Libro N°. 3087. Pantaleon Y Las Visitadoras. Vargas Llosa, Mario.
© Libro N°. 3087. Pantaleon Y Las Visitadoras. Vargas Llosa, Mario. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Pantaleon Y Las Visitadoras. Mario Vargas Llosa
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PANTALEON Y LAS VISITADORAS
Mario Vargas Llosa
MARIO
VARGAS LLOSA
Nació
en Arequipa, Perú, en 1936. Cursó sus primeros estu-dios en Cochabamba
(Bolivia), y los secundarios en Lima y Piura. Se licenció en Letras en la
Universidad de San Marcos de Lima y se doctoró por la de Madrid. Ha residido
durante algunos años en París, Londres y Barcelona.
En
1958 publicó un libro de relatos, Los jefes, pero su carrera literaria comenzó
con la publicación de su novela La ciudad y los perros, ganadora del Premio
Biblioteca Breve de 1962. Posteriormente aparecieron La casa verde (1965), Los
cachorros (1968), Conversa-ción en la catedral (1970) y La orgía perpetua, un
notable ensayo sobre Madame Bovary de Flaubert.
Un
amplio eco popular alcanzaron sus novelas posteriores La tía Julia y el
escribidor (1977) y, sobre todo, la presente novela Pantaleón y las
visitadoras, una espléndida sátira moral sobre el concepto del deber militar.
UNO
-Despierta,
Panta -dice Pochita-. Ya son las ocho. Panta, Pantita.
-¿Las
ocho ya? Caramba, que sueño tengo -bosteza Pantita-. ¿Me cosiste mi galón?
-Sí,
mi teniente -se cuadra Pochita-. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me
acostumbre vas a seguir de tenientito, amor. Si, ya, se ve regio. Pero
levántate de una vez, ¿tu cita no es a…?
-Las
nueve, si -se jabona Pantita-. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla,
por fa-vor. ¿Dónde se te ocurre, chola?
-Aquí,
a Lima -contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes
Pochita-. Uy, se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima.
-No
sueñes, Lima nunca, que esperanza -se mira en el espejo, se anuda la corbata
Panta-. Si al menos fuera una ciudad como Trujillo o Tacna, me sentiría feliz.
-Qué
graciosa esta noticia en El Comercio -hace una mueca Pochita-. En Leticia un
tipo se crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero
la gente lo sacó a la fuerza porque creen que es santo. ¿Leticia es la parte
colombiana de la selva, no?
-Qué
buen mozo te ves de capitán, hijito -dispone la mermelada, el pan y la leche
sobre la mesa la señora Leonor.
-Ahora
es Colombia, antes era Perú, nos la quitaron -unta de mantequilla una tostada
Panta-. Sírveme otro poquito de café, mamá.
-Cómo
nos mandaran de nuevo a Chiclayo recoge las migas en un plato y retira el
mantel la señora Leonor-. Después de todo, allá hemos estado tan bien ¿no es
cierto? Para mí, lo principal es que no nos alejen mucho de la costa. Anda,
hijito, buena suerte, llévate mi bendición.
-En
el nombre del Padre y del Espíritu Santo y del Hijo que murió en la cruz, eleva
los ojos a la noche, baja los ojos a las antorchas el Hermano Francisco-.Mis
manos están amarradas, el leño es ofrenda, ¡persígnense por mí!
-Me
espera el coronel López López, señorita -dice el capitán Pantaleón Pantoja.
-Y
también dos generales -hace ojitos la señorita-. Entre nomás, capitán. Sí, ésa,
la puerta cafecita.
-Aquí
está el hombre -se levanta el coronel López López-. Adelante, Pantoja,
felicitaciones por ese nuevo fideo.
-La
primera nota en el examen de ascenso y por unanimidad del jurado -estrecha una
mano, palmea un hombro el general Victoria-. Bravo, capitán, así se hace
carrera y patria.
-Siéntese,
Pantoja -señala un sofá el general Collazos-. Y agárrese bien para oír lo que
va a oír.
-No
me lo asustes, Tigre -mueve las manos el general Victoria-. Se va a creer que
lo man-damos al matadero.
-Que
para comunicarle su nuevo destino hayan venido los jefazos de Intendencia en
perso-na, le indica que la cosa tiene sus bemoles -adopta una expresión grave
el coronel López López-. Sí, Pantoja, se trata de un asunto bastante delicado.
-La
presencia de estos jefes es un honor para mí -hace sonar los talones el capitán
Pantoja-. Caramba, me deja usted muy intrigado, mi coronel.
-¿Quiere
fumar? -saca una cigarrera, un encendedor el Tigre Collazos-. Pero no se esté
ahí parado, tome asiento. ¿Cómo, no fuma?
-Ya
ve, por una vez el Servicio de Inteligencia acertó -acaricia una fotocopia el
coronel López López-. Tal cual: ni fumador, ni borrachín ni ojo vivo.
-Un
oficial sin vicios -se admira el general Victoria-. Ya tenemos quien represente
al arma en el Paraíso, junto a Santa Rosa y a San Martín de Porres.
-Tampoco
exageren -se ruboriza el capitán Pantoja-. Algunos vicios tendré que no se me
conocen.
-Conocemos
de usted más que usted mismo -alza y deposita otra vez en el escritorio un
cartapacio el Tigre Collazos-. Se quedaría bizco si supiera las horas que hemos
dedicado a estudiar su vida. Sabemos lo que hizo, lo que no hizo y hasta lo que
hará, capitán.
-Podemos
recitar su foja de servicios de memoria -abre el cartapacio, baraja fichas y
for-mularios el general Victoria-. Ni un solo castigo de oficial y de cadete
apenas media docena de amonestaciones leves. Por eso ha sido el elegido,
Pantoja.
-Entre
cerca de ochenta oficiales de Intendencia, nada menos -levanta una ceja el
coronel López López-. Ya puede inflarse como un pavo real.
-Les
agradezco el buen concepto que tienen de mí -se empaña la vista del capitán
Pantoja-. Haré todo lo que pueda para responder a esa confianza, mi coronel.
-¿El
capitán Pantaleón Pantoja? -sacude el teléfono el general
Scavino-.
Te oigo apenas. ¿Que me lo mandas para qué, Tigre?
-En
Chiclayo ha dejado un magnífico recuerdo -hojea un informe el general
Victoria-. El coronel Montes estaba loco por conservarlo. Parece que el cuartel
funcionó como un reloj gracias a usted.
"Organizador
nato, sentido matemático del orden, capacidad ejecutiva"-lee el Tigre
Colla-zos-. "Condujo la administración del regimiento con eficacia y
verdadera inspiración." Ca-racoles, el zambo Montes se enamoró de usted.
-Me
confunden tantos elogios -baja la cabeza el capitán Pantoja-. Siempre he
tratado de cumplir con mi deber y nada más.
-¿El
Servicio de las qué? -suelta una carcajada el general Scavino-. Ni tú ni
Victoria pueden tomarme el pelo, Tigre, ¿se han olvidado que soy calvo?
-Bueno,
al toro por los cuernos -sella sus labios con un dedo el general Victoria-. El
asunto exige la más absoluta reserva. Me refiero a la misión que se le va a
confiar, capitán. Suéltale el cuco, Tigre.
-En
síntesis, la tropa de la selva se anda tirando a las cholas -toma aliento,
parpadea y tose el Tigre Collazos-. Hay violaciones a granel y los tribunales
no se dan abasto para juzgar a tanto pendejón. Toda la Amazonía está
alborotada.
-Nos
bombardean a diario con partes y denuncias -se pellizca la barbilla el general
Victoria-. Y hasta vienen comisiones de protesta de los pueblitos más perdidos.
-Sus
soldados abusan de nuestras mujeres -estruja su sombrero y pierde la voz el
alcalde Paiva Runhuí-. Me perjudicaron a una cuñadita hace pocos meses y la
semana pasada casi me perjudican a mi propia esposa.
-Mis
soldados no, los de la Nación -hace gestos apaciguadores el general Victoria-.
Calma, calma señor alcalde. El Ejército lamenta muchísimo el percance de su
cuñada y hará cuanto pueda para resarcirla.
-¿Ahora
le llaman percance al estupro? -se desconcierta el padre Beltrán-. Porque eso
es lo que fue.
-A
Florcita la agarraron dos uniformados viniendo de la chacra y se la montaron en
plena trocha -se come las uñas y brinca en el sitio el alcalde Teófilo Morey-.
Con tan buena pun-tería que ahora esta encinta, general.
-Usted
me va a identificar a esos bandidos, señorita Dorotea -gruñe el coronel Peter
Ca-sahuanqui-. Sin llorar, sin llorar, ya va a ver cómo arreglo esto.
-¿Se
le ocurre que voy a salir? -solloza Dorotea-. ¿Yo solitita delante de todos los
solda-dos?
-Van
a desfilar por aquí, frente a la Prevención -se esconde detrás de la rejilla
metálica el coronel Máximo Dávila-. Usted los va espiando por la ventana y
apenas descubra a los abusivos me los señala, señorita Jesús.
-¿Abusivos?
-salpica babas el padre Beltrán-. Viciosos, canallas y miserables, más bien.
¡Hacerle semejante infamia a doña Asunta! ¡Desprestigiar así el uniforme!
-A
Luisa Cánepa, mi sirvienta, la violó un sargento, y después un cabo y después
un solda-do raso -limpia sus anteojos el teniente Bacacorzo. La cosa le gustó o
qué sé yo, mi co-mandante, pero lo cierto es que ahora se dedica al puterío con
el nombre de Pechuga y tiene como cafiche a un marica que le dicen Milcaras.
-Ahora
indíqueme con cuál de estas personitas quiere casarse, señorita Dolores -pasea
frente a los tres reclutas el coronel Augusto Valdés-. Y el capellán los casa
en este instante. Elija, elija, ¿cuál prefiere para papá de su futuro hijito?
-A
mi señora la pescaron en la propia iglesia -se mantiene rígido en el borde de
la silla el carpintero Adriano Lharque-. No la catedral, sino la del Santo
Cristo de Bagazán, señor.
-Así
es, queridos radioescuchas -brama el Sinchi-. A esos sacrílegos lascivos no los
contuvo el temor a Dios ni el respeto debido a Su santa casa ni las nobles
canas de esa matrona dignísima, semilla ya de dos generaciones loretanas.
-Comenzaron
a jalonearme, ay Jesús mío, querían tumbarme al suelo -llora la señora
Cris-tina-. Se caían de borrachos y hay que oír las lisuras que decían. Delante
del altar mayor, se lo juro.
-Al
alma más caritativa de todo Loreto, mi general -retumba el padre Beltrán-. ¡La
ultraja-ron cinco veces!
-Y
también a su hijita y a su sobrinita y a su ahijadita, ya lo sé, Scavino -sopla
la caspa de sus hombreras el Tigre Collazos-. ¿Pero ese cura Beltrán está con
nosotros o con ellos? ¿Es o no capellán del Ejército?
-Protesto
como sacerdote y también como soldado, mi general -hunde vientre, saca pecho el
mayor Beltrán-. Porque esos abusos hacen tanto daño a la institución como a las
víctimas.
-Está
muy mal lo que pretendían los reclutas con la dama, por supuesto -contemporiza,
sonríe, hace venias el general Victoria-. Pero sus parientes casi los matan a
palos, no lo ol-vide. Aquí tengo el parte médico: costillas rotas, hematomas,
desgarrón de oreja. En este caso hubo empate, doctorcito.
-¿A
Iquitos? -deja de rociar la camisa y alza la plancha Pochita-. Uy, qué lejos
nos mandan, Panta.
-Con
madera haces el fuego que cocina tus alimentos, con madera construyes la casa
donde vives, la cama donde duermes y la balsa con que cruzas el río -cuelga
sobre el bosque de cabezas inmóviles, caras anhelantes y brazos abiertos el
Hermano Francisco-. Con madera fabricas el arpón que pesca al paiche, la pucuna
que caza al ronsoco y el cajón donde entie-rras el muerto. ¡Hermanas!
¡Hermanos! ¡Arrodíllense por mí!
-Es
todo un señor problema, Pantoja -cabecea el coronel López López-. En Contamana,
el alcalde ha dado un bando pidiendo a los vecinos que los días francos de la
tropa encierren a las mujeres en sus casas.
-Y
sobre todo qué lejos del mar -suelta la aguja, remacha el hilo y lo corta con
los dientes la señora Leonor-. ¿Habrá muchos zancudos allá en la selva? Son mi
suplicio, ya sabes.
-Fíjese
en esta lista -se rasca la frente el Tigre Collazos-. Cuarentaitrés embarazadas
en menos de un año. Los capellanes del cura Beltrán casaron a unas veinte,
pero, claro, el mal exige medidas más radicales que los matrimonios a la
fuerza. Hasta ahora castigos y es-carmientos no han cambiado el panorama:
soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca.
-Pero
el más desanimado con el sitio pareces tú, amor -va abriendo y sacudiendo
maletas Pochita-. ¿Por qué, Panta?
-Debe
ser el calor, el clima, ¿no cree? -se anima el Tigre Collazos.
-Muy
posiblemente, mi general -tartamudea el capitán Pantoja.
-La
humedad tibia, esa exuberancia de la naturaleza -se pasa la lengua por los
labios el Tigre Collazos-. A mí me sucede siempre: llegar a la selva y empezar
a respirar fuego, sentir que la sangre hierve.
-Si
la generala te oyera -ríe el general Victoria-, ay de tus garras, Tigre.
-Al
principio pensamos que era la dieta -se da un palmazo en la barriga el general
Collazos-. Que en las guarniciones se usaba mucho condimento, algo que
recrudecía el apetito sexual de la gente.
-Consultamos
a especialistas, incluso a un suizo que costó una punta de plata -frota dos
dedos el coronel López López-. Un dietista lleno de títulos.
-Pas
d'inconvenient -anota en una libretita el profesor Bernard Lahoé-. Prepararemos
una dieta que, sin disminuir las proteínas necesarias, debilite la libido de
los soldados en un ochenta y cinco por ciento.
-No
se le vaya a pasar la mano -murmura el Tigre Collazos-. Tampoco queremos una
tropa de eunucos, doctor.
-Horcones
a Iquitos, Horcones a Iquitos -se impacienta el alférez Santana-. Sí,
gravísimo, de suma urgencia. No hemos obtenido los resultados previstos con la
operación Rancho Suizo. Mis hombres se mueren de hambre, se tuberculizan. Hoy
se desmayaron otros dos en la revista, mi comandante.
-Nada
de bromas, Scavino -sujeta el teléfono entre la oreja y el hombro mientras
enciende un cigarrillo el Tigre Collazos-. Le hemos dado vueltas y más vueltas
y es la única solución. Allá te mando a Pantojita con su madre y su mujer. Que
te aproveche.
-Pochita
y yo ya nos hicimos a la idea y estamos felices de ir a Iquitos -dobla
pañuelos, ordena faldas, empaqueta zapatos la señora Leonor-. Pero tú sigues
con el alma en los pies. Cómo es eso, hijito.
-Usted
es el hombre, Pantoja -se pone de pie y lo coge por los brazos el coronel López
López-. Usted va a poner fin a este quebradero de cabeza.
-Después
de todo es una ciudad, Panta, y parece que linda -arroja trapos a la basura,
hace nudos, cierra carteras Pochita-. No pongas esa cara, peor hubiera sido la
puna ¿no?
-La
verdad, mi coronel, no me imagino cómo -traga saliva el capitán Pantoja-. Pero
haré lo que me ordenen, naturalmente. I
-Por
lo pronto, irse a la selva -coge un puntero y marca su lugar en el mapa el
coronel López López-. Su centro de operaciones será Iquitos.
-Vamos
a llegar a la raíz del problema y a liquidarlo en su mata -golpea su mano
abierta con el puño el general Victoria-. Porque, como usted lo habrá
adivinado, Pantoja, el problema no es sólo el de las señoras atropelladas.
-También
el de los reclutas condenados a vivir como castas palomas en ese calor tan
pe-caminoso -chasquea la lengua el Tigre Collazos-. Servir en la selva es
bravo. Pantoja, muy bravo.
-En
los caseríos amazónicos todas las faldas tienen dueño -acciona el coronel López
López-. No hay bulines ni niñas pendejas ni nada que se les parezca.
-Se
pasan la semana encerrados, cumpliendo misiones en el monte, soñando con su día
franco -imagina el general Victoria-. Caminan kilómetros hasta el pueblo más
cercano. ¿Y qué ocurre cuando llegan?
-Nada,
por la maldita falta de hembras -encoge los hombros el Tigre Collazos-.
Entonces, los que no se la corren, pierden los estribos y a la primera copita
de anisado se lanzan como pumas sobre lo que se les pone delante.
-Se
han dado casos de mariconería y hasta de bestialismo -precisa el coronel López
López-. Figúrese que un cabo de Horcones fue sorprendido haciendo vida marital
con una mona.
-La
simio responde al absurdo apelativo de Mamadera de la Cuadra Quinta -aguanta la
risa el alférez Santana-. O, más bien, respondía, porque la maté de un balazo.
El degenerado esta en el calabozo, mi coronel.
-Total,
la abstinencia nos trae una corrupción de los mil diablos -dice el general
Victoria-. Y desmoralización, nerviosismo, apatía.
-Hay
que dar de comer a esos hambrientos, Pantoja -lo mira solemne a los ojos el
Tigre Collazos-. Ahí entra usted, ahí es donde va a aplicar su cerebro
organizador.
-¿Por
qué te quedas todo atontado y calladito, Panta? -guarda el pasaje en su cartera
y pre-gunta ¿por dónde la salida al avión? Pochita-. Tendremos un gran río,
podremos bañarnos, hacer paseos a las tribus. Anímate, zonzo.
-¿Qué
te pasa que estás tan raro, hijito? -observa las nubes, la hélices, los árboles
la señora Leonor-. En todo el viaje no has abierto la boca. ¿Qué te preocupa
tanto?
-Nada
mamá, nada Pochita -se abrocha el cinturón de seguridad Panta-. Estoy bien, no
me pasa nada. Miren, ya estamos llegando. Ése debe ser el Amazonas ¿no?
-Todos
estos días has estado hecho un idiota -se pone los anteojos de sol, se quita el
abrigo Pochita-. No decías una palabra, soñabas con los ojos abiertos. Uy, qué
infierno es esto. Nunca te he visto tan cambiado, Panta.
-Estaba
un poco inquieto con mi nuevo destino, pero ya pasó -saca la cartera, alarga
unos billetes al chofer Panta-. Sí, maestro, al número 549, el Hotel Lima.
Espera, mamá, te ayudo a bajar.
-¿Eres
militar, no? -lanza su bolsa de viaje sobre una silla, se descalza Pochita-.
Sabías que te podían mandar a cualquier lado. Iquitos no está mal, Panta, ¿no
ves que parece un sitio simpático?
-Tienes
razón, me he portado como un tonto -abre el ropero, cuelga un uniforme, un
terno Panta-. Quizá me había encariñado mucho con Chiclayo; palabra que ya
pasó. Bueno, a deshacer maletas. Qué calorcito éste ¿no, chola?
-Por
mí, me quedaría viviendo toda la vida en el hotel -se tumba de espaldas en la
cama, se despereza Pochita-. Te hacen todo, no hay que preocuparse de nada.
-¿Y
estaría bien recibir al cadete Pantoja en un hotelito? -se quita la corbata, la
camisa Pan-ta.
-¿Al
cadete Pantoja? -abre los ojos, desabotona su blusa, apoya un codo en la
almohada Pochita-. ¿De veras? ¿Ya podemos encargarlo, Pantita?
-¿No
te prometí cuando llegue el tercer fideo? -estira su pantalón, lo dobla y lo
cuelga Pan-ta-. Será loretano, qué te parece.
-Maravilloso,
Panta -ríe, aplaude, rebota en el colchón Pochita-. Uy, qué felicidad, el
cade-tito, Pantita Junior.
-Hay
que encargarlo cuanto antes -abre y adelanta las manos Panta-. Para que llegue
rapi-dito. Ven, chola, dónde te escapas.
-Oye,
oye, qué te pasa -salta de la cama. Corre hacia el cuarto de baño Pochita-. ¿Te
has vuelto loco?
-Ven,
ven, el cadetito -se tropieza con una maleta vuelca una silla Panta-.
Encarguémoslo ahora mismo. Anda, Pochita.
-Pero
si son las once de la mañana, si acabamos de llegar -manotea, aparta, empuja,
se enoja Pochita-. Suelta, nos va a oír tu mamá, Panta.
-Para
estrenar Iquitos, para estrenar el hotel -jadea lucha, abraza, se resbala
Pantita-. Ven, amorcito.
-Ya
ve lo que ha ganado con tanta denuncia y tanto parte -blande un oficio atestado
de se-llos y firmas el general Scavino-. También usted tiene culpa en esto,
comandante Beltrán: mire lo que viene a organizar en Iquitos ese sujeto.
-Me
vas a romper la falda -se escuda tras el ropero, lanza una almohada, pide paz
Pochita-. No te reconozco, Panta, tú siempre tan formalito, qué te está
pasando. Deja, yo me la quito.
-Quería
curar un mal, no causarlo -lee y relee la carta abochornada del comandante
Beltrán-. Nunca imaginé que el remedio sería peor que la enfermedad, mi
general. Inconcebible, inicuo. ¿Va usted a permitir este horror?
-El
sostén, las medias -transpira, se echa, se encoge, se estira Pantita-. El Tigre
tenía razón: la humedad tibia, se respira fuego, la sangre hierve. Anda,
pellízcame donde me gusta. La orejita, Pocha.
-Me
da vergüenza de día, Panta -se queja, se envuelve en la colcha, suspira
Pochita-. Te vas a quedar dormido, ¿no tienes que estar en la Comandancia a las
tres?, siempre te quedas.
-Me
pego una ducha -se arrodilla, se dobla, desdobla Pantita-. No me hables, no me
dis-traigas. Pellízcame en la orejita. Así, asisito. Ay, ya siento que me
muero, chola, ya no sé quién soy.
-Sé
muy bien quién es usted y a qué viene a Iquitos -murmura el general Roger
Scavino-. Y de entrada le disparo que no me alegra en absoluto su presencia en
esta ciudad. Las cosas claras desde el principio, capitán.
-Disculpe,
mi general -balbucea el capitán Pantoja-. Debe haber algún malentendido.
-No
estoy de acuerdo con el Servicio que viene a organizar -acerca la calva al
ventilador y entrecierra un instante los ojos el general Scavino-. Me opuse
desde un comienzo y sigo pensando que es una barbaridad.
-Y,
sobre todo, una inmoralidad sin nombre -se abanica con furia el padre Beltrán.
-El
comandante y yo nos hemos callado porque la superioridad manda -despliega su
pañue-lo y se seca el sudor de la frente, de las sienes, del cuello el general
Scavino-. Pero no nos han convencido, capitán.
-Yo
no tengo nada que ver con este proyecto, mi general -transpira inmóvil el
capitán Pan-toja-. Me llevé la sorpresa de mi vida cuando me lo comunicaron,
Padre.
-Comandante
-corrige el padre Beltrán-. ¿No sabe contar los galones?
-Perdón,
mi comandante -choca ligeramente los tacos el capitán Pantoja-. No he
intervenido para nada, se lo aseguro.
-¿No
es usted uno de los cerebros de Intendencia que han concebido esta porquería?
-coge el ventilador, lo enfrenta a su cara, cráneo, y carraspea el general
Scavino-. De todos mo-dos, hay algunas cosas que deben quedar sentadas. No
puedo evitar que esto prospere, pero haré que salpique lo menos posible a las
Fuerzas Armadas. Nadie va a empañar la imagen que el Ejército ha conquistado en
Loreto desde que estoy al frente de la Quinta Región.
-Ése
es también mi deseo -mira por sobre el hombro del general el agua barrosa del
río, una lancha cargada de plátanos, el cielo azul, el sol ígneo el capitán
Pantoja-. Estoy dispuesto a hacer lo posible.
-Porque
aquí se armaría la de Dios es Cristo, si trasciende la noticia -alza la voz, se
levanta, apoya las manos en el alféizar de la ventana el general Scavino-. Los
estrategas de Lima planean muy tranquilos cochinadas en sus escritorios, porque
el que aguantará la tormenta si la cosa se hace pública es el general Scavino.
-Estoy
de acuerdo con usted, tiene que creerme -suda, ve empaparse los brazos de su
uni-forme, implora el capitán Pantoja-. Yo no hubiera pedido jamás esta misión.
Es algo tan distinto de mi trabajo habitual que ni siquiera sé si seré capaz de
cumplirla.
-Sobre
madera tu padre y tu madre se juntaron para hacerte y sobre madera pujó y se
abrió de piernas para parirte la que te parió -ulula y truena, allá arriba, en
la oscuridad el Hermano Francisco-. La madera sintió su cuerpo, se enrojeció
con su sangre, recibió sus lágrimas, se humedeció con su sudor. La madera es
sagrada, el leño trae salud. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Abran los brazos por mí!
-Por
esa puerta desfilarán decenas de personas, esta oficina se llenará de
protestas, de plie-gos con firmas, de cartas anónimas -se agita, da unos pasos,
regresa, abre y cierra el abanico el padre Beltrán-. Toda la Amazonía pondrá el
grito en el cielo y pensará que el arquitecto del escándalo es el general
Scavino.
-Ya
oigo al demagogo del Sinchi vomitando calumnias contra mí por el micrófono -se
vuelve, se demuda el general Scavino.
-Mis
instrucciones son que el Servicio funcione en el mayor secreto -se atreve a
quitarse el quepí, a pasarse un pañuelo por la frente, a limpiarse los ojos el
capitán Pantoja-. En todo momento tendré muy en cuenta esa disposición, mi
general.
-¿Y
qué diablos podría inventar para aplacar a la gente? -grita, contornea el
escritorio el general Scavino-. ¿Han pensado en Lima el papelito que me tocara
representar?
-Si
usted lo prefiere, puedo pedir hoy mismo mi traslado -palidece el capitán
Pantoja-. Para demostrarle que no tengo ningún interés en el Servicio de
Visitadoras.
-Vaya
eufemismo que se han buscado los genios -taconea de espaldas, mirando el río
que destella, las cabañas, la llanura de árboles el padre Beltrán-.
Visitadoras, visitadoras.
-Nada
de traslados, me mandarían otro intendente en una semana -vuelve a sentarse, a
ven-tilarse, a enjugarse la calva el general Scavino-. De usted depende que
esto no perjudique al Ejército. Tiene sobre los hombros una responsabilidad del
tamaño de un volcán.
-Puede
dormir tranquilo, mi general -endurece el cuerpo, echa atrás los hombros, mira
al frente el capitán Pantoja-. El Ejército es lo que más respeto y quiero en la
vida.
-La
mejor manera que tiene ahora de servirlo, es manteniéndose alejado de él
-suaviza el tono y ensaya una expresión amable el general Scavino-. Mientras
esté al mando de ese Servicio, al menos.
-¿Perdón?
-pestañea el capitán Pantoja-. ¿Cómo dice?
-No
quiero que ponga los pies jamás en la Comandancia ni en los cuarteles de
Iquitos -expone a las aspas zumbantes e invisibles la palma, el dorso de las
manos el general Scavi-no-. Queda exceptuado de asistir a todos los actos
oficiales, desfiles, tedéums. También de llevar uniforme. Vestirá únicamente de
civil.
-¿Debo
venir de paisano incluso a mi trabajo? -sigue pestañeando el capitán Pantoja.
-Su
trabajo va a estar muy lejos de la Comandancia -lo observa con recelo, con
consterna-ción, con piedad el general Scavino-. No sea ingenuo, hombre. ¿Se le
ocurre que le podría abrir una oficina aquí, para el tráfico que va a
organizar? Le he afectado un depósito en las afueras de Iquitos, a orillas del
río. Vaya siempre de paisano. Nadie debe enterarse que ese lugar tiene la menor
vinculación con el Ejército. ¿Comprendido?
-Sí,
mi general -sube y baja la cabeza el boquiabierto capitán Pantoja-. Sólo que,
en fin, no me esperaba una cosa así. Va a ser, no sé, como cambiar de
personalidad.
-Haga
de cuenta que lo han destacado al Servicio de Inteligencia -abandona la
ventana, se le acerca, le concede una sonrisa benevolente el comandante
Beltrán- que su vida depende de su capacidad de pasar desapercibido.
-Trataré
de adaptarme, mi general -balbucea el capitán Pantoja.
-Tampoco
conviene que viva en la Villa Militar, así que búsquese una casita en la ciudad
-desliza el pañuelo por sus cejas, orejas, labios y nariz el general Scavino-.
Y le ruego que no tenga relación con los oficiales.
-¿Quiere
decir relación amistosa, mi general? -se atora el capitán Pantoja.
-No
va a ser amorosa -ríe o ronca o tose el padre Beltrán.
-Ya
sé que es duro, le va a costar -asiente con amabilidad el general Scavino-.
Pero no hay otra fórmula, Pantoja. Su misión lo pondrá en contacto con toda la
ralea de la Amazonía. La única manera de evitar que eso rebote sobre la
institución, es sacrificándose usted mis-mo.
-En
resumidas cuentas, debo ocultar mi condición de oficial -divisa a lo lejos un
niño des-nudo que trepa a un árbol, una garza rosada y coja, un horizonte de
matorrales que llamean el capitán Pantoja-. Vestir como un civil, juntarme con
civiles, trabajar como civil.
-Pero
pensar siempre como militar -da un golpecito en la mesa el general Scavino-. He
de-signado un teniente para que nos sirva de enlace. Se verán una vez por
semana y a través de él me rendirá cuenta de sus actividades.
-No
se preocupe lo mas mínimo: seré una tumba -empuña el vaso de cerveza y dice
salud el teniente Bacacorzo-. Estoy al tanto de todo, mi capitán. ¿Le parece
bien que nos veamos los martes? He pensado que el punto de reunión fueran
siempre barcitos, bulines. Ahora tendrá que frecuentar mucho estos ambientes
¿no?
-Ha
hecho que me sienta un delincuente, una especie de leproso -pasa revista a los
monos, loros y pájaros disecados, a los hombres que beben de pie en el
mostrador el capitán Panto-ja-. ¿Cómo diablos voy a comenzar a trabajar si el
mismo general Scavino me sabotea? Si la propia superioridad empieza por
desanimarme, por pedirme que me disfrace, que no me deje ver.
-Fuiste
a la Comandancia tan contento y otra vez vuelves con cara de lelo -se empina,
le da un beso en la mejilla Pochita-. ¿Qué pasó, Panta? ¿Llegaste tarde y te
resondró el general Scavino?
-Yo
lo ayudaré en lo que pueda, mi capitán -le ofrece rajitas de chonta fritas el
teniente Ba-cacorzo-. No soy un especialista, pero haré lo posible. No se
queje, muchos oficiales darían cualquier cosa por estar en su pellejo. Piense
en la libertad que va a tener; usted mismo de-cidirá sus horarios, su sistema
de trabajo. Aparte de otras cosas ricas, mi capitán.
-¿Vamos
a vivir aquí, en este sitio tan feo? -mira las paredes desconchadas, el
entarimado sucio, las telarañas del techo la señora Leonor-. ¿Por qué no te han
dado una casa en la Vi-lla Militar que es tan bonita? Otra vez tu falta de
carácter, Panta.
-No
crea que me pongo derrotista, Bacacorzo, sólo que ando terriblemente despistado
-prueba, mastica, traga, susurra rico el capitán Pantoja-. Soy un buen
administrador, eso sí. Pero me han sacado de mi elemento y en esto no sé atar
ni desatar.
-¿Ya
echó un vistazo a su centro de operaciones? -llena de nuevo los vasos el
teniente Ba-cacorzo-. El general Scavino ha pasado una circular: ningún oficial
de Iquitos puede acer-carse a ese depósito del río Itaya, so pena de treinta
días de rigor.
-Todavía
no, iré mañana temprano -bebe, se limpia la boca, contiene un eructo el capitán
Pantoja-. Porque, seamos francos, para cumplir esta misión como se pide, habría
que tener experiencia en la materia. Conocer el mundo noctámbulo, haber sido un
poco farrista.
-¿Vas
a ir a la Comandancia así, Panta? -se le aproxima, palpa la camisa sin mangas,
olfatea el pantalón azul, la gorrita jockey Pochita-. ¿Y tu uniforme?
-Desgraciadamente,
no es mi caso -se entristece, esboza un ademán avergonzado el capitán Pantoja-.
No he sido nunca jaranista. Ni siquiera de muchacho.
-¿Que
no podemos juntarnos con las familias de los oficiales? -esgrime el plumero, la
es-coba, un balde, sacude, limpia, barre, se espanta la señora Leonor-. ¿Que
tenemos que vivir como si fuéramos civiles?
-Fíjese
que, de cadete, los días de salida prefería quedarme estudiando en la escuela -recuerda
nostálgico el capitán Pantoja-. Dándole duro a las matemáticas, sobre todo, es
lo que más me gusta. Nunca iba a fiestas.
Aunque
le parezca mentira, solo he aprendido los bailes más fáciles: el bolerito y el
vals.
-¿Que
ni los vecinos deben saber que eres un capitán? -refriega vidrios, baldea
suelos, pinta paredes, se asusta Pochita.
-Así
que lo que me ocurre es tremendo -mira alrededor con aprensión, le habla muy
cerca del oído el capitán Pantoja-. ¿Cómo puede organizar un Servicio de
Visitadoras alguien que no ha tenido contacto con visitadoras en su vida,
Bacacorzo?
-¿Una
misión especial? -encera puertas, empapela armarios, cuelga cuadros Pochita-.
¿Vas a trabajar con el Servicio de Inteligencia? Ah, ya capto tanto misterio,
Panta.
-Me
imagino a esos millares de soldados que esperan, que confían en mí -escruta las
bote-llas, se emociona, sueña el capitán Pantoja-, que cuentan los días y
piensan ya vienen, ya van a llegar, y se me ponen los pelos de punta,
Bacacorzo.
-Qué
secreto militar ni qué ocho cuartos -ordena roperos, cose visillos, desempolva
panta-llas, enchufa lámparas la señora Leonor-. ¿Secretos con tu mamacita?
Cuenta, cuenta.
-Yo
no quiero defraudarlos -se angustia el capitán Pantoja-. ¿Pero por dónde
miéchica voy a empezar?
-Si
no me cuentas, saldrás perdiendo -tiende camas, pone tapetes, barniza muebles,
ordena vasos, platos y cubiertos en el aparador Pochita-. Nunca más
pellizquitos donde te gusta, nunca más mordisquitos en la oreja. Como tú
prefieras, hijito.
-Por
el principio, mi capitán -lo anima con una sonrisa y un brindis el teniente
Bacacorzo-. Si las visitadoras no vienen hacia el capitán Pantoja, el capitán
Pantoja debe ir hacia las visitadoras. Es lo más sencillo, me parece.
-¿De
espía, Panta? -se frota las manos, contempla la habitación, murmura cuánto
hemos mejorado esta pocilga ¿no, señora Leonor? Pochita-. ¿Como en las
películas? Uy, amor, qué emocionante.
-Dése
una vueltecita esta noche por los sitios putañeros de Iquitos -apunta
direcciones en la servilleta el teniente Bacacorzo-. El "Mao Mao", el
"007", "El gato tuerto", "El Sanjuanci-to". Para
familiarizarse con el ambiente. Yo lo acompañaría encantado, pero, ya sabe, las
instrucciones de Scavino son terminantes.
-¿Adónde
tan pije, hijito? -la señora Leonor dice sí, nadie la reconocería, Pochita, nos
me-recemos un premio-. Caramba, como te has puesto, hasta corbata. Te vas a
asar de calor. ¿Una reunión de alto nivel? ¿De noche? Qué chistoso que estés de
agente secreto, Panta.
Si,
shhht, shht, me callo.
-Pregunte
en cualquiera de esos sitios por el Chino Porfirio -dobla y le guarda la
servilleta en el bolsillo el teniente Bacacorzo-. Es un tipo que lo puede
ayudar. Consigue 'lavanderas' a domicilio. ¿Sabe lo que son, no?
-Por
eso Él no murió ahogado, ni quemado, ni ahorcado, ni apedreado ni despellejado
-gime y llora sobre el chisporroteo de antorchas y el rumor de rezos el Hermano
Francisco-. Por eso fue clavado en un leño, por eso prefirió la cruz. Oiga
quien quiera oír, entienda quien quiera entender. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Dense
tres golpes en el pecho por mí!
-Buenas
noches, ejem, hmm, achís -se suena, se sienta en la banqueta, se apoya en la
barra Pantaleón Pantoja-. Sí, una cerveza, por favor. Acabo de llegar a
Iquitos, me estoy ponien-do al día con la ciudad. ¿"Mao Mao" se llama
este local? Ah, por eso las flechitas, los to-tems, ya veo.
-Aquí
la tiene, heladita -sirve, seca el vaso, señala el salón el mozo-. Sí,
"Mao Mao". Casi no hay nadie porque es lunes.
-Me
gustaría averiguar algo, ejem, hmm, hmm -se aclara la garganta Pantaleón
Pantoja-, si fuera posible. Para información, simplemente.
-¿Dónde
se consiguen gilas? -forma una argolla con el pulgar y el índice el mozo-. Aquí
mismo, pero hoy se fueron a ver al Hermano Francisco, el santo de la cruz. Se
vino desde el Brasil a patita, dicen, y también que hace milagros. Pero mire
quién entra. Oye, Porfirio, ven acá. Te presento al señor, está interesado en
informaciones turísticas.
-¿Bulines
y polillas? -le guiña un ojo, le hace una reverencia, le da la mano el Chino
Porfi-rio-. Pol supuesto, señol. Encantado lo pongo al tanto en dos minutos. Le
va a costal una celveciola, ¿balato, veldá?
-Mucho
gusto -le indica que se siente en la banqueta vecina Pantaleón Pantoja-. Sí,
claro, una cerveza. No se vaya a confundir, no tengo un interés personal en
esto, sino más bien técnico.
-¿Técnico?
-hace ascos el mozo-. Espero que no sea usted soplón, señor.
-Bulines,
hay poquitos -muestra tres dedos el Chino Porfirio-. A su salud y buena vida.
Dos decentes y uno bajetón, pa mendigos. Y hay también las polillas que van de
casa en casa, pol su cuenta. Las lavandelas ¿sabía?
-¿Ah,
sí? Qué interesante -lo estimula con sonrisas Pantaleón Pantoja-. Pura
curiosidad, yo no frecuento esos sitios. ¿Usted tiene vinculaciones? Quiero
decir ¿amistades, contactos en esos lugares?
-El
Chino está en su querencia donde hay puterío -se ríe el mozo-. Lo llamaban el
Fu-manchú de Belén, ¿no, compadre? Belén, el barrio de las casas flotantes, la
Venecia de la Amazonía, ¿ya se paseó por ahí?
-Yo
he hecho de todo en la vida y no me pesa, señol -sopla la espuma y bebe un
trago el Chino Porfirio-. No gané plata pelo sí expeliencia. Boletelo de cine,
motolista de lancha, cazadol de sepientes pa la expoltación.
-Y
de todos los empleos te botaron por putañero y pendejo, hermano -le enciende un
ciga-rrillo el mozo-. Cantale al señor lo que te profetizo tu mamacita. Chino
que nace pobletón Muele cafiche o ladrón -canta y se celebra con carcajadas el
Chino Porfirio-. Ay, mi ma-macita linda que está en el santo cielo. Como sólo
se vive una vez, hay que vivila ¿no es así? ¿Nos aventamos la segunda heladita
de la noche, señol?
-Está
bien, pero, ejem, hmm -se ruboriza Pantaleón Pantoja-, se me ocurre algo mejor.
¿Por qué no cambiamos de decorado mi amigo?
-¿El
señor Pantoja? -transpira miel la señora Chuchupe-. Encantadísima y adelante,
ésta es su casa. Aquí tratamos bien a todo el mundo, salvo a los conchudos de
los milicos, que pi-den rebaja. Hola, Chinito bandido.
-El
señol Pantoja viene de Lima y es un amigo -besa mejillas, pellizca traseros el
Chino Porfirio-. Va a ponel un negocito aquí. Ya sabes, sevicio de lujo,
Chuchupe. Este enano se llama Chupito y es la mascota del local, señol.
-Mas
bien di capataz, barman y guardaespaldas, conchetumadre -alcanza botellas,
recoge vasos, cobra cuentas, enciende el tocadiscos, arrea mujeres a la pista
de baile Chupito-. ¿O sea que es la primera vez que viene a Casa Chuchupe? No
será la última, ya verá. Hay pocas chicas porque se han ido a ver al Hermano
Francisco, el que levantó esa gran cruz junto al lago Morona.
-Yo
también estuve ahí, había muchísima gente y los catelistas debían hacel su
agosto -distribuye adioses el Chino Porfirio-. Un discuseadol fantástico, el
Hemano. Se le entendía poco, pelo emocionaba a la gente.
-Todo
lo que clavas en el leño es ofrenda, todo lo que acaba en la madera sube y lo
recibe EL QUE MURIÓ EN LA CRUZ -salmodia el Hermano Francisco-. La mariposa de
colores que alegra la mañana, la rosa que perfuma el aire, el murciélago de
ojitos que fosforecen en la noche y hasta el pique que se incrusta bajo las
uñas. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Planten cruces por mí!
-Qué
cara de hombre serio, aunque no lo será tanto si anda con este Chino -limpia
una mesa con el brazo, ofrece sillas, se azucara Chuchupe-. A ver, Chupito, una
cerveza y tres vasos. La primera rueda invita la casa.
-¿Sabe
qué es una chuchupe? -silba, enseña una puntita de lengua el Chino Porfirio-.
La víbola mas venenosa de la Amazonía. Ya se imagina las cosas que dilá del
génelo humano esta señola pa ganase semejante apodo.
-Calla,
zarrapastroso -le tapa la boca, sirve los vasos, sonríe Chuchupe-. A su salud,
señor Pantoja, bienvenido a Iquitos.
-Una
lengua viperina -enseña los desnudos trenzados de las paredes, el espejo lesionado,
las pantallas coloradas, los flecos danzantes del sillón multicolor el Chino
Porfirio-. Sólo que es buena amiga y esta casa, aunque tiene sus añitos, es la
mejol de Iquitos.
-Échele
una ojeada a lo que queda del material, si no -va señalando Chupito-: zambitas,
blancas, japonesas, hasta una albina. Mucho ojo el de Chuchupe para escoger a
su gente, señor.
-Qué
buena música, a uno le pican los pies -se levanta, coge del brazo a una mujer,
la arrastra a la pista, baila el Chino Porfirio-. Un pemisito, pa sacudil el
esqueleto. Ven acá, potoncita.
-¿Puedo
invitarle a una cerveza, señora Chuchupe? -mima una incómoda sonrisa y susurra
Pantaleón Pantoja-. Me gustaría pedirle algunos datos, si no es molestia.
-Qué
sinvergüenza simpático este Chino, nunca tiene medio pero cómo alegra la noche
-arruga un papel, lo lanza hacia la cabeza de Porfirio, da en el blanco
Chuchupe-. No sé qué le ven, todas se mueren por él.
Mírelo
como se disloca.
-Cosas
relacionadas con su, ejem, hmm, negocio -insiste Pantaleón Pantoja.
-Sí,
encantada -se pone sería, lo autopsia con la mirada Chuchupe-, pero yo no creía
que había venido a hablar de negocios sino a otra cosa, señor Pantoja.
-Me
duele horriblemente la cabeza -se acurruca, se cubre con las sábanas Pantita-.
Tengo descomposición de cuerpo, escalofríos.
-Cómo
no te va a doler, cómo no vas a tener, y además me alegro mucho -taconea
Pochita-. Te acostaste cerca de las cuatro y llegaste cayéndote, idiota.
-Has
vomitado tres veces -trajina entre ollas, lavadores y toallas la señora
Leonor-, has de-jado oliendo todo el cuarto, hijito.
-Tú
me vas a explicar qué significa esto, Panta -se acerca a la cama, echa chispas
por los ojos Pochita.
-Ya
te lo he dicho, amor, es cosa del trabajo -se queja entre almohadas Pantita-.
Sabes de sobra que no tomo, que no me gusta trasnochar. Hacer estas cosas es un
suplicio para mí, chola.
-¿Quiere
decir que vas a seguir haciéndolas? -gesticula, hace pucheros Pochita-.
¿Acostarte al amanecer, emborracharte? Esto si que no, Panta, te juro que eso
sí que no.
-Vamos,
no se peleen -cuida el equilibrio del vaso, de la jarra, de la bandeja la
señora Leo-nor-. Anda, hijito, ponte estos pañitos fríos y tómate este
alka-seltzer. Rápido, con las bur-bujitas.
-Es
mi trabajo, es la misión que me han dado -se desespera, se adelgaza, se pierde
la voz de Pantita-. Si yo odio esto, tienes que creerme. No te puedo decir
nada, no me hagas hablar, sería gravísimo para mi carrera. Ten confianza en mí,
Pocha.
-Has
estado con mujeres -estalla en sollozos Pochita-. Los hombres no se emborrachan
hasta el amanecer sin mujeres. Estoy segura que estuviste, Panta.
-Pocha,
Pochita, se me parte la cabeza, me duele la espalda -sujeta un paño sobre la
frente, manotea bajo la cama, acerca una bacinica, escupe saliva y bilis
Pantita-. No llores, me haces sentirme un criminal y no lo soy, te juro que no
lo soy.
-Cierra
los ojitos, abre la jetita -avanza una taza humeante, frunce la boca la señora
Leonor-. Y ahora este cafecito calientito, hijito.
DOS
SVGPFA
Parte
número uno
ASUNTO
GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines.
ASUNTO
ESPECÍFICO: Acondicionamiento del puesto de mando y evaluación de lugar
aparente para enganche.
CARACTERÍSTICAS:
secreto.
FECHA
Y LUGAR: Iquitos, 12 de agosto de 1956.
El
suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, encargado de organizar y
poner en funcionamiento un Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos
de Frontera y Afines (SVGPFA) en toda la región amazónica, respetuosamente se
presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y
Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1.
Que apenas llegado a Iquitos se apersonó a la Comandancia de la V Región
(Amazonía) para presentar su saludo al general Roger Scavino, comandante en
jefe, quien, luego de recibirlo con amabilidad y cordial simpatía, procedió a
comunicarle algunas providencias tomadas para la más eficaz puesta en marcha de
la misión que le ha sido confiada, a saber: que a fin de cautelar el buen
nombre de la institución, conviene que el suscrito no se aper-sone nunca a la
Comandancia ni a los cuarteles de esta ciudad, ni vista el uniforme, ni se
domicilie en la Villa Militar, ni tenga relaciones con los oficiales de la
plaza, es decir que actúe en todo momento como un civil, ya que las personas y
ambientes que deberá frecuen-tar (la ralea, la sociedad prostibularia) no se
condicen con las previsibles juntas de un ca-pitán de la Fuerza Armada. Que
acata estrictamente estas disposiciones, pese a lo triste que le resulta
ocultar su condición de oficial de nuestro Ejército, de la que se siente
orgulloso, y mantenerse apartado de sus compañeros de armas, a quienes
considera sus hermanos, y pese a la delicada situación familiar que ello le
crea, por cuanto también está obligado a guardar ante su señora madre y su
propia esposa la más absoluta reserva sobre la misión, y por tanto a faltar a
la verdad casi todo el tiempo en aras de la armonía familiar y buen éxito del
trabajo. Que acepta estos sacrificios, consciente de lo impostergable de la
operación que la superioridad le ha encargado y de los intereses de nuestros
soldados que sirven a la Patria en las comarcas más remotas de la selva.
2.
Que ya ha tomado posesión del emplazamiento sito a orillas del río Itaya,
afectado por la Comandancia de la V Región para puesto de mando y centro
logístico (recluta-dor/proveedor) del Servicio de Visitadoras. Que ya se han
colocado a sus órdenes los sol-dados destacados al Servicio, quienes responden
a los nombres de Sinforoso Caiguas y Pa-lomino Rioalto y a quienes, con muy
buen criterio, la superioridad ha elegido por sus dotes de excelente
comportamiento, docilidad y cierta indiferencia ante personas del otro sexo,
pues, caso contrario, el tipo de trabajo que tendrán y la idiosincrasia del
medio que los en-volverá, podrían suscitar en ellos tentaciones y consiguientes
problemas para el Servicio. El suscrito desea hacer constar que el sitio donde
se halla situado el puesto de mando y centro logístico reviste las mejores
condiciones: ante todo, amplitud y vecindad del medio de transporte (río
Itaya); luego, estar protegido de miradas indiscretas, pues la ciudad se halla
bastante lejos y el lugar poblado más próximo, el molino de arroz Garote, se
levanta en la orilla opuesta (no hay puente). De otro lado, goza de buenas
posibilidades topográficas para instalar un pequeño embarcadero, de modo que
todos los envíos y recepciones, cuando el Servicio de Visitadoras haya
establecido su sistema circulatorio, puedan efectuarse bajo la vigilancia
directa del puesto de mando;
3.
Que la primera semana, el suscrito debió concentrar todo su tiempo y esfuerzos
en la limpieza y adecentamiento del local, semicuadrilátero de 1.323 metros
cuadrados (una cuarta parte de cuya superficie se halla techada con calamina),
cercado de tabiques de ma-dera y con dos portones, uno sobre la trocha a
Iquitos y otro sobre el río. La parte con techo es de 327 metros cuadrados y
está pavimentada; consta de dos plantas, siendo la superior sólo un volado de
madera con baranda, al que conduce una escalerita de bombero. El suscrito ha
instalado allí su puesto de mando, oficina particular, caja y archivo. En la
parte inferior -que puede ser observada, en todo momento, desde el puesto de
mando -se han colgado hamacas para Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto, y
erigido un retrete de con-fección rústica (el desagüe es el río). La parte
descubierta es un canchón de tierra, con to-davía algunos árboles;
Que
una semana para el acondicionamiento del lugar podría parecer excesivo,
sintomático de lenidad o pereza, pero lo cierto es que el emplazamiento se
encontraba en condiciones inutilizables, y, con permiso de la expresión,
inmundas, por las razones que se exponen: aprovechando que el Ejército lo tenía
abandonado, este depósito había venido sirviendo para prácticas heterogéneas e
ilegales. Es así que se habían posesionado de él unos segui-dores del Hermano
Francisco, sujeto de origen extranjero, fundador de una nueva religión y
presunto hacedor de milagros, que recorre a pie y en balsa la Amazonía
brasileña, co-lombiana, ecuatoriana y peruana, alzando cruces en las
localidades por donde pasa, y haciéndose crucificar él mismo, para predicar en
esta extravagante postura, sea en portu-gués, español o lenguas de chunchos.
Acostumbra anunciar catástrofes y exhorta a sus de-votos (innúmeros, pese a la
hostilidad que le profesan la Iglesia Católica y las protestantes, debido al
carisma del sujeto, sin duda muy grande, pues su prédica no sólo hace mella en
gente simple e inculta, sino también en personas con educación, como ha
ocurrido por ejemplo y por desgracia con la propia madre del suscrito), a
desprenderse de sus bienes y a construir cruces de madera y hacer ofrendas para
cuando llegue el fin del mundo, lo que asegura será prontísimo. Aquí en
Iquitos, por donde el Hermano Francisco ha pasado estos días, existen numerosas
'arcas' (así se llaman los templos de la secta creada por este indivi-duo en
quien, si la superioridad lo juzga adecuado, el Servicio de Inteligencia
debería quizás interesarse) y un grupo de 'hermanos' y 'hermanas', como se
dicen entre ellos, había convertido este depósito en 'arca'. Tenían instalada
una cruz para sus antihigiénicas y crue-les ceremonias, que consisten en
crucificar toda clase de animales, a fin de que su sangre bañe a los adictos
arrodillados al pie de la cruz. Es así que el suscrito encontró en el local
incontables cadáveres de monos, perros, tigrillos y hasta loros y garzas, lamparones
y man-chas de sangre por doquier y, sin duda, enjambres de gérmenes
infecciosos. Que el día que el suscrito ocupó el local hubo que recurrir a la
fuerza pública para desalojar a los Hermanos del Arca, en el momento que se
disponían a clavar un lagarto, el mismo que fue decomisado y entregado a la
Proveeduría Militar de la V Región; Que, anteriormente, este infortunado local
había sido usado por un brujo o curandero, al que los 'hermanos' expulsaron por
métodos compulsivos, el Maestro Poncio, quien celebraba aquí ceremonias
nocturnas con ese cocimiento de cortezas, la ayahuasca, que, al parecer, cura
enfermedades y provoca alucinaciones, pero también, lamentablemente, trastornos
físicos instantáneos, como abundantes esputos, caudalosos orines y masiva
diarrea, excrecencias que, junto con los posteriores cadáveres de animales
sacrificados y los muchos gallinazos y alimañas que llegaban hasta aquí
imantados por los desperdicios y la carroña, habían convertido este lu-gar en
un verdadero infierno para la vista y el olfato. El suscrito debió procurar a
Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto lampas, rastrillos, escobas, baldes
(véanse recibos 1, 2 y 3) para que, trabajando diligentemente bajo su control,
quemaran las basuras, baldearan suelo y paredes y desinfectaran todo con creso.
Luego ha sido preciso envenenar y taponear las madrigueras y sembrar trampas
para atajar la invasión de roedores, tan abundantes y des-aprensivos que,
aunque parezca exageración, salían y caminaban con parsimonia ante los ojos del
suscrito y hasta tropezaban en sus pies. Se ha procedido al encalado y pintura
de las paredes, lo que reclamaban insistentemente los destrozos, inscripciones,
dibujos des-vergonzados (también escondite de amores culpables debió haber sido
el recinto) y las cru-cesitas de los 'hermanos' que lucían. Asimismo, ha sido
preciso adquirir en el Mercado de Belén, a precios de ocasión, algunos muebles
de escritorio como mesa, silla, tablón y ar-chivador para el puesto de mando
(recibos 4, 5, 6 y 7). En cuanto al solar descubierto, en el que todavía
aparecen muchos objetos abandonados por el Ejército desde la época en que lo
utilizaba como depósito (latas, material motorizado en ruinas) que el Servicio
de Visitado-ras no ha querido destruir en espera de órdenes, ha sido acabado de
desbrozar y debida-mente limpiado (hasta una serpiente muerta se encontró bajo
un matorral), con todo lo cual el suscrito tiene el honor de decir que en siete
días, imponiéndose, eso sí, faenas de diez y hasta doce horas, ha conseguido convertir
el indescriptible muladar que recibió, en un sitio habitable, sencillo pero
ordenado, limpio y hasta grato, tal cual corresponde a toda depen-dencia de
nuestro Ejército, aun clandestina como es el caso de la presente;
4.
Que una vez acondicionado el emplazamiento, el suscrito ha procedido a levantar
diver-sos mapas y organigramas para distinguir con la mayor exactitud el área
que abarcará el SVGPFA, el número potencial de usuarios que tendrá y las rutas
que seguirán sus convo-yes. Que la primera evaluación topográfica sumariza las
siguientes cifras: el Servicio de Visitadoras cubrirá un área aproximada de
400.000 kilómetros cuadrados, que incluye co-mo centros usuarios potenciales a
8 Guarniciones, 26 Puestos y 45 Campamentos, hacia los cuales los medios de
comunicación primordiales, a partir del puesto de mando y centro logístico, son
el aire y la vía fluvial (véase mapa número 1), aunque en algunos casos
ex-cepcionales el transporte podría efectuarse por tierra (cercanías de
Iquitos, Yurimaguas, Contamana y Pucallpa). Que para determinar el número
potencial de usuarios del Servicio de Visitadoras, se permitió enviar (con el
visto bueno del comandante en jefe de la V Re-gión) a todas las Guarniciones,
Puestos de Frontera y Afines, para que lo sometieran a los jefes de compañía o,
en su defecto, de grupo, el siguiente test de su invencion:
1.
¿Cuántos clases y soldados solteros se hallan bajo su mando? Considere, antes
de res-ponder, que, para los fines que le interesan, el test agrupa entre los
casados no sólo a los clases y soldados unidos en matrimonio por la Iglesia o
el Estado, sino también a quienes tienen convivientes (concubinas), e, incluso,
a aquellos que, de manera irregular o esporá-dica, mantienen alguna forma de
cohabitación íntima en las inmediaciones del emplaza-miento en el que sirven.
OBSERVACIÓN:
el test quiere establecer, con la mayor precisión, el número de hombres bajo su
mando que no mantienen ninguna forma, permanente o pasajera, de vida marital.
2.
Una vez averiguado, con la mayor exactitud, el número de solteros a su mando
(en la acepción del test), proceda a restar de ese guarismo a todos los clases
y soldados a quienes, por alguna razón u otra, se podría catalogar como
incapacitados para realizar actividades íntimas de tipo marital normal. Es
decir: invertidos, onanistas inveterados, impotentes y apáticos sexuales.
OBSERVACION:
considerando el natural respeto de cada cual por el qué dirán, los prejui-cios
humanos y el temor lógico a ser objeto de burlas de quien reconociera hallarse
dentro de esta excepción, se alerta al oficial responsable del test sobre lo
arriesgado que sería, para realizar esta eliminación estadística, confiar
únicamente en el testimonio de cada clase o soldado. Se recomienda, por eso,
que para responder a este punto del test el oficial combine los datos del
interrogatorio personal con los testimonios ajenos (confidencias de amigos y
compañeros del sujeto), la propia observación o algún subterfugio inspirado y
audaz;
3.
Hecha esta resta y fijado el número de clases y soldados solteros con capacidad
marital a su mando, proceda, con malicia y discreción, a averiguar entre
quienes componen este gru-po, el número de prestaciones de tipo marital que
cada sujeto calcula o sabe requeriría mensualmente para satisfacer las
necesidades de su virilidad.
OBSERVACION:
el test trata de establecer un cuadro de ambiciones maximalistas y otro
minimalistas, según este ejemplo:
Sujeto
X Ambiciones máximas por mes: 30
Ambiciones
mínimas por mes: 4
4.
Establecido el cuadro precedente, procure determinar entre el mismo grupo de
solteros con capacidad marital a su mando, mediante la misma técnica de sondeos
indirectos, pre-guntas de apariencia casual, etc., cuánto tiempo calcula o sabe
positivamente el sujeto que debe durar en su caso la prestación marital (desde
los preliminares hasta su total conclu-sión), según el mismo esquema
maximalista/minimalista:
Sujeto
X Ambición máxima por prestación: 2 horas
Ambición
mínima por prestación: 10 minutos
OBSERVACIÓN:
Tanto en el acápite 3 como en el 4 del test, saque promedios y envíe esa cifra,
sin individualizar la información. El test quiere establecer la media normal
mensual ambicionada del número de prestaciones necesarias a la virilidad de los
clases y soldados a su mando, así como el tiempo medio normal ambicionado para
cada prestación.
Que
el suscrito quiere dejar constancia del entusiasmo, la celeridad y la eficacia
con que los oficiales de las Guarniciones, Puestos y Campamentos han respondido
al test en cuestión (solo una quincena de Puestos no pudieron ser consultados
por obstáculos en la comu-nicación debidos a los desperfectos del equipo de
transmisiones, mal tiempo, etc.), lo que ha permitido constituir el siguiente
cuadro:
Número
potencial de usuarios del Servicio de Visitadoras: 8.726 (ocho mil setecientos
veintiséis)
Número
de prestaciones mensuales (promedio ambicionado por usuario): 12 (doce)
Tiempo
de prestación individual (promedio ambicionado): 30 minutos.
Lo
que significa que el Servicio de Visitadoras, para cumplir a plenitud su
función, debería estar en condiciones de asegurar a todas las Guarniciones,
Puestos de Frontera y Afines de la V Región (Amazonía) un promedio mensual de
104.712 (ciento cuatro mil setecientas doce) prestaciones, objetivo
evidentemente lejano en las actuales circunstancias. Que el suscrito está
consciente de la obligación de iniciar el Servicio fijándose metas modestas y
alcanzables, teniendo en cuenta la realidad y la filosofía escondida en
refranes como "des-pacio se va lejos" y "no por mucho madrugar
amanece mas temprano";
5.
Que necesita saber si entre los usuarios potenciales del servicio de
Visitadoras deben incluirse a los grados intermedios (suboficiales). El
suscrito solicita una aclaración rápida a este respecto, pues, de ser
afirmativa la respuesta de la superioridad, las estimaciones obte-nidas
variarían considerablemente. Teniendo en cuenta el ya elevado número de
usuarios potenciales y las crecidas ambiciones que manifiestan, el suscrito se
permite sugerir que, por lo menos en la primera etapa de su funcionamiento, el
Servicio de Visitadoras no com-prenda a los grados intermedios.
6.
Que procedió asimismo a establecer los primeros contactos con miras al
enganche. Gra-cias a la cooperación de un individuo que responde al nombre de
Porfirio Wong, alias Chi-no, a quien conoció por obra de la casualidad en el
centro nocturno denominado "Mao Mao"' (calle Pebas 260), hizo una
visita en horas de la noche al lugar de diversión concu-rrido por mujeres de
vida airada que regenta doña Leonor Curinchila, alias Chuchupe, comúnmente
conocido con el nombre de Casa Chuchupe y sito en la carretera al balneario de
Nanay. Siendo la dicha Leonor Curinchila amiga de Porfirio Wong pudo éste
presentarle al suscrito, quien, para el efecto, se hizo pasar por un negociante
(importación/exportación) recién avecindado en Iquitos y en procura de
esparcimiento. La nombrada Leonor Curinchila se mostró cooperativa y el
suscrito consiguió -no teniendo otro remedio para ello que libar muchas copas
de licor (recibo 8)—recoger interesantes datos relacionados con el sistema de
trabajo y costumbres del personal del lugar. Es así que en Casa Chuchupe unas
16 mujeres forman lo que se puede llamar plantel estable, porque hay otras, de
quince a veinte, que trabajan irregularmente, yendo unos días, faltando otros,
por razones que abarcan desde enfermedades venéreas (v.g. gonorrea o chancro)
contraídas en el ejercicio de las prestaciones hasta transitorios
amancebamientos o contratos de temporada (v.g. maderero se hace acompañar en
viaje de una semana al monte), que las alejan momentáneamente del centro de
trabajo. En síntesis, el personal completo, entre estable y flotante, de Casa
Chuchupe son unas treinta meretrices, aunque el plantel efectivo (pero
renovable) de cada noche sea la mitad. El día que el suscrito efectuó la visita
solo registró 8 presentes, pero había un motivo excepcional: la llegada a
Iquitos del ya mentado Hermano Francisco. De las 8, la mayoría deben haber
superado los veinticinco años, aunque este cálculo es incierto, pues en la
Amazonía las mujeres envejecen prematuramente, no siendo raro toparse en la calle
con damitas de apariencia muy seductora, caderas desarrolladas, bustos
turgentes y caminar insinuante, a las que, según los standards costeños, se
atribuirían veinte o veintidós años y resultan de trece o catorce, y, de otro
lado, el suscrito realizaba sus observaciones medio a oscuras, pues Casa
Chuchupe está pobremente iluminada, por falta de recursos técnicos o, tal vez,
por picardía, pues la penumbra es más tentadora que la claridad, y, si se
permite una chanza, por aquello de "en la sombra todos los gatos son
pardos". La mayoría, pues, progresando hacia la treintena, con un buen
lejos promedio casi todas, si se las evalúa con criterio funcional y sin
exquisiteces, es decir, cuerpos atractivos y redondeados, sobre todo en caderas
y senos, miembros que tienden a ser generosos en este rincón de la Patria, y
caras presentables, aunque, en la inmediatez, aquí es dable comprobar más
defectos, no en cuanto a fealdad de nacimiento, sino adquirida por acné,
viruela y caída de dientes, accidente este último algo frecuente en la
Amazonía, por el debilitante clima e insuficiencias dietéticas. Entre las ocho
presentes dominaban las de piel blanca y rasgos indígenas selváticos, luego las
mulatas y finalmente las de tipo oriental. La estatura promedio es más baja que
alta, siendo común denominador personal la vitalidad y alegría característica
de esta tierra. El suscrito vio, durante su permanencia en el local, que cuando
no se hallaban brindando las prestaciones, las meretrices bailaban y cantaban
con entusiasmo y bullicio, sin dar muestra de fatiga o desánimo, prorrumpiendo
a menudo en las bromas y disfuerzos de carácter desvergonzado que es lógico
esperar en este genero de establecimiento. Pero al mismo tiempo, sin espíritu
bochinchero, aunque, a juzgar por anécdotas que escaparon de boca de Leonor
Curinchila y Porfirio Wong, algunas veces se producen accidentes y hechos de
sangre;
Otros,
dice: Que pudo también averiguar, gracias a la mencionada Chuchupe, que las
tarifas por las prestaciones son variables y que sólo 2/3 revierten a quien
presta el servicio, pues el tercio restante es la comisión del local. Que la
diferencia de tarifas tiene que ver con el mayor o menor atractivo físico de la
meretriz, con el tiempo que dura la prestación (el cliente que desea efectuar
varias o dormir junto a quien lo ha atendido desembolsa, na-turalmente, más
dinero que quien se contenta con una prestación expeditiva y fisiológica), y
también y sobre todo con el grado de especialización y tolerancia de la
meretriz. La señora Curinchila explicó al suscrito que, muy al contrario de lo
que éste ingenuamente sospe-chaba, no es una mayoría sino una reducida minoría
de clientes la que se contenta con una prestación simple y normal (tarifa: 50
soles; duración: 15 a 20 minutos), exigiendo los más una serie de variantes,
elaboraciones, añadidos, distorsiones y complicaciones que encajan en lo que se
ha dado en llamar aberraciones sexuales. Que entre la matizada gama de
pres-taciones que se brindan, figuran desde la sencilla masturbación efectuada
por la meretriz (manual: 50 soles; bucal o "corneta": 200), hasta el
acto sodomita (en términos vulgares "polvo angosto" o "con
caquita": 250), el 69 (200 soles), espectáculo sáfico o
"tortillas" (200 soles c/u), o casos más infrecuentes como los de
clientes que exigen dar o recibir azotes, ponerse o ver disfraces y ser adorados,
humillados y hasta defecados, extravagancias cuyas tarifas oscilan entre 300 y
600 soles. Que teniendo en cuenta la ética sexual imperante en el país y el
reducido presupuesto del SVGPFA, el suscrito ha tomado la decisión de limitar
los servicios que exigirá de sus colaboradoras y a los que por tanto podrán
aspirar los usuarios, a la prestación simple y normal, excluyendo todas las
deformaciones enumeradas y parientes en espíritu. Que en función de esta
premisa establecerá el Servicio de Vi-sitadoras el reclutamiento y fijará el
tiempo y la tarifa de las prestaciones. Lo cual no impi-de que, cuando el
Servicio haya llegado a cubrir plenamente la demanda en términos
cuan-titativos, si sus medios financieros se incrementan y los parámetros
morales del país se an-chan, se pueda considerar la conveniencia de introducir
un principio de diversificación cualitativa en las prestaciones para atender
casos, fantasías o necesidades particulares (si la superioridad así lo admite y
autoriza);
Que
no pudo el suscrito establecer, con la precisión que aconsejan el cálculo de
probabili-dades y la estadística de mercado (mercadotécnia), cuál es el
promedio diario de prestacio-nes que tabula o está en condiciones de tabular
una meretriz, para tener una idea tentativa de, primero, sus ingresos
mensuales, y, segundo, de su capacidad operacional, porque, apa-rentemente,
reina en este dominio la más extraordinaria arbitrariedad. Es así que una
mere-triz puede ganar en una semana lo que luego no consigue reunir en dos
meses, dependiendo esto de factores múltiples, entre los que, posiblemente, se
hallen hasta el clima y aun los planetas (influencia astral sobre glándulas y
pulsiones sexuales de los varones) que tampoco importa demasiado determinar.
