Libro N°. 3085. Pájaro De Celda. Vonnegut, Kurt.
© Libro N°. 3085. Pájaro De Celda. Vonnegut, Kurt. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Jailbird
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PAJARO DE CELDA
Kurt Vonnegut
Para
Benjamín D. Hitz,
íntimo
amigo de mi juventud,
Padrino
de mi boda.
Ben,
solías hablarme de
Libros
maravillosos que acababas de leer,
Y
luego yo imaginaba que
También
los había leído.
Sólo
leías lo mejor, Ben,
Mientras
yo estudiaba química.
Hace
tanto que no nos vemos.
PRÓLOGO
Sí, Kilgore Trout está otra vez de vuelta. No pudo triunfar
fuera. Lo cual no es ninguna desgracia. Hay muchísima buena gente que no puede
triunfar fuera.
***
Recibí una carta esta mañana (16 de noviembre de 1978) de un
desconocido, un joven llamado John Figler, de Crown Point, Indiana. Crown Point
es famoso porque de su cárcel se fugó el atracador de bancos John Dillinger en
plena Gran Depresión. Dillinger escapó amenazando a su carcelero con una
pistola hecha con jabón y betún. Su carcelero era una mujer. Descanse en paz su
alma, y también la de ella. Dillinger fue el Robin Hood de mi primera juventud.
Está enterrado cerca de mis padres (y cerca de mi hermana Alice, que le
admiraba aún más que yo), en el cementerio de Crown Hill, en Indianapolis.
También está allí, en la cima de Crown Hill, en el punto más alto de la ciudad,
James Whitcomb Riley, «el poeta de Indiana». Mi madre conoció a Riley muy niña
aún.
Dillinger fue sumariamente ejecutado por agentes del FBI. Le
acribillaron en un lugar público, aunque él no intentó escapar ni ofrecer
resistencia. Por eso no tiene nada de reciente el poco respeto que me inspira
el FBI.
John Figler es un estudiante de bachiller muy respetuoso de la
ley. Dice en su carta que ha leído casi todo lo mío y que ya está en
condiciones de exponer la única idea que subyace en el núcleo de la obra de mi
vida hasta hoy. Le cedo la palabra: «Puede fallar el amor, pero prevalecerá la
cortesía.»
Esto me parece cierto... y completo. Así que me veo ahora en la
vergonzosa posición de tener que admitir, a los cinco días de mi cincuenta y
seis aniversario, que no tenía por qué haberme molestado en escribir varios
libros. Habría bastado con un telegrama de ocho palabras.
En serio.
Pero este vislumbre genial del joven Figler me llegó demasiado
tarde. Casi había acabado ya otro libro... éste.
***
Hay en él un personaje secundario, «Kenneth Whistler», inspirado
en un hombre de Indianapolis de la generación de mi padre. El inspirador se
llamaba Powers Hapgood (1900-1949). Se le menciona a veces en las historias del
movimiento obrero norteamericano por sus valerosas proezas en huelgas y en las
protestas por las ejecuciones de Sacco y Vanzetti, y demás.
Sólo le vi una vez. Comí con él y con mi padre y con mi tío
Alex, el hermano más pequeño de mi padre, en el restaurante Stegemeier’s, en el
centro de Indianapolis, cuando regresé a casa de la parte europea de la Segunda
Guerra Mundial. Fue en junio de 1945. Aún no se había tirado la primera bomba
atómica en el Japón. Eso pasaría un mes después. Imaginaos.
Yo tenía veintidós años y aún llevaba uniforme: era un soldado
de primera clase que había colgado los estudios de química en la Universidad de
Cornell antes de ir a la guerra. Mis perspectivas no parecían buenas. No había
negocio de la familia en el que entrar. La empresa de arquitectura de mi padre
estaba ya difunta. Mi padre, arruinado. De todos modos, acababa de
comprometerme a casarme, pensando: «¿Quién si no una esposa dormiría conmigo?»
Mi madre, como ya he dicho ad nauseam en otros libros míos,
había renunciado a seguir viviendo, dado que ya no podía ser lo que había sido
en la época de su matrimonio: una de las mujeres más ricas de la ciudad.
***
Fue mi tío Alex quien concertó aquella comida. Él y Powers
Hapgood habían sido compañeros en Harvard. Harvard aparece constantemente en
este libro, aunque yo nunca estudié allí. Enseñé luego allí, brevemente y sin
sobresalir por nada... mientras mi hogar se hacía pedazos.
Confié esto a uno de mis alumnos, lo de que mi hogar se hacía
pedazos.
A lo cual dio esta respuesta: «Se nota.»
El tío Alex era tan conservador políticamente que no creo yo que
hubiese comido con Hapgood a gusto si no hubieran sido condiscípulos en
Harvard. Hapgood era por entonces empleado de un sindicato, vicepresidente del
CIO local. Su mujer, Mary, había sido candidata a la vicepresidencia de los
Estados Unidos por el partido socialista varias veces.
De hecho, la primera vez que yo voté en unas elecciones
nacionales, voté por Norman Thomas y Mary Hapgood, sin saber siquiera que ella
era de Indianapolis. Ganaron Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman. Yo creía
ser socialista. Creía que el socialismo sería bueno para el hombre corriente.
Como soldado de infantería de primera, yo era, sin duda, un hombre corriente.
***
La comida con Hapgood se debió a que yo le había contado al tío
Alex que quizás intentase buscar trabajo en un sindicato cuando me licenciasen.
Por entonces, los sindicatos eran instrumentos admirables para arrancar algo
así como justicia económica a los patronos.
El tío Alex debió pensar más o menos esto: «Válgame Dios. Hasta
los dioses luchan en vano contra la estupidez. Pero, en fin, al menos hay un
hombre de Harvard con quien se puede hablar de este sueño ridículo.»
(Fue Schiller el primero que dijo eso de la estupidez y de los
dioses. Esta fue la respuesta de Nietzsche: «Hasta los dioses luchan en vano
contra el aburrimiento.»)
Así que el tío Alex y yo nos sentamos en una mesa de
Stegemeir’s, delante, y pedimos cervezas y esperamos a que llegasen mi padre y
Hapgood. Venían cada uno por su cuenta. Si hubiesen venido juntos, no habrían
tenido de qué hablar por el camino. Por entonces, mi padre había perdido ya
todo interés por la política y la historia y la economía y cosas semejantes. Le
había dado por decir que la gente hablaba demasiado. Para él, las sensaciones
significaban más que las ideas... sobre todo la sensación de materiales
naturales en la yema de los dedos. Unos veinte años después, cuando ya se
estaba muriendo, llegó a decir que le hubiese gustado ser alfarero para poder
hacer todo el día tortitas de barro.
Eso fue para mí muy triste... porque mi padre era una persona
muy culta. Y me parecía que estaba desechando sus conocimientos y su
inteligencia, lo mismo que un soldado en retirada puede desechar el fusil y el
macuto.
A otras personas les parecía maravilloso. Era un hombre muy
querido en la ciudad. De manos extraordinariamente hábiles. Y era siempre
cortés e inocente. Consideraba santos a todos los artesanos, por muy ruines o
estúpidos que fueran.
Por cierto que el tío Alex no era capaz de hacer nada con las
manos. Ni tampoco mi madre. Ni siquiera era capaz de preparar un desayuno o
coser un botón.
Powers Hapgood sabía extraer carbón. Eso fue lo que hizo tras
graduarse en Harvard, mientras sus condiscípulos ocupaban sus puestos en los
negocios de la familia y en corredurías y en bancos y demás: él extraía carbón.
Creía que un verdadero amigo de los trabajadores también debía ser trabajador
él... y bueno, además.
Así que he de decir que mi padre, en la época en que llegué a
conocerle, cuando también yo era ya más o menos adulto, era un buen hombre en
plena retirada de la vida. Mi madre ya se había rendido y había desaparecido de
nuestro cuadro de organización. Así que yo siempre he tenido un aura de derrota
por acompañante. Y por eso me han encantado siempre los bravos veteranos como
Powers Hapgood y tros, aún ávidos de información de lo que pasaba realmente,
llenos aún de ideas para arrebatar la victoria de las fauces mismas de la
derrota. «Si voy a tener que seguir viviendo —he pensado—, será mejor
seguirles.»
***
Una vez intenté escribir un relato en el que mi padre y yo nos
reuníamos en el cielo. De hecho, una primera versión de este libro empezaba
así. Yo tenía la esperanza de llegar a ser en el relato un buen amigo suyo.
Pero el relato se complicaba perversamente, como suele pasar con los relatos
cuando tratan de individuos reales a quienes hemos conocido. Al parecer, en el
cielo la gente podía tener la edad que quisiera, siempre que hubiera vivido tal
edad en la tierra. Así, por ejemplo, John D. Rockefeller, el fundador de la
Standard Oil, podía tener cualquier edad hasta los noventa años. King Tut,
cualquiera hasta los veintinueve, y así sucesivamente. Me desilusionó, como
autor del relato, el que mi padre decidiese tener sólo nueve años en el cielo.
Yo, por mi parte, había decidido tener cuarenta y cuatro:
respetable, pero también muy atractivo aún. Mi desilusión con mi padre se
convirtió en vergüenza y rabia. Era igual que un lémur, como lo son los niños a
los nueve años, todo ojos y manos. Tenía una reserva inagotable de lápices y
cuadernos y andaba siempre siguiéndome los pasos, dibujándolo todo e
insistiendo en que admirase los dibujos que acababa de hacer. Los recién
conocidos me preguntaban a veces quién era aquel chiquillo tan raro, y yo tenía
que decir la verdad porque en el cielo no se podía mentir: «Es mi padre.»
Los abusones disfrutaban haciéndole sufrir, porque no era como
los otros niños. No se entretenía con las conversaciones de los niños ni con
los juegos de los niños. Así que le perseguían y le agarraban y le quitaban los
pantalones y los calzoncillos y los tiraban por la boca del infierno. La boca
del infierno era como una especie de pozo de los deseos sin cubo ni polea.
Podías asomarte y oír los alaridos desmayados de Hitler y Nerón y Salomé y
Judas y gente así, allá, a lo lejos, abajo, muy abajo. Yo me imaginaba a
Hitler, que sufría ya el máximo calvario, encontrándose periódicamente la
cabeza cubierta con los calzoncillos de mi padre.
Y siempre que le robaban sus prendas, mi padre acudía corriendo
a mí, rojo de rabia. Y yo a lo mejor estaba con alguien a quien acababa de
conocer y a quien estaba impresionando con mi urbanidad... y aparecía mi padre,
dando alaridos y con el pajarito ondeando al viento.
Me quejé a mi madre del asunto, pero me dijo que no sabía nada
de él ni sobre él, pues sólo tenía dieciséis años. Así que no me quedaba más
remedio que aguantarle, y lo único que podía hacer era gritarle de vez en
cuando: «¡Por el amor de Dios, papá, por qué demonios no quieres crecer!»
En fin, el relato insistía tanto en ser desagradable, que dejé
de escribirlo.
***
Pero entonces, en julio de 1945, padre entró en el Restaurante
Stenegeir’s, aún muy vivaz. Tenía más o menos la edad que tengo yo ahora, era
viudo y no sentía el menor interés por volver a casarse ni manifestaba deseo
visible de ningún género de amante. Tenía un bigote como el que tengo ahora yo.
Yo entonces iba afeitado del todo.
Estaba terminando una prueba terrible: un colapso económico
mundial seguido de una guerra mundial. Los soldados empezaban a regresar a casa
en todas partes. Lo natural sería pensar que mi padre comentara eso, aunque
fuera un comentario sobre la marcha, y que hablase de la nueva era que nacía.
Pero no fue así.
Habló, por el contrario, de un modo absolutamente delicioso, de
una aventura que le había sucedido aquella mañana. Yendo en coche por la
ciudad, había visto que estaban derribando una casa vieja. Se detuvo y decidió
echar un vistazo más de cerca al armazón. Advirtió que el umbral de la puerta
principal era de una madera extraña, que decidió, por último, que era álamo.
Creo que tenía unas ocho pulgadas por cuatro pies de longitud. Tanta admiración
demostró por aquella madera, que los del derribo se la dieron. Le pidió a uno
un martillo y sacó todas las puntas que vio.
Luego la llevó a un taller... para que le hicieran tablas con
ella. Ya decidiría más tarde qué hacer con las tablas. Quería, sobre todo, ver
las vetas de aquella madera insólita. Tuvo que garantizar en el taller que no
quedaba ninguna punta en la madera. Lo garantizó. Pero quedaba una. Había
perdido la cabeza y no se veía. La sierra circular lanzó un chirrido aterrador
al tropezar con la punta. Salió humo de la cinta que intentaba hacer girar la
sierra atorada.
Mi padre tuvo que pagar una sierra nueva y una cinta nueva,
además, y le dijeron que no volviera a aparecer por allí con madera usada. De
cualquier modo, estaba encantado. La historia era una especie de cuento de
hadas, con una moraleja para todos.
Tío Alex y yo no mostramos una reacción demasiado intensa ante
aquel relato. Como todos los de mi padre, quedaba tan limpiamente empaquetado y
tan cerrado como un huevo.
***
En fin, pedimos más cervezas. Con el tiempo, el tío Alex sería
uno de los cofundadores del capítulo de Alcohólicos Anónimos de Indianapolis,
aunque su esposa decía a menudo, y con ahínco, que él, personalmente, jamás
había sido alcohólico. Empezó a hablar de la Empresa Conservera Columbia, una
fábrica de conservas que William, el padre de Powers Hapgood, también hombre de
Harvard, había fundado en Indianapolis en 1903. Fue un famoso experimento de
democracia industrial, pero yo nunca había oído hablar de él. Eran muchas las
cosas de las que nunca había oído hablar yo.
La Empresa Conservera Columbia hacía salsa de tomate y chile y
«catsup» y algunas cosas más. Dependía enormemente de los tomates. La empresa
no tuvo beneficios hasta 1916. Pero en cuanto los tuvo, el padre de Powers
Hapgood empezó a dar a sus empleados una parte, pues consideraba que los
trabajadores tenían derecho a ello en todo el mundo. Los otros dos principales
accionistas eran sus hermanos, también hombres de Harvard... y estaban de
acuerdo.
Así pues, formó un consejo de siete obreros, que debía
recomendar al consejo de dirección cuáles debían ser los salarios y las
condiciones de trabajo. El consejo, sin que nadie le estimulase a hacerlo,
había declarado ya que no habría períodos de paro forzoso estacional, pese a
tratarse de una industria tan estacional, y que habría vacaciones pagadas, y
que los servicios médicos de los trabajadores y de quienes de ellos dependiesen
serían gratuitos, y que se pagaría a los enfermos y que habría un plan de jubilaciones
y que el objetivo último de la empresa era que ésta, mediante un plan de
distribución de acciones-beneficios, pasase a ser propiedad de los obreros.
—La empresa fracasó —dijo el tío Alex, con firme y torva
satisfacción darwiniana.
Mi padre nada dijo. Puede que ni escuchase.
***
Tengo ahora a mano un ejemplar de The Hapgoods, Three Earnest
Brothers* de Michael D. Marcaccio (The University Press of Virginia,
Charlottesville, 1977). Los tres hermanos del subtítulo eran William, el
fundador de Empresa Conservera Columbia, Norman y Hutchins, también hombres de
Harvard, ambos periodistas y editores y escritores de libros de tendencia
socialista en Nueva York y sus proximidades. Según el señor Marcaccio, Empresa
Conservera Columbia fue un éxito muy notable hasta 1931, en que la Gran Depresión
la golpeó mortalmente. Se desprendió entonces de muchos trabajadores, y los que
quedaron vieron mermado su salario en un cincuenta por ciento. Se debía mucho
dinero a Continental Can, que insistía en que la empresa se comportase de un
modo más convencional con sus empleados... aunque éstos fuesen accionistas,
como lo eran la mayoría. El experimento había terminado. Ya no había dinero
para pagarlo. Los que habían recibido acciones por la participación en
beneficios poseían ahora pequeños fragmentos de una empresa que estaba casi
muerta.
Tardó un tiempo en hundirse del todo. En realidad, seguía
existiendo cuando el tío Alex y mi padre y Power Hapgood y yo comimos juntos
aquel día. Pero era ya una empresa distinta, que no pagaba ni un céntimo más
que cualquier otra. Por último, en 1953, se vendió lo que quedaba de ella a una
empresa más fuerte.
***
Por fin entró Powers Hapgood en el restaurante; era un
anglosajón del Medio Oeste muy normal, con un traje barato. Llevaba un emblema
del sindicato en la solapa. Estaba contento. Conocía un poco a mi padre. Al tío
Alex le conocía muy bien. Se disculpó por llegar tarde. Había estado en el
Juzgado declarando sobre posibles violencias de un piquete de huelga de hacía
unos meses. Él no había tenido nada que ver personalmente con el asunto: ya
quedaban atrás sus tiempos heroicos. Nunca volvería a pelear con nadie, ni
volverían a pegarle palos en las rodillas ni a meterle en la cárcel.
Era un gran conversador, con muchas más historias maravillosas
de las que hubiesen contado nunca mi padre o mi tío Alex. Le encerraron en un
manicomio después de dirigir los piquetes cuando la ejecución de Sacco y
Vanzetti. Tuvo enfrentamientos con los organizadores del United Mine Workers de
John L. Lewis, al que consideraba demasiado de derechas. En 1936, fue agente
del CIO en una huelga contra la RCA en Camden, Nueva Jersey. Le detuvieron.
Cuando varios miles de huelguistas rodearon la cárcel en una especie de
linchamiento a la inversa, el alguacil consideró preferible ponerle de nuevo en
libertad. Y más historias, muchísimas más. Como digo, he puesto lo que recuerdo
de algunas de las cosas que contó en boca de un personaje imaginario de este
libro.
Al parecer, había estado también contando historias toda la
mañana en el Juzgado. El juez estaba fascinado, y también casi todos los demás
que asistieron al juicio... probablemente por aquellas aventuras tan nobles y
generosas. Al parecer, el juez había animado a Hapgood a seguir y seguir. En
aquellos tiempos, la historia del movimiento obrero era una especie de
pornografía, y aún más en éstos. En las escuelas públicas y en los hogares de
la gente bien, era y sigue siendo bastante tabú explicar historias de los
sufrimientos y hazañas de los obreros.
Recuerdo el nombre del juez. Se llamaba Claycomb. Lo recuerdo
con tanta facilidad porque su hijo «Moon» y yo habíamos sido compañeros de
clase en el instituto.
El padre de Moon Claycomb, según Powers Hapgood, le hizo esta
pregunta justo antes de la hora de comer:
—Señor Hapgood —le dijo—. ¿Por qué un hombre de familia tan
distinguida y de tan excelente educación como usted decidió vivir así?
—¿Por qué? —dijo Hapgood, según Hapgood—. Por el Sermón de la
Montaña, Señoría.
Y el padre de Moon Claycomb, dijo esto entonces:
—Se aplaza la sesión hasta las dos.
***
¿Qué era exactamente el Sermón de la Montaña?
La predicción que hizo Jesús de que los pobres de espíritu
recibirían el reino de los cielos; que todos los que llorasen serían
consolados; que los mansos heredarían la tierra; que los que tuviesen hambre y
sed de justicia serían hartos; que los misericordiosos alcanzarían
misericordia; que los limpios de corazón verían a Dios; que los pacíficos
serían llamados hijos de Dios; que los perseguidos por causa de la justicia
recibirían también el reino de los cielos. Y etc. etc.
***
El personaje de este libro inspirado por Powers Hapgood está
soltero y tiene problemas con el alcohol. Powers Hapgood estaba casado y, que
yo sepa, no tenía problemas graves con el alcohol.
***
Hay otro personaje secundario, al que llamo «Roy M. Cohn». Está
sacado del famoso anticomunista y abogado y hombre de negocios llamado,
bastante directamente, hemos de admitirlo, Roy M. Cohn. Le incluyo con su
amable permiso concedido ayer (2 de enero de 1979) por teléfono. Le prometí que
no le perjudicaría y que le presentaría como un abogado asombrosamente eficaz
en la acusación y en la defensa de cualquiera.
***
Mi querido padre guardó silencio durante buena parte de nuestro
viaje de vuelta a casa tras aquella comida con Powers Hapgood. Íbamos en su
Sedan Plymouth. Conducía él. Unos quince años después le detuvieron por
saltarse un semáforo en rojo. Y se descubrió entonces que llevaba veinte años
sin permiso de conducir: lo que significa que no tenía permiso de conducir
aquel día que comimos con Powers Hapgood. Su casa quedaba fuera, más o menos en
el campo. Cuando llegamos al límite de la ciudad, dijo que, si teníamos suerte,
veríamos a un perro muy divertido. Era un pastor alemán, dijo, que apenas podía
mantenerse en pie por la cantidad de veces que le habían atropellado los
automóviles. El perro aún salía arrastrándose a cazarlos, con los ojos llenos
de valor y rabia.
Pero no apareció aquel día. Existía realmente. Le vi otro día
que iba yo solo. Estaba allí acurrucado al borde de la carretera, dispuesto a
hundir sus dientes en el neumático delantero derecho. Pero su ataque resultaba
patético. Apenas si le funcionaban ya los cuartos traseros. Podría haber
arrastrado igual un baúl de camarote con la potencia de sus patas delanteras
sólo.
Fue precisamente el día que tiraron la bomba atómica en
Hiroshima.
***
Pero volvamos al día en que comí con Powers Hapgood.
Cuando metió el coche en el garaje, mi padre dijo al fin algo
sobre la comida. Le desconcertaba la forma apasionada con que había analizado
Hapgood el caso Sacco y Vanzetti, sin duda uno de los errores judiciales más
agriamente discutidos de la historia norteamericana.
—Sabes —dijo mi padre—, yo no tenía ni idea de que se pusiese en
duda su culpabilidad.
Hasta tal punto era mi padre puramente artista.
***
En este libro se menciona un violento enfrentamiento entre
huelguistas y policía y soldados llamado la Matanza de Cuyahoga. Es una
invención, un mosaico compuesto con fragmentos tomados de relatos de muchos
motines de este tipo de tiempos no tan lejanos.
Es una leyenda en la mente del personaje principal de este
libro, Walter F. Starbuck, cuya vida quedó accidentalmente conformada por la
Matanza, aunque tuviese lugar ésta la mañana de Navidad de 1894, mucho antes de
que Starbuck naciese.
La cosa fue así:
En octubre de 1894, Daniel McCone, fundador y propietario de la
Cuyahoga Bridge and Iron Company, entonces la principal empresa de Cleveland,
Ohio, informó a sus obreros, a través de los capataces, que tenían que aceptar
una reducción del 10 por ciento en sus salarios. No había sindicato. McCone era
un ingenierillo mecánico tenaz e inteligente, autodidacta, hijo de unos obreros
de Edimburgo, Escocia.
La mitad de su fuerza de trabajo, unos mil hombres, bajo la
dirección de un vulgar fundidor con dotes oratorias, Colin Jarvis, abandonó el
trabajo, forzando el cierre de la fábrica.
Les resultaba casi imposible alimentar y cobijar y vestir a sus
familias ya sin aquella reducción en los salarios. Todos eran blancos. La
mayoría nacidos en Estados Unidos.
La naturaleza se condolió aquel día. El cielo y el lago Erie
eran de color idéntico, el mismo gris peltre mortecino.
Las casitas hacia las que se dirigieron cansinamente los
huelguistas quedaban cerca de la fábrica. Muchas de ellas eran propiedad, al
igual que las tiendas del barrio, de la Cuyahoga Bridge and Iron Company.
***
Entre los cansinos huelguistas, tan amargados y marginados como
los demás, al parecer, había espías y agentes provocadores contratados y muy
bien pagados, en secreto, por la Agencia de Detectives Pinkerton. Esa agencia
aún existe y prospera, y es ahora una subsidiaria propiedad absoluta de la
RAMJAC Corporation.
Daniel McCone tenía dos hijos, Alexander Hamilton McCone, que
contaba por entonces veintidós años, y John, de veinticinco. Alexander se había
graduado honrosamente en Harvard el mayo anterior. Era dulce, tímido,
tartamudo. John, el hijo mayor y el aparente heredero de la empresa, había
abandonado sus estudios en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en el
primer curso, y había pasado a ser desde entonces el ayudante de más confianza
de su padre.
Todos los trabajadores, huelguistas y no huelguistas, odiaban al
padre y a su hijo John, pero reconocían que éstos sabían más en cuanto a
moldear hierro y acero que ninguna otra persona del mundo. En cuanto al joven
Alexander: les parecía afeminado y estúpido y demasiado cobarde hasta para
acercarse a los hornos y las fraguas y los martillos, donde se hacía el trabajo
más peligroso. Los obreros a veces le decían adiós con el pañuelo, para
proclamar su futilidad como hombre.
Cuando Walter F. Starbuck, en cuya mente está esta leyenda,
preguntó años más tarde a Alexander por qué se le había ocurrido ir a trabajar
a un lugar tan inhóspito después de Harvard, teniendo además en cuenta que su
padre no había insistido en ello, tartamudeó una respuesta que, una vez
descifrada, decía así: «Yo creía entonces que un rico debía tener alguna idea
del sitio del que salía su riqueza. Fue un detalle muy juvenil por mi parte.
Las grandes riquezas deben aceptarse sin ponerse en entredicho o rechazarse de
plano.»
En cuanto a los tartamudeos de Alexander antes de la Matanza de
Cuyahoga eran poco más que notas de adorno que expresaban su excesiva modestia.
Nunca se quedaba mudo más de tres segundos, con todos sus pensamientos
aprisionados dentro.
Y, en cualquier caso, no habría podido hablar mucho en presencia
de un padre y un hermano tan dinámicos. Aun así, su silencio era para ocultar
un secreto que cada día le daba más satisfacciones: empezaba a entender el
negocio tan bien como ellos; antes de que ellos anunciasen una decisión, él
casi siempre sabía cuál sería y cuál debería ser... y por qué. Nadie más lo
sabía aún, pero, qué demonios, él también era industrial e ingeniero.
***
Cuando llegó la huelga de octubre, se le ocurrieron muchas
posibles soluciones, aunque no hubiese pasado por una huelga nunca. Harvard
quedaba a un millón de kilómetros de distancia. Nada de lo que allí había
aprendido pondría en marcha la fábrica de nuevo. Pero lo haría la Agencia de
Detectives Pinkerton, y lo haría la policía... y quizás la Guardia Nacional.
Antes de que su padre y su hermano lo dijeran, Alexander sabía que había muchos
hombres en otras partes del país lo bastante desesperados como para aceptar un
trabajo casi a cualquier precio. Cuando su padre y su hermano lo dijeron,
Alexander aprendió algo más sobre los negocios: había empresas, que se fingían
con frecuencia sindicatos, cuyo único negocio era reclutar a tales hombres.
A finales de noviembre, las chimeneas de la fábrica eructaban
humo de nuevo. A los huelguistas ya no les quedaba dinero para el alquiler ni
para la comida y el combustible. Todo gran empresario de trescientas millas a
la redonda había recibido sus nombres, así que sabía lo alborotadores que
habían sido. Su dirigente nominal, Colin Jarvis, estaba en la cárcel, esperando
juicio por una acusación de asesinato amañada.
***
El 15 de diciembre, la mujer de Colin Jarvis, que se llamaba Ma,
encabezó una delegación de veinte mujeres de otros huelguistas hasta la entrada
principal de la fábrica. Dijeron que querían ver a Daniel McCone. Éste les
mandó a Alexander con una nota garrapateada, que Alexander se sintió capaz de
leerles en voz alta sin la menor dificultad de pronunciación. La nota decía que
Daniel McCone estaba demasiado ocupado para conceder tiempo a desconocidos que
no tenían nada que ver ya con los asuntos de la Cuyahoga Bridge and Iron
Company. Indicaba también que habían tomado erróneamente la empresa por una
organización caritativa. Decía que en sus iglesias o en sus comisarías de
policía podrían darles una lista de organizaciones a las que era más razonable
que pidieran ayuda... si de verdad necesitaban ayuda y creían merecerla.
Ma Jarvis dijo a Alexander que su mensaje era aún más simple:
los huelguistas volverían al trabajo en las condiciones que fuera. Les estaban
desahuciando de sus casas a casi todos y no tenían adonde ir.
—Lo siento —dijo Alexander—. Yo lo único que puedo hacer es
volver a leer la nota de mi padre si usted quiere.
Alexander McCone diría, muchos años después, que este encuentro
no le inquietó lo más mínimo por entonces. Se puso, en realidad, contentísimo,
dijo, al ver que resultaba una «... maq-maq-máquina» tan eficaz.
***
Un capitán de policía dio entonces un paso al frente. Advirtió a
las mujeres que estaban infringiendo la ley al reunirse en tan gran número como
para obstaculizar el tráfico y constituir una amenaza para la seguridad
pública. Les ordenó que se dispersaran de inmediato, en nombre de la ley.
Así lo hicieron. Se retiraron cruzando la vasta plaza que había
ante la entrada principal. La fachada de la fábrica se había proyectado para
que recordase a las personas cultas la Piazza San Marco de Venecia, Italia. La
torre del reloj de la fábrica era una reproducción a escala dos por uno del
famoso campanario de San Marco.
Sería desde el campanario de esa torre desde donde Alexander, su
padre y su hermano presenciarían la Matanza de Cuyahoga la mañana de Navidad.
Llevaría cada uno sus propios prismáticos. Y llevaría también cada uno su
pequeño revólver.
En el campanario, no había campanas. Y abajo en la plaza no
había ni cafés ni tiendas. El arquitecto había proyectado la plaza sobre bases
puramente utilitarias. Proporcionaba sitio suficiente a los carros, buggiss y
tranvías tirados por caballos en su ir y venir. El arquitecto había sido
también práctico respecto a las virtudes de la fábrica como fuerte. Si las
turbas pretendían irrumpir por la puerta principal, tendrían que cruzar antes
todo aquel espacio abierto.
Sólo un periodista, del Cleveland Plain Dealer, que es en la
actualidad una publicación de la RAMJAC, se retiró, cruzando la plaza, con las
mujeres. Le preguntó a Ma Jarvis qué pensaba hacer después.
Poco podía hacer ella, desde luego. Los huelguistas ya ni
siquiera eran huelguistas, eran simples parados a quienes echaban de sus casas.
De todos modos, dio una valerosa respuesta: «Volveremos», dijo.
¿Qué otra cosa podía decir?
Le preguntó entonces cuándo volverían.
La respuesta probablemente no era más que poesía cristiana de la
desesperanza, con marco invernal.
—La mañana de Navidad —dijo.
***
Esto se publicó en el periódico, y sus directores lo
consideraron una promesa amenazadora. Y la fama de las inminentes Navidades de
Cleveland se extendió por todas partes. Empezaron a llegar a la ciudad, como si
esperasen alguna especie de milagro, gentes que simpatizaban con los
huelguistas: predicadores, escritores, activistas sindicales, políticos
populistas, etc., etc. Eran enemigos declarados del orden económico, tal como
estaba estructurado entonces.
Edwin Kincaid, gobernador de Ohio, movilizó una compañía de
infantería de la Guardia Nacional para proteger la fábrica. Eran campesinos de
la parte sur del estado, elegidos porque no tenían amigos ni parientes entre
los huelguistas, ninguna razón para considerarlos otra cosa que alteradores
irracionales del orden. Representaban un ideal norteamericano: ciudadanos
soldados sanos y animosos, que se ocupaban de sus actividades normales hasta el
momento en que el país necesitaba un despliegue impresionante de armas y
disciplina. Debían aparecer como surgidos de la nada, para consternación de los
enemigos de la patria. Una vez resuelto el problema, desaparecían de nuevo.
El ejército regular del país, que había combatido a los indios
hasta que los indios no pudieron combatir más, se reducía a unos treinta mil
hombres; en cuanto a las utópicas milicias, estaban formadas casi en su
totalidad por jóvenes campesinos, pues la salud de los obreros industriales era
muy mala y su horario de trabajo muy prolongado. Por otra parte, en la guerra
hispano-norteamericana iba a descubrirse que los milicianos eran peor que
inútiles en el campo de batalla, tan deficiente era su instrucción militar.
***
Y esa fue sin duda la impresión que sacó el joven Alexander
Hamilton McCone de los milicianos que llegaron a la fábrica la víspera de
Navidad: que no eran soldados. Llegaron en un tren especial por un desvío que
terminaba dentro de las altas verjas de hierro de la fábrica. Salieron de los
vagones a la plataforma de carga como si fuesen pasajeros ordinarios que
llegasen a resolver asuntos diversos. No llevaban abotonados del todo los
uniformes, y a muchos hasta les faltaban botones. Algunos habían perdido los
sombreros. Casi todos llevaban maletas y paquetes cómicamente anticastrenses.
¿Los oficiales? Su capitán era el administrador de correos de
Greenfield, Ohio. Sus dos tenientes eran unos hijos gemelos del presidente del
Banco de Greenfield. El administrador de correos y el banquero habían hecho
favores al gobernador. Los nombramientos eran la recompensa. Y los oficiales, a
su vez, habían recompensado a los que les habían complacido de algún modo,
nombrándoles sargentos o cabos. Y los soldados, por su parte, electores o hijos
de electores, tenían a su alcance, si les apetecía usarla, la posibilidad de
destruir las vidas de sus superiores con el desprecio y el ridículo, que podían
prolongarse generaciones.
Y en el andén de carga de la Cuyahoga Bridge and Iron Company,
el viejo Daniel McCone tuvo que preguntar por fin a uno de los soldados que
andaban dando vueltas por allí al tiempo que comían:
—¿Quién manda aquí?
Y quiso la suerte que le hiciera tal pregunta al propio capitán,
que contestó:
—Bueno... supongo que soy yo, si es que hay alguien que mande.
Digamos en su favor que, aunque armados con bayonetas y
municiones, los milicianos no harían daño a un alma al día siguiente.
***
Les alojaron en un taller de máquinas vacío. Durmieron en los
pasillos. Todos traían comida de casa. Jamones y pollos asados, pasteles y
tartas. Comían lo que les apetecía y siempre que les apetecía y convirtieron el
taller de máquinas en una especie de merendero. Y lo dejaron como un basurero.
Los pobres no se daban ni cuenta.
Sí, y el viejo Daniel McCone y sus dos hijos pasaron también la
noche en la fábrica: en catres plegables en sus oficinas, al pie de la torre
del reloj, y con el revólver cargado debajo de la almohada. ¿Cuándo harían su
banquete de Navidad? A las tres en punto de la tarde siguiente. Entonces el
problema ya estaría resuelto. El joven Alexander utilizaría su magnífica
formación cultural, lo había dicho su padre, para componer y recitar una buena
oración de acción de gracias antes de la comida.
Entretanto, los guardias oficiales de la compañía, reforzados
por agentes de Pinkerton y policías de la ciudad, patrullaron por turnos
delante de las verjas de la empresa durante toda la noche. Los guardias de la
empresa, que normalmente iban armados sólo con pistola, tenían también rifles y
escopetas, prestadas por amigos o traídas de casa.
A cuatro hombres de Pinkerton se les permitió dormir toda la
noche. Eran algo así como especialistas. Eran tiradores de primera.
No fueron los clarines los que despertaron a la mañana siguiente
a los McCone. Fue un estruendo de martillos y sierras, que cotorreaba por toda
la plaza. Los carpinteros estaban construyendo un andamiaje muy alto, junto a
la puerta principal, al lado de las verjas. El jefe de policía de Cleveland
debía subirse en él, para que le viese todo el mundo. En el momento oportuno,
debía leer la Ley Antidisturbios de Ohio a la multitud. La ley exigía esta
lectura pública. Y decretaba que cualquier reunión ilegal de doce o más
personas debía disolverse en el plazo de una hora una vez leída la disposición.
Si los reunidos no se dispersaban, incurrían en un delito que se castigaba con
pena de diez años a cadena perpetua.
La naturaleza volvió a colaborar: empezó a caer una nieve
menuda.
***
Sí, y un coche cerrado tirado por dos caballos blancos entró
traqueteante en la plaza a toda prisa y se detuvo junto a la entrada. A la
temprana luz del alba bajó de él el coronel George Redfield, yerno del
gobernador (y enviado por él), que llegaba de Sandusky para ponerse al mando de
los milicianos. Era propietario de una serrería y además estaba introducido en
los sectores de la alimentación y del hielo. Carecía de experiencia militar,
pero iba ataviado como si perteneciera a la caballería. Llevaba un sable que le
había regalado su suegro.
Se dirigió inmediatamente al taller de máquinas para preparar a
sus soldados.
Poco después, llegaron los carros de la policía antidisturbios.
Eran policías normales de Cleveland, pero armados con escudos de madera y
lanzas romas.
Ondeó una bandera norteamericana en lo alto de la torre del
reloj, y se izó otra en el asta que había junto a la entrada principal.
Iba a ser sólo puro teatro, pensaba el joven Alexander. No
habría muertos ni heridos. La actitud de los hombres lo indicaba. Los propios
huelguistas habían comunicado que vendrían con sus mujeres y sus hijos, y que
ninguno llevaría armas... ni siquiera un cuchillo con hoja de más de siete
centímetros y medio.
«Sólo queremos —decía su carta— ver por última vez la fábrica a
la que dimos los mejores años de nuestras vidas, y enseñar la cara a todos
aquellos a quienes les pueda interesar mirarla; y mostrársela sólo a Dios
Todopoderoso, si sólo él quiere mirar; para preguntar, plantados allí, mudos e
inmóviles: “¿Merece un norteamericano la miseria y los sufrimientos que
padecemos nosotros?”»
No fue insensible Alexander a la belleza de la carta. En
realidad, la había escrito el poeta Henry Niles Whistler, que estaba en la
ciudad para animar a los huelguistas... y que también había estudiado en
Harvard. Alexander pensó que merecía una respuesta noble. Y le pareció que las
banderas y las filas de ciudadanos soldados y la presencia solemne y firme de
la policía servirían sin duda a este fin.
Se leería la ley en voz alta, la oirían todos, y todos se irían
a casa. La paz no se rompería por ninguna causa.
Alexander pensaba decir en su oración de aquella tarde que Dios
debía proteger a los obreros de dirigentes como Colin Jarvis, que les habían
empujado a echar sobre sí mismos tanta miseria y tanta aflicción. «Amén», dijo
para sí.
***
Y la gente llegó, tal como había prometido. Venían a pie. Con el
fin de desanimarles, los jerarcas de la ciudad habían suspendido todos los
servicios de tranvía en la zona aquel día.
Entre los manifestantes había muchos niños, algunos en brazos.
Uno de estos últimos, una niña en realidad, moriría de un tiro e inspiraría a
Henry Niles Whistler el poema «Bonnie Failey», al que se pondría música más
tarde y que aún se canta hoy.
¿Dónde estaban los soldados? Llevaban plantados ante las verjas
de la fábrica desde las ocho en punto, con la bayoneta calada, con las mochilas
llenas a la espalda. Aquellas mochilas pesaban veinte kilos o más. El coronel
Redfield pensaba que así sus hombres resultarían más impresionantes. Estaban
alineados en una sola fila, que se extendía a todo lo ancho de la plaza. El
plan de combate era éste: Si cuando se diese a la multitud orden de dispersarse
no lo hacía, los soldados debían enfilar las bayonetas y despejar la plaza
lenta, pero irresistible, glacialmente: manteniendo una perfecta alineación
erizada de acero, y avanzando, seguros siempre, firmes, un paso, luego dos,
luego tres, cuatro...
Sólo los soldados llevaban desde las ocho al otro lado de la
verja. La nieve había seguido cayendo. Así que cuando aparecieron los primeros
manifestantes al fondo de la plaza, contemplaron la fábrica por encima de una
extensión de nieve virgen. Las únicas huellas eran las que acababan de dejar
ellos mismos.
Venía mucha más gente de la que tenía pendientes asuntos
espirituales concretos con la Cuyahoga Bridge and Iron. Los propios huelguistas
estaban perplejos, pues no entendían quiénes podrían ser todos aquellos
desconocidos andrajosos... muchos de los cuales llevaban también consigo a sus
familias. Aquellos forasteros no querían más que mostrar claramente a todo el
mundo su necesidad y su miseria en plena Navidad. El joven Alexander, mirando
por los prismáticos, leyó la pancarta que llevaba un hombre, que decía: «Erie
Coal and Iron injusta con los obreros.» La Erie Coal and Iron no era siquiera
una empresa de Ohio. Tenía su sede en Buffalo, Nueva York.
Así pues, había considerables posibilidades en contra de que
Bonnie Failey, la niña asesinada en la Matanza, fuese realmente hija de un
huelguista de la Cuyahoga Bridge and Iron, de que Henry Niles Whistler pudiese
decir en el estribillo de su poema dedicado a ella:
Maldito, maldito, Dan McCone,
de alma de hierro y corazón de piedra...
El joven Alexander leyó la pancarta sobre la Erie Coal and Iron
desde la ventana de una oficina del segundo piso contigua a la pared norte de
la torre del reloj. Estaba en una galería larga, también de inspiración
veneciana, que tenía ventanas cada tres metros y un espejo al fondo. El espejo
hacía que la galería pareciese de longitud infinita. Las ventanas daban a la
plaza. Fue en esta galería donde instalaron su cuartel general los cuatro
tiradores de primera que había suministrado Pinkerton. Puso cada uno una mesa
en su ventana preferida y colocó tras ella un asiento cómodo. En cada mesa
había un soporte de rifle.
El tirador que estaba más próximo a Alexander había puesto
encima de la mesa un saco terrero y había hecho en él una hondonada con el
borde de su peluda mano. Allí apoyaría el rifle, con la culata asentada en el
hombro, mientras miraba abajo, a una cara y otra de la multitud, desde su
asiento. El tirador siguiente era mecánico de oficio y se había hecho un
trípode bajo con una horquilla giratoria arriba. Lo tenía colocado sobre la
mesa. Colocaría el rifle allí en la horquilla si había problemas.
—He solicitado la patente —le explicó a Alexander, refiriéndose
al trípode y dándole al chisme unas palmaditas.
Todos tenían la munición y la baqueta y los trapos para limpiar
y el aceite en la mesa, como si estuvieran a la venta.
Aún seguían cerradas todas las ventanas. En algunas de las
otras, había hombres más furiosos y menos templados. Eran guardias oficiales de
la empresa, que llevaban casi toda la noche sin dormir. Algunos habían estado
bebiendo... «para mantenerse despiertos», decían. Les habían situado en las
ventanas con rifles o con escopetas... por si la multitud atacaba la fábrica, a
pesar de todo, y no había más medio de detenerla que fuego fulminante.
Estaban ya convencidos de que tal ataque se produciría
inevitablemente. Su alarma y sus bravatas fueron los primeros indicios claros
que percibió el joven Alexander, según contaría décadas después al joven Walter
S. Starbuck, tartamudeante de nuevo, de que había «ciertos desequilibrios
intrínsecos en el espectáculo».
Él, por su parte, llevaba también un revólver cargado en el
bolsillo del abrigo... y lo mismo su padre y su hermano, que entraban ya en el
pasillo a dar el visto bueno a los preparativos por última vez. Eran las diez
de la mañana. Ya era hora de abrir las ventanas, dijeron. La plaza estaba
llena.
***
Era hora de subir a lo alto de la torre, le dijeron a Alexander,
que era desde donde mejor podía verse todo.
Así pues, se abrieron las ventanas y los tiradores de primera
colocaron los rifles en sus diversos soportes.
¿Quiénes eran los cuatro tiradores de primera, en realidad... y
existía realmente tal oficio? En aquella época había menos trabajo para los
tiradores de primera que para los verdugos. A ninguno de los cuatro les habían
contratado para semejante tarea hasta entonces y no era probable que volviesen
a hacerlo, salvo que estallase la guerra. Uno de ellos trabajaba media jornada
como agente de Pinkerton, y los otros tres eran amigos suyos. Los cuatro
cazaban juntos normalmente y llevaban años prodigándose elogios recíprocos por
su extraordinaria puntería. Así que cuando la agencia Pinkerton comunicó que
necesitaba cuatro tiradores de primera, se materializaron casi al instante,
igual que la compañía de ciudadanos soldados.
El hombre del trípode había inventado el aparato para la
ocasión. Y el del saco terrero era la primera vez que apoyaba el rifle en un
saco terrero. Y lo mismo podemos decir de los asientos y las mesas y del limpio
despliegue de municiones y demás: se habían puesto de acuerdo para comportarse
como auténticos tiradores profesionales de primera.
Años después, Alexander McCone, a preguntas de Starbuck sobre
cuál consideraba él la causa principal de la Matanza de Cuyahoga, respondería:
«Esa falta de profesionalismo en asuntos de vida y muerte, tan norteamericana.»
***
Cuando se abrieron las ventanas, entró, con el aire frío, el
murmullo oceánico de la muchedumbre. La gente quería mantenerse en silencio, y
pensaba que había silencio... pero un individuo murmuraba algo, otro tenía que
contestar, etc. En consecuencia, sonaba como un mar.
Fue más que nada esta especie de rumor de oleaje lo que oyó
Alexander cuando se asomó con su padre y su hermano a la torre del campanario.
Los defensores de la fábrica guardaban silencio. No habían emitido ninguna
respuesta, aparte de los roces y ruidos al abrir las ventanas de la segunda
planta.
El padre de Alexander dijo mientras esperaban: «Adaptar el acero
y el hierro a las necesidades humanas no es nada agradable, hijos míos. No
habría hombre en su sano juicio que hiciese ese trabajo si no fuera por miedo
al frío y al hambre. La cuestión es la siguiente, hijos míos: ¿Necesita el
mundo productos de acero y de hierro? Pues si alguien quiere alguno, Dan McCone
sabe hacerlo.»
Hubo entonces una pequeña irrupción de vida en la parte interior
de la verja. El jefe de policía de Cleveland, con un papel en el que estaba
escrita la Ley Antidisturbios, subió las escaleras del estrado hasta arriba del
todo. Aquél sería el punto culminante del espectáculo, suponía el joven
Alexander, un momento de extraordinaria belleza.
Pero de pronto estornudó, allá arriba en el campanario. Y no
sólo se le vaciaron de aire los pulmones sino que quedó destruida su visión
romántica. Se dio cuenta de que lo que estaba a punto de suceder allá abajo no
era majestuoso. Iba a ser demencial. No existía la magia y, sin embargo, su
padre y su hermano y el gobernador y puede que hasta el presidente Grover
Cleveland, esperaban que aquel jefe de policía se convirtiese en un mago, un
Merlín, capaz de hacer desaparecer a la multitud con un conjuro mágico. «No
resultará —pensó—. Es imposible.» No resultó, no.
El jefe de policía lanzó el conjuro. Sus gritos rebotaron en las
paredes, lucharon con sus propios ecos y sonaron a babilonio cuando llegaron a
oídos de Alexander. Y no pasó nada en absoluto.
El jefe de policía bajó del estrado. Su actitud indicaba que no
esperaba que sucediesen grandes cosas, que había sencillamente demasiadas
personas allí fuera. Y, con mucha humildad, se reincorporó a sus fuerzas de
asalto, que estaban armadas de escudos y lanzas, pero seguras tras las verjas.
No estaba dispuesto a pedirles que detuviesen a nadie, ni que provocasen de
ningún modo a una multitud tan numerosa.
Pero el coronel Redfield estaba furioso. Hizo abrir un poco la
puerta para poder salir y unirse a sus soldados medio congelados. Ocupó su
puesto entre dos campesinos en el centro de la larga fila. Ordenó a sus hombres
enfilar las bayonetas hacia lo que tenían delante. Después les ordenó dar un
paso al frente. Lo dieron.
***
Mirando hacia la plaza, el joven Alexander pudo ver que los que
formaban la primera fila de la multitud retrocedían empujando a los de atrás,
huyendo del acero desnudo.
Pero los de más atrás, los del fondo, no tenían ni idea de lo
que pasaba y no parecían dispuestos a irse para aliviar un poco la presión.
Los soldados dieron otro paso al frente y la gente retrocedió
presionando no sólo a los que estaban detrás, sino también a los que estaban a
los lados. Los que estaban en los extremos se vieron aplastados así contra los
edificios. Los soldados que estaban frente a ellos no tuvieron valor para
ensartar a gente tan impotente e inmovilizada, así que desviaron las bayonetas,
dejando un espacio entre las puntas de las hojas de acero y las paredes que no
cedían.
Cuando los soldados dieron otro paso al frente, según contaba
Alexander ya en su vejez, la gente empezó «... a cho-cho-chorrear por los
extremos de la fila de soldados como a-a-agua». El chorreo se convirtió en
torrente, estrujando los flancos de la hilera de soldados y situando a cientos
de personas en el espacio que había entre las verjas de la fábrica y las
espaldas desguarnecidas de los soldados.
El coronel Redfield, echando chispas por los ojos y mirando al
frente, no tenía ni idea de lo que estaba pasando a los lados. Dio orden de dar
otro paso al frente.
Entonces, la multitud, que se había colocado detrás de los
soldados, empezó a portarse francamente mal. Un joven saltó sobre la mochila de
un soldado como un mono: El soldado cayó a plomo de culo y pugnó cómicamente
por levantarse. Los soldados fueron derribados uno tras otro de este modo. Si
uno volvía a incorporarse, volvían a derribarle. Así que empezaron a
arrastrarse unos hacia otros intentando protegerse entre sí. Se negaron a
disparar. Formaron únicamente un montón defensivo, una especie de puercoespín
paralizado. El coronel Redfield no estaba entre ellos. No estaba en ningún
sitio visible.
***
Nadie admitió nunca haber ordenado a los tiradores de primera y
a los guardias de la fábrica abrir fuego desde las ventanas. Pero empezó el
tiroteo.
Catorce personas murieron por impacto de bala (incluido un
soldado). Hubo, además, veintitrés heridos graves.
El viejo Alexander contaría que el tiroteo parecía simplemente
un rumor como de «pa-pa-palomitas de maíz en la sartén», y que pensó que abajo
en la plaza soplaba un viento extraño, que parecía derribar a la gente y
arrastrarla «como si fuesen ho-ho-hojas».
Cuando terminó todo, hubo satisfacción general porque el honor
había quedado a salvo y se había hecho justicia. Se habían restablecido la ley
y el orden.
El viejo Daniel McCone diría a sus hijos mientras contemplaba el
campo de batalla, en el que ya sólo quedaban los cuerpos caídos:
—Os guste o no, hijos míos, ése es el tipo de negocio en el que
estáis metidos.
El coronel Redfield aparecería en una calle lateral, desnudo y
delirando, pero ileso, por lo demás.
El joven Alexander no intentó hablar después hasta que hubo de
hacerlo, aquella misma tarde, en el banquete de Navidad. Le pidieron que se
encargase él de la oración de acción de gracias. Descubrió entonces que se
había convertido en tonto efervescente, que tartamudeaba tanto que era incapaz
de hablar.
Nunca volvería a la fábrica. Se convertiría en el principal
coleccionista de arte de Cleveland y en el primer donante del Museo de Bellas
Artes de Cleveland, demostrando así que a la familia McCone le interesaba algo
más que el dinero y el poder sólo por el dinero y el poder.
***
Su tartamudeo siguió siendo tan agudo durante toda su vida que
raras veces se aventuraba fuera de su mansión de la avenida Euclides. Se había
casado con una Rockefeller un mes antes de que su tartamudeo se agudizara
tanto. De otro modo, como diría él mismo más tarde, puede que no hubiese
llegado a casarse nunca.
Tuvo una hija, que se avergonzaba de él igual que su mujer. Sólo
haría una amistad después de la matanza. Sería con un niño. El hijo de su
cocinera y su chófer.
El multimillonario quería alguien con quien jugar al ajedrez
varias horas al día. Así que sedujo, como si dijésemos, al muchacho, primero
con juegos más simples, como «los corazones» y la mona, las damas, el dominó.
Pero le enseñó a jugar también al ajedrez. Y pronto jugaron sólo a esto. Sus
conversaciones se limitaban a las burlas y chanzas convencionales del ajedrez,
que llevan mil años inmutables.
Ejemplos: «¿Has jugado antes a este juego? «¿De veras?»
«Localízame una reina.» «¿Esto es una trampa?»
El chico era Walter F. Starbuck. Y estaba dispuesto a consumir
su infancia y su juventud de un modo tan antinatural por esta sola razón:
Alexander Hamilton McCone había prometido mandarle algún día a Harvard.
K. V.
Ayuda a los débiles que suplican ayuda, ayuda a los perseguidos
y a las víctimas, porque ellos son tus mejores amigos; ellos son los camaradas
que luchan y caen como lucharon y cayeron ayer tu padre y Bartolo por la
conquista de la alegría de la libertad para todos los pobres trabajadores. En
esta lucha vital hallarás más amor y serás amado.
NICCOLA SACCO (1891-1927),
en su última carta a su hijo de trece años, Dante, el 18 de
agosto de 1927, tres días antes de su ejecución en la prisión de Charlestown,
Boston, Massachusetts. “Bartolo” era Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), que murió
la misma noche en la misma silla eléctrica, invento de un dentista. La misma
suerte corrió un hombre aún más olvidado, Celestino Madeiros (1894-1927), que
confesó el delito por el que habían condenado a Sacco y Vanzetti, pese al hecho
de haber sido declarado también convicto de otro asesinato por el que se había
interpuesto apelación. Madeiros era un notorio delincuente que al final se
comportó de modo generoso.
Pájaro decelda
1
La vida sigue, sí... y un tonto y su dignidad pronto se separan,
quizás para no reunirse jamás, ni siquiera el Día del Juicio.
Presta atención, por favor, pues en este libro, que es la
historia de mi vida hasta ahora, no sólo las personas son personajes, sino
también los años. Milnovecientos Trece me dio el regalo de la vida.
Milnovecientos Veintinueve hundió la economía norteamericana. Milnovecientos
Treintaiuno me envió a Harvard. Milnovecientos Treintaiocho me proporcionó mi
primer puesto en el gobierno federal. Milnovecientos Cuarentaiséis me dio una
esposa. Milnovecientos Cuarentaiséis me dio un hijo ingrato. Milnovecientos Cincuentaitrés
me expulsó del gobierno federal.
Por eso pongo yo con mayúsculas los años, como si fueran nombres
propios.
Milnovecientos Setenta me dio un trabajo en la Casa Blanca de
Nixon. Milnovecientos Setentaicinco me envió a la cárcel por mis destacadas
aportaciones a los escándalos políticos norteamericanos conocidos de forma
colectiva por «Watergate».
Milnovecientos Setentaisiete, hace ahora tres años, estaba a
punto de liberarme de nuevo. Me sentía como un montón de basura. Llevaba el
mono pardo-oliva, el uniforme de la prisión. Estaba sentado solo en un
dormitorio... en un catre al que había quitado la ropa. Tenía sobre el regazo,
limpiamente dobladas, una manta, dos sábanas y una funda de almohada que debía
devolver al gobierno, junto con mi uniforme. Sobre la ropa, descansaban unidas
mis pecosas y queridas manos. Miraba yo al frente, hacia una pared de la
segunda planta de unos barracones del Correccional de Seguridad Mínima para
Adultos, junto a la base de las Fuerzas Aéreas de Finletter, a cuarenta y cinco
kilómetros de Atlanta, Georgia. Esperaba que un guardia me condujese al
edificio de oficinas, donde me entregarían los documentos de mi liberación y la
ropa civil. No habría nadie esperándome a la puerta. En ninguna parte del mundo
había nadie con un abrazo de sobra para mí... o comida o cama gratis por una o
dos noches.
Si alguien me hubiera estado observando, me habría visto hacer
algo muy misterioso cada cinco minutos más o menos. Sin animar la cara
inexpresiva, alzaba las manos de la ropa y daba tres palmadas. Ya explicaré por
qué cuando llegue el momento.
Eran las nueve de la mañana del 23 de abril. El guardia se había
retrasado ya una hora. Un caza saltó al cielo desde una pista cercana, destruyó
suficiente energía para calentar cien hogares durante mil años, hizo el cielo
jirones. Yo ni pestañeé. El acontecimiento era simple rutina para los presos
veteranos y para los guardias de Finletter. Pasaba continuamente.
Casi todos los presos, convictos de delitos no violentos,
delincuentes de guante blanco, habían sido conducidos en autobuses escolares
color púrpura a las zonas de trabajo de las proximidades de la base. Sólo un
reducido grupo de mantenimiento había quedado atrás... para lavar ventanas y
fregar suelos. Había también algunos más, escribiendo o leyendo o dormitando...
demasiado enfermos, con dolencias de corazón o de espalda, normalmente, para
poder hacer trabajo manual. Yo, por mi parte, habría estado alimentando una
máquina de planchar en la lavandería del hospital de la base si hubiera sido un
día cualquiera. Yo tenía una salud excelente, como dicen ellos.
