Libro N°. 3086. Palmira. Vazquez Figueroa, Alberto.
© Libro N°. 3086. Palmira. Vazquez Figueroa, Alberto. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Palmira. Alberto Vazquez Figueroa
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PALMIRA
Alberto Vazquez Figueroa
—Quiero
contarte la historia de Palmira.
—Prefiero contarte yo una historia y tú la escribes. Me cansa
que todo el mundo pretenda que le escriba sus historias.
—No es la mía. Es la de alguien a quien no conoces. Si cuando
haya concluido, crees que no te interesa, no la escribas, pero al menos tienes
que escucharme. Me debes eso.
¿Se lo debía? Tal vez sí; tal vez no: depende de como se mirara.
Hacía ya cinco años que Andrea y yo nos conocíamos, y aunque había perdido
tiempo atrás toda esperanza de conseguir que me ofreciera algo más que su
tranquila amistad, en muchas ocasiones, cuando no me agradaba la idea de cenar
aburrido o acudir en solitario a una gala nocturna, no había dudado en hacerme
compañía, y lógicamente mi vanidad masculina agradecía la presencia de una
mujer tan elegante, refinada y espectacular.
En aquel mismo instante, allí, almorzando en la piscina del
«Hotel Majestic», que durante los días del Festival se encontraba atestada de
provocativas muchachitas que mostraban sin recato sus senos perfectos y sus
cuerpos mínimamente cubiertos, Andrea, discretamente ataviada con una vaporosa
falda plisada y una blusa apenas escotada, atraía con más fuerza las miradas de
los hombres y los objetivos de las cámaras de los fotógrafos que todas las
starlettes juntas, e incluso que la famosísima Charlotte Rampling que ocupaba
una mesa cercana.
—¿Qué tiene de especial la historia de Palmira?
—¿Vas a escucharla?
Había un tono en su voz, y un brillo en su mirada, que me hizo
presentir que aquél no podía ser un relato vulgar, aunque, a decir verdad,
desde el momento mismo en que había hecho su aparición en el bar del hotel, me
asaltó la impresión de que algo había cambiado profundamente en Andrea, y no
era ya la muchacha jovial, despreocupada y sin problemas, de años antes.
—No tengo nada mejor que hacer hasta las nueve.
—No creo que me lleve tanto tiempo.
Patrick, el atento maître italiano que me reservaba exactamente
la misma mesa en el mismo rincón de la piscina desde hacía ocho años, acudió
como de costumbre con un gran plato de langostinos «obsequio de la casa»,
sonrió admirativamente a mi acompañante y, tras tomar nota de lo que
deseábamos, se alejó con su discreción de siempre para ordenar a sus camareros
que procurasen interrumpirnos lo menos posible.
—¿Y bien? –El disgusto que descubrí en sus fascinantes ojos me
obligó a sentirme más culpable por mi burlona sonrisa que toda una catarata de
reproches.
—Jamás podrás tomarte nada en serio, ¿no es cierto? –musitó
apenas–. A menudo me pregunto cómo puedes ser escritor, si te muestras siempre
tan frívolo. ¿O soy únicamente yo quien te impulsa a comportarte de ese modo?
¿Tan idiota parezco?
Aun sin pretenderlo, cambié el tono:
—Siempre te he considerado una de las mujeres más inteligentes
que conozco, y sabes que si no estuviera casado te habría propuesto que te
vinieras a vivir conmigo. –Le encendí el cigarrillo con el que jugueteaba
nerviosamente hacía ya mucho rato e intenté congraciarme de nuevo con ella–. No
te enfades y cuéntame esa historia.
Me miró largamente y me asaltó la sensación de que me estaba
examinando, como si tratase de convencerse de que hacía bien en confiar en mí,
y yo era en verdad algo más que el amigo ocasional que aparecía por Cannes una
vez al año, la invitaba a cenar o a las ridículas fiestas que organizaban las
grandes productoras cinematográficas, y desaparecía de nuevo quince días más
tarde para no tener más noticias mías a lo largo del año que una corta llamada
telefónica por Navidad.
—Llevo tiempo esperándote –dijo al fin–. Me sentía impaciente
por contarte lo que ha ocurrido, pero ahora me haces dudar. Cuando leo tus
libros me siento cerca de ti, pero, curiosamente, cuanto más me aproximo
físicamente, más lejos me siento: como si fueras otra persona; como si me
asaltara el temor de que en realidad no eres tú quien escribe.
—Le ocurre a mucha gente –admití–. Los lectores tienden a
idealizar al escritor porque posee la facultad de crear, sin comprender que tan
sólo tenemos una mayor facilidad para expresar con letras lo que otros expresan
con palabras.
—Pero tu sensibilidad.
—A menudo la sensibilidad no es más que una de las tantas
facetas del oficio. Pero dejemos eso. Háblame de Palmira. Me gusta el nombre.
—Es sudamericano. Guatemalteco.
—Me encanta Guatemala. Es un país precioso.
—Palmira siempre hablaba de sus lagos. Y sobre todo del color,
añil, de su cielo.
—¿Dónde la conociste?
—En la Galería. –Dudó–. Bueno: En la Galería exactamente, no. La
primera vez que la vi fue en «Félix». Yo estaba almorzando con una cliente
cuando entró y desde el primer momento me llamó la atención, más que por su
exótica belleza, por su extraordinaria distinción y su aire ausente. –Pareció
estar visualizando mentalmente aquel momento–. Se sentó como rodeada por la más
angustiosa soledad que se pueda concebir en ser humano alguno, inmersa en sus
pensamientos, sin reparar en nadie hasta que me vio, porque a partir de ese
momento no, apartó apenas la mirada, y debo confesar que nunca me he sentido
tan observada por nadie, ni aun siquiera por ti, aquella primera noche en el
«Tetou».
»Recuerdo que derramé el vino y la sopa, y tuvieron que colocar
tres servilletas sobre el mantel porque parecía que hubiera estado comiendo una
piara de cerdos.
»Me sentí incómoda. Halagada porque a toda mujer le gusta que la
admiren, pero incómoda porque sus enormes ojos negros parecían estar analizando
cada uno de mis gestos con un interés y un detenimiento que no había percibido
hasta entonces ni en el más impertinente de los hombres.
—Entiendo. No hizo caso de mi comentario, se limitó a echarse
atrás ligeramente permitiendo que el camarero colocara ante ella el melón con
Oporto que había pedido, y tras probarlo y asentir con un leve gesto de cabeza,
añadió:
—A la mañana siguiente entró en la Galería y ni siquiera me pasó
por la mente la idea de que me hubiera seguido, aunque luego supe que lo había
hecho la tarde anterior. Compró, sin discutir el precio, el cantarano de ébano
y marfil que tanto te gustaba y se interesó por una pareja de jarrones chinos
que había perdido la esperanza de colocarle a nadie ya que la cifra que pedía
por ellos incluso a mí misma se me antojaba escandalosa.
—Haberlos rebajado.
—Hubiera perdido dinero. Me equivoqué al comprarlos y no me
quedaba más remedio que apechugar con ellos a la espera de que surgiera alguien
dispuesto a pagar un capricho extravagante. En la Costa vive gente muy rica y
confiaba en que alguna millonaria loca decidiera llevárselos.
—¿Se los llevó?
—Tres días más tarde –asintió–. Me invitó a almorzar para
discutir el asunto y pedirme consejo sobre dónde debía colocarlos y,
naturalmente, acepté.
—¿Por qué?
—En primer lugar porque estaba en juego lo que para mí
constituía una pequeña fortuna y, en segundo, aunque tal vez en realidad eso
fuera lo más importante, porque su personalidad me fascinaba y sentía
curiosidad por saber algo más sobre ella y sobre las razones que tenía para
interesarse tanto por mí.
—¿Se interesaba realmente por ti?
—¡Desde luego! Durante toda la comida apenas hablamos de los
jarrones porque no hizo otra cosa que preguntar sobre mis gustos, mi trabajo,
mi familia y mi vida privada.
—¿No te molestaba semejante interrogatorio?
—En absoluto. Se comportaba con tanta sencillez y amabilidad,
que a los pocos minutos perdí toda prevención, y cuando al terminar me invitó a
dar un paseo, me sentí su amiga independientemente de que se quedara o no con
los jarrones.
—¿Qué sabías de ella?
—Muy poca cosa; que había nacido en Guatemala y desde hacía ocho
años vivía en Antibes. No le gustaba hablar sobre sí misma. Prefería hablar de
mí, o de pintura, libros y decoración. –Sonrió–. Te conocía. No mucho, pero
cuando le hablé de ti se mostró interesada, me preguntó qué clase de relación
manteníamos, y acabó aceptando que había leído un par de libros tuyos, aunque
admitió que no le interesaban demasiado tus temas.
—La odio.
—No puedes pretender que tus libros le gusten a todo el mundo.
—Por lo menos deberían gustarle a las mujeres altas, guapas y
elegantes. Los fontaneros barrigones no me interesan. –Le guiñé un ojo–.
¿Cambiaría de opinión si me conociera personalmente?
No obtuve respuesta. Quizá porque en esos momentos habían
acudido a retirarnos los platos, o quizá porque no le había hecho gracia mi
estúpido comentario y prefería ignorarlo fingiendo que se distraía observando a
un hombrecillo bizco, encorvado, barbudo y casi andrajoso que acababa de hacer
su aparición rodeado de fotógrafos.
—Cuesta trabajo admitir que sea una estrella de cine –señaló sin
acritud–. Y que, además, haya hecho el último Tarzán. En mi juventud los
tarzanes eran altos, guapos, fuertes y con aspecto limpio y sano. Éste tiene
todo el aire de un alcohólico o un drogadicto. Con Weissmuller le hubieran dado
el papel de la mona.
—Los hombres ya no son lo que eran.
Me miró con dureza y sus ojos consiguieron que me sintiera
ridículo y patoso.
—Me estás prejuzgando –musitó apenas.
—Lo siento. Perdona.
—No tiene importancia. Si incluso a mí me costó meses aceptar
mis propios sentimientos, no puedo pretender que entiendas la situación cuando
apenas he empezado a exponértela. No resulta en absoluto fácil tratar a Palmira
–continuó al poco–. Se mostraba dulce, atenta y delicada, pero era siempre, al
propio tiempo, un ser distante e inalcanzable del que tenías continuamente la
sensación de que estaba muy lejos, como si el mundo y las personas que la
rodeaban le resultasen extraños y no consiguiera comprender las razones por las
que existían o se movían a su alrededor.
—¿Cuál es su signo? Lanzó un sonoro resoplido:
—¿Hasta cuándo vas a continuar diciendo tonterías? –inquirió–.
¿Acaso crees en eso?
—No. Pero si mal no recuerdo te entusiasmaba la Astrología.
—Ya no.
—Has cambiado mucho.
Asintió apenas.
—Mucho, en efecto. ¿Por qué tendría que negarlo?
A partir de aquel día volvió continuamente por la Galería y
comíamos juntas, dábamos largos paseos, íbamos de compras y compartíamos todos
los momentos que nos quedaban libres.
Hizo una pausa y quedó ausente, con la vista fija en un punto
perdido más allá de los altos setos que rodeaban la piscina, como si estuviera
rememorando un tiempo muy feliz por el que sentía una invencible nostalgia.
—Tenía un amargo y cáustico sentido del humor –continuó–. Aunque
sufría continuos altibajos pasando del entusiasmo a la depresión sin que jamás
consiguiera adivinar las razones de semejantes cambios.
El camarero había colocado ante ella el segundo plato: un
lenguado a la plancha de magnífico aspecto, pero se diría que los recuerdos
habían tenido la virtud de quitarle el apetito y ni siquiera hizo ademán de
probarlo, limitándose a encender un cigarrillo y continuar su relato sin apenas
mirarme.
—Al fin un día me habló de su marido y sus hijos y te mentiría
si no admitiese que aquello constituyó una especie de golpe bajo inesperado.
Quizá por primera vez en mi vida experimenté algo muy parecido a los celos, o
tal vez sería mejor decir envidia, porque imaginar que alguien podía disfrutar
de la diaria presencia de Palmira, compartir su vida y sentirla de alguna forma
como algo propio me hizo daño, pues me había hecho a la idea de que era un ser
surgido de la nada, que no tenía pasado ni más presente ni futuro que compartir
todos mis momentos de angustia o felicidad.
Una vez más se hundió en uno de sus largos silencios, se fue muy
lejos, probablemente en busca de aquella extraña mujer que la mantenía
obsesionada, y tuve que hacer un gran esfuerzo y concentrarme en lo que estaba
comiendo para evitar cometer el tremendo error de preguntar algo muy delicado
que continuamente pugnaba por escapar de mis labios.
Permití que regresara por sí misma a la realidad del mundo y la
piscina, al reparar en el hecho de que el conocido rostro que tomaba ahora
asiento en la mesa vecina era el de Charles Aznavour, y sonrió levemente como
si acabara de descubrirme después de mucho tiempo.
—Es Aznavour –dijo–. Fuimos a verle juntas. Nos gustó mucho.
—Me hablabas de su marido y sus hijos.
—¡Ah, sí! Ellos. Un día Palmira me invitó a pasar un largo fin
de semana en su yate. El Isla Negra, y la verdad es que no puedo explicar
cuáles eran mis sentimientos cuando por fin subí a bordo.
Omar Monteverde era un hombre dulce, hermoso y frágil que
recordaba a un salvaje pirata al timón de su nave, para pasar de inmediato,
casi sin solución de continuidad, a convertirse en un chiquillo travieso o en
un ser ensimismado y ausente al que sus hijos veneraban.
Las niñas, Celeste y Violeta, habían sacado los rasgos y el
carácter de su madre, y el chico, Ismael, la exótica belleza de Palmira y la
rojiza cabellera y la altivez de un lejanísimo antepasado, el Conquistador Don
Pedro de Alvarado que volvió locas de amor a la mitad de las princesas del
Nuevo Mundo.
A Andrea le resultó inconcebible que pudiese encontrarse en el
mundo una familia más perfecta, y a causa de ello desde un principio le
desconcertó el aparente esfuerzo que Palmira se veía obligada a realizar, para
responder a las manifestaciones de afecto con que parecían asediarla su marido
y sus hijos.
A su modo de ver cualquier mujer hubiera tenido que sentirse
plenamente feliz con cuanto ella poseía, pero resultaba evidente que Palmira
Monteverde mantenía una confusa lucha interna que la obligaba a mostrarse
distante e incluso a menudo fría con los suyos, lo cual provocaba una especie
de desazón y desconcierto entre los niños.
El varón parecía esforzarse por ocultar su frustración buscando
refugio en la pesca, por lo que se mantenía siempre ensimismado, mientras las
hembras pululaban continuamente, en torno a su padre, y la menor, Violeta, se
la creería incapaz de sobrevivir si la alejaban unos metros del ser que se
había convertido en el eje de su existencia.
Si Omar se encontraba al timón, se sentaba a su lado; si
fotografiaba gaviotas, le sujetaba las cámaras; si comía, trepaba a sus
rodillas, y si se lanzaba al agua a bucear, le seguía con la vista a todas
partes, reflejando en su moreno rostro la angustia que le producía el hecho de
que cualquier horrendo monstruo de las profundidades pudiera arrebatárselo
definitivamente.
Celeste, ya casi una mujer por su forma de hablar y comportarse,
fue la que más identificada se sintió desde un principio con Andrea; la que
acudió en su ayuda al comprender que se sentía en cierto modo desplazada, y la
que contribuyó a levantarle el ánimo con frases de admiración por la belleza de
su rostro, la elegancia de sus vestidos, o la perfección de su cuerpo cuando
decidió ponerse en bañador.
—Mamá habla mucho de ti –fue su saludo–. Dice que eres muy
simpática y muy inteligente. También eres muy guapa. ¿Lo sabías?
—Supongo que eso es siempre lo primero que averiguamos las
mujeres. Tú también sabes ya que eres muy guapa, ¿verdad?
La chiquilla rió divertida y la tomó de la mano conduciéndola
hacia el pequeño camarote que le habían asignado, como si con ello pretendiera
rubricar la relación de amistad que acababa de nacer entre ambas.
—¡Ven! –pidió–. Te ayudaré a instalarte. ¿Sabes que eres la
primera persona que mamá invita al barco? Siempre dice que es como nuestro
castillo; la fortaleza inexpugnable vedada a los extraños. Te debe apreciar
mucho.
—Yo también a ella.
—No lo parece por los jarrones que le has vendido. ¡Son
horribles!
—¿Horribles? –Se escandalizó–. ¡Son auténticos jarrones chinos
de la dinastía Ming! Valen una fortuna.
—¡Ya lo creo que valen una fortuna! Papá casi se traga la pipa
cuando se enteró del precio.
El reproche le hizo sentirse culpable y tras la cena, cuando ya
Omar había acompañado a los niños a sus literas y se sentaron a tomar café en
la cubierta de popa observando cómo las luces de Mónaco brillaban a lo lejos,
por babor, ofreció a Palmira la ocasión de devolverle los jarrones con la
disculpa de que un cliente árabe parecía interesado en adquirirlos.
—No es verdad y lo sabes –fue la respuesta de la guatemalteca–.
Sólo dos locas como tú o como yo somos capaces de pagar por ellos lo que hemos
pagado, pero existe algo en esos jarrones que me gusta: cuando este yate, mi
casa, mis muebles, mis joyas o mi «Rolls» no valgan nada, y de nosotros no
quede tan siquiera el recuerdo, aparecerá otro loco dispuesto a gastarse en
ellos una fortuna aunque tan sólo sea por lo que han significado a lo largo de
la Historia. –Se puso en pie bruscamente–. Y ahora me voy a dormir; estoy
cansada. –Le miró a los ojos y aquella mirada le resultó más extraña que
nunca–. Hazle compañía a Omar. –pidió–. No le gusta quedarse solo.
Desapareció en el pasillo sin dar tiempo siquiera a desearle un
buen descanso, y tanto su marido como Andrea quedaron desconcertados, pues
hasta aquel momento apenas habían cruzado un par de palabras y nada tenían en
común cuando les faltaba el nexo de unión que significaba Palmira.
El cielo y sus estrellas acudieron en su ayuda, porque Omar lo
eligió como tema de conversación que pusiera fin a la incómoda situación en que
les habían dejado, aunque se lamentó de que aquél era un firmamento que no
conocía tan a la perfección como el del hemisferio austral.
—Allí tuve tres años para estudiarlo a fondo –dijo–. Ése fue el
tiempo que Pinochet me mantuvo encerrado en un campo de concentración del sur
de mi país.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Fue la pregunta que hice durante aquellos tres años, y la que
luego me hice a mí mismo durante mucho más tiempo. Pero llegué a la conclusión
de que los tiranos nunca tienen respuestas. No las necesitan. El único lenguaje
que comprenden es el suyo propio: la violencia.
—Nunca he visto que la violencia conduzca a nada.
—En mi país es ya el único camino que queda. Lo hemos intentado
todo por la vía del diálogo, pero resulta inútil. De ahora en adelante les
daremos lo que entienden: sangre y muerte.
Andrea observó un tanto confusa a aquel hombre con aspecto de
galán de cine, vestido de seda natural, bronceado y sentado a la popa de un
lujoso yate que surcaba pacíficamente las aguas mediterráneas, y le costó
trabajo admitir que estuviera hablando seriamente de revolución y muerte a
miles de kilómetros de su patria.
Él pareció captar su pensamiento porque dejó a un lado la
cachimba que había estado chupeteando desde hacía una hora y sonrió apenas con
la comisura de los labios.
—No se llame a engaño –le advirtió–. El hecho de que me
encuentre aquí, no significa que olvide a los míos. Por el contrario, me obliga
a sentirme culpable por una libertad y un bienestar del que ellos carecen, y me
impulsa a luchar con más fuerza para que un día pueda disfrutar plenamente, y
con la conciencia limpia, de cuanto la vida me ofrece.
—No creo que tenga la culpa de que Pinochet mande en Chile.
—«Todos» los chilenos tenemos una parte, grande o pequeña, de
esa culpa. Hay quien lo acepta, y hay quien trata de olvidarlo. A mí, que vi
cómo se llevaban a una pobre gente que ningún mal había hecho para «darle un
paseo» del que jamás volverían, me resulta imposible olvidar o perdonar. –Hizo
un significativo gesto a su alrededor señalando la magnificencia del barco en
que se encontraban–. «Esto» no significará nunca nada hasta que los asesinos
paguen por sus crímenes.
No eran palabras vanas destinadas a impresionarla y Andrea lo
entendió así. Omar Monteverde parecía tener dos vidas paralelas que
difícilmente se unirían: la del hombre casado con una hermosa millonaria, y la
del combatiente martirizado por la necesidad de liberar a su pueblo de un
sanguinario canalla.
—¿No le asusta poner en peligro a su familia por continuar en
esa lucha? –quiso saber–. Palmira y los niños ni siquiera conocen Chile.
—Ella sabía mi forma de pensar desde el primer momento. Le
advertí que casarme no significaba renunciar a mis ideas, y aceptó el riesgo.
Dejar de combatir tan sólo por el hecho de que me casaba con una mujer rica
hubiera sido tanto como admitir que mis ideales carecían de valor, ¿no le
parece?
Andrea hizo un leve gesto de asentimiento y señaló el nombre del
yate que destacaba sobre un salvavidas.
—¿Lo de Isla Negra es por Neruda?
—¿Por quién si no? Sólo cuando en su casa de Isla Negra vuelva a
resonar su voz sin que nadie la acalle, y desde Atacama a la Patagonia se le
pueda recitar sin miedo a la cárcel o la muerte, me consideraré con derecho a
disfrutar de toda la riqueza y felicidad que Palmira ha sido capaz de
proporcionarme.
Sin embargo, Andrea no podía evitar experimentar la indefinible
sensación de que aquella felicidad no resultaba en absoluto compartida, y de
alguna forma Palmira oscilaba continuamente en su forma de comportarse, pasando
de la más entusiasta expresión de cariño a un instintivo rechazo, aunque su
marido parecía no querer aceptar que la mujer a la que había entregado su vida
sufría un confuso proceso de transformación para el que ni siquiera él –que
tanto la conocía– hubiera sabido encontrar razones válidas.
Los días en el Isla Negra transcurrían pese a ello placenteros y
alegres; días de sol y mar y gaviotas; días de risas infantiles y bromas
inocentes; días en los que Andrea sufrió internamente al ver con qué adoración
aquel hombre contemplaba a su esposa, y con cuán contenida tensión ésta se veía
obligada a responder de mala gana a sus atenciones y caricias.
Tendida al sol sobre cubierta durante las más pesadas horas de
la media tarde, aquellas en las que el bochorno y la laxitud llenaban su
cerebro de fantasías, Andrea se descubría a menudo tratando de imaginar cuál
sería la reacción de Palmira si en lugar de las manos de Omar fueran las suyas
las que trataran de acariciarla, y tratando de averiguar, con cierto miedo,
cuál sería su propia reacción de presentarse el caso.
Jamás, que recordara a lo largo de sus casi treinta años de
existencia, había sentido la más mínima atracción por un miembro de su sexo, y
ni aun los difíciles tiempos de la pubertad, cuando muchas de sus compañeras de
internado se entregaban a inquietantes escarceos que no siempre concluían
inocentemente, experimentó tan siquiera un asomo de curiosidad por lo que
hacían, pues casi desde que tenía uso de razón tuvo muy claro que lo que en
verdad inquietaba su ánimo era un hombre de cabellos oscuros y voz recia y
profunda.
Y sin embargo mil pensamientos extraños invadían ahora de
continuo su mente, y en todos ellos se encontraban presentes la ancha y carnosa
boca o los desafiantes pechos de Palmira, y le producía daño y placer
contemplarla semidesnuda en la cubierta de popa, o tumbada en la playa mientras
su marido y sus hijos jugaban en la arena.
Luego, súbitamente, desaparecía. Dormitaba allí, a diez metros
de distancia, tranquila y relajada, y de improviso en un abrir y cerrar de ojos
ya no estaba, y resultaba en ese caso completamente inútil gritar su nombre,
porque podría creerse que, durante poco menos de una hora, se hubiera diluido
en el aire como una pompa de jabón que reventara.
¿Adóndeiba? No existía respuesta, porque se encontraran donde se
encontraran, ella siempre parecía ingeniárselas para perderse de vista sin ser
advertida y sin permitir que le pidieran explicaciones a su vuelta, pues
resultaba evidente que aquél había sido un tiempo que se reservaba en exclusiva
tal vez para disfrutar a solas de sus más íntimos pensamientos.
—¡Por ahí! –replicaba cuando alguno de los niños le preguntaba
dónde había estado, y nadie era capaz de sacarle una sola palabra más, ni ella
parecía dispuesta a ofrecer ningún tipo de aclaración.
Andrea hubiera deseado saber los auténticos motivos de aquellas
ausencias, e incluso conocer hasta sus más recónditos secretos, al igual que
pretendía hacerle partícipe de cuanto la inquietaba en aquellos momentos, pero
intuía que aún era demasiado pronto para exteriorizar sus sentimientos, dado
que ni siquiera ella misma conseguía calibrar su exacta dimensión.
Fruto de un matrimonio mal avenido, criada en internados; a
caballo siempre entre una madre histérica y un padre desvergonzado que había
quemado dos fortunas en las mesas de juego, Andrea se había acostumbrado a ser
desde muy niña una criatura introvertida y solitaria, avara de entregar un
cariño que nadie había sabido valorar hasta el presente.
Allí permanecía ese cariño, a la espera de que alguien acudiera
a disfrutarlo, pese a que siempre le aterrorizó la idea de que a la hora de
ofrecerlo encontrara por respuesta una actitud semejante a la que descubría en
Palmira respecto a su familia: aquel despego; aquel estar presente y ausente al
mismo tiempo; aquella continua entrega de la palabra y la sonrisa pero
manteniendo muy lejos el pensamiento.
—Es hermosa, ¿verdad? –Celeste había hecho su aparición, como
saliendo de la nada, pero tuvo la absoluta seguridad de que llevaba largo rato
observando cómo ella observaba a su vez a Palmira.
—Muy hermosa.
—Tú también lo eres –señaló la niña condescendiente y como
intentando evitar que se ofendiera–. Pero nunca, nadie, conseguirá ser tan
hermosa como ella. ¿Crees que nos parecemos?
Fingió estudiarla con especial detenimiento.
—Mucho –admitió al fin.
—Cuando sea mayor quiero ser como mi madre –rió divertida–. Y
tener un marido como mi padre, aunque nunca dejarla que se metiera en política.
Mi padre sería perfecto si no odiara tanto a Pinochet.
—Le tuvo preso tres años. Es lógico que le odie.
—Pero ha pasado mucho tiempo. Es hora de que olvide. Todos
seríamos más felices si lo hiciera. Sobre todo mamá. Tal vez no tendría
necesidad de desaparecer a veces. –Hizo una significativa pausa–. O de invitar
gente extraña al barco.
—¿Te molesta que me haya traído? –Celeste sonrió levemente, y
quedaba claro que podía resultar tan enigmática y desconcertante como su propia
madre.
—No por ti –replicó–. Me caes bien, pero los fines de semana a
bordo se respetaron siempre como un rito inviolable al que nadie tenía acceso y
no puedo evitar inquietarme si nuestras más íntimas costumbres se quebrantan.
—No volverá a ocurrir.
—Ya ha ocurrido.
Esa misma noche, cuando se quedó a solas con Palmira en cubierta
quiso hacerle partícipe de las preocupaciones de su hija pero no obtuvo de ella
el interés o la receptividad que hubiera deseado, sino tan sólo una confusa
serie de evasivas que contribuyeron a reafirmar su impresión de que sus
pensamientos se encontraban siempre en otra parte. ¿Pero dónde? Andrea
recordaba haber estado muy enamorada años atrás de un hombre casado, y
recordaba también que durante los escasos meses que duró aquella relación jamás
sintió celos de su esposa pese a que le constaba que hacían el amor a menudo,
mientras que, por el contrario, no soportó nunca la idea de que pudiera mirar
siquiera a otra mujer.
Le confundía comprobar que ahora experimentaba unos sentimientos
semejantes, pues se diría que de un modo casi inconsciente no veía en Omar
Monteverde un serio oponente a sus relaciones con Palmira, mientras que le
revolvía la sangre imaginar que cualquier otro ser humano, hombre o mujer,
pudiera interponerse entre ambas.
Llegó a sentirse tan incómoda, y tan llena de dudas sobre sí
misma y su forma de comportarse, que al día siguiente de regresar a Cannes
invitó a comer a Madeleine Durand, que dirigía otra galería de arte muy cerca
del Gray d'Albion.
—Yo no soy en absoluto la persona idónea para aconsejarte –fue
la sincera respuesta que obtuvo a sus preguntas–. Siempre, que yo recuerde, me
atrajo el contacto de otras niñas, me ponía nerviosa cuando venían a verme, y
me gustaba que me vieran bonita, mientras que ni una sola vez en mi vida
experimenté el menor interés por un muchacho. Lo mío es de nacimiento; mi
familia lo asumió desde un principio como el ser rubia o morena, alta o bajita,
guapa o fea, y jamás tuve necesidad de plantearme el hecho de si una mujer me
atraía por simple amistad o por esas otras razones que algunos consideran
«inconfesables». Lo sé desde el primer momento, de la misma manera que sé
cuándo puedo obtener algo de una mujer o no.
Hizo una larga pausa en la que se diría que estaba tratando de
calibrar cuáles eran exactamente los problemas de Andrea y ésta no pudo evitar
sentirse incómoda, como si la estuvieran desnudando íntimamente, pero al fin
añadió:
—De todos modos, conozco a muchas mujeres que han pasado por un
proceso digamos «evolutivo»; de la indefinible heterosexualidad a la
homosexualidad asumida o incluso a la bisexualidad consciente, y me consta que,
en un gran número de casos empezaron confundiendo la amistad con un sentimiento
más profundo. También sucede a menudo que si ninguna de las dos está
«iniciada», jamás se decidan a dar el paso definitivo, que suele ser mucho más
hermoso y menos traumático si un miembro de la pareja dispone ya de una cierta
experiencia. ¿Tu amiga la tiene?
—¿Cómo diablos pretendes que lo sepa?
—¿No te ha hecho ninguna insinuación?
—Ni la más mínima.
—En ese caso –se sorprendió–, ¿qué te hace pensar que tiene
algún tipo de interés «sentimental» en ti?
—No te he venido a preguntar sobre lo que ella siente por mí,
que no tengo ni la menor idea de lo que es, sino de lo que yo siento por ella,
que me tiene confundida. –Encendió un cigarrillo y reflexionó sobre la forma de
conseguir que Madeleine pudiera entenderla sin ir más allá de la estricta
realidad–. Puede que, en efecto, Palmira se sienta un poco cansada de Pinochet
y simplemente busque alguien con quien hablar escapando de la rutina, pero mi
caso es diferente: yo sí que no sé qué es exactamente lo que busco en ella.
—Y, ¿por qué crees que buscas algo? ¿Por qué no puede tratarse
tan sólo de amistad?
—¿Y esa sensación de celos?
—Por lo que te conozco has sido siempre una mujer solitaria,
nunca te has llevado bien con tu familia y el único hombre que en verdad te
interesó era un medio chulo que, además, estaba casado. ¿Qué tiene de extraño
que cuando encuentras a una persona, hombre o mujer, que te ofrece afecto y una
relación gratificante no desees compartirla? No todo tiene que estar siempre
necesariamente relacionado con el sexo. Te lo digo yo, que apenas pienso en
otra cosa.
—¡Gracias!
—¿Por qué? –se sorprendió la otra–. ¿Por decirte lo que creo?
¡Escucha! Aunque la palabra suena dura yo soy lesbiana hasta la médula, siempre
lo fui, no me avergüenzo de ello y me vanaglorio de presentir quién lo es o
puede serlo de una simple ojeada. Y tú puedes ser en este momento una mujer
confundida, pero estoy convencida de que si esa amiga tuya te dijera esta noche
que quiere comerte el coño le dabas una hostia que resonaba en Montecarlo.
—¡Qué bestia eres!
—No; no soy bestia. Tan sólo un poco cruda. –Sonrió burlona,
como si le divirtiera enormemente lo que iba a decir–: Ahora procura no gritar
ni dar un salto –pidió–. Voy a meterte la mano por debajo de la falda y
acariciarte los muslos. ¡Sólo los muslos!, pero quiero que me digas,
sinceramente, qué es lo que piensas.
—¿Te has vuelto loca? ¿Vas a meterme mano aquí sabiendo como
sabe todo el mundo en la Costa quién eres?
—No te preocupes. Será sólo un instante y nadie mira. –Había
deslizado en efecto la mano bajo la mesa y levantándole la falda le acarició
con la punta de los dedos, expertamente, el nacimiento de los muslos justo
hasta alcanzar la prominencia de su pubis–. Dime –quiso saber sin dejar de
mirarla a los ojos–, ¿qué es lo que sientes?
—Asco.
—Sin embargo me consideran una mujer muy atractiva. Tanto
probablemente como pueda serlo tu amiga. ¿Cambiarían las cosas si fuera ella la
que estuviera en mi lugar?