Que, al menos, el suscrito pudo dejar en claro, mediante bromas y preguntas
capciosas, que las mas agraciadas y eficientes pueden, en una buena noche de
trabajo (sábado o víspera de fiesta), efectuar unas veinte prestaciones sin
quedar excesivamente exhaustas, lo que autoriza la siguiente formulación: un
convoy de diez visi-tadoras, elegidas entre las de mayor rendimiento, estaría
en condiciones de realizar 4.800 prestaciones simples y normales al mes (semana
de seis días) trabajando full time y sin contratiempos. Es decir, que para
cubrir el objetivo máximo ambicionado de 104.712 pres-taciones mensuales haría
falta un cuerpo permanente de 2.115 visitadoras de la máxima categoría que
laboraran a tiempo completo y no tuvieran nunca percances. Posibilidad,
na-turalmente, quimérica a estas alturas;
Otros,
dice: Que aparte de las meretrices que trabajan en establecimientos (además de
Casa Chuchupe hay en la ciudad otros dos del mismo género, aunque, al parecer,
de inferior je-rarquía) existen en Iquitos gran número de mujeres, apodadas
'lavanderas', que ejercen la vida airada de manera ambulante, ofreciendo sus
servicios de casa en casa, de preferencia al oscurecer y al amanecer por ser
horas de débil vigilancia policial, o apostándose en distintos lugares a la
caza de clientes, como la Plaza 28 de Julio y alrededores del Cementerio. Que
por esta razón parece obvio que el SVGPFA no tendrá dificultad alguna en
reclutar personal, pues la mano de obra nativa es sobradamente suficiente para
sus módicas posibi-lidades iniciales. Que tanto el personal femenino de Casa
Chuchupe, como el de los sitios afines y las 'lavanderas' que operan por su
cuenta, tienen protectores masculinos (cafiches o macrós), por lo general
individuos de malos antecedentes y algunos con deudas por saldar con la
justicia, a quienes están obligadas (muchas lo hacen por motu propio) a
entregar parte o la totalidad de sus haberes. Este aspecto del asunto
-existencia del cafichazgo o ma-cronería -deberá ser tenido en cuenta por el
Servicio de Visitadoras a la hora del recluta-miento del personal, pues es
indudable que estos sujetos podrían ser una fuente de proble-mas. Pero el
suscrito sabe bien, desde sus inolvidables tiempos de cadete, que no hay
mi-sión que no ofrezca dificultades y que no hay dificultad que no pueda ser
vencida con energía, voluntad y trabajo;
Que
la regencia y mantenimiento de Casa Chuchupe parecen llevarse a cabo únicamente
gracias al esfuerzo de dos personas, la propietaria, Leonor Curinchila, y,
cumpliendo fun-ciones que van desde cantinero hasta encargado de la limpieza,
un hombrecillo de muy baja estatura, casi enano, edad indefinible y raza
mestiza, Juan Rivera, de apodo Chupito, que bromea familiarmente con el
personal y al que éste obedece con prontitud y respeto y que es, asimismo,
popular entre los clientes. Lo cual hace pensar al suscrito que, según dicho
ejemplo, el Servicio de Visitadoras, siempre y cuando sea debidamente
estructurado, podría funcionar con un mínimo personal administrativo. Que este
reconocimiento de un posible lugar de enganche ha servido al suscrito para
formarse una idea general del medio en el que forzosamente ha de obrar y para
concebir algunos planes inmediatos, que, apenas ulti-mados, someterá a la
superioridad para su aprobación, perfeccionamiento o rechazo;
7.
Que en su afán de adquirir conocimientos científicos más amplios, que le
permitan un dominio mejor de la meta por lograr y de la forma de lograrla, el
suscrito intentó procurar-se, en las bibliotecas y librerías de Iquitos, un
stock de libros, folletos y revistas concer-nientes al tema de las prestaciones
que el SVGPFA debe servir, lamentando tener que co-municar a la superioridad
que sus esfuerzos han sido casi inútiles, porque en las dos biblio-tecas de
Iquitos -la Municipal y la del Colegio de los Padres Agustinos -no encontró
ningún texto, ni general ni particular, específicamente dedicado al asunto que
le interesaba (sexo y afines), pasando más bien unos momentos embarazosos al
indagar a este respecto, pues mereció respuestas cortantes de los empleados, y,
en el San Agustín, un religioso se permitió incluso faltarle llamándolo
inmoral. Tampoco en las tres librerías de la ciudad, la "Lux", la
"Rodríguez" y la "Mesía" (hay una cuarta, de los
Adventistas del Séptimo Día, donde no valía la pena intentar la averiguación)
pudo el suscrito hallar material de calidad; sólo obtuvo, para colmo a precios
subidos (recibos 9 y 10) unos manuales insignificantes y fenicios, que
responden a los títulos Cómo desarrollar el ímpetu viril, Afrodisíacos y otros
secretos del amor, Todo el sexo en veinte lecciones, con los que, modestamente,
ha inaugu-rado la biblioteca del SVGPFA. Que ruega a la superioridad, si lo
tiene a bien, se sirva en-viarle desde Lima una selección de obras
especializadas en todo lo tocante a la actividad sexual, masculina y femenina,
de teoría y de práctica, y en especial documentación sobre asuntos de interés
básico como enfermedades venéreas, profilaxia sexual, perversiones, etcétera,
lo que, sin duda, redundará en beneficio del Servicio de Visitadoras;
8.
Para concluir con una anécdota personal algo risueña, a fin de aligerar la
materia esca-brosa de este parte, el suscrito se permite referir que la visita
a Casa Chuchupe se prolongó hasta casi las cuatro de la madrugada y le provocó
un serio percance gástrico, resultante de las copiosas libaciones que debió
efectuar y a las que está poco acostumbrado, por su nula afición a la bebida y
por prescripción médica (unas hemorroides afortunadamente ya extir-padas). Que
ha debido curarse recurriendo a un facultativo civil, para no valerse de la
Sa-nidad Militar, conforme a las instrucciones recibidas (recibo 11) y que no
pocas dificultades domésticas le deparó recogerse en su hogar a ésas horas y en
estado poco idóneo.
Dios
guarde a Ud.
Firmado:
capitán
EP (Intendencia) PANTALEON PANTOJA
c.c.
al general Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región (Amazonía)
Adjuntos:
11 recibos y un mapa.
Noche
del 16 al 17 de agosto de 1956
Bajo
un sol radiante, la corneta de la diana inaugura la jornada en el cuartel de
Chiclayo: agitación rumorosa en las cuadras, alegres relinchos en los corrales,
humo algodonoso en las chimeneas de la cocina. Todo ha despertado en pocos
segundos y reina por doquier una atmósfera cálida, bienhechora, estimulante, de
disposición alerta y plenitud vital. Pero, mi-nucioso, insobornable, puntual,
el teniente Pantoja cruza el descampado -vivo aún en el paladar y la lengua el
sabor de café con natosa leche de cabra y tostadas con dulce de lúcuma -donde
está ensayando la banda para el desfile de Fiestas Patrias. Alrededor mar-chan,
rectilíneas y animosas, las columnas de una compañía. Pero, rígido, el teniente
Pantoja observa ahora el reparto del desayuno a los soldados: sus labios van
contando sin hacer ruido y, fatídicamente, cuando llega mudo a 120 el cabo del
rancho sirve el chorrito final de café y entrega el pedazo de pan número
cientoveinte y la naranja cientoveinte. Pero ahora el teniente Pantoja vigila, hecho
una estatua, cómo unos soldados descargan del camión los costales de
abastecimientos: sus dedos siguen el ritmo de la descarga como un director de
orquesta los compases de una sinfonía. Tras él, una voz firme, con un fondo
casi perdido de ternura varonil que sólo un oído aguzado como bisturí
detectaría, el coronel Montes afirma paternalmente: "¿Mejor comida que la
chiclayana? Ni la china ni la francesa, señores: ¿qué podrían enfrentar a las
diecisiete variedades del arroz con pato?." Pero ya el teniente Pantoja
está probando cuidadosamente y sin que se altere un músculo de su cara las
ollas de la cocina. El zambo Chanfaina, sargento jefe de cocineros, tiene los
ojos pen-dientes del oficial y el sudor de su frente y el temblor de sus labios
delatan ansiedad y pánico. Pero ya el teniente Pantoja, de la misma manera
meticulosa e inexpresiva, examina las prendas que devuelve la lavandería y que
dos números apilan en bolsas de plástico. Pero ya el teniente Pantoja preside,
en actitud hierática, la distribución de botines a los reclutas recién levados.
Pero ya el teniente Pantoja, con una expresión, ahora sí, animada y casi
amorosa clava banderitas en unos gráficos, rectifica las curvas estadísticas de
un pizarrón, añade una cifra al organigrama de un panel. La banda del cuartel
interpreta con vivacidad una jacarandosa marinera.
Una
húmeda nostalgia ha impregnado el aire, nublado el sol, silenciado las
cornetas, los platillos y el bombo, una sensación de agua que se escurre entre
los dedos, de escupitajo que se traga la arena, de ardientes labios que al
posarse en la mejilla se gangrenan, un sen-timiento de globo reventado, de
película que acaba, una tristeza que de pronto mete gol: he aquí que la corneta
(¿de la diana?, ¿del rancho?, ¿del toque de silencio?) raja otra vez el aire
tibio (¿de la mañana?, ¿de la tarde?, ¿de la noche?). Pero en la oreja derecha
ha surgido ahora un cosquilleo creciente, que rápidamente gana todo el lóbulo y
se contagia al cuello, lo abraza y escala la oreja izquierda: ella también se
ha puesto, íntimamente, a palpitar -moviendo sus invisibles vellos, abriéndose
sedientos sus incontables poros, en busca de, pidiendo que- y a la nostalgia
recalcitrante, a la feroz melancolía ha sucedido ahora una secreta fiebre, una
difusa aprensión, una desconfianza que toma cuerpo piramidal como un merengue,
un corrosivo miedo. Pero el rostro del teniente Pantoja no lo revela:
escudriña, uno por uno, a los soldados que se disponen a entrar ordenadamente
al almacén de prendas. Pero algo provoca una discreta hilaridad en esos
uniformes de parada que observan allá, en lo alto, donde debía encontrarse el
techo del almacén y se encuentra en cambio la Tribuna de Fiestas Patrias ¿Está
presente el coronel Montes? Sí. ¿El Tigre Collazos? Sí. ¿El general Victoria?
Sí. ¿El coronel López López? Sí. Se han puesto a sonreír sin agresividad,
ocul-tando la boca con los guantes de cuero marrón, volviendo un poco la cabeza
al costado ¿secreteándose? Pero el teniente Pantoja sabe de qué, por qué, cómo.
No quiere mirar a los soldados que aguardan el silbato para entrar, recoger las
prendas nuevas y entregar las vie-jas, porque sospecha, sabe o adivina que
cuando mire, compruebe y positivamente sepa, la señora Leonor lo sabrá y
Pochita también lo sabrá. Pero sus ojos cambian súbitamente de parecer y
auscultan la formación: jajá qué risa, ay qué vergüenza. Sí, así ha ocurrido.
Espesa como sangre fluye la angustia bajo su piel mientras observa, presa de
terror frío, es-forzándose por disimular sus sentimientos, como se han ido, se
van redondeando los uni-formes de los reclutas en el pecho, en los hombros, en
las caderas, en los muslos, cómo de las cristinas empiezan a llover cabellos,
cómo se suavizan, endulzan y sonrosan las facciones y cómo las masculinas
miradas se tornan acariciadoras, irónicas, pícaras.
Al
pánico se ha superpuesto una sensación de ridículo sediciosa e hiriente. Toma
la brusca decisión de jugarse el todo por el todo y, abombando ligeramente el
pecho, ordena: "¡Des-abrocharse las camisas, so carajos!" Pero ya van
pasando bajo sus ojos, sueltos los botones, vacíos los ojales, danzantes las
orlas pespuntadas de las camisas, los huidizos pezones erectos de los números,
los balanceantes y alabastrinos, los mórbidos y terrosos pechos que se
columpian al compás de la marcha. Pero ya el teniente Pantoja encabeza la
compañía, la espada en alto, el perfil severo, la frente noble, los ojos
limpios, pateando el asfalto con decisión: un dos, un dos. Nadie sabe que
maldice su suerte. Su dolor es profundo, grande su humillación, infinita su
vergüenza porque tras él, marcando el paso sin marcialidad, blandamente, como
yeguas en el lodo, van los reclutas recién levados que no han sabido siquiera
vendarse los pechos para aplastar las tetas, usar engañadoras camisas, cortarse
los cabellos a los cinco centímetros del reglamento y limarse las uñas. Las
siente marchar tras él y adivina: no intentan mimar expresiones viriles,
exhiben agresivamente su condición mujeril, yerguen el busto, quiebran las
cinturas, tiemblan las nalgas y sacuden las largas cabelleras. (Un escalofrío:
está a punto de hacerse pipí en el calzoncillo, la señora Leonor al planchar el
uniforme lo sabría, Pochita al coser el nuevo galón se reiría). Pero ahora hay
que concentrarse cervalmente en el desfile porque cruzan frente a la Tribuna.
El Tigre Collazos se mantiene serio, el general Victoria disimula un bostezo,
el coronel López López asiente comprensivo y hasta jovial, y el trago no sería
tan amargo si no estuvieran también allí, en un rincón, amonestándolo con
tristeza, furia y decepción, los ojos grises del general Scavino.
Ahora
ya no le importa tanto: el hormigueo de las orejas ha recrudecido violentamente
y él, dispuesto a jugarse el todo por el todo, ordena a la compañía "¡Paso
ligero! ¡Marchen!" y da el ejemplo. Corre a una cadencia rápida y
armoniosa, seguido por las muelles pisadas cálidas e invitadoras, mientras
siente ascender por su cuerpo una tibieza semejante al vaho de una olla de
arroz con pato que sale del fuego. Pero ahora el teniente Pantoja se ha
dete-nido en seco y tras él la turbadora compañía. Con un leve sonrojo en las
mejillas hace un gesto no muy claro, que, sin embargo, todos comprenden. Se ha
desatado un mecanismo, la deseada ceremonia ha comenzado. Desfila frente a él
la primera sección y es enojoso que el alférez Porfirio Wong lleve tan
descachalandrado el uniforme -atina a pensar: "Necesitará reprimenda y
aleccionamiento sobre uso de las prendas"-, pero ya han comenzado los
números, al pasar frente a él -que se mantiene inmóvil e inexpresivo- a
desabotonarse la guerrera con rapidez, a mostrar los fogosos senos, a estirar
la mano para pellizcarle con amor el cuello, los lóbulos, la curva superior y,
luego, adelantando -una tras otra, otro tras uno- la cabeza (él les facilita la
operación inclinándose) a mordisquearle deliciosamente los cantos de las orejas.
Una sensación de placer ávido, de satisfacción animal, de alegría exasperada y
tentacular, borran el miedo, la nostalgia, el ridículo, mientras los reclutas
pellizcan, acarician y mordisquean las orejas del teniente Pantoja. Pero entre
los números, algunos rostros familiares hielan por ráfagas la felicidad con una
espina de inquietud: desancada y grotesca en su uniforme va Leonor Curinchila,
y, enarbolando el estandarte, con brazalete de cabo furriel, viene Chupito, y
ahora, cerrando la última sección -angustia que surte como chorro de petróleo y
baña el cuerpo y el espíritu del teniente Pantoja- un soldado todavía borroso:
pero él sabe -han regresado el miedo irrespirable, el ridículo tormentoso, la
embriagadora melancolía- que bajo las insignias, la cristina, los bolsudos
pantalones y la esmirriada camisa de dril está sollozando la tristísima
Pochita. La corneta desafina groseramente, la señora Leonor le susurra:
"Ya está tu arroz con pato, Pantita."
SVGPFA
Parte
número dos
ASUNTO
GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines.
ASUNTO
ESPECÍFICO: Rectificación de estimaciones, primeros enganches y distintivos del
SVGPFA.
CARACTERÍSTICAS:
secreto.
FECHA
Y LUGAR: Iquitos, 22 de agosto de 1956.
El
suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, oficial responsable del
SVGPFA, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de
Administración, In-tendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1.
Que
en el parte número uno, del 12 de agosto, en el acápite relativo al número de
visitado-ras que requeriría el SVGPFA para cubrir la demanda de 104.712
prestaciones mensuales que arrojó grosso modo la primera estimativa del mercado
(se pide permiso de la superio-ridad para el uso de este nombre técnico), el
suscrito calculó aquél en "un cuerpo perma-nente de 2.115 visitadoras de
la máxima categoría" (veinte prestaciones diarias), trabajando full time y
sin contratiempos. Que esta tabulación adolece de un grave error, del que es
único culpable el suscrito, a causa de una visión masculinizada del trabajo
humano, que, imperdonablemente, le hizo olvidar ciertos condicionamientos
privativos del sexo femeni-no, los mismos que, en este caso, infligen a esa
contabilidad una nítida corrección, por desgracia en sentido desfavorable para
el SVGPFA. Es así que el suscrito olvidó deducir, en el número de días de
trabajo de las visitadoras, los cinco o seis de sangre que evacuan mensualmente
las mujeres (días de regla o período) y en los que, tanto por ser costumbre
extendida en los varones no tener relación carnal con la hembra mientras
menstrúa como por hallarse sólidamente afincado en esta región de la Patria el
mito, tabú o aberración científica de que mantener contactos íntimos con mujer
sangrante produce impotencia, se las puede considerar inhabilitadas para
conceder la prestación. Lo cual, claro esta, trauma-tiza la anterior
estimativa. Que tomando en consideración este factor y señalando, de ma-nera
laxa, un promedio mensual de 22 días hábiles por visitadora (excluidos los
cinco de menstruación y sólo tres domingos, pues no es desatinado suponer que
un domingo de cada mes coincida con la sangre cíclica) el SVGPFA requeriría un
plantel de 2.271 visitadoras del máximo nivel, operando a tiempo completo y sin
percances, es decir 156 más de lo que equivocadamente había calculado el parte
anterior;
2.
Que
ha procedido a reclutar sus primeros colaboradores civiles en las personas, ya
mencio-nadas en el parte número uno, de Porfirio Wong, (a) Chino, Leonor
Curinchila, (a) Chu-chupe y Juan Rivera, (a) Chupito. Que el primero de los
mentados percibirá un haber básico de 2.000 (dos mil) soles mensuales y una
bonificación de 300 (trescientos) soles por misión en el campo y cumplirá las
funciones de enganchador, para lo cual lo sindican sus muchas relaciones en el
medio de mujeres de vida disipada, tanto de establecimiento como 'lavanderas',
y jefe de convoy encargado de la protección y control de los envíos de
visita-doras a los centros usuarios. Que la contratación de Leonor Curinchila y
su conviviente (ésta es la relación que la une a Chupito) resulto más fácil de
lo que el suscrito suponía cuando les propuso una colaboración con el Servicio
de Visitadoras en los momentos que les dejara libres su negocio. Es así que,
habiéndose creado una cordial atmósfera de confi-dencias en la segunda visita
efectuada por el suscrito a Casa Chuchupe, reveló a éste la di-cha Leonor
Curinchila que estaba a punto de quebrar y que venía considerando hacía algún
tiempo el traspaso de su establecimiento. No por falta de clientela, pues los
concurrentes al local aumentan a diario, sino debido a obligaciones onerosas de
variada índole que debe distraer el negocio a favor de las Fuerzas Policiales y
Auxiliares. Es así, por ejemplo, que para la renovación anual del permiso de
funcionamiento que recaba en la Comandancia de la Guardia Civil, Leonor
Curinchila debe desembolsar, aparte de los derechos legales, gruesas sumas en
calidad de obsequio a los jefes de la sección Lenocinios y Bares para
po-sibilitar el trámite. Fuera de ello, los miembros de la Policía de
Investigaciones (PIP) de la ciudad, que son más de treinta, y un buen número de
oficiales de la G. C., han contraído la costumbre de requerir gratuitamente los
servicios de Casa Chuchupe, tanto en lo que se refiere a bebidas alcohólicas
como a prestaciones, bajo amenaza de sentar parte acusando al local de
escándalo público, que es motivo de cierre inmediato. Que fuera de esta sangría
económica pertinaz, Leonor Curinchila ha tenido que resignarse a que le
subieran de manera geométrica el alquiler del local (cuyo propietario es nada
menos que el Prefecto del De-partamento), so pena de expulsión. Y, finalmente,
que Leonor Curinchila se hallaba ya fa-tigada por la intensa dedicación y el
ritmo febril y desordenado que exige su trabajo -malas noches, atmósfera
viciada, amenaza de riñas, estafas y chantajes, falta de vacaciones y de
descanso dominical-, sin que esos sacrificios redundaran en ganancias
apreciables. Por todo lo cual aceptó gustosa la oferta de colaborar con el
Servicio de Visitadoras tomando ella misma la iniciativa de proponer no un
trabajo eventual sino exclusivo y permanente, y de-mostrando mucho interés y
entusiasmo al ser informada de la naturaleza del SVGPFA. Que Leonor Curinchila,
quien ha llegado ya a un acuerdo con Humberto Sipa, (a) Moquitos, dueño de una
casa de diversión en el distrito de Punchana, para traspasarle Casa Chuchupe,
laborará en el Servicio de Visitadoras en las siguientes condiciones: 4.000
(cuatro mil) soles mensuales de sueldo, mas 300 (trescientos) soles de
bonificación por trabajo en el campo y derecho a cobrar un porcentaje no mayor
del 3%, sólo durante un año, sobre los haberes de las visitadoras contratadas
por su intermedio. Sus funciones serán las de jefe de personal del SVGPFA,
encargándose del reclutamiento, fijación de horarios, turnos y elenco de los
convoyes, control de operaciones y vigilancia general del elemento femenino.
Que Chupito percibirá un salario básico de 2.000 (dos mil) soles, más 300
(trescientos) soles por misión en el campo, y será responsable de mantenimiento
del centro logístico (con dos adjuntos: Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto) y
jefe de convoy. Que estos tres colaboradores se han incorporado al SVGPFA el
lunes 20 de agosto a las 8 horas a.m.;
3.
Que
deseoso de dar una fisonomía propia y distinta al SVGPFA y dotarlo de signos
repre-sentativos que, sin delatar sus actividades al exterior, permitan al
menos a quienes lo sirven reconocerse entre sí, y a quienes servirá identificar
a sus miembros, locales, vehículos y pertenencias, el suscrito ha procedido a
designar el verde y el rojo como los colores em-blemáticos del Servicio de
Visitadoras, por el siguiente simbolismo:
a.
verde por la exuberante y bella naturaleza de la región Amazónica donde el
Servicio va a fraguar su destino y
b.
rojo por el ardor viril de nuestros clases y soldados que el Servicio
contribuirá a aplacar.
Que
ha dado ya instrucciones para que tanto el puesto de mando como los equipos de
transporte del Servicio de Visitadoras luzcan los colores emblemáticos y que ha
mandado hacer, por la suma de 185 soles (recibo adjunto), en la hojalatería
"El Paraíso de la Lata", dos docenas de pequeñas escarapelas
rojiverdes (sin ninguna inscripción, por supuesto), susceptibles de ser
llevadas en el ojal por los varones y prendidas en la blusa o el vestido por
las visitadoras, insignias que, sin romper las normas de discreción exigidas al
SVGPFA, harán las veces de uniforme y carta credencial de quienes tienen y
tendrán el honor de integrar este Servicio.
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
capitán
EP (Intendencia) PANTALEON PANTOJA
c.c.
al general Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región (Amazonía)
Adjunto:
un recibo.
TRES
Iquitos,
26 de agosto de 1956.
Querida
Chichi:
Perdona
que no te haya escrito tanto tiempo, estarás rajando de tu hermanita que tanto
te quiere y diciendo furiosa por qué la tonta de Pocha no me cuenta cómo le ha
ido allá, cómo es la Amazonía. Pero, la verdad, Chichita, aunque desde que
llegué he pensado mucho en ti y te he extrañado horrores, no he tenido tiempo
para escribirte y tampoco ganas (¿no te enojes, ya?), ahora te cuento por qué.
Resulta que Iquitos no la ha tratado muy bien a tu hermanita, Chichi. No estoy
muy contenta con el cambio, las cosas aquí van saliendo mal y raras. No te
quiero decir que esta ciudad sea más fea que Chiclayo, no, al contrario. Aunque
Chichita, es alegre y simpática y lo más lindo de todo, claro, la selva y el
gran río Amazonas, que una siempre ha oído es enorme como mar, no se ve la otra
orilla y mil cosas más, pero en realidad no te lo imaginas hasta que lo ves de
cerca: lindísimo. Te digo que hemos hecho varios paseos en deslizador (así
llaman acá a las lanchitas), un domingo hasta Tamshiyaco, un pueblito río arriba,
otro a uno de nombre graciosísimo, San Juan de Munich y otro hasta Indiana, un
pueblito río abajo que lo han hecho prácticamente todo unos Padres y Madres
canadienses, formidable ¿no te parece?, que se vengan desde tan lejos a este
calor y soledad para civilizar a los chunchos de la selva. Fuimos con mi
suegra, pero nunca más la llevaremos en deslizador, porque las tres veces se
pasó el viaje muerta de miedo, prendida de Panta, lloriqueando que nos íbamos a
volcar, ustedes se salvarán nadando pero yo me hundiré y me comerán las pirañas
(que ojalá fuera verdad, Chichita, pero las pobres pirañitas se envenenarían).
Y después, a la venida, quejándose de las pica-duras porque, te digo, Chichita,
una de las cosas terribles aquí son los zancudos y los izan-gos (zancudos de
tierra, se esconden en el pasto), la tienen a una todo el día pura roncha,
echándose repelentes y rascándose. Ya ves, hija, los inconvenientes de tener la
piel fina y la sangre azul, que a los bichitos les provoca picarte (jajá).
Lo
cierto es que si a mí la venida a Iquitos no me ha resultado buena, para mi
suegra ha sido fatal. Porque allá en Chiclayo ella estaba feliz, tú sabes cómo
es de amiguera, haciendo vida social con los vejestorios de la Villa Militar,
jugando canasta todas las tardes, llorando como una Magdalena con sus
radioteatros y dando sus tecitos, pero lo que es aquí, eso que le gusta tanto a
ella, eso que la hacíamos renegar diciéndole "su vida de conventillo"
(uy, Chichi, me acuerdo de Chiclayo y me muero de pena) aquí no lo va a tener,
así que le ha dado por consolarse con la religión, o mejor dicho con la
brujería, como lo oyes. Porque, cáete muerta, ése fue el primer baldazo de agua
fría que recibí: no vamos a vivir en la Villa Militar ni a poder juntarnos con las
familias de los oficiales. Ni más ni menos. Y eso es terrible para la señora
Leonor, que traía grandes ilusiones de hacerse amiga inseparable de la esposa
del comandante de la V Región y darse pisto como se daba allá en Chiclayo por
ser íntima de la esposa del coronel Montes, que sólo les faltaba meterse juntas
en la cama a las dos viejas (para chismear y rajar bajo las sabanas, no seas
mal pensada). Oye, ¿te acuerdas del chiste ése? Pepito le dice a Carlitos,
¿quieres que mi abuelita haga como el lobo?, sí quiero, ¿cuánto tiempo que no
haces cositas con el abuelo, abuelita? Uuuuuuuuu! Lo cierto es que con esa
orden nos han requetefregado, Chichi, porque las únicas casitas modernas y
cómodas que hay en Iquitos son las de la Villa Militar, o las de la Naval, o
las del Grupo Aeronáutico. Las de la ciudad son viejísimas, feísimas,
incomodísimas. Hemos tomado una en la calle Sargento Lores, de esas que
construyeron a principios de siglo, cuando lo del caucho, que son las más
pintorescas, con sus fachadas de azulejos de Portugal y sus balcones de madera;
es grande y desde una ventana se ve el río, pero, eso sí, no se compara ni a la
más pobre de la Villa Militar. Lo que más cólera me da es que ni siquiera
podemos bañarnos en la piscina de la Villa, ni en la de los marinos ni en la de
los aviadores, y en Iquitos sólo hay una piscina, horrible, la Municipal, donde
va cuanto Dios existe: fui una vez y había como mil personas, qué asco,
montones de tipos esperaban con caras de tigres que las mujeres se metieran al
agua para, con el pretexto del amontonamiento, ya te imaginas. Nunca más,
Chichi, preferible la ducha. Qué furia cuando pienso que la mujer de cualquier
tenientito puede estar en estos momentos en la piscina de la Villa Militar,
aso-leándose, oyendo su radio y remojándose, y yo aquí pegada al ventilador
para no asarme: te juro que al general Scavino le cortaría lo que ya sabes
(jaja). Porque, además, resulta que ni siquiera puedo hacer las compras de la
casa en el Bazar del Ejército, donde todo cuesta la mitad, sino en las tiendas
de la calle, como cualquiera. Ni eso nos dejan, tenemos que vivir igual que si
Panta fuera civil. Le han dado dos mil soles más de sueldo, como bonificación,
pero eso no compensa nada, Chichi, así que ya ves, en lo que se refiere a platita
la Pochita está jodidita (me salió en verso, menos mal que no he perdido el
humor, ¿no?).
Figúrate
que a Panta me lo tienen vestido día y noche de civil, con los uniformes
apolillán-dose en un baúl, no podrá ponérselos nunca, a él que le gustan tanto.
Y a todo el mundo tenemos que hacerle creer que Panta es un comerciante que ha
venido a hacer negocios a Iquitos. Lo gracioso es que a mi suegra y a mí se nos
arman unos enredos terribles con los vecinos, a veces les inventamos una cosa y
a veces otra, y de repente se nos escapan re-cuerdos militares de Chiclayo que
los deben dejar muy intrigados, y ya tendremos en todo el barrio fama de una
familia rara y medio sospechosa. Te estoy viendo dar saltos en tu cama diciendo
que le pasa a esta idiota que no me cuenta de una vez por qué tanto misterio.
Pero resulta, Chichi. Que no te puedo decir nada, es secreto militar, y tan
secreto que si se supiera que Panta ha contado algo lo juzgarían por traición a
la Patria. Imagínate, Chichita, que le han dado una misión importantísima en el
Servicio de Inteligencia, un trabajo muy peligroso y por eso nadie debe saber
que es capitán. Uy, que bruta, ya te conté el secreto y ahora me da flojera
romper la carta y empezarla de nuevo. Júrame Chichita que no vas a decirle una
palabra a nadie, porque te mato, y, además, no querrás que a tu cuñadito lo
metan al calabozo o lo fusilen por tu culpa, ¿no?. Así que muda y sin correr a
contarles el cuento a las chismosas de tus amigas Santana. ¿No es cómico que
Panta esté convertido en un agente secreto? Te digo que doña Leonor y yo nos
morimos de curiosidad por saber qué es lo que espía aquí en Iquitos, nos lo
comemos a preguntas y tratamos de sonsacarle, pero tú ya lo conoces, no suelta
sílaba aunque lo maten. Eso está por verse, tu hermanita también es terca como
una mula así que veremos quién gana. Sólo te advierto que cuando averigüe en
qué anda metido Panta no pienso chismearte aunque te hagas pipí de curiosidad.
Ahora,
será muy emocionante que el Ejército le haya dado esa misión en el Servicio de
In-teligencia, Chichita, y eso quizá lo ayude mucho en su carrera, pero lo que
es yo, te digo, no estoy nada contenta con el asunto. En primer lugar porque
casi no lo veo. Tú lo sabes lo cumplidor y maniático que es Panta con su
trabajo, se toma todo lo que le mandan tan a pecho que no duerme ni come ni
vive hasta que lo termina, pero en Chiclayo al menos tenía sus guardias con
horario fijo y yo sabía sus entradas y salidas. Pero aquí se pasa la vida
afuera, nunca se sabe a qué hora vuelve y, cáete muerta, ni en qué estado. Te
digo que no me acostumbro a verlo de civil, con guayaberas y blue jeans y la
gorrita jockey que le ha dado por ponerse, me parece haber cambiado de marido y
no sólo por eso (uy, qué ver-güenza, Chichi, eso sí que no me atrevo a
contártelo). Si sólo fuera durante el día yo feliz de que trabaje. Pero tiene
que salir también de noche, a veces hasta tardísimo, y se me ha presentado tres
veces cayéndose de borracho, había que ayudarlo a desvestirse y al día
si-guiente su mamacita tenía que ponerle pañitos en la frente y hacerle mates.
Sí, Chichi, te estoy viendo la cara de asombro, aunque no te lo creas, Panta el
abstemio, el que sólo to-maba Pasteurina desde que tuvo hemorroides: cayéndose
de borracho y con la lengua enre-vesada. Ahora me da risa porque me acuerdo lo
chistoso que era verlo irse de bruces contra las cosas y oírlo quejarse, pero
en el momento pasé unos colerones que tenía ganas de cor-tarle a él también lo
que ya sabes (contra, me fregaría yo solita, jajá). Él me jura y requete-jura
que tiene que salir de noche por su misión, que debe buscar a unos tipos que
sólo viven en los bares, que hacen ahí sus citas para despistar y a lo mejor es
verdad (así se ve en las películas de espionaje, ¿no es cierto?), pero oye, ¿tú
te quedarías tan tranquila si tu marido se pasara la noche en los bares? No,
pues, hijita, ni que yo fuera boba para creer que en los bares sólo ve a
hombres. Ahí tiene que haber mujeres que se le acercan y le meten conversación
y Dios sabe qué más. Le he hecho unos escándalos terribles y me ha prome-tido
no salir más de noche salvo cuando sea de vida o muerte. Le he rebuscado con
lupa todos sus bolsillos y camisas y ropa interior, porque te digo que si le
encuentro la menor prueba de que ha estado con mujeres pobre Panta. Menos mal
que en esto su mamacita me ayuda, está aterrada con las salidas nocturnas y las
tranquitas de su hijito, al que siempre había creído un santito de sacristía y
resulta que ahora ya no lo es tanto (uy, Chichi, te mueres si te cuento).
Y,
además, por la bendita misión tiene que juntarse con una gente que pone los
pelos de punta. Fíjate que la otra tarde había ido a la vermouth con una vecina
de la que me he hecho amiga, Alicia, casada con un muchacho del Banco
Amazónico, una loretana muy simpática que nos ayudó mucho con la instalación.
Fuimos al cine Excelsior, a ver una de Rock Hudson (agárrame que me desmayo), y
a la salida estábamos dando una vueltita to-mando fresco, cuando al pasar por
un bar que se llama "Camu Camu" lo veo a Panta, en una mesa del
rinconcito, ¡con qué pareja! Un ataque, Chichi, la mujer una perica tan llena
de pintura que no le cabía una gota más ni en las orejas, con unas teteras y un
pompis que rebalsaban del asiento, y el tipo un hombrecito a medias, tan retaco
que los pies no llegaban al suelo, y encima con unos aires de castigador
increíbles. Y Panta entre los dos, con-versando lo más animado, como si fueran
amigos de toda la vida. Le dije a Alicia mira, mi marido, y entonces ella me
agarró del brazo, nerviosísima, ven, Pocha, vámonos, no te puedes acercar.
Total que nos fuimos. ¿Quiénes crees que eran ese par? La perica es la mu-jer
de más mala fama de todo Iquitos, el enemigo número uno de los hogares, le
dicen Chuchupe y tiene una casa de pes en la carretera a Nanay, y el enanito su
amante, para par-tirse de risa imaginársela haciendo cositas con el mamarracho
ese, vaya depravada y él peor. ¿Qué te parece? Después se lo dije a Panta a ver
qué cara ponía y, por supuesto, se comió un pavo tan terrible que comenzó a
tartamudear. Pero no se atrevió a negármelo, reconoció que ese dúo son gente de
mal vivir. Que tenía que buscarlos por su trabajo, que nunca que lo viera con
ellos me le fuera a acercar ni menos su madre. Yo le dije allá tú con quién te
juntas pero si alguna vez sé que te has ido a meter a la casa de la perica en
Nanay tu matrimonio peligra, Panta. No, pues, hijita, figúrate la fama que
vamos a hacernos aquí si Panta empieza a lucirse por las calles con esa gente.
Otra
de sus juntas es un chino, yo que creía que todos los chinos eran finitos, éste
es Fran-kenstein. Aunque a Alicia le parece pintón, las loretanas tienen el
gusto atravesado, herma-na. Lo pesqué con él un día que fui a visitar el
Acuario Moronacocha, a ver los peces or-namentales (lindos, te digo, pero se me
ocurrió tocar una anguila y me soltó una descarga eléctrica con la cola que
casi me tira al suelo), y la señora Leonor también lo ha pescado en una
cantinita con el chino, y Alicia los chapó paseándose por la Plaza de Armas y
por ella me enteré que el chino tiene fama de gran forajido. Que explota
mujeres, que es un vividor y un vago: figúrate las amistades de tu cuñadito. Se
lo he sacado en cara y la señora Leonor más que yo, porque a ella la enferman
más que a mí las malas juntas de su hijito, sobre todo ahora que cree que se
nos viene encima el fin del mundo. Panta le ha prometido que no se lucirá en
las calles ni con la perica ni con el enano ni con el chino, pero tendrá que
seguir viéndolos a escondidas porque resulta que es parte de su trabajo. Yo no
sé dónde va a ir a parar con esa misión y con esa clase de relaciones.
Chichita, comprenderás que me tiene con los nervios alterados, saltoncísima.
Aunque
en realidad no debería estarlo, quiero decir por el lado de los cuernos y la
infideli-dad, porque, ¿te cuento, hermana?, no te imaginas cómo ha cambiado
Panta en lo que se refiere a esas cosas, las íntimas. ¿Te acuerdas cómo ha sido
él siempre tan formalito desde que nos casamos que tú te burlabas tanto y me
decías estoy segura que con Pantita tú ayu-nas, Pocha? Pues ya no te podrás
burlar nunca más de tu cuñadito en ese aspecto, mal-hablada, porque desde que
pisó Iquitos se volvió una fiera. Algo terrible, Chichi, a veces me asusto y
pienso si no será una enfermedad, porque figúrate que antes, te he contado, le
provocaba hacer cositas una vez cada diez o quince días (qué vergüenza hablarte
de esto, Chichi), y ahora al bandido le provoca cada dos, cada tres días y
tengo que estarle frenando los ímpetus, porque tampoco es plan, pues ¿no?, con
este calor y esta humedad tan pegajo-sa. Además, se me ocurre que le podría
hacer mal, parece que afecta al cerebro, ¿no decía todo el mundo que el marido
de la Pulpito Carrasco se volvió locumbeta de tanto hacer co-sitas con ella?
Panta dice que es culpa del clima, un general ya lo previno allá en Lima que la
selva vuelve a los hombres unos fosforitos. Te digo que me da risa ver a tu
cuñadito tan fogoso, a veces se le antoja hacer cositas de día, después del
almuerzo, con el pretexto de la siesta, pero claro que no lo dejo, y a veces me
despierta de madrugada con la locura esa. Imagínate que la otra noche lo chapé
tomando tiempo con un cronómetro mientras hacía-mos cositas, se lo dije y se
confundió muchísimo. Después me confesó que necesitaba saber cuanto duraban las
cositas entre una pareja normal: ¿se estará volviendo vicioso? Quien le va a
creer que para su trabajo necesita averiguar esas porquerías. Le digo no te
reconozco, Panta, tú eras tan educadito, me da la impresión de estarte metiendo
cuernos con otro Panta En fin, hija, basta de hablar de cochinadas que tú eres
virgencita y te juro que me peleo contigo para siempre si se te ocurre comentar
esto con alguien y sobre todo con las Santana, esas locas.
Por
partes claro que me tranquiliza que Panta se haya vuelto tan cargoso en lo de
las cositas, quiere decir que su mujer le gusta (ejem, ejem) y que no necesita
buscar aventuras en la calle. Aunque hasta por ahí nomás, Chichi, porque aquí
en Iquitos las mujeres son cosa muy, muy seria. ¿Sabes cuál es el gran pretexto
que se ha inventado tu cuñadito para hacer cositas cuando se le antoja?
¡Pantita Junior! Sí, Chichi, como lo oyes, por fin se animó a que tengamos el
bebé. Me había prometido apenas estrene el tercer galón y está cumpliendo, pero
ahora, con el cambio de temperamento, ya no sé si es por darme gusto a mí o de
puro sabido, para estar haciendo cositas mañana y tarde. Te digo que es para
morirse de risa, entra de la calle un ratoncito eléctrico, y me da vueltas y
más vueltas hasta que se atreve, ¿esta noche podemos encargar al cadetito,
Pocha?, jajá, ¿no es lindo?, lo adoro, Chichi (oye, no se cómo te cuento estas
cochinadas a ti que eres soltera). Hasta ahora ni chus ni mus, flaca, a pesar
de tanto encargo, ayer mismo me vino la regla normal, qué colerón, yo decía
este mes sí. ¿Vendrás a cuidar a tu hermanita cuando esté barrigona, Chichi?
Uy, que sea mañana, que ya hayas venido, qué ganas de tenerte aquí para
chismear a gusto. Eso sí, te llevarás una prendida con los loretanos, para
encontrar un churro hay que buscarlo como aguja, ya le iré echando el ojo a
alguno que valga la pena para que no te aburras mucho cuando vengas. (¿Te fijas
que esta carta me está saliendo kilométrica? Tienes que contestarme con
igualito de páginas, ¿okey?) ¿No será que no puedo tener bebes, Chichi? Me da
un terror que todos los días le pido a Dios cualquier castigo menos ese, me
moriría de pena si no tuviera al menos el hombrecito y la mujercita. El médico
dice que soy perfectamente normal, así que espero que el otro mes ya ¿Sabías
que cada vez que el hom-bre hace cositas le salen MILLONES de espermatozoides y
que sólo uno entra en el óvulo de la mujer y ahí se forma el bebito? Estuve
leyendo un folleto que me dió el doctor, muy bien explicado, te quedas bizca
con el milagro de la vida. Si quieres te lo mando, así te vas instruyendo para
cuando sientes cabeza, te cases, pierdas la virginidad y sepas lo que es manjar
blanco, flaca bandida. Espero no ponerme muy fea, Chichi, algunas se quedan
ho-rribles con el embarazo, se hinchan como sapos, les salen varices, uy qué
asco. Ya no le voy a gustar a tu cuñadito el fogoso y a lo mejor se busca un
entretenimiento en la calle, te digo que no sé qué le hago. Me imagino que con
el calor y la humedad de aquí el embarazo debe ser atroz, sobre todo no
viviendo en la Villa Militar, sino donde nosotros, los suertudos. Te digo que
ésa es otra preocupación que me saca canas: yo feliz de tener el bebé, pero, ¿y
si con el pretexto de que me puse gorda el desgraciado de Panta se enreda con
alguna loretana, sobre todo ahora que le ha dado la ventolera de hacer cositas
hasta de dormido? Me muero de hambre, Chichi, hace horas que te escribo, ya
doña Leonor está sirviendo el almuerzo, te imaginarás cómo estará de contenta
mi suegra con la idea del nieto, voy, almuerzo y después sigo, así que no te
suicides, todavía no me despido, chaucito hermana.
Ya
volví, Chichi, me demoré horrores, son cerca de Las dos, tuve que dormir una
siesta porque comí como una boa. Fíjate que Alicia nos trajo de regalo una
fuente de tacacho, un plato, típico de aquí, qué amable, ¿no?, menos mal que me
he encontrado una amiga en Iquitos. Había oído hablar tanto del famoso tacacho,
es plátano verde machacado con carne de chancho, que había que ir a comerlo al
Mercado de Belén, al restaurante "La lámpara de Aladino Panduro",
donde hay un gran cocinero, así que lo estuve cargoseando a Panta has-ta que el
otro día nos llevó. Tempranito, el Mercado funciona desde el amanecer y lo
cierran pronto. Belén es lo más pintoresco de aquí, ya verás, un barrio entero
de casitas de madera flotando sobre el río, la gente va en botecitos de un lado
a otro, de lo más original te digo, la llaman la Venecia de la Amazonía, aunque
se ve una pobreza tremenda. El Mercado está muy bien para ir a conocerlo y a
comprar frutas, pescados o los collares y pulseras que hacen en las tribus, muy
bonitos, pero no para ir a comer, Chichi. Casi nos morimos cuando entramos
donde Aladino Panduro, no te puedes imaginar la suciedad y las nubes de los
bichos. Los platos que nos trajeron estaban negros y eran las moscas, las
espantabas y ahí mismo volvían y se te metían por los ojos y por la boca.
Total, ni yo ni doña Leonor probamos bocado, estábamos con náuseas, el bárbaro
de Panta se comió los tres platos y también la cecina que el señor Aladino
insistió había que comer con el tacacho. Le conté a Alicia nuestro chasco y
ella me dijo un día de éstos te hago yo tacacho para que veas lo que es bueno y
esta mañana nos trajo una fuente. Riquísimo, hermana, se parece a los chifles
del Norte, aunque no tanto, el plátano tiene aquí otro gusto. Sólo que es un
plomo de pesado, tuve que echarme a hacer la digestión, y mi suegra está
torcida del dolor de estómago y con cólico de gases, verde de vergüenza porque
no puede aguantarse y se le salen los peditos delante de mí, de repente de ésta
revienta y se va al cielo de una vez. No, qué mala soy, pobre señora Leonor, en
el fondo es buena, lo único que me fastidia es que trate a su hijito como si
todavía fuera un bebé y un santito, qué vieja cojuda ¿no?
¿Te
conté que la pobre se ha buscado el entretenimiento de la superstición? Me
tiene la casa hecha un muladar. Figúrate que a los pocos días de estar nosotros
aquí, hubo gran alboroto en Iquitos con la llegada del Hermano Francisco, a lo
mejor has oído hablar de él, yo no había hasta que vine aquí. En la Amazonía es
más famoso que Marlon Brando, ha fundado una religión que se llama los Hermanos
del Arca, va por todas partes a patita y donde llega coloca una enorme cruz e
inaugura arcas, que son sus iglesias. Tiene muchos devotos, sobre todo en el
pueblo, y parece que los curas andan furias con la competencia que les hace,
pero hasta ahora no dicen ni pío. Bueno, mi suegra y yo fuimos a oírlo en
Moronacocha. Había muchísima gente, lo impresionante era que hablaba
crucificado como Cristo, ni más ni menos. Anunciaba el fin del mundo, pedía a
la gente que hiciera ofrendas y sacrificios para el juicio Final. No se le
entendía mucho, habla un español dificilísimo. Pero la gente oía hipnotizada,
las mujeres lloraban y se ponían de rodillas. Yo misma me contagié de la
emoción y hasta solté mis lágrimas, y mi suegra no te imaginas, a sollozo vivo
y no la podíamos calmar, el brujo la flechó, Chichi. Después en la casa decía
maravillas del Her-mano Francisco y al día siguiente volvió al arca de
Moronacocha para hablar con los 'her-manos' y ahora resulta que la vieja
también se ha hecho 'hermana'. Mira por dónde le vino a salir el tiro: ella que
nunca le hizo mucho caso a la religión verdadera, termina beata de herejías. Figúrate
que su cuarto está lleno de crucesitas de madera, y si fuera sólo eso tanto
mejor que se distraiga, pero lo cochino del asunto es que la manía de esta
religión es cruci-ficar animales y eso ya no me gusta, porque en sus crucesitas
cada mañana me encuentro pegadas cucarachas, mariposas, arañas y el otro día
hasta un ratón, qué asco espantoso. Vez que le pesco una de esas porquerías se
la echo a la basura y ya nos hemos agarrado buenas peleas. Es un plato porque
apenas estalla una tormenta, y aquí es a cada momento, la vieja se pone a
temblar creyendo que es el fin del mundo y todos los días le ruega a Panta que
mande hacer una gran cruz para la entrada. Mira cuántos cambios en tan poco
tiempo.¿Qué te estaba contando enantes, cuando paré para ir a almorzar? Ah sí,
de las loretanas. Uy, Chichi, todo lo que dicen había sido cierto y todavía
mucho más, cada día descubro algo nuevo, me quedo mareada y digo qué es esto.
Iquitos debe ser la ciudad más corrompida del Perú, incluso peor que Lima. A lo
mejor es verdad y el clima tiene que ver mucho, quiero decir en eso de que las
mujeres sean tan terribles, ya ves cómo Panta pisó la selva y se volvió un
volcán. Lo peor es que las bandidas son guapísimas, los charapas tan feos y sin
gracia y ellas tan regias. No te exagero, Chichita, creo que las mujeres más
bonitas que hay en el Perú (con la excepción de la que habla y su hermana,
claro) son las de Iquitos. Todas, las que se las nota decentes y las de pueblo
y hasta te digo que quizá las mejores sean las huachafitas. Unas curvilíneas,
hija, con una manerita de caminar coquetísima y desvergonzada, moviendo el
pompis con gran desparpajo y echando los hombros atrás para que el busto se vea
paradito. Unas frescas, se ponen unos pantaloncitos como guantes, ¿y tú crees
que se chupan cuando los hombres les dicen cosas? Qué ocurrencia, les siguen la
cuerda y los miran a los ojos con una frescura que a algunas provoca
jalonearlas de las mechas. Ah, tengo que contarte una cosa que oí ayer, al
entrar al "Almacén Record" (donde tienen el sistema del 3 x 4, tú
compras tres artículos y el cuarto te lo regalan, ¿bestial, no?), entre dos
muchachas jovencitas. Una le decía a la otra: "¿Ya te has besado con un
militar?". "No, ¿por qué me lo preguntas?" "Besan
rrrrico." Me dio una risa, lo decía con el cantito loretano y en voz alta,
sin importarle que todo el mundo la oyera. Son así, Chichi, unas frescas como
no hay. ¿Y tú crees que se quedan en los besos? Qué esperanza, según Alicia
estas diablitas comienzan con travesuras mayores desde el Colegio y aprenden a
cuidarse y todo y cuando se casan las muy sapas hacen el gran teatro para que
sus maridos las crean sin estrenar. Algunas van donde las ayahuasqueras (esas
brujas que preparan la ayahuasca, ¿has oído, no?, un cocimiento que hace soñar
cosas rarísimas) para que las pongan nuevecitas otra vez. Figúrate, figúrate.
Te juro que cada vez que salgo de compras o al cine con Alicia vuelvo colorada
de las historias que me cuenta. Saluda a una amiga, le pregunto quién es y me
dice una terrible, figúrate que, y la que menos ha tenido varios amantes, todas
las casas se han metido alguna vez con militar, aviador o marino, pero sobre
todo militar, tienen un gran prestigio con las charapas, hijita menos mal que a
Panta no me lo dejan usar uniforme. Estas locas aprovechan el menor descuido
del marido y, sás, cuernos. De temblarles, flaca. ¿Y tú crees que hacen las
cosas bien hechas, en su camita y sábanas? Alicia me dijo si quieres nos vamos
a dar una vuelta a Moronacocha y verás la cantidad de autos donde las parejas
están haciendo cositas (pero de verdad, ah), una al lado de la otra como si tal
cosa. Figúrate que a una mujer la encontraron haciendo cositas con un teniente
de la Guardia Civil en la última fila del cine Bolognesi. Dicen que se malogró
la película, encendieron la luz y los chaparon. Pobres, ¿te imaginas el susto
que se llevarían al ver que se prendía la luz, sobre todo ella? Se habían
echado aprovechando que hay bancas en lugar de asientos y que la última fila
estaba vacía. Un escándalo tremendo, parece que la esposa del teniente casi
mata a la mujer, porque un locutor de Radio Amazonas que es terrible y suelta
todas las verdades contó la historia con pelos y señales y al teniente acabaron
sacándolo de Iquitos. Yo no quería creer semejante aventura, pero Alicia me
enseñó a la tipa en la calle, una morena muy fachosa, con una carita de no mato
una mosca. La miraba y le decía Alicia tú me estás mintiendo, ¿hacían cositas
cositas en plena película, en esa incomodidad y con el susto de que los
pescaran?
Parece
que sí, a la chica la chaparon sin calzón y al teniente con el pajarito al
aire. Después de París, Iquitos la corrompida, flaca. No vayas a creer que
Alicia es una habladora, yo le sonsaco, por curiosidad y también por prevenida,
hijita, aquí hay que estar con cuatro ojos y ocho manos defendiéndote de estas
loretanas, te volteas y te desaparecen al marido. Alicia, aunque charapa, es
muy seriecita, aunque a veces me saca también uno de esos pantalones de
calzador. Pero no anda provocando a los hombres, no los mira con la desfachatez
de sus paisanas.
A
propósito de lo bandidas que son las loretanas, qué tonta, me estaba olvidando
de contar-te lo más chistoso y lo mejor (o más bien lo peor). No te puedes
imaginar el chasco que nos llevamos cuando estábamos a medio instalarnos en
esta casita. ¿Tú habías oído hablar de las famosas 'lavanderas' de Iquitos?
Toda la gente me ha dicho pero dónde vivías, Pocha, de dónde bajas, el mundo
entero sabe lo que son las famosas 'lavanderas' de Iquitos. Pues yo seré tonta
o caída del nido, hermana, pero ni en Chiclayo, ni en Ica ni en Lima había oído
hablar jamás de las 'lavanderas' de Iquitos. Fíjate que llevábamos unos pocos
días en la casita, y nuestro dormitorio queda en los bajos, con una ventana a
la calle. Todavía no teníamos muchacha; -ahora tengo una que se le pasea el
alma, pero buenísima- y a las horas más raras de repente nos tocaban esa
ventana y se oían voces de mujer: "¡lavandera!, ¿tienen ropa para
lavar?" Y yo sin siquiera abrir la ventana decía no, muchas gracias. Nunca
se me ocurrió pensar qué raro que en Iquitos haya tantas lavanderas por las
calles y en cambio sea tan difícil conseguir muchacha, porque había puesto un
cartelito "Necesito em-pleada" y sólo caían candidatas muy de cuando
en cuando. Total que un día, era muy tem-prano y estábamos todavía acostados,
oigo el toquecito en la ventana, "¡lavandera!, ¿tienen ropa?", y a mí
se me había amontonado mucha ropa sucia, porque acá, te digo, con este calor es
horrible, transpiras horrores, hay que cambiarse dos y hasta tres veces al día.
Así que pense regio, que me lave la ropa siempre que no cobre muy caro. Le
grité espérese un ratito, me levanté el camisón y salí a abrirle la puerta. Ahí
mismo debí sospechar que pasaba algo raro porque la niña tenía pinta de todo
menos lavandera, pero yo, una boba, en la luna. Una huachafita de lo más
presentable, cinchada para resaltar las curvas por supuesto, con las uñas
pintadas y muy arregladita. Me miró de arriba abajo, de lo más asombrada y yo
pensé qué le pasa a ésta, qué tengo para que me mire así. Le dije entre, ella
se metió a la casa y antes de que le dijese nada vio la puerta del dormitorio y
a Panta en la cama y pum se lanzó derechita, y, sin más ni más, se plantó
frente a tu cuñado en una pose que me dejó bizca, la mano en la cadera y las
piernas abiertas como gallito que va a atacar. Panta se sentó en la cama de un
salto, se le salían los ojos de asombro por la aparición de la mujer. ¿Y qué te
crees que hizo la tipa antes de que yo o Panta atináramos a decirle espere
afuera, que hace aquí en el dormitorio? Empezó a hablar de la tarifa, me tienen
que pagar el doble, que ella no acostumbraba ocuparse con mujeres, señalándome
a mí, flaca, cáete muerta, para darse esos gustos hay que chancar y no sé qué
vulgaridades y de repente me di cuenta del enredo y me empezaron a temblar las
piernas. Sí, Chichi, ¡era una pe, una pe!, las 'la-vanderas' de Iquitos son las
pes de Iquitos y van de casa en casa ofreciendo sus servicios con el cuento de
la ropa. Ahora dime, ¿es o no Iquitos la ciudad más inmoral del mundo, hermana?
Panta también cayó en la cuenta y comenzó a gritar fuera de aquí, zamarra, que
te has creído, vas presa. La tipa se pegó el susto de su vida, entendió la
equivocación y salió disparada, tropezándose. ¿Te figuras qué chasco, flaca? Se
creyó que éramos unos degenerados, que yo la había hecho entrar para que
hiciéramos cositas los tres juntos.
Quién
sabe, bromeaba después Panta, a lo mejor valía la pena probar, ¿no te digo que
ha cambiado tanto? Ahora que pasó ya puedo reírme y hacer chistes, pero te digo
que fue un mal rato feísimo, todo el día estuve muerta de vergüenza acordándome
de la escenita. Ya ves lo que es esta tierra, hermana, una ciudad donde las que
no son pes tratan de serlo y donde si te descuidas un segundo te quedas sin
marido, mira a la cuevita que he venido a caer.
Ya
se me durmió la mano, Chichi, ya está oscuro, debe ser tardísimo. Tendré que
mandarte esta carta en un baúl para que quepa. A ver si me contestas rapidito,
larguísimo como yo y con montones de chismes.
¿Sigue
siendo Roberto tu enamorado o ya cambiaste? Cuéntame todo y palabra que en el
futuro te escribiré seguidito.
Miles
de besos, Chichi, de tu hermana que te extraña y quiere,
Noche
del 29 al 30 de agosto de 1956
Imágenes
de la humillación, instantáneas de la agria e inflamada historia del cosquilleo
atormentador: en la estricta, fastuosa formación del Día de la Bandera, ante el
Monumento a Francisco Bolognesi, el cadete de último año de la Escuela Militar
de Chorrillos, Panta-león Pantoja, mientras ejecuta con gallardía el paso de
ganso, es súbitamente transportado en carne y espíritu al infierno, mediante la
conversión en avispero de la boca de su ano y tubo rectal: cien lancetas
martirizan la llaga húmeda y secreta mientras él, apretando los dientes hasta
quebrárselos, sudando gruesas gotas heladas marcha sin perder el paso; en la
alegre, chispeante fiesta ofrecida a la Promoción Alfonso Ugarte por el coronel
Marcial Gumucio, director de la Escuela Militar de Chorrillos, el joven alférez
recién recibido Pan-taleón Pantoja siente que súbitamente se le hielan las uñas
de los pies cuando, apenas ini-ciados los compases del vals, flamante en sus
brazos la veterana esposa del coronel Gumu-cio, recién abierto el baile de la
noche por él y su invaporosa pareja, una incandescente comezón, un hormigueo
serpentino, una tortura en forma de menudas, simultáneas y ace-radas cosquillas
anchan, hinchan e irritan la intimidad del recto y el ojal del ano: los ojos
cuajados de lágrimas, sin aumentar ni disminuir la presión sobre la cintura y
la mano re-gordetas de la esposa del coronel Gumucio, el alférez de Intendencia
Pantoja, sin respirar, sin hablar, sigue bailando; en la tienda de campana del
Estado Mayor del Regimiento número 17 de Chiclayo, cercano el estruendo de los
obuses, el rataplán de la metralla y los secos eructos de los balazos de las
compañías de vanguardia que acaban de iniciar las ma-niobras de fin de año, el
teniente Pantaleón Pantoja, que, parado frente a una pizarra y a un panel de
mapas, explica a la oficialidad, con voz firme y metálica, las existencias,
sistema de distribución y previsiones de parque y abastecimientos, es de pronto
invisiblemente ele-vado del suelo y de la realidad más inmediata por una corriente
sobresaltada, ígnea, efer-vescente, emulsiva y crepitante, que arde, escuece,
agiganta, multiplica, suplicia, enloquece el vestíbulo anal y pasillo rectal y
se despliega como una araña entre sus nalgas, pero él, bruscamente lívido,
súbitamente empapado de sudor, el culo secretamente fruncido con una
obstinación de planta, la voz apenas velada por un temblor, sigue emitiendo
números, produciendo fórmulas, sumando y restando. "Tienes que operarte,
Pantita", susurra mater-nalmente la señora Leonor. "Opérate,
amor", repite, quedo, Pochita. "Que te las saquen de una vez,
hermano", hace eco el teniente Luis Rengifo Flores, "es más fácil que
operarse una fimosis y en sitio menos peligroso para la virilidad". El
mayor Antipa Negrón, de la Sanidad Militar, se carcajea: "Voy a decapitar
esas tres almorranas de un solo tajo, como si fueran cabezas de niños de
mantequilla, mi querido Pantaleón."
En
torno a la mesa de operaciones, ocurren una serie de mudanzas, híbridos e
injertos que lo angustian mucho más que el silencioso trajín de los médicos y
enfermeras en sus zapatillas blancas o que las cegadoras cascadas de luz que le
mandan los reflectores del cielorraso. "No le va a dolel, señol
Pantoja", lo alienta el Tigre Collazos, que además de la voz tiene también
los ojos sesgados, las manos vibrátiles y la sonrisa melosa del Chino Porfirio.
"Más rápido, más fácil y con menos consecuencias que la extracción de una
muela, Pantita", asegura una señora Leonor cuyas caderas, papada y pechos
se han robustecido y des-bordado hasta confundirse con los de Leonor
Curinchila. Pero allí inclinadas también sobre la mesa de operaciones, donde lo
han instalado en posición ginecológica -entre sus piernas abiertas manipula
bisturíes, algodones, tijeras, recipientes, el doctor Antipa Negrón- hay dos
mujeres tan inseparables y antagónicas como ciertos dúos que ahora giran en su
cabeza y lo regresan a la infancia, a comienzos de la adolescencia (Laurel y
Hardy, Mandrake y Lotario, Tarzán y Jane): una montaña de grasa arrebujada en
una mantilla española y una niña vieja, en blue jeans, con cerquillo y marcas
de viruela en la cara. No sabe qué hacen allí ni quiénes son -pero remotamente
tiene la sensación de haberlas visto alguna vez, como de paso, entre un montón
de gente-, le provoca una angustia sin límites, y, sin tratar de impedirlo,
rompe a llorar: oye sus propios sollozos profundos y sonoros. "No les
tenga miedo, son las primeras reclutas del Servicio de Visitadoras, ¿acaso no
reconoce a Pechuga y a Sandra? Ya se las presenté la otra noche, en Casa
Chuchupe", lo tranquiliza Juan Rivera, el popular Chupito, que ha
disminuido aun más de tamaño y es un monito trepado sobre los hombros redondos,
desnudos, débiles de la triste Pochita. Siente que podría morir de vergüenza,
de cólera, de frustración, de rencor. Quisiera gritar: "¿Cómo te atreves a
revelar el secreto delante de mi mamá, de Pocha? ¡Enano, engendro, feto! ¿Cómo
te atreves a hablar de visitadoras delante de mi esposa, de la viuda de mi
difunto papá?" Pero no abre la boca y sólo suda y sufre. El doctor Negrón
ha terminado su faena y se incorpora con unas piezas sanguinolentas colgando de
sus manos que él sólo entrevé un segundo, pues logra cerrar los ojos a tiempo.
Cada instante está más herido, ofendido y asustado. El Tigre Collazos se ríe a
carcajadas: "Hay que encarar las realidades y llamar al pan pan y al vino
vino: los números necesitan cachar y usted les consigue con qué o lo fusilamos
a cañonazos de semen." "Hemos elegido al Puesto de Horcones para la
experiencia piloto del Servicio de Visitadoras, Pantoja", le anuncia con
desenvoltura el general Victoria, y aunque él, apuntando con los ojos, con las
manos a la señora Leonor, a la frágil y desvaída Pochita, le implora
discreción, reserva, aplazamiento, olvido, el general Victoria insiste:
"Ya sabemos que además de Sandra y Pechuga, ha contratado a Iris y a
Lalita. ¡Vivan las cuatro mosque-teras!" El se ha puesto a llorar otra
vez, en el vértice de la impotencia.
