Libro N°. 3088. Paraíso Inhabitado. Matute, Ana María.
© Libro N°. 3088. Paraíso Inhabitado. Matute, Ana María. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Paraíso Inhabitado. Ana María Matute
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Miranda
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PARAÍSO INHABITADO
Ana María Matute
1
Nací
cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por
entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de
alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En
cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían
el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante
solitarios.
Uno
de mis recuerdos más lejanos se remonta a la noche en que vi correr al
Unicornio que vivía enmarcado en la reproducción de un famoso tapiz. Con
asombrosa nitidez, le vi echar a correr y desaparecer por un ángulo del marco,
para reaparecer enseguida y retomar su lugar; hermoso, blanquísimo y
enigmático.
Nunca
supe por qué razón el Unicornio había intentado escapar del cuadro y durante
mucho tiempo me intrigó, y aun me atemorizó un poco. Por aquellos días yo no
debía de tener más de cinco años —quizá sólo cuatro—, pero ese recuerdo tiene
un lugar relevante entre los primeros de mi vida. A veces, los recuerdos se
parecen a algunos objetos, aparentemente inútiles, por los que se siente un
confuso apego. Sin saber muy bien por qué razón, no nos decidimos a tirarlos y
acaban amontonándose al fondo de ese cajón que evitamos abrir, como si allí
fuéramos a encontrar alguna cosa que no se desea, o incluso se teme vagamente.
Más
o menos por aquellos tiempos en que vi echar a correr al Unicornio, fui
enterándome, poco a poco, de que había nacido a destiempo. La primera noticia
concreta la tuve durante mis prolongadas escuchas bajo la mesa del cuarto de la
plancha. Junto a la cocina y el antiguo cuarto de jugar —ahora convertido en
cuarto de estudio, porque Jerónimo y Fabián estudiaban allí, y aparentemente ya
nadie jugaba en aquella familia— eran mis espacios habituales.
Las
personas más cercanas a mí eran precisamente las que los frecuentaban y
ocupaban: Tata María y la cocinera Isabel. Escondida debajo de la mesa de la
plancha, escuchaba sus conversaciones, a menudo tan misteriosas que, cuando
hablaban del mundo y la vida en general, me despertaban innumerables preguntas,
pero si se referían a mí resultaban muy claras. De este modo tuve el temprano
conocimiento de que había nacido tarde y en el momento menos oportuno para la
familia.
—Ésta
no ha tenido la suerte de sus hermanos, pobrecilla —murmuraba Isabel, siempre
sentimental, mientras recogía y guardaba alguna cosa. Tata María se limitaba a
levantar los ojos al techo y, de cuando en cuando, acompañado de un golpe de
plancha, murmurar algo ininteligible.
A
pesar de todo, mis primeros años no fueron desgraciados. Incluso me atrevo a
decir que fueron más felices que los de algunos niños nacidos en circunstancias
más favorables. Entre otras cosas, yo ya me había fabricado un mundo propio,
donde vivía sumergida en algún elemento nebuloso, y a veces extraordinariamente
cálido, con la calidez que —por lo oído bajo la mesa de la plancha— me había
sido de algún modo regateada. Esconderme bajo aquella mesa —aun con el
convencimiento de que las dos mujeres sabían, o sospechaban, mi presencia— no
era el único de mis refugios. No puedo recordar exactamente cuándo empecé a
saltar de la cama y recorrer el mundo nocturno de la casa. Suponía a todos
dormidos. Y lo estaban, o no estaban, o estaban en algún lugar muy alejado de
mí. Pero la casa, no. La casa despertaba precisamente entonces.
Tata
María, y la cocinera Isabel, me habían leído, la primera, y contado, la
segunda, muchos cuentos. Los libros desechados ya por mis hermanos fueron,
primero en sus labios y poco más tarde leídos por mí misma, lo más revelador y
dichoso de mi primera infancia. Y no es extraño —o no lo era entonces— que en
alguna de aquellas correrías nocturnas, descalza y en camisón, viera una
bandada de príncipes cisnes —once, exactamente— volar cielo arriba, o escuchara
suavemente, entre el vaivén de las cortinas de mi ventana, la llamada de un
conocido caramillo.
Cristina
me había aceptado a regañadientes en su cuarto. Casi lloró pidiendo que no la
obligaran a compartir sus cosas con las mías (yo no tenía nada, excepto el
osito Celso). Y mamá dijo que Cristina tenía razón: ella era una mujercita, y
yo, un «gorgojo». Así que por aquellas noches ya tenía un dormitorio propio,
claro que mucho más pequeño que el que hasta entonces había compartido con
Cristina. Era una habitación, no en la llamada parte «noble» de la casa, sino
en la zona del cuarto de estudio, el de las Tatas, el de la plancha, la
cocina... En fin allí donde yo me movía libremente y sin temor. Se trataba de
un cuarto pequeño, con una ventana de cortinas azules y amarillas, y gruesos
visillos blancos, con un casi invisible zurcidito en una esquina, que había
cosido Tata María. Cuando se corrían los visillos, se podía apreciar, en su
amplitud, el patio interior que tanta importancia tuvo para mi primera
infancia, y mis recuerdos. No era precisamente un jardín encantador, era un
espacioso patio interior con el suelo cubierto de lositas hexagonales de color
gris. Al fondo del portal de la casa, había una puerta grande que sólo se abría
para dar paso a ese patio y al garaje —minigaraje—, donde guardaban los dos o
tres únicos coches de los vecinos de la casa. En una plaquita dorada, de otros
tiempos, aún se leía: «ENTRADA DE CARRUAJES».
Cuando
me asomaba a la ventana de mi cuarto, contemplaba el ir y venir de los
chóferes. Entre ellos estaba Paco, mi primer amigo, porque fue la primera
persona con la que entablé conversación fuera de la familia. Visto desde mi
ventanita, Paco era un hombre para mí gigantesco, que calzaba botas altas, como
si fuera a montar a caballo. Era mi amigo, porque él me llamaba su novia, y me
lanzaba besos con la mano.
También
consideraba amigo mío al farolero, aunque jamás había cruzado una palabra con
él, pero en mis escapadas al salón, le veía desde el balcón, allá abajo. En los
atardeceres iba encendiendo, con una larga pértiga, llamitas azuladas,
temblorosas, dentro de sus fanales. Era un hombre bajito, vestido de azul
marino, con gorra adornada de una cinta roja, a quien nunca vi la cara, porque
en la ciudad era siempre otoño, o invierno, y a esas horas ya no se veía con
claridad lo que ocurría más allá de los balcones. Eran precisamente los
balcones del llamado Salón —nombrado así, con cierto deleite en boca de Tata
María y la cocinera Isabel— allí a donde yo acudía, noctámbula y rodeada de una
niebla cálida que sólo transparentaba cuanto yo deseaba ver, y jamás he vuelto
a recuperar. Ahora la niebla sólo es niebla, conocida y húmeda, fría y casi
desprovista de misterio.
Pero
no entonces.
Entonces,
el mundo empezaba cuando yo saltaba sigilosa de la cama, me asomaba a la puerta
y vigilaba cautelosamente el largo pasillo que conducía a la otra puerta, la
que me llevaría a la habitación más misteriosa de la casa: el salón, tan
respetado por las dos mujeres que componían, entonces, lo más parecido a mi
familia, y, para mí, el umbral del mundo en que realmente vivía. La noche era
mi lugar, el que yo me había creado, o él me había creado a mí, allí donde yo
verdaderamente habitaba. Despertar en la noche, adormecer en la mañana, y aquel
vivir a contrapelo, fue quizá la razón de la tenue felicidad que me salvó de
cosas como saber que nunca fui deseada, de haber nacido a destiempo en una
familia que había ya perdido la ilusión y la práctica del amor.
Al
salón se llegaba cruzando el pasillo. Cuando se atravesaban las puertas
encristaladas que conducían a la zona donde el parquet se enceraba y cubría a
trechos por gruesas alfombras. Aquellas alfombras (aún hoy soñadas) donde se
hundían a placer los pies descalzos. A veces yo creía que el pasillo era un
río, y que por él se deslizaban barcos de papel de periódico, como los que
hacía a veces Tata María, cuando yo era aún muy pequeña, con las páginas de los
ABC atrasados. Y en uno de aquellos barcos, llenos de sucesos y anuncios, yo
navegaba, con un dedo sobre los labios para imponer silencio a todas las
invisibles y visibles criaturas que me acompañaban o espiaban en la travesía.
La oscuridad no era total, como en el dormitorio. Apenas se cruzaba la puerta
encristalada empezaba la noche de las luces apagadas y las luces que se
encienden de trecho en trecho, a veces repentinamente; un súbito cuadro de luz
amarilla sobre el suelo, que poco después desaparecía; y un poco más allá, el
reflejo de la luna en algún objeto cristalino. Hasta llegar al otro lado de la
puerta en vaivén, como las de las películas de vaqueros, pero de cristal. Y
empezaba mi noche, con el salón y las llamitas que había encendido mi amigo el
farolero y teñían los visillos de un tenue resplandor azul.
El
salón era, quizá, la habitación más importante de la casa. Yo desembarcaba a
sus puertas y lo contemplaba temiendo, con el golpeteo de mi corazón, que
llegara uno de aquellos altos y extraños seres Gigantes que me atemorizaban
—entre los que se contaban también, pese a mí misma, papá y mamá— y me
devolvieran al temible reino del sol. El desapego de los Gigantes favorecía, de
todos modos, el éxito de aquellas incursiones nocturnas. Si no tenía acceso a
sus vidas, ellos no la tendrían a la mía: y la mía era infinitamente mejor. Eso
me parecía entonces (y aún puedo afirmar ahora, cuando estoy a punto de decir
adiós a cuanto me rodea y me rodeó). No puedo permitirme el disimulo ni la
falsedad, porque estoy recuperando recuerdos, retazos de un barco de papel
arrinconado al fondo de un cajón que nunca tuve valor para abrir.
Acostumbraba
a instalarme agazapada bajo un sofá de altas patas torneadas, hermoso e
incómodo —como casi todo lo hermoso—. No era un espionaje, más bien un refugio.
Se
trataba de la más espaciosa de las habitaciones. Para mí, entonces, tan enorme
como lo eran sus muebles y todo cuanto allí se acumulaba. A menudo tomaban
formas de animales o montañas, y hasta cascadas, que caían suavemente y sin
ruido sobre los dibujos de la alfombra. Olía de un modo especial, distinto al
resto de la casa. Yo le llamo ahora «olor al salón», una mezcla de olor a
alfombra calentada por los radiadores, y a cera de parquet, y a madera de
caoba. Del techo colgaban dos grandes lámparas, como árboles de cuyas ramas, en
lugar de hojas, nacían cristales. Reflejaban estrellitas móviles, como si
tuvieran vida y su vida fuera el resplandor que emanaba de allá abajo, de la
acera donde, a su vez, otras llamitas azules temblaban en sus fanales.
Tata
María y la cocinera Isabel sentían un respeto casi reverencial hacia aquellas
dos lámparas a las que, ante mi desconcierto, llamaban «arañas». La única araña
que yo había visto apareció un día en el cuarto trastero, junto a la cocina.
Fue una verdadera conmoción en el mundo en que yo me movía (la cocina, el
cuarto de plancha, la despensa). Apareció provocando gritos histéricos. Ante mi
asombro, Tata María, siempre tan seria y mesurada, se subió a una silla,
sofocando gritos con la mano sobre la boca, hasta que Isabel mató a la araña de
un palmetazo. Era un animal pequeño, negro y peludo, que me despertó más
curiosidad que asco y, finalmente, una cierta compasión. Isabel recogió en un
papel lo que quedaba de ella y lo tiró a la basura. Así que poca cosa tenía que
ver con las dos lámparas que tanta admiración, y hasta veneración, despertaban
en las dos mujeres. Cosas como éstas contribuían a aumentar día a día la
distancia que me separaba del mundo de las personas mayores: Gigantes lejanos,
impredecibles y un poco ridículos.
No
sé si los cristales—hojas de aquellas lámparas—arañas tenían vida propia, pero
lo cierto es que yo creía oír un tintineo lejano y misterioso entre sus ramas,
y que los fulgores que de unas a otras iban comunicándose formaban parte de
alguna conversación, en un idioma que aún yo no conocía, pero estaba a punto de
aprender. Había también un reloj, dorado, con la esfera de porcelana blanca y
dibujos azules rodeada de brillantes falsos, que me atraía especialmente, por
asociarlo a uno de los inapreciables tesoros que mencionaban los cuentos, aún
leídos por la Tata o contados por Isabel, con que se nutría mi imaginación. A
través de los cristales, visillos y cortinas que impedían la visión de la
calle, la calle estaba ahí abajo, muy próxima, porque vivíamos en un
entresuelo, que entonces se llamaba principal, y quizá ahora también. Cuando me
deslizaba suavemente sobre la alfombra y llegaba a uno de aquellos dos balcones
que se abrían al mundo exterior, descorría los visillos y me asomaba al de los
faroles y el farolero. Enfrente, al otro lado de la calle, veía la pared de
ladrillos rojos que bordeaba los jardines de la iglesia—convento de la
Milagrosa, adonde me llevaba la Tata los domingos. Por encima de la tapia,
sobresalían las copas de los árboles y, cuando hacía viento, veía y oía su
balanceo nocturno, como una voz que quisiera comunicar algo a alguien en alguna
parte, en algún tiempo. Sentía entonces un leve escalofrío, no sé aún si de
temor o de placer, sobre todo en las noches de luna, como aquella en que vi
echar a correr al Unicornio. En los cuentos de Andersen, el gran cómplice de
mis primeros años, había aprendido que las flores tenían su lenguaje, sus
bailes nocturnos, donde reinaban, y poco después languidecían hasta acabar en
la basura. Pero sobre todo, aprendí que existía un lenguaje secreto, un
lenguaje al que yo tenía acceso. Un día en que nos visitó la tía Eduarda, oí
decir a mamá, preocupada: «Esta niña no habla... es un tormento conseguir que
diga una sola palabra», y Eduarda —no le gustaba que la llamáramos tía, sólo
Eduarda— le contestó: «Mejor para ella». Me miró por primera vez, con sus
grandes ojos azules, parecidos o quizá iguales a los del Unicornio, y añadió:
«Tendrá otro lenguaje». Con otro lenguaje, y sabiendo que las flores marchitas
pueden resucitar en la noche, y también cuentan sus historias las tazas, los
tenedores, las agujas de zurcir y las sartenes, recalaba yo, en mi barquito de
papel de periódico, hasta la gruta bajo el alto e incómodo sofá, donde me
permitían ver, oír y oler todas aquellas criaturas que fingían no verme, pero
me querían. O así me gustaba creerlo. Ya, tiempo atrás, un par de estatuillas,
una blanca, la otra negra, me habían hecho señas. A veces levantaban la mano y
la agitaban como un saludo, otras sonreían. Y, cosa rara, sonreía más la
oscura, aquella a la que apenas podía ver la cara. Pero sobre todas estas
cosas, había como un viento bajo, secreto, que avanzaba conmigo a ras de suelo,
rozando la alfombra, hacia los balcones: como cuando en otoño oí crepitar las
hojas caídas, bajo las pezuñas del Unicornio. Todavía no había estado nunca en
un bosque y, sin embargo, lo presentí, tal como fue años después: cuando ya
leía, y no sólo escuchaba historias de labios de María o Isabel, sino que podía
levantarlas yo misma de entre las páginas de aquellos libros que tanta
importancia tuvieron para mí.
Allí,
bajo el sofá, o bajo cualquier otro mueble donde pudiera ovillarme, asistía a
ecos, susurros y chispazos de luz que iban comunicándose, unos a otros. Una
conversación entre destellos que yo, poco a poco, iba entendiendo. Sí, existía
otro lenguaje, y era el mío. Eduarda tenía razón.
Aunque
también, en ocasiones, hacía, precipitadamente, la travesía a la inversa:
cuando oía conversaciones de Gigantes en el salón, con las arañas encendidas,
las cortinas cerradas, ruido de copas y extrañas y casi sofocadas risas que
para mí, entonces, eran únicamente sonidos guturales, ligeramente punzantes.
Recuerdo ahora algo que entonces no sabía: yo, en mi primera infancia, además
de no hablar no me reí nunca. Ignoraba lo que era la risa, y la verdad es que
también a mis hermanos Jerónimo y Fabián tardé mucho en oírles reír. Ni
siquiera cuando llegaban del colegio, entraban en el cuarto de estudio y
vaciaban las carteras encima de la mesa. Ceñudos, incómodos consigo mismos, ya
no demasiado niños ni todavía hombres, en esa tierra de nadie que se llama
adolescencia. Se enfrascaban en sus libros, rodaban lápices, se abrían y
cerraban cuadernos, intercambiaban frases, preguntas, y a veces, se levantaban
y se enzarzaban en un simulacro de pelea —que acababa siempre sin vencido ni
vencedor— y retornaban a sus estudios. O así lo parecía, de nuevo rodeados de
lápices, cuadernos, gomas de borrar y algún que otro sacapuntas de hoja
demasiado gastada. Pero nunca, entonces, les oí reírse. Cristina, por supuesto,
quedaba muy lejos de estas cosas, encastillada en su habitación. Y sonreía.
Pues
bien, cuando había risas en el salón, y las luces amarillas en las arañas ya no
eran chispazos de luz comunicándose mensajes entre sí, sombras y reflejos
reproducidos misteriosamente en el techo o en la pared, palabra silenciosa,
lenguaje secreto, entonces, como dije, hacía la travesía al revés, daba la
vuelta a mi barco de papel, con sus noticias de jarabe para la tos, aceite de
hígado de bacalao, píldoras para aumentar los senos y Cerebrino Mandri, y me
dirigía a la cocina, porque sus habitantes de carne y hueso, ya ni siquiera se
reían, dormían profundamente, e incluso podía oírse el zumbido de algún que
otro ronquido a través de la puerta del llamado cuarto de las Tatas. Y en la
cocina, también existía otro retazo del mundo en que yo habitaba. Andersen me
había dicho que las tazas, las teteras, los tenedores y hasta las sartenes
tienen también su vida nocturna. Me asomaba a la alacena, y creía escuchar la
afónica voz, lastimera y resentida de la vieja tetera cruzada por una grieta
apenas visible, pero que anunciaba su rotura inminente. Y oía las quejas de las
cucharillas y tenedores mezclados al tuntún en el cajón más variopinto de la
cocina: allí donde iban a parar todos los desparejados, derrotados soldados de
alguna perdida batalla contra el tiempo, retirados ya para siempre del comedor
de los Gigantes. Lloraban, por sentirse separados de algún compañero o amigo
que habían creído inseparable, y yo oía su llanto. Y recuerdo muy bien una
cucharilla puesta a secar en una taza, por la que se deslizaba una lágrima como
una diminuta estrella, tan despacio que parecía que no acababa de caer. También
el grillo despertaba, las noches de verano, en su diminuta jaula, junto a los
restos de una hoja de lechuga amorosamente colocada por Isabel. Y el vaso de
cristal, al borde de la ventana, con su verde y exultante ramo de perejil. A
veces, desde el patio de la cocina —no era como el de mi novio Paco—, me
llegaba algún ruido. Por la abierta ventana, otra ventana de luz amarilla, se
encendía en la pared de enfrente. Algún grifo goteaba. Luego, otra vez el
silencio de la noche, con todo su esplendor, aquel que ponía al descubierto
—por lo menos entonces y para mí— los mil mundos ocultos de la casa y quizá de
todas las casas.
Y
así fue como una noche vi echar a correr al Unicornio. Fue, una carrera fugaz,
como los destellos de cristal, hasta desaparecer en un ángulo del cuadro,
seguido de un leve rumor de follaje pisoteado, y olor a hojas caídas. Al poco,
regresó. Volvió a colocarse mansamente, bajo las manos de una mujercita rubia,
que, según me parecía, lo contemplaba entre amorosa, divertida o estupefacta.
Tengo
muy presente aquella noche, porque precisamente a la mañana siguiente me vi
cara a cara, por vez primera, en el mundo de los Gigantes. Quiero decir, que me
llevaron al colegio del paseo del Cisne: Saint Maur.
El
colegio del paseo del Cisne había sido antes el colegio de Cristina. Fue esto
lo primero que oí apenas crucé aquel umbral y subí sus escaleras. Tata María
secó con la punta del delantal una lágrima de mi mejilla, me recomendó que
fuera buena, que obedeciera siempre, y que cuando me pasara algo malo dijera el
Jesusito de mi vida, pero que no haría falta, porque aquellas señoras eran muy
buenas y muy santas y ya vería yo qué bien. Pero cuando nos separaron, de la
mano de sor Monique, volví la cara y la vi que también se llevaba la punta del
delantal a los ojos, y tenía la boca fruncidita, como aquellos calcetines que
llevaba en una bolsa y zurcía junto a la merienda, cuando íbamos al parque, que
entonces se llamaba Los Jardines del Museo. Porque había un museo, con un
enorme esqueleto dentro, que se llamaba Mamut, y yo lo relacionaba, sin motivo
ni sentido alguno, con la palabra mamá.
En
cuanto estuve sentada en la clase de párvulos, Madame Saint Genis —nada de sor,
eso era para las tatas del colegio— se inclinó afectuosamente hacia mí, que
estaba sentada en primera fila, en un pupitre doble —quiero decir que era para
dos pero yo aún no tenía compañera— y, en tanto me invadía una vaharada
indefinible, mezcla de incienso, velas y aliento a café con leche (seguramente
acababa de desayunar), me comunicó que Cristina, la gran Cristina que me había
arrojado de su dormitorio y me hacía sentir culpable de haber nacido, o por lo
menos de haber nacido a destiempo, había sido una alumna ejemplar, intachable,
piadosa, aplicada y dulce. Que esperaban de mí un comportamiento que no
desentonara del de ella y que mi familia era muy querida por ellas. Yo tenía
entonces cinco años.
Lo
que saqué en limpio de aquella conversación —mejor dicho, monólogo— fue una
serie de preguntas. ¿Aplicada?, y me dije: ¿aplicada a qué? Hasta entonces esta
palabra era muy concreta y específica. Por ejemplo, a una cataplasma que me
habían puesto el año anterior, una vez que tosía mucho. Jerónimo y Fabián
tenían pocas y brevísimas conversaciones conmigo pero mostraban hacia mí una
cierta simpatía, o quizá ternura, que entonces yo no lograba apreciar. Una vez,
viéndoles vaciar sus carteras sobre la mesa, les pregunté: «¿Cómo es el
colegio?». Ellos se miraron, y Jerónimo me dijo: «¡Es el ejército!». Fabián
añadió: «Es el ejército: tú formas parte de un batallón, y tienes capitanes,
tenientes, generales...». Jerónimo se inclinó hacia mí, y por primera vez me
acarició la cabeza.
Pero
yo no lo había olvidado, y poco después me encontré con mi teniente, o capitán,
o general... Todas aquellas señoras que Tata María había calificado como buenas
y santas. Y que todo iría bien.
2
Pero
no fue todo bien. Y empezó una dura batalla por la defensa de mis escondites,
de mis espacios y noches. Antes, sólo debía esconderme, ser cautelosa,
deslizarme silenciosamente por el pasillo hacia las puertas que separaban la
zona del parquet sin encerar al parquet encerado. Ahora debía ser infinitamente
más precavida, porque llegaban a casa desde el colegio notas inquietantes, que
mamá leía con el ceño fruncido. Antes, en alguna ocasión, me había llamado a su
gabinete, donde había un tocador lleno de frasquitos de cristal y espejos que
también retenían y lanzaban destellos, aunque no tenían significado para mí.
Sólo eran reflejos, no mensajes, no palabras de luz, tenues, estallantes,
diminutas estrellas, como en las noches del salón, debajo del sofá.
Mamá
tenía entre los dedos un papel, y llevaba puestas las gafas, lo que le daba un
aire aún más severo:
—Te
he llamado porque aquí me cuentan que no te portas bien en el colegio. El
primer día, te dormiste en la misa y, además, lloraste. Eso me extraña, porque
yo estaba orgullosa de ti, precisamente porque eres una niña que no llora sin
motivo. Además, no quisiste comer, y te escondiste debajo del pupitre. Me dicen
que están sorprendidas de que a tu edad supieras el alfabeto, y que no te ha
costado aprender a leer, pero que, por otra parte, no tienes ninguna
disciplina, en el recreo no quieres jugar con las demás niñas, y apenas pueden
arrancarte una palabra... a no ser durante las clases de lectura. ¿Qué tienes
que decir sobre todas estas cosas?...
Yo
no tenía nada que decir sobre aquellas cosas, ni sobre ninguna otra cosa que
tuviera que ver con los Gigantes. Si acaso, que toda mi preocupación era huir
de ellos, o por lo menos, pasar desapercibida. Pero en mi compañía, era difícil
pasar inadvertida por el capitán que me había caído en suerte. Se llamaba
Madame Colette. Así que no dije nada y miré hacia otro lado, cosa que ponía de
bastante mal humor a mamá.
—Te
estoy hablando, Adriana —dijo despacito. Por lo general nadie me llamaba
Adriana, sino Adri, y este detalle me pareció ya de mal augurio. Así que
murmuré, todo lo bajo y despacio que me fue posible:
—Nada.
Porque
nada podía decir del frío que me había llenado de pronto el corazón de seis
años —aún no cumplidos— cuando ya el primer día mi capitán me recibió diciendo:
«Eres demasiado pequeña para esta clase... pero teniendo en cuenta que eres la
hermana de Cristina, tendremos paciencia contigo». Era alta, tenía dedos
grandes y huesudos que me clavó en los omoplatos, empujándome hacia mi asiento.
Luego me miró desde lo alto. No creo que olvide nunca sus ojos gris pálido, con
una diminuta punta de alfiler negro en su centro, y su boca seca, de labios
estrechos, que repasaba a ratitos con su lengua para humedecerlos. Sin éxito.
—No
te pareces a Cristina... tú seguramente te pareces a papá, ¿verdad?
Yo
no sabía a quién me parecía. La verdad es que nunca he sabido a quién me
parecía, si es que me parecía a alguien. Así que no dije nada, como tenía por
costumbre.
Como
capitán, Madame Colette no era lo que se puede definir como amable, y también
dejaba mucho que desear, porque no era valiente. Al segundo o tercer día de
militar en su compañía, apareció un pequeñísimo ratón por debajo de la
puertecita que daba acceso a un extraño híbrido de armario y cuarto trastero,
inexplicablemente dentro de nuestra misma aula. Entonces, el falso capitán
chilló como yo no había oído jamás chillar a nadie, se arremangó las faldas, y,
pálida, desencajada, se subió encima de su mesa, hasta que vinieron unas sores
y mataron a escobazos al pobre ratoncito que daba vueltas, muy asustado. Lo
recuerdo con el corazón aún encogido, era tan pequeñito, tan frágil, y tan
suave. Parecía repetirse la escena de la araña y Tata María. Creo que fue
entonces cuando empecé a odiar a mi capitán. Era cobarde, malvado y estúpido,
tres cosas que en los libros de Beau Geste —leídos poco más tarde, prestados
por Jerónimo y Fabián— resultaban intolerables. Tiempos de ideales nobles, de
estrellas en el salón, de palabras reflejadas en las paredes a través de la
llamita azul de una farola, encendida por alguien que no conocía, y llamaba
amigo mío. Aquella llamita, como una letra, o un signo, o un adiós para
siempre.
Cuando
llegué a casa, aquella tarde, me creí con derecho a sentarme a la mesa del
cuarto de estudio, con mi cuadernito de letras y mi Catón, y Jerónimo y Fabián
me miraron con una mezcla de asombro y ternura —y en aquellos tiempos este
sentimiento sólo puedo relacionarlo con María, Isabel y los gemelos—. Me
atendieron, yo diría que casi solícitos, cuando dije:
—¡Mi
capitán no es capitán, es un cobarde!...
Se
miraron y luego Fabián me preguntó el porqué, y yo conté la historia del ratón.
Entonces, por vez primera, les vi reír. Jerónimo me sentó en sus rodillas, y me
dijo: «No es un capitán, y no manda una compañía, sino un pelotón». Los dos
estallaron en risas que me dejaron completamente asombrada, porque jamás,
jamás, ni antes ni después, he oído algo semejante en aquella casa. Y Jerónimo
me acarició —por segunda vez— la cabeza, y dijo:
—No
te preocupes, aquí estamos nosotros para defenderte del cabo Colette —¡cómo
había descendido en el escalafón!—, porque somos capitanes.
Pero
se reían tanto, que no me lo creí.
(Muchos
años más tarde, murieron los dos, cada uno en una trinchera enfrentada,
creyendo, todavía, que luchaban contra aquellas palabras: cobarde, malvado,
estúpido, como el Beau Geste de su infancia. Aquel Beau Geste que nunca
existió.)
De
repente me di cuenta de que hasta entonces no me había sentido triste, porque
ahora lo estaba. Poco a poco fue desmoronándose a mi alrededor la idea entre
esperanzada e inquietante que había ido formándome sobre lo que sería mi
entrada en el mundo desconocido, lo que significaba para mí el colegio del
paseo del Cisne. Pronto hube de desechar cualquier suposición, Cisne incluido:
no había tampoco ningún cisne, y día tras día fui constatando cómo el famoso
ejército —no exento de cierto atractivo, en labios de mis hermanos, por lo
desconocido— iba también diluyéndose en la nada. Degradé a todo el mundo: a
capitanes, sargentos, y hasta cabos; todos soldados rasos. Y al final de aquel
primer año, no quedó ni eso. Ya no había más ejército. Sólo unas señoras vestidas
de negro, con largas colas que por exigencias del paso del tiempo —fueron
diseñadas siglos atrás— recogían con un imperdible enorme en la cadera y las
soltaban sólo en festividades memorables. En estas ocasiones, verlas desfilar
en hilera hacia la capilla, atravesando el jardín, era como contemplar el paso
de naves oscuras, mar adelante.
Ya
no sólo no había Beau Geste, también se habían vaciado las palabras, como copas
boca abajo, aquellas que aún resonaban en mis oídos de labios de mamá: «Verás
como te gusta el colegio, porque a ti te gusta escuchar y allí oirás cosas muy
hermosas que harán de ti una niña tan buena como Cristina, y entonces todos
podremos sentirnos muy orgullosos de ti». El tono levantaba la sospecha de que,
en aquellos momentos, yo no era el orgullo de nadie. Y de pronto la idea de
convertirme en alguien como Cristina me asombró. Yo no tenía noticias de las
grandes virtudes de mi hermana mayor, ni siquiera la conocía, como poco a poco
iba conociendo a Jerónimo y Fabián. Ser como Cristina, ése era mi destino. Pero
también las promesas de mamá habían naufragado.
No
sólo no me parecía a Cristina, sino que, por lo visto, era todo lo contrario.
Así que nadie iba a sentirse orgulloso de mí. Cosa que, por otra parte, me
parecía bastante innecesaria, tanto como la mayoría de las palabras que oía, o
mejor dicho, ya dejaba de escuchar para poder así regresar a la intimidad de mi
lenguaje (tal como lo había calificado Eduarda). Empecé a recordar entonces a
Eduarda con una tenue nostalgia. ¿Por qué razón no la veíamos más a menudo? Era
la hermana mayor de mamá, y vivía lejos, en las tierras del norte, y según
decía mamá —medio en broma, medio en serio—, «en los restos de un castillo en
ruinas, que ella se empeña en llamar casa...». Aquellos restos de un castillo
en ruinas fueron tomando cuerpo en mi imaginación. Eduarda —ya dije que no
quería que la llamásemos tía, sino Eduarda a secas— decía que mamá y ella, y
toda su familia, pertenecían a la rama normanda. Así que les pregunté a los
gemelos qué era eso de la rama normanda, y Fabián, el más hablador, me dijo
que, por parte de la familia de mamá, éramos de origen normando, aunque muy,
muy lejano. «¿ Y qué es el origen normando?» «Pues eso, que eran de Normandía,
que está al norte de Francia, y los normandos fueron los que le dieron el
nombre.» «¿Quiénes eran los normandos?» Fabián dijo que le dejara en paz, que
ya me lo explicaría en otro momento, porque tenía que estudiar. A mí me pareció
que no lo sabía muy bien, ¿o acaso no lo quería decir? En seguida empecé a
sospechar que aquella palabra encerraba un secreto muy grande. Uno de aquellos
enigmas con los que, a veces, en el colegio y en casa me advertían —y más que
una advertencia, parecía una amenaza—. «Algún día, cuando crezcas, lo
entenderás.» Tal vez, cuando fuera como Cristina. Por eso, Cristina era tan
distante, tan lejana. Pero Eduarda no era distante, ni misteriosa. Era, hasta
aquel momento, la persona más rotunda y carente de misterio que había tratado.
Sus grandes ojos azules miraban directamente a los míos, no velaba la voz para
medio decir cosas —como acostumbraba a oír—, y lo que decía se entendía
perfectamente; no había velos que descorrer, hasta el cansancio, o la total
confusión, como me ocurría con mamá.
A mi
padre lo veía muy poco. Sabía que era abogado. Alguna vez, no lo recordaba
bien, me había cogido en brazos y besado, cuando era aún muy pequeña. Fue
entonces, al año más o menos de mi entrada en el colegio, cuando ellos se
separaron. Quiero decir que ya no compartieron el mismo cuarto, sino que papá
tuvo un dormitorio aparte, mucho más pequeño, al otro extremo del piso. Luego
supe que no querían dar mal ejemplo de familia desunida. La primera vez que oí
esto de labios de mamá me pareció un contrasentido, pero, como era habitual,
guardé mis opiniones para mí sola. De todos modos, nadie me preguntaba nunca
nada, ni siquiera lo que me apetecía o no, por ejemplo para merendar, o vestir,
o adónde ir las tardes del sábado o los domingos. Todo ya estaba dispuesto de
antemano para mí, y me llevaban adonde estaba ya decidido, sin mi previo
conocimiento. Mientras fui muy niña, antes del colegio, solía ir al parque con
Tata María. Luego, algunas tardes, al cine, a ver películas de Shirley Temple.
Una vez, en vísperas de Navidad, papá me llevó, junto a los gemelos, a un
teatro. Se trataba de un ballet, Cascanueces, con el que estuve soñando todas
las noches durante casi un mes. La niña protagonista tenía algunas
coincidencias conmigo, y pensé que, si la hubiera conocido, sería amiga mía. Yo
no iba a jugar a casa de ninguna niña, como alguna de mis compañeras de
colegio, que lo hacían, según comentaban entre ellas. Yo no tenía ninguna
amiga.
El
mundo de las niñas se me mostró, desde el primer día, hermético. Casi desde el
primer día, percibí hacia mí un sentimiento, si no hostil —más tarde lo fue, y
mucho— sí un manifiesto y creciente desapego hacia mi persona. Poco a poco,
fueron convirtiéndose, todas y cada una, en una pequeña Cristina. Una mezcla de
desdén y desconfianza, que me apretaban el corazón y me desorientaban. Más
tarde ya fueron una acritud y una burla constantes. Yo era una niña aparte, y
especialmente reprobable. Empecé a oír, en Madame Colette —seguida por Madame
Saint Genis, Madame Saint Michel y Madame Saint Sulpice— una palabra que iba
tomando proporciones cada vez más concretas: MALA. Yo era mala. Y en casa, mamá
lo asumió, con los ojos levantados al cielo y alarde de paciencia.
Todo
lo latente respecto a mi maldad cristalizó, por así decirlo, llegada la fecha
de mi primera comunión.
Éramos
un grupo bastante numeroso, que reunía por lo menos dos aulas enteras. Todas
teníamos más de seis años, y menos de ocho.
Empezaron
a prepararnos convenientemente, porque según decían en el colegio, en casa, e
incluso en el cuarto de la plancha y la cocina —ya cada vez menos frecuentados,
a mi pesar— ése sería el día más feliz de mi vida.
El
grupito formado por las niñas de mi clase y yo se componía de unas diez. Todas
las tardes, nos dispensaban de asistir a alguna lección y nos reunían en una
salita, con el padre Torres. El padre Torres era un señor bajito, con una gran
calva sonrosada que brillaba al atardecer. Parecía que siempre estuviera
masticando avellanas, pero no masticaba nada. Tenía una voz muy suave, y
hablaba del infierno, con todos sus padecimientos, y del cielo, con toda su
gloria. También hablaba del demonio. Sobre todo, del demonio, que era un ángel
bellísimo, pero que se revolvió contra Dios, y por eso era ahora El Demonio.
Como yo me acordaba muy bien de todo lo que nos contaba, porque de alguna
manera se parecía a los cuentos que tanto me gustaban —hasta el momento era lo
mejor del colegio—, le había oído decir que cuando no existía el demonio, no
había ningún mal, porque Dios era todo bondad. Eso me produjo la extraña
sensación de no pisar en tierra firme, algo como una gran laguna escondida bajo
las apacibles campiñas de sus palabras, y le pregunté inocentemente que cómo
era posible que si aún no existía maldad alguna, alguien tentara al Ángel
Luzbel —que así era como se llamaba cuando aún no era Demonio—. Y entonces hubo
un gran silencio. Todas las niñas volvieron la cabeza hacia mí, como si
esperaran una respuesta, pero yo no podía dar ninguna respuesta, sólo había
hecho una pregunta. La calva rosada del padre Torres enrojeció y con un gesto
me indicó que me sentara y permaneciera en silencio. Cuando la Preparación —así
llamaban a aquellas pláticas— terminó, me ordenó permanecer en la clase, y las
niñas desfilaron delante de mí y salieron cuchicheando y sofocando risitas.
Pero ya había empezado a acostumbrarme a eso. Cada vez que decidía hablar,
durante la clase, o fuera de ella, ocurrían cosas parecidas. En los recreos me
quedaba aparte, bajo las moreras, mirando largas procesiones de orugas pardas,
enganchadas las unas a las otras, caminando hacia quién sabe dónde. Tal como me
parecían a mí las niñas, las monjas y yo misma.
Cuando
nos quedamos solos, el padre Torres me llamó con el dedo índice enhiesto,
inclinándolo repetidamente hacia sí mismo. «Ven, acércate, que verás lo que te
espera...», parecía decir por el brillo punzante de aquellos ojitos negros,
demasiado amigos entre ellos, casi juntándose sobre la nariz. Y me entró tal
miedo que, en vez de obedecerle, di media vuelta y eché a correr, a correr
escaleras abajo con todas mis fuerzas. En el corredor, las niñas de mi clase ya
estaban en fila, para dirigirse al vestíbulo. Era la añorada hora de la salida,
que otros días había descendido tranquila, casi contenta —entonces no estaba
casi nunca contenta—, o por lo menos aliviada, porque sabía que afuera, en
cuanto sor Monique dijera en alto mi nombre, yo atravesaría la gran puerta de
hierro y cristales, bajaría las escaleras y en el jardín estaría esperándome
Tata María, con la bolsa de la merienda y su ancha, cálida y dulcemente áspera
mano, como la cuevecita donde podría esconderse la mía, fría, pequeña y
asustada. Aquel día no esperé a que sor Monique me llamara: crucé pasillo y
puertas como un rayo, me veía y me sentía a mí misma como una ráfaga de viento,
bajé las escaleras hasta el jardín, y allí estaba, tranquila, grande, hermosa
como jamás antes había visto a nadie, mi vieja Tata María. Me precipité hacia
ella, abracé su cintura, hundí la cara en su delantal plisado, que olía a
tostadas, a voz cansina leyendo por enésima vez las desventuras y goces de un
soldadito de plomo, y enjugando, con una punta, alguna vergonzosa lágrima.
Fue
a partir de entonces, cuando yo fui MALA. Para todos, no. Para Tata María,
Isabel, Jerónimo y Fabián, sólo un poco rara. Y, como tuve ocasión de
comprobar, no mucho más tarde, para Eduarda fui entonces, y siempre, Adri, sólo
Adri, sin adjetivos. Pero antes, ocurrieron otras cosas. Mamá recibió una
llamada muy importante. Por entonces, la persona más importante de quien yo
tenía noticia era Madame Saint Simon, la superiora y directora del colegio del
paseo del Cisne. Esta vez, mamá no me explicó lo que había oído. Sólo me dijo
que yo era mala, y que desde aquel momento iba a ser muy severa conmigo.
Me
refugié, como antes hacía, en el cuarto de la plancha. Era un sábado por la
tarde, olía a ropa limpia, a plancha caliente, y a conversaciones en susurro.
Tata María e Isabel me miraron en silencio. Yo me senté cuidadosamente sobre un
cesto lleno de sábanas por planchar y las miré sonriendo, intentando que me
quisieran un poco. Pero también su cariño parecía ahora como frenado, aunque no
desaparecido.
—No
te sientes ahí, que está húmedo —dijo Tata María, acercándome un taburete. Ya
no podía meterme debajo de la mesa, a pesar de que, a mis casi siete años,
todavía era muy menuda para mi edad.
Dos
días más tarde, me admitieron de nuevo en las pláticas de Preparatorio.
Debieron de perdonarme algo cuyo nombre yo ignoraba pero que sin duda había
cometido. Entonces me dije que nunca más preguntaría nada, y que todo lo que me
despertara curiosidad intentaría averiguarlo por mí misma. La sombra angélica
de Cristina planeaba sobre mi cabeza. Otra vez me unía a las oruguitas que
lenta y misteriosamente se arrastraban asidas unas tras otras, bajo las grandes
moreras del jardín. No sabía nada de nada.
Faltaban
sólo quince días para el gran día. Y entonces, llegó Eduarda.
3
Como
era tan menuda, tan pequeñita, a veces me creía de la familia de mis amados
gnomos, aquellos a quienes preparaba meriendas debajo de algún radiador, en una
caja vacía de fichas de dominó, con migajas de mi pan y chocolate.
Preferentemente, claro está, debajo de los radiadores del salón de mis
excursiones nocturnas, donde me podía meter debajo de cualquier mueble, o
esconderme tras el respaldo de otros. Mi corta estatura, unida a mi capacidad
de silencio —entre otras cosas el silencio era, y es aún, uno de mis amigos más
queridos— me convertían en una especie de esponjita que absorbía cuanto
escuchaba y, en ocasiones, incluso veía.
En
cuanto llegó Eduarda, supe que mamá y ella tendrían un encuentro donde, desde
mi escondite, acaso entendería alguna de las incomprensibles cosas que, por lo
general, sucedían en mi vida y su entorno. Por tanto, me fui, sigilosa y casi
invisible, como acostumbraba, al gabinete de mamá; un cuartito contiguo a su
dormitorio, donde a veces la había visto tenderse en un pequeño diván, poner
discos en una gramola y fumar. Fumaba unos cigarrillos que se llamaban ABDULLA
y tenían la boquilla dorada. Luego agitaba las manos, como si espantara
mariposas de humo, se daba un toque de polvos en la nariz, un ahuecamiento de
cabellos, un poco de brillo en los labios, difuminaba una sombra oscura en los
párpados con la yema de los dedos, y salía hacia el salón, donde unas veces
algunas amigas, o invitados otras, la esperaban. Parecía un guerrero, bien
armado ante la batalla. Sin saber muy bien por qué razón, en aquellos momentos,
sentía nacerme un cariño muy grande hacia mi madre. Luego, poco a poco, ella
misma, y sobre todo sus largas ausencias, iban deshaciéndolo. Creo que en
aquellas ocasiones ella sentía lo que yo ante los Gigantes. ¿También mamá
tendría que enfrentarse a ellos como lo hacía yo? Ella era alta, bella y
fuerte. Yo no.
Al
tener noticia de que Eduarda había venido desde sus montañas y sus Ruinas, para
asistir al día más feliz de mi vida, sospeché que acaso tenía una aliada.
Eduarda era una persona de la que se hablaba en voz medio baja, medio burlona,
pero siempre con el acento de quienes no comprenden nada de lo que hablan. Un
día, Eduarda había dicho que yo tenía otro lenguaje: por tanto, me conocía
mucho más que los que me llamaban mala. Por otra parte, este calificativo no me
ofendía demasiado, porque, pensaba, ser malo sólo significaba no ser como los
que me lo llamaban. El caso es que, en cuanto supe —naturalmente el cuarto de
la plancha tuvo mucho que ver en esto— que iba a producirse el encuentro entre
las dos hermanas fui a agazaparme en mi escondite, y escuchar.
Como
de costumbre, Eduarda había llegado como un huracán. Toda la casa se movilizó,
Tata María en especial, porque cuando estaban solas las llamaba de tú, e
incluso a su modo las reñía un poco. En el cuarto de la plancha, ante una
Isabel atentísima y muy involucrada en el tema, le había oído decir que había
conocido a las Niñas —las Señoritas fuera del cuarto de plancha— cuando aún
eran unas criaturas de once y catorce años. «Y qué diferentes, Dios mío, qué
diferentes, ya ves, la una tan buena, tan fina y tan como debe ser, y la otra
tan a su aire... y un poco p'allá, aunque eso sí, buena, buena, rebuena. » Y
añadió: «Pero tan rara como la Adri». Isabel metió un huevo de madera en el
talón de una media, aguja en ristre y dijo: «Esas cosas se heredan». Pero Tata
María dijo muchas más cosas, como que ella nos quería mucho a todas y a todos,
y malas lo que se dice malas, ni Eduarda ni yo nos merecíamos ese nombre.
Malas
o no malas, de pronto había nacido un vínculo entre Eduarda y yo. Y yo esperaba
ansiosa su llegada. Me oculté en el gabinetito de mamá. Para estos casos iba
descalza o en calcetines. Creo que aquel día iba descalza, porque recuerdo bajo
las plantas de los pies la cera del parquet y ese peculiar aroma a caoba, que
nunca abandona a ciertos muebles antiguos.
No
tardé en oír el ruido. Porque Eduarda llegaba con mucho ruido. La seguía
siempre una criatura llamada Sagrario y era, por lo visto, quien se ocupaba y
llevaba a cabo la solución de todas sus necesidades materiales. Una vez, había
oído decir a mamá que Sagrario era un «siervo sin dignidad», alguien impropio
de pertenecer a una familia como la nuestra, que no aceptábamos estas cosas.
Pero Sagrario era muy distinto a la descripción de mamá. Tuve ocasión de
conocerlo mucho más, a lo largo de estos recuerdos. No se qué edad tenía —nunca
lo supe— pero todo él respiraba paz, sosiego, casi felicidad. Si la felicidad
existiera, él la conocía.
Sagrario
era muy menudo, con el cabello blanco, y ojos muy pequeños y relucientes.
Sonreía casi siempre, y tenía los dientes muy grandes, muy blancos y sin una
sola mella. Iba vestido de una forma muy extraña. Yo había visto algo parecido
en alguno de los libros de los gemelos. Calzón corto, medias y zapatos con
hebilla. Pero de cintura para arriba se cubría con una toquilla de punto,
camisa bordada y corbata azul. Casi nunca le vi vestido de otra forma. Pero
aquel día oí que mamá decía a Eduarda: «Por favor, escóndelo, no me avergüences
ante...». Y Eduarda dijo: «Otras cosas son muchísimo más vergonzosas que
Sagrario, y están ocurriendo a tu alrededor, en esta misma casa... ¿Por qué no
das la cara y dices a todo el mundo que ya no quieres a tu marido? Ahora ya
tenemos una ley que lo permite, pero, claro, esa ley no tiene ninguna
importancia en esta casa».
Yo
no sabía qué era lo vergonzoso de Sagrario, sólo lo que decía Isabel: «Tiene la
cabeza p'allá, como su señora». A mí me daba rabia y pena que no quisieran
tenerlo las Tatas cerca, y le pusieran un catre para dormir en el cuarto de la
plancha. Por las mañanas —yo lo veía, escondida en la despensa— se quedaba sin
ropa, y lavándose en el fregadero de la cocina, me parecía muy semejante a un
gnomo. Decidí que, junto a Paco y el farolero, era también mi amigo.
Aquel
día las dos hermanas se sentaron frente a frente y tal como presentía, hablaron
de mí. Mejor dicho, sólo habló mamá. Eduarda la escuchaba en silencio, y yo
tuve ocasión de contemplarla detenidamente. Era muy alta, más que mamá, que no
era precisamente bajita. Tenía el cabello muy blanco, que contrastaba con su
piel dorada sin arrugas, donde resplandecían sus grandes ojos azules de
Unicornio. Llevaba un vestido muy raro, muy diferente al de mamá, o a los que
usaban sus amigas. Era un traje casi de hombre, y súbitamente pensé «va vestida
de cazador» porque en uno de mis cuentos había una ilustración que representaba
a un cazador, y aunque Eduarda no llevaba ni escopeta —aún no había visto su
sombrerito emplumado— ni polainas, la verdad es que me lo recordaba mucho.
Tenía la voz un poco ronca, y fuerte. Y hablaba poco, pero cuando decía algo
parecía poner punto final a cuanto se estaba debatiendo. Lo que mamá le decía
en aquellos momentos era que estaba muy preocupada conmigo porque iba a hacer
la Primera Comunión, y no parecía que estuviera bien preparada, ni siquiera que
supiera lo que iba a hacer, porque era una niña muy, pero que muy rara, que me
escondía en lugares donde nadie, ni siquiera Tata María, me encontraba, y que,
incluso ellas, la Tata e Isabel estaban un poco asustadas conmigo, y hasta la
pobre Isabel decía que yo tenía algo de bruja —aquí mamá sonrió,
condescendiente—, y a seguido contó a Eduarda, con todo pormenor —o lo que ella
imaginaba era así—, el incidente de la clase de Preparatorio. Que incluso me
habían enviado a casa y que me habían readmitido por ser quienes éramos —ellos,
no yo— y que, precisamente en los momentos que estaba atravesando, con toda la
separación y sus consecuencias, lo estaba pasando muy mal, pero que muy mal.
Eduarda
la había escuchado tranquilamente, sin interrumpir ni asentir siquiera con la
cabeza. Cuando mamá terminó, y se llevó un pañuelito a los ojos, y luego a los
labios, Eduarda dijo: «Me gustaría hablar con ella. Déjamela una tarde, la
llevaré a merendar y hablaremos. Me parece que no es para tanto». Mamá la
abrazó, lloró un poquito, de mentirijillas —yo lo notaba—, y le dijo: «Siempre
has sido un refugio para mí, Eduarda... ¿Te acuerdas de cuando...?». Aquí dejé
de prestar atención porque ya sabía lo que iba a continuación. Me miré las
manos: estaban cerradas, en dos puños muy pequeños, pero con tanta fuerza que
se me clavaban las uñas en la palma. «Qué pequeñas son.» Me pareció que las
contemplaba por primera vez. Y noté que también tenía los dientes muy
apretados. Cuando las dos salieron del gabinete abandoné mi escondite, y fui a
refugiarme a mi cuarto, junto a la ventana que daba al patio. Descorrí el
visillo y miré hacia allá abajo: no estaban los chóferes, ni siquiera Paco, mi
novio. Me sentí muy sola, muy pequeña, muy rara y muy mala.
Al
día siguiente, por la tarde, Tata María me vistió con la parsimonia que
empleaba para las cosas que creía importantes. Me puso el vestido nuevo, «ya de
primavera», había dicho mamá. «Que se note que ha venido la primavera.» Lo dijo
con el pañuelito, que ya parecía formar parte de su mano, apretado contra la
mejilla. Y empezó a llorar, muy suavemente, sólo se sabía que estaba llorando
por las lágrimas que, al deslizarse por su cara empolvada, brillaban. Entonces,
Tata María dijo, ronca y dulce: «Vamos, niña, niña...». Y mamá hizo una cosa
sorprendente, se inclinó hacia ella —estaba arrodillada junto a mí,
enfundándome los brazos en las mangas— y la besó, y oí que murmuraba muy
bajito: «Tata...». Y se marchó casi corriendo. Tata María suspiró, y terminó de
vestirme. Me peinaba con cuidado, murmurando: «Qué diferencia de los rizos
rubios de Cristina...». De nuevo regresaban las palabras mil veces oídas. Me
calzó los zapatos nuevos que me rozaban los talones, y aunque le supliqué que
me pusiera los del colegio fingió no oírme. Era la tarde de Eduarda. Eduarda
era una de las pocas mujeres que por aquellos años conducía un automóvil. Así
que ya me esperaba dentro, sentada al volante. Era la primera vez que yo veía
algo semejante. Porque ni en sueños podía imaginar a mamá ni a ninguna de sus
amigas en una situación parecida. Su coche me llamó también la atención, y casi
comprendí que ella lo llamara «la Cafetera», cosa que hasta aquel momento me
había intrigado bastante. Durante su estancia entre nosotros la Cafetera se
guardaba también, con los otros coches, en el pequeño garaje del «patio de los
chóferes» (como yo lo llamaba), y empecé a intuir la causa del tono burlón y un
tanto enigmático que empleaban Paco y los otros chóferes para referirse a él. Y
por qué lo hacían con tanta frecuencia, y por qué se reían tanto. El mundo a mi
entorno era un mapa lleno de laberintos, que había que ir descifrando poco a
poco y paso a paso.
Una
vez instaladas en la Cafetera, Eduarda emprendió una lucha de poder a poder
contra y con palancas, llaves y pedales (o eso me parecía) en medio de un
concierto de bufidos, no salidos de su boca, sino del motor, que parecía estar
muy enfadado. Hubo algunas sacudidas que estuvieron a punto de arrojarme
despedida del asiento, hasta que de improviso, diríase que alegremente, nos
pusimos en marcha. Alegremente porque a medida que avanzábamos calle abajo
entre dos hileras de acacias, descubrí a través de la ventanilla una familia de
vencejos que descendían como flechas desde el cielo, lo cruzaban, y huían. Creo
que fue ésa la primera vez que sentí algo parecido a la euforia. Una especie de
grande y despreocupada libertad se levantaba dentro de mí, y tuve ganas de
reírme sin saber muy bien por qué. Eduarda dijo:
—Vamos
a comprar tu regalo de Primera Comunión.
Estaba
tan sorprendida que no pude decirle nada, ni siquiera dar las gracias. Hasta
aquel momento, había recibido algunos regalos. Casi todos eran rosarios,
pequeños misales de tapas nacaradas, crucifijos, medallas y una muñeca vestida
de Primera Comunión, bastante fea. Se parecía tanto a las niñas de mi clase que
casi de inmediato la odié. En general, no sentía ningún afecto por las muñecas,
porque todas, como aquélla, se parecían a las niñas, y las niñas de aquel
tiempo no eran precisamente cariñosas conmigo. Pero el regalo de Eduarda no
tenía nada que ver con eso. Me llevó a una gran tienda de juguetes y me compró
un teatrito de guiñol. Con decoraciones y personajes, en los que no faltaba el
Demonio. Sentí una gran emoción al verlo, porque alguna vez, en el parque a
donde me llevaba Tata María, aparecían unos hombres cargando una especie de
biombo, que desplegaban y tras el que se escondían. Al poco rato, salían por
encima unos muñecos iguales a los que acababa de regalarme Eduarda. Los del
parque se pegaban muchos porrazos, con sartenes y palos, y entonces yo cerraba
los ojos. Pero estos de ahora estarían bajo mis órdenes, y podría hacer con
ellos lo que quisiera: inventarme lo que se me ocurriera, de la vida, de la
gente, de los malos, de los buenos, de los gigantes y de mí misma. Sin que
nadie metiera sus narices y castigos en el espacio que yo fabricaba al margen,
siempre al margen... Todo esto pasaba por mi mente, rápido, como una película
casi vertiginosa, cuando Eduarda me dijo:
—Sé
que te gusta esconderte. Te escondes aquí detrás, y haces lo que te dé la gana.
Se
trataba de un guiñol bastante grande, así que los de la tienda dijeron que lo
enviarían a casa. Eso hizo que rompiera mi silencio y casi gritara:
—¡No,
no, ahora, ahora!
Eduarda
pareció entenderlo enseguida, y entre uno de los vendedores y ella lo colocaron
en el asiento de atrás de la Cafetera. No sin dificultades, porque era muy
grande, y la Cafetera bastante pequeña. Yo estaba segura de que ahora vendría
la parte menos agradable. Que ella me dijera que todo aquello era a cambio de
algo que a mí me dolía, o ignoraba, o no me gustaba. Pero no fue así.
—Adri,
¿adónde quieres ir ahora...?
Nada
de preguntas, nada de respuestas, nada de todo aquello a lo que me tenían
acostumbrada y aborrecía. Y de pronto me acordé de una tarde en que mamá me
llevó con ella de compras por primera y última vez. Recordé que, cuando llevaba
a Cristina a esas excursiones, volvían las dos más amigas que nunca. Cristina
besaba mucho a mamá, iban llenas de paquetes y de secretos. Pero a mí me tocó
ir a la Corsetería Venus, esperar más de una hora sentada en una silla en la
que no me llegaban los pies al suelo hasta que mamá salió del probador. Al
final, me recompensó llevándome a un sitio que se llamaba Espumosos Herranz,
donde nos sirvieron unas enormes jarras, a mí de fresa, y a ella no sé de qué.
Por eso dije:
—A
los Espumosos Herranz.
Entonces,
Eduarda sonrió. Fue la primera de las escasísimas ocasiones en que la vi
sonreír. Y dijo:
—Bueno,
si no te importa, te voy a enseñar otras cosas.
Yo
sólo dije: «Bueno». Y lo fue.
En
la Cafetera ya éramos tres. Iba dando tumbos, por calles muy estrechas, hasta
llegar a un bar donde al parecer la conocían mucho, porque todo el mundo la
saludaba con mucha alegría.
—Para
la niña, lo que pida.
Yo
no sabía qué pedir. Al fin, dije que no quería nada porque lo que
verdaderamente quería era ver qué hacían Eduarda y toda aquella gente. De todos
modos, me trajeron un helado de vainilla. A mí me gustaban los de fresa pero no
dije nada. Estaba muy bueno. Ella pidió un escocés, y me acordé de las
ilustraciones de un cuento, donde había escoceses con falda a cuadros y tocando
la gaita, así que me pareció raro que lo pidiera. Pero lo que le trajeron fue
un vaso de whisky. Le ofrecieron hielo y ella dijo que no, que el de malta era
un pecado tomarlo con hielo.
—¿Tú
sabes que tus padres están separados? —me dijo de sopetón.
Yo
sólo sabía que no dormían en la misma habitación, que papá sólo comía de vez en
cuando con nosotros, y que casi nunca lo veía.
—Tampoco
a mamá la veo mucho... Sólo cuando me llama a su gabinete.
Eduarda
pidió otro escocés, y luego dijo:
—Te
he comprado ese teatrito, para que te escondas detrás y hagas lo que más te
gusta. Algún día te llevaré a mis Ruinas... Me gustaría mucho que vieras mis
Ruinas. Porque tú eres también de la rama normanda. No hay más que verte.
¿Qué
era la rama normanda, y en qué se me notaba a mí? Más misterios. Todo en mi
pequeña vida eran misterios sobre misterios. Y pregunté:
—¿Por
qué, si están separados, no se van papá o mamá de casa?
—Porque
tienen miedo —me contestó Eduarda al cabo de un corto silencio—. Porque no
tienen valor para decirlo; porque son cobardes.
Y
aquí puso punto final a nuestra brevísima conversación.
La
confusión llegó a su más alto grado en mi mente. Pero también mi aprecio hacia
Eduarda. De allí, nos fuimos a casa.
A
mamá le sorprendió mucho el regalo de su hermana. Más aún, cuando, cosa
excepcional, me llamó a solas a su gabinete y me dijo:
—¿De
qué habéis hablado con tía Eduarda?
—De
nada.
—¿
No te ha preguntado nada?
—No.
—¿Adónde
habéis ido?
—A
comer un helado de vainilla.
Por
vez primera me fui con una sensación de alivio del gabinete de mamá. Eduarda no
me había preguntada nada, y yo no había tenido que explicar nada.
La
sorpresa de mamá fue bastante visible cuando entre Sagrario y el portero
subieron el guiñol a casa. Mamá se quedó sin habla, hasta que al fin dijo:
—Eduarda,
por Dios, esto no es el regalo más apropiado para...
—Es
lo más apropiado —dijo ella, lentamente, mientras se quitaba los guantes
amarillos que usaba para conducir la Cafetera.
Y,
como de costumbre, puso punto final a la conversación. Luego vino la discusión
entre mamá, Tata María y Cristina para decidir dónde colocaban lo que de pronto
empezó a denominarse como «el armatoste». Cristina se negó de plano a que
formara parte de su reino. Tras algunas dudas y vacilaciones, y algún que otro
intento de incorporarlo al cuarto de estudio «porque —decía Tata María— después
de todo éste era el cuarto de jugar, antes de que los niños crecieran, y ella
todavía es ...». Tras muchas probaturas, desistieron. Claro que fue decisiva la
oposición rotunda de Jerónimo y Fabián. Así que finalmente gracias a Tata María
—que, como muy a menudo, sacaba de sus dudas a mamá («porque me cuidaba de
pequeña»)— se decidió que, puesto que era un lugar ambiguo, espacioso y no
creaba problemas de ningún tipo, se instalara en el cálido, amoroso cuarto de
la plancha. Y allí estuvo, en sustitución del hasta entonces escondite bajo la
mesa. Durante tiempo y tiempo, hasta allí donde alcanza la memoria de mi
primera infancia, permaneció, en un ángulo, casi invisible para todos, menos
para mí.
Fue
una feliz ocurrencia. Empezaba haciendo funciones para la Tata e Isabel, con
los brazos en alto y dos muñecos enfundados en mis manos de niña —aquellos
puños pequeños y apretados—, y acababa siendo totalmente olvidada por las dos mujeres,
hasta el punto de hacerme realmente invisible, como cada vez más me gustaba
sentirme. Agazapada bajo el pequeño escenario, sentada en el suelo, con los
muñecos a mi alrededor y una suave penumbra atravesada por la luz rojiza que
transparentaba el telón, pude escuchar infinidad de historias, sobre mi
familia, sobre mí misma, sobre las familias de las Tatas, y sobre otras muchas
cosas más. Fue mi nuevo refugio, y, aunque ellas ahora sí conocían mi
escondite, el saberlo las despreocupaba, y no me buscaban, ni me llamaban, ni
me importunaban. Fue un gran regalo el de Eduarda.
Poco
después, llegó el día de la Primera Comunión. Fue un día muy agitado. Me
vistieron de blanco, con un velo también blanco. Me habían dicho que tenía que
pedir por todo el mundo, pero nadie me decía qué es lo que tenía que pedir para
todo el mundo. Así que pedí para mí, y pedí un caballo vivo. Nunca me lo
trajeron.
Al
día siguiente, Eduarda se fue a sus Ruinas. Sin apenas despedirse, con
Sagrario, y todas sus maletas, en el asiento trasero. Paco, en el patio, los
vio marchar. Se reía mucho, todo lo que hacían Sagrario y Eduarda le hacía
mucha gracia, aunque yo no comprendía por qué. Claro que la mayoría de las
cosas que ocurrían a mi alrededor tampoco las entendía.
Yo
fui la única de la familia que la vio marcharse, porque a aquella hora toda la
familia estaba durmiendo. Me asomé al balcón del salón, abierto de par en par.
Estaban limpiándolo las Tatas, así que ellas también se asomaron, pero como
escondiéndose, y diciendo cosas en voz baja. Secretos. Siempre secretos. Los
Gigantes eran verdaderos enigmas, incluso las Tatas. Yo agité la mano en el
aire, y la vi arrancar por la calle abajo, y al poco sólo quedó en su lugar la
tapia del jardín del convento la Milagrosa, medio tapando sus árboles
inmóviles, porque no había ni la más pequeña brisa, ni transeúntes, únicamente
los faroles apagados, en fila, a cada lado de la calle. Pensé en mi amigo el
farolero, que al anochecer volvería con su larga pértiga y su gorra azul, con
una cinta roja, a darles vida nocturna. Como yo.
Volví
a la cama y volví a dormirme, porque no había colegio. Eso creía yo. Por la
tarde, de nuevo vestida con traje y velo blanco, y todo lo demás, tuve que
jurar sobre un gran libro abierto que renunciaba a Satanás, a sus pompas y a
sus obras. Yo no sabía de más obras que las casas a medio hacer que veíamos
Tata María y yo de camino al parque o al colegio. Así que me imaginé a Satanás
en camiseta, y acarreando capazos y no me parecía muy creíble. Lo de las pompas
me llamó mucho la atención, porque la imagen de Satanás que yo había visto en
grandes láminas, cuando la clase de Preparatorio, era peluda y tenebrosa. En
cambio, las pompas de jabón que yo hacía cuando me bañaba Tata María, poniendo
los dedos llenos de espuma en forma de trompeta, eran ligeras, redondas,
transparentes y reflejando todo el arco iris. Además, volaban.
Al
día siguiente, todo esto había acabado. Volví al colegio del paseo del Cisne, a
Madame Saint Sulpice y a las antipáticas niñas burlonas, misteriosas y buenas.
4
—He
venido a saber de la niña —dijo Eduarda, con su acostumbrada economía verbal.
Había
aparecido sin avisar, esta vez sin Sagrario, sólo con su maletín. Apenas la oí
llegar corrí a mi refugio del gabinetito de mamá, donde sabía que iban a
reunirse ellas dos. Aquel escondite consistía en el espacio, no muy grande, que
se abría entre un biombito llamado chinois (muy de moda por aquellos años) y la
pared. No creo que tuviera otra utilidad que la que yo le daba porque detrás
del chinois sólo cabíamos un taburete y yo.
—Llegas
muy oportuna, Edu —dijo mamá. Después de haberla besado en las dos mejillas, se
sentaron una frente a otra, como solían y yo conocía de memoria. Enseguida
blanqueó el pañuelito en la mano de mamá. Yo las veía bastante bien a través de
las junturas del biombo.
—Te
digo que llegas muy oportuna —recalcó mamá, tras esperar en vano un comentario
por parte de su hermana—, porque estoy a punto de enloquecer a causa de esta
criatura. Se esconde y no hay quien la encuentre, no habla, no contesta, no
pregunta... sólo se te queda mirando con esos ojos enormes tan quietos, tan
fijos, que a veces me asustan..., no son ojos de niña... Y además, ¡qué falta
de sensibilidad! Nada, lo que se dice nada le conmueve, nada le arranca una
lágrima... ¡Hace tanto tiempo que no la he visto llorar ni reír! Ay, Dios mío,
a veces pienso qué habremos hecho nosotros, qué mal habremos cometido para que
Dios nos castigue con... este último coletazo (por decirlo de alguna manera),
donde no hubo más que pasión... y nada de amor...
—No
digas tonterías —la interrumpió Eduarda—. Al grano porque no dispongo de mucho
tiempo.
—Pues
no puedes imaginar qué clase de notas y notitas recibo desde Saint Maur sobre
la forma de comportarse de Adri... Claro, ya sé que esta niña está pagando las
consecuencias de una familia rota, pero...
—No
hay ninguna rotura que ella pueda apreciar. Que yo sepa, Germán sigue viviendo
aquí.
—Sí,
pero ya sabes...
—No
sé nada, ni me importa. Lo único que me ha traído aquí, lo único que me importa
es Adri, y quiero verla.
Detrás
del biombo hubo, a mi parecer, una especie de sacudimiento, un minúsculo
seísmo, que hizo temblar los caballos y las pagodas del chinois. Y sentí como
un brusco abrazo, intempestivo y enormemente cálido a un tiempo. Vi, entonces,
que mis manos pequeñas y apretadas temblaban.
Eduarda
se levantó, dando por terminada la conversación del gabinetito. Las próximas
conversaciones —yo lo sabía— serían conversaciones para el público en general.
Ya no serían las Niñas, serían de nuevo las Señoritas.
Sin
embargo, en aquella ocasión, tras el conocido punto final de Eduarda, hubo una
especie de posdata. Se detuvo en la puerta y añadió:
—En
cuanto a esas notas y notitas que recibes de Saint Maur, te aconsejo que las
olvides. En aquella casa predominan la estupidez, la ignorancia y la soberbia.
Entonces
mamá salió de su mutismo para casi gritar, asombrada:
—¿Cómo
puedes decir eso tú... precisamente tú, siempre la primera de la clase, la más
alabada, la que nos ponían por ejemplo, la que...?
Eduarda
la atajó, con un gesto. La sombra de una sonrisa vagaba en sus ojos burlones.
—Precisamente
por eso —dijo.
Y
salieron de la habitación mientras mamá —qué raro me parecía, una vez más, el
mundo de los Gigantes— se reía a carcajadas. Como poquísimas veces la había
oído (ni oiría luego) reírse.
Era
ya casi de noche, y cené con las Tatas sin que nadie me llamara. Me acosté con
una sensación de desánimo, o decepción, y bastante confusa. Al día siguiente
era domingo, por lo menos no había colegio. Creo que fue lo último que pensé
antes de dormirme.
—Hoy
irás a comer con tía Eduarda —me dijo mamá, apenas terminé de desayunar. Y
añadió, recalcando las palabras:
—Pórtate
bien, no seas huraña, ni arisca, ni medio muda... Tú ya sabes a lo que me estoy
refiriendo. Pórtate como debes hacerlo, que también lo sabes, aunque no lo
hagas. Eduarda, tía Eduarda —rectificó, porque no quería admitir la supresión
«tía», que tanto molestaba a su hermana— se está portando muy bien contigo,
intenta corregirte, y debes agradecérselo.
Al
oír estas últimas palabras, algo intangible, pero muy pesado, pareció
desplomarse sobre mi cabeza: así que también Eduarda iba a «corregirme». Qué
desengaño tan grande. Casi estuve a punto de gritar o derramar lágrimas (que
era otra forma silenciosa de gritar).
A
eso de media mañana, Tata María me vistió «para salir». El abrigo, los guantes
y los zapatos de ir a ver a Shirley Temple. Aún era invierno y estaba cerca la
Navidad. Yo había crecido un poco después de la última gripe. «Parece mentira
—decía Tata María, haciendo coro a mamá— en sólo dos semanas cómo ha estirao
esta criatura...» El abrigo «de salir» me quedaba demasiado corto, así que me
pusieron el del colegio, que era bastante más largo, como querían en Saint
Maur. Era azul marino, me llegaba casi a los tobillos, y lo odiaba. Todo se iba
marchitando por momentos.
Al
fin Tata María me llevó al salón, donde me esperaban mamá y Eduarda. Ésta ya se
había puesto los guantes amarillos y el sombrero que a mí me parecía de
cazador, porque llevaba insertada una plumita.
—Vamos
a pasar un día estupendo, Adri. —Fue lo primero que oí decir a Eduarda. Y de
pronto todos mis temores se desvanecieron. Aquellos ojos grandes, azules,
brillaban como la mejor y más alegre de las complicidades, aunque su boca no
iniciase ni el menor atisbo de sonrisa.
No,
Eduarda no iba a defraudarme. Y no me defraudó en absoluto. Todo lo contrario,
ensanchó y compartió hasta límites insospechados el mundo y el lenguaje que yo
había creado para mí.
Cuando
me instalé en la Cafetera —«de copiloto», como ella dijo—, ya me sentí como en
mi propia casa. Es decir, como en el mejor de mis escondites nocturnos y
diurnos. No parecía una invitada, yo era parte de cuanto me rodeaba. No era una
extraña, no era un ser aparte, pequeño y huidizo, intentando sobrevivir entre
los Gigantes. Era una piececita más de aquel desbarajuste ruidoso,
traqueteante, con bruscas paradas y arranques insólitos, con las ventanillas
abiertas al frío de la mañana que, con la velocidad —aunque muy moderada, a mí
me parecía vertiginosa—, despeinó mis cabellos y lanzó al aire la odiada boina
del colegio. No pude reprimir un grito de alegría, y, entonces, Eduarda se
volvió hacia mí y, me guiñó un ojo. No hacían falta explicaciones, preguntas ni
respuestas. Un pacto acababa de establecerse para siempre jamás.
—Como
me he dado cuenta de que no vas contando lo que a nadie más que a ti y a mí nos
interesa —dijo de pronto, sin mirarme— vamos a ir a comer a un sitio donde lo
más seguro es que ni tu madre, ni nadie de «esa casa» —y dijo esa casa con el
tono de quien se refiere a algo muy distante y ajeno—, pondría los pies...
—No
es que sea nada prohibido —añadió, tras una pequeña reflexión—. Es que,
simplemente, no coincide con sus gustos. No es lujoso, ni exquisito, pero
conozco al dueño, y a todos, y ellos me conocen a mí; así que con pocas
palabras basta, y te adivinan lo que quieres, con un simple parpadeo. Te
sientes feliz.
Todo
aquello que me decía era tan nuevo, tan estimulante, que ponía toda mi
curiosidad en pie. Y también mi creciente asombro por el mundo y sus
variadísimas clases de gentes, incluso de una misma familia, incluidos
Gigantes.
No
tardó mucho Eduarda en añadir:
—Son
pobres y bien educados. Han huido de su patria porque los querían matar. Ya ves
qué cosas pasan, hay gente que mata a otra gente. No somos mejores que los
animales depredadores... ¿Tú sabes lo que son animales depredadores?
—No.
—Pues
los que se parecen a los humanos.
Enfilamos
por una callecita empedrada, cosa que hacía saltar la Cafetera de trecho en
trecho, por culpa de los adoquines.
—Tendré
que cambiar las llantas... pero cuando llegue a mis Ruinas... ¿Tú quieres
acompañarme a mis Ruinas?
—Sí
—dije con toda la vehemencia de que era capaz. Las Ruinas de Eduarda se
parecían cada vez más a la felicidad que había nombrado ella poco antes.