—No lo creo. Y por favor, quita la mano que me estás poniendo
enferma.
Madeleine obedeció, pero no por ello dejó de mirarla a los ojos
al tiempo que sonreía irónicamente.
—¿Lo ves? –exclamó divertida–. Son muchísimas las mujeres
capaces de tener sueños eróticos e incluso imaginar en ciertos momentos que
desearían probar lo que se siente acostándose con otra, pero te garantizo, y lo
sé por experiencia, que del dicho al hecho va mucho trecho, y que la inmensa
mayoría se llevan un susto de muerte cuando descubren que la cosa va en serio.
Yo puede que haya disfrutado iniciando a quince o veinte neófitas, pero te
garantizo que en infinidad de ocasiones me dejaron frustrada porque cuando ya
me tenían caliente echaron a correr y nunca volví a verlas.
Agradeció a Madeleine que se hubiera comportado de una forma tan
franca, brutal y sin ambages, y al regresar a su casa tuvo que meterse de
inmediato en la bañera tratando de arrancar de sus muslos la impresión de que
aún sentía sobre ellos el contacto de aquella mano de piel fina y largas uñas,
y allí, hundida hasta el cuello en el agua espumosa, intentó analizar su
reacción si hubiera sido Palmira la que buscara bajo la mesa aquel contacto tan
íntimo.
Con los ojos cerrados llegó a la conclusión de que no le atraía
la idea de hacer el amor con ninguna mujer, pero poco después descubrió que se
sentía profundamente excitada, y sin poder evitarlo comenzó a acariciarse
suavemente hasta que consiguió un largo, tierno y maravilloso orgasmo que la
dejó rendida y relajada.
Úrsula Andrews acababa de hacer su aparición seguida de un
séquito de secretarios, guardias de seguridad y miembros de la organización del
Festival, y fue a tomar asiento en la mayor de las mesas ofreciendo su antaño
inigualable rostro a los fotógrafos que no dejaron de importunarla hasta que
tres hombretones los empujaron más allá del cinturón de seguridad que rodeaba
el restaurante.
En cualquier otra circunstancia su llegada no hubiera provocado
semejante revuelo, pero en esta ocasión y a causa de los bombardeos sobre Libia
y las amenazas del coronel Gadafi de tomar represalias, la mayor parte de las
estrellas norteamericanas habían disculpado su asistencia al Festival, por lo
que una Prensa necesitada siempre de noticias se veía obligada a acosar hasta
el agotamiento a las pocas figuras que habían acudido.
Agradecí que las cosas volvieran pronto a su cauce y los
fotógrafos desaparecieran, ya que a aquellas alturas de la comida el relato de
Andrea había conseguido intrigarme por la personalidad de Palmira y su peculiar
forma de comportarse.
—¿Qué buscaba?
—Te juro que en aquel tiempo hubiera dado un dedo por saberlo,
porque me colmaba de pequeños regalos y atenciones, se pasaba las horas muertas
en la Galería charlando de todo cuanto se pudiera hablar en este mundo, y
cuando entraba algún cliente y tenía que atenderle advertía que me seguía con
la vista y me estudiaba con tanto interés que a menudo conseguía ponerme
nerviosa haciendo que los objetos se me cayeran de las manos.
—¿Nunca llegaste a preguntarle qué pretendía?
—¿Cómo? ¿Con qué cara te enfrentas a alguien que te está
ofreciendo mil muestras de cariño y amistad sin pedir nada a cambio y le
preguntas sus auténticas intenciones? No es fácil.
—No –admití convencido–. Estoy de acuerdo en que no resulta nada
fácil; pero si presentías que había algo que no alcanzabas a entender, debiste
evitar frecuentarla con tanta asiduidad colocando de alguna forma una barrera
entre ella y tú.
—Tal vez no quería hacerlo. –Encendió un cigarrillo del paquete
que Patrick le había traído porque los suyos los había consumido ávidamente y,
tras lanzar un par de chorros de humo, añadió–: Tú conoces Cannes durante el
Festival, con buen tiempo, las playas repletas de bañistas y miles de turistas
pululando de un lado a otro. Pero la Costa Azul en invierno es muy distinta: es
un lugar triste y apagado, frío y lluvioso, en el que viejos rentistas se
recluyen en sus casas sin apenas poner el pie en la calle, mientras las
mansiones de los auténticos millonarios permanecen cerradas a cal y canto.
Cannes es entonces como un inmenso cementerio en el que pueden pasar días sin
que un solo cliente cruce el umbral de la Galería y las horas se hacen tan
largas y monótonas que tener alguien con quien hablar es como un tesoro
inapreciable.
¿No pretenderás hacerme creer que soportabas a Palmira por puro
aburrimiento?
—En absoluto. Por el contrario, tengo que confesar que cada día
aguardaba con miedo la hora de su llegada. Miedo a verla aparecer, o a que no
apareciera. Miedo a que se hubiera cansado de mí y buscara otra compañía, y
miedo a que fuera el día elegido para comunicarme sus auténticas intenciones.
Cada noche me preguntaba cuál sería mi reacción si me enfrentaba al fin al
dilema de irme con ella a la cama o dejar de verla para siempre, y te juro que
casi cada noche rezaba para que transcurriera un día más, ¡tan sólo uno!, sin
tener que tomar semejante decisión.
—Pero tú ya la habías tomado –le hice notar–. Supongo que en tu
fuero interno sabías cómo ibas a comportarte cuando llegara ese momento.
—Sí y no. Un día decidía una cosa, y al siguiente, la contraria.
Una noche me sentí feliz al comprobar que una vez más Palmira había demostrado
que tan sólo deseaba mi amistad, y otra me indignaba sordamente porque me
asaltaba la impresión de que andaba jugando conmigo y divirtiéndose con mis
dudas.
—¿Realmente se trataba tan sólo de conservar su amistad? A ratos
me asalta la impresión de que también lo estabas deseando.
—La primera vez que salí en serio con un muchacho me ocurrió una
cosa semejante. Tuve que librar una tremenda batalla entre perder mi virginidad
o perderle a él.
—¿Y acabaste lógicamente perdiendo la virginidad?
—Y a él.
—¡Oh, vaya! ¡Eso sí que es bueno!
—Es lo que suele ocurrir. Un tipo te colma de atenciones y te
jura amor eterno hasta que le das lo que pide, y a la semana siguiente se
larga. No creas que no llegué a pensar que con Palmira sucedería otro tanto.
—¿Y sucedió?
—Pretendes ir por delante de los acontecimientos, ¿no es cierto?
Lo que estoy tratando de hacerte comprender es que en dos ocasiones de mi vida
me enfrenté al hecho de que no me sentía sola, alguien me ofrecía afecto y
comprensión, y yo me daba cuenta de que pronto o tarde me obligarían a pagar un
precio porque estaba convencida de que nadie da nada por nada.
—¿Ni siquiera Palmira?
—Ni siquiera ella. Su precio fue, probablemente, el más alto que
haya tenido que pagar nadie.
Lancé un hondo suspiro de resignación, encendí el último «Condal
Número Seis» que me quedaba y me dispuse a continuar escuchando un largo rato.
—Imagino que resulta inútil intentar saber de momento cuál fue
ese precio –dije–. Así que continúa. Era invierno, Cannes estaba muerto y
Palmira venía a verte a diario. ¿Qué más?
—Una tarde tuve que acudir al casco viejo porque derribaban un
caserón ruinoso que tenía unos escudos de piedra muy interesantes. La calle era
horrenda, sucia, maloliente y repleta de negros, argelinos, corsos y gentes de
la peor calaña. No había más que bares, putas y casas de citas, y durante la
parte del trayecto que tuve que hacer a pie me dijeron todo lo peor que me han
dicho en mi vida y me ofrecieron desde marihuana y heroína, hasta un senegalés
que al parecer tenía un pene de más de medio metro de largo. –Hizo una corta
pausa, como si estuviera concentrándose en sus recuerdos y de nuevo su voz
cambió cobrando un tono más amargo–. Me encontraba en el balcón del segundo
piso del palacio, observando los escudos, cuando de pronto la vi.
—¿A Palmira?
—¡Naturalmente! ¿A quién si no?
—¡Perdona! –me disculpé–. Ha sido realmente una pregunta idiota.
¿Qué hacía en aquel lugar?
—No lo sé. Tan sólo sé que llegó calle arriba en compañía de una
fulana con aspecto de puta barata, entraron juntas en uno de aquellos
hoteluchos hediondos, y aunque me quedé allí casi hasta que oscureció y tuve
miedo de andar de noche por aquellas calles, no volvieron a hacer su aparición.
—¿Estás segura de que era ella?
—Completamente. Pero por si tenía alguna duda, dos días más
tarde, cuando se marchó de la Galería al oscurecer, la seguí hasta un bar en el
que se reunió de nuevo con la misma fulana y se adentraron juntas en el barrio.
—¿No llegaste a decirle que la habías visto?
—No.
—¿Por qué?
—No era asunto mío. Y temía que si averiguaba que había estado
espiándola jamás regresaría. –Hizo una larga pausa–. Aquello fue un golpe muy
duro para mí, te lo aseguro, pero al menos sirvió para convencerme de algo que
hasta aquel momento no había tenido muy claro: no consentiría que alguien que
mantenía relaciones con aquella fulana me pusiera las manos encima.
—¿Qué te hizo cambiar de idea?
—¿Qué te hace pensar que cambié de idea?
Experimenté un profundo deseo de morderme la lengua, pero me
limité a morder el puro.
—¡Está bien! –admití–. Voy demasiado de prisa. Continúa a tu
aire.
—Para mí fueron días terribles. A todo el cúmulo de sentimientos
contradictorios que me abrumaban, se unía ahora el asco que me invadía al
imaginar lo que podrían hacer Palmira y semejante engendro cuando se quedaban a
solas en un lugar tan repugnante.
—¿Estabas celosa?
—Estaba furiosa con ella e indignada conmigo por no tener el
valor de mandarla al diablo, pedirle que no volviera más, y escupirle en la
cara todo lo que pensaba de sus asquerosos vicios.
—¿Cómo podías estar segura de que era vicio lo que le llevaba a
aquel lugar?
—¿Qué otra cosa, si no? ¡Eh! Dime, ¿qué explicación tiene que
una mujer casada, guapa y rica frecuentara una casa de citas?
—Supongo que tú lo sabes, pero que continúas sin querer
aclarármelo. A mí, francamente, no se me ocurre nada, y lo único que puedo
decir es que si condenable resulta la actitud de quien se presta a ese tipo de
cosas, igualmente censurable se me antoja la de quien, conociéndolas, las
acepta en virtud de no me explico qué extrañas razones sentimentales. Si en
verdad tan sólo deseabas una amiga, tenías la obligación de apartarte de ella o
preguntarle por qué diablos hacía aquello y en qué forma podías ayudarle a
salir de tanta mierda. Lo demás no lo entiendo.
—¿Y crees que yo lo entendía? Casi desde el momento en que
conocí a Palmira algo me impulsaba hacia ella o me repelía casi con idéntica
intensidad. «Sabía» que era una relación que no me convenía y acabaría
haciéndome daño, pero al propio tiempo sabía también que desde que me
concibieron mi destino se encontraba unido al suyo y siempre había estado
esperando de un modo u otro a que hiciera su aparición en mi existencia.
—¡Tonterías!
—De acuerdo. Ya sé que tú jamás has creído en esas cosas, pese a
que en ocasiones escribas sobre ellas convenciendo a tus lectores de que existe
un mundo del que en realidad te burlas, pero yo no soy un brillante autor de
éxito sino una pobre estúpida que puede permitirse el lujo de aceptar que es lo
suficientemente simple como para convencerse de que una determinada persona le
estaba destinada desde siempre.
—¿Aunque se trate de una persona de su propio sexo?
—Aún así.
—¡Ya! Lo único que saco en limpio es que esa mujer consiguió
enredarte las ideas de tal forma que lo extraño es que no acabaras en el
psiquiatra.
—Ya estuve.
—¡Vaya por Dios! ¿Y qué te dijo?
—Insistió en que para ayudarme tenía que conocer a Palmira y
como comprenderás yo no podía obligarla a ir al consultorio de un psiquiatra
con la disculpa de que estaba a punto de volverme loca.
—¿Tan mal estabas?
—¿Cómo estarías en mi caso? ¿Te has planteado alguna vez la
posibilidad de tener tendencias homosexuales? No resulta en absoluto divertido,
incluso en un caso como el mío en el que no intervienen para nada las creencias
religiosas ni los conocimientos morales que te inculcan en la niñez. Por eso,
cuando me suplicó que la acompañara a París porque tenía que resolver unos
negocios, me sentí morir al llegar a la conclusión de que al fin se había
decidido a dar el paso y lógicamente quería que tuviera lugar lejos de donde se
encontraban su marido y sus hijos.
—¿Aceptaste?
Hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza pero su rostro
continuó tan inescrutable como siempre. Tan sólo sus inflexiones en el tono de
voz servían para detectar sus cambios de ánimo.
—¿Por qué? –quise saber.
—Porque no podía continuar viviendo con semejante duda, y estaba
deseando que me ofreciera la oportunidad de mandarla al infierno.
—Una disculpa pobre y poco convincente. Para mandar a alguien al
infierno no hace falta irse a París.
—Piensa lo que quieras, pero lo cierto es que nos fuimos.
Viajamos en primera clase, un «Rolls» nos esperaba en el aeropuerto, había
reservado la suite Presidencial del «Plaza–Athenee», y a los diez minutos de
llegar me hizo enviar dos abrigos de visón y media docena de vestidos «Dior».
—¡Así cualquiera! Yo a lo más que llegué fue a invitarte a cenar
y enviarte unas flores por tu cumpleaños.
—¡No seas grosero! Si buscara abrigos de visón y vestidos de
«Dior», tengo media docena de clientes que me regalarían los que quisiera. Me
negué a aceptarlos, pero insistió alegando que tendría que acompañarla a
comidas de negocios y no podía presentarme de cualquier modo.
—¿Y tú quisiste creértelo?
—Era cierto. Esa misma noche fuimos a «La Tour D'Argent» con dos
de sus socios y te juro que en mi vida he conocido hombres más inteligentes y atractivos;
uno rubio y el otro moreno; altos, varoniles, divertidos y riquísimos, y te
aseguro que pasé una de las veladas más maravillosas de mi vida.
—¿En una cama redonda?
—Cenando y bailando. Luego nos acompañaron al hotel y se
despidieron como lo que eran: dos auténticos caballeros.
—No me lo creo.
—¿Aceptarás que me importe un pimiento lo que puedas creer o no
creer? Lo cierto es que Serge se me antojó un hombre encantador y estoy
convencida de que de haberlo conocido en cualquier otra circunstancia me
hubiera enamorado de él. Sin embargo, apenas cruzamos el umbral de la suite,
volví de golpe a la realidad, comprendí que las últimas horas habían sido tan
sólo un sueño, y por fin tenía que enfrentarme a la amarga realidad que llevaba
tanto tiempo esperando.
Andrea se dio una ducha, se cepilló cuidadosamente el cabello y
se introdujo en la cama, desnuda como siempre. Apenas lo había hecho, y como si
hubiera calculado a la perfección todos sus movimientos, se escucharon unos
discretos golpes en la puerta y Palmira hizo su entrada enfundada en un
provocativo camisón negro más hermosa que nunca.
—¿Molesto? –quiso saber.
—No. En absoluto –fue la nerviosa respuesta–. Pasa.
Lo hizo, tomó asiento al borde de la inmensa cama y observó
largamente a Andrea que no se sentía capaz ni de moverse.
—Estás muy guapa –dijo, y al no obtener respuesta sonrió
levemente–. ¿Cansada?
—Un poco.
—¿Has pasado un buen día?
—Magnífico.
—Te prometí que resultaría un viaje inolvidable y voy a
cumplirlo. ¿Te han gustado los vestidos?
—Mucho.
—Esta noche estabas resplandeciente. Serge ha quedado
impresionado.
—Es muy simpático.
—Mientras bailabas con Paolo me hizo muchas preguntas, Se va
pasado mañana a las Bahamas y me insinuó que le gustaría invitarte a pasar allí
un par de semanas.
—¿Irme con Serge a las Bahamas? –repitió Andrea confusa–. ¡Es
absurdo! Apenas le conozco.
—Pero podrías ir tranquila. El hecho de invitarte no presupone
nada. Dependería de lo que tú quisieras y cuando tú quisieras.
—¿Y eres tú quien me lo propone?
Palmira alargó la mano, tomó una de las de ella y se la acarició
levemente, como si pretendiera tranquilizarla.
—No –puntualizó con su vez grave y profunda–. No soy yo quien te
lo propone. Yo únicamente te adelanto que tal vez te invite. Eres una mujer
adulta, liberada y soltera, y él, además de adulto y atractivo es, sobre todo,
soltero y muy rico. Tal vez sea la ocasión de encontrar un marido perfecto.
—No ando buscando marido. –El tono de voz de Andrea, agrio y
tenso, mostraba a las claras el malestar que experimentaba–. Y el día que lo
busque no será por su dinero o porque me invite a las Bahamas.
—Lo supongo –afirmó Palmira con aparente sinceridad–. Pero estás
en una magnífica edad para empezar a pensar en formar una familia. ¿Qué tiene
de malo tratar de conocer mejor a un hombre que demuestra interés por ti?
—Tengo otros planes –dije por decir algo.
—¿Qué clase de planes? ¿Pasarte el resto de la vida tratando de
venderle trastos viejos a clientes fastidiosos? Oportunidades como ésta no se
presentan a menudo.
—¿Tú lo harías?
—Yo tengo un marido y tres hijos, pero te garantizo que cuando
conocí a Omar utilicé todos los trucos imaginables para atraparle. Se resistía,
porque yo ya era muy rica y él acababa de escapar de Chile sin otra idea que
tratar de derribar a Pinochet, pero al fin conseguí casarme con él y jamás me
he arrepentido.
—¿Estás segura?
Palmira la observó como si estuviera tratando de leer en el
fondo de su mente, y por último afirmó convencida:
—Completamente. Omar será siempre el hombre de mi vida. Puede
que se comporte de un modo infantil empeñado siempre en esa lucha inútil contra
la tiranía, pero te garantizo que se trata de la persona más dulce que existe
en este mundo.
Estuvo a punto de preguntarle por qué se dedicaba en ese caso a
frecuentar los peores lugares de la costa en compañía de las más hediondas
prostitutas, pero se limitó a comentar que se había hecho tarde, se encontraba
muy cansada y al día siguiente les aguardaba una jornada muy dura.
—¡De acuerdo! –fue la respuesta–. No quiero que pienses que
pretendo presionarte. Al fin y al cabo, estoy convencida de que Serge no tendrá
problemas a la hora de invitar a cualquier chica a las Bahamas. ¡Buenas noches!
Salió del dormitorio dejando a Andrea desconcertada, furiosa y
en cierto modo frustrada, porque resultaba a todas luces evidente que no le
había concedido la más mínima oportunidad de echarle en cara la enorme cantidad
de quejas, improperios y supuestas ofensas que con tanto mimo había venido
atesorando.
Palmira ni siquiera volvió a mencionar la conversación de
aquella noche: se disculpó con Serge y Paolo alegando que no tenían tiempo de
volver a verles con lo cual evitaba toda insinuación sobre el viaje a las
Bahamas, y se fueron juntas de compras procurando Palmira que fuera siempre
Andrea la que se probara los vestidos utilizando para ello el argumento de que,
«al usar ambas idéntica talla, se hacía una idea más clara de si los modelos le
gustaban o no.»
Más tarde la obligó a ponerse bellísima, le «prestó» a la fuerza
el más costoso de sus collares de esmeraldas, y se presentaron, deslumbrantes,
en la cena que ofrecía un famoso productor cinematográfico.
De encontrarse acompañada por un hombre, Andrea se hubiera
sentido utilizada como trofeo de caza o exhibida como lujoso premio a una
difícil conquista, pero lo cierto fue que Palmira se comportó con una exquisita
corrección, dejó bien sentado con magnífica delicadeza que se trataba de una
querida amiga, y no perdió ocasión de mencionar a su marido y a sus hijos por
si a algún malpensado se le cruzaban por la mente equívocas ideas.
El resultado casi inmediato fue que el viejo productor, un
diminuto judío de origen ruso que se había enriquecido primero con películas de
Luis Buñuel y más tarde con superproducciones norteamericanas, se mostró tan
impresionado por la clase, la hermosura y la personalidad de una mujer que
lucía con inimitable estilo modelos exclusivos y costosísimas joyas, que no
tuvo nada de extraño que a la hora del café insinuara que le encantaría
incluirla en su próxima película.
Le olió a trampa. De un modo sutil, pero palpable, le asaltó la
desagradable sensación de que los elogios, las alabanzas y las propuestas de
transformarla de la noche a la mañana en estrella de cine, constituían una
inmensa mentira; una confabulación en la que tomaban parte la mayoría de la
docena escasa de invitados que asistían a la sofisticada cena.
¿Por qué un anciano y decadente productor de cine y su
apergaminada esposa se prestaban a semejante juego? ¿Por qué tendría que
hacerlo una robusta y conocida cantante de ópera a punto ya de retirarse? ¿Por
qué un político de derechas y un filósofo vanguardista?
A veces, cuando se contemplaba en el inmenso espejo que cubría
por completo la pared del amplio comedor, se veía obligada a aceptar que jamás
se había encontrado tan hermosa, pero al analizar la forma en que la miraban o
las cosas que le decían, le asaltaba la impresión de que jugaban con ella
tratándola como a una niña estúpida a la que se pudiera deslumbrar, o como a
una pobre víctima a la que entre todos estuviesen preparando con vistas a algún
inconfesable sacrificio.
¿Pero cuál?
Palmira adoraba pasar las Navidades en Suiza, quizá porque allí
se encontraba la mayor parte de su dinero, o quizá porque era con sus banqueros
con quienes mejor se entendía a la hora de plantear complejas operaciones
mercantiles.
Latina hasta la médula de aspecto y sentimientos, en la forma
fría y matemática de montar sus negocios parecía tener no obstante algo de
helada y calculadora sangre suiza en las venas, por lo que no resultaba
sorprendente que habiendo nacido en tierras cálidas, se sintiera sin embargo
como en su propia casa en el país de las nevadas montañas, los relojes y las
cuentas cifradas.
—Si no fuera por Omar, nos estableceríamos allí definitivamente
–comentó una tarde, de regreso a Cannes–. Pero le mataría del disgusto ya que
debe ser el único lugar del mundo desde el que no podría conspirar abiertamente
contra Pinochet. Los suizos son neutrales muy estrictos, sin duda porque
guardan la mayor parte del dinero de los dictadores.
—Quizá no sería mala idea llevártelo a un lugar en que se
tuviera que olvidar de la política.
—Resultaría inútil. Todo lo malo que nos ha ocurrido ha sido por
culpa de su obsesión con Pinochet y no creo que las cosas cambien. Omar no
descansará hasta verlo muerto, y te juro que ninguna mujer tuvo nunca un rival
más difícil que ese maldito general. ¿Te he contado que en una ocasión su
Policía Secreta atentó contra nosotros? No sé si pretendía matarnos o darnos un
susto, pero te garantizo que yo, que me encontraba embarazada de Violeta, casi
aborto en la calle.
—Nadie puede vivir alentando eternamente un rencor semejante y
quien forma una familia tiene el deber de anteponerla a todo.
—Por desgracia, Omar opina que la libertad de su país es lo
primero, aunque no tengo derecho a culparle puesto que me lo advirtió cuando
nos conocimos. Lo único que he conseguido hasta el momento es que declare una
tregua unilateral durante las Navidades. –Le acarició la mano–. ¿Por qué no te
vienes este año con nosotros?
—¿A Suiza? –se sorprendió Andrea–. ¿Qué pinto yo en Suiza?
—Lo mismo que aquí. ¿Con quién vas a pasar las fiestas?
—Sola. Siempre las paso sola.
—En ese caso no hay discusión –fue la firme respuesta–. Te
vienes con nosotros y tal vez de paso te encontremos un marido rico. Conozco a
un multimillonario luxemburgués que se volverá loco por ti, aunque quien en
verdad te convendría es Lautaro Velasco, el hombre con quien estaba a punto de
casarme cuando conocí a Omar. Lo pasaremos maravillosamente. Tenemos un chalet
precioso.
El emplazamiento del chalet era en verdad magnífico, dominando
el valle desde Gstaad a Saanen, con enormes ventanales que se abrían sobre las
pistas del Wispilen y una gran chimenea con fondo de cristal que permitía
contemplar el fuego, la nieve y el cielo al mismo tiempo.
Omar y los niños adoraban esquiar, aunque Palmira prefería dar
largos paseos por los tupidos bosques, subir a las más altas cumbres para
contemplar desde allí los lentos atardeceres y descender en el funicular cuando
comenzaban a encenderse las luces de los pueblos.
Andrea alternaba el deporte con los paseos, y aquella primera
semana de vacaciones que dedicaron en gran parte a comprar los regalos y
preparar el árbol de Navidad la recordaría como algo perfecto, pues Palmira se
mostró más dulce y cariñosa que nunca, tan natural y atenta en los detalles,
que llegó casi a convencerla de que había entrado a formar parte de la familia.
Los niños, perdido el recelo del primer encuentro en el barco,
se mostraron de igual modo afectuosos, como si en verdad se tratara de una tía
muy querida que había regresado tras una larga ausencia, y durante aquellos
irrepetibles ocho días Andrea olvidó por completo sus temores e incluso llegó a
avergonzarse por cuanto de inconfesable había podido imaginar sobre Palmira.
Había siempre en ella algo de madre, de hermana, de protectora y
de amiga; algo de ama, de maestra, de superiora o de reina; algo duro,
inquietante, amenazador o profundamente cálido; algo que impulsaba a amarla y a
temerla; algo de cada uno de los seres de este mundo y algo que no pertenecía a
ningún otro ser de este planeta, pero durante aquella irrepetible semana
navideña pareció despojarse de cuanto de negativo ofrecía su personalidad,
mostrando tan sólo lo mejor que tenía.
Incluso consiguió sobreponerse al instintivo rechazo que en
ocasiones le producía su familia, y no tuvo jamás una palabra fuerte, un gesto
agrio, ni una mirada dura, como si el simple hecho de encontrarse rodeada de
aquellas altivas montañas y aquel paisaje idílico hubiera conseguido amordazar
los mil demonios que con frecuencia alteraban su espíritu.
—Quisiera poder quedarme así toda la vida –confesó una tarde que
habían ascendido juntas a la cima de «Les Diableret»–. Daría la mitad de mi
fortuna por conseguir mantener este equilibrio eternamente y hacer siempre
felices a Omar y a los pequeños, ¿Qué culpa tienen ellos? ¿Qué derecho tengo a
que sufran por mi causa?
—No veo que sufran.
—No los conoces como yo los conozco. No dicen nada; no lo
demuestran, pero cuando algo se quiebra de pronto en mi interior, ellos lo
advierten y padecen
—¿No puedes evitarlo?
—Desde que nació Violeta algo comenzó a parpadear en mi cerebro,
como tratando de avisarme de un extraño peligro, y no creo que se debiera tan
sólo al miedo por el atentado. Procuré vencer mi pánico a base de una fuerza de
voluntad que siempre había sido mi arma más poderosa, pero la sensación de
angustia iba creciendo día por día, y un ansia inexplicable me invadió como un
hambre nunca saciada.
—¿Ansia de qué?
—¿Cómo puedo saberlo? Ansia, eso es todo. –Señaló la
majestuosidad de las blancas cumbres que se extendían hasta más allá del
horizonte–. ¡Mira a tu alrededor! Estamos en la cima, pero antes de que
oscurezca tendremos que descender. ¿No te produce angustia? A los treinta años
había conseguido multiplicar la fortuna que me dejaron, tenía un marido
perfecto y tres hijos maravillosos, pero un timbre me anunció que llegaba el
momento de caer. Y ese timbre acabó convirtiéndose en una música obsesiva que
destrozó mi existencia. Era una premonición, y nadie ha descubierto nunca la
forma de luchar contra las premoniciones.
—¿Premonición de qué? –se asombró Andrea–. Nunca he conocido a
nadie que tenga una vida tan plena y feliz como la tuya. ¿Qué más puedes pedir?
Jamás nadie estuvo tan lejos de Andrea como lo estuvo durante
unos instantes aquella mujer cuyo vestido rozaba su falda. Miraba un punto
perdido, allá donde la nieve comenzaba a colorearse de rosado con la caída de
la tarde, y cuando por fin regresó de su largo viaje a otros mundos, sonrió con
profundísima melancolía.
—¿Pedir? –repitió–. Yo ya no tengo derecho a pedir nada, porque
todo me fue concedido en su tiempo.
Cuando se puso en pie aparecía cansada y deprimida, pero al
salir del baño minutos más tarde era de nuevo una mujer activa y sonriente, y
al advertir el brillo de sus ojos y el instintivo agitarse de sus fosas
nasales, Andrea abrigó la certeza de que la diminuta caja azul que ocultaba en
el fondo de su bolso guardaba cocaína.
Hacía ya tiempo que sospechaba que aquélla debía ser la causa de
sus continuos cambios de humor, pero aunque sistemáticamente se esforzó por
rechazar tan triste hipótesis, los días en Gstaad la convencieron de que no
existía ninguna otra razón que explicara la indiscutible realidad de tales
cambios. Palmira se drogaba, y su dependencia de la cocaína y del alcohol se
iba acentuando a ojos vistas de una forma alarmante.
Tres días más tarde Omar les invitó a cenar al «Olden», un
restaurante en el que se daban cita desde reyes y presidentes de Gobierno a las
más rutilantes estrellas de cine, y fue esa noche cuando Andrea tomó conciencia
de lo mal que iban en realidad las cosas entre los Monteverde.
Palmira apareció deslumbrante, enfundada en un ceñido traje
negro, con el cabello recogido en un moño muy tirante y el generosísimo escote
adornado con un collar de zafiros y brillantes por el que había pagado sin duda
más de un millón de dólares.
Su presencia opacó en el acto la de las más conocidas figuras de
la jet–set, y un rumor admirativo se extendió de inmediato por un local que
estaba acostumbrado desde antiguo a acoger a las más portentosas bellezas
conocidas.
Y es que Palmira se adornaba con algo más que belleza o zafiros
aquella noche, y con algo más que un vestido perfecto o brillantes del tamaño
de garbanzos. Se adornaba con una personalidad que hacía que las mujeres se
sintieran diminutas, e intimidaba a los hombres que no sabían apartar la vista
de su rostro pero no se sentían capaces de soportar la intensidad de su mirada.
¿De dónde surgía aquella fuerza indescriptible? ¿Qué bullía en
su interior que emanaba incluso a través de cada poro de su cuerpo? Aquel
«algo» que fascinaba a Andrea se mostraba ahora en Palmira con tanta intensidad
que conseguía que incluso a los camareros les tremolaran las manos en el
momento de servirle y hasta el revoltoso caniche de una vieja dama se quedara
mirándola muy quieto durante toda la velada.
Restalló una centella sobre la cima del Wispilen, y Gstaad quedó
a oscuras. A la luz de las velas, los ángulos del personalísimo rostro se
marcaron con mayor intensidad destacando la traslúcida palidez de la piel y el
enfebrecido brillo de unos ojos que parecían querer hacer competencia a los
zafiros, y un escalofrío recorrió la espalda de algunos comensales, que
abrigaron la inquietante sensación de estar compartiendo la estancia con una
aparición fantasmagórica.
La mano de Omar se deslizó sobre la mesa y fue a posarse sobre
la de su esposa, que permanecía como abandonada sobre el blanco mantel, y
Andrea percibió más amor en aquel sencillo gesto que en la más apasionada
escena que hubiera presenciado nunca, pero el encanto inigualable de aquella
pareja profundamente unida por un levísimo contacto duró sólo un instante
porque, con una dulce suavidad que se le antojó el acto más cruel que pudiera
haber realizado, Palmira retiró la mano y tomó la copa de vino mojándose apenas
los labios.
Más tarde, con el pueblo tan sólo iluminado por esporádicas
ventanas que dejaban escapar el rojizo resplandor de sus hogares, o el
inquietante fulgor de las nevadas colinas heridas por una luna en creciente,
emprendieron en silencio el regreso, abrumados quizá por el íntimo
convencimiento de que un precioso jarrón de porcelana se había hecho añicos y
no existía ya fuerza humana capaz de componerlo.
La alta figura de Palmira, envuelta en un largo visón negro,
avanzando muy erguida por el estrecho sendero abierto en la nieve, quedaría en
la mente de Andrea por mil años como imagen plagiada de un viejo cuento ruso, y
un día aún muy lejano le serviría para entender al fin la clave del misterio
que rodeaba a aquel ser inimitable.
Su ánimo se inquietó hasta el punto de impedirle conciliar el
sueño, y cuando decidió salir a la balaustrada a extasiarse observando cómo la
nieve comenzaba a caer de nuevo mansamente sobre el valle, le llegaron muy
nítidas las súplicas de Omar y la dulce pero firma negativa de Palmira.