Pero
ahora, en torno a su cama de recién operado, la señora Leonor y Pochita lo
miran con cariño y ternura, sin la más leve sombra de malicia, con una
manifiesta, maravillosa, balsámica ignorancia retratada en los ojos: no saben
nada. Siente un regocijo irónico que sube por su cuerpo y se burla de sí mismo:
¿cómo podrían saber del Servicio de Visitadoras si todavía no ha ocurrido, si
aún soy teniente y feliz, si ni siquiera hemos salido de Chi-clayo? Pero acaba
de entrar el doctor Negrón acompañado de una enfermera joven y son-riente (él
la reconoce y se ruboriza: ¡Alicia, la amiga de Pocha!) que acuna un irrigador
en brazos, como un recién nacido.
Pochita
y la señora Leonor salen de la habitación haciéndole, desde la puerta, un adiós
so-lidario, casi trágico. "Rodillas separadas, boca besando el colchón,
culo arriba", ordena el doctor Antipa Negrón. Y explica: "Han pasado
veinticuatro horas y ha llegado el momento de limpiar el estómago. Estos dos
litros de agua salada le harán botar todos los pecados mortales y veniales de
su vida, teniente."
La
introducción del vitoque en el recto, pese a estar recubierto de vaselina y a
la habilidad de prestidigitador del médico, le arranca un grito. Pero ahora el
líquido está entrando con una tibieza que ya no es dolorosa, que es incluso
grata. Durante un minuto las aguas siguen entrando, burbujeantes, hinchando su
vientre, mientras el teniente Pantoja, los ojos cerrados piensa metódicamente:
"¿El Servicio de Visitadoras? No me dolerá, no me dolerá." Da otro
gritito: el doctor Negrón ha sacado el vitoque y le ha puesto un algodoncito
entre las piernas. La enfermera sale llevándose el irrigador vacío. "Hasta
ahora no ha sentido ningún dolor postoperatorio ¿cierto?", pregunta el
médico. "Cierto, mi mayor", contesta el teniente Pantoja, contorsionándose
dificultosamente, sentándose, poniéndose de pie, una mano aplastada en el
algodón que las dos nalgas pellizcan, y avanzando hacia el excusado, rígido
como un Carnavalón, desnudo de la cintura para abajo, de brazo del doctor que
lo mira con benevolencia y algo de piedad. Un leve ardor ha comenzado a
insinuarse en el recto y el vientre elefantiásico sufre ahora retortijones,
rápidos calambres y un repentino escalofrío electriza su espina dorsal. El
médico lo ayuda a sentarse en el excusado, le da una palmadi-ta en el hombro y
le resume su filosofía: "Consuélese pensando que después de esta
expe-riencia todo lo que le ocurrirá en la vida será mejor." Sale,
juntando suavemente la puerta del baño. El teniente Pantoja sujeta ya una
toalla entre los dientes y muerde con todas sus fuerzas. Ha cerrado los ojos,
incrustado sus manos en las rodillas y dos millones de poros se han abierto
como ventanas a lo largo de su cuerpo para vomitar sudor y hiel. Se repite, con
toda la desesperación de que es capaz: "No cagaré visitadoras, no cagaré
visitadoras." Pero los dos litros de agua han comenzado ya a bajar, a
deslizarse, a caer, a irrumpir, ardorosos y satánicos, perniciosos, homicidas,
alevosos, arrastrando sólidos bloques de llamas, cuchillos y punzones que
abrasan, hincan, arden, ciegan. Ha dejado caer la toalla de la boca para poder
rugir como león, hozar como chancho y reir como hiena al mismo tiempo.
CUATRO
Resolución
confidencial de afectación del BAP "Pachitea"
El
contralmirante Pedro G. Carrillo, jefe de la Fuerza
Fluvial
del Amazonas,
CONSIDERANDO:
1.
Que ha recibido una solicitud del capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja,
jefe del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines (SVGPFA), re-cientemente creado por el Ejército con miras a solucionar
un extendido problema biológico psicológico de los clases y soldados que sirven
en regiones remotas, para que la Fuerza Fluvial del Amazonas le preste ayuda y
facilidades en la organización del sistema de trans-porte entre el puesto de
mando y centro logístico del Servicio de Visitadoras y sus centros usuarios;
2.
Que la solicitud mencionada tiene el visto bueno de la Administración,
Intendencia y Servicios Varios del Ejército (general Felipe Collazos) y de la
Comandancia de la V Región (Amazonía) (general Roger Scavino);
3.
Que la Dirección de Administración del Estado Mayor de la Armada ha opinado
favora-blemente sobre la solicitud, señalando al mismo tiempo la conveniencia
de que el SVGPFA pudiera ampliar sus servicios a la base que la Armada tiene en
las comarcas apartadas de la Amazonía y donde la marinería se halla aquejada de
las mismas necesidades y apetencias de los clases y soldados del Ejército que
motivaron la creación del Servicio de Visitadoras;
4.
Que, consultado sobre el particular, el capitán EP (Intendencia) Pantaleón
Pantoja ha respondido que el SVGPFA no tenía inconveniente en acceder a dicha
sugerencia, preci-sando para esto que la Fuerza Fluvial del Amazonas efectuara,
en las bases de la selva, un test de su concepción, encaminado a detectar el
número potencial de usuarios Armada Pe-ruana (AP) del SVGPFA, el mismo que,
instrumentalizado por los oficiales responsables con la debida prontitud y
esmero, arrojo un número potencial de usuarios de 327, con un promedio
ambicionado por usuario de 10 prestaciones mensuales y un tiempo promedio
ambicionado de 35 minutos por prestación individual;
RESUELVE:
1.
Que se afecte provisionalmente al Servicio de Visitadoras, como medio de
transporte por los ríos de la Hoya Amazónica entre su centro logístico y sus
centros usuarios, al ex Buque Dispensario Pachitea, con una dotación permanente
de cuatro hombres, al mando del suboficial primero Carlos Rodríguez Saravia;
2.
Que el RAP Pachitea, antes de abandonar la base de Santa Clotilde, donde
descansa desde que fuera retirado, luego de medio siglo ininterrumpido de
navegación al servicio de la Armada, historial que estrenó con una destacada
participación en el conflicto con Colom-bia de 1910, sea despojado de banderas,
insignias y demás distintivos que lo sindican como barco de la Armada Peruana,
pintado del color que el capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja señale,
siempre que no sea ni gris acero ni blanco nube, que son los colores de los
barcos AP, y sustituido su nombre original Pachitea en la proa y puente de mando
por el de Eva, que el Servicio de Visitadoras ha elegido para él.
3.
Que, antes de asumir su nuevo destino, el suboficial primero Carlos Rodríguez
Saravia y la tripulación su mando sean debidamente aleccionados por sus
superiores sobre la delica-deza de la tarea que van a cumplir, la necesidad de
que en el desempeño de la misma vistan sólo de civil y oculten su condición de
miembros de la Armada, mantengan la máxima re-serva sobre lo que vean y oigan
en el curso de sus desplazamientos y, en general, eviten la menor confidencia y
revelación en torno a la naturaleza del Servicio al que han sido desta-cados;
4.
Que el combustible requerido en sus nuevas funciones por el BAP ex Pachitea sea
pro-porcionalmente sufragado entre la Armada y el Ejército, según la respectiva
utilización del Servicio de Visitadoras, lo que se puede determinar por el
número de prestaciones brinda-das al mes a cada institución, o por el número de
desplazamientos a guarniciones militares o bases fluviales del BAP afectado al
SVGPFA;
5.
Que por ser de carácter confidencial, esta disposición no sea leída en el Orden
del Día, ni exhibida en las bases, sino comunicada exclusivamente a los
oficiales que deben hacerla cumplir.
Firmado:
Contralmirante
PEDRO G. CARRILLO,
Jefe
de la Fuerza Fluvial del Amazonas
Base
de Santa Clotilde, 16 de agosto de 1956
c.c.
al Estado Mayor de la Armada Peruana, a la administración, Intendencia y
Servicios Varios del Ejército y a la Comandancia de la V Región (Amazonía).
SVGPFA
Parte
número tres
ASUNTO
GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines (SVGPPA).
ASUNTO
ESPECÍFICO: Propiedades de la manteca de bufeo, del chuchuhuasi, el cocobolo,
la clabohuasca, la huacapuruna, el ipururo y el viborachado, su incidencia
sobre el SVGPFA, experiencias realizadas en la persona del suscrito y
sugerencias que hace el mismo.
CARACTERÍSTICAS:
secreto.
FECHA
Y LUGAR: Iquitos, 8 de septiembre de 1956.
El
suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del SVGPFA,
respetuosamen-te se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de
Administración, Intendencia y Servi-cios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1.
Que en toda la Amazonía existe la creencia de que la variedad colorada del
bufeo (pez delfín de los ríos amazónicos) es un animal de una considerable
potencia sexual, la misma que lo induce, con ayuda del demonio o espíritus
malignos, a raptar cuanta mujer puede a fin de satisfacer sus instintos,
adoptando para ello una forma humana tan varonil y apuesta que ningún ente
femenino se le resiste. Que debido a dicha creencia se ha generalizado esta
otra: que la manteca de bufeo incrementa el ímpetu viril y hace al varón
irresistible a la hembra, siendo por eso un producto de enorme demanda en
tiendas y mercados. Que el suscrito decidió hacer personalmente una
verificación, a fin de determinar en qué forma esta creencia folklórica,
superstición o hecho científico, podía incidir en el problema que ha originado
y cimenta la existencia del Servicio de Visitadoras, y, poniéndose manos a la
obra, solicito a su señora madre y a su esposa, bajo pretexto de receta médica,
que durante una semana todas las comidas del hogar fueran elaboradas únicamente
a base de manteca de bufeo, con los resultados que expone:
2.
Que a partir del segundo día el suscrito experimento un aumento brusco del
apetito sexual, acentuándose la anomalía en los días sucesivos al punto de que
en los dos últimos de la semana, los malos tocamientos y el acto viril fueron
las únicas reflexiones que ocupa-ron su mente, tanto de día como de noche
(sueños, pesadillas), con grave perjuicio de su poder de concentración, sistema
nervioso en general y efectividad en el trabajo. Que en consecuencia se vio en
el imperativo de solicitar de su esposa y obtener de ella, durante la semana en
cuestión, un promedio de dos veces diarias de relaciones íntimas, con el
consi-guiente fastidio y sorpresa de la misma, puesto que el suscrito
acostumbraba tener relacio-nes de intimidad matrimonial a un ritmo de una vez
cada diez días antes de venir a Iquitos, y de una cada tres después de llegar,
porque debido indudablemente a factores ya identifi-cados por la superioridad
(calor, atmósfera húmeda), el suscrito había registrado un aumen-to del impulso
seminal desde el mismo día que piso suelo amazónico. Que, al mismo tiem-po,
pudo comprobar que la función afrodisíaca de la manteca de bufeo se registra
sólo so-bre el varón, aunque no puede descartar que su cónyuge, afectada por el
estímulo en cues-tión, lo disimulara con mucho carácter por el natural
sentimiento de pudor y corrección de toda dama que merece este apelativo, como
el suscrito tiene a orgullo decir es el caso de su digna esposa;
3.
Que en su afán de no escatimar esfuerzos para el mejor cumplimiento de la
misión que la superioridad le ha encomendado y aun a riesgo de su salud física
y de la estabilidad fa-miliar, el suscrito decidió igualmente probar en su
persona algunas de las recetas que la sabiduría y la lujuria popular loretanas
proponen para el retorno o el refuerzo de la virilidad, vulgarmente llamadas,
con perdón de la expresión, levantamuertos o, peor todavía, pa-rapingas, y dice
sólo algunas, porque en esta región de la Patria la preocupación por todo lo
que se refiere al sexo es tan acuciosa y múltiple que hay, literalmente,
millares de com-puestos de este tipo, lo que hace imposible, aun con la mejor
buena voluntad, que un indi-viduo aislado pueda agotar la lista ni siquiera
estando dispuesto a inmolar su vida en la ex-periencia. Que el suscrito tiene
el deber de reconocer que se trata de sabiduría popular y no de superstición:
ciertas cortezas empleadas para preparar cocimientos que se beben con alcohol,
como el chuchuasi, el cocobolo, la clabohuasca y la huacapuruna, producen un
escozor viril instantáneo e interminable que nada, salvo el acto mismo de la
hombría, puede aplacar. Particularmente efectivo, por la velocidad casi
aeronáutica con que opera sobre el centro generador es la mezcla de ipururo con
aguardiente, que, apenas ingerida, causó en el suscrito un enfebrecimiento
indisimulable, con la vergüenza que cabe imaginar, pues infortunadamente la
experiencia no se llevaba a cabo en el propio hogar, sino en el centro nocturno
"Las Tinieblas", del balneario de Nanay. Que aún peor y realmente
satánico es el bebedizo llamado viborachado, aguardiente en el que se macera
una víbora venenosa, de preferencia jergón, de efectos más cataclísmicos que
los anteriores, porque, ofrecido esta vez casualmente al autor de este parte en
otro sitio nocturno de Iquitos, el club "La Selva", le comunicó un
ardor y endurecimiento de tal ferocidad y urgencia que, con pesar que aún no
merma, tuvo que recurrir en el incómodo lavabo del local mencionado, al vicio
solitario que creía ya extinto desde los días de su infancia, para recobrar la
temperancia y la paz;
4.
Que, por todo lo expuesto, el suscrito se permite recomendar a la superioridad
se impar-tan instrucciones a todas las guarniciones, puestos de frontera y
afines prohibiendo termi-nantemente el uso de manteca de bufeo colorado en la
confección del rancho de clases y soldados, así como su uso individual por
parte de la tropa, y que, igualmente, se prohiba de inmediato y bajo castigo de
rigor el consumo, solos o mezclados, en sólido o en líquido, del chuchuhuasi,
el cocobolo, la clabohuasca, la huacapuruna, el ipururo y el viborachado, so
pena de que el Servicio de Visitadoras se vea bombardeado por una demanda
todavía mucho mayor de la ya desorbitada a que debe hacer frente;
5.
Que suplica se guarde el más estricto secreto respecto de este parte (y si
fuera posible se destruya na vez leído) por contener confidencias
extremadamente íntimas sobre la vida fa-miliar del suscrito, que éste se ha
resignado a hacer pensando en la compleja misión que el Ejército le ha
confiado, pero con desasosiego y natural aprensión por la malicia y burlas que
seguramente le atraerían de parte de sus compañeros oficiales si se divulgaran.
Dios
guarde a Ud.
Firmado:
Capitán
EP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA
c.c.
al comandante general de la V Region (Amazonía), general Roger Scavino.
ANOTACION:
a.
Conviértase en disposición reglamentaria la sugerencia del capitán Pantoja, y,
por tanto, comuníquese a todos los jefes de cuartel, campamento y puestos de la
V Región (Amazon-ía) que a partir de hoy queda categóricamente prohibido el uso
en los ranchos de los ingre-dientes, bebedizos y especies enumerados en la
parte precedente.
b.
Conforme a la solicitud del capitán Pantoja, destrúyase por fuego este parte
número 3 del SVGPFA por contener revelaciones indelicadas sobre la vida
personal y familiar del mismo.
General
FELIPE COLLAZOS,
Jefe
de Administración, Intendencia y Servicios del Ejército.
Lima,
18 de septiembre de 1956
Resolución
secreta concerniente al FAP Hidro Catalina Número 37 "Requena"
El
coronel FAP Andrés Sarmiento Segovia, comandante del Grupo Aéreo Número 42 de
la Amazonía,
CONSIDERANDO:
1.
Que el capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, con autorización y respaldo
de las instancias superiores del Ejército, ha solicitado ayuda del Grupo Aéreo
Número 42 para el traslado continuo del personal del Servicio de Visitadoras de
reciente creación, desde su centro logístico, a orillas del Itaya, hasta sus
centros usuarios, muchos de los cuales se hallan tan aislados, sobre todo en
período de lluvias, que el único medio funcional de transporte es el aéreo, y
desde dichos puntos hasta el centro logístico;
2.
Que la Comandancia de Administración y Culto del Estado Mayor de la Fuerza
Aéreas Peruana ha consentido en acceder a la solicitud por deferencia hacia el
Ejército, pero de-jando constancia formal de que tiene reservas ante la índole
del Servicio de Visitadoras, pues le parece poco compatible con las tareas
naturales y propias de las Fuerzas Armadas y peligroso para su buen nombre y
prestigio, siendo ésta una simple conjetura y de ningún modo una tentativa de
intromisión en las actividades de la institución hermana,
RESUELVE:
1.
Que se destaque al SVGPFA, en calidad de préstamo, para que efectúe los
servicios de transporte indicados al FAP Hidro Catalina Número 37 Requena, una
vez que la Sección Técnica y Mecánica del Grupo Aéreo Número 42 de la Amazonía
lo haya puesto en condi-ciones de volver a volar;
2.
Que, antes de despegar de la Base Aérea de Moronacocha, el FAP Hidro Catalina
Número 37 sea debidamente camuflado, de tal manera que no pueda ser reconocido
en ningún momento como perteneciente a la Fuerza Aérea Peruana mientras presta
servicios al SVGPFA, cambiándosele para ello el color del fuselaje y las alas
(de azul a verde con ribe-tes rojos) y el nombre (de Requena a Dalila, según
deseo del capitán Pantoja);
3.
Que se destaque, para pilotear el FAP Hidro Catalina Número 37, al suboficial
del Grupo Aéreo Número 42 que haya tenido el mayor número de castigos y
amonestaciones en su foja de servicios en lo que va corrido del año;
4.
Que en vista del estado de deterioro técnico en que se halla el FAP Hidro
Catalina Número 37, debido a sus largos años de servicio, sea semanalmente
revisado por un mecá-nico del Grupo Aéreo Número 42 de la Amazonía, quien para
ello se trasladará, discreta-mente y en ropas civiles, al centro logístico del
SVGPFA;
5.
Rogar encarecidamente al capitán Pantoja que el Servicio de Visitadoras tenga
los ma-yores cuidados y miramientos con el Hidro Catalina Número 37, por
tratarse de una verda-dera reliquia histórica de la FAP, pues fue en esta noble
máquina que el 3 de marzo de 1929, el teniente Luis Pedraza Romero unió por
primera vez en vuelo directo las ciudades de Iquitos y Yurimaguas;
6.
Que el combustible así como todos los gastos que exija el mantenimiento y uso
del FAP Hidro Catalina Número 37 sean de incumbencia exclusiva del propio
SVGPFA;
7.
Que esta Resolución sea comunicada únicamente a quienes afecta o menciona, y,
por ser de máximo secreto, se castigue con 60 días de rigor a quienquiera
divulgue o participe su contenido fuera de las mencionadas excepciones.
Firmado:
Coronel
FAP ANDRÉS SARMIENTO SEGOVIA
Base
Aérea de Moronacocha, 7 de agosto de 1956.
c.c.
a la Comandancia de Administración y Culto del Estado Mayor de la Fuerza Aérea
Pe-ruana, a la Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército y a
la Comandancia de la V Región (Amazonía).
Disposición
interna del Servicio de Sanidad del Campamento Militar Vargas Guerra.
El
comandante EP (Sanidad) Roberto Quispe Salas, jefe del Servicio de Sanidad del
Cam-pamento Militar Vargas Guerra, vistas las instrucciones confidenciales
recibidas de la Co-mandancia General de la V Región (Amazonía), adopta las
directivas siguientes:
1.
El mayor EP (Sanidad) Antipa Negrón Azpilcueta seleccionará entre el equipo de
en-fermeros y prácticos sanitarios de la Sección "Enfermedades
infectocontagiosas" a la per-sona que considere más capacitada científica
y moralmente para cumplir las funciones que las instrucciones de la Comandancia
de la V Región (Amazonía) tipifican para el futuro Asistente Sanitario del
Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines
(SVGPFA);
2.
El mayor Negrón Azpilcueta impartirá, en el curso de la presente semana, al
enfermero o sanitario elegido un entrenamiento teórico práctico acelerado, en
previsión de las tareas que deberá desempeñar en el SVGPFA, las que, en lo
esencial, consistirán en detectar el domicilio de liendres, chinches, piojos,
ladillas y ácaros en general, enfermedades venéreas y afecciones vulvo
vaginales infecto contagiosas en las visitadoras integrantes de los con-voyes,
inmediatamente antes de la partida de éstos hacia los centro usuarios del
SVGPFA;
3.
El mayor Negrón Azpilcueta suministrará al Asistente Sanitario un botiquín de
primeros auxilios, con añadido de sonda, paleta y dedo de látex para
exploración vaginal, dos guar-dapolvos blancos, dos pares de guantes de jebe y
un número adecuado de cuadernos, en los que, semanalmente, aquél deberá pasar
parte al Servicio de Sanidad del Campamento Mili-tar Vargas Guerra sobre el
movimiento cuantitativo y cualitativo del Puesto de Asistencia Sanitaria del
SVGPPA;
4.
Comunicar esta disposición sólo al interesado y archivarla con la advertencia
"Secreta".
Firmado:
comandante
EP (Sanidad) ROBERTO QUISPE SALAS
Campamento
Militar Vargas Guerra,
1 de
septiembre de 1956.
c.c.
a la Comandancia General de la V Región (Amazonía) y al capitán EP
(Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de Visitadoras para
Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA).
Informe
del alférez Alberto Santana a la Comandancia General de la V Región (Amazonía)
sobre la operación piloto efectuada por el SVGPFA en el Puesto de Horcones a su
mando.
Conforme
a las instrucciones recibidas, el alférez Alberto Santana tiene el honor de
remitir a la Comandancia General de la V Región (Amazonía), la siguiente
relación de hechos acaecidos en el Puesto a su mando sobre el río Napo:
Apenas
informado por la superioridad de que el Puesto de Horcones había sido elegido
se-de de la experiencia inaugural del Servicio de Visitadoras para
Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, se dispuso a prestar todas las
facilidades para el éxito de la operación y preguntó por radio al capitán
Pantaleón Pantoja qué disposiciones debía tomar en Horcones previas a la
experiencia piloto. A lo cual el capitán Pantoja le hizo saber que ninguna
porque él personalmente se trasladaría al río Napo para supervigilar los
preparativos y el desarrollo de la prueba.
Efectivamente,
el día lunes 12 de septiembre, a las 10 y 30 de la mañana, aproximadamen-te,
acuatizó en el río Napo, frente al Puesto, un hidroavión de color verde con el
nombre Dalila pintado en letras rojas en el fuselaje, piloteado por un
individuo al que apodan Loco, y, como pasajeros, el capitán Pantoja, quien
vestía de civil, y una señora llamada Chuchupe, a quien fue preciso descender
cargada por hallarse en estado de desmayo. La razón de su desvanecimiento fue
haber pasado mucho susto durante el vuelo río Itayario Napo, debido a los
sacudimientos impartidos por el viento al avión y a que el piloto, según
afirmación de la susodicha, con intención de aumentar su terror para
divertirse, había efectuado constantes, arriesgadas e inútiles acrobacias, que
sus nervios no pudieron soportar. Una vez que la mencionada señora se hubo
repuesto pretendió, con abuso de palabras y gestos soe-ces, agredir de obra al
piloto, siendo preciso que el capitán Pantoja interviniera para poner fin al
incidente.
Apaciguados
los ánimos, luego de un rápido refrigerio, el capitán Pantoja y su colaboradora
procedieron a dejar todo expedito para la realización de la experiencia, la que
debía ce-lebrarse al día siguiente, martes 13 de septiembre. Los preparativos
fueron de dos órdenes: de participantes y topográficos. En cuanto a los
primeros, el capitán Pantoja, ayudado del suscrito, estableció una lista de
usuarios, preguntando para ello, uno por uno a los veintidós clases y soldados
del Puesto -los suboficiales fueron excluidos- si deseaban beneficiarse del
Servicio de Visitadoras, para lo cual se les explicó la índole del mismo. La
primera reacción de la tropa fue de incredulidad y desconfianza, creyendo que
se trataba de una estra-tagema, como cuando se piden voluntarios para ir a
Iquitos, y a los que dan un paso ade-lante se los manda a limpiar letrinas. Fue
preciso que la mencionada Chuchupe hiciera pre-sente y hablara a los hombres en
términos maliciosos para que, a las sospechas y dudas, sucediera, primero, una
gran hilaridad, y luego una excitación de tal magnitud que fue ne-cesario a los
suboficiales y al suscrito actuar con la máxima energía para calmarlos. De los
veintidós clases y soldados, veintiuno se inscribieron como candidatos
usuarios, siendo la excepción el soldado raso Segundo Pachas, quien indicó que
se exceptuaba porque la ope-ración tendría lugar en día martes 13 y que, siendo
él supersticioso, estaba seguro que le traería mala suerte participar en ella.
Según indicación del enfermero de Horcones se eli-minó igualmente de la lista
de candidatos usuarios al cabo Urondino Chicote, por estar aquejado de una
erupción de sarna, susceptible de propagarse, vía la visitadora respectiva, al
resto de la unidad. Con lo cual quedó definitivamente establecida una lista de
veinte usuarios, quienes, consultados, admitieron que se les descontara por
planilla la tarifa fijada por el SVGPFA como retribución por el servicio que se
les ofrecería.
En
cuanto a los preparativos topográficos consistieron fundamentalmente en
acondicionar cuatro emplazamientos destinados a las visitadoras del primer
convoy del SVGPFA y se llevaron a cabo bajo la dirección exclusiva de la
apodada Chuchupe. Esta indicó que, como podía darse caso de lluvia, los locales
debían estar techados, y, de preferencia, no ser con-tinuos para evitar
interferencia auditiva o emulaciones, lo que por desgracia no se pudo conseguir
totalmente. Pasada revista a las instalaciones techadas del Puesto, que, la
supe-rioridad lo sabe, son escasas, se eligieron el depósito de víveres, el
puesto de radio y la en-fermería como las más aparentes. Debido a su amplitud,
el depósito de víveres pudo ser dividido en dos compartimentos, utilizando como
barrera separatoria las cajas de comesti-bles. La indicada Chuchupe solicitó
luego que en cada emplazamiento se colocara una cama con su respectivo colchón
de paja o de jebe, o en su defecto una hamaca, con un hule impermeable
destinado a evitar filtraciones y deterioro del material. Se procedió de
inme-diato a trasladar a dichos emplazamientos cuatro camas (elegidas por
sorteo) de la cuadra de la tropa, con sus colchones, pero como no fue posible
conseguir los hules demandados, se los reemplazó con las lonas que se utilizan
para cubrir la maquinaria y el armamento cuando llueve. Asimismo, una vez
forrados los colchones con las lonas, se procedió a ins-talar mosquiteros para
que los insectos, tan abundantes en esta época, no obstaculizaran el acto de la
prestación. Habiendo resultado imposible dotar a cada emplazamiento de la
ba-cinica que la señora Chuchupe pedía, por no disponer el Puesto de ni uno
solo de dichos artefactos, se les suministró cuatro baldes de pienso. No hubo
dificultad en instalar sendos lavadores con sus recipientes de agua respectivos
en cada emplazamiento, así como en proveer a cada uno de éstos de una silla,
cajón o banco para colocar la ropa, y de dos rollos de papel higiénico, rogando
el suscrito a la superioridad se sirva ordenar a Intendencia le reponga cuanto
antes estos últimos elementos, por lo justas que son nuestras reservas en dicho
artículo, no habiendo en esta zona tan aislada nada con qué sustituirlo, como
papel periódico o de envolver y existiendo el antecedente de urticarias y
graves irritaciones cutá-neas en la tropa por emplear hojas de árboles.
Asimismo, la denominada Chuchupe precisó que era indispensable colocar en los
emplazamientos cortinas que, sin dejarlos en la total oscuridad, amortiguaran
la luz del sol y dieran una cierta penumbra, la que, según su expe-riencia, es
el ambiente más adecuado para la prestación. La imposibilidad de conseguir los
visillos floreados que sugería la señora Chuchupe no fue impedimento; el
sargento primero Esteban Sandora improvisó ingeniosamente una serie de cortinas
con las frazadas y capotes de la tropa que cumplieron bastante bien su
cometido, dejando a los emplazamientos en la media luz requerida. Además, por
si caía la noche antes de que terminara la operación, la señora Chuchupe hizo que
se recubrieran los mecheros de los emplazamientos con trapos de color rojo,
porque, aseguró, la atmósfera colorada es la más conveniente para el acto.
Finalmente, la denominada señora, insistiendo en que los locales debían tener
cierto toque femenino, procedió ella misma a confeccionar unos ramitos con
flores, hojas y tallos sil-vestres, que recogió ayudada por dos números, y que
colocó artísticamente en los respalda-res de las camas de cada emplazamiento.
Con lo cual los preparativos estuvieron ultimados y sólo quedó esperar la
llegada del convoy.
Al
día siguiente, martes 13 de Septiembre, a las 14 horas 15 minutos de la tarde,
acoderó en el embarcadero del Puesto de Horcones el primer convoy del SVGPFA.
Apenas fue visible el barco transporte -recién pintado de verde y con su nombre
Eva inscrito en gruesas letras rojas en la proa-, la tropa hizo un alto en sus
tareas cotidianas, prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo y arrojó las
cristinas al aire en señal de bienvenida. Inmediatamente, siguiendo las
instrucciones del capitán Pantoja, se instaló un sistema de guardia para
impedir que se aproximara al Puesto algún elemento civil durante la experiencia
piloto, peligro en realidad improbable teniendo en cuenta que la población más
cercana a Horcones es una tribu de indios quechuas a dos días de navegación
aguas arriba del Napo. Gracias a la decidida colaboración de los números, el
desembarco transcurrió con toda normalidad. El barco transporte Eva venía
comandado por Carlos Rodríguez Saravia (suboficial de la Marina camuflado de
civil) y una dotación de cuatro hombres, quienes, por orden del capitán Pantoja
permanecieron a bordo durante toda la estadía de Eva en Horcones. Presid-ían el
convoy dos colaboradores civiles del capitán Pantoja: Porfirio Wong y un
individuo de sobrenombre Chupito. En cuanto a las cuatro visitadoras, cuya
aparición en la escalerilla de desembarco fue saludada con salvas de aplausos
por la tropa, respondían a los siguientes apelativos (las cuatro rehusaron dar
a conocer sus apellidos): LALITA, IRIS, PECHUGA y SANDRA. Las cuatro fueron
inmediatamente concentradas por los llamados Chupito y Chuchupe en el depósito
de víveres, para descansar y recibir instrucciones, y quedó vigilando la puerta
el denominado Porfirio Wong. Teniendo en cuenta el desasosiego que la presencia
de las visitadoras había provocado en los hombres del Puesto, resultó muy
oportuno mantenerlas acuarteladas hasta la hora fijada para el comienzo de la
operación (las cinco de la tarde), pero ello motivó un leve percance en el seno
del SVGPFA. Porque, pasado un tiempo de recuperación de las fatigas del viaje,
las nombradas visitadoras pretendieron abandonar el local, alegando que
deseaban conocer las inmediaciones y pasear por el Puesto. Al no serles
permitido por sus responsables, protestaron con gritos y lisuras y trataron
incluso de forzar la salida. Para mantenerlas concentradas fue preciso que
ingresara al depósito de víveres el propio capitán Pantoja. Como anécdota, se
señala que el soldado raso Segundo Pachas solicitó poco después de la llegada
del convoy que se le incluyera entre los usuarios, indicando que estaba
dispuesto a desafiar la mala suerte, lo que le fue denegado por estar la lista
definitivamente confeccionada.
A
las 17 horas menos 5 minutos, el capitán Pantoja ordenó que las visitadoras
ocuparan sus respectivos emplazamientos, los mismos que habían sido sorteados
así: depósito de víveres, LALITA y PECHUGA; puesto de radio, SANDRA;
enfermería, IRIS. Como controla-dores se situaron el propio capitán Pantoja a
la puerta del depósito de víveres, el suscrito ante el puesto de radio y el
suboficial Marcos Maravilla Ramos ante la enfermería, cada cual con su
respectivo cronómetro. A las 17 horas exactas, es decir apenas terminadas las
tareas y servicios de la tropa (con excepción de la guardia), se hizo formar a
los veinte usuarios y se les pidió indicar a la visitadora de su elección,
produciéndose entonces la primera dificultad seria, debido a que dieciocho de
los veinte se pronunciaron resueltamen-te por la denominada PECHUGA y los dos
restantes por IRIS, con lo que las otras dos quedaban sin candidatos usuarios.
Consultado sobre la decisión a tomarse, el capitán Pan-toja sugirió y el
suscrito puso en práctica la solución siguiente: los cinco hombres de mejor
comportamiento en el mes, según foja de servicios, fueron dirigidos hacia el
emplazamiento de la solicitada PECHUGA y los cinco de mayor número de castigos
y amonestaciones al de la llamada SANDRA, por ser la de físico más perjudicado
entre las cuatro visitadoras (abundantes marcas de viruela). Los otros fueron
divididos en dos grupos y dirigidos, me-diante sorteo, a los emplazamientos
respectivos de IRIS Y LALITA. Una vez formados los cuatro grupos de cinco hombres,
se les explicó brevemente que no podrían excederse de una permanencia máxima de
veinte minutos en el emplazamiento, tiempo tope de una pres-tación normal según
el reglamento del SVGPFA, y se ordenó a quienes esperaban, guardar el mayor
silencio y compostura para no perturbar al compañero en acción. La segunda
difi-cultad seria surgió en ese momento, pues todos los hombres pugnaban por
ponerse a la ca-beza de su grupo respectivo a fin de ser los primeros en
obtener la prestación de cada visi-tadora, llegando a registrarse empujones y
altercados verbales. Una vez más hubo que im-poner la calma y acudir al sistema
del sorteo para disponer el orden de colocación en las filas, todo lo cual
significó una demora de unos quince minutos.
A
las 17 y 15 se dio la orden de arranque. Conviene adelantar que, en su
conjunto, la ope-ración piloto se llevó a cabo con todo éxito, más o menos
dentro de los plazos previstos, y con un mínimo de percances.
En
cuanto al tiempo de permanencia con la visitadora tolerado a cada usuario, que
el ca-pitán Pantoja había temido resultara demasiado corto para una
satisfactoria y completa prestación, resultó incluso excesivo.
Por
ejemplo, éstos son los tiempos empleados por los cinco usuarios del grupo
SANDRA que el suscrito cronometró: el primero, 8 minutos; el segundo, 12; el
tercero, 16; el cuarto, 10, y el quinto, quien obtuvo el récord, 3 minutos.
Tiempos semejantes registraron también los hombres de los demás grupos. De
todos modos, el capitán Pantoja hizo notar que estas marcas eran sólo
relativamente válidas como síntoma general, ya que, por el aislamiento de
Horcones, 108 usuarios aquí tenían una impaciencia viril acuartelada por plazos
tan largos (algunos, seis meses) que tendían a ser anormalmente rápidos en el
acto de la prestación.
Teniendo
en cuenta que entre prestación y prestación había un compás de espera de unos
minutos, a fin de que los denominados Chupito y Chuchupe cambiaran el agua de
los reci-pientes de cada emplazamiento, se puede concluir que la operación duró
menos de dos horas desde su principio hasta su fin.
Ciertos
incidentes se suscitaron en el curso de la experiencia piloto, pero sin
revestir gra-vedad, siendo algunos, incluso, divertidos y útiles para relajar
un poco la tensión nerviosa de los hombres que hacían cola.
Así,
por ejemplo, debido a un descuido del radio operador del Puesto, que a diario
sintoni-za Radio Amazonas de Iquitos para escuchar el programa La Voz del
Sinchi, que propala-mos por el altavoz, al marcar los relojes las 18 horas, la
voz de este locutor irrumpió in-tempestivamente sobre Horcones, pues la emisora
estaba en encendido automático, lo que provocó risotadas y amenidad en los
hombres, sobre todo cuando vieron asomar en paños menores a la visitadora
SANDRA y al sargento primero Esteban Sandora, quienes, por es-tar efectuando la
prestación en el puesto de radio, se alarmaron sobremanera al estallar el
ruido. Otro breve incidente se produjo cuando, aprovechándose de que en el
depósito de víveres se hallaban operando en compartimentos vecinos PECHUGA y
LALITA, el solda-do raso Amelio Sifuentes, de la cola de usuarios de esta
última, pretendió maliciosamente introducirse en el emplazamiento de la apodada
PECHUGA, la misma que, como la supe-rioridad habrá percibido, fue la que
conquistó más simpatías entre los hombres de Horco-nes. El capitán Pantoja
sorprendió la mañosa intentona del número Sifuentes y lo reprendió con
severidad. En el mismo depósito de víveres se registró igualmete otro percance,
que sólo fue descubierto por el suscrito cuando el convoy del SVGPFA había
partido.
Es
así que durante el tiempo dedicado a las prestaciones, o antes, mientras las
visitadoras se hallaban concentradas allí, alguien aprovechó la contingencia
para abrir una lata de co-mestibles y sustraer siete conservas de atún, cuatro
paquetes de galletas de agua y dos ga-seosas, sin que hasta el momento haya
sido posible identificar al o a los culpables. En re-sumen, y con la sola
excepción de estos incidentes de orden menor, a las siete de la noche la
operación había terminado con todo éxito y reinaba en el Puesto un ambiente de
gran satisfacción, paz y alegría entre clases y soldados. El suscrito olvidaba
señalar que varios usuarios, al terminar la prestación respectiva, inquirieron
si era posible volver a hacer cola (la misma o una distinta) para obtener una
segunda prestación, lo que fue denegado termi-nantemente por el capitán
Pantoja. Éste explicó que se estudiaría la posibilidad de autorizar que se
repita la prestación cuando el SVGFPA haya alcanzado su máximo volumen
opera-cional.
Apenas
terminada la experiencia piloto, las cuatro visitadoras y los colaboradores
civiles Chupito, Chuchupe y Porfirio Wong embarcaron en Eva para regresar al
centro logístico del río Itaya, en tanto que el capitán Pantoja partía en
Dalila. Por más que el piloto dio se-guridades a la denominada Chuchupe de que
conduciría el aparato debidamente y de que no se repetirían los incidentes del
día anterior, ésta se negó a volver en avión. Antes de abandonar Horcones,
entre los aplausos y gestos reconocidos de clases y soldados, el ca-pitán
Pantoja agradeció al suscrito por las facilidades prestadas y por su
contribución al éxito de la operación piloto del SVGPFA y le indicó que esta
experiencia, muy provechosa para él, le permitiría perfeccionar y programar en todo
detalle el sistema de trabajo, control y desplazamientos del Servicio de
Visitadoras.
Sólo
queda por someter a la consideración de la superioridad, junto con este informe
que ojalá le sea útil, la solicitud firmada por los cuatro suboficiales del
Puesto de Horcones para que en lo venidero se permita también ser usuarios del
SVGPFA a los mandos Intermedios, lo que tiene recomendación favorable del
suscrito, debido al buen efecto psicológico y físico que la experiencia está
demostrando haber tenido en clases y soldados.
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
alférez
ALBERTO SANTANA,
jefe
del Puesto de Horcones, sobre el río Napo
16
de septiembre de 1956
ADMINISTRACIÓN,
INTENDENCIA Y SERVICIOS VARIOS DEL EJÉRCITO
DEPARTAMENTO
DE CONTABILIDAD Y FINANZAS
Resolución
confidencial número 069
Los
oficiales jefes de Intendencia o suboficiales encargados de dicha función en
los cuarte-les, campamentos y puestos de la V Región Militar (Amazonía), quedan
facultados a partir de hoy, 14 de septiembre de 1956, a descontar por planilla
de las propinas de los soldados y de los haberes de los clases la remuneración
correspondiente a las prestaciones que les brinde el Servicio de Visitadoras
(SVGPFA). Dichos descuentos deberán ceñirse estricta-mente a las siguientes
disposiciones:
1.
Las tarifas por prestación, fijadas por el SVGPFA con el visto bueno de la
superioridad, serán únicamente de dos tipos, en todos los casos y
circunstancias, a saber:
Soldados
rasos: veinte (20) soles por prestación. Clases (de cabo a sargento primero):
treinta (30) soles por prestación.
2.
El límite máximo de prestaciones mensuales admitidas será de 8 (ocho), no
señalándose límite mínimo.
3.
La suma descontada será dirigida por el oficial de Intendencia o suboficial
encargado, al SVGPFA, organismo que remunerará a las visitadoras mensualmente,
de acuerdo al número de prestaciones que hayan servido.
4.
Para la verificación y control del sistema, se seguirá el siguiente
procedimiento: el oficial de Intendencia o suboficial encargado recibirá con
esta resolución un número adecuado de cupones de cartón, de dos tipos, cada uno
de ellos en uno de los colores simbólicos del SVGPFA y sin ninguna indicación
escrita: 109 de color rojo destinados a los soldados y en consecuencia cada uno
valdrá veinte (20) soles y los de color verde para clases y por consiguiente
cada uno representará treinta (30) soles. El día primero de cada mes se
distri-buirán a cada clase y soldado de la unidad el número de cupones
equivalentes al máximo de prestaciones a que tiene derecho, es decir ocho (8).
Un cupón será entregado por el usuario a la visitadora cada vez que se
beneficie de una prestación. El día último del mes el clase o soldado devolverá
a Intendencia los cupones no usados, haciéndose entonces el co-rrespondiente
descuento en función del número de cupones no devueltos (en los casos de
extravío o pérdida del cupón, el perjuicio será para la visitadora y no para el
SVGPFA).
5.
Siendo imprescindible por razones de decoro y moral conservar el máximo de
discreción sobre la naturaleza de esta operación contable, en los libros del
cuartel, campamento o puesto los descuentos por prestaciones del SVGPFA
figurarán camuflados mediante con-traseñas. Para el efecto, el oficial o
suboficial de Intendencia podrá usar cualquiera de las siguientes fórmulas:
a.
Descuento para gastos de vestuario
b.
Descuento por deterioro del arma
c.
Adelanto por desplazamiento familiar
d.
Descuento por actividades deportivas
e.
Descuento por sobrealimentación
Esta
Resolución número 069 no será exhibida en las unidades ni comunicada a través
de partes o del Orden del Día. El oficial o suboficial de Intendencia
participará verbalmente de su contenido a los soldados y clases de su unidad,
instruyéndolos al mismo tiempo para que guarden la mayor reserva sobre esta
materia, por ser susceptible de echar sombras o atraer críticas malévolas sobre
la institución.
Firmado:
coronel
EZEQUIEL LÓPEZ LÓPEZ,
jefe
del Departamento de Contabilidad y Finanzas
Cúmplase
y distribúyase:
general
FELIPE COLLAZOS
Lima,
14 de septiembre de 1956
Misiva
del capitán (CCC) Avencio P. Rojas, capellán de la Unidad de Caballería número
7 Alfonso Ugarte, de Contamana, a la Jefatura del Cuerpo de Capellanes
Castrenses (CCC) de la V Región (Amazonía).
Contamana,
23 de Noviembre de 1956
Comandante
(CCC)
Godofredo
Beltrán Calila
Iquitos,
Loreto.
Mi
comandante y caro amigo:
Cumplo
con el deber de informarle que, por dos veces consecutivas en el espacio del
pre-sente mes, mi unidad ha recibido la visita de grupos de prostitutas,
oriundas de Iquitos y venidas hasta aquí por barco, que fueron alojadas en el
cuartel y quienes pudieron ejercer comercio carnal con la tropa a ojos vistas y
con la total anuencia de la oficialidad. Entiendo que las dos veces capitaneaba
el equipo de mujerzuelas un individuo contrahecho y enano, a quien, se dice,
conocen con el alias de Chupo o Pupo en los medios prostibularios de Iquitos.
No puedo darle mayores detalles sobre este acontecimiento, que conozco sólo de
oídas, ya que en ambas ocasiones fui previamente alejado de aquí por el mayor
Zegarra Avalos. La primera vez, y sin considerar que me hallo aún convaleciendo
de la hepatitis que tantos estragos hizo a mi organismo, como usted sabe de
sobra, el mayor me envió a dar la extremaunción a un proveedor de la unidad, un
pescador supuestamente moribundo, que vive a ocho horas de marcha por una trocha
de lodazales pestilentes, y a quien encontré borracho y con apenas una
insignificante herida en el brazo causada por la mordedura de un mono
shimbillo. La segunda vez el mayor me envió a bendecir una tienda de campaña,
refugio de exploradores, a catorce horas aguas arriba del Huallaga, misión
absolutamente disparatada, como usted se hará cargo, pues jamás en toda su
historia ha acostumbrado el Ejército bendecir semejantes instalaciones de tan
precaria existencia. Ambas consignas, es evidente, fueron pretextos para evitar
el ser testigo de la conversión en lenocinio de la Unidad número 7 de
Caballería, aunque, le aseguro, por doloroso que hubiera sido para mí ese
espectáculo no me habría causado las fatigas físicas y la frustración
psicológica que significaron ese par de expediciones inútiles.
Una
vez mas me permito rogarle, mi querido y respetado comandante, se sirva apoyar
con el peso de la influencia que le ha ganado merecidamente su alto prestigio,
mi solicitud de traslado a una unidad más llevadera y donde pueda ejercer con
más beneficio espiritual mi misión de hombre de Dios y pastor de almas. Le
repito, a riesgo de cansarlo, que no hay fortaleza moral ni sistema nervioso
que aguante las infinitas burlas y el escarnio constante de que soy objeto
aquí, tanto por parte de los oficiales como de la tropa.
Todos
parecen convencidos de que el capellán es el entretenimiento y hazmerreír de la
unidad, y no pasa día sin que me hagan víctima de alguna vileza, a veces tan
impía como encontrar un ratón en lugar de hostias en el copón de la Eucaristía
en plena celebración de la Misa, o ir despertando la hilaridad general porque
me ha sido pegoteado sin que yo lo notara un dibujo obsceno a las espaldas, o
invitarme a beber cerveza que luego resulta ser orines, y otras cosas todavía
más humillantes, ofensivas y hasta riesgosas para mi salud. Mi sospecha de que
el propio mayor Zegarra Avalos instiga y atiza estas perfidias contra mí, ha
pasado ya a ser certidumbre.
Pongo
en su conocimiento estos hechos, rogándole se sirva indicarme si debería elevar
una denuncia a la Comandancia General de la V Región sobre la venida de las
rameras, o si convendría que usted mismo tomara en sus manos el asunto, o si en
aras de intereses con-viene guardar piadoso silencio sobre el particular.
En
espera de su esclarecido consejo y haciendo votos por su buena salud y mejor
ánimo, lo saluda muy afectuosamente su subordinado y amigo,
capitán
(ccc) AVENCIO P. ROJAS, capellán de la Unidad de Caballería número 7 Alfonso
Ugarte, de Contamana. V Región Militar (Amazonía)
Misiva
del comandante (CCC) Godofredo Beltrán Calila, jefe del Cuerpo de Capellanes
Castrenses de la V Región (Amazonía) al capitán (CCC) Avencio P. Rojas,
capellán de la Unidad de Caballería número 7 Alfonso Ugarte, de Contamana
Iquitos,
2 de Diciembre de 1956
Capitán
(CCC)
Avencio
P. Rojas
Contamana,
Loreto.
Capitán:
Una
vez más debo lamentar que viva en la luna de Paita. Las delegaciones femeninas
que visitaron la Unidad de Caballería número 7 Alfonso Ugarte, pertenecen al
Servicio de Visi-tadoras para Guarniciones. Puestos de Frontera y Afines
(SVGPFA), organismo creado y administrado por el Ejército y sobre el cual usted
y todos los capellanes a mi mando fueron informados por mí hace varios meses
mediante la Circular (ccc) número 04606. La exis-tencia del SVGPFA no alegra en
absoluto al Cuerpo de Capellanes Castrenses, y todavía menos a mí mismo, pero
no necesito recordarle que en nuestra institución donde manda capitán no manda
marinero y por lo tanto no queda sino cerrar los ojos y rogar a Dios que
ilumine a nuestros superiores para que rectifiquen lo que, a la luz de la
religión católica y de la ética castrense, sólo puede ser considerado una grave
equivocación.
En
cuanto a las quejas que ocupan el resto de su carta, debo reconvenirlo
severamente. El mayor Zegarra Avalos es su superior y le corresponde a él y no
a usted, juzgar sobre la uti-lidad o inutilidad de las misiones que se le
confían. La obligación suya es cumplirlas con la mayor celeridad y eficacia
posible. Respecto a las burlas de que es objeto, y que por su-puesto deploro,
responsabilizo de ellas tanto y quizá más a su falta de carácter que a los
malos instintos de los otros. ¿Debo recordarle que a usted compete, antes que a
nadie, hacerse tratar con la alta deferencia que exige su doble condición de
sacerdote y de solda-do? Sólo una vez en mi vida de capellán, hace de esto 15
años, me faltaron el respeto y le aseguro que el atrevido debe estar todavía
sobándose la cara. Llevar sotana no es llevar faldas, capitán Rojas, y en el
Ejército no toleramos a los capellanes con propensión mujeril. Lamento que por
su mal entendida noción de la mansedumbre evangélica, o por simple
pusilanimidad, contribuya usted a mantener la abyecta especie de que los
religiosos no so-mos varones enteros y de pelo en pecho, capaces de imitar al
Cristo que arremetió a latiga-zos contra los mercaderes que vejaban el Templo.
¡Más
dignidad y más coraje, capitán Rojas!
Su
amigo,
comandante
(ccc) GODOFREDO BELTRÁN CALILLA,
jefe
del ccc de la V Región Militar
CINCO
-Despierta,
Panta -dice Pochita-. Pantita, ya son las seis.
-¿Se
ha movido el cadetito? -se frota los ojos Panta-. Deja tocal baliguita.
-No
hables como idiota, que te ha dado por imitar a los chinos -hace un gesto de
fastidio Pochita-. No, no se ha movido. Toca, ¿sientes algo?
-Estos
locos de los 'hermanos' resultaron cosa seria -agita El Oriente Bacacorzo-.
¿Vio lo que hicieron en Moronacocha? Para meterles bala, carajo.
Menos
mal que la policía les está dando una batida en regla.
-Despierte,
cadete Pantojita -pega la oreja al ombligo de Pochita Panta-. ¿No ha oído la
diana? Qué espela, despiete, despiete.
-No
me gusta que hables así, ¿no ves que estoy tan nerviosa con lo del niñito de
Morona-cocha? -reniega Pochita-. No me aprietes la barriga tan fuerte, vas a
hacerle daño al bebe.
-Pero,
amor, estoy bromeando -se estira los ojos con dos dedos Panta-. Se me pega la
ma-nera de hablar de uno de mis ayudantes. ¿Te vas a enojar por ese adefesio?
Anda, dame un besito.
-Tengo
miedo de que el cadete se haya muerto -se soba la barriga Pochita-. No se movió
anoche, no se mueve esta mañana. Le pasa algo, Panta.
-Nunca
he visto un embarazo tan normal, señora Pantoja -la tranquiliza el doctor
Arizmen-di-. Todo va muy bien, no se preocupe. Lo único, cuidar los nervios. Y
para eso, ya sabe, ni acordarse ni hablar de la tragedia de Moronacocha.
-Bueno,
a levantase y hacel los ejecicios, señol Pantoja -salta de la cama Panta-.
Aliba, ali-ba.
-Te
odio, muérete, por qué no me das gusto -le tira una almohada Pochita-. No
hables como chino, Panta.
-Es
que estoy contento, chola, las cosas van marchando -abre y cierra los brazos,
se levanta y se agacha Panta-. Nunca creí sacar adelante la misión que me dio
el Ejército. Y en sólo seis meses he progresado tanto que yo mismo me asombro.
-Al
principio te fastidiaba ser espía, tenías pesadillas y llorabas y gritabas de
dormido -le saca la lengua Pochita-. Pero ahora estoy notando que el Servicio
de Inteligencia te encanta.
-Claro
que estoy enterado de ese horror -asiente el capitán Pantoja-. Imagínese que mi
po-bre madre alcanzó a ver el espectáculo, Bacacorzo. Se desmayó de la
impresión, por su-puesto, y ha pasado tres días en la clínica, bajo tratamiento
médico, con los nervios hechos trizas.
-¿No
tenías que salir a las seis y media, hijito? -asoma la cabeza la señora
Leonor-. Ya está tu desayuno servido.
-Me
ducho en un dos pol tles, mamacita -hace flexiones, boxea con su sombra, salta
la cuerda Panta-.
Buenos
días, señola Leonol.
-Qué
le pasa a tu marido que anda así -se sorprende la señora Leonor-. Tú y yo con
el alma en un hilo por lo que ha pasado en esta ciudad y él más alegre que un
canario.
-El
sequeto es la Brasileña -murmura el Chino Porfirio-. Te lo julo, Chuchupe. La
conoció anoche, donde Aladino Pandulo y quedó bizco. No podía disimulal, se le
tocían los ojos de la admilación. Esta vez cayó, Chuchupe.
-¿Sigue
tan bonita o ya se desmejoró algo? -dice Chuchupe-. No la veo desde antes que
se fuera a Manaos. Entonces no se llamaba Brasileña, Olguita nomás.
-Tumba
al suelo de buena moza, y además de ojos; tetitas y pienas, que toda la vida
fuelon de escapalate, ha echado un magnífico culo -silba, manosea el aire el
Chino Porfirio-. Se entiende que dos tipos se matalán pol ella.
-¿Dos?
-niega con la cabeza Chuchupe-. Sólo el gringuito misionero, que yo sepa.
-¿Y
el estudiante, mamy? -se hurga la nariz Chupito-. El hijo del Prefecto, el
ahogado de Moronacocha.
También
se suicidó por ella.
-No,
ése fue accidente -le aparta la mano de la nariz y le alcanza un pañuelo
Chuchupe-. El mocoso ya se había consolado, venía otra vez a Casa Chuchupe y se
ocupaba con las chicas de lo más bien.
-Pero
en la cama las hacía llamarse a todas Alguita -se suena y devuelve el pañuelo
Chupi-to-. ¿No te acuerdas cómo nos reíamos espiándolo, mamy? Se arrodillaba y
les besaba los pies imaginándose que eran ella. Se mató por amor, estoy seguro.
-Yo
sé pol qué dudas, mujel de hielo -se toca el pecho el Chino Porfirio-. Poque a
ti te falta lo que a Chupón y a mí nos sobla: colazón.
-Pobre,
la compadezco señora Leonor -se estremece Pochita-. Si yo, que sólo conozco el
crimen de oídas y de leídas, tengo pesadillas y me despierto creyendo que están
crucifican-do al cadetito, cómo no va a estar usted medio loca, habiendo visto
a la criatura con sus propios ojos. Ay, señora Leonor, hablo de eso y se me
escarapela el cuerpo, le digo.
-Vaya
Olguita, se ha pasado la vida haciendo estragos -filosofa Chuchupe-. Y apenas
re-gresa de Manaos me la pescan trabajando en plena vermouth del cine Bolognesi
con un teniente de la Guardia Civil. ¡Las cosas que habrá hecho en el Brasil!
-Una
mujer de rompe y raja, como a mí me gustan -se muerde los labios Chupito-. Bien
servida de aquí y de acá, un álamo de alta y hasta parece que inteligente.
-¿Quieres
que te ahogue en el río, feto de piojo? -le da un empujón Chuchupe.
-Era
una broma para hacerte rabiar, mamy -brinca, la besa, suelta una carcajada
Chupito-. Para mi corazoncito sólo tú existes. A las otras, las veo con los
ojos de la profesión.
-¿Y
el señor Pantoja ya la contrató? -dice Chuchupe-. Qué bueno sería verlo caer
por fin en las redes de una mujer: los enamorados siempre se ponen blandos.
Él
es demasiado recto, le hace falta.
-Quiele,
pelo no le alcanza la platita -bosteza el Chino Porfirio-. Ah, qué sueño, lo
único que no me gusta del Sevicio son estas levantadas al alba. Ahí llegan las
muchachas, Chupón.
-Pude
darme cuenta desde que baje del taxi -se entrechocan los dientes de la señora
Leo-nor-. Pero no me di, Pochita, pese a que noté el Arca más llena que otras
veces y a que todo el mundo estaba, no sé, medio histérico. Rezaban, lloraban a
gritos, había electricidad en el aire. Y, encima, esos truenos y relámpagos.
-Buenos
días, visitadoras contentas y alegres -canta Chupito-. A ver, me van formado
cola para la revista médica. Por orden de llegada y sin pelearse. Como en el
cuartel, como le gusta a Pan Pan.
-Que
ojos de mala noche, Pichuza -la pellizca en la mejilla el Chino Porfirio-. Se
nota que no te basta el Servicio.
-Si
sigues trabajando por tu cuenta, no durarás mucho aquí -advierte Chuchupe-. Ya
se lo has oído mil veces a Pan-Pan.
-Hay
incompatibilidad entre visitadora y puta, con perdón de la expresión -sentencia
el se-ñor Pantoja-.
Ustedes
son funcionarias civiles del Ejército y no traficantes del sexo.
-Pero
si no he hecho nada, Chuchupe -le muestra las uñas a Porfirio, se da una
palmada en el trasero y zapatea Pichuza-. Tengo mala cara porque estoy con
gripe y me desvelo en las noches.
-Ya
no hable de eso, señora Leonor -la abraza Pochita-. El médico le ha recetado no
pensar en ese niño y lo mismo a mí, acuérdese. Dios mío, pobre criatura.
¿Seguro
que ya estaba muertecito cuando lo vio? ¿O agonizaba todavía?
-Juré
que no pasaría más la revista médica y no la voy a pasar, Chupo -se coloca los
puños en las caderas Pechuga-. Ese enfermero es un vivo, a mi no me pone nunca
más la mano encima.
-Entonces
te la pondré yo -grita Chupito-. ¿No has leído ese cartel? Lee, lee ¿qué mierda
dice?
-"Las
ordenes se obedecen sin dudas ni murmuraciones"-lee Chuchupe.
-¿No
has leído este otlo? -grita el Chino Porfirio-. Ya tiene más de un mes colgado
ahí.
-"Solo
se puede alegar contra una orden después de cumplirla"-lee Chuchupe.
-No
los he leído porque no sé leer -se ríe Pechuga-. Y a mucha honra.
-La
Pechuga tiene razón, Chuchupe -se adelanta Peludita-. Ése es un abusivo, la
revista médica es su gran viveza para aprovecharse. Con el cuento de buscar
enfermedades, nos mete la mano hasta el cerebro.
-La
última vez tuve que darle un sopapo -se rasca la espalda Coca-. Me mando un
mordisco aquí, justo donde me dan esos calambres que usted sabe.
-A
la cola, a la cola y no protesten que el enfermero también tiene su corazoncito
-da pal-madas, sonríe, las arrea Chuchupe-. No sean malagradecidas, qué más
quieren que el Ser-vicio las haga examinar y las tenga siempre sanitas.
-¡Formen
cola y vayan pasando, chuchupitas! -ordena Chupito-. Pan-Pan quiere que los
convoyes estén listos para la partida cuando él llegue.
-Sí,
creo que ya estaba, ¿acaso no dicen que lo clavaron apenas comenzó el aguacero?
-le tiembla la voz a la señora Leonor-. Por lo menos, cuando yo lo vi no se
movía ni lloraba. Y mira que lo vi desde muy, muy cerca.
-¿Le
transmitió al general Scavino mi solicitud? -apunta a una garza que se asolea
en la rama de un árbol, dispara y falla el capitán Pantoja-. ¿Acepta recibirme?
-Lo
espera en la Comandancia a las diez de la mañana -mira al animal alejarse
aleteando frenético sobre los árboles el teniente Bacacorzo-. Pero aceptó a
regañadientes, ya sabe que el Servicio de Visitadoras no ha contado nunca con
su aprobación.
-Lo
sé de sobra, en siete meses sólo he podido verlo una vez -vuelve a levantar la
escopeta y dispara contra la caparazón vacía de una tortuga y la hace brincar
con el polvo el capitán Pantoja-. ¿Cree que es justo, Bacacorzo? Encima de que
se trata de una misión difícil, Sca-vino me tiene entre ojos, me cree un
personaje tenebroso. Como si yo hubiera inventado el Servicio.
-No
lo ha inventado, pero ha hecho maravillas con él, mi capitán -se tapa los oídos
el te-niente Bacacorzo-. El Servicio de Visitadoras es ya una realidad y en las
guarniciones no sólo es aprobado sino aclamado.
Debe
sentirse satisfecho de su obra.
-Todavía
no puedo, qué esperanza -arroja los cartuchos vacíos, se limpia la frente,
vuelve a cargar la escopeta y se la pasa al teniente el capitán Pantoja-. ¿No
se da cuenta? La situa-ción es dramática. A costa de economías y de grandes
esfuerzos, aseguramos 500 presta-ciones semanales. Eso nos saca muelas, nos
tiene boqueando. ¿Y sabe que demanda deber-íamos cubrir?
¡Diez
mil, Bacacorzo!
-Tiempo
al tiempo -apunta apenas a un arbusto, dispara y mata una paloma el teniente
Ba-cacorzo-. Estoy seguro de que con su tenacidad y su sistema de trabajo,
conseguirá llegar a esos diez mil polvitos, mi capitán.
-¿Diez
mil semanales? -arruga la frente el general Scavino-. Es una exageración
delirante, Pantoja.
-No,
mi general -se colorean las mejillas del capitán Pantoja-: una estadística
científica. Mire estos organigramas. Se trata de un cálculo cuidadoso y, más
bien, conservador. Aquí, vea: diez mil prestaciones semanales corresponden a la
"necesidad psicológico biológica primaria". Si intentáramos cubrir la
"plenitud viril" de clases y soldados, la cifra sería de $3.200
prestaciones semanales.
-¿Cierto
que el pobre angelito sangraba todavía de sus manitos y de sus piecesitos,
señora? -balbucea, abre mucho los ojos, la boca Pochita-. ¿Que todos los
hermanos y hermanas se empapaban con la sangre que chorreaba del cuerpecito?
-Me
va a dar un sincope jadea el padre Beltrán-. ¿Quién le ha metido en la mollera
esa abe-rración? ¿Quién le ha dicho que la plenitud viril sólo se alcanza
fornicando?
-Los
más destacados sexólogos, biólogos y psicólogos, Padre -baja los ojos el
capitán Pan-toja.
-¡Le
he dicho que me llame comandante, carajo! -ruge el padre Beltrán.
-Perdón,
mi comandante -choca los talones, se confunde, abre un maletín, saca papeles el
capitán Pantoja-. Me he permitido traerle estos informes. Son extractos de
obras de Freud, de Havelock Ellis, de Wilhelm Steckel, de Selecciones y del
doctor Alberto Seguín, nuestro compatriota. Si prefiere consultar los libros,
los tenemos en la biblioteca del centro logístico.
-Porque
además de mujeres, también distribuye pornografía por los cuarteles -golpea la
mesa el padre Beltrán-. Lo sé muy bien, capitán Pantoja. En la guarnición de
Borja, su ayudante el enano repartió estas inmundicias: “Dos noches de placer y
Vida”, “Pasión y amores de María la Tarántula”.
-A
fin de acelerar la erección de los números y ganar tiempo, mi comandante
-explica el capitán Pantoja-. Lo hacemos de manera regular, ahora. El problema
es que no tenemos suficiente material. Son ediciones fenicias, se deterioran al
primer manoseo.
-Tenía
sus ojitos cerrados, la cabecita caída sobre el corazón, como un Cristo
chiquito junta las manos la señora Leonor-. De lejos parecía un monito, pero el
cuerpo tan blanco me llamó la atención. Me fui acercando, llegué al pie de la
cruz y entonces me di cuenta. Ay, Pochita, me estaré muriendo y todavía veré al
pobre angelito.
-O
sea que no fue una vez, ni iniciativa de ese enano satánico -aceza, suda, se
ahoga el pa-dre Beltrán-. Es el mismísimo Servicio de Visitadoras quien regala
esos folletos a los sol-dados.
-Los
prestamos, no hay presupuesto para regalarlos -aclara el capitán Pantoja-. Un
convoy de tres a cuatro visitadoras tiene que despachar en una jornada a
cincuenta, sesenta, ochen-ta clientes. Las novelitas han dado buen resultado y
por eso las usamos. El número que va leyendo estos folletos mientras hace la
cola, termina la prestación dos y tres minutos antes que el que no. Está
explicado en los partes del Servicio, mi comandante.
-Lo
habré oído todo antes de morirme, Dios mío -manotea en el perchero, coge su
quepí, se lo pone y se cuadra el padre Beltrán-. Nunca imaginé que el Ejército
de mi Patria iba a caer en semejante podredumbre.
Esta
reunión es muy lastimosa para mí. Permítame retirarme, mi general.
-Siga
nomás, comandante -le hace una venia el general Scavino-. Ya ve en qué estado
lo pone a Beltrán el maldito Servicio de Visitadoras, Pantoja. Y con razón,
claro. Le ruego que en el futuro nos ahorre los detalles escabrosos de su
trabajo.
-Cuánto
siento lo de tu suegra, Pochita -destapa la olla, prueba con la punta de la
cuchara, sonríe, apaga la cocina Alicia-. Habrá sido terrible para ella ver eso
¿Sigue siendo hermana? ¿No la han molestado? Parece que la policía está
metiendo presa a toda la gente del Arca, en busca de los culpables.
-¿Para
qué ha pedido esta audiencia? Ya sabe que no quiero verlo por aquí -consulta su
reloj el general Scavino-. Cuanto más claro y más breve sea, mejor.
-Estamos
totalmente desbordados -se angustia el capitán Pantoja-. Hacemos esfuerzos
so-brehumanos para ponernos a la altura de nuestras responsabilidades. Pero es
Imposible. Por radio, por teléfono, por carta nos abruman con solicitudes que
no estamos en condiciones de satisfacer.