¿No se mostraba un respeto especial en la cárcel a un hombre de
Harvard? No había la menor deferencia, la verdad. He conocido, o tuve
referencia de por lo menos otros siete. Y, en cuanto yo saliese, ocuparía mi
catre Virgil Greathouse, ex ministro de Sanidad, Educación y Bienestar, que
también había estudiado en Harvard. Yo ocupaba un puesto bastante bajo en el
escalafón de titulaciones allí en Finletter, con una triste licenciatura nada
más. Ni siquiera era un Phi Betta Kappa.* Debía haber allí veinte Phi Betta
Kappas o más, una docena, o más, de doctores en medicina, igual número de
dentistas, un veterinario, un doctor en teología, un doctor en economía, un
doctor en química y una auténtica muchedumbre de abogados excluidos del foro.
Había tantos abogados que teníamos un chiste para los recién llegados: «Si
tropiezas con alguien que no haya estado en la Facultad de Derecho, cuidado. O
es un carcelero o es un guardia.»
Yo tenía un título pobre y modesto de licenciado en letras, con
cierto énfasis en la historia y en la economía. Mi plan cuando ingresé en
Harvard era ser funcionario público, un cargo técnico más que un cargo
político. Creía que no podía haber vocación más sublime en una democracia que
dedicarse a trabajar toda la vida en el gobierno. Como no sabía qué rama del
gobierno podría absorberme, si el Ministerio del Interior o la Oficina de
Asuntos Indios, o qué, lo mejor era tener una sabiduría lo más amplia y práctica
posible. Por eso elegí letras.
He hablado de mis planes y de mis ideas... pero, como era tan
nuevo en el planeta por aquel entonces, había adoptado gustosamente como
propios los planes e ideas de un hombre mucho mayor. Era éste un
multimillonario de Cleveland llamado Alexander Hamilton McCone, miembro del
curso 1894 de Harvard. Hijo de Daniel McCone, Alexander era un hombre tartamudo
y retraído. Daniel McCone había sido un metalúrgico e ingeniero escocés brutal
e inteligente que fundó la Cuyahoga Bridge and Iron Company, que era la empresa
más importante de Cleveland cuando nací yo. ¡Imaginaos lo que fue nacer en
Milnovecientos Trece! ¿Dudarían de mí los jóvenes de hoy si me pusiese a decir
ahora muy serio que por entonces oscurecían los cielos de Ohio a menudo
bandadas de pterodáctilos ululantes y que brontosaurios de cuarenta toneladas
tomaban el sol y canturreaban por las orillas del río Cuyahoga? Seguro que no.
Alexander Hamilton McCone tenía cuarenta años cuando nací yo en
su mansión de la Avenida Euclides. Estaba casado con la difunta Alice
Rockefeller, que era aún más rica que él, y que pasó casi toda su vida en
Europa con su única hija, que se llamaba Clara. Madre e hija, avergonzadas, sin
duda, por el terrible defecto de expresión del señor McCone, y decepcionadas
quizás aún más por su voluntad de no hacer nada en la vida más que leer libros,
raras veces estaban en casa. En aquellos tiempos no se podía pensar en el
divorcio.
Clara... ¿aún sigues viva? Me odiaba. Algunas personas me
odiaban y me odian.
Así es la vida.
¿Y qué relación tenía yo con el señor McCone para haber nacido
en el triste silencio de su mansión? Mi madre, Anna Kairys de soltera, nacida
en la Lituania rusa, era su cocinera. Mi padre, que nació con el nombre de
Stanislaus Stankiewicz en la Rusia polaca, era guardaespaldas y chófer suyo. Le
querían mucho.
El señor McCone hizo construir para ellos, y para mí también, un
lindo apartamento en la segunda planta de su cochera. Y cuando se hizo viejo,
me convertí en su compañero de juegos, siempre en casa con él. Me enseñó a
jugar a «los corazones» y a la mona, a las damas y al dominó... y al ajedrez.
Muy pronto jugamos sólo al ajedrez. Él no jugaba bien. Ganaba yo casi todas las
partidas, y puede que él estuviese secretamente borracho. Creo que nunca se
esforzaba por ganar. En cualquier caso, y muy pronto, empezó a decirme y a
decir a mis padres que yo era un genio, lo cual desde luego no era cierto, y
que me mandaría a estudiar a Harvard. Debió decírselo un millar de veces por lo
menos a mis padres a lo largo de los años: «Seréis algún día los orgullosos
padres de un perfecto caballero de Harvard.»
Con ese fin, y cuando yo tenía diez años, nos hizo cambiar
nuestro apellido Stankiewicz por Starbuck. Me recibirían mejor en Harvard,
dijo, si tenía un apellido anglosajón. Así que pasé a llamarme Walter F.
Starbuck.
A él le había ido muy mal en Harvard, había superado la prueba a
duras penas. Además, socialmente se burlaban de él, no sólo por su tartamudez
sino por ser el hijo de un emigrante escandalosamente rico. Había toda clase de
razones para que él odiara Harvard, pero comprobé que, a medida que pasaban los
años, se iba haciendo más sentimental y romántico al respecto, y tal llegó a
ser su culto a Harvard que, por la época en que yo estudiaba bachillerato,
había llegado a convencerme de que los profesores de Harvard eran los hombres
más sabios de la historia del mundo. Norteamérica podía ser un paraíso sólo con
que los altos cargos del gobierno estuvieran en manos de hombres de Harvard.
Y la verdad es que cuando yo fui a trabajar para el gobierno
como joven inteligente y prometedor en el Ministerio de Agricultura de Franklin
Delano Roosevelt, había cada vez más hombres de Harvard en el gobierno. Por
entonces, esto a mí me parecía perfectamente natural. Ahora me parece un poco
cómico. Ni siquiera en la cárcel, como digo, tienen nada de especial los
hombres de Harvard.
Cuando yo era estudiante, captaba a veces el soplo de una
promesa de que, una vez graduado, sería mejor que la media explicando
cuestiones importantes a gente que fuese torpe para entender. Las cosas no
resultaron de ese modo.
En fin, yo estaba allí sentado en la cárcel en Milnovecientos
Setentaisiete, esperando que llegase el guardia. No estaba enfadado por su
retraso, que era ya de una hora. No tenía prisa por ir a ningún sitio, no tenía
ningún sitio concreto a donde ir. Aquel guardia se llamaba Clyde Carter. Fue
uno de los pocos amigos que hice en la cárcel. Lo que más nos unía era que
habíamos hecho el mismo Curso de Coctelería por correspondencia de una fábrica
de diplomas de Chicago, el Instituto de Instrucción de Illinois, sección de la
RAMJAC Corporation. Ambos habíamos recibido el mismo día y en el mismo correo
nuestros títulos de doctor en coctelería. Clyde me había superado haciendo
luego un curso de acondicionamiento de aire en el mismo instituto. Clyde era
primo tercero del presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter. Y, aunque
unos cinco años más joven que el presidente, era por lo demás su vivo retrato.
Tenía los mismos modales encantadores, la misma sonrisa deslumbrante.
A mí me bastaba con el título de doctor en coctelería. Era lo
que me proponía hacer el resto de mi vida: llevar un bar tranquilo en cualquier
sitio, a ser posible un club de caballeros.
Y alcé mis manos queridas de la ropa de cama doblada y di tres
palmadas.
Saltó otro caza al fondo de una pista cercana, hizo añicos el
cielo. Yo pensé: «Al menos, ya no fumo.» Era verdad. Yo, que fumaba cuatro
paquetes de Palmall sin filtro diarios, ya no era un esclavo de su majestad la
nicotina. Pronto me acordaría de lo mucho que fumaba, por el traje gris de raya
fina de tres piezas lleno de quemaduras de cigarrillos que me esperaba en la
sala de suministros. Tenía un agujero del tamaño de una moneda de diez centavos
en la entrepierna, recordé. Me sacaron una foto de prensa en el asiento de
atrás del sedán verde del comisario federal, inmediatamente después de que me
condenaran. La interpretación general de la foto era que parecía en ella muy
avergonzado, macilento, horrorizado, incapaz de mirar a la cara a la gente. En
realidad, era la foto de un hombre que acababa de prenderse fuego en los
pantalones.
Pensé entonces en Sacco y Vanzetti. Cuando yo era joven, creía
que la historia de su martirio haría propagarse una irresistible ansia de
justicia entre la gente corriente en todo el mundo. ¿Alguien sabe, o se
preocupa ya por saber quiénes eran?
No.
Pensé en la Matanza de Cuyahoga, que fue el enfrentamiento más
sangriento entre unos huelguistas y un patrono de la historia del movimiento
obrero norteamericano. Sucedió en Cleveland, ante la entrada principal de la
Cuyahoga Bridge and Iron, la mañana de Navidad de Milochocientos
Noventaicuatro. Mucho antes de que yo naciera. Mis padres eran todavía niños en
el Imperio Ruso por entonces. Pero el hombre que me mandó a Harvard, Alexander
Hamilton McCone, lo presenció todo, desde la torre del reloj de la fábrica de
la empresa de su padre y su hermano mayor John. Fue entonces cuando dejó de
padecer un tartamudeo leve para convertirse, ante la menor tensión, en un
tartamudo efervescente totalmente incapaz de expresarse.
Digamos, por otra parte, que la Cuyahoga Bridge and Iron perdió
su identidad, salvo para la historia laboral, hace mucho. La absorbió
Youngstown Steel poco después de la Segunda Guerra Mundial; la Youngstown Steel
se ha convertido también en una mera sección de la RAMJAC Corporation.
Paz.
Sí, y alcé mis manos queridas de la ropa doblada y di tres
palmadas. De eso se trataba nada más, algo así de tonto: aquellas tres palmadas
completaban una canción obscena que a mí nunca me había gustado y en la que no
había pensado desde hacía treinta años o más. Procuraba por todos los medios
mantener la mente en blanco, comprendes, por lo embarazoso que resultaba el
pasado y lo aterrador que resultaba el futuro. Tantos enemigos me había hecho
con los años, que dudaba que pudiese conseguir siquiera un trabajo como
encargado de bar en algún sitio. Me iría haciendo cada día más sucio y
andrajoso, pensaba, pues no recibiría dinero de ningún sitio. Acabaría en las
callejas de los borrachos y aprendería a quitarme el frío bebiendo vino, me
decía, aunque jamás me había gustado el alcohol.
Lo peor era, pensaba también, que me quedaría dormido en
cualquier calleja un día y aparecerían delincuentes juveniles —de esos que
odian a los viejos sucios— con una lata de gasolina. Me empaparían en gasolina
y luego me harían estallar. Y lo peor de todo sería, pensaba, cuando las llamas
me lamiesen los globos oculares.
¡No es raro que quisiera dejar la mente en blanco!
Pero no podía vaciar la mente más que de forma intermitente. Así
que me conformaba en general, mientras estaba allí sentado en el catre, con una
paz algo menos perfecta, llena de pensamientos que no tenían por qué
asustarme... de Sacco y Vanzetti, como digo, de la Matanza de Cuyahoga, de
cuando jugaba al ajedrez con el viejo Alexander Hamilton McCone, etc., etc.
El vacío perfecto, cuando lo conseguía, sólo duraba unos diez
segundos... y luego lo rompía la canción, que yo oía sonora y claramente,
cantada en mi pensamiento por una voz ajena, y que había de completar con las
tres palmadas. A mí, la letra me pareció sumamente pecaminosa cuando la oí por
primera vez, que fue en una fiesta beoda, sólo para hombres, en mi primer curso
en Harvard. Era una canción que había que guardar en secreto y no decírsela a
las mujeres. Quizás no la hubiese oído ninguna mujer, ni la haya oído aún
siquiera, a estas alturas. Lo que el autor de la letra se proponía era sin duda
embrutecer los sentimientos de los varones que cantaban la canción de modo que
los tales cantores no pudieran volver a creer jamás lo que la mayoría de
nosotros creíamos por entonces con todo el corazón: que las mujeres eran más
espirituales, más sagradas que los hombres.
Yo todavía lo creo. ¿Es eso también cómico? Sólo he amado a
cuatro mujeres en mi vida: mi madre, mi difunta esposa, una mujer con la que
estuve prometido en matrimonio, y otra más. Las describiré a todas más tarde.
Pero digamos ahora que las cuatro me parecieron más virtuosas que yo, con más
valor en la vida, y más próximas a los secretos del universo de lo que nunca
haya podido estar yo.
De cualquier modo, incluiré ahora la letra de esa canción
terrible. Y, aunque yo haya sido técnicamente responsable, debido a mi elevado
posición en una estructura corporativa en época reciente, de la publicación de
algunos de los libros más soeces sobre mujeres que se hayan escrito, veo que
aún me cuesta trabajo poner sobre el papel, donde quizás nunca haya estado, la
letra de la canción. Diré, por otra parte, que la cantábamos con la música de
una melodía muy antigua que yo llamo Rubén, Rubén. Debe tener muchos otros
nombres sin duda.
Quienes lean la letra han de tener en cuenta que yo se la oí
cantar no a viejos o a gente de mediana edad, sino a universitarios, a
chavales, en realidad, que, con una Gran Depresión en marcha y con una Segunda
Guerra Mundial en perspectiva, escarnecidos la mayoría por su propia
virginidad, tenían razones para sentirse petrificados ante todas las cosas que
esperaban de ellos las mujeres de aquella época. Las mujeres esperaban que
ganasen buen dinero en cuanto acabaran la carrera y ellos no veían cómo iban a
poder conseguirlo con todas las empresas cerradas. Las mujeres esperaban
también que fuesen soldados valerosos y había, al parecer, muchas posibilidades
de que acabaran destrozados cuando la metralla y las balas volasen. ¿Quién
podía ser absolutamente responsable de sus acciones cuando volasen la metralla
y las balas? Habría lanzallamas y gases asfixiantes. Se oirían unos estampidos
aterradores. Podían volarle la cabeza al que estaba a tu lado... su garganta
sería como una fuente.
Y las mujeres, cuando se convertían en esposas, esperaban de
ellos que fuesen unos amantes perfectos ya desde la misma noche de bodas...
sutiles, tiernos, picaros, respetuosos y cosquilleantemente libertinos, y que
supiesen tanto de los órganos de reproducción de ambos sexos como la Facultad
de Medicina de Harvard.
Recuerdo lo que decía un audaz artículo de revista que se
publicó por aquella época. Hablaba de la frecuencia de las relaciones sexuales
de los norteamericanos varones de diversas profesiones y actividades. Los más
ardientes eran los bomberos, que hacían el amor diez veces por semana. Los
profesores universitarios eran los menos. Sólo hacían el amor una vez al mes. Y
un compañero mío de clase, al que, por cierto, mataron luego en la Segunda
Guerra Mundial, movió quejumbroso la cabeza y dijo: «Ay... ojalá fuera yo
profesor universitario.»
La terrible canción quizá fuese, en realidad, por entonces, una
forma de honrar el poder de las mujeres, de afrontar los miedos que inspiraban.
Podría compararse sin duda a una canción que hiciese burla de los leones y que
cantasen los cazadores de leones la noche antes de salir de cacería.
La letra era así:
Sally estaba en el jardín
las cenizas rebuscando
cuando un pedo se tiró
la pierna cual hombre alzando.
Quince ventanas rompieron
sus bragas al explotar
y sus nalgas así hicieron...
Aquí los cantantes debían dar tres palmadas para completar la
estrofa.
2
Mi título oficial en la Casa Blanca de Nixon, el puesto que
desempeñaba cuando me detuvieron por malversación y perjurio y por obstaculizar
la acción de la justicia, era éste: asesor del presidente para asuntos de la
juventud. Me pagaban treinta y seis mil dólares al año. Tenía una oficina, pero
no secretaria, en el subsótano del Edificio del Departamento Ejecutivo, justo
debajo, precisamente, de la oficina donde se planearon los robos con
allanamiento y otros delitos en beneficio del presidente Nixon. Yo oía gente
paseando arriba que alzaba a veces la voz. Mis únicos acompañantes en mi propio
nivel del subsótano eran el equipo de calefacción y acondicionamiento de aire y
una máquina de Coca-Cola de la que creo que sólo yo sabía. Era la única persona
que la utilizaba.
Sí, y leía periódicos y revistas de universidades e institutos
de secundaria, y Rolling Stone y Crawdaddy, y cualquier otra cosa que dijese
hablar para la juventud. Catalogué afirmaciones políticas en letras de
canciones populares. Y creía estar especialmente cualificado para aquel trabajo
por haber sido yo también radical en Harvard desde mi primer curso. Y no había
sido un diletante, un mero rojillo de salón. Había sido presidente de la
sección de Harvard de la Liga Juvenil Comunista. Había sido codirector de un
semanario radical, The Bay State Progressive. En realidad fui, abierta y
orgullosamente, un comunista de los de carnet en el bolsillo hasta que Hitler y
Stalin firmaron un pacto de no agresión en Milnovecientos Treintainueve. A mis
ojos, cielo e infierno hacían con ello causa común contra los débiles del
mundo.
Tras esto, pasé de nuevo a ser un cauto partidario de la
democracia capitalista.
Tan aceptable era en otros tiempos ser comunista en este país
que el que yo lo fuera no impidió que ganase una beca Rhodes para Oxford
después de Harvard y consiguiese luego un puesto en el Ministerio de
Agricultura de Roosevelt. ¿Qué podía tener de repulsivo, después de todo, en la
Gran Depresión, precisamente, y con otra guerra más por las riquezas y mercados
naturales del mundo en perspectiva, el que un joven creyese que toda persona
debía trabajar según su capacidad, y ser retribuida, estuviese sana o enferma,
fuese joven o vieja, valiente o cobarde, inteligente o imbécil, según sus
necesidades básicas? Nadie podía considerarme un enfermo mental por pensar que
no tenía por qué repetirse la guerra... que bastaba con que la gente normal de
todas partes se hiciese con el control de las riquezas del planeta, disolviese
los ejércitos y olvidase las fronteras nacionales; bastaba con que pasasen a
considerarse hermanos y hermanas, sí, y madres y padres, también, e hijos de
todo el resto de la gente normal... en todas partes. La única persona que
quedaría excluida de tal amistosa y misericordiosa sociedad sería la que
acaparase más riqueza de la que pudiera necesitar en un momento dado.
E incluso ahora, a la triste edad de sesenta y seis años, noto
que aún me tiemblan las rodillas cuando encuentro a alguien que aún piensa que
es posible que llegue el día en que habite la tierra una gran familia feliz y
pacífica: la Familia del Hombre. Si me conociese ahora a mí mismo tal como era
en Milnovecientos Treintaitrés, me desmayaría de respeto y de lástima.
Así pues, mi idealismo no murió ni siquiera en la Casa Blanca de
Nixon, no murió siquiera en la cárcel, no murió siquiera cuando me convertí, mi
empleo más reciente, en uno de los vicepresidentes del sector Down Home Records
de la RAMJAC Corporation.
Sigo creyendo que es posible lograr la paz, la abundancia y la
felicidad. Soy un imbécil.
Mientras fui asesor especial para asuntos de la juventud de
Richard M. Nixon, desde Milnovecientos Setenta hasta mi detención en
Milnovecientos Setentaicinco, en que fumaba cuatro cajetillas de Pall Mall sin
filtro diarias, nadie me pidió nunca ni datos ni opiniones ni nada. Ni siquiera
tenía que ir a trabajar, y podría haber aprovechado más el tiempo si me hubiera
dedicado a ayudar a mi pobre esposa en el pequeño negocio de decoración de
interiores que ella llevaba en nuestro domicilio, un chalecito muy pequeño que
teníamos fuera, en Chevy Chase, Maryland. Los únicos visitantes que tuve en mi
oficina subterránea, cuyas paredes tenían un color marrón dorado de brea de
cigarrillo, fueron los agentes especiales que realizaban las operaciones de
latrocinio del presidente, cuya oficina estaba sobre la mía. Un buen día tuve
un ataque de tos y se dieron cuenta de que había alguien allí mismo debajo de
ellos, y que podía estar oyendo todas sus conversaciones. Hicieron varias
pruebas, uno de ellos gritando y pateando arriba y otro escuchando en mi
oficina. Por fin se convencieron de que no había oído nada y de que yo era, en
realidad, un pobre pelagatos inofensivo.
El de los gritos y patadas era un antiguo agente secreto de la
CIA; escribía novelas de espías y era licenciado por la Brown University. El
que escuchaba abajo era un agente del FBI que antes había sido fiscal de
distrito, licenciado por la Universidad de Portham. Yo, por mi parte, como
quizás haya dicho ya, era un hombre de Harvard.
Y este hombre de Harvard, que sabía perfectamente que todo lo
que escribiese sería hecho pedazos y despachado sin leerlo con el resto del
contenido de las papeleras de la Casa Blanca, seguía haciendo unos doscientos
informes semanales o más sobre los dichos y hechos de la juventud, con notas al
pie, bibliografías y apéndices y todo. Pero las conclusiones que podían
extraerse de mis datos variaron tan poco a lo largo de los años que muy bien
podría haber enviado el mismo telegrama al Limbo todas las semanas. Su texto
habría sido:
LOS JÓVENES AÚN SE NIEGAN A ACEPTAR QUE SEA ABSOLUTAMENTE
IMPOSIBLE UN DESARME MUNDIAL Y UNA IGUALDAD ECONÓMICA GENERAL. PUEDE QUE LA
CULPA LA TENGA EL NUEVO TESTAMENTO (QUOD VIDE).
WALTER F. STARBUCK
ASESOR ESPECIAL DEL PRESIDENTE PARA ASUNTOS DE LA JUVENTUD
Al final de cada día de trabajo inútil allí en el subsótano,
volvía a casa con la única esposa que he tenido en mi vida, que era Ruth... que
me esperaba en nuestro chalecito de Chevy Chase, Maryland. Ella era judía; yo
no. Así que nuestro único vástago, un hijo que hace ahora crítica literaria
para el New York Times, es medio judío. Y ha complicado aún más los problemas
raciales y religiosos, casándose con una cantante negra que tiene dos hijos de
un matrimonio anterior. Su anterior marido era un actor cómico de variedades,
de origen portorriqueño llamado Jerry Cha-cha Rivera, que pereció víctima de un
disparo mientras era inocente espectador del robo de una estación de lavado de
coches de la RAMJAC en Hollywood. Mi hijo ha adoptado a los niños, de modo que
legalmente ahora son mis nietos, mis únicos nietos.
La vida sigue.
Mi difunta esposa Ruth, la abuela de esos niños, nació en Viena.
Su familia tenía allí una librería de libros raros... antes de que se la
quitaran los nazis. Era seis años más joven que yo. A su padre, a su madre y a
sus dos hermanos, les mataron en los campos de concentración. A ella la
escondió una familia cristiana, pero la descubrieron y la detuvieron, junto con
el cabeza de familia, en Milnovecientos Cuarentaidos, así que pasó los dos
últimos años de guerra en un campo de concentración, cerca de Munich, que
liberaron al fin las tropas norteamericanas. Moriría mientras dormía, en
Milnovecientos Setentaicuatro, de angina de pecho, dos semanas antes de mi
detención. Adonde fuese yo, y no importaba cómo, allí iba mi Ruth... mientras
pudo. Si me maravillaba yo de esto en voz alta, ella decía: «¿En qué otro sitio
podría estar? ¿Qué otra cosa podría hacer?»
Podría haber sido una gran traductora, por ejemplo. Se le daban
tan bien los idiomas como mal a mí. Yo me pasé cuatro años en Alemania después
de la Segunda Guerra Mundial y no conseguí dominar el alemán. Pero no había
idioma europeo del que Ruth no pudiese hablar por lo menos un poco. En el campo
de concentración se pasó todo el tiempo, mientras esperaba la muerte,
intentando que los demás presos le enseñasen sus idiomas si no los conocía. Así
logró hablar con fluidez el caló, la lengua de los gitanos, y aprendió incluso
la letra de algunas canciones en vascuence. Podía haber sido retratista. Fue
otra cosa que hizo en el campo de concentración. Untaba un dedo en carbonilla y
dibujaba en las paredes retratos de la gente. Podía haber sido fotógrafa
famosa. Cuando sólo contaba dieciséis años, tres antes de que Alemania se
anexionase Austria, fotografió a unos cien mendigos en Viena, todos los cuales
eran veteranos de la Primera Guerra Mundial con heridas terribles. Estas fotos
se vendieron en portafolios, y encontré recientemente uno de ellos, ante mi
desolado asombro, en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Además, sabía tocar el piano, mientras que yo soy un negado para la música. Ni
siquiera puedo cantar Sally en el jardín sin desafinar.
Yo era, pues, inferior a Ruth.
Cuando empezaron a irme las cosas mal de veras, en los años
cincuenta y en los sesenta, en que no era capaz de conseguir un trabajo decente
en ningún sitio, pese a los altos cargos que había ocupado en el gobierno, pese
a conocer a tanta gente importante, fue Ruth quien salvó a aquella impopular y
pequeña familia de Chevy Chase. Empezó con dos fracasos, que la deprimieron al
principio, pero que luego le harían reír hasta saltársele las lágrimas. Su
primer fracaso fue como pianista en un salón de cócteles. El propietario le
dijo cuando la despidió que era demasiado buena, que la clientela que él
tenía... «no apreciaba las cosas delicadas de la vida». Su segundo fracaso fue
como fotógrafa de bodas. Sus fotografías siempre tenían un aire de catástrofe
prebélica que ningún retoque podía borrar. Era como si todos los de la boda
fueran a acabar en las trincheras o en la cámara de gas al poco tiempo.
Pero luego se hizo decoradora de interiores, seduciendo a los
futuros clientes con acuarelas de las habitaciones que le gustaría hacerles. Y
yo era su torpe ayudante: colgaba tapices, sujetaba muestras de empapelado en
la pared, anotaba los avisos telefónicos de los clientes, hacía recados,
recogía muestras de una cosa y otra... etc., etc. En una ocasión, quemé
tapicerías de terciopelo azul por valor de mil cien dólares. No es raro que mi
hijo nunca me respetase.
¿Acaso le di oportunidad de hacerlo?
Dios mío... allí estaba su madre, intentando mantener a la
familia y escatimando y ahorrando para salir a flote. Y allí su padre, parado,
siempre por en medio, desvalido, que acababa quemando una fortuna en tapicerías
con un cigarrillo...
¡Hurra por una educación en Harvard! ¡Oh, ser el orgulloso hijo
de un hombre de Harvard!
Diré también que Ruth era una mujer pequeñita... 1a piel
cobriza, el pelo negro y liso, los pómulos altos y los ojos hundidos en las
cuencas. La primera vez que puse la vista en ella, que fue en Nuremberg,
Alemania, a finales de agosto de Milnovecientos Cuarentaicinco, ella llevaba un
voluminoso mono del ejército, y la tomé por un gitanillo. Yo era un funcionario
civil del Ministerio de Defensa, de treinta y dos años. No me había casado.
Había sido civil toda la guerra, ejerciendo a menudo más poder real que
generales o almirantes. Estaba, por entonces, en Nuremberg, echando mi primer
vistazo a los desastres de la guerra. Me habían enviado a supervisar la
alimentación y el albergue de las delegaciones norteamericana, inglesa,
francesa y rusa que asistían a los juicios por crímenes de guerra. Antes, había
organizado centros de recuperación para soldados norteamericanos en varias
zonas de recreo de los Estados Unidos, así que ya sabía un poquillo del negocio
hotelero.
Tenía que ser un dictador para los alemanes en cuanto a comida,
bebida y camas se refiere. Mi vehículo oficial era un turismo Mercedes blanco,
un descapotable de cuatro puertas con parabrisas en el asiento de atrás, además
de en el delantero. Además tenía sirena. Y unas ranuras pequeñas en las
defensas delanteras para poner banderas. Como es lógico, yo llevaba banderas
norteamericanas. Este coche de ensueño había sido un regalo de cumpleaños de
Heinrich Himniler, el creador de los campos de concentración, a su mujer, en
los buenos tiempos. Yo siempre llevaba un chófer armado cuando iba en él.
Recordad que mi padre había sido chófer armado de un millonario.
Y así, iba yo por la calle principal, la Konigstrasse, una tarde
de agosto. El tribunal de crímenes de guerra se había instalado en Berlín, pero
debía trasladarse a Nuremberg en cuanto yo pudiese arreglar allí las cosas. La
calle estaba aún bloqueada por escombros en muchas zonas. La estaban despejando
prisioneros de guerra alemanes que trabajaban casualmente bajo las llameantes
miradas de policías militares norteamericanos negros. El ejército
norteamericano aún estaba segregado en aquellos tiempos. Las unidades eran
todas de blancos o de negros, salvo los oficiales, que solían ser siempre
blancos. No recuerdo que esto me pareciese raro entonces. Yo no sabía nada de
los negros. Entre la servidumbre de la mansión de los McCone de Cleveland no
había ningún negro, ni tampoco en los centros de enseñanza a los que yo asistí.
Ni siquiera cuando había sido comunista había tenido a un negro por amigo.
Cerca de la iglesia de Santa Marta, en la Königstrasse, a la que
había dejado sin techo una bomba incendiaria, pararon mi Mercedes en un puesto
de control. Lo dirigía un policía militar norteamericano blanco: Buscaban gente
que no estuviese donde teóricamente tenía que estar, ahora que la civilización
se había puesto de nuevo en marcha. Buscaban desertores de todos los ejércitos
imaginables, incluido el norteamericano, y criminales de guerra aún no
detenidos, y lunáticos, y delincuentes comunes, que simplemente habían huido de
la línea del frente, y ciudadanos de la Unión Soviética que habían desertado
pasándose a los alemanes o habían sido capturados por ellos, que serían
encarcelados o fusilados si volvían a su patria. De cualquier modo, se
consideraba que los rusos tenían que volver a Rusia, los polacos tenían que
volver a Polonia, los húngaros a Hungría, los estonianos a Estonia, y así
sucesivamente. Todos debían volver a casa, pasase lo que pasase.
Yo tenía curiosidad por saber de qué tipo de intérpretes se
estaba valiendo la policía militar, pues me era difícil encontrar buenos
intérpretes para mis propias operaciones. Necesitaba sobre todo individuos
trilingües, que hablasen bien alemán e inglés y, además, francés o ruso. Tenía
que ser, además, gente digna de confianza, educada y presentable. Así que salí
del coche a ver más de cerca los interrogatorios. Para mi sorpresa, descubrí
que los realizaba lo que parecía un gitanillo. Era mi Ruth, claro. Le habían
cortado el pelo al cero en un centro de desinfección. Llevaba un mono militar
sin ninguna insignia de unidad o rango. Era maravilloso verla intentando
despertar un chispeo de comprensión en un vagabundo andrajoso que le habían
puesto delante los policías militares. Debió probar con él siete u ocho
lenguas, pasando de una a otra con la misma facilidad con que cambia un músico
de compases y claves. No sólo eso, sino que, además, cambiaba la gesticulación
también, de modo que sus manos hacían siempre los movimientos correspondientes
a cada idioma.
Y de pronto, las manos del hombre también empezaron a danzar
como las suyas, y los sonidos que salían de su boca eran parecidos a los que
emitía ella. Según me contó Ruth más tarde, era un campesino macedonio del sur
de Yugoslavia. El idioma común que habían encontrado era el búlgaro. Le habían
cogido prisionero los alemanes, aunque él nunca había sido soldado, y le habían
enviado a las brigadas de trabajos forzados que reforzaban las fortificaciones
de la Línea Sigfrido. No había llegado a aprender alemán. Y quería irse a
Norteamérica, según le dijo a Ruth, para llegar a hacerse muy rico. Le
facturaron otra vez para Macedonia, supongo.
Ruth tenía entonces veintiséis años... pero llevaba siete
comiendo tan mal, patatas y nabos sobre todo, que era un palito asexual. Ella,
por su parte, había acudido a aquel puesto de control sólo una hora antes que
yo, y los policías militares la habían obligado a hacer aquel servicio debido a
los muchos idiomas que sabía. Pregunté a un sargento de la policía militar qué
edad le echaba y dijo: «Quince.» Creía que era un muchacho al que todavía no le
había cambiado la voz.
Conseguí meterla en el asiento trasero de mi Mercedes e
interrogarla. Me enteré de que la habían librado del campo de concentración en
primavera, hacía unos cuatro meses y que desde entonces había eludido a todos
los organismos que la habrían ayudado muy gustosamente. Debería estar, por
entonces, en un hospital para personas extraviadas. Pero ya no tenía el menor
interés en confiar su destino a nadie. Su propósito era vagar sola por el campo
eternamente, de un sitio a otro, en una especie de éxtasis religioso
alucinante. «Nadie me roza nunca —decía— y yo nunca rozo a nadie. Soy como un
ave en pleno vuelo. Es tan hermoso. Sólo existimos Dios... y yo.»
Yo pensé esto de ella: Que se parecía a la gentil Ofelia de
Hamlet, que se volvió lírica y visionaria cuando la vida se volvió demasiado
cruel y ya no pudo soportarla. Tengo a mano un ejemplar de Hamlet y refresco mi
recuerdo del disparate que cantaba Ofelia cuando ya no podía responder
inteligentemente a quienes le preguntaban cómo estaba:
La canción era así:
¿Cómo tu amor sincero
podré distinguir?
Por las sandalias,
por el sombrero,
y por el báculo
de romero.
Ay, que muerto está, señora, muerto.
Muerto está y enterrado.
En la cabeza, la verde yerba,
los pies descalzos bajo la tierra.
Etcétera, etcétera.
Ruth, una entre los millones de Ofelias que había en Europa al
final de la Segunda Guerra Mundial, se desmayó en mi automóvil.
La llevé a un hospital de veinte camas del Kaiserburg, el
castillo imperial, que ni siquiera funcionaba oficialmente aún. Estaba
destinado a personas relacionadas con los juicios de los criminales de guerra
únicamente. Lo dirigía un compañero mío de Harvard, el doctor Ben Shapiro, que
también habían sido comunista de estudiante. Por entonces, era teniente coronel
del cuerpo médico del Ejército. En mis tiempos, no había muchos judíos en
Harvard. Había una cuota baja y limitada de judíos en cada curso.
—¿Qué llevas ahí, Walter? —me dijo en Nuremberg. Yo llevaba en
brazos a la inconsciente Ruth. No pesaba nada.
—Es una chica —dije—. Respira. Habla varios idiomas. Se desmayó.
Es todo lo que sé.
Shapiro tenía un equipo inactivo de enfermeras, cocineros,
técnicos, etc., y los mejores alimentos y las mejores medicinas que podía
proporcionarle el Ejército, pues era probable que más adelante tuviese por
pacientes a personas de elevado rango. Por lo tanto, Ruth recibió, sin pagar
nada, los mejores cuidados asequibles en el planeta. ¿Por qué? Principalmente,
creo, porque Shapiro y yo éramos hombres de Harvard los dos.
Al cabo de un año, más o menos, el 15 de octubre de 1946, Ruth
se convertiría en mi esposa. Habían terminado los juicios por crímenes de
guerra. El día que nos casamos, y el día que probablemente concebimos a nuestro
único hijo también, el mariscal del Reich Hermann Goering engañó al verdugo
tragándose una ampolla de cianuro.
Lo decisivo en el caso de Ruth fueron las vitaminas y los
minerales y las proteínas y, por supuesto, los cuidados amorosos y tiernos. Al
cabo de sólo tres semanas de hospital, Ruth era una intelectual vienesa sana e
inteligente. La contraté como intérprete particular y la llevaba conmigo a
todas partes. A través de otro conocido de Harvard, un sospechoso coronel del
servicio de intendencia de Wiesbaden (estoy seguro de que operaba en el mercado
negro), pude conseguirle guardarropa adecuado, por el que, misteriosamente
nunca se me pidió que pagase nada. La lana era de Escocia, el algodón de
Egipto... y la seda de China, supongo. Los zapatos eran franceses... de antes
de la guerra. Recuerdo que había un par de piel de cocodrilo y que venía con un
bolso a juego. Aquello no tenía precio, pues no había comercio de Europa, ni de
Norteamérica en realidad, que hubiese ofrecido nada como aquello en años.
Además las tallas eran, exactamente las de Ruth. Aquellos tesoros del mercado
negro me los entregaron en mi oficina en cajas de cartón cuyos rótulos
indicaban que contenían papel mimeográfico perteneciente a las Reales Fuerzas
Aéreas Canadienses. Hicieron la entrega dos taciturnos y jóvenes civiles en lo
que había sido una ambulancia de la Wehrmacht. Ruth dedujo que uno era belga y
el otro lituano, como mi madre.
La aceptación de estos artículos fue, sin duda, el acto de
corrupción más grave que cometí como funcionario público, y, desde luego, el
único... hasta Watergate. Lo hice por amor.
Empecé a hablarle a Ruth de amor casi en cuanto salió del
hospital y empezó a trabajar para mí. Sus respuestas eran amables y extrañas y
perspicaces... pero, sobre todo, pesimistas. Ella creía, y tenía derecho a
creerlo, he de confesarlo, que todos los seres humanos eran malvados por
naturaleza, fuesen atormentadores o víctimas, o inútiles paños de lágrimas.
Sólo sabían crear tragedias sin sentido, decía, pues no eran lo suficientemente
inteligentes para lograr todo el bien que se proponían. Eran una enfermedad,
decía, que había evolucionado a partir de un pequeño rescoldo del universo,
pero que podía extenderse más y más.
—¿Cómo puedes hablar de amor a una mujer —me preguntaba cuando
empecé a cortejarla— que cree que daría igual que nadie tuviera más niños, que
la especie humana no se prolongase?
—Porque sé que tú no crees eso, en realidad —contesté yo—. Ruth,
Ruth... ¡fíjate lo llena de vida que estás!
Era verdad. Todos sus movimientos y sonidos eran, por lo menos
accidentalmente, insinuantes... y ¿qué es el coqueteo más que una prueba de que
la vida ha de seguir y seguir y seguir?
¡Qué encantadora era! Oh, y yo me llevaba todos los méritos por
lo bien que iban las cosas. Mi propio país me premió con una medalla por
servicios distinguidos. Francia me hizo Chevalier de la Legión de Honor, y la
Gran Bretaña y la Unión Soviética me enviaron cartas de alabanza y de
agradecimiento. Pero fue Ruth quien hizo posibles todos los milagros, quien
mantuvo a todos los huéspedes en un estado de complacida indulgencia, pasase lo
que pasase.
—¿Cómo puedes rechazar la vida y ser, sin embargo, tan vital?
—le pregunté.
—No podría tener un hijo aunque quisiera —dijo ella—. Fíjate lo
vital que soy.
En eso se equivocaba, desde luego. Sólo estaba especulando.
Daría a luz un hijo, un ser muy desagradable, que, como ya he dicho, hace ahora
crítica literaria para el New York Times,
Esta conversación con Ruth en Nuremberg siguió. Estábamos en la
iglesia de Santa Marta, cerca de donde nos había unido el destino por primera
vez. Todavía no funcionaba como iglesia. Habían vuelto a techarla, pero donde
antes estaba el rosetón ahora había una cubierta de lona. El rosetón y el
altar, según nos contó un viejo guardián, los había destruido una sola bala del
cañón de un caza británico. Para él, a juzgar por su solemnidad, esto era otro
milagro religioso más. Y he de decir que raras veces encontré a un alemán varón
que estuviese triste por la destrucción generalizada de su propio país. De lo
que deseaban hablar siempre era de las características del proyectil causante
del desastre.
—En la vida no todo es tener hijos, Ruth —dije yo.
—Si yo tuviese un hijo, sería un monstruo —dijo ella. Y así
habría de ser.
—Olvídate de los niños —dije—. Piensa en la nueva era que nace.
El mundo ha aprendido al fin su lección definitivamente. El último capítulo de
diez mil años de locura y codicia se está escribiendo aquí mismo en este
momento, aquí en Nuremberg. Se escribirán libros sobre esto, se harán
películas. Es el hito más importante de la historia. Yo me lo creía.
—Ay, Walter —dijo ella—. A veces, me parece que sólo tienes ocho
años.
—Es la única edad posible —dije yo— cuando está naciendo una
nueva era.
Los relojes daban las seis por toda la ciudad. Al coro de
campanadas públicas se unió una nueva voz. En realidad, era una voz vieja en
Nuremberg, pero Ruth y yo nunca la habíamos oído. Era el profundo ding-dong del
Männleinlaujen, el extraño reloj del distante Frauenkirche. Aquel reloj se
había construido hacía más de cuatrocientos años. Mis ancestros, tanto los
lituanos como los polacos, debían estar entonces combatiendo a Iván el
Terrible.
La parte visible del reloj la componían siete robots, que
representaban a siete electores del siglo XIV. Formaban un círculo alrededor de
un octavo robot, que representaba al emperador del Sacro Imperio Romano
Germánico Carlos IV, y el propósito era celebrar la decisión de éste de
excluir, en Miltrescientos Cincuentaiséis, al Papado de la elección de los
emperadores alemanes. El reloj había quedado inutilizado por los bombardeos.
Unos soldados norteamericanos hábiles en cuestión de maquinaria habían empezado
a bregar con él por su cuenta en cuanto ocuparon la ciudad. La mayoría de los
alemanes con quienes yo había hablado estaban tan desmoralizados que les daba
absolutamente igual que el Männleinlaufen volviese a funcionar o no. Pero
funcionaba de nuevo, al parecer. Gracias al ingenio norteamericano, los
electores rodeaban de nuevo a Carlos IV.
—Bueno —dijo Ruth, cuando cesó el sonido de las campanas—,
cuando los chicos de ocho años matéis al demonio aquí en Nuremberg, procurad
enterrarlo en una encrucijada y atravesarle el corazón con una estaca... porque
si no, podríais volver a verle aparecer en la próxima noche de luuuuuna llena.
3
Pero prevaleció mi infatigable optimismo. Ruth aceptó al fin
casarse conmigo, dejarme que intentase convertirla en la mujer más dichosa del
mundo, pese a todas las cosas terribles que le habían sucedido hasta entonces.
Ruth era virgen y yo casi, pese a tener treinta y tres años... pese a que había
transcurrido ya, aproximadamente la mitad de mi vida.
Bueno, sí, por supuesto, yo, mientras estaba en Washington,
había «hecho el amor», como dicen, con mujeres diversas, de vez en cuando. Hubo
una chica del Cuerpo Auxiliar Femenino. Una enfermera de la Infantería de
Marina. También una taquígrafa del Ministerio de Comercio. Pero en realidad yo
era un monje fanático al servicio de la guerra, la guerra, la guerra. Había
muchos como yo. No hay nada en la vida que pueda llegar a ser tan obsesivo como
la guerra, la guerra, la guerra.
Le regalé a Ruth como regalo de bodas una talla que había
encargado. Representaba las manos de una persona anciana unidas en oración. Era
una versión en tres dimensiones de un dibujo de Alberto Durero, artista del
siglo XVI, cuya casa habíamos visitado varias veces Ruth y yo en Nuremberg
durante nuestro noviazgo. Fue idea mía, que yo sepa, el hacer trasladar
aquellas famosas manos del papel a la madera. Desde entonces, se han
manufacturado esas manos millones de veces y por todas partes son muestras destacadas
de torpe piedad en tiendas de regalos.
Poco después de casarnos, me trasladaron a Wiesbaden, Alemania,
cerca de Frankfurt del Main, donde me pusieron a cargo de un equipo de
ingenieros civiles, dedicados a revisar montones de documentos técnicos de
inventos y métodos de fabricación y secretos industriales requisados a los
alemanes y que podían ser útiles para la industria norteamericana. Daba igual
que yo no supiese nada de matemáticas ni de física o química... tampoco había
importado cuando entré a trabajar en el Ministerio de Agricultura el que jamás
hubiese visto una granja de cerca, el que no hubiese cultivado ni un tiesto de
violetas africanas en un alféizar. Un humanista podía supervisarlo todo... o al
menos eso era lo que solía creerse por entonces.
Nuestro hijo nació, con cesárea, en Wiesbaden. Ben Shapiro, que
había sido mi padrino de boda, y que había sido también trasladado a Wiesbaden,
fue quien asistió al parto. Acababan de ascenderle a coronel. Unos años
después, el senador Joseph R. McCarthy descubriría que aquel ascenso había sido
siniestro, puesto que era bien sabido que Shapiro había sido comunista antes de
la guerra. «¿Quién ascendió a Shapiro y le trasladó a Wiesbaden?», quería saber
el senador.
Pusimos a nuestro hijo Walter F. Starbuck, hijo. Poco
imaginábamos entonces que el nombre le resultaría al muchacho tan gravoso como
el de Judas Iscariote, hijo. Pondría remedio legal a este problema a los
veintiún años, en que cambiaría su nombre por el de Walter F. Stankiewicz, que
es el nombre que aparece en sus columnas del New York Times. Stankiewicz es,
claro, nuestro antiguo apellido. Y se me escapa ahora la risa, recordando algo
que mi padre me explicó una vez de cuando llegó a Ellis Island como emigrante.
Le advirtieron que Stankiewicz tenía para los norteamericanos connotaciones
desagradables, que la gente pensaría que olía mal aunque se pasara el día
metido en la bañera.
Yo volví a los Estados Unidos con mi pequeña familia humana, a
Washington ciudad, en el otoño de 1949. Mi optimismo se convirtió en mortero y
ladrillos y en puntas y madera. Compramos la única casa que llegamos a poseer,
el chalecito de Chevy Chase, Maryland. Ruth puso en la repisa de la chimenea la
talla de las manos orantes de Alberto Durero. Hubo dos cosas que hicieron
desear a Ruth comprar aquella casa y no otra, según dijo ella. Una que tenía un
sitio perfecto para colocar las manos. La otra era un árbol nudoso y viejo que
daba sombra al camino de entrada. Era un manzano silvestre florido.
¿Era Ruth religiosa? No. Su familia era escéptica respecto a
todas las formas rituales de culto, aunque los nazis la clasificasen como
judía. Sus miembros no se habrían clasificado así. Le pregunté una vez si en el
campo de concentración había buscado los consuelos de la religión.
—No —me dijo—. Sabía que Dios no se acercaría nunca a un lugar
semejante. También lo sabían los nazis. Por eso estaban tan optimistas y tan
tranquilos. Esa era la fuerza de los nazis. Comprendían a Dios mejor que nadie.
Sabían cómo mantenerle lejos.
Aún recuerdo un brindis que hizo Ruth un día de Nochebuena, en
Milnovecientos Setentaicuatro o así. Yo fui la única persona que lo oyó... era
la única persona que estaba con ella en casa. Nuestro hijo no nos había mandado
ni una tarjeta de Navidad siquiera. El brindis fue éste, y supongo que podría,
con la misma lógica, haberlo hecho el día que la conocí en Nuremberg: «Por Dios
Todopoderoso, el hombre más vago de la ciudad.»
Muy fuerte.
Sí... y mis pecosas y queridas manos eran como las manos de
Alberto Durero sobre la ropa de cama doblada, mientras estaba allí sentado en
el catre de la cárcel de Georgia, esperando que empezara de nuevo la libertad.
Era pobre.
Había agotado mis ahorros y había hecho efectivas las pólizas
del seguro de vida y había vendido mi Volkswagen y el chalecito de Chevy Chase,
Maryland, para pagar mi inútil defensa.
Mis abogados decían que les debía aún ciento veintisiete mil
dólares. Puede. Todo era posible.
Y yo no podía vender mis encantos. Era el más viejo y el menos
célebre de todos los co-conspiradores de Watergate. Supongo que lo que me hacía
tan poco interesante era que había tenido muy poco poder y muy poca riqueza que
perder. Otros conspiradores se habían caído de morros, como si dijéramos, de lo
alto del campanario. Yo, sin embargo, cuando me detuvieron, era un hombre que
estaba sentado en un taburete de tres patas en el fondo de un pozo. Lo único
que pudieron hacerme fue serrar las patas del taburetito.
Apenas me importó. Hacía dos semanas que había muerto mi mujer y
mi hijo ya no me hablaba. Aun así, tuvieron que ponerme las esposas. Era la
costumbre.
—¿Cómo se llama usted? —me preguntó el sargento de policía que
hizo la inscripción.
Fui algo descarado con él. ¿Por qué no? «Harry Houdini», dije.
Al fondo de una pista próxima, saltó al aire un caza que
desgarró el cielo. Pasaba cada poco.
«Por lo menos ya no fumo», pensé.
El propio presidente Nixon comentó en una ocasión lo mucho que
fumaba yo. Fue poco después de que empezara a trabajar para él, en la primavera
de Milnovecientos Setenta. Me convocaron para una reunión urgente con motivo de
la muerte de cuatro manifestantes antibelicistas en la Universidad Estatal de
Kent por disparos de miembros de la Guardia Nacional de Ohio. Asistieron a la
reunión unas cuarenta personas. El presidente Nixon ocupaba la cabecera de la
inmensa mesa oval, y yo los pies. No le había visto en persona desde que era un
simple congresista... veinte años atrás. Hasta entonces, no había manifestado
el menor deseo de ver a su asesor especial para asuntos de la juventud. Y, en
realidad, nunca manifestó deseos de volver a verme.
Virgil Greathouse, ministro de Sanidad, Educación y Bienestar,
y, según se decía, uno de los amigos más íntimos del Presidente, estaba allí
también. Empezaría a cumplir su período de cárcel el mismo día que terminaba el
mío yo. El vicepresidente Spiro T. Agnew también estaba en la reunión. Luego
alegaría nolo contendere, cuando le acusaron de aceptar sobornos y de defraudar
al fisco. Emil Larkin, el asesor más vengativo del Presidente y ejecutor
implacable de sus órdenes, estaba allí también. Con el tiempo, descubriría a
Jesucristo como su salvador personal cuando la acusación iba a atraparle ya por
obstaculizar la acción de la justicia y por perjurio. Allí estaba también Henry
Kissinger. Aún no había recomendado bombardear Hanoi en alfombra el día de Navidad.
También estaba allí Richard M. Helms, jefe de la CIA. Más tarde, recibiría una
reprimenda por mentir al Congreso declarando bajo juramento. También estaban
presentes H. R. Haldeman, John D. Ehrlichman, Charles W. Colson y John N.
Mitchell, el fiscal general. También ellos acabarían siendo presidiarios.
Yo había pasado la noche anterior en vela, estructurando y
reestructurando mis ideas de lo que podría decir el Presidente ante la tragedia
de la Universidad de Kent. Yo creía que había que perdonar inmediatamente a los
guardias, reñirles luego y prescindir de ellos después por el bien del
servicio. El Presidente debería ordenar luego una investigación de las unidades
de la Guardia Nacional en todo el país, para descubrir si aquellos civiles con
ropa de soldado merecían crédito suficiente como para confiarles armas
mortíferas cuando hubiesen de controlar a multitudes desarmadas. El Presidente
debía llamar tragedia a la tragedia, debía demostrar que estaba desolado. Debía
proclamar un día, o quizás un semana, de luto nacional, con banderas a media
asta en todo el país. Y el luto no debía ser sólo por los muertos de la
Universidad de Kent, sino por todos los norteamericanos que habían resultado
muertos, o mutilados, o heridos, directa o indirectamente, por la guerra de
Vietnam. Tendría que estar más resuelto que nunca, claro está, a conseguir que
aquella guerra alcanzase un final honorable.
Pero nadie me pidió que hablara, ni pude interesar después a
nadie por los papeles que llevaba en la mano.
Sólo en una ocasión se reconoció mi presencia, y fue como blanco
de un chiste del Presidente. Yo estaba tan nervioso a medida que transcurría la
reunión, que pronto tuve tres cigarrillos encendidos y me disponía ya a
encender el cuarto.
Hasta el propio Presidente se dio cuenta al fin de la columna de
humo que salía de mi sitio, y paró la reunión para mirarme. Tuvo que
preguntarle a Emil Larkin quién era yo. Esbozó luego la triste sonrisilla que
indicaba invariablemente que estaba a punto de entregarse a la frivolidad. A mí
aquella sonrisa me pareció siempre un capullo de rosa que acabasen de aplastar
de un martillazo. El chiste que hizo fue el único comentario realmente
ingenioso que he oído atribuirle. Quizás sea éste el lugar que me corresponde
en la historia: el de blanco del único chiste bueno de Nixon.
—Haremos una pausa en el trabajo —dijo— para que nuestro asesor
especial para asuntos de la juventud nos haga una demostración de cómo debe
apagarse una hoguera. Todos rieron.
4
Una puerta del dormitorio de la prisión que había debajo del mío
se abrió y se cerró de golpe, y supuse que al fin venía a buscarme Clyde
Carter. Pero luego el individuo empezó a cantar Swing Low, Sweet, Chariot,
mientras subía torpemente la escalera y comprendí que se trataba de Emil
Larkin, el que había sido ejecutor implacable de las órdenes del presidente
Nixon. Era un hombre grande, de ojos saltones y labios como hígado, que había
sido medio en el equipo de la Universidad Estatal de Michigan en tiempos. Era
ahora un abogado expulsado del foro y se pasaba el día rezando a lo que él
creía Jesucristo. A Larkin no le habían mandado con la brigada de trabajo ni le
habían asignado tareas de limpieza debido a lo mucho que había rezado de,
rodillas sobre los duros suelos de la cárcel y a sus consecuencias. Tenía ambas
piernas agarrotadas por bursitis de la rótula, la enfermedad de las fregonas.
Se detuvo cuando acabó de subir las escaleras y en sus ojos
había lágrimas.
—Oh, hermano Starbuck —dijo—. Es tan doloroso y tan bueno subir
esta escalera.
—No me sorprende —dije.
—Jesús me dijo —continuó—: «Esta es la última oportunidad que
tienes de pedirle al hermano Starbuck que rece por ti, y olvidarás en seguida
lo que puedas sufrir subiendo la escalera, porque, sabes, esta vez el hermano
Starbuck doblará sus orgullosas rodillas de Harvard y rezará contigo.»
—Lamento desilusionarte —dije.
—¿Has hecho otra cosa alguna vez? —dijo él—. Éso era lo único
que yo hacía: desilusionar todos los días Jesús.
No pretendo calificar a este leviatán efervescente de hipócrita
religioso, ni tengo derecho a hacerlo. Se había entregado hasta tal punto a los
consuelos de la religión que se había convertido en un imbécil. En mi época de
la Casa Blanca le había temido tanto como debieron temer mis ancestros a Iván
el Terrible, pero ahora podía ser tan descarado con él como quisiese. Era tan
insensible como un tonto de pueblo a las burlas y chistes que se hacían a su
costa.
He de decir, además, que actualmente Emil Larkin pone su dinero
donde pone su boca. Una subsidiaria de mi delegación de aquí de la RAMJAC,
totalmente absorbida ya, la Heartland House, que edita libros religiosos en
Cincinatti, Ohio, publicó Hermano, ¿querrás rezar conmigo?, la biografía de
Larkin, hace seis semanas. Todos los derechos de autor de Larkin, que bien
podrían alcanzar el medio millón de dólares, sin contar los derechos
cinematográficos y los de la edición de bolsillo, irán a parar al Ejército de
Salvación.
—¿Quién te dijo dónde estaba? —le pregunté. Lamentaba que me
hubiese encontrado. Tenía la esperanza de poder salir de la cárcel sin que
volviera a pedirme que rezara con él por última vez.
—Clyde Carter —dijo.
Éste era el guardián al que yo esperaba, el primo tercero del
Presidente de los Estados Unidos.
—¿Y dónde demonios está él? —dije.
Larkin explicó que toda la administración de la cárcel andaba
alborotada porque Virgil Greathouse, el antiguo ministro de Sanidad, Educación
y Bienestar y uno de los hombres más ricos del país, había decidido de pronto
empezar a cumplir su sentencia inmediatamente, sin más apelaciones, sin
dilación. Puede que no se hubiese pedido jamás a una prisión federal que
hospedase a una persona de tan alto rango.
Yo conocía a Greathouse más que nada de vista... y, también,
claro, por su reputación. Era un «duro» famoso, fundador y accionista
mayoritario aún de la empresa de relaciones públicas Greathouse & Smiley,
especializada en elaborar explicaciones aceptables de las actividades de las
dictaduras del Caribe y de la América Latina, los casinos de juego de las
Bahamas, de las flotas de petroleros liberianos y panameños, de varias
«pantallas» de la CIA en diversas partes del mundo, de sindicatos dominados por
los gángsters, como la Hermandad Internacional de Trabajadores de Adhesivos y
Abrasivos y de Manipuladores de Combustible Asociados, de empresas
internacionales como la RAMJAC y la Texas Fruit, etc. etc.
Era calvo. Mofletudo. La frente arrugada como una tabla de
lavar. Llevaba siempre una pipa apagada entre los dientes, incluso cuando
compareció en juicio como testigo. Una vez, me acerqué a él lo suficiente como
para descubrir que hacía música con la pipa. Era como un gorjear de pájaros.