Al día siguiente desapareció muy de mañana y nada supieron de
ella hasta que al anochecer llamó desde Ginebra asegurando que un negocio
importante la obligaba a viajar urgentemente a Nueva York.
Omar cayó de inmediato en una profunda depresión, y en cuanto se
encontró a solas con Andrea lo primero que hizo fue preguntarle si conocía al
hombre que conseguía que Palmira se comportara de aquel modo.
¿Cómo decirle que no era un hombre, sino probablemente otra
mujer? ¿Cómo confesarle que entre la cocaína y una sucia prostituta estaba
destruyendo a su familia? Se limitó a negar ocultando sus sospechas.
—No creo que exista ningún hombre –replicó con sinceridad–. ¿Por
qué dudas que se trate en verdad de un negocio?
—¿Qué negocio? –protestó él–. Tiene tantos que nunca le preocupó
que uno fallase. Y menos en estas fechas. Es culpa mía –añadió convencido–. He
desperdiciado mi tiempo y su dinero en una lucha inútil y es lógico que acabara
cansándose de mí.
—En eso te equivocas –señaló Andrea–. Palmira admira los
sacrificios que haces y el peligro que corres al luchar por lo que crees.
—Eso puede que fuera antes; cuando nunca tenía un gesto
desagradable ni una palabra dura. Ahora todo ha cambiado. ¿Sabías que hace más
de medio año, desde que estuve la última vez en Chile, que no tenemos ninguna
relación? No quiere que la toque.
—No sabía que hubieras vuelto a Chile. –Lo hice contra su
voluntad, pero nunca creí que su rencor llegara a tanto.
Se esforzó por encontrar un modo de consolarle pero le resultó
imposible. ¿Qué podía decirle a alguien que estaba a punto de perder a un ser
como Palmira? Un año atrás había tenido que acudir a darle el pésame a una
amiga a la que se le acababa de ahogar un hijo adolescente, y no supo hacer
otra cosa que sentarse a su lado y acariciarle el cabello con ternura, porque
para un dolor tan grande el ser humano no había sabido inventar palabra alguna;
ni siquiera una idea que abarcara de lejos el abismo de tal pena. De la misma
manera no existía frase ni pensamiento que redujera en lo más mínimo la
desesperante sensación de impotencia que Omar Monteverde experimentaba al
advertir cómo se le escapaba entre los dedos la mujer de su vida.
Palmira llamaba por teléfono todas las noches prometiendo
regresar de inmediato, pero fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo, se
retrasaba una y otra vez hasta el punto de que resultó evidente que no tenía la
menor intención de volver, y el resto de las vacaciones, casi quince días,
tendrían que pasarlas solos Andrea, Omar y los niños.
Andrea se encontró por tanto de improviso frente a la no deseada
responsabilidad de dirigir una casa que no era suya, consolar a un hombre
destrozado, e intentar distraer a tres niños para evitar que cayeran en la
cuenta de que su madre se había ido y tal vez no regresara en mucho tiempo.
Cada noche se planteaba la posibilidad de marcharse al día
siguiente desentendiéndose de los problemas de una familia ajena a la que tan
sólo unos meses antes ni siquiera conocía, pero cada mañana, cuando Celeste
acudía a traerle el desayuno a la cama, o Violeta se acurrucaba a su lado
suplicando que le contara un cuento, todas sus convicciones se diluían y
acababa encontrándose poco más tarde trepada a un tele–silla o dejándose
deslizar rápidamente por una pista nevada.
Almorzaban frugalmente en algún restaurante de la montaña,
continuaban luego esquiando hasta que las piernas se negaban a sostenerles, y
hubieran sido días maravillosos de no agobiarles tanto la ausencia de Palmira,
y no resultar tan evidente que Omar Monteverde vivía un infierno. –¿Quién puede
ser? –repetía machaconamente cuando los niños se habían acostado ya y se
quedaban los dos a solas, frente a la hermosa chimenea a través de la cual
distinguían las luces de los vehículos que circulaban por la nevada carretera–.
Tú que siempre estabas con ella tendrías que saberlo.
—No existe nadie.
—¿Por qué mientes? Ya has visto que lo acepto; que comprendo que
está cansada de mí y se haya buscado un hombre más acorde con lo que es y lo
que vale. Tan sólo pretendo salir de este mar de dudas que me atormenta.
—¿Tan poca confianza tienes en ella después de tantos años de
matrimonio?
—Hace unos meses hubiera puesto, no la mano, sino la cabeza en
el fuego por ella, pero ya has visto cómo me trata y de qué forma intenta
engañarme asegurando que los negocios la retienen. Antes nunca existía ningún
negocio que pudiera apartarla de nosotros en estas fechas. ¿Quién es?
Andrea tuvo que jurarle una y mil veces que no sabía nada sobre
ningún hombre en la vida de Palmira; que ésta jamás había mencionado a nadie, y
que le costaba trabajo admitir que hubiese conseguido sostener una aventura
amorosa sin que ella lo advirtiera.
Omar parecía tranquilizarse entonces, recuperar el control de sí
mismo e incluso ilusionarse con la esperanza de que efectivamente Palmira
cumpliría su palabra regresando a Gstaad de inmediato, pero cuando a la noche
siguiente sonaba el teléfono para anunciar un nuevo aplazamiento, el mundo se
derrumbaba otra vez sobre su cabeza y buscaba un inútil refugio en el alcohol.
—Me siento como durante los últimos meses de cautiverio –se
quejaba–. Muertos de frío allá en el Sur aguardábamos impacientes la llegada
del correo semanal que traería el indulto, pero transcurría un sábado tras
otro, el indulto no llegaba y los más débiles iban cayendo perdida la
esperanza. Era terrible, pero al menos podía entenderlo porque nos habíamos
enfrentado a la ferocidad fascista y sufríamos las consecuencias. Habíamos
luchado y habíamos perdido. –Negó repetidas veces con un brusco ademán de la cabeza–.
¡Pero esto! Ver cómo mi propia familia se deshace sin motivo aparente y no
lograr evitarlo me desconcierta. Siempre me consideré un hombre luchador que no
le temía ni siquiera a los asesinos de Pinochet, pero lo cierto es que ahora
estoy asustado.
Andrea se había puesto en pie aproximándose al borde de la
piscina, y contemplaba fijamente el agua como si tratara de ver reflejados en
ella sus recuerdos.
—Algunas de aquellas noches no podía evitar aborrecerla –señaló
sin mirarme–. observaba a aquel hombre destruido y aquellos niños que
permanecían en tensión pendientes de que les anunciasen que su madre volvía, y
me indignaba la crueldad de quien era capaz de causar tanto daño a unos seres
inocentes. Ni la dependencia de la droga, ni una loca pasión; ni aun tan
siquiera unos indeterminados trastornos mentales en los que no acababa de
creer, justificaban tanto dolor y tanta desesperanza. –Se volvió ahora a mirarme
y sus ojos brillaban con una extraña intensidad–. Te juro que si hubiera sabido
donde encontrarla la habría llamado para insultarla.
—¿No dijo dónde estaba?
—En Nueva York, según ella. Pero igualmente podía estar en
París, Tokio o Marsella.
—¡Entiendo! –Lancé un hondo suspiro de resignación–. ¡Bueno!
Confío en vivir lo suficiente como para llegar a entenderlo –señalé–. Pero por
el momento temo que no voy por buen camino. Palmira era lesbiana pero no
acababa de seducirte; amaba a su marido pese a que no se acostaba con él;
adoraba a sus hijos pero les hacía sufrir; tenía una mente clara para los
negocios, pero turbia para el resto; se hacía pasar por una gran señora, pero
le metía de frente a la cocaína. ¡Está muy claro! O soy imbécil, o me estás
tomando el pelo.
Andrea se apoyó en la mesa, inclinándose hacia delante, y
aproximó su hermoso rostro al mío mirándome fijamente al fondo de los ojos.
—Dime –inquirió–. ¿De verdad crees que te tomo el pelo?
Aun en contra de mi voluntad me vi obligado a negar con un
repetido ademán de cabeza.
—No –admití–. Realmente no lo creo.
—En ese caso, tal vez consigas entender que lo que pretendo es
ponerte en mi lugar para que vayas llegando a conclusiones parecidas a las
mías, teniendo siempre en cuenta, desde luego, que tú eres un astuto escritor y
yo una pobre cretina.
—A estas alturas deberías ahorrarte las ironías –protesté–.
Resulta evidente que la astuta cretina le ha organizado un tremendo lío mental
al pobre escritor. ¡Confiésame una cosa! ¿Consolar al desconsolado Omar
Monteverde incluía llevártelo a la cama?
—No quiero negarte que en más de una ocasión se me ocurrió, pero
no podía olvidar que Palmira era mi amiga.
—Hasta unos días antes estabas en la duda sobre si irte o no a
la cama con ella –puntualícé–. La moral nunca, ha sido mi fuerte, pero en este
caso creo que la primera opción sería mucho menos condenable. Al menos Omar es
un hombre y probablemente en esos momentos te necesitaba.
—¿O sea que en tu opinión es preferible acostarse con alguien
del sexo contrario aunque no signifique gran cosa para ti, que con alguien a
quien realmente amas pero que tiene un cuerpo parecido al tuyo? Según eso, lo
ideal sería acostarme con un cocodrilo porque tiene un cuerpo mucho más
diferente al mío que el de un hombre. Omar me atraía sexualmente. Sólo eso.
¿Era razón suficiente como para llevármelo a la cama aun a costa de traicionar
una amistad? –Se estaba enfureciendo–. ¿Es ése tu sentido del amor?
—¡Un momento! –atajé–. No llevamos aquí tres horas para
enredarnos ahora en una disertación sobre sexualidad, amor o amistad. No me
importa si acabaste acostándote con Palmira, su marido o el cocodrilo. Sigamos.
¿Averiguaste si realmente había estado en Nueva York por aquellas fechas?
—Lo averigüé. No estuvo en Nueva York. Tal como imaginábamos,
mentía no sólo con respecto a la fecha de su vuelta, sino incluso sobre el
lugar en el que se encontraba.
Una vez más Andrea se sentía utilizada por Palmira y tomaba
conciencia de que la invitación a pasar unas inolvidables vacaciones en los
Alpes había constituido otra de sus tretas. Sin duda tenía prevista desde el
principio aquella extraña desaparición y debió considerar que Andrea podría
ocuparse de los niños con mucha mayor eficacia que una institutriz pagada.
Incluso resultaba plausible que se hubiera propuesto propiciarle
una aventura amorosa con su esposo, consiguiendo de ese modo que no estuvieran
luego en condiciones de echarle en cara lo que consiguiesen averiguar sobre su
comportamiento, y Andrea llegó a ir aún más lejos al imaginar que la verdadera
intención de Palmira era acabar consolidando una relación a tres sin que nunca
se la pudiera acusar de haberla iniciado. Le tentó aceptar el reto. La propia
Palmira había comentado que Omar era un hombre apasionado y magníficamente
dotado virilmente, por lo que cuando trató de imaginar una escena en la que los
tres se revolcaban desnudos en la cama no experimentó en principio sensación de
rechazo, viéndose obligada a admitir que quizá significase la solución ideal a
todos sus problemas.
No constituiría desde luego el primer caso que se daba en La
Riviera, ya que, por lo que tenía entendido, entre los miembros de la jet–set
se encontraba altamente extendido el uso de la coca y el abuso de las más
complejas experiencias sexuales.
Dolía aceptarlo pero acabó por rendirse a la evidencia,
limitándose a partir de aquel momento a quedar a la espera de que cualquiera de
los dos se decidiera a dar el primer paso.
Sin embargo, Palmira continuaba de viaje, Omar no hacía otra
cosa que buscar una fórmula que le permitiera recuperarla, y las largas veladas
transcurrían por tanto hablando inevitablemente de la ausente.
—¿Dónde estará y qué puede estar haciendo? Andrea recordaba
entonces a la sucia prostituta y era como si una mano de hielo le estrujase la
boca del estómago. ¿Qué placer podría experimentar al besar y acariciar a una
criatura semejante? ¿A qué extremos de degradación había descendido que no le
asaltaba la necesidad de vomitar tan sólo de tocarla?
Llegó por fin un día en que comprendió que en su interior
convivían dos Palmiras muy distintas: la que ella conocía, quería y admiraba, y
la auténtica Palmira apenas entrevista; un ser abyecto y amoral, cruel y
despreciable por el que nadie podría experimentar jamás ningún afecto. ¿Hasta
qué punto cabría considerar también una forma de degradación semejante relación
de odioamor hacia una misma persona?
Decidió no planteárselo porque las vacaciones tocaban a su fin y
la vuelta a la normalidad le ofrecería la oportunidad de recuperar el
equilibrio interior a base de reanudar su vida en el punto en que estaba el día
en que Palmira irrumpió en ella.
El diminuto apartamento desde cuyo balcón dominaba los yates del
puerto y la totalidad de la bahía de Cannes se le antojó por tanto el lugar más
acogedor y pacífico del mundo; un remanso de paz en el que los recuerdos se
limitaban a largos años de existencia tranquila y sin sobresaltos.
Dedicó muchas horas a leer, escuchar música o dar solitarios
paseos por la orilla de un mar y plomizo, e incluso decidió no abrir la Galería
por las mañanas, ya que resultaba evidente que, en aquella época del año, los
posibles clientes no acostumbraban a salir de sus casas antes de media tarde.
Hizo más frío que nunca en la Costa aquel invierno; nevó en
varias ocasiones y el hermoso paisaje del soleado verano se transformó en un
entorno triste y melancólico que invitaba a dejar pasar las horas en la cama
observando cómo la lluvia se precipitaba mansamente sobre los mástiles de las
blancas embarcaciones.
Durante la segunda quincena de enero se sintió, por lo tanto, a
salvo de Palmira.
Pero en febrero, regresó. Hizo su entrada en la Galería más
delgada y Más hermosa que nunca, y la saludó con tanta naturalidad que podría
creerse que acababan de verse sólo unas horas antes.
No dio ninguna explicación sobre su larga ausencia; no quiso
comentar dónde había estado ni con quién, y eludió de forma encantadora toda
alusión al hecho de que durante más de un mes apenas había dado señales de
vida.
La única reacción de Andrea fue ponerse nerviosa. Tan nerviosa
como una colegiala que reencuentra a su primer novio cuando ya ha empezado a
olvidarle; tan nerviosa como en aquella ocasión en que creyó descubrir que
estaba embarazada.
Hubiera deseado negarse cuando la invitó a cenar a su casa, pero
no supo cómo hacerlo. Temía el encuentro con Omar y los niños y la tensión que
sin duda existiría después de lo ocurrido, pero le sorprendió descubrir que en
el hogar de Palmira reinaba la armonía, como si el hecho de saber que la tenían
de nuevo bastara para olvidar todos los malos ratos que les había hecho pasar
en aquel tiempo.
Existían seres así: seres que sabían hacerse perdonar sin apenas
esfuerzos; seres cuya presencia y vitalidad obligaba a olvidar el dolor que
causaban.
Palmira presidió la mesa, habló, rió y derrochó alegría, y a
Andrea le fascinó observar la embobada expresión de un Omar que no parecía
tener nada en común con el hombre obsesionado que en Gstaad se desesperaba ante
la idea de estar perdiendo a su esposa.
Los niños también eran otros y hasta que los enviaron a la cama
fueron como polluelos que revoloteaban continuamente en torno a su madre,
felices por la simple idea de poder verla, oírla y tocarla; convencidos –porque
ella sabía transmitirles tal sensación– de que jamás volverían a perderla.
Luego, cuando ya se habían acostado y quedaron tan sólo los
adultos tomando café en el salón Palmira pasó por un corto período de
depresión, como si la actividad desarrollada resultara excesiva o el continuo
fingimiento hubiera acabado por agotarla.
Andrea la observó mientras bebía despacio su «Armagnac» con la
vista clavada en el ventanal que daba al mar, y le asaltó la sensación de que
estaba pensando en algo o en alguien que se encontraba muy lejos de allí.
Ya no sintió celos y en esos momentos tan sólo hubiera deseado
que le hiciera partícipe de sus secretos; que le hablara de la persona, hombre
o mujer, que llenaba de tal modo su mente y que la considerara lo
suficientemente amiga como para permitirle ayudarla en cuanto estuviera en su
mano.
Luego, como si hubiera sido capaz de leer sus pensamientos,
Palmira se volvió y la miró a los ojos sonriéndole apenas, y por una centésima
de segundo Andrea creyó descubrir la verdad de cuanto ocultaba aquel ser tan
complejo, pero el momento mágico no llegó a concretarse, y el fugaz pensamiento
que cruzó por su mente se diluyó en la nada sin darle tiempo a atrapar su
verdadera esencia.
Al poco Palmira salió con la disculpa de arropar a los niños, y
al regresar Andrea tuvo la certeza, por el brillo de sus ojos y su forma de
hablar y comportarse, que había aprovechado la ocasión para drogarse.
—¿Estás segura?
—Completamente. Por la súbita delgadez, el temblor de las manos,
el brillo de los ojos y el enrojecimiento de las fosas nasales que
aparentemente tenía ya casi carcomidas e insensibles, llegué a la conclusión de
que estaba abusando de la cocaína hasta unos extremos que amenazaban con
convertirse en peligrosos.
—¿Por qué no se lo advertiste?
—Cuando saqué la conversación replicó que una snifada de vez en
cuando no hacía daño y le ayudaban a superar la crisis que estaba atravesando.
De lo que parecía convencida era de que jamás se convertiría en una adicta y se
sentía capaz de dejarlo en cuanto superara el mal momento.
—Eso es lo que dicen todos.
—Lo sé, pero Palmira había demostrado ser una mujer con tanta
fuerza de voluntad, que quise aceptar que podía ser cierto.
—Lo primero que matan la droga y el alcohol es siempre la
voluntad. Si no fuera así no existirían alcohólicos ni drogadictos, porque a
nadie que esté en su sano juicio le agrada serlo a poco que pueda evitarlo. Lo
mejor que podrías haber hecho era obligarle a ponerse en tratamiento médico.
—No hubiera aceptado.
—¿Por qué?
—Odiaba a los médicos y estaba convencida de que si se ponía en
sus manos acabarían internándola.
—No hubiera sido mala idea. Con un tratamiento fuerte un buen
psiquiatra conseguiría sacarla adelante.
—Ninguno lo hubiera conseguido, créeme.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque ahora conozco los detalles. Lo suyo no era cosa de
psiquiatras.
—En ese caso empiezo a creer que lo único que le ocurría era que
nadie la hacía auténticamente feliz en una cama. La mayoría de esos problemas
empiezan siempre en la cama.
—No es tan simple –me hizo notar–. ¡Ojalá lo hubiera sido! Nada
era simple en Palmira, y pocas cosas resultaban ser lo que aparentaban. Un día,
al pasar ante la tienda de fotografías del Gray d'Albion, el dueño me llamó:
Palmira le había dejado un rollo para revelar y como al parecer se había
olvidado de ir a recogerlo y sabía que éramos amigas me pidió que le entregara
las fotos.
—¿Y tú las miraste?
—¿Qué hubieras hecho en mi lugar? –Mirarlas, naturalmente. ¿Qué
había en ellas?
—Paisajes de Guatemala. Y una chica muy guapa. En dos o tres
ocasiones aparecían tomadas del brazo o cogidas de la cintura, pero la mayoría
eran primeros planos de la chica con un fondo de lagos y volcanes. Eran muy
recientes, y no me cupo duda al verlas de dónde había estado durante todo el
tiempo en que aseguraba estar llamando desde Nueva York.
—¿Te dio alguna explicación?
—En absoluto. Se limitó a guardar el sobre como si ni siquiera
se le hubiera pasado por la cabeza la idea de que podía haberlas visto.
Consiguió que me sintiera culpable.
—¿Pretendía darte celos?
—No lo sé. Lo que sé, es que en cierto modo la chica se parecía
a mí; tenía mi estilo, aunque se le advertía una cierta dureza en la mirada.
—¿Lesbiana?
—Si no soy capaz de reconocerlas al natural, ¿cómo pretendes que
las reconozca en fotografía? No llevaba ningún letrero indicándolo. Sin
embargo, unos días más tarde Palmira me invitó de nuevo a cenar y allí estaba
ella, Omayra, instalada en la casa. Acababa de llegar y pensaba quedarse una
temporada. Aunque no dieran a entender que había algo entre ellas, resultaba
evidente que yo había pasado a ocupar un segundo plano.
—¿Cómo te sentías en ese segundo plano?
—¡Bien! –señaló con sinceridad–. ¡Muy bien! ¿No has
experimentado nunca el indescriptible placer de traspasarle a alguien un
problema demasiado difícil? Ése era mi caso. Palmira se había convertido en un
problema que me sobrepasaba y me encantaba la idea de habérselo cedido a
Omayra.
—¿Lo aceptaba ella?
—¿Qué remedio le quedaba? Se encontraba atrapada en la tela de
araña de la que a mí me acababan de soltar, y tan confusa como yo misma lo
había estado. A veces advertía que me estaba observando, como tratando de
descubrir qué papel jugaba yo en todo aquello, preguntándose si era realmente
tan sólo una buena amiga de la familia, una ex amante de Palmira, la amante de
Omar, o el tercer lado de un triángulo que muy pronto se convertiría, con su
inclusión, en cuadrilátero.
—¿Cómo era Omayra?
—Muy hermosa y bastante inteligente aunque algo arisca y por lo
que pude intuir tremendamente ambiciosa. Había nacido en Puerto Rico, fue
finalista en un concurso de «Miss Universo» y en la actualidad trabajaba como
modelo en París, donde se habían conocido en un desfile. Lucía siempre una
pulsera de brillantes y un anillo que me constaba que se los había regalado
Palmira, y resultaba evidente que cada vez que le veía uno de los collares de
esmeraldas se le dilataban las pupilas y se le hacía la boca agua.
—A ti Palmira te había regalado vestidos y abrigos, pero nunca
joyas.
—A mí Palmira me había «prestado» vestidos y abrigos –puntualizó
Andrea remarcando mucho las palabras–. Nunca acepté ningún regalo. Al menos
nada que fuese valioso.
Indiqué con un gesto de cabeza el costosísimo reloj de oro y
brillantes que lucía en la muñeca.
—¿Y eso? Nunca te lo había visto.
—Eso vino más tarde –sonrió con manifiesta amargura–. Aún no
conoces ni la mitad de la historia.
El bar del «Hotel Majestic» en época de Festival se transformaba
en uno de los lugares más cosmopolitas y pintorescos del mundo, pues se daban
cita allí desde un gigantesco negro vestido a la moda centroafricana que había
trabajado de extra en un par de películas, al más poderoso de los productores
japoneses, dos hermanos hindúes propietarios de la mayor cadena de distribución
del sur de Asia, actores, directores, agentes artísticos y periodistas de la
mayor parte de los países en los que la industria cinematográfica aún no había
muerto, porque lo cierto era que durante aquella concreta edición de mayo del
ochenta y seis, la pesimista impresión de la mayoría de los asiduos asistentes
al Festival de Cannes era que el «Séptimo Arte» agonizaba, o al menos se encontraba
gravemente enfermo y su supervivencia tal como había venido existiendo hasta el
momento resultaba altamente problemática.
La televisión y el vídeo lo estaban matando día a día, y ya
incluso los más románticos productores enamorados de la pantalla grande y la
película de calidad comentaban en voz baja que se hacía necesario encontrar
buenas historias, que diesen de sí lo suficiente como para conseguir una serie
de televisión de diez o doce horas de duración.
Aun así, pese a que el cadáver del cine se encontrase casi de
cuerpo presente según muchos, cada atardecer el bar y el vestíbulo del
«Majestic» rebosaban de hermosas mujeres en traje de noche y elegantes
caballeros de smoking y flor en el ojal que aguardaban el momento de acudir a
la gran gala justamente al cruzar el amplio paseo de «La Croisette» para
ascender ceremoniosamente por la empinada escalinata fianqueada de policías
entorchados y sumergida en la más espantosa sala de proyección que nadie hubiese
diseñado jamás, a correr el riesgo de asistir a un bodrio insoportable o a una
auténtica obra de arte.
El bar del «Majestic» no constituía por tanto a aquellas horas
el lugar idóneo para continuar escuchando la historia de Palmira, pero fuera,
en la piscina, la hora del almuerzo había pasado, las mesas habían sido
levantadas, y resultaba por completo imposible encontrar un camarero que
proporcionara tan siquiera un simple vaso de agua.
Nos acomodamos por tanto como buenamente pudimos en el más
apartado de los rincones, lejos del piano, hice una seña al barman para que
enviara dos coñacs, y me dispuse a continuar escuchando la historia de una
mujer de cuya existencia no había tenido noticias hasta tres horas antes, no
sabía aún si algún día llegaría a conocer, y no estaba seguro de si me caía por
lo menos simpática.
Pero me interesaba aunque tan sólo fuera porque cuanto estaba
contando Andrea me serviría para conocerla más a fondo, ya que no resulta
habitual que una mujer desnude su alma mostrándola del modo que Andrea lo hacía
aquella tarde, y además presentía que la parte más atrayente de su relato aún
estaba por llegar y terminaría por revelarme en qué momento había acabado
cediendo a las presiones y por qué.
—Casi cada día Palmira acudía a buscarme en compañía de Omayra e
insistía en que fuéramos a almorzar las tres juntas.
—Suena extraño.
—No, si se hubiera tratado únicamente de simples amigas, pero
pronto empecé a comprender que Palmira estaba tratando de enfrentarnos, como si
le divirtiera la idea de que nos disputáramos su afecto y su atención.
—¿Por qué, si según tú ya había perdido todo interés por ti?
—No es que lo hubiera perdido, es que momentáneamente parecía
haberme relegado a un segundo lugar, pero por su forma de hablar y comportarse
parecía estar siempre dando a entender que de la noche a la mañana podía volver
a recuperar el papel de «favorita».
—¿Cómo reaccionabas ante eso? –Me hacía sentirme mal. Cada día
volvía a plantearme la necesidad de cortar con ella evitando que volviera a
colocarme en la situación de meses atrás, pero cuando aparecía con su sonrisa
franca y su aparente necesidad de verme, acababa por claudicar convenciéndome a
mí misma de que todo cuanto pensaba de ella no eran más que suposiciones y se
trataba tan sólo de una amiga generosa que jamás había tenido un detalle que
pudiera echarle en cara.
—¿Volvías a sentirte atrapada?
—Sí y no. Palmira continuaba ejerciendo una gran influencia
sobre mí, sería estúpido negarlo, pero ahora sabía que no conseguiría nada que
estuviera en contra de mis más firmes convicciones.
—¿Y de Omayra? ¿Qué obtenía? Andrea permaneció como ausente, y
tardó largo rato en responder.
La «Boutique» era grande, elegante, sofisticada y sin duda una
de las más caras de Montecarlo, que era tanto como decir de la Costa Azul y
casi del mundo, pues pocos eran los lugares en que una dependienta se atrevería
a solicitar tranquilamente cien mil francos a cambio de un vestido de noche, o
cuarenta mil por un simple traje de chaqueta.
Palmira había insistido en llevarlas hasta allí porque quería
encontrar algo «especial» para que lo luciera Omayra en la Cena Benéfica que
ofrecía la Princesa al día siguiente y para la que había conseguido cuatro
invitaciones a precio astronómico, y Andrea aprovechó para probarse unas blusas
aun a sabiendas de que, pese a hallarse en oferta, se encontraban lejos de sus
posibilidades económicas.
Los vestidores disponían de muchos espejos;
demasiados sin duda, y mientras se contemplaba en uno de ellos,
Andrea pudo observar, a través de la entreabierta cortina, cómo Omayra se
desnudaba en el probador contiguo.
Poseía un magnífico cuerpo; el más perfecto quizá que hubiera
visto nunca al natural, cubierto apenas por unas bragas diminutas, pero lo que
retuvo su atención no fue su incuestionable hermosura, sino la insinuante forma
que moverse al quitarse y ponerse las prenda de un lado a otro de la amplia
estancia modo que se le antojó absurdamente pro y casi estúpido hasta que
descubrió que se encontraba sentada en un rincón.
El estómago le dio un vuelco y tuvo una profunda sensación de
malestar al ver cómo Palmira se ponía muy despacio e aproximaba a la
puertorriqueña y colocada frente a ella le acomodaba las solapas de tal forma
que la punta de los dedos rozaban claramente los erguidos pezones.
Estaban allí, la una frente a la otra, menos de medio metro de
distancia, rodeadas de espejos y mirándose a los ojos y resultaba que la boca
de Omayra se entreabría, de su rosada lengua asomaba apenas para humedecerse
los labios y de todo su cuerpo salía tal evidente sensación de entrega y
abandono que Andrea se vio obligada a escapar presurosamente del vestidor,
dejar sobre una mesa las cosas que se había estado probando, y bajar a la calle
para evitarse el bochorno de vomitar sobre la impoluta moqueta color marfil de
una «boutique» de lujo.
Bajó hasta el puerto, a permitir que el aire del mar se llevara
muy lejos el asco que sentía, y permaneció allí más de una hora meditando en
cuanto había visto, y en lo cerca que había estado en algunos momentos de
ocupar el lugar de la puertorriqueña.
—¡Nunca más! –se prometió a sí misma–. Nunca más.
De regreso a su apartamento se dio una ducha fría, encendió la
televisión y no quiso descolgar el teléfono pese a que toda la tarde repicó una
y otra vez insistentemente. Sobre las doce cenó un poco de fruta, se tomó un
somnífero y se metió en la cama ansiando dormir tres días seguidos.
Hacia el mediodía le despertaron unos violentos golpes en la
puerta y al abrir se encontró frente a Omar que buscaba a Palmira. Ni ella ni
Omayra habían vuelto a casa en toda la noche y le espantaba la idea de que algo
horrible les hubiese ocurrido.
—Creí que estaban contigo –concluyó. Le faltó valor para
contarle lo que había visto y prefirió mentir asegurando que a última hora
decidió no acompañarlas. Omar volvía a ser el hombre derrotado al que tantas
veces tuviera que consolar en Suiza y aquél era ya un papel que detestaba.
Demacrado, sin afeitar, con profundas ojeras por la falta de
sueño y mal vestido, semejaba una sombra de sí mismo, y mientras le preparaba
un café muy cargado, tuvo que hacer un gran esfuerzo y contenerse para no
acabar sentándose frente a él y aconsejarle que se olvidara para siempre de su
esposa.
Pero una vez más guardó silencio, permitió que se fuera a
continuar su inútil búsqueda, y se encerró a vencer por sí misma sus propias
decepciones y a aborrecer a quien de una forma tan sucia le había traicionado.
Desconectó el teléfono y no fue a la Galería. Pasó el resto del
día leyendo y la tarde en un cine para acabar cenando sola en el «Mansour», y
tan sólo al regresar al apartamento y encender la televisión recordó que estaba
invitada a la Gran Gala de la Princesa.
Observó los coches de lujo, las caras famosas y las mujeres
enjoyadas; imaginó cómo se sentiría Omayra en semejante ambiente, y llegó a la
conclusión de que no le importaba no haber acudido, ya que definitivamente
aquél nunca sería su mundo. Cuando se metió en la cama no necesitó sedante
alguno para dormir sin sobresaltos.
Por la mañana paseó largo rato por la playa aprovechando unos
tibios rayos de sol que pretendían convertirse en los adelantados de una futura
primavera, y consideró de buen augurio el hecho de que, apenas abierta la
Galería entrara una vieja excéntrica que se llevó encantada la absurda lámpara
del negro del taparrabos verde.
La vida seguía su monótono curso de finales de invierno en la
Costa; a ratos lucía el sol; a ratos llovía o simplemente se nublaba. Las caras
de siempre cruzaban más allá del escaparate rumbo a sus destinos de siempre, e
incluso los periódicos no publicaban más que las noticias de siempre.
—¿Eso es todo? –protesté–. ¿Una historia de lesbianas? Tenía yo
razón y hubiera sido mejor que te contara una de las mías.
—No se trata de una historia de lesbianas, sino de
remordimientos. ¿Te interesaría más si te confesase que maté a Palmira?
Me sentía sola. Miraba hacia atrás y caía en la cuenta de que mi
vida había sido un continuo salir de una soledad para penetrar de inmediato en
otra nueva, más ancha y más profunda, pero ésta de ahora venía como rodeada de
un halo de angustia y vacío; el vacío y la angustia que me producían comprobar
que nada de cuanto intentara produciría frutos y acababa de superar la barrera
de los treinta sin haber conseguido más que pasar una y otra vez de mano en
mano.
El espejo me devolvía< la imagen de una mujer plena, hermosa
y elegante que había estudiado en buenos colegios consiguiendo con el tiempo
una sólida y diversificada cultura, y ello influía en el hecho de que me
asaltara de continuo la frustrante sensación de estar convirtiéndome en un ser
fracasado; alguien en quien se han puesto demasiadas esperanzas y acaba
malográndose sin motivo aparente.