Era
una mañana de invierno con el sol como oro pálido, cuando luce espléndido en el
cielo, un cielo casi azul, de nubes desflecadas por el viento. Aunque aquella
mañana no había viento, sólo pájaros invisibles, escondidos en alguna rama ya
desprendida de sus hojas.
—Fíjate
en los árboles, los troncos de los árboles del invierno —dijo de pronto
Eduarda.
Miré
a los lados de la calle, y allí estaban los troncos, unos y otros sin hojas,
con las ramas casi negras recortándose en la claridad del día.
—Son
como las personas —añadió—. Mucho follaje, mucho esplendor... tapando o
protegiendo la verdadera naturaleza. Ahora ha llegado el invierno, y el
invierno no perdona: saca a la luz tanto los troncos rectos como los
retorcidos. Así es el invierno. Ya te digo, como las personas en el último
tramo de la vida.
Entonces
no la entendí muy bien. Pero cuando hablaba no sólo ponía punto final: seducía.
Al
final de la calle había una plaza bordeada de tiendas de antigüedades y un par
de restaurantes. Enseguida me llamó la atención uno, porque su nombre me
resultaba familiar. Era el de uno de los libros preferidos de Jerónimo y
Fabián: Miguel Strogoff. La puerta del restaurante era pequeña, de cristales y
madera pintada de rojo. Había dos ventanas, veladas de la mitad para abajo con
visillos de lino bordado. Y en el antepecho interior, una maceta con flores.
Eduarda aparcó con cierta dificultad, no porque no hubiera espacio: la placita
estaba desierta. Era la ya para mí conocida lucha cuerpo a cuerpo con la
Cafetera. Había lloviznado poco antes y en uno de los hoyos del suelo —había
unos cuantos— se había formado un charquito, donde picoteaban dos gorriones.
Uno de ellos bebía, echando luego la cabeza hacia atrás, y me recordó a Isabel,
un día que la vi hacer gárgaras en el fregadero de la cocina. Qué familiar y a
la vez extraño era todo: tan mezclado y tan satisfactorio.
Eduarda
me cogió de la mano, y por primera vez sentí, después de la de Tata María, lo
acogedora, cálida y protectora que puede ser una mano. Incluso si es de un
Gigante.
Eduarda
empujó la puertecita roja, y los cristales parecieron estremecerse bajo su
empuje. Enseguida se oyó tintinear una campanilla.
Entramos
en una estancia no muy grande, con mesitas pequeñas y cubiertas de manteles a
rayas de colores con largos flecos. Arrimadas a ellas, había sillas de madera
negra, con el asiento cubierto de rejilla. Sobre cada una de las mesas había un
pequeño florero con flores silvestres, y una palmatoria con una vela. A la
entrada había un pequeño mostrador, con timbre, teléfono y una lámpara de
porcelana.
Al
fondo, se adivinaba una puerta cubierta por una cortina de pana roja. Las
mesas, vacías, parecían retener no sólo silencio, sino, sobre todo, ausencias.
Entonces Eduarda gritó, clara y rotundamente:
—¡Michel,
Michel, mon amour!
Se
oyó un gran crujido de madera, como si todos los árboles del bosque se hubieran
puesto a gemir y llorar por haber sido convertidos en escalera. Y sus escalones
parecieron doblarse bajo el peso del hombre que apareció en el marco de la
puerta, tras la cortina roja, apartada de un manotazo. El hombre corrió hacia
Eduarda con los dos brazos extendidos, como un náufrago que inesperadamente
divisa tierra firme.
—Eduarrda,
Eduarrda, mon trésor...!
Era
el hombre más grande que viera en toda mi vida —entonces y ahora—. Medía casi
dos metros, sus piernas y sus brazos parecían troncos de abedul, su torso
podría competir en medidas y solidez, y con ventaja, con la mayor y más maciza
de las cómodas que mamá conservaba —aunque en el cuarto oscuro— de la casa de
la abuela.
Era
pelirrojo, pero con muchas canas, y llevaba una barba corta, y bien cuidada, y
largos bigotes, éstos sí completamente blancos. Se lanzó hacia nosotras como un
huracán, y en un visto y no visto Eduarda y él se abrazaron, y quedaron tan
unidos como si en lugar de dos personas fueran una sola. Una mezcla de
expectación y gozosa curiosidad parecieron estallar dentro de mi pecho. Como si
una ola de amor me invadiera —amor a no sabía qué, ni a quién: amor al suelo de
madera que crujía, a los cristales que temblaban, a las erres sonoras con que
aquel hombre gritara el nombre de Eduarda—. Incluso, me parece, abarcaba a
aquel gorrión que acababa de ver haciendo gárgaras, como Isabel, apenas unos
minutos antes.
Entonces
me ocurrió algo parecido a cuando vi echar a correr al Unicornio. De pronto,
todas las velas apagadas se encendieron en sus palmatorias. Y vi —o creí ver—
el temblor de sus llamas como un grito gozoso, silencioso y cómplice. El
corazón golpeaba fuerte, y en la garganta había algo tenue, tembloroso, que
parecía querer escapar hacia algún lugar hasta aquel momento desconocido. Y
digo hasta aquel momento, porque enseguida supe que iba hacia las Ruinas; una
especie de promesa, paraíso, felicidad, que intuía, aunque no conociera su
nombre.
No
podría decir cuánto tiempo estuvieron abrazados, la cabeza de él, aquella
maraña rojiblanca, como deseando esconderse entre el cuello y el escote de
Eduarda. Y recuerdo la mano de Eduarda pasando suavemente, una y otra vez, en
una caricia reanudada, como si hubiera comenzado mucho antes y aún no tuviera
fin, sobre la enmarañada pelambre de Michel.
Casi
sin saber cómo —todo ocurría tan despaciosa y velozmente a un tiempo—, estaban
ya separados, compuestos y graves, frente a mí.
—Adriana
—dijo Eduarda, llamándome por primera vez por mi nombre completo. Y yo entendí
así que el momento era de gran importancia—. Adriana, te presento al Coronel.
El
Coronel se inclinó hacia mí, lenta y ceremoniosamente. Entonces yo comprendí
que debía corresponderle y, acordándome de las enseñanzas de Saint Maur,
levanté con los dedos índice y pulgar de cada mano los extremos de mi horrible
abrigo azul marino (ese que me llegaba a los tobillos), realicé la reverencia
más armoniosa que luego, en todos y cada uno de los días de mi vida, jamás
logré repetir. Saint Maur —por una vez— me habría condecorado.
Enseguida,
todo perdió solemnidad. El Coronel —o Michel Mon Amour, o Miguel Strogoff, qué
más daba— nos llevó hacia la mesa más luminosa, junto a la ventana. La luz
invernal atravesaba el blanco visillo de lino, y vertía sobre el mantel un
resplandor de aluminio: los platos, las copas y los rostros parecían casi
transparentes. Era un poco parecido al resplandor que atravesaba los visillos
del salón nocturno, aquellas noches en que solía escapar y esperar, de nuevo,
que echara a correr el Unicornio.
La
campanilla de la puerta tintineó, y entró un hombrecito calvo, que desapareció
tras la cortina roja y apareció de nuevo vestido con un frac entre negro y
verdoso, quizá no de su medida, porque se notaba que le molestaban los faldones
al andar.
Sin
preguntar nada, colocó dos vasitos, uno frente a Eduarda y otro frente al
Coronel Michel Mon Amour. Luego trajo una cubeta con hielo, unas rodajas de
limón y sal. Después trajo una botella de vodka, grande —y como supe mucho más
tarde totalmente «casera»—, sin marca, pero, al parecer, por el regocijo que
despertó, muy apreciada.
Hablaban
en francés, aunque Michel Mon Amour con un acento muy especial: además de
pronunciar las erres como si siempre estuviera diciendo «carreta», su tono era
algo ululante: algo así como lamentos de lobos heridos, no amenazantes, en la
lejanía. Oírle despertaba mi imaginación, me trasladaba a paisajes nevados,
invernales y muy lejanos. Inalcanzables como un sueño, o un deseo. De nuevo los
libros de cuentos, las historias más reales que la realidad de mi vida
cotidiana.
Como
yo estudiaba y ya casi hablaba francés en Saint Maur, les entendía bastante
bien. En resumen, comprendí, más o menos, que Michel estaba muy triste, que el
restaurante no iba bien, que apenas venía nadie y que, además, acababa de
quedarse sin Serge el cocinero. Por tanto, ¿qué podía ofrecernos? Estaba a
punto de cerrar y volver de nuevo a París, al querido París. Aunque allí, por
lo visto, tampoco le había ido muy bien. Todas estas cosas las comentaba con
Eduarda, vasito de vodka tras vasito de vodka. De cuando en cuando brindaban
—por tantas cosas que ya no las recuerdo— hasta que, de pronto, Michel empezó a
llorar. Entonces, Eduarda me tapó los ojos.
Yo
dije:
—No
me tapes los ojos. Yo también lloro, y no me avergüenzo.
Entonces
Michel me cogió las dos manos —tan pequeñas, tan apretadas para no llorar— y me
las besó.
—Me
gustaría tener música para este momento, pero los músicos también me han
abandonado—dijo, secándose los ojos.
—Son
ellos los abandonados —dijo Eduarda, lenta y grave—. ¡Total, una balalaika y un
barítono ronco...! No hay que echarles de menos. La música está en nuestros
corazones... ¡y en el vodka! —añadió con una pequeña y oscura risa que apenas
se notó en sus labios.
—¡Y,
además, aquí tenemos a Lev! —casi gritó Michel—. Él no abandona el barco, como
las ratas.
Lev,
el hombrecito del frac, sonrió y escanció más vodka. Luego trajo fiambres,
roastbeef y pan moreno con mantequilla. Todo me pareció muy rico. Y Lev me
trajo una gaseosa «de bola».
—Siéntate
aquí, querido —dijo entonces Michel, como en un rapto—. ¡Siéntate y apura con
nosotros la última copa...!
Y de
repente, sin que —al menos yo— se supiera por qué razón, empezaron los tres a
reírse a carcajadas y a besarse, y luego cantaron.
De
pronto, Eduarda buscó en su bolso. No era precisamente un bolso, como los de
mamá y sus amigas, era una especie de híbrido entre maletín y bolsa. Le llamaba
«cabás». Y dijo:
—Querido
—no dijo querido, dijo chéri—. Aquí tengo las entradas para el Ballet de esta
tarde: Petrouchka y La bella durmiente. Claro que no es el Bolshoi, pero...
—¡Oh,
querida, querida —(chérie, chérie)—, no lo puedo creer!... ¡Qué despedida, mon
Dieu, qué despedida!
Salió
corriendo, crujieron todas las maderas, temblaron los cristales y bajó de
nuevo. Esta vez, sí, iba vestido de Coronel. Llevaba un uniforme muy bonito, y
el pecho lleno de medallas. Decidieron que Lev estaba bien tal como estaba.
Podía venir.
—¿Yo
también, Madame?
—Tú
también. Adquirí entradas para todos... Aún sobran las de las dos ratas. Así
que prepárate, y VEN.
Más
que una invitación, parecía una orden. Michel Mon Amour cerró —creo que para
siempre— Miguel Strogoff.
La
Cafetera iba repleta, los pájaros habían desaparecido junto a los charcos y en
el cielo ya no quedaban nubes. Sólo el anuncio de la noche, como un gran
animal, cálido, enorme y paciente.
—Qué
pena, no tenemos un teatro digno de estas cosas —dijo Eduarda.
A mí
me pareció un teatro precioso: era el mismo donde había ido a ver Cascanueces,
y su recuerdo aún despertaba mi nostalgia.
Nuestra
entrada fue un tanto espectacular. En cabeza iba Eduarda, con su indumentaria
—según mi apreciación— de cazador; detrás, Michel, vestido de coronel —o algo
parecido—, luego yo, con el abrigo que me llegaba a los tobillos, y por último
Lev, que probablemente, dadas las circunstancias, iba ligeramente mejor
ataviado para la ocasión. Aunque por su manía de taparse la cara con las dos
manos, no lo parecía. El acomodador nos miraba con cierto recelo, pero cuando
Eduarda le llenó las manos de monedas sonrió, y hasta se inclinó un poco.
Acababa de abrirnos la puertecita de un palco, y allí entramos todos, yo creo
que con cierto alivio. Enseguida todo volvió a ser muy alegre. Lev llevaba una
bolsa de la que sacó pastel y vodka, y otra gaseosa de bola para mí.
Fue
una maravilla aquella tarde. Primero Petrouchka, que era un muñeco al que nadie
quería; otros muñecos muy parecidos a las niñas de mi colegio salían de sus
cajas y querían hacerle la vida imposible. ¡Qué bien lo entendí —o creía
entender entonces—! Luego, La bella durmiente. La música se incrustó en mi
memoria, la Princesa Aurora quedó allí para siempre, grabada a fuego, y sólo
con cerrar los ojos la recupero: no es la mejor música que he oído, pero sí la
más evocadora para mí, la que sabe devolverme a un mundo propio, inventado y
vivido a un tiempo, ya desaparecido, excepto para mi memoria. Una niña —yo
conocía muy bien la historia— había dormido durante cien años. Cien años, como
el soplo de un día, como el canto de un jilguero, como el resplandor fugaz,
brillante y efímero del abrazo de Eduarda y el Coronel Michel Mon Amour, capaz
de encender las pobres y apagadas candelas del Miguel Strogoff.
En
aquella ocasión, en lugar de hacerlo en casa, como solía, Eduarda se alojaba en
un hotel.
A la
salida del ballet, tras algunas pequeñas deliberaciones, fuimos a cenar a un
restaurante cercano al teatro. Me pareció muy bonito, con muchos espejos y
camareros —todos muy altos, creo recordar—, con las piernas enfundadas en
delantales blancos y ceñidísimos, hasta el punto de preguntarme cómo les era
posible andar; y lo hacían, rápidos y eficaces. De vez en cuando, extraían o
introducían blancos paños humeantes de unas bolas metálicas con tapadera. Había
en todo el recinto un vaho caliente, que me recordó el olor del cuarto de la
plancha, su amorosa complicidad: algo como un húmedo resplandor rodeando cosas
nuevas y a la vez entrevistas con anterioridad. Como si hubiera estado allí
antes —mucho antes—, sin saberlo.
Eduarda
fue a llamar por teléfono, y al poco rato volvió. Me pareció que sus grandes
ojos de Unicornio brillaban más que nunca.
—Adri,
esta noche, si quieres, puedes quedarte conmigo en el hotel. He hablado con
mamá y está de acuerdo. Mañana por la mañana yo misma te llevaré al colegio...,
¿quieres o no quieres quedarte?
En
medio de tanta emoción inesperada, contesté:
—Sí
quiero —con la voz tan firme como me fue posible.
—Parece
una boda —dijo Lev.
Todo
ocurría tan fuera de lo corriente en mi pequeña vida que apenas si sabía lo que
estaba admitiendo que quería. Pero enseguida comprendí que lo que no quería era
romper aquella noche, quedarme sin la cena con ellos, y lo que viniese. Además
de la perspectiva de pasar la noche en el hotel, que para mí siempre sería el
Hotel, con mayúscula, pues fue el primero del que tuve conocimiento
directamente. Hasta aquel momento, yo relacionaba vagamente un hotel con los
viajes de papá, y, sobre todo, con sus larguísimas ausencias.
Cenamos
casi en silencio, guardando cierta ceremonia. Pero no era un silencio frío y
distante, como el que acostumbraba a flotar fuera del cuarto de la plancha, ni
la ceremonia un ritual algo adusto y enigmático, como el impuesto durante las
«Sesiones de Capilla» de Saint Maur: genuflexiones y puestas en pie al compás
de una especie de castañuelas —pero sin el menor asomo festivo— que en esas
ocasiones utilizaba Madame Saint Simon. Aquí no había órdenes a rajatabla, sino
un orden armonioso y a la vez dispar: yo te acerco las aceitunas, tú los
rábanos, pásame la sal... Y en silencio, sólo con la mirada y la sonrisa, sin
el clic impertinente de las castañuelas apócrifas de Madame Saint Simon.
Me
sentía muy bien. Seguía con la sensación de que se abrían ventanitas, aquí y
allá, en mi corazón y en las miradas de ellos.
Pero
percibía más que eso, lo veía físicamente, un entrelazarse de palabras sin voz,
que iban y venían desde los ojos azules de Eduarda a los negros ojos de Michel
Mon Amour. Era el mismo, o parecido, lenguaje que se enviaban unas a otras las
lámparas de cristal en la noche, un lenguaje hecho de destellos, comunicándose
unos a otros, a través de racimos de luz. Yo conocía aquella lengua aprendida
en mis correrías nocturnas hacia el salón, cuando navegaba en un barco de papel
de periódico.
Inesperadamente
—al menos para el pequeño grupo del que yo formaba parte, y para quien el
tiempo era un elemento vago y versátil—, sonaron unas cuantas campanadas.
Entonces me di cuenta de que había un reloj de pared, casi a nuestro lado. Su
péndulo dorado, en vaivén, resultaba un tanto inquietante. No creo que nadie
contara sus campanadas, pero Eduarda dijo:
—Debe
de ser bastante tarde.
Todos
nos levantamos. Hacía rato que sobre el mantel ya sólo quedaban algunas
pequeñas copas con una gota ambarina en el fondo.
Lev
se apresuró a ponerme el abrigo con la misma delicadeza con que poco antes lo
había colgado en una cornamenta de corzo, o de ciervo, o de quién sabía qué. Y
pensé: «Ojalá estuviera aquí Sagrario con todos nosotros». Intuía que Sagrario
era la pieza que faltaba para completar aquella suerte de sinfonía humana de la
que únicamente podrían ser notas discordantes «los demás», es decir: los que no
pertenecían al grupo, los que con mayor o menor disimulo nos miraban y dejaban
de hablar cuando pasábamos a su lado. Aquella primera sensación de «nosotros» y
«ellos» me persiguió aún durante mucho tiempo; y aún hoy me asalta de cuando en
cuando, devolviéndome sombras que acaso no desaparezcan jamás de mi memoria.
Tal vez la infancia es más larga que la vida.
Nos
despedimos dentro de la Cafetera, porque Michel Mon Amour no quería entrar en
el hotel de Eduarda. Dijo que tenía frío en el corazón.
Estábamos
casi a oscuras, apenas iluminados a través de las ventanillas por el resplandor
azulado de un farol.
Entonces
Lev dijo:
—Va
a nevar.
Y
Eduarda añadió:
—Chéri...,
yo siempre, siempre, estaré a tu lado.
Sin
una sola palabra, sin siquiera mirarnos, el enorme corpachón de Michel Mon
Amour salió suavemente de la Cafetera. Quiero decir que parecía deslizarse,
casi invisible, a pesar de su gran humanidad. Y Lev le siguió, murmurando:
—Merci,
merci, Madame...
Luego,
cogidos del brazo —es un decir, porque más parecía que Michel lo llevara
colgando, como un bolso— se integraron a la oscuridad. Y entonces vi sus
sombras rezagadas bajo la farola, y me pareció que se quedaban allí un rato,
como si quisieran dejarnos sus pasos, el eco de su presencia, su recuerdo. En
el vestíbulo del hotel, que era muy antiguo y muy grande, pendían del techo
lámparas—arañas como las del salón, pero mucho más grandes, y sin misterio
alguno. Cuando entramos en el ascensor, renqueante como la Cafetera (a quien
mentalmente emparejé), me vi rodeada de espejos y enfrentada bruscamente a mi
propia mirada bajo el flequillo lacio y rojizo que me tapaba las cejas. Creo
que por primera vez en mi vida deseé entrar en mis ojos. Todo era asombro, descubrimiento,
casi sin interrupción.
En
cuanto nos quedamos solas Eduarda y yo, las palabras se agolparon en mi
garganta como si hubieran reventado un muro de contención. Un borbotón
incontenible se desbordaba, atropellándose unas a otras. Y aquellas que yo
tanto temía, y de las que huía, se agolpaban ahora en mi lengua: las preguntas.
Una tras otra, sin rubor. Ahora no las eludía y odiaba, ahora era yo quien las
formulaba. Pero Eduarda no parecía ni molesta ni sorprendida. Incluso creí ver
en el espejo del tocador, mientras se desprendía de su sombrero de cazador, la
sombra de una sonrisa, digamos que «giocondina» (aunque cualquier parecido
entre ella y la Gioconda sería puro disparate).
Antes
de que desenfundara sus grandes manos de los guantes amarillos, yo, detrás de
ella, contemplándola en el espejo, dije:
—Eduarda...
¿por qué se ha ido Michel Mon Amour? ¿Por qué lloraba? ¿Por qué se va a París?
Se
volvió despacio hacia mí y dijo:
—¿Cómo
sabes que se va a París?...
Me
encogí de hombros y, al fin, murmuré:
—Lo
sé porque... sé que lo sé.
—Buena
respuesta —dijo Eduarda, sin el menor asomo de ironía. Luego se desprendió de
su abrigo, se descalzó y añadió—: Siéntate ahí y espérame. Esta noche vamos a
contarnos muchas cosas.
Entró
en el cuartito de baño, cerró la puerta y yo hice como ella: me quité el
abrigo, lo coloqué lo mejor que pude sobre una de las dos camas, y me descalcé.
Luego me senté en una butaca, junto a una mesita redonda, donde había un
cenicero y una lámpara con pantalla rosa. A la derecha, había un balcón, con
largas cortinas amarillo doradas. Y detrás de los visillos, como a través de
los del salón de casa, otra vez brillaba la noche. Esto aumentó, no sabía por
qué, los latidos de mi corazón; y una espumosa sensación, si no de alegría, de
alivio; una forma de libertad que nunca había sentido antes. Parecía como si
hasta entonces hubiera tenido una mano apretada sobre los labios y de repente
esa mano se aflojara y se retirara. Y respiré, hondo, muy hondo; aspirando y
dejando fluir el aire lentamente entre los labios, con un gran bienestar.
Eduarda
salió al poco rato, vestida con una larga bata y la cabeza envuelta, a modo de
turbante, en una toalla.
—Te
voy a dejar algo que haga las veces de camisón —me dijo.
Entonces
yo no llevaba nunca camisón, sólo pijamas, pero no dije nada. Todo lo que venía
de Eduarda constituía por sí solo una sorpresa, o un descubrimiento. Al fin,
tras rebuscar un poco entre sus cosas, me tendió una blusa. Me quité la ropa y
fui al cuarto de baño, donde aún goteaban los grifos y un vaho caliente cubría
el espejo. Estuve un rato curioseando las cosas que allí había: frascos,
jabones, colonia, cepillos... Luego borré el vaho del espejo con la mano y me
miré en él. Me saqué la lengua, y salí vestida con la blusa blanca, que me
llegaba algo más abajo de las rodillas.
—Siéntate,
Adri. —Me invitó, con la mano extendida. Tal y como hacían los Gigantes con los
otros Gigantes, no los Gigantes con los Enanos. Y me dije que Eduarda me
hablaba de igual a igual, no como me hablaba todo el mundo: de arriba abajo.
Me
senté en la otra butaca, al otro lado de la mesita, y vi que mientras yo había
andado curioseando por el cuarto de baño ella había pedido un whisky, porque en
aquel momento un camarero muy viejo, con patillas blancas, lo traía en una
bandeja junto a una cubitera con hielo.
Cuando
se fue, Eduarda sacó su pitillera de plata, y casi estuve a punto de creer que
iba a ofrecerme un cigarrillo: tan natural y placentera era aquella paz,
libertad y —me atrevería a decir— felicidad que se respiraba a su lado. En
lugar de eso, se puso un cigarrillo entre los labios, cerró la petaca con un
clic y tras la primera bocanada de humo, surgieron por los agujeritos de su
nariz, como si se tratara de un hermoso y amigable elefante, dos largos
colmillos blancos, tal y como los había visto en un libro de «aprender
jugando», que me regaló no sé quién por mi Primera Comunión, y con el que ni
jugué ni aprendí otra cosa que, desde aquel momento, amar a los elefantes.
Eduarda pasó a ser parte integrante del grupo elegido.
Entonces,
como ya había abierto la compuerta de las palabras no estaba dispuesta a
sofocarlas, así que señalé la cubeta con hielo, luego al vaso y dije:
—No
es de malta.
Eduarda
mantuvo unos instantes el cigarrillo en alto, mirándome, sólo mirándome. Pero
era imposible no sentir aquella mirada hasta los huesos. Expulsó otra bocanada
de humo, esta vez entre los dientes, y sacudiendo la ceniza dijo:
—Eres
buena observadora, eres discreta y eres de la rama normanda. No se puede pedir
más a una criatura de nueve años.
Iba
a corregirla, y decir que estaba a punto de cumplir diez. Pero, haciendo alarde
de mi recién descubierta discreción, no dije nada. Sólo sobre aquel tema,
porque acto seguido fui un verdadero torrente de preguntas. Yo, que tanto las
rehuía, que tanto las odiaba. Pero la vida, el mundo, las horas eran otros con
Eduarda.
No
puedo recordar ahora todas y cada una de las preguntas con que la acribillé. La
compadecería ahora si no fuera porque aún conservo en mi memoria la
complacencia con que respondió a todas ellas, sin asombro ni irritación, las
dos razones que hasta aquel momento me habían impedido plantearlas a nadie. De
modo que sólo retengo las explicaciones que más me interesaban en aquella
época. «¿Qué era la rama normanda?»
Supe
que mi bisabuelo era de Normandía, por eso mi segundo apellido era difícil de
pronunciar para las niñas de Saint Maur, y tan fácil, en cambio, para las
monjas.
Entonces
ya había leído en algún libro de los gemelos algo sobre los vikingos, y en
aquel momento los relacioné con los normandos. Eduarda dijo:
—Ya
no eran vikingos, aunque lo fueron. Pero... en fin ¿a ti te gustan los
vikingos?
—Creo
que sí... Sí, me gustan.
Aplastó
la colilla contra el cenicero y, antes de encender otro cigarrillo, añadió:
—Se
es de donde se quiere ser, y se pertenece a quienes se desea pertenecer... Lo
mismo que al revés. Así que si te gustan los vikingos, tiene sentido por que,
digamos, son parientes lejanos. Puedes añadirlos a la familia.
Y de
ahí pasamos a:
—¿Por
qué están separados papá y mamá?
Me
dijo que las personas crecen y crecen, y si se han conocido de niños y se
casan, luego ya no son como cuando se conocieron, ni siquiera como cuando se
casaron, porque «el tiempo es un asco». Y de pronto me vinieron a la mente las
lentas campanadas del reloj de pared y el vaivén de su péndulo. Y eso era todo
lo que pasaba.
Entonces
comprendí lo que le había oído decir anteriormente, la tarde del helado de
vainilla y la compra del guiñol: mis padres eran cobardes. La causa de aquella
cobardía la entendí, a mi modo, con mi mente de diez años: que ellos se habían
conocido cuando eran de una manera y que con el tiempo se volvieron de otra; y
que aquella primitiva forma de ser no se podía alargar y alargar... y pensé que
aquel deseo de permanecer era algo así como las sombras que dejaron en la acera
Michel Mon Amour y Lev, que por mucho que se rezagaran y estiraran tras ellos
acabaron desapareciendo.
Me
fui a la cama, pero como ella tenía una lámpara encendida en la mesa, la estuve
mirando bastante rato. Fumaba lentamente, y cuando acabó la copa de whisky se
levantó despacio. Me pareció que llevaba un peso muy grande sobre la espalda.
Fue hacia el balcón, descorrió el visillo y contempló durante mucho tiempo la
ciudad, la noche, las luces que se encendían y apagaban allá abajo. Tal y como
yo hacía cuando corría los visillos del salón y contemplaba al farolero, mi
amigo. O las luces que había dejado a su paso, aunque él ya no estaba. Como las
sombras en el suelo, bajo la farola. Luego, me dormí.
Al
día siguiente tenía tanto sueño que apenas me acuerdo de cuando Eduarda me
llevó a Saint Maur. Pero sí guardo en mi memoria el gran vacío que dejó cuando
se fue. Y tuvo que pasar mucho tiempo antes de que volviéramos a encontrarnos.
No
sólo había desaparecido ella, también habían desaparecido el calor, la
curiosidad y las ganas de conocer que me había despertado. Nunca hubiera podido
imaginar que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier
presencia. Y fui consciente de mi gran soledad. Y este conocimiento aumentaba
la tristeza que ya había descubierto. Sólo que ahora era mucho mayor.
Si antes
todo o casi todo me llenaba de inquietud, curiosidad y temor, ahora la soledad
se iba ensanchando, día a día, creando una distancia cada vez más grande entre
mi persona y cuanto me rodeaba. Y Saint Maur, de incómodo y desazonador, pasó a
convertirse en tortura.
Cada
mañana, cuando Tata María me despedía a la puerta del colegio, no me dejaba, me
abandonaba tras la verja de altas lanzas negras, hirientes y amenazadoras. De
pronto, lo más inane, lo más anodino, se convertía en enemigo, amenaza, o
alguna oscura trampa donde yo caería sin remedio, y nadie vendría a salvarme,
porque Eduarda no estaba. Creo que nadie ha soñado con unas ruinas como yo
soñaba entonces con ellas. Sin siquiera saber de qué se componían, ni cuál era
su aspecto.
Y
entonces recuperé en mi memoria una escena, medio sepultada en el vaivén de los
acontecimientos, tan rápidos como sorprendentes, que se habían acumulado en mi
vida. Recordé: era casi de noche, ya me habían enviado a la cama, pero yo me
escondí en la despensa, desde donde podía oír todo lo que se hablaba en la
cocina. Sucedía esto durante la semana en que vino Eduarda a mi Primera
Comunión, y estaban en la cocina, a solas, Isabel y Sagrario, hablando casi en
voz baja, supongo que para que no les oyera Tata María, que andaba por otras
habitaciones y no le gustaban ni la conversación ni la presencia de Sagrario.
Pero, cuando estaban solos, Isabel y Sagrario parecían entenderse, sobre todo
en un tema: «Ellos». En aquellos momentos, estando solos, la voz de Sagrario,
más alta y más firme, decía algo relacionado con las Ruinas:
—Sí,
querida —decía (llamaba querido a todo el mundo, y sobre todo al gato de
Isabel, que lo había recogido de la calle y nadie en la casa, excepto Tata
María y yo, sabía de su existencia, aunque sospechaba que Jerónimo sí lo sabía
pero disimulaba)—. Sí, querida, yo te puedo asegurar que les conozco... incluso
les he visto. Pon atención: durante las noches, sobre todo con luna, no hace
falta que sea llena, con un cuarto basta, pero eso sí, sin nubes que la tapen,
empiezan a moverse por lo alto. Andan por las buhardillas, se oyen sus pasos,
tac, tac, tac... Yo entonces no me muevo, me quedo muy acurrucadito donde me
pille, y escucho, escucho mucho, porque, ¿sabes?, ¡yo sé escuchar! Pues, te
digo, algunas noches tocan el violín, ¡desgarrador, completamente desgarrador!
Se me pone la carne de gallina, pero escucho, escucho... y veo. A veces se
descuelgan desde lo alto y aparecen detrás de las ventanas, cabeza abajo... y
asoman sus caras al revés, y las pegan a los cristales... y entonces sus largas
cabelleras cuelgan, como cortinas, o como las ramas de algunos árboles (pongo
el sauce, por poner...), y todo eso, querida Isabel, pasa cuando estoy solo,
cuando todos se han ido, o están durmiendo, que es como no estar...
Isabel
escuchaba, sobrecogida. Lo notaba por su espeso silencio. Ella tan parlanchina,
acostumbrada a interrumpir siempre. Entonces me dije que «ellos», aquellos a
quienes se refería Sagrario, eran un poco como yo, que también salía a recorrer
un trocito de la casa, cuando los Gigantes estaban dormidos, o no estaban de
ninguna manera. Y Sagrario seguía hablando: «Allí, sólo saben de ellos los
gatos, aparte de mí ...». Isabel se interesó entonces por los gatos, aunque
noté un inusitado temblor en su voz: «¿Tiene gatos doña Eduarda?». «Sí—dijo
él—. Tiene una barbaridad de gatos.» «¿Cuántos?», insistió Isabel. «Ni siquiera
yo los puedo contar porque siempre sale alguno más debajo de un mueble.»
Comprendí el interés de Isabel porque ella había recogido aquel gato callejero,
aún muy chiquitín, y sólo Tata María y yo conocíamos su existencia. Se llamaba
Paco —yo lo bauticé—, y tenía los ojos azules, muy brillantes, y muy grandes.
Como el Unicornio y como Eduarda. En aquel momento entró Tata María en la
cocina, se acabó la conversación, y yo me fui a la cama. Creo que soñé con las
Ruinas; tenían ventanas cubiertas con largas cabelleras de sauce, y se oían
violines lejanos, confundiéndose con la lluvia y el resplandor de algún
relámpago.
Pero
desperté con la penosa rutina de Saint Maur; y hasta aquel momento no regresó a
mi memoria lo poco de las Ruinas que había llegado a mi conocimiento. O a mis
sueños.
5
Poco
a poco, sin apenas darme cuenta, adquirí la costumbre y el convencimiento de
ser mala. Ya «mala» no era sólo una palabra pronunciada por Gigantes, era una
realidad, porque si antes no la comprendía, ahora ya me había hecho una idea de
lo que significaba: ser mala era no ser como ellos. Y yo no era como ellos —o
como ellos querían que fuera—. Yo era como Eduarda. Es decir: Eduarda y yo
éramos malas. Y ahí estaba la causa y el porqué de que Tata María e Isabel
hablaran de ella —y cada vez más de mí— en un susurro. Me pareció que las
Mesdames de Saint Maur eran como una condensación de todo el Bien que me estaba
negado, oponiéndose a mi maldad. Y me molestó que Lev llamara Madame a Eduarda.
Saint
Maur, de incómodo y fastidioso, empezó a convertirse en tortura. Cada mañana
cuando Tata María me acompañaba —ya no me vestía ella, ni me ponía los
calcetines, cosa que secretamente añoraba—, ya no me hablaba por el camino.
Sólo, cuando me abandonaba frente a la verja de altas lanzas negras —ahora no
me acompañaba de la mano hasta las escaleras que conducían a la puerta
encristalada—, me daba un besito pequeño, muy pequeño, en el flequillo, o donde
más o menos alcanzara. Porque parecía tener prisa en dejarme, en abandonarme, y
aquel beso era como una caprichosa mariposa, que unas veces se posaba, y otras
volaba por su cuenta, sin apenas rozarme.
Lo
más persistente en mis recuerdos de aquel tiempo es una especie de piedra en
que se convertía mi corazón. En cuanto atravesaba la verja, el peso de aquella
piedra aumentaba a cada minuto. Y ya no me abandonaba hasta la salida, por la
tarde. Me quedaba a comer en el colegio, una de las cosas que aborrecía. Como
era la más pequeña de mi clase, me sentaba al extremo de la mesa, y todo me
llegaba ya como de segunda mano. Apenas quedaba nada en las fuentes, y no era
esto lo que me irritaba, sino cómo me llegaba. Por bueno que fuera —y debo
decir que la comida de Saint Maur lo era— me llegaba siempre en forma de
residuos, casi me atrevería a decir que desperdicios. Pero no era esto lo peor.
Durante
las horas de las comidas, la vigilancia se relajaba un tanto, las Mesdames
comían en otro refectorio y sólo andaban a nuestro alrededor las sores, que
servían a la mesa. Eran generalmente jóvenes, distraídas o preocupadas por las
órdenes recibidas desde la cocina, y no se interesaban y entrometían en
nuestras conversaciones ni en lo que hacíamos.
Entonces
se manifestaba en todo su esplendor el reino de Margot. Margot era una niña
alta, más bien robusta —sus piernas eran gruesas y poderosas—, y la única de la
clase que llevaba medias. Era la capitana del equipo de pelota «a campos», a la
vez pelotón adulador y amedrentador, compuesto por un selecto grupo de
imbéciles aterradas. Me odiaban. Y no perdían ocasión para demostrármelo.
La
única supervisora de nuestro comedor era Madame Saint Sulpice, tan viejecita
que ya sólo se ocupaba de eso. Pero pasaba todo el tiempo rezando el Rosario y
dormitando o dando resoplidos entre Misterios de Gozo y de Dolor. No se
enteraba de nada, excepto cuando alguna sor rompía un plato, un vaso o
derramaba algo. (Es la única Madame de la que conservo un buen recuerdo porque,
incluso en estas ocasiones decía a la sor: «Anda, hija, anda, recógelo sin que
se enteren en la cocina...». Y volvía a desgranar cuentas, a dormitar y
resoplar.)
Una
vez, cuando salíamos en fila del comedor, al pasar a su lado me sonrió y me
acarició la cabeza, sin nombrar mi parentesco con Cristina. Entonces pensé, por
vez primera, que nadie me acariciaba nunca. Cuando había flan, Margot me decía:
«Tú, pequeñaja, ya sabes que me tienes que guardar el postre». Y yo se lo
guardaba, más por pereza que por temor, aunque había más de lo primero en
aquella humillante sumisión. Hasta que un día, en que había brazo de gitano, y
aunque no me gustaba especialmente, me encaré a ella y le dije: «No me da la
gana», y ataqué con la cucharilla un bordecito del esmirriado trozo que me
había tocado. Recuerdo que rezumaba mermelada de cereza por el centro
(realmente, como un trozo de brazo cortado), y entonces ella se lanzó sobre mí,
zarandeándome. Me defendí como pude y se armó un gran revuelo. Madame Saint
Sulpice despertó de sus Misterios y corrió hacia nosotras gritando que
paráramos. Como hablaba en francés, aunque la entendiéramos, no nos parecía que
se dirigiera directamente a nosotras, así que continuamos enzarzadas: yo,
abrazada a las gordas piernas de Margot, y ella dándome todas las bofetadas que
me cabían en la cara.
Claro
que enseguida se alertó a los mandos. Vinieron a separarnos, y nos castigaron.
A mí, cara a la pared, como solía, y a ella no sé cómo, pero, por lo menos
durante aquella tarde, no la volví a ver.
Sin
embargo, al llegar a casa, hubo consejo de guerra. El silencio espeso de Tata
María cuando nos encontramos, a la salida, ya me había anunciado algo. Llovía
mucho, y ella llevaba un enorme paraguas, donde las dos nos cobijábamos. No me
decía nada, ni siquiera me dio un beso volátil. Cuando entramos en el portal de
casa, Joaquín, el portero, con su gorra y sus patillas blancas, su uniforme
verde con galones dorados, me miraba desde su tercer escalón —el que daba
entrada a su vivienda— como si también él tuviera que reprocharme algún
agravio. Era muy serio, y siempre tenía que discutir o afear alguna cosa a mi
novio, el chofer Paco.
Mientras
cerraba el paraguas, Tata María me dijo, casi en un susurro: «Sé humilde, niña,
sé humilde... No te insolentes ahora, cuando mamá te hable... Ten paciencia,
porque la has armado, niña, la has armado». Lo que yo había armado sigue siendo
un enigma para mí, pero al día siguiente, me habían trasladado, con todos mis
cuadernos, libros, lápices y gomas de borrar —la pizarra y el pizarrín, tan
entrañables, ya habían sido eliminados de nuestro material escolar— a la última
fila de la clase y, en cambio, Margot continuaba en su tercera fila. Eso no
sólo no me apenó, sino que me alegró: en aquella última fila de la clase, el
único pupitre habitado éramos yo y mis cosas. Así que pude instalarme a mis
anchas añadiendo detalles muy queridos a mis posesiones escolares.
Aún
hube de escuchar reprimendas sobre mi comportamiento: «Atacando de manera
impropia de una señorita a una alumna como Margot, que no sólo no me había
ofendido en nada, sino que yo había querido comerme su pastel». Aquel horrible
trozo de brazo sangrante, pensé, con un leve suspiro. Desde entonces detesto la
mermelada de cereza.
Pero
antes de eso, aquella misma tarde, cuando ya me había instalado en el cuarto de
estudio y sacado mis cuadernos, lápices y sacapuntas, mamá me llamó a su
gabinetito.
Estaba
muy seria. No llevaba las gafas puestas, pero las sostenía en la mano derecha.
—Acércate
—dijo, sin mirarme.
Entonces
escuché nuevamente —ya había perdido la cuenta de las otras veces— que si yo me
empecinaba en ser mala, ella se empeñaba en que dejara de serlo. Así que, a
partir de ese momento, ella sería muy severa conmigo.
—Has
intentado quitarle el postre a otra niña. Adriana, eso es muy feo, eso es algo
que no es propio de una señorita. Cristina se moriría de vergüenza de ser
acusada de algo semejante, de enterarse que su hermana...
Y
yo, por primera vez en mi vida, deseé que se enterara de aquello (que era al
revés de como lo contaba mamá), y que si se iba a morir de vergüenza, que se
muriera de una vez, y me dejara en paz. No lo dije, pero mamá, que debió de
leer algo en mis ojos, se levantó como horrorizada y dijo:
—Ahora
mismo te vas a tu habitación hasta que yo te llame y recibas el castigo que
mereces.
Y el
castigo que me merecía fue una de las cosas más buenas que me ocurrieron por
aquel tiempo.
Se
trataba del Cuarto Oscuro. Yo había oído hablar de él a la Tata María —cuando
aún era muy pequeña—. Cada vez que hacía algo que no le gustaba, me decía: «Ten
cuidado, no lo vuelvas a hacer porque si lo haces te meterán en el Cuarto
Oscuro».
El
llamado, con tan respetuoso temor, Cuarto Oscuro era un cuarto interior, con un
ventanuco tapado por uno de los armarios que lo llenaban. Así que la luz no
entraba allí nunca, y la única bombilla, que colgaba de una escuálida cuerda,
estaba fundida. Nadie se preocupaba de reponerla porque allí dentro sólo había
los armarios que le daban el nombre: «El cuarto de los armarios». Y en aquellos
armarios, amén de otras cosas innumerables y ahora recordadas con melancolía
(juguetes viejos, «plumiers» de niños crecidos, algún ejemplar de la colección
Ya sé leer), se almacenaban ropas que ya no servían a nadie, excepto, en
vísperas de Navidad, para aumentar o simplemente constituir el lote aportado en
esas fechas a una entidad muy nombrada en Saint Maur —aunque para mí, entonces,
misteriosa, por la especial mezcla de recelo y pudor con que se pronunciaba—, y
que se conocía entre las alumnas como «Los Pobres». Algo así como una tribu
asentada al otro lado de las murallas, vagamente amenazadora, a la que había que
aplacar de Navidad en Navidad con ropas usadas, latas de conservas y juguetes
con los que ya nadie se divertía. A «Los Pobres» también pertenecían las niñas
del otro lado del muro que separaba nuestros patios de recreo.
Eran
llamadas precisamente así: «Las Pobres». Ahora sé que eran niñas que recibían
gratuitamente instrucción —es un decir— en Saint Maur, a través de las
asociaciones de damas a las que mamá pertenecía, y de las que algún día fue
presidenta, o algo parecido. Entonces tenía noticia de ellas por la frase que a
veces oía de niñas como Margot, las que jugaban todos los días a «campos»: un
juego que consistía en enviarse pelotazos de bando a bando, al que jamás pude,
ni quise, contribuir, y por lo que también se me adjudicó una de mis muchas
faltas. Cuando la pelota lanzada pasaba sobre el muro, y caía en el otro lado,
las niñas se apresuraban a gritar, con sus chillonas vocecitas: «Ha caído al
lado de Las Pobres». Y de esta manera las asocié al poblado extramuros,
acechante y misterioso. Porque había leído demasiadas historias de romanos y
vikingos, los que más le gustaban a Jerónimo. Y él me contaba a veces, somera y
roncamente, entre libro y libro, espantosas guerras medievales, con castillos
asediados por hordas enemigas y temibles.
Pues
en el Cuarto Oscuro, en sus armarios grandes, colgaban, entre otras ropas
invadidas de olor a naftalina, algunos abrigos de mis hermanos Jerónimo y
Fabián, porque se les habían quedado cortos y ya no les servían (por lo visto
no se los hacían «crecederos», como a mí). Seguramente tenían algún misterioso
destinatario entre la nebulosa que constituía el pueblo, o tribu, llamado «Los
Pobres».
Esta
vez fue la misma mamá quien me llevó de la mano hasta el castigo. Tan solemne y
poco corriente era.
Una
vez detenidas ante la puerta, la abrió lentamente, y oí su largo gemido, como
el de una criatura a quien despiertan bruscamente de su sueño. Luego, con un
empujoncito, me adentró en aquella tan temida oscuridad. Todo revestía una
apariencia punitiva, solemne, y, sin embargo, yo me sentía expectante,
secretamente divertida.
Ellos
no lo sabían pero ya estaba acostumbrada a deslizarme en mi barquito de papel,
pasillo abajo, en la ausencia de luces, hasta llegar a la sinfonía de destellos
que suponía para mí el salón. Esperaba que en el Cuarto Oscuro sucediera, si no
lo mismo, por lo menos algo parecido, o incluso mejor.
Apenas
se cerró la puerta tras mi espalda, una oscuridad amable, podría decirse que
protectora, me rodeó. Allí nadie me reprocharía nada, allí nadie me preguntaría
nada, allí yo estaba sola, deliciosamente sola. Y fue entonces cuando intuí las
dos vertientes de la soledad: la Mala y la Buena. La Mala era la ausencia de
calor, de alguna caricia, de un beso volátil sobre mi flequillo; la Buena era
la ausencia de intromisiones, exigencias y preguntas que estaban más allá de mi
capacidad de comprensión. La Mala era el vacío en que me había sumido la
ausencia de Eduarda, la distancia que crecía, a mi entender sin razón, entre
Tata María, Isabel y yo.
Al
principio, la oscuridad fue total, puesto que el único ventanuco, que daba al
patio interior, estaba tapado por un armario. Luego, poco a poco, muy
lentamente, fueron apareciendo distintas siluetas. Parecía que la oscuridad
adquiría una luz propia, una luz diferente a la conocida: la luz de la
oscuridad que luego, a través de los años, he llegado alguna vez a recobrar.
Me
senté en el suelo, en un rincón, y estuve atenta a todo cuanto me rodeaba.
Escuchaba y sentía una mezcla de curiosidad y desazón.
Al
poco, las siluetas de los armarios fueron tomando cuerpo en la oscuridad. No
llegaban al techo y, unos más altos que otros, formaban algo parecido al
contorno de una ciudad flotante que, en la oscuridad, adquiría una dimensión
desconocida.
Eran
los armarios de siempre, pero ahora aparecían misteriosos, paradójicamente más
resplandecientes. Y me pareció que los circundaba algo semejante a una aureola.
O mejor dicho, como si la misma oscuridad, cada vez más transparente, fuera una
enorme lupa que aumentaba y a la vez aproximaba a mí cuanto me rodeaba: algo
parecido a cuando, en soledad y silencio, poco a poco, me invadía otra
oscuridad luminosa: aquella en la que me sumergía cuando iba adentrándome en
las páginas de un libro. Se producía entonces una mezcla de ascensión y
descenso desde increíbles alturas hasta profundidades casi marítimas. Aquella
suerte de lente de aumento iba acercándome a cuanto allá arriba (en el
exterior, en la realidad de los Gigantes) era totalmente invisible y desconocido.
Ahora yo flotaba a mi antojo y placer en un cuarto oscuro, convertido en
inmenso, maravilloso Libro de Cuentos. Y en su fondo y superficie las órdenes,
castigos y molestas advertencias—amenazas sólo eran palabras sin sentido, un
cri—cri de grillos en la noche. Como en el Libro de Cuentos, las dimensiones y
los espacios se transformaban, se ajustaban, resplandecían. Y nunca olvidaré
aquel resplandor.
Lúcidamente,
a tientas, palmo a palmo, fui descubriendo cada rincón. Aquel descubrimiento,
aquel palmo a palmo, iba mucho más allá de lo que parecía a la luz externa.
Como si se tratara de la materialización de un sueño, que apenas se encendiese
la luz, recobraría su aspecto cotidiano, vulgar, sin magia, y sin esperanza. La
esperanza de algo muy bueno que iba a ocurrirme de un momento a otro.
Entre
tanteos vacilantes, tropecé con una escalera. Se trataba de una escalera
casera, y la reconocí porque alguna vez había servido a Tata María o Isabel
para alcanzar algún lugar normalmente inaccesible, como los propios armarios
del Cuarto Oscuro. A pesar de que era bastante pesada, con mucho esfuerzo, la
arrastré y apoyé contra uno de aquellos armarios—edificios que empezaban a
componer mi Ciudad Secreta, la Luminosa Ciudad de la Oscuridad. Y trepé por
ella hasta la cima, y apenas quedaba espacio entre el armario y el techo,
excepto para una criatura como yo: tendida de bruces y avanzando sobre los
armarios tal y como, imaginaba, podría avanzar una rana en terreno seco.
Después
de pasar un rato sobre aquella ciudad imaginaria, y, por otra parte, la más
cercana y verdadera para mí, decidí bajar y escudriñar cuanto pudiese.
El
descenso fue algo más difícil que el ascenso. Varias veces mis pies se
balancearon en el vacío antes de dar con el escalón, pero al fin llegué a tocar
el suelo.
Luego
me dediqué a abrir los armarios, a medida que iba encontrando sus tiradores y
pomos. No era fácil porque unos estaban más altos que otros, y algún armario ni
siquiera tenía, aunque, afortunadamente, en su lugar una llave grande
permanecía insertada en la cerradura. Fue un recorrido lento, muy lento y
minucioso. Pero me empujaba un deseo inconcreto, en donde era menos emocionante
el hallazgo que la búsqueda.
En
el primer armario—edificio que logré abrir, me topé con una larga y alta serie
de cajones. Seguramente allí, en lo más alto, estaría lo que yo buscaba a
tientas. Los fui abriendo de forma que, a mi entender, podrían formar una
escalera. Afortunadamente estaban vacíos. Tuve que ir abriéndolos a medida que
subía y sentía tambalearse el mundo bajo mis plantas. Cuando llegué al tercer
cajón, apenas cabían en él mis pies —por otra parte juiciosamente desprovistos
de zapatos—, lo que me obligó a retroceder y volver al suelo.
Por
poco me mato.
Volví
a sentarme en el rincón respirando agitadamente. Llevaba aún el uniforme del
colegio, que tenía dos grandes bolsillos medio disimulados entre los pliegues
de la falda. Allí se mezclaban, desde el primer día, innumerables objetos de
difícil clasificación. Bolas de vidrio de jugar al guá, restos de las
colecciones de Jerónimo y Fabián —una con espiral roja, otra azul—, ya
despreciadas por ellos y atesoradas por mí como verdaderas joyas, o pedacitos
de cristal rojo, restos descuartizados de algún jarrón, o papeles de plata que
envolvían chocolatinas, caramelos de fresa o melocotón, o un cordón dorado sin
destino conocido... Pero también terrones de azúcar. Los terrones de azúcar
tenían para mí un gran atractivo. Quizá porque los añadía a las meriendas de
los gnomos, que preparaba bajo los radiadores. Quizá porque estaban tan bien
cortados, tan blancos, tan bien hechos.
Para
estar un ratito conmigo misma, sin más, busqué en uno de mis bolsillos, y topé
con un terrón de azúcar. Lo saqué y lo partí en dos. Y de pronto, en la palma
de mi mano y a oscuras, se produjo un milagro. Claramente, en un chispazo,
aquel trozo de azúcar se convirtió en una levísima, extraordinaria, llamita
azul. Me vino a la memoria la vez que Isabel me llamó a la despensa para
enseñarme, en su penumbra, unas rodajas de merluza rodeadas de resplandor azul.
«Pa que veas qué bonita y fresca es», decía, sin que yo alcanzase a comprender
totalmente lo fastuoso del asunto. Pero ahora no había ni merluza ni Isabel ni
despensa. Ahora sólo estaba yo, con mi joya azul en la palma temblorosa de la
mano.
Algo
me sacudió entonces. Y digo sacudió porque eso es lo que sentí: como si alguien
me zarandeara, como había visto a Tata María e Isabel sacudir alfombras en el
terrado.
Porque
algo acababa de descubrir, algo que intuía y no conocía su nombre. En mi ayuda
acudieron los cuentos de Andersen, de Grimm, de Perrault... y quizás de otros,
secretamente elaborados por mí en las tardes de Saint Maur, cuando Madame
Colette nos leía las historias de la Leyenda Dorada. Y me dije: «Yo soy Maga».
Bruscamente
la luz de la oscuridad se apagó, porque se abrió la puerta. El castigo había
terminado y regresé al mundo de los Gigantes.
—Supongo
—dijo mamá— que habrás aprendido la lección. Espero que de ahora en adelante
sabrás comportarte tal y como se espera de ti.
Ya
me iba, aún sin aclararme lo que se esperaba de mí, cuando me tomó de la mano y
me retuvo. De pronto vi en sus ojos algo que jamás había visto antes. Estaban
húmedos y había en su mirada, en el inicio de una temblorosa sonrisa, algo que
nunca antes había conocido.
—Niña...
—me dijo, y en aquella palabra, pronunciada por vez primera (porque siempre me
llamaba Adri o Adriana), noté un temblor leve, como el de una libélula sobre el
agua, presto a desaparecer—. Niña, sé buena.
Entonces,
casi sin darme cuenta, me eché a sus brazos y la abracé con todas mis fuerzas.
Me quedé después muy quieta, sin saber qué decir ni qué hacer.
—Anda
—dijo, de nuevo lejana—. Anda a tu cuarto.
A
partir de aquel momento ya había tomado una decisión: portarme mal y que me
volvieran a encerrar en el Cuarto Libro de Cuentos.
Tímidamente,
cuando creía que nadie me veía, abría su puerta y miraba al interior. No tenía
entonces nada que ver con lo que yo había vivido allí castigada. Poco a poco,
fui intentando comprender qué era lo que podía enviarme al Cuarto Libro de
Cuentos. Qué era lo que los Gigantes consideraban portarse mal.
Y me
porté todo lo mal que mis entendederas podían abarcar. Es decir, todo lo que
ellos reprobaban y yo, unas veces sí, otras veces no, consideraba reprobable.
Pero que de todos modos me llevara al Cuarto Oscuro.
Así
fue como una vez descubrí el armario donde se guardaban los abrigos con bolas
de naftalina en los bolsillos, aquellos que se les habían quedado cortos a
Jerónimo y Fabián, y colgaban pacientemente de sus perchas, a la espera de
alguien que no hubiera crecido tanto como ellos.
Poco
antes había empezado a imaginar que yo no solamente era yo, sino también otras
personas, no necesariamente de mi edad y sexo, como por ejemplo algún personaje
de los muchos y variados que poblaban mis cuentos. Tal vez tomaban el lugar de
aquellos amigos que nunca tuve, exceptuados Paco, el chofer, y el casi volátil
farolero (en realidad, y fugazmente, sólo conocía su sombra mordiéndole los
talones, alargándose tras su paso, de farol en farol).
Como
ya estaba habituándome a extender los brazos y manos hasta la distancia justa
para dar con lo que buscaba, poco o nada me costaba encontrarlo. Creo que llegó
un momento en que me movía con mucha más agilidad y desparpajo en aquella
especie de ceguera luminosa, que afuera, a la cruda luz del mundo de los
Gigantes. Descolgaba los abrigos y, uno tras otro, me los ponía. Con ellos
adquiría una personalidad, por decirlo de alguna manera, más mía: yo era así la
verdadera Adri, porque como por encantamiento, dentro de aquel abrigo —no
vestida para acudir a Saint Maur ni para ir a ver a Shirley Temple— yo era lo
que en aquel momento quería ser, y aquel abrigo sobre mi cuerpo también tomaba
la forma que yo quisiera darle. Así, con abrigos desechados o sin ellos,
trepaba por la escalera de mano, que seguía milagrosamente apoyada contra un
armario, tal como yo la dejara la primera vez que entré en el Cuarto Oscuro, y
una vez arriba, en las misteriosas azoteas de la Ciudad de los Armarios,
reptando, cubriéndome de polvo que, al salir, llenaba de extrañeza a Tata María
—por lo visto, la parte superior de los armarios era un terreno totalmente
ignorado por los plumeros y por todo el mundo— yo podía convertirme en otro,
sin dejar de ser yo misma: desde un mendigo, pasando por Piel de Asno, hasta
Kai y Gerda, en su jardín sobre el Tejado, especialmente estos últimos, muy
apropiados para la ocasión.
6
Una
tarde de invierno, vísperas de Navidad, había nevado en la ciudad. No era un
raro acontecimiento porque en los fríos inviernos solía nevar allí, mientras
que en otras ciudades —como la de papá— lucía el sol cálido, e incluso en
alguna que otra parte del mundo aparecían flores de invierno. Él me lo contó el
día que me llevó a ver Cascanueces.
Como
casi siempre por aquellas fechas, la casa andaba revuelta, sobre todo en mis
zonas. Me refiero a la parte del parquet sin encerar (o innoble, según Tata
María). En aquella zona se encontraba también la llamada Puerta de Servicio,
que era la puerta por donde llegaban Mario, el pescadero, Fermín, el panadero,
y Luquitas, el lechero. Todos ellos y alguno menos frecuente, pero más ruidoso,
como el carbonero en invierno o «el hombre de las barras de hielo» en el
verano. Estos dos últimos daban un poco de miedo porque entraban bruscamente, y
muy deprisa, como si portaran algo que podía morirse o explotar de un momento a
otro, y lo descargaban casi sin hablar. El uno estaba tiznado de negro, y el
otro llevaba una capucha de saco. Tenían muy mal genio, y a veces se enfadaban
con Isabel, que también les gritaba. A mí me parecía que ella también les tenía
miedo. Yo me escondía cuando ellos llegaban. Pero con los otros no. Sobre todo
con Mario, el pescadero, al que Isabel llamaba siempre Marisco. Le faltaba un diente
en su sonrisa perenne, y llevaba un delantal verde con rayas negras, y olía a
merluza fresca. Cuando me veía me saludaba con un nombre que no me gustaba
nada: «pequeñaja», y por eso no podía ser mi amigo, como el farolero, ni mi
novio, como Paco, el chofer. Pero siempre se reía y me decía que cada día
estaba más alta —lo que no era del todo verdad— y que «con esos ojos, vas a
hacer mucho daño, ya verás». Yo no tenía interés en hacer daño a nadie —salvo a
Margot, quizá— y eso me desconcertaba bastante.
Isabel
se reía mucho con él, aunque siempre se peleaban. Él decía que estaba loco por
ella y ella decía que estaba loco nada más. Pero yo notaba que había algo entre
ellos, algo escondido y a la vez transparente que no conseguía entender, pero
alegre, muy alegre. Con el panadero me ocurría algo especial. Sabía cuando
llamaba él porque daba tres timbrazos, y yo corría a abrir la puerta, aunque
Tata María me regañase y me dijese que las señoritas no abrían las puertas, que
para eso estaban ellas, y yo me decía que yo no era una señorita, que aunque
nadie lo supiera, yo era Maga. Pero claro, esa palabra era como la sonrisa de
labios apretados, que no se quiere que vean los demás.
El
panadero era un muchacho de la edad de Jerónimo y Fabián, muy rubio, tanto que
tenía el cabello blanco y los ojos pequeñitos, que parpadeaban continuamente.
Tata María me dijo: «Es albino... En mi pueblo, cuando yo era niña, había uno
igual, y nadie lo quería. Ya ves, qué malos somos, tú tienes que ser buena con
él, porque el albino de mi pueblo se murió de pena porque nadie le quisiera, y
eso es muy malo, y muy feo». Así que yo salía siempre a verle y le decía:
«Hola», y él decía: «Hola», y nada más. Traía una bolsa con el pan, Isabel la
recogía y luego se la devolvía vacía. Un día (creo que fue precisamente esa
víspera de Navidad), yo pensé: «Voy a hacerle un regalo». Dibujé un pan y dos
bolas rojas, y metí el papel, donde había escrito: «Te quiero mucho, Albino» en
la bolsa. Pero Isabel me vio meter el papel, lo sacó y dijo: « ¿Qué es esto? ».
Yo se lo dije y entonces ella me miró de un modo como nunca me había mirado,
como con susto, o como si no me conociera. Arrugó el papel, lo tiró y me dijo:
«No sabe leer... Como yo».
Y
eso para mí fue un gran asombro: había gente en el mundo que no sabía leer.
¡Qué desgraciados debían de sentirse! Me fui a la cocina, donde Isabel y Tata
María andaban ocupadas y preocupadas con todas las cosas que daban tanto
trabajo en la cocina de Navidad. Me senté en un rincón, esperando un trocito de
silencio donde introducirme. Al fin, Tata María se fue porque mamá la llamaba,
y yo me acerqué a Isabel.
—Isabel...,
si no sabes leer, ¿cómo es que sabes tantos cuentos?
—Porque
me los contó mi abuela.
—¿Tu
abuela sabía leer?
Entonces
Isabel lanzó una carcajada, aunque sin alegría. Yo esas cosas las notaba
enseguida. Luego me dijo:
—No,
hija, no. Nadie sabía leer en mi casa..., pero, eso sí, nos lo contábamos todo,
unos a otros.
Luego
se enfrascó en sus pucheros y sartenes, murmurando. De pronto se quedó quieta,
mirando hacia algún punto invisible para mí. Se fue a la despensa y yo la
seguí, tan sigilosa y silenciosamente como solía. Isabel se empinó sobre la
punta de los pies, y alargando el brazo alcanzó del estante una botella. Se
echó un trago del gollete mismo y luego llenó un vasito hasta el borde.
Entonces me descubrió y por primera vez vi en sus ojos una mirada de temor y
timidez.
—Da
mucho calor al corazón...
—Yo
también quiero calor en el corazón —dije.
Me
dio un par de sorbitos y murmuró:
—Ahora
vete... y no digas nada a nadie.
Y
añadió:
—¡No
es nada malo! Pero... ¿sabes? Ellos no entienden estas cosas.
Rápidamente
comprendí que para Isabel Ellos eran como los Gigantes para mí.
Como
estábamos en vacaciones, yo sabía que por aquellos días algunas niñas de Saint
Maur invitaban a sus amigas a su casa a merendar y a imitar a sus madres, que
era lo que más les gustaba. A mí no me invitaba nadie. También Cristina atendía
muchas llamadas e invitaciones, sobre todo por teléfono. Desde que nos lo
instalaron, María lo miraba con mucho respeto, y lo descolgaba con tanto recelo
como si fuera a recibir una descarga eléctrica o un latigazo. Cuando oía su
estridente llamada, pasillo adelante, los ojos de María se abrían mucho como si
la recorriera un escalofrío, como si oyera despertarse algún animal milenario,
como el Mamut del museo a donde me llevaba, cuando aún yo no iba a Saint Maur.
El
teléfono, por tanto, era también para mí una especie de criatura desapacible,
intrusa, que destrozaba el silencio, aunque a la vez espoleaba mi gran
curiosidad sobre los Gigantes y sus cosas.
Todo
el mundo de la casa estaba demasiado atareado para llevarme al cine o al
parque, que, de todos modos, estaba medio helado. A ratos pensaba en papá. Era
en esos días, precisamente, cuando más le veíamos. Mejor dicho, cuando le
veíamos, porque el resto del año era sólo una sombra, de su cuarto a la salida,
de la puerta de salida a su cuarto.
Y
pensando en papá me acordé de Cascanueces, y deseé con todas mis fuerzas que
volviera a llevarme al teatro, y volver a ver a aquella niña que, yo así lo
creía, se parecía tanto a mí. Pero por más que me acerqué a la puerta de su
dormitorio, y la entreabrí sigilosamente, no lo vi. Y tampoco cuando atisbé a
través de la puerta encristalada de su despacho (así llamado, aunque nunca
despachaba nada en él). Pocas veces estaba allí. Y en aquella ocasión ocurrió
lo mismo. Sólo encontré, al empujar cautelosamente la puerta, su pequeña
biblioteca, los libros impecablemente alineados en sus estanterías, pero ahora
muy espaciados, en el inconfundible silencio de la soledad. No sé si habría
polvo en todas partes, probablemente no, pero en mi mente todo, libros incluidos,
estaba cubierto de un manto sutil y levemente plateado. Mamá no leía más que
una revista argentina que se llamaba Para ti, y Cristina, nada. Pero los
gemelos sí: leían mucho, y además estaban suscritos a Billiken, otra revista
argentina para niños. Aunque ya eran demasiado mayores para leerla, yo veía
como la ojeaban, y luego me la daban a mí, que la consumía de la primera a la
última página.
Por
aquellos días, tal como he dicho, nadie me hacía caso a no ser que tropezaran
conmigo. Entonces me acordé de aquella botella que daba calor al corazón, y fui
a la despensa. Me encaramé sobre uno de los taburetes, y alcancé el frasco
milagroso. Lo destapé con cierto esfuerzo y oí un crujido de corcho húmedo,
como una risita pequeña, una risita de gnomo. Me eché un par de traguitos, que
me parecieron de mejor sabor que la primera vez, y con mucho cuidado la volví a
dejar en su sitio. Bajé del taburete y me puse la mano al lado izquierdo del
pecho, allí donde, según me habían dicho, estaba el corazón. Pero el corazón
hacía su tac—tac habitual, sin que recibiera un calor especial. No sentí nada.
Me
acordé de Paco, mi novio, pero yo tenía muy claro que Paco no era un novio como
los demás. En el cuarto de la plancha, la palabra novio había adquirido, desde
mucho antes, un significado que no tenía nada que ver con él. Cuando aún era
muy pequeña y podía esconderme debajo de aquella mesa, en cierta ocasión, oí a
Isabel y a Tomasa, la mujer que venía los lunes y los jueves a lavar y tender
la ropa, hablar de sus novios. Tomasa se quedaba esos días a comer en la
cocina, con María e Isabel, y daba unos terribles puñetazos en la mesa mientras
sujetaba el cuchillo, punta arriba, en su poderosa mano. Me daba un poco de
miedo, aunque la encontraba muy guapa. Era muy robusta, sin llegar a la
gordura, quizá porque su carne era firme y apretada. Tenía unos ojos muy
grandes, de color verde, que echaban chispas cuando hablaba, tanto de sus
novios como de «Los Señorones» (una raza nueva, recién descubierta, como antes
«Los Pobres»).
Porque
los unos, que eran los novios—bandidos —casi gritaba—, le destrozaban el
corazón, y los segundos le chupaban la sangre. Y todo esto lo decía a
borbotones, y dando puñetazos en la mesa, hasta que Tata María se enfadaba con
ella y le decía: «Pues buenos colores tienes en los mofletes, no te la habrán
chupado tanto...». Y entonces ella e Isabel se echaban a reír y decían: «Anda,
anda, que tú estás domesticada... y además ya no estás para novios, ni cosa que
se le parezca..., ¿qué sabes tú de la vida?». Tocante a los novios había una
palabra, un denominador común: «bandidos». «Y ese bandido —añadía la lavandera
Tomasa, aún más colorada en su furia—, cuando me dejó preñada y tirada en la
calle...» Eran terribles los novios—bandidos, me decía yo; y me imaginaba a
Tomasa tendida en la calle y medio desangrada por «Los Señorones», cosas ambas
que me aterraban. Isabel añadía por su cuenta: «Eso es lo que son: bandidos».
Yo
entonces no sabía lo que quería decir «preñada», pero, por las caras de
indignación y pena de Isabel y Tata María, supuse que era algo tan espantoso
que te dejaba tirada en la calle. Entonces salí de mi escondite —en aquellas
ocasiones era la despensa—, y vi que no era ninguna sorpresa para las mujeres,
lo que me hizo sospechar que de escondite la despensa tenía poca cosa. Dije:
«Paco, mi novio, ¿también es un bandido?». Estallaron en risas que me
mortificaron bastante. Hasta que Isabel me atrajo hacia ella, me apretó contra
su delantal a rayas azules y blancas, y me tranquilizó: «No, Paco no es un
bandido, no todos los novios son bandidos... sólo los nuestros». Y las tres
estallaron en risas. Pero yo había leído en mis cuentos que los bandidos eran
muy malos, y no sólo robaban a los caminantes su dinero, sino que también
robaban niñas y niños, y además les sacaban las mantecas, cosa que yo no podía
ni imaginar. Así que todos los novios —menos Paco— eran bandidos. Y esta
opinión se veía reforzada por Isabel, que tenía una pulsera de oro con una
chapita, donde por un lado estaba grabado su nombre, y por el otro, el de su
novio. Entonces me acordé de que, una vez, la arrancó de un golpe de su muñeca
y la tiró al suelo. Aunque luego —nadie más que yo la veía— la recogió y la
guardó. Y había dicho, cuando la tiraba: «Ese bandido, ese bandido, que se vaya
al infierno...».
Fui
a mi cuartito y descorrí las cortinas y el visillo, y me asomé al patio. El
cristal estaba empañado, pasé la palma de la mano y se abrió como un segundo
cristal, húmedo, transparente y brillante. Apoyé en él la frente y miré hacia
el patio. Entonces, por vez primera, lo vi.
El
patio parecía distinto: estaba cubierto de nieve, y brillaba. Algunos rayos de
pálido sol caían sobre aquella blancura, y de pronto fue como si empezara a
descubrir un espacio nuevo, distinto. «Es como el Cuarto Oscuro, pero al
revés», me dije, deslumbrada. Porque si en el Cuarto Oscuro la oscuridad se
hacía translúcida, ahora, en el patio nevado —normalmente tan opaco—, era como
si de pronto la luz se hubiera apoderado de todo, con un resplandor casi
cegador. Y en cada esquina, en cada rinconcito, parecía que hubiera un puñado
de cristales, como cuando las arañas del salón se comunicaban mensajes, o como
cuando se rompía una copa y Tata María se enfadaba, y yo me alegraba porque
parecía que se hubiera derramado una cascada de destellos de arañas de cristal,
de aquellas arañas de salón de los reflejos, que me revelaban palabras,
comunicándose en un idioma para todos desconocido, menos para mí. Era una luz
llena de silencio luminoso, que transformaba un patio interior en un valle
resplandeciente, blanquísimo.
Y
entonces creí ver cruzar, tan blanco y reluciente como lo viera salir corriendo
del cuadro que lo aprisionaba, al Unicornio. Esta vez cruzó el valle recién
descubierto, sin ruido de hojas pisoteadas, tan sólo hollando y dejando a su
paso misteriosas huellas en el silencio solemne de la nieve. Mi corazón parecía
un pájaro que quisiera escapar de su jaula. Y de pronto me vino a la memoria el
pequeño Kai, aquel día de invierno en que calentó en la estufa una moneda, la
acercó al cristal de la ventana y, cuando el hielo se derritió, por aquel
redondel vio, por primera vez, a la Reina de las Nieves.
Pero
yo no vi a ninguna odiosa y malvada Reina de las Nieves, sólo vi a Paco, el
chofer, con las manos en los bolsillos, enfundado en su chaqueta de cuero, y
sus altas botas, mirando hacia algún lugar que le hacía sonreír de
complacencia, una mirada que sólo tenía para mí. Miré hacia el mismo lugar, y
entonces apareció una criatura insólita —por lo menos para mí, en aquel
momento— que jugaba con un perro lobo, grande, ágil, saltarín. Le lanzaba una
pelota roja, y el animal la cogía entre los dientes y se la llevaba a los pies,
esperando un nuevo lanzamiento. jugaban muy rápido, tanto que casi no daba
tiempo a ver cuándo y cómo y dónde caía la pelota, y cuándo y cómo la recogía
el perro.
Abrí
la ventana como si fuera verano, y casi descolgué medio cuerpo fuera, tal era
mi curiosidad y mi ansiedad. En el silencio suntuoso de la nieve, se oía una
palabra, mejor dicho, se veía cruzar el espacio una palabra: «Zar». Aquella
criatura llamaba Zar a su perro, y saltaba de un lado para otro como si tuviera
alas en los pies. Yo había visto en un libro de los gemelos un dios que llevaba
casco y tenía alas en los pies, y me lo recordó.
Pero
mucho más raro que si las llevase, me pareció el resto de su persona. Recuerdo
que mamá criticaba muy desfavorablemente la moda entonces en boga de que los
niños lucieran melenita o tirabuzones (esto último parecía, incluso,
escandalizarle). Sin embargo, y para mi confusión, se enorgullecía de los
rubios y espesos tirabuzones de Cristina (laboriosamente enrollados por Tata
María noche tras noche, en apretados bigudís; curiosa operación que yo atisbaba
por la puerta entreabierta del cuarto de baño). Tirabuzones que, por cierto,
eran muy ponderados en Saint Maur; y aún retengo en mi memoria los lamentos de
aquel día en que se los cortaron, y otro en que Cristina apareció por decisión
propia con melenita a lo garçon. Pero las travesuras de Cristina eran muy
indulgentemente consideradas (tanto en casa como en Saint Maur). Así que,
quedaba bien claro, los tirabuzones sólo podían lucirlos las niñas. Y los de
aquella criatura eran largos, y sobresalían de una gorra marrón con visera, una
gorra como yo no había visto a ningún niño, todavía. Y además, en los vaivenes
de sus juegos, los tirabuzones parecían flotar con propio impulso, y una vez,
cuando se cayó la gorra hasta la nieve, y antes de que se agachara a recogerla,
toda su cabeza apareció inundada de oro: tal y como yo había visto representado
al Arcángel San Gabriel. («San Gabriel Arcángel, Gran Batallador...»,
canturreaba a veces Tata María, entre golpes de plancha y almidón.) Y también
en los vaivenes de su abrigo de pieles —tampoco visto antes a ningún niño o
niña un abrigo parecido—, surgían unas piernas largas, cubiertas mitad por
mitad por un pantalón de terciopelo marrón, y unos largos calcetines a rombos,
con tantos colores como jamás había llevado yo en una falda. «Siempre azul
marino», me dije con una leve irritación. «Siempre oscura...» De pronto me vino
a la memoria Bibi, aquella niña danesa que, en la portada del libro que narraba
sus ires y venires, y que tanto me gustaba, llevaba encasquetado un precioso
gorro de colores, del que sobresalían dos trenzas doradas.