Entró en Harvard seis años después de graduarme yo, y por eso no nos conocimos
allí. Sólo establecimos contacto ocular una vez en la Casa Blanca... en la
reunión en la que yo hice el ridículo encendiendo tantos cigarrillos. Yo no era
para él más que un ratoncillo de la despensa de la Casa Blanca. Sólo me dirigió
la palabra una vez, y fue después de que nos detuvieran a los dos. Tropezamos
accidentalmente en un pasillo de la Audiencia, donde nos enfrentábamos a
diferentes procesos. Descubrió quién era yo y sin duda pensó que podía tener
algo contra él, lo cual no era cierto. Así que acercó la cara a la mía, echando
chispas por los ojos, la pipa en los dientes, y me hizo esta promesa
inolvidable: «Si dices algo de mí, amigo, cuando salgas de la cárcel tendrás
suerte si consigues trabajo limpiando lavabos en una casa de putas de Port
Said.»
Y después de decir eso fue cuando oí los gorjeos de la pipa.
Por cierto que Greathouse era cuáquero... y también lo era
Richard M. Nixon, claro. Sin duda esto debía significar un lazo especial entre
ellos, una de las cosas que les hicieron grandes amigos por un tiempo.
Emil Larkin era presbiteriano.
Yo, por mi parte, no era nada. A mi padre le bautizaron católico
allá en Polonia, en secreto, pues esa religión estaba por entonces prohibida
allí. De mayor se hizo agnóstico. A mi madre la bautizaron ortodoxa griega en
Lituania, pero se hizo católica en Cleveland. Papá nunca la acompañaba a la
iglesia. A mí me bautizaron católico, pero aspiraba a la indiferencia de mi
padre y dejé de ir a la iglesia a los doce años. Cuando solicité la admisión en
Harvard, el viejo McCone, que era anabaptista, me aconsejó declararme
congregacionista, y así lo hice.
Mi hijo es unitario militante, según tengo entendido. Su mujer
me dijo que ella era metodista, pero canta todos los domingos en una iglesia
episcopaliana porque le pagan. ¿Por qué no? Etcétera, etcétera.
Emil Larkin, el presbiteriano, y Virgil Greathouse, el cuáquero,
fueron colaboradores íntimos de latrocinio en los viejos tiempos. No sólo
controlaban los robos y las grabaciones ilegales y el acoso de los enemigos
políticos a través del servicio de Hacienda y demás, sino también los desayunos
de oración. Así que pregunté a Larkin qué era lo que pensaba él del encuentro
que se avecinaba.
—Virgil Greathouse no es ni más ni menos hermano mío que tú o
que cualquier otro hombre. Intentaré salvarle del infierno igual que intento
salvarte a ti ahora.
Luego citó esa frase inquietante que Jesús, según San Mateo,
había prometido decir, en la persona de Dios, a los pecadores el Día del
Juicio.
Ésta: «Apartaos de mí, malditos e id al fuego eterno preparado
para el demonio y sus ángeles.»
Estas palabras me asombraron entonces y me asombran ahora. Son,
sin duda, la inspiración de la notoria crueldad de los cristianos.
—Puede que Jesús haya dicho eso —expliqué a Larkin—, pero es tan
distinto de todo lo demás que dijo que tengo que llegar a la conclusión de que
ese día estaba un poco loco.
Larkin retrocedió y ladeó la cabeza con una admiración burlona.
—He visto muchos niños malos en mi época —dijo—, pero tú te
llevas la palma, desde luego. Has ido poniendo en contra tuya a todos los
amigos que tenías con tus veleidades y ahora insultas a la única Persona que
todavía podría querer ayudarte, que es Jesucristo.
No contesté. Quería que se largara.
—Nómbrame a un amigo que te quede —dijo.
Pensé para mí que el doctor Ben Shapiro, mi padrino de boda,
habría seguido siendo amigo mío a pesar de todo... podría haber venido a por mí
a la prisión en su coche para llevarme a su casa. Pero era pura especulación
sentimental mía. Shapiro se había ido a Israel hacía mucho y había muerto
durante la Guerra de los Seis Días. Le habían puesto su nombre a una escuela de
enseñanza primaria en Tel Aviv, según me contaron.
—Dime uno —insistió Emil Larkin.
—Bob Fender —dije.
Era el único recluso que estaba condenado a cadena perpetua, el
único norteamericano convicto de traición durante la Guerra de Corea. Era el
doctor Fender, puesto que era doctor veterinario. Era el encargado de la sala
de suministros, donde me entregarían muy pronto mi ropa de civil. En la sala de
suministros siempre había música, pues a Fender le permitían poner discos de la
chanteuse francesa Edith Piaf todo el día. Era, además, escritor de ciencia
ficción de cierta fama y publicaba varios relatos al año con diversos
seudónimos, entre ellos «Frank X. Barlow» y «Kilgore Trout».
—Bob Fender es amigo de todo el mundo y no es amigo de nadie
—dijo Larkin.
—Clyde Carter es amigo mío —dije.
—Yo hablo de gente de fuera —dijo Larkin—. ¿Quién te está
esperando fuera para ayudarte? Nadie. Ni siquiera tu hijo.
—Eso ya lo veremos —dije yo.
—¿Vas a Nueva York? —dijo él.
—Sí.
—¿Por qué a Nueva York?
—Es una ciudad famosa por su hospitalidad con los emigrantes sin
dinero ni amigos que quieren hacerse millonarios —dije.
—Vas a pedir ayuda a tu hijo, aunque no te haya escrito en todo
el tiempo que llevas aquí —dijo. Él era el cartero de mi edificio, así que
estaba enterado de todo lo relacionado con mi correspondencia.
—Si descubre alguna vez que estoy en la misma ciudad que él,
será por puro accidente —dije. Las últimas palabras que me dijo Walter me las
dijo en el entierro de su madre, en un pequeño cementerio judío de Chevy Chase.
El que se la enterrase en tal lugar y en tal compañía fue sólo idea mía: La
idea de un viejo que de pronto se queda solo por completo. Ruth habría dicho,
con toda la razón, que aquello era una locura.
Fue enterrada en una sencilla caja de pino que costó ciento
cincuenta y seis dólares. Sobre la caja coloqué una rama, arrancada y no
cortada, de nuestro manzano silvestre florido.
Un rabino rezó por ella en hebreo, idioma que Ruth nunca llegó a
aprender, aunque sin duda debió tener innumerables oportunidades de hacerlo en
el campo de concentración.
Y esto fue lo que me dijo nuestro hijo, antes de darnos la
espalda a mí y a la fosa abierta y alejarse rápidamente hacia el taxi: «Me da
lástima de ti, pero nunca podré quererte. Para mí, tú mataste a esa pobre
mujer. No puedo considerarte ni un padre ni un pariente siquiera. No quiero
volver a verte ni a oír hablar de ti.»
Muy fuerte.
Mis ensueños carcelarios de Nueva York daban por supuesto, sin
embargo, que aún había viejos conocidos, aunque no acertase a nombrarlos, que
podrían ayudarme a conseguir trabajo. Es una ilusión que cuesta desechar... la
de que uno tiene amigos. Los que podrían seguir siéndolo, si la vida me hubiese
ido un poco mejor, tendrían que estar sobre todo en Nueva York. Yo suponía que,
si paseaba por el centro de Manhattan día tras día, desde la zona de teatros
del oeste al recinto de Naciones Unidas del este y desde la biblioteca pública
por el sur al Hotel Plaza por el norte, y pasaba por las fundaciones,
editoriales, librerías, tiendas de ropa para caballeros, clubs para caballeros,
hoteles y restaurantes caros que hay por allí, encontraría a alguien que me
conociese, que recordase lo buena persona que yo era, que no me despreciase en
especial... y que utilizase su influencia para conseguirme un puesto de
encargado de bar en algún sitio.
Le suplicaría sin la menor vergüenza, le pondría mi título de
doctor en coctelería delante de los morros.
Y si veía venir a mi hijo le daría la espalda, según mis
ensueños, hasta que se hubiera alejado lo suficiente.
—En fin —dijo Larkin—, Jesús me dice que no ceda en ningún caso,
pero en el tuyo estoy a punto de renunciar. Vas a quedarte ahí sentado, mirando
al frente, diga yo lo que diga.
—Eso me temo —dije.
—Nunca vi a nadie tan empeñado en ser un geek como tú —dijo.
Un geek es uno de esos individuos que aparecen encerrados en una
jaula o tendidos en un lecho de sucia paja en esos espectáculos de terror de
las ferias y que arrancan de un mordisco la cabeza a un pollo y hacen ruidos
infrahumanos, y de quienes dicen que han sido criados por animales salvajes en
las selvas de Borneo. Se han hundido ya todo lo que puede hundirse un ser
humano en el orden social norteamericano, salvo el descanso final en la fosa
común.
Larkin, sintiéndose ya derrotado, dejó que asomara parte de su
vieja malicia.
—Así te llamaba Chuck Colson en la Casa Blanca: «El geek» —dijo.
—No lo dudo —dije.
—Nixon nunca te respetó —dijo—. Le dabas lástima. Por eso te dio
el trabajo que te dio.
—Ya lo sé —dije yo.
—Ni siquiera tenías que ir a trabajar.
—Lo sé.
—Por eso te dimos aquella oficina sin ventanas y sin nadie
cerca... para que te dieses cuenta de que no tenías que ir a trabajar siquiera.
—Procuré ser útil, de todos modos —dije—. Espero que tu Jesús me
perdone por eso.
—Si sólo quieres reírte de Jesús, quizá sea mejor que no lo
menciones —dijo.
—De acuerdo —dije—. Pero fuiste tú el que lo sacaste a colación.
—¿Sabes cuándo empezaste a ser un geek? —dijo él.
Yo sabía muy bien cuándo se había iniciado el desmoronamiento de
mi vida, cuando quedaron definitivamente rotas mis alas, cuando me di cuenta de
que jamás volvería a elevarme. Ese acontecimiento era para mí la cosa más
dolorosa que pueda imaginarse. No podía soportar volver a pensar en aquello,
así que le dije a Larkin, mirándole a los ojos por fin:
—Por favor, por piedad, deja en paz a este pobre viejo. Esto le
emocionó.
—Demonios... Por fin conseguí atravesar la gruesa piel de
Harvard de Walter F. Starbuck —dijo—. He tocado el nervio, ¿eh?
—Tocaste el nervio —dije.
—Verás cómo ahora llegamos a algún sitio —dijo.
—Espero que no —dije, y volví a mirar fijamente a la pared.
—Yo era sólo un muchachito de pantalón corto allá en Petoskey,
Michigan, cuando oí tu voz por primera vez —dijo.
—No lo dudo —dije yo.
—Fue por la radio. Mi padre nos hizo sentarnos a mi hermana
pequeña y a mí junto a la radio y nos dijo que escuchásemos con atención.
Escuchad atentamente, dijo. «Lo que vais a oír es historia.»
Era el año Milnovecientos Cuarentainueve. Yo acababa de regresar
a Washington con mi pequeña familia humana. Acabábamos de instalarnos en
nuestro chalecito de Chevy Chase, Maryland, con su manzano silvestre florido.
Era otoño. Había manzanitas agrias en el árbol. Mi esposa Ruth iba a hacer
mermelada con ellas, como haría luego todos los años. ¿De dónde llegaba mi voz,
para que pudiera oírme el pequeño Emil Larkin de Petoskey? De una sala de
audiencias de la Cámara de Representantes. Con un ramillete brutal de
micrófonos de radio ante mí, estaba siendo interrogado, sobre todo por un joven
congresista de California llamado Richard M. Nixon, sobre mis relaciones
anteriores con los comunistas y mi lealtad actual a los Estados Unidos.
Milnovecientos Cuarentainueve: ¿Dudarían de mí los jóvenes de
hoy si les dijese muy serio que entonces se convocaban los comités del Congreso
en las copas de los árboles, porque los tigres colmilludos aún dominaban el
suelo? No. Winston Churchill vivía aún. Y también José Stalin. Imaginaos. Era
presidente Harry S. Truman. Y el Ministerio de Defensa me había dicho a mí,
antiguo comunista, que organizase y dirigiese un equipo de científicos y
militares. La misión era proponer tácticas para las fuerzas de tierra cuando,
según parecía inevitable, dispusiésemos de armas nucleares pequeñas en el campo
de batalla.
El comité, y sobre todo el señor Nixon, quería saber si se podía
confiar a un hombre de mi pasado político una tarea tan delicada. ¿Entregaría
yo nuestros planes tácticos a la Unión Soviética? ¿Estructuraría tales planes
de forma que fuesen inaplicables y que en cualquier batalla con la Unión
Soviética ganase ésta seguro?
—¿Sabes qué oí por aquella radio? —dijo Emil Larkin.
—No —dije yo... con el mismo tono hueco.
—Oí hacer a un hombre lo que nadie le perdonará nunca... nadie,
sea cual sea su actitud política. Le oí hacer lo que nunca podrá perdonarse a
sí mismo: traicionar a su mejor amigo.
No pude sonreír entonces, ante su descripción de lo que creía
haber oído, y no puedo sonreír ante ello ahora tampoco... pero era ridículo, de
todos modos. El asunto consistió en una absurda serie de audiencias del
Congreso y de pleitos civiles y, por último, un proceso penal, todo lo cual
duró dos largos años. Él, siendo como era un niño que escuchaba la radio, sólo
pudo oír mucha charla aburrida sin mucho más interés para él que los ruidos
parásitos. Sólo cuando ya era adulto, con toda una moral basada en las
películas de vaqueros, pudo haber decidido que había oído con toda claridad
cómo un hombre traicionaba a su mejor amigo.
—Leland Clewes nunca fue mi mejor amigo —le dije. Así se llamaba
el hombre al que destruyó mi testimonio, y, durante un tiempo, nuestros
apellidos aparecían unidos en las conversaciones: «Starbuck y Clewes»... como
«Gilbert y Sullivan». Como «Sacco y Vanzetti»; como «Laurel y Hardy»; como
«Leopold y Loeb».
Ya apenas oigo hablar de nosotros.
Clewes era un hombre de Yale... de mi edad. Nos conocimos en
Oxford, donde yo fui timonel y él remero de una tripulación que triunfó en
Henley. Yo era bajo. Él alto. Yo aún soy bajo. Él aún es alto. Entramos a
trabajar en el Ministerio de Agricultura al mismo tiempo y nos asignaron
cubículos contiguos. Jugábamos al tenis todos los domingos por la mañana,
cuando hacía buen tiempo. Fueron nuestros días dorados, cuando nuestra
conciencia despuntaba.
Fuimos un tiempo propietarios conjuntos de un Ford Phaeton de
segunda mano y salíamos juntos con frecuencia con nuestras chicas. Phaeton era
hijo de Helios, el sol. Cogió prestado un día el carro llameante de su padre y
lo condujo de forma tan irresponsable que convirtió en desierto varias zonas
del norte de África. Para evitar que todo el planeta quedase devastado, Zeus
tuvo que matarle con un rayo. «Bien por Zeus», digo yo. No le quedaba otra
salida.
Pero mi amistad con Clewes nunca fue profunda y terminó cuando
me quitó una chica y se casó con ella. La chica pertenecía a una antigua y
distinguida familia de Nueva Inglaterra, propietaria de la Wyatt Clock Company
de Brockton, Massachusetts, entre otras cosas. Su hermano fue compañero mío de
habitación en Harvard en el primer curso que yo pasé allí, por eso la conocí.
Es una de las cuatro mujeres a las que he querido de veras. Se llamaba de
soltera Sarah Wyatt.
Cuando destrocé por accidente su vida, Leland Clewes y yo
llevábamos diez años o más sin la menor relación. El y su Sarah habían tenido
un vástago, una hija, tres años mayor que mi hijo. Él se había convertido en el
meteorito más deslumbrante del Ministerio del Interior y era opinión general
que sería ministro del Interior algún día y quizás hasta Presidente. No había
nadie en Washington que tuviera mejor planta y más simpatía que Leland Clewes.
Así fue cómo destruí yo su carrera: Bajo juramento, y, en
respuesta a una pregunta del congresista Nixon, enumeré una serie de nombres de
quienes sabía que habían sido comunistas durante la Gran Depresión, pero que
habían demostrado ser destacados patriotas durante la Segunda Guerra Mundial.
En esta lista de honor incluí el nombre de Leland Clewes. No se hizo, por
entonces, ningún comentario particular. Sólo cuando llegué a casa aquella tarde
supe por mi mujer, que había estado escuchándome y escuchando luego todos los
programas de noticias que pudo sintonizar, que a Leland Clewes no se le había
relacionado nunca con el comunismo, en ningún sentido.
Cuando Ruth puso la cena (y tuvimos que tomarla directamente del
envase porque el chalet aún no disponía de todos los servicios) la radio pudo
darnos ya la respuesta de Leland Clewes. Quería comparecer ante el Congreso en
cuanto le fuese posible, para declarar bajo juramento que nunca había sido
comunista, que jamás había simpatizado con ninguna causa comunista. Según la
radio, su jefe, el ministro del Interior, otro hombre de Yale, había dicho que
Leland Clewes era el norteamericano más patriota que había conocido en su vida
y que había demostrado sobradamente su lealtad en las negociaciones con los
representantes de la Unión Soviética. Según él, Leland Clewes había burlado a
los comunistas una y otra vez. Comentó además que yo podría seguir siendo
comunista y que quizás mis amos me hubieran encomendado la tarea de hundir a
Leland Clewes.
Dos horribles años después, Leland Clewes fue declarado convicto
de seis cargos de perjurio. Fue uno de los primeros reos que cumplieron
sentencia en el Correccional de Seguridad Mínima para Adultos, nuevo por
entonces, junto a la base de las Fuerzas Aéreas de Finletter, a unos cincuenta
y cinco kilómetros de Atlanta, Georgia.
El mundo es un pañuelo.
5
Casi veinte años después, Richard M. Nixon, que se había
convertido en Presidente de los Estados Unidos, se preguntó de pronto qué
habría sido de mí. Es casi seguro que no hubiese llegado jamás a la
Presidencia, claro, si no se hubiese convertido en un personaje famoso al
descubrir y perseguir al mendaz Leland Ciewes. Sus emisarios me hallarían, como
ya dije, ayudando a mi esposa en el negocio de decoración que había instalado
en nuestro chalecito de Chevy Chase, Maryland.
Y a través de sus emisarios, me ofreció un trabajo.
¿Cómo me sentí entonces? Orgulloso y útil. Richard M. Nixon no
era sólo Richard M. Nixon, en realidad. Era también el Presidente de los
Estados Unidos de Norteamérica, una nación a la que yo anhelaba servir otra
vez. ¿Debería haberme negado, basándome en que aquella Norteamérica ya no era
en realidad mi verdadera Norteamérica?
¿Debería haber insistido, por cuestión de honor, en seguir
siendo, a todos los efectos prácticos, un trasto inútil en Chevy Chase?
No.
Y entonces Clyde Carter, el guardia de la prisión al que tanto
rato llevaba esperando en mi catre, vino a buscarme al fin. Emil Larkin ya
había renunciado por entonces a mí y se había alejado cojeando.
—Lo siento muchísimo, Walter —dijo Clyde.
—Da igual, no te preocupes —le dije—. No tengo prisa por ir a
ningún sitio, y hay autobuses cada media hora.
Como no habría nadie esperándome, tendría que ir en un autobús
de las Fuerzas Aéreas hasta Atlanta. Y estaba convencido además de que tendría
que ir todo el camino de pie, porque los autobuses se llenaban siempre mucho
antes de llegar a la parada de la prisión.
Clyde sabía de la indiferencia de mi hijo por mis sufrimientos.
Todos lo sabían en la prisión. Sabían también que mi hijo era crítico de
libros. Al parecer, la mitad de los presos estaban escribiendo memorias, o
novelas de espías, o de intriga, o lo que fuese, así que se hablaba mucho de
las críticas de libros, y sobre todo de las del New York Times.
Así que Clyde me dijo:
—Quizás no debiera decirlo, pero a ese hijo tuyo habría que
matarle por no venir aquí a buscar a su padre.
—Da igual —dije yo.
—Eso dices siempre —se quejó Clyde—. Pase lo que pase, tú dices
«da igual».
—Es que da igual —dije.
—Esas fueron las últimas palabras de Caryl Chessman —dijo él—.
Supongo que serán también las últimas tuyas.
Caryl Chessman fue un convicto de rapto y violación, pero no un
asesino, que pasó doce años esperando la muerte por ejecución en California.
Hizo todas las apelaciones posibles para aplazar la ejecución, y aprendió
cuatro idiomas y escribió dos libros que tuvieron mucho éxito antes de que le
metiesen en un tanque hermético con ventanas y le hicieran respirar gas de
cianuro.
Y sus últimas palabras fueron realmente, como decía Clyde, «da
igual».
—Bueno, ahora escucha —dijo Clyde—. Cuando consigas entrar de
encargado en un bar allá en Nueva York, sé que acabarás siendo el dueño del bar
en dos años.
Era amabilidad suya y no sincero optimismo. Clyde intentaba
ayudarme a ser valiente.
—Y cuando hayas conseguido el bar más popular de Nueva York
—continuó—, espero que te acuerdes de Clyde y mandes a buscarme. Y no sólo
puedo atender el bar: puedo encargarme también del aire acondicionado. Y para
entonces podré arreglarte también las cerraduras.
Yo sabía que estaba pensando si apuntarse a un curso de
cerrajería del Instituto de Instrucción de Illinois. Ya se había decidido, al
parecer.
—¿Así que te decidiste? —dije.
—Me decidí, sí —dijo—. Hoy recibí la primera lección.
La prisión era un cuadrado hueco de barracones militares
normales de dos plantas. Clyde y yo cruzábamos el inmenso campo de instrucción
del centro, yo con la ropa de cama al brazo. Era allí donde los jóvenes
soldados de infantería, la gloria del país, habían hecho instrucción en otros
tiempos, demostrando sus ansias de vencer o morir.
También yo, pensé, había servido a la patria de uniforme, había
hecho en todo momento, durante dos años, exactamente lo que la patria me pedía.
Me pidió que sufriese y no que muriese.
Había rostros en algunas ventanas: débiles y viejos reclusos con
el corazón mal, los pulmones mal, el hígado mal, lo que fuese. Pero sólo había
otro individuo más en el campo de instrucción propiamente dicho. Arrastraba una
bolsa grande de basura e iba recogiendo papeles con una púa fijada al extremo
de un palo largo. Era un individuo pequeño y viejo como yo. Cuando vio que nos
acercábamos, se situó entre nosotros y el edificio de oficinas, y me apuntó con
la púa, indicando que tenía que decirme algo muy importante. Era el doctor
Carlo Di Sanza, doctor en derecho por la Universidad de Nápoles. Se había
nacionalizado norteamericano y cumplía su segunda condena por utilizar el
correo para organizar un Plan Pomzi. Era un feroz patriota.
—¿Te vas a casa? —dijo.
—Sí —dije yo.
—No olvides una cosa —dijo—. Este país, te haga lo que te haga,
sigue siendo el país más grande del mundo. ¿Verdad que no lo olvidarás?
—Claro, señor... no puedo olvidarlo —dije.
—Fuiste un imbécil por haber sido comunista —dijo él.
—Fue hace ya mucho tiempo —dije yo.
—En un país comunista, no hay oportunidades —dijo—. ¿Por qué
querías vivir en un país sin oportunidades?
—Fue un error juvenil, señor —dije yo.
—En Norteamérica yo he sido millonario dos veces —dijo—. Y
volveré a serlo.
—Estoy seguro —dije. Y lo estaba.
Simplemente iniciaría su tercer Plan Pomzi... consistente, como
antes, en ofrecer a los imbéciles unos intereses enormes por el uso de su
dinero. Como las veces anteriores, utilizaría la mayor parte del dinero en
comprarse mansiones y Rolls Royces y lanchas rápidas y demás, pero devolviendo
parte como los elevados intereses que había prometido. E irían acudiendo a él
cada vez más, al enterarse por los satisfechos receptores de los réditos, y él
utilizaría su dinero para pagar más réditos... y así sucesivamente.
Estoy convencido de que la mayor fuerza del doctor Di Sanza era
su absoluta estupidez. Era un estafador tan eficaz porque no podía entender, ni
siquiera después de una doble condena, por qué un Plan Pomzi tenía que acabar
inevitablemente en catástrofe.
—Yo he hecho rica y feliz a mucha gente —dijo—. ¿Lo has hecho
tú?
—No, señor... aún no —dije—. Pero nunca es demasiado tarde para
intentarlo.
Me siento inclinado a creer ahora, con mi tosca idea de la
economía, que todo gobierno próspero es por necesidad un Plan Pomzi. Acepta
enormes préstamos que no puede devolver. De qué otro modo puedo explicarles yo
a mis nietos políglotas cómo eran los Estados Unidos en los años treinta,
cuando sus propietarios y políticos no podían hallar medio de que muchos de sus
compatriotas ganasen aunque sólo fuese para cubrir las necesidades más básicas,
como la alimentación y la ropa y el combustible. ¡Era un infierno conseguir
zapatos!
Y luego, de pronto, se veía a gente que antes era pobre en clubs
de oficiales, elegantemente vestida y pidiendo filet mignon y champán. Había
antiguos pobres en los clubs de alistados, adecuadamente vestidos y pidiendo
hamburguesas y cerveza. El hombre que dos años antes tapaba los rotos de las
suelas de los zapatos con cartón, tenía de pronto un jeep o un camión o un
avión, o un barco, y suministros ilimitados de combustible y municiones. Le
daban gafas y le arreglaban la dentadura si hacía falta, y le inmunizaban
contra todas las enfermedades imaginables; estuviese en la parte del planeta
que fuera, hallaban un medio de proporcionarle pavo asado y salsa de arándanos
el Día de Acción de Gracias y el día de Navidad.
¿Qué había pasado?
¿Qué podía ser aquello sino un Plan Pomzi?
Cuando el doctor Cario di Sanza se hizo a un lado y nos dejó
pasar a Clyde y a mí, Clyde empezó a maldecirse por su falta de visión amplia.
—Encargado de bar, técnico en aire acondicionado, cerrajero...
guardia de prisión —dijo—. Pero, ¿qué me pasa a mí?, ¿por qué pienso tan en
pequeño?
Habló de su prolongado contacto con delincuentes de guante
blanco, y me explicó la conclusión que había sacado:
—Los que triunfan en este país nunca piensan en cosas pequeñas.
—¿Los que triunfan? —dije, incrédulo—. ¡Estás hablando de
delincuentes que están en la cárcel, por Dios!
—Sí, claro —dijo él—, pero casi todos tienen mucho dinero
guardado fuera. Y aunque no lo tuvieran, saben cómo conseguir muchísimo más.
Todos se las arreglan muy bien cuando salen de aquí.
—Recuérdame como una excepción —dije—. Mi mujer tuvo que
mantenerme durante la mayor parte de nuestro matrimonio.
—Pero tuviste un millón de dólares —dijo—. Yo nunca he visto un
millón de dólares, ni nunca lo veré, aunque viva un millón de años.
Se refería al cuerpo del delito de mi proceso por lo de
Watergate, que era un baúl de camarote antiguo que contenía un millón de
dólares en billetes de veinte usados y sin marcar. Era una contribución ilegal
a la campaña presidencial de Nixon. Se hizo necesario ocultarlo cuando el FBI y
los agentes de la oficina del fiscal especial empezaron a examinar el contenido
de todas las cajas fuertes de la Casa Blanca. Mi oscura oficina del subsótano
se eligió como el escondite más idóneo. Yo acepté. Y de pronto mi mujer se
murió.
Y luego encontraron el baúl. La policía vino a verme. Yo conocía
a quienes habían llevado el baúl a mi oficina y sabía por orden de quién
actuaban. Todos eran personas de alto rango, algunos de ellos trabajando como
simples porteadores. No lo dije en el juicio ni a mis propios abogados, ni a
nadie, no dije quiénes eran. Por eso hube de pasar una temporada en la cárcel.
Eso había aprendido precisamente tras mi desastre mutuo con
Leland Clewes: que era repugnante mandar a la cárcel a otro pobre imbécil. No
había nada como declarar bajo juramento para hacer que la vida pareciese ya
siempre trivial y mezquina.
Además, acababa de morir mi mujer. Me daba igual lo que pasase.
Era un zombi.
Ni siquiera ahora nombraré a los malhechores del baúl. Da igual.
Sin embargo, no puedo hurtar a la historia norteamericana lo que
dijo uno de los malhechores después de colocar el baúl en mi oficina. Fue esto:
«¿A quién cojones se le ocurrió la idea de traer esta mierda a la Casa Blanca?»
—La gente como tú —dijo Clyde Carter— siempre se ve rodeada de
millones de dólares. Si yo hubiese ido a Harvard, quizás me hubiese pasado lo
mismo.
Ya se oía la música. Nos acercábamos a la sala de suministros, y
la música salía de un fonógrafo que había allí. Non, je ne regrette rien,
cantaba Edith Piaf. Esto significa, claro: «No, yo no lamento nada.»
La canción terminó justo cuando Clyde y yo entrábamos en la sala
de suministros, así que el doctor Robert Tender, encargado de la sala de
suministros y condenado a cadena perpetua, pudo explicarnos apasionadamente lo
muy de acuerdo que estaba con la canción.
—Non! —dijo, rechinando los dientes, echando chispas por los
ojos—, je ne regrette rien! Rien!
Como ya he dicho, era veterinario y el único norteamericano
convicto de traición durante la guerra de Corea. Podrían haberle fusilado por
lo que hizo, pues por entonces era teniente del Ejército de los Estados Unidos
y servía en el Japón inspeccionando la carne que pasaba para los soldados de
Corea. En un gesto de misericordia, el tribunal militar que le juzgó le condenó
a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Este traidor norteamericano se parecía muchísimo a un gran héroe
norteamericano, Charles Augustus Lindbergh. Era alto y huesudo. Era de origen
escandinavo. Era del campo. Hablaba bastante bien una especie de francés
quejumbroso, de haber escuchado tanto a Edith Piaf. En realidad, no había
estado prácticamente en ningún sitio fuera de la cárcel, salvo Ames, Iowa y
Osaka, Japón. Era tan tímido con las mujeres, me explicó una vez, que cuando
llegó a Osaka aún era virgen. Y luego se enamoró fatalmente de una cantante de
un club nocturno que se hacía pasar por japonesa y cantaba imitaciones
literales de los discos de Edith Piaf. Era además espía de Corea del Norte.
—Mi querido amigo, mi querido Walter Starbuck —dijo—. Dime,
¿cómo te ha ido el día de hoy hasta ahora?
En fin, le expliqué que había estado sentado en el catre con la
misma canción rondándome insistente en la cabeza, la canción de Sally en el
jardín revolviendo en la ceniza.
Se echó a reír. Luego, nos incluiría a mí y al incidente en uno
de sus relatos de ciencia ficción que, lo digo con orgullo, aparecerá
precisamente este mes en Playboy, una revista de la RAMJAC. Figura como autor
Frank X. Barlow. El relato trata de un antiguo juez del planeta Vicuna, situado
a dos galaxias y media de la Tierra, que ha tenido que dejar atrás el cuerpo y
cuya alma va volando por el espacio, buscando un planeta habitable y un nuevo
cuerpo que habitar. Descubre que apenas hay vida en el universo, pero al fin
llega a la Tierra y hace su primer aterrizaje en el aparcamiento de reclutas de
la Base de las Fuerzas Aéreas de Finletter, a unos cincuenta y cinco kilómetros
de Atlanta, Georgia. El alma del juez puede entrar en cualquier cuerpo que
quiera por el oído y darse una vuelta por el interior. Quiere un cuerpo para
poder tener un poco de relación social. Según el relato, un alma sin cuerpo no
puede tener vida social porque nadie puede verla y no puede tocar a nadie ni
emitir sonidos. El juez cree que puede abandonar los cuerpos después de
haberlos ocupado, siempre que considere los cuerpos o su destino impropios.
Poco se imagina él que la composición química de los terrestres y la de los
vicunianos son de tal género que una vez que entre en un cuerpo, quedará
adherido a su interior para siempre. El relato incluye un breve ensayo sobre
las gomas conocidas en la Tierra y dice que la más potente de ellas es la que
une a los percebes adultos a las peñas o a los barcos o a los pilotes, o a lo
que sea.
«Cuando son muy jóvenes —escribe el doctor Fender a través de
Frank X. Barlow—, los percebes pueden flotar en la corriente o arrastrarse e ir
adonde quieran, a los cuatro puntos de los siete mares y sus salobres
estuarios. La parte superior de su cuerpo está cubierta por una armadura
cónica. Sus piernecillas penden de los conos como badajos de campanillas de
mesa.
«Pero a todo percebe la llega el momento de la madurez y
entonces el cono segrega una goma que le fija para siempre a lo primero en que
se pose. No es casualidad, pues, que se diga en la Tierra a un percebe
pubescente o a un alma sin hogar de Vicuna: “Siéntese, siéntese.”»
El juez vicuniano del relato nos explica cómo decía la gente de
su planeta nativo «hola» y «adiós» y «por favor» y «gracias», también. Era así:
«ting-a-ling». Dice que allá en Vicuna, la gente podía ponerse y quitarse los
cuerpos con la misma facilidad con que pueden los terrestres cambiar de ropa.
Cuando estaban fuera de sus cuerpos, eran conciencias y sensibilidades
ingrávidas, transparentes y silenciosas. En Vicuna no tenían instrumentos
musicales, según el juez, porque los seres mismos eran música cuando flotaban
fuera de sus cuerpos. Los clarinetes, las arpas, los pianos y demás no habrían
tenido sentido, habrían sido artilugios para hacer torpes imitaciones de las
almas etéreas.
Pero se quedaron sin tiempo en Vicuna, según el juez. La
tragedia del planeta fue que sus científicos descubrieron sistemas para extraer
tiempo del humus de la tierra y de los océanos y de la atmósfera... para
calentar los hogares y alimentar las lanchas rápidas y fertilizar los cultivos;
para comerlo; para hacerse ropa con él; etc. etc. Servían tiempo en todas las
comidas, alimentaban con él a los animales domésticos, sólo para demostrar lo
listos y ricos que eran. Dejaban que se pudriesen olvidados en sus desbordantes
cubos de basura grandes fragmentos de tiempo.
«En Vicuna —dice el juez— vivíamos como si no existiera el
mañana.»
Lo peor eran las hogueras patrióticas del tiempo, según él. En
su niñez, sus padres le alzaban para que viese emocionado entre ronroneos y
gorjeos cómo se prendía fuego a un millón de años de futuro para honrar a la
reina en su cumpleaños. Pero cuando tenía cincuenta años, al planeta ya sólo le
quedaba un futuro de unas cuantas semanas. Aparecían por todas partes grandes
hendiduras en la realidad. La gente podía atravesar las paredes. Su propia
lancha rápida se convirtió sólo en una rueda de timón. Aparecían agujeros en
solares vacíos en que jugaban niños y los niños se caían en ellos.
Así que los vicunianos no tuvieron más remedio que salir de sus
cuerpos y trasladarse al espacio sin más dilación. «Ting-a-ling», dijeron a
Vicuna.
«Anomalías cronológicas y tormentas giratorias y remolinos
magnéticos esparcieron y separaron por el espacio a las familias vicunianas
—continúa el relato—, alejando a los unos de los otros cada vez más.» El juez
consigue mantenerse durante un tiempo unido a la que había sido su bella hija.
Ya no era bella, claro, porque ya no tenía cuerpo. Y al final, se descorazona,
porque todos los planetas o lunas que visitan carecen de vida. Su padre, que no
tienen ningún medio de retenerla, ve impotente cómo se introduce por la
hendidura de una roca y se convierte en el alma de la roca. ¡Y lo hace
precisamente en la Luna de la Tierra, con el más atestado de todos los
planetas, a sólo trescientos sesenta mil kilómetros de distancia!
Y el juez, antes de que llegue a aterrizar en la base de las
Fuerzas Aéreas, se tropieza con una bandada de zopilotes. Vuela y planea con
ellos, y está a punto de entrar por la oreja de uno. Como no sabe nada de la
situación social de la Tierra, aquellos comedores de carroña podían ser para él
miembros de la clase dirigente.
El juez decide, por último, que la vida de la gente de la base
de las Fuerzas Aéreas es demasiado ajetreada, demasiado irreflexiva para él,
así que vuelve a alzarse en el aire y localiza un grupo de edificios mucho más
tranquilo, y piensa que quizás sea un centro de meditación para filósofos. No
tiene ningún medio de identificar el lugar como una prisión de seguridad mínima
para delincuentes de guante blanco, dado que en Vicuna no había tales
instituciones.
Allá en Vicuna, dice el juez, a los delincuentes de guante
blanco convictos, a los que traicionan la confianza depositada en ellos les
taponaban las orejas para que sus almas no pudieran salir. Luego ponían sus
cuerpos en estanques artificiales llenos de excrementos... que les cubrían
hasta el cuello. Y luego había unos policías especiales que se lanzaban a por
ellos con lanchas rápidas de gran potencia.
El juez dice que él sentenció a esta pena concreta a cientos de
personas y que los reos argüían invariablemente que ellos no habían quebrantado
la ley, que no habían hecho más que violar su espíritu, quizás, y un poquito
sólo. Antes de condenarles, el juez se ponía una especie de orinal en la
cabeza, para que sus palabras fuesen más retumbantes y sobrecogedoras y
pronunciaba esta fórmula: «No sólo violasteis el espíritu de la ley, muchachos,
violasteis también su cuerpo y su alma.»
Y, según el juez, podía oírse a los policías calentando los
motores de sus lanchas rápidas en el estanque que había a la salida del juzgado
«vrooooong-aj, vroooom-a, va-va-va-rooooooooooooooooooom!»
6
El juez del relato del doctor Bob Fender intenta determinar cuál
de los filósofos del centro de meditación es el más sabio y el más feliz.
Decide que es un viejecito que está sentado en un catre de un dormitorio de la
segunda planta. El viejecito está tan entusiasmado con sus pensamientos, por lo
que se ve, que da tres palmadas cada poco.
Así que el juez entra por el oído de este viejecito e
inmediatamente se pega a él para siempre, se pega a él, según el relato, «...
tan firmemente como la fórmica a la plancha de un mostrador». Y qué oye en la
cabeza de aquel viejecillo sino esto:
Sally estaba en el jardín
las cenizas rebuscando
cuando un pedo se tiró
la pierna cual hombre alzando...
Etcétera.
Una historia muy interesante. Hay un rescate de la hija que se
ha convertido en el alma de una roca lunar, y muchas otras cosas. Pero la
verdadera historia de cómo llegó su autor a cometer el delito de traición en
Osaka es un digno rival, en mi opinión, en cuanto a relato o historia. Bob
Fender se enamoró de la espía norcoreana, la imitadora de Edith Piaf, desde una
distancia de siete metros, en un club nocturno frecuentado por oficiales
norteamericanos. No se atrevió nunca a acercarse más ni a mandarle flores o una
nota, pero, noche tras noche, estaba allí, en la misma mesa, contemplándola.
Siempre estaba solo y por lo general era el hombre más alto, con mucho, del
club, así que la cantante, cuyo nombre artístico era simplemente «Izumi»,
preguntó a otros norteamericanos quién y qué era Fender.
Era inspector de carne y virgen, pero sus compañeros, los demás
oficiales, quisieron divertirse un poco y le explicaron a Izumi que estaba
siempre solitario y lúgubre porque tenía un trabajo muy secreto y muy
importante. Le dijeron que estaba al mando de una unidad especial que guardaba
bombas atómicas. Aunque, le dijeron, que, si ella le preguntaba, él diría que
era inspector de carne.
Así que Izumi se puso a trabajar. Se sentó en su mesa sin que él
se lo pidiera. Le metió la mano por la camisa y le acarició las tetillas y
demás. Le contó que le gustaban los hombres altos y callados, y que todos los
demás norteamericanos hablaban demasiado. Le suplicó que la llevase a casa con
él cuando el club cerrase a las dos en punto de aquella madrugada. Quería saber
dónde estaban las bombas atómicas, claro. En realidad, en Japón no había bombas
atómicas. Estaban en cargueros aéreos y en Okinawa, etc. Durante el resto de la
velada, ella se dedicó a cantarlo todo directamente para él y para nadie más.
Él estuvo a punto de desmayarse de alegría y de vergüenza.
Tenía un jeep fuera.
Cuando Izumi entró en el jeep a las dos de la madrugada, dijo
que no sólo quería ver dónde vivía su americanote, sino también dónde
trabajaba. Él le dijo que eso era muy fácil, pues vivía y trabajaba en el mismo
sitio. Y la llevó a un muelle de intendencia del Ejército norteamericano de
Osaka, en el centro del cual había un gran barracón. En uno de los extremos del
barracón había unas cuantas oficinas. En el otro extremo había un apartamento
de dos habitaciones, para el veterinario residente. En medio, había grandes
congeladores de carne refrigerada, llenos de reses sacrificadas que Fender
había inspeccionado o tenía que inspeccionar. Había una valla por la parte que
daba a tierra y un guardia a la entrada; pero, según se descubrió en el juicio,
la disciplina dejaba bastante que desear. El guardián creía que lo único que
tenía que vigilar era que no saliese alguien de allí con un pedazo de carne.
Así que el guardián, a quien el tribunal militar absolvería, se
limitó a hacer señas al señor Fender para que pasara en su jeep. No se dio
cuenta de que en el suelo de éste iba tendida una mujer que no tenía permiso
para entrar.
Izumi quiso ver lo que había dentro de los congeladores de
carne, y Bob se lo enseñó de muy buena gana. Cuando llegaron al apartamento que
quedaba en el extremo exterior del muelle, ella se dio cuenta de que en
realidad Bob era sólo un inspector de carne.
—Pero ella fue tan amable —me explicó una vez Fender— y yo lo
fui también, aunque no esté bien decirlo, que se quedó a pasar la noche de
todas formas. Yo estaba muy asustado, claro, porque nunca había hecho el amor.
Pero luego me dije: «Un momento, calma. Tú siempre has sido muy bueno con todos
los animales. Prácticamente, desde que naciste. Procura tenerlo en cuenta: lo
que tienes aquí es otro lindo animalito.»
Según se descubrió en el juicio de Fender, él y otros miembros
del cuerpo veterinario parecían soldados, pero no habían sido adiestrados para
pensar como soldados. Parecía innecesario, dado que todo lo que tenían que
hacer era inspeccionar carne. El último veterinario que participó en un combate
directo fue, al parecer, uno que murió en la batalla de Little Bighorn, en la
Última Carga de Custer. Además, en el Ejército tendían a mimar a los
veterinarios porque era muy difícil reclutarles. Podían ganar fortunas
ejerciendo, sobre todo en las ciudades, cuidando animales domésticos. Por eso
le daban a Fender aquel apartamento particular tan agradable al extremo del
muelle. Él inspeccionaba carne. Mientras lo hiciese, a nadie se le ocurriría
inspeccionarle a él.
—Si hubiesen registrado mi apartamento —me contó— no habrían
encontrado ni una mota de polvo.
Habrían encontrado, eso sí, según él, «una de las mejores
colecciones particulares de tejidos y cerámica japoneses de Osaka».
Estaba entusiasmado con la sutileza y la delicadeza de los
objetos japoneses. Su furor coleccionista sin duda era una forma de
disculparse, entre otras cosas, por sus inmensas, y para él inútiles manos, y
sus pies y todo lo demás.
«Izumi no hacía más que mirarme a mí y mirar aquellas cosas tan
bellas que tenía yo en las estanterías y en las paredes... en los aparadores y
en los cajones —me contó una vez—. Si hubieras visto cómo cambiaba su expresión
mientras lo miraba, estarías de acuerdos conmigo cuando digo, aunque sea muy
presuntuoso por mi parte, que se enamoró de mí.»
A la mañana siguiente, Fender preparó el desayuno sólo con
utensilios japoneses, aunque era un desayuno americano: tocino de hebra y
huevos. Ella se quedó acurrucada en la cama mientras él cocinaba. Y a Fender le
recordó a una cervatilla que había criado de pequeño. No era una idea nueva.
Había estado toda la noche cuidando a aquella cervatilla. Puso la radio, que
estaba conectada con la red de las Fuerzas Aéreas. Esperaba poder oír música.
Pero oyó noticias.
La más importante era que aquella misma noche había sido
desarticulada una red de espías en Osaka. Habían encontrado su radiotransmisor.
Sólo quedaba por detener uno de los miembros de la red, que era una mujer que
se hacía llamar «Izumi».
Fender, según su propio relato, había «... penetrado en un
universo alternativo por entonces». Se sentía mucho más en casa en aquel nuevo
universo que en el viejo, simplemente porque ahora estaba emparejado con una
mujer y, por tanto, no estaba dispuesto a volver jamás al viejo. Lo que Izumi
le explicó de su lealtad a la causa comunista no le pareció que fueran ideas
enemigas. «Era sólo sentido común por parte de una buena persona de un universo
alternativo», decía.
Así que la tuvo escondida y le dio de comer durante once días,
procurando, por todos los medios, no olvidar sus propios deberes. Al onceavo
día, fue tan despistado e inocente como para preguntarle a un marinero de un
barco de Nueva Zelanda, que estaba descargando caña, si estaba dispuesto a
sacar del país a un chica por mil dólares. El marinero informó de ello a su
capitán y el capitán lo comunicó a las autoridades norteamericanas. Fender e
Izumi fueron detenidos inmediatamente; les separaron y jamás volvieron a verse.
Fender nunca pudo saber qué fue de ella. Desapareció. El rumor
más digno de crédito era el de que la habían entregado ilegalmente a agentes
surcoreanos, que la habían trasladado a Seúl... donde la habrían ejecutado sin
juicio.
Fender no lamentaba nada de lo que había hecho.
En aquel momento, tenía en la mano los pantalones de mi traje de
civil, un traje gris de raya muy fina. Me los mostraba. Me preguntó si
recordaba aquella quemadura grande de cigarrillo que tenía en la entrepierna.
—Sí —dije.
—A ver si la encuentras.
No pude. Ni pude encontrar ningún otro agujero en el traje. Lo
había enviado, a sus expensas, a un sitio de Atlanta en que hacían zurcidos
invisibles.
—Esto, querido Walter —dijo—, es mi regalo de despedida.
Yo sabía que casi todo el mundo recibía un regalo de despedida
de Fender. Pocas otras cosas podía hacer con todo el dinero que ganaba con sus
relatos de ciencia ficción. Pero el zurcido de mi traje era, con mucho, el
regalo más personal y más considerado de que yo había oído hablar. Me quedé
anonadado. Podía haber llorado. Así se lo dije.
Antes de que pudiera contestarme, se oyeron gritos y rumor de
carreras en las oficinas de la parte delantera del edificio... oficinas cuyas
ventanas daban a la autopista de cuatro canales de fuera. Se creía que había
llegado a la entrada Virgil Greathouse, el antiguo ministro de Sanidad,
Educación y Bienestar. Era una falsa alarma.
Clyde Carter y el doctor Fender salieron corriendo a la zona de
recepción para poder ver también. En la prisión no había ninguna puerta cerrada
con llave. Fender podría haber seguido corriendo fuera, si hubiera querido.
Clyde no tenía armas, ni tampoco los demás guardianes. Si Fender hubiera hecho
una tentativa de fuga, quizás alguien hubiera intentado detenerle, pero lo
dudo. Habría sido la primera tentativa de fuga de aquella cárcel en sus
veintiséis años de historia, y nadie habría sabido muy bien qué hacer.
Yo no sentía curiosidad por la llegada de Virgil Greathouse. Su
llegada, como la de cualquier otro preso nuevo, sería una especie de ejecución
pública. No quería verle, ni ver a nadie degradarse, convertirse en menos que
un hombre. Así que me quedé solo en la sala de suministros. Agradecí aquella
intimidad accidental que se me proporcionaba. La aproveché. Hice lo que quizás
fuese el acto físico más obscenamente íntimo de toda mi vida. Di a luz a un
viejecillo decrépito y patético al hacer esto: ponerme mis ropas de civil.
Eran éstas unos calzoncillos blancos de velarte y unos
calcetines negros hasta media pantorrilla de una tienda de ropa de caballeros
de Chevy Chase. Después, una camisa blanca de unos almacenes de Washington.
Luego mi traje de raya fina de Nueva York, y una corbata con los colores del
regimiento y zapatos negros del mismo sitio. Los cordones de ambos zapatos
estaban rotos y arreglados con nudos. Era evidente que Fender no se había
fijado en esto, porque sino aquellos zapatos habrían tenido cordones nuevos.
La prenda más antigua era la corbata. La había usado, realmente,
durante la Segunda Guerra Mundial. Imaginaos. Un inglés con quien yo estaba
trabajando en los planes de asistencia médica para los desembarcos del Día D me
explicó que la corbata me identificaba como oficial de los Fusileros Reales
Galeses.
—Fuisteis exterminados en la segunda batalla del Somme en la
Primera Guerra Mundial —dijo—. Y ahora, en esta otra, han vuelto a exterminaros
en El Alamein. No puede decirse que sea precisamente el regimiento más
afortunado del mundo.
Las rayas son azules. Una franja ancha de azul claro bordeada de
una faja estrecha de verde bosque por arriba y otra anaranjada por debajo.
Llevo puesta precisamente esa corbata hoy, mientras estoy aquí sentado en mi
oficina de la Down Home Record División de la RAMJAC Corporation.
Cuando Clyde Carter y el doctor Fender volvieron a la sala de
suministros, yo era otra vez un civil. Me sentía tan mareado y tímido y me
temblaban tanto las piernas como a cualquier otra criatura recién nacida. Aún
no sabía cuál era mi aspecto. En la sala de suministros había un espejo de
cuerpo entero, pero estaba vuelto hacia la pared. Fender siempre lo ponía de
cara a la pared cuando esperaba a un nuevo recluso. Éste era otro ejemplo de la
delicadeza de Fender. El recién llegado, si no quería, no tenía por qué ver de
inmediato cómo le había transformado el uniforme.
Pero las caras de Clyde y Fender fueron espejos suficientemente
claros como para indicarme que yo no parecía precisamente un alegre
boulevardier del tipo, por ejemplo, del difunto Maurice Chevalier. Ocultaron la
piedad que sentían con bromas. Pero no con la suficiente rapidez.
Fender fingió ser mi criado en una Embajada o algo así.
—Buenos días, señor embajador. Otro día claro y fresco —dijo—.
La reina le espera a comer a la una.
Clyde dijo que no había duda de que era fácil identificar a un
hombre de Harvard, que todos ellos tenían esa cosa especial. Pero como ninguno
de los dos hacía ademán de volver el espejo, lo hice yo mismo.
Y he aquí lo que vi reflejado: un viejo conserje flacucho de
origen eslavo. Que no estaba acostumbrado a llevar traje y corbata. El cuello
de la camisa le quedaba demasiado grande. Y también el traje, que le quedaba
como una carpa de circo. Parecía triste... quizás se dirigía al funeral de un
pariente. No había la menor armonía entre él y su traje. Podía haber encontrado
aquella ropa en el cubo de la basura de un rico.
Paz.
7
Estaba sentado ya en un banco de parque sin protección junto a
la autopista, frente a la prisión. Esperaba el autobús. Tenía a mi lado una
maleta de color castaño, de lona y cuero, diseñada para oficiales del Ejército.
Me había acompañado constantemente en Europa durante mis días de gloria. Sobre
ella había una vieja trinchera, también de mis días de gloria. Estaba
completamente solo. El autobús se retrasaba. De vez en cuando, tanteaba los
bolsillos del traje, cerciorándome de que tenía los documentos de mi
liberación, el certificado del gobierno que me daba derecho a un viaje de ida
en clase turística de Atlanta a Nueva York, mi dinero y mi título de doctor en
coctelería. El sol caía a plomo sobre mí.
Tenía trescientos doce dólares y once centavos. Doscientos
cincuenta en un cheque del gobierno, por lo que resultaba difícil que pudieran
robármelo. Era todo dinero mío. Después de las meticulosas sumas y restas que
había hecho con mis ingresos desde la detención, aquello era, hasta el último
céntimo, indiscutiblemente mío: trescientos doce dólares y once centavos.
Allí estaba yo, pues, listo para incorporarme de nuevo al
Sistema de Libre Empresa. Allí estaba yo libre de nuevo de la protección y el
cobijo del gobierno federal.
La última vez que me había pasado esto había sido en
Milnovecientos Cincuentaitrés, a los dos años de que Leland Clewes fuese a la
cárcel por perjurio. Se habían encontrado por entonces docenas de testigos más
que declararon contra él.. y perjudicándole aún más. Yo sólo le había acusado
de pertenecer al partido comunista antes de la guerra, lo cual me había
parecido más o menos tan tremendo en un miembro de la generación de la
Depresión, como haber participado en una cola del pan. Pero hubo otros dispuestos
a jurar que Clewes había sido comunista durante toda la guerra, y que había
facilitado información secreta a agentes de la Unión Soviética. Yo estaba
asombrado.
Aquello era nuevo para mí, desde luego, y quizás no fuese
siquiera verdad. Lo más que yo habría deseado de Clewes habría sido que
admitiese que yo había dicho la verdad sobre algo que, en realidad, no
importaba gran cosa. Yo no deseaba destruirle ni mandarle a la cárcel. Eso bien
lo sabe Dios. Y respecto a mí mismo pensaba que lo lamentaría el resto de mi
vida, que jamás volvería a sentirme a gusto conmigo mismo, por aquello que
había hecho involuntariamente. Pero creía, por lo demás, que la vida podría seguir
igual que antes.
Cierto: me habían trasladado al Ministerio de Defensa, dándome
un trabajo menos delicado, el de tabular las preferencias de los soldados de
las diversas razas y religiones principales del país, y de diversos orígenes
económicos y educativos, respecto a los diversos tipos de raciones de campo,
algunas nuevas y experimentales. Este tipo de trabajo, que actualmente hacen
las computadoras a la velocidad de la luz, sin cerebro ni vista ni cuidado, aún
se hacía en aquellos tiempos a mano. Yo y mi equipo parecemos ahora tan
arcaicos como los monjes cristianos que iluminaban manuscritos con pinceles y
láminas de oro y plumas de ave.
Cierto: la gente que trataba conmigo en el trabajo, tanto
inferiores como superiores, pasaron a adoptar una actitud más formalista, más
correcta y fría en su trato conmigo. Ya no tenían tiempo, al parecer, para
chistes, para contar cosas de la guerra. Todas las conversaciones eran
escuetas, prácticas. Luego, era hora de volver al trabajo. Atribuí esto, por
entonces, e incluso le comenté a mi pobre mujer que me parecía admirable, el
espíritu de aquellas nuevas fuerzas armadas sobrias, sensibles, sumamente móviles
y totalmente profesionales que estábamos creando. Serían un relámpago con el
que podríamos hacer evaporarse cualquier nuevo Hitler que surgiese en cualquier
parte del mundo. En cuanto hubiese un pueblo que perdiese su libertad, allí
estarían los Estados Unidos de Norteamérica para devolvérsela.
Y cierto: mi vida social y la de Ruth pasaron a ser algo menos
activas de lo que yo le había prometido a ella en Nuremberg. Yo había
proyectado para ella un teléfono en nuestra casa que no dejaría de sonar nunca,
con viejos camaradas míos al otro lado del hilo. Camaradas que querrían comer y
beber y hablar toda la noche. Estarían en lo mejor de su carrera al servicio
del gobierno entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco, como yo... tan
hábiles y veteranos y diplomáticos y listos, y en el fondo duros como clavos,
que serían, en realidad, el corazón y la cabeza de sus organizaciones, fuese
cual fuese el puesto que ocupasen teóricamente en el escalafón.
Le había prometido a Ruth que llegarían de importantes puestos
en Moscú, en Tokio, en su ciudad natal, en Viena, en Yakarta y en Tomboctú y en
Dios sabe dónde. ¡Qué historias podrían contarnos del mundo, de lo que estaba
pasando realmente! Nos reiríamos, y tomaríamos una copa más y etcétera,
etcétera. Y, por supuesto, la gente del país nos importunaría por nuestras
amistades interesantes y cosmopolitas y también por la información de que
dispondríamos.
Ruth decía que a ella no le importaba nada que no sonase nuestro
teléfono: que, si no fuera por el hecho de que mi trabajo exigía que fuese
localizable a todas las horas del día y de la noche, ella preferiría no tener
teléfono en casa. En cuanto a las conversaciones con gente supuestamente bien
informada hasta altas horas de la noche, decía que no le gustaba acostarse más
tarde de las diez, y que en el campo de concentración había oído suficiente
información supuestamente confidencial como para que le durase el resto de sus
días, y más aún. «Walter, yo no soy una de esas personas —decía— que considera
necesario saber siempre, teóricamente, lo que en realidad está pasando.»