Miles, tal vez millones, de mujeres a las que el destino no
había ofrecido en un principio las posibilidades que a mí me otorgó, sabían sin
embargo sacar provecho de lo poco o mucho que poseían, alcanzar una cierta
parcela de la felicidad y darle un sentido a sus vidas del que la mía carecía.
Probablemente unos hijos, un hombre o un trabajo más satisfactorio hubieran
bastado para aliviar la sensación de continuo fracaso que me ahogaba, pero no
me sentía con fuerzas para lanzarme a la búsqueda de una familia como simple
contrapeso a mi soledad, y no imaginaba ningún otro tipo de trabajo –salvo
quizás escribir que consiguiera gratificarme lo suficiente como para abandonar
el cómodo refugio de la Galería.
A menudo me veía a mí misma como una vieja solterona que dentro
de cuarenta años continuaría vendiendo los mismos trastos inútiles a los mismos
clientes fastidiosos, y en esos momentos no podía por menos que rebelarme ante
la idea de que siguiera pasando el tiempo sin que nadie disfrutara a fondo de
cuanto de maravilloso pudiera ofrecerle mi cuerpo o mi espíritu. Quería «dar»
aun a riesgo de no recibir, pero por más que buscaba a mi alrededor no
descubría a quién entregarme sin reservas.
Algo fallaba en mí y mi propia incapacidad de averiguar las
razones de ese fallo me producía una asfixiante sensación de angustia y
ansiedad.
Me habían hecho creer de niña que iba para princesa pero
descubría que ni siquiera una lesbiana, drogadicta y medio loca me aceptaba, y
a la hora de elegir, cuando le hubiera bastado un pequeño esfuerzo para obtener
quizá de mí cuanto quisiera, había preferido una piel más joven, una boca más
provocativa y unos pechos más grandes.
Comía sola, dormía sola y pasaba interminables horas solitarias
en una fría e impersonal «Galería de Arte» repleta de incongruentes objetos sin
sentido que a menudo parecían querer jugar a aislarme aún más de la realidad
del mundo exterior.
Alguna que otra vez me emborrachaba. Siempre en casa, sin más
testigos que los mástiles de los yates del puerto, ni más ilusión que matar
unas horas de domingo.
También me masturbaba con frecuencia y una noche me fui a la
cama con un tipo que me abordó en la calle ofreciéndome mil francos que me
sirvieron para comprobar que si como mujer carecía de valor al menos tenía un
precio.
Luego, Omar apareció de nuevo.
Era un Omar distinto, casi irreconocible, que buscaba de nuevo a
su esposa de la que no sabía absolutamente nada desde hacía dos semanas.
—¿Dónde puede estar?
—No tengo ni la menor idea, pero si vuelve, intérnala. Busca una
buena clínica e intérnala.
—Nunca podría hacerle eso –fue la sincera respuesta–. La quiero.
—Conseguir que se cure constituye a mi entender la mejor forma
de quererla. Lo otro, permitir que continúe destruyéndose sería tan sólo una
muestra de irresponsabilidad.
—¿Me ayudarías?
—No. ¡Desde luego que no! Palmira me ha proporcionado demasiados
quebraderos de cabeza y lo único que pretendo es que se aleje de mí. Te casaste
con ella y durante mucho tiempo fuisteis felices, pero a mí no me ha dado más
que disgustos. No puedes pedirme que comparta una carga que tan sólo a ti te
pertenece.
—¿Y no puede suceder que también tengas parte de culpa? ¿Que
Palmira esté enamorada de ti y por eso se comporte como se comporta?
Le había costado decirlo pero al fin lo había dicho. Muy pocos
hombres hubieran reconocido que tal vez su esposa amara a otra mujer, pero
evidentemente Omar Monteverde se hallaba tan confundido que no cerraba las
puertas a ninguna posibilidad que pudiera arrojar alguna luz sobre el problema
que le atormentaba.
Me hizo daño comprobar su terrible desamparo, pero me aferré a
mi decisión de no continuar aceptando que las incongruencias de una histérica
me afectaran.
—Lo que Palmíra pueda sentir por mí es cosa suya –dije al fin–.
Yo jamás le hice concebir esperanzas porque tengo muy claros mis
convencimientos a ese respecto y no pienso cambiarlos.
—¿De verdad nunca hubo nada entre vosotras?
—¿Lo dudas?
—¿Acaso no tengo motivos para dudar? No hacía más que hablar de
ti, que si eras tan dulce, tan buena, tan cariñosa, tan inteligente. Luego
surge Omayra, que está claro que se aprovecha sacándole todo lo que puede, y
por último desaparecen juntas. –Agitó la cabeza como asombrándose de su propia
estupidez–. ¿Realmente te sorprende que dude? Recuerdo que en Gstaad quise que
me confesaras si había otro hombre. Ahora tengo la certeza de que esa pregunta
resultaba absurda.
—Por lo que a mí respecta no, puedes estar seguro. Honestamente
tengo que aceptar que hubo momentos en los que me planteé la posibilidad de que
algo de lo que imaginas sucediese, pero lo rechacé.
—¿Te lo propuso alguna vez?
—Ni tan siquiera llegó a insinuarlo.
—¿Te insinuó que te acostaras conmigo?
—Tampoco, aunque llegué a sospechar que era eso lo que andaba
buscando.
—También yo. Llevábamos tantos meses sin hacer el amor que
supuse que te traía a casa para que ocuparas su lugar y quedar libre. En Gstaad
estuve a punto de proponértelo aunque tan sólo fuera por salir de dudas.
—Tal vez debimos hacerlo. Me observó largamente, dudó un
instante, y al fin se decidió como quien se lanza de improviso al agua sin
demasiadas ganas.
—Aún estamos a tiempo –dijo–. Tengo una casita en La Camarga. Es
diminuta y ni siquiera tiene luz eléctrica. A veces, cuando Palmira está fuera
mucho tiempo me voy allí a pescar, cazar o montar a caballo.
La casa era francamente pequeña; diminuta era el término
perfecto para designarla; sola en mitad de las llanuras de La Camarga, a un
kilómetro del mar al que se accedía por un senderillo que bordeaba lagunas y
pastizales, y sin más vecindad que manadas de hermosos caballos que corrían
libremente desde el amanecer hasta que oscurecía, y solitarios toros
meditabundos que rumiaban hora tras hora sus profundísimos problemas.
Tuvieron que aguardar la primera claridad del alba para recorrer
la última parte del camino sin riesgo a precipitarse en un estero o hundirse
hasta los ejes en la arena, y llegaron tan agotados que apenas tuvieron tiempo
de cubrir la enorme cama de colchón de hojas secas para tumbarse sobre ella y
quedarse dormidos de inmediato.
Le despertó el olor a fuego de leña que le recordaba los más
felices días de su infancia en casa de sus abuelos, y no tuvo más que apartar
un poco la cortina de flores desteñidas para distinguir a Omar que preparaba el
almuerzo en la estancia contigua y se diría que aquél era su ambiente; el lugar
en el que se sentía en verdad a gusto y relajado. Cuando de un cajón extrajo
una vieja cachimba renegrida, Andrea experimentó unos profundos deseos de
desnudarse, sentarse a horcajadas sobre sus muslos y permitir que la penetrara
al tiempo que aspiraba de cerca el aroma dulzón, a higos secos, de aquel espeso
tabaco.
Supo contenerse sin embargo, y aguardó hasta una hora más tarde
en que la invitó a dar un paseo por la solitaria playa sobre la que rompían
largas olas ruidosas, y cuando se desnudaron y tuvo en su poder aquel
majestuoso y erecto miembro viril, no pudo por menos que preguntarse qué clase
de placer hubiera obtenido de cometer el error de acostarse con Palmira.
Omar Monteverde demostró ser un amante experto y eficaz, porque
a sus evidentes dotes físicas unía una gran dosis de ternura y una sorprendente
capacidad de recuperación que fascinaba a Andrea. El resultado fue que durante
toda una semana apenas se dedicaron a otra cosa que pescar, montar a caballo y
hacer el amor sin más excepciones que un par de cortas escapadas a
Aigues–Mortes para pasear por sus estrechas calles amuralladas y cenar en los
encantadores restaurantes de su plaza mayor.
El paisaje de La Camarga y el ejercicio agotador constituían sin
duda la terapia que estaban necesitando, y Andrea llegó a sentirse tan
plenamente satisfecha, feliz y relajada, que no le hubiera importado continuar
allí durante meses, olvidándose por completo de Cannes, la Galería y los
complejos problemas de Palmira Monteverde.
Omar solía proporcionarle un reconfortante despertar con la
primera claridad del día, obligándola a gemir de placer sin haber llegado
siquiera a abrir los ojos, y casi de inmediato saltaba de la cama para encender
el fuego y preparar un abundante desayuno, ensillar los caballos y aparejar las
cañas.
Trotaban luego hasta una minúscula ensenada donde el mar se
aquietaba mezclándose con las aguas del estuario, para buscar en los charcos
carnada fresca, lanzar las cañas y esperar, y en ocasiones, cuando los peces no
acudían, se tumbaban desnudos sobre la arena y concluían por ensayar las más
atrevidas e inimaginables formas de excitarse mutuamente.
Rotas las primeras barreras, y como si su auténtico yo y su
sentido de la moral hubiera quedado más allá de las lindes de aquellas
llanuras, Andrea se prestó de buena gana a toda una serie de experiencias
sexuales en las que su acompañante demostró estar auténticamente versado,
consiguiendo extraer de los más recónditos rincones de su cuerpo un sinfín de
nuevas sensaciones que le proporcionaron niveles de placer que jamás
anteriormente había sospechado.
Calladamente, sin más argumento que el contacto de sus manos,
Omar sabía conducirla al lugar deseado, vencer su inicial resistencia y
entregar su cuerpo sin reparos a propuestas tan osadas que en cualquier otra
circunstancia de su vida Andrea no hubiera conseguido siquiera mencionarlas.
¿Se trataba tal vez de una venganza? En un momento dado, cuando
arrodillada de cara al mar cuyas olas casi la salpicaban permitía que la
cabalgara produciéndole un placer inenarrable, se sorprendía a sí misma al
descubrir que más aún que aquel placer, lo que realmente hubiera deseado era
que Palmira pudiera contemplarlos.
Aplicadamente y en silencio, Omar parecía pretender lo mismo.
Por un acuerdo tácito, sin que ninguno de los dos lo mencionara,
Palmira quedó fuera de La Camarga, y abundaron más por lo tanto durante
aquellos siete días los gemidos que las palabras, los suspiros que las frases,
y las fantasías sexuales que los temas de conversación, pese a lo cual ambos
tenían plena conciencia de que Palmira estaba allí, compartiendo la minúscula
casa, el colchón de hojas secas, y las desenfrenadas escenas de amor sobre la
arena.
—Un juego peligroso.
—Mucho.
—Corrías el peligro de enamorarte de Omar.
—Lo hice.
—¿Aun a sabiendas de que probablemente continuaba queriendo a
Palmira?
—Aun así. Quizá no lo entiendas, pero aquélla fue una de las
semanas más hermosas de mi vida. Me hizo descubrir el sexo que para mí siempre
había sido algo secundario. Dudo que puedas comprender lo que eso significa
para una mujer que ha llegado a mi edad convencida de que el amor no es más que
un invento del cine o las novelas.
Pidió otro coñac. Era ya, según mis cuentas, el quinto de la
tarde, pero no daba la sensación de que se sintiera afectada, sino que, más
bien, sin su ayuda no sería capaz de seguir adelante en determinados momentos.
Aquél era uno de ellos.
—Comencé a necesitar a Omar como nunca he necesitado a nadie.
Por las noches me despertaba buscándole y dejaba pasar los días aguardando una
llamada o que hiciera su aparición en la Galería, pero jamás volvió.
—¿No dio ninguna explicación?
—Ni una palabra. Cada día me arreglaba para él, para que me
encontrase atractiva y me deseara cuando al fin nos viéramos, y cada noche me
sentía frustrada al regresar a casa y verme obligada a aceptar que mis
esfuerzos habían resultado inútiles.
La observaba en silencio, intentando averiguar hasta qué punto
semejante situación la había afectado en su amor propio o significó algo tan
importante en su vida como para empujarla a matar a Palmira, pero su rostro
permanecía inescrutable y tenía que conformarme con extraer mis conclusiones
tan sólo a través de sus palabras.
—Por fin, una tarde me tragué mi orgullo y le llamé tratando de
averiguar las razones de semejante silencio. –Chasqueó la lengua con un gesto
que pretendía denotar decepción o impotencia–. Era muy simple; se había ido a
París para intentar localizar a Omayra y a través de ella encontrar a Palmira.
–Bebió de nuevo; con ansia; casi como si pretendiera tragarse la copa, y tuve
plena conciencia de hasta qué punto se encontraba dolida.
Luego giró la vista a su alrededor; al bar que ya se había
quedado casi vacío, pero no pareció reparar en nadie, atenta únicamente a sus
propios recuerdos.
—¿Te das cuenta? –inquirió por último mordiendo las palabras–.
Había estado una semana haciéndome el amor a todas horas, pero se iba a buscar
a Palmira sin siquiera advertírmelo.
Respeté su silencio, ¿qué otra cosa podía hacer?, y aguardé a
que se sintiera con ánimos de continuar con un relato que ya me tenía atrapado.
—Tres días después la rubia apareció en la Galería.
—¿Qué rubia?
—La amiga de Palmira. La puta. Me dio la llave de un casillero
en el aeropuerto, y un papel con una dirección en Mougins, aquí, a unos diez
kilómetros. ¿Conoces «Le Moulins»?
—Hemos cenado allí.
—Es cierto. No me acordaba. Pues detrás, antes de llegar al
pueblo. Pretendía que recogiera un paquete del casillero y se lo entregara a
Palmira en aquella dirección.
—¿A Palmira? –me sorprendí.
—Exactamente. Por lo visto mientras Omar la buscaba en París, se
escondía a veinte kilómetros de su casa.
—¿Por qué?
Observó el fondo de su copa vacía, le dio la vuelta y la colocó
sobre la mesa como si con ello quisiera indicar que había llegado al límite de
su capacidad de beber.
—Vámonos de aquí –pidió–. Quiero dar un paseo. Necesito tomar
aire.
—Me tienen fichada, me vigilan, y si me agarran con tanta
«mercancía» no hay quien me quite diez años de «trena». –La rubia teñida y
pintarrajeada fumaba incansable unos apestosos «Gitanes» que encendía con la
colilla del anterior sin cesar de dirigir inquietas ojeadas a su alrededor
temiendo que alguien más pudiera oírla–. La señora se ha portado muy bien
conmigo –añadió–. Pero aunque sé cuánto lo necesita, no puedo arriesgarme. Por
eso he pensado que usted, que es su amiga, podría hacerle ese favor. Nadie va a
sospechar de una señorita tan fina y elegante.
—¿Qué contiene ese paquete? ¿Cocaína? Dudó unos instantes,
inclinó la cabeza, golpeó con la uña del dedo meñique la ceniza de su
cigarrillo y al fin alzó bruscamente el rostro y la miró a los ojos.
—No quiero engañarla –dijo–. No es mi estilo y creo que es
necesario que sepa el riesgo que corre. No es coca. Es heroína.
—¡Heroína! –se espantó Andrea escandalizada–. ¡No puedo creerlo!
Me niego a admitir que Palmira se esté drogando con heroína.
La prostituta se encogió de hombros con un gesto profundamente
despectivo.
—Como quiera –replicó–. Pero le garantizo que yo misma se la he
estado inyectando en las ingles y bajo el cuero cabelludo para que su marido no
descubriera las marcas. Ahora la necesita por lo menos cuatro veces diarias.
–Se puso en pie cansinamente y se encaminó a la puerta mientras señalaba con un
ademán de la barbilla la llave y el papel que había dejado sobre la mesa–.
¡Bien! –barbotó–. Yo he cumplido. No quiero seguir con esto. Me voy de la
ciudad y cuando regrese me limitaré a seguir haciendo la calle que es lo mío.
Se pasa peor, pero se corren menos riesgos. Puede hacer lo que quiera. Ya no es
mi problema.
Salió y cuando se encontró de nuevo a solas Andrea tuvo la
impresión de que había vivido una pesadilla y aquella escena no había tenido
lugar.
Sin embargo, allí estaban: una dirección y una pequeña llave
niquelada, y le asaltó la extraña sensación de que un objeto podía cobrar vida,
y algo tan inofensivo se transformaba de improviso en una clara amenaza.
Su primera reacción fue tirar ambas cosas a la papelera y
olvidar el asunto. Luego, llamó de nuevo a Omar, decidida a traspasarle la
responsabilidad de encontrar a Palmira aunque fuera a base de descubrir que se
había convertido en una drogadicta, pero la entristecida voz de Celeste le
recordó que continuaba en París y no había dejado dicho en qué hotel se
hospedaba.
No tenía, por tanto, a quién recurrir. Durante un par de horas
continuó sentada tras su pequeña mesa de despacho contemplando la mansa lluvia
que caía más allá de las grandes cristaleras y tratando de convencerse de que
nada tenía que ver con la vida de Palmira Monteverde y no debía arriesgarse a
ir a parar a la cárcel si la sorprendían con un paquete de heroína en las
manos.
Oscurecía cuando decidió tomar el coche y aproximarse a la
dirección que le habían indicado. Le costó trabajo pues Mougins se encontraba
rodeada por docenas de mansiones perdidas entre bosques atravesados por
intrincados y retorcidos caminos, pero al fin se detuvo frente a la verja de
una pequeña villa de paredes de piedra amarillenta en una de cuyas ventanas
brillaba una luz.
Aguardó largo rato hasta que pudo distinguir la silueta de una
mujer que paseaba nerviosamente de un lado a otro de la estancia, pero los
visillos y la lluvia le impidieron concretar si se trataba o no de Palmira.
Por último, advirtiendo que las piernas casi se negaban a
sostenerla, cruzó la verja y llamó a la puerta.
Le abrió una mujer esquelética, cerúlea, ojerosa y macilenta en
la que costaba trabajo reconocer a la Palmira de antaño, pese a que su voz
fuese la misma, firme, serena y algo ronca, cuando tras reponerse por la
sorpresa que sin duda significaba verla, inquirió bruscamente:
—¿Qué haces tú aquí? Andrea indicó con un gesto que se estaba
mojando.
—He venido a verte. ¿Puedo pasar?
—Estoy esperando una visita.
—Si es la que yo creo, no va a venir. Es ella la que me manda.
Un relámpago de terror pareció cruzar por los ojos de Palmira
que inmediatamente inquirió ansiosa:
—¿Te ha dado algo para mí?
—No.
—¡Santo Cielo! ¡No es posible! No puede dejarme así. ¡Lo
necesito! Hace horas que lo necesito. ¿Dónde puedo encontrarlo ahora?
Se había echado instintivamente atrás, apoyándose en la pared de
tal forma que la luz le dio de lleno en el rostro, y Andrea no pudo por menos
que horrorizarse por el miserable aspecto que ofrecía una mujer que había
conocido en el máximo esplendor de su belleza. Era una auténtica ruina humana,
había adelgazado casi quince kilos, e incluso podría llegar a pensarse que
había disminuido de tamaño, como si el abuso de la droga la hubiera encogido o
la obligara a encorvarse hundiendo la antaño altiva cabeza entre los hombros.
—¡Dios Bendito! –exclamó–. ¿Cómo has podido llegar a esto?
Entró en la casa cerrando la puerta a sus espaldas, y tomándola
del brazo la ayudó a encaminarse al salón contiguo donde la recostó en un
amplio sofá, pues se diría que en cualquier momento iba a derrumbarse sobre la
alfombra.
—¡Lo necesito! –fue toda la respuesta que obtuvo porque Palmira
se encontraba obsesionada por una sola idea–. ¡Dios mío! ¡No dejes que me hagan
esto! ¡No lo consientas!
Bruscamente se inclinó hacia delante y se aferró con fuerza,
como si en lugar de manos tuviera garfios, al antebrazo de Andrea.
—¡Búscame una dosis! –sollozó–. ¡Una sola! Un poco, por Dios.
¡Sólo un poco para poder soportarlo!
—Lo que tienes que hacer es salir de aquí. ¿Es que no te das
cuenta? Te llevaré a un hospital y mañana buscaremos una buena clínica en la
que te ayuden.
—¿Ayudarme? –replicó furiosa–. Cuando se ha llegado adonde he
llegado yo, lo único que te ayuda es una dosis. ¡Sal y búscamela! y luego
hablaremos porque prefiero pegarse un tiro que continuar sufriendo como sufro.
Tengo un revólver –añadió–. Y te juro que estoy decidida a utilizarlo. ¡Por
favor! –suplicó con lágrimas en los ojos–. ¡Por favor!
Andrea meditó unos instantes, observó el ansioso rostro que
parecía querer devorarle con la mirada, palpó la llave que guardaba en el
bolsillo del impermeable, y por último se puso en pie.
—¡Está bien! –dijo–. Te buscaré una dosis. ¡Sólo una!, y cuando
te encuentres más tranquila hablaremos. Tienes unos hijos en que pensar.
Hizo ademán de encaminarse a la salida, pero Palmira le aferró
por el borde del vestido.
—¡No le digas nada a nadie! –pidió–. Sobre todo a Omar. ¡Júrame
que no vas a llamarle!
—Está en París. –Hizo una significativa pausa–. Buscándote.
Salió y necesitó apoyar la espalda en la puerta, bajo la lluvia,
para intentar calmarse, ya que sus nervios se encontraban a punto de estallar.
Luego pareció tomar conciencia de donde estaba y a lo que se había
comprometido, y tuvo que cerrar los ojos unos instantes y permitir que el agua
le empapara el rostro para cobrar las fuerzas necesarias como para encaminarse
al coche.
El viaje se le antojó una pesadilla y el aeropuerto un lugar
plagado de peligros y una inmensa trampa en la que se diría que todo eran ojos
acechantes que vigilaban cada uno de sus movimientos sabedores de la razón por
la que se encontraba allí y el delito que iba a cometer en cuanto pusiera las
manos sobre la droga.
Tomó asiento en un banco y aguardó largo rato buscando
serenarse, e intentando cerciorarse de que nadie vigilaba las casillas y la
Policía no se encontraba apostada en los alrededores dispuesta.
Continuaría observando los metálicos muebles de no haber sido
porque tomó conciencia de que Palmira aguardaba al borde de la histeria, y tal
como la había visto la creía muy capaz de cometer una locura.
Se preguntó cómo resultaba posible que aquella mujer madura,
inteligente y dueña de una fabulosa fortuna y una maravillosa familia se
hubiera dejado arrastrar de aquel modo, pero no encontró respuesta ni se
esforzó tampoco en obtenerla, ya que continuamente los periódicos publicaban
noticias sobre docenas de drogadictos que fallecían en trágicas circunstancias
empujados por el atractivo de una droga cuyo supremo poder nadie, que no la
hubiese probado, conseguiría nunca comprender.
Sin haber fumado jamás un simple cigarrillo de marihuana, la
drogadicción era un oscuro fenómeno que había estado siempre más allá de la
capacidad de entendimiento de Andrea, para quien resultaba por completo
inexplicable que un ser humano permitiera que su voluntad se anulara hasta
extremos tan absolutamente inconcebibles.
Al propio tiempo se hallaba demasiado asustada como para
reflexionar, por lo que optó por renunciar a unas respuestas que sabía que
jamás encontraría, y por último, cuando ella misma menos se lo esperaba, se
puso en pie de un salto y prácticamente se abalanzó sobre la fila de casilleros
como si temiera que fueran a escapar volando.
Abrió la casilla número nueve y observó, hipnotizada, el
envoltorio del papel de estraza que destacaba, dramáticamente solitario, en el
centro de la oscura caja metálica.
Cuando lo tocó, quemaba. Le quemó casi con la misma intensidad
que si realmente hubiera tenido fuego dentro –tan intenso era su miedo–, y al
introducirlo en el bolso, éste pareció aumentar de peso hasta volverse
insostenible pese a que apenas se trataba de unos pocos gramos de un polvo
blanco e inconsistente.
El camino de regreso lo hizo como entre sueños bajo una lluvia
torrencial que había sustituido a la llovizna de la tarde, y cuando avistó ante
ella las luces de puesto de peaje de la autopista, el estómago le dio un vuelco
y sintió una incontenible necesidad de devolver al imaginar que el coche de la
Policía que permanecía detenido en la explanada la estaba aguardando.
Al llegar al fin a la casa tras perderse varias veces por los
intrincados senderillos de Mougins, apretó el timbre y tuvo que apoyarse en el
quicio de la puerta para recobrar el aliento.
El rostro de Palmira, más hundido y demacrado aún, si es que
ello era posible, hizo su fantasmal aparición e inquirió roncamente:
—¿Lo has traído? Sin decir palabra le puso el paquete en la mano
y fue a tomar asiento frente a la chimenea despojándose del impermeable y los
zapatos y procurando entrar en calor tras el agua recibida.
Palmira desapareció en el interior de la casa.
La mano le temblaba, pero consiguió abrir el paquete, y cuando a
los pocos minutos regresó, se tumbó en el sofá y pareció relajarse al permitir
que la droga que acababa de inyectarse hiciera su efecto, calmándola.
—¡Gracias! –musitó–. Estaba a punto de volverme loca.
—Me has hecho pasar el peor rato de mi vida –replicó Andrea
agriamente–. Y aún no me explico cómo es posible que una persona a la que
consideraba inteligente puede haber caído en esto.
¡Mírate! Eres el ser humano que haya llegado a un mayor extremo
de degeneración que he visto en vida.
—¿Eso es todo lo que piensas de mí? ¿Que soy una drogadicta
degenerada?
—También pienso que eres lesbiana, viciosa, mala esposa, mala
madre e indigna de cuanto te ofreció la vida, que bastaría para hacer felices a
cientos de mujeres.
Palmira entornó levemente los ojos como si estuviera a punto de
dejarse vencer por el sopor que la invadía, y luego, con una voz más suave que
de costumbre, señaló:
—No has entendido nada, ¿verdad? Las cosas han sucedido de tal
forma que después de todo este tiempo aún eres capaz de sentarte ahí, a
condenarme, sin comprender ni una sola palabra.
—Sí he comprendido. Comprendí que hubo un momento en que
pretendiste acostarte conmigo, pero te faltó valor para proponérmelo
abiertamente. Ni siquiera en eso supiste ser honrada.
—¿Hubieras aceptado?
—Desde luego que no.
—¿Estás completamente segura?
—Ahora sí.
—Pero entonces no lo estabas, ¿no es cierto? Siempre me quedó
curiosidad por ver cómo hubieras reaccionado de haberlo intentado. Aquella
noche en París lo estabas deseando para poder insultarme a gusto. Te lo noté en
los ojos.
—¿Por eso no lo hiciste?
—Por eso, y por miedo a que en un momento de debilidad me
hubieses decepcionado. En aquel tiempo aún necesitaba apoyarme en alguien y
estaba convencida de que ese alguien eras tú.
—Si hubieras confiado en mí, nunca habrías caído en esto. Yo
deseaba ayudarte.
—No hubieras podido evitarlo, pequeña. Pese a toda tu buena
voluntad no hubieras conseguido nada. En aquel tiempo yo aún trataba de
aferrarme desesperadamente a una última esperanza, pero en mi fuero interno
sabía que todo estaba perdido. Ni tú, ni yo, ni Omar, ni nadie en este mundo,
hubiera logrado salvarme.
Andrea advirtió que se le cerraba la garganta casi
imposibilitándole hablar, pero al fin, con un hilo de voz inquirió tímidamente.
—¿Qué estás intentando decirme?
—Que me estoy muriendo. ¿Tan torpe eres que aún no lo
comprendes? Hace meses que sé que estoy acabada y no por culpa de la droga como
tú crees. Eso es lo único que aún me mantiene en pie. Eso, y la fuerza de
voluntad que Dios me dio. –Abrió los ojos un instante para lanzarle una larga
mirada y volver a cerrarlos acomodándose mejor en el cojín que tenía bajo la
cabeza–. Y ahora déjame descansar un rato –pidió–. Me siento fatigada. Muy, muy
fatigada.
Estaba allí, tendida en el sofá frente a la chimenea eternamente
encendida para tratar de paliar el frío de la tumba que se le había metido ya
en los huesos, y con los ojos cerrados y el esquelético rostro semejando una
mascarilla mortuoria me asaltó la impresión de que me hallaba a solas con un
ser surgido del más allá o con alguien que debería encontrarse necesariamente
al otro lado de la raya y al que únicamente una monstruosa fuerza de voluntad
mantenía un hálito de vida, puesto que su respiración era tan tenue que tuve
que inclinarme sobre su rostro para lograr cerciorarme de que seguía en este
mundo.
Permanecí por tanto como velando a un difunto antes de tiempo,
escuchando el crepitar del fuego y el ladrido lejano de unos perros al que
sucedió más tarde el canto de los grillos, y cuando el pesado reloj del comedor
dejó escapar con desgana diez lentas campanadas, me serví el largo coñac que
estaba necesitando y ocupé un par de horas en arreglar la casa que semejaba un
campo de batalla.
La única pieza ordenada era el despacho, sobre cuya mesa se
apilaban varias carpetas que contenían las disposiciones de Palmira para
después de muerta, y en una de ellas, bajo el epígrafe de «Donaciones» descubrí
tres cheques de un millón de dólares cada uno con destino a entidades
benéficas, lo cual me permitió calibrar la auténtica cuantía de su fortuna
personal.
No quise lógicamente curiosear su testamento, y me limité a
permanecer largo rato allí sentada tratando de hacerme una idea de cuáles
serían los sentimientos de una mujer que se sabía en posesión de todo aquello y
una hermosa familia, y se encontraba sin embargo a punto de perderlo.
Comprendí por fin el auténtico significado de la desconcertante
mirada que me dirigió una noche en su casa, y que por unos instantes estuvo a
punto de descubrirme la verdad de cuanto se encerraba en su interior. Había
sido aquélla una mirada de impotencia y desesperanza; de desolación y miedo; de
sumisión e ira; la mirada de quien lo tiene todo con la certeza de que ya nada
tiene; la del toro en la plaza consciente de su terrible fuerza y bravura, pero
consciente también de que se encuentra perdido frente a las argucias y
artimañas de una pandilla de saltimbanquis carniceros.
Vagué en silencio por la casa, asomándome de tanto en tanto a
vigilar el sueño–muerte de Palmira, fumé en el despacho, bebí en la cocina,
lloré en el baño y me mordí las uñas en la alcoba, y fue durante aquella
primera noche amarga cuando empecé a escribir lo que sentía, aunque pronto me
di cuenta de que nunca sería capaz de transcribir a un papel cuanto padecí en
aquel tiempo. En los días que siguieron pasé largas horas junto a un ser que
parecía estar cruzando continuamente la frontera entre dos mundos; que a menudo
se diría que incluso me hablaba desde el más allá, .pero yo, ¡estúpida de mí,
todo lo que conseguí expresar fueron lugares comunes sin sentido.
—No tienes por qué culparte. Incluso a mí me ocurre a menudo
pese a que se supone que contar es mi oficio.
—No es tu oficio lo que he venido buscando, sino tu
sensibilidad. Recuerdo que uno de tus personajes.
—¡Escucha! –me apresuré a interrumpirle, Estás hablando de seres
de ficción que reaccionan como yo quiero porque para eso los he inventado. Pero
tú estás aquí y no puedo inventarte. Por muy hábil que fuera, si no consigues
transmitirme lo que sentías en aquellos momentos poco podré ayudarte.
—¿Y cómo puedo saber lo que realmente sentía? –protestó–. Cada
vez que iba o venía a la casa tenía que pasar frente a la mansión que el ex
dictador de Haití le ha alquilado a un traficante de armas, y en esos momentos
no podía evitar preguntarme por qué Dios permite que esa clase de seres vivan
en paz mientras Palmira tenía que humillarse recurriendo a las drogas para
mitigar apenas sus dolores.
—¿Imaginas que tengo alguna respuesta a preguntas que han hecho
cavilar a una Humanidad desde que el mundo es mundo? ¿Por qué unos viven y
otros mueren? ¿Por qué estamos aquí en lugar de habernos quedado tranquilamente
en el limbo? «Felices los felices», dice Borges, pero ni con ser Borges
consigue aclaramos por qué unos nacen para ser felices, ni hasta cuándo les va
a durar la dicha.
—¡Pues sí que ayudas tú mucho! –fue la ácida respuesta–. ¿Qué
tiene que ver Borges con PaImira?
—Nada –admití molesto–. Pero, puestos a esto, ¿qué tiene que ver
Palmira conmigo? Se estaba muriendo, es cierto, pero miles de personas se
mueren cada día y nadie escribe su historia.
—La historia de Palmira es especial –repitió machacona, ya que
se diría que ese tema se había convertido para ella en una auténtica obsesión.
—¿Qué tiene de especial aparte el hecho de su absurdo
comportamiento? ¿Por qué no estaba en un hospital? ¿O en su casa, con su marido
y sus hijos que es donde realmente debía estar? –Lancé un resoplido–. Y ya
puestos a preguntar: ¿Por qué demonios tuviste que matarla si al parecer estaba
a punto de morirse sin ayuda de nadie?