-Qué
mierda pasa, en tres semanas no ha llegado un solo convoy de visitadoras a
Borja -se enfurece, sacude el auricular, grita el coronel Peter Casahuanqui-.
Tiene usted a mis hom-bres melancólicos, capitán Pantoja, me voy a quejar a la
superioridad.
-Pedí
un convoy y me mandaron una muestra -mordisquea la uña del dedo meñique,
escu-pe, se indigna el coronel Máximo Dávila-. ¿Se le ocurre que dos
visitadoras pueden atender a ciento treinta números y a dieciocho clases?
-Y
qué quieres que haga si no hay más chicas disponibles -mueve las manos,
ensaliva el aparato de radio Chuchupe-. ¿Que ponga putas como las gallinas
ponen huevos? Además, te mandamos sólo dos pero una era Pechuga, que vale diez.
Y por último ¿desde cuándo me usteas tú, Cocodrilo?
-Voy
a quejarme a la Comandancia de la V Región por sus discriminaciones y
preferencias, punto seguido -dicta el coronel Augusto Valdés-. La guarnición
del río Santiago recibe un convoy cada semana y yo uno cada mes, punto. Si cree
que los artilleros son menos hombres que los infantes, coma, estoy dispuesto a
demostrarle lo contrario, coma, capitán Pantoja.
-No,
a mi suegra no la han molestado, pero Panta tuvo que ir a la Comisaría a
explicar que la señora Leonor no tenía nada que ver con el crimen -Pochita
prueba también la sopa y exclama te salió regia, Alicia-. Y un policía vino a
la casa, a hacerle preguntas sobre lo que había visto. Qué va a seguir siendo
hermana, no quiere oír hablar del Arca y al Hermano Francisco lo crucificaría
por el mal rato que pasó.
-Todo
eso lo sé de sobra y me entristece -asiente el general Scavino-. Pero no me
sorprende, cuando se juega con fuego uno se quema. La gente se ha enviciado Y.
naturalmente, quiere más y más. El error estuvo en comenzar. Ahora no se podrá
parar la avalancha, cada día seguirán aumentando las solicitudes.
-Y
cada día voy a poder servirlas menos, mi general -se aflige el capitán
Pantoja-. Mis co-laboradoras están exhaustas y no puedo exigirles más, corro el
riesgo de perderlas. Es im-prescindible que el Servicio crezca.
Le
pido autorización para ampliar la unidad a quince visitadoras.
-En
lo que a mí concierne, denegado -respinga, agrava el rostro, se frota la calva
el general Scavino-. Por desgracia, la última palabra la tienen los estrategas
de Lima. Trasmitiré su pedido, pero con recomendación negativa. Diez meretrices
a sueldo del Ejército son más que suficientes.
-Le
he preparado estos informes, evaluaciones y organigramas sobre la ampliación
-despliega cartulinas, señala, subraya, se afana el capitán Pantoja-. Es un
estudio muy cui-dadoso, me ha costado muchas noches de desvelo. Observe, mi
general: con un aumento presupuestario del 22%, dinamizaríamos el volumen
operacional en un 60%: de 500 a 800 prestaciones semanales.
-Concedido,
Scavino -decide el Tigre Collazos-. La inversión vale la pena. Resulta más
barato y más efectivo que el bromuro en los ranchos, que nunca dio resultado.
Los partes hablan: desde que entró en funciones el SVGPFA han disminuido los
incidentes en los pueblos y la tropa está más contenta. Déjalo que reclute esas
cinco visitadoras.
-¿Pero
y la Aviación, Tigre? -se revuelve en la silla, se levanta, se sienta el
general Scavino-. ¿No ves que tenemos a toda la Fuerza Aérea en contra? Nos ha
hecho saber varias veces que desaprueba el Servicio de Visitadoras. También hay
oficiales del Ejército y de la Marina que lo piensan: ese organismo no congenia
con las Fuerzas Armadas.
-Mi
pobre vieja se había encariñado con esos locos del Arca, señor Comisario
-cabecea avergonzado el capitán Pantoja-. Iba de cuando en cuando a Moronacocha
a verlos y a lle-varles ropita para sus niños. Una cosa rara, ¿sabe?, ella
nunca había sido dada a las cosas de la religión. Pero esta experiencia la ha
curado, le aseguro.
-Dale
esa plata, cucufato, y no reniegues tanto -se ríe el Tigre Collazos-. Pantoja
lo está haciendo bien y hay que apoyarlo. Y dile que a las nuevas reclutas las
elija ricotonas, no te olvides.
-Me
da usted una inmensa alegría con la noticia, Bacacorzo -respira hondo el
capitán Pan-toja-. Ese esfuerzo va a sacar al Servicio de un gran apuro,
estábamos al borde del colapso por exceso de trabajo.
-Ya
ve, salió con su gusto, puede contratar a cinco más -le entrega un comunicado,
le hace firmar un recibo el teniente Bacacorzo-. Qué le importa tener en contra
a Scavino y a Beltrán si los jefazos de Lima, como Collazos y Victoria, lo
respaldan.
-Naturalmente
que no molestaremos a su señora mamá, no se preocupe, capitán -lo toma del
brazo, lo acompaña hasta la puerta, le da la mano, le hace adiós el Comisario-.
Le confieso que va a ser difícil encontrar a los crucificadores. Hemos detenido
a 150 hermanas y a 76 hermanos y todos lo mismo. ¿Sabes quién clavo al niño?
Sí. ¿Quién? Yo. Uno para todos y todos para uno, como en los tres mosqueteros,
esa película de Cantinflas, ¿la vio?
-Además,
me va a permitir dar un cambio cualitativo al Servicio -relee el comunicado, lo
acaricia con la yema de los dedos, dilata la nariz el capitán Pantoja-. Hasta
hoy elegía al personal por factores funcionales, era sólo cuestión de
rendimiento. Ahora, por primera vez entrará en juego el factor estético
artístico.
-Carambolas
-aplaude el teniente Bacacorzo-. ¿Quiere decir que se ha encontrado una Ve-nus
de Milo aquí en Iquitos?
-Pero
con los brazos completos y una carita de resucitar cadáveres -tose, pestañea,
se toca la oreja el capitán Pantoja-. Discúlpeme, tengo que irme. Mi señora
está donde el ginecólogo y quiero saber cómo la encuentra. Sólo faltan dos
meses para que nazca el cadetito.
-¿Y
si en vez de cadetito le nace una visitadorcita, señor Pantoja? -echa a reír,
calla, se asusta Chuchupe-. No se moleste, no me mire así. Ah, nunca se le
pueden hacer bromas, es usted demasiado serio para sus años.
-¿No
has leído esa consigna, tú que debes dar aquí el ejemplo? -señala la pared el
señor Pantoja.
-"Ni
bromas ni juegos durante el servicio", mami -lee Chupito.
-¿Por
qué no está lista la unidad para la inspección? -mira a derecha e izquierda,
chasquea la lengua el señor Pantoja-. ¿Terminó la revista médica? Qué esperan
para hacer formar y pasar lista.
-¡Formen
fila, visitadoras! -hace bocina con las manos Chupito.
-¡Vuela
volando, mamacitas! -corea el Chino Porfirio.
-Y
ahora nómbrense y numérense -taconea entre las visitadoras Chupito-. Vamos,
vamos, de una vez.
-¡Uno,
Rita!
-¡Dos,
Penélope!
-¡Tres,
Coca!
-¡Cuatro,
Pichuza!
-¡Cinco,
Pechuga!
-¡Seis,
Lalita!
-¡Siete,
Sandra!
-¡Ocho,
Maclovia!
-¡Nueve,
Iris!
-¡Diez,
Peludita!
-Entelitas
y completas, señol Pantoja -se dobla en una reverencia el Chino Porfirio.
-Se
le ha quitado la superstición, pero se está volviendo beata, Panta -traza una
cruz en el aire Pochita-. ¿Sabes adónde eran las escapadas de tu mamá que nos
tenían tan intrigados? A la iglesia de San Agustín.
-Parte
del servicio médico -ordena Pantaleón Pantoja.
-"Efectuada
la revista, todas las visitadoras se hallan en condiciones de salir en
operación"-descifra Chupito-. "La llamada Coca muestra algunos
hematomas en la espalda y brazos, que tal vez perjudiquen su rendimiento en el
trabajo. Firmado: Asistente Sanitario del SVGPFA-"
-Mentira,
ese degenerado me odia por el sopapo que le aventé, quiere vengarse -se baja el
cierre, expone el hombro, el brazo, mira con odio a la Enfermería Coca-. Sólo
tengo unos rasguñitos que me hizo mi gato, señor Pantoja.
-Bueno,
en todo caso eso está mejor, chola se encoge bajo las sábanas Panta-. Si con
los años le ha dado por la religión, mejor que sea por la verdadera y no por
creencias bárbaras.
-Un
gato que se llama Juanito Marcano y es idéntico a Jorge Mistral -susurra
Pechuga al oído de Rita.
-Que
tú ya te lo quisieras aunque sea para Fiestas Patrias -zigzaguea como una
víbora Coca- . Tetas de chancha.
-Diez
soles de multa a Coca y Pechuga por hablar en filas -no pierde la calma, saca
un lápiz, un cuaderno el señor Pantoja-. Si crees que estás en condiciones de
salir en el convoy, puedes hacerlo, Coca, ya que te autoriza el servicio
sanitario, así que no te pongas histérica.
Y
ahora, plan de trabajo de la jornada.
-Tres
convoyes, dos de 48 horas y uno que regresa esta misma noche -emerge de detrás
de la formación Chuchupe-. Ya hice el sorteo con los palitos, señor Pantoja. Un
convoy de tres chicas al campamento de Puerto América, en el río Morona.
-Quién
lo comanda y quiénes lo integran -moja la punta del lápiz en los labios y anota
Pan-taleón Pantoja.
-Lo
comanda este cristiano y van conmigo Coca, Pichuza y Sandra -indica Chupito-.
Loco ya está dándole su mamadera a Dalila, así que podemos partir en diez
minutos.
-Que
Loco se porte bien y no haga las travesuras de siempre, señor Pan Pan -señala
al hidroavión que se balancea en el río y a la figurita que lo cabalga,
Sandra-. Mire que si me mato, usted sale perdiendo. Le he dejado mis hijitas en
herencia. Y tengo seis.
-Diez
soles a Sandra, por el mismo motivo que a las otras -levanta el índice, escribe
Panta-león Pantoja-.
Lleva
tu convoy hacia el embarcadero, Chupito. Buen viaje y a trabajar con
temperamento y convicción, muchachas.
-Convoy
a Puerto América, nos fuimos -manda Chupito-. Cojan sus maletines. Y ahora, en
dirección a Dalila, vuela volando, chuchupitas.
-Los
convoyes dos y tres salen en Eva dentro de una hora -da parte Chuchupe-. En el
dos, Bárbara, Peludita, Penélope y Lalita. Lo llevo yo, a la guarnición
Bolognesi, en el río Ma-zan.
-¿Y
si con tanto susto por el niñito crucificado, el cadete nace fenómeno? -hace
pucheros Pochita-. Qué tragedia tan horrible sería, Panta.
-Y
el tecelo sigue conmigo aguas aliba, hasta Campo Yavali -surca el aire con la
mano el Chino Porfirio-.
La
vuelta el jueves a mediodía, señol Pantoja.
-Bien,
vayan embarcando y a portarse como se pide chumbeque -hace adiós a las
visitado-ras Pantaleón Pantoja-. Ustedes vengan un momento a mi oficina, Chino
y Chuchupe. Ten-go que hablarles.
-¿Cinco
chicas más? Qué buena noticia, señor Pantoja -se frota las manos Chuchupe-.
Apenas regrese este convoy, se las consigo. No habrá ninguna dificultad, hay
lluvia de so-licitantes. Ya se lo he dicho, nos estamos haciendo famosos.
-Muy
mal hecho, nosotros no debemos salir de la clandestinidad -muestra el cartel
que dice "En boca cerrada no entran moscas" Pantaleón Pantoja-.
Preferiría que me trajeras unas diez candidatas, para elegir yo a las cinco
mejores. A cuatro, en realidad, porque la otra, he pensado...
-¡En
Olguita la Blasileña! -esculpe senos, caderas, muslos el Chino Porfirio-. Una
idea lu-minosa, señol Pan Pan. Ese monumento nos dalá fama. Vuelvo del viaje y
con las mismas se la busco.
-Búscala
ahorita y me la traes sin más -se ruboriza, cambia de voz Pantaleón Pantoja-.
Antes de que Moquitos la enrole para sus bulines. Tienes todavía una hora,
Chino.
-Vaya,
qué apuradito, señor Pantoja -rezuma mermelada, azúcar, merengue Chuchupe-. Me
están dando unas ganas de volver a verle la cara a la bella Olguita.
-Cálmate,
amor, no pienses más en eso -se preocupa, recorta un cartón, lo pintarrajea, lo
cuelga Panta-. Desde ahora, queda terminantemente prohibido hablar en esta casa
del niño crucificado y de los locos del Arca.
Y
para que no se te olvide a ti tampoco, mamá, voy a clavar un cartel.
-Encantada
de verlo de nuevo, señor Pantoja -se come todo con los ojos, se curva, perfuma
el aire, pía la Brasileña-. Así que ésta es la famosa Pantilandia. Vaya, había
oído hablar tanto y no podía imaginarme cómo sería.
-¿La
famosa qué? -avanza la cabeza, acerca una silla Pantaleón Pantoja-. Siéntate,
por fa-vor.
-Pantilandia,
así le llama la gente a esto -abre los brazos, luce las axilas depiladas, se
ríe la Brasileña-. No sólo en Iquitos, por todas partes. Oí hablar de
Pantilandia en Manaos. Qué nombrecito raro ¿vendrá de Disneylandia?
-Me
temo que más bien venga de Panta -la observa de arriba abajo, de lado a lado,
le sonríe, se pone serio, sonríe de nuevo, transpira el señor Pantoja--Pero tú
no eres brasileña sino peruana ¿no? Por tu manera de hablar, al menos.
-Nací
aquí me pusieron eso porque he vivido en Manaos -se sienta, se sube la falda,
saca una polvera, se empolva la nariz, los hoyuelos de las mejillas la
Brasileña-. Pero, ya ve, todos vuelven a la tierra en que nacieron, como en el
vals.
-Mejor
sacas de ahí ese cartel, hijito -se tapa los ojos la señora Leonor-. Eso de
estar le-yendo "Prohibido hablar del mártir" hace que Pochita y yo no
hablemos de otra cosa todo el santo día. Tienes unas ideas, Panta…
-¿Y
qué cosas se dicen de Pantilandia? -tamborilea en el escritorio, se hamaca en
el asiento, no sabe qué hacer con sus manos Pantaleón Pantoja-¿Qué has oído por
ahí?
-Exageran
mucho, no se le puede creer a la gente -cruza las piernas, los brazos, hace
den-gues, guiños, se humedece los labios mientras habla la Brasileña-. Figúrese
que en Manaos decían que era una ciudad de varias manzanas y con centinelas
armados.
-Bueno,
no te decepciones, sólo estamos comenzando -sonríe, se muestra amable,
sociable, conversador Pantaleón Pantoja-. Te advierto que, por lo pronto, ya
tenemos un buco y un hidroavión. Pero esa publicidad internacional sí que no me
gusta nada.
-Decían
que había trabajo para todo el mundo en condiciones fabulosas -alza y baja los
hombros, juega con sus dedos, agita las pestañas, cimbra el cuello, ondea los
cabellos la Brasileña-. Por eso me ilusioné y tomé el barco. En Manaos dejé a
ocho amigas de una casa buenísima haciendo maletas para venirse a Pantilandia.
Se van a llevar la misma prendida que yo.
-Si
no te importa, te ruego que llames a este lugar el centro logístico en vez de
Pantilandia -se esfuerza por parecer serio, seguro y funcional el señor
Pantoja-. ¿Te explicó Porfirio para qué te he hecho venir?
-Me
adelantó algo -frunce la nariz, las pestañas, entorna los párpados, incendia
las pupilas la Brasileña-.
¿Es
verdad que hay posibilidades de trabajo para mí?
-Sí,
vamos a ampliar el Servicio -se enorgullece, contempla un panel con gráficos
Pantaleón Pantoja-.
Empezamos
con cuatro, luego aumentamos a seis, a ocho, a diez, y ahora habrá quince
vi-sitadoras. Quién sabe algún día seremos eso que se dice.
-Me
alegro mucho, ya pensaba regresarme a Manaos porque veía aquí la cosa negra -se
muerde los labios, se limpia la boca, se examina las uñas, sacude una mota de
polvo de su falda la Brasileña-. Me pareció que no le había hecho buena
impresión el día que nos co-nocimos en "La lámpara de Aladino
Panduro".
-Te
equivocas, me hiciste muy buena, muy buena -ordena lápices, cartapacios, abre y
cierra los cajones del escritorio, tose Pantaleón Pantoja-. Te habría
contratado antes, pero no lo permitía el presupuesto.
-¿Y
se pueden saber el sueldo y las obligaciones, señor Pantoja? -estira el cuello,
hace un ramillete con sus manos, trina la Brasileña.
-Tres
convoyes semanales, dos por aire y uno por barco -enumera Pantaleón Pantoja-. Y
diez prestaciones mínimas por convoy.
-¿Convoyes
son los viajes a los cuarteles? –se asombra, palmotea, suelta una carcajada,
hace un guiño pícaro, se disfuerza la Brasileña-. Y prestaciones deben ser, ay,
qué risa.
-Ahora
que déjame decirte una cosa, Alicia -besa la estampita del niño -mártir la
señora Leonor-. Si, hicieron una monstruosidad sin nombre. Pero, en el fondo,
no era maldad sino miedo. Estaban aterrados con tanta lluvia y creyeron que con
el sacrificio Dios aplazaría el fin del mundo. No querían hacerle daño,
pensaban que era mandarlo derechito al cielo. ¿No has visto cómo en todas las
arcas que descubre la policía, le han levantado altares?
-En
cuanto al porcentaje, es 50% de lo deducido a los clases y soldados por
planilla -escribe en una hoja, se la entrega, puntualiza Pantaleón Pantoja-. El
otro 50% se invierte en mantenimiento. Y ahora, aunque sé que contigo no es
necesario, porque lo que vales, hmm, está a la vista, tengo que cumplir con la
norma. Quítate el vestido un segundo, por favor.
-Ay,
qué lástima -pone cara de duelo, se levanta ensaya unos pasos de maniquí, hace
un mohín la Brasileña-. Estoy con mi cosa, señor Pantoja, me vino ayer
justamente. ¿Le im-portaría entrar por la puerta falsa, esta vez? En el Brasil
les encanta, incluso lo prefieren.
-Sólo
quiero verte, darte el visto bueno -queda rígido, palidece, encrespa las cejas,
articula Pantaleón Pantoja-. Es el examen de presencia que deben pasar todas.
Tienes una imagina-ción calenturienta.
-Ah,
bueno, ya decía yo dónde va a ser la cosa, si aquí no hay ni siquiera una
alfombra da un golpecito con el pie en el entarimado, sonríe aliviada, se
desviste, dobla su ropa, posa la Brasileña- ¿Le parezco bien? Estoy un poco
flaquita, pero en una semana recupero mi peso. ¿Cree que tendré éxito con los
soldaditos?
-Sin
la menor duda -mira, asiente, se estremece, carraspea Pantaleón Pantoja-.
Tendrás más que Pechuga, nuestra estrella. Bueno, aprobada, ya puedes vestirte
-Y
no sólo eso, señora Leonor -examina la imagen, se persigna Alicia-. Figúrese
que, además de estampitas y oraciones, también han comenzado a aparecer
estatuas del niñito-mártir. Y dicen que en vez de disminuir, ahora hay más
hermanos del Arca que antes.
-¿Qué
hacen ustedes ahí? -brinca del asiento, va a trancos hacia la escalerilla,
acciona fu-rioso Pantaleón Pantoja-. ¿Con qué permiso? ¿No saben que cuando
tomo examen está terminantemente prohibido subir al puesto de mando?
-Es
que lo busca un señor que se llama Sinchi, señor Pantoja -tartamudea, queda
boquia-bierto Sinforoso Caiguas.
-Que
es urgente y muy importante, señor Panta -observa hipnotizado Palomino Rioalto.
-Fuera
de aquí los dos -les obstruye la visión con su cuerpo, da un manazo en la
baranda, estira el brazo Pantaleón Pantoja-. Que ese sujeto espere. Fuera,
prohibido mirar.
-Bah,
no se moleste, a mí no me importa, esto no se gasta -se va poniendo la enagua,
la blusa, la falda la Brasileña-. ¿Así que usted se llama Panta? Ahora entiendo
lo de Pantilan-dia. Ah, las ocurrencias de la gente.
-Mi
nombre de pila es Pantaleón, como mi padre y mi abuelo, dos militares ilustres
-se emociona, se acerca a la Brasileña, aluga dos dedos hacia los botones de su
blusa el señor Pantoja-. Ten, deja que te ayude.
-¿No
podrías aumentarme el porcentaje a 70%? -ronronea, retrocede hasta pegarse
contra él, le echa su aliento a la cara, busca con la mano y aprieta la
Brasileña-. La casa está haciendo una buena adquisición, te lo demostraré
cuando se me pase la cosa. Sé comprensivo, Panta, no te arrepentirás.
-Suelta,
suelta, no me agarres ahí -da un brinquito, se inflama, se avergüenza, se
irrita Pan-taleón Pantoja-. Tengo que advertirte dos cosas: no puedes tutearme
sino tratarme de usted, como todas las visitadoras. Y nunca más esas confianzas
conmigo.
-Pero
si tenía la bragueta hinchadita, fue para hacerle un favor, no quise ofenderlo
-se compunge, apena, asusta la Brasileña-. Perdóneme, señor Pantoja, le juro
que nunca más.
-Por
una excepción especialísima te daré el 60%, considerando que eres un aporte de
cate-goría para el Servicio -se arrepiente, se serena, la acompaña hasta la
escalerilla Pantaleón Pantoja-. Y, además, porque viniste desde tan lejos. Pero
ni una palabra, me crearías un lío terrible con tus compañeras.
-Ni
una, señor Pantoja, será un secretito -entre los dos, un millón de gracias-
recobra la risa, las gracias, las coqueterías, baja los peldaños la Brasileña-.
Ahora me voy, ya veo que tiene vista. ¿Cuando nadie nos oiga podré decirle
señor Pantita? Es más bonito que Pantaleón o que Pantoja. Adiós, hasta
lueguito.
-Claro
que me parece horrible lo que hicieron, Pochita -levanta el matamoscas, espera
unos segundos, golpea y ve caer al suelo el cadáver la señora Leonor-. Pero si
los conocieras como yo, te darías cuenta que no son malos de naturaleza.
Ignorantes sí, no perversos.
Yo
los he visitado en sus casas, hablado con ellos: zapateros, carpinteros,
albañiles. La mayoría ni siquiera saben leer. Desde que se hacen hermanos ya no
se emborrachan ni en-gañan a sus mujeres ni comen carne ni arroz.
-Encantado,
mucho gusto, choque esos cinco -hace una reverencia japonesa, cruza el puesto
de mando como un emperador, chupa su puro y sopla humo el Sinchi-. A sus
órdenes, para todo lo que se le ofrezca.
-Buenos
días -olfatea la atmósfera, se desconcierta, tiene un acceso de tos Pantaleón
Panto-ja-. Tome asiento. ¿En qué puedo servirle?
-Ese
portento de mujer que me encontré en la puerta me dio mareos -señala la
escalera, sil-ba, se entusiasma, fuma el Sinchi-. Caramba, me habían dicho que
Pantilandia era el paraíso de las mujeres y veo que es cierto. Qué lindas
flores crecen en su jardín, señor Pantoja.
-Tengo
mucho trabajo y no puedo malgastar mi tiempo, así que apúrese -respinga, coge
un cartapacio y trata de disipar la nube que lo envuelve Pantaleón Pantoja-. En
cuanto a eso de Pantilandia, le prevengo que no me hace gracia. No tengo
sentido del humor.
-El
nombre no lo inventé yo, sino la fantasía popular -abre los brazos y discursea
como ante una rugiente multitud el Sinchi-, la imaginación loretana, siempre
tan buida y sápida, tan ingeniosa. No lo tome a mal, señor Pantoja, hay que ser
sensitivo para con las creaciones populares.
-Me
está usted dando miedo, señora Leonor -se toca la barriga Pochita-. Aunque se
haya salido del Arca, en el fondo sigue siendo hermana, con qué cariño habla de
ellos. Ojalá nunca se le ocurra crucificar al cadetito.
-¿Usted
no dirige un programa en Radio Amazonas? -tose, se ahoga, se seca los ojos
lloro-sos Pantaleón Pantoja-. ¿A las seis de la tarde?
-Yo
mismo, aquí tiene a la famosísima Voz del Sinchi en persona -engola la voz,
empuña un micro invisible, declama el Sinchi-. Terror de autoridades
corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge
y prodiga por las ondas las palpitaciones populares.
-Sí,
en alguna ocasión he oído su programa, ¿bastante popular, no? -se pone de pie,
va en busca de aire puro, respira con fuerza Pantaleón Pantoja-. Muy honrado
con su visita. Qué se le ofrece.
-Soy
un hombre de mi tiempo, desprejuiciado, progresista, así que vengo a echarle
una mano -se levanta, lo persigue, lo arrebosa de humo, le tiende unos dedos
fláccidos el Sin-chi-. Además, me cae usted simpático, señor Pantoja, y sé que
podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato
no me falla. Quiero servirlo.
-Muy
agradecido -se deja sacudir, palmear los hombros, se resigna a volver al
escritorio, a seguir tosiendo Pantaleón Pantoja-. Pero, la verdad, no necesito
sus servicios. Al menos por el momento.
-Eso
es lo que se cree, hombre cándido e inocente -abarca todo el espacio con un
ademán, se escandaliza medio en serio medio en broma el Sinchi-. En este
enclave erótico vive lejos del mundanal ruido y, por lo visto, no se entera de
las cosas. No sabe lo que se anda di-ciendo por las calles, los peligros que lo
rodean.
-Dispongo
de muy poco tiempo, señor -mira la hora, se impacienta Pantaleón Pantoja-. O me
indica de una vez lo que quiere o me hace el favor de irse.
-Si
no le exiges que me pida disculpas, no pongo más los pies en esta casa -llora,
se encierra en su cuarto, no quiere comer, amenaza la señora Leonor-.
¡Crucificar a mi futuro nieto! ¿Crees que voy a aguantarle una malacrianza así,
por más nerviosa que esté con su em-barazo?
-Estoy
sometido a presiones irresistibles -aplasta el puro en el cenicero, lo
despedaza, se aflige el Sinchi-. Amas de casa, padres de familia, colegios,
instituciones culturales, iglesias de todo color y pelo, hasta brujas y
ayahuasqueros. Soy humano, mi resistencia tiene un límite.
-Qué
chanfaina es ésa, de qué me habla -sonríe viendo desvanecerse la última
nubecilla de humo Pantaleón Pantoja-. No entiendo palabra, sea más explícito y
vaya al grano de una vez.
-La
ciudad quiere que hunda a Pantilandia en la ignominia y que lo mande a usted a
la quiebra -sintetiza risueñamente el Sinchi-. ¿No sabía que Iquitos es una
ciudad de corazón corrompido pero de fachada puritana? El Servicio de
Visitadoras es un escándalo que sólo un tipo progresista y moderno como yo
puede aceptar.
El
resto de la ciudad está espantado con esta vaina y, hablando en cristiano,
quiere que lo hunda.
-¿Que
me hunda? -se pone muy serio Pantaleón Pantoja-. ¿A mí? ¿Que hunda al Servicio
de Visitadoras?
-No
existe nada lo bastante sólido en toda la Amazonía que La Voz del Sinchi no
pueda echar abajo -da un tincanazo en el vacío, resopla, se envanece el
Sinchi-. Modestia aparte, si yo le pongo la puntería, el Servicio de
Visitadoras no dura una semana y usted tendrá que salir pitando de Iquitos. Es
la triste realidad, mi amigo.
-O
sea que ha venido a amenazarme -se endereza Pantaleón Pantoja.
-Nada
de eso, al contrario -da estocadas a fantasmas, se ciñe el corazón como un
tenor, cuenta billetes que no existen el Sinchi-. Hasta ahora he resistido las
presiones por espíritu combativo y por una cuestión de principios. Pero, en
adelante, puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré
por una compensación mínima. ¿No le parece justo?
-O
sea que ha venido a chantajearme -se pone de pie, se demacra, vuelca la
papelera, corre hacia la escalerilla Pantaleón Pantoja.
-A
ayudarlo, hombre, pregunte y verá la fuerza ciclónica de mi emisión -saca
músculos, se levanta, se pasea, gesticula el Sinchi-. Tumba jueces,
subperfectos matrimonios, lo que ataca se desintegra. Por unos cuantos
miserables soles, estoy dispuesto a defender radialmente al Servicio de
Visitadoras y a su cerebro creador. A dar la gran batalla por usted, señor
Panto-ja.
-Que
me pida disculpas a mí esa vieja bruja que no entiende chistes -rompe tazas, se
tira bocabajo en la cama, araña a Panta, solloza Pochita-. Entre tú y ella me
van a hacer perder el bebe a punta de colerones.
¿Crees
que se lo dije en serio, pedazo de idiota? Fue de mentiras, fue bromeando.
-¡Sinforoso!
¡Palomino! -da palmadas, grita Pantaleón Pantoja-. ¡Sanitario!
-Qué
le pasa, nada de ponerse nervioso, cálmese -queda quieto, suaviza la voz, mira
a su alrededor alarmado el Sinchi-. No necesita responderme de inmediato. Haga
sus consultas, averigüe quién soy yo y discutimos la próxima semana.
-Sáquenme
a este zamarro de aquí y zambullanlo en el río -ordena a los hombres que
apa-recen corriendo en la boca de la escalera Pantaleón Pantoja-. Y no le
vuelvan a permitir la entrada al centro logístico.
-Oiga,
no se suicide, no sea inconsciente, yo soy un superhombre en Iquitos -manotea,
em-puja, se defiende, se resbala, se aleja, desaparece, se empapa el Sinchi-.
Suéltenme, qué significa esto, oiga, se va a arrepentir, señor Pantoja, yo
venía a ayudarlo. ¡Yo soy su ami-goooo!
-Es
un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras -curiosea una
revista abandonada en una mesa del "Lucho's Bar" el teniente
Bacacorzo-. Ojalá que ese remojón en el Itaya no le traiga problemas, mi
capitán.
-Prefiero
los problemas antes que ceder a un sucio chantaje -un titular que pregunta
"¿Sabe quién es y qué hace el Yacuruna?" intriga al capitán Pantoja-.
He dado parte al Tigre Co-llazos y estoy seguro que él comprenderá. Más bien,
me preocupa otra cosa, Bacacorzo.
-¿Las
diez mil prestaciones, mi capitán?-"Un príncipe o demonio de las aguas que
provoca los remolinos o malos pasos de los ríos" se llega a leer entre los
dedos del teniente Baca-corzo-. ¿Subieron a quince mil con el calorcito del
verano?
-Las
habladurías-"Cabalga en el lomo de los caimanes o sobre la piel de las
gigantescas boas del río" dice una ilustración sobre la que ha inclinado
la cabeza el capitán Pantoja-. ¿Cierto que hay tantas? Aquí, en Iquitos. Sobre
el Servicio, sobre mi persona.
-Anoche
me soñé otra vez lo mismo, Panta -se toca la sien Pochita-. A ti y a mí nos
cruci-ficaban en la misma cruz, uno de cada lado. Y la señora Leonor venía y
nos clavaba una lanza, a mí en la barriga y a ti en el pajarito. ¿Qué sueño más
loco, no amor?
-Es
usted él hombre más famoso de la ciudad, naturalmente -"Calza sus pies con
la capa-razón de las tortugas" asegura una frase interrumpida por el codo
del teniente Bacacorzo-. El más odiado por las mujeres, el más envidiado por
los hombres. Y Pantilandia, con su perdón, el centro de todas las
conversaciones. Pero como usted no ve a nadie y sólo vive para el Servicio de
Visitadoras, qué le importa.
-No
me importa por mí sino por la familia -"Y en las noches duerme protegido
por cortinas hechas con alas de mariposas" consigue leer por fin el
capitán Pantoja-. Mi esposa es muy sensible y en su estado actual, si descubre
esto, le haría una impresión tremenda. Y no se diga a mi madre.
-A
propósito de habladurías -arroja la revista al suelo, se vuelve, recuerda el
teniente Baca-corzo-. Tengo que contarle algo muy gracioso. Scavino ha recibido
a una comisión de ve-cinos notables de Nauta, encabezados por el Alcalde.
Venían a traerle un memorial, jajá.
-Consideramos
un privilegio abusivo que el Servicio de Visitadoras sea exclusividad de los
cuarteles y de las bases de la Naval -se cala los lentes, mira a sus
compañeros, adopta una postura solemne y lee el alcalde Paiva Runhui-. Exigimos
que los ciudadanos mayores de edad y con libreta militar de los abandonados
pueblos amazónicos, tengan derecho a utili-zar ese Servicio, y a las mismas
tarifas reducidas que los soldados.
-Ese
Servicio solo existe en sus mentes podridas, mis amigos -lo interrumpe, les
sonríe, los mira con benevolencia, con afecto paternal el general Scavino-.
¿Cómo se les ocurre pedir audiencia para semejante disparate?
Si
la prensa se enterara de esta petición, no le duraría mucho la Alcaldía, señor
Paiva Run-hui.
-Estamos
dando el mal ejemplo a los civiles, llevando tentaciones a pueblos que vivían
en una pureza bíblica -se demuda el padre Beltrán-. Espero que cuando lean este
memorial, se les tuerza la cara de vergüenza a los estrategas de Lima.
-Escucha
esto y cáete de espaldas, Tigre -estruja el teléfono, lee el memorial con ira
el ge-neral Scavino-. Ya empezó a circular la noticia por todas partes, mira lo
que piden esos tipos de Nauta. Se nos viene encima el escándalo que tanto te
advertí.
-Qué
cuentas saca con los dedos -alza la presa de pollo y da un mordisco el teniente
Baca-corzo-. Como dice Scavino, ustedes los de Intendencia terminan siempre con
la locura ma-temática.
-Vaya
conchudos, antes protestaban porque la tropa se tiraba a sus mujeres y ahora
porque les hacen falta mujeres para tirarse -juguetea con un secante el Tigre
Collazos-. No hay manera de tenerlos contentos, lo que les gusta es protestar.
Ponlos de patitas en la calle y no les recibas solicitudes tan cojudas,
Scavino.
-Horror
de los horrores -se cuelga la servilleta en el pecho. condimenta la ensalada
con aceite y vinagre, empuña el tenedor y come el capitán Pantoja-. Si
ampliaran el Servicio a los civiles, teniendo en cuenta la población masculina
de la Amazonía la demanda subiría de diez mil a un millón de prestaciones
mensuales cuando menos.
-Tendría
que importar visitadoras del extranjero -liquida los últimos restos de carne,
deja el hueso blanquísimo, bebe un trago de cerveza, se limpia la boca y las
manos y delira el te-niente Bacacorzo-. La selva se convertiría en un solo
bulín y usted, en su oficinita del Itaya, tomaría el tiempo de ese diluvio de
polvos con un millón de cronómetros. Confiese que le gustaría, mi capitán.
-No
te imaginas lo que he visto, Pochita -pone la canasta en el repostero, saca un
paquete y lo ofrece Alicia-. En la panadería de Abdón Laguna, que es hermano,
han comenzado a hacer panes del mártir de Moronacocha. Les llaman los
panes-niño y la gente los compra a montones. Te traje uno, mira.
-Te
pedí diez y me traes veinte -observa desde la baranda las cabezas lacias,
crespas, mo-renas, pelirrojas, castañas Pantaleón Pantoja-. ¿Crees que voy a
pasarme el día tomando examen a las candidatas, Chuchupe?
-No
es mi culpa -va bajando la escalerilla prendida del pasamanos Chuchupe-. Se
corrió la voz que había cuatro vacantes y empezaron a salir mujeres como moscas
de todos los ba-rrios. Hasta de San Juan de Munich y de Tamshiyaco vinieron.
Qué quiere, señor Pantoja, a todas las chicas de Iquitos les gustaría trabajar
con nosotros.
-La
verdad es que no lo entiendo -baja tras ella mirando las rollizas espaldas, las
gelatinosas nalgas, las tuberosas pantorrillas Pantaleón Pantoja-. Aquí ganan
poco y les sobra trabajo. ¿Qué caramelo las atrae tanto? ¿El buen mozo de
Porfirio?
-La
seguridad, señor Pantoja -señala con la cabeza los vestidos multicolores, los
grupos que zumban como enjambres de abejas Chuchupe-. En la calle no hay
ninguna. Para las lavanderas, a un día bueno siguen tres malos, nunca
vacaciones y no se descansa el domin-go.
-Y
el Mocos es un negrero en sus bulines -las hace callar con un silbido y les
indica que se acerquen Chupito-. Las mata de hambre, las trata mal y a la
primera quemada a su casa. No sabe lo que es consideración ni humanidad.
-Aquí
es distinto -se endulza, se toca los bolsillos Chuchupe-. Siempre hay clientes,
las jornadas son de ocho horas y usted lo tiene todo tan organizado que a ellas
les encanta. ¿No ve que hasta las multas le aguantan sin chistar?
-Lo
cierto es que el primer día me dio un poco de aprensión -corta, pone
mantequilla, mermelada, prueba un bocado y mastica la señora Leonor-, pero que
le vamos a hacer, el pan-niño es el más rico de Iquitos. ¿A ti no te parece,
hijito?
-Bueno,
vamos a seleccionar a esas cuatro -decide Pantaleón Pantoja-. Qué esperas,
hazlas formar Chino.
-Sepálense
un poco, muchachas, pa que se luzcan mejor -coge brazos, presiona espaldas,
hace avanzar, retroceder, ladearse, coloca, mide el Chino Porfirio-. Las
enanitas delante y las gigantas detlás.
-Aquí
las tiene, señor Pantoja -brinca de un lado a otro, indica silencio, da ejemplo
de se-riedad, las alinea Chupito-. Ordenadas y formalitas. A ver, chicas,
volteen a la derecha. Así, muy bien. Ahora a la izquierda, muestren su lindo
perfil.
-¿Que
suban una pol una a su oficina pal examen calatitas, señol? -se acerca y le
susurra al oído el Chino Porfirio.
-Imposible,
me demoraría toda la mañana -mira su reloj, reflexiona, se anima, da un paso al
frente y las encara Pantaleón Pantoja-. Voy a pasar revista colectiva, para
ganar tiempo. Escúchenme bien, todas: si alguna tiene reparos en desvestirse en
público, salga de la fila y la veré después. ¿Ninguna? Tanto mejor.
-Todos
los hombres afuera -abre el portón del embarcadero, los azuza, les da
empellones, regresa Chuchupe-. Rápido, flojos ¿no han oído? Sinforoso,
Palomino, enfermero, Chino. Tú también, Chupón. Cierra esa puerta, Pichuza.
-Abajo
faldas, blusas y sostenes, me hacen el favor -se coge las manos a la espalda y
camina muy grave escudriñando, sopesando, comparando Pantaleón Pantoja-. Pueden
quedarse en calzón, las que llevan.
Ahora,
media vuelta en el mismo sitio. Eso mismo. Bueno vamos a ver. Una pelirroja,
tú. Una morena, tú. Una oriental tú. Una mulata, tú. Listo, cubiertas las
vacantes. Las otras, déjenle la dirección a Chuchupe, tal vez haya una nueva
oportunidad pronto. Muchas gra-cias y hasta la próxima.
-Las
seleccionadas, aquí mañana a las nueve en punto, para la revista médica -anota
calles y números, las acompaña hasta la salida, las despide Chuchupe-. Bien
bañaditas, muchachas.
-A
ver, a ver, sírvanse esto calientito que si no, no es rico -distribuye los
platos de sopa humeante la señora Leonor-. El famoso timbuche loretano, por fin
me animé a hacerlo. ¿Qué tal me salió, Pocha?
-Qué
buen gusto ha tenido para elegirlas, señor Pan Pan -sonríe con malicia, mira
chispe-ando, canta la Brasileña-. De todos los colores y sabores. Sáqueme de la
curiosidad ¿no tiene miedo que viendo tanta calata un día se acostumbre y ya no
sienta nada con las muje-res? Dicen que les pasa a algunos médicos.
-Está
riquísimo, señora Leonor -toma la temperatura con la punta de la lengua, sorbe
una cucharada Pochita-. Se parece mucho a lo que en la costa llamamos chilcano.
-¿Estás
tratando de tomarme el pelo, Brasileña? -arruga las cejas Pantaleón Pantoja-.
Te advierto que ser un hombre serio no es ser un cojudo, no te equivoques.
-La
diferencia es que todos los pescados de esta sopita son del Amazonas y no del
Océano Pacífico -vuelve a llenar los platos la señora Leonor-. Paiche, palometa
y gamitana. Uy, qué gustosa.
-Es
usted el que se equivoca, no estoy tomándole el pelo sino haciéndole una broma
-hace una caída de pestañas, quiebra la cadera, palpita los senos, modula la
Brasileña-. ¿Por qué no me deja ser su amiga? Apenas le hablo se pone chúcaro,
señor Pan-Pan. Cuidadito, mire que soy como los cangrejos, me encanta ir contra
la corriente. Si me basurea tanto, me voy a enamorar de usted.
-Uf,
pero qué calor da -se abanica con la servilleta, se toma el pulso Pochita-.
Pásame el ventilador, Panta. Me ahogo.
-Ese
calor no es del timbuche, sino del cadetito -le toca el vientre, le acaricia la
mejilla Panta- . Debe estar bostezando, estirándose. A lo mejor es esta noche,
chola. Buena fecha: 14 de marzo.
-Ojalá
no sea antes del domingo -mira el calendario Pochita-. Que primero llegue la
Chichi, quiero que esté aquí cuando el parto.
-Según
mis cálculos todavía no has salido de cuentas -transpira, acerca la cara
congestio-nada a las aspas susurrantes la señora Leonor-. Te falta lo menos una
semana.
-Claro
que sí, mamá ¿no has visto el organigrama de mi cuarto? Será entre hoy y el
domin-go -chupa las espinas de pescado, frota el plato con un pedazo de pan,
toma agua Panta-. ¿Le hiciste caso al doctor, caminaste un poco hoy? ¿Con tu
inseparable Alicia? -Sí, fuimos hasta "La Favorita" a tomar un helado
-resopla Pochita-. Oye, de veras ¿tú sabes qué es eso de Pantilandia, amor?
-¿Eso
de qué? -se inmovilizan las manos, los ojos, la cara de Pantita-. ¿Cómo has
dicho, amor?
-Algo
cochino, se me ocurre -recibe el aire del ventilador suspirando Pochita-. Unos
tipos hacían chistes colorados en "La Favorita" sobre las mujeres de,
oye, qué gracioso, ¡Panti-landia es como si viniera de Panta!
-Achis,
hmmm, pshhh -se atora, estornuda, lagrimea, tose Pantita.
-Toma
un poco de agua -le coge la frente, le alcanza un pañuelo, le alza los brazos
la señora Leonor-.
Eso
te pasa por comer tan rápido, siempre te lo digo. A ver, unos golpecitos en la
espalda, otro trago de agüita.
SVGPFA
Instrucciones
para los centros usuarios
El
Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines se
permite hacerle llegar estas instrucciones, que, de ser estrictamente
aplicadas, permitirán a su unidad aprovechar de manera racional y fructífera
los servicios del SVGPFA y a este organismo cumplir su misión con eficacia y
prontitud:
1.
Apenas alertado por el SVGPFA de la llegada del convoy, el jefe de la unidad
hará dis-poner los emplazamientos de las visitadoras, los mismos que deberán
reunir las siguientes características: techados, no contiguos, dotados de
cortinas que los protejan de miradas in-discretas y aseguren una luz pobre o
penumbra y de mecheros o focos provistos de pantallas rojas o recubiertas de
trapos o papeles de dicho color por si las prestaciones son nocturnas. Cada
emplazamiento estará equipado de: camastro con colchón de paja o jebe,
revestido de hule o lona impermeable y sabana; silla, banco o clavo para
colocar las prendas de vestir; bacinica o recipiente que haga sus veces como
balde o lata grande; lavador con su respectivo depósito de agua limpia; un
jabón; una toalla; un rollo de papel higiénico; un irrigador con tripa y
vitoque. Se sugiere añadir algún complemento estético femenino, como ramo de
flores, grabado o dibujo artístico, para imprimirle una atmósfera atrayente.
Aunque conviene que la unidad tenga listos los emplazamientos a la llegada de
las visitadoras, para el arreglo de los mismos el oficial responsable puede
asesorarse por el jefe del convoy, quien le brindará toda la ayuda necesaria.
2.
El oficial responsable tomará las providencias para que el convoy permanezca en
su unidad el tiempo estrictamente suficiente al cumplimiento de sus funciones y
no lo prolon-gue sin razón. Desde su llegada hasta su partida los miembros del
convoy deberán mante-nerse dentro del recinto de la unidad, no permitiéndoseles
en ningún caso tener contacto con el elemento civil de las localidades vecinas,
ni dentro de la unidad alternar con los cla-ses y soldados fuera del período de
la prestación. Antes y después de la misma, las visita-doras quedaran
acuarteladas en sus emplazamientos y no podrán compartir los ranchos con la
tropa, ni departir con los soldados, ni visitar las instalaciones de la plaza.
A fin de que la presencia del convoy pase desapercibida del elemento civil de
las cercanías, se aconseja impedir el ingreso a la unidad a toda persona ajena
a la misma durante la permanencia en ella de las visitadoras. La unidad tiene
obligación de proporcionar gratuitamente albergue y tres alimentos (desayuno, almuerzo
y comida) a todos los miembros del convoy.
3.
Se aconseja no anunciar a los clases y soldados la venida del convoy hasta la
llegada del mismo, pues la experiencia ha demostrado que si la noticia se
comunica con anticipación, cunde en la tropa una ansiedad y un nerviosismo que
perjudica notoriamente el cumpli-miento de sus obligaciones. Apenas llegado el
convoy, el jefe de la unidad establecerá una lista de usuarios, exclusivamente
entre clases y soldados, autorizando para ello a todos éstos a solicitar ser
candidatos. Conocidas las candidaturas, procederá a eliminar de la lista a
quienes padezcan cualquier enfermedad infecto contagiosa, y muy en especial de
tipo venéreo (gonorrea, chancro) y a quienes domicilien ácaros, chinches,
piojos, ladillas y de-más variedades de anopluros. Se aconseja hacer pasar una
visita médica a los candidatos.
4.
Elaborada la lista de usuarios, se hará conocer de éstos a las visitadoras
presentes y se los conminará a manifestar sus preferencias. Como, a juzgar por
la experiencia, la elección espontánea nunca permite una distribución
equitativa de usuarios por visitadora, el jefe de la unidad utilizará el método
que crea mejor (sorteo, méritos y deméritos según foja de ser-vicios) para
dividir a los usuarios en grupos parejos por visitadora, teniendo en cuenta que
cada una de éstas tiene el compromiso de asegurar un mínimo de diez
prestaciones en cada unidad. Excepcionalmente, si el número de usuarios supera
esa cifra, se romperá el principio de equidad y simetría atribuyendo un mayor
número de usuarios a la visitadora más solicitada o menos fatigada del convoy.
5.
Establecidos los grupos, se procederá a sortear el orden de ingreso de cada
usuario en el emplazamiento y se instalarán controladores en la puerta de los
mismos. El tiempo máximo por prestación es de veinte minutos. Excepcionalmente,
en las unidades donde el número de usuarios no alcance a cubrir la cifra mínima
laboral de las visitadoras (diez) se podrá extender el tiempo de la prestación
a treinta minutos pero en ningún caso más. En las ins-trucciones previas, se
debe advertir a los usuarios que la prestación será del tipo considera-do
normal, no estando obligada la visitadora a satisfacer ninguna demanda de
carácter in-sólito o aberrante, fantasías antinaturales, perversiones o
caprichos fetichistas. No se per-mitirá a ningún usuario repetir la prestación
ni con la misma ni con diferente visitadora.
6. A
fin de distraer y preparar a los usuarios mientras se hallan esperando turno
para entrar al emplazamiento, el jefe del convoy les distribuirá material
impreso adecuado, de carácter fotográfico y literario, el mismo que deberá ser
devuelto a los controladores al ingresar el usuario donde la visitadora y en el
mismo estado que lo recibió. La destrucción o el dete-rioro de grabados y
textos serán sancionados con multas y privación de futuras prestaciones del
SVGPFA.
7.
El SVGPFA tratará siempre de hacer llegar los convoyes a los centros usuarios
de tal modo que las prestaciones puedan efectuarse a las horas más convenientes
(el atardecer o la noche), es decir terminadas las tandas del servicio diurno,
pero si ello no es posible por razones de tiempo o distancia, el jefe de la
unidad permitirá que las prestaciones tengan lugar de día y no retendrá el
convoy en espera de la oscuridad.
8.
Una vez terminadas las prestaciones, el jefe de la unidad enviará al SVGPFA un
parte estadístico, cuidadosamente verificado, con los siguientes datos: (a)
número exacto de usuarios atendidos por cada visitadora; (b) nombre y apellido
de cada usuario con el núme-ro de la foja de servicios y boleta de cargo con el
descuento correspondiente en la planilla; (c) un breve informe sobre el
comportamiento de los miembros del convoy (jefe, visitado-ras, personal de
transporte) durante su estancia en la unidad y (d) crítica constructiva y
su-gerencias para la mejora del SVGPFA.
Firmado:
capitán
EP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA,
V.B.
general EP FELIPE COLLAZOS,
jefe
de Administración, Intendencia y Servicios
Varios
del Ejército.
Parte
estadístico
Lagunas,
2 de septiembre de 1957
El
capitán EP Alberto J. Mendoza R. tiene el agrado de enviar al SVGPFA, el
siguiente parte sobre el paso del convoy número 16 por el campamento Lagunas
(río Huallaga) a su mando:
El
convoy número 16 llegó al campamento Lagunas el jueves 1 de septiembre, a las
15 horas, procedente de Iquitos, en el transporte fluvial Eva y partió a las 19
horas del mismo día en dirección al campamento Puerto Arturo (sobre el mismo
río Huallaga). Presidía el convoy la señora Leonor Curinchila, Chuchupe, y lo
integraban las visitadoras Dulce María, Lunita, Pichuza, Bárbara, Penélope y
Rita. Conforme instrucciones, se dividió a los 83 usuarios en seis grupos
(cinco de catorce hombres y uno de trece) que fueron atendidos por las
mencionadas visitadoras dentro de los plazos reglamentarios y a su entera
satisfacción. En vista de que la menos solicitada por la tropa fue la
visitadora Dulce María, se le asignó a ella el grupo de sólo trece hombres.
Adjunto lista de los 83 usuarios con nombre, apellido, número de foja de
servicios y boleta de descuento por planilla. El comportamiento del convoy
durante su permanencia en Lagunas fue correcto. Sólo se registró un incidente,
a la llegada del barco, al reconocer el número Reinaldino Chumbe Quisqui entre
las visitadoras a una hermana materna suya (la denominada Lunita) y proceder a
insultarla e impartirle un castigo corporal, felizmente de leves consecuencias,
antes de ser contenido por la guardia. El número Chumbe Quisqui fue privado de
la prestación y encerrado en el calabozo con seis días de rigor por su mal
carácter y proceder, pero luego amnistiado de esta segunda parte del castigo a
instancias de su hermana materna Lunita y de las otras visitadoras. El suscrito
se permite sugerir al SVGPFA, organismo cuya labor encomian todos los clases y
soldados, que estudie la posibilidad de ampliar sus servicios a los
suboficiales, por haberlo solicitado éstos repetidamente, y de crear una
brigada especial de visitadoras de alta cate-goría para oficiales solteros o
con familia residiendo lejos de la región a donde sirven.
S.e.uo.
Firmado:
capitán
EP ALBERTO J. MENDOZA R.
SVGPFA
Parte
número quince
ASUNTO
GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines.
ASUNTO
ESPECÍFICO: Celebración y balance del primer aniversario e Himno de las
Vi-sitadoras.
CARACTERÍSTICAS:
secreto.
FECHA
Y LUGAR: Iquitos, 16 de agosto de 1957.
El
suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de
Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, respetuosamente se
presenta ante el gene-ral Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia
y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1.
Que con motivo de celebrarse el día 4 de este mes el primer aniversario del
SVGPFA, el suscrito se permitió ofrecer al personal masculino y femenino de
este organismo, un sencillo almuerzo de camaradería en el local del río Itaya,
que, para no gravar demasiado el magro presupuesto del Servicio, fue elaborado
por un grupo voluntario de visitadoras bajo la dirección de nuestra jefe de
personal, doña Leonor Curinchila (a) Chuchupe. Que en el transcurso del ágape
no sólo se fraternizó sanamente con alegría y humor, mientras se de-gustaban
las excelencias de la cocina amazónica -el menú constó de la célebre sopa de
maní de la región, el Inchic Capi, Juane de arroz con gallina helados de cocona
y, como bebida, cerveza- sino que, asimismo, se aprovechó esta conmemoración
para hacer un alto en el camino, pasar revista a lo cosechado por el Servicio
en su primer año de vida e intercambiar apreciaciones, sugerencias y críticas
positivas, siempre con los ojos de la mente puestos en el mejor cumplimiento de
la tarea que el Ejército nos tiene confiada.
2.
Que, en resumen, el balance de este primer año del SVGPFA -sintetizado por el
suscrito ante sus colaboradores en una breve alocución, a los postres del ágape
-contabiliza un total de 62.160 prestaciones ofrecidas por el Servicio a los
clases y soldados de nuestras unida-des de frontera y a la marinería de las
bases navales amazónicas, guarismo que, aunque muy por debajo de la demanda,
constituye un modesto éxito para el Servicio: dicha cifra prueba que, en todo
momento, el SVGPFA utilizó su potencia operativa al máximo de su rendimiento
-ambición suprema de toda empresa productora- como se desprende de la
des-composición del total de 62.160 prestaciones en sus sumandos componentes.
Que, en efec-to, los dos primeros meses, cuando el SVGPFA contaba apenas con
cuatro visitadoras, el volumen de prestaciones alcanzó a 4.320,lo que arroja un
promedio de 540 prestaciones mensuales por visitadora, es decir veinte diarias,
marca que (la superioridad recordará el parte número uno enviado por el
suscrito) caracteriza a las visitadoras de máxima eficiencia. Que, en el cuarto
y quinto mes, cuando el equipo de visitadoras era de seis miembros, las
prestaciones ascendieron a 6.480, lo que da, asimismo, una media de una
veintena de prestaciones diarias por unidad de trabajo. Que los meses quinto,
sexto y séptimo represen-tan 13.560 prestaciones, o sea siempre un promedio
diario de veinte por cada una de las ocho visitadoras que constituían el
personal del SVGPFA. Que en el octavo, noveno y décimo mes, el ritmo se mantuvo
idéntico -máximo nivel de eficacia- pues las 16.200 pres-taciones de ese
trimestre tabulan también promedios de veinte para las diez visitadoras del
SVGPFA, en tanto que estos dos últimos meses las 21.600 prestaciones realizadas
indican una vez más que las veinte visitadoras con que contamos en la
actualidad han sabido man-tener ese alto promedio sin inflexión alguna. Que el
suscrito se permitió concluir su alocu-ción conmemorativa felicitando al
personal del SVGPFA por su buen comportamiento y regularidad en el trabajo y
exhortándolo a redoblar esfuerzos para alcanzar en el futuro me-tas más altas
de rendimiento tanto cuantitativas como cualitativas.
3.
Que en un gesto simpático, luego del brindis final por el SVGPFA, las
visitadoras canta-ron ante el suscrito una obrita musical secretamente
compuesta por ellas para la ocasión y que propusieron fuera adoptada como Himno
de este Servicio. Que el suscrito accedió a dicha solicitud, luego de ser
interpretado el Himno varias veces con verdadero entusiasmo por todas las
visitadoras, medida que espera sea ratificada por la superioridad, teniendo en
cuenta la conveniencia de estimular las iniciativas que, como ésta, denotan
interés y cariño del personal por el organismo del que forman parte, fomentan
el espíritu fraternal indispen-sable para la realización de las tareas
conjuntas y revelan una alta moral, espíritu joven y aún algo de ingenio y
picardía, que, en pequeñas dosis por supuesto, nunca están de más para añadir
sal y pimienta a la tarea realizada.
4.
Que ésta es la letra de la aludida composición, la misma que debe ser entonada
con la música de la universalmente conocida "La Raspa":
HIMNO
DE LAS VISITADORAS
Servir,
servir, servir
Al
Ejército de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
Hacer
felices a los soldaditos
-¡Vuela
volando, chuchupitas!-
Y a
los sargentos y a los cabitos
Es
nuestra honrosa obligación
Servir,
servir, servir
Al
Ejército de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
Por
eso vamos contentas y alegres
En
los convoyes de nuestro Servicio
sin
pelearnos, y sin meter vicio
con
Chinito, Chuchupe o Chupon
Servir,
servir, servir
Al
Ejército de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
En
la tierra, en la hamaca, en la hierba
Del
cuartel, campamento o solar
Damos
besos, abrazos y afines
Cuando
lo ordena el superior
Servir,
servir, servir
Al
Ejército de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
Cruzamos
selvas, ríos y cochas
Ni
al otorongo, ni al puma ni al tigre
Tenemos
ningún temor
Porque
nos sobra patriotismo
Hacemos
riquísimo el amor
Servir,
servir, servir
Al
Ejército de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
Y
ahora a callar visitadoras
Hay
que partir a trabajar
Dalila
nos está esperando
Y
Eva loquita por zarpar
Adiós,
adiós, adiós
Chinito,
Chuchupe y Chupón
Adiós,
adiós, adiós
Señor
Pantaleón
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
capitán
RP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA
C.C.
al general Roger Scavino, Comandante en Jefe de la V. Región (Amazonía).
ANOTACIÓN:
Comuníquese
al capitán Pantoja que la Administración, Intendencia y Servicios Varios del
Ejército, ratifica sólo provisionalmente su decisión de reconocer el Himno de
las Visitado-ras concebido por el personal femenino del SVGPFA, pues hubiera
preferido que dicha letra fuera coreada con música de alguna canción del rico
acervo folklórico patrio, en vez de utilizar una melodía foránea como es
"La Raspa”: sugerencia que deberá ser tomada en cuenta en el porvenir.
Firmado:
general
FELIPE COLLAZOS,
Jefe
de Administración, Intendencia y Servicios
Varios
del Ejército.
Mensaje
radial en clave del alférez EP Alberto Santana, jefe del Puesto de Horcones
(sobre el río Napo), captado en el Campamento Militar Vargas Guerra de Iquitos
y transmitido al destinatario (c.c. a la Comandancia de la V Región, Amazonía).
Ruego
comunicar al capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de
Visi-tadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, el siguiente
mensaje:
1.
En mi nombre y en el de los suboficiales, clases y soldados del Puesto de
Horcones, le hago llegar nuestra más sincera felicitación por el nacimiento de
su hijita Gladys y nuestros votos por la felicidad y muchos éxitos en la vida
de la flamante heredera, siendo la causa de lo tardío de esta congratulación el
habernos enterado del venturoso suceso sólo ayer, con motivo de la llegada a
Horcones del convoy SVGPFA número 11.
2.
Asimismo, en mi nombre y en el de todos los soldados a mi mando le participo
nuestra solidaridad más fraternal y nuestra repulsa y decidida condena por las
pérfidas insinuacio-nes y viborescas sugerencias que contra el Servicio de
Visitadoras viene haciendo desde hace algún tiempo el programa La Voz del
Sinchi, de Radio Amazonas, el mismo que, en prueba de nuestra indignación, ya
no se escuchará más en el Puesto de Horcones, radiándo-se ahora a la tropa por
el altavoz la emisión Música y Cantos del Ayer de Radio Nacional.
Muy
agradecido,
Alférez
EP ALBERTO SANTANA,
jefe
del Puesto de Horcones (sobre el río Napo)
Oficio
del jefe de la Guarnición de Borja, coronel EP Peter Casahuanqui, al Servicio
de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Fronteras y Afines.
Borja,
1 de octubre de 1957
El
coronel EP Peter Casahuanqui, jefe de la Guarnición de Borja, lamenta tener que
comu-nicar al SVGPFA que, durante la permanencia en esta unidad del convoy
número 25, pre-sidido por el sujeto apodado Chupito e integrado por las
visitadoras Coca, Peludita, Flor y Maclovia, permanencia que debió prolongarse
ocho días debido a la inclemencia del tiempo que impedía despegar al hidroavión
Dalila de las aguas del Marañón, se han registrado algunos incidentes que a
continuación pormenoriza:
1. A
fin de impedir que al terminar las prestaciones (efectuadas con normalidad el
día de la llegada del convoy) las visitadoras tuvieran contactos extra
reglamentarios con la tropa, se las acuarteló a todas en la sala de
suboficiales debidamente acondicionada para ello. Gra-cias a una oportuna
denuncia, esta jefatura fue informada que el piloto de Dalila, alias Lo-co,
preparaba un ilícito negocio, ya que había propuesto a los suboficiales de
Borja, presta-ciones de las visitadoras mencionadas, a cambio de dinero.
Sorprendidos en plena opera-ción en horas de la noche, tres suboficiales de la
unidad recibieron castigos de rigor, el su-jeto apodado Loco quedo encerrado en
el calabozo hasta la partida del convoy y las visita-doras fueron amonestadas.
2.
Al tercer día de la estancia del convoy en la Guarnición de Borja, pese a la
severa vigi-lancia tendida en torno al emplazamiento donde se hallaba
concentrado, se registró la fuga conjunta de la visitadora Maclovia y del jefe
de la guardia encargada de la protección del convoy, sargento primero Teófilo
Gualino. Inmediatamente se tomaron las disposiciones necesarias para la
persecución y captura de los prófugos, quienes, se descubrió, habían huído
apoderándose delictuosamente de un deslizador de la Guarnición.
Luego
de dos días de intensas búsquedas, los fugitivos fueron hallados en la
localidad de Santa María de Nieva, donde habían recibido protección y amparo en
un refugio clandesti-no de los Hermanos del Arca, después de atravesar
milagrosamente, teniendo en cuenta el tiempo reinante y lo embravecido del río
(por intercesión divina del niño mártir de Moro-nacocha, según creencia ingenua
de la pareja) los Pongos del Marañón. El refugio de los fanáticos del Arca fue
denunciado a la Guardia Civil, la que procedió a efectuar una reda-da, por
desgracia sin éxito, pues los hermanos y hermanas consiguieron internarse en el
monte. Los desertores de Borja, en cambio, sí fueron detenidos, pretendiendo al
principio oponer resistencia, pero el grupo de caza, al mando del alférez
Camilo Bohórquez Rojas, los redujo fácilmente. Se comprobó entonces, por
documentos decomisados a los interfectos, que ese mismo día en la mañana habían
contraído matrimonio, ante el Teniente Gobernador de Santa María de Nieva, por
lo civil, y ante el capellán de la Misión por lo religioso. El sargento primero
Teófilo Gualino ha sido despojado de todos sus grados retrocedido a la
condición de soldado raso, castigado con ciento veinte días de calabozo a pan y
agua, y consignada su reprobable acción en su foja de servicios con la
calificación "falta gravísima". En cuanto a la visitadora Maclovia,
es devuelta al centro logístico para que el SVGPFA le imponga la sanción que
crea Justa.
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
coronel
EP PETER CASAHUANQUI
jefe
de la Guarnición de Borja (sobre el río Marañón)
Iquitos,
12 de octubre de 1957
Amigo
Pantoja:
La
paciencia, como todo lo que es humano, tiene su límite. No quiero insinuar que
abusa usted de la mía, pero cualquier observador imparcial diría que la
pisotea, pues ¿cómo cali-ficar si no el silencio pétreo que han merecido todos
los mensajes verbales y amistosos que le he mandado en las últimas semanas con
sus empleados Chupito, Chuchupe y Chino Por-firio? La cosa es tristemente
simple, tiene que entenderlo y aprender a distinguir de una vez entre sus
amigos y quienes no lo son, o, perdóneme señor Pantoja, su floreciente negocio
se irá a pique. La ciudad entera me exige que arremeta contra usted y contra lo
que todas las personas decentes de Iquitos consideran un escándalo sin
precedentes ni atenuantes. Ya sabe que soy hombre de mi tiempo, dispuesto a verlo,
hacerlo y conocerlo todo antes de morir y capaz, en aras del progreso, de
aceptar que en esta hermosa tierra loretana donde vi la luz, florezca una
industria como la suya. Pero incluso yo, con mi mente ancha, no puedo menos que
comprender a quienes se asustan, se persignan y ponen el grito en el cielo. Al
principio eran sólo cuatro, amigo Pantoja, y ahora ¿veinte, treinta,
cincuenta?, y usted lleva y trae a las pecadoras por los aires y por los ríos
de la Amazonía. Sepa que al pueblo se le ha metido entre ceja y ceja que su
negocio se cierre. Las familias no duermen en paz sabiendo que a poca distancia
de sus casas, a la vista de sus menores hijas, hay ese absceso de desenfreno y
vicio, y usted seguramente se habrá percatado que el gran acontecimiento de
todos los niños de Iquitos es ir al Itaya a ver partir y llegar el barco y el
hidroavión con su variopinto cargamento. Ayer mismo me lo comentaba, con
lágrimas en los ojos, el director del Colegio San Agustín, ese viejecito tan
santo como sabio, el Padre José María.