Puede que Ruth quisiera protegerse ante la amenaza de tormenta
inminente, o, más en concreto, la amenaza del pesado silencio que empezaba a
envolvernos, volviendo durante el día, cuando yo estaba en el trabajo, a aquel
entusiasmo a lo Ofelia que había sentido después de su liberación, cuando se
imaginaba como un pájaro completamente a solas con Dios. No se olvidaba del
niño, que tenía cinco años cuando Leland Clewes fue a la cárcel. Siempre estaba
limpio y bien alimentado. Ruth no se dedicaba a beber en secreto. Pero, sin
embargo, sí empezó a comer mucho.
Y esto me lleva al tema de las medidas del cuerpo otra vez, algo
que no me gusta mucho analizar... porque no quiero darle más importancia de la
que merece. Las medidas del cuerpo pueden resultar notables por sus variaciones
respecto a las normas aceptadas, pero aun así, no explican casi nada de la vida
que se lleva dentro de esos cuerpos. Yo, como ya he confesado, soy lo bastante
pequeño para haber sido timonel. Eso no quiere decir nada. Y, cuando Leland
Clewes compareció ante un tribunal por perjurio, mi mujer, aunque solo medía
uno cincuenta de estatura, pesaba unos sesenta y cuatro kilos.
Amén.
Salvo por esto: nuestro hijo llegó muy pronto a la conclusión de
que su famoso padrecito y su gorda madre extranjera eran para él tales cargas
sociales que pasó a explicar a algunos compañeros de juego del barrio que era
un niño adoptado. Una vecina invitó a mi mujer a tomar café durante el día
exactamente una vez y con este propósito: descubrir si sabíamos quiénes eran
los verdaderos padres del niño.
Paz.
Así que pasó un intervalo respetable después de que enviasen a
Leland Clewes a presidio. Dos años, como digo... y luego me llamaron a la
oficina del subsecretario del ejército, Shelton Walker. No nos habíamos visto
nunca. Él nunca había estado al servicio del gobierno. Era de mi edad. Había
estado en la guerra y le habían ascendido a comandante de artillería de campo y
había hecho los desembarcos del norte de África y luego, el Día D, el de
Francia. Pero era básicamente un hombre de negocios de Oklahoma. Alguien me
diría más tarde que era propietario de la distribuidora de neumáticos más
importante de aquel estado. Y aún más sorprendente para mí: Era republicano,
pues había pasado a ocupar la Presidencia del país el general de los ejércitos,
Dwight David Eisenhower: el primer republicano que ocupaba tal cargo en veinte
años.
El señor Walker deseaba expresar, según dijo, la gratitud que
debía sentir todo el país hacia mí por mis años de fieles servicios tanto en la
guerra como en la paz. Dijo que yo tenía dotes de ejecutivo que sin duda
habrían sido recompensadas mucho más generosamente si las hubiese aplicado a la
industria privada. Se había iniciado una campaña de reducción de gastos, me
dijo, y el puesto que yo ocupaba iba a eliminarse. Se eliminaban muchos
puestos, así que no podía trasladarme a otro lugar, por mucho que quisiese. En
suma, quedaba despedido. Ni siquiera ahora soy capaz de saber si estaba siendo
cruel o no cuando me dijo, levantándose y tendiéndome la mano:
—Ahora puede usted vender sus considerables dotes, señor
Starbuck, por su auténtico valor, en el mercado libre del sistema de libre
empresa. ¡Buena caza! ¡Buena suerte!
¿Qué sabía yo de la libre empresa? Sé mucho ahora sobre ella,
pero entonces no sabía nada. Sabía tan poco de ella entonces que durante varios
meses llegué a pensar que la industria privada pagaría realmente muchísimo por
un ejecutivo para todo servicio como yo. Durante aquellos primeros meses de
desempleo expliqué a mi pobre mujer que sí, que sin duda era una opción que
teníamos, si todo lo demás fracasaba: que yo podría alzar los brazos en
cualquier momento como un hombre crucificado, como si dijésemos, y dejarme caer
de espaldas en la General Motors o en la General Electrics o en otra cosa así.
Una prueba de la bondad de esta mujer hacia mí: jamás me preguntó por qué no lo
hacía inmediatamente si era tan fácil... nunca me pidió que le explicase
exactamente, por qué, consideraba yo que había algo tonto y no del todo digno
en la industria privada.
—Quizás tengamos que ser ricos, aunque no queramos —recuerdo que
le dije una vez por entonces. Mi hijo tenía seis años y estaba escuchando... y
era lo bastante mayor, seguro, para reflexionar sobre esta paradoja. ¿Tendría
algún sentido para él?
Entre tanto, yo visitaba y telefoneaba a conocidos de otros
departamentos, bromeando sobre mi situación de «libertad temporal», como dicen
los actores en paro. Podría haber sido un hombre con una herida cómica, como un
ojo morado o un dedo gordo del pie roto. Además: todas mis amistades eran
demócratas como yo, lo cual me permitía presentarme como una víctima de la
estupidez y el espíritu vengativo de los republicanos.
Pero, desgraciadamente, hasta entonces la vida había sido para
mí una especie de danza virginiana, en que los amigos me iban pasando de
trabajo en trabajo, y ahora nadie daba con un puesto vacante en ningún sitio.
Las vacantes se habían vuelto de pronto cosas tan extintas como los pájaros
dodó.
Terrible.
Pero los viejos camaradas se comportaban con tanta naturalidad y
educación conmigo que ni siquiera ahora podría decir que me estuviesen
castigando por lo que le había hecho a Leland Clewes... si no hubiese pedido
ayuda al fin a un viejo arrogante que no trabajaba en el gobierno, quien, ante
mi asombro, se mostró muy deseoso de manifestar el desprecio que sentía por mí
y de explicarlo con detalle. Me refiero a Timothy Beame. Había sido
viceministro de Agricultura con Roosevelt antes de la guerra. Me había ofrecido
mi primer trabajo en el gobierno. Era también un hombre de Harvard y había
tenido una beca Rhodes. Tenía por entonces setenta y cuatro años y era
presidente en activo de Beame, Mearns, Weld & Weld, el despacho jurídico
más prestigioso de Washington.
Le pregunté por teléfono si quería comer conmigo. Rechazó la
invitación. Casi todos se negaban a comer conmigo. Dijo que podía verme media
hora al final de la tarde, pero que no veía de qué podríamos tener que hablar.
—Le seré franco, señor —dije—. Busco trabajo... quizás una
fundación o un museo, algo así.
—Ooooooohhh... así que busca trabajo, ¿eh? —dijo—. Sí... de eso
podríamos hablar. Bueno, pues venga. ¿Cuántos años hace que no teníamos una
buena charla usted y yo?
—Trece años, señor —dije.
—Ha llovido mucho en trece años.
—Sí, señor —dije yo.
—Ta-ta —dijo él.
Fui lo bastante imbécil para asistir a la cita.
Me recibió con una actitud esmeradamente cordial y falsa desde
el principio. Me presentó a su joven secretario, le explicó que yo había sido
un joven muy prometedor, dándome al mismo tiempo palmadas en la espalda. Aquel
hombre quizás no hubiese dado palmadas en la espalda a nadie en toda su vida.
Cuando entramos en su empanelada oficina, Timothy Beame me
indicó una silla de club de cuero, diciendo: «Siéntese, siéntese.» He aludido
recientemente a esa misma expresión supuestamente humorística, como habrán
advertido, en el relato de ciencia ficción del doctor Bob Fender, sobre el juez
de Vicuna que quedó unido para siempre a mí y a mi destino. También: dudo que
Timothy Beame hubiese dirigido jamás tan necia expresión a nadie nunca. Era un
viejo torpe y tosco, por otra parte... majestuoso por accidente como yo era por
accidente pequeño. Sus grandes manos sugerían la idea de que hubiese esgrimido
un espadón de doble hoja mucho tiempo atrás, y que ahora se moviese en defensa
de la verdad y de la justicia. Sus cejas blancas eran una espesura ininterrumpida
de un lado a otro, y cuando se sentó al escritorio, agachó la cabeza para
mirarme y hablarme a través de aquel seto.
—Es innecesario que le pregunte qué ha estado haciendo usted
últimamente —dijo.
—Lo es, señor... creo que lo es —dije.
—Usted y el joven Clewes han logrado hacerse tan famosos como
Mutt y Jeff —dijo.
—Muy a nuestro pesar —dije yo.
—Eso espero. Espero, desde luego, que haya habido bastante pesar
—dijo.
Y a este hombre sólo le quedaban unos dos meses de vida. No
había tenido ni un indicio, que yo sepa. Se decía, después de su muerte, que le
habrían nombrado para el Tribunal Supremo si hubiera logrado vivir hasta cuando
llegase otro demócrata a la Presidencia.
—Si lo siente de veras —continuó—, espero que sepa de qué se
aflige en concreto.
—¿Cómo...? —dije.
—¿Creían que sólo les afectaba a Clewes y a usted? —dijo.
—Sí, señor —dije yo—. Y a nuestras esposas, claro. Yo lo decía
en serio. Soltó un sonoro gruñido.
—Eso no debería habérmelo dicho usted —dijo.
—¿Cómo...? —dije yo.
—Es usted un mequetrefe, un aborto de Harvard, un pobre mierda
de tercera clase —dijo, y se levantó—. ¡Usted y Clewes han destruido la buena
reputación de la generación de funcionarios públicos más idealista e
inteligente que ha tenido este país! Dios mío... ¿a quién puede interesarle
ahora lo que les pase a usted o a Clewes? ¡Lástima que esté en la cárcel!
¡Lástima que no podamos encontrarle a usted otro trabajo!
También yo me levanté.
—No quebranté la ley, señor —le dije.
—La cosa más importante que se enseña en Harvard —dijo— es que
un hombre puede obedecer todas las leyes y aun así ser el peor delincuente de
su época.
No dijo dónde ni cuándo se enseñaba esto en Harvard. Para mí era
nuevo.
—Señor Starbuck —dijo—, por si no lo ha advertido: hemos pasado
recientemente por un conflicto mundial entre el bien y el mal, durante el cual
nos acostumbramos a ver playas y campos plagados de cadáveres de nuestros
muertos, de nuestros intachables y valerosos muertos. ¿Cree usted que voy a
tener ahora piedad por un burócrata sin empleo, al que por mí deberían colgar y
arrastrar y descuartizar, por todo el daño que ha hecho a este país?
—Yo sólo dije la verdad —estaba congestionado. Estaba mareado de
terror y vergüenza.
—Dijo usted una verdad parcial —dijo él—. ¡A la que se ha dado
validez general! «Los funcionarios públicos cultos y compasivos son casi seguro
espías rusos.» Eso es lo único que dicen los viejos estafadores y embaucadores
semianalfabetos que quieren recuperar el gobierno, que creen que les pertenece
por derecho. Sin las estupideces simbióticas de usted y de Leland Clewes, jamás
habrían establecido esa conexión entre traición, piedad y talento. ¡Ahora
quítese de mi vista!
—Señor —dije. Habría huido si hubiera podido, pero estaba
paralizado.
—¡Es usted otro imbécil más que, por estar en el lugar
inadecuado en el momento inadecuado —dijo—, logró que retrocediese un siglo el
humanitarismo! ¡Lárguese!
Muy fuerte, sí.
8
Así que allí estaba yo sentado en el banco a la salida de la
prisión, esperando el autobús, con el sol de Georgia cayéndome a plomo. Una
gran limusina Cadillac, con cortinas azul claro dibujándose tras las
ventanillas de atrás, pasó ronroneando lentamente al otro lado del seto central
de la autopista, por los canales que la llevarían al cuartel general de la base
de las Fuerzas Aéreas. Sólo pude ver al chófer, un negro, que miraba con
curiosidad hacia la prisión. El lugar no era claramente una prisión. Había un
modestísimo cartel al pie del asta de la bandera que sólo decía esto:
«R.S.M.A.F., Sólo Personal Autorizado.»
La limusina continuó, hasta llegar a un cruce, unos
cuatrocientos metros más allá. Luego, dio la vuelta y paró su relumbrante
parachoques delantero a unos centímetros de mi nariz. Allí, reflejado en aquel
parachoques perfecto, volvía a ver a mi conserje eslavo viejecito. Resultó ser
la misma limusina que había producido la falsa alarma de que llegaba Virgil
Greathouse hacía un rato. Llevaba tiempo buscando la prisión.
El chófer salió, y me preguntó si era realmente aquello la
prisión.
Se me pedía, pues, que emitiese mi primer sonido de hombre
libre.
—Sí —dije.
El chófer, que era un individuo de mediana edad, grande y
serenamente paternal, que vestía uniforme de color tostado y polainas negras de
cuero, abrió la puerta trasera, y habló dirigiéndose hacia el interior que
estaba en penumbra.
—Caballero —dijo, utilizando exactamente la mezcla adecuada de
pesar y respeto—, hemos llegado a nuestro destino.
Unas letras bordadas en hilo rojo de seda sobre el bolsillo del
pecho identificaban a su patrono: «RAMJAC», decían.
Como yo descubriría más tarde: Los viejos camaradas de
Greathouse les habían proporcionado a él y a sus abogados un medio de
transporte rápido y secreto de su casa al presidio, para que no hubiese apenas
testigos de su humillación. Una limusina de la Pepsi-cola le había recogido
antes del amanecer en la entrada de servicio del edificio Waldorf de Manhattan,
que era donde vivía. Le había llevado luego al aeropuerto de la Marina, junto a
La Guardia, y directamente hasta la pista aérea. Un reactor de la Resorts
International estaba esperándole allí. Le llevó hasta Atlanta, donde estaba
esperándole, también en la misma pista, una limusina encortinada que había
suministrado la Oficina de Distrito del Sureste de la RAMJAC Corporation.
Y de allí salió Virgil Greathouse... vestido casi exactamente
como yo, con un traje de raya fina gris y una camisa blanca y una corbata con
los colores del regimiento. Nuestros regimientos eran distintos. Él era un
Coldstream Guard. Iba, como siempre, chupando su pipa: me miró brevísimamente.
Y luego salieron dos elegantes abogados... uno joven, el otro
viejo.
Mientras el chófer iba al maletero de la limusina a por el
equipaje del reo, éste y sus dos abogados miraron la prisión como si fuese una
propiedad inmobiliaria que pensasen comprar, si el precio era bueno. Hubo un
chispeo en los ojos de Greathouse; imitaba en su pipa el gorjeo de pájaros.
Debía estar pensando en lo duro que era. Sus abogados me contaron luego que
había estado dando clases de boxeo y de jiu-jitsu y de karate, desde que se
había convencido de que iba de verdad a ir a la cárcel.
«Bueno —pensé para mí al oírlo—, no habrá nadie en esta prisión
concreta que quiera pelear con él, pero, de todos modos, le quebrarán la
espalda. A todo el mundo le quiebran la espalda la primera vez que va a la
cárcel. Se cura con el tiempo, pero nunca queda uno igual que antes. Por muy
duro que pueda ser Virgil Greathouse, nunca volverá a caminar igual o a
sentirse igual.»
Virgil Greathouse no me había reconocido. Sentado allí en aquel
banco, yo podría haber sido un cadáver en el barro de un campo de batalla, y él
un general que hubiera pasado durante un breve período de calma a ver cómo iban
las cosas.
No me sorprendió. Pensé, sin embargo, que podría reconocer la
voz que salió de la prisión, que pudimos oír todos ya claramente. Era la voz de
su colaborador más íntimo en lo de Watergate, Emil Larkin, que cantaba a pleno
pulmón el espiritual negro: «A veces me siento como un hijo sin madre.»
Greathouse no tuvo tiempo de mostrar su reacción a la voz, pues
saltó un caza de una pista próxima, haciendo pedazos el cielo. Era un ruido que
retorcía las tripas a todo el que no lo hubiera oído y oído y oído una y otra
vez. No había ningún aviso previo. Era siempre una explosión apocalíptica sobre
la cabeza.
Greathouse, los abogados y el chófer se echaron al suelo. Luego,
se levantaron, maldiciendo y riendo y limpiándose el polvo.
Greathouse, suponiendo correctamente que estaban mirándole y
midiéndole y catalogándole personas a quienes no podía ver, hizo unas cuantas
fintas de boxeo y alzó la vista al cielo como para decir, cómicamente, «podéis
mandar otro. Esta vez estoy preparado». El grupo no avanzó hacia la prisión,
sin embargo. Esperó junto a la limusina, aguardando una especie de fiesta de
bienvenida. Greathouse quería, pensé, un último reconocimiento final de su
rango social en terreno neutral, una especie de rendición en Appomattox, con el
director como Ulises S. Grant y él mismo como Robert E. Lee.
Pero el director ni siquiera estaba en Georgia. Habría estado
allí si le hubiesen dicho con tiempo que Greathouse iba a llegar aquel día
concreto a rendirse. Pero estaba en Atlantic City, dirigiendo una asamblea de
la Asociación Norteamericana de Funcionarios de Libertad Condicional. Así que
fue por fin Clyde Carter, el vivo retrato del presidente Carter, quien salió
por la puerta principal y dio unos cuantos pasos hacia ellos. Clyde sonreía.
—Entren todos —dijo.
Y entraron, con el chófer cerrando la comitiva, con dos bolsas
de viaje de piel y un neceser a juego. Clyde le cogió las maletas en el umbral,
y le dijo cortésmente que volviese a la limusina.
—No le necesitaremos aquí —dijo Clyde.
Así que el chófer volvió a la limusina. Se llamaba Cleveland
Lawes, una especie de tergiversación del nombre del individuo a quien yo había
destruido: Leland Clewes. Sólo había ido a la escuela primaria, pero leía cinco
libros a la semana mientras esperaba por gente, principalmente ejecutivos de la
RAMJAC y clientes y proveedores. Como le habían capturado los chinos en la
guerra de Corea, y había estado realmente en China un tiempo trabajando como
marinero de cubierta de un vapor de cabotaje en el mar Amarillo, hablaba
bastante bien el chino.
Cleveland Lawes estaba leyendo por entonces Archipiélago Gulag,
una descripción del sistema carcelario de la Unión Soviética explicado por otro
antiguo presidiario, Alexander Solzenitsin.
En fin, allí estaba yo completamente solo sentado en un banco en
un lugar perdido como aquél. Entré de nuevo en un período de catatonia, de
mirar al frente fijamente, al vacío, y dar tres palmadas cada poco con mis
queridas manos.
Según me dice Cleveland Lawes, nunca se habría fijado en mí, si
no hubiera sido por esas palmadas.
Pero se fijó en mí porque di las tres palmadas. Pensó que tenía
que saber por qué hacía yo aquello.
¿Le expliqué el porqué de las palmadas? No. Era demasiado
complicado y demasiado tonto. Le conté que estaba ensoñando sobre el pasado y
que cuando recordaba un momento feliz alzaba las manos y aplaudía tres veces.
Se ofreció a llevarme hasta Atlanta.
Y allí estaba ya, después de sólo media hora de libertad,
sentado en el asiento delantero de una limusina aparcada. Las cosas iban muy
bien, en principio.
Y si Cleveland Lawes no se hubiese ofrecido a llevarme a
Atlanta, nunca habría llegado a ser lo que es hoy, director de personal de la
Delegación Transico de la RAMJAC Corporation. Transico tiene servicios de
limusina y flotas de taxis y agencias de alquiler de coches y apartamentos y
garajes en todo el Mundo Libre. Transico puede incluso alquilar muebles. Se los
alquila a mucha gente.
Le pregunté si a sus pasajeros no les molestaría que me llevase
a Atlanta.
Dijo que él nunca les había visto antes, y que no esperaba
volver a verles nunca... que no trabajaban para la RAMJAC. Añadió el curioso
detalle de que él no había sabido que su principal pasajero era Virgil
Greathouse hasta que llegaron a la prisión. Hasta aquel momento, Greathouse
había estado disfrazado con una barba postiza.
Estiré el cuello para mirar al asiento trasero, donde vi una
barba con una de las patillas de alambre enganchada en la manilla de una
puerta.
Cleveland Lawes dijo en broma que no sabía si volverían los
abogados de Greathouse.
—Cuando miraban la prisión —dijo—, me pareció que estaban
calculando si les iba a la medida.
Me preguntó si había viajado antes en limusina. Le dije que no,
por abreviar. De niño, claro, había ido muchas veces con mi padre en el asiento
delantero de las limusinas de Alexander Hamilton McCone. En mi juventud, cuando
me preparaba para Harvard, había ido muchas veces con el señor McCone en el
asiento de atrás, con un cristal de separación entre mi padre y yo. El cristal
de separación no me había parecido extraño entonces, ni sugerente siquiera.
Y en Nuremberg había sido dueño de aquel dragón grotesco, aquel
turismo Mercedes. Pero era un coche descapotable, estrafalario hasta sin los
impactos de bala de la tapa del maletero y el parabrisas trasero. Entre los
bávaros me daba el estatus de un pirata... en posesión temporal de bienes
robados que sin duda serían robados de nuevo una y otra vez.
Pero sentado allí a la salida de la prisión, me di cuenta de que
llevaba unos cuarenta y cinco años sin sentarme en una auténtica limusina...
Pese a lo que había llegado a encumbrarme en el escalafón del Estado, nunca
había tenido derecho a limusina, ni había estado a tres puestos siquiera de
tener una propia ni de usarla esporádicamente. Ni había logrado seducir jamás a
un superior que la tuviera para que me dijese: «Joven; quiero hablar con usted
de este asunto más detenidamente. Entre usted en el coche conmigo.»
En cambio Leland Clewes, aunque no tenía derecho a una propia,
andaba siempre en limusinas con viejos ilustres.
Da igual.
Cálmate.
Cleveland Lawes comentó que yo le parecía un hombre educado.
Admití haber ido a Harvard.
Esto le permitió explicarme lo de que había sido prisionero de
los comunistas chinos en Corea del Norte, pues el comandante chino que estaba
al mando de la prisión en que había estado él era también un hombre de Harvard.
Aquel comandante debía tener más o menos mi edad, y puede que hubiese sido
condiscípulo mío, incluso, pero yo nunca había hecho amistad con ningún chino.
El comandante había estudiado, según Lawes, física y matemáticas, así que, de
todos modos, no podría haberle conocido.
—Su papá era un gran terrateniente —dijo Lawes—. Cuando llegaron
los comunistas, hicieron arrodillarse a su papá delante de todos sus
arrendatarios, allí en el pueblo, y le cortaron la cabeza con una espada.
—¿Y cómo podía ser comunista el hijo después de eso? —dije.
—Decía que en realidad su papá había sido un terrateniente muy
malo —dijo.
—Bueno —dije—, eso parece muy propio de Harvard.
Este chino de Harvard se hizo amigo de Cleveland Lawes y le
convenció de que, cuando terminase la guerra debía irse a China en vez de
volver a su hogar de Georgia. Cuando Lawes era niño, habían quemado a un primo
suyo en un linchamiento, y los del Ku-Klux-Klan habían sacado a rastras una
noche a su padre de casa y le habían azotado, y a él le habían pegado dos veces
por intentar inscribirse para votar, poco antes de que le reclutara el
Ejército. Así que fue fácil presa de un comunista elocuente. Y trabajó durante
dos años, dice, de marinero en el mar Amarillo. Dijo que se había enamorado
varias veces, pero que nadie se enamoraba de él.
—¿Por eso se volvió usted? —pregunté. Me explicó que había
vuelto sobre todo por la música religiosa.
—Allí no se podía cantar con nadie —dijo—. Y luego la comida...
—¿No era buena? —pregunté,
—Oh, sí, era buena —dijo—. Pero no era el tipo de comida del que
a mí me gusta hablar.
—Ya —dije.
—No basta con comer —dijo—. Tienes que poder hablar también de
la comida. Y además con alguien que entienda ese tipo de comida.
Le felicité por haber aprendido chino, y me contestó que ahora
no lo habría conseguido.
—Ahora sé demasiado —dijo—. Entonces, era tan ignorante que no
sabía lo difícil que era aprender chino. Me parecía que era como imitar a los
pájaros, ¿comprende? Uno oye cantar a un pájaro y luego intenta hacer el mismo
sonido y ver si puede engañar al pájaro.
Los chinos fueron muy amables con él cuando decidió que quería
volver a casa. Les cayó muy bien y se tomaron muchas molestias, preguntando a
través de complicados canales diplomáticos qué le harían si volvía a su patria.
Por entonces, ni Norteamérica ni ninguno de sus aliados tenían representantes
en China. Los mensajes iban a través de Moscú, que aún mantenía relaciones
amistosas con China.
Sí, y aquel antiguo soldado de primera, negro, cuya especialidad
militar había sido transportar la plataforma de base de un mortero pesado,
resultó merecer negociaciones a los más elevados niveles diplomáticos. Los
norteamericanos querían que volviese para castigarle. Los chinos dijeron que el
castigo debía ser breve y casi simbólico, y que debería incorporarse casi de
inmediato a la vida civil normal... de lo contrario, no le dejarían irse. Los
norteamericanos dijeron que Lawes tendría que hacer algún tipo de declaración
pública explicando por qué había vuelto. Después, comparecería ante un tribunal
militar, le condenarían a una pena de cárcel de menos de tres años y le
expulsarían del Ejército, con pérdida de todas las pagas y beneficios. Los
chinos contestaron que Lawes había hecho promesa de no hablar nunca en contra
de la República Popular China, que le había tratado bien. No le dejarían
marchar si se le obligaba a romper aquella promesa. Insistieron también en que
no debía cumplir ninguna pena de prisión, y que debían pagarle lo del tiempo
que había sido prisionero de guerra. Los norteamericanos contestaron que
tendría que cumplir un período de cárcel, puesto que ningún Ejército podía
consentir que quedase impune un delito de deserción. Podrían tenerle preso
durante el período previo al juicio. Luego le condenarían a una pena
equivalente al tiempo que había sido prisionero de guerra, le deducirían luego
el tiempo que había sido prisionero de guerra, y le mandarían a casa. En cuanto
a las pagas atrasadas, era algo que no cabía siquiera plantearse.
Y ése fue el trato.
—Querían a toda costa que volviera, sabe —me dijo—. Les ponía
muy nerviosos mi caso. No podían soportar que un norteamericano, aunque fuese
negro, pensase un instante siquiera que Norteamérica podía no ser el mejor país
del mundo.
Le pregunté si había oído hablar alguna vez del doctor Robert
Fender, que había sido condenado por traición durante la guerra de Corea, y que
estaba entonces precisamente allí, en aquella cárcel, tomándole las medidas a
Virgil Greathouse para el uniforme.
—No —dijo—. No supe de nadie más con el mismo problema. Nunca me
lo planteé como un club ni nada parecido.
Le pregunté si había visto alguna vez a la legendaria señora de
Jack Graham, hijo, accionista mayoritaria de la RAMJAC Corporation.
—Eso es como preguntarme si he visto a Dios —dijo.
Hacía ya cinco años, por entonces, que la viuda de Graham no
aparecía en público. Su aparición más reciente había sido en un Juzgado de la
ciudad de Nueva York, donde un grupo de accionistas de la RAMJAC había
demandado a ésta exigiendo pruebas de que la viuda aún seguía viva. Recuerdo
que los artículos de los periódicos sobre el tema divirtieron muchísimo a mi
esposa. «Ésta es la Norteamérica que yo amo —decía ella— ¿por qué no puede ser
así siempre?»
La señora Graham entró en el Juzgado con un abogado, pero con
ocho guardaespaldas uniformados de Pinkerton, Inc., subsidiaria de la RAMJAC.
Uno de ellos llevaba un amplificador con altavoz y micrófono. La señora Graham
vestía un voluminoso caftán negro, con el capuchón puesto y cerrado por
delante, de modo que podía mirar pero nadie podía ver lo que había dentro. Sólo
se le veían las manos. Otro agente de Pinkerton llevaba un tampón, papel y una
copia de las huellas dactilares de la señora Graham, procedente de los archivos
del FBI. El FBI disponía de sus huellas dactilares desde que la habían
condenado por conducir en estado de embriaguez en Frankfort, Kentucky, en 1952,
poco después de la muerte de su marido. Le habían concedido libertad
condicional. Por entonces acababan de echarme a mí del gobierno.
Conectaron el amplificador y se deslizó el micrófono en el
interior del caftán de la señora Graham, para que la gente pudiera oír lo que
decía. Demostró que era quien decía ser poniendo sus huellas dactilares y
haciendo que las comparasen con las que poseía el FBI. Declaró, bajo juramento,
que gozaba de excelente salud física y mental... y que controlaba a los altos
cargos de la empresa, pero nunca por contacto personal directo. Cuando les daba
instrucciones por teléfono, utilizaba una clave para identificarse. Esta clave
se cambiaba a intervalos regulares. Recuerdo que dijo, a petición del juez, una
de las claves y parecía tan llena de magia que se me quedó grabada. La clave
era: «Zapatero.» Confirmaba todas las órdenes que daba por teléfono con una
carta manuscrita suya. Al final de cada carta, no sólo iba su firma sino una
serie completa de huellas dactilares de sus ocho deditos y sus dos Pulgarcitos.
Llamaba a esto «Mis ocho deditos y mis dos Pulgarcitos».
En fin. No había duda de que la señora de Jack Graham estaba
viva, y tenía libertad de nuevo para desaparecer.
—He visto al señor Leen varias veces —dijo Cleveland Lawes.
Hablaba de Arpad Leen, el comunicativo y muy sociable presidente
y director del consejo de administración de la RAMJAC Corporation. Se
convertiría luego en mi jefe supremo y también en el jefe supremo de Cleveland
Lawes, cuando ambos pasáramos a formar parte de la plantilla de la RAMJAC. Y he
de decir que Arpad Leen es el ejecutivo más capaz, informado, inteligente y
responsable bajo cuyas órdenes haya tenido yo el privilegio de servir. Es un
genio en la adquisición de empresas y en la tarea de conseguir mantenerlas
vivas después.
Recuerdo que solía decir: «Si no puede usted llevarse bien
conmigo, es que no puede llevarse bien con nadie.»
Y era verdad, era verdad.
Lawes dijo que Arpad Leen había ido a Atlanta precisamente hacía
dos meses y que le había llevado él en la limusina. Había quebrado toda una
cadena de tiendas nuevas y de hoteles de lujo en Atlanta y Leen había intentado
adquirirlos para la RAMJAC. Pero le había ganado en la subasta un culto
religioso surcoreano.
Lawes me preguntó si tenía hijos. Le dije que tenía uno que
trabajaba para el New York Times. Se echó a reír entonces y dijo que ahora mi
hijo y él tenían el mismo jefe: Arpad Leen. Yo no había escuchado las noticias
aquella mañana, así que tuvo que explicarme que la RAMJAC acababa de adquirir
el control del New York Times y todos sus intereses subsidiarios, que incluían
la segunda empresa de comida para gatos del mundo.
—Cuando vino conmigo el señor Lee —dijo Lawes— me explicó que
iba a pasar eso. Lo que él quería era esa empresa de comida para gatos... no el
New York Times.
Por fin entraron en el asiento de atrás de la limusina los dos
abogados. No estaban deprimidos en absoluto. Venían riéndose de aquel guardia
que se parecía al presidente de los Estados Unidos.
—Me dieron ganas de decirle —comentaba uno—. «Señor presidente,
¿por qué no le perdona usted ya de una vez? Ya ha sufrido bastante, y aún le
daría tiempo a jugar una buena partida de golf esta tarde.»
Uno de ellos se probó la barba postiza y el otro dijo que se
parecía a Carlos Marx. Y siguieron con cosas parecidas. No manifestaban la
menor curiosidad por mí. Cleveland Lawes les explicó que había ido a visitar a
mi hijo. Me preguntaron por qué estaba mi hijo allí y les dije: «Fraude
postal.» Ése fue el final de la conversación.
Así que salimos hacia Atlanta. Recuerdo que había un curioso
objeto embutido, por medio de una copa de succión, a la guantera, delante de
mí. Salía de la copa, y apuntaba a mi esternón, un chisme que parecía unos
treinta centímetros de manguera verde de jardín. Y al final del tubo había una
rueda de plástico blanca del tamaño de un plato de postre. En cuanto
arrancamos, empezó a hipnotizarme aquel chisme, subiendo y bajando cuando
pasábamos un bache, inclinándose hacia un lado y luego hacia el otro en las curvas.
En fin, pregunté qué era aquello. Era un volante de juguete.
Lawes tenía un hijo de siete años que le acompañaba a veces en sus viajes. El
chico podía hacer así como que conducía la limusina con el volante de plástico.
Cuando mi hijo era pequeño, no había juguetes como aquél. Además, no le habría
gustado. El joven Walter a los siete años ya no quería ir siquiera con su madre
y conmigo.
Ya dije que era un chico listo.
Lawes dijo que podía ser muy emocionante, sobre todo si la
persona que manejaba el volante auténtico iba borracha y había cruces difíciles
con camiones y choques de refilón con coches aparcados y cosas así. Dijo que
había que darle al Presidente de los Estados Unidos un volante como aquél el
día de su toma de posesión para recordarle, y recordarle a todo el mundo, que
lo único que podía hacer era fingir que conducía.
Me dejó en el aeropuerto.
Y resultó que todos los vuelos que iban a Nueva York estaban
completos. No pude salir de Atlanta hasta las cinco de la tarde. No me
importaba, en realidad. Me salté la comida, porque no tenía apetito. Encontré
un libro de bolsillo en uno de los retretes y estuve un rato leyendo. Trataba
de un hombre que, mediante una crueldad implacable, llegaba a hacerse con el
control de una gran empresa multinacional. Las mujeres estaban locas por él. Él
las trataba muy mal, pero ellas volvían siempre a por más. Tenía un hijo
drogadicto y una hija ninfomaníaca.
Interrumpió mi lectura un francés que me habló en francés
señalándome mi solapa izquierda. Al principio pensé que me había vuelto a
prender fuego, aunque ya no fumaba. Luego me di cuenta de que aún llevaba la
cinta roja estrecha que me identificaba como Chevalier de la Legión de Honor.
La había llevado puesta, en un gesto bastante patético, durante todo el juicio,
y también en mi ruta hasta la cárcel.
Le dije en inglés que aquello había venido con el traje, que yo
había comprado de segunda mano, y que no tenía ni idea de lo que significaba.
Se puso muy serio. Permettez-moi, monsieur, dijo, y sacó
diestramente la cinta de la solapa como si fuera un insecto posado allí.
—Merci —dije, y volví a mi libro.
Cuando por fin hubo una plaza de avión para mí, vocearon varias
veces mi nombre por los altavoces: «Señor Walter F. Starbuck, señor Walter F.
Starbuck...» Había sido un nombre famoso en otros tiempos; pero no pude
entonces ver que nadie pareciese reconocerlo, que enarcase las cejas en
conjetura maliciosa.
Dos horas y media después, me encontraba en la isla de
Manhattan, la trinchera puesta para protegerme del fresco del anochecer. Se
había ocultado el sol. Contemplaba el vistoso escaparate de una tienda que
vendía sólo trenes de juguete.
No era que no tuviese dónde ir, en realidad. Estaba cerca del
sitio al que me dirigía. Había escrito con antelación. Había reservado una
habitación sin baño ni televisor por una semana, pagando por adelantado... en
el Hotel Arapahoe, tan elegante en otros tiempos, que se había convertido en
asilo y burdel improvisado, a un minuto de Times Square.
9
Había estado ya en el Arapahoe una vez, en el otoño de 1931. Aún
no se había domesticado el fuego. Albert Einstein había predicho la invención
de la rueda, pero no era capaz de describir su forma y sus usos probables en el
idioma de los hombres y mujeres normales. Era presidente Herbert Hoover,
ingeniero de minas. La ley prohibía la venta de bebidas alcohólicas y yo
estudiaba primer curso en Harvard.
Operaba, en realidad, siguiendo instrucciones de mi mentor,
Alexander Hamilton McCone. Él me había dicho en una carta que tenía que repetir
una locura que él había cometido cuando hacía primer curso, que era llevar a
una chica guapa al partido de fútbol americano Harvard-Columbia en Nueva York,
y gastar luego la asignación de un mes en una cena para dos, con ostras y
caviar y demás, en el famoso comedor del Hotel Arapahoe. Después teníamos que
ir a bailar. «Debes llevar el esmoquin —decía—. Y dar propinas de marinero
borracho.» Diamond Jim Brady, me contó, había comido en una ocasión cuatro
docenas de ostras, cuatro langostas, cuatro pollos, cuatro pichones, cuatro
chuletas de vacuno, cuatro de cerdo, y cuatro de cordero... por una apuesta. Lo
había presenciado Lillian Russell.
Puede que el señor McCone estuviera borracho cuando escribió
aquella carta, no sé. «Trabajar siempre y no jugar nunca —escribía—, convierten
a Jack en un niño tonto.»
Y la chica a la que invité, la hermana gemela de mi compañero de
habitación, es una de las cuatro mujeres a las que llegaría a querer de verdad.
La primera fue mi madre. La última mi esposa.
La chica se llamaba Sarah Wyatt. Tenía dieciocho años, por lo
menos, e igual yo. Hacía un curso de dos años muy fácil en un colegio para
niñas ricas de Wellesley, Massachusetts, el Pine Manor. Su familia vivía en
Pride’s Crossing, al norte de Boston, hacia Gloucester. Cuando salíamos juntos
en Nueva York, ella se instalaba con su abuela materna, viuda de un corredor de
bolsa, en un enclave estrafalariamente extemporáneo de calles sin salida y
parques de bolsillo y hoteles-apartamentos isabelinos llamado Ciudad Tudor,
junto al East River, y que formaba, en realidad, una especie de puente con la
calle Cuarenta y dos. Y, lo que son las cosas, mi hijo vive ahora en Ciudad
Tudor. Y también el señor Leland Clewes y su esposa.
El mundo es un pañuelo.
Ciudad Tudor era un barrio nuevo, pero ya en baja y casi vacío
cuando llegué yo allí en mi taxi a recoger a Sarah para ir al Hotel Arapahoe en
Milnovecientos Treintaiuno. Yo llevaba un esmoquin que me había hecho a la
medida el mejor sastre de Cleveland. Tenía un encendedor de plata y una
pitillera de plata ambos regalo del señor McCone. Tenía, además, cuarenta
dólares en la cartera. En Milnovecientos Treintaiuno, podría haber comprado
todo el estado de Arkansas por cuarenta dólares.
Volvamos otra vez al asunto de las medidas físicas. Sarah Wyatt
era siete centímetros y medio más alta que yo, y a ella le daba igual. Hasta
tal punto le daba igual que cuando fui a buscarla a Ciudad Tudor, llevaba
puestos unos zapatos de tacón alto con el traje de noche.
Una prueba más clara de que no le importaba la disparidad de
nuestras estaturas respectivas: Sarah Wyatt estaría comprometida conmigo en
matrimonio durante siete años.
No estaba preparada del todo cuando llegué, así que tuve que
ponerme a charlar un rato con su abuela, la señora Sutton. Sarah me había
advertido en el partido de fútbol de aquella tarde, que no debía mencionarle a
la señora Suttonl el suicidio, pues el señor Sutton se había tirado por la
ventana de su oficina de Wall Street en Milnovecientos Veintinueve cuando el
hundimiento de la Bolsa.
—Tiene usted una casa muy bonita, señora Sutton —le dije.
—Es usted la única persona que lo cree —dijo ella—. Es muy
pequeña. Desde aquí se huele todo lo que hacen en la cocina.
Era un apartamento de dos dormitorios. Estaba claro que aquella
señora iba a menos en el mundo. Sarah decía que había tenido una cuadra de
caballos en Connecticut y una casa en la Quinta Avenida y etcétera, etcétera.
Las paredes del pequeño recibidor estaban cubiertas de cintas
azules de las carreras de caballos de antes del hundimiento de la Bolsa.
—Veo que ha ganado usted muchas cintas azules —dije.
—No —dijo ella—. Las cintas ésas las ganaron los caballos.
Estábamos sentados en sillas plegables ante una mesita baja en
el centro del salón. No había sillones ni sofás. Pero la estancia estaba tan
atestada de bargueños y escritorios y armarios y cómodas altas y cómodas bajas
y tocadores galeses y armarios roperos y relojes antiguos y demás, que me
resultaba imposible localizar las ventanas. Y además, aquella señora se
dedicaba a almacenar también sirvientes, todos muy viejos. Salió a abrirme una
doncella uniformada que luego desapareció deslizándose de lado por una estrecha
fisura entre dos muestras impresionantes de ebanistería.
Luego salió un chófer uniformado de la misma hendidura y
preguntó a la señora Sutton si quería ir aquella noche a algún sitio en el
«eléctrico». Había, al parecer, por entonces mucha gente, sobre todo señoras de
edad, que tenían coches eléctricos. Parecían cabinas telefónicas con ruedas.
Debajo del suelo llevaban unas baterías de acumuladores que pesaban muchísimo.
La velocidad máxima era de veinte kilómetros por hora y había que recargarlos
cada cincuenta kilómetros o así. Tenían timones, como los barcos de vela, en
vez de volantes de automóvil.
La señora Sutton dijo que no iría a ningún sitio en el
eléctrico, y el viejo chófer dijo que en ese caso se iría al hotel. Había otros
dos sirvientes más, a los que no llegué a ver. Se iban todos a pasar la noche a
un hotel para que Sarah pudiese disponer de la segunda habitación, donde
normalmente dormían ellos.
—Supongo que todo esto le parece a usted muy provisional —me
dijo la señora Sutton.
—No, madame —dije.
—Es absolutamente permanente —dijo—. No tengo ninguna esperanza
de mejorar de condición sin un hombre. Eso fue lo que me enseñaron. Me educaron
así.
—Sí, madame —dije.
—Un hombre con un esmoquin tan elegante como el suyo sólo
debería llamar «madame» a la reina de Inglaterra —dijo.
—Procuraré recordarlo —dije.
—Ay, aún es usted un niño —dijo ella.
—Sí, madame —dije.
—Explíqueme de nuevo el parentesco que tiene con los McCone —me
dijo.
Yo jamás le había dicho a nadie que estuviese emparentado con
los McCone, pero había otra mentira que solía contar: una mentira que, como
todo lo demás que se refería a mí, había inventado el señor McCone. Dijo que
sería perfectamente aceptable, que podía resultar interesante incluso, admitir
que mi padre no tenía un centavo. Pero sería absolutamente inadmisible tener
por padre a un sirviente.
La mentira era la siguiente, y se la conté a la señora Sutton:
—Mi padre trabaja para el señor McCone como conservador de su
colección de arte. Además, aconseja al señor McCone lo que tiene que comprar.
—Un hombre culto —dijo ella.
—Estudió arte en Europa —dije—. No es un hombre de negocios.
—Un soñador —dijo.
—Sí —dije yo—. Si no fuese por el señor McCone, yo no podría ir
a Harvard.
—«Starbuck...» —musitó—. Creo que ese apellido procede de
Nantucket.
También estaba preparado para esto.
—Sí —le dije—, pero mi bisabuelo dejó Nantucket cuando la Fiebre
del Oro y no volvió más. Tengo que ir un día a Nantucket a ver los archivos,
para ver si figuramos allí.
—Así que una familia de California —dijo ella.
—Nómadas, en realidad —dije yo—. California, sí... pero también
Oregón y Wyoming, y Canadá y Europa. Pero fueron siempre gente de libros...
profesores y así.
Yo era como flogisto puro, aquel elemento imaginario de antaño.
—Así que desciende usted de capitanes balleneros —dijo.
—Sí, supongo que sí —dije yo. Las mentiras no me producían la
menor desazón.
—Y antes de vikingos —dijo.
Me encogí de hombros.
Había decidido quererme mucho... y seguiría con la misma idea
hasta el final. Como me explicaría Sarah más tarde, la señora Sutton solía
referirse a mí como su pequeño vikingo. No viviría lo suficiente para ver a
Sarah prometerse conmigo en matrimonio y plantarme luego. Murió hacia
Milnovecientos Treintaisiete... sin un centavo, en un apartamento amueblado con
poco más que una mesita baja, dos sillas plegables y su cama. Había vendido
todos sus tesoros para poder vivir y mantener a sus viejos criados, que no
habrían tenido a donde ir ni qué comer sin ella. Les sobrevivió a todos. La
doncella, que se llamaba Tillie, fue la última que murió. Dos semanas después
de la muerte de Tillie, también se fue de este mundo la señora Sutton.
Pero entonces, en Milnovecientos Treintaiuno, mientras yo
esperaba a que Sarah terminara de arreglarse, la señora Sutton me contó que el
padre del señor McCone, el fundador de la Cuyahoga Bridge and Iron, construyó
una casa inmensa en el sitio en que pasaba ella los veranos en su juventud, en
Bar Harbor, Maine. Una vez terminada, decidió dar un gran baile con cuatro
orquestas y no asistió nadie.
—Resultaba muy elegante y muy noble humillarle así —dijo—.
Recuerdo que me sentí muy feliz al día siguiente. Ahora no puedo evitar
preguntarme si no estaríamos un poco locos todos. No quiero decir que
estuviésemos locos por perdernos una fiesta maravillosa o por herir los
sentimientos de Daniel McCone. Daniel McCone era un individuo absolutamente
detestable. Lo que era una locura era que todos imagináramos que Dios estaba
pendiente de nosotros, y que nos adoraba y nos garantizaba a todos asientos a
su diestra por haber humillado a Daniel McCone.
Le pregunté qué había sido de la mansión de los McCone en Bar
Harbor. Mi mentor nunca me había hablado de ella.
—El señor y la señora McCone desaparecieron de Bar Harbor al día
siguiente —me dijo— con sus dos hijos pequeños, según creo.
—Sí —dije—. Y uno de ellos se convertiría luego en tutor mío. El
otro en presidente del consejo de administración de la Cuyahoga Bridge and
Iron.
—Al cabo de un mes —dijo—, por el Labor Day,* aunque entonces no
había Labor Day... cuando ya estaba a punto de terminar el verano, llegó un
tren especial. Debía tener unos ocho vagones de carga y otros tres para
obreros. Venían de Cleveland. Debían ser de la fábrica del señor McCone, ¡qué
pálidos estaban! Eran extranjeros casi todos... alemanes, polacos, italianos,
húngaros. ¡Quién podía saberlo! Nunca se había visto gente como aquélla en Bar
Harbor. Dormían en el tren. Comían en el tren. Se dejaban conducir como
borregos de la mansión al tren y del tren a la mansión. Sólo se llevaron los
tesoros artísticos de mayor valor, pinturas y esculturas y tapices y alfombras
que eran piezas de museo.
La señora Sutton alzó los ojos y continuó:
—Oh, señor... ¡qué no se dejarían allí! Y luego, los obreros
cogieron todas las placas de cristal de las ventanas y de las puertas y las
claraboyas. Sacaron todas las tejas del tejado. Murió un obrero, recuerdo,
porque se le cayó una teja encima. Hicieron agujeros en el tejado desmantelado.
Cargaron también en el tren las tejas y el cristal, para que nadie pudiese
utilizarlo para reparaciones. Luego se marcharon. Nadie había hablado con
ellos, y ellos no habían hablado con nadie.
»La marcha de aquella gente fue algo muy especial, quienes la
presenciaron no pudieron olvidarla —dijo la señora Sutton—. En aquellos
tiempos, los trenes eran una cosa muy divertida, porque armaban mucho ruido en
la estación con los silbatos y las campanas, pero aquel tren especial de
Cleveland se fue en silencio, como un fantasma. Estoy segura de que el
maquinista tenía órdenes de Daniel McCone de no pitar ni tocar la campanilla.
Y así quedó la mejor mansión de Bar Harbor y la mayoría de sus
pertenencias, con sábanas y mantas y edredones aún en todas las camas, según la
señora Sutton, y con cristalerías y vajillas de porcelana en los aparadores y
con miles de botellas de vino en las bodegas, abandonadas a la muerte.
La señora Sutton cerró los ojos, recordando el deterioro de la
mansión, año tras año.
—Sin que sirvieran de nada a nadie, señor Starbuck —dijo.
Surgió entonces de entre el mobiliario la joven Sarah, lista al
fin. Llevaba dos orquídeas, que yo le había mandado. También habían sido
inspiración de Alexander Hamilton McCone.
—¡Qué hermosa estás! —dije, levantándome extasiado de mi silla
plegable. Era verdad, sin duda, pues Sarah era alta y esbelta y de pelo dorado
y ojos azules. Tenía la piel como el satén. Los dientes como perlas. Pero
irradiaba tanta sexualidad como la mesa de cartas de su abuela.
Y seguiría siendo así durante los siete años siguientes. Sarah
Wyatt creía que la relación sexual no era más que una especie de caída de
nalgas fácil de eludir. Para ello, no tenía más que recordar al presunto amante
la ridiculez de lo que estaba proponiendo. La primera vez que la besé, que fue
en Vallesley una semana antes, tuve de pronto la sensación de haberme
convertido en una tuba y que estaba interpretando una pieza conmigo. Sarah se
retorcía de risa, con los labios aún pegados a los míos. Me hizo cosquillas. Me
sacó los faldones de la camisa, dejándome en un desaliño humillante. Fue
terrible. No se reía de la sexualidad de un modo juvenil y nervioso, algo que
un hombre pueda tener la esperanza de modular con ternura y habilidad
anatómica. Eran las desenfrenadas risotadas que provoca una película de los
hermanos Marx.
Hay una frase que parece obligada a este respecto: «Casa de
nadie.»
Esta frase la utilizó un compañero de curso de Harvard que salió
también con Sarah, pero sólo dos veces, que yo recuerde. Le pregunté qué le
parecía y me contestó con cierta amargura: «¡Casa de nadie!» Este individuo era
Kile Denny, un jugador de fútbol de Filadelfia. Alguien me contó hace poco que
Kile murió de una caída en la bañera el día que los japoneses bombardearon
Pearl Harbor. Se abrió la cabeza con un grifo.
Así que puedo fijar la fecha de la muerte de Kile Denny con
absoluta exactitud. Siete de diciembre de Milnovecientos Cuarentaiuno.
—Estás muy guapa, cariño —dijo la señora Sutton a Sarah.
La señora Sutton era patéticamente anciana... unos cinco años
más joven que yo ahora. Pensé que podría echarse a llorar por la belleza de
Sarah, y porque aquella belleza se desvanecería inevitablemente sólo en unos
años, y etcétera, etcétera.
Era una mujer muy sabia.
—Me siento tan tonta —dijo Sarah.
—¿No crees que eres guapa? —dijo su abuela.
—Sé que soy guapa —dijo Sarah—. Me miro al espejo y pienso «soy
guapa».
—¿Entonces cuál es el problema? —dijo su abuela.
—Es que eso de ser guapa es una cosa muy rara —dijo Sarah—.
Otras personas son feas, pero yo soy guapa. Walter dice que soy guapa. Tú dices
que soy guapa. Yo digo que soy guapa. Todo el mundo dice «guapa, guapa, guapa»,
y una empieza a preguntarse qué es eso, y qué tiene de maravilloso.
—Pues que haces feliz a la gente con tu belleza —dijo su abuela.
—A mí me hace muy feliz, desde luego —dije. Sarah se echó a
reír.
—Es tan tonto —dijo—. Tan estúpido —dijo.
—Quizás no debieses pensar tanto en ello —dijo su abuela.
—Eso es como decirle a un enano que deje de pensar que es enano
—dijo Sarah, y se echó a reír de nuevo.
—No deberías seguir diciendo que todo son bobadas y tonterías
—dijo su abuela.
—Todo son bobadas y tonterías —dijo Sarah.
—Ya verás como no es así cuando te hagas mayor —le prometió su
abuela.
—Yo creo que todas las personas mayores presumen de saber lo que
pasa, que dicen que todo es muy serio y muy maravilloso —dijo Sarah—. Que yo
sepa, los viejos no han descubierto nada que de verdad sea nuevo. Puede que si
la gente no se volviese tan seria de mayor, no tuviéramos ahora una Depresión.
—El reírse continuamente no conduce a nada —dijo su abuela.
—También sé llorar —dijo Sarah—. ¿Quieres que llore?
—No —dijo su abuela—. No quiero saber nada más del asunto. Sal
con este simpático joven y que te diviertas.
—No puedo reírme de esas pobres mujeres que pintaban relojes
—dijo Sarah—. Eso es algo de lo que no puedo reírme.
—Nadie pretende que lo hagas —dijo su abuela—. Ahora vete ya.
Sarah se refería a una tragedia industrial que armó mucho
revuelo en la época. El asunto tocaba directamente a la familia de Sarah y
llegó a afectarla mucho. Sarah ya me había explicado que ella estaba muy
afectada por el asunto, y lo mismo su hermano, mi compañero de habitación, y su
padre y su madre. Fue una tragedia lenta y progresiva que una vez empezó fue ya
imposible pararla, y empezó en la empresa de relojería de la familia, la Wyatt
Clock Company, una de las empresas más antiguas de Estados Unidos, que tenía su
sede en Brockton, Massachusetts. Fue una tragedia evitable. Los Wyatt jamás
intentaron justificarla, y no contrataron abogados para que lo hiciesen. Era
injustificable.
La cosa fue así: en los años veinte, la Marina de los Estados
Unidos otorgó a Wyatt Clock un contrato para fabricar varios miles de relojes
para barco en los que se pudiese ver la hora en la oscuridad. La esfera había
de ser negra. Las manecillas y los números debían pintarse a mano con una
pintura blanca que contenía el elemento radiactivo radio. Se encargó la tarea
de pintar las manecillas y los números a medio centenar de mujeres de Brockton,
casi todas familiares de empleados de plantilla de la Wyatt Clock Company. Era
una forma de conseguir dinero extra. A algunas que tenían hijos pequeños que
cuidar, se les permitió llevarse el trabajo a casa.
Y todas las mujeres habían muerto o estaban a punto de morir del
modo más horrible en su mayoría, con los huesos desmigajados y la cabeza
destrozada. La causa era envenenamiento por radio. Según se descubrió en el
juicio, un capataz les había dicho a todas que para mantener la punta de la
brocha fina debían mojarla y moldearla con los labios de vez en cuando.
Y, casualmente, la hija de una de aquellas mujeres desdichadas
sería una de las cuatro mujeres que he amado yo en este Valle de Lágrimas...
junto con mi madre, mi esposa y Sarah Wyatt. Se llamaba Kathleen O’Looney.
10
Hablé sólo de Ruth como «mi esposa». Pero no me sorprendería que
el Día del Juicio tuviesen también derecho a decirse esposas mías Sarah Wyatt y
Kathleen O’Looney. Tuve relaciones con ambas, desde luego... con Mary Kathleen
durante unos once meses y con Sarah, intermitentemente, claro, durante unos
siete años.
Ya oigo a San Pedro decirme: «Me parece que es usted algo Don
Juan, señor Starbuck.»
Así que allí estaba yo en Milnovecientos Treintaiuno, entrando a
pasitos cortos en el vestíbulo pastel de boda del Hotel Arapahoe del brazo de
mi linda Sarah Wyatt, la heredera yanqui de los relojes. Su familia estaba casi
tan arruinada como la mía, por aquel entonces. Lo poco que habían salvado del
hundimiento de la Bolsa y de las quiebras de los bancos se dispersaría muy
pronto entre los supervivientes de las mujeres que pintaron todos aquellos
relojes para la Marina. Tal dispersión se vio forzada aproximadamente un año
después por una importante decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos
respecto a la responsabilidad personal de los patronos por fallecimientos
causados en sus lugares de trabajo por negligencia dolosa.
La Sarah de dieciocho años del vestíbulo del Arapahoe dijo:
—Qué sucio está... y no hay nadie —se echó a reír—. Me encanta
—añadió.
Por aquel entonces, en el sucio vestíbulo del Arapahoe, Sarah
Wyatt no sabía que yo estaba actuando con la mayor insulsez posible siguiendo
órdenes de Alexander Hamilton McCone. Más tarde me diría que había creído que
intentaba hacerme el gracioso cuando dije que debíamos ir de etiqueta. Pensó
que nos vestíamos como millonarios por ser Halloween. Estaba convencida de que
nos reiríamos mucho. Seríamos como gente de una película.
En absoluto: yo era un robot programado para comportarme como un
auténtico aristócrata.
¡Oh, quién fuera joven otra vez!
La suciedad del vestíbulo del Arapahoe quizás no hubiese sido
tan notoria si alguien no hubiera empezado a limpiar y lo hubiera dejado a
medias. Había una escalera doble bastante alta apoyada en una pared. Junto a
ella había un cubo, lleno de agua sucia en la que flotaba un cepillo. Era
evidente que alguien había subido por la escalera con el cubo y había
restregado todo el techo que había podido alcanzar. Había creado un círculo de
limpieza rodeado de suciedad, pero brillante como una luna llena.