—Te lo contaré mientras cenamos –replicó calmosamente–. Te
invito al «Félix». Allí empezó todo y allí quiero que termine.
El amanecer le sorprendió adormilada en el sillón, y cuando
abrió los ojos fue para enfrentarse a los de Palmira que la observaban
fijamente.
—Tengo frío. Avivó el fuego alimentándolo con un grueso tronco,
y mientras lo hacía, Palmira habló de nuevo y su tono tenía una curiosa
entonación, como si se estuviese refiriendo a algo que nada tuviera que ver con
ella.
—Resulta difícil convivir con estas ratas que continuamente me
devoran las entrañas –dijo–. A veces, en el silencio de la noche incluso me
parece escuchar sus chillidos y en esos momentos siento miedo, un miedo
infinito a que cuando todo acabe continúen royéndome.
—No hables de ese modo –suplicó–. Lo que tenemos que hacer es
llevarte a un buen hospital donde te atiendan.
—¡No! –fue la seca respuesta–. No quiero volver a ningún
hospital ni ver a ningún médico. Ya nada pueden hacer por mí. Quiero quedarme
aquí hasta que todo acabe.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué apartarte de este modo de Omar y de
los niños?
Palmira guardó silencio unos instantes, contempló luego las
llamas, y pareció encontrar en ellas el valor que estaba necesitando.
—Nunca pensé hacerlo, pero ya que estás aquí voy a contártelo.
–Hizo una nueva pausa intentando cobrar fuerzas, y por último señaló–: Todo
empezó el día que Omar decidió regresar clandestinamente a Chile porque se iba
a celebrar una reunión de los principales grupos políticos que luchan por el
derrocamiento de Pinochet. Me pareció una locura. Aceptaba que estuviera
colaborando con cifras a veces astronómicas a la causa de la democracia, e
incluso aceptaba que volvieran a atentar contra nosotros, pero ir allí,
expuesto a que le descubrieran o le traicionaran sabiendo que eso significaba
una muerte segura, se me antojó, no sólo una empresa descabellada, sino una
falta de consideración hacia los niños y hacia mí.
Respiró fatigosamente porque le costaba un supremo esfuerzo
hablar tanto tiempo seguido, y cuando se decidió a hacerlo de nuevo inclinó
apenas la cabeza y contempló a Andrea con una levísima sonrisa amarga:
—Pero Omar es un hombre de ideas fijas convencido de que no
tiene derecho a ser feliz cuando tantos de los suyos sufren bajo una sangrienta
tiranía y acabó por marcharse. ¿Podrías darme un poco de agua, por favor?
Andrea se puso en pie, fue a la cocina y regresó con un vaso del
que le ayudó a beber sosteniéndole la cabeza. Luego, tomó asiento de nuevo y se
dispuso a continuar escuchando en silencio.
—Yo estaba dolida y furiosa –continuó al poco Palmira–. Y tenía
miedo. Procuraba pensar en otras cosas, distraerme, pero me obsesionaba el
hecho de que podían pasar meses antes de que Omar regresara, o, lo que era
peor, que todo el maravilloso mundo que tanto esfuerzo me había costado
construir se derrumbara.
Una vez más guardó silencio, y era un silencio el suyo que casi
podía palparse pese a que fuera, en el jardín, una mansa lluvia que no había
cesado de caer en toda la noche, comenzara a arreciar, tamborileando sobre el
toldo y sobre las hojas de los árboles.
—Tuve que hacer un corto viaje a Nueva York, a resolver un
asunto legal, y pasé tres días reunida con abogados –añadió–. La última noche
salimos a celebrar el éxito del negocio y acabamos en una discoteca. –Suspiró
hondamente–. Peter era un hombre muy atractivo, un gran abogado y todo un
caballero que sabía cómo tratar a una mujer que se sentía sola, frustrada y
furiosa porque no tenía noticias de su marido desde hacía más de veinte días.
–Agitó la cabeza nerviosa–. No voy a decirte que jamás lo había hecho antes
porque no es cierto. Yo amaba profundamente a Omar, pero en mis circunstancias,
viajando siempre, a menudo se presentaban ese tipo de situaciones y en un par
de ocasiones me había ido a la cama con un hombre sin darle mayor importancia.
—Pero esta vez fue distinto.p
—No. No fue distinto. Al día siguiente regresé a casa y no volví
a acordarme de Peter hasta que me llamó para comunicarme que los médicos le
habían diagnosticado el «Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida», y
consideraba justo advertirme que podía haberme contagiado.
—¡Dios Bendito!
—¿Qué tiene de bendito un Dios que consiente que estas cosas
ocurran? –masculló Palmira con rabia–. Durante toda mi vida le estuve
agradeciendo la felicidad que me había proporcionado y como premio me castiga
con la más sucia, cruel y vergonzosa enfermedad que haya existido nunca.
—¿Te había contagiado?
—¿De qué crees que me estoy muriendo? –fue la ácida respuesta–.
¿Por qué crees que me escondo entre estas cuatro paredes, renunciando a un
marido y unos hijos que es lo que más quiero en este mundo? No tiene que
saberlo. Ni siquiera se le puede pasar por la cabeza que su mujer fue una
«apestada»; un ser marcado por una enfermedad de homosexuales y drogadictos.
Ahora fue Andrea la que necesitó un tiempo para asimilar cuanto
acababa de escuchar, que era mucho más terrible e iba más allá de lo que nunca
hubiera imaginado.
—Durante un tiempo pensé que eras lesbiana –susurré al fin.
—Lo sé. Y no me importó que lo creyeras. Durante ese mismo
tiempo yo estaba tratando de descubrir si eras la mujer que deseaba que se
acostara con Omar. Cuando regresó de Chile aún confiaba en no estar enferma,
pero no podía arriesgarme a contagiarle. Te busqué para él, pero no dio
resultado. Os dejé solos en Suiza después de haberos proporcionado mil motivos
para engañarme, pero no lo hicisteis. –Agitó la cabeza como si le costara
trabajo admitirlo–. Eres joven, dulce, hermosa e inteligente y Omar es un hombre
atractivo. ¿Cuál fue mi error?
Le pareció una suprema muestra de crueldad confesarle que no
había cometido error alguno y acababa de pasar con Omar la semana más intensa
de su vida, por lo que se limitó a guardar silencio.
—Hubo un momento en que incluso llegué a pensar que al conocerte
había tenido la suerte de encontrar una madre para mis hijos –continuó
Palmira–. Observé cómo te comportabas con ellos; eres paciente, simpática y
afectuosa. ¿Qué más podía pedir para cuando yo faltase? Van a necesitar a
alguien, y no estoy segura de que Omar, obsesionado como está con la política,
sepa elegir la persona adecuada. Hubiera sido perfecto que os entendierais y
dejarte en mi lugar sabiendo que los niños estarán atendidos.
—¿Qué te hizo cambiar de idea?
—Omar. Andrea tuvo la desagradable impresión de que una de
aquellas ratas que le devoraban las entrañas a Palmira corría ahora por su
estómago.
—¿Omar? –repitió procurando no demostrar su angustia y su
sorpresa.
—Le conozco y me he dado cuenta de que hay algo en ti que le
produce un cierto rechazo. Le caes bien, pero quizá, pese a lo que yo creía, no
eres su tipo de mujer. Siempre le gustaron más apasionadas. Más «latinas».
—¿Como Omayra?
–Probablemente. Pero Omayra acabó por no gustarme a mí. Por
dinero estaba dispuesta a todo. Incluso a que nos fuéramos a la cama juntas
–chasqueó la lengua como asqueada–. Aquella tarde en Montecarlo tuvimos una
escena muy desagradable. Al final le compré un «Ferrari» y la mandé de regreso
a su casa con la promesa de que jamás volvería a acercarse a Omar, porque es un
mal bicho muy capaz de enredarle y sacarle hasta la camisa.
—Entonces –musitó Andrea– ¿Cuando buscabas mi amistad no era por
mí, sino por eso, por utilizarme como una especie de puta de lujo que atendiera
a Omar ya que tú no podías hacerlo?
—«Puta de lujo» no es la definición exacta –replicó Palmira
desabridamente.
—¿Qué otra definición le darías entonces? ¿Pretendías o no que
me acostara con Omar?
—Puede que, en efecto, lo pretendiera –admitió Palmira de mala
gana–. Pero no debes culparme por algo que hacía cuando me sentía desesperada.
Ahora, tan cerca ya del fin, intento resignarme ante lo inevitable, pero en
aquellos momentos me aferraba a un clavo ardiendo buscando soluciones absurdas.
Estaba dispuesta a correr el riesgo de que Omar se encaprichara contigo con tal
de mantener unida a mi familia, ganar tiempo, e intentar luego recuperar a mi
marido. Estaba dispuesta a todo, excepto a aceptar que iba a morir pudriéndome
lentamente y comprendiendo que los que me rodeaban sentían asco y miedo en mi
presencia.
—¿Nunca se te ocurrió contárselo a Omar?
—Mil veces. Y las mil lo rechacé. Hasta ahora una mujer podía
confesarle a su marido que había tenido una aventura porque el perdón dependía
tan sólo de una cuestión moral. Pero en mi situación interviene además un
sentimiento de rechazo físico. El «pecado» lleva consigo un castigo de
enfermedad y muerte irremediables y aún nadie ha estudiado cómo va a reaccionar
un hombre –o una mujer– ante semejante planteamiento. Mi enfermedad provoca una
instintiva repulsión al igual que la provocaban antiguamente los leprosos.
¿Sabías que en muchos hospitales se niegan a aceptarnos, y que se está hablando
de tatuarnos para que se nos reconozca en el acto?
—Ésa es una reacción histérica que pasará pronto.
—Lo dudo. A medida que la plaga se extienda aumentará también el
miedo. Y al fin y al cabo, si Peter hubiera estado tatuado yo no me encontraría
en esa situación. –La observó largamente y había una extraña intensidad en su
mirada–. Dime –inquirió–. ¿No te asusta la idea de contagiarte?
—No. –La respuesta sonaba absolutamente sincera–. Ni siquiera se
me ha ocurrido.
—Pues deberías pensarlo. Y si cuando te marches decides no
volver, no voy a reprochártelo. En realidad casi te lo agradecería, porque
éstos son momentos para vivirlos a solas, sin sentir sobre la cabeza la
compasión de nadie.
Se puso en pie cansinamente y se aproximó al gran ventanal que
daba al jardín. Durante unos minutos estuvo contemplando la silueta de la
iglesia de Mougins que dominaba el pueblo justo en la cima de la colina y los
limoneros empapados por un agua que desdibujaba sus auténticos contornos.
—Para morirse ningún lugar es bueno –comentó al fin sin
volverse–. Pero éste al menos es digno y aparente. Y la calma, la lluvia y el
silencio me permiten hacerme la ilusión de que el mundo se ha vuelto triste. Si
estuviera rodeada por el sol, el mar, las risas de los niños, o las caricias de
Omar me costaría muchísimo más trabajo marcharme. –Se volvió a Andrea–. ¿Has
visto a los niños? –quiso saber.
—Hace poco hablé con Celeste y están bien aunque te echan de
menos.
—Eso es lo peor –musitó casi inaudiblemente yendo a tomar
asiento en una silla de respaldo muy recto, en un rincón–. Renunciar a ellos.
–Se miró las palmas de las manos–. Pero últimamente cada vez que los acariciaba
me asaltaba la impresión de que los estaba contagiando.
—Nadie ha dicho que pudiera existir contagio por simple
contacto.
—¡Nadie ha dicho! ¡Nadie ha dicho! –exclamó con irónica
amargura–. ¿Qué sabe nadie? Nadie ha dicho aún exactamente por qué demonios me
muero, pero lo cierto es que me muero. La cena se había quedado fría, apenas
probada, y el propio Félix, tan eficaz y activo como siempre, acudió a
interesarse visiblemente preocupado.
—¿Qué ocurre? –inquirió–. ¿No les gusta? ¿Prefieren otra cosa?
—¡No, gracias! –le tranquilicé intentando sonreír–. Todo está
exquisito. Es que no tenemos apetito.
Le bastó una simple ojeada al rostro de Andrea para comprender
que el problema iba más allá de las excelencias de su cocina, y haciendo un
autoritario gesto a los camareros para que limpiaran la mesa y trajeran el
carrito de los postres, regresó junto a la barra imaginando que nuestra desgana
se debía a algún tipo de complicación de índole «sentimental».
Elegimos tarta de frambuesas y pastel de manzana, más por
cumplido que por auténticas ganas de probarlo, porque lo cierto es que a mí se
me había contraído el estómago y Andrea se diría que apenas se alimentaba desde
hacía mucho tiempo.
—Debió ser muy duro –dije por decir algo.
—¡No imaginas cuánto! –afirmó–. Y eso fue sólo el principio.
—¿No sentías miedo?
—¿Al contagio? Sí. A menudo me preguntaba qué coño hacía allí,
arriesgándome a acabar como ella, y en esos momentos me prometía no volver
nunca, pero más tarde, cuando pensaba en Palmira sola en aquella casa,
muriéndose como un perro y sin ni siquiera poder decírselo a quienes más
quería, me avergonzaba y decidía regresar.
—Fuiste muy valiente.
—No. No era valentía. Era lástima, culpabilidad, desconcierto.
No lo sé. ¡Me sentía tan confundida! ¿Por qué tenía que ocurrirme precisamente
a mí una cosa tan absurda? Siempre me había sentido agradecida por el hecho de
que mis padres tuvieran el buen gusto de morirse muy lejos porque nunca quise
mantener ningún trato con la muerte, como si a base de ignorarla también ella
me olvidase, pero allí estaba ahora, rodeándome y formando parte de mis actos,
mis palabras y mis pensamientos. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar?
—¿Acerca de qué? –¿De contárselo a Omar? –Habías prometido no
hacerlo. Y entiendo la actitud de Palmira al pedírtelo. Hasta ahora se me
antojaba absurda, pero esa enfermedad impresiona y supongo que impone normas de
comportamiento distintas a cuanto estamos habituados.
—¿Cómo reaccionarías si de improviso te diagnosticaran una cosa
así?
—No lo sé. Es algo que, como la muerte, nunca imaginamos que va
a ocurrirnos. Si no eres homosexual, drogadicto, o en último caso hemofílico,
te consideras en cierto modo a salvo y contemplas el problema desde lejos, como
si te hablaran de cosas que tienen lugar en otra galaxia.
—Pero la enfermedad se extiende con tanta rapidez que no es
extraño que afecte a personas que, como Palmira, también se creían lejos de su
radio de acción. Nadie está hoy en día totalmente fuera de peligro. Repito,
¿qué harías tú?
—¡Oh, vamos, Andrea! ¡Déjate de juegos! –Protesté–. No tengo ni
idea de lo que haría. No quiero ni siquiera planteármelo. ¿Te lo has planteado
tú?
—Sí. Estando tan cerca he tenido mucho tiempo para planteármelo,
y sé positivamente lo que haría; me pegaría un tiro. –Hizo una pausa y revolvió
muy despacio el café que acababan de colocar ante ella–. Eso es lo que Palmira
hubiera deseado, pero tenía algo que yo no tengo: fe. Era una cristiana
convencida que, aunque a menudo maldijese a Dios por el castigo que le había
enviado, nunca sería capaz de suicidarse.
—¿Por eso la mataste?
—Mentiría si pretendiese que fue el único motivo.
—¿Te lo pidió?
—Pedírmelo hubiera significado pecar de igual manera que
atentando por sí misma contra su vida. –Se inclinó hacia delante buscando que
le encendiera el cigarrillo–. únicamente bajo el síndrome de la abstinencia se
desesperaba hasta el punto de querer matarse, pero en cuanto se calmaba
cambiaba de idea y se arrepentía. A menudo sostenía que el hecho de soportar en
vida el castigo que le habían enviado la libraría de un nuevo castigo en el
«Más Allá».
—La creía más inteligente.
—La fe nada tiene que ver con la inteligencia. Y en los peores
momentos le ayudó más.
—Si estaba convencida de que no tenía salvación, pegarse un tiro
le hubiera evitado esos «peores momentos». A ella, y a los suyos. No entiendo a
quienes se aferran con tanta desesperación a la vida aun a sabiendas de que esa
vida es lo peor que tienen.
—Siempre te queda la esperanza. Cualquier día puede descubrirse
una vacuna. Ella murió convencida de que el destino le había jugado la mala
pasada de elegirla como víctima caprichosa de una enfermedad «circunstancial».
—¡De una moda, vaya!
—Más o menos. En toda su vida tan sólo hubo seis hombres,
incluido Omar, y durante estos últimos tres años únicamente el abogado y otro
más. ¡También es mala suerte ir a tropezar con un bisexual que no lo
aparentaba!
—¿Bisexual? ¡Qué gracia! ¿Qué fue de él?
—Murió y la noticia acabó de hundir a Palmira porque tuvo la
absoluta seguridad de que era el siguiente eslabón de la cadena. Recuerdo que
me ocurrio lo mismo cuando murió mi madre. Me dije: «Luego, vienes tú», con la
diferencia de que entre una generación y la siguiente median años, mientras que
el contagio va derribando a los enfermos como fichas de dominó.
—Al menos con Palmira la cadena se rompe.
—Eso espero, porque ella juraba que no había vuelto a mantener
ninguna relación con nadie.
—¿Te preocupaba que lo hubiera hecho con Omar?
—Mucho, pero en eso hubo suerte porque Omar tardó en regresar de
Chile. Si lo hubiera hecho ya cuando Palmira volvió de Nueva York, ahora tal
vez estarían los dos muertos.
—Cuesta trabajo admitir que esas cosas ocurran –señalé–. Y sin
embargo, ahí están, matando a cientos de miles de personas cada año. ¿Qué hacía
Omar mientras tanto?
—Continuar buscando. Localizó a Omayra en París, pero ésta le
dio una versión muy particular de lo que había sido su «amistad» con Palmira,
limitándose a señalarle que no había vuelto a verla. En vista de ello, contrató
detectives.
—¿Detectives? –Me asombré.
—Exactamente –fue la respuesta, tal vez dolorida, de una Andrea
que de nuevo comenzaba a pedir un coñac tras otro–. Omar no se resignaba a
perder a Palmira, ni aceptaba que hubiese podido desaparecer como si se la
hubiese tragado la tierra. Contrató a los mejores detectives y pronto
demostraron que lo eran: a los cinco días le comunicaron que tenían la absoluta
seguridad de que se encontraba oculta en algún lugar de la Costa y que le
seguían la pista a una prostituta que al parecer conocía su dirección exacta.
—¿Seguías viendo a Omar?
—Algunas veces.
—¿Te acostabas con él?
—Algunas veces.
—¿Aun a sabiendas de que únicamente le interesaba Palmira?
—Yo sabía, mejor que nadie, que Palmira estaba prácticamente
muerta. No era alguien a quien se pudiera tener en cuenta.
—Lo has dicho en un tono que se podría pensar que la
considerabas en cierto modo una rival. ¿Era Palmira una rival?
—Ésa es una pregunta muy hija de puta.
—Aun así me gustaría que la respondieras.
Apuró hasta el fondo su coñac. ¿Cuántos iban ya? Encendió su
enésimo cigarrillo y meditó antes de responder porque resultaba evidente que
pretendía hacerlo con absoluta sinceridad.
—Ya te he dicho que necesitaba a Omar –señaló por último–. Lo
necesitaba como nunca he necesitado a ningún hombre, porque nadie me había
hecho nunca el amor como él. Normalmente se mostraba dulce, cortés, cariñoso y
sumamente educado, pero en cuanto nos desnudábamos podría creerse que yo dejaba
de existir y pasaba a convertirme en un simple pedazo de carne.
—¿Y eso te gustaba?
—Lo aborrecía pero al mismo tiempo me excitaba y me enfurecía
porque me obligaba a aceptar que, incluso muerta, Palmira seguiría siendo
superior a mí. Omar no me hacía el amor; no es cierto. Omar me jodía, me
follaba o me sodomizaba, pero que yo recuerde no hubo un solo gesto tierno ni
una palabra afectuosa en nuestra relación sexual de aquellos días.
—Nadie te obligaba a soportarlo.
—Si tuviera interés en justificarme, que no lo tengo, lo
atribuiría a la excesiva presión a que me veía sometida a diario encerrada en
el salón de la casa de Mougins, asfixiada por el calor de una chimenea cada vez
más ardiente, un aire viciado y un hedor de medicamentos que impregnaba los
muros. Convivir con la muerte me aferraba a la vida, y cuando salía de allí
deseaba olvidar aun a costa de atentar contra mis propias convicciones.
Me observó y debió advertir que sus razonamientos no me
convencían, lo cual pareció desconcertarla unos instantes, pero al poco,
añadió:
—Al propio tiempo creo que inconscientemente me había arrogado
el papel de chivo expiatorio de Palmira, deudora de sus culpas y cómplice de su
abandono de hogar. Veía a Omar desesperarse buscándola, pendiente a todas horas
de las noticias de los detectives, pero no le confesaba que acababa de verla o
que la vería en cuanto le dejara. –Lanzó un hondo suspiro–. Mientras tanto, el
cerco se estrechaba.
—Omar está a punto de localizarte. Palmira atravesaba uno de sus
cada vez más escasos períodos de lucidez; aquellos durante los que se diría que
volvía a ser la mujer brillante, inteligente y eficaz que había sabido
multiplicar la fortuna que su padre le había dejado, por lo que no pareció
alarmarse por la noticia.
—Nada en esta casa está a mi nombre, nadie sabe que vivo aquí, y
existen centenares de villas semejantes en la Riviera. ¿Cómo piensa
encontrarme?
—Por la puta. Han averiguado que está en Marsella. Si la
localizan acabará por decir todo lo que sabe.
—Ella no sabe nada. Sólo que me drogo. Por la cuenta que le
tiene guardará silencio.
—Estaba asustada. Si le amenazan con ir a la Policía, hablará.
Palmira pareció aceptar el hecho de que el riesgo era evidente,
pero se limitó a contemplar el fuego, que podría creerse que se había
convertido en su principal atracción, pues era capaz de pasarse horas
mirándolo, como si las llamas fueran las únicas capaces de ofrecerle una
inexistente solución a sus problemas.
—¿Por qué esta agonía tan larga? –inquirió al fin en voz tan
baja que Andrea tuvo que inclinarse para poder captar lo que decía–. ¿Por qué
este complacerse en pudrirme poco a poco, dando tiempo a que mi sacrificio
resulte inútil? –Se volvió a mirarla–. ¿Tan grave es mi falta como para merecer
semejante castigo?
No había respuesta.
—Me arrancan a mis hijos, mi marido y aun la vida y me he
resignado a que así sea. ¿Qué más quieren? ¿Mi honor? ¿Mi recuerdo? ¿La
posibilidad de quedar al menos con un mínimo de dignidad en la memoria de los
míos? ¿Por qué me empujan así? No es justo. Tú sabes que no es justo.
No estaba pidiéndolo. No estaba ni siquiera insinuándolo, pero
Andrea sabía que en el fondo de aquella protesta latía una desesperada llamada
de auxilio; una ineludible necesidad de acabar de una vez conservando al menos
la esperanza de un pequeño lugar en el corazón de los suyos.
—Te sacaré de aquí –fue todo lo que dijo–. Confía en mí. Nunca
te encontrarán y Omar jamás sabrá la causa de tu muerte.
—¿Me llevarás a tu casa?
¿Cómo decirle que muchas noches Omar acudía a su casa a
acostarse con ella?
—No –replicó–. Mi casa no es Siegura. Buscaré otro sitio.
—¿Cuándo?
—Mañana. Palmira se puso en pie, se encaminó al despacho y
regresó a los pocos instantes con un enorme fajo de billetes que le puso en las
manos.
—Toma –dijo–. Gasta lo que necesites. –Tomó asiento frente a
ella y la aferró por las muñecas mirándola a los ojos–. Ayúdame –suplicó–.
Consigue que acabe dignamente y te haré rica.
—No quiero tu dinero. Estas cosas no se hacen por dinero.
—Lo sé. Tú no eres como Omayra. A ti te puse trampas,
tentándote, y jamás caíste en ellas. ¿Recuerdas a Serge y Paolo? No eran socios
míos, ni ricos, sino únicamente dos gigolós a los que contraté para que te
deslumbraran. Y Alexander te propuso hacer cine porque yo se lo pedí.
—¿Por qué?
—¿Por qué «qué»?
—¿Por qué tenías necesidad de tenderme trampas? Yo lo único que
deseaba era ser tu amiga. Has tenido tantas cosas en la vida que no consigues
entender que quien no tiene a nadie busque amistad. –Se puso en pie y
entreabrió unos centímetros la puerta de la terraza porque el calor comenzaba a
volverse agobiante y parecía a punto de marearla–. Me hiciste mucho daño en
aquel tiempo, ¡mucho!, y además, gratuito. Si hubieras sido sincera conmigo
desde el primer momento todo hubiera resultado más fácil.
—¡Oh, vamos, Andrea, no digas majaderías! –protestó Palmira
enojada–. ¿Qué cara hubieras puesto si se me ocurre pedirte que te acuestes con
Omar porque estoy enferma? Ésa es una costumbre polinesia, no europea. Aquí aún
estamos demasiado atrasados; se acepta mejor el adulterio indiscriminado. Yo
quise convertirlo en un adulterio «controlado» y te hice daño, pero es que
nunca llegué a imaginar que pudieras ser tan recta, tan honrada y tan estricta.
Tampoco aquél era el momento de confesarle que estaba deseando
que llegara la noche por si a Omar se le ocurría ir a su casa a hacerme el
amor.
—Está en Mougins. Sentí un vahído. Acababa de hacerme el amor
hasta dejarme extenuada, y al regresar del baño, cuando me tumbaba a su lado a
compartir el cigarrillo que estaba fumando y admirar aquel hermoso cuerpo que tanto
me hacía gozar, demostró una vez más que siempre, hiciera lo que hiciera y aun
en los más bellos momentos, únicamente pensaba en Palmira y en su desesperada
necesidad de encontrarla.
—¿En Mougins? –repetí por no quedarme callada–. ¿Cómo lo sabes?
—La puta lo dijo.
—¿Qué más dijo?
—Sólo eso. Que le dio una dirección de Mougins pero la perdió.
Mas no importa; Mougins es pequeño. La encontrarán.
—¿Qué harás entonces?
—Aún no lo sé. Tomé asiento en el borde de la cama y me miró. Su
rostro, tan expresivo y luminoso a veces, permanecía inmutable y opaco, como de
cartón piedra; un rostro vacío y sin vida, puesto que vacía se encontraba en
esos momentos su mente, desconcertada ante el hecho de que tal vez al día
siguiente habría llegado al punto tan temido, aquel en el que tendría que
llamar a una puerta y enfrentarse a una verdad que le asustaba.
—¿Por qué no la dejas en paz? –insinué–. Si se oculta sus
razones tendrá. No entiendo tu obsesión por perseguir a alguien que no quiere
verte.
—No la entiendes porque no conoces a Palmira como yo –replicó al
tiempo que aplastaba el cigarrillo en el cenicero, y comenzaba a vestirse sin
mirarme–. No puede haber cambiado tanto. Algo le ocurre; algo que no consigo
explicar, pero hasta que me lo aclare personalmente no dejaré de buscarla.
—¿No temes lo que puedas descubrir?
—Más le temo a la incertidumbre. –Se volvió mientras se
abrochaba la cremallera de los pantalones–. Y algo me dice que Palmira me
necesita.
Una vez más sentí celos. Celos de una mujer convertida en
caricatura de lo que fue en un tiempo y cuyo único deseo era que alguien la
compadeciese lo suficiente como para rematarla, pero a la que el hombre que yo
más había amado adoraba hasta el punto de que hubiera ofrecido cien vidas mías
por una hora con ella.
Me sentía humillada, ofendida y rechazada, y mientras observaba
cómo Omar concluía de vestirse y se marchaba sin darme siquiera un beso, odié a
Palmira como nunca había odiado a nadie hasta ese instante, aunque luego, al
asomarme a la terraza a contemplar el mar, los barcos y el estrellado cielo de
finales de invierno, recordé que para ella no habría más primaveras, ni más
días de yate, ni ninguna otra oportunidad de contemplar cómo Omar se vestía, y
sentí una profunda vergüenza de mí misma.
Permanecí largo rato allí, preguntándome qué ocurriría cuando
Omar llamara a la puerta y aquel esqueleto andante le abriese, y llegué a la
conclusión de que Palmira tenía derecho a morirse confiando en el milagro de
que su enfermedad se mantuviese oculta. Me sentía agotada tras toda una noche
de hacer el amor hasta deshidratarme, pero con la primera claridad del alba la
desperté, la acomodé en el «Rolls–Royce» que permanecía encerrado en el garaje,
y recogiendo lo más imprescindible abandonamos Mougins.
¿Qué se puede hacer en la Costa Azul un domingo de marzo con una
moribunda encerrada en un «Rolls–Royce» blanco?
—Quiero dar un paseo.
—¿Cómo has dicho? Me observó a través del espejo retrovisor y
hubiera jurado que por primera vez en mucho tiempo sonreía.
—He dicho que quiero dar un paseo. Llévame a Montecarlo. Me
gustará verlo todo por última vez.
Dimos el paseo intentando verlo todo, yo también como si ya
jamás pudiera volver a hacerlo, en un inútil esfuerzo por experimentar algo
semejante a lo que sentía Palmira al recorrer aquellos paisajes en los que
habían transcurrido los más felices años de su vida, y al llegar a Niza me
obligó a detenerme ante el «Negresco» señalando un amplio balcón de la última
planta.
—Aquí pasamos nuestra luna de miel –musitó–. En la suite de la
esquina. Aquí engendramos a Celeste y aquí nos juramos fidelidad. ¡Cuánto
tiempo ha pasado!
Durante cuatro largas horas, y mientras rodábamos por los más
bellos parajes de la Costa, me fue resumiendo sus más íntimos recuerdos; desde
su infancia a orillas del lago Amatitlán, en Guatemala, donde su familia poseía
inmensas plantaciones de café y los indígenas conservaban costumbres del tiempo
de la Conquista, hasta el día y el lugar exacto en que conoció a Omar cuando
trabajaba a bordo del yate de un pintoresco millonario ecuatoriano.
—Fue en aquel velero: el Barlovento, el que está atracado en la
punta del espigón. Lautaro me había invitado a Saint–Tropez donde se inauguraba
una discoteca y estábamos comenzando a considerar la posibilidad de vivir
juntos, aunque me preocupaban sus continuas locuras porque se trataba de un
hombre terriblemente excéntrico. –Evocó sus recuerdos con el profundo amor de
quien ya no posee ninguna otra cosa de valor en este mundo–. Al caer la tarde
subí a cubierta y descubrí a Omar, semidesnudo y trepando en la cruceta del
palo mayor, más hermoso que el más hermoso pirata del Caribe, bajo la luz del
sol que se ponía, y cuando Lautaro se aproximó e intentó besarme, le dije: «No
lo hagas. Estoy comprometida; voy a casarme con ese hombre. ¿Quién es?»
—¿Qué respondió?
—Tendrías que conocer a Lautaro Velasco. Es multimillonario en
todo; incluso en sentimientos. Me tomó de la barbilla, me miró a los ojos y
respondió: «Ése es el hombre perfecto para hacerte feliz; es orgulloso, pobre,
simpático, combativo y soñador. Se sube siempre a los palos porque como no
tiene donde caerse muerto, no corre peligro. Conseguiré que te cases con él.»
—¿Dónde se encuentra ahora?
—¿Lautaro? En Quito, supongo. Tiene una finca preciosa en las
faldas del Cotopaxi, el volcán más hermoso que existe. Su casa está construida
sobre un viejo palacio inca, y nos solía invitar a pasar allí largas
temporadas.
—¿Te permitiría quedarte en el barco? Sería un escondite
magnífico.
Tardó en responder. Cuando lo hizo su voz me sonó más extraña
que nunca.
—Un perfecto lugar para morirse –susurró–. Al pie del palo
mayor, trazando un círculo completo. ¡Vamos! –añadió–. Facundo tiene que estar
a bordo.
Facundo era un viejo marino surcado por un millón de arrugas,
como sacado de un libro de grabados antiguos –incluidas la curvada cachimba y
la gorra mugrienta–, que entornó mucho los ojos tratando de reconocer en aquel
rostro demacrado algún rasgo de la portentosa mujer que estuvo a punto de ser
su patrona y acabó casándose con el más joven de los miembros de su
tripulación.
—¡Señora! –barboteó al fin incrédulo–. ¿Qué le ha ocurrido?
—Me estoy muriendo, y quiero hacerlo aquí, en el Barlovento.
¿Puede llamar a Don Lautaro y pedirle permiso?
—Ya lo tiene, señora –replicó el buen hombre conmovido–. Ya lo
tiene. Cuando el patrón está fuera, yo mando en el barco. Suba a bordo.