Acepte
la realidad: la vida y la muerte de su millonario negocio están en mis manos.
Hasta ahora he resistido las presiones y me he limitado, de cuando en cuando,
para aplacar algo la cólera de la ciudadanía, a lanzar discretas advertencias,
pero si continúa en su incom-prensión y terquedad y si antes de fin de mes no
está en mi poder lo que me es debido, no habrá para su empresa, ni para su
cerebro y gerente, más que guerra a muerte, sin piedad ni compasión, y ambos
sufrirán las fatales consecuencias.
De
estas y otras muchas cosas me hubiera gustado platicar amistosamente con usted,
señor Pantoja. Pero temo su carácter, sus intemperancias, esos malos modos que
tiene, y, además, con una sonrisa en los labios déjeme decirle que dos
zambullidas forzadas en las sucias aguas del Itaya son lo máximo que este su
servidor puede tomar a broma y perdonar: a la tercera le respondería como
hombre, pese a que a mí no me gusta la violencia.
Ayer
lo vi, amigo Pantoja, de tardecita, paseándose por la avenida González Vigil,
muy cerca del Asilo de Ancianos. Iba a acercarme a saludarlo pero lo noté tan
bien acompañado y viviendo un momento tan tierno, que no lo hice, pues sé ser
discreto y comprensivo. Me alegró mucho reconocer a la bella damita que usted
tenía cogida de la cintura y que le daba esos mordisquitos tan cariñosos en la
oreja. Pero si resulta que no es su gentil esposa, dije para mi capote, sino
esa joya de mujer importada de Manaos por este industrial emprende-dor, la de
pasado tan glorioso. Tiene usted un exquisito gusto, señor Pantoja, y entérese
que todos los hombres de la ciudad lo envidiamos, porque la Brasileña es lo más
tentador y apetecido que haya pisado Iquitos, dichoso usted y también los
soldaditos. ¿Se dirigían a ver el crepúsculo en el lindo lago de Morona, a
jurarse eterno amor en el barranco donde fue crucificado el niño mártir, como
se ha puesto de moda hacerlo entre los enamorados de esta tierra?
Un
cordial apretón de manos de quien ya sabe,
XXX
SVGPFA
Parte
número dieciocho
ASUNTO
GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines.
ASUNTO
ESPECÍFICO: Incidentes ocurridos al convoy número 25, en Borja, entre el 22 y
el 30 de septiembre de 1957.
CARACTERÍSTICAS:
secreto.
FECHA
Y LUGAR: Iquitos, 6 de octubre de 1957.
El
suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de
Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, respetuosamente se
presenta ante el gene-ral Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia
y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1.
Que, respecto a los graves acontecimientos registrados en la Guarnición de
Borja, a los que se refiere el oficio del coronel EP Peter Casahuanqui que le
adjunta, el SVGPFA ha efectuado una minuciosa investigación que ha permitido
establecer los hechos siguientes:
a.
Durante los ocho días que permaneció el convoy número 25 en Borja (22 al 30 de
sep-tiembre), el tiempo en toda esa región no dejó absolutamente nada que desear,
resplande-ciendo el sol, no lloviendo ni una sola vez y estando las aguas del
río Marañón muy tran-quilas, según los partes meteorológicos de la Fuerza Aérea
Peruana y de la Armada Peruana que se acompañan.
b.
Las declaraciones de todos los miembros del convoy número 25 coinciden en
afirmar de manera categórica que su permanencia en Borja se debió a que la
hélice de Dalila fue avie-samente desmontada por manos ignotas, a fin de
impedir la partida del avión y retener al convoy en Borja, puesto que al octavo
día la hélice reapareció montada en el aparato de la misma manera misteriosa.
c.
Asimismo, todos los miembros del convoy número 25 coinciden en afirmar que
durante los ocho días de estacionamiento obligatorio en Borja, las visitadoras
Coca, Peludita, Flor y Maclovia (esta última sólo mientras estuvo en la
Guarnición, claro está) fueron inducidas a conceder prestaciones diarias y
repetidas a todos los oficiales y suboficiales de la unidad, en contra del
reglamento del SVGPFA que exceptúa de sus beneficios a los mandos altos e
intermedios, y sin que dichas prestaciones fueran económicamente retribuidas.
d.
El piloto de Dalila asegura que la razón de su encierro en el calabozo de Borja
fue, ex-clusivamente, haber intentado impedir que las visitadoras brindaran las
prestaciones anti-rreglamentarias y adhonorem que se les exigían, las que
suman, según cálculos aproximados de ellas mismas, la elevada cifra de 247.
e.
El suscrito quiere hacer constar que no comunica los resultados de esta
investigación con el ánimo de contradecir el testimonio del coronel EP Meter
Casahuanqui, destacado jefe del Ejército a quien estima y respeta, sino como
una simple colaboración encaminada a ampliar el informe de dicho jefe y a que
resplandezca toda la verdad.
2.
De otro lado, tiene el honor de hacerle saber que la investigación llevada a
cabo por el SVGPFA sobre la fuga y posterior matrimonio de la visitadora
Maclovia con el ex sargento primero Teófilo Gualino, coincide matemáticamente
con la versión contenida en el oficio del coronel EP Peter Casahuanqui,
alegando sólo la suscrita que el ex sargento Gualino y ella se apoderaron de un
deslizador de la Guarnición en calidad de préstamo, por ser el río el único
medio de salir de Borja, y que era su firme intención devolverlo en la primera
oportunidad. La visitadora Maclovia ha sido expulsada del SVGPFA, sin
indemnizaciones y sin carta de recomendación por su irresponsable
comportamiento.
3.
El suscrito se permite hacer observar a la superioridad que el origen de estos
incidentes, como de la mayoría que se han registrado pese a los esfuerzos del
SVGPFA y de los oficia-les responsables de los centros usuarios, es la
dramática falta de efectivos de este Servicio. El equipo de veinte (20)
visitadoras (diecinueve en la actualidad, pues la dicha Maclovia no ha sido aún
reemplazada), no obstante la dedicación y buena voluntad de todos los
co-laboradores del SVGPFA, es totalmente insuficiente para cubrir la absorbente
demanda de los centros usuarios, a los que no podemos atender como sería
nuestro deseo, sino, con perdón de la expresión, a cuentagotas, y este
racionamiento motiva ansiedad, sentimientos de frustración y, a veces, actos
precipitados y lamentables. Una vez más el suscrito se per-mite exhortar a la
superioridad a que dé un paso vigoroso y audaz, consintiendo en que el SVGPFA
aumente su equipo operacional de veinte (20) a treinta (30) visitadoras, lo que
significará un progreso importante en pos de la todavía remota cobertura de la
llamada por la ciencia "plenitud viril" de nuestros soldados de la
Amazonía.
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
capitán
EP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA
Adjuntos:
oficio del coronel EP Peter Casahuanqui, jefe de la Guarnición de Borja (sobre
el río Marañón) y dos (2) partes meteorológicos de la FAP y de la AP.
ANOTACIÓN:
Transmítase
el anterior informe del capitán Pantoja al general Roger Scavino, comandante en
jefe de la V Región, con las siguientes instrucciones:
1.
Efectuar una investigación inmediata y detallada sobre lo ocurrido en la
Guarnición de Borja, entre el 22 y el 30 de septiembre, con el convoy número 25
del SVGPFA y castigar severamente a quienes resulten responsables, y
2.
Acceder a la solicitud del capitán Pantoja y suministrar al SVGPFA los fondos
necesa-rios para que aumente su equipo operacional de veinte a treinta
visitadoras.
Firmado:
general
FELIPE COLLAZOS, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del
Ejército.
Lima,
10 de octubre de 1957
Oficio
confidencial del contralmirante AP Pedro G. Carrillo, jefe de la Fuerza Fluvial
del Amazonas, al general EP Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región
(Amazonía).
Base
de Santa Clotilde, 2 de octubre de 1957
De
mi consideración:
Tengo
el honor de hacerle saber que hasta mí han llegado, desde las diferentes bases
que la Armada tiene dispersas por la Amazonía, manifestaciones de sorpresa y
descontento, tanto de la marinería como de la oficialidad, en relación con el
Himno del Servicio de Visitado-ras. Los hombres que visten el inmaculado
uniforme de la Naval lamentan que el autor de la letra de dicho Himno no haya
creído necesario mencionar ni una sola vez a la Armada Peruana y a la
marinería, como si esta institución no fuera también auspiciadora de dicho
Servicio, al que, ¿es preciso recordarlo?, contribuimos con un barco transporte
y su respec-tiva tripulación, y con un porcentaje equitativo de los gastos de
mantenimiento, habiendo cotizado hasta ahora con puntualidad sin tacha los
honorarios que nos han sido fijados por las prestaciones requeridas.
Convencido
de que esta omisión es únicamente atribuible a descuido y azar y que no ha
habido en ella ánimo alguno de ofender a la Armada ni fomentar un sentimiento
de poster-gación entre la marinería respecto a sus colegas del Ejército, le
hago llegar este oficio, junto con mis saludos y la súplica de remediar, si
está en sus manos, la deficiencia que le par-ticipo, pues, aunque pequeña y
banal, podría ser causa de susceptibilidades y resquemores que no deben
enturbiar jamás la relación entre instituciones hermanas.
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
contralmirante
AP PEDRO G. CARRILLO,
jefe
de la Fuerza Fluvial del Amazonas
ANOTACIÓN:
Entérese
del contenido del precedente oficio al capitán Pantoja, repréndasele por la
inexcu-sable falta de tacto de que ha hecho gala el SVGPFA en el asunto en
cuestión y ordénesele dar debidas y prontas satisfacciones al contralmirante
Pedro G. Carrillo y a los compañeros de la Armada Nacional.
Firmado:
general
ROGER SCAVINO,
Comandante
en jefe de la V Región (Amazonía)
Iquitos,
4 de octubre de 1957
Requena,
beintidos Octuvre de mil 957.
Baliente
Sinshi:
Requinta
en tu emizión asote de la injusticia de "Radio Amasona" que todos
aquí oyimos y te aplaudyimos, porque los nabales de la Base de Santa Ysabelita
se trayen aquí sus putas desde iquitos, en un señor barco de nombre Eba y se
dan sus baños de agua rica ayi entre ellos, y no permyten que nadie se las
toque y las despashan sin que nosotros, la juventu progresista de Requena,
podamos hacelles nada. ¿Es justo eso, Baliente Sinshi? Ya fuyimos una comisión
de hombres deste pueblo, llendo a la cabeza el propio alcalde Teófilo Morey, a
protestalle al jefe de la Base de Santa Ysabelita, pero este covarde nos negó
todo diciendo como boy permitir a los jóvenes de Requena que nos casharamos a
las Bisitadoras si las Bisitadoras no existían, jurando encima por el niño
mártir este ereje. Como si no tu-biéramos ojos ni oyidos, Sinshi, qué te parece
la consha. ¿Por qué los nabales sí y nosotros no? ¿Acaso no tenemos pishula?
Metele letra a esto en tu emizión, Baliente Sinshi, haslos temblar y dales
contra el zuelo.
Tus
ollentes
ARTIDORO
SOMA
NEPOMUCENO
QUILCA
CAIFÁS
SANSHO
Con
esta cartyta te mandamos de regalo un lorito que es un Piko de Oro como tú,
Sinshi.
SVGPFA
Parte
número veintiséis
ASUNTO
GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y
Afines.
ASUNTO
ESPECÍFICO: Explicación de intenciones y trastornos del Himno de las
Visita-doras.
CARACTERÍSTICAS:
secreto.
FECHA
Y LUGAR: Iquitos, 16 de octubre de 1957.
El
jefe, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de
Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, respetuosamente se
presenta ante el contralmi-rante AP Pedro G. Carrillo, jefe de la Fuerza
Fluvial del Amazonas, lo saluda y dice:
1.
Que deplora profundamente el imperdonable descuido por el cual la letra del
Himno de las Visitadoras no hace mención explícita de la gloriosa Armada
Nacional y de la esforzada marinería que la integra. Que no como justificación
sino como simple cociente informativo quiere hacerle saber que este himno no
fue encargado por la jefatura del SVGPFA, sino espontánea creación del personal
y que se adoptó de manera impremeditada y algo ligera, sin someterlo a una
previa evaluación crítica de forma y contenido. Que en todo caso, si no en la
letra, en el espíritu de dicho Himno, al igual que en la mente y en el corazón
de quie-nes laboramos en el SVGPFA, se hallan siempre presentes las bases de la
Armada y su ma-rinería, a quienes todos en este Servicio profesamos el mayor
cariño y el más alto respeto;
2.
Que se ha procedido a solventar las deficiencias del Himno, enriqueciéndolo con
las si-guientes modificaciones:
a.
El coro o estribillo, que se canta cinco veces intercalado a las estrofas, se
cantará tres veces (la primera, la tercera y la quinta) en su factura original,
es decir:
Servir,
servir, servir
Al
Ejército de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
La
segunda y la cuarta vez, el coro o estribillo se cantará renovado en su segundo
verso de esta
manera:
Servir,
servir, servir
A la
Armada de la Nación
Servir,
servir, servir
Con
mucha dedicación
b.
La primera estrofa del Himno queda definitivamente modificada, anulándose el
tercer verso que decía "Y a los sargentos y a los cabitos" y
reemplazándolo del siguiente modo:
Hacer
felices a los soldaditos
-¡Vuela
volando, chuchupitas!-
a
los valientes marineritos
Es
nuestra honrosa obligación
Dios
guarde a Usted.
Firmado:
capitán
EP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA
c.c.
al general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios
Varios del Ejército y
al
general Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región (Amazonía).
Parte
estadístico
El
coronel EP Máximo Davila se complace en enviar al SVGPFA el siguiente informe
sintético sobre la visita que su convoy número 32 efectuó a la Guarnición de
Barranca (so-bre el río Marañón):
Fecha
de la visita del convoy número 32: 3 de noviembre de 1957.
Medio
de transporte y personal: Barco Eva. Jefe del convoy: Chino Porfirio.
Visitadoras: Coca, Pechuga, Lalita, Sandra, Iris, Juana, Loreta, Brasileña,
Roberta y Eduviges.
Permanencia
en la Guarnición: seis (6) horas, de las 14 a las 20.
Número
de usuarios y desarrollo de las prestaciones: Ciento noventidós (192) usuarios,
divididos y servidos del siguiente modo: un grupo de diez (10) hombres,
consignado a la visitadora Brasileña (pese a ser la más ambicionada por los
hombres del regimiento se acató la disposición del SVGPFA de asignar a esta
visitadora solo el número reglamentario mínimo de usuarios); un grupo de
veintidós (22) hombres, consignado a la visitadora Pe-chuga (por ser la segunda
en popularidad en el regimiento) y ocho grupos de veinte (20) hombres cada uno,
consignados a las restantes visitadoras. Esta repartición se efectuó luego de
cancelado el imprevisto que se refiere más adelante.
Como
era preciso que Eva zarpara antes del oscurecer debido a los rápidos nocturnos
que en esta época se forman frente a Barranca, se acortó el tiempo máximo de
permanencia del usuario en el emplazamiento de veinte a quince minutos, de modo
que toda la operación terminara antes de ocultarse el sol, lo que felizmente se
obtuvo.
Apreciación:
Las prestaciones fueron plenamente gratas a los usuarios, lamentando algunos,
sólo, el recorte de tiempo debido a la razón ya expuesta, y siendo la conducta
del convoy número 32 del todo correcta, como ha sido hasta ahora la de todos
los convoyes del SVGPFA que hemos tenido el agrado de recibir en la Guarnición
de Barranca.
Imprevistos:
La Asistencia Médica de esta unidad descubrió, viajando en el convoy número 32,
tramposamente vestido de mujer, a un polizonte, quien, entregado a la
Prevención e interrogado, resultó ser el individuo Adrián Antúnez, (a)
Milcaras, el mismo que, se reveló, es protector o macró de la visitadora
denominada Pechuga. El polizonte confesó haber sido introducido en el barco Eva
por su protegida y haber obtenido bajo amenazas el consenti-miento del jefe del
convoy y el silencio de las demás visitadoras para llevar a cabo su
es-trambótico intento. Con el engaño de las ropas de mujer, se mintió a la
tripulación que se trataba de una visitadora nueva llamada Adriana,
descubriéndose la superchería cuando, al llegar a Barranca, la supuesta Adriana
inventó una enfermedad ante su primer cliente, el número Rogelio Simonsa, para
no brindar la prestación por el sitio debido, proponiendo en cambio realizarla
de manera sodomita o contranatura. El número Simonsa, entrando en sospechas,
denunció lo ocurrido y la falsa Adriana fue examinada a la fuerza por el
enfer-mero de guardia, haciéndose patente su verdadero sexo. El polizonte
aseguró al principio haber ideado esta pantomima para controlar más de cerca
los ingresos de la visitadora Pe-chuga (de los cuales recibe el 75%) pues
sospechaba que ella le hacía cuentas mañosas a fin de retacearle su
participación. Pero luego, ante la incredulidad de los interrogadores, confesó
que siendo invertido pasivo desde hace muchos años, su verdadera intención
había sido practicar su vicio con la tropa, para demostrarse a sí mismo que
podía suplantar con creces a una mujer en funciones de visitadora. Todo lo cual
fue corroborado por su propia conviviente Pechuga. No siendo competencia de
esta unidad tomar una decisión sobre el particular, el individuo Adrián
Antúnez, (a) Milcaras, es devuelto esposado y custodiado en el barco Eva al
centro logístico, para que la jefatura del SVGPFA adopte las medidas que más
convengan.
Sugerencia:
Que se estudie la posibilidad de enviar los convoyes del SVGPFA a los centros
usuarios con más frecuencias, por el buen efecto que las prestaciones tienen en
la tropa.
Firmado:
coronel
EP MÁXIMO DÁVILA, jefe de la Guarnición de Barranca (sobre el río Marañón)
Se
adjunta: lista de usuarios con nombre, apellido, número de foja de servicios y
boleta de descuento, y polizonte Adrián Antúnez, (a) Milcaras.
Iquitos,
I de noviembre de 1957
Respetable
señora Pantoja:
Muchas
veces he llegado hasta su puerta para tocarla, pero arrepentida cada vez me he
vuelto a casa de mi prima Rosita, llorando, porque acaso no nos ha amenazado
siempre tu esposo diciendo han de ir al infierno antes que acercarse a mi
hogar. Pero estoy desesperada y viviendo ya el infierno, señora, compadézcase
de mí, hoy que es el día de nuestros muertos queridos. De aquí me voy a rezar a
la iglesia de Punchana por todos tus muertos, señora Pantoja, sé buena, yo sé
que usted lo es, he visto lo linda que es tu hijita con su cari-ta tan santa
como la del niño mártir de Moronacocha. Le contaré que cuando nació tu hijita
todas tuvimos tanta alegría allá en Pantilandia, le hicimos su fiesta a tu
esposo y lo embo-rrachamos para que estuviera más feliz con la bebita, ha de
ser como un angelito de alma blanca venido del cielo, nos decíamos entre
nosotras. Así ha de ser, yo lo sé, me lo sé, me lo secretea el corazón. Usted
me conoce, una vez me vio hace como un año o más, esa la-vandera que hizo
entrar a su casa por equivocación, creyendo que iba a lavarle la ropa. Esa soy
yo, señora. Ayúdame, sea buena con la pobre Maclovia, estoy muriéndome de
hambre y el pobre Teófilo allá en Borja, me lo tienen preso en el calabozo, a
pan y agua me dice en una carta que me trajo un amigo, el pobrecito, todo su
pecado es quererme, haga algo por mí, te lo voy a agradecer hasta mi muerte.
¿Cómo quiere pues que viva, señora, si su marido me botó de Pantilandia?
Diciendo
que me había portado mal allá en Borja, que yo lo había invencionado para que
se escapara conmigo al Teófilo. No fui yo, fue él, me dijo huyámonos a Nieva,
que me perdonaba que fuera puta, que me había visto llegar a Borja y el corazón
le había hablado diciendo: "Apareció la mujer que andas buscando por la
vida."
Tengo
un techo gracias al corazón de mi prima Rosita, pero ella también es pobre y no
puede mantenerme, señorita, ella te está escribiendo esta carta por mí porque
yo no sé. Compadézcase que Dios te lo premiará en el cielo y lo mismo a tu
hijita, la he visto en la calle dando sus pasitos y he pensado un niño dios,
qué ojitos. Tengo que volver a Pantilan-dia, háblale a tu marido, que me
perdone y me contrate de nuevo. ¿Acaso no le he trabaja-do siempre bien? ¿Qué
disgusto le he dado al señor Pantoja desde que estoy con él? Nin-guno, pues
sólo éste, unito en un año acaso es tanto. ¿No tengo derecho a querer a un
hom-bre? ¿A él no se le cae la baba cuando la Brasileña le hace sus mañoserías?
Cuídate, señora, esa mujer es mala, ha vivido en Manaos y las putas de allá son
bandidas, seguro le estará dando cocimiento a tu marido para tenerlo embrujado
y aquí, en un puño. Además, ya se han matado por ella dos hombres, un gringuito
santo, dicen y el otro un estudiante. ¿Acaso no lo tiene ya al señor Pan Pan
que le saca lo que quiere? Cuídese, esa mujer es capaz de quitártelo y
sufrirías, señora. Rezaré para que no te pase.
Háblale,
ruégale, señora Pantoja. A mi Teófilo me lo van a tener preso todavía muchos
me-ses y yo quiero ir a verlo pues, lo extraño, en las noches lloro dormida
pensando en él. Es mi marido ante Dios, señora, nos casó un padre viejecito,
allá en Nieva. Y en el Arca de allá clavamos una gallinita en prenda de amor y
de fidelidad. Él no era hermano pero yo sí, desde que vino a Iquitos el Hermano
Francisco, Dios lo bendiga, fui a oírlo y me convertí. Yo lo convertí a
Teófilo, y se hizo hermano al ver cómo los hermanos nos ayudaron allá en Nieva.
Los pobres, por darnos de comer y prestarnos una hamaca han tenido que irse al
monte, dejando sus casas y sus animalitos y las cositas que tenían. ¿Es justo
que se persiga así a la gente buena que cree en Dios y hace el bien? ¿Cómo voy
a ir a ver a Teófilo si no tengo plata para el barco? Y dónde voy a trabajar,
el Moquitos es muy rencoroso, no quiere recibirme porque lo deje para entrar a
Pantilandia. De lavandera otra vez no quiero, es ma-tador el cansancio y se tiene
encima a la policía que se tira todo lo que una gana. No hay donde ir, señora.
Bésalo y amáñate bien, como las mujeres sabemos, harás que me perdone y yo iré
de rodillas a besarte tus pies. Pienso en mi Teófilo allá en Borja y quiero
matarme, clavarme una espinita de chambira en el corazón como hacen los
chunchos en las tribus y se acabó la pena, pero mi prima Rosita no me deja y
además sé que ni Dios nuestro Señor ni el Hermano Francisco, su capataz aquí en
la tierra, me lo perdonarían, ellos quieren a todas las criaturas, hasta a una
puta la quieren. Apiádese de mí y que me contrate de nuevo, nunca más le daré
el menor colerón, te lo juro por tu hijita, voy a rezar por ella hasta ponerme
ronca, señora. Me llamo Maclovia, el ya sabe.
Le
agradezco tanto, pues, señora Pantoja, que Dios se lo pague, le beso los pies y
lo mismo a tu hijita, con toda mi devoción,
MACLOVIA
Solicitud
de baja del Ejército del comandante (CCC) Godofredo Beltrán Calila, jefe del
Cuerpo de Capellanes Castrenses de la V Región (Amazonía).
Iquitos,
4 de diciembre de 1957
General
de Brigada Roger Scavino
Comandante
en jefe de la V Región (Amazonía)
Presente.
Mi
general:
Cumplo
el penoso deber de solicitar por su intermedio mi baja inmediata del Ejército
Pe-ruano, en cuyas filas tengo el honor de servir hace dieciocho años, es decir
desde el mismo año en que me ordené sacerdote, y en el que he alcanzado, quiero
creer que por mis mere-cimientos, el grado de comandante. Asimismo, cumplo el
tristísimo imperativo moral de devolver al Ejército, a través de Usted, mi
superior inmediato, las tres condecoraciones y las cuatro citaciones honrosas
con las que, a lo largo de mis años de servicio en el sacrifi-cado y postergado
Cuerpo de Capellanes Castrenses (CCC), las Fuerzas Armadas han que-rido alentar
mis esfuerzos y rendir mi gratitud.
Siento
la obligación de dejar claramente puntualizado, que la razón de mi apartamiento
de esta institución y de estas medallas y diplomas, es la ominosa existencia,
como organismo semiclandestino de nuestro Ejército, del llamado Servicio de
Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, eufemístico nombre
que cintura, en realidad, un activo y creciente tráfico de rameras entre
Iquitos y los campamentos militares y bases navales de la Amazonía. Ni como
sacerdote ni como soldado puedo admitir que el Ejército de Bolognesi y de
Alfonso Ugarte, que ha constelado la Historia del Perú de acciones nobles y de
héroes insignes, descienda al vergonzoso extremo de prohijar en su seno,
subvencionándolo con su propio presupuesto y poniendo a su servicio su
logística y su cuerpo de Intendentes, al amor mercenario. Sólo quiero recordar
la paradoja contrastante que hay en el hecho de no haber conseguido yo, en
dieciocho años de insistentes ruegos y gestiones, que el Ejército crease una
sección movilizable de sacerdotes, a fin de llevar periódicamente a los
soldados de las apartadas guarniciones donde no hay capellán, que son las más,
los sacramentos de la confesión y la comunión, y el de que el mencionado
Servicio de Visitadoras disponga en la actualidad, apenas al año y medio de
creado, de un hidroavión, un barco, una camioneta y un modernísimo equipo de
comunicaciones para repartir por todo lo dilatado de nuestra selva, el pecado,
la lascivia y, sin duda, la sífilis.
Quiero
hacer observar, por fin, que este singular Servicio aparece y prospera
justamente cuando, en la Amazonía, la fe católica, religión oficial del Perú y
de sus Fuerzas Armadas, es amenazada por una peste supersticiosa que, con el
nombre de Hermandad del Arca asola aldeas y pueblos, gana adeptos día a día
entre la gente ignorante e ingenua, y cuyo grotesco culto al niño bestialmente
sacrificado en Moronacocha se extiende por doquier, incluidos, como se ha
comprobado, los cuarteles de la selva. No necesito recordar a Usted, mi
general, que hace apenas dos meses, en el Puesto de San Bartolomé, río Ucayali,
un grupo de reclutas fanáticos, secretamente organizados en un arca, intentaron
crucificar vivo a un in-dio piro para conjurar una tormenta, lo que debió ser
impedido a balazos por los oficiales de la unidad. Y es en este momento, cuando
el Cuerpo de Capellanes Castrenses lucha de-nodadamente contra este flagelo
blasfematorio y homicida en el seno de los regimientos amazónicos, cuando la
superioridad cree oportuno autorizar y promover el funcionamiento de un
Servicio que embota la moral y relaja las costumbres de la tropa. Que nuestro
Ejército fomente la prostitución y asuma él mismo la degradante función de la
tercería, es un síntoma de descomposición demasiado grave para permanecer
indiferente. Si la disolución ética hace presa de la columna vertebral de
nuestro país, que son las Fuerzas Armadas, en cualquier momento la gangrena
puede extenderse por todo el organismo sacrosanto de la Patria.
Este
modesto sacerdote soldado no quiere ser cómplice por comisión ni por omisión de
tan terrible proceso.
Lo
saluda militarmente,
Comandante
(CCC) GODOFREDO BELTRÁN CALILA
jefe
del Cuerpo de Capellanes Castrenses de la V Región (Amazonía)
ANOTACIÓN:
Trasládese
la presente solicitud al Ministerio de Guerra y al Estado Mayor del Ejército,
con recomendación de que:
1.
Sea aceptado el pedido de baja del comandante (CCC) Beltrán Calila, por ser su
decisión de carácter irrevocable;
2.
Se le amoneste suavemente por los términos algo destemplados en que ha fundado
su solicitud, y
3.
Se le agradezcan los servicios prestados.
Firmado:
general
ROGER SCAVINO
comandante
en jefe de la V Región (Amazonía)
Emisión
de La Voz del Sinchi del 9 de febrero de 1958 por Radio Amazonas.
Y
dando las dieciocho horas exactas en el reloj Movado que orna la pared de
nuestros es-tudios, Radio Amazonas se complace en presentar a sus queridos
oyentes el más escuchado programa de su sintonía:
Compases
del vals “La Contamanina”; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
¡ LA
VOZ DEL SINCHI !
Compases
del vals “La Contamanina”; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
Media
hora de comentarios, críticas, anécdotas, informaciones, siempre al servicio de
la verdad y la justicia. La voz que recoge y prodiga por las ondas las
palpitaciones populares de la Amazonía Peruana. Un programa vivo y
sencillamente humano, escrito y radiado por el conocido periodista Germán
Láudano Rosales, el Sinchi.
Compases
del vals “La Contamanina”; suben, bajan y se cortan totalmente.
Muy
buenas tardes, queridos y distinguidos radioescuchas. Aquí me tienen una vez
más en las ondas de Radio Amazonas, la primera emisora del Oriente Peruano,
para llevar al hom-bre de la urbe cosmopolita y a la mujer de la lejana tribu
que da sus primeros pasos por las rutas de la civilización, al próspero
comerciante y al humilde agricultor de la solitaria tahu-ampa, es decir, a
todos los que luchan y trabajan por el progreso de nuestra indomable Amazonía,
treinta minutos de amistad, de esparcimiento, de revelaciones confidenciales y
alturados debates, reportajes que causan sensación y noticias que hacen
historia, desde Iquitos, faro de peruanidad engastado en el inmenso verdor de
nuestra selva. Pero antes de continuar, queridos oyentes, algunos consejos comerciales:
Avisos
grabados en disco y cinta: 60 segundos.
Y,
para comenzar, como todos los días, nuestra sección: UN POCO DE CULTURA. Nun-ca
nos cansaremos de repetirlo, amables radioescuchas: es preciso que elevemos
nuestro nivel intelectual y espiritual, que ahondemos nuestros conocimientos,
sobre todo los que conciernen al medio que nos rodea, al terruño, a la ciudad
que nos cobija. Conozcamos sus secretos, la tradición y las leyendas que
engalanan sus calles, las vidas y hazañas de quienes les han prestado su
nombre, la historia de las casas que habitamos, muchas de las cuales han sido
cuna de grandes prohombres o escenario de episodios inmarcesibles que son
orgullo de nuestra región.
Conozcamos
todo esto porque así, adentrándonos un poco en nuestro pueblo y nuestra
ciu-dad, amaremos más a nuestra Patria y a nuestros compatriotas. Hoy vamos a
contar la his-toria de una de las más famosas mansiones de Iquitos. Me refiero,
ya lo han adivinado us-tedes, a la conocidísima Casa de Fierro, como se la
nombra popularmente, que se yergue, tan original, tan distinta y airosa, en
nuestra Plaza de Armas y donde funciona en la actua-lidad el señorial y
distinguido Club Social Iquitos. El Sinchi pregunta: ¿cuántos loretanos saben
quién construyó esta Casa de Fierro que sorprende y encanta a los forasteros
cuando pisan el suelo ubérrimo de Iquitos? ¿Cuantos sabían que esa hermosa casa
de metal fue di-señada por uno de los más alabados arquitectos y constructores
de Europa y del mundo? ¿Quiénes sabían, antes de esta tarde, que esa casa había
salido del cerebro creador del ge-nial francés que a comienzos de siglo levantó
en la ciudad luz, París, la torre de fama uni-versal que lleva su nombre? ¡La
torre Eiffel!
Si,
queridos radioescuchas, como lo han oído: la Casa de Fierro de la Plaza de
Armas es obra del audaz y muy renombrado inventor francés Eiffel, es decir un
monumento histórico de primera magnitud en nuestro país y en cualquier parte
del mundo. ¿Quiere decir esto que el famoso Eiffel estuvo alguna vez en la
cálida Iquitos? No, nunca estuvo aquí. ¿Cómo se explica, entonces, que esa
magna obra suya destelle en nuestra querida ciudad? Eso es lo que el Sinchi les
va a revelar esta tarde en la sección UN POCO De CULTURA de su pro-grama...
Breves
arpegios.
Corrían
los años de la bonanza del caucho y los grandes pioneros loretanos, los mismos
que surcaban del norte al sur y del este al oeste la espesura amazónica en
busca del codiciado jebe, competían deportivamente, para beneficio de nuestra
ciudad, en ver quién construía su casa con los materiales más artísticos y
costosos de la época. Y así vieron la luz esas residencias de mármol, de
adoquines y fachadas de azulejos, de labrados balcones que hermosean las calles
de Iquitos y nos traen a la memoria los años dorados de la Amazonía y nos
demuestran como el poeta de la Madre Patria tenía razón cuando dijo
"cualquier tiempo pasado fue mejor". Pues bien, uno de estos
pioneros, grandes señores del caucho y la aventura, fue el millonario y gran
loretano Anselmo del Águila, quien, como muchos de sus iguales, acostumbraba
hacer viajes a Europa para satisfacer su espíritu inquieto y su sed de cultura.
Y aquí tenemos a nuestro charapa, don Anselmo del Águila, en un crudo invierno
europeo -¿cómo temblaría el loretano, no?-, llegando a una ciudad alemana y
alojándose en un hotelito que llamó poderosamente su atención y le encantó por
su gran confort, por el atrevimiento de sus líneas y su belleza tan original,
ya que estaba íntegramente construido de fierro. ¿Qué hizo entonces el
charapita del Águila? Ni corto ni perezoso y con ese fervor por la patria chica
que nos singulariza a la gente de esta tierra, se dijo: esta gran obra
arquitectónica debería estar en mi ciudad, Iquitos la merece y la necesita para
su galanura y prestancia. Y, sin más ni más, el manirroto loretano compró el
hotelito alemán construido por el gran Eiffel, pagando por él lo que le
pidieron sin regatear un céntimo. Lo hizo desmontar en piezas, lo embarcó y se
lo trajo hasta Iquitos con tuercas y tornillos inclusive. La primera casa
prefabricada de la historia, queridos oyentes. Aquí, la construcción fue
montada con todo cuidado, bajo la amorosa dirección del propio del Águila. Ya
saben la razón de la presencia en Iquitos de esta curiosa y sin igual obra artística.
Como
anécdota postrera es preciso añadir que, en su gesto simpático y en su noble
afán de enriquecer el acervo urbanístico de su tierra, don Anselmo del Águila
cometió también una temeridad, al no percatarse que el material de la casa que
compraba era muy adecuado para el frío polar de la culta Europa, pero algo muy
distinto resultaba el caso de Iquitos, donde una mansión de metal, con las
temperaturas que sabemos podía constituir un serio proble-ma. Es lo que
sucedió, fatalmente. La casa más cerca de Iquitos se reveló inhabitable por-que
el sol la convertía en una caldera y no se podían tocar sus paredes sin que a
la gente se le ampollaran las manos. Del Águila no tuvo otro remedio que vender
la casa a un amigo, el cauchero Ambrosio Morales, quien se creyó capaz de
resistir la infernal atmósfera de la Casa de Fierro, pero tampoco lo consiguió.
Y así estuvo cambiando de propietario año tras año, hasta que se encontró la
solución ideal: convertirla en el Club Social Iquitos, institu-ción que está
deshabitada en horas del día, cuando la Casa de Fierro echa llamas, y se
real-za con la presencia de nuestras damitas más agraciadas y nuestros
caballeros más distin-guidos, en las tardes y noches, horas en que el fresco la
hace acogedora y templada. Pero el Sinchi piensa que, teniendo en cuenta su
ilustre progenitor, la Casa de Fierro debería ser expropiada por la
Municipalidad y convertida en un museo o algo parecido, dedicado a los años
áureos de Iquitos, el período del apogeo del caucho, cuando nuestro preciado oro
ne-gro convirtió a Loreto en la capital económica del país. Y con esto, amables
oyentes, se cierra nuestra primera sección: UN POCO DE CULTURA.
Breves
arpegios. Avisos en disco y cinta, 60 segundos. Breves arpegios.
Y
ahora nuestro COMENTARIO DEL DÍA. Ante todo, queridos radioescuchas, como el
tema que tengo que tocar esta noche (muy a pesar mío y por exigírmelo mi deber
de perio-dista íntegro, de loretano, de católico y de padre de familia) es
sumamente grave y puedo ofender a vuestros oídos, yo les ruego que aparten de
sus receptores a sus hijas e hijos me-nores, pues, con la franqueza que me
caracteriza y que ha hecho de LA VOZ DEL SINCHI la ciudadela de la verdad
defendida por todos los puños amazónicos, no tendré más reme-dio que referirme
a hechos crudos y llamar a las cosas por su nombre, como siempre lo he sabido
hacer. Y lo haré con la energía y la serenidad de quien sabe que habla con el
respal-do de su pueblo y haciéndose eco del silencio pero recto pensamiento de
la mayoría.
Breves
arpegios.
En
repetidas ocasiones, y con delicadeza, para no ofender a nadie, porque ése no
es nuestro deseo, hemos aludido en este programa a un hecho que es motivo de
escándalo y de indig-nación para todas las personas decentes y correctas, que
viven y piensan moralmente y que son el mayor número de esta ciudad. Y no
habíamos querido atacar directa y frontalmente este hecho vergonzoso porque
confiábamos ingenuamente -lo reconocemos con hidalguía- en que el responsable
del escarnio recapacitara, comprendiera de una vez por todas la magnitud del
daño moral y material que está infligiendo a Iquitos, por su afán de lucro
in-moderado, por su espíritu mercantil que no respeta barreras ni se para en
miramientos para conseguir sus fines, que son atesorar, llenar las arcas,
aunque sea con las armas prohibidas de la concupiscencia y de la corrupción,
propias y ajenas.
Hace
algún tiempo, arrostrando la incomprensión de los simples, exponiendo nuestra
inte-gridad física, hicimos una campaña civilizadora por estas mismas ondas, en
el sentido de que se pusiera fin en Loreto a la costumbre de azotar a los niños
después del Sábado de Gloria para purificarlos. Y creo que hemos contribuido en
parte, con nuestro granito de arena, para que esa mala costumbre que hacía
llorar tanto a nuestros hijos, y a algunos los volvía psicológicamente
incapacitados, vaya siendo erradicada de la Amazonía. En otras ocasiones hemos
salido al frente de la sarna supersticiosa que, bajo disfraz de Hermandad del
Arca, infecta a la Amazonía y salpica nuestra selva de inocentes animalitos
crucificados por culpa de la estulticia y la ignorancia de un sector de nuestro
pueblo, de las que abusan falsos mesías y seudojesucristos para llenarse los
bolsillos y satisfacer sus enfermizos instintos de popularidad, de
domesticación y manejo de muchedumbres y de sadismo anticristiano. Y lo hemos
hecho sin amedrarnos ante la amenaza de ser crucificados noso-tros mismos en la
Plaza de Armas de Iquitos, como nos lo profetizan los cobardes anónimos que
recibimos a diario llenos de faltas de ortografía de los valientes que tiran la
piedra y esconden la mano y se atreven a insultar pero no dan la cara. Anteayer
mismo tropezamos en la puerta de nuestro domicilio, cuando nos disponíamos a
abandonar el hogar para dirigirnos a ganar decentemente el pan con el sudor de
nuestra frente, un gatito crucificado, como bárbara y sangrienta advertencia.
Pero se equivocan esos Herodes de nuestro tiempo si piensan que pueden taparle
la boca al Sinchi con el espantajo de la intimidación. Por estas ondas
seguiremos combatiendo el fanatismo demente y los crímenes religiosos de esa
secta, y haciendo votos para que las autoridades capturen al llamado Hermano
Francisco, ese Anticristo de la Amazonía, al que esperamos ver pronto
pudriéndose en la cárcel como au-tor intelectual, consciente y contumaz del
infanticidio de Moronacocha, de los varios intentos frustrados de asesinato por
la cruz que se han registrado en los últimos meses en distintos villorrios de
la selva fanatizados por el Arca, y de la abominable crucifixión ocu-rrida la
semana pasada en el misionero pueblo de Santa María de Nieva del anciano
Arévalo Benzas por obra de los criminales hermanos.
Breves
arpegios.
Hoy,
con la misma firmeza y a costa de los riesgos que haya que correr, el Sinchi
pregunta: ¿hasta cuándo vamos a seguir tolerando en nuestra querida ciudad,
distinguidos radioescu-chas, el bochornoso espectáculo que es la existencia del
mal llamado Servicio de Visitado-ras, conocido más plebeyamente con el mote de
Pantilandia en irrisorio homenaje a su pro-genitor? El Sinchi pregunta: ¿hasta
cuándo, padres y madres de familia de la civilizada Lo-reto, vamos a seguir
sufriendo angustias para impedir que nuestros hijos corran, inocentes,
inexpertos, ignorantes del peligro, a contemplar como si fuera una kermesse o
un circo, el tráfico de hetairas, de mujerzuelas desvergonzadas, de PROSTITUTAS
para no hablar con eufemismos, que impúdicamente llegan y parten de ese antro
erigido en las puertas de nuestra ciudad por ese individuo sin ley y sin
principios que responde al nombre y apellido de Pantaleón Pantoja? El Sinchi
pregunta: ¿qué poderosos y turbios intereses amparan a este sujeto para que,
durante dos largos años, haya podido dirigir en la total impunidad un negocio
tan ilícito como próspero, tan denigrante como millonario, en las barbas de
toda la ciudadanía sana? No nos atemorizan las amenazas, nadie puede
sobornarnos, nada atajará nuestra cruzada por el progreso, la moralidad, la
cultura y el patriotismo peruanista de la Amazonía.
Ha
llegado el momento de enfrentarse al monstruo y, como hizo el Apóstol con el
dragón, cortarle la cabeza de un solo tajo. No queremos semejante forúnculo en
Iquitos, a todos se nos cae la cara de vergüenza y vivimos en una constante
zozobra y pesadilla con la exis-tencia de ese complejo industrial de meretrices
que preside, como moderno sultán babiló-nico, el tristemente célebre señor
Pantoja, quien no vacila, por su afán de riqueza y explo-tación, en ofender y
agraviar lo más santo que existe, como son la familia, la religión y los
cuarteles de los defensores de nuestra integridad territorial y de la soberanía
de la Patria.
Breves
arpegios. Avisos comerciales en disco y cinta: 30 segundos. Breves arpegios.
La historia
no es de ayer ni de anteayer, dura ya nada menos que año y medio, dieciocho
meses, en el curso de los cuales hemos visto, incrédulos y estupefactos, crecer
y multipli-carse la sensual Pantilandia. No hablamos por hablar, hemos
investigado, auscultado, veri-ficado todo hasta el cansancio, y ahora el Sinchi
está en condiciones de revelar, en primicia exclusiva para vosotros, queridos
radioescuchas, la impresionante verdad. Una verdad de las que hacen temblar
paredes y producen síncopes. El Sinchi pregunta: ¿cuántas mujeres -si es que se
puede otorgar ese digno nombre a quienes comercian indignamente con su cuerpo-
creen ustedes que trabajan en la actualidad en el gigantesco harén del señor
Panta-león Pantoja? Cuarenta, cabalitas. Ni una más ni una menos: tenemos hasta
sus nombres. Cuarenta meretrices constituyen la población femenina de ese
lupanar motorizado, que, poniendo al servicio de los placeres inconfesables las
técnicas de la era electrónica, moviliza por la Amazonía su mercadería humana
en barcos y en hidroaviones.
Ninguna
industria de esta progresista ciudad, que se ha distinguido siempre por el
empuje de sus hombres de empresa, cuenta con los medios técnicos de
Pantilandia. Y, si no, prue-bas al canto, datos irrefutables: ¿es cierto o no
es cierto que el mal llamado Servicio de Vi-sitadoras dispone de una línea
telefónica propia, de una camioneta pic-up marca Dodge placa número
"Loreto 78256", de un aparato de radio transmisor/receptor, con
antena pro-pia, que haría palidecer de envidia a cualquier radioemisora de Iquitos,
de un hidroavión Catalina número 37, que lleva el nombre, claro está, de una
cortesana bíblica, Dalila, de un barco de 200 toneladas llamado cínicamente
Eva, y de las comodidades más exigentes y codiciables en su local del río Itaya
como ser, por ejemplo, aire acondicionado, que muy pocas oficinas honorables lo
tienen en Iquitos? ¿Quién es este afortunado señor Pantoja, ese Farouk criollo,
que en sólo año y medio ha conseguido construir tan formidable imperio? Para
nadie es un secreto que los largos tentáculos de esta poderosa organización,
cuyo centro de operaciones es Pantilandia, se proyectan en todas las
direcciones de nuestra Amazonía, llevando su rebaño prostibulario: ¿ADÓNDE,
estimados radioescuchas? ¿ADÓNDE, respetables oyentes? A LOS CUARTELES DE LA
PATRIA. Sí, señoras y señores, éste es el pingue negocio del faraónico señor
Pantoja: convertir a las guarniciones y campamentos de la selva, a las bases y
puestos fronterizos, en pequeñas sodomas y go-morras, gracias a sus prostíbulos
aéreos y fluviales. Así como lo oyen, así como lo estoy diciendo. No hay una
sílaba de exageración en mis palabras, y si falseo la verdad, que el señor
Pantoja venga aquí a desmentirme. Yo, democráticamente, le cedo todo el tiempo
que haga falta, en mi programa de mañana o de pasado o de cuando él quiera,
para que contradiga al Sinchi si es que el Sinchi miente. Pero no vendrá, claro
que no vendrá, porque él sabe mejor que nadie que estoy diciendo la verdad y
nada más que la aplastante verdad.
Pero
ustedes no han oído todo, estimables radioescuchas. Todavía hay más cosas y aún
más graves, si es que cabe. Este individuo sin frenos y sin escrúpulos, el
Emperador del Vicio, no contento con llevar el comercio sexual a los cuarteles
de la Patria, a los templos de la peruanidad, ¿en qué clase de artefactos
piensan ustedes que moviliza a sus barraganas? ¿Qué clase de hidroavión es ese
aparato mal llamado Dalila, pintado de verde y rojo, que tantas veces hemos
visto, con el corazón henchido de rabia, surcar el cielo diáfano de Iquitos? Yo
desafío al señor Pantoja a que venga aquí a decir ante este micrófono que el
hidroavión Dalila no es el mismo hidro Catalina número 37 en el que, el 3 de
marzo de 1929, día glorioso de la Fuerza Aérea Peruana, el teniente Luis
Pedraza Romero, de tan grata recordación en nuestra ciudad, voló por primera
vez sin escalas entre Iquitos y Yuri-maguas, llenando de felicidad y de
entusiasmo progresista a todos los loretanos por la proeza realizada. Sí,
señoras y señores, la verdad es amarga pero peor es la mentira. El señor
Pantoja pisotea y denigra inícuamente un monumento histórico patrio, sagrado
para todos los peruanos, utilizándolo como medio de locomoción de sus equipos
viajeros de polillas. El Sinchi pregunta: ¿están al corriente de este
sacrilegio nacional las autoridades militares de la Amazonía y del país? ¿Se
han percatado de este peruanicidio los respetados jefes de la Fuerza Aérea
Peruana, y, principalmente, los altos mandos del Grupo Aéreo número 42
(Amazonía), quienes están llamados a ser celosos guardianes de la aeronave en
que el teniente Pedraza cumplió su memorable hazaña? Nosotros nos negamos a
creerlo. Conocemos a nuestros jefes militares y aeronáuticos, sabemos lo dignos
que son, las abne-gadas tareas que realizan. Creemos y queremos creer que el
señor Pantoja ha burlado su vigilante atención, que los ha hecho víctimas de
alguna burda maniobra para perpetrar se-mejante horror, cual es convertir, por
arte de magia meretricia, un monumento histórico en una casa de citas
transeúnte. Porque si no fuera así y, en vez de haber sido engañadas y
sorprendidas por el Gran Macró de la Amazonía, hubiera entre estas autoridades
y él alguna clase de contubernio, entonces, queridos radioescuchas, sería para
echarse a llorar, sería, amables oyentes, para no creer nunca más en nadie y
para no respetar nunca nada más. Pero no debe ni puede ser así. Y ese foco de
abyección moral debe cerrar sus puertas y el Califa de Pantilandia debe ser
expulsado de Iquitos y de la Amazonía con toda su caravana de odaliscas en
subasta, porque aquí, los loretanos, que somos gente sana y sencilla,
trabaja-dora y correcta, no los queremos ni los necesitamos.
Breves
arpegios. Avisos comerciales grabados en disco y cinta: 60 segundos. Breves
arpe-gios.
Y
ahora, estimables radioescuchas, pasemos a nuestra sección: ¡EL SINCHI EN LA
CA-LLE: ENTREVISTAS Y REPORTAJES! No nos vamos a apartar del tema en cuestión,
que el Zar de Pantilandia no se duerma sobre sus laureles prostibularios.
Ustedes conocen al Sinchi, respetables oyentes, y saben que cuando emprende una
campaña en favor de la justicia, de la verdad, de la cultura o de la moral de
Iquitos, no ceja en su empeño hasta lle-gar a la meta, que es contribuir,
poniendo siquiera una pajita en la fogata, al progreso de la Amazonía.
Pues
bien, esta noche, y como complemento gráfico y directo, como testimonio vivo,
dramático y cálidamente humano del mal que hemos denunciado en nuestro
COMENTA-RIO DEL DÍA, el Sinchi va a ofrecerles dos grabaciones exclusivas,
obtenidas a costa de esfuerzos y riesgos, que denuncian por sí solas la
tenebrosa Pantilandia y la catadura del personaje que la ha creado y labra su
fortuna a costa de ella, y quien, llevado por sus ansias crematísticas, no
vacila en sacrificar lo más sagrado para un hombre, cual es su apellido, su
familia, su digna esposa y su menor hijita. Son dos testimonios terribles en su
verdad des-nuda y rechinante, que el Sinchi pone en vuestros oídos, queridos
radioescuchas, con el ánimo de que conozcan, en todos sus íntimos mecanismos maquiavélicos,
el tráfico coti-diano de amores carnales en la inmoral Pantilandia.
Breves
arpegios.
Aquí,
frente a nosotros, sentada, con una expresión cohibida por su falta de
familiaridad con el micrófono, tenemos a una mujer todavía joven y de buen
parecer. Su nombre es Ma-clovia. Su apellido no tiene importancia y, por lo
demás, ella prefiere que se ignore, pues, muy humanamente, desea que sus
familiares no la identifiquen y no sufran la conocer su verdadera vida, que es,
o, perdón, ha sido, fue hasta ahora, la prostitución. Que nadie eche la primera
piedra, que nadie se arranque los cabellos. Nuestros oyentes saben muy bien que
una mujer, por más bajo que haya caído, siempre puede redimirse, si se le dan
las facilida-des y la ayuda moral para ello, si se le tienden unas manos
amigas. Lo primero para retornar a la vida decente es quererlo. Maclovia, ya lo
van a comprobar ustedes en unos instantes, lo quiere. Ella fue lavandera,
lavandera entre comillas, claro, ejerció, sin duda por hambre, por necesidad,
por fatalidad de la vida, ese oficio trágico: ir ofreciéndose al mejor postor
por las calles de Iquitos. Pero luego, y es la parte que nos interesa, trabajó
en la viciosa Pantilandia. Ella nos podrá revelar, por eso, lo que se esconde
bajo ese nombre circense. Las desgracias de la vida empujaron a Maclovia hacia
dicho antro para que un señor equis la explotara e hiciera pingües ganancias
con su dignidad de mujer. Pero es preferible que ella misma nos lo diga todo,
con su sencillez de mujer humilde, a la que no fue dado estudiar y
culturizarse, pero sí adquirir una inmensa experiencia por los maltratos de la
vida. Acércate un poquito, Maclovia, y habla aquí, eso mismo. Sin miedo y sin
vergüenza, la verdad no ofende ni mata. El micro es suyo, Maclovia.
Breves
arpegios.
-Gracias,
Sinchi. Mira, eso de mi apellido no es tanto por mi familia, la verdad es que
fuera de mi prima Rosita parientes no tengo, al menos cercanos. Mi mamá se
murió antes de que yo trabajara en eso que has dicho, mi padre se ahogó en un
viaje al Madre de Dios y mi único hermano se metió al monte hace cinco años
para no hacer el servicio militar y todavía estoy esperando que vuelva. Es más
bien porque, no sé cómo decirte, Sinchi, Maclovia va sólo con el trabajo,
tampoco ése es mi nombre, y en cambio mi nombre de veras va con todo lo demás,
por ejemplo mis amistades. Y aquí me has traído para que hable sólo de eso
¿no?. Es como si yo fuera dos mujeres, cada una haciendo una cosa y cada una
con nombre distinto. Así me he acostumbrado. Ya sé que no te lo explico bien.
¿Qué, cómo? Ah, sí, me estoy yendo por las ramas. Bueno, ahora hablo de eso,
Sinchi.
Sí,
pues, antes de entrar a Pantilandia estuve de lavandera, como dijiste, y
después donde Moquitos. Hay quienes se creen que las lavanderas ganan horrores
y se pasan la gran vida. Una mentira de este tamaño, Sinchi. Es un trabajo
jodidí, fregadísimo, caminar todo el día, se le ponen a una los pies así de
hinchados y muchas veces por las puras, para regresar a la casa con los crespos
hechos, sin haber levantado un cliente. Y encima tu caficho te muele porque no
has traído ni cigarros. Tú dirás para qué un cafiche, entonces. Porque si no
tienes, nadie te respeta, te asaltan, te roban, te sientes desamparada, y,
además, Sinchi ¿a quién le gusta vivir sola, sin hombre? Sí, me desvié otra
vez, ahora hablo de eso. Era para que sepas por qué, cuando de repente se
corrió la voz que en Pantilandia daban contratos con sueldos fijos, domingos
libres y hasta viajes, bueno, fue la locura entre las lavanderas. Era la
lotería, Sinchi, ¿no te das cuenta? Un trabajo seguro, sin tener que buscar
clientes porque había para arreglar, y encima tratadas con toda consideración.
Nos parecía un sueño, pues. Fue la atropellada hacia el río Itaya. Pero aunque
todas volamos, sólo había contratos para unas pocas y nosotras éramos un
chuchonal, ay perdona. Y, además, con la Chuchupe de jefaza ahí, no había
manera de entrar. El señor Pantoja le hacía caso a todos sus consejos y ella
siempre prefería las que habían trabajado en su casa de Nanay. Por ejemplo, a
las que venían de la competencia, lo bulines de Moquitos, las aguantaba y les ponía
toda clase de peros y les cobraba una comisiones bárbaras. Y a las lavanderas
todavía peor, nos desmoralizaba diciendo que al señor Pantoja no le gustan las
que vienen de la calle, como las perritas, sino las que han trabajado en
domicilio conocido. Quería decir Casa Chuchupe, claro. Desgraciada, me estuvo
cerrando el paso lo menos cuatro meses. Se corría la voz, vacantes en el Itaya,
yo volaba y cada vez me iba de bruces contra esa montaña, la Chuchupe. Por eso
entré donde Moquitos, no a su viejo bulín, sino al que le compró a Chuchupe, en
Nanay. Pero apenas llevaría ahí unos dos meses cuando hubo otra vez sitio en
Pantilandia, corrí y el señor Pan Pan se me quedó mirando en el examen y dijo
tienes presencia, muchacha, ponte en esa fila. Y me escogió por mi buen cuerpo.
Así entré a Pantilandia, Sinchi. Me acuerdo clarito de la primera vez que fui
al Itaya, ya contratada, para la revista médica. Estaba tan feliz como el día
de la primera comunión, te juro. El señor Pantoja nos hizo un discurso a mí y a
las cuatro que entraron conmigo. Nos hizo llorar, te digo, diciendo ahora ya
tienen otra categoría, son visitadoras y no polillas, cumplen una misión,
sirven a la Patria, colaboran con las Fuerzas Armadas y no sé cuántas cosas
más. Habla tan bonito como tú, Sinchi, que una vez, me acuerdo, nos hiciste
llorar a Sandra, a Peludita y a mí. Íbamos en Eva por el río Marañón y
empezaste a hablar en la radio de los huerfanitos del Hogar de Menores y se nos
aguaron los ojos.
-Gracias,
Maclovia, por lo que nos toca. Nos emociona saber que llegamos a todos los
am-bientes y que LA VOZ DEL SINCHI es capaz de hacer vibrar las fibras íntimas
de los se-res más encallecidos por las circunstancias de la vida. Eso que me
dices es una gran re-compensa y vale más para nosotros que tantas ingratitudes.
Bien,
Maclovia, así fue como caíste en las redes del Cafiche de Pantilandia. ¿Qué
pasó en-tonces?
-Yo
feliz, Sinchi, imagínate. Me pasaba el día viajando, conociendo los cuarteles,
las bases, los campamentos de toda la selva, yo que hasta entonces nunca había
subido a un avión. La primera vez que me montaron en Dalila me dio un susto,
cosquillas en la barriga, escalofríos y me vivieron náuseas. Pero después, al
contrario, me encantaba, pedían voluntarias para convoy aére, y siempre yo,
señor Pantoja, yo, a mí. Ahora que te voy a decir una cosa, Sinchi, volviendo a
lo de enantes. Tus programas son tan bonitos, haces esas campañas regias como
la de los huerfanitos, que nadie puede entender por qué atacas a los Hermanos
del Arca, por qué los calumnias y los insultas todo el tiempo. Qué injusticia,
Sinchi, nosotros sólo queremos que reine el bien y Dios esté contento. ¿Qué?
Si, ya hablo de eso, perdóname pero tenía que decírtelo en nombre de la opinión
pública. Íbamos, pues, a los cuarteles y los milicos nos recibían como reinas.
Por ellos que nos quedáramos toda la vida allá, haciéndoles más soportable el
servicio. Nos organizaban paseos, nos prestaban deslizadores para salir por el
río, nos invitaban anticuchadas. Unas consideraciones que rara vez se ven en
este oficio, Sinchi. Y, además, la tranquilidad de saber que el trabajo es
legal, no vivir con el susto de la policía, de que los tiras te caigan encima y
te saquen en un minuto lo que has ganado en un mes. Qué seguridad trabajar con
los milicos, sentirse pro-tegida por el Ejército ¿no es cierto? ¿Quién se iba a
meter con nosotras? Hasta los cafiches andaban mansitos, la pensaban dos veces
antes de levantar la mano, de miedo que nos fué-ramos a quejar a los soldados y
los metieran en chirona. ¿Cuántas éramos? En mi época, veinte. Pero ahora hay
cuarenta, dichosas ellas que están en el paraíso. Hasta los oficiales se
desvivían atendiéndonos, Sinchi, qué te figuras. Sí, era una felicidad, ay
Señor, me da una tristeza cuando pienso que salí de Pantilandia de pura bruta.
La
verdad es que fue mi culpa, el señor Pantoja me botó porque en un viaje a Borja
me es-capé y me case con un sargento. Hace pocos meses, para mí siglos. ¿Acaso
es pecado ca-sarse? Una de las malas cosas de ser visitadora, no se acepta a
las casadas, el señor Pantoja dice que hay incompatibilidad. Eso a mí me parece
un gran abuso. Ahora, te digo que en mala hora me fui a casar, Sinchi, porque
Teófilo resultó medio tronado. Bueno, mejor no hablaré mal de él que está
preso, y estará todavía tantos años. Hasta dicen que los pueden fusilar a él y
a los otros hermanos. ¿Tú crees que hagan eso?
Mira
que a mi pobre marido apenas lo he visto cuatro o cinco veces, sería para
reírse si no fuera una gran tragedia. Pensar que yo lo hice hermano. Él ni
siquiera se había puesto nunca a pensar en el Arca, ni en el Hermano Francisco
ni en la salvación por las cruces, hasta que me conoció. Yo le hablé del Arca,
yo le hice ver que era cosa de gentes buenas, algo por el bien del prójimo y no
las maldades que decían los tontos, esas que tú repites, Sinchi. Pero lo que
acabó de convencerlo fue conocer a los hermanos de Santa María de Nieva, nos
ayu-daron tanto cuando nos escapamos. Nos dieron de comer, nos prestaron plata,
nos abrieron su corazón y sus casas, Sinchi. Y después, cuando Teófilo estaba
preso en el cuartel, lo iban a ver, le llevaban comida todos los días. Ahí le
fueron enseñando las verdades. Pero yo nunca hubiera soñado que le iba a dar
tan fuerte por la religión. Figúrate que cuando salió del calabozo, yo, que
arando cielo y tierra para conseguir el pasaje había ido a juntarme con él a
Borja, me encontré con otro hombre. Me recibió diciéndome no puedo tocarte
nunca más, voy a ser apóstol. Que si yo quería podíamos vivir juntos, aunque
sólo como hermano y hermana, los apóstoles tienen que ser puros. Pero que eso
sería un sufrimiento para los dos y mejor siguiera cada uno su camino, ya que
eran tan distintos, él había escogido la santidad. Total, ya ves, Sinchi, me
quedé sin Pantilandia y sin marido. Y apenas había regresado a Iquitos me
entero que habían clavado a don Arévalo Benzas allá en Santa María de Nieva, y
que Teófilo dirigió todo. Ay, Sinchi, qué impresión me hizo. Yo lo conocí al
viejito, era jefe del arca del pueblo, el que más nos ayudó y nos dio tantos
con-sejos. No creo ese cuento de los periódicos, ese que tú también repites,
que Teófilo lo hizo crucificar para quedarse de jefe del arca de Santa María de
Nieva. Mi marido se había vuelto santo, Sinchi, quería llegar a ser apóstol.
Tiene que ser cierto lo que confesaron los hermanos, estoy segura que el
viejito sintiéndose morir los llamó y les pidió que lo clavaran para acabar
como Cristo, que por darle gusto lo hicieron. Pobre Teófilo, espero que no lo
fusilen, me sentiría responsable, ¿no ves que yo lo metí en eso, Sinchi? Quien
se iba a imaginar que terminaría así, con la religión tan adentro de su sangre.
Sí, ya hablo de eso.
En
fin, como te estaba contando, el señor Pantoja no me perdonó nunca mi escapada
con el pobre Teófilo, no me ha dejado volver a Pantilandia, por más que le
rogué tanto, y me imagino que ahora, después de lo que te he contado,
sanseacabó para siempre. Pero una tiene que vivir ¿no, Sinchi? Porque otra de
las prohibiciones del señor Pan Pan es hablar de Pantilandia. A nadie, ni a la
familia ni a los amigos, y si a una le preguntan, negar que exis-te. ¿No es
otro absurdo? Como si hasta las piedras no supieran en Iquitos lo que es
Panti-landia y quiénes son visitadoras. Pero, qué quieres, Sinchi, cada cual
con sus manías, y al señor Pantoja le sobran. No, no es cierto eso que dijiste
una vez, que lleva Pantilandia con salmuera y látigo, como un negrero. Hay que
ser justos.
Lo
tiene todo muy organizadito, otra manía suya es el orden. Todas decíamos esto
no pare-ce bulín sino cuartel. Hace formar, pasa lista, hay que estar quietas y
mudas cuando él habla. Sólo faltaba que nos tocaran corneta y nos hicieran
desfilar, una gracia. Pero esas manías más bien eran chistosas y se las
aguantábamos porque en lo demás era justo y buena gente. Sólo cuando se
encamotó, se enamoró de la Brasileña, comenzaron las injusticias para
favorecerla, por ejemplo hacía que le dieran el único camarote individual de
Eva en los viajes. Lo tiene dominado, te juro. Oye, ¿vas a poner eso también?
Mejor bórralo, no quiero líos con la Brasileña, es medio bruja y a lo mejor me
echa mal de ojo.
Además,
ya tiene un par de cadáveres a la espalda, acuérdate. Borra lo que dije de ella
y del señor Pantoja, al fin y al cabo cada cristiano tiene derecho de encamo,
de enamorarse de quien más le guste y lo mismo cada cristiana ¿no te parece? Yo
creo que el señor Pantoja me hubiera perdonado mi escapada con Teófilo, si no
le hubiera escrito esa carta a su señora, que ni se la escribí yo, se la dicté
a mi prima Rosita, la maestra. Esa fue la peor me-tida de pata y por eso me
fregué, Sinchi, yo misma me puse la puntilla. Qué quieres, estaba desesperada,
muriéndome de hambre, hubiera hecho cualquier cosa para que me volviera a
contratar el señor Pan Pan.
Y
también quería ayudarlo a Teófilo, lo tenían al hambre en un calabozo de Borja.
Es ver-dad que Rosita me advirtió: "Vas a hacer una locura, prima."
En fin, a mí no me parecía. Se me ocurrió que podría tocarle las fibras del
corazón a su esposa, que ella se compadecería, le hablaría a su marido y el
señor Pantoja me recibiría de nuevo. Es la única vez que lo he visto tan
furioso, parecía que me iba a matar. Yo, tonta, creyéndome que su señora le
habría intercedido, que ya estaría blando, fui a verlo a Pantilandia segura que
me iba a decir te perdono, una multa, a la revista médica y adentro de nuevo.