No sé quién haría aquella luna. No había a quien preguntar.
Ningún portero nos invitó a entrar. No había ni botones ni huéspedes. No había
un alma tras la mesa de recepción que se veía al fondo. El puesto de periódicos
y revistas y el quiosco de entradas de cine estaban cerrados. Las puertas de
los ascensores vacíos estaban abiertas y sujetas con sillas.
—Me parece que ya no funciona —dijo Sarah.
—Alguien aceptó mi reserva por teléfono —dije—. Y me llamó
«monsieur».
—Cualquiera puede decir «monsieur» por teléfono —dijo Sarah.
Entonces, desde algún sitio nos llegó el gemido de un violín
zíngaro... gemía como si fuese a rompérsele el corazón. Y, al oír el lamento de
aquel violín ahora en la memoria, puedo añadir esta información: Hitler, que
aún no estaba en el poder, pronto haría que sus soldados y policías matasen a
todos los gitanos que pudiesen agarrar.
La música llegaba de detrás de un biombo que había en el
vestíbulo. Sarah y yo nos atrevimos a apartarlo de la pared. Nos vimos ante un
par de puertas de vidriera, cerradas con candado y cerrojo. Los entrepaños de
las puertas eran espejos y nos mostraron de nuevo lo infantiles y ricos que
éramos. Sarah descubrió un entrepaño en el que había un trozo del plateado
desprendido. Miró primero ella y luego me invitó a mirar a mí. Quedé atónito.
Era como mirar por los prismas centelleantes de una máquina del tiempo. Al otro
lado de las puertas estaba el famoso comedor del Hotel Arapahoe en su condición
prístina, con violinista zíngaro y todo... casi átomo por átomo tal como debió
ser en los tiempos de Diamond Jim Brady. Un millar de velas en los candelabros
y en las mesas se convertían en billones de estrellitas debido a la cubertería
de plata y el cristal y la porcelana y los espejos que había.
La explicación era la siguiente: Aunque el hotel y el
restaurante compartían el mismo edificio sólo a un minuto de Times Square,
pertenecían a distintos propietarios. El hotel había cerrado... ya no admitía
huéspedes. El restaurante, por su parte, acababa de ser completamente
restaurado, pues su propietario creía que el colapso económico sería breve y
que sólo se debía a algo tan intrascendente como al desánimo temporal de
financieros y hombres de negocios.
Nos habíamos equivocado de puerta. Se lo expliqué a Sarah, y
ella me contestó:
—Ésa es la triste historia de mi vida. Siempre entro primero por
donde no es.
Así que salimos de nuevo a la noche y entramos luego por la
puerta al lugar donde nos esperaban comida y bebida. El señor McCone me había
explicado que tenía que pedir la cena por anticipado. Ya lo había hecho. Me
recibió el propio dueño. Era francés. En la solapa de su esmoquin había una
condecoración que no significaba nada para mí pero que a Sarah le resultaba
familiar porque su padre tenía también una. Me explicó luego que significaba
que quien la llevase era Chevalier de la Legión de Honor.
Sarah había pasado varios veranos en Europa. Yo no había estado
en Europa. Ella hablaba muy bien el francés e interpretó con el dueño del
restaurante un madrigal en esa lengua, la más melodiosa del mundo. ¿Cómo me las
habría arreglado yo en la vida sin mujeres que me hiciesen de intérpretes? De
las cuatro mujeres que he amado en mi vida, sólo Mary Kathleen O’Looney no
hablaba más que inglés. Pero hasta Mary Kathleen fue mi intérprete cuando yo
era comunista en Harvard e intentaba comunicarme con miembros de la clase
obrera norteamericana.
El dueño del restaurante le dijo a Sarah en francés, y ella me
lo explicó a mí, lo de que la Gran Depresión no era más que simple nerviosismo.
Dijo que las bebidas alcohólicas volverían a legalizarse en cuanto saliese
elegido Presidente un demócrata, y que entonces la vida volvería a ser
divertida.
Nos condujo a nuestra mesa. Cabían allí por lo menos cien
personas, calculé, pero sólo había una docena de clientes. De algún modo, aún
tenían dinero. Y cuando intento recordarles ahora e imaginar cómo eran, no hago
más que ver los cuadros y dibujos de George Grosz de corruptos plutócratas en
medio de la miseria de Alemania después de la Primera Guerra Mundial. En
Milnovecientos Treintaiuno yo no había visto tales imágenes. No había visto
nada.
Había una vieja abotargada, recuerdo, comiendo sola, que llevaba
un collar de diamantes. Tenía un pequinés en el regazo. También el perro
llevaba un collar de diamantes.
Recuerdo que había también un viejo decrépito, agachado sobre el
plato, ocultándolo con los brazos. Sarah murmuró que comía como si tuviese en
el plato una escalera de color. Después nos enteramos de que estaba comiendo
caviar.
—Debe ser un sitio muy caro —dijo Sarah.
—Por eso no te preocupes —dije yo.
—El dinero es algo muy raro —dijo ella—. ¿Para ti tiene sentido?
—No —dije yo.
—La gente que lo ha conseguido, y la gente que no... —musitó—.
Creo que, en realidad, nadie entiende qué es lo que pasa.
—Algunas personas deben entenderlo —dije. Pero ya no lo creía.
Diré más, como empleado de un conglomerado internacional enorme,
que nadie al que le vaya bien con esta economía se pregunta siquiera nunca qué
es lo que pasa en realidad.
Somos chimpancés. Somos orangutanes.
—¿Sabe el señor McCone cuánto tiempo va a durar la Depresión?
—dijo ella.
—Él no sabe nada del negocio —dije.
—¿Cómo puede seguir siendo tan rico si no sabe nada del negocio?
—dijo ella.
—Lo lleva todo su hermano —dije.
—Ojalá tuviese mi padre alguien que se lo llevase todo.
Yo sabía que a su padre le iban tan mal las cosas que su
hermano, mi compañero de habitación, había decidido abandonar los estudios al
final del semestre. No volvería a reanudarlos nunca. Cogería un trabajo como
ordenanza en un sanatorio antituberculoso y contraería también tuberculosis.
Por este motivo, no se incorporó al Ejército en la Segunda Guerra Mundial.
Trabajaría en unos astilleros de Boston como soldador. Yo perdí contacto con
él. Sarah, a la que veo ahora de nuevo con regularidad, me explicó que había
muerto de un ataque al corazón en Milnovecientos Sesentaicinco... en un pequeño
taller de soldadura que llevaba él solo en el pueblo de Sandwich, en Cabo Cod.
Se llamaba Radford Alden Wyatt. Nunca llegó a casarse. Llevaba
años sin darse un baño, según Sarah, «De descamisado a descamisado en tres
generaciones», como suele decirse.
En el caso de los Wyatt fue más bien, en realidad, de
descamisado a descamisado en diez generaciones. Habían sido más ricos que la
mayoría de sus vecinos por lo menos durante diez generaciones. El padre de
Sarah vendió a precios reventados todos los tesoros que habían acumulado sus
ancestros: peltre inglés, plata de Paul Reveré, cuadros de miembros de la
familia como capitanes mercantes y como comerciantes y predicadores y abogados,
tesoros del comercio con China.
—Es tan horrible ver a mi padre tan deprimido —decía Sarah—.
¿También el tuyo está deprimido?
Se refería a mi padre ficticio, el encargado de la colección de
arte del señor McCone. Podía verle claramente entonces. Ahora ya no puedo verle
en absoluto.
—No —dije.
—Tienes mucha suerte —dijo ella.
—Imagino —dije yo.
Mi auténtico padre se hallaba, en realidad, en una posición
bastante desahogada. Él y mi madre habían logrado ingresar en el banco casi
todo el dinero que habían ganado, y el banco en el que habían puesto el dinero
no había quebrado.
—Si la gente no se preocupase tanto del dinero —dijo ella—. Yo
siempre le digo a mi padre que a mí no me preocupa. Me da igual no ir a Europa
ya. Y el colegio me resulta odioso. No quiero ir más. No aprendo nada. Me
alegro de que vendiéramos los barcos. Me aburrían, en realidad. No necesito
ropa. Tengo ropa bastante para cien años. Pero no me cree. «Os he decepcionado.
Os he decepcionado a todos», dice.
Por otra parte, su padre era socio inactivo de la Wyatt Clock
Company. No limitaba esto su responsabilidad en el caso del envenenamiento por
radio, pero su actividad principal en los buenos tiempos había sido la de
corredor de yates en Massachusetts. Este negocio había desaparecido por
completo en Milnovecientos Treintaiuno, claro. Y en la agonía, le había dejado
lo que él me describió en una ocasión como «...un montón de deudas incobrables
tan alto como monte Washington, y un montón de facturas tan alto como Pico
Pike».
También él era un hombre de Harvard... capitán del invicto
equipo de natación de Milnovecientos Once. Cuando lo perdió todo, no volvió a
trabajar. Pasó a depender de su mujer, que organizó un servicio de banquetes a
domicilio en el suyo propio. Murieron sin un centavo.
Así que no soy el primer hombre de Harvard a quien ha tenido que
mantener su mujer.
Paz.
Sarah me dijo en el Arapahoe que lamentaba estar tan deprimida y
que sabía muy bien que habíamos ido allí a divertirnos. Dijo que intentaría de
veras que la velada fuese divertida.
Fue entonces cuando el camarero, acompañado por el dueño, nos
sirvió el primer plato, hacía tanto elegido por el señor McCone de Cleveland:
media docena de ostras de Cotuit para cada uno. Yo nunca había comido ostras.
—Bon appetit! —dijo el dueño. Yo estaba emocionado. Era la
primera vez que me decían aquello. Estaba muy satisfecho de entender algo en
francés sin ayuda de intérprete. Había estudiado francés cuatro años en el
instituto de secundaria de Cleveland, en realidad, pero nunca encontré a nadie
que hablase el dialecto que aprendí allí. Puede que fuese el francés que
hablaban los mercenarios iroqueses en la guerra franco-india.
Entonces fue cuando se acercó a nuestra mesa el violinista
zíngaro. Tocaba con toda la hipocresía y la brillantez posibles, con la
frenética esperanza de una propina. Recordé que el señor McCone me había dicho
que diese espléndidas propinas. Todavía no había dado ninguna. Así que saqué
disimuladamente la cartera mientras el músico seguía y cogí lo que creí un
billete de dólar. En aquellos tiempos, un peón habría trabajado diez horas por
un dólar. Estaba a punto, pues, de dar una propina espléndida. Cincuenta
centavos me habrían situado muy arriba en la clase pródiga. Agité el billete en
la mano derecha, como si quisiese dar la propina con la elegante gracia del
mago, cuando cesó la música.
Pero había un problema: no era un billete de dólar. Era un
billete de veinte dólares.
En parte, eché la culpa a Sarah de este catastrófico error.
Mientras yo sacaba el dinero de la cartera, ella estaba burlándose de nuevo del
amor sexual, fingiendo que la música la llenaba de lujuria. Me deshizo el lazo
de la pajarita, que yo no conseguiría volver a hacer. Me lo había hecho la
madre de un amigo en cuya casa me hospedaba. Sarah besó apasionadamente las
puntas de dos de sus dedos y luego apretó los dedos contra mi cuello blanco,
dejando allí una mancha de carmín.
Entonces cesó la música. Esbocé una sonrisa de agradecimiento.
Diamond Jim Brady, reencarnado como el hijo demente de un chófer de Cleveland,
entregó al gitano un billete de veinte dólares.
Al principio, el gitano no mostró sorpresa alguna, imaginando
que le había dado un dólar.
Sarah, creyendo también que se trataba de un dólar, pensó que
había dado demasiada propina.
—Dios mío —dijo.
Pero luego, quizás para fastidiar a Sarah con el billete que
ella habría preferido que yo recuperase, pero que ahora ya era suyo, todo suyo,
el gitano lo extendió, con lo cual su numeración astronómica se hizo patente
por primera vez para todos. El gitano se quedó tan atónito como nosotros.
Y luego, siendo como era un gitano y, en consecuencia, un
microsegundo más vivo respecto al dinero que nosotros, salió como un tiro del
restaurante y se perdió en la noche. Aún sigo preguntándome si volvería alguna
vez a por el estuche de su violín.
¡Pero imaginaos el efecto que le causó a Sarah!
Creyó que yo lo había hecho a propósito, que era tan imbécil
como para imaginar que esto sería para ella algo sumamente erótico. Nunca me
han despreciado tanto.
—Eres un tipejo increíble —dijo—. Casi todas las conversaciones
de este libro son, por necesidad, reconstrucciones imprecisas... pero cuando
afirmo que Sarah Wyatt me llamó «tipejo increíble», cito exactamente lo que
dijo.
Aclaremos un poco el insulto: La palabra «tipejo» se introdujo
por aquel entonces, y tenía un sentido muy concreto: era el individuo, y
disculpad la expresión, que se comía las burbujas de sus propios pedos en la
bañera.
—Puñetero de mierda —me dijo. Un «puñetero» era una persona que
se masturbaba demasiado. Ella lo sabía. Ella sabía todas esas cosas.
—¿Pero quién te crees que eres? —dijo—. Vamos, hombre, a ver,
dime, ¿quién te crees tú que soy yo? ¿Te crees que soy tonta? ¿Cómo te
atreviste a pensar que era tan tonta que eso me parecería de buen tono?
Puede que fuese el peor trago de mi vida. Me sentí peor de lo
que me sentí cuando me metieron en la cárcel... peor, incluso, que cuando me
soltaron otra vez. Puede que me sintiese peor que cuando prendí fuego en Chevy
Chase a la tapicería que mi mujer estaba a punto de entregar a un cliente.
—¿Me llevas a casa, por favor? —me dijo Sarah Wyatt. Nos fuimos
sin comer, pero no sin pagar. No pude evitarlo: fui llorando todo el camino.
Le expliqué de forma incoherente en el taxi que nada de aquello
había sido idea mía, que yo era un robot inventado y controlado por Alexander
Hamilton McCone. Confesé que era medio polaco y medio lituano y sólo un hijo de
chófer a quien habían mandado ponerse la ropa y adoptar los aires de un
caballero. Dije que no iba a volver a Harvard y que ni siquiera estaba seguro
de desear seguir viviendo.
Yo estaba tan afligido y Sarah tan apenada e interesada, que nos
hicimos muy íntimos, digamos, intermitentemente, durante siete años.
Al cabo de un tiempo, dejó Pine Manor. Se hizo enfermera.
Mientras estudiaba enfermera, le impresionaron tanto las enfermedades y muertes
de los pobres que acabó ingresando en el partido comunista y me haría ingresar
también a mí.
Así que puede que yo nunca me hubiese hecho comunista si
Alexander Hamilton McCone no hubiera insistido en que llevase a una chica guapa
al Arapahoe. Y ahora, cuarenta y cinco años después, entraba yo de nuevo en el
vestíbulo del Arapahoe. ¿Por qué había decidido pasar allí mis primeras noches
de libertad? Por lo irónico del asunto. No hay norteamericano que sea tan viejo
y pobre y sin amigos que no pueda hacerse una colección con algunas de las
pequeñas ironías más exquisitas de la ciudad.
Allí estaba yo de nuevo, había vuelto a donde un dueño de
restaurante me había dicho por primera vez: «Bon appetit!»
Un gran sector del vestíbulo originario era ahora agencia de
viajes. Lo que quedaba para los huéspedes era un estrecho pasillo con una mesa
de recepción al fondo. No era lo bastante ancho para que cupiese en él un sofá
o un sillón. Las vidrieras de espejo a través de las cuales habíamos atisbado
Sarah y yo para ver el famoso comedor habían desaparecido. La arcada en la que
estaban aún seguía allí, pero estaba obstruida por una pared tan brutal y
directa como el muro que impedía a los comunistas convertirse en capitalistas
en Berlín, Alemania. Había un teléfono público fijado al muro. Estaba
descerrajado. No tenía auricular ni micrófono.
Y, sin embargo, ¡el hombre de la mesa de recepción que estaba
allí lejos al fondo, parecía vestir esmoquin e incluso boutonnière!
Mientras avanzaba hacia él, me di cuenta, sin embargo, de que el
error de mis ojos había sido un error inducido. Aquel individuo llevaba en
realidad una camiseta de algodón sobre la que había impreso una chaqueta de
esmoquin trompe l’œil con camisa, con boutonnière, pajarita, gemelos, pañuelo
en el bolsillo y todo. Nunca había visto yo una camiseta igual. No me pareció
cómico. Me quedé muy confuso. En cierto modo, no era un chiste.
El encargado de noche tenía una barba auténtica y un ombligo aún
más agresivamente auténtico, perfectamente a la vista por encima de sus
pantalones bajos de cintura. Ya no viste así, he de decirlo; ahora es
vicepresidente encargado de compras de Hospitality Associates, Ltd., una
sucursal de la RAMJAC Corporation. Ahora tiene treinta años. Se llama Israel
Edel. Como mi hijo, está casado con una negra. Es doctor en historia por la
Universidad de Long Island, summa cum laude y es un Phi Betta Kappa. De hecho, la
primera vez que nos vimos, para mirarme Israel tuvo que alzar la vista de las
páginas de The American Scholar, la erudita publicación mensual Phi Betta
Kappa. Aquel trabajo como encargado nocturno de recepción en el Arapahoe era el
mejor que había podido encontrar.
—Tengo hecha la reserva —dije.
—¿Tiene hecha qué? —dijo. No se trataba de grosería. La sorpresa
era auténtica. Nadie hacía ya reservas en el Arapahoe. La única forma de llegar
allí era inesperadamente, como consecuencia de algún infortunio. Como me dijo
Israel precisamente el otro día, que nos encontramos por casualidad en el
ascensor: «Hacer una reserva en el Arapahoe es como hacer una reserva en una
sala de quemados.» Por cierto que ahora supervisa la adquisición del Arapahoe,
que, junto con otros cuatrocientos negocios hoteleros de todo el mundo,
incluyendo uno en Katmandú, es un hotel de la Hospitality Associates Ltd.
Buscó mi carta en unos casilleros que había detrás de él y que,
por lo demás, estaban vacíos.
—¿Una semana? —dijo incrédulo.
—Sí —dije yo.
Mi nombre no significaba nada para él. Su campo de especialidad
histórico eran las herejías en la Normandía del siglo XIII. Pero advirtió que
yo era un ex presidiario: por aquel remite tan raro del sobre, un número de
apartado postal en un lugar remoto de Georgia y unos números detrás de mi
nombre.
—Lo menos que podemos hacer —dijo— es darle, a usted la suite
nupcial.
En realidad, no había suite nupcial. Todas las suites habían
sido divididas en celdas hacía mucho. Pero había una celda, y sólo una, que
estaba recién pintada y empapelada... debido, según supe más tarde, al
espantoso asesinato de un prostituto que había tenido lugar allí. Israel Edel
no pretendía ser desagradable ni grosero. Quería ser amable. En realidad, la
habitación era muy alegre.
Me dio la llave, que, según descubrí más tarde, abría
prácticamente todas las puertas del hotel. Le di las gracias y cometí un
pequeño error que solemos cometer nosotros, los coleccionistas de ironías.
Intenté compartir una ironía con un extraño. Es algo que no puede hacerse. Le
expliqué que había estado en el Arapahoe antes: en Milnovecientos Treintaiuno.
No manifestó el menor interés. No se lo reprocho.
—Estaba corriéndome una juerga con una chica —dije.
—Ya —dijo él.
Insistí, sin embargo. Le conté cómo habíamos atisbado los dos
por las puertas de batientes y visto el famoso restaurante. Le pregunté qué
había ahora al otro lado de la pared. Su respuesta, que él mismo consideraba
una descripción suavizada de los hechos, fue para mí tan dura como si me
hubiese dado un bofetón. Me dijo lo siguiente:
—Películas porno puño.
Yo jamás había oído una cosa así. Le pregunté vacilante qué era.
Esto le despertó un poco, el que me sorprendiera y me asombrara
tanto. Le fastidiaba, según me confesaría él mismo más tarde, el haberle
explicado a un dulce viejecillo cosas tan terribles respecto a lo que pasaba en
la puerta de al lado. Él podría haber sido mi padre, y yo su hijito. Llegó a
decirme incluso:
—Es una tontería.
—Explíquemelo —dije.
Así que me explicó lenta y pacientemente, y con bastante
renuencia, que allí había una sala de cine, justo donde antes estaba el
restaurante. Y que aquella sala de cine estaba especializada en películas de
actos de amor homosexuales masculinos, cuya culminación solía consistir en que
uno de los actores embutía el puño por el trasero de otro actor.
La verdad, yo no sabía qué decir. Nunca había imaginado que la
Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica y la
fascinante tecnología de una máquina cinematográfica se combinasen para formar
una atrocidad tal.
—Perdone —me dijo.
—No creo que tenga usted la culpa, joven —dije—. Buenas noches.
Y fui en busca de mi habitación.
Pasé ante el muro brutal que estaba donde habían estado las
vidrieras de espejo, camino del ascensor. Paré un momento allí. Mis labios
musitaron algo que yo mismo no entendí de momento.
Y luego me di cuenta de que mis labios debían haber dicho lo que
tenían que decir.
Era, por supuesto: «Bon appetit.»
11
¿Qué me reservaría el día siguiente?
Me encontraría, entre otras cosas, a Leland Clewes, el hombre al
que había traicionado en Milnovecientos Cuarentainueve.
Pero primero desharía el equipaje y colocaría ordenadamente mis
escasas pertenencias, leería un ratito y luego me entregaría al sueño
reparador. Sería ordenado. «Al menos ya no fumo», pensé. Para empezar, la
habitación estaba muy limpia.
Dos cajones de arriba del armario aceptaron sin problema todo lo
que yo poseía, pero de todos modos miré en los demás cajones. Descubrí así que
el de abajo del todo contenía siete clarinetes incompletos: sin estuches,
boquillas ni pabellones.
A veces pasan esas cosas en la vida.
Lo que debería haber hecho, sobre todo teniendo en cuenta que
era un ex presidiario, era bajar inmediatamente a recepción y decir que era
custodio involuntario de un cajón lleno de piezas de clarinete y que quizás
hubiese que llamar a la policía. Eran robados, claro. Al día siguiente, me
enteraría de que procedían del asalto a mano armada de un camión en la
autopista de Ohio... robo en el que había resultado muerto el conductor del
camión. Así pues, cualquier persona relacionada con los instrumentos incompletos,
en caso de que apareciesen, podría ser también cómplice de asesinato. Al
parecer, se había comunicado a todas las tiendas de música del país que debían
llamar inmediatamente a la policía si un cliente empezaba a hablar de comprar o
vender cantidades apreciables de piezas de clarinete. Calculé que lo que había
en aquel cajón sería una milésima parte del material robado.
Pero me limité a cerrar de nuevo el cajón. No quería bajar otra
vez a recepción. En mi habitación no había teléfono. Ya lo diría por la mañana.
Me di cuenta de que estaba agotado. Aún no era la hora del telón
en los cines y teatros de abajo, pero apenas si podía mantener abiertos los
ojos. Así que bajé la persiana y me acosté. Me puse, como solía decir mi hijo
cuando era pequeño, «a domi-ir», es decir, «a dormir».
Soñé que estaba sentado en un sillón en el club Harvard de Nueva
York, a sólo cuatro bloques de distancia. No era joven otra vez. No era un
presidiario, sin embargo, sino un hombre de mucho éxito en la vida: el director
de una fundación de dimensiones medias, por ejemplo, o viceministro del
Interior, o director ejecutivo de la Fundación Nacional de Protección a las
Letras, o alguna cosa así. Estaba sinceramente convencido de que habría sido
algo así en mis años crepusculares si no hubiese declarado contra Leland Clewes
en Milnovecientos Cuarentainueve.
Era un sueño compensatorio. Me gustó mucho. Mis ropas estaban en
perfecto estado. Aún vivía mi esposa. Yo tomaba coñac y café después de una
excelente cena con varios miembros del curso de Milnovecientos Treintaicinco.
Un detalle de la vida real incorporado al sueño: me sentía orgulloso de no
fumar ya.
Pero entonces, sin darme cuenta, acepté un cigarrillo. Era sólo
una satisfacción civilizada más, muy a tono con la agradable conversación y la
digestión satisfactoria y demás. «Sí, sí...» dije, recordando ciertas
travesuras juveniles. Reí entre dientes, los ojos chispeando. Inhalé el humo
hasta las plantas de los pies.
En el sueño, me desplomé en el suelo entre convulsiones. En la
vida real, me caí de mi cama del hotel Arapahoe. En el sueño, mis húmedos,
inocentes y rosados pulmones se convirtieron en dos negras uvas pasas. Empecé a
rezumar un alquitrán acre y marrón por orejas y narices.
Pero lo peor de todo era la vergüenza.
Aunque empezaba a darme cuenta ya de que no estaba en el club
Harvard y de que no había viejos condiscípulos sentados en sus sillones de
cuero mirándome, e incluso después de descubrir que aún podía aspirar aire y
que me nutría... incluso entonces, aún seguía sofocado por la vergüenza.
Acababa de destruir la única cosa que había en mi vida de la que
podía sentirme orgulloso: el hecho de no fumar ya.
Y, al despertarme, examiné mis manos a la luz que subía de Times
Square y caía luego de rebote sobre mí desde el techo recién pintado. Extendí
los dedos y volví las manos hacia un lado y hacía otro, como habría hecho un
mago. Era como si mostrase a un público imaginario que el cigarrillo que hacía
sólo un momento sostenía en la mano se había desvanecido en el aire sutil.
Pero yo, como mago, estaba tan confundido como el público
respecto a lo que habría podido ser del cigarrillo. Me levanté del suelo, lleno
de pesar, y miré a mi alrededor por todas partes buscando el delator ojo rojizo
de un cigarrillo.
Pero no había ningún ojo rojizo.
Me senté al borde de la cama, despierto del todo al fin, y
empapado de sudor. Hice inventario de mi situación. Sí, había salido de la
prisión aquella mañana. Sí, me había colocado en la sección de fumadores del
avión, pero no había sentido deseos de fumar. Sí, estaba ahora en la planta más
alta del Hotel Arapahoe.
No, no había ningún cigarrillo por ninguna parte.
En cuanto a la búsqueda de la felicidad en este planeta: yo era
tan feliz como cualquier ser humano de la historia.
«A Dios gracias —pensé—, ese cigarrillo era sólo un sueño.»
12
A las seis en punto de la mañana siguiente, que era la hora de
levantarse en la prisión, salí a una ciudad aturdida de su propia inocencia.
Nadie hacía mal a nadie en ningún sitio. Hasta resultaba difícil imaginar la
maldad. ¿Por qué iba a ser malo alguien?
Parecía dudoso que viviesen allí ya muchas personas. Los pocos
que deambulábamos por la calle podríamos haber sido turistas de Angkor Wat, que
se preguntasen dulcemente qué religión y qué comercio habrían movido a las
gentes a construir una ciudad como aquélla. ¿Y qué habría hecho decidirse a
emprender la marcha de nuevo a toda aquella gente, que se había sentido,
evidentemente, tan estimulada durante un tiempo?
Tendría que reinventarse el comercio. Le ofrecí al vendedor de
periódicos dos monedas de diez centavos, dos pedacitos de papel de plata tan
ingrávidos como pelusa, por un ejemplar del New York Times. Si se hubiese
negado a dármelo, lo hubiese entendido perfectamente.
Pero me dio un Times y luego me miró detenidamente,
preguntándose, sin duda, qué me propondría hacer yo con todo aquel papel
salpicado de tinta.
Ocho mil años antes, yo podría haber sido un marinero fenicio
cuyo barco hubiese encallado en la arena en Normandía» y que ofreciese a un
hombre pintado de azul dos puntas de lanza de Bronce por el sombrero de piel
que éste llevase. «¿Quién será este loco?» pensaría él. «¿Quién será este
loco?» pensaría yo.
Se me ocurrió una idea extraña: la de llamar al ministro de
Economía, Kermit Winkler, un hombre que se había graduado en Harvard dos cursos
después que yo, y decirle: «Acabo de probar dos de tus monedas de diez centavos
en Times Square, y funcionan de maravilla. ¡Me parece otro éxito de la técnica
monetaria!»
Luego me encontré con un policía de cara de bebé. Estaba tan
inseguro como yo de su papel en la ciudad. Me miró bovinamente, como si fuese
muchísimo más probable que el policía fuera yo y él el viejo vagabundo. ¿Quién
podía estar seguro de nada tan temprano?
Miré mi imagen en la fachada de mármol negro de una tienda de
discos cerrada. Poco imaginaba yo que pronto sería un magnate de la industria
discográfica, con discos de oro y platino de cacofonía subnormal en la pared de
mi oficina.
Había algo raro en la posición de mis brazos en aquella imagen
reflejada. Intenté determinar qué era. Daba la sensación de que llevara en
brazos a un bebé. Y luego me di cuenta de que esto estaba de acuerdo con mi
humor, que yo llevaba realmente como si fuese un niño el pequeño futuro que
creía tener. Le mostré a aquel bebé las cimas de los rascacielos, del Empire
State y del Edificio Chrysler, los leones de la entrada de la Biblioteca
Pública. Crucé con él una entrada de la gran Estación Central donde, si nos
cansábamos de la ciudad podíamos comprar un billete prácticamente para
cualquier sitio.
Poco imaginaba yo que muy pronto estaría corriendo por las
catacumbas debajo de la estación, y que descubriría el objetivo secreto de la
RAMJAC Corporation allí abajo.
El bebé y yo volvimos a enfilar de nuevo hacia el oeste. Si
hubiéramos seguido hacia el este, pronto hubiéramos llegado a Ciudad Tudor,
donde vivía mi hijo. No queríamos verle. Sí, paramos delante del escaparate de
una tienda de cestas de mimbre para ir de merienda al campo... completados con
termos y cajitas para emparedados y demás. Había también una bicicleta. Pensé
que aún podría montar en bici. Le dije mentalmente al bebé que podríamos
comprar una cesta de aquellas y una bicicleta, e irnos hasta algún puerto
abandonado un día agradable de sol a comer emparedados de pollo remojados con
limonada, mientras arriba en el cielo planeaban y plañían las gaviotas.
Empezaba a tener hambre. En la prisión a aquellas horas habría estado harto ya
de café y de gachas de avena.
Pasé ante la Century Association, en la calle Cuarentaitrés
oeste, un club de caballeros a donde me había invitado a comer, poco después de
la Segunda Guerra Mundial, Peter Gibney, el compositor, compañero mío de clase
en Harvard. Nunca volvieron a invitarme. Habría dado cualquier cosa en aquel
momento por ser encargado de bar allí, pero Gibney aún vivía y probablemente
siguiese perteneciendo a aquel club. Podría decirse que habíamos roto después
de mi declaración contra Leland Clewes. Gibney me mandó una postal sin sobre,
para que mi esposa y el cartero también pudieran leer lo que me decía.
«Querido Comemierda —decía—: ¿por qué no te escondes debajo de
una piedra en cualquier sitio?» La imagen de la postal era la Mona Lisa con esa
extraña sonrisa suya. Al final de la manzana, estaba la cafetería del Hotel
Royalton, y hacia allí me encaminé. He de decir, por otra parte, que el
Royalton, como el Arapahoe, era un hotel de Hospitality Associated, Ldt., es
decir, un hotel de la RAMJAC. Pero cuando llegué a la puerta de la cafetería,
mi confianza en mí mismo se había desmoronado. La había sustituido el pánico.
Me creía el viejo vagabundo más viejo y sucio de todo Manhattan. Si entraba en
la cafetería, todo el mundo sentiría repugnancia. Me echarían y me dirían que
me fuese al Bowery, que allí estaba mi sitio.
Pero no sé cómo conseguí acumular valor suficiente para
entrar... ¡e imaginaos mi sorpresa! ¡Era como si hubiese muerto y hubiese ido
al cielo! Una camarera me dijo: «Siéntese, querido, le traeré su café
inmediatamente», y yo no le había dicho nada.
En fin, me senté y a todas partes adonde miraba veía clientes de
todos los tipos a quienes se recibía con amor. Para la camarera todos eran
«querido» y «cariño». Era como una sala de urgencias después de una gran
catástrofe. No importaba a qué clase o raza perteneciesen las víctimas. Se daba
a todos la misma medicina milagrosa, es decir, café. La catástrofe era en este
caso, claro, que había vuelto a salir el sol.
Y yo pensé para mí: «Dios mío... estas camareras y estos
cocineros son tan ignorantes como las aves y los reptiles de las islas
Galápagos del Ecuador. Podía hacer tal comparación porque había leído sobre
esas pacíficas islas en la cárcel, en un National Geographic que me había
prestado el antiguo ayudante del gobernador de Wyoming. En aquellas islas, los
animales llevaban miles de años sin un enemigo, natural o no natural. La idea
de que alguien quisiese hacerles daño les resultaba inconcebible.
Así que un individuo podía desembarcar allí y acercarse sin
problema a un animal y descerrajarle la cabeza, si quería. El animal no tendría
ningún plan previsto para tal caso, y todos los demás animales se limitarían a
quedarse mirando incapaces de sacar de aquello ninguna lección. Un individuo
podía acabar con todos los animales de la isla, si tal era su idea de los
negocios o de la diversión.
Tenía la sensación de que si el monstruo de Frankenstein
irrumpiera en la cafetería atravesando una pared de ladrillos, todo lo que le
dirían sería: «Siéntate aquí, corderito, que te traeremos en seguida tu café.»
No operaba el propósito del beneficio. Las transacciones eran
del orden de sesenta y ocho centavos, un dólar diez, dos dólares setenta y
tres. Más tarde, me enteré de que el individuo que llevaba la caja registradora
era el dueño, pero no se quedaba en su puesto guardando el dinero. Quería
cocinar y servir a la gente también, así que las camareras y los cocineros
andaban siempre diciéndole: «Frank, que este cliente es mío. Vuelve a la caja.»
O «Aquí el cocinero soy yo, Frank. ¿Qué mejunje es ése que has empezado a
hacer? Vuelve a la caja», y etcétera.
Su nombre completo era Frank Ubriaco. Ahora es vicepresidente
ejecutivo de la sucursal de la RAMJAC Corporation Hamburguesas McDonald.
No pude evitar darme cuenta de que tenía lisiada la mano
derecha. Era como si se la hubiesen momificado, aunque aún podía manejar un
poco los dedos. Le pregunté a mi camarera de qué había sido. Me dijo que Frank
se había frito literalmente aquella mano hacía más o menos un año. Se le cayó,
por accidente, el reloj en una cacerola de aceite hirviendo. Antes de darse
cuenta de lo que hacía, metió la mano en el aceite intentando recuperar el
reloj, que era un Bulova Accutron.
En fin, salí de nuevo a la ciudad, sintiéndome mucho mejor.
Me senté a leer el periódico en Parque Bryant, detrás de la
biblioteca pública en la calle Cuarenta y dos. Tenía la barriga llena y
calentita como una estufa. No era para mí ninguna novedad leer el New York
Times. En la prisión, aproximadamente la mitad de los reclusos estaban
suscritos al Times y al Wall Street Journal también y a Time y a Newsweek y
Sports Illustrated, también, y a muchas más cosas. A People. Yo no estaba
suscrito a nada, porque las papeleras de la cárcel siempre estaban llenas de
publicaciones periódicas de todo tipo.
Encima de todas las papeleras de la cárcel había, por otra
parte, un letrero que decía: «¡Por favor!» Y debajo de estas palabras una
flecha que señalaba directamente hacia abajo.
Al ojear el Times vi que mi hijo Walter Stankiewicz, antes
Starbuck, hacía una recensión de la autobiografía de una estrella
cinematográfica sueca. El libro parecía gustarle mucho. Me enteré de que la
actriz había pasado sus vicisitudes.
Pero lo que yo quería leer en concreto era lo que explicaba
Times de su absorción por parte de la RAMJAC Corporation. Se concedía la misma
importancia a la noticia que a una epidemia de cólera en Bangladés. Le
concedían siete centímetros de espacio en la esquina inferior de una página
interior. El presidente del consejo de administración de la RAMJAC, Arpad Leen,
decía que la RAMJAC no se proponía hacer ningún cambio de personal ni de
política editorial. Indicaba que a todas las publicaciones que había absorbido
la RAMJAC en el pasado, incluida la de Time Incorporated se les había permitido
continuar según sus criterios, sin ninguna interferencia de la RAMJAC.
«Sólo ha cambiado la propiedad —decía—. Y debo añadir, como
importante ejecutivo de la RAMJAC, que nosotros no modificamos gran cosa las
empresas que absorbemos. Si una de ellas empezase a morir, por supuesto... eso
despertaría nuestra curiosidad.»
La reseña decía que el director del Times había recibido una
nota manuscrita de la señora de Jack Graham «...dándole la bienvenida a la
familia RAMJAC». Decía que esperaba que el director desease seguir en su
puesto. Bajo la firma había las huellas de todos sus dedos y pulgares. No cabía
duda alguna de la autenticidad de la carta.
Miré a mi alrededor allí en el Parque Bryan. Los lirios habían
alzado sus corolas por encima de la yedra que había matado el invierno y de los
sobres de papel cristal que había por los bordes de los senderos. Mi esposa
Ruth y yo habíamos tenido lirios y yedra debajo del manzano silvestre florido,
a la entrada de nuestro chalecito de Chevy Chase, en Maryland.
Hablé con los lirios.
—Buenos días —les dije.
Sí, y debí entrar de nuevo en un arrobamiento defensivo. Estuve
tres horas sin moverme del banco.
Me espabiló al fin una radio portátil que estaba puesta muy
alto. El joven que la llevaba se sentó en un banco frente al mío. Parecía
hispano. No me enteré de cómo se llamaba. Si hubiese tenido algún detalle
conmigo, podría ser ahora ejecutivo de la RAMJAC Corporation. Por la radio
daban las noticias. El locutor decía que la calidad del aire era inaceptable
aquel día. Imaginaos: aire inaceptable.
El joven parecía no escuchar su propia radio. Puede que ni
siquiera entendiese el inglés. El locutor hablaba con una especie de aullante
hilaridad, como si la vida fuese una cómica carrera de obstáculos, con
caballos, y peligros, y vehículos no convencionales. Me hacía pensar que hasta
yo era uno de los participantes... en una bañera arrastrada por tres cerdos
hormigueros, quizás. Yo tenía tantas oportunidades de ganar como cualquiera.
Habló de otro hombre que había sido condenado a morir en una
silla eléctrica en Texas. Este condenado había dado instrucciones a sus
abogados de que se opusiesen a cualquiera, incluido el gobernador y el
Presidente de los Estados Unidos, que quisiera concederle un aplazamiento de la
ejecución. Evidentemente, lo que deseaba por encima de todas las cosas era
morir en la silla eléctrica.
Bajaron por el sendero dos corredores que pasaron entre el de la
radio y yo. Eran un hombre y una mujer de chandal naranja y oro idéntico y
calzado a juego. Yo sabía ya de esa nueva locura por el pedestrismo. En la
prisión había varios corredores. A mí me parecían unos fatuos.
En cuanto al joven y su radio, yo llegué a la conclusión de que
el joven había comprado aquel chisme como un instrumento protésico, como un
entusiasmo artificial por el planeta. Le prestaba tan poca atención como le
prestaba yo a mi diente postizo. He visto desde entonces a varios jóvenes como
aquél en grupos, con sus radios conectadas a emisoras distintas, con las radios
enzarzadas en animada charla. Los propios jóvenes, a los que quizás no hayan
dicho en toda su vida más que «a callar», no tenían nada que decir.
Pero de pronto, la radio del joven dijo algo tan espantoso que
me levanté del banco, salí del parque y me sumé a la multitud de libre
empresarios que se dirigían por la calle Cuarenta y dos hacia la Quinta
Avenida.
La noticia era ésta: una joven drogadicta medio tonta de mi
estado natal de Ohio, de unos diecinueve años de edad, había tenido un hijo de
padre desconocido. Los asistentes sociales la instalaron con el niño en un
hotel no muy distinto del Arapahoe. Ella compró para protegerse un perro
policía pastor alemán adulto, pero se olvidó de darle de comer. Luego se fue
una noche a resolver un asunto no especificado y dejó al perro cuidando al
bebé. Cuando volvió, se encontró con que el perro había matado a la criatura y
se había comido parte.
¡Qué tiempos nos ha tocado vivir!
En fin, allí iba yo desfilando tan decidido como el que más
hacia la Quinta Avenida. De acuerdo con el plan, empecé a examinar las caras de
los que se cruzaban conmigo, buscando una conocida que pudiera serme útil.
Estaba dispuesto a ser paciente. Sería como buscar oro, pensaba. Como buscar un
centelleo de metal precioso en un plato de arena.
Cuando llegué a la esquina de la Quinta Avenida, se dispararon
ensordecedoramente mis sistemas de alarma: «¡Bip, bip, bip! ¡Jonk, jonk, jonk!
¡Rourr, rourr, rourr!»
¡Había hecho una identificación positiva!
El que venía hacia mí era la cáscara del hombre que me había
robado a Sarah Wyatt, el hombre a quien yo había hundido en Milnovecientos
Cuarentainueve. Aún no me había visto él a mí. ¡Era Leland Clewes!
Estaba completamente calvo y llevaba embutidos los pies en unos
zapatos rotos, y las vueltas de los pantalones deshilachadas, y el brazo
derecho como muerto. En su extremo oscilaba una gastada cartera de muestras.
Clewes se había convertido en un vendedor fracasado, como descubriría más
tarde, de sobres de cerillas y calendarios con publicidad.
He de decir que en la actualidad es vicepresidente de la
sucursal Diamond Match de la RAMJAC Corporation.
Pese a todo lo que le había pasado, mientras avanzaba hacia mí,
iluminaba su rostro la buena voluntad adolescente y simplona de siempre. Tenía
esa expresión hasta en una fotografía de su entrada en la prisión de Georgia,
con el guardián mirándole como solía hacer el ministro del Interior. Cuando
Clewes era joven, los hombres mayores que él siempre le miraban como diciendo:
«Éste es mi chico.»
¡Y por fin me vio!
El contacto ocular casi me electrocuta. ¡Fue como si me hubiese
dado de narices con una farola!
Me crucé con él y seguí caminando. No tenía nada que decirle ni
ganas de parar y escuchar todas las cosas terribles que tenía derecho a decirme
él.
Sin embargo, cuando llegué a la esquina cambió el semáforo y
quedamos separados por coches en marcha; entonces me atreví a volverme y
mirarle.
Clewes me miraba también. Era evidente que aún no había dado con
un nombre para mí. Señalaba hacia mí con su mano libre, indicando que sabía que
yo había figurado de algún modo en su vida. Y luego hizo girar aquel dedo como
un metrónomo, repasando posibles nombres para mí. Le resultaba divertido. Tenía
los pies separados, las rodillas dobladas y su expresión decía que de momento
recordaba sólo que habíamos estado relacionados hacía años en alguna especie de
locura, en algún tipo de travesura infantil.
Yo estaba hipnotizado.
Pero quiso la suerte que detrás de él hubiese unos fanáticos
religiosos descalzos cantando y bailando ataviados con túnicas color azafrán.
Con lo que él parecía el director de una comedia musical.
No es que yo no tuviese mi propio acompañamiento. Me había
colocado, sin darme cuenta, entre un hombre anuncio con sus dos tablones y su
sombrero de copa, y una viejecita sin hogar que llevaba todas sus pertenencias
en bolsas de plástico. Calzaba unos playeros púrpura y rojo enormes. Había tal
desproporción entre los playeros y el resto de su persona que parecía un
canguro.
Mis dos compañeros de reparto hablaban con los transeúntes. El
hombre anuncio estaba diciendo cosas como «Meted a las mujeres otra vez en la
cocina» y «Dios nunca quiso que las mujeres fuesen iguales que los hombres»,
etcétera. La señora de las bolsas de plástico parecía estar insultando a los
desconocidos por su obesidad, llamándoles, según oí, «gordos presumidos», y
«gordos ricos», y «gordos engreídos», y «gordos» de un centenar de variedades
más.
El problema era éste: yo llevaba tanto tiempo fuera de
Cambridge, Massachusetts, que no podía percibir ya que la mujer llamaba
«gordos» a los transeúntes con el acento de la clase obrera de Cambridge.
Y en la puntera de uno de sus inmensos playeros, entre otras
cosas, había hipócritas cartas de amor mías. ¡Qué pequeño es el mundo!
¡Dios mío! ¡Y qué cruel y agobiante puede ser a veces la vida!
Cuando Leland Clewes comprendió, desde el otro lado de la Quinta
Avenida, quién era yo, dispuso su boca en una «O» perfecta. No pude oírle decir
«oh», pero pude verle decir «oh». Hacía un poco de broma por nuestro encuentro
después de tantos años, exagerando su sorpresa y su consternación, como un
actor en una película muda.
Era evidente que se disponía a cruzar de nuevo la calle en
cuanto cambiase el semáforo. Entretanto, todos aquellos estúpidos hindúes de
pacotilla de túnicas azafrán seguían cantando y bailando detrás de él.
Aún tenía tiempo de huir. Creo que lo que me hizo aguantar fue
esto: La necesidad de demostrarme a mí mismo que era un caballero. En los
momentos difíciles, cuando había tenido que declarar contra él, casi toda la
gente que escribía sobre nosotros, especulando sobre quién decía la verdad y
quién no, llegaba a la conclusión de que él era un auténtico caballero,
descendiente de una larga estirpe de caballeros y que yo era un individuo de
origen eslavo que sólo pretendía ser un caballero. En consecuencia, el honor,
el valor y la veracidad eran algo básico para él y significaban muy poco para
mí.
Se destacaron también otros contrastes, desde luego. A cada
nueva edición de periódicos y revistas yo parecía ser más bajo y él más alto.
Mi pobre esposa era cada vez más gorda y más extranjera, y su mujer era cada
vez más una muchachita rubia norteamericana. Sus amigos se hicieron más
numerosos y respetables y a los míos no podía encontrárseles ya ni debajo de
las piedras. Pero lo que más íntimamente me atribulaba era la idea de que él
era honorable y yo no. Así pues, veintiséis años después, eso fue lo que hizo
aguantar a este pequeño presidiario eslavo.
Del otro lado de la avenida llegaba el antiguo campeón
anglosajón, que ahora era un astroso y feliz espantapájaros.
Su aparente felicidad me desconcertaba. «¿Cómo puede estar tan
contenta esta ruina humana?» me pregunté.
En fin, allí estábamos otra vez reunidos, con la dama de las
bolsas de plástico mirando y escuchando. Él posó la cartera de muestras y me
tendió la mano derecha. Hizo una broma, remedando el encuentro de Henry Morton
Stanley y David Livingstone en el corazón de África:
—Walter F. Starbuck, supongo.
Y bien podríamos haber estado en el corazón de África, por lo
que los demás sabían o por lo que se ocupaban ya de nosotros. Supongo que la
mayoría de la gente, si es que nos recordaba nos creería muertos. Y nunca
habíamos sido tan importantes en la historia norteamericana como habíamos
creído a veces. Éramos, si se me permite la expresión, como pedos en huracán...
o como «gordos en huracán» que diría la señora de las bolsas de plástico.
¿Albergaba yo resentimiento contra él por haberme robado la
novia hacía tanto? No. Sarah y yo nos habíamos amado, pero nunca podríamos
haber sido felices como marido y mujer. Nunca habríamos conseguido articular
una vida sexual. Yo jamás había logrado persuadirla para que se tomase la
sexualidad en serio. Leland Clewes había triunfado donde yo había fracasado...
ante la sorpresa y el agradecimiento de ella, estoy seguro.
¿Qué tiernos recuerdos tenía yo de Sarah? Mucha charla sobre el sufrimiento
de los seres humanos y lo que podría hacerse al respecto... y luego estupidez
infantil a modo de alivio. Recopilábamos chistes para contárnoslos, para
utilizarlos en los momentos de desahogo. Llegamos a tener verdadera adicción a
hablar por teléfono horas seguidas. No he conocido narcótico más dulce que
aquellas charlas. Era como si nos desprendiésemos de la carne... como si
fuésemos almas del planeta Vicuna en vuelo libre. Si se hacía un silencio, uno
de los dos le ponía fin iniciando un chiste.
—¿Cuál es la diferencia entre una enzima y una hormona? —me
preguntaba ella, por ejemplo.
—No sé —decía yo,
—Pues que a la enzima no puedes oírla —decía. Y los chistes
tontos seguían y seguían... aunque ella hubiera visto algo horrible en el
hospital aquel día.
13
Yo estaba a punto de decirle grave, prudente, pero sinceramente:
«¿Cómo estás, Leland? Me alegro de volver a verte», pero nunca
llegué a decirlo. La señora de las bolsas de plástico, que tenía una voz
chillona y penetrante, gritó:
—¡Oh, Dios mío! ¡Walter F. Starbuck! ¿Eres tú realmente?
No intento siquiera reproducir su acento en letra impresa.
Pensé que estaba loca. Pensé que habría repetido como un loro
cualquier nombre que Clewes hubiese decidido adjudicarme. Si él me hubiese
dicho «Bumppious Q. Bangwhistle», estaba seguro de que habría gritado «¡Oh,
Dios mío! ¡Bumppious Q. Bangwhistle! ¿Eres tú realmente?»
Luego empezó a posar las bolsas de plástico apoyándolas en mis
piernas, como si yo fuese una boca de riego oportuna. Tenía como seis bolsas,
que yo más tarde examinaría con calma. Eran de las tiendas más caras de la
ciudad: Henry Bendel, Tiffanys, Sloane’s, Bergdorf Goodman, Bloomingdale’s,
Abercrombie & Fitch. Todas salvo la de Abercrombie & Fitch, por otra
parte, que pronto entraría en quiebra, eran subsidiarias de la RAMJAC
Corporation. En las bolsas llevaba andrajos, recogidos de cubos de basura. Sus
posesiones más valiosas las llevaba en los playeros.
Intenté ignorarla. Aunque me inmovilizó con las bolsas, seguí
mirando a Leland Clewes a la cara.
—Tienes muy buen aspecto —le dije.
—Me encuentro muy bien —dijo—. Y Sarah también está muy bien.
Supongo que te alegrará saberlo.
—Claro que me alegra —dije—. Es una chica estupenda.
Sarah ya no era una chica, claro.
Clewes me explicó entonces que aún trabajaba algo de enfermera,
aunque no jornada completa.
—Me alegro —dije.
Ante mi horror, sentí como si un vampiro repugnante se hubiese
descolgado de los aleros de un edificio y hubiese aterrizado en mi muñeca. La
señora de las bolsas de plástico me había agarrado con su sucia manecita.
—¿Es tu mujer? —dijo él.
—¿Mi qué? —dije yo.
Pensaba que me había hundido tanto que aquella espantosa vieja y
yo formábamos pareja.
—¡Es la primera vez que la veo! —dije.
—¡Oh, Walter, Walter, Walter, Walter! —chilló ella—. ¿Cómo
puedes decir una cosa así?
Le aparté la mano; pero en cuanto volví mi atención a Clewes,
volvió a agarrarme la muñeca.
—Haz como si no existiera —dije—. Es un disparate. No tiene
ninguna relación conmigo. No quiero que estropee este momento, que significa
mucho para mí.
—Oh, Walter, Walter, Walter —dijo ella—. ¿Qué ha sido de ti? Tú
no eres el Walter F. Starbuck que yo conocí.
—Desde luego —dije —. Porque tú no conociste jamás a ningún
Walter F. Starbuck, y en cambio este hombre sí. Y dije a Clewes:
—Supongo que sabes que he pasado yo también una temporada en la
cárcel.
—Sí —dijo él—. Sarah y yo lo sentimos muchísimo.
—Salí ayer por la mañana —dije.
—Te quedan días difíciles por delante —dijo él—. ¿Tienes a
alguien que se cuide de ti?
—Yo me cuidaré de ti, Walter —dijo la señora de las bolsas de
plástico.
Y se acercó más a mí para decirlo fervorosamente, y casi me
mareo de su hedor y su horroroso aliento. Su aliento no sólo estaba cargado del
hedor de dientes podridos sino, como apreciaría más tarde, de gotitas
minúsculas de aceite de cacahuete. Llevaba años comiendo sólo manteca de
cacahuete.
—¡De quién vas a cuidarte tú! —le dije.
—Oh... te sorprenderías de todo lo que podría hacer yo por ti
—dijo ella.
—Leland —dije—, lo único que quiero decirte es que ahora sé lo
que es la cárcel y, maldita sea, lo que más lamento de toda mi vida es el haber
influido en que te mandasen a ti a la cárcel.
—Bueno —dijo él—. Sarah y yo hemos hablado muchas veces de lo
que más nos gustaría decirte.
—Sí, claro —dije yo.
—Y es esto —dijo—: «Muchísimas gracias, Walter. El que yo fuese
a la cárcel fue lo mejor que pudo pasarnos a Sarah y a mí.» No hablo en broma.
Palabra de honor. Es verdad.
Me quedé perplejo.
—¿Cómo es posible? —dije.
—Porque la vida es, en principio, una prueba —dijo—. Si mi vida
hubiese seguido como iba, habría llegado al cielo sin haberme enfrentado jamás
a un problema que no fuese facilísimo de resolver. San Pedro no habría tenido
más remedio que decirme: «Hijo mío, tú no has vivido. ¿Quién puede decir lo que
eres?»
—Comprendo —dije.
—Sarah y yo no sólo estamos enamorados —dijo—, sino que nuestro
amor ha resistido las pruebas más duras.
—Eso me parece muy hermoso —dije.
—Nos gustaría que pudieses comprobarlo —dijo—. ¿Podrías venir a
cenar alguna vez?
—Sí... supongo —dije.
—¿Dónde te alojas? —dijo él.
—En el Hotel Arapahoe —dije.
—Creí que lo habían derribado hace años —dijo.
—No —dije.
—Tendrás noticias nuestras —dijo.
—Eso espero —dije.
—Como verás —dijo—, no tenemos nada en cuanto a riqueza
material. Pero nada necesitamos en cuanto a riqueza material.
—Eso me parece muy inteligente —dije.
—Pero te diré algo —dijo—: La comida es buena, como puede que
recuerdes, Sarah es una maravillosa cocinera.
—Claro que lo recuerdo —dije. Y entonces, la señora de las
bolsas de plástico ofreció la primera prueba de que realmente sabía muchísimo
de mí.
—Estáis hablando de Sarah Wyatt, ¿verdad? —dijo.
Hubo un silencio entre nosotros, aunque el estruendo de la
metrópolis no cesaba. Ni Clewes ni yo habíamos mencionado el apellido de
soltera de Sarah.
Conseguí preguntarle al fin, aturdido por imprecisos recelos:
—¿Cómo sabes su nombre?
Entonces ella adoptó una actitud taimada y coqueta:
—¿Crees que no sé que me la pegabas con ella todo el tiempo?
—dijo.
Con esta información, ya no tenía que pensar quién era. Había
estado acostándome con ella durante mi último año en Harvard, mientras aún
acompañaba a la virginal Sarah Wyatt a fiestas y conciertos y espectáculos
deportivos.
Era una de las cuatro mujeres a las que había querido. La
primera con la que había tenido algo parecido a una experiencia sexual adulta.
¡Aquello eran los restos de Mary Kathleen O’Looney!
14
—Yo fui su encargada de distribución —dijo Mary Kathleen a
Leland Clewes a voces—. ¿Verdad que era una buena encargada de distribución,
Walter?
—Sí... Claro que lo eras —dije.
Nos conocimos así: ella se presentó en la pequeña oficina de The
Bay State Progressive en Cambridge, al principio de mi último curso, diciendo
que haría absolutamente cualquier cosa que le mandase siempre que con ello
mejorara la situación de la clase obrera. La nombré encargada de ventas, le
encomendé la tarea de llevar el periódico a las puertas de las fábricas y a las
colas de necesitados, etc. Entonces era una cosita flacucha, pero muy entera y
alegre y muy ostentosa debido a su melena pelirroja. Odiaba mucho el
capitalismo porque su madre fue una de las que murieron envenenadas por radio
después de trabajar para la Wyatt Clock Company. Su padre había quedado ciego
por beber alcohol metílico siendo vigilante nocturno de una fábrica de betún.
En fin, lo que quedaba de Mary Kathleen inclinó la cabeza,
correspondiendo modestamente a mi confirmación de que había sido una buena
encargada de distribución, y nos mostró su coronilla a Leland Clewes y a mí:
tenía una calva del tamaño de un dólar de plata. La tonsura que la orlaba era
rala y blancuzca.