Por
primera vez en mi vida, sentí lo que puede ser una atracción. Algo así como
aquella vez que se desparramaron por el suelo todos los alfileres del costurero
de Tata María, y vino Fabián, y con un diminuto imán que usaban Jerónimo y él
cuando armaban el Meccano y se les caían piezas al suelo, los recogió todos.
Así era yo, en aquel momento, y así era el pantalón de terciopelo marrón,
porque me dije: «Yo quiero un pantalón así, no el uniforme de Saint Maur». A lo
que no podía aspirar era a los tirabuzones, con mi melenita lisa, rojiza e
indómita a retorcidos bigudís. Y no estaba segura de si aquel ser se trataba de
un niño o una niña. Pero sí que yo era un pequeño alfiler atraído por un imán.
No
eran únicamente él y su perro los que me atraían; era todo el espacio que
abarcaba mi mirada, y un más allá de mi mirada: la luz sobre la nieve, el
recuerdo de los mil colores del gorro de Bibi, como el de los gnomos, los rizos
dorados del Arcángel San Gabriel, el pantalón de terciopelo marrón, los saltos
—que más recordaban los de Jerónimo y Fabián que cualquier desplazamiento
físico de Cristina—, fue decirme: «Yo quiero jugar así... y tener un amigo así,
o, por lo menos, como Zar». Porque, de pronto, ellos ya eran amigos, deseados y
tangibles; no como el farolero, ni siquiera como Paco, o el pescadero o el
panadero. Podían ser amigos de verdad. En aquel momento Paco les animaba en sus
juegos, gritándoles: «¡Hala, hala, Zar...! ¡Hala, hala, Gavrila!...».
Como
el telón del teatro donde vi Cascanueces y Petrouchka, cuando me hicieron
desear, y soñar, aunque lo deseado y soñado fuera tan desconocido como deseado
y soñado, algo se alzaba ante mí; una puerta o una ventana que se abría para
darme paso a espacios que iban mucho más allá de Saint Maur, de mamá, de Tata
María e Isabel; y, misteriosamente, me devolvían la imagen de Eduarda y Michel
Mon Amour abrazados, aquel día en que creí ver encenderse todas las apagadas
velas de las mesas del Miguel Strogoff. Ahora también la nieve se había
encendido, como ellas, y el Unicornio regresó por un extremo del patio, donde
antes había desaparecido, y a la inversa, volvió a cruzarlo. Por primera vez me
di cuenta de que su cuerno era de oro, y de que ahora sus pisadas no dejaban
huellas en la nieve aunque volvía a mis oídos y a mi olfato el ruido pisoteado
y el aroma de las hojas caídas.
Estuve
un rato —no sé cuánto— contemplando el ir y venir de aquella criatura, de su
Zar y su pelota roja; y el resplandor de la nieve, y las miles y miles de
diminutas estrellas que parecían estallar y ascender como un surtidor tras sus
pisadas. No sé cuánto duró aquella visión, pero sí que recuerdo, y muy
claramente, el momento en que los dos (mejor dicho los tres, porque la pelota
roja también formaba parte de su entidad) abandonaron el patio y desaparecieron
por una de las puertas que lo rodeaban. Y entonces me pareció que algo que
había estado apagado hasta aquel momento se encendía. El mundo, o mi mundo, por
primera vez se había encendido. Porque en la nieve habían aparecido, tan
claramente como ahora las vuelvo a recordar, y tan claramente como entonces,
algo que nadie más que yo podía ver: las huellas de las pezuñas del Unicornio.
Ya
no estaban allí Paco ni Anastasio, el otro chofer, ni nadie más que una voz que
cruzaba el aire, como un pequeño latigazo, y llevaba hacia algún lugar
desconocido, muy lejos de allí. Pasó mucho rato. Había oscurecido totalmente
cuando, muy despacio, fui abandonando la ventana. Y en aquel momento entró Tata
María.
—¡Dios
mío, cierra esa ventana!... ¿No te das cuenta de que puedes coger una pulmonía?
¡Estás helada!
Y
más cosas que dijo, pero no me importaban; ni la pulmonía ni todo lo demás.
Dentro de mí había nacido una alegría agridulce, diríase que una alegría
entremezclada de impaciencia y angustia, por alguna razón que no podía
desentrañar.
—¿Has
olvidado lo que significa esta noche?... ¡Es Nochebuena! Tengo que vestirte y
peinarte, y debes portarte bien... porque Jesusito nace esta noche, y quiere
que los niños le amen y sean buenos.
Ya
no me acordaba de que era la noche de Jesusito, y de los niños buenos. Me dejé
poner aquel vestido de terciopelo azul con cuello de encaje, y los calcetines
blancos, y los zapatos de charol. Y Tata María me peinó, como siempre,
suspirando por los bucles rubios de Cristina, y comparándolos con mi lacia
melena rojiza y aquel flequillo que, según ella decía, siempre olvidaban
recortarme hasta el punto de que un día llegaría a taparme los ojos. Y de
pronto, como si hubiera estado esperando el momento propicio, dijo, muy deprisa
y de corrido:
—Papá
ha preguntado por ti, y me ha dicho que te guarda una sorpresa...
Hablaba
en un susurro como quien confía un secreto, o teme ser oído por alguien que no
lo merece.
—¿Papá
... ? —Me extrañé. Pero enseguida recordé que por aquellas fechas papá cenaba
con nosotros y, de alguna manera, se hacía visible, cosa que el resto del año
no ocurría.
«Una
sorpresa...», me dije, esperanzada. Y acudieron a mi memoria, de nuevo, la tan
añorada vez que me llevó a ver Cascanueces. Y de nuevo, renació el recuerdo de
Eduarda, de Petrouchka, La bella durmiente y Michel Mon Amour.
Papá
y mamá estaban en el salón, sentados cada uno en una butaca, y mis hermanos
iban y venían y hablaban muy animados mientras recogían sus regalos.
Miré
a papá y, por primera vez en mi vida, intuí algo que después, con los años, he
reconocido como la soledad en compañía. Aunque sonreía, sus grandes ojos negros
parecían estar esperando algo. Eché a correr hacia él, con un gran deseo de
abrazarle, de esconder mi cara en su cuello —como hacía, a veces, con Tata
María—. Pero cuando llegué a tocar sus rodillas, me quedé como paralizada por
una súbita timidez, casi diría que vergüenza, aunque no sabía de qué me
avergonzaba. Acaso porque noté que todos se habían callado en un espeso
silencio y me miraban. Y que me mirasen era algo que entonces —y ahora— no
podía soportar. Deseé tener a mi alcance alguno de mis numerosos escondites o,
por lo menos, ser un gnomo capaz de camuflarse, como lo había leído en un cuento
de Andersen, tras el tallo de una flor.
¿Cuál
sería la sorpresa que me tenía reservada papá...? Desde luego, no la cocinita,
el parchís o el libro Heidi, que fue lo único que me gustó de todos los
regalos, donde también encontré dulces de mazapán, cigarrillos y monedas de
chocolate, envueltas en papel dorado. La cocinita me pareció un trasto inútil
porque a mí me entusiasmaba la cocina de verdad —donde aún no había llegado el
gas ni la electricidad, y se encendía con astillas y carbón, espectáculo a
todas luces maravilloso cuando lo descubrí a mis cinco años—. Allí era donde
Isabel me dejaba batir huevos e, incluso, claras a punto de nieve, juego
preferido entre todos los juegos permitidos a las niñas. Porque en la cocinita
regalada, todo era de mentira. Como era de esperar, si venía del mundo de los
Gigantes.
Pero
papá puso fin a mi timidez, o miedo, o qué se yo, acogiéndome y abrazándome con
tanta fuerza que casi me hizo daño. Y me acordé de que Isabel decía, a veces:
«Ésta es la que más se parece al Señor ...». Al principio, el Señor era para mí
Dios porque así lo nombraban Tata María e Isabel. Pero luego, poco a poco, fui
comprendiendo que en aquella palabra también cabía papá.
Cuando
me desasí de sus brazos, con mucho cuidadito, suavemente, como si se fuera a
romper, le di un beso. Creo que fue el primer beso que di en mi vida.
Entonces,
mamá se levantó del sillón y empezó a corretear de un lado a otro entre mis
hermanos, repartiendo risas y sonrisas como si estuviera muy alegre. Pero yo
sabía que no estaba alegre. Porque en aquel tiempo sabía leer las palabras que
no se dicen, del mismo modo que, destello a destello, cristal a cristal, había
aprendido a leer las palabras de la luz en las lámparas que las Tatas llamaban
arañas.
Mamá
estaba muy guapa con los labios pintados, y además llevaba un vestido escotado
con brillitos pequeños de plata. También se había puesto el largo collar de
perlas de la abuela y los pendientes de brillantes de la tía Antonia, y yo
pensé que cuándo se pondría algo que fuera suyo, no heredado de alguien.
Enseguida
nos fuimos a cenar. Y después de cenar, yo, a la cama, sin haber conocido
todavía qué sería aquella misteriosa sorpresa que me reservaba papá.
Al
día siguiente, Tata María me despertó con novedades. Seguía usando el mismo
tono confidencial de la noche anterior, pero yo adivinaba en su mirada una
media sonrisa de satisfacción. Me dijo mientras me enfundaba los calcetines:
—Hoy
vas a pasar el día con papá.
En
«el despacho» o «la biblioteca de papá», papá no estaba casi nunca. Además,
sólo quedaban la mitad de los libros que antes atiborraban las estanterías. «El
señor se está llevando todos los libros... él sabrá dónde», decía Isabel. Y
Tata María: «Mujer, qué cosas dices, él tiene su bufete en otra parte... ¡Qué
mal pensada eres! Además, para lo poco que está en esta casa...».
Alguna
vez —muy pocas, acaso sólo un par— yo me había acercado sigilosamente a aquella
puerta de cristal esmerilado cuando transparentaba la luz de la lámpara. Por un
ángulo del cristal, de los pocos que dejaba transparentes el florido dibujo, yo
acercaba un ojo, y veía a papá, mejor dicho, un trocito de papá, sentado en una
butaca, y leyendo.
Aquella
mañana del día de Navidad, me acordé de todo esto mientras Tata María me vestía
y repeinaba varias veces, sobre todo el flequillo, que cepillaba delicadamente,
mientas decía:
—Tú
sé buena, y verás como papá es también muy bueno.
Todo
el mundo, pues, rebosaba bondad. Después de desayunar, y tal como había sido
instruida para la ocasión, me acerqué a la puerta esmerilada. Mamá no se había
levantado todavía ni, al parecer, Cristina, pero sí oía charlar a los gemelos
en el cuarto de estudio. Por un momento tuve ganas de correr a ellos y
contarles que papá me iba a llevar con él, pero enseguida abandoné la idea.
Cuánto me costaba romper la corteza de mi timidez, o el miedo a que algo se
estropeara si lo comentaba con alguien.
La
puerta de la biblioteca daba al pasillo, allí donde mis correrías nocturnas,
cada vez más espaciadas. Pero en el silencio de la mañana, en la suave
penumbra, parecían renacer del suelo mágicas travesías y un aroma a cera y a
madera y a alfombra calentada por los radiadores que volvieron a despertar en
mí la magia de mis viajes a sueños y descubrimientos secretos.
Apoyé
la frente en el cristal y, a través de la hojarasca esmerilada, atisbé el
interior. Esta vez papá no estaba sentado en la butaca. Pero a través del
cristal la luz era más viva porque no era luz eléctrica, era el sol. Llamé con
los nudillos, como me había enseñado Tata María, y esperé. Casi enseguida oí el
ruido de una silla arrastrándose y al poco la puerta se abrió. Papá me pareció
más alto que nunca, y lo era mucho. Así que no pude evitar la pequeña desazón
que me producían los Gigantes.
—Entra,
Adri, entra —dijo agachándose hacia mí. Y me besó en el flequillo, lugar
idóneo, al parecer, para recibir esa clase de efusiones.
Entonces
vi, por dentro, aquella habitación que a partir de entonces iba a visitar con
tanta frecuencia en la nocturnidad y el secreto.
Tal
como había dicho Isabel —fue en lo primero que me fijé— faltaban la mayor parte
de los libros de las estanterías. Daba la sensación de que había ocurrido
alguna catástrofe, algo como un huracán que hubiera arrancado pedazos de un
pueblo —como yo lo había visto una vez en el cine, en un Noticiario—, o una
gigantesca dentadura a la que se le hubiera caído la mayoría de sus dientes.
Sentí una extraña congoja, puesto que casi al mismo tiempo me imaginé a papá
empaquetando y metiendo los libros que faltaban en grandes maletas; y me lo
imaginaba con el abrigo puesto los guantes y el sombrero. Y hasta llevaba una
pipa en los labios, humeante como una pequeña locomotora a punto de salir
pitando, lejos, muy lejos de allí.
Pero
papá parecía muy tranquilo, y me sonreía. Entonces se sentó en aquella butaca
donde yo, entre follaje esmerilado, lo vi leer, y me dijo que me sentara en
otra igual, frente a él.
Después
de una rápida ojeada, vi que en aquella habitación sólo había una mesa, una
máquina de escribir, nuestras dos butacas y un pequeño sofá. Pero parecía
desnuda, o mejor dicho, despojada.
En
algunos tramos de la pared había huellas más pálidas, que hacían suponer se
colgaron cuadros, ahora desaparecidos.
Papá
y yo estuvimos un rato mirándonos, en silencio. Papá no dejaba de sonreírme, y
los dedos de su mano derecha tamborileaban sobre el brazo del sillón. Me
pareció que no sabía qué decir, o que por lo menos le costaba tanto como a mí.
Y pensé: «Tienen razón... me parezco mucho a papá». Traté de imaginármelo con
flequillo, pero no dio buen resultado. Papá tenía una frente ancha, y cabellos
negros, con algunas canas por encima de las orejas.
—Eres
la más pequeña de tus hermanos —dijo de pronto, y muy deprisa. Carraspeó y
continuó—: Como digo, eres la pequeña, y por eso la que he podido tratar menos
tiempo... Así que en vista de que ya tienes diez años...
—Once
—interrumpí yo.
Aún
no los había cumplido, pero había decidido que, para lo poco que faltaba, ya
casi los tenía. Papá dudó un poco, como quien repasa una cuenta que no acaba de
cuadrarle. Pero enseguida desechó esos cálculos.
—Bueno,
once, tanto mejor. Pues he pensado que hoy es un buen día para que lo pasemos
juntos. Iremos a comer a un sitio que te gustará mucho, y luego a donde tú
quieras.
—A
ver Cascanueces y La bella durmiente –dije precipitadamente, llena de
esperanza. Papá pareció muy sorprendido, incluso se le había quedado la boca un
poco abierta.
—Pero...
en fin eso había que haberlo pensado antes. Además, no creo que haya hoy ningún
teatro que ofrezca ese programa... La verdad es que pensé que te gustaría ir al
cine. ¿Sabes? Hoy es día de Navidad y la mayoría de los cines están cerrados.
Pero hay dos que no cierran, y en uno hay una película que, me imagino, te
gustará mucho... Yo, por si acaso, ya he reservado dos entradas.
—¿De
Shirley Temple...? —pregunté, con un ligero temblor capaz de arrancar de cuajo
las alas de mariposa que, de tarde en tarde, parecían brotarme.
—No,
pero... ¿no te gusta Shirley Temple?
—Sí,
me gusta..., pero ya las he visto todas. Y una, dos veces.
—No,
no es de Shirley Temple... Se llama Las cruzadas. Es que los gemelos, tus
hermanos..., yo sé que pasas más tiempo con ellos que con... bueno, me han
dicho que te gustan mucho los libros que ellos leen... Cuando te los explican,
claro.
—Sí
—dije. Y me acordé de Beau Geste, y de Robinson, y de Jim, el de La isla del
tesoro y de tantos otros. Entre ellos, uno sobre Ricardo Corazón de León.
—Pero
si no te gusta, te llevo a otro sitio.
—Sí
que me gustará porque no la he visto.
—Si
no entiendes algo, yo te lo explicaré.
—Sí
lo entenderé —dije para consolarle un poco porque me pareció entre
desilusionado y confuso.
—Además
—añadí en un alarde de verborrea—, si no la entiendo, da igual porque ya me la
inventaré.
Entonces
papá hizo algo verdaderamente insólito. Lanzó una carcajada sonora, y luego
otra y otra... Él, que hablaba siempre en voz muy baja y apenas sonreía. Luego,
para redondear mi estupor, me cogió las dos manos, me atrajo hacia él y me
abrazó mientras decía:
—Tienes
a quien parecerte, hija mía...
Fue
la primera y la última vez que le oí aquella palabra. Y sin saber muy bien por
qué razón sentí ganas de llorar. Pero no lloré. Desde los lejanos tiempos en
que Tata María me había secado las lágrimas con la punta de su delantal, no
había llorado, sino muy raramente. Y a solas. Pero a veces, durante los últimos
tiempos, me había parecido llevar dentro, entre el pecho y la garganta, un
puñado de piedras y un gran nudo. En ese momento, aquel nudo pareció, si no
deshacerse, por lo menos aflojarse un poco.
Entonces
papá hizo una cosa que hacían casi todos los Gigantes: tiró hacia arriba, con
un pequeño movimiento del brazo, la manga de la chaqueta, luego el puño de la
camisa y apareció el reloj. Papá lo miró unos segundos, y dijo:
—Muy
bien, Adri. Empieza nuestro día.
—¿Por
qué miras el reloj?... —Me atreví a preguntar, en vista de lo fácil que iba
siendo aquel encuentro.
—Porque
es necesario saber las horas y en qué las ocupamos... en fin, tenemos que
controlar el tiempo, y lo que hacemos con él.
Pero
me pareció que lo decía de una forma poco natural: algo así como si lo hubiera
leído en alguna parte, por ejemplo un anuncio del periódico, y lo repitiera.
Jerónimo y Fabián lo hacían, para divertirse, y no sé aún por qué razón se
reían mucho repitiendo en voz alta, pongo por caso: «Pilules Orientales...» o
«Aceite Inglés, todo el mundo sabe para lo que es ...». Las personas mayores,
incluso cuando aún no habían alcanzado el estrato de Gigantes, todavía eran un
verdadero enigma.
—Te
voy a llevar a un parque precioso —dijo papá—. ¿Te gustan los parques?
—Sí,
la Tata me llevaba al del Museo de Ciencias Naturales.
—Pues
éste es mucho mejor: hay un lago, y barquitas, y muchos árboles.
Tata
María me vistió el abrigo nuevo que, desgraciadamente, también era azul, aunque
no tan oscuro como el del colegio, y por lo menos no me llegaba casi a los
talones. Pero intentó encasquetarme un sombrerito «a juego», como decía mamá,
cosa a la que me negué rotundamente. Llevaba una especie de borla, a un lado de
la cara, sujeta con una cinta, y me pareció lo más horrible que podían
colocarme encima. Y lo hacían, hasta aquel día, contra mi voluntad.
—¡No
lo quiero! No quiero llevar en la cabeza esa cosa que se llama «capota», como
la de un coche.
—Adri.
—Tata María me miraba como lo hacía en las ocasiones difíciles—. Las niñas bien
educadas llevan capota.
—¿Las
niñas bien educadas...? —casi grité.
Todo
me parecía tan ridículo, tan ilógico. Y me di cuenta, a seguido, de que el
encuentro con papá, tan breve aún, tan insignificante en apariencia, me había
dado fuerza, o valor, para decir cosas que hasta entonces habían quedado
aprisionadas en el nudo de mi garganta o sepultadas bajo las piedras que tanto
me pesaban dentro del pecho. Era una sensación tan nueva que casi me asustaba.
Y apenas sin transición vino a mi mente Eduarda, su sombrerito de cazador, con
una plumita, sus grandes ojos azules de Unicornio y los saltos abruptos,
maravillosos e inolvidables, de su Cafetera.
—Pues
que las lleven las niñas bien educadas —dije, despacito, casi dulcemente. Y me
arranqué de la cabeza aquella cosa, y la tiré a un rincón, y Tata María se
quedó mirándome como si me viera por primera vez en la vida. A mí, o quizá al
fantasma de la pequeña Adri.
Papá
ya no tenía el coche que, antes, hacía compañía a los que conducían Paco y
Anastasio. Pero tenía siempre a su disposición un taxi. Un taxi era otra
novedad para mí. Los había visto pasar, a veces, pero jamás había entrado en
ninguno.
El
taxi de papá nos esperaba frente al portal de casa. Joaquín, el portero, que de
costumbre me parecía tan severo, de repente se mostraba amable y simpático, y
nos acompañó hasta la portezuela, que abrió, diciendo:
—Que
pasen un buen día los señores.
Y de
este modo me vi alzada hasta un altar, junto al Señor.
El
chofer del taxi conocía a papá porque lo saludó con más que respeto, yo diría
que con cariño. Y en el transcurso de aquel día me di cuenta de que papá
despertaba cariño, o algo que se le parecía mucho, allí por donde iba.
Parecido, aunque distinto, a lo que despertaba a su paso Eduarda.
El
parque de papá —se llame como se llame, para mí siempre será el parque de papá—
me pareció enorme. Nunca había estado en un lugar semejante —nada que ver con
los jardines del Museo, a donde me llevaba la Tata cuando aún no iba a Saint
Maur—, y por primera vez me acerqué al gran misterio de los árboles. Papá me
decía sus nombres. Unos nombres que me parecieron extraños, pero tenían la
virtud de que yo los bautizara a mi vez: «El que huele a lluvia», el «que
parece un viejo», el «que llora»... Todo estaba nevado, apenas había hojas ni
flores. Sin embargo, me gustaba: casi más que si hubiera hojas y flores. El
estanque que papá llamaba lago parecía helado. Quizá lo estuviera, quizá no,
pero se me antojó de cristal duro y reluciente. No caminaba nadie por los
senderos, sólo papá y yo los recorríamos despacito, mi mano escondida en la
suya, y notaba su calor aunque estuviera enguantada.
Conservo
un recuerdo tan vivo de aquel parque, de aquel lento, largo y callado paseo por
senderos flanqueados de blancura suntuosa, que nada podrá borrarlo de mi
memoria. Despacio, muy despacio, sabiendo que nadie estaba esperándonos para
incorporarnos a sus días llenos de sobresaltos y vacíos, sin apenas transición.
Sin que nadie nos reprochara por qué llegábamos tarde a alguna imaginaria cita.
Sin tener la obligación de explicar —a oídos, por otra parte, totalmente
desinteresados del asunto— qué habíamos hecho, en qué habíamos perdido el
tiempo. El precioso tiempo de ellos, no nuestro silencioso vagar por senderitos
bordeados de parterres blancos y árboles desnudos, con los negros brazos
alzados a un cielo de aluminio. Avanzábamos así, en el mágico silencio que
despiertan los parajes nevados. No sé cuánto tiempo duró aquel deambular sin
rumbo, sin la obligación de llegar a alguna parte; sólo así, caminando,
despacito, mi mano dentro de su mano, en el aterciopelado silencio de la nieve.
Y
entonces sentí un gran deseo de comunicar la paz o la felicidad, esa peligrosa
palabra que no debe pronunciarse y que de pronto había llegado a mí. Pero sólo
se me ocurrió apretarle la mano. Lo hice una sola vez, y casi al instante él me
devolvió el apretón: y lo hizo dos veces. Los dos mirábamos hacia el cielo casi
blanco, y con otro apretón de manos volví a decirle que le quería. Me respondió
de la misma forma. Creo que nunca, ni antes ni después, he mantenido con nadie
una conversación más íntima, más explícita. Ni tan bella. Aquel parque
solitario, aquel hombre y aquella niña solitarios, aquel vagar sin rumbo y
aquel silencio. Un parque sin gentes, cubierto de nieve, un estanque de
cristal, y la ausencia de palabras, y de ruidos —si hubiera caído la última
hoja del último árbol de invierno, la habríamos oído— para no romper la
conversación muda que habíamos inventado entre los dos, mano a mano.
Papá
se detuvo frente a un árbol muy grande. No recuerdo su nombre, pero sí sus
largas ramas desnudas y negras contra el resplandor del cielo. Parecía como si
mi cuerpo se hubiera hecho de alguna materia esponjosa, y absorbiera luces, y
silencio. Papá me señaló entonces tres pájaros en el suelo, junto al tronco del
árbol. Eran oscuros y formaban un extraño corro, como persiguiéndose en
redondo. Eran pájaros de invierno, aquellos a quienes Tata María llamaba
«pájaros del frío». Sus vueltas y sus revueltas en torno a un eje invisible
parecían evocar algún ritual antiguo, casi sagrado.
—Mira,
Adri —dijo papá—, se están dando calor unos a otros...
Pero
a mí no me pareció que se daban calor, más bien me parecía que se perseguían
sin encontrarse. Y además estaban asustados, desorientados, sin saber qué rumbo
iban a tomar, ni a qué o a quiénes iban a unirse en su largo viaje hacia las
tierras del Sol. Un viaje que acababa de inventarme, un viaje de luz, y nada
tenía que ver con lo que nos rodeaba. Allí, en aquel lugar y en aquel momento,
en aquel invierno, parecían asustados como si hubieran olvidado cómo se vuela.
Casi sin darme cuenta fui hacia papá y me dije que él y yo éramos como aquellos
pájaros:
—No
se están dando calor... están asustados.
O
acaso no sabían qué rumbo tomar, hacia dónde volar. Y añadí, casi sin pensarlo:
—Somos
tú y yo, papá.
Pero
papá dijo que no, que nosotros no éramos así.
—No
digas esas cosas, Adri. Tú y yo no nos asustamos de nada.
No
era verdad. Yo sí me asustaba, y en aquel momento me di cuenta de que él
también.
—
¿Tienes frío? —preguntó, de pronto.
—No
lo sé.
Hasta
que él me lo preguntó no había notado que estaba temblando.
—Soy
una calamidad —dijo, pero no me hablaba a mí, hablaba consigo mismo—. No sé
tratar a los niños, ni a los mayores... ni a mí.
Entonces
yo dije:
—Yo
tampoco.
Dejamos
de andar y miró hacia el cielo, que tenía un tono de perla, con nubes casi
transparentes. Luego cerró los ojos y vi que de su nariz salían nubecillas,
algo así como si fuera una diminuta chimenea de gnomos.
—Adri,
todo lo que me has dicho de ti me sabe a poco...
Ahora,
después de tantos años, creo entender sus palabras. Pero, como entonces, no sé
lo que realmente guardaba su corazón.
De
pronto parecía muy alegre. Me apretó contra él —mejor dicho, contra sus
rodillas— y casi gritó:
—¡Vamos
a cualquier sitio donde podamos contarnos muchas cosas!...
Me
sorprendió que un Gigante quisiera hablar de cosas con un Gnomo. Desde que era
muy pequeña, me gustó imaginar que yo, en cierto modo, lo era. Y me vino a la
memoria la vez que Isabel me dijo: «Nos lo contábamos todo, unos a otros...». Y
sabían muchas historias, aunque no supieran leer.
Papá
casi me arrastró hacia el taxi, que nos esperaba a la entrada del parque.
El
chofer conocía tanto a papá que empecé a creer que era amigo suyo, pero de la
misma forma como era amigo mío el farolero, pongo por caso. Cuando estuvimos
instalados en el taxi, volvió la cabeza hacia atrás, hacia nosotros y dijo:
—Don
Germán... aunque sea un día como hoy, usted lo sabe, yo le llevo a donde usted
me mande... y en cualquier día del año que sea, y a donde sea...
Me
pareció que por un lado estaba diciéndole que le quería mucho y, por otro, que
hacía un gran sacrificio trabajando para él en un día así. Estas cosas, a los
diez años, parecen leerse en la voz más que oírse. Las palabras oídas en aquel
tiempo han quedado grabadas en mi memoria más por la puerta que abrían que por
la que cerraban.
—Sí,
ya lo sé, Ernesto, ya lo sé... Y te lo agradezco mucho.
Entonces,
papá le dio una dirección que por lo visto Ernesto ya conocía porque con sólo
decir «A la Peña...», no tuvo que especificar ni la calle ni el número.
El
Club La Peña estaba también cerrado. Pero había unos timbrecitos a la derecha
de la puerta, que papá pulsó. Y, al poco, la puerta se abrió. Un portero
parecido a Joaquín, muy apresurado, se estaba abrochando un botón dorado, bajo
la barbilla. Tenía los ojos llenos de sueño.
—Don
Germán, qué sorpresa... Anoche tuvimos tanto ajetreo... ¡Hasta las cinco...!
La
Peña era bastante oscura. Había dos grandes salones, con paredes recubiertas de
madera, que olían muy bien, y donde papá y yo nos sentamos, en dos butacas uno
frente a otro —empezaba a parecerse a un ritual— junto a la chimenea, donde
agonizaban las llamas de unos pocos leños. Pero enseguida llegó un jovencito
con más leña. Se dispuso a revivirlas mientras decía:
—Señor...
—Papá volvía a ser Dios—. Perdone, pero hoy no esperábamos...
—¿Dónde
está Eliseo? —dijo papá. Y aquella reciente y súbita, casi inesperada alegría,
había desaparecido de su voz. En la ventana, a través de los cristales de
colores, el sol de invierno, amarillo y verde, había caído a trocitos sobre el
parquet, allí donde no alcanzaba a cubrirlo la alfombra. Entonces llegó un
muchachito, casi un niño, vestido de viejo. Parecía tímido como yo cuando
Madame Saint Genis me pedía que hablara.
—¿Y
Eliseo...? —murmuró papá.
—Hoy
libra, señor... Es Navidad.
Empecé
a sentir en aquel nombre un secreto reproche.
Papá
se pasó la mano por la frente y dijo:
—Claro,
claro... es Navidad.
Creo
que desde aquel día, este nombre, esta palabra conlleva el color de senderitos
entre la nieve, el tono semifestivo de una voz, la derrotada e intermitente
alegría de un hombre a quien algunos llamaban señor y yo papá.
Papá
pidió que le trajeran un fino, nombre que me pareció muy bonito, y el
periódico. Pero el periódico no existía ese día porque era Navidad. Me pareció
tan desolado que pensé: «Voy a contarle cosas, como hace la familia de Isabel».
Así que le dije:
—Papá,
he visto un niño jugando en el patio interior.
—¿Qué
niño? —preguntó. Y noté la poca emoción que le producía aquella noticia.
—Es
un niño que no parece un niño... y juega con un perro que se llama Zar. Lleva
tirabuzones.
Papá
pareció regresar de un lejano viaje, sin reconocer nada ni a nadie. Decidí
cambiar de tema:
—Papá...
¿tú conoces a Eduarda...?
Entonces
papá sí pareció entender la pregunta. Se inclinó hacia mí y a su vez preguntó,
suavemente, casi en un susurro:
—¿Por
qué me lo preguntas? Claro que la conozco. Es la hermana mayor de mamá.
—¿Te
parece que está p'allá ? ... Eso dicen las Tatas.
Papá
se quedó mirándome con la copita de fino en la mano levantada. Al fin, murmuró,
inclinándose más hacia mí:
—No
uses ese lenguaje, Adri... Nadie está p'allá ni p'acá.
Y se
enredó en lo que se debía decir, o no decir, hasta que los dos nos cansamos, y
yo insistí:
—¿Quieres
a Eduarda?
—Claro
está que la quiero... Y creo que es una de las pocas personas con las que puedo
hablar... en esta familia.
—¿Yo
soy tu familia?
Entonces
papá se puso muy nervioso, y me dijo que mejor fuéramos a comer, que ya era
hora. Y volvió a mirarse la muñeca, y a controlar el tiempo. Y mientras
esperábamos que nos trajeran los abrigos, y estábamos ya de pie, dijo:
—¿Estás
segura de que quieres ir a ver Las Cruzadas?
—Sí,
sí estoy segura.
Y
mientras lo decía, por vez primera tuve la sospecha de que, en realidad, nunca
he estado segura de nada.
Fuimos
a comer a aquel restaurante que según dijo papá me gustaría mucho. Pero era el
día de Navidad.
De
todos modos, el restaurante era muy bonito. Mucho más grande y lujoso que el de
la noche de Petrouschka, con Michel Mon Amour, Lev y Eduarda.
No
había casi nadie: sólo un señor y una señora muy viejos, en una mesa, callados
y mirando más allá de la ventana. Y nosotros dos. También el maître y un
camarero, tan viejo como el matrimonio que miraba la nieve a través de la
ventana, que le dijo a papá:
—Feliz
Navidad, don Germán... ¿ésta es la mocita?
Nunca
había oído la palabra mocita. Había tantas y tantas palabras, y no sólo
palabras, que yo no conocía, o estaba privada de ellas, que me sorprendió.
«Mocita», pensé. La apuntaría en la libreta secreta que guardaba bajo los
pañuelos y los calcetines, en el armario de mi cuarto. Con tantas otras cosas
como iba atesorando cada vez que tenía oportunidad. Oportunidades eran, hasta
entonces, Eduarda, Isabel, Tata María... En ocasiones Paco, o Mario, el
pescadero. Ahora había que añadir la de papá, o las que brotaban en su entorno.
Como reflejos de cristal a cristal, comunicándose noticias a través de las
arañas del salón; o las copas de la mesa en las contadas ocasiones que me
dejaban comer con los Gigantes. Los vasos de la cocina —mi habitual comedor—
sólo transportaban agua o zumo de naranja.
—Sí,
la pequeña —dijo papá. Y de pronto me pareció que lo decía con tristeza. No por
mí, ni porque yo fuera la pequeña, ni siquiera porque yo fuera esa palabra
«mocita», que no acababa de sentarme bien; ni por el parque nevado, ni por el
día de Navidad, ni por el cine en vez de Cascanueces. Quizá porque no había
tenido tiempo, o simplemente ganas, de hablar conmigo como lo había hecho antes
con Cristina o los gemelos.
A lo
mejor no estaba triste por ninguna de estas cosas, pensé. La tristeza parecía
un sentimiento muy delicado, que se podía rasgar en cualquier momento, que se
podía convertir inesperadamente en otra cosa, algo que me repelía. Todo esto
bullía en mi cabeza, sin saber muy bien lo que significaba, pero anticipando un
vacío. Un vacío parecido al que sentí aquella mañana en que Isabel me llevó con
ella al terrado, y me apoyé en la baranda y miré hacia abajo y me invadió un
irresistible impulso hacia el abismo. Sólo la voz rotunda de Isabel y sus
brazos vigorosos me apartaron de aquel atractivo. El imán, la atracción que
recogía las piezas caídas del Meccano, se abría ahora, sutil, bajo cuanto hacía
o decía papá.
—Pide
lo que quieras, hoy no tienes que comer lo que no te guste, y, cuando ya no
tengas apetito, puedes dejar en el plato lo que no quieras...
Creo
aún recordar, como en una neblina, casi todo lo que ocurrió en aquella comida y
la voz de papá. Intentaba ser amable, intentaba darme confianza, intentaba,
quizá, darme cariño. Pero yo tenía miedo: y así supe que siempre lo había
tenido, y que el miedo acababa apoderándose de todo lo que hacía, o decía, o
escuchaba. Era un miedo sutil, frágil, y sin embargo, poderosamente destructor.
Pero
afortunadamente existe la risa, y aquel día —aunque por entonces me daba poca
cuenta de ello— fue la risa quien nos unió. La risa que brotó al final de
nuestra breve conversación:
—Adri,
el día seis de enero, ya sabes, los Reyes Magos te traerán lo que pidas, ¿has
hecho ya la carta?
Le
miré, casi con ternura de Gigante a Gnomo:
—No,
papá. Ya hace dos años que no creo en los Reyes Magos. Pero sí tengo una lista
de pedidos...
Papá
parecía asombrado.
—¿Quién
te dijo que no existían los Reyes Magos...? Los Reyes Magos existen. Lo que
pasa es que, cuando los niños dejan de creer en ellos, los abandonan, y
entonces los papás tienen que sustituirles, para que no... para que no dejen de
creer en...
—Sí.
—Le interrumpí porque me di cuenta de que estaba hecho un lío—. Ya lo sé, no te
preocupes. De todos modos los Reyes Magos y yo seguiremos siendo amigos.
No
era verdad, pero desde aquel momento acababan de incorporarse al farolero, al
pescadero, a Paco, el chofer... Y añadí:
—El
año pasado les pedí un caballo vivo.
Papá
movió la cabeza con aire apesadumbrado, y de pronto vi en sus ojos negros una
lucecita de alegría, o de risa contenida:
—Vaya,
vaya... en menudo aprieto los pusiste.
—Sí
—dije, continuando la broma—. No cabría en mi cuarto, y puedes imaginarte lo
que diría Cristina...
Y
los dos empezamos a reírnos tan fuerte que el matrimonio de ancianos que miraba
la nieve, tras una mirada de falso reproche, sonrió.
Entonces
papá alargó las dos manos sobre los platos, las copas y todo lo demás, agarró
mis dos pequeños puños, y los apretó tanto que casi me dolieron.
Y
era la primera vez que yo me reía, por lo menos con tantas ganas, y sentí como
si dentro de mí algo estallara en mil pedazos, como si aquel montoncito de
piedras que pesaba sobre mi corazón saltara por los aires. Y pensé: «Qué bueno
es reírse...».
Papá
dijo entonces:
—Tendrás
un caballo vivo, te lo prometo... No ahora, ni mañana, ni sé cuándo... Pero te
doy mi palabra de honor de que lo tendrás. Y cuando lo tengas, acuérdate de
papá.
Yo
le miraba atentamente, casi ávidamente: como miraba todas las cosas que de
algún modo quería aprehender, en aquel tiempo. Y me di cuenta de que tenía los
ojos llenos de lágrimas.
Despacito,
porque apenas me salía la voz, apreté también sus grandes, morenas, cálidas
manos, y dije:
—Sí,
papá.
Y
luego retiré mis puños, apretados, indignados o doloridos por tantas y tantas
cosas que aún no lograba comprender y, sin embargo, estaban dentro de mí. Algo
se abría paso, entre todo cuanto me llenaba de regocijo: Cristina era incapaz
de albergar un caballo vivo en su habitación. Yo, sí. Y al Unicornio.
—Papá,
¿vamos a ver Las Cruzadas?
—Sí,
claro, naturalmente... seguro que te gustará. Y terminamos el postre, nos
abrigamos y nos fuimos a ver Las Cruzadas.
7
El
cine era uno de los más grandes, de entre los muchos que había en una calle que
llamaban Gran Vía. Sólo ver sus grandes carteles en color, sus muchas luces
encendidas y aquellas letras luminosas donde podía leerse Las Cruzadas me
hicieron latir el corazón. Presentía que allí me esperaba algo nuevo y, por
supuesto, emocionante. Leí, en grandes titulares, los nombres de Henry Wilcoxon
y Loretta Young. Y en los enormes carteles vi a un hombre con la espada en
alto. Papá lo señaló y me dijo:
—Es
el rey Ricardo Corazón de León.
Quedé
sobrecogida, y volvió a mi memoria aquel nombre, pronunciado a menudo por los
gemelos.
—¿Tenía
corazón de león...? —pregunté, asida a su mano, con la mirada alzada hacia
aquel impresionante caballero.
—Quiere
decir que era muy valiente... y por eso le llamaban así.
El
cine estaba en una suave penumbra, y el acomodador, con su linterna, parecía el
cómplice de alguna aventura a punto de producirse. Todo era suntuoso, solemne y
muy grande. Nada tenía que ver con los domingos de Shirley Temple, con Tata
María durmiéndose en la butaca de al lado, y a la que tenía que despertar de
cuando en cuando para que no roncase. Apenas podía moverme en la butaca, me
sentía inundada de pasmo, fascinación y una chispita de miedo. Y, sobre todo,
la emoción de entrar en un espacio nuevo, absolutamente desconocido y
cautivador. Porque no veía la película, entraba en ella, galopaba en sus
caballos, gritaba con sus gritos de guerra, blandía sus espadas... Y no
entendía nada. Pero precisamente por eso me atraía más: puro misterio, puro
enigma; la tierra donde a mí me gustaba vivir, avanzar, imaginar; el mar donde
deseaba sumergirme, al borde siempre de un descubrimiento; puro deseo de
alcanzar o de recuperar algún lugar que me pertenecía, y que todavía no había
encontrado. Las inquietudes que me despertó la visión de aquella película son
difíciles ahora de repetir. Sólo retazos, fragmentos, como el de la aparición
de aquella Loretta Young —que en la película era una princesa llamada Blanca de
Navarra—, y que su belleza me dejó anonadada. Yo estaba acostumbrada a oír que
Cristina era la más guapa, la más elegante, y en cuanto apareció la Princesa
Loretta Young, todas las bellezas conocidas quedaron reducidas a cenizas. Jamás
había visto —ni siquiera en las ilustraciones de los cuentos— alguien parecido.
Era tan rubia, tenía unos ojos tan grandes y tan brillantes, y sobre todo
estaba envuelta en una especie de halo luminoso, al que contribuían las ropas,
todo gasas y sutilezas. Contrastaba casi dolorosamente con la rudeza y crueldad
del ambiente, y me llenaba de estupor, especialmente cuando la vi casarse con
la espada de Corazón de León.
Mi
asombro, incomprensión, y el soterrado atractivo que aquel mundo me suscitaba,
llegó a su cenit. Jamás he comprendido menos una película —y no sólo una
película— que, por contra, me haya conmovido más. Cuando terminó, yo tenía la
boca seca, las manos me temblaban y estaba como paralizada. Papá ya se había
levantado, con su abrigo al brazo, e intentaba enfundarme en el mío.
—Bueno
—decía—, no sé si te habrá gustado... Pero, hijita, no había mucho donde
elegir... Y además creo que no tendrás que inventarte nada: por lo que he
visto, ya se lo han inventado todo ellos... ¡Qué barbaridad, qué estropicio de
la historia! ...
Salimos
en silencio. Aún me latía el corazón. Papá —era un tic de Gigantes, al parecer—
miró su reloj de pulsera y dijo:
—Ahora
vamos a merendar... porque tendrás hambre, ¿verdad?
Yo
no sabía si tenía hambre, sólo sabía una cosa: que no quería regresar al mundo
de los Gigantes, de Saint Maur, de la casa... Pero no podía decir nada como si
de pronto se me hubieran acabado todas las palabras que sabía, y aún las que
tenía que descubrir o inventarme.
Papá
y yo de su mano entramos en una chocolatería—heladería —aunque, entonces, no se
llamaban así—. Nos sentamos a una mesa, al lado de una ventana, y después de un
ratito, se acercó una camarera, con aire aburrido.
Papá
me preguntaba qué quería merendar, pero yo no decía nada, no podía hablar.
—Pero,
dime, Adri... ¿qué quieres?
Entonces
algo estalló dentro de mí, y apretando los puños —como siempre que quería darme
fuerzas—, casi grité:
—¡Quiero
volver al cine, quiero ir otra vez al cine...!
Papá
se quedó mirándome con tanto asombro que me reconocí en él. O, por lo menos, en
sus ojos. Dijo:
—Bueno,
pero entretanto... ¿qué quieres?
Pedí
un helado de vainilla —en recuerdo a Eduarda— y cuando la camarera se fue,
dije:
—Papá,
por favor... quiero ir otra vez al cine, por favor.
—Bien,
bien —dijo papá, cogiéndome una mano y apretándola. Suspiró y murmuró, no tan
bajo que yo no pudiera oírle:
—Qué
raros son los niños... o por lo menos ésta.
Al
comprobar tan buena disposición, me aventuré a decir:
—Yo
no quiero ir a casa... yo quiero estar siempre en el cine, contigo... y en el
cine.
Tanto
insistí, y con tanto empeño, que al fin papá cedió:
—Bueno,
creo que tienes algún Ángel, o algún Diablillo, que está de tu parte... había
sacado, por si acaso, entradas para otra película, pero Las Cruzadas me pareció
mejor... aunque no sé si me equivoqué.
Sacó
entonces de su cartera dos papelitos rosa, donde se leía «butaca» y que me
llenaron de alegría. Papá, con cara de resignación, añadió:
—Esta
película ocurre durante la Revolución Francesa; la verdad que no sé cuál va a
ser menos adecuada para un día como hoy.
Casi
me pareció que sonreía, por el modo de apretar las mandíbulas, y la vena de la
frente, que se marcaba más.
—Así
que, en lugar de devolverlas...
—¡No
las devuelvas, no las devuelvas...!
Casi
se las quité de las manos. Papá me miraba cada vez con más asombro como si, en
lugar de verme a mí, viera una criatura desconocida:
—Papá
—dije, para suavizar aquella impresión—, es que yo quiero estar siempre en el
cine, quiero vivir en el cine...
Antes
de contestarme, papá pidió otro helado para mí y un copa de no sé qué para él.
Y mientras yo comía, y él bebía, dijo:
—Ya
tienes edad para saber que en el cine no se puede vivir. La gente del cine
también tiene sus casas, su familia...
«No
entiende lo que yo le quiero decir —pensé—, se cree que soy tonta.» Pero con
tal de que fuéramos a ver otra película, me callé. Entonces él dijo, con aire
abatido —o eso me pareció:
—Vámonos
ya. Y si no te gusta... ¡Cállate, por favor!
La
película se llamaba Historia de dos ciudades.
Recordé
que uno de los libros de los gemelos se titulaba igual. En la portada había una
guillotina. Durante la película me enteré de para qué servía aquella máquina y
de muchas más cosas. Creo que en aquellas dos sesiones de cine aprendí más de
los Gigantes y de su comportamiento que en los cinco años de asistencia a Saint
Maur.
Cuando
salimos a la calle, ya era de noche. Me aferraba a la mano de papá, y notaba un
temblor casi irreprimible. Yo estaba acostumbrada a disimularlo, sobre todo
cuando mamá me llamaba a su gabinete y llevaba las gafas en la mano. Ahora era
diferente. Apenas podía abrir los ojos, me dolía la cabeza y daba diente con
diente. Papá se dio cuenta:
—¿Qué
te pasa...? Dios mío, me parece que tienes fiebre...
Me
puso la mano en la frente.
—¡Pero
si estás ardiendo!... Dios mío, menuda papeleta —murmuró.
Llamó
a un taxi —porque Ernesto ya se había despedido para irse a la Navidad de su
mujer y sus hijos— y tardó un poco en encontrarlo.
Durante
el trayecto del cine a casa, papá me tuvo abrazada y de cuando en cuando me
apartaba el flequillo de la frente, como si el flequillo tuviera la culpa de
algo.
Cuando
llegamos a casa, llamó enseguida a Tata María:
—Ocúpese
de la niña mientras yo llamo al médico. —Me pareció que su voz temblaba casi
tanto como yo—. Me parece que no está bien. ¿Dónde está la señora?
—Ha
ido al teatro con los niños...
María
me cogió en brazos, a pesar de que yo era demasiado grande para que me llevase
así. Como de costumbre, María era la única que se mantenía serena. Al
refugiarme en sus brazos sentí algo así como una especie de consuelo, aunque no
sabía de qué tenía que consolarme. Porque, a pesar de todo, a pesar de la
fiebre, del dolor de cabeza y del cuerpo entero, como si me hubieran dado una
paliza, yo estaba alegre. La alegría me inundaba y, aunque temblaba, aquel
sentimiento se sobreponía a cualquier otro.
Tata
María me llevó a la cama y me desvistió. Había calentado antes el pijama, como
cuando yo aún no podía quitarme la ropa. Me santiguó, me quitó los largos
calcetines azul marino, y me frotó los pies.
—Tienes
fiebre..., tienes los pies helados, niña —dijo, casi en un susurro.
Lo
último que hizo fue desprenderme los pendientes con mucha suavidad: unas
pequeñas perlas con aritos, atravesándome las orejas, que llevaba desde que
nací o poco después. Y fue, creo, lo último que recuerdo antes de que Tata
María me acostase.
Aquella
noche dormí o medio dormí con gran inquietud, despertándome de tanto en tanto
con sed. Tata María no se apartaba de mi cama, y tenía encendida la pequeña
lámpara de la mesilla. El suave resplandor que transparentaba su pantalla, y la
presencia de Tata María dormitando en una butaca a mi lado, me inundaron de
paz, de bienestar. Hacía mucho, mucho tiempo que no sentía una paz y un
bienestar parecidos. «La felicidad...», me dije, como una palabra oída, o
leída, y hasta aquel momento sin sentido. Una especie de sonrisa múltiple que
por primera vez conocía e inundaba todo cuanto miraba. Como si sonriera con
todo mi ser.
De
lo que ocurrió luego sólo guardo imágenes fragmentadas: la visita del doctor
—le conocía, o al menos recordaba sus manos—, el termómetro, su voz apacible.
Desde hacía mucho tiempo —quizá nunca antes— no había experimentado una
sensación parecida de equilibrio y suave alegría. De pronto ya no existían
Saint Maur, ni Margot, ni las niñas burlonas, ni las hojas caídas de las
moreras con sus ristras de orugas rodeando mis solitarios recreos. Parecía que
desde aquel día la vida recomenzaba su ruta y, sobre todo, dejaba atrás cuanto
detestaba o entorpecía mi camino.
Después,
vagamente, aparece la cara de mamá, inclinada sobre la mía, y sus verdes ojos,
sin gafas. Pero el recuerdo más claro es el de su largo collar de perlas,
rozándome, y su perfume.
Creo
que me dormí. O por lo menos estuve largas horas —quizá días— mecida en aquella
penumbra, con la luminosa transparencia de la lamparita a mi lado, esparciendo
sobre mí y hacia el techo sombras y resplandores portadores de sonrisas
invisibles. Y la felicidad —o así me parecía— que conocía por primera vez. Por
fin conseguía lo que solamente había vivido en el Cuarto Oscuro. Que me dejaran
en paz.
Entonces
sentí por vez primera el placer de saber que dormía. Descansaba, me mecía en el
sueño casi beatíficamente, y al mismo tiempo me enteraba de que dormía; dormir
no era un bien desperdiciado. Como si de pronto me diera cuenta de que estaba
reparando una larga fatiga arrastrada desde tiempo atrás, sin saberlo. Me
liberaba lenta, suavemente, de un cansancio que me había acompañado no sabía
desde cuando. Recuerdo que respiraba profundamente y me sentía contenta, o algo
parecido, aunque me dolieran los huesos, la cabeza y el entorno de los ojos. La
somnolencia y el ardor de la fiebre se mitigaban cuando Tata María me daba a
beber algo que sabía remotamente a almendras amargas.
La
fiebre, o por lo menos el amodorramiento, duró tres o cuatro días. Al final,
desperté, y por entre los párpados medio cerrados, lo primero que vi fue un
cuadro de luz proyectándose en el techo. Y dentro de aquel cuadro de luz, que
llegaba del patio, se agitaban pequeñas siluetas en sombra, y me recordaban el
perfil de ciertos gnomos y de un perro. Pero a la vez yo sabía que, aunque
atravesaran de un lado a otro el cuadro luminoso como había visto hacer al
Unicornio, estas siluetas pertenecían a criaturas vivas, y oía sus voces. A
ratos una de aquellas siluetas saltaba como si volase, y aquella especie de
vuelo corto me resultaba familiar.
Las
voces, como suele ocurrir con el viento, traían palabras que al principio
cuesta descifrar y luego resultan clarísimas. Y aunque muy lentamente iba
captándolas, había una sobre todas ellas —un pequeño latigazo en el aire— que
me trajo un nombre y una voz, ya inconfundibles para mí: «¡Zar...!». En ese
momento fue cuando verdaderamente desperté. Me senté en la cama, con la mirada
fija en el cuadro luminoso del techo, donde las siluetas se sucedían en una
especie de película prodigiosa. Y, una a una, las fui identificando por su
perfil y por sus saltos, por cada uno de sus movimientos: Gavrila y Zar. Y al
fondo, animando sus juegos, la voz de mi novio, el chofer Paco. Entonces sentí
algo parecido a lo que Isabel me había dicho cuando me dio a probar un chupito
de la botella: el secreto que daba calor al corazón. Aquel día no lo había
sentido, pero ahora sí. Tuve calor en el corazón.
Despacito,
como si todavía estuviese meciéndome en la duermevela, pero por otra parte
totalmente consciente de cuanto hacía, me deslicé suavemente desde la cama al
suelo. Descalza y en pijama, me acerqué a la ventana y la abrí de par en par.
Ya no nevaba, pero el frío entró en la habitación casi diría que alegremente.
Me
incliné cuanto podía sobre el alféizar, asomando medio cuerpo hacia el patio, y
pude verles nuevamente, ya no en sus sombras en el techo, sino tal como eran,
con el color de la vida. Los tres: Zar, Paco y Gavrila. Era como la repetición
de otras escenas anteriores, pero ahora sin ocultarme tras los cristales medio
velados por los visillos.
De
pronto, Gavrila se paró bajo mi ventana, quieto, las manos en los bolsillos de
su pantalón de terciopelo marrón, y la cabeza alzada hacia mí. Nunca le había
visto tan cerca, y pude darme cuenta del azul intenso de sus ojos. Estuvo así
unos segundos (aunque al recordarlo, todavía me parecen horas), mirándome. Y de
pronto levantó la mano y me saludó.
Me
inundaba la confusión porque, abriéndose paso en el barullo de mis
sentimientos, una frase oída muy a menudo regresó a mí: «Los niños juegan con
los niños, y las niñas, con las niñas». Casi sin darme cuenta, yo también
levanté la mano y la agité en el aire, tal y como lo había hecho él.
Entonces
Gavrila dijo, arrastrando las erres:
—¿Quieres
jugar conmigo... y con Zar?
—Sí
—dije, en voz tan bajita que hube de repetirlo—. ¡Sí...!
—¿Cómo
te llamas?
Como
si estuviera soñando, contesté que me llamaba Adri. Y añadí:
—Sí...,
quiero jugar contigo. Cuando ya no tenga fiebre, bajaré a jugar... contigo.
Gavrila
sacudió la cabeza, de arriba abajo, asintiendo. Sus largos tirabuzones rubios
se balancearon. Y me enamoré.
Cuando
Tata María llegó corriendo a cerrar la ventana, llamándome imprudente, y
haciéndome la tonta pregunta de si quería coger una pulmonía y morirme, sentí
de nuevo dolor de huesos, de cabeza, pesadez en los párpados. Ella cerró la
ventana, y me devolvió a la cama.
Desgraciadamente,
no pude bajar a jugar con Gavrila y Zar. Estaba demasiado débil. El doctor
Zarangüeta era un hombre, casi gordo, que vestía capa y llevaba patillas. Tata
María decía que era muy bueno, porque tenía una consulta gratuita en la
Corredera Baja. Yo retenía estas palabras, sin saber lo que querían decir,
excepto que era bueno. Así que cuando me estaba auscultando, le tiré de la
manga y le dije:
—Óigame...
Quería
pedirle que me dejara vestir, bajar al patio a jugar.
Pero
no me oyó. Sólo escuchaba —y quizá oía— a mis pulmones. Luego recetó algo,
pidió su capa, y se fue. Sentí un vasto desamparo, pero poco después oí la voz
de Gavrila a través de la ventana cerrada. Era una voz de niño, pero tan
poderosa que atravesaba cristales, cortinas, y me atrevería a decir que hasta
paredes. Su forma de arrastrar y reforzar las erres la hacía aún más sonora. Yo
le oía decir, mejor dicho, gritar: « ¡Adrri...! ¡Adrri...! ».
Se
me partía el corazón, así que en un descuido de Tata María abrí la ventana y
temblando de frío, o quien sabe de qué, grité:
—¡Espérame,
Gavrila, espérame...!
Y me
esperó tanto que todavía está ahí, con su mano levantada, saludándome. En ese
tiempo, en ese lugar indefinible donde se guarda lo más profundo y, quizá, lo
más inexplicable de la memoria.
Desde
que me llevó papá con él, el día de Navidad, había empezado a quebrarse la
rutina de mis días. Aunque no le volví a ver, en cambio, mamá sí se acercaba a
mi cama todos los días, y, cuando venía el doctor, hablaban los dos en voz
baja. Mamá me acariciaba entonces la frente. Pero papá, que era a quien más
deseaba ver, no vino. Y no lo volví a ver nunca más. Desde aquella Navidad, en
que me había sentido tan unida a él, desapareció de mi vida, por lo menos
físicamente. Al parecer —lo supe más tarde— mis padres habían dejado de ser
cobardes —según Eduarda—, y papá se había ido de casa. No me convencí
totalmente de esta decisión hasta que, mucho después, cuando me acerqué a su
despacho—biblioteca, no vi ni un solo libro en las estanterías, y sí percibí, en
cambio, ese espacio polvoriento —con polvo invisible— que cubre las
habitaciones ocupadas anteriormente por gentes que han muerto, o desaparecido
o, simplemente, se han ido a otra parte.
Pero
otra de las novedades, quizá la más importante por las consecuencias que trajo,
fue las visitas diarias y puntuales de la cocinera Isabel.
Asomó
su cabeza ensortijada, su naricilla respingona, sus ojitos negros y pequeños,
como dos granos de pimienta, por la puerta. Y dijo con su risa fresca y sonora
—quisiéralo o no, la risa siempre se entremezclaba a casi todo lo que decía:
—¿Se
puede pasar, señorita Adri?
Jamás
me había llamado señorita, así que enseguida me di cuenta por su retintín de
que estábamos jugando. Una suave alegría me inundó y, aunque todavía me costaba
sentarme en la cama, creo que grité:
—¡Entra,
Isabel, entra...!
Isabel
no llevaba puesto el delantal, venía arreglada y oliendo a agua de colonia
porque era jueves, y aquella tarde salía.
—¡Isabel,
ven, ven... tengo que decirte una cosa!
Isabel
no me apartó el flequillo, se inclinó hacia mí y me estampó dos grandes besos
en las mejillas. Luego se sentó al borde de la cama, sonriendo. Y de pronto me
pareció que, por primera vez en mi corta vida, tenía una amiga: confidente,
leal, alegre... Todo aquello que hasta entonces había presentido que podía ser
la amistad: nada parecido a las niñas de Saint Maur, ni a ninguna niña conocida
hasta el momento. Y de pronto, una mujer que rebasaba los treinta años, y que
no sabía leer, era mi amiga.
—Me
ha dicho Paco que ya no lo quieres, que tienes otro novio...
Esta
noticia me sobresaltó tanto que me senté en la cama de un solo impulso:
—¡No,
no ...! Dile a Paco que también es mi novio... y, además, Gavrila no es mi
novio...
Isabel
empezó a reírse y me abrazó. Y mientras me abrazaba, me dijo al oído:
—¡Pero
si se pueden tener muchos novios a la vez! Con lo bandidos que son, ¿vamos a
ser menos que ellos...?
Y se
enredó en palabras que no entendía, así que le dije:
—Isabel,
estoy enamorada de Gavrila.
Entonces,
ella se quedó mirándome en silencio. Directamente a los ojos, como hasta aquel
momento no había hecho casi nadie. Y me pareció que en el centro de los suyos
nacía una llamita roja, diminuta, pero aguda como la punta de un alfiler.
—Bueno,
niña..., tú eres ya una mujercita... Y yo sé lo que es el amor.
De
pronto me acordé de los chupitos de la despensa, y dije:
—Calor
en el corazón...
Soltó
una carcajada:
—¿Calor...?
¡Un volcán!
Y a
partir de aquel día, venía todas las tardes, a la hora en que Tata María
planchaba; y se sentaba al borde de la cama, y así, poco a poco, fue contándome
muchas cosas de Gavrila. Porque ella se enteraba de todo.
De
todos modos, lo que me contaba yo sólo lo entendía a medias. Y lo que no
entendía, lo imaginaba. De cuando en cuando, Gavrila me llamaba desde el patio,
con su poderosa voz. Yo me asomaba a la ventana y los dos agitábamos la mano en
el aire. Gavrila fue convirtiéndose así en una criatura mítica, incorporándose
a las historias de vikingos, de Beau Geste y de Ricardo Corazón de León, en
disparatada amalgama. Pero sobre todos era Gavrila, sólo Gavrila, resurgiendo
al final de todas las historias como de alguna misteriosa catástrofe, y
agitando, sonriente, la mano en el aire.
Por
lo que me contaba Isabel, supe que Gavrila era ruso y que su madre era
bailarina. Isabel decía entonces con acariciadora voz de secretos, guardiana de
tesoros ocultos:
— …
y Gavrila y su madre, bueno, ellos no, pero sus padres, o abuelos, o qué sé yo,
salieron escapados de la revolución, de su país, que es Rusia. Y bueno, ahora
ella, quiero decir la mamá de Gavrila, es bailarina, porque en sus tierras los
bailarines son muy buenos y ganan sus buenos cuartos... Y en fin, Adri, que
están ahora viviendo en uno de los pisos altos, los que están debajo del
terrado... Pero bueno, niña, no sabes qué lujo, aunque el piso sea de los más
baratos. Porque vaya de visones y de alhajas y qué sé yo que se gasta la
señora. Bueno, pues como te decía, viven en uno de los altos, y tienen un
criado que hace de todo, limpia, cocina, cose, plancha... ¡Y hasta borda!
Ahora, a mí. —Aquí Isabel hizo un pequeño descanso, mirándose las uñas—. A mí
me está bordando un camisón... Borda que es una maravilla, borda como no se ve
ya por ahí. Bueno, a lo nuestro: cuando Gavrila baja al patio, lo hace por la
escalera interior... vamos, la de servicio, la nuestra. Pero su mamá, menudos
lujos, menudos lujos... Para ella, claro, porque lo que es para el niño...
¡Menos mal que tiene a ese bendito Teo!, quiero decir el criado, puedes creer
que todo el peso de la casa cae encima de él... Guisa, cose, limpia, plancha...
y se desvive por el pobrecito Gavrila. Nadie se ocupa del niño, más que él.
¡Hombre más bueno...! Y ella, en cambio, sólo pendiente del conde.
—¿Quién
es el conde?
—Pues
hijita, el que les protege... el que lo paga todo.
—¿Por
qué... ? ¿Qué es lo que paga?
—Pues
todo, Adri, todo... Es su protector.
—¿De
qué les protege?
Isabel
se quedó callada unos instantes, pensativa. Me pareció que algo le cruzaba el
rostro como la sombra de un pájaro en vuelo. Y dijo, precipitadamente:
—De
la pobreza, Adri, de la pobreza... Hay que saber lo que es la pobreza para
entenderlo...
Y
añadió, casi con temor:
—Adri,
cariño... no le cuentes a mamá, ni a nadie, ninguna de las cosas que te he
dicho... ¿Sabes?, las señoras de esta casa —y tu mamá también— no quieren a la
mamá de Gavrila.
En
un impulso que no acertaba a explicarme me tapé la cabeza con la sábana. Como
si no quisiera estar allí, ni en ninguna parte conocida, excepto, acaso, debajo
de la mesa de la plancha. Algo parecido a una espesa cortina se descorría
lentamente ante mis ojos, paradójicamente cerrados.
Isabel,
entonces, se asustó. Precipitadamente me quitó la sábana de la cabeza, me
abrazó y, meciéndome suavemente entre sus brazos, dijo:
—Pero
Gavrila es aparte... Gavrila no tiene nada que ver con estas cosas... Gavrila
es como tú, que tampoco tienes nada que ver con las cosas de esta casa...
Bueno, sí y no...
Estuvimos
así un breve rato, yo con la nariz aplastada contra el medallón que reposaba
sobre su mullido escote. Y cuando me liberé, dijo:
—¿Sabes
una cosa que a veces se me ocurre cuando os miro a ti o a cualquier niño? Pues
eso, que en mi pueblo, cuando llega la primavera, crecen unas plantitas muy
pequeñas. Las llaman «diente de león», y cuando las miras se las ve tan
acabadas, tan redondicas, tan bien hechas... y de pronto, viene un vientecillo
o una brisa cualquiera y, ¡hala!, se deshacen en un soplo, sólo en un soplo de
viento, y se echan a volar en vilanos y vilanos, y nadie los vuelve a ver...
Me
pareció que tenía ganas de llorar porque se mordía los labios. Entonces, para
espantar las lágrimas, dije:
—Isabel...
¿quién es el conde?
—Un
pez mu gordo —contestó, rápida—. ¡Mu gordo!
Y lo
imaginé obeso.
Isabel
se levantó, alisó con las palmas de las manos el trozo de colcha donde había
estado sentada, y dijo:
—Adiós,
Adri... No te preocupes, pronto estarás buena, sólo ha sido una gripe fuerte...
Pero enseguida podrás levantarte.
—Isabel,
vuelve...
—Claro
que sí, Adri, todas las tardes, cuando Tata María planche, vendré a hacerte
compañía...
Echó
una mirada al espejo, se estiró la falda y luego hizo lo mismo con su cara,
como si fuera también a estirarse las arrugas. Aunque ella no tenía arrugas en
la cara, como la Tata.
Y se
fue. Seguramente, me dije, la esperaba alguno de sus novios. Pero siguió
viniendo por las tardes, a la hora de la plancha. Tata María, que venía
también, pero sólo a cuidarme —lavarme, darme las medicinas y la comida— no a
hacerme compañía, parecía muy divertida con aquellas visitas. Mientras me
cambiaba el camisón, se reía bajito, y decía:
—Mira
por dónde, qué amistades tan grandes se hacen con la gripe...
Yo
también sonreía, aunque sin saber muy bien por qué le hacía tanta gracia.
A
veces, por las tardes, oía la voz de Gavrila, jugando con Zar. Y un par o tres
veces más, mi nombre, atravesando los cristales, los visillos y todo cuanto se
opusiera:
—¡Adrriiii...!
Sólo
decía mi nombre, pero yo sabía todo lo que encerraba esa palabra. Por primera
vez me gustó mi nombre y sobre todo el diminutivo. Y pensé que, en adelante,
diría a todo el mundo que me llamasen así, arrastrando y remarcando la erre.
Pero
nadie lo hizo nunca. Sólo él.
En
realidad no he sabido a ciencia cierta cuál fue aquella enfermedad porque,
evidentemente, no era una simple gripe, como dijo Isabel. En todo caso, las
noticias que, a retazos, me han llegado más tarde son contradictorias. Aún
recuerdo las conversaciones apagadas, casi un susurro, entre mamá y el doctor,
y un día en que la fiebre era muy alta, y yo hablaba mucho, casi a gritos, sin
tener constancia, en cambio, de nada de lo que decía. Y sobre todo, el
sorprendente hecho de que Cristina viniera a verme, y se sentara a mi lado, y
me cogiera la mano. Abrí los ojos, la miré y ella me miró. Pero ni yo podía —ni
sabía— decir nada, ni ella tampoco tenía, o no sabía, nada que decirme. Me
sonrió y, cuando ya se marchaba, se volvió y dijo:
—Adri,
cuando crezcas seremos muy amigas... Ya lo verás.
También
vinieron los gemelos. Yo estaba más espabilada aquel día, incluso me incorporé
para verles. Los dos me miraban, en silencio. Jerónimo me acarició el consabido
flequillo y Fabián me sonrió. Estuvimos así un ratito, en silencio, hasta que
yo dije:
—He
visto una película que es como el libro que se llama Historia de dos
ciudades...
Los
dos se sorprendieron.
—¿Te
ha gustado? —dijeron, casi a la vez.
—Sí,
me ha gustado mucho. En cuanto pueda leer, quiero que me dejéis el libro...
—¡No
lo entenderás! Mejor el año que viene, o el otro...
—Las
películas se entienden más que los libros...
Como
no tenía fuerzas para contradecir, ni siquiera para decir, me callé y cerré los
ojos.
Cuando
los abrí, Jerónimo me dijo:
—El
día que te levantes, te vas a llevar una sorpresa... ¡Habrás crecido mucho!
Me
dieron cada uno un beso en la frente y se fueron. Me quedé pensando en lo que
había dicho Jerónimo. Qué raro, todo el mundo parecía dar mucha importancia a
la estatura. «Cuando crezcas...» «Habrás crecido mucho...» Y sin saber por qué,
me vino a la memoria aquello que me había dicho Isabel sobre los niños y unas
plantas de su pueblo, que se llamaban diente de león.
8
Y
por fin llegó el día en que el doctor dijo que podían levantarme un ratito por
las mañanas.
Lo
primero que pensé fue en cómo me las arreglaría para bajar al patio. Durante
todos aquellos días, en cama, había recordado algo que, en un principio, no
había tenido en cuenta: que lo más probable era que no me dejaran hacerlo.
Porque aquella frase tan oída, y que hasta aquel momento no había relacionado
conmigo, de pronto encerraba un agorero significado: «Las niñas juegan con las
niñas, y los niños con los niños».
Tata
María entró en mi cuarto con mi ropa al brazo, y un aire casi tan solemne como
el día de mi Primera Comunión:
—Vamos
a ver qué guapa y qué saludable está esta señorita...
Lo
decía con una voz tan alegre que apenas se notaba que no sonreía.
Me
puso los calcetines, los zapatos y todo lo demás. Noté entonces que era ropa
nueva, no la conocía.
—¿Ya
no voy a volver más al colegio...?
Una
lucecita de esperanza se abría paso mientras, al ponerme en pie, notaba un
ligero vahído. El mismo que había sentido todos aquellos días, cada vez que me
incorporaba para comer o que me llevaban al cuarto de baño.
—Claro
que volverás... pero no hasta que llegue octubre. Tienes que pasar la
convalecencia en casa... Y de todas maneras, has perdido el curso.
¿Tanto
tiempo había pasado? No me lo parecía.
—Tata,
me mareo...
Me
abracé a su cuello y me llegó una vez más el aroma a pan tostado de sus manos
al acariciarme. En aquel momento, mamá entró en la habitación. Estaba muy
guapa, o así me lo parecía. Se había teñido el cabello de rubio. Me extrañó
porque ella siempre criticaba a una de sus amigas por haberlo hecho.
—¡Ésta
es la enfermita... que ya está bien! Ven a darme un abrazo...
Me
desprendí de los brazos de Tata María, y se los tendí. Casi no podía dar un
paso, tan débil me sentía, pero ella me recogió, rápida, antes de que me cayera
al suelo. De nuevo me tendieron en la cama mientras cuchicheaban, en voz muy
baja. Luego, mamá me puso la mano en la frente. No he olvidado su perfume, creo
que no lo olvidaré nunca. Incluso la sola palabra «mamá» lo trae consigo, mucho
después de su muerte. Perdura más de lo que duró su vida.
Estuvo
a mi lado hasta que, de nuevo, pude incorporarme. Muy lentamente iba
recuperando fuerza, y creo que esa fuerza me llegaba por el mismo deseo que
tenía de levantarme y bajar a jugar con Gavrila.
Pero
mamá ignoraba estas cosas, y empezó a contarme otras, que me interesaban
bastante menos.
—Adri,
ya han pasado las fiestas de Navidad, pero no te preocupes porque tienes todos
los regalos de Reyes... Y además, las niñas de tu clase, al saber que no
volverás hasta octubre, te han mandado algo precioso, ya verás qué bonito; una
cartulina deseándote que te pongas buena, con la firma de todas... ¡Y Margot,
la primera! ¡Fue ella la que tuvo la idea...! ¿No te das cuenta, Adri? ¡Todo el
mundo te quiere!
Me
vinieron a la memoria los empellones de Margot en la fila hacia la capilla,
para hacerme caer; las risitas a mi espalda, cuando yo tartamudeaba —cosa que
entonces me ocurría a menudo— y las muchas veces que no sólo me había quitado
el postre, sino también la merienda —aquella mísera merienda de pan con higos
secos, luego facturada a precio de caviar— y la tiraba al estanque del jardín,
ante mis ojos, porque creía que me dolería, cuando sólo me asombraba. En aquel
momento, regresó a mis oídos, casi físicamente, el coro adulador de las niñas
buenas riéndose de mí. Me habían bautizado con el apodo de «la Enanita», en
parte porque era mucho más menuda que ellas, y en parte porque era la menor, en
años, de la clase. Al parecer, no podían tolerar que alguien uno o dos años
menor que ellas perteneciera a su clase. Que tuviera, por así decirlo, el
mérito suficiente para estar en su curso. Yo no creía ni quería tener mérito
alguno, por lo menos a sus ojos. Porque si algún mérito había en mí, sería, en
todo caso, aguantarme las ganas de llorar. Como el impávido soldadito de plomo,
o aquellos otros soldados que admiraban Jerónimo y Fabián.
«Mierda»,
pensé, aunque nunca había dicho, ni siquiera pensado decir, esa palabra. Y
descubrí que era algo así como reventar un grano. No me importaba lo más mínimo
la cartulina, ni las firmas (Margot a la cabeza), que mamá puso ante mis ojos
como un trofeo. Era una cartulina llena de colores, y un dibujo con un ángel
donde se leía: «El Ángel de la Guarda te llevará por el buen camino». Ya sabía
yo que tenía un Ángel Guardián porque me lo había dicho Tata María, antes de
que lo dijeran en Saint Maur. Pero mi Ángel no tenía nada que ver con el de la
cartulina. Se notaba que lo habían calcado de alguna lámina, y muy mal. Además,
lo habían llenado de colores, amarillos, rojos y azules, y mi Ángel era blanco,
como el Unicornio. Y cuando vi la firma de Margot, sentí, por primera vez en mi
vida, odio. Que me despertara ese sentimiento, hasta entonces desconocido, es
lo único que todavía no le he perdonado. El resto de firmas no me dio ni frío
ni calor. «Mierda», volví a decirme. Aunque esta segunda vez, me dio un poco de
asco, entre lo mareada que estaba y lo que veía, oía e imaginaba.