Sólo le falto sacar revólver, Sinchi. Hasta lisuras me dijo, él que no
acostumbra usar malas palabras. Tenía los ojos rojos, se le iba la voz, echaba
espuma. Que yo le había destruido su matrimonio, que le había dado una puñalada
en el corazón a su esposa, que se había desmayado su madre. Tuve que salir
corriendo de Pantilandia porque creí que me iba a pegar. También, pobre ¿no,
Sinchi? Su señora no sabía nada de nada, al señor Pan Pan se le descubrió el
pastel con mi carta. Qué metida de pata, pero yo no soy adivina, como iba a
pensar que su señora era tan inocente que no sabía haciendo qué cosa se ganaba
los frejoles su marido. Hay gente cándida en el mundo ¿no? Parece que la mujer
lo abandonó y se llevó la hijita a Lima. Mira qué tremenda pelotera se armó por
mi culpa. Y aquí me tienes, pues, otra vez de lavandera. El Moquitos no ha
querido recibirme, porque lo dejé para irme a Pantilandia. Ha puesto esa ley, si
no se quedaría sin mujeres en sus casas: la que entra a trabajar donde el señor
Pan Pan no vuelve nunca más a los bulines de Moquitos. Así que aquí estoy otra
vez como al principio, cami-nando para arriba y para abajo, sin siquiera poder
pagar un cafiche. Todo estaría muy bien si encima no me hubieran salido
várices, mira mis pies, ¿has visto algo más hinchado, Sinchi? Y a pesar del
calor tengo que andar con medias gruesas para que no se vean las venas
saltadas, si no jamás levantaría un cliente. En fin, ya no sé qué más contarte,
Sinchi, ya se me acabó la historia.
-Bueno,
muy bien, Maclovia, efectivamente, te agradecemos tu franqueza y espontaneidad,
en nombre de los radioescuchas de LA VOZ DEL SINCHI, de Radio Amazonas,
quienes, estamos seguros, comprenden tu drama y se apiadan de tu suerte. Te
estamos muy recono-cidos por tu valiente testimonio denunciando las escabrosas
actividades del Barba Azul del río Itaya, aunque no te demos la razón en creer
que todas tus calamidades vienen de tu sa-lida de Pantilandia. Nosotros
pensamos que el turbio señor Pantoja, al despedirte, te hizo un gran servicio,
por supuesto que sin proponérselo, dándote la oportunidad de regenerarte y
volver a la vida honrada y normal, lo que esperamos desees y logres pronto. Muy
buenas tardes, Maclovia.
Breves
arpegios. Avisos comerciales grabados en disco y cinta: 30 segundos. Breves
arpe-gios.
Las
últimas palabras de esta desgraciada mujer cuyo testimonio acabamos de llevar a
vues-tros oídos, queridos radioescuchas -me refiero a la ex visitadora
Maclovia- han puesto dramáticamente el dedo en la llaga de un asunto trágico y
doloroso que retrata, mejor que una fotografía o una película en tecnicolor, la
idiosincrasia del personaje que luce en su prontuario la gris hazaña de haber
creado en Iquitos la más insospechada y multitudinaria casa de perdición del
país y, tal vez, de Sudamérica. Porque, en efecto, es cierto y fe-haciente que
el señor Pantaleón Pantoja tiene una familia, o mejor dicho tenía, y que ha
venido llevando una doble vida, hundido por una parte de la ciénaga
pestilencial del nego-cio del sexo y, por otra parte, aparentando una vida
hogareña digna y respetable, al amparo de la ignorancia en que tenía a sus
seres queridos, su esposa y su menor hijita, de sus ver-daderas y pingües
actividades. Por un día se hizo la luz de la verdad en el infeliz hogar y la
ignorancia de su esposa siguió el espanto, la vergüenza y, con justísima razón,
la ira. Dig-namente, con toda la nobleza de madre ofendida, de esposa engañada
en lo más sagrado de su honor, tomó esta honesta dama la determinación de
abandonar el hogar mancillado por el escándalo. En el aeropuerto “Teniente
Bergerí”, de Iquitos, para dar testimonio de su dolor y para acompañarla hasta
la escalerilla de la moderna aeronave Faucett que habría de alejarla por los
aires de nuestra querida ciudad, ¡ESTABA EL SINCHI!: breves arpegios, sonido de
motor de avión que be, baja y queda como fondo sonoro.
-Muy
buenas tardes, distinguida señora. ¿Es usted la señora Pantoja, no es cierto?
Encanta-do de saludarla.
-Sí,
yo soy. ¿Quién es usted? ¿Y eso que tiene en la mano? Gladicyta, hijita,
cállate, me rompes los nervios. Alicia, dale su chupón a ver si se calla esta
criatura.
-El
Sinchi, de radio Amazonas, a sus órdenes, respetable señora. ¿Me permite
robarle unos segundos de su precioso tiempo para una entreviste de cuatro
palabras?
-¿Una
entrevista? ¿A mí? Pero a cuento de qué.
-De
su esposo, señora. Del celebérrimo y muy conocido Pantaleón Pantoja.
-Vaya
a hacerle la entrevista a él mismo, señor, yo no quiero saber nada de esa
personita ni de su celebridad, que me da risa, ni de esta ciudad asquerosa que
espero no volver a ver ni en pintura. Un permisito, por favor. Retírese de ahí,
señor, no ve que puede darle un pi-sotón a la bebita.
-Comprendo
su dolor, señora, y nuestros oyentes lo comprenden y sepa que cuenta con to-da
nuestra simpatía. Sabemos que sólo el sufrimiento puede empujarla a referirse
de esa manera ofensiva a la Perla del Amazonas, que no le ha hecho nada. Más
bien su esposo le está haciendo mucho daño a esta tierra.
-Perdóname,
Alicita, ya sé que tú eres loretana, pero te juro que he sufrido tanto en esta
ciudad que la odio con toda mi alma y no volveré nunca, tendrás que venir tú a
verme a Chiclayo. Mira, se me llenan otra vez los ojos de lágrimas y delante de
todo el mundo, Ali-cia, ay qué vergüenza.
-No
llores, Pochita linda, no llores, ten carácter. Y yo idiota que no traje
pañuelo. Dame, pásame a Gladycita, yo te la tengo.
-Permítame
ofrecerle mi pañuelo, distinguida señora. Tenga, por favor, le suplico. No se
avergüence de llorar, el llanto es a una dama lo que el rocío a las flores,
señora Pantoja.
-Pero
qué quiere usted aquí todavía, oye Alicia, qué tipo tan cargoso. ¿No le he
dicho que no le voy a dar ningún reportaje sobre mi marido?. Que no le será por
mucho tiempo, además, porque te juro, Alicia, llegando a Lima voy donde el
abogado y le planteo el di-vorcio. A ver si no me dan la custodia de Gladycita
con las porquerías que está haciendo aquí ese desgraciado.
-Justamente,
de eso mismo nos atrevíamos a esperar una declaración suya, aunque fuera muy
breve, señor Pantoja. Porque usted no ignora, por lo visto, el insólito negocio
en que…
-Váyase,
váyase de una vez si no quiere que llame a la policía. Ya me está llegando a la
coronilla, le advierto, no estoy de humor para aguantar malacrianzas en este
momento.
-Mejor
no lo insultes, Pochita, si te ataca en su programa qué va a decir la gente,
más habladurías. Por favor, señor, compréndala, ella está muy mortificada, se
está yendo de Iquitos, no tiene ánimos para hablar por radio de su viacrucis.
Usted tiene que entenderlo.
-Por
supuesto que lo entendemos, estimable señorita. Sabedores de que la señora
Pantoja se disponía a partir debido a las actividades poco recomendables a que
se dedica el señor Pantoja en esta ciudad y que han merecido la reprobación
enérgica de la ciudadanía, noso-tros
-Ay
que vergüenza, Alicia, si todo el mundo está enterado, si todo el mundo lo
sabía menos yo, qué tal boba, qué tal idiota, lo odio a ese bandido, como ha
podido hacerme eso. No le volveré a hablar nunca, te juro, no dejaré que vea a
Gladycita para que no la manche.
-Cálmate,
Pocha. Mira, ya están llamando, ya parte tu avión. Que pena que te vayas,
Pochi-ta. Pero tienes razón, hija, se ha portado tan mal ese hombre que no
merece vivir contigo. Gladycita, amorosa, un besito a su tía Alicia, besito,
besito.
-Te
escribo llegando, Alicia. Mil gracias por todo, no sé qué hubiera hecho sin ti,
has sido mi paño de lágrimas estas semanas tan horribles. Ya sabes, no le vayas
a decir nada a Panta ni a la señora Leonor hasta dentro de dos o tres horas, no
sea que llamen por radio y hagan regresar el avión. Chau, Alicia, chaucito.
-Muy
buen viaje, señora Pantoja. Parta usted con los mejores deseos de nuestros
oyentes y con nuestra comprensión generosa por su drama que es también, en
cierto modo, el de to-dos nosotros y el de nuestra querida ciudad.
Breves
arpegios. Avisos comerciales en disco y cinta: 30 segundos. Breves arpegios.
Y en
vista de que el reloj Movado de nuestros estudios señala que son ya las 18
horas 30 minutos exactas de la tarde, debemos cerrar nuestro programa, con este
impresionante do-cumento radiofónico que patentiza como, en su negra odisea, el
señor de Pantilandia no ha vacilado en llevar dolor y quebranto a su propia
familia, igual que lo viene haciendo con esta tierra cuyo único delito ha sido
recibirlo y darle hospitalidad. Muy buenas tardes, que-ridos oyentes. Han
escuchado ustedes Compases del vals "La Contamanina"; suben, bajan y
quedan como fondo sonoro.
¡ LA
VOZ DEL SINCHI !
Compases
del vals "La Contamanina"; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
Media
hora de comentarios, críticas, anécdotas, informaciones, siempre al servicio de
la verdad y la justicia. La voz que recoge y prodiga por las ondas las
palpitaciones de toda la Amazonía. Un programa vivo y sencillamente humano,
escrito y radiado por el conocido periodista Germán Láudano Rosales, EL SINCHI,
que propala diariamente, de lunes a sábado, entre 6 y 6 y 30 de la tarde, Radio
Amazonas, la primera emisora del Oriente Pe-ruano.
Compases
del vals "La Contamanina"; suben, bajan y se cortan totalmente.
Noche
del 13 al 14 de febrero de 1958
Resuena
el gong, el eco queda vibrando en el aire y Pantaleón Pantoja piensa: "Se
ha ido, te ha abandonado, se ha llevado a tu hija" Se halla en el puesto
de mando, las manos apoyadas en la baranda, rígido y sombrío. Trata de olvidar
a Pochita y a Gladys, se esfuerza por no llorar. Ahora, además, está
sobrecogido de terror. Ha vuelto a resonar el gong y él piensa: "Otra vez,
otra vez, el maldito desfile de los dobles otra vez." Transpira, tiembla,
su corazón añora los veranos cuando podía correr a hundir la cara en las faldas
de la señora Leonor.
Piensa:
"Te ha dejado, no veras crecer a tu hija, jamás volverán." Pero,
haciendo de tripas corazón, se sobrepone y concentra en el espectáculo.
A
primera vista, no hay motivo para alarmarse. El patio del centro logístico se
ha extendido lo suficiente para hacer las veces de un coliseo o de un estadio,
pero, fuera de sus pro-porciones magnificadas, es idéntico a sí mismo: ahí
están los altos tabiques constelados de carteles con consignas, proverbios e
instrucciones, las vigas pintadas con los colores simbólicos rojo y verde, las
hamacas, los casilleros de las visitadoras, el biombo blanco de la Asistencia
Sanitaria y los dos portones de madera con la tranquera caída. No hay nadie.
Pero ese paisaje familiar y deshabitado no tranquiliza a Pantaleón Pantoja. Su
recelo crece y un zumbido tenaz perturba sus oídos. Está derecho, asustado,
esperando y repitiéndose: "Pobre Pochita, pobre Gladycita, pobre
Pantita".
Elástico
y demorado, el sonido del gong lo hace brincar en el asiento: va a comenzar.
Apela a toda su voluntad, a su sentido del ridículo, pide secretamente ayuda a
Santa Rosa de Lima y al niño mártir de Moronacocha para no levantarse, bajar la
escalerilla a saltos y salir corriendo como alma que lleva el diablo del centro
logístico.
Se
acaba de abrir (suavemente) el portón del embarcadero y Pantaleón Pantoja
divisa silue-tas borrosas, en posición de atención, aguardando la orden de
ingresar al centro logístico. "Los dobles, los dobles", piensa, con
los pelos de punta, sintiendo que su cuerpo comienza a helarse de abajo a
arriba: los pies, los tobillos, las rodillas. Pero el desfile se ha iniciado ya
y nada justifica su pánico. Se trata sólo de cinco soldados que, en fila india,
van avanzando desde el portón hacia el puesto de mando, cada uno tirando una
cadena al extremo de la cual trota, brinca, se agita ¿qué? Presa de una
ansiedad que empapa sus manos y entrechoca sus dientes, Pantaleón Pantoja
adelanta la cabeza, aguza la mirada, escudriña con avidez: son perritos. Un
suspiro de alivio hincha y deshincha su pecho: le vuelve el alma al cuerpo. No
hay nada que temer, su aprensión era estúpida, no son los dobles sino diversos
exponentes del mejor amigo del hombre. Los números se han acercado pero todavía
siguen lejos del puesto de mando. Ahora Pantaleón Pantoja los distingue mejor:
entre soldado y soldado hay varios metros de luz y los cinco animalitos están
arreglados primorosamente, como para un concurso. Se advierte que han sido
bañados, trasquilados, cepillados, peina-dos, perfumados. Todos llevan en el
pescuezo, además del collar, cintas rojiverdes con co-quetos rosetones y nudos
mariposa. Los números marchan muy serios, mirando al frente, sin apurarse ni
retrasarse, cada cual a poca distancia del animal a su cuidado. Los perritos se
dejan llevar dócilmente. Son de distinto color, forma y tamaño: salchicha,
danés, pastor, chihuahua y lobo. Pantaleón Pantoja piensa: "He perdido a
mi esposa y a mi hija, pero, al menos, lo que va a ocurrir aquí no será tan
atroz como otras veces." Ve acercarse a los números y se siente sucio,
malvado, herido y tiene la impresión de que a lo largo y a lo an-cho de su
cuerpo se está propagando una erupción de sarna.
Cuando
vuelve a resonar el gong -la vibración esta vez es ácida y como reptilinea-
Panta-león Pantoja sufre un sobresalto y se mueve intranquilo en el asiento.
Piensa:
"Cría cuervos y te sacarán los ojos." Hace un esfuerzo y mira: sus
ojos saltan en las órbitas, su corazón late tan fuerte que podría estallar como
bolsa de plástico. Se ha aferrado a la baranda y los dedos le duelen de tanto
presionar la madera. Los números están ya muy cerca y podría reconocer sus
facciones si los observara.
Pero
sólo tiene ojos para lo que tropieza, rueda y zangolotea al extremo de las
cadenas: allí donde estaban los perros hay ahora unas formas grandes, animadas
y horribles, unos seres que lo repelen y fascinan. Quisiera examinarlos uno por
uno, al detalle, grabar sus abruptas imágenes antes que desaparezcan, pero no
puede individualizarlos: su mirada salta de uno a otro o los abarca a la vez.
Son enormes, entre humanos y simiescos, con colas que chicotean en el aire,
muchos ojos, mamas que besan el suelo, cuernos color ceniza, escamas
pal-pitantes, jorobadas pezuñas que chirrían como barrenos en la losa, trompas
velludas, babas y lenguas aureoladas de
moscas.
Tienen labios leporinos, costras sanguinolentas, narices de las que penden
hilachas de mocos y pies acorazados de callos, encrespados de uñeros y
juanetes, y pelambres como púas donde piojos gigantes se balancean y saltan
igual que monitos en el bosque. Pantaleón Pantoja decide echarse el alma a la
espalda y huir. El terror le arranca los dientes que rebo-tan sobre sus
rodillas como granos de maíz: han atado sus manos y pies a la baranda y no
podrá moverse hasta que ellos pasen frente al puesto de mando. Está rogando que
alguien dispare, le vuele la tapa de los sesos y acabe con este suplicio de una
vez.
Pero
ha vuelto a resonar el gong -su eco interminable vibra en cada uno de sus
nervios -y ahora el primer número está pasando en cámara lenta frente al puesto
de mando. Atado, afiebrado, amordazado, Pantaleón Pantoja ve: no es un perro ni
un monstruo. La figura en-cadenada que le sonríe con picardía es una señora
Leonor en cuyos rasgos se han injertado, sin sustituirlos, los de Leonor
Curinchila, y a cuyo flaco esqueleto se han añadido -"una vez más",
piensa, tragando hiel, Pantaleón Pantoja- las tetas, las nalgas, los rollos y
el andar protuberante de Chuchupe. "No importa que Pocha se haya ido,
hijito, yo te seguiré cuidando", dice la señora Leonor. Hace una
reverencia y se aleja. No tiene tiempo de re-flexionar pues ahí está el segundo
número: la cara es la del Sinchi, y también la corpulencia, la desenvoltura
animal y el micrófono que lleva en la mano.
Pero
el uniforme y las estrellas de general son del Tigre Collazos y asimismo la
manera de bombear el pecho, de rascarse el bigote y el aplomo campechano de la
sonrisa y el transpa-rente don de mando. Se detiene un instante, justo el
tiempo necesario para llevarse el micro a la boca y rugir: "Ánimo, capitán
Pantoja: Pochita será la estrella del Servicio de Visitado-ras de Chiclayo. En
cuanto a Gladycita, la nombraremos mascota de nuestros convoyes." El
número da un tirón a la cadena y el Sinchi Collazos se aleja saltando en un
pie. Ahora está frente a él, calvo, diminuto en su uniforme verde, mostrándole
la espada desenvainada que rutila menos que sus ojos sarcásticos, el general
Chupito Scavino. Ladra: "¡Viudo, cornudo, cojudo! ¡Pantaleón, maricón, huevón!"
Se aleja a paso ligero, moviendo airosamente la cabeza en su collar. Pero ahí
está ya, admonitivo y severo en su sotana oscura, bendiciéndolo fríamente, un
comandante Beltrán de ojos rasgados y voz amermelada:
"En
el nomble del máltil de Molonacocha lo condeno a quedase sin mujel y sin hijita
pala siemple, señol Pantaleón." Tropezando en la orla de su sotana y
sacudido de risa el padre Porfirio se aleja tras de los otros. Y ahí está la
que cierra el desfile. Pantaleón Pantoja lucha, muerde, trata de zafarse las
manos para pedir perdón, soltarse la mordaza para suplicar, pero sus esfuerzos
son inútiles y la figura de graciosa silueta, negra cabellera, tez leonada y
labios carmesí está allí abajo, nimbada de una inacabable tristeza. Piensa:
"Te odio, Brasileña." La figurilla sonríe afligida y su voz se llena
de melancolía:
"¿Ya
no reconoces a tu Pochita, Panta?" Da media vuelta y se aleja, arrastrada
por el número, que tira de la cadena con fuerza. Se siente borracho de soledad,
furor y espanto mientras el gong martilla estrepitosamente en sus oídos.
-Despierta,
hijito, ya son las seis -toca la puerta, entra al dormitorio, besa a Panta en
la frente la señora Leonor-. Ah, ya te levantaste.
-Estoy
bañado y afeitado hace una hora, mamá -bosteza, hace un gesto de fastidio, se
abo-tona la camisa, se inclina Panta-. Dormí muy mal, otra vez las malditas
pesadillas. ¿Me preparaste todo?
-Te
he puesto ropa para tres días -asiente, sale, regresa arrastrando una maleta,
muestra las prendas ordenadas la señora Leonor-. ¿Te bastará?
-De
sobra, no tardaré más que dos -se pone una gorrita jockey, se mira en el espejo
Panta-. Voy al Huallaga, donde Mendoza, un viejo condiscípulo. Hicimos juntos
la Escuela de Chorrillos. Siglos que no lo veo.
-Bueno,
hasta ahora no había querido darle importancia, porque parecía que no la tenía
-lee telegramas, consulta a oficiales, estudia expedientes, asiste a reuniones,
habla por radio el general Scavino-. La Guardia Civil nos pide ayuda hace
meses, no se dan abasto para tanto fanático. Sí, claro, del Arca. ¿Recibiste
los informes? La cosa se pone fea. Dos nuevos in-tentos de crucifixión esta
semana. En Puerto América y en Dos de Mayo. No, Tigre, no los han pescado.
-Pero
toma la leche, Pantita -llena la taza, echa azúcar, corre a la cocina, trae
panes la señora Leonor-. ¿Y las tostaditas que te hice? Les pongo mantequilla y
un poquito de mermelada. Come algo, hijito, te ruego.
-Un
poco de café y nada más -permanece de pie, bebe un trago, mira su reloj, se
impacienta Panta- No tengo hambre, mamá.
-Te
vas a enfermar -sonríe afligida, vuelve a la carga con dulzura, lo coge del
brazo, lo obliga a sentarse la señora Leonor-. No pruebas bocado, estás puro
hueso y pellejo. Me tie-nes con los nervios deshechos, Panta. No comes, no
duermes, trabajas todo el santo día. No puede ser, te vas a tocar del pulmón.
-Calla,
mamá, no seas zonza -se resigna, bebe la taza de un trago, mueve la cabeza,
come una tostada, se limpia la boca Panta-. Pasados los treinta, el secreto de
la salud es ayunar. Estoy muy bien, no te preocupes.
Aquí
te dejo un poco de plata, por si necesitas.
-Ya
otra vez silbando "La Raspa" -se tapa los oídos la señora Leonor-. No
sabes cómo he llegado a odiar esa bendita musiquita. También a Pocha la volvía
loca. ¿No puedes silbar otra cosa?
-¿Estaba
silbando? Ni me di cuenta -enrojece, tose, va a su dormitorio, mira apenado una
foto, alza la maleta, vuelve al comedor Panta-. A propósito de Pocha, si
llegara carta de ella ...
-No
me gusta meter al Ejército en esta vaina -reflexiona, se preocupa, vacila,
trata de cazar una mosca, fracasa el Tigre Collazos-. Combatir a brujos y
fanáticos es trabajo de curas o, en todo caso, de policías. No de soldados. ¿Se
ha puesto tan grave la cosa?
-Te
la guardo con el mayor cuidado hasta tu regreso, claro que lo sé, no me hagas
reco-mendaciones tontas -se enoja, se pone de rodillas, saca lustre a sus
zapatos, le escobilla el pantalón, la camisa, le toca la cara la señora
Leonor-. Ven que te dé la bendición. Anda con Dios, hijito, y procura, haz lo
posible ...
-Ya
lo sé, ya lo sé, no las miraré, no les dirigiré la palabra -cierra los ojos,
aprieta los puños, tuerce la cara Panta-. Les daré las órdenes por escrito y de
espaldas. Tú tampoco me hagas recomendaciones tontas, mamá.
-Qué
le he hecho a Dios para que me mande este castigo -solloza, levanta las manos
al te-cho, se exaspera, zapatea la señora Leonor-. Mi hijo entre perdidas las
veinticuatro horas del día y por orden del Ejército.
Somos
la comidilla de todo Iquitos, en las calles me señalan con el dedo.
-Calma,
mamacita, no llores, te suplico, no tengo tiempo ahora -le pasa el brazo por
los hombros, la acariña, la besa en la mejilla Panta-. Perdóname si te levanté
la voz. Ando un poco nervioso, no me hagas caso.
-Si
tu padre y tu abuelo estuvieran vivos, se morirían del espanto -se limpia los
ojos con el ruedo de la falda, señala un retrato amarillento la señora Leonor-.
Deben saltar en sus tum-bas al ver lo que te han encargado. En su época a los
oficiales no los rebajaban a esas cosas.
-Hace
ocho meses que me repites lo mismo cuatro veces al día -grita, se arrepiente,
baja la voz, sonríe sin ganas, explica Panta-. Soy militar, tengo que cumplir
las órdenes y, mientras no me den otro, mi obligación es hacer bien este
trabajo. Ya te he dicho que, si prefieres, puedo mandarte a Lima, mamacita.
-Bastante
sorprendente, sí, mi general -escarba en una bolsa, saca un puñado de cartones
y fotos, hace un paquete, lo lacra, ordena despáchenme esto a Lima el coronel
Peter Casahu-anqui-. En la última revista de prendas descubrimos que la mitad
de los soldados tenían oraciones del Hermano Francisco o estampitas del niño
mártir. Ahí le mando unas muestras.
-No
soy como ciertas personas que abandonan el hogar a la primera contrariedad, no
me confundas -se endereza, agita el índice, adopta una postura beligerante la
señora Leonor-. No soy de las que se mandan mudar de la noche a la mañana sin
decir ni adiós, de las que le roban la hija a su padre.
-No
comiences ahora con Pocha -avanza por el paudizo, tropieza con un macetero,
maldice, se soba el tobillo Panta-. Se ha vuelto otro de tus temas, mamá.
-Si
ella no se hubiera robado a Gladycita, tú no estarías así -abre la puerta de
calle la señora Leonor-. ¿Acaso no veo cómo te consumes de pena por la
chiquita, Panta? Anda, parte de una vez.
-No
aguanto más, rápido, rápido -sube la escalerilla de Eva, baja al camarote, se
tumba en la litera, susurra Pantita-. Donde me gusta, pues. En el pescuezo, en
la orejita. No sólo pe-llizcos, también los mordisquitos despacitos. Anda,
pues.
-Yo
encantada, Pantita -suspira, lo observa desganada, señala el embarcadero, corre
la cor-tina del ojo de buey la Brasileña-. Pero al menos espera que parta Eva.
El suboficial Rodrí-guez y los marineros están entrando y saliendo a cada rato.
No es por mí sino por ti, rapaz.
-No
espero ni un minuto -se arranca la camisa, se baja los pantalones, se quita los
zapatos y las medias, se ahoga Pantaleón Pantoja-. Cierra el camarote, ven.
Pellizquitos, mordisquitos.
-Ah,
Jesús, eres incansable, Pantita -cierra el pestillo, se desnuda, trepa a la
litera, se co-lumpia la Brasileña-. Tú solo me das más trabajo que un
regimiento. Qué chasco me llevé contigo. La primera vez que te vi pensé que no
habías engañado nunca a tu mujer.
-Y
era cierto, pero ahora cállate -jadea, se ladea, sube, baja, entra, sale,
vuelve, se sofoca Pantita-. Te he dicho que me distraigo, caray. En la orejita,
en la orejita.
-¿Sabes
que te puedes volver tuberculoso tanto jugar al bolero? –se ríe, se mueve, se
aburre, se mira las uñas, se para, se agacha, se apura la Brasileña-. La
verdad, últimamente estás más flaco que un bagre. Pero ni por ésas, cada vez
más arrechito. Sí, ya sé, me callo, bueno, en la orejita.
-Pfuuu,
por fin, pfuuu, qué rico -explosiona, palidece, respira, goza Pantita-. Se me
sale el corazón y tengo vértigo.
-Con
toda la razón del mundo, tigre, a mí tampoco me gusta mezclar a la tropa en
opera-ciones policiales -toma aviones, remonta ríos en motoras, inspecciona
pueblos y campa-mentos, exige detalles, envía mensajes el general Scavino-. Por
eso he aguantado la cosa hasta ahora. Pero lo de Dos de Mayo es para
inquietarse. ¿Leíste el parte del coronel Dávi-la?
-¿Cuántas
veces por semana, Pantita? -se incorpora, llena recipientes, se lava y enjuaga,
se viste la Brasileña-. Más que una visitadora, seguro. Y cuando hay examen de
candidatas, para de contar. Con la costumbre que has agarrado de la ¿cómo se
llama? ¿revista profe-sional? Qué conchudo eres.
-Eso
no es diversión ni trabajo -se despereza, se sienta en la litera, toma ánimos,
arrastra los pies hacia el excusado, orina Panta-. No te rías, es la verdad.
Además, tú eres la culpable, me diste la idea cuando te tomé examen de
presencia. Antes no se me había ocurrido. ¿Crees que esa broma es fácil?
-Dependerá
con quién -tira al suelo la sábana, escruta el colchón, lo frota con una
esponja, lo sacude la Brasileña-. Con muchas ni se te parará el pajarito.
-Claro
que no, a esas las elimino de entrada -se jabona, se seca con papel higiénico,
jala la cadena Pantaleón Pantoja-. La manera más justa de seleccionar a las
mejores. Con el paja-rito no hay trampas.
-Ya
estamos partiendo, comenzó a zamaquearse Eva -abre el ojo de buey, mueve el
colchón para que el sol toque lo mojado la Brasileña-. Arrímate, déjame abrir
la ventana, nos ahogamos, cuándo vas a comprar un ventilador. Y que ahora no te
venga el arrepentimien-to, Pantita.
-Clavaron
a la anciana Ignacia Curdimbre Peláez en la placita de Dos de Mayo siendo las
doce de la noche y estando presentes los doscientos catorce habitantes de la
localidad -dicta, revisa, firma y despacha su informe el coronel Máximo
Dávila-. A dos guardias civi-les que trataron de disuadir a los hermanos, les
dieron una paliza terrible. Según los testi-monios, la agonía de la viejita
duró hasta el amanecer. Lo peor es lo que sigue, mi general. La gente se
embadurnaba caras y cuerpos con la sangre de la cruz y hasta se la bebían.
Ahora han comenzado a adorar a la víctima. Ya circulan estampitas de la Santa
Ignacia.
-Es
que yo no era así -se sienta en la litera, se coge la cabeza, recuerda se
lamenta Pantaleón Pantoja-. Yo no era así, maldita sea mi suerte, no era así.
-Nunca
habías metido cuernos a tu fiel esposa y sólo embocabas el bolero cada quince
días -sacude, lava, exprime, tiende la sábana la Brasileña-. Me lo sé de
memoria, Panta. Llegaste aquí y te despercudiste. Pero demasiado, rapaz, te
pasaste al otro extremo.
-Al
principio, le echaba la culpa al clima -se pone el calzoncillo, la camiseta,
las medias, se calza Pantaleón Pantoja-. Creía que el calor y la humedad
inflamaban al macho. Pero he descubierto algo rarísimo. Lo que le pasa al
pajarito es culpa de este trabajo.
-¿Quieres
decir el estar tan cerquita de la tentación? -se toca las caderas, se mira los
pechos, se envanece la Brasileña-. ¿Que por mi aprendió a hacer pío pío? Qué
piropo, Panta.
-No
lo puedes entender, ni yo lo entiendo -se observa en el espejo, se alisa las
cejas, se peina Panta-. Es algo muy misterioso, algo que nunca le ha pasado a
nadie. Un sentido de la obligación malsano, igualito a una enfermedad. Porque
no es moral sino biológico, corporal.
-O
sea que ya ves, Tigre, los fanáticos se las traen -sube al jeep, cruza
lodazales, preside entierros, consuela a víctimas, instruye a oficiales, habla
por teléfono el general Scavino-. La cosa no es de grupitos. Son millares. La
otra noche pasé por la cruz del niño mártir, en Moronacocha, y me quedé
asombrado. Había un mar de gente. Hasta soldados en unifor-me.
-¿Quieres
decir que tienes ganas todo el día por sentido de la obligación? -queda
petrifica-da y boquiabierta, suelta una carcajada la Brasileña-. Mira, Panta,
he conocido muchos hombres, tengo mas experiencia que tú en estas cosas. Te
aseguro que a ningún tipo en el mundo se le para el pajarito por pura
obligación.
-No
soy como todo el mundo, ésa es mi mala suerte, a mí no me pasa lo que a los
demás -deja caer el peine, se abstrae, piensa en voz alta Pantaleón Pantoja-.
De muchacho era más desganado para comer que ahora.
Pero
apenas me dieron mi primer destino, los ranchos de un regimiento, se me
despertó un apetito feroz. Me pasaba el día comiendo, leyendo recetas, aprendí
a cocinar. Me cambiaron de misión y pssst, adiós la comida, empezó a
interesarme la sastrería, la ropa, la moda, el jefe de cuartel me creía marica.
Era que me habían encargado del vestuario de la guarnición, ahora me doy
cuenta.
-Ojalá
nunca te pongan a dirigir un manicomio, Panta, lo primero que harías sería
loquearte -señala el ojo de buey la Brasileña-. Mira esas bandidas,
espiándonos.
-¡Fuera
de ahí, Sandra, Viruca! -corre a la puerta, abre el pestillo, ruge, acciona
Pantaleón Pantoja-.
¡Cincuenta
soles a cada una, Chupito!
-¿Y
para qué están los curas, para qué pagamos capellanes? -pasea a trancos por su
despa-cho, examina balances, suma, resta, se indigna el Tigre Collazos-.
¿Para
que se rasquen la barriga? Cómo va a ser posible que las guarniciones de la
Amazonía se estén llenando de hermanos Scavino.
-No
saques tanto el cuerpo, Pantita -lo coge de los hombros, lo regresa al
camarote, cierra la puerta la Brasileña-. ¿Te olvidas que estás medio calato?
-¿Olvidarme
de ti? -codea a marineros y soldados, sube saltando a bordo, abre los brazos el
capitán Alberto Mendoza-. Cómo se te ocurre, hermano. Ven para acá, déjame
darte un apretón. Después de tantos años, Panta.
-Qué
gusto, Alberto -palmea, desembarca, estrecha manos de oficiales, responde al
saludo de suboficiales y soldados el capitán Pantoja-. Estás igualito, los años
no te hacen mella.
-Vamos
a tomar un trago al comedor de oficiales -lo coge del brazo, lo guía a través
del campamento, empuja una puerta con tela metálica, elige una mesa bajo el
ventilador el ca-pitán Mendoza-. No te preocupes por la cachadera. Todo está
preparado y aquí la cosa fun-ciona siempre como un tren. Alférez, usted se
ocupa de todo y cuando la fiesta haya termi-nado nos avisa. Así, mientras los
números se despiedran nos aventamos una cerveciola. Qué alegrón verte de nuevo,
Panta.
-Oye,
Alberto, ahora me acuerdo -observa por la ventana a las visitadoras entrando a
las tiendas de campaña, las colas de soldados, los controladores que toman
posición el capitán Pantoja-. No sé si sabes que a la visitadora esa, la que le
dicen, ejém...
-Brasileña,
ya sé, a ella sólo los diez del reglamento, ¿crees que no me leo tus
instrucciones? -le da un falso puñete, ordena, abre botellas, sirve los vasos,
brinda el capitán Mendoza-. ¿Cerveza para ti también? Dos, bien heladas. Pero
es absurdo, Panta. Si esa hembra te gusta y te friega que la toquen, por qué no
la exceptúas totalmente del servicio. ¿Para qué eres jefe, si no?
-Eso
no -tose, se ruboriza, tartamudea, bebe el capitán Pantoja-. No quiero faltar a
mi deber. Además, te aseguro que esa visitadora y yo, en realidad…
-Todos
los oficiales lo saben y les parece muy bien que tengas una querida -se chupa
la espuma del bigote, enciende un cigarrillo, bebe, pide más cerveza el capitán
Mendoza-. Pero nadie comprende ese sistema tuyo. Se entiende que no te haga
gracia que la tropa se tire a tu hembra. Para qué entonces ese formalismo
ridículo. Diez polvos es lo mismo que cien, hermano.
-Diez
es lo que obliga el reglamento -ve salir de las carpas a los primeros soldados,
entrar a los segundos, a los terceros, traga saliva el capitán Pantoja-. ¿Cómo
lo voy a violar? Lo hice yo mismo.
-No
puedes con tu genio, cerebro electrónico -echa la cabeza atrás, entrecierra los
ojos, sonríe nostálgico el capitán Mendoza-. Todavía me acuerdo que, en
Chorrillos, el único cadete que se lustraba los zapatos para salir a
embarrárselos en las maniobras eras tú.
-La
verdad es que, desde que pidió su baja el cura Beltrán, el Cuerpo de Capellanes
Cas-trenses deja mucho que desear -recibe quejas, atiende recomendaciones, oye
misas, entrega trofeos, monta caballos, juega bochas el general Scavino-. Pero,
en fin, Tigre, es un fenó-meno general en la Amazonía, los cuarteles no se
podían librar del contagio. De todas ma-neras, no te preocupes. Estamos
tratando el asunto con mano firme. Por estampa del niño mártir o de la Santa
Ignacia, treinta días de rigor; por foto del Hermano Francisco, cuaren-ticinco.
-Estoy
en Lagunas por el incidente de la semana pasada, Alberto -ve salir a los
cuartos, en-trar a los quintos, a los sextos el capitán Pantoja-. Leí tu parte,
claro. Pero me pareció lo bastante grave como para venir a ver sobre el terreno
qué había ocurrido.
-No
valía la pena que te dieras el trabajo -se afloja la correa del pantalón, pide
un sándwich de queso, come, bebe el capitán Mendoza-. Lo que ocurre es muy
sencillo. En estos pue-blecitos cada vez que se acerca un convoy de visitadoras
es la loquería. La sola idea hace que a todos los gallitos de la vecindad se
les ponga tieso el espolón. Y, a veces, cometen disparates.
-Meterse
a un campamento militar es demasiado disparate -ve a Chupito recogiendo los
grabados y las revistas de los números el capitán Pantoja- ¿Acaso no había
guardia?
-Reforzada,
como ahora, porque siempre que llega el convoy es lo mismo -lo jala afuera, le
muestra las tranqueras, los centinelas con bayonetas, los racimos de civiles el
capitán Mendoza-. Ven, vamos para que veas.
¿Te
das cuenta? Todos los pingalocas del pueblo amontonados alrededor del
campamento. Mira allá, ¿los ves? Subidos a los árboles, vaciándose por los
ojos. Qué quieres, hermano, la arrechura es humana. Si hasta te ha pasado a ti,
que parecías la excepción.
-¿No
tuvieron algo que ver en este asunto, esos locos del Arca? -ve salir a los
séptimos, entrar a los octavos, a los novenos, a los décimos y murmura al fin
el capitán Pantoja-. No me repitas el parte, Alberto, cuéntame lo que realmente
sucedió.
-Ocho
tipos de Lagunas se metieron al campamento y pretendieron raptar a un par de
visi-tadoras -ametralla el aparato de radio el general Scavino-. No, no hablo
de los hermanos sino del Servicio de Visitadoras, la otra calamidad de la
selva. ¿Te das cuenta adónde es-tamos llegando, Tigre?
-No
volverá a ocurrir, hermano -paga la cuenta, se pone el quepí, anteojos oscuros,
deja salir primero a Panta el capitán Mendoza-. Ahora, desde la víspera de la
llegada del convoy, duplico la guardia y pongo centinelas en todo el perímetro.
La compañía entra en za-farrancho de combate para que los números cachen en
paz, puta qué cómico.
-Cálmate
y bájame la voz -compara informes, ordena encuestas, relee cartas el Tigre
Co-llazos-. No te pongas histérico, Scavino. Lo sé todo, aquí tengo el parte de
Mendoza. La tropa rescató a las visitadoras y se acabó. Bueno, no es para
suicidarse. Un incidente como cualquier otro. Peores cosas hacen los hermanos
¿no?
-Es
que no es el primero de este tipo que ocurre, Alberto -ve salir de una carpa a
la Brasi-leña, la ve cruzar el descampado entre silbidos, la ve subir a Eva el
capitán Pantoja-. Hay constantes interferencias del elemento civil. En todos
los pueblos brota una efervescencia del carajo cuando aparecen los convoyes.
-Se
armó una trompeadera feroz entre soldados y civiles, por ese par de mujeres
-recibe llamadas, va a la cárcel, interroga a detenidos, se desvela, toma
calmantes, escribe, llama el general Scavino-. ¿Has oído bien?
Entre
sol-da-dos-y-ci-vi-les. Los raptores consiguieron sacarlas del campamento y la
pelea fue en pleno pueblo.
Hay
cuatro hombres heridos. En cualquier momento puede ocurrir algo muy serio,
Tigre, por este maldito Servicio.
-No
es para menos, hermano -señala a los mirones, a las visitadoras que abandonan
las carpas y regresan al embarcadero flanqueadas por guardias el capitán
Mendoza-. A estos selváticos que ni siquiera conocen Iquitos, esas mujeres les
parecen ángeles caídos del cielo.
Los
soldados también tienen culpa. Van y cuentan cosas en el pueblo, antojan a los
otros. Se les ha prohibido hablar de esto, pero no entienden.
-Me
fastidia que ocurra esto ahora, cuando tengo casi listo un proyecto para
ampliar el Servicio y darle más categoría -se mete las manos en los bolsillos,
camina cabizbajo pate-ando piedrecitas el capitán Pantoja-. Algo muy ambicioso,
me ha costado muchos días de reflexión y de números. Y mi plan hasta quizá
solucionaría el problema de los civiles pin-galocas, hermano.
-Pero
me triplicaría usted el otro, Pantoja, el de los curas y las beatas de Iquitos
que andan fregando la paciencia a Scavino -llama a su ordenanza, lo manda
comprar cigarrillos, le da una propina, pide fuego el Tigre Collazos-. No,
demasiado. Cincuenta visitadoras son sufi-cientes. No podemos reclutar más, al
menos por el momento.
-Con
un equipo operacional de cien visitadoras y tres barcos navegando de manera
perma-nente en los ríos amazónicos -contempla los preparativos para la partida
de Eva el capitán Pantoja-, nadie podría prever la llegada de los convoyes a
los centros usuarios.
-Se
está volviendo demente -prende un encendedor y lo acerca a la cara del Tigre
Collazos el general Victoria-. El Ejército tendría que dejar de comprar armas
para contratar más ra-meras. No hay presupuesto que aguante las fantasías de
este angurriento.
-Estudie
el plan que le mandé, mi general -escribe a maquina con dos dedos, hace
cálculos, dibuja cuadros sinópticos, pasa malas noches, borra, añade, insiste
el capitán Pantoja-. Crearíamos un "sistema de rotación inordinaria
irregular". La llegada del convoy sería siempre imprevista, nunca habría
ocasión de incidentes. Sólo los jefes de unidad conocerían las fechas de
llegada.
-Y
pensar que costó tanto trabajo hacerle aceptar la misión de crear el Servicio
de Visita-doras -busca por el despacho un cenicero y lo pone junto al Tigre
Collazos el coronel López López-. Ahora está en su elemento. Se mueve entre las
putas como pez en el agua.
-Eso
sí, la única forma de controlar eficazmente ese sistema sería desde el aire
-cifra me-morándums, prepara termos de café, multiplica, divide, se rasca la
cabeza, despacha anexos el capitán Pantoja-. Haría falta otro avión. Y, al
menos, un oficial de Intendencia más. Bastaría un subteniente, mi general.
-Se
le ha aflojado un tornillo, no hay duda -lee El Oriente, oye La Voz del Sinchi,
recibe anónimos, llega al cine tarde y se sale antes que termine la película el
general Scavino-. Si esta vez le das gusto y apruebas ese proyecto, te advierto
que pido mi baja, como Beltrán. Entre los fanáticos del Arca y las visitadoras
de Pantoja van a acabar conmigo. Sobrevivo a punta de valeriana, Tigre.
-Lamento
darle una mala noticia, mi general -parte en expedición, invade un pueblo
desier-to, carajea, ayuda a desclavar, ordena volver a marchas forzadas,
muchachos el coronel Augusto Valdés-. Antenoche, en el caserío de Frailecillos,
a dos horas de surcada de mi guarnición, crucificaron al suboficial Avelino
Miranda. Estaba de permiso, iba de civil y es posible que ignoraran su
condición de soldado. No, aún no ha muerto pero los médicos di-cen que es
cuestión de horas. Todo el caserío, treinta o cuarenta personas. Se han metido
al monte, sí.
-Cálmese,
Scavino, la cosa no puede ser para tanto -escucha y hace bromas sobre
visitado-ras en el Casino Militar tranquiliza a su madre sobre los clavados de
la selva el general Victoria-. ¿De veras andan tan alborotados esos
provincianos con las niñas de Pantoja?
-¿Alborotados,
mi general? -se toma el pulso, se mira la lengua, dibuja cruces sobre el
se-cante el general Scavino-. Esta mañana se me presentó aquí el obispo, con su
estado mayor de curas y monjas.
-Tengo
el pesar de anunciarle que si el llamado Servicio de Visitadoras no desaparece,
ex-comulgaré a todos los que trabajan en él o lo utilizan -entra al despacho
hace una venia, no sonríe, no se sienta, limpia su anillo y lo ofrece el
Obispo-. Se han violado ya los límites mínimos de la decencia y el decoro,
general Scavino.
La
misma madre del capitán Pantoja ha venido hasta a mí, llorando su tragedia.
-Comparto
enteramente ese criterio y Su Eminencia lo sabe -se levanta, hace una
genu-flexión, besa el anillo, habla suave, ofrece gaseosas, despide a los
visitantes en la calle el general Scavino-. Si de mí dependiera, ese Servicio
no habría nacido. Les ruego un poco de paciencia. En cuanto a Pantoja, no me lo
nombre, Monseñor. Qué tragedia ni tragedia. El hijito de esa señora que va a
llorarle, tiene gran parte de culpa en lo que ocurre. Si al menos hubiera
organizado la cosa de una manera mediocre, defectuosa. Pero ese idiota ha
convertido el Servicio de Visitadoras en el organismo más eficiente de las
Fuerzas Arma-das.
-No
hay vuelta que darle, Panta -sube a bordo, curiosea el puente de mando, observa
la brújula, manipula el timón el capitán Mendoza-. Eres el Einstein del cache.
-Sí,
naturalmente, he mandado varios grupos de caza a perseguir a los fanáticos -va
a la enfermería, alienta a la víctima, clava banderitas en un mapa, dicta
instrucciones, desea buena suerte a los oficiales que parten el coronel Augusto
Valdés-. Con orden de que me traigan al caserío entero a rendir cuentas. No ha
sido necesario mi general. Mis hombres están indignados, el suboficial Avelino
Miranda siempre fue muy querido
-Tarde
o temprano el Tigre acabará por aceptar mi plan -muestra los compartimentos de
Eva al capitán Mendoza, la bodega, las maquinas, escupe y pisa el capitán
Pantoja-. El cre-cimiento del Servicio es inevitable. Con tres barquitos, dos
aviones, un equipo operacional de cien visitadoras y dos oficiales adjuntos,
haré maravillas, Alberto.
-En
Chorrillos creíamos que tu vocación no era ser militar, sino una computadora
-baja,la rampa de desembarco, regresa con Panta del brazo al campamento,
pregunta ¿ya me pre-paró el parte estadístico, alférez? El capitán Mendoza-.
Ahora veo que estábamos equivo-cados. Tu sueño es ser el Gran Alcahuete del
Perú.
-Te
equivocas, desde que nací sólo he querido ser soldado, pero soldado
administrador, que es tan importante como artillero o infante. Al Ejército yo
lo tengo aquí -examina el rústico despacho, la lámpara de kerosene, los
mosquiteros, la hierba que crece en los resquicios del entarimado, se toca el
pecho el capitán Pantoja-. Tú te ríes y lo mismo Bacacorzo. Te aseguro que
algún día se llevarán una sorpresa. Funcionaremos en todo el territorio
nacio-nal, con una flota de barcos, ómnibus y centenares de visitadoras.
-He
puesto al frente de los grupos de caza a los oficiales más enérgicos -sigue y
dirige por radio el desplazamiento de los expedicionarios, cambia de posición
las banderitas en el mapa, habla con los médicos el coronel Augusto Valdés-.
Con el calentón que tienen en-cima, los soldados necesitan que los contengan.
No sea que linchen a los fanáticos por el camino. En cuanto al suboficial
Miranda, parece que se salva, mi general. Eso sí, quedará manco y cojito.
-Habrá
que crear una especialidad nueva en el Ejército -recibe el parte estadístico,
lo relee, lo corrige, se señala la bragueta el capitán Mendoza-. Artillería,
Infantería, Caballería, In-geniería, Intendencia y ¿Polvos Militares? ¿Bulines
Castrenses?
-Tendría
que ser un nombre más discreto -se ríe, divisa a través de la tela metálica al
corneta que llama a rancho, a los soldados que entran a un galpón de madera el
capitán Pantoja-. Pero por qué no, algún día, quién sabe.
-Mira,
ya terminó la vaina y ahí están tus pollitas cantando "La
Raspa"-señala a Eva, a la sirena que pita, a las visitadoras acodadas en
cubierta, al suboficial Rodríguez que ha sub-ido al puente de mando el capitán
Mendoza-Cada vez que oigo su himno me cago de risa, hermano. ¿Regresas a
Iquitos ahora mismo?
-Ahora
mismo -abraza a Mendoza, sube a Eva de dos trancos, cierra el camarote, se
zam-bulle en la litera el capitán Pantoja-.
-En
la orejita, en el cuello, en mis tetitas. Rasguños, pellizquitos, mordisquitos.
-Ay,
Panta, qué pesado eres -reniega, taconea, corre la cortina, suspira mirando al
techo, avienta su ropa al suelo con furia la Brasileña-. ¿No ves que estoy
cansada, que acabo de trabajar? Y después ya sé lo que vendrá, la gran escena
de celos.
-Chitón,
cierra ese piquito, ya sabes que, más arribita -se encoge, se estira, se mece,
se arrulla, se desmaya, se deslíe Panta-. Ahicito mismo, ay qué riquito.
-Pero
tengo que decirte una cosa, Panta -sube a la litera, se acuclilla, se tiende,
se prende, desprende la Brasileña-. Estoy harta de que me hagas perder plata
con tu manía de que sólo me den diez.
-Pfuu
-se sosiega, transpira, traga aire a bocanadas Pantita-. ¿No puedes estar
callada ni siquiera este momento?
-Es
que por tu culpa estoy perdiendo plata y yo también tengo que cuidar mis
intereses -se aparta, se lava, se viste, abre el ojo de buey, saca la cabeza y
respira la Brasileña-. Estas cosas que te gustan se acaban con los años. ¿Y
después? Todas tuvieron hoy veinte, el do-ble que yo.
-Caracoles,
como si su Servicio no significara ya bastante gasto para Intendencia -recibe
el telegrama, lo lee, lo agita el coronel López López-. ¿Sabe con qué nos viene
ahora Pantoja, mi general? Con que se estudie la posibilidad de dar una prima
de riesgo a las visitadoras cuando salen en convoy. Resulta que tienen miedo a
los fanáticos.
-Pero
tú recibes doble porcentaje que ellas y eso compensa la diferencia, te lo he
probado, te he hecho una evaluación -sube a cubierta, ve a Viruca y Sandra
echándose cremas en la cara, a Chupito durmiendo en una mecedora Pantaleón
Pantoja-. Qué cansado me quedé, qué taquicardia ¿Perdiste el organigrama que te
hice? ¿Te has olvidado que, además, cada mes te doy el 15 por ciento de mi
sueldo para reforzar tus ingresos?
-Ya
lo sé, Panta -apoya los brazos en la proa, mira los árboles de la ribera, las
aguas terrosas, la estela de espuma, las nubes rosadas la Brasileña-. Pero tu
sueldo es una buena porquería. No te enojes, es la verdad. Y, de otro lado, con
tu manía esa, todas me odian. No tengo ni una amiga entre las chicas. Hasta
Chuchupe me dice privilegiada apenas te das vuelta.
-Lo
eres y es la gran vergüenza de mi vida -pasea por cubierta, pregunta
¿llegaremos a Iquitos temprano?, oye al suboficial Rodríguez decir por supuesto
el señor Pantoja-. No te quejes tanto, no es justo. Debería lamentarme yo. Por
tu culpa he roto con un principio que había respetado desde que tengo uso de
razón.
-¿No
ves? Ya comenzaste -sonríe a Peludita que escucha radio bajo el toldo de popa,
a un marinero que enrolla unos cabos la Brasileña-. Por qué no eres más franco
y en vez de hablar de principios reconoces que tienes celos de los diez
soldaditos de Lagunas.
-¿Creías
que disminuían? Nada de eso, Tigre, aumentan como un incendio en el bosque -se
viste de civil, merodea entre las gentes, huele a cebolla y a incienso, ve el
chisporroteo de los candiles, siente la pestilencia de las ofrendas el general
Scavino-. No sabes lo que fue el aniversario del niño mártir. Una procesión
como no se ha visto nunca en Iquitos. Todas las orillas de Moronacocha
cubiertas por una muchedumbre compacta.
Y lo
mismo la laguna. No cabía una lancha, un bote.
-Yo
nunca había faltado a mi deber, maldita sea mi estampa -dice hola a Pechuga y
Rita que juegan naipes al pleno sol, se recuesta en un salvavidas, ve ponerse
el sol en el horizonte Pantaleón Pantoja-. Había sido siempre un tipo recto, un
tipo justo. Antes de que aparecieras tú ni siquiera este clima de zánganos me
había hecho romper mi sistema.
-Si
me dices que tienes ganas de insultarme por los diez soldaditos, te lo aguanto
-mira su reloj, hace un mohín, dice se paró otra vez, le da cuerda la
Brasileña-. Pero si sigues hablando de tu sistema te vas a la mierda y me bajo
al camarote a descansar.
-Este
trabajo y tú han sido mi ruina -se demuda, no responde al saludo del marinero
que conversa con Pichuza, escruta el río, el cielo que oscurece Pantaleón
Pantoja-. Si no fuera por ustedes, no habría perdido a mi esposa, a mi hijita.
-Qué
pesado eres, Panta -lo toma del brazo, lo lleva al camarote, le alcanza unos
sándwichs, una coca-cola, le pela una naranja, bota las cáscaras al río,
enciende la luz la Brasileña-. ¿Ahora te va a venir el llanto por tu esposa y
tu hijita? Cada vez que te ocupas conmigo te dan unos arrepentimientos que no
hay quien te aguante. No te pongas tonto, rapaz.
-Me
hacen falta, las extraño mucho -come, bebe, se pone el pijama, se acuesta, se
le quiebra la voz a Panta-. La casa esta tan vacía sin Pocha y sin Gladycita.
No me acostumbro.
-Ven,
rapaz, ven, no seas lloroncito -se queda en enagua, se tiende junto a Panta,
apaga la luz, abre los brazos la Brasileña-. Lo único que tienes es celos de
los soldaditos. Ven, acomódate aquí, déjame rascarte la cabecita.
-Hasta
corría la voz que se iba a presentar el Hermano Francisco en persona -observa a
los apóstoles de blanco, a los fieles arrodillados con los brazos extendidos, a
los inválidos, los ciegos, los leprosos, los enanos, los moribundos que rodean
la cruz el general Scavino-. Mejor que no lo hiciera. Nos iba a poner en un
apuro. Era imposible mandarlo detener ante veinte mil personas dispuestas a
morir por él. Dónde diablos andará. No, no hay rastros de ese loco.
-El
balco es una cunita, yo soy Pochita, tú eles Gladycita -entona, se mece, mira
la luna que cruza el ojo de buey y platea el extremo de la litera la
Brasileña-. Qué bebita tan bonita. Yo le lasco cabecita, yo le doy besitos.
¿Quiele chupal su tetita?
-Ahora
la tiene en la cabeza, ahí mismo, bah, se voló -empuja la puerta del Museo y
Acuario Amazónico y cede el paso al capitán Pantoja el teniente Bacacorzo-. ¿Le
llegó a picar? Creo que era una avispa.
-Más
abajito, más despacito -cambia de ánimo, se aniña, se entibia, se endulza, se
acurruca Pantita-. En la espaldita, en el cuellito, en la olejita. Insista en
la puntita, señolita.
-Ah,
la maté -manotea contra la pileta de La Vaca Marina o Manatí el teniente
Bacacorzo-. Avispa no, una mosca parda. Son peligrosas, la gente dice que
trasmiten la lepra.
-Debo
tener la sangre ácida porque jamás me pican los bichos -pasa junto al Bufeo
Loco, al Bufeo Cenizo al Bufeo Colorado, se detiene ante La Hormiga Curhuinse,
lee "es nocturna, muy dañina, en una noche puede arrasar una chacra, andan
en cientos de miles, cuando adultas echan alas y se ponen barrigonas" el
capitán Pantoja-. En cambio, mi pobre madre, es terrible, sale a la calle y la
devoran.
-¿Sabe
que a esas hormigas aquí se las comen tostadas, con sal y plátano? -pasa el
dedo por la cresta de una iguana disecada, por las plumas multicolores de un
tucán el teniente Baca-corzo-. Tiene que cuidarse, está usted muy flaco. Debe
haber bajado lo menos diez kilos en estos últimos meses. Qué pasa, mi capitán.
¿Trabajo, preocupaciones?
-Un
poco de las dos cosas -se inclina y busca en vano los ocho ojos de la grande,
saltarina y ponzoñosa Araña Viuda el capitán Pantoja-. Cuando todo el mundo me
lo dice, debe ser cierto. Voy a ponerme en sobrealimentación, para recuperar
los kilitos perdidos.
-Lo
siento mucho, Tigre, pero he tenido que dar orden de que la tropa ayude a la
Guardia Civil en la captura de los fanáticos -recibe peticiones, quejas,
denuncias, investiga, vacila, consulta, toma una decisión, informa el general
Scavino-. Cuatro clavados en seis meses es demasiado, estos locos están
convirtiendo a la Amazonía en una tierra bárbara y ha llegado el momento de
usar la mano dura.
-No
le está usted sacando el jugo a la soltería -empuña la luna de aumento y
agranda a la Avispa Huayranga, a la Campana Avispa y a la Avispa Shiroshiro el
teniente Bacacorzo-. En vez de estar feliz y contento con la libertad
recobrada, anda más triste que un murciéla-go.
-Es
que a mí la soltería no me sirve de gran cosa -se adelanta a la esquina de los
felinos y roza con su cuerpo al Tigre Negro, al Otorongo o Príncipe de la
Selva, al Ocelote, al Puma y al moteado Tigrillo el capitán Pantoja-. Yo sé que
la mayor parte de los hombres, después de un tiempo, se hartan de la monotonía
familiar y dan cualquier cosa por zafarse de sus mujeres. A mí no me había
pasado. La verdad, me apenó que Pocha se fuera. Y, sobre todo, llevándose a mi
hijita.
-Ni
decirlo tiene que lo apenó, se le ve en la cara-"los camaleones chiquitos
viven en los árboles, los grandes en el agua" oye el teniente Bacacorzo-.
En fin, son las cosas de la vida, mi capitán. ¿Ha tenido noticias de su esposa?
-Sí,
me escribe todas las semanas. Está viviendo con su hermana Chichi, allá en
Chiclayo -cuenta las culebras, la Yacumama o Madre del Agua, la Boa Negra, la
Mantona, la Sacha-mama o Madre de la Selva el capitán Pantoja-. No estoy
resentido con Pocha, la entiendo muy bien. Mi misión resultaba muy fregada para
ella. Ninguna mujer decente lo hubiera aguantado. ¿De qué se ríe? No es ningún
chiste, Bacacorzo.
-Perdone,
pero es que no deja de ser gracioso -enciende un cigarrillo, sopla el humo
entre los barrotes de la jaula del Paucar, lee "imita el cántico de las
demás aves y ríe y llora como los niños" el teniente Bacacorzo-. Usted tan
maniático, tan puntilloso en cuestiones morales. Y con la fama más negra que se
pueda imaginar. Aquí en Iquitos todos lo creen un terrible forajido.
-Cómo
no iba a tener razón para irse, señora, no se ciegue -entrega la madeja de lana
a la señora Leonor, hace un ovillo, comienza a tejer Alicia-. Las mamás
encierran a sus hijas con llave cuando ven pasar a su Pantita, se persignan y
ponen contra. Sépalo de una vez y, más bien, compadézcase de Pocha.
-¿Cree
que no lo sé? -se entretiene dando de comer a los peces ornamentales, viendo
fosfo-recer al tornasolado Neon Tetra el capitán Pantoja-. El Ejército me hizo
un flaco servicio confiándome este trabajo.
-Nadie
se imaginaría que lo lamenta, al verlo trabajar en el Servicio de Visitadoras
con tanto ímpetu -observa el transparente Blue Tetra, el escamoso Limpiavidrios
y la carnívora Piraña el teniente Bacacorzo-. Si, ya sé, su sentido del deber.
-Regresaron
las dos primeras patrullas, mi general -recibe a los expedicionarios en la
puerta del cuartel, los felicita, les invita una cerveza, silencia a los
prisioneros que gritan, los manda encerrar en la Prevención el coronel Peter
Casahuanqui-. Traen media docena de fanáticos, uno de ellos con tercianas.
Estuvieron en la clavada de la viejita, en Dos de Ma-yo. ¿Los guardo aquí, los
entrego a la policía, los despacho a Iquitos?
-Oiga,
todavía no me ha dicho para qué me citó en este Musco, Bacacorzo -mide con la
vista al Paiche, el Pez Más Grande de Agua Dulce Que se Conoce en el Mundo el
Capitán Pantoja.
-Para
darle una mala noticia entre ofidios y arácnidos -echa un vistazo indiferente a
la An-guila, a la Raya a las Charapas o Tortugas de agua el teniente
Bacacorzo-. Scavino quiere verlo urgentemente. Lo espera en la Comandancia, a
las diez. Tenga cuidado, le advierto que está echando chispas.
-Sólo
los impotentes, los eunucos y los asexuados pueden pretender que -sube y baja
entre arpegios, declama, se encabrita La Voz del Sinchi- los esforzados
defensores de la Patria, que se sacrifican sirviendo allá, en las intrincadas
fronteras, vivan en castidad viuda.
-Siempre
está echando chispas, al menos conmigo -sale al balcón, mira el río destellando
bajo el sol homicida, las motoras y balsas que llegan al puerto de Belén el
capitán Pantoja-. ¿Sabe de qué es ahora la rabieta?
-Por
la maldita emisión del Sinchi de ayer -no responde a su saludo, no lo invita a
sentarse, coloca una cinta y enciende la grabadora el general Scavino-. El
zamarro no hizo más que hablar de usted, le dedicó los treinta minutos del
programa. ¿Le parece poca cosa, Pantoja?
-¿Deben
nuestros valientes soldados recurrir al debilitante onanismo? -duda, danza con
los compases del vals "La Contamanina", espera una respuesta,
interroga de nuevo La Voz del Sinchi. ¿Regresar a la autogratificación
infantil?
-¿La
Voz del Sinchi? -oye crujir, tartamudear, estropearse a la grabadora, ve al
general Scavino sacudirla, golpearla, probar todos los botones el capitán
Pantoja-. ¿Está seguro, mi general? ¿Me atacó de nuevo?
-Lo
defendió, lo defendió de nuevo -descubre que el enchufe se ha soltado, murmura
qué estúpido, se agacha, conecta el aparato otra vez el general Scavino-. Y es
mil veces peor que si lo atacara. ¿No comprende? Esto deja en ridículo y enloda
al Ejército al mismo tiempo.
-Sí,
las he cumplido al pie de la letra, mi general -conferencia con el alférez jefe
de Inten-dencia, revisa el almacén de provisiones, compone menús con el
sargento cocinero el co-ronel Máximo Dávila-. Sólo que ha surgido un grave
problema de abastecimiento. Son cin-cuenta fanáticos detenidos y si los
alimento tendría que racionar a la tropa. No sé qué hacer, mi general.
-Le
tengo terminantemente prohibido que siquiera me nombre -ve encenderse una
lucecita amarilla, girar los carretes, oye ruidos metálicos, ecos, se enfurece
el capitán Pantoja-. No me lo explicó, le aseguro que ...
-Cállese
y escuche -ordena, cruza los brazos, las piernas, mira con odio la grabadora el
ge-neral Scavino-. Es de dar náuseas.
-El
Supremo Gobierno debería condecorar con la Orden del Sol al señor Pantaleón
Pantoja -estalla, rutila entre Lux el Jabón que Perfuma, Coca-cola la Pausa que
Refresca y Sonrisas Kolynosistas, dramatiza y exige La Voz del Sinchi-. Por la
encomiástica labor que realiza en procura de la satisfacción de las necesidades
íntimas de los centinelas del Perú.
-Lo
oyó mi esposa y mis hijas tuvieron que darle sales -apaga la grabadora, recorre
la habi-tación con las manos a la espalda el general Scavino-. Nos está
convirtiendo en el hazme-rreír de todo Iquitos con sus peroratas. ¿No le ordené
tomar medidas para que La Voz del Sinchi no se ocupara más del Servicio de
Visitadoras?
-La
única manera de taparle la boca a ese sujeto es dándole un balazo o plata
-escucha la radio, ve a las visitadoras preparando los maletines para embarcar,
a Chuchupe montando a Dalila Pantaleón Pantoja-. Cargármelo me traería muchos
líos, no queda más remedio que calentarle la mano con unos cuantos soles. Anda
díselo, Chupito. Que se presente aquí en el término de la distancia.
-¿Quiere
decir que destina parte del presupuesto del Servicio de Visitadoras a sobornar
pe-riodistas? -lo examina de pies a cabeza, ancha las aletas de la nariz,
arruga la frente, muestra los incisivos el general Scavino-. Muy interesante,
capitán.
-Ya
tengo aquí, en salmuera, a los que crucificaron al suboficial Miranda -atomiza
las pa-trullas, duplica las horas de guardia, suprime permisos y licencias,
extenúa, encoleriza a sus hombres el coronel Augusto Valdés-. El ha
identificado a la mayoría, sí. Sólo que tanto movilizar a mi gente detrás de
los Hermanos del Arca, tengo desguarnecida la frontera. Ya sé que no hay
peligro, pero si algún enemigo quisiera entrar, se nos metería hasta Iquitos de
un paseo, mi general.
-Del
presupuesto no, eso es sagrado -distingue un ratoncito cruzando veloz el
alféizar de la ventana a pocos centímetros de la cabeza del general Scavino el
capitán Pantoja-. Usted tiene copia de la contabilidad y puede comprobarlo. De
mi propio sueldo. He tenido que sacrificar el 5% mensual de mis haberes para
callar a ese chantajista. No entiendo por qué ha hecho esto.