Leland Clewes me diría más tarde que estuvo a punto de
desmayarse. Era la primera vez que le veía una calva así a una mujer.
No pudo soportarlo. Cerró los ojos azules y se volvió.
Cuando volvió a mirarme virilmente, evitó mirar directamente a
Mary Kathleen, como el mitológico Perseo había evitado mirar a la cara a la
Gorgona.
—Tenemos que vernos pronto —dijo.
—Sí —dije yo.
—Pronto tendrás noticias mías —dijo.
—Eso espero —dije.
—Tengo prisa —dijo.
—Comprendo —dije.
—Cuídate —dijo.
—Lo haré —dije.
Y se fue.
Las bolsas de plástico de Mary Kathleen aún descansaban
alrededor de mis piernas. Yo estaba tan inmovilizado y resultaba tan llamativo
como Santa Juana de Arco en el poste de la hoguera. Mary Kathleen aún me tenía
cogido por la muñeca y no bajaba la voz.
—Ahora que te he encontrado, Walter —gritaba— ¡no volveré a
dejarte marchar!
En ninguna parte del mundo se representaban ya obras como
aquélla. Por si puede ser útil para los empresarios modernos: Puedo atestiguar
por experiencia personal que el melodrama aún puede atraer a grandes
multitudes, siempre que la protagonista hable a voces y muy claro.
—Siempre me decías que me querías muchísimo, Walter —gritaba—.
Pero luego te fuiste y nunca volví a tener noticias tuyas. ¿Sólo querías
engañarme?
Puede que yo emitiese algún sonido de respuesta. «Ejem», quizás,
o «sss».
—Mírame a los ojos, Walter —dijo ella.
Desde un punto de vista sociológico, este melodrama era, sin
duda, tan fascinante como La cabaña del Tío Tom antes de la guerra de secesión.
Mary Kathleen O’Looney no era la única señora de las de bolsas de plástico de
los Estados Unidos de Norteamérica. Había miles y miles en las grandes ciudades
de todo el país. Andrajosos regimientos que había producido accidentalmente, y
sin ningún objetivo visible, la gran maquinaria de la economía. Otro sector de
la máquina estaba lanzando asesinos recalcitrantes de diez años y drogadictos y
torturaniños y otras muchas cosas malas. La gente afirmaba estar investigando.
En un futuro próximo había que hacer ciertas reparaciones no especificadas.
Entretanto, la gente de buen corazón sentía repugnancia por
todos estos trágicos subproductos de la economía, lo mismo que había sentido
repugnancia por la esclavitud de los seres humanos poco más de cien años atrás.
Mary Kathleen y yo éramos un milagro por el que nuestro público debía haber
rezado una y otra vez: la salvación de una de las señoras de bolsas de
plástico, al menos, por un hombre que la conocía bien.
Había gente llorando. Hasta yo mismo estaba casi a punto de
llorar.
—Abrácela —dijo una mujer.
Lo hice.
Y me vi, de pronto, abrazando un manojo de ramitas secas
envueltas en puros andrajos. Y entonces fue cuando yo también rompí a llorar. Y
era la primera vez que lloraba desde que había encontrado muerta a mi esposa en
la cama una mañana... allá en mi chalecito de Chevy Chase, Maryland.
15
Mi nariz, gracias a Dios, había dejado de funcionar por
entonces. Las narices suelen ser así de misericordiosas. Ellas te informan de
que una cosa huele horriblemente. Si de todos modos sigues junto a ella, la
nariz llega a la conclusión de que el olor no debe ser tan malo en realidad. Y
entonces se bloquea, acatando una sabiduría superior. Por eso podemos comer
queso de Limburger... o abrazar a la hedionda ruina de una antigua novia en la
esquina de la Quinta Avenida y la calle Cuarenta y dos.
Por un momento, pareció como si Mary Kathleen se hubiera muerto
en mis brazos. Para ser del todo sincero, he de decir que no me hubiese
importado gran cosa. ¿A dónde podía llevármela yo, en realidad? ¿Qué podía ser
mejor para ella que recibir el abrazo de un hombre que la había conocido cuando
era joven y hermosa e irse inmediatamente al cielo?
Habría sido maravilloso. Pero yo nunca habría llegado a
convertirme en vicepresidente ejecutivo de la sucursal Down Home Records de la
RAMJAC Corporation. Quizás en este momento estuviese durmiendo una mona en el
Bowery, mientras un monstruo juvenil me empapaba en gasolina y me prendía fuego
con su encendedor Cricket.
Mary Kathleen habló entonces con mucha suavidad.
—Dios te ha enviado a mí, sin duda —dijo.
—Vamos, vamos —dije. Seguía abrazándola.
—Ya no hay nadie en quien poder confiar —dijo ella.
—Bueno, bueno —dije yo.
—Todos andan detrás de mí —dijo ella—. Quieren cortarme las
manos.
—Vamos, vamos —dije yo.
—Creí que habías muerto —dijo.
—No, no.
—Creí que todos estaban muertos, salvo yo.
—Vamos, vamos —dije.
—Aún creo en la revolución, Walter —dijo.
—Me alegro,
—Todos los demás perdieron el valor —dijo—. Yo nunca lo perdí.
—Te felicito —dije.
—Nunca dejé de trabajar por la revolución —dijo.
—Estoy seguro de ello —dije yo.
—Te sorprenderías si supieses —dijo.
—Llévela a darse un baño caliente —dijo uno de los mirones.
—Dele algo de comer —dijo otro.
—La revolución es inminente, Walter... va a llegar antes de lo
que tú te imaginas —dijo Mary Kathleen.
—Tengo una habitación en un hotel donde podrás descansar un rato
—dije—. Tengo un poco de dinero, no mucho, pero algo.
—Dinero —dijo ella, y se echó a reír. Su actitud despectiva y
jocosa hacia el dinero no había cambiado. Era exactamente la misma que cuarenta
años atrás.
—¿Quieres que vayamos? —dije—. Queda cerca de aquí.
—Conozco un sitio mejor —dijo ella.
—Dele vitaminas —dijo otro mirón.
—Sígueme, Walter —dijo Mary Kathleen. De nuevo se estaba
haciendo fuerte. Fue ella quien se separó ya de mí, y no al revés. Su voz
volvía a ser ronca y estridente. Recogí tres de sus bolsas y ella cogió las
otras tres. Nuestro destino final resultaría ser la mismísima cúspide del
Edificio Chrysler, la tranquila sala de exposiciones de la American Harp
Company, que quedaba allá arriba. Pero primero tuvimos que conseguir que la
gente nos dejase pasar, para lo cual ella empezó a llamarles, mientras les
apartaba, «gordos capitalistas» y «plutócratas engreídos» y «sanguijuelas» y
todo eso de nuevo.
Su medio de locomoción en sus playeros gargantuescos era éste:
apenas los alzaba del suelo, empujando uno y luego otro hacia adelante, como si
fuese esquiando campo a través, mientras la parte superior de su cuerpo y las
bolsas de plástico oscilaban disparatadamente de lado a lado. Pero aquella
vieja oscilante era capaz de correr como el viento... yo jadeaba intentando
seguirle el paso, una vez que nos libramos de los espectadores. Desde luego
éramos el blanco de todas las miradas. Era la primera vez que la gente veía una
señora de las de bolsas de plástico con un ayudante.
Cuando llegamos a la gran Estación Central, Mary Kathleen dijo
que teníamos que cerciorarnos de que no nos veían. Me hizo subir y bajar por
escaleras automáticas, rampas y escaleras normales, mirando de reojo
continuamente para ver si localizábamos algún perseguidor. Cruzamos tres veces
el Bar Oyster. Por fin me condujo hasta una puerta metálica que quedaba al
final de un pasillo escasamente iluminado. Estábamos completamente solos, no
había duda. Nos latía fuerte el corazón.
Una vez que recuperamos el aliento, me dijo:
—Voy a enseñarte algo de lo que no debes hablar a nadie.
—Lo prometo —dije.
—Éste es nuestro secreto —dijo ella.
—Sí —dije.
Suponía yo que habíamos llegado al final, que no se podía bajar
más en la estación. ¡Cuan equivocado estaba! Mary Kathleen abrió la puerta
metálica que daba a una escalera metálica que bajaba y bajaba y bajaba. Y abajo
había un mundo secreto tan enorme como las Cavernas de Carlsbad. Ya no se
utilizaba para nada. Podría haber sido un refugio de dinosaurios. En realidad,
había sido un taller de reparaciones de otra familia de monstruos extintos:
locomotoras de vapor.
Y allá fuimos, escaleras abajo.
Dios mío... ¡qué maquinaria majestuosa debió haber allá abajo en
otros tiempos! ¡Qué artesanos admirables debieron trabajar allí! Supongo que
por imposición de las leyes contra incendios, había bombillas encendidas cada
poco. Y había platitos con veneno para las ratas también. Pero no había ningún
otro signo de que hubiera estado nadie allí en años.
—Éste es mi hogar, Walter —dijo ella.
—¿Tú qué? —pregunté.
—No querrías que durmiese al aire libre, ¿verdad? —dijo.
—No.
—Entonces, alégrate de que tenga un hogar tan lindo y tan
íntimo.
—Me alegro, me alegro —dije.
—No sólo hablaste conmigo... me abrazaste —dijo—. Por eso me di
cuenta de que podía confiar en ti.
—Vaya —dije.
—Tú no andas detrás de mis manos —dijo ella.
—No —dije yo.
—¿Sabes que hay millones de pobrecitos ahí en la calle que andan
buscando que alguien les deje usar un retrete? —dijo.
—Supongo que sí —dije yo.
—Mira esto —dijo. Me condujo a una cámara en la que había
hileras e hileras de retretes.
—Es bueno saber que están aquí —dije.
—¿No se lo dirás a nadie? —dijo ella.
—No —dije yo.
—Estoy poniendo mi vida en tus manos al contarte secretos como
éste —dijo.
—Me siento muy honrado —dije yo.
Y luego subimos de nuevo las escaleras y salimos de las
catacumbas. Me guió por un túnel bajo la Avenida Lexington y luego subimos unas
escaleras que daban al vestíbulo del Edificio Chrysler. Cruzó esquiando hasta
un ascensor que esperaba; yo la seguía, trotando. Un vigilante nos gritó, pero
conseguimos entrar en el ascensor antes de que pudiera pararnos. Las puertas de
éste se cerraron ante su cara furiosa cuando Mary Kathleen apretó el botón de
la última planta.
Teníamos el ascensor para nosotros solos y volábamos hacia las
alturas. En un periquete, se abrieron las puertas a un lugar de paz y belleza
ultraterrena en el interior del remate de acero inoxidable que coronaba el
edificio. Me había preguntado muchas veces qué habría allá arriba. Ahora ya lo
sabía. El remate terminaba a unos veinte metros por encima de nosotros. Mirando
hacia arriba, vi sobrecogido que entre nosotros y la cúspide no había nada más
que un enrejado de jácenas y aire, aire y aire.
«¡Qué glorioso desperdicio de espacio!» pensé. Pero luego
percibí que en realidad había habitantes. Miles de pajarillos de un color
amarillo claro posados en las jácenas, o volando raudos entre los prismas de
luz que formaban las extrañas ventanas, los grandes triángulos de cristal del
remate que coronaba el edificio.
La gran planta en cuyo borde estábamos se hallaba alfombrada en
tono verde yerba. Había una fuente chapoteando en el centro. Por todas partes
había bancos de jardín y estatuas, y también había arpas.
Como ya he dicho, aquello era la sala de exposiciones de la
American Harp Company, que había pasado hacía poco a ser subsidiaria de la
RAMJAC Corporation. La empresa llevaba ocupando aquel espacio desde la
inauguración del edificio en Milnovecientos Treintaiuno. Todos los pájaros que
veía yo, que eran currucas protonotarias, descendían de una sola pareja que
habían soltado allí entonces.
Junto al ascensor había un mirador Victoriano con las mesas del
vendedor y de su secretario. Y había allí una mujer gimiendo. ¡Menuda mañana de
lágrimas! ¡Menudo libro de lágrimas éste!
De pronto, salió trotando del mirador el hombre más viejo que yo
había visto en mi vida. Llevaba una chaqueta de frac y pantalones de rayas y
botines. Era el único vendedor, y lo era desde Milnovecientos Treintaiuno. Era
el hombre que había liberado de la cálida jaula de sus manos en aquel espacio
encantado a la primera pareja de currucas protonotarias. ¡Tenía noventa y dos
años! Se parecía a John D. Rockefeller al final de sus días; parecía una momia.
La única humedad que parecía conservar era un rocío desvaído sobre la
superficie de sus ojos. Pero no era un ser totalmente desvalido. Era presidente
de un club de tiro que disparaba contra blancos de forma humana los fines de
semana y tenía una Luger cargada del tamaño de un doberman en el cajón del
escritorio. Llevaba bastante tiempo deseando que intentaran robarle.
—Ah... ¿eres tú? —le dijo a Mary Kathleen, que le contestó que
sí, que era ella.
Estaba acostumbrada a ir allí casi todos los días y estar
sentada varias horas. El acuerdo era que si aparecía algún cliente ella debía
desaparecer con sus bolsas. Había aún otro acuerdo que Mary Kathleen había
violado en esta ocasión.
—Creí que te había dicho —le dijo el viejo— que no debías traer
nunca a nadie contigo, que ni siquiera debías decirle a nadie lo bien que se
está aquí.
Como yo llevaba tres bolsas de plástico, él pensó que era otro
vagabundo, un hombre de bolsas de plástico.
—No es un vagabundo —dijo Mary Kathleen—. Es un hombre de
Harvard.
De principio, no se lo creyó.
—Ya —dijo, y me miró de arriba abajo.
Él, por su parte, no había terminado siquiera la escuela
primaria, en realidad. Cuando él era pequeño, no había leyes que prohibiesen el
trabajo infantil, y había entrado a trabajar en la fábrica que tenía en Chicago
la American Harp Company cuando contaba diez años de edad.
—Tengo entendido que la gente de Harvard tiene algo especial,
que siempre puedes distinguirles —dijo—. Pero yo a éste no le veo nada
especial.
—Yo nunca he creído que hubiese nada especial en los hombres de
Harvard —dije.
—Pues ya somos dos —dijo él. Se comportaba de un modo bastante
desagradable y era evidente que quería que me fuese de allí.
—Esto no es el Ejército de Salvación —dijo.
Aquel hombre había nacido durante la Presidencia de Groover
Cleveland. ¡Imaginaos! Le dijo a Mary Kathleen:
—Vaya... me has decepcionado trayendo a otra persona contigo.
Supongo que mañana serán tres y pasado mañana veinte... la caridad cristiana
tiene sus límites, ¿comprendes?
Yo cometí entonces un error que me haría acabar en El Calabozo
antes del mediodía en el que había sido mi primer día completo de libertad.
—En realidad —dije—, estoy aquí por motivos comerciales.
—¿Quiere usted comprar un arpa? —dijo—. Valen de siete mil
dólares para arriba, ¿sabe? ¿No cree que sería mejor que se comprase una
chicharra?
—Yo esperaba que usted pudiese indicarme —dije— dónde puedo
comprar piezas de clarinete... no clarinetes completos sino sólo piezas.
Esto no lo decía en serio. Estaba extrapolando una fantasía
mercantil del contenido del cajón inferior del armario de mi habitación del
Hotel Arapahoe. El viejo quedó secretamente paralizado. Clavada con una
chincheta al tablero del mirador, había una circular que le aconsejaba llamar a
la policía si alguien mostraba interés en comprar o vender piezas de clarinete.
Como él mismo me confesaría más tarde, aquella circular llevaba allí varios
meses: «como un billete de lotería comprado en un momento de locura». Nunca
había pensado en la posibilidad de ganar. Se llamaba Delmar Peale.
Delmar fue después lo bastante amable para regalarme la
circular, que yo colgué en la pared de mi despacho de la RAMJAC. Por otra
parte, me convertí en superior suyo dentro de la familia de la RAMJAC, ya que
la American Harp era una subsidiaria de mi departamento.
Pero la primera vez que nos conocimos no era superior suyo,
desde luego. Se dedicó a jugar conmigo al ratón y al gato.
—¿Muchas piezas de clarinete o unas cuantas? —preguntó
astutamente.
—Muy pocas, en realidad —dije—. Creo que usted mismo no trabaja
con clarinetes...
—De todos modos, ha venido usted al sitio ideal —se apresuró a
decirme—. Conozco a todos los que trabajan en el ramo. Si usted y Madame X
tienen la bondad de ponerse cómodos, haré muy gustosamente unas llamadas
telefónicas.
—Es usted muy amable —dije.
—En absoluto —dijo él.
«Madame X» era el único nombre que tenía él para designar a Mary
Kathleen. Así le había dicho ella que se llamaba. Mary había irrumpido un día
allí, intentando escapar de gente que creía que la iba siguiendo. A él le
preocupaban mucho las señoras de las bolsas de plástico, y era un cristiano
practicante, así que le había dejado quedarse.
Entretanto, los gemidos que llegaban del mirador se habían
aplacado un poco.
Delmar nos condujo hasta un banco que quedaba lejos del mirador,
para que no pudiéramos oírle llamar a la policía. Nos hizo sentarnos.
—¿Están cómodos? —dijo.
—Sí, gracias —dije. Se frotó las manos.
—¿Qué tal un poco de café? —dijo.
—Me pone demasiado nerviosa —dijo Mary Kathleen.
—Con leche y azúcar, si no es demasiada molestia —dije.
—No es ninguna molestia —dijo él.
—¿Qué le pasa a Doris? —dijo Mary Kathleen.
Doris era la secretaria que estaba llorando en el mirador. Se
llamaba Doris Kramm. Tenía ochenta y siete años.
La revista People, a sugerencia mía, hizo hace poco un reportaje
sobre Delmar y Doris, considerándoles casi seguro el equipo jefe-secretaria más
viejo del mundo, y quizás de toda la historia. Era un bonito artículo. Había
una fotografía en la que aparecía Delmar con su Luger, y se mencionaba su
comentario de que cualquiera que intentase robar en la American Harp Company
«...se enfrentaría con un robo frustrado».
Delmar contó a Mary Kathleen que Doris lloraba porque había
tenido dos disgustos muy graves en rápida sucesión. Le habían notificado la
noche anterior que tenía que jubilarse de inmediato, debido a que la RAMJAC
había absorbido a la American Harp Company. La edad de retiro para todos los
empleados de la RAMJAC, en todas sus empresas, salvo el personal supervisor,
era de sesenta y cinco años. Y luego, aquella misma mañana, cuando estaba
limpiando y ordenando su mesa, recibió un telegrama en el que le decían que su
sobrina biznieta había muerto en un accidente de coche después de un baile de
fin de curso del instituto en Sarasota, Florida. Doris no tenía descendientes
directos, explicó Delmar, por lo que los parientes colaterales significaban
muchísimo para ella.
Digamos, por otra parte, que Delmar y Doris casi no trabajaban
allá arriba, y que siguen sin trabajar apenas. Yo me sentí muy orgulloso,
cuando me convertí en ejecutivo de la RAMJAC, de que las arpas de la American
Harp Company fuesen las mejores del mundo. En principio, lo lógico sería pensar
que las mejores arpas son las de Italia o de Japón, o de Alemania Occidental,
ya que la artesanía norteamericana está prácticamente extinta. Pero no: hasta
los músicos de esos países, e incluso los de la Unión Soviética, están de
acuerdo en que las arpas de la American Harp Company son las mejores de todas.
Pero el mercado no es grande ni puede serlo nunca, salvo quizás en el cielo. En
consecuencia, los beneficios resultaban ridículos. Tan ridículos que hace poco
inicié una investigación para enterarme de por qué había adquirido la RAMJAC la
American Harp. Me enteré de que había sido para conseguir hacerse con el
increíble alquiler de la última planta del edificio Chrysler. ¡El alquiler
cubre hasta el año Dosmil Treintaiuno con una renta de doscientos dólares
mensuales! Arpad Leen quería convertir el local en restaurante.
El que la empresa poseyera también una fábrica en Chicago con
sesenta y cinco empleados era un simple detalle. Si no se podía lograr una tasa
sustancial de beneficios en el plazo de uno o dos años, la RAMJAC la cerraría.
Paz.
16
Mary Kathleen O’Looney era, claro, la legendaria señora de Jack Graham,
accionista mayoritaria de la RAMJAC Corporation. El tampón y las plumas y el
papel de carta los llevaba en los playeros. Aquellos playeros eran sus bóvedas
de seguridad. Nadie podía quitárselos sin despertarla.
Más tarde me aseguraría que me había dicho quién era, en
realidad, cuando subíamos en el ascensor.
Yo sólo pude contestar: «Mary Kathleen, si te hubiese oído decir
eso no se me habría olvidado.»
En realidad, si hubiese sabido quién era, habría tenido mucho
sentido para mí lo que me decía de que la gente quería cortarle las manos.
Quien consiguiese sus manos, podría ponerlas en salmuera, tirar el resto de su
persona, y controlar la RAMJAC Corporation con sus huellas dactilares. No era
extraño que tomase tantas precauciones y corriese tanto.
No era raro que no se atreviese a revelar su verdadera identidad
en cualquier sitio.
No era raro que no se atreviese a confiar en nadie. En este
planeta concreto, donde lo que más importa es el dinero, a la persona más
encantadora y buena del mundo podía ocurrírsele de repente la idea de
retorcerle el cuello para que sus seres queridos pudiesen vivir
desahogadamente. Sería poco trabajo... y fácil de olvidar con el paso del
tiempo. El tiempo vuela.
Mary era pequeña y débil. Matarla y cortarle las manos habría
sido poco más espantoso que lo que sucede diez mil veces diarias en una granja
de pollos mecanizada. La RAMJAC posee Colonel Sanders Kentucky Fried Chicken,
por supuesto. Yo he visto esa operación entre bastidores.
Respecto a lo de que no le oí decirme que era la señora de Jack
Graham en el ascensor:
Recuerdo que hacia el final de la ascensión me zumbaban los
oídos por el súbito cambio de altitud. Subimos a toda prisa unos trescientos
cincuenta metros, sin ninguna parada. Además, temporalmente sordo o no, tenía
puesto mi piloto automático conversador. No pensaba en lo que ella me decía, ni
tampoco en lo que decía yo. Pensaba que estábamos los dos tan lejos y tan fuera
de la corriente general de los asuntos humanos que lo único que podíamos hacer
era confortarnos recíprocamente emitiendo sonidos animales. Recuerdo que ella
dijo entonces que era propietaria del hotel Waldorf-Astoria, y que yo creí no
haber oído bien.
—Me alegro —dije.
Así pues, cuando estaba sentado con ella en el banco de la sala
de exposición de arpas, ella creía que yo poseía una clave informativa respecto
a ella, que en realidad no poseía. Y Delmar Peale, entretanto, había llamado a
la policía y había mandado fuera además a Doris Kramm, teóricamente a por café,
pero, en realidad, a buscar a un policía.
Casualmente, había un pequeño motín en el parque contiguo a
Naciones Unidas, sólo tres manzanas de distancia. Y allí estaban todos los
policías disponibles. Jóvenes parados blancos armados con bates de béisbol
estaban apaleando a unos tipos a los que creían homosexuales. A uno de ellos le
tiraron al río East, y resultó ser el ministro de Economía de Sri Lanka.
Yo coincidiría con algunos de aquellos jóvenes después en la
comisaría, y me tomaron también por homosexual. Uno de ellos me enseñó sus
partes íntimas y dijo: «Eh, papi... ¿quieres un poco? Ven y cógelo. Jum, jum,
jum», y más.
Pero a lo que voy es a que la policía no pudo venir a cogerme
hasta casi una hora después. Así que Mary Kathleen y yo tuvimos una larga y
agradable charla. Ella allí se sentía segura. Y se sentía segura conmigo. Y
así, se atrevió a mostrarse cuerda y razonable.
Fue muy conmovedor. Sólo su cuerpo estaba decrépito. Su voz y el
ánimo que había en ella podrían haber pertenecido aún a lo que antes fue, a una
dieciochoañera furiosamente optimista.
—Ahora todo irá bien, ya lo verás —me dijo allí en la sala de
exposiciones de la American Harp Company—. Algo me decía siempre que sería así.
Todo lo que acaba bien es bueno —dijo.
¡Qué sutil inteligencia la suya! ¡Qué inteligencia sutil han
tenido las cuatro mujeres a las que he amado! Durante los meses en que viví,
más o menos, con Mary Kathleen, leyó todos los libros que yo había leído o
fingía haber leído como estudiante de Harvard. Aquellos libros me habían
resultado pesados y aburridos, pero para Mary Kathleen fueron un banquete
caníbal. Leyó mis libros como un joven caníbal podría comer los corazones de
valerosos enemigos. La magia de los libros se haría suya. Una vez me dijo de mi
pequeña biblioteca: «Los mejores libros del mundo, explicados por los hombres
más sabios del mundo en la mejor Universidad del mundo, a los estudiantes más
listos del mundo.»
Paz.
Y comparad, si queréis, a Mary Kathleen con mi esposa Ruth, la
Ofelia de los campos de muerte, que creía que hasta los seres humanos más
inteligentes son tan estúpidos que explicando lo que piensan sólo pueden
empeorar las cosas. Fueron pensadores, después de todo, quienes crearon los
campos de muerte. Construir un campo de muerte, con su ferrocarril y todo y sus
crematorios de servicio permanente, no era cosa que pudiese hacer un subnormal.
Ni tampoco podía explicar un subnormal por qué un campo de muerte era, en
último término, humano.
Otra vez: paz.
Así pues, allí estábamos Mary Kathleen y yo... entre todas
aquellas arpas. Son instrumentos muy extraños las arpas, ahora que lo pienso, y
no se alejan mucho de la idea de civilización de la pobre Ruth, incluso en
época de paz: son una especie de combinación imposible de columnas griegas y
máquinas voladoras de Leonardo Da Vinci.
Por otra parte, las arpas son autodestructivas. Cuando me vi
metido en el negocio de las arpas en la RAMJAC, tuve la esperanza de que la
American Harp contara entre sus valores con algunas arpas antiguas y
maravillosas que fuesen tan valiosas como los violines Stradivarius y los
Amatis. No había ninguna posibilidad de que este sueño se realizara. Las
tensiones de un arpa son tan tremendas e implacables que quedan inutilizables a
los cincuenta años y su destino ha de ser entonces la basura o el museo.
Descubrí algo fascinante también de las currucas protonotarias.
Son las únicas aves limpias en cautiverio. Sería lógico pensar que había que
proteger las arpas de las cagaditas de las aves... pues nada de eso. Las
currucas depositaban sus cagaditas en tacitas de té que había por allí. En la
naturaleza, claro, depositan sus cagaditas en los nidos de otras aves. Eso es
lo que creen que son las tacitas de té.
¡Vive y aprenderás!
Pero volvamos a cuando estábamos Mary Kathleen y yo allí entre
todas aquellas arpas... con las currucas protonotarias arriba y la policía de
camino.
—Cuando murió mi marido, Walter —dijo—, me sentí tan desgraciada
y tan perdida, que recurrí al alcohol.
Aquel marido era Jack Graham, el solitario ingeniero que había
fundado la RAMJAC Corporation. No había construido aquello partiendo de la
nada. Era multimillonario de nacimiento. Por lo que yo sabía, claro, ella
podría estar hablando de un fontanero o un camionero o de un profesor
universitario o de cualquiera.
Me explicó que había ido a un sanatorio de Louisville, Kentucky,
y que la habían sometido a tratamiento con electrochoque. El electrochoque
borró todos sus recuerdos de Milnovecientos Treintaicinco a Milnovecientos
Cincuentaicinco. Esto explicaba por qué creía que aún podía confiar en mí. Sus
recuerdos de la crueldad con que yo la había tratado al abandonarla, y de mi
posterior traición a Leland Clewes y demás, habían quedado borrados. Podía
creer que yo aún era el fiero idealista que fuera en Milnovecientos
Treintaicinco. Había olvidado mi participación en Watergate. Todo el mundo
había olvidado ya mi participación en Watergate.
—Tuve que inventarme muchísimos recuerdos —continuó—, sólo para
llenar los espacios vacíos. Había habido una guerra, y yo lo sabía, y recordaba
lo mucho que tú odiabas el fascismo. Te vi en una playa... boca arriba, de
uniforme, con un fusil y con el agua ondulando suavemente a tu alrededor.
Tenías los ojos muy abiertos, Walter, porque estabas muerto. Mirabas al sol.
Guardamos silencio un momento. Un pájaro amarillo gorjeó muy
arriba, sobre nosotros, y era como si se le partiera el corazón. El canto de la
curruca protonotaria es sumamente monótono y soy el primero en admitirlo. No
estoy dispuesto a poner en peligro la credibilidad de toda mi historia diciendo
que las currucas protonotarias igualan a la orquesta Pops de Boston cuando
cantan. Aun así, no hay duda de que son capaces de expresar aflicción... dentro
de determinados límites, claro.
—Yo me he visto así también en sueños —dije—. Y he deseado
tantísimas veces, Mary Kathleen, que fuese realidad...
—¡No! ¡No! ¡No! —protestó ella—. ¡Gracias a Dios aún estás vivo!
Gracias a Dios, aún hay alguien vivo que se preocupa de lo que pasa en este
país. Creí que podía ser la última. Llevo años vagando por esta ciudad, Walter,
y diciéndome: «Han muerto ya todos los que se preocupaban.» Y ahora has
aparecido tú.
—Mary Kathleen —dije—. Deberías saber que acabo de salir de la
cárcel.
—¡Claro, por supuesto! —dijo—. Todas las buenas personas van a
la cárcel, es lo que pasa siempre. ¡Oh, gracias a Dios que sigues vivo!
Cambiaremos este país y luego cambiaremos el mundo. Yo sola no podía, Walter.
—No... supongo que no —dije.
—En realidad, no he hecho más que aferrarme a la vida —dijo
ella—. Sólo he sido capaz de sobrevivir. He estado tan sola. No es que necesite
mucha ayuda, pero alguna sí.
—Entiendo el problema —dije.
—Aún puedo ver lo suficiente para escribir, si es con letra
grande —dijo—. Pero ya no puedo leer los artículos de los periódicos. Me falla
la vista...
Me contó que entraba furtivamente en bares y grandes almacenes y
en el vestíbulo de los moteles para oír las noticias de la televisión, pero que
nunca estaban puestas las noticias. A veces oía un fragmento de noticiario en
alguna radio portátil, pero en cuanto empezaban las noticias, el propietario de
la radio solía cambiar adonde hubiese música.
Recordé la noticia que había oído por la mañana, la del perro
policía que se había comido a un bebé, y le dije que en realidad no se perdía
gran cosa.
—¿Cómo puedo hacer planes razonables —dijo ella— si no sé lo que
pasa?
—No puedes —dije.
—¿Cómo puede basarse una revolución en Lawrence Welk y Barrio
Sésamo y Toda la familia? —dijo. Todos estos programas estaban patrocinados por
la RAMJAC.
—Es imposible —dije.
—Necesito información fidedigna —dijo ella.
—Claro, por supuesto —dije—. Todos la necesitamos.
—Y es tal basura todo lo que oyes —dijo—. Encontré esa revista
llamada People en un cubo de basura hace poco —dijo—. Pero no trata de la
gente, como dice el título. Es un montón de basura y disparates.
Todo esto me parecía patético: el que una señora de las de
bolsas de plástico pretendiese planear sus recorridos por la ciudad y sus
siestas entre los cubos de basura basándose en publicaciones y noticiarios de
radio y televisión que le indicasen lo que realmente estaba pasando.
También a ella le parecía patético.
—Jackie Onassis y Frank Sinatra y el Monstruo de las Galletas y
Archie Bunker hacen sus jugadas —dijo— y luego yo estudio lo que han hecho
ellos y así veo lo que sería mejor que hiciera Mary Kathleen O’Looney. Pero
ahora te tengo a ti —añadió—. Tú puedes ser mis ojos... ¡y mi cerebro!
—Tus ojos, puede —dije yo—. Pero últimamente no me he
distinguido en el departamento cerebral.
—Oh... ojalá estuviese vivo también Kenneth Whistler —dijo ella.
Igual podría haber dicho: «¡Ah! si el Pato Donald estuviese vivo
también.» Kenneth Whistler fue un dirigente obrero, ídolo mío en los viejos
tiempos... pero ya no sentía nada por él, hacía años que no pensaba en él.
—Qué trío formaríamos —continuó ella—. ¡Tú y yo y Kenneth
Whistler!
Supongo que para entonces también Whistler habría sido un
vagabundo, de no haber muerto en un desastre minero en Kentucky en
Milnovecientos Cuarentaiuno. Había insistido en ser obrero además de dirigente
obrero, y los funcionarios sindicales de hoy le habrían parecido intolerables
con sus manilas suaves y rosadas. Yo le había dado la mano. Y su palma era como
la espalda de un cocodrilo. Tenía tanto polvillo de carbón metido en las
arrugas de la cara que parecían tatuajes negros. Y qué curioso, también era un
hombre de Harvard... del curso de Milnovecientos Veintiuno.
—Bueno —dijo Mary Kathleen—, al menos aún quedamos nosotros... y
ahora podemos empezar a hacer nuestra jugada.
—Yo siempre estoy abierto a nuevas ideas —dije.
—O quizás no merezca la pena —dijo ella.
Hablaba de librar al pueblo de los Estados Unidos de su sistema
económico, pero yo creía que hablaba de la vida en general. Así que,
refiriéndome a la vida en general, dije que probablemente valiese la pena, pero
que quizás se prolongase demasiado. Mi vida, por ejemplo, habría sido una obra
maestra si hubiera muerto en una playa con una bala fascista en el entrecejo.
—Puede que la gente ya no sea buena —dijo ella—. A mí me parece
mezquina y mala. Ya no es como era en la Depresión. Ya no veo que las personas
se porten bien unas con otras. A mí ni siquiera me hablan.
Me preguntó luego si yo había visto algún acto de bondad.
Reflexioné y me di cuenta de que prácticamente no había encontrado más que
amabilidad y bondad desde que había salido de la cárcel. Y se lo dije.
—Entonces es mi aspecto —dijo. De esto no había duda. La fealdad
reprobatoria que puede soportar la mayoría de la gente tiene un límite, y Mary
Kathleen y todas sus hermanas vagabundas habían sobrepasado ese límite.
Estaba ansiosa por conocer actos individuales de bondad hacia
mí, para confirmar que los norteamericanos aún podían tener buen corazón. Así
que me produjo gran satisfacción contarle mis primeras veinticuatro horas como
hombre libre, empezando por la amabilidad que había mostrado hacia mí Clyde
Carter, el guardián, y la del doctor Robert Fender, el encargado de suministros
y escritor de ciencia ficción. Y después, claro, lo del viaje en limusina con
Cleveland Lawes.
Mary Kathleen se asombró mucho del comportamiento de estas
personas, repitió sus nombres para cerciorarse de que los había captado bien.
—¡Son santos! ¡Así que aún quedan santos por ahí!
Animado con esto, me extendí sobre la actitud hospitalaria del
doctor Israel Edel, el encargado nocturno del Arapahoe, y luego le hablé de los
empleados de la cafetería del Hotel Royalton por la mañana. No pude darle el
nombre del propietario, sólo el detalle físico que le distinguía del populacho.
—Tenía una mano frita —dije.
—El santo de la mano frita —dijo muy admirada.
—Sí —dije yo—. Y tú misma viste a un hombre que yo creí que era
el peor enemigo que tenía en el mundo. Me refiero a aquel hombre alto de ojos
claros, el de la cartera de muestras. Tú misma le oíste decir que me perdonaba
por todo lo que le había hecho, y que tenía que cenar con él un día de estos.
—Dime otra vez su nombre —dijo ella.
—Leland Clewes —dije yo.
—San Leland Clewes —dijo, reverente—. ¿Ves cuánto me has ayudado
ya? Nunca podría haber localizado a toda esa gente buena yo sola.
Luego, realizó un pequeño milagro nemotécnico, repitiendo todos
los nombres en orden cronológico:
—Clyde Carter, doctor Robert Fender, Cleveland Lawes, Israel
Edel, el hombre de la mano frita, y Leland Clewes.
Mary Kathleen se quitó un zapato. No era el que contenía el
tampón y las plumas, y el papel, y su testamento, y todo lo demás. El zapato
que se quitó estaba lleno de recuerdos. Eran hipócritas cartas de amor mías,
como ya he dicho. Pero ella tenía el deseo concreto de que yo viese una foto de
lo que ella llamaba... «mis dos hombres favoritos».
En la fotografía aparecía mi antiguo ídolo, Kenneth Whistler, el
dirigente obrero educado en Harvard, estrechando la mano a un universitario
bajo con cara de tonto. El chico era yo. Tenía las orejas como una copa de la
amistad.
Y fue entonces cuando la policía llegó por fin a buscarme.
—Ya te salvaré yo, Walter —dijo Mary Kathleen—. Y luego, entre
los dos, salvaremos al mundo.
Yo, francamente, sentí cierto alivio al pensar que me apartaban
de ella. Intenté mostrarme afligido por la separación.
—Cuídate, Mary Kathleen —dije—. Parece ser que hemos de
despedirnos.
17
Colgué aquella foto, en la que aparecíamos Kenneth Whistler y
yo, sacada en el otoño de Milnovecientos Treintaicinco, en plena Gran
Depresión, en mi despacho de la RAMJAC: junto a la circular sobre las piezas de
clarinete robadas. La había sacado Mary Kathleen, con mi cámara de fuelle, la
mañana después de que oyéramos hablar a Whistler por primera vez. Whistler
había hecho todo el camino hasta Cambridge desde Harían County, Kentucky, donde
era minero y dirigente sindical, para hablar en un acto destinado a recaudar
dinero y apoyo para la delegación local de la Hermandad Internacional de
Obreros de Adhesivos y Abrasivos.
Por entonces, dirigían el sindicato los comunistas. Ahora lo
dirigen gángsters. Precisamente, cuando yo ingresé en la cárcel, estaba a punto
de salir de Finletter el presidente vitalicio de la HITAA. Su hija de
veintitrés años dirigía el sindicato desde su villa de las Bahamas mientras él
estaba en el talego. Él estaba en contacto telefónico con ella continuamente.
Me explicó que casi todos los miembros del sindicato eran negros e hispanos.
Por los años treinta, todos eran blanquitos puros... la mayoría escandinavos.
No creo que en los viejos tiempos hubieran dejado ingresar a un negro o a un
hispano.
Los tiempos cambian.
Whistler habló aquella noche. La tarde antes, yo había hecho el
amor por primera vez con Mary Kathleen O’Looney. En nuestro joven espíritu,
esto se mezclaba en realidad, con la esperanza de oír e incluso hasta tocar a
un verdadero santo. ¿Qué mejor modo de presentarnos a él, o a cualquier otro
santo, supongo, que como Adán y Eva... oliendo intensamente a jugo de manzana?
Mary Kathleen y yo hicimos el amor en el apartamento de un
profesor agregado de antropología llamado Arthur von Strelitz. Estaba
especializado en los cazadores de cabezas de las islas Salomón. Hablaba su
idioma y respetaba sus tabús. Confiaban en él. Estaba soltero. Tenía la cama
deshecha. El apartamento estaba en la tercera planta de una casa de madera de
la calle Brattle.
Una nota al pie para la historia: No sólo la casa, sino el mismo
apartamento se utilizaría más tarde como lugar de filmación de una película muy
popular llamada Love Story. La estrenaron durante mi primera época con la
Administración Nixon. Mi mujer y yo fuimos a verla cuando la pusieron en Chevy
Chase. Era una historia falsa y artificiosa sobre un estudiante anglosajón rico
que se casaba con una estudiante italiana pobre, en total oposición a la
voluntad de su padre. La chica moría de cáncer. Ray Milland interpretaba
soberbiamente el papel de padre aristócrata. Era lo mejor de la película. Ruth
lloró durante toda la sesión. Nos sentamos en la última fila del cine por dos
razones: porque así yo podía fumar y porque no habría nadie detrás para
asombrarse de lo gorda que estaba Ruth. Pero yo no pude concentrarme de veras
en la historia porque conocía demasiado bien el apartamento donde se
desarrollaba. Estaba esperando que apareciesen en cualquier momento Arthur von
Strelitz o Mary Kathleen O’Looney o incluso yo mismo.
El mundo es un pañuelo.
Mary Kathleen y yo disponíamos del apartamento para el fin de
semana. Von Strelitz me había dejado la llave. Había ido a visitar a otros
amigos emigrados alemanes a Cabo Ann. Debía tener por entonces unos treinta
años. A mí me parecía viejo. Había nacido en Prusia, de familia aristócrata.
Estaba dando conferencias en Harvard cuando Hitler se convirtió en dictador de
Alemania en la primavera de Milnovecientos Treintaitrés. Se negó a volver.
Solicitó la ciudadanía norteamericana. Su padre, que nunca más volvió a
comunicarse con él de ningún modo, se pondría al mando de un cuerpo de las SS y
moriría de neumonía durante el asedio de Leningrado. Sé cómo murió su padre,
porque hubo testimonios respecto a él en los juicios por crímenes de guerra de
Nuremberg, donde yo me encargué del hospedaje.
Otra vez: el mundo es un pañuelo.
Su padre, actuando por orden escrita de Martin Bormann, a quien
se juzgó in absentia en Nuremberg, hizo ejecutar a todas las personas, civiles
y militares, que cayeron prisioneras durante el asedio. El propósito era
desmoralizar a los defensores de Leningrado. Leningrado, por otra parte, era
más joven que Nueva York. ¡Imaginaos! imaginaos una ciudad europea famosa,
llena de tesoros imperiales y digna de un asedio y sin embargo mucho más joven
que Nueva York.
Arthur von Strelitz nunca llegó a saber cómo murió su padre. A
él, por su parte, le llevarían a las islas Salomón en un bote de remo desde un
submarino norteamericano, como espía, cuando las islas aún estaban ocupadas por
los japoneses. No volvió a saberse nada de él.
Paz.
Recuerdo que le parecía muy urgente el que se definiesen lo
masculino y lo femenino. Estaba convencido de que si no se hacía estaríamos
condenados eternamente a que se definiesen según las necesidades de las
instituciones. Pensaba, sobre todo, en ejércitos y fábricas.
Es el único hombre que yo he conocido que usaba monóculo.
Ahora, Mary Kathleen O’Looney, de dieciocho años de edad, yace
en la cama del antropólogo. Acabamos de hacer el amor. Sería muy hermoso
pintarla ahora desnuda... cuerpecito rosado. Pero la verdad es que jamás la vi
desnuda. Era muy tímida. Nunca logré convencerla de que se desnudase del todo.
Yo, por mi parte, estaba de pie completamente desnudo junto a la
ventana, con mis partes íntimas justo por debajo del alféizar. Me sentía como
el gran dios Thor.
—¿Me quieres, Walter? —preguntó Mary Kathleen a mi espalda
desnuda.
Qué podía contestar yo sino esto:
—Claro que sí.
Alguien llamó a la puerta. Yo le había dicho a mi codirector en
el periódico, The Bay State Progressive, dónde me podía localizar en caso de
emergencia.
—¿Quién es? —dije.
Y entonces se oyó un sonido como de un pequeño motor de gasolina
al otro lado de la puerta. Era mi mentor Alexander Hamilton McCone que había
decidido venir a Cambridge sin avisar... para ver qué vida llevaba yo con su
dinero. Parecía un motor por el tartamudeo. Tartamudeaba por la Matanza de
Cuyahoga de Milochocientos Noventaicuatro. Intentaba decir su propio nombre.
18
Y es que, no sé por qué, pero se me había olvidado decirle que
me había hecho comunista. Y ahora lo había descubierto. Fue primero a mi
habitación de Adams House, donde le dijeron que estaba casi siempre en The
Progressive. Fue a The Progressive y allí había averiguado qué clase de
publicación era y que yo era su codirector. Y allí estaba a la puerta, con un
ejemplar bajo el brazo.
Permanecí tranquilo. Efecto mágico de haber vaciado mis
vesículas seminales tan recientemente.
Mary Kathleen, obedeciendo mis silenciosas señales, se ocultó en
el baño. Yo me eché encima un ropón que pertenecía a Von Strelitz, que lo había
traído de las islas Salomón. Parecía estar hecho de guijas, con guirnaldas de
plumas en el cuello y en los puños.
Así iba yo ataviado cuando abrí la puerta y le dije al buen
señor McCone, que por entonces tenía sesenta y pocos:
—Pase, pase.
Tan furioso estaba conmigo que lo único que pudo hacer fue
seguir produciendo aquellos ruidos de motor: «bup-bup-bup-bup...». Pero al
mismo tiempo hizo una grotesca pantomima de lo que le indignaba el periódico,
en cuya primera página aparecía la caricatura de un engreído capitalista
parecidísimo a él; de lo que le indignaba mi atavío; y la cama deshecha; y la
foto de Carlos Marx en la pared del apartamento de Von Strelitz.
Y se fue otra vez, con un portazo. ¡Había acabado conmigo!
Y así acabó al fin mí niñez. Me había convertido en un hombre.
Y como un hombre fui aquella noche, con Mary Kathleen del brazo,
a oír el discurso de Kenneth Whistler en el acto que se celebraba en favor de
mis camaradas de la Hermandad Internacional de los Obreros de Adhesivos y
Abrasivos.
¿Cómo podía sentirme tan sereno y tan tranquilo? El importe del
curso estaba ya pagado, así que me licenciaría. Estaba a punto de conseguir una
beca completa para Oxford. Tenía un guardarropa soberbio en buen estado. Había
estado ahorrando la mayor parte de mi asignación, así que tenía una pequeña
fortuna en el banco.
Y, si no tenía más remedio, siempre podía pedirle dinero
prestado a mi madre, que en gloria esté.
¡Qué joven tan audaz era yo!
¡Qué joven tan traidor! Porque sabía ya, sí, que iba a abandonar
a Mary Kathleen al acabar el curso. Le escribiría unas cuantas cartas de amor y
luego silencio. Ella era de clase demasiado baja.
Whistler apareció aquella noche con un vendaje grande por una
sien y el brazo derecho escayolado. Era licenciado por Harvard, tenedlo en
cuenta, y de una buena familia de Cincinatti; era de Ohio, como yo. Mary
Kathleen y yo supusimos que habían vuelto a pegarle las fuerzas del mal: la
policía o la Guardia Nacional o matones o dirigentes de sindicatos amarillos.
Yo tenía a Mary Kathleen cogida de la mano.
Nadie le había dicho nunca antes que la amaba.
Yo llevaba traje y corbata, y lo mismo la mayoría de los hombres
que había allí. Queríamos demostrar que éramos unos ciudadanos tan decentes y
sobrios como el que más. Kenneth Whistler podría haber sido un hombre de
negocios. Había tenido tiempo incluso para limpiarse los zapatos.
Se trataba de un símbolo importante de dignidad: los zapatos
brillantes.
Whistler empezó su discurso riéndose de sus vendas. «El Espíritu
del Setenta y Seis» —dijo.
Hubo muchas risas, aunque no se trataba de un momento feliz.
Todos los miembros del sindicato habían sido despedidos un mes antes por
ingresar en un sindicato. Fabricaban ruedas de afilar, y sólo había una empresa
en la zona que pudiese utilizar sus conocimientos. Esa empresa era la Johannsen
Grinder Company, y ésa era la empresa que les había despedido. Eran ceramistas
especializados, básicamente, que moldeaban materiales blandos y luego los
cocían en hornos especiales. Los padres o abuelos de la mayoría habían sido
auténticos ceramistas en Escandinavia, y les habían traído a este país a
aprender esta nueva especialidad.
El acto se celebró en un almacén vacío de Cambridge. Las sillas
plegables las había prestado una funeraria; muy propio. Mary Kathleen y yo
estábamos en primera fila.
Resultó que Whistler se había accidentado en un trabajo
rutinario en la mina. Dijo que había estado trabajando como «ladrón», quitando
los pilares de apoyo de carbón de un túnel donde se había agotado ya la veta. Y
le había caído algo encima.
Y, sin más preámbulos, pasó de hablar de tan peligroso trabajo
en tan sombrío lugar a evocar un baile en el Ritz de quince años atrás, en el
que habían cogido a un condiscípulo suyo de Harvard llamado Neals Johannsen
usando dados marcados en una partida en el lavabo de caballeros. Se trataba de
la misma persona que presidía ahora la Johannsen Grinder Company, que había
despedido a todos aquellos obreros. El abuelo de Johannsen había fundado la
empresa. Whistler dijo que a Johannsen le habían metido la cabeza en uno de los
wateres del Ritz y que todo el mundo esperaba que después de eso no volviese
nunca a utilizar dados marcados.
—Pero aquí le tenemos —dijo Whistler— utilizando otra vez dados
marcados.
Dijo que podía atribuirse a Harvard la responsabilidad de muchas
atrocidades, incluyendo las ejecuciones de Sacco y Vanzetti, pero que no era
responsable de haber fabricado a Neals Johannsen.
—Jamás asistió a una conferencia. Jamás escribió un artículo.
Nunca leyó un libro mientras estuvo allí —dijo—. Al final de su segundo curso,
le pidieron que se fuera.
»Oh, me da pena de él —añadió—. Nunca le comprendí. ¿De qué otro
modo pudo llegar a conseguir algo si no fue utilizando dados marcados? ¿Cómo ha
utilizado dados marcados con vosotros? Las leyes que dicen que puede despedir a
cualquiera que quiera defender los derechos básicos de los trabajadores: eso
son dados marcados. Los policías, que protegerán sus derechos de propiedad pero
que no protegen vuestros derechos humanos, eso son dados marcados.
Whistler preguntó a los despedidos cuánto sabía, en realidad,
Johannsen de ruedas de afilar o cuánto se preocupaba por ellas. ¡Qué táctica
inteligente! El mejor medio de congraciarse con la clase obrera en aquellos
tiempos, y de lograr que criticasen su sociedad con inteligencia de filósofo,
era llevarles a hablar de un tema del que estaban casi arrogantemente bien
informados: su trabajo.
Era algo digno de oírse. Trabajador tras trabajador atestiguaron
que el padre y el abuelo de Johannsen habían sido también unos grandes
cabrones, pero que por lo menos sabían dirigir una fábrica. Las materias
prunas, de la mejor calidad, llegaban a tiempo, en su día. Se cuidaba
adecuadamente la maquinaria; la calefacción y los retretes funcionaban, el
trabajo mal hecho se castigaba y el bien hecho se recompensaba, jamás llegaba
material deficiente al cliente, etcétera, etcétera.
Whistler les preguntó si alguno de ellos podría dirigir la
fábrica mejor de lo que lo hacía Neals Johannsen. Un hombre habló por todos
sobre este punto:
—Dios mío, claro que sí —dijo—. Cualquiera de los presentes.
Whistler le preguntó si creía que había derecho a que una
persona heredara una fábrica.
La meditada respuesta fue:
—No si tiene miedo de la fábrica y de los que hay en ella... no:
No señor.
Esta muestra de sabiduría inquisitiva aún me impresiona. Una
oración razonable que la gente podría rezar de vez en cuando podría ser, según
mí opinión, más o menos así: «Dios mío querido, jamás me pongas al cargo de un
ser humano asustado.»
Kenneth Whistler nos prometió que estaba cercano el día en que
los trabajadores tomarían sus fábricas y las dirigirían en beneficio de la
humanidad. Los beneficios que ahora se embolsaban los zánganos y los políticos
corruptos irían a los que trabajaban, y a los viejos y los enfermos y los
huérfanos. Todo el que pudiese trabajar trabajaría. Sólo habría una clase
social: la clase trabajadora. Todo el mundo haría turnos en el desempeño de los
trabajos más desagradables, de forma que un médico pasaría una semana al año
trabajando de barrendero. La producción de bienes de lujo se paralizaría hasta
que estuviesen satisfechas las necesidades básicas de todos los ciudadanos. Los
servicios sanitarios serían gratuitos. La comida, barata, nutritiva y
abundante. Mansiones, hoteles y edificios de oficinas se convertirían en
pequeños apartamentos, hasta que todo el mundo tuviese un hogar decente. Las
viviendas se asignarían por sorteo. No habría más guerras y acabarían
eliminándose las fronteras nacionales, dado que todos los habitantes del mundo
pertenecerían a la misma clase, con idénticos intereses: Los intereses de la
clase trabajadora.
Y así sucesivamente.
¡Qué gran orador era!
Mary Kathleen me susurró al oído:
—Tú serás exactamente igual que él, Walter.
—Lo intentaré —dije. No tenía la menor intención de intentarlo.
Lo que más embarazoso me resulta de esta autobiografía es, sin
duda, su cadena ininterrumpida de pruebas de que nunca fui un hombre serio. A
lo largo de los años, he tenido graves problemas pero todos se debieron a
causas accidentales, famas he arriesgado mi vida, ni siquiera mi comodidad, al
servicio del género humano. Caiga la vergüenza sobre mí.
Gente que había oído hablar antes a Kenneth Whistler, le pidió
que contase otra vez lo de cuando dirigía los piquetes frente a la prisión de
Charlestown cuando ejecutaron a Sacco y Vanzetti. Y me parece raro ahora tener
que explicar quiénes eran Sacco y Vanzetti. Hace poco, pregunté al joven Israel
Edel de la RAMJAC, antiguo encargado nocturno del Arapahoe, qué sabía de Sacco
y Vanzetti, y me explicó confidencialmente que eran ricos, inteligentes y
emocionantes asesinos de Chicago. Les confundía con Leopold y Loeb.
¿Por qué me resultaba esto inquietante? Cuando yo era joven,
suponía que la historia de Sacco y Vanzetti iba a repetirse con tanta
frecuencia y tan conmovedoramente que algún día llegaría a ser tan irresistible
como la historia de Jesucristo. ¿No tenían derecho las gentes modernas, si
querían maravillarse creadoramente en sus propios períodos vitales, a una
Pasión como la de Sacco y Vanzetti, que terminaba en una silla eléctrica?
En cuanto a los últimos días de Sacco y Vanzetti como una Pasión
moderna: Como en el Gólgota, el Estado ejecutó al mismo tiempo a tres hombres
de clase baja. Pero esta vez no era inocente sólo uno. Esta vez eran inocentes
dos.
El único culpable era un famoso asesino y ladrón, Celestino
Madeiros, convicto de otro delito. Cuando se acercaba el final, confesó los
asesinatos por los que habían condenado a Sacco y Vanzetti.
¿Por qué?
—Vi venir aquí a la mujer de Sacco con los chicos y me dio pena
de los chicos —dijo.
Imaginad esas líneas dichas por un buen actor en un Drama de la
Pasión moderno.
El primero en morir fue Madeiros. Las luces de la prisión se
oscurecieron dos veces.
Luego murió Sacco. Era el único padre de familia de los tres. El
actor que le representase tendría que proyectar a un hombre de gran
inteligencia que, dado que el inglés era su segunda lengua y, dado que no era
muy hábil con los idiomas, no podía lanzarse a decir nada complicado a los
testigos cuando le ataron a la silla eléctrica.
—Viva la anarquía —dijo—. Adiós a mi esposa, a mi hijo y a todos
mis amigos —dijo—. Buenas noches, caballeros. Adiós, madre —dijo. Era zapatero.
Las luces de la prisión se amortiguaron tres veces.
El último fue Vanzetti. Se sentó en la silla en la que habían
muerto Madeiros y Sacco antes de que nadie le indicase que era eso lo que se
esperaba que hiciese. Empezó a hablar a los testigos antes de que nadie le
dijera que tenía libertad para hacerlo. El inglés también era su segunda
lengua, pero Vanzetti era capaz de hacer con el inglés lo que quisiese.
Escuchad esto:
—Quiero deciros —dijo— que soy un hombre inocente. Nunca he
cometido un delito, aunque sí a veces algún pecado. Soy inocente de todo
delito... no sólo de éste, sino de todos. Soy un hombre inocente.
Cuando le detuvieron, era vendedor de pescado.
—Quiero perdonar a algunas personas por lo que ahora me están
haciendo —dijo. Las luces de la prisión se oscurecieron tres veces.
La historia una vez más:
Sacco y Vanzetti jamás mataron a nadie. Llegaron a Norteamérica
de Italia, sin conocerse, en Milnovecientos Ocho. Fue el mismo año en que
llegaron mis padres.
Papá tenía diecinueve años. Mamá veintiuno.
Sacco tenía diecisiete. Vanzetti veinte. Los patronos
norteamericanos de aquella época querían que el país se inundase de mano de
obra barata y fácil de intimidar para poder mantener bajos los salarios.
Vanzetti diría más tarde: «En la comisaría de inmigración, tuve
mi primera sorpresa. Vi que los funcionarios trataban a los pasajeros de
tercera como si fuesen animales. Ni una palabra de amabilidad, de aliento, para
aliviar la carga de lágrimas que tanto pesa sobre el recién llegado a las
costas de América.»