Pero
mamá estaba eufórica, y empezó a decir tonterías. Algo así como que gracias a
Dios cuyos caminos son impredecibles, yo, al fin, había logrado el aprecio de
Saint Maur. Me imaginé el edificio en peso del colegio apreciándome. Con todas
las monjas y las niñas dentro, y Margot a la cabeza, disfrazada de ángel
guardián, y blandiendo la espada de fuego que, según las láminas ilustrativas
de la Historia sagrada, esgrimía el que arrojó a Adán y Eva del Paraíso.
Me
dejé besar y abrazar, flojamente, en su regazo. Luego se levantó y dijo:
—Estarás
un ratito levantada, comerás aquí tu dieta, antes de volver a la cama... y ya
verás como, poco a poco, te sentirás mejor que nunca.
«
¿Que nunca... ? —pensé. Y me repetí maquinalmente, sin saber por qué—: Que
nunca, que nunca... »
Pero
antes de marcharse, ya casi en la puerta, se volvió hacia mí y dijo:
—¡Ah,
por cierto...! Papá te ha enviado una carta. Tata María te la dará.
Y
con prisa repentina, salió de la habitación. Casi corriendo.
Aquella
noticia sí me conmovió. Miré a Tata María, y ella tenía la boquita fruncida
como siempre que dudaba algo o estaba asustada.
—Sí
—asintió suavemente. Sacó del bolsillo de su delantal un sobre, y me lo dio.
Las
manos me temblaban, casi no podía abrir el sobre. Era la primera carta que
recibía en mi vida. Me daba un poco de miedo leerla, y pregunté a Tata María:
—¿
Por qué me escribe una carta... si puede venir a verme, como los demás?
Entonces
Tata María se sentó en mi cama, me atrajo hacia ella y dijo en un susurro:
—Adri...
papá ya no vive en esta casa, pero te quiere mucho...
Lo
primero que me vino a la mente fue aquella frase de Eduarda: «Porque son unos
cobardes...». Y, contrariamente a lo que seguramente esperaba Tata María, me
invadió una mezcla de alivio y tenue regocijo. Aunque enseguida se transformó
en una gran curiosidad. «¿Porqué ... ?» Todo estaba lleno de «por qué»,
entonces y ahora.
—Lee
tranquilamente, Adri... Quédate ahí, sentadita, leyendo. Yo volveré cuando
hayas acabado.
Salió
de la habitación, y yo me senté, tal como ella había dicho, en la cama, que aún
conservaba el calor de los abrazos y el perfume de mamá.
Era
una carta muy corta. Aún hoy creo que casi podría recitarla de memoria. Y mientras
la leía, volvían a mí los pájaros del parque, en círculo, como persiguiéndose,
cuando él decía que buscaban calor, y yo, que estaban asustados.
Querida
Adri, papá ya no está en casa, pero eso no quiere decir que tú no estés
conmigo, y siempre lo estarás. El día que pasamos juntos es uno de los más
bonitos de mi vida.
Te
quiero mucho, mucho, no lo olvides nunca. Y además, un día te compraré un
caballo vivo. Te lo prometo, y cuando papá hace una promesa, la cumple. Te
envío miles de apretones en la mano y espero los tuyos.
Papá.
Dejé
la carta sobre las rodillas, y creo que fue entonces cuando intuí lo que podía
encerrar un solo ya. Me había quedado paralizada —por decirlo de algún modo—
ante aquel ya. Y lo repetí, mentalmente, una y otra vez. De pronto me daba
cuenta de que «ya no está» no era como «no está». Porque aquel ya me decía que
papá ya no volvería a casa, mientras que sin él cabía la posibilidad de que su
ausencia fuera pasajera, y que en cualquier momento volvería a verle, leyendo,
tras el follaje del cristal esmerilado.
Tuve
entonces unas grandes, grandísimas ganas de llorar. Y no sólo apreté los puños,
también los dientes, y hasta cerré los ojos, con fuerza. Muy lenta mente fui
captando el resto de la carta, el calor que emanaba, como un aroma, y la
esperanza de que lo que papá promete, siempre se realiza. «Un día...» Cualquier
día, eran las mágicas palabras que encendían una llamita temblorosa en el
corazón.
Y,
una vez más, no lloré. Doblé aquella misiva en varios pliegues, y la guardé
cuidadosamente en el lugar más secreto de mis secretos escondites. Parecía
—pensé— un pirata escondiendo el plano de un tesoro. Los libros de mis hermanos
con parecidas historias no me habían abandonado, todavía.
Y
esa misma imaginación me hacía esperar la famosa «dieta» con expectación. Pero
enseguida me di cuenta de que se trataba de uno de los muchos fraudes de los
Gigantes. La «dieta» consistía en pollo hervido acompañado de verduras
insípidas. Y poco más.
De
todos modos, me lo comí todo.
Fue
entonces, en aquellos primeros días de convalecencia, cuando mi pequeña vida
cambió. La rutina se trastocó y dio paso a una etapa de grandes
descubrimientos: no sólo en mi entorno, sino dentro de mí. Y fue la analfabeta
Isabel quien la inició, fomentó y protegió.
Aún
hoy, cuando ya hace mucho tiempo que ella ha desaparecido de este mundo, al
recordarla siento aquel «calor en el corazón» que ella pronosticara —y yo
entonces no entendía— tras el primer «chupito» de mi vida. Ahora, cada vez que
bebo una copa en la armonía de compañías afines, brindo secretamente por ella,
allí donde esté, y por cuanto bien hizo llegar a mi solitaria infancia.
Agudizaba
el oído, en la espera de recibir algún mensaje a través de la ventana. Estaba
rigurosamente prohibido abrirla excepto cuando, muy arropada, y en otra
habitación, aseaban la mía. Pero yo esperaba aquella voz potente, impropia de
un niño, que atravesaba los cristales. O él ya no estaba —como papá—, o se
había quedado afónico. Mi angustia crecía y a veces, ya acostada, pedía a Tata
María que dejara encendida la lamparita de la mesilla y, cuando ella se iba, yo
espiaba el techo, junto a la ventana, esperando sus sombras. Como no llegaban,
se me ocurrió pedirle que en vez de la lamparita de bombilla me dejara una
pequeña candela. Se asombró un poco, pero se quedó pensando como si viera lo
que estaba diciendo, aunque hubiese ocurrido muchos años atrás.
—Sí,
me acuerdo de cuando yo era jovencita, casi una niña..., allá en mi tierra, las
mujeres de los pescadores prendían candelas durante las noches. Las mantenían
encendidas en sus casas, hasta que al amanecer iban a la playa a esperar las
barcas, y cuando las veían llegar cantaban todas a coro. Y al oírlas, todos
sabíamos que amanecía y se alegraban porque llegaban vivos, todos... En mi
tierra la gente canta en coros y, ¿sabes, Adri?, ¡son los mejores coros del
mundo!... Y, claro, sabiendo que ya vienen los maridos, los hijos... y ellas
esperándoles, para desmallar...
Aquí
se cortó, y enseguida me trajo una lamparita de vela, encerrada en un vaso de
cristal.
Mientras
la ponía en la mesilla, yo miraba al techo, y vi que el temblor de aquella
llamita se contagiaba allí arriba, y, cuando Tata María salió de la habitación,
no me costó nada percibir no sólo las sombras que, por cierto, no eran sombras,
sino algo así como si todo lo fuera, menos ellas: siluetas de luz moviéndose en
la penumbra. Y en aquel momento volví a ver al Unicornio.
Al
día siguiente, apareció Isabel. Salté de la cama al verla y me colgué de su
cuello. Ella parecía como nimbada de luz. Mejor dicho, como si emanase de ella
la luz. Y me recordó las láminas de Santa Isabel de Hungría, que había visto en
Saint Maur, con el delantal lleno de flores. Se sentó sobre la cama poniendo un
dedo sobre los labios y sonriéndome como nadie me había sonreído nunca: con
sonrisa pícara, de cómplice.
Miró
alrededor para cerciorarse de que nadie iba a oír lo que tenía que decirme. El
corazón me golpeaba, estremecido por una especie de presentimiento, y, sobre
todo, un deseo: que me dijera algo que tuviera que ver con la voz que podía
atravesar los cristales.
Me
cogió las dos manos entre las suyas, que olían a cebolla, y murmuró, tan bajo
que apenas la oía:
—Tengo
que decirte algo... Pero es un secreto... tienes que jurarme que no lo dirás a
nadie.
—Sí.
—Júralo.
—¿Cómo
se jura?
Entonces
ella puso los dedos en cruz sobre la boca, y dijo:
—Lo
juro.
Juré
como lo había hecho ella.
—Bueno,
niña, pon atención.
Como
siempre que lo decía, poner atención consistía en escuchar algo que tenía gran
importancia, y oírlo en silencio.
Se
había levantado viento. Lo oía a través de las invisibles rendijas de la
ventana. Gemía como un niño perdido en el bosque: el viento apareció muy a
menudo en los momentos más cruciales de mi vida.
—Isabel,
tengo miedo...
—¿De
qué tienes miedo, cordera?
Ella
me llamaba cordera cuando quería ser muy cariñosa conmigo.
—Del
viento.
—¿Qué
viento?
—¿No
lo oyes...? ¡Está gritando ahí afuera, y entra por las rendijas!...
—¿Qué
rendijas...?
—Ahí,
me parece... por la ventana...
—No
hay viento, niña, yo no oigo ningún viento.
De
todos modos, se acercó a la ventana y, apartándose el cabello, acercó la oreja
a las junturas.
—No
hay viento... No te preocupes. Debe de ser cosa de la fiebre.
—Pero
ya no tengo fiebre.
—Es
igual, déjalo. Pon atención.
Y
puse atención. El viento, milagrosamente, cesó. O por lo menos yo dejé de
oírlo.
—¿ A
que no sabes quién ha venido preguntando por ti ... ?
Nombré
a Paco, al pescadero... y me guardaba un nombre, debajo de la lengua, como un
caramelo que no se quiere terminar. Pero sin esperanza. Y me equivoqué.
—El
niño de la bailarina. Ha venido dos o tres veces, sube desde el patio, por la
escalera nuestra (se refería a la escalera de servicio) y con mucha prisa...
¡Lástima los tirabuzones, porque es bien guapo el chico! Y me decía: «¿Cómo
está Adri?». Pero habla muy raro, cuesta entenderle. Aunque es majo, vaya si lo
es. ¡Lástima no se corte el pelo, criatura!
Me
quedé casi sin respiración.
—¿De
veras ha venido, Isabel...? ¿De veras ha venido?... ¿Qué decía?
—Pues
eso decía: «¿Cómo está Adri? ¿Cuándo bajará al patio?». Entonces yo le dije:
«No lo sé, hermoso, pero no creo que tarde mucho», y él dijo: «Que baje
pronto», y se fue corriendo escaleras abajo. Luego Paco me dijo: «El chico está
tan solo, no tiene amigos, sólo conoce a Adri», y yo pensé: pues mi Adri
tampoco tiene amigos, así que tal para cual. Y eso es lo que pasa. Conque la
última vez que vino, le oyó Tata María, y va y viene y me regaña: «Que la
señora no quiere que trate con ese niño, no por el niño, claro, criatura, sino
por lo de la madre...». Y yo dije: «Pero, mujer, qué quieres, estos dos están
muy solitos, sin amigos, y si pueden estar un poco juntos y jugar... ¿Vamos
nosotras a quitarles esa alegría, con lo poco que tienen...?». Y dijo: «Bueno,
zascandila, haré la vista gorda, pero como se entere la señora, yo no sé nada».
Así que en cuanto te pongas buena del todo, ya sabes, vigilamos que estemos
solas, te abro nuestra puerta, y bajas. ¡Pero que no se entere nadie más que tú
y yo... y Paco!
Me
eché —mejor dicho, me caí— de espaldas sobre la cama, respirando fuerte.
Aquella
noche esperé ansiosa a que la zona de la casa donde transcurría mi vida quedara
en silencio. Espiaba el techo, y, al mismo tiempo que el silencio, llegaron las
antisombras luminosas, perfilando siluetas. Y el Unicornio, por vez primera,
detuvo su carrera, se quedó quieto, volvió la cabeza hacia mí, y casi sentí más
que vi el largo y torneado cuerno de oro, apuntándome. Luego, lentamente, se
fundió en la oscuridad que les rodeaba. Y como aquella primera vez en el salón,
bajo el sofá, oí un crujido de hojas holladas por sus pezuñas, y me llegó el
olor de los helechos y de la hierba, pisoteados.
Cuando
regresó el viento —aunque sólo lo oyera yo—, me dormí.
¿Y
si Gavrila no quería jugar conmigo porque yo era una niña? Adri, tanto podía
ser el nombre de un niño como el de una niña: Adriana o Adrián. Y además, yo
llevaba el cabello en una melena corta, con flequillo, como muchos niños de
entonces, y se podría creer que era un chico. No estaba dispuesta a renunciar a
su amistad, ni a Zar —siempre había deseado un perro, cosa que, junto al
caballo vivo, me fue negada—. Cuando veía a Zar saltando y corriendo en busca
de la pelota roja, y traérsela en la boca a Gavrila, me inundaba una especie de
envidia dulzona, que me desazonaba.
Ya
me permitían estar levantada, ya no me mareaba, y vagaba un poco por aquí un
poco por allá hasta que llegaba la hora de la «dieta», que comía en la cocina,
en compañía de Tata María y mi adorada Isabel. Nuestra amistad—complicidad iba
en aumento. Sólo con mirarnos ya nos entendíamos. Fue por aquellos días cuando
Isabel me enseñó a guiñar un ojo cada vez que nos referíamos, secretamente, a
algo relacionado con el patio.
Pero
la duda de si Gavrila podría considerarme o no adecuada para que fuéramos
amigos me mortificaba.
Un
día, después de la «dieta», aprovechando la ausencia de la Tata, le dije:
—Isabel...
¿Gavrila sabe que soy una niña?...
Ella
se quedó un momento con el tenedor en alto, antes de atacar un pedazo de
tortilla de patatas.
—Pues,
hijita, ahora que me lo dices... bueno, creo que sí debe de saberlo... aunque,
a tu edad, quién sabe...
—No
lo sabes, Isabel... Y tengo miedo de que si se cree que soy un niño, y soy una
niña, no quiera jugar conmigo.
—¿Qué
tonterías dices...? —casi gritó ella—. ¿Qué tiene eso que ver? La gente se
quiere o no se quiere, no importa que seas niña o niño, o si eres hombre o
mujer... La gente, cordera, se quiere o no se quiere, eso es todo. Ya ves a
Gavrila, a él no le importa un pimiento querer a un perro, que además es amigo
suyo, ¿qué más le da todo eso a Gavrila?
Se
quedó pensativa, y añadió:
—¡Y
Gavrila te quiere!
Sí,
sí, pensaba yo; pero conocía a los Gigantes y sabía que era prácticamente
imposible contradecirles. Sobre todo cuando se encerraban en refranes
heredados: «Las niñas con las niñas y los niños con los niños». Entonces se me
ocurrió algo que me pareció una buena idea. Hurté la linterna de Jerónimo y
entré sigilosamente en el Cuarto Oscuro. Abrí los armarios donde guardaban la
ropa que se les había quedado pequeña a mis hermanos. Allí estaban sus abrigos.
También había pantalones y algún que otro jersey. Aunque gemelos, mis hermanos
no se parecían. Fabián era alto y rubio, como Cristina, y Jerónimo más bajito,
castaño—pelirrojo, como yo.
De
puntillas, alcancé el largo mango de una percha de madera, de las que entonces
se utilizaban para colgar y descolgar prendas de los altísimos armarios. Como
apenas podía con tanto peso, todo se desplomó sobre mi cabeza. A tientas, me
desembaracé de la percha y descolgué el abrigo. Tenía los bolsillos llenos de
bolas de naftalina, que se derramaron por el suelo, rodeándome. Apreté el
abrigo contra mí, y como quien roba un tesoro, sorteando las bolitas y
recuperando la linterna —hubiera sido imperdonable olvidarla porque su dueño la
reclamaría a voz en grito—, salí del cuarto tan sigilosamente como entré. En
esto era verdadera experta. Cuando por fin regresé a mi cuarto, respirando
atropelladamente, escondí el abrigo debajo de la cama.
Había
elegido aquella hora porque, después del almuerzo de los Gigantes, la casa
parecía sumirse en la misma siesta que ellos.
Me
gustaba mirarme en el espejo del armario, porque Tata María lo llamaba «la
Luna», y la idea de contemplarme en la Luna me divertía. Además, contemplar mi
imagen encerraba un misterio. Me despertaba una curiosidad indefinible, entre
asombro y temor; como la sospecha de estar al borde de una catástrofe
irreparable. Sobre todo, desde que Isabel me contara lo de los dientes de león
y los vilanos dispersándose en el aire. Un sutil escalofrío me estremecía al
recordarlo, y cada vez que me contemplaba en la Luna, temía ver cómo me
deshacía en blancos y frágiles vilanos, volando hacia quién sabía dónde.
Pero
aquella tarde tenía muy presente el porqué y para qué quería verme reflejada en
la Luna. Saqué el abrigo de Jerónimo, que acababa de esconder bajo la cama.
Hube de sacudirlo porque, entre los ires y venires, había recogido bastante
polvo del Cuarto Oscuro. Lo sacudí como había visto a Tata y a Isabel hacer en
el terrado con las alfombritas de los dormitorios. Y me lo puse. Casi me
llegaba a los tobillos, pero me daba un cierto aire masculino.
Me
quité el abrigo, lo guardé otra vez debajo de la cama. Y esperé.
Nunca
una espera me había parecido tan larga. Sentía algo así como si avanzara
lentamente por un desierto, de los leídos en Beau Geste, o las huidas a Egipto
en las lecciones de Historia sagrada.
—Isabel,
cuando vuelva a llamarme Gavrila, ¿me ayudarás a bajar al patio sin que nadie
se entere... ?
—Sí,
hija, sí. Si se puede...
Y se
pudo. Era un viernes por la tarde, a eso de las cuatro. Los Gigantes aún
dormían la siesta, así que todo se presentaba propicio.
Asomada
al patio, detrás de los cristales, permanecía en una espera que parecía frenar
o precipitar, alternativamente, los latidos de mi corazón. Y cuando ya casi no
lo esperaba aparecieron por una de las puertas de servicio y montacargas
Gavrila y Zar. Gavrila llevaba calada la gorra casi hasta las cejas, y se
arrebujaba en el abrigo. Estábamos en febrero, hacía mucho frío. Zar saltaba,
alegre, porque sabía que era la hora de los juegos. Entonces me invadió una
tenue melancolía. ¿Alguna vez sentiría yo algo parecido?
Vi a
Paco, que se desperezaba lentamente. Y pensé: «No me va a traicionar...». Pero
no podía hablarle, ni decirle nada sin que Gavrila lo oyese. Ahora estaban los
dos conversando. Y, de pronto, Paco le quitó la gorra, la tiró al aire, y Zar
fue a buscarla. Los tres parecían muy alegres. La cabeza de Gavrila era un
remolino brillante. Todo él era un mundo distante y desconocido. Volví a
recordar aquel imán, poderosamente atractivo, que recogía las piezas dispersas
del Meccano.
Entonces,
Gavrila se acercó a mi ventana. Puso las dos manos junto a la boca, como una
bocina:
—¡Adrriiii!...
La
voz que no parecía voz de niño, ni de hombre, la voz que nunca olvidaré, como
el viento que yo creía deslizarse por rendijas que no existían, alcanzaba una
sonoridad a la vez lejana y próxima, una voz antigua y tan cercana que no sólo
se apoderaba de mí sino de cuanto la rodeaba. Ahora, después de tantos años,
aún me asombra.
Abrí
la ventana, y el frío se apoderó de la habitación, pero no de mí.
Agité
la mano en el aire y dije:
—¡Ahora
bajo...!
Apenas
lo dije me invadieron a medias el asombro y el temor. Todos dormían o
sesteaban, y las dos únicas mujeres que podían ayudarme en aquel momento
también descansaban. Sin embargo, una decisión irrevocable me llenaba: «Ahora
bajo...».
Y
estas palabras eran como una orden, que me daba a mí misma, sin que nada ni
nadie pudiera contradecirla, ni evitar que se cumpliera. Aún recuerdo, y por
primera vez, la extraña fuerza que de pronto me hacía dueña de mis actos.
Saqué
de bajo la cama el abrigo de Jerónimo, del Jerónimo desaparecido ya en su
perdida infancia; y como si esa infancia fuera yo a recuperarla, me lo puse. La
imagen que me devolvió la Luna no era demasiado estimulante. Me sacudí los
faldones —no puedo llamarlos de otra manera— y, escondiendo mechones de pelo
detrás de las orejas, me dispuse a bajar al patio, por nuestra puerta.
Estaba
ya a punto de abrirla cuando vi avanzar por el corto pasillo sin encerar a una
Isabel descalza, con el moño suelto y en combinación. También era su hora de
descanso, según se veía.
—Pero
¿adónde vas sin decirme nada, cordera? ¡Santo Dios! ¿Qué te has puesto?...
¡Pareces un mamarracho!
La
ilusión que hasta aquel momento me electrizaba pareció desplomarse hecha
pedazos, a mis pies. Bajé la cabeza, sin ánimo siquiera para mirarla. Entonces
Isabel se agachó, y me abrazó, estrechándome contra su pecho, hasta casi
hacerme daño. La cadenita de oro de su cuello, con su cruz, se me clavaba en la
mejilla.
—Criatura...
Tienes que avisarme antes de bajar... No importa si estoy acostada... Porque si
no...
Aquel
«si no» quedó en suspenso, pero contenía todo cuanto yo debía saber, y cuanto
debía evitar.
Me
cogió de la mano y casi me arrastró hasta su cuarto, el llamado «cuarto de las
tatas». Había dos camas junto a la ventana, que daba al mismo patio de la
cocina. En una, dormitaba aún Tata María. Me extrañó verlas en combinación
—ellas las llamaban «visos»—, echadas y reposando. Como si, hasta aquel
momento, sólo pudiera imaginarlas dentro de sus uniformes: el de Tata María,
negro, y azul, con delantal a rayas, el de Isabel. Pues no: ellas también
tenían visos: rosa la una, blanco la otra... Y al ver sus brazos desnudos, me
sentí sin saber por qué más cerca de ellas, como queriéndolas más. Aquellas dos
mujeres aparecían despojadas de cuanto aún las identificaba, en cierto modo,
con los Gigantes. Sólo había sentido algo parecido cuando pasé la noche en el
hotel, con Eduarda. Ahora ya formaban parte del mundo de los amigos secretos,
de las luces que iba encendiendo, con una larga pértiga, de farol en farol, un
desconocido y a la vez muy cercano amigo llamado Farolero.
Pero
en el recuerdo todo esto es ahora muy confuso.
—Ven
aquí, cordera.
Isabel
me llevó hacia el lavabito del rincón. En una esquina del espejo había pegada
una fotografía. Isabel devolvió a su lugar los mechones de pelo que yo había
remetido tras las orejas, cogió un peine y me repeinó una y otra vez. Mientras,
iba diciendo:
—Pero
quién te ha engañado, cordera... ¿Tú quieres que Gavrila eche a correr cuando
te vea con esa pinta?... ¿Y a quién quieres engañar?...
Yo
me resistía a despojarme del abrigo. Aquel abrigo se había convertido en una
especie de coraza defensiva, y, si me lo quitaban, me sentiría desnuda. Intenté
decírselo a Isabel:
—¡No
me quites el abrigo, Isabel, no me lo quites!
—Pero
¿por qué?
—Porque
si me lo quito, Gavrila no querrá jugar conmigo...
—Pero
¿qué tonterías son ésas...?
Entonces,
a pesar de que intentábamos hablar en voz baja, Tata María se despertó. Medio
incorporada en la cama, con los ojos semicerrados y la lengua torpe, murmuró:
—Pero
¿qué pasa? ¿Qué es todo ese ajetreo?...
No
necesitamos explicarle nada, porque Tata María parecía saberlo todo. A veces,
durante el tiempo que viví cerca de ella, me asaltaba la sospecha de que era la
guardiana de todos los secretos de la casa. Que lo sabía todo de todos —desde
el lejano tiempo que se traslucía en sus palabras, cuando a solas llamaba
«niñas» a mamá y a Eduarda—, hasta cuando me entregó la carta de papá.
Suspiró,
pero no de tristeza, más bien de cansancio, como si estuviera presenciando una
escena archiconocida, y además supiera cómo iba a terminar.
—Andar
con cuidado, zascandilas... Y si la señora se entera, «yo no sé nada».
—Pero
¿qué de malo tiene que dos angelitos, tan solitos ellos, jueguen con un perro?
¡Dios mío, cuánto mal entendimiento hay en este mundo! Así nos va a todos...
—Cierra
el pico —dijo Tata María, muy seria.
Y se
echó de nuevo en la cama, boca abajo; como si con esta postura no estuviera en
aquel cuarto, ni en aquella cama, ni siquiera en este mundo.
—Anda,
anda —dijo Isabel, empujándome suavemente hacia el pasillo. Luego se puso un
dedo sobre los labios, y fue hacia nuestra puerta. La abrió con grandes
precauciones para que no rechinaran los goznes. Todo tenía un aire de misterio,
que añadía emoción y aun diría que belleza a cuanto estaba sucediendo. Y, sobre
todo, a lo que se esperaba que sucediese. El corazón me golpeaba fuerte;
parecía un tambor de guerra y era de amor. Como tantos contrasentidos a lo
largo de mi vida.
—No
hay moros en la costa —dijo Isabel.
Y
aunque era la primera vez que oía esta frase, y no sabía qué quería decir, se
grabó para siempre en mi memoria.
9
Estaba
esperándome, parado a la puerta que daba salida al patio, firme como el
impávido soldadito de plomo. Y creí que no me atrevería a cruzar la puerta,
tanta era la impresión que me causaba verle de cerca. Era mucho más alto de lo
que me había parecido cuando le contemplaba desde la ventana. Y como Paco había
lanzado su gorra al aire, sus rizos deshechos se agitaban y brillaban cada vez
que movía la cabeza. Eran unos movimientos breves, rápidos y enérgicos, como si
quisiera alejar inoportunos pensamientos o amenazas. O, acaso, desprenderse de
los tirabuzones. Un resplandor solar, de un sol que yo nunca antes había visto
entrar en el patio, parecía rodearle, a medias angélico y salvaje. Como el
Arcángel San Gabriel, de mi libro de Historia sagrada que, a pesar de su origen
celestial, esgrimía una espada en alto. Pero Gavrila no tenía alas. No le
hacían falta: yo le había visto volar.
Ahora
permanecía quieto, frente a mí, como en las láminas de un libro.
Vencí
mi timidez y me acerqué a él, hasta casi rozarle, empinándome sobre la punta de
los pies, llena de ansiedad: además de no saber si él querría jugar con una
niña, yo era una niña pequeña, ¡me doblaba, casi, en estatura¡ …
—Hola...
soy Adri —dije.
Por
unos momentos, que me parecieron larguísimos, se mantuvo tan inmóvil que
parecía una estatua. Pero de pronto, dando un salto —uno de aquellos saltos que
me habían hecho creer que volaba—, gritó:
—¡Adrriiii...!
Parecía
un grito de guerra, pero volvía a ser un grito de amor.
Me
pareció sentir aquel grito como un relámpago, atravesándome.
—¡Ven,
ven! —decía.
O
quizá gritaba. Yo sólo sabía que parecía esperarme con los brazos abiertos, y
me abrazó.
Tuvo
que inclinarse, para hacerlo, mientras yo cerraba los ojos, sin saber muy bien
por qué. Pero cuando los abrí, aún estaba apretujándome entre sus brazos, y me
zarandeaba. Casi me hacía daño y pensé: «Acaso cree que soy un chico».
Algo
que quizá había soñado, o vivido en un tiempo anterior, regresó: nos habíamos
conocido antes —o quizá nos íbamos a conocer en un tiempo que aún no había
llegado—. Pero sucedía en un presente vivo, casi tan cruel como la luz del
mediodía, que a veces duele.
Zar
se lanzó en tromba hacia mí. Intentaba ponerme las patas sobre los hombros,
lamerme la cara, como si fuéramos viejos amigos. Pero, para entonces, yo ya
había rodado miserablemente por el suelo, envuelta en el abrigo del niño que
fue Jerónimo. Puedo aún reconstruir en mi recuerdo el deplorable aspecto que
ofrecí a la criatura que más he deseado impresionar. Y así fue, aunque no
precisamente en el sentido que yo deseaba.
Gavrila
retrocedió un paso, asustado, y gritó:
—¡Basta,
Zar, basta...!
Los
faldones del abrigo de Jerónimo no ayudaban a mejorar mi imagen: enredados
entre las piernas, me impedían seguir no sólo el vaivén de la pelota, sino sus
saltos, o cualquier otro movimiento. Ni los gritos de Gavrila cuando azuzaba a
Zar lograban estimularme y me enredaba en el abrigo, y tropezaba. En fin, aquel
día tuve clarísima conciencia de lo que es el ridículo.
Pero
nada de esto me humillaba. Cada tropezón, cada pelotazo fallido, se convertían
en un estallido de alegría, de la recién descubierta felicidad de la risa, que
hasta entonces sólo había conocido con papá el día de Navidad. Ahora regresaba
a mí y me inundaba, como años más tarde la espuma de la cerveza y el champán.
De
pronto, en uno de aquellos lances, la voz de Paco se impuso:
—Pero,
Adri... ¿por qué llevas ese abrigo, que no te deja mover? ¡Quítatelo de una
vez...!
—De
acuerdo —dijo Gavrila—. Quítatelo... mira, ¡como yo!
Entonces
vi que, a pesar del frío, Gavrila había dejado su sorprendente (para mí) abrigo
de pieles en un rincón del patio, junto a la gorra que Paco había lanzado al
aire. Ahora llevaba un jersey de colores, tantos como el de Bibi, la niña del
cuento danés. Y a pesar del frío, sudaba, porque unas gotitas cristalinas
brillaban en su frente. Y de pronto me sentí una mala actriz desempeñando un
papel que no me correspondía. Yo no era un niño.
Pero
ya era tarde para volver atrás, sin hacer aún más evidente aquella estúpida
farsa. ¿Quién me había preguntado, ni siquiera se había interesado lo más
mínimo, por el hecho de que yo fuera un niño o una niña?
Entonces,
y en medio de las dudas, algo se levantó dentro de mí, casi lo sentía
físicamente. Era una contradicción, yo lo sabía, contradecía cuanto estaba
dispuesta a soportar con tal de que no se descubriera mi pretendido engaño, y
la ola que se alzaba en mi interior me empujó a desprenderme del abrigo de
«Jerónimo—niño» y aparecer con mi faldita de niña pequeña, torpe y bastante
confundida. Lo arrojé al mismo rincón donde Gavrila había dejado el suyo, y
regresé al juego con la frente alta y el corazón a la altura de los zapatos.
Jamás
he sabido jugar a esa clase de juegos donde es preciso atrapar en el aire una
pelota, o lo que sea. Eran esos juegos, precisamente, los que siempre me
relegaban durante los recreos de Saint Maur a un banco del jardín. Allí donde
pude observar tan detalladamente el discurrir lentísimo de largas familias de
orugas encadenadas unas a otras bajo las moreras. En Saint Maur nadie me quería
en su «campo», pero al fin conseguía lo que más anhelaba: que me dejaran en
paz. Igual que en casa. A pesar de todo, en aquel momento lamenté —y mucho lo
lamenté— no saber atrapar en el aire ni siquiera una pelota como la que llevaba
Zar entre los dientes.
Al
cabo de un ratito, llena de pena, me fui al montón de los abrigos, me senté en
el suelo, a su lado, y me tapé la cara con las manos.
Apenas
había pasado un minuto, sentí los lametazos de Zar, y a poco, oí los pasos de
Gavrila, acercándose. El corazón me golpeaba sin misericordia, pecho adentro.
Sentí —más que vi, porque continuaba tapándome la cara con las manos— la
proximidad de Gavrila.
—No
puedo —murmuré, despacito.
Y al
no tener respuesta, continué:
—¡No
puedo, Gavrila!... Yo no sé jugar. Yo nunca he jugado, aunque me gustaría
jugar, pero no sé jugar porque los juegos y yo no somos..., no somos...
Y oí
que Gavrila decía:
—No
somos amigos.
Negué
con la cabeza, la cara obstinadamente oculta en las manos.
—Pero
yo... —dijo de pronto Gavrila, tras un silencio que me pareció muy largo—. Yo
sé otros juegos, que a lo mejor sí te gustan.
Rápidamente
las manos dejaron de ocultar mi cara y miré con ansiedad (una ansiedad un tanto
floja, como si de antemano supiera que lo que deseaba no era verdad, o por lo
menos jamás se cumpliría), y dije:
—Sí.
—Dame
la mano.
Inclinado
hacia mí, dos largos mechones rubios se balanceaban a los lados de su cara, y
vi de cerca el tono de su piel tostada como si para él fuera siempre verano.
Tenía pestañas larguísimas y rubias. Me deslumbraba el color de toda su
persona. Siempre me había maravillado el mundo de los colores, y las doradas
pestañas y el azul intenso de sus ojos, nunca antes visto, me tenían totalmente
asombrada. Sin saber muy bien por qué me acordé de un luminoso atardecer, hacía
ya años, cuando Tata María recogía la bolsa de la merienda y la labor, y ya
nadie o casi nadie quedaba en el parque. Revoloteaban dos diminutas criaturas
aladas sobre nuestras cabezas. Me parecieron de oro, y quise atrapar una. Tata
María dijo: «¡Déjalas volar! ¿Qué daño te han hecho? Sólo están buscando una
candela». Como de costumbre, sus palabras no se me habían olvidado.
Pero
la suavidad, casi angélica, del rostro de Gavrila, y de toda su persona,
contrastaba con la brusquedad de sus movimientos y el tono de su voz, de una
potencia insólita en una criatura de su edad. Ni siquiera los gemelos, que eran
mayores que él, tenían una voz tan poderosa.
Echó
hacia atrás los largos mechones con un rápido movimiento de su cabeza como si
quisiera arrancárselos. Tan violento era aquel movimiento que, por instantes,
le creí enfadado o incluso enemigo de todo el mundo. Tiró de mí hacia arriba,
levantándome del suelo, apretándome la mano hasta casi hacerme daño y gritó (yo
creo que con tanta alegría que también rozaba el dolor):
—¡Vamos
a casa!...
Pero
lo decía de tal forma que al decir «casa» yo sentí que esa casa era mucho más
«casa» que aquella donde yo vivía.
No
vacilé ni un segundo, a pesar de que un gusanillo molesto me advertía que
aquella especie de huida no iba a ser bien vista, ni siquiera aprobada, por mi
entorno. Ni tampoco por las Tatas.
Crucé
por primera vez el patio de una esquina a la otra (tal como había visto hacer
al Unicornio) hasta alcanzar una de las dos escaleras de servicio. En tramos en
un ascensor que se llamaba montacargas (según se leía en un letrero sobre la
puerta) y Gavrila lo puso en marcha.
—Ven,
ven, ven... —seguía murmurando Gavrila. Pero no me lo decía a mí, se lo decía a
sí mismo. O quién sabe a quién o a qué. Y canturreaba como si no le importase
que yo le oyese, como si estuviera acostumbrado a hablar así, ni se diera
cuenta a quién se lo decía ni por qué lo decía, ni a dónde iba a parar su
canturreo.
Decía
ven cada vez en un tono de voz diferente, y me parecieron, cada uno, de colores
distintos. O como destellos de arañas cristalinas en la noche, cuando aún podía
navegar, espiar chispazos, palabras o letras, comunicándose unos a otros
historias y recuerdos, un mundo aún sin descubrir, pero quizá vivido.
Cuando
llegamos al último piso, casi me arrastró hasta la puerta de servicio: la
reconocía porque era lo único que se parecía —o acaso era igual— a la puerta
que Isabel llamaba la nuestra. Entonces él llamó al timbre, repetidas veces,
como si su dedo se durmiera sobre el botón. Luego, se volvió a mí y con el aire
de revelar un secreto murmuró, casi a mi oído:
—Está
sordo.
Luego
nos llegó el chirriar de cerrojos descorriéndose, tan largo y minucioso que se
sintió obligado a explicar:
—Tiene
miedo.
Yo
no podía entender a qué y por qué tenía miedo la especie de fantasma a quien se
refería Gavrila. La puerta se entreabrió, y a través de su rendija distinguí un
trocito de una cara y un ojo negro y reluciente.
Cuando
la puerta se abrió del todo, apareció detrás, casi solemne, un hombre muy alto
y muy pálido. Vestía chaleco a rayas rojas y negras que me recordó el delantal
verde y negro, también a rayas, del pescadero Mario. Pero este hombre tenía
largas patillas, cabellos negrísimos y orejas enormes, muy separadas de la
cabeza, parecidas a las asas de un cacharro o a las alas de una mariposa
monstruosa. Como estaba de espaldas a la ventana, se volvían transparentes.
Entonces
Gavrila dio un salto casi invisible, de tan rápido, y le besó en la mejilla. A
veces he intentado evocar con precisión aquel salto, y nunca he podido. Era una
especie de vuelo, visto y no visto. Algunos días más tarde vi con cierta
frecuencia aquella insólita manera de abandonar el suelo. Así que creía que
Gavrila podía volar, y secretamente albergaba la esperanza de que me enseñara a
hacerlo. Pero ahora, lo único que retiene mi memoria son sus pies, de
puntillas, y aquel beso volátil como los que me daba Tata María, antes de
abandonarme a las puertas de Saint Maur.
Luego
se volvió hacia mí y dijo:
—Es
Teo.
Por
la forma como lo dijo, entendí que me pedía colaboración, así que me empiné
sobre la punta de los pies, todo lo que pude para alcanzar su cara, o por lo
menos una patilla. Pero Teo se inclinó hacia mí y vi de cerca sus ojos.
Brillaban de una forma que yo conocía: un casi invisible parpadeo de luz que, a
veces, percibía mirando fijamente las estrellas. Y me acordé de que también
había visto aquel parpadeo sutil en los ojos de Tata María. Pero en ella
parecían apagarse y en Teo encenderse. Gavrila decía:
—Adri,
Adri...
Lo
canturreaba, como cuando decía «ven, ven...», en el montacargas. Entonces
empezó un recorrido por la casa. Teo iba delante, como un heraldo, entrando y
saliendo de habitaciones grandes y destartaladas. Todo era muy distinto a
nuestro piso —mejor dicho, al piso de los Gigantes—, pero a un tiempo, de
alguna misteriosa manera, reconocible. Como esos mapas que algunos niños
dibujan, inundados de colores y de sueños.
En
todo había algo no habitual, raro, aunque amistoso. Sentimiento hasta aquel
momento desconocido para quien no tenía ningún amigo o amiga de su edad.
Parecía una casa hecha para jugar en todas las habitaciones. Y Teo las iba
nombrando una a una, a medida que las íbamos cruzando. (Entonces aún no había
visto a ningún guía turístico, pero más tarde, me lo recordaron.)
Las
habitaciones eran grandes, quizá más grandes que las nuestras. O por lo menos
las que yo frecuentaba. Y con enormes ventanas por las que entraba mucha luz.
Como si toda la luz de aquel cielo, que yo sólo había visto sobre mi cabeza en
los parques, o en el verano, durante las estancias en el balneario donde nos
llevaba mamá —y desaparecía, como sumido en un pozo, apenas regresábamos—, se
hubiera enamorado de aquel lugar. Entraba a borbotones por todas partes, casi
diría que atravesaba las paredes. Cualquier resquicio permitía la entrada al
gran cielo que en el parque de papá o en el de la Tata tanto me maravillaba, si
levantaba la cabeza.
Cuando
llegamos al «recibidor» —así le llamaba mamá, y Tata María, «recibimiento»—
creí reconocerlo. Era, también, muy grande. Pero éste estaba abigarradamente
amueblado, parecido a un salón, como en homenaje a la «puerta principal». Teo
señaló aquella puerta y declamó más que dijo:
—Puerta
Principal... Por aquí debíais haber entrado, Gavi. Para recibir esta visita tan
importante.
Me
costó unos segundos comprender que la visita importante era yo. Pero Gavrila
quitó toda pomposidad a aquellas palabras, porque lanzó una carcajada, y
agarrándome de la mano echó a correr pasillo adelante. (Después de tantos años,
aún no logro recomponer en mi memoria la distribución de aquel piso.)
Esta
vez, Teo no nos seguía, ni nos precedía. Entramos en una habitación llena de
objetos, mitad juegos y mitad amontonamiento de trastos viejos. Esparcidos por
todas partes, desde los animales de un zoo de madera, hasta una torre Eiffel a
medio hacer, que me recordó el ya inútil Meccano de los gemelos (abandonado en
un armario del Cuarto Oscuro). Más trenes, aviones, juegos de mesa y dameros
con sus correspondientes fichas.
Pero
sobre todas estas cosas, instalado sobre una mesa, vi un precioso teatro de
cartón. Era un maravilloso teatrito, con decoraciones y personajes. A veces, en
vísperas de Navidad o Reyes, lo había visto y deseado cuando nos llevaban a
Madrid—París, unos almacenes (quizá los primeros que hubo en la ciudad y que
ahora llaman grandes superficies). Se trataba de El Teatro de los Niños, y,
aunque lo había pedido repetidas veces —junto al caballo vivo—, jamás me lo
trajeron. Así que al verlo sentí una gran alegría, casi me daban ganas de
saltar.
Gavrila
ya no preguntó si quería jugar con El Teatro de los Niños. Algo debió de ver o
intuir en mí que le decidió a elegirlo sobre todo lo demás. Yo lo señalé con el
dedo y él dijo:
—Sí,
sí.
Como
hablaba de forma algo distinta, sobre todo cuando pronunciaba las erres, creía
que yo no le entendía. Pero nunca he entendido a nadie como a él.
—Ahora
—dijo— ¿quieres jugar dentro o fuera? Comprendí que se trataba de estar,
viéndolo, dentro del teatro o fuera.
—Dentro
—dije.
Le
pareció bien.
—Ponte
al otro lado del escenario y maneja los personajes...
No
sabía cómo funcionaba aquello, pero me atraía.
Entonces
sacó de una caja unos muñequitos de cartulina. Se insertaban en tiras de cartón
donde había unas aplicaciones de hojalata con ranuras. No resultaban fáciles de
manejar. En particular el Lobo Rey y el Príncipe Negro, estaban bastante ajados
y se tambaleaban en el soporte.
—Eso
no importa —dijo Gavrila, excusando aquellas deficiencias— porque fuera no
habrá gente... Sólo nosotros. Y a lo mejor, Teo.
Entendí
que Teo no era gente y ensarté como pude una figura un tanto ambigua en su
correspondiente tira de cartón: algo así como un híbrido entre león y perro
perdiguero, pero vestido con polainas, sombrerito con pluma y escopeta al
hombro. Me recordó vagamente a Eduarda.
—Ahora
tú sacas a tu personaje por un lado, se encuentra con el mío... y se dicen
cosas.
—¿Qué
cosas?
—Nos
lo vamos inventando... o lo que sea —aclaró, como si advirtiera mi confusión—.
Tengo el librito con la función, pero es muy aburrida y no la entiendo. Mejor
lo inventamos, ¿no?
«Como
en algunas películas», pensé, recordando la tarde de Las Cruzadas e Historia de
dos ciudades, con papá.
No
sé cómo, ni desde qué momento, empezamos a contarnos cosas, cada uno en su
correspondiente lado del escenario, moviendo las tiras de cartón, con sus
tambaleantes muñecos de papel. Y no sé cuándo, ni cómo, se inició aquella
especie de conversación—confesión, desde uno al otro lado de las decoraciones
suspendidas sobre «Al primer telar», «Al tercer telar». Gavrila colocó una
linterna encendida detrás del escenario. Así se encendían de rojo, amarillo,
azul o verde los papeles transparentes que simulaban cielo, ventanas, fuego.
Parecían caramelos.
Empezó
a hablar de cosas que nada tenían que ver con el decorado, aunque sin dejar de
mover el muñequito que le correspondía. Le imité: cuando él terminaba su
discurso, empezaba el mío. Todo era nuevo para mí, pero ocurría de forma tan
natural, tan distendida y suave, como si fuera algo que siempre había sucedido,
sin extrañeza ni tensión, entre nosotros. Como si hubiéramos pasado toda la
vida hablándonos así.
—En
la ventana, tenías la cara muy pálida.
—No
estaba bien, estaba muy mal.
—¿Por
eso no venías a jugar conmigo?
—Sí,
por eso, pero te veía en el techo, cuando las sombras del patio.
—Ah,
sí, ya sé. Yo también veo las sombras del patio en el techo, pero nunca te veía
a ti. Quería que bajases a jugar conmigo y Zar.
—Yo
también quería bajar a jugar contigo y con Zar.
—¿Vas
al colegio?
—Sí...
¿Y tú?
—No,
yo no voy al colegio, pero iré enseguida, después del verano, cuando me acepten
en el Liceo.
Entonces
me acordé de papá, cuando una vez me dijo que en su ciudad había un teatro muy
grande, que conocían en el mundo entero y se llamaba así, el Liceo. Y que allí
venían los mejores cantantes, y que un día me llevaría a una ópera que se
llamaba Boris Gudunov, porque suponía que me gustaría. Pero me costaba bastante
relacionar esos dos Liceos, así que le dije:
—¿Tú
eres cantante?
Hubo
un silencio un tanto peligroso. Pero al fin, me dijo:
—Sí.
Esta
cuestión pareció zanjada, pero él añadió:
—Iré
al Liceo Francés...
«No
debe de ser el mismo», pensé. Y entonces él dijo algo que me emocionó. Bueno,
él o su muñequito: los movíamos cada vez que hablábamos, y parecían temblorosos
o epilépticos, según el caso.
—¿Somos
amigos?
—Sí...
Mucho.
—Entonces
llámame Gavi.
—Gavi...
—murmuré.
—Ahora
Teo vendrá al teatro, pero por fuera.
Y
como si estuviera escondido, escuchándonos, a pesar de su sordera, apareció
Teo. Se sentó en un taburete, delante del escenario de perfil. Sacó de una
bolsa finísimas telas blancas, aguja e hilos. Me dirigió un cariñoso saludo,
agitando la mano. Y me dijo:
—Adri...
yo soy amigo de Isabelita, le he bordado un camisón. Ahora estoy cosiendo unas
vainiquitas para las niñas del tercero, que comulgan el día quince...
Era
tan suave su voz y su sonrisa que me sentí acariciada, cosa que no había
conocido nunca antes. Entonces me invadieron unas inoportunas e inexplicables
ganas de llorar. Pero no sentía pena ni dolor. Al contrario, una leve, espumosa
sensación de alegría.
Casi
sin darme cuenta, como si alguien manejara mis palabras desde el escondite de
mi otro teatro (el que me compró Eduarda), cuando yo urdía mis historias en el
cuarto de la plancha, dije:
—Yo
siento mucho amor.
Entonces
Teo echó la cabeza hacia atrás, y casi gritó:
—¡No,
Adri, no a todos... no a todos! Hay gente muy mala por ahí fuera...
Por
lo visto el perfil que nos ofrecía era el del oído bueno.
Gavi
zarandeó casi furiosamente su personaje, y también gritó, con su poderosa voz,
impropia de un niño:
—¡No
llores! ¿No te acuerdas de que está prohibido llorar?
Saqué
la cabeza del telar número uno, donde la había acercado tanto que casi la metía
en el escenario para mirar al «público», y vi que Teo estaba muy quieto, la
labor y la aguja y los hilos resbalando por sus rodillas, y la cara cubierta de
lágrimas brillantes.
No
pude resistirme, salté de mi asiento y fui hacia él, tímida y con mucha pena.
Teo me tendió los brazos y me acogió con tanta fuerza que casi creí oír el
crujido de mis huesos mientras murmuraba suavemente: «No te asustes, no te
asustes... todo acabará bien. Y no debes abandonar el teatro, cuando estás
dentro... Vuelve ahí, cariño».
Volví
a mi puesto, y pregunté:
—¿Por
qué llora...?
—Ya
no le quiere.
—¿Quién
no le quiere?
—No
importa..., no le quiere.
Vi
que Gavi se encogía de hombros, pero no era un gesto de indiferencia, al
contrario, me pareció muy triste. Pude verlo porque acerqué los ojos hasta el
nivel del escenario. Decoraciones y papeles de colores emanaban una luz íntima
desde sus ventanitas, cielos y farolas. Y de pronto sentí un gran bienestar:
desde allí, podía decirse todo, contarse todo lo que se guardaba, y dolía o no,
pero nunca se decía. La luz baja, los colores transparentes, todo pertenecía a
un secreto grande, que podía comunicarse con otros secretos. Y me acordé del
Unicornio.
—Gavi...
¿te acuerdas de aquel día, cuando jugabas en el patio y estaba todo cubierto de
nieve?
—¿De
nieve?
—Sí,
el patio estaba cubierto de nieve y tú jugabas con Zar.
Gavi
tardaba en contestar, pero se le adelantó Teo. Tenía el oído bueno alerta, y
con la mano lo protegía, como un biombo. Dijo:
—Adri,
en el patio no puede entrar la nieve porque es un patio cubierto, con techo de
cristal.
De
pronto algo vacilaba, casi se desmoronaba a mi alrededor.
—Yo
vi a Gavi... vi a Gavi en la nieve... y a Zar.
—No,
la nieve no puede entrar en el patio. ¡Déjalo, déjalo! También Gavi ve cosas
que los demás no vemos... Pero no importa...
Sí
que importaba, me importaba a mí.
—Gavi...
dímelo. Dime que sí, que estaba todo el suelo nevado y se oía mucho silencio.
Gavi
abandonó su asiento del otro lado del escenario, se acercó a mí, y dijo:
—Sí,
a lo mejor había nieve, puede que entrara por un cristal roto. Durante muchos
días había un cristal roto.
—Yo
la vi, yo vi la nieve —insistí. Estaba a punto de cometer la imprudencia de
nombrar al Unicornio, cuando Gavi susurró, junto a mi oído:
—Ya
lo sé, pero es un secreto nuestro. No se lo digas a los demás.
Comprendí
que para él los demás eran como para mí los Gigantes y para Isabel Ellos. Sentí
un gran alivio. Todo marchaba bien.
El
timbre de la puerta por donde habíamos entrado pareció atravesar todo el piso,
estridente, angustiado. Los timbres tienen su voz particular —sobre todo la
tenían entonces—, y casi se adivinaba el ánimo de quien oprimía el botón.
Enseguida supe que venían por mí. Más que un timbrazo era un aullido.
Teo
se apresuró hacia la puerta, y regresó, mejor dicho, irrumpió en la habitación
acompañado de una Isabel congestionada y balbucearte:
—¡Dios
mío, me veo en la calle!... ¡Y todo por culpa de estos dos mocosos!...
Nunca
antes la había visto así. Su actitud, su voz, su nerviosismo contrastaban con
el sosiego y bienestar recién descubiertos.
Sin
lugar a dudas, regresaba a la casa de los Gigantes. Casi me arrastraba tras
ella, apretándome la mano con fuerza mientras decía:
—¡Dios
mío, la que has estado a punto de armar! Menos mal que ya estamos en nuestra
casa...
Nunca
las palabras nuestra casa me parecieron tan ajenas. Bajamos en el montacargas,
cruzamos el patio, subimos el tramo de escaleras que conducían a nuestra puerta
casi en volandas. Y allí estaba Tata María, como un ángel con delantal,
esperándonos:
—¡Cálmate!
¡Nadie se ha enterado...!
Una
vez dentro, empezó una discusión entre Tata María e Isabel sobre quién era la
culpable de aquel descuido. Cada una de ellas echaba la culpa a la otra, hasta
que al fin se calmaron y se abrazaron llorando. Una vez más me intrigó el
porqué los Gigantes lloraban cuando parecía menos adecuado, y permanecían
impasibles en los momentos que, a mi juicio, hubieran sido más apropiadas las
lágrimas.
Restituida
la calma, y establecidas las reconciliaciones, la única culpable acabé siendo
yo. Después, tampoco yo, sino la soledad, la ausencia de amiguitas o amiguitos.
«Necesita amistades, como todos los niños del mundo», remachó Isabel, secándose
los ojos. Y Tata María asintió con la cabeza y levantando los ojos al techo,
como era su costumbre en semejantes ocasiones.
Isabel
me besó, y Tata María me acarició la cabeza. Puesto que todo volvía a estar en
orden, decidí que había llegado el momento de retirarme. Fui a mi cuartito y me
tendí en la cama, mirando el ángulo del techo donde una vez había visto
moverse, saltar y jugar las sombras de Gavi y Zar.
Recordé
entonces que durante todo el tiempo mientras duró el teatro y después, cuando
llegó la sobresaltada Isabel, Zar había permanecido tumbado, con el morro
apoyado en el extremo de sus patas delanteras, y una mirada que, a partes
iguales, traslucía paciencia y una pizca de hastío. No hacia nosotros en
particular, sino hacia la especie humana en general.
Afortunadamente,
nadie en casa (excepto Tata María e Isabel) tuvo conocimiento de esta primera
escapada, de aquella primera huida hacia lugares y criaturas que entonces —y
acaso también ahora— me parecieron mágicos.
Aliviadas
y confiadas por la nula trascendencia que aquella escapada había tenido en la
familia, las dos mujeres no sólo permitieron en adelante nuevas salidas, sino
que las favorecieron.
Inolvidables
escapadas hacia el último piso, bajo los terrados. Allí donde yo me encontraba
con Teo, Zar y el hijo de la bailarina.
10
Tal
y como ella me había dicho, Isabel no sabía leer ni escribir. Estábamos muy
unidas, como es natural entre cómplices. Porque era una complicidad, además de
cariño, lo que nos unía.
Todo
había empezado en la despensa, el día que me dio a probar el primer chupito,
diciendo que daba calor al corazón. Luego, cuando Tata María no andaba cerca,
me llamaba con un silbidito tenue, pero que llegaba puntual a mis oídos.
Corría
entonces a la despensa y al taburete, donde ella me recibía con un guiño y, en
la mano alzada, como un trofeo, el frasco mágico.
—Sólo
un chupito, ¿eh? Más, hace daño.
Yo
sorbía el chupito, despacio. Nunca hizo el efecto anunciado, pero en cambio
tenía la virtud de hacernos reír a las dos, mirándonos, frente a frente, y sin
saber muy bien por qué.
Un
día, después del chupito y las risas, me dijo:
—Cordera...
¿tú querrías escribirme alguna carta? Yo no sé, ya te dije, pero hay veces que
necesito dar noticias mías, a mi familia... o a quien sea.
Adiviné,
sin mucho esfuerzo, quién era «quien sea». Y me sentí necesaria, o importante,
que suele ser parecido.
—¡Claro
que sí!...
—Yo
te lo digo, y tú lo pones.
—Sí.
—¡Tienes
una letra tan maja!
En
Saint Maur no opinaban lo mismo. Aún recuerdo como una tortura el aprendizaje
de aquella caligrafía picuda, que, según oía, era el distintivo de las «Niñas
de Saint Maur». Como una marca de fábrica, o «pedigrí». Era la letra de
Cristina y de mamá.
—Gracias
—dije, como me habían enseñado, tanto si me gustaba como si no.
Mamá
me había aleccionado: «Cuando alguien te diga una grosería, o un insulto, no
contestes, no te pongas a su altura. Sonríe, di "Gracias", y el otro
quedará avergonzado...». Días más tarde sufrí uno más de los ataques verbales
de Margot. Una vez más, yo me negaba también a engrosar las filas adictas al
juego de los pelotazos, al que, en puridad, pertenecía toda la clase, aunque
dividida en dos bandos. Supongo que a Margot le importaba un comino el bando al
que yo pudiera pertenecer —del suyo ella era, cómo no, capitana—, pero le
molestaba no ejercer su dominio sobre mí. Así que, cuando me negué a alistarme
en cualquiera de los dos bandos, me gritó (casi escupió) varias veces, rozando
su cara con la mía: «¡Idiota! ¡Idiota, idiota!».
Recordando
las enseñanzas maternas, levanté la cabeza cuanto pude, tanto que me dolió la
nuca, y en vez de sonreír lancé una sonora carcajada —la más falsa que he
lanzado en mi vida— y grité con un brío que no sé si nacía del valor o del
miedo: «¡Gracias, Margot, gracias...!». A cambio, recibí dos formidables
bofetadas en toda la cara.
Pero
volviendo a Isabel y nuestra alianza, recuerdo que empezó entonces una larga
correspondencia —es un decir, porque la mayoría de las veces no era
correspondida—. Espaciadamente (muy espaciadamente) llegaban respuestas. El
cartero Cristián, que también aparecía por nuestra puerta, abanicaba el aire
con la carta de Isabel, y se reía, escamoteándosela, como si fuera una enorme
mariposa a punto de huir. Isabel se enfadaba y se reía a la vez mientras
intentaba atraparla. Al fin, Cristián se la daba. Era un hombrecito muy
pequeño, con uniforme y gorra gris. Estaba muy pálido. Pero también se quería
casar con Isabel. En aquel tiempo yo creía que todos se querían casar con
Isabel, desde Mario, pasando por el chofer Anastasio, hasta el cartero
Cristián, el que le traía las cartas de «quien sea». Pero yo sabía quién era
«quien sea». Se llamaba Frutuoso, y era el único que le contestaba de su propia
mano. Porque yo era quien se las leía. Y, de su familia, sólo muy pocas veces
recibió contestación porque Isabel me dijo que, como hacía yo con ella, a ellos
se las escribía el cura. Eran unas cartas muy raras, de gente que no parecía la
familia de Isabel. O por lo menos, no se le parecía en la forma de hablar, ni
dictar. Por ejemplo, si ella les había dicho en una carta más o menos esto:
«Querido
hermano Lope, me alegraré que al recibo la presente estéis bien de salud. Ya sé
lo que le ha pasado a la vaca con lo de los lobos, he llorado mucho, deseo que
la otra vaca esté bien, ojalá se muera el que dice que es culpa de los lobos y
todos sabemos... »
La
carta que recibía en respuesta era, también más o menos:
«Querida
hermana Isabel: Ya sabes que la desgracia nos aflige, desde que a la vaca la
mataron los lobos, pero estamos resignados por la voluntad de Dios, que pone a
prueba nuestra paciencia y nuestra Fe en su Misericordia...» No entendía nada,
pero sabía que algo fallaba, que algo no estaba de acuerdo entre una carta y
otra. Como si hablaran de cosas distintas.
Pero
las que sí entendía eran las del llamado Frutuoso. Unas veces la carta empezaba
con un «Querido Frutuoso», y otras sólo con un «Frutuoso». Pero lo que seguía a
continuación tenía pocas variaciones. Ya empezaba a aburrirme, y de cuando en
cuando empecé a contribuir en el argumento. Por ejemplo, cuando ella le decía
(me lo decía a mí, aunque jamás pude expresar por escrito el tono airado,
apasionado, desdeñoso de sus palabras, ni la manera como iba cambiando de color
su voz, o su misma cara: casi un arco iris completo): «Y ya lo sé, que me lo
dijo la Patricia, que te han visto merendándote con esa golfa y en el cine,
donde la película de Mares de China, en el merendero del Crescencio, y que
luego os fuisteis juntos, que sé yo dónde, pero miento, sí sé adónde, guarro
más que guarro, ya me has visto bastante, porque de ahora en adelante, morcilla
que te den, morcilla...». Yo, que estaba harta de repetir lo de la morcilla,
escribía: «pasteles de crema, polos, que te den...», que era lo que más me
gustaba por aquellos días. Aunque ahora me viene a la memoria que, en una
ocasión, escribí: «Chupitos, chupitos, chupitos... ».
Las
respuestas, cada vez eran más espaciadas. El llamado Frutuoso decía: «Que no sé
lo que dices, que estás majara...». Pero luego se veían y, al parecer, todo se
arreglaba. Aunque ella me decía:
—Adri,
cordera, no te enamores.
—Ya
me enamoré.
—Bueno,
pues sigue así... ¡Pero no como yo... ¡
Cada
vez era más frecuente, por las tardes, que Gavi apareciera en el patio. Ponía
las manos alrededor de la boca, como si fuera una bocina, y me llamaba.
—Dile
que no grite —me advirtió Tata María—. Que ya sabemos cuándo viene... pero que
no dé tres cuartos al pregonero.
Aunque
me pareció un recado muy raro, se lo dije, desde la ventana:
—Gavi...
que no des tres cuartos al pregonero.
Él
sacudió la cabeza, y dijo:
—¿Vienes?
Por supuesto
que iba. Pero antes tenía que dar cuenta a mis protectoras— fiscales:
«Bueno,
vete, pero no tardes en volver ni un minuto después de las ocho... »
Sucedía
esto día sí, día no. Pero más sí que no. Si me hubieran dicho que tenía que
renunciar a aquellas escapadas—huidas—encuentros, creo que me habría muerto. O,
por lo menos, hundido. Pero no fue así. Al contrario, el día sí y el día no se
convirtieron en el «todos los días». O, mejor dicho, todas las tardes.
Apenas
terminaba de comer, sabía que él estaba abajo (porque comía más temprano), con
las manos en los bolsillos de aquel pantalón de terciopelo marrón, que tanto me
seducía. Se apoyaba en la pared y cruzaba las piernas. Su cabeza rubia parecía
rodeada de un resplandor, como había visto a los ángeles, o santos, en láminas
de algunos libros. Y esto era muy raro, porque Gavi no tenía nada de santo, ni
de ángel.
Paco,
mi novio, decía:
—Vaya
chico listo que has elegido... ¡Menudo pájaro!
Claro
que a Paco todo el mundo le parecía o pájaro o tonto.
Los
pájaros eran sus preferidos. Les quería, les admiraba o, por lo menos, les
respetaba. A los tontos, desprecio total. Pero me parecía injusto, porque
llamaba pájaro a Mario (que a mí me parecía un poco tonto) y tonto a Albino,
que no me lo parecía.
—Paco,
¿yo soy tonta... o pájaro?
—Tú
eres mi novia, Ojazos. —Y me lanzaba un beso con la mano.
Esta
clase de respuestas —como algunas de las que me daba Tata María— me
inquietaban, porque no tenían gran cosa que ver con lo que yo preguntaba, y
además no podía creerlas. Siempre albergaban alguna duda, aunque en aquel
tiempo, todo, o casi todo flotaba entre dudas y preguntas. Misterioso mundo, el
de los Gigantes, y misterioso también el pequeño recinto del corazón. Allí
donde, según Isabel, daban calor los chupitos. Y tampoco eso era del todo
verdad porque, por lo visto, sólo sentía ese calor ella. Yo, no.
Por
otra parte, habían aumentado mis conocimientos (precisamente aquellos meses en
que no acudía a Saint Maur). Con Gavi y Teo descubría todos los días, casi
diría que todos los minutos, varios aspectos de la vida que jamás hubiera
conocido sin ellos. Incluso de una vida tan pequeña, rutinaria, solitaria y
poco propicia a descubrir nuevos horizontes como era la mía.
Ya
apenas jugábamos en el patio, con la consiguiente protesta de Paco, que le
gustaba mucho contemplar y jalear el juego de la pelota, Zar incluido. Pero
cada vez que cruzábamos el patio corriendo hacia el montacargas, antes nos
parábamos a ver si él estaba allí, sentado y leyendo periódicos deportivos. Y,
si estaba, saltábamos a su cuello y le besábamos, para salir corriendo
enseguida. Aprendí entonces a saltar, si no tan ágilmente como Gavi, lo
suficiente para que me llenara de euforia. Una euforia burbujeante, que no he
vuelto a sentir. Cada vez que lo hacía, me parecía recuperar a la Adri que por
las noches navegaba hasta el salón de los reflejos y el Unicornio. Y, además,
me acercaba más a Gavi, me hacía más parecida a él.
—Gavi...
¿Me enseñarás a volar?
—Sí.
—¿Me
lo prometes?
—Cuando
llegue la primavera, subiremos a la azotea y te enseñaré. Pero tienes que ser
muy valiente.
—Soy
muy valiente —mentí, a conciencia.
Pero
con él todo sucedía en un tiempo y lugar mágico, donde lo más impensado era
posible. Si él me hubiera dicho que podríamos hacernos invisibles, yo me
hubiera vuelto invisible, y así ocurrió más de una vez. Aunque mi invisibilidad
desaparecía en cuanto nos separábamos. Sucedían con él —o entre él y yo—cosas
que jamás han vuelto a suceder en mi vida. Incluso volar.
En
el piso —iba a decir «país»— bajo la azotea, que era muy grande, creo que aún
más que el nuestro, también había una terraza. Todavía hacía frío y no salíamos
a ella, pero Gavi apartaba de un manotazo los visillos de las puertas
encristaladas y decía:
—Cuando
llegue la primavera saldremos ahí y conocerás el Castillo...
Me
señalaba una barandilla de piedra, y a los lados, arcos y columnas, todo de un
material arenoso, que brillaba al atardecer en diminutas chispitas: la hora en
que yo regresaba a casa. Gavi decía que allí se jugaba muy bien porque los
juegos se volvían de verdad.
Yo
esperaba con una leve impaciencia —más curiosidad que impaciencia— la llegada
de la primavera. Una estación que, hasta el momento, sólo me traía el recuerdo
del día de mi Primera Comunión y, sobre todo, de Eduarda. No la había olvidado,
y ahora que me dedicaba tanto a escribir cartas, empecé a sentir el deseo de
comunicarle mis novedades. Le escribiría una carta muy larga, contándoselo
todo. Pero —me dije—, se la daría a Teo, para que la echara al correo. No me
fiaba demasiado de Tata María, ni siquiera de Isabel. Algo me decía que ellas
la habrían leído antes de echarla al buzón. Y yo no quería que nadie supiera lo
que quería contarle a Eduarda. Aunque tampoco sabía cómo se lo iba a contar.
Aquel «me alegraré que a la presente os encontréis bien de salud», con que
invariablemente empezaban las cartas a la familia de Isabel, no me servía. Y
mucho menos el «ya me enterao, so canalla, que te han visto...», o cosas
parecidas, dirigidas a «quien sea». Escribir una carta, mía, me creaba
insatisfacción, casi angustia, por no saber, o poder, decir lo que yo quería
decir. Pero me hice el firme propósito de escribir a Eduarda.
Ya
no sólo jugábamos con el teatro. De entre las muchas cosas envidiables que se
podían encontrar en aquel cuarto de juegos tan abigarrado, sobresalía una
considerable cantidad de libros de cuentos. Algunos en francés, pero la mayoría
en español. Yo tenía en casa muchos libros, pero casi todos estaban más que
releídos. Últimamente, con la ausencia de papá, que era quien escribía a los
Reyes Magos, o me los regalaba por Navidad o por mi santo (y a veces sin
festejo alguno de por medio), ya muy raramente me llegaban. Leer fue una de las
cosas que más me unió a Gavrila.
A
menudo nos echábamos en el suelo, boca abajo, compartiendo un mismo libro y un
mismo trocito de alfombra. Tácitamente elegíamos siempre el mismo tramo, con
los mismos dibujos y colores, una mezcla de rombos y círculos azul y marrón.
Con los días, llegó a ser un territorio propio, una especie de refugio—cabaña
en algún bosque, donde se entraba para trasladarnos a espacios sólo visibles a
través de sus palabras, de donde se salía para reincorporarse al mundo
exterior. Yo veía aquel trocito de alfombra como puerta, cerradura y llave de
un país sólo nuestro. Se abría al entrar, se cerraba al salir. Un secreto tan
íntimo que ni siquiera se podía nombrar en silencio, con el libro abierto y
compartido. Si era un libro francés y contenía frases que yo, todavía, no
entendía bien, él las traducía, con su peculiar pronunciación de erres
rotundas, que no eran precisamente las suaves y casi guturales erres francesas.
Un día le pregunté:
—¿Por
qué dices así la erre?
—Porque
soy ruso.
Y al
decirlo levantó la cabeza, casi desafiante. Me pareció una razón bastante
buena, aunque sin comprender muy bien por qué. Todo lo que él decía, a pesar de
que a primera vista me pareciese más allá de cuanto hasta entonces sucedía o
había escuchado en mi entorno habitual, acababa siendo razonable y, sobre todo,
verdadero. Mucho más verdadero que las aplastantes «verdades como puños» con
que solían apabullarme tanto en Saint Maur como en casa.
Las
láminas de los libros de Gavi eran extraordinariamente sugerentes, y nos deteníamos
largo rato en ellas, mirándolas al detalle, descubriendo cosas que a primera
vista parecían invisibles o anodinas. Recuerdo una donde había una casa partida
de arriba abajo, y dejaba al descubierto no sólo a sus moradores, muebles y
objetos, sino también a los otros, los ocultos habitantes que yo conocía en mis
travesías nocturnas hacia el salón y a los que una vez aludió Sagrario. Creo
que Gavi y yo llegamos a vivir dentro de aquella casa partida, durante días y
días. Y cuando ya habíamos leído el cuento que la había inspirado, retornábamos
a ella. Y antes de volver página, nos mirábamos y sonreíamos, y no
necesitábamos palabras para saber lo que pensábamos o sentíamos los dos. Éramos
entonces cómplices de alguna misteriosa causa que sólo él y yo conocíamos.
Parecida a la complicidad de Isabel y yo con los chupitos en la despensa.
Aunque de índole muy distinta, porque lo de Isabel pertenecía al mundo de los
Gigantes, y lo de Gavi y yo, no.
Gavi
pasaba las páginas con una suavidad que contrastaba con la casi rudeza de sus
movimientos. Pero sus libros estaban impecablemente bien tratados, tanto como
los míos. No como los heredados de Cristina.
El
Teatro de los Niños seguía siendo, de todos modos, nuestra vía de comunicación
más íntima. Y necesaria.
Uno
a cada lado del escenario nos hacíamos partícipes de cosas que acaso cara a
cara no hubiéramos sido capaces de decir. En algún momento me recordó al
confesionario de Saint Maur, donde era obligatorio ir a confesar faltas,
pecados, o lo que fuera molesto decir, a través de una rejilla, tras la que se
adivinaba el perfil, eternamente masticante, del padre Torres. Pero éste era un
confesionario diferente, un lugar donde, sin amenazas de infierno, culpas ni
penitencias, se podía decir todo lo que de otra manera no hubiera sido posible.
Así,
una tarde le dije:
—A
veces yo no quiero a mi mamá.
Y él
contestó, rápidamente:
—Yo
tampoco.
Eso
fue todo. Pero sentí —y tal vez él también— que acabábamos de derribar un muro
más de los que hasta aquel momento se interponían entre nosotros.
Días
más tarde —siempre estas cosas ocurrían con el teatro por medio, aunque para
comunicarnos ya no necesitábamos mover los muñecos de cartulina—, me dijo:
—Mi
mamá sabe volar.
No
me pareció extraño porque su hijo volaba, yo lo había visto.
—Es
muy guapa —añadió.
Yo
no tenía nada que objetar. Nunca la había visto.
—Pero
Él es más bueno que ella... y me quiere más que ella.
Yo
había oído hablar mucho del Conde, tanto en el cuarto de la plancha como en la
cocina, incluso a la lavandera Tomasa, que no vivía en la casa. Era un
personaje que fomentaba muchísimos comentarios e incluso ligeras discusiones en
las zonas del parquet sin encerar. Porque unos decían cosas buenas de él, y
otros, no.
Intuí
que cuando Gavi decía Él se refería al Conde. Así que pregunté, sólo por
preguntar:
—¿El
Conde?
Hubo
un silencio largo, inusual entre nosotros. Y después, bruscamente, Gavi
abandonó el teatro y corrió más que anduvo hacia los libros. Eligió uno, lo
agitó en el aire, como si fuera un trofeo, y dijo:
—¿Quieres
leer? Éste no lo conoces.
Abandoné
mi puesto tras el telar número dos, y fui a tenderme a su lado, boca abajo,
sobre nuestro territorio de rombos y círculos de colores. El libro se titulaba
El Rey Cuervo.
Sí,
lo conocía. Se trataba de un cuento que me atraía, pero a la vez me
desasosegaba tanto que nunca lo había terminado de leer.
Al
fin, como si no estuviera muy seguro, dijo:
—Algunos
le llaman así. Pero se llama Mauricio.
Pasó
la página y seguimos leyendo. Casi mágicamente ocurría que, cuando pasaba
página, los dos habíamos terminado de leerla a la vez. Casi nunca se
Aquella
tarde, Teo cosía a nuestro lado, en un taburete. Tenía a su alcance un
costurero muy bonito, lleno de hilos de colores, tijeritas, agujas, cintas... A
veces me dejaba mirarlo y manosearlo un poco. Solía sentarse de perfil, con el
oído bueno hacia nosotros. Cuando oyó lo que Gavi acababa de decirme, ahuecó la
palma de la mano sobre la oreja sorda, y dijo:
—¿Has
hablado de mamá?
Gavi
afirmó con la cabeza, pero siguió leyendo. Y yo, también, pero atenta a cuanto
Teo hacía o decía. Junto a Isabel fue mi maestro de aquellos días.
—Gavi,
enséñale a Adri las fotografías de mamá, y verá cómo vuela. Y también enséñale
el vestido de la reina...
Gavi
hacía como que no le oía, seguía leyendo, pero yo no podía ahora seguirle.