-Por
escrúpulos profesionales, por indignación moral, por solidaridad humana, amigo
Pan-toja -entra al centro logístico dando un portazo, sube la escalerilla del
puesto de mando como un ventarrón, intenta abrazar al señor Pantoja, se quita
el saco, se sienta en el escrito-rio, ríe, truena, arenga el Sinchi-. Porque no
puedo soportar que haya gente aquí, en esta ciudad donde mi santa madre me botó
al mundo, que menosprecie su labor y que todo el día eche sapos y culebras
contra usted.
-Nuestro
compromiso era clarísimo y usted lo ha violado -estrella una regla contra un
panel, tiene los labios llenos de saliva y los ojos incendiados, rechina los
dientes Pantaleón Pantoja-. ¿Para qué carajo los quinientos soles mensuales?
Para que se olvide de que existo, de que el Servicio de Visitadoras existe.
-Es
que yo también soy humano, señor Pantoja, y sé asumir mis responsabilidades
-asiente, lo calma, gesticula, oye roncar la hélice, ve a Dalila correr por el
río levantando dos paredes de agua, la ve elevarse, perderse en el cielo el
Sinchi-. Tengo sentimientos, impulsos, emociones. Donde voy, oigo pestes contra
usted y me caliento. No puedo permitir que ca-lumnien a alguien tan caballero.
Sobre todo, siendo amigos.
-Voy
a hacerle una advertencia muy seria, so grandísimo pendejo -lo coge de la
camisa, lo hamaquea de atrás adelante, de adelante atrás, lo ve asustarse,
enrojecer, temblar, lo suelta Pantaleón Pantoja-. Ya sabe lo que ocurrió la vez
pasada, cuando sus ataques al Servicio. Tuve que contener a las visitadoras,
querían sacarle los ojos y clavarlo en la Plaza de Armas.
-Lo
sé de sobra, amigo Pantoja -se arregla la camisa, trata de sonreír, recupera el
aplomo, se aprieta el cuello el Sinchi-. ¿Cree que no me enteré que habían
pegado mi foto en la puerta de Pantilandia y que la escupían al entrar y salir?
-La
verdad, es un serio problema, Tigre -imagina motines, cargas de fusilería,
muertos y heridos, titulares sangrientos, destituciones, juicios, sentencias y
lágrimas el general Scavi-no-. En tres semanas, hemos echado mano a cerca de
quinientos fanáticos que andaban es-condidos en la selva. Pero ahora no sé qué
hacer con ellos. Mandarlos a Iquitos sería un escándalo, habría
manifestaciones, miles de hermanos andan sueltos. ¿Qué piensa el Estado Mayor?
-Pero
ahora ellas están felices con los piropos que les echo en mi emisión, señor
Pantoja -se pone el saco, va hasta la baranda, hace adiós al Chino Porfirio,
vuelve al escritorio, soba el hombro del señor Pantoja, cruza los dedos y jura
el Sinchi-. Cuando me ven en la calle, me mandan besitos volados. Vamos, amigo
Pan Pan, no lo tome a lo trágico, yo quería servirlo. Pero, si prefiere, La Voz
del Sinchi no lo mentará nunca más.
-Porque
la primera vez que me nombre, o hable del Servicio, le echaré encima a las
cin-cuenta visitadoras y le advierto que todas tienen uñas largas -abre un
cajón del escritorio, saca un revolver, lo carga y descarga, hace girar el
tambor, encañona el pizarrón, el teléfono, las vigas Pantaleón Pantoja-. Y si
ellas no acaban con usted, lo remato yo, de un tiro en la cabeza. ¿Comprendido?
-A
la perfección, amigo Pantoja, ni una palabra más -multiplica las venias, las
sonrisas, los adioses, baja la escalerilla de espaldas, echa a correr,
desaparece en la trocha a Iquitos el Sinchi-. Clarísimo como el sol. ¿Quién es
el señor Pan Pan? No se le conoce, no existe, no se oyó nunca. ¿Y el Servicio
de Visitadoras? Qué es eso, cómo se come eso. ¿Correcto? Vaya, nos entendemos.
Los quinientos solifacios de este mes ¿como siempre, con Chupito?
-No,
no, eso sí que no -secretea con Alicia, corre donde los agustinos, escucha
confidencias del director, regresa sofocada a casa, recibe a Panta protestando
la señora Leonor-. ¡Te pre-sentaste con una de esas bandidas en la Iglesia! ¡Y
en el San Agustín, nada menos! El pa-dre José María me ha contado.
-Primero
óyeme y trata de entender, mamá -arroja la gorrita al ropero, va a la cocina,
bebe un jugo de papaya con hielo, se limpia la boca Panta-. No lo hago nunca,
jamás me luzco por la ciudad con ninguna de ellas. Fue una circunstancia muy
especial.
-El
padre José María los vio entrar a los dos del brazo, con el mayor desparpajo
-llena la bañera de agua fría, arranca la envoltura de un jabón, dispone
toallas limpias la señora Leonor-. A las once de la mañana, justo cuando van a
misa todas las señoras de Iquitos.
-Porque
a esa hora son los bautizos, no es mi culpa, déjame explicarte -se quita la
guayabe-ra, el pantalón, la camiseta, el calzoncillo, se pone una bata,
zapatillas, entra al baño, se desnuda, se sumerge en la bañera, entrecierra los
ojos y murmura qué fresca está Pantita-. La Pechuga es una de mis colaboradoras
más antiguas y eficientes, estaba obligado a hacerlo.
-No
podemos fabricar mártires, basta con los que ellos hacen -revisa cartapacios de
recortes de periódicos marcados con lápiz rojo, celebra conciliábulos con
oficiales del Servicio de Inteligencia, de la Policía de Investigaciones,
propone un plan al Estado Mayor y lo ejecuta el Tigre Collazos-. Tenlos ahí en
los cuarteles un par de semanas, a pan y agua. Luego los asustas y los largas,
Scavino. Salvo a unos diez o doce cabecillas, a esos nos los mandas a Lima.
-La
Pechuga -revolotea por el dormitorio, la salita, se asoma al cuarto de baño, ve
a Panta moviendo los pies y salpicando el piso la señora Leonor-. Mira con
quiénes trabajas, con quiénes te juntas. ¡La Pechuga, la Pechuga! Como va a ser
posible que te presentes en la Iglesia con una pérdida que encima tiene ese
nombre. Ya no sé a qué santo rogarle, hasta al niño mártir he ido a pedirle de
rodillas que te saque de ese antro.
-Me
pidió que fuera padrino de su hijito y no podía negarme, mamá -se jabona la
cabeza, la cara, el cuerpo, se enjuaga en la ducha, se envuelve en toallas,
salta de la bañera, se seca, se pone desodorante, se peina Pantita-. La Pechuga
y Milcaras tuvieron el gesto simpático de ponerle mi nombre a la criatura. Se
llama Pantaleón y yo mismo lo hice cristianizar.
-Cuánto
honor para la familia -va a la cocina, trae un escobillón y trapos, seca el
cuarto de baño, entra al dormitorio, alcanza a Panta una camisa, un pantalón
recién planchado la se-ñora Leonor-. Ya que tienes que hacer ese trabajo tan
espantoso, cumple al menos lo que me prometiste. No te pasees con ellas, que la
gente no te vea.
-Ya
lo sé, mamacita, no seas machacona, upa, hasta el techo, upa -se viste, echa la
ropa sucia a una canasta, sonríe, se acerca a la señora Leonor, la abraza, la
levanta en peso Pan-tita-. Ah, me olvidaba mostrarte. Mira, llegó carta de
Pocha. Manda fotos de Gladycita.
-A
ver, presta mis anteojos -se acomoda la falda, la blusa, le arrebata el sobre,
se acerca a la luz de la ventana la señora Leonor-. Uy, qué cosa más rica, mi
nietecita linda, cómo ha engordado. Cuándo me vas a dar lo que te pido, Santo
Cristo de Bagazán. Me paso las tar-des en la iglesia, rezando, hago novenas
para que nos saques de aquí y tú nada.
-En
Iquitos te has vuelto una beata, viejita, en Chiclayo ni siquiera ibas a misa,
sólo jugabas canasta -se sienta en la mecedora de paja, hojea un periódico,
resuelve un crucigrama, se ríe Panta-. Creo que tus rezos no sirven porque
mezclas la Iglesia con la superstición: el niño mártir, el Santo Cristo de
Bagazán, el Señor de los Milagros, la Santa Ignacia.
-No
se olvide que hay que distraer gente y dinero para la caza y represión de los
locos del Arca -toma aviones, jeeps y lanchas, recorre la Amazonía, vuelve a
Lima, hace trabajar sobre tiempos a los oficiales de Contabilidad y Finanzas,
redacta un informe, se presenta al despacho del Tigre Collazos el coronel López
López-. Eso significa gastos fuertes para el Ejército. Y el Servicio de
Visitadoras es una hemorragia, trabaja a pura pérdida. Aparte de otros
problemitas.
-Aquí
está la carta de Pocha, son sólo cuatro letras, te la leo -oye música, da un
paseo con la señora Leonor por la Plaza de Armas, trabaja en su dormitorio
hasta medianoche, duerme seis horas, se levanta con las primeras luces Panta-.
Se han ido a Pimentel, con Chichi, para pasar el verano en la playa. No habla
nada de volver, mamá.
-¿A
fojas cero? -se enfunda el quepí, deja salir antes del despacho al general
Victoria y al coronel López López, se sienta en la parte delantera del auto,
ordena al chofer a "Rosita Ríos" volando el Tigre Collazos-. Sí,
claro, es una de las soluciones posibles, la que Scavino elegiría en el acto.
Pero ¿no es un poco precipitado? No veo la razón ni la urgencia de declarar que
el Servicio de Visitadoras es un fracaso. Después de todo, los incidentes que
ha provocado son insignificantes.
-No
me preocupan las cosas negativas del Servicio de Visitadoras sino las
positivas, Tigre -elige una mesa al aire libre, se sienta en la cabecera, se
afloja la corbata, estudia el menú muy atento el general Victoria-. Lo grave
son sus fantásticos éxitos. Para mí, el problema está en que, sin quererlo ni
saberlo, hemos puesto en marcha un mecanismo infernal. López acaba de recorrer
todas las guarniciones de la selva y su informe es inquietante.
-Me
he visto en la imperiosa necesidad de reclutar diez visitadoras a toda urgencia
-telegrafía el capitán Pantoja-. No para ampliar el Servicio, sino para
mantener el ritmo de trabajo alcanzado hasta el presente.
-La
verdad es que las visitadoras de Pantoja se han convertido en la preocupación
central de todas las guarniciones, campamentos y puestos de la frontera -pide
anticuchos y choclos sancochados para comenzar y de segundo un escabeche de
pato con mucho ají el coronel López López-. No exagero lo más mínimo, mi
general.
Casi
no he podido hablar de otra cosa con oficiales, suboficiales y soldados,
créame. Hasta los crímenes del Arca pasan a segundo plano cuando se trata de
las visitadoras.
-La
razón son las numerosas patrullas y grupos de persecución y captura de los
asesinos religiosos -pone en clave el capitán Pantoja-. Como la superioridad
sabe, esos comandos se hallan internados en el monte, desarrollando una acción
cívico policial de primer orden.
-En
este maletín están las pruebas, Tigre -se decide por el cebiche de corvina y
los riñonci-tos a la criolla con arroz blanco el general Victoria-. Adivina qué
son estos papeles. ¿In-formes sobre el estado de la defensa aeroterrestre
fluvial en las fronteras ecuatoriana, co-lombiana, brasileña y boliviana? Frío.
¿Sugerencias y planes para mejorar nuestro propio dispositivo de vigilancia y
ataque en la Amazonía? Frío. ¿Estudios sobre comunicaciones, logística,
etnografía? Frío, frío.
-El
Servicio de Visitadoras creyó su obligación hacer llegar hasta esos comandos,
allí donde se hallen, los convoyes de visitadoras -radia el capitán Pantoja-. Y
lo hemos conse-guido, gracias al esfuerzo entusiasta de todo el personal, sin
excepción.
-Sólo
solicitudes en relación con el SVGPFA, mi general -de postre alfajores de miel
y maní y para tomar cerveza Pilsen bien heladita concluye el coronel López
López-. Todos los suboficiales de la Amazonía han firmado memoriales pidiendo
que se les permita utilizar el Servicio de Visitadoras. Aquí los tiene
ordenados: 172 pliegos.
-Para
ello he creado brigadas volantes de dos y tres visitadoras, y esa fragmentación
del personal me hubiera impedido seguir asegurando la cobertura regular de los
centros usuarios -telefonea el capitán Pantoja-. Espero no haberme excedido en
mis atribuciones, mi general.
-Y
la encuesta de López López entre la oficialidad es todavía más increíble
-empuja con una rajita de pan, acompaña cada bocado con traguitos de cerveza,
se enjuga la frente con la servilleta el general Victoria-. De capitán para
abajo, el 95 por ciento de los oficiales también reclaman visitadoras. Y de
capitán para arriba, un 55 por ciento. ¿Qué me dices de eso, Tigre?
-De
acuerdo a las cifras que me ha comunicado el coronel López sobre su encuesta
extra-oficial, debo modificar totalmente el plan minimalista de ampliación del
SVGPFA, mi ge-neral -se sobresalta, garabatea libretas, toma anfetaminas para
amanecerse en el puesto de mando, despacha voluminosos sobres certificados el
capitán Pantoja-. Le ruego que consi-dere nulo y no recibido el proyecto que le
mandé. Estoy trabajando día y noche en un nue-vo organigrama. Espero enviárselo
muy pronto.
-Porque,
además, siento decirte que Pantoja, aunque está loco, tiene toda la razón del
mun-do, Tigre -ataca los riñones con ímpetu, bromea los franceses tienen razón,
si uno encuentra el ritmo adecuado puede ingerir cualquier cantidad de platos,
dieciocho, veinte el general Victoria-. Su argumentación es irrefutable.
-En
vista de la duplicación potencial del número de usuarios, si se comprende a los
subofi-ciales y mandos intermedios -discute con Chuchupe, Chupito y Chino
Porfirio, pasa revista a candidatas, despide a lavanderas, conversa con
cafiches, soborna a alcahuetas el capitán Pantoja-, debo comunicarle que el
plan minimalista de prestaciones regulares, a un ritmo siempre por debajo del
mínimo vital sexual, exigiría cuatro barcos del tonelaje de Eva, tres aviones
tipo Dalila y un equipo operacional de 272 visitadoras.
-Si
se les concede ese Servicio a los clases y soldados ¿por qué no a los
suboficiales? -separa las cebollas, los huesos y termina el escabeche de pato
en unos cuantos bocados, sonríe, mira pasar a una mujer, guiña un ojo y exclama
que escultura el coronel López López-. ¿Y si a éstos, por qué no a los
oficiales? Es el planteamiento de todos. Y, la ver-dad, no tiene réplica.
-Naturalmente,
si se considera la ampliación a la oficialidad, mis estimaciones registrarían
nuevas variantes, mi general -visita a brujos, toma ayahuasca, tiene
alucinaciones en las que ejércitos de mujeres desfilan por el Campo de Marte
cantando "La Raspa", vomita, trabaja, exulta el capitán Pantoja-.
Estoy haciendo un estudio posibilista, por si las moscas. Habría que crear una
sección especial, un grupo de visitadoras exclusivas, por supuesto.
-Por
supuesto -rechaza el postre, pide café, saca un frasquito de sacarina, echa dos
pastillas, apura la taza de un trago, enciende un cigarrillo el general
Victoria-. Y si se considera indispensable para la salud biológica y
psicológica de la tropa que exista ese Servicio, habrá que aumentar cada mes el
número de prestaciones. Porque, lo sabes de sobra, Tigre, la función hace al
órgano. En este caso, la demanda irá siempre por delante de la oferta.
-Así
es, mi general -pide la cuenta, intenta sacar su cartera, oye está usted loco,
hoy son invitados del Tigre el coronel López López-. Queriendo tapar un hueco,
hemos abierto una coladera y por ahí se va a desaguar todo el presupuesto de
Intendencia.
-Y
toda la energía de nuestros soldados -se traslada en misión especial a Lima,
visita a políticos, pide audiencias, aconseja, intriga, amarra, retorna a
Iquitos el general Scavino.
-A
este hambre de visitadoras que se ha despertado en la selva no lo para ni
Cristo, Tigre -abre la puerta del auto, pasa primero, dice lástima no poder
echar una siestecita después de este almuerzo, ordena de vuelta al Ministerio
el general Victoria-. O, para estar a la moda, ni el niño mártir. A propósito,
¿saben que la devoción ya llegó a Lima? Ayer descubrí que mi nuera tenía un
altarcito con estampas del niño mártir.
-Podríamos
comenzar con un equipo seleccionado de diez visitadoras para oficiales, mi
general -habla solo por la calle, se queda dormido en su escritorio, fantasea,
aterra a la se-ñora Leonor con su flacura el capitán Pantoja-. Las
reclutaríamos en Lima, naturalmente, para garantizar una alta categoría. ¿Le
gustan las siglas SPO del SVGPFA? Sección para Oficiales del Servicio de
Visitadoras. Le enviaré un proyecto en detalle.
-Caracho,
creo que tienen razón -entra a su despacho, cavila, abre la correspondencia, se
muerde una uña el Tigre Collazos-. Esta cojudez se está poniendo tenebrosa.
Número
especial del diario El Oriente (Iquitos, 5 de enero de 1959), dedicado a los
graves acontecimientos de Nauta.
Reportaje
extraordinario de toda la redacción de El Oriente, movilizada bajo la guía
inte-lectual de su director, Joaquín Andoa, para llevar a los lectores del
departamento de Loreto la versión más ágil, pormenorizada y fiel del trágico
caso de la hermosa Brasileña, desde el asalto de Nauta hasta el entierro en
Iquitos, con los sucesos que han electrizado la atención de la ciudadanía.
Llanto
y sorpresas despidieron restos de bella asesinada.
Ayer
en la mañana, a las 11 horas aproximadamente, los restos mortales de la que
fuera Olga Arellano Rosaura, conocida en el mundo del malvivir por el apodo de
Brasileña, de-bido a sus años de residencia en la ciudad de Manaos (véase su
biografía en la página 2, columnas 4 y 5), fueron enterrados en el histórico
cementerio general de esta ciudad entre escenas de pesar y aflicción de
compañeros de trabajo y amistades, que conmovieron a la numerosa concurrencia.
Poco antes rindió honores militares a la finada una escolta de In-fantería del
campamento militar Vargas Guerra, en gesto insólito que no dejó de provocar
considerable sorpresa, aún entre las personas más apenadas por la forma trágica
en que perdió la vida esta joven y descarriada belleza loretana, a quien el
capitán Pantaleón Pantoja llamó, en su perorata fúnebre, "desdichada
mártir del cumplimiento del deber y víctima de la sociedad y villanía del
hombre" (léase la perorata integra en la página 3, columna 1).
Sabedores
de que el sepelio de la infortunada joven, iba a celebrarse ayer en la mañana,
desde tempranas horas se habían congregado en las inmediaciones del cementerio
(calles Alfonso Ugarte y Ramón Castilla), muchos curiosos que pronto bloquearon
la entrada principal y el contorno del Monumento a los Caídos por la Patria. A
las diez y treinta, más o menos, los presentes pudieron percatarse de la
llegada de un camión del campamento militar Vargas Guerra, del que descendió
una escolta de doce soldados, con casco, correaje y fusil, al mando del
teniente de Infantería Luis Bacacorzo, el mismo que apostó a sus hombres a
ambos lados de la puerta de ingreso al cementerio. Esta operación desató la
cu-riosidad de las personas presentes, quienes no podían adivinar la razón de
la comparecencia de una escolta del Ejército en esa hora, sitio y
circunstancia. El enigma quedaría aclarado momentos después. En vista de que la
aglomeración de curiosos y público en general obstruía por completo el acceso
al cementerio, el teniente Bacacorzo ordenó a los soldados despejar la puerta,
lo que éstos hicieron de inmediato sin contemplaciones.
A
las 11 menos 15 minutos, la conocida carroza de lujo de la principal agencia
funeraria de Iquitos, la "Modus Vivendi", hizo su aparición,
totalmente recubierta de ofrendas florales, por la calle Alfonso Ugarte,
seguida de gran número de taxis y vehículos particulares. El cortejo fúnebre,
que avanzaba muy lento, había partido minutos antes del local del río Itaya
llamado Servicio de Visitadoras, conocido generalmente con el sencillo mote de
Pantilan-dia, donde había sido velada toda la noche anterior la malograda Olga
Arellano Rosaura. Un impresionante silencio se extendió de inmediato por el
barrio y la gente congregada abrió paso al cortejo por propia iniciativa a fin
de que pudiera llegar hasta la misma entrada del camposanto.
Gran
número de personas -un centenar a juicio de los observadores-acompañaban en su
viaje a la última morada a la infeliz Olga vistiendo muchas de ellas de oscuro
y dando muestras, sobre todo sus compañeras de trabajo, las visitadoras y
lavanderas de Iquitos, de congoja en el rostro. Pudo notarse entre los
componentes del cortejo fúnebre a la totalidad de mujeres que laboran en la mal
afamada institución del río Itaya, siendo ellas, explica-blemente, las que
denotaban mayor dolor, vertiendo vivas lágrimas bajo los velos y manti-llas
negras. Puso una nota de emoción y dramatismo el que entre las visitadoras
presentes estuvieran, en primera fila, las seis mujeres que vivieron con la
extinta Brasileña los graves acontecimientos de Nauta en los que aquélla perdió
la vida, e incluso la propia Luisa Cánepa, (a) Pechuga, que, como nuestros
lectores saben, recibió heridas y contusiones bas-tante serias por mano de los
asaltantes durante el luctuoso suceso (véase en la página 4 una recapitulación
en detalle de la emboscada de Nauta y su sangriento final). Pero la sorpresa
mayor de la ciudadanía allí reunida fue ver descender de la carroza funeraria,
vestido con uniforme de capitán del Ejército y con anteojos oscuros, al
promotor jefe del llamado Ser-vicio de Visitadoras, el muy conocido y poco
apreciado señor Pantaleón Pantoja, del que hasta ahora nadie, al menos que este
diario sepa, conocía su condición de oficial del Ejérci-to, Lo cual,
naturalmente, originó comentarios diversos entre el público.
Al
ser bajado de la carroza, se pudo advertir que el ataúd tenía forma de cruz,
como es cos-tumbre entre los difuntos que en vida pertenecieron a la Hermandad
del Arca, lo que debió parecer asombroso a mucha gente, por existir la sospecha
de que la muerte de la Brasileña se debió a cofrades de esa secta religiosa,
conjetura que, de otra parte, ha sido enérgica-mente desmentida por el profeta
máximo del Arca (véase la "Epístola a los buenos sobre los malos" del
Hermano Francisco, que publicamos en la página 3, columnas 3 y 4). El ataúd fue
bajado de la carroza e ingresado en el camposanto en hombros del propio capitán
Pantoja y de sus colaboradores del malquerido Servicio de Visitadoras, todos
los cuales vestían riguroso luto, a saber: Porfirio Wong, conocido como el
Chino en el barrio de Belén, el suboficial primero AP Carlos Rodríguez Saravia
(quien comandaba el barco Eva al registrarse el asalto de Nauta), el suboficial
FAP Alonso Pantinaya, (a) Loco, famoso ex as de la acrobacia aérea, los
reclutas Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto y el enfermero Virgilio Pacaya.
Llevaron las cintas del ataúd, el mismo que lucía sobre la tapa una elegante y
solitaria orquídea, la célebre Leonor Curinchila, (a) Chuchupe, y varias
pupilas de ese centro de mal obrar del río Itaya, como ser Sandra, Viruca,
Pichuza, Peludita y otras, y el popular Juan Rivera, (a) Chupito, quien exhibía
los vendajes y huellas de las numerosas heridas que recibió al pretender
rechazar, con típica gallardía loretana, la agresión de Nauta. Cogieron
asimismo las cintas del ataúd, dos señoras de cierta edad y de origen humilde,
notoriamente condolidas, que se negaron a dar sus nombres y a señalar su
relación con la occisa, y a quienes algunos rumores sindicaban como familiares
de Olga Arellano Rosaura, que preferían ocultar su identidad debido a las poco
recomendables actividades a que se dedicó en vida la joven crucificada. Apenas
estuvo alineado el cortejo en la forma que hemos dicho, a una señal del capitán
Pantoja el teniente Luis Bacacorzo, con voz marcial, dio a los soldados de su
escolta la orden de ¡Presenten! ¡Armas!, lo que aquéllos obedecie-ron al
instante con garbo y elegancia. Así, en hombros de sus colegas y amigos y entre
una doble fila de fusiles que le rendían homenaje, entró al cementerio general
de Iquitos la des-graciada Brasileña que perdió la vida a poca distancia de
donde nace nuestro río -mar. El ataúd fue llevado hasta el pequeño podio,
vecino al Monumento a los Caídos por la Patria, donde una placa recibe al
visitante con este apóstrofe sombrío:
"ENTRA,
REZA, MIRA CON CARIÑO ESTA MANSIÓN; PUEDE QUE SEA TU ÚLTIMA MORADA".
Allí,
dando muestras de inexplicable malhumor y fastidio, que no dejaron de ser
reprobados por la concurrencia, se hallaba el ex capellán del Ejército y actual
párroco encargado del cementerio de Iquitos, padre Godofredo Beltrán Calila. El
religioso ofició con exagerada rapidez los responsos fúnebres, no pronunció
sermón alguno, como se esperaba de él, y abandonó el lugar sin esperar el
término de la ceremonia. Acabado el acto religioso, el ca-pitán Pantaleón
Pantoja, instalándose frente al ataúd de la malograda Olga Arellano Rosau-ra,
pronunció la perorata que reproducimos en otro lugar de este diario (véase
página 3, columna 1), la misma que llevó al funeral a su clímax de sensibilidad
y patetismo, al verse interrumpido el capitán Pantoja, en varios momentos de su
perorata, por sus propios sollo-zos, los mismos que eran coreados, como tristes
ecos, por los de sus colaboradores men-cionados y muchas polillas presentes.
Inmediatamente
después, el ataúd fue de nuevo levantado en hombros por los mismos que lo
habían ingresado al camposanto, en tanto que otras personas, la mayoría
visitadoras y lavanderas, se turnaban en el cogido de las cintas. El cortejo
recorrió así el cementerio hasta el extremo sur, donde, en el Pabellón de Santo
Tomás, cuartel 17, nicho superior, reposarán los restos de la desaparecida. La
colocación del ataúd e instalación de la lápida (en la que sencillamente se
lee, en letras doradas: Olga Arellano Rosaura, llamada Brasileña (1936-1959):
sus desconsolados compañeros), dio motivo a nuevas efusiones de sentimiento y
dolor por su cruenta partida, habiendo prorrumpido muchas mujeres en
inconsolable llanto. Luego de un padrenuestro y un avemaría que fueron
entonados, a sugerencia de Leonor Curinchila, (a) Chuchupe, por la salud eterna
de la fallecida loretana, el cortejo se deshizo. Comenzaban a dispersarse los
asistentes hacia sus respectivos domicilios, cuando sobrevino una súbita
lluvia, como si el cielo hubiera querido de pronto asociarse al duelo. Eran las
doce del día.
Elegía
fúnebre del Capitán Pantaleón Pantoja en el entierro de la hermosa Olga
Arellano, la visitadora clavada en el Nauta.
Reproducimos
a continuación, por considerarla del interés de nuestros lectores y por su
desgarrada sinceridad y asombrosas revelaciones, la perorata fúnebre que
pronunció en el sepelio de la victimada Olga Arellano Rosaura, (a) Brasileña,
quien fuera su amigo y jefe, el tan mentado don Pantaleón Pantoja, y quien ha
resultado desde ayer, ante la sorpresa general, capitán de Intendencia del
Ejército Peruano.
LLORADA
Olga Arellano Rosaura, recordada y muy querida Brasileña, como te llamá-bamos
cariñosamente todos los que te conocíamos o frecuentábamos en el diario
quehacer:
Hemos
vestido nuestro glorioso uniforme de oficial del Ejército del Perú, para venir
a acompañarte a éste que será tu último domicilio terrestre, porque era nuestra
obligación proclamar ante los ojos del mundo, con la frente alta y pleno
sentido de nuestra responsabi-lidad, que habías caído como un valeroso soldado
al servicio de tu Patria, nuestro amado Perú.
Hemos
venido hasta aquí, para mostrar sin vergüenza y con orgullo, que éramos tus
amigos y superiores, que nos sentíamos muy honrados de compartir contigo la
tarea que el destino nos había deparado, cual era la de servir, de manera nada
fácil y más bien erizada de difi-cultades y sacrificios (como tú, respetada
amiga, has experimentado en carne propia), a nuestros compatriotas y a nuestro
país. Eres una desdichada mártir del cumplimiento del deber, una víctima de la
soecidad y villanía de ciertos hombres. Los cobardes que, aguijo-neados por el
demonio del alcohol, los bajos instintos de la lascivia o el fanatismo más
satánico, se apostaron en la Quebrada del Cacique Cocama, en las afueras de
Nauta, para, mediante el rastrero engaño y la vil mentira, abordar
piratescamente nuestro transporte flu-vial Eva y luego aplacar con bestial
brutalidad sus inclementes deseos, no sabían que esa belleza tuya, que a ellos
los acicateaba delictuosamente, la habías consagrado con exclusi-vidad
generosa, a los esforzados soldados del Perú.
LLORADA
Olga Arellano Rosaura, recordada Brasileña: Estos soldados, tus soldados, no te
olvidan. Ahora mismo, en los rincones más indómitos de nuestra Amazonía, en las
que-bradas donde es monarca y señorea el anófeles palúdico, en los claros más
apartados del bosque, allí donde el Ejército Peruano se ha hecho presente para
manifestar y defender nuestra soberanía, y allí donde tú no vacilabas en
llegar, sin importarte los insectos, las en-fermedades, la incomodidad,
llevando el regalo de tu belleza y de tu alegría franca y con-tagiosa a los
centinelas del Perú, hay hombres que te recuerdan con lágrimas en los ojos, y
el pecho henchido de cólera hacia tus sádicos asesinos. Ellos no olvidarán
nunca tu simpat-ía, tu graciosa malicia, y ese modo tan tuyo de compartir con
ellos las servidumbres de la vida castrense, que, gracias a ti, se les hacían
siempre a nuestros clases y soldados más gra-tas y llevaderas.
LLORADA
Olga Arellano Rosaura, recordada Brasileña, como te apodaban, por haber vi-vido
en el país hermano al que te llevaron tus jóvenes inquietudes, aunque -debemos
decirlo -no hubiera en ti ni una sola gota de sangre ni un solo cabello que no
fueran peruanos:
Debes
saber que, junto con los soldados melancólicos, disgregados a lo ancho y a lo
largo de la Amazonía, también te lloran y evocan tus compañeras y tus
compañeros de trabajo del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de
Frontera y Afines, en cuyo centro logístico del río Itaya fuiste en todo
momento una lujosa flor que lo enriquecía y per-fumaba, y quienes siempre te
admiramos, respetamos y quisimos por tu sentido del deber, tu infatigable buen
humor, tu gran espíritu de camaradería y colaboración y tantas otras virtudes
que te adornaban. En nombre de todos ellos quiero decirte, refrenando el
llanto, que tu sacrificio no habrá sido vano: tu sangre todavía joven,
salvajemente derramada, será el vínculo sagrado que nos una desde ahora con más
fuerza y el ejemplo que nos guíe y estimule a diario para cumplir nuestro deber
con la perfección y el desinterés con que tú lo hacías. Y, finalmente, en
nombre propio, déjame darte las gracias más profundas, poniendo el corazón en
la mano, por tantas pruebas de afecto y comprensión, por tantas enseñanzas
íntimas que nunca olvidaré.
LLORADA
Olga Arellano Rosaura, recordada Brasileña: ¡DESCANSA EN PAZ!
Crónica
del asalto de Nauta.
El
crimen de la Quebrada del Cacique Cocama, minuto a minuto: su cortejo de
sangre, pa-sión, sadismo necrofílico e instintos desbocados N. de la R.: El
Oriente quiere hacer público su más efusivo agradecimiento al coronel de la
Guardia Civil Juan Amézaga Riofrío, jefe de la V Región de Policía y al
Inspector Superior de Loreto de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP),
Federico Chumpitaz Fernández, quienes tienen bajo su responsabilidad la
investigación de los trágicos sucesos de Nauta, por habernos facilitado con la
mayor amabilidad, sacrificándonos muchos minutos de su precioso tiempo toda la
información disponible hasta el momento sobre dicho suceso. Queremos destacar
la actitud de coopera-ción hacia la prensa libre y democrática de estos
distinguidos jefes de Policía, a quienes otras autoridades del Departamento
deberían tomar como ejemplo.
La
conspiración de Requena.
A
medida que progresa la investigación de los sucesos de Nauta, se descubren
elementos que rectifican las primeras versiones difundidas por la prensa
escrita y radial sobre lo acae-cido. Así, a cada instante se debilita la tesis
según la cual el asalto de Nauta y la muerte y crucifixión de Olga Arellano
Rosaura, (a) Brasileña, fueron un rito de "sacrificio y purifi-cación por
la sangre", ordenado por la Hermandad del Arca, secta de la cual los siete
suje-tos habrían sido meros instrumentos. De este modo, la fogosa campaña de
nuestro colega, Germán Láudano Rosales, en su programa La Voz del Siachi,
defendiendo a la Hermandad del Arca y rechazando como falsa la confesión de los
delincuentes de haber obedecido órdenes del Hermano Francisco, está cobrando
visos de verdad. La conjetura del Sinchi de que dicha confesión es una
estratagema de los encarcelados para amortiguar su culpa, pa-rece respaldada
por los hechos. Asimismo, los primeros interrogatorios a que han sido
so-metidos en Iquitos los implicados -llegaron ayer a esta ciudad, por vía
fluvial, procedentes de Nauta, donde habían permanecido detenidos desde el 2 de
enero-, también han permiti-do a las autoridades de la Guardia Civil y de la
PIP descartar la otra especie que circulaba, según la cual el asalto de Nauta
fue producto de la inspiración del momento, hijo de los malos consejos del
alcohol, y comprobar, sin lugar a dudas, que estuvo planeado con mucha
antelación en sus más mínimos y macabros detalles.
Todo
comenzó, al parecer, unos quince días antes de la fecha fatídica, en una
reunión social -y no religiosa, como se dijo -celebrada con caracteres de la
mayor inocencia, entre un grupo de amigos del pujante pueblo de Requena. La
fiesta habría tenido lugar el día 14 de diciembre pasado, en casa del ex
alcalde del lugar, Teófilo Morey, con motivo de cumplir éste su cincuenticuatro
aniversario. En el curso del ágape, al que asistieron todos los incul-pados (es
decir: Artidoro Soma, 23 años; Nepomuceno Quilca, 31 años; Caifas Sancho, 28
años; Fabio Tapayuri, 26 años; Fabriciano Pizango, 32 años y Renán Márquez
Curichimba, 22 años), se libaron muchas copas de licor, habiendo alcanzado
todos los nombrados el es-tado de embriaguez. Fue en el transcurrir de dicha
fiesta que el propio ex alcalde Teófilo Morey, individuo muy conocido en
Requena por sus instintos sensuales, su afición a la buena mesa y a las bebidas
espirituosas, así como a cosas parecidas, lanzó -según declara-ción de algunos
de sus coacusados -la idea de emboscar a un convoy de visitadoras, cuando éste
se hallara de viaje hacia algún campamento militar, para disfrutar a la fuerza
de los encantos de las descarriadas. (Como recordarán nuestros lectores, en un
primer momento los asaltantes afirmaron que la idea del asalto había surgido
durante una misa nocturna del arca de Requena, en la cual se sorteó a siete
hermanos para ejecutar la misión decidida por todos los asistentes a la
ceremonia, más de un centenar, según dijeron). La idea fue recibida con muestras
de aprobación y entusiasmo por los otros inculpados. Todos estos han
re-conocido que el tema de las visitadoras era frecuente en sus vidas y
reuniones, habiendo enviado varias veces protestas escritas a los altos mandos
del Ejército, pidiéndoles autorizar a dichas mujeres de malvivir a recibir
clientela civil en los pueblos amazónicos que re-corrían, y habiéndose dirigido
incluso, una vez, en comisión con otros jóvenes de Requena, donde el jefe de la
base naval de Santa Isabel, vecina de ese pueblo, para dejar sentada su
protesta por el monopolio, a su juicio abusivo, de las Fuerzas Armadas sobre
esas expedi-ciones de polillas.
Con
estos antecedentes se comprende que la sugerencia del ex alcalde Morey,
brindándoles la oportunidad de volcar sus contenidas ansias, fuera recibida con
júbilo y verdadero fre-nesí por los detenidos. No se ha podido determinar
todavía si los siete conjurados eran se-guidores del Hermano Francisco y
asistían con frecuencia a los ritos clandestinos del arca de Requena, como han
dicho, o si esto es totalmente falso, como han afirmado varios após-toles de la
secta, por medio de comunicados enviados a la prensa desde sus escondites, y lo
ha refrendado incluso el propio Hermano Francisco (véase página 3, columnas 3 y
4). En esa misma fiesta, se dice, los siete amigos llegaron a trazar los
primeros planes y acordaron perpetrar su torcido designio lejos de Requena,
para no comprometer el buen nombre del pueblo y para despistar a las
autoridades si había una investigación. Asimismo, decidieron averiguar de
manera disimulada las fechas de arribo de los próximos convoyes de visitado-ras
a Nauta o Bagazán, cuyas inmediaciones consideraron ya, desde esa vez, las más
propi-cias para asestar el golpe. El propio ex alcalde Morey se ofreció a
conseguir los datos per-tinentes, gracias a la estrecha relación que, debido a
su cargo edilicio, había mantenido con los oficiales de la base de Santa
Isabel.
Y,
sin más, poniéndose manos a la obra, los acusados perfeccionaron su plan en el
curso de dos o tres reuniones posteriores. Teófilo Morey consiguió,
efectivamente, sonsacar me-diante mañas al teniente primero de la Armada,
Germán Urioste, que un convoy fluvial de seis visitadoras, procedente de
Iquitos, recorrería en los primeros días de enero los puestos de Nauta, Bagazán
y Requena, estando fijada la llegada al primero de los puntos nombra-dos el día
2 a eso del mediodía. Reunidos nuevamente en casa del ex alcalde, los siete
in-dividuos ultimaron su criminal proyecto, decidiendo emboscar al convoy en
las afueras de Nauta, para hacer pensar a las víctimas y a la policía, que los
autores del latrocinio sexual eran vecinos de aquella histórica localidad. Al
parecer, en este momento habrían concebido la idea de dejar como pista falsa en
las cercanías del lugar de la emboscada, una cruz con un animal clavado, para
hacer suponer que la operación era obra de los hermanos del arca de Nauta.
A
este fin, se equiparon de los correspondientes clavos y martillos, sin
sospechar -así lo afirman ellos -que el azar iba a favorecer terriblemente sus
planes, ofreciéndoles no un animal para clavar sino el cuerpo de una joven y
bella polilla. Los siete sujetos decidieron dividirse en dos grupos y dar cada
cual una explicación distinta a los familiares y conocidos para ausentarse de
Requena. Es así como un grupo, integrado por Teófilo Morey, Artidoro Soma,
Nepomuceno Quilca y Renán Márquez Curichimba, abandonó el lugar el día 29 de
diciembre, en una lancha con motor fuera de borda, propiedad del primero de los
nombrados, haciendo creer a todo el mundo que se dirigían hacia el lago de
Carahuite, donde pensaban pasar las fiestas de fin de año consagrados al sano
deporte de la pesca del sábalo y la gamitana. El otro grupo -Caifás Sancho,
Fabio Tapayuri y Fabriciano Pizango -partió sólo el 1 de enero al amanecer, en
un deslizador perteneciente a este último, asegu-rando a los conocidos que iban
de cacería en la dirección de Bagazán, donde recientemente se había
descubierto, merodeando no lejos del pueblo, una manada de jaguares.
Tal
como lo habían programado, los dos grupos se dirigieron río abajo, hacia Nauta,
pa-sando sin detenerse ante este pueblo, igual que lo habían hecho ante
Bagazán, pues su ob-jetivo era alcanzar, sin ser vistos, un punto situado unos
tres kilómetros aguas abajo del nacimiento del Amazonas, nuestro gran río -mar,
es decir la Quebrada del Cacique Cocama, denominada así por la leyenda según la
cual en ese lugar, los días de mucha lluvia, se divisa flotando cerca de la
orilla el fantasma del célebre cacique cocama don Manuel Pacaya, quien, un 30
de abril de 1840, fundara pioneramente, en la confluencia de los ríos Marañón y
Ucayali, el progresista pueblo de Nauta. Los siete inculpados habían elegido
este lugar, pese al temor que inspiraba a algunos de ellos la superstición
mencionada, porque la abundante vegetación que cubre parte del cauce era muy
conveniente para su propósito de pasar desapercibidos. Los dos grupos se
encontraron en la Quebrada del Cacique Cocama al atardecer del 1 de enero,
acampando allí en un bajío y divirtiéndose esa noche en impro-visada fiesta.
Pues, muy sabidos, habían viajado provistos no sólo de revólveres, carabinas,
clavos y mantas para dormir, sino también de sendas botellas de anisado y
cerveza, lo que les permitió embriagarse, mientras, sin duda muy excitados y
lenguaraces, se extasiaban pensando en el nuevo día que vería convertirse en
realidad sus enfermizas maquinaciones y anhelos.
Piratería
en la Quebrada del Cacique Cocama.
Desde
muy temprano, los siete sujetos estuvieron vigilando, subidos a los árboles,
las aguas del Amazonas. Para ello se habían premunido de unos prismáticos que
se pasaban de mano en mano a fin de tener una visión más aguzada del río.
Estuvieron así buena parte del día, pues sólo a las cuatro de la tarde Fabio
Tapayuri divisó a lo lejos los colores verdirrojos del barco Eva, que remontaba
las aguas ocres del río mar con su codiciada carga. Inme-diatamente, los
individuos procedieron a ejecutar sus arteros planes. Mientras que cuatro de
ellos -Teófilo Morey, Fabio Tapayuri, Fabriciano Pizango y René Márquez
Curichimba -ocultaban la lancha con motor fuera de borda en la vegetación de la
orilla y permanecían allí escondidos, Artidoro Soma, Nepomuceno Quilca y Caifás
Sancho subían al deslizador y avanzaban hacia el centro de la corriente para
interpretar su astuto teatro. Yendo a muy poca velocidad se aproximaron a Eva,
a la vez que Soma y Quilca comenzaban a hacer ademanes y a dar grandes gritos
pidiendo auxilio para Caifás Sancho, diciendo que necesi-taba con urgencia
ayuda médica por una picadura de víbora. El suboficial primero Carlos Rodríguez
Saravia, al escuchar el clamor de los sujetos, ordenó parar la máquina e hizo
que subieran al enfermo a bordo de Eva (pues dispone de un botiquín) con el
loable propósito de prestar ayuda al simulador Caifás Sancho.
Apenas
los tres sujetos consiguieron mediante dicho ardid hallarse a bordo, se
quitaron los pacíficos antifaces, sacaron los revólveres que llevaban
escondidos y conminaron al sub-oficial Rodríguez Saravia y a sus cuatro hombres
a prestarles obediencia en lo que ordena-ran. En tanto que Artidoro Soma
obligaba al grupo de seis visitadoras (Luisa Canepa, Pe-chuga; Juana Barbichi
Lu, Sandra; Eduviges Lauri, Eduviges; Ernesta Sipote, Loreta; María Carrasco
Lunchu, Flor, y la infausta Olga Arellano Rosaura, Brasileña) y a Juan Rivero,
Chupito, que comandaba el grupo, a permanecer encerrados en un camarote,
Nepomuceno Quilca y Caifás Sancho, con insultos soeces y amenazas de muerte,
exigían a la tripulación de Eva poner nuevamente en marcha el motor y dirigir
el barco hacia la Quebrada, donde se hallaba al acecho el resto de la banda.
Fue en estas circunstancias, mientras se ejecutaba la maniobra prescrita por
los asaltantes, que el avispado timonel Isidoro Ahuanari Leiva, consiguió
mediante una ingeniosa mentira (una necesidad natural del organismo) abandonar
un momento la cubierta, entrar al puesto de radio y lanzar un desesperado
S.O.S. a la base de Nauta, la que, aunque no entendió cabalmente el mensaje,
decidió enviar de inmediato río abajo un deslizador con un práctico y dos
soldados para ver qué le ocurría a Eva. La nave, mientras tanto, se había
inmovilizado en la Quebrada del Cacique Cocama, sitio estratégicamente elegido,
pues gracias a la abundante maleza quedaba medio oculta y no era fácil que
pudiera ser reconocida desde el centro de la corriente, por las lanchas y
moto-ras de pescadores que recorren nuestro río mar.
El
cobarde atropello: violaciones y heridos.
Con
matemática precisión se cumplían, una tras otra, las etapas del maquiavélico
plan de los delincuentes. Una vez en la Quebrada del Cacique Cocama, los cuatro
hombres que habían quedado en tierra se apresuraron a subir a bordo y, junto
con sus tres compañeros de delito, amarraron y amordazaron con la mayor rudeza
al suboficial Rodríguez Saravia y a los cuatro tripulantes, a quienes, luego, a
empujones y malos tratos, encerraron en la bodega de la nave, diciendo a troche
y moche que estaban allí por orden del Arca para hacer un escarmiento en razón
de las actividades pecaminosas del Servicio de Visitadoras. De inmediato, los
siete piratas quienes, según el testimonio de sus víctimas, denotaban subido
estado etílico y tembloroso nerviosismo, se dirigieron hacia el camarote donde
tenían ence-rradas a las visitadoras para satisfacer sus desaforados deseos. En
ese instante se produjo el primer hecho de sangre. En efecto, al descubrir las
criminales intenciones de los individuos, las aventureras les opusieron viva
resistencia, siguiendo el ejemplo del bravo Juan Rivera, Chupito, quien sin
arredrarse ni ponerse a parar mientes en su baja estatura y endeblez física,
arremetió contra los piratas a cabezazos y patadas increpándoles su mal
proceder, pero, por desgracia, su quijotesca acción no duró mucho, ya que
aquéllos lo desmayaron muy pronto, golpeándolo con las cachas de sus revólveres
y pateándolo en el suelo hasta destrozarle la cara. Suerte parecida sufrió la
visitadora Luisa Cánepa, (a) Pechuga, quien también demostró mucha energía,
enfrentándose a los secuestradores como un verdadero varón, arañándolos y
mordiéndolos hasta que estos la golpearon con tanta ferocidad que perdió el
sentido. Una vez dominada la resistencia de las extraviadas mujeres, los
piratas las obligaron, a punta de revolver y carabina, a complacerlos en sus
viciosos deseos, para lo cual cada uno de los asaltantes escogió una víctima,
habiéndose registrado un amago de pugilato entre ellos al aspirar todos a la
posesión de la infortunada Olga Arellano Rosaura, la que finalmente fue cedida
a Teófilo Morey en consideración a su mayor edad.
Tiroteo
y rescate: muere la bella visitadora.
Entretanto,
al tiempo que los siete individuos celebraban en medio de la violencia su gran
orgía, el deslizador enviado desde la base de Nauta había recorrido un buen
tramo del río sin encontrar trazas de Eva y se disponía a regresar, cuando
milagrosamente los arreboles del crepúsculo hicieron percibir a lo lejos,
brillando entre los árboles de la Quebrada del Cacique Cocama, los colores rojo
y verde del barco. El deslizador se dirigió de inmediato a su encuentro, siendo
recibido ante la estupefacción del grupo, con una lluvia de balas, una de las
cuales hirió en el muslo izquierdo y parte inferior del glúteo, al soldado raso
Felicio Tanchiva. Apenas recuperados del asombro, los soldados replicaron al
fuego, estallando entonces un tiroteo que se prolongo por espacio de algunos
minutos y en el curso de los cuales cayó mortalmente herida -por balas de los
soldados, según ha determinado la autop-sia- Olga Arellano Rosaura, (a)
Brasileña. Viendo que se hallaban en inferioridad de con-diciones, los soldados
decidieron retornar a Nauta en busca de refuerzos. Al observar que la patrulla
se alejaba, los delincuentes, presa del pánico por la muerte ocurrida,
mostraron una gran confusión. El primero en reaccionar fue, al parecer, Teófilo
Morey quien exhortó a sus compinches a guardar silencio, indicándoles que
mientras la patrulla llegaba a Nauta tenían tiempo no sólo para huir sino,
incluso, completar su plan. Fue entonces cuando alguien, no se ha podido saber
quién: el propio Morey, según unos, Fabián Tapayuri según otros sugirió que
clavaran a la Brasileña en vez de un animal. Los delincuentes procedieron a
ejecutar su sangriento designio, arrojando a la orilla el cadáver de Olga
Arellano y decidiendo, para ahorrar tiempo, no fabricar una cruz sino utilizar
un árbol cualquiera. Estaban entregados a su macabro quehacer cuando cuatro
deslizadores con soldados se hicieron visibles en el horizonte. Los
delincuentes se dieron de inmediato a la fuga, internándose en la maleza. Sólo
dos de ellos -Nepomuceno Quilca y Renán Márquez Curichimba- pudieron ser
cap-turados en ese momento. Al subir a Eva, los soldados se encontraron con un
espectáculo escalofriante: mujeres aterrorizadas y semi desnudas que corrían en
estado de histeria, algunas con huellas de haber sufrido sevicias en el rostro
y en el cuerpo (Pechuga) y un poco más allá, a unos pasos de la orilla, el
bello cuerpo de Olga Arellano Rosaura clavado en el tronco de una lupuna. Las
balas habían alcanzado a la desdichada al comenzar el tiroteo, interesándole
órganos cruciales, como corazón y cerebro, lo que terminó instantáneamente con
sus días. La infeliz fue desclavada, cubierta con mantas y subida al barco, en
medio del horror y llanto frenético de las otras víctimas.
Apenas
liberados, el suboficial primero Rodríguez Saravia y la tripulación alertaron
por radio a Nauta Requena e Iquitos sobre lo sucedido, movilizándose de
inmediato todos los puestos, bases navales y guarniciones de la región en
inmensa cacería de los cinco prófugos. Todos fueron capturados en veinticuatro
horas. Tres de ellos, -Teófilo Morey, Artidoro Soma y Fabio Tapayuri- cayeron
al anochecer, en las afueras de Nauta, adonde pretendían introducirse
subrepticiamente, después de haber recorrido, destrozándose las ropas y
ensangrentándose el cuerpo, muchos kilómetros de maleza. Los otros dos- Caifás
Sancho y Fabriciano Pizango- fueron capturados en las primeras horas de la
mañana, cuando remon-taban el Ucayali en un deslizador robado en el puerto de
Nauta. Uno de ellos, Caifás San-cho, se hallaba herido de cierta gravedad, al
haberle arrancado una bala parte de la boca.
Las
víctimas de la agresión fueron trasladadas a Nauta, donde Luisa Canepa y
Chupito re-cibieron las curaciones que requerían, demostrando ambos mucho
espíritu y ánimo en su afligida situación. Allí mismo se tomaron las primeras
declaraciones a las víctimas sobre la terrible experiencia que acababan de
pasar.
El
cadáver de la infeliz Olga Arellano Rosaura, sólo pudo ser traído a Iquitos el
día 4, de-bido a las diligencias Judiciales, lo mismo que se hizo por aire, en
el hidroavión Dalila, habiéndose trasladado a Nauta para acompañar los restos y
hacer las primeras investiga-ciones el entonces todavía únicamente señor
Pantaleón Pantoja. El resto de las visitadoras retornó a Iquitos por vía
fluvial, en el barco Eva, el que no sufrió averías de importancia durante el
asalto, en tanto que los siete detenidos permanecían dos días más en Nauta,
so-metidos a interrogatorios exhaustivos por parte de las autoridades. Ayer,
bajo fuerte escol-ta, llegaron a Iquitos en un hidroavión de la FAP y se hallan
actualmente en los calabozos de la cárcel central de la calle Sargento Lores,
donde, sin duda, permanecerán todavía bas-tante tiempo, a causa de su
canallesco proceder.
Inquieta
y escandalosa fue la vida de la visitadora fallecida
Nació
el 17 de abril de 1936, en el entonces retirado caserío de Nanay (todavía no
existía la carretera que une el balneario a Iquitos), siendo hija de doña
Hermenegilda Arellano Ro-saura y de padre desconocido. Fue bautizada el 8 de
mayo del mismo año en la iglesia de Punchana, con el nombre de Olga y los dos
apellidos de la madre. Ésta ejercía en Nanay, según cuentan personas del barrio
que la recuerdan, oficios diversos, como empleada doméstica de la base naval de
Punchana y de bares y restaurantes del lugar, trabajos de donde siempre la
despedían por su afición a la bebida, al extremo de que, dicen, era usual el
espectáculo de la tambaleante figura de Traguito Hermes, como la apodaban,
recorriendo el barrio entre las risas de la gente y seguida por su menor hija
Olguita. Con un poco de suerte para ésta, cuando la niña tendría unos ocho o
nueve años, Traguito Hermes desapareció de Nanay abandonando a la desamparada
chiquita, que fue recogida caritativamente por los Adventistas del Séptimo Día
en su pequeño orfelinato de la esquina Samanez Ocampo y Napo, donde actualmente
queda sólo la iglesia. En dicha institución, esa pobre niña que hasta entonces
se había criado como animalito chusco, en la suciedad y en la ignorancia,
recibió las primeras enseñanzas, aprendió a leer, escribir y contar, y llevó
una vida modesta pero sana y pulcra, regulada por los severos preceptos morales
de esa iglesia. ("No serán esos preceptos tan sólidos como los pintan, a
juzgar por la foja de servicios de la damisela", comentó a uno de nuestros
redactores, con su severidad característica, un religioso católico antaño
vinculado al Ejército, célebre por las constantes ironías de sus sermones
contra las numerosas iglesias protestantes avecindadas en Iquitos, y que nos ha
pedido no revelar su nombre.)
El
drama de un joven misionero.
"La
recuerdo muy bien"-nos ha dicho, por su parte, el pastor adventista,
Reverendo Abra-ham MacPherson, quien dirigió el orfelinato en los años que
permaneció en él la joven Olga Arellano Rosaura-. "Era una morochita
alegre, de inteligencia rápida y espíritu vivaz, que seguía dócilmente las
prédicas de sus celadores y maestros, y de quien esperábamos muchas cosas
buenas. Lo que la perdió fue, sin duda, la gran belleza física con que la dotó
la naturaleza a partir de la adolescencia. Pero, en fin, oremos por ella e
inspirémonos en su caso para enmendar nuestras propias vidas, en vez de
recordar cosas tristes y amargas que a nadie sirven y a nada conducen." El
reverendo Abraham MacPherson alude, veladamente, a un suceso que en esa época
hizo mucho ruido en Iquitos: la sensacional fuga del orfelinato de los
Adventistas del Séptimo Día, de la bella quinceañera que era entonces Olguita
Arellano Rosaura, con uno de sus celadores, el joven pastor adventista Richard
Jay Pierce Jr., recién llegado por aquellos días a Iquitos desde su lejana
tierra, Norteamérica, para hacer aquí sus primeras armas misioneras. El
episodio terminó trágicamente, como recor-darán muchos lectores de El Oriente,
pues fue a este diario, ya entonces el más prestigioso de Iquitos, al que el atormentado
misionero dirigió una carta de excusas a la opinión pública loretana, antes de
poner fin a sus días, desesperado del remordimiento por haber sucumbido ante la
belleza adolescente de Olguita, ahorcándose en una palmera aguaje, en las
afueras del caserío de San Juan (El Oriente publicó integra la carta, en su
medio inglés medio español, el 20 de septiembre de 1949).
El
tobogán de la vida airada.
Luego
de esta precoz y desdichada aventura sentimental, Olga Arellano Rosaura empezó
a rodar por la pendiente de las malas costumbres y la vida airada, para la que
incuestiona-blemente la ayudaban sus encantos físicos y su gran simpatía. Es
así que, desde esa época, fue habitual distinguir su bella silueta en los
lugares nocturnos de Iquitos, como el "Mao Mao", "La Selva"
y el desaparecido antro "El Vergel Florido", que las autoridades
debieron cerrar en su día por haberse comprobado que el citado bar, haciendo
honor a su nombre, era una casa de citas donde perdían la virtud, de cuatro a
siete de la tarde, alumnas de los colegios secundarios de Iquitos. Su
propietario, el casi mitológico Humberto Sipa, (a) Mo-quitos, que pasó unos
meses en la cárcel, ha hecho luego una exitosa carrera en ese campo de los
negocios, como es de todos conocido. Sería largo, por supuesto, trazar el
itinerario sentimental de la agraciada Olguita Arellano Rosaura, a quien en
esos años la murmuración y las habladurías atribuían incontables protectores y
amigos pudientes, muchos de ellos casados, con quienes la muchacha no vacilaba
en lucirse en público. Uno de esos rumores inverificables, asegura que Olguita
fue expulsada de Iquitos, discretamente, a fines de 1952, por el entonces prefecto
del departamento, don Miguel Torres Salamino, debido a los apasionados amores
que mantenía con la traviesa Olguita, un hijo del prefecto, el estudiante de
ingeniería Miguelito Torres Saavedra, cuya muerte, en las espesas aguas de la
laguna de Quistococha muchas mentes calificaron de suicidio, por las repetidas
muestras de desolación que daba el joven desde la partida de su amada, aunque
la familia desmintió enérgicamente ese rumor. En todo caso, la inquieta Olguita
partió a la brasileña ciudad de Manaos, donde lo único que se supo de ella fue
que, en los años que permaneció allí, en vez de corregir su conducta la
empeoró, dedicándose al mal vivir a plena luz, pues empezó a ejercer de lleno,
en lugares aparentes -lupanares y casas de cita-, el milenario oficio de la
prostitución.
Regreso
a la Patria
Avezada
en esos indecentes menesteres y más bella que nunca, Olga Arellano Rosaura, a
quien la inventiva loretana motejó de inmediato con el seudónimo de Brasileña,
regresó hace un par de años a su nativa Iquitos, ingresando casi
inmediatamente, a través del cono-cido enganchador de mujeres de ese lugar, el
Chino Porfirio del barrio de Belén, al Servicio de Visitadoras, esa institución
que acarrea mujeres de mal vivir, como si fueran piezas de ganado o artículos
de primera necesidad, a las guarniciones de la frontera.
Pero,
poco antes, la incorregible Olguita protagonizó otro ruidoso escándalo, al
haber sido sorprendida en la última fila del cine Bolognesi, en función de
noche, efectuando malos tocamientos y acciones indecorosas, con un teniente de
la Guardia Civil, quien debió ser mutado de Loreto a causa de lo ocurrido. Hubo
incluso -recordarán nuestros lectores- un intento de agresión por parte de la
esposa del oficial, que arremetió contra la Brasileña, un jueves de retreta,
cruzando ambas golpes e insultos sobre el césped de nuestra Plaza de Armas.
Olga
Arellano Rosaura se convertiría muy pronto, gracias a sus atractivos físicos,
en la vi-sitadora estrella del mal afamado recinto del río Itaya, y en la amiga
dilecta del administra-dor gerente del establecimiento, el quien hasta ayer,
ingenuamente, suponíamos paisano común y corriente, don Pantaleón Pantoja, y
quien había resultado ser, para perplejidad y confusión de muchos, nada menos
que capitán de nuestro Ejército. Para nadie es un secre-to, en esta ciudad, la
estrecha e intima relación que existió entre la hermosa finada y el se-ñor
(perdón), el capitán en activo Pantoja, pareja a la que no era raro ver,
paseándose muy acarameladita en la Plaza 28 de Julio o abrazándose con furor, a
la caída de la tarde, en el Malecón Tarapacá. Involuntaria sembradora de
tragedias, se dice que Alguita Arellano Ro-saura, la seductora Brasileña, fue
la razón de la partida de Iquitos de la desatendida esposa del capitán Pantoja,
sentido drama familiar que fuera revelado por un colega nuestro, des-tacado
comentarista radial de esta ciudad.
Fin
trágico.
Y
así llegamos al desenlace de esta vida, que, todavía en plena juventud,
encontró en el atardecer del segundo día del año 1959, en la Quebrada del
Cacique Cocama, de las afue-ras de Nauta, prematuro y espantoso final, debido a
balas traicioneras que, acaso hechiza-das por su belleza como tantos hombres,
la prefirieron a ella en su mortífera trayectoria, y a los clavos de unos
degenerados o fanáticos. Las muchas personas que acudieron al mal afamado local
del río Itaya, donde la Funeraria "Modus Vivendi" había instalado una
capi-lla ardiente de primera clase, para asistir al velorio de Olga Arellano
Rosaura, al acercarse al ataúd admiraban intacta, a través del transparente
vidrio, resplandeciendo bajo los cirios fúnebres, la hermosura morenita de la
BRASILEÑA!
Primicia
exclusiva de El Oriente.
Epístola
a los buenos sobre los malos del hermano Francisco
Publicamos
a continuación, como primicia exclusiva, un texto llegado a nuestra Redacción
anoche, y escrito de puño y letra por el celebérrimo Hermano Francisco, profeta
y jefe máximo de la Hermandad del Arca, a quien busca la policía de cuatro
países como cerebro pensante agazapado detrás de las crucifixiones que, de un
tiempo a esta parte, vienen en-sangrentando nuestra querida Amazonía. El
Oriente está en condiciones de garantizar la autenticidad de este sensacional
documento.
En
el nombre del Padre, del Espíritu Santo y del Hijo QUE MURIÓ EN LA CRUZ, me
vierto a la opinión pública de todo el Perú y el mundo, para, con el permiso y
la inspiración de las voces del cielo que espera a los Buenos, desmentir y
negar como malvadas, calum-niosas y adolescentes de toda verdad, las
acusaciones de los MALOS que pretenden desposar a las HERMANAS y HERMANOS DEL
ARCA con la violación, muerte y posterior CRUSIFIXIÓN de la señorita Olga
Arellano Rosaura, tristemente ocurridas en la Quebrada del Cacique Cocama de
las vecindades de Nauta. Desde mi apartado refugio donde sobrellevo la CRUZ que
el Señor ha querido destinarme, en su generosa e infinita sabiduría,
manteniéndome lejos de las manos impías que no pueden ni podrán nunca
atra-parme ni alejarme del pueblo creyente, santo, BUENO, de las Hermanas y los
Hermanos, unidos en cópula divina en el amor a Dios y en el odio al MALO,
levanto mi mano y, moviéndola enérgicamente de izquierda a derecha y de derecha
a izquierda, digo, acompañando el grito al gesto, ¡No! No es verdad que las
Hermanas y los Hermanos del Arca, cuyo objetivo es hacer el BIEN y prepararse
para subir al cielo cuando el Padre, el Espíritu Santo el Hijo MURIÓ EN LA CRUZ
decidan que este mundo lleno de MALDAD y de impiedad se termine por el fuego y
por el agua como está anunciado en el libro BUENO de la Biblia, lo que ocurrirá
muy pronto porque así me lo han dicho las voces que escucho y que no vienen de
este mundo, hayan tenido algo que ver con el crimen que cometieron los MALOS y
que quieren atribuirnos para desviar sus culpas y hacer más gruesos y
puntiagudos nuestros CLAVOS y más áspera la MADERA de nuestras CRU-CES. Ninguno
de los acusados de la muerte de la señorita Arellano ha pertenecido nunca a
nuestra HERMANDAD de gentes BUENAS, y ni siquiera ha asistido ninguno de ellos,
en calidad de simple espectador o curioso a las reuniones que han celebrado las
ARCAS de la región donde han vivido, o sea las de Nauta, Bagazán y Requena,
como me lo han confirmado los BUENOS Apóstoles de esas Arcas. Nunca se vio a
ninguno de esos acusados presente en cuerpo en las reuniones celebradas para
rendir alabanza al Padre, al Espíritu Santo y al Hijo QUE MURIÓ EN LA CRUZ y
pedirles perdón por sus pecados para estar con el alma lavada cuando llegue el
MOMENTO FINAL. Las Hermanas, los Hermanos no matan, no violan, no asaltan, no
roban y sólo odian la violencia del MAL, como les ha enseñado el cielo por mi
boca. Nunca se nos podrá echar en cara un sólo acto contrario al BIEN y no es
cierto que prediquemos el crimen como nos imputan los que nos persiguen y nos
obligan a escondernos y a vivir como fieras dañinas en el fondo de las
espesuras.
Pero
nosotros los perdonamos porque ellos son simples esclavos obedientes en manos
del cielo, que los usa como CRUCES que a nosotros nos ganarán la inmortalidad
de la gloria eterna. Y a la pobre Olga Arellano, aunque no había escuchado
todavía la palabra, desde ya la incorporamos a nuestras oraciones y desde ahora
la recordaremos junto con nuestros mártires y santos que nos ven, nos oyen, nos
hablan, nos protegen y gozan merecidamente allá arriba de la paz celestial
junto al Padre, al Espíritu Santo y al Hijo QUE MURIÓ EN LA CRUZ.
HERMANO
FRANCISCO
Nota
de la Redacción. Efectivamente, durante el entierro se vieron circular en el
cementerio general de Iquitos estampas con la imagen de Olga Arellano Rosaura,
semejantes a las que existen con las de otros crucificados del Arca, como el
célebre niño mártir de Moronacocha y la Santa Ignacia.
Atropello
contra diarista loretano.