A media tarde localizamos a Lautaro Velasco en su hacienda de
Quito. Palmira dormía en esos momentos y le expliqué, sin especificar detalles,
el problema. A través del teléfono y a miles de kilómetros de distancia, pude
captar la profundidad de su dolor y su sorpresa.
—No se muevan del barco –dijo al fin, Considérenlo suyo. Iré en
seguida.
Traté de disuadirle, pero dos días después cruzó la pasarela y
se encerró con Palmira en el camarote. Cuando salió era un hombre deshecho que
parecía haber envejecido diez años en minutos.
—Siempre me sentí orgulloso de haber contribuido a formar esa
familia –dijo–. Significaba la prueba de que se puede tener todo en este mundo
sin hacer daño a nadie: amor, fortuna, belleza, inteligencia. ¡Tres niños
preciosos! ¿Sabía que soy el padrino de Celeste? Palmira era mi modelo de mujer
ideal y mi error fue no casarme con ella. –Había ido a tomar asiento sobre la
botavara del palo de mesana, y negó agitando violentamente la cabeza–: ¡No es
cierto! –exclamó alzando el rostro al cielo–. ¡No puede ser cierto! A Palmira
no puede haberle ocurrido esto. ¡A ella no!
Una vez más tuve que preguntarme qué había en Palmira que
cuantos la conocían la amaban hasta el punto de conseguir que incluso el
poderoso dueño de un «jet» privado y el más fabuloso yate que hubiera visto
nunca, abandonase sus negocios y no dudase en atravesar medio mundo por acudir
en su ayuda.
Se lo había contado todo y en cierta forma me dolió el hecho de
no ser ya la única en compartir su secreto, pero al propio tiempo agradecí la
oportunidad de hablar con alguien sobre un tema que me estaba obsesionando.
—Omar no debe enterarse –puntualizó Lautaro Velasco al terminar
de cenar muy frugalmente en el bellísimo comedor del barco, decorado todo él a
base de inmensos colmillos de elefante–. Palmira tiene razón y lo único que
puede salvar ya es su buena memoria. Tenemos que ayudarle a conseguirlo.
—¿Cómo?
—Aún no lo sé –admitió–, pero encontraré una fórmula. Lo que me
apena es que no recurriera a mí desde un principio.
—Sentía vergüenza. Tal vez no por el hecho en sí de estar
enferma, sino por darse cuenta que viviendo en un mundo edificado sobre
millones de desgracias, en una sola noche tiró por la borda toda la felicidad
que le otorgaron. En cierto modo es como haber cometido el peor de los delitos;
en el momento en que se acostaba con un sucio bisexual en un lujoso hotel de
Nueva York, Omar se encontraba clandestinamente en Chile jugándose la vida. A
veces tengo la impresión de que se siente como si el dedo de un Dios terriblemente
vengativo la estuviera señalando acusador.
—Jamás he creído en Dios. Creo, eso sí, en la suerte, y en que
un día, caprichosamente, te abandona. Por eso procuro convertirme a mi vez en
suerte para otros. –Su cara de búho real apoltronado en el trono giratorio que
era el enorme sillón de cuero blanco me fascinaba, y a veces tenía la impresión
de que llegaría a hipnotizarme si no apartaba la mirada de sus redondos ojos–.
¿Entiende lo que quiero decir? –concluyó.
—Entiendo que todo el que posee busca su particular forma de
conservar. Ésa es la suya.
—¡Exacto! Unos guardan dinero en los Bancos y otros invierten en
joyas o en acciones, pero en el fondo nada importa, porque un día puede
aniquilarte una enfermedad o un accidente. Hay que invertir en suerte; hay que
mimarla como a la amante más hermosa. Ésa es mi táctica.
—No deja de ser una curiosa teoría.
—Es la única válida.
—¿Por eso propició la boda de Palmira? Me atrapó su forma de
sonreír ladinamente.
—Tal vez sospechaba que mi suerte comenzaba a sentirse celosa.
Tener también a Palmira hubiera sido quizá demasiado. Era una criatura tan
excepcionalmente hermosa e inteligente, que recuerdo que Omar temió durante
mucho tiempo que en realidad estuviera tratando de tomarle el pelo. Si incluso
a mí, que ya lo tenía todo, se me antojaba excesiva, imagínese lo que
significaba para un pobre marinero expatriado. ¡Era como un sueño!
—Aún no ha despertado de ese sueño.
—Ni lo hará jamás. –Se puso en pie, pulsó un botón disimulado
junto a un cuadro, y el panel de la pared se abrió dejando a la vista un
iluminado bar perfectamente pertrechado–. ¿Qué le apetece? –quiso saber.
—Coñac.
Sirvió dos, y mientras lo hacía comentó sin mirarme:
—Yo fui uno de los mejores amigos del padre de Palmira. ¡Un
hombre notable! Se quedó viudo muy joven, quiso hacer de ella un ser perfecto,
y a fe que lo consiguió. Era duro y severo, pero ella nunca se quejó. Por el
contrario, si le exigían dos, daba cuatro; si le reñían, callaba; si la
alababan, se iba. –Volvió junto a Andrea, le tendió la copa y sin el menor
asomo de rubor, confesó–: Me enamoré de Palmira cuando apenas tenía doce años,
pero era ya la mujer más completa que he conocido.
Se apoltronó de nuevo en la butaca, bebió paladeando el licor
con aire de entendido, y como hablando para sí mismo, añadió: –Los dioses
debieron sentirse celosos allá arriba. O de pronto descubrieron que habían
cometido un tremendo error al conceder tanto a una misma persona y decidieron
pasarle la factura. Ésa es la espada que marca nuestras vidas: o nos clava a la
pared o pende sobre nuestras cabezas.
—No es justo.
—La justicia, amiga mía, es un concepto abstracto inventado por
los seres humanos. En la Naturaleza, desde el movimiento de los astros a las
costumbres del último insecto, existe el equilibrio, pero no la justicia. El
grande se come al chico y el fuerte avasalla al débil sin que nadie venga luego
a reivindicar si ha estado bien o mal. Pero nosotros pretendemos que la absurda
justicia que hemos fabricado para nuestras interrelaciones humanas vaya más
lejos y se adapte también a nuestra relación con la Naturaleza. ¡Resulta
estúpido! Que Palmira se muera o no tan cruelmente, no es cuestión de justicia,
sino de suerte. Le tocó a ella como le ha tocado a otras cincuenta mil personas
este año.
—¿Cómo es?
—¿Lautaro? Como una gran lechuza siempre atenta a cuanto ocurre
a su alrededor. Quieto, al acecho, aparentemente lejano, aunque de improviso se
diría que un resorte se dispara en su interior y se lanza al vacío. Puede ser
el más viejo de los jóvenes o el más joven de los viejos, no lo sé a ciencia
cierta. Lo más probable es que esté loco.
—¿Por qué?
—Cuando se enamora de una mujer se apresura a dejarla, y sin
embargo la soledad es la principal de sus desgracias. Quiere acostarse con
todas pese a que le aburre hacerlo, y aunque ha pasado ya de los sesenta se
comporta como un niño para el que la vida no es más que un juego. Su sueño es
ser un crápula a cuyo entierro asistan miles de personas, y que al día
siguiente ya nadie le recuerde. Es a la vez estúpido y astuto, sereno e
inmaduro, bueno y malo, cuerdo y loco. En una palabra, excéntrico.
El restaurante se había ido llenando de asistentes a la gala que
acababa de concluir, y hermosas mujeres con sus largos vestidos de noche y
hombres de impecables smokings aguardaban hambrientos en la barra lanzando mal
disimuladas miradas de deseo a las mesas en trance de quedar disponibles.
Entre tanta mujer de lujo destacaba una belleza alta y morena,
de enormes ojos verdes y cubierta de joyas con la que Andrea intercambió un
leve saludo.
—Es Anja –dijo–. La ex esposa de Francis López, el compositor de
operetas. Viene aquí a menudo y no sé por qué me recuerda a Palmira. Su
acompañante es Asiaín, el multimillonario vasco.
—Coincidimos hace años en un viaje a Madrid y me impresionó
aunque no sabía quién era.
—Empieza a envejecer, pero ha sido la mujer más espectacular de
La Riviera. Los hombres aún se vuelven locos por ella.
Cinco días más tarde Anja López y Asiaín se mataban en un
accidente de helicóptero cayendo al mar a quinientos metros de la playa,
justamente frente a donde nos encontrábamos. Al conocer la noticia la recordé
tal como la había visto aquella noche, llamativa, rebosante de alegría y
deslumbrante, y no pude por menos que evocar las palabras de aquel Lautaro
Velasco que únicamente rendía culto a la suerte. Tenía razón: cuando hasta lo
más hermoso está expuesto a ser destruido en un instante, sólo la suerte cuenta.
Les cedimos la mesa porque como viejo cliente sabía lo que
significaba para Félix aprovechar al máximo los días del «boom» del Festival, y
nos fuimos a recorrer «La Croisette» de punta a punta; desde el Palacio de
Festivales a Port–Cantó.
—Aquél es el Barlovento –indicó Andrea señalando un estilizado
velero de tres palos atracado de popa–. En él murió Palmira.
—¿Realmente la mataste?
—Era mi amiga –replicó como si con ello estuviese explicándolo
todo.
—¿Ésa fue la única razón?
–Me gustaría poder asegurarlo, pero no es tan sencillo. Día y
noche me planteo la misma pregunta y aún no sé la respuesta, pero es que ahora
trato de analizarlo desapasionadamente, mientras que en aquellos días me
encontraba demasiado presionada. De pronto comenzó a asaltarme la sensación de
que Omar me odiaba.
—¿Te odiaba? –me sorprendí.
—No siempre –replicó en el mismo tono, monocorde y monótono–. A
ratos me apreciaba e incluso me necesitaba porque en cierta forma constituía su
único consuelo, pero en los momentos claves, cuando me estaba haciendo el amor
o se despertaba sobresaltado para descubrir que era conmigo con quien dormía,
percibía un relámpago de rencor en su mirada y una muda y ofensiva pregunta
parecía siempre a punto de escapársele. ¿Qué pintaba yo allí? ¿Por qué no se me
tragaba la tierra o un portentoso encantamiento me convertía en la persona que
él deseaba que ocupara aquella cama en aquellos momentos? Y todo por culpa de
Palmira que estaba tardando demasiado en morirse.
—Eso suena cruel.
—Pero es cierto. Lautaro había apalabrado un falso certificado
de defunción y ultimaba los detalles de una historia que justificara el
comportamiento de Palmira alejando las sospechas sobre las auténticas razones
de su fallecimiento. Frente a los hechos consumados Omar recuperaría la calma y
yo aún me consideraba en disposición de servirle de consuelo, pero si nuestra
relación continuaba deteriorándose todo estaría irremisiblemente perdido.
—¿Perdido para quién? Para ti, supongo, puesto que Palmira lo
había perdido todo hacía tiempo. Perdona mi franqueza, pero tengo la impresión
de que en cierto modo te estabas considerando ya la heredera universal de
Palmira.
Había tomado asiento en el muro que separa el paseo de la playa,
y observaba, absorta, la silueta del inmenso galeón que habían construido
expresamente para la película Piratas, y que destacaba, majestuoso y
anacrónico, junto a los yates de línea ultramoderna. Rumió a conciencia la
manifiesta mala intención de mis palabras, pero cuando alzó el rostro para
mirarme de soslayo, no leí rencor en ellos.
—¿Te extraña? –quiso saber.
—Supongo que no. Supongo que si te habías enamorado de Omar lo
lógico es que quisieras ocupar el lugar de Palmira.
—Sí. Parece lógico –admitió–. Aunque esa lógica no impide que a
menudo me viese a mí misma como un buitre acechante, trazando círculos sobre
una pobre moribunda a la espera de que lanzara el último suspiro para arrojarme
sobre sus despojos.
—En un caso como éste, únicamente tú puedes saber cómo te
sentías. La línea que separa el amor del egoísmo es a menudo tan sutil, que ni
siquiera sabemos distinguir de qué lado estamos.
—Tú misma dijiste que creías haber encontrado una madre ideal
para tus hijos. Permíteme que lo sea.
Incluso para una persona que había tomado plena conciencia de
que tenía ya un pie en la tumba, la confirmación de que alguien deseaba ocupar
su lugar en la vida apoderándose de todo cuanto hasta aquel momento le había
pertenecido, debió constituir un duro golpe, y Palmira –que tantas pruebas de
entereza había dado– se murió un poco más de lo que ya lo estaba.
Encontrar una madre que cuidara a unos hijos demasiado pequeños,
y a un marido al que creía muy capaz de quemar su fortuna en su inútil empeño
por derribar a un sangriento tirano, había sido sin duda su primera intención
al saberse desahuciada, pero más tarde un postrer residuo de esperanza o un
resto de egoísmo le impidieron continuar adelante con una idea que hacía tanto
daño.
Permaneció muy quieta, con las manos desmadejadamente caídas
sobre el halda, fláccidas y sin fuerzas, como quebradas a la altura de las
muñecas, y la cabeza hundida sobre el pecho, contemplando con ojos levemente
empañados la inmensidad del mar que murmuraba contra la borda del velero.
—Déjame ahora –suplicó mansamente–. Déjame que lo medite a solas
y en silencio.
Andrea fue a acodarse junto a Lautaro Velasco que se sentaba al
timón, y que captó de un solo golpe de vista la profundidad de su desánimo.
—¿Qué ocurre? –quiso saber.
Se lo explicó en pocas palabras y el ecuatoriano lanzó un sonoro
resoplido.
—Creo que no me importaría demasiado que alguien ocupara mi
lugar el día de mañana. Al fin y al cabo, «a burro muerto la cebada al rabo»,
pero no tengo ni idea de cómo reaccionaría si vinieran a pedírmelo mientras
todavía respiro.
—Los niños necesitan una madre. El ecuatoriano se volvió a
mirarla con extraña intensidad y pareció leer sus pensamientos.
—Te acuestas con Omar, ¿no es cierto? –inquirió, y ante su muda
respuesta agitó la cabeza pesaroso–: ¡Vaina! –exclamó–. Eso complica las cosas.
—Palmira lo buscó desde un principio. ¿Qué tiene de extraño que
al fin sucediera?
—Nada. Lo extraño sería que no hubiera sucedido. ¿Lo sabe ella?
—No.
—Deberías decírselo.
—¿Para hacerle más daño? Ya sufre demasiado.
—No creo que una cuestión de cama pueda aumentar su sufrimiento.
Pero sabiendo cómo te aprecia, la seguridad de que vas a ser tú y no otra la
que consuele a Omar puede ayudarle. ¿Él te quiere?
—No.
Pareció sorprenderle la seguridad de la respuesta, pero no hizo
comentario alguno limitándose a esperar.
—Omar sólo piensa en ella –señaló al poco Andrea–. Incluso
después de muerta continuará haciéndolo, pero puedo esperar. Toda mi vida no he
hecho otra cosa y estoy acostumbrada. Prefiero esperar a su lado, a sentarme en
la Galería confiando en que cualquier imbécil descubra que puedo llegar a ser
una buena madre y una buena esposa.
—Palmira fue siempre excepcional –le hizo notar el ecuatoriano–.
Como esposa, como madre, como amiga y como mujer de negocios. Ocupar su puesto
no va a resultar tarea fácil porque continuamente tendrás la sensación de que
te están comparando con ella.
—Me gustaría intentarlo.
—Allá tú, pero mi consejo es que te busques tu propia vida sin
aspirar a la de otra, sobre todo si esa otra es Palmira. Hay muchos hombres.
—Ninguno como Omar.
—Mejor para ti. Aparte de cómo funcione en la cama, es un hombre
conflictivo, obsesionado por la política, y que además estará amargado por la
pérdida de Palmira. En cuanto se entere de su muerte se empantanará aún más en
su estúpida lucha hasta que consiga que la gente de Pinochet le pegue un tiro.
Convertirá tu vida en un infierno.
—Lo es sin él.
Lautaro Velasco se limitó a lanzarle una larga mirada y acabó
por encogerse de hombros.
—Yo lo único que puedo darte son consejos, pequeña. Una familia
no es algo que se adquiere de segunda mano: hay que fabricársela a medida e
incluso así la mayoría de las veces queda grande.
—¿Por eso nunca quisiste ninguna?
—¿Dónde hubiera encontrado una que se ajustase a mi forma de
ser? Había una: «La Familia Monster», pero ya no existe.
Andrea no pudo evitar una leve sonrisa, pero al poco, tras una
corta pausa, inquirió:
—Respóndeme a una cosa: si fuera Omar quien muriese, ¿te
gustaría casarte con Palmira y convertirte en el padre de los niños?
—Tal vez, pero ten presente que hace años que la quiero, y
además soy ya un viejo caduco camino del desguace. He corrido mucho, te doblo
la edad, y una familia semejante significaría el puerto donde refugiarme los
pocos años que me quedan. Tu caso es distinto.
—A menudo me siento muy vieja.
—Y yo muy joven. Pero la realidad es que tú eres joven y yo
viejo, y a la larga el tiempo acaba imponiendo sus leyes. Son las únicas que el
ser humano jamás ha conseguido transgredir. Tiempo y muerte mandan.
—Es triste.
—No es triste; es normal. Todas las especies lo aceptan, excepto
la humana a la que le pierde la memoria.
—¿La memoria? –se extrañó ella.
—Exactamente. La mayoría de los animales no tienen apenas
memoria, por lo que pronto olvidan a sus muertos permitiendo que la vida siga
su curso sin traumas. Nosotros no: nosotros hemos convertido la memoria de los
muertos en un culto a menudo agobiante que nos impide ser felices. Y en el
fondo, ¿para qué sirven los muertos más que para complicarle la vida a los
vivos? Palmira es el mejor ejemplo. Cuando murió su padre casi no pudo
soportarlo y si se interesó por mí fue porque en realidad me asociaba a su imagen.
Un fugaz pensamiento cruzó por la mente de Andrea, y aunque
trató de contenerse pudo más su curiosidad, e inquirió:
—Confiésame una cosa: ¿Fuiste el primer hombre en su vida?
Lautaro Velasco contempló largamente la línea de tierra que se
distinguía apenas allá en el horizonte, pareció evocar un tiempo muy lejano y
muy hermoso, y por último, asintió:
—Sí. Pero lo hubiera dado todo, absolutamente todo lo que tengo,
incluida mi suerte, por ser también el último.
—Sin embargo, la dejaste marchar.
—Una vez que conoció a Omar nadie hubiera sido capaz de
retenerla. Habían sido creados el uno para el otro, e interponerse entre ellos
hubiera resultado estúpido e inútil. Y yo me sentía como el ladrón que disfruta
de un tesoro que sabe a ciencia cierta que no es suyo. En cierto modo, aquella
tarde en Saint–Tropez, me sentí liberado.
—¿Sigues enamorado de ella?
—Digamos más bien que sigo enamorado de su recuerdo.
—¡Andrea! –Se volvió. Desde la base del palo mayor Palmira le
hacía señas para que se aproximara y acudió a su lado.
—Llévame abajo –suplicó–. Necesito una dosis.
Día a día el tiempo de resistencia al dolor se acortaba, y ya
era siempre Andrea quien le inyectaba pese a la instintiva repulsión que sentía
por la droga, porque le conmovía advertir cómo la mano de Palmira temblaba y
acababa destrozándose el brazo en su inútil lucha por encontrarse la vena.
Se quedaba luego a su lado, aguardando a que el calmante hiciera
su efecto y observando cómo se relajaban uno por uno los músculos de un rostro
que nada tenía de humano y en el que nadie sabría reconocer un solo rasgo de la
auténtica Palmira Monteverde.
—¡Muérete! –susurraba en esos momentos para sí muy quedamente–.
Muérete ya y no sigas sufriendo. No lo soporto.
Pero la muerte no llegaba, entretenida sin duda en hacer daño en
otra parte, y allí se quedaba, con la esperanza de ver cómo Palmira dejaba de
respirar dormida, tranquila y relajada, tal como le hubiera gustado apagarse
ella misma, pero siempre, indefectiblemente, la enferma volvía a entreabrir
unos ojos inyectados en sangre y la miraba como si ella misma fuera la primera
en sorprenderse al despertar aún en este mundo.
Aquella tarde lo hizo no obstante mucho más despejada que de
costumbre, como si una extraña fuerza reanimara su maltratado espíritu, y tras
rogar que le ayudara a sentarse en la cama acomodándole los almohadones, señaló
con voz firme:
—Mis mayores empresas son los cafetales y la empaquetadora que
heredé de mi familia y que nunca dan problemas a no ser que la cosecha se
presente catastrófica. En segundo lugar se encuentra la cadena de
hamburgueserías de Caracas que habrá que vender cuando se recupere la economía
venezolana. –Tomó aliento como si acabara de realizar un gigantesco esfuerzo, y
alargó la mano para apretar la de Andrea–. Luego están las acciones, los
edificios y las fábricas: una de perfumes aquí, en Grasse, y otra de muebles en
Como, cerca de Milán.
—¿De qué demonios estás hablando?
—De negocios, naturalmente.
Andrea la observó estupefacta.
—¡Pero no son tus negocios lo que yo quiero! –protestó–. ¡No es
eso.
—¡Es Omar y los niños! –le interrumpió la otra ensayando una
sonrisa que se transformó en una mueca–. Lo sé. Lo he sabido desde hace mucho
tiempo aunque estuviera tratando de engañarme a mí misma, como si de esa forma
pudiera prolongarme la vida. Pero Omar y los niños no van solos; quedarse con
ellos significa cargar también con todas mis responsabilidades. –Tosió
levemente y agitó la cabeza–: Y el manejo de la casa y los negocios forman tan
sólo una parte de ellas.
—¡Pero yo no sé nada de negocios.
—Si has logrado salir adelante con la Galería, esto te costará
mucho menos trabajo. Las empresas marchan solas y lo más difícil ya está hecho.
Tu misión consistiría en dejar que sigan su camino y emplear el sentido común.
No hace falta que ganes dinero; lo que importa es que no lo pierdas.
—¡Pero Omar!
—En cuestiones de dinero Omar es un inútil. Lo único que sabe es
dárselo a esa pandilla de exiliados muertos de hambre que ni siquiera lo
emplean en comer bien. Se lo gastan en armas y en pasquines. Tu principal
misión será evitar que lo derroche.
—¿Es que piensas confiarme la administración de tus bienes? ¿Qué
sabes en realidad de mí y de lo que pueda hacer con tu dinero?
—Lo suficiente. Y ten en cuenta que, al fin y al cabo, será Omar
quien tenga que dar el visto bueno y estampar la última firma. Siempre ha sido
así.
—¿No resultaría mucho más sencillo contratar a un administrador?
—Todos los administradores acaban robando. Tú ya, de entrada, me
lo has robado todo. –Sonrió de nuevo amargamente–. Lo primero que tendrás que
hacer es vender la Galería –añadió luego–. No te da más que problemas y te ata
al pasado impidiéndote acostumbrarte a la auténtica dimensión de mis empresas.
Tienes que romper tus esquemas de pequeño–burguesa presionada por el valor
material de las cosas. Llega un momento en que el dinero no sólo sirve para
comprar aquello que necesitas porque ya todas tus necesidades están cubiertas;
hay que aprender a Utilizarlo. –Señaló una carpeta–. Dame esos papeles –pidió–.
Andrea obedeció alcanzándole lo que pedía, Palmira desparramó sobre la cama una
serie de documentos, eligiendo por fin uno en concreto.
—Éste es el montante actual de mi saldo en los Bancos: once
millones de dólares. Demasiado para mantenerlo inmovilizado, pero es que en los
últimos tiempos he vendido muchas empresas que tan sólo proporcionaban
problemas y confusión. Podría emplearse en la adquisición de un buen edificio
en Niza. La propiedad inmobiliaria siempre es segura y lo importante es que
Omar no disponga de liquidez que entregarle a esos locos. –Tomó otro papel y
fue a añadir algo, pero Andrea le retuvo la mano y señaló quedamente:
—Todo lo que me expliques resultará inútil si no me enseñas cómo
retener a Omar. ¿Qué puedo hacer para conseguir que me acepte?
Palmira agitó la cabeza, pesimista.
—En eso es él quien tiene que decir también la última palabra.
Hubo un tiempo en que estaba convencida de que no te resultaría difícil, pero
me equivoqué. Debiste aprovechar aquel momento.
—Era tu marido.
—Y lo será siempre. Ocurra lo que ocurra para Omar seré siempre
su mujer por mil años que pasen. Ahí reside tu principal problema, y como
comprenderás, en eso no pienso ayudarte. –Le apretó de nuevo la mano como
intentando darle ánimos–. Pero están los niños. Los adora y sabe bien que no
puede atenderlos. Ataca por ese lado como has hecho conmigo.
—Le echabas valor a la vida.
—Mucho. ¿Puedes hacerte una idea de lo que sentía acostándome
con el marido de una mujer así?
—Trato de imaginármelo.
—¡No emplees ese tono conmigo!
—¿Qué tono?
—Ése exactamente. No te necesito para sentirme culpable.
—No estoy pretendiendo que te sientas culpable.
Estábamos sentados justamente frente a un inmenso cartel
anunciador de El amor brujo, la película de Carlos Saura invitada al Festival,
y lo señaló con un ademán de la barbilla:
—¡Lástima que las cosas no resulten tan simples! Pasiones
primarias, amores contrariados, gente que soluciona sus problemas a navajazos.
A mí todo me parecía confuso porque no tenía ni la menor idea de si estaba
actuando bien o mal. Deseaba confesarle a Palmira que me acostaba con Omar,
pero temí echarlo todo a perder.
—¿Cómo era tu relación con Omar en esos momentos?
—Horrible. Habían encontrado la casa donde Palmira estuvo
escondida, pero allí se perdía todo rastro y eso le volvió loco. Puso el doble
de detectives tras su pista y tenía ya plena conciencia de que algo
inconfesable sucedía. Era tan sólo cuestión de tiempo que acabara
descubriéndolo y mientras tanto yo había dejado de interesarle incluso como
simple desahogo. Si alguna vez hacíamos el amor cerraba los ojos tratando de
imaginar que estaba con Palmira. ¿Te has acostado alguna vez con alguien con la
seguridad de que está pensando en otra persona?
—No lo sé. Supongo que no.
—Resulta humillante, te lo aseguro. Lo más denigrante que puede
ocurrirle a un ser humano, pero yo lo soportaba. –Se puso en pie, echó a andar
sin rumbo aparente y continuó hablando como si se encontrara sola y estuviera
tratando de decirse cosas que ya debería haberse repetido un millón de veces–.
Me estaba equivocando. ¡Sabía que me estaba equivocando!, pero no conseguía
evitarlo. –Se volvió de pronto y me miró con rabia, como si yo tuviera alguna
culpa de aquel confuso enredo que conseguía desconcertarme–. «Todos» nos
estábamos equivocando, ¿te das cuenta.? Palmira la primera, porque lo que tenía
que haber hecho era plantarse ante Omar y decirle: «Escucha; cometí un error y
tengo que pagarlo con la vida. Ayúdame a morir con dignidad» Con eso bastaba.
—¿Tú lo hubieras hecho?
—Probablemente.
—Pero no estás segura –le hice notar –. Yo tampoco sé si tendría
el valor de presentarme ante mi mujer y confesarle que me habían contagiado
algo que iba a matarme. Me inventaría un viaje, me escondería. ¡Yo qué sé!,
pero imagino que no me atrevería a decir la verdad hasta que resultara
demasiado tarde.
—Eso es lo que suelen hacer la mayoría de los que contraen la
enfermedad. Hoy, en Norteamérica, cuando de pronto alguien desaparece sin razón
aparente, de inmediato se piensa que se oculta porque está enfermo. ¿Pero qué
culpa tenía yo que me vi implicada en una absurda historia que no me concernía?
¿Te imaginas mi cara cuando Omar aseguraba que habían averiguado que una mujer
retenía a Palmira a base de drogarla? ¡Yo era esa mujer! ¿Qué te parece?
Había comenzado a lloviznar y hacía frío, pero no reparó en ello
pese a que tan sólo se cubría con una leve blusa de seda cruda que al mojarse
destacaba aún más la rotundidez de sus hermosos pezones.
—Que no suena divertido –repliqué–. Pero vámonos a alguna parte
o agarrarás una pulmonía.
No había muchos lugares abiertos a aquellas horas; al menos
muchos en los que se pudiese hablar sin tener que soportar una música
estridente, y optamos por entrar en el Casino ya que en la más apartada de las
mesas el rumor de las ruletas y las fichas llegaban tan sólo como algo apagado
y monótono que apenas distraía.
Me resultaba extraño estar allí: en la más espantosa y
antiestética sala de juegos del mundo y no probar mi suerte, pero podía más mi
curiosidad por averiguar cómo acababa la desconcertante aventura vivida por
Andrea que el ansia de comprobar si mi número preferido, el veinte, era capaz
de salir tres veces seguidas como había ocurrido años antes.
Pidió un coñac –debía haberse bebido ya botella y media aquel
día– y lo apuró de un golpe con la excusa de que le hacía entrar en calor.
Esperó a que le llenaran de nuevo la copa y se dedicó a paladearlo mientras
buscaba de nuevo el hilo de sus pensamientos.
—Palmira tenía que morirse –dijo al fin–. Sé que me repito y
suena asqueroso, pero la única forma de que Omar no continuara aproximándose a
la verdad era darle de una vez la noticia y obligarle a abandonar sus
pesquisas.
—Hizo una pausa y me miró de frente–. También los niños
necesitaban saber que su madre había muerto.
—¿Los niños? –repetí sintiéndome súbitamente incómodo–. ¿Por qué
los niños?
—Porque habían llegado a un punto en que resultaba más doloroso
para ellos saber que los había abandonado, que saberla muerta. Veían sufrir a
un padre al que adoraban y se habían agotado ya todas las disculpas, por lo que
estaban llegando al extremo de odiar a Palmira. Celeste, que es una de las
chiquillas más listas que he conocido, tenía plena conciencia de que no existía
un lugar en el mundo desde el que su madre no hubiera podido telefonear de
haberlo querido.
—¿Y por qué no lo hacía?
—Porque se le hubiera notado que agonizaba incluso por teléfono.
Apenas podía hablar medio minuto sin asfixiarse, y ya no estaba en condiciones
de mentir dando disculpas inverosímiles. En una ocasión me pidió que llamara
mientras ella escuchaba por otra línea y por primera vez comenzó a llorar de
tal forma que tuve que cortar porque estaba a punto de darle un síncope. –Agitó
la cabeza negativamente–. No era fácil engañar a los niños; nada fácil, y cada
vez que iba a verlos advertía cómo un sordo rencor iba naciendo dentro de
ellos. Los niños suelen ser muy extremistas, y al igual que quieren, aborrecen.
—Y a ti te venía bien que comenzaran a aborrecer a su madre, ¿no
es cierto?
Me miró con tal desprecio que temí que años de amistad se
hubieran quebrado de improviso por culpa de tan desafortunado comentario, pero
volvió a darme pruebas de que había pasado por tantos tragos amargos que
ninguna acusación conseguía ofenderla más de lo que estaba.
—Yo me había propuesto ocupar el lugar de Palmira apoyándome en
el culto a su persona –replicó al fin con una calma que me avergonzó más que el
más violento reproche–. Sabiendo el amor que habían sentido todos por ella,
amarla y respetarla constituía la mejor forma de conseguir que me amaran y
respetaran a mi vez. A Palmira había que tenerla de aliada incluso después de
muerta, puesto que incluso muerta era un mal enemigo.
Omar se comportaba cada día de una forma más cruel, humillante e
intratable, por lo que decidí apartarme momentáneamente de él, concentrando mi
atención en los niños y en intentar desentrañar la compleja maraña de los
negocios de Palmira y su peculiar manera de manejarlos.
Me confeccionó unos gráficos en los que se encontraban previstas
las evoluciones lógicas de cada una de las diversas compañías para un período
válido de cuatro años, puntualizando las correcciones que debería introducir en
el supuesto de que alguna circunstancia experimentara cambios significativos,
lo que confirmó mi impresión de que su mente se hallaba programada con la
compleja técnica de una sofisticada computadora. Graduada en la Universidad
Tecnológica de Massachusetts, su lenguaje comercial era el inglés, al que
recurría al referirse a datos y cifras, pero como mi inglés había sido siempre
mucho más simple y coloquial, sus explicaciones resultaban a veces confusas y
acababan por convertirse en cosa de locos cuando se lanzaba a hablar en un
rápido y meloso castellano del que apenas conseguía entender media palabra.
Día tras día ese uso de su idioma original se fue haciendo más
frecuente, como si a medida que se aproximaba el final su mente emprendiera un
camino de retorno a los orígenes, y había momentos en los que tenía que llamar
en mi ayuda a Lautaro Velasco si es que pretendía enterarme de algo.
Las innumerables horas que pasamos a la cabecera de la cama de
una pobre moribunda cuyo cerebro comenzaba a verse afectado por los ataques de
un virus desconocido que aniquilaba todas sus defensas convirtiéndola en un
monstruo cubierto de pústulas y aspecto repelente, tuvieron la virtud de unirme
de un modo muy especial a un hombre en apariencia complejo, poderoso y
distante, pero que estaba dando las mayores pruebas de amistad y sacrificio de
que hubiera sido testigo jamás anteriormente.