Papá y mamá solían contarme más o menos lo mismo. También a
ellos les hicieron sentirse unos imbéciles que se habían tomado grandes
trabajos para ir a entregarse voluntariamente al matadero.
A mis padres les reclutó de inmediato un agente de la Cuyahoga
Bridge and Iron Company de Cleveland. El señor McCone me explicó que tenía
instrucciones de contratar sólo a eslavos rubios, porque, según teoría de su
padre, los rubios tendrían el ingenio mecánico y la fortaleza de los alemanes,
pero templados por la pasividad de los eslavos. El agente tenía que seleccionar
obreros para la fábrica y también algunos domésticos presentables para las
diversas casas de McCone. Así fue como mis padres se integraron en la clase de
los sirvientes.
Sacco y Vanzetti no tuvieron tanta suerte. No había ningún
corredor de maquinaria humana que tuviese un pedido de características
parecidas a las suyas. «¿Adonde iba a ir yo? ¿Qué iba a hacer? —escribió
Vanzetti—. Allí estaba la tierra prometida. El ferrocarril elevado pasaba
traqueteando y no contestaba. Los automóviles y los tranvías pasaban rápidos
también sin prestarme atención.» Así que él y Sacco, aún sin conocerse y a fin
de no morir de hambre, tuvieron que empezar inmediatamente a mendigar en torpe inglés
cualquier tipo de trabajo por el salario que fuese... yendo de puerta en
puerta.
Pasó el tiempo.
Sacco, que había sido zapatero en Italia, fue al fin bien
acogido en una fábrica de zapatos de Mildford, Massachusetts, que, por azar del
destino, sería la población natal de la madre de Mary Kathleen O’Looney. Sacco
se consiguió una esposa y una casa con jardín. Tuvieron un hijo al que pusieron
Dante y una hija a la que llamaron Inez. Sacco trabajaba seis días por semana,
diez horas diarias. Encontraba tiempo también para hablar y dar dinero y
participar en manifestaciones por trabajadores en huelga, por mejores salarios
y tratamiento más humano en el trabajo y demás. En Milnovecientos Dieciséis,
fue detenido por estas actividades.
Vanzetti no tenía ningún oficio y, en consecuencia, fue de
trabajo en trabajo... trabajó en restaurantes, en una cantera, en una
siderurgia, en una fábrica de sogas. Era un lector fervoroso. Estudió a Marx, a
Darwin, a Hugo, a Gorki, a Tolstoi, a Zola y a Dante. Tenía todo esto en común
con los hombres de Harvard. En Milnovecientos Dieciséis dirigió una huelga
contra la fábrica de sogas, que era la Plymouth Cordage Company de Plymouth,
Massachusetts, ahora subsidiaria de la RAMJAC. Tras esto, le incluyeron en la
lista negra en muchos kilómetros a la redonda, y hubo de convertirse en
vendedor autónomo de pescado para sobrevivir.
Y fue en Milnovecientos Dieciséis cuando llegaron a conocerse
bien Sacco y Vanzetti. Se hizo evidente para ambos, pensando cada uno por su
cuenta, pero pensando siempre en la brutalidad de las prácticas mercantiles,
que los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial sólo eran simples
sectores adicionales de trabajo terriblemente peligroso, donde unos cuantos
hombres podían supervisar el derroche de millones de vidas con la esperanza de
ganar dinero. Era evidente para ellos que también Norteamérica se vería muy
pronto envuelta en el conflicto. No querían que les forzasen a trabajar en
aquellas fábricas de Europa, así que ambos se unieron al mismo grupito de
anarquistas italonorteamericanos que se fueron a México hasta que acabó la
guerra.
Los anarquistas son personas que creen con todo el corazón que
los gobiernos son enemigos de sus propios pueblos.
Y me sorprendo pensando, ahora incluso, que la historia de Sacco
y Vanzetti puede calar aún en los huesos de las futuras generaciones. Quizás
haga falta contarlo sólo algunas veces más. En ese caso, la fuga a México será
considerada por cada uno y todos como una expresión más de un tipo de sentido
común muy sagrado.
Lo cierto es que Sacco y Vanzetti volvieron a Massachusetts
después de la guerra, como amigos íntimos. Su tipo de sentido común, sagrado o
no, y basado en libros que los hombres de Harvard leen normalmente y sin
efectos negativos, siempre les había parecido despreciable a la mayoría de sus
vecinos. Esos mismos vecinos, y aquellos a quienes les gustaba guiar sus
destinos sin mucha oposición, decidid ron entonces aterrarse por ese sentido
común, sobre todo cuando lo poseían extranjeros.
El Departamento de Justicia elaboró listas secretas de
extranjeros que no mantenían ni mucho menos en secreto lo injustos e ilusos e
ignorantes y codiciosos que les parecían muchos de los dirigentes de la
supuesta «Tierra Prometida». En la lista figuraban Sacco y Vanzetti. Espías del
gobierno empezaron a seguirles.
También estaba en la lista un impresor llamado Andrea Salsedo,
que era amigo de Vanzetti. Le detuvieron agentes federales en Nueva York por
cargos no especificados, y le tuvieron incomunicado ocho semanas. El tres de
mayo de Milnovecientos Veinte, Salsedo se cayó, saltó o le empujaron, por la
ventana del piso catorce de un edificio dependiente del Departamento de
Justicia.
Sacco y Vanzetti organizaron un acto para pedir una
investigación de la detención y muerte de Salsedo. Estaba programado para el
nueve de mayo en Brockton, Massachusetts, pueblo natal de Kathleen O’Looney.
Mary Kathleen tenía entonces seis años. Yo tenía siete.
Sacco y Vanzetti fueron detenidos por actividades
revolucionarias peligrosas antes de que pudiera celebrarse el acto programado.
Su delito era la posesión de octavillas convocando al acto. La pena podía ser
de multa hasta un máximo de un año de cárcel.
Pero luego, de pronto se les acusó también de dos asesinatos sin
resolver. Un mes antes, en South Braintree, Massachusetts, en el robo de la
nómina de una empresa, habían resultado muertos dos guardias. La pena por esto,
lógicamente, sería algo más dura: dos muertes indoloras en la misma silla
eléctrica.
19
Y por si acaso, a Vanzetti se le acusó también de una tentativa
de robo de nómina en Bridgewater, Massachusetts. Fue juzgado y declarado
convicto. Y así fue como de vendedor de pescado se transformó, como por
encanto, en criminal conocido antes de que Sacco y él fuesen juzgados por
asesinato.
¿Era culpable Vanzetti de este delito menor? Puede que sí, pero
no importaba mucho. ¿Quién dijo que no importaba mucho? El juez que juzgó el
caso dijo que no importaba mucho. Este juez era Webster Thayer, licenciado del
Darmouth College y descendiente de varias familias ilustres de Nueva
Inglaterra. Explicó al jurado: «Este hombre, aunque pueda no haber cometido
realmente el crimen que se le imputa, es culpable sin duda desde un punto de
vista moral, porque es enemigo de las instituciones vigentes.»
Palabra de honor: esto lo dijo un juez en un tribunal
norteamericano. Saqué la cita de un libro que tengo: Labor’s Uníold Story, de
Richard O. Boyer y Herbert M. Morais (United Front, San Francisco, 1955).
Y luego, este mismo juez Thayer consiguió juzgar a Sacco y al
conocido delincuente Vanzetti por asesinato. Fueron declarados culpables
aproximadamente un año después dé su detención: en julio de Milnovecientos
Veintiuno, cuando yo tenía ocho años.
Fueron finalmente electrocutados cuando yo tenía quince años. Y
si oí comentarios sobre el asunto a alguien de Cleveland, ya lo he olvidado.
El otro día, hablé con un recadero en el ascensor del edificio
de la RAMJAC. Era más o menos de mi edad. Le pregunté si se acordaba de la
ejecución, cuando él era niño. Dijo que sí, que recordaba haber oído decir a su
padre que estaba harto y cansado de que la gente se pasase el día hablando de
Sacco y Vanzetti y que se alegraba de que el asunto hubiese acabado de una vez.
Le pregunté qué oficio tenía su padre.
—Director de banco en Montpelier, Vermont —dijo. Era un viejo
que llevaba un gabán del Ejército de los Estados Unidos, suministro de guerra.
Al Capone, el famoso gángster de Chicago, opinaba que Sacco y
Vanzetti merecían haber sido ejecutados. Él también creía que eran enemigos del
modo de pensar norteamericano sobre Norteamérica. Estaba ofendido de lo
ingratos que eran con Norteamérica aquellos inmigrantes italianos, como él.
Capone dijo, según Labor’s Untold Story: «El bolchevismo está
llamando a nuestra puerta... Debemos mantener apartado al trabajador de la
literatura roja y de los rusos rojos.»
Esto me recuerda una historia que escribió el doctor Robert
Fender, mi amigo de la prisión. Era un relato sobre un planeta en el que el
peor crimen era la ingratitud. Había muchas ejecuciones por ingratitud.
Ejecutaban a la gente como solían ejecutarla en Checoslovaquia: les
defenestraban. Les arrojaban de ventanas muy altas.
Al héroe del relato de Fender al final le tiraban por una
ventana por ingratitud. Sus últimas palabras cuando salió volando de la ventana
de un piso treinta, fueron éstas: «¡Un millón de graaaaaacias!»
Pero antes de que Sacco y Vanzetti pudiesen ser ejecutados por
ingratitud al estilo Massachusetts, surgió en todo el mundo un gran movimiento
de protesta. El vendedor de pescado y el zapatero se habían convertido en
celebridades mundiales.
—Jamás en toda nuestra vida —dijo Vanzetti— pudimos imaginar que
íbamos a poder hacer una labor en pro de la tolerancia, la justicia, la
comprensión entre todos los hombres, como la que hacemos ahora por puro
accidente.
Si esto se representase en un Drama de la Pasión moderno, los
actores que interpretasen a las autoridades, el Poncio Pilatos, aún tendrían
que expresar burla y menosprecio por las opiniones de la chusma. Pero estarían
más a favor que en contra de la pena de muerte esta vez.
Y nunca se lavarían las manos.
De hecho, se sentían tan orgullosos de lo que estaban a punto de
hacer que pidieron que un comité compuesto de tres de los hombres más sabios,
más respetados, más equilibrados e imparciales dentro de las fronteras del
estado, dijesen al mundo si iba a hacerse justicia o no.
Ésta fue la única parte de la historia de Sacco y Vanzetti que
decidió contar Kenneth Whistler... aquella noche, hace ya tanto tiempo, en que
Mary Kathleen y yo estábamos cogidos de la mano mientras él hablaba.
Se explayó burlonamente sobre las relumbrantes credenciales de
los tres sabios.
Uno era Robert Grant, un juez retirado, que sabía lo que eran
las leyes y cómo debían aplicarse. Presidía el entonces director de Harvard,
que seguía siéndolo cuando yo ingresé allí. Imaginaos. Era A. Lawrence Lowell.
El otro, que según Whistler «...por lo menos sabía mucho de electricidad», era
Samuel W. Stratton, director del Instituto de Tecnología de Massachusetts.
Durante sus deliberaciones, recibieron miles de telegramas,
algunos a favor de las ejecuciones, pero la mayoría en contra. Enviaron
telegramas, entre otros, Romain Rolland, George Bernard Shaw, Albert Einstein,
]ohn Galsworthy, Sinclair Lewis y H. Wells.
El triunvirato declaró, al fin, que para ellos era evidente que
si se electrocutaba a Sacco y Vanzetti se haría justicia.
He ahí la sabiduría de los seres humanos, hasta de los más
sabios.
Y me veo ahora obligado a preguntarme si ha existido alguna vez,
o puede existir, la sabiduría. ¿Será tan imposible la sabiduría en este
universo concreto como lo es la máquina de movimiento continuo? ¿Quién era el
hombre más sabio de la Biblia, en teoría... más sabio incluso, podemos suponer,
que el director de Harvard? El rey Salomón, por supuesto. Dos mujeres que
reclamaban el mismo hijo se presentaron ante Salomón, pidiéndole que aplicase
su legendaria sabiduría a su caso. Él propuso cortar al niño en dos.
Y los hombres más sabios de Massachusetts dijeron que Sacco y
Vanzetti debían morir.
Cuando se comunicó su decisión, mi héroe Kenneth Whistler estaba
al mando de los piquetes que había ante la sede del gobierno de Massachusetts,
en Boston, por cuenta propia. Llovía.
—La naturaleza parecía sumarse a los acontecimientos —dijo,
mirándonos directamente a Mary Kathleen y a mí, que estábamos en la primera
fila. Se echó a reír.
Mary Kathleen y yo no nos reímos con él. Ni nadie más. Su risa
era una risa estremecedora, se reía de lo poco que suele preocuparse la
naturaleza por lo que los seres humanos creen que pasa.
Y Whistler siguió con sus piquetes frente al edificio del
gobierno durante otros diez días... hasta la misma noche de la ejecución.
Entonces, condujo los piquetes por las tortuosas calles y cruzó con ellos el
puente hasta Charlestown, donde estaba la prisión. Formaban parte de estos
piquetes, entre otros, Edna St. Vincent Millay, John Dos Passos y Haywood
Broun.
La Guardia Nacional y la policía les estaban esperando. Había
ametralladoras en los muros, con los cañones apuntando al populacho, hacia el
pueblo que quería que Poncio Pilatos fuese misericordioso.
Y Kenneth Whistler llevaba consigo un gran paquete. Era una
enorme pancarta larga y estrecha, enrollada y atada. La había hecho hacer
aquella misma mañana.
Las luces de la prisión empezaron a oscurecerse.
Cuando se hubieron oscurecido nueve veces, Whistler y un amigo
se dirigieron a toda prisa al lugar donde debían exponerse los cadáveres de
Sacco y Vanzetti. Al Estado ya no le interesaban para nada los cadáveres.
Pasaban de nuevo a ser propiedad de amigos y parientes.
Whistler nos explicó que en la sala principal del local se
habían instalado dos pares de caballetes, sobre los que se pensaban colocar los
ataúdes. Entonces, Whistler y su amigo desenrollaron la pancarta y la clavaron
en la pared encima de los caballetes.
En la pancarta estaban escritas las palabras que Webster Thayer,
el hombre que había condenado a muerte a Sacco y a Vanzetti le había dicho a un
amigo, poco después de haber dictado la sentencia:
¿VISTE LO QUE LES HICE A ESOS CABRONES ANARQUISTAS EL OTRO DÍA?
20
Sacco y Vanzetti no perdieron nunca su dignidad... nunca se
desmoronaron. Walter F. Starbuck sí lo hizo al fin.
Cuando me detuvieron en la sala de exposiciones de la American
Harp Company, parecí aguantar muy bien en principio. Cuando el viejo Delmar
Peale les enseñó a los dos policías la circular sobre las piezas de clarinete
robadas, cuando explicó por qué tenían que detenerme, yo incluso sonreí. Tenía
la coartada perfecta, en realidad: había pasado los dos últimos años en la
cárcel.
Pero cuando se lo dije, no se tranquilizaron tanto como había
pensado yo. Decidieron que quizás fuera más peligroso de lo que habían creído
en principio.
Cuando llegué, en la comisaría de policía había un lío tremendo.
Los periodistas y los de la televisión intentaban hablar con los jóvenes que se
habían amotinado en los jardines de las Naciones Unidas, y que habían tirado al
río East al ministro de Economía de Sri Lanka. Todavía no habían encontrado al
srilankano, así que se daba por supuesto que acusarían de asesinato a los
detenidos.
En realidad, al srilankano le rescataría una lancha de la
policía unas dos horas después. Le encontraron aferrado a una boya de campana
cerca de la Isla del Gobernador. Los periódicos del día siguiente describirían
su estado como «incoherente». Lo creo.
No había nadie para interrogarme de inmediato. Tendría que pasar
un rato encerrado. La comisaría estaba tan atestada que no había siquiera una
celda normal para mí. Me dieron una silla en un pasillo fuera de las celdas.
Fue allí donde me insultaron los detenidos desde detrás de las rejas,
imaginando que nada en el mundo desearía yo tanto como hacerles el amor.
Por fin me llevaron a una cela acolchada del sótano. Estaba
destinada a albergar a maníacos hasta que llegaba una ambulancia a buscarles.
No tenía retrete, porque un maníaco podría intentar abrirse la cabeza contra el
borde del inodoro. No había tampoco catre ni silla. Tendría que sentarme o
tumbarme en el suelo acolchado. Y, curiosamente, el único objeto que había era
un trofeo de bolos grande, que alguien se había dejado. Llegué a conocerlo muy
bien.
Así pues, estaba de nuevo en un sótano tranquilo.
Y, tal como me había sucedido cuando era asesor especial del
presidente para asuntos de la juventud, se olvidaron de mí.
Me dejaron allí involuntariamente desde el mediodía hasta las
ocho de la noche, sin comida ni agua, ni water, ni el más ligero sonido del
exterior... en el que tendría que haber sido mi primer día de libertad. Así
empezó a ponerse a prueba mi carácter, prueba que fui incapaz de superar.
Pensaba en Mary Kathleen y en lo que había ocurrido. Aún no
sabía que ella era la señora de Jack Graham, pero me había dicho otra cosa muy
interesante sobre sí misma: cuando me fui de Harvard, cuando dejé de contestar
a sus cartas e incluso de pensar en ella, se fue en auto-stop a Kentucky, donde
Kenneth Whistler aún trabajaba de minero y de dirigente sindical. Llegó al
atardecer a la choza en la que Kenneth vivía solo. La choza estaba abierta,
pues no había nada en el interior que mereciese la pena robar. Whistler aún
estaba trabajando. Mary Kathleen había llevado comida consigo. Cuando Whistler
llegó a casa, de su chimenea salía humo. Dentro había comida caliente
esperándole.
Así fue cómo se estableció Mary en la zona minera. Y así fue
cómo un día en que Kenneth Whistler se puso violento por la noche a causa del
alcohol, Mary salió corriendo a la calle iluminada por la luna de un mísero
pueblo minero de barracas y fue a dar en los brazos de un joven ingeniero de
minas, que era, por supuesto, Jack Graham.
Y luego me entregué a un relato de mi amigo de la cárcel, el
doctor Robert Fender, que lo había publicado con el seudónimo de «Kilgore
Trout». Se titulaba «Dormido en el cambio de vía». Trataba de un inmenso centro
de recepción que había a las puertas del cielo, lleno de computadoras y
atendido por individuos que en la Tierra habían sido interventores públicos o
asesores de inversiones o ejecutivos.
No podías entrar en el cielo hasta haber pasado por una revisión
completa de lo bien que habías aprovechado las oportunidades financieras que
Dios, por mediación de sus ángeles, te había ofrendado en la Tierra.
Y durante todo el día y en todos los cubículos, podías oír a los
especialistas diciendo con tono hastiado a la gente que había desperdiciado una
oportunidad tras otra: «Y otra vez estaba dormido en el momento del cambio de
vía.»
¿Cuánto tiempo había pasado yo en solitario, por entonces? Haré
un cálculo: cinco minutos.
«Dormido en el cambio de vía» era un relato bastante sacrilego.
El héroe era el espectro de Albert Einstein. Éste, estaba tan poco interesado
por las riquezas que apenas oía lo que tenía que decirle su auditor. Era una
especie de disparate sobre cómo Einstein podría haberse hecho multimillonario
si hubiese puesto una segunda hipoteca sobre su casa de Berna, Suiza, en
Milnovecientos Cinco y hubiese invertido dinero en depósitos de uranio antes de
decirle al mundo que E=mc.2
«Pero usted estaba... otra vez dormido en el cambio de vía»,
decía el auditor.
«Sí —decía cortésmente Einstein—, al parecer es una actitud muy
característica.»
«Ya ve usted —decía el auditor— que la vida en realidad fue
justa. Tuvo usted un número notable de oportunidades, las aprovechase o no.»
«Sí, ahora me doy cuenta», decía Einstein.
«¿Le importaría a usted repetir eso?», decía el auditor.
«¿Repetir el qué?», decía Einstein.
«Que la vida fue justa.»
«La vida fue justa», decía Einstein.
«Si no lo cree usted realmente —decía el auditor—, tengo muchos
otros ejemplos que puedo mostrarle. Refiriéndonos, por ejemplo, a la energía
atómica: Si usted hubiese cogido simplemente el dinero que depositó en el banco
como ahorro cuando estaba en el Instituto de Estudios Superiores de Princeton,
y lo hubiese invertido, a partir de Milnovecientos Cincuenta, digamos, en IBM,
Polaroid y Xerox... aunque le quedasen sólo cinco años más de vida...»
Y el auditor alzaba la vista entonces sugerentemente, invitando
a Einstein a demostrar lo listo que podía ser.
«¿Me habría hecho rico?», decía Einstein.
«Habría gozado de una posición “desahogada”, digamos —decía
pulcramente el auditor—. Pero estaba usted... otra vez» y de nuevo enarcaba las
cejas.
«¿Dormido en el cambio de vías?», preguntaba Einstein
esperanzado.
El auditor se ponía de pie y extendía la mano, que Einstein
aceptaba sin entusiasmo.
«Así que ya ve, doctor Einstein —decía—, que no podemos echarle
a Dios la culpa de todo.»
Luego hacía pasar a Einstein por las puertas del cielo,
diciéndole: «Encantados de tenerle a bordo.»
Y así entró Einstein en el cielo, con su amado violín. No volvió
a pensar más en el auditor. Era un veterano de innumerables cruces de frontera
por entonces. Siempre le habían hecho preguntas absurdas, le habían obligado a
hacer hueras promesas y a firmar documentos intrascendentes.
Pero una vez dentro del cielo, Einstein se encontró con que
había muchas almas sumamente afectadas por lo que les había dicho el auditor.
Una pareja, marido y mujer que se habían suicidado después de perderlo todo en
una granja avícola de New Hampshire, se habían enterado por el auditor de que
estaban viviendo encima del mayor yacimiento de níquel del mundo.
Un chaval de catorce años de Harlem, que había resultado muerto
en una pelea de bandas callejeras, se enteró de que había un anillo de
diamantes de dos kilates desde hacía varias semanas en el fondo de un sumidero
por el que pasaba todos los días. No tenía taras y su robo no había sido
denunciado. Si lo hubiese vendido sólo por una décima parte de su valor,
cuatrocientos dólares, digamos, según el auditor, y hubiese invertido en
artículos de consumo, sobre todo en cacao en aquel momento, podría haberse trasladado
con su madre y sus hermanas a un condominio de Park Avenue y haber ido luego él
a Andover y luego a Harvard. Harvard otra vez.
Todos los relatos que oyó Einstein sobre los auditores se los
contaron norteamericanos. Y es que había decidido establecerse en la parte
norteamericana del cielo. Como era judío, los europeos le producían,
lógicamente, sentimientos contradictorios. Pero no eran sólo los
norteamericanos los que pasaban por los auditores. Tenían que pasar por lo
mismo los paquistaníes y los pigmeos de Filipinas y hasta los comunistas.
Era muy propio de Einstein el que se ofendiese antes por los
cálculos matemáticos de aquel sistema con el que los auditores querían
conseguir que todos estuviesen agradecidos. Einstein calculaba que si todos los
habitantes de la Tierra hubiesen aprovechado al máximo todas sus oportunidades,
y se hubiesen hecho millonarios y luego multimillonarios, etcétera, la riqueza
dineraria del pequeño planeta habría sido superior al valor de todos los
minerales del universo en cosa de unos tres meses. Además, no quedaría nadie
para hacer trabajo útil.
Así que mandó una nota a Dios. En ella, daba por supuesto que
Dios no tenía ni idea de las tonterías que decían sus auditores. Acusaba a
éstos, más que a Dios, de engañar cruelmente a los recién llegados respecto a
las oportunidades que habían tenido en la Tierra. No entendía bien los motivos
de los auditores. Pero pensaba que muy bien podrían ser sádicos.
El relato terminaba bruscamente. Einstein no conseguía ver a
Dios. Pero Dios le mandaba un arcángel loco de remate. El arcángel le decía que
si seguía intentando que las almas perdiesen el respeto a los auditores, le
quitaría el violín para toda la eternidad.
Así que Einstein nunca volvió a hablar con nadie de los
auditores. Aquel violín significaba mucho para él.
El relato era, sin duda, una severa crítica de Dios, pues
indicaba que era capaz de utilizar un subterfugio barato como los auditores
para que no se le echase la culpa de la dureza de la situación económica de
aquí abajo.
Dejé la mente en blanco.
Y entonces, empecé a cantar otra vez lo de Sally en el jardín.
Entretanto, Mary Kathleen O’Looney, ejercitando sus poderes
cósmicos como señora de Jack Graham, había telefoneado a Arpad Leen, el jefe
supremo de la RAMJAC. Le ordenó que descubriese qué había hecho la policía
conmigo y que mandase al mejor abogado de Nueva York a sacarme de allí, costase
lo que costase.
Después de eso, tenía que nombrarme vicepresidente de la RAMJAC.
Y ya que mencionaba eso, añadió, tenía una lista de otras buenas personas a
quienes había que localizar y nombrar vicepresidentes. Eran las personas de
quienes yo le había hablado... los desconocidos que habían sido tan buenos
conmigo.
Le ordenó también que le dijese a Doris Kramm, la anciana
secretaria de la American Harp Company, que ella no tenía por qué retirarse,
por muy vieja que fuese.
Sí, y yo allí en mi celda acolchada, me contaba entretanto un
chiste que había leído en The Harvard Lampoon cuando estudiaba primero. Me
asombró entonces por lo sucio que me pareció. Cuando me nombraron asesor
especial del presidente para asuntos de la juventud y tuve que leer de nuevo
humor universitario, descubrí que el chiste se publicaba todavía varias veces
al año... inalterable. El chiste era éste:
ELLA: ¿Cómo te atreves a besarme así?
Él: Sólo quería saber quién se había comido todos los
macarrones.
En fin, me reí mucho con eso allí en solitario. Pero luego
empecé a hundirme. No podía parar de decirme: «Macarrones, macarrones...»
Y las cosas se pusieron aún peor luego. Empecé a llorar. Empecé
a darme cabezazos contra las paredes. Vi un montón de mierda en un rincón. Cogí
el trofeo de bolos y lo puse encima de la mierda.
Recité a gritos un poema que había aprendido en la escuela
primaria:
¡Da igual que yo me muera,
me muera, me muera!
¡Quiero que corra el jugo,
el jugo, el jugo!
Quizás hasta me masturbase. ¿Por qué no? Nosotros los viejos
tenemos una vida sexual mucho más rica de lo que se imaginan la mayoría de los
jóvenes.
Luego me desmayé.
A las siete en punto de aquella noche entró en la comisaría de
policía de arriba el mejor abogado de Nueva York. Había conseguido rastrearme
hasta allí. Era un hombre famoso, conocido por su extremada ferocidad y su
seriedad acusando o defendiendo a quien fuera. Los policías se quedaron
sobrecogidos al ver aparecer a una celebridad tan temida. Exigió que le
explicaran dónde estaba yo.
Nadie lo sabía. En ningún sitio había constancia de que me
hubiesen puesto en libertad o me hubieran trasladado a otra parte. Mi abogado
sabía que yo no había ido a casa porque ya había preguntado allí por mí. Mary
Kathleen le había dicho a Arpad Leen que yo vivía en el Arapahoe y Leen se lo
había dicho al abogado.
Ni siquiera pudieron averiguar por qué me habían detenido.
Así que comprobaron en todas las celdas. Yo no estaba en
ninguna, claro. Los que me habían llevado a la comisaría y el hombre que me
había encerrado habían terminado el servicio y se habían ido. No pudieron
localizar en casa a ninguno.
Y entonces el agente, que estaba intentado aplacar a mi abogado,
se acercó a la celda de abajo y decidió echar un vistazo por si acaso.
Cuando giró la llave en la cerradura, yo estaba tumbado
bocaabajo como perro en perrera, mirando hacia la puerta. Mis pies descalzos se
extendían hacia el trofeo de bolos y la mierda. Me había quitado los zapatos,
no sé por qué.
Cuando el agente abrió la puerta, quedó sobrecogido al verme,
percibiendo que debía llevar mucho tiempo allí encerrado. La ciudad de Nueva
York había cometido involuntariamente un grave delito contra mí.
—¿Señor Starbuck? —preguntó anhelante.
No contesté. Me incorporé. No me preocupaba ya dónde pudiera
estar ni lo que pudiera pasar después. Era como un pez enganchado que no puede
luchar más. Hubiera lo que hubiera al otro extremo del sedal, mejor que me
arrastraran.
Cuando el agente dijo «aquí está su abogado», no protesté ni
siquiera para mis adentros, diciendo que nadie sabía que yo estuviese en la
cárcel, que no tenía abogados, ni amigos ni nada. Pero bueno: mi abogado estaba
allí.
Y entonces, se presentó el propio abogado. Si hubiese aparecido
un unicornio, no me habría sorprendido en absoluto. En realidad, era casi igual
de fantástico. Aquel hombre había sido a los veintiséis años consejero jefe del
Comité de Investigación Permanente del Senado, del que era presidente el
senador Joseph R. McCarthy, el más espectacular cazador de norteamericanos
desleales desde la Segunda Guerra Mundial.
Tenía ya cerca de cincuenta años, pero aún seguía siendo serio y
nerviosamente perspicaz. Durante la era McCarthy, que vino después de que
Leland Clewes y yo hiciésemos el ridículo que hicimos, yo había odiado y temido
a aquel hombre. Y ahora estaba de mi parte.
—¿Señor Starbuck? —dijo—. Estoy aquí para defenderle, si usted
lo desea. Me ha contratado la RAMJAC Corporation. Me llamo Roy M. Cohn.
¡Aquel hombre era milagroso!
Antes de lo que se tarda en decir «habeas corpus!» ya estaba yo
fuera de la comisaría y dentro de una limusina que me esperaba.
Cohn me acompañó a la limusina, pero no entró. Me deseó buena
suerte sin darme la mano y desapareció. No me tocó en ningún momento, ni mostró
el menor indicio de que supiese que yo, también, había jugado un papel muy
público en la historia norteamericana en tiempos anteriores.
Así pues, estaba otra vez en la limusina. ¿Por qué no? En un
sueño todo es posible. ¿No acababa de sacarme de la cárcel Roy M. Cohn, no me
había dejado los zapatos en la celda? Así que, ¿por qué no habría de seguir el
sueño... y que Leland Clewes, Israel Edel, el encargado nocturno del Arapahoe,
estuviesen sentados allí en la parte trasera de la limusina dejando un espacio
para que me sentase yo? Así era.
Me saludaron con un gesto inquieto. También ellos tenían la
sensación de que últimamente la vida tenía muy poco sentido.
Lo que pasaba era, claro, que la limusina estaba recorriendo
Manhattan como un autobús escolar para recoger a individuos a los que,
siguiendo órdenes de Mary Kathleen, Arpad Leen debía nombrar vicepresidentes de
la RAMJAC. Aquella limusina era el coche particular de Leen. Era lo que luego
me he enterado que se llama una limusina «ancha». La American Harp Company
podría haber utilizado la parte trasera como sala de exposición.
A Clewes y a Edel y a la siguiente persona a la que teníamos que
recoger les había telefoneado personalmente Leen... después de que uno de sus
ayudantes hubiera descubierto más datos sobre quiénes eran y dónde estaban. A
Leland Clewes le habían localizado por la guía de teléfonos. A Edel le habían
encontrado en la mesa de recepción del Arapahoe. Uno de los ayudantes había ido
a la cafetería del Royalton a preguntar cómo se llamaba un individuo que
trabajaba allí y que tenía la mano frita.
Se habían hecho llamadas también a Georgia: una a la oficina
regional de la RAMJAC, preguntando si un chófer llamado Cleveland Lawes
trabajaba para ellos, y otra al Correccional de Seguridad Mínima para Adultos,
de la base de las Fuerzas Aéreas de Finletter, preguntando si había allí un
guardián llamado Clyde Carter y un recluso llamado doctor Robert Fender.
Clewes me preguntó si entendía lo que estaba pasando.
—No —dije—. Esto sólo es el sueño de un presidiario. ¿Por qué va
a tener sentido?
Clewes me preguntó qué había sido de mis zapatos.
—Los dejé en la celda acolchada —dije.
—¿Estabas en una celda acolchada? —dijo.
—Es muy agradable —dije—. No puedes hacerte daño.
Entonces, un hombre que iba en el asiento delantero junto al
chófer se volvió y nos miró. Yo le conocía, también. Era uno de los abogados
que acompañaron a Virgil Greathouse a la cárcel el día antes por la mañana.
También era abogado de Arpad Leen. Le preocupaba el que hubiera perdido mis
zapatos. Dijo que volveríamos a la comisaría a buscarlos.
—¡Ni hablar! —dije yo—. Ya habrán descubierto que tiré el trofeo
de bolos en la mierda, y volverán a detenerme. Edel y Clewes se apartaron un
poco de mí al oír esto.
—Esto tiene que ser un sueño —dijo Clewes.
—Ponte cómodo —dije—. Eres mi huésped. Cuantos seamos, mejor lo
pasaremos.
—Caballeros, caballeros... —dijo jovialmente el abogado—. No se
preocupen tanto, por favor. Van a ofrecerles la gran oportunidad de su vida.
—¿Cuándo demonios pudo verme esa mujer? —dijo Edel—. ¿Qué cosa
maravillosa pudo verme hacer?
—Puede que nunca lo sepamos —dijo el abogado—. Ella casi nunca
explica lo que hace, y es especialista en disfraces. Podría ser cualquiera.
—Quizás fuera aquel macarra negro grande que entró después de
usted anoche —me dijo Edel—. Fui muy amable con él. Medía más de dos metros.
—Pues yo no le vi —dije.
—Tuvo suerte —dijo Edel.
—¿Os conocéis? —dijo Clewes.
—¡Desde la niñez! —dije.
Estaba decidido a acabar con aquel sueño de una vez, negándome
en redondo a tomarlo en serio. Estaba convencido de que volvería a mi cama del
Arapahoe o al catre de la prisión. Me daba igual una cosa que otra.
Quizás pudiera incluso despertar en el dormitorio de mi
chalecito de Chevy Chase, Maryland, y mi esposa estar aún viva.
—Puedo asegurarle que no era el macarra alto —dijo el abogado—.
De una cosa podemos estar seguros: tenga el aspecto que tenga, no puede ser
alta.
—¿Quién no puede ser alta? —pregunté.
—La señora de Jack Graham —dijo el abogado.
—Lamento haberlo preguntado —dije.
También usted debe haberle hecho algún tipo de favor —me dijo el
abogado—. O debe haber hecho algo que ella vio y consideró admirable.
—Mi experiencia como boy scout —dije.
Por fin paramos delante de un maltrecho edificio de apartamentos
del Upper West Side. De allí salió Frank Ubriaco, el dueño de la cafetería. Iba
vestido para el sueño con un traje de terciopelo azul claro y botas vaqueras
verdiblancas con tacones altos, muy altos. Llevaba la mano frita elegantemente
enfundada en un guante blanco de cabritilla. Clewes le colocó un asiento
plegable para que se sentara.
Le saludé.
—¿Quién es usted? —dijo.
—Me sirvió usted el desayuno esta mañana —dije.
—Serví desayunos a todo el mundo esta mañana —dijo él.
—¿También le conoces? —dijo Clewes.
—Éste es mi pueblo —dije.
Luego, me dirigí al abogado, más convencido que nunca de que
aquello era un sueño y le dije:
—Bueno, ahora hemos de recoger a mi madre. Repitió mis palabras,
inseguro:
—¿A su madre?
—Claro. ¿Por qué no? Es la única que falta —dije.
Quiso colaborar.
—El señor Leen no dijo nada concreto de que no trajesen ustedes
a nadie más. ¿Le gustaría a usted llevar también a su madre?
—Muchísimo —dije.
—¿Y dónde está? —dijo él.
—En un cementerio de Cleveland —dije—. Pero eso a usted no
tendría por qué frenarle.
A partir de esto, eludió las conversaciones directas conmigo.
Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, Ubriaco preguntó a los
del asiento de atrás quiénes éramos.
Clewes y Edel se presentaron. Yo no quise hacerlo.
—Todos son personas que llamaron la atención de la señora Graham
—dijo el abogado—. Lo mismo que usted.
—¿La conocen ustedes, muchachos? —nos preguntó Ubriaco a Clewes,
a Edel y a mí.
Los tres nos encogimos de hombros.
—Dios mío —dijo Ubriaco—. Ojalá sea un trabajo muy bueno ese que
tienen que ofrecernos. Porque a mí me gusta lo que hago.
—Ya verá usted, ya —dijo el abogado.
—He dejado de asistir a una cita por este asunto —dijo Ubriaco.
—Sí... y también el señor Leen dejó de asistir a una cita por
ustedes —dijo el abogado—. Precisamente esta noche su hija celebra en el
Waldorf su baile de presentación en sociedad, y él no podrá asistir. Tendrá que
estar hablando con ustedes, caballeros.
—Qué disparate —dijo Ubriaco. Ningún otro tenía nada que decir.
Cuando cruzábamos Central Park hacia el East Side, Ubriaco habló otra vez:
—Qué baile de presentación ni qué mierda —dijo. Clewes me dijo:
—Tú eres el único que conoce a todos los demás. De alguna forma,
estás en el centro de todo esto.
—Pues claro, hombre —dije—. El sueño es mío.
Y, sin más conversación, nos dejaron en casa de Arpad Leen. El
abogado nos dijo que nos quitáramos los zapatos en el vestíbulo. Yo, claro, iba
en calcetines.
Ubriaco preguntó si Leen era japonés, pues los japoneses suelen
andar descalzos por casa.
El abogado le aseguró que Leen era blanco, pero le dijo que se
había criado en las islas Fiji, donde sus padres tenían un comercio. Yo me
enteré más tarde de que el padre de Leen era un judío húngaro y su madre una
chipriota griega y se conocieron cuando ambos trabajaban en un crucero sueco, a
finales de los años veinte. Dejaron el barco en Fiji y pusieron un comercio.
En cuanto a Leen, me pareció un indio de la pradera idealizado.
Podría haber sido un astro del cine. Y salió al vestíbulo con una bata de seda
a rayas, calcetines negros y ligas. Aún esperaba poder ir al baile de su hija.
Antes de presentarse, tuvo que comunicarle al abogado una
noticia increíble.
—¿Sabes por qué está en la cárcel ese hijo de puta? —dijo—. ¡Por
traición! ¿Cómo vas a poder sacar de la cárcel a un tipo que ha cometido
traición! ¡Cómo vas a darle aunque sea un trabajo de mierda sin que todos los
patriotas del país se subleven?
El abogado no sabía cómo.
—Bueno —dijo Leen—. Al diablo. Localízame otra vez a Roy Cohn.
¡Ojalá pudiera verme otra vez en Nashville!
Este último comentario aludía a que Leen había sido el principal
editor de música country de Nashville, Tennessee, antes de que la RAMJAC se
tragase su pequeño imperio. Su antigua empresa era, en realidad, el núcleo de
la sección Down Home Record de la RAMJAC.
Por fin, nos miró detenidamente e hizo un gesto de asombro.
Éramos una pandilla muy rara.
—Caballeros —dijo—. La señora de Jack Graham se ha fijado en
ustedes. No me ha dicho dónde ni cuándo. Dijo que son ustedes honrados y
buenos.
—Yo no —dijo Ubriaco.
—Es usted libre de poner su opinión en entredicho, si lo desea
—dijo Leen—. Yo no la pongo. Tengo que ofrecerles buenos trabajos. Pero no me
importa hacerlo, y les diré por qué: ella jamás me ha mandado hacer algo que no
resultase beneficioso para la empresa. Yo decía en tiempos que no quería
trabajar para nadie, pero trabajar para la señora Graham ha sido el mayor
privilegio de mi vida.
Lo decía en serio.
No le importaba nombrarnos vicepresidentes a todos. La empresa
tenía setecientos vicepresidentes de una cosa y otra, al nivel más alto, a
nivel corporativo. Pero luego, en las subsidiarias, empezaba otra vez todo el
asunto de los presidentes y los vicepresidentes.
—¿Sabe usted qué aspecto tiene ella? —quiso saber Ubriaco.
—No la he visto últimamente —dijo Leen. Era una mentira cortés.
No la había visto nunca, lo cual era del dominio público. Más tarde, me
confesaría que ni siquiera sabía cómo había llamado él la atención de la señora
Graham. Creía que la señora podría haber visto un artículo sobre él en la
revista del Dinner’s Club, que le incluía en su sección de «Los que suben».
En cualquier caso, era abyectamente leal a ella. Amaba y temía
su idea de la señora Graham lo mismo que Larkin Emil amaba y temía su idea de
Jesucristo. Tenía más suerte que Larkin en su culto, claro, pues su ser
superior e invisible le llamaba por teléfono y le escribía cartas y le decía lo
que tenía que hacer.
Una vez llegó a decirme: «Trabajar para la señora Graham ha sido
para mí una experiencia religiosa. Yo andaba a la deriva, pese a todo el dinero
que ganaba. Mi vida carecía de objetivo hasta que fui presidente de la RAMJAC y
me puse a su disposición.»
A veces, no tengo más remedio que pensar que toda felicidad es
religiosa.
Leen dijo que hablaría con nosotros por separado en su
biblioteca.
—La señora Graham no me ha dicho nada sobre sus antecedentes,
sobre cuáles podrían ser sus intereses concretos... así que tendrán que hablarme
ustedes un poco de sí mismos.
Dijo que entrase primero en la biblioteca Ubriaco, y nos pidió a
los demás que esperásemos en el salón.
—¿Quieren que mi mayordomo les traiga alguna bebida? —dijo.
Clewes no quiso nada. Edel pidió una cerveza. Yo, que aún tenía
la esperanza de deshacer aquel sueño, pedí un pousse-café, una bebida color
arcoiris que nunca había visto pero que había estudiado cuando hacía el curso
de doctor en coctelería. Se ponía un licor muy pesado en el fondo del vaso,
sobre el que se echaba a cucharadas otro más ligero de distinto color, y luego
otro más ligero aún, y así sucesivamente, sin que cada capa coloreada se
mezclase con la de encima ni con la de debajo.
A Leen le dejó muy impresionado mi petición. Lo repitió, para
asegurarse de que había oído bien.
—Si no es problema, claro —dije. No era más problema, sin duda,
que construir un modelo de barco completo en una botella, por ejemplo.
—¡No es ningún problema! —dijo Leen. Como pude comprobar con el
tiempo, era una de sus expresiones favoritas. Dijo al mayordomo que me trajese
en seguida un pousse-café.
Él y Ubriaco entraron en la biblioteca, y los demás pasamos al
salón, que tenía piscina. Era la primera vez que yo veía un salón con piscina.
Había oído hablar del asunto, claro, pero una cosa es oírlo y otra ver tanta
agua en un salón.
Me arrodillé junto a la piscina y chapoteé con la mano en el
agua, para comprobar la temperatura, que era tibia. Cuando retiré la mano y
consideré su humedad, hube de admitir para mí que aquella humedad no era propia
del sueño. Tenía la mano mojada de veras y así seguiría algún tiempo, a no ser
que me secase.
Todo aquello estaba pasando de verdad. Cuando me incorporé,
llegaba el mayordomo con mi pousse-café.
La solución no era la actitud hostil. Tendría que volver a
empezar a prestar atención.
—Gracias —le dije al mayordomo.
—De nada, señor —me contestó.
Clewes y Edel estaban sentados en el extremo de un sofá que era
como media manzana de largo, por lo menos. Me uní a ellos, esperando que
apreciasen que me había tranquilizado.
Ellos seguían haciendo cábalas sobre cuándo podría haberles
sorprendido la señora Graham comportándose tan virtuosamente.
Clewes se lamentaba de que no había tenido muchas oportunidades
de ser virtuoso, vendiendo sobres de cerillas y calendarios de publicidad a
domicilio.
—Lo máximo que puedo hacer en ese sentido es dejar que el
encargado de un edificio me explique sus historias de guerra. Recordaba un
encargado del Edificio Flatiron que decía haber sido el primer norteamericano
que había cruzado el puente sobre el Rhin en Remagen, Alemania, durante la
Segunda Guerra Mundial. La toma de este puente había sido un acontecimiento
importantísimo, que había permitido penetrar a los ejércitos aliados a gran
velocidad en el corazón mismo de Alemania. Clewes dudaba que aquel encargado
fuera la señora de Jack Graham, sin embargo.
Pero Israel Edel suponía que la señora Graham podía ir
disfrazada de hombre.
—A veces pienso que por lo menos la mitad de los clientes que
tenemos en el Arapahoe son travestís.
La posibilidad de que la señora Graham fuera un travestí pronto
se plantearía de nuevo, y sorprendentemente lo haría Arpad Leen.
Pero, entretanto, Clewes volvió al tema de la Segunda Guerra
Mundial. Pasó al plano personal. Dijo que él y yo, cuando éramos burócratas en
época de guerra, no habíamos tenido nada que ver con las derrotas ni las
victorias, sólo nos habíamos imaginado tal relación.
—La guerra la ganaron quienes lucharon, Walter. Lo demás eran
sueños.
Él pensaba que todas las memorias sobre la guerra que habían
escrito los civiles eran timos, pretensiones de que la guerra la habían ganado
los charlatanes, los escritores y los tiburones sociales, cuando sólo podían
haberla ganado los combatientes.
Sonó un teléfono en el vestíbulo. El mayordomo entró a decir que
la llamada era para Clewes, podía atenderla por el teléfono de la mesita de
café que teníamos enfrente. El teléfono era de plástico, blanco y negro, y
tenía la forma de «Snoopy», el famoso perro de la historieta «Peanuts».
«Peanuts» era propiedad de lo que estaba a punto de convertirse en mi sector de
la RAMJAC. Según descubriría yo muy pronto, para hablar por aquel teléfono
tenías que meter la boca en la barriga del perro y meterte su nariz en la boca.
¿Por qué no?
Era Sarah, la mujer de Clewes, mi antigua novia, que llamaba
desde su apartamento. Acababa de llegar a casa de su trabajo como enfermera
particular y había encontrado la nota de Clewes diciéndole dónde estaba y lo
que estaba haciendo allí y cómo podía localizarle por teléfono.
Él le dijo que también yo estaba allí y ella no podía creerlo.
Quiso hablar conmigo, así que Clewes me pasó el perro de plástico.
—Hola —dije.
—Esto es una locura —dijo ella—. ¿Qué haces ahí?
—Bebiendo un pousse-café junto a la piscina —dije.
—No puedo imaginarte tomando un pousse-café —dijo ella.
—Pues estoy tomándolo —dije.
Me preguntó cómo nos habíamos encontrado Clewes y yo. Se lo
expliqué.
—El mundo es un pañuelo, Walter —dijo ella, y etcétera. Me
preguntó si Clewes me había explicado que les había hecho un gran favor al
declarar contra él.
—Tendría que decir que esa opinión me parece debatible —le dije.
—¿Te parece qué? —dijo ella.
—Debatible —dije. Era una palabra que ella nunca había oído. Se
la expliqué.
—Soy tan tonta —dijo—. Hay tantas cosas que no sé, Walter.
Por teléfono parecía exactamente la misma Sarah. Era como si
estuviéramos de nuevo en Milnovecientos Treintaicinco. Y, por eso, lo que me
dijo luego me resultó especialmente punzante:
—¡Oh, Dios mío, Walter! ¡Los dos tenemos más de sesenta años!
¿Cómo es posible?
—Resulta increíble, ¿verdad Sarah? —dije.
Me pidió que fuese a cenar a su casa con Clewes, y dije que lo
haría si podía, que no sabía lo que pasaría después. Le pregunté dónde vivía.
Resultaba que ella y Clewes vivían en la planta baja del mismo
edificio en el que había vivido su abuela, en Ciudad Tudor. Me preguntó si me
acordaba del apartamento de su abuela, de todos aquellos criados y muebles
viejos amontonados en cuatro habitaciones.
Dije que sí, que me acordaba, y nos reímos.
No le conté que mi hijo también vivía por allí, en Ciudad Tudor.
Posteriormente descubriría que su proximidad a ella no era tan vaga, que vivía
muy cerca, con su esposa musical y sus hijos adoptados. Stankiewicz, del New
York Times, vivía en el mismo edificio y, además, su presencia se hacía muy
notoria por el salvajismo de los niños... vivía sólo tres plantas más arriba de
Leland y Sarah Clewes.
Sarah dijo que era muy agradable que pudiéramos reírnos aún,
pese a todo lo que habíamos tenido que pasar.
—Al menos aún nos queda el sentido del humor —dijo.
Esto lo había dicho Julie Nixon de su padre después de que le
echaran de la Casa Blanca: «Aún conserva su sentido del humor.»
—Sí... al menos nos queda eso —admití.
—Camarero —dijo ella— ¿qué hace esta mosca en mi sopa?
—¿Qué? —dije.
—¿Que qué hace esta mosca en mi sopa? —insistió ella.
Y entonces recordé: era el principio de una cadena de chistes
que solíamos contarnos por teléfono. Cerré los ojos. Di la respuesta
correspondiente y el teléfono se transformó en una máquina del tiempo. Me
permitía escapar de Milnovecientos Setentaisiete y entrar en la cuarta
dimensión.
—Creo que es braza de espaldas, madame —dije.
—Camarero —dijo ella—, hay también un fichero en mi sopa.
—Lo siento, señora —dije yo—. Es un error tipográfico. Tenía que
ser un fideo.
—¿Por qué es tan cara la leche? —dijo ella.
—Porque es dificilísimo conseguir que las vacas se pongan de
cuclillas sobre esos botellines —dije.
—No hago más que pensar que es martes —dijo ella.
—Es martes —dije yo.
—Eso sigo pensando —dijo ella—. Dígame, ¿tienen ustedes
merengue?
—Hoy no están en el menú —dije yo.
—Anoche soñé que comía merengue —dijo ella.
—Un sueño muy agradable —dije yo.
—Fue terrible —dijo ella—. Cuando desperté había desaparecido la
sábana.
También ella tenía motivos para huir a la cuarta dimensión.
Luego me enteraría de que aquella noche había muerto su
paciente. Sarah sentía mucho cariño por aquella paciente. Tenía treinta y seis
años, pero padecía un trastorno cardíaco congénito... tenía un corazón enorme,
gordo y débil.
E imaginaos, claro, los efectos de esta conversación en Leland
Clewes, que estaba sentado a mi lado. Yo tenía los ojos cerrados y estaba en
tal éxtasis de intemporalidad e ingravidez, que era como si estuviera teniendo
un intercambio sexual con su esposa, delante de sus narices. Me perdonaba,
claro está. Él perdona todo a todo el mundo. Pero aún así, tuvo que
impresionarle lo lánguidamente enamorados que aún podíamos estar Sarah y yo por
teléfono.
¿Hay algo más proteico que el adulterio? No hay nada en este
mundo.
—Estoy pensando ponerme a dieta —dijo Sarah.
—Yo sé cómo puedes eliminar ocho kilos de grasa desagradable
inmediatamente —dije.
—¿Cómo? —dijo ella.
—Haciendo que te corten la cabeza —dije yo.
Clewes sólo oía mi parte de la conversación, claro, con lo que
únicamente se enteraba del principio o el final de un chiste. Algunas frases
eran sumamente sugerentes.
—¿Fumas? —le pregunté.
—Sí —dijo ella.
—Vaya, así que te gusta echar humo —continué.
—Sí —dijo ella.
—¿Y echas humo después del coito?
Clewes nunca oyó su respuesta, que fue la siguiente:
—No sé. Nunca me he fijado —y luego continuó—: ¿Qué hacía usted
antes de ser camarero?
—Me dedicaba a limpiar las cagaditas de los relojes de cuco
—dije.
—Siempre he querido saber qué es esa cosita blanca que se ve en
las cagadas de los pájaros —dijo ella.
—Pues es también cagada de pájaro —expliqué—. ¿Qué tipo de
trabajo hace usted?
—Trabajo en una fábrica de pantalones —dijo ella.
—¿Es bueno ese trabajo en una fábrica de pantalones? —pregunté
socarronamente.
21
—Oh —dijo ella—, no puedo quejarme. Vengo a sacarme unos diez
mil al año.
Sarah tosió, y también esto era una clave que estuve a punto de
pasar por alto.
—Menudo catarro tiene usted —dije oportunamente.
—No hay quien lo pare —dijo ella.
—Tome dos píldoras de esas —dije—. Son lo más indicado.
Entonces ella hizo ruido de tragar: «Gluc, gluc, gluc.» Y luego
preguntó qué contenían las píldoras.
—El laxante más potente conocido por la ciencia médica —dije yo.
—¡Laxante! —dijo ella.
—Sí —dije yo—. No se le ocurra toser ahora.
Hicimos también el chiste de un caballo enfermo que tenía
supuestamente yo. En realidad, yo nunca había tenido un caballo. El veterinario
me dio doscientos gramos de un polvo rojizo para el caballo. El veterinario me
explicó que tenía que hacer un tubo de papel y colocar el polvo en el tubo,
meter luego el tubo en la boca del animal y soplarle el polvillo en la
garganta.
—¿Qué tal el caballo? —dijo Sarah.
—Oh, el caballo muy bien.
—Tú no pareces tan bien —dijo ella.
—No —dije—. Es que el caballo sopló primero.
—¿Aún sabes imitar la risa de tu madre? —dijo ella. Esto no era
el principio de otro chiste. Sarah quería realmente oírme imitar la risa de mi
madre, que era algo que yo solía hacer para ella por teléfono. Llevaba años sin
hacerlo. No sólo tenía que elevar la voz, también tenía que embellecerla.
La cosa era ésta: mi madre jamás se reía alto. Se había
acostumbrado a reprimir la risa cuando trabajaba de criada en Lituania. El
motivo era que el amo o un invitado, al oír en algún lugar de la casa la risa
de una sirvienta, podría sospechar que aquella sirvienta se estaba riendo de
él.
En consecuencia, cuando no podía evitar la risa mi madre emitía
unos sonidos puros y pequeños como los de una caja de música... o quizás como
campanillas lejanas. El que fuesen unos sonidos tan bellos era puramente
accidental.
Así pues... olvidándome de dónde estaba, henchí los pulmones y
tensé la garganta con el fin de complacer a mi antigua novia, y reencarné el
aspecto jocoso de mi madre.
Y en aquel momento volvieron al salón Arpad Leen y Frank
Ubriaco. Oyeron precisamente el final de mi canción.
Expliqué a Sarah que tenía que colgar, y, efectivamente, colgué.
Arpad Leen me miró fijamente. Yo había oído explicar a las
mujeres que algunos hombres las desnudaban con la mirada. Y en aquel momento,
yo estaba descubriendo cómo se sentían esas mujeres. Porque, tal como
resultarían las cosas, eso era exactamente lo que Leen estaba haciéndome:
imaginando qué aspecto podía tener yo completamente desnudo.
Leen empezaba a sospechar que yo era la señora de Jack Graham
que intentaba supervisarle disfrazada de hombre.
22
Yo no podía saberlo, claro... no podía saber que él creía que yo
podía ser la señora Graham. Así que el galanteo posterior de que me hizo objeto
me resultaba tan inexplicable como todo lo que había ocurrido aquel día.
Intenté convencerme de que se mostraba tan atento con el fin de
suavizar las malas noticias que tenía que darme después: que sencillamente yo
no era material de la RAMJAC, y que su limusina estaba esperando abajo para
llevarme de vuelta, y sin empleo, al Arapahoe. Pero los mensajes de sus ojos
eran bastante más apasionados que eso. Buscaba ansiosamente que yo aprobase
todo lo que hacía.
Me explicó, a mí y no a Leland Clewes ni a Israel Edel, que
acababa de nombrar a Frank Ubriaco vicepresidente de la sección Hamburguesas
McDonald de la RAMJAC.
Indiqué con un cabeceo que me parecía muy bien.
Pero el cabeceo no fue suficiente para Leen.
—Creo que es un ejemplo maravilloso de lo que es poner al hombre
justo en el puesto justo. ¿No lo cree usted así? En eso consiste básicamente la
RAMJAC, ¿no cree?... en poner buena gente donde pueda utilizar su talento de la
forma más plena.
La pregunta era para mí y para nadie más. Así que al fin dije:
—Sí.
Tuve que pasar por lo mismo después de que entrevistó y contrató
a Clewes y a Edel. A Clewes le nombró vicepresidente de la Sección Diamond
Match, de la RAMJAC, probablemente porque había estado vendiendo sobres
publicitarios de cerillas mucho tiempo. A Edel le hizo vicepresidente de la
sección Hilton del departamento de Hospitality Associates, Ltd., quizá por sus
tres semanas de experiencia como encargado nocturno en el Arapahoe.