(Editorial
de El Oriente, 6 de enero de 1959)
La
publicación, como primicia exclusiva, en nuestra edición de ayer, de la
"Epístola a los buenos sobre los malos", enviada a nuestra redacción
desde su escondite secreto en algún lugar de la selva, por el Hermano
Francisco, líder y conductor espiritual máximo de los cruces o hermanos del
Arca, ha sido motivo para que nuestro director, el conocido perio-dista de
prestigio internacional Joaquín Andoa, fuera objeto de un incalificable
atropello por parte de las autoridades policiales del departamento de Loreto y
viniera a engrosar la adiposa lista de víctimas de la libertad de prensa.
En
efecto, nuestro director fue convocado ayer en la mañana por el coronel de la
Guardia Civil Juan Amézaga RiofrÍo, jefe de la V Región de Policía (Loreto) y
por el inspector su-perior de Loreto de la policía de investigaciones del Perú
(PIP), Federico Chumpitaz Fernández. Dichas autoridades le exigieron que
revelara la manera por la cual el diario El Oriente había obtenido la misiva
del Hermano Francisco, sujeto perseguido por la justicia como eminencia gris de
los varios casos de crucifixiones ocurridos en la Amazonía.
Al
responder nuestro director, respetuosa pero firmemente, que las fuentes de
información de un periodista constituyen secreto profesional y son por lo mismo
tan sagradas e invio-lables como las revelaciones habidas en confesión por el
sacerdote, los dos jefes policiales se desataron en improperios de una
vulgaridad sin precedentes contra el señor Joaquín An-doa, amenazándolo,
incluso, con castigos corporales ("Te daremos una pateadura" fueron
sus palabras textuales) si no respondía a sus preguntas. Como nuestro Director
se negara dignamente a faltar a la ética profesional fue encerrado en un
calabozo de la comisaría por espacio de ocho horas, es decir hasta las siete de
la tarde, en que se le excarceló por gestión del propio prefecto del
departamento. La redacción en pleno de El Oriente, unida como un solo hombre en
la defensa de la libertad de prensa, del secreto profesional y la ética
infor-mativa, protesta por este abuso cometido contra un destacado intelectual
y periodista lore-tano y comunica que ha enviado telegramas denunciando el
hecho a la Federación Nacional de Periodistas del Perú y a la Asociación
Nacional de Periodistas del Perú, nuestros máximos organismos gremiales en el
país.
Asesinos
de la Quebrada Cacique Cocama no irán tribunal militar
Iquitos,
6 de enero.-Una fuente bien informada y muy próxima a la Comandancia General de
la V Región Militar (Amazonía) desmintió esta mañana los tenaces rumores que
circu-laban en Iquitos en el sentido de que los siete asaltantes de Nauta
serían transferidos al fue-ro castrense para ser juzgados por un tribunal
militar, mediante procedimiento sumario.
Según
dicha fuente, las Fuerzas Armadas no han reclamado en ningún momento que se les
confiara la tarea de enjuiciar y sancionar a los delincuentes, de manera que
éstos permane-cerán sometidos al fuero regular de la justicia civil.
Al
parecer, el origen del desmentido rumor, fue una solicitud elevada a las
instancias supe-riores del Ejército por el capitán de Intendencia Pantaleón
Pantoja -cuyas funciones son de sobra conocidas en esta ciudad- para que el
fuero jurídico castrense exigiera la instrucción procesal y castigo de los
responsables del asalto de Nauta, con el argumento de que el barco Eva y sus
tripulantes pertenecían a la Marina Nacional y de que el convoy de polillas
formaba parte de un organismo militarizado cual sería el caso del
desprestigiado Servicio de Visitadoras que ese oficial dirige.
Las
Fuerzas Armadas habrían desestimado como "peregrina"-es el
calificativo empleado por nuestro informante- la solicitud del capitán Pantoja,
indicando que el transporte Eva y sus tripulantes, al ser víctimas del asalto,
no efectuaban servicio militar alguno sino tareas estrictamente civiles, y que
el llamado Servicio de Visitadoras no es ni podría ser en ningún caso una
institución militarizada, sino una empresa comercial civil, que ha tenido
eventuales y meramente toleradas, pero nunca auspiciadas ni oficializadas,
relaciones con el Ejército. A este respecto, añadió la misma fuente, se lleva a
cabo actualmente, con la discreción necesaria, una investigación que habría
ordenado el propio Estado Mayor del Ejército sobre dicho Servicio de
Visitadoras, a fin de poner en descubierto su origen, composición, funciones y
beneficios, determinar su licitud y, si fuera el caso, las responsabilidades y
sanciones pertinentes.
-Ah,
ya estás levantado, hijito -pasa la noche sobresaltada, en su sueño una
cucaracha es comida por un ratón que es comido por un gato que es comido por un
lagarto que es comi-do por un jaguar que es crucificado y cuyos despojos
devoran cucarachas, se levanta al amanecer, pasea por la sala a oscuras
retorciéndose las manos, cuando oye seis campanadas toca el dormitorio de Panta
la señora Leonor-. Cómo ¿te has puesto el uniforme otra vez?
-Todo
Iquitos me ha visto uniformado, mamá -comprueba que la guerrera se ha desteñido
y que le baila el pantalón, se mira en distintas poses en el espejo y se llena
de melancolía Pantita-. No tiene sentido continuar con esta mentira del señor
Pantoja.
-Eso
tendría que decidirlo el Ejército, no tú -equivoca las llaves de la cocina,
derrama la leche, recuerda que ha olvidado el pan, no puede impedir que la
bandeja tiemble en sus manos la señora Leonor-. Ven, siquiera toma un poco de
café. No salgas con el estomago vacío, no seas mula.
-Está
bien, pero sólo media taza -va muy calmado al comedor, coloca quepí y guantes
sobre la mesa, se sienta, bebe a sorbitos Panta-. Anda, dame un beso. No pongas
esa cara, mamacita, me contagias tu angustia.
-Toda
la noche he tenido pesadillas terribles -se derrumba en el sofá, se lleva la
mano a la boca, tiene la voz griposa y torturada la señora Leonor-. ¿Y ahora
qué te va a pasar, Panta? ¿Qué va a ser de nosotros?
-No
va a pasar nada -saca unos soles de su billetera, los pone en la bata de la
señora Leonor, abre una persiana, ve gente yendo al trabajo, al mendigo ciego
de la esquina instalado ya con su platillo y su flauta Panta-. Y, además, si
pasa, no me importa.
-¿Han
oído la radio? -rebota de estupor en el asiento del taxi, oye exclamar al
chofer y re-pite no es posible, que desgracia, paga, baja, entra a Pantilandia
dando un portazo, aúlla Iris-. ¡Lo agarraron al Hermano Francisco! Estaba
escondido por el río Napo, cerca de Mazán. Me da una pena, que le irán a hacer.
-No
lamento nada de lo que he hecho -ve salir de su casa al fabricante de lápidas y
al mari-do de Alicia, ve pasar autos, chiquillos con uniformes y libros, una
viejita que ofrece loter-ías, se siente extraño, se abotona la guerrera Panta-.
He actuado según mi conciencia y ése también es el deber de un soldado. Haré
frente a lo que venga. Ten confianza en mí, mamá.
-Siempre
la he tenido, hijito -lo escobilla, lo lustra, lo arregla, abre los brazos, lo
besa, lo aprieta, mira a los bigotudos del viejo retrato la señora Leonor-. Una
fe ciega en ti. Pero con este asunto ya no sé qué pensar. Te volviste loco,
Panta. ¡Vestirse de militar para pronunciar un discurso en el entierro de una
pe! ¿Tu padre, tu abuelo hubieran hecho una cosa así?
-Mamá,
por favor, no vuelvas sobre lo mismo -ve saludarse a la vendedora de loterías y
al ciego, ve a un hombre que camina leyendo un periódico, a un perro que orina
caudalosa-mente, da media vuelta y avanza hacia la puerta Panta-. Creo haberte
dicho que estaba ter-minantemente prohibido tocar nunca más ese tema.
-Está
bien, me callo, yo sí sé obedecer a la superioridad -le da la bendición, lo
despide en la vereda, regresa a su dormitorio, se echa en la cama sacudida por
sollozos la señora Leonor-. Quiera Dios que no te arrepientas, Panta. Rezo para
que no ocurra, pero la barbaridad que has hecho nos va a traer desgracias,
estoy segura.
-Bueno,
en cierto sentido si, al menos a mi -sonríe apenas, pasa entre los familiares
agol-pados a la puerta de la cárcel esperando la hora de visita, aparta a un
niño que vocea tortu-gas, monitos el teniente Bacacorzo-. He perdido el ascenso
que me tocaba este año, de eso no hay duda. Pero, en fin, la cosa está hecha y
no se puede dar marcha atrás.
-Yo
le ordené llevar la escolta, yo le ordené rendir honores a esa pobre mujer -se
inclina para anudarse un zapato, distingue en la puerta del Banco Amazónico la
divisa "El dinero de la selva para la selva" el capitán Pantoja-.
Toda la responsabilidad es mía y solo mía.
Así
se lo recuerdo en esta carta al general Collazos y así se lo voy a decir
personalmente a Scavino. Usted no tiene culpa ninguna, Bacacorzo; los
reglamentos son muy claros.
-Lo
encontraron durmiendo -se sienta en la hamaca de Sinforoso Caiguas, habla en el
cen-tro de un círculo de visitadoras Penélope-. Se había hecho una cuevita con
ramas y hojas, se pasaba el día rezando, no comía nada de lo que le llevaban
los apóstoles. Sólo raíces, yerbitas. Es un santo, es un santo.
-La
verdad es que no debí hacerle caso -hunde las manos en los bolsillos, entra a
la hela-dería "El Paraíso", pide un cafecito con leche, oye al
capitán Pantoja preguntarle ¿no es ése el profesor, el brujo?, responde ese
mismo el teniente Bacacorzo-. Entre nosotros, lo que me pidió era un soberano
disparate. Una persona con cinco dedos de frente hubiera ido a contarle a
Scavino lo que pretendía hacer, para que le aguantara la mano.
Tal
vez ahora me lo agradecería, capitán.
-Tarde
para lamentarse -oye al profesor aconsejar a una señora si quieres que tu
recién na-cido no tarde en hablar le reventaras granos de maíz en la boca el
capitán Pantoja-. Si pen-saba así, por qué carajo no lo hizo, Bacacorzo. Me
habría librado de los remordimientos que voy a tener si no le dan ese nuevo
fideo por mi culpa.
-Porque
sólo tengo cuatro dedos aquí -se toca la frente, bebe su café con leche, paga,
escu-cha al profesor recomendar a su cliente y si a tu hijito le muerde la
víbora, lo curas con mamaderas de hiel de majaz, sale a la calle el teniente
Bacacorzo-. Me lo dice siempre mi mujer. Hablando en serio, lo vi tan afectado
con la muerte de esa visitadora, que se me ablandó el corazón.
-El
director de El Oriente se mata diciendo que él no delató al Hermano, jura y
llora que no contó nada a la policía -llega la última a Pantilandia, anuncia
traigo noticias, se sienta en la hamaca, se atropella Coca-. Es por gusto, ya
le quemaron el auto y casi le queman su pe-riódico. Si no se va de Iquitos, los
hermanos lo matarán. ¿Ustedes creen que el señor Andoa sabía el escondite del
Hermano Francisco?
-Además,
esa idea de rendir honores a una puta, precisamente por lo demencial, resultaba
tan fascinante -lanza una carcajada, camina entre los vendedores ambulantes y
las tiendas atestadas del jirón Lima, advierte que el "Bazar Moderno"
ha colgado un nuevo rótulo: "Artículos afamados por su durabilidad y
aspecto memorable" el teniente Bacacorzo-. No sé qué me paso, me
contagiaría usted su delirio.
-No
hubo tal delirio, fue una decisión tomada con calma y raciocinio -patea una
latita, cruza el asfalto, esquiva una camioneta, pisa la sombra de las
pomarrosas de la Plaza de Armas el capitán Pantoja-. Pero esa es otra historia.
Le prometo hacer lo imposible para evitar que esto lo perjudique, Bacacorzo.
-Una
buena anécdota para contar a los nietos, aunque no me la creerán -sonríe, se
apoya en la Columna de los Héroes, nota que los nombres están borrados o
manchados por caca de pájaros el teniente Bacacorzo-.
Aunque
sí, para eso sirven los periódicos. ¿Sabe que no me acostumbro a verlo
uniformado? Me parece otra persona.
-A
mí me pasa lo mismo, me siento raro. Tres años es mucho tiempo -contornea el
Banco de Crédito, escupe ante la Casa de Fierro, divisa al propietario del
Hotel Imperial persiguiendo a una muchacha el capitán Pantoja--¿Ha visto ya a
Scavino?
-No,
no lo he visto -mira las ventanas de brillosos azulejos de la Comandancia,
entra al Malecón Tarapacá, se detiene para ver salir del Hotel de Turistas a un
grupo de extranjeros con cámaras fotográficas el teniente Bacacorzo-. Me mando
decir que había terminado la misión especial, o sea mi trabajo con usted. Tengo
que presentarme el lunes en su despacho.
-Le
quedan cuatro días para tomar fuerzas y prepararse a la tormenta -pisa una
cáscara de plátano, observa las paredes desconchadas del antiguo colegio San
Agustín, la yerba que lo devora, pulveriza una familia de hormigas que
arrastraban una hojita el capitán Pantoja-. De modo que ésta es nuestra última
entrevista oficial.
-Le
voy a contar un chisme que le va a dar risa -prende un cigarrillo junto al
Monumento del Rotary Club, descubre en la explanada del Malecón a unas alumnas
jugando volley el teniente Bacacorzo- ¿Sabe que cuento corrió durante buen
tiempo entre la gente que nos pescaba viéndonos a solas y en sitios apartados?
Que éramos maricones, figúrese. Vaya, ni por ésas se ríe.
-Lo
tienen en Mazan y han rodeado el pueblo de soldados -está con la oreja pegada a
la radio, repite a gritos lo que oye, corre al embarcadero, señala el río
Pichuza-. Toda la gente se va a Mazán a salvar al Hermano Francisco. ¿Han
visto? Qué cantidad de lanchas, de deslizadores, de balsas. Miren, miren.
-En
estos años de charlas medio secretas, he llegado a apreciarlo mucho, Bacacorzo
-le pone la mano en el hombro, ve a las colegialas saltar, golpear la pelota,
correr, siente cosquillas en la oreja, se rasca el capitán Pantoja-. Es el
único amigo que he hecho aquí hasta ahora, por esta situación tan rara que
tengo. Quería que lo supiera. Y, también, que le estoy muy agradecido.
-Usted
lo mismo, me cayó bien desde el primer momento -consulta su reloj, para un
taxi, abre la portezuela, sube, se va el teniente Bacacorzo-. Y tengo la
impresión que soy el único que lo conoce tal como es.
Buena
suerte en la Comandancia, le espera algo bravo.
Chóquese
esos cinco, mi capitán.
-Adelante,
lo estaba esperando -se pone de pie, va a su encuentro, no le da la mano, lo
mira sin odio, sin rencor, inicia una caminata eléctrica en torno suyo el
general Scavino-. Y con la impaciencia que se imaginará. A ver, comience a
vomitar las justificaciones de su hazaña. Vamos, de una vez, empiece.
-Buenos
días, mi general -choca los tacos, saluda, piensa no parece furioso, qué raro el
ca-pitán Pantoja-.
Le
ruego que eleve esta carta a la superioridad,- después de leerla. En ella asumo
yo solo la responsabilidad de lo ocurrido en el cementerio. Quiero decir, el
teniente Bacacorzo no ha tenido la menor ...
-Alto,
no hable de ese sujeto que se me revuelve el hígado -queda inmóvil un segundo,
le-vanta una mano, reanuda su paseo circular, enoja ligeramente la voz el
general Scavino-. Le prohíbo mentarlo más en mi presencia. Lo creía un oficial
de mi confianza. El debía vigilarlo, frenarlo, y acabo siendo un adicto suyo.
Pero le juro que va a lamentar haber lle-vado esa escolta al entierro de la
puta.
-No
hizo más que obedecer mis órdenes -sigue en posición de firmes, habla con
suavidad, pronuncia despacio todas las letras el capitán Pantoja-. Lo explico
con detalle en esta carta, mi general. Yo obligué al teniente Bacacorzo a
presentar esa escolta en el cementerio.
-No
se ponga a defender a nadie, es usted quien necesita que lo defiendan -se
vuelve a sen-tar, lo considera con ojos lentos y triunfales, revuelve unos
periódicos el general Scavino-. Supongo que ya ha visto los resultados de su
gracia. Habrá leído estos recortes, claro. Pero todavía no conoce los de Lima,
los editoriales de La Prensa, de El Comercio. Todo el mundo pone el grito en el
cielo por el Servicio de Visitadoras.
-Si
no me mandan refuerzos, puede pasar algo muy feo, mi coronel -coloca
centinelas, or-dena calar las bayonetas, previene a los forasteros un paso más
y disparo, manipula el apa-rato de radio portátil, se asusta el teniente
Santana-. Déjeme trasladar el chiflado a Iquitos.
A
cada momento desembarca más y más gente y aquí en Mazán estamos al descubierto,
usted conoce. En cualquier momento intentarán asaltar la cabaña donde lo tengo.
-No
piense que trato de quitarle el cuerpo a mis actos, mi general -se pone en
descanso, siente que sus manos transpiran, no mira los ojos sino la calva con
lunares pardos del gene-ral Scavino, murmura el capitán Pantoja-. Pero
permítame recordarle que radios y periódicos habían hablado del Servicio de
Visitadoras antes del episodio de Nauta. No he cometido ninguna indiscreción.
Mi ida al cementerio no delató al Servicio. Su existencia era vox populi.
-De
modo que aparecer vestido de oficial del Ejército, en un cortejo de meretrices
y de ca-fiches es un incidente sin importancia -se muestra teatral,
comprensivo, benevolente, hasta risueño el general Scavino-. De modo que rendir
honores a una mujerzuela, como si se tra-tara...
-De
un soldado caído en acción -alza la voz, hace un ademán, da un paso adelante el
ca-pitán Pantoja-. Lo siento, pero ese es ni más ni menos el caso de la
-visitadora Olga Are-llano Rosaura.
-¡Cómo
se atreve a gritarme!-ruge, enrojece, vibra en el asiento, desordena la mesa,
se calma al instante el general Scavino-. Bájeme esa voz si no quiere que lo
haga arrestar por insolente. Con quién carajo cree que esta hablando.
-Le
ruego que me perdone -retrocede, se cuadra, hace sonar los tacos, baja los
ojos, susurra el capitán Pantoja-. Lo siento mucho, mi general.
-La
Comandancia quería tenerlo allá hasta recibir órdenes de Lima, pero si en Mazán
la cosa se pone tan fea, sí, lo mejor será llevarlo a Iquitos -consulta con sus
adjuntos, estudia el mapa, firma un vale para combustible aéreo el coronel
Máximo Dávila-. De acuerdo, Santana, le mando un hidroavión para sacar de ahí
al profeta. Mantenga la cabeza serena y procure que la sangre no llegue al río.
-De
modo que las idioteces de su discurso, las piensa de veras -recobra la
compostura, la sonrisa, la superioridad, silabea el general Scavino-. No, ya lo
voy conociendo mejor. Es usted un gran cínico, Pantoja. ¿Acaso no sé que la
ramera era su querida? Montó ese es-pectáculo en un momento de desesperación,
de sentimentalismo, porque estaba encamotado de ella. Y ahora, que tal concha,
viene a hablarme de soldados caídos en acción.
-Le
juro que mis sentimientos personales por esa visitadora no han influido lo más
mínimo en este asunto -enrojece, siente brasas en las mejillas, tartamudea, se
hunde las uñas en la palma de las manos el capitán Pantoja-. Si en vez de ella,
la víctima hubiera sido otra, habría procedido igual. Era mi obligación.
-¿Su
obligación? -chilla con alegría, se levanta, pasea, se detiene ante la ventana,
ve que llueve a cántaros, que la bruma oculta el río el general Scavino-.
¿Cubrir de ridículo al Ejército? ¿Hacer el papel de un fantoche?
¿Revelar
que un oficial está actuando de alcahuete al por mayor? ¿Esa era su obligación,
Pantoja? ¿Qué enemigo le paga? Porque eso es puro sabotaje, pura quintacolumna.
-¿No
ven? Qué les aposté, los hermanos lo salvaron -palmotea, clava una ranita en
una cruz de cartón, se arrodilla, ríe Lalita-. Acabo de oírlo, el Sinchi lo
contaba en la radio. Iban a meterlo a un avión para llevárselo a Lima, pero los
hermanos se les echaron encima a los soldados, lo rescataron y huyeron a la
selva.
Ah,
qué felicidad, ¡Viva el Hermano Francisco!
-Hace
apenas un par de meses el Ejército rindió honores al médico Pedro Andrade, que
murió al ser arrojado de un caballo, mi general -recuerda, ve los cristales de
la ventana acribillados de gotitas, oye roncar el trueno el capitán Pantoja-.
Usted mismo leyó un elogio fúnebre magnífico en el cementerio.
-¿Trata
de insinuar que las putas del Servicio de Visitadoras están en la misma
condición que los médicos asimilados al Ejército? -siente tocar la puerta, dice
adelante, recibe un im-preso que le alcanza un ordenanza, grita que no me
interrumpan el general Scavino-. Pan-toja, Pantoja, vuelva a la tierra.
-Las
visitadoras prestan un servicio a las Fuerzas Armadas no menos importante que
el de los médicos, los abogados o los sacerdotes asimilados -ve viborear al
rayo entre nubes plomizas, espera y oye el estruendo del cielo el capitán
Pantoja-. Con su perdón, mi general, pero es así y se lo puedo demostrar.
-Menos
mal que el cura Beltrán no oye esto -se desmorona en un sofá, hojea el impreso,
lo echa a la papelera, mira al capitán Pantoja entre consternado y temeroso el
general Scavino-. Lo hubiera usted dejado tieso con lo que acaba de decir.
-Todos
nuestros clases y soldados rinden más, son más eficientes y disciplinados y
soportan mejor la vida de la selva desde que el Servicio de Visitadoras existe,
mi general -piensa el lunes Gladycita cumplirá dos años, se emociona, se apena,
suspira el capitán Pantoja-. Todos los estudios que hemos hecho lo prueban. Y a
las mujeres que llevan a cabo esa tarea con verdadera abnegación, nunca se les
ha reconocido lo que hacen.
-Entonces,
esas siniestras patrañas se las cree de verdad -se pone súbitamente nervioso,
camina de una a otra pared, habla solo haciendo muecas el general Scavino-. De
verdad cree que el Ejército debe estar agradecido a las putas por dignarse
cachar con los números.
-Lo
creo con la mayor firmeza, mi general -ve las trombas de agua barriendo la
calle de-sierta, lavando los techos, las ventanas y los muros, ve que aun los
árboles más robustos se cimbran como papeles el capitán Pantoja-. Yo trabajo
con ellas, soy testigo de lo que hacen.
Sigo
paso a paso su labor difícil, esforzada, mal retribuida y, como se ha visto,
llena de pe-ligros. Después de lo de Nauta, el Ejército tenía el deber de
rendirles un pequeño homenaje. Había que levantarles la moral de algún modo.
-No
puedo calentarme de puro asombrado que estoy -se toca las orejas, la frente, la
calva, menea la cabeza, encoge los hombros, pone cara de víctima el general
Scavino-. No me da la cólera para tanto. Tengo la sensación de estar soñando,
Pantoja. Me hace usted sentir que todo es irreal, una pesadilla, que me he
vuelto idiota, que no entiendo nada de lo que pasa.
-¿Han
habido tiros, muertos? -se aterra, junta las manos, reza, congrega a las
visitadoras, pide que la consuelen Pechuga-. Santa Ignacia, que no le haya
pasado nada al Milcaras. Sí, está allá, se fue a Mazán como todo el mundo para
ver al Hermano Francisco. No es que sea hermano, el fue por curioso.
-Supuse
que esta iniciativa no tendría el visto bueno de la superioridad y por eso
procedí sin consultar a la vía jerárquica ve cesar la lluvia, despejarse el
cielo, ponerse muy verdes los árboles, llenarse la calle de gente el capitán
Pantoja-. Sé que merezco una sanción, por supuesto. Pero no lo hice pensando en
mí, sino en el Ejército. Sobre todo, en el futuro del Servicio. Lo ocurrido
podía provocar una desbandada de visitadoras. Había que templarles el ánimo,
inyectarles un poco de energía.
-El
futuro del Servicio -deletrea, se le acerca mucho, lo observa con conmiseración
y gloria, habla casi besándole la cara el general Scavino-. De modo que usted
cree que el Servicio de Visitadoras tiene todavía futuro. Ya no existe,
Pantoja, el maldito murió. Kaputt, finish.
-¿El
Servicio de Visitadoras? -siente un ramalazo de frío, que el suelo se mueve, ve
que ha brotado el arcoiris, tiene ganas de sentarse, de cerrar los ojos el
capitán Pantoja-. ¿Ya mu-rió?
-No
sea ingenuo, hombre -sonríe, busca su mirada, habla con fruición el general
Scavino-. ¿Creía que iba a sobrevivir a semejante escándalo? El mismo día de
los sucesos de Nauta, la Naval nos retiró su barco, la FAP su avión, y Collazos
y Victoria entendieron que había que acabar con ese absurdo.
-Ordené
que dispararan pero no me obedecieron, mi coronel -pega dos tiros al aire,
carajea a los soldados, ve desaparecer a los últimos hermanos, llama al radio
operador el teniente Santana-. Había demasiados fanáticos, sobre todo
fanáticas. Quizá fuera preferible, hubiera habido una masacre. No pueden andar
lejos. Apenas lleguen los refuerzos, salgo tras ellos y les echo el guante, ya
verá.
-Esa
medida debe ser rectificada cuanto antes -balbucea sin convicción, siente un
mareo, se apoya en el escritorio, ve que la gente saca a baldazos el agua de
las casas el capitán Pantoja-. El Servicio de Visitadoras está en pleno auge,
comienza a rendir frutos la labor de tres años, vamos a ampliarlo a
suboficiales y oficiales.
-Muerto
y enterrado para siempre, gracias a Dios -se pone de pie el general Scavino.
-Presentare
estudios detallados, estadísticas -sigue balbuceando el capitán Pantoja.
-Ha
sido la parte buena del asesinato de la puta y del escándalo del cementerio
-contempla la ciudad iluminada por el sol pero todavía goteante el general
Scavino-. El maldito Servi-cio de Visitadoras estuvo a punto de terminar
conmigo. Pero se acabó, volveré a caminar tranquilo por las calles de Iquitos.
-Organigramas,
encuestas -no emite sonidos, no mueve los labios, nota que se le velan las
cosas el capitán Pantoja-. No puede ser una decisión irrevocable, aún hay
tiempo de rectifi-carla.
-Moviliza
a toda la Amazonía si es necesario, pero captúrame al Mesías en veinticuatro
horas -es reprendido por el Ministro, reprende al jefe de la V Región el Tigre
Collazos-. ¿Quieres que se rían de ti en Lima?
¿Qué
clase de oficiales tienes que cuatro brujas les arrebatan un prisionero de las
manos?
-Y a
usted le recomiendo que pida su baja -ve aparecer en el río las primeras
motoras, ele-varse el humo de las cabañas de Padre Isla el general Scavino-. Es
un consejo amistoso. Su carrera está terminada, profesionalmente se suicidó con
la broma del cementerio. Si se queda en el Ejército, con ese manchon en la foja
de servicios se pudrirá de capitán. Oiga, qué le pasa. ¿Está llorando? Más
pantalones, Pantoja.
-Lo
siento, mi general -se suena, solloza otra vez, se frota los ojos el capitán
Pantoja-. La excesiva tensión de estos últimos días. No he podido contenerme,
le ruego que excuse esta debilidad.
-Debe
cerrar hoy mismo el local del Itaya y entregar las llaves en Intendencia antes
del mediodía -hace un gesto de ha terminado la entrevista, ve a Pantoja ponerse
en atención el general Scavino -. Parte a Lima en el avión Faucett de mañana.
Collazos y Victoria lo es-peran en el Ministerio a las seis de la tarde, para
que les cuente su proeza. Y, si no ha per-dido la razón, siga mi consejo. Pida
su baja y búsquese algún trabajo en la vida civil.
-Eso
nunca, mi general. No abandonaré jamás el Ejército por mi propia voluntad -aún
no recupera la voz, aún no alza la vista, aún sigue pálido y avergonzado el
capitán Pantoja-. Ya le dije una vez que el Ejército era lo que más me
importaba en la vida.
-Allá
usted, entonces -condesciende a darle velozmente la mano, le abre la puerta, se
queda mirándolo alejarse el general Scavino-. Antes de salir, límpiese otra vez
los mocos y séquese los ojos. Caracho, nadie me va a creer que he visto llorar
a un capitán del Ejército porque clausuraban una casa de putas. Puede
retirarse, Pantoja.
-Con
su permiso, mi capitán -sube corriendo al puesto de mando, blande un martillo,
un desentornillador, se cuadra, tiene el overol cubierto de tierra Sinforoso
Caiguas-. ¿Retiro también el mapa grande, el de las flechitas?
-También,
pero ése no lo rompas -abre el escritorio, extrae un fajo de papeles, hojea,
rasga, echa al suelo, ordena el capitán Pantoja-. Lo devolveremos a la oficina
de Cartografía. ¿Terminaste con esos cuadros y organigramas, Palomino?
-Ay,
Dios mío, arrodíllense, lloren, persígnense -agita los cabellos, forma una cruz
con sus brazos Sandra-. Se murió, lo mataron, no se sabe. De veras, de veras.
Dicen que el Hermano Francisco está clavado en las afueras de Indiana. ¡Ayyyyy!
-Sí,
mi capitán, ya los descolgué -salta desde un banquillo, alza un cajón repleto,
va hasta el camión estacionado en la puerta, deposita su carga, regresa a paso
ligero, patea el suelo Palomino Rioalto-. Todavía queda este pocotón de fichas,
libretas, cartapacios.
¿Qué
se hace con esto?
-Romperlos,
también -corta la luz, desconecta el aparato de transmisiones, lo envuelve en
su funda, lo confía a Chino Porfirio el capitán Pantoja-. O, mejor, llévense
ese alto de basura al descampado y hagan una buena fogata. Pero rápido, vamos,
vivo, vivo. ¿Qué pasa, Chuchupe? ¿Otra vez pucheros?
-No,
señor Pantoja, ya le he prometido que no -tiene un pañuelo floreado en la
cabeza y un delantal blanco, hace paquetitos, dobla sábanas, apila almohadas en
un baúl Chuchupe-. Pero no sabe cuánto me cuesta aguantarme.
-En
unos segunditos se hacen polvo tantas horas de trabajo, señor Pantoja -emerge
de un caos de biombos, cajas y maletas, señala las llamas, el humo del
descampado Chupito-. Cuando pienso las noches que se ha pasado haciendo esos
organigramas, esos ficheros.
-Yo
también siento una pena que no se imagina, señol Pantoja -se echa una silla, un
atado de hamacas y un rollo de afiches a la espalda el Chino Porfirio-. Estaba
encaliñado con esto como si fuela mi casa, se lo julo.
-Al
mal tiempo, buena cara -desenchufa una lámpara, empaqueta unos libros, desarma
un estante, carga una pizarra Pantaleón Pantoja-. La vida es así. Apurémonos,
ayúdenme a sacar todo esto, a botar lo que no sirve. Tengo que entregar el
depósito a Intendencia antes del mediodía. A ver, carguen ustedes el
escritorio.
-No,
no fueron los soldados, fueron los mismos hermanos -llora, se abraza a Iris,
coge la mano de Pichuza, mira a Sandra Peludita-, los que lo estaban salvando.
El se lo pidió, se lo ordenó: no dejen que me agarren de nuevo, clávenme,
clávenme.
-Le
voy a decil una cosa, señol Pantoja -se agacha, cuenta un, dos, ¡fuelza! y
levanta el Chino Porfirio-. Pa que sepa lo contento que he estado aquí. Nunca
aguante un jefe ni si-quiela un mes. ¿Y cuánto llevo con usted?
Tles
años. Y si pol mi fuela, toda la vida.
-Gracias,
Chino, ya lo sé -coge un balde, borra a brochazos de yeso las divisas, refranes
y consejos de la pared el señor Pantoja-. A ver, cuidadito con la escalera.
Así, igualen los pasos. Yo también me había acostumbrado a esto, a ustedes.
-Le
digo que durante mucho tiempo no voy a poner los pies por aquí, señor Pantoja,
se me saltarían las lágrimas -mete irrigadores, bacinicas, toallas, batas,
zapatos, calzones al baúl Chuchupe-. Qué idiotas, parece mentira que se les
ocurra cerrar esto en su mejor momento. Con los planes tan bonitos que
teníamos.
-El
hombre propone y Dios dispone, Chuchupe, qué se le va a hacer -desengancha
persia-nas, enrolla esteras, cuenta las cajas y bultos del camión, espanta a
los curiosos que rodean la entrada del centro logístico-. A ver, Chupito, ¿te
dan las fuerzas para sacar este archivo?
-La
culpa ha sido de Teófilo Moley y sus compinches, si no es pol ellos nos dejaban
en paz -trata de cerrar el baúl, no lo consigue, sienta encima a Chupito,
asegura la armella el Chino Porfirio-. Malditos, ellos nos hundielon, ¿no,
señol Pantoja?
-En
parte sí -pasa una cuerda alrededor del baúl, hace nudos, ajusta Pantaleón
Pantoja-. Pero tarde o temprano esto se iba a acabar. Teníamos enemigos muy
poderosos dentro del propio Ejército. Veo que te quitaron las vendas, Chupito,
ya mueves el brazo como si tal cosa.
-La
yerba mala nunca muere -ve las venas saltadas de la frente del Chino Porfirio,
el sudor del señor Pantoja Chupito-. Quién va a entender una cosa así. Enemigos
por qué. Éramos la felicidad de tanta gente, los soldaditos se ponían tan
contentos al vernos. Me hacían sentir un Rey Mago cuando llegaba a los
cuarteles.
-El
mismo escogió el árbol -junta las manos, cierra los ojos, bebe el cocimiento,
se golpea el pecho Rita-, dijo éste, córtenlo y hagan la cruz de este tamaño.
El mismo escogió el sitio, uno bonito, junto al río. Les dijo párenla, aquí ha
de ser, aquí me lo manda el cielo.
-Los
envidiosos que nunca faltan -trae y reparte coca-colas, ve a Sinforoso y
Palomino alimentando la fogata con más papeles Chuchupe-. No podían tragarse lo
bien que funcio-naba esto, señor Pantoja, los progresos que hacíamos gracias a
sus invenciones.
-Usted
es un genio pa estas vainas -bebe a pico de botella, eructa, escupe el Chino
Porfirio-. Todas las chicas lo dicen: encima del señol Pantoja, sólo el Hermano
Francisco.
-¿Y
esos casilleros, Sinforoso? -se quita el overol y lo arroja a las llamas, se
limpia con kerosene la pintura de manos y brazos el señor Pantoja-. ¿Y el
biombo de la enfermería, Palomino? Rápido, súbeme todo eso al camión. Vamos,
muchachos, vivo.
-¿Por
qué no acepta usted nuestra propuesta, señor Pantoja? -guarda bolsas de papel
higié-nico, frascos de alcohol y mercurio cromo, vendas y algodón Chupito-.
Sálgase
del Ejército, que le paga tan mal sus esfuerzos, y quédese con nosotros.
-Esas
bancas también, Chino -comprueba que no queda nada en la enfermería, arranca la
cruz roja del botiquín el señor Pantoja-. No, Chupito, ya les he dicho que no.
Sólo dejaré el Ejército cuando el Ejército me deje a mí o me muera. También el
cuadrito, por favor.
-Nos
vamos a hacer ricos, señor Pantoja, no desperdicie la gran oportunidad
-arrastra esco-bas, plumeros, ganchos de ropa, baldes Chuchupe-. Quédese. Será
nuestro jefe y usted ya no tendrá jefes. Le obedeceremos en todo, fijará las
comisiones, los sueldos, lo que le pa-rezca.
-A
ver, este caballete entre nosotros, ¡arriba, Chino! -resopla, ve que los
curiosos han vuelto, se encoge de hombros Pantaleón Pantoja-. Ya te he
explicado, Chuchupe, esto lo organicé por orden superior, como negocio no me
interesa. Además, yo necesito tener jefes. Si no tuviera, no sabría qué hacer,
el mundo se me vendría abajo.
-Y a
los que llorábamos nos consolaba su voz de santo, no lloren, hermanos, no
lloren, hermanos -se limpia las lágrimas, no ve a Pechuga abrazada por Mónica y
Penélope, besa el suelo Milcaras-. Lo vi todo, yo estaba ahí, tome una gota de
su sangre y se me quitó el cansancio de caminar horas y horas por el monte.
Nunca más probare hombre ni mujer. Ay, otra vez siento que me llama, que subo,
que soy ofrenda.
-No
dé la espalda a la fotuna, señol -ve que los curiosos se acercan, coge un palo,
oye al señor Pantoja decir déjalos, ya no hay nada que ocultar el Chino
Porfirio-. Llevando visita-dolas a soldados y civiles, vamos a ganal montones.
-Compraremos
deslizadores, lanchas, y apenas podamos, un avioncito, señor Pantoja -pita como
una sirena, ronca como una hélice, silba "La Raspa", marcha y saluda
Chupito-. No necesita poner medio. Chuchupe y las chicas invierten sus ahorros
y con eso alcanza de sobra para comenzar.
-Si
hace falta nos empeñaremos, pediremos plata prestada a los bancos -se quita el
delantal, el pañuelo de la cabeza, tiene el cabello erupcionado de ruleros
Chuchupe-. Todas las chicas están de acuerdo. No le pediremos cuentas, usted
podrá hacer y deshacer. Quédese y ayúdenos, no sea malo.
-Con
nuestlo capitalito y su coco, levantalemos un impelio, señol Pantoja -se
enjuaga las manos, la cara y los pies en el río el Chino Porfirio-. Ande,
decídase.
-Está
decidido y es no. -examina las paredes desnudas, el espacio vacío, arrincona
los últi-mos objetos inútiles junto a la puerta Pantaleón Pantoja-.
-Vamos,
no pongan esas caras. Si están tan entusiastas, monten el negocio entre ustedes
y ojalá les vaya bien, se lo deseo de veras. Yo vuelvo a mi trabajo de siempre.
-Tengo
mucha fe y creo que la cosa saldrá bien, señor Pantoja -saca una medallita de
su pecho y la besa Chuchupe-. Le he hecho una promesa al niño mártir para que
nos ayude. Pero, claro, nunca como si usted se quedara de jefazo.
-Y
dicen que no dio ni un grito, ni soltó una lágrima ni sentía dolor ni nada
-lleva al Arca a su hijo recién nacido, pide al apóstol que lo bautice, ve al
niño lamer las gotitas de sangre que vierte el padrino Iris-. A los que
clavaban les decía más fuerte, hermanos, sin miedo, hermanos, me están haciendo
un bien, hermanos.
-Tenemos
que sacar adelante ese proyecto, mamá -tira una piedra a la calamina del techo
y ve aletear y alejarse un gallinazo Chupito-. ¿Qué nos queda, si no?
¿Volver
a abrir un bulín en Nanay? Iríamos muertos, ya no se le puede hacer la
competencia a Moquitos, nos sacó mucha ventaja.
-¿Otra
casa en Nanay, volver a las de antes? -toca madera, pone contra, se persigna
Chu-chupe-. ¿Otra vez enterrarse en una cueva, otra vez ese negocio tan
aburrido, tan miserable? ¿Otra vez romperse los lomos para que nos chupen toda
la sangre los soplones? Ni muerta, Chupon.
-Aquí
nos hemos acostumbrado a trabajar a lo grande, como gente moderna -abraza el
aire, el cielo, la ciudad, la selva Chupito-. A la luz del día, con la frente
alta. Para mí, lo bacán de esto es que siempre me parecía estar haciendo una
buena acción, como dar limosna, consolar a un tipo que ha tenido desgracias o
curar un enfermo.
-Lo
único que pedía era apúrense, claven, claven, antes de que vengan los soldados,
quiero estar arriba cuando lleguen -levanta un cliente en la Plaza 28 de Julio,
lo atiende en el Hotel Requena, le cobra 200 soles, lo despide Penélope-. Y a
las hermanas que se revolcaban llorando, les decía pónganse contentas, más
bien, allá he de seguir con ustedes, hermanitas.
-Las
chicas siempre lo repiten, señor Pantoja -abre la portezuela del camión, sube y
se sienta Chuchupe- Nos hace sentir útiles, orgullosas del oficio.
-Las
dejó mueltas cuando les anunció que se iba -se pone la camisa, se instala en el
volante, calienta el motor el Chino Porfirio-. Ojalá en el nuevo negocio
podamos enchufales ese optimismo, ese espílitu. Es lo fundamental ¿no?
-¿Y
dónde anda el equipo? Desaparecieron -cierra la puerta del embarcadero, asegura
la tranca, echa un vistazo final al centro logístico Pantaleón Pantoja-. Quería
darles un abrazo, agradecerles su colaboración.
-Se
han ido a la "Casa Mori" a comprarle un regalito -susurra, señala
Iquitos, sonríe, se pone sentimental Chuchupe-. Una esclava de plata, con su
nombre en letras doradas, señor Pantoja. No les diga que le he contado, hágase
el que no sabe, quieren darle una sorpresa. Se la llevarán al aeropuerto.
-Caramba,
qué cosas -hace girar su llavero, asegura el portón principal, sube al camión
Pantaleón Pantoja-: Van a acabar poniéndome tristón con estas ocurrencias.
¡Sinforoso, Palomino! Salgan o los dejo adentro, nos vamos. Adiós Pantilandia,
hasta la vista río Itaya. Arranca, Chino.
-Y
dicen que en el mismo momento que murió se apagó el cielo, eran sólo las
cuatro, todo se puso tiniebla, comenzó a llover, la gente estaba ciega con los
rayos y sorda con los true-nos -atiende el bar del "Mao Mao", viaja
en busca de clientes a campamentos madereros, se enamora de un afilador Coca-.
Los animales del monte se pusieron a gruñir, a rugir, y los peces se salían del
agua para despedir al Hermano Francisco que subía.
-Ya
tengo hecho el equipaje, hijito -sortea bultos, paquetes, camas deshechas, hace
el in-ventario, entrega la casa la señora Leonor-. He dejado fuera únicamente
tu pijama, tus cosas de afeitar y la escobilla de dientes.
-Muy
bien, mamá -lleva maletas a la oficina de Faucett, las despacha como equipaje
no acompañado Panta-. ¿Pudiste hablar con Pocha?
-Costó
un triunfo, pero lo conseguí -telegrafía a la pensión reserven habitaciones
familia Pantoja la señora Leonor-. Se oía pésimo. Una buena noticia: viajara
mañana a Lima, con Gladycita, para que la veamos.
-Iré
para que Panta abrace a la bebé, pero le advierto que esta última perrada no se
la per-donaré nunca a su hijito, señora Leonor -oye las radios, lee las
revistas, escucha los chismes, siente que la señalan en las calles, cree ser la
comidilla de Chiclayo Pochita-. Todos los periódicos siguen hablando aquí del
cementerio y ¿sabe qué le dicen? ¡Cafiche! Sí, sí, CAFICHE. No me amistaré
nunca con él, señora. Nunca, nunca.
-Me
alegro, tengo tantas ganas de ver a la chiquita -recorre las tiendas del jirón
Lima, compra juguetes, una muñeca, baberos, un vestido de organdí con una cinta
celeste Panta-. Como habrá cambiado en un año ¿no, mamá?
-Dice
que Gladycita está regia, gordita, sanísima. La oí jugando en el teléfono, ay
mi niete-cita linda -va al Arca de Moronacocha, abraza a los hermanos, compra
medallas del niño mártir, estampas de Santa Ignacia, cruces del Hermano
Francisco la señora Leonor-.
Pochita
se alegró mucho al saber que te sacaban de Iquitos, Panta.
-¿Ah,
sí? Bueno, era lógico -entra en la florería "Loreto", escoge una
orquídea, la lleva al cementerio, la cuelga en el nicho de la Brasileña Panta-.
Pero no se habrá alegrado tanto como tú. Has perdido veinte años desde que te
di la noticia. Sólo te falta echarte a cantar y bailar por las calles.
-En
cambio tú no pareces alegrarte nada -copia recetas de comidas amazónicas,
compra collares de semillas, de escamas, de colmillos, flores de plumas de ave,
arcos y flechas de hilos multicolores la señora Leonor-, y eso sí que no lo
entiendo, hijito. Parece que te diera pena dejar ese trabajo sucio y volver a
ser un militar de verdad.
-Y
en eso llegaron los soldados y los bandidos se quedaron secos al verlo muerto
en la cruz -juega a la lotería, se enferma del pulmón, trabaja como sirvienta
pide limosna en las iglesias Pichuza-. Los judas, los herodes, los malditos.
Qué han hecho, locos, qué han hecho, locos, se mataba diciendo ese de Horcones
que ahora es teniente. Los hermanos ni le oían: de rodillas, con las manos en
alto, rezaban y rezaban.
-No
es que me dé pena -pasa la última noche en Iquitos deambulando solo y cabizbajo
por las calles desiertas Pantita-. Después de todo, son tres años de mi vida.
Me dieron una mi-sión difícil y la saqué adelante. A pesar de las dificultades,
de la incomprensión, hice un buen trabajo. Construí algo que ya tenía vida, que
crecía, que era útil. Ahora lo echan abajo de un manotazo y ni siquiera me dan
las gracias.
-¿No
ves que te da pena? Te has acostumbrado a vivir entre bandidas y forajidos
-regatea por una hamaca de shambira, decide llevarla en la mano junto con el
maletín de viaje y la cartera la señora Leonor-. En lugar de estar feliz de
salir de aquí, estás amargado.
-Por
otra parte, no te hagas muchas ilusiones -llama al teniente Bacacorzo para
despedirse, regala al ciego de la esquina la ropa vieja, contrata un taxi para
que los recoja al mediodía y los lleve al aeropuerto Panta-. Dudo mucho que nos
manden a un sitio mejor que Iquitos.
-Iré
feliz a cualquier parte, con tal que no tengas que hacer las cochinadas de aquí
-cuenta las horas, los minutos, los segundos que faltan para la partida la
señora Leonor-. Aunque sea al fin del mundo, hijito.
-Está
bien, mamá -se acuesta al amanecer pero no pega los ojos, se levanta, se ducha,
piensa hoy estaré en Lima, no siente alegría Panta-. Salgo un momento, a
despedirme de un amigo. ¿Quieres algo?
-Lo
vi partir y se me ocurrió que era una buena ocasión, señora Leonor -le entrega
una carta para Pocha y este regalito para Gladycita, la acompaña al aeropuerto,
la besa y la abraza Alicia-. ¿La llevo rapidito al cementerio para que vea
dónde está enterrada esa pe?
-Sí,
Alicia, démonos una escapadita -se empolva la nariz, estrena sombrero, tiembla
de cólera en el aeropuerto, sube al avión, se asusta en el despegue la señora
Leonor-. Y des-pués acompáñame al San Agustín, a despedirme del padre José
María. El y tú son las únicas personas que voy a recordar con cariño de aquí.
-Tenía
la cabeza sobre el corazón, los ojitos cerrados, se le habían afilado las
facciones y estaba muy pálido -es aceptada por Moquitos, trabaja siete días a
la semana, contrae dos purgaciones en un año, cambia tres veces de cafiche
Rita-. Con la lluvia se había lavado la sangre de la cruz, pero los hermanos
recogían esa agua santa en trapos, baldes, platos, se la tomaban y quedaban
puros de pecado.
-Entre
el contento de unos y las lágrimas de otros, odiado y querido por la ciudadanía
divi-dida -engola la voz, usa ronquido de aviones como fondo sonoro el Sinchi-,
hoy a mediodía partió a Lima, por vía aérea, el discutido capitán Pantaleón
Pantoja. Lo acompañaban su señora madre y las emociones controvertidas de la
población loretana. Nosotros nos limi-tamos, con la proverbial cortesía
iquiteña, a desearle ¡buen viaje y mejores costumbres, capitán!
-Qué
vergüenza, qué vergüenza -ve una sabana verde, nubes espesas, los picos nevados
de la Cordillera, los arenales de la costa, el mar, acantilados la señora
Leonor-. Todas las pes de Iquitos en el aeropuerto, todas llorando, todas
abrazándote. Hasta el último momento tenía que darme colerones esta ciudad.
Todavía me arde la cara. Espero no ver nunca más en mi vida a nadie de Iquitos.
Oye, fíjate, ya vamos a aterrizar.
-Perdone
que la moleste de nuevo, señorita -toma un taxi hasta la pensión, hace planchar
su uniforme, se presenta en la Jefatura de Administración, Intendencia y
Servicios Varios del Ejército, se sienta en un sillón tres horas, se inclina el
capitán Pantoja-. ¿Está segura que debo seguir esperando? Me citaron a las seis
y son las nueve de la noche. ¿No habrá habido ninguna confusión?
-Ninguna
confusión, capitán -deja de lustrarse las uñas la señorita-. Están reunidos ahí
y han ordenado que espere. Un poquito de paciencia, ya lo van a llamar.
¿Le
presto otra foto novela de Corín Tellado?
-No,
muchas gracias -hojea todas las revistas, lee todos los periódicos, consulta
mil veces su reloj, tiene calor, frío, sed, fiebre, hambre el capitán Pantoja-.
La verdad es que no puedo leer, estoy un poco nervioso.
-Bueno,
no es para menos -hace ojitos la señorita-.
Lo
que se está decidiendo ahí adentro es su futuro. Ojalá no le den un castigo muy
fuerte, capitán.
-Gracias,
pero no es sólo eso -se ruboriza, recuerda la fiesta donde conoció a Pochita,
los años de noviazgo, el arco de sables que le hicieron sus compañeros de
promoción el día del matrimonio el capitán Pantoja-. Estoy pensando en mi
esposa y en mi hijita. Deben haber llegado hace rato ya, de Chiclayo. Un montón
de tiempo que no las veo.
-Efectivamente,
mi coronel -cruza y descruza la selva, llega a Indiana, pierde el habla, llama
a sus superiores el teniente Santana-. Muerto hace un par de días y
deshaciéndose como una mazamorra. Un espectáculo para ponerle los pelos de
punta a cualquiera. ¿Dejo que se lo lleven los fanáticos? ¿Lo entierro aquí
mismo? No está en condiciones de ser trasladado a ninguna parte, lleva dos o
tres días ahí y la pestilencia da vómitos.
-¿No
le importaría firmarme otro autógrafo? -le estira una libreta con tapas de
cuero, una pluma fuente, le sonríe con admiración la señorita-. Me olvidaba de
mi prima Charo, tam-bién colecciona celebridades.
-Con
mucho gusto, si le he dado tres qué más da cuatro -escribe Con mis respetuosos
para-bienes a Charo y firma el capitán Pantoja-. Pero le aseguro que se
equivoca, no soy una celebridad. Sólo los cantantes dan autógrafos.
-Usted
es más famoso que cualquier artista, con las cosas que ha hecho, jaja -saca un
lápiz de labios, se pinta usando el vidrio del escritorio como espejo la
señorita-. Nadie se lo cre-ería, capitán, con la pinta de serio que tiene.
-¿Me
presta su teléfono un momento? -mira una vez más al reloj, va hasta la ventana,
ve los postes de luz, las casas borroneadas por la neblina, presiente la
humedad de la calle el capitán Pantoja-. Quisiera llamar a la pensión.
-Deme
el número y se lo marco -pulsa un botón, gira el disco la señorita-¿Con quién
quiere hablar?
¿La
señora Leonor?
Soy
yo. Mamacita -coge el auricular, habla muy bajo, mira de reojo a la señorita el
capitán Pantoja-. No, todavía no me reciben. ¿Llegaron Pocha y bebé? ¿Cómo está
la chiquita?
-¿Cierto
que los soldados se abrieron campo hasta la cruz a culatazos? -opera en Belén,
en Nanay, abre casa propia en la carretera a San Juan, tiene clientes a
montones, prospera, ahorra Pechuga- ¿Que la tiraron al suelo con un hacha? ¿Que
botaron al río al Hermano Francisco con cruz y todo para que se lo comieran las
pirañas? Cuenta, Milcaras, deja de rezar, qué viste.
-¿Aló?
¿Panta? -modula la voz como una cantante tropical, mira a su suegra sonriendo
feliz, a Gladycita amurallada de juguetes Pocha-. Amor, cómo estás. Ay, señora
Leonor, estoy tan emocionada que no sé ni qué decirle. Aquí tengo a mi lado a
Gladycita. Está riquísima, Panta, ya vas a verla. Te digo que cada día se
parece más a ti, Panta.
-Cómo
estás, Pocha, amorcito -siente latir su corazón, piensa la quiero, es mi mujer,
no nos separaremos nunca Panta-. Un beso a la bebé y otro para ti, muy fuerte.
Estoy loco por ver-las. No pude ir al aeropuerto, perdóname.
Ya
sé que estás en el Ministerio, tu mamá me explicó -canta, suelta unas lagrimas,
cambia sonrisas cómplices con la señora Leonor Pochita-. No importa que no
fueras, zonzo. ¿Qué te han dicho, amor, qué te van a hacer?
-No
sé, ya veremos, todavía estoy en capilla -ve sombras tras los cristales,
recobra la impa-ciencia, el miedo Panta-. Apenas salga, iré volando. Tengo que
cortar, Pocha, se está abriendo la puerta.
-Pase,
capitán Pantoja -no le da la mano, no le hace una venia, le vuelve la espalda,
ordena el coronel López López.
-Buenas
noches, mi coronel -entra, se muerde el labio, estrella los tacos, saluda el
capitán Pantoja-. Buenas noches, mi general. Buenas noches, mi general.
-Creíamos
que no mataba una mosca y resultó un pendejo de siete suelas, Pantoja -mueve la
cabeza detrás de una cortina de humo el Tigre Collazos-. ¿Sabe por qué tuvo que
esperar tanto? Se lo explicamos ahorita. ¿Sabe quienes acaban de salir por esa
puerta? Cuénteselo, coronel.
-El
Ministro de Guerra y el jefe de Estado Mayor -echan chispas los ojos del
coronel López López.
-Traer
los restos a Iquitos era imposible porque ya apestaban y Santana y sus hombres
pod-ían pescar una infección de los mil diablos -pone visto bueno al informe,
viaja a Iquitos en motora, se entrevista con el general Scavino, de regreso a
su guarnición compra un chan-chito el coronel Máximo Dávila-. Y, además, iban a
seguirlo los chiflados, el entierro iba a ser monstruo.
Creo
que el río fue lo más sensato. No sé que piensa usted, mi general.
-¿Adivina
para qué vinieron? -gruñe, disuelve una pastilla en un vaso de agua, bebe, hace
ascos el general Victoria-. A amonestar al Servicio por el escándalo de
Iquitos.
-A
reñirnos como si fuéramos reclutas frescos, capitán, a echarnos interjecciones
con las canas que tenemos -se expulga los bigotes, enciende un cigarrillo con
el pucho del anterior el Tigre Collazos-. No es la primera vez que tenemos el
gusto de recibir aquí a esos caba-lleros. ¿Cuántas veces se han tomado la
molestia de venir a jalarnos las orejas, coronel?
-Es
la cuarta vez que el Ministro de Guerra y el jefe de Estado Mayor nos honran
con su visita -bota a la papelera las colillas del cenicero el coronel López
López.
-Y
cada vez que se aparecen por esta oficina, nos traen de regalo un nuevo paquete
de pe-riódicos, capitán -se escarba las orejas, la nariz, con un pañuelo
azulino el general Victoria-. En los que se habla flores de usted,
naturalmente.
-En
estos momentos, el capitán Pantoja es uno de los hombres más populares del Perú
-coge un recorte, señala el titular "Elogia Prostitución Capitán del
Ejército: Rindió Homenaje a Polilla Loretana" el Tigre Collazos-. ¿De
dónde se imagina que viene este pasquín? De Tumbes, qué le parece.
-Es
el discurso más leído en la historia de este país, sin la menor duda -revuelve,
baraja, desparrama los diarios en el escritorio el general Victoria-. La gente
recita párrafos de memoria, se hacen chistes sobre él en las calles. Hasta en
el extranjero se habla de usted.
-En
fin, en fin, las dos pesadillas de la Amazonía terminaron de una vez por todas
-se des-abotona la bragueta el general Scavino-. Pantoja mutado, el profeta
muerto, las visitadoras hechas humo, el Arca disolviéndose. Esto va a ser otra
vez la tierra tranquila de los buenos tiempos. Unos cariñitos en premio,
Peludita.
-Siento
mucho haber causado inconvenientes a la superioridad con esa iniciativa, mi
general -no mueve un cabello, no pestañea, aguanta la respiración, mira
fijamente la foto del Presidente de la República el capitán Pantoja-. No fue
esa mi intención, ni mucho menos. Hice una evaluación incorrecta de los pros y
los contras. Reconozco mi responsabilidad. Aceptaré la sanción que se me dé por
esa falta.
-El
gran problema es que no hay castigo lo bastante grave para la monstruosidad que
se le antojo hacer allá en Iquitos -cruza los brazos sobre el pecho el Tigre
Collazos-. Hizo tanto daño al Ejército con este escándalo que ni fusilándolo le
cobraríamos la revancha.
-Le
he dado vueltas y más vueltas al asunto y cada vez sigo más lelo, Pantoja
-apoya la cara en las manos, lo mira con malicia, sorpresa, envidia, recelo el
general Victoria-. Sea sincero, díganos la verdad. ¿Por qué hizo semejante
disparate? ¿Estaba loco de pena por la muerte de su querida?
-Le
juro por Dios que mis sentimientos por esa visitadora no influyeron
absolutamente en mi decisión, mi general -sigue rígido, no mueve los labios,
cuenta seis, ocho, doce conde-coraciones en el frac del Primer Mandatario el
capitán Pantoja-. Lo que he escrito en el parte es la más estricta verdad:
tomando esa iniciativa, creí servir al Ejército.
-Rindiendo
honores militares a una puta, llamándola heroína, agradeciéndole los polvos
prestados a las Fuerzas Armadas -arroja bocanadas de humo, tose, mira su
cigarrillo con odio, murmura me estoy matando el Tigre Collazos-. No nos
defiendas, compadre. Con otro servicio como éste, nos desprestigiaba para
siempre.
-Me
apresure, retirándome en vez de dar la última batalla -recuesta la cabeza en la
hamaca, mira al cielo y suspira el padre Beltrán-. Te confieso que extraño los
campamentos, las guardias, los galones. En estos meses he soñado a diario con
espadas, con la corneta de la diana. Estoy tratando de volver a vestir el
uniforme y parece que la cosa tiene arreglo. No olvides las bolitas, Peludita.
-Mis
colaboradoras estaban profundamente afectadas por la muerte de esa visitadora
-desvía un milímetro los ojos, distingue el mapa del Perú, la gran mancha verde
de la selva el capitán Pantoja-.Mi objetivo era levantarles la moral,
animarlas, pensando en el futuro. Yo no podía suponer que el Servicio de
Visitadoras iba a ser clausurado. Precisamente ahora, cuando funcionaba mejor
que nunca.
-¿No
pensó que ese Servicio sólo podía existir en la clandestinidad más absoluta?
-pasea por la habitación, bosteza, se rasca la cabeza, oye campanadas, dice es
tardísimo el general Victoria-. Se le advirtió hasta el cansancio que la
primera condición de su trabajo era el secreto
-La
existencia y las funciones del Servicio de Visitadoras eran conocidas de todo
el mundo en Iquitos, mucho antes de mi iniciativa -mantiene los pies juntos,
las manos pegadas al cuerpo, la cabeza inmóvil, trata de localizar Iquitos en
el mapa de la pared, piensa es ese punto negro el capitán Pantoja-. Muy a pesar
mío. Le aseguro que tomé todas las precau-ciones para evitarlo. Pero en una
ciudad tan pequeña era imposible, al cabo de unos meses la noticia tenía que
saberse.
-¿Era
esa una razón para que convirtiera los rumores en una verdad apocalíptica?
-abre la puerta, indica puede partir cuando quiera, Anita, yo cerraré el
coronel López López-. Si quería discursear, por qué no lo hizo en nombre propio
y vestido de civil.
-¿Así
que todas lo extrañan mucho? Yo también, éramos buenos amigos, el pobre debe
es-tar helándose de frío -se tiende boca arriba el teniente Bacacorzo. Pero al
menos no lo sa-caron del Ejército, se hubiera muerto de tristeza. Sí, hoy así.
Manos a la cadera, cabeza echada para atrás y a moverse, Coca.
-Por
una equivocada evaluación de las consecuencias, mi coronel -no ladea la cabeza,
no mira de soslayo, piensa que lejos parece todo eso el capitán Pantoja-.Estaba
atormentado con la idea de que hubiera una desbandada en el Servicio después de
lo de Nauta. Y cada vez resultaba más difícil reclutar visitadoras, al menos de
calidad. Quería retenerlas, reavi-var su confianza y cariño por la institución.
Siento mucho haber cometido ese error de cálculo.
-Su
equivocación nos viene costando una semana de colerones y de malas noches
-enciende un nuevo cigarrillo, chupa, bota humo por la boca y la nariz, tiene
los cabellos alborotados, los ojos enrojecidos y fatigados el Tigre Collazos-.
¿Es verdad que pasaba personalmente por las armas a todas las candidatas al
Servicio de Visitadoras?
-Era
parte del examen de presencia, mi general -enrojece, enmudece, articula
atorándose, tartamudea, se clava las uñas, se muerde la lengua el capitán
Pantoja-. Para verificar las aptitudes. No podía fiarme de mis colaboradores.
Había descubierto favoritismos, coimas.
-No
sé cómo no acabó tuberculoso -aguanta la risa, ríe, se pone serio, vuelve a
reír, tiene los ojos con lágrimas el Tigre Collazos-. Todavía no descubro si es
usted un pelotudo angelical o un cínico de la gran flauta.
-El
Servicio de Visitadoras al agua, el Arca al agua, ya no hay a quien defender y
nadie me afloja ni medio -se golpea la barriga, se tuerce, retuerce, chasquea
la lengua el Sinchi-. Hay una conspiración general para que me muera de hambre.
Esa es la razón de que no te res-ponda y no tu falta de encantos, cara
Penélope.
-Terminemos
este asunto de una vez -da un golpecito en la mesa el general Victoria-. ¿Es
cierto que se niega a pedir su baja?
-Me
niego terminantemente, mi general -recobra la energía el capitán Pantoja-. Toda
mi vida está en el Ejército.
-Le
estábamos regalando una salida cómoda -abre un cartapacio, alcanza al capitán
Pantoja un pliego escrito a máquina, espera que lo lea, lo guarda el general
Victoria-. Porque podr-íamos someterlo a consejo de disciplina y ya supone la
sentencia: degradación infamante, expulsión.
-Hemos
decidido no hacerlo, porque ya está bien de escándalo y por sus antecedentes
per-sonales -humea, tose, va a la ventana, la abre, escupe a la calle el Tigre
Collazos-. Si prefiere quedarse en el Ejército, allá usted. Se dará cuenta que
con ese parte que hemos añadido a su foja de servicios va a pasar una buena
temporada sin que sus galones tengan crías.
-Haré
todo lo posible para rehabilitarme, mi general -se alegran la voz, el corazón,
los ojos del capitán Pantoja-. Ningún castigo será peor que el remordimiento de
haber causado un daño involuntario al Ejército.
-Está
bien, no vuelva a meter nunca más la pata de esa manera -mira su reloj, dice
son las diez, yo me voy el general Victoria-. Le hemos encontrado un nuevo
destino bien lejos de Iquitos.
-Se
va usted allá mañana mismo y no se mueve de ese sitio lo menos un año, ni
siquiera por veinticuatro horas -se pone la guerrera, se sube la corbata, se
alisa el cabello el Tigre Collazos-. Si quiere seguir en el Ejército, es
indispensable que la gente se olvide de la exis-tencia del famoso capitán
Pantoja. Después, cuando nadie se acuerde del asunto, ya vere-mos.
-Los
brazos amarraditos así, las patitas así, la cabeza caída sobre esta tetita
jadea, va, viene, decora, anuda, mide el teniente Santana-. Ahora ciérrame los
ojos y hazte la muerta, Pichu-za. Así mismo. Pobrecita mi visitadora, ay qué
pena mi crucificada, mi hermanita del Arca tan rica.
-La
guarnición de Pomata, están necesitando un Intendente -cierra las cortinas,
echa llave a los armarios, ordena los escritorios, coge un maletín el coronel
López López-. En vez del río Amazonas tendrá el lago Titicaca.
-Y
en vez del calor de la selva, el frío de la puna -abre la puerta, deja pasar a
los otros el general Victoria.
-Y
en vez de visitadoras, llamitas y vicuñas -se pone el quepí, apaga la luz,
extiende una mano el Tigre Collazos-. Qué bicho raro me había resultado usted,
Pantoja. Sí, ya puede retirarse.
-Brrrr,
que frío, qué frío -se estremece Pochita-. Dónde están los fósforos, dónde la
maldita vela, qué horrible vivir sin luz eléctrica. Panta, despierta, ya son
las cinco. No sé por que tienes que ir tú mismo a ver los desayunos de los
soldados, maniático. Es muy temprano, me muero de frío. Ay, idiota, me arañaste
otra vez con esa esclava, por que no te la quitas en las noches. Te he dicho
que son las cinco. Despierta, Panta.
FIN