Levanté la cabeza y vi a Teo mirándonos, con la aguja en alto de la que pendía
un hilo de oro. Por primera vez rompió la magia que nos unía durante la
lectura. Y vi el pálido rostro de Teo, con sus orejas—alas de mariposa
gigantesca y sus ojos de niño perdido en el bosque. Entre sus dedos relucía el
hilo.
Bordaba
algo muy diferente a las vainiquitas de las niñas del tercero, las que iban a
comulgar, o quizá ya habían comulgado, quién sabe cuándo. Sentí un súbito y
gran cariño por él. Un cariño que dolía porque no podía hacer nada por
consolarle, y nunca había visto una mirada como la de aquellos ojos negrísimos,
bordeados de pestañas espesas, donde se adivinaba un fulgor pequeño, cotidiano,
de lágrimas escondidas.
—Teo,
te quiero mucho.
Se
levantó y se acercó, inclinándose:
—Si
no fuera por vosotros... si no fuera por vosotros...
Se
volvió de espaldas, vi que sus hombros se movían de arriba abajo, y pensé que
estaba llorando.
—Gavi,
¿porqué Teo llora tanto?
Gavi
tardó en contestar. Seguía empeñado en la lectura de El Rey Cuervo, aunque no
pasaba página. Al fin dijo, muy bajito:
—Porque
no le quieren...
Era
la segunda vez que lo oía, y eché a correr hacia aquel hombre tan alto, que
estaba de espaldas, y nadie le quería, aunque yo no sabía por qué. Di la
vuelta, para verle de frente, pero se tapaba la cara con las manos.
—Teo,
yo te quiero...
Teo
apartó las manos, y con sorpresa vi que aunque le caían lágrimas no lloraba.
Sonreía. Y al sonreír parecía casi guapo (con lo feo que era, por lo general).
—¡Que
te enseñe Gavi las fotografías de la señora...! Es un ángel, un ángel. ¡Dios
mío, qué malo es el mundo!
Me
quedé sobrecogida por esta afirmación. ¿El mundo de los Gigantes? ¿El de la
mamá de Gavi, el del Conde...? ¿En qué mundo vivíamos él, Gavi, Isabel, Tata
María e incluso Paco o toda la caravana que pasaba por nuestra puerta? ¿Y los
gemelos, a quienes yo quería y hasta admiraba? ¿Y papá y Eduarda?
—¿Por
qué, Teo, por qué...?
Teo
se volvió, de nuevo sonriente, y dijo:
—Ay,
no me hagas caso. Son cosas mías... No me hagas caso, Adri. Tú también eres un
ángel.
Aunque
Gavi había dicho que cuando llegara la primavera me enseñaría a volar, yo me
sabía muy torpe para tener alas. Además, la primavera me parecía un lugar muy
lejano.
Teo
se había quedado pensativo, mirando su labor. Era una tela muy grande, no las
acostumbradas pequeñas piezas blancas que solía bordar, o coser, o lo que
fuera, para las niñas del tercero.
Nos
acercamos y nos mostró algo maravilloso, una tela brillante, ligera como un
soplo —tal vez era raso, pero yo no había visto ni palpado antes nada
parecido—, de un azul eléctrico donde aparecían grandes pájaros, pero no
pájaros corrientes, sino aves suntuosas, de todos los colores, entre los que
sobresalía aquel hilo de oro, ensartado en su aguja que yo había visto entre
sus dedos. Mientras nos los enseñaba, iba acariciándolos y decía:
—Mejor
que el Arco Iris, mejor todavía...
Por
supuesto lo era, y quizá nuestro silencio expresaba la admiración que
sentíamos.
—¿Os
acordáis de Las mil y una noches...? Pues así es esto: cuando el Emperador de
la China se viste para la Fiesta del Dragón... No me acuerdo del nombre del
dragón, pero da igual.
Nosotros
tampoco nos acordábamos.
—Pues
éste es el disfraz que luciré para el baile de Carnaval. Y ganaré el primer
premio.
Ciertamente,
estábamos en vísperas del Carnaval. Recordé que una vez, cuando yo era muy
pequeña —quizá tenía sólo tres o cuatro años—, me disfrazaron de holandesa, y
me llevaron a una fiesta de disfraces infantil, en casa de una amiga de mamá. Y
me sentí muy mal, estuve llorando todo el tiempo hasta que Tata María me cogió
en brazos y me llevó a casa. Había comido muchas lionesas de nata y, por el
camino, vomité en su hombro.
—Estas
fiestas no son para esta niña... La Cristina era otra cosa... —dijo la Tata.
Pero
ahora, en cambio, Teo parecía desbordar alegría.
—¡Sedas,
Arco Iris, oro...! —murmuraba, acariciando la tela y los bordados.
Su
voz tenía una suavidad de terciopelo. Me acerqué más a su bordado y, por un
instante, los pájaros emprendieron el vuelo, tal y como otras veces había
echado a correr el Unicornio.
—¿Me
dejas tocarlo?
—Claro
que sí... verás qué ensueño.
Lo
toqué, y verdaderamente lo que sentí fue ensueño. Cerré los ojos.
—Yo
seré el Emperador de los Sueños Imposibles —recitó él, como si estuviera
leyendo algo en voz alta.
Un
cuento, o un poema del libro Poesía para niños que tenía Gavi en la estantería
más alta. Costaba llegar a ella, tenía que subirme a una silla, pero lo
conseguí, y cuando lo hice, Teo me la arrebató casi bruscamente, la abrió por
alguna página secreta, sólo suya, y recitó despacito, mientras su voz se
transformaba.
Gavi
y yo le escuchábamos en silencio. Parecía, de pronto, que una ráfaga de viento,
un viento desconocido, misterioso y desasosegante cruzaba el cuarto de jugar.
Pero
Teo destruyó el encanto, lanzando una carcajada chillona. Me recordó la risa de
un niño muy pequeño, casi un bebé, que había oído tiempo atrás, cuando aún iba
al parque con Tata María.
—¿Te
vas a disfrazar...? —preguntó Gavi.
Y
percibí un temblor sutil, casi inaudible, en su voz.
—Sí,
claro está... Niños, el Carnaval es mi fiesta, la que más me gusta.
—¿Irás
al baile?
—Sí,
claro está que iré.
Teo
suspiró muy fuerte, casi se veía salir el aire de sus pulmones por los
agujeritos de su nariz. Y dijo:
—Iré
al baile, como la Cenicienta. Pese a quien pese.
Entonces
ocurrió lo que todos llamaban «una recaída».
Fue
después de la tarde en que, a pesar de que hacía mucho frío, bajamos al patio
con Zar. Porque Paco nos decía que ya no le queríamos y que yo no quería ser su
novia. Detrás de él, Anastasio se reía, pero Paco ponía cara de estar muy
compungido. Era de mentirijillas, porque yo le conocía muy bien, y sabía que se
estaba riendo por debajo del bigote.
—Y
el pobre Zar, también está triste...
Aunque
yo odiaba el juego de pelota de Saint Maur, el otro, aquel que me habían
descubierto a Gavi y a Zar, me gustaba. Mi torpeza para esta clase de juegos, y
mi incapacidad para volar, me los hacían penosos, pero no odiosos. Así que
bajamos al patio, y aunque Tata María decía que «ELLA, NO» (que yo no podía
estar en el patio aquel febrero tan maligno porque podía «recaer»), la verdad
es que una vez más me escapé y bajé, y corrí, y sudé y temblé. Y «recaí».
—Que
no se entere la señora, por Dios, María, que no se entere...
—Calla,
mujer... Ya sé yo lo que hay que decir y lo que hay que callar...
No
sé si calló y dijo lo adecuado, pero cuando durante la cena cerré los ojos, se
me dobló la cabeza y fui a dar con la cara en el plato de espinacas, me cogió
enseguida en brazos y me llevó a la cama. Vagamente recuerdo que me desnudó, y
me puso el pijama, y que yo temblaba y los dientes me castañeteaban. Además, un
dolor por momentos más insoportable me llenaba los pulmones, como si me
estuviera ahogando en una espuma maligna. Recuerdo que gemía y decía: «Enséñame
a volar...», o algo parecido.
Entonces
Tata María me tapó la boca con una mano, mientras con la otra me acariciaba la
cabeza. Vi —o entreví— a Isabel, en la puerta de mi cuarto. Tenía algunas cosas
en común con Teo (el temblor de lágrimas, sin deslizarse, retenido en las
pestañas). Antes de cerrar los ojos y perder totalmente el mundo de los
Gigantes, oí decir a Tata María:
—No
llores, no alarmes... Yo conozco a esta familia. Nada de aspavientos. Tú vete
ahora a llamar a la señora... Si está en casa...
No
estaba en casa.
—Dame
la libreta de los teléfonos... Y quédate con la niña mientras llamo al doctor
Zarangüeta.
Y
llamó al doctor Zarangüeta.
Esto
último lo supongo, porque no me enteraba de nada. Sólo de que mamá no estaba.
Ni papá. Ni los gemelos, ni Cristina... Me agarré todo lo fuerte que pude a la
mano que olía a pan tostado. Y ya no recuerdo más de aquel día.
11
Aún
con los ojos entrecerrados la supe allí, al lado de mi cama. Tenía mi mano
entre las suyas, y la acariciaba despacio, con una suavidad que nunca le había
conocido antes. No lloraba, pero le temblaban los labios.
Volví
a cerrar los ojos, porque temía que si despertaba del todo, aquella sensación
de dulzura y paz desaparecería. Noté en la frente el roce de sus dedos,
apartándome el flequillo. Siempre me ha intrigado el porqué aquella franja de
cabello, o recibía besos huidizos, o era apartada como una cortina molesta:
únicamente se trataba de un flequillo, del que ni siquiera yo era responsable.
Ahora,
mamá estaba allí, me llegaba su perfume sutil e inconfundible. Un aroma
delicado, que sólo notaba cuando estaba muy cerca, o se inclinaba hacia mí, o
me daba uno de sus espaciados besos.
En
aquel momento yo quería preguntar algo, pero estaba demasiado confusa, y creo
que también intimidada. Con el temor de que, si despertaba del todo, algo me
sería reprochado y rompería el bienestar recién descubierto. En aquel tiempo,
vivía siempre con la vaga amenaza de arrastrar alguna o varias culpas. Aunque
no lograba identificarlas, ni liberarme de ellas. Algo así como: «¿Qué es lo
que he hecho, de qué se me acusa, por qué me siento culpable de algo que no sé
qué es ...?». Y aunque yo no lo supiera, estaba claro que «ellos» sí lo sabían.
Ahora,
la «recaída» parecía haberlo cambiado —o al menos modificado— todo. Para bien,
y para mal. Por el lado bueno, las fantasmales culpas desaparecían o se
olvidaban, y por el malo, me privaba de mis seres y espacios queridos.
Aún
pasé algún tiempo semidormida o atontada antes de que ansiosamente empezara a
buscar en el ángulo del techo, junto a la ventana, las sombras de Gavrila y
Zar. Vi cruzar otras sombras: las de Paco y Anastasio, las de Mario el
pescadero, alguna vez la de Albino, pero nunca las que yo deseaba ver. Una gran
tristeza, como una mancha de tinta sobre el papel, iba extendiéndose. No tenía
ganas de comer, ni de hablar. Parecía que algo me apretara el corazón y las
ausencias de Teo, Gavrila y Zar me angustiaban como si temiera no volverles a
ver nunca. Entonces me tapaba la cabeza con el embozo de la sábana, para que
nadie me viese, ni me dijera nada. Ni siquiera Isabel, mi cómplice.
El
doctor Zarangüeta dijo:
—Esta
niña está triste... esta niña tiene algo que la está royendo por dentro...
¿Dónde está su madre, por Dios...?
Pero
yo sabía que no se trataba de las ausencias —más o menos frecuentes— de mamá:
era sentirme privada de la compañía de Gavi, de nuestro territorio de lecturas
conjuntas, muy bien enmarcado en el trocito de alfombra donde nos tendíamos a
leer. Nuestras confidencias a través del Teatro de los Niños, y la historia
bordada en oro y pájaros, que extendía ante nuestros ojos Teo... y a Zar, que
cuando no saltaba tras la pelota, se tendía con las patitas delanteras juntas,
el morro encima, y mirándonos de reojo, en su particular parcela de alfombra,
en la otra esquina, con sus correspondientes rombos y círculos azules y
marrones. Ésa era mi tierra, ésa era mi ciudad.
Y,
por vez primera, supe lo que era la añoranza, porque empezaron a revivir en mi
memoria las tardes en que Teo dejaba de coser, y yo vi por primera vez un
samovar.
En
esos momentos Teo disfrutaba mucho porque sabía que lo abandonábamos todo para
seguirle hasta aquel recipiente de metal brillante —no sé si era cobre—, que
tenía una espita de la que manaba agua hirviendo. Así nos preparaba el cha (lo
pronunciaba con mayúsculas). Nos lo servía en vasos de cristal, con agarraderos
de plata, en una gran bandeja donde había pintadas —«a mano», decía él— muchas
flores de colores. Lo acompañaba de mermelada y bizcochos. Me decía:
—Yo
no soy ruso... pero conozco sus costumbres por la señora. Adora el cha.
Así
que, por primera vez, sin estar enferma, bebía té, con bizcochos y mermelada de
arándanos.
En
casa no había nada parecido: la merienda consistía en pan y chocolate, un
plátano y un vaso de leche. El cha tenía un aroma distinto a cuanto yo conocía:
el aroma de los cuentos, de la triste y hermosa historia de los cisnes salvajes
que bordaba Teo en su brillante seda azul. Después del cha, volvíamos a
tendernos, y continuaba la lectura. Y de nuevo, poco a poco, se levantaban de
aquellas páginas ciudades, castillos, bosques, lagos... Y el mar. El mar que yo
aún no había visto nunca. Ahora, todavía, cuando leo esa palabra, regresa a mí
el sabor del té. Mejor dicho: del cha.
A
veces, los largos rizos un poco desmayados de Gavi me rozaban la mejilla. Tan
juntos estábamos, tan unidos en una sola historia los tres: él, la historia y
yo. Y revivo el aroma de su piel, y el rizo dorado; tenían un olor especial, un
olor que luego sólo he reencontrado cuando he visitado escuelas o colegios de
párvulos: olor a niños, ni bueno ni malo. Sólo sé que ningún adulto huele ni
olerá jamás así. Como cuando una vez tropezó y se cayó, y le sangró la rodilla.
Sentados en el suelo, con más curiosidad que temor, al bajar su calcetín de
colores mirábamos el pequeño corte, del que manaba una gota de sangre lenta,
muy roja. Olía a niño.
Tendida
en la cama, obsesionada con la esquina del techo donde esperaba, cada vez menos
esperanzada, ver las siluetas de Gavi y Zar, recreaba momentos de nuestra vida
secreta, como cuando recordaba y pasaba mentalmente las películas Historia de
dos ciudades o Las Cruzadas. Y también iba recuperando la música. La música que
arropaba misteriosamente todo cuanto hacíamos o decíamos. Fue entonces cuando
intuí que todos nuestros movimientos, incluso sentimientos, se producían
mágicamente dentro de alguna sinfonía. Esa que luego, a retazos, reconocemos
con los años, de donde brotan la añoranza o la memoria.
Y
regresó a mi cama de «recaída» solitaria un sonido leve, un tintineo, o quizá
aleteo de pájaros. Recordaba las palabras, íntimamente confundidas con notas
musicales. Y oía aquel: «Ven, ven, ven...», que Gavi susurraba cuando por vez
primera subíamos a su casa, en el tosco ascensor que se llamaba montacargas.
Volvía
a oír su voz, cantando —o murmurando— «Ven, ven...». Y luego, cuando
inesperadamente lanzaba un grito, con la voz que no era voz de niño ni de
hombre: sólo un grito, casi salvaje, casi aterrador, llamando:
«¡Adrrrriiiii...!». Como el aullido de un lobo.
Ahora,
en la «recaída», me aferraba a aquellas notas, a aquel sonido, a aquella
semicanción que, a veces, cuando leíamos juntos, él silbaba muy bajito, casi a
mi oído, su rizo dorado rozándome la oreja, la mejilla: «Ven, ven, ven...».
Una
vez, cuando Teo había sacado a pasear a Zar, Gavi me cogió de la mano y casi me
arrastró a las habitaciones traseras, aquellas que nunca había visto yo. Se
detuvo un momento delante de una puerta, y poniéndose un dedo sobre los labios,
dijo:
—Nunca
lo vas a decir a nadie.
Puse
la mano derecha sobre el corazón —o el trocito de mi cuerpo bajo el que se
suponía estaba— y dije:
—Nunca.
Era
un juramento, y yo lo sabía, aunque no hubiera dicho «lo juro». El silencio, o
mejor dicho, las palabras «guardadas» eran muy importantes entonces.
Tapándome
la cabeza con el embozo, rememoraba aquel y otros días que me arrancaban
inoportunas lágrimas, cuando Gavi me llevaba de la mano —siempre me llevaba de
la mano, igual que había oído y leído hacía el Ángel Guardián, o Hansel con
Gretel—. Nadie, luego, lo ha hecho nunca. Porque no me arrastraba, me
acompañaba hacia algún lugar donde, sin duda, yo deseaba ir. Aunque no lo
supiera.
Por
primera vez entramos en el cuarto de la bailarina. Había un armario muy grande,
en una pequeña habitación, ocupándola casi enteramente. Se podría comparar con
el gabinetito de mamá, pero era muy distinto. Gavi abrió las puertas
corredizas, y apareció ante mis ojos un auténtico festival de vestidos, un
pequeño carnaval colgando de perchas, despidiendo destellos luminosos. Ahora sé
que eran lentejuelas, pero entonces me parecieron estrellas.
Con
gran desparpajo, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, Gavi desprendió de
su percha un vestido blanco, inundado de luces. Lo arrastró fuera del armario y
lo extendió, con toda su magnificencia, en el suelo.
—Éste
es el que Teo llama el vestido de la reina.
Yo
no me atrevía a tocarlo, quizá temía que se deshiciera en mis dedos, como había
leído que ocurre con los sueños. Pero Gavi dijo:
—Ya
no se lo pone, ya no le sirve... Pero no lo da, ni lo olvida, porque lo quiere
mucho... ¡Con él fue Estrella!
Sí,
yo sabía que se podía querer una prenda, a veces más que a cualquier Gigante.
Zapatillas, un calcetín desparejado, una cinta para el pelo que ya nadie me
ponía.
—Es
muy bonito —dije.
Él
volvió a colgarlo en la percha, no sin dificultades, pero no me atreví a
ayudarle. Intuía que no le hubiera gustado.
Tata
María e Isabel coincidieron una tarde al lado de mi cama, y les oí decir:
—Yo
sé lo que le quita las ganas, María... y tú también lo sabes.
Tata
María asintió en silencio.
Fue
un día o dos más tarde cuando las dos juntas entraron en mi cuarto y, casi a la
vez, dijeron:
—Tienes
visita, niña...
Se
apartaron de la puerta y vi a Gavrila entre las dos, que apenas si abarcaba el
montón de libros que me traía en brazos.
—Gavi
—dije sin apenas voz.
Parecía
que todo, el cuarto, las dos mujeres, mi cama, en fin, todo, se volvía del
revés, que había dado un vuelco tremendo, como si el mundo, mi mundo, hubiera
dado una maravillosa voltereta.
Lo
que en aquel momento yo deseaba era saltar de la cama, abrazarle, recoger los
libros, y decirle lo feliz que me sentía. Pero una gran timidez me paralizaba,
tanto como a él, que se había quedado quieto entre las dos mujeres, con su
abrazo lleno de libros, sin entrar en la habitación, ni decir nada. Y me vino a
la memoria aquel día, cuando estábamos jugando en el Teatro de los Niños, y él
me dijo moviendo su muñeco:
—¿Quieres
darme un beso?
Y yo
dije:
—Sí,
quiero darte muchos, muchos besos...
Y
cuando dejamos el Teatro de los Niños, y nos echamos sobre la alfombra en
nuestro territorio de rombos azules, parecía que no habíamos dicho nada de
besos. Porque existían dos mundos: el nuestro y el que aún intimidaba, y a
veces daba miedo.
Pero
fue Isabel la que rompió aquel silencio, la que derribó aquella barrera,
dándole un suave empujón y diciéndole:
—Pero,
muchacho, entra y dale los libros, y «todo lo demás»...
En
aquel «todo lo demás» estaba concentrado cuanto queríamos decirnos. Gavi entró
en la habitación como un torbellino, se acodó en mi cama, desparramó todos los
tesoros que traía, y dijo:
—Adri,
tenía muchas ganas de leer contigo.
Me
incorporé en la cama, le tendí los brazos y, sin apenas saber cómo, estábamos
abrazados, besándonos (muchos, muchos besos). Y al fin yo me aparté —o quizá
él, no lo recuerdo bien—. Respirábamos con fuerza y nos mirábamos, y nos
reíamos.
—¡Hala,
muchachito! Siéntate ahí al lado... Sólo tenéis media hora, hasta que venga la
señora...
La
voz de Isabel parecía una campana. Me acordé de que una vez me dijo que el día
de la Fiesta de la Patrona, la campana de su pueblo repicaba, y ella, de tanta
alegría como sentía, lloraba. Y que una vez se hizo pipí.
Apenas
Gavi se había sentado a mi lado y abierto un libro sobre la colcha, cuando
inesperadamente la señora apareció en el marco de la puerta. Aquel día había
adelantado la hora de su visita matinal. Salvo contratiempos (como recaídas o
cosas parecidas), recibía la primera a media mañana, la segunda a media tarde,
y la última por la noche, antes de que me durmiera. Pero aquel día vino más
pronto. Estaba allí, como una aparición, en el quicio de la puerta: alta,
rubia, un poco demasiado colorada, con sus grandes ojos verdes capaces de
despedir rayos, sobre todo cuando se enfadaba conmigo. Y ahora estaba allí,
parada y en silencio.
No
entraba en la habitación, y lenta, muy lentamente —o así me lo parecía—,
dirigió su mirada hacia Gavi, que estaba acodado sobre la colcha, y con el
libro abierto para que pudiéramos leerlo los dos a la vez. Mamá estuvo un
tiempo, qué sé yo cuánto, quizá segundos, quizá siglos, mirando a Gavi.
Súbitamente, dirigiéndose a Tata María, dijo:
—¡Dios
mío! ¿De dónde ha salido esta preciosidad?...
La preciosidad
se levantó despacio, cerró el libro, y avanzó serenamente hacia mamá. Con un
leve movimiento, breve pero enérgico, dobló la cabeza, en un saludo casi
marcial. Luego, tomando la mano que mamá le tendía, murmuró:
—Madame
—y se la besó.
Nunca
antes —y creo que tampoco después— vi una expresión parecida en mamá. Se quedó
unos segundos como paralizada. O, más bien, desorientada. Luego, preguntó:
—¿Cómo
te llamas?
—Gavrila...
—y un apellido largo y complicado, que jamás logré no sólo escribir, sino
siquiera pronunciar.
Entonces
mamá pareció despertar de algún encantamiento, como la Bella Durmiente. Levantó
la cabeza, respiró fuerte y dijo:
—¡Ah,
sí ...! Ya sé quién eres. Tu mamá es... es una gran artista.
Se
volvió hacia mí.
—Veo
que te ha traído libros... Pero Tata, dime, explícame por qué...
Aunque
no estábamos a solas, Tata María la llamó «niña»:
—Niña
..., es un vecinito que tampoco tiene amigos... Y se ha enterado de que Adri
estaba enferma. Es muy bueno y le ha traído libros de cuentos...
—¿Y
cómo sabe... ?
—Porque...
porque, niña, las cosas se saben, y entre los chóferes y las tatas... y todo lo
demás...
—Bueno,
bueno, pero... ¡a ver esos libros!
Tata
María los extendió sobre la colcha y mamá se puso las gafas, y empezó a leer
los títulos. Al poco rato sonrió, con una sonrisa tan lejana que yo no conocía.
—Sí,
ya me acuerdo... Tata, ¿te acuerdas cuando nos leías a Edu y a mí...?
Tata
María asentía con la cabeza, pero sus ojos, su mirada, estaban muy lejos de
allí y, como la de Teo, reteniendo un fulgor húmedo.
Mamá
fue apilando libro tras libro; era de esta forma, por lo visto, como daba su
aprobación. Hasta que llegó a El Rey Cuervo. Entonces, su expresión pareció
endurecerse, y apartándolo de un manotazo, casi gritó:
—¡Éste
no...!
Tata
María asintió, tan apacible como siempre. Entonces mamá se acercó a mí, me
besó, besó a Gavrila, y desapareció por la misma puerta por donde había
aparecido.
Gavi
y yo nos precipitamos juntos hacia El Rey Cuervo. Y Tata María no dijo nada. O
no lo había visto, o hacía como que no lo veía.
Algo
ocurrió, a partir de entonces, que no cambió el curso de las costumbres
familiares, pero, para decirlo de otro modo, las modificó. Es decir, la
presencia del hijo de la bailarina ya no era motivo de rechazo. Aunque, de
todos modos, no acababa de ser bien vista. Pero no por mamá:
—Pero
es que sólo es un niño... un encanto de criatura, y nuestra Adri ha nacido tan
tarde que ninguno de sus hermanos, ni siquiera los amiguitos de siempre —de sus
hermanos, claro— pueden ser su compañía habitual.
Cuando
decía estas cosas, en presencia de Adelita y Felisita —las grandes amigas «de
toda la vida» a las que nos obligaba a llamar «titas»—, Tata María, en un
rincón, sonreía. El registro de las sonrisas y los silencios de Tata María aún
está por descifrar y supongo que, de conseguirlo, sería bastante sorprendente.
Por lo menos en aquel tiempo, y en aquella familia.
Pero
lo cierto es que durante mi convalecencia, Gavi no tuvo ningún obstáculo para
venir todas las tardes a hacerme compañía y leer cuentos. Eso sí, siempre bajo
la supervisión de Tata María.
De
cuando en cuando, mamá interrumpía aquellas lecturas, se sentaba junto a
nosotros, con una inusitada jovialidad que a mí me parecía fingida. Mamá, o
cuanto ella hacía o decía, salvo si recordaba episodios de su niñez con Tata
María, era siempre como una comedia recitada. Mamá —pensaba yo— no era así.
Mamá, en aquellos momentos, junto a mi cama, entre libros, no tenía nada que
ver con la señora del collar de perlas que, cuando aún vivía con papá, me
rozaba la frente al decirme «Felices sueños» las noches que iban al teatro.
Poco a poco iba desvelándome una criatura que empezaba y acaba en una sola
palabra, pronunciada a solas, por Tata María: «Niña». Pero una niña
desaparecida, como todos los niños que no mueren.
Sobre
las tres de la tarde, Gavi entraba en nuestro piso. Ahora ya no era el
territorio de círculos y rombos, ahora era la colcha, donde extendía los libros
abiertos. Cada vez estábamos más cerca uno de otro, cada vez se confundía más
su aroma de niño y mi olor a «colonia» de niña. Semiabrazados sobre el embozo,
aquel embozo de la sábana que, como una vela, aún retiene el viento de los
Viajes de Gulliver, o la soledad de Robinson, o la inquietud del joven Jim, de
La isla del tesoro... Y, sobre todo ello, una huida sin fronteras, sin tan
siquiera meta, que nos arrastraba hacia la Isla de Jim o el País de Nunca
Jamás. Una vez le pregunté:
—¿Por
qué quiero al señor Silver... si el señor Silver es malo?...
Él estuvo
un ratito pensando, y dijo:
—Yo
no sé por qué quiero a Teo, más que a mamá.
—¿Y
a mí?
Estuvo
pensando otro ratito, y al fin dijo:
—A
ti tampoco sé por qué te quiero, pero sé que sí te quiero... ¿Qué importa? ¿A
ti te importa?
A mí
no me importaba. Asunto zanjado.
Poco
a poco, fui recuperándome. El doctor Zarangüeta dijo:
—Este
niño es la Panacea Universal...
Yo
no supe lo que quería decir, excepto que estaba de la parte de Gavi, Isabel y
Tata María. Y, por supuesto, de la mía.
—¡Ha
llegado el Carnaval! —dijo Isabel, alborozada.
Estaba
a los pies de mi cama, y me pareció que todo en ella resplandecía: desde su
pelo, recién lavado —se notaba aún húmedo—, pasando por el delantal de rayas
azules, hasta los brazos y quizá los pies. Desde la cama, no los veía (pero me
pareció que en aquel momento podría calzar los famosos zapatos de cristal). Me
despertaba Isabel, y toda ella brillaba. Porque, al parecer, el Carnaval era
una enorme fiesta, llena de gente que se vestía de lo que no era para ser
alguna otra cosa. Eran palabras recogidas al azar, por aquí y por allá.
Palabras de entonces, que aún no he logrado descifrar del todo.
—Isabel...
¿Podré levantarme... y disfrazarme?
En
aquel momento llegó Tata María:
—No
digas disparates, criatura... Aún no tienes permiso para levantarte... ¡Isabel,
ya estas llenándole la cabeza con tus bobadas...!
—¿Y
si el doctor dice que sí puedo...? Aunque sea un ratito...
—Lo
que diga el doctor es palabra de santo. —Y Tata María se santiguó. Tata María
se santiguaba mucho, viniera o no viniera a cuento. Pero verla, daba cierta
tranquilidad, algo así como «no va a pasar nada peor a lo que pasa siempre».
Entonces,
Isabel intervino, poderosa, alegre, como si toda ella fuera en lugar de una
mujer, una enorme carcajada.
—¡Pues
palabra de santo... y de la santa, que soy yo ...! ¿Tú te crees que va hacerle
daño a la niña un poco de fiesta, con sus disfraces y «todo lo demás»?
—¿Me
voy a disfrazar...?
—¡Claro
que sí, cariñito...! Te vas a disfrazar, porque la Isabel sabe mucho de
disfraces. —Y aquí, ante mi asombro, las dos se echaron a reír; y parecían dos
niñas, como si ninguna de las dos no tuviera edad, ni existiese calendario.
Tosí
un poco, antes de decir:
—¿Y
Gavi...?
—¡Pues
claro está que sí, el Gavi también, faltaría más!
—¿Él
lo sabe...? —Tenía mis dudas.
—Lo
sabrá —sentenció, más que dijo, Isabel—. Porque el Teo lo va a celebrar, por tó
lo alto... ¿Habéis visto el traje de Emperatriz de la China que estuvo
bordándose tó el año?
Y
vinieron hasta mi cama los cisnes, con las alas desplegadas entre hilos de oro,
sobre una noche de raso.
—De
Emperador de la China —murmuré, como si hablara en un tiempo anterior.
—¡De
Emperatriz! —casi gritó Isabel. Vi que Tata María se ponía la mano, abierta,
sobre la boca, como para impedir que de ella se evadieran palabras acaso
inconvenientes.
Entonces
Isabel adoptó un aire especial, como cuando se disponía a contarnos algún
cuento, alguna historia acaso verdadera, pero de todos modos mágica.
—Mamá
ira con Cristina al baile de Carnaval, que se organiza... que sé yo, creo que
en casa de unos señores amigos, todo muy elegante... Y así, cuando ellas se
vayan, nosotras carnavalearemos... ¿Por qué no, Tata? No pongas esa cara...
sólo en casa, los dos niños y nosotras... Porque el cabrito ese se ha ido por
ahí con la Patricia... ¡Pa que te fíes de las amigas!
Y
aquí la voz de Isabel pareció romperse. Entonces Tata María cogió la mano de
Isabel como me hubiera gustado que alguien apretara la mía. Solo Gavi lo había
hecho.
—¿Se
irán, se irán...? —pregunté. Sólo recuerdo el ansia, el gran deseo de que eso
fuera verdad.
Y
Tata María me contó que era el primer baile de disfraces de Cristina.
—Todos
los años, unos amigos de mamá y papá celebran ese baile, y esta vez también irá
Cristina. Ya ves, lo que son las cosas: este año tus hermanos no quieren ir, y
en cambio para Cristina es su primer baile de disfraces y está muy
ilusionada... Acompañará a mamá, y se disfraza de la Bella Durmiente.
Me
pareció muy raro. Porque yo sabía quién era la Bella Durmiente, pero al oír su
nombre tuve una especie de reencuentro con el Unicornio y la jovencita rubia
que le acariciaba. Y —Dios mío— se parecía a Cristina.
Tenía
un vago recuerdo de aquel baile por haberlo oído comentar a la Tata. Y de
repente me entraron unas ganas tremendas de echar a correr hacia el cuarto de
Cristina, y gritarle, gritarle con toda la voz de mis pocos años que No, que
No, que No... Pero ¿No a qué? No lo sabía, ni podía convencer a nadie del No
que no podía explicar. Aún era niña, y todo cuanto tenía o sabía lo había
inventado yo sola.
—Cariño,
te vamos a disfrazar de Brujita... porque tú eres una brujita, ¿lo sabías?
—Isabel se reía, y relucía su diente de oro.
Asentí,
con la sensación de estar respondiendo a una pregunta muy lejana, tan lejana
que empezaba antes de mi nacimiento y no tenía fin. El pasado y el futuro se
confundían, entonces, con envidiable agilidad.
—¡Pero
nadie lo sabrá! Porque estaremos solitas, y como mamá y Cristina se van... Pues
vamos a celebrar aquí nuestro Carnaval.
—Pero
Teo tiene su baile... — murmuré. Estaba a medias esperanzada y asustada. Sólo
la serena mirada de Tata María me devolvía la tranquilidad.
—No
tengas miedo, Adri... Sólo será una cenita, y bajarán después Teo y Gavi... Y
adiós, hasta mañana si Dios quiere.
—¡Que
sí querrá! —casi gritó Isabel—. Tú verás que traje se ha bordado el Teo...
—¿Y
Gavi? —insistí. Estaba contenta, esperanzada, pero algo me apretaba el corazón.
—No,
él no quiere disfraces... ¡Como los gemelos!
Mamá
y Cristina vinieron a darme las buenas noches. Hacía bastante tiempo que no
veía a mi hermana mayor. Y creo que nunca, ni antes ni después, la vi tan
hermosa. Además había suavizado su actitud hacia mí, y sonreía. Llevaba un
vestido blanco, lleno de lentejuelas —a mí me parecían estrellas— y en la
cabeza un velo transparente y una coronita dorada, con muchas piedras de
colores que también brillaban mucho. Estaba toda ella resplandeciente y, desde
entonces, la imagen de la Bella Durmiente es la imagen que de ella tuve aquella
noche. Desgraciadamente, el tiempo también me corroboró cuanto sospechaba de
ella (de la Bella Durmiente, no de Cristina).
En
aquellos días, como dije, se había cortado el pelo a lo garçon, y para el
disfraz le habían añadido unos postizos en forma de tirabuzones que no
coincidían con su rubio natural y le daban un aire de criatura de circo muy de
mi gusto. (Yo había visto una vez, de las pocas que me llevaron al circo, a una
niña funambulista andando sobre una cuerda, con una sombrilla abierta sobre su
cabeza. Y su pelo, rubio en dos colores, era casi igual al de Cristina aquella
noche.) Cristina lanzó una pequeña carcajada cuando nuestros ojos se
encontraron. Se inclinó hacia mí, me dio un beso (que yo recuerde el primero) y
susurró a mi oído: «Mañana ya te contaré...». Como si fuéramos de la misma
edad, o amigas. No debía de tener a nadie más a quien contárselo, me dije,
asombrada. Pero por primera vez, también, llegó hasta mi corazón una llamita,
como cuando los gemelos me hablaban de Gulliver o de Beau Geste. Apenas los
labios de Cristina me habían besado y me estaba dando cuenta de cuánto tiempo
hacia ya que los gemelos me habían abandonado. Ya eran, por lo visto, Gigantes
del todo, no sólo a medias, como cuando compartíamos el cuarto de estudios
(antes, mucho antes, quién sabe cuánto antes, cuarto de jugar).
—Sed
buenas. Haced una cenita y un poquito de fiesta... Cantar cantares de esos que
sabe tantos Isabel... Pero esta fiesta no es como la Navidad, ésta no es una
fiesta cristiana. Así que después de cantar un poco, toma la medicina y a
dormir. Mañana será otro día.
Nunca
me pareció mamá tan tonta como aquella noche.
Entonces
me di cuenta de que de nuevo llevaba el collar de perlas de cuando iba al
teatro con papá. Se inclinó hacia mí, me besó y me inundó con el inconfundible
perfume, a la vez sutil y persistente que, si alguna vez me llega, me la
devuelve o, por lo menos, me devuelve la voz de aquellos breves días en que no
rechazaba al hijo de la bailarina, y yo estaba en cama, y el mundo era un
inmenso cuento dentro de otros muchos cuentos.
Por
fin, se fueron.
Cuando
nos quedamos a solas, el silencio pareció apoderarse de toda la habitación. El
inquietante silencio de una espera, la divertida curiosidad que supone sentirse
al borde de una sorpresa.
Nos
miramos las tres, calladas. Y de pronto empezamos a reírnos.
Tata
María dijo:
—El
Niño —siempre le llamó así— cenará con nosotras, porque Teo se va de Carnaval.
—¿Y
yo no veré a Teo?
—Ha
dicho que vendrá con Gavi, le dejará a nuestro cuidado hasta que vuelva, y nos
enseñará su disfraz.
—¿Yo
podré ver a Teo?
—¡Claro
que sí! Dejará al Niño hasta que vuelva... Ha dicho que no será muy tarde, pero
por si acaso le hemos armado una camita en nuestro cuarto.
De
pronto, algo como un viento frío llego a mí:
—¿Y
Gavi...? ¿Qué dice Gavi? ¿Dónde está su mamá?
—Su
mamá hace tiempo que está en París, con el Conde... No te preocupes, cordera,
Gavi está muy bien con Teo. Y esta noche con nosotras, ¡mejor que en cualquier
otro sitio!
Un
oscuro aleteo pareció atravesar nuestro silencio. Entonces yo sentía estas
cosas, rozándome la piel.
—¿Y
dónde están Jerónimo y Fabián...?
Vi
que las dos mujeres cuchicheaban un poco; y al fin, Tata María se me acercó, y
dijo:
—Jerónimo
y Fabián... Ahora están con papá, en París. Luego vendrán, a la Universidad.
Me
incorporé, salté de la cama, y casi grité:
—¡No
me voy a disfrazar y quiero levantarme!
No
recuerdo bien la confusión —muy leve— que sucedió a esto. La verdad es que nada
de lo que yo pudiera decir en aquel momento era demasiado importante.
—Si
no te quieres disfrazar, no pasa nada —dijo Isabel, aunque se la notaba un poco
de decepción en la voz—. ¡Tampoco quiere disfrazarse el Niño... !
De
pronto parecía que me había quedado sin amigos, sola con el recuerdo de Gavi,
invisible todavía, y pendiente de un hilo. Y yo seguía queriendo mucho a
Isabel, y a Tata María, aunque no quisiera disfrazarme, y aunque no sintiera
ninguna alegría dentro de mi corazón.
—¿Por
qué no viene Gavi?
—Sí,
sí vendrá, con Teo... Tenéis que ver lo guapo que está Teo con su traje de
Emperatriz...
El
timbre estridente de nuestra puerta cortó cualquier conversación o silencio.
Isabel saltó, más que se levantó:
—¡Ahí
están!
Parecía
que mi corazón también saltaba por encima del pijama, o el camisón (no me
acuerdo qué llevaba aquella noche porque todo, o casi todo, era heredado de
Cristina).
Y
ahí estaban. Despacito, ya que parecía que Teo, según y como se moviera, podía
deshacerse. Tanto era lo que llevaba encima, y tan precioso.
A mí
me habían envuelto en una manta, y me habían sentado al lado de la cama. Tata
María había peinado suavemente mi flequillo, como cuando venían a verme mamá o
el doctor Zarangüeta. También me había rociado de colonia.
Entraron
los dos, con la solemnidad que requería la Emperatriz de la China. Y quedé
absolutamente fascinada.
De
la mano de Gavi, con paso vacilante —llevaba unos zapatos de suela tan alta que
le hacían parecer gigantesco, a él, que ya era altísimo—. No era una persona:
era un monumento, a lo alto del que se asomaba un rostro blanco que, con los
ojos pintados, almendrados, las cejas casi diabólicas, la sonrisa artificial de
unos labios escarlata, y un enorme lunar de terciopelo, convertían a nuestro
Teo en la supuesta Emperatriz de la China.
Y
sobre todo, aquel vestido de raso, azul eléctrico, desde el que emprendían el
vuelo cisnes de larguísimo cuello, gritando, cantando, su larga agonía. Todas
las palabras se agolpaban en mi garganta de niña: jamás había visto nada
semejante, jamás podría describirlo.
—¡Ganará
el primer premio! —gritó Gavi. Soltó su mano, echó a correr hacia mí y repitió:
—¡Ganará, ganará...! ¡Y con el dinero que gane, tú, él y yo nos iremos!
—¿Adónde...?
—A
una ciudad que se llama Rostov.
—¿Por
qué...? —Me daba miedo y a la vez me atraía como un imán atrae a un clavito
perdido en el suelo.
—Ya
te lo contaré... ahora no. Ahora mira a la Emperatriz de la China...
—¿No
es el Emperador...?
—No,
no... Es la Emperatriz. Para eso es el Carnaval, para que todo el mundo sea lo
que quiere ser... Y Teo quiere ser la Emperatriz de la China.
Estaba
clarísimo. Y admiré a la Emperatriz de la China con toda la capacidad de
admiración de mis casi once años. Pero la admiración despertada por Teo en
Isabel y Tata María sobrepasaba cualquier otra. Permanecían en silencio,
mirándole con los ojos muy abiertos, como si nunca hubieran contemplado nada
parecido. Y probablemente, así era. Sólo faltaba que se arrodillaran ante él.
Por
momentos, Teo no parecía Teo. Se movía despacio, con una suntuosidad y una
elegancia verdaderamente imperial. Sólo descompuso el gesto cuando, al mirarnos
a Gavi y a mí, nos guiñó el ojo izquierdo. Y eso pareció dar valor a Isabel,
que dijo:
—Pero
Teo, Teo... ¡Vaya arte que tienes! Eres un genio...
Teo
descompuso un tanto su empaque, y sonrió:
—¿Qué
os creíais, eh? ¿Qué os creíais?
—Te
vas a ganar todos los premios —dijo Tata María—. Y yo me alegraré mucho.
—Lo
sé, lo sé —dijo Teo, recuperando su empaque—. Ahora me voy, tengo un taxi
apalabrado... Cuidadme bien al Niño. No sé cuándo volveré, según me pinte...
pero cuidadme bien al Niño, porque volveré, volveré...
—¡Pues
estaría bueno que no ...! —dijo Isabel—. Anda, anda, majestuoso... y que la
suerte te acompañe.
Todos
le queríamos besar, pero él nos apartaba de su cara porque entonces las
pinturas manchaban. No eran como ahora.
Y,
como la estela de un barco fantasma, fue dejando a su paso un rastro de perfume
espeso: algo así como azucenas y violetas machacadas, y una gotita de limón.
12
La
llamada «cenita» por mamá consistió en unos bocadillos de jamón de York y
croquetas.
Isabel
parecía a medias muy desgraciada y muy feliz. Yo sabía que en aquel estado de
ánimo, tan contradictorio, tenía mucho que ver el llamado «bandido» que se
había ido a carnavalear con la Patricia. Y lo notaba, también, por la forma con
que Tata María le hablaba: mucho más cariñosa que de costumbre. Eran mujeres
muy distintas, tanto en edad como temperamento, pero las unía algo muy fuerte,
yo no diría amistad, acaso un sentimiento más hondo y oscuro. Como pueden
sentirse dos náufragos en una isla desierta, o dos últimos soldados en una
trinchera, o dos simples mujeres a las que la vida ya no puede descubrirles
muchas cosas y que, siendo tan dispares, se buscan una a la otra.
Todo
esto me llenaba de confusión, y era pieza fundamental en aquel rompecabezas
llamado unas veces «quien sea» y, más recientemente, «cabrito». Incluida «la
Patricia». Parecía unir a las dos mujeres un dolor de muelas compartido, o la
privilegiada ocasión de despreciar, o acaso odiar conjuntamente a algo más que
a alguien. Cosas que cuando eres niño se saben sin saber que se saben.
Gavrila
me parecía muy serio aquella noche. Como si estuviera a solas, en medio de
nosotras. Pero no me atrevía a preguntarle nada, intimidada ante su silencio o
lejanía. Una mezcla de respeto y temor a conocer. Sólo le cogí de la mano, se
la apreté, y él me devolvió el mismo apretón. Y aún más, me miró y sonrió.
Sonreía pocas veces, pero cuando esto ocurría una especie de resplandor le
encendía de dentro a fuera, como un relámpago.
Por
primera vez nos sentamos a la mesa de la cocina, entre la Tata e Isabel. La
habían vestido con mantel blanco que llegaba hasta el suelo, copas de cristal y
platos de porcelana.
—¡Que
no se rompa nada, ni se entere la señora! —gimió más que dijo Tata María.
Y
así nos comimos los bocadillos de jamón y las croquetas. Luego, Isabel sacó
buñuelos de la despensa y, finalmente, el famoso frasco de los «chupitos»,
aquel que, al parecer, daba calor al corazón.
—Pero
¿qué haces, desgraciada? ¿Tú crees que los niños van a...?
Isabel
la interrumpió, riendo. Su diente de oro brillaba más que nunca.
—¡Pues
claro está que sí! ¡Y tú también, no faltaría más!... ¿O no te has enterado de
que estamos en Carnaval?... Mira el Teo, cómo sabe lo que es la vida. Por penas
que tenga, ahí lo tienes, ¡hecho un brazo de mar, dispuesto a comerse el mundo!
Gavi
levantó la cabeza y la miró. Sólo la miraba, no decía nada, pero me pareció que
su mirada había impresionado a Isabel, hasta el punto que dejó de reír. Y dijo,
precipitadamente:
—Niños,
por esta noche (sólo por esta noche), un «chupito»... Y también Tata María. ¡A
la salud de Teo y su primer premio!
Esta
vez Tata María no protestó. Cuando acercaba su vasito a los labios, creí ver en
sus ojos aquella suerte de lágrimas cristalizadas, o como olvidadas, que
también asomaban, de vez en vez, a los ojos de Teo. Pero el «chupito» esta vez
era diferente.
No
venía en el frasquito de la despensa —aquel al que había que alcanzar
subiéndose a un taburete—, sino en una botella de etiqueta dorada y profusión
de violetas.
—¡Licor
de Amor! —exultó la voz de nuevo alegre de Isabel.
—Dios
mío... ¿licor de violetas?... ¡Qué cosa más... ! —Y Tata María no llegó a
pronunciar lo que venía tras aquel «más...». Isabel ya estaba diciendo, para
entonces:
—¡Licor
de amour! Y está en francés, porque es francés, y los franceses saben mucho de
estas cosas.
Gavi
y yo nos habíamos quedado mudos con el vasito en la mano y mirándola. Como si
esperáramos que algo extraordinario pudiera suceder de un momento a otro.
Una
mosca inoportuna vino a destrozar aquel encantamiento: llegó, revoloteando,
atraída por el aroma y la dulzura de aquel líquido. Isabel, ducha en estas
cosas, la mató de un zarpazo mientras iba llenando, uno por uno,
cuidadosamente, los cuatro vasitos.
—Y,
ahora, todos a la vez: ¡viva el Carnaval!
—¡Viva
el Carnaval! —dijimos, a coro, Gavi, Tata María y yo.
Pero
en aquel momento, Isabel dejó su vasito sobre el mantel blanco, las copas de
cristal y los platos de porcelana, con un golpe tan fuerte que lanzó el licor
del amor sobre el mantel. Y rompió a llorar.
Gavi
y yo nos quedamos mirándola, sin comprender nada. Sólo Tata María debía de
entenderlo, porque se levantó, la abrazó, y las dos enlazadas salieron de la
cocina.
Cuando
Gavi y yo nos quedamos solos, nos miramos en silencio. Pero muchas preguntas
nos bullían dentro.
Entonces
me vino a la memoria algo que aguardaba, casi sin esperanza, poder compartir
algún día con alguien. Ahora sabía que ese «alguien» era Gavrila.
—Ven
—le dije, precipitadamente—. Te voy a enseñar una cosa... pero antes de que
ellas vuelvan.
Le
tendí la mano, él la cogió, y echamos a correr, yo delante y muy ligera, como
arrastrándole. Pero él se dejaba arrastrar, dócilmente.
Atravesamos
el piso, cruzamos la puerta en vaivén —como las de los saloon de las películas,
pero de cristal— y entramos en el silencioso, casi solemne, mundo de los
Gigantes.
Allí
el parquet estaba encerado, y una larga alfombra cubría el pasillo que llevaba
al salón y a las veneradas arañas de Isabel y la Tata. Allí donde yo había
navegado en un barco de papel.
La
puerta del salón estaba cerrada, y empinandome sobre la punta de los pies (aún
no había llegado la etapa de mi crecimiento brusco y espectacular) giré el
picaporte.
Volví
la cabeza para mirar a Gavi, y le vi tan exaltado que volvió a recordarme al
Arcángel, y casi me pareció que su silueta resplandecía, con una aureola
luminosa. Algo parecido a lo que sucede al anochecer con el borde de las
montañas. Como reseguidas por una cinta luminosa, apenas duradera.
—Ven,
ven... —murmuré.
Y
sin saber yo misma cómo, al decirlo, las palabras tenían el mismo tintineo de
campanilla, de cuando él me llamaba. Corrí hacia los balcones y, uno tras otro,
descorrí las cortinas. A través de los visillos entraba el resplandor que cada
noche minuciosa y pacientemente encendía mi amigo el farolero. Una luminosidad
azulada, que despertó todos los reflejos de cristal, de metal, de falsos
diamantes... Acababa de regresar al primer día de mis sueños, cuando aún, casi,
ni siquiera sabía hablar. ¿Cómo podría explicárselo a Gavi?
Estaba
muy quieto y miraba el cuadro del Unicornio. Suavemente, como si no quisiera
despertar a una delicada criatura de la hierba, me acerqué a él. Gavrila miraba
fijamente el cuadro y murmuró, con voz apenas audible (quizá sólo lo pensaba, y
sólo yo oía un pensamiento):
—Se
ha ido...
No
estaba. Ahora no podría asegurarlo, sólo sé que algo había huido: quizá el
Unicornio acababa de abandonar el cuadro, dejando tras él hojas de otoño y
hierba pisoteada. Y el olor de esas hierbas, y esas hojas, inundó el salón.
Entonces Gavrila se volvió hacia mí, abrió los brazos y yo corrí a refugiarme
en él. Y estuvimos así, abrazados, mientras yo escuchaba el latido de su
corazón, como si fuera el mío.
Pero
todo tiene un fin. Así que interrumpieron aquel abrazo, aquel encantamiento.
Eran Isabel y Tata María, gritonas, joviales, lejanas. Isabel iba vestida —tal
como ella dijo— de «Gitana de la Buenaventura».
Y
algo se rompió en mil pedazos. Gavi y yo volvimos los ojos hacia el cuadro y el
Unicornio estaba allí de nuevo, como si jamás hubiera salido de su marco.
—Pero
¿qué hacéis aquí, muchachitos? ... ¡Hala, hala, vamos a ver cómo baila y canta
Isabel!...
Dócilmente
las seguimos. Y cuando oí que Tata María cerraba las puertas del salón, supe
que también algo, no sabía qué, se cerraba detrás de nosotros. De nuevo en la
cocina, retiraron la mesa hacia un rincón, dejaron un espacio libre —no
resultaba fácil en aquel acumulamiento— y Tata María, Gavi y yo nos sentamos,
como se hace en el teatro: esperando que empezara el espectáculo. Y empezó.
Isabel
salió desde su cuarto a la cocina cantando, con los brazos en alto. Llevaba
castañuelas en los dedos (me pareció que no sabía hacerlas sonar) y empezó a
gritar. Todo lo que decía era un grito, un grito muy largo, que iba muriéndose
poco a poco —realmente parecía que se moría— al final de cada frase. Porque,
además de gritar, recitaba. Yo había oído recitar poemas en Saint Maur a Margot
y otras por el estilo. Pero no tenían nada que ver con lo que estaba gritando
Isabel. No sabía si Isabel cantaba bien o mal, pero daba ganas de llorar.
Después
de cada canción —o lo que fuera—, carraspeaba, se daba aire con su abanico de
la Buenaventura y decía:
—Esta
de ahora es de la Piquer... ¡En su honor...!
Y
volvía a gritar, y a hacernos casi llorar, quién sabe por qué.
De
cuando en cuando, Isabel echaba mano del frasco del Licor del Amor, y llegó un
momento en que Tata María se levantó del asiento, se lo quitó de las manos y
dijo:
—¡Hala,
ahora, todos a la cama...! El Carnaval se ha terminado, y mañana será otro día.
Isabel
estaba un poco tozuda, repitiendo:
—¡Pero
sólo una más, mujer... una sola más....! ¡Pa que se diviertan los chavales!
—Tienen
sueño, Isabel... y ya se han divertido bastante.
Al
poco rato, yo estaba ya acostada, con la luz apagada. Y como Teo no había
vuelto de su Carnaval —para el suyo era tan temprano como tarde para el
nuestro— llevaron a Gavi al catre que le habían armado en el cuarto de las
Tatas.
No
sé qué hora señalaban las agujas del reloj, pero era una hora distinta, como la
niebla al anochecer. Aunque estaba amaneciendo, un resplandor rosado iba
adentrándose lentamente, a través de los visillos.
Apenas
tuve conciencia de estar reincorporándome al mundo (cosa que por lo general me
suponía un considerable esfuerzo), llegó hasta mí una algarabía medio sofocada.
Tanto podía llegarme desde el patio interior, al que daba mi ventana, como
desde la misma casa, o el mismo piso. Pero en todo caso, sólo ocurría en
nuestra zona, la del parquet sin encerar.
Animada
por los buenos resultados de la noche reciente (cuando me había levantado,
vestido y andado sin dificultad), fui sacando con precaución los pies de entre
las sábanas y, tanteando, inicié la búsqueda de las zapatillas. En aquel tiempo
yo imaginaba que los pies eran dos criaturas independientes aunque hermanadas:
algo así como Fabián y Jerónimo. Y que, además, poseían la facultad de
encontrar las zapatillas (cada uno la suya), aun en la más cerrada oscuridad.
Luego busqué mi bata. Era otra de las herencias de Cristina, que por lo visto
adoraba el color rosa tanto como yo lo aborrecía. Una vez abrigada, me dispuse
a repetir las travesías nocturnas, silenciosas y secretas de mis primeros años.
Salí de la habitación, casi reptante, aunque ahora me costaba más que en los
tiempos del barco de papel. Y me acordé de Peter Pan, cuando aún vivía en la
casita bajo el árbol y cuidaba de los Niños Perdidos, y le dijo a Wendy: «Mis
viejos huesos crujen...». Sentí un dolor sutil, muy pequeño, muy afilado, al
rememorar estas cosas. Con mucho sigilo, avancé, pasillo adelante. Sabía por
experiencia que cuando quieres enterarte de algo que atañe a los Gigantes —y
aquella mal reprimida indignación que se percibía en el aire lo era— había que
ser muy prudente.
Un
rumor escandaloso —porque era rumor, pero crispado— entraba por nuestra puerta,
y avanzaba, creciente, hacia la cocina. El rumor, o sus flecos, flotaba en el
pasillo sin encerar, como algunos flotamos, en lugar de volar. Todo parecía
suspendido en el aire: el tiempo, el resplandor de aquella hora que nunca
olvidaré.
Había
un gran desconcierto, un desorientado y desapacible ir y venir creciente, desde
el corazón de la casa: la cocina. Allí donde se narraban cuentos, se desvelaban
historias familiares, y se cobijaban secretos mal tapados: un enorme corazón
latiendo, una llama infatigable desde antes de que yo naciera. Ecos de un
fuego, que aún crepita en episodios familiares, gaceta diaria de sucedidos
domésticos, todos envueltos en humo de pucheros, cazuelas y toda clase de
suposiciones, rencores, y, acaso, de vez en cuando, alguna esperanza o una
chispa de amor.
Pero
el rumor de aquel amanecer no tenía nada que ver con estas cosas.
Había
un gran desconcierto, una gran confusión. ¿Cuándo había visto yo antes nuestra
puerta entornada, como esperando una visita que, a partes iguales, se deseaba y
se temía?
Y,
sobre todo, me sorprendió la presencia de Joaquín, el portero. Despojado de su
casaca verde, de los entorchados dorados y la gorra de alto mando —como la
llamaban los gemelos—, sólo quedaba un hombrecito irascible, con los tirantes
del pantalón colgando sobre las caderas. Enfundado en una camiseta de mangas
cortas, dejaba al descubierto la endeble estructura que normalmente cobijaba su
casaca. Únicamente los largos bigotes blancos, ahora lacios, flanqueaban sus
frases altisonantes: cada palabra que salía de sus labios era como un latigazo
diminuto, colérico.
—¿A
quién se le ocurre? ¿A quién más que a un insensato como él, hacerse pasar por
mujer, y luego...?
La
voz de Tata María, y una especie de grito—sollozo de Isabel, ahogaron sus
palabras. Súbitamente —casi diría que bruscamente— un nombre vino a mí: Teo.
Sí,
se trataba de Teo. Lo supe a través del lamento casi ululante de Isabel, que
aún murmuraba: «¡Canallas, canallas...!», mientras Tata María se enjugaba los
ojos, como cuando se ponía las gotas para las cataratas. Y murmuraba: «Calma,
Isabel, calma». Tenía los labios blancos. Y los bigotes de Joaquín, mustios,
más largos que de costumbre (aún no los había rizado con tenacillas), ponían el
acento, triste, de mal augurio, a toda palabra: tanto suya como de los demás.
Regina,
su mujer, permanecía a su lado, con los brazos cruzados y envueltos en su
delantal, como siempre la había visto y seguiría viéndola. (En un tiempo, casi
llegué a creer que había nacido así.) No decía nada, sólo de cuando en cuando
asentía con la cabeza. Creo que nunca oí su voz.
A
pesar de la angustia y curiosidad que me despertaban todas estas cosas, un solo
pensamiento borró todo lo demás. «¿Y Gavi... dónde está Gavi?»
Un
desasosiego, un viento de mal agüero iba apoderándose de todo. Empecé a ver en
la puerta o en la cocina algunas Tatas de otros pisos, y al chofer Paco, entre
ellas: personas que nunca habían entrado en nuestro piso. Cuchicheaban, con
tristeza o indignación, indistintamente.
Nadie
se fijaba en mí, y nuevamente me alegré de mi capacidad para ocultarme que
tanto desconcertaba a Tata María e Isabel. Así que sorteando, por aquí y por
allá, tanto personas como muebles, le encontré al fin. No era el protagonista
de aquel episodio, era, como yo, un testigo oculto, tembloroso. Levanté un lado
del mantel blanco, y entré.
—Gavi...
—murmuré, casi a su oído. Estábamos los dos debajo de la mesa, aún retirada al
rincón donde la habían dejado después de las canciones de Isabel. Se volvió a
mí, y vi sus ojos, muy abiertos, con un asombro muy grande.
—¿Qué
pasa, Gavi...?
Gavi
no me contestaba, sólo me miraba, tan dolorosamente que me pareció que aquel
dolor se volvía mío. Nos cogimos de las manos apretándolas con fuerza. Las
voces destempladas, aunque acalladas, seguían planeando sobre nuestras cabezas,
más allá de la mesa de la cocina, nuestro refugio. Pero Gavi estaba como
envuelto en silencio, apenas roto por su respiración, el silencio del llanto
que no puede desbordarse, de las lágrimas que se niegan a fluir. Yo conocía ese
llanto seco, y el dolor que causa. Un presentimiento crecía dentro de mí. Cerré
los ojos. «No quiero preguntar nada.»
Entonces
fue cuando Tata María nos descubrió. El mantel blanco nos cubría como una
tienda, una vela, un refugio, debajo de la mesa:
—Pero
¿qué hacéis aquí, criaturas...? —Y vimos que estaba llorando.
Yo
nunca la había visto llorar. Nos tendió las manos para sacarnos de allí. Pero
algo nos retenía, refugiados en el resplandor blanco del mantel que colgaba
desde los bordes de la mesa y nos rodeaba, como una cortina. Gavi me abrazó con
el brazo izquierdo, mientras su mano derecha apretaba cada vez más fuerte la
mía.
—Nos
vamos... Nos vamos, Adri, con Teo... Quiero ver a Teo.
—Niño...
—murmuró Tata María. Las lágrimas que caían por sus mejillas me recordaron la
lluvia deslizándose por el cristal de la ventana—. No puedes ver a Teo porque
ahora no está aquí.
—¿Por
qué no está aquí...?
Entonces
Paco intervino. Tan alto como era, estaba agachado para vernos agazapados bajo
la mesa. Levantaba el borde del mantel blanco, que aún recordaba nuestro
Carnaval de hacía tan poco tiempo. Todo se mezclaba confusamente en mí, y en el
dolor que iba creciéndome dentro del pecho: regresaban las piedras, aquel
montón de piedras sobre el corazón que empezó a amontonarse en Saint Maur y
que, desde que conocí a Gavi, creí que había desaparecido. Agachado como
estaba, y sofocado por el esfuerzo, Paco dijo:
—¡Gavi,
tú eres todo un hombre, y los hombres pueden resistirlo todo...!
Por
primera vez noté que, como luego tantas veces, mis sentimientos no contaban.
Según Paco, por alguna razón, yo no tenía necesidad ni obligación de ser toda
una mujer y aunque estuviéramos estrechamente abrazados yo no pertenecía al
grupo, o tribu, de Paco, Gavi, y quién sabía cuántos más.
Paco
tendió la mano hacia Gavi —a él solo—, invitándole, o deseando ayudarle a salir
de allí. Gavi bajó un poco la cabeza, con un gesto que podía ser tozudez, o
deseos de ocultarse. Paco insistió:
—Gavi...
sal de ahí.
No
sé cómo, ni con qué palabras, le explicó a Gavi que unos malos hombres le
habían dado a Teo una terrible paliza, y que ahora lo acababan de traer del
hospital.
—Pero
ha ganado el primer premio —apuntó tímidamente Anastasio, asomando también su
cara, carnosa y apacible, tras el hombro de Paco—. ¡Sólo es la puta envidia...!
¿Sabes, chico? ¡La puta envidia!
—¡Como
yo me entere de quiénes...! —estalló Paco.
Volvía
a ser el Paco de siempre, ahora me miraba y me acariciaba la cabeza.
—¡Como
yo me entere de quiénes son esos hijos de mala madre... ya van aviaos, van
aviaos! ¡He sido boxeador!
Luego
se calmó:
—Hala,
niños. —Volvía a incorporarme al grupo—. ¡Paco no se va a quedar de brazos
cruzados!
—¡Hacerle
eso a nuestro Teo...! —gritaba Isabel. No la veía porque estábamos aún
arrebujados debajo de la mesa, y el mantel que nos arropaba. Para hablarnos
tenían que agacharse o levantar el borde blanco. Se notaba que hacían todos un
gran esfuerzo. Después de todo, eran Gigantes.
Paco
hizo una cosa que yo no había visto hacer nunca a nadie: se llevo el pulgar a
la boca y mordió la uña, hacia fuera, como si quisiera lanzarla. Y al mismo
tiempo dijo que lo juraba, y que lo que él juraba se cumplía. Tata María le interrumpió
diciendo que no hablara así delante de inocentes. Comprendí que los inocentes
éramos Gavi y yo.
Ahora
creo ir recuperando el galimatías de aquel lenguaje y aquella gesticulación que
entonces, aun ignorándolo, era capaz de captar su significado: la promesa de
una venganza. Como las de la Historia sagrada. Sentí algo parecido a un alivio.
Gavi
seguía inmóvil, con los párpados casi cerrados. Sólo temblaban, muy
ligeramente, sus largas pestañas doradas.
Casi
en un susurro, pregunté:
—¿Por
qué han pegado a Teo?
Silencio.
Al fin, Anastasio dijo:
—Hay
gente mu mala, niñita: el mundo está lleno de gente mu mala.
Entonces
Gavi levantó la cabeza, y su voz que no era de niño ni de hombre, voz que casi
gritaba cuando me llamaba, o cantaba «Ven, ven... » pareció borrar todo
comentario, incluso el silencio. Y dijo, serena, casi fríamente:
—Quiero
que se mueran.
Su
calma estremecía. Paco y Tata María, y quizá Isabel, hablaron precipitadamente,
no sé qué decían. Palabras que querían esconder otras palabras que quizá se
traslucían, pero no llegaban a pronunciarse. Como la sombra del miedo.
Entonces,
sobre todo aquel murmullo, se levantó con gran esfuerzo la voz asmática de
Joaquín, el portero:
—¡Que
ya lo digo yo... que hay mucho vicio, mucho vicio! Desde la República, ¿qué va
a ser de nuestra Patria?
De
momento, todos se quedaron callados, y se notaba en el aire algo así como una
amenaza y un temor contenidos, como cuando en el circo los trapecistas mandan
quitar la red, y el público espera, y a la vez teme, que los cuerpos se
estrellen contra el suelo, salpicando de sangre a los niños de la primera fila.
—Pero
¿qué tendrá que ver...? ¡Vamos, con República o sin República, lo que le han
hecho al Teo es una bajeza... una maldad muy grande! ¡Persona más buena, más
educada, más cariñosa con el Niño!
Enseguida
reconocí, con un gran amor y agradecimiento, la voz que acababa de responder a
Joaquín: Isabel. Y aún añadió:
—¡Mucho
más que quien debía y...!
Bruscamente,
Gavi se desasió de mi mano y echó a correr. Igual que el Unicornio.
13
Cuando
Tata María me ayudó a acostarme, lo poco que quedaba de la noche ya había
desaparecido, y en su lugar una luz rosada se fundía en el techo. No podía
dejar de temblar, aunque fuera un temblor tan sutil que acaso sólo yo lo
notaba. Un miedo nuevo había llegado hasta mí, mucho más hondo que cualquier
miedo conocido anteriormente.
Ya a
solas, en mi cama, mientras veía cómo la luz se volvía dorada, apoderándose de
la habitación, una congoja, una gran desolación, me llenaban. «Gentes muy
malas...» «El mundo está lleno de gentes muy malas...» Estas frases, casi
advertencias, tomaban cuerpo, como preguntas y a la vez certezas. Palabras
depredadoras de cuanto parecía inamovible, diríase que intocable, hasta aquel
momento. Ya no se trataba del recelo, o incluso el temor que inspiraban los
Gigantes, era algo más misterioso y paradójicamente más real.
A
Teo le habían dado una paliza, le habían tenido que llevar al hospital. Y
seguramente en aquellos momentos, allí arriba, en su piso bajo el terrado —el
terrado que yo iba a conocer en primavera—, acaso él y Gavi estarían llorando y
odiando. Como yo. Pero yo ya no lloraba con lágrimas, y en cambio volvía a
pesarme más y más el montón de piedras que casi me sepultaba el corazón.
Durante
los tres días siguientes a aquella noche, exigí, más que pedí, que me
mantuvieran levantada y vestida. Y durante esos tres días, la zona sin encerar
de la casa pareció albergar toda clase de cuchicheos, ires y venires
misteriosos. En más de una ocasión oí murmurar: «Que no se entere la señora»,
«que no se entere nadie...».
Quizá
no hacía falta tanta precaución, por el desinterés palpable de los Gigantes
hacia cuanto ocurría entre nosotros.
Al
día siguiente de Carnaval, mamá y Cristina vinieron a mi habitación, ya casi
pasadas las doce de la mañana. Por primera vez aparecían animadas y
comunicativas, como si yo formara parte de su «grupo». Venían aún con bata y
zapatillas, y de pronto me parecieron dos niñas, sin severidad ni reproches,
simplemente amigables; y sobre todo creyéndose «iguales» a mí.
—Ay,
Adri... No te puedes imaginar qué noche más maravillosa... —empezó a decir
Cristina, sentándose al borde de mi cama. Una insólita Cristina. Su corto pelo
alborotado le daba un cierto aire de niño travieso. Me cogió de las manos, las
zarandeó un poco y las soltó sobre el embozo de la cama.
En
las últimas horas estaban ocurriendo en mi entorno cosas verdaderamente
insospechadas, fuera de la rutina cotidiana y de cuanto había sido mi vida
hasta entonces.
«¿Todo
se habrá acabado, todo lo mío hasta ahora...? ¿Todo lo malo y lo bueno?» No
podía soportarlo y me tapé la cabeza con el embozo de la sábana.
Primero
hubo un silencio, roto enseguida por risitas medio sofocadas:
—¡Pero,
Adri, no tienes que tener envidia! Ya eres casi una mujercita, vas a ver como
dentro de cuatro días, tú también irás con nosotras al baile de Carnaval de los
Benavides... Y luego, como Cristina, a su verdadero Primer Baile de Puesta de
Largo...
Cerré
los ojos con fuerza, me tapé las orejas con las manos y tuve que hacer un gran
esfuerzo para no gritar. Entonces, Cristina dijo la frase gota—de—agua que
rebasa el vaso:
—¿Sabes,
Adri? ¡He conocido al Príncipe Azul!
Y
tan rápido como acudió a mi mente uno de los múltiples apelativos que Isabel me
dictaba en sus cartas al Frutuoso («quien sea», «bandido» o «cabrito»), casi
grité:
—¡Que
le den morcilla!
Nunca
olvidaré el estupor de los ojos de mamá. De los de Cristina no me acuerdo.
Tata
María intervino:
—Tiene
fiebre, no sabe lo que dice... ha tenido pesadillas... —mintió, apacible y
convincente.
Vagamente
recuerdo como me besaron en la frente, antes de irse, dejando una estela de
perfume dormido.
Pero
no estaban enfadadas, ya no se enfadarían más conmigo. Me habían incorporado,
sin yo saber muy bien por qué, a su tribu.
Y
aquellos tres días me parecieron interminables. Gavi no venía, y yo no me
atrevía a preguntar nada: ni por él ni por Teo. Una amenaza incierta, pegajosa
y flotante, parecía haberse adueñado tanto del patio interior como del piso.
Las Tatas andaban de puntillas, sin hacer ruido. Y los cuchicheos parecían no
tener fin. Un miedo casi irracional inundaba todo cuanto hacía o pensaba.
Apenas hablaba y me dejaba vestir —como cuando era pequeña— y bañar, y casi,
casi, dar la comida. Pero eso sí: había abandonado la cama definitivamente. La
cama de enferma. Si Gavi volvía —y cuánto lo deseaba— pronto me vería de pie
«como el Impávido Soldadito de Plomo», me decía a mí misma, con desmayada e invisible
sonrisa. Tuve que esforzarme mucho durante aquellos tres días, en los que no
pregunté nada a nadie. Pero quizá tampoco quería saber, y regresaba a mí un
tiempo en que me escondía detrás de aquel guiñol que me compró Eduarda el día
de mi Primera Comunión y así, oculta entre decoraciones, la posibilidad de
decir cosas que, fuera de allí, no hubiera dicho. O cuando manejaba los
personajes del Teatro de los Niños (al primer telar, número cuatro...) en el
juego de las confidencias. Y sobre todo, en aquel territorio de los juegos y
los libros que era para mí el piso de la bailarina.
Y si
Gavi no volvía, iría yo a buscarle. Rompería todas las barreras de nuestras
costumbres, atravesaría nuestra puerta, cruzaría el patio interior, subiría al
montacargas, y llegaría arriba, arriba del todo; y llamaría al timbre varias
veces, hasta que me abrieran la puerta. Porque Teo era sordo de un oído —ahora,
quién sabía si del otro también—, pero Gavrila oía perfectamente, con sus dos
orejas, tan bonitas y bien colocadas una a cada lado de su cabeza.
De
pronto, pensando en estas cosas, ya no tuve miedo. Me vestí yo sola. Me mareé
un poco, pero no llamé a nadie, ni me caí. Apoyándome en el respaldo de las dos
sillas de mi cuarto, avancé hasta la puerta. Salí al pasillo sin encerar, torcí
hacia la izquierda, y apoyándome un poco a la derecha un poco a la izquierda en
las paredes del corto espacio que conducía a la cocina, aparecí —realmente debí
semejarles una aparición— a la puerta del reino de Isabel.
Las
dos mujeres estaban sentadas a la mesa de la cocina, y tenían judías verdes
entre las manos, quitándoles los hilos. Volvieron la cabeza hacia mí, pero yo
sólo vi, en el marco de la ventana, la jaulita del grillo, con su hoja de
lechuga, ya pachucha. Entonces se me doblaron las rodillas y caí al suelo. Pero
no perdí la conciencia. Aunque estaba muy confusa y, sobre todo, muy
sorprendida de mí misma, de cuanto se me revelaba: la voluntad, el deseo de ser
yo por encima de todas las prohibiciones, costumbres y barreras. Y volví a
acordarme del Impávido Soldadito de Plomo. Pero esta vez, ya, como se recuerda
un juguete de nuestros primeros años, quizá roto.
—Dejadme,
dejadme —decía, mientras las dos mujeres se empeñaban en ponerme en pie.
Aún
no podía hacerlo por mí misma, hube de reconocerlo, pero me negué a volver a la
cama. Llamaron a mamá. Esta vez sí estaba en casa. Mamá llamó al doctor
Zarangüeta, y yo le esperé sentada en el silloncito de mi cuarto, tan pequeño
como yo. Lo habían comprado «a mi medida» cuando tenía ocho años.