Me llegó luego el turno de entrar en la biblioteca con él.
—El último pero no el último —dijo burlonamente. En cuanto cerró
la puerta, su coqueteo se hizo casi escandaloso.
—Pase a mi casa —murmuró—, dijo la araña a la mosca.
Y me hizo un claro guiño.
Esto no me gustó nada. Me pregunté qué les habría pasado allí a
los otros.
Había una mesa escritorio tipo Mussoliní, con una silla
giratoria detrás.
—Quizás deba sentarse allí usted —dijo, enarcando y desenarcando
las cejas—. ¿No le parece ése el asiento propio para usted, eh? ¿Eh? ¿El
asiento propio para usted?
Pensé que aquello sólo podía ser una burla. Reaccioné
humildemente. Llevaba muchísimos años viviendo sin dignidad.
—Señor —dije—. No entiendo lo que pasa.
—Ah —dijo él, alzando un dedo—, eso es lo que ocurre a veces.
—No sé cómo me localizó usted, y ni siquiera sé si soy quien
cree usted que soy —dije.
—Aún no le he dicho quién creo que es —dijo él.
—Walter F. Starbuck —dije sombríamente.
—Si usted lo dice —dijo él.
—Bueno —dije—, sea quien sea, no soy gran cosa ya. Si de verdad
está usted ofreciendo puestos de trabajo, lo único que yo quiero es uno
modesto.
—Tengo órdenes de nombrarle vicepresidente —dijo—. Órdenes de
una persona a quien respeto muchísimo. Me propongo obedecer.
—Quiero ser encargado de bar —dije.
—¡Ah! —dijo—. ¿Y preparar pousse-cafés?
—Puedo hacerlo, si es necesario —dije—. Tengo el título de
doctor en coctelería.
—También tiene usted una voz deliciosamente aguda cuando quiere
—dijo.
—Creo que lo mejor será que me vaya a casa —dije—. Puedo ir
andando, no queda lejos.
Quedaba sólo a unas cuarenta manzanas. No tenía zapatos, pero
¿qué falta me hacían los zapatos? Ya llegaría de algún modo a casa sin ellos.
—Cuando sea hora de irse a casa —dijo él—, podrá usted disponer
de mi limusina.
—Pues ya es hora de irse a casa —dije—. Me da igual como llegue
allí. Ha sido un día agotador. Me siento atontado. Sólo quiero dormir. Si sabe
usted de alguien que necesite un encargado de bar, aunque no sea jornada
completa, puede localizarme en el Arapahoe.
—¡Qué gran actor! —dijo.
Bajé la cabeza. No quería mirarle siquiera, ni mirar a nadie.
—En absoluto —dije—. Nunca lo he sido.
—Voy a explicarle algo muy raro —dijo.
—No lo entenderé —dije yo.
—Todos los que están aquí esta noche recuerdan haberle visto a
usted, pero nunca se habían visto antes entre sí —dijo—. ¿Cómo explicaría usted
eso?
—No tengo trabajo —dije yo. Acabo de salir de la cárcel. He
estado paseando por la ciudad sin rumbo fijo.
—Qué historia tan complicada —dijo él—. ¿Dice que ha estado en
la cárcel?
—Así es —dije.
—No preguntaré por qué estuvo en la cárcel —dijo. Lo que quería
decir él era que yo, como la señora Graham disfrazada de hombre, no tenía por
qué seguir contando mentiras cada vez mayores, salvo que el hacerlo me
distrajese.
—Por Watergate —dije.
—¡Watergate! —exclamó él—. Yo estaba seguro de que conocía los
nombres de casi todos los de Watergate.
Como descubriría yo más tarde, él no sólo sabía los nombres:
conocía a muchos de ellos lo bastante bien como para haberles enviado
aportaciones ilegales para la campaña electoral, y haber contribuido luego con
más dinero para su defensa.
—¿Y por qué no he oído yo nunca el nombre de Starbuck en
relación con Watergate?
—No sé —dije, con la cabeza aún baja—. Era como estar en una
maravillosa comedia musical en la que los críticos mencionasen a todos salvo a
mí. Si pudiera encontrar usted un viejo programa, le enseñaría mi nombre.
—Supongo que la prisión estaba en Georgia —dijo él.
—Sí —dije yo. Supongo que lo sabía porque Roy M. Cohn había
repasado mis antecedentes cuando iba a sacarme de la cárcel.
—Eso explica lo de Georgia —dijo. Yo no podía entender por qué
alguien podía querer que le explicaran Georgia.
—Así que por eso conoció usted a Clyde Carter y a Cleveland
Lawes y al doctor Robert Fender —dijo.
—Sí —dije. Empezaba a sentir miedo. ¿Por qué aquel hombre, que
era uno de los ejecutivos más poderosos del planeta, se molestaría en
investigar tanto sobre un insignificante y patético presidiario como yo? ¿Se
sospecharía que yo conocía algún secreto espectacular aún por revelar respecto
a Watergate? ¿Estaría jugando conmigo aquel hombre al gato y al ratón antes de
hacer que me mataran de alguna forma?
—Y Doris Kramm —dijo—. Estoy seguro de que también la conoce
usted.
¡Sentí un gran alivio por no conocerla! ¡Yo era inocente, en
realidad! Ahora, todo lo que tenía contra mí se desmoronaría. Se había
equivocado de individuo, yo podía demostrarlo. ¡Yo no conocía a Doris Kramm!
—¡No, no, no! —dije—. No conozco a Doris Kramm.
—La señora que me dijo usted que no debía jubilarse, la de la
American Harp Company —dijo él.
—Yo no le he dicho a usted eso —dije.
—Ha sido un lapsus —dijo él.
Y entonces, me di cuenta de que sí conocía a Doris Kramm y
aumentó mi temor. Era la vieja secretaria que había estado lloriqueando
limpiando su mesa en la sala de exposiciones de arpas. Sin embargo, no estaba
dispuesto a decirle que la conocía.
¡Pero, de todos modos, él sabía que la conocía! ¡Él lo sabía
todo!
—Supongo que le alegrará saber que la telefoneé personalmente y
le aseguré que no tiene que jubilarse, que puede quedarse y seguir trabajando
hasta cuando quiera. ¿No es estupendo?
—No —dije.
Era una respuesta tan buena como la que más. Pero yo había
empezado a recordar la sala de exposiciones de arpas. Tenía la sensación de
haber estado allí hacía mil años, en otra vida, antes de nacer. Mary Kathleen
O’Looney había estado allí. Arpad Leen, en su omnisciencia, sin duda la
mencionaría a continuación.
Y entonces, la pesadilla de la última hora se aclaró sola,
indicando que había habido una razón lógica. Yo sabía algo que el propio Leen
no sabía, que probablemente sólo sabía yo. Era imposible, pero tenía que ser
verdad: Mary Kathleen O’Looney y la señora de Jack Graham eran la misma
persona.
Fue entonces cuando Arpad Leen se llevó mi mano a los labios y
la besó.
—Perdóneme por descubrir su disfraz, madame —dijo—. Pero supongo
que lo hizo usted tan fácil de descubrir a propósito. Su secreto estará seguro
conmigo. Me siento muy honrado de verla al fin cara a cara.
Y volvió a besarme la mano, la misma mano que aquella mañana me
había cogido la zarpita sucia de Mary Kathleen.
—Ya era hora, madame —dijo—. Hemos trabajado juntos tan bien
durante tanto tiempo. Ya era hora.
¡La repugnancia que sentí de que me besara un hombre fue tan automática
que me convertí en una auténtica reina Victoria! Mi cólera era imperial, aunque
mis palabras viniesen directamente de los patios de mi adolescencia en
Cleveland:
—¿Pero qué cono hace usted? —exigí saber—. ¡No soy una mujer!
Ya he hablado de la pérdida de la dignidad a lo largo de los
años. Arpad Leen había perdido la suya en unos segundos, con aquel ridículo
error.
Se quedó mudo y pálido.
Intentó recobrarse, pero no se recobró mucho. Ni siquiera podía
disculparse. Estaba demasiado conmovido para desplegar cualquier género de
simpatía o ingenio. Sólo podía tantear para ver dónde podía hallarse la verdad.
—Pero usted la conoce —dijo, al fin. Había resignación en su
voz, al mismo tiempo, pero reconocía lo que también para mí empezaba a ser
evidente: que yo era más poderoso que él, si lo deseaba.
Así que se lo confirmé:
—La conozco bien —dije—. Hará lo que yo le diga, estoy seguro.
Esto último era gratuito. Y era pura venganza.
Aún estaba muy afectado. Yo me había interpuesto entre él y su
dios. Ahora le tocaba a él bajar la cabeza.
—Bueno —dijo, y siguió una larga pausa—, hable bien de mí, si
puede.
Lo que yo más deseaba en aquel momento era salvar a Mary
Kathleen O’Looney de aquella vida espectral que los dragones de su mente le
habían obligado a llevar. Sabía dónde podía encontrarla.
—No sé si podrá usted decirme —dije al maltrecho Leen— dónde
puedo encontrar un par de zapatos que me vayan bien, a estas horas de la noche.
Su voz me llegó como si procediese del lugar al que iba a ir yo
a continuación: la caverna de debajo de la Gran Estación Central.
—Eso no es problema —dijo.
23
Pronto me vi solo, cerciorándome de que nadie me seguía y
bajando hacia la caverna por las escaleras metálicas. Cada pocos pasos,
llamaba, en un arrullo confortante:
—Soy Walter, Mary Kathleen. Soy Walter.
¿Qué calzado llevaba? Llevaba unas pantuflas de charol negras
con lacitos en los empeines. Me las había dado el pequeño Dexter, el hijo de
Arpad Leen, de diez años. Eran justo de mi número. A Dexter le habían obligado
a comprarlas para clase de baile. No las necesitaba ya. Había lanzado su primer
ultimátum positivo a sus padres: les había dicho que se suicidaría si insistían
en que siguiera yendo a clase de baile. Hasta tal punto odiaba las clases de
baile.
Era un chaval muy majo... con su pijama y su albornoz después de
darse un chapuzón en el salón. Mostró tal simpatía y tal preocupación por mí,
por aquel viejecillo que no tenía con qué calzar sus piececitos. Yo podría
haber sido un amable elfo de un cuento de hadas y él podría haber sido un
principito que regalase al elfo un par de zapatillas mágicas de baile.
Y era un chaval muy guapo. Tenía los ojos grandes, de color
castaño. Su pelo era una orla de negros bucles. Habría dado mucho por tener un
hijo así. Claro que creo que mi propio hijo también habría dado mucho por tener
un padre como Arpad Leen.
Todo hay que decirlo.
—Soy Walter, Mary Kathleen —repetí—. Soy Walter. Al final de las
escaleras, tropecé con el primer indiciode que podrían no salir bien las cosas.
Era una bolsa de plástico de Bloomingdale... que estaba en el suelo, vomitando
harapos y una cabeza de muñeca y un ejemplar de Vogue, publicación de la
RAMJAC.
La cogí y volví a meter todo dentro, como si pretendiese que
bastaba con hacerlo para arreglarlo todo. Fue entonces cuando vi una mancha de
sangre en el suelo. Eso era algo que no podía volver a colocar en su sitio.
Había muchas más.
Y no es que quiera prolongar la ansiedad del lector sin ningún
objetivo, para darle un frisson, para que suponga que voy a encontrar a Mary
Kathleen con las manos cortadas, agitando hacia mí sus ensangrentados muñones.
En realidad, la había golpeado de refilón un taxi en la Avenida Vanderbilt y
había rechazado servicios médicos, diciendo que estaba bien, perfectamente.
Pero no estaba bien, ni mucho menos.
Había en el asunto una posible ironía, ironía que yo, sin
embargo, no soy capaz de confirmar. Había muchas posibilidades de que Mary
Kathleen hubiera sido atropellada por uno de sus propios taxis.
Tenía la nariz rota, y era de la nariz de donde había salido la
sangre. Pero tenía problemas más graves. No puedo enumerarlos. Jamás se hizo
inventario de todo lo que Mary Kathleen tenía roto.
Se había escondido en uno de los retretes. Las gotas de sangre
fueron indicándome dónde tenía que mirar. No podía haber duda alguna de dónde
estaba. Por debajo de la puerta, se veían los playeros.
Al menos, no había dentro un cadáver. Cuando canturreé de nuevo
mi nombre, abrió la puerta. No estaba utilizando el inodoro, simplemente estaba
sentada en él. Podría también haber estado utilizándolo, la vida la había
humillado ya tan absolutamente. Había dejado de sangrar por la nariz, pero la
hemorragia le había dejado un bigote a lo Adolf Hitler.
—¡Oh, pobrecilla! —exclamé.
A ella no le impresionaba gran cosa su propio estado.
—Supongo que eso es lo que soy —dijo—. Eso es lo que era mi
madre.
Su madre, acordaos, había muerto por envenenamiento radiactivo.
—¿Qué te ha pasado? —dije.
Me explicó que le había atropellado un taxi. Acababa de enviarle
una carta a Arpad Leen, confirmándole todas las órdenes que le había dado por
teléfono.
—Voy a buscar una ambulancia —dije.
—No, no —dijo ella—. No te vayas, quédate ahí.
—¡Pero necesitas ayuda! —dije.
—Ya no hay tiempo —dijo ella.
—Pero si ni siquiera sabes lo que te pasa —dije.
—Estoy muriéndome, Walter —dijo—. Me basta con saber eso.
—Mientras hay vida, hay esperanza —dije yo, disponiéndome a
correr escaleras arriba.
—¡No se te ocurra volver a dejarme sola! —dijo ella.
—¡Tengo que salvarte la vida! —dije.
—¡Primero habrás de oír lo que tengo que decirte! —dijo—. He
estado aquí sentada pensando: «Dios mío... después de todo lo que he pasado,
después de todo lo que he trabajado, no habrá nadie que oiga lo último que
tengo que decir.» Si consigues una ambulancia, no vendrá nadie en ella que sepa
inglés.
—¿Puedo colocarte para que estés más cómoda? —dije.
—Estoy cómoda —dijo ella.
Tenía motivos para estarlo. Las capas y capas de ropa que
llevaba le mantenían caliente. Tenía la cabeza apoyada en un rincón y protegida
contra el metal por una almohada de andrajos.
Se oía de vez en cuando un estruendo en la roca viva que nos
rodeaba. Había algo más muriendo arriba, y ese algo era el sistema ferroviario
de los Estados Unidos. Locomotoras medio rotas arrastraban vagones de pasajeros
completamente destrozados, metiéndolos y sacándolos de la estación.
—Conozco tu secreto —dije.
—¿Cuál? —dijo ella —. Hay tantos ya.
Yo esperaba que sería un momento de gran intensidad dramática
cuando le revelase que sabía que era la accionista mayoritaria de la RAMJAC.
Fue, claro, un fracaso. Ella ya me lo había dicho y yo no lo había oído.
—¿Es que te estás quedando sordo, Walter? —dijo.
—Ahora te he oído perfectamente —dije.
—A ver si encima voy a tener que decir a gritos mis últimas
palabras —dijo.
—No —dije yo —. Pero no quiero oírte hablar más de últimas
palabras. ¡Con lo rica que eres, Mary Kathleen! Puedes ocupar un hospital
entero, si quieres... ¡Y obligarles a curarte!
—Esta vida me resulta odiosa —dijo ella—. He hecho todo lo
posible para que fuese mejor para todos, pero tal vez eso sea imposible. Estoy
harta de luchar tanto. Quiero descansar ya.
—¡Pero no tienes por que vivir de este modo! —dije—. Eso es lo
que he venido a decirte. Yo te protegeré, Mary Kathleen. Contrataremos gente en
la que podamos confiar. Howard Hughes contrataba mormones... por su alto nivel
moral. Contrataremos mormones también.
—Por Dios, Walter —dijo—. ¿Crees que no he probado ya con los
mormones?
—¿Sí? —dije.
—Quedé hasta las narices de mormones una vez —dijo; y me contó
una historia de lo más espantosa.
Sucedió cuando ella aún vivía a lo grande, aún intentaba hallar
medios de disfrutar de sus inmensas riquezas, al menos un poquillo. Era un
bicho raro, algo excepcional que todo el mundo deseaba fotografiar, capturar o
atormentar de algún modo... o matar. La gente quería matarla por sus manos o
por su dinero, pero también por venganza. La RAMJAC había devorado o destruido
muchas otras empresas y había participado incluso en el derrocamiento de
gobiernos de países pequeños y débiles.
Por eso no se atrevía a revelar su verdadera identidad más que a
sus fieles mormones, y tenía que estar en continuo movimiento. Y en cierta
ocasión, estaba alojada en la planta más alta del hotel de la RAMJAC en
Managua, Nicaragua. En aquella planta había veinte suites de lujo, y las
alquiló todas. Las dos escaleras que subían de la planta de abajo fueron
cegadas con paredes de obra, igual que la arcada del vestíbulo del Arapahoe. Se
establecieron controles en los ascensores para que sólo uno pudiese llegar
arriba del todo, y ése lo manejaba un mormón.
En teoría, ni siquiera el director del hotel sabía quién era
ella en realidad. Pero, desde luego, todo el mundo debía sospechar en Managua
quién era realmente.
De todos modos, decidió salir a la ciudad sola un día, para
saborear, aunque fuese brevemente, lo que llevaba años sin saborear: lo que era
ser sólo un ser humano más en el mundo. Así que se fue a la calle con peluca y
gafas oscuras.
Y trabó amistad con una norteamericana de mediana edad a la que
se encontró llorando en un banco en un parque. La mujer era de San Luis. Su
marido era maestro cervecero de la sección Anheuser-Busch de la RAMJAC. Habían
ido a Nicaragua en una segunda luna de miel por consejo de un agente de viajes.
El marido había muerto aquella mañana de disentería amébica.
Así que Mary Kathleen se la llevó al hotel y la instaló en una
de las suites no utilizadas que tenía, y dijo a sus mormones que dispusiesen lo
necesario para trasladar al cadáver y a la viuda a San Luis en un avión de la
RAMJAC.
Cuando Mary Kathleen fue a explicarle todo esto a la mujer, se
la encontró estrangulada con uno de los cordones de las cortinas. Pero lo más
horrible era esto, sin embargo: quien lo hubiese hecho había creído,
evidentemente, que la mujer era Mary Kathleen, porque le habían cortado las
manos. Nunca llegaron a encontrarse aquellas manos.
Mary Kathleen se fue a Nueva York poco después. Empezó a
observar con los prismáticos, desde su suite de las torres Waldorf a las
señoras de las bolsas de plástico. Por cierto que en el piso de arriba vivía el
general Douglas MacArthur.
Ella nunca salía, jamás tenía visitas, nunca llamaba a nadie.
Allí no se permitía entrar al personal del hotel. Los mormones subían la comida
y hacían las camas y toda la limpieza. Pero, de todos modos, un día recibió una
nota amenazadora. Estaba en un sobre rosa perfumado encima de su ropa interior
más íntima. Decía que el autor sabía quién era, la hacía responsable del
derrocamiento del gobierno legítimo de Guatemala. Y estaba dispuesto a volar el
hotel. Mary Kathleen no pudo soportarlo más. Prescindió de sus mormones, que
sin duda eran leales, pero incapaces de protegerla. Y empezó a protegerse ella
misma, con capas y capas de ropa que encontraba en cubos de basura.
—Si te hace tan desgraciada tu dinero —dije—, ¿por qué no
prescindes de él?
—¡Eso hago! —dijo—. Cuando me muera, mira en mi zapato
izquierdo, Walter. Allí encontrarás mi testamento. Dejo la RAMJAC Corporation a
sus legítimos propietarios, el pueblo norteamericano.
Sonrió. Resultaba inquietante ver que unas encías descarnadas y
uno o dos dientes podridos expresaban aquella felicidad cósmica.
Creí que se había muerto. Pero no se había muerto.
—¿Mary Kathleen...? —dije.
—Todavía no me he muerto —dijo.
—Ahora de verdad que voy a ir a buscar ayuda —dije.
—Si lo haces, me moriré —dijo—. Puedo asegurártelo. Ahora ya me
puedo morir cuando quiera. Puedo escoger el momento.
—Eso no puede hacerlo nadie —dije yo.
—Las señoras de las bolsas de plástico sí que podemos —dijo
ella—. Tenemos esa virtud especial. No podemos saber cuándo empezaremos a
morir. Pero una vez que empezamos, podemos elegir el momento exacto. ¿Te
gustaría que muriese ahora mismo, después de contar hasta diez?
—No, ni ahora ni nunca —dije.
—Entonces quédate aquí —dijo.
Me quedé, ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Quiero darte las gracias por abrazarme —dijo.
—Cuando quieras —dije.
—Una vez al día basta —dijo ella—. Ya he tenido mi abrazo de
hoy.
—Fuiste la primera mujer con la que hice realmente el amor
—dije—. ¿Te acuerdas?
—Recuerdo los abrazos —dijo ella—. Recuerdo que decías que me
querías. Ningún hombre me lo había dicho nunca. Mi madre sí me lo decía muchas
veces... hasta que se murió.
Yo ya estaba empezando a llorar otra vez.
—Sé que nunca lo dijiste en serio —dijo.
—Claro que sí, de veras —protesté—. Oh, Dios mío... claro que
sí.
—No te preocupes —dijo ella—. Tú no tenías la culpa de haber
nacido sin corazón. Por lo menos, intentabas creer en lo que creía la gente que
tenía corazón... así que fuiste un buen hombre, después de todo.
Dejó de respirar. Dejó de pestañear. Estaba muerta.
EPÍLOGO
Había más. Siempre hay más.
Eran las nueve de la noche de mi primer día completo de
libertad. Aún me quedaban tres horas. Subí arriba y le dije a un policía que
había una vagabunda muerta en el sótano.
Su oficio le había vuelto cínico. «Vaya novedad», me dijo.
Así que, hasta que llegaron los de la ambulancia, me quedé junto
al cadáver de mi vieja amiga en el sótano, exactamente igual que habría hecho
cualquier animal fiel. Tardaron un rato, pues ya sabían que estaba muerta.
Cuando llegaron estaba quedándose rígida. Lo comentaron. Tuve que preguntarles
qué acababan de decir, porque no hablaban inglés. Me explicaron que su primera
lengua era el urdú. Los dos eran del Paquistán. Hablaban un inglés muy tosco.
Si Mary Kathleen hubiera muerto en su presencia en vez de en la mía, habrían
dicho, estoy seguro, que al final no había hecho más que balbucir cosas
incomprensibles. Para calmar los sollozos que se me escapaban, les pedí que
hablasen un poco en urdú. Dijeron que tenía una literatura tan amplia como
cualquiera otra del mundo, pero que había empezado como un idioma artificial,
feo y deficiente, inventado en la corte de Gengis Kan. Al principio, su
objetivo era militar. Permitía a los capitanes dar órdenes que se entendían en
todas las partes del imperio mongol. Más tarde, lo embellecerían los poetas.
Vivir para ver.
A la policía, le di el nombre de soltera de Mary Kathleen.
También les di mi verdadero nombre. No estaba dispuesto a pasarme de listo con
la policía. Ni estaba dispuesto a que alguien supiese ya que había muerto la
señora de Jack Graham. Las consecuencias de esta noticia, sin duda serían una
especie de avalancha.
Yo era la única persona del planeta que podía desencadenarla. Y
no estaba dispuesto a hacerlo todavía. Como han dicho algunos, esto no fue
inteligente por mi parte. Fue mi terror natural ante la posibilidad de una
avalancha.
Fui andando hasta casa, un pequeño elfo inofensivo con sus zapatos
mágicos de baile, hasta el Hotel Arapahoe. Aquel día se había tejido mucha paja
convirtiéndola en oro, y se había tejido mucho oro convirtiéndolo en paja. Y el
tejer no había hecho más que empezar.
Había un encargado nocturno nuevo, claro, pues Israel Edel
estaba en casa de Arpad Leen. A este hombre nuevo habían tenido que reclutarle
precipitadamente. Su puesto habitual era detrás de la mesa del Carlyle, un
hotel también de la RAMJAC. Estaba exquisitamente vestido y acicalado. Y estaba
sufriendo lo indecible por tener que tratar con putas y gente recién salida de
la cárcel y del manicomio, etc.
Tuvo que contármelo: que en realidad, su lugar era, el Carlyle y
que estaba haciendo una sustitución. Aquel no era su yo real.
Cuando le dije mi nombre, dijo que había un paquete para mí, y
también un recado.
La policía había devuelto mis zapatos y había cogido las piezas
de clarinete del armario. El recado era de Arpad Leen. Era hológrafo, como el
testamento de Mary Kathleen, que yo llevaba en el bolsillo interior de la
chaqueta... junto con mi título de doctor en coctelería. Los bolsillos de la
trinchera los llevaba llenos de otros materiales procedentes de los zapatos de
Mary Kathleen. Abultaban como alforjas.
Leen me decía en su carta que era exclusivamente para mí. Decía
que por el lío que se había organizado en su casa, no había llegado a ofrecerme
un trabajo concreto. Me sugería que quizás me agradase su antigua sección, que
era Down Home Record. Incluía además, New York Times, Universal Pictures,
Ringling Bros, Barnum & Bailey y Dell Publishing, entre otras cosas. Había
también una empresa de comida para gatos, decía, de la que no necesitaba
preocuparme yo. Iba a transferirse muy pronto a la sección General Foods. Había
pertenecido al Times.
«Si no le gusta esto —escribía—, encontraremos otra cosa. Me
emociona muchísimo saber que tendremos entre nosotros un representante de la
señora Graham. Dele usted, por favor, mis más cordiales saludos.»
Había una posdata. Decía que se había tomado la libertad de
concertar una cita para mí a las once de la mañana siguiente con un tal Morty
Sills. Me daba la dirección. Supuse que Sills sería un director de personal de
la RAMJAC o algo así. Resultó que era un sastre.
Un multimillonario enviaba una vez más a Walter F. Starbuck a su
propio sastre, para convertirle en una imitación convincente de un caballero
perfecto.
***
A la mañana siguiente, aún estaba yo sobrecogido por la amenaza
de la avalancha. Era cuatro mil dólares más rico y legalmente un ladrón. Mary
Kathleen tenía cuatro billetes de mil dólares como plantillas de sus zapatos.
No salió nada en los periódicos sobre la muerte de Mary
Kathleen... ¿por qué iba a salir? ¿A quién le importaba? Había una esquela de
la paciente que había perdido Sarah Clewes, la enferma del corazón. Dejaba tres
hijos. Su marido había muerto en un accidente de automóvil un mes antes. Así
que ahora los niños eran huérfanos.
Mientras Morty Sills me tomaba medidas para el traje, me resultó
insoportable pensar que nadie reclamase el cuerpo de Mary Kathleen. Allí estaba
Clyde Carter también, recién salido del avión de Atlanta. También él estaba
haciéndose un nuevo guardarropa, incluso antes de haber visto a Arpad Leen.
Estaba asustado.
Le dije que no se preocupase.
En fin, después de comer, fui al depósito de cadáveres y la
reclamé. Fue todo muy fácil. ¿Quién iba a querer aquel cuerpecito? No tenía
parientes. Yo era su único amigo.
Miré el cadáver por última vez. No era nada. Ya no había nadie
allí. «Casa vacía.»
Encontré una funeraria a sólo una manzana de distancia. Hice que
recogieran el cuerpo y lo embalsamaran y lo pusieran en un ataúd sólido. No
hubo funeral. Ni siquiera yo la acompañé a la tumba, que era un nicho en una
pared de hormigón llena de ellos, en Morriston, Nueva Jersey. El cementerio
estaba anunciado en el Times aquella mañana. Cada cripta tenía una elegante
puertecita de bronce en la que estaba grabado el nombre del inquilino.
Poco imaginaba yo entonces que el hombre que grabó la puerta
sería detenido por conducir borracho dos años después y comentaría el nombre
insólito del policía que lo detuvo. Sólo se lo había tropezado una vez antes...
en su lúgubre lugar de trabajo. El policía, que en realidad era ayudante de
sheriff del condado de Morriston, se llamaba Francis X. O’Looney.
O’Looney sentiría curiosidad por la mujer del nicho, querría
saber si estaba emparentada con él.
Y, utilizando los escasos documentos del cementerio, lograría
seguir el rastro de Mary Kathleen hasta el depósito de cadáveres de Nueva York.
Conseguiría allí una copia de sus huellas dactilares. Por si alguna vez la
habían detenido, o había estado internada en un manicomio, O’Looney mandó las
huellas al FBI.
Así se desmoronaría la RAMJAC.
***
El caso tiene un extraño aspecto secundario. Antes de descubrir
al fin quién era en realidad Mary Kathleen, O’Looney se enamoró de su imagen de
ella, de joven. Una imagen totalmente falsa, por otra parte, ya que él la
imaginaba alta y pechugona y de pelo oscuro, mientras que ella había sido baja
y huesuda y pelirroja. Él la creía una emigrante que había ido a trabajar para
un millonario excéntrico en una mansión fantasmal, y que se había sentido
atraída y repelida al mismo tiempo por aquel hombre, y que él había abusado de
ella hasta ponerla al borde de la muerte.
Todo esto salió a la luz en el proceso de divorcio iniciado por
la mujer de O’Looney, de treinta y dos años, contra éste. Ocupó la primera
página de los periódicos durante una semana o más. O’Looney era ya famoso por
entonces. Los periódicos le llamaban «El hombre que levantó la liebre en el
asunto de la RAMJAC» o variaciones sobre este tema. Su mujer afirmaba que un
fantasma le había robado el afecto de su marido. Ya no dormía con ella. Ya no
se lavaba los dientes. Llegaba siempre tarde al trabajo. Había tenido un nieto
y no le importaba en absoluto. Ni le miraba siquiera.
Lo especialmente curioso en su conducta era que, después de
descubrir cómo había sido realmente Mary Kathleen, siguió enamorado de su sueño
original.
—Eso nadie podrá quitármelo —decía—. Es mi posesión más valiosa.
Le relevaron de sus funciones, según tengo entendido. Su mujer
le ha vuelto a demandar, esta vez para reclamarle su porcentaje de la pequeña
fortuna que él consiguió por los derechos cinematográficos de su sueño. La
película va a rodarse en una vieja mansión fantasmal de Morriston. Si hemos de
dar crédito a las columnas de chismografía, habrá una búsqueda de talentos para
elegir la actriz que interprete a la chica inmigrante irlandesa. Al Pacino ha
aceptado ya interpretar el papel del policía O’Looney, y Kevin McCarthy el de
millonario excéntrico.
***
En fin, me divertí demasiado tiempo, y ahora debo volver a la
cárcel, según dicen. Mis travesuras con los restos de Mary Kathleen no fueron
delitos en o por sí mismos, ya que los cadáveres no tienen más derechos que las
sobras de la cena de anoche. Sin embargo, mis acciones constituyeron un delito
del tipo E, que, según la Sección 19030 del Código Penal del estado de Nueva
York, consiste en ocultar ilegalmente un testamento.
Guardé el testamento en una caja de seguridad de la
Manufacturers Hannover Trust Company, sucursal de la RAMJAC.
He intentado explicarle a mi perrita que su amo tiene que irse
por una temporada... porque violó la Sección 19030. Le he dicho que las leyes
están hechas para que las obedezcamos. Ella no entiende nada. Le encanta mi
voz. Todas las noticias que le lleguen de mí son buenas noticias. Mueve el
rabo.
***
La verdad es que viví a todo tren. Me compré un dúplex con un
préstamo empresarial a un interés muy bajo. Hice efectivas las opciones de
valores para comprar ropa y muebles. Pasé a ser cliente asiduo del Metropolitan
Opera y del Ballet de la Ciudad de Nueva York, adonde iba y venía en mi
limusina.
En mi casa di fiestas íntimas para autores, artistas del disco,
actores de cine y actores famosos de la RAMJAC: Isaac Beashevis Singer, Mick
Jagger, Jane Fonda, Günther Gebel Williams, etc. Era divertido. Después, la
RAMJAC adquirió la galería Malborough y Associated American Artists, y
asistieron también a mis fiestas pintores y escultores.
¿Cómo me fue en la RAMJAC? Durante el tiempo que yo estuve, mi
sección, incluyendo las subsidiarias bajo su control, tanto encubierto como
directo, ganaron once discos de platino, cuarenta y dos discos de oro,
veintidós oscars, once premios nacionales del libro, dos banderines de la Liga
Norteamericana, dos banderines de la Liga Nacional, dos Series Mundiales y
cincuenta y tres Grammies... y nunca dejamos de obtener un beneficio sobre el
capital del veintitrés por ciento como mínimo. Me enredé incluso en luchas
internas de la empresa, impidiendo la transferencia de la empresa de alimentos
para gatos de mi sección a la General Foods. Fue emocionante. Disfruté de lo
lindo.
Estuvimos varias veces a punto de conseguir otro premio Nobel de
literatura, pero ya teníamos dos en realidad: Saúl Bellow y el señor Singer.
Yo, por mi parte, había aparecido en Who’s Who por primera vez
en mi vida. Se trata de un triunfo un poco deslucido, lo admito, porque mi
propia sección controla Gulf & Western, que controla Who’s Who. Lo puse
todo allí, salvo la temporada de cárcel y el nombre de mi hijo: dónde nací,
dónde estudié, los diversos trabajos que he hecho, el nombre de soltera de mi
esposa.
***
¿Invitaba a mi propio hijo a mis fiestas... a charlar con tantos
héroes y heroínas suyos? No. ¿Abandonó él el Times cuando yo me convertí en su
superior? No. ¿Escribió o telefoneó para saludarme de algún modo? No. ¿Intenté
yo ponerme en contacto con él? Sólo una vez. Fue en el apartamento de la planta
baja de Leland y Sarah Clewes. Yo había estado bebiendo, cosa que no me gusta y
que hago muy pocas veces. Y estaba tan próximo, físicamente, a mi hijo... Su
apartamento estaba sólo diez metros por encima de mi cabeza.
Fue Sarah la que me hizo telefonearle.
En fin, marqué el número.
Serían aproximadamente las ocho de la noche. Contestó uno de mis
nietos, y le pregunté cómo se llamaba.
—Juan —dijo.
—¿Y de apellido? —dije.
—Stankiewicz —dijo él. He de decir, por otra parte, que, según
el testamento de mi esposa, Juan y su hermano, Geraldo, estaban recibiendo
compensaciones de la Alemania Occidental por la confiscación de la librería del
padre de mi esposa en Viena por los nazis después de la Anschluss, la anexión
de Austria por parte de Alemania en Milnovecientos Treintaiocho. El testamento
de mi esposa era antiguo, lo había hecho cuando Walter era pequeño. El abogado
le había aconsejado dejar el dinero a los nietos para evitar una generación de
impuestos. Ella preferiría hacer una buena administración del dinero. Yo estaba
sin trabajo por entonces.
—¿Está tu papá en casa? —dije.
—Se ha ido al cine —dijo él.
Me sentí muy aliviado. No dejé mi nombre. Dije que ya volvería a
llamar.
***
En cuanto a lo que Arpad Leen sospechaba de mí, era libre, como
cualquier otro, de sospechar tanto o tan poco como quisiera. No hubo más
mensajes con huellas dactilares de la señora Graham. El último confirmaba por
escrito que Clewes y yo, Ubriaco, Edel, Lawes, Carter y Fender debíamos ser
nombrados vicepresidentes.
Después, un silencio mortal... pero había habido silencios
mortales anteriormente. Uno de ellos duró dos años. Mientras tanto, Leen
operaba según lo ordenado en una carta que Mary Kathleen le había enviado en
Milnovecientos Setentaiuno, que decía sólo esto: «Adquiera, adquiera,
adquiera.»
De lo que no cabía duda era de que Mary Kathleen había elegido
al hombre adecuado para el puesto. Arpad Leen había nacido para adquirir y
adquirir y adquirir.
¿Cuál era la mayor mentira que le había contado? Que veía a la
señora Graham una vez por semana y que ella era feliz y estaba bien y muy
satisfecha de cómo iban las cosas.
Como declaré ante el gran jurado, él dio todas las pruebas de
creerme, dijese lo que dijese yo sobre la señora Graham.
Me encontraba en una posición extraordinaria con respecto a
aquel hombre, desde el punto de vista teológico. Yo podía aclarar todas las
preguntas fundamentales que él pudiese querer formular sobre su vida.
¿Por qué teníamos que seguir adquiriendo y adquiriendo y
adquiriendo? Porque su deidad quería dar la riqueza de los Estados Unidos al
pueblo de los Estados Unidos. ¿Dónde estaba su deidad? En Morriston, Nueva
Jersey. ¿Estaba satisfecha ella de cómo hacía él su trabajo? Ella no estaba
jamás ni complacida ni satisfecha, puesto que estaba muerta del todo. ¿Qué
debería hacer él pues? Buscar otra deidad a la que servir.
Me hallaba en una posición extraordinaria, desde el punto de
vista psicológico, respecto a sus millones de empleados, puesto que él era para
ellos una deidad, y sabía teóricamente qué era en concreto lo que él quería y
por qué.
***
En fin, ahora todo lo ha vendido el gobierno federal, que ha
contratado a veinte mil nuevos burócratas, abogados la mitad, para supervisar
la tarea. Muchas personas creían que la RAMJAC era propietaria de todo en este
país. Fue una especie de sorpresa descubrir que sólo poseía un diecinueve por
ciento: ni siquiera una quinta parte. Aun así, la RAMJAC era enorme comparada
con otras empresas. La segunda empresa multinacional en tamaño del mundo libre
era sólo la mitad que la RAMJAC. Las cinco siguientes unidas sólo alcanzaban
dos tercios del tamaño de la RAMJAC.
Hay dólares en abundancia, al parecer, para comprar todas las
mercancías que puede vender el gobierno federal. El propio Presidente de los
Estados Unidos se quedó atónito al ver la cantidad de dólares que se habían
esparcido por el mundo a lo largo de los años. Era como si él hubiese dicho a
todos los habitantes del planeta: «Rastrilla el jardín de casa por favor y
mandadme las hojas.»
Ayer el Daily News publicaba en una página una foto de un muelle
de Brooklyn. En el puerto había más o menos un acre de balas que parecían
algodón. En realidad, eran balas de billetes norteamericanos procedentes de la
Arabia Saudí, para una sucursal de la RAMJAC, Hamburguesas McDonald.
El titular del periódico decía: «¡AL FIN EN CASA!»
¿Quién es el afortunado propietario de todas esas balas?
El pueblo de los Estados Unidos, según el testamento de Mary
Kathleen O’Looney.
***
¿Cuál fue en mi opinión el error que cometió Mary Kathleen en su
plan para una revolución económica pacífica? Por una parte, el gobierno federal
no estaba, en absoluto, preparado para controlar todos los negocios de la
RAMJAC en beneficio del pueblo. Por otra, la mayoría de las empresas,
concebidas sólo para obtener beneficios, eran tan indiferentes a las
necesidades de la gente, como una tormenta, por ejemplo. Mary Kathleen podría
haber dejado igualmente una quinta parte del tiempo meteorológico a la gente.
Los negocios de la RAMJAC, por su propia naturaleza, quedaban tan al margen de
las alegrías y las tragedias de los seres humanos, como la lluvia que cayó la
noche en que Madeiros y Sacco y Vanzetti murieron en la silla eléctrica. Habría
llovido de todos modos.
La economía es un sistema meteorológico desconsiderado... y nada
más.
Darle algo así a la gente, es como reírse de ella.
***
La semana pasada hubo una fiesta en mi honor... una «fiesta de
despedida», podríamos decir. Se celebró en ella la culminación de mi último día
completo en el cargo. Los anfitriones fueron Leland Clewes y su encantadora
esposa Sarah. No han dejado su apartamento de planta baja de Ciudad Tudor, y
Sarah no ha abandonado su trabajo como enfermera particular, aunque Leland debe
sacarse ahora unos cien mil al año en la RAMJAC. Gran parte de su dinero va al
Programa de Padres Adoptivos, organización que les permite ayudar a niños
concretos en circunstancias desgraciadas de varias partes del mundo. Están
manteniendo a cincuenta niños, creo que me dijeron. Me enseñaron fotografías de
algunos.
Para algunas personas, soy una especie de héroe, lo cual es una
novedad. Yo sólo conseguí prolongar la vida de la RAMJAC algo más de dos años.
Si no hubiese ocultado el testamento de Mary Kathleen, los de la fiesta nunca
habrían llegado a ser vicepresidentes de la RAMJAC. A mí en concreto me habrían
sacado de allí por las orejas... y me habría convertido en lo que espero ser,
en realidad, si sobrevivo a mi nueva condena, y que es hombre de los de bolsas
de plástico.
¿Estoy otra vez sin blanca? Sí. Mi defensa ha sido cara. Además,
mis abogados de Watergate se me han echado encima. Aún les debo un montón por
todo lo que hicieron por mí.
Clyde Carter, mi antiguo guardián de Georgia y ahora
vicepresidente de la sección Chrysler Air Temp de la RAMJAC, estaba allí en la
fiesta, con su encantadora esposa Claudia. Hizo una desternillante imitación de
su primo el presidente, diciendo: «Nunca os engañaré» y prometiendo reconstruir
Bronx Sur y demás.
Y allí estaba Frank Ubriaco, con su nueva esposa, la encantadora
Marylin, que sólo tiene diecisiete años. Frank tiene cincuenta y tres. Se
conocieron en una discoteca. Parecen muy felices. Ella dijo que lo que primero
le había atraído de él fue que llevaba un guante blanco en una sola mano.
Decidió que tenía que descubrir por qué. Él le explicó al principio que le
había quemado la mano un lanzallamas comunista chino durante la guerra de
Corea, pero más tarde admitiría que se lo había hecho él mismo con aceite
hirviendo. Han empezado a hacer una colección de peces tropicales. Tienen una
mesita de café con peces tropicales.
Frank inventó un nuevo tipo de caja registradora para la sección
Hamburguesas McDonald. Siempre era un problema encontrar empleados que
entendiesen bien los números, así que Frank quitó los números de las teclas de
la caja registradora y los sustituyó por dibujos de hamburguesas y batidos de
leche y patatas fritas y coca-cola, etc. Para obtener el total de una factura,
bastaba ahora pulsar las imágenes de las diversas cosas que había pedido el
cliente y la caja lo sumaría todo por él.
Frank recibió una gratificación muy buena por eso.
Creo que los saudíes se lo quedarán.
Había un telegrama del doctor Robert Fender, aún en la prisión
de Georgia. Mary Kathleen había intentado que la RAMJAC le nombrase también vicepresidente,
pero no hubo forma de sacarle de la cárcel. La traición es sencillamente un
delito demasiado grave. Clyde Carter le había escrito diciéndole que yo volvía
a la cárcel y que iban a hacer una fiesta en mi honor, y que debía mandar un
telegrama.
Esto era todo lo que decía el telegrama: «Ting-a-ling.»
Era de su relato de ciencia ficción sobre el juez del planeta
Vicuna, no sé si lo recordáis, el que tenía que encontrar un cuerpo nuevo que
ocupar, y que entró volando por mi oreja allí en Georgia, y se quedó adherido a
mis sentimientos y a mi destino hasta mi muerte.
Según el juez del relato, así era como decían ellos tanto hola
como adiós en Vicuna: «Ting-a-ling.»
«Ting-a-ling» era como el hawaiano «aloha», que significa
también hola y adiós.
«Hola y adiós.» ¿Qué más puede decirse? Nuestro idioma es mucho
más amplio de lo necesario.
Pregunté a Clyde si sabía en qué estaba trabajando ahora Fender.
—En una novela de ciencia ficción sobre economía —dijo Clyde.
—¿Te digo qué seudónimo va a usar? —le pregunté.
—«Kilogore Trout» —dijo Clyde.
***
Allí estaban también mi fiel secretaria Leora Borders y su
marido Lance. A él acababan de hacerle una mastectomía total. Me explicó que
sólo se hacía una mastectomía cada doscientos años a un hombre. ¡Vivir para
ver!
Tenían que haber asistido a mi fiesta otros amigos de la RAMJAC,
pero no se atrevieron. Temían que su reputación, y en consecuencia su futuro
como ejecutivos, quedaran empañados si se sabía que eran amigos míos.
Hubo telegramas de otras personas que habían asistido a mis
famosas fiestecitas: John Kenneth Galbraith, Salvador Dalí, Erica Jong, Liv
Ullmann y los Flying Farfans, etc.
Recuerdo que el telegrama de Robert Redford decía así: «Tente
tieso.»
Los telegramas no fueron del todo espontáneos. Según confesaría
Sarah Clewes al ser interrogada, llevaba toda la semana pidiéndolos.
Arpad Leen envió un mensaje oral por mediación de Sarah, que iba
destinado sólo a mis oídos: «Buen espectáculo.» Esto podía tomarse de un millón
de formas distintas.
Arpad no presidía ya el desmembramiento de la RAMJAC, por otra
parte. Le había contratado la American Telephone & Telegraph Company, que
acababa de ser adquirida por una nueva empresa de Monaco llamada BIBEC. Nadie
ha podido descubrir quién o qué es la BIBEC, hasta el momento. Algunos creen
que detrás están los rusos.
Por lo menos esta vez tendré algunos amigos sinceros fuera de la
cárcel.
Había un cuenco de tulipanes amarillos como centro de mesa. Era
abril otra vez.
Estaba lloviendo. La naturaleza colaboraba.
***
Yo estaba sentado en el lugar de honor: a la derecha de mi
anfitriona, Sarah Clewes, la enfermera. De las cuatro mujeres a las que he
amado, con ella siempre me resultó mucho más fácil hablar. Puede que esto se
deba a que jamás le prometí nada, y, por tanto, nunca la decepcioné. Oh, Dios
mío... ¡Cuántas cosas les prometí a mi madre y a mi esposa y a la pobre Mary
Kathleen!
También estaban en la fiesta el joven Israel Edel y su
no-tan-encantadora esposa Norma. Digo que ella es no-tan-encantadora por la
simple razón de que siempre me ha odiado. No sé por qué. Nunca la he ofendido,
y es seguro que está muy satisfecha del giro que ha tomado la carrera de su
marido. De no haber sido por mí, aún seguiría siendo vigilante nocturno de un
hotel. Los Edel están reformando una casa de Brooklyn Heights, con el dinero
que gana él. Aun así... cuando me mira, me siento como algo que el gato trajese
por los pelos. Es exactamente esa sensación. Puede que esté un poco loca.
Abortó mellizos hace más o menos un año. Esto quizás tenga algo que ver. Puede
que, como consecuencia, tenga algún desequilibrio químico. Quién sabe...
De todos modos, no estuvo sentada junto a mí, gracias a Dios. A
mi lado se sentó otra negra: Me refiero a Eucharist Lawes, la encantadora
esposa de Cleveland Lawes, el antiguo chófer de la RAMJAC. Ahora es presidente
de la sección Transico. Ella se llama así realmente: Eucharist. Significa feliz
agradecimiento, y no sé por qué no hay más gente que le ponga ese nombre a sus
hijas. Todo el mundo le llama «Ukey».
Ukey tenía nostalgia del sur. Dijo que la gente allí era más
amable, más tranquila y más natural. Anda detrás de Cleveland para que se
retire a Atlanta o cerca, sobre todo ahora que la sección Transico ha sido
adquirida por Playgrounds International, que, como todo el mundo sabe es una
pantalla de la Mafia. Aunque no pueda demostrarse.
Mi propia sección ha sido absorbida por I. G. Farben, una
empresa de la Alemania Occidental.
—No será la misma RAMJAC de siempre —le dije a Ukey—. Eso es
seguro.
Hubo regalos... unos tontos y otros no. Israel Edel me dio un
helado de cucurucho de goma con un pito dentro... un juguete para mi perrita,
que es una apso de Lhasa, como un dorado cepillo del polvo sin mango. Yo de
joven nunca pude tener perros, porque Alexander Hamilton McCone los detestaba.
Así que éste es el único perro al que he llegado a conocer bien... y duerme
conmigo. Ronca. También roncaba mi mujer.
Nunca la he apareado, pero ahora, según el veterinario, el
doctor Howard Padwee, está experimentando un falso embarazo y cree que el
helado de goma es un cachorro. Lo esconde en los armarios. Lo sube y lo baja
por las escaleras de mi dúplex. Está incluso segregando leche para él. Estamos
poniéndole inyecciones para que deje de hacerlo.
Es curioso lo profundamente seria que la ha hecho la naturaleza
respecto a un helado de cucurucho de goma: cucurucho de goma marrón, helado de
goma rosa. Tengo que investigar qué compromisos igualmente ridículos he hecho
yo con cosas inútiles. No es que importe en realidad. No estamos aquí por
ningún fin, a menos que podamos inventarlo. De eso estoy seguro. La condición
humana en un universo en explosión no variaría en absoluto si, en vez de vivir
como vivo, no hubiese hecho más que llevar un helado de cucurucho de goma de
armario en armario durante sesenta años.
Clyde Carter y Leland Clewes colaboraron para hacerme un regalo
mucho más costoso: una computadora que juega al ajedrez. Es del tamaño
aproximado de una caja de puros, pero la mayor parte del espacio lo ocupa un
compartimento que es donde van las piezas. La computadora en sí no es mayor que
un paquete de cigarrillos. Se llama «Boris». Boris tiene una ventanita estrecha
y larga en la que anuncia sus jugadas. Puede bromear incluso con las jugadas
que hago yo. «¿De veras?» dice. O «¿Has jugado antes a este juego?» O «¿Es una
trampa?» O «Localízame una reina».
Son chistes típicos del ajedrez. Alexander Hamilton McCone y yo
intercambiábamos los mismos chistes aburridos sin cesar cuando, por una futura
educación en Harvard, acepté ser su máquina de jugar al ajedrez. Si hubiese
existido Boris por entonces, puede que yo hubiese ido a Western Reserve, y que
me hubiera hecho asesor fiscal u oficinista de una serrería, o vendedor de
seguros o cualquier otra cosa parecida. Pero soy, por el contrario, el
estudiante de Harvard más desacreditado desde Putzi Hänfstaengl, que era el
pianista favorito de Hitler.
Al menos doné diez mil dólares a Harvard antes de que vinieran
los abogados y me quitasen otra vez todo el dinero.
***
Y me llegó por fin la hora, en la fiesta, de contestar a todos
los brindis que se habían hecho en mi honor. Me levanté. No había bebido una
gota de alcohol.
—Soy un reincidente —dije. Definí la palabra explicando que
describía al individuo que suele reincidir en el delito o en la conducta
antisocial.
—Es interesante conocer esa palabra —dijo Leland. Risas
generales.
—Nuestra encantadora anfitriona ha prometido otras dos sorpresas
antes de que acabe la velada —dije.
Resultaron ser la aparición de mi hijo y su pequeña familia
humana, y la audición de un disco de una parte de mi declaración ante el
congresista Richard M. Nixon de California y otros, mucho tiempo atrás. Había
sido grabada a setenta y ocho revoluciones por minuto. Imaginaos.
—¡Como si no hubiese tenido ya bastantes sorpresas! —dije.
—No lo bastante agradables, viejo —dijo Cleveland Lawes.
—Dilo en chino —le dije. No sé si recordáis que había sido
prisionero de los chinos durante una temporada. Lawes dijo algo que, desde
luego, sonaba a chino.
—¿Cómo sabemos que no estás pidiendo cerdo agridulce? —dijo
Sarah.
—De ningún modo —dijo Lawes.
Habíamos empezado el banquete con ostras, así que proclamé que
las ostras no eran tan afrodisíacas como creían muchos.
Hubo abucheos, y luego Sarah Clewes me lanzó el golpe bajo de
este chiste concreto:
—¡Walter se comió doce la otra noche —dijo— y sólo hicieron
efecto cuatro!
Había perdido otro paciente el día anterior.
Más risas generales.
Y de pronto me sentí ofendido y deprimido por lo tontos que
éramos. Después de todo, las noticias difícilmente podrían haber sido peores.
Extranjeros y delincuentes y otros intereses financieros de codicia sin
límites, estaban tragándose a la RAMJAC. El legado de Mary Kathleen al pueblo
se estaba convirtiendo en montañas de papel moneda, que se derrochaba a su vez
en una inmensa y nueva burocracia y en honorarios de los abogados y de los
asesores, etcétera, etcétera. Lo que quedase, según los políticos, ayudaría a
pagar el interés de la deuda nacional del país, y permitiría adquirir un
porcentaje mayor de las autopistas y edificios públicos y armas modernas que
tanto se merecían.
Además, yo estaba a punto de volver a la cárcel.
Así que decidí quejarme de nuestra frivolidad.
—¿Sabéis lo que va a acabar matando este planeta? —dije.
—¡El colesterol! —dijo Frank Ubriaco.
—La falta absoluta de seriedad —dije—. A nadie le importa ya un
pimiento qué es lo que pasa en realidad, qué es lo que va a pasar, o cómo
pudimos meternos en este lío.
Israel Edel, con su doctorado en historia, consideró esto como
un indicio de que estábamos haciéndonos aún más estúpidos, si tal cosa era
posible. Así que empezó a hacer unos sonidos, bips y bups, que otros empezaron
a imitar. Era un remedo de supuestas señales de seres inteligentes del espacio
exterior, que se habían recibido por radiotelescopios precisamente la semana
anterior. Era la última gran noticia, y de hecho había relegado el asunto de la
RAMJAC a las páginas interiores. La gente andaba haciendo bips y bups y
riéndose no sólo en mi fiesta sino en todas partes.
Al parecer nadie estaba en condiciones de explicar lo que
significaban las señales. Pero los científicos decían que si venían de donde
parecía que venían, tenían que tener una antigüedad de un millón de años o más.
Si la Tierra respondía, sería el principio de una conversación muy lenta, desde
luego.
***
Así que renuncié a decir cosas serías. Conté otro chiste y me
senté.
La fiesta terminó, como dije, con la llegada de mi hijo y mi
nuera y sus dos hijos, y con la audición del disco de los últimos minutos de mi
declaración ante un comité del Congreso en Milnovecientos Cuarentainueve.
A mi nuera y a mis nietos les resultó natural y fácil, al
parecer, otorgarme los honores debidos a un abuelo que, todo hay que decirlo,
era un viejecito limpio, aseado y agradable. Supongo que el modelo que
encontraron los niños para poder quererme fue Santa Claus.
Mi hijo me sorprendió. Me pareció tan vulgar y tan enfermizo; me
pareció un joven con un aire muy desdichado. Era más bajo que yo y casi tan
gordo como era su pobre madre al final de su vida. Yo aún conservaba casi todo
el pelo, pero él estaba calvo. Quizás heredase la calvicie del lado judío de su
familia.
Fumaba en cadena cigarrillos sin filtro. Tosía mucho. Tenía el
traje salpicado de quemaduras de cigarrillo. Le miré mientras oíamos el disco y
vi que estaba tan nervioso que tenía tres cigarrillos encendidos a la vez.
Me había dado la mano con la pulcra aflicción de un general
alemán que se rindiese en Stalingrado, por ejemplo. Yo para él seguía siendo un
monstruo. Su mujer y Sarah Clewes le habían forzado a venir, en contra de su
mejor juicio.
Lástima.
El disco nada cambió. Los niños, que seguían allí después de
bien pasada ya su hora de acostarse, estaban inquietos y adormilados.
El objetivo de poner el disco había sido el de honrarme, dejar
que personas que no lo supieran, me oyeran y vieran qué idealista había sido yo
de joven. La parte en la que yo traicionaba involuntariamente a Leland Clewes
diciendo que había sido comunista estaba en otro disco, imagino. No lo
pusieron.
Sólo mis últimas palabras me interesaron realmente. Las había
olvidado.
El congresista Nixon me había preguntado por qué, siendo como
era hijo de emigrantes que habían sido tan bien tratados por los
norteamericanos, siendo un hombre que había sido tratado como un hijo y enviado
a Harvard por un capitalista norteamericano, había sido tan ingrato con el
sistema económico norteamericano.
La respuesta que le di no era original. Yo nunca he sido
original. Repetí lo que había contestado mi héroe de otros tiempos, Kenneth
Whistler, al mismo tipo de pregunta general, hacía mucho, muchísimo tiempo.
Whistler había sido testigo en el juicio de unos huelguistas acusados de
violencia. El juez había sentido curiosidad por él y le había preguntado por
qué un hombre tan culto como él y de tan buena familia se había incorporado a
la clase obrera.
La respuesta robada que di a Nixon fue ésta: «¿Por qué? Por el
Sermón de la Montaña, señor.»
Hubo una cortés ovación cuando los asistentes a la fiesta se
dieron cuenta de que el disco había terminado.
Adiós.
FIN

