un
libro de Daudet o de Maupassant no encontramos en nosotros el placer que hace
quince años sentíamos. Al paso que la tensión del Quijote promete no gastarse
nunca.
El ideal del siglo XIX era el realismo. «Hechos, solo hechos»,
clama el personaje dickensiano de Tiempos difíciles. El cómo, no el porqué, el
hecho, no la idea, predica Augusto Comte. Madame Bovary respira el mismo aire
que M. Homais, una atmósfera comtista. Flaubert lee la Filosofía positiva en
tanto va escribiendo su novela: «est un ouvrage—dice—profondément farce; il
faut seulement lire, pour
25 Correspondance,
II, 16.
26 Correspondance,
II, 370.
27 Ibíd. 159.
68
s'en convaincre, l'introduction qui en est le résume; il y a,
pour quelqu'un qui voudrait faire des charges au théâtre dans le goût
aristophanesque, sur les théories sociales, des californies de rires»28.
La realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aun
cuando es ella misma la idealizada. Y el siglo XIX, no satisfecho con levantar
a forma heroica la negación de todo heroísmo, no contento con proclamar la idea
de lo positivo, vuelve a hacer pasar este mismo afán bajo las horcas caudinas
de la asperísima realidad. Una frase escapa a Flaubert sobradamente
característica: «on me croit épris du réel, tandis que je l'exécre; car c'est
en haine du réalisme que j'ai entrepris ce román»29.
Estas generaciones de que inmediatamente procedemos habían
tomado una postura fatal. Ya en el Quijote se vence el fiel de la balanza
poética del lado de la amargura, para no recobrarse por completo hasta ahora.
Pero este siglo, nuestro padre, ha sentido una perversa fruición en el
pesimismo: se ha revolcado en él, ha apurado su vaso y ha comprimido el mundo
de manera que nada levantado pudo quedar en pie. Sale de toda esta centuria
hacia nosotros como una bocanada de rencor.
Las ciencias naturales basadas en el determinismo habían
conquistado durante los primeros lustros el campo de la biología. Darwin cree
haber conseguido aprisionar lo vital—nuestra última esperanza— dentro de la
necesidad física. La vida desciende a no más que materia. La fisiología a
mecánica.
El organismo que parecía una unidad independiente, capaz de
obrar por sí mismo, es inserto en el medio físico, como una figura en un tapiz.
Ya no es él quien se mueve, sino el medio en él. Nuestras acciones no pasan de
reacciones. No hay libertad, originalidad. Vivir es adaptarse: adaptarse es
dejar que el contorno material penetre en nosotros, nos desaloje de nosotros
mismos. Adaptación es sumisión y renuncia. Darwin barre los héroes de sobre el
haz de la tierra.
Llega la hora del «román expérimental». Zola no aprende su
poesía en Homero ni en Shakespeare, sino en Claudio Bernard. Se trata siempre
de hablarnos del hombre. Pero como ahora el hombre no es sujeto de sus actos
sino que es movido por el medio en que vive, la novela buscará la
representación del medio. El medio es el único protagonista.
Se habla de producir el «ambiente». Se somete el arte a una
policía: la verosimilitud. ¿Pero es que la tragedia no tiene su interna,
independiente verosimilitud? ¿No hay un vero estético, lo bello? ¿Y una
similitud a lo bello? Ahí está, que no lo hay, según el positivismo: lo bello
es lo verosímil y lo verdadero es solo la física. La novela aspira a
fisiología. Una noche en el Pére Lacharse, Bouvard y Pécuchet entierran la
poesía, en honor a la verosimilitud y al determinismo.
28 Loc. cit., II, 26
29 Correspondance,
III. 67-68. Véase lo que escribe sobre su Diccionario de lugares comunes:
Gustavus Flaubertus, Bourgeoisophobus.
69
ÍNDICE
Lector..............
Meditación preliminar:
1. El
bosque............
2. Profundidad y
superficie.....
3. Arroyos y
oropéndolas......
4. Trasmundos...........
5. Restauración y
erudición.....
6. Cultura
mediterránea.......
7. Lo que dijo a
Goethe un capitán……
8. La pantera o del
sensualismo………
9. Las cosas y su
sentido......
10. El
concepto...........
11. Cultura.
Seguridad........
12. La luz como
imperativo......
13. Integración............
14. Parábola............
15. La crítica como
patriotismo.....
Meditación I: Breve tratado
de la novela:
1. Géneros literarios........
2. Novelas
ejemplares........
3. Épica............
4. Poesía del
pasado........
5. El
rapsoda...........
6. Helena y Madame
Bovary.....
7. El mito,
fermento de la Historia…….
8. Libros de
caballerías........
9. El retablo de
Maese Pedro.....
10. Poesía y
realidad.........
11. La realidad,
fermento del mito……
12. Los molinos de
viento......
13. La poesía
realista.........
14. Mimo.............
15. El
héroe............
16. Intervención del
lirismo......
17. La
tragedia............
18. La
comedia...........
19. La
tragicomedia.........
20. Flaubert,
Cervantes, Darwin....

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