El
doctor Zarangüeta estaba de mi parte (ya lo había sospechado antes). Me miraba
directamente a los ojos —cosa que, en aquel tiempo, sólo hacían las Tatas— y
cogiéndome las dos manos, dijo:
—Está
perfectamente... Es una niña frágil, pero sana. Lo que le falta...
En
aquel tiempo, en lugar de recetar vitaminas, píldoras, o cosa parecida, los
doctores como el doctor Zarangüeta recetaban «buenas lonjas de jamón», y cosas
así. Estuve comiendo jamón, solomillo de buey y espinacas —como Popeye— hasta
aborrecerlos. Y todas las mañanas —o las noches, no recuerdo bien— una
cucharada sopera, llena hasta rebosar, de una especie de jarabe, oscuro y
dulzarrón, que se llamaba Ceregumil.
Cuando
Tata María me lo administraba, Isabel torcía el gesto:
—No
le des estas porquerías a la niña... El jamón, el jamón es lo que necesita.
Para
Isabel, el jamón era la Panacea Universal. Tata María vertía parsimoniosamente
el jarabe en la cuchara, y acercándomelo a la boca, murmuraba:
—Algo
hará, mujer, algo hará...
Tenía
una fe ciega en el doctor Zarangüeta, quién sabe por qué. Yo también le tenía
simpatía, sin saber tampoco por qué. Pero me guiñaba el ojo, como si fuéramos
cómplices de alguna desconocida causa. O, por lo menos, sólo conocida por él.
—Está
un poco anémica... Debe comer mucho. Pero sobre todo necesita mucho, mucho
cariño.
Al
decirlo me cogió la barbilla entre el dedo índice y el pulgar. Y me pareció
adivinar una gran tristeza en aquel gesto y en aquella mirada de semicómplice.
Intenté
sonreírle, pero no pude. Me costaban tanto las lágrimas como la sonrisa.
Cuando
mamá llegó, apresurada, el doctor habló con ella, y de su larga conversación no
entendí nada (o quizá no me importaba nada). Cuando se fue, mamá se sentó a mi
lado, y dijo:
—Te
vas a poner bien enseguida, enseguida. Si eres obediente y haces todo lo que...
«Bla,
bla, bla...», pensé, dejando de escucharla. Después de todo, casi siempre decía
lo mismo. Pero me di cuenta de que había entendido mucho mejor lo del jamón que
lo del cariño.
No
me atrevía a preguntar nada sobre los habitantes del último piso. Algo me ataba
la lengua, quizá el miedo. Porque el miedo ya se había instalado en mí, y
tardaría mucho en desaparecer. Miedo a oír algo que no deseaba escuchar, que no
deseaba que hubiera sucedido o pudiera suceder. Escondía la cabeza como había
oído decir —quizá no muy exacta pero sí muy gráficamente— que hacían los
avestruces, al presentir una amenaza.
Inesperadamente
recibí dos cartas: una de papá y otra de Eduarda.
La
de papá la trajo mamá, la de Eduarda, Tata María. Cuando mamá me entregó la
«suya», enseguida me di cuenta, por su gesto y su mirada, que algo la
violentaba y envaraba sus palabras. Llevaba aún las gafas en la mano.
—Adriana.
—Mi nombre completo sólo se pronunciaba en señaladas ocasiones—. Papá te ha
escrito una carta. Te la dejo, es tuya. —Aquí parecía subrayar o culparme acaso
de alguna desconocida afrenta—. Léela y guárdala. Tal vez sea la última vez que
recibas noticias de él...
En
ese momento, Tata María que —inevitablemente— asistía a la escena, murmuró:
—Niña,
niña...
El
acento entre derrotado y triunfal de mamá desapareció. Ahora la voz le temblaba
(aunque por aquel tiempo la voz de quienes se dirigían a mí siempre parecía
temblar).
—¿Es
que nunca volveré a ver a papá... ? —pregunté. Y no lloraba, pero me daba
cuenta de que mi voz estaba húmeda, como empapada de las lágrimas que
últimamente se resistían a brotar de mis ojos, que tal vez caían hacia adentro,
sobre el montoncito de piedras que iba tapando, más y más cada día, el corazón.
En
lugar de contestar a mi pregunta, mamá se levantó, dio una vuelta brusca,
impropia de ella, y salió de la habitación. No sabía si porque estaba enfadada,
como cuando recibía misivas desde Saint Maur sobre mi comportamiento, o acaso
porque, como yo, tenía ganas de llorar y no podía, o no quería.
Aún
conservo, entre las ruinas de mis recuerdos, aquella misiva. Lo único
importante para mí (todo lo referente a su ausencia, a su cambio de ciudad, su
nueva vida lejos de nosotros) no se explicaba, era que no creyera que por estar
lejos no me quería y que siempre, siempre, recordaría aquella tarde en el
parque nevado, y aquellos pájaros que yo decía que eran como nosotros dos. Y
también se acordaba de las películas, de Ronald Colman y de Henry Wilcoxon y de
Loretta Young...
Recuerdo
claramente la letra de papá, azul, delgada, con que me decía que estábamos
viviendo momentos muy graves y muy importantes —y de pronto, sin saber por qué
razón, ni cuál era el origen de aquella gravedad, al leer estas palabras sentí
un estremecimiento. Y el miedo que me cercaba creció, atenazándome la
garganta—. «Estoy muy lejos», decía papá. Esta frase se me grabó para siempre.
Yo sabía —o creía— que él estaba en su ciudad, la del Liceo y el mar, pero me
daba cuenta al leer estas palabras de que entre él y nosotros había una
distancia mucho más grande que la material. La que le separaba de mamá, de
nuestra casa y de quién sabía cuántas cosas más, cosas que presentía y, aunque
no alcanzaba a entender, me desasosegaban. «Quiero pedirte una cosa: que nunca,
pase lo que pase, pienses que no te quiero. Siempre te quise, te quiero y
siempre te querré.» Por lo visto era el único que entendía la receta del doctor
Zarangüeta. Pero, desgraciadamente, no estaba a mi lado. Guardé la carta en
muchos pliegues, para hacerla lo más pequeña posible y esconderla entre mis
tesoros.
Un
par de días más tarde, recibí la también inesperada carta de Eduarda. Había
pasado mucho tiempo pensando en escribirle yo, pero no lo había hecho. Así que
tuve una alegría mezclada a un cierto sentimiento de culpa, por no haberlo
hecho antes que ella. Pero la carta me llenó de alegría, y casi diría que de
euforia. No logró dispersar la tristeza que me había llenado al leer la carta
de papá, pero creo que sí alejarla un poco.
«Adri,
querida —decía—, me he enterado de que has estado pachucha.» Al leer esta
palabra tuve, después de mucho tiempo, ganas de reír. «Pero no te preocupes,
esas cosas son pasajeras, así que prepárate porque en cuanto pueda, y puedas
tú, iré a buscarte, y te traeré a mis Ruinas, para que veas lo bien que se
puede pasar lejos de esa ciudad y de sus habitantes. Iré a por ti y te pondrás
como un roble, y ya no habrá quien te tosa.» Así era de escueta y de rara, pero
muy comprensible, su misiva.
La
guardé junto a la de papá (en una caja de metal, con flores y un castillo a lo
lejos, que me había dado Isabel y que, según dijo, había contenido antes
pastillas de café con leche de Logroño, regaladas por el Frutuoso, y que ni
verla, ni verla quería ya). Pero era muy bonita, y venía muy bien para esconder
tesoros: las tijeritas a medias doradas y plateadas que regalaban con las
galletas Rifacles, y unas cuantas piedrecitas muy bellas que yo había
encontrado, durante las tardes de recreo, entre los arbustos del jardín de
Saint Maur.
Pero
seguía sin saber nada de Teo ni de Gavi. Y el miedo crecía tanto dentro de mí,
día a día, que ya ni siquiera sabía de qué ni por qué tenía miedo. Pasaba
largas horas de la noche, con la luz apagada, temblando en mi cama. También
contribuía a esto lo oído en las conversaciones de la cocina, cuando la
lavandera Tomasa se quedaba a comer con Tata María e Isabel. Yo escuchaba,
medio agazapada en la despensa. La lavandera contaba que estaban incendiando
conventos, y que habían apaleado a unas monjas en Cuatro Caminos, y a unos
frailes no sabía dónde. Lo decía con una voz muy alta, casi temblorosa, pero no
de miedo, ni creo que tampoco de alegría. Era un temblor antiguo, como
despertado bruscamente de algún silencio espeso, largo, doloroso. En algún
momento soltaba una carcajada, pequeña, ronca. Era una risa oscura, que no
traslucía alegría pero tampoco era fingida. Cosas que percibía mucho más
claramente entonces que ahora.
Una
tarde, oyendo una vez más lo del convento incendiado, una idea maligna y gozosa
a un tiempo me llegó: «Ojalá sea Saint Maur...». E imaginé a Madame Saint Genis
y a Madame Saint Marcel corriendo despavoridas; y me reía secretamente,
sabiéndome mala y no creyendo malo serlo.
—Tata...
¿Van a quemar Saint Maur?
—¡Pero
qué cosas dices, criatura...! No, no van a quemar Saint Maur. Además, Saint
Maur es francés, y no es un convento. Es un colegio de señoritas.
Eso
me dejó totalmente confundida. ¿Qué tendría que ver, me decía, que fuera
convento o no lo fuera, que fuera francés o no, para quemarlo? Todo era tan
misterioso como las últimas palabras de la carta de papá. Confuso y
amedrentador: «Hay gente muy mala, muy mala...». Así que el mundo era un
espacio grande y atroz, lleno de amenazas. Cuando en mi cama yo cerraba los
ojos, volvía el temblor, casi convulso, y las palabras oídas o leídas, o
adivinadas, me inundaban de sudor. Y volvían a mi memoria escenas de Historia
de dos ciudades, y tenía muchas ganas de llorar —sin saber claramente por qué,
ni tampoco podía hacerlo—, hasta que al fin me dormía. Pero todo volvía a la
noche siguiente. Empecé a temer la noche, tanto como antes la había amado en
mis excursiones hacia el salón.
Ya
no tenía amigos. Gavi no estaba. No sabía nada de Teo. Nadie me quería, y yo no
sabía qué hacer con el gran amor que me llenaba, no sabía dónde colocarlo. Y ni
siquiera podía llorar.
Fue,
naturalmente, Tata María quien dio el aviso. Llamó a mamá y le dijo:
—Esta
vez sí que ha crecido...
Mamá
abrió los ojos, asombrándose de algo tan natural como era que una niña
creciera.
—Pero,
Dios mío, si es verdad... ¡Si no tiene ropa que ponerse!...
Hasta
aquel momento me vestían en La Casa del Niño o con prendas «aún casi nuevas»
que le habían quedado pequeñas a Cristina. Pero ahora, ya había rebasado esa
estatura y esa edad.
—¿Quién
iba a creer que esta pequeñaja se convirtiera en esta «espingarda»...?
Por
lo visto, el paso de pequeñaja a espingarda no parecía alegrar a nadie.
—Vamos,
vamos, la niña es muy bonita... —murmuró Tata María.
—¿Y
quién dice que no? —se apresuró a añadir mamá, dándome un beso, esta vez en la
nariz.
—Lo
que ocurre es que los días pasan tan rápidos, y tenemos tantas cosas en la
cabeza... Pero qué alegría, ¡Adri ya ha dejado de ser una enanita!...
Fue
mi primera salida. Con ropa que me quedaba corta. Me llevó a otra tienda que no
era La Casa del Niño. No sé cómo se llamaba la nueva, sólo recuerdo que allí
eligió y encargó «ropa nueva» y me tomaron medidas. Pero no me preguntaban
nada, no se interesaba nadie en saber qué era lo que a mí me gustaba. Aunque,
la verdad era que a mí no me gustaba nada de lo que veía. O por lo menos no me
importaba. Lo que me hubiera llenado de satisfacción habrían sido unos
pantalones de terciopelo marrón.
Volvimos
a casa, muy serias. Al parecer, ella estaba muy preocupada por algo. En el
taxi, ya cerca de casa, me dijo:
—No
sé lo que va a pasarnos, Adri... No sé lo que va a pasar...
Y el
miedo, grande, volvió a mí.
Habíamos
entrado en casa —no por nuestra puerta, sino por la de los Gigantes— cuando vi
en los ojos de Tata María una especie de regocijo contenido.
—Ven,
niña —murmuró mientras me quitaba el abrigo y el horrible sombrero. Apenas
estuvimos solas, me cogió de la mano y casi me arrastró a la zona «sin
encerar».
Allí
estaba Gavi. Se apoyaba en la puerta, y al verme me tendió los brazos y corrí
hacia él. Estuvimos así mucho rato —no sé cuánto rato, pero parecía una
eternidad— en un abrazo estrecho. Cuando al fin nos separamos, me di cuenta de
que algo había cambiado: no sólo que ahora sí le llegaba a la barbilla —cuando
antes, apenas rebasaba su cintura—, sino que habían desaparecido los largos
tirabuzones de su cabeza.
—¿Qué
has hecho con tu pelo...?
—Me
lo corté la noche de Carnaval.
—¿Tú
mismo?
—Sí,
yo mismo... con las tijeras de la cocina.
Entonces,
por fin, tuve valor para hacer la pregunta que hubiera querido hacer desde el
primer momento:
—¿Y
Teo?
—Teo
está bien —dijo. Pero lo dijo muy deprisa, demasiado deprisa.
—¿Puedo
verle?
Me
miró en silencio. Sus ojos azules, sus largas pestañas rubias, parecían
temblar. Sonrió con la sonrisa más falsamente alegre que jamás he visto. Y
dijo:
—Claro,
claro que puedes... Si te dejan.
—No
me importa que me dejen o no me dejen. ¡Quiero verle...!
Gavi
se quedó callado, con la cabeza baja, como si pensara o recordara algo o no
deseara estar allí. Isabel, que había estado escuchándolo todo, intervino:
—Cuantito
que tengamos un rato, subiremos la Adri y yo a ver al Teo... ¿Te parece bien?
—Sí
—dijo Gavi—. Me parece bien.
Dio
media vuelta, abrió la puerta y desapareció escaleras abajo.
Isabel
me apretó contra su delantal a rayas. Ahora ya le rebasaba el peto de tirantes.
Dos
días más tarde, sobre las cuatro de la tarde, más o menos, me llamó con aire de
secreto. Todo el piso dormía. Sólo nos llegaba, desde alguna parte, el tic—tac
de un reloj.
—Niña,
vamos arriba...
Enseguida
estuve preparada. Me cogió de la mano. Todavía me daban la mano, aún no me
habían relegado al espacio de los Gigantes, aún había rescoldos de aquel
fueguecito que nos calentaba en la cocina, y en el cuarto de la plancha... Aún
no se había acabado o perdido todo.
Salimos,
sigilosas, igual que yo tiempo atrás, cuando avanzaba pasillo adelante en un
barco de papel de periódico.
Como
si estuviera esperándonos —y quizá lo estaba—, Gavi abrió la puerta antes de
que llamáramos al timbre.
Qué
alto me pareció entonces. El cabello, ahora corto, se rizaba en su frente,
sobre sus orejas, y caracoleaba en su nuca, dorado, suave, brillante. Sentí
ganas de acariciarlo, pero no me atreví. Por contra, pensé: «Dios mío, qué fea
debo de estar, qué fea me encontrará...». Y ante mi sorpresa, él dijo:
—Adri,
qué guapa eres... y qué alta. Cada día eres más alta y más guapa.
Teo estaba
sentado en la cocina, pero aun sentado cocinaba. Corrí hacia él, le abracé y le
besé en los dos carrillos, varias veces. Olía a yodo y aún tenía esparadrapos y
trocitos de gasa en la frente y el cuello. Las ganas de llorar casi me
ahogaban, pero no podía, no podía llorar. Sólo un gemido muy quedo, muy
escondido, intentaba escapar de mi garganta. Teo me abrazaba, y se reía.
Ahora,
cuando lo recuerdo, no salgo de mi asombro: Teo se reía.
—Anda,
anda, niñita... Ya estamos otra vez juntos, ¿no es verdad?
Era
verdad, pero a mí me parecía un sueño.
La
voz de Isabel irrumpió, sofocando cualquier otro sonido:
—¡Pero
bueno, Teo... ! ¿Qué es lo que estoy viendo? ¿Estás cocinando ahora, a estas
horas, tan temprano...? ¡Y con esa carita, como un Cristo, válgame Dios!... ¡Y
con ese bracito encogido, que parece que te hayan cortado un ala!... ¿Todavía
tienes alma para ponerte a cocinar?
Teo
contestó con el mismo brío que ella, pero en voz más baja:
—Isabelita,
cariño, ¡no se cocina con el alma! Y si no empiezo ahora a preparar la cena,
con lo tardón que me he vuelto y con lo que ahora me cuesta... ¿Tú sabes,
cariño, lo que se hace con los que ya no podemos servir? ¡A la calle,
Isabelita, a la calle! Ahí es a donde iría a parar.
Al
decir esto se reía, pero Isabel movió la cabeza, y murmuró:
—Anda,
si lo sabré yo...
Enseguida
recuperó un tono alegre:
—¡Pues,
hala, todos a cocinar!... Déjanos echarte una mano... A los niños también. Di
que sí, hombre, di que sí... aún no estás para estos trotes.
—Si,
total, para lo que ese ángel y yo comemos, con cualquier cosa... como
pajaritos.
Entonces,
Gavi intervino:
—Yo
no soy un pajarito ni un ángel: soy un cuervo... y como mucho.
La
sombra del Rey Cuervo pareció revolotear sobre los azulejos. Debía de ser alguna
mosca retrasada, pero tuvo la capacidad de angustiarme y al mismo tiempo
enardecerme:
—¡No
somos niñitos! —grité.
—Ni
ángeles, ni pajaritos... —recalcó Gavi.
Entonces,
mirándonos, nos echamos a reír. Extendíamos las manos engarfiadas, profiriendo
una especie de rugido. A un tiempo y sin haberlo acordado. Como cuando
pasábamos página, leyendo juntos.
—Bueno,
niños, calmaos... Venga, vamos a hacer la cena entre todos —dijo Isabel.
Me
di cuenta, por la forma de mirarnos, que parecían asombrados. Pero esta
impresión duró sólo un instante. Enseguida se organizó una especie de fiesta,
la más divertida de las pocas que me había tocado asistir: los cumpleaños
propios y ajenos, el baile infantil de disfraces, cuando me vistieron de
holandesa y vomité. Y, por supuesto, las del Saint Maur: aquella incómoda
fiesta de Reyes (ellas la llamaban «Le roi de la féve...»), en que a quien le
tocaba la fatídica legumbre debía ser coronada con corona de cartón dorado,
paseada y avergonzada —ése era mi parecer— por todo el patio y pasillos de la
planta baja, sobre un trono, para alegría y pullas bochornosas por parte de
todas las Margot habidas y por haber (había bastantes). No. Ésta sí era una
verdadera fiesta, donde nos dejaban participar activamente: «Tú cortas esto, tú
machacas lo otro, tú remueves y das vueltas con esta cuchara de madera...». Nos
pusieron un delantal. Al mío, a pesar de haber crecido tanto, tuvieron que
darle tres dobleces en la cintura antes de atármelo a la espalda, porque de lo
contrario lo hubiera pisoteado. Pero yo batía un huevo solemnemente, sin saber
para qué —tengo la sospecha de que ellos tampoco—. Teo encargó a Gavi trocear
en laminillas un montón de zanahorias. Gavi cogió un cuchillo muy grande —a mí
me pareció enorme y escalofriante— y empezó a cortarlas en rodajas, muy finas.
Isabel dijo:
—Ese
cuchillo no, Gavi... ¡Es demasiado grande para... !
Pero
no terminó la frase porque Gavi la miró de una forma que pareció inundar de
silencio toda la cocina.
Entonces
Gavi dijo, casi con rudeza:
—Éste
es el que yo necesito.
Echó
hacia atrás el mechón de cabello que siempre le caía sobre la frente, en un
movimiento enérgico, que a mí me gustaba mucho e intentaba imitar con mi
flequillo. Un gesto impaciente, rebelde, que yo nunca conseguí.
Les
veía afanarse, trajinar de acá para allá, y estaba más atenta a lo que hacían
ellos que a la tarea que me habían asignado: raspar la piel de las zanahorias
que luego Gavi se encargaba de cortar.
«En
esta casa —me dije— se comen muchísimas zanahorias...» Ya me había dado cuenta
durante las pocas veces que Teo nos dejaba entrar en la cocina mientras
guisaba. Y cuando le pregunté a Teo por qué comían tantas zanahorias, me
contestó casi en un susurro, como quien revela un secreto: «Porque son rusos».
Era el mismo acento, entre misterioso y reverencial, que usaba para hablar y
utilizar el samovar.
En
aquel momento Teo miraba a Isabel como si fuera la Madrina de la Cenicienta.
«Después de todo —pensé— Teo también ha ido al baile.» Y también había perdido
algo, aunque nada tuviera que ver con un zapatito de cristal. Teo había perdido
nada menos que el Imperio de la China, aunque hubiera ganado el primer premio
de disfraces. «La envidia es muy mala», había dicho Anastasio, y me vinieron a
la mente las hermanastras de la Cenicienta, incorporándolas a la «mala gente»
que recorría el mundo. Sólo que esta vez, las hermanastras o «mala gente» no se
habían contentado con humillar a Teo. Encima, le habían apaleado. Y mirando a
Teo que en aquel momento aparecía sonriente, con su ojo hinchado y morado, me
invadió una gran congoja, apretándome la garganta de tal modo que por un
momento creí que no podía respirar.
Había
un gran reloj redondo colgado en una de las paredes de la cocina. Gavi estaba
debajo de él, y tuve un estremecimiento. «Si se cayera, le aplastaría...»,
pensé, atropellada e insensatamente. Y como me daba cuenta de que no tenía
sentido aterrorizarme por algo tan improbable (aunque aquel reloj era muy
inquietante), aparté los ojos de él y, en cambio, concentré mi mirada en las
manos de Gavi. Cortaba minuciosamente, con el enorme cuchillo, rodajas tan
finas que parecían transparentes. Rápido, certero, de cada uno de los
movimientos de sus manos emanaba una crueldad sutil, como la afilada hoja del
cuchillo. Mantenía los párpados bajos, ocultando la mirada, a no ser que
hablara conmigo o, a veces, con Isabel. Y por supuesto con Teo. Si no,
entrecerraba los ojos. Entonces sus pestañas parecían aún más largas, con el
suave aleteo de ciertas mariposas de oro, o el temblor de hojas bajo la lluvia.
Me di cuenta de que sus manos habían crecido. Ahora eran más grandes, y en los
dedos empezaban a marcársele los nudillos.
De
pronto, levantó la cabeza. Me miró, con un brillo casi triunfal, y dijo,
inesperadamente alegre:
—Adri,
me he cortado el pelo, pero a ti nadie te lo ha cortado en mucho tiempo... Me
alegro, porque me gusta así, sobre todo despeinado como ahora, porque se nota,
ya sabes, lo que eres y tú y yo sabemos... Los del bosque, los que pueden
esconderse detrás de una hoja... ¡Y salvaje, salvaje! ¡Como yo!... Y te quiero.
Estas
dos últimas palabras las dijo, tras una pausa, con voz ronca y en tono más
bajo. De una dulzura como yo jamás había oído.
Fue
la primera declaración de amor que recibí. Y creo que, por lo menos, la más
sincera. Aun dicho y oído a través de prosaicas zanahorias, supe que un corazón
puede detenerse sin abandonar la vida: todo lo contrario, inundándose de ella.
En unos segundos la vida abría todas sus ventanas, saltaba sobre las terrazas y
tejados, y volaba. Volaba como la bailarina y su hijo que, en cuanto llegara la
primavera, me enseñaría a hacerlo.
Estaba
tan segura de conseguirlo que formaba parte de mi «recuperación» y mis deseos
de atravesar el misterioso y desapacible muro que, aún, me se paraba del mundo
de los Gigantes. Precisamente en aquel momento yo estaba machacando en el
mortero dos dientes de ajo y un grano de pimienta. Debo admitir que cada vez
que viene a mi memoria aquella deslumbrante declaración, aquel luminoso
descubrimiento, llega siempre envuelto en olor a ajos machacados (y un granito
de pimienta).
Cuando
acabamos la tarea que nos habían encomendado, Gavi y yo, hombro con hombro, las
manos enlazadas, la espalda apoyada en la pared, nos retiramos a «la escucha».
Era nuestro modo de estar entre adultos, y una de las más frecuentes
referencias de aquel tiempo que acuden a mi memoria: los dos muy juntos, las
manos cada vez más fuertemente apretadas —la suya día a día, casi podría decir
que minuto a minuto, más y más dura, poderosa y presionando con más fuerza la
mía que aún no acababa de crecer ni endurecerse del todo.
Recuerdo
que contemplábamos en silencio el ir y venir de Isabel en torno a Teo: dándose
mutuamente consejos, intercambiando consignas, en el misterioso y llameante
mundo de la cocina, donde todavía se practicaba el ritual de las astillas, el
carbón, las arandelas de hierro, sacadas y vueltas a poner, con un largo
gancho, sobre las llamas. Como brujos ellos, y nosotros recién admitidos
aprendices, en un antiguo quehacer. Y como si fueran secretas y mágicas
conjuraciones, se murmuraban uno al otro nombres tan mágicos como «zanahoria»,
«berenjena», «perejil» o «pan frito»... Cómplices de una operación tan
sustanciosa como misteriosa, y nunca demasiado clara ni igual para todos. El
resultado siempre era un enigma. Teo, sentadito en su taburete, ella, recibiendo
secretos del Gran Mago Jefe. De aquí para allá, Isabel, sorprendentemente
sumisa y atenta, casi devota, mientras escuchaba las maravillas que puede
proporcionar el bien administrado poder de un manojo de rábanos. Después de
todo eran rusos, debía de pensar ella, a la vista de su admirativa atención.
Redondo,
sin principio ni fin, el gran reloj sobre sus cabezas me inquietaba de nuevo.
Pero ellos, debajo, hablaban, hablaban de cosas que no entendíamos o no nos
importaban, porque no las recuerdo. Sí recuerdo, en cambio, la espalda de Teo,
medio encorvada sobre su taburete. Me despertaba una mezcla de cariño y
desasosiego: cariño hacia él y odio, rabia, hacia las «malas gentes» que le
habían hecho tanto daño, que habían conseguido que los cisnes de su atuendo
imperial hubieran huido y acaso no volvieran. Por debajo del taburete, descubrí
sus pies descalzos. Algo insólito en él, que siempre nos decía: «Niños, hay que
presentarse siempre bien vestidos...
¡Las
formas! No olvidéis nunca las formas». Y aunque aquellas formas a quienes se
refería él eran todavía algo bastante nebuloso para mí, sus pies desnudos, en
contraste con el impecable chaleco a rayas y su blanquísima camisa, no las
guardaban. Y, en cambio, me revelaban a una desamparada e indefensa criatura,
que me hizo quererle más que nunca.
La
incursión de Isabel y mía en el piso bajo el terrado, sin pedir permiso a
nadie, aquella decisión de Isabel (y mía, porque parecía que ella sólo decía en
voz alta lo que yo pensaba) era un deseo tan violento como gozoso de saltarnos
todas las barreras que nos impedían alcanzar cuanto aún a veces, incluso sin
saberlo muy bien, deseábamos. A pesar de que ese deseo ni siquiera tenía
nombre, todavía. Pero una cosa estaba clara para mí: ya no estaba enferma, yo
no era una enferma, y no pediría permiso para dejar la cama, para ir al
encuentro de lo único que llenaba de vida mi corazón. Ni lonchas de jamón, ni
Ceregumil. Y de nuevo regresaron a mi memoria Eduarda y Michel Mon Amour: aquel
día en que al abrazarse se encendieron todas las candelas del Miguel Strogoff.
No
sabía si verdaderamente, tal como en alguna ocasión me había cruzado por la
mente, Tata María e Isabel se comunicaban a través de palomas mensajeras, o
mosquitos, o simplemente vapores de cocina o de plancha ascendiendo patio
arriba (no el patio central, en el que yo había creído ver nieve y pezuñas de
Unicornio, sino de aquel otro, doméstico, con su jaula de grillo y su hojita de
lechuga junto al jarro del perejil en agua). El patio de la cocina al que se
abría la ventana del reino de Isabel. Eran dos patios muy distintos, pero lo
cierto es que en un momento determinado, como si algún misterioso mensajero
hubiera susurrado a su oído una palabra clave, Isabel doblaba la servilleta
—como entonces se decía— y, rápida, me arrastraba tras ella: escaleras arriba,
o pasillo adelante, o montacargas abajo y arriba.
Aquel
día, apenas habían terminado de cocinar, se levantó, desató su delantal y,
agarrándome de la mano, me arrancó —porque me sentí arrancada de aquel dulce
calor. Esparciendo adioses y consejos por el aire (se supone que para que los
recibieran Teo y Gavi), murmuró una despedida presurosa, y en un visto y no
visto ya nos encontrábamos en casa. Precisamente en el momento en que mamá se
encaminaba a mi habitación. Magia pura.
Pero
antes de todo esto, antes de que la puerta del piso de la bailarina se abriera
y se cerrara a nuestro paso, Gavi había tenido tiempo para retenerme, y casi
acorralándome contra la pared, dijo a mi oído:
—Adri,
tengo que decirte un secreto..., de noche me escapo. Nadie lo sabe, ni siquiera
Teo. ¿Tú vendrías?
Isabel
tiró de mí, separándonos, y no pude decir nada. Pero él ya conocía de sobras mi
respuesta, y acaso, también, el furioso y alegre golpear de mi corazón. Por
encima del montoncito de piedras y acaso destruyéndolo.
—María
—dijo una Isabel jadeante, casi desconocida—, es verdad eso que dicen de que
«no te acostarás sin saber una cosa más...». ¡He aprendido a hacer salsa de
rábanos!
—Más
te vale —respondió María, como quien se quita un gran peso de encima—. Has
estado a punto de mandarlo todo...
María
no decía nunca palabras feas. Y, esta vez, también se calló a tiempo.
—La
señora viene a ver a Adri. ¿No oís sus tacones en el pasillo...?
—Salsa
de rábanos. —La voz de Isabel de pronto parecía como reforzada—. ¡Cosa más
rica...!
—Anda,
anda, zascandila —murmuraba Tata María mientras me acondicionaba, según su
parecer, para ofrecer el aspecto de niña que apenas había salido de su
habitación—. Un buen cocido de tres vuelcos eso sí es cosa rica.
14
Estuve
tres noches sin dormir apenas, justo las correspondientes a los días en que no
nos vimos. Isabel decía emocionada:
—Está
cuidando al que le cuida a él... ¡Es un ángel esa criatura!
—No
es un ángel —decía yo, porque sabía cuánto le molestaba que le llamaran así. Aunque,
muy secretamente, también me lo parecía: un ángel muy distinto al que Isabel y
seguramente María y hasta el mismo Teo imaginaban. Él era un ángel con la
espada levantada, amenazando; y volaba como las águilas o los cóndores que yo
veía en los cromos del Álbum Nestlé. Y, además, era el Rey Cuervo.
Me
acordé de una niña de Saint Maur, que no se parecía nada a Margot, que, como
yo, tenía que soportarla pero, eso sí, ella sabía agarrar muy bien la gran
pelota en el aire. Un día me dijo que ella como mejor lo pasaba era leyendo
cuentos, aunque su mamá no la dejaba porque eso era perder el tiempo. Hablamos
un rato, y me dijo que le gustaban los cuentos de duendes y de gnomos, y de
hadas. Pero enseguida me di cuenta de que no sabía nada de ellos, y que no
teníamos nada en común. Ella se fue otra vez a los pelotazos, las carreras y
los sudores, y yo a esconderme de nuevo entre las criaturas de la hierba, los
ruedos de hadas que hollaban la hierba y nada tenían que ver con las suyas:
porque las suyas eran todas como la Madrina de la Cenicienta, con varita mágica.
Las mías, no. Volví al banco bajo las moreras a contemplar los trenes de orugas
encadenadas en ruta hacia quién sabía dónde. Pues tan equivocados estaban los
que decían que Gavi era un ángel de los suyos como aquella niña hablando de las
hadas y los gnomos. No eran los mismos. Y fuera de mí nadie, excepto Gavi,
sabía que el Unicornio podía salir corriendo de su marco.
No
pude dormir tranquila aquellas tres noches porque me acordaba de lo último que
me había dicho, arrimándome entre la pared y su abrazo: que se escapaba por las
noches. Como el Unicornio. ¿Cómo podrá escaparse?, me decía. Adónde iba? ¿Qué
hacía?
Al
cuarto día, cuando Isabel volvía de la plaza con su cesta repleta me llamó:
—He
subido un momentito a ver al Teo... Y me ha dicho el Niño que si podrías subir
esta tarde, que te echa de menos —sonrió con picardía.
—¿Podré...?
Aún
no sabía hacer ni decidir nada sin permiso: aunque no tuviera muy claro de
quién debía recibir ese permiso.
—Claro
que sí... Yo te llevaré y luego te iré a buscar. Es que el Niño le cura las
heridas y le ata las vendas, y bueno, esas cosas... Por eso no baja él. Pobre
Teo, está mejor, pero aun así...
Cuando
subí con Isabel, pensé que también Teo y ella tenían palomas mensajeras, o lo
que fuese. Porque aún no habíamos tocado el botón del timbre, ya se abría la
puerta, con un Teo en verdad lamentable esperándonos. Sus hematomas habían
tomado un tinte amarillo verdoso, pero su brazo ya estaba libre del
cabestrillo, y lo movía con cierta facilidad.
—Queridas,
queridas...
Se
abrazó a Isabel, y por primera vez le vi (y sobre todo oí) llorar.
Tras
el abrazo de Teo e Isabel, percibí unos pasos rápidos, acercándose. Parece
mentira como pueden reconocerse los pasos de alguien entre miles y miles de
pisadas que no son las que esperas. Las pisadas de Gavi, bastante sonoras
—golpeaba el suelo con fuerza—, y sobre todo su ritmo, eran inconfundibles. En
cierto modo, recordaban el tintineo de «Ven, ven...». Pero más imperioso y, por
supuesto, mucho más brusco. Aún ahora, reviviendo aquellos primeros días de mi
vida, no logro comprender del todo la mezcla de suave belleza y súbita
agresividad de aquella criatura. Una agresividad, por decirlo así, prisionera
de las formas.
—Ven
—dijo, apretándome la mano y arrastrándome. Esta vez textualmente, porque
apenas podía seguirle, pasillo adelante, y mis pies resbalaban tras los suyos.
Hasta que, al fin, entramos en la habitación que ya no sabía si llamar cuarto
de jugar, de lecturas o de confidencias. En todo caso, un lugar de cuyo
recuerdo nunca podré desprenderme.
Allí
estaba, cerca de la ventana, nuestro territorio: el fragmento de alfombra con
rombos azules y marrones. Sobre la mesa, el Teatro de los Niños. Y de pronto,
aquel teatrito de cartón me mostró todas sus magulladuras, incluso un pequeño
agujero sobre el telar número cuatro. El telón estaba echado. Había acabado una
función, un episodio. O una historia.
Pero
Gavi ahora no prestaba atención, ni al teatro, ni al trocito de alfombra de
nuestras lecturas en común. En cambio, en mitad de la habitación y sobre el
suelo, aparecía la enorme gramola de su madre.
—Vamos
a oír música —me dijo—. ¿No me dijiste que te gustaba la música?
—Sí,
me gusta mucho y también el ballet, y ¡me gustaría mucho ver bailar a tu
mamá...!
Hizo
girar la manivela y luego abrió una especie de estuche—álbum, donde había
muchos discos negros con un logotipo circular en el centro, donde se veía un
gramófono con trompeta, como los de la abuela, y un perro escuchando la voz de
su amo. En cuanto sonaron los primeros compases, Gavi levantó los brazos y,
siguiendo el compás, el ritmo, la mismísima tormenta sugerida, los movía en el
aire. No dirigía lo que ya estaba dirigido, lo hacía visible. Todo su cuerpo
reproducía los sonidos, la partitura era él mismo.
—¿La
ves...? —me dijo, como si acabara de hacer un gran descubrimiento—. Yo dibujo
la música.
Entonces
volvió a agacharse sobre la gramola, la paró, quitó el disco y echó encima la
tapa, como enterrándolos. Pero dijo:
—Mira...
¡No se ha apagado!
Y
era verdad, él seguía moviendo los brazos en el aire, y de pronto la música se
veía, se veía tan claramente y con tanta fuerza como si se oyera, pero ya no
era Tchaikovski, ahora era él. La música eran sus brazos, sus manos, el mechón
de cabello que caía sobre su frente, arrojada hacia atrás como cada vez que se
producía un silencio. O un respiro.
Sentada
en el suelo, sólo sabía mirar. Por los ojos me llegaba la música, la música de
Gavi, Gavi mismo, y se apoderaba de mí. La respiraba, la sentía dentro
iniciando caminos aún desconocidos. La dibujaba.
No
sé cuánto tiempo estuvimos así. Sólo que cuando dejó caer los brazos, y sus
manos parecían dos pájaros muertos, de nuevo echó hacia atrás el mechón rubio
que le caía sobre la frente, y vi que estaba cubierta de sudor.
—¿La
has visto...? —murmuró, casi tímidamente.
Asentí
con la cabeza porque me parecía que no tenía voz. Y dijo:
—Iremos
a Rostov. Tienen campanas... muchas campanas, un concierto de campanas.
¿Vendrás conmigo?
—¡Sí!
—dije, esta vez con toda la fuerza de mis pulmones—. Sin pedir permiso. No
quiero pedir permiso nunca más.
Entonces
dijo casi en voz baja, y pensativo:
—Yo
tampoco. Yo nunca he pedido nada a nadie. No sabría a quién...
Entonces
sentí una confusa pena: Gavi no tenía a nadie con quien hablar de lo que él
deseaba o recordaba. Yo tenía a Tata María e Isabel. Y él, a Teo. Pero se
abrían entretanto muchas ausencias, como se abrían vacíos o insalvables
distancias a cuanto, después de todo, era nuestro entorno. Algo que nos
regresaba al Cuarto Oscuro de mis primeros castigos, cuando era preciso subir
por una escalera de mano a las cimas de la ciudad de los armarios. O a la
pequeña llamita azul de un terrón de azúcar partido por la mitad: la luz de la
oscura soledad.
Nosotros
no podíamos pedir permiso. Y no lo pedimos nunca.
Gavi
parecía muy cansado, respiraba con fatiga, y en la frente le brillaban
diminutas gotas de sudor. Como ocurría en algunas piedras al último sol, que se
llenaban de minúsculas estrellitas. (Yo las había visto una vez en el parque,
al atardecer.)
Entonces
se sentó en el suelo, sobre nuestro territorio, mirándome. Entendí que me pedía
que me sentara a su lado, y sentí una pequeña pero intensa felicidad al saber
que nuestro territorio aún no había desaparecido, aún estaba allí,
esperándonos, con libros o sin libros. Me senté a su lado, y enseguida me cogió
la mano, apretándola en la suya. Estuvimos así, sin decir nada, ni siquiera
mirarnos. Sólo oyéndonos la respiración. Y el pequeño tam—tam del pulso, muñeca
junto a muñeca.
—Me
gustaría que fuéramos siameses —dijo.
Pero
cuando me volví a mirarle, sorprendida, él seguía de perfil, no parecía hablar
conmigo, como cuando canturreaba «Ven, ven, ven... ». Así, de perfil, con los
párpados entornados, se veían aún más largas sus pestañas. «Son de oro», me
dije. Verdaderamente, estaba enamorada. Jamás he vuelto a ver a nadie con
pestañas de oro. Además, de haber sucedido tal vez me hubiera reído. Pero
entonces me parecía algo precioso y secreto. Cosas que ocurren cuando una niña
se enamora.
—No
sé —dije titubeante—, siameses... debe de ser muy incómodo.
Enseguida
me arrepentí de haberlo dicho, pero él sacudió el mechón de la frente y se rió
muy bajito, también como si la risa fuera un secreto.
—Entre
nosotros, no —dijo—. Entre nosotros todo es distinto.
Teo
entró llevando la bandeja con el cha. Iba todavía descalzo, tenía aún vendado
un tobillo. Sus pies, muy largos, blancos, se hundían suavemente en la alfombra,
y pensé: «Menos mal, ahora ya sabe que hasta la alfombra le quiere, y le
arropa...». Me levanté y le ayudé a dejar la bandeja en el suelo. Gavi no se
movió, seguía sentado, abrazándose las rodillas dobladas. Se balanceaba un
poco, tan poco que creo que sólo yo lo notaba. Y si se balanceaba era porque
algo le inquietaba. Tanto había llegado a conocerle, y a su vez él había
llegado a conocerme a mí, que sólo él y yo podíamos leer nuestro silencio.
—Cha:
mermelada de arándanos, bizcochos, panecillos tiernos... —decía Teo, enumerando
lo que traía. Pero sus ojos estaban secos, aunque su voz aún no había
desterrado las lágrimas. Y Gavi se puso de pie de un salto, dio un par de
patadas al aire, y lanzó con furia contenida —poco contenida— un verdadero
aullido. Aunque no la había oído nunca, la manada de lobos del Rey Cuervo debía
aullar así. Y entonces, con los dientes apretados y los ojos inundados de un
dolor nunca antes visto, dijo muy despacito:
—Los
mataré. Los mataré a todos, uno por uno... uno por uno, despacio...
No
pudo continuar porque la voz se le apagó en un ahogo que apenas le dejaba
respirar. Creo que por primera vez en mi vida pude ver, físicamente, la imagen
del odio: la voz del odio, el jadeo del odio, la mirada del odio. Jamás la
olvidaré. Y sentí miedo. Como si una criatura maléfica hubiera transformado a
Gavi en un monstruo o un dragón, o un lobo. Alguien o algo todavía desconocido,
pero atroz.
Teo
se acercó a él, le puso las manos sobre los hombros, le balanceó a medias como
quien mece, a medias como quien sacude. Luego se abrazaron, y yo veía los
hombros de Gavi moviéndose como cuando nos agita la risa o el llanto. Pero al
apartarse, volvió a sentarse en nuestro territorio y no había en Gavi rastro de
lágrimas. Aparecía bello y frío como alguna estatua de mármol que yo había
visto una vez, cuando nos llevaron las de Saint Maur al Museo.
—Pero
ya pasó, ya pasó todo... Mejor es olvidar: yo ya he olvidado... —dijo Teo.
Gavi
volvía a estar tranquilo, inmutable. Como siempre, o casi siempre.
Sentados
en la alfombra de los rombos azules y marrones, tomamos de nuevo nuestro cha.
El
timbrazo de Isabel me devolvió al cuarto de abajo, el cuarto con una ventana al
patio interior: allí donde la nieve era imaginaria, donde Paco leía el
periódico de los deportes y Anastasio miraba al infinito, rascándose de cuando
en cuando el cogote.
Pero
el Unicornio no volvió a cruzar aquel patio.
Algo
había en el aire, algo inquietante se escondía en el viento silencioso que se
filtraba por debajo de nuestra puerta (la otra, la de los Gigantes, estaba más
resguardada). Tampoco sabía si llevaba una amenaza o más bien anunciaba una
alegre sorpresa. Pero fuese como fuese, yo me sentía incómoda. Tata María fue
la primera en darse cuenta.
—La
niña está muy rarita...
—Vaya
noticia...
—No,
mujer, más que siempre... Yo creo que la cosa viene de «ahí arriba».
Tata
María estaba planchando y volvió la plancha del revés, acercándosela a la
mejilla para comprobar su calor. Este gesto era muy suyo. Sobre todo cuando
opinaba sobre alguien de la casa.
En
aquellos momentos, yo estaba en la despensa, subida al taburete y con una mano
extendida hacia el frasco que —según Isabel— daba calor al corazón. A mí no me
daba calor: pero aun así...
—¡No
digas...! ¡Si son los únicos ratos que se la ve feliz...!
—Ya,
pero no sé... no sé...
—Pues
si no sabes no se te ocurra irle con el cuento a la señora.
—¡No
digas majaderías! Yo conozco muy bien a esta familia y sé cuándo debo o no debo
decir...
Y se
perdió en lo de siempre. El haber conocido muy bien a mi familia era
equivalente a lo que puede significar un curriculum vitae.
Si
ellas no sabían lo que pasaba, el porqué yo parecía rarita, yo tampoco lo
sabía. Pero era verdad que me sentía inquieta, incluso diría que asustadiza.
Porque de vez en cuando, sin motivo aparente, volvía la cabeza hacia atrás como
temiendo que algo —más que algo, que alguien— me acechara y estuviera a punto
de atacarme cuando menos lo esperara.
Subía
al piso bajo el terrado, si no todos los días, casi todos. Y, por lo visto,
nadie en nuestra casa lo sabía. Sólo una vez, la lavandera Tomasa dijo, con su
acostumbrada rudeza:
—Esta
niña parece un ratón saliendo y entrando de un queso. ¡Tanto está aquí como
allí, en un visto y no visto!
Mojó
un pedazo de pan en la salsa de su plato y, aun antes de metérselo en la boca,
sentenció:
—No
sé vosotras, pero a mí todos estos ires y venires, a escondidas, como si
hicieran algo malo... pues no sé, pero no me gusta nada. Esas cosas terminan
mal y lo pagamos las que menos culpa tenemos.
—¡Calla!
—casi le gritó Tata María—. ¿Qué sabrás tú, cacho inorante...?
Ella
lanzó una de sus carcajadas cortas, secas, totalmente desprovista de alegría.
—A
lo mejor... a lo mejor más que vosotras, las dos juntas.
Isabel
intervino:
—¿A
qué viene todo esto...? Anda, anda, haced las paces.
Hicieron
las paces. Aunque no dijeron nada ni hicieron nada para demostrarlo, estaba
claro que se habían perdonado la una a la otra. «Y aquí paz, y después gloria»,
como decía Isabel.
Apenas
hacía dos días que mis salidas de casa habían empezado. Como en mis primeros
paseos, al parque, y con la Tata.
Aquel
día me inundaron el aire suave, el tímido sol mezclado al olor de la tierra y
la hierba mojadas. De los dos únicos almendros que flanqueaban la puerta del
Museo se desprendían y flotaban nubes de copos blancos, una insólita nevada
cálida. Se había levantado una inesperada ráfaga de viento, y un enjambre de
pétalos vino a nuestro encuentro. Fue como un estallido, como si algo empujara
las losas del recinto del Museo de Ciencias Naturales.
—¡Jesús,
María y José! —dijo Tata María. Tenía la rara costumbre de invocar a la Sagrada
Familia cuando estaba a medias sorprendida y alborozada—. ¡Pues sí que ha
llegado pronto la primavera...!
Si
el corazón fuera visible a través del pecho, se hubiera visto que me daba un
vuelco. Busqué la mano de Tata María, aunque ya no me llevaba de la mano.
Tampoco traía la bolsa de la merienda y sus labores, ni esperaba que se me
acercase alguna niña que no supiera o no quisiera saltar a la comba, ni jugar a
la pelota, y aceptara sentarse en el extremo del banco para observar a las
orugas, las mariposas, las lagartijas y, quizá, algún caracol con su casita a
cuestas. Ahora, todo esto había desaparecido. Ahora me senté en el banco de
piedra y pasaba una y otra vez las hojas de aquel libro prohibido del que nunca
leímos el último capítulo: El Rey Cuervo. Pero no leía; sólo había en mi
entorno y en mí una palabra mágica: «Primavera».
Había
estado aguardando la primavera meses y meses. La primavera se había convertido
en algo más que una palabra o una estación. Era una cita mágica, la que
tácitamente habíamos fijado para el aprendizaje deseado. «Entonces, cuando
llegue, saldremos a la terraza, aún no al terrado... »
—Pero
¿qué hay en el terrado?
Gavi
levantaba las cejas, sonreía sólo con las comisuras de los labios y murmuraba:
—Ya
lo verás...
Y un
día me dijo:
—Me
he dado cuenta de que lo mejor de algo que se espera es estar esperándolo.
Y
volvía la promesa: «Aprenderás a volar, cuando llegue la primavera».
Y
mirándome los pies sobre las piedras, sentí bajo las plantas, como si una
fuerza invisible las empujara, deseando asomar a la superficie: flores, hierba
y habitantes minúsculos, sólo visibles antes de los ocho años.
—Tata...
¿estamos ya en primavera?
—Lo
estaremos muy pronto, pero, ya ves, el tiempo se ha adelantado...
—Vámonos
a casa, vámonos corriendo...
Recogí
apresuradamente el libro que había dejado sobre el banco.
—Pero
¿por qué estas prisas? Ya has visto que estos paseos al aire libre te sientan
muy bien, el aire te da buen color, pareces otra...
—¡No
quiero parecer otra! —Me rebelé, casi asustada.
Al
fin conseguí que diéramos la vuelta de regreso a casa por los caminillos entre
parterres. El jardinero había dejado la manguera tendida en el suelo. Parecía
una enorme serpiente y de su boca fluía un chorro brillante, abriéndose camino
entre el césped. No tenía nada que ver con el parque de mis primeros años. Yo
llevaba un libro bajo el brazo. No había niños, nadie saltaba a la comba ni
gritaba en el suave discurrir de la mañana. Como si se los hubiera tragado la
tierra o se hubieran quedado inmóviles en una cartulina amarillenta, como las
fotografías de cuando mamá era pequeña.
Mientras
corríamos de vuelta a casa y yo la empujaba, ella se quejaba y se reía, a
medias asombrada y curiosa:
—Pero
¿qué te pasa, niña? ¡Se diría que has visto al diablo!
Cuando
entramos en el portal, Joaquín estaba mirando hacia el jardín de la Milagrosa.
Por sobre los muros, los árboles se balanceaban, y el miedo se había aliado de
nuevo al viento. Joaquín saludó a María con aire de temerosa complicidad, y
dijo en voz baja:
—Ay,
María... se acercan malos tiempos, malos para gente decente como nosotros.
María
suspiró suave, casi dulcemente. Levantó los ojos al cielo y dijo:
—Ya
lo sé, Joaquín, ya lo sé... Malos para todos.
«Malos
tiempos», me dije confusa y curiosa a la vez. ¿Malos para qué? Mientras
iniciábamos la subida hacia la morada de los Gigantes, me dije que para mí
habían llegado los días en que Gavi me enseñaría a volar.
Pero
antes de que pisáramos el primer escalón, Joaquín añadió:
—Si
subes al terrado lo verás... verás el humo de los incendios ¡Están quemando los
conventos, las iglesias...! ¿Qué va a ser de nosotros?
María
me empujó con suavidad escaleras arriba. No era la escalera que llevaba a
nuestra puerta. Era la puerta de los Gigantes.
Sorprendentemente,
allí estaba esperándonos mamá. No solía hacerlo, ni con aquella premura. Me
pareció llorosa, y me atrajo hacia sí como si quisiera protegerme de algo o de
alguien:
—¿Qué
ha pasado en el parque, Tata? ¿Por qué volvéis tan pronto?
Tata
María me desprendió lentamente del abrigo y arrojó —no se limitó a quitármelo—
el horrible sombrerito que yo tanto odiaba.
—Nada,
no ha pasado nada en el parque... Sólo que la niña ya es mayorcita, y se
aburría.
Ocurrió
entonces algo que no esperaba ni remotamente. De repente, sin avisos previos
—por otra parte costumbre habitual en los Gigantes—, mamá me envolvió en lo que
podía parecerse a un abrazo amoroso, pero que a mí me pareció algo así como:
«de ahora en adelante, me perteneces y no te comparto con nadie».
—Pues
bien, Tata... Creo que la niña ya está iniciándose en lo que será su futuro.
Quiero decir...
Siempre
insertaba un «quiero decir», antes de lo que decía. Y en más de una ocasión,
sentí ganas de gritarle: «¡Pues si quieres decirlo dilo de una vez!».
Estuvo
unos segundos mirándose las uñas, y al fin encontró las palabras adecuadas:
—Tata,
acuérdate... Cuando mamá hizo lo mismo que yo voy a «decir»...
Quiso
decir hacer, en lugar de decir, me di cuenta enseguida.
—Para
Adri...
Tata
María seguía tranquila, la espalda apoyada en algo —quizá era el respaldo de un
sillón, quizá la simple pared—. Pero parecía cansada, muy cansada de oír una y
otra vez las mismas palabras. Y aquel cansancio también se revelaba en sus
hombros. Los hombros de Tata María eran la imagen exacta de lo que ella debió
sostener durante años, le gustara o no. Sobre sus hombros y sobre su vida.
—Quiero
decir —repitió mamá, lo que evidenciaba más su inseguridad—. Quiero decir que
han acabado para Adri esos compadreos de la cocina, del patio, de... algún niño
que no conocemos bien... Desde ahora, Adri ya no pasará el día en la cocina, ni
en el patio, charlando con los chóferes y toda esa gente: va a estar con
nosotras, con Cristina, conmigo... Y además, pronto, muy pronto, en cuanto
empiece el nuevo curso en Saint Maur, ya que se ha recuperado tan bien, y...
Aquí
dejé de escuchar. Hablaba de un curso para mi aún remoto. Pero algo parecido a
una ventolera había barrido, bruscamente, todo mi mundo.
Ni
siquiera pude protestar, pero yo no quería obedecer aquellas nuevas órdenes
que, además, tenían el tono y la sequedad de voz con que se anunciaban los
castigos. Lo que escuchaba era el proyecto de una nueva forma de vida y de
sanción por comportamientos que, al parecer, ya no tenían cabida en mi
existencia. Por primera vez, fui consciente de mi rebeldía, del rechazo hacia
aquella especie de orden—castigo, que se autootorgaba la potestad de dirigir mi
vida. Y me llegaba de una forma tan clara, tan viva, que casi dolía
físicamente. Entonces no se me ocurrió decir más que una frase muy mal educada,
pero muy explícita. No la grité, la arrastré entre los dientes (como había oído
y visto hacer a Gavrila, al decidir matar, uno a uno, y despacio, a los que
apalearon a Teo).
Y
así fue como dije —y noté la voz ronca y violenta, casi era la voz de Gavi
mezclándose a la mía—:
—No
me da la gana.
Cristina,
que todo el tiempo había permanecido silenciosa, dijo inesperadamente:
—¡Pero,
mamá... no te enfades con Adri!... Adri aún no sabe, no sabe...
—Pues
te aseguro que de ahora en adelante, sabrá. ¿Te has dado cuenta, Tata? ¿Has
oído? Yo sé que soy la responsable de no haber cuidado sus modales como lo hice
con Cristina... pero tú sabes también lo que ha pasado estos años últimos, lo
que ha sido mi vida... separación... problemas... Esto se ha terminado, gracias
a Dios. Y si es preciso, irá interna a Saint Maur. Y, desde luego, se acabaron
las relaciones con gentes que...
No
sé qué gentes eran las que, pues otra vez dejé de escuchar. Y entonces ocurrió
algo que jamás hubiera podido imaginar: Cristina se levantó de su asiento, vino
hacia mí, me abrazó, casi me levantó en brazos, diciéndome con la boca muy
pegada a mi oído:
—No
hagas caso, Adri, yo te defenderé...
Pero
¿por qué y de que tenía que defenderme? Por qué todo era tan violento, tan
hiriente, tan desolador? Yo no había cometido ninguna maldad —ahora sí lo
sabía, no como en mis primeros años cuando llegué a creer que era mala—. Si
había algún castigo —y para mí era el peor de todos los castigos apartarme de
la cocina, del cuarto de plancha, del patio interior con los chóferes, de
Isabel... Y, sobre todo, de Teo y de Gavi—, no estaba dispuesta a resignarme.
Ya no estaba enferma, había crecido (poquito, no demasiado) pero había crecido.
Y sobre todo, nadie, ni nada, me podría separar de Gavi y sus palabras: «Me gustaría
que fuéramos siameses».
Entonces,
Tata María intervino. Separó el abrazo de Cristina y mío, se dirigió a mamá con
una autoridad aún más grande de cuantas le conocía, y dijo muy despacio:
—Niña,
niña...
No
dijo nada más. Pero fue suficiente para que mamá se calmara. Tata María me
cogió de la mano y juntas volvimos a atravesar una vez más la puerta en vaivén
que separaba la parte noble de la parte innoble, donde aún existían (aunque por
poco tiempo) los chupitos, los golpes de plancha, los susurros de oreja a oreja
y, sobre todo, la esperanza y la alegría de que, cada día, o día sí día no,
subiría al piso bajo el terrado. Allí donde había llegado la anticipada
primavera.
Pero
no todo era tan sencillo. De entrada, trasladaron mi cuartito (el que daba al
patio interior) al cuarto de donde, años atrás, me había expulsado la misma
Cristina que ahora me reclamaba. El confortable, espacioso, casi lujoso e
insípido cuarto de Cristina. Con ventanas que no se abrían a un patio donde la
nieve entraba inexplicablemente y era escenario de huidas de Unicornio; donde
ninguna criatura de rubios tirabuzones fuera una mezcla de Ángel Batallador y
Flash Gordon. No, el cuarto de Cristina, que ahora me obligaban a compartir,
era el cuarto de una muchachita que por momentos me parecía cada vez más
asustada. Ella misma se lo había pedido a mamá:
—Es
mi única hermanita, ya ha crecido, ya me entiende...
No
estaba segura de entenderla del todo, pero me di cuenta de que Cristina estaba
muy sola. «Qué raro», pensé. Qué raro era el tiempo, qué extraños y confusos en
su transcurrir, los meses, los años. Yo había pasado de ser un «gorgojo»
insoportable a una criatura merecedora del aprecio e incluso la ambigua
complicidad de Cristina.
Así
que me trasladaron —libros incluidos, afortunadamente— al reino de mi hermana
mayor. Creí que me moría de pena.
No
me habían instalado exactamente en el cuarto de mi hermana, sino en otro
cuartito contiguo, que hasta aquel día llamaban vestidor, y sólo tenía un gran
armario. No nos separaba una puerta de hojas, sólo el arco que la dividía. Y
supongo que Cristina no tuvo nunca tantos vestidos como para utilizar aquella
habitación y su armario.
—Cristina...
yo no quiero estar aquí, yo quiero volver a mi cuarto...
—Ya
lo sé, queridita. —Por primera vez me llamaba así—. Ya lo sé, pero no tengas
miedo. Ya verás, con el tiempo te gustará.
—Quiero
ver a mi siamés —dije. El nombre verdadero me parecía que en la zona noble
sonaría como algo prohibido—. Quiero verle todos los días.
Cristina
me miraba sin entender:
—¿Tu
siamés?
—Sí:
Gavrila.
Y
pronuncié su nombre con delectación, como si estuviera paladeando un caramelo.
Dije el nombre completo porque pensé que así ella apreciaría su importancia.
Cristina
se quedó pensativa. Luego, mientras colgaba uno de mis vestidos en una percha,
murmuró, muy despacio, casi inaudiblemente:
—Ya
sé, ya sé...
Me
pareció que tenía ganas de llorar, o de estornudar, o de algo que quería decir
y no se atrevía. Y por primera vez supe que aunque éramos hijas de los mismos
padres, si no lo hubiéramos sido, también seríamos hermanas. Así lo había
sentido hacía mucho tiempo (un tiempo que de pronto me parecía larguísimo) con
los gemelos, Jerónimo y Fabián, incomprensiblemente desaparecidos.
Desaparecidos como papá, como la tarde de Historia de dos ciudades y Las
Cruzadas, y los pájaros persiguiéndose en la nieve. Y me dije que aquello que
todo el mundo llamaba años, o tiempo, y yo no sabía cómo llamar, era un dragón
devorador, un lobo, una hiena —otra vez se repetían los cromos del Álbum
Nestlé—. Y me atemorizaba el mundo que estaba esperándome con las fauces
abiertas puertas afuera, el mundo atroz del que oía decir que estaba lleno de
malas gentes incendiarias, malas gentes que apaleaban a criaturas tan dulces y
entrañables como Teo: el mundo donde reinaban en los colegios niñas como
Margot, capitanas de pelotazos y burlas dañinas. Y, sobre todo, el mundo que
prohibía que Gavi y yo siguiéramos encontrándonos en su piso bajo el terrado
(Kai y Gerda en vuestro Jardín sobre el tejado ¿adónde habíais huido? ... ).
Era el mundo acechante, devorador, desconocido. Indiferente a que hubiera
llegado anticipadamente la primavera.
15
Pronto
me di cuenta de que aquel traslado no había resultado tan drástico como parecía
a primera vista. Lo más temido —la imposibilidad de encontrarme con mi siamés—
si no se había desvanecido, sí mitigado. Cristina, que de todos modos no
hubiera sido un obstáculo demasiado poderoso, pasaba fuera de su habitación y
de la misma casa con mamá, o sin mamá, bastante tiempo. De manera que, como
quien dice, ni se enteraba de mis ires y venires.
Otra
cosa era durante las noches. No se me iban del pensamiento las palabras de
Gavrila: «Me escapo por las noches... ¿querrás venir?». Eso, si antes era
difícil, ahora se hacía imposible. Pero (y suponía un cierto alivio) él no
había vuelto a mencionarlo.
No
con tanta frecuencia, y sobre todo con menos tranquilidad que antes, podía
escaparme ahora con Isabel, o sin Isabel, al piso bajo el terrado.
De
todas formas, la primera huida —ya podía llamarse así— tardó en producirse. Fue
un sábado, ya avanzada la tarde.
Nuestro
piso estaba silencioso, y por el balcón todavía entraba el resplandor tibio,
amigable, del último sol. Traía el zumbido o el color de las abejas. Algo
dorado, íntimo y un tanto ponzoñoso. Se oía el tic—tac del reloj que Cristina
tenía en la mesilla, aumentando el silencio. Tata María descansaba en su
cuarto. Pero no Isabel, que llamó a la puerta con los nudillos.
Me
precipité a la puerta, la abrí, y allí estaba la Reina de Todas las Cocinas. Me
lancé a su cuello, casi la asfixié, pero ella se reía y brillaba su diente de
oro como una joya.
—Que
ahí está el Niño, espe...
Aún
no había terminado de decirlo y el Niño y yo estábamos abrazados. Por primera
vez alguien no sólo me quería, también me amaba con todo lo que significaba esa
palabra, tan incierta y temblorosa. Lo sentía cuando me apartó un poco,
inclinándose hacia mí, con las caras tan juntas que veía sus ojos casi dentro
de los míos, como si su azul se hubiera volcado hacia mí. Y sentí una larga y
suave caricia en la frente, las mejillas y los párpados. Nunca antes me había
acariciado nadie. Sólo el consabido medio beso o despeine del flequillo.
Echó
hacia atrás los rebeldes mechones de mi pelambrera —no podría definirla de otra
manera— y dijo:
—Adri,
creí que nunca, nunca más...
Y se
cortó, pero pensé que o tenía ganas de llorar o de matar a alguien: «uno a uno
y poco a poco...». Luego me cogió de la mano y me arrastró. Porque arrastraba,
como un vendaval. En un «plis—plas» estábamos abriendo las puertas corredizas
de la terraza, aquellas puertas de cristal que habían permanecido cerradas todo
el invierno y él me prometió abrir, como si se tratara de una caja de
sorpresas, cuando llegase el «buen tiempo». Y el «buen tiempo» había llegado.
Zar,
de un salto, fue el primero en salir. Iba de un lado a otro, nervioso,
olfateando los rincones. Quedaban en el suelo algunas hojas secas que el viento
había arrancado de las macetas, aún sin flores; y la suave brisa las zarandeaba
de aquí para allá, con gran regocijo de Zar, que se divertía persiguiéndolas.
De pronto todo parecía brillante, nuevo, como tras la lluvia.
Era
una terraza bastante grande, con barandilla de piedra arenisca. La pared que
nos separaba de la terraza vecina parecía imitar las decoraciones del Teatro de
los Niños. Tan frágiles, tan irreales, y tan verdaderas. En el extremo inferior
de la barandilla que se abría sobre la calle, lejana, honda y todavía oscura,
distinguí un busto de león, con la melena también llena de chispitas y una
zarpa alzada. Las diminutas estrellas que inundaban su melena me recordaron las
que vi un atardecer en el parque. Ahora se percibía el crepitar, apenas
audible, de estallidos de luz, cambiando de color, de matiz, a medida que el
sol se hundía aún más en el pozo oscuro de la calle, donde iban encendiéndose
otras luces.
Gavi
acababa de decir:
—Éste
es el Castillo que te dije... ¿te acuerdas? El trozo de castillo que
olvidaron...
¿Tal
vez se refería a ellos de quienes oyó hablar a Sagrario, en la cocina, la
atenta Isabel?
En
el muro de falsa decoración arenisca, se abría una ventana enorme de forma
ojival. Una falsa ventana que sólo contenía el cielo y el vacío. Pero no se
trataba ni del cielo ni del vacío. Lo supe cuando Gavi levantó el brazo, con la
mano extendida —parecía una flor oscura, recortándose en el atardecer—, y
repitió:
—El
Castillo... ¿Oyes...? El de las noches y las escapadas. Ya sabes...
Allá
abajo, en la ciudad, habían empezado a encenderse —casi todas a la vez, como
bajo una consigna— luces y luces. Pero nada tenían que ver con las misteriosas
y minúsculas estrellas de la piedra que imitaba las decoraciones del Teatro de
los Niños. Como si alguien hubiera construido o imaginado una decoración
enorme, frágil y al mismo tiempo poderosa. Y cuando Gavi tiraba de mi mano
trepando hacia ella, sentí el anticipo de lo que podía ser volar. Y luego creí
oír el fru—fru de los papeles transparentes, en las ventanas del teatro, rojos,
amarillos y azules. Los colores de una luna siempre redonda, nunca
descuartizada, flotando sobre la nave del Pirata Arrepentido, o de las tristes
palabras de Caperucita Gris (antes Caperucita Encarnada, y ahora abuela de
Caperucita Azul). Como un relámpago, venían a mi memoria esas y otras muchas
cosas mientras Gavi tiraba de mí con fuerza, casi sin piedad, hacia la
misteriosa ventana donde se abarcaba lo inabarcable: el cielo, dentro de ella,
desbordaba sus límites, era un cielo sin principio ni fin. Más, mucho más, que
el que la rodeaba y se extendía sobre nuestras cabezas. Aquella ventana había
atrapado un cielo nuestro, inmenso y en él regresábamos al territorio de una
alfombra con rombos azules y marrones sobre la que escuchábamos, más que
leíamos, la voz de las historias o de los sueños que poblaron nuestra primera
infancia.
Allá
arriba la noche iba apagando suavemente los brillos de la piedra y, por el
contrario, allá abajo, bajo la zarpa del león, se encendía la ciudad, que me
atemorizaba. Desde allí arriba, abrazada a Gavi, creía oír voces amenazantes,
que hablaban de malas gentes, de un mundo que se abría más allá de cuanto había
llegado a conocer, y sentí el vértigo de mi ignorancia, tuve conciencia de
cuanto me estaba vedado saber, de cuanto existía más allá del piso de zonas
nobles y zonas innobles. Seguramente el mundo y la vida eran mucho más
complejos e incomprensibles que las atroces noticias de conventos incendiados,
de malas gentes que daban palizas a la Emperatriz de la China, de niñas de
piernas gordas robando meriendas y dando pelotazos, e incluso de novios bandidos,
Isabeles y siameses. Fue sólo un relámpago, viendo el brazo y la mano de Gavi
levantada hacia la ventana del cielo. Como un deslumbramiento al que sucedió
una sensación de bienestar, esponjosa, casi alegre. Apoyé la cabeza en el
hombro de Gavi y dije:
—El
castillo de los siameses.
—Sí,
el trozo de castillo que olvidaron llevarse...
Al
oírle y ver su mano dibujada sobre el fondo de nubes rosadas, encendiéndose y
apagándose lentamente antes de fundirse en la oscuridad, me estremecí. No sabía
si de temor o de placer. En todo caso, se trataba de un temor muy placentero.
Y vi
entonces, tan claramente como lo estoy recordando ahora, la silueta del
Unicornio recortándose en el vacío que enmarcaba la ventana.
—Es
por ahí por donde se escapa —dijo Gavi. Y le brillaban tanto los ojos que casi
no se podía resistir su mirada—. Y es por ahí, también, por donde vuelve a
casa...
—¿Adónde
va... y por qué vuelve?
Ahora
no estoy segura de haberlo dicho porque era tan grande la compenetración con mi
siamés, que él sabía y yo sabía lo que la voz aún no había dicho. Como cuando
pasábamos página, sobre la alfombra.
—Quiere
entrar en el Paraíso.
—¿Por
qué no entra... ?
Entonces
recitó de memoria algo que habíamos leído en El Rey Cuervo: «Porque está vacío,
porque nadie entró nunca antes, ni nadie entrará después...».
Me
invadió una tristeza suave: quizá eso que llaman melancolía.
—Me
da pena... y miedo.
No
puedo recordar como sucedió, pero estábamos los dos sobre lo que, de tratarse
de una ventana corriente, hubiera sido el alféizar. Sentados muy juntos, sobre
el vacío, casi dentro del cielo que iba apagándose donde aún no había llegado
la noche, pero sí la oscuridad —la conocida luz de la oscuridad que venía desde
el lejano Cuarto Oscuro—. Iban apareciendo, espaciadas y lejanísimas estrellas,
guiños de una luz enigmática y atrayente como un imán. Todavía no entiendo,
recordándolo, cómo no nos caímos de allí, ni cómo habíamos llegado. El Ángel de
la Guarda existe.
Me
acarició la cabeza, con mucho cuidado. Como si temiera hacerme daño. Su voz me
recordó entonces a cuando dijo que iríamos a Rostov a oír campanas, «conciertos
de campanas». Y en el aire, a través de aquella ventana sin límites que llevaba
al firmamento creí oír lejanísimos tañidos. Tenían la misma cadencia, el mismo
ritmo de cuando él canturreaba: «Ven, ven, ven...». Entonces, como un
relámpago, volvió el vértigo. Pero fue un segundo que nunca olvidaré.
Y
allí estábamos los dos, susurrando nuestros secretos sobreentendidos, palabras
quizá ni siquiera pronunciadas. Desde abajo, a lo lejos, llegaba el rumor de la
calle. Aún más lejos, iban aumentando las luces, lentamente. La ciudad
despertaba a la noche.
—¿Adónde
vas cuando te escapas?
—Voy
y vengo —dijo. No le pregunté más porque creí entender que sus escapatorias
eran como las del Unicornio.
—Gente
—dijo al fin—. Y no quiero vivir con ellos... ni ser como ellos.
Sentí
entonces algo como un escalofrío. Y dijo, apretándome contra él:
—Yo
me iré, pero volveré, yo me iré, pero volveré... a buscarte.
—¡No
te vayas! —La angustia me atenazaba la garganta.
—Sí,
me iré, como tú también te irás, porque todos los niños nos vamos. Pero
volveré. Te lo juro, yo volveré a por ti. Y tú me reconocerás.
Casi
era un sueño, casi eran las palabras de un sonámbulo. Pero para mí eran tan
desoladoras, tan crueles, que no pude evitar gritar:
—¡No
te vayas, no quiero que te vayas...!
—Es
que crecemos —dijo despacito. Y no hablaba como un niño, ni como un Gigante.
Hablaba como si el tiempo hablase. Y recordé el día en que Isabel había hablado
de la desaparición de los niños y los comparó con dientes de león.
—Porque
crecemos, nos vamos, y ya nunca, nunca más, volveremos. Sólo yo estoy seguro de
que volveré a por ti: porque tú y yo somos diferentes.
Sonaba
todo como un pasaje de El Rey Cuervo: aunque no habíamos leído aquello en que
estaba escrito —nunca leímos el último capítulo—, lo sabíamos, sin que nadie
nos lo hubiera explicado. Y volvieron las palabras de Isabel y el diente de
león, y lo que hacia el viento, o la brisa, con sus vilanos.
Iba
a decir algo —no recuerdo qué— cuando un gran cuadrado de luz amarilla cayó
bruscamente sobre el suelo de la terraza. Las paredes se iluminaron, y hasta la
melena del león pareció alborotarse sobre el precipicio.
—Pero
¿qué hacéis ahí arriba? ¿Queréis mataros? La voz espantada de Isabel nos
devolvió a los sinsabores de la clandestinidad.
—¡Bajad
ahora mismo de ahí...! Pero ¿estáis locos? ¡Dios mío, si me dan escalofríos
sólo de miraros ! ...
Gavi
me cogió en brazos —todavía era mucho más alto y más fuerte que yo— y saltamos
al suelo, casi milagrosamente.
—¡Abajo,
abajo corriendo! ¡Están a punto de llegar!
No
necesitaba decir más. Se me había caído un zapato, lo recogió y corriendo,
corriendo —creo que la mitad de mi infancia la pasé corriendo—, entramos en el
montacargas.
Mamá
llegó, después Cristina, y después... lo de siempre.
Mi
cama era ahora más grande, la lámpara de la mesilla también más grande, con su
pantalla de cristales de colores, y me habían colocado un reloj despertador. Lo
último que vi antes de dormirme fueron sus números fosforescentes verde pálido.
«El último modelo de relojes», según dijo Cristina, antes de apagar la luz.
Entonces
yo cerré los ojos y me escapé, como Gavrila, como el Unicornio, a la ventana
del cielo.
Cuando
desperté, al día siguiente, tenía la sensación de haber olvidado algo, pero no
sabía qué, ni dónde. Ya no venía Tata María a llevarme al baño, ni a ponerme
los calcetines. Yo era, al parecer, parte —ínfima parte— de los Gigantes.