—No lo hago tan sólo por esa amistad o por deseos de mantener la
suerte de mi lado –confesó al fin una noche en que nos quedamos solos en el
salón de popa–. Es también por egoísmo o
tal vez profilaxis. Esa enfermedad nos está cercando, pero hasta
ahora instintivamente rechazaba su presencia al igual que un momento dado me
esforcé por ignorar los efectos de la droga. Sin embargo, hace tres años asistí
a la destrucción total por culpa de la cocaína de un ser al que me encontraba
particularmente unido y la impresión fue tan fuerte, que a partir de ese día no
he vuelto a probarla. Hoy, con su agonía, Palmira me está ayudando a librarme
de otro de mis fantasmas. –Hizo una larguísima pausa y sin dejar de contemplar
las luces de «La Croisette» que se reflejaban en las tranquilas aguas de
Port–Cantó, añadió por último–: De tanto en tanto, y sin que nadie lo sepa,
hago un pequeño crucero por las islas griegas en compañía de algún hermoso
muchacho.
—Me miró a los ojos–. ¿Te sorprende?
—Ya nada me sorprende –respondí sinceramente.
—Sólo a las islas griegas –añadió–. Sólo una vez al año. A
veces, ni siquiera eso.
—No te estoy pidiendo explicaciones.
—Lo sé, pero yo quiero dártelas porque presiento que en los
próximos días pasaremos juntos momentos muy difíciles y es bueno que lo sepamos
todo el uno sobre el otro. –Me acarició el cabello como a una niña un poco
tonta–. Además –añadió–, en estos momentos necesito sincerarme porque hasta
ahora no he tenido a nadie con quien compartir mis temores. ¿Sabías que esa
maldita plaga producirá cincuenta mil muertes este año tan sólo en los Estados
Unidos? Al ritmo de expansión que lleva, en cinco más puede haberse convertido
en la primera causa de mortandad del mundo.
—Algo he oído.
—Eso significará el fin de una época; de una generación que
vivió los años más divertidos y esplendorosos del siglo: los sesenta y setenta,
con su revolución sexual y sus infinitas posibilidades de hacer fortuna. El
tiempo de la promiscuidad, de la conquista fácil y la aventura de fin de
semana, sin otra preocupación que saber decir luego adiós de una forma
caballeresca, se acaba. Ahora vendrán los tiempos del miedo, la desconfianza y
la represión. La reacción se hará dueña de la alegría de las gentes.
—Muy negro lo pintas.
—Como es. Los científicos calculan que, con suerte, tardarán
seis años en encontrar una vacuna. La peste se extenderá como un reguero de
pólvora y los que tradicionalmente se consideran a sí mismos inocentes de todo,
se sentirán amenazados. Ya los norteamericanos están promoviendo una ley que
obligue a denunciar a los enfermos para apartarlos de la sociedad como
apestados, y la Iglesia se pronuncia duramente contra la homosexualidad. De ahí
a la «Guerra Santa» media un paso.
—¿Y eso puede obligarte a abandonar tus viajes a Grecia?
—Eso sólo no. Soy yo, que pasaba luego meses avergonzado y con
remordimientos, y ahora, además, asustado por unas consecuencias que pueden
llevarme a la tumba de un modo horrible. No quiero seguir siendo un viejo
bisexual dos semanas al año. Pretendo poder encarar la última recta del camino
sabiendo que nunca le hice daño a nadie. Ni siquiera a mí mismo.
—Supongo que eso es lo que todos pretendemos.
—¿Pero cuántos lo consiguen? ¡Fíjate en Palmiral Treinta y
tantos años perfectos para que una sola noche, ¡una sola!, la destruya y la
empuje a destruir a cuantos le rodean. Si, como afirman los reaccionarios, esa
enfermedad es un castigo divino por nuestra promiscuidad, acabará resultando
tan arbitrario y caprichoso como todo cuanto inventa tu Dios para corregirnos.
—No puedo imaginar a Dios creando nuevas enfermedades o
regodeándose en prolongar la agonía de Palmira. Nadie, por ninguna razón, sería
capaz de inventar a sabiendas tantas formas distintas de hacerse odiar. Tiene
que existir algo más; un orden superior que no conseguimos entender, pero que
debe encontrarse ahí, en alguna parte.
—No está –replicó tajante el ecuatoriano–. Tantas mentes
brillantes no pueden haber estado buscando durante tanto tiempo las razones de
semejante crueldad sin encontrar una respuesta. No existe.
Sentada frente a lo poco que quedaba de Palmira, escuchando el
ronco estertor de una respiración que anhelaba ser siempre la última, pero que
siempre regresaba con tan exasperante tozudez que invitaba a cubrirle la boca
con la mano consciente de que con eso bastaría para acallarla definitivamente,
me veía obligada a aceptar que Lautaro tenía razón y no existía respuesta
válida alguna que justificase semejante crueldad. La maldad gratuita se me
antoja siempre doblemente maligna, y en aquel caso concreto, y por más que le
diera mil vueltas a la mente, no lograba concebir en qué beneficiaba a nadie
que Palmira tuviera que sufrir tamaño calvario. Si Cristo, a cambio de recibir
unos cuantos latigazos y ser clavado en la cruz intentó redimir al mundo, los
infinitos padecimientos físicos y mentales de Palmira durante aquellos meses
tenían que haber servido lógicamente para lavar todos los pecados de la
Humanidad desde sus orígenes y sin embargo no tenía la impresión de que
estuviera consiguiéndolo.
Si toda su utilidad se limitaba a que Lautaro Velasco abandonara
sus anuales escarceos bisexuales, menguado era en verdad el fruto de tanto
sacrificio, y tan sólo a un desquiciado se le hubiera ocurrido la peregrina
idea de martirizar a un inocente por evitar aquellos esporádicos viajes
eróticos a Grecia.
Personalmente, la insospechada confesión de Lautaro ni siquiera
había tenido la virtud de cambiar un ápice mi afecto por él, puesto que si bien
era cierto que durante la mayor parte de mi vida había experimentado un
profundo rechazo hacia cualquier tipo de desviación sexual, en los últimos
meses mi forma de pensar había evolucionado, debido tal vez a que durante un
corto período de tiempo yo misma llegué a considerarme en evidente peligro de
seguir idéntico camino.
Lautaro continuaba siendo un hombre excepcional,
independientemente de lo que hiciera con su cuerpo dos semanas al año, y
admiraba la entereza con que se enfrentaba cada día al macabro espectáculo de
la consumición de Palmira, y con cuánto amor intentaba dulcificar sus últimos
momentos convenciéndola de que todo estaba dispuesto para que nadie sospechara
las auténticas razones de su muerte.
Por mi parte, y temiendo que llegaran a relacionarme con «la
mujer que mantenía secuestrada a Palmira», había cerrado la Galería
trasladándome a vivir al barco, del que ya apenas salía, pendiente como estaba
de que el inevitable desenlace se presentase de un momento a otro.
Palmira pidió la Extremaunción. Me sorprendió escuchar que
quisiera «ponerse a bien con Dios» cuando a mi modo de ver tendría que ser Dios
quien se esforzara en ponerse a bien con ella, pero me sometí a su decisión y
Facundo, que se reveló como un hombre extremadamente piadoso, trajo a bordo a
un sacerdote amigo; un viejecito humilde que semejaba una reliquia de otro
tiempo y otros mundos, pero que supo llevar a cabo a la perfección su cometido
de procurar un poco de paz a un alma atormentada.
Le vi alejarse luego, minúsculo y oscuro, caminando inseguro
junto a los enormes yates de uno de los puertos deportivos más lujosos de La
Riviera, y no pude por menos que preguntarme qué experimentaría al comprobar
que la angustia y el miedo ante el más allá no hace distingos entre ricos y
pobres y que en sus frágiles manos seguía estando el poder de conceder la única
luz que sirve para iluminar el más tenebroso de los caminos.
Al amanecer, cuando Palmira salió de uno de aquellos larguísimos
letargos en los que en verdad parecía que había cruzado definitivamente al otro
lado, suplicó que zarpáramos con rumbo a Saint–Tropez, porque había sido justo
allí, al pie de la farola del espigón del puerto, donde consiguió que Omar
venciera su timidez y la besara.
Sentí un vahído y una bola de bilis del tamaño de un puño se me
asentó en la boca del estómago presintiendo una nueva tragedia, porque desde
que tengo memoria, en Saint–Tropez me sorprendieron siempre las mayores
desgracias de mi vida, hasta el punto de que cuatro años atrás había tomado la
firme decisión de no volver a pisar sus calles bajo ningún concepto.
Pero no tenía derecho a que una estúpida superstición frustrara
el último deseo de Palmira, y pese a que cuando levamos anclas la bola de bilis
se me había asentado en la garganta, me esforcé por tranquilizarme haciéndome a
la idea de que ya nada peor podría ocurrir.
Atracamos de popa frente a los bares que animan el puerto hasta
altas horas de la noche, de tal modo que las voces y la música penetraban por
el «ojo de buey» del camarote de Palmira, que desde su litera podía contemplar
también aquella farola de la punta del espigón que tan hermosos recuerdos le
traía.
Durmió hasta la caída de la tarde, y al abrir los ojos trató de
sonreírme pese a que ya su rostro, parcialmente paralizado, no le permitiera
expresar siquiera sus estados de ánimo.
—He soñado que hacías el amor con Omar –musitó sin darle
aparentemente mayor importancia–. ¿Te acuestas con él?
Asentí en silencio y tras meditar unos instantes agitó la calva
cabeza sobre la que aislados mechones de cabellos muy finos evocaban que en un
tiempo se adornó con una prodigiosa cabellera azabache.
—No sé por qué se empeñan en obligarme a regresar una y otra vez
cuando ya aquí tan sólo me esperan amarguras –dijo–. Nunca sospeché que morirse
pudiera convertirse en algo tan degradante y laborioso. –Lanzó un hondo suspiro
porque aparentemente tan sólo así conseguía que el aire descendiese a sus
pulmones, y añadió–: Mi padre murió jugando al tenis. Corrió tras una pelota
difícil, la devolvió correctamente, saltó lanzando la raqueta al aire y antes
de que tocara el suelo le fulminó un infarto. ¡Tan fácil! Tantas cosas como me
enseñó para triunfar en la vida, y no supo enseñarme a morir con sencillez.
—Siento lo de Omar –me disculpé–. Resultó inevitable.
—Lo comprendo –replicó sin acritud–. Y no quiero que te culpes
por ello. Yo te empujé, y sé que no existe nadie más digno que tú para ocupar
mi sitio. –Alargó su descarnado brazo y el puñado de huesos en que se habían
convertido sus manos se enroscaron en torno a mi muñeca–. Lo único que te pido
es que no me odies si alguna vez mi recuerdo se interpone entre vosotros. Ya
seré sólo eso: un recuerdo.
—Será tu recuerdo el que me impulse a seguir adelante –señalé de
todo corazón–. Y cuando tus hijos sean mayores les contaré que tuvieron la
madre más valiente del mundo; aquella que yo pretendo imitar.
—¡Son tan pequeños! –se lamentó quedamente–. Jamás conseguirán
entender por qué los abandoné cuando más me necesitaban.
—Yo haré que lo entiendan.
—¿Cómo? –Me apretó el brazo casi hasta hacerme daño–. ¿Cómo vas
a explicarles que su madre desapareció para siempre sin contarles la verdad
sobre mi muerte? ¡Dios Bendito! –sollozó–. ¡Si al menos consiguiera odiarte
porque acabarás apoderándote de todo lo que es mío!
Me incliné a besarla en la frente, y ese beso pareció tener la
virtud de serenarla. Se amodorró de nuevo y subí a cubierta a contemplar el mar
y asombrarme por el hecho de que hubiera gente que pudiera reír, o el sol fuera
capaz de mostrarse tan hermoso en semejantes circunstancias.
Sobre el alto muro del muelle distinguí a un hombre que me daba
la espalda fascinado sin duda por la magia de aquel maravilloso atardecer, y me
sorprendió advertir que una profunda sensación de seguridad me invadía al
reconocer a Lautaro Velasco, como si el solo hecho de comprobar que seguía
estando allí, tan cerca, contribuyera a ayudarme a sobrellevar la carga que me
aplastaba.
Lautaro emanaba calma y serenidad, que era lo que yo estaba
necesitando más que nada en aquellos momentos, por lo que acudí a su lado y
tomamos asiento en el muro permitiendo que las piernas colgaran sobre el agua
que rompía mansamente contra el rompeolas.
—Se acaba –dije–. Ya no puede durar mucho.
—Gracias a Dios –fue su sincera respuesta–. Creo que andan
buscando el barco y temo que sea porque Omar sospecha que Palmira se encuentra
a bordo.
—¿Te preocupa lo que pueda ocurrir?
—Lo único que me preocupa es que se muera dignamente. El resto
es secundario.
Me volví a mirarle y no pude evitar sonreír.
—La suerte no puede abandonarte nunca –señalé–. La conquistas
día a día.
—Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo –replicó con
aquella risa suya que le hacía semejar un búho ululante–. ¿Sabías que fue aquí,
en este mismo puerto, donde Palmira me dijo que no se casaría conmigo porque
acababa de enamorarse de Omar?
—Lo sabía.
Chasqueó la lengua fastidiado.
—La naturaleza humana es imprevisible –señaló–. Parte de mi vida
la dediqué a convertirme en un hombre perfecto con la esperanza de que Palmira
me aceptase. Me hice muy rico, me cultivé, abandoné mis vicios y pulí hasta el
último dedo.
A aquel hombre tan prodigiosamente mutable que podría decirse
que a cada instante se metamorfoseaba en otro nuevo, pues Lautaro Velasco me
demostró aquella noche que tras su cara de lechuza podía ocultar cien máscaras
distintas, y hasta las voces conseguía manejarlas a su antojo, como si en lugar
de con un poderoso financiero estuviera compartiendo la mesa con un habilísimo
transformista.
—Mi vocación inicial fue la de actor –confesó al finalizar el
segundo plato–. Y pasé la mayor parte de mi juventud ejercitándome para
conseguirlo, pero más tarde, cuando me adentré de lleno en el mundo de las
finanzas, descubrí que en realidad todos los personajes formaban parte de mí
mismo y no me hacía falta en absoluto interpretar. Por eso gané quizá tanto
dinero; nunca sabían a quién estaban enfrentándose en realidad.
—¿Y yo a quién me enfrento ahora? –quise saber.
—A nadie porque no estoy intentando impresionarte con mi
astucia, mi fuerza, mi simpatía o mi frialdad. Tan sólo pretendo distraerte y
hacerte comprender que en el mundo en el que vas a introducirte tendrás que
convertirte en un camaleón humano. En cuanto hay más de un millón de dólares en
juego, ser siempre uno mismo constituye un gran riesgo porque el enemigo
aprende pronto cuál es tu punto débil.
Había comenzado a llover con mansedumbre; sin furia, pero con
tan desconcertante intensidad que por unos instantes los cercanos barcos
parecían juguetes.
Exhaltaba mis defectos con ánimo de ser digno de una criatura
excepcional, pero de pronto, después de años de asedio, ella ve a un tipo
trepado a un palo y sin mediar palabra se enamora. Si lo llego a saber lo dejo
en las Galápagos, donde me lo encontré, fugitivo, indocumentado y muerto de
hambre.
—De cualquier manera hubieran acabado por encontrarse; nacieron
el uno para el otro.
—Hasta que la muerte los separe, ¿no es eso? Me pregunto si en
este caso será capaz de separarlos. ¿No te preocupa la reacción de Omar cuando
se entere de que Palmira ha muerto?
—Me preocuparía si no existieran los niños –repliqué convencida,
o tal vez queriendo convencerme a mí misma–. No le tienen más que a él.
Se volvió a mirarme.
—Y a ti.
—Yo, por el momento, no soy nada para ellos. Y visto el cariz
que están tomando las cosas, empiezo a dudar que pueda llegar a serlo algún
día.
—Llegarás a serlo –señaló convencido–. ¡Vamos! Te invito a
cenar. No has comido nada en todo el día.
Fue una cena inolvidable, sentados en un minúsculo restaurante,
justo frente al barco, atentos a acudir junto a Palmira si la tripulación
llamaba, observando cómo se aproximaban perezosamente los relámpagos de una
estruendosa tormenta que llegaba del mar con más efectos de sonido y luz que
auténtica eficacia de agua y viento, escucharon y navegaron a través de un mar
de gotas cantarinas en el que se sumergían resignados, pero del que emergían al
poco, limpios y relucientes.
—Me gustan estos aguaceros –indicó Lautaro tras un silencio en
que observó el puerto con los redondos ojos entornados–. Me recuerdan mi
infancia. En Quito las mañanas amanecen siempre luminosas, pero hacia el medio
día comienzan a avanzar las nubes por el valle y son como una inmensa regadera
que lo va empapando todo para dejar el paisaje tan alegre y brillante como una
muchachita recién salida de la ducha. –Lanzó un resoplido–. Palmira adoraba las
tardes quiteñas.
La lluvia se alejaba, como si más que de una tormenta se tratase
de una de esas cabalgatas pueblerinas a las que preceden siempre cohetes y
fanfarrias, pero que se diluyen luego tristemente perseguidas de lejos por
borrachos, chicuelos y chuchos vagabundos, y la nostalgia concluyó por
apoderarse del ánimo de Lautaro, que pareció emprender mentalmente un largo
camino de regreso a la infancia.
Me confesó que había sido siempre un niño triste y solitario a
caballo entre dos culturas, ya que había nacido como fruto de los amores
clandestinos de un jovencísimo señorito blanco con una criadita otavaleña, y la
sangre india y la española corrieron por sus venas como el agua y el aceite,
sin mezclarse, anegando su corazón y su cerebro alternativamente con
sentimientos propios de una y otra raza, y concluyendo por configurar aquella
personalidad suya acusada y excéntrica, desconcertante y ferozmente exclusiva,
como tallada a machetazos por un exceso de orgullos y complejos.
A los veinte años aún buscaba su acomodo en una sociedad que le
negaba un hueco, y fue entonces cuando un accidente de aviación se llevó por
delante a toda su familia y le dejó de improviso en las manos una vieja
hacienda de la que jamás soñó siquiera convertirse en propietario.
—No era nada –señaló–. Una enorme extensión de maíz que apenas
daba para ir apuntalando un caserón que se caía a pedazos, pero de improviso
una mañana se presentó en mi casa el padre de Palmira asegurando que en aquel
lugar, a aquella altura exacta, bajo aquel clima y en aquella tierra, era en el
único lugar del mundo en que el «piretro» podía crecer con absoluta garantía de
eficacia.
Se me antojó absurdo intentar demostrar unos conocimientos de
los que carecía.
—¿Qué es el «piretro»? –inquirí por tanto.
—Una planta de la que se extrae el único insecticida no dañino
para los animales y los seres humanos: un veneno que es oro ya que no contiene
«DDT». Los americanos tienen el monopolio de su comercialización, pero como las
leyes ecuatorianas les impiden comprar tierras, me asocié con ellos y fue ahí
donde empezó mi fortuna. Hoy en día, la mayoría de las tierras fértiles
ecuatorianas situadas a más de tres mil metros de altitud, son mías.
Continuó hablándome de un país por el que se le advertía
profundamente fascinado, hasta que un hombretón enorme, con cara de cebolla y
que apestaba a puros baratos, hizo su entrada en el local y tras despojarse de
un empapado impermeable y un sombrero con el que parecía haber estado fregando
el suelo de un garaje, se encaminó directamente hacia nosotros.
—¡Buenas noches! –musitó–. Aunque no sé qué diablos pueden tener
de buenas.
—Sacó una arrugada tarjeta que colocó sobre la mesa como si con
ello explicara un sinfín de cosas, y añadió en el mismo tono de voz apenas
audible–: Mi nombre es Gastón Domalain y soy detective privado.
Mi impresión no hubiera sido mayor si una ola gigantesca se
hubiera abatido de pronto sobre el puerto, o todos los yates escaparan volando,
pero Lautaro no pareció sorprenderse por la tremenda humanidad o la
intempestiva aparición del gordinflón de cara de cebolla, y tras lanzar una
rápida ojeada a la tarjeta asintió con calma y le indicó que tomara asiento a
su derecha.
—¿En qué puedo servirle? –inquirió sin que su aspecto denotara
la más mínima intranquilidad.
El otro acomodó su inmenso trasero en una estilizada silla de
bambú a riesgo de despanzurrarla para siempre, y tras pedir un «pastís», dijo
que se encontraba buscando a Palmira Monteverde. –Hizo una corta pausa, como
para dar mayor énfasis a sus palabras, y añadió–: Y tengo fundadas razones para
sospechar que se encuentra a bordo de su barco.
—¿Y?
Me miró, se volvió luego a Lautaro, que era quien había
formulado la pregunta, y agitó la cabeza negando una y otra vez con
insistencia:
—¡Gente rara los ricos! –masculló–. ¡Muy rara! Confieso que han
estado a punto de volverme loco.
—Al fin consiguió encender su habano, y tras echarme el humo a
la cara, se disculpó por ello–. ¡Perdone! Al principio creí que se trataba de
un caso muy sencillo: hermosa señora que se larga con otro. –Hizo una pausa y
me miró con insistencia–. O con otra; hoy en día uno ya no se asusta de nada.
Pero luego todo se complicó y fui descubriendo cosas que me asombraron.
—¿Como qué?
—Como que la hermosa señora se había vuelto drogadicta. Y que se
muere. Y que tiene amigos que la quieren, la esconden y la protegen.
—¿Y eso le asombra?
—En cierto modo. –La voz del hombretón no correspondía a su
tamaño; era suave, débil, casi inaudible, y viéndole y escuchándole daba la
impresión de que más que de un ser de carne y hueso se trataba de un actor de
cine mal doblado–. En cierto modo –repitió–. Puesto que existen situaciones que
no se corresponden con el concepto que tenemos formado de un cierto tipo de
clase social. –Bebió su «pastís», nos miró, y se diría que súbitamente cambiaba
el juego y su tono se volvía más serio; más trascendente–. El señor Monteverde
me encargó que buscara a su esposa y averiguara las razones de su inexplicable
desaparición. –Se limpió una blanca mancha de saliva de la comisura de sus
labios–. Me ha costado mucho trabajo, pero ahora sé dónde se encuentra su
esposa, y por qué desapareció.
—¿Está usted seguro?
—Completamente. Palmira Monteverde agoniza a bordo del
Barlovento intentando que ni su marido ni sus hijos averigüen las auténticas
razones de su muerte.
—¿Y usted comprende esas razones?
Asintió balanceando su inmensa cabezota coronada por un puñado
de cabellos encrestados.
—Las comprendo y en cierto modo las comparto –puntualizó–. Me
enorgullece que me consideren el mejor profesional del país, pero esa fama no
se gana tan sólo siguiendo rastros como un perro de caza. Se gana a base de
tener una sensibilidad especial para colocarte en el lugar de aquellos a los
que persigues, y ser siempre capaz de reaccionar como lo harían ellos. –Señaló
su copa–. En cuanto termine de beber, cogeré aquel teléfono y llamaré al señor
Monteverde para comunicarle en qué lugar se encuentra su esposa, aunque no
pienso decirle por qué se encuentra ahí. Con ello habré cumplido a la vez con
mi obligación y mi conciencia. El resto no depende de mí.
Zarpamos. Nunca me había fijado en el color de la luna cuando
llueve. Ni en su color ni en su forma, como si de hecho las ideas de lluvia y
luna no pudieran unirse, y sin embargo, aquella noche, mientras el velero
enfilaba lentamente la bocana del puerto, advertí por primera vez que al igual
que hay días de lluvias y sol en los que las luces parecen cambiar adquiriendo
un resplandor casi mágico, existen también noches de luna y lluvia en las que
cada gota de agua desciende transformada en plata derretida.
Nos adentramos en aquella tupida selva de millones de finísimas
lianas quebradizas que la proa del navío iba apartando con desgana, mientras
las pesadas velas empapadas trepaban trabajosamente aferrándose a los palos con
las uñas, gimiendo y chirriando, como lamentándose de que las despertaran de su
sueño para obligarles a abandonar el iluminado puerto y sumergirse en las
tinieblas de un mar más frío y húmedo aún que de costumbre.
No era el Barlovento un barco imaginado para hacerse a la mar
furtivamente en noches semejantes, y cuando Lautaro lo diseñó, lo hizo pensando
probablemente en el sol del Caribe, la azul transparencia de aguas
ecuatoriales, o en zarpar con todo el trapo al viento y resonar de sirenas una
tarde de «Grand Prix» en Montecarlo. Pero allí estaba ahora, calado hasta los
huesos, mustio y resbaladizo, oliendo a brea en invierno y a moqueta sudada,
deslizándose calladamente y sin apenas luces hacia una oscuridad desapacible
que en nada recordaba a su mundo de siempre.
Tampoco su rol era el usual, pues no había muchachas
semidesnudas sobre la camareta, ni risas bajo cubierta, ni entrechocar de copas
en el bar. No había más que silencio, una pena muy honda, ¿y por qué no
decirlo?, un miedo, que era el mío, a que tanto esfuerzo y dolor resultaran
inútiles y Omar nos alcanzara tan sólo unas horas antes que la muerte.
Saint–Tropez quedó atrás y al volverme a mirarla la lluvia fue
emborronando sus luces y contornos como si de una mala acuarela se tratase,
cuadro que a mi gusto jamás debió pintarse y que al fin dejaba de existir
aunque siga en los mapas.
No había viento, y las velas, fatigadas de trepar hasta la cofa,
se asombraron quizá por su estéril esfuerzo, sacudiéndose apenas como perros
mojados, conscientes como estaban de que nada existe sobre los mares más inútil
que el restallante flamear de una vela vacía.
La superficie del agua, de tan quieta, devolvía las gotas de
lluvia que rebotaban al igual que millones de pulgas saltarinas, y una
fosforescencia parpadeante nacía ante la proa para ir a morir a tan sólo dos
metros de la popa.
Nunca estuve tan cerca ni tan lejos de todo; nunca llegué a
saber tanto sobre mí sin recordar mi nombre, y nunca aferré con tanta fuerza la
verdad sin conseguir rozarla.
El nuestro era como un buque fantasma que transportase los
despojos de una diosa hacia la nada, pero dentro de la absurda irrealidad del
lugar y el momento, cruzaron por mi mente en algunos instantes los conceptos
más claros que haya sido capaz de captar a todo lo largo de mi vida.
Se hizo el silencio y el barco fue a detenerse justo en mitad de
las tinieblas.
Lautaro subió a tranquilizarme.
—No te asustes –pidió–. He parado el motor porque es tan sólo un
auxiliar y el barco va muy pesado con tanta agua en las velas. Seguiremos al
pairo hasta que vuelva el viento, pero no hay peligro; Facundo vigila el radar.
Durante un largo rato nos mantuvimos en silencio, escuchando una
lluvia que se había adueñado por completo de la noche y meditando en el hecho
de que andábamos huyendo con el preciado botín de una pobre moribunda
desahuciada.
—¿Qué piensas hacer? –quise saber al fin.
—Alejarme en cuanto levante el viento y esperar en alta mar a
que todo termine. En los puertos corremos el riesgo de que Omar aparezca de
improviso. Le prometí a Palmira que le ayudaría a morir en paz, y pienso
hacerlo.
—¿Crees que estamos obrando acertadamente? Se encogió de hombros
con sincera indiferencia.
—Ya tendré tiempo de pensarlo en su momento. Ahora lo único que
importa es que Omar no la encuentre.
Le miré, y bajo los tenues destellos verdosos de la luz de
situación su expresión se me antojó más dura que de costumbre.
—Me pregunto si no será que te resistes a compartir su muerte ya
que tuviste que compartirla en vida.
—Suena macabro, pero acepto el reproche, porque ni siquiera yo
mismo tengo claras las ideas. Omar me arrebató a Palmira en su mejor momento, y
yo ahora se la quito en el peor, pero la verdad es que no acierto a analizar
cuáles son mis sentimientos. No quisiera verle junto a su cama, y no sé si es
porque no sufra ella, o por no sufrir yo.
—Saldremos de aquí siendo distintos –aventuré–. Un final tan
atroz para alguien tan perfecto obliga a replantearse la vida por completo.
—Tú aún estás a tiempo de obtener alguna experiencia positiva.
Yo no. Cuando se llega a mi edad ya nunca mejoramos. Nuestras expectativas de
perfección raramente duran más allá del medio siglo. Pasado ese tiempo la
decadencia nos afecta en todo y ya no aspiramos a ser mejores; tan sólo
aspiramos a seguir siendo.
—Sin embargo, yo cada día que pasa te descubro más humano.
Me acarició el cabello con aquel gesto tan tierno que se diría
de su exclusiva propiedad.
—¡Pequeña! –señaló–. Ser más humano no significa ser mejor, ya
que ha quedado plenamente demostrado que nuestra especie es la que más vicios y
defectos acumula de toda la Creación.
La lluvia pareció querer tomarse un leve descanso y la luna se
apoderó de algunos trozos de mar que iluminó a su antojo pintándolos de plata,
y era tanta la calma, que abrigué la extraña sensación de que el barco se
encontraba firmemente soldado a un viejo espejo que había perdido ya la mayor
parte de su azogue y no devolvía la luz más que en aisladas manchas
refulgentes.
Nada se movía y me asaltó el convencimiento que el velero jamás
avanzaría sobre aquella inrnensa balsa de plomo que se iba solidificando por
momentos, y que nos atraparía clavándonos en su corazón hasta el fin de los
siglos.
—Tengo miedo. Resulta idiota, pero este silencio y esta paz me
aterrorizan.
Lautaro alzó el rostro y contempló las fláccidas velas
rezumantes con aire rencoroso.
—Venderé este maldito barco –dijo–. Jamás pude imaginar que me fallara
cuando más lo necesito.
subiendo por el brazo consiguiendo que se me fuera erizando el
vello centímetro a centímetro como si me estuviera traspasando su muerte
lentamente.
—He pasado revista a mis recuerdos –murmuró al cabo de un rato–.
Y he llegado a la conclusión de que no tengo derecho a lamentarme. Tú puedes
entenderlo porque sabes lo que significa pasar una noche con Omar, y yo
disfruté de miles. Tuve tres hijos y una vida de éxitos y lujo; cuando cenas en
el mejor restaurante no tiene por qué sorprenderte la factura.
Estaba sintiendo de verdad lo que decía, y continuó hablándome
de su vida y su pasado como de una obra de arte inamovible que ya nada ni nadie
conseguiría borrar ni destruir.
Quizá por primera vez desde que la conocía aparecía
absolutamente serena y relajada; casi feliz si no fuera ésa una palabra
inapropiada y engañosa, con el aspecto de quien habiendo cerrado sus maletas se
ha despedido de los seres que ama y aguarda paciente el tren que habrá de
llevarle a algún lugar maravilloso. Su miedo había quedado atrás; incluso su
desesperación y su rebeldía por la aparente injusticia de que había sido objeto
se habían esfumado, y sus ojos –sólo sus ojos– volvieron a ser los que yo había
conocido en los mejores tiempos.
—No quiero regresar a tierra –señaló por último con tanta
naturalidad como si estuviera refiriéndose al vestido que pensaba ponerse al
día siguiente–. Ya que estamos aquí, en alta mar, se me ocurre que es un
magnífico lugar para quedarnos. Se quedó allí, aguardando inútilmente la
llegada del viento, y bajé al camarote donde Palmira permanecía con los ojos
muy abiertos, clavados en las idas y venidas de una mosca que paseaba sin
prisas por el techo.
—La envidio –musitó sin mirarme–. Envidio cualquier cosa que se
mueva y tenga vida. Incluso a la más sucia mosca a la que sus miembros
obedezcan. ¿Dónde estamos? –quiso saber al poco–. Ya no me llegan rumores de
voces o de coches. ¿Seguimos en el puerto?
Preferí no mentirle.
—Lo dejamos hace tres horas. Omar sabe ya que estás a bordo.
—¡Ése es Omar! –señaló con orgullo–. Me seguiría hasta el
infierno con tal de averiguar por qué me marché sin avisarle. ¡Acabará con
Pinochet! –añadió convencida–. Cuando se emperra en algo no cede hasta
lograrlo. –Reparó en mi expresión y trató de animarme–. No estés triste
–pidió–. Yo ya estoy resignada y casi contenta de que todo termine. Es curioso,
pero nadie ha escrito nunca sobre la profunda placidez que produce la auténtica
resignación ante la evidencia de la propia muerte. –Trató de sonreír sin conseguirlo–.
Probablemente se deba a que quienes la experimentaron carecieron de tiempo para
escribir. –Tosió y un hilillo de sangre babeó hasta la almohada. Se lo sequé y
sus ojos expresaron mejor que mil palabras todo cuanto sentía.
Tomé su mano y permanecimos muy quietas.
—¿Recuerdas aquellas hermosas escenas del cine; cuando en los
largos viajes arrojaban los cadáveres al mar? Siempre me impresionaron, pero
ahora, cuando alguien muere a bordo lo conservan hasta que llega a puerto. –El
frío de su mano me llegaba ya al hombro y amenazaba con helarme el corazón en
cualquier momento–. No –añadió al poco–. No me gustaría que me devolvieran a
tierra y Omar acabara viendo lo que quedó de cuanto fui. ¡Llama a Lautaro!
–pidió–. Quiero que me prometa que en cuanto muera me arrojaréis al mar.
Salí a cubierta, más por espantar la angustia que por auténticos
deseos de cumplir tan triste encargo, y cuando Lautaro desapareció a su vez por
la escotilla quedé a solas frente a un mar sobre el que comenzaban a anunciarse
las primeras luces del alba.
No daba la impresión de que el nuevo día tuviera intención de
traer nuevos vientos, el velero continuaba estático, con el aire desmadejado y
triste de una vieja marioneta a la que se le hubieran cortado ya todos los
hilos, y comprendí que el destino nos gastaba la última broma de condenarnos a
permanecer inmóviles hasta que la muerte dispusiera de un rato y se dignara
acudir en busca de Palmira.
Cuando Lautaro reapareció minutos después, su expresión se me
antojó más severa que de costumbre.
—Domalain acaba de llamar –dijo–. Omar sale a buscarnos.
—Me lo estaba imaginando –admití–. ¿Qué es lo que ese estúpido
espera encontrar aquí?
—Tal vez a Palmira, a ti y a mí haciendo el amor sobre una cama
redonda. Domalain asegura que jamás le confesó que estaba enferma.
Guardé silencio mientras un sol que parecía ya usado pese a lo
temprano de la hora trataba de alzarse sobre el horizonte abriéndose paso por
entre nubarrones sanguinolentos y acabé por buscar apoyo en la base del palo
mayor para poder observar mejor a Lautaro.
—Dime –quise saber–. ¿Seguirías de ese modo a una mujer en estas
circunstancias?
Sabía su respuesta y aún no entiendo por qué me molesté en hacer
semejante pregunta.
—Si se tratara de Palmira, sí.
—¿Qué podemos hacer?
—Sentarnos a rezar para que Omar no nos encuentre. Pero conoce
bien el barco y sabe que sin viento no podemos estar lejos. El Isla Negra, por
el contrario vuela sobre este mar.
No era cuestión de seguir esperando. Ni de continuar huyendo
cuando a la vista estaba que se nos habían acabado los caminos. Me sentía
cansada, muy cansada, y cuando descendí una vez más al camarote descubrí en el
dormido rostro de Palmira una expresión de profunda placidez que me produjo
envidia.
La contemplé un instante, y por último, sin pena, coloqué una
almohada sobre su rostro.
Ni siquiera necesité hacer presión; se estremeció muy levemente
y atravesó la última línea sin violencia para quedarse definitivamente al otro
lado. Resultó tan sencillo que no pude por menos que preguntarme por qué razón
no me había decidido a hacerlo antes. Lo peor de la muerte se oculta siempre en
la falsa idea que nos hacemos de ella.
Permanecí unos instantes a su lado, no sé si pidiéndole perdón o
aguardando a que me agradeciera lo que había hecho, y cuando regresé a
cubierta, el mundo –aún bajo la lluvia– se me antojó distinto.
—Ha muerto –dije. Lautaro continuó con la vista clavada en el
horizonte –quizás aguardando la aparición del Isla Negra– y no pareció
sorprenderse en absoluto por la noticia, como si fuera lo que esperaba de mí
desde hacía tiempo.
—Te lo agradezco –fue todo lo que dijo. Me ayudó a amortajar el
cadáver con una inmensa sábana de raso azul imaginada sin duda para otros
menesteres, y permanecimos luego largo rato contemplando absortos el macabro
envoltorio.
—No sé si me costará más trabajo acostumbrarme a un mundo sin
Palmira, que olvidar todo lo ocurrido y continuar viviendo como si siguiera
aquí aunque no pueda verla –señaló por último–. Imagino que te será difícil
aceptarlo, pero para mí su desaparición significa el principio del fin.
La ceremonia resultó muy sencilla; sobre un mar que se ondulaba
ahora lentamente como si una mano inmensa se entretuviera allá muy lejos en
subir y bajar los confines de la tierra, se reunió la tripulación con los
restos de Palmira tendidos sobre una tabla, y tras una corta oración que
pronunció Facundo, Lautaro hizo un gesto y dos hombres permitieron que el
cadáver se deslizara suavemente para precipitarse al agua sin levantar espuma.
Nos inclinamos sobre la borda a observar cómo el azul celeste de
la sábana iba siendo engullido por aquel otro azul más intenso, frío y
profundo, y cuando al fin no fue apenas algo más que un diminuto pez que
cabrilleaba en el abismo, alzamos el rostro para recibir de frente un suave
viento del Sur que nos empujaba con firmeza hacia la costa.
—¡Veinte! –La voz del croupier llegó desde la mesa más próxima y
me distrajo un instante porque el veinte era el número que tradicionalmente
venía persiguiendo por la mayoría de las ruletas del mundo sin que casi nunca
consiguiera alcanzar. Miré instintivamente hacia allá pero de inmediato volví
de nuevo mi atención a Andrea, que aparecía ahora mucho más relajada, como si
el hecho de haber echado fuera cuanto la atormentaba hubiera contribuido en
gran parte a aflojar sus tensiones internas.
Permanecimos un buen rato contemplando las idas y venidas de los
escasos jugadores que pululaban aún entre las mesas a la búsqueda de un postrer
golpe de suerte que les permitiera recuperarse de las pérdidas de la noche, y
aproveché la ocasión para reflexionar sobre su largo relato y la indudable
impresión que me había causado.
—No creo que nadie pueda considerar un crimen lo que hiciste
–señalé al fin–. Yo lo consideraría más bien un acto de caridad.
—Inútil –fue la amarga respuesta–. Completamente inútil. Es
cierto que Omar salió a buscarnos, pero a la media hora cambió de idea y
regresó a puerto. Me precipité en matarla tal vez porque estaba deseando
hacerlo. –Pidió un nuevo coñac–. Hasta en eso el destino nos jugó una mala
pasada.
—Tú no podías saberlo, e imagino que no te sientes culpable por
ello,
Bebió despacio y comprendí que estaba a punto de emborracharse,
lo que no resultaba sorprendente porque con la mitad del alcohol que había
ingerido yo ya habría rodado tiempo atrás bajo la mesa.
—El sentimiento de culpabilidad resulta desconcertante e
incontrolable –replicó en tono desabrido–. A veces me atosiga, y a veces me
abandona por completo.
—¿Cómo reaccionó Omar?
—No lo sé.
—¿Que no lo sabes? –me asombré–. ¿Cómo es posible?
—Lautaro se encargó de darle la noticia. Se ofreció a ello y se
lo agradecí porque no me sentía con fuerzas para hacerlo yo misma. Fue a
buscarle y se lo contó todo.
—¿Todo?
—Absolutamente todo –insistió–.
A Lautaro lo que en verdad le importaba era que Palmira muriese
en paz y eso ya lo había conseguido. Además, en su opinión su comportamiento
quedaba mucho más justificado diciendo la verdad que inventando argumentos
inverosímiles. Un hombre puede comprender que su mujer haya tenido un mal
momento estando lejos, pero le resulta mucho más difícil perdonar a quien
durante meses actúa como actuó Palmira sin justificación alguna.
—Eso fue lo que yo pensé desde el primer momento.
—Pero una cosa es pensarlo fríamente, desde fuera, y otra muy
distinta hacerlo cuando te afecta. Palmira se equivocó en su planteamiento,
pero únicamente ahora, cuando ha pasado un tiempo, estoy de acuerdo con Lautaro
en que insistir en guardar el secreto hubiera sido un grave error. Si Omar sabe
o no perdonar a Palmira y entender la magnitud del sacrificio que hizo por él
ya es su problema.
—¿Y qué dijo?
—Te repito que no lo sé. Se fue con los niños y aún no ha
vuelto.
—¿Adónde?
—No tengo ni la menor idea. Había tanta amargura –o quizá tanto rencor
en su respuesta, que no me atreví a insistir, limitándome a observar cómo
observaba a su vez la vacía copa preguntándose si se sentía con fuerzas como
para apurarla de nuevo y mantenerse más tarde en pie sin gran problema.
—Lautaro asegura que voy camino de convertirme en una alcohólica
–musitó al fin muy quedamente–. Pero por más que busco no encuentro ninguna
otra razón que me permita seguir adelante. Llevo el olor de la muerte de
Palmira pegado a la piel, y su frío en los huesos.
—¿Por qué no te casas con Lautaro?
—En primer lugar porque no me lo ha pedido. Y en segundo, porque
tras conocer a Omar ningún hombre, ni aun Lautaro, merece la pena. Si Palmira,
siendo quien era, se enamoró sólo con verle, imagina lo que puedo sentir yo.
La forma en que lo dijo debió haberme alertado, pero debo
admitir que a aquellas alturas de la noche mi mente no se encontraba totalmente
lúcida, y lo único que estaba deseando era irme a la cama y olvidar durante
unas horas un problema ajeno que me había asaltado súbitamente a la vuelta de
un recodo del camino.
Había acudido a Cannes a disfrutar de unos días de descanso,
intentar ver buen cine y discutir con Giovanni Bertoluchi la posibilidad de
convertir una de mis novelas en serie de televisión, pero lo único que había
encontrado hasta el momento era un clima desapacible, películas mediocres y la
desconcertante historia de una desconocida.
Andrea se puso al fin en pie y tras balancearse levemente se
apoyó en la mesa y agradeció poder aferrarse a mi brazo para abandonar la sala
con su dignidad de siempre. Pronto, el fresco aire de la noche le despejó sin
embargo la mente, y cuando emprendíamos sin prisas el camino hacia su
apartamento del viejo puerto, comentó sin mirarme:
—Tengo la impresión de que no vas a escribir sobre lo que te he
contado.
—Probablemente.
—¿Por qué?
—Porque no es mi estilo.
—¿Qué diablos quieres decir con eso de que no es tu estilo?
–inquirió molesta.
—Quiero decir que mis lectores están acostumbrados a que les
hable sobre cosas que conozco: selvas, desiertos, ciudades exóticas o islas
lejanas. Mi forma de escribir se apoya en la descripción de mundos que jamás
vieron, la ambientación que he aprendido a dar a mis relatos, y los personajes
pintorescos con los que me he tropezado. Pero ya nunca podré conocer a PaImira,
ni probablemente a Omar, Lautaro o los niños. –Me detuve un momento para
mirarla de frente pretendiendo tal vez que pudiera entenderme mejor–. Tendría
que escribir «de oídas» y eso me asusta.
—¿El fracaso te asusta?
—Durante más de cuarenta años conviví con el fracaso –le hice
notar–. Le conozco. Y me asusta. ¿Qué necesidad tengo de arriesgarme por contar
la historia de alguien que sin duda preferiría que se mantuviera en secreto?
—Palmira lo merece.
—Yo creo que más bien merece el silencio.
—¿Por qué? ¿Porque crees que lo que hizo estuvo mal? Yo no opino
lo mismo. Yo creo que la suya es una de las más bellas historias de amor que
han existido, porque después de tantos años se amaron hasta el fin. Vivir una
pasión arrebatadora durante unos meses está al alcance de cualquiera.
—Es posible –admití–. Pero ni ésas son horas de ponerse a
discutirlo, ni creo que por más que lo hiciéramos conseguirías que me
arriesgara a cambiar mi forma de trabajar. Quien tendría que escribir sobre
Palmira eres tú, que la conociste a fondo y viviste su problema de cerca. Yo en
este asunto no pinto nada. No sabría cómo hacerlo.
—Tal como se hacen siempre estas cosas –repliqué
desangeladamente–. Coges un papel en blanco y empiezas escribiendo lo primero
que me dijiste: «Quiero contar la historia de Palmira.»
Luego sigues como la has hecho hasta ahora.
De regreso al hotel me planteé si el cansancio era razón que
justificase el haberme comportado de una forma tan desagradable, pero caí
derrengado en la cama, me dormí en el acto, y al día siguiente me propuse
firmemente olvidar aquel macabro relato que me había producido una extraña
inquietud a la que no estaba acostumbrado.
Me sentía incómodo y desasosegado, y me esforcé por tanto en
aturdirme con fiestas, disfrutar del buen tiempo que volvía, discutir con
Bertoluchi, y asistir a las tres o cuatro excelentes películas que se
exhibieron durante las últimas jornadas del Festival.
No volví a ver a Andrea hasta el día de mi marcha en que
almorzamos juntos en el «Cielo Azul», que es uno de los pocos restaurantes de
aeropuerto que merece en verdad tal consideración, y lo primero que me llamó la
atención en ella fue su desaliñado aspecto, pues por primera vez en mi vida la
descubrí con el pelo sucio y ropa inapropiada.
—Estoy bebiendo demasiado –admitió como si me leyera el
pensamiento y sin necesidad de que le hiciera el menor comentario–. Comprendo
que me perjudica, pero no puedo evitarlo. ¡Había puesto tantas esperanzas en
que la historia de Palmira te interesara!
—¡Y me interesa! –repetí una vez más poniendo todo mi empeño en
que me creyera–. Lo que ocurre es que yo no soy la persona adecuada para
escribirla–. Eres tú, y si lo intentaras encontrarías en ello una buena razón
para seguir adelante sin beber tanto.
—¡Ayúdame! –suplicó.
—¡Escucha! –señalé–. Alguien dijo una vez que escribir es como
masturbarse; hay que hacerlo a solas porque únicamente a solas tienes valor
para expresar sin rubor lo que sientes. ¡Hazlo! Escribe lo que te ocurrió y
mándamelo. Entonces sí que podré ayudarte, corregirte, e incluso intentar que
lo publiquen si el resultado vale la pena.
No respondió de momento, pareció necesitar un tiempo para
reflexionar sobre mi proposición y continuamos comiendo –en realidad yo comía y
ella casi únicamente bebía– comentando sobre el desarrollo del Festival, el
futuro del cine, y lo insoportable que podía llegar a hacerse la vida en la
Costa Azul cuando no se miraba bajo el prisma de un maravilloso lugar de
veraneo para millonarios.
Pero yo sabía bien que la idea seguía dando vueltas en su mente
tratando de germinar, y opté por no presionarle permitiendo que fuera ella la
que insistiera en el tema.
—¿Realmente crees que podría hacerlo?
—Estoy seguro –repliqué–. Escribir está al alcance de cualquiera
que tenga una cierta sensibilidad, sentido común y algo que contar, y a ti te
sobran las tres cosas. Pero ponte a ello hoy mismo, en cuanto vuelvas a casa,
porque lo único que no se puede hacer en este oficio es dejarlo para mañana. A
las ideas, como a las mujeres, hay que atraparlas en su momento o te abandonan
para siempre.
Omar regresó a mediados de julio y parecía otra persona.
Muy delgado, tostado por el sol y con el rostro cubierto por una
espesa barba desaliñada, era su expresión, sin embargo, lo que más había
cambiado; y su voz, como cansada; una voz desganada, que obligaba a imaginar
que le costaba un gran esfuerzo emitir cada palabra.
Almorzamos al aire libre, aquí en el puerto, justo bajo el
balcón, y apenas hizo mención a su larga ausencia, al tiempo que había pasado
con los niños en el Caribe, o a lo difícil que le había resultado hacerse a la
idea de la desaparición de Palmira.
—Al principio te odié por haberme ocultado la verdad –dijo al
fin–. Pero acabé comprendiendo que no pudiste hacer otra cosa si ella te lo
había pedido.
—Deseaba morir en paz.
—Lo sé –admitió–. Y lo entiendo. Pero mucho más en paz hubiera
muerto si me hubiera contado la verdad desde el principio. Habiéndome hecho tan
feliz durante tantos años, ¿cómo no iba a perdonarle que hubiera cometido aquel
error? Pero dejemos eso –añadió visiblemente conmovido–. Ya no tiene remedio.
Ahora lo que importa son los niños, la casa, y los negocios: Te necesito.
Eso fue lo que dijo exactamente: «Te necesito.» No dijo «te
quiero», «te echo de menos» o «estaba deseando verte». Sólo «te necesito». Y
dejó además bien claro que no era él, como hombre, quien me necesitaba, sino
que se trataba de una cuestión de los niños, la casa y los negocios.
Pero a mí me bastó. No me detuve a pensar si lo que andaba
buscando era una nurse, un ama de llaves o una directora general. Lo único que
pensé fue que me quería a su lado, y a su lado era donde yo deseaba estar sobre
todas las cosas de este mundo.
Luego subimos a hacer el amor. Respondió, porque su sexo
responde siempre al menor estímulo, pero mediaba un abismo entre su mente y su
sexo, y se le notaba ausente, sin el menor interés en lo que hacía, como el
enfermo que se toma la sopa porque no le queda otro remedio, con tal desgana,
que incluso a mí que llevaba meses deseándolo me resultó imposible disfrutar
del momento.
Me supo a corcho y engrudo; a muñeco de goma si se hubieran
inventado para mujeres al igual que tengo entendido que existen muñecas de
tamaño natural para los hombres, y cuando al fin se hubo marchado me sentí tan
frustrada, que tuve que recurrir una vez más a meterme en la bañera y
masturbarme.
Me consolé sin embargo con la idea de que la vida no gira tan
sólo en torno al sexo, y que el tiempo jugaba a mi favor, puesto que por mucho
que Omar pudiera recordarla, Palmira estaba muerta y jamás podría regresar a
disputarme su cariño.
Pese a ello, dediqué un largo fin de semana a meditar sobre la
propuesta de hacerme cargo de sus negocios, sus hijos y su casa, teniendo muy
presente que Omar no había hecho la más mínima alusión a que tuviera intención
de casarse conmigo.
Hubiera deseado consultarlo con alguien, pero no tenía a quién
recurrir, y esa misma sensación de sentirme sola en un momento tan crucial de
mi vida me impulsó a tomar la decisión de construirme una familia por más que
–como hubiera opinado Lautaro Velasco– se tratara de una familia de segunda
mano.
Los niños me recibieron con una cierta indiferencia, pese a que
Celeste –¡cómo se había hecho vieja Celeste!– pareció comprender que su padre
no estaba capacitado para salir adelante por sí solo y me brindó un cierto
apoyo, aunque a decir verdad, más bien era ella quien parecía estarlo
necesitando para escapar de algún modo al desconcierto en que se encontraba
sumida.
Ocupé la habitación de invitados en la que ya había dormido
otras veces y tomé posesión de un despacho en el que se amontonaban tantos
papeles que me asaltó la impresión de que por mucho que me hubiese explicado
Palmira jamás sabría cómo resolver semejante cúmulo de problemas.
Se hacía necesario tomar un sinfín de decisiones con respecto a
las fábricas, y por más vueltas que di ninguna se me antojó oportuna. Lo
consulté con Omar, y cuanto obtuve fue un indiferente encogimiento de hombros y
la aclaración de que por lo que a él se refería podían irse a la quiebra.
—Se trata del futuro de tus hijos –le hice notar–. ¿No te
importa lo que ocurra con la herencia que les dejó su madre?
—Si colocas el dinero en un Banco tendrán más del que puedan
gastarse el día de mañana –replicó desabridamente–. Y si tanto dinero no sirvió
para que viviese, ¿para qué diablos sirve? Tú quieres ocupar su puesto, ¿no es
cierto? Pues hazlo. Ella hubiera sabido qué decisión tomar en cada caso.
—Ella tenía una experiencia que yo no tengo.
Me miró largamente y adiviné que estaba pensando que Palmira
tenía otras muchas cosas que yo jamás tendría, porque en cierta forma cabía
suponer que su actitud hacia mí era una especie de reto; como si estuviese
jugando a brindarme la oportunidad de parecerme a alguien a quien nunca
conseguiría imitar.
Recordé que ya moribunda Palmira me pidió perdón imaginando que
su recuerdo se interpondría constantemente entre nosotros, y aunque en aquellos
momentos no me costó trabajo perdonarla, empezaba a comprender hasta qué punto
sería su recuerdo el principal impedimento que habría de encontrar en nuestra
futura convivencia.
Por las noches su presencia se hacía aún más patente si es que
ello era posible, y cuando los niños se acostaban y nos quedábamos a solas
contemplando la televisión se diría que su figura llegaba incluso a cobrar vida
acomodándose en su lugar predilecto del sofá, a la izquierda de Omar.
Allí solía dejarlos cuando me retiraba a mi habitación, a
aguardar –la mayoría de las veces inútilmente– a que él acudiera, y cuando de
tanto en tanto lo hacía me asaltaba la impresión de que Palmira se había
quedado escuchando al otro lado de la puerta, e incluso que tomaba asiento al
pie de la cama, a observar cómo me esforzaba por conseguir que su marido me
deseara mientras me acariciaba como a un perro de lanas.
Empecé a beber de nuevo. En realidad lo cierto es que en una u
otra medida jamás había dejado de hacerlo y el coñac parecía ser lo único que
me daba fuerzas para enfrentarme cada mañana a las mil amarguras que sabía que
me aguardaban a lo largo del día, porque si bien es cierto que Omar me había
elegido tal vez como remedio, y los niños me aceptaban con una cierta
indiferencia, el servicio de la casa me acogió como a una auténtica intrusa, ya
que durante años se dedicaron a adorar a Palmira, y luego, durante meses, se
acostumbraron a hacer cuanto les vino en gana. La cocinera, las doncellas, el
jardinero e incluso el chófer se me quedaban mirando fijamente cada vez que
daba una orden, como si se preguntaran si me había vuelto loca, era una
estúpida o no comprendía que «La Señora» les hubiera ordenado hacer
absolutamente todo lo contrario y yo no tenía ni la menor idea de lo que me
traía entre manos.
Creo que nadie ha efectuado nunca un estudio profundo sobre el
demoledor efecto que puede ejercer sobre un ser humano el eterno cuchicheo a
sus espaldas, las conversaciones que se interrumpen en el momento de su
llegada, el intercambio de cómplices miradas, y las sonrisas sardónicas de
quienes parecen estar esperando que cometa exactamente aquel preciso error en
aquel momento exacto.
Había vivido siempre sola, sin nadie a mi cargo, y me encontré
de pronto frente a la responsabilidad de manejar un caserón de quince
habitaciones e intentar educar a tres niños a los que, además, habían dejado
inútilmente campar por sus respetos.
Por si ello fuera poco, cada diez minutos repicaba un teléfono y
alguien desde algún lugar del mundo me pedía solución a un problema del que
nunca había oído hablar anteriormente.
A veces me sentía como en una de esas películas cómicas en que
el piloto sufre un infarto y un pasajero atolondrado trata de hacerse con los
mandos consiguiendo únicamente que el avión comience a dar saltos, volteretas y
cabriolas amenazando con estrellarse contra todas las montañas, con la
diferencia de que en este caso ninguno de los testigos parecía sentirse
especialmente preocupado y lo único que aparentemente les interesaba era ver
cómo yo cometía fallo tras fallo.
—Palmira lo hacía.
Nadie quería entender que yo no estaba pretendiendo competir con
Palmira aunque tan sólo fuera por el hecho de que quien intenta enfrentarse a
un muerto sabe que lleva las de perder. Los ancianos disminuyen de tamaño a
medida que envejecen, pero los muertos crecen a partir del día en que los
entierran. Si en vida Palmira ya era grande, muerta se transformó en un gigante
con el que yo jamás soñé siquiera compararme.
A menudo me asaltaba la impresión de que en el fondo ella era la
única que se encontraba de mi parte, y cuando me sentía especialmente abatida
acudía a sentarme frente a su hermoso retrato que dominaba, desde la parte alta
de la chimenea, el gran salón central.
Llegaba a hablarle, tanta era mi desesperación en algunos
momentos, dirigiéndome a ella como cuando en el Barlovento le pedía consejo
sobre cómo debería manejar sus negocios tras su muerte, pero si bien en aquel
entonces parecía tener respuesta para todo, ahora se limitaba a esbozar apenas
una enigmática sonrisa y seguirme con la mirada a cualquier rincón de la
estancia al que me dirigiera.
Quien me viera me tomaría por loca. O por borracha más bien,
porque no me pasaba desapercibido el hecho de que en la casa todos habían
reparado en que el coñac se había convertido en mi único aliado, hasta el punto
de que las doncellas se divertían escondiendo las botellas por el simple placer
de obligarme a preguntar por ellas sabiendo que eso me humillaba, aunque eran
tantas las causas ya de humillación, que una más carecía por completo de
importancia.
Omar por su parte no decía nada, como si se esforzase por
ignorar toda la evidencia, y casi podría creerse que vivía en otro mundo –el
mundo de Palmira– y cuanto sucediese a su alrededor le traía sin cuidado.
Curiosamente, dejó de hablar de Chile o Pinochet, como si hubieran dejado de
interesarle su país y su tirano, o como si al no existir ya una Palmira a la
que ofrecerle el resultado de su lucha no mereciese en absoluto la pena seguir
en la contienda.
Aquel caserón alegre y luminoso, tan lleno de vida y risas no
hacía mucho, se transformó por tanto en una especie de panteón de mármol
refulgente bajo el cálido sol de La Riviera, porque sabría aventurar que no se
encontraba ya habitado por gente que hablaba y respiraba, comía o se bañaba,
sino por un ejército de seres condenados a mantener perennemente latente el
recuerdo de una hermosa difunta.
Ni siquiera los niños alborotaban, y Omar pasaba días enteros
pescando atunes desde el yate, aunque a menudo llegué a imaginar que su
auténtica intención era lanzar muy profundos los sedales por ver si con suerte
el anzuelo se enganchaba en su sudario consiguiendo tal vez recuperar de ese
modo el amor de su vida.
Regresaba a las tantas de la noche rendido de cansancio, pero
aun así le sentía dar vueltas hasta el amanecer, incapaz de dormir, pero
incapaz también en esos casos de pedirme consuelo o compañía.
Cuando una vez lo hizo me encontró tan bebida que a los pocos
instantes dio media vuelta y desapareció en las sombras tal como había llegado,
y aunque al día siguiente ordené tirar todo el coñac de la casa sólo sirvió
para que a la semana me sorprendiera a mí misma atiborrándome de ginebra, lo
cual me hizo aún más daño.
Me daba perfecta cuenta del mal que me causaba, pero no podía
evitarlo, puesto que desde que tengo uso de razón he aceptado el principio
astrológico de que las escorpio nacemos bajo el signo de la autodestrucción y
cuanto necesitamos –o buscamos– a lo largo de la vida es que alguien nos brinde
la oportunidad de cumplir nuestro destino.
Y a mí me estaban dando todas las oportunidades de este mundo,
pues sabido es que autocompadecerse constituye probablemente el primer paso
para lograr autodestruirse, y había llegado a un punto en que pasaba más horas
compadeciéndome con ayuda de una botella, que tratando de hallar solución a mis
problemas.
Ni la fastuosa villa de inmensos jardines, ni el «Rolls», el
yate o las costosísimas joyas que Omar había dejado a mi alcance para que las
utilizara cuando me viniera en gana contribuían a hacer más llevadera la
sensación de profundo fracaso que día a día iba creciendo en mi interior, y tan
sólo sirvieron para acabar conduciéndome al perogrullesco convencimiento de que
únicamente Palmira estaba en condiciones de disfrutar realmente de la condición
de ser Palmira.
Aun así continuaba abrigando la extraña sensación de que ella
seguía de mi parte pese a que no aprobara en absoluto la indigna forma en que
estaba tratando de ocupar su lugar, y cuando nos encontrábamos a solas en el
gran salón captaba su amistosa presencia y advertía que aunque no quisiera
brindarme tan sólo un pequeño consejo me consideraba la única persona capaz de
ocuparme de su familia y sus negocios.
Curiosamente sin embargo, el día que al fin no me quedó más
remedio que presentarle a la firma a Omar los documentos que liquidaban la
empresa de Milán se mostró más animado que de costumbre y me propuso salir a
celebrarlo admitiendo que en el fondo siempre había aborrecido la rivalidad que
significaba aquella fábrica.
Cuando salí de la ducha me lo encontré sentado a los pies de la
cama, junto al traje negro de Palmira y el collar de zafiros y diamantes.
—¡Póntelos! –dijo–. Quiero que hoy estés resplandeciente.
Me recogí el cabello en un moño muy tirante, como Palmira la
noche del apagón de Gstaad, y me miré luego al espejo a la luz de dos velas
para intentar descubrir quién era con quien saldría a cenar Omar aquella noche.
Fue un juego cruel y sádico porque sin ponernos de acuerdo
fingimos sutilmente que yo era y no era Palmira al propio tiempo, aunque lo
único cierto es que nunca fui yo misma aquella noche, como si al igual que
utilizaba un vestido prestado que no acababa de ajustarse exactamente estuviera
tratando de apoderarme de una personalidad ajena en la que no conseguía encajar
por mucho que intentara.
En un principio me sentí incómoda interpretando un papel que no
era el mío, pero a medida que el alcohol hacía su efecto me fui encontrando
mejor en la piel de una difunta y cuando Omar me condujo a su dormitorio y me
hizo el amor sobre el inmenso lecho matrimonial, disfruté como hacía tiempo que
no gozaba, y ni siquiera me importó que me llamara por el nombre que quisiera.
A la mañana siguiente no pude evitar que me asaltara el temor de
haber participado activamente en una extraña especie de rito necrológico que
por primera vez me impidió enfrentarme abiertamente a la franca mirada del gran
retrato del salón.
Ello no consiguió sin embargo que rechazara las propuestas de
Omar cuando tres días más tarde me pidió que me tiñera de negro el cabello y
eligiendo un salto de cama de Palmira me ciñera un collar de esmeraldas y
jugáramos de nuevo a transformarme en quien no era.
Descubrí entonces una forma nueva y portentosa de erotismo,
porque al morboso placer de saberme otra persona se añadió el hecho de desvelar
los mil audaces trucos que había sido capaz de inventar para mantener excitada
a su pareja. Palmira, que jugaba sin duda con ventaja en sus relaciones
sociales gracias a su exquisita preparación intelectual y su profunda
inteligencia, utilizaba también parecidas ventajas en sus relaciones sexuales y
no resultaba sorprendente por tanto que hubiera conseguido enloquecer a su
marido hasta el punto de impulsarle a continuar buscándola en mí aun después de
su muerte.
Siguieron días, tal vez semanas, de auténtica locura; noches en
las que accedí a perder por completo mi dignidad y mi propia estimación y
amaneceres en los que entre la cocaína y el coñac llegué a creer que era en
verdad Palmira consiguiendo que Omar imaginara que la estaba poseyendo.
Las horas diurnas transcurrían sin embargo como en un sueño o
una indescriptible pesadilla en la que continuamente se me aparecía la imagen
de Palmira que acudía a echarme en cara el mal uso que estaba haciendo de la
confianza que había depositado en mí, porque nunca supe ocuparme de sus hijos,
su casa o sus negocios, pero bien pronto aprendí a ponerme sus vestidos y sus
joyas, acostarme con su marido o tratar de igualarla en todo lo peor que
hubiera llegado a hacer en esta vida.
Si tuvo un solo vicio, ése fue el que imité y si cometió algún
error, en el mismo error caí, pero de cuanto de maravilloso supo llevar a cabo
ningún provecho obtuve, porque me falta aquella humanidad, aquella entrega y
aquella generosidad sin límites que la convirtieron en un ser humano
irrepetible.
La amistosa mirada del retrato se me antojaba ya siempre
acusadora y la dulce sonrisa de antaño se transformó a mis ojos de borracha en
la irónica mueca de desprecio de quien ha estado desde el principio convencido
de que, lo intente quien lo intente, nadie conseguirá ponerse nunca a su nivel.
Llegó por fin el día en que Omar pareció cansarse del triste
sucedáneo de mujer en que me había convertido, dejaron de interesarle las
nuevas aberraciones que me esforcé en brindarle en mi inútil intento de superar
en algo a Palmira, y se volvió a la mar en busca de estúpidos atunes o en busca
tal vez de echar muy al fondo el sedal para recuperar un cadáver putrefacto.
Fue la misma noche en que se despidió la cocinera; la noche en
que reñí a Celeste y recibí una llamada advirtiendo que la cosecha de café no
sería buena; una de esas noches aciagas en las que el mundo parece haberse
envuelto en el más oscuro y denso de sus mantos, las entrañas te revientan
manchándote los muslos de una sangre espesa y sucia, y el cerebro te estalla
por efectos del alcohol. Sigilosamente, como un ladrón o un asesino, penetré
muy despacio en el salón y con ayuda del más afilado de los cuchillos destrocé,
centímetro a centímetro, el retrato de Palmira.
A principios de noviembre el cartero me entregó un sobre que
contenía un cuaderno escolar escrito con una letra menuda, nerviosa y apretada.
Quince días más tarde, Lautaro Velasco me llamó desde Quito para
preguntarme si conocía los motivos por los que Andrea se había suicidado.
FIN