En
cambio, vino mamá, se sentó al borde de mi cama y me miró. Y me di cuenta de
que mirarme, lo que se dice mirarme, no lo hacía casi nunca.
—Ya
eres una mujercita, Adri —dijo muy despacio—. Aunque todavía te falta algo
importante que dentro de poco ocurrirá.
Seguramente
se refería a la menstruación. Pero entonces yo no tenía ni idea de estas cosas
y el halo de misterio, secreto y complicidad que la rodeaba me inquietó.
—De
ahora en adelante tendrás que...
Yo
no sabía lo que conllevaba aquel «tendrás que...». Me desconcertaba y, al mismo
tiempo, me inundaba de pereza: pereza de escuchar cuanto mamá decía, y yo no
entendía.
—¡Y
ese niño... ese niño! Que no tengo nada contra él, que es un encanto, pero
viene de donde viene... Hasta ahora, erais pequeños, pero de ahora en
adelante...
A
partir de esas palabras sólo entendí que acaso, nunca, nunca más, subiría a la
ventana del cielo.
Y la
odié.
Empezó
entonces un ir y venir sin concierto. Me llevaban de compras —me aburría
solemnemente—, a merendar a salones de té —aún no existían las cafeterías— y,
si quedaba tiempo, a ver alguna película. Cada vez con más frecuencia Cristina
no nos acompañaba. La llamaban mucho por teléfono, y ella había empezado a
pintarse los labios. Estaba muy guapa.
—Cristina,
pareces una princesa... —le dije un día.
Ella
se reía, dándose los últimos retoques frente al espejo.
—Ya
no hay princesas, Adri... Pero ojalá se lo parezca a Él... Y con Él o sin Él,
me gusta estar guapa... ¿Estoy guapa, Adri?
—Sí,
estás muy guapa. —Y guardé para mí: «pero un poco rara».
—Pues
tú, de aquí a dos o tres años... ¡Ya, ya verás! No te van a reconocer. Porque
eres muy bonita, ¿sabes? Y yo me encargaré de que mamá no te vista con esas
ridiculeces de La Casa del Niño...
—Ya
no me visten allí.
—Pero
es igual, la otra tienda es igual de rancia... Menos mal que ahora estamos
juntitas, y yo puedo defenderte...
Otra
vez la palabra defenderte, incluso en algo tan banal como lo que comentábamos.
¿Tan malo era cuanto me rodeaba que hasta en casa, con mamá al frente, tenían
que defenderme?
Una
desolación blanda, diríase que impotente, me invadió: no saber por qué ni de
qué Cristina estaba dispuesta a defenderme.
La
primera vez que nos encontramos reunidas las tres —Cristina, mamá y yo— ella se
las arregló para decir:
—No
quiero —lo decía en tono enérgico, casi duro—, no quiero que Adri tenga que
pasar por lo que yo he pasado...
Entonces,
mamá saltó, con la cara arrebolada, los ojos verdes chispeantes, y la lengua
casi trabada por la indignación:
—Pero
¿qué estás diciendo, ingrata? ¿Qué estás diciendo, a quién y de qué estás
acusando...?
Dejé
de escuchar, pero no de mirarlas, porque se habían enzarzado en una discusión
de Gigantes, de las que yo tenía noticia por mis escuchas tras los sillones, o
tras de donde fuera. Sabía que ya no se trataba de mí, sino de Cristina, de
mamá, y acaso, acaso, de papá. La sombra de papá cruzó como un relámpago, de un
lado a otro, la habitación. Pero de forma muy distinta a la del Unicornio.
Y
pensé: «Ellas no tienen siameses...». Cerré los ojos hasta que cesó el sonido
embarullado de sus voces.
Entonces
mamá me atrajo hacia ella. Tenía los ojos y las mejillas húmedos de lágrimas,
que se mezclaban al colorete. Ya no la odiaba, ahora sólo sentía una tristeza
difusa que no sabía dónde colocar, que no sabía si era por mí, por ella, o por
todo cuanto oía, o no oía, pero presentía.
Menos
mal que antes de acabar el día volvió el recuerdo del león, con su zarpa
inofensivamente alzada, y aquella gran ventana desde donde Gavi y yo podíamos
ir y venir, y hacer y deshacer, sin prohibiciones, sin amenazas.
Poco
después vi abrazadas a mamá y Cristina, y llorando. Pero no lloraban de pena:
era una forma de llorar que recordaba la deliciosa que, a veces, nos provocaba
a Tata María y a mí el final de las películas de Shirley Temple.
Y
sin saber muy bien por qué, vino a mi memoria uno de los refranes que había
oído en la cocina, el cuarto de plancha, el patio de los chóferes: «Mucho ruido
y pocas nueces». No acababa de entenderlo, pero me pareció adecuado, incluso
satisfactorio.
Y
pasaban los días, las semanas, durante las cuales yo debía formar parte de
aquel grupo, de aquel ir y venir sin sentido para mí. E incluso llegó un día en
que mamá me organizó una fiesta.
—Es
tu cumpleaños.
La
ausencia, la terrible ausencia de quienes yo amaba, la brutal separación de
quienes eran la sal de mi vida, se hacía insoportable.
—¿Por
qué mi cumpleaños... por qué...?
Los
porqués eran inacabables, las respuestas inexistentes. Me recuerdo sentada en
mi cama, la cara entre las manos, intentando llorar. Yo no quería fiesta de
cumpleaños, yo quería a mi siamés, a Teo, a Isabel, a Tata María... Y punto.
Porque,
hasta aquel día, mi cumpleaños había sido sólo una tarta de pocas velas y un
regalo más o menos apreciado. Y después, las felicitaciones y los regalitos de
Tata María, Isabel y Paco, el chofer. Todos ellos me regalaban algo: muñequitos
de chocolate, cazuelitas de estaño para la cocinita, alguna bolsa de caramelos,
y lo que yo más quería: reunirnos todos en la cocina. Una vez —hacía tiempo— el
chofer Paco me levantó en brazos y dijo: «Viva mi novia que ya tiene ocho
años...». Y estábamos todos muy contentos.
Ahora
conocía el ansia, la carencia. Me notaba distinta y me acordé del Patito Feo, y
supe lo que era sentirse como se sentía él. No lloré porque me había prometido
a mí misma no llorar ante la mirada de los Gigantes. Ni ante mí misma.
Mamá
dijo que a mi fiesta vendrían los hijos de Felisita, los sobrinos de
Carolina... Y de pronto se me despertó el león de la zarpa alzada de la
terraza: hasta aquel momento inofensiva. Del león sobre el precipicio—calle. Y
casi grité:
—Vendrán
Gavrila y Teo, y Tata María e Isabel. Si no, no quiero fiesta de cumpleaños ni
de cumplenada.
No
fue algo brusco, ni siquiera inesperado. Por lo visto estaba como presentido. Y
vi la sonrisa de Cristina, como detrás de un telón mucho más transparente que
el del Teatro de los Niños.
—Bueno
—dijo mamá—, vendrá Gavrila... Pero a lo mejor ni Teo ni Tata María ni Isabel
quieren estar en una fiesta de niños.
Fue
un buen golpe de su parte. Ninguno de ellos, al parecer, querían estar —por lo
menos en primera fila— en la fiesta de mi cumpleaños.
Pero
Tata María me dijo al oído:
—Ya
estaremos, niña, ya estaremos... Tenemos nuestra fiesta, contigo y con el Niño,
en la cocina, cuando todos se hayan ido.
Benditos
sean in secula seculorum. Amén.
Yo
ya había tenido encuentros con los niños de Felisita y los sobrinos de
Carolina. Eran niños serios y callados, bien educados y prácticamente
desconocidos. Se hacía difícil la comunicación. íbamos a colegios distintos,
aunque para mí, daba igual; todos los colegios me parecían distintos, y todos
teníamos aficiones y gustos diferentes. Sin embargo, todos pertenecíamos al
mismo grupo de Gigantes, y eso era lo único que importaba a mamá.
Estábamos
todos en la salita, esperando la merienda y hablando —hablaban ellos, yo
permanecía encerrada en un mutismo casi grosero—, cuando Gavrila hizo su
entrada. Llevaba un traje azul marino con botones de plata. El cabello se
enroscaba en su frente, detrás de las orejas, sobre la nuca, con un brillo
sedoso. Y sus grandes ojos azules, del azul de los cuentos leídos juntos, que
sólo existe en las profundidades del mar, allí donde yacen restos de barcos
naufragados; y sus largas pestañas rubias; y, sobre todo, su prestancia, su
forma de saludar y presentarse, que dejó anonadados a los niños de Felisita y
Carolina. A su lado, parecían torpes. Y no lo eran.
Jamás
he vuelto a sentir un orgullo parecido al que puede sentirse —como me sentí
orgullosa en aquel momento— por tener un siamés como Gavrila.
Inmediatamente
se despojó —como se despoja alguien de una capa— de todo protocolo. Y a partir
de aquel momento fue el más travieso, divertido y admirado —sobre todo
admirado— por los niños y niñas de aquella reunión.
Por
primera vez mi cumpleaños fue algo hermoso, memorable.
Cuando
nos despedíamos, todos los niños querían saber el teléfono de Gavrila. No eran
muchos los que en aquellos años teníamos teléfono particular, por lo menos
comparado con hoy en día. Y que los niños tuviéramos acceso a él, mucho menos.
Excepto si nos llamaban la tía Felisita, o la abuela porque querían oírnos
decir: «como estás, yo estoy bien, sí, he crecido un poco, gracias por el
regalo, me gusta mucho», etc., etc. Pero aquel día todos parecían dueños de
aquel aparato negro, colgado de la pared, con su eterna sonrisa circular,
inundada de números. Y yo sospechaba que ninguno de aquellos niños y niñas —más
niñas que niños— ni siquiera sabían marcar un número de teléfono y, al mismo
tiempo que intentaban congraciarse con el líder, presumían de poder hacerlo (y
de tener teléfono).
Ante
mi asombro, dijo Gavi:
—No
tengo teléfono.
Y
era mentira.
Porque
el teléfono de Gavrila era como un animal dormido, que sólo despertaba de
cuando en cuando, cada vez que le llamaban su madre o Mauricio. Más veces
Mauricio que su madre. Y yo intuía que él no quería que nadie más despertara
aquel animalito. Únicamente Teo, o la tienda de ultramarinos donde hacía su
pedido diario lo utilizaba. Yo no lo había usado nunca porque sabía que él
esperaba siempre la llamada de su madre.
Y
aquella noche, cuando ya estaba acostándome, llegó mamá, se sentó al borde de
mi cama y dijo:
—Bueno,
Adri, ya has tenido lo que querías, ha venido tu amiguito, un niño muy bien
educado, no tengo nada contra él... Pero, ya sabes, ya no sois unos niños
pequeños, ya estáis creciditos... ¿No sería hora de que tuvieses una amiguita
como Georgina, por ejemplo, la hija de Felisita? Mejor es niñas con niñas, y
niños con niños... No es que tenga nada contra ese encanto de Gavrila, pero...
no es apropiado.
Pensé
en Georgina. Una niña mayor que yo —también en estatura—, que no parecía sentir
hacia mí mayor simpatía que yo hacia ella. No era antipática, era un poco
gorda, de pelo rizado y ojos pequeñitos y muy negros. No le gustaba mangonear,
era apacible y callada, y ante Gavi pareció como apabullada. Ella no le había
pedido el teléfono.
No
podía imaginarme en la ventana del cielo, con su león de zarpa alzada, ni de
nada de nada, con ella. No me desagradaba: me aburría, y me invadía un gran
hastío sólo imaginarme en su compañía e imposible amistad. Y además me había
preguntado por qué Gavrila tenía nombre de chica. Pero mamá esperaba una
respuesta.
—No
—dije, con toda la energía que me cabía.
—¿No
qué..? —insistió mamá.
—Que
no, que sólo Gavrila es mi amigo.
Ella
hizo un gesto como de abandono o de cansancio.
—Bueno,
ya hablaremos en otro momento de estas cosas, que duermas bien, hijita.
Y
apenas había pasado media hora, Cristina llegó. Venía de una sesión de cine que
la había trastornado. Parecía deslumbrada, y repetía el nombre de Greta Garbo,
una y otra vez. La comprendí porque algo así me había pasado a mí antes con
Historia de dos ciudades y Las Cruzadas.
Se
sentó, también, al borde de mi cama y me dijo, de sopetón:
—Adri...
quiero estudiar una carrera.
Yo
no tenía muy claro lo que eso significaba, pero sí que era escapar —por así
decirlo— del cerco de mamá, Felisita, Carolina y, quizá, quizá, acercarse al de
nuestro lejano papá.
Le
dije:
—Estúdiala.
De
repente, la protectora se convertía en protegida.
—¿Tú
crees?
—Lo
creo, lo creo. ¿Tú quieres ser como mamá?
Y
casi gritó:
—¡Nooo!
Envalentonada
por aquel tono confidencial y por primera vez fraternal, le dije:
—Cristina,
voy a tener una fiestecita en la cocina... ¿No dirás nada?
Cristina
me abrazó y murmuró a mi oído:
—Ojalá
tu Príncipe Azul sea siempre tan Azul como ahora...
Sólo
muchos, muchos años más tarde entendí lo que ella quería decirme. Yo no tenía
entonces, que supiera, ningún Príncipe Azul. Sólo tenía a Gavrila, que llenaba
mi vida.
Y
aquella noche oí el primer aldabonazo del enorme reloj que me había inquietado,
sobre la cabeza de Gavrila.
Fue
apenas entrar en la cocina cuando las vi a las dos, esperándome:
—El
Niño está malito... Tiene fiebre y dolor de cabeza.
Sentí
como si las piernas no pudieran sostenerme:
—¿Qué
le pasa... ? ¿Es muy malo?
Pero
Tata María ya venía hacia mí y me apretaba contra su delantal plisado —tan
añorado ahora—, y dijo:
—No,
no... Tiene unos dolores de cabeza muy fuertes, pero no deja de repetir:
«Mañana la enseñaré a volar...».
No
pude decir nada porque sólo sentía, no pensaba. Sólo dolor, mucho dolor. Volví
a la cama, y por primera vez deseé hablar con Cristina.
Pero
ya se había dormido.
16
Tres
días más tarde, cuando estaba temiendo que no volveríamos a vernos —o que por
lo menos sería muy difícil—, Tata María me trajo buenas noticias:
—Ya
está mejor, ya no le duele tanto la cabeza, y no deja de repetir que quiere
enseñarte a volar... ¡A saber lo que imagináis los niños...! Cosas más locas os
he oído decir...
Yo
ya sabía que se refería a mamá, a Eduarda, y quién sabe cuántos fantasmas de
niños la visitaban de cuando en cuando. Sentí una pena suave a medias por las
buenas noticias y a medias por lo que acababa de decir. «Mayores locuras os he
oído...» Niños, que ya no estaban, me vinieron a la memoria, como si los
hubiera conocido.
Recordé
nuevamente las palabras de Gavrila, cuando me dijo: «Todos los niños nos
vamos».
A
Tata María sólo le quedaba yo. Y había un aleteo en el aire, un sutil presagio,
anunciando que, de un momento a otro, yo sería como vilano al viento.
Me
peinó, me subió los calcetines, me miró despacio de arriba abajo, y al fin
dijo:
—Muy
bien, toda una señorita.
Esta
vez no dejé que nadie me acompañara, así que crucé el patio sola —que me
pareció más pequeño—. No se veían, a la puerta del recinto de los chóferes, ni
a Paco ni a Anastasio. Miré hacia la alta claraboya de cristal que impedía la
entrada a la nieve: sólo dejaba pasar la que veíamos Gavi y yo. Y por vez
primera tuve algo así como la nostalgia precoz, sutil y efímera de lo que aún
no había sucedido, pero sucedería. No era tristeza, sólo el reflejo de un
viento que esparcía los vilanos de una flor espumosa. Casi con la sensación de
ser perseguida, corrí hacia el montacargas. Y subí y llamé y entré en el piso
bajo el terrado.
Teo
me besó en la frente y dijo:
—Ya
se encuentra bien, está muy bien. Sólo que a lo mejor comió demasiados
pasteles, corrió, jugó y sudó mucho; y luego, se debió de enfriar... ¡Pero,
como nunca está enfermo, me asusté...! Te espera, está impaciente...
Teo
le había obligado a permanecer sentado en un sillón, con una manta a cuadros
escoceses sobre las rodillas, aunque ya no hacía frío.
Apenas
me vio, se levantó de un salto, tiró la manta casi con rabia (o quizá con todo
lo contrario: con una alegría tan grande como la que yo sentía). No sé cuánto
tiempo estuvimos abrazados, pero casi me hizo gemir. Su abrazo dolía.
—¡Deprisa...!
No tenemos mucho tiempo —dijo apresuradamente.
Le
miré con atención: su cara, que al entrar me había parecido pálida, estaba
ahora como encendida. Y también le brillaban los ojos con un fulgor distinto.
Siempre le brillaban, pero nunca como en aquel momento.
—Tenemos
la primera lección a punto —dijo.
Fue
entonces hacia el arcón donde guardaba los antiguos Meccanos y las medio
olvidadas piezas de un juego de construcciones, y en su lugar sacó de allí un
par de patines.
Me
sorprendió mucho, incluso sentí un vago temor. Ni siquiera sabía montar en
bicicleta. Desde el día que me caí, no había vuelto a subirme a ninguna.
—Siéntate
aquí —dijo, señalándome un taburete. La puerta de cristal que daba a la terraza
estaba abierta, y algo como un tapiz movedizo, dorado, cubría a trechos las
baldosas del suelo. La brisa lo levantaba y esparcía por encima de la
barandilla. Sentí una mezcla de paz y expectación, como si todo cuanto me
rodeaba sonriera. Estornudé.
—Es
el polen —dijo Teo—. A mí me vuelve loco.
Arrodillado
frente a mí, Gavi me calzaba los patines mientras canturreaba su eterno «Ven,
ven...». Zar asomó el hocico, dormilón, nos miró y volvió a su siesta. Entonces
me dije que seguramente aquello que yo sentía sería parecido a como terminaban
la mayoría de los cuentos: «Y fueron felices».
—No
creo que pueda, Gavi... Yo soy muy torpe con estas cosas. Me voy a pegar un
tortazo enorme... y a lo mejor me mato.
Fugazmente
regresó a mi memoria el día que trepaba por los cajones de la Ciudad de los
Armarios, en el Cuarto Oscuro. Y a un tiempo, se me ocurrió: «Si entonces no me
maté, a lo mejor ahora tampoco». Pero lo que me daba más confianza era que Gavi
organizaba aquella especie de entrenamiento primerizo. Porque, creí adivinar,
se trataba del primer ensayo para volar.
—No
te vas a matar porque yo te llevaré conmigo —dijo, mientras me abrochaba la
última correa de los patines. Y añadió—: Éstos son los patines que yo usaba
antes... antes de que me crecieran tanto los pies. Pero se lo dije a Mauricio,
y él le dijo a Teo que me comprara otros.
Cuando
me levanté, aún sostenida por él, creí que el mundo resbalaba bajo mis pies.
Poco
a poco, fui superando las pruebas. Dábamos vueltas y más vueltas a la terraza,
él me rodeaba la cintura con el brazo.
Zar
ladraba de cuando en cuando. No acababa de comprender lo que ocurría.
Aún
hoy me parece mentira que pudiera, si no patinar, por lo menos deslizarme
dignamente sobre ruedas.
—¡Venid,
venid, deprisa, mirad lo que sabe hacer Adri...!
Gavi
lo gritó de pronto y vinieron corriendo Teo e Isabel. Yo no sabía que Isabel
había subido, y en aquel momento descubrí que ella y Teo se habían hecho muy
amigos. Porque Teo la llamaba para cualquier cosa, tanto si se trataba de la
cocina como de la última ofensa recibida de la antipática dependienta de
Ultramarinos Santa Engracia, o de la sal o la cebolla que ora a uno, ora a
otro, les faltaba y se intercambiaban (aunque tuvieran que atravesar, de arriba
abajo, toda la casa). Luego supe —mucho, mucho más tarde— que Teo lloraba en el
hombro de Isabel sus desengaños de amor, y que Isabel lloraba en el hombro de
Teo las barrabasadas de «quien sea». Fue una amistad que duró años, muchos más
que sus respectivas relaciones con los Gigantes de la casa del Unicornio y de
la ventana del cielo.
—¡Mirad
a Adri ...! ¡Adri está aprendiendo a volar...! —casi gritaba Gavrila. Y lo
decía rebosante de una alegría orgullosa.
Él
era el artista y yo, su obra.
Acabé
la lección llena de sudor, jadeante, y muy feliz. Nada que ver con la
descripción de Tata María: «Toda una señorita».
—Y
mañana, sabrás lo que es volar... porque aprendes muy rápido y no tenemos mucho
tiempo.
Ésta
fue su despedida aquel día y me llenó de inquietud. ¿Por qué no teníamos mucho
tiempo? ¿Acaso se precisaba ser aún niño, acaso estábamos tan cerca de no serlo
que había que apresurarse? ¿Por qué tanta prisa? Me acosté, preguntándomelo.
Al
día siguiente, casi parecía verano. Amaneció tan brillante que Tata María me
dijo:
—Hoy
es un día del Señor. Hoy todo alaba al Señor.
Estaba
desayunando, y enseguida me di cuenta de que no eran palabras suyas, sino del
padre Rincón, al que oía las tardes de los sábados en la iglesia de los
Redentoristas. Tenían un especial cariño por una Virgen que llamaban Virgen de
los Remedios.
—La
Virgen de los Remedios ha curado al Niño, porque Teo tiene su estampa, y la
puso sobre la cabecera de su cama.
Yo
me sentí a medias asustada y enfadada.
—No,
Tata, lo que tenía el Niño era una indigestión. Teo me lo ha dicho.
—Así
será, si Teo lo dice... Pero de todos modos, le ha curado la Virgen de los
Remedios. —Tata María recogió la bandeja con las migas de pan, la taza y la
servilleta manchada aún de café con leche—. Pero tienes que rezar mucho para
que el Niño continúe sano, y bien sano —dijo.
Una
púa inesperada se clavó en mi corazón.
—¿Por
qué dices eso, Tata...?
Pero
ella se iba con su bandeja y no decía nada más. Había conocido muchos, muchos
niños. Y sus desapariciones.
Serían
aproximadamente las nueve de la mañana, hora en que tanto mamá como Cristina
aún dormían. Pero yo tenía ya una cita, una cita inexcusable. Se lo había
advertido, la noche antes, a la Tata:
—Tata,
no lo olvides, no lo olvides... es muy importante, despiértame, tengo que estar
arriba antes de las nueve...
—Será
bueno que tengas ganas de levantarte —me dijo con una sonrisa que se me antojó
cómplice—. Estarás, estarás... yo me ocupo de eso, descuida...
Desde
las ocho estaba levantada, impaciente.
—¿Son
ya las nueve, Tata...?
—Si
no lo son, poco faltará.
—No
llueve, ¿verdad?
—Pero
hija, ya ves que no llueve, asómate a la ventana...
—Sí,
pero a lo mejor aquí abajo no llueve, y arriba...
—¡No
digas disparates! Si aquí no llueve, arriba tampoco.
Eché
a correr hacia nuestra puerta, la abrí y me lancé, cruzando el solitario patio,
hasta la puerta del montacargas, y subí. La puerta de Gavi estaba abierta, y
él, esperándome. «Ven, ven, ven... », creí oír, aunque sus labios estaban
cerrados. Casi con violencia me agarró de la mano, arrastrándome hacia un corto
tramo de escalones que yo nunca había subido, ni siquiera conocía, ni podía
sospechar que existiera. Igual que el terrado, una palabra sin apenas
significado hasta que Gavi me habló de él. Tomasa subía al terrado a lavar la
ropa y a tenderla. Era cuanto sabía.
Al
final de los escalones había una puerta con una gran cerradura, y arriba los
cristales de una claraboya filtraban la luz de la mañana, espesa y dorada como
miel. Muy distinta al techo de cristal —roto o no— del Patio del Unicornio.
Gavi
sacó de su bolsillo una llave antigua. De pronto todo se había transformado en
una estampa remota, como las que ilustraban los cuentos de mamá y Eduarda; de
cuando eran pequeñas y leían Rose Blanche et Rose Rouge en el francés
delicadísimo y ligeramente démodé de Saint Maur.
La
puerta se abrió y el gruñido de los goznes rompió aquella especie de nostalgia
al revés. En el gemido de la puerta, todo se parecía más al Rey Cuervo que a
Rose Blanche, Rose Rouge y su amado Oso de los Bosques.
Gavi
guardó la llave del terrado en el bolsillo de su pantalón.
—Entra...
—dijo, casi en un susurro.
Más
que entrar, salíamos, y fue como sumergirse en una blanca, inmensa luz.
Colgaban por todas partes sábanas, bamboleándose en los tendederos, empapadas
de agua, con centelleo de nieve, levantando oleadas de blancura. Como si una
fantasmal flota de veleros hubiera invadido el terrado. Ya no era el terrado,
era un revivir de lecturas: La isla del tesoro, Robinson, Peter Pan y el País
de Nunca Jamás... En el aire se respiraba el mar, al mismo tiempo que se oía.
Como cuando acercábamos caracolas marinas a la oreja. Porque el aire parecía
hecho de alguna materia tangible y a la vez transparente; y olía a jabón, a
azul añil, a las manos enrojecidas y restregadas, hasta casi parecer
despellejadas, de la lavandera Tomasa. Porque también había en la luz algo restregado
y doloroso, y me venía a la memoria Robinson, frotando dos ramitas para
arrancarles el fuego. Seguramente Tomasa restregaba y frotaba, casi con furia,
hasta conseguir aquella luz blanca, cegadora. Vagamente comprendí por qué a
veces la luz dolía, y sentí que nos movíamos en un espacio sin límites, libre
de cualquier intromisión: siluetas y contornos de tejados, chimeneas, incluso
de árboles. Cerré los ojos, todo era grande y blanquísimo, un batir sobre
nuestras cabezas de sábanas—alas—veleros.
El
aire estaba impregnado de olor a jabón Lagarto, a lejía y azul añil. No hay
otro olor que me devuelva aquel primer paseo—vuelo inolvidable, como
inolvidable será siempre la tremebunda lavandera Tomasa, la que escandalizaba a
Tata María y divertía a Isabel. Una voz poderosa, irrepetible, la de Tomasa,
Reina del Terrado. (Unos desalmados la mataron, apenas terminada la guerra.)
Pero
aquel día asomó a la puerta del lavadero su peor cara, enrojecida ya por una
furia mal contenida, y casi gritó:
—¡Cuidadito,
chaval, que te conozco...! Acabo de tender las sábanas: si manchas una, sólo
una, ¡te vas a acordar de Tomasa lo que te queda de vida... !
Gavi
se reía bajito, muy bajito, como no le había oído reír nunca.
—Es Tomasa...
—le advertí, más que informé, titubeante.
Todos
los pisos de la casa tenían en el terrado, además del lavadero, un cuarto
trastero. El de Gavi era el más grande, puesto que también su piso era mayor. A
veces, cuando se entraba en él —sobre todo el primer día—, era como entrar en
un laberinto, a trechos atiborrado, o destartalado, o medio vacío. Y flotaba en
el aire un vago temor a perderse para siempre entre sus recovecos, a no
encontrar nunca la salida.
La
puerta del trastero se abrió con un gemido despacioso, como el bostezo de un
gran animal, y un vaho verdoso nos envolvió. La primavera se había anticipado,
pero, allí, la boca abierta del cuarto trastero emanaba un aliento de años
apilados, viejos periódicos y recortes de reseñas sin leer. De años guardados.
Húmedo.
Apenas
entramos, Gavi encendió su linterna. La luz iba descubriendo de acá para allá
rincones y zonas de un conjunto abigarrado. Grandes tarros de cristal, incluso
garrafas vacías, junto a baúles y maletas cubiertos de etiquetas que
evidenciaban su paso por hoteles y países distantes.
A
medias asombrada y admirada, me dije que aquellas maletas y baúles guardaban la
memoria, de muchísimos Lagos de los Cisnes y Princesas Aurora... Y vino a mí la
imagen de una bailarina de la que sólo había visto una fotografía, y un vestido
de estrellas, extendido en el suelo.
—Siéntate
aquí, voy a calzarte los patines —dijo Gavi.
Me
senté sobre un baúl lleno de etiquetas. «Cada etiqueta es un viaje...», me
decía, y eso me llevó a «cada etiqueta es una huida, como la de los pájaros que
van en busca de las Tierras Calientes». Como en los cuentos de Andersen.
Gavi
llevaba colgada del cuello su linterna. Iluminaba justo el espacio que deseaba.
Y así, se arrodilló, y sacó de la bolsa unos patines nuevos, relucientes.
—Son
de tu medida —dijo—. Exactamente de tu medida... Teo se los pidió a Mauricio, y
Mauricio nos los ha regalado. ¡Ya verás, cuando vengan en otoño, para la
rentrée! Quiero que sepan que eres mi novia...
Casi
me caigo del baúl. Me temblaban los labios, y mi corazón había dejado de
golpear: ahora temblaba.
—¿Yo
soy tu novia?
Levantó
la cabeza, mirándome. Sus ojos estaban llenos de asombro:
—Pues
claro... Eres mi novia porque no podemos separarnos... Como siameses, ¿no te
acuerdas?
Yo tenía
la garganta apretada, no podía casi hablar. Pero asentí con la cabeza, y él lo
dio por bueno. La imagen de los novios—bandidos del cuarto de la plancha se
esfumó.
—Ahora
—dijo Gavi— sólo tienes que dejarte llevar... a lo mejor, a lo primero, no
sabes muy bien lo que pasa, pero enseguida, enseguida te llevaré a volar
conmigo... Y además, vamos a atravesar todos los veleros... y las gaviotas y
las nubes... ¡Ya verás! ¿Tienes confianza en mí?
Reconozco
que tuve un instante de duda. Pero veía aquella mirada resplandeciente,
esperando, esperando, y dije:
—Sí,
sólo tengo confianza en ti...
Empezó
a calzarme y a atar las correas de los patines. Por algún chispazo, como una
gota de luz que caía sobre las correas, me di cuenta de que lloraba. Y pensé
que, acaso, sólo yo tenía confianza en él, y deseé decirle que le quería mucho,
que le quería más que a nada ni a nadie en el mundo. Pero no encontraba las
palabras, y además tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar.
Me
puse en pie, me rodeó la cintura con el brazo, canturreó a mi oído, casi en un
susurro, su acostumbrado «Ven, ven...», y añadió:
—Cada
vez que oigas este tintineo volarás conmigo.
Desde
la tarde en que habíamos subido a la ventana del cielo, parecía nimbarle una
sutilísima aureola, parecida a las que rodeaban las cabezas de ángeles y
arcángeles. Era una visión fugaz, que reapareció de cuando en cuando a lo largo
de muchos años. Aun cuando ya casi creí olvidadas todas estas cosas.
Salimos
al terrado y nos lanzamos a él, como gritos, y nuestra carrera sobre ruedas,
veloz, vertiginosa, parecía atravesar la piel del aire. Cada vez que nos
entorpecía una sábana, la embestíamos, y sentíamos en la cara su golpe mojado,
estallando de luz. Abrazados, íbamos entre sábanas—velas—fantasmas,
sorteándolas o empujándolas, chocando con ellas: las sentíamos entonces
doblándose sobre nuestras cabezas, como alas gigantes, y corríamos así, casi
tan rápidos como el viento que se había vuelto cómplice, golpeando, atravesando
cuanto pudiera entorpecer o frenar aquella especie de huida o de algún
reencuentro misterioso. O de quién sabe qué: quizá se revelaría el cómo y el
porqué de aquel día en que nos habíamos conocido (cuando aún no nos
conocíamos), a medida que avanzábamos como un vendaval, entre los gritos y los
insultos de las lavanderas, y la lluvia de trozos de jabón.
Empujábamos
las sábanas con la cabeza, los hombros, el cuerpo entero, saltaban las pinzas,
y notábamos y oíamos su mojado «¡plas—plas!», una enorme bofetada cristalina
(de cristal hecho pedazos contra el suelo). «Ven, ven...», tintineaba una
misteriosa campanilla a través de los insultos, los gritos de las lavanderas y
la lluvia de toda clase de objetos.
Chocábamos
contra las sábanas, casi creíamos atravesarlas, zarandeados por sus golpes a
punto de derribarnos y aquel «¡plas—plas!» casi ensordecedor. Despeinados y con
el cabello empapado de agua que olía a jabón y lejía reaparecíamos al otro lado
de la ropa tendida sin perder velocidad —o casi— con la sábana desplegada sobre
nuestras cabezas como la vela de un barco, en un revoltijo de gritos de mujeres
y pinzas rotas. Y mezclada a los gritos, la poderosa voz de Tomasa, que, entre
insultos, dejaba estallar la risa: una risa sonora, gruesa. Me digo ahora,
recordándola, ¿cómo podía reírse aquella mujer mientras —con tanta razón—nos
insultaba y arrojaba a la cabeza cuanto tenía a mano?
No
sé cuántas vueltas dimos, como truenos, como gritos, como insultos, alrededor
del terrado. Vueltas y más vueltas en una especie de liberación, o de rabia
todavía inconsciente. Algo se abría paso a través de nosotros, y nosotros lo
vivíamos aunque aún no lo entendiéramos.
Dimos
varias vueltas al terrado, no podría decir cuántas, pero recuerdo que, poco a
poco, los gritos de Tomasa y las otras lavanderas se aplacaron hasta casi
desaparecer. Y fue aquel silencio el que nos detuvo. Poco a poco, frenamos.
Ante
nosotros aparecían serios, circunspectos, como nunca ante les habíamos visto,
Teo e Isabel. «Tata María sería más comprensiva», me dije, inquieta. Fue lo único
que se me ocurrió.
Y,
además, me equivocaba. Mucho peor que el vocerío, las pinzas arrojadizas o los
insultos de las lavanderas, peor que el castigo que nos aguardaba, si alguien
se iba de la lengua, era el silencio: el de los labios y los ojos de nuestros
Teo e Isabel, y el reproche que transparentaban, como si fueran de cristal. Era
un silencio inusual, totalmente inimaginable, hecho de una materia pegajosa e
invisible, que iba adhiriéndose a nuestra piel; y ninguna palabra, por violenta
y sonora que fuera, se hubiera apoderado así no sólo del terrado entero, sino
de nosotros, hasta hacerlo asfixiante.
No
decían nada, pero la severidad de su mirada se repitió en los ojos dorados y
habitualmente tan cálidos de Tata María. De alguna manera estaban aclarándose
en mi mente algunas cosas hasta entonces sólo presentidas. Sentí que aquel
silencio me revelaba mucho de lo que intuía y no comprendía: todo lo oído hasta
entonces, la sutilísima desazón de disconformidad, de contrariedad, contra mí
misma. Fue la primera vez, acaso, en que me di cuenta de la distancia que nos
separaba de las lavanderas, pongo por caso. Yo no estaba en el lado que hubiera
querido estar, y las manos rojas, casi despellejadas de Tomasa, adquirieron una
importancia insospechada. Fue todo parecido a la luz súbita y fugaz de un
relámpago. Pero no desapareció devorado por la noche, sino que aún, ahora
mismo, al recordarlo, regresa a mi memoria; y vuelve la inquietud, aunque ya
sea tan inane como soplar hacia una mariposa muerta, atravesada por un alfiler,
imposible de volver a la vida.
Todavía
no era, físicamente, una mujercita, pero acababa de revelárseme, aun a través
de una mirada oblicua, de una voz huidiza como la brisa, el viento, o la fuerza
casi suicida de nuestros cuerpos, contra las velas de aquella imaginaria flota
blanca, conseguida a fuerza de puños enrojecidos hasta parecer en carne viva. Y
la lavandera Tomasa, encima, se reía.
—¿Se
lo vas a decir a mamá...?
Tata
María sacudía mi chaqueta.
—No
se lo voy a decir a nadie... Bastante tendrás con tu vergüenza.
No
sé si sentí vergüenza, pero sí algo como un eco de frases de arrepentimiento,
leídas quizá en las Historias cristianas de los Ejercicios espirituales de
Saint Maur, o quizá paradójicamente en las últimas páginas de El Rey Cuervo,
esas que no habíamos leído nunca.
Y lo
que más me inquieta de este recuerdo es saber que la risa era, y es, lo único
que me salvaba de una posible mala conciencia. «No soy una niña buena», me
dije. Pero saberlo así, aquella mañana, de improviso, no me produjo ninguna
conmoción. Más bien diría que me tranquilizó. Y no por primera vez me llegó una
especie de revelación. Yo era diferente de las otras niñas, y de los otros
niños, pero no era tan rara; y sentí alivio, no del todo satisfactorio, pero
muy agradable. Yo era como mi siamés.
Tras
la lenta —lentísima— operación «descalce de patines», se produjo un silencio
total. Y mientras Gavi iba desabrochando parsimoniosamente las correas, me vino
a la memoria la ilustración del cuento de la Cenicienta, cuando el Príncipe
calza a la muchacha el perdido zapatito de cristal. Sólo que, al revés, Gavi no
calzaba, descalzaba; y en lugar de un frágil zapato de cristal, se trataba de
unos sólidos patines alemanes.
El
regreso a casa —cada uno a la suya— se produjo en un silencio tan incómodo como
inhabitual. Ni siquiera nos mirábamos, ni nos dijimos adiós; y cuando la puerta
de Gavi se cerró tras él y Teo, fue como si algo hubiera acabado para siempre,
incluso en unas vidas tan cortas como las nuestras. Pero no entre Gavi y yo.
Acaso, aquel silencio, reflexivo y temeroso a partes iguales, nos unía más y
más. Qué melancolía me llega saberlo: si no hubiera sido así, si en aquel
momento lo hubiera expulsado de mis recuerdos, mi vida hubiera sido distinta.
Probablemente igual de catastrófica, pero, por lo menos, sin su participación.
Claro que estas cosas las pienso ahora, cuando todos aquellos hechos permanecen
laminados, descoloridos, casi arrancados de las páginas desde donde me habían
fascinado.
Aunque
todo parecía indicar que desde aquel día nuestros encuentros iban a ser más
difíciles —llegué a temer que ya no contaríamos con la complicidad de Isabel,
Teo y Tata María—, lo cierto es que sucedió exactamente lo contrario. Misterios
como aquél se han repetido durante casi toda mi vida (contrasentidos,
incompresibles reacciones de cuantos me rodeaban). Pero en aquellos días acabó
pareciéndome natural.
Porque
también a mi alrededor todo se ofrecía trastocado, vertiéndose al revés, como
una inmensa copa llena de algún misterioso bebedizo.
No
tuve que esperar demasiado: aquella misma noche, el Unicornio escapó del cuadro
y regresó. Pero no regresó casi al instante, como solía: se demoró. Cuando al
fin volvió a integrarse en el cuadro, descubrí que todo se había producido allí
mismo, al lado de mi cama, despreciando la presencia de Cristina, en lugar de
huir entre los azulados resplandores del farol, de la noche y el vaivén de los
árboles que asomaban sobre la tapia de ladrillos del jardín de la Milagrosa. Y
oí una vez más el crujido de las hojas pisoteadas, como si estuvieran bajo mi
almohada.
De
ninguna de estas cosas se enteraron entonces mamá ni Cristina. La lealtad de
Tata María e Isabel fue para mí, en vez de un bálsamo, casi una herida. No
creía merecerla, y me sentía en deuda con ellas. Con ellas o con alguna causa,
tan vaga como incomprensible. De pronto, las cosas más cotidianas, más
rutinarias, se contradecían desmesuradamente, y la ya habitual desorientación
que conducía todos mis pasos me convertía en una hoja desprendida de alguna
misteriosa rama, dando vueltas y vueltas en el viento. Perdida en aquel
Laberinto Verde del balneario donde mamá nos llevaba algunos días, en
vacaciones. Un Laberinto Verde donde yo jamás había osado entrar: era una
confusión bien organizada, malignamente dispuesta, una geometría equivocada de
altos setos verdes, hojas verdes, intenso olor verde... Una traición tras otra
se sucedían entre muros de follaje, y el falaz señuelo de una salida, de una
huida que parecía totalmente imposible.
El
Laberinto Verde tenía mucho atractivo para los clientes del balneario.
17
Lo
peor era enfrentarse a Tomasa, en la cocina, porque se quedaba a comer. Y la
cocina era el núcleo de mis afectos y actividades. Aquel día yo no aparecí,
estuve escondida en la despensa, como cuando era pequeña. Llegué a tiempo de
oír:
—A
ésos lo que les falta es un poco de vara —decía Tomasa, con la boca llena—. No
saben ná de ná, inorantes. Pero pa cuando se enteren, a lo peor ya es tarde.
—Hizo un ruido con la boca, como si crujiera algo entre los dientes—. ¡Y
entonces, anda que no me voy a reír...!
Pero
en ese momento su voz sonaba oscura y no parecía divertirle lo que contaba.
Asomé
un poquito la cabeza por la puerta de la despensa para mirarla. Y ante mi
asombro, aparecía risueña, o mejor dicho, le rebullía una especie de risa
dentro, como un odre contiene vino. Aunque, recordé: «Hay muchas clases de
risa, tantas como de lágrimas...». Lo había leído en alguna parte.
—Hemos
tenido que lavar las sábanas otra vez, y anda que no es poco —decía—. ¡Si por
lo menos nos pagaran el doble por esto...!
—Pues
algo se me ocurrirá, y le diré a la señora que os lo pague... —Me llegó la voz
de Tata María con tan poca convicción que me encogió el corazón.
Yo
seguía espiando a Tomasa, aunque con un solo ojo. Pero su robusta humanidad y
su fuerza bastaban para ilustrar, aun sin palabras, lo que decía y lo que no
decía. La vi entonces levantar el cuchillo en la mano derecha, y decir:
—¡Pero
no es culpa de la Adri, que sólo sabe hacer lo que ese pájaro le dice! Es todo
culpa de ese pájaro, ése con cara de ángel. Lo sé por el Paco, que por la
noche, cuando está dormido, le quita las llaves al desgraciao del Teo, y se
larga de casa... Ya veis, con esa cara, que como guapo vaya si lo es: así tiene
de encandilada a la Adri...
Me
temblaron las piernas, y me senté en el suelo.
Apenas
se fueron y la cocina quedó bajo el dominio de Isabel, salí de mi escondite, a
sus espaldas, y le rodeé la cintura con los brazos. Ella estaba inclinada sobre
el fregadero, dispuesta a emprenderla con las pilas de platos, cazuelas y
sartenes que la esperaban. Casi dio un salto y lanzó un grito.
—Pero
¿qué haces?... ¡Ay, de mí, qué susto...!
—¡Estoy
muy arrepentida, Isabel! Estoy muy apenada por lo que hemos hecho con las
sábanas... Yo no quería...
Apenas
pude continuar porque Isabel se secó las manos en el delantal, se sentó en un
taburete y me atrajo hacia ella. Olía a jabón, ajo y perejil. El grillo se puso
a cantar en la jaula, cosa realmente extraña porque sólo cantaba de noche.
—¡Pues
se lo decís... mujer! Se lo decís el Niño y tú, y todo arreglado.
Con
la punta del delantal me enjugó una lágrima inoportuna, y me fui a mi cuarto.
Afortunadamente, Cristina no estaba. Estar sola era cuanto deseaba en aquellos
momentos.
Pero
fue por poco tiempo. No había pasado siquiera media hora cuando Tata María
apareció en la puerta. Estuvo unos momentos así, quieta, en silencio; y yo la
contemplé como si la viera por primera vez. Alta, delgada, la cabeza blanca y
la cara cubierta de finísimas arrugas. Tenía las manos cruzadas sobre los
pliegues de su eterno delantal de raso negro. Parecía una criatura sin edad.
«Debe de ser muy vieja», pensé. Pero nadie podría decir cuántos años tenía: ni
siquiera podía imaginar que hubiera sido una niña, una mujer joven. Fue la
primera vez que la vi así, y no se me ha olvidado.
—Adri,
el Niño está esperándote...
Como
si no hubiera pasado nada.
Gavi
se apoyaba, de espaldas, contra nuestra puerta. Me pareció que había crecido
mucho desde mis últimos recuerdos. Porque mis recuerdos, aun en la inmediatez
de los últimos encuentros, parecían pertenecer a un tiempo sin definir; siempre
presente, siempre pasado. Esta sensación era frecuente por aquellos días. Algo
estaba cambiando en mí, y en mi entorno.
Tenía
razón Tomasa, Gavi era muy bello. Pero no era eso lo que me tenía
«encandilada», como creía ella. Aparte de que yo tenía entonces una idea
bastante personal de la belleza. Por ejemplo, el hombre más bello que entonces
yo podía imaginar era el que ilustraba las páginas de El Rey Cuervo. Nada que
ver con Gavrila. Pero, además, no era sólo la belleza lo que me ataba a él, lo
que nos unía tan poderosamente. Simplemente: éramos siameses. Había belleza en
todo lo que nos unía.
Corrí
a abrazarle y —como era nuestra costumbre— estuvimos así durante largo rato,
apretando mucho nuestro abrazo. Y cuando uno de los dos gemía, lo deshacíamos.
Entonces nos reíamos. No sé por qué, pero siempre nos reíamos. Creo que, en
aquellos momentos, éramos muy felices.
Me
cogió de la mano y murmuró entre dientes:
—Vámonos
de aquí. No quiero ver a nadie, ni estar en ninguna parte más que contigo... y
en la ventana de ahí arriba, encima del león.
Comprendí
perfectamente lo que decía. Y le informé:
—Ya
todos lo saben, Gavrila. Saben que te escapas por las noches.
Levantó
la cabeza y se quedó mirando hacia el techo, como si de pronto hubiera
descubierto allí algo extraño: una planta o un animal desconocido.
Yo
añadí:
—Y
que le quitas las llaves a Teo mientras duerme.
Entonces,
él sonrió y, sin dejar de mirar al techo, dijo:
—Sí,
Teo tiene un sueño muy fuerte, pero muy suave: como un ángel, dirían «ellos».
—«Ellos»
dicen que el ángel eres tú... y también un pájaro de cuidado.
Seguía
mirando al techo, pero su sonrisa desapareció:
—Yo
soy el Rey Cuervo —murmuró, una vez más.
Al
oírle, me tranquilicé y, tirando de su manga hacia abajo, hacia mí, le dije:
—¡Eso
quería oír!... ¿cuándo leeremos el último capítulo?
Se
agachó y me besó muchas, muchas veces, hasta casi asfixiarme. Cuando al fin
pude respirar, dije:
—Paco
es un chivato... lo ha contado todo. Es un chivato.
Esta
palabra la había aprendido de las muchas que usaba «quien sea» con Isabel,
cuando alguien le contaba que lo habían visto con la Patricia. Me parecía muy
rotunda, aunque no supiera exactamente lo que significaba.
—No
—dijo Gavi—. Paco es tonto.
Me
mortificó un poco que mi ex novio fuera contemplado de una forma tan
displicente.
—No
es tonto... y tú le has contado las escapadas.
—Yo
no le he contado nada... Sólo Teo le dijo lo de la llave cuando se dio cuenta.
Yo no cuento nada mío a nadie... sólo a ti. ¿No te acuerdas que te lo dije... y
también si querrías venir conmigo?...
Y en
aquel momento ocurrió algo totalmente inesperado.
Los
tacones de mamá sonaron pasillo adelante, adelante. Tata María vino corriendo,
me cogió de la mano y atravesamos la puerta en vaivén que separaba la zona
noble de la nuestra.
—Vienen
a verte, niña, sé buena...
Mamá
apareció, radiante, llevando de la mano a una criatura que al contraluz del
pasillo no pude identificar. Pero sí estaba bien identificada la voz de mamá,
diciendo:
—Mira,
Adri, aquí te traigo a tu nueva amiguita, Georgina...
Me
sentí tan indefensa que sólo supe apoyarme contra la pared del pasillo, sin
decir nada. Al otro lado, a mis espaldas, lejos de mí, parecían esfumarse el
Teatro de los Niños, las lecturas compartidas, el territorio de rombos azules y
marrones, el Rey Cuervo y la pétrea melena del león de la terraza tiñéndose,
lentamente, del atardecer. Y todo esto muy deprisa, casi un relámpago, un rayo
destructivo, capaz de fulminar cuanto tocaba. Incluso el haber aprendido a
volar.
—Adriana,
queridita, ésta es Georgina. Te acuerdas de ella, ¿verdad? ¡Claro que te
acuerdas, el día de tu cumpleaños...! Pues viene a ser tu amiga, y lo será,
estoy segura. Desde ahora, y aun después de cuando vuelvas a Saint Maur, en
septiembre... ¡Os vais a llevar muy bien... !
Georgina
tenía una expresión tan desolada como la mía. Su carita blanca, pecosa, sus
ojos, como dos granos de café, parecían suplicar algo. Quizá, también, estar
muy lejos de allí.
—Ahora
vas a tener una amiguita propia de ti... —decía mamá.
Algo
se levantó, espumeante, dentro de mí. Como a veces había visto en la cocina de
Isabel crecer y subir el agua hirviendo dentro de una cazuela. Agua convertida
en furia, espuma iracunda, desbordándose de un recipiente que no lograba
contenerla.
—¡No
me da la gana! —aullé más que grité. Porque aquella frase había sido el punto
de partida de mi rebeldía. Y antes de que el relámpago verde de los ojos de
mamá me fulminara, pedí mentalmente apoyo al Rey Cuervo, al del libro y al que
estaba esperándome al otro lado del vaivén de la puerta que nos separaba. Y
añadí, con una rabia incontenible—: ¡Yo no quiero amigos, yo ya tengo a Gavi!
Entonces,
mamá pareció transformarse. Era, de pronto, como un dragón domesticado:
—Sígueme...
y tú, Georgina, cariño, espera un momento. Tata, cuida de Georgina... es sólo
un momento...
Tata
María pasó su brazo —el más amoroso que se ha posado jamás sobre mis hombros—
alrededor del cuello de Georgina, y la condujo hacia el final del pasillo,
precisamente al salón del Unicornio.
Pero
mamá me arrastró a su gabinetito, y cuando miré de reojo el biombo chinois,
añoré no estar escondida allí detrás, como en otros tiempos.
Pero
no. Permanecía bien visible, delante de mamá. Ella se sentó frente a su
tocador, lleno de frasquitos de cristal. Sus reflejos no eran los de las arañas
del salón del Unicornio. Más bien como los que despedían sus inolvidables ojos.
—Se
ha terminado toda esta ridícula historia... Se ha terminado eso de pasarte la
vida con las criadas... Tata María es otra cosa... Y se ha terminado, sobre
todo, ese compadreo con el hijo de la bailarina y el pervertido de su criado...
Todo eso, métetelo bien en la cabeza, ha terminado. Ya estás a punto de
convertirte en una señorita.
Toda
mi vida he estado a punto de convertirme en algo que se esperaba que fuera, y
nunca fui.
—Y
eso —añadió mamá, tras una rápida mirada al espejo, acompañada de una especie
de caricia hacia su piel, donde ya empezaban a insinuarse sutilísimas arrugas—
quiere decir que tienes que imitar el comportamiento de tu hermana.
Al
llegar aquí pareció dudar un poco, antes de continuar:
—En
general...
No
podía ignorar que Cristina había cambiado bastante en los últimos tiempos. Lo
tenía muy presente, no se me había olvidado.
—De
ahora en adelante, Georgina será tu amiga, y tú serás la suya. Su mamá lo es
para mí y está encantada... de que vosotras... Ya verás, hija, lo importante
que es una buena amiga en esta vida.
Me
pareció que al decir esto último, su voz había perdido dureza, así que me animé
a decir:
—Es
que yo soy amiga de Gavi, y somos... amor.
—¿Amor
...? —casi gritó mamá, como si la hubieran pinchado—. ¿Amor? ¡Dios mío!, ¿he
oído bien?
—Sí.
Gavi es amor.
Si
me había parecido hasta entonces un dragón dormido, se convirtió en un dragón
despierto. Levantó la cabeza, las garras aladas, lanzaba fuego por los ojos y
la boca, fuego del infierno. Ya no era mamá, y me dio mucho miedo. Gritó, más
que preguntó:
—¿Amor...?
¡Qué sabes tú, desgraciada, del amor! ¿Qué sabes del amor... qué sabes del
amor...? ¿Qué sabes...?
No
sé cuántas veces lo repitió, hasta que de pronto se dio cuenta de que yo estaba
de pie frente a ella. Levantó la mano como una pala, y descargó sobre mi cara
la bofetada más grande que jamás he recibido.
Nadie,
excepto Margot, me había abofeteado. Me quedé aún más asombrada que dolorida y
humillada. Pero todavía hube de asombrarme más cuando vi desmoronarse al
dragón, y retornar a su verdadera naturaleza: una criatura aún hermosa,
despidiéndose de su belleza, y acaso de sus esperanzas. Había dejado caer la
cabeza entre los brazos, apoyados en el tocador. Bajo su peso, algunos
frasquitos cayeron al suelo y se hicieron añicos. Por un momento dudé si debía
agacharme a recogerlos, entre la vaharada de perfume que despedían. Pero
preferí acercarme a ella y rozar suavemente su hombro. Llevaba una blusa
blanca, de satén, tan suave al tacto como decían en Saint Maur que eran las
alas de los ángeles. «¿Cómo se puede pasar de dragón a ángel?», pensé. Y dije:
—Mamá.
No
se me ocurrió nada más. Pero ella alargó una mano hacia la mía, la apretó, y
aún con la cara oculta, murmuró:
—Anda,
anda con Tata María, y hazte amiga de Georgina... Y olvídate del amor. El amor
es una mentira... como no sea amor a Dios, o a la familia, o a...
Iba
a salir del gabinete sin enterarme de las múltiples formas de amor verdadero,
cuando aún me retuvo un momento para decirme:
—Podéis
jugar los tres... pero sólo hasta que vuelvas a Saint Maur. Después, ya lo
sabes... ¡se acabó!
Empujé
la puerta con tanto ímpetu que casi me caigo. Además, la bofetada de mamá me
dolía, y tenía la impresión de que el carrillo se me estaba hinchando.
En
el salón encontré a Tata María y Georgina. Tata María intentaba interesarla en
algo como la historia del reloj de brillantes falsos. Pero aunque Georgina la
miraba atenta, me di cuenta de que estaba muy lejos de allí. En eso se me
parecía, y tuve un primer ramalazo de simpatía hacia ella. Desde luego,
Georgina no tenía nada que ver con Margot.
—Ha
dicho mamá que juguemos los tres... hasta que yo vuelva a Saint Maur —dije a
Tata María, por lo bajo.
—Está
bien —asintió.
Pero
me pareció que dudaba.
Sin
embargo, condujo a Gavi hasta el salón, donde Georgina y yo aguardábamos
sentadas, una frente a otra y mirándonos en silencio.
Gavi
entró despacito, como quien tiene miedo o cuidado de despertar a alguien.
—¿Vamos
a la terraza? —preguntó. Lo decía levantando el dedo pulgar hacia arriba, cosa
que, no sé por qué razón, me hacía mucha gracia. Así que tuve pretexto para
reírme.
—¡Claro
que sí! ¿Verdad, Georgina?
—Bueno
—contestó ella. Se notaba que le tenía sin cuidado.
Pero
los ojos de Gavi y los míos se encontraban y entendían sin palabras. Georgina
recogió una bolsa que hasta aquel momento yo no había visto. Era una niña
sigilosa.
La
colgó de su hombro y nos siguió, al parecer sin recelo. La docilidad y la
indiferencia eran, hasta aquel momento, cuanto podía apreciarse de su carácter.
No me desagradó, al contrario. Por lo menos, no molestaba
Cruzamos
el patio y subimos en el montacargas. Cuando Teo abrió la puerta, se quedó un
poco cortado. Pero enseguida reaccionó:
—Buenas
tardes, señoritos —dijo, con la lección bien aprendida—. ¿Me permite? —añadió
dirigiéndose a Georgina.
Ella
dejó que la desprendiera de su abrigo de entretiempo, con su característico
aire ausente, y nos siguió a la terraza. Teo nos miraba de reojo. Se notaba que
no las tenía todas consigo, así que me acerqué a él, tiré de su manga y,
acercando la boca a su oído bueno, le informé:
—Es
que ahora tenemos que jugar los tres... Su mamá es amiga de la mía.
—Ya,
ya —dijo él—. ¡Faltaría más...!
No
sabía yo qué era lo que más faltaba, pero lo di por bueno. Después de todo, la
mitad de cuanto decían los Gigantes casi nunca se entendía.
—Vamos
a patinar —dijo Gavi cuando salimos a la terraza—. No sé si te gusta o si
sabes...
—Sí,
sé patinar —contestó Georgina—. Pero no he traído los patines. De todos modos,
prefiero leer... He traído mis tebeos.
Se
sentó en una de las sillas de mimbre y sacó de la bolsa un montón de tebeos que
extendió sobre la mesita, a su lado. Luego abrió uno, inclinó hacia él la cara
hasta ocultarse entre sus hojas y se ausentó totalmente de cuanto la rodeaba.
Decididamente,
Georgina empezaba a gustarnos.
Cuando
Gavi se arrodilló para atarme las correas de los patines, vi en su nuca, entre
los dorados y suaves rizos, unas manchitas rojas.
—¿Te
ha picado algún mosquito? —le pregunté.
—Me
parece que no... Pero me duele mucho la cabeza.
Al
cabo de un momento, aún sin haber terminado de atar las correas de mis patines,
se llevó las manos a la frente y se ladeó, como un barco de papel. Como
aquellos que yo tiempo atrás hacía navegar pasillo adelante.
Tanto
miedo tuve que no pude gritar; temblaba, con las manos aferradas a los brazos
de la butaca. Pero Georgina levantó la cabeza, tiró los tebeos al suelo y
corrió hacia nosotros.
—¿Qué
te pasa, Gavi?
—Me
duele mucho la cabeza... —murmuró, cogiéndosela con las dos manos, como si
quisiera esconderla de alguna amenaza invisible.
—Llama
a Teo, Adri... porque Gavi no está bien.
Salí
corriendo hacia la habitación de Teo, y le encontré cosiendo, junto a la
ventana abierta. Las primeras golondrinas parecían huir, cielo arriba,
gritando.
—¡Ven,
Teo, ven...!
Georgina
y yo tuvimos que regresar al piso de abajo, sin Gavi. Y recuerdo a Teo, Isabel
y Tata María en grupo silencioso, como frenando un torrente de palabras.
Cuando
Tata María nos condujo de nuevo al salón, Georgina me miró de frente. Sus
ojitos como granos de café, ahora parecían abalorios. Tímidamente su mano buscó
la mía, y murmuró a mi oído:
—No
llores, Adri... no llores; que «ellos» no te vean llorar.
Pasó
un brazo protector sobre mis hombros. Tenía dos años más que yo, y era mucho
más alta. Casi no parecía una niña.
Gavi
no estaba. Gavi era su ausencia, el vacío que deja una caracola desincrustada
de la arena, la huella, el eco de su presencia. Y por la noche, en mi cama,
cuando nadie podía verme, lloré.
Hasta
que Cristina se dio cuenta:
—¿Qué
te pasa, niña?... ¿Por qué lloras?...
Se
sentó al borde de mi cama.
—Cuéntamelo...
yo no diré nada a nadie, si tú no quieres.
Habían
pasado un par de días desde que Gavi empezó a tener los horribles dolores de
cabeza, vómitos y fiebre muy alta.
—Gavi
está muy enfermo... sólo me llama a mí, y yo no puedo ir a verle...
Cristina
me abrazó:
—Sí
que puedes, Adri... sí que puedes: yo misma te llevaré a verle.
Cumplió
su palabra, y a la mañana siguiente subió conmigo al piso bajo el terrado. Teo
se sobresaltó al vernos:
—He
puesto un telegrama a la señora... Estoy muy asustado —dijo como todo saludo,
olvidando sus habituales protocolos.
—¿Le
ha visto el médico? —preguntó Cristina. De pronto Cristina era una aliada
poderosa, firme, que sabía hacerse escuchar, y quizá obedecer.
—Oh,
sí, sí... El médico de la señora, el doctor Cifuentes.
—¿Y
qué dice?
—Quiere
hablar con la señora... y con don Mauricio.
—¿Podemos
pasar?
—Pues
no sé, pero quizá...
Antes
de que pudiera terminar la frase, Cristina ya me había introducido en la
habitación de Gavi. Estaba acostado, el cabello revuelto, sudoroso. Pero dijo
suavemente, tan suavemente que sólo yo le oí:
—Adri...
Corrí
hacia él. Los ojos le brillaban, pero parecían ciegos.
—Gavi,
estoy aquí...
Una
mano húmeda apretó la mía y le oí decir:
—Adri,
yo volveré. Volveré a buscarte...
En
aquel momento, entraba el doctor Cifuentes. Era un hombre muy alto, robusto,
que esparcía un fuerte olor a colonia. Un hombre duro y solemne. Daba un poco
de miedo. Al vernos, dijo:
—Váyanse,
váyanse... necesita reposo. Nada de emociones.
Lentamente,
Cristina y yo nos retiramos. Teo nos acompañaba, y cuando pasábamos frente a la
terraza, grité más que dije.
—¡Déjame
subir, déjame subir a nuestra ventana...!
Entonces,
Teo empezó a llorar. Cristina no sabía qué hacer, hasta que, al fin, le puso
una mano en el hombro, y murmuró:
—No
llores, no llores... Ya verás como se pondrá bien. Todo se arreglará.
Teo
la miró. Sus grandes ojos negros estaban llenos de pena. Era una pena que yo
conocía bien, una pena que no le abandonaba, ni siquiera cuando sonreía, o se
reía con Gavi y conmigo las tardes del samovar y del cha que, de pronto,
parecían muy lejanas.
—Niña
—dijo Teo. Y noté que Cristina se asombraba de que aún la llamaran niña y no
señorita—. Niña, ojalá Dios te oiga...
La
puerta de la terraza estaba abierta, y me lancé afuera, corriendo, entre la
desesperación y la esperanza.
Con
insospechada habilidad y valor, sin ayuda de nadie, trepé hasta la ventana del cielo
y me senté en el alféizar. Ahora sí, veloces bandadas de golondrinas, nubes de
flechas (como habíamos leído en El Rey Cuervo), cruzaban el cielo gritando,
huían hacia arriba, hasta perderse en la luz sin límites, sin principio ni fin.
«Volveré a buscarte», oí la voz de Gavi, tan claramente como si lo dijera a mi
oído. Pero enseguida un silencio espeso sustituyó a todo rumor, a todo
recuerdo.
Cristina
estaba asustada, y cuando me vio de nuevo en el suelo suspiró aliviada.
—¡No
sabía que eras tan ágil! ¡Pero ten cuidado...!
Regresamos
a casa cogidas de la mano.
Poco
después, ella se marchó. Por aquellos días tenía muchos compromisos. Yo fui a
la cocina. No tuve que esconderme en la despensa como tiempo atrás. Ellas ni
siquiera notaron mi presencia y me acurruqué en un rincón, escuchando.
Tata
María e Isabel estaban sentadas una frente a otra, pero sólo hablaban, no
hacían nada, y eso me reveló la importancia que daban a cuanto decían. Las
manos vacías, inactivas, apoyadas en el delantal, eran un claro signo de que su
conversación no era la habitual. Algo alteraba la rutina, los pequeños enfados,
las confidencias, el clima doméstico.
Una
especie de viento frío llegó hasta mí, y tuve que luchar contra un repentino
temor, casi incontenible. Oía:
— …
Y me lo ha dicho, me ha dicho, le voy a poner un telegrama a la señora, por
favor, Isabelita, quédate con el Niño, sólo será un cuarto de hora, la oficina
de los telegramas está a la vuelta... Y yo le he dicho, pues claro, ni que
tardaras veinte horas, a ver mujer... ¿qué habrías hecho tú?
Isabel
se secó los ojos con un pañuelito que tenía arrugado en el puño.
—Pues
claro que sí, claro que sí... ¿Eso fue ayer?
—Ayer
mismito, cuando le llamó al doctor ese, que es muy famoso.
—Sí,
sí, ya sé... también visita a los del primero.
—¡Y
a ver qué dice hoy!... pero María, que no me da buena espina, que el Niño no
parece él... ¡que se nos va!
—Dios
no lo quiera... una criatura tan hermosa, tan bien educada...
El
episodio de las sábanas, al parecer, había pasado al olvido. A pesar del
estupor doloroso que me tenía inmóvil, sólo escuchando y mirando, incapaz de
cualquier movimiento, aquel cambio no me pasó inadvertido.
—Pues
el Conde, ya verás tú, el disgusto que se va a llevar...
—Le
quiere mucho. Y no lo tengas en cuenta, pero para mí que quiere al Niño más que
a la madre...
—¿Tú
crees que es su padre...?
—Pues
no sé qué decirte, pero me parece que no. El Niño nació en París, cuando él y
ella aún no estaban juntos.
París.
Y nuevamente me vino, como un relámpago, el abrazo de Eduarda y Michel Mon
Amour, aquel día, cuando se encendieron de golpe todas las velas del Miguel
Strogoff.
—Pues
vete tú a saber de quién será hijo el Niño... ¡Ay, qué perra vida ésta!
Todas
aquellas palabras eran una madeja de revelaciones que, paradójicamente, no me
aclaraban nada, sino que aún lo enredaban todo más. Mi ignorancia sobre cuanto
atañía a la perra vida nombrada por Isabel, los pocos atisbos que me llegaban
del mundo atroz, incendiario, apaleador de inocentes, injusto, vengativo y
cuantas cosas más que un poco por aquí un poco por allá iba captando, me
arrojaban sin remedio al temido laberinto que lo componía. Sentía miedo, y
sobre todas las cosas, un miedo concreto, sin fisuras: Gavi se iba. Aunque Gavi
volvería, este convencimiento iba día a día haciéndose más frágil, más
incomprensible. Me tapé las orejas con las manos y grité. O creí gritar, porque
lo que salió de mi garganta no era un grito, sino algo así como un debilísimo
aullido, sofocado por encendidas hojas que crujían bajo las pisadas de alguna
criatura del bosque. O lo que yo imaginaba que eran esas pisadas y esa criatura
tras la lectura de El Rey Cuervo, o la visión del Unicornio huyendo de su
marco.
—¡Dios
mío...! ¿Qué haces ahí, criatura...?
Tata
María se abalanzó sobre mí, pero Isabel se había quedado inmóvil, con la boca y
los ojos muy abiertos, como si no pudiera moverse. Igual que yo.
Intenté
decir algo, pero me era imposible pronunciar una sola palabra. Tata María se
sentó a mi lado, me rodeó los hombros con el brazo y, como cuando era muy
pequeña, fue meciéndome suavemente, con mi cabeza apoyada en su hombro:
—Cálmate,
cálmate... ya verás, todo acabará bien —decía—. Hemos de esperar a ver lo que
dice el doctor... Los niños tenéis unos fiebrones que luego se pasan y...
No
se iban a pasar, yo lo sabía. Como sabía, también, que casi, casi, ya no éramos
niños.
18
La
indiferente paz de la parte noble contrastaba con el ir y venir, los murmullos
y suspiros de condolencia que se percibían una vez traspasada la puerta en
vaivén. En la zona noble no se sabía —o no se decía— nada de cuanto ocurría en
el piso bajo el terrado, a excepción de Cristina. Pero Cristina tenía una
asombrosa facilidad —acaso fingida, me digo ahora— para olvidar según qué
cosas. Sobre todo, cuando no le atañían directamente.
Así
que durante las comidas (en el comedor, donde ahora se me admitía), mamá no
perdía ocasión de aleccionarme sobre los buenos modales en la mesa. Nadie se
dio cuenta de mi silencioso desespero. Lo del silencio era obvio: tanto si
venía de mí como de las rígidas enseñanzas recibidas. Lo del desespero no
entraba en los programas educativos de nadie. Por lo menos en aquella casa.
Así
que, en cuanto terminábamos el postre y mamá me permitía abandonar la mesa,
salía corriendo pasillo adelante, empujaba casi con furia la puerta de falso
saloon, y me precipitaba en la cocina.
Fue
así como tres o cuatro días después de mi último espionaje pude enterarme del
estado de Gavrila. Isabel y Tata María estaban sentadas a la mesa donde aún no
habían terminado de comer. Y ante mi sobresalto, también estaba allí Tomasa,
esgrimiendo en el puño el cuchillo, enhiesto, que no abandonaba desde que se
sentaba a comer hasta que se levantaba. Como un trofeo, o un símbolo. Pero no
amedrentaba, como hubiera sido razonable. Más bien lo recuerdo como una sutil
advertencia.
Aunque
me temblaban las piernas, recordé las palabras de Gavi y haciendo un esfuerzo
me acerqué a ella:
—Tomasa...
Gavrila y yo te pedimos perdón.
Enarcó
las cejas, me miró de arriba abajo y dijo:
—¿Perdón
...? ¿De qué estás hablando, chavala?
—De
lo del terrado, de las sábanas... Estamos arrepentidos.
Entonces
Tomasa echó la cabeza atrás, como si se riera, abriendo mucho la boca. Pero no
se reía. Y al fin dijo:
—¡Pero
qué estás diciendo! ¡No tengo que perdonaros nada! Me pagaron doble, y aquí paz
y después gloria... Y además, son chiquilladas. Ya estoy acostumbrada porque
tengo en casa una alhaja que os da cien vueltas... Sí, no me mires así: es mi
hija. ¿No lo sabías?
—No.
—Pues
sí, tengo una hija de tu edad, o poco más... La Ulalia, que es más mala que un
dolor de muelas. Y me tiene frita...
Volvió
a su plato, se llenó la boca y continuó:
—Buena
pieza está hecha. A su lado sois corderos de leche.
—¿Por
qué?
—Porque
así es la vida —dijo, tragando por fin y pasándose el dorso de la mano por la
boca.
—Yo
quiero conocer a la Ulalia —dije, casi sin pensar.
—Pues
bueno... ¿La puedo traer algún día? —dijo mirando a Tata María.
La
Tata estaba indecisa, pero Isabel intervino:
—Pues
mujer, en tanto no salga de por aquí... ¡Yo me ocupo de eso!
Tomasa
se encogió de hombros y siguió comiendo. Pero mi curiosidad por conocer a la
llamada Ulalia apenas duró. Sólo Gavrila ocupaba mis pensamientos. Por la
noche, antes de dormirme, rezaba por él para que se pusiera bueno. En el tiempo
en que todavía me acostaba Tata María, me hacía recitar cada noche lo que
llamaba «mis oraciones» y ella me había enseñado. Pero desde que me acostaba yo
sola, las había olvidado.
Ahora
reverdecían, en la esperanza de que así Gavi se libraría de los horribles
dolores de cabeza que nos separaban y tanto le hacían sufrir.
Pero
Gavi no se recuperaba, y noche tras noche, al apoyar la mejilla contra la
almohada, lloré. Era un llanto suave, que me hacía respirar fuerte, pero muy
despacio. Sólo Tata María, si venía a vigilar mi sueño, se daba cuenta. Había
costumbres que le era imposible abandonar. Todavía yo era, para ella, la última
niña de su vida. Como mamá y Eduarda seguían siendo sus primeras niñas.
—Le
duele mucho la cabeza, pero lo que se dice mucho... Teo está asustadísimo
—decía Isabel, confidencialmente, a Tata María.
—Ese
Niño —dijo la Tata, después de pensarlo un poco—. Ay, ese Niño pensaba
demasiado. ¡Sí, no pongas esa cara!... yo conozco muchos, muchos niños, y los
que son así, ¿cómo te diría yo ...? Niños de mucho pensar, esos niños acaban
mal.
—¡Ay,
calla, María, me pones carne de gallina! —dijo Isabel. Y se santiguó—. ¿Por
dónde anda la «nuestra»?
Yo
estaba en la despensa echándome un chupito, y al oír lo de la «nuestra» tuve
unas fuertísimas ganas de llorar. Pero no lo hice. Sigilosa, bajé del taburete,
y me acurruqué en un rincón con la botella en el regazo.
—Debe
de estar con sus libros, ya sabes... O vete tú a saber si llorando. Una no sabe
qué hacer con estas cosas...
Isabel
la interrumpió:
—Y
ya ves, sus padres uno por aquí, otro por allá, y sin enterarse de nada...
¡Perra vida!
Era
la segunda vez que se lo oía decir. Me eché otro traguito.
—¿Y
los padres del Niño...? ¿No te ha dicho nada Teo...? Si recibieron el
telegrama, si están en camino...
Oí a
Isabel dar una especie de resoplido, antes de decir:
—Sí,
parece que están en camino... aunque ya era hora, ¡vamos, digo yo!
En
aquel momento se oyó el timbre de nuestra puerta y al poco rato entraron
ruidosamente en la cocina algunas personas. Desde mi escondite reconocí, con un
leve estremecimiento, la voz de Tomasa:
—¡Aquí
traigo a esta buena pieza...! Si no caemos mal, porque si no, me la vuelvo a
llevar y aquí paz y después gloria.
Ese
dicho le gustaba porque se lo había oído más de una vez. Traía a la Ulalia. Me
sentí como apresada en una trampa no porque me arrepintiese de mi deseo de
conocerla, sino por el lugar donde me encontraba, con la botella en el regazo.
Así que, sin pensarlo más, me subí al taburete, devolví la botella a su estante
y salí a la cocina con el aire más inocente que pude asumir.
—¡Mírala
por dónde sale! —dijo Isabel.
—¿Qué
hacías ahí...? —indagó Tata María, con cara de sospecha.
—Estaba
jugando a los gnomos, escondida —murmuré.
—¿Todavía
... ? Eso lo hacías de pequeña, ¿cuándo vas a ser una mujercita como Dios
manda...?
Miré
hacia Tomasa y su alhaja. Lo que más me sorprendió fue ver que la Ulalia era
mucho más baja que yo. Aun suponiendo que yo hubiera crecido mucho últimamente
—lo que ya era mucho suponer—, por lo menos era un palmo más alta que ella.
No
estaba acostumbrada a ver niñas como la Ulalia. Era rubia como su madre, pero
muy delgadita. Y no tenía los grandes ojos verdes de Tomasa, sino una especie
de bolitas grises, brillantes como añicos de una copa rota. Y además su boca
entreabierta, como esperando recibir algo, o expulsarlo, no tenía nada que ver
con una sonrisa. Por momentos tuve la sensación de que o era idiota, o
infinitamente más sabia que yo.
Entonces
miré a Tomasa, y al ver sus ojos clavados en la Ulalia algo me estremeció. Algo
así como tristeza envidiosa. Porque Tomasa estaba mirando a su hija como nunca
me había mirado mamá. Y quizá esa mirada era la que secretamente —tan
secretamente que ni siquiera yo lo sabía— deseaba ver alguna vez.
—Hola,
Ulalia —dije, extendiendo la mano hacia ella. Pero ella no la estrechó. Se
quedó mirándola, con expresión de extrañeza. Y luego, dirigiéndose a su madre,
dijo:
—¿Qué
quiere...?
Tenía
la voz ronca, casi afónica. Y me di cuenta de que llevaba un pañuelito rojo
anudado alrededor del cuello.
—Hala,
hala, a jugar —dijo Isabel. Tata María permanecía a un lado, las manos cruzadas
sobre el delantal plisado, silenciosa. Yo, que la conocía, supe que se mantenía
en una prudente reserva.
—¿Quieres
jugar conmigo? —insinué.
—¡Anda
pues pa qué he venido! —dijo la Ulalia—. He traído las cartas, ¿sabes jugar?
Para
entonces las tres mujeres se habían desentendido de nosotras. Estábamos solas.
O como si estuviéramos solas, mientras ellas se preparaban café y galletas.
Tomasa tenía siempre miles de cosas que contarles.
Pero
la Ulalia y yo no teníamos ningún recuerdo en común, ningún lenguaje en común.
Consciente
de que no podíamos ir más allá de la puerta en vaivén, llevé a la Ulalia al
viejo cuarto de estudios y juegos. Algo me apretó la garganta cuando entramos
allí y resucitaron los fantasmas de Jerónimo y Fabián. Sobre todo de Jerónimo,
que me sentaba en las rodillas. ¿Por qué no estaban ya ... ? ¿Por qué se había
muerto Beau Geste?
Para
ahuyentar la tristeza, agarré con fuerza la mano de la Ulalia y la introduje en
aquel recinto, donde todavía olía a lápices, a cuadernos con cubiertas de hule
negro, a las mariposas de madera que volaban desde el sacapuntas.
Ella
me seguía, me parece que un poco asustada. O mejor dicho, asombrada. O las dos
cosas a la vez.
—¿Ande
me llevas?
—Aquí,
aquí es donde jugábamos...
Ella
se quedó pensativa. Pero, igual que Georgina, llevaba una bolsa. La abrió y
dijo:
—Pon
una mesa.
—¿Qué
mesa?
—Pues
qué mesa va a ser, ¡pa jugar! ¿Tú no has jugado nunca?
—Sí,
he jugado mucho, pero no siempre con mesa —dije.
Y
tuve que reprimir un temblor, porque vino a mi memoria la alfombra de rombos
azules y marrones, y los libros desplegados sobre ella, y nuestras cabezas casi
rozándose, pasando hojas y leyendo páginas, los dos al mismo tiempo.
—Chica,
ahora esto es la taberna... Ahora mismo vamos a jugar: saca la mesa y yo pongo
las cartas y la botella.
De
su bolsa, en lugar de tebeos, salió un mazo de cartas, bastante deterioradas, y
una botella a medias llena de un líquido rosado.
—¿Qué
es eso...? —pregunté, más curiosa que recelosa.
—Anda,
¿no sabes jugar?... ¿Y esto...? Esto es el ánimo.
—¿El
ánimo?
—Sí,
lo que anima. Anda, siéntate, que te enseño.
—¿A
qué?
No
puedo recordar la sarta de nombres que sucedió a esta pregunta. Pero de pronto
dijo:
—Te
voy a enseñar al burro. Eso lo vas a aprender enseguida... pero sólo con dos es
más soso... ¿no hay alguien por ahí que quiera jugar?
—No
sé —dije totalmente desconcertada.
—Bueno,
te enseñaré lo que sea de todos modos —dijo con su voz ronca—. Anda, echa un
trago, así lo hacen los de la taberna de mi tío Sabino... yo soy de la taberna.
—¿Tú
eres de la taberna? ¿Qué es la taberna?
Se
me quedó mirando en silencio, y dijo:
—Déjalo.
Ahora te voy a enseñar.
Y
vaya si me enseñó. Siempre ganaba ella. Y nos acabamos la botella que daba
ánimo. Era vino con gaseosa.
Sentada
aún en el antiguo cuarto de jugar, más tarde cuarto de estudios, y en aquel
momento cuarto de ausencias, me veo más que me recuerdo tras la marcha de la
Ulalia: esperando no sabía qué.
Cuanto
me rodeaba guardaba la huella invisible, pero casi tangible, de Jerónimo y
Fabián, inclinados sobre libros y cuadernos. Hacía mucho tiempo —antes aún de
aquella Navidad, cuando la película de Las Cruzadas y el parque nevado— papá
nos llevó al Museo en donde había visto unos bajorrelieves. En cuanto descubrí
que según dónde me colocaba para mirarlos, la luz era sombra, luego la sombra
era luz, y las figuras parecían revivir en otras nuevas, aunque iguales,
diferentes, quedé atrapada por algo que me parecía mágico. Y me acordé de las
sombras movibles de Gavi y Zar en el techo, junto a la ventana. Ahora veía el
vaciado, el hueco, la huella que Jerónimo y Fabián habían dejado en el cuarto:
sus cuerpos inclinados sobre la mesa, medio sentados en las sillas... Y quizá
un eco sin voz, sólo también la huella de sus palabras. Cambiantes, según se
mirara, desde donde yo me colocase. Como los bajorrelieves del Museo. Todos
estos descubrimientos se agolpaban sin orden, confusos e inquietantes. Hacía
apenas media hora que Tomasa se había ido, y con ella la Ulalia.
La
ausencia de la Ulalia también había dejado su huella, aunque diferente: sólo
sus palabras y sus enseñanzas.
Todo
lo que me había dicho volvía a mí, llenándome de curiosidad y confusión. ¿Por
qué me sentía tan ignorante, incluso estúpida, ante ella? Tuve que aprender
aceleradamente el lenguaje que usaba, puesto que no era el mío. Sin embargo,
poniendo mucho oído y algo de imaginación, llegué a entenderlo. Aunque algunas
palabras se magnificaban. Por ejemplo, la palabra TABERNA. O cuando me habló
del lugar donde vivía. Nunca había imaginado algo así; y a tenor de sus
descripciones, imaginé, como en un sueño, un fantástico redondel: algo así como
una plaza de toros (que tampoco había visto nunca) y una muchedumbre que se
agitaba en derredor, sobre escaleras, corredores y barandillas,
entremezclándose unos contra otros. Según la Ulalia, celebraban fiestas en ese
círculo compartido donde había una fuente y armaban toldos, traían música,
churros, buñuelos y mojama. Todas esas cosas —menos los churros y los buñuelos—
eran cosas totalmente desconocidas para mí.
Más
tarde, con los años, he supuesto que vivía en lo que se llamaba un corral, algo
que ya, tanto ella como su madre y como la niña que fui, ha desaparecido.
Fue
al día siguiente cuando oí a Isabel:
—Me
ha dicho Teo que el reloj de la cocina, aquel tan grande y hermoso, y tan bueno
y tan caro... pues se ha parado. Se ha parado y no hay quien lo arregle. Él me
dice que...
Se
dio cuenta de mi presencia y se calló, mirando a la Tata.
Tata
María dijo entonces:
—Bueno,
eso qué importancia tiene ahora... Ahora lo único que nos importa es la salud
del Niño.
—Por
supuesto —dijo Isabel—. Claro que sí. Sólo que para Teo... pues ya sabes que
para los que cocinamos el tiempo es muy importante. Y un reloj tan bueno...
—Ya
tiene uno de pulsera, se lo he visto.
Intervine
entonces, más para cortar una conversación, que me inquietaba, que por otra
razón:
—La
Ulalia va a la taberna.
Tata
María me miró, escandalizada:
—¿Que
la Eulalia va a la taberna...? ¡Santo Dios!
—Sí,
va a la taberna... y me parece que el Niño, cuando se escapa por las noches,
también va a la taberna. ¿Por qué no puedo ir yo a la taberna? Me ha dicho la
Ulalia que allí está todo el mundo muy contento, tanto si se pelean como si no
se pelean... Y que cuando se pelean, aunque el tío Sabino echa a los niños, los
niños se asoman a las ventanas bajas, agarrándose a las rejas para no caerse; y
que los borrachos son muy salaos, aunque alguno da un poco de miedo. Pero de
ésos se escapan los niños a todo correr y...
Al
llegar aquí, Tata María no pudo aguantar más. Levantó los brazos al cielo y
casi gritó:
—¡Santo
Cielo, Dios nos ampare...! Pero ¿qué clase de niña es ésa? ¡No la creas ni una
palabra, es una mentirosa... ! Y eso de que el Niño se escapa por las noches
—métetelo en la cabeza— es otra patraña del bromista del Paco, que siempre está
picándome con sus pullas... ¡Y además no se llama Ulalia, se llama Eulalia!
—No
—dije yo, aún no perdida la estolidez de mi lógica infantil—. Se llama Ulalia,
porque su madre la llama así...
Tata
María se revistió de su aire más severo:
—Esa
niña no pisará otra vez esta casa.
—Pero,
mujer... —dijo Isabel, tímidamente—. ¿Por qué... ?
—Porque
ésa es de las manzanas podridas que pudren a las sanas... y...
Había
oído eso en Saint Maur. Pero no veía la relación que podían tener la taberna,
ni el corral, ni la misma Ulalia con las manzanas.
—Sí
que volverá —dije con una decisión que me sorprendió a mí misma—. Volverá
porque sabe más que yo, y yo quiero aprender.
—¡Jesús,
José y María!
Tata
María estaba muy colorada, y como a punto de llorar. Cuando clamaba a la
Sagrada Familia era porque estaba o muy asustada o muy escandalizada. Así que
corrí hacia ella y me abracé a su cintura, hundiendo la cara en el raso negro y
plisado de su añorado delantal.
Isabel
intervino:
—María,
por Dios... No lo tomes así. ¡Si sólo son unas niñas! ¡Chiquilladas...!
Tata
María me había cogido la cabeza entre las manos y contestó a Isabel con una voz
que no parecía su voz de todos los días, una voz regresada de algún tiempo muy
anterior:
—¿Chiquilladas?
¿Qué sabes tú de chiquilladas? Yo he conocido chiquilladas que han vuelto del
revés a toda una familia...
Soltó
mi cabeza, se agachó y me besó. Fue uno de los raros y espaciados besos de Tata
María. Me conmovió tanto que tuve que sentarme en un taburete. Precisamente el
que nos había servido de mesa a la Ulalia y a mí para jugar al burro.
Entonces
María dijo algo que me llenó de pena:
—Ya
has crecido demasiado para esconder la cara en mi delantal... Has de comprender
que ya no eres... como antes.
Sentí
aquel como antes como una aguja maligna clavándoseme en algún lugar muy
doloroso.
Eché
a correr, atravesé la puerta en vaivén, llegué hasta mi cuarto, me eché de
bruces en la cama. Y lloré. Apenas había pasado media hora, cuando llegó
precipitadamente la Tata:
—Ven,
Adri...
Por
la expresión de sus ojos, la mitad alegre, la mitad alarmada, noté que se
trataba de algo relacionado con el piso bajo el terrado. Salté al suelo,
secándome las lágrimas a manotazos y eché a correr, delante de ella.
En
la cocina estaba Teo. No lloraba, pero se notaba que acababa de secarse las
lágrimas, igual que yo. Sin asumir las advertencias de Tata María, corrí hacia
él y me abracé a sus piernas, puesto que no podía hacerlo a su cintura.
—El
Niño te llama —dijo Isabel.
Porque
a Teo se le notaba querer hablar y no poder. Los labios le temblaban.
Isabel,
en cambio, lloraba sin rebozo, con la boca entreabierta, y el brillo de sus
lágrimas se confundía con el de su diente de oro.
—El
Niño te llama... —repitió, al ver que Teo y yo parecíamos dos estatuas.
Entonces,
Teo pareció despertar:
—El
Niño te llama, te llama... y yo he pensado que a lo mejor, si te ve...
La
habitación estaba en penumbra. Olía a medicinas, y a encierro. Una lámpara
pequeña esparcía un círculo de suave luz desde la mesilla.
Me
acerqué a la cama y vi a Gavrila con la cabeza casi hundida en la almohada. El
cabello le había crecido mucho y de nuevo una masa de rizos de oro pálido
rodeaba su cabeza como una aureola. Se parecía más que nunca al Arcángel San
Gabriel, aunque tras haber perdido una batalla.
—Gavi
—dije. Y cogí entre las mías su mano, que parecía un pájaro abatido sobre el
embozo. Cruelmente vino a mi memoria aquel gorrión que una vez vi muerto,
cubierto de asquerosas hormigas en la terraza del balneario.
—Gavi...
he venido a verte.
Él
seguía con los ojos cerrados. Sólo un débil gemido salía de sus labios.
Bruscamente,
Gavrila se incorporó. Por unos momentos volvía a ser Gavrila el Grande.
Incorporado en la cama, me tendió los brazos y hasta donde podíamos, sobre la
colcha, la sábana y la distancia, me sentí apretujada en ellos. Los brazos
poderosos, duros, fuertes, de los últimos tiempos: ya no eran los brazos del
niño del patio interior con Paco, Zar y el Unicornio, del territorio de rombos
azules y marrones donde nunca pudimos llegar a leer el último capítulo de El
Rey Cuervo, del que me subía a la puerta del cielo. No sé si con tristeza o con
esperanza, en aquel momento reviví los días en que los dos, las cabezas juntas,
terminábamos de leer una página en mágica sintonía, y pasábamos las horas sin
que ninguno de los dos hubiera ignorado ni una coma, ni un punto. Pero supe que
algo se alejaba de nosotros o nosotros nos alejábamos de algo. Como una barca
que se desprende de la playa, y no se sabe si es la arena o la barca quien nos
abandona.
Incorporado,
casi sentado, sus manos volvían a ser las que me izaron por encima de la cabeza
del león. Y casi gritó, con un grito que no parecía salir de su garganta:
—¡Espérame,
Adri...1
—Sí,
te esperaré... Siempre te esperaré.
Lo
dije con la mayor energía de que fui capaz. Aunque ahora, recordándolo, no sé
si sólo lo pensaba y no lo decía. En todo caso, mi voz sería como la llama de
una vela encendida a toda prisa durante la tormenta, una llama que desaparece
en cuanto la tormenta se aleja y vuelve a deslumbrarnos la luz artificial.
Su
cabeza se hundió de nuevo en la almohada. Los rizos rubios se habían convertido
en resplandor. Como todo él, en mi recuerdo.
Isabel
entró en la cocina casi arrastrando la cesta de la compra. Venía del mercado
Abascal, de donde no era raro que llegara jadeando y misteriosamente ofendida
por algo o alguien que sólo ella conocía.
Pero
en aquellos momentos, el jadeo de su voz era distinto. Descargó la cesta sobre
la mesa, y sacándose una bolita de tela de la bocamanga —bolita en la que, por
lo general, acababa convirtiéndose su pañuelo—, se la pasó varias veces por la
frente y los labios. Luego, se sentó.
Quién
sabe por qué, tanto ella como Tomasa, se sentaban de lado, sobre todo cuando
comían. Algo así como sentarse al bies.
Tras
respirar con fuerza, Isabel miró largamente a la Tata, que aguardaba con ojos
intrigados.
—María...
Han venido.
—¿Quién
ha venido?
—Ella.
Y el Conde. Los dos. De París.
Tata
María respiró, me pareció que aliviada de algún peso. O como si hubiera temido
una mala noticia y, en cambio, recibiera una buena.
—¡Faltaría
más...! ¿Qué creías? ¿Una madre iba a ser tan...?
En
aquel momento repararon en mi presencia. Y, bruscamente, se callaron.
Quedaron
mirándose en silencio, como se miran los adultos cuando creen que los niños no
se enteran de nada.
—¿Quién
ha venido? —pregunté. Aunque ya lo sabía.
Había
ido a merendar a la cocina porque ni mamá ni Cristina estaban en casa, y el pan
y chocolate todavía no habían desaparecido de mis costumbres.
—Han
venido la mamá del Niño... y el Conde.
Apenas
unos momentos antes la cocina, y nosotras dos, parecíamos haber recuperado
momentos de un tiempo atrás, una atmósfera de gran paz, pespunteada por
cotilleos del vecindario o por las quejas de Isabel (sus historias de
«novios—bandidos»). Un aprendizaje descubierto en el cuarto de la plancha tras
el guiñol de Eduarda donde me refugié tantas veces, también con un trozo de pan
y de chocolate. Como si ahora fuera posible ir atrapando en el aire los vilanos
desprendidos de un diente de león.
Y de
pronto, sólo unas palabras de Isabel, una larga mirada entre ella y la Tata,
fueron igual que una piedra lanzada sobre la tersa superficie del agua en
calma: y el agua empezó a ensancharse en círculos, uno tras otro, cada vez más
grandes, hasta desaparecer en la orilla. Frases que nadie se atreve a
pronunciar del todo.
Abandoné
la merienda, salté de la silla. Algo parecido a una voz que me dictara órdenes,
una fuerza de dentro afuera, me empujaba.
—¿Adónde
vas, criatura...?
Sin
responder, salí corriendo de la cocina. Pero apenas salí de allí, me detuve: no
sabía adónde quería ir.
Sólo
sabía que necesitaba escapar, huir. Que no deseaba oír algo que dolía mucho.
Aún resonaban en mis oídos las voces de Isabel y María, quizá asustadas. Corrí
pasillo adelante, atravesé la puerta. Pero me detuve allí mismo. Estuve
vacilando no sé cuánto tiempo. Luego, lentamente, desanduve el camino y fui al
cuarto de la plancha, y creí recuperar un olor a ropa blanca rociada de agua, a
almidón, a planchas de hierro calentándose sobre las arandelas ardientes de la
cocina. Todavía nadie se había desprendido del guiñol de Eduarda.
Me
senté tras el biombo, con las últimas decoraciones usadas aún colgando sobre mi
cabeza. Esparcidos a mi alrededor contemplé los viejos muñecos, con sus
faldones de colores, donde yo introducía las manos, izándolos hasta la boca del
escenario. Sabía que desde allí se oía lo que hablaban en la cocina. Las voces
llegaban claras, nítidas, y así llegó a mis oídos el último retazo de la
conversación entre Tata María e Isabel:
—Pero
¿qué ha dicho el doctor...?
—Pues
ahora se sabe, meningitis. Pobrecito, el Niño no saldrá de ésta.
—Calla,
calla, que no te oiga «la nuestra»...
Estaba
arrodillada, pero me dejé caer, rodeada de caritas grotescas de cartón pintado
y ojos de vidrio. Mirándome. Nadie les había quitado el polvo, todo era
olvidado. Pero en mi memoria el pasillo volvía a ser un río que fluía hacia el
salón de los reflejos. Un barquito de papel naufragaba lentamente en la
alfombra.
Ya
no temblaba. No sentía. Todo huía de mí, como los pájaros de Andersen, hacia
las Tierras Calientes. No podía llorar, y me tendí suavemente en el suelo
mientras oía, o creía oír, el despacioso vaivén de la puerta del pasillo,
perdiendo fuerza. Y un campanilleo medio sofocado por el silencio, el silencio
que iba repitiendo una voz sin sonido: «Ven, ven, ven...».
Fue
la primera vez que me morí.
19
Una
vez más llegó la noche más corta. Así la llamaban, aunque a mí siempre me
pareció una noche sin tiempo. De cuando en cuando, a través de las ventanas
abiertas, llegaban ecos lejanos de organillos o la música de los tiovivos y
atracciones... Pero todo esto quedaba lejos, muy lejos, ecos engrandecidos por
la distancia, embelleciéndolos. De nuevo nos quedábamos las tres solas. Y en
aquella ocasión, Cristina insistía en que las acompañase.
De
cuando en cuando, el estallido de un cohete rompía el cielo. «Ir a la verbena»,
me traía el recuerdo de la abuelita, cuando nos seleccionaba en grupitos de
nietos para llevarnos a ver zarzuelas. A la verbena sólo fui una vez, pero «ir
a la verbena» lo asociaba al palco del teatro Fontalba, desde donde veíamos La
verbena de la Paloma, La Revoltosa y cosas así. Gente mirando desde el palco,
riéndose o sufriendo, pero sin mezclarse con los del escenario. Era como
espiarles por el agujero de una cerradura. Pero una vez terminaba la función,
recogían —recogíamos— los abrigos, las lágrimas y las risas, y nos íbamos a
casa. Para toda aquella gente, tanto para los que les habían hecho reír o para
los que les habían hecho llorar, había caído el telón.
A
pesar de que mi hermana insistía en llevarme con ellos, yo no quería ir a la
verbena con mamá, Cristina y el «grupo de siempre», «de toda la vida», decía
mamá. Siempre las mismas personas: unos eran amigos, otros familiares... Y
ahora yo tenía suficiente edad para pertenecer al «grupo».
Me
resistí a acompañarles, y mamá no parecía disgustada por mi decisión. Cuando
nos despedíamos, llegué a oír que susurraba a oídos de mi hermana: «Aún es
demasiado niña, tiempo tendrá». Me quedé en casa. Mejor dicho, en la cocina.
En
noches como aquélla y año tras año, podía quedarme despierta y escuchar los
relatos—recuerdos de Tata María e Isabel. La llamaban noche de San Juan.
Aparecía en el calendario aureolada de luz dorada, como las cabezas de los
santos. Y al tiempo que retornaban los relatos mágicos de las dos mujeres,
enturbiaban esa noche los rumores (un temblor de miedo sin saber por qué, ni de
qué) de cuanto sucedía a nuestro alrededor y pocos veían o sabían ver por qué
era la Noche Mágica.
Sin
embargo, Tata María murmuró cuando nos quedamos solas:
—Se
acercan malos tiempos. —Y lo que decía no era una sorpresa: trascendía de
cuanto hacíamos o decíamos como un perfume a nuestro alrededor.
Siendo
aún muy pequeña, tanto que Tata María tenía que cogerme en brazos para asomarme
a aquella ventana inolvidable, me levantaba la cabeza para que pudiera
distinguir el trozo de cielo que se abría sobre el patio de las cocinas de la
casa. Llegaba hasta nosotras el bullicio de las criadas, celebrando, cada una a
su manera y como le era posible, el nacimiento del verano. Se oían risas, algún
cántico (cosa que revelaba ausencia de Gigantes), y algún que otro taponazo de
corcho y gollete de inconfundible procedencia. Risas. Y allá arriba, si quería
aparecer, brillaba la luna e inundaba de luz las paredes del patio, que
parecían de plata. Y aunque el grillo cantaba en su jaula, apenas se le oía.
Luego,
Tata María me contaba una vez más el cuento de la Niña de Nieve, que se
derritió cuando la obligaron a saltar sobre la hoguera. Isabel me contaba
también que en las colinas de su pueblo los muchachos encendían hogueras y,
después, todos ellos, chicos y chicas, saltaban por encima, a veces chico y
chica, cogidos del brazo. Volaban sobre las llamas, decía. Y ninguno se
derretía.
—¿Nadie
se chamuscaba...?
Ella
negaba, moviendo la cabeza de este a oeste con una rotundidad incontestable.
Aquella
noche, nadie me llevó en brazos a la ventana de la cocina, y no sólo porque
hubiera crecido demasiado. Tampoco se oía tanto alborozo en el patio de las
cocinas. El grillo, en cambio, cantaba.
Todos
los años, Isabel rompía y vertía un huevo en una copa llena de agua. Si al cabo
de un tiempo el huevo se había convertido en un barco, significaba bonanza.
Unas veces ocurría que el huevo se transformaba en barco —preferentemente un
velero—, o en alguna otra cosa que, por más buena voluntad que se pusiera, no
era un barco. Isabel decía entonces que hay tantos barcos, de formas tan
distintas, que cualquiera sabe. Entonces, ellas recitaban algo. No se trataba
de una oración, ni de un poema. No sé lo que era, pero aún me admira la
devoción con que lo hacían, con las manos unidas, como los ángeles, y los ojos
cerrados. Estas dos cosas me demostraban la importancia de lo que estaban
haciendo, y que no debían ser interrumpidas. Luego me abrazaban y me besaban en
la frente. Tal vez yo era el último eslabón que las defendía de la incredulidad
de los Gigantes. Porque yo también creía, con ellas. No sé muy bien en qué,
pero creía. Me acordé de una vez que le oí decir a Paco: «En algo hay que
creer, ¿no?». Y los otros chóferes dijeron que sí.
Cuando
Isabel rompió el huevo en la copa de agua estuvimos las tres con la respiración
suspendida. Al cabo de uno o dos minutos, la clara y la yema, desde una
nebulosa que me recordaba algunos cuadros del salón, fueron transformándose en
un magnífico velero de oro y de mar, a la vez. Nos quedamos extasiadas:
—¡Buen
augurio...! —gritó Isabel, abrazándome, y al mismo tiempo rompiendo a llorar.
Sus lágrimas mojaban mi cara, pero yo casi no sentía nada, casi no oía nada.
Isabel
se quitó el delantal, se atusó el cabello y casi gritó a Tata María:
—¡Subo
a ver al Teo!
Pero
María estaba serena, muy quieta. Sólo sus labios temblaban un poco:
—No
te precipites, mujer... No vayas a molestar.
—Pero
si voy por la puerta de atrás... Y el Teo ya conoce mi llamada. ¡Tengo que
comunicarle los buenos augurios...!
No
regresó.
Estuvimos
esperándola mucho, mucho tiempo. Al fin, Tata María me llevó a la cama, como
antes, como cuando me vestía el pijama y me hacía recitar el Jesusito de mi
vida. Pero no decía nada, sólo me llegaba el aroma a pan tostado, a merienda, a
niñez perdida.
Nadie
me lo dijo. No recuerdo que nadie se atreviera a hacerlo, aunque toda la casa,
desde los Gigantes hasta Joaquín y Regina, se conmocionó. Y a mí nadie me decía
nada.
El
silencio puede ser la revelación más cruel.
Por
entonces la gente se engendraba, nacía y moría en casa, y a menudo sucedían las
tres cosas en la misma cama. Cama que a veces pasaba de padres a hijos. Y el
féretro salía desde el portal de la casa (aquel letrero: ENTRADA DE CARRUAJES),
ante la expectación del vecindario, que siempre se enteraba de quién había dado
el último paso. Especialmente los criados, los proveedores, las viejas tatas.
Era casi como cuando se agolpaban a la entrada del portal para ver salir a una
novia hasta el coche. Porque en esos casos, también el portal se llenaba de
flores. Sólo que para las novias abundaban las azucenas y azahares, y para los
otros, crisantemos y otras de las que no me acuerdo.
Sin
que nadie me dijera nada, subí en el montacargas.
La
puerta del piso estaba abierta y entré. Salí a la terraza, no había nadie, sólo
mi sombra en el suelo se estiraba como huyendo de mí.
Lenta
y torpe, trepé hasta la ventana del cielo, y allí pude saber que el león rugía,
y me dije: «Él volverá. No tardará mucho». Porque él lo había dicho muchas
veces, y no era mentiroso.
Regresé
a casa muy despacio.
Las
Tatas intentaban que yo no me diera cuenta de algo que estaba pasando.
Aparecían como asustadas, doloridas, y me arrinconaban cuanto les era posible
en la cocina.
No
sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto era de día y lucía un sol inmenso, un sol
de primavera. Y como no se acordaba nadie de mí, fui tras ellas, con la
temblorosa sospecha de que me habían dejado dormir, dormir, dormir..., me
arrastraba detrás, silenciosa, escurridiza —y quizá también invisible—, como
cuando era un gnomo. Iban las dos, llorando, hacia el balcón más grande del
salón. Supe (aún no sé cómo lo supe) que por primera vez habían subido mamá y
Cristina al piso bajo el terrado... Cauta, silenciosa, hallé un hueco entre
Isabel y Tata María, ya asomadas al balcón, precisamente cuando la carroza
salía del portal, y recuerdo a Joaquín pasándose un pañuelo por los bigotes, y
a Regina detrás, llorando con la cara detrás del delantal. Qué grande era el
sol en el cielo, o a mí me lo parecía. Y cuando salió la carroza blanca,
arrastrada por caballos blancos y pajes vestidos de blanco, algo se rompió en
mí o en el mundo. De pronto no creí en nada de cuanto me habían dicho: todo era
una mentira más de los Gigantes; porque allí mismo, del blanco casi cegador, se
alzó él ante mis ojos —y supe que era sólo ante mis ojos, un adiós sólo mío—,
los brazos en cruz y todo el sol en él. Convirtiendo cuanto alcanzaba en una
enorme hoguera—luz y aquel lejano —ya casi remoto— repique de campana que
llamaba «Ven, ven, ven...». Aunque los Gigantes no lo oían, lo repetían las
pisadas, y el suave vaivén de las ramas del jardín de la Milagrosa.
Nadie
me dijo nada, seguramente nadie sabía qué decirme, o cómo decírmelo. Pero el
polen dorado que empujaba el viento y lo levantaba y llevaba más allá de las
terrazas y los balcones, o las ramas del convento, lo gritaban. Me recuerdo
envuelta por una nebulosa hecha de luz, rasgada como una frágil vela bajo la
tormenta. Todo confuso. Pero en cambio retiene mi memoria, muy claramente, el
encuentro en el ascensor con una niña de negros tirabuzones —era muy pequeña,
quizá sólo tenía cinco años— que al verme gritó más que dijo:
—¡Se
ha muerto el hijo de la bailarina!
Era
la hora del parque, y el ama Paz que la cuidaba, amiga de Tata María, le dio un
sopapo en la boca y la niña arrancó a llorar.
20
Puedes
pasar días, quizá años, moviéndote en una nebulosa donde apenas se tiene
noticia de cuanto sucede a nuestro alrededor. Algo así, pienso ahora, me
ocurrió a mí. Desde el incidente de la niña del ascensor, hubo un tiempo y un
espacio tan indefinibles que apenas tengo referencias de los sucesos que por
aquellos años revolucionaban mi país. Precisamente entonces llegó nuevamente mi
cumpleaños, y qué poco había crecido yo. Esta vez fui excepcionalmente atendida
por mi madre.
No
sé cuánto tiempo estuve sin hablar porque todo lo que atañe a aquellos días
parece haberse borrado de mi memoria. Pero un día, algo debí decir, porque
recuerdo a mi madre abrazándome muy fuerte, tanto que me obligó a quejarme: «Me
haces daño». Y, contrariamente a lo que se podía esperar, estalló en una
sinfonía de alegres sollozos, y me abrazó aún con más fuerza.
Luego,
me llegan retazos de sus conversaciones telefónicas con Felisita: «Está triste,
ya sabes... pero a esta edad las penas se olvidan pronto. ¡Quién no ha sido
niño y ha pasado por... ! ». Sentada en la butaca a su lado —apenas me apartaba
de ella, creo—, me asía a su falda con dos dedos como pinzas y la seguía allí
donde fuera. Recuerdo aquellos gestos, pero no mis sentimientos de entonces: no
lo que me obligaba a pegarme a ella como a la tabla de un náufrago. Miraba casi
obsesivamente los dibujos de la alfombra. Como si buscase rombos y círculos
azules y marrones. Sólo había flores, o dibujos extraños.
Vagamente,
recuerdo el balneario como una sucesión de postales, siempre agarrada a la
falda de mamá. Sin pensamientos, sin sentimientos. Todo aquel verano
transcurrió para mí dentro de una sensación de vacío, de no estar, de no ser.
El
sol del inmediato septiembre, antes de hundirse, convertía en antorchas los
árboles que bordeaban el paseo del Mar. Así supe que regresábamos a Madrid y
que —por aquel verano— las vacaciones se habían terminado.
La
primera carta de papá estaba fechada en Bruselas. Por lo visto (aunque a su
modo), mamá le había informado de que algo me tenía muy desanimada (por decirlo
de alguna manera). Pero que ella creía eran cosas de la edad. Y papá me enviaba
una carta muy extraña de la que apenas entendí dos cosas: que me quería mucho,
aunque todavía no podía venir a verme, y que yo tenía que ser muy fuerte, pero
mucho, y que cuando él viniese lo pasaríamos muy bien. Como la última vez...
Casi
había olvidado la última vez, pero en aquel momento regresaron a mí las dos
películas, y el parque, y los pájaros. Algo cálido y un poco triste —como cada
vez que surgía el nombre de papá— me despertó un desvaído deseo de volver a
verle, acaso de llorar. También lo adiviné en los labios temblorosos de María.
Y me abrazó, meciéndome despacio, como acunándome, mientras murmuraba: «Algo es
algo...».
La
segunda carta casi repetía lo mismo que la primera, aunque era más corta.
Y
eso fue todo, aquel verano.
Sin
saber muy bien por qué, acaso por acumulación de sucesos oídos, o en parte
vividos, venía a mi mente la rotunda figura de la lavandera empuñando el
cuchillo, con la boca llena. Maldiciendo. No llegaba a darme miedo, quizá
porque casi al momento la sustituía la Ulalia, con su mazo de cartas marcadas,
la botella de los ánimos, y su voz afónica, bajo un pañuelito anudado a la
garganta, no demasiado limpio.
Lo
mejor del regreso a Madrid fue ver a Isabel esperándonos con la más ancha de
sus sonrisas. El diente de oro resplandecía. En cambio, quien parecía muy
preocupado era Joaquín, el portero. Empezó a cuchichear con Tata María, al
tiempo que la ayudaba a subir el equipaje.
—La
revolución, la revolución... —murmuraba debajo de sus blancos bigotes. De
pronto me dio pena. No sabía por qué, le veía desamparado, huérfano, sin
hogar... En fin, casi como el personaje de un cuento de Dickens.
—Cristina
no está —me informó mamá—. Ha ido a Bruselas, a pasar unos días con papá.
A
partir de aquel momento, todo cuanto ocurría a mi entorno se precipitó
agitadamente. Me sentía extraña y al mismo tiempo partícipe de un secreto que
me atañía, aunque ignoraba. Se sucedieron una serie de llamadas y
conversaciones telefónicas en remolino, como casi todo lo que supuestamente
organizaba mamá. Conversaciones, consultas enigmáticas, lamentaciones, se
repetían entre mamá, Felisita y su hermana Carolina. Incluso con la abuelita,
que vivía en Barcelona (y parecía no comprender nada que no tuviera una
relación directa con papá). Tras escuchar en silencio las parrafadas de mamá,
ella apenas sabía decir otra cosa que si tenían noticias de Bruselas. Hasta
que, afortunadamente, le llegó el turno a Eduarda. Pero fue una comunicación
epistolar.
Leí
su carta, porque mamá, desconcertada y rebasada siempre por los
acontecimientos, solía dejar las suyas por aquí y por allá. La carta me llamó
especialmente la atención por algo que entendí a medias: mamá dudaba si acceder
a alguna petición. Y Eduarda solventaba sus dudas, escuetamente, como era su
estilo: «No serás capaz de negar a esa mujer el único consuelo: conocer a la
amiguita de su hijo, la única que...».
Leía
y oía todo como en sueños. Pero no eran los sueños de una noche de descanso y
bienestar, sino los medio—sueños de las siestas, donde me sentía zozobrar en
una balsa muy frágil, bamboleada por retazos de conversaciones reales, y de
sucesos imaginarios; una mezcla sudorosa, inquieta y llena de angustia. Eduarda
decía: «Por eso voy a ir, porque por encima de todo lo demás, yo pienso en
Adri». Mamá lo repetía todo en los oídos de Felisita, devota amiga, empapada de
curiosidad, al otro lado del teléfono. Yo escuchaba en silencio. Ya no
necesitaba esconderme, me sabía invisible, rodeada de palabras errantes, de
ires y venires que parecían ya sucedidos, ocurridos, o aún por venir. «Eduarda
—me decía bajito, sólo para mí—, Eduarda.» Y me llegaba algo parecido a una
brisa.
Una
tarde —creo que la misma que oí o leí las palabras de Eduarda— me llegó a
través de la ventana del patio de la cocina algo que oscuramente echaba en
falta: los aullidos de Zar. Unos aullidos largos que acababan en un temblor
parecido a sollozos humanos.
Amaneció
un día brillante, suave. Un frío pequeño soplaba de habitación en habitación
mientras las Tatas las oreaban con todas las ventanas abiertas de par en par.
Lo que hacía refunfuñar a Tata María: «¡Agarraré una galipandia!». La
galipandia de Tata María venía anunciándose desde mucho tiempo atrás, aunque
nadie hubiera podido decir en qué consistía.
Por
aquellos días, sin que yo hasta aquel momento me diera cuenta de ello —como de
casi todo—, había entrado al servicio de casa una nueva Tata, aunque menor. Era
una muchacha muy joven, de grandes ojos vacunos. Parecía asustada y medio muda.
Yo oía cómo Tata María e Isabel, a partes iguales, la instruían en los
quehaceres domésticos. A lo que me pareció, la muchacha estaba hecha un lío. Se
llamaba Crescencia, pero, seguramente por encontrarlo demasiado largo, la
llamaban Cenci. La vi por primera vez —o eso creo— al ir a desayunar. Iba
detrás de Tata María, y me miraba con los ojos muy abiertos, como alguien de
quien se ha oído hablar mucho, mucho, y parecía un poco asustada.
Estaba
desplegando la servilleta, cuando Tata María dijo:
—Va
a venir a conocerte la mamá del Niño. —No dijo la bailarina—. Debes estar muy
formal y ser muy prudente... y aun mejor, calladita. Porque cualquier cosa que
digas o hagas puede partirle el corazón.
Tata
María andaba despacio, no arrastraba los pies, pero le costaba hacerlos avanzar
uno detrás de otro, cuidadosa, astutamente, como quien mueve piezas de ajedrez.
Y cuando me sirvió el café cayeron unas gotitas en el mantel, cosa que nunca
había ocurrido antes. Se despertó entonces, muy dentro de mí, un agradecimiento
enorme, algo parecido al amor ascendió hasta mis ojos, nublándolos. Fue sólo
durante unos segundos. Un sentimiento nuevo, como heredado desde aquellas niñas
desaparecidas —menos para ella— que ahora se llamaban mamá y Eduarda. Y deseé
que fueran mis manos las que habían temblado y derramado café, no las suyas.
Cerré los ojos y esperé. Creo que he pasado la mitad de mi vida esperando.
No
me habían despertado la curiosidad, hasta el día en que aparecieron,
diseminadas, como perdidas entre las decoraciones del Teatro de los Niños, unas
fotografías de aficionados, bastante huidizas, incluso alguna cortando cabezas.
Ocurrió cuando aún nos comunicábamos, cada uno a un lado del escenario,
hablándonos a través de los personajes de cartón. Y al verlas, Gavi las recogió
deprisa, y las guardó. Como si no quisiera ni verlas, ni tan sólo hablar de
ellas. Sucedió aquel día en que me dijo, con el escenario de cartón por medio,
que a veces no quería a su mamá.
Fue
entonces cuando abandonamos el Teatro de los Niños y hablamos por vez primera
uno frente a otro, echados sobre nuestro territorio de rombos marrones y
azules.
Oí
como mamá y ella se saludaban, con las palabras que usan los Gigantes. Luego,
mamá, discretamente, nos dejó solas en el salón.
—Tú
eres Adri —dijo ella. Y al pronunciar la erre, fue como si oyera a su hijo
pronunciar mi nombre. Cerré los ojos, pero la veía.
Era
menos alta de lo que parecía en el escenario. Se lo había oído decir una vez a
Felisita. Pero yo no la había visto nunca en un escenario, ni de ninguna otra
manera. Llevaba un abrigo de pieles, casi negras, que contrastaba con la
palidez de su cara, un rostro despojado, desnudo. No sé por qué, me pareció
eso: que venía enteramente desnuda, tan sólo cubierta con pieles lobunas.
Se
inclinó mucho hacia mí y me invadió su perfume. Pero no era un perfume fresco,
sino algo parecido a un aroma olvidado. Toda ella emanaba el sutil olor de algo
que fue, que se había ido sin remedio, quizá ella misma, o su arte, o sus
esperanzas. Por primera vez contemplé y sentí la sombra de una frustración.
Inclinada, su cara junto a la mía, vi de cerca sus ojos con una lágrima
detenida, que acaso nunca llegaría a verterse.
—Sólo
quería verte, conocerte... Sé que fuiste su única amiguita aquí... Y te he
traído algo... Aunque todo lo que tocó durante la enfermedad lo hemos quemado.
Pero este libro, no: este libro que él quería tanto... y tú también, se ha
salvado. Tómalo, es un recuerdo suyo. Y estaba aparte, no está contaminado. Lo
consultamos con el médico...
Sin
apenas terminar de decirlo, me abrazó. Nadie me ha dado un abrazo parecido,
casi me hizo gritar. Mi cara se hundió en el suave bosque negro que la cubría,
medio asfixiándome. Luego, muy deprisa, me apartó y salió del salón. Vagamente
oí su despedida, las voces de mamá y la suya. Aún oigo el taconeo de sus
zapatos en el pasillo. Llevaba tacones altos, impropios de una bailarina.
Y me
encontré de nuevo sola, bajo las apagadas arañas de cristal, con El Rey Cuervo
apretado contra mi pecho.
Cuando
lo abrí, vi que faltaba el último capítulo. Alguien —no sé quién ni por qué— lo
había arrancado.
Miré
ansiosamente al cuadro: el Unicornio estaba allí, pero noté su jadeo, casi me
rozó su agitada respiración, el temblor de sus patas, tras una fatigosa
carrera, seguramente había hecho un penoso recorrido. Pero ahora estaba allí.
Cuando
casi había perdido la esperanza de verle, apareció Teo. Fue en la cocina —el
corazón de la casa, según había leído en algún cuento—, no en el apagado salón.
Tata
María me llamó:
—Adri,
querida, ha venido Teo...
Y
ahora estaba allí, de pie, como el impávido soldadito de plomo de mis lecturas
infantiles. Aunque el fulgor de sus lágrimas se había petrificado, aún
resplandecía en los bellísimos ojos negros que nunca desaparecerán de mi
memoria.
Corrí
hacia él, y gemí entrecortadamente, con un gemido tan suave como plumas de
gorrión. Ya había crecido demasiado —quién lo diría— para abrazarme a sus
largas piernas.
Me
rodeó con los brazos, y me dijo al oído: «Volverá».
Sólo
esa palabra. Él sabía que era la única que yo esperaba oír. Mientras explicaba
a Isabel que cerraban el piso —todo el edificio pertenecía al Conde y que él
volvía a servir a don Mauricio de mozo de comedor. Y que se llevaba a Zar con
él. Lo último que recuerdo, y casi en un sueño, es la desgarradora separación,
porque cuando se iba yo corría detrás de él gritándole algo parecido a los
aullidos de Zar. No sé qué le gritaba, sólo sé que se me iba la vida en aquel
grito, toda la hermosa vida que había vivido con ellos. Y si esto me llega bajo
la niebla medio transparente de aquella memoria, en cambio puedo revivir con
toda precisión, inundada de sol, la huida de los cisnes salvajes bordados sobre
raso azul eléctrico. Lentos, con un batir de alas armonioso y tristísimo,
levantaron el vuelo apenas se cerró la puerta —nuestra puerta— tras él.
Atravesaron el muro y le siguieron, leales y amantes, como los once Príncipes
Cisnes. Y a mí sólo me dejaban un bordado deshilachado por crueles tijeras.
Esto
es lo que, al separarnos, se llevó Teo con él. Y aún conservo su temblor.
En
el último momento deslizó algo en mi mano: era la llave del piso bajo el
terrado, de la puerta que daba a la terraza y de la terraza que contenía,
todavía, la ventana del cielo.
21
La
llave del piso, que Teo había deslizado en mi mano, relucía, secreta y
preciosa. Sentada en la cama, estuve contemplándola como cuando había empezado
a leer un libro y esperaba pasar páginas y páginas hasta alcanzar el final. Y
me repetía una y otra vez: «¿Cuáles fueron sus últimas palabras?». Y no eran
las palabras, sino su sonido el que regresaba una y otra vez a mí: «Ven, ven,
ven...». Luego, aquel «Volveré», que no se apartaba de mí. ¿Debía ir yo en su
busca o sería él quien volvería, como había prometido tantas veces?
Sentada
en la cama temblaba, a un tiempo acongojada y esperanzada. Cristina estaba en
Bruselas, con papá y los gemelos, y las dos habitaciones que compartíamos ahora
eran mi territorio. Sin testigos ni consejeros ni defensores. Quizá la eché de
menos la primera noche, pero después, cuando tuve conciencia de que el espacio
antes compartido ya era sólo mío, un largo, hondo respiro de agradecida soledad
me alivió. El menudo tic—tac del reloj pautaba el silencio sin estropearlo.
Esperé, como había esperado años atrás, la hora mágica que me empujaba a
embarcar en mi velero de papel. Sólo que ahora Gavi esperaba en alguna parte,
acaso al final del pasillo, o a la puerta del salón, o bajo el cuadro del
Unicornio... Quién sabía si en algún rincón del piso bajo el terrado. Yo debía
encontrarle y reconocerle. Como Gerda había encontrado y reconocido —tras
varios engaños— a su amado Kai, cuando la malvada Reina de las Nieves se lo
llevó al Palacio de Hielo. Revivía en mi memoria la lectura del cuento, de
bruces sobre la alfombra de rombos con el libro entre los dos, su cabeza
rozando la mía, pasando las hojas a un tiempo, con sintonía mágica. Y como
Gerda, que lo buscaba sin desfallecer, tanto en la cueva de los ladrones como
bajo la tierra, entre las semillas de las flores, hasta la llegada del Buen
Cuervo del Castillo, el Cuervo amigo que la ayudó a encontrar el camino hacia
Kai, norte arriba, y que no tenía nada que ver con el Rey Cuervo. Estas
imágenes se agolpaban en mi mente, y cerraba los ojos. Todas coincidían con una
realidad recién descubierta. Como un calco de imágenes soñadas sobre imágenes
reales.
A
través de los párpados cerrados, seguía viendo desfilar las sombras que dejaban
en las paredes los sueños de los habitantes de la casa. Sombras largas y
ululantes, crueles cacerías. Como los sueños de los habitantes del Castillo del
Príncipe —que no era Kai— y de la Princesa —que no era Gerda—. Kai tampoco
estaba allí, y Gerda debía continuar su búsqueda... Al llegar aquí, bruscamente
me despertaba: y me desprendía de Andersen, como la serpiente se desprende de
su piel ya inútil. Y me dije: «Estoy creciendo». O quizá: «Ya soy una
serpiente».
Como
hacía años, guardando ahora la llave en el puño cerrado, fui en busca del
Unicornio y de los fulgores cristalinos de las arañas. No sabía si debía
utilizarla. Historias de llaves peligrosas, llenas de misterio, se enmarañaban
en mi mente, luchaban entre el deseo y el temor. La imagen de la llave manchada
de sangre, que la mujer de Barba Azul intentaba limpiar con arena, se repetía
una y otra vez. Y la esperanza de hallar allí arriba algo, aunque fuera un solo
vestigio que no diera credibilidad a su ausencia, me empujaban. Yo misma,
sentada en la cama, apretando la llave en la mano, me veía empequeñecida, una
figura diminuta en la gran soledad de un amor que no podía compartir, que no
sabía ya dónde colocar.
No
sé cuánto tiempo pasó sin que me moviera. Seguía sentada en la cama, sin
desnudarme ni hacer otra cosa que mirar o apretar la llave. Lentamente, iba
apoderándose de la casa el silencio de la noche, cualquier crujido de madera lo
ensanchaba y acrecía. No había decidido aún si acostarme o subir al piso. Sabía
que todas las llaves guardan una historia que sólo ellas pueden desvelar: abrir
o cerrar misteriosas zonas donde se ocultan los deseos, la esperanza, el
horror, la memoria.
O un
gran vacío.
Después
de tanta duda, mi decisión fue casi brusca, aunque seguía moviéndome como
sonámbula. Fui a la cocina donde el «clic—clac» de una gota de agua me recordó
que casi siempre había algún grifo mal cerrado. Unos ronquidos poderosos y a la
vez tranquilizadores llegaban desde el dormitorio de las Tatas, así que por
aquel lado no había nada que temer. Retrocedí, cautelosa, hasta nuestra puerta.
La llave colgaba al alcance de cualquier mano, junto a la mirilla. Nadie pensó
que podía ser descolgada a escondidas, conteniendo la respiración, como había
ocurrido en el piso bajo el terrado, ciertas noches de luna cuando el Niño se
escapaba quién sabe adónde, quién sabe a qué. Yo ya no lo sabría nunca. Ahora,
yo apretaba las dos llaves en mi mano.
Abrí
la puerta con todo sigilo. Afortunadamente, no chirriaba. Y cuando lo crucé, el
patio parecía de plata. Entré en el montacargas y, al ponerlo en marcha, el
ruido que levantó me pareció atroz, capaz de despertar a toda la casa. Por fin
me encontraba de nuevo en el umbral del piso bajo el terrado. Abrí la puerta
despacio; tampoco rechinaba, fue sólo un deslizarse aterciopelado sobre los
goznes. Parecía que el piso, casi humano, despertara de un sueño. Y de pronto
supe que había abierto la puerta a las ausencias, que arrastraban su sombra a
lo largo de las paredes; fugaces, casi translúcidas, antes de desaparecer.
Casi
no quedaban muebles y el polvo —un polvo extraño, parecido a ceniza, que antes
jamás había visto— lo cubría todo sutilmente, como un velo que, a trechos, se
levantaba y huía en una nubecilla. Papeles arrugados, trozos de cordel, cajas
de cartón vacías... Pulsé el interruptor de la luz, pero no había luz. En
cambio, un resplandor blanco se filtraba por todas las rendijas. La luna estaba
allí, como a la espera, acechante. Siempre me ha parecido que la luna tiene
algo de cazador furtivo.
Me
acerqué a la puerta de cristal que daba a la terraza. Ya hacía tiempo que las
flores se habían muerto en las macetas. Sólo quedaban sus resecos esqueletos.
Aunque Gavi volviera, ya nada sería como entonces. Esta convicción alejaba
cualquier duda y, sin embargo, no destruía la esperanza de volverle a
encontrar, tal y como prometía: «Volveré».
Despacio,
casi temblando, recorrí las habitaciones que llevaban al cuarto de los juegos.
Nada quedaba de lo nuestro, lo habían quemado. Un llanto seco se me agarrotaba
en el pecho, sin que pudiera verter lágrimas. ¿Cómo era posible aquella
desaparición, cómo sentirme ante nuestro mundo sepultado? Había leído que a
veces algunas caravanas del desierto desaparecían bajo una tormenta de arena.
Una especie de árida tormenta también había sepultado a los niños que allí
jugaban, leían y se amaban. Como si no hubieran existido. Y de pronto algo
parecido a una voltereta dolorosa convertía el dolor en ira. Y la ira iba
creciendo como una hoguera, casi la oía crepitar pecho adentro, y tampoco sabía
dónde o hacia quién colocarla, como antes el amor. No podía llorar, pero me
sabía herida, y si hubiera sido Zar, aullaría.
Entonces
descubrí en el suelo, medio sepultado por el infame polvo ceniciento, aquel
trocito de alfombra que fue nuestro territorio de rombos azules y marrones, y a
su lado, la vieja gramola, con el disco de Tchaikovski ensartado en el plato,
donde un perro todavía esperaba oír la voz de su amo. Me arrodillé a su lado y
cerré los ojos, pero sólo al abrirlos regresó la música, porque no la oía, la
veía. Tal como me había sucedido cuando Gavrila la dibujaba. «Los vuelos de las
abejas —recordé— escriben sus mensajes en el aire.» Los oía, no los veía, pero
los recordaba, y un aroma único, conocido, se podía respirar y acaso palpar.
Como entonces, me tendí en el suelo suavemente. Y soñé —creo que soñé— que su
pelo rubio me rozaba la frente. Cuando me desperté —quizá era un despertar,
aunque no recuerdo haber dormido—, oí un rumor de hojas alejándose. Me puse de
pie, me froté los ojos; pero seguía moviéndome como sonámbula, o guiada por un
mandato desconocido. Fui a la cocina. Aún seguía allí el enorme reloj, con su
hora quieta. Y creí oír una voz lejana, o mejor dicho, alejándose mientras
decía algo así como que los mataría uno a uno, despacio.
Como
yo.
Al
atardecer, del jardín de la Milagrosa emanaba un misterioso resplandor
rojo—dorado. Lo miraba desde la ventana abierta de nuestro cuarto —aún no se
iniciaba octubre— y rememoraba anteriores atardeceres desde el balcón del
salón. Sabía que aquel deslumbrante colorido apenas duraba unos días. Y cuando
la noche se apoderaba del jardín, de nuevo aparecía el farolero a encender una
a una las farolas de la calle, y las acacias de las aceras se iluminaban,
mientras el jardín se apagaba. Seguía gustándome ver cómo las lucecitas azules
iban reviviendo, una a una, el verdor de los árboles. Pero el farolero ya no
era mi amigo. Y muchas otras cosas tampoco eran ya.
Mamá
me llamó a su gabinete. Sentada frente a mí fingió colocarme en su sitio la
medalla o alisarme el cuello del vestido.
—¡Qué
alta estás, Dios mío! —mintió.
—Tienes
que volver a Saint Maur, Adri...
Y un
largo discurso sobre lo conveniente y lo no conveniente. Hacia el final yo
estaba pensando en otras cosas. Tras un silencio carraspeó, y aquel carraspeo
me avisó —como otras veces— de que lo más importante estaba aún por escuchar:
—Adri,
he de informarte de algunas cosas. Sabes que estamos viviendo momentos muy
graves y peligrosos. Pues bien, por ello mismo, notarás en Saint Maur muchos
cambios.
La
primera novedad consistió en que desde aquel momento dejaría de acompañarme
Tata María al colegio. Según mamá, yo me había convertido en una mujercita, y
por lo visto las mujercitas podían ir sin acompañantes de aquí para allá. Sobre
todo si iban a Saint Maur, apenas a dos manzanas de nuestra casa.
La
segunda rareza fue un gran letrero sobre la puerta de entrada: Saint Maur ya no
se llamaba así, sino Educación Femenina. Pero la verdadera sorpresa vino cuando
reencontré a las monjas—mesdames despojadas de sus hábitos. Ahora vestían
largas faldas, jerséis o blusas muy altos de cuello. Y por primera vez vi sus
cabellos. La mayoría los llevaban recogidos en moñitos. Estaban muy raras,
pensé, acaso un poco ridículas. Las que anteriormente me habían parecido guapas
—y alguna lo era— parecían ahora, si no feas, estropeadas. En suma, que habían
perdido cierta evanescente elegancia que las había caracterizado: desde la
forma de andar hasta la de mover las manos o los pies.
En
el Saint Maur convertido en Educación Femenina había desaparecido algo que,
como ocurría con ellas, no se podía definir, se sentía. Y fue entonces,
precisamente, cuando yo también perdí dos cosas: el miedo y la credulidad. De
pronto, todo aquello —y aquellas— que me habían hecho temblar, desorientada y
triste, desaparecía ante una nueva forma de mirar, de enfrentarme a cuanto me
rodeaba y había creído hasta entonces inamovible. Y si Gavrila no volvía, todo
lo que me rodeaba no era ya sino una gran estafa.
Aquel
primer día, Madame Saint Genis, la directora, me llamó a su despacho, honor
bastante infrecuente, y en general no deseado.
Pero
el encuentro fue una mezcla de bienvenida y temor, en un tono ambiguo, como si
tuviera que disculparse de algo que no había hecho, pero de lo que se sentía
hasta cierto punto responsable.
—Estamos
muy contentas de volver a tenerte entre nosotras. Habrás notado muchos
cambios... Pero mamá ya te habrá explicado los tiempos tan peligrosos que
corremos, especialmente nosotros, los religiosos... Pero el espíritu que nos
guía no ha cambiado, sólo que, de momento...
Mamá
no me había dicho nada. Y si me lo había dicho, no la había escuchado.
Madame
Colette clavó nuevamente su dedo índice en mi espalda, y me empujó pasillos
adelante, hasta llegar a la misma aula que había abandonado el último curso.
Quizá las cosas no eran tan diferentes por dentro como por fuera.
Otra
vez entré en la clase que olía a tiza y somnolencia, a pupitres de madera y
tinteros. Allí me esperaba —de nuevo— mi lugar en la última fila. Eso tampoco
había cambiado.
Yo
llegaba con el curso ya empezado, y, por tanto, ignoraba muchas cosas, no sólo
las novedades que acababa de ver. Me senté en mi pupitre vacío —ya tendría
tiempo de llenarlo—, hasta que un ruido conocido, de muchos pies golpeando los
peldaños, me advirtió: «Ahí vienen». Pero en lugar del habitual encogimiento de
corazón y, la respiración alterada de otros tiempos —tan cercanos y sin
embargo, de pronto casi remotos— un regocijo puerilmente maligno me llenó.
«Ahora vais a conocerme.»
La
puerta se abrió y entraron en tromba.
No
eran las mismas, habían sido sustituidas por otras. Aunque muy parecidas. Se
detuvieron en masa, bruscamente, y callaron, mirándome. Pero había una, una a
la que sí reconocía —y me reconocía—: Margot.
Repetía
curso porque, aparte de su destreza con los pelotazos y los abusos, para el
estudio era un zoquete. La recibí con una carcajada que yo misma consideré
idiota, aunque necesaria: marcaba territorios, como el pipí de los perros.
Y
fui muy mala. La niña más mala del Educación Femenina. Aporreaba a cualquiera
que se interpusiera en mi camino, me burlaba de las profesoras —dibujaba sus
caricaturas en la pizarra— y perdí totalmente el miedo y el respeto a quien
fuese capaz de oponérseme. Al principio, y ante mi estupor, no hubo demasiadas
reprimendas, ni notitas para mamá, quejándose de mi comportamiento. Y una voz
susurrante, más recordada que oída, seguía filtrándose en mis oídos —o tal vez
no era en mis oídos, quizá en algún lugar desconocido dentro de mí—, donde
continuaba oyéndole decir: «Ríete, ríete. Y golpea hasta que yo vuelva y
estemos juntos otra vez... » .
Sigilosamente
iba al cuarto ahora vacío que fue mi dormitorio en los primeros años, allí
donde en el techo, junto a la ventana, había visto por primera vez las sombras
de Gavrila y de Zar. Y me decía: «No tengas miedo, no temas a nada ni a nadie,
tú eres más fuerte, tú eres mejor...». Y sentía su inolvidable risa, un poco
ronca, baja: un delgado reguero de agua serpentina, arrastrando su huella en la
arena, como una sombra. Así podía enfrentarme a una Margot sorprendentemente
disminuida, a no responder a las preguntas odiosas. La sonrisa de Margot, antes
burlona y despectiva, aparecía ahora entre humillada, tímida, y al mismo tiempo
falsamente retadora. Repetía curso, pero yo no —yo había estado ausente—.
Además yo tenía dentro la luz de Gavrila, de la ventana del cielo, como un
escudo. Aún era más baja que ella, pero a la primera ocasión —y debo confesar
que sin provocación explícita— la abofeteé. Aún recuerdo el placer que sentí al
notar la turgencia de sus mofletes bajo mis manos. Creo que fue más el estupor
que el miedo lo que la dejó indefensa.
Por
las noches, cuando estaba por fin sola en mi cuarto, le preguntaba cuándo
volvería. Le decía —o deseaba decírselo— que había perdido el miedo y que
estaba esperándole, porque fuera de él, nada tenía que ver conmigo. Yo era ya
como una isla, ya nada podía arrancarme de todo cuanto era nuestro mundo. No me
contestaba, pero de cuando en cuando, filtrándose por alguna invisible rendija,
oía su risa, baja, un poco ronca. No era una risa de niño. Nunca lo fue.
De
alguna manera me enteré de que las monjas ya no dormían en Saint Maur. «Tienen
miedo...», me dijo la niña que ahora compartía mi pupitre. «Y con razón...
pueden venir a cualquier hora y matarlas...» Había cierta horrorizada
delectación en como pronunciaba «matarlas». El caso es que, por la noche, Saint
Maur —o por lo menos la zona de Saint Maur que me era familiar— quedaba
aislada, solitaria. Y fue entonces cuando se me ocurrió.
En
una esquina de la clase había una puertecita que siempre me había llamado la
atención: era pequeña, estrecha, como las de las ilustraciones de mis viejos
cuentos de hadas, cerrando grutas de gnomos o misteriosos cubiles de lobos. A
menudo pensaba: entraré ahí, y seré como un gnomo, como cuando no me
encontraban las Tatas. Hasta que un día, por casualidad, la vi abierta. Me
asomé y sólo descubrí un pequeño almacén de cuadernos, libros y una
insospechada escoba, acompañada de otros útiles de limpieza. La puertecita
tenía un montante de vidrio esmerilado.
«Me
esconderé ahí dentro, y nadie podrá encontrarme. Y esperaré. »
Por
las noches, en mi cama, con la luz apagada, estuve planeándolo minuciosamente.
Era como si pasara una película donde veía mis pasos, no los que había dado,
sino los que estaban por venir. Veía el interior del cuartito, veía cómo se
convertía sin más en el interior del árbol, y me vino de golpe el tiempo en que
permanecía a oscuras en el cuarto de los castigos. También ahora, me sentía
envuelta por un resplandor mágico, como cuando llevaba en la mano el terrón de
azúcar. Ahora era una llave. No la abandonaba, estaba siempre conmigo, como si
fuera a abrir por fin la puerta misteriosa, allí donde yo entraría, o él
regresaría, tal y como me había dicho. No lo dudaba.
Tendría
que ser un sábado, ya que por las tardes hacíamos lo que llamaban «semana
inglesa»: no había colegio. Creí que con la estampida de las niñas ante la
perspectiva de una tarde y un día entero sin clases, al sonar el timbre de
salida me facilitaría escabullirme. La salida de los sábados era más ruidosa y
alborotada. Sería más fácil para mí esconderme.
Poco
a poco iba puliendo mi proyecto. Me llevaría algo de comer. Esperaría. Tenía un
gran entrenamiento en esperas, incluso en las que no sabía para lo que
esperaba. Hice una pequeña provisión de galletas y chocolate (otra cosa no se
me ocurría ni tampoco resultaba cómoda). En realidad no pensaba en lo que
sucedería después de aquel sábado y domingo, fuera del regreso de Gravila. El
lunes quedaba muy lejos, y yo, y todo lo que deseaba y esperaba, flotaba detrás
de una nebulosa, o una cortina de lluvia, donde, eso sí, era seguro, él
estaría. Donde se cumpliría su promesa de que volveríamos a estar juntos. Jamás
he vuelto a tener tanta fe en algo como entonces. No sabía ni cómo ni cuándo
esperaba que sucediese: pero sin duda alguna sucedería.
Y
por fin llegó el sábado. Cuando a la una en punto sonó el timbre de salida,
guardé el paquetito de galletas y chocolate rápidamente en la cartera mientras
las niñas recogían, como si tuvieran que subir a un tren a punto de partir,
todos sus cuadernos y libros, los secretos de pupitre, y salían en barahúnda
hacia la escalera. Allí se alineaban en fila hacia el vestíbulo. Tal como hice
yo tantas veces hasta aquel día.
Con
mi capacidad para esconderme, ejercida ya en mis primeros años, no fue
demasiado difícil escamotearme en aquella fila, y llegar hasta mi refugio. Abrí
la puertecita, y al entrar se me cayó encima la escoba. Poco a poco fueron
apagándose los ruidos, sólo quedaron esos otros, casi inaudibles, que emiten
los espacios abandonados.
Me
senté en el suelo, no había mucho sitio. Al cabo de un rato tuve ganas de hacer
pipí. Salí cautelosamente. Sabía dónde estaban los lavabos. Lo había previsto.
Regresé a mi escondite: me sentía de nuevo como el gnomo de mi infancia,
escondida en el corazón de un tronco hueco. Seguiría esperando. Esperando.
Esperando.
Cartas.
Eduarda,
hemos pasado un calvario, un verdadero calvario, se escondió en una especie de
armario del colegio, hemos pasado unos días desastrosos, incluso llamando a la
policía, haciendo el ridículo precisamente en estos momentos por una cosa así,
para que luego ella misma apareciera como si tal cosa. Esta niña es una cínica,
dime algo. Tú siempre has sido mi buena consejera, y ahora que estoy sola, con
esta criatura imprevisible...
Antes
de echarlas al correo, las encontraba y las leía, porque a veces pasaban dos o
tres días antes de que fueran enviadas. Así era mamá. Fui a mirar la palabra
«imprevisible» en el diccionario.
Y
así fue como, al fin, me expulsaron de Educación Femenina. Y recuerdo que sentí
algo parecido a la satisfacción de un deber cumplido.
Esta
vez Eduarda no escribió. Se presentó sola, como la última vez. Vino en tren.
—¿Y
la Cafetera...? —pregunté cuando se inclinó a besarme.
—Se
ha roto —contestó.
Y
enseguida mamá y ella se fueron al gabinetito. No quise ir a escuchar. Me lo
figuraba todo.
Pero
estaba equivocada.
—Ahora
es imposible matricularte en otro colegio... aparte de los inconvenientes que
eso conlleva. Tu tía Eduarda te llevará con ella durante estos meses, y
procurará corregirte. La vida en las Ruinas —como ella las llama, y me parece
muy adecuado— no es como aquí. Espero que empieces a entender que la vida es a
veces muy complicada, y llegues a corregirte...
Entonces,
Eduarda dijo:
—Basta.
Todo eso sobra. Vendrá conmigo, intentaremos encontrar un buen profesor o
profesora... Conmigo estará en contacto con los árboles y aprenderá mucho más
de ellos que todo lo que le podrían enseñar en Saint Maur...
—Educación
Femenina —dije yo, aguantándome las más desganadas ganas de reír. Eduarda lo
hizo por mí. Noté que mamá no sabía qué decir, pero suspiró.
—No
por mucho tiempo, no por mucho tiempo...
Nadie
sabía entonces que aquel «poco tiempo» iba a convertirse en tres largos años,
en una guerra que iba a tenernos incomunicadas en zonas enemigas, que iba a
enfrentar y matar a mis añorados Jerónimo y Fabián, y que mi padre
desaparecería para siempre de mi vida.
Pero
aquel atardecer aún no sabíamos nada de todas estas cosas, y yo me iba a las
Ruinas, con Eduarda. Sin saber tampoco adónde iba, sólo que ella era como un
dique capaz de detener el mar, por muy enfadado que estuviera.
Hay
bastantes lagunas, en mi memoria de aquellos días. Desde el último beso de mamá
me veo de la mano de Eduarda, en la estación del Norte. A pesar de mis
baladronadas en Saint Maur—Educación Femenina, me sentía como un papel
arrastrado por el viento, y agradecía aquella mano.
Había
pasado dos noches en el cuartito trastero. Y ahora arrastraba conmigo aquellas
noches, aquel amanecer. Él no había vuelto, aunque estuve esperándole. Apretaba
contra mi pecho El Rey Cuervo, y esperaba. Hasta que me dormí, a pesar de que
sentía en la espalda la dureza del suelo. Miraba hacia el montante de la puerta
y su cristal fue oscureciéndose primero, y, luego cuando me desperté, se
iluminaba poco a poco. «Vuelve el día», me dije, y creí que él también. Pero él
no volvió. Ni la noche del sábado, ni el día ni la tarde del domingo.
Sólo
a última hora del último día, cuando el cuerpo entero me dolía, y más aún el
corazón, con los ojos semicerrados —y creo que fue la última vez que los alcé
al montante— me pareció ver correr, escapar, huir al Unicornio. Como un adiós.
El
lunes no es el día más penoso de la semana, quizá lo es el domingo. Pero era un
lunes apenas avanzado, cuando me levanté, abrí la puertecilla del trastero,
lancé una mirada medio cómplice a la escoba, y salí de allí.
Antes
de que nadie entrara en Educación Femenina, yo ya había salido, y llegaba hasta
el portal que acababan de abrir Joaquín y Regina.
El
susto pareció dejarles mudos. Pero a mí nada me importaba, ni su asombro, ni el
medio desmayo de Tata María cuando me abrió la puerta. (Y no entré por nuestra
puerta, sino por la de los Gigantes.) Mamá se desmayó del todo.
Me
dejé llevar, zarandear, mimar, sermonear... ¿Y a mí qué me importaba?
Arrastraba mi decepción, mi desamor, como una sombra que poco a poco iría
diluyéndose, apagándose.
Ahora,
en el andén de la estación del Norte, entre el ir y venir de las gentes, vi al
cocinero asomado a su vagón con su alto gorro blanco, mirando hacia la gente. Y
me llegaron las palabras de Gavi, cuando me decía que le gustaba mucho el tren,
y el coche cama, y que los humos que salían de bajo las ruedas eran los
demonios que viajaban con nosotros, y que en los techos de los vagones,
viajaban los ladrones que nos robaban... Y de pronto supe que ya no lo creía. Y
que no me importaba demasiado el último capítulo de El Rey Cuervo.
Eduarda
y yo avanzamos hacia el vagón, seguidas del maletero. Ella no decía nada, sólo
apretaba mi mano. Y entonces me acordé de Michel Mon Amour.
Aún
no era de noche, pero cuando el tren arrancó, a través de las ventanillas la
noche parecía correr detrás del tren.
Fuimos
al vagón restaurante, y nos sentamos una frente a otra. A mi izquierda pasaban
a ráfagas campos mortecinos, apenas vistos bajo la luz crepuscular. Me pareció
que las temblorosas copas de cristal brillaban de una forma extraña, cada una
como un mundo resplandeciente, independiente de la luz, como yo no había visto
antes, o no había sabido ver. Miré a Eduarda con detenimiento, mientras ella
miraba a su vez la pequeña cartulina del menú. Y dije:
—Eduarda...
¿Y Michel Mon Amour...?
Me
lanzó una mirada rápida, por encima de la cartulina, y me pareció que sus ojos
azules brillaban tanto o más que el cristal de las copas. Dijo entonces:
—Se
ha muerto.
Lo
dijo en el mismo tono que usó cuando le pregunté por la Cafetera: «Se ha roto»,
«Se ha muerto». Tan inapelable, tan desolador, tan desprovisto de emoción. No,
Eduarda sabía que Michel no regresaría, y quizá que Gavrila tampoco. Era la
única capaz de entender lo que yo sentía.
Allá
lejos, a través de la ventanilla, la bola grande y roja del sol me pareció algo
nunca visto antes. Se hundía lentamente tras el contorno de las montañas, y al
verla me entraron unas enormes ganas de llorar. Tantas, que no pude evitarlo.
Entonces,
Eduarda me miró:
—Llora,
llora todo lo que quieras. Pero hazlo así, en silencio.
Y
dejé que las lágrimas resbalaran, sin decir nada.
—Dime
por qué lo hiciste.
Me
miraba sonriendo pero sus ojos estaban muy serios.
—Porque
creía que él volvería si estaba lejos de todos ellos... si estaba sola, con él,
como cuando éramos siameses... Y él decía que volvería... siempre lo dijo: yo
volveré...
Encendió
un cigarrillo, y el traqueteo del tren, y su tram, tram, se hizo más audible,
más grande, más sonoro. Las dos columnillas de humo blanco nuevamente salieron
de su nariz, hacia mí.
—La
luz se iba por el montante de la puerta —expliqué—. No quería dormir, estaba
esperando, esperando... Siempre estoy esperando.
Eduarda
miró la punta encendida del cigarrillo. Dio una calada y dijo:
—Todo
el mundo espera.
—Pero
entonces oí las pisadas del Unicornio, y oí cómo aplastaba las hojas del bosque
bajo las pezuñas...
—Los
Unicornios no hacen ruido, ni dejan huellas, ni aplastan hojas...
—Pero
lo vi: vi cómo echaba a correr... Y desaparecía. ¿Volveré a ver al Unicornio?
Eduarda
aplastó el cigarrillo en el cenicero, sacudió con la mano el humo que aún
flotaba en una casi invisible nubecilla, y dijo:
—Los
Unicornios nunca vuelven.
Fin
©
Ana María Matute, 2008
©
Ediciones Destino, S. A., 2oo8 Diagonal, 662—664.
08034
Barcelona
www.edestino.es
Primera
edición: diciembre de 2008
ISBN:
978—84—233—3928—0
Depósito
legal: M. 53.396—2008
Impreso
por Dédalo Offset, S. A.
Impreso
en España—Printed in Spain